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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 30 de enero de 2013

POUL ANDERSON - CIENCIA-FICClON NORTEAMERICANA (OBRAS ESCOGIDAS)



POUL ANDERSON
CIENCIA-FICClON NORTEAMERICANA
(OBRAS ESCOGIDAS)


GUARDIANES DEL TIEMPO
EXTRAÑOS TERRÍCOLAS
ORBITA ILIMITADA
ONDA CEREBRAL
UN MUNDO EN EL CREPUSCULO
AGUILAR


GUARDIANES DEL TIEMPO


***
GUARDIANES DEL TIEMPO
VALIENTE PARA SER REY
EL UNICO JUEGO ENTRE LOS HOMBRES
«DELENDA EST...»
***
GUARDIANES DEL TIEMPO
1
SE NECESITAN hombres de 21 a 40 años, preferibles solteros, militares o técnicos experimentadosbuenaspectoparatrabajo
muy bien pagado, con viajes al extranjero. Preséntense en la Compañía de Estudios de Ingeniería, 305 E, núm. 45, de 9 a 12 y de 2 a 6.
***
El trabajo es, como usted comprende, un tanto inusitado - dijo Gordon - y confidencial. ¿Puedo contar con su discreción?
- Normalmente, si - repuso Manse Everard -. Claro que depende de la clase de secreto.
Gordon sonrió con una curiosa sonrisa, una curvatura de labios que no se parecía a ninguna otra que Everard hubiese visto. Hablaba fácil y fluidamente el americano común, y vestía un traje corriente, pero había en su porte un aire extranjero, que consistía en algo más que en la tez morena, las mejillas imberbes y la incongruencia de unos ojos mongólicos sobre una nariz caucásica. Era difícil de clasificar.
- No somos espías, si es eso lo que está pensando - aclaró.
Everard hizo un guiño.
- Lo siento. Le ruego que no piense que me he vuelto tan histérico como el resto del país. Nunca he tenido acceso a datos confidenciales de ninguna clase. Pero usted ha hablado de trabajos ultramarinos y, tal como están las cosas, me gustaría conservar mi pasaporte.
Era un hombre grande, de pétreos hombros y cara un tanto estropeada bajo los cabellos cortos y negros. Su documentación estaba extendida ante él: licencia absoluta, informes de su trabajo en varios destinos como ingeniero mecánico... Gordon los había ojeado a la ligera.
La oficina era corriente: un bufete, un par de sillas, un archivador y una puerta que daba a las habitaciones interiores. Una ventana abierta sobre el estrepitoso tráfico de Nueva York que se percibía seis pisos más abajo.
- Espíritu independiente - murmuró -. Me gusta eso. ¡Vienen tantos adulando como si estuvieran dispuestos a agradecer un puntapié! Naturalmente, con su preparación, usted no está todavía desesperanzado. Puede aún obtener trabajo... Creo que la palabra es... contrato aleatorio.
- Me interesó el anuncio - explicó Everard -. He trabajado en el extranjero, como puede usted ver, y volvería allá con gusto. Pero, francamente, no tengo aún la más leve idea de lo que hace su equipo.
- Hacemos muchísimas cosas - aclaró Gordon -. Pero... veamos; ha estado usted en la guerra. Francia, Alemania...
Everard pestañeó; sus papeles contenían la mención de una serie de medallas, mas hubiera jurado que su interlocutor no había tenido tiempo de leerlos. Gordon prosiguió:
-¿Le importaría agarrar los mandos que hay en los brazos de su silla? Gracias. Ahora, ¿cómo reacciona usted ante el peligro físico?
Everard se irguió.
- Óigame, eso. - dijo.
- No importa.
Y los ojos de Gordon se fijaron en un instrumento que tenía sobre la mesa, que no era sino una caja con unas agujas indicadoras y un par de cuadrantes. Preguntó luego:
- ¿Cuál es su criterio en cuestiones de política internacional?
- Pues, teniendo en cuenta...
- Comunismo... Fascismo... Feminismo... ¿Sus ambiciones personales?... No tiene que responder si no quiere.
- ¿Qué diablos es todo esto? - estalló Everard.
- Un amago de prueba psicológica. Olvídelo. No me interesan sus opiniones políticas, salvo en cuanto reflejen su orientación emocional básica.
Y Gordon se echó atrás, entrelazando los dedos. Luego siguió:
- Hasta el momento, son muy prometedoras. Pues bien: el trabajo que estamos haciendo es totalmente confidencial. Estamos... Bueno..., planeando dar una sorpresa a nuestros competidores - y se rió por lo bajo -. Puede, si quiere, denunciarme al F.B.I., que, por lo demás, ya ha investigado sobre esto. Tenemos una patente inmaculada. Descubrirá usted que realizamos verdaderas operaciones universales, financieras y técnicas. Pero hay otro aspecto de la cuestión, que es el que nos hace buscar hombres. Le abonaré cien dólares si va a esa habitación de atrás y se somete a una serie de pruebas. Todo ello durará unas tres horas. Si no las supera, se acabó. Si lo hace, firmaremos con usted, le contaremos los hechos y empezaremos a adiestrarle. ¿Conformes?
Everard vacilaba. Teñía la sensación de ser engañado. En aquella empresa había algo más que una oficina y un extranjero cortés. Se aventuró:
- Firmaré con ustedes después que me cuente los hechos.
- Como quiera - aceptó míster Gordon -. De acuerdo. Las pruebas dirán si le admitimos o no, ya lo sabe. Usamos algunas técnicas muy adelantadas (lo cual, por lo menos, resultó enteramente cierto).
Everard ya sabía algo de psicología moderna: encefalógrafos, pruebas de asociación, perfil de Minnesota..., pero no reconoció ninguna de las enfundadas máquinas que silbaron y parpadearon ante él. Las preguntas que el ayudante técnico le dirigía resultaban completamente anodinas. El ayudante era un hombre de piel blanca, completamente calvo, de edad indefinible, duro acento y rostro inexpresivo. Pero ¿qué significaba el casco de metal que le cubría la cabeza? ¿Para qué servían los alambres que de él arrancaban?
Echó furtivas ojeadas a los cuadrantes métricos, pero las letras y números de ellos no se parecían a nada de lo que había visto. No eran ingleses, franceses, rusos, griegos, chinos ni nada que correspondiese al año de gracia de 1954. Quizá ya empezaba a darse cuenta de la cosa.
Un curioso autoconocimiento se despertó en él durante el desarrollo de las pruebas. Manson Emmert Everard, de treinta años de edad, antes lugarteniente de ingenieros militares del Ejército de los EE. UU., con experiencia de planeamiento y ejecución de obras en América, Suecia, Arabia..., soltero aún, aunque a veces le acometían anhelosos pensamientos acerca del matrimonio; sin novia actualmente ni lazos estrechos de clase alguna, un poco bibliófilo, empedernido jugador de póquer, aficionado a los botes de vela, caballos y rifles; montañero y pescador en sus vacaciones...
Sabía todo eso de sí mismo, claro está, pero solo fragmentariamente. Era extraña aquella súbita sensación íntima de ser un organismo complejo; esa comprensión de que cada una de sus facetas era solo una parte de su carácter total.
Salió de la prueba agotado y chorreando sudor. Gordon le ofreció un cigarrillo y ojeó unas cuartillas escritas en clave. De cuando en cuando murmuraba una frase:
- Zeth - 20 cortical... Aquí, valoración indiferenciada..., reacción psíquica a las antitoxinas..., debilidad en la coordinación central.
Se observaba en su acento la satisfacción delatada por una pronunciación de las vocales, desconocida para Everard, que, no obstante, poseía amplia experiencia de los diversos modos de estropear el idioma inglés.
Pasó media hora larga antes que Gordon levantara la cabeza. Everard estaba intranquilo, levemente irritado por aquella conducta altiva, pero el interés le mantenía inmóvil en su asiento.
Gordon exhibió una dentadura blanquísima, al hacer una mueca de amplia satisfacción, y habló:
- ¡Ah, por fin! ¿Sabe usted que he tenido que rechazar a veintidós candidatos? Pero usted sirve. Definitivamente, usted sirve.
- ¿Para qué?
Y Everard, al decir esto, se echó hacia adelante, sintiendo que su pulso se aceleraba.
- Para la Patrulla. Va a ser una especie de policía.
- ¿Sí? ¿Dónde?
- Por doquier. Y en todo momento. Prepárese; va a tener peleas. Mire usted: nuestra compañía, aunque bastante legal, es solo un frente de batalla y una fuente de ingresos. Nuestra verdadera ocupación es patrullar el tiempo.
La Academia estaba en el Oeste americano y en el período Oligoceno; una edad cálida de selvas y herbazales, cuando los reptiles antecesores del hombre habían esquivado la senda de los grandes mamíferos gigantescos. Había sido erigida hacía miles de años v se mantendría durante medio millón más el tiempo suficiente para adiestrar a tantos hombres como necesitara la Patrulla, y luego sería cuidadosamente demolida hasta que no quedara ni rastro de ella. Más tarde vendría el período glacial, aparecería el hombre, y en el año 19352 después de Jesucristo (7841 del Triunfo Morenniano) los humanos hallarían el modo de viajar a través del tiempo, volverían al período Oligoceno v reedificarían la Academia.
Esta estaba formada por largos y achaparrados edificios, de curvas suaves y varios colores, diseminados por el césped, entre enormes árboles. Más allá, colinas y arboledas parecían precipitarse en un gran río de aguas oscuras, en cuyas orillas podían oírse, por la noche, los bramidos de los mastodontes y el lejano maullar del megaterio de dientes como sables.
Everard salió de la lanzadera del tiempo - una grande y disforme caja de metal -, y, al hacerlo, notó que se le secaba la garganta. Experimentaba, como el primer día de su entrada en el Ejército, hacía doce años (o quince o veinte millones de años después, a elegir) soledad, desesperanza y deseo de hallar una disculpa honrosa para volverse a casa. Era un pobre consuelo ver a las demás lanzaderas arrojar un total aproximado de otros cincuenta jóvenes, de uno u otro sexo. Los reclutas se movían lentamente juntos, formando un grupo desmañado.
Al principio no hablaron; permanecieron mirándose a la cara unos a otros. Everard reconoció, entre las vestiduras que llevaban, un cuello Hoover y una zamarra de punto; los estilos de peinado e indumentaria eran de 1954 en adelante. ¿De dónde procedería aquella chica de los ceñidos calzones policromos, los labios pintados de verde y el cabello amarillo, fantásticamente peinado?
Un hombre de unos veinticinco años se detuvo ante él; era evidentemente un inglés, a juzgar por su raído traje de lana y su rostro largo y delgado. Parecía ocultar una cruel amargura bajo su cortés apariencia.
- ¡Hola! - saludó Everard, y luego añadió -: Podríamos presentarnos.
Dijo su nombre y procedencia, a lo que el otro replicó, tímidamente:
- Charles Whitcomb. Londres, 1947. Acababan de desmovilizarme de la R.A.F., y esto parecía una buena probabilidad. Ahora me pregunto si...
- Puede serlo - repuso Everard, pensando en el salario -. ¡Mil quinientos al año, para empezar! Pero ¿cómo cuentan los años? Tal vez de acuerdo con el sentido individual de la duración.
Un hombre venía en dirección a ellos. Era un tipo joven y delgado, que vestía un ajustadísimo uniforme gris y una capa azul oscuro que parecía brillar como si llevara cosidas estrellas. Su cara era agradable, sonriente, y les habló con afabilidad:
- ¡Hola! ¡Bien venidos a la Academia! Supongo que todos conocen el inglés.
Everard se fijó en un hombre envuelto en los maltratados restos de un uniforme alemán, en otro tipo hindú y en algunos otros que, probablemente, acudirían de diversos países extranjeros.
- Usaremos el inglés hasta que hayan aprendido el Temporal todos ustedes.
El hombre los contemplaba tranquilamente, con las manos en las caderas. Prosiguió:
- Me llamo Dard Kelm. Nací en (déjenme recordar) el año 9573 de la Era Cristiana, pero me he especializado en el período de ustedes, que consideraremos entre 1850 y 1975, aunque todos ustedes pertenecen a los años intermedios. Soy oficialmente, para ustedes, el Muro de las Lamentaciones, si algo marcha mal. Este lugar se gobierna por reglas distintas a las que, probablemente, imaginan: no formamos a nuestros hombres en masa, por lo que la minuciosa disciplina de un aula o un ejército no es necesaria aquí. Cada uno de ustedes recibirá instrucción particular y también general. No castigamos las faltas de aplicación, ya que las pruebas que han sufrido nos dan la seguridad de que no ha de haberlas, y de que es mínima la posibilidad de faltas en el trabajo. Cada uno de ustedes tiene un elevado coeficiente de madurez respecto a su específica formación cultural. Sin embargo, la variación que ha de introducirse en sus aptitudes hasta desarrollarlas a satisfacción significa, en su caso, la necesidad de ser guiados personalmente.
Aquí se observan pocas formalidades, salvo la cortesía usual. Tendrán oportunidades de diversión y de estudio. No se espera de ustedes más de lo que puedan dar. He de añadir que la caza y la pesca son en estos sitios abundantes, y (si vuelan unos centenares de kilómetros) llegan a ser fantásticas. Ahora, si no tienen preguntas que formular, hagan el favor de seguirme y los instalaré.
Dard Kelm le mostró los muebles de una habitación sui generis. Eran de la clase que cabría esperar en el año 2000: no estorbaban y se amoldaban perfectamente a sus fines: refrigeradoras, pantallas de proyección que podían utilizar los materiales de una extensa colección de discos y películas destinados al adiestramiento. Nada demasiado adelantado, en resumen. Todos los cadetes tenían su propia estancia en el edificio de «dormitorios»; las comidas se hacían en un refectorio común, pero se podía conseguir comer en privado. Everard sintió que su tensión intensa cedía.
Se celebró un banquete de bienvenida. Los manjares eran los corrientes, pero no así las silenciosas máquinas rodantes que los servían. Hubo vino, cerveza y un amplio suministro de tabaco. Quizá habían mezclado algo al alimento, porque Everard acabó por sentirse tan eufórico como los demás. Terminó interpretando al piano un boogie-woogie, mientras media docena de personas atronaban el aire intentando cantar.
Solo Charles Whitcomb se mantuvo aparte. Bebía melancólico en su vaso, aislado en un rincón. Dard Kelm era hombre de tacto y no intentó forzarle a unírseles.
Everard decidió que aquello iba gustándole. Pero el trabajo, la organización y la finalidad continuaban siendo un misterio para todos.
* * *
- El viaje a través del tiempo - empezó Kelm en el salón de lectura - se descubrió cuando se iniciaba la Gran Herejía Corita; ya estudiarán después los detalles, pero tienen mi palabra de que aquel fue un período turbulento> en que la rivalidad comercial y genética se resolvía a zarpazos y dentelladas entre gigantescas camarillas. Entonces algo sucedió, y los Gobiernos se vieron lanzados a una guerra galáctica. El efecto tiempo fue casual producto de una investigación que buscaba medios para el transporte instantáneo, y, como algunos de ustedes comprenderán, requiere, para su demostración matemática, una serie infinita de funciones discontinuas, como ocurría en los viajes del pasado. No voy a entrar en su teoría (ya se la explicarán en las clases de Física), sino, simplemente, afirmaré que supone el concepto de unas relaciones de valor infinito, en un continuo de 4n dimensiones, en el que u es el número total de partículas que existen en el Universo.
- Naturalmente, el grupo que descubrió esto, los Nueve, se dio cuenta de las posibilidades que ello encerraba, y que no solo eran comerciales (tráfico, minería y otras empresas, que pueden imaginar fácilmente), sino que procuraban la probabilidad de asestar un golpe de muerte a sus enemigos. Ya comprenden: el tiempo es variable; se puede cambiar el pasado...
- ¿Puedo hacer una observación? Saltó la muchacha de 1972 Elizabeth Gray, que en su época había sido una joven y destacada autoridad en Física.
- Claro - dijo cortésmente Kelm.
