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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 17 de septiembre de 2009

EL ABISMO DEL ESPACIOTIEMPO

EL ABISMO DEL ESPACIOTIEMPO
Stephen Baxter/Eric Brown
* * *
EL TRANSBORDADOR se sacudió.
—Falla de sistemas principales de a bordo.
Wake vio en el monitor un rayo quebrado saltando entre gordas nubes de algodón. Estaban bien metidos en un pozo de gravedad, dentro de una tormenta, y además cayendo con rapidez.
—Cambia a secundario, Transbordador. Confirma.
El transbordador corcoveó a través del turbulento aire.
—Dije "Confirma".
—Situación de pérdida de tripulación.
Sintió brotar el sudor debajo de su traje de vuelo.
—Detalle.
—Noventa por ciento de certeza de falla en los sistemas secundarios de a bordo.
Mierda. De acuerdo, según el libro eso no se sobrevive.
—Cambia a Manual. Dile a Madre que aborto el aterrizaje y vuelvo a casa.
—Impulsores inoperables. No hay presión en el tanque del propulsor. Situación de pérdida de...
—...tripulación. Bien —murmuró ella. ¿Y ahora qué?
El transbordador era viejo, pero no esperaba que fallara. Estaba repleto de sistemas redundantes para mantenerlo en funcionamiento, aunque fuera mínimamente, durante años.
Al final, no obstante, todo había fallado. Si no hubiera sido por esa tormenta, si el transbordador no hubiese sido alcanzado por el rayo, hubiera sido alguna otra maldita cosa, en algún otro remoto mundo.
Wake estaba sola consigo misma, ahí fuera, en los bordes de la esfera de expansión humana. En su entrenamiento le habían machacado una y otra vez que, al fin y al cabo, no se puede confiar en el equipo. Estaba en ella mantenerse viva. ¡Si falla A, intenta con B! ¡Si B llega a fallar, intenta con C!
Si no es posible regresar a la órbita, se debe aterrizar. Se necesitarán materiales para reparaciones, combustible. No puede ver la superficie, no tiene idea de en qué clase de condiciones está cayendo. Tendrá que enfrentarse luego con eso.
Un relámpago saltó frente al transbordador, destellando en la cara de Wake, deslumbrándola. El transbordador se zambulló hacia estribor.
—Dame las coordenadas del continente Alfa Uno.
—Afirmativo.
Las grises nubes desagarradas se partieron, revelando un océano de acero gris martillado. En el horizonte apareció una isla; montañosa, irregular. Ella voló deslizándose a apenas doscientos metros por encima de las crestas de las olas.
Cristo. Hace sólo una hora estaba en el sauna, en Madre.
—Detención inminente de los sistemas secundarios.
—Informa el procedimiento de emergencia.
—Situación de pérdida de tripulación.
—Oh, por el amor de Dios...
Ahora el transbordador estaba cayendo francamente a tierra. Queda una opción. Salió de su asiento y se tambaleó hacia la vaina de supervivencia. El piso de transbordador se inclinó bajo ella en un movimiento violento y complejo; ella trastabilló, golpeándose contra las cajas de consolas y el equipo.
Alcanzó el largo ataúd hexagonal y se deslizó dentro. Fríos subdérmicos reptaron sobre su piel.
—Instrucciones —dijo Vaina.
—Utiliza tus algoritmos heurísticos. Evalúa la situación. Garantiza mínimo peligro. Prepara informes de daños, reconocimiento del territorio, condiciones de supervivencia...
—Afirmativo.
La tapa se cerró sobre ella. Cerró sus manos sobre el medallón colgado de su cuello ypensó en Ben.
Sintió una patada en el trasero cuando Vaina se lanzó a sí mismo fuera de Transbordador.
ooo ooo ooo
Orbitó el quinto planeta de esa oscura estrella, a unos cien años luz de la Tierra, durante dos días, antes de decidirse a tener un contacto más cercano. Parecía vagamente terrestre: una gruesa capa de nubes sobre un aire transparente con oxígeno y nitrógeno, grandes masas de agua. La única masa de territorio de cierta importancia era la isla mayor de un archipiélago ubicado en el ecuador. Habían rastros de verde en la isla, pero sus sensores no hallaron ningún signo de presencia de clorofila. No pudo ver ningún signo de organización de ETs: nada de contaminación industrial, nada de estructuras grandes, nada de radio u otras señales.
Estaba segura de que el planeta no sería habitable directamente, y de que no habría ningún Contacto ahí. Pero quizás pudiera ser terraformado.
A Wake le pagaban calculando en base a un complicado sistema que contabiliazba la cantidad de mundos útiles que ella encontraba en cada salida de exploración y lo utilizable que resultara cada uno de estos mundos. Posiblemente terraformable estaba bastante bajo en la lista de exploración y no le pagarían mucho por eso.
Quizás justo lo suficiente como para justificar un aterrizaje, decidió al fin.
Un día después del aterrizaje podría embarcar nuevamente y dirigirse a casa. En realidad, estaba a sólo tres días de viaje de la Tierra, utilizando la impulsión Alcubierre MRL de Madre.
ooo ooo ooo
Nadó a través de un mar de anestésicos..
—Informe de situación.
—Supervivencia de tripulación no asegurada.
Tremendo. Luchó para sentarse. La vaina estaba torcida, de manera que su cabeza estaba unos 20 grados debajo de sus pies y la cubierta de cristal estaba oculta por algo; los paños del paracaídas, comprendió un poco después. A través de la mitad descubierta de la cubierta vio un deslumbrante cielo verdeazulado.
¿Verde? Por supuesto. A causa de la dispersión de la luz naranja de este sol clasificadoG8...
—¿Dónde está Madre?
—Elementos orbitales están a ciento ventitrés punto cuatro por...
—Muéstrame.
Apareció una fina retícula en el vidrio de la cubierta. Guiándose por ella, escogió un punto plateado fijo en el cielo sudoeste, brillante a pesar de la luz solar: Madre, en su órbita estacionaria sobre estas tierras. Sintió una oleada de alivio.
Vaina le informó que el aire de afuera era lo suficientemente parecido al de la Tierra como para mantenerla viva durante algunas horas, pero había un leve contenido de toxinas. Podría estar no más que un par de horas por cada salida fuera de Vaina. No podría ir lejos, entonces.
Temperatura 30º Celsius. Un brillante día de verano en Alfa Uno.
En este momento Madre estaría lanzando balizas de "Pérdida de Tripulación". Si Wake pudiera alcanzar el Transbordador podría indicarle a Madre que comenzara a lanzar boyas MRL que le hicieran saber al Universo que aún estaba viva. No había ninguna garantía de que alguien respondiera, pero era mejor una leve oportunidad que ninguna.
Y si alcanzaba el Transbordador, por supuesto, podría hacer algo mejor que eso; quizás podría encontrar un modo de regresar a la órbita, a Madre.
Empujó la cubierta, que se abrió con un suspiro de hidraúlica, mientras guardaba el paracaídas. La vaina había descendido en unas colinas al pie de una montaña que era parte de una desgastada cadena. Estaba parada en una superficie cubierta de hierba. Bien, parecía hierba. Más allá del borde de esa meseta, un valle verde bajaba hacia la distancia, extendiéndose hacia una franja de océano al sur. El hilo de mercurio de un río se retorcía a través del fondo de valle. Un valle en forma de U. Formado por un glaciar, probablemente. Había plantas, algo como árboles: bajos, de gruesa corteza, con una nube de hojas carmesí. El sol estaba sobre el horizonte, inmenso, demasiado naranja.
El panorama era lo suficientemente diferente como para producirle un estremecimiento en la columna vertebral.
Tocó el medallón colgado de su cuello. Ben sonrió desde el interior del cristal con forma de corazón. Las dos niñas de Ben, nietas de Wake, saludaron con sus brazos. El holograma había sido tomado en el Refugio, en la cámara grande y brillante de paredes de césped del corazón de la colonia de L5, donde las niñas habían crecido. Los colores de la Tierra, el de la clorofila verde de la hierba y el de los árboles, eran sorprendentemente distintos a los de Alfa Uno. Como si este planeta fuera un pobre simulacro, una maqueta barata.
Se arrodilló y recogió algunas briznas de "hierba". Parecía una hoja de trébol séxtuple. Y el tinte verde era como el del óxido de cobre, no el brillante de la clorofila.
—Vaina. Dime algo acerca de la biota.
—Los átomos más numerosos son el silicio, el hidrógeno y el oxígeno. Las enlaces del silicio forman la arquitectura básica de...
Dejó de escuchar. Oh, muy bien. He descubierto vida basada en el silicio. Se supone que es imposible. El silicio no puede formar enlaces dobles como el carbono; el silicio no puede formar los compuestos metaestables que alentaron el desarrollo de moléculas complejas y grandes... Evidentemente, aquí la naturaleza había encontrado un modo.
Eso significaba una maldición para ella. La ciencia básica era parte de su contrato, pero ese conocimiento difícilmente ayudaría a solucionar algo. Lo más significativo era el hecho de que ni siquiera los ingeniosos sacos digestivos de Vaina podrían convertir estas materias primas basadas en el silicio en un alimento por ella.
Interrumpió la conferencia de Vaina.
—Infórmame acerca de los suministros.
—Cinco días a ingestión normal.
Cinco días de porquería alimentada intravenosamente por los subdérmicos. Debo encontrar ese maldito transbordador.
Vaina le indicó el sitio donde había caído Transbordador. Estaba un kilómetro hacia el sur, bajando por el valle. Caminó sobre tierra cubierta de suave hierba, arrancando hojas en forma de diamante de los árboles. El verde no era tan incorrecto, ni tampoco el del cielo, pero era casi imposible creer que hubiera algo ahí que ella pudiera comer.
El lugar de la caída era una cicatriz sobre la superficie cubierta de vegetación de la ladera. Encontró algo que podría haber sido la consola de comunicación; su carcasa estaba corroída, abierta y quebrada, y una cosa parecida a líquenes se derramó de su interior cuando intentó levantarla.
Volvió hasta donde estaba Vaina.
—¿Cuánto tiempo he estado aquí abajo?
—Dos años locales. —Lo cual era cerca de un año de la Tierra.
—¿Un año? ¿Por qué tanto?
—Vaina estuvo buscando seguridad de supervivencia para la tripulación. Ésta no se pudo lograr. Abrí al alcanzar el límite de los algoritmos heurísticos, para obtener más instrucciones.
Ella se puso en cuclillas sobre la hierba y abrazó sus rodillas. No había previsto semejante lapso. Ni había pensado en preguntarle a Vaina cuánto tiempo había estado inerte. Malditamente largo; tan largo que había perdido a Transbordador en la acelerada entropía de este pozo del espaciotiempo.
Imaginó opciones.
Podría intentar hacer señales. Pero, maldición, no tenía suficiente potencia como para enviar cualquier cosa que pudiera ser recogida a distancias interestelares. Y además, a una señal lumínica le llevaría décadas alcanzar cualquier lugar habitado.
Podría intentar construir un transbordador y volver a la órbita. Sí. Pero sabía que Vaina no tenía los recursos necesarios para convertir el hierro puramente mineral en un vehículo capaz de ir al espacio. Y además, ella no era ingeniera.
Estaba atrapada ahí, en ese pozo de gravedad, sola, fuera de alcance, y todo el mundo que sabía que ella estaba allí creía que estaba muerta.
Se dejó vencer, sólo un segundo.
Luego se levantó.
Al infierno con todo eso. Necesitaba algunas opciones.
...En el pie del valle, dos o tres kilómetros a la distancia, un hilo delgado de humo se levantó en el aire.
ooo ooo ooo
Se apresuró de regreso a Vaina. Se colocó un vocoder y audífonos sobre su cabeza, se fijó el micrófono frente a su boca y luego puso una pistola de láser en su cinto.
El sol había trepado desde el horizonte. Es la mañana local, entonces. Otra cosa que no había pensado en preguntarle a Vaina. Tengo que ponerme más observadora, menos obsesionada en mí misma, si quiero salir de esta. Caminó bajando la ladera empinada, hacia el valle.
Había campos en el fondo de valle. Estaban delimitados por paredes bajas de cantos rodados, un depósito glacial arrastrado del suelo. Notó más hilos de humo, una colección de cabañas de color del barro, minúsculas. ETs.
Pasó cerca de unos pequeños cuadrúpedos castaños: rumiantes escarbando en ese símil de la hierba. Los pájaros basados en silicio batían el aire alrededor de ella con cantos altos y penetrantes. Todo el lugar era ni más ni menos que una fiesta de evolución convergente, pensó.
Después de un kilómetro encontró un sendero marcado en la ladera. Siguió por la retorcida pista de color cobre hacia el fondo de valle.
El primer habitáculo que alcanzó, una choza de madera y adobe sobre zancos, estaba del otro lado de un campo sembrado con ordenadas filas de algo parecidos a remolachas. Había toscos arados, hechos de algún análogo de la madera, repartidos alrededor en el campo. No avanzados tecnológicamente, entonces. Pero estas podrían ser las afueras, por supuesto. Debía encontrar una ciudad. Necesitaba encontrar adelanto industrial.
Trazó un plan tentativo. Podría usar los recursos de una sociedad parcialmente industrializada, por lo menos para regresar a la órbita. Quizás estos ETs tuvieran tecnología espacial. Si era así, tenía que encontrarla.
No fue un plan bueno, pero fue lo mejor que pudo lograr.
ooo ooo ooo
Había movimiento en el campo delante de ella.
El ET estaba arrodillado al lado de una fila de esas cosas parecidas a remolachas, mirando para otro lado. Se enderezó, mirado hacia el cielo vacío.
Descendiente de anfibios, pensó de inmediato: específicamente, una rana. Una rana basada en silicio. La cosa tenía simetría bilateral: dos brazos, dos piernas. Su torso corpulento se sostenía en piernas zancudas; su color de piel era de un castaño lustroso, casi como si estuviera laqueada. Llevaba una larga tela parda sobre el área de su lomo.
¿Modestia? ¿La correa de una herramienta?
El ET se dio vuelta.
Su cabeza acupulada era mucho más de rana aún: dos ojos bulbosos, una abertura ancha como boca; pero los ojos estaban ubicados debajo de la boca. Se veía como si su cabeza estuviera invertida. Su pecho desnudo estaba adornado con tres formas alargadas, como gajos, de color mostaza amarillento.
Cuando su mirada encontró a Wake se congeló, mirándola.
Lentamente, levantó la mano en saludo. Cualquier bípedo hacedor de herramientas debe responder a ese gesto. Wake cruzó el campo, por entre las filas de plantas frondosas. A dos metros del ET ella comenzó a hablar, emitiendo diversos saludos al azar.
