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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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domingo, 17 de mayo de 2009

EL VIAJE MÁS LARGO -- POUL ANDERSON

POUL
ANDERSON
EL VIAJE MÁS LARGO

..
La primera vez que oímos hablar de la Nave Celeste estábamos en una isla cuyo nombre era
Yarzik. Aquello ocurrió, aproximadamente, un ario después de que el Golden Leaper zarpara de
Lavre Town. Nosotros calculábamos que habíamos dado media vuelta al mundo. Nuestra pobre
carabela estaba tan sucia de vegetación marina y moluscos que, aunque desplegáramos todo el
velamen, apenas podía arrastrarse sobre el mar. El agua potable que quedaba en los toneles habla
adquirido un color verdoso y un olor nauseabundo. Las galletas estaban llenas de gusanos. Y entre la tripulación habían aparecido los primeros síntomas de escorbuto.
- Sea o no peligroso - decidió el capitán Rovic -, tenemos que atracar en alguna parte. - Un
brillo, que yo conocía muy bien, apareció en sus ojos -. Además, ha pasado mucho tiempo desde
que preguntamos por las Ciudades Doradas. Quizá por aquí sepan algo de ellas.
Mientras avanzábamos hacia el este estuvimos tanto tiempo sin ver tierra que la palabra
motín se hizo usual en labios de todos los tripulantes. En lo íntimo de mi corazón, no se lo
reprochaba. Día tras día, ante las aguas azules, la espuma blanca, las altas nubes en el cielo
tropical; sin oír más que el ruido del viento, el rumor de las olas, el crujido del maderamen de la
carabela, y. a veces, por la noche, el horrible chasquido de un monstruo marino al saltar en las
aguas. Era demasiado para unos simples marineros, hombres ignorantes que seguían creyendo que el mundo era plano.
Una delegación se presentó al capitán. Tímida y respetuosamente, aquellos rudos y
corpulentos hombres le pidieron que emprendiera el regreso. Pero sus camaradas se amontonaban
abajo, con los musculosos cuerpos bronceados por el sol, tensos bajo sus harapos, con cuchillos y
cabillas al alcance de la mano. Los oficiales, en el puente de mando, teníamos espadas y pistolas,
es cierto. Pero no éramos más que seis, incluidos el asustado muchacho que era yo, y el anciano
Froad, el astrólogo, cuyas túnicas y barba blanca resultaban muy respetables, pero de muy poca
utilidad en una lucha.
Rovic permaneció largo rato en silencio después de que el portavoz de la delegación hubo
expresado sus deseos. No se oía más que el rumor del viento y el chocar de las olas contra los
costados de la nave. Nuestro jefe tenía un aspecto impresionante; al enterarse de que iba a recibir a
una comisión de marineros, se había puesto las calzas rojas y una resplandeciente esclavina. Su
casco y su peto brillaban como espejos. Las plumas ondeaban alrededor del yelmo de acero, y los
diamantes que adornaban sus dedos llameaban contra los rubíes del puño de su espada. Sin
embargo, cuando habló, no lo hizo en el tono de un caballero de la corte de la Reina, sino en el
vulgar lenguaje Anday de su infancia de pescador.
- De modo que queréis regresar, ¿eh, muchachos? Después de haber dado media vuelta al
globo... ¡Cuán distintos sois de vuestros padres! Existe una leyenda que habla de un época en que
todas las cosas obedecían a la voluntad del hombre, y dice que si estamos obligados a trabajar fue
por culpa de un perezoso hombre de Anday. Aquel hombre le ordenó a su hacha que cortara un
árbol para él, y luego ordenó a los haces de leña que se dirigieran a su casa; pero cuando ordenó a
los haces que le transportaran también a él, Dios se enojó y le quitó el poder. Como compensación,
Dios concedió a todos los hombres de Anday suerte en el mar, suerte en los dados y suerte en el
amor. ¿Qué más podéis pedir, muchachos?
Desconcertado por aquella respuesta, el portavoz de los tripulantes se retorció las manos,
enrojeció, miró hacia cubierta, y tartamudeó que íbamos a perecer miserablemente... de hambre, de sed, o ahogados, o aplastados por aquella horrible luna, o despeñados más allá del límite del
mundo. El Golden Leaper había llegado más lejos que cualquier otro buque, y si regresábamos
enseguida, nuestra fama perduraría para siempre...
-¿Podemos comer de la fama, Etien? - preguntó Rovic, todavía suave y sonriente -. Hemos
tenido luchas y tormentas, sí, y también alegres francachelas; pero no hemos visto aún una Ciudad
Dorada, aunque sabemos perfectamente que se encuentran en algún lugar, llenas de tesoros para el
primer hombre que se apodere de ellos. ¿Qué dirían los extranjeros si regresáramos ahora? Los
arrogantes caballeros de Sathayn, los sucios buhoneros de Woodland se reirían, y no sólo de
nosotros, sino de todo Montalir.
De este modo capeó el primer embate. Sólo una vez tocó su espada, desenfundándola a
medias, con aire ausente, al recordar cómo se había superado el huracán de Xingu. Pero ellos
recordaron el motín que se había producido en aquella ocasión, y que aquella misma espada había
atravesado a tres marineros armados que atacaron a la vez al capitán. Les dijo que, por su parte,
estaba dispuesto a olvidar el pasado; les prometió paradisíacos placeres; les describió tesoros
maravillosos que podían ser suyos; apeló a su orgullo de marinos y de monteliríanos. Y al final,
cuando les vio reblandecidos, cesó de hablar como un pescador. Avanzó unos pasos por el puente
de mando, hasta colocarse debajo de la bandera de Montalir, y habló como hablan los caballeros de la Reina:
- Ahora ya sabéis que no me propongo regresar hasta que hayamos dado la vuelta al gran
globo y podamos llevarle a Su Majestad la Reina el mejor de los regalos. El cual no consistirá en
oro ni esclavos, ni siquiera en el dominio de lugares lejanos que ella y su Compañía de
Aventureros Mercantes desean. No, lo que alzaremos en nuestras manos para ofrecérselo, el día en
que atraquemos de nue vo en el puerto de Lavre, será nuestra hazaña: el haber realizado lo que
ningún hombre se ha atrevido a hacer hasta ahora, y el haberlo realizado para su mayor gloria.
Permaneció unos instantes en pie, a través de un silencio lleno de los rumores del mar.
Luego dijo en voz baja: « ¡Asunto terminado! », giró sobre sus talones y regresó a su camarote.
*
**
Así continuamos varios días más: los tripulantes sometidos pero disgustados, los oficiales
procurando ocultar sus dudas. Yo estuve ocupado, no tanto con las obligaciones de escribano por
las cuales me pagaban, ni con el estudio de las tareas de capitán para las cuales me estaba
capacitando, como ayudando a Froad, el astrólogo. Los vientos eran tan apacibles, que podía
realizar su trabajo incluso a bordo. No le importaba que nos hundiéramos o flotáramos; había
vivido ya muchos años. Pero el conocimiento de los cielos que podía adquirir allí tenía gran valor
para él. Por la noche, en cubierta, armado de cuadrante, astrolabio y telescopio, bañado por la
claridad del firmamento, parecía una de las figuras barbudas existentes en los vitrales de Provien Minster.
- Mira allí, Zhean...
Su delgada mano señalaba más allá de los mares que brillaban y se ondulaban bajo la
claridad nocturna, más allá del cielo púrpura y de las pocas estrellas que brillaban todavía, hacia
Tambur. Enorme en su fase llena de medianoche, extendiéndose sobre siete grados de firmamento,
'de color entre verdoso y azulado. La luna que nosotros habíamos bautizado con el nombre de Siett
parpadeaba cerca de él. Balant, visto con muy poca frecuencia y muy bajo en nuestro lugar de
procedencia, aparecía muy alto, con la parte oscura del disco teñida por el luminoso Tambur...
- No existe ninguna duda declaró Froad -, puede verse cómo gira sobre un eje, y cómo
hierven las tormentas en su aire. Tambur no es ya una leyenda, ni una espantosa aparición que
vemos levantarse al entrar en aguas desconocidas. Tambur es real. Un mundo como el nuestro.
Inmensamente mayor, desde luego, pero un esferoide en el espacio, a fin de cuentas; alrededor del
cual se mueve nuestro propio mundo, presentando siempre el mismo hemisferio a su reina. Las
conjeturas de los antiguos quedan confirmadas. No sólo que nuestro mundo es redondo, un hecho
evidente para cualquiera... sino que nos movemos alrededor de un centro mayor, el cual a su vez
tiene un camino anual alrededor del sol. Pero, en tal caso, ¿qué tamaño tiene el sol?
- Siett y Balant son satélites de Tambur - recordé, luchando por comprender -. Vieng, Darou,
y las otras luna s que vemos corrientemente, tienen caminos al exterior de nuestro propio mundo.
Sí. Pero, ¿qué es lo que los sostiene a todos?
- Lo ignoro. Tal vez la esfera de cristal que contiene las estrellas ejerce una presión hacia
adentro.
La noche era cálida, pero me estremecí, como si aquéllas hubiesen sido estrellas de invierno.
-¿Pueden haber también hombres en... Siett, Balant, Vieng... incluso en Tambur? - pregunté.
- ¡Quién sabe! Necesitaríamos vivir muchas vidas para descubrirlo. Pero al final se
conseguirá. Da gracias a Dios, Zhean, por haber nacido en este amanecer de una nueva era.
Froad volvió a sus medidas. Un trabajo fastidioso, opinaban los otros oficiales; pero yo había
aprendido ya lo suficiente de las artes matemáticas para comprender que de aquellos interminables
cálculos podían salir el verdadero tamaño de la tierra, de Tambur, del sol, de la luna y de las
estrellas, los caminos que seguían a través del espacio. De modo que los marineros ignorantes, que
murmuraban y hacían signos contra el diablo cuando pasaban junto a nuestros instrumentos,
estaban más cerca del hecho que los caballeros de Rovic: ya que Froad practicaba, en realidad, una
magia más poderosa.
Vimos hierbajos flotando sobre el mar, aves, masas acumuladas de nubes, todas las señales
de la proximidad de tierra. Tres días más tarde nos acercamos a una isla. Era de un verde intenso
bajo aquellos tranquilos cielos. La resaca, más violenta aún que en nuestro hemisferio, se
estrellaba contra altos acantilados, se disolvía en una nube de espuma y retrocedía, rugiendo.
Costeamos con prudencia. Los artilleros permanecieron de pie junto a nuestro cañón con las
antorchas encendidas. No sólo podíamos encontrar corrientes y bancos de arena - peligros con los
cuales estábamos familiarizados -; en el pasado, habíamos tropezado con caníbales a bordo de
canoas. Temíamos especialmente a los eclipses. En aquel hemisferio, el sol tiene que ocultarse
cada día detrás de Tambur. En aquella longitud, el acontecimiento tenía lugar alrededor de media
tarde y duraba casi diez minutos. Un espectáculo espantoso: el planeta primario - como Froad lo
llamaba ahora, un planeta semejante a Dielí o Coint, con nuestro propio mundo reducido a la
categoría de simple satélite suyo- se convertía en un disco negro circundado de rojo, en un cielo
repentinamente lleno de estrellas. Un viento frío soplaba a través del mar, e incluso las olas
parecían apaciguarse. Sin embargo, el alma del hombre es tan insolente, que nosotros
continuábamos atendiendo a nuestras obligaciones, interrumpiéndolas únicamente para rezar una
breve plegaria en el momento en que desaparecía el sol, pensando más en las posibilidades de
naufragar que en cualquier otra cosa.
Tambur es tan brillante, que continuamos nuestro camino alrededor de la isla durante la
noche. Durante doce mortales horas, mantuvimos al Golden Lea per avanzando lentamente. Hacia
el segundo mediodía, la perseverancia del capitán Rovic se vio recompensada. Una abertura en los
acantilados reveló un largo fiordo. Unas playas cenagosas y llenas de vegetación nos indicaron
que, a pesar de que las mareas subían mucho en aquella bahía, no era uno de aquellos aseladeros
tan temidos por los marinos. El viento nos era favorable, de modo que arriamos las velas y
bajamos los botes. Era un momento peligroso, especialmente debido al poblado que hablamos
visitado en medio del fiordo.
-¿No sería mejor que nos quedáramos aquí, capitán, y dejáramos que ellos tomaran la
iniciativa? - sugerí.
Rovic escupió sobre el cartel.
- He comprobado que lo mejor es no demostrar temor - dijo -. Si una canoa tratara de
asaltarnos, la recibiríamos con una rociada de metralla. Pero opino que si desde el primer momento
les demostramos que no nos inspiran miedo, corremos menos peligro de encontrarnos más tarde
con una traidora emboscada.
Los hechos demostraron que estaba en lo cierto.
En el curso del tiempo, nos enteramos de que habíamos llegado al extremo oriental de un
extenso archipiélago. Sus pobladores eran expertos navegantes, teniendo en cuenta que sólo
disponían de embarcaciones rudimentarias. Sin embargo, aquellas embarcaciones tenían con
frecuencia más de cien pies de longitud. Con cuarenta remos, o con tres velas, casi podían
competir con nuestro buque en velocidad, y eran más maniobreras. Sin embargo, su escasa
capacidad de carga limitaba su autonomía de navegación.
Poul Anderson El viaje más largo
Aunque vivían en casas de madera con techos de bálago y sólo poseían utensilios de piedra,
los indígenas eran gente civilizada. Conocían la agricultura tan bien como la pesca y sus sacerdotes
tenían un alfabeto. Altos y vigorosos, más morenos y menos velludos que nosotros, su aspecto era
impresionante: la mayoría iban casi desnudos, en tanto que otros se adornaban con plumas y
conchas. Habían formado una especie de imperio en el archipiélago. Efectuaban incursiones a unas
islas situadas más al norte y mantenían un intenso comercio dentro de sus propias fronteras. Al
conjunto de su nación le daban el nombre de el Hisagazí, y la isla en la cual habíamos atracado era
Yarzik.
De todo eso nos enteramos lentamente, a medida que fuimos dominando su lenguaje.
Permanecimos varias semanas en aquel pueblo. El duque de la isla, Guzan, nos acogió en forma
cordial, suministrándonos alimentos, hospedaje y la ayuda que necesitábamos. Por nuestra parte, le
obsequiamos con objetos de cristal, telas de vivos colores y otros artículos semejantes. A pesar de todo, tropezamos con muchas dificultades. La playa era tan cenagosa que al acercarse a ella
hubiera encallado nuestro barco, de modo que tuvimos que construir un dique seco antes de poder carenar. Numerosos miembros de la tripulación contrajeron una rara enfermedad, y aunque se curaron con relativa rapidez, el hecho retrasó nuestro trabajo.
- Sin embargo, creo que nuestras dificultades son una bendición me dijo Rovic una noche.
Había convertido en costumbre, después de asegurarse de que yo era un amanuense discreto,
el confiarme ciertos pensamientos. El capitán de un barco es siempre un hombre solitario; y Rovic,
ex pescador, ex filibustero, navegante autodidacta, vencedor de la Gran Flota de Sathayn y
ennoblecido por la propia Reina, debía encontrar más duro aquel necesario aislamiento de lo que
podía encontrarlo un hombre que hubiera nacido caballero.
Aguardé en silencio, dentro de la choza de hierba que le había cedido el duque. Una lámpara
de esteatita arrojaba una luz vacilante y unas enormes sombras sobre nosotros. En el techo crujía
algo. En el exterior, el húmedo terreno ascendía entre rústicas viviendas y frondosos árboles. A lo lejos, se ola el redoblar de unos tambores, una especie de cántico y el golpeteo de unos pies
alrededor de algún fuego ritual. Realmente, las frías colinas de Montalir parecían muy lejanas.
Rovie reclinó hacia atrás su musculosa figura. Se había hecho traer una silla civilizada del barco.
- Verás, mi joven amigo - continuó -, hasta ahora no hablamos permanecido en un lugar el
tiempo suficiente para adquirir confianza y preguntar por el oro. Nos habían dado vagas
indicaciones, rumores, la vieja historia: «Sí, señor extranjero, en realidad existe un reino donde
todas las calles están pavimentadas con oro... un centenar de millas al oeste». Nada concreto, en
una palabra. Pero, en esta prolongada estancia, he interrogado sutilmente al duque y a los
sacerdotes. Me he mostrado tan prudente al hablar del lugar de donde procedemos y de lo que ya
sabemos, que me han facilitado informaciones que de otro modo no hubieran salido de sus labios.
- ¿Las Ciudades Doradas? - exclamé.
- ¡Cuidado! No quiero que la tripulación se excite y se desmande. Todavía no.
Su curtido rostro adquirió una expresión pensativa.
- Siempre he creído que esas ciudades son pura leyenda - dijo. Debió darse cuenta de mi
sorpresa, porque sonrió y continuó -: Una leyenda muy útil. Nos está arrastrando, como un imán, alrededor del mundo. - Su sonrisa se apagó. Su rostro adquirió de nuevo aquella expresión
semejante a la de Froad cuando contemplaba los cielos -. Sí, también yo deseo oro, desde luego.
Pero si no lo encontramos en este viaje, no importa. Me limitaré a capturar unos cuantos barcos de
Eralia o de Sathayn cuando regresemos a nuestras aguas, y así financiaré el viaje. Aquel día, en el
puente de mando, dije la verdad al declarar que este viaje era un objetivo en sí mismo; hasta que
pueda ofrecérselo a la Reina Odela, que me dio el beso de ritual al armarme caballero.
Sacudió la cabeza, como para arrancarse a sus ensueños, y continuó en tono animado:
- Dejándole creer que estaba enterado de la mayor parte del asunto, le arranqué al duque
Guzan la confesión de que en la isla principal de este imperio Hisagazi hay algo en lo que apenas
me atrevo a pensar. Una nave de los dioses, dice él, y un verdadero dios viviente que llegó de las
estrellas. Cualquiera de los nativos te dirá lo mismo. El secreto reservado a la gente noble es
que esto no es ninguna leyenda, sino un hecho real. O, por lo menos, eso es lo que afirma Guzan.
No sé qué pensar. Pero... Guzan me llevó a una cueva sagrada, y me mostró un objeto de aquella
nave. Creo que era una especie de mecanismo de relojería. Ignoro lo que puede ser. Pero está
hecho de un metal plateado y brillante que yo no había visto nunca. El sacerdote me desafió a que lo rompiera. El metal no era pesado: una simple lámina. Pero melló la hoja de mi espada, hizo
añicos una roca con la cual lo golpeé, y el dia mante de mi anillo no consiguió rayarlo.
Hice unos signos contra el diablo. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Ya que los
tambores estaban redoblando en una selva oscura, y las aguas se extendían como algo bajo el
giboso Tambur, y cada tarde aquel planeta se comía al sol.
*
**
Cuando el Golden Leaper estuvo de nuevo en condiciones de navegar, a Rovic no le fue
difícil conseguir autorización para visitar al emperador de Hisagazi en la isla principal. En
realidad, le hubiera sido difícil no hacerlo. Recuperados y satisfechos, subimos a bordo. Esta vez
íbamos escoltados. El propio Guzan, hombre de mediana edad cuyo atractivo aspecto no quedaba
demasiado alterado por los tatuajes de color verde pálido que cubrían su rostro y su cuerpo, era
nuestro piloto. Varios de sus hijos habían extendido sus jergones sobre la cubierta de nuestra nave, en tanto que un enjambre de embarcaciones llenas de guerreros navegaban a lo largo de sus costados.
Rovic hizo acudir a Etien, el contramaestre, a su camarote.
- Sé que puedo confiar en ti - le dijo -. Encárgate de mantener a nuestra tripulación con las
armas a punto, por pacífica que parezca la situación.
-¿Qué sucede, capitán? - inquirió Etien -. ¿Cree usted que los indígenas planean una
traición?
-¿Quién puede saberlo? - respondió Rovic -. Ahora, procura que la tripulación no lo
sospeche, pese a todo. No saben disimular. Y si los indígenas captaran algún síntoma de inquietud
o de temor entre ellos, se inquietarían a su vez... lo cual empeoraría la actitud de nuestros propios
hombres, en un círculo vicioso que nadie sabe cómo terminaría. Limítate a cuidar, con la mayor
naturalidad posible, de que nuestros hombres permanezcan juntos y de que tengan siempre las
armas al alcance de la mano.
Etien se inclinó y abandonó el camarote. Me arriesgué a preguntar a Rovic qué estaba
pensando.
- Nada, por ahora dijo. Sin embargo, he sostenido entre mis manos un trozo de mecanismo
de relojería que ni el Gran Ban de Giar sería capaz de imaginar; y me han hablado de una Nave
que bajó del cielo, conducida por un dios o un profeta. Guzan cree que sé más de lo que en
realidad conozco, y confía en que nosotros seamos un nuevo elemento perturbador en el equilibrio
de la situación, y que podrá aprovecharnos en favor de sus propias ambiciones. No se ha hecho
acompañar por todos esos guerreros para dar mayor esplendor a la comitiva. En lo que a mí
respecta... trato de aprender algo más acerca de todo esto.
Se sentó ante su mesa, contemplando un rayo de sol que oscilaba al compás del balanceo del
barco. Al cabo de unos instantes continuó:
- Los astrólogos de la anterior generación nos dijeron que los planetas son semejantes a esta
tierra. Un viajero de otro planeta...
Salí del camarote con un torbellino en mi cerebro.
Avanzamos sin novedad a través del grupo de islas. Al cabo de varios días llegamos a la isla
principal, Ulas-Erkila. Tiene un centenar de millas de longitud, y un máximo de cuarenta millas de anchura, y el terreno asciende suavemente hacia unas montañas centrales, dominadas por un cono volcánico. Los Hizagazi adoran dos clases de dioses, acuosos y ardientes, y creen que el
Monte Ulas alberga a estos últimos. Cuando vi aquel pico nevado flotando en el cielo sobre unos
bordes esmeraldinos, manchando el azul de humo, pude comprender lo que los paganos sentían. El acto más sagrado que un hombre puede realizar entre ellos es arrojarse al ardiente cráter del Ulas,
y muchos guerreros ancianos son transportados hasta la cumbre de la montaña para que puedan
hacerlo. Las mujeres no tienen acceso a las laderas del monte.
Nikum, la sede de la realeza, está situada en un fiordo como el poblado en el que hablamos
residido últimamente. Pero Nikum es rica y extensa, casi tan grande como Roann. La mayoría de
las casas son de madera; hay también un templo de basalto en la cumbre de un acantilado,
dominando la ciudad, con huertas, bosques y montañas detrás. Los troncos de los árboles son tan
grandes, que los Hisagazi han construido con ellos una serie de diques como los de Lavre... en vez
de los amarraderos y boyas que suben y bajan con la marea y que se encuentran en casi todos los
puertos del mundo. Nos ofrecieron un atracadero de honor en el muelle central, pero Rovic alegó
que nuestro barco resultaba difícil de maniobrar y consiguió atracarlo en uno de los extremos.
- En el centro tendríamos la torre de vigilancia sobre nosotros - me susurró -. Y es posible
que no hayan descubierto todavía el arco, pero sus lanzadores de jabalina son muy buenos.
Asimismo, les sería fácil acercarse a nuestro barco, y entre nosotros y la boca de la bahía
tendríamos un enjambre de canoas. Aquí, en cambio, varios de los nuestros podrían dominar el
muelle, mientras los demás lo preparaban todo para zarpar rápidamente.
- Pero, ¿tenemos algo que temer, capitán? - pregunté.
Se acarició el poblado bigote.
- No lo sé. Depende en gran parte de lo que realmente creen acerca de esa nave celeste... así
como de lo que haya de verdad en ello. Pero pase lo que pase, no regresaremos sin esa verdad para la Reina Odela.
*
**
Los tambores redoblaron y unos lanceros adornados con plumas saludaron a nuestros
oficiales a medida que desembarcaban. Sobre el agua había sido tendido un largo y angosto
pasadizo de madera, utilizado únicamente por los nobles. Los ciudadanos corrientes nadaban de
casa en casa cuando la marea lamía sus umbrales, o utilizaban una balsa si tenían que transportar
algún bulto. El palacio real era un edificio alargado, construido con troncos de árbol, con
fantásticos dibujos grabados en la madera.
Iskilip, Emperador y Sumo Sacerdote de Hisagazi, era un hombre anciano y corpulento. Un
alto birrete de plumas, un cetro de madera rematado por un cráneo humano, los tatuajes de su
rostro, su inmovilidad, le daban un aspecto imponente. Estaba sentado sobre una tarima, bajo unas
antorchas que esparcían un agradable aroma. Sus hijos estaban sentados a sus pies, con las piernas
cruzadas, y sus cortesanos al otro lado. A lo largo de las paredes se alineaban sus guardianes, unos
jóvenes musculosos con escudos y petos de escamosa piel de monstruo marino, armados con
hachas de pedernal y lanzas de obsidiana que podían matar con tanta facilidad como el hierro.
Llevaban la cabeza afeitada, lo cual les daba un aspecto más fiero.
Iskilip nos acogió cordialmente, hizo que nos sirvieran una bebida refrescante y nos invitó a
sentarnos en un banco no mucho más bajo que su tarima. Nos formuló preguntas rutinarias. En el
curso de la conversación, nos enteramos de que los Hisagazi conocían islas situadas lejos de su
archipiélago. Podían incluso señalarnos la dirección en que se encontraba un país en el cual
