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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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lunes, 7 de enero de 2013

SCI-FI SPECIAL - ALGO PARA NOSOTROS, TEMPONAUTAS Philip K. Dick



ALGO PARA NOSOTROS, TEMPONAUTAS
Philip K. Dick


Addison Doug avanzaba, con aire exhausto, por el largo sendero de lajas redondas
hechas de madera sintética, paso a paso, la cabeza baja y como si le agobiase un
enorme dolor físico. La joven le veía llegar, sufriendo ella también al darse cuenta de su
dolor y su cansancio, pero al mismo tiempo se alegraba de que al menos estuviese allí.
Paso a paso el hombre avanzó hacia ella sin levantar la cabeza, automáticamente...
como si hubiese recorrido aquel camino muchas veces, pensó ella de pronto. Conoce
el camino demasiado bien. ¿Por qué?
—¡Addi! —gritó y echó a correr hacia el hombre con deseos de ayudarle—. Dijeron
por la televisión que estabas muerto. ¡Que todos habíais muerto!
El hombre se detuvo y con una mano esbozó el gesto de echarse hacia atrás el
pelo, que ya no era largo. Se lo habían cortado antes del lanzamiento. Pero sin duda lo
había olvidado.
—¿Crees algo de lo que ves en la televisión? —dijo, y siguió avanzando, con
pausas y vacilante, pero sonriendo ahora. Alargó la mano hacia ella.
«Dios, qué bueno es poder tocarle y sentir sus manos en mí —pensó la joven—.
Aún tiene más fuerzas de las que yo creía.»
—Estaba a punto de buscar a alguien —jadeó—. Alguien que te reemplazase.
—Te rompo la cabeza si lo haces —contestó él—. De todas formas no es posible,
nadie puede reemplazarme.
—Pero ¿qué pasó con la implosión, al volver? Dicen que...
—Lo he olvidado —contestó él con el tono que solía usar cuando quería decir: no
voy a hablar de ello. Este tono la había irritado siempre antes, pero no ahora. Esta vez
se dio cuenta de lo horrible que debía de ser el recuerdo—. Voy a quedarme en tu casa
un par de días —continuó él diciendo, mientras avanzaban juntos por el sendero hacia
la puerta abierta de la casa, en forma de A—. Quiero decir, si estás de acuerdo. Benz y
Crayne se reunirán conmigo más tarde. Quizá esta misma noche. Tenemos mucho que
hablar y que calcular.
—Entonces, sobrevivisteis los tres —dijo ella mirando su rostro demacrado—. Nada
de lo que dijeron en la televisión... —Comprendió al fin, O creyó comprender—. Era una
historia inventada. Por razones políticas o para engañar a los rusos, me imagino. Para
que la Unión Soviética crea que el lanzamiento fue un fracaso, debido a vuestra
entrada, al volver...
—No —dijo él—. Un crononauta ruso se reunirá con nosotros, probablemente. Para
ayudarnos a calcular lo que ha sucedido. El general Toad dice que hay ya uno en
camino hacia aquí. Ya le han concedido el pase. A causa de la gravedad de la
situación.
—¡Dios mío! —exclamó la muchacha, sorprendida—. Entonces, ¿para quién
inventaron esa historia?
—Vamos a beber algo primero —dijo Addison—, y luego intentaré explicarte lo que
yo sé.
—Lo único que tengo de momento es un poco de brandy californiano.
Addison dijo:
—No importa lo que sea. Bebería cualquier cosa, tal y como me siento.
Se derrumbó sobre el sofá, echó hacia atrás la cabeza y dejó escapar un suspiro
agobiado, mientras la joven se apresuraba a preparar bebida para los dos.
La radio del coche estaba diciendo: «...Apenados ante el trágico giro que han
tomado los acontecimientos, a partir de un imprevisto...»
—Palabrería oficial —dijo Crayne cerrando el aparato. Iba en el coche con Benz y
les resultaba difícil encontrar la casa. Sólo habían estado allí una vez. Crayne pensó
que era una manera bastante informal de reunirse en conferencia para un asunto de tal
importancia, esto de darse cita en casa de la chica de Addison, allí en las afueras de
Ojai. Tenía la ventaja, sin embargo, de que no les molestarían los curiosos. Y no
disponían de mucho tiempo. Aunque esto era difícil de saber. Nadie podía asegurarlo.
A ambos lados de la carretera se velan colinas que en un tiempo estuvieron
cubiertas de bosques. Ahora los caminos de entrada a las casas y las irregulares
carreteras de plástico fundido estropeaban el paisaje por todas partes, pensó Crayne.
—Apuesto a que esto fue muy hermoso en el pasado —le dijo a Benz, que iba
conduciendo.
—La Floresta Nacional de los Padres no queda lejos de aquí —contestó Benz—.
Me perdí en ella una vez cuando tenía ocho años. Pasé horas y horas en el bosque,
pensando que iba a morderme una serpiente de cascabel. Cada rama que veía me
parecía una serpiente.
—Bueno, pues ya te ha mordido ahora —dijo Crayne.
—A todos nosotros —añadió Benz.
—Sabes —dijo Crayne—, es una experiencia terrible esto de estar muerto.
—Habla por ti.
—Pero técnicamente...
—Si haces caso de lo que dice la radio y la televisión —dijo Benz volviendo hacia él
su cara de gnomo, muy seria—, no estamos más muertos que la demás gente que vive
en este planeta. La única diferencia es que la fecha de nuestra muerte está inscrita en
el pasado, mientras que la de los otros corresponde a un momento incierto del futuro.
Algunos de ellos la tienen bien fijada, sin embargo; por ejemplo, los que están en un
hospital de cancerosos. Para ellos es tan seguro como lo es para nosotros. Más aún.
Fíjate en esto: ¿cuánto tiempo podemos quedarnos aquí antes de tener que regresar?
Disponemos de un margen que los cancerosos graves no tienen.
Crayne respondió con acento cáustico:
—Pronto vas a decirme que hemos de alegrarnos por no sentir dolores.
—Addi los tiene. Le vi partir dando bandazos esta mañana. Los tiene
psicosomáticarnente y se han convertido en una dolencia física. Como si Dios le
estuviese metiendo la rodilla en el cuello. Lleva demasiado peso sobre sí y no es justo.
Pero no se queja en voz alta. Sólo de vez en cuando enseña sus llagas —sonrió al
decir esto.
—Addi tiene más razones para vivir que nosotros.
—Todo hombre tiene más razones para vivir que ningún otro hombre. Yo no tengo
una chica con la que acostarme, pero me gustaría ver las puestas de sol sobre
Riverside Freeway unas cuantas veces más. No son las cosas que tienes para vivir lo
que cuenta, sino las ganas que tienes de verlas, las ganas que tienes de estar ahí...
Eso es lo más triste de nuestro caso.
Continuaron rodando en silencio.
Los tres temponautas estaban sentados, fumando, en el saloncito de la casa de la
joven. Se lo tomaban con calma. Addison Doug estaba pensando que la chica tenía
una expresión más provocativa y deseable que nunca, con su suéter blanco muy
ajustado y su microfalda. Ojalá que no estuviese tan provocativa. El no tenía fuerzas
para eso ahora, tal y como se sentía por dentro. Demasiado cansancio.
—¿Sabe ella de lo que se trata? —preguntó Benz señalando a la chica—. Quiero
decir, ¿podemos hablar abiertamente? ¿No le sorprenderá demasiado?
—Aún no le he dado ninguna explicación —dijo Addison.
—Pues será mejor que lo hagas —comentó Crayne.
—¿Qué es lo que ocurre? —dijo ella, con un sobresalto, poniéndose una mano
entre los dos montículos de sus pechos, como si quisiera tocar algún símbolo religioso
que no estaba allí. Addison se quedó pensativo un momento.
—Fuimos aspirados al hacer la entrada —dijo Benz, que era realmente el más cruel
del grupo. O por lo menos el más brusco—. Verá usted, señorita...
—Hawkins —dijo ella en un susurro.
—Encantado de conocerla, señorita Hawkins —dijo Benz observándola de arriba
abajo con su habitual frialdad—. ¿Tiene usted además un nombre?
—Merry Lou.
—Muy bien, Merry Lou —dijo Benz. Los otros dos hombres observaban la escena
en silencio—. Parece uno de esos nombres que las camareras llevan cosidos en la
blusa. «Me llamo Merry Lou y voy a servirle la cena, y el desayuno, y el almuerzo
durante los próximos días, o durante los días que sean hasta que abandonen la partida
y vuelvan a su propio tiempo. Serán cincuenta y tres dólares y ocho centavos, por
favor; propina no incluida. Y espero que no vuelvan nunca, ¿me oye?» —Había
empezado a temblarle la voz. Y el cigarrillo también—. Lo siento, señorita Hawkins —
dijo, y añadió luego—: Estamos todos desquiciados con este lío de la entrada. La
implosión, ya sabe. Tan pronto como llegamos nos enteramos de la cosa. En realidad,
lo hemos sabido antes que nadie.
—Pero no podíamos hacer nada —dijo Crayne.
—Nadie puede hacer nada —le dijo Addison, y le pasó el brazo por la cintura.
Parecía una escena vivida previamente, y de pronto comprendió. Estamos en un
círculo cerrado, y seguimos dando vueltas y vueltas por él, tratando de resolver el
problema de entrada, imaginando siempre que es la primera vez, la única vez.., y sin
resolverlo nunca. ¿Qué número hace esta tentativa? Quizá sea la millonésima. Quizá
nos hemos sentado aquí un millón de veces, analizando los mismos hechos una vez y
otra y sin llegar a ningún sitio. Se sentía cansado hasta la médula, al pensar esto. Y
experimentó al mismo tiempo una especie de odio filosófico que envolvía a los otros
dos hombres, porque ellos no tenían este enigma que resolver. Todos vamos al mismo
sitio, como dice la Biblia. Pero.., lo que pasa es que nosotros tres hemos estado allí ya.
Estamos allí, en este mismo momento. De manera que es tonto pedimos que
permanezcamos en la superficie de la Tierra y discutamos y nos preocupemos tratando
de averiguar lo que ha funcionado mal. Eso son nuestros herederos quienes tendrían
que hacerlo. Nosotros ya hemos hecho bastante.
No lo dijo en voz alta, sin embargo. Por los otros.
—Quizá tropezasteis con algo —sugirió la joven.
Mirando hacia los otros dos, Benz dijo, con sarcasmo:
—Si, quizá «tropezamos» con algo.
—Los comentaristas de la televisión continúan diciendo eso—insistió Merry Lou—.
Que el peligro de la entrada estaba en encontrarse fuera de fase espacial y, por lo
tanto, chocar con algún objeto tangente a nivel molecular. Cualquier objeto... —hizo un
gesto al llegar aquí—. Ya sabéis, «dos objetos no pueden ocupar el mismo lugar al
mismo tiempo». De modo que todo saltó, por esta razón.
Hizo una pausa y miró en torno, con aire interrogador.
—Ese, desde luego, es el mayor agente de riesgo —asintió Crayne—. Por lo
menos en teoría, según calculó el doctor Fein, de planteamiento, cuando llegaron a la
cuestión de imprevistos. Pero disponíamos de muchos sistemas de seguridad, con tal
de que funcionasen automáticamente. La entrada no podía tener lugar a menos que
estos aparatos nos hubiesen estabilizado espacialmente, para que no nos
amontonásemos sobre algo. Naturalmente todos ellos pueden haber fallado en
secuencia. Uno detrás de otro. Estuve haciendo todas las comprobaciones en el
momento del lanzamiento y todas ellas coincidían en que estábamos en la fase
conveniente, en aquel momento. No oí tampoco ninguna señal de aviso.
De pronto dijo Benz:
—¿Os dais cuenta de que nuestros más próximos parientes son ahora ricos? Les
corresponden todas las primas de nuestros seguros de vida federales y comerciales.
Nuestros «parientes más próximos»... ¡Dios del cielo! Pero si somos nosotros mismos.
Podemos pedir el pago de muchos miles de dólares, en mano. Entrar en la oficina de
seguros y decir simplemente: estamos muertos. Venga la pasta.
Addison Doug estaba pensando en los funerales públicos. Lo tenían ya todo
preparado, para después de las autopsias. Aquella larga hilera de «Cadillacs» negros,
desfilando por Pennsylvania Avenue, seguida de todos los dignatarios del Gobierno y
de todos los condenados científicos. Y nosotros estaremos allí. No de una manera, sino
de dos: dentro de los féretros de roble, con incrustaciones de metal y las banderas por
encima, y al mismo tiempo de pie, en coches abiertos, saludando a la muchedumbre
del cortejo fúnebre.
—Las ceremonias —dijo en voz alta.
Los otros se quedaron mirándole, sin acabar de comprender. Y luego, uno tras el
otro, comprendieron. Pudo verlo en sus rostros.
—No —dijo Benz, con voz ronca—. Eso no es posible.
Crayne sacudió la cabeza con énfasis:
—Nos darán la orden de estar allí, y allí estaremos. Cuestión de disciplina.
—¿Tendremos que sonreír también? —exclamó Addison—. ¿Sonreír como
cabrones?
—No —dijo el general Toad lentamente, su cabeza de pavo oscilando sobre su
cuello de escoba. Tenía la piel ajada y llena de manchas, como si el gran peso de las
condecoraciones que colgaban de su pecho y del cuello rígido de su guerrera hubiesen
iniciado un proceso de ruina en su organismo—. No tienen ustedes que sonreír, sino,
por el contrario, adoptar una actitud condolida, como corresponde a las circunstancias.
A tono con el duelo nacional que preside la ocasión.
—Eso va a resultar un tanto difícil —dijo Crayne. El crononauta ruso no dijo nada.
Su cara angulosa de pájaro, que aún parecía comprimida bajo los auriculares de
traducción simultánea adosados a sus orejas, parecía abstraída y preocupada.
—La nación entera notará su presencia entre nosotros, una vez más, durante este
breve intervalo. Las cámaras de todas las cadenas de televisión del país apuntarán
hacia ustedes sin previo aviso y los comentaristas han sido ya instruidos para que le
digan al público lo siguiente. —Sacó una hoja de papel mecanografiado del bolsillo, se
caló las gafas, se aclaró la garganta y soltó su perorata—: «Estamos enfocando ahora
tres figuras que vienen juntas en un coche. No podemos reconocerlas aún del todo.
