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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 24 de enero de 2012

El Nuevo Acelerador




El Nuevo Acelerador

Herbert George Wells.

En verdad que si alguna vez un hombre encontró una guinea buscan­do un alfiler, ese fue mi buen amigo el profesor Gibberne. Yo había oído hablar ya de investigadores que sobrepasaban su objeto; pero nunca hasta el extremo que él lo ha conseguido. Esta vez, al menos, y sin exageración, Gibberne ha hecho un descubrimiento que revolu­cionará la vida humana.
Y esto le sucedió sencillamente buscando un estimulante nervioso de efecto general para hacer recobrar a las personas debilitadas las energías necesarias en nuestros agitados días.
Yo he probado ya varias veces la droga, y lo único que puedo hacer es describir el efecto que me ha producido. Pronto resultará evidente que a todos aquellos que andan al acecho de nuevas sensaciones les están reservados experimentos sorprendentes.
El profesor Gibberne, como es sabido, es convecino mío en Folkes­tone. Si la memoria no me engaña, han aparecido retratos suyos, de diferentes edades, en el Strand .Magazine, creo que a fines del año 1899; pero no puedo comprobarlo, porque he prestado el libro a al­guien que no me lo ha devuelto. Quizá recuerde el lector la alta frente y las negras cejas, singularmente tupidas que dan a su rostro un aire tan mefistofélico.Ocupa una de esas pequeñas y agradables casas aisladas, de estilo mixto, que dan un aspecto tan interesante al extre­mo occidental del camino alto de Sandgate. Su casa es la que tiene el tejado Flamenco y el pórtico árabe, y en la pequeña habitación del mirador es donde trabaja cuando se encuentra aquí, y donde nos he­mos reunido tantas tardes a fumar y conversar. Su conversación es animadísima; pero también le gusta hablarme acerca de sus traba­jos. Es uno de esos hombres que encuentran una ayuda y un estrmulan­te en la conversación, por lo que a mí me ha sido posible seguir la concepción del Nuevo Acelerador desde su origen. Desde luego, la mayor parte de sus trabajos experimentales no se verifican en Folkestone, sino en Gower Street, en el magnífico y flamante labo­ratorio continuo al hospital, laboratorio que él ha sido el primero en usar.
Como todo el mundo sabe o por lo menos todas las personas inteli­gentes, la especialidad en que Gibberne ha ganado una reputación tan grande como merece entre los fisiólogos ha sido en la acción de las medicinas sobre el sistema nervioso. Según me han dicho, no tie­ne rival en sus conocimientos sobre medicamentos soporíferos, sedan­tes y anestésicos. También es un químico bastante eminente, y creo que en la sutil y completa selva de los enigmas que se concentran en las células de los ganglios y en las fibras nerviosas ha abierto pe­queños claros, ha logrado ciertas elucidaciones que, hasta que él juz­gue oportuno publicar sus resultados, seguirán siendo inaccesibles para los demás mortales. Y en estos últimos años se ha consagrado con especial asiduidad a la cuestión de los estimulantes nerviosos, en los que ya había obtenido grandes éxitos antes del descubrimiento del Nuevo Acelerador. La ciencia médica tiene que agradecerle, por lo menos, tres reconstituyentes distintos y absolutamente efica­ces, de incomparable utilidad práctica. En los casos de agotamiento, la preparación conocida con el nombre de Jarabe B de Gibberne ha salvado ya más vidas, creo yo, que cualquier bote de salvamento de la costa.
- Pero ninguna de estas pequeñas cosas me deja todavía satisfecho - me dijo hace cerca de un año -. O bien aumentan la energía central sin afectar a los nervios, o simplemente aumentan la energía disponible, aminorando la conductividad nerviosa, y todas ellas cau­san un efecto local y desigual. Una vivifica el corazón y las vísceras, y entorpece el cerebro; otra, obra sobre el cerebro a la manera del champaña, y no hace nada bueno para el plexo solar, y lo que yo quiero, y pretendo obtener, si es humanamente posible, es un esti­mulante que afecte todos los órganos, que vivifique durante cierto tiempo desde la coronilla hasta la punta de los pies, y que haga a uno dos o tres veces superior a los demás hombres. ¿Eh? Eso es lo que yo busco.
- Pero esa actividad fatigaría al hombre.
- No cabe duda. Y comería doble o triple, y así sucesivamente. Pero piense usted lo que eso significaría. Imagínese usted en posesión de un frasquito como éste - y alzó una botellita de cristal verde, con la que subrayó sus frases -, y que en este precioso frasquito se en­cuentra el poder de pensar con el doble de rapidez, de moverse con el doble de celeridad, de realizar un trabajo doble en un tiempo dado de lo que sería posible de cualquier otro modo.
-¿Pero es posible conseguir una cosa así?
- Yo creo que sí. Si no lo es, he perdido el tiempo durante un año. Estas diversas preparaciones de los hipofosfitos, por ejemplo, pare­cen demostrar algo como eso. Aun si sólo se tratara de acelerar la vi­talidad con un ciento por ciento esto lo conseguiría.
- Puede que sí- dije yo.
- Si usted fuera por ejemplo, un gobernante que se encontrara ante una grave situación y tuviera que tomar una decisión urgente, con los minutos contados. ¿qué le parece...?
- Se podría suministrar una dosis al secretario particular- dije yo.
- Ganaría usted... la mitad del tiempo. O suponga usted, por ejemplo, que quiere acabar un libro.
- Por regla general - dije yo- suelo desear no haberlos empezado nunca.
- O un médico que quiere reflexionar rápidamente ante un caso mortal. O un abogado... o un hombre que quiere ser aprobado en un examen.
- Para esos hombres valdría una guinea cada gota, o más- dije yo.
- También en un duelo- dijo Gibberne -, en donde todo depende de la rapidez en oprimir el gatillo.
- O en manejar la espada- añadí yo.
- Mire usted -dijo Gibberne -: si lo consigo gracias a una droga de efecto general, esto no causará ningún daño, salvo que puede hacerlo envejecer más pronto en un grado infinitesimal. Y habrá vivido el do­ble que los demás.
- Oiga - dije yo, reflexionando -: ¿sería eso leal en un duelo? - Esa es una cuestión que deberán resolver los padrinos - repuso Gibberne.
-¿Y realmente cree usted que eso es posible? - repetí, volviendo a preguntas específicas.
- Tan posible - repuso Gibberne, lanzando una mirada a algo que pasaba vibrando por delante de la ventana- como un autobús. A de­cir verdad...
Se detuvo, sonrió sagazmente y dio unos golpecitos en el borde de la mesa con el frasquito verde.
- Creo que conozco la droga... He obtenido ya algo prometedor, ­terminó.
La nerviosa sonrisa de su semblante traicionaba la verdad de su re­velación. Gibberne hablaba raramente de sus trabajos experimenta­les a no ser que se hallara muy cerca del triunfo.
- Y puede ser..., puede ser..., no me sorprendería..., que la vitali­dad resultara más que duplicada.
- Eso será una cosa enorme - aventuré yo. - Será, en efecto, una cosa enorme- repitió él.
Pero, a pesar de todo, no creo que supiera por completo lo enorme que iba a ser aquello.
Recuerdo que después hablamos varias veces acerca de la droga. Gibberne la llamaba el Nuevo Acelerador, y cada vez hablaba de ella con más confianza. A veces hablaba nerviosamente de los resultados fisiológicos inesperados que podría producir su uso, y entonces se mostraba francamente mercantil, y teníamos largas y apasionadas discusiones sobre la manera de dar a la preparación un giro comer­cial.
- Es una cosa buena - decía Gibberne -, una cosa estupenda. Yo sé que voy a dotar al mundo de algo valioso, y creo que no deja de ser razonable esperar que el mundo la pague. La dignidad de la ciencia es una cosa muy bonita; pero de todos modos, me parece que debo re­servarme el monopolio de la droga durante unos diez años, por ejem­plo. No veo la razón de que todos los goces de la vida les estén reservados a los tratantes de jamones.
El interés que yo mismo sentía por la droga esperada no decayó, en verdad, con el tiempo. Siempre he tenido una rara propensión a la metafísica. Siempre ha sido aficionado a las paradojas sobre el espa­cio y el tiempo, y me parecía que, en realidad, Gibberne preparaba nada menos que la aceleración absoluta de la vida. Supóngase un hom­bre que se dosificara repetidamente con semejante preparación: este hombre viviría, en efecto, una vida activa y única; pero sería adulto a los once años, de edad madura a los veinticinco, y a los trein­ta emprendería el camino de la decrepitud senil.