- Creo que está usted describiendo una situación lógicamente imposible. Concedo la posibilidad de viajar en el tiempo, puesto que estamos aquí; pero un hecho no puede, a la vez, haber y no haber ocurrido. Eso es contradictorio en sí mismo.
- Solo si usted insiste en una lógica no valorada de acuerdo con el Aleph-sub-Aleph - repuso Kelm -. Pero aquí lo que sucede es algo como esto: supongamos que vuelvo atrás el tiempo y evito que su padre de usted conozca a su madre. Entonces, no habría usted nacido. Esa parte de la Historia Universal sería distinta, aunque yo conservara memoria del estado original del asunto.
- ¿Y si hiciese lo propio con usted mismo? ¿Dejaría de existir?
- No, porque pertenecería va a la sección de la Historia anterior a mi propia intervención. Apliquémoslo a usted misma. Si usted retrocediera, supongamos, a 1946, y trabajase para evitar el matrimonio de sus padres, en 1947, pese a ello usted habría existido en ese año; no podría salir de la existencia, puesto que había influido en los sucesos. Y lo mismo se aplicaría si usted hubiese existido, en 1946, una milésima de segundo antes de disparar un tiro contra el hombre que, de no producirse tal hecho, hubiera sido su padre.
- Pero entonces - protestó ella - ¡yo existiría sin origen! ¡Tendría vida y memoria... y todo, aunque nada lo hubiese producido!
- ¿Y por qué no? - opuso Kelm, encogiéndose de hombros -. Insiste usted en que la ley de causalidad, o, mejor dicho, la 4e conservación de la energía, supone solo funciones continuas. Hoy día, la discontinuidad es totalmente posible.
Se echó a reír y se apoyó en el atril, añadiendo:
- ¡Claro que hay imposibilidades! Usted no puede ser su propia madre, debido a la genética pura. Si retrocediendo en el tiempo se casara con el que había de ser su padre, ninguno de sus hijos sería usted misma, porque todos ellos tendrían solo la mitad de sus cromosomas.
Y aclarándose la garganta, prosiguió:
- No nos salgamos del tema. Aprenderán los detalles en otras clases. Estoy únicamente dándoles una noción general. Prosigamos: los Nueve vieron la posibilidad de retroceder en el tiempo y evitar que sus enemigos de siempre les tomaran la delantera, y aun impedir que naciesen. Mas entonces surgieron los Danelianos.
Por primera vez, su tono intrascendente y semihumorístico desapareció, quedando absorto, como un hombre que está en presencia de lo incognoscible. Siguió:
- Los Danelianos son parte del Futuro, nuestro Futuro (más de un millón de años después de mí); época en que el hombre habrá evolucionado, llegando a ser algo... indescriptible. Nunca, probablemente, verán ustedes a un Daneliano, y si lo vieran... les... produciría, sin duda, un choque terrible. No son malignos... ni benignos... Están tan lejos de cuanto podemos conocer o sentir como nosotros de los seres insectívoros antepasados nuestros. No es bueno enfrentar cara a cara una cosa como esa. Se ocupan nada más que de defender su propia existencia. El viaje por el tiempo era ya cosa antigua cuando aparecieron; había habido incontables oportunidades para que retoñaran la estupidez, la ambición y la locura, y trastornaran la Historia de cabo a rabo. No deseaban impedir los viajes (que, al fin, eran parte del complejo que nos había llevado hasta ellos), sino regularlos. Se evitó que los Nueve llevaran a cabo sus planes y se creó la Patrulla, para vigilar los callejones extraviados del Tiempo. Trabajará cada uno de ustedes, principalmente, en su Era propia, a menos que se gradúe para actuar intertemporalmente. Vivirán ustedes su vida ordinaria con sus familiares, amigos, etcétera, como es corriente. La parte de su vida privada tendrá las satisfacciones de la buena paga, protección, vacaciones ocasionales en sitios interesantísimos y un trabajo de suma importancia. Pero han de estar siempre alerta. A veces trabajarán ayudando a los viajeros del Tiempo que se vean envueltos en dificultades de este o aquel orden. Otras, se los empleará en misiones de aprehensión de los que habrían de ser en el futuro conquistadores políticos, militares o económicos. En ciertos casos, la Patrulla aceptará los hechos consumados y se ocupará en contrarrestar las influencias que, en períodos posteriores, pudieran desviar a la Historia del cauce anhelado. ¡Les deseo suene a todos ustedes!
* * *
La primera parte de la instrucción fue física y psicológica. Everard no había comprobado cómo la vida que hasta entonces llevara le había disminuido en cuerpo y espíritu, haciéndole solo la mitad del hombre que podía ser. Se le hizo duro, pero al final tuvo la alegría de sentir el poder de sus músculos, totalmente controlados; el aumento de intensidad en las emociones al disciplinarías, la rapidez y precisión de un pensamiento consciente.
Llegó un momento de su formación en que se halló totalmente en condiciones de no revelar nada sobre la Patrulla a nadie no autorizado para saberlo, aunque en ello le fuera la vida; le era simplemente tan imposible hacerlo como le sería saltar a la Luna. También aprendió a conocer los recovecos de su personalidad pública en el siglo XX.
El temporal, idioma artificial con el que los Patrulleros de todos los siglos podían comunicarse sin que les entendieran los extraños, era un milagro de expresividad lógicamente organizada.
Creía saber algo sobre la lucha, pero tuvo que aprender las estratagemas y el uso de las armas de cincuenta mil años antes; recorrer todo el camino que va desde el arma de la Edad del Bronce hasta el último explosivo cíclico capaz de aniquilar un continente. Mientras actuase en su propia era, su arsenal sería reducido; pero en caso de ser llamado a otros períodos, raras veces se le consentiría un flagrante anacronismo.
Le hacían estudiar historia, ciencia, arte y filosofía de cada país y época; se le adiestraba en minuciosos detalles sobre dialectos y maneras. Esto último solo para el período 1850-1975; si tenía que actuar en otro
cualquiera, recibiría instrucción especial por medio de un acondicionador hipnótico. Eran estas máquinas las que hacían posible el adiestramiento en tres meses.
Aprendió también la organización de la Patrulla. Arriba, en cabeza, estaba el misterio, que era la civilización daneliana, pero tenían poco contacto con ella. La Patrulla estaba organizada medio militarmente, con grados, aunque sin formalidades. La Historia se dividía para su estudio en medios sociales, con una oficina principal situada en una ciudad importante (seleccionada por períodos de veinte años), y disfrazadas estas actividades por medio de otras ostensibles-comerciales, por ejemplo - y con sucursales. En esta época había tres de ellas: el mundo occidental, con su cuartel general, en Londres; Rusia, en Moscú; Asia, en Peiping; todas de la época 1890-1910, ya que la ocultación era más fácil que en décadas posteriores, en las que se montaron pequeñas oficinas, como la de Gordon. Un agente ordinario vivía en su propia época, y a menudo con una verdadera ocupación. Las comunicaciones se efectuaban por medio de diminutas cajas-robots o por correo, mediante contactos que, automáticamente, extraían estos mensajes de un montón de cartas.
La organización total era algo tan vasto que no le resultaba aún posible abarcar el hecho íntegramente. Había dado con un hecho tan nuevo y excitante que llenaba todos los estratos de su conciencia.
Sus instructores eran amigables, dispuestos a la charla. El maduro veterano que le enseñaba a manejar las naves espaciales había luchado en la guerra marciana del año 3890. Decía:
- Muchachos: aprenden ustedes bastante rápidamente, aunque es un infierno esto de enseñar a gentes de una época preindustrial. A algunos hemos tenido que renunciar a enseñarles hasta los rudimentos. Hubo aquí una vez un romano, de los tiempos de Cesar, al que no le cabía en la cabeza que no podía tratarse a una máquina como a un caballo. Y a los babilonios tuvimos que presentarles el viaje a través del tiempo como si fuera esa historia de una batalla entre dioses. No entraba de otro modo en su visión del mundo.
- Y a nosotros, ¿qué historia nos está colocando? - preguntó Withcomb.
El hombre del espacio le miró fijamente y repuso:
- La verdad..., hasta donde ustedes pueden comprenderla.
- ¿Y cómo asumió usted este cargo?
- ¡Oh!... Me dispararon desde Júpiter. No quedó mucho de mí. Me recogieron, me hicieron un cuerpo nuevo, y, como nadie de mi mundo quedaba vivo y a mí se me daba por muerto, no tenía objeto el volver a la patria. No es divertido vivir bajo la férula del Cuerpo de Guías; por eso acepté un puesto aquí. Buena gente, vida fácil y licencia por un montón de Eras.
Y el hombre del espacio gruñó:
- ¡Esperen a ver el período decadente del Tercer matriarcado! ¡No saben lo divertido que es!
Everard no dijo nada. Estaba demasiado absorto por el espectáculo del giro de la enorme Tierra entre los demás astros.
Hizo amistades entre sus camaradas. Era un grupo que congeniaba, como es natural, por ser del mismo tipo; todos los escogidos para Patrulleros eran audaces e inteligentes. Hubo, incluso, un par de noviazgos, pues el matrimonio era enteramente posible y la pareja podía escoger el año que le conviniera para establecer su hogar. A él mismo le gustaban las chicas, pero no perdió el juicio.
Por extraño que parezca, fue con el silencioso Withcomb con quien trabó más estrecha amistad; había algo atrayente en aquel inglés tan culto, tan verdadero buen camarada y también algo despistado. Un día, cabalgaban ambos; Everard llevaba un rifle con la esperanza de cazar uno de aquellos mastodontes que había visto. Los dos vestían el uniforme de la Academia: traje gris claro, fresco y sedoso, bajo el cálido sol amarillo.
- Me admiro de que nos permitan cazar - observó el americano -. Supongamos que mato a un megaterio cuyo destino era devorar a un insectívoro prehumano. ¿No cambiaría esto el futuro?
- No - replicó el inglés, más adelantado en el estudio de la teoría del viaje en el tiempo -. Mire: es como si el continuo fuera parecido a una red de bandas de caucho. No es fácil torcerla; su tendencia es siempre retornar a su ¡hum! primitiva forma. Un insectívoro aislado no cuenta; es el total conjunto genético de la especie el que conduce hasta el hombre. Análogamente, si yo mato una res de la Edad Media, no eliminaré a todos sus ulteriores descendientes, sino que estos permanecerán inmutables, como sus mismos genes, a despecho de proceder de distinto progenitor, ya que, en tan largo período de tiempo, todos los hombres y las reses son descendientes, respectivamente, de todos los primitivos hombres y reses. Compensación, ¿comprende? En algún punto de la línea, otro antepasado suministra los genes que usted creyó haber eliminado.
- Razonando así, supongamos que retrocedo en el tiempo para evitar el asesinato de Lincoln. A menos que tomase minuciosísimas precauciones, habría probablemente ocurrido que algún otro disparase y se culpara a Booth, de todos modos.
- Esa elasticidad del tiempo es la razón de que se permita el viaje a través de él. Si usted quiere cambiar las cosas, tiene que ir derecho a ellas y trabajar con ahínco, generalmente.
Torció el gesto y prosiguió:
- ¡Adoctrinamiento! Se nos dice, una y otra vez, que si interferimos sin que se nos ordene, habrá un castigo para nosotros. No se me permite volver atrás y matar a ese rubiucho bastardo de Hitler en la cuna. Debo dejarle crecer, como lo hizo; desencadenar la guerra y matar a mi novia.
Everard cabalgó en silencio durante un rato. Solo oyó el crujido de la silla de cuero y el susurro de la alta hierba.
- Lo siento - dijo al fin -. ¿Quiere usted hablar de ello?
- Sí; aunque no hay mucho que contar. Ella servía en la W.A.A.F.; se llamaba Mary Nelson; íbamos a casarnos después de la guerra. Le cogió en Londres el 17 de noviembre del 44. Nunca olvidaré esa fecha. La mataron las bombas. Había salido a visitar a una vecina que vivía en Streatham, pues se hallaba de permiso, ¿comprende?, viviendo con su madre. La casa aquella fue derruida; la suya propia no sufrió ni un arañazo.
Las mejillas de Whitcomb estaban lívidas. Miraba ante él vagamente. Pero siguió, hablando para sí mismo:
- Va a resultar extraordinariamente duro... no retroceder unos años para verla por última vez... Solo verla nuevamente... No, no me atrevo...
Everard le puso una mano en el hombro, y ambos siguieron cabalgando en silencio.
***
En la clase progresaba cada uno a su ritmo, pero a un razonable término medio de marcha; así, pues, se graduaron todos juntos en una breve ceremonia, seguida de una gran fiesta en la que se concertaron muchas citas sensibleras para ulteriores reuniones. Después, cada uno regresó al mismo año de que había salido, al mismo día y a la misma hora. Everard aceptó la enhorabuena de Gordon, recibió una lista de agentes de su tiempo (algunos de los cuales desempeñaban puestos en sitios tales como las oficinas de información militar) y regresó a sus habitaciones. Más tarde pudo encontrar trabajo especialmente dispuesto para él, pero que - aunque a efectos del impuesto sobre la renta se denominaba «Consultor especial de la Compañía de Estudios de Ingeniería» - consistía tan solo en leer diariamente una docena de papeles, descifrando las indicaciones para un viaje en el tiempo (que le habían enseñado a interpretar) y en mantenerse dispuesto para una llamada.
Y entonces le llegó su primera tarea.
Despertaba una sensación especial leer los titulares de los periódicos y saber, poco más o menos, lo que iba a ocurrir. Aquel sistema, si quitaba crudeza a las impresiones, las hacía más tristes, porque se vivía una Era trágica. Everard llegó a compartir el deseo de Withcomb: retroceder y cambiar la Historia. Pero, naturalmente, el hombre es harto limitado; no puede mejorarse a si mismo, excepto raras veces; la mayoría de ellos lo echaría todo a perder. Aunque, volviendo atrás, se suprimiese a Hitler y a los jefes japoneses 37 soviéticos, quizá alguien más solapado ocuparía su lugar. Tal vez se renunciase al uso de la energía atómica, y acaso el espléndido Renacimiento en Venus no llegase a ocurrir. ¡El diablo que lo supiera!
Miró por la ventana. Brillaban luces en un cielo pálido; en la calle pululaban los automóviles v una apresurada multitud anónima; no podía distinguir desde allí las torres de Manhattan, aunque sabía que se alzaban, arrogantes, hacia las nubes. Y todo ello le parecía barrido por un torbellino que, procedente del pacífico paisaje prehumano donde había estado él, fluía hacia un inimaginable futuro Daneliano.
¡Cuántos billones de criaturas humanas vivían, reían, lloraban, trabajaban, esperaban y morían en su corriente!
Bueno... Suspiró, llenó la pipa y se volvió de espaldas. Un largo paseo no había calmado su inquietud; la mente y el cuerpo estaban impacientes por hacer algo. Pero ya era tarde y...
Se dirigió a su biblioteca y tomó un volumen al azar. Era una colección de relatos victorianos y eduardianos. Empezó a leer.
Una frase leída al acaso le llamó la atención. Era algo referente a una tragedia en Addleton y al singular contenido de una antigua tumba bretona. Nada más. ¡Hum!
¿Un viaje a través del tiempo? Sonrió para sus adentros.
Aún...
«No - pensó -. Eso es descabellado. »
No haría ningún daño el comprobar. El incidente se daba como ocurrido en el año 1894, en Inglaterra. Podía buscar la noticia en las columnas del Times. No tenía que hacer otra cosa. Probablemente era por eso por lo que le sorprendió tanto la noticia de aquel libro; por ello, su mente, nerviosa de aburrimiento, quería husmear en todo rincón admisible.
Cuando se abrió la biblioteca pública, ya estaba él esperando. El relato estaba allí; con fecha de 25 de junio de 1894 y días siguientes. Addleton era un pueblo de Kent, notable tan solo por una finca de estilo gótico perteneciente a lord Wyndham y por una tumba bretona de época ignorada.
El aristócrata, arqueólogo entusiasta, había hecho excavaciones en dicha tumba, asociado con cierto James Rotherhithe, un experto del Museo Botánico, que resultó ser pariente suyo. Lord Wyndham había descubierto una cámara funeraria, más bien mísera; unos pocos utensilios casi mohosos, v carcomidos huesos de hombres y de caballos.