¿Pueden ustedes?» —el general Toad bajó la hoja escrita—. Al llegar a este punto
interrogarán también a sus colegas. Y por fin exclamarán: «Pero Roger»... o Walter, o
Ned, según las circunstancias del caso...
—O Bill interrumpió Crayne—, en el caso de que se trate de la cadena Bufonidae,
que opera desde el pantano.
El general Toad ignoró la frase y siguió diciendo:
—En líneas generales exclamarán: «Pero, Roger, me parece que estamos viendo a
los tres temponautas en persona. ¿Significa esto que el problema ha sido... » Y el
colega comentador responderá con voz ligeramente más sombría: «Lo que estamos
viendo en esta ocasión, creo que es, David (o Henry, o Peter, o Ralph, según los
casos), la primera comprobación práctica de lo que los técnicos llaman la Actividad del
Tiempo de Salida, es decir, la ATS. Contrariamente a lo que pudiera parecernos a
primera vista, estos no son —repito no son— nuestros tres valientes temponautas
propiamente dichos, sino más bien su imagen, recogida por nuestras cámaras,
suspendida temporalmente en su viaje hacia el futuro, cuyo destino, en principio, era el
siglo próximo... Pero según parece hubo una constricción en su lanzamiento y aquí
están ahora, entre nosotros, en lo que conocemos como el presente.»
Addison Doug cerró los ojos y se quedó pensando; seguro que Crayne va a
preguntarle ahora si las cámaras no podrían enfocarle comiendo algodón de azúcar y
con un globo en la mano. Creo que todos nos hemos vuelto locos con este enredo.
Luego se preguntó: ¿cuántas veces habremos pasado ya por esta estúpida rutina?
«No puedo demostrarlo; sin embargo —pensó con fatiga—, sé que es cierto.
Hemos estado sentados aquí muchas veces ya, oyendo estas mismas palabras sin
sentido.» Se estremeció al pensarlo. Cada palabra que oía...
—¿Qué pasa ahora? —le preguntó Benz, inquisitivo.
El crononauta soviético tomó la palabra por primera vez desde su llegada y
preguntó a bocajarro:
—¿Cuál es el máximo intervalo posible de ATS para su equipo de tres hombres? Y
¿qué porcentaje de este tiempo se ha consumido ya?
Crayne dijo, al cabo de una pausa:
—Ya nos instruyeron al respecto antes de que viniésemos aquí, hoy. Hemos
consumido aproximadamente la mitad del tiempo de intervalo ATS.
—Sin embargo —interrumpió el general Toad—, hemos previsto que el Día de
Duelo Nacional caiga dentro del plazo que aún queda. Esto nos obliga a acelerar la
autopsia y demás investigaciones forenses, pero en vista del sentimiento público
creímos nuestro deber...
«La autopsia», pensó Addison Doug, y de nuevo sintió un estremecimiento. Esta
vez no pudo contenerse y dijo:
—¿Por qué no dejamos toda esta tontería para otro momento y nos acercamos a
Patología, para ver unos cuantos cortes de tejido coloreado en el microscopio? Tal vez
hasta seamos capaces de dar unas cuantas ideas que ayuden a la ciencia médica a
encontrar algunas de las respuestas que están buscando. Respuestas, explicaciones,
eso es lo que se necesita. Explicaciones para problemas que no existen aún. Ya
desarrollaremos los problemas más tarde. —Hizo una pausa y añadió—: ¿Quién está
de acuerdo?
—No quiero ver mi páncreas en la pantalla de proyección —dijo Benz—. Iré al
desfile, pero no estoy dispuesto a tomar parte en mi propia autopsia.
—Podrías distribuir cortes microscópicos coloreados de tus propios tejidos entre las
personas que asistan al desfile —dijo Crayne—. Cada uno de nosotros podría llevar
una bolsita llena de ellos, como si fuesen confetti. ¿Qué le parece, general? Creo que,
al fin y al cabo, sonreiremos.
—He estado revisando el archivo sobre todo lo que se refiere a la sonrisa —replicó
el general Toad, pasando algunas de las páginas que había apiladas frente a él—. Y el
resultado de esta revisión demuestra que la sonrisa está fuera de lugar, ya que no
concuerda con el sentimiento público. De manera que esta cuestión queda cerrada. Por
lo que se refiere a presenciar la autopsia que en estos momentos se está llevando a
cabo...
—Nos la vamos a perder si nos quedamos aquí sentados —le dijo Crayne a
Addison—. Siempre me pierdo lo mejor.
Sin hacerle caso, Addison se dirigió al crononauta soviético:
—Oficial N. Gauki —dijo en el micrófono que colgaba de su pecho—, ¿cuál cree
usted que es el mayor terror con el que tiene que enfrentarse un viajero del espacio?
¿Que ocurra una implosión debida a la yuxtaposición al entrar, como ha sucedido con
nuestro lanzamiento? ¿O hay otras obsesiones traumatizantes que usted y su
compañero experimentaron durante su breve pero altamente prometedor viaje
temporal?
N. Gauki respondió, después de una pausa:
—R. Plenya y yo intercambiamos opiniones sobre el particular en varias ocasiones.
Creo que puedo hablar por los dos si digo, respondiendo a su pregunta, que nuestro
miedo más constante era el de que pudiésemos entrar en un círculo cerrado de tiempo
del que nos sería imposible escapar.
—¿Se repetiría para siempre? —preguntó Addison Doug.
—Sí, señor A. Doug —respondió el crononauta, con un sombrío asentimiento de
cabeza.
Un miedo que no había experimentado hasta entonces se apoderó de Addison.
Volviéndose hacia Benz murmuro:
—¡Mierda!
Y quedaron mirándose el uno al otro.
—No creo que sea esto lo que haya sucedido —dijo Benz en voz baja al cabo de
unos instantes, poniendo una mano sobre el hombro de Doug, que es el abrazo de la
amistad—. Simplemente implotamos al entrar, eso es todo. Tranquilízate.
—¿Podríamos levantar la sesión pronto? —preguntó Addison, con voz ahogada,
incorporándose en su silla. El cuarto entero, y la gente que había en él le ahogaban.
«Claustrofobia —pensó—. Como cuando estando en el colegio proyectaron un test
sorpresa en las máquinas de enseñanza y vi que no podía pasarlo». Por favor —dijo
sencillamente, levantándose. Todos se quedaron mirándole con expresiones diferentes.
La cara del ruso era la más comprensiva y las líneas de su rostro mostraban su
preocupación. Addison hubiera deseado...—. Quiero irme a casa —les dijo, y se sintió
como un imbécil.
Era ya muy tarde, por la noche, en un bar del Hollywood Boulevard, y estaba
borracho. Afortunadamente, Merry Lou estaba con él y lo estaba pasando
estupendamente. Por lo menos eso decía la gente. Se agarró a Merry Lou.
—El verdadero significado de la vida —dijo—, su mas alta expresión, está en la
pareja hombre-mujer. En su unidad absoluta. ¿Tengo razón?
—Sí, ya lo sé —dijo Merry Lou—. Lo estudiamos en clase.
Esa noche, a petición suya, Merry Lou era una rubia menuda, vestida con
pantalones acampanados, tacones altos y una blusa recogida por encima del ombligo.
Un rato antes llevaba una piedra de lapislázuli en el hoyito, pero se le había perdido
durante la cena en Ting Ho. El dueño del restaurante les había prometido continuar
buscando por todas partes, pero Merry Lou se había quedado muy triste desde
entonces. Era simbólico, dijo. Pero no dijo de qué. O por lo menos él no podía
recordarlo. Quizá era esto lo que ocurría. Ella le había dicho lo que significaba y él lo
había olvidado.
Un negro elegante, vestido con chaqueta a rayas y una corbata muy llamativa,
sentado en una mesa cercana, no dejaba de mirar a Addison desde hacía un buen rato.
Era obvio que tenía ganas de ir a su mesa y no se atrevía. Entretanto no cesaba de
mirar.
—¿No has tenido nunca la sensación de saber exactamente lo que va a ocurrir un
momento después? —le preguntó Addison a Merry Lou—. ¿Lo que alguien va a decir,
palabra por palabra? ¿Hasta en los menores detalles? Como si ya hubieses vivido la
escena.
—A todos nos ocurre alguna vez —dijo Merry Lou, sorbiendo su «Bloody Mary».
El negro se levantó y fue hacia ellos. Se detuvo junto a Addison.
—Perdone si le molesto, señor —dijo.
Addison se volvió hacia Merry Lou:
—Ahora va a decir: «¿No le conozco de alguna parte? ¿No le he visto en la
televisión?»
—¡Eso es precisamente lo que quería decirle! —exclamó el negro.
Addison dijo:
—Sin duda ha visto mi foto en la página 46 del Time de esta semana, en la sección
de nuevos descubrimientos médicos. Yo soy el médico rural de una pequeña ciudad en
Iowa que ha sido catapultado a la fama por mi invención de un sistema muy difundido y
al alcance de todos para conseguir la vida eterna. Varias de las grandes empresas
farmacéuticas están ya dedicándose a la fabricación de mi vacuna.
—Ahí debe de ser donde vi su foto —dijo el negro, pero no parecía muy
convencido. Tampoco estaba borracho. Clavó la mirada en Addison—. ¿Me permite
que me siente con ustedes?
—Claro —respondió Addison. Y vio ahora en la mano del hombre la marca del
departamento de seguridad que se había ocupado del proyecto desde el principio.
—Señor Doug —dijo el agente de seguridad, sentándose a su lado—. Realmente
no debería estar aquí hablando de esa manera. Igual que le he reconocido yo, podría
reconocerle cualquier otra persona y sufrir un síncope. Técnicamente, está usted
violando un estatuto federal al estar aquí. ¿Se da usted cuenta de esto? Tendría que
arrestarle. Pero es una situación difícil. No queremos armar jaleo y hacer una escena.
¿Dónde están sus dos colegas?
—En mi casa —dijo Merry Lou. Era obvio que no había visto la marca
identificadora—. Escuche —añadió con tono cortante—, ¿por qué no se larga? Mi
marido ha pasado por una prueba sumamente dura y ésta es la primera oportunidad
que tiene de relajarse.
Addison miró al hombre.
—Sabía lo que iba a decirme antes de que se acercase. —(Palabra por palabra,
pensó para sí. Tengo razón y Benz está equivocado, y esta escena va a continuar
repitiéndose una y otra vez.)
—Quizá —dijo el agente— pueda convencerle de que vuelva a casa de miss
Hawkins voluntariamente. Llegó un mensaje hace apenas unos minutos —se golpeó
con un dedo el pequeño auricular que llevaba en la oreja derecha— con la consigna, a
todos nosotros, de que se lo transmitiéramos a usted, urgentemente, si le
localizábamos. En las ruinas de la torre de lanzamiento... han estado buscando entre
los escombros, ¿sabe?
—Ya, ya lo sé —dijo Addison.
—Creen que han encontrado una primera pista. Uno de ustedes trajo algo consigo.
Algo de ATS, además de lo que llevaron en la salida y violando todas sus instrucciones
de entrenamiento.
—Déjeme que le pregunte una cosa —le interrumpió Addison—. Supongamos que
alguien me ve. Supongamos que me reconoce. Bueno, ¿y qué?
—El público está convencido de que aunque fallase la operación de entrada, el
vuelo por el tiempo, el primer lanzamiento americano de vuelo por el tiempo, fue un
éxito. Tres temponautas americanos fueron proyectados a cien años de distancia en el
futuro, casi el doble de lo que consiguieron los soviéticos el año pasado. El hecho de
que en realidad sólo fuera una semana representará un choque menor para la opinión
si creen que ustedes tres decidieron por propia voluntad manifestarse de nuevo en este
continuum porque querían estar presentes, de hecho se sentían obligados a estar
presentes...
—En el desfile —le interrumpió Addison—. Por partida doble, además.
—Se vieron compelidos a asistir al dramático y sombrío espectáculo de su propio
funeral y serán enfocados allí por las cámaras de las más importantes cadenas de
televisión. Señor Doug, el coste y el trabajo que ha supuesto todo esto, en los más
altos niveles, con objeto de subsanar una situación difícil, son enormes. Pero será más
fácil para el público, y esto es de vital importancia si es que se ha de hacer un nuevo
lanzamiento. Eso es, a fin de cuentas, lo que todos deseamos.
Addison Doug se le quedó mirando.
—¿Qué es lo que deseamos?
Con cierta vacilación, dijo el agente de seguridad:
—Hacer nuevos viajes en el tiempo. Como han hecho ustedes. Desgraciadamente,
ustedes no pueden repetirlo, a causa de la trágica implosión y la muerte que sufrieron.
Pero otros temponautas...
—¿Queremos qué? ¿Es eso lo que queremos? —repitió Addison levantando la
voz. La gente estaba mirándolos desde las mesas cercanas. Mirándolos con
nerviosismo.
—Sin duda —respondió el agente—. Y no grite.
—Yo no quiero eso —dijo Addison—. Yo quiero parar. Parar para siempre.
Tumbarme en el suelo, sobre el polvo. No ver más veranos.., siempre el mismo verano.
—Ves uno y ya los has visto todos —dijo Merry Lou histéricamente—. Creo que
tiene razón, Addi. Vámonos de aquí. Tú has bebido demasiado, y es tarde. Además
esas noticias sobre el...
Addison la interrumpió:
—¿Qué es lo que alguien trajo? ¿Cuánta masa extra?
—El análisis preliminar —contestó el agente de seguridad— indica que maquinaria
con un peso de más de cuarenta kilos fue introducida en el campo de tiempo del
módulo y traída con ustedes. Esta masa... —hizo un gesto con la mano— es lo que
hizo saltar todo en el acto. No se pudo compensar ese exceso respecto a lo que en un
principio habla en el área de lanzamiento.
—¡Uauh! —exclamó Merry Lou con los ojos muy abiertos—. Quizá alguien os
vendió un fonógrafo cuadrafónico por un dólar noventa y ocho centavos, con
micrófonos de suspensión aérea de cinco centímetros y provisión de discos de Neil
Diamond para toda la vida. —Intentó reír, pero no pudo. En lugar de ello se le nublaron
los ojos—. Addi —susurró—, lo siento. Pero parece... brujería. Quiero decir que es
absurdo. Todos habíais sido informados sobre esta cuestión del peso, en la entrada,
¿no es así? No podíais añadir ni una tinta de papel a lo que habíais llevado a la salida.
Yo misma vi al doctor Fein demostrando en la televisión las razones que había para
esto. ¿Y uno de vosotros se trajo cuarenta kilos de maquinaria consigo? Sin duda
queríais autodestruiros, al hacer algo semejante.