Hasta este punto se me figuraba que Gibberne sólo iba a procurar a todo el mundo el que tomara su droga exactamente lo mismo que lo que la Naturaleza ha procurado a los judíos y a los orientales, que son hombres a los quince años y ancianos a los cincuenta, y siempre más rápidos que nosotros en el pensar y en obrar. Siempre me ha ma­ravillado la acción de las drogas; por medio de ellas se puede enlo­quecer a un hombre, calmarle, darle una fortaleza y una vivacidad increíbles, o convertirle en un leño impotente, activar esta pasión o moderar aquella; y ¡ahora venía a añadirse un nuevo milagro a este extraño arsenal de frascos que utilizan los médicos! Pero Gibberne estaba demasiado atento a los puntos técnicos para que penetrara mucho en mi aspecto de la cuestión.
Fue el siete o el ocho de agosto cuando me dijo que la destilación que decidiría su fracaso o su éxito temporal se estaba verificando mientras nosotros hablábamos, y el día diez cuando me dijo que la operación estaba terminada y que el Nuevo Acelerador era una reali­dad palpable. Este día lo encontré cuando subía la cuesta de Sandga­te, en dirección de Folkestone (creo que iba a cortarme el pelo); Gib­berne vino a mi encuentro apresuradamente, y supongo que se diri­gía a mi casa para comunicarme en el acto su éxito. Recuerdo que los ojos le brillaban de una manera insólita en la cara acalorada, y hasta noté la rápida celeridad de sus pasos.
- Es cosa hecha - gritó, agarrándome la mano y hablando muy de prisa -. Más que hecha. Venga a mi casa a verlo.
- ¿De verdad? - ¡De verdad! - gritó -. ¡Es increíble. Venga a verlo. - ¿Pero produce... el doble:?
- Más, mucho más. Me he espantado. Venga a ver la droga. ¡Pruébela! ¡Ensáyela! Es la droga más asombrosa del mundo. Me aferró el brazo, y marchando a un paso tal que me obligaba a
ir corriendo, subió conmigo la cuesta, gritando sin cesar. Todo un ómnibus de excursionistas se volvió a mirarnos al unísono, a la mane­ra que lo hacen los ocupantes de estos vehículos. Era uno de esos días calurosos y claros que tanto abundan en Folkestone; todos los colo­res brillaban de manera increíble, y todos los contornos se recortaban con rudeza. Hacía algo de aire, desde luego; pero no tanto como el que necesitaría para refrescarme y calmarme el sudor en aquellas condiciones. Jadeando, pedí misericordia.
- No andaré muy de prisa, ¿verdad? - exclamó Gibberne, redu­ciendo su paso a una marcha todavía rápida.
-¿Ha probado usted ya esa droga? - dije yo, soplando.
- No. A lo sumo una gota de agua que quedaba en un vaso que en­juagué para quitar las últimas huellas de la droga. Anoche sí la tomé, ¿sabe usted? Pero eso ya es cosa pasada.
-¿Y duplica la actividad? - pregunté yo al acercarme a la entrada de su casa, sudando de una manera lamentable.
-¡La multiplica mil veces, muchos miles de veces! - exclamó Gib­berne con un gesto dramático, abriendo violentamente la ancha can­cela de viejo roble tallado.
-¿Eh?- dije yo, siguiéndole hacia la puerta.
- Ni siquiera sé cuántas veces la multiplica - dijo Gibberne con el llavín en la mano.
- ¿Y usted...?
- Esto arroja toda clase de luces sobre la fisiología nerviosa; da a la teoría de la visión una forma enteramente nueva... ¿Sabe Dios cuán­tos miles de veces? Ya lo veremos después. Lo importante ahora es ensayarla droga.
-  ¿Ensayar la droga?- exclamé yo mientras seguíamos el corre­dor.
- ¡Claro! - dijo Gibberne, volviéndose hacia mí en su despacho -. ¡Ahí está, en ese frasco verde! ¡A no ser que tenga usted miedo!
Yo soy, por naturaleza, un hombre prudente, sólo intrépido en teo­ría. Tenía miedo; pero, por otra parte, me dominaba el amor propio.
- Hombre - dije, cavilando -, ¿dice usted que la ha probado? - Sí; la he probado - repuso -, y no parece que me haya hecho da­ñe, ¿verdad? Ni siquiera tengo mal color, y, por el contrario, siento...
- Venga la poción - dije yo, sentándome -. Si la cosa sale mal, me ahorraré el cortarme el pelo, que es, a mi juicio, uno de los deberes más odiosos del hombre civilizado. ¿Cómo toma usted la mezcla:'
- Con agua - repuso Gibberne, poniendo de golpe una botella en­cima de la mesa.
Se hallaba en pie, delante de su mesa, y me miraba a mí, que esta­ba sentado en el sillón; sus modales adquirieron de pronto cierta afectación de especialista.
- Es una droga singular, ¿sabe usted?- dijo. Yo hice un gesto con la mano, y él continuó:
- Debo advertirle, en primer lugar, que en cuanto la haya usted bebido, cierre los ojos y no los abra hasta pasado un minuto o algo así, y eso con mucha precaución. Se sigue viendo. El sentido de la vis­ta depende de la duración de las vibraciones, y no de una multitud de choques; pero si se tienen los ojos abiertos, la retina recibe una espe­cie de sacudida, una desagradable confusión vertiginosa. Así que téngalos cerrados.
- Bueno; los cerraré.
- La segunda advertencia es que no se mueva. No empiece usted a andar de un lado para otro, puede darse algún golpe. Recuerde que irá usted varios miles de veces más de prisa que nunca; el corazón, los pulmones, los músculos, el cerebro, todo funcionará con esa rapidez, y puede usted darse un buen golpe sin saber cómo. Usted no notará nada, ¿sabe usted? Se sentirá lo mismo que ahora. Lo único que le pasará es que parecerá que todo se mueve muchos miles de veces más despacio que antes. Por eso resulta la cosa tan rara.
-¡Dios mío! - dije yo -. ¿Y pretende usted...? - Ya verá usted - dijo él, alzando un cuentagotas. Echó una mirada al material de la mesa, y añadió:
- Vasos, agua, todo está listo. No hay que tomar demasiado en el primer ensayo.
El cuentagotas absorbió el precioso contenido del frasco.
- No se olvide de lo que le he dicho - dijo Gibberne, vertiendo las gotas en un vaso de una manera misteriosa -. Permanezca sentado con los ojos herméticamente cerrados y en una inmovilidad absoluta durante dos minutos. Luego me oirá usted hablar.
Añadió un dedo de agua a la pequeña dosis de cada vaso.
- A propósito - dijo -: no deje usted el vaso en la mesa. Téngalo en la mano, descansando ésta en la rodilla. Sí; eso es, Y ahora... Gibberne alzó su vaso.
- ¡Por el Nuevo Acelerador! - dije yo. - ¡Por el Nuevo Acelerador! - repitió él.
Chocamos los vasos y bebimos, e instantáneamente cerré los ojos. Durante un intervalo indefinido permanecí en una especie de nirva­na. Luego oí decir a Gibberne que me despertara, me estremecí, y abrí los ojos. Gilbberne seguía en pie en el mismo sitio, y todavía tenía el vaso en la mano. La única diferencia era que éste estaba vacío. - ¿Qué?- dije yo.
-¿No nota nada de particular?
- Nada. Si acaso, una ligera sensación de alborozo. Nada más. -¿Y ruidos?
- Todo está tranquilo - dijo yo -. ¡Por Júpiter, sí! Todo está tran­quilo, salvo este tenue Pat-pat, pat-,bat, como el ruido de la lluvia al caer sobre objetos diferentes. ¿Qué es eso?
- Sonidos analizados- creo que me respondió; pero no estoy segu­ro.
Lanzó una mirada a la ventana y exclamó:
-¿Ha visto usted alguna vez delante de una ventana una cortina tan inmóvil como esa?
Seguí la dirección de su mirada y vi el extremo de la cortina, como si se hubiera quedado petrificada con una punta en el aire en el mo­mento de ser agitada vivamente por el viento.
- No - dije yo -; es extraño.
-¿Y esto?- dijo Gibberne, abriendo la mano que tenía el vaso. Como es natural, yo me sobrecogí, esperando que el vaso se rompería contra el suelo. Pero. lejos de romperse, ni siquiera pareció moverse; se mantenía inmóvil en el aire
- En nuestras latitudes- dijo Gibberne-, un objeto que cae reco­rre, hablando en general, cinco metros en el primer segundo de su caí­da. Este vaso está cayendo ahora a razón de cinco metros por se­gundo. Lo que sucede, ¿sabe usted?, es que todavía no ha transcurri­do una centésima de segundo. Esto puede darle una idea de la activi­dad vital que nos ha dado mi Acelerador.
Y empezó a pasar la mano por encima, por debajo y alrededor del vaso, que caía lentamente. Por último, lo cogió por el fondo, lo atrajo hacia sí y lo colocó con mucho cuidado sobre la mesa.
-¿Eh?- dijo riéndose.
- Esto me parece magnífico- dije yo, y empecé a levantarme del sillón con gran cautela.
