Infolinks In Text Ads

.

Enter your email address:

Delivered by FeedBurner

.

GOTICO

↑ Grab this Headline Animator

Creative Commons License Esta obra es publicada bajo una licencia Creative Commons. PELICULAS PELICULAS on line JUEGOS BEN 10 VIDEOS + DIVERTIDOS LA BELLA SUDAFRICA RINCONES DEL MUNDO COSMO ENLACES DIRECTORIO PLANETARIO CREPUSCULO CORTOS DE CINE SALIENDO DEL CINE SERIES Carro barato japon Cursos first certificate en bilbao
INFOGRAFIA ESTORES ALQUILER DE AUTOS EN LIMA HURONES POSICIONAMIENTO WEB ¡Gana Dinero con MePagan.com! Herbalife Amarres de amor Union de parejas Desarrollo de software a medida Bolas chinas Comprar en china Amarres de Amor Hosting Peru Noticias Anime Actualidad de cine Ver peliculas

Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

-

-

.

-

Seguidores

martes, 5 de mayo de 2009

LOS INMORTALES --- MARTIN AMIS

Martín Amis
Los inmortales




Vaya perspectiva. Pronto toda la gente se habrá ido y me quedaré para siempre solo. Con tanta radiación solar los seres humanos que aún circulan se encuentran en muy mal estado, sin contar los problemas de inmunidad, el régimen a base de ratas y cucarachas y cosas por el estilo. Son los últimos; pero no pueden durar mucho (claro que intenta decírselo a ellos). Aquí están de nuevo; tambaleando, se asoman a mirar el infierno del atardecer. Todos padecen enfermedades y delirios. Todos se creen que son... Pero dejemos en paz a los pobres hijos de perra. Ahora me siento libre para desnudar mi secreto.
Soy el inmortal.
Hace un tiempo increíblemente largo que estoy por aquí. Si el tiempo es dinero, yo soy el último de los grandes derrochadores. Y, sabéis, cuando uno ha estado en circulación tanto tiempo como yo, la escala diurna, ese número de veinticuatro horas, puede empezar a demolerte el ánimo. Yo intenté buscar un esquema más amplio. Y tuve mis éxitos. Una vez me mantuve despierto siete años seguidos. Sin siquiera una siesta. Qué mareo, amigo. Por otro lado, esa vez que estuve enfermo en Mongolia dormí durante toda una década. Sin nada que hacer, de paseo por un oasis del Sahara, me rasqué el ombligo durante dieciocho meses. En una ocasión –cuando no había nadie alrededor– me la estuve meneando un verano entero. Hasta los inalterables cocodrilos me envidiaban los baños en los ríos sin tiempo. Francamente, no había mucho más que hacer. Pero al fin interrumpí estos experimentos y con mansedumbre me uní a la rutina noche-día. Me pareció que necesitaba dormir. Me pareció que necesitaba hacer las cosas que al parecer necesita hacer la gente. Cortarme las uñas. Comparecer ante el vaso y la bacía de afeitar. Ir a la peluquería. Todas esas distracciones. No me extraña que nunca haya terminado nada.
Nací, o aparecí o me materialicé o despunté, cerca de la ciudad de Kampala, Uganda, en Africa. Claro que Kampala todavía no existía, y Uganda tampoco. Africa tampoco, si vamos al caso, porque en aquellos tiempos todas las masas de tierra estaban unidas. (Tuve que esperar hasta el siglo veinte para verificar muchas de estas cosas.) Pienso que debo de haber sido un dios falso o algo así; cabe concebir que llegué de un planeta que se regía por un reloj diferente. De todos modos nunca llegué muy lejos. Aunque larga, mi vida ha sido en todos los sentidos fútil. Tuve que parar el carro durante un buen rato antes de que aparecieran seres humanos con los que tratar. El mundo todavía se estaba enfriando. Me pasé toda la geología sentado, esperando que llegara la biología. Solía canturrear junto a esos estanques tibios donde empezó la vida sembrada desde el espacio. Sí, allí estaba yo, alentándoos desde la línea de banda. Pues tenía instintos gregarios y me sentía terriblemente solo. Y hambriento.
Entonces se manifestaron las plantas, lo cual significó un simpático cambio y ciertos tipos rudimentarios de animales. Pasado un tiempo comprendí y me hice carnívoro. Me convertí en un cazador prodigioso en parte por autodefensa. (No era tanto una cuestión de supervivencia como que a nadie le gusta que lo huelan, lo desgarren y lo mastiquen, todo al mismo tiempo.) No había animal que pudiera soñarse que yo no fuera capaz de matar. También tenía mascotas. Era una forma de vida al aire libre muy saludable, aunque no demasiado estimulante. Yo anhelaba... reciprocidad. Pero si pensé que el período pérmico era lo peor, fue sólo porque aún no me había tocado vivir el triásico. No puedo deciros lo aburrido que era. Y entonces, antes de que pudiera darme cuenta –esto habrá sido alrededor del 6.000.000 a. de C.– vino la primera Edad de Hielo (no oficial) y tuvimos que empezar todos de nuevo, más o menos desde la línea de largada. Las Edades de Hielo, admito, fueron golpes considerables a mi moral. Uno sabía cuándo se acercaban: solía haber una especie de espectáculo cósmico de luces y luego, con demasiada frecuencia, una espantosa borrasca de impactos retardados; luego polvo, y bellos crepúsculos; por fin, la oscuridad. Ocurrían regularmente, cada 70.000 años justos. Guiándose por ellas uno podía poner el reloj en hora. La primera Edad de Hielo acabó con los dinosaurios; eso al menos dice la teoría. Yo sé que no fue así. Podrían haberse salvado si se hubieran apretado el cinturón y hubiesen sido sensatos. Los trópicos eran bastante calurosos y sombríos, cierto, pero perfectamente habitables. No, los dinosaurios se lo buscaron: eran una pandilla lamentable. Son las películas de aventuras sobre el mundo perdido las que dicen la verdad sobre su muerte. Increíblemente estúpidos, increíblemente quisquillosos; e increíblemente grandes. Y siempre buscando camorra. El lugar parecía un patio de peleas. Yo, por supuesto, ya había descubierto el fuego, de modo que comía bien. Hamburguesas todas las noches.
La primera hornada de hombres-mono fue una carga enorme en lo que a mí concernía. En cierto modo me agradó verlos, pero en general era un lío. ¿Tanta evolución para eso? Hubo una época de brutalidad antes de que llegaran a algo, e incluso entonces siguieron siendo ansiosos y paranoicos. Yo, con mi casita, mis trajes de piel, mi cara bien afeitada y mis barbacoas, sobresalía. De vez en cuando me convertía en objeto de odio, o de adoración. Pero ni siquiera los amistosos me servían de algo. Ugh. Ij. Akk ¿Qué nombre se le da a semejante conversación? Y cuando al fin mejoraron, y me hice unos cuantos amigos y empecé a tener relaciones con las mujeres, sobrevino un descubrimiento espantoso. Yo había pensado que iban a ser diferentes, pero no. Todos envejecían y morían, como mis mascotas.
Como están muriendo ahora. Todos muriendo alrededor de mí. Al principio todos aquí nos alegramos cuando el mundo comenzó a entibiarse. Nos alegró que las cosas se iluminaran. El invierno siempre es duro; pero de algún modo el invierno nuclear es especialmente sombrío. Hasta yo llegué a cansarme de una noche que duró tres años (y Nueva Zelanda, me parece a mí, está bastante muerta incluso en las mejores épocas). Por un tiempo la gran fiebre fue tomar el sol. Pero luego la cosa pasó de la raya hacia el otro lado. Empezó a ponerse cada vez más caluroso, o más bien hubo un cambio en la naturaleza del calor. No daba la sensación de ser luz de sol. Más bien parecía un gas o un líquido: parecía lluvia, muy fina, muy caliente. Y los edificios, por lo que se notaba, no la rechazaban de la manera adecuada, ni siquiera aquellos que tenían techo. La gente dejó de adorar al sol y se hizo adoradora de la luna. La vida se volvió nocturna. Ellos están de lo más animados, teniendo en cuenta la situación, y se compadecen más de los otros que de sí mismos. Supongo que es una suerte que no puedan predecir lo que se viene. Pobres mortales, me dan pena. No son capaces de hacer nada en absoluto con esa fiera fundida que hay en medio del cielo. Se enfrentaron con la ira, después se enfrentaron con el frío; y ahora los están nuclearizando de nuevo. Los está renuclearizando, multinuclearizando el lento reactor del sol.
El Apocalipsis sucedió en el año 2045 d. de C. Cuando tuve la certeza de que se acercaba fui directamente al centro de la acción: Tokio. Saldré ahora mismo al paso y diré que me encontraba de lo más dispuesto a marcharme. No es que estuviera especialmente deprimido o algo así. Sin duda no estaba tan deprimido como ahora. De hecho acababa de emerger de una resaca de cinco años y el futuro se me aparecía luminoso. Pero el planeta estaba en un estado desesperante en aquel entonces y yo no quería participar más. Quería irme. Nada se las había arreglado nunca para matarme, y comprendí que la única oportunidad radicaba en el impacto directo de un misil. Yo soy cósmico (en tiempo), pero también lo son las armas nucleares (en poder). Si un misil no consigue borrarme del mapa, me decía, pues bien, nada lo conseguirá. Sólo tenía una seria duda. El despliegue de moda por entonces consistía en detonaciones de tapiz en la escala de los cien kilotones. Personalmente yo hubiese preferido algo mayor, digamos algo así como un megatón. Había perdido el barco. Debería haber aprovechado la oportunidad en los días de las pruebas atmosféricas. Solía morderme los codos pensando en la hija de puta de sesenta megatones que los soviéticos habían probado en Siberia. Sesenta millones de toneladas de TNT: está claro que ni siquiera yo me habría salvado... Alquilé una habitación en el último piso del Century Inn, cerca de la torre de Tokio, bien en el centro de la ciudad. Esta vez quería colocarme en primera fila. Me pareció que en el hotel estaban contentos con el cliente. Los negocios no parecían ir viento en popa. Todo el mundo sabía que el final comenzaría allí, igual que un siglo atrás. Y a esa altura, de cualquier modo, las ciudades estaban muriendo en todas partes... Por la noche hice estallar mi dinero. Soborné al guardia del piso y me franqueó el acceso a la azotea: el sueño final. La ciudad se contorsionaba de pánico. Yo me contorsionaba de esperanza. Si esto suena egoísta, pido excusas ¿Pero a quién? Cuando oí las sirenas gimiendo en el aire me puse de pie de un salto y permanecí inmóvil, desnudo, en puntas de pie, con los brazos extendidos. Y luego ocurrió, como si le abrieran la cremallera al universo.
En primer lugar debo haber absorbido una buena cantidad de radiación inmediata, que más tarde me provocaría tremendas jaquecas. En seguida pensé que Dionisio me estaba haciendo cosquillas hasta matarme. Al mismo tiempo, me apabullaron la onda electromagnética y la embestida térmica. Por las partículas radiactivas no tenéis que preocuparos. Hacedme caso, es la menor de las dificultades. Pero el calor es otra cosa. Son unas temperaturas capaces de convertir a un ser humano en una sombra en la pared. Hasta yo me resequé un poco. Aunque ahora pueda bromear (eso sí que era calor, madre mía; uf, vaya bochorno), en el momento confieso que me alarmé. Yo no podía respirar y se me nubló la vista –otro detalle importante: no me morí, pero al menos me desmayé–. Y por un buen rato, pues cuando me desperté había desaparecido todo. Me había pasado durmiendo todo el estallido, la conflagración, el tifón mortífero. Físicamente me sentía bien. Físicamente me encontraba, como se dice, en forma. Mi resaca había desaparecido por completo. Pero en todos los demás aspectos sentía un desacostumbrado decaimiento. Sí, estaba infinitamente deprimido. Todavía lo estoy. Oh, finjo alegría, pongo cara de ánimo; pero a menudo pienso que esta depresión no acabará nunca, que me durará hasta el fin de los tiempos. No se me ocurre nada que tenga buenas posibilidades de levantarme el ánimo. Pronto la gente desaparecerá y me quedaré solo para siempre.
Son gente de arena, gente de polvo, gente de polvo. Los aprecio, por supuesto, pero no sirven de gran compañía. Están profundamente enfermos y profundamente locos. A medida que menguan, que declinan y se marchitan, parecen ir adoptando grandes ideas sobre sí mismos. Entre nosotros, yo tampoco me siento como una lechuga. Tengo buen aspecto, el mismo que solía tener; pero sin duda hubo tiempos en que me sentí mejor. Mi trato con las enfermedades, dicho sea de paso, es como sigue: las contraigo, me hacen daño y todo eso, y no obstante nunca resultan fatales. Se van, o yo me adapto. Para daros un ejemplo, hace setenta y tres años que tengo sida. Sencillamente no me lo puedo sacudir de encima. Falta una hora para que amanezca y las estrellas todavía brillan con su nuevo afilado esplendor. Los seres humanos ya vuelven a las casas. Algunos caerán en un sueño tembloroso. Otros se reunirán junto a la artesa contaminada y hablarán todo el día de sus patrañas. Yo me demoraré afuera un rato más, solo, bajo el inmortal calendario del cielo.