Tenía los ojos llenos de lágrimas. Una de ellas le resbaló por la nariz y se quedó
colgando de la punta. Addison alargó una mano para secársela, como si se tratase de
una niña, en lugar de una mujer adulta.
—Voy a llevarle hasta el lugar del análisis —dijo el agente de seguridad y se
levantó. Entre él y Addison ayudaron a Merry Lou a ponerse de pie. Estaba temblando
mientras se tomó el último sorbo de su «Bloody Mary». Addison sintió pena por ella,
poco se le pasó en seguida. Se preguntó por qué. Uno puede cansarse de todo, incluso
de tener sentimientos, pensó, O de preocuparse por alguien. Cuando todo se prolonga
y se repite demasiado. Cuando se repite siempre. Y al final acaba convirtiéndose en
algo que ni el mismo Dios quizá ha tenido que sufrir. Y aceptar.
Mientras atravesaban el bar lleno de gente hacia la calle, Addison le preguntó al
agente de seguridad:
—¿Cuál de nosotros tres...?
—Ellos ya saben quién fue —respondió el agente abriendo la puerta para Merry
Lou. Luego se quedó detrás de Addison haciendo señas a un vehículo federal gris para
que aterrizase en el área roja de aparcamiento. Otros dos agentes de seguridad, de
uniforme, corrieron hacia el grupo.
—¿Fui yo? —preguntó Addison Doug.
—Será mejor que se haga a la idea —contestó el agente de seguridad.
La procesión funeraria descendía con dolorosa solemnidad por la Pennsylvania
Avenue, los tres féretros cubiertos por banderas, seguidos de docenas de coches. A los
lados, filas compactas de gentes con pesados abrigos, tiritando de frío. Una neblina
húmeda se cernía sobre la ciudad, y la línea de edificios grises servía de marco a la
sombría marcha a través de Washington.
Escudriñando el «Cadillac» que iba a la cabeza de la procesión con sus
prismáticos, Henry Cassidy, primer comentarista de noticias y sucesos públicos de la
Televisión, se dirigió a su vasto auditorio invisible.
—...tristes memorias de aquel tren del pasado, llevando el féretro de Abraham
Lincoln a través de los campos de trigo hacia la capital de la nación, donde habían de
descansar. ¡Qué día tan triste es éste también y qué apropiado el tiempo para la
circunstancia, con sus oscuras nubes tormentosas y su llovizna! —En su monitor vio
cómo la cámara enfocaba al cuarto «Cadillac», aquel que seguía a los que llevaban los
féretros de los temponautas muertos.
Su técnico le tocó en el brazo.
—Parece que estamos enfocando ahora tres figuras desconocidas, que van juntas
en aquel coche —dijo Henry Cassidy en el micrófono que le colgaba del cuello,
mientras asentía con la cabeza—. No soy capaz de identificarlas, por el momento.
¿Puedes ver tú mejor desde donde estás, Everett? —preguntó a su colega, al mismo
tiempo que apretaba el botón que indicaba al otro que debía reemplazarle en las
ondas.
—Pero, Henry —exclamó Branton con tono cada vez más excitado—. ¡Creo que
estamos realmente contemplando a los tres temponautas americanos tal y como se
manifiestan en su histórico viaje hacia el futuro!
—¿Significa eso —preguntó Cassidy— que han sido capaces de resolver de
alguna forma el...?
—Me temo que no, Henry —dijo Branton con voz profunda y apesadumbrada—. Lo
que estamos contemplando con gran sorpresa es la primera visión que tiene el mundo
occidental de lo que los técnicos llaman Actividad del Tiempo de Salida.
—Ah, sí, ATS —dijo Cassidy con tono satisfecho, leyendo el guión oficial que le
habían entregado las autoridades federales antes de la emisión.
—Eso es, Henry. Contrariamente a lo que puede parecer a primera vista, ésos no
son, repito, no son, nuestros tres valientes temponautas como tales, es decir...
—Ya entiendo, Everett —interrumpió Cassidy con voz emocionada, ya que el guión
decía textualmente: CASS INTERRUMPE CON EMOCION—. Nuestros tres bravos
temponautas están ahora en suspenso en su histórico viaje hacia el futuro, que ha de
extenderse aproximadamente a un siglo a partir de ahora... Parece que la gran pena y
el drama de este día inesperado ha hecho que decidan...
—Siento interrumpirte, Henry —dijo Branton al llegar a este punto—, pero me
parece que la procesión ha detenido su marcha con objeto de que podamos...
—¡No! —dijo Cassidy leyendo una nota que acababan de entregarle, garrapateada
a toda prisa: No entreviste a los temponautas. Urgente. Olvide instrucciones previas—.
No creo que podamos.., hablar brevemente con los temponautas Benz, Crayne y Doug,
como tú esperabas, Everett.
Diciendo esto comenzó a hacer señas desesperadas al equipo del micrófono-grúa
que ya había empezado a girar y extenderse hacia el coche que los llevaba. Con la
cabeza les hizo signos negativos al técnico del micrófono y al suyo propio.
Al ver que el micrófono se dirigía hacia ellos, Addison Doug se puso de pie en la
trasera del Cádillac. Cassidy dejó escapar un gruñido. Ese hombre quiere hablar,
pensó. ¿No le habrán dado nuevas instrucciones? ¿Por qué me lo dicen sólo a mí?
Otros micrófonos-grúa, representando a otras cadenas, así como varios
entrevistadores de radio, a pie, se precipitaban ya hacia el Cadillac de los temponautas,
con objeto de ponerles los micrófonos delante, sobre todo delante de Doug. Doug
estaba ya empezando a hablar, en respuesta a una pregunta que acababa de hacerle
un reportero. Con su propio micrófono desconectado, Cassidy no pudo oír ni la
pregunta ni la respuesta. De mala gana dio la señal para que conectasen de nuevo.
—...antes —estaba diciendo Doug en voz bien alta y clara.
—¿De qué modo? ¿Quiere decir que todo esto ha sucedido ya? —preguntó el
reportero de la radio que estaba en pie junto al coche.
—Quiero decir —declaró el temponauta americano Addison Doug, con el rostro
enrojecido y tenso— que yo he estado en este mismo lugar una vez y otra, y que
ustedes han presenciado ya este desfile y nuestras muertes y nuestra entrada una
cantidad de veces sin fin. Que es un ciclo cerrado de tiempo que nos envuelve y que
hay que romper.
—¿Está usted buscando —le gritó otro reportero a Addison Doug— una solución
para el problema de entrada y el desastre de implosión, que pueda ser aplicado
retrospectivamente con objeto de que cuando vuelva al pasado sea capaz de corregir
el mal funcionamiento y evitar la tragedia que les ha costado... o que les costará.., la
vida?
El temponauta Benz dijo:
—Sí, eso es lo que estamos haciendo.
—Tratamos de averiguar la causa de la violenta implosión y eliminarla antes de
regresar —añadió el temponauta Crayne, asintiendo con un gesto de cabeza—. Hemos
averiguado ya que, por razones desconocidas, una masa de casi cuarenta kilos de
varias partes de motor de un Volswagen, incluyendo cilindros, la cabeza de...
«Esto es terrible», pensó Cassidy.
—¡Es sorprendente! —dijo en voz alta, en su micrófono—. Los ya trágicamente
fallecidos temponautas americanos, con una determinación que sólo puede venir del
entrenamiento y la disciplina rigurosos a que han estado sometidos (y entonces nos
preguntábamos por qué, pero ahora vemos los resultados) han analizado ya las causas
del imprevisto mecánico que motivó la implosión y fue el responsable, evidentemente,
de sus muertes, y han empezado el laborioso proceso de clarificación de posibilidades
con objeto de poder regresar a su lugar de lanzamiento y efectuar la entrada sin
accidente.
—Uno se pregunta —murmuró Branton por el micrófono y auricular interiores—
cuáles pueden ser las consecuencias de esta alteración del pasado próximo. Si cuando
regresen no hay implosión, y no mueren... bueno, resulta demasiado complicado para
mí, Henry, comprender estas paradojas que el doctor Fein nos ha hecho notar
repetidas veces, con suma elocuencia, en los laboratorios de Distorsión del Tiempo, en
Pasadena.
Entretanto el temponauta Addison estaba diciendo para todos los micrófonos que le
rodeaban, aunque con más calma ahora:
—No debemos eliminar la causa de la implosión en la entrada. El único camino de
que disponemos para escapar de esta trampa es la muerte. La muerte es la única
solución. Para nosotros tres.
Su perorata quedó interrumpida al ponerse de nuevo en marcha la procesión de
Cadillacs.
Henry Cassidy cerró su micrófono momentáneamente y dijo, dirigiéndose a su
técnico:
—¿Se ha vuelto loco?
—Sólo el tiempo puede decirlo —respondió éste— en tono apenas audible.
—Un extraordinario instante en la historia americana de los viajes por el tiempo —
dijo luego Cassidy para las ondas—. Sólo el tiempo puede decir, y ustedes me
perdonarán la frase, no intencionada, si las crípticas observaciones del temponauta
Doug, improvisadas en unos momentos de intenso sufrimiento para él y en cierto modo
para todos nosotros, son las palabras de un hombre perturbado por el dolor, o resultan
por el contrario una aguda premonición del macabro dilema que teóricamente hemos
sabido desde el principio que existía, que existía y que podía descargar su golpe
mortal, sobre el lanzamiento de un viaje por el tiempo, ya sea nuestro o de los rusos.
Cortó después, para dar paso a un anuncio comercial.
—Sabes —dijo la voz de Branton en su oído, no para el público, sino solamente
para el cuarto de control y para él—, en el caso de que tenga razón, sería mejor que los
dejasen morir.
—Tendrían que dejarlos libres —convino Cassidy—. Dios mío, de la manera que
hablaba se diría que ha pasado ya por esto durante mil años y algunos más. No me
gustaría estar en su pellejo por nada del mundo.
—Te apuesto cincuenta dólares —dijo Branton— a que han pasado ya por esto
antes de ahora. Muchas veces.
—Entonces, nosotros también —observó Cassidy.
Empezó a caer la lluvia en aquel momento y las filas de espectadores se
convirtieron en una masa reluciente. Las caras, los ojos, incluso los trajes, todo brillaba
con reflejos de luz rota, chispeante, mientras los nubarrones se hacían cada vez más
oscuros por encima de ellos.
—¿Estamos en el aire? —preguntó Branton.
«Quién sabe?», pensó Cassidy. Lo único que deseaba era que el día terminase
cuanto antes.
El crononauta soviético N. Gauki levantó ambas manos con calma y empezó a
hablan a los americanos, a través de la mesa. Su voz tenía un gran tono de urgencia:
—En mi opinión y en la de mi colega R. Plenya, que ha sido honrado con el título
de Héroe del Pueblo Soviético por los resultados que obtuvo como pionero de los viajes
por el tiempo, y basándonos en nuestra propia experiencia y en el material teórico
desarrollado en los círculos académicos americanos y en la Academia de Ciencias de
la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, creemos que los temores del
temponauta A. Doug pueden estar justificados. Su destrucción deliberada de sí mismo
y de sus dos compañeros, al hacer la entrada cargado con un peso extra de partes de
automóvil, en violación de las órdenes que recibiera, debe considerarse como el acto
de un hombre desesperado que no encuentra ningún otro medio de escape.
Naturalmente la decisión está en manos de ustedes. Nosotros sólo tenemos una
posición de consejeros en este asunto.
Addison Doug estaba jugando con su encendedor, encima de la mesa, y no
respondió siquiera. Le zumbaban los oídos y estaba pensando en lo que este zumbido
podía significar. Tenía una cierta cualidad electrónica. Quizá estamos de nuevo dentro
del módulo, pensó. Pero no lo percibía. Lo único que percibía era la realidad de la
gente que estaba en torno a la mesa, la mesa misma, el encendedor que sostenía
entre los dedos. No se puede fumar mientras se entra en el módulo, pensó, y volvió a
guardarse el encendedor en el bolsillo.
—No tenemos prueba ninguna —estaba diciendo ahora el general Toad— de que
se haya establecido un círculo cerrado de tiempo. Lo único concreto es la sensación de
fatiga que experimenta el señor Doug. Su convencimiento de que ha pasado pon todo
esto en repetidas ocasiones. Como él mismo dice, se debe sin duda a una reacción
psicológica —Empezó a hurgar entre los papeles que tenía delante—. Tengo aquí un
informe, que no se ha comunicado a los medios informativos, y que procede de cuatro
psiquiatras de Yale, referente a su estructura psicológica. Aunque generalmente de
carácter muy estable, tiene una marcada tendencia hacia la ciclotimia, que culmina en
un estado de depresión aguda. Naturalmente ya se tuvo esto en cuenta antes de
efectuar el lanzamiento, pero se calculó que los caracteres alegres de los otros dos
componentes del equipo contrarrestarían esta tendencia de una manera funcional. De
una forma u otra, esa tendencia depresiva suya está ahora en una fase muy aguda. —
Tendió el informe con una mano, pero ninguno de los reunidos lo cogió—. ¿No es
cierto, doctor Fein —continuó diciendo—, que una persona que sufre depresión aguda
percibe el tiempo de una manera peculiar, como si fuese un círculo cerrado en el que
no hace más que dar vueltas y vueltas, sin poder salir de él ni llegar a ninguna parte?
La persona sufre tal grado de neurosis que se niega a dejar escapar su pasado. Su
pasado da vueltas en su cabeza continuamente.
—Pero —dijo el doctor Fein— esta sensación subjetiva de sentirnos atrapados es
quizá lo que todos experimentaríamos si el círculo cerrado de tiempo cobrase
existencia.
El doctor Fein era el médico investigador cuyos trabajos hablan servido de base
teórica para el proyecto.
—El general -dijo Addison Doug— está utilizando palabras que no comprende.
—Me he informado sobre las que no conocía antes —respondió el general Toad—.
Sé lo que significan los términos psiquiátricos técnicos.
Benz le preguntó a Addison Doug:
—¿Dónde encontraste todas esas piezas de Wolsvagen, Addi?
—Todavía no las tengo —respondió Addison.
—Probablemente recogió la primera chatarra que encontró —dijo Crayne—. Lo
primero que le vino a las manos, antes de que iniciásemos el regreso.
—Antes de que vayamos a iniciar el regreso —le corrigió Addison.