abundaba el ganado y al que daban el nombre de Yurakadak. A juzgar por su descripción, sólo
podía tratarse de Giar, un país que el aventurero Hanas Tolasson había alcanzado viajando por
tierra. En aque llos instantes supe que estábamos dando realmente la vuelta al mundo. Cuando se desvaneció un poco la emoción de aquel descubrimiento, volví a prestar atención a la
conversación.
- Tal como le he dicho a Guzan - estaba explicando Rovic -, una de las cosas que nos han
traído aquí ha sido la historia de que habéis sido bendecidos con una nave procedente del cielo. Y
Guzan me ha demostrado que la historia era cierta.
Un siseo recorrió la estancia. Los príncipes se pusieron rígidos, los cortesanos palidecieron, e
incluso los guardianes murmuraron algo en voz baja. A través de las paredes, el rumor de la marea,
cada vez más cercano. Cuando Iskilip habló, a través de la máscara de si mismo, su voz se había
endurecido:
-¿Has olvidado que esas cosas no deben ser mostradas a los no iniciados, Guzan?
- No, Santidad - dijo el duque. Su rostro estaba empapado en sudor, pero no era el sudor del
miedo -. Sin embargo, el capitán estaba al corriente. Su agente también, al parecer... El capitán no
puede expresarse aún de un modo absolutamente comprensible para mí. Su pueblo está iniciado.
Su pretensión parece razonable, Santidad. Mira las maravillas que han traído. La dura y brillante
piedra que-no-espiedra, como en este largo cuchillo que me han regalado, ¿no es acaso igual al
material de que está construida la nave? Los tubos que hacen que las cosas lejanas parezcan al
alcance de la mano, como el que te han regalado a ti, Santidad, ¿no son acaso semejantes a los que posee el Mensajero?
Iskilip se inclinó hacia adelante, hacia Rovic. La mano que empuñaba el cetro tembló hasta
el punto de que las colgantes quijadas de la calavera castañetearon.
-¿Te enseñó el Pueblo de las Estrellas a hacer todo eso? - inquirió -. Nunca imaginé... El
Mensajero no habló nunca de que hubiera otros...
Rovic volvió hacia arriba las palmas de sus manos.
- No tan de prisa, Santidad, te lo ruego - dijo -. Estamos muy poco versados en vuestra
lengua. Hasta ahora no he podido enterarme de nada.
Esto era un engaño. Todos los oficiales habían sido advertidos para que fingieran unos
conocimientos del Hisagazy inferiores a los que realmente poseían. (Habíamos mejorado nuestro
dominio de aquel idioma practicándolo en secreto unos con otros). De este modo podían justificar
cualquier error, atribuyéndolo a incomprensión.
- Será mejor que hablemos de esto en privado, Santidad - sugirió Guzan, mirando de soslayo
a los cortesanos. Estos le devolvieron una mirada cargada de envidia.
Iskilip inclinó la cabeza. Sus palabras fueron arrogantes, pero su tono era el de un hombre
viejo, poco seguro de si mismo.
- No es necesario. Si estos extranjeros están iniciados, podemos enseñarles lo que poseemos.
Pero... si unos oídos profanos oyen la historia de labios del propio Mensajero...
Guzan levantó una mano dominante. Ambicioso y audaz, largo tiempo frustrado en su
pequeña provincia, estaba dispuesto a sacarse la espina.
- Santidad - dijo -, ¿por qué ha sido ocultada la historia durante todos estos años? En parte,
para mantener obedientes a los plebeyos, sí. Pero, al mismo tie mpo, ¿acaso tú y tus consejeros no
temíais que todo el mundo se dirigiera hacia aquí, ávido de conocimiento, si la cosa se sabía, y que
nosotros quedáramos aplastados? Bueno, si permitimos que los hombres de ojos azules regresen a sus hogares con la curiosidad insatisfecha, estoy convencido de que regresarán aquí con los medios
para conseguirlo por la fuerza. De modo que no tenemos nada que perder revelándoles la verdad.
Si no han tenido nunca un Mensajero, si no pueden sernos útiles, siempre estaremos a tiempo de
matarles. Pero, si verdaderamente han sido visitados como nosotros, ¡ cuántas cosas podremos
hacer juntos!
Estas palabras fueron pronunciadas rápidamente y en voz baja, de modo que los
montalirianos no pudiéramos comprenderlas. Y, en realidad, nuestros caballeros no las
comprendieron. Yo, teniendo oídos jóvenes, capté el sentido general; y Rovic conservó una
expresión tan perfecta de incomprensión, que supe que no se había perdido ni una sola palabra.
De modo que al final decidieron llevar a nuestro jefe - y a mi insignificante persona, ya que
ningún magnate de Hisagazi va a ninguna parte sin que le acompañe algún criado al templo. Iskilip en persona abrió la marcha, con Guzan y dos musculosos príncipes detrás. Una docena de lanceros cubrían la retaguardia. Pensé que la espada de Rovic no serviría para nada si se presentaban dificultades, pero apreté los labios y eché a andar detrás de él. Rovic parecía tan ansioso como un
chiquillo en la Mañana del Día de Acción de Gracias, y al verle nadie hubiera pensado que tenía
conciencia de algún peligro.
Salimos cuando el sol empezaba a ponerse; en el hemisferio de Tambur, la gente hacía
menos distinción entre la noche y el día que nuestro pueblo. Habiendo observado a Siett y a Balant
en posición de plenamar, no me sorprendió que Nikum yaciera casi ahogado. Y, no obstante,
mientras ascendíamos por el arrecife en dirección al templo, pensé que nunca había contemplado
un paisaje más extraño.
Debajo de nosotros se extendía una sábana de agua, sobre la cual parecían flotar los tejados
de la ciudad; los atestados muelles, donde la arboladura de nuestra propia nave estaba rodeada de mascarones de proa idólatras; el fiordo, discurriendo entre precipicios hacia su boca, donde las olas
se estrellaban, blancas y terribles, contra los arrecifes. Encima de nosotros, las alturas aparecían
completamente negras, contra un crepúsculo rojo que llenaba la mitad del cielo y ensangrentaba
las aguas. Pálido a través de aquellas nubes capté a Tambur, envuelto en un blasón que ningún
hombre podía leer. A derecha e izquierda del camino crecía la hierba, seca por ser verano. El cielo
estaba pálido en el cenit y púrpura oscuro en el este, donde habían aparecido las primeras estrellas.
Aquella noche no encontraba consuelo en las estrellas. Andábamos en silencio. Los pies descalzos
de los indígenas no producían el menor ruido. Mis propios zapatos hacían pad-pad, y las botas de
Rovic crujían levemente.
El templo era una audaz obra arquitectónica. Dentro de un rectángulo de paredes de basalto
protegidas por altos capiteles de piedra, había varios edificios del mismo material. Iskilip nos
condujo, entre acólitos y sacerdotes, a una cabaña de madera situada detrás del recinto sagrado.
Dos guardias estaban de vigilancia ante la puerta, pero se arrodillaron en presencia de Iskilip. El
emperador llamó con su extraño cetro.
Mi boca estaba seca y mi corazón latía, acelerado. Esperaba que, al abrirse la puerta,
apareciera algún ser espantoso o radiante. Con sorpresa, vi a un hombre, y no de gran estatura. A la luz de la lámpara distinguí su habitación, limpia, austera, aunque no incómoda; podía haber
pertenecido a cualquier vivienda de Hisagazy. El hombre llevaba una simple falda de tela basta.
Sus piernas eran torcidas y delgadas, unas piernas de anciano. Su cuerpo era también delgado, pero se mantenía erguido, lo mismo que la nevada cabeza. Su piel era más morena que la de un
montaliriano, y más clara que la de un hisagaziano, con ojos castaños y una barba raía. Su rostro
difería levemente, en la forma de la nariz, de los labios y de la mandíbula, de cualquier otra raza
conocida por mí. Pero era humano.
Nada más y nada menos.
*
**
Entramos en la cabaña dejando fuera a los lanceros. Iskihp hizo las presentaciones. Guzan y
los príncipes permanecían tranquilos. Los de su clase estaban acostumbrados a la ceremonia. El
rostro de Rovic era inescrutable. Se inclinó cortésmente ante Val Nira, Mensajero de los Cielos, y
explicó nuestra presencia en pocas palabras. Pero, mientras hablaba, noté que estaba tomándole la medida al hombre de las estrellas.
- Si, éste es mi hogar - dijo Val Nira. La costumbre habló por él; había pronunciado aquellas
palabras tantas veces, en presencia de jóvenes nobles, que sonaban a lección aprendida. Y no se
había dado cuenta de nuestros instrumentos metálicos, o su significado le había pasado inadvertido
-. Desde hace... cuarenta y tres años, ¿no es eso, Iskilip? He sido tratado lo mejor posible. Si a
veces he experimentado el deseo de gritar ha sido a causa de mi soledad.
El emperador se removió, inquieto.
- Su demonio le ha abandonado - explico -. Ahora es un simple ser humano. Este es el
verdadero secreto que conservamos. Pero no fue siempre así. Recuerdo la época en que llegó.
Profetizó cosas inmensas, y todo el pueblo se arrodilló ante él, inclinando sus rostros hasta el
suelo. Pero, desde entonces, su demonio ha regresado a las estrellas y la poderosa arma que llevaba
ha sido igualmente vaciada de su fuerza. Sin embargo, la gente no creería esto, y nosotros se lo
hemos ocultado, a fin de evitar que se intranquilizara.
- Poniendo en peligro tus privilegios - dijo Val Nira. Su tono era cansado y sarcástico -.
Iskilip era joven entonces - añadió, dirigiéndose a Rovic -, y la sucesión imperial estaba en litigio.
Le presté todo mi apoyo. A cambio, me prometió hacer ciertas cosas por mi.
- Lo intenté, Mensajero - dijo el monarca -. Pregunta a todas las canoas hundidas y a todos
los hombres ahogados si no lo hice. Pero la voluntad de los dioses era otra.
- Evidentemente. - Val Nira se encogió de hombros -. Estas islas tienen pocos minerales,
Capitán Rovic, y ninguna persona capaz de reconocer los que yo necesitaba. El continente queda
demasiado lejos para las canoas de Hisagazrj. No niego que lo intentaste, Iskilip... entonces. - Nos
miró, con las cejas ligeramente enarcadas -. Esta es la primera vez que unos extranjeros han tenido
acceso a la confianza imperial, amigos míos. ¿Están ustedes seguros de poder regresar a su país,
vivos?
- ¡Desde luego! ¡ Desde luego! ¡ Son nuestros huéspedes! - exclamó Iskilip, en tono indignado.
- Además - sonrió Rovic -, yo estaba enterado ya de la mayor parte del secreto. Mi propio
país tiene secretos para enfrentarlos con éste. Sí, creo que podremos entendernos perfectamente, Santidad.
El emperador tembló.
-¿Tenéis también un Mensajero? - inquirió, en tono alarmado.
-¿Qué?
Val Nira se quedó mirándonos fijamente. Su rostro palideció y enrojeció. Luego se sentó en
el banco y empezó a sollozar.
- Bueno, no se trata de un Mensajero, exactamente - dijo Rovic, apoyando una mano en el
tembloroso hombro -. Confieso que en Montalir no ha atracado ninguna nave celeste. Pero
tenemos otros secretos, igualmente valiosos. - Unicamente yo, que le conocía a fondo, capté el
acento de mofa en su voz. Su mirada se cruzó con la de Guzan mientras continuaba hablando
cariñosamente con Val Nira -. Creo haber entendido, amigo mío, que tu nave naufragó en estas
playas, pero que podría ser reparada si dispusieras de ciertos materiales.
- Si... si... escucha...
Tartamudeando de emoción ante la idea de poder regresar a su hogar antes de morir, Val
Nira trató de explicarse.
*
* *
Las implicaciones doctrinales de lo que dijo son tan sorprendentes, incluso peligrosas, que
estoy convencido de que mis señores no desean que las repita. Sin embargo, no creo que sean
falsas. Si las estrellas son en realidad soles como el nuestro, cada uno de ellos servido por planetas
como el nuestro, la teoría de la esfera de cristal queda destruida. Pero Froad, cuando se lo contaron
más tarde, dijo que no creía que aquello estuviera en contradicción con la ciencia; hasta el
momento, sólo habían existido suposiciones nacidas durante los siglos en que se creía que la tierra era plana.
Val Nira creía que nuestros antepasados hablan llegado a este planeta, hacia millares de
años. Su nave habría naufragado en alguna parte, y los supervivientes retornaron al estado salvaje.
Paulatinamente, sus descendientes habían vuelto a adquirir cierta civilización.
Nuestro mundo se encuentra alejado de las rutas comerciales interplanetarias. Muy pocos
tienen interés en buscar nuevos mundos. Él había experimentado ese interés. Viajó al azar durante
meses, hasta que cayó casualmente sobre nuestro mundo. Y la maldición le alcanzó también a él.
Descendió sobre Ulas-Erkila... y la Nave no voló más.
- Sé en qué consiste la avería - dijo apasionadamente -. No lo he olvidado. ¿Cómo podría
olvidarlo? No ha pasado un solo día, durante todos estos años, sin que me haya repetido a mi
mismo lo que tenía que hacerse. Cierto complicado mecanismo de la nave necesita azogue - (Val
Nira y Rovic tardaron un poco en aclararse mutuamente el significado de aquella palabra)-.
Cuando el motor falló, aterricé con tanta brusquedad que los tanques estallaron. Todo el azogue, lo mismo el que estaba utilizando que el que tenía de repuesto, se perdió. De no ser así, en aquel
cálido espacio cerrado, me hubiera envenenado. Salí al exterior, olvidándome de cerrar la puerta.
Esto hizo que el azogue saliera de la nave. Cuando me hube recobrado de mi pánico cerval, una
tormenta tropical había arrastrado todo el metal líquido. Una serie de accidentes imprevistos, sí,
que me condenaron a una vida de exilio. ¡Hubiera sido preferible perecer en el acto!
Cogió la mano del capitán, contemplándole ansiosamente.
-¿Puede usted obtener azogue? - balbució -. No necesito más que el volumen de la cabeza de
un hombre. Únicamente esto, y unas cuantas reparaciones que resultarán muy fáciles con las
herramientas que hay en la nave. Cuando creció este culto a mi alrededor, tuve que entregar ciertas
cosas que poseía, a fin de que cada templo provincial pudiera tener una reliquia. Pero siempre
procuré no entregar nada importante. Todo lo que necesito está allí. Unos quilos de azogue, y... ¡
Oh, Dios mío, mi esposa puede estar aún viva, en la Tierra!
*
**
Guzan, al menos, había empezado a comprender la situación. Hizo una seña a los príncipes,
los cuales desenfundaron sus hachas y se acercaron un poco más. La puerta estaba cerrada, pero un
simple grito atraería a los lanceros que montaban guardia en el exterior de la cabaña. Rovic miró a Val Nira, y luego a Guzan, cuyo rostro estaba ahora afeado por la tensión. Mi capitán apoyó la
mano en la empuñadura de su espada. Fue la única muestra que dio de haberse dado cuenta de la creciente tensión.
- Tengo entendido, duque - dijo en tono ligero -, que deseas que la Nave Celeste rueda volar
de nuevo.
Guzan quedó desconcertado. No esperaba aquello.
- ¡Desde luego! - exclamó -. ¿ Por qué no habría de desearlo?
- Tu dios domesticado se marcharía. ¿Q ué seria de tu poder en Hisagazy?
- Yo no... no había pensado en eso - tartamudeó Iskilip.
Los ojos de Val Nira se nublaron, y su delgado cuerpo se estremeció.
- ¡No! - susurró -. ¡ No puedes hacerlo! ¡ No puedes retenerme!
Guzan asintió.
- Dentro de unos años - dijo, sin la menor animosidad -, te marcharías de todos modos en la
canoa de la muerte. Si entretanto te retuviéramos contra tu voluntad, no podrías servirnos de
oráculo. Tranquilízate; obtendremos la piedra que hará volar tu nave. - Se volvió hacia Rovic -:
¿Quién va a traerla?
- Mi tripulación - dijo el capitán -. Nuestro barco puede llegar fácilmente a Giar, donde
existen naciones civilizadas que seguramente tienen el azogue. Creo que podemos estar de regreso dentro de un año.
-¿Acompañados por una flota de aventureros, que os ayuden a capturar la nave sagrada? -
preguntó Guzan secamente... una vez fuera de nuestras islas... puedes no ir a Yurakadak. Puedes
dirigirte directamente a tu país, y contárselo todo a tu Reina, y regresar con todo el poder que ella tiene.
Rovic se irguió en toda su estatura, majestuoso y solemne. Su mano derecha continuaba
apoyada en la empuñadura de su espada.
- Sólo Val Nira puede conducir la Nave, supongo - replicó -. ¿Qué importa quién le ayude a
efectuar las reparaciones? ¡No creerás que ninguna de nuestras naciones pueda conquistar el
Paraíso!
- La nave es muy fácil de manejar - dijo Val Nira -. Cualquiera puede conducirla por los
aires. Enseñé a muchos nobles las palancas que debían utilizarse. Lo más difícil es navegar entre
las estrellas. Ninguna nación de este mundo podría alcanzar a mi pueblo sin ayuda. Pero, ¿por qué
hemos de pensar en luchar? Te he dicho un millar de veces, Iskilip, que los moradores de la Vía
Láctea no son peligros para nadie, y ayudan a todos. Poseen tantas riquezas, que ni siquiera saben
en qué emplearlas. De buena gana invertirían grandes sumas para conseguir que todos los pueblos
de este mundo volvieran a ser civilizados. Con una ansiosa, medio histérica mirada a Rovic -:
Quiero decir plena mente civilizados. Os enseñaremos nuestras artes. Os daremos motores,
autómatas, homúnculos, que realicen todos los trabajos pesados; y barcos que vuelan por el aire; y servicio regular de pasajeros en aquellas naves que viajan entre las estrellas...
- Has estado prometiendo esas cosas durante cuarenta años - dijo Iskilip -. Sólo tenemos tu
palabra.
- Y, finalmente, una ocasión para confirmar su palabra - exclamé bruscamente.
Guzan dijo, con fingido espanto:
- Las cosas no son tan sencillas como parecen, Santidad. He vigilado a estos hombres
llegados a través del océano durante semanas, mientras han vivido en Yarzik. Son bravos y
codiciosos. No podemos confiar en ellos. Esta misma noche se han burlado de nosotros. Conocen
perfectamente nuestro lenguaje. Y ha n tratado de engañarnos, haciéndonos creer que podían tener
alguna sugerencia de un Mensajero. Si la Nave se encuentra de nuevo en condiciones de volar, y
en poder de ellos, ¿quién puede saber lo que harán?
El tono de Rovic se hizo todavía más suave.
-¿Qué es lo que propones, Guzan?
- Podemos discutir esto en otro momento.
Vi que los nudillos blanqueaban alrededor de los mangos de las hachas de piedra. Guzan
estaba en pie, iluminado por la luz de la lámpara, frotándose la barbilla con la mano, sus ojillos
negros inclinados pensativamente hacia el suelo. Al fin, sacudió la cabeza.
- Tal vez - dijo, en tono crispado - marineros de Risagazy podrían tripular tu barco, Rovic, y
traer la piedra que hará volar la Nave. Unos cuantos de tus hombres podrían acompañar a los
nuestros, para instruirlos. El resto se quedaría aquí en calidad de rehenes.
Mi capitán no respondió.
Val Nira gruño:
- ¡No comprendes! ¡Estás discutiendo inútilmente! Cuando mi gente llegue aquí, no habrá
más guerras, ni más opresión, curarán todas vuestras enfermedades. Serán amigos de todos, sin
favoritismos para nadie. Te aseguro...
- ¡Basta! - dijo Iskilip -. Lo pensaremos mejor mientras dormimos. Si es que alguien puede
dormir después de tantas extravagancias.
Rovic miró con fijeza a Guzan, más allá de las plumas del emperador.
- Antes de decidir nada - dijo, sin apartar la mano de la empuñadura de la espada -, quiero
ver la Nave. ¿Podemos ir a verla mañana?
Iskilip era el Emperador y Sumo Sacerdote, pero permaneció callado. Guzan inclinó la
cabeza en señal de asentimiento.
*
**
Salimos de la cabaña. Tambur inundaba el patio de una fría claridad, pero la cabaña estaba
sombreada por el templo. Era una forma negra, con un rectángulo de luz, estrecho y alargado, en el lugar ocupado por la pue rta. Y en aquel rectángulo se recortaba la delgada figura de Val Nira, que había llegado de las estrellas. Nos contempló hasta que nos perdimos de vista.
Mientras descendíamos, Guzan y Rovic se pusieron de acuerdo acerca de la visita. La Nave
estaba a dos días de marcha tierra adentro, en las laderas del Monte Ulas. Pero sólo podrían ir a
verla doce de nuestros hombres. Más tarde se discutiría lo que habla de hacer.
Las linternas brillaban, amarillentas, en la popa de nuestra carabela. Rechazando la
hospitalidad de Iskilip, Rovic y yo regresamos al Golden Lea per para pasar la noche. Un lancero
de guardia en la pasarela me preguntó qué había pasado.
Pregúntamelo mañana - le dije -. Ahora, la cabeza me da demasiadas vueltas.
- Entra en mi camarote, muchacho - me invitó el capitán -. Echaremos un trago antes de
acostarnos.
Dios sabe cuánto necesitaba una copa de vino. Entramos en el pequeño cuarto, de techo muy
bajo, repleto de instrumentos náuticos, libros y mapas impresos que me parecieron fantásticos, ya que el cartógrafo había dibujado sirenas y duendes marinos. Rovic se sentó detrás de su mesa, me invitó a ocupar una silla en frente de él y vertió vino en dos copas de cristal de Quaynish. Entonces
supe que en su cerebro bullía alguna idea... aparte del problema de salvar nuestras vidas.
Bebimos en silencio. Oí el lap-lap del oleaje al chocar contra el casco de nuestro buque, las
pisadas de los centinelas, el lejano ruido de la resaca; y nada más. Finalmente, Rovic se reclinó
hacia atrás, contemplando su copa medio vacía. Su expresión era inescrutable.
- Bueno, muchacho - dijo -, ¿qué opinas?
- No sé qué pensar, capitán.
- Tú y Froad estáis un poco preparados para esa idea de que las estrellas son otros soles.
Habéis estudiado. En cuanto a mí, he visto tantas cosas raras en el curso de mi vida que ésta me
parece completamente verosímil. Pero, el resto de nuestra gente...
- Es una ironía que unos bárbaros, tales como Guzan, lleven tanto tiempo familiarizados con
la idea... y hayan tenido en su poder al anciano llegado del cielo para conservar sus privilegios de
clase durante más de cuarenta años. ¿De veras es un profeta, capitán?
- Él lo niega. Representa el papel de profeta porque tiene que hacerlo, pero es evidente que
todos los duques y condes de este reino saben que es una farsa. Iskilip es un viejo, medio
convertido a sus propios credos artificiales. Murmuraba acerca de profecías que Val Nira hizo hace
mucho tiempo, verdaderas profecías. ¡Bah! Val Nira es tan humano y falible como yo. Los
montalirianos tenemo s la misma carne que los Hisagazy, aunque hayamos aprendido a utilizar el
metal antes que ellos. Y el pueblo de Val Nira, a su vez, está más adelantado que el nuestro. Pero
sus componentes no dejan de ser mortales. Tengo que recordar que lo son.
- Guzan lo recuerda.
- ¡Bravo, muchacho, bravo! Guzan es un hombre listo, y audaz. En Val Nira, vio su
oportunidad de dejar de ser el pequeño señor de una pequeña isla. Y no renunciará a esa
oportunidad sin luchar. Ahora, nos acusa de planear las cosas que él espera hacer.
- Pero, ¿qué es lo que espera hacer?
- Si mis sospechas son ciertas, quiere utilizar la Nave. Val Nira dijo que era fácil de manejar.
La navegación entre las estrellas sería difícil para cualquiera, excepto para Val Nira; y a ningún
hombre en su sano juicio podría ocurrírsele piratear a lo largo de la Vía Láctea. Sin embargo... si la Nave permaneciera aquí, sin elevarse más de una milla del suelo... el hombre que la utilizara
podría convertirse en un conquistador.
Me quedé asombrado.
-¿Quiere usted decir que Guzan no trataría de explorar otros planetas?
Rovíc me dirigió una significativa mirada y comprendí que deseaba quedarse solo. Me
escabullí hacía mi camarote, en la popa.
Antes del amanecer, el capitán estaba levantado, aleccionando a nuestros hombres. Se hacía
evidente que había adoptado una decisión, y no agradable. Estuvo conferenciando mucho tiempo
con Etien, el cual salió del camarote con aspecto asustado. Esforzándose en recobrar la confianza
en sí mismo, el contramaestre empezó a gritar a los tripulantes.
Los doce hombres autorizados a visitar la Nave íbamos a ser Rovic, Froad, Etien, yo y ocho
marineros. Todos nos proveímos de casco, peto y mosquetón. Dado que Guzan nos había dicho
que había un camino hasta la Nave, arrastramos una carrera hasta el muelle. Etien revisó su
contenido. Quedé asombrado al ver que casi toda la carga eran barriles de pólvora.
- Pero, no vamos a llevarnos el cañón... - protesté.
- Son órdenes del capitán - gruñó Etien, y me volvió la espalda.
Después de una ojeada al rostro de Rovic, nadie se atrevió a preguntarle por qué nos
llevábamos aquellos barriles. Recordé que íbamos a ascender por la ladera de una montaña. Una
carreta llena de pólvora, con una mecha encendida, enviada contra un ejército hostil, podía ganar
una batalla. Pero, ¿ acaso Rovic esperaba que se declarasen tan pronto las hostilidades?
Desde luego, las órdenes que dio a los marineros y oficiales que habían de permanecer a
bordo no sugerían otra cosa. Mantendrían al Golden Leaper preparado para una lucha o una huida repentina.
Cuando salió el sol, rezamos nuestras plegarias matutinas y nos pusimos en camino. Nikum
estaba envuelto en silencio cuando lo cruzamos.
Guzan nos esperaba en el templo. Un hijo de Iskilip estaba oficialmente a cargo de la