La antigüedad clásica fue interesante (calculo que acabo de dar un buen salto, pero no es mucho lo que os perdéis). Fue en la Roma de Calígula donde me di cuenta de que tenía un problema de alcoholismo. Empecé a pasar más y más tiempo en Cercano Oriente, donde siempre había animación. Le tomé la medida a las reglas maestras de la economía y florecí como comerciante mediterráneo. Para mí las largas excursiones de ida y vuelta a las Indias no eran nada del otro mundo. Me fue bien pero no fabulosamente y hacia el siglo diez había vuelto a recalar en Europa Central. Juzgándolo ahora, da la impresión de que cometí un error ¿Sabéis cuál fue mi período favorito? Sí: el Renacimiento. Estuvisteis realmente bien. Para ser sincero, me sorprendisteis. Yo me había pasado bostezando quinientos años de plagas, religión y talento nulo. La comida era espantosa. Nadie tenía buen aspecto. El arte y las artesanías apestaban. Entonces: ¡bum! Y encima todo al mismo tiempo. Me encontraba en Oslo cuando me enteré de lo que estaba ocurriendo. Dejé todo y me subí al primer barco que zarpaba para Italia, aterrorizado de perdérmelo. Ah, era el paraíso. Cuando esos tipos pintaban una pared, un techo o lo que fuera, pintado quedaba. Allí vivíamos dentro de una obra maestra. Al mismo tiempo, a mi entender, había algo de ominoso. Yo advertía que, en todo sentido, erais capaces de cualquier cosa. Y después del Renacimiento ¿con qué me encuentro? Con el Racionalismo y la Revolución Industrial. Crecimiento, progreso, la gran estampida petroquímica. Justo cuando pensaba que no podía haber siglo más tonto que el diecinueve, se presenta el veinte. Os juro, el planeta entero parecía estar representando un certamen de estupidez. Yo ya veía entonces cómo iba a acabar la historia humana. Cualquiera podía verlo. No había alternativas.
Mis intentos de suicidio se remontan a la Edad Media. Me lo pasaba tirándome de las montañas y números así. Piedras al cuello, etcétera. Nunca daban resultado. Jesús, he hecho de pararrayos más veces de las que puedo recordar, y he vivido para contarlo. (Una vez me dio un meteorito en plena cara; salir arrastrándome de debajo me costó lo mío, y me sentí descompuesto toda la tarde.) Y todo esto sin contar las innumerables guerras en que luché. A lo largo de milenios la milicia fue mi pasión –ya sabéis cómo anda el mundo–, pero a comienzos del siglo quince empecé a cansarme. Yo, que había luchado con Alejandro, con los grandes Khanes, de pronto me encontraba en medio de una pesadilla de vagos asquerosos enfrentándose a otra pandilla de vagos asquerosos. Eso fue en Agincourt. Para la guerra de Semana Santa ya estaba harto. Parecía que toda la improvisación –todo el saber y la capacidad– había desaparecido. No había más que muerte, pura y simple. Y mis experiencias en el teatro nuclear no han servido para nada para restaurar la aventura perdida... De veras... lentamente yo iba perdiendo el interés por todo. En general me iba volviendo más ermitaño y neurótico. Y estaba la bebida. De hecho, cuando promediaba el siglo veinte mi problema de alcoholismo se me escapó de las manos. Una vez, tuve una borrachera que me duró noventa y cinco años. Desde 1945 hasta 2039 estuve hecho una cuba. Nómada metropolitano, me ganaba la vida vendiendo mi pasado, vendiendo historia: baratijas fenicias, rollos hebreos, botines de guerra –algunas de estas cosas bien valían una bomba–. Me derrumbé. Perdí todo respeto por mí mismo. Era como un pasajero de un avión averiado que, con la bolsa del duty-free colgándole de la boca, procura encontrar ese estado en el que nada importa. Así parecía estar comportándose el mundo entero. Y ese estado es imposible de encontrar. Porque no existe. Porque las cosas importan. Incluso aquí.
La visión de Tokio después del ataque nuclear no era agradable. Un aceitoso pastel negro con pequeños brocados de fuego. Mi vida había estado atiborrada de muerte –la muerte es mi vida–, pero ese surco era nuevo. Había desaparecido todo. No sucedía nada. La única luz, la única actividad, provenía de los haces de plasma y los pequeños cohetes que algún satélite perdido o algún submarino vagabundo seguían disparando. ¿Pero qué hacen?, me pregunté ¿Para qué bombardean este cementerio? No me preguntéis cómo me las arreglé para llegar aquí, a Nueva Zelanda. Es una larga historia. Y fue un largo viaje. En otros tiempos, desde luego, hubiera podido hacerlo a pie. No tenía planes. Me limité a seguir las huellas de la vida.
Fui en balsa hasta el continente y allí tampoco había nada. Todo estaba muerto. (Para ser justo, buena parte ya había muerto antes.) De vez en cuando, mientras me dirigía a tientas hacia el sur, veía una mancha de liquen o un hongo deformado, y más tarde alguna cucaracha con una sola pata, o una rata ciega, cosas así, y eso me levantaba el ánimo por un rato. Pasaron unos buenos dieciocho meses antes de que me cruzara con seres humanos dignos de tal nombre; fue en Thailandia. Era una pequeña comunidad pesquera protegida por un pico de las montañas costeras y por anómalas condiciones de viento (por entonces no había otras condiciones de viento más anómalas). La gente lo pasaba mal, naturalmente, pero aún seguía sacando algo del mar, si bien no se lo podía llamar exactamente pescado. Les supliqué que me dieran una barca y se negaron, lo cual era comprensible. Como no quería discutir, me quedé por allí hasta que se murieron. No fue mucho tiempo. Si no recuerdo mal, tuve que esperar unos cuatro años. Luego cargué mis cosas, me hice a la mar y no me importó adónde demonios me llevaban los vientos. Sencillamente me hice a la mar muerta con la esperanza de encontrar vida.
Y en cierto modo la encontré aquí, entre la gente del polvo. Los últimos. Más me vale aprovecharlos al máximo porque son los últimos seres humanos que me quedan. Lamento que vayan a irse ¿Qué significa necesitar a los demás, necesitar que los demás sean?
Una vez me encontraba en China con mucho dinero y un siglo que perder, compré una elefanta recién nacida y la cuidé hasta que se hizo inválida. La llamaba Babalaya. Vivió ciento treinta años y tuvimos tiempo de llegar a conocernos muy bien. Esa manera juguetona que tenía de sacudir la cabeza. La silueta graciosa: tanto bulto y nada de culo (desde atrás parecía un peón caído sobre el mostrador de un pub de Dublín). Babalaya, la única mujer que me importó de verdad... No, eso no es cierto. No sé por qué lo digo. Pero las relaciones largas siempre me han resultado difíciles y he tendido a poner aire de por medio. Sólo me he casado ochocientas o novecientas veces –no soy de los que llevan la cuenta–, y no creo que el total de mis hijos llegue a las cuatro cifras. También tuve mis épocas de gay. Estoy seguro, no obstante, que os dais cuenta del problema. Yo estoy acostumbrado a ver cómo se abren paso hacia el cielo montañas enteras, cómo se forman deltas. Eso que se dice sobre que el Atlántico o lo que sea se hunde a un ritmo de una pulgada por siglo; bueno, yo lo noto. Heme allí, pues, viviendo con una preciosidad. Un parpadeo... y se ha vuelto una ruina. Mientras que yo permanecía varado en un mediodía impecable, daba la impresión de que el tiempo garabateaba el rostro de todo el mundo: se encogían, se ensanchaban, se desflecaban. No es que a mí me importase tanto, pero las mujeres no sabían cómo manejarlo. Las volvía locas. “Hace veinte años que estamos juntos”, decían. “¿Cómo es que yo parezco una mierda y tú no?”. Además, no era muy astuto quedarse mucho en un solo lugar. Veinte años ya era alargarlo demasiado. Y yo lo alargaba, muchas veces, por los niños. Aparte de eso sólo tenía aventuras sin importancia. ¿Pensáis que los líos de una noche son de lo más insatisfactorios? Pues imaginaos lo que pienso yo. Para mí veinte años son un lío de una noche. No, ni siquiera. Para mí veinte años son un polvo de ascensor... Y había complicaciones desagradables. Por ejemplo, una vez vi a una nieta mía tosiendo y cojeando por el soukh de Jerusalén. La reconocí porque ella me reconoció a mí; dejó escapar un alarido áspero, mientras me señalaba con un dedo que por cierto llevaba un anillo que yo le había regalado de pequeña. Y ahora era pequeña de nuevo. Lamento decir que en los días más tempranos cometí incesto con bastante regularidad. En ese entonces no había manera de evitarlo. No sólo se trataba de mí: todo el mundo andabaen lo mismo. Un millón de veces he visto partir a los míos, y un millón de veces más. Qué dolor he conocido, qué megatones de dolor. A todos los echo de menos; cómo los echo de menos. Echo de menos a mi Babalaya. Pero comprenderéis que cualquier clase de relación ha de resultar bastante tempestuosa (es imposible eliminar las tensiones) cuando uno de los dos es mortal y el otro no.
La única celebridad que llegué a conocer bien fue Ben Jonson, en el Londres de esos tiempos, cuando regresé de Italia. Ben y yo éramos compinches de bebida. Cuando se emborrachaba era estridente, y a veces también sentimental; y por supuesto que todo el asunto de Shakespeare lo deprimía mucho. Ben solía deshacerse en lágrimas leyendo las cosas de ese hombre. A Shakespeare lo vi una o dos veces por la calle. Nunca nos encontramos, aunque sí nuestros ojos. Siempre tuve la sensación de que juntos habríamos llegado lejos. Yo veía el mundo como Shakespeare. Y apuesto a que hubiera podido proporcionarle material interesante.
Pronto habrá desaparecido toda la gente y me quedaré para siempre solo. Hasta Shakespeare habrá desaparecido, aunque no del todo, porque sus versos seguirán viviendo en esta vieja cabeza mía. Me acompañará la memoria. Me acompañarán los sueños. Sólo faltará la gente. Cierto es que ya viví un montón de años vacíos antes de que los seres humanos llegaran, de modo que estoy acostumbrado a la soledad. Pero esta vez será distinto, sin la esperanza de que al final aparezca alguien.
Ahora no hay ningún clima. Los días son apenas una máscara de fuego, y a mí el cielo nocturno me parece siempre un poco igual. Antes, en el vacío temprano, había animales, había plantas, había divagaciones de la naturaleza. Ahora, bueno, no hay mucho sobre lo que divagar. Yo advertí lo que le estabais haciendo al lugar ¿Qué sucedió? ¿Era demasiado bonito, o qué? Jesús, no estuvisteis aquí más de diez minutos. Y mirad lo que habéis hecho.
Reunida alrededor del pozo envenenado, la gente bosteza y masculla. Son los últimos. Han intentado tener hijos –yo he intentado tener hijos– pero no funciona. Los bebés que consiguen nacer no tienen buen aspecto, y parece que no pueden desarrollar ninguna inmunidad. La verdad sea dicha, la inmunidad no abunda. Todo el mundo anda escaso de ella.
Son los últimos y están dementes. Sufren de desengaño en masa. De veras, es de lo más loco. Están todos convencidos de que son... de que son eternos, de que son inmortales. Y no fui yo quien les dio la idea. Yo he mantenido la boca cerrada, como siempre, por hábito adquirido. He sido discreto. No soy de esos pesados que junto al fuego te cuentan cómo conocieron a Tutankamon y sedujeron a la reina de Saba o a María Antonieta. Se creen que vivirán siempre. Pobres hijos de perra, si supieran.
Yo también suelo engañarme. A veces me entra la extraña idea de que sólo soy un insignificante maestro de escuela neocelandés que nunca hizo nada ni fue a ninguna parte y ahora se está muriendo penosa y ruidosamente de radiación solar junto con todo el mundo. Es raro lo palpable que resulta este pasado falso, y qué humano: casi siento que si estiro la mano podré tocarlo. Hubo una mujer, y un hijo. Una mujer. Un hijo... Pero enseguida despierto. Enseguida me rehago. Enseguida me enfrento al hecho trágico de que para mí no habrá fin, ni siquiera después de que muera el sol (lo que al menos debería ser bastante espectacular). Yo soy el Inmortal.
Últimamente he empezado a quedarme afuera durante el día. Bah, qué demonios. Y me he fijado que lo mismo hacen los seres humanos. Aullamos y bailamos y sacudimos la cabeza. Crujimos de cánceres, chisporroteamos de sinergismos bajo el furioso cielo sin pájaros. Con timidez espiamos el vasto círculo blanco del sol. Claro está que yo puedo permitírmelo, pero para los seres humanos es el suicidio. Esperad, me gustaría decirles. Todavía no. Cuidado... os haréis daño. Por favor. Por favor, tratad de durar un poco más. Pronto habréis desaparecido y yo me quedaré solo para siempre.
Yo... Yo soy el Inmortal.