—Estas son mis instrucciones para ustedes tres —dijo el general Toad—. No van a
intentar producir ningún daño, ni implosión, ni mal funcionamiento durante la entrada,
ya sea cargando una masa de peso extra o por cualquier otro medio. Van a regresar
según está programado, de acuerdo con los ensayos previos. Esto se refiere a usted
principalmente, señor Doug.
En aquel momento empezó a sonar el teléfono que había a su derecha. El general
frunció el entrecejo y descolgó el auricular. Hubo una pausa, y luego, con una especie
de gruñido, volvió a colocar el aparato en su horquilla, de golpe.
—Ordenes cambiadas —dijo el doctor Fein.
—Sí, en efecto —admitió el general—. Y debo decir que personalmente me alegro
de que sea así, porque la decisión que había tomado era bastante desagradable.
—Entonces podemos preparar la implosión al entrar —dijo Benz al cabo de una
pausa.
—Son ustedes tres los que tienen que tomar la decisión —dijo el general Toad—,
ya que son sus vidas las que están en juego. Quedan libres de actuar según lo
consideren oportuno. De la forma que prefieran. Si están convencidos de que se
encuentran presos en un círculo cerrado de tiempo, y creen que una implosión masiva
al entrar puede romperlo... —hizo una pausa, al tiempo que Doug se ponía en pie—.
¿Va a hacer usted otro discurso, Doug?
—Sólo quiero dar las gracias a todos los que de una manera o de otra participan en
esta empresa, por dejamos decir —dijo Doug, y paseó su mirada cansada por todos los
individuos que estaban sentados en torno a la mesa—. Les aseguro que lo estimo en lo
que vale.
—Sabes —dijo Benz lentamente—, el hecho de que implotemos al entrar tal vez no
arregle nada, ni logre romper el círculo cerrado. En realidad, tal vez lo mantenga, Doug.
—No si nos mata a los tres —replicó Crayne.
—¿Estás de acuerdo con Addi, entonces? —preguntó Benz.
—La muerte es la muerte —dijo Crayne—. He estado pensando sobre ello. ¿Qué
otra forma nos queda de salir de esto? Sólo morir. No hay otra salida.
—Puede que no estén en ningún círculo —observó el doctor Fem.
—Pero también puede que estemos en él —dijo Crayne.
Doug, que permanecía de pie, se dirigió a Crayne y a Benz y les dijo:
—¿Podríamos hacer participar a Merry Lou en nuestra decisión?
—¿Por qué? —preguntó Benz.
—No puedo ya pensar con claridad —contestó Doug—. Pero creo que Merry Lou
puede ayudarme. Dependo mucho de ella.
—Bien, de acuerdo —dijo Benz. Y Crayne asintió con la cabeza.
El general Toad miró estoicamente su reloj de pulsera y dijo:
—Caballeros, creo que esto da por terminada nuestra conferencia.
El crononauta soviético Gauki se quitó los auriculares y el micrófono de cuello y se
precipité hacia los tres temponautas con la mano extendida. Por lo visto estaba
diciendo algo en ruso, pero ninguno de los tres podía entenderlo. Así que se retiraron
en grupo, con aire sombrío.
—En mi opinión, estás loco, Addi —dijo Benz—. Pero parece que ahora estoy en
minoría.
—Caso de que tenga razón —dijo Crayne— y aunque no haya más que una
posibilidad en un billón de que tengamos que volver una y otra vez, para siempre, creo
que eso basta para justificarlo.
—¿Podríamos ir a ver a Merry Lou? —preguntó Addison—. ¿Ir a su casa ahora?
—Está esperándonos fuera —dijo Crayne.
El general Toad fue hacia los tres temponautas, se colocó en medio de ellos y dijo:
—Saben, lo que hizo que se adoptase esta decisión fue la reacción del público
durante el desfile, ante su manera de comportarse y lo que usted dijo, Doug. Los
consejeros de la NSC llegaron a la conclusión de que la gente prefería, como usted
mismo, que todo acabase de una vez. Les consuela más saber que está ya usted libre
de su misión que salvar el proyecto y conseguir una entrada perfecta. Creo realmente
que causó profunda impresión en ellos, Doug, con todas sus lamentaciones —dijo
alejándose.
—Olvídalo —le dijo Crayne a Addison Doug—. Olvida a todos los que son como él.
Haremos lo que tenemos que hacer.
—Merry Lou me lo explicará —dijo Doug—. Ella sabrá qué es lo que hay que hacer,
y qué es lo mejor.
—Voy a buscarla —dijo Crayne—, y luego los cuatro podemos ir en el coche a
alguna parte, a su casa tal vez, y decidir sobre la cuestión. ¿De acuerdo?
—Gracias —le contestó Addi, asintiendo con una inclinación de cabeza. Miró a su
alrededor, como si quisiera buscarla, saber dónde estaba. Quizá en el cuarto contiguo,
pensó—. Aprecio mucho tu gesto.
Benz y Crayne cambiaron una mirada de entendimiento. Doug se dio cuenta, pero
no sabía lo que significaba. Lo único que sabía era que necesitaba de alguien, y de
Merry Lou más que de ningún otro, para que le ayudase a ver claro y comprender la
situación. Y para librar a los otros dos de ella si es que era posible.
Merry Lou los condujo en su coche hacia el norte de Los Angeles, por la autopista
de Ventura y luego por el interior hasta Ojai.
Todos iban en silencio. Merry Lou conducía bien, como siempre. Apoyado contra el
hombro de la joven, Addison Doug se abandonó a una especie de paz temporal.
—No hay nada como tener una chica que te lleve en coche —dijo Crayne al cabo
de muchos kilómetros de rodar en silencio.
—Es una sensación casi aristocrática —murmuré Benz— esto de tener una mujer
que se ocupe del volante. Un privilegio de la nobleza, o algo por el estilo.
—Hasta que choca con algo —dijo Merry Lou—. Con algún trasto lento y pesado.
Addison dijo de pronto:
—¿Qué es lo que pensaste cuando me viste llegar a tu casa por el sendero, el otro
día? Dímelo francamente.
—Parecía... —contestó la chica— como si lo hubieses hecho ya muchas veces.
Parecías enormemente cansado, a punto de morir. Al final, pensé... —vaciló un
momento—. Lo siento, Addi, pero eso es lo que parecía; pensé que conocías el camino
demasiado bien.
—Como si lo hubiese recorrido muchas veces.
—Eso es —convino ella.
—Entonces votas por la implosión —dijo Addison Doug.
—Bueno...
—Sé sincera conmigo —dijo él.
Merry Lou se limité a contestar:
—Mira en el asiento trasero. La caja que va en el suelo.
Con una linterna de mano que sacaron de la bolsa de herramientas los tres
examinaron el interior de la caja. Addison miró temeroso lo que contenía. Eran piezas
oxidadas de motor de un Volkswagen. Aún estaban grasientas.
—Las cogí de un montón de chatarra en un garaje extranjero que hay cerca de mi
casa —dijo Merry Lou—. Cuando iba hacia Pasadena. Los primeros hierros que vi que
parecían suficientemente pesados. Les oí decir por televisión, cuando el lanzamiento,
que cualquier cosa que pesara entre los veinte y los...
—Bastará —dijo Doug—. Ya ha bastado.
—No vale la pena, entonces, que vayamos hasta tu casa —intervino Crayne—.
Queda decidido. Mejor que cambiemos de rumbo hacia el sur y vayamos directamente
al módulo. Y que iniciemos las operaciones. —Su voz era intensa y aguda, al mismo
tiempo—. Gracias por su voto, señorita Hawkins.
—Estáis todos tan cansados —dijo ella.
—Yo no —replicó Benz—. Lo que estoy es furioso. Furioso hasta el límite.
—¿Furioso conmigo? —preguntó Addison.
—No lo sé —contestó Benz—. Sólo sé que es... un infierno.
Luego se hundió en un silencio pesado, recogido sobre sí mismo, inerte. Alejado
por completo de todos los otros que iban en el coche.
Al llegar al primer cruce de intersección Merry Lou viró hacia el Sur. La invadía
ahora una extraña sensación de libertad y Addison también sintió que empezaba a
sentirse libre del peso y de la fatiga que le agobiaban.
El receptor que cada uno de ellos llevaba en la muñeca empezó a zumbar con la
señal de aviso. Los tres se sobresaltaron.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Merry Lou, accionando los frenos.
—Tenemos que ponernos en comunicación con el general Toad lo antes posible,
por teléfono —dijo Crayne. Luego señaló con el dedo—. Ahí delante hay una estación
de gasolina de la Standard. Métase por allí, señorita Hawkifls. Telefonearemos desde la
estación.
Pocos minutos después Merry Lou detenía el coche frente a la gasolinera, cerca de
la cabina.
—Espero que no sean malas noticias —dijo.
—Hablaré yo primero —dijo Doug, al tiempo que saltaba del coche. Malas noticias,
pensé, sonriendo para sí. ¿Qué malas noticias pueden ser ya? Entró rígidamente en la
cabina, cerró la puerta tras de sí, metió la moneda en la ranura del aparato y mareé el
número.
—¡Bien! Aquí tengo lo que se llaman noticias —dijo el general Toad cuando el
operador le puso en comunicación—. Es una suerte que pudiésemos dar con ustedes.
Espere un minuto. Voy a dejar que se lo diga el doctor Fein en persona. Le creerá a él
más que a mí. —Siguieron varios clics metálicos y por fin se oyó la voz, académica y
precisa, del doctor Fein. Precisa, pero un poco más aguda que de costumbre, a causa
de la excitación.
—¿Cuáles son las malas nuevas? —preguntó Doug.
—No son necesariamente malas —se oyó la voz al otro extremo del hijo—. Hemos
hecho trabajar los computadores después de nuestra conferencia y según parece..., en
fin, es probable, desde un punto de vista estadístico, aunque aún no haya sido
verificado del todo, que tenga usted razón, Addison. Se encuentran ustedes dentro de
un círculo cerrado.
Addison Doug se sintió estallar de cólera. «Condenado hipócrita —pensó—. Estoy
seguro que lo ha sabido en todo momento.»
—Sin embargo —continué diciendo el doctor Fein, tartamudeando un poco, a
causa de la emoción—, también creo..., es decir, hemos calculado que las mayores
probabilidades de mantener el círculo como está es hacer implosión al entrar. ¿Me
comprende, Addison? Si carga toda esa chatarra oxidada e implota, las posibilidades
estadísticas de cerrar el círculo para siempre son mucho mayores que si entra
normalmente y todo marcha bien.
Addison Doug no respondió.
—En realidad, Addi, y ésta es la cuestión sobre la que tengo que insistir, una
implosión en la entrada, y especialmente una implosión masiva y calculada como la
que estamos preparando... ¿Se entera de lo que le digo, Addi? ¿Me comprende bien?
¡Por Dios...! Una implosión semejante garantizaría que el círculo quedara cerrado sin
remedio. Es algo que nos ha preocupado desde el principio. —Siguió una breve
pausa—. ¿Addi? ¿Está usted ahí?
Addison Doug se limité a estas palabras:
—Quiero morir.
—Eso se debe a la fatiga que experimenta, a causa del circulo. Sólo Dios sabe
cuántas veces han...
—No —dijo Doug y se dispuso a colgar.
—Déjeme que hable con Benz y Crayne —dijo el doctor Fein rápidamente—. Por
favor, antes de que intenten una nueva entrada. Especialmente con Benz. Me gustaría
hablar con él en particular. Por favor, Addison. Por el bien de ellos. Su casi total
agotamiento...
Addison colgó el teléfono y salió de la cabina.
Cuando volvió a subir al coche oyó que los dos receptores de alerta estaban
zumbando aún.
—El general Toad dijo que la llamada automática que nos envió los mantendrá aún
zumbando durante un rato —dijo a sus compañeros. Y cerró la puerta del coche—.
Adelante.
—¿No quiere hablar con nosotros? —preguntó Benz.
—El general quería que supiésemos —dijo Addison— que tienen algo para
nosotros. El Congreso ha votado una citación especial por nuestro valor o alguna otra
idiotez por el estilo. Una clase de medalla que nunca habían otorgado hasta ahora. Y
nos la concederán con carácter póstumo.
—Demonios, es la única forma en que pueden concedérnosla —dijo Crayne.
Merry Lou se echó a llorar al tiempo que ponía el motor en marcha.
—Será un descanso —dijo Crayne mientras el coche se dirigía hacia la autopista—
cuando todo haya acabado.
No va a tardar mucho ahora, pensó Addison.
Los receptores de alerta continuaban zumbando en sus muñecas.
—Os van a volver locos —dijo Addison—, con todas esas voces burocráticas
mezcladas.
Los otros se volvieron a mirarle. Había en aquella mirada interrogante una cierta
inquietud no exenta de perplejidad.
—Sí —dijo Crayne, por último—, estas alertas automáticas son una auténtica lata.
—Parecía cansado.
Tan cansado como yo, pensó Addison. Y al darse cuenta del paralelismo se sintió
mejor. Porque venía a demostrar que estaba en lo cierto.
Gruesas gotas de lluvia golpeaban contra el parabrisas. Había empezado a llover
muy fuerte. Esto le gustó. Le recordaba una de las experiencias más emocionantes que
había tenido durante su corta vida: la procesión de su propio entierro, cuando avanzaba
lentamente a lo largo de Pennsylvania Avenue, con las banderas cubriendo los féretros.
Cerró los ojos, se recostó en el asiento y por fin se sintió bien. Escuchaba en torno
suyo las lamentaciones de los asistentes al desfile. Y algo dentro de su cabeza soñaba
con la medalla del Congreso. Concedida al cansancio infinito, pensó. Una medalla
especial por estar cansado.
Se vio también en otros desfiles y en la muerte de muchos otros, aunque en
realidad no era más que una misma muerte y un mismo desfile. Coches que avanzaban
lentamente por las calles de Dallas, y también con el doctor King... Se vio a sí mismo
volviendo una y otra vez, en su círculo cerrado de vida, al mismo funeral que no podía
olvidar, y que ellos no podían olvidar tampoco. El siempre estaría allí, y ellos también
estarían. Ocurriría repetidamente, y todos volverían una y otra vez, al lugar y al
momento donde querían volver. Al suceso que había significado más para ellos.
Este era el don que les hacía, a la gente, a su país. Le había legado al mundo un
maravilloso peso: el temido y agotador milagro de la vida eterna.