Había también un arca en bastante buen estado, que contenía lingotes de un metal desconocido, que se suponía que era una aleación de plata o plomo. Cayó el lord mortalmente enfermo, con síntomas cíe un envenenamiento fatal; Rotherhithe, que apenas había mirado el arca, no fue afectado, y este indicio circunstancial sugirió la idea de que había suministrado a su noble pariente una dosis de algún misterioso brebaje asiático. Scotland Yard detuvo al hombre cuando, el día 25, murió el lord. La familia Rotherhithe
contrató los servicios de un conocido detective privado, quien pudo demostrar por medio de hábiles razonamientos, seguidos de pruebas con animales, que el acusado era inocente y que una «emanación mortal» procedente del arca había sido la que causó la muerte. Arca y contenido fueron arrojados al canal. Enhorabuenas por doquier y todo se desvaneció en un final dichoso.
Everard permaneció sentado en la larga y silenciosa estancia. El relato no decía más. Pero era altamente sugestivo, por lo menos.
- ¿Por qué, pues, la Patrulla victoriana no había husmeado en el asunto? ¿O acaso lo había hecho?
Claro que no publicarían nunca los resultados. Era mejor enviar un memorándum.
Cuando volvió a su habitación tomó una de las pequeñas cajas mensajeras que le habían dado, escribió un informe y lo colocó dentro de la caja para enviarlo al puesto de control de la oficina de Londres en 25 de junio de 1894. Cuando, por último, pulsó el botón que hacía el envio, la caja se desvaneció a sus ojos con un leve murmullo del aire a su partida.
A los pocos minutos, regresó. La abrió Everard y sacó de ella una hoja limpiamente mecanografiada (pues por aquel entonces se había inventado ya la máquina de escribir); la deletreó con la rapidez que le habían enseñado. Decía:
«Muy señor mío: Respondiendo a la suya de 6 de septiembre de 1954, le acusamos recibo y elogiamos su diligencia. En efecto, el asunto no ha hecho sino comenzar, pero estamos muy ocupados actualmente en evitar el asesinato de S.M., así como con la cuestión balcánica, el comercio de opio (1890-22.370) con China, etc. Mientras no podamos arreglar estos asuntos y volver- al motivo de esta carta, interesa no despertar curiosidades que surgirían al estar en dos sitios a la vez, lo que podría ser notado. Por ello, apreciaríamos mucho que usted y otro calificado agente inglés vinieran en nuestra ayuda. Salvo noticia en contrario, los esperaremos en el 14 B de Oíl Osborne Road, el 26 de junio de 1894, a las doce de la noche. Créame, señor, su más humilde affmo. y obediente servidor.
J. Mainithethering.»
A esto seguía la indicación de las coordenadas espacio-temporales, un poco incoherentes tras tanta floritura.
Everard llamó a Gordon, obtuvo su conformidad y pidió un saltatiempos en el almacén de la Compañía. Luego envió una nota a Charlie Withcomb, que inmediatamente replicó, «¡Seguro!», y salió a recoger su vehículo.
Este recordaba un poco a las motocicletas, pero sin ruedas ni manillar. Tenía dos asientos y una unidad de propulsión antigravitatoria. Everard puso los cuadrantes para la Era de Withcomb, pulsó el botón principal y se halló en otro almacén. Estaba en Londres, en 1947. Permaneció sentado un momento recordando que, en aquellas fechas, él mismo, siete años más joven, aún estudiaba en los Estados Unidos. Después, Withcomb ocupó el sitio del conductor y estrechó la mano a Everard.
- ¡Me alegra verte de nuevo, muchacho! exclamó, y en su cara macilenta se encendió la sonrisa, curiosamente encantadora, que Everard había llegado a conocer tan bien -. Conque lo de Victoria ,¿eh?
- ¡Justo y cabal! ¡Anda, arranca! - y Everard se volvió a sentar. Poco después se encontraban de nuevo en otra oficina muy particular.
Miraron parpadeando en torno suyo. Hacía un efecto inesperado e imponente el mobiliario de roble, la gruesa alfombra, los flameantes reverberos de gas... Ya podía usarse la luz eléctrica, pero la importante casa Dalhousie & Roberts era conservadora y sólida. El propio Maínwethering se levantó de su asiento para saludarles. Era un hombre grande y pomposo, con pobladas patillas y monóculo. Pero tenía aspecto forzudo y un acento de Oxford tan cerrado que Everard apenas podía entenderle.
- Bien venidos, caballeros. Han tenido un excelente viaje, ¿no? ¡Oh, sí!... Lo siento. Ustedes, caballeros, son nuevos en el negocio. Un poco desconcertante, al principio. Me acuerdo lo que me chocó una visita que hice al siglo XXI. Aquello no era inglés, en absoluto. Sin embargo, solo es una res naturae, otra faceta del siempre sorprendente Universo. Deben excusar mi falta de hospitalidad, pero en este instante estamos tremendamente ocupados. Un fanático alemán que en 1817 aprendió d secreto del viaje en el tiempo de labios de un incauto antropólogo, robó una máquina y ha venido a Londres a asesinar a la reina. Tenemos una labor del demonio para descubrirle.
- ¿Y lo lograrán ustedes? - preguntó Whitcomb.
- ¡Oh, sí! Pero es un trabajo del diablo, caballeros, y aún más porque debemos operar secretamente. Me gustaría contratar a un investigador privado, pero el único disponible ahora es demasiado listo. Opera sobre la base de que, cuando se ha eliminado lo imposible, cualquiera que sea lo que quede, aunque parezca improbable, debe ser la verdad. Y el viaje por el tiempo no debe de parecerle demasiado improbable.
- Apostaré - replicó Everard - que es el mismo hombre que trabaja en el caso Addleton o que lo hará mañana. No importa; sabemos que probará la inocencia de Rotherhithe. Lo importante es que he estado husmeando en los antiguos tiempos bretones.
- Sajones, dirás - corrigió Withcomb, que había comprobado los datos por su cuenta -. Mucha gente confunde a los bretones con los sajones.
- Casi tanto como a los sajones con los de Jutlandia - arguyó, suavemente, Mainwethering -.
Kent fue invadido por Jutlandia, creo... ¡Ah! ¡Hum! Aquí están los papeles. Y fondos y vestidos..., todo preparado. A veces pienso que ustedes, los agentes del campo de batalla, no se dan cuenta del trabajo que nos toca hacer en las oficinas, hasta para la menor operación. ¡Ah, perdón! ¿Tienes ustedes plan de campaña?
- Sí - repuso Everard, empezando a despojarse de sus ropas del siglo XX -. Eso creo. Ambos conocemos bastante la Era Victoriana para salir con nuestro empeño. Yo, desde luego, seguiré como americano; ya veo que lo ha consignado usted en mis papeles.
Mainwethering parecía melancólico. Explicó:
- Si el incidente de la tumba dio lugar a una famosa obra literaria, vamos a tener aquí una lluvia de memorándums. El de ustedes fue el primero. Luego han llegado otros dos: uno de 1920 y otro de 1960. ¡Dios mío, cuánto desearía que me asignaran un robot secretario!
Everard luchaba con el embarazoso vestido. Le estaba bastante bien, pues sus medidas constaban en los ficheros de la oficina, pero hasta entonces no había apreciado la relativa comodidad de sus propias ropas. ¡Maldito chaleco aquel!
- Creo - dijo - que este asunto puede ser totalmente inofensivo, y, en realidad, así debió de ser, puesto que estamos aquí. ¿Eh?
- Así parece - replicó Mainwethering -. Mas supongamos que ustedes dos, caballeros, retornan a los tiempos de los jutlandeses y encuentran al merodeador. Pero fracasan al cogerlo. Quizá dispara antes que ustedes y quizá acecha a los que enviamos después. Entonces sigue adelante con su plan de hacer la revolución industrial o lo que sea que intente. La Historia cambia. Si ustedes, volviendo aquí antes de producirse tal cambio, vuelven como cadáveres, es como si no hubiésemos estado nunca juntos; como si esta conversación no se hubiera producido. Como dice Horacio..
- ¡No importa! - rió Whitcomb -. Investigaremos la tumba primero, y luego volveremos acá a ver qué conviene hacer.
Se inclinó para empezar a transferir su equipo de una maleta del siglo XX a un mamotreto gladstoniano de paño florido. Llevaba un par de pistolas, unos cuantos aparatos de Física y Química, no inventados aún en su tiempo, y una diminuta radioemisora para comunicar con la oficina en caso de emergencia.
Mainwethering consultó su guía de ferrocarriles Bradshau, y propuso.
- Pueden ustedes tomar el tren de las ocho y veintiocho; estarán en Charing-Cross mañana por la mañana. Se tarda cosa de media hora en llegar de aquí a la estación.
- Bien.
Everard y Withcomb volviéronse a su vehículo y desaparecieron. Mainwethering suspiró, bostezó, dejó instrucciones a su dependiente y se fue a casa.
A las siete y cuarenta y cinco ya estaba allí otra vez el dependiente, cuando volv
Aquella era la primera vez que Everard percibía la realidad del viaje en el tiempo. Ya lo había apreciado mentalmente y su impresión fue honda, pero para los sentidos resultaba nada más que exótica. Ahora, recorriendo un Londres para él desconocido, en un simón (no una trampa anacrónica para turistas, sino un vehículo polvoriento y maltratado), aspirando un aire que contenía más humo que el de una ciudad del siglo XX (aunque no de gasolina), viendo las multitudes (caballeros de levita y sombrero de copa, mugrientos peones, mujeres con faldas largas, y no simulados, sino personas reales que hablaban, sudaban y reían, atendiendo a sus ocupaciones), se convenció de que verdaderamente estaba allí. En tal momento, su madre aún no había nacido; sus abuelos eran dos jóvenes parejas que acababan de someterse al yugo: Grover Cleveland era presidente de los Estados Unidos, y Victoria, reina de Inglaterra; Kipling escribía sus obras, y las últimas revueltas indias en América aún no habían surgido. Para él, la impresión fue como un golpe en la cabeza. Withcomb lo tomó con más calma; pero sus ojos no se cansaban de contemplar la gloria de Inglaterra.
- Empiezo a comprender - murmuraba -. Nunca ha habido acuerdo sobre si esta época fue un período de innatural y asfixiante aglomeración y brutalidad ligeramente disimulada, o, por el contrario, la última flor de la civilización occidental antes que empezase a granar. Solo el ver a este pueblo me hace comprender que era todo lo bueno y lo malo que han dicho de él, porque su vida no era la que pudiese ocurrirle a un individuo aislado, sino a millones de vidas individuales.
- Seguro - admitió Everard -. Eso debe de ser cierto en todos los siglos.
El tren les fue casi familiar; no difería mucho de los vagones empleados por los ferrocarriles ingleses en 1954, lo que dio pie a Withcomb para una serie de observaciones sardónicas acerca de lo inviolable de las tradiciones. En un par de horas los dejó en una soñolienta estación pueblerina, entre jardines de flores esmeradamente cultivadas.
Allí tomaron una calesa para que los llevara a la hacienda de Wyndham.
Un guardia municipal cortés les admitió tras unas cortas preguntas. Los dos se hacían pasar por arqueólogos; Everard, de América, y Withcomb, de Australia, ansiosos de entrevistarse con lord Wyndham e impresionados por su trágico fin. Mainwethering, que parecía tener tentáculos por doquier, les había dado cartas de presentación procedentes de una bien conocida autoridad del Museo Británico. El inspector de Scotland Yard les permitió examinar la sepultura, diciendo: «EI caso está resuelto, caballeros; no hay más pistas, aunque mi colega no está conforme!... ¡Bah, bah!»
El detective particular sonrió agriamente y los vigiló con atención cuando se aproximaron al montón de tierra; era un hombre alto, delgado, de facciones aguileñas y al que acompañaba un individuo fornido, bigotudo y cojo, que parecía ser una especie de amanuense.
La sepultura era larga y profunda, cubierta de hierba, salvo en un lugar en que un profundo surco marcaba la entrada de la cámara mortuoria, cuyas paredes habían estado cubiertas de troncos groseramente escuadrados, y que hacía mucho tiempo empezaron a deshacerse; fragmentos de lo que fue madera yacían aún en el polvo.
- Los periódicos mencionaban algo sobre una arquilla de metal. ¿Podríamos echarle una ojeada?
El inspector asintió, complaciente, y los llevó a un anexo del edificio, donde estaban depositados sobre una mesa los hallazgos del comandante.
Excepto la caja, lo demás eran solo fragmentos de metal mohoso y huesos averiados.
- ¡Hum! - dijo Withcomb; y echó una mirada reflexiva a la lisa y desnuda superficie de la reducida arca, donde relucía con azulado reflejo alguna aleación indestructible aún no conocida, y añadió -: Muy inusitado. No tiene nada de primitiva. Casi se pensaría que ha sido hecha a máquina.
Everard se aproximó a ella con cautela. Tenía una idea bastante clara de lo que pudiese contener, y toda precaución era natural en un ciudadano de la llamada Era Atómica respecto a tales asuntos. Sacó un contador de su maletín y lo aproximó al artefacto; la aguja del cuadrante osciló, aunque no mucho, pero...
- ¡Interesante utensilio este! - exclamó el inspector -. ¿Puedo preguntar qué es?
- Un electroscopio experimental - mintió Everard, bajando la tapa del arca y poniendo el contador sobre ella.
¡Dios! Había allí radiactividad suficiente para matar a un hombre en un día. Una ojeada le mostró los pesados lingotes de apagado brillo antes de volver a echar la corredera.
- ¡Tengan cuidado con eso! - advirtió, trémulo -. Gracias al cielo, quienquiera que trajese tan diabólico cargamento pertenece a una Edad en que sabrán cómo cerrar el paso a las radiaciones.
El detective particular se les había acercado por detrás, silenciosamente.
Una mirada de cazador pareció observarse en sus agudas facciones.
- Así que ¿reconoce el contenido, señor? - preguntó con acento tranquilo.
_- Sí, así lo creo - repuso Everard. Y recordó que Becquerel no descubriría la radiactividad hasta dos años después, y que los mismos rayos X pertenecerían al futuro todavía un año. Prosiguió -: Sucede que... en territorio indio he oído hablar de un mineral como este y decir que es venenoso.
- ¡Interesantísimo!
Y al hablar así el detective comenzó a llenar una pipa de gran cazoleta, y añadió:
- Como los vapores de mercurio, ¿no?
- Así que Rotherhithe colocó esta arca en la sepultura, ¿no? - indagó el inspector.
- ¡No sea ridículo! Tengo tres clases de pruebas decisivas de que Rotherhithe es, en absoluto, inocente. Lo que me tiene perplejo ahora es la causa del fallecimiento de su señoría. Pero ¿y si, como dice este caballero, resultara que existía un veneno mortal enterrado en la ....... para escarmentar a los ladrones de
tumbas? Me pregunto, sin embargo, cómo llegó hasta los viejos sajones un mineral americano. Quizá haya algo de cierto en esas teorías sobre viajes de los fenicios primitivos a través del Atlántico. He investigado un poco sobre una idea mía de que existen elementos caldeos en el lenguaje de los galeses, y esto parece confirmarla.
Everard se sentía culpable de lo que estaba haciendo con la disciplina arqueológica. Bueno; el arca iba a ser echada al canal y olvidada. El y Withcomb darían una excusa para marcharse lo antes posible.
Al regresar a Londres, cuando ya estaban solos en su departamento, el inglés sacó un mohoso pedazo de madera y explicó:
- Me eché esto al bolsillo en el túmulo. Nos ayudará a fechar el suceso. Alcánzame ese contador de radiocarbono, ¿quieres?
Metió el pedazo de madera en el aparato, giró unos mandos y leyó, en voz alta, la respuesta:
- Mil cuatrocientos treinta años, diez más o menos. El túmulo se hizo..., ¡hum! en el año 464, cuando los jutlandeses acababan de establecerse en Kent.