lunes, 4 de mayo de 2009

Ray Bradbury - Y la Roca Gritó

Ray Bradbury - Y la Roca Gritó
,,,
Las reses muertas, colgadas al sol, vinieron rápidamente hacia ellos.
Vibraron, calientes y rojas, en el aire verde de la selva, y
desaparecieron. El hedor entró en ráfagas por las ventanillas del
automóvil. Leonora Webb apretó rápidamente el botón que alzó el cristal
con un suspiro.
-Dios santo -dijo -, esas carnicerías al aire libre.
El olor había quedado en el coche, un olor a guerra y horror.
-¿Has visto las moscas? -preguntó la mujer.
-En estos mercados, cuando compras carne -dijo John Webb -, tienes que
golpearla con las manos. Sólo así puedes mirarla, cuando las moscas se han
ido.
En el camino verde, húmedo y selvático apareció una curva.
-¿Crees que nos dejarán entrar en Juatala?
-No sé.
-¡Cuidado!
Webb vio demasiado tarde los objetos brillantes que atravesaban parte del
camino. No pudo esquivarlos. El neumático de una rueda delantera lanzó un
terrible suspiro. El coche dio un salto y se detuvo.
John Webb salió del coche. La selva se alzaba cálida y silenciosa, y la
carretera se extendía desierta, muy desierta y tranquila bajo la luz alta
del sol.
Caminó hasta el frente del coche y se inclinó hacia la rueda, con una mano
en el revólver bajo el brazo izquierdo.
El cristal de Leonora descendió relampagueando.
-¿Está muy estropeada la cubierta?
-¡Arruinada, totalmente arruinada!
Webb alzó el objeto brillante que había abierto y desgarrado el neumático.
-Trozos de machete roto -dijo - clavados en listones de adobe y apuntados
a las ruedas de nuestros autos. Tenemos suerte de que no nos hayan
estropeado todas las cubiertas.
-Pero, ¿por qué?
-Lo sabes tan bien como yo.
Webb señaló con un movimiento de cabeza el periódico extendido junto a su
mujer, la fecha de los titulares.
4 DE OCTUBRE DE 1963: ¡ESTADOS UNIDOS Y EUROPA EN SILENCIO!
Las radios de los EE.UU. y Europa han callado. Reina un gran silencio. La
guerra se ha devorado a sí misma.
Se cree que ha muerto la mayor parte de la población de los Estados Un
¡dos. Se supone que la población de Europa, Rusia y Siberia ha sido
igualmente diezmada. Los días de la raza blanca en la tierra han terminado.
-Todo fue tan rápido -dijo Webb -. Una semana antes estábamos de
vacaciones, descansando de las fatigas del hogar. A la semana siguiente...
esto.
El hombre y la mujer alzaron la vista de los grandes titulares y miraron
la selva.
La selva les devolvió vastamente la mirada, con un silencio de musgos y
hojas, con un billón de ojos de insecto, de esmeralda y diamantes.
-Ten cuidado, Jack.
John Webb apretó dos botones. Un elevador automático silbó bajo las ruedas
delanteras y sostuvo el coche en el aire. Webb metió nerviosamente una
llave en la taza de la rueda derecha. La cubierta, junto con un aro
metálico, saltó de la rueda con un ruido de succión. Bastaron pocos
segundos para instalar la rueda de repuesto y llevar rodando la cubierta
desgarrada al compartimento de equipajes. Webb hizo todo esto con el
revólver en la mano.
-No te quedes afuera, por favor, Jack.
-Así que ya ha empezado. -Webb sintió el ardor del sol en el cuero
cabelludo.- Cómo corren las malas noticias.
-Por Dios -dijo Leonora -. ¡Pueden oírte!
Webb clavó los ojos en la selva.
-¡Sé que están ahí! -gritó.
-¡Jack!
El hombre volvió a gritarle a la selva silenciosa.
-¡Los veo!
Disparó su pistola, cuatro, cinco veces, rápidamente, furiosamente.
La selva devoró las balas estremeciéndose apenas, con un leve ruido, como
si alguien desgarrase una pieza de seda. Las balas se hundieron y
desaparecieron en un millón de hectáreas de hojas verdes, árboles,
silencio y tierra húmeda. El eco de los tiros murió rápidamente. Sólo se
oía el murmullo del tubo de escape. Webb caminó alrededor del coche, entró
y cerró la portezuela.
Ya en su asiento, volvió a cargar el revólver y se alejaron de aquel sitio.
Viajaban velozmente.
-¿Viste a alguien?
-No. ¿Y tú?
La mujer sacudió la cabeza.
-Vamos muy rápido.
Webb aminoró la marcha justo a tiempo. Al volver una curva, aparecieron
otra vez aquellos objetos brillantes, ocupando el lado derecho del camino.
Webb desvió el coche hacia la izquierda, y pasaron.
-¡Hijos de perra!
-No son hijos de perra. Son sólo gente que nunca tuvo coches como éste, ni
ninguna otra cosa.
Algo golpeó levemente el vidrio delantero.
Un líquido incoloro rayó el vidrio.
Leonora alzó los ojos.
-¿Va a llover?
-No. Fue un insecto.
Otro golpecito.
-¿Estás seguro que fue un insecto?
Otro golpe, y otro y otro.
-¡Cierra la ventanilla! -dijo Webb, acelerando.
Algo cayó en el regazo de Leonora. Leonora bajó la cabeza y miró. Webb se
inclinó para tocarlo.
-¡Rápido!
Leonora apretó el botón. La ventanilla se cerró bruscamente.
Luego Leonora volvió a mirarse el regazo.
El diminuto dardo de cerbatana brillaba sobre su falda.
-Que no te toque el líquido -dijo Webb -. Envuelve el dardo en tu pañuelo.
Lo tiraremos más tarde.
El coche corría a cien kilómetros por hora.
-Si nos encontramos otra vez con esos obstáculos, estamos perdidos.
-Se trata de algo local -replicó Webb -. Saldremos de esto.
Seguían los golpes. En el parabrisas se sucedían las descargas.
-¡Pero ni siquiera nos conocen! -exclamó Leonora Webb.
-Ojalá nos conociesen. -Las manos de Webb apretaron el volante.- Matar a
gente conocida es difícil, pero no a extranjeros.
-No quiero morir -dijo la mujer, simplemente.
Webb se metió la mano bajo la chaqueta.
-Si me pasa algo, el revólver está aquí, úsalo, por amor de Dios, y no
pierdas tiempo.
Leonora se acercó a su marido y corrieron a ciento veinte kilómetros por
hora por el camino, ahora recto, que atravesaba la selva, sin decir una
palabra.
Con las ventanillas levantadas, el interior del coche era un horno.
-Era tan tonto todo eso -dijo Leonora al fin - Poner cuchillos en el
camino. Tratar de herirnos con dardos. ¿Cómo pueden saber que el coche que
va a pasar lleva gente blanca?
-No les pidas que sean lógicos -dijo Webb -. Un coche es un coche. Es
grande, es lujoso. El dinero de un coche les duraría toda la vida. Y
además, si logran detener un coche, pueden sorprender a un turista
americano o un rico español, cuyos antecesores podrían haberse comportado
mejor. Y si detienen a otro indígena, diablos, se le ayuda a salir del
apuro y cambiar las ruedas.
-¿Qué hora es? -preguntó Leonora.
Webb se miró por milésima vez la muñeca desnuda. Inexpresivamente, sin
mostrarse sorprendido, se puso a pescar con una mano el brillante reloj de
oro que llevaba en un bolsillo del chaleco. Un año antes un nativo había
clavado los ojos en ese reloj, y lo había mirado fijamente, fijamente,
casi como con hambre. Luego el nativo lo había examinado a él, sin burla,
sin odio, ni triste ni alegre, sólo perplejo.
Webb se había quitado aquel día el reloj y nunca, desde entonces, había
vuelto a usarlo en la muñeca.
-Mediodía -dijo.
Mediodía.
La frontera apareció ante ellos. La vieron y los dos lanzaron un grito, a
la vez. Se acercaron, sonriendo, sin saber por qué sonreían...
John Webb sacó la cabeza por la ventanilla, comenzó a hacerle señas al
guarda del puesto fronterizo, y luego, dominándose, salió del coche.
Caminó hacia la estación. Tres hombres jóvenes, muy bajos, vestidos con
terrosos uniformes, hablaban de pie. No miraron a Webb, que se detuvo ante
ellos. Continuaron conversando en español, ignorándolo.
-Perdón -dijo John Webb al fin -. ¿Podemos cruzar la frontera hasta
Juatala?
Uno de los hombres se volvió un momento hacia Webb.
-Lo siento, señor
Los tres hombres volvieron a hablar.
-Usted no entiende -dijo Webb, tocando el codo del primer hombre - Tenemos
que pasar.
El hombre sacudió la cabeza.
-Los pasaportes ya no sirven. ¿Y por qué van a dejar nuestro país de todos
modos?
-Lo anunciaron por radio. Todos los norteamericanos tienen que dejar el
país en seguida.
-Ah, sí, sí.
Los tres soldados se miraron de soslayo con los ojos brillantes.
-0 serán multados o encarcelados, o ambas cosas -dijo Webb.
-Podemos dejarles cruzar la frontera, pero en Juatala les darán
veinticuatro horas para que se vayan también. Si no lo cree, ¡escuche! -El
guarda se volvió y llamó a través de la frontera ¡Eh! ¡Eh!
En pleno sol, a cuarenta metros de distancia, un hombre que se paseaba
lentamente, con el rifle en los brazos, se volvió hacia ellos.
-Hola, Paco, ¿quieres a estos dos?
-No, gracias, gracias, no -replicó el hombre del rifle, sonriendo.
-¿Ve usted? -dijo el guarda volviéndose hacia John Webb.
Los tres soldados se rieron.
-Tengo dinero -dijo Webb.
Los tres hombres dejaron de reír.
El primer guarda se adelantó hacia John, y su cara no era ahora lánguida
ni condescendiente. Parecía una piedra oscura.
-Sí -dijo -. Siempre tienen dinero. Ya lo sé. Vienen aquí y piensan que
con ese dinero se consigue todo. ¿Pero qué es el dinero? Es sólo una
promesa, señor. Lo he leído en los libros. Y cuando alguien ya no cree en
promesas, ¿qué pasa entonces?
-Le daré lo que quiera.
-¿Sí? -El guarda miró a sus compañeros.- Me dará lo que yo quiera. -Y
añadió dirigiéndose a Webb:- Es ¡in chiste. Siempre fuimos un chiste para
ustedes, ¿no es cierto?
-No.
-Mañana, y se reían (le nosotros. Se reían de nuestras siestas y nuestros
mañanas, ¿no es así?
-No era yo. Algún otro.
-Sí, usted.
-Nunca he estado en este puesto.
-Yo sin embargo lo conozco. Venga aquí, haga esto, haga aquello. Oh, tome
Un peso, cómprese villa casa. Vaya allí, haga esto, haga aquello.
-No era yo.
-Se parecía a usted de todos modos.
Estaban en el -sol, con las oscuras sombras tendidas a sus pies, y la
transpiración les coloreaba las axilas. El soldado se acercó todavía más a
Webb.
-Ya no tengo que hacer cosas para usted.
-Nunca las hizo. Nunca se las pedí.
-Está usted temblando, señor.
-Estoy muy bien. Es el sol.
-¿Cuánto dinero tiene? -preguntó el guarda.
-Mil pesos para que ¡los dejen pasar, y otros mil para el hombre del otro
lado.
El guarda se volvió otra vez.
-¿Mil pesos es bastante?
-No -dijo el otro guarda -. ¡Dile que nos denuncie! -Sí -dijo el guarda,
mirando nuevamente a Webb -. Denúncieme. Hágame despedir. Ya me
despidieron una vez, hace años por culpa suya.
-Fue algún otro.
-Anote mi nombre. Carlos Rodríguez Ysotl Ahora déme dos mil pesos.
John Webb sacó su cartera y entregó el dinero. Carlos Rodríguez Ysotl se
mojó el pulgar y contó lentamente el dinero bajo el cielo azul y barnizado
mientras el mediodía se ahondaba en todo el país, y el sudor brotaba de
fuentes ocultas, y la gente jadeaba y se fatigaba sobre sus sombras.
-Dos mil pesos. -El guarda dobló el dinero y se lo puso tranquilamente en
el bolsillo.- Ahora den vuelta el coche y busquen otra frontera.
-¡Un momento, maldita sea! -exclamó John Webb.
El guarda lo miró.
-Dé vuelta el coche.
Se quedaron así un tiempo, con el sol que se reflejaba en el fusil del
guarda, sin hablar. Y luego John Webb se volvió y se alejó lentamente
hacia el coche, con una mano sobre la cara, y se sentó adelante.
-¿A dónde vamos? -preguntó Leonora.
-Al diablo, o a Porto Bello.
-Pero necesitamos gasolina y asegurar la rueda. Y viajar otra vez por esos
caminos... Esta vez pondrán troncos, y...
-Ya sé, ya sé... -John Webb se frotó los ojos y se quedó un momento con la
cara entre las manos.- Estamos solos, Dios mío, estamos solos. ¿Recuerdas
qué seguros nos sentíamos antes? ¿Qué seguros? Invocábamos en todas las