expedición, pero el duque prestó tan poca atención a aquel joven como nosotros. Habla también un centenar de guardias, con petos escamosos, cabezas afeitadas y rostros y cuerpos llenos de tatuajes.
El sol matinal arrancaba destellos a las puntas de obsidiana de las lanzas. Contemplaron en silencio
nuestra llegada. Guzan salió a nuestro encuentro. Llevaba también un peto de piel escamosa, y la
espada que Rovic le había regalado en Yarzik.
-¿Qué llevas en esa carreta? - preguntó.
- Suministros - respondió Rovic.
-¿Para cuatro días?
- Envía a casa a todos tus hombres, menos a diez - dijo Rovic fríamente -, y yo enviaré esa
carreta a mi barco.
Sus ojos se entrechocaron como espadas, hasta que Guzan se volvió y dio sus órdenes. Nos
pusimos en marcha, unos cuantos montalirianos rodeados de guerreros paganos. La selva se
extendía delante de nosotros, hasta el Ulas.
Val Nira andaba entre Rovic y Guzan. Resultaba incongruente que un hombre tan importante
caminara tan encogido. Tendría que haber andado con aire decidido y arrogante, luciendo una
estrella en la frente.
Durante el día, por la noche cuando acampamos y al día siguiente, Rovic y Froad le
interrogaron ávidamente acerca de su hogar. Desde luego, lo que dijo fue fragmentario. Y yo no
pude oírlo todo, dado que tenía que ocupar mi puesto empujando la carreta por aquel infernal y
empinado camino. Los Hisagazy no tenían animales de arrastre, y en consecuencia hacían poco
uso de la rueda y no contaban con caminos adecuados. Pero aquella noche, lo que oí me mantuvo
largo rato despierto.
*
**
¡Ah, grandes maravillas que los poetas no han imaginado para el País de los Duendes!
Ciudades enteras construidas en una sola torre de media milla de altura. Un cielo tan brillante, que en realidad no existe la oscuridad después de la puesta del sol. Alimentos que no crecen en la tierra
sino que son fabricados en laboratorios químicos. El más modesto ciudadano poseedor de
máquinas que le sirven con más humildad y eficacia que un millar de esclavos... poseedor de un
vehículo aéreo con el cual puede dar la vuelta al mundo en menos de un día..., poseedor de una
ventana de cristal en la cual aparecen imágenes teatrales para su diversión. Naves mercantes que
viajan entre las estrellas, cargadas con la riqueza de un millar de planetas; desarmados y sin
escolta, ya que no existen piratas, y aquel reino mantiene desde hace mucho tiempo tan buenas
relaciones con las demás naciones que el peligro de la guerra también ha desaparecido Las razas
que componen los otros países son humanas, aunque poseen la facultad de hablar y razonar. En el
país de Val Nira apenas existe el delito. Cuando aparece un delincuente, no es colgado, ni siquiera
transportado a ultramar: su mente recibe un tratamiento que le cura del deseo de violar la ley. Y
regresa a su hogar para vivir como un ciudadano especialmente honrado, ya que todos saben que
su conducta será impecable. En cuanto a la forma de gobierno... Pero aquí perdí el hilo del
discurso. Creo que se trata de una república, pero en la práctica es un grupo de hombres, elegidos a través de unas oposiciones, el encargado de velar por el bienestar de los demás.
Seguramente, pensé, aquello será semejante al Paraíso.
Nuestros marineros escuchaban con la boca abierta. El rostro de Rovíc era inescrutable, pero
se retorcía el bigote sin cesar. Guzan, para el cual el relato de Val Nira era archiconocido, se
mostraba más rudo a cada instante. Era evidente que le desagradaba nuestra intimidad con el
anciano y la facilidad con que captábamos las ideas que nos exponía.
Pero nosotros procedíamos de una nación que había estimulado desde hacia mucho tiempo la
filosofía natural y el mejoramiento de las artes mecánicas. Yo mismo, en mi corta existencia, había
presenciado el cambio de la rueda hidráulica en las regiones donde había pocas corrientes de agua
por la forma moderna del molino de viento. El reloj de péndulo fue inventado un año antes de
nacer yo. Había leído muchos romances acerca de las máquinas voladoras que no pocos hombres
habían tratado de construir. Viviendo en aquella etapa de franco progreso, los montalírianos
estábamos perfectamente preparados para asimilar conceptos más amplios.
Por la noche, sentado con Froad y Etien alrededor de una fogata, le expresé algo de esto al
sabio.
- ¡Ah! - exclamo -. Ahora, la Verdad aparece sin velos delante de mí. ¿Has oído lo que ha
dicho el hombre de las estrellas? ¿Las tres leyes del movimiento planetario alrededor de un sol, y
la gran ley de la atracción que las explica? ¡ Una ley que puede ser encerrada en una corta frase, y que, sin embargo, puede mantener ocupados a los matemáticos durante trescientos años!
Miró más allá de las llamas, y de las fogatas alrededor de las cuales dormían los paganos, y
de la oscura selva, y del furioso volcán que se erguía hacia el cielo. Empecé a interrogarle. Pero
Etien gruñó:
- Déjale en paz, muchacho. ¿No puedes ver cuando un hombre está enamorado?
Me acerqué un poco más a la estólida y tranquilizadora masa del contramaestre.
-¿Qué opinas de todo esto? - le pregunté, en voz baja, ya que la selva susurraba y crujía por
todas partes.
- He dejado de pensar hace algún tiempo - me respondió Etien -. No soy más que un pobre
marinero, y la única posibilidad que me queda de regresar a mi hogar consiste en seguir al capitán.
-¿Incluso más allá de las estrellas?
- Tal vez seria menos peligroso que viajar alrededor del mundo. El anciano juró que su nave
era segura, y que entre las estrellas no existen las tormentas.
-¿Puedes confiar en su palabra?
- ¡Oh, sí! Conozco lo suficiente a los hombres para saber cuándo me encuentro en presencia
de uno incapaz de mentir. No temo a la gente de ese país, del mismo modo que no la teme el
capitán. Excepto en un sentido... - Etien se frotó su barbudo mentón -. En cierto sentido que no
puedo captar del todo, asusta a Rovic. No teme que aquella gente pueda llegar aquí con la espada
desenvainada; pero hay algo acerca de ella que le preocupa.
Sentí que el suelo temblaba, aunque débilmente. Ulas se había aclarado la garganta.
- Parece que estamos desafiando la cólera divina...
- No es eso en lo que piensa el capitán. Nunca fue un hombre demasiado piadoso... - Etien
bostezó y se puso en pie. Me alegro de no ser el capitán. Dejemos que él decida acerca de lo mejor
que podemos hacer. Entretanto, tú y yo vamos a dormir.
*
**
Pero aquella noche dormí muy poco.
Rovic, creo, descansó perfectamente. Sin embargo, al día siguiente me di cuenta de que
estaba preocupado. Me pregunté, por qué. ¿Pensaba acaso que los Hasagazy nos atacarían? Si era
así, ¿por qué se había prestado a realizar la expedición? A medida que la pendiente se hacía más
pronunciada, la tarea de empujar la carreta se hizo tan pesada que todos mis temores murieron por falta de aliento.
Sin embargo, cuando llegamos junto a la Nave, hacia el atardecer, olvidé mi debilidad. Y
después de un aluvión de exclamaciones de asombro, nuestros marineros permanecieron
silenciosos, apoyados en sus picas. Los Hisagazy, poco habladores por naturaleza, se inclinaron
con aspecto asustado. Sólo Guzan permaneció erguido entre ellos. Observé la expresión de su
rostro mientras contemplaba la maravilla. Era una expresión de codicia.
La Nave era muy bella.
La recuerdo muy bien. Su longitud - su altura, mejor dicho, ya que reposaba sobre su colaera
casi igual a la de nuestra carabela, y su forma semejante a la de la punta de una lanza. Era de
color blanco brillante, un blanco que no había perdido brillo después de cuarenta años. Pero las
palabras no sirven para describirla. ¿Cómo podría describir la belleza de sus curvas, la iridiscencia
del metal, la alada gracia de su forma?
Permanecimos inmóviles durante un largo rato. Noté que mi visión se hacia borrosa, y me
froté los ojos, furioso conmigo mismo por haberme dejado afectar hasta tal punto. Entonces me di
cuenta de que una lágrima se deslizaba por la roja barba de Rovic. Pero su rostro continuaba
impasible. Cuando habló, se limitó a decir, con voz inexpresiva:
- Vamos, tenemos que acampar.
Los guardias de Hisagazy no se atrevieron a acercarse a una distancia inferior a varios
centenares de metros; era evidente que la Nave se había convertido para ellos en un ídolo muy
poderoso. Nuestros propios marineros se alegraron de mantener la misma separación. Pero, cuando
se hizo de noche y todo estuvo en orden, Val Nira nos acompañó a Rovic, a Froad, a Guzan y a mi
hasta la Nave.
Mientras nos acercábamos, una doble puerta se abrió silenciosamente en el costado de la
Nave y una escalerilla de metal descendió hasta el suelo. Brillando a la luz de Tambur, y al rojizo
reflejo de las nubes iluminadas por el fuego del volcán, la Nave resultaba ya suficientemente
misteriosa. Cuando vi que se abría como si un fantasma montara guardia junto a la puerta, di
media vuelta y eché a correr. La carbonilla crujió bajo mis botas, y una ligera brisa llevó hasta mi
olfato una bocanada de aire sulfuroso.
Al llegar al campamento me dominé lo suficiente como para volver a mirar. La Nave
aparecía solitaria en toda su grandeza. Y me decidí a regresar.
El interior estaba iluminado por unos paneles luminosos, fríos al tacto. Val Nira explicó que
el gran motor estaba intacto, y que proporcionaba energía apretando una palanca. Por lo que pude
entender de sus palabras, aquello se conseguía transformando en luz la parte metálica de la sal
común... de modo que no entendí nada, a fin de cuentas. El azogue era necesario para una parte de
los controles, los cuales canalizaban la energía desde el motor a otro mecanismo que empujaba a la nave hacia arriba. Examinamos el depósito roto. 'El impacto del aterrizaje tenía que haber sido
enorme, para retorcer y doblar aquellas paredes tan recias. Y, sin embargo, Val Nira fue protegido
por fuerzas invisibles y el resto de la Nave no había sufrido daños de importancia. Val Nira cogió
una cuantas herramientas, que llamearon y zumbaron y giraron, y efectuó una demostración
de las operaciones de reparación de las partes afectadas. Evidentemente, para él no sería problema
completar el trabajo... y sólo necesitaría unos quilos de azogue para que la Nave volviera a
funcionar.
Aquella noche nos mostró otras muchas cosas. No hablaré de ellas, ya que ni siquiera puedo
recordarlas con claridad. Bastará decir que Rovic, Froad y Zhean pasaron unas cuantas horas en la Colina de los Duendes.
A Guzan, aunque habla estado allí anteriormente, como parte de su iniciación, nunca le había
sido mostrada la Nave con tal amplitud. Sin embargo, al contemplarle le vi menos maravillado que codicioso.
No cabe duda de que Rovic también se dio cuenta. Habla pocas cosas que pasaran
inadvertidas a Rovic. Cuando salimos de la Nave, su silencio no era producido por el asombro
como el de Froad o el mío. En aquel instante, pensé vagamente que temía las dificultades que
Guzan estaba dispuesto a plantear. Ahora, mirando hacía atrás, creo que lo que sentía era tristeza.
Lo cierto es que mucho después de que los demás estuviéramos durmiendo, Rovic continuó
en pie, contemplando la nave.
*
**
Muy temprano, en un frío amanecer, Etien me sacudió para despertarme.
- Arriba, muchacho - tenemos trabajo. Carga tus pistolas y prepara tu daga.
-¿Qué? ¿Qué sucede? - pregunté, medio adormilado aún. Los acontecimientos de la noche
anterior me parecieron un sueño.
- El capitán no ha dicho nada, pero es evidente que espera una lucha. Por mi parte, creo que
Guzan tiene el propósito de asesinarnos a todos aquí, en la montaña. Luego puede obligar al resto
de la tripulación a que le conduzca a Giar, en busca del azogue. El capitán ha ordenado que nos
reunamos con él junto a la carreta.
Después de armarme, recogí un poco de comida. Sólo Dios sabia cuándo tendría ocasión de
volver a comer. Fui el último en unirme a Rovie. Los indígenas nos contemplaban torvamente, sin
comprender lo que nos proponíamos hacer.
- En marcha, muchachos - dijo Rovic.
Dio sus órdenes. Cuatro hombres empezaron a arrastrar la carreta por el camino rocoso que
conducía a la Nave, que brillaba entre la niebla matinal. Los demás permanecimos quietos, con las armas preparadas. Casi inmediatamente, Guzan se acercó a nosotros, seguido de Val Nira.
Su semblante estaba oscurecido por la rabia.
-¿Qué es lo que estáis haciendo? - ladró.
Rovic le miró con frialdad.
- Verás, como pensamos quedarnos aquí durante algún tiempo, examinando las maravillas
que hay a bordo de la Nave...
-¿Qué? - le interrumpió Guzan -. ¿Qué quieres decir? ¿No has visto lo suficiente en una
visita? Tenemos que regresar enseguida, y prepararnos para salir en busca de la piedra que hace
volar la nave.
- Puedes marcharte, si quieres - dijo Rovic -. Yo prefiero quedarme. Y puesto que tú no
confías en mí, es justo que te pague con la misma moneda. Mis hombres permanecerán en la Nave, que puede ser defendida en caso necesario.
Guzan empezó a gritar, pero Rovic le ignoró. Nuestros hombres continuaron arrastrando la
carreta por el rocoso suelo. Guzan hizo una seña a sus lanceros, los cuales se acercaron en una
desordenada pero alertada masa. Etien dio una orden. Nos pusimos en línea de combate, las picas hacia adelante, los mosquetes apuntando.
Guzan retrocedió. Le habíamos demostrado el poder de las armas de fuego en su propia isla.
Era indudable que podía vencemos con la fuerza del número, pero a un precio muy elevado.
- No hay ningún motivo para luchar, ¿no es cierto? - dijo Rovic -. Me limito a tomar
precauciones. La Nave es algo muy valioso. Puede traernos el bienestar a todos... o el dominio
sobre esta tierra a uno. Hay quienes prefieren esto último. No te acuso de ser uno de ellos. Sin
embargo, como medida de precaución convertiré la Nave en mi morada y mi fortaleza, mientras
tenga que permanecer aquí.
Creo que en aquel momento me convencí de las verdaderas intenciones de Guzan. Si de
veras hubiera deseado alcanzar las estrellas, su única preocupación hubiera sido velar por la
seguridad de la Nave. No hubiera agarrado al pequeño Val Nira entre sus poderosas manos,
poniéndolo delante de él, como un escudo contra nuestro fuego. El furor desfiguró su semblante. Y gritó:
- ¡ Entonces, también yo guardaré un rehén!
Los Hisagazy alzaron sus lanzas y hachas, pero no parecían dispuestos a seguirnos.
Continuamos nuestro camino hacia la Nave. Froad se acarició la barba pensativo.
- Mi querido capitán - dijo -, ¿cree usted que van a sitiarnos?
- No le aconsejaría a nadie que se atreviera a salir solo - respondió Rovic secamente.
- Pero, sin Val Nira para explicarnos las cosas, ¿de qué nos servirá permanecer en la Nave?
Sería preferible que regresáramos. Tengo que consultar unos textos matemáticos... debo
consultarle al hombre de las estrellas lo que sabe acerca de...
Rovic le interrumpió dando una orden a tres hombres, para que ayudaran a levantar una
rueda encallada entre dos piedras. Estaba furioso. Y confieso que su acción me parecía una locura.
Si Guzan intentaba una traición, no ganaríamos nada inmovilizándonos en la Nave, donde podía
sitiarnos hasta que muriéramos de hambre. Era mejor atacar en campo abierto, con la posibilidad
de abrirnos camino luchando. Y, si Guzan no proyectaba acabar con nosotros, la actitud de Rovic
era una insensata provocación. Pero no me atreví a hacer preguntas.
*
**
Cuando hubimos acercado la carreta a la Nave, la escalerilla volvió a descender. Los
marineros se detuvieron, aterrorizados. Rovic hizo un evidente esfuerzo para hablar en tono
tranquilizador.
- Vamos, muchachos, no pasa nada. Yo he estado ya a bordo, y no me ha sucedido nada.
Ahora tenemos que subir la pólvora, tal como se había planeado.
Por mi frágil constitución, no me hallaba en condiciones de cargar con los pesados barriles,
de modo que me quedé al pie de la escalerilla para vigilar a los Hisagazy. Estábamos demasiado
lejos para captar sus palabras, pero vi que Guzan se encaramaba a un peñasco y les arengaba. Los
guerreros agitaron sus armas en nuestra dirección y lanzaron unos gritos salvajes. Pero no se
atrevieron a atacarnos. Me pregunté en qué pararía todo aquello. Si Rovic había previsto que iban a
sitiarnos, esto explicarla por qué había llevado tanta pólvora... No, no lo explicarla, ya que había
allí más pólvora de la que una docena de hombres podían gastar disparando sus mosquetes durante varias semanas, suponiendo que tuvieran el plomo suficiente. Y, además, no teníamos provisiones.
Miré hacia la cima del volcán, envuelto en nubes rojizas, y me pregunté qué clase de demonios
morarían aquí para apoderarse de la voluntad de los hombres.
Me sobresalté al oír un grito indignado procedente del interior de la nave. ¡ Froad! Estuve a
junto de trepar por la escalerilla, pero no me moví, recordando mi obligación. Oí que Rovic le
ordenaba que bajara, y apremiaba a los tripulantes para que se dieran prisa en subir la pólvora.
Froad y Rovic habían estado hablando en la cabina del piloto durante más de una hora. Cuando el
anciano salió, ya no protestaba. Pero, mientras descendía la escalerilla, me di cuenta de que estaba sollozando.
Rovic le siguió, con el semblante más hosco que yo había visto en un hombre hasta entonces.
Los marineros continuaron su tarea, aunque de cuando en cuando dirigían inquietas miradas hacia el campamento Hisagazy. Para ellos, la Nave era una cosa extraña e inquietante. Al fin terminaron su trabajo. Etien fue el último en bajar.
- ¡Formen en cuadro! - ladró Rovic. Los hombres se colocaron en posición -. Vosotros,
Froad y Zhean, podéis ir dentro del cuadro. En caso necesario, ayudaréis a cargar los mosquetes.
Tiré de la manga a Froad.
- Por favor, maestro, ¿qué ha sucedido?
Pero el anciano sollozaba demasiado para poder contestar.
Etien se inclinó, con acero y pedernal en sus manos. Oyó mi pregunta - ya que reinaba un
espantoso silencio a nuestro alrededor -, y contestó, con voz endurecida:
- Hemos colocado barriles de pólvora alrededor del casco de la Nave, unidos por regueros. Y
voy a prenderles fuego.
La idea era tan monstruosa, que no pude hablar, ni si quiera pensar. Desde algún lugar
remoto, oí el chasquido de la piedra sobre el acero en los dedos de Etien, le oí soplar y añadir:
- Una buena idea. Dije que seguirla al capitán sin ningún temor... pero ojalá no hayamos ido
demasiado lejos.
- ¡De frente! ¡ Marchen! - rugió Rovic, alzando su espada.
El pelotón emprendió un rápido avance. No miré hacia atrás. No pude hacerlo. Estaba
sumergido en una especie de pesadilla. Puesto que Guzan había avanzado para interceptarnos el
paso, nos dirigimos directamente hacia su tropa. Cuando llegamos al límite del campamento e
hicimos un alto, Guzan avanzó unos pasos. Val Nira le seguía, temblando. Ollas palabras
vagamente:
-¿Qué pasa ahora, Rovic? ¿Estás dispuesto a regresar?
- Sí - dijo el capitán. Su voz era inexpresiva -. Estoy dispuesto.
Guzan le miró con aire suspicaz.
-¿Qué has dejado detrás de ti?
- Alimentos. Vámonos ya.
Val Nira contempló las crueles formas de nuestras picas. Se humedeció los labios unas
cuantas veces antes de poder balbucir:
-¿Qué estás diciendo? No hay ningún motivo para dejar alimentos allí. Se echarían a perder
antes de... antes de...
Se interrumpió, mientras miraba a Rovic a los ojos. Palideció intensamente.
-¿Qué es lo que has hecho? - susurró.
Repentinamente, la mano libre de Rovic se alzó, para cubrir su rostro.
- Lo que debía dijo, en tono cansado.
El hombre de las estrellas nos contempló unos instantes más. Luego se volvió y echó a
correr. Cruzó entre los atónitos guerreros, en dirección a su nave.
- ¡Alto! - gritó Rovic -. Es una locura...
Tragó saliva y contempló la diminuta y tambaleante figura que corría hacia la Nave.
Guzan profirió una maldición en voz baja. Leva ntó su espada y avanzó hacia Rovic.
- ¡Dime lo que has hecho, o te mato ahora mismo! - exclamó.
No prestó la menor atención a nuestros mosquetes. También él había tenido sueños, e intuía
que en aquel momento estaban a punto de desvanecerse.
Los vio desvanecerse cuando estalló la Nave.
Ni siquiera aquella recia estructura metálica era capaz de resistir a una carreta de pólvora
cuidadosamente colocada y estallando al mismo tiempo. Se produjo una explosión que me arrojó
al suelo, y el casco de la Nave se partió en dos. Trozos de metal calentados al rojo zumbaron a
través de la ladera. Vi a uno de ellos chocar contra un peñasco y hacerlo trizas. Val Nira
desapareció, destruido con demasiada rapidez para ver lo que había sucedido. Dios fue
misericordioso con él. A través de las llamas y del humo que siguieron, vi caer la Nave.
Rodó ladera abajo, haciendo retemblar la montaña, hasta que el polvo ocultó el cielo.
No me atrevo a recordar nada más.
Los Hisagazy emprendieron la huida. Debieron de creer que el infierno había invadido la
tierra. Guzan no se movió. Cuando reaccionó, un instante después, saltó sobre Rovic. Un
mosquetero levantó su arma. Etien volvió a hacerla bajar de un manotazo. Permanecimos
inmóviles, contemplando cómo luchaban los dos hombres, comprendiendo vagamente que tenían
derecho a dirimir sus cuentas de un modo personal. Las espadas centelleaban al entrechocar. Por
último prevaleció la habilidad de Rovic. Atravesó la garganta de Guzan.
Dimos sepultura al duque e iniciamos el descenso a través de la selva.
Aquella noche, los guardias reunieron el valor suficiente para atacarnos. Nos ayudamos con
nuestros mosquetes, pero utilizamos principalmente espadas y picas. Nos abrimos camino a través de ellos porque no teníamos otro lugar adonde ir que no fuera el mar.
Cuando llegamos a Nikum, todas las fuerzas que Iskilip habla podido reunir estaban sitiando
al Golden Leaper y esperando para oponerse a la entrada de Rovic. Formamos de nuevo el cuadro,
y cargamos. La vista de nuestra nave nos habla hecho irresistibles. Pero con todo, dejamos a seis
hombres sobre el rojizo fango de aquellas calles. Cuando los que habían quedado en la carabela se
dieron cuenta de nuestra llegada, empezaron a bombardear la ciudad con el cañón. Los techos de
madera se incendiaron, y esto distrajo al enemigo y nos permitió llegar a la nave.
Valientes hasta el fin, los Hisagazy arrimaron sus canoas a nuestro casco, donde no podían
alcanzarles los disparos de nuestro cañón. Haciendo escalera con sus hombros, trataron de trepar a bordo. Un pequeño grupo lo consiguió, y tuvimos que luchar para expulsarles de la cubierta. Allí fue donde recibí la herida en el cuello que todavía hoy sigue molestándome.
Pero, conseguimos salir del fiordo. Soplaba un fresco viento del este. Con todas las velas
desplegadas, dejamos atrás al enemigo. Contamos nuestros muertos, vendamos nuestras heridas, y dormimos.
Al amanecer del día siguiente, el dolor de mi herida me despertó. Comprendí que no podría
seguir durmiendo y subí al puente de mando. El cielo estaba despejado. El viento había amainado.
El mar estaba tranquilo. Permanecí una hora allí, acariciado por la fresca brisa del alba que mitiga el dolor.
Cuando oí pasos detrás de mí, no me volví. Sabía que eran los de Rovic. Permaneció a mi
lado largo rato, sin hablar, con la cabeza descubierta. Me di cuenta de que sus cabellos empezaban a grisear.
Al fin, sin mirarme, dijo:
- Antes de que ocurriera todo aquello, hablé con Froad. Se disgustó mucho, pero reconoció
que era lo único que podía hacerse. ¿Te ha hablado de ello?
- No - respondí.
- Ninguno de nosotros tiene demasiados deseos de comentarlo - dijo Rovic.
Y al cabo de un rato:
- No temía que Guzan o cualquier otro pudiera apoderarse de la nave y tratara de convertirse
en un conquistador. Los hombres de Montalir somos perfectamente capaces de entendérnoslas con tales rufianes. Tampoco temía a los moradores del país de Val Nira. Es muy posible que aquel
pobre viejo dijera la verdad. Nunca nos hubiesen causado daño... voluntariamente. Nos hubieran
traído va liosos regalos, y nos hubieran enseñado sus propias artes, y nos hubieran conducido a
visitar todas sus estrellas.
- Entonces... ¿por qué? - inquirí.
- Algún día, los sucesores de Froad resolverán los enigmas del universo - dijo -. Algún día,
nuestros descendientes construirán su propia Nave, y viajarán hacia los destinos que deseen.
La espuma chocaba contra el puente humedeciendo nuestros cabellos. Saboreé la sal en mis
labios.
- Entretanto - dijo Rovic -, navegaremos por los mares de este mundo, y andaremos por sus
montañas, hasta que lleguemos a dominarlos y a comprenderlos. ¿Te das cuenta, Zhean? Eso es lo que la Nave nos hubiera robado.
Entonces, también yo fui capaz de llorar. El capitán Rovic apoyó una mano en mi hombro y
la dejó descansar allí mie ntras el Golden Lea per, con todas las velas desplegadas, avanzaba hacia el oeste.