El ET era pequeño, apenas alcanzaba la altura de su diafragma. Los ojos amarillos setriangulaban en su cara. El ET envió una serie de barboteos sibilantes. Después de un par de minutos, el vocoder emitió un blip.
—¿... mi campo? ¿Qué quiere usted? ¿Vino a dañar las cosechas? ¿Qué...?
—Soy una viajera. Mi nombre es Katerina Wake —se señaló—. ¿Y usted?
El ET escudriñó el lugar debajo de la boca de ella, escuchando palabras que no estaban sincronizadas con los movimientos de los labios extrañamente situados de ella.
—Soy sembrador y labrador. Soy... —Un murmullo. El vocoder proyectó una transliteración en el globo del ojo—. "F'han Lha".
—¿Cómo se llama su gente?
La cosa se quedó mirándola.
Ese era un mal signo. La carencia de un nombre que distinguiera a los locales significaba que el ET no conocía a nadie fuera de su grupo inmediato. Incluso en teoría. Y si este ET piensa que esta comunidad pequeña y escuálida contiene a la única gente en el mundo, no puede haber muchos métodos de viaje, de comercio, de comunicación.
Ni hay probabilidad de que exista ninguna nave espacial, tampoco. He aterrizado en una Edad Media basada en el silicio.
La mirada de F'han se movía desde la cara de Wake hacia el medallón de su cuello. Ella deslizó el medallón sobre su cabeza y lo mantuvo ante los ojos fascinados del ET, dejando que el holograma hiciera su ciclo.
F'han alzó sus manos de tres dedos. No había dedo pulgar oponible, notó.
—¿Para mí?
—No. Lo lamento. —Devolvió el medallón a su cuello.
Tres ETs más descendieron por una escalera desde el interior de la cabaña elevada. Se movieron hacia ella con una marcha baja y regular.
—¡F'han!
F'han miró el campo hacia los otros. El recién llegado debía ser tan alto como Wake; uno de ellos agarró la cabeza de F'han con un gesto protector. He estado hablando a un niño.
Rápidamente, los cuatro Ets treparon por la desvencijada escalera de símil madera y desaparecieron en el interior oscuro de la morada.
ooo ooo ooo
Caminó por el valle, ascendiendo de regreso hacia donde estaba Vaina.
Podría alargar los suministros de Vaina a diez o quince días, llevando las raciones a lamitad. Y podía compensar su tiempo en la superficie entrando de vuelta al éstasis, dentro de Vaina. Vaina se automantenía. Allí duraría meses, años, viviendo algunas horas a la vez... ¿Pero para qué? ¿Para morir de hambre el siguiente año en lugar de ese?
Por supuesto, F'han solamente era un chico. No conocería todo. Quizás había una ciudad reluciente un poco mas allá de las colinas... Pero la habría visto desde la órbita. Afróntalo, Wake. Esto es todo lo que hay. Granjeros basados en silicio: Ni más ni menos.
Estos ETs estaban a generaciones de distancia de desarrollar suficiente tecnología para ayudarla: bioquímica compleja para sus necesidades alimenticias, para llevarla de regreso a la órbita.
¡Si falla A, intenta con B! ¡Si B llega a fallar, intenta con C!
Bien, si los ETs no pueden ayudarla ahora, lo que debe hacer es esperar hasta que puedan. Debe meterse en Vaina y esperar todo el tiempo que les lleve a estos ET hallar el camino hacia algún tipo de tecnología; puede resistir un infierno de tiempo dentro de Vaina.
Abrió una grieta con el láser en la cara de la roca ubicada detrás de Vaina y luego, durante la siguiente hora, empujó a Vaina dentro del estrecho refugio. Depositó tierra y rocas contra Vaina; así estaría protegida del clima y, cuando el análogo de la hierba creciera en los terraplenes, oculta de una observación sencilla.
Trepó dentro de Vaina.
—¿Instrucciones?
¿Cuánto tiempo? Debía esperar suficiente tiempo para ver si los ETs entraban una curva tecnológica creciente o no. Pero no un tiempo tan largo como para quedar fuera de su época.
¿Cincuenta años?
En 50 años, Ben probablemente moriría. Y las muchachas serían mujeres a medio camino de la vejez, tan mayores como Wake ahora. Encontraba difícil aceptar que en segundos subjetivos la gente que amaba habría vivido sus vidas sin ella.
Pero no tenía muchas opciones, pensó desoladamente.
—Cincuenta años. Estándar de la Tierra.
Cerró los ojos y se entregó al abrazo de los subdérmicos.
ooo ooo ooo
Despertó y se quedó ahí, esperando la apertura de la tapa.
No se sentía diferente, como si recién acabara de cerrar los ojos. Y el cielo, a través de la cubierta, se veía inalterado. Al sudoeste pudo ver a Madre, una chispa de luz inmóvil en el cielo verdeazulado.
Encendió el vocoder e hizo el camino hacia abajo del valle. Tomó una senda que corría a través de un descuidado campo hacia la granja donde, 50 años atrás, había hablado con F'han Lha.
Un grupo de ETs trabajaba en sus campos pedregosos. La gente rana de piernas zancudas llevaba arados de símil madera encadenados a sus espaldas, abriendo surcos a lo largo de la tierra carmesí. Los trabajadores levantaron sus vistas, observando su progreso por algunos segundos, y luego regresaron, nada curiosos, a su laboriosa tarea.
Más trabajadores se colocaron en línea hasta el río de plata. Mientras Wake los observaba, se pasaron envases formados de calabazas a lo largo de la línea. Los últimos de la línea lanzaron el agua hacia la tierra. Fue laborioso, fantásticamente ineficiente.
No pudo ver signos de cambio.
Sintió un agudo desprecio hacia los ETs. ¿Por cuántos siglos habían vivido de esta manera, soportando esa bucólica vida de nacimiento, trabajo en los campos, muerte?
El sol naranja golpeó sobre su cabeza; estaba acalorada, desarrapada, hambrienta, sola. Bravo por mi plan. Bien, entonces, pensó con un rastro de desesperación y enojo, tendría que sacar a los malditos ETs fuera de su equilibrio confortable y embotado.
Fue a la sombra de la casa sobre zancos, y esperó.
Lo que estaba planeando no era exactamente ético. Pero la ética, para una humanidad esparciéndose desesperadamente por nuevos planetas, era un lujo.
El comportamiento ético no había participado aún en su entrenamiento.
ooo ooo ooo
Cuando el sol llegó a su punto más alto, los trabajadores caminaron con esfuerzo desde los campos y el río. Ellos también se colocaron bajo la casa y empujaron remolacha amasada en sus bocas, ubicadas en la parte superior de sus cráneos.
Wake se paró ante ellos. Mientras los ETs comían, ella los observó directamente.
—Donde provengo, hacemos las cosas de otro modo. Mejor. Más fácil.
Recogió una roca aguda y comenzó a trazar un tosco diagrama en los paneles de símil madera de la casa. Era un tubo curvado en forma de espiral alrededor de un cilindro central. Si el diagrama no funcionaba construiría un par de modelos simples.
Uno de los ETs se acercó, curioso aparentemente, alto, espigado, con un anillo de manchas verdes en su cuerpo.
—Llevamos agua con esto. Es fácil. Este dispositivo se llama Rosca de Arquímedes...
ooo ooo ooo
—Instrucciones.
Besó el medallón. Lo siento mucho, Ben.
Se estaba deslizando profundamente en ese hoyo en el espacio y el tiempo. ¿Pero qué opción tenía? Estoy cayendo en él debido a que no hay nada de lo que pueda sostenerme...
Este es un plan infernal, Wake.
—Instrucciones —repitió Vaina.
Cerró los ojos.
—Doscientos años. Estándar de la Tierra.
Quizás la espera sería suficientemente larga para que la semilla plantada diera su fruto.
¡Si falla A, intenta con B! ¡Si B llega a fallar, intenta con C!
ooo ooo ooo
Abrió los ojos. Ante ella, la cubierta de cristal estaba quebrada.
Empujó la cubierta y salió. Estaba rígida, sus miembros irritados, su estómago apretado. Era de noche; las nubes sobre su cabeza eran gruesas, cargadas de lluvia, y un resplandor amarillo azufre iluminaba sus partes inferiores.
Cambio, pensó inmediatamente, y se sintió exultante.
Su terraplén ya no estaba, y Vaina había sido arrastrado fuera de su grieta y puesto enuna base de pequeñas piedras, rodeada por altas rejas de hierro. A lo largo del flanco plateado de Vaina había rasguños y abolladuras; se veía como si alguien hubiera intentado abrir el dosel.
Su corazón latió más rápido. He inducido curiosidad, entonces.
Cruzó la base de piedras, se agarró de la reja y espió a través de ella. Seguía aún en las colinas, al pie de una montaña —las montañas gastadas destacaban detrás de ella, oscuras, desiertas—, y hacia el sur descendía el valle, débilmente trazado, bajando a la distancia. Pero ahora había luces artificiales brillando a través del valle, en apretadas salpicaduras amarillas. Vio carreteras cruzando lo que había sido un ancho llano verde. Casas de piedra llenaban el fondo de valle, agrupadas acerca de oscuros y opresivos edificios: molinos, fábricas quizás. El río había sido enderezado, y habían montado una represa; unos inmensos dispositivos espirales, que reconoció como descendientes remo-
tos de su Rosca de Arquímedes, se alineaban sobre el modificado valle, bombeando agua en rectas zanjas de irrigación. En la boca del valle, lejos, vio las luces de una ciudad con calles densamente amontonadas, aire cargado de contaminación.
A través del aire brumoso pudo ver apenas un tosco puerto sobre el borde del océano.
Contempló el cielo del sudoeste, en busca de Madre. Pero las nubes eran gruesas, y una niebla de contaminación colgaba sobre el valle.
—¡...Alto! No se mueva.
La orden, en sibilante ET superpuesto al susurro del vocoder, provino de detrás de ella. Levantó sus manos al aire, mostrándolas vacías.
—Vuélvase. Lentamente.
De nuevo obedeció.
Dos ETs de aspecto sólido, vestidos de negro, con apretados uniformes, estaban parados fuera de la empalizada que rodeaba Vaina. La estaban apuntando con algo parecido a ballestas. Pudo ver las flechas; eran agudas, masivas y acanaladas con una espiral. Evidentemente, pensó, su revolución de la Rosca de Arquímedes había tenido algunos giros inesperados.
Uno de los ETs abrió una pesada puerta y entró a la empalizada. Levantó su cabeza invertida y la observó con ojos dorados. Luego se acercó a Vaina y espió a través del cerrado dosel de cristal. Susurró algo a su compañero, demasiado rápidamente para el vocoder, y luego abandonaron la empalizada y comenzaron a trabajar en una chata máquina ubicada arriba de la meseta. Oyó crepitar la electricidad. De la máquina surgió una luz sulfurosa que apuntaba hacia afuera del valle, cortada en una secuencia de puntos y rayas. Una señal. Ellos me han estado vigilando, esperando que emergiera. Y ahora que estoy aquí, están avisando.
Después eso, esperaron. Los ETs no le permitirían regresar a Vaina, de modo que se sentó en el piso, aparentando fatiga.
ooo ooo ooo
Después de una media hora llegó un retumbo desde fuera del valle. Ella se paró y los ETs le permitieron llegar hasta las rejas. Un achaparrado camión a vapor estaba trepando la pared del valle. Había dos ETs con ponchos relucientes sentados cómodamente en su techo, delante de un par de tubos que lanzaban vapor. Las ruedas eran grandes, de madera reforzada con hierro. La caldera que estaba oculta dentro de la caja del vehículo no era suficientemente potente como para arrastrar al camión subiendo la colina, y había un tosco sistema de aparejos en el frente del camión. Una docena o más de Ets estaban atados al aparejo ,arrastrando el camión a los tumbos por la tierra desigual. Uno de los esclavos la miró vagamente, con la boca bien abierta. Tenía una figura como de pez en su pecho desnudo, de color amarillo mostaza y —ella se asombró de verlo— un tosco medallón, esculpido en madera, alrededor su cuello. El medallón era, obviamente, una imitación desmañada del de ella. Quizás el esclavo era un descendiente de F'han Lha; ¿era posible que la memoria de su última breve aparición emergencia hubiera estado pasando de generación en generación?
Los dos ETs de arriba se veían gordos, suaves y bien vestidos. Los esclavos atados en elaparejo, en comparación, se veían flacos, agotados, magullados.
Te has convertido en la serpiente del paraíso, Wake, pensó.
El camión fue arrastrado hasta llegar frente a las rejas.
Dos esclavos ayudaron a uno de los ETs conductores a bajar a tierra. Se dirigió hacia Wake, meneándose imperiosamente. Su poncho, cargado de insertos de cobre, brillaba carmesí. Vio que su caparazón superior tenía una marca, un círculo de puntos verdes, y llevaba un pendiente como el de ella en forma de espiral de Arquímedes.
Se sintió abrumada. Esas gentes debían haber estado listas para la estimulación. Receptivas. Habían tomado los fragmentos que ella les había dado y habían construido toda una subcultura; sintió como si se reflejaran aspectos de su personalidad tras ella, extrapolados a límites absurdos.
Mantuvo las manos con laspalmas hacia arriba, preguntando.
—¿Qué quiere usted?
El ET señaló hacia su vocoder, hacia sus ropas, a Vaina. Dijo algo; un intento crudo por pronunciar "Arquímedes".
Empezaba a sentirse desalentada; necesitaba volver a Vaina. Maldito. No tenía tiempo de pensar.
Esa gente no parecía motivada a ayudarla. Deseaban exactamente lo que ella tenía. Tenía que averiguar si eran una amenaza positiva.
Señaló hacia Vaina. —Mío—dijo bruscamente—. No suyo.
Los esclavos, aún atados en sus arneses, se agitaron. Ella no era experta en lenguaje corporal ET, pero le pareció que estaban encontrando algún tipo de inspiración en sus palabras de desafío. Interesante. Quizás había allí un ángulo que pudiera explotar.
Anillo Verde hizo un gesto. Un soldado levantó su ballesta espiral y apuntó a su cabeza.
El corazón de Wake golpeó fuerte, y sintió acumularse la saliva en la parte trasera de su garganta. Ahá. Una amenaza, sin duda. ¿Y ahora qué, Wake?
Tuvo que ajustar su actitud. Hazles enfocar un objetivo que podamos compartir todos.
Dijo: —Llave. Para Vaina... para mi tumba.
Mantuvo las manos en alto, pero comenzó a bajarlas lentamente hacia su cinto, dondetenía la pistola de láser.
Anillo Verde pareció dudar. Ella pudo ver los tríos de dedos de los soldados apretados sobre los gatillos de sus ballestas. Sacó la pistola. La levantó para que la vieran, apostando a que no la reconocerían como una arma.
—Llave. ¿Okey?