Apéndice
La esencia de los relatos sobre viajes por el tiempo reside en plantear algún tipo de
confrontación, y mejor que nada la confrontación de la persona consigo misma. En
realidad ésta es la base de mucho de lo que se escribe hoy día en la literatura de
ficción; sólo que en una historia como la precedente el momento en que el hombre se
encuentra frente a frente consigo mismo permite mostrar un tipo de alienación que no
sería posible en ninguna otra clase de obra. Alienación que trae a su vez una falta de
entendimiento, de comprensión. Addison Doug Uno sigue en su coche el féretro que
lleva el cadáver de Addison Doug Dos, y él lo sabe. Sabe que es dos personas al
mismo tiempo, que está partido en una especie de esquizofrenia física. Y su mente
también está partida. El suceso no contribuye a darle una visión más clara, ni de sí
mismo ni del otro Doug Addison, que ya no puede razonar ni resolver problemas.
Esta ironía no es más que una de las muchas ironías posibles dentro del tema de
viajes por el tiempo. Ingenuamente, uno tiende a pensar que el hecho de viajar en el
futuro y volver luego al presente supondría un aumento en nuestros conocimientos, y
no una pérdida de ellos. Los tres temponautas, sin embargo, se adelantan al tiempo,
vuelven y se sienten atrapados, quizá para siempre, en varias ironías, dentro de las
cuales la mayor, en mi opinión, es la sorpresa con que contemplan sus propias
acciones. Es como si el aumento de información que les procura el éxito tecnológico —
la información previa de lo que va a suceder— disminuyese su propio entendimiento.
Quizá Addison Doug sabe ya demasiado.
Al escribir esta historia siento yo mismo una extraña tristeza, y me sumerjo en el
espacio (debería decir en el tiempo) de mis personajes mucho más que de costumbre.
Experimento la futilidad de lo fútil. No hay nada que nos hunda tanto como la
consciencia de la derrota, y mientras estaba escribiendo me di cuenta de que lo que
para nosotros no pasa de ser un mero problema psicológico (la consciencia de la
probabilidad del fracaso y su efecto traumatizante), se convertirla automáticamente,
para un viajero del tiempo, en un problema existencial, un suplicio físico de cámara de
tortura.
Nosotros, cuando nos sentimos deprimidos, estamos, afortunadamente presos
dentro de nuestras cabezas. Pero si viajar por el tiempo se convirtiera en una realidad,
la actitud psicológica de autoderrota alcanzaría proporciones de horror incalculable.
Aquí, una vez más, la ciencia ficción permite al autor transferir lo que corrientemente es
un problema interno a un ámbito externo. Lo proyecta hacia fuera en la forma de una
sociedad, un planeta, con todo el mundo metido, por así decirlo, en lo que antes era tan
sólo un cerebro. No culpo a algunos lectores que puedan sentirse molestos por tal
situación, porque los cerebros de algunos de nosotros son lugares poco confortables.
Pero, por otra parte, resulta muy útil el poder darse cuenta de que no todos vemos el
universo de la misma manera; en realidad, no es el mismo universo el que vemos cada
uno.
El desconsolado mundo de Addison Doug se expande de repente para convertirse
en el mundo de muchos. Pero a diferencia de la persona que está leyendo un relato y
puede terminarlo cuando quiera y dar por concluida su permanencia en el mundo
criado por el autor, las gentes que forman parte de esta narración se tienen que quedar
metidos en ella para siempre.
Es una clase de tiranía que aún no nos envuelve. Pero si consideramos la fuerza
coercitiva del moderno aparato de propaganda en los estados actuales (cuando se trata
del enemigo, a esta propaganda la llamamos «lavado de cerebro»), cabe preguntarse
si la diferencia entre una cosa y otra no es solamente una cuestión de grado. Nuestros
gloriosos líderes de lo que está bien y de lo que es justo, pueden ahora ya
aprisionarnos en lo que podríamos considerar como meras extensiones de su cabeza,
con sólo añadir a nuestra personalidad intrínseca algunas viejas piezas oxidadas del
motor de un Volkswagen, y la alarma de los personajes de este relato al ver lo que les
está sucediendo puede muy bien ser nuestra propia alarma, aunque en grado menor.
Addison Doug expresa su deseo de «no ver más veranos». Todos deberíamos
protestar. Nadie debería poder abrogarse el derecho de arrastrarnos, por muy
sutilmente que lo haga o por no importa qué razones, al estado de ánimo que nos haría
expresar un punto de vista o un deseo como el de Addison. Tanto individual como
colectivamente, deberíamos desear ver tantos veranos como nos fuese posible,
aunque fuera en un mundo tan imperfecto como éste en el que estamos viviendo.

jueves, 3 de enero de 2013

EL TIEMPO ES EL TRAIDOR Alfred Bester




EL TIEMPO ES EL TRAIDOR
Alfred Bester


No se puede retroceder ni se puede parar. Los finales felices son siempre
dulces y amargos al mismo tiempo.
Había un hombre llamado John Strapp; era el hombre más valioso, más
poderoso y legendario de un mundo que comprendía setecientos planetas y
casi dos billones de individuos. Se le valoraba por una sola cualidad: era capaz
de tomar Decisiones. Adviértase la D mayúscula. Era uno de los pocos
hombres que podían tomar Decisiones Capitales en un mundo de increíble
complejidad, y sus Decisiones eran correctas en un ochenta y siete por ciento.
Vendía sus Decisiones a elevado precio.
Había también una industria llamada, digamos, Bruxton Biótica, con fábricas en
Deneb Alfa, Mizar III, Terra, y oficinas centrales en Alcor IV. Los ingresos
brutos de Bruxton eran de doscientos setenta millones de crs. El desarrollo de
las relaciones comerciales de Bruxton con consumidores y competidores exigía
los servicios especializados de doscientos economistas de empresa expertos
cada uno en una pequeña faceta del inmenso cuadro general. Nadie era lo
bastante grande como para coordinar todo el cuadro.
Bruxton podía necesitar una Decisión Capital sobre política. Un especialista en
investigación llamado E.T.A. Golan, de los laboratorios de Deneb, había
descubierto un nuevo catalizador de síntesis biótica. Era una hormona
embriológica que producía moléculas nucléicas tan plásticas como la arcilla. La
arcilla podía modelarse y desarrollarse en cualquier dirección. Problemas:
¿Debía Bruxton abandonar los métodos de la vieja cultura y adaptarse a esta
nueva técnica? La decisión implicaba una amplia gama de factores
interrelacionados: costos, beneficios, tiempo, suministro, demanda, formación,
patentes, legislaciones, acciones judiciales, etc. Sólo había una respuesta.
Preguntar a Strapp.
Las negociaciones iniciales fueron breves. Strapp y Compañía contestó que la
factura de John Strapp era de cien mil crs, más un uno por ciento de las
acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. Lo toma o lo deja. Bruxton
Biótica lo tomó con placer.
La segunda etapa fue más complicada. John Strapp tenía muchísima
demanda. Tenía un programa de Decisiones con un ritmo de dos por semana
hasta principio de año. ¿Podía Bruxton esperar tanto? Bruxton no podía.
Enviaron entonces a Bruxton una lista de las visitas concertadas por John
Strapp, y se le dijo que acordase un cambio con cualquiera de los clientes
como mejor pudiese. Bruxton trató, pagó, sobornó, y consiguió su propósito.
John Strapp debía presentarse en la fábrica central de Alcor, el 29 de junio,
lunes, exactamente al mediodía.
Entonces comenzó el misterio. A las nueve en punto de aquella mañana del
lunes, Aldous Fisher, el hosco mensajero de Strapp, apareció en las oficinas de
Bruxton. Tras una breve conferencia con el viejo Bruxton en persona, se radió
por toda la fábrica el siguiente mensaje: ¡ATENCIÓN! ¡ATENCIÓN!
¡URGENTE! ¡URGENTE! TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO
KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL. REPITO. TODO EL
PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA
OFICINA CENTRAL. ¡URGENTE! REPITO. ¡URGENTE!
Cuarenta y siete hombres llamados Kruger se presentaron en la oficina central
y fueron enviados a casa con órdenes estrictas de quedarse allí hasta nueva
orden. La policía de la fábrica organizó una rápida investigación y, acompañada
del irascible Fisher, comprobó los carnets de identidad de todos los empleados
a los que pudieron coger. Nadie llamado Kruger quedaba en la fábrica, pero era
imposible identificar a dos mil quinientos hombres en tres horas. Fisher ardía y
humeaba como ácido nítrico.
A las once y media, Bruxton Biótica estaba inquieta. ¿Por qué enviar a casa a
todos los Kruger? ¿Qué tenía que ver aquello con el legendario John Strapp?
¿Qué clase de hombre era Strapp? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo actuaba?
Ganaba diez millones de crs al año. Poseía el uno por ciento del mundo.
Estaba tan próximo a Dios en la mente del personal que la gente esperaba
ángeles y trompetas doradas y una criatura gigante y barbuda de infinita
sabiduría y compasión.
A las once cuarenta llegó la guardia personal de Strapp: un escuadrón de
seguridad de diez hombres, de paisano, que comprobaron puertas y vestíbulos
con helada eficiencia. Dieron órdenes. Había que quitar aquello. Había que
cerrar aquello otro. Había que hacer varias cosas. Se hicieron. Nadie discutía
con John Strapp. El escuadrón de seguridad tomó posiciones y esperó. Bruxton
Biótica no respiraba.
Llegó el mediodía y una mancha plateada apareció en el cielo. Se aproximó
con un gran silbido y aterrizó con tremenda velocidad y precisión ante la puerta
principal. Se abrió la puerta de la nave. Salieron dos individuos corpulentos con
los ojos alertas, recelosos. El jefe del escuadrón de seguridad hizo una señal.
De la nave salieron dos secretarias, pelo castaño una y la otra pelirroja.
Elegantes, bellas, eficaces. Tras ellas salió un delgado oficinista de unos
cuarenta años, de traje arrugado, con los bolsillos laterales llenos de papeles,
gafas de concha y el pelo revuelto. Tras él salió una majestuosa criatura, alta,
mayestática, recién afeitada pero de infinita sabiduría y compasión.
Los dos forzudos se situaron a los lados del hombre apuesto y le escoltaron
escaleras arriba y cruzaron con él la puerta principal. Bruxton Biótica suspiró
feliz. John Strapp no desilusionaba. Era realmente Dios y era un placer que
poseyese el uno por ciento de ti mismo. Los visitantes descendieron por el
vestíbulo principal hasta la oficina del viejo Bruxton y entraron. Bruxton les
estaba esperando, mayestáticamente situado tras su mesa. Se levantó casi de
un salto y corrió hacia adelante. Cogió la mano del hombre majestuoso con
fervor y exclamó:
—Señor Strapp, en nombre de toda mi empresa, le doy la bienvenida.
El oficinista cerró la puerta y dijo:
—Strapp soy yo.—Hizo una seña a su empleado, que se sentó tranquilamente
en un rincón—. ¿Dónde tiene sus datos?
El viejo Bruxton indicó su mesa. Strapp se sentó ante ella, cogió las gruesas
carpetas y empezó a leer. Un hombre delgado. Un hombre acosado. Un
hombre de cuarenta y tantos años. Pelo negro y liso. Ojos azul porcelana. Una
buena boca. Buenos huesos bajo la piel. Una cualidad destacaba: la falta total
de conciencia de sí mismo. Pero cuando hablaba había un subtono histérico en
la voz que mostraba que había en su interior algo violento y salvaje.
Tras dos horas de implacable lectura y de comentarios en murmullos a sus
secretarias, que tomaban notas crípticas con símbolos especiales, Strapp dijo:
—Quiero ver la fábrica.
—¿Por qué?—preguntó Bruxton.
—Para sentirla —contestó Strapp—. En una Decisión siempre va implícita una
cuestión de matiz. Es el factor más importante.
Salieron de la oficina y se inició el desfile: el escuadrón de seguridad, los
forzudos, las secretarias, el oficinista, el acre Fisher y el majestuoso empleado.
Lo recorrieron todo. Lo vieron todo. El "oficinista" hizo la mayor parte del trabajo
práctico para "Strapp". Habló con obreros capataces, técnicos, y personal alto,
bajo y medio. Pidió nombres, cotilleó, se los presentó al gran hombre, hablaron
de sus familias, sus condiciones de trabajo, sus ambiciones. Exploró, olió y
sintió. Tras cuatro horas agotadoras volvieron a la oficina de Bruxton. El
"oficinista" cerró la puerta. El empleado se fue a su rincón.
—Bueno —dijo Bruxton—. ¿Sí o no?
—Espere, —dijo Strapp.
Repasó las notas de sus secretarias, las asimiló cerró los ojos y estuvo
silencioso y quieto en medio de la oficina como quien se esfuerza por oír un
susurro distante.
—Sí—decidió, y pasó a ser más rico en un total de cien mil crs. y un uno por
ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. En
compensación, Bruxton tenía una seguridad de un ochenta y siete por ciento de
que la Decisión era correcta. Strapp abrió de nuevo la puerta, se reorganizó el
desfile y salió de la fábrica. El personal aprovechó su última oportunidad para
fotografiar y tocar al gran hombre. El oficinista ayudaba en las relaciones
públicas con voluntariosa afabilidad. Preguntaba nombres, presentaba y
amenizaba la charla. El rumor de voces y risas se incrementó cuando llegaron
a la nave. Entonces sucedió lo increíble.
—¡Tú! —gritó súbitamente el oficinista, su voz horriblemente aguda—. ¡Tú, hijo
de puta! ¡Condenado y piojoso asesino! ¡Llevaba tiempo esperando esto! ¡Hace
diez años que lo espero!
Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y asestó un tiro en la frente a
un hombre.
El tiempo se detuvo. Los sesos y la sangre tardaron horas en salir por la nuca,
y el cuerpo en encogerse. Entonces el equipo de Strapp se puso en acción.
Metieron rápidamente al oficinista en la nave. Le siguieron las secretarias,
luego el empleado majestuoso. Los dos forzudos saltaron tras ellos y cerraron
la puerta. La nave despegó y desapareció con un silbido. Los diez hombres que
iban de paisano se dispersaron tranquilamente y desaparecieron. Sólo quedó
Fisher, el hombre contacto de Strapp, junto al cadáver, en el centro de una
multitud horrorizada.
—Compruebe su identificación—masculló Fisher.
Alguien sacó la cartera del muerto y la abrió.
—William F. Kruger, biomecánico.
—¡Condenado idiota! —dijo Fisher furioso—. Se lo advertimos. Se lo
advertimos a todos los Kruger. Muy bien. Llame a la policía.