Yo me encontraba perfectamente, muy ligero y a gusto y lleno de absoluta confianza en mí mismo. Todo mi ser funcionaba muy de prisa.
Mi corazón, por ejemplo, latía mil veces por segundo; pero esto no me causaba el menor malestar. Miré por la ventana: un ciclista inmóvil con la cabeza inclinada sobre los manubrios y una nube iner­te de polvo tras la rueda posterior trataba de alcanzar a un ómnibus lanzado al galope, que no se movía. Yo me quedé con la boca abierta ante este espectáculo increíble.
- Gibberne - exclamé -, ¿cuánto tiempo durará esta maldita droga ~ - ¡Dios sabe! - repuso él -. La última vez que la tomé me acosté, y se me pasó durmiendo. Le aseguro que estaba asustado. En realidad, debió de durarme unos minutos, que me parecíeron horas. Pero en poco rato creo que el efecto disminuye de una manera bastante súbita.
Yo estaba orgulloso de observar que no estaba asustado, debido, tal vez, a que éramos dos los expuestos.
-¿Por qué no salir a la calle? - pregunté yo. -¿Por qué no:'
- La gente se fijará en nosotros. .
- De ningún modo. ¡Gracias a Dios! Fíjese usted en que iremos mil veces más de prisa que el juego de manos más rápido que se haya hecho nunca. ¡Vamos! ¿Por dónde salimos? ¿Por la ventana o por la puerta?
Salimos por la ventana.
Seguramente, de todos los experimentos extraños que yo he hecho o imaginado nunca, o que he leído que habían hecho o imaginado otros, esta pequeña incursión que hice con Gibberne por el parque de Folkestone ha sido el más extraño y el más loco de todos.
Por la puerta del jardín salimos a la carretera, y allí hicimos un mi­nuciosos examen del tráfico inmovilizado. El remate de las ruedas y algunas de las patas de los caballos del ómnibus, así como la punta del látigo y la mandíbula inferior del cochero, que en ese preciso ins­tante se puso a bostezar, se movían perceptiblemente; pero el resto del pesado vehículo parecía inmóvil y absolutamente silencioso, ex­cepto un tenue ruido que salía de la garganta de un hombre. ¡Y este edificio petrificado estaba ocupado por un cochero, un guía y once via­jeros! El efecto de esta inmovilidad mientras nosotros caminábamos, empezó por parecernos locamente extraño y acabó por ser desagrada­ble.
Veíamos a personas como nosotros, y, sin embargo, diferentes, pe­trificadas en actitudes descuidadas, sorprendidas a la mitad de un gesto. Una joven y un hombre se sonreían mutuamente, con una son­risa oblicua que amenazaba hacerse eterna; una mujer con una pa­mela de amplias alas apoyaba el brazo en la barandilla del coche y contemplaba la casa de Gibberne con la impávida mirada de la eter­nidad; un hombre se acariciaba el bigote como una figura de cera, y otro extendía una mano lenta y rígida, con los dedos abiertos, hacia el sombrero, que se le escapaba. Nosotros los mirábamos, nos reía­mos de ellos y les hacíamos muecas; luego nos inspiraron cierto desa­grado, y dando media vuelta, atravesamos el camino por delante del ciclista dirigiéndonos al parque.
- ¡Cielo santo! - exclamó de pronto Gibberne-. ¡Mire!
Delante de la punta de su dedo extendido, una abeja se deslizaba por el aire batiendo lentamente las alas y a la velocidad de un caracol excepcionalmente lento.
A poco llegamos al parque. Allí, el fenómeno resultaba todavía más absurdo. La banda estaba tocando en el quiosco, aunque el rui­do que hacía era para nosotros como el de una quejumbrosa carraca, algo así como un prolongado suspiro, que tantas veces se convertía en un sonido análogo al del lento y apagado tic tac de un reloj monstruoso. Personas petrificadas, rígidas, se hallaban en pie, y maniquíes ex­traños, silenciosos, de aire fatuo, permanecían en actitudes inesta­bles, sorprendidos en la mitad de un paso durante su paseo por el césped. Yo pasé junto a un perrito de lanas suspendido en el aire al saltar, y contemplé el lento movimiento de sus patas al caer a tierra.
-¡Oh, mire usted! - exclamó Gibberne. Y nos detuvimos un instante ante un magnífico personaje vestido con un traje de franela blanca y rayas tenues, con zapatos blancos y sombrero panamá, que se volvía a guiñar el ojo a dos damas con vesti­dos claros que habían pasado a su lado. Un guiño, estudiado con el detenimiento que nosotros podíamos permitirnos, es una cosa muy poco atrayente. Pierde todo carácter de viva alegría, y se observa que el ojo que se guiña no se cierra por completo, y que bajo el párpado aparece el borde inferior del globo del ojo como una tenue línea blanca.
- ¡Como el Cielo me conceda memoria - dije yo - nunca volveré a guiñar el ojo!
- Ni a sonreír - añadió Gibberne con la mirada fija en los dientes de las damas.
- Hace un calor infernal - dije yo -. Vayamos más despacio. - ¡Bah! ¡Sigamos! - dijo Gibberne.
Nos abrimos camino por entre las sillas de la avenida. Muchas de las personas sentadas en las sillas parecían bastante naturales en sus actitudes pasivas; pero la faz contorsionada de los músicos no era un espectáculo tranquilizador. Un hombre pequeño, de cara purpúrea, estaba petrificado a la mitad de una lucha violenta por doblar un pe­riódico, a pesar del viento. Encontrábamos muchas pruebas de que todas las gentes desocupadas estaban expuestas a una brisa conside­rable, que, sin embargo, no existía por lo que a nuestras sensaciones se refería. Nos apartamos un poco de la muchedumbre y nos volvi­mos a contemplarla.
El espectáculo de toda aquella multitud convertida en un cuadro, con la rígida inmovilidad de figuras de cera, era una maravilla incon­cebible. Era absurdo, desde luego; pero me llenaba de un sentimien­to exaltado, irracional, de superioridad. ¡lmaginaos qué portento! Todo lo que yo había dicho, pensado y hecho desde que la droga ha­bía empezado a actuar en mi organismo había sucedido, en relación con aquellas gentes y con todo el mundo en general, en un abrir y ce­rrar de ojos.
- El Nuevo Acelerador... - empecé yo; pero Gibberne me inte­rrumpió.
- Ahí está esa vieja infernal. -¿Qué vieja?
- Una que vive junto a mi casa. Tiene un perro faldero que no hace más que ladrar. ¡Cielos! ¡La tentación es irresistible!
Gibberne tiene a veces arranques infantiles, impulsivos. Antes que yo pudiera discutir con él, arrancaba al infortunado animal de la existencia visible y corría velozmente con él hacia el barranco del parque. Era la cosa más extraordinaria. El pequeño animal no ladró, no se debatió ni dio la más ligera muestra de vitalidad. Se quedó completamente rígido, en una actitud de reposo soñoliento, mientras Gibberne lo llevaba cogido por el cuello. Era como si fuera corriendo con un perro de madera.
- ¡Gibberne! - grité yo -. ¡Suéltelo!
Luego dije alguna otra cosa y volví a gritarle: -Gibberne, si sigue usted corriendo así, se le va a prender fuego la ropa- ya se le empe­zaba a chamuscar el pantalón.
Gibberne dejó caer su mano en el muslo y se quedó vacilando al borde del barranco.
- Gibberne - grité yo, corriendo tras él -. Suéltelo. ¡Este calor es ex­cesivo! ¡Es debido a nuestra velocidad! ¡Corremos a tres o cuatro kiló­metros por segundo! ... ¡Y el frotamiento del aire! ...
- ¿Qué? - dijo Gibberne, mirando al perro.
- El frotamiento del aire! - grité yo -. El frotamiento del aire. Va­mos demasido aprisa. Parecemos aerolitos. Es demasiado calor. ¡Gibberne! ¡Gibberne! Siento muchos pinchazos y estoy cubierto de sudor. Se ve que la gente se mueve ligeramente. ¡Creo que la droga se disipa! Suelte ese perro.
- ¿Eh? - dijo él.
- La droga se disipa - repetí yo -. Nos estamos abrasando, y la droga se disipa. Yo estoy empapado de sudor.
Gibberne se quedó mirándome. Luego miró a la banda, cuyo lento carraspeo empezaba en verdad a acelerarse. Luego, describiendo con el brazo una curva tremenda, arrojó a lo lejos al perro que se elevó dando vueltas, inanimado aún, y cayó, al fin, sobre las sombríllas de un grupo de damas que conversaban animadamente. Gibberne me cogió del codo.
- ¡Por Júpiter! - exclamó -. Me parece que sí se disipa. Una espe­cie de picor abrasador. . sí. Ese hombre está moviendo el pañuelo de una manera perceptible. Debemos marcharnos de aquí rápidamen­te.