Se giró, sosteniendo la pistola alta sobre su cabeza, y comenzó a caminar hacia Vaina.
Entonces, con un movimiento súbito, se volvió y pulsó el interruptor de alimentación de láser. Una vara de luz roja, intensa en la oscuridad neblinosa, alumbró sobre su cabeza, sobrenaturalmente recta. Antes de que los ETs se pudieran mover, ella lanzó el rayo sobre un soldado, cortando limpiamente uno de sus brazos. Su ballesta resonó contra el suelo.
El soldado miró hacia el muñón, que estaba bombeando un oscuro análogo de la sangre. Entonces cayó hacia atrás, con sus ojos rodando hacia arriba y sus miembros restantes temblando en un espasmo de dolor.
Ella avanzó hacia los ETs.
Levantó el medallón y activó el ciclo del holograma, una Tierra reluciente, azul y verde.
—¡Oiganme! Regresaré dentro de —calculó rápidamente— cien años. Entonces les daré a ustedes, a sus niños, esta luz, el contenido de mi tumba. Pero a cambio... —apuntó la vara de luz hacia las nubes— ustedes construirán una máquina para levantarme en el cielo. Me llevará a la luz que orbita. —El vocoder no pudo traducir eso—. A la estrella que resplandece constante en el cielo. —Era suficiente. Tendrían generaciones para figurarse qué era—. Hagan eso o llamaré más luz desde el cielo y destruiré sus campos y sus fábricas, y los ríos y los mares se volverán vapor, y cortaré a sus niños en trozos pequeños...
Los esclavos —los descendientes del muchacho campesino F'han, quizás— le estaban gritando ahora, ondulando sus brazos en el aire, sosteniendo las toscas copias esculpidas de su medallón. Bien triste, pensó. Creen que soy un dios. No había anticipado eso. ¿Ayudaría, o la dañaría?
Esta cultura, este mundo del valle, era como un baño de parafina en el que, periódicamente, ella estuviera arrojando fósforos encendidos. No podía predecir cómo iba a prender esta vez, si esta última jugada absurda daría resultado.
Era demasiado tarde para hacer cualquier otra cosa.
Les volvió la espalda y caminó hacia Vaina esperando a cada paso recibir, inflexible-mente, una flecha de ballesta entre sus hombros.
Aceptó el abrazo de los subdérmicos con alivio.
ooo ooo ooo
La vaina se sacudió; unos estampidos sordos la alcanzaron en su cabina protectora. Más allá del vidrio estrellado del dosel había un brillo de luz. ¿Relámpagos? No, era fuego naranja rojizo.
Como combustible de aeronave.
Empujó el dosel y se levantó; se sintió vieja, rígida, golpeada. El cielo era inmenso, aguamarina, claro de nuevo. Localizó a Madre, una chispa de luz en posición sudoeste, navegando serena por encima de todo. Pero el cielo estaba maltratado por blancas humaredas de explosiones y remotas explosiones.
Las colinas antiguas se levantaban aún detrás de ella pero algo de ellas era diferente: en varios lugares su perfil había sido alterado, amuescado. En un lugar vio un reflejo apagado de vidrio, de roca fundida.
Caminó hasta el borde del valle.
El pobre pavimento estaba lleno de cráteres y piedras, las rejas se habían convertido en un enredo de hierro oxidándose. Ahora había una gran barricada alrededor de Vaina: terraplenes, y estructuras similares a trampas de tanque. Los terraplenes se extendían hasta el fondo del valle: kilómetros de ellos, erizados con emplazamientos de armamento y algo parecido a alambre de púas.
Sucios soldados ET se movían por el fango. Vio varios con serios daños: muñones de miembros amputados, caparazones severamente heridas. Muchas de las heridas estaban infectadas. Evidentemente la ciencia médica no había avanzado tanto como el arte de la guerra.
Más allá de los terraplenes el valle estaba desolado, la tierra destrozada, los pequeños
árboles reducidos a tocones quemados. La ciudad del puerto que recordaba en la distancia había sido aplanada, reducida a un cuadriculado rectilíneo de cimientos. Había fuegos encendidos, y le pareció ver ETs desarrapados moviéndose entre los escombros. La contaminación se había ido, no obstante. Esta guerra tiene que haber durado años; no debe haber habido industria en este valle durante mucho tiempo. Ahora podía ver con facilidad todo el camino hasta la costa...
Y allí vio una fila de armazones metálicos, rígidos y grises, y en cada uno había una delgada aguja, de un blanco de perla que resplandecía en el sol, envuelta en vapor.
Su respiración se detuvo. Más evolución convergente. Podría haber sido Cañaveral o Tyuratam, Mergui o Tanega Shima: Cualquiera de los espaciopuertos de la Tierra. Funcionó, por Dios. Están preparándose para llevarme a la órbita.
Unos cien metros debajo de ella, un soldado de los terraplenes la vio. Comenzó a hablar a sus compañeros. Más de ellos sacaron sus cabezas sobre las trincheras y gritaron. Entonces comenzaron a gatear hacia fuera, algunos de ellos sobre torpes miembros dañados, acercándose a ella. La mayor parte de ellos usaban amuletos alrededor sus cuellos, y los levantaron, imitando el gesto que ella había hecho ayer... O 50 años antes.
Comenzaron a cantar, y el vocoder susurró. Llamaré a la luz del cielo. Destruiré sus campos y sus fábricas, sus ríos y sus mares se volverán vapor, y cortaré a sus niños en trozos pequeños... Se juntaron en un grupo, y treparon el declive hacia ella.
Retrocedió, asegurándose de tener camino libre para volver a Vaina. De modo que su plan había funcionado. Era obvio que estas gentes la adoraban, hasta cierto grado; en realidad estaban defendiendo la posición de Vaina. (¿De quiénes?) Quizás fueran los descendientes de los oprimidos esclavos que había visto la última vez. Quizás, inspirados en su memoria, se habían liberado de sus amos.
Y ese fue su milenio: la segunda llegada había sido predicha, y ahora se estaba cumpliendo.
En este momento tuvo miedo de que la adoraran hasta la muerte. De todos modos, con todo ese fervor, esta gente no sería muy útil para ella. Tenía que alcanzar ese complejo de lanzamiento de la costa...
ooo ooo ooo
La tierra se estremeció. El lugar explotó en el aire. Se lanzó a tierra y se cubrió la cabeza con los brazos; las tropas de ETs retrocedieron, gritando.
¿Ahora qué? ¿Artillería? Pero no vio fogonazos, o humareda, y seguramente habría oído llegar un proyectil. ¿Un temblor, entonces?
La vibración continuó y continuó. El pavimento destrozado se movió debajo y alrededor de ella.
La tierra se abrió a menos de tres metros de distancia. Un hocico de metal empujó hacia arriba, hacia afuera de la tierra, brillando como plata, girando con un plañido de cojinetes gastados. El vehículo se arrastró saliendo de su hoyo, laboriosamente, y se retrepó hasta la superficie. Era un grueso cilindro con una cuchilla espiral envolviéndolo alrededor de su casco, como una gran Rosca de Arquímedes letal. La cuchilla se detuvo y las escotillas redondas en los flancos del vehículo se abrieron hacia afuera. Las tropas se esparcieron hacia afuera del casco de la nave de metal, gritando, cargando pesados rifles; vestían ponchos de color cobre apretados estrechamente sobre sus cuerpos, cargados con municiones y equipo.
De modo que la clase opresora aún sigue por ahí. En realidad tenía sentido; tenían que haber sido los "opresores", más avanzados técnicamente que los soldados de las trincheras, quienes habían desarrollado el complejo de lanzamiento.
Se puso en pie.
Los ETs sitiadores la vieron de inmediato; apuntaron y gritaron.
Su mente giraba. ¿Debía dejar entrar en su territorio a estos tipos de poncho, permitirles llevarla al complejo de lanzamiento de la costa?
Pero no se veían muy amistosos. Recordó la codicia no ocultada de Anillo Verde. Estasgente evidentemente no la veneraban; sólo querían lo que ella tenía. Y, a pesar de la existencia de ese complejo de lanzamiento, podrían estar preparados para quitarle todo sin cumplir con su parte del trato. Los esclavos por lo menos estaban intentando protegerla.
¿Qué debo hacer? ¿Cuál lado debo elegir?
ooo ooo ooo
Surgió un gruñido desde las trincheras de más allá del borde de la meseta. Los ponchos se volvieron, levantando sus armas. Apareció un ancho hocico de hierro; inmensas orugas desparramaban tierra sobre las piedras destrozadas. Era algún tipo de tanque primitivo que trepaba desde las trincheras, lanzando vapor a través de una hilera de chimeneas. Las tropas de los esclavos venían gateando hacia la destrozada plataforma, protegiéndose detrás de la máquina, gritando y agitando sus armas.
La torrecilla del cañón principal del tanque giró sobre un eje para apuntar al vehículo excavador; entretanto, los de los ponchos avanzaban corriendo, al encuentro de las tropas de las trincheras. El tornillo en espiral del excavador comenzó a girar, como si estuviera intentando escapar.
Todo ocurría demasiado rápido para Wake. Cuando estes en duda, sigue lo que dicen tus tripas.
Hizo su elección. Corrió hacia el frente, intentando alcanzar las escotillas del excavador, que ya se cerraban.
Antes de que llegara, una luz naranja y blanca destelló en la costa, deslumbrante. Wake se lanzó a tierra una vez más. El tanque, las tropas batallando, proyectaron grotescas siluetas.
El ruido los alcanzó, un estruendo inmenso, tan violento que golpeó su caja torácica.
Levantó la cara. Luz de cohetes. Se paró y se lanzó hacia adelante, pasando frente a las deslumbradas e inmóviles tropas en dirección al borde de la meseta.
Habían lanzado los cohetes de la costa. El humo blanco se esparcía en grandes nubes desde las plataformas de lanzamiento. Contó tres, cuatro, cinco agujas blancas y delgadas subiendo hacia el cielo verdoso como gotitas de luz amarilla intensa.
Sintió un puño de pánico en su pecho. ¡Demasiado pronto! ¡Los lanzaron demasiado pronto! ¡Yo no estoy a bordo, maldita sea!
Entonces miró con más atención. Los cohetes en ascenso tenían un tosco diseño: eran en su mayor parte tanque de combustible, con un cono pequeño para cargas en la punta. Demasiado pequeño a llevar a un humano, o a un ET.
No eran naves espaciales, comprendió. Eran misiles.
Era imposible asegurarlo con el ojo desnudo, pero parecía como si ascendieran para encontrar a Madre, estrella constante que brillaba en el sudoeste.
Los proyectiles se acercaban rápidamente al blanco. Estos tipos de poncho no tenían intención de ayudar. Quieren destruir a Madre. De manera que yo no pueda lanzar fuego sobre sus niños, como amenacé... Y cuando Madre ya no esté, van a venir a por mí. Maldito plan, Wake.
Pero estos primitivos seguramente no pueden dañar a Madre, aunque los cohetes alcancen su objetivo.
Pensó en las colinas marcadas de muescas, el cráter vidrioso.
Nucleares. Tienen cabezas nucleares. Y ya las han utilizado.
Madre no podría sobrevivir a un ataque nuclear.
Madre estaba alimentada por una fuente de poder basada en la cromodinámica, la fuerza nuclear fuerte. Una energía un orden de magnitud más densa que las fuerzas débiles involucradas en las explosiones de fisión. Si los ETs lograban quebrar el casco de
Madre y estallara el generador de energía cromodinámica, entonces ese maldito planeta sería borrado limpiamente.
Los cohetes de cabeza nuclear se habían alzado casi fuera de su vista. Giró y corrió hacia Vaina. Era el único lugar donde podía estar segura.
Las bandas de ETs, recuperadas del shock causado por el lanzamiento, habían vuelto a
chocar de lleno una contra otra. Algunos se apartaron para perseguirla a ella. El excavador se estaba zambullendo de vuelta en su hoyo en la tierra.
Se lanzó dentro de Vaina y cerró el dosel. Los ETs se agruparon alrededor de Vaina, martillando y arañando la superficie estrellada.
—Instrucciones.
—Algoritmos heurísticos —dijo rápidamente.
Distorsionadas caras de rana se apretaban sobre la cubierta de cristal. Los subdérmicos la envolvieron.
Una luz floreció frente a ella, mucho más brillante que el sol.
Manos sin pulgares presionaban sobre la cubierta, dejando trazos de limo que burbujearon y se quemaron hasta secarse.
Entonces hasta las sombras se quemaron y quedó envuelta en luz.
ooo ooo ooo
La tapa se levantó. La luz solar, naranja brillante, inundó el interior de Vaina, pero un
profundo frío penetraba en sus huesos.
Wake se levantó. Se sintió débil, frágil. Tiró de la tela de su traje de vuelo; quedaron
fragmentos en sus dedos. Podrido.
Se puso en pie. Tuvo que aguantar en pie, mientras el cielo giraba alrededor de ella.Sintió como si hubiera estado fuera por...
¿Cuánto tiempo?
Salió de Vaina.
El sol colgaba en un cielo verdeazulado y vacío, descolorido, sin calor. Sin nubes.
Sin Madre.
Algunas de las piedras del suelo habían sobrevivido, pero estaban destrozadas, desgastadas en piedritas lisas. Ningún análogo de la hierba crecía entre ellas. El hielo abrigaba una tierra expuesta. Había ceniza, tiznada, mezclada con hielo en pequeños granos.
Caminó al borde de la meseta. La atmósfera era tenue, como si estuvieran en una gran altitud; sus pulmones se esforzaron intentando extraer oxígeno del frío aire.
El valle era una escultura en blanco y castaño. Por todos lados roca fundida y vidriosa, surgiendo a través de la nieve consolidada. Parecía que se estuviera formando un glaciar. No había hierba, ni árboles. Nada se movía. No cantaban los pájaros. No pudo ver señales de la cicatriz que había dejado la caída del transbordador en la ladera.
Cubrió sus ojos doloridos y observó la costa. La ciudad no estaba, el puerto tampoco. Había una forma angulosa que parecía el muñón de una de las plataformas de lanzamiento. Inmensos carámbanos colgaban del mismo. En el mar, blancos reflejos. Témpanos de hielo.
El frío era increíble.
Estaba jadeando. El contenido de oxígeno era menor que el que había medido antes. Regresó a Vaina y tomó una máscara de aire, fijándola sobre su cara.
—Contenido atmosférico —le dijo a Vaina—. Interpretación.
—Combustión de biota. Global. El oxígeno libre se retiró.
—¿Pero no hubo reposición?
—No observada. Los niveles de oxígeno continúan en disminución. Supervivencia de la tripulación no asegurada.
—¿Cuánto tiempo estuve dentro?
—Cuarenta y dos mil quinientos... Jesús. Decenas de milenios.