ciudades grandes al cónsul americano. ¿Recuerdas la broma? «¡A donde
quiera que vayas puedes oír el aleteo del águila!» ¿0 era el sonido de los
billetes? Me he olvidado. Jesús, Jesús, el mundo se ha vaciado con una
rapidez horrible. ¿A quién recurriré ahora?
Leonora esperó un momento y luego dijo:
-Me tienes a mí. Aunque eso no es mucho.
Webb la abrazó.
-Has estado encantadora. Nada de histerias. Nada.
-Quizá esta noche me ponga a chillar, cuando nos metamos en cama, si
volvemos a encontrar una cama. Ha pasado más de un millón de kilómetros
desde el desayuno.
Webb la besó, dos veces, en la boca seca. Luego volvió a recostarse,
lentamente.
-Ante todo hay que buscar gasolina. Si la conseguimos, podemos ir a Porto
Bello.
Pusieron en marcha el coche. Los tres soldados hablaban y reían.
Un minuto después, ya en viaje, Webb comenzó a reírse suavemente.
-¿En qué piensas? -le preguntó su mujer.
-Recuerdo un viejo espiritual. Era algo así:
Fui a esconder la cara en la Roca, y la Roca gritó: No hay escondites. No
hay escondites aquí.
-Recuerdo -dijo Leonora.
-Es una canción muy apropiada ahora -comentó Webb -. Te la cantaría entera
si la recordase. Tengo ganas de cantar.
Apretó el acelerador.
Se detuvieron ante una estación de combustible, y un minuto más tarde,
como el encargado no apareciese, John Webb hizo sonar la bocina. Luego,
aterrado, sacó la mano del botón de la bocina y la miró como si fuese la
mano de un leproso.
-No debí haberlo hecho.
El encargado apareció en el umbral sombrío de la estación. Otros dos
hombres aparecieron detrás.
Los tres hombres salieron y caminaron junto al coche, mirándolo,
tocándolo, sintiéndolo.
Las caras de los hombres eran como cobre quemado a la luz del sol. Tocaron
las elásticas cubiertas, respiraron el olor nuevo del metal y la tapicería.
-Señor -dijo al fin el encargado.
-Quisiéramos comprar un poco de gasolina, por favor.
-Se nos acabó, señor.
-Pero sus tanques indican que están llenos. Puedo ver la gasolina en los
tanques de vidrio.
-Se nos acabó la gasolina -dijo el hombre.
-¡Le pagaré diez pesos el litro!
-Gracias, no.
-No tenemos bastante gasolina para salir de aquí. -Webb examinó el
indicador.- Ni siquiera un litro. Será mejor que dejemos el coche, vayamos
a la ciudad y veamos qué se puede hacer.
-Le cuidaremos el coche, señor -dijo el encargado. Si me dejan las llaves.
-¡No podemos dejarle las llaves! -dijo Leonora -. ¿Podemos?
-No sé qué otra cosa nos queda. Lo abandonamos en el camino, para que se
lo lleve el primero que pase, o se lo dejamos a este hombre.
-Eso es mejor -dijo el hombre.
Los Webb salieron del coche y se quedaron un rato mirándolo.
-Era un hermoso coche -dijo John Webb.
-Muy hermoso -dijo el encargado, con la mano extendida, esperando las
llaves -. Lo cuidaré bien, señor.
Leonora esperó un momento y luego dijo:
-Me tienes a mí. Aunque eso no es mucho.
Webb la abrazó.
-Has estado encantadora. Nada de histerias. Nada.
-Quizá esta noche me ponga a chillar, cuando nos metamos en cama, si
volvemos a encontrar una cama. Ha pasado más de un millón de kilómetros
desde el desayuno.
Webb la besó, dos veces, en la boca seca. Luego volvió a recostarse,
lentamente.
-Ante todo hay que buscar gasolina. Si la conseguimos, podemos ir a Porto
Bello.
Pusieron en marcha el coche. Los tres soldados hablaban y reían.
Un minuto después, ya en viaje, Webb comenzó a reírse suavemente.
-¿En qué piensas? -le preguntó su mujer.
-Recuerdo un viejo espiritual. Era algo así:
Fui a esconder la cara en la Roca, y la Roca gritó: No hay escondites. No
hay escondites aquí.
-Recuerdo -dijo Leonora.
-Es una canción muy apropiada ahora -comentó Webb -. Te la cantaría entera
si la recordase. Tengo ganas de cantar.
Apretó el acelerador.
Se detuvieron ante una estación de combustible, y un minuto más tarde,
como el encargado no apareciese, John Webb hizo sonar la bocina. Luego,
aterrado, sacó la mano del botón de la bocina y la miró como si fuese la
mano de un leproso.
-No debí haberlo hecho.
El encargado apareció en el umbral sombrío de la estación. Otros dos
hombres aparecieron detrás.
Los tres hombres salieron y caminaron junto al coche, mirándolo,
tocándolo, sintiéndolo.
Las caras de los hombres eran como cobre quemado a la luz del sol. Tocaron
las elásticas cubiertas, respiraron el olor nuevo del metal y la tapicería.
-Señor -dijo al fin el encargado.
-Quisiéramos comprar un poco de gasolina, por favor.
-Se nos acabó, señor.
-Pero sus tanques indican que están llenos. Puedo ver la gasolina en los
tanques de vidrio.
-Se nos acabó la gasolina -dijo el hombre.
-¡Le pagaré diez pesos el litro!
-Gracias, no.
-No tenemos bastante gasolina para salir de aquí. -Webb examinó el
indicador.- Ni siquiera un litro. Será mejor que dejemos el coche, vayamos
a la ciudad y veamos qué se puede hacer.
-Le cuidaremos el coche, señor -dijo el encargado -. Si me dejan las
llaves.
-¡No podemos dejarle las llaves! -dijo Leonora -. ¿Podemos?
-No sé qué otra cosa nos queda. Lo abandonamos en el camino, para que se
lo lleve el primero que pase, o se lo dejamos a este hombre.
-Eso es mejor -dijo el hombre.
Los Webb salieron del coche y se quedaron un rato mirándolo.
-Era un hermoso coche -dijo John Webb.
-Muy hermoso -dijo el encargado, con la mano extendida, esperando las
llaves -. Lo cuidaré bien, señor.
-Pero Jack...
Leonora abrió la puerta de atrás y comenzó a sacar el equipaje. Por encima
del hombro de su mujer, John veía los brillantes marbetes, la tormenta de
color que había cubierto el cuero gastado después de años de viajes,
después de años en los mejores hoteles de dos docenas de países.
Leonora tironeó de las maletas, sudando, y John la detuvo, y se quedaron
allí, jadeando ante la portezuela abierta, mirando aquellos hermosos y
lujosos baúles que guardaban los magníficos tejidos de hilo y lana y seda
de sus vidas, el perfume de cuarenta dólares, y las pieles frescas y
oscuras, y los plateados palos de golf. Veinte años estaban empaquetados
en aquellas cajas, veinte años y cuatro docenas de papeles que habían
interpretado en Río, en París, en Roma y Shangai; pero el papel que habían
interpretado con mayor frecuencia, y el mejor de todos, era el de los
ricos y alegres Webbs, la gente de la sonrisa perenne, asombrosamente
feliz, la que podía preparar aquel cóctel de tan raro equilibrio conocido
como Sáhara.
-No podemos llevarnos todo esto a la ciudad -dijo John -. Volveremos a
buscarlo más tarde.
-Pero...
John la hizo callar tomándola de un brazo y echando a caminar por la
carretera.
-Pero no podemos dejarlo aquí, ¡no podemos dejar aquí el equipaje y el
coche! Oh, escucha. Me meteré y cerraré los cristales mientras vas a
buscar gasolina, ¿por qué no? -dijo Leonora.
John se detuvo y miró a los tres hombres junto al coche que resplandecía
bajo el sol amarillo. Los ojos de los hombres brillaban y miraban a la
mujer.
---Ahí tienes la respuesta. Vamos.
-¡Pero nadie deja así un coche de cuatro mil dólares! -lloré) Leonora.
John la hizo caminar, llevándola firmemente por el codo, con un serena
decisión.
-Los coches son para viajar en ellos. Cuando no viajan, son inútiles. En
este momento tenemos que viajar, eso es todo. El coche sin gasolina no
vale un centavo. Un par de buenas piernas tiene hoy más valor que cien
coches, si puedes usarlas. Hemos empezado a echar cosas por la borda.
Seguiremos arrojando lastre hasta que debamos sacarnos el pellejo.
Webb soltó el brazo de Leonora, que caminaba tranquila junto a él.
-Es tan raro. Tan raro. Hace años que no camino así. -Leonora miró cómo
movía sus propios pies, cómo pasaba el camino a su lado, cómo se abría la
selva, cómo su marido se desplazaba rápidamente, hasta que aquel ritmo
regular pareció hipnotizarla.- Pero quizá es posible volver a aprenderlo
todo -dijo al fin.
El sol recorría el cielo, y el señor y la señora Webb recorrieron un rato
la ardiente carretera. De pronto el señor Webb se puso a pensar en voz
alta.
-Sabes, en cierto modo, pienso que es útil volver a lo esencial. Ya no nos
preocupamos por una docena de cosas, sino sólo por ti y por mí.
-Cuidado, viene un coche... será me jor...
Se volvieron a medias, dieron un grito, y saltaron. Cayeron a un lado de
lit carretera y se quedaron allí, tendidos, mientras el automóvil pasaba a
cien kilómetros por hora. Voces que cantaban, hombres que reían, hombres
que gritaban y saludaban con las manos. El coche se alejó envuelto en un
remolino de polvo y se perdió en una curva, haciendo sonar su o e bocina,
una y otra vez.
Webb ayudó a levantarse a Leonora y los dos, de pie, miraron la carretera
tranquila.
-¿Lo viste?
Miraron cómo el polvo se depositaba lentamente.
-Espero que se acuerden de cambiar el aceite y examinar la batería, por lo
menos. Espero que se acuerden de echarle agua al radiador -dijo Leonora, y
después de una pausa -: Cantaban, ¿no es cierto?
Webb asintió. Miraron 'parpadeando la enorme nube de polvo que descendía
sobre ellos como polen amarillo. Las pestañas de Leonora, notó Webb,
lanzaban unas lucecitas brillantes.
-No -dijo -. Eso no. Al fin y al cabo, era sólo una máquina.
-Yo lo quería mucho.
-Siempre queremos todo demasiado.
Siguieron caminando y pasaron junto a una botella rota de vino que
perfumaba el aire.
No estaban lejos del pueblo. La mujer caminaba adelante, el marido detrás,
mirándose los pies mientras caminaban, cuando un ruido de latas y vapores
y agua hirviendo les hizo volver la cabeza y mirar el camino. Un viejo
venía despacio por el camino en un Ford 1929. El coche no tenía
guardabarros, y el sol había descascarado y quemado la pintura, pero el
viejo conducía con una serena dignidad. Su cara era una sombra pensativa
bajo el sucio sombrero de paja, y cuando vio a los Webb, detuvo el coche,
que comenzó a humear. El motor se sacudía bajo la capota, y el viejo abrió
la chillona portezuela diciendo:
-No es día para caminar.
-Gracias -dijeron los Webb.
-No es nada. -El hombre llevaba un traje de verano viejo y amarillento,
con una corbata grasienta anudada con descuido al cuello arrugado. Ayudó a
la mujer a subir al asiento de atrás con una graciosa inclinación de
cabeza.- Los hombres sentémonos adelante -sugirió, y el marido se sentó
adelante, y el coche partió entre temblorosos vapores.
-Bueno. Me llamo García.
Presentaciones e inclinaciones de cabeza.
-¿Se les rompió el coche? ¿Van en busca de auxilio? -dijo el señor García.
-Sí.
-Entonces permítanme que los lleve de vuelta junto con un mecánico
-ofreció el hombre.
Los Webb le dieron las gracias y rechazaron amablemente el ofrecimiento, y
el viejo lo repitió, pero después de observar que su interés y
preocupación parecían turbar a la pareja, habló muy cortésmente de otra
cosa.
El viejo tocó unos cuantos periódicos que llevaba en las rodillas.
-¿Leen periódicos? Por supuesto. ¿Pero los leen como yo? Dudo que hayan
descubierto mi sistema. Pero no, no lo descubrí yo. Más bien el sistema se
me impuso. Pero luego de un tiempo vi que era un sistema inteligente.
Recibo siempre los periódicos con una semana de atraso. Todos nosotros,
aquellos que tienen interés, reciben los periódicos con una semana de
atraso, de la capital. Y esta circunstancia da a un hombre ideas claras.
Uno cuida sus ideas citando lee un periódico viejo.
El marido y la mujer le pidieron que siguiese.
-Bueno -di o el viejo -. Recuerdo cuando viví un mes en la capital y