FIN

LA MORADA DE LA VIDA --- STAR TREK / 5


La morada de la vida

Lee Correy


Star Trek/5




1

–Puedo llamar su atención, capitán, sobre el hecho de que nuestra presente trayectoria nos lleva inquietantemente cerca de la turbulencia gravitacional de la que han informado las naves de la Federación en este sector del brazo de Orión?
Como siempre, Spock se mostraba a la vez puntilloso y lógicamente correcto en su valoración de las circunstancias.
El capitán James T. Kirk hizo girar su sillón de mando para encararse con el asiento desde el que lo estaba mirando su primer oficial vulcaniano, sentado ante la terminal de navegación del puente de la USS Enterprise. Kirk sonrió.
–Por supuesto, señor Spock. ¿Puedo yo llamar así mismo su atención sobre el hecho de que el alto mando de la Flota Estelar ha enviado a la Enterprise a este lugar con el fin de que investigara esa turbulencia gravitacional de la que se le ha informado? –Se quedó pensativo durante un momento y agregó–: Se me ha dicho que sería una misión de exploración científica fácil y directa, para compensarnos por el hecho de que últimamente hemos visto más klingon de la cuenta...
–Estaba presente cuando nos encomendaron la misión, capitán –le recordó Spock.
–¿Por qué, entonces, su precavida advertencia? –quiso saber Kirk.
–Probablemente –dijo el doctor Leonard Bones McCoy, mientras entraba en el puente, procedente del turboascensor–, se deba a que nuestro oficial científico necesita inocularle un poquitín de riesgo especulativo a una misión que no ha resultado ser más que un aburrido viaje por una sección del espacio casi sin cartografiar. Como respiro de la acción continuada, esta misión de exploración científica de descanso está volviendo chiflada a su tripulación, Jim.
–Estoy con usted, doctor –observó Sulu desde el timón–. Hace ya siete turnos que mantenemos la misma dirección...
Kirk sonrió. Su gente necesitaba el descanso y la relajación que ellos llamaban «aburrimiento». El tiempo pasado en la frontera de la zona del Tratado Organiano había sido duro. Ni siquiera el mes de permiso de tierra en la Base Estelar Cuatro había eliminado su propia fatiga; y estaba seguro de que el resto de la tripulación no estaba mejor que él mismo.
Kirk realmente había estado deseando la misión que tenían en ese momento: el recorrido del borde interior del brazo de Orión, para recoger datos. Estaban lejos de los klingon y los romulanos. Su tripulación necesitaba el respiro que les proporcionaría una misión de mediciones y cartografiado puramente científica.
–Y que continúe así, señor Sulu, con esa dirección constante –le dijo amablemente Kirk a su timonel–. Y no se relaje demasiado. Podría ponerme difícil y organizar una instrucción fásica de emergencia para mantenerlo alerta.
–La tripulación lo agradecería –comentó McCoy–. Jim, ya sé que recientemente hemos tenido algunas misiones difíciles, pero esta tripulación mejora en situaciones como ésa. Déles un destino largo y tranquilo como éste, y se le ablandarán.
–Eso lo dudo –replicó el capitán de la Enterprise–. Teniente Uhura, usted no parece aburrida.
Uhura se quitó el receptor del oído y le sonrió a su comandante, lo que constituía una definitiva ruptura de su habitual comportamiento eficiente de servicio.
–En realidad, capitán, el ocuparme de comunicaciones rutinarias ha sido un cambio que verdaderamente agradezco. Mi división necesita recuperar la pericia en el manejo de los procedimientos estándar. ¿Y se da cuenta de que no he tenido que abrir una frecuencia de llamada ni una sola vez desde que salimos de la Base Estelar Cuatro?
Kirk rió entre dientes ante aquella última frase, al recordar la vez en que su oficial de comunicaciones casi se derrumbó a causa de las tensiones y se puso a protestar por las incesantes y repetidas aperturas de las frecuencias de llamada.
–Lo digo muy en serio, capitán –insistió Spock–, estamos penetrando en un una zona completamente inexplorada donde no estamos precisamente seguros de la forma del espacio provocada por las anormalidades gravitacionales. Los datos enviados por la nave exploradora Phoenix eran bastante incompletos, porque ellos no penetraron hasta un punto tan cercano al brazo como nosotros lo hemos hecho ya.
Kirk sintió que había algo que inquietaba a Spock.
–¿Cuáles son las bases aparentes de su preocupación, Spock? No parecía intranquilo cuando nos transmitieron el resumen de la misión en la Base Estelar Cuatro. Explíquese.
–No dispuse del tiempo suficiente como para estudiar minuciosamente los datos durante la transmisión del resumen, que fue exactamente como su nombre indica: resumido. De hecho, demasiado resumido en relación con los posibles peligros a los que podríamos enfrentarnos –explicó Spock. Se volvió hacia el archivo de la computadora y le pidió una imagen del sector en el que la Enterprise estaba operando en aquel momento. Kirk se levantó de su asiento y avanzó hasta situarse junto a Spock para tener una mejor visión de lo que su primer oficial estaba intentando explicarle. Vio que McCoy también estaba a su lado.
En la pantalla aparecía una proyección de la región galáctica conocida, comprendida entre Mark 10D y Mark 25D. La imagen computerizada de la Enterprise aparecía resiguiendo el borde interior del brazo de Orión, a alrededor de unos 10 kiloparsecs* de la Base Estelar Cuatro. Spock no se molestó en utilizar el cursor para señalar aquello de lo que estaba hablando; se limitó a emplear uno de sus largos dedos vulcanianos.
–Como ya sabemos por nuestra propia experiencia, al cruzar la galaxia entre el brazo de Orión y el brazo exterior de Perseo, hay habitualmente una turbulencia considerable en los bordes de los brazos del espiral galáctico. Esa turbulencia es análoga a la que uno vería al mezclar una substancia granulosa con un líquido mediante un movimiento circular.

* Parsec: unidad de medida del espacio interestelar equivalente a 206.265 veces el radio de la órbita terrestre, o 3,26 años luz. (N. de la T)

–Análogo, pero no igual, porque las analogías nunca guardan una relación exacta de uno a uno con el universo real –señaló Kirk.
–Ciertamente. Sin embargo, la Federación ha señalado las zonas de máxima turbulencia gravitacional en la grieta de vacío que se halla entre las bases estelares uno, diez y once, y las colonias avanzadas del borde de la zona del Tratado Romulano... y el tráfico tanto de las naves de la Flota Estelar como de las comerciales evita cuidadosamente dichas zonas. En la actualidad no existe ninguna teoría aceptable respecto a la turbulencia gravitacional que hay en los bordes de los brazos galácticos. No obstante, yo sospecho que es causada por el hecho de que, a diferencia del movimiento estelar de los brazos galácticos mismos, el de los bordes es de naturaleza aleatoria. A su vez, esto produciría unos campos gravitacionales interactivos que, esencialmente, distorsionarían el entretejido del espacio mismo. –Spock se volvió hacia el capitán y agregó–: Por supuesto, esta descripción verbal es extremadamente imprecisa debido a la ilógica semántica de nuestro idioma. Aún no he podido formular un modelo matemático lógico de la hipótesis, pero me complacerá enseñarle el modelo matemático que he conseguido derivar hasta ahora, a pesar de lo impreciso que pueda ser en este momento...
Kirk alzó ambas manos.
–Ahórremelo, Spock. Cuando se trataba de tensores de campo y matrices dinámicas de traslación, luché con ello en la academia y llegué a comprenderlo. Pero cuando usted consigue darle a su hipótesis la forma suficiente como para poder explicarla en las imprecisas palabras de un idioma, quiere decir que ya le tiene el pie encima.
–¿Perdón? –inquirió Spock, alzando una ceja.
–Creo que lo que el capitán está intentando decirle, Spock, es que las palabras a veces transmiten una explicación más significativa del mundo real que las matemáticas –intervino McCoy, con el habitual tono de voz cínico que afloraba cuando se enfrentaba con el lógico vulcaniano sobre temas como aquel–. Hace mucho tiempo, aprendí que las matemáticas no hacen más que revelarle a uno las consecuencias lógicas de sus suposiciones iniciales... y dado que las suposiciones rara vez son lógicas, los resultados matemáticos que se obtienen a partir de suposiciones lógicas no son más que basura.
Spock levantó la otra ceja.
–Doctor, no veo ninguna razón para que me insulte. Me doy perfecta cuenta de que usted prefiere proteger la imagen de su arte médico como una actividad arcana no sujeta a la lógica de la ciencia, pero hay algunos aspectos del universo que son bastante predecibles mediante las matemáticas... De otra forma, seríamos incapaces de navegar por el espacio.
–Caballeros –intervino Kirk en lo que obviamente estaba convirtiéndose en otra confrontación filosófica de principios entre el oficial científico y el oficial médico–, ¿podríamos dejar esas discusiones para la sala de oficiales, por favor? Spock, ¿qué es lo que realmente está intentando decirme? Especule si es necesario, pero especifique. –La frase fue pronunciada como una orden.
Spock reaccionó en consecuencia.
–Si continuamos nuestro presente curso, tenemos cualquier posibilidad entre trescientas sesenta y cuatro coma sesenta y siete de entrar en un sector de espacio altamente distorsionado a causa de esta turbulencia gravitacional. No puedo predecir las consecuencias.
–Como ya le he dicho, especule –le espetó Kirk.
–El espacio podría estar distorsionado o incluso plegado por la turbulencia gravitacional. Probablemente no podremos detectar dicho plegamiento hasta que ya estemos cruzándolo, porque nuestros sensores no están ajustados para ese tipo de trabajo. Hubiera sido más lógico que la Flota Estelar enviara una nave adecuadamente equipada para este tipo de exploración, en lugar de un crucero pesado como la Enterprise. No obstante, me doy cuenta de que uno no discute con el alto mando de la Flota Estelar. Debido a que no podremos detectar dicho plegamiento del espacio, podríamos acabar cruzando una «discontinuidad» que transportaría esta nave a través de muy largas distancias en cualquier dirección desconocida. Y eso podría resultar muy incómodo. Me aventuraría a predecir que eso podría ejercer una tensión excesiva sobre la estructura de la nave...
–¿Y sin aviso previo? –quiso saber Kirk.
–Quizá algunos indicios. A medida que nos acerquemos más a la zona de mayor turbulencia, podría esperarse que experimentáramos algunos de sus efectos.
–¿Como por ejemplo?
La totalidad de la estructura de la Enterprise dio un repentino brinco, se estremeció y luego volvió a estabilizarse. Fue suficientemente fuerte como para arrojar a McCoy sobre el piso del puente, pero tanto Spock como Kirk consiguieron aferrarse a la consola y a la barandilla del puente respectivamente.
–Como por ejemplo, eso, capitán, sólo que mucho peor. Kirk regresó de inmediato a su sillón de mando. –Informe de secciones. ¿Daños?
La calma y profesional respuesta de Uhura le llegó de inmediato por encima de la cháchara de intercomunicaciones de la nave proveniente de todos los departamentos.
–No hay daños, capitán. Unos pocos tripulantes sacudidos.
–Timón y navegación. No hay daños –informó Sulu–. Mantenemos el curso.
McCoy iba de camino hacia el turboascensor.
–Van a necesitarme en la enfermería –masculló, y desapareció.
La voz de Scotty sonó en el intercomunicador.
–No hay daños en los motores, capitán. ¡Pero ha sido una sacudida horrenda! ¿Hemos embestido algo, o ha sido un bache en la carretera de las estrellas?
–¡No lo sé, Scotty! –le espetó Kirk–. Esté a la escucha. Mantengan rumbo constante, todos. ¿Bien, señor Spock?
Spock se afanaba ante la consola de la biblioteca, mirando por el visor cubierto.
–Como lo sospechaba, capitán, se trata de una anormalidad gravitacional debida a la turbulencia interestelar.
–¿Una anormalidad lo bastante fuerte como para afectar a una nave del tamaño de la Enterprise a una velocidad de crucero de factor cuatro?
–Afirmativo, capitán. Y habrá más si continuamos en el presente rumbo –le advirtió Spock–. Los datos de la Phoenix están un poco atrasados, ya que las estrellas y los remolinos centrales de la turbulencia parecen haber cambiado de lugar desde que ellos sondearon el área hace varios años. Yo sugeriría una extrema prudencia en el avance, capitán. No puedo predecir con qué nos encontraremos en lo que a deformaciones espaciales se refiere.
Cuando Kirk tenía que tomar una decisión, podía tomarla rápidamente.
–Sulu, reduzca la velocidad a factor hiperespacial dos, sin cambios de rumbo. Señor Spock, sensores a máxima sensibilidad y máximo alcance. Continuaremos, dado que nuestra misión es explorar estas anormalidades gravitacionales y cartografiarlas si resulta posible. Otras naves seguirán nuestra senda porque este sector del territorio de la Federación está todavía por explorar y abrir a la colonización. Teniente Uhura, alerta amarilla, por favor. Y haga que el señor Spock le prepare una recopilación de datos para transmitirlos a la Base Estelar Cuatro.
Lo que Kirk no agregó fue que la transmisión a la Base Estelar Cuatro era una medida de precaución por si la Enterprise se encontraba con problemas más adelante. En tal caso, los datos al menos serían enviados al alto mando de la Flota Estelar, donde otros podrían disponer de los mismos.
Pulsó uno de los controles de un brazo del sillón de mando.
–A toda la tripulación. Les habla el capitán –anunció, mientras su voz sonaba por todos los pasillos y compartimentos de la nave–. Como todos saben, estamos realizando una misión de exploración científica que muy probablemente nos deparará sorpresas como la que acabamos de pasar. Ésa ha sido sólo una suave anormalidad gravitacional, algo que nos han enviado a cartografiar. Se producirán otras, y probablemente las cosas se pongan un poco movidas. Por favor, aseguren todos los materiales e instrumentos frágiles, y estén preparados para sacudidas repentinas. Estamos procediendo a la reducción del factor hiperespacial para minimizar las agitaciones. Adelante.
Cerró el circuito y recorrió pausadamente el puente con los ojos. Sin duda, la suya era una buena tripulación. Cada uno de los miembros del puente estaba ocupado en su puesto, haciendo lo que se le había pedido con fría y profesional eficiencia.
–Señor Spock, ¿podría pasar a la pantalla principal el análisis hecho por la computadora de las deformaciones espaciales que tenemos delante, basado en los descubrimientos gravitacionales de los sensores, por favor? Y mantenga el rumbo, señor Sulu...