Suficiente tiempo para que los subproductos radioactivos de la última guerra nuclear y de la destrucción de Madre disminuyeran en peligrosidad. Suficiente tiempo para que las cenizas de la quemada biosfera cayeran a tierra en la lluvia y, luego, en la nieve; suficiente tiempo para que el planeta arruinado pudiera alcanzar un nuevo equilibrio climático: Un invierno permanente, cubierto de hielo, reflejando la mayor parte del calor de sol de vuelta al espacio. Nada quedó vivo. He matado a los niños de F'han Lha. He matado incluso los bosques y las algas y el plancton, o cualquier equivalente basado en silicio que sirviera para bombear oxígeno en este aire. Supervivencia de la tripulación no asegurada, sin duda. El medallón seguía alrededor de su cuello. Agarró el pequeño pendiente, lo mantuvo en alto, lo giró. Estaba oscuro. El holograma había fallado, su minúscula batería interna estaba vacía. Sintió dolor. ¿Ahora qué?
El azaroso pensamiento la hizo reír, jadeando dentro de la máscara. Me he exiliado yo misma en este agujero del espacio tiempo: A unos cien años luz del hogar, y 40.000 años fuera de mi tiempo. Más tiempo que el que mi especie existe en la Tierra, antes de mi propio nacimiento. He aquí mi plan.
ooo ooo ooo
Realmente, descubrió después algún tiempo, tenía un plan. Era absurdo, por supuesto. Pero la otra alternativa era dar todo por perdido. Gastó un día de estado consciente, todo un día precioso, trabajando con su plan.
Excavó con su láser un agujero en la tierra congelada. Enterró un calentador en el subsuelo e instaló una línea de potencia entre el calentador y Vaina. Canibalizó el saco digestivo de Vaina. Lo programó para procesar el suelo inerte hastaconvertirlo en aminas para las proteínas, azúcares y bases para los ácidos nucleicos: los bloques de construcción de la vida terrestre.
Tomó una muestra de sus bacterias digestivas y las almacenó en frío. Programó la cápsula para dejar libres muestras de las bacterias de sus intestinos a intervalos cronometrados. Su plan era simple, elemental. Propagaría la vida terrestre en ese planeta. Ella pondría vida allí, tomara el tiempo que tomara, para repoblar el mundo. La siguiente ocasión que saliera de Vaina debería haber allí una biomasa de vida basada en el carbono, que Vaina procesaría para alimentarla. Era un buen plan. Todo lo que tenía que hacer era crear vida, hacer que evolucionara en una raza consciente y educarla para llevarla a su hogar: podría encontrar a alguien allí, de cualquier modo, después de 40 milenios. Simple. ¡Si falla A, intenta con B! ¡Si B llega a fallar, intenta con C! Mientras la maquinaria se ponía en marcha, se sentó en la tierra congelada con las rodillas recogidas sobre su pecho, pensado en F'han Lha. F'han, a cuyos descendientes había borrado de la historia. Todo para salvarse ella misma. La moralidad de aquello era demasiado grande para ella. Todo lo que había hecho había sido seguir lo que le habían enseñado en su entrenamiento, maldito sea.
Wake no era héroe. Ni pretendía serlo. Ella estaba ahí afuera haciendo un trabajo, durante un plazo fijo, para ganar un salario. Ahora las cosas habían salido mal, y sólo deseaba irse a casa. Yacer ahí muerta no estaba en la descripción de su trabajo. Lo cual debería ser de una moralidad suficiente para cualquiera. Le dolió pensar en todo eso. Se subió, sin más lamentos, de vuelta a Vaina.
—Instrucciones.
—Abre por petición. —De un equipo de rescate, dorado, sabio, avanzado—. O en caso de revertirse la falta de oxígeno. O al detectar una biomasa significativa de tipo terrestre. O... Dudó. La vaina esperó, infinitamente paciente. ...o después de cinco millones de años. Apretó el medallón en su mano. Se sentía avergonzada al comprender que su minúscula falla la alteraba más que la muerte de ese mundo extraño. Mantuvo la mano cerrada, apretada contra su pecho. Cerró los ojos.
ooo ooo ooo
Estaba sumergida en blanco. La cubierta de Vaina estaba tan marcada y congelada que no podía ver hacia fuera de ella.
Levantó la mano desde su pecho. El polvo cayó fuera de su puño cerrado. Eso había sido el medallón. *Oh, mierda.* —¿Cuánto tiempo?
La voz de Vaina estaba borrosa, distorsionada. —Cinco millones. La cubierta se abrió, pero con un crujido. Un hielo antiguo, grueso, chasqueó cayendo
lejos de las bisagras. El aire inundó el cubículo, frío como un aguja.
Era de día, de nuevo, en ese futuro remoto. El cielo seguía siendo verdeazulado. Se paró. Salvo por sus botas, ella estaba desnuda, su traje de vuelo se había destruido largo tiempo atrás.
La tierra seguía helada, con bloques de roca surgiendo aquí y allá. Ahora había capas y capas de hielo, la ceniza de la biomasa quemada había sido enterrada mucho tiempo atrás. El valle —desolado, vacío— bajaba hacia lo lejos, hacia un mar abigarrado de blanco, aparentemente inalterado. Sintió que sus pulmones trataban de aferrar el aire. Podía comprobar con Vaina, pero estaba segura de que el contenido de oxígeno no había aumentado. Frente a Vaina había un disco de fango derretido de unos treinta metros de diámetro, nítidamente marcado sobre la tierra cubierta de blanco. Mientras ella miraba, una inmensa burbuja se levantó y estalló, como un eructo, en su interior. Tomó una punta de prueba múltiple de Vaina y descendió, aterida, fuera del compartimento. Pudo sentir el frío de la tierra a través de sus botas. Sus pulmones ya le dolían. No podía sentir su piel desnuda, pero podía ver la piel de gallina en sus brazos y como se congelaba su aliento. No podría estar ahí mucho tiempo. Alcanzó el círculo derretido y hundió la sonda. Había aminas, nucleótidos y azúcares allí. Había organismos que habían evolucionado significativamente a partir de sus bacterias de intestino. Qué hay aquí. Quizás el plan está por funcionar. Desnuda, sola en el abismo del espaciotiempo, tiritando sobre la fangosa charca primitiva, rió para sí misma.
ooo ooo ooo
Era la caída de la tarde, ahí, a cinco millones de años de profundidad en el futuro. Decidió utilizar otras pocas horas de preciosa conciencia para ver la caída de la noche. Se volvió a trepar a Vaina e intentó calentarse, envolviendo los brazos alrededor de su cuerpo desnudo. Buscó detalles sobre la fotosíntesis en la memoria de Vaina. Era lo que necesitaba su pequeña colonia, autosustentación, alimentarse de la abundante luz solar. Vaina le dijo que los primeros organismos fotosintetizadores en la Tierra fueron colonias de bacterias. Dejaron fósiles del tamaño de pelotas de basket, llamados estromatolitos... Wake intentaba escuchar, pero podía aprovechar muy poco de esa información y no podía hacer planes en base a ella. No tenía recursos de ninguna clase, de todos modos. Sus bebés surgidos de las bacterias intestinales tendrían que hacerlo a su propio modo. Se hizo de noche. Salieron las estrellas. Inspeccionó el cielo. Cinco millones de años había sido tiempo suficiente para colonizar la Galaxia. Tan cerca de la Tierra como estaba, esperaba ver signos: estrellas redistribuidas para cubrir la demanda de las necesidades humanas, contenidas en estructuras inmensas, las esferas de Dyson. Las constelaciones que vio eran azarosas, los espacios entre ellas vacíos, no estructurados. ¿Estaría extinta la humanidad, entonces? O había retrocedido hacia la Tierra, con sus
grandiosas ambiciones perdidas? Estaba sola ahí. Se recostó en su cama y permitió a los subdérmicos que se arrastraran sobre ella, insensibles.
—Instrucciones.
¿Cuando estás en un agujero y no puedes salir, qué haces?
Sigues cavando, se respondió. —Quinientos millones de años —dijo.
ooo ooo ooo
La lluvia caía con fuerza contra la cubierta, gotas pesadas, gruesas. Más allá de Vaina había oscuridad. Sus botas habían desaparecido, lo mismo que la mayoría del material blando del interior de Vaina; sólo quedaban las superficies duras. Salió. La lluvia cayó contra su cara. Era tibia. Cuando tocó su cráneo no encontró pelo. Ni cejas, ni pestañas, ni pelo púbico. Parecía ser de día, pero las nubes eran gruesas, pesadas. No podía ver nada del valle, pero la geología básica parecía más o menos inalterada. En esta pequeña meseta el hielo se había ido, la tierra era un barrial uniforme. Sus pies se hundieron en la tierra; encontró difícil levantar los tobillos para liberarlos en cada nuevo paso. No podía decir dónde estaba su charca de vida primordial. Permitió que la lluvia entrara en su boca. Era barrosa, turbia, salada. Fango del fondodel mar. El planeta había sufrido un impacto: Un cometa, quizás un asteroide.
Algo que ocurre en cada sistema estelar, si uno espera suficiente tiempo. La vida en la
Tierra había sido borrada decenas de veces por impactos en el Sistema Solar primitivo, antes de lograr sostenerse. Quizás eso había ocurrido ahí. Excavó alrededor de Vaina, en los intervalos que podía estar fuera del dosel, intentando ver si podía recrear la charca nutriente. Pero la mayoría de los sistemas de Vaina habían fallado, o se habían deshecho. La vaina había sido ingeniosa, observó, en el modo que había canibalizado sus propios componentes para mantener operativo sus sistemas de apoyo básico de las funciones de vida. Buen diseño, hecho por algún ingeniero anónimo muerto hacía unos quinientos millones de años. Dilatando mi manojo de días a través de los eones, disminuyendo siempre pero nunca acabándose, como una paradoja de serie infinita convergente... No era suficientemente experta como para saber qué se debía salvar para hacer que Vaina no naufragara finalmente. Quizás no importaba. Si sus bebés de bacterias intestinales habían sobrevivido al impacto, quizás se habían esparcido, y crecido, en alguna parte en este mundo mojado, tibio. No había nada más que pudiera hacer, de todos modos. Limpió el agua de lluvia de su cuerpo, como mejor pudo, y trepó de vuelta a Vaina. —Instrucciones. Escuchó la lluvia contra la cubierta. Le recordó L5: las tormentas de lluvia artificial golpeando contra las paredes mientras ella acunaba a Ben hasta dormirlo. Ahora estaba dando grandes zancadas por su abismo, alejándose del hogar en inmensos saltos logarítmicos. —Vamos a ver si la serie converge —dijo. —Instrucciones.
—Lo siento Vaina. Cinco mil millones de años.

ooo ooo ooo
No pudo salir de Vaina. Allá afuera estaba suficientemente caliente como para matarla de inmediato. Y además no había oxígeno.
Las nubes de arriba eran gruesas, cerradas. Una luz amarilla difusa brillada sobre tierra destrozada, quemada. Hasta la geología había evolucionado: el fondo vacío del océano se había levantado, las viejas montañas estaban corroídas y hundidas. Ahora Vaina estaba en un llano de placas quebradas, destrozadas. Vaina se había visto forzado a reparar subsistemas esenciales con materias primas tomadas del planeta. Pudo ver, a través de la cubierta, que parecía como si la base de Vaina hubiera sido derretida y hubiera fluido por metros cuadrados del terreno, filtrándose en el cuerpo de ese mundo. Todo el oxígeno del aire se había ido, y el bióxido de carbono se había evaporado desde el océano, desde las rocas, para formar una manta sobre el planeta. El planeta se había vuelto un Venus; había caído en otro modelo clásico de clima estable, el de un mundo terrestre muerto. Su siembra de vida había fallado. Bravo por el plan. La vaina le mostró las imágenes que había reunido a través de aberturas en las nubes y de sensores no ópticos. El sol había crecido inmenso y flotaba en el horizonte sudoccidental. Este destruido viejo mundo había quedado oculto ante su padre. Y le pareció que había menos estrellas en el cielo. Había llegado tan lejos que la galaxia misma estaba comenzando a morir. Se acostó. Los subdérmicos estaban defectuosos, y tuvo que ponerlos ella misma en su lugar.
—Instrucciones.
Sintió una curiosidad mórbida. Quiero ver cómo termina. —Continúa. Indefinidamente.
—Instrucciones.
—Hasta que algo cambie, maldición. Quizás algo se daría vuelta, un embrollo de las leyes de la física. Seguro. Su situación era ridícula. Hacía menos de una semana, subjetivamente, desde que ella había tomado su baño de sauna en Madre, antes de descender para la exploración de rutina. Ahora era, probablemente, la única humana viva que quedaba en el universo. Quisiera haber muerto cuando el transbordador se vino abajo. Al menos aquellos malditos Ets hubieran disfrutado una vida pequeña. Cerró sus ojos.
ooo ooo ooo
Había un desvaído resplandor rojo más allá de la cubierta. Se levantó, encerrada como un homúnculo en una botella. A través de la protección de cristal pudo sentir la temperatura. Malditamente caluroso. La vaina estaba fallando, finalmente.
Era casi un alivio. El resplandor rojo no tenía nada que ver con las nubes venusianas, que ya se habían quemado. Así como el resto de la atmósfera, en realidad. El planeta ahora era como la Luna: quebrado, destruido, antiguo. Vaina estaba medio fundido con el regolito que cubría el planeta, un polvo fino engendrado por eones de micrometeoritos cayendo. El resplandor rojo era el sol de tipo G8. Estaba dejando la secuencia principal. Su núcleo se había derrumbado, agotado su hidrógeno; ahora el helio estaba en fusión, bombeando energía hacia las capas exteriores, inflándolas en un último gesto extravagante. Pronto todos los planetas interiores del sistema serían consumidos. Incluido ese. El calor era agradable. Le recordó el del Refugio en L5. Cuando Ben era pequeño y aún era de ella. —Escenario de pérdida de tripulación —dijo Vaina suavemente. —Está todo bien —dijo ella—. No te asustes.
La cubierta se disolvió, y la luz la envolvió.


miércoles, 16 de septiembre de 2009

CRONOPOLIS


Cronopolis
J.G. Ballard

LE HABÍAN APLAZADO el proceso para el día siguiente. El momento exacto, como es
natural, no lo conocía ni él ni nadie. Probablemente sería en la tarde, cuando las partes
interesadas juez, jurado y fiscal— lograsen converger en la misma sala de tribunal a la
misma hora. Con suerte el abogado defensor podía aparecer también en el momento
debido, aunque el caso había sido tan claro que Newman casi no esperaba que se
molestase; además, el transporte hasta y desde el viejo penal era notoriamente difícil;
implicaba una espera interminable en el sucio paradero al pie de los muros de la
prisión.