compraba el periódico todos los días. El amor, la ira, la irritación, la
frustración me dominaban. Hervían en mí todas las pasiones. Yo era joven.
Todo me sacaba de quicio. De pronto comprendí. Creía en todo lo que leía.
¿Lo notaron? ¿Notaron que uno cree en un periódico recién impreso? Esto ha
ocurrido hace una hora, piensa uno. Tiene que ser verdad. -El viejo
sacudió la cabeza.- Así que aprendí a retroceder y dejar que el periódico
envejeciera y madurara. Aquí, en Colonia, observé que los titulares
disminuían hasta desaparecer. El periódico de hace una semana... cómo, si
hasta uno podría escupir en él, si quisiese. Es como una mujer que se amó
una vez, pero uno ve ahora, días más tarde, que no es como uno creía.
Tiene una cara bastante común, y es tan profunda como un vaso de agua.
El viejo guiaba suavemente el coche, con las manos sobre el volante como
sobre las cabezas de sus hijos, con cariño y afecto.
-De modo que aquí voy, de vuelta a mi casa a leer los periódicos viejos, a
mirarlos de soslayo, a jugar con ellos.
Extendió un periódico sobre las rodillas, lanzándole de cuando en cuando
una ojeada mientras conducía. -Qué blanco es este periódico, como la mente
de un niño idiota, pobrecito, se puede poner cualquier cosa en un sitio
vacío como éste. Aquí, ¿ven ustedes? El periódico dice que todos los
blancos del mundo han muerto. Tonterías. En este mismo momento hay
probablemente millones de hombres y mujeres blancos dedicados a almorzar o
cenar. Tiembla la tierra, se estremece el pueblo, la gente escapa
gritando: ¡Todo se ha perdido! En la población siguiente, la gente se
pregunta qué pasa, qué son esos gritos, pues han dormido muy bien esa
noche. Ah ah, qué mundo complejo es éste. La gente no sabe qué complejo
es. Para ellos es día o es noche. Los rumores corren deprisa. Esta misma
tarde todas las aldeas que bordean el camino, detrás y delante de
nosotros, están de fiesta. El hombre blanco ha muerto, dicen los rumores,
y sin embargo aquí voy yo a la ciudad con dos que me parecen bien vivos.
Espero que no les moleste este modo de hablar. Si no hablo con ustedes
tendré que hablarle a ese motor de enfrente, que hace mucho ruido al
responder.
Estaban en las afueras de la ciudad.
-Por favor, señor -dijo John Webb -, no sería prudente para usted que lo
viesen con nosotros. Bajaremos aquí.
El viejo detuvo el coche de mala gana y dijo:
-Son ustedes muy amables al pensar en mí. -Se volvió a mirar a la
encantadora esposa:- Cuando era joven estaba lleno de vida y proyectos.
Leí todos los libros de un francés llamado juras Verne. Veo que lo
conocen. De noche yo pensaba que me gustaría ser inventor. Todo eso se ha
perdido, nunca hice lo que quería hacer. Pero recuerdo claramente que una
de las máquinas que yo quería construir era una que haría que un hombre,
durante una hora, pudiera ser cualquier otro hombre. En la máquina había
colores y olores y películas, como en un teatro, y se parecía a un ataúd.
Uno se metía en el ataúd y apretaba un botón. Y durante una hora uno podía
ser esos esquimales que viven en el frío, allá arriba, o un señor árabe a
caballo. Todo lo que sentía un hombre de Nueva York, podía sentirlo uno en
la máquina. Todo lo que olía un sueco, podía olerlo uno. Todo lo que
saboreaba un chino, podía sentirlo uno en la lengua. La máquina era como
otro hombre... ¿Comprenden lo que yo buscaba? Y tocando muchos de esos
botones cada vez que entraba en mi máquina, usted podía ser un hombre
blanco o un hombre amarillo o un negrito. Hasta se podía ser una mujer o
un niño si uno quería divertirse de veras.
El marido y la mujer descendieron del coche.
-¿Trató de inventar alguna vez la máquina?
-Fue hace tanto tiempo. No había vuelto a acordarme hasta hoy. Y hoy pensé
que podía sernos útil, que la necesitábamos. Qué lástima que nunca haya
intentado construirla. Algún día la construirá algún otro.
-Algún día -dijo John Webb.
-Ha sido un placer hablar con ustedes -dijo el viejo -. Que Dios los
acompañe.
-Adiós, señor García -dijeron los Webb.
El coche se alejó lentamente, humeando. Los Webb lo miraron irse, un
minuto entero. Luego, sin hablar, Webb extendió el brazo y tomó la mano de
su mujer.
Entraron a pie en la pequeña ciudad de Colonia. Pasaron junto a las
tiendecitas, la carnicería, la casa del fotógrafo. La gente se detenía y
los miraba pasar y no dejaba de mirarlos hasta perderlos de vista. Cada
pocos segundos, mientras caminaba, Webb se metía la mano bajo la chaqueta,
para tocar el revólver, secreta, tentativamente, como alguien que se toca
un granito que crece y crece hora a hora...
El patio del Hotel Esposa era fresco como una gruta bajo una cascada azul.
En él cantaban las aves enjauladas, y los pasos resonaban como tiros de
rifle, claros y limpios.
-¿Recuerdas? Paramos aquí hace años -dijo Webb ayudando a su mujer a subir
los escalones. Se detuvieron en la gruta fresca, disfrutando de la sombra
azul.
-Señor Esposa -dijo John Webb cuando un hombre grueso salió de detrás de
un escritorio mirándolo de soslayo -. ¿No me recuerda? John Webb. Hace
cinco años... jugamos a las cartas una noche.
-Por supuesto, por supuesto.
El señor Esposa se inclinó y estrechó brevemente las manos. Hubo un
silencio incómodo. Webb carraspeó.
-Hemos tenido algunas dificultades, señor Esposa. ¿Podemos alquilar una
habitación? Por esta noche solamente.
-Aquí el dinero de usted siempre tendrá valor.
-¿Quiere decir que nos dará una habitación? Pagaremos con gusto por
adelantado. Dios, necesitamos ese descanso. Pero más que eso, necesitamos
gasolina.
Leonora tocó el brazo de su marido.
-¿No recuerdas? Ya no tenemos auto.
-Oh, es cierto. -Webb permaneció callado unos instantes y al fin suspiró.-
Bueno. No se preocupe por la gasolina. ¿Sale algún autobús pronto para la
capital?
-Todo llegará, a su tiempo -dijo el hombre nerviosamente -. Por aquí.
Mientras subían las escaleras oyeron un ruido. Miraron hacia afuera y
vieron el coche, que daba vueltas y vueltas alrededor de la plaza, ocho
veces, cargado de hombres que gritaban y cantaban y se colgaban de los
guardabarros, riendo. Niños y perros corrían detrás del coche.
-Cómo me gustaría tener un coche como ése -dijo el señor Esposa.
En el tercer piso del Hotel Esposa, el gerente sirvió un poco de vino
fresco para los tres.
-Por un cambio -dijo el señor Esposa. -Brindaré por eso.
Bebieron. El señor Esposa se pasó la lengua por los labios y se los limpió
en la manga de la chaqueta.
-Sorprende y entristece ver cómo cambia el mundo. Es insensato, nos han
dejado atrás, piensa uno. Es increíble. Y ahora, bueno... Están a salvo
por esta noche. Pueden tomar una ducha y cenar bien. No pueden quedarse
más de una noche. Esto es todo lo que puedo ofrecerles por lo bondadosos
que fueron ustedes conmigo hace cinco años.
-¿Y mañana?
-¿Mañana? No tomen el autobús para la capital, por favor. Hay tumultos en
las calles, allá. Han matado a alguna gente del norte. No es nada. Pasará
en seguida. Pero hasta entonces, hasta que la sangre se enfríe, deberán
tener cuidado. Hay muchos malvados que quieren aprovechar la situación,
señor. En las próximas cuarenta y ocho horas, bajo el disfraz del
nacionalismo, esa gente intentará ganar el poder. Egoísmo y patriotismo,
señor. Es difícil distinguir uno de otro. Así que... deberán esconderse.
Es un problema. Toda la ciudad sabrá que están aquí antes de unas pocas
horas. Puede ser peligroso para mi hotel. No sé.
-Comprendemos. Es usted muy bueno al ayudarnos tanto.
-Si necesitan algo, llámenme. -El señor Esposa se bebió el vino que aún
quedaba en su vaso.- Terminen la botella -dijo.
Los fuegos de artificio comenzaron aquella noche a las nueve. Los cohetes,
primero uno y luego otro, se elevaron en el cielo oscuro y estallaron por
encima de los vientos edificando arquitecturas de llamas. Cada cohete, en
la cima de su curso, se abría desplegando una formación de gallardetes de
llamas blancas y rojas, algo parecida a la cúpula de una hermosa catedral.
Leonora y John Webb, junto a la ventana abierta, miraban y escuchaban
desde la habitación en sombras. Pasaba el tiempo, y por todos los caminos
y senderos venía más gente a la ciudad y comenzaba a pasearse por la plaza
tomada del brazo, cantando, aullando como perros, apretándose como
gallinas. Y luego se dejaban caer en las aceras, se sentaban allí, y se
reían, con las cabezas echadas hacia atrás, mientras los cohetes
estallaban en colores sobre las caras levantadas. Una banda comenzó a
soplar y resollar.
-Aquí nos tienes -dijo John Webb - luego de unos cuantos centenares de
años de buena vida. Esto es lo que queda de la supremacía blanca... tú y
yo en una habitación a oscuras en un hotel situado a quinientos kilómetros
tierra adentro en un país en fiesta.
-Tenemos que ponernos en su lugar.
-Oh, hace tiempo que lo he hecho. En cierto modo, me alegro de que sean
felices. Dios sabe que han esperado bastante. Pero me pregunto cuánto
durará esa dicha. Ahora que el chivo expiatorio ha desaparecido, ¿quién
será el culpable de la opresión? ¿Quién estará tan a mano, quién será tan
obviamente culpable como tú y yo y el hombre que ocupó antes que nosotros
este mismo cuarto?
-No sé.
-Somos tan oportunos. El hombre que alquiló este cuarto el mes pasado era
tan oportuno. Un modelo. Se reía de las siestas de los nativos. Rehusaba
aprender una pizca de español. Que aprendan inglés, por Dios, y que hablen
como hombres, decía. Y bebía demasiado y perseguía demasiado a las mujeres
del pueblo.
Webb se interrumpió y se alejó de la ventana. Miró el cuarto.
Los muebles y adornos, pensó. El sofá donde el hombre puso los zapatos
sucios, la alfombra que agujereó con colillas de cigarrillo... Y la mancha
húmeda en la pared junto a la cama, Dios sabe por qué o cómo hizo eso. Las
sillas rayadas y pateadas. No era su hotel o su habitación; era algo
prestado. Y sin ningún valor. Así ese hijo de perra se paseó por todo el
país durante cien años, un hombre de negocios, una cámara de comercio, y
aquí estamos nosotros ahora, bastante parecidos a él como para ser sus
hermanos, y allá están ellos, en la noche del baile de la servidumbre. No
saben, y si lo saben no quieren pensarlo, que mañana serán tan pobres como
hoy, que estarán tan oprimidos como siempre, que la máquina apenas se
habrá movido hasta el otro diente del engranaje.
Ahora la banda había dejado de tocar, y un hombre había subido de un
salto, gritando, a la plataforma. Hubo un resplandor de machetes en el
aire y el brillo oscuro de unos cuerpos semidesnudos.
El hombre de la plataforma volvió la cara al hotel y miró la habitación
oscura donde John y Leonora Webb habían retrocedido, alejándose de las
luces intermitentes.
El hombre gritó.
-¿Qué dice? -preguntó Leonora.
-«Éste es un mundo libre» -tradujo John Webb.
El hombre aulló.
John Webb volvió a traducir:
-«¡Somos libres!»
El hombre se alzó en puntas de pie e hizo el ademán de romper unas esposas.
-«Nadie es dueño de nosotros, nadie en el mundo,> -tradujo Webb.
La multitud rugió y la banda comenzó a tocar, y, mientras tocaba, el
hombre de la plataforma miraba la ventana de la habitación oscura con todo
el odio del universo en los ojos.
Durante la noche hubo peleas y golpes, y voces que se alzaban, y
discusiones y tiros. John Webb, acostado, despierto, oyó la voz del señor
Esposa en el piso de abajo que razonaba, hablaba serena, firmemente. Y