- Si estos lingotes resultan así de infernalmente activos después de tanto tiempo, me pregunto cómo serían en su origen - exclamó Everard -. Es difícil creer cómo puede compaginarse tanta actividad con una vida tan larga; pero más tarde, en el futuro, se harán descubrimientos sobre el átomo y su empleo que, en este período mío, ni se sueñan.
Cuando volvieron de informar a Mainwethering se entretuvieron haciendo visitas y recorridos, mientras aquel enviaba mensajes a través del tiempo y activaba la gran máquina que era la Patrulla.
A Everard le interesaba el Londres victoriano, le atraía a pesar de ser sucio y pobre. Withcomb captó una mirada abstraída en sus ojos y le oyó decir:
- ¡Me gustaría haber vivido aquí!
- ¿Sí? - le preguntó -. ¿Con la medicina y la odontología de estos tiempos?
- Y sin que cayesen bombas...
- Withcomb le miró, desconfiado.
Mainwethering lo tenía ya todo dispuesto cuando volvieron a la oficina. Allí, haciendo humear un puro, daba zancadas de uno a otro lado, con las manos a la espalda de su levita. Les leyó el informe:
- «Metal; ha sido identificado con gran probabilidad. Combustible isotópico, aproximadamente siglo XXX. Comprobación revela que un mercader del Imperio mg estuvo visitando, el año 2987, para permutar sus materias primas por síntrope, secreto que se había perdido en el Interregno. Naturalmente, tomó precauciones: se hizo pasar por un comerciante del Sistema Saturnino, pero desapareció, no obstante, como así mismo su lanzadera del tiempo. Cabe suponer que alguien, en el año 2987, descubrió su identidad y lo asesinó para robarle su máquina. La Patrulla fue informada, pero no encontró ni rastro de aquella. Finalmente, fue recobrada, de la Inglaterra del siglo XV, por dos patrulleros llamados..., ¡hum! Everard y Withcomb. »
- Si ya hemos triunfado, ¿por qué molestarnos más? - gruñó el americano.
Mainwethering pareció disgustado. Protestó:
- Pero ¡querido camarada, no han triunfado aún! La tarea está todavía sin terminar, según su sentido de la duración y el mío. Y, por favor, no tenga el éxito por logrado, simplemente porque la Historia habla de él. El Tiempo no es rígido; el hombre tiene libre albedrío. Si usted fracasa, la Historia cambiará y no
registrará nunca su triunfo, ni yo le habré hablado de él. Eso es indudablemente lo que sucedió (si puedo decir «sucedió») en los pocos casos en que la Patrulla ha tenido un fallo. Tales cosas se están investigando aún, y si logra el triunfo, la Historia cambiará y siempre habrá habido éxito. Tempus non nascitur, fit, si puedo permitirme una ligera parodia.
- De acuerdo; no hacía más que bromear - se disculpó Everard -. Dejemos eso. Tempus fugit.
Y añadió una g de más, con premeditación maliciosa. Mainwethering dio un respingo.
Resultó que incluso la Patrulla sabía poco sobre el oscuro período en que los romanos habían abandonado Inglaterra, la civilización anglorromana se cuarteaba y los ingleses progresaban. Esto nunca había parecido tener importancia. La oficina de Londres para el año 1000 envió cuanto material poseía, además de una serie de vestidos que pudo recoger. Everard y Withcomb pasaron una hora inconscientes bajo la influencia del instructor hipnótico, para despertar hablando correcta y fácilmente el latín y varios dialectos sajones y jutlandeses, y con un conocimiento muy amplio de las costumbres.
Los vestidos eran engorrosos: pantalones, camisas y chaquetas de lana burda; capas de cuero y una interminable colección de encajes y cordones. Grandes pelucas de lino cubrirían sus modernos cortes de pelo; un afeitado minucioso pasaría inadvertido, aun en el siglo V. Withcomb llevaba un hacha, Everard, una espada; pero ambos confiaban más en las diminutas pistolas paralizadoras del siglo XXVI que llevaban ocultas bajo sus ropas. No les habían dado armaduras, pero el saltatiempos llevaba en una alforja un par de sólidos cascos de motorista, que no llamarían mucho la atención en una época de utensilios hechos en casa, y serían mucho más fuertes y cómodos que los verdaderos yelmos.
También los habían provisto de una merienda de viaje y un par de jarros de buena cerveza victoriana.
- ¡Excelente! - aprobó Mainwethering; y sacando un reloj de bolsillo, lo consultó -. Espero su vuelta a... ¿Les parece bien las cuatro? Tendré a mano unos guardias por si traen ustedes algún prisionero, y luego iremos a tomar el té.
Les estrechó la mano y termino:
- ¡Buena caza!
Everard montó en el saltatiempos y puso los controles en el año 464, en la tumba de Addleton y en una medianoche de verano. Luego dio marcha.
Había luna llena. El terreno aparecía enorme y solitario en una oscuridad selvática que ocultaba el horizonte. En algún lugar aullaba un lobo. El túmulo estaba aún allí; habían llegado tarde.
Elevándose por medio del mecanismo antigravitatorio, otearon a través del oscuro bosque. Había un caserío a algo más de un kilómetro de la tumba; una cerca de troncos rodeaba un puñado de pequeñas edificaciones en torno a un corral.
Bañado por la luz de la luna> aquello estaba muy tranquilo.
- Campos cultivados - observó Withcomb con voz apagada -. Los jutlandeses y sajones eran, principalmente, agricultores, ya lo sabes, y vinieron aquí buscando tierras. Puedes imaginar que los ingleses fueron expulsados de este terreno hace algunos años.
- Lo primero que hay que hacer - repuso Everard - es informarnos acerca de esta tumba. ¿Retrocedemos unos años más para localizar el momento en que fue construida? No; lo más seguro será investigar ahora, un poco más tarde, cuando haya pasado toda excitación. Puede ser mañana por la mañana.
Withcomb asintió y Everard hizo bajar el saltatiempo, escondiéndolo entre la maleza. Luego durmieron cinco horas.
Al despertar, el sol brillaba al Nordeste, el rocío relucía en las altas hierbas y los pájaros formaban una estrepitosa baraúnda.
Descendiendo de él, los agentes hicieron remontar su vehículo a fantástica velocidad, revoloteando a quince kilómetros del suelo, y luego lo hicieron regresar por medio de un diminuto transmisor de radio oculto en sus cascos.
Se aproximaron abiertamente al caserío, poniendo en fuga con la hoja de la espada y del hacha a los perros de aspecto salvaje que se les acercaban aullando.
Al entrar en el corral, lo encontraron sin pavimento, pero enteramente alfombrado de barro y estiércol. Un par de chiquillos pelirrojos y desnudos les miraron boquiabiertos, a la puerta de una cabaña de tierra y zarzas. Una muchacha que, sentada fuera, ordeñaba a una mísera vaquilla, lanzó un leve chillido; un labriego, fornido y cejudo, que alimentaba a sus cerdos, agarró una lanza.
Everard frunció la nariz; le hubiera gustado que algunos de los entusiastas del «Noble Nórdico» de aquel siglo hubieran podido ver a este ejemplar.
Un hombre de barba gris, con un hacha en la mano, apareció en la entrada del zaguán. Como todos sus contemporáneos, era varios centímetros más bajo que el promedio de los hombres del siglo XX. Los examinó con atención antes de darles los buenos días.
Everard sonrió cortésmente al decir:
- Me llamo Ufga Hundigsson y este es mi hermano Knubbi. Ambos somos mercaderes de Jutlandia y venimos aquí para comerciar en Canterbury (pero le dio su nombre de entonces: Cantwara-byrig). Vagando desde el sitio en que está fondeado nuestro barco, nos extraviamos, y tras caminar desorientados toda la noche, hallamos su casa.
- Me llamó Wulfnoth, hijo de Aelfred - dijo el labriego -. Entren y desayunen con nosotros.
El zaguán era grande, sombrío y humoso, lleno de una multitud charlatana: los hijos de Wulfnoth, las esposas e hijos de estos; los rústicos que les servían y sus esposas, hijos y nietos. El desayuno consistió en grandes escudillas de madera llenas de carne a medio guisar, acompañadas de vasos de cuerno colmados de amarga cerveza. No era difícil entablar conversación allí; aquella gente era tan habladora como en otra época lo fueron los siervos aislados. Lo difícil era inventar relatos verosímiles de lo que ocurría en Jutlandia. Una o dos veces, Wulfnoth, que no era tonto, les pilló en renuncio, pero Everard aseveró con firmeza:
- Ha oído usted noticias falsas. Las noticias toman extrañas formas cuando cruzan el mar.
Quedó sorprendido viendo cuánta relación había aún entre las viejas comarcas, pero las conversaciones acerca del tiempo y las cosechas no diferían mucho de las que él oyera, en el siglo XX, en el Oeste Medio. Solo más tarde pudo deslizar alguna pregunta acerca de la tumba. Wulfnoth enarcó las cejas y su rolliza y desdentada esposa hizo un ademán de conjuro hacia un tosco ídolo de madera.
- No es bueno hablar de esas cosas - murmuró el jutlandés -. Quisiera que el brujo no estuviera sepultado en mis tierras. Pero era amigo de mi padre, que murió el año pasado, y nunca quiso consentir en otro arreglo.
- ¿Brujo? - y Withcomb abrió bien los oídos -. ¿Qué cuento ese?
- Bueno; también usted puede saberlo - gruñó Wulfnoth -. Era un extranjero, llamado Stane, que apareció en Canterbury hará unos seis años. Debía de proceder de muy lejos, pues no hablaba la lengua inglesa ni la bretona, pero fue acogido por el rey Hengisto y enseguida las aprendió. Hizo al rey excelentes aunque extraños regalos, y como era hombre hábil, el rey confió en él cada día más. Nadie osaba enojarle, porque poseía una vara que lanzaba rayos; se le había visto hendir las rocas, y una vez, en una batalla con los bretones, abrasó a los enemigos. Hay quienes le creen Wotan, pero no podía serlo puesto que murió.
- 10h, claro! - admitió Everard, sintiendo la comezón de la ansiedad -. ¿Y qué hizo mientras vivió?
- Dio al rey sabios consejos. Opinaba que nosotros, los de Kent, debíamos dejar de combatir a los bretones y considerarlos para siempre parientes nuestros, procedentes de la vieja patria; que más bien deberíamos concertar paces con los nativos. Su criterio era que con nuestra fuerza y su civilización romana podíamos, juntos, constituir un poderoso reino. Tal vez tenía razón, aunque yo, por mi parte, le veo poco provecho a todos esos libros y baños, para no hablar de ese sobrenatural Dios crucificado que tienen. Bien; como quiera que sea, le asesinaron unos desconocidos hará tres años y lo enterraron aquí, previos sacrificios y con algunas cosas de su propiedad que sus enemigos no le habían quitado. Le hacemos una ofrenda dos veces al año, y puedo decir que su espíritu no nos ha hecho ningún mal. No obstante, me siento algo inquieto cerca de él.
- Tres años, ¿eh? - suspiró Withcomb -. Claro.
Les costó una hora larga la despedida y Wulfnoth insistió en darles un muchacho para que les guiara hacia el río.
Everard, a quien no le agradaba andar tanto, gruñó e hizo bajar su vehículo. Al montar en él, junto con Withcomb, dijo gravemente al muchacho, que los miraba con ojos desorbitados:
- Sabe que has hospedado a Wotam y a Thor, los cuales velarán en adelante por tu pueblo y lo guardarán de mal.
Luego retrocedió tres años en el tiempo.
- Ahora viene lo más difícil - dijo, oteando el caserío, entre la noche. El túmulo aún estaba allí, pero el viejo brujo estaba vivo -. Es bastante fácil inventar un cuento de hadas para un niño, pero hemos de extraer su moraleja respecto a un pueblo grande y rudo para el cual nuestro hombre es la mano derecha del rey. Y además tiene un rayo destructor.
- Aparentemente, triunfamos o triunfaremos - dijo Withcomb.
- ¡Quia! Si fracasamos, Wulfnoth contará de nosotros otra historia dentro de tres años. Probablemente ese extranjero está aquí, y puede matarnos dos veces, con lo que Inglaterra, llevada de las Edades Oscuras a una civilización neoclásica, no llegará a evolucionar en nada que se parezca a 1894. Me pregunto qué juego es el del extranjero...
Elevó el aparato y lo lanzó en dirección a Canterbury. Un viento nocturno le daba en la cara. El caserío relucía cerca, en un soto. La luna blanqueaba sobre los muros romanos medio derruidos del antiguo Durovenum, moteados de negro por las paredes más nuevas de las guaridas jutlandesas de tierra y madera. Nadie osaría entrar allí tras la puesta del sol. El desayuno de hacía dos horas - tres años en el pasada - parecía no haberse tomado nunca; y Everard emprendió la ruta hacia la ciudad por una deshecha calzada romana. Por allí se hacía un animado tráfico, principalmente de granjeros que llevaban al mercado sus chirriantes carretas, tiradas por bueyes. Una pareja de guardias, de cruel aspecto, les daban el alto y les preguntaban sus propósitos. Esta vez eran agentes de un comerciante de Thanet, enviados allí para interrogar a los aldeanos. Los rufianes les miraban, impertinentes, hasta que Withcomb les alargó un par de monedas romanas; entonces envainaron las espadas y les permitieron pasar.
La ciudad se animaba y alborotaba en torno a ellos, pero de nuevo el olor de una pista impresionó a Everard. Entre los bulliciosos jutlandeses distinguía a ciertos anglo-romanos que desdeñosamente se abrían camino por la porquería y apartaban su raída túnica del contacto con aquellos salvajes. Habría sido cómico, si no fuese patético. Una posada, extraordinariamente sucia, ocupaba las ruinas, invadidas por el musgo, de lo que fue el hogar de un hombre rico.
Everard y Withcomb vieron que su dinero alcanzaba un gran valor allí, donde imperaba el cambio. Pagando varias rondas de bebidas consiguieron la información deseada. La sala de recepción del rey Hengisto estaba casi en medio del pueblo, y no era, en realidad, una sala, sino un viejo edificio, deplorablemente acondicionado bajo la dirección de Stane... «No es que nuestro bueno y valiente rey sea una marioneta..., no me interprete mal, extranjero... ; pero el mes pasado...»
Stane vivía en la casa próxima a dicha sala. Extraño personaje. Algunos decían que era un dios... Ciertamente, tenía un ojo para las muchachas...
Sí, se decía que era quien provocaba toda aquella charla de paz con los bretones. El que llegase tanto y tanto parásito cada día era para dejar a un hombre honrado sin gota de sangre.
- Claro que Stane es muy sabio, y yo no diría nunca nada contra él... Entiéndame: después de todo, puede lanzar el rayo.
* * *
- Así, pues, ¿qué hacemos? - preguntó Withcomb cuando volvían a su alojamiento -. ¿Ir a su casa y arrestarlo?
- No; dudo de que sea posible - confesó Everard, precavido -. He forjado una especie de plan, pero depende de que adivinemos lo que realmente se propone. Veamos de obtener una audiencia.
Mientras hablaba, sacó el jergón de paja que les servía de lecho y husmeó en él, para terminar diciendo:
- ¡Maldición! Lo que este período necesita no es literatura; ¡son polvos insecticidas!
La casa había sido cuidadosamente renovada; su blanco pórtico casi daba lástima, de limpio, entre la porquería que lo rodeaba. Dos guardias haraganeaban en la escalinata, vociferando, al llegar los dos agentes. Everard les largó unas monedas y una historia sobre un visitante que traía noticias de interés para el gran hechicero. Añadió:
- Dígale «El hombre de mañana». Es su santo y seña. ¿Entendido?
- No tiene sentido.
- Las contraseñas no necesitan tener sentido - replicó Everard con altivez.
El jutlandés juntó los talones y marchó, moviendo la cabeza tristemente. ¡Todas aquellas cosas nuevas!
- ¿Estás seguro de que eso es lo prudente? - preguntó Withcomb -. Ahora estará sobre aviso, ¿te das cuenta?
- También me la doy de que un V.I.P. no va a perder su tiempo charlando con un extraño. Hasta ahora no ha realizado nada permanente; ni aun se ha convertido en una leyenda durable. Pero si Hengisto hiciera una unión permanente con los bretones...