Newman había pasado el tiempo provechosamente. Por fortuna la celda miraba hacia
el sur, y el sol entraba en ella la mayor parte del día. Dividió el arco en diez segmentos
iguales, las horas verdaderas de luz natural, marcando los intervalos con un trozo de
cemento arrancado de! alféizar, y subdividió cada segmento en doce unidades más
pequeñas.
Había obtenido así un eficaz medidor de tiempo, exacto casi hasta el minuto (la
subdivisión final en quintos la hacía mentalmente). La hilera curva de muescas blancas
que bajaba por una pared, atravesaba el suelo y la armadura metálica de la cama y
subía por la otra pared, habría sido evidente para cualquiera que se hubiese puesto de
espaldas a la ventana, pero nadie hacía eso nunca. De cualquier modo los guardias
eran demasiado estúpidos para entender, y el reloj de sol le había dado a Newman una
ventaja enorme. La mayor parte del tiempo, cuando no estaba regulando el reloj,
Newman se apretaba contra la reja, y vigilaba el cuarto de guardia.
—¡Brocken!—gritaba a las siete y cuarto, cuando la línea de sombra tocaba el primer
intervalo—. ¡Inspección matutina! ¡Arriba, hombre!
El sargento salía de la litera tropezando y sudando, maldiciendo a los otros guardias
mientras la campanilla hendía el aire.
Luego Newman anunciaba las otras obligaciones de la orden del día: hora de pasar
lista, limpieza de las celdas, desayuno, gimnasia, y así sucesivamente hasta la lista
vespertina, poco antes del anochecer. Brocken ganaba regularmente el premio del
bloque por el pabellón de celdas mejor dirigido, y confiaba en Newman para programar
la jornada, anticipar el asunto siguiente en la orden dei día, y saber si algo se había
alargado demasiado; en algunos de los otros bloques la limpieza duraba por lo general
tres minutos mientras que el desayuno o el ejercicio podían seguir durante horas, pues
ninguno de los guardias sabía cuándo parar, y los prisioneros insistían en que apenas
habían empezado.
Brocken nunca preguntaba cómo hacía Newman para organizar todo con tanta
exactitud; una o dos veces a la semana, cuando llovía o estaba nublado, Newman se
refugiaba en un extraño silencio, y la confusión resultante le recordaba enérgicamente
al sargento las ventajas de la cooperación. Newman gozaba de algunos privilegios en
la celda y recibía todos los cigarrillos que necesitaba. Era una lástima, pensaba
Brocken, que finalmente hubiesen fijado fecha para el proceso.
También Newman lo lamentaba. Las investigaciones que había llevado a cabo hasta el
momento no habían sido del todo concluyentes. El problema principal consistía en que
si le daban una celda que mirase al norte la tarea de calcular el tiempo podía volverse
imposible. La inclinación de las sombras en los patios de gimnasia o en las torres y los
muros sólo permitía deducciones muy imprecisas. La calibración tendría que hacerla a
ojo; un instrumento óptico sería descubierto muy pronto.
Lo que necesitaba era un medidor de tiempo interno, un mecanismo psíquico que
funcionase inconscientemente y estuviese regulado por el pulso, digamos, o el ritmo
respiratorio— Newman había tratado de disciplinar su sentido del tiempo, cumpliendo
una elaborada serie de pruebas para calcular el margen mínimo de error, que siempre
era demasiado grande. Las posibilidades de condicionar un reflejo preciso parecían
escasas.
Sin embargo, sabía que se volvería loco a menos que pudiese conocer la hora exacta
en cualquier momento dado.
La obsesión, que lo enfrentaba ahora con una acusación de homicidio, se había
manifestado de un modo bastante inocente.
De niño, como todos los niños, había advertido esas ocasionales y antiguas torres de
reloj, donde siempre había un mismo círculo blanco con doce intervalos. En las zonas
más deterioradas de la ciudad las características figuras redondas, arruinadas y
cubiertas de herrumbre, colgaban a menudo sobre joyerías baratas.
—Son señales, nada más—le explicaba la madre—. No significan nada, como las
estrellas o los anillos.
Adornos sin sentido, había pensado él.
Una vez, en una vieja mueblería, habían visto un reloj de manecillas volcado en una
caja colmada de atizadores para el fuego y desperdicios diversos.
—Once y doce —había indicado él—. ¿Qué significa?
La madre lo había sacado de allí apresuradamente, prometiéndose no visitar esa calle
nunca más. Se suponía que la Policía del Tiempo vigilaba aún, buscando posibles
contravenciones.
—Nada —le había dicho la madre—. Todo ha terminado.
Para sus adentros ella había añadido como probando las palabras: Cinco y doce. Doce
menos cinco. Sí.
El tiempo se desplegaba como habitualmente, un movimiento confuso y perezoso.
Vivían en una casa destartalada, en una imprecisa zona suburbana de atardeceres
perpetuos. A veces iba a la escuela, y hasta los diez años se había pasado la mayor
parte del tiempo con la madre haciendo cola a la puerta de los cerrados almacenes de
comestibles. Por las tardes jugaba con la pandilla del barrio alrededor de la estación de
ferrocarril abandonada, empujando un vagón de fabricación casera por las vías
cubiertas de malezas, o entrando en una de las casas desocupadas y estableciendo allí
un puesto de mando temporal.
No tenía prisa por crecer; en el mundo adulto no había ni sincronicidad ni ambición.
Después de la muerte de la madre pasó largos días en el desván, revolviendo los
baúles de viejas ropas, jugando con el revoltijo de sombreros y abalorios, tratando de
rescatar algo de la personalidad de ella.
En el alhajero, en el compartimiento del fondo, encontró un objeto pequeño y chato, de
caja dorada, equipado con una correa para la muñeca. La esfera no tenía manecillas
pero el círculo con los doce números lo intrigó, y se abrochó el objeto a la muñeca.
Cuando el padre lo vio aquella noche, se atragantó con la sopa.
— ¡Conrad, Dios mío! ¿Dónde lo encontraste?
—En la caja de abalorios de mamá. ¿Puedo quedármelo?
—No. Conrad, ¡dámelo! Lo siento, hijo. —Pensativo:— Veamos, tienes catorce años.
Escucha, Conrad, en un par de años te lo explicaré todo.
Este nuevo tabú dio mayor impulso a la curiosidad de Conrad y no hubo necesidad de
esperar las revelaciones del padre. El conocimiento completo llegó muy pronto. Los
muchachos mayores conocían toda la historia, pero extrañamente era una historia
decepcionante, aburrida.
—¿Eso es todo?—repetía Conrad—. No entiendo. ¿Por qué tanta preocupación por los
relojes? ¿No tenemos acaso calendarios?
Sospechando que había algo más, Conrad recorría las calles, inspeccionando los
relojes abandonados, en busca de una pista que lo llevase al verdadero secreto. La
mayoría de las esferas habían sido mutiladas, y les habían arrancado las manecillas,
los numerales, y el círculo de diminutos intervalos: sólo quedaba una sombra tenue de
herrumbre. Distribuidos aparentemente al azar por toda la ciudad, sobre tiendas,
bancos y edificios públicos, era difícil descubrir el verdadero propósito de estos
mecanismos. Había una cosa clara: medían el paso del tiempo a través de doce
intervalos arbitrarios; pero ese no parecía motivo suficiente para que hubiesen sido
proscritos. Al fin y al cabo había en uso general una gran variedad de marcadores de
tiempo: en cocinas, fábricas, hospitales, en los sitios donde había necesidad de medir
un período determinado. El padre tenía uno junto a la cama. Encerrado en la cajita
negra característica, y movido por unas pilas en miniatura, emitía un silbido agudo y
penetrante poco antes del desayuno, y lo despertaba a uno si se había quedado
dormido. Un reloj no era más que un marcador de tiempo graduado, en muchos
sentidos menos útil, que ofrecía una corriente constante de información inoportuna.
¿Para qué servía que fuesen las tres y media, según el viejo cómputo, si uno no
planeaba empezar o terminar nada a esa hora?
Haciendo que las preguntas pareciesen de veras ingenuas, Conrad llevó a cabo una
encuesta larga y cuidadosa. Nadie por debajo de los cincuenta parecía saber algo de
las circunstancias históricas, y hasta los más viejos comenzaban a olvidar. Conrad
advirtió además que cuanto menos educadas más dispuestas a hablar estaban las
gentes, lo que indicaba que los trabajadores manuales y de las clases más humildes no
habían participado en 1a revolución, y por lo tanto no tenían que reprimir recuerdos
cargados de culpa. El anciano señor Crichton, el plomero que vivía en las habitaciones
del sótano, hablaba de cosas pasadas sin necesidad de que lo presionaran, pero nada
de lo que él decía arrojaba luz sobre el problema.
—Sí, en esa época había miles, millones, todo el mundo tenía uno. Relojes, los
llamábamos, los atábamos a la muñeca, y había que darles cuerda todos los días.
—Pero ¿qué hacían con ellos, señor Crichton?—insistía Conrad.
—Bueno, uno... uno los miraba y sabía qué hora era. La una, o las dos, o las siete y
media. A esa hora yo salía a trabajar.
—Pero ahora la gente sale a trabajar luego del desayuno. Y si es tarde, suena el
contador de tiempo.
Crichton meneó la cabeza.
—No te lo puedo explicar, muchacho. Pregúntaselo a tu padre.
Pero el señor Newman no lo ayudó mucho más. La explicación prometida para el
decimosexto cumpleaños de Conrad no llegó nunca. Conrad insistía, y el señor
Newman, cansado de evasivas, lo hizo callar con un exabrupto:
—Deja de pensar en eso, ¿entiendes? Te meterás y nos meterás a todos en un montón
de dificultades.
Stacey, el joven profesor de inglés, tenía un retorcido sentido del humor; le gustaba
escandalizar a los muchachos tomando posiciones no ortodoxas acerca del matrimonio
o la economía. Conrad escribió un ensayo descubriendo una sociedad imaginaria
totalmente preocupada por elaborados rituales que tenían como tema principal la
observancia minuciosa del paso del tiempo.
Stacey, sin embargo, se negó a entrar en el juego; calificó el ensayo con un poco
comprometido suficiente, y luego de la clase le preguntó a Conrad en un tono tranquilo
qué lo había impulsado a escribir esa fantasía. Al principio Conrad trató de echarse
atrás, pero al fin hizo la pregunta.
—¿Por qué es ilegal tener un reloj?
Stacey lanzó el trozo de tiza de una mano a la otra.
—¿Es ilegal?
Conrad asintió.
—Hay un viejo anuncio en la comisaría que ofrece una recompensa de cien libras por
cada reloj de pared o de pulsera que sea entregado allí. Lo vi ayer. El sargento dijo que
todavía está en vigencia.
Stacey alzó las cejas burlonamente.
—Te ganarás un millón. ¿Has pensado entrar en el negocio?
Conrad no le hizo caso.
—Es ilegal tener una pistola porque uno puede disparar contra alguien. Pero ¿cómo es
posible hacer daño a alguien con un reloj?
—¿No está claro? Puedes tomarle el tiempo, saber cuánto tarda en hacer algo.
—¿Y entonces?
—Entonces puedes obligarlo a que lo haga más rápido.
A los diecisiete años, llevado por un impulso repentino, Conrad se fabricó el primer
reloj. El hecho de estar tan preocupado con respecto al tiempo le había dado ya una
notable primacía sobre otros muchachos, compañeros de clase. Uno o dos eran más
inteligentes, otros más concienzudos. pero la habilidad de Conrad para organizar los
períodos de estudio y de ocio le permitía aprovechar al máximo su talento. Cuando los
otros holgazaneaban aun alrededor de la estación de ferrocarril en el camino de vuelta,
Conrad ya había estudiado la mitad de las lecciones, distribuyendo el tiempo de
acuerdo con sus propias necesidades.
En cuanto terminaba subía al cuarto de juegos del desván, ahora convertido en taller.
Allí, en los viejos roperos y baúles, armó los primeros modelos experimentales: velas
calibradas, toscos relojes de sol, relojes de arena, un elaborado artefacto de relojería
de casi medio caballo de fuerza y que movía las manecillas cada vez más rápidamente
en una parodia involuntaria de la obsesión de Conrad.
El primer reloj serio fabricado por Conrad fue un reloj de agua: un tanque goteaba
lentamente, y un flotador de madera bajaba moviendo las manecillas. Simple pero
preciso, contentó a Conrad durante varios meses mientras seguía buscando un
verdadero mecanismo de relojería. Pronto descubrió que aunque había innumerables
relojes de mesa, relojes de oro de bolsillo y medidores de tiempo de todo tipo
herrumbrándose en tiendas de chatarra y en el fondo de los cajones de la mayoría de
las casas, ninguno tenía adentro el mecanismo. El mecanismo, lo mismo que las
manecillas y a veces los números, faltaba siempre. Los propios intentos de Conrad de
fabricar un mecanismo de escape que regulara el movimiento de un motor de relojería,
no dieron ningún resultado positivo; todo lo que había oído acerca de la marcha de los
relojes confirmaba que eran instrumentos de precisión, de diseño y construcción
exactos. Para satisfacer su secreta ambición —un marcador de tiempo portátil, si fuese
posible un verdadero reloj de pulsera— tendría que encontrar uno que funcionase, en
algún sitio.
Finalmente, de procedencia inesperada, le llegó un reloj. Una tarde en un cine, un viejo
sentado al lado de Conrad tuvo un repentino ataque al corazón. Conrad y otros dos
espectadores lo llevaron a la oficina del administrador. Mientras lo sostenía de un
brazo, Conrad notó en la penumbra del pasillo un destello metálico debajo de la manga.
Rápidamente palpó la muñeca, e identificó el inconfundible disco lenticular de un reloj
de pulsera. Mientras se lo llevaba a su casa,—el tictac le pareció tan fuerte como las
campanadas de un toque de difuntos. Lo apretaba en la mano, suponiendo que cada
persona en la calle lo señalaría acusadoramente con el dedo, y que la Policía del
Tiempo le caería encima y lo arrestaría.
En el desván lo sacó y lo examinó, conteniendo el aliento; cada vez que sentía que el
padre se movía en el dormitorio de abajo, Conrad ahogaba el tictac ocultando el reloj
bajo un almohadón. Al fin se dio cuenta de que el ruido era casi inaudible. El reloj se
parecía al de la madre, aunque la esfera era amarilla y no roja. La caja estaba toda
rayada y descascarada, pero la marcha del mecanismo parecía perfecta. Conrad
levantó la tapa posterior, y durante horas miró el frenético mundo de ruedas y
engranajes en miniatura, embelesado. Temiendo romperlo, le daba sólo la mitad de la
cuerda, y lo guardaba cuidadosamente envuelto en algodón.