Pero no pudimos marcharnos con bastante rapidez. ¡Y quizá fuera una suerte! Pues, de lo contrario, hubiéramos corrido, y si hubiéra­mos corrido, creo que nos hubiésemos incendiado. ¡Es casi seguro que nos hubiésemos prendido fuego! Ni Gibberne ni yo habíamos pensado en eso, ¿sabe usted?... Pero antes que hubiéramos echado a correr, la acción de la droga había cesado. Fue cuestión de una ínfi­ma fracción de segundo. El efecto del Nuevo Acelerador cesó como quien corre una cortina, se desvaneció durante el movimiento de una mano. Oí la voz de Gibberne muy alarmada: - Siéntese - exclamó.
- Yo me dejé caer en el césped, al borde del prado, abrasando el suelo. Todavía hay un trozo de hierba quemada en el sitio en que me senté. Al mismo tiempo, la paralización general pareció cesar; las vi­braciones desarticuladas de la banda se unieron precipitadamente en una ráfaga de música; los paseantes pusieron el pie en el suelo y continuaron su camino; los papeles y las banderas empezaron a agi­tarse; las sonrisas se convirtieron en palabras; el personaje que había empezado el guiño lo terminó y prosiguió su camino satisfecho, y to­das las personas sentadas se movieron y hablaron.
El mundo entero había vuelto a la vida y empezaba a marchar tan de prisa como nosotros, o, mejor dicho, nosotros no íbamos ya más de prisa que el resto del mundo.
Era como la reducción de la velocidad de un tren al entrar en una estación. Durante uno o dos segundos, todo me pareció que daba vueltas, sentí una ligerísima náusea, y eso fue todo. ¡Y el perrito, que parecía haber quedado suspendido un momento en el aire cuando el brazo de Gibberne le imprimió su velocidad, cayó con súbita celeri­dad a través de la sombrilla de una dama.
Esto fue nuestra salvación. Excepto un anciano corpulento, que es­taba sentado en una silla y que ciertamente se estremeció al vernos, lue­go nos miró varias veces con gran desconfianza y me parece que aca­bé por decir algo a su enfermera acerca de nosotros, no creo que ni una sola persona se diera cuenta de nuestra súbita aparición. ¡Plop! Debi­mos de llegar allí bruscamente. Casi en el acto dejamos de chamuscar­nos, aunque la hierba que había debajo de mí desprendía un calor desagradable. La atención de todo el mundo (incluso la de la banda de la .Asociación de Recreos, que por primera vez tocó desafinada­mente) había sido atraída por el hecho pasmoso, y por el ruido toda­vía más pasmoso de los ladridos y la gritería que se originó de que un perro faldero gordo y respetable, que dormía tranquilamente del lado Este del quiosco de la música, había caído súbitamente a través de la sombrilla de una dama que se encontraba en el lado opuesto, llevando los pelos ligeramente chamuscados a causa de la extrema velocidad de su viaje a través del aire. ¡Y en estos días absurdos, en que todos tratamos de ser todo lo psíquicos, lo cándidos y lo supersti­ciosos que sea posible! La gente se levantó atropelladamente, tirando las sillas, y el guardia del parque acudió. Ignoro cómo se arreglaría la cuestión; estábamos demasiado deseosos de desligarnos del asunto y de rehuir las miradas del anciano de la silla para entretenernos en hacer minuciosas investigaciones. En cuanto estuvimos lo suficiente­mente fríos y nos recobramos de nuestro vértigo, nuestras náuseas y nuestra confusión de espíritu, nos levantamos, y bordeando la muche­dumbre, dirigimos nuestros pasos por el camino del hotel de la metró­poli hacia la casa de Gibberne.  Pero entre el tumulto oí muy dis­tintamente al caballero que estaba sentado junto a la dama de la sombrilla rota, que dirigía amenazas e insultos injustificados a uno de los inspectores de las sillas.
- Si usted no ha tirado el perro - le decía -, ¿quién ha sido?
El súbito retorno del movimiento y del ruido familiar, y nuestra natural ansiedad acerca de nosotros mismos (nuestras ropas estaban todavía terriblemente calientes, y la parte delantera de los pantalo­nes blancos de Gibberne estaba chamuscada y ennegrecida), me im­pidieron hacer sobre todas estas cosas las minuciosas observaciones que hubiera querido. En realidad no hice ninguna observación de al­gún valor científico sobre este retorno. La abeja, desde luego, se había marchado. Busqué al ciclista con la mirada; pero ya se había perdido de vista cuando nosotros llegamos al camino alto de Sandgate, o quizá nos lo ocultaban los carruajes; sin embargo, el ómnibus de los viajeros, con todos sus ocupantes vivos y agitados ya, marchaba a buen paso cer­ca de la iglesia próxima.
A1 entrar en la casa observamos que el antepecho de la ventana por donde habíamos saltado al salir estaba ligeramente chamuscado, que las huellas de nuestros pies en la grava del sendero eran de una profundidad insólita.
Este fue mi primer experimento del Nuevo Acelerador. Práctica­mente habíamos estado corriendo de un lado a otro, y diciendo y ha­ciendo toda clase de cosas, en el espacio de uno o dos segundos de tiempo. Habíamos vivido media hora mientras la banda había toca­do dos compases. Pero el efecto causado en nosotros fue que el mundo entero se había detenido, para que nosotros lo examináramos a gus­to. Teniendo en cuenta todas las cosas, y particularmente nuestra te­meridad al aventurarnos fuera de la casa, el experimento pudo muy bien haber sido mucho más desagradable de lo que fue. Demostró, sin duda, que Gibberne tiene mucho que aprender aún antes que su preparación sea de fácil manejo; pero su viabilidad quedó demostra­da ciertamente de una manera indiscutible.
Después de esta aventura, Gibberne ha ido sometiendo constante­mente a control el uso de la droga, y varias veces, y sin ningún mal resultado, he tomado yo bajo su dirección dosis medidas, aunque he de confesar que no me he vuelto a aventurar a salir a 1a calle mientras me encuentro bajo su efecto. Puedo mencionar, por ejemplo, que esta historia ha sido escrita bajo su influencia, de un tirón y sin otra inte­rrupción que la necesaria para tomar un poco de chocolate. La em­pecé a las seis y veinticinco, y en este momento mi reloj marca la me­dia y un minuto. La comodidad de asegurarse una larga e ininte­rrumpida cantidad de trabajo en medio de un día lleno de compro­misos, nunca podría elogiarse demasiado.
Gibberne está trabajando ahora en el manejo cuantitativo de su preparación, teniendo siempre en cuenta sus distintos efectos en ti­pos de diferente constitución. Luego espera descubrir un Retardador para diluir la potencia actual, más bien excesiva, de su droga. El Re­tardador, como es natural, causará el efecto contrario al Acelerador. Empleado solo, permitirá al paciente convertir en unos segundos muchas horas de tiempo ordinario, y conservar así una inacción apá­tica, una fría ausencia de vivacidad, en un ambiente muy agitado o irritante. Juntos los dos descubrimientos, han de originar necesaria­mente una completa revolución en la vida civilizada, éste será el principio de nuestra liberación del Vestido del Tiempo, de que habla Garlyle. Mientras, este Acelerador nos permitirá concentrarnos con formidable potencia en un momento u ocasión que exija el máximo rendimiento de nuestro vigor y nuestros sentidos, el Retardador nos permitirá pasar en tranquilidad pasiva las horas de penalidad o de te­dio. Quizá pecaré de optimista respecto al Retardador, que en reali­dad. no ha sido descubierto aún; pero en cuanto al Acelerador, no hay ninguna duda posible. Su aparición en el mercado en forma cómoda, controlable y asimilable es cosa de unos meses. Se le podrá adquirir en todas las farmacias y droguerías, en pequeños frascos verdes, a un precio elevado, pero de ningún modo excesivo si se consideran sus ex­traordinarias cualidades. Se llamará Acelerador Nervioso de Gibber­ne, y éste espera hallarse en condiciones de facilitará en tres distin­tas potencias: una de doscientos, otra de novecientos y otra de mil grados, y se distinguirán por etiquetas amarilla, rosa y blanca, res­pectivamente.
No hay duda de que su uso hace posible un gran número de cosas extraordinarias, pues, desde luego, pueden efectuarse impunemente los actos más notables y hasta quizá los más criminales, escurriéndo­se de este modo, por decirlo así, a través de los intersticios del tiempo. Como todas las preparaciones potentes, ésta sería susceptible de abu­so.
No obstante, nosotros hemos discutido a fondo este aspecto de la cuestión, y hemos decidido que eso es puramente un problema de ju­risprudencia médica completamente al margen de nuestra jurisdic­ción. Nosotros fabricaremos y venderemos el Acelerador, y en cuanto a las consecuencias..., ya veremos.