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5064.4
Lo que comenzó como una tranquila misión científica se ha transformado en un viaje que conlleva algunos peligros, como debería de haber sospechado. Siempre que nos aventuramos en los sectores no cartografiados de la galaxia debemos prever lo inesperado y estar preparados para afrontarlo. En este caso, sabíamos que había anormalidades gravitacionales en este sector, y han sido una de las principales razones por las que la Federación no ha establecido puestos avanzados, colonias ni bases estelares a lo largo del vacío que discurre por el interior del brazo de Sagitario. No nos hemos encontrado con ninguna otra anormalidad gravitacional, pero continuaremos con cautela, acercándonos gradualmente al borde interior del brazo de Orión y recogiendo datos a medida que avancemos. En cierto sentido, este posible peligro beneficia a mi tripulación porque estaban comenzando a aburrirse y volverse inquietos a causa de la rutina. Debido a que este nuevo peligro implica que la Enterprise se enfrenta con el universo y no contra formas de vida hostiles como los klingon, los romulanos u otras con las que nos hemos encontrado en el pasado, constituye realmente una forma de «relajación» para todos nosotros dado que es algo diferente y nos permite oponer nuestras mentes a las fuerzas de la naturaleza más que al poder de formas de vida alienígenas. Naturalmente, con toda probabilidad a quien le resulta más emocionante es al señor Spock, que ha estado trabado en una actividad casi compulsiva de trabajo constante con los sensores y la computadora de la nave, recogiendo y evaluando datos de una forma que para Spock es un esfuerzo de intensidad casi febril. Han pasado ya más de diez turnos desde que abandonó el puente. El doctor McCoy no parece preocuparse por esta continuada actividad de Spock, y me informa que los vulcanianos frecuentemente muestran la capacidad de trabajar durante largos períodos de tiempo sin tomarse lo que nosotros consideraríamos un «descanso», especialmente cuando la actividad implica un trabajo lógico y cerebral del tipo que en este momento tiene absorto a Spock.

Se produjeron algunas sacudidas más, ninguna mayor que la primera que había agitado a la Enterprise. La tripulación ya casi estaba comenzando a acostumbrarse a ellas. La primera conmoción había enviado a siete miembros de la tripulación a la enfermería, a causa de las magulladuras, cortes y contusiones. La segunda sólo cogió desprevenidas a dos personas. Después de eso, las sacudidas parecieron convertirse en una parte de la rutina de la nave, un acontecimiento repentino e inesperado que servía para mantener a la tripulación en estado de alerta.
Spock grababa y analizaba abundantes cantidades de datos. Una continuada serie de paquetes de datos eran enviados a través de la radio subespacial a la Base Estelar Cuatro, cosa que mantenía ocupada a Uhura.
Las cosas casi habían vuelto a la rutina mientras la Enterprise viajaba a lo largo del borde interior del brazo de Orión. A un lado de la nave, vuelto hacia el brazo, el cielo aparecía lleno de estrellas mientras que al otro no se veía más que una banda de luz pálida compuesta por los millones de estrellas del brazo de Sagitario, emplazadas al otro lado de los 800 parsecs del vacío del interior del mismo.
Entonces ocurrió.
Kirk estaba descansando en su camarote cuando la pared opuesta a su litera pareció temblar y ondular como si hubiera estado hecha de gelatina. Sintió que una oleada de náuseas le recorría el cuerpo, parecida a la que había experimentado una vez cuando había viajado mediante un transportador que estaba fuera de fase. Lo siguiente que supo era que estaba aplastado contra el cielorraso, y luego volvió a caer bruscamente sobre la cama, con tal violencia que la plataforma de la litera protestó con el gemido de un material sometido a una gran tensión. Se produjeron otros sonidos que acompañaron aquella severa sobrecarga de los generadores de campo gravitacional de la nave, sonidos provenientes tanto de la nave como de los tripulantes, que atravesaron los tabiques del camarote del capitán. Mareado, con el estómago revuelto, y muy alarmado, Kirk rodó hasta el suelo y consiguió ponerse de pie. Con la palma de una mano golpeó el botón del intercomunicador de la pared.
–Puente, aquí el capitán. ¡Informen!
El intercomunicador no tenía línea.
Sólo entonces advirtió Kirk que la iluminación de emergencia estaba encendida. Anduvo dando traspiés mientras el campo interno de la nave luchaba para estabilizarse nuevamente. Cuando llegó a la puerta del camarote, ésta no se abrió automáticamente; rompió la cubierta de la palanca de emergencia y la abrió manualmente.
Los corredores de la nave estaban llenos de gemidos, gritos de dolor y de angustia. Kirk los apartó de su mente; en aquel preciso momento no podía detenerse para ayudar a ninguno de los miembros de su tripulación; tenía que llegar al puente. El equipo de enfermeros del departamento de McCoy llegaría muy pronto para hacerse cargo de los heridos. Kirk tenía toda la nave para preocuparse.
Los turboascensores no funcionaban, así que Kirk recurrió a las escaleras y escalerillas. Había pasado mucho tiempo desde la última vez en que había entrado al puente por las puertas de emergencia, que tuvo que abrir manualmente. Lo que encontró al entrar en el puente, fue el desorden.
Sulu estaba derribado sobre el piso junto a su puesto. Uhura también estaba herida, sujetándose un codo e intentando valiente y vanamente responder a las señales y llamadas de socorro que llegaban a su estación procedentes de todos los rincones de la nave. Spock había ocupado el puesto de Sulu junto al vapuleado alférez Chekov, que sangraba por un corte profundo que tenía en la frente. Scotty, con el uniforme desgarrado, trabajaba desesperadamente en la terminal de motores.
Kirk se arrodilló un instante junto a Sulu, sólo el tiempo suficiente como para averiguar que su timonel aún respiraba.
–Informe –le espetó luego a Spock.
–Anormalidades gravitacionales extremas –consiguió articular Spock–. En realidad, un «plegamiento» del tejido espacial, por decirlo de alguna manera. No hubo manera de saber que se aproximaba, porque no tenemos ningún sensor capaz de detectar algo así.
–¿Heridos?
–No lo sabemos. Los campos de la nave se apagaron momentáneamente, de hecho se invirtieron, y luego volvieron a entrar en funcionamiento normal. Las comunicaciones están interrumpidas en algunos sectores de la nave –le respondió Spock, con cierta irritación.
–Uhura. –Kirk se acercó a ella–. ¿Algo roto? ¿Está muy mal herida?
–Yo... me golpeé contra el techo –murmuró ella–. Cuando volví a bajar caí sobre ambos codos. No estaba preparada... o no me hubiese descuidado y habría rodado sobre mí... No sé si tengo algo roto... El brazo me duele terriblemente...
Kirk pulsó uno de los botones del panel de comunicaciones.
–Enfermería, aquí el puente. ¿Señor McCoy?
–Jim, enviaré un equipo lo antes posible –respondió la agitada voz del McCoy–. Hay heridos por toda la nave. –Y el circuito se cerró desde el otro extremo.
Kirk no reaccionó ante la brusca respuesta del oficial médico. Sabía que, en aquel momento, McCoy se hallaba bajo una tremenda presión. Un equipo médico llegaría al puente en cuando McCoy consiguiera organizar las cosas.
La ordenanza Rand apareció por la puerta de emergencia del puente. Estaba despeinada pero aparentemente ilesa.
–Ordenanza, ¿está usted bien? –quiso saber Kirk.
–Sí, señor. Pensé que sería más necesaria aquí –replicó Janice Rand.
–Ya lo creo. Préstele asistencia médica de emergencia a Uhura, luego a Chekov y luego a Sulu –le ordenó Kirk. Se volvió a mirar a Scotty con la certeza de que Janice Rand se haría cargo de las heridas de la tripulación del puente sin necesidad de más atención por su parte.
–Informe del estado de máquinas, Scotty –le espetó.
El ingeniero meneaba tristemente la cabeza mientras recogía los informes de la sala de motores.
–Daños menores en la estructura de la nave, capitán. Tenemos en funcionamiento el soporte vital, la energía impulsora y sólo uno de los motores hiperespaciales. Los daños de la segunda unidad hiperespacial son considerables, aunque de momento desconozco el alcance de los desperfectos.
–¿Podremos alcanzar una velocidad hiperespacial? –quiso saber Kirk.
–Sí, pero con una sola unidad lo mejor que podré proporcionarle será un factor hiperespacial dos... y eso con la unidad sana a plena potencia... y sujeta a posibles fallos, ya que no he tenido tiempo de comprobar que no haya sufrido daño alguno –replicó el oficial ingeniero, sin levantar los ojos de la consola de motores.
–Señor Chekov, tome el timón –ordenó Kirk–. Dejemos la nave a la deriva hasta que sepamos dónde hemos ido a parar. Señor Spock, déme la posición. ¿Dónde estamos?
Spock se apartó del timón y avanzó hasta la consola del archivo. Kirk se reunió con él y lo observó mientras volvía a poner en línea los sistemas y los comprobaba.
–Capitán, el sistema de navegación interestelar de inercia ha perdido completamente la alineación. Todavía tenemos en condiciones operativas el pulso basado en la hora galáctica, y los registros de rumbo y bancos de datos parecen estar a salvo. Es posible que consiga reconstruir lo ocurrido pero, como puede ver, el banco de datos de registro de rumbo indica una seria discontinuidad.
–Lo que significa que de alguna forma la Enterprise ha dado un salto a través del espacio normal –agregó Kirk.
–Bastante correcto. Como señalé antes, las anormalidades gravitacionales de esta zona podrían crear lo que equivaldría a un plegamiento del tejido espacial –continuó el vulcaniano–. Según los datos que tenemos aquí, eso es exactamente lo que ha sucedido. Hemos sido arrojados a través de dicho plegamiento del espacio, causado por una anormalidad gravitacional extremadamente poderosa, casi como si hubiéramos saltado a través de un agujero negro o discontinuidad Dirac.
–Ahórreme la teoría, señor Spock. En este momento, lo que necesito sabes es dónde estamos –le dijo Kirk a su oficial, dado que su primer pensamiento concernía a la nave y su tripulación–. Podremos repasar la teoría más tarde, cuando tengamos conocimiento de en qué lugar nos hallamos y hacia dónde nos dirigimos.
–Transmitiré una visión panorámica de escáner a la pantalla principal –señaló Spock. Luego se dirigió a la computadora de la nave a través del modo verbal–. Computadora, explora y analiza el espectro visual de ultravioletas y rayos X de las estrellas que capta el escáner del sensor panorámico. Compara e identifica cualquier grupo de estrellas conocido, e imprime una copia en papel. Guarda los datos para emplearlos en una posible realineación del sistema de navegación interestelar de inercia.
–Procesando –respondió monótonamente la voz femenina, creada por sintetizador, de la computadora.
Kirk se volvió a mirar la imagen de escáner proyectada en la pantalla principal.
–Ordene el máximo de aumento e intensificación de imagen, señor Spock. Ahí fuera no parece haber ninguna estrella.
Y no las había.
Con la máxima intensificación, lo mejor que los escáners eran capaces de recoger era una débil banda de luz que manaba de las estrellas del plano galáctico.
–Informando –dijo la voz de la computadora de la nave–. No se reconoce ningún grupo de estrellas conocidas. Más instrucciones, por favor.
–Computadora, realiza otros análisis de los grupos de estrellas seleccionados, partiendo de la base de un desplazamiento navegacional de varios cientos de parsecs hacia el centro de la galaxia, y ajustando el paralaje en consecuencia –le ordenó Spock.
–Procesando.
–¿Estamos todavía en la galaxia, señor Spock? –quiso saber Kirk.
–Afirmativo. He identificado el Centro Shapley –le respondió Spock, mirando al interior del visor cubierto de la consola de la biblioteca–. Pero hay una cantidad de polvo interestelar considerable a lo largo del plano de la galaxia. Por ese motivo, me resulta muy difícil identificar cualquier agrupación conocida de estrellas. Necesitaré al menos dos referencias estelares reconocibles, además del Centro Shapley, antes de poder realinear el sistema de navegación interestelar de inercia.
–Pero ¿en qué lugar de la galaxia estamos?
–Todavía no puedo darle una respuesta precisa, capitán.
–En ese caso, especule.
–Muy bien. Hemos saltado una distancia estimada de alrededor de trescientos parsecs, y aparentemente nos hallamos en el vacío que hay entre los brazos de Orión y Sagitario. Se trata de un espacio totalmente desconocido e inexplorado, capitán. En este momento no puedo localizar una sola estrella que conozca.
La ordenanza Janice Rand avanzó hasta Kirk para informar.
–Señor, he detenido la hemorragia del corte que el señor Chekov tiene en la frente, y el brazo de la teniente Uhura parece estar sólo contusionado, no roto. Le he puesto una inyección de analgésico suave en cada antebrazo. Eso le aliviará el dolor hasta que el doctor McCoy pueda hacerle una revisión profesional. Pero al señor Sulu tendremos que llevarlo a la enfermería en cuanto consigamos que un equipo médico se traslade hasta aquí.
–¿Qué tal se encuentra, teniente? –preguntó Kirk con tono amable–. ¿Puede continuar haciéndose temporalmente cargo de su puesto?
–Sí, señor. Estoy dolorida, pero no tanto como para pedir que me releven.
–Bien. Primero, establezca contacto con la Base Estelar Cuatro e informe de lo ocurrido. Luego hágame un resumen de los informes de daños internos y heridos.
–De inmediato, señor. –A pesar de que en el rostro de Uhura se veía que estaba realmente herida, ella se mantuvo en su puesto, se colocó el receptor en el oído y emprendió el intento de comunicarse con la Base Estelar Cuatro.
–Trescientos parsecs –meditó Kirk, haciendo cálculos mentales–. Eso es un viaje largo a una velocidad hiperespacial de factor dos...
–Ciento veintidós coma veinticinco años de tiempo real para ser exactos, capitán –precisó Spock.
–Y eso sólo para salir de este vacío y regresar al brazo de Orión –agregó James T. Kirk–. Scotty, hay que conseguir reparar esa unidad hiperespacial y hacer que vuelva a funcionar.
–Sí. –El oficial ingeniero asintió con la cabeza–. No podemos arrastrarnos por la galaxia con sólo una unidad en funcionamiento. Estaríamos todos viejos y canosos cuando llegáramos a la Base Estelar Cuatro.
–¿Cuánto tiempo llevará reparar la unidad hiperespacial? –quiso saber Kirk.
–No puedo decírselo aún –replicó Scotty–. Lo primero es asegurarse de que todos los sistemas internos están funcionando, y a estas alturas ya casi lo tenemos todo en su sitio. Me pondré a trabajar en la revisión de la unidad hiperespacial. Pronto tendré una respuesta para usted.
Las puertas del turboascensor suspiraron al abrirse, y Bones McCoy entró con un equipo de cuatro enfermeros.
–Bueno, ya era hora –comentó el alférez Chekov.
–La mitad de la tripulación está herida, la mayoría de los ascensores no funcionan, ¿y usted espera un servicio de ambulancias? –le espetó McCoy, obviamente bajo unas presiones y exigencias muy superiores a lo que era de su agrado. Recorrió el puente con los ojos–. ¿Quién está herido?
–Será mejor que se lleve a Sulu de inmediato a la enfermería –señaló Kirk–. También Uhura y Chekov se han golpeado.
McCoy estuvo de inmediato junto a Sulu, con el sensor médico desenfundado y examinando el cuerpo del oficial timonel.
–Tiene razón. Presenta heridas internas. ¿Cómo se encuentra usted, Uhura?
La oficial de comunicaciones estaba atareada ante su terminal y no oyó la pregunta del médico. McCoy se acercó a examinarla y ella no pareció advertir su presencia. Finalmente se volvió hacia Kirk.
–Capitán, lo siento, pero no puedo acceder a la Base Estelar Cuatro. En realidad, no puedo acceder a ninguna de las frecuencias subespaciales, ni siquiera a la comunicación corriente por buzzer ni a los canales de comunicación entre naves. Nada, excepto sonidos de Jansky y silbidos subespaciales.
–Lo que significa que será mejor que me encargue de la unidad subespacial o nos quedaremos aquí, en medio de ninguna parte, para siempre –comentó Scott, avanzando hacia el turboascensor–. Bajaré hasta la sala de máquinas, capitán. Le haré saber el estado del otro motor lo antes posible –dijo, y desapareció por la puerta.
Kirk miró a su primer oficial.
–Spock, espero que pueda volver a alinear la unidad del SNII. Entretanto, señor Chekov, oriente nuestra popa hacia el Centro Shapley y mantenga un rumbo directamente opuesto, que nos aleje de él y nos lleve hacia el brazo de Orión. Factor hiperespacial uno. No quiero sobrecargar la unidad que nos queda.
–Sí, sí, señor.

DIARIO DEL CAPITÁN, ANEXO
Nos desplazamos lentamente de vuelta a casa, el brazo de Orión de la galaxia, a velocidad hiperespacial factor uno. Mediante técnicas de matrices aleatorias, Spock y la computadora de la nave han localizado nuestra posición a aproximadamente trescientos sesenta y cinco parsecs dentro del vacío que se encuentra entre los brazos de Orión y Sagitario, en las coordenadas galácticas Mark veintiuno coma cero uno, y a una distancia de aproximadamente mil seiscientos parsecs de la Base Estelar Cuatro. Esta enorme distancia, más la presencia de una considerable cantidad de polvo interestelar a lo largo del plano galáctico en el borde del brazo de Orión, explican la imposibilidad de que la teniente Uhura consiga establecer contacto con la Base Estelar Cuatro mediante la radio subespacial. El primer oficial Spock ha conseguido llevar a término un relativo realineamiento del SNII, que nos proporciona una capacidad de navegación rudimentaria. Las sondas de los sensores trabajando a máxima potencia han localizado unos cuantos sistemas de soles de tipo dos, pero no estamos lo suficientemente cerca de ninguno de ellos como para determinar si poseen planetas... Y vamos a tener que encontrar un planeta o planetoide que podamos orbitar con el fin de que el capitán de corbeta Scott pueda realizar las reparaciones que necesita nuestra segunda unidad hiperespacial, que está completamente inutilizada. De hecho, esas reparaciones requerirán materiales que Scott tendrá que extraer de algún yacimiento para poder fabricar las piezas. Sin un segundo motor hiperespacial, nos veremos condenados a arrastrarnos lentamente por el vacío que separa a ambos brazos galácticos durante quizá varios años antes de que logremos hacer llegar una señal de socorro a las instalaciones de la Federación. Por otra parte, el salto interrumpió una transmisión de datos a la Base Estelar Cuatro, lo que significa que el alto mando de la Flota Estelar sabe que la Enterprise se encuentra en dificultades en alguna parte. Sólo podemos esperar que se haya enviado una misión de búsqueda y rescate, razón por la cual le he ordenado a la teniente Uhura que transmita una llamada de ayuda a través de las frecuencias de emergencia de la Federación. Sin embargo, dado que no podemos contar con que nos llegue ayuda, tendremos que hacer todo lo que sepamos para salvarnos por nuestros propios medios, porque no pienso abandonar la Enterprise ni aun en el caso de que hallemos un planeta habitable pero seamos incapaces de reparar el motor hiperespacial. Llegaremos a casa con los datos recogidos... y haré todo lo posible para asegurarme de que no tardemos toda la eternidad en conseguirlo...


La mayor parte de los desperfectos superficiales habían sido reparados y los heridos habían recibido atención, pero la Enterprise continuaba arrastrándose lentamente a una velocidad de factor hiperespacial uno, con todos sus sensores funcionando a máximo alcance. Kirk pasó la mayor parte de su tiempo en el puente durante varias de las siguientes guardias. No podía admitir la posibilidad de un viaje extremadamente largo de vuelta al cartografiado y poblado brazo de Orión. No era su entrenamiento, sino su experiencia lo que le producía aquella sensación en las entrañas, absolutamente ilógica, de que sin duda estaba a punto de suceder algo que cambiaría para mejor las circunstancias en las que se hallaban. Había estado en demasiados aprietos y pasado por demasiadas situaciones de emergencia. No sólo tenía que mantener una apariencia personal de esperanza por la moral de su tripulación, sino que su propia forma de actuar no le hubiera permitido nada más.
Sabía que la única cosa con la que realmente podía contar era con el cambio.
Antes o después, tenía que ocurrir algo que inevitablemente alteraría el apuro en el que se encontraban.
Y así fue.
Fue Uhura quien lo descubrió.
–Capitán –le dijo, a mitad del sexto turno transcurrido desde el salto–. Estoy captando algo muy extraño. –Sus dedos ajustaban delicadamente los controles de la terminal de comunicación. Anticipándose a la pregunta de su comandante, continuó–. Es muy débil, pero tiene todas las características de la radiación proveniente de un sistema de transporte... y es continuo, no esporádico e intermitente como lo sería si un solo transportador operase sobre objetos secuenciales. Es como si hubiera muchos transportadores trabajando casi constantemente...
Kirk se había vuelto para encararse con ella.
–No hay nada que conozcamos de la galaxia capaz de emitir el patrón de transmisiones característico de un transportador, ¿verdad, teniente?
–No, señor. Es un patrón de escáner y fase muy específico.
–Eso es lo que yo creía. No es natural. ¿Puede identificar su procedencia?
–Afirmativo, capitán. ¿Quiere que componga los datos para la unidad lógica e integradora de la computadora de la nave en forma de entrada de sensor?
–Sí. Señor Chekov, ocúpese del puesto de la biblioteca de la computadora hasta que llegue Spock –ordenó Kirk–. Trace un curso hacia la fuente de las radiaciones de transportador. Si proviene del vacío que se extiende entre los brazos, significa que aquí vive alguien que utiliza transportadores. –Pulsó el botón de llamada general del brazo de su sillón–. Señor Spock, preséntese en el puente de inmediato.
Chekov, con un parche de plastipiel que le cubría el corte de la frente, ya estaba trabajando en la computadora.
–Ya tengo trazado un curso preliminar, capitán. La fuente de radiación de transportador parece provenir de Bearing cero siete, Mark noventa. No hay datos de su alcance.
–Teniente Kyle –le dijo Kirk al timonel–, vire hacia Bearing cero siete, Mark nueve. Proa hacia esa fuente de energía. Mantenga factor hiperespacial uno. Esa radiación de tipo transportador sólo puede tener un origen no natural, lo que indica una forma de vida inteligente en las proximidades; eso hace suponer que hay un planeta habitado. Y eso significa que Scotty podrá reparar el motor hiperespacial inutilizado. Uhura, alerta amarilla hasta que averigüemos qué o quién es responsable de esa emisión de energía.