Al sacarle el reloj al dueño, Conrad no había estado en realidad motivado por el robo;
su primer impulso había sido esconder el reloj antes que el médico lo descubriese al
tomarle el pulso al hombre. Pero una vez que tuvo el reloj en su poder abandonó toda
idea de seguirle la pista al dueño y devolvérselo.
Que otros usasen todavía relojes no lo sorprendió mucho. El reloj de agua le había
demostrado que un medidor de tiempo regulado agregaba otra dimensión a la vida,
organizaba las energías, daba a las innumerables actividades de la existencia cotidiana
un modelo de significado. Conrad se pasaba horas en el desván mirando la pequeña
esfera amarilla, observando la manecilla diminuta, que giraba lentamente, y el
movimiento de la aguja horaria, que era imperceptible, una brújula que señalaba su
propio paso a través del futuro. Sin el reloj Conrad sentía que le faltaba el timón, y
flotaba a la deriva en un Limbo impreciso de acontecimientos intemporales. El padre
comenzó a parecerle perezoso y estúpido, sentado por ahí sin tener la menor idea de
cuándo iba a ocurrir algo.
Pronto estuvo usando el reloj todo el día, y se cosió al brazo una delgada manga de
algodón, con un estrecho dobladillo que ocultaba la esfera. Tomaba el tiempo a todo:
las clases, los partidos de fútbol, las comidas, las horas de luz y oscuridad, sueño y
vigilia. Se divertía infinitamente desconcertando a los amigos con demostraciones de
su sexto sentido personal, anticipándoles la frecuencia de los latidos del corazón, los
noticiarios que se oían a cada hora en la radio, cocinando una serie de huevos de
idéntica consistencia sin la ayuda de un medidor de tiempo.
Entonces se delató.
Stacey, más perspicaz que cualquiera de los otros, descubrió que Conrad usaba reloj.
Conrad había notado que las clases de inglés de Stacey duraban exactamente
cuarenta y cinco minutos, y se dejó arrastrar al hábito de ordenar la mesa un minuto
antes que sonase el medidor de tiempo. Una o dos veces descubrió que Stacey lo
miraba con curiosidad, pero no podía resistir la tentación de impresionarlo siendo
siempre el primero en ir hacia la puerta.
Un día ya había apilado los libros y había guardado la pluma cuando Stacey le pidió a
quemarropa que leyese el resumen del día. Conrad sabía que el medidor de tiempo
sonaría en menos de diez segundos, y decidió callar y esperar a que la estampida
habitual lo salvase del problema.
Stacey bajó del estrado y esperó pacientemente. Uno o dos muchachos se volvieron y
miraron a Conrad (que contaba los segundos finales) frunciendo el ceño.
De pronto, perplejo, Conrad comprendió que el medidor de tiempo no había sonado
esta vez. Aterrado, pensó primero que el reloj se le había roto, y apenas logró
contenerse y no mirar debajo de la manga.
—¿Tienes prisa, Newman?—preguntó Stacey secamente. Caminó despacio entre las
mesas hacia Conrad, con una sonrisa burlona. Desconcertado, la cara encendida,
Conrad abrió torpemente el cuaderno de ejercicios y leyó el resumen. Unos pocos
minutos más tarde, sin esperar a que sonase el medidor de tiempo, Stacey dio por
terminada la clase.
—Newman —llamó—. Espera un momento.
Hizo como que buscaba algo en el escritorio mientras Conrad se acercaba.
—¿Qué te pasó?—preguntó Stacey—. ¿Olvidaste darle cuerda al reloj esta mañana?
Conrad no dijo nada. Stacey tomó el medidor de tiempo, desconectó el silenciador y
escuchó el zumbido intermitente.
—¿De dónde lo sacaste? ¿Lo tenían tus padres? No temas, la Policía del Tiempo fue
disuelta hace años.
Conrad examinó cuidadosamente la cara de Stacey.
—Era de mi madre —mintió—. Lo encontré entre sus cosas.
Stacey alargó la mano y Conrad se quitó nerviosamente el reloj y se lo dio.
Stacey apartó el dobladillo de algodón y echó una breve mirada a la esfera amarilla.
—¿De tu madre, dices? Mm.
—¿Va a denunciarme?—preguntó Conrad.
—¿Para qué? ¿Para hacerle perder el tiempo a algún psiquiatra que ya tiene
demasiado trabajo?
—¿No es ilegal usar reloj?
—Bueno, tú no eres precisamente la más grande amenaza a la seguridad pública.—
Stacey echó a andar hacia la puerta, y le indicó a Conrad que lo acompañase. Le
devolvió el reloj.— Olvida cualquier plan que tengas para el sábado a la tarde. Tú y yo
vamos a hacer un viaje.
—¿A dónde?—preguntó Conrad.
—Al pasado—dijo Stacey alegremente—. A Cronópolis, la Ciudad del Tiempo.
Stacey había alquilado un coche, un enorme y destartalado mastodonte de cromo y
aletas. Le hizo una seña animada a Conrad que lo esperaba delante de la biblioteca
pública.
—Sube a la torre—gritó. Señaló la abultada cartera que Conrad había tirado en el
asiento, entre los dos—. ¿Les echaste ya un vistazo?
Conrad asintió. Mientras doblaban saliendo de la plaza desierta, abrió la cartera y sacó
un abultado manojo de mapas de ruta;
—Acabo de calcular que la ciudad cubre más de mil kilómetros cuadrados. Nunca me
había dado cuenta de que era tan grande. ¿Dónde está toda la gente?
Stacey rió. Cruzaron la calle principal y entraron en una avenida bordeada de árboles y
casas separadas. La mitad eran casas vacías, de ventanas rotas y techos
derrumbados. Hasta las casas habitadas tenían un aspecto precario, con torres de
agua sostenidas por armazones de fabricación casera amarrados a chimeneas, y
montones de troncos tirados en los jardines delanteros, entre hierbas altas.
—Treinta millones de almas habitaron una vez la ciudad —señaló Shcey—. Hoy la
población apenas pasa de los dos, y sigue bajando. Los que quedamos vivimos en lo
que eran los suburbios apartados de otra época, de modo que la ciudad es ahora un
enorme anillo de ocho kilómetros de ancho, y un centro muerto de sesenta o setenta
kilómetros de diámetro.
Entraron y salieron por diversas calles laterales, pasaron por delante de una pequeña
fábrica que todavía funcionaba aunque se suponía que el trabajo cesaba al mediodía, y
finalmente tomaron por un bulevar largo y recto que los llevaba hacia el oeste. Conrad
seguía el avance en sucesivos mapas. Se estaban acercando al borde del anillo que
había descrito Stacey. En el mapa aparecía sobreimpreso en verde, de modo que el
interior era una zona de un gris uniforme, una densa terra incognita
Dejaron atrás los últimos barrios comerciales, un puesto fronterizo de casas pobres con
balcones y calles lúgubres atravesadas por macizos viaductos de acero. Stacey señaló
uno mientras pasaban por debajo.
—Parte del elaborado sistema de ferrocarriles que hubo en otra época, una enorme red
de estaciones y empalmes que transportaba quince millones de personas a una docena
de terminales, todos los días.
Durante media hora avanzaron, Conrad encorvado contra la ventanilla, Stacey
observándolo en el espejo retrovisor. Poco a poco el paisaje empezó a cambiar. Las
casas eran más altas, de techos de color, las aceras tenían barandillas y torniquetes y
semáforos para peatones. Habían llegado a los suburbios interiores, calles totalmente
desiertas con supermercados de varios pisos, enormes cines y tiendas de ramos
generales.
Conrad miraba en silencio, la barbilla apoyada en una mano. Como no había medios de
transporte nunca se había arriesgado a entrar en la zona deshabitada de la ciudad;
como los otros niños siempre iba en dirección opuesta, hacia el campo abierto. Aquí las
calles habían muerto hacia veinte o treinta años; las vidrieras de las tiendas se habían
desprendido, destrozándose en la calle; viejos letreros de neón, marcos de ventanas y
cables altos colgaban desde todas las cornisas, derramando sobre el pavimento una
maraña de trozos metálicos. Stacey conducía lentamente, evitando de vez en cuando
un ómnibus o un camión abandonado en medio de la calle, los neumáticos
descascarados en los bordes.
Conrad extendía el cuello mirando las altas ventanas vacías, los callejones estrechos,
pero en ningún momento tuvo una impresión de miedo o de expectación. Eran sólo
calles abandonadas, tan poco atractivas como un cajón de basura medio vacío.
Un centro suburbano daba paso a otro, y a congestionadas zonas intermedias, largas y
estrechas, como cinturones. La arquitectura cambiaba de carácter kilómetro a
kilómetro; los edificios eran más grandes, bloques de diez a quince pisos, revestidos de
azulejos verdes y amarillos, cubiertos de vidrio o cobre. Más que hacia el pasado de
una ciudad fósil, como había esperado Conrad, avanzaban hacia el futuro.
Stacey llevó el coche a través de un nudo de calles laterales, hacia una carretera de
seis pistas que se alzaba sobre pilares altos por encima de los techos. Encontraron una
calle que ascendía en espiral, y subieron acelerando bruscamente, entrando en una de
las desiertas pistas centrales.
Conrad estiraba el pescuezo y miraba. A lo lejos, a cuatro o cinco kilómetros de
distancia, se erguían las
enormes siluetas rectilíneas de los bloques de viviendas, edificios de treinta o cuarenta
pisos, ordenados en hileras aparentemente interminables, como gigantescos dominós.
—Estamos entrando en la zona principal de dormitorios —dijo Stacey. Los edificios se
alzaban a ambos lados sobre la autopista, y la congestión era tal que algunos de ellos
habían sido construidos contra las empalizadas de cemento.
Pocos minutos después pasaban entre los primeros bloques: millares de viviendas
idénticas, balcones oblicuos que se recortaban contra el cielo, cortinas de aluminio que
centelleaban al sol. Las casas y tiendas pequeñas de las afueras habían desaparecido.
No quedaba sitio al nivel del suelo. En los huecos estrechos entre los edificios había
pequeños jardines de cemento, complejos de tiendas, rampas que descendían a
inmensas playas subterráneas de estacionamiento.
Y en todas partes había relojes. Conrad los notó en seguida, en las esquinas, las
arcadas, en la parte superior de los edificios, en todas las posibles vías de acceso. La
mayoría estaban demasiado lejos del suelo para ser alcanzados con otra cosa que una
escalera de bomberos, y todavía tenían las manecillas. Todos marcaban la misma
hora: 12:01.
Conrad miró su propio reloj de pulsera, y vio que eran exactamente las 2:45 de la tarde.
—Los movía un reloj patrón —dijo Stacey—. Cuando ese reloj se detuvo, todos los
otros dejaron de andar en el mismo instante. Un minuto después de medianoche, hace
treinta y siete años.
La tarde se había oscurecido; los altos acantilados tapaban el sol, y el cielo era una
sucesión de estrechos espacios verticales que se abrían y cerraban en torno. Abajo, en
el suelo del desfiladero, todo era lúgubre y opresivo, un desierto de cemento y cristal.
La autopista se dividía y continuaba hacia el oeste. Luego de unos pocos kilómetros
más los bloques de viviendas dieron paso a los primeros edificios de oficinas de la zona
central. Esas construcciones eran todavía más altas, de sesenta o setenta pisos,
unidas por rampas y terraplenes en espiral. La autopista se levantaba a veinte metros
por encima del suelo, y sin embargo los primeros pisos de los bloques de oficinas
estaban a esa misma altura, montados sobre soportes macizos, a horcajadas de los
vestíbulos de paredes de vidrio, con ascensores y escaleras mecánicas. Las calles
eran anchas pero poco características. Las aceras paralelas se fundían debajo de los
edificios en una calzada continua de cemento. Aquí y allá había restos de kioscos de
cigarrillos, escaleras herrumbradas que llevaban a restaurantes y a arcadas
construidos sobre plataformas, a diez metros de altura.
Conrad, sin embargo, miraba sólo los relojes. Nunca había visto tantos, tan apretados
en algunos sitios que se tapaban unos a otros. Tenían esferas de distintos colores: rojo,
azul, amarillo, verde Muchos tenían cuatro o cinco manecillas. Aunque las manecillas
principales se habían detenido a las doce y un minuto, las secundarias estaban en
distintas posiciones, determinadas aparentemente por el color.
—¿Para qué eran las otras agujas? —preguntó Conrad—. ¿Y los distintos colores?
—Zonas de tiempo. De acuerdo con la categoría profesional y los turnos de consumo.
Ten un poco de paciencia, ya casi hemos llegado.
Salieron de la autopista y doblaron por una rampa que los llevó al rincón noroeste de
una plaza abierta, de ochocientos metros de largo por la mitad de ancho, atravesada en
otra época por una cinta ininterrumpida de césped, cubierta ahora de hierbajos y
plantas exuberantes. La plaza estaba vacía, un bloque repentino de espacio libre,
limitado por altos acantilados de paredes de cristal que parecían sostener el cielo.
Stacey estacionó el coche, y él y Conrad bajaron y estiraron las piernas. Caminaron
juntos atravesando el ancho pavimento hacia la cinta de vegetación. Mirando desde la
plaza el paisaje que se alejaba, Conrad tuvo por primera vez verdadera conciencia de
las enormes perspectivas de la ciudad, la maciza jungla geométrica de edificios.
Stacey puso un pie en la barandilla que rodeaba el césped y señaló hacia el otro
extremo de la plaza, donde Conrad vio un grupo de edificios bajos de extraño estilo
arquitectónico, siglo diecinueve vertical, manchados por la atmósfera y perforados por
explosiones. Sin embargo, lo que le llamó de nuevo la atención fue la esfera de reloj
metida en una alta torre de cemento inmediatamente detrás de los otros edificios.
Nunca había visto un reloj más grande, tenía por lo menos treinta metros de diámetro,
las inmensas agujas negras detenidas un minuto después de las doce. La esfera era
blanca, la primera que habían encontrado de ese color, pero en las anchas plataformas
semicirculares que sobresalían de la torre, bajo la esfera principal, había una docena
de esferas más pequeñas, de no más de dnco metros de diámetro, que abarcaban
todos los colores del espectro. Cada una tenía cinco manecillas, las tres menores
detenidas en distintas posiciones.
—Hace cincuenta años—explicó Stacey, señalando las ruinas debajo de la torre— ese
grupo de edificios antiguos era una de las asambleas legislativas más grandes del
mundo. —Stacey miró tranquilamente unos instantes, luego se volvió hacia Conrad.—
¿Te gusta el viaje?
Conrad asintió fervientemente.
—Es impresionante, sin duda. Las personas que vivieron aquí tuvieron que ser
gigantes. Lo que me sorprende es que parece como si se hubieran ido ayer. ¿Por qué
no regresamos nosotros aquí?