jueves, 12 de enero de 2012

Afuera Brian W. Aldiss







Afuera

Brian W. Aldiss



Nunca salían de la casa.

El hombre que respondía al nombre de Harley era quien solía levantarse primero. A veces daba un paseo por la casa sin quitarse el pijama... la temperatura era constante y suave día tras día. Luego despertaba a Calvin, aquel individuo corpulento y apuesto que parecía como si poseyese una docena de talentos distintos y nunca quisiese emplearlos. Le bastaba con su presencia para satisfacer la necesidad de compañía que sentía Harley.

Dapple, la muchacha de acerados ojos grises y negros cabellos, tenía el sueño muy ligero. Las voces de los dos hombres al conversar la despertaban. Entonces se levantaba e iba a llamar a May; ambas bajaban juntas al piso inferior y preparaban el desayuno. Mientras ellas se entregaban a esta ocupación, las otras dos personas que habitaban en la casa, Jagger y Pief, comenzaban a levantarse.

Así es como empezaban todos los «días»: no con los primeros lustres del alba, sino simplemente cuando los seis despertaban. A pesar que no hacían ejercicio durante el día, cuando se acostaban por la noche su sueño era profundo y regular.

El único acontecimiento del día que provocaba cierta excitación entre ellos era la apertura del almacén. El almacén era un cuartito situado entre la cocina y la estancia azul. En la pared más lejana había un ancho estante, del cual dependía la vida de todos ellos.

En él aparecían todos los suministros, llegados de no se sabía dónde. Lo último que hacían antes de acostarse era cerrar con llave la puerta de aquella desnuda estancia y cuando por la mañana regresaban a ella, encontraban, esperándolos sobre el estante, todos los artículos necesarios para su manutención: comida, ropa blanca, una nueva lavadora. Esto era una característica más de su existencia, normal y aceptada por todos, y que no provocaba jamás entre ellos el menor comentario.