Aquél era el sexto asesinato de John Strapp. Arreglarlo le costó exactamente
quinientos mil crs. Los otros cinco le habían costado lo mismo, y la mitad de la
cifra iba normalmente a manos de un hombre lo bastante desesperado para
sustituir al asesino y alegar locura temporal. La otra mitad, a los herederos del
difunto. Había seis sustitutos encerrados en diversas penitenciarías,
cumpliendo de veinte a cincuenta años. Sus familiares eran doscientos
cincuenta mil crs. más ricos.
En sus habitaciones del Alcor Splendide, el equipo de Strapp evacuaba
consultas sombrío.
—Seis en seis años—dijo con amargura Aldous Fisher—. No vamos a poder
mantenerlo en secreto mucho más. Tarde o temprano alguien se preguntará
por qué John Strapp contrata siempre oficinistas locos.
—Entonces le contratamos también a él —dijo la secretaria pelirroja—. Strapp
puede permitírselo.
—Puede permitirse un asesinato al mes —murmuró el empleado majestuoso.
—No.—Fisher negó con la cabeza vivamente—. Las cosas pueden arreglarse
hasta ciertos límites, pero no más allá. Uno llega al punto de saturación. Ahora
hemos llegado. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Pero qué demonios le pasa a Strapp?—preguntó uno de los forzudos.
—¿Quién sabe? —exclamó Fisher exasperado—. Tiene una fijación Kruger.
Conoce a un hombre llamado Kruger Cualquier hombre que se llame Kruger. Y
se pone a gritar, a maldecir. Y lo mata. No me preguntéis por qué. Es algo
enterrado que pertenece a su vida pasada.
—¿No le has preguntado a él?
—¿Cómo iba a hacerlo? Es como un ataque epiléptico. Ni siquiera él sabe qué
sucedió.
—Habría que llevarle a un psicoanalista—sugirió el forzudo.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Tú eres nuevo—dijo Fisher—. No comprendes.
—Hazme comprender.
—Te haré una analogía. Allá por mil novecientos la gente jugaba a la baraja
con cincuenta y dos cartas. Eran tiempos sencillos. Hoy todo es más complejo.
Jugamos con cinco mil doscientas cartas en la mesa. ¿Comprendes?
—Voy comprendiendo.
—Un cerebro puede controlar cincuenta y dos cartas. Puede tomar decisiones
sobre ese total. En mil novecientos lo tenían muy fácil. Pero no hay mente
capaz de hacer lo mismo con cinco mil doscientas cartas... salvo la de Strapp.
—Tenemos computadoras.
—Son perfectas cuando sólo se trata de cartas. Pero cuando hay que hacer
cálculos teniendo en cuenta también a los cinco mil doscientos jugadores que
manejan las cartas, lo que les gusta, lo que les disgusta, motivos, inclinaciones,
proyectos, tendencias, etc., lo que Strapp llama los matices, entonces Strapp
es capaz de hacer lo que no puede hacer una máquina. Él es único, y el
psicoanálisis podría destruir su capacidad.
—¿Por qué?
—Porque en Strapp se trata de un proceso inconsciente —explicó irritado
Fisher—. Él no sabe cómo lo hace. Si lo supiese acertaría en un cien por cien
en vez de en un ochenta y siete. Es un proceso inconsciente, y, por lo que
sabemos, puede relacionarse con la misma anormalidad que le empuja a matar
a todos los Kruger. Si le libramos de una cosa, podemos destruir la otra. No
podemos correr ese riesgo.
—¿Qué podemos hacer entonces?
—Proteger nuestra propiedad —respondió Fisher, mirando a su alrededor
sobriamente.— No olvidéis esto ni un instante. Hemos trabajado mucho en
Strapp para permitir que se destruya. ¡Hemos de proteger nuestra propiedad!
—Yo creo que lo que él necesita es amistad—dijo la secretaria de pelo
castaño.
—¿Por qué?
—Podríamos descubrir lo que le molesta sin destruir nada. La gente habla con
los amigos. Strapp hablaría.
—Nosotros somos sus amigos.
—No, no lo somos. Somos sus socios.
—¿Ha hablado él contigo?
—No.
—¿Contigo?—preguntó Fisher a la pelirroja.
Esta negó con la cabeza.
—Está buscando algo que no encuentra nunca.
—¿El qué?
—Una mujer, creo. Un tipo especial de mujer.
—¿Una mujer llamada Kruger?
—No sé.
—Maldita sea, esto no tiene sentido. —Fisher lo pensó un momento—. Está
bien. Le contrataremos un amigo y aligeraremos el programa de trabajo para
que el amigo tenga oportunidad de hacer hablar a Strapp. De ahora en
adelante reduciremos el programa a una Decisión semanal.
—¡Dios mío! —exclamó la secretaria de pelo castaño—. Eso significa cinco
millones menos al año.
—Hay que hacerlo—dijo Fisher—. Se trata de aceptar esta reducción ahora o
perderlo todo más tarde. Somos lo bastante ricos para aguantarlo.
—¿Y cómo vas a resolver lo del amigo? —preguntó el empleado majestuoso.
—Ya dije que contrataría a uno. Contrataremos al mejor. Comunica con Terra a
través del TT. Diles que localicen a Frank Alceste y ponlo en comunicación
urgente conmigo.
—¡Frankie! —gritó la pelirroja—. ¡Me desmayo!
—¡Oh! ¡Frankie! —la de pelo castaño se abanicó.
—¿Te refieres a Frank Alceste el Fatal? ¿Al campeón de levantamiento de
peso? —preguntó sobrecogido el forzudo—. Le vi luchar con Lonzo Jordan.
¡Oh, Dios mío!
—Ahora es actor —explicó el empleado majestuoso—. Trabajé con él una vez.
Canta. Y baila. Y...
—Y es doblemente fatal—interrumpió Fisher—. Le contrataremos. Firmaremos
un contrato. Él será amigo de Strapp. Tan pronto como Strapp le conozca, él...
—¿Conozca a quién?—Strapp apareció en el quicio de la puerta de su
dormitorio, bostezando, parpadeando ante la luz. Dormía siempre
profundamente después de sus ataques—. ¿A quién voy a conocer?
Miró a su alrededor, delgado, grácil, pero acosado e indudablemente poseído.
—Un hombre llamado Frank Alceste—dijo Fisher—. Nos ha pedido una
presentación y no podemos rechazarle por más tiempo.
—¿Frank Alceste?—murmuró Strapp—. Nunca oí hablar de él.
Strapp podía hacer Decisiones; Alceste amigos. Era un hombre vigoroso de
treinta y tantos años, pelo rubio pajizo, cara pecosa, nariz quebrada y ojos
grises muy hundidos. Tenía la voz firme y suave. Se movía con esa agilidad
casi femenina de los atletas. Te hechizaba sin que te dieses cuenta, y sin que
pudieses evitarlo. Hechizó a Strapp, pero Strapp también le hechizó a él. Se
hicieron amigos.
—No, se trata realmente de amistad—dijo Alceste a Fisher al devolverle el
cheque que pretendía darle como pago—. Yo no necesito ese dinero, y el viejo
Johnny me necesita. Olvidemos que me contratasteis. Rompe el contrato.
Intentaré ayudar a Johnny por mi cuenta.
Alceste se volvió para salir de la suite del Rigel Splendide y pasó ante las
secretarias que le contemplaban con ojos muy abiertos.
—Si no estuviese tan ocupado, señoritas —murmuró—, cuánto me gustaría
perseguirlas un poco.
—Persígueme a mí, Frankie—dijo la de pelo castaño.
La pelirroja parecía inmovilizada.
Y mientras Strapp y Compañía zigzagueaba lentamente de ciudad en ciudad y
de planeta en planeta, con su nuevo plan de una Decisión por semana, Alceste
y Strapp se solazaban tranquilos mientras el empleado majestuoso concedía
entrevistas y posaba para los fotógrafos. Hubo interrupciones cuando Frankie
tuvo que volver a Terra para hacer una película, pero entre tanto jugaron al
golf, al tenis, apostaron a los caballos, a los galgos, y asistieron a veladas de
lucha y de boxeo y a competiciones deportivas. Visitaron los centros nocturnos
y Alceste volvió con un curioso informe.
—Bueno, no sé hasta qué punto habéis estado observando de cerca a
Johnny—dijo a Fisher—, pero has de saber que apenas si duerme de noche.
—¿Cómo dices? —exclamó Fisher sorprendido.
—El amigo Johnny, se larga todas las noches cuando os creéis que está dando
reposo a su mente.
—¿Cómo lo sabes?
—Por su reputación—dijo Alceste con tristeza—. Le conocen en todas partes.
En todos los antros de aquí a Orión conocen al amigo Johnny. Y le conocen del
peor modo.
—¿Por su nombre?
—Por un mote. Le llaman Tierradevastada.
—¡Tierradevastada!
—Vaya, vaya. Señor Devastación. Arrasa a las mujeres como un fuego de la
pradera. ¿Sabías esto?
Fisher negó con un gesto.
—Debe pagarlo de su bolsillo personal—musitó Alceste y se fue.
Había algo aterrador en aquella relación de Strapp con las mujeres. Solía
entrar en un club con Alceste ocupar una mesa, sentarse y beber. Luego se
levantaba y examinaba fríamente el local, mesa por mesa, mujer por mujer. A
veces algunos hombres se enfurecían y pretendían pegarle. Strapp se libraba
de ellos con malevolencia y frialdad, de un modo que provocaba la admiración
profesional de Alceste. Frankie nunca peleaba personalmente. Ningún
profesional toca nunca a un aficionado. Pero procuraba hacer las paces, y si no
lo lograba, acudía a los puños como última solución.
Tras examinar a todas las mujeres, Strapp se sentaba y esperaba el
espectáculo, tranquilo, charlando y riendo. Cuando aparecían las chicas, se
apoderaba de nuevo de él aquel lúgubre arrebato y se ponía a examinar a la
concurrencia cuidadosa y desapasionadamente. Muy pocas veces localizaba a
una chica que le interesase; siempre el tipo idéntico: una chica de cola de
caballo, ojos negrísimos y piel clara y sedosa. Entonces empezaba el
problema.
Si era una artista, Strapp acudía al camerino después del espectáculo. Si hacía
falta sobornaba, gritaba y peleaba para conseguir abrirse paso hasta ella. Allí,
se plantaba frente a la asombrada muchacha, la examinaba en silencio y luego
le pedía que hablase. Escuchaba su voz, luego se acercaba como un tigre y
daba un paso violento e inesperado. A veces había gritos, otra una defensa
encarnizada, y otras complacencia. Strapp quedaba enseguida satisfecho.
Abandonaba a la chica bruscamente, pagaba todos los daños y perjuicios como
un caballero, y salía a repetir la misma función en un club tras otro.
Si la muchacha era una simple cliente, Strapp se acercaba inmediatamente,
despachaba a su acompañante, o si esto era imposible seguía a la chica hasta
casa y repetía allí el ataque del camerino. De nuevo abandonaba a la chica,
pagaba como un caballero y proseguía con su obsesionante búsqueda.
—Estuve con él, pero me asustó—dijo Alceste a Fisher—. Nunca vi a un
hombre tan precipitado. Podría disponer de cualquier mujer agradable si fuese
con un poco más de calma. Pero no puede. Parece poseído.
—¿Por qué?
—No lo sé. Es como si trabajase contrarreloj.
Después de que Strapp y Alceste se hiciesen íntimos, Strapp le permitió
acompañarle en una investigación, durante el día, que era aun más extraña.
Como Strapp y Compañía continuaba su gira por planetas e industrias, Strapp
visitaba la Oficina de Estadísticas Vitales de cada ciudad. Allí sobornaba al
encargado jefe y presentaba una tira de papel. El papel decía:
Altura 1,65
Peso 60
Pelo negro
Ojos negros
Busto 86
Cintura 66
Caderas 91
Talla 12
—Quiero los nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiún
años que se ajusten a esa descripción —decía Strapp—. Pagaré diez créditos
por cada nombre.
Veinticuatro horas después llegaba la lista, y Strapp se lanzaba a una
búsqueda obsesiva, examinando, hablando, escuchando, dando algunas veces
el paso aterrador, pagando siempre como un caballero. La procesión de chicas
morenas de ojos de tinta hacía tambalearse a Alceste.
—Está poseído por una idea fija—dijo Alceste a Fisher en el Splendide de
Cygnus—, y creo que sé de qué se trata. Está buscando una chica concreta
especial y ninguna se ajusta a las condiciones.
—¿Una chica llamada Kruger?
—No sé si el asunto Kruger tiene que ver con esto.
—¿Es difícil de complacer?
—Bueno, te diré. Algunas de esas chicas... yo las consideraría sensacionales.
Pero él no les presta la menor atención. Las mira y sigue. Otras... que son
prácticamente unos fetos, le emocionan y se convierte en el viejo señor
Devastación.
—Pero ¿Por qué?
—Creo que es una especie de prueba. Que pretende que las chicas reaccionen
de forma dura y natural. La pasión es fingida. Se trata de un truco fríamente
utilizado para poder comprobar cómo reaccionan las chicas.
—Pero ¿Qué es lo que anda buscando él?
—Aún no lo sé —contestó Alceste— pero lo descubriré. Tengo pensando un
pequeño truco. Esperaremos a que llegue una oportunidad, Johnny se lo
merece.
Sucedió en el circo, cuando Strapp y Alceste fueron a ver a un par de gorilas
despedazarse dentro de una jaula de cristal. Fue un espectáculo sangriento, y
ambos amigos concluyeron que la lucha de gorilas no era más civilizada que la
lucha de gallos, y dejaron aquel lugar decepcionados. Fuera, en el vacío pasillo
de hormigón, esperaba un hombre tembloroso. Cuando Alceste le hizo una
señal, se acercó corriendo a ellos como un cazador de autógrafos.
—¡Frankie! —gritó el hombre tembloroso—. ¡Mi viejo amigo Frankie! ¿No te
acuerdas de mí?
Alceste le miró con detenimiento.
—Soy Blooper Davis. ¿No te acuerdas del viejo barrio? ¿No te acuerdas de
Blooper Davis?
—¡Blooper! —la cara de Alceste se iluminó—. Claro. Pero entonces eras
Blooper Davidoff.
—Claro.—El hombre tembloroso se echó a reír—. Y tú eras Frankie Kruger.
—¡Kruger!—gritó Strapp, con voz aguda y chillona.