2


–Teniente Uhura, es usted digna de encomio –dijo _ Kirk mientras observaban cómo crecía la imagen del planeta en la pantalla.
–Gracias, capitán, pero yo no descubrí este planeta. Simplemente detecté las insólitas señales de actividad de los transportadores que provenían de él –señaló Uhura.
–Así es, pero no las desechó usted como falsas –le recordó Kirk–. Esta estrella no debería estar aquí, y no debería tener un solo planeta orbitándola.
El doctor McCoy, cuya incansable labor de los últimos días había remendado a la mayor parte de la tripulación, se limitaba a observar junto al sillón de mando de Kirk pero no pudo contener un comentario.
–El universo no sólo es más extraño de lo que creemos; es más extraño de lo que podemos imaginar.
–Según creo –dijo Spock desde la terminal de la biblioteca de la computadora–, que esa frase ya fue dicha en el siglo XX, doctor...
–Probablemente –replicó McCoy–. A través de mi experiencia he hallado muy pocas ideas o conceptos que sean realmente originales. Todo el mundo parece reinventar la rueda cuadrada en un momento u otro de su vida.
–Bueno, independientemente de la filosofía, caballeros, nos encontramos en una situación tremendamente insólita –observó James Kirk–. Y probablemente nos permitirá salvarnos y llevar la Enterprise de vuelta al territorio de la Federación.
–Pero, capitán, si estamos en territorio de la Federación –comentó Sulu–. El Tratado de Exploración negociado por la Federación de Planetas Unidos nos permite explorar hasta una distancia de 4.750 parsecs del sol, y estamos sin duda dentro de esos límites.
–Acepto la corrección, señor Sulu. Corrijo mi declaración: el territorio de la Federación «explorado».
Kirk se sentía más tranquilo, y tanto su expresión como su humor lo manifestaban. El planeta que se vislumbraba en la pantalla tenía un aspecto demasiado bueno como para ser verdad.
Presentaba casquetes polares, una atmósfera en la que flotaban nubes, océanos abundantes y varios continentes. Parecía un mundo tipo M, de naturaleza terrícola, rocoso, con agua y atmósfera. Spock había apartado su atención de la tarea de determinar exactamente el emplazamiento de la Enterprise, porque el planeta recién descubierto se hacía extremadamente interesante a medida que la nave entraba en un radio de alcance que les permitía a los sensores realizar una lectura precisa.
–¿Qué tal, señor Spock? ¿Ha encontrado ya algún dato interesante del que informar?
Spock tenía la cabeza metida en la capucha del visor de la consola de la biblioteca de la computadora. No obstante, levantó la mirada, garrapateó algunas notas en una libreta y se volvió luego hacia el capitán.
–Mi examen es superficial, capitán, pero tengo ya algunos datos preliminares que resultan bastante fascinantes...
–Bueno, no nos tenga en suspenso, señor Spock –le espetó McCoy.
Spock hizo caso omiso del médico de la nave, al menos dio esa impresión, cosa que probablemente irritó a McCoy mucho más que si Spock le hubiera replicado con una lógica aplastante.
–El diámetro medio planetario es de nueve mil setecientos cincuenta kilómetros, y su gravedad superficial parece ser de siete coma ochenta y cuatro metros por segundo cuadrado... o alrededor de ocho décimas de la gravedad estándar. Dispondré de datos más precisos cuando establezcamos una órbita corriente. Mis datos preliminares indican que el planeta recorre una órbita de cero coma nueve mil trescientos setenta y cinco respecto a su órbita original, con una excentricidad orbital de cero coma noventa y ocho. Otros datos, que son altamente preliminares, incluyen una inclinación del eje de rotación respecto al plano orbital de apenas poco más de doce grados. Duración del día solar de veintiséis horas, doce minutos y treinta y cuatro segundos, con un error probable del cinco coma sesenta y ocho por ciento. Yo estimaría la duración del año en trescientos ocho días, cuatro horas y diecisiete minutos, con un error probable de treinta y cinco minutos más o menos.
–Es lo bastante aproximado para los trabajos de la Federación –masculló Sulu para sí.
–Excelente. –Kirk parecía entusiasmado–. ¿No tenemos aún ningún dato de la atmósfera?
–Negativo. Preveo que dichos datos los adquiriremos con seguridad en el plazo de una hora después de establecer la órbita regular.
–¿Y qué se supone que indican todos esos números? –quiso saber McCoy–. Spock, es usted realmente capaz de hacer sobresalientes trabajos de luz de gas...
–¿Perdón?
Kirk miró al médico de la nave, plenamente consciente de la rivalidad que existía entre el tremendamente lógico y científico primer oficial, y el pragmático, emotivo y también científico oficial médico.
–La luz de gas no ha existido nunca en Vulcano –le dijo amablemente al médico–. En realidad, los números me dicen muchas cosas, Bones, de la misma forma en que los biosensores de su enfermería le informan a usted del estado de la salud de un paciente. Por ejemplo, tomemos el diámetro y la gravedad superficial. La combinación de ambos me dice que se trata de un planeta rocoso, definitivamente de tipo M, con una gravedad lo suficientemente poderosa como para retener gases atmosféricos como el oxígeno y el nitrógeno. La distancia a la que se encuentra de la estrella y la excentricidad de su órbita me indican que probablemente sea lo suficientemente cálido como para que podamos utilizarlo. En ese planeta hay casquetes polares, océanos y nubes. Todos esos datos se combinan para decirme que existen en él agua líquida y agua vaporizada en la atmósfera. La inclinación del eje –alrededor de la mitad del de la Tierra–, me informa además que no tiene cambios estacionales pronunciados, por lo que probablemente los casquetes polares no cambian de tamaño. Eso también significa un clima planetario razonablemente suave. ¿Está usted de acuerdo con mis especulaciones, señor Spock?
Spock meditó durante un instante.
–Sus conclusiones podrían ser un poco precipitadas, capitán. En general, estoy de acuerdo con usted. Parece ser un planeta tibio y cómodo, con agua abundante y probablemente con una vegetación exuberante... lo que a su vez significa algún tipo de vida animal para mantener el equilibrio ecológico. A causa de la extensión del océano que funciona como absorbente del calor, sospecho que el clima general del planeta es bastante regular, sin cambios violentos de las condiciones atmosféricas. Sin embargo...
–Sin embargo –lo interrumpió Kirk–, cada vez que nos encontramos con un planeta nuevo nos damos cuenta de lo poco que sabemos sobre planetología.
–Bastante cierto, capitán. Existe un factor inquietante que no he mencionado.
–¿Y es?
–Esta estrella de clase G3, capitán, que es muy parecida al Sol; no obstante, parece poseer las características de una estrella irregular variable.
–¿Quiere decir que podría estallarnos encima? –quiso saber McCoy.
–No, doctor –replicó Spock con una enorme paciencia–. Significa que sus constantes estelares, es decir, la emisión de energía radiante y partículas de sus procesos termonucleares, son ligeramente inestables. Varían en un grado aún desconocido. En este momento no sé si esta estrella aumentará o disminuirá su emisión, y desconozco los factores que provocan esos cambios.
–En otras palabras, Bones –aclaró Kirk–, esta estrella tiene hipo.
–Bueno, lo que es seguro es que no puede ser demasiado inestable con excesiva frecuencia –indicó McCoy, señalando las zonas verdes y marrones de los continentes a medida que iban apareciendo en la pantalla–. Quemaría o congelaría todo lo que hay en la superficie de ese planeta.
–Sospecho que nuestra partida de descenso va a encontrarse con una flora y una fauna bastante insólitas, que se han adaptado a esos cambios estelares –dijo Spock.
Kirk asintió con la cabeza.
–Estoy de acuerdo. Ciertamente hemos hecho un descubrimiento sobresaliente esta vez... un planeta aislado orbitando una estrella variable irregular dentro del vacío que media entre los dos brazos. Indudablemente proporcionará a la Federación un buen punto de escala para una ruta comercial que eventualmente desarrollara a través del vacío hasta el brazo de Sagitario. Mientras Scotty y su equipo de ingeniería trabaja en el motor hiperespacial, nosotros emplearemos nuestro tiempo en realizar el examen más completo que podamos hacer de este lugar.
–Existe otro factor inquietante, capitán –declaró Spock.
–¿Bien?
–La radiación del transportador.
Uhura intervino en ese momento.
–Cuanto más nos acercamos, más potente se vuelve la radiación del transportador o los transportadores. Es como si ahí abajo estuviera funcionando casi constantemente una red de transportadores que abarcaran todo el planeta. No se percibe interrupción alguna de las señales. No hay el tipo de aumento de escáner o fase que esperaríamos del uso irregular del transportador de la Enterprise. Casi me recuerda la actividad prácticamente constante de los transportadores de San Francisco y el Cuartel General de la Flota Espacial de la Tierra.
Kirk meditó sobre aquello durante un instante, mientras observaba la imagen que continuaba creciendo en la pantalla a medida que la Enterprise se acercaba a él.
–¿Hay alguna señal de vida inteligente, Spock?
–Afirmativo, señor; la radiación de los transportadores.
–¿Qué hay de indicios de ciudades?
–Todavía estamos demasiado lejos, capitán.
–¿Se capta alguna actividad de comunicaciones dentro del espectro electromagnético o subespacial?
–Negativo, capitán –informó Uhura–. He estado barriendo con los escáners desde diez kilohertzios a cien gigahertzios dentro del espectro electromagnético, y he mantenido una vigilancia muy estrecha del espectro subespacial. No hay nada, señor. Ninguna radiación en absoluto. Tan sólo sonidos de fondo provenientes de la estrella misma. Si hay vida inteligente utilizando transportadores ahí abajo, la ausencia de radiaciones de comunicación es muy insólita.
–Spock, ¿detectan los sensores algún vehículo que se desplace dentro de la atmósfera del planeta, o naves espaciales que estén operando fuera de ella?
–Negativo, capitán.
–¿Por qué –reflexionó Kirk en voz alta–, hay aparentemente vida inteligente ahí abajo, lo bastante avanzada como para tener una tecnología del tipo de la de los transportadores, pero sin comunicaciones ni viajes espaciales? ¿Qué tipo de vida vamos a encontrar, que haya sido capaz de desarrollarse en un planeta completamente aislado que órbita una estrella variable irregular emplazada a varios cientos de parsecs de cualquier otra estrella?
–Como creo que señaló el doctor McCoy hace un instante –observó Spock–, el universo suele ser más extraño de lo que podemos imaginar.
–Y los tripulantes de la Enterprise ya tendríamos que haberlo aprendido a estas alturas, ¿no es así? –replicó Kirk, mientras se ponía de pie y miraba por encima de un hombro de Sulu–. Señor Sulu, por favor active nuestros escudos defensivos, por si acaso los que están en ese planeta tienen realmente algún tipo de sistema de defensa espacial y deciden disparar contra nosotros por considerarnos unos intrusos ni anunciados ni bienvenidos de su aislamiento. No arriesgaré la nave en ese sentido. Y advierta a la tripulación de los cañones fásicos para que estén en alerta de espera. Establezca una órbita estándar y encárguese de los preparativos. Cuando tengamos una idea más clara de lo que está ocurriendo ahí abajo, organizaremos una partida de tierra para transportarla al planeta. Mientras tanto, señor Spock, continúe con el examen del planeta. Vamos a necesitar todos los datos que seamos capaces de reunir antes de descender. Hay muchas preguntas para las que me gustaría obtener la respuesta antes de transportarnos a ese planeta porque, por encima de todo, debemos tener muy presente la Orden General Número Uno si lo que tenemos ante nosotros es una especie inteligente que ha estado tan aislada...

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5067.7
La Enterprise ha estado orbitando el planeta durante cuatro turnos. Los sondeos de los sensores indican una gran variedad de formas de vida, pero en la superficie no se advierte ninguna actividad visible de transporte. No hay barcos navegando por los océanos, ni aviones que se desplacen por la atmósfera, ni actividad alguna de viajes espaciales. No obstante, vemos algunos indicios de granjas, pueblos e incluso ciudades, aunque vacilaría en llamarlas «ciudades» según las conocemos. Y no hay indicios de comunicaciones ni dentro del espectro electromagnético ni del subespacial. Hay algo que habita ese planeta, alguna especie lo suficientemente avanzada como para desarrollar la tecnología del transportador y las fuentes de energía necesarias para activar un sistema semejante. Tampoco hemos identificado las fuentes de energía, hasta el momento, aunque podrían ser de tipo solar pasivo.
Tanto el capitán de corbeta Scott como el señor Spock creen que cualquier cultura que posea la tecnología del transportador tendría que estar en condiciones de ayudarnos en la reparación del motor hiperespacial. De no ser así, obviamente existen recursos naturales de los que Scott podrá obtener las materias primas necesarias para completar las reparaciones, dado que me informó que esto no podrá hacerse sin fabricar piezas nuevas... y no las tenemos a bordo. Debido a ello, tendremos que utilizar los recursos de este planeta de una forma u otra.
Sin embargo –y especialmente quiero dejar constancia de ello–, me hallo enfrentado con un dilema. Si hay vida inteligente en este planeta –como en verdad parece a pesar de que hasta ahora no han hecho caso alguno de la nave que lo orbita–, ¿cómo vamos a establecer contacto con ellos y permitirle a Scott que repare nuestra nave sin violar la Primera Directriz?
Por otra parte, podríamos encontrarnos con una cultura lo suficientemente avanzada que requiriese el establecimiento de relaciones diplomáticas preliminares entre la Federación y sus organizaciones políticas.
Este dilema no está resuelto. Spock ha recogido ya los datos suficientes como para permitirnos transportar a un primer grupo de descenso a la superficie.
Consecuentemente, seré transportado con ese grupo durante la próxima órbita. Es la única forma de poder obtener las respuestas que necesitamos ineludiblemente.
El grupo de descenso se reunió en la sala del transportador. Kirk miró a cada uno de sus miembros: Scotty, Bones McCoy, y la ordenanza Janice Rand. Todos habían bajado en otras ocasiones a planetas desconocidos y probablemente peligrosos. Eran profesionales y sabían lo que hacían. Kirk había dejado a Spock al mando.
–Spock, ¿detectan los sensores algún vehículo que se desplace dentro de la atmósfera del planeta, o naves espaciales que estén operando fuera de ella?
–Negativo, capitán.
–¿Por qué –reflexionó Kirk en voz alta–, hay aparentemente vida inteligente ahí abajo, lo bastante avanzada como para tener una tecnología del tipo de la de los transportadores, pero sin comunicaciones ni viajes espaciales? ¿Qué tipo de vida vamos a encontrar, que haya sido capaz de desarrollarse en un planeta completamente aislado que orbita una estrella variable irregular emplazada a varios cientos de parsecs de cualquier otra estrella?
–Como creo que señaló el doctor McCoy hace un instante –observó Spock–, el universo suele ser más extraño de lo que podemos imaginar.
–Y los tripulantes de la Enterprise ya tendríamos que haberlo aprendido a estas alturas, ¿no es así? –replicó Kirk, mientras se ponía de pie y miraba por encima de un hombro de Sulu–. Señor Sulu, por favor active nuestros escudos defensivos, por si acaso los que están en ese planeta tienen realmente algún tipo de sistema de defensa espacial y deciden disparar contra nosotros por considerarnos unos intrusos ni anunciados ni bienvenidos de su aislamiento. No arriesgaré la nave en ese sentido. Y advierta a la tripulación de los cañones fásicos para que estén en alerta de espera. Establezca una órbita estándar y encárguese de los preparativos. Cuando tengamos una idea más clara de lo que está ocurriendo ahí abajo, organizaremos una partida de tierra para transportarla al planeta. Mientras tanto, señor Spock, continúe con el examen del planeta. Vamos a necesitar todos los datos que seamos capaces de reunir antes de descender. Hay muchas preguntas para las que me gustaría obtener la respuesta antes de transportarnos a ese planeta porque, por encima de todo, debemos tener muy presente la Orden General Número Uno si lo que tenemos ante nosotros es una especie inteligente que ha estado tan aislada...

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5067.7
La Enterprise ha estado orbitando el planeta durante cuatro turnos. Los sondeos de los sensores indican una gran variedad de formas de vida, pero en la superficie no se advierte ninguna actividad visible de transporte. No hay barcos navegando por los océanos, ni aviones que se desplacen por la atmósfera, ni actividad alguna de viajes espaciales. No obstante, vemos algunos indicios de granjas, pueblos e incluso ciudades, aunque vacilaría en llamarlas «ciudades» según las conocemos. Y no hay indicios de comunicaciones ni dentro del espectro electromagnético ni del subespacial. Hay algo que habita ese planeta, alguna especie lo suficientemente avanzada como para desarrollar la tecnología del transportador y las fuentes de energía necesarias para activar un sistema semejante. Tampoco hemos identificado las fuentes de energía, hasta el momento, aunque podrían ser de tipo solar pasivo.
Tanto el capitán de corbeta Scott como el señor Spock creen que cualquier cultura que posea la tecnología del transportador tendría que estar en condiciones de ayudarnos en la reparación del motor hiperespacial. De no ser así, obviamente existen recursos naturales de los que Scott podrá obtener las materias primas necesarias para completar las reparaciones, dado que me informó que esto no podrá hacerse sin fabricar piezas nuevas... y no las tenemos a bordo. Debido a ello, tendremos que utilizar los recursos de este planeta de una forma u otra.
Sin embargo –y especialmente quiero dejar constancia de ello–, me hallo enfrentado con un dilema. Si hay vida inteligente en este planeta –como en verdad parece a pesar de que hasta ahora no han hecho caso alguno de la nave que lo orbita–, ¿cómo vamos a establecer contacto con ellos y permitirle a Scott que repare nuestra nave sin violar la Primera Directriz?
Por otra parte, podríamos encontrarnos con una cultura lo suficientemente avanzada que requiriese el establecimiento de relaciones diplomáticas preliminares entre la Federación y sus organizaciones políticas.
Este dilema no está resuelto. Spock ha recogido ya los datos suficientes como para permitirnos transportar a un primer grupo de descenso a la superficie.
Consecuentemente, seré transportado con ese grupo durante la próxima órbita. Es la única forma de poder obtener las respuestas que necesitamos ineludiblemente.