Aquella mañana, Dapple y May ya tenían el desayuno preparado antes que hubieran bajado los cuatro hombres. Dapple incluso había tenido que ir a llamarlos al pie de la amplia escalera antes que Pief hiciese su aparición; por lo tanto, hubo que aplazar la apertura del almacén hasta después de desayunar, porque si bien aquella operación no podía considerarse en modo alguno como una ceremonia, las dos mujeres se ponían nerviosas si tenían que ir solas. Era una de esas cosas que...

Espero que hayan puesto tabaco ,dijo Harley, mientras abría la puerta. Se me está acabando.

Se acercaron al estante y lo miraron. Estaba vacío.

No hay comida ,observó May, con los brazos en jarras. Hoy tendremos que acortar la ración.

No era la primera vez que aquello ocurría. En una ocasión ,no sabían cuánto tiempo hacía, pues no contaban ni los días ni las horas, no apareció comida durante tres días consecutivos. Cada vez que fueron allí, el estante estaba vacío. Aceptaron la escasez resultante con filosofía.

Antes de morirnos de hambre, May, te comeremos ,dijo Pief y todos rieron brevemente para celebrar la broma, aunque Pief ya se la había gastado también la última vez. Pief era un hombrecito discreto, de esos que pasan inadvertidos entre la multitud. Su más preciada posesión consistía en aquellas inocentes bromas.

Sólo había dos paquetes en el estante. Uno era el tabaco de Harley y el otro un juego de naipes. Harley se embolsilló el primero con un gruñido, y abriendo el envase de los naipes desplegó éstos ante los ojos de sus compañeros.

¿Echamos una partida? ,les preguntó.

Sí, de póker ,dijo Jagger.

No, canasta.

Siete y medio.

Jugaremos después ,dijo Calvin. Nos servirá para matar el tiempo por la noche.

Los naipes serían un reto para todos ellos, pues los obligarían a sentarse en torno a una mesa, mirándose cara a cara.

No había nada que los separase, pero tampoco parecía existir una fuerza que los uniese, una vez terminada la baladí operación de abrir el almacén. Jagger limpiaba el vestíbulo con el aspirador de polvo. Pasó frente a la puerta de entrada, que nunca se abría, y remolcó el aparato por las escaleras para limpiar los descansillos superiores. En realidad, la casa no estaba sucia, pero era costumbre limpiarla por la mañana. Las mujeres, sentadas en compañía de Pief, discutían deshilvanadamente la manera de distribuir las raciones, pero después de este intercambio se separaron como si de repente entre ellas hubiera cesado toda comunicabilidad. Calvin y Harley ya habían tomado por rumbos opuestos.

Vivían en una casa de errática disposición. Las pocas ventanas que había nunca se abrían, eran irrompibles y no admitían la luz. La casa estaba sumida en tinieblas; las habitaciones sólo se iluminaban cuando alguien entraba en ellas... y la luz procedía de una fuente invisible. Sólo así se disipaban las tinieblas que envolvían la casa. Las habitaciones estaban amuebladas, pero con muebles incongruentes que apenas tenían relación entre sí, como si la habitación que los contenía careciera de todo sentido. Las casas habitadas por personas huérfanas de ambiciones o propósitos en la vida emanan ese aire.

No se podía discernir ningún plan en el primero o segundo piso o en el largo y vacío desván. Sólo la familiaridad y la costumbre permitían dominar aquel dédalo de piezas y corredores. Y ellos disponían de mucho tiempo para familiarizarse con su laberíntica morada.

Harvey paseó largo rato con las manos en los bolsillos. En un sitio se encontró con Dapple. La joven estaba inclinada graciosamente sobre un cuaderno de dibujo, copiando con mano de aficionado un cuadro que pendía de una de las paredes... y que representaba la misma estancia en que ella se encontraba. Cambiaron algunas palabras y Harley continuó su paseo.

Algo se agazapaba en un rincón de su mente, como una araña en un ángulo de su tela. Ingresó en lo que ellos denominaban la sala del piano y entonces comprendió qué era lo que le preocupaba. Casi furtivamente miró a su alrededor cuando las tinieblas retrocedieron y luego contempló el gran piano de cola. Algunos extraños objetos habían aparecido de cuando en cuando sobre el estante para ser distribuidos por toda la casa; uno de ellos podía verse encima del piano.

Era un modelo de aspecto macizo y de medio metro de alto, achaparrado, casi redondo, de aguda punta y cuatro aletas en arbotante, sobre las que descansaba. Harley sabía lo que era. Era una nave de enlace entre el espacio y la Tierra y viceversa; un modelo de las pesadas naves que ascendían hasta las astronaves propiamente dichas.

Aquello le produjo más desconcierto que la aparición del propio piano en el almacén. Sin apartar sus ojos del modelo, Harley tomó asiento en el taburete del piano y permaneció con el cuerpo en tensión, tratando de arrancar algo desde el fondo de su mente... Algo relacionado con astronaves.

Fuera lo que fuese, era algo desagradable que lo esquivaba cuando él ya creía tenerle el dedo encima. Lo rehuía constantemente. Si pudiese comentarlo con alguien tal vez conseguiría sacarlo de su escondrijo. Desagradable y amenazador, pero con una promesa entreverada en la amenaza.

Si pudiese alcanzarlo y mirarlo cara a cara, podría hacer... algo determinado. Y hasta que no lo hubiese enfrentado, ni siquiera podría decir qué era aquella cosa determinada que quería hacer.

Oyó pisadas a sus espaldas. Sin volverse, Harley levantó con destreza la tapa del teclado e hizo correr un dedo por las teclas. Sólo entonces se volvió para mirar con indiferencia sobre el hombro. Era Calvin, con las manos en los bolsillos y el ánimo despejado, irradiando seguridad en sí mismo.

He visto luz aquí ,dijo con desparpajo,y se me ocurrió entrar, ya que me hallaba de pasada.

Pues a mí se me ocurrió tocar un poco el piano ,respondió Harley, sonriendo.

No se podía hablar de aquello ni siquiera con un amigo como Calvin, porque lo prohibían las circunstancias, las cosas; porque era menester observar una conducta serena, normal. Esto, al menos, era claro y seguro, y le servía de consuelo: portarse como un ser humano normal, como un hombre moliente y corriente...

Tranquilizado, sus dedos arrancaron armoniosas notas al teclado. Tocaba bien. Todos ellos tocaban bien: Dapple, May, Pief... Después de montar el piano, todos se pusieron a tocarlo, y a tocarlo bien. ¿Era aquello... natural? Harley miró de soslayo a Calvin. Éste recargaba su robusta humanidad contra el instrumento, vuelto de espaldas a él, libre por completo de cuidados. Su rostro únicamente mostraba una expresión de gentil afabilidad. Todos ellos eran afables y jamás se peleaban.

Cuando los seis se reunieron ante su frugal almuerzo, su conversación fue trivial y alegre. Luego vino la tarde, muy parecida a la mañana, a todas las mañanas: segura, cómoda, sin propósito definido. Sólo a Harley aquella tarde le pareció ligeramente desenfocada, pues poseía ya una clave con que abordar el problema. No era más que un indicio, pero en la absoluta calma de sus días adquiriría bastante relieve.

Fue May quien le dio aquella pista. Cuando ella se sirvió jalea, Jagger la acusó, riendo, de tomar más de lo que le correspondía. Dapple, que siempre defendía a May, dijo:

Ha tomado menos que tú, Jagger.