El guardia volvió, murmuró algo y los condujo escaleras arriba, cruzando el peristilo. Más allá estaba el atrium, habitación amplia, con modernas alfombras de piel curtida, solada de pedacitos de mármol y mosaicos descoloridos. Un hombre, en pie, esperaba ante un rudo lecho de madera. Al entrar ellos, levantó la mano, y Everard vio que empuñaba el delgado cañón de un aniquilador radiante del siglo XXX.
- Conserven sus manos a mi vista y no las acerquen a los costados - ordenó suavemente el hombre -. De lo contrario, tal vez tenga que despedazarlos con un rayo.
* * *
Withcomb hizo una aguda y aterrada aspiración, pero Everard se esperaba ya algo de esto. Aun así, sintió frío en el estómago.
El brujo Stane era un hombre pequeño, vestido con una hermosa túnica bordaba, que debía de proceder de alguna ciudad inglesa. Su cuerpo era delgado, su cabeza grande, y sus facciones de una fealdad más bien atrayente, bajo un mechón de cabellos negros. Un gesto de tensión contraía sus labios.
- ¡Regístrales Eadgard! - ordenó -. Saca todo cuanto lleven en sus vestiduras.
El cacheo del jutlandés fue torpe, pero encontró las armas que llevaban ocultas y las arrojó al suelo.
- Puedes marcharte - le mandó Stane.
- ¿No le ofrecen peligro, excelencia? - preguntó el soldado.
-¿Con esto en la mano? - gruñó Stane -. No; vete.
«Por lo menos, nos quedan un hacha y una espada - pensó Everard -, aunque de poco van a servirnos cuando "eso" nos apunte.»
- Así, ¿que vienen ustedes del mañana? - murmuró Stane. Y un repentino y leve sudor brilló en su frente -. Denme noticias de él. ¿Hablan ustedes el inglés moderno?
Withcomb abrió la boca para responder; pero Everard, jugándose la vida, improvisó la contestación.
- ¿De qué lengua habla?
- De esta.
Y Stane rompió a hablar en un inglés con un acento peculiar, pero cuyos giros se reconocían como del siglo XX.
- Yo necesito saber de dónde y de cuándo vienen ustedes; qué «intenciones» traen y todo lo demás. Denme esos datos o, de lo contrario, los condenaré a muerte.
Everard movió negativamente la cabeza.
- No - repuso en jutlandés - no le entiendo a usted.
Withcomb le echó una ojeada y luego se calmó, dispuesto a seguir la conducta del americano, cuya mente galopaba con el brío que le prestaba la desesperación, pues sabía que la muerte le acechaba al primer yerro que cometiera.
- En nuestros días - prosiguió - hablamos así. Y farfulló un párrafo en lengua hispanomejicana, estropeándolo cuanto se atrevió.
- Así que... una lengua romance.
Los ojos del brujo relucieron. El aniquilador tembló en su mano. Preguntó:
- ¿De cuándo son ustedes?
- Del siglo XX de la Era Cristiana, y nuestro país se llama Lyonnese y está situado más allá del océano occidental.
- ¡América! - pronunció entrecortadamente -. ¿La han llamado, siempre América?
- No; ni sé de qué me habla.
Stane temblaba inconteniblemente. Dominándose, preguntó:
- ¿Conocen la lengua romana?
Everard asintió. Stane rió nerviosamente y pro puso:
- ¡Hablémosla! ¡Si supieran ustedes lo cansado que estoy de este perruno lenguaje local!
Su latín era algo defectuoso, pero bastante fluido; evidentemente, lo había aprendido en su siglo. Balanceó su arma y añadió:
- Perdón por mi descortesía. Pero he de tomar precauciones.
- ¡Naturalmente! - confirmó Everard -. ¡Ah! Me llamo Mencius, y mi amigo, Juvenalis. Venimos del futuro, como ya ha sospechado usted. Somos historiadores y se acaba de inventar el viaje por el tiempo.
- Hablando con verdad, mi nombre es Rozher Schtein, del año 2987. ¿Han oído ustedes... hablar de mi?
- ¿Y a quién? - replicó Everard -. Nosotros volvemos del futuro buscando a ese misterioso Stane, que parece ser una de las figuras señeras de la Historia. Sospechábamos que pudiera ser un viajero del tiempo, «Peregrinator temporis», esto es. Ahora sabemos...
- ¡Tres años! - Schtein empezó a pasearse febrilmente, balanceando el aniquilador en su mano -. Tres años llevo aquí. Si supieran con cuanta frecuencia me he desvelado, preguntándome si triunfaría... Díganme: su mundo, ¿vive unido?
- El mundo y los planetas - contestó Everard -. Ya hace mucho tiempo.
Interiormente, se estremeció. Su vida pendía de su capacidad para adivinar los planes de Schtein. Este preguntó:
- ¿Y son ustedes un pueblo libre?
- Lo somos. Es decir, el emperador preside, pero el Senado hace las leyes y es elegido por el pueblo.
Había en la cara de gnomo de Schtein una expresión casi santa, que la transfiguraba. Exclamó:
- ¡Como yo lo he soñado! Gracias.
- Así, pues - aventuró Everard -, ¿volvió usted de su período a crear Historia?
- No - replicó Schtein -. A cambiarla.
Las palabras salían violentamente de sus labios, como si hubiera deseado hablar, sin atreverse a ello, durante muchos años.
- Yo también - prosiguió - era historiador. Por casualidad me encontré con un hombre que se hacía pasar por mercader, procedente de las lunas saturninas. Pero como yo había vivido ya allí, vi en seguida el fraude. Investigando, supe la verdad. Se trataba de un viajero del tiempo, procedente de un lejanisimo
futuro. Deben comprenderme: la Edad en que yo viví fue terrible, y, como historiador psicográfico, comprobé que la guerra, la pobreza y la tiranía que, como maldiciones, nos abrumaban, no se debían a la innata maldad del hombre, sino a una simple relación de causa a efecto. La tecnología mecánica había surgido en un inundo encizañado, y las guerras se hicieron cada vez más destructoras. Habían surgido períodos de paz, y aun bastante largos, pero el mal estaba demasiado arraigado; los conflictos eran ya parte de nuestra civilización. Mi familia fue exterminada en un ataque venusiano. Yo no tenía nada que perder. Tomé la máquina del tiempo después de... disponer... de su dueño. La gran equivocación, a mi juicio, había sido retroceder a las Edades oscuras. Roma había unido un gran imperio en paz, y por la paz puede siempre surgir la justicia. Pero Roma se agotó con el esfuerzo y ahora se la apartaba. Los bárbaros invasores podían hacer mucho, porque eran fuertes..., pero se corrompieron rápidamente. Mas existe Inglaterra. Ha vivido aislada de la podrida estructura que fue la sociedad romana. Los germanos invasores son sucios y torpes, pero fuertes y deseosos de aprender. En mi historia se limitaron a exterminar la civilización británica, y luego, estando intelectualmente desamparados, se los tragó la nueva y deplorable civilización llamada occidental. Deseo que suceda algo mejor. No ha sido fácil. Les sorprendería a ustedes saber cuán duro resulta sobrevivir en una Edad diferente hasta abrirse camino, aunque se posean modernas armas y se hagan interesantes regalos al rey. Pero ahora el rey me respeta y crece la confianza que me otorgan los bretones. Puedo unir a los dos pueblos en guerra contra los pictos. Inglaterra será un reino, con la fuerza sajona y la cultura romana, lo bastante poderoso para rechazar a todos los invasores. El cristianismo es inevitable, pero velaré para que se mantenga en su verdadero sitio: el de educar y civilizar a los hombres sin encadenar sus inteligencias. En su momento, Inglaterra ocupará una posición que le permitirá posesionarse del Continente. Por último, creará un mundo. Yo permaneceré aquí lo bastante para poner en marcha la alianza contra los pictos y luego desapareceré, con promesa de volver. Reapareceré, con intervalos de unos cincuenta años, en los próximos siglos; seré una leyenda, un dios, para asegurar que continúen en el camino recto.
- He leído mucho sobre San Stanius - dijo Everard lentamente.
- ¡Y vencí! - gritó Schtein -. Di la paz al mundo.
Y había lágrimas en sus mejillas.
Everard se acercó. Schtein le apuntó al vientre con el aniquilador. No se fiaba de él aún por completo; Everard dio un rodeo y Schtein giró sobre sí mismo, para mantenerle cubierto. Pero estaba demasiado agitado por la aparente prueba de su triunfo para recordar a Withcomb. Everard lanzó una mirada a este por encima del hombro.
El inglés alzó su hacha. Everard se tiró al suelo. El aniquilador chirrió y Schtein gritó, porque el hacha le había destrozado un hombro. Withcomb dio un salto y se apoderó de su revólver. Schtein aulló, luchando por asestar su aniquilador sobre ellos. Everard saltó para evitarlo. Hubo un momento de confusión. Luego, el aniquilador funcionó de nuevo, y Schtein fue un peso muerto en los brazos de los otros. La sangre les empapaba las ropas al brotar de la horrible herida. Los dos guardias llegaron corriendo. Everard levantó su arma y accionó el disparador a toda intensidad. Una lanza arrojada le rozó el hombro. Hizo fuego dos veces, y dos corpulentas formas se abatieron. Estarían sin sentido varias horas.
Agachándose un momento, Everard escuchó. Un grito femenino surgió de las habitaciones interiores, pero nadie traspasó la puerta.
- Creo que nos lo hemos cargado - susurró.
- Sí - asintió Withcomb, mirando estúpidamente al cadáver tendido ante él. Ahora parecía patéticamente pequeño.
- Para él nada significa morir. Pero el modo es duro. Estaría escrito, supongo.
- Mejor ha sido así que comparecer ante un Tribunal de la Patrulla y ser desterrado del Planeta - dijo Withcomb.
- Técnicamente, al menos, era un ladrón y un asesino - comentó Everard -. Pero su sueño era algo grande...
- Y nosotros lo hemos desbaratado - terminó Withcomb.
- La Historia también lo habría hecho, probablemente. Un hombre solo nunca es lo bastante poderoso ni lo bastante sabio. Creo que la mayor parte de la miseria humana se debe a estos fanáticos bien intencionados.
- Y precisamente por eso los demás nos cruzamos de brazos y aceptamos las cosas como vienen.
- Piensa en todos tus amigos de 1947. No habrían existido nunca.
Withcomb se quitó la capa y trató de limpiar la sangre que cubría sus ropas.
- ¡Vámonos! - ordenó Everard dirigiéndose a la puerta trasera.
Una asustada concubina le observó con sus grandes ojos.
Tuvo que hacer saltar la cerradura de una puerta interior, que daba a una habitación en que había un modelo de lanzadera del tiempo tipo mg, unas pocas cajas con armas y repuestos, algunos libros... Everard lo cargó todo en la máquina, excepto el depósito de combustible. Debía dejarlo allí a fin de volver en el futuro y detener en su carrera al hombre deseoso de ser un dios.
- ¿Por qué no te llevas eso al almacén de 1894, en un par de horas? Yo montaré el saltador. Te espero en la oficina.
Withcomb, impasible, dirigió al otro una larga mirada. Luego, al ver que Everard le observaba, reaccionó:
- Conformes, viejo - sonrió y estrechó la mano a Everard -. Hasta luego. ¡Buena suerte!
Everard le contempló cuando entraba en el gran cilindro de acero. Resultaba extraño pensar que dentro de un par de horas estaría tomando el té en 1894.
Acuciado por la preocupación, salió al exterior y se mezcló con la gente. Charlie era un singular camarada.
Nadie le estorbó al dejar la ciudad y entrar en la espesura que la circundaba. Hizo retroceder y bajar el saltador del tiempo y, a despecho de la prisa por impedir que alguien viniera a investigar qué clase de pájaro había aterrizado, se bebió una jarra de cerveza. Lo necesitaba, en verdad. Luego echó una última ojeada a la vieja Inglaterra y saltó a 1894.
Mainwethering y sus guardias estaban allí, como prometiera aquel. El oficial pareció alarmado al ver a un hombre que llevaba en sus ropas sangre coagulada, pero Everard lo tranquilizó con una explicación. Le costó tiempo el lavarse, cambiar de ropa y entregar un informe completo al secretario. Por entonces debía haber llegado Withcomb en un simón, pero no había ni señales de él.
Mainwethering llamó al almacén por radio y se volvió a Everard frunciendo las cejas.
- No ha venido aún - dijo -. ¿Podría haber fallado algo?
- No creo. Esas máquinas están hechas a prueba de tontos.
Y Everard contrajo los labios, añadiendo:
- No sé qué puede ocurrir. Quizá entendió mal y, en vez de volver, se fue a 1947
Un cambio de notas reveló que Withcomb tampoco estaba allí. Everard y Mainwethering se fueron a tomar el té. Cuando volvieron, aún no había señales de Withcomb.
- Mejor será que llamemos a la agencia de operaciones. Ellos pueden encontrarlo.
- No. Espere.
Y Everard quedó un instante pensativo. La idea llevaba algún tiempo germinando en su mente. Era tremendo.
- ¿Se le ocurre algo?
- Sí. Una especie de... - y Everard comenzó a ponerse el traje de la Epoca Victoriana...-. Déme mi traje del siglo XX, ¿quiere? Yo puedo encontrarle por mí mismo.
- La Patrulla querrá un informe previo de su idea e intenciones - objetó Mainwethering.
- ¡Al diablo con la Patrulla! - barbotó Everard.
Londres, 1944. La noche del temprano invierno había cerrado y un sutil viento frío soplaba por las calles, que estaban sumidas en las tinieblas. Se oía el estallido de una explosión y se veía arder un gran fuego, cuyas llamas, como enormes banderas rojas, flameaban sobre los tejados.
Everard dejó su saltador junto a la acera (nadie salía a la calle cuando caían las bombas V), y se orientó en la oscuridad; su ejercitada memoria recordó la fecha del 17 de noviembre; en tal día como aquel había muerto Mary Nelson.
Halló la cabina de un teléfono público en la esquina y ojeó la guía. Encontró un montón de Nelson, pero solo una Mary, en Streatham. Aquella seria, seguramente, la madre. Pero la hija podía llevar el mismo nombre. Ni siquiera sabia la fecha del estallido de la bomba, pero existían medios de averiguaría.
El fuego y el trueno rugían cuando salió. Se tiró al suelo, mientras crujían los cristales de la cabina que había ocupado. 17 de noviembre de 1944. El entonces joven Manse Everard, teniente de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos, estaba aquel día en un lugar, más allá del Paso de Caíais, cerca de los cañones alemanes. No podía recordar exactamente dónde, ni se detuvo en ello. No importaba. Sabía que iba a sobrevivir a aquel peligro.
Un nuevo fulgor bailaba ante él cuando corrió hacia su vehículo. Subió a bordo y se lanzó hacia el cielo. Desde arriba, Londres semejaba una vasta oscuridad salpicada de llamas. «Noche de Walpurgis» y todo el infierno suelto sobre la Tierra. Recordaba bien Streatham; triste montón de ladrillos habitado por dependientes, verduleros y artesanos; la auténtica pequeña burguesía que luchara contra la fuerza que conquistaba Europa hasta conseguir detenerla. Allí había vivido una muchacha en 1943, que luego se casó con otro.
Deslizándose agachado, trató de encontrar la casa. Surgió un volcán no lejos de allí. Su vehículo se tambaleó en el aire con tal violencia, que casi le despidió del asiento. Al acercarse a la plaza vio un casa derruida, aplastada y llameante, a solo tres manzanas de la que habitaban los Nelson. Había llegado demasiado tarde. No. Comprobó el tiempo; las diez y media, y retrocedió dos horas. Aún era de noche, pero la casa, luego derruida, permanecía en pie en la oscuridad. Por un momento, deseó advertir a los de dentro. Pero no lo hizo. En torno suyo moría la gente y él no era Schtein para tomar la Historia sobre sus hombros. Suspiró amargamente, descendió de su vehículo y traspasó la verja. Tampoco era él un maldito daneliano. Llamó a la puerta y le abrieron. Una mujer de edad mediana le miró en la oscuridad, y él comprobó la extrañeza que le causaba ver allí a un americano sin uniforme militar.