luego el tumulto fue borrándose, los últimos cohetes subieron al cielo, y
las últimas botellas se rompieron en las piedras de la calle.
A las cinco de la mañana el aire comenzó a calentarse otra vez. Unos
golpes muy débiles sonaron en la puerta del cuarto.
-Soy yo, Esposa -dijo una voz.
John Webb titubeó, a medio vestir, tambaleándose por la falta de sueño. Al
fin abrió la puerta.
-¡Qué noche, qué noche! -dijo el señor Esposa entrando en el cuarto,
sacudiendo la cabeza, riendo dulcemente -. ¿Escucharon el ruido? ¿Sí?
Querían subir al cuarto de ustedes. No los dejé.
-Gracias -dijo Leonora todavía en la cama, con la cara vuelta hacia la
pared.
-Eran todos viejos amigos. Hice un arreglo con ellos. Estaban bastante
borrachos y bastante felices, y dijeron que esperarían. Tengo algo que
proponerles a ustedes dos. -De pronto el hombre pareció turbado. Se acercó
a la ventana.- Todos duermen aún. Sólo unos pocos están levantados. Unos
cuantos hombres. ¿Los ve, del otro lado de la plaza?
John Webb miró la plaza. Vio a los hombres morenos que hablaban
serenamente del tiempo, el inundo, el sol, este pueblo, y el vino quizá.
-Señor, ¿ha tenido usted hambre alguna vez en la vida?
-Sólo un día, una vez.
-Sólo un día. ¿Ha tenido siempre una casa donde vivir y un coche para
viajar?
-Hasta ayer.
-¿Ha estado alguna vez sin trabajo?
-Nunca.
-¿Vivieron todos sus hermanos hasta los veintiún años?
-Todos.
-Hasta yo -dijo el señor Esposa -, hasta yo lo odio a usted un poco ahora.
Pues yo no tuve hogar durante mucho tiempo. He pasado hambre. Tengo tres
hermanos y una hermana enterrados en ese cementerio de la loma, más allá
del pueblo, muertos de tuberculosis antes de cumplir los nueve años. -El
señor Esposa miró a los hombres en la plaza - Ahora ya no tengo hambre ni
soy pobre, tengo coche, estoy vivo. Pero soy uno entre mil. ¿Qué puede
decirles en un día como hoy?
-Trataré de pensarlo.
-Yo he dejado de tratar hace ya mucho tiempo. Señor, liemos sido siempre
tina minoría, nosotros, los blancos. Soy de raza española, pero me he
criado aquí, y me toleran.
-Nosotros no pensamos nunca que éramos una minoría -dijo Webb -, y ahora
es difícil admitirlo.
-Se ha portado usted ni uy bien.
-¿Es eso una virtud?
-Sí en la plaza de toros, sí en la guerra, sí en cualquier situación
parecida. Usted no se queja, no trata de excusarse. No corre y da un
espectáculo. Creo que ustedes dos son muy valientes. El gerente del hotel
se sentó, lentamente, descorazonado.
-He venido a ofrecerles la posibilidad de quedarse -dijo.
-Quisiéramos irnos, si fuese posible.
El gerente se encogió de hombros.
-Les han robado el coche, y no querrán devolverlo. No pueden dejar la
ciudad. Quédense y acepten un puesto en el hotel.
-¿Así que no hay modo de viajar?
-Puede que lo haya dentro de veinte días, señor, o veinte anos. No pueden
seguir viviendo sin dinero, comida, alojamiento. Aquí tienen en cambio mi
hotel, y trabajo.
El gerente se levantó y caminó con aire de desánimo hacia la puerta, y se
detuvo junto a una silla y tocó la chaqueta de Webb, que estaba allí
colgada.
-¿Qué es ese trabajo? -preguntó Webb.
-En la cocina -le dijo el gerente, y miró para otro lado.
John Webb se sentó en la cama, en silencio. Su mujer no se movió.
El señor Esposa dijo:
-No puedo ofrecerles nada mejor. ¿Qué más pueden pedir? Anoche, esos que
están en la plaza querían venir a buscarlos. ¿Vieron los machetes? Discutí
con ellos. Tuvieron ustedes suerte. Les dije que trabajarían en mi hotel
en los próximos veinte años, que eran mis empleados y yo tenía que
protegerlos.
-¡Usted dijo eso!
---Señor, señor, denme las gracias. Piensen un poco. ¿A dónde irían? ¿A la
selva? Las serpientes los matarían en menos de dos horas. ¿Caminarían
ochocientos kilómetros hasta una capital en la que no serían bienvenidos?
No. Deben aceptar la realidad. -El señor Esposa abrió la puerta. Les
ofrezco una ocupación honesta, y les pagaré el salario común de dos pesos
por día, más las comidas. ¿Quieren quedarse conmigo o ir afuera a la plaza
con nuestros amigos al mediodía? Piénsenlo.
La puerta se cerró. El señor Esposa había desaparecido.
Webb se quedó mirando la puerta largo rato.
Luego caminó hasta la silla y tocó el estuche de cuero bajo la doblada
camisa blanca. El estuche estaba vacío. Lo tomó en las manos y lo miró
parpadeando y miró la puerta por la que acababa de irse el señor Esposa.
Se volvió y se sentó en la cama, junto a su mujer. Se acostó a su lado y
la abrazó y la besó, y se quedaron inmóviles, acostados, mirando cómo la
habitación se iba aclarando con el nuevo día.
A las once de la mañana, con las grandes persianas recogidas, comenzaron a
vestirse. En el cuarto de baño había jabón, toallas, equipo de afeitar, y
hasta perfumes. Todo facilitado por el señor Esposa.
John Webb se afeitó y vistió cuidadosamente.
A las once y media encendió la radio cerca de la cama. Uno podía
sintonizar comúnmente Nueva York o Cleveland o Houston. Pero el aire
estaba en silencio. Webb apagó la radio.
-No hay a donde ir, ni ninguna razón para volver, nada.
Su mujer se sentó en una silla, cerca de la puerta, mirando la pared.
-Podemos quedarnos aquí y trabajar -dijo Webb.
Leonora Webb se movió al fin.
-No, no podemos hacerlo. No realmente ¿0 podemos?
-No, creo que no.
-No es posible. Somos consecuentes a pesar de todo. Inútiles, pero
consecuentes.
Webb pensó un momento.
-Podríamos llegar a la selva.
-No creo que podamos dejar el hotel sin ser vistos. No podemos escapar y
caer en sus manos. Sería peor de ese modo.
Webb estuvo de acuerdo.
Siguieron sentados en silencio unos instantes.
-No sería tan malo trabajar aquí -dijo Webb al fin.
-¿Y para qué seguir viviendo? Todos han muerto, tus padres, los míos, tus
hermanos, los míos, nuestros amigos; todo ha desaparecido, todo lo que
podíamos entender.
Webb asintió.
-Y si aceptamos el empleo, un día, pronto, uno de los hombres me tocará, y
tú no podrás permitirlo, sabes que no. 0 alguien te hará algo a ti, y yo
haré algo.
Webb volvió a inclinar la cabeza.
Se quedaron así, sentados, unos quince minutos, hablando serenamente.
Luego, Webb tomó el teléfono y golpeó la horquilla con un dedo.
-Bueno -dijo una voz en el otro extremo de la línea.
-¿Señor Esposa?
-Sí.
-Señor Esposa. -Webb hizo una pausa y se pasó la lengua por los labios.-
Dígales a sus amigos que dejaremos el hotel al mediodía.
El teléfono no respondió inmediatamente. Luego, suspirando, el señor
Esposa dijo:
Puedo intentarlo, pensó. ¿Cómo lo haría el viejo del Ford? Trataré de
hacerlo de ese modo. Citando acabemos de cruzar la plaza, comenzaré a
hablar, en un murmullo si es necesario. Y si pasamos lentamente a través
de esos hombres quizá podamos llegar hasta los otros, y nos encontraremos
a salvo, en tierra firme.
Leonora se movió a su lado. Parecía tan lozana, tan bien arreglada a pesar
de todo, tan nueva en medio de aquella vejez, tan sorprendente, que la
mente de Webb se sacudió y vaciló. Se sorprendió a sí mismo mirándola como
si ella lo hubiese traicionado con aquella blancura salina, el pelo
maravillosamente cepillado, las manos limpiamente arregladas, y la boca
roja y brillante.
En el último escalón, Webb encendió un cigarrillo, dio dos o tres largas
chupadas, lo arrojó al suelo, lo pisoteó, envió de un puntapié la
aplastada colilla a la calle, y dijo:
-Bien, vamos.
Bajaron el último escalón y comenzaron a caminar alrededor de la plaza,
ante las pocas tiendas que aún permanecían abiertas. Caminaban serenamente.
-Quizá sean decentes con nosotros.
-Esperémoslo.
Pasaron ante un taller fotográfico.
-Es otro día. Puede pasar cualquier cosa. Lo creo. No... realmente no lo
creo. Estoy hablando, nada más. Tengo que hablar o no podría seguir
caminando -dijo Leonora.
Pasaron ante una tienda de dulces.
-Sigue hablando, entonces.
-Tengo miedo -le dijo Leonora -. ¡Esto no puede pasarnos a nosotros! ¿Sólo
quedamos nosotros en el mundo?
-Unos pocos más quizá.
Se acercaban a una carnicería al aire libre.
¡Dios!, pensó Webb. Cómo se estrechan los horizontes, cómo se acercan.
Hace un año no había para nosotros cuatro direcciones, sino un millón.
Ayer se habían reducido a cuatro; podíamos ir a Juatala, Porto Bello,
Sanjuan Clementas o Brioconbria. Nos contentábamos con tener nuestro
coche. Luego, cuando no pudimos conseguir gasolina, nos contentábamos con
conservar nuestra ropa; luego, citando nos sacaron la ropa, nos
contentábamos con encontrar un lugar para dormir. Nos sacaban todos los
placeres, y encontrábamos rápido consuelo. Dejábamos algo, y nos atábamos
rápidamente a otra cosa. Supongo que es humano. Y al fin nos sacaron todo.
Nada nos quedó. Excepto nosotros mismos. Sólo quedamos yo y Leonora, en
esta plaza, pensando demasiado. Y lo que cuenta al fin es si podrán
apartarte de mí, Leonora, o apartarme de ti, y no creo que puedan. Se han
llevado todo lo demás, y no los acuso. Pero no pueden hacernos nada nuevo.
Cuando quitas las ropas y adornos, quedan dos seres humanos que son
felices o desgraciados, juntos, y nada más.
-Camina despacio -dijo en voz alta.
-Así lo hago.
-No demasiado despacio como para parecer desanimada. No demasiado rápido
como si quisieras terminar de una vez. No les des esa satisfacción, Leo,
no les des nada.
-No.
Siguieron caminando.
-Ni siquiera me toques -dijo Webb serenamente -. Ni siquiera me tomes la
mano.
-¡Oh, por favor!
-No, ni siquiera eso.
Webb se apartó unos centímetros y siguió caminando tranquilamente, con
paso regular, mirando hacia adelante.
-Voy a echarme a llorar, Jack.
-¡Maldita sea! -dijo Webb entre dientes, sin mirar a Leonora -. ¡Para eso!
¿Quieres que corra? ¿Es eso lo que quieres... que te tome en brazos y
corra a la selva y que ellos nos cacen? ¿Es eso lo que quieres, maldita
sea, quieres que me tire en la calle, aquí mismo, y me arrastre y grite?
Cállate, hagamos esto bien, ¡no les demos nada!
Caminaron un poco más.
-Muy bien -dijo Leonora, con los puños apretados, la cabeza erguida -. Ya
no lloro. No quiero llorar.
-Bien, eso está muy bien.
Y todavía, curiosamente, no habían dejado atrás la carnicería. La visión
horrorosa y roja se alzó a la izquierda de John y Leonora Webb mientras se
adelantaban lentamente por la acera que el sol calentaba. Las cosas que
colgaban de los ganchos parecían pecados, o actos brutales, malas
conciencias, pesadillas, banderas ensangrentadas, y promesas rotas. Las
reses rojas, oh, las reses rojas colgantes, húmedas y malolientes, las
reses colgadas de los ganchos parecían cosas desconocidas, desconocidas.
Mientras pasaban junto a la carnicería, algo impulsó a John Webb a alargar
una mano y golpear hábilmente un recto y colgado trozo de carne. Un
enjambre de moscas azules se alzó de pronto, zumbando agriamente, y
describió un cono brillante alrededor de la res.
-¡Son todos desconocidos! -dijo Leonora, con los ojos clavados ante ella,
caminando -. No conozco a ninguno de ellos. Me gustaría conocer a alguno.
¡Me gustaría que uno por lo menos me conociese!
Dejaron atrás la carnicería. El trozo de res, de aspecto irritable,
rojizo, se balanceaba a la luz cálida del sol.
Cuando dejó de balancearse, las moscas bajaron a cubrir la carne, como una
túnica hambrienta.
http://www.wikio.es Peliculas add page Wikio juegos gratis Blogalaxia  Ruleta  Apuestas Deportivas  Juegos  Peliculas  Turismo Rural  Series Online juegos