No ,le enmendó May. Creo que sí, que he tomado más que nadie. Pero lo he hecho por un motivo particular.

Aquello era una suerte de retruécano muy en boga entre ellos. Pero Harley se puso a rumiar su significado, paseándose de allá para acá por una de las silenciosas habitaciones. Particulares, ulteriores motivos... ¿Sentían sus compañeros la misma desazón que él? ¿Tenían un motivo para ocultar aquella desazón? Y otra interrogante: ¿dónde estaban?

Se desembarazó de aquella cuestión con brusquedad.

Había que ir por partes, tanteando con suavidad el camino que llevaba al abismo. Tenía que clasificar los conocimientos que poseía.

Primero: la Tierra llevaba poco a poco las de perder en una guerra fría con Nititia.

Segundo: los nititianos poseían la alarmante facultad de poder asumir la misma apariencia de sus enemigos.

Tercero: gracias a ello se podían infiltrar en la sociedad humana.

Cuarto: la Tierra era incapaz de atisbar por dentro a la civilización nititiana.

Por dentro... Una oleada de claustrofobia se abatió sobre Harley cuando comprendió que estos hechos cardinales no tenían ninguna relación con aquel microcosmo habitado por él. Procedían, por medios que le eran desconocidos, del exterior: esa vasta abstracción que ninguno de ellos había visto en su vida. Tenía la imagen mental de un vacío estrellado en el que los hombres y monstruos flotaban o se acometían, pero se apresuró a borrarla. Tales ideas no estaban de acuerdo con la reposada conducta de sus compañeros. ¿Pensaban ellos en el exterior, en cómo sería afuera, a pesar que nunca lo mencionasen?

Harley se paseaba inquieto por la estancia y el parquet hacía resonar la indecisión de sus pasos. Se hallaba en la sala de billares. Empujando las bolas sobre el paño con un dedo, las hizo rodar, sintiéndose todo el tiempo preso de conflictivas intenciones. Las rojas esferas se tocaron y se separaron. Así era como funcionaban las dos mitades de su mente. Eran irreconciliables: por un lado debía permanecer allí y conformarse; por otro lado, no debía permanecer allí (al no recordar un tiempo en que no hubiese estado allí, Harley sólo podía formular la segunda idea hasta aquel punto y no más). Otra cosa que le causaba dolor era el hecho que el «aquí» y el «no aquí» no pareciesen ser las dos mitades de un todo homogéneo, sino dos disonancias.

La bola de billar corrió lentamente hasta caer en un orificio. Entonces él se decidió. Aquella noche no dormiría en su habitación.



Vinieron desde distintos puntos de la casa para tomar juntos unas copas antes de acostarse. Por tácita anuencia, se aplazó la partida de cartas para otro momento. Tenían tiempo de sobra para todo.

Hablaron de las naderías que habían ocurrido durante el día, del modelo de una de las habitaciones que Calvin construía y May amueblaba, de la luz defectuosa del corredor del piso alto, que tardaba demasiado en encenderse. Se sentían intimidados. De nuevo era hora de dormir y nadie sabía que sueños vendrían a ellos. Pero dormirían. Harley sabía ,se preguntó si los demás también lo sabían,que con la oscuridad que descendía cuando se metían en la cama, vendría la orden insoslayable de dormir.

Se mantenía alerta y en tensión junto a la puerta de su dormitorio, dándose perfecta cuenta de lo irregular de su conducta. Sentía dolorosos latidos en su cabeza y se llevó una mano helada a la sien. Oyó cómo los demás se iban a sus respectivas habitaciones. Pief lo llamó para darle las buenas noches; Harley le contestó. Luego reinó el silencio.

¡Había llegado el momento!

Cuando salió con nerviosismo al corredor, la luz se encendió.

Sí, aquella luz tardaba en encenderse... Parecía que lo hiciese a regañadientes. Su corazón latía tumultuosamente. Ya no podía volverse atrás. No sabía lo que iba a hacer ni lo que iba a pasar, pero ya no podía volverse atrás. Había conseguido sobreponerse al sueño. Ahora tenía que ocultarse y esperar.

No es fácil ocultarse cuando una señal luminosa lo sigue a uno por todas partes. Pero al ingresar por un pasillo que conducía a un cuarto que nadie utilizaba, abriendo apenas la puerta y agazapándose en el umbral, Harley consiguió que la luz defectuosa se apagase para que la oscuridad reinase allí.

No se sentía contento ni cómodo. Su cerebro bullía en un conflicto que él apenas entendía. Lo alarmaba pensar que había faltado a las reglas y lo asustaban las tinieblas llenas de crujidos que lo rodeaban. Pero no estuvo por mucho tiempo con el ánimo en vilo.

La luz del corredor volvió a encenderse. Jagger había salido de su dormitorio sin tomar ninguna precaución para no hacer ruido. La puerta se cerró con estrépito detrás suyo. Harley pudo atisbar su cara antes que diese media vuelta y se dirigiese a la escalera; se veía reservado pero sereno... como un hombre que sale del trabajo. Bajó la escalera con paso rápido y alegre.

Jagger debía estar durmiendo, en su cama. Se había transgredido una ley de la naturaleza.

Sin vacilar, Harley lo siguió. Había estado preparado para que algo sucediera, y algo sucedió en verdad, pero sentía escalofríos de temor. Se le ocurrió la loca idea que podría desintegrarse de miedo. De todos modos, se obligó a bajar las escaleras, pisando sin ruido la tupida alfombra.

Jagger había doblado un ángulo. Iba silbando tranquilamente. Harley lo oyó descorrer el cerrojo de una puerta. Debía de ser la del almacén... las demás puertas no tenían cerrojo. Jagger dejó de silbar.

En efecto, el almacén estaba abierto. De su interior no venía el menor ruido. Cautelosamente, Harley se asomó al interior. La pared opuesta se había abierto, girando sobre un pivote central, para revelar un pasadizo al otro lado. Durante varios minutos Harley se sintió incapaz de moverse, contemplando como hipnotizado la abertura.

Finalmente entró en el almacén, sintiendo que se ahogaba. Jagger había salido... por allí. Harley hizo otro tanto. Aquello iba hacia un lugar desconocido, a un lugar de cuya existencia él no tenía ni la más remota idea. A un lugar que no era la casa...

El pasadizo era corto y tenía dos puertas. La del otro extremo parecía la puerta de una jaula (Harley fue incapaz de reconocer que se trataba de un ascensor). A un lado había una portezuela estrecha, provista de una ventanilla.

La ventanilla era transparente. Harley miró por ella y luego retrocedió, notando que le faltaba la respiración. Sintió vértigo y se le formó un nudo en la garganta.

Afuera brillaban las estrellas.

Con un esfuerzo, consiguió dominarse y regresar al primer piso, apoyándose en la barandilla. Todos ellos habían estado viviendo bajo una terrible equivocación...

Irrumpió en la habitación de Calvin y la luz se encendió. En el aire flotaba un débil y dulce aroma y Calvin yacía tendido sobre su amplia espalda, dormido profundamente.

¡Calvin! ¡Despierta!,le gritó Harley.

El durmiente no se movió. Harley tuvo conciencia, de pronto, de su propia soledad y de la espectral presencia de la gran mansión que le rodeaba. Inclinándose sobre el lecho, zarandeó violentamente a Calvin y le dio palmadas en el rostro.