El grupo de descenso se reunió en la sala del transportador. Kirk miró a cada uno de sus miembros: Scotty, Bones McCoy, y la ordenanza Janice Rand. Todos habían bajado en otras ocasiones a planetas desconocidos y probablemente peligrosos. Eran profesionales y sabían lo que hacían. Kirk había dejado a Spock al mando, y podía por tanto apartar de su mente la preocupación por el bienestar de la Enterprise y concentrarse en la tarea que debía realizar: enfrentarse con lo desconocido.
El teniente Kyle, que estaba a los mandos del transportador, se mostraba aprensivo. El sudor le manaba de la frente mientras manipulaba los controles.
–Capitán, estoy teniendo muchos problemas para seleccionar el punto de materialización de la partida sobre el planeta. En la superficie hay un tráfico de transportación terrible.
Scotty se acercó a ayudarlo.
–Muchacho, encuentre un agujero, fije el rayo sobre él, y transpórtenos cuando haya sintonizado la fase –le dijo al joven oficial–. Dado que ahí abajo no hay ningún tipo de tráfico de comunicaciones, tendría que poder fijar el rayo en cualquiera de nuestros comunicadores en cualquier momento para transportarnos de vuelta a la nave. Mantenga abierto el canal de datos que lo comunica con la teniente Uhura.
–¿Cree usted que pueden presentarse problemas a la hora de transportarnos de vuelta a bordo, Scotty? –quiso saber Kirk.
El ingeniero se reunió con el grupo de tierra. –Negativo, capitán. Yo he entrenado bien a esta gente; serán capaces de llegar hasta nosotros sin problemas.
–Muy bien. –Kirk recorrió al grupo con los ojos–. Vamos allá.
Ocuparon sus puestos sobre la plataforma del transportador.
–Activación –dijo secamente.
Kyle dudó y tocó algunos controles.
–¿Y bien, caballero? –le preguntó Kirk al oficial de transporte.
–Estoy buscando una interrupción adecuada en el tráfico de la superficie para trasladarlos allí, señor. ¡Allí está! Activación.
La partida se materializó en un hermoso calvero parecido a un jardín que tenía un pequeño estanque al que alimentaba la murmurante agua de un arroyuelo. Los árboles se elevaban hacia el cielo azul y desprovisto de nubes. Había objetos elegantemente emplazados aquí y allá: bancos, asientos, mesas, y lo que parecían estatuas.
Kirk se encontró a menos de tres metros de una hermosa humanoide que era casi una cabeza más alta que él. Llevaba puesta una túnica blanca holgada y corta, ceñida con un cinturón a la altura de su finísima cintura. De un tahalí que llevaba al hombro, colgaba lo que parecía ser una pistola. A pesar de que era alta y delgada casi hasta el punto de parecer desgarbada, la mujer alienígena era en todo humanoide excepto en el color dorado bronce de su piel.
Pareció pasmada al ver que Kirk y la partida de descenso se materializaban ante ella.
–¡Capitán, cuidado! –gritó Janice Rand.
Y el grupo descubrió que tenían una comisión de bienvenida de otros dos, aparentemente varones jóvenes, de apariencia y atuendo similares a los de la mujer.
La diferencia era que se hallaban a uno y otro lado del grupo, con sus pistolas desenfundadas que se apuntaban mutuamente... y apuntaban al grupo de tripulantes de la Enterprise.
–¡A cubierto! –chilló Kirk, lo que resultaba bastante innecesario porque los otros tres ya habían reaccionado de acuerdo con el entrenamiento recibido. Junto con Kirk, se echaron al suelo y rodaron sobre sí, desenfundando sus pistolas fásicas durante el proceso.
Dos detonaciones casi simultáneas de las armas de los humanoides, estremecieron el claro. Se oyó el sonido contundente de un proyectil que golpeaba a uno de los árboles, seguido del silbar de otro proyectil que rebotaba en alguna superficie para perderse luego en la distancia.
Un humo blanco que olía a huevos podridos, el hedor característico de la pólvora negra quemada, llenó el aire. Para cuando se hubo disipado lo suficiente como para permitir la visibilidad, Kirk y su grupo se hallaban nuevamente de pie, con las pistolas fásicas desenfundadas y las piernas flexionadas en posición de acción inmediata... todos excepto McCoy, que había desenfundado un sensor y no la pistola fásica.
La mujer profirió un grito en un idioma desconocido, desenfundó su arma muy lentamente, la empuñó por lo que parecía ser el cañón metálico, y se la ofreció a Kirk dirigiendo hacia él la parte de la culata y la recámara.
Los dos varones jóvenes siguieron su ejemplo, aunque limitándose a dejar caer las armas sobre la hierba y extender las manos delante de sí, con las palmas hacia arriba y los cantos de las mismas en contacto.
Aquellos actos de los humanoides eran obviamente de rendición y sumisión.
Uno de los hombres jóvenes dijo algo en un idioma desconocido.
–Traductores –ordenó Kirk, prendiendo su traductor universal en la parte delantera de su uniforme–. Bones, tienen aspecto de ser humanoides. ¿Qué me dice de eso?
–No hay duda alguna –replicó McCoy, estudiando las lecturas del sensor–. Pero el examen preliminar no corresponde a ninguna de las otras especies humanoides galácticas conocidas. A primera vista, se parecen tanto a los seres humanos como los romulanos a los vulcanianos.
Kirk tendió una mano y cogió cuidadosamente el arma que le ofrecía la mujer, mientras Scotty avanzaba para recoger una de las pistolas que habían sido disparadas. Kirk no tuvo tiempo para nada más que echarle una rápida ojeada al arma que tenía en la mano, pero el entrenamiento académico y su familiaridad con las armas, tanto antiguas como modernas, le dijo mucho con sólo aquella mirada breve.
El arma era una pistola de cañón corto sin estrías, con un calibre de aproximadamente quince milímetros de diámetro. Se disparaba mediante un percutor, y Kirk no halló trazas de funcionamiento semiautomático. Era de un solo disparo y se cargaba por recámara.
Lo realmente extraño era que carecía totalmente de mecanismos de puntería: no tenía ni mira anterior, circular o de aguja, ni posterior de muesca. No había forma de apuntar el arma con precisión.
–Bueno, procuradores, ¿no van a detenernos? –dijo uno de los hombres cuyas palabras resultaron comprensibles al pasar a través del traductor de Kirk.
–Orun, te dije que los procuradores habían descubierto nuestro nexo con la Técnica –le espetó la mujer a uno de los jóvenes–. Pero, no, ¡tú y Othol teníais que meteros en un asunto de honor!
–Othol dio a entender que yo había faltado a mi lealtad para con la Técnica –respondió airadamente el joven interpelado. Sorprendentemente, era aún más alto que la mujer y el otro varón, y llevaba una banda de tela de color verde para mantener apartados del rostro sus largos cabellos, en lugar de la de color amarillo que tenía el otro joven–. Según el código, no me quedaba otro recurso que el de buscar una satisfacción... cosa que ya ha quedado resuelta.
–¡Sí, pero a qué precio! –dijo la muchacha–. Los procuradores nos han descubierto.
–Un momento –intervino Kirk–. Nosotros no somos «procuradores». Somos visitantes.
El más bajo de los dos varones, el llamado Othol, adoptó un aire muy suspicaz ante aquella afirmación.
–¿Visitantes? ¿De dónde? Ustedes no se parecen a nosotros. No visten como los otros que conocemos. Sus aparatos son diferentes. Tienen que ser, por tanto, unas unidades de procuradores especialmente creadas. –Presentó sus manos con las palmas hacia arriba y las muñecas juntas–. Así pues, adelante, deténgannos, procuradores.
–Nosotros no somos procuradores –repitió Kirk–. Somos visitantes.
–¿Cómo puede ser eso? –preguntó Othol.
La muchacha intervino entonces.
–Othol, puede que digan la verdad. ¿No oyes las extrañas palabras que salen de su boca, y luego las palabras conocidas que manan del dispositivo que lleva prendido a la ropa? ¿No ves los equipos que tienen la mujer y el otro hombre, una especie de dispositivos sensores que nos están sondeando?
–¿Pero de qué otro sitio podrían venir? –quiso saber Othol–. Ésta es la Morada de la Vida del Universo. No existe ningún otro lugar, Delin.
–¿Cuál es el nombre de este mundo? –preguntó Kirk.
–Mercan –fue el vocablo que salió de la boca de Delin, la muchacha.
–La Morada de la Vida –fueron las palabras que manaron del traductor de Kirk.
–Jim –intervino McCoy–, eso tiene sentido. No tienen luna, ni otros planetas, sólo su sol, y desde aquí no pueden ver ninguna otra estrella ni en la más oscura de las noches. El concepto de la galaxia habitada no es parte de su pensamiento. Cuando Spock analice este idioma, apuesto a que no encontrará ninguna palabra para «estrella», «vuelo espacial» o «astronomía». Y si uno no tiene esas palabras, no piensa en esas cosas.
Naturalmente, el traductor de McCoy emitió las palabras de la Federación referentes a la astronomía mientras él las pronunciaba; incluso el sencillo traductor ya había determinado, a través de su programación, que esos conceptos no existían en la estructura de aquel idioma nuevo.
Orun, el más alto, había estado escuchando y a continuación habló.
–Delin podría tener razón, Othol. Sus dispositivos de locución son algo que no había visto nunca antes, y estoy enterado de todos los trabajos más avanzados de la Técnica.
Y ese dispositivo acaba de pronunciar palabras nuestras mezcladas con otras que no tienen significado. Esa gente no puede provenir de la Morada de la Vida.
–¿Que no son de Mercan? No me digas que crees en esa nueva hipótesis de Partan sobre que Mercan vino de la Cinta de la Noche y que nosotros no nos originamos aquí –le espetó bruscamente Othol.
Pero resultaba obvio que Delin no quería entrar en discusiones en aquel momento. Parecía preocupada por algo.
–¿No son ustedes procuradores?
–No somos procuradores –repitió Kirk–. Yo soy Jim Kirk. Ésta es Janice Rand. –La palabra «ordenanza» no tendría traducción–. Éste es el especialista médico doctor McCoy. Y éste es mi técnico, Montgomery Scott. Somos visitantes. Venimos realmente de la Cinta de la Noche. Necesitamos ayuda de su Técnica.
Kirk no entendía aún plenamente la organización social en la que se hallaban, pero estaba razonablemente seguro de que la «Técnica» era la organización de científicos e ingenieros, los que habían desarrollado y construido el sistema de transportadores que funcionaba en Mercan. Aquellos humanoides ectomórficos de elevada estatura eran un maravilloso hallazgo, y era altamente probable que no fuesen tan primitivos como para que no pudiera invitárselos a formar parte de la Federación. No obstante, la carencia de conceptos cosmológicos le inquietaba porque podía convertirse en un importante obstáculo para que fueran aceptados dentro de la Federación. Además, podía significar que Kirk estaba violando la Orden General Número Uno, la Primera Directriz.
De hecho, era plenamente consciente de que posiblemente ya lo había hecho.
–Si ustedes no son procuradores –le dijo Delin–, les amenaza entonces un mayor peligro por parte de los guardianes. Deben venir con nosotros de inmediato. Esperábamos la llegada de procuradores y ya nos habríamos marchado de aquí si Othol y Orun no se hubieran visto obligados por el Código a buscar una satisfacción a causa de una observación descortés. ¡Vámonos!
Se oyó el inconfundible zumbido resonante de materialización por transportador que repentinamente llenó el aire del calvero.
Un escuadrón de hombres armados, con casco negro y armadura, cuyos cuerpos muy altos y delgados estaban cubiertos con placas antibalas, y cada uno de los cuales llevaba el signo de la autoridad en un hombro, se materializaron en puntos estratégicos del claro.
–¡Los procuradores! –les advirtió Orun, y echó a correr... pero luego se detuvo en seco cuando una de las figuras vestidas de negro disparó dos veces con una pistola por encima de su cabeza, obviamente con la deliberada intención de no acertar y advertirle que el siguiente disparo podría hacer blanco.
Y la partida de descenso de la Enterprise se encontró de pronto completamente rodeada por hombres armados de elevada estatura, cada uno de los cuales apuntaba su pistola hacia ellos.

3


A cualquiera le hubiera resultado difícil decir cuál de los grupos fue el más sorprendido, si los cuatro del grupo de tierra de la Federación, o los diez procuradores armados y acorazados de Mercan. Los unos y los otros permanecieron inmóviles y mirándose fijamente durante una fracción de segundo.
Fue Kírk quien rompió el momentáneo silencio espetándole una orden a los suyos.
–Escondan las fásicas.
Dicha orden fue inmediatamente expresada por el traductor en el idioma de Mercan, excepto la palabra «fásicas » , para la que no existía equivalente en la lengua mercaniana. Kirk contaba con eso, y los miembros de la Enterprise deslizaron las pistolas fásicas debajo de los uniformes.
Muchos años antes, en la academia, Kirk se había visto expuesto a las antiguas armas de fuego, había trabajado con ellas y sabía qué tipo de estragos físicos podían causar sus proyectiles. A diferencia de la descarga energética paralizadora de una pistola fásica a media potencia, las balas de las armas de fuego que funcionaban con pólvora causaban extensos daños localizados al desgarrar el tejido, y la onda expansiva destrozaba literalmente la carne. No quería que McCoy tuviera que enfrentarse con ese tipo de heridas sufridas por uno de los miembros del grupo de descenso, ni en aquel momento ni en aquellas condiciones.
–Quietos. No se muevan. –Aquella orden la profirió uno de los procuradores que estaba acorazado y condecorado en un grado superior que los demás, lo cual indicaba que probablemente se trataba del jefe. Pero estaba obviamente tan perplejo como lo habían estado Delin, Orun y Othol unos minutos antes, cuando aquellos extraños se habían materializado en medio de ellos.
–¡Gran Morada! –murmuró el procurador con una entonación de pasmo reverencial que no pudo disimular–. Esta gente de la Técnica se vuelve cada día más extraña... y obtiene constantemente equipos más avanzados.
–Nosotros no somos gente de la Técnica. –Kirk dirigió su observación al jefe del grupo de procuradores–. De hecho, no somos mercanianos. Somos visitantes.
Se produjo un silencio absoluto mientras el jefe procurador intentaba evaluar la situación. Resultaba evidente que estaba confuso. Había llegado hasta allí esperando hallar sólo a los tres jóvenes mercanianos, no a un grupo de cuatro personas de aspecto muy diferente, extrañamente vestidas y de estatura baja, que llevaban equipos raros y hablaban con sonidos extraños que se convertían en palabras a través de aquellos pequeños dispositivos que tenían prendidos a la ropa. Por si eso no fuera ya bastante, no llevaban armas sino sólo unos insólitos equipos colgados de los hombros que zumbaban, silbaban y emitían otra serie de sonidos cuando los dirigían hacia el grupo de procuradores.
–¿Quiénes son ustedes? –preguntó el jefe procurador con tono imperioso–. ¿De qué parte de la Morada provienen?
Kirk no tenía nada en las manos. Abrió las palmas delante de sí para demostrar que no llevaba armas.
–Soy James Kirk, jefe de este grupo. Somos visitantes del exterior de Mercan. –El traductor convirtió la palabra «visitante» en «huéspedes/viajeros/nómadas/buscadores» antes de quedarse sin sinónimos en el programa que acababa de crear de la estructura del idioma mercaniano.
El jefe procurador se volvió hacia Orun.
–Hemos venido para escoltarte, Orun, junto con tus compañeros Othol y Delin, por orden del guardián uno Pallar. Los tres estáis acusados de conducta contraria al Código debido a vuestra abierta defensa de la Técnica de la que sois miembros. Los guardianes ya no pueden tolerar por más tiempo esta violación del Código de Morada. Ahora bien, ¿quiénes son estas gentes de la Técnica? ¿Por qué tienen ese aspecto y por qué visten de esa forma? ¿Por qué hablan una lengua extraña?
–No son de la Técnica; son visitantes, como ellos afirman –replicó el joven mercaniano–. Estoy dispuesto a admitir que yo soy de la Técnica, pero os aseguro con toda certeza que esta gente no pertenece a ella. Se materializaron aquí apenas un poco antes de que llegarais tú y tu grupo procurador Lenos... Y me siento verdaderamente honrado al ver que somos tan importantes como para que el primer procurador en persona comande la patrulla que viene a detenernos.
–Tu irrespetuosa actitud cambiará con el reentrenamiento –observó el procurador Lenos–. Por lo demás, os exijo que os defendáis aquí y ahora... Se me ha ordenado que os lleve a Celerbita, pero no con una bala en el corazón. –Recorrió con la mirada a los cuatro miembros de la Enterprise, no muy seguro de qué hacer exactamente–. También a ustedes cuatro los llevaremos con nosotros. Los guardianes querrán sin duda ver qué ha conseguido la Técnica en total secreto.
–Traductor, detención –le ordenó Kirk en voz baja al dispositivo, haciendo que dejara de traducir sus palabras al idioma mercaniano. Luego les habló a los otros tres miembros de la Enterprise.
–Nada de resistencia. Nada de violencia. Iremos con ellos. Obviamente, los procuradores son la policía, y resulta que estamos en las manos del jefe de policía de este lugar.
–Quizá el jefe de policía pueda llevarnos hasta el jefe del gobierno, sea lo que sea –sugirió McCoy.
–Eso es exactamente lo que estaba pensando –dijo Kirk–. Conservemos la calma. Scotty, por favor, mantenga su temperamento bajo control; su trabajo es el asesoramiento tecnológico.
El procurador Lenos estaba comenzando a ponerse nervioso al no poder comprender lo que decía Kirk. El capitán de la Enterprise se dio cuenta de ello y le ordenó al traductor que volviera a funcionar.
–Por favor, discúlpeme, procurador Lenos –le pidió Kirk con sus maneras más puntillosas y una ligera reverencia diplomática. El idioma tremendamente afectado y excesivamente cortés de Mercan hizo que a Kirk le resultara fácil componer su frase de forma que el traductor la construyera en términos afectados. No le gustaba aquel idioma de estructura excesivamente formal, pero ahí estaba; ¿qué otra cosa podía hacer excepto trabajar con él?–. Tenía que darle instrucciones a mi gente para que no pusieran objeciones a acompañarlos. Estaremos encantados de ir con ustedes y conocer a sus guardianes.
Aquella cooperación voluntaria era aparentemente algo corriente para el procurador Lenos. Volvió su acorazada cabeza y recorrió los alrededores con los ojos.
–Orun, ¿dónde están tus compañeros?
En el rostro de Orun apareció una sonrisa inequívoca.
–Vaya, procurador Lenos, sospecho que consiguieron alejarse en medio de la confusión provocada por tu confrontación con estas extrañas gentes.
En la voz de Lenos se advirtió una obvia frustración.
–Los atraparemos. Si es necesario, controlaremos todas las actividades de transportación hasta dar con ellos.
–Ésa es una empresa enorme, procurador –le recordó Orun–. ¿Cuál es la proporción actual de uso? ¿Más de mil millones de personas son las que se transportan diariamente de un lugar a otro?
–Tenemos medios para hacerlo –replicó Lenos con malevolencia. Luego se dirigió a Kirk–. No tengo orden de llevarlo a Celerbitan, James Kirk. No obstante, ejercito mi autoridad como primer procurador para solicitar su presencia en Celerbitan ante el guardián uno a causa de su apariencia y equipos insólitos.
Kirk no hizo ningún comentario. No podía, Ni siquiera sabía cuáles eran las reglas. Pero sabía que en Celerbitan lo averiguaría muy pronto, si esa era la sede planetaria del poder político... y ya estaba bastante seguro de la existencia de una sede de poder excepcional: los guardianes, que tenían que ser los gobernantes, porque había una organización policial, los procuradores, cuya misión tenía que ser obviamente la de asegurar el cumplimiento de los dictados de los jefes políticos.
Pero también sabía que podría estar equivocado. En los más de mil mundos de la Federación, había mucho más de un millar de maneras en las que los seres inteligentes se organizaban. No podía esperar que la situación que hallaría en aquel lugar, desarrollada en un completo aislamiento, presentara similitud alguna con cualquier cosa que él conociese.
Pero aquellos mercanianos eran humanoides, y todas las especies humanoides compartían entre sí una serie de rasgos, lo que incluía unos centros de poder político que se sustentaban mediante la amenaza de la fuerza física ante el incumplimiento de las reglas políticas y sociales. No creía poder estar completamente equivocado sobre ese aspecto.
Extrañamente, los procuradores no registraron a los miembros de la partida de tierra, ni intentaron apoderarse de los sensores que tanto Janice Rand como Bones McCoy mantenían en funcionamiento, examinando y grabando datos. Kirk calculó que eso era debido a que ninguno de ellos llevaba nada que a los procuradores les pareciese un arma.
–Preparados para el desplazamiento –ordenó el procurador Lenos, mientras cogía un control del tahalí que llevaba, cargado de aparatos.
La atención de Scotty estaba clavada en la unidad de control, mientras intentaba comprender su uso y construcción. También Kirk lo observaba atentamente, mientras Janice Rand enfocaba su sensor hacia el aparato.
El primer procurador frotó los dedos sobre varias porciones del dispositivo del tamaño de la palma de una mano... y se hallaron todos en otro lugar.
Las primeras palabras las pronunció McCoy.
–Ya sabía que esta gente no era civilizada. Cualquiera que emplee un transportador para desplazarse por la superficie de un planeta, es imposible que esté civilizado.
–Silencio, Bones –le espetó Kirk–. No se halla en posición de protestar.
–No puedo creerlo –jadeó Scotty–. Tienen que haber desarrollado la tecnología de transportación a un nivel verdaderamente muy alto. El procurador no ha necesitado comunicarse con ningún operario de control del transportador central, y el sistema nos ha traído hasta aquí, donde no hay ningún transportador. Tenemos que haber pasado a través de uno o más repetidores durante el viaje...
Scotty estaba en lo cierto. No estaban en una sala o unidad de transportación, sino que se habían materializado en el vestíbulo de un edificio magnífico. Era un vestíbulo descomunalmente grande, abierto por tres de sus lados, y cuyo techo se apoyaba en columnas y pilares enormes de un diseño completamente único fabricadas con metales de texturas y brillos hermosísimos. El edificio se hallaba sobre una elevada colina de una isla, ya que el océano la rodeaba totalmente.
A Kirk le recordó la vista que podía contemplarse desde la Acrópolis de Atenas, en la Tierra.
Pero aquel edificio no era el templo de Diana de la Acrópolis, ni se le parecía absolutamente en nada. Aquellos mercanianos no estaban al mismo nivel tecnológico de la antigua Grecia, porque basándose sólo en el edificio Kirk supo que habían dominado la tecnología avanzada en muchas áreas, aunque una inspección más detallada no podía determinar hasta qué punto era así. La arquitectura era indicadora de la existencia de la tecnología, a pesar de que resultaba completamente extraña, como podía esperarse de una civilización que se había desarrollado en el aislamiento más absoluto.
Casi en el mismo momento en el que se materializó todo el grupo, el procurador Lenos anunció:
–Notificaré al guardián uno de su presencia aquí. Por favor, pónganse cómodos, y no vacilen en pedirles a mis procuradores cualquier cosa que necesiten. Asimismo les pido que no intenten huir... porque esta patrulla de procuradores es mi patrulla personal... y no yerran los disparos.
Kirk miró a su grupo. Ellos parecían tan perplejos como él por la amabilidad y cortesía con la que los había tratado lo que obviamente era el cuerpo policial. Aquello nunca le había ocurrido antes. Apagó el traductor.
–Bueno, sin duda nos hemos encontrado con un planetilla de primera. –Scotty fue el primero en hablar–. Con el tipo de tecnología de transportadores que poseen, sumado a lo que puedo calcular por sus edificios, ropas y armas, podrían ser nuestros iguales en algunas áreas de la ingeniería.
–¿Cree que serán lo suficientemente evolucionados como para poder ayudarnos a reparar el motor hiperespacial, Scotty? –quiso saber Kirk.
–No he visto sus fuentes energéticas. No sé si poseen o no tecnología de materia–antimateria, pero con una tecnología de transportadores como la suya tienen obviamente una base industrial que resultaría útil para ayudarme a reconstruir ese motor... aunque ellos no sepan qué es un motor hiperespacial...
–Capitán –intervino Janice Rand–. El señor Scott ha mencionado una falta de tecnología de comunicaciones y transporte. Si los mercanianos poseen un sistema de transportadores que abarca la totalidad del planeta, ¿para qué iban a necesitar sistemas de comunicación o transporte? Ya tienen ambas cosas con su sistema de transportadores. Si quieren hablar con alguien no tienen más que transferirse adonde esté esa persona. Si quieren fletar algo o llevar un cargamento a un determinado punto del planeta, no tienen más que enviarlo a través del transportador...
–Lo que significa que tienen un sistema energético muy poderoso –señaló Scotty.
–Eso podría significar que ya tienen el sistema de materia–antimateria –observó Kirk.
–No, capitán, pueden hacerlo con fusión de hidrógeno ordinaria –afirmó Scotty–. Es por eso por lo que no sé si tienen esas fuentes energéticas. Pero, desde luego, tienen algún tipo de energía. De eso no cabe duda.
–Bones –dijo Kirk, volviéndose a mirar al médico de la nave–, ¿algún dato? ¿Están estas gentes tan estrechamente relacionadas con los seres humanos como parece? Si es así, ¿cómo han aparecido aquí, en medio del vacío galáctico que separa ambos brazos?
–Una pregunta por vez –replicó McCoy. Bajó la mirada a su sensor médico–. Todavía no conozco detalles de la estructura interna y la fisiología; y sería de gran ayuda disponer de muestras de sangre y tejido para analizarlas en la enfermería de la nave. En esas condiciones podría darle una respuesta sólida. Pero parecen primos hermanos nuestros. Aparentemente, tienen estructuras moleculares, articulaciones y órganos sensores similares a los nuestros. Probablemente son más altos y delgados porque la gravedad de este planeta es de ocho décimas de la terrestre, y el clima es generalmente templado y semitropical en la mayor parte del planeta.
–¿Y qué hay de la otra pregunta? –quiso saber Kirk.
–Me alegro de que la haya formulado –replicó McCoy lentamente–. ¿Hay alguna otra pregunta? En serio, no lo sé y ojalá lo supiera.
–Quizá simplemente deberíamos preguntarles de dónde provienen –sugirió Janice Rand.
–Ésa es una buena idea, Rand –dijo Kirk. Encendió su traductor y se encaminó lentamente hacia un lado del edificio, desde donde podía mirar hacia lo que obviamente era una ciudad que se extendía allá abajo y circundaba la colina. Se volvió a mirar a Orun–. ¿Es esto Celerbitan? –le preguntó.
Orun asintió con la cabeza.
–Éste es el cuartel general de los guardianes y los procuradores... Y ustedes son realmente de otro planeta, ¿no es verdad?
–Lo que les dije es verdad –replicó Kirk–. Nosotros no somos de Mercan.
–Pero ¿de qué lugar son?
–Probablemente del mismo lugar del que llegaron sus ancestros. ¿Dónde comenzó Mercan? ¿Cómo empezó? ¿De dónde llegó la gente de Mercan?
–¿No conoce usted la historia de la Creación de la Morada? –le preguntó Orun con incredulidad. Luego asintió con la cabeza–. Claro, si vienen de otro lugar es imposible que la conozcan.
–¿De dónde provienen?
–De la Espiral de la Vida que es duplicado por la espiral de la química básica de la vida misma –le explicó Orun, y luego hizo una pausa–. Algunos lo llaman la Cinta de la Noche porque es el único momento en el que puede vérsela en el cielo. Nosotros, los de la Técnica, creemos que la antigua leyenda podría ser cierta porque existen algunos indicios de que la Cinta de la Noche o la Espiral de la Vida, como se la quiera llamar, está compuesta por una cantidad muy grande de soles como el que tenemos nosotros, aunque no comprendemos el porqué de que no podamos verlos como soles, al igual que vemos al nuestro. Algunos de los miembros de la Técnica creen que ocurre lo mismo que con una luz vista desde varios pasos de distancia, que se hace más pequeña a medida que uno se aleja más pasos.
De pronto se le ocurrió a Kirk que estaba tratando con un fenómeno completamente nuevo. Los « pasos» y las dimensiones menores eran las únicas que poseían los mercanianos. No necesitaban dimensiones de distancia, cuando los transportadores podían trasladarlos al otro lado del planeta en una fracción de segundo.
¡Un mundo sin distancias!
Y un universo sin astronomía, al menos por lo que respectaba a los mercanianos.
¿Qué otros fascinantes misterios contenía aquella insólita civilización de seres humanoides?
Aquello sería como un filón de oro para los xenosociólogos de la Federación.
Y si el brazo de Sagitario era la dirección de la expansión futura de la Federación en su esfuerzo por colonizar y poblar esa zona de la galaxia, Mercan se convertiría en una importante estación de paso de las rutas comerciales entre ambos brazos.
Y eso podría destruir Mercan.
Kirk no pudo evitar ponerse a pensar en otros casos ocurridos en la antigua Tierra, en los que culturas únicas desarrolladas en el aislamiento habían sido total y completamente destruidas por recién llegados.
No quería que Mercan siguiera el mismo camino que los aztecas o los incas.
Sabía que, en consecuencia, su principal tarea entraba en conflicto con sus responsabilidades como oficial comandante de la Enterprise. Como capitán, tenía la obligación de arreglar las cosas de forma que la nave pudiera ser reparada. Pero como máximo representante de la Federación de Planetas Unidos y sujeto a los dictados de la Primera Directriz, se tenía que dejar de lado, por el momento, sus responsabilidades como comandante de la nave.
Primero tendría que desentrañar los diferentes aspectos de la cultura de Mercan. ¿Estaba Mercan preparado para entrar en la Federación y para los cambios que traerían consigo las relaciones con la Federación? ¿O tendría que arreglárselas para que la Enterprise pudiera ser reparada, y buscar la forma de marcharse sin alterar aquella civilización, dejando en manos de la Federación la inevitable decisión de interferir con sus contactos?
Kirk anduvo tranquilamente hasta sus compañeros y apagó el traductor.
–No sé qué es exactamente lo que tenemos aquí –le dijo al grupo–, pero no violaremos, repito, no violaremos la Orden General Número Uno hasta que hayamos averiguado más acerca de Mercan.
–Estoy de acuerdo con usted, Jim –intervino McCoy.
También yo he estado observando y escuchando. Este lugar, esta cultura, estas gentes, son únicos. Debemos interferir lo menos posible hasta que no dispongamos de más datos.
–Pero es que yo tengo ahí arriba un motor hiperespacial que necesita reparaciones –protestó Scotty–, ya que en caso contrario vamos a permanecer aquí durante mucho tiempo, de verdad. Y antes o después estos mercanianos van a descubrir a la Enterprise orbitando por encima de sus cabezas. ¿Cómo podremos entonces evitar trastornarlos, eh?
–Scotty, por lo que sabemos, los mercanianos podrían tener una tecnología de transportadores lo suficientemente poderosa como para llegar hasta la Enterprise y simplemente transformarla en una señal que no se materializara en ninguna parte... nunca –le advirtió Kirk.
–Sí, es cierto –admitió el ingeniero.
–Ordenanza, ¿qué tiene usted que decirnos desde el punto de vista de una mujer? –le preguntó Kirk a Rand.
–Capitán, probablemente ya hayamos interferido en esta cultura por el solo hecho de haber transferido un grupo de tierra –respondió reflexivamente Rand–. Pero a menos que tengamos mucho cuidado, creo que esto podría transformarse en una situación parecida a la de una mujer que intentara criar a un niño salvaje...
–Continúe –la instó Kirk cuando ella hizo una pausa.
–Un niño salvaje no tiene programación cultural alguna –explicó Janice Rand–. No importa qué hagamos, ya hemos cambiado cosas. Y esta cultura salvaje reaccionará hacia nosotros de una forma que no podemos predecir. En otras palabras, capitán, mi intuición femenina me dice que nos hallamos en un grave peligro...
La ordenanza Janice Rand estaba en lo cierto.