—Bueno, aparte del hecho de que somos demasiado pocos, no podríamos manejar
todo esto. La ciudad era un organismo social de extraordinaria complejidad. Es difícil
imaginar los problemas de las comunicaciones, por ejemplo, mirando esas fachadas
vacías. La tragedia de la ciudad fue que en apariencia no había sino un modo de
resolverlos.
— ¿Los resolvieron?
—Ah, si, ciertamente. Pero se dejaron a ellos mismos fuera de la ecuación. Sin
embargo, piensa en los problemas. Transportar a quince millones de oficinistas a y
desde el centro todos los días, ordenar una corriente infinita de coches, ómnibus,
trenes, helicópteros, unir entre sí todas las oficinas, casi todos los escritorios con
videófonos, todas las viviendas con televisión, radio, energía, agua, alimentar y
entretener a esa enorme cantidad de gente, protegerla con servicios complementarios,
policía, patrullas contra el fuego, unidades médicas... todo dependía de un factor.
Stacey blandió un puño hacia el reloj de la torre.
— ¡El tiempo! Sólo sincronizando cada actividad, cada paso hacia adelante o hacia
atrás, cada comida, parada de ómnibus y llamada telefónica podía este organismo
mantenerse. Como las células de tu cuerpo, que proliferan transformándose en
cánceres mortales si se les permite crecer libremente, aquí cada individuo tenía que
servir a las necesidades superiores de la ciudad; cualquier atasco podía ser fatal y
provocar el caos. Tú y yo abrimos los grifos del agua a cualquier hora del día o de la
noche, porque tenemos nuestras propias cisternas particulares, pero ¿qué ocurriría
aquí si todo el mundo lavara los platos del desayuno dentro de los mismos diez
minutos? Echaron a andar lentamente por la plaza hacia la torre del reloj.
—Hace cincuenta años, cuando la población era de solamente diez millones, podían
tener en cuenta una capacidad máxima potencial, pero aun entonces una huelga en un
servicio central paralizaba la mayoría de los restantes, los empleados tardaban dos o
tres horas en llegar a las oficinas, y otro tanto en hacer cola para el almuerzo y volver a
sus casas. A medida que aumentaba la población comenzó a ensayarse la posibilidad
de distanciar los distintos horarios; los trabajadores de ciertas áreas iniciaban el día
una hora antes o después que los de otras. Los pases de tren y las matrículas de los
coches eran de diferentes colores, según el caso, y les estaba prohibido viajar fuera de
ciertos períodos. Pronto se extendió el sistema; uno sólo podía encender el lavarropas
a una hora determinada, despachar una carta o darse un baño en un período
específico.
—Parece factible —comentó Conrad, cada vez más interesado—. ¿Pero cómo
lograban que eso se cumpliera?
—Mediante un sistema de pases de colores, dinero de colores, una elaborada serie de
horarios publicada todos los días como los programas de televisión o de radio. Y,
naturalmente, mediante todos los miles de relojes que ves alrededor. Las agujas
secundarias señalaban la cantidad de minutos de que disponían para cierta actividad
las gentes de determinada categoría, indicada por el color del reloj.
Stacey se interrumpió y señaló un reloj de esfera azul, en uno de los edificios que
daban sobre la plaza.
—Digamos, por ejemplo, que un jefe de sección que sale de la oficina a la hora
asignada, las doce, quiere almorzar, cambiar un libro en una biblioteca, comprar
aspirinas, y llamar por teléfono a su mujer. Como para todos los jefes de sección, la
zona de identidad de este hombre es azul. Mira la tarjeta de horarios de la semana, o
busca las columnas de los horarios azules en el diario, y ve que su periodo de
almuerzo para ese día es de 12:15 a 12:30. Le sobran quince minutos. Verifica
entonces el horario de la biblioteca. Hoy el código de tiempo es 3, la tercera manecilla
del reloj. Mira el reloj azul más cercano, y la tercera aguja señala y 37: tiene 23
minutos, tiempo de sobra, para llegar a la biblioteca. Echa a andar calle abajo, pero en
la primera bocacalle se encuentra con que las luces son sólo rojas y verdes y no puede
seguir. La zona ha sido destinada temporalmente para oficinistas mujeres no
calificadas, luces rojas, y trabajadoras manuales, luces verdes.
—¿Qué ocurriría si el hombre ignorara las luces?—preguntó Conrad.
—Nada inmediatamente, pero todos los relojes azules de esa zona habrían vuelto a
cero, y no lo atendería ninguna tienda, ni la biblioteca, a menos que él tuviese dinero
rojo o verde y un juego de pases falsificados para la biblioteca. De cualquier manera
para qué arriesgarse; las sanciones eran demasiado grandes y todo el sistema había
sido creado para su propia conveniencia, y la de nadie más. Entonces, ya que no
puede llegar a la biblioteca, decide ir a la farmacia. El código de tiempo para farmacias
es el 5, la quinta manecilla, la más pequeña. La manecilla señala y 54 minutos: el
hombre tiene seis minutos para buscar una farmacia y comprar lo que necesita. Luego
observa que aún le quedan cinco minutos antes del almuerzo, y decide llamar por
teléfono a su mujer. Repasa el código telefónico y ve que no han previsto ningún
periodo para llamadas personales ese día... ni el siguiente. Tendrá que esperar hasta la
noche para verla.
—¿Qué pasaría si llamara?
— No podría conseguir dinero en la caja de monedas, y aunque pudiera, su mujer,
suponiendo que fuese una secretaria, estaría ese día en una zona de tiempo roja y no
en la oficina de ella. de ahí la prohibición de llamadas telefónicas. Todo engranaba de
modo perfecto. Tu programa de horarios te decía cuándo podías encender el televisor y
cuándo había que apagarlo. Todos los aparatos eléctricos tenían fusibles, y si te salías
de los periodos programados te encontrabas con una multa considerable y una factura
de reparación. La posición económica del espectador determinaba obviamente la
elección del programa, y viceversa, de manera que no había problemas de coacción. El
programa diario enumeraba tus actividades permitidas: podías ir al peluquero, al cine,
al banco, al bar, a horas determinadas, y si ibas tenías la seguridad de que te servirían
rápida y eficientemente. Casi habían llegado al otro lado de la plaza. Frente a ellos, en
la torre, estaba la enorme esfera de reloj, dominando una constelación de doce
asistentes inmóviles.
—Había una docena de categorías socioeconómicas: azul para los gerentes y
administradores, dorado para las clases profesionales, amarillo para los oficiales
militares y los funcionarios del gobierno... a propósito, es raro que tus padres hayan
tenido ese reloj de pulsera, ya que nadie en tu familia trabajó nunca para el gobierno...
verde para los trabajadores manuales, etcétera. Pero, naturalmente, eso tenía sutiles
subdivisiones. El jefe de sección de que te hablé salía de la oficina a las doce, pero un
gerente general, con exactamente los mismos códigos de tiempo salía a las 11:45,
tenía quince minutos más, encontraba... dignidad.
—¿Te imaginas qué clase de vida llevaban aquí, fuera de unos pocos, esos treinta
millones de habitantes?
Conrad se encogió de hombros. Los relojes azules y amarillos, notó, superaban en
número a todos los otros; evidentemente las oficinas principales del gobierno habían
funcionado en la zona de la plaza.
—Muy organizada pero mejor que la vida que llevamos nosotros —contestó al fin, más
interesado en lo que veía alrededor—. Me parece mejor disponer de teléfono una hora
al día que no tenerlo jamás. Cuando algo escasea se lo reparte siempre en raciones,
¿no es así?
—Pero esta era una vida en la que escaseaba todo. ¿No te parece que más allá de
ciertos limites ya no hay las calles despejadas antes del almuerzo apresurado de los
oficinistas.
Conrad resoplo.
Stacey señaló la torre.
—Este era el Reloj Mayor, el que regulaba todos los otros. El Control Central de
Tiempo, una especie de Ministerio del Tiempo, se fue apoderando poco a poco de los
viejos edificios parlamentarios a medida que las funciones legislativas disminuían. En la
práctica, los programadores eran los gobernantes absolutos de la ciudad.
Mientras Stacey habhba Conrad miró allá arriba la batería de relojes, detenidos
irremediablemente en las 12:01. De algún modo parecía como si el Tiempo mismo
estuviese en suspenso, y a su alrededor los enormes edificios de oficinas vacilaban en
un espacio neutral entre el ayer y el mañana. Si uno pudiese al menos poner en
marcha el reloj principal, quizá los mecanismos de la ciudad despertarían también
volviendo a la vida, y unos dinámicos y bulliciosos millones la repoblarían de nuevo en
un instante.
Echaron a andar hacia el coche. Conrad miraba por encima del hombro la esfera del
reloj, los brazos gigantes en alto, señalando la hora silenciosa.
—¿Por qué se detuvo?—preguntó.
Stacey lo miró con curiosidad.
—¿No he sido bastante claro?
—¿Qué quiere decir?
Conrad apartó los ojos de las hileras de relojes que rodeaban la plaza, y miró a Stacey
arrugando el ceño.
—Parece que aquí hay dignidad de sobra. Mire esos edificios; resistirán en pie mil
años. Trate de compararlos con mi padre. De todos modos piense en la belleza del
sistema pre‡is ‡— mo un reloj.
—No era otra cosa —comentó Stacey tercamente—. La vieja metáfora de la rueda del
engranaje no fue nunca tan verdadera como aquí. Imprimían la suma total de tu
existencia en las columnas del diario, y te la mandaban por correo una vez al mes
desde el Ministerio del Tiempo.
Conrad miraba en alguna otra dirección, y Stacey continuó hablando en voz un poco
más alta.
—Naturalmente, al fin hubo una rebelión. En la vida de las sociedades industriales no
pasa más de un siglo sin que estalle una revolución y esas sucesivas revoluciones
reciben el impulso de niveles sociales cada vez más altos. En el siglo dieciocho fue el
proletariado urbano en el diecinueve las clases artesanas, en esta rebelión última el
oficinista de cuello blanco, que vivía en el diminuto y así llamado apartamento
moderno, sosteniendo mediante pirámides de créditos un sistema económico que le
negaba toda libertad de decisión o de personalidad, que lo encadenaba a un millar de
relojes... —Stacey se interrumpió.— ¿Qué pasa?
Conrad clavaba los ojos en una calle lateral. Vaciló, y luego preguntó como si no le
interesara demasiado:
—¿Cómo funcionaban esos relojes? ¿Con electricidad?
—La mayoria. Unos pocos mecánicamente. ¿Por qué?
—Me preguntaba. .. cómo los mantendrían a todos en marcha.
Conrad se demoró detrás de Stacey, consultando la hora en el reloj de pulsera y
echando una mirada hacia la izquierda. Había veinte o treinta relojes suspendidos en
los edificios a lo largo de la calle lateral, exactamente iguales a todos los que habían
visto esa tarde.
¡Excepto que uno de ellos funcionaba!
El reloj estaba montado en el centro de un pórtico de cristal negro, encima de la
entrada de un edificio a mano derecha, a unos quince metros de distancia; tenía
aproximadamente cincuenta centímetros de diámetro, y la esfera era de un azul
descolorido. Las agujas de este reloj señalaban las 3:15, h hora correcta. Conrad casi
le había mencionado a Stacey esta aparente coincidencia cuando de pronto vio que la
aguja de los minutos saltaba de una marca a la siguiente. Sin duda alguien había vuelto
a poner en marcha el reloj; aunque hubiese estado funcionando con una batería
inagotable, no era posible que después de treinta y siete anos continuara señalando la
hora con tanta exactitud.
Siguió caminando detrás de Stacey, que decía: —Cada revolución tiene un símbolo de
opresión...
El reloj estaba casi fuera del alcance de la vista de Conrad. Iba a agacharse para
atarse los cordones de un zapato cuando vio que la aguja de los minutos se sacudía
hacia abajo, dejando levemente la horizontal.
Conrad siguió a Stacey hacia el coche, sin molestarse ya en escucharlo. Cuando
estaban a unos diez metros, dio media vuelta y echó a correr cruzando rápidamente la
calle rumbo al edificio más cercano.
—¡Newman!—oyó que Stacey le gritaba—. ¡Vuelve aquí!
Conrad llegó a la acera y corrió entre las enormes columnas de cemento que sostenían
el edificio. Se detuvo un instante detrás del hueco de un ascensor, y vio que Stacey
subía apresuradamente al coche. El motor tosió y rugió, y Conrad corrió otra vez por
debajo del edificio hasta un pasadizo que llevaba de vuelta a la calle lateral. Allá atrás
el coche se puso en marcha, tomó velocidad, y se oyó el golpe de una portezuela.
Cuando Conrad entró en la calle lateral, el coche apareció doblando la plaza, treinta
metros detrás. Stacey se desvió de la calzada, subió bruscamente a la acera, y aceleró
frenando y haciendo eses, tocando la bocina, tratando de amedrentar a Conrad.
Conrad saltó a un lado, casi cayendo sobre la capota del coche, se lanzó a una
escalera estrecha que llevaba al primer piso, y subió corriendo los escalones hasta un
pequeño descanso que terminaba en unas puertas altas de vidrio. Del otro lado de
esas puertas vio un balcón ancho que rodeaba el edificio. Una escalera de incendios
zigzagueaba hacia el techo, interrumpiéndose en el quinto piso en una cafetería que se
extendía sobre la calle hasta el edificio de oficinas de enfrente.
Los pasos de Stacey resonaban ahora allá abajo, en la acera. Las puertas de vidrio
estaban cerradas con llave. Conrad arrancó un extintor de la pared, y tiró el pesado
cilindro contra el centro de la puerta. El vidrio se desprendió y cayó en una cascada
repentina, destrozándose en el suelo enlosado y salpicando los escalones. Conrad se
metió por la abertura, salió al balcón y comenzó a trepar por la escalera de incendios.
Había llegado al tercer piso cuando vio a Stacey allá abajo, estirando el cuello y
mirando hacia arriba. Sosteniéndose con una y otra mano, Conrad subió los dos pisos
siguientes, saltó sobre un torniquete metálico trabado y entró en el patio abierto de la
cafetería. Las mesas y las sillas estaban volcadas, entre restos astillados de escritorios
arrojados desde los pisos superiores.
Las puertas que daban al restaurante techado estaban abiertas, y en el suelo había un
charco grande de agua. Conrad lo atravesó chapoteando, se acercó a una ventana, y
apartando una vieja planta de plástico miró hacia la calle. Stacey, parecía, había
abandonado h persecución.
Conrad cruzó el restaurante, saltó sobre el mostrador y salió por una ventana a la
terraza abierta que se extendía sobre la calle. Más allá de la baranda vio la plaza, la
línea doble de marcas de neumáticos que trazaban una curva y entraban en la calle.