Calvin lanzó un gruñido y abrió un ojo.

¡Despiértate, hombre! ,le apremió Harley. Aquí pasa algo terrible.

Calvin se incorporó sobre un codo. Al contagiársele el temor del otro, se despabiló completamente.

Jagger ha salido de la casa,le dijo Harley. La casa tiene una salida. Tenemos... que descubrir qué somos.

Su voz adquirió un timbre histérico y volvió a zarandear a Calvin:

Tenemos que averiguar qué pasa aquí. ¡O somos víctimas de un espantoso experimento! ¡O todos nosotros somos monstruos!

Pero mientras hablaba, ante sus propios ojos atónitos, entre sus propias manos, Calvin comenzó a arrugarse, encogerse y hacerse borroso, mientras sus ojos se juntaban y su hercúleo torso se contraía. Algo distinto... algo vivo y animado se formaba en su lugar.

Harley sólo dejó de gritar cuando, después de bajar las escaleras de cuatro en cuatro escalones, la vista de las estrellas a través de la ventanilla consiguió calmarlo. Tenía que salir afuera, fuese lo que fuese aquel afuera.

Y entonces se decidió.

Abrió la portezuela y salió al fresco aire nocturno.



Los ojos de Harley no estaban acostumbrados a juzgar las distancias. Necesitó algún tiempo para comprender que en la distancia se recortaban unas montañas sobre el cielo estrellado y que él estaba de pie sobre una plataforma erigida a tres metros y medio sobre el suelo. A cierta distancia brillaban unas luces, formando rectángulos iluminados sobre una extensión cubierta de asfalto.

Había una escalerilla de acero al borde de la plataforma. Mordiéndose los labios, Harley se aproximó a ella y descendió torpemente. El frío y el miedo lo hacían temblar con violencia. Cuando sus pies tocaron terreno sólido, echó a correr. Miró una sola vez hacia atrás y vio la casa saliendo de la plataforma como una rana inmóvil sobre una ratonera.

Entonces se detuvo de pronto, en la oscuridad casi total. El horror y la aversión lo dominaron, provocándole náuseas. Las estrellas que tildaban en lo alto y las pálidas crestas de las montañas comenzaron a girar y él apretó los puños para no desvanecerse. Aquella casa, fuese lo que fuese, representaba todo el frío de su espíritu. Harley se dijo: «Sea lo que sea lo que me han hecho, me han engañado. Alguien me ha desprovisto tan completamente de algo que ni siquiera sé lo que es. He sido engañado, burlado...».

Y sintió que se ahogaba al pensar en los años que le habían robado. Nada de pensar; el pensamiento desgastaba los nervios y corría como un ácido por el cerebro. ¡Únicamente acción! Los músculos de sus piernas se pusieron nuevamente en movimiento.

Ante él se alzaron unos edificios. Corrió hacia la luz más próxima e irrumpió en la primera puerta. Entonces se detuvo en seco, jadeando y parpadeando bajo aquella luz cegadora.

Las paredes de aquella habitación estaban recubiertas de gráficos y mapas. En el centro de la pieza había una mesa de grandes proporciones provista de pantalla televisora y altavoz. Era una habitación de aspecto oficinesco, con ceniceros abarrotados de colillas. Reinaba en ella un desaseo ordenado. Un hombre enjuto estaba sentado muy alerta ante la mesa; su boca era de finos labios.

Otros cuatro hombres estaban también en la habitación. Todos ellos iban armados y ninguno mostró sorpresa al verlo. El hombre sentado ante la mesa vestía un traje impecable; los demás iban de uniforme.

Harley se apoyó en el umbral, sollozando. No encontraba palabras.

Has tardado cuatro años en salir de ahí ,le dijo el hombre enjuto.

Su voz era aguda.

Acércate y mira esto ,le dijo, indicándole la pantalla que tenía delante.

Haciendo un esfuerzo, Harley obedeció; sus piernas se movían como desvencijadas muletas.

En la pantalla, claro y real, se veía el dormitorio de Calvin. La pared del fondo se abrió y por ella dos hombres uniformados se llevaron a rastras a una extraña criatura, un ser que parecía de alambre, de aspecto mecánico, que antes se llamaba Calvin.

Calvin era un nititiano, pues ,observó Harley con voz ronca, consciente de una especie de sorpresa estúpida que le produjo su propia observación.

El hombre enjuto asintió con la cabeza.

Las infiltraciones enemigas llegaron a constituir una verdadera amenaza,dijo. En la Tierra, nada ni nadie estaba seguro. Estos seres pueden matar a un ser humano haciéndolo desaparecer y convirtiéndose en su réplica exacta. Esto complica mucho las cosas... De esta manera perdimos muchos secretos de Estado. Pero las naves nititianas están obligadas a aterrizar sobre este planeta para desembarcar a los no-hombres y recogerlos una vez finalizada su misión. Éste es su talón de Aquiles.

»Interceptamos a una de estas naves y paralizamos uno por uno a sus tripulantes después que asumieron una forma humanoide. Entonces los sometimos a una amnesia artificial y los distribuimos en pequeños grupos en diferentes lugares, para someterlos a estudio. Tienes que saber, en efecto, que estás en el Instituto del Ejército para la Investigación de los No-Hombres. Hemos aprendido muchas cosas... casi lo suficiente para combatir la amenaza. Tu grupo, por supuesto, era uno de ésos.

Harley casi chilló:

¿Por qué me pusieron ustedes con ellos?

El hombre enjuto hizo sonar una regla entre los dientes antes de responder.

En cada grupo se requiere la presencia de un observador humano, además de todos los aparatos registradores y exploradores conectados con el exterior. Pues un nititiano consume mucha energía para mantener su forma humana. Una vez que ha asumido esa forma, la mantiene por autohipnosis, y ésta sólo es anulada en momentos de prueba y de tensión interior. La cantidad de tensión soportable puede variar de un individuo a otro. Nuestro observador humano puede darse cuenta de estas tensiones. Es un trabajo muy fatigoso; siempre utilizamos dobles que actúan en días alternos...

Pero yo siempre he estado allí...

El Ser Humano de tu grupo ,le interrumpió su interlocutor,era Jagger, o dos hombres que se alternaban en el papel de Jagger. Esta noche sorprendiste a uno de ellos saliendo de la casa al concluir su turno.

Esto no tiene pies ni cabeza ,gritó Harley. ¿Trata usted de decir que yo...?

Las palabras le faltaban. Ya no podía pronunciarlas. Sintió que su forma exterior se deshacía como arena, mientras desde el otro lado de la mesa varias pistolas lo encañonaban.

El hombre enjuto apartó su mirada del repugnante espectáculo antes de proseguir:

Tu nivel de tensión es sorprendente. Muy notable, ciertamente. Pero todos ustedes terminan por cometer el mismo error. Como los insectos terrestres que imitan a determinados vegetales, poseen una astucia que se convierte en un arma de dos filos. No saben ser más que simples copias. Como Jagger se pasaba el día sin hacer nada, todos ustedes se limitaban a remedarlo instintivamente. No se aburrían... ni siquiera trataban de cortejar a Dapple... por cierto, una de las mujeres más bellas que he visto. Ni siquiera el modelo de astronave les produjo una reacción apreciable.

Alisándose el traje, se levantó ante el ser esquelético que se había ido a agazapar en un rincón.

La inhumanidad que llevan dentro siempre los delatará ,dijo con voz tranquila, por muy humanos que puedan parecer exteriormente.



F I N


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