- ¡Perdone! ¿Conoce a la señorita Mary Nelson?
- Pues... sí - repuso ella, dudosa -. Vive cerca de aquí. Volverá pronto. ¿Es usted amigo suyo?
Everard asintió, añadiendo:
- Me envía ella con un recado para usted, señora...
- Señora Enderby.
- 10h, sí! Señora Enderby. Soy terriblemente olvidadizo. Mire, señora Enderby: la señorita Nelson me encargó le dijera que lo siente mucho, pero que no puede venir. En cambio, los cita a ustedes y a toda su familia a las diez y media.
-¿A todos, señor? Pero los niños...
- Los niños también. Todos ustedes. Les tiene preparada una sorpresa especial que solo puede mostrar a ustedes. Así que han de estar allí todos.
- Muy bien, señor. Conforme, si ella lo dice.
- Todos ustedes, a las diez y media sin falta. Los veré allí, señora Enderby.
Everard saludó y marchó a la calle.
Había hecho lo que podía. Cerca de allí vivían los Nelson. Llevó su saltador tres manzanas más allá, lo aparcó en la oscuridad de una avenida, y se dirigió a la casa. Ahora era también culpable. Tan culpable como Schtein. Se preguntó a qué se parecería el destierro del planeta.
No vio huellas de la lanzadera mg, y esta era demasiado grande para estar oculta. Así que Charlie no había llegado aún.
Mientras llamaba a la puerta se preguntó qué consecuencias tendría el haber salvado a la familia Enderby. Aquellos niños crecerían, tendrían hijos; ingleses de clase media, sin duda, pero en algún sitio, en los siglos venideros, un hombre importante nacería o dejaría de nacer. Claro que el tiempo no era demasiado inflexible. Excepto en raros casos, el abolengo no importaba; solo eran decisivos el total conjunto de los genes humanos y la sociedad de los hombres. Aunque aquel día podía ser uno de los casos excepcionales.
Una joven le abrió la puerta. Era una linda chica, no llamativa, pero de aspecto agradable; llevaba un ajustado uniforme.
- ¿Señorita Nelson?
- Sí.
- Me llamo Everard. Soy amigo de Charlie Withcomb. ¿Puedo entrar? Tengo unas cuantas noticias algo sorprendentes para usted.
- Iba a salir - dijo ella, excusándose.
- No, no iba usted a hacerlo.
Aquello fue una equivocación. La chica se irguió indignada.
El rectificó:
- Lo siento. Por favor, ¿puedo explicarle?...
Ella le condujo a una desordenada y oscura sala, y le invitó:
- ¿Quiere sentarse? Le ruego no hable muy alto. Toda mi familia está durmiendo. Se levantan temprano.
Everard se acomodó. Mary se sentó en el borde del sofá, mirándole con sus grandes ojos. El se preguntaba si entre sus ascendientes no estarían Wrnfnoth y Eadgar. Sí; indudablemente lo estaban, después de tantos siglos. Quizá estuviese también Schtein.
- ¿Está usted en la aviación? - preguntó ella -. ¿Es ahí donde conoció a Charlie?
- No; estoy en Información. ¿Puedo preguntar cuándo le vio por última vez?
- Hace unas semanas. El está ahora destinado en Francia. Espero que la guerra acabará pronto. ¡Es tan estúpido por parte del enemigo obstinarse, cuando debían reconocer que están vencidos! ¿No es así?
Irguió la cabeza con curiosidad, añadiendo:
- Pero ¿qué noticias son las que usted tiene?
El comenzó a divagar, tanto como se atrevía, hablando de las condiciones de vida más allá del Canal. Era extraño estar allí sentado, charlando con un fantasma. Y sus juramentos le prohibían decirle la verdad. Quería hacerlo, pero cuando lo intentaba la lengua se le helaba en la boca.
.... y lo que cuesta conseguir una botella de tinto corriente...
- ¡Por favor! - le interrumpió ella -. ¿No le importaría ir al grano? De veras que tengo un compromiso esta noche.
- ¡Oh, lo siento! ¡Lo siento mucho! ¡Seguro! Ya ve usted, de este modo...
Una llamada a la puerta le salvó.
- Excúseme - murmuró ella, y salió a abrir más allá de las cortinas de oscurecimiento.
Everard la siguió. Ella retrocedió con un pequeño grito:
- ¡Charlie!
El la estrechó entre sus brazos, sin reparar en que la sangre del jutlandés le manchaba aún el traje. Everard entró en el vestíbulo. El inglés le miró con cierto horror. Solo dijo:
- ¡Tú!
Y echó mano a las armas. Pero Everard estaba ya alerta. Le dijo:
- ¡No seas tonto! Soy tu amigo. Quiero ayudarte. ¿Qué loco proyecto traías?
- Pues... impedirle a ella que saliera a la calle.
- ¿Y no crees que ellos tienen medios sobrados de localizarte?
Y Everard empezó a hablar en temporal, la única lengua posible delante de la asustada Mary.
- Cuando me separé de Mainwethering, este estaba ya entrando en vivas sospechas. A menos que hagamos esto bien, todas las unidades de la Patrulla van a ser avisadas. Tu error se rectificará, probablemente, matándola a ella y mandándote a ti al destierro.
- Yo.. .- Withcomb tragó saliva. Su cara era la estampa del miedo -. ¿Tú te irías, dejando que la mataran?
- No. Pero hay que ir con más cuidado.
- ¡Nos fugaremos..., retrocederemos, si es preciso, a la época del dinosaurio..., a un período alejadísimo!
Mary escapó de los brazos de su prometido. Abrió la boca para gritar. Everard le previno:
- ¡Cállese! Corre usted un gran peligro y estamos tratando de salvarla. Si no confía en mí, fíese de Charlie.
Y volviéndose hacia Charlie, prosiguió, en temporal:
- Mira, camarada: no hay sitio ni época en donde podáis ocultaros. Mary Nelson murió esta noche. Esto es historia. No existía en 1947. También es historia. La familia a quien ella iba a visitar estará fuera de su casa cuando caiga la bomba. Si tratas de escapar con ella, te pescarán. Es pura suerte que no haya llegado ya una fracción de la Patrulla.
Withcomb se esforzó en recobrar la serenidad.
- Supongamos que salto a 1948 con ella. ¿Cómo sabes que no ha reaparecido súbitamente? Quizá eso también es historia.
- ¡Hombre, no puedes! Inténtalo. Anda, dile que vas a hacerla saltar cuatro años al futuro.
Withcomb gimió:
- ¡Una indiscreción! Y he prometido bajo juramento...
- Sí; eres libre de abrir esa posibilidad ante ella, pero al proponérselo tendrás que mentir, porque no puedes evitarlo. Además, ¿cómo se las va a arreglar? Si permanece siendo Mary Nelson, se convierte en desertora de la W.A.A.F. Y si toma otro nombre, ¿dónde están su partida de nacimiento, registro escolar, libreta de racionamiento..., cualquiera de esos papelitos a que son tan aficionados los gobiernos del siglo XX? Eso no tiene arreglo, hijo.
- Entonces, ¿qué hacer?
- Enfrentarse con la Patrulla y desafiarla. Espera aquí un minuto.
Everard obraba con fría calma, sin tiempo para temer ni para vacilar. Ya en la calle, localizó su saltador, lo preparó para aparecer cinco años después, a pleno mediodía, en Picadilly Circus. Impulsó el mando principal, vio partir la máquina y volvió a la habitación. Mary sollozaba y temblaba en brazos de Charlie. ¡Pobres niños perdidos en el bosque!
Everard se los llevó al vestíbulo. Se sentó y preparó su arma.
- Bien. Esperemos algo más.
No tardó mucho en aparecer un saltador con dos hombres, que vestían uniforme gris de la Patrulla y llevaban las armas en las manos.
Everard los detuvo con el disparo de un débil rayo de su arma.
- ¡Ayúdame a atarlos, Charlie!
Mary temblaba, muda, en un rincón.
Cuando los hombres se despertaron, Everard estaba junto a ellos con una helada sonrisa.
- ¿De qué se nos acusa, muchachos? - preguntó en temporal.
- Creo que ya lo saben - dijo uno de los prisioneros calmosamente -. La oficina principal nos encargó de descubrirlos. Comprobando la próxima semana, encontramos que usted había salvado una familia destinada a morir. El registro de Withcomb indicó que había venido aquí a cooperar en el salvamento de esta mujer, que también había de fallecer esta noche. Es mejor que nos suelte, o será peor para usted.
- No ha cambiado la Historia. Los danelianos están aún allá arriba, ¿o no?
- Sí, claro; pero...
- ¿Cómo sabían ustedes que la familia Enderby tenía que morir?
- Su casa fue bombardeada y nos dijeron que la habían abandonado, porque...
- ¡Ah, pero el caso es que la abandonaron! Está escrito. Ahora bien: usted quiere cambiar el pasado.
- Pero esta mujer aquí...
- ¿Están ustedes seguros de que no es la Mary Nelson que vivió en Londres en 1850 y que murió, ya anciana, en 1900?
- Está usted intentando algo difícil. Pero no le valdrá. No puede usted luchar con toda la Patrulla.
- ¿Creen ustedes eso? Puedo dejarles a ustedes aquí para que los Enderby los encuentren. He preparado mi vehículo para surgir, en público, en un momento que solo yo conozco. ¿ Cuál va a ser entonces la Historia?
- La Patrulla tomará medidas correctivas..., como ya lo hizo usted en el siglo V.
- ¡Quizá! Pero yo puedo hacérselo mucho más fácil, sin embargo, si quieren escuchar mi apelación. Quiero ver a un daneliano.
- ¿Quée?
- Ya me han oído. Si es preciso, montaré ese saltador de ustedes y avanzaré un millón de años. Les haré ver cuánto más sencillo sería para ellos concedernos una tregua.
- No será necesario.
Everard giró sobre sí, ahogando un grito. El aniquilador se escapó de sus manos. No podía mirar a la forma que resplandecía ante sus ojos.
- Su apelación era ya conocida y estaba juzgada siglos antes que usted naciera. Sin embargo, era usted un eslabón necesario en la cadena del tiempo. Si usted hubiera fallado esta noche, no habría habido perdón. Para nosotros era cosa decidida que un Charlie y una Mary Wíthcomb vivieran en la época victoriana de Inglaterra. También lo estaba que esta Mary Nelson muriese con la familia Enderby, a quien visitaba en 1944, y que Charlie Withcomb había de vivir soltero y, por último, ser muerto en servicio activo con la Patrulla. La discrepancia fue advertida, y como la más ligera paradoja es una peligrosa debilidad en la textura espacio-tiempo, ha de ser rectificada eliminando uno u otro hecho, que no habrán existido jamás. Y ya he decidido cuál ha de ser.
Everard supo, allá en su agitado cerebro, que los patrulleros estaban súbitamente libres. Supo que su saltador había sido..., estaba siendo..., seria... arrebatado invisiblemente fuera de aquel momento que
ahora se vivía. Supo que la Historia diría ahora: la W.A.A.F. Mary Nelson desapareció, probablemente muerta por una bomba cuando se dirigía a casa de los Enderby, muertos con ella al ser destruida; que Charlie Withcomb desapareció en 1947, probablemente ahogado. Supo que a Mary le fue revelada la verdad, juramentándola para no descubrirla a nadie, y que se la envió, con Charlie Withcomb, a 1850. Supo que ambos se abrirían paso en la vida, dentro de su propia clase media, pero se sentirían siempre extraños bajo el reinado de Victoria; que Charlie tendría siempre el recuerdo nostálgico de haber estado en la Patrulla, pero que, volviéndose a mirar a su mujer y a sus hijos, pensaría que él abandonarla no había sido un sacrificio tan grande, después de todo. Todo eso supo, así como que el daneliano se había ido.
Sin embargo, cuando se desvaneció la vertiginosa oscuridad de su cabeza v miró con clara percepción a los patrulleros, no sabía aún cuál iba a ser su destino.
- Venga - dijo uno de ellos -. Salgamos de aquí, antes que alguien se despierte. Le daremos un impulso hacia su año 1954, ¿no?
- Y luego, ¿qué?
El patrullero se encogió de hombros. Bajo su descuidada actitud se advertía la impresión que le produjo la presencia del daneliano.
- Diríjase al jefe de su sector. Se ha mostrado usted incapaz de una tarea fija.
- Entonces..., ¿estoy despedido?
- No se ponga dramático. ¿Creía usted que su caso era único en un millón de años que lleva trabajando la Patrulla? Para casos como el suyo hay un procedimiento habitual. Necesita usted más adiestramiento. Su tipo de personalidad va mejor con el servicio de agente libre; para cualquier siglo y lugar, doquiera y cuando quiera que se le necesite. Creo que le gustará.
Everard subió cansinamente al saltador. Cuando se apeó de nuevo, habían pasado diez años.
FIN

EL HOMBRE PI



EL HOMBRE PI
Alfred Bester
¿Cómo decir? ¿Cómo escribir? Cuando a veces puedo ser fluido, delicado
incluso, y luego, recupero, pour mieux sauter, eso se apodera de mí. Empuja.
Fuerza. Presiona.
A veces
debo
retroceder
pero
no
para
saltar
no, ni siquiera para saltar mejor. No tengo control alguno sobre el yo, el
lenguaje, el amor, el destino. Debo compensar. Siempre.
Pero de todos modos lo intento.
Quae nocent docent. Sigue traducción: Lo que duele, enseña. Yo estoy herido
y he herido a muchos. ¿Qué hemos aprendido, sin embargo? Sin embargo. Me
despierto por la mañana del mayor dolor de todos preguntándome qué casa.
Riqueza, comprendes. ¡Maldita sea! Una casa en Londres, una villa en Roma,
otra casa en Nueva York, un rancho en California. Me despierto. Miro. ¡Ah! El
aspecto del lugar en que estoy es familiar. Así:
Dormitorio Dormitorio
Baño Cocina
Baño Terraza
¡Oh, oh! Estoy en mi casa de Nueva York, pero ese baño-baño espalda contra
espalda. Puf. Todo el ritmo desacompasado. Desequilibrio. El esquema resulta
doloroso. Telefoneo abajo, al portero. En ese momento pierdo mi inglés. (Hablo
todas las lenguas. Un goulash. Estoy obligado. ¿Por qué? ¡Ah!)
—Pronto. Eccomi, Signore Storm. No. Obligado a parlare italiano. Esperar.
Llamaré otra vez en cinque minuti.
Re infecta. Latín. Inconcluso el asunto me ducho, cuerpo dientes, pelo, me
afeito la cara, lo seco todo y pruebo otra vez. Voilá! El inglés, ella viene. Otra
vez al invento de A. G. Bell ("Señor Watson, venga aqui, le necesito".) Por
teléfono hablo con el portero. Buen tipo. Consigue liquidar un montón de
trabajo en un dos por tres.
—¿Sí? Aquí Abraham Storm otra vez. Sí. Exactamente. Señor Lundgren, sea
mi rabino personal y haga venir algunos obreros aquí esta mañana. Quiero
esos dos baños convertidos en uno. Sí. Dejaré cinco mil dólares encima de la
nevera. Gracias, Sr. Lundgren.
Quería vestir franela gris esta mañana, pero tuve que ponerme el traje de "piel
de tiburón". ¡Maldita sea ! El nacionalismo africano tiene extraños efectos
secundarios vuelvo al dormitorio trasero (ver diagrama) y abro la puerta, que
fue instalada por la Compañía Nacional de Seguridad, Inc. Entro.
Todo radia hermosamente. Recorriendo arriba y abajo el espectro
electromagnético. Desviación visual del ultraVioleta hacia el infrarrojo. Onda
ultracorta chillando. Radiación alfa, beta y gama copiosamente. Y los
interruptores inn tt errrr ump pppiendo al azar y cómodamente. Estoy en paz.
¡Dios mío! ¡Conocer incluso un momento de paz!