—Así es—dijo Frankie—. Kruger. Me cambié el nombre cuando empecé mi
carrera de luchador.
Avanzó con paso vivo hacia el hombre tembloroso, que retrocedió apoyado en
la pared del pasillo y desapareció.
—¡Tú, hijo de puta!—gritó Strapp; se había puesto pálido y la cara le temblaba
amenazadoramente—. ¡Miserable asesino! Llevo mucho tiempo esperando
esto. Llevo diez años esperando.
Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y disparó. Alceste se hizo a un
lado justo a tiempo y la bala repiqueteó por el pasillo con un silbido. Strapp
disparó de nuevo y la llama chamuscó la mejilla de Alceste, que cogió a Strapp
por la muñeca y lo paralizó inmediatamente. Le quitó el revólver. Strapp
jadeaba de ira. Arriba se oían los gritos de la multitud.
—Está bien, soy Kruger—masculló Alceste—. Me llamo Kruger, señor Strapp.
¿Cuál es el problema? ¿Qué le importa a usted eso?
—¡Hijo de puta! —gritó Strapp, debatiéndose como uno de los gorilas que
habían visto luchar—. ¡Asesino! ¡Te sacaré las tripas!
—¿Por qué a mí? ¿Por qué a Kruger?—utilizando todas sus fuerzas, Alceste
arrastró a Strapp a un rincón y le inmovilizó allí.—¿Qué tuve que ver contigo
hace diez años?
Oyó la historia en histéricos arrebatos antes de que Strapp se desmayara.
Después de dejar a Strapp en la cama, Alceste pasó al lujoso salón de la suite
del Espléndido de Indi y explicó el problema al equipo.
—El viejo Johnny estaba enamorado de una chica llamada Sima Morgan —
empezó—. Ella estaba enamorada de él. Una cosa muy romántica. Iban a
casarse. Y entonces un tipo llamado Kruger mató a Sima Morgan.
—¡Kruger! Así que ésa es la relación. ¿Cómo fue?
—Ese Kruger era un gandul borracho. Tenía problemas conduciendo. Le
quitaron el permiso, pero eso a un tipo como Kruger le daba igual. Sobornando,
consiguió un reactor Hot-rod sin permiso de conducir. Un día se llevó por
delante una escuela. Deshizo el techo y mató a treinta niños y a la profesora...
esto fue en Terra, en Berlín.
"Nunca cogieron a Kruger. Fue escapando de planeta en planeta y aún no le
han localizado. La familia le envía dinero. La policía no es capaz de dar con él.
Strapp le busca porque la profesora era su chica, Sima Morgan.
Hubo una pausa, y luego Fisher preguntó:
—¿Cuánto hace de eso?
—Por lo que supongo, diez años y ocho meses.
Fisher calculó minuciosamente.
—Y hace diez años y tres meses Strapp demostró por primera vez que era
capaz de tomar Decisiones. Decisiones Capitales. Hasta entonces era un don
nadie. Luego vino la tragedia, y con ella la histeria y la capacidad de tomar
Decisiones. Indudablemente una cosa produjo la otra.
—Puede que sí.
—Así que él mata a Kruger una y otra vez—dijo Fisher fríamente—.
Corresponde. Fijación de venganza. Pero, ¿Y lo de las chicas y lo del asunto
señor Devastación?
Alceste sonrió con tristeza.
—¿Has oído alguna vez decir "a una chica en un millón"?
—¿Y quién no?
—Si tu chica era una en un millón, eso significa que habrá nueve más como
ella en una ciudad de diez millones ¿verdad?
Todo el equipo de Strapp asintió expectante
—El viejo Johnny trabaja con esa base. Cree que puede encontrar un
duplicado de Sima Morgan
—¿Cómo?
—Se lo plantea aritméticamente. Piensa lo siguiente: hay una posibilidad en
sesenta y cuatro mil millones de que las huellas dactilares coincidan. Pero
actualmente hay 1,7 billones de personas. Eso significa que puede haber
veintiséis con las mismas huellas dactilares, e incluso más.
—No necesariamente.
—Por supuesto, no necesariamente, pero existe la posibilidad y eso es lo único
que necesita el viejo Johnny. Calcula que si hay veintiséis posibilidades de que
las huellas dactilares coincidan, hay una posibilidad también de que coincidan
las personas. Cree que puede encontrar el duplicado de Sima Morgan si
persiste en su búsqueda.
—¡Eso es inconcebible!
—No digo que no lo sea, pero es lo único que le mantiene en pie. Es una
especie de preservador vital basado en números. Mantiene su cabeza a flote...
esa idea de que tarde o temprano podrá volver donde la muerte le dejó hace 10
años.
—¡Ridículo!—exclamó Fisher.
—No para Johnny. Él sigue enamorado.
—Imposible.
—Quisiera que pudieses sentirlo como lo siento yo—contestó Alceste—. Busca
sin cesar. Una chica tras otra. Conserva las esperanzas. Habla. Da el paso. Si
se trata del duplicado de Sima, sabe que reaccionará exactamente como
recuerda que reaccionó Sima diez años atrás. "¿Eres tú, Sima?" Se pregunta a
sí mismo. "No", contesta, y continúa.
Es una lástima ver en qué situación se encuentra. Hemos de hacer algo.
—No—dijo Fisher.
—Tenemos que ayudarle a encontrar su duplicado. Tenemos que convencerle
para que crea que alguna chica es el duplicado. Tenemos que hacerle
enamorarse otra vez.
—No —repitió Fisher enfáticamente.
—¿Por qué no?
—Porque en cuanto Strapp encuentre a su chica, se curará. Dejará de ser el
gran John Strapp, el Decisor. Se convertirá en un don nadie... un hombre
enamorado.
—¿Y a él qué le importa ser grande o no serlo? Él quiere ser feliz.
—Todos quieren ser felices —replicó Fisher—. Nadie lo es. Strapp no está peor
que los demás hombres, y además es mucho más rico. Nosotros mantenemos
el status quo.
—¿No querrás decir que tú eres mucho más rico?
Nosotros mantenemos el status quo —repitió Fisher; miró con frialdad a
Alceste—. Creo que lo mejor será que rescindamos el contrato. No
necesitamos ya de tus servicios.
—Señor, el contrato quedó rescindido cuando le devolví el cheque. Ahora habla
usted con el amigo de Johnny.
—Lo siento, señor Alceste, pero a partir de ahora el señor Strapp tendrá muy
poco tiempo para sus amigos. Cuando quede libre al año que viene se lo
haremos saber.
—No podéis secuestrarle. Veré a Johnny cuándo y dónde me plazca.
—¿Quiere usted tenerle por amigo?—dijo Fisher con una sonrisa
desagradable—. Entonces le verá cuándo y dónde quiera yo. O le ve en esas
condiciones o Strapp verá el contrato que firmamos. Aún lo tengo en los
archivos, señor Alceste. No lo rompí. Yo nunca rompo nada. ¿Cómo cree que
Strapp va a confiar en su amistad después de ver el contrato que firmó?
Alceste cerró los puños. Fisher se mantuvo firme. Por un instante se miraron
con odio, luego Frankie se apartó.
—Pobre Johnny—murmuró—. Es como un hombre atrapado por la solitaria. Le
diré adiós. Comunicadme cuándo puedo verlo.
Entró en el dormitorio, donde Strapp acababa de despertar de su ataque sin el
menor recuerdo, como siempre. Alceste se sentó en la cama.
—Hola, Johnny—dijo, sonriendo.
—Hola, Frankie—dijo Strapp, también sonriendo.
Se dieron un puñetazo en el hombro con solemnidad que es la única manera
de abrazarse y besarse entre los amigos.
—¿Qué pasó después de la lucha de los gorilas? —preguntó Strapp—. No
recuerdo.
—Amigo, estabas muy borracho. Nunca vi un tipo tan cargado. —Alceste volvió
a dar un suave puñetazo a Strapp—. Escucha, Johnny, tengo que volver a
trabajar. Tengo un contrato de tres películas al año y están que botan conmigo.
—Bueno, te tomaste un mes hace seis planetas —dijo Strapp, contrariado—.
Creí que habías terminado.
—Ni hablar. Tengo que irme hoy, Johnny. Volveremos a vernos muy pronto.
—Oye—dijo Strapp—. Manda al diablo las películas. Sé socio mío. Le diré a
Fisher que redacte un contrato. Esta es la primera vez que me río desde hace...
mucho tiempo.
—Puede que más tarde, Johnny. En este momento me obliga un contrato.
Pronto volveré. Adiós.
—Adiós—dijo Strapp con tristeza.
Fuera de la habitación, Fisher esperaba como un perro guardián. Alceste le
miró con disgusto.
—Una cosa que se aprende en la lucha—dijo lentamente—, es que nadie gana
hasta el último asalto. Tú has ganado éste, pero no es el último.
Antes de marchar, Alceste dijo, mitad para sí mismo, mitad en voz alta:
—Quiero que sea feliz. Quiero que todos los hombres sean felices. Y da la
sensación de que todos los hombres podrían ser felices sólo conque les
echásemos una mano.
Por eso Frankie Alceste no podía evitar hacer amigos.
El equipo de Strapp volvió a la misma vieja vigilancia celosa de los años de los
asesinatos, y elevó el número de Decisiones de Strapp a dos a la semana.
Ahora sabían por qué había que vigilar a Strapp. Sabían por qué había que
proteger a los Kruger. Pero ésta era la única diferencia. Su hombre estaba
triste, histérico, casi psicótico; daba igual. Era un precio justo a pagar por el uno
por ciento del mundo.
Pero Frankie Alceste persistía en su propósito y visitó los laboratorios de
Bruxton Biótica en Deneb. Allí consultó con un tal E.T.A. Golan, el genio en
investigación que había descubierto aquella nueva técnica para moldear vida
que fue lo que llevó a Strapp por primera vez a Bruxton, y que fue
indirectamente responsable de su amistad con Alceste. Ernesto Teodoro
Amadeo Golan era bajo, gordo, asmático y entusiasta.
—¡Claro!—exclamó, cuando el lego explicó todo su asunto al científico—.
¡Cómo no! Una idea muy ingeniosa. No sé por qué no se me habría ocurrido.
No presenta apenas dificultades.—Meditó un instante—. Salvo el dinero—
añadió.
—¿Podría, pues, duplicar a la chica que murió hace diez años?—preguntó
Alceste.
—Sin ninguna dificultad, salvo el dinero. —Dijo Golan enfáticamente.
—¿Parecería la misma? ¿Actuaría igual? ¿Sería la misma?
—En un noventa y cinco por ciento, más o menos un novecientos setenta y
cinco por mil.
—¿Y eso significaría mucha diferencia con respecto al cien por cien?
—¡Ah, no! Sólo individuos muy notables son capaces de captar más del
ochenta por ciento de las características totales de otra persona. No se ha oído
de ningún caso en que se supere el noventa por ciento.
—¿Y cómo podrían hacerlo?
—Bueno, empíricamente tenemos dos fuentes. Una, la estructura psicológica
completa del sujeto que se encuentra en los archivos principales de Centauro.
Ellos pueden enviarnos desde allí una copia si hacemos una solicitud y
pagamos cien créditos a través de los canales oficiales. Haré la solicitud.
—Y yo la pagaré. ¿Y la otra fuente?
—El proceso de embalsamamiento de la época moderna... Ella está enterrada,
¿No?
—Sí, lo está.
—Este sistema tiene una perfección de un noventa y ocho por ciento. Por
medio de los restos y de la estructura psicológica reconstruimos el cuerpo y la
mente por la ecuación Sigma igual a la raíz cuadrada de menos dos más... No
hay más problema que el dinero.
—Bueno, del dinero me encargo yo—dijo Frankie Alceste—. Encárguese usted
del resto.
Para ayudar a su amigo, Alceste pagó cien créditos y envió la solicitud a los
archivos centrales de Centauro pidiendo la estructura psicológica completa de
Sima Morgan, difunta. Cuando esto llegó, Alceste regresó a Terra y se dirigió a
una ciudad llamada Berlín, donde pagó a un individuo llamado Augenblick, para
que actuara como ladrón de cadáveres. Augenblick visitó el Staatsottesacker y
sacó el ataúd de porcelana de debajo de la lápida de mármol que decía SIMA
MORGAN. Contenía lo que parecía ser una chica de piel sedosa y negro pelo
sumida en un profundo sueño. Por vías dudosas, Alceste consiguió pasar el
ataúd de porcelana por cuatro barreras aduaneras hasta Deneb.
Un aspecto del viaje del que Alceste no había caído en la cuenta, pero que
desconcertó a varias organizaciones policiales, fue el de la serie de catástrofes
que le persiguieron sin alcanzarle nunca. Hubo una explosión de un reactor que
destruyó la nave y una hectárea de espaciopuerto media hora después de que
se bajaran los pasajeros y se efectuara la descarga. Hubo un verdadero
holocausto en un hotel diez minutos después de irse Alceste. Se produjo el
terrible desastre que acabó con el tren neumático para el que Alceste había
cancelado su billete inesperadamente. A pesar de todo, pudo entregar el ataúd
al bioquímico Golan.
—¡Vaya! —dijo Ernesto Teodoro Amadeo—. Una hermosa criatura. Merece la
pena recrearla. Lo que falta ahora es muy sencillo, salvo el dinero.
Para salvar a su amigo, Alceste dispuso las cosas para que Golan pudiese
abandonar sus ocupaciones habituales, le compró un laboratorio y le financió
una serie de experimentos increíblemente caros. Para ayudar a su amigo
Alceste derrochó dinero y paciencia hasta que al fin, ocho meses después,
salió de la opaca cámara de maduración una criatura de pelo negro, ojos como
el ébano y sedosa piel, largas piernas y busto erguido. Respondía al nombre de
Sima Morgan.
—Oí caer el reactor sobre la escuela —dijo Sima, sin darse cuenta de que
habían transcurrido once años—. Luego oí un gran estruendo ¿Qué pasó?
Alceste estaba impresionado. Hasta aquel momento ella había sido un
objetivo... una meta... algo irreal, no vivo. Ahora era una mujer viva. Había un
curioso temblor en su voz, casi un susurro. Su cabeza tenia un aire encantador
al moverse mientras hablaba. Se levantó de la mesa; no era suave y grácil
como Alceste esperaba. Se movía con una torpeza infantil.
—Yo soy Frank Alceste —dijo él, tranquilamente; la cogió por los hombros—.
Quiero que me mires y te convenzas de que puedes confiar en mi.