4


Kirk no se sorprendió al ver que el procurador Lenos regresaba con otro hombre alto pero de más edad que se aproximaba a ellos y les hablaba con un tono cordial.
–Bienvenidos a Celerbitan, y a la villa de los guardianes. Yo soy Pallar, guardián uno de la Morada.
Las palabras puntillosas, educadas, diplomáticas y casi afectadas de bienvenida cogieron a Kirk con la guardia baja. Luego, la razón que las justificaba se le hizo evidente. Incluso Pallar, el guardián uno de Mercan, llevaba un arma de fuego visible, enfundada.
En una cultura que tenía un código de duelo como aquélla, era necesario que las personas desplegaran las maneras más cordiales, incluso con los extraños. Los actos de patán no podían ser tolerados en una sociedad tan cerrada como la que tenían los mercanianos, una sociedad que era verdaderamente mundial a causa de sus sistemas de transportadores.
Un mercaniano tenía que respaldar sus modales con su vida.
Aquello ponía en las manos de Kirk otro triunfo... porque el grupo de descenso de la Enterprise no estaba visiblemente armado.
O al menos así lo creía él.
Kirk respondió al saludo con unos modales igualmente buenos.
–Guardián Pallar, soy el capitán James T. Kirk. –Presentó a cada uno de los otros tres miembros del grupo, y luego prosiguió–. Gracias por su amable bienvenida a Celerbitan. Nos complace grandemente estar aquí porque hemos tenido grandes problemas y hemos venido a Celerbitan para solicitar su graciosa ayuda.
Pallar se acomodó el tahalí que llevaba colgado de un hombro. Al igual que el resto de los mercanianos, excepto los procuradores, estaba ataviado con una túnica bastante sencilla ceñida en la cintura, una cinta alrededor de la frente de color brillante y complicados dibujos, y un tahalí o bandolera sobre el hombro izquierdo, con varios bolsillos. El arma de fuego colgaba metida en la pistolera de dicho tahalí, y le quedaba a la altura del muslo derecho. En un planeta como Mercan, con un eje muy poco inclinado, grandes océanos y sin cambios estacionales pronunciados, la ropa de abrigo no debía de ser necesaria, al igual que ocurría con Vulcano. No obstante, aquella cultura era diferente porque en apariencia no era aficionada a las decoraciones intrincadas y elaboradas, como la vulcaniana.
«Bueno –pensó Kirk–, cada cultura es diferente de todas las demás, y eso es lo que hace que el universo resulte interesante.»
El rostro aguileño de Pallar no expresó emoción alguna mientras él observaba detenidamente a cada uno de los miembros de la Enterprise, y luego miraba a Orun.
–Pareces estar bien, Orun. Ah, ¿por qué será que cuando una persona alcanza la edad responsable frecuentemente se aparta de los dogmas del Código de la Morada? Orun, tus actividades dentro de la Técnica y las de la Técnica en sí están comenzando a amenazar la paz y la tranquilidad de la Morada. Le he pedido al procurador Lenos que te trajera a Celerbitan bajo una orden dada por la justicia de los guardianes, porque quería hablar contigo acerca de tus actividades y las de la Técnica.
–Guardián uno, no hay nada de lo que esté dispuesto a hablar bajo circunstancias o condiciones algunas –respondió Orun con tirante gentileza.
–Ya lo veremos. Somos pacientes, el Sol de la Morada no permanecerá siempre tan tranquilo como lo está ahora... y está la cuestión de la admisión al interior de las Reservas... –dijo tranquilamente Pallar.
Luego se volvió a mirar a Kirk.
–Entretanto, capitán Kirk, se me ha dicho que fueron ustedes hallados con Orun y sus compañeros. Todos ustedes tienen nombres extraños, apariencias extrañas, ropas extrañas y hablan un idioma desconocido. También veo que van desarmados. Tienen que ser todos construidos o producidos mediante los avances de la Técnica.
–Guardián uno, nosotros no pertenecemos a la Técnica –le aseguró rápida y sinceramente, Kirk–. Se me permite, según mi código de conducta, revelarle a usted, como guardián uno, que no procedemos de Mercan. Venimos de otro lugar. Estamos ansiosos por no alterar la forma de vida de este sitio, y estoy seguro de que le preocupa esa posibilidad. Doy por descontado que nuestra conversación no saldrá del grupo de los aquí presentes hasta que ambos podamos determinar que nuestra presencia aquí no causará conflictos con el Código de la Morada.
Pallar no dijo nada durante un tiempo. Aquélla ciertamente no era la respuesta que había esperado por parte de Kirk.
–¿Ustedes no son de la Morada? –preguntó lentamente Pallar–. Si no... y si... –Se detuvo.
–Ciertamente comprendo por qué creen ustedes estar solos en la vastedad del universo. He visto su nocturno cielo –le dijo Kirk al líder mercaniano–. En ese cielo nocturno no hay nada que les diga lo contrario pero ¿sabe usted que probablemente Mercan proviene de lo que ustedes llaman la Cinta de la Noche? ¿Sabe qué es lo que hace que la cinta brille durante la noche?
–Es usted una persona extraña, capitán –observó Pallar–. Todo el mundo sabe en la Morada que nosotros llegamos de la Cinta de la Noche hace muchísimo tiempo. Y que la Cinta de la Noche está probablemente compuesta de rocas vitaliares como las que tenemos en la Morada, que brillan naturalmente por sí solas en la oscuridad. La Morada es rica en estas piedras que empleamos para nuestro sistema energético. Por lo tanto, la Cinta de la Noche tiene que estar compuesta de incontables trozos de dichas rocas alineadas a todo lo largo del cielo. Ése fue el lugar en el que nos originamos porque allí es donde existieron la energía y la fuerza necesarias para crear a Mercaniad, el Sol, y Mercan, la Morada... y toda la vida está en la Morada. Nuestro destino es el de preservar esta cosa única llamada vida en una interminable noche de nada cuya única excepción es el débil brillo de nuestra herencia.
–Guardián Pallar –dijo Kirk, precipitadamente–. Le he dicho que nosotros cuatro no provenimos de la Morada y eso puede verlo por usted mismo. Hemos llegado en un gigantesco aparato de viaje, de la Cinta de la Noche que contiene billones y más billones de soles como Mercaniad, y billones de mundos como la Morada. Ustedes no pueden ver esos soles como luces individuales a causa de la gran distancia que los separa de ellos. La Cinta de la Noche hierve de vida que puebla mundos como la Morada. Ustedes no están solos.
Pallar no dijo nada ni se movió, pero Kirk vio que el procurador Lenos se ponía rígido. Orun, por su parte, se puso visiblemente emocionado, como si estuviera escuchando la confrontación de cosas en las que había comenzado a creer de forma tentativa.
–Herejías de la técnica –gruñó Lenos.
Pallar alzó una mano.
–Ciertamente, así es como suena. Capitán Kirk, lo que dice usted desafía toda lógica, razón y evidencia. Habla usted con las palabras de la Técnica, pero con unas interpretaciones nuevas tan interesantes que yo, como guardián uno del Código de la Morada, me veo en la obligación de averiguar más sobre esas nuevas creencias de la Técnica con el fin de refutarlas de la forma más apropiada. No me queda otro recurso que el de creer que usted y sus tres compañeros son unos importantes nuevos avances de la Técnica, quizá la creación de seres que pueden resistir la Prueba sin necesidad de la protección de las Reservas. Resulta obvio que los métodos de la Técnica no son todavía perfectos, puesto que con ustedes han creado una especie mentalmente incompleta... y por lo tanto debo considerar que la cordura de los cuatro es inferior para las pautas del Código. No los estoy insultando deliberadamente, a pesar de que los cuatro están desarmados... lo cual constituye otra interesante perversión del Código por parte de la Técnica. Como guardián uno, determino por tanto que no se les permita utilizar el desplazador y que permanezcan en Celerbitan para que todos los guardianes puedan conocerlos. Por favor, entréguenle al procurador Lenos sus controles de viaje. –Mientras decía aquello, tenía la mano sobre la culata de la pistola que le colgaba a un lado porque era plenamente consciente de que aquellos cuatro extraños podrían sentirse insultados, y por tanto sería necesario que se defendiera aunque fuese un guardián.
Pero Kirk y su grupo no realizaron movimiento alguno.
–No llevamos nada parecido –le dijo el capitán de la Enterprise al líder mercaniano, sabiendo que había chocado contra una barrera que no podía esperar superar de inmediato.
–Lenos ¿llevan controles de viaje? –le preguntó Pallar al jefe de los procuradores.
–Llevan aparatos extraños, pero nada que haya podido identificar como controles de viaje.
A Kirk, Pallar le habló en tono de disculpa.
–Tendré que pedirles a los procuradores que los registren para asegurarme de que no tienen controles de viaje que les permitirían marcharse de Celerbitan.
Kirk se encogió de hombros y sonrió.
–Somos sus huéspedes, Pallar. ¿Por qué íbamos a querer marcharnos? Usted es la persona con la que deseamos hablar. Usted es obviamente el líder entre los líderes y es el único que tiene la posibilidad de ayudarnos.
Kirk y los otros tres probablemente podrían haber superado a la patrulla de procuradores en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, pero eso podría haber tenido consecuencias potencialmente irreversibles. En aquel momento existía un poco de comunicación entre Pallar y Kirk; Kirk tenía todas las intenciones de mantener abierto ese canal de comunicación y ampliarlo. Sentía curiosidad por la Técnica, pero fueran quienes fuesen sus miembros, no se trataba del poder político supremo del planeta. Pallar sí lo era... o al menos representaba al grupo que lo era.
Así pues, le indicó silenciosamente a su grupo que se sometiera al registro sin resistencia alguna. Era un grupo bien entrenado y disciplinado. Apenas hacía falta aquella indicación.
Los procuradores, por supuesto, se encontraron con el equipo que llevaba encima cada uno de los miembros de la Enterprise: las pistolas fásicas, los comunicadores, el equipo médico de McCoy y los sensores.
Pallar miró cuidadosamente cada uno de los aparatos.
–¿Reconoces alguno de estos dispositivos de la Técnica, procurador Lenos?
–Guardián Pallar, he convertido en una especialidad el familiarizarme con todos los aparatos de la Técnica –le replicó Lenos, con una cierta confusión que afloraba a su voz mientras les daba vueltas a los aparatos entre las manos–. No reconozco ninguno de éstos. Aquí no hay absolutamente nada que se parezca a algo que haya visto antes; y no hay ningún dispositivo que se parezca ni remotamente a un control de viaje.
Pallar se hallaba obviamente en un dilema. Cualquiera de aquellos artilugios podía ser letal, tanto en las manos de aquellos cuatro extraños... como si se los quitaban. Cualquiera de aquellos aparatos podía tener características de seguimiento o sondeo... o podía incluso detonar tras un determinado período si se lo quitaban a sus dueños. No había nada que se pareciera a un arma mercaniana. Pero de todas formas, preguntó.
–Capitán Kirk, por favor, explíqueme para que sirven estos aparatos.
Kirk señaló un sensor.
–Este dispositivo ha estado analizando y grabando las diversas características de la Morada para nuestros futuros estudios, con el fin de que podamos conocerlos mejor y así evitemos alterar su cultura. Éstos –Kirk señaló las pistolas fásicas–, son nuestra protección contra las cosas de la Morada que puedan resultar peligrosas para nosotros. Y éstos –señaló los comunicadores–, podrían ser considerados como un medio para informarnos los unos a los otros sobre las circunstancias.
Kirk había formulado cuidadosamente las frases con una terminología semántica positiva que esperaba que fuera aceptable para Pallar.
Así fue.
–Aquí no veo nada que pueda ser peligroso para nosotros. Pero debo hacerles una seria advertencia. Si llegaran a intentar cualquier acto violento, los resultados requerirían sin duda los servicios inmediatos de su especialista en salud. No veo ninguna razón para privarlos de sus artilugios de reconocimiento y estado... y aquí en Celerbitan ciertamente no hay nada que pueda molestarnos que analicen y graben en sus aparatos, ya que estoy seguro de que todo el mundo, tanto los de la Técnica como los que no lo son, conocen todo lo que puede conocerse sobre Celerbitan... excepto por lo que se refiere a los misterios de Mercaniad, los cuales sólo están en las mentes de los guardianes. Lenos, por favor, encárgate de que todos dispongan de habitaciones cómodas... incluyendo a Orun, que también será nuestro huésped mientras nos cuenta todo lo que sabe sobre estas cuatro personas de la Técnica. Pero controla cualquier tipo de actividad de viaje que se produzca en sus aposentos; no queremos que la gente de la Técnica se materialice e intente ayudarlos en ningún tipo de huida violenta... –Se volvió hacia Orun y tendió una mano–. Orun, por favor, entrega tu control de viaje. El guardián uno tiene el derecho de restringir tu libertad por su potestad de guardián según el Código.
Orun le entregó al anciano un dispositivo manual parecido al que Lenos había empleado para transportarlos a todos hasta Celerbitan, pero renunció a él con evidentes reticencias.
Luego Pallar continuó, dirigiéndose a todos ellos.
–Tengo la intención de convocar un cónclave de los guardianes en Celerbitan, para investigarlo a usted y sus tres compañeros, James Kirk. Sólo habíamos planeado garantizar la reeducación de Orun y sus compatriotas... y así lo haremos cuando hayamos tenido la oportunidad de averiguar más sobre ustedes y estudiar qué debe hacerse para evitar que ustedes y otros como ustedes contravengan el Código de la Morada. Se les darán habitaciones cómodas y se les permitirá la libertad de Celerbitan, dado que no es posible abandonar la isla sin el desplazador, cuyo uso les estará prohibido a todos. Orun, tú puedes permanecer con tus extraños compañeros de la Técnica.
Dicho esto, el guardián uno puso ambas manos ante su largo rostro, y luego las separó desplazándolas hacia los lados; obviamente se trataba de un gesto de saludo y/o despedida mercaniano.
–¡Guau! –jadeó Scotty–. ¡Que me hablen luego de prolijidad...!
–Scotty, está usted olvidando el hecho de que está a sólo unas pocas generaciones de distancia del salvajismo galáctico –observó McCoy.
–Doctor, en circunstancias diferentes podríamos haber acabado haciendo un poco de actividad gimnástica a causa de esa observación...
–¿Se da cuenta de qué es lo que quiero decir? –dijo McCoy con una sonrisa–. Nosotros no tenemos un código de duelo mercaniano, pero tenemos nuestro propio código, ¿no es cierto?
Kirk les hizo bruscamente con la mano el gesto que indicaba que guardaran silencio.
En aquel momento eran conducidos por Lenos y los procuradores hasta un lugar cuya definición más apropiada hubiera sido una villa que miraba al mar oscuro de Mercan, oscuro como el vino, no muy alejado de la villa de los guardianes. Allí, los procuradores simplemente los dejaron solos.
–Es la cárcel más extraña que jamás haya visto –comentó McCoy, al advertir que no había ni barrotes en las ventanas ni puertas blindadas con cerrojos.
Kirk estaba investigando todo lo que podía, y habló mientras abría puertas para averiguar adónde conducían.
–¿Y qué esperábamos? En ese océano no hay ni botes ni barcos. No hay un solo vehículo aéreo. No existe forma alguna de que podamos salir de aquí. Y los guardianes tienen un poder tan omnipresente gracias a los procuradores, que nos dominarían en un momento si intentáramos cualquier acto de violencia... lo cual, en todo caso, no entra dentro de nuestros propósitos. De momento no corremos ningún peligro, y hemos sido bien tratados tanto para nuestras pautas como para las de ellos. Además, hemos establecido un canal de comunicación con el hombre más importante del planeta. Estamos en una situación mejor que hace apenas unos días, cuando lo único que podíamos hacer era arrastrarnos por el espacio a factor hiperespacial dos, con la perspectiva de muchos años para llegar a casa.
–Bien, ¿qué haremos ahora? –inquirió McCoy.
–Esperar y reunir datos –explicó Kirk–. Cada uno de ustedes tiene una especialidad más un punto de vista personal. Cada uno de ustedes recogerá datos diferentes y hará interpretaciones distintas de lo que vea. Entre todos tendremos la probabilidad de hallarle una respuesta racional a lo que está ocurriendo aquí.
–Pero es que ahí arriba tengo en órbita una nave maltrecha que necesita reparaciones –protestó Scotty.
–¿Existe algún riesgo de que la Enterprise tenga problemas de funcionamiento por orbitar este planeta durante unos cuantos días o semanas, Scotty?
–No, pero no podremos ir a ninguna parte y yo no podré reparar ese motor hiperespacial si nos quedamos aquí sentados.
–Scotty, tiene ante usted toda una tecnología nueva que descifrar –le indicó Kirk a su ingeniero–. Puede que no consiga reparar el motor hiperespacial hasta que no haya investigado la tecnología mercaniana y descubierto qué áreas de la misma pueden resultarle útiles a usted. Tiene una tarea tremenda por delante –le recordó Kirk.
–Tiene toda la razón. Gracias por poner las cosas nuevamente en su perspectiva correcta, capitán.
Kirk sacó su comunicador y lo abrió.
–Enterprise, aquí Kirk.
–Adelante, capitán –respondió la voz de Uhura.
–Estamos bajo arresto domiciliario por parte de los humanoides que viven en este planeta –informó Kirk–. Nos encontramos bien. Estamos en una isla grande aparentemente emplazada en medio de uno de los océanos, en la capital planetaria llamada Celerbitan. Haga que el señor Spock localice nuestra posición a través de esta transmisión. Ahora, esté a la escucha de los informes verbales y la transmisión de los datos recogidos por los sensores.
Durante los minutos siguientes, Kirk dio su informe a través del comunicador, y luego lo empleó para transmitir los datos recogidos por los sensores de Janice Rand, McCoy y Scotty.
Cuando esa operación estuvo acabada, la voz de Spock les llegó a través del comunicador.
–Ya tengo todos los datos en la biblioteca de la computadora, capitán, y los analizaré junto con los que acaba de enviar usted. Debo decir que éste es un descubrimiento fascinante.
–¿Quiere decirme que está realmente entusiasmado, Spock? –preguntó Kirk.
–Señor, mis términos han sido más precisos. Y será interesante comparar esta cultura mercaniana con las que ya conocemos...
–Indudablemente, señor Spock. Pero entretanto, debemos estudiar y desentrañar esta cultura. Tenemos que hacer reparaciones en la nave, y lo que averigüemos sobre Mercan determinará cómo vamos a abordar la tarea –le dijo Kirk al primer oficial a través del comunicador–. Le enviaremos datos con toda la frecuencia posible. Y, por favor, comuníqueme cualquier descubrimiento interesante o correlación con la que se encuentre.
–Por supuesto, capitán –le replicó la voz de Spock–. Mientras tanto, también mantendré la vigilancia de esta estrella variable irregular... que está lejos de ser estable en ningún sentido. En este momento estoy sometiéndola a análisis de computadora con la esperanza de poder advertirles de cualquier inminente aumento de la emisión energética que pueda representar un peligro para ustedes sobre la superficie o para la Enterprise en su órbita actual.
–Muy bien, Spock. En cuanto tenga algún dato acerca de la estrella, hágamelo saber... Por cierto, la estrella se llama Mercaniad.
–Perfecto, capitán. Etiquetaré los datos de la computadora con ese nombre, y así la listaré en el catálogo estelar.
–Eso es todo de momento. Kirk fuera.
Orun, el joven mercaniano, había estado observando todo aquello con fascinación.
–He oído las teorías de la Técnica, y las he creído... pero encontrarme con que aparentemente son ciertas me produce una sensación muy extraña...
–Sabemos qué es lo que quiere decir –le aseguró McCoy con tono amable–. La verdad a veces hace mucho daño...
–¿De dónde vienen? ¿Cómo han llegado? –comenzó a preguntar Orun, cuyas preguntas casi se atropellaban las unas a las otras pos su ansia de información.
Kirk se sentó en una de las sillas que habían sido diseñadas para los cuerpos más largos y flacos de los mercanianos; no le resultaba muy cómoda porque el asiento estaba tan alto que sus pies apenas tocaban el suelo.
–Orun –le dijo al joven mercaniano–, se lo contaremos