Tomo el metro hasta la oficina de Wall Street. Chofer demasiado peligroso;
podría ponerse amistoso. No me atrevo a tener amigos. Mucho mejor el metro
matutino, apreturas, masa empaquetada; ninguna norma que ajustar, no se
exigen cambios ni compensaciones. ¡Paz! Compro todos los periódicos de la
mañana, por lo de las pautas. Se leen demasiados Times, debo leer Tribune
para compensar. Demasiado News. Leo Mirror. Y así sucesivamente.
En el vagón del metro capto la mirada de un ojo; pequeño, oscuro, grisazulado,
propiedad de un hombre anónimo que transmite la convicción de que jamás le
has visto y jamás le verás de nuevo. Pero capto esa mirada y hace sonar un
timbre al fondo de mi mente. Él se da cuenta. Ve el brillo que aparece en mis
ojos antes de que yo pueda ocultarlo. Así que me siguen otra vez... ¿Pero
quién? ¿USA? ¿USSR? ¿Matoids?
Salgo rápidamente del metro en City Hall y les doy una pista falsa hasta el
Woolworth Building, por si operan con dos espías. La teoría básica de
cazadores y cazados no es evitar que te localicen (es inevitable) sino dejar
tantas pistas a cubrir que se dispersen. Entonces se ven obligados a
abandonarte. Tienen tantos hombres para tantas operaciones. Es una cuestión
de disminución de beneficios.
El tráfico en City Hall estaba desincronizado (como está siempre) y tuve que
caminar por el lado caliente de la calle para compensar. Tomé un ascensor
hasta la décima planta del edificio. Allí me cogió súbitamente algo de aaaIgun
lug ar. AaaIgo maaalo. Empecé a gritar, pero fue inútil. Un viejo empleado salió
de la oficina con abrigo de alpaca, portafolios, gafas de oro.
—Él no —discutí con el aire—. Es un buen hombre. Él no. Por favor.
Pero estoy obligado. Me aproximo. Dos golpes; cuello y estómago. Se
derrumba, retorciéndose. Le pateo las gafas. Le quito el reloj de bolsillo y lo
destrozo. Rompo las plumas. Rompo los papeles. Luego se me permite volver
al ascensor y bajar de nuevo. Eran las diez y media. Me retrasaba. Maldito
inconveniente. Cogí un taxi para Wall Street 99. Di diez dólares de propina al
conductor. Metí mil en un sobre (secretamente) y envié al conductor de nuevo
al edificio para que localizase al empleado y se los diese.
Trabajo rutinario de mañana en la oficina. Mercado en alza; tablero indicador
ético; un infierno para equilibrar y compensar, aunque yo conozca las pautas
de dinero. Voy atrasado en la suma de 109.872,43 dólares a las once y media;
pero con un paso de gigante las normas me colocan adelantado en 57.075,94
dólares a las doce y media en punto, Tiempo de Ahorro luz del día, al que mi
padre solía llamar tiempo Woodrow Wilson.
57.075 es una buena pauta, pero esos 94 centavos. Puf. Parece toda la hoja
de balances desequilibrada, es espantoso. Por encima de todo simetría. Solo
tengo 24 centavos en el bolsillo. Llamo a la secretaria, le pido prestados 70
centavos y arrojo el total por la ventana. Me siento mejor mientras veo cómo
cae a la calle, pero entonces la sorprendo mirándome asombrada y encantada.
Muy malo. Muy peligroso.
Despido a la chica al instante.
—Pero, ¿Por qué, señor Storm? ¿Por qué? —pregunta, procurando no llorar.
Querida cosita. Cara pecosa y descocada, pero no tan descocada ahora.
—Porque está empezando a gustarme.
—¿Y qué hay de malo en eso?
—Cuando la contraté le advertí que no debía llegar a gustarme.
—Creí que bromeaba usted.
—Pues no. Ahora debe irse. Está despedida.
—Pero, ¿Por qué?
—Porque temo que podría empezar a gustarme.
—¿Se trata de un nuevo tipo de proposición?—preguntó ella.
—Por Dios.
—Bueno, no tiene por qué despedirme—dijo furiosa—.
—Bueno. Entonces puedo acostarme con usted.
Se puso roja y abrió a boca para insultarme, mientras sus ojos pestañeaban.
Una chica encantadora. No podía ponerla en peligro. Le puse el sombrero y el
abrigo, le di el sueldo de un año como indemnización, y la eché. Punkt.
Apuntar en la memoria: admitir sólo hombres, con preferencia casados,
misántropos y asesinos. Hombres que puedan odiarme.
Luego, a comer. A un restaurante lindamente equilibrado. Mesas fijadas al
suelo. Nadie moviéndolas. Todas las sillas ocupadas por clientes. Bonita
estructura. No tengo necesidad de compensar ni ajustar. Ordenado y
lindamente estructurado comedor para el yo:
Martini Martini
Martini
Croque Monsieur Roquefort
Ensalada
Café
Pero se consume tanto azúcar en el restaurante que tuve que tomar café sólo,
que no me gusta. Sin embargo, todavía una buena estructura. Equilibrada.
X~—X—41 = número primo.
Perdón, por favor. A veces controlo y veo qué compensaciones han de
realizarse. Otras veces se me impone desde sólo Dios sabe dónde o por qué.
Entonces he de hacer lo que estoy obligado a hacer, ciegamente, como hablar
el galimatías que hablo; a veces resultándome odioso, como lo del empleado
del Edificio Woolworth. Aún así, la ecuación se hunde cuando X = 40.
La tarde era tranquila. Por un instante pensé que podría verme obligado a salir
para Roma (Italia), pero algo ajustó las cosas sin necesidad de mí. La
Sociedad Protectora de Animales me cogió por matar a mi perro a golpes, pero
yo había aportado 10.000 dólares para su Refugio. Salí con un balanceo de
cabeza. Pinté bigotes en carteles, rescaté a un gatito que se ahogaba, salvé a
una mujer de un desaprensivo y fui a que me afeitaran la cabeza. Día normal
para mí.
Al anochecer, al ballet para relajarme con todas las hermosas estructuras,
equilibradas, pacíficas, suaves. Luego respiré profundamente, aplaqué mi
repugnancia y me obligué a acudir a Le Bitnique, el centro de reunión beatnik.
Odio Le Bitnique, pero necesito una mujer y debo ir adonde odio. Aquella chica
pelirroja que despedí tan esbelta y llena de deliciosa malicia, y lanzándome
pícaras miradas. Así pues, Poisson d'avril, me dirigí hacia Le Bitnique.
Caos. Negrura. Sonidos y olores, una cacofonía. Una bombilla de 25 watios en
el techo. Un maldito pianista interpreta música progresiva. En la pared L
muchachos beatniks, con gorras, gafas negras y barbas públicas, jugando al
ajedrez. En la pared R está el bar y chicas beatniks con bolsas marrones de
papel bajo el brazo que contienen artículos de tocador. Se mueven y
maniobran para buscar un colchón para la noche.
¡Esas chicas beatniks! Todas delgadas... excitantes para mí esta noche porque
hay demasiados norteamericanos que sueñan con mujeres muy gruesas, y yo
debo compensar. (En Inglaterra me gustan las mujeres gruesas porque
Inglaterra le gustan las mujeres delgadas). Todas llevan pantalones ajustados,
blusas sueltas, pelo Brigitte Bardot, maquillaje italiano (ojos negros, labios
blancos), y cuando caminan lo hacen con ese ritmo que emocionó a aquel tipo
llamado Herrick hace tres siglos cuando escribió:
Luego, cuando levanto los ojos y veo
esa valiente vibración libre a ambos lados;
¡Oh, cómo me arrebata ese brillo!
Elijo una que brilla. Hablo. Ella insulta. Yo insulto también y pago unas copas.
Ella bebe e insulta. Yo espero que sea lesbiana e insulto. Ella refunfuña y odia,
pero inútilmente. No hay colchón para esta noche. La patética bolsa de papel
marrón bajo el brazo. Reprimo la simpatía y vuelve el odio. Ella no se baña.
Sus estructuras mentales están desequilibradas. Seguridad. Ningún daño
puede venirme de ella. La llevo a casa para seducir por desprecio mutuo. Y en
el salón (ver diagrama) se sienta esbelta y pecosa mi pequeña secretaria,
recientemente despedida, que ahora espera por mí.
Dirección: 49 bis Avenue Hoche. París, Beme, Francia.
Obligado a ir allí por lo que pasó en Singapur. Se hicieron necesarios ajustes y
compensaciones extremos. Casi, por un momento, pensé que tendría que
atacar al director de la Opera Cómica, pero el destino fue bondadoso y me
permitió cumplir sólo con una exhibición indecente bajo el Petite Carrousel. Y
pude encontrar una beca en la Sorbona antes de ser despachado.
De cualquier modo en mi casa de Nueva York ahora con un (1) baño, y el
cambio, 1997 dólares, estaré tranquilo con los magníficos 1991 que quedaron.
Ella estaba allí sentada, estaba allí sentada, vistiendo un traje negro de cóctel
con falda estrecha, medias negras, zapatos y la bella y regular curva de las
piernas, y el pecho tan rosado como su rostro (quizás también su enagua.) Así,
y, espesos polvos; un inconveniente. Voy a la cocina y me froto encima de la
nevera. ¡Uf! Tiré 6 dólares por la ventana y quizás siete.
La piel pecosa brillaba con un rosa tiznado de turbación. También rojo de
peligro. Su cara estaba muy tensa por lo atrevida que pensaba estar siendo.
Me gusta también así; pero no con demasiado ímpetu. Contacto al frenético
empolvado para que su piel parezca lechosa, la camisa con corcho quemado
para compensar.
—Mí amiga querría saber por qué tú invades mi apartamento inglés.
—Perdóneme, por favor, hasta que venga un mensajero Lundgren —
balbució—. Le dije que necesitaba usted unos importantes documentos de su
oficina.
—Si, bitte. Meine pidgin haben sich.
—EntschUId lgehn Sie Deutsch? Geaendert, Sprac en.
—No.
—Danrl warte ich-
La beatnik se balanceaba cada lado. La alcancé frente a la puerta (ninguna
excusa). Volvió sobre sus talones y se alejó, su valiente vibración en la mano
101 dólares (estructura perfecta).
—¿Qué le pasó? —dije yo—¿Cómo se llama ?
—¡Dios mío! Mí nombre? ¿ He estado trabajando en su oficina tres meses y no
lo conoce realmente?
—No, y no quiero saberlo ahora.
—Soy Lizzie Chalnersimer
—Váyase, Lizzie
—Me llamaba usted siempre "Señorita". ¿Por qué se afeitó la cabeza?
—Así que....
—Es muy chic—dijo juiciosamente—, pero no sé. Me recuerda a un actor de
cine al que odio. ¿Qué quiere decir con eso de un problema en Viena?
—Nada que a usted le importe. ¿Qué hace usted? ¿Qué quiere de mí?
—A usted —dijo, enrojeciendo ferozmente.
—¡Quiere usted salir de aquí, por amor de Dios!
—¿Qué tiene ella que no tenga yo?—exigió Lizzie; luego su cara se
descompuso—. ¿No lo tengo así? Qué. Tiene. Ella. Que. Yo. No. Tenga. Sí.
—Me voy a Bennington. Están fuertes en agresión, pero flojos en gramática.
—¿Qué quiere decir con eso de que se va a Bennington?
—Bueno, es una universidad. Creí que todo el mundo lo sabía.
—Pero, ¿Qué es eso de que va?
—Estoy en mi primer año. Te expulsan a latigazos a no ser que adquieras
experiencia en tu campo.
—¿Cuál es su campo?
—Antes era economía. Ahora es usted. ¿Qué edad tiene?
—Ciento nueve mil ochocientos setenta y dos.
—¡Oh. vamos! ¿Cuarenta?
—Treinta.
—¡No! ¿De veras?—cabeceó satisfecha—. Eso si que hay diez años de
diferencia entre nosotros. Muchos.
—¿Está enamorada de mi, Lizzie? ¿Y he de ser yo?
—Sé que suena como una idea—bajó los ojos—. Supongo que las mujeres
deben estar continuamente echándose en sus brazos.
—No siempre.
—¿Qué es usted, blasé o algo así? Quiero decir que no soy apabullante, pero
tampoco soy lo que sep siYa.
—Es usted encantadora.
—Entonces, ¿Por qué me rechaza?
—Estoy intentando protegerla.
—Sé protegerme muy bien cuando llega el momento.
—Ahora es el momento, Lizzie.
—Lo menos que podía hacer es ofenderme como hizo a esa chica junto al
ascensor.
—¿Estaba espiando?
—Claro que espiaba. No esperaría usted que me quedase aquí sentada mano
sobre mano, ¿verdad? Tengo que vigilar a mi hombre, ya que lo he
conseguido.
—¿Su hombre?
—Sucede—dijo ella en voz baja—. Nunca lo creía, pero sucede. Uno se
enamora y se desenamora, y siempre piensa que es de veras y para siempre.
Y luego conoces a otro y ya no es cuestión de amor. Sabes simplemente que
él es tu hombre, y estás ligada a él. Yo estoy ligada.
Alzó los ojos y me miró... ojos violeta, llenos de juventud y decisión y ternura, y
sin embargo más viejos que veinte años... mucho más viejos. Me di cuenta de
lo solo que estaba, no atreviéndome nunca a amar, obligado siempre a vivir
con los que odiaba. Podía caer en aquellos ojos violeta para siempre.
—Voy a impresionarla—dije. Miré el reloj. La una y media. Una hora tranquila.
Dios quiera que el idioma norteamericano permanezca conmigo un buen rato.
Me quité la chaqueta y la camisa y le enseñé mi espalda, llena de cicatrices.
Lizzie lanzó un gemido.
—Me las hice yo mismo—dije—. Porque me permití sentir simpatía por un
hombre y hacerme amigo suyo. Este fue el precio que pagué, y tuve suerte.
Ahora espere aquí.
Entré en el dormitorio principal donde la vergüenza de mi corazón estaba
embalsamada en un plateado ataúd oculto en el cajón de la derecha de mi
escritorio. Lo llevé al salón. Lizzie me miraba con ojos muy abiertos.
—Hace cinco años, una chica se enamoró de mí —expliqué—. Una chica
como usted. Me sentía muy solo entonces, como siempre. En vez de
protegerla de mí mismo, perdí el control. Ahora quiero que vea el precio que
ésta pagó. Me despreciará usted por esto, pero debo enseñárselo...
Un resplandor hirió mis ojos. Luces de un edificio del fondo de la calle. Me
lancé a la ventana y observé. Las luces procedían de un edificio situado tres
más abajo del mío; se apagaron, cinco segundos de eclipse, luego volvieron.
Sucedió en el edificio situado a dos del mío, y luego en el contiguo. La chica se
acercó a mi lado y me cogió del brazo. Temblaba un poco.
—¿De qué se trata?—preguntó—. ¿Cuál es el problema?
—Espere—dije.
Las luces de mi apartamento se apagaron durante cinco segundos y luego
volvieron a encenderse.
—Ellos me han localizado—expliqué.
—¿Ellos? ¿Localizado?
—Han detectado mis radiaciones con el BD.
—¿Qué es un B.D.?
—Buscador de Dirección. Luego cortan la corriente en los edificios de la
vecindad durante cinco segundos (edificio por edificio) hasta que cesa la
emisión. Entonces saben que estoy en esta casa, aunque no saben en qué
apartamento.—Me puse la camisa y la chaqueta—. Buenas noches, Lizzie.
Desearía poder besarla.
Me echó los brazos al cuello y me dio un sonoro beso, todo calor, todo
terciopelo, todo entrega. Intenté apartarla.
—Es usted un espía—dijo—. Iré a la silla eléctrica con usted.
—Me gustaría mucho ser un espía—dije—. Adiós, mi queridísimo amor.
Recuérdeme.
Soyez ferme. Un gran error dejar aquello deslizarse. Pasó, creo, porque mi
norteamericano también se deslizó. De pronto mi conversación volvió a
convertirse en un galimatías. Mientras comía, el diablillo se quitó sus zapatitos
de ópera y se subió la falda de cocktail hasta los muslos para poder correr.
Corre a mi lado y baja conmigo la escalerilla de incendios hasta el garaje del
sótano. La golpeo para que se detenga, la insulto. Ella me golpea también y
lanza insultos aún peores, sin dejar de reír y de chillar. La amo por esto.