.

enlaces

Archivo del blog

Etiquetas

scifi (103) philip k. dick (56) SCI-FI (52) relato (51) Isaac Asimov (42) poul anderson (35) ray bradbury (33) Arthur C. Clarke (29) SCI-FI SPECIAL (29) fredric brown (12) Harry Harrison (11) alfred bester (10) cuento (10) SPECIAL (9) Brian W. Aldiss (7) Issac Asimov (7) douglas adams (7) cronicas marcianas (6) relatos (6) serie (6) star trek (6) star wars (6) varios autores (6) Clark Ashton Smith (5) Crimen en Marte (5) Philip K. Dick. (5) al abismo de chicago (5) antes del eden (5) paradoja (5) 334 (4) Arthur C.Clarke (4) Frederik Pohl (4) Robert A. Heinlein (4) Robert Silverberg (4) Thomas M. Disch (4) YLLA (4) creador (4) david lake (4) el nuevo acelerador (4) fantasía (4) gitano (4) guardianes del tiempo (4) recopilacion (4) Asimov (3) Bob Shaw (3) Civilizaciones Extraterrestres (3) Domingo Santos (3) EL RUIDO DE UN TRUENO (3) Fritz Leiber (3) Gordon R. Dickson (3) H. G. WELLS (3) Herbert George Wells. (3) Jack Vance (3) REINOS OLVIDADOS (3) Richard Awlinson (3) Robert f. young (3) alba de saturno (3) brian aldiss (3) damon knight (3) el enemigo (3) h.g.wells (3) j.g. ballard (3) las naves del tiempo (3) seleccion (3) stephen baxter (3) 100 años (2) 1ªparte (2) 2ªparte (2) ACTO DE NOVEDADES (2) ALGO PARA NOSOTROS (2) Afuera (2) Alfonso Linares (2) BESTIARIO DE CIENCIA FICCION (2) BILL (2) C. S. Lewis (2) CALIDOSCOPIO (2) CELEPHAÏS (2) CENTINELA (2) CHICKAMAUGA (2) CIUDAD IMPLACABLE (2) CUANDO LA TIERRA ESTÉ MUERTA (2) CURA A MI HIJA (2) Cuentos (2) DELENDA EST... (2) DEUS IRAE (2) EL ASESINO (2) EL CENTINELA (2) EL HOMBRE BICENTENARIO (2) EL JOVEN ZAPHOD Y UN TRABAJO SEGURO (2) EL ULTIMO CONTINENTE (2) EL UNICO JUEGO ENTRE LOS HOMBRES (2) El proyecto Prometeo (2) El viaje más largo (2) Fuera de Aquí (2) Fundacion (2) H. P. LOVECRAFT (2) HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO (2) HOMBRES y DRAGONES (2) IVAR JORGENSON (2) James Blish (2) John W. Campbell (2) Jr. (2) Juan G. Atienza (2) LAS DORADAS MANZANAS DEL SOL (2) LOS POSESOS (2) La Última Pregunta (2) MUTANTE (2) Masa Crítica (2) No habrá otro mañana (2) Norman Spinrad (2) OBRAS ESCOGIDAS (2) PREMIO HUGO (2) Podemos Recordarlo Todo por Usted (2) REFUGIADO (2) Robert Bloch (2) RÉQUIEM POR UN DIOS MORTAL (2) TEMPONAUTAS (2) ULTIMÁTUM A LA TIERRA (2) VALIENTE PARA SER REY (2) Valentina Zuravleva (2) WARD MOORE (2) ZOTHIQUE (2) algunas clases de vida (2) anochecer (2) antologia (2) avatar (2) belen (2) ciberpunk (2) csifi (2) cuentos cortos (2) el abismo del espaciotiempo (2) el astronauta muerto (2) el factor letal (2) el idolo oscuro (2) el joven zaphod (2) el orinal florido (2) el tiempo es el traidor (2) enlaces (2) entreprise (2) fantasia (2) frederick pohl (2) fundacion y tierra (2) guia del autoestopista galactico (2) howard fast (2) la clave (2) la guerra de las galaxias (2) la maquina del tiempo (2) la rata de acero inoxidable te necesita (2) los depredadores del mar (2) los espadachines de varnis (2) los superjuguetes duran todo el verano (2) lovecraft (2) minority report (2) paul anderson (2) pesadilla despierto (2) robot CITY (2) varios (2) volvere ayer (2) ¿quo vadis? (2) ÁNGELES TUTELARES (2) ..... (1) 03 (1) 2 (1) 2001 (1) 2001 - UNA ODISEA ESPACIAL (1) 2001.una odisea espacal (1) 2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO (1) 2010:odisea dos (1) 27/09/2010 (1) 2ª parte de Guardianes del tiempo (1) 30 Días Tenía Septiembre (1) 3ªparte (1) ? (1) A LO MARCIANO (1) A. E. VAN VOGT (1) A. Hyatt Verrill (1) ABUELITO (1) AC (1) ACCIDENTE DE CHERNOBIL (1) ACCIDENTE NUCLEAR (1) ADIÓS (1) ADIÓS VINCENT (1) AGENTE DEL CAOS (1) AGUARDANDO AL AÑO PASADO (1) AGUAS SALOBRES (1) ALFANA Philip K. Dick (1) ALGUIEN ME APRECIA AHÍ ARRIBA (1) ALGUNAS PECULIARIDADES DE LOS OJOS (1) ALMURIC (1) AMANECER EN MERCURIO (1) ANTES DEL EDEN (1) AQUÍ YACE EL WUB (1) ATAQUE DESDE LA CUARTA DIMENSION (1) AUTOMACIÓN (1) AUTOR AUTOR (1) AVERíA (1) Abandonado en Marte (1) Adam Villiers (1) Aguas Profundas (1) Al Estilo Extraterrestre (1) Alan Barclay (1) Alberto Vanasco (1) Alfonso Álvarez Villar (1) Aventura en la Luna (1) Avram Davidson (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS 10.000 BARES (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS CEREBROS EMBOTELLADOS (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS ESCLAVOS ROBOTS (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS PLACERES INSIPIDOS (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS VAMPIROS ZOMBIS (1) BUENAS NOTICIAS (1) BUENAS NOTICIAS DEL VATICANO (1) BUTTON (1) Barry Longyear (1) Barry N. Malzberg (1) Basilisk (1) Bill. El Final De La Epopeya (1) Brian Daley (1) Bóvedas de acero (1) CABALLEROS PERMANEZCAN SENTADOS (1) CADBURY EL CASTOR QUE FRACASÓ (1) CADENAS DE AIRE TELARAÑAS DE ÉTER (1) CANDY MAN (1) CANTATA (1) CARGO DE SUPLENTE MÁXIMO (1) CHERNOBIL (1) CIBERIADA (1) CIENCIA FICClON (1) CIENCIA-FICCION (1) CIENCIA-FICClON NORTEAMERICANA (1) CLIFFORD D. SIMAK (1) COLONIA (1) COMPRAMOS GENTE (1) CONFESIONES DE UN ARTISTA DE MIERDA (1) CONFUSIÓN EN EL HOSPITAL (1) COSA CERCANA (1) COTO DE CAZA (1) CREADOR .DAVID LAKE. (1) CUAL PLAGA DE LANGOSTA (1) Carol Emshwiller (1) Christopher Anvil (1) Ciencia Ficción (1) Ciencia-Ficción (1) Cleon el emperador (1) Clive Jackson (1) Cordwainer Smith (1) Cosas (1) Crónicas Marcianas (1) Cuerpo de investigación (1) Cuidado (1) Cómo Descubrimos Los Números (1) DANIEL F. GALOUYE (1) DESAJUSTE (1) DESAYUNO EN EL CREPÚSCULO (1) DETRÁS DE LA PUERTA (1) DIMENSIONAJE (1) DR. BLOODMONEY (1) Dan Simmons (1) David R. Bunch (1) Delenda Est (1) Dentro del cometa (1) Descargo de responsabilidad (1) Dominios remotos (1) Donald F. Glut (1) E. B. White (1) EL ABONADO (1) EL AHORCADO (1) EL AMO A MUERTO (1) EL ANDANTE-PARLANTE HOMBRE-SIN-PENA (1) EL ARBOL DE SALIVA (1) EL ARTEFACTO PRECIOSO (1) EL BACILO ROBADO Y OTROS INCIDENTES (1) EL CASO RAUTAVAARA (1) EL CLIENTE PERFECTO (1) EL CONSTRUCTOR (1) EL CRIMEN Y LA GLORIA DEL COMANDANTE SUZDAL (1) EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLAN ELLISON (1) EL DEDO DEL MONO (1) EL DERECHO A LA MUERTE (1) EL DIA DE LOS CAZADORES (1) EL DÍA QUE EL SR. COMPUTADORA SE CAYÓ DE SU ÁRBOL (1) EL FABRICANTE DE CAPUCHAS (1) EL FLAUTISTA (1) EL GRAN C (1) EL GRAN INCENDIO (1) EL HOMBRE DORADO (1) EL HOMBRE PI (1) EL HURKLE (1) EL HÉROE GALÁCTICO ¡EL FINAL DE LA EPOPEYA! (1) EL JUEGO DE ENDER (1) EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV (1) EL MUNDO CONTRA RELOJ (1) EL NUMERO QUE SE HA ALCANZADO (1) EL NÁUFRAGO (1) EL OBSERVADOR (1) EL OCASO DE LOS MITOS (1) EL PACIFISTA (1) EL PADRE-COSA (1) EL PEATÓN (1) EL PLANETA IMPOSIBLE (1) EL SEGUNDO VIAJE A MARTE (1) EL SHA GUIDO G. (1) EL SISTEMA SOLAR INTERIOR (1) EL SONDEADOR DE TUMBAS (1) EL ÍDOLO OSCURO (1) EL ÚLTIMO EXPERTO (1) EN PUERTO MARTE Y SIN HILDA (1) ENERGIA NUCLEAR (1) ESTACION DE TRANSITO (1) ESTACION DE TRANSITO 2ª PARTE (1) ESTACIÓN DE TRANSITO (1) EXILIO (1) Edgar Rice Burroughs (1) Edwin Balmer (1) El Electrobardo de Trurl (1) El Ordenador Encantado y el Papa Androide (1) El Parque de Juegos (1) El Planeta Perdido (1) El Regalo de los Terrestres (1) El Ruido del Trueno (1) El ataque del bebé gigante (1) El año del Rescate (1) El canto del chivo (1) El cuento de navidad de Auggie Wren (1) El efecto entropía (1) El exterminador (1) El fin de la eternidad (1) El gambito de los klingon (1) El pesar de Odín el Godo (1) El robot que quería aprender (1) El valor de ser un rey (1) El verano del cohete (1) El árbol de la vida (1) Encuentro final (1) Espacio oscuro (1) Esta noche se rebelan las estrellas (1) Estrella del mar (1) FABULAS DE ROBOTS PARA NO ROBOTS (1) FANTASÍAS DE LA ERA ATÓMICA (1) FLORES DE CRISTAL (1) FUNDACION 1º (1) Farenheit 451 (1) Fases (1) Floyd L. Wallace (1) Formación de la República (1) Fuego negro (1) GASOLINERA GALACTICA (1) GRUPO GALÁCTICO (1) GUERRA DE ALADOS (1) GUERRA TIBIA (1) GUIA DEL AUTOESTOPISTA GALACTICO (1) Gardner F. Fox (1) George Orwell (1) Guion Blade Runner (1) Guión para Alíen III (1) HEMOS LLEGADO (1) HF (1) HOLA Y ADIÓS (1) Harry Bates (1) Herbert George Wells (1) Historia del hombre que era demasiado perezoso para fracasar (1) Huérfanos de la Hélice (1) HÁGASE LA OSCURIDAD (1) HÉROE GALÁCTICO (1) ICARO DE LAS TINIEBLAS (1) IMPERIOS GALÁCTICOS (1) IMPERIOS GALÁCTICOS I (1) INVISIBILIDAD (1) Invariable (1) J.G.Ballard (1) JACINTO MOLINA (1) Jinetes de la Antorcha (1) John Kippax (1) John R. Pierce (1) Julio Cortázar (1) Kit Reed (1) LA BRUJA DE ABRIL (1) LA CRIBA (1) LA FRUTA EN EL FONDO DEL TAZÓN (1) LA GRANJA EXPERIMENTAL (1) LA LUNA (1) LA MÁSCARA (1) LA NUBE DE LA VIDA (1) LA PAREJA QUE AMABA LA SOLEDAD (1) LA PREGUNTA QUO (1) LA PRUEBA SUPREMA (1) LA RUINA DE LONDRES (1) LA SEGUNDA LEY (1) LA SIRENA (1) LA TIERRA (1) LA VIDA YA NO ES COMO ANTES (1) LARRY NIVEN (1) LAS ARMERÍAS DE ISHER (1) LAS PALABRAS DE GURU (1) LAS TUMBAS DE TIEMPO (1) LAZARUS II (1) LO QUE DICEN LOS MUERTOS (1) LO QUE SUCEDIÓ POR BEBER AGUA (1) LOS CLANES DE LA LUNA (1) LOS HOMBRES METÁLICOS (1) LOS HOMBRES QUE ASESINARON A MAHOMA (1) LOS IMPOSTORES (1) LOS INTERMEDIOS (1) La Fe de nuestros padres (1) La Hormiga Eléctrica (1) La Luz de las Tinieblas (1) La historia de Martín Vilalta (1) La invasión de los hombres de los platillos volantes (1) La isla del Dr. Moreau (1) La máquina del tiempo (1) La última respuesta (1) La única partida en esta ciudad (1) Las Tablas Del Destino (1) Las cascadas de Gibraltar (1) Las corrientes del espacio (1) Los Santos (1) Los crímenes que conmovieron al mundo (1) Los hijos del mañana (1) Los malvados huyen (1) MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE CHAMPAGNE (1) MARIDOS (1) MARTE ENMASCARADO (1) MAS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS (1) MATRIARCADO (1) MINICUENTOS DE CRONOPIOS (1) MINORITY REPORT (1) MUCHO.MUCHO TIEMPO (1) MUÑECOS CÓSMICOS (1) Mario Levrero (1) Medida de seguridad (1) Miriam Allen de Ford (1) Mucho mucho tiempo (1) Mundos cercanos (1) Murray Leinster (1) NECROLÓGICA (1) NO MIRES ATRÁS (1) NORTEAMERICANA (1) NUESTROS AMIGOS DE FROLIK 8 (1) OH (1) Objetivo la Tierra (1) Octavia E. Butler (1) PAUL NASCHY (1) PLENISOL (1) POST BOMBUM (1) POUL ANDERSON (1) PREMO (1) PROXIMA CENTAURI (1) Pamela Sargent (1) Patrulla del Tiempo (1) Paul W. Fairman (1) Perdido en el banco de memoria (1) Persiguiendo a Bukowski (1) Philip Wylie (1) Phillip K. Dick (1) Polvo mortal (1) Prohibida la entrada (1) R. A. Lafferty (1) RECUERDO A BABILONIA (1) Ray Bradubury (1) Razon (1) Richard Wilson (1) Robert Barr (1) Robert E. Howard (1) Roger Zelazny (1) SACRIFICIO (1) SATURNO (1) SCI-FI SPECIAL - CAMPAÑA PUBLICITARIA (1) SCI-FI SPECIAL.EL CAÑÓN (1) SER UN BLOBEL (1) SFI-FY (1) SIMULACRON-3 (1) SNAKE (1) STEPHEN KING (1) SUPERTOYS LAST ALL SUMMER LONG (1) Sale Saturno (1) Sangre (1) Scifiworld (1) Selección (1) Shakespeare de los monos (1) Si encuentran ustedes este mundo malo deberían ver algunos de los otros (1) Sitges 2011 (1) Solamente Un Eco (1) Soldado no preguntes (1) Stanislaw Lem (1) Star Trek/4 (1) Star Trek/6 (1) Star Trek/7 (1) Starship Troopers (1) Sucedió mañana (1) Sueñan los androides con ovejas eléctricas (1) TANTRA (1) THE THING FROM ANOTHER WORLD (1) TODO VA BIEN (1) TOREO TELEDIRIGIDO (1) TRASPLANTE EXPERIMENTAL (1) Talento (1) Tantras (1) The Best of Jack Vance (1) The Empire Strikes Back (1) Tomás Salvador (1) Treinta Días Tenía Septiembre (1) Tres relatos (1) UN AS DEL AJEDREZ (1) UN AUTOR PRETENDE HABER VISTO A DIOS PERO NO PUEDE EXPLICAR LO QUE HA VISTO. (1) UN TRABAJO SEGURO (1) UNA ODISEA ESPACIAL (1) URSULA K. LEGUIN (1) Un Trozo de Noche (1) Una Princesa De Marte (1) VETERANO DE GUERRA (1) VICTOR HUGO (1) VIERNES (1) VINCENT (1) VINIERON DEL ESPACIO EXTERIOR (1) VOLVERÉ AYER (1) VOTACION JERARQUICA (1) Vance Aandahl (1) Viernes 13 (1) Vivian Ibarra (1) Volumen I de Avatar (1) Volumen II de Avatar (1) Volumen III de Avatar (1) Vonda N. Mclntyre (1) W.G. Wells (1) William Gibson (1) Y la Roca Gritó (1) YO OS SALUDO (1) Yo robot (1) ZAPHOD Y UN TRABAJO SEGURO (1) a.beltran chandler (1) a.e.van vogt (1) alan dean foster (1) alerta (1) alguien me aprecia ahi arriba (1) alien mind (1) alto (1) amanece en mercurio (1) amarillo (1) ambrose bierce (1) amor.i love... (1) andre carneiro (1) antigravedad (1) aprended geometria (1) aprendiz de jedi (1) astronauta (1) atipico (1) autor. autor (1) aventuras (1) ayuda alienigena (1) azael (1) azul (1) babel-17 (1) bajo (1) bautizo (1) biografia (1) blanco (1) borges (1) ciberia (1) ciberpuk (1) ciencia ficcion (1) cirncia ficcion (1) ciudad (1) coeficiente intelectual (1) coleccion (1) comienzo (1) compre jupiter (1) computador (1) constelacion (1) crono (1) cronopolis (1) cuando chocan los mundos (1) cuando la tierra este muerta (1) cumpleaños (1) cómo ocurrió (1) dark vader (1) delfos (1) demonio (1) edward bryant (1) el arbol de la buena muerte (1) el brujo cautivo (1) el color de mas alla del espacio (1) el cuento final (1) el detalle (1) el dia de los trifidos (1) el dragon (1) el experimento (1) el experimento maligno (1) el hacedor de universos (1) el hombre del agujero (1) el hombre mecanico (1) el imperio contra ataca (1) el jardin del tiempo (1) el mundo de satan (1) el pacto de la corona (1) el pasado muerto (1) el pesar de odin el godo (1) el planeta errante (1) el renegado (1) en (1) enterprise (1) eric lavin (1) espacio (1) estraterrestre (1) exiliados al infierno (1) f.valverde torne (1) fantasma (1) fenix brillante (1) fin (1) fred saberhagen (1) fredic brown (1) fritz leibert (1) google (1) gris (1) grupo galactico (1) guardianes del tiempo ii (1) guerras (1) h.p (1) hageland (1) hector g.oesterheld (1) hijo de sangre (1) historia ficcion (1) historias de un futuro projimo (1) humillacion (1) imagenes (1) iq (1) john boorman (1) john e.muller (1) john varley (1) julio de miguel (1) la aventura del asesino metalico (1) la batalla final (1) la calavera (1) la cruzada de liberty (1) la espada oscura (1) la hormiga electrica (1) la jaula (1) la luz (1) la mente alien (1) la morada de la vida (1) la máquina de cazar (1) la oscuridad (1) la piedra de las estrellas (1) la rata de acero inoxidable (1) la telaraña de los romulanos (1) la tumba del astronauta (1) la ultima medicina (1) la ultima pregunta (1) la vision del eden (1) las ruinas circulares (1) lester del rey (1) los hombres de la tierra (1) los hombres metalicos (1) los inmortales (1) ls criba (1) luna de miel en el infierno (1) luz de otro dia (1) marte (1) martin amis (1) moscas (1) niebla.hierba y arena (1) no habra tregua para los reyes (1) noche de verano (1) normal (1) norteamericano (1) novela (1) novela corta (1) novelas (1) ofiuco (1) oraculo (1) original pelicula bladerunner (1) otros (1) ovni (1) paul auster (1) perturbacion solar (1) pesadilla en rojo (1) philip j.farmer (1) planeta prohibido (1) policia 1999´ (1) polis (1) portico (1) postnuclear (1) psifi (1) punto decisivo (1) ratas espaciales (1) recopilador (1) replicantes (1) requiem por un dios mortal (1) retato (1) robin scott (1) robots (1) rojo (1) rusa (1) saliva (1) samuel r. delany (1) segunda fundacion (1) sida (1) slan (1) srar treck (1) stanley weinbaum (1) star trek/8 (1) starcraft (1) tanque comun n.º2 (1) tenefonía móvil (1) terrestre (1) tiempo (1) tragedia en el dark star (1) trangulo (1) una cruz de siglos (1) una galaxia llamada Roma (1) una marciana tonta (1) una odisea marciana (1) vale la pena leerme (1) venganza (1) verde (1) viajeros en el tiempo (1) viajes en el tiempo (1) viajes temporales (1) vih (1) vinieron del espacio esterior (1) vol.1 (1) wallpapers (1) y la roca grito (1) y mañana seran clones (1) yo os saludo.maridos (1) zardoz (1) ¡TIGRE! ¡TIGRE! (1) ¿Dónde están los dioses?busquedas (1) ¿HABRA SIDO UN ANDROIDE? (1) ¿LE IMPORTA A UNA ABEJA? (1) ¿QUIERE USTED ESPERAR? (1) ¿Quién hay ahí? (1) Ábrete a Mí. Hermana Mía (1)