Casi había cruzado hasta el balcón de enfrente cuando un disparo rugió en el aire.
Hubo un tintineo agudo de vidrios que caían y el sonido de la explosión se alejó
retumbando entre los desfiladeros vacíos.
Durante unos pocos segundos sintió pánico. Retrocedió alejándose de la peligrosa
barandilla, los tímpanos entumecidos, la cabeza levantada, mirando las enormes
masas rectangulares que se alzaban a los lados, las hileras interminables de ventanas
como los ojos facetados de unos insectos gigantescos. De modo que Stacey había
estado armado ¡quizá era miembro de la Policia del Tiempo!
Caminando a gatas, Conrad se escabulló por la terraza se deslizó entre los torniquetes
y avanzó hacia una ventana entreabierta en el balcón.
Trepó por la abertura y se perdió rápidamente en el edificio.
Conrad se detuvo al fin en una oficina, en la esquina del sexto piso. Tenía la cafetería
directamente debajo, y enfrente la escalera que había utilizado para subir.
Durante toda la tarde Stacey fue y vino por las calles adyacentes, unas veces
moviéndose en silencio, con el motor apagado, otras pasando a toda velocidad. En dos
ocasiones disparó al aire, deteniendo luego el coche y llamando a Conrad, las palabras
perdidas entre los ecos que rodaban de una calle a otra. A menudo seguía el contorno
de la acera, y daba vuelta bajo los edificios, como si esperase que Conrad brotara de
pronto detrás de una escalera mecánica.
Por último pareció alejarse definitivamente, y Conrad volvió la atención al reloj del
pórtico. El reloj había avanzado hasta las 6:45, casi exactamente la hora que señalaba
su propio reloj. Conrad lo ajustó a esa hora, que consideró correcta, y luego se sentó a
esperar a que apareciese la persona que había puesto en marcha el reloj. Los otros
treinta o cuarenta relojes que veía alrededor continuaban inmóviles en las 12:01.
Durante cinco minutos dejó su puesto, tomó con la mano un poco de agua del charco
de la cafetería, trató de olvidar que tenía hambre, y poco después de medianoche se
durmió en un rincón detrás del escritorio.
Cuando despertó a ha mañana siguiente, el sol inundaba la oficina. Conrad se puso de
pie y se sacudió el polvo, dio media vuelta y se encontró con un hombre pequeño y
canoso que llevaba un remendado traje de lana y lo miraba con ojos penetrantes. En la
curva del brazo apoyaba un arma grande, de cañón negro, los percutores
amenazadoramente amartillados.
El hombre puso en el suelo una regla de acero con la que evidentemente había
golpeado un armario, y esperó a que Conrad se repusiese.
—¿Qué haces aquí?—preguntó en seguida con voz enojada.
Conrad vio que en los bolsillos del hombre abultaban unos objetos angulosos que le
estiraban hacia abajo los lados de la chaqueta.
—Yo... este... —Conrad buscó algo que decir. Por algún motivo estaba seguro de que
este hombrecito era quien daba cuerda a los relojes. De pronto decidió que nada tenía
que perder si confesaba la verdad y dijo abruptamente:— Vi el reloj funcionando. Allá
abajo, a la izquierda. Quiero ayudarlo a usted a ponerlos otra vez en marcha.
El viejo lo miró astutamente. Tenía una cara vigilante de pájaro, y dos pliegues debajo
de la barbilla, como un gallo.
—¿De qué manera?—preguntó.
Conrad replicó débilmente:
—Buscaría una llave en algún sitio.
El viejo frunció el ceño.
—¿Una llave? No serviría de mucho.
Parecía que estuviese tranquilizándose, poco a poco; sacudió los bolsillos y hubo un
apagado sonido metálico.
No hablaron durante un rato. Al fin a Conrad se le ocurrió una idea, y descubrió la
muñeca.
—Tengo un reloj—dijo—. Son las 7:45.
—A ver. —El viejo se adelantó, sacudió enérgicamente la muñeca de Conrad, examinó
la estera amarilla.—Movado Supermatic —murmuró entre dientes—. Serie CTC.
—Dio un paso atrás, bajando la escopeta, como tratando de saber de una vez por
todas quién era Conrad.—Muy bien —dijo al fin—. Veamos. Tal vez necesites un
desayuno.
Salieron del edificio y echaron a andar rápidamente calle abajo.
—La gente viene aquí a veces—dijo el viejo—. Turistas y policías. Observé tu huida
ayer, tuviste suerte de que no te mataran. —Caminaban haciendo eses por las calles
vacias, el viejo delante esquivando columnas y escaleras, las manos rígidas a los
lados, sosteniéndose los bolsillos. Conrad les echó una mirada de reojo y vio que
estaban repletos de llaves, grandes y herrumbrosas, de distintas formas.
—Supongo que ese era el reloj de tu padre —comentó el viejo.
—De mi abuelo —corrigió Conrad. Recordó el discurso de Stacey, y agregó—: Lo
mataron en la plaza.
.EI viejo arrugó el ceño comprensivamente, y durante un momento le sostuvo el brazo a
Conrad.
Se detuvieron debajo de un edificio exactamente igual a todos los demás y que en otra
época había sido un banco. El viejo miró con atención alrededor, observando las altas
paredes de los acantilados. Luego caminó delante subiendo por una escalera mecánica
detenida.
El viejo vivía en el segundo piso, detrás de un laberinto de rejas de acero y puertas de
seguridad: un amplio taller, con un hornillo y una hamaca en el centro. Sobre treinta o
cuarenta mesas en lo que antes había sido una sala de mecanografía, Conrad vio una
enorme colección de relojes, todos en proceso de reparación. rodeados de estantes
altos cargados de repuestos, en bandejas cuidadosamente rotuladas: escapes,
trinquetes, ruedas dentadas, apenas reconocibles bajo la herrumbre.
El hombre llevó a Conrad hasta un gráfico que había en una pared, y señaló el total
que aparecía junto a una columna de fechas.
—Mira esto. Hay ahora doscientos setenta y ocho funcionando continuamente. Me
alegra de veras que hayas venido. Me lleva la mitad del tiempo tenerlos a todos con
cuerda.
Le preparó un desayuno a Conrad y le contó algo de si mismo. Se llamaba Marshall. En
una época había trabajado en el Control Central de Tiempo como programador, había
sobrevivido a la rebelión y a la Policía del Tiempo, y diez años después había vuelto a
la ciudad. Al principio de cada mes iba en bicicleta hasta uno de los pueblos de la
periferia a cobrar la pensión y abastecerse. El resto del tiempo lo pasaba dando cuerda
a un número cada vez mayor de relojes en funcionamiento y buscando otros que
pudiese desarmar y reparar.
—En todos estos años la lluvia no les ha hecho ningún bien —explic6—, y con los
eléctricos no se puede hacer nada.
Conrad caminó entre los escritorios, tocando con cautela los relojes desarmados,
esparcidos alrededor como las células nerviosas de un inmenso e inimaginable robot.
Se sentía excitado y al mismo tiempo curiosamente tranquilo, como un hombre que ha
arriesgado toda su vida al movimiento de una rueda y está esperando que gire.
—¿Cómo sabe que todos marcan la misma hora? —le dijo a Marshall, pensando por
qué la pregunta le parecería tan importante.
Marshall hizo un gesto, irritado.
—No puedo estar seguro, ¿pero qué importa? El reloj exacto no existe. Lo que más se
le acerca es el reloj que se ha detenido. Aunque uno nunca sabe cuándo, dos veces al
día es absolutamente exacto.
Conrad fue hasta la ventana, y señaló el enorme reloj, visible en un hueco entre los
techos.
—Si pudiésemos ponerlo en marcha... De ese modo quizá funcionasen también todos
los otros.
—Imposible. Dinamitaron el mecanismo. Sólo el martillo está intacto. De cualquier
manera los circuitos eléctricos de esos relojes se arruinaron hace mucho. Seria
necesario un ejército de ingenieros para repararlos.
Conrad asintió, y volvió a mirar el gráfico. Notó que Marshall parecía haberse
extraviado a lo largo de los años: las fechas de finalización de los trabajos tenían un
error de siete años y medio. Ociosamente, Conrad reflexionó acerca del significado de
esa ironía, pero decidió no comentarle nada a Marshall.
Durante tres meses Conrad vivió con el viejo, siguiéndolo a pie cuando el otro hacia su
ronda en bicicleta, llevando la escalera de mano y el maletín repleto de llaves con las
que Marshall daba cuerda a los relojes, ayudándolo a desarmar los mecanismos
recuperables y a trasladarlos de vuelta al taller. El día entero, y a veces la mitad de la
noche, trabajaban juntos, corrigiendo los movimientos, poniendo otra vez en marcha los
relojes, y devolviéndolos a los sitios originales.
Todo ese tiempo, sin embargo, la mente de Conrad no pensaba en otra cosa que el
enorme reloj de la torre que dominaba la plaza. Una vez al día lograba escabullirse
hasta los arruinados edificios del Tiempo. Como había dicho Marshall, ni el reloj ni sus
doce satélites volverían a funcionar La caja del mecanismo parecía la sala de máquinas
de un barco hundido, una maraña herrumbrada de rotores y volantes retorcidos por
alguna explosión Todas las semanas Conrad subía la larga escalera hasta la última
plataforma, a setenta metros de altura, y miraba a través del campanario las azoteas de
los bloques de oficinas que se extendían hasta el horizonte. Los martillos descansaban
contra las llaves en largas hileras, allá abajo. Una vez se le ocurrió patear una llave de
los agudos, y una campanada sorda atravesó la plaza.
El sonido trajo extraños ecos a la mente de Conrad.
Lentamente comenzó a reparar el mecanismo del campanario, instaló nuevos circuitos
eléctricos en los martillos y los sistemas de poleas, arrastrando cables hasta la cima de
la torre, desarmando los tornos en la sala de máquinas y renovándoles los embragues.
El y Marshall nunca discutían las tareas del otro. Como animales que obedecen a un
instinto, trabajaban incansablemente, no sabiendo muy bien por qué. Cuando Conrad le
dijo un día al viejo que pensaba irse y continuar el trabajo en otro sector de la ciudad,
Marshall estuvo de acuerdo inmediatamente, le dio todas las herramientas que le
sobraban y se despidió de él
Seis meses más tarde, casi puntualmente, las campanadas del enorme reloj resonaron
sobre los techos de la ciudad, dando las horas, las medias horas, los cuartos de hora,
anunciando constantemente el paso del día A cincuenta kilómetros de distancia, en los
pueblos suburbanos, la gente se detuvo en las calles y en las puertas de las casas,
escuchando los ecos borrosos y fantasmagóricos que venían de los largos corredores
de edificios en el lejano horizonte, contando involuntariamente las pausadas
secuencias finales que decían la hora Las personas mayores se susurraron unas a
otras:
—Las cuatro, ¿o fueron las cinco? Han vuelto a poner en marcha el reloj Parece
extraño luego de tantos años.
Y durante todo él día se detenían a escuchar los cuartos y las medias horas que les
llegaban desde muchos kilómetros, una voz que salía de la infancia y les recordaba el
mundo exacto del pasado. Comenzaron a ajustar los medidores de tiempo a las
campanadas, y de noche, antes de dormir, escuchaban la larga cuenta de medianoche,
y al despertar oían de nuevo los tañidos en el aire claro y tenue de la mañana.
Algunos fueron al cuartel de la policía y preguntaron si podían devolverles los relojes.
Luego de la sentencia, veinte años por el asesinato de Stacey y cinco por catorce
delitos según las Leyes del Tiempo, llevaron a Newman a las celdas del sótano del
tribunal. Había esperado la sentencia y cuando el juez lo invitó a hablar no hizo ningún
comentario. Luego de aguardar el proceso todo un año, la tarde en la sala del tribunal
no era más que una tregua momentánea.
No hizo ningún esfuerzo por defenderse de la acusación de haber matado a Stacey, en
parte para proteger a Marshall, que podría así continuar su obra sin ser molestado, y en
parte porque se sentía indirectamente responsable de la muerte del policía. El cuerpo
de Stacey, con el cráneo fracturado por una caída de veinte o treinta pisos, había sido
descubierto en el asiento trasero de su coche en un garaje subterráneo no lejos de la
plaza. Presumiblemente Marshall había descubierto a Stacey merodeando por el lugar
y se había encargado de él. Newman recordaba que un día Marshall había
desaparecido del todo, y durante el resto de la semana había estado curiosamente
irascible.
Al viejo lo había visto por última vez en los tres dias finales antes de la llegada de la
policía. Todas las mañanas, cuando las campanadas retumbaban sobre la plaza, la
figura diminuta caminaba ágilmente por la plaza hacia Newman saludando con la
mano, mirando la torre, la cabeza descubierta, sin mostrar ningún temor.
Ahora Newman se enfrentaba con el problema de cómo inventar un reloj que seria para
él como una carta de navegación durante los veinte años próximos. Sus temores
crecieron cuando al día siguiente lo llevaron al bloque de celdas que albergaba a los
presos de condenas largas: al pasar por delante de la celda para ver al
superintendente, notó que la ventana daba a un pequeño pozo de ventilación. Se
estrujó el cerebro mientras se cuadraba durante la homilía del superintendente,
preguntándose cómo podría conservar la cordura. A menos que contase los segundos
los 86.400 de cada día, no veía ninguna forma posible de precisar el tiempo.
Ya en la celda, se dejó caer flojamente en el camastro, demasiado cansado para
desempaquetar las pocas cosas que le habían permitido traer. Una breve inspección le
confirmó la inutilidad del pozo de ventilación. Un foco potente instalado allá arriba
ocultaba la luz del sol que se deslizaba a través de una reja de acero, a quince metros
por encima de la celda.
Se tendió en la cama y examinó el cielo raso. En el centro había una lámpara
empotrada; una segunda lámpara, sorprendentemente, parecía haber sido adaptada a
la celda. Esta última estaba en la pared, a pocos centímetros por encima de su cabeza.
Vio el cuenco protector de llnnC VPintiCinC~ centimPtrr c ~1P ~ 'imPtr~
Contento, tendido en la cama, la cabeza sobre una manta enrollada a los pies,
Newman miraba el reloj. Parecía en perfecto estado, y las agujas avanzaban dando
saltos rígidos de medio minuto. Durante una hora, luego que se hubo ido el guardián, lo
observó sin interrupción, luego comenzó a ordenar la celda, echando miradas al reloj
por encima del hombro cada pocos minutos, como para asegurarse de que todavía
estaba allí, y aún funcionaba correctamente. Le divertía de veras la ironía de la
situación, la inversión total de la justicia, aunque le costara veinte años de vida.
Dos semanas más tarde seguía riéndose de lo absurdo de toda la situación, cuando de
pronto y por vez primera advirtió el sonido, el monótono y exasperante tictac.
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