¡Maldición! Está condenada.
Entramos en el coche, Aston Martin, pero con el volante a la izquierda, y nos
lanzamos a toda velocidad hacia el oeste en la Calle 53, al este en la 54 y al
norte en la Primera Avenida. Busco el puente de la calle 59 para abandonar la
isla de Manhattan. Tengo un avión de mi propiedad en Babylon, Long Island,
siempre dispuesto para este tipo de tropiezos.
—J' y suis, j' y este no es mi lema—dije a Elizabeth Chalmers, cuyo francés es
tan inseguro como su gramática... una halagüeña debilidad—. Una vez me
atraparon en Londres en Correos. Yo recibía correspondencia en el Apartado
General. Me enviaron una carta en blanco en un sobre rojo, y así me siguieron
hasta 139 Piccadilly, London W I. Teléfono Mayfair 7211. Rojo de peligro.
¿Tiene usted roja toda la piel?
—¡No está roja!—dijo ella indignada.
—Quiero decir rosada.
—Sólo donde salen pecas—dijo ella—. ¿Qué significa toda esta fuga? ¿Por
qué habla de ese modo tan extraño y actúa de forma tan rara? ¿Está seguro
de que no es un espía?
—Sólo convencido.
—¿Es usted un ser de otro mundo que vino en un Objeto Volador No
Identificado?
—¿La asustaría mucho eso?
—Sí, si significase que no podíamos amarnos.
—¿Y qué pensaría si nos propusiésemos conquistar la Tierra?
—A mí sólo me interesa conquistarle a usted.
—No soy ni he sido nunca un ser de otro mundo de los que vienen en Objetos
Voladores no Identificados.
—¿Qué es usted entonces?
—Un compensador.
—¿Qué es eso?
—¿Conoce usted el diccionario de los señores Funk Waganlle? Editado por
Frank H. Vizetelly. Cito: "Aquél o aquello que compensa, como un instrumento
para neutralizar la influencia de la atracción local sobre la aguja de una brújula
o un aparato automático para igualar la presión del gas en la..." ¡Maldita sea!
Frank H. Vizetelly no utiliza esa mala palabra. Soy yo mismo porque la ruta me
sitúa ahora frente al puente de la Calle 59. Debería haberlo supuesto. Tendría
que haber percibido estructuras, pero estaba demasiado distraído con la
encantadora muchacha. Probablemente estén bloqueados todos los puentes y
túneles que salen de esta isla de 24 dólares. Podría cruzar el puente, pero
podría herir a mi angelical Elizabeth Chalmers, lo que me convertiría una brute
figure y me produciría además una tristeza insuperable. Así que paré el coche.
Rendición.
—Kamerad—dije, y pregunté—: ¿Quiénes son? ¿Ku Klux Klan?
Un hombre de expresión dura dijo que no.
—¿Defensores de la Supremacía Blanca en el Mundo?
De nuevo no. Me sentí mejor. Resultaba siempre desagradable ser capturado
por tipos lunáticos que buscaban figurones.
—¿URSS?
Me miró fijamente, luego dijo:
—Agente especial Krimms del FBI —y me mostró la placa. Le abracé con
gratitud. FBI es salvación. Él retrocedió, preguntándose si yo no estaría loco.
No me preocupaba.
Besé a Elizabeth Chalmers y ella abrió su boca bajo la mano para murmurar:
—No admitas nada; niégalo todo. Te conseguiré un abogado.
Luces brillantes en la oficina de Plaza Foley. Las sillas están colocadas
exactamente así; las cortinas dispuestas exactamente así. He pasado por esto
ya tantas veces. El individuo anónimo de ojos negros de la mañana en el metro
me interroga. Se llama S.I. Dolan. Intercambiamos una mirada. La suya dice,
me engañaste esta mañana. La mía dice, eso hice. Nos respetamos; luego
empieza el interrogatorio.
—¿Se llama usted Abraham Storm?
—El sobrenombre es "Base".
—¿Nacido el 25 de diciembre?
—Sí, un niño navideño
—¿1929?
—Fui un niño de la Depresión.
—Parece usted muy bromista.
—Humor de horca, S. I. Dolan. Desesperación. Sé que nunca me harán
confesar nada, y estoy desesperado.
—Muy trágico. Quiero ser convicto... pero no puedo conseguirlo.
—¿Nacido en San Francisco?
—Sí.
—Colegio Grand. Dos años en Berkeley. Cuatro años en la marina. Terminó en
Berkeley. Doctorado en estadística.
—Sí. Muchacho cien por cien norteamericano.
—¿Ocupación actual, financiero?
—¿Oficinas en Nueva York, Roma, París y Londres?
—¿Propiedades conocidas, por cuentas bancarias, acciones y bonos, tres
millones de dólares?
—¡No, no, no! —yo estaba angustiado— Tres millones trescientos treinta y tres
mil trescientos treinta y tres dólares y treinta y tres centavos.
—Tres millones de dólares —insistió Dolan—. En números redondos
—No hay números redondos; sólo hay estructuras.
—Storm, ¿Qué demonios pretende?
—Hágame confesar—supliqué—. Quiero ir a la silla eléctrica y librarme de todo
esto.
—¿Pero de qué me habla?
—Pregunte y le explicaré.
—¿Qué está usted emitiendo desde su apartamento?
—¿Qué apartamento? Emito desde todos ellos.
—En Nueva York. No somos capaces de descifrar el código.
—No hay ningún código; todo es puro azar.
—¿Puro qué?
—Pura paz, Dolan.
—¡Paz!
—He pasado por esto ya tantas veces. En Ginebra, Berlín Londres, Río... ¿Me
permite que se lo explique a mi modo? Y, por amor de Dios, deténgame si
puede supliqué.
Tomé aliento. Resultaba siempre tan difícil. Tiene uno que hacerlo con
metáforas. Pero eran las tres y mi norteamericano duraría un rato.
—¿Le gusta bailar?
—¿Pero qué demonios...?
—Tenga paciencia. Estoy explicándoselo. ¿Le gusta bailar?
—¿Cuál es el placer de la danza? Es el que un hombre y una mujer
establezcan juntos un ritmo, una estructura una pauta. Balanceándose,
adelantándose, siguiendo, dirigiendo, cooperando. ¿No?
—¿Y qué?
—Y los desfiles. ¿Le gustan los desfiles? Masas de hombres y mujeres
cooperando para establecer estructuras pautas. ¿Por qué es la guerra época
de alegría para un país aunque nadie lo admita? Porque hay todo un pueblo
cooperando, equilibrando y sacrificando para hacer una gran estructura. ¿No?
—Ahora espere un momento, Storm...
—Escúcheme Dolan. Yo soy sensible a las estructuras... más que al baile o a
los desfiles o a la guerra; muchísimo más. Más que a la norma 2/4 de día y
noche, o a la 4/8 de las estaciones... más, mucho más. Soy sensible a la
normas de todo el espectro del universo: vista y sonido, rayos gamma,
agrupaciones de pueblos, actos de hostilidad y de benigna caridad, crueldades
y bondades, música de las esferas... y me veo obligado a compensar. Siempre.
—¿Compensar?
—Sí. Si un niño cae y se hace daño, la madre le besa. ¿No es así? Pues es
compensación. Restaura un equilibrio. Un hombre pega a un caballo, tú le
pegas a él, ¿verdad? De nuevo el equilibrio. Si un mendigo te produce
demasiada simpatía, deseas arrearle una patada. ¿No es así? Más
compensación. El marido que es infiel a su mujer es más amable de lo normal
con ella. Todas las mujeres conocen esta regla, y la temen. ¿Qué es la
deportividad sino una norma compensadora que elimina el embarazo de ganar
o perder? ¿No se buscan mutuamente asesino y victima para cumplir sus
pautas?
"Multiplique eso hasta el infinito y me tendrá a mí. Yo tengo que besar y que
dar patadas. Me veo obligado a hacerlo. Empujado. No sé cómo llamar a esta
compulsión mía. Suelen llamar Psi a la percepción extrasensorial. ¿Cómo
llamaría usted a la percepción extranormativa? ¿Pi?
—¿Pi? ¿Qué quiere decir eso ?
—La dieciseisava letra del alfabeto griego. Designa la relación entre la
circunferencia de un circulo y su diámetro. 3,14159... Ia serie continúa
interminablemente. Es trascendental y nunca puede resolverse con una
expresión finita; y para mí es una tortura... como pi en imprenta, que significa
tipo confuso y trastocado, sin orden ni concierto.
—¿Pero de qué demonios habla usted?
—Hablo de pautas, de normas; del orden del universo. Yo me veo obligado a
mantenerlo y restaurarlo. A veces me veo obligado a hacer cosas maravillosas
y caritativas actos de generosidad; otras veces me veo obligado a hacer
locuras, a hablar lenguajes extraños, a ir a sitios extraños, realizar actos
abominables, porque equilibrios que no puedo percibir exigen ajuste.
—¿Qué actos abominables?
—Puede usted investigar y yo puedo confesar, pero dará lo mismo. Las
normas no me permitirán declararme convicto. No me dejarán terminar. La
gente se niega a testificar. Los hechos no significarán pruebas. Lo hecho
dejará de estarlo. Lo malo se convertirá en bueno.
—Storm, creo que está usted loco.
—Quizás, pero tampoco podrá usted meterme en un manicomio. Se ha
intentado antes. Incluso yo mismo lo intenté. Sin resultado.
—¿Y qué me dice de esas emisiones?
—Estamos inundados de emisiones de ondas, de quantas y partículas, y yo
soy sensible también a ellas- pero están demasiado entremezcladas para
ajustarse a pautas. Hay que neutralizarlas. Así que emito una antinorma para
eliminarlas y conseguir un poco de paz.
—¿Pretende usted decirme que es un superhombre?
—No. Ni mucho menos. Sólo soy el hombre al que encontró Simón el Simple.
—No se burle.
—No me burlo. ¿No recuerda el cuento?
Dolan frunció el ceño. Por fin dijo:
—Mi nombre completo es Simon Ignacio Dolan.
—Lo siento. No lo sabía. No quería hacer ninguna alusión personal.
Me miro furioso y luego dejó mi dossier sobre la mesa. Lanzó un suspiro y se
dejó caer en una silla. Esto alteró la norma y tuve que moverme. Me miró de
reojo.
—Hombre Pi —expliqué.
—Muy bien —dijo él—. No podemos retenerle.
—Todos lo intentan —dije— pero nunca pueden.
—¿Quiénes lo intentan?
—Los gobiernos, creyendo que soy un espía; la policía, que quiere enterarse
de por qué me relaciono con tanta gente de forma tan extraña; políticos en el
exilio con la esperanza de que yo les financie una contrarrevolución; fanáticos
que sueñan que soy su rico mesías; sectas religiosas, lunáticos solitarios...
todos me persiguen, esperando poder utilizarme. Ninguno puede. Yo formo
parte de algo mucho mayor. Pienso que quizás todos formemos parte de algo
mucho mayor, aunque yo sea el primero en tener conciencia de ello.
—Confidencialmente, ¿Qué me dice de esos actos abominables?
Tomé aliento.
—Ese es el motivo de que no pueda tener amigos. Ni una chica. A veces se
ponen tan mal las cosas en un sitio que tengo que hacer terribles sacrificios
para restaurar la norma. He de destruir algo que amo. Yo... tenía un perro al
que quería mucho. No me gusta pensar en él... Tuve en tiempos una chica. Me
amaba. Y yo... Había un chico en la marina conmigo. Él... No quiero hablar de
eso.
—¿Asustado, de pronto?
—No, ni mucho menos; ¡estoy maldito! Porque algunas de las normas a las
que debo ajustarme son ritmos exteriores al mundo... algo distinto a lo que
pueda sentirse en la Tierra. 29/51... 108/303. tiempos así. ¿Qué es lo que
mira? ¿No cree usted que pueda ser aterrador? Reproduzca un tiempo 7/5
para mí.
—No sé música.
—Eso no tiene nada que ver con la música. Intente cinco con una mano y siete
con la otra, haciendo que ambas mantengan una pauta regular. Entonces
comprenderá la complejidad y el terror de esas extrañas normas que vienen a
mí.
De pronto la cara de Dolan se iluminó.
—¿Se refiere usted a algo parecido al instinto doméstico?
—¿Instinto doméstico?
—Las normas que ayudan a aves y animales a encontrar su hogar desde
cualquier sitio. Nadie sabe cómo.
—Eso mismo; sólo que mayor.
—Usted debía estar en un laboratorio, Storm. ¿Y de dónde viene todo esto?
—No sé. Es un universo desconocido, demasiado grande para abarcarlo; pero
tengo que ajustarme a los tiempos de sus ritmos y compensarlos... con mis
acciones, reacciones, emociones, sentidos, mientras esas presiones gigantes
adelante
me empujan
y me hacen
me empujan
y me hacen
retroceder
y me llevan
dentro
y atrás y fuera
—Ahora el otro brazo —dijo Elizabeth con firmeza—.
Estoy en mi cama, yo. Pensando de nuevo. La mitad (1/2) en el pijama; la otra
mitad (1/2) cogida por la chica pecosa. Me alzo. Ella empuja. El pijama puesto
ahora y me toca a mi ruborizarme. Allá en San Francisco me educaron muy
recatadamente.
—M maniadme hum —dije—. Traducción: "¡Oh la Joya en el loto!" Aludiendo a
tí. ¿Qué pasó?
—Te desmayaste—dijo ella—. El señor Dolan tuvo que dejarte marchar. El
señor Lundgren me ayudó a subirte al apartamento. ¿Cuánto he de darle?
—Cinque lire. No. ¿Parla italiano, gentile signorina?
—¿Otra vez de tus pautas?
—Ja. —Asentí y esperé. Tras unos saltos en Grecia y Portugal, el inglés
norteamericano volvió por fin a mí— ¿Por que no te largas de aquí cuando aún
estás a tiempo?
—Aún estoy ligada a ti—dijo ella—. Métete en la cama...
—No.
—Sí. Puedes casarte conmigo después.
—¿Dónde está la caja de plata?
—En el fondo del incinerador.
—¿Sabes lo que había en ella?
—Sé lo que había en ella.
—¿Y aún sigues aquí?
—Fue monstruoso lo que hiciste. ¡Monstruoso!
Su pícaro rostro estaba cubierto de maquillaje. Había estado llorando.
—¿Dónde está ahora ella?—añadió.
—No lo sé. Las comprobaciones llevan a un número de cuenta en Suiza. No
quiero saber. ¿Cuánto puede soportar el corazón?
—Creo que voy a descubrirlo—dijo ella.
Apagó las luces. En la oscuridad se oyó el rumor de la ropa. Nunca hasta
entonces había oído yo la música de una persona a la que amo desvistiéndose
para mí... para mi. Hice una última tentativa de salvar a mi amada.
—Te amo—dije—y tú sabes lo que eso significa. Cuando las normas exigen un
sacrificio, debo ser más cruel incluso contigo, más monstruoso...
—No —dijo ella—. Nunca estuviste enamorado antes. El amor también crea
normas.
Me besó. Sus labios ardían, pero su piel estaba helada. Tenía miedo, pero su
corazón latía fuerte y apasionado.
—Nada puede dañarnos ya. Créeme.
—Yo ya no sé qué creer. Formamos parte de un universo cuya grandeza es
superior a todo conocimiento. ¿Y si resulta ser demasiado gigantesco para el
amor?
—Está bien—dijo ella tranquilamente—. Si el amor es una cosa pequeña y
tiene que acabar, que acabe. Que acaben todas las cosas pequeñas como el
amor, el honor, la misericordia y la risa... si hay algo mayor más allá.
—Pero, ¿Qué puede ser mayor que eso? ¿Qué puede haber más allá?
—Si somos demasiado pequeños para sobrevivir, ¿Cómo vamos a poder
saberlo?
Se deslizó muy cerca de mí y los extremos de su cuerpo eran como escarcha.
Y así, juntos, pecho con pecho, caldeándonos con nuestro amor, criaturas
asustadas en un mundo portentoso más allá del conocimiento... Aterrador y sin
embargo espeeeraaadooo.
FIN
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