-

GALERIAS/IMAGENES/WALLPAPERS/AVATARS

GALERIA 1 GALERIA 2 GALERIA 3 GALERIA 4 GALERIA 5 GALERIA 6 GALERIA 7 GALERIA 8 GALERIA 9 GALERIA 10 GALERIA 11 GALERIA 12 GALERIA 13 GALERIA 14 GALERIA 15 GALERIA 16 GALERIA 17 GALERIA 18 GALERIA 19 GALERIA 20 GALERIA 21 GALERIA 22 GALERIA 23 GALERIA 24 GALERIA 25 GALERIA 26 GALERIA 27 GALERIA 28 GALERIA 29 GALERIA 30 GALERIA 31 GALERIA 32 GALERIA 33 GALERIA 34 GALERIA 35 GALERIA 36 GALERIA 37 GALERIA 38 GALERIA 39 GALERIA 40 GALERIA 41 GALERIA 42 GALERIA 43 GALERIA 44 GALERIA 45 ENTREVISTA CON EL VAMPIRO

GOTICO

↑ Grab este animador del título

EL MUNDO AVATAR

↑ Grab este animador del título

100 AUTORES

↑ Grab este animador del título

666

↑ Grab este animador del título

A CUERDA Y CUCHILLO

↑ Grab este animador del título

APOCRIFOS-GNOSTICOS

↑ Grab este animador del título

ART-HUMAN-LIGUE

↑ Grab este animador del título

BUSQUEDAS/PETICIONES

↑ Grab este animador del título

CLOUD

↑ Grab este animador del título

DARK BIOGRAFHY

↑ Grab este animador del título

DESDE EL LADO OBSCURO

↑ Grab este animador del título

EL BARDO

↑ Grab este animador del título

EL MUNDO AVATAR 2

↑ Grab este animador del título

EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

↑ Grab este animador del título

HABLANDO

↑ Grab este animador del título

IMAGENES DE CULTO

↑ Grab este animador del título

LA BIBLIOTECA SIGLO XXI

↑ Grab este animador del título

LA ESCUELA DE LA OSCURIDAD

↑ Grab este animador del título

LICENCIAS ,CONDICIONES Y POLITICA DE CONTENIDOS

↑ Grab este animador del título

LINKS - ENLACES

↑ Grab este animador del título

La Vida....vivir con Sida

↑ Grab este animador del título

MADE IN JAPAN // ORIENTE

↑ Grab este animador del título

MITOS Y LEYENDAS

↑ Grab este animador del título

RIMAS , FRASES , CITAS ...

↑ Grab este animador del título

SCI-FI SPECIAL

↑ Grab este animador del título

SIR SNAKE PETER PUNK

↑ Grab este animador del título

SUCESOS

↑ Grab este animador del título

THE DARK-SIDE // LITERATURA // ESCRITOS

↑ Grab este animador del título

TODO AVATARS

↑ Grab este animador del título

UN POCO DE ... " TODO "

↑ Grab este animador del título

UTILIDADES Y "CURIOSIDADES"

↑ Grab este animador del título

EL CUENTACUENTOS

↑ Grab este animador del título

Powered By Blogger

.

¡Gana Dinero con MePagan.com!