Sus ojos se unieron en una firme mirada. Sima le examinó con gravedad. De
nuevo Alceste quedó impresionado y conmovido. Sus ojos empezaron a
temblar y soltó los hombros de la muchacha aterrado.
—Si—dijo Sima—. Puedo confiar en ti.
—Diga lo que diga, debes confiar en mi. No importa lo que te diga que hagas,
tú confía en mi y hazlo.
—¿Por qué?
—Por la salvación de Johnny Strapp.
Ella le miró sobresaltada.
—Le ha pasado algo—dijo presurosa—. ¿Qué ha sido?
—A él no, Sima. A ti. Sé paciente, querida. Te lo explicaré. Tenia pensado
explicarlo ahora, pero no soy capaz. Será mejor... que espere hasta mañana.
La acostaron, y Alceste comenzó a debatirse en una terrible lucha consigo
mismo. Las noches de Deneb son suaves y negras como terciopelo, con un
aroma romántico dulce y tenue... o al menos así le parecía la noche a Frankie
Alceste.
"No puedes enamorarte de ella", murmuró. "Es una locura".
Y más tarde, se dijo: "Viste a centenares de chicas como ella, cuando Johnny
la buscaba. ¿Por qué no te enamoraste de una de ellas?"
Y por último: "¿Qué vas a hacer?"
Hizo lo único que un hombre honrado puede hacer en una ocasión tal, e intentó
convertir su deseo en amistad. Acudió a la habitación de Sima a la mañana
siguiente, con unos pantalones viejos, sin afeitar y sin peinar. Se sentó a los
pies de su cama mientras ella comía la primera de las comidas
cuidadosamente prescritas por Golan, encendió un cigarrillo y le explicó el
asunto. Cuando la vio llorar, no la cogió entre sus brazos para consolarla, sino
que le dio una palmada en la espalda como a un hermano.
Encargó vestuario para ella. Se equivocó en las medidas y cuando ella salió
con aquella ropa, le pareció tan adorable que quiso besarla. En vez de hacerlo,
le dio un puñetacito en el hombro, muy suave y muy solemne, y la llevó a
comprar otro vestido. Cuando apareció ante él con ropa a medida, le pareció
tan encantadora que tuvo que darle otro puñetazo en el hombro. Luego fueron
a comprar un pasaje inmediato para Ross-Alfa III.
Alceste había pensado quedarse unos cuantos días para que la chica
descansase, pero por miedo a sí mismo había renunciado a hacerlo. Sólo así
pudieron salvarse ambos de la explosión que destruyó el domicilio privado y el
laboratorio privado del bioquímico Golan, y también al bioquímico. Alceste no
llegó a enterarse de esto. Estaba ya a bordo de la nave con Sima, luchando
frenéticamente con sus tentaciones.
Una de las cosas que todo el mundo sabe del viaje espacial, pero nunca
menciona, es su cualidad afrodisíaca. Como en los tiempos antiguos, cuando
los viajeros cruzaban océanos en barcos, los pasajeros se encuentran aislados
en su pequeño mundo durante una semana. Quedan aislados de la realidad.
Invade la nave una mágica sensación de libertad de toda atadura y de toda
responsabilidad. Todos echan una cana al aire. Hay miles de romances de
reactor por semana... relaciones fugaces y apasionadas que se disfrutan en
completa seguridad y concluyen el día del aterrizaje.
En esta atmósfera, Frankie Alceste mantenía un rígido control de sí mismo.
Poco le ayudaba el hecho de ser una celebridad con un tremendo magnetismo
físico. Mientras una docena de bellas mujeres se arrojaban a sus brazos, él
perseveraba en su papel de hermano mayor y palmeaba a Sima como un
hermano, hasta que ésta protestó.
—Sé que eres un magnifico amigo de Johnny y un buen amigo mío —dijo la
última noche—. Pero eres agotador, Frankie. Estoy llena de cardenales.
—Si, ya lo sé. Es una costumbre. Algunos, como Johnny, piensan con el
cerebro. Yo, creo que pienso con los puños.
Estaban de pie bajo la bóveda acristalada por la que se veían las estrellas, y
les bañaba la suave luz de Ross-Alfa que se aproximaba ya, y resulta difícil
imaginar algo más romántico que el terciopelo del espacio iluminado por el tono
blanco violeta de un sol distante. Sima ladeó la cabeza y le miró.
—Hablé con algunos de los pasajeros dijo—. Eres famoso, ¿verdad?
—Más bien conocido...
—Hay tanto que apreciar en ti. Ante todo, quiero pensar en ti.
—¿En mi?
—Ha sido una cosa tan súbita—dijo Sima, asintiendo—. Estaba desconcertada
y tan emocionada que no tuve tiempo siquiera de darte las gracias, Frankie. Te
las doy ahora. Estoy comprometida contigo para siempre.
Le echó los brazos al cuello y le besó. Alceste empezó a temblar.
"No", pensó. "No. Ella no sabe lo que hace. Está tan atolondrada y feliz con la
idea de ver otra vez a Johnny que no se da cuenta..."
Buscó tras de sí hasta que sintió la helada superficie del cristal; antes de
apartarse, apretó deliberadamente las palmas de sus manos contra la
superficie, a temperatura bajo cero. El dolor le hizo dar un salto. Sima le soltó
sorprendida y cuando él apartó sus manos, dejó atrás treinta centímetros
cuadrados de piel y sangre.
Por fin desembarcó en Ross-Alfa III con una chica en perfectas condiciones y
dos manos en condiciones pésimas y fue recibido por el agrio Aldous Fisher,
acompañado de un funcionario que pidió al señor Alceste que le acompañase a
una oficina para tener una importante conversación privada.
—Se ha puesto en nuestro conocimiento, gracias al señor Fisher—dijo el
funcionario—, que intenta usted introducir a una joven de status ilegal.
—¿Cómo puede saberlo el señor Fisher? —preguntó Alceste.
—¡Imbécil!—escupió Fisher—. ¿Crees que te dejaría hacerlo? Estuvieron
siguiéndote. Minuto a minuto.
—El señor Fisher nos informa—continuó el funcionario con rigidez—, que la
mujer que viene con usted viaja con nombre supuesto. Sus papeles son falsos.
—¿Cómo que son falsos?—dijo Alceste—. Ella es Sima Morgan. Sus
documentos dicen que ella es Sima Morgan.
—Sima Morgan murió hace once años—contestó Fisher—. La mujer que viene
contigo no puede ser Sima Morgan.
—Y a menos que se aclare su verdadera identidad—dijo el funcionario—, se le
prohibirá la entrada.
—Tendré aquí, dentro de una semana, los documentos que demuestran la
muerte de Sima Morgan —añadió Fisher triunfalmente.
Alceste miró a Fisher y movió la cabeza.
—Aunque no lo sepas, estás facilitándome las cosas—dijo—. Si hay algo que
me gustaría hacer es sacarla de aquí y no permitir a Johnny verla. Tengo
tantas ganas de guardármela para mí que...
Se contuvo y acarició las vendas de sus manos.
—Retira tu acusación, Fisher—añadió.
—No—replicó Fisher.
—No puedes mantenernos separados. Al menos de este modo. Suponte que la
detienen. ¿A quién te parece que citaría judicialmente para demostrar su
identidad? A John Strapp. ¿A quien llamaría yo primero para que viniese a
verla? A John Strapp. ¿Crees que podrías detenerme?
—Ese contrato—empezó Fisher—. Lo que haré...
—Al infierno con el contrato. Enséñaselo. Él quiere a su chica, no a mí. Retira
tu acusación, Fisher. Y abandona la lucha. Has perdido tu vale de comidas.
Fisher le lanzó una furiosa mirada, tragó saliva, y luego masculló:
—Retiro la acusación —luego, miró el césped con los ojos inyectados en
sangre—. Este no es aún el último asalto —dijo, y salió de la oficina.
Fisher estaba preparado. A una distancia de años luz podría encontrarse
demasiado tarde con demasiado poco. Allí, en Ross-Alfa III, estaba protegiendo
su propiedad. Disponía de todo el poder y del dinero de John Strapp. El flotador
que Frankie Alceste y Sima tomaron en el espaciopuerto estaba pilotado por un
ayudante de Fisher que abrió la puerta de la cabina y realizó bruscos virajes
intentando arrojar al aire a sus viajeros. Alceste rompió el cristal de separación
y rodeó con un musculoso brazo la garganta del conductor hasta que éste
enderezó el flotador y les llevó pacíficamente a tierra. Alceste advirtió
complacido que Sima no se había puesto más nerviosa de lo necesario.
En la carretera, les recogió uno de los centenares de coches que pasaban bajo
el flotador. Al primer disparo, Alceste metió a Sima en el quicio de una puerta,
que abrió a costa de una herida en el hombro, la cual vendó precipitadamente
con trozos de la enagua de Sima. Los ojos oscuros de ésta se abrían
desmesuradamente, pero no se quejaba. Alceste la felicitó con poderosas
palmadas y la subió a la terraza y descendió con ella por el edificio contiguo,
donde entró en un apartamento y telefoneó pidiendo una ambulancia.
Cuando llegó la ambulancia, Alceste y Sima bajaron a la calle, donde se
encontraron con policías uniformados que tenían órdenes oficiales de buscar a
una pareja que respondía a su descripción. "Buscados por robo de flotador con
asalto. Peligrosos, tiren a matar". Alceste se deshizo del policía y también del
conductor de la ambulancia y del enfermero. El y Sima partieron en la
ambulancia, Alceste conduciendo como un loco, Sima manejando la sirena
como una alucinada.
Abandonaron la ambulancia en el distrito comercial del centro de la ciudad,
entraron en unos grandes almacenes y salieron cuarenta minutos después,
convertidos en un criado de uniforme que empujaba a un anciano en una silla
de ruedas. Pese a los problemas planteados por el busto, Sima podía pasar por
un criado. Frankie estaba lo bastante débil por las diversas heridas para
fingirse un viejo.
Se inscribieron en el Espléndido de Ross, donde Alceste encerró a Sima en
una suite, hizo que le curaran el hombro y se compró un arma. Luego fue a ver
a John Strapp. Le encontró en la Oficina de Estadísticas Vitales, sobornando al
encargado general y presentándole una tira de papel que daba la misma
descripción de aquel amor perdido tanto tiempo atrás.
—Qué hay, Johnny—dijo Alceste.
—¡Qué hay, Frankie! —gritó Strapp muy contento.
Se dieron un afectuoso puñetazo mutuo. Con sonrisa feliz, Alceste vio a Strapp
explicar detalles al encargado general y ofrecerle más dinero a cambio de los
nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiuno que se
ajustasen a la descripción del papel. Cuando salían, Alceste dijo:
—Conocí a una chica que podría ajustarse a eso, Johnny.
Aquella mirada fría brilló en los ojos de Strapp.
—¿Sí? —dijo.
—Tiene un ligero ceceo.
Strapp miró con expresión extraña a Alceste.
—Y una forma divertida de ladear la cabeza cuando habla.
Strapp agarró el brazo de Alceste.
—El único problema es que resulta más infantil que la mayoría, más como un
camarada. ¿Sabes lo que quiero decir? Atrevida y valiente.
—Muéstramela, Frankie—dijo Strapp en voz baja.
Subieron a un flotador y descendieron en la terraza del Espléndido. El ascensor
les condujo hasta la planta veinte y se dirigieron a la suite 2~M. Alceste llamó a
la puerta con la clave acordada. Respondió una voz de mujer: "Adelante".
Alceste estrechó la mano de Strapp y dijo: "Enhorabuena, Johnny". Abrió la
puerta y luego descendió hasta el vestíbulo y se apoyó en la balaustrada. Sacó
su revólver por si aparecía Fisher con malas intenciones. Contemplando la
resplandeciente ciudad, pensó que todos los hombres podrían ser felices si
todos echasen una mano. Pero a veces esa mano resultaba cara.
John Strapp entró en la suite. Cerró la puerta, se volvió y examinó fría,
detenidamente, a aquella muchacha. Ella le miraba desconcertada. Strapp se
acercó más, caminó alrededor de ella, volvió otra vez a situarse frente a frente.
—Di algo —pidió él.
—Tú no eres John Strapp—balbució ella.
—Sí.
—¡No! —exclamó ella—. ¡No! Mi Johnny es joven. Mi Johnny es...
Strapp se aproximó como un tigre. Sus manos y sus labios la recorrieron
ferozmente mientras sus ojos observaban con frialdad. La chica gritaba y se
debatía, aterrada por aquellos ojos extraños, tan ajenos. Por aquellas manos
ásperas, tan ajenas, por los impulsos ajenos de la persona que en tiempos
había sido su Johnny Strapp, pero de la que la separaban ahora dolorosos
años de cambios.
—¡Tú eres otro! —gritó—. Tú no eres John Strapp. Tú eres otro hombre.
Y Strapp, no tanto once años más viejo como once años distinto al hombre
cuyo recuerdo estaban intentando ocupar, se preguntó a sí mismo: "¿Eres tú mi
Sima? ¿Eres tú mi amor... mi amor perdido y muerto?" Y el cambio dentro de él
contestó: "No, ésta no es tu Sima. Esta no es tu amor. Sigue, Johnny. Sigue y
busca. La encontrarás algún día, a la chica que perdiste".
Pagó como un caballero y se fue.
Desde el balcón, Alceste le vio salir. Tan asombrado estaba que no pudo
llamarle. Volvió a la suite y encontró a Sima allí de pie, sobrecogida,
contemplando un montón de dinero que había sobre la mesa. Comprendió
inmediatamente lo que había sucedido. Sima, cuando vio a Alceste, empezó a
llorar... No como una chica, sino como un muchacho, con los puños cerrados y
la cara apretada.
—Frankie —gimió—. ¡Dios mío, Frankie! —extendió los brazos hacia él con
desesperación. Estaba perdida en un mundo que la había adelantado.
Él dio un paso, pero luego vaciló. Hizo una última tentativa de borrar el amor
que sentía en su interior por aquella criatura buscando un medio de unirla a
Strapp. Luego perdió el control y la cogió en sus brazos.
"Ella no sabe lo que hace", pensó. "Está asustada y se ve perdida. No es mía.
Aún no. Quizás nunca".
Y luego: "Fisher ha ganado y yo he perdido".
Y por último: "Sólo recordamos el pasado; nunca lo conocemos cuando lo
encontramos. La mente retrocede, pero el tiempo sigue y los adioses deberían
ser para siempre".
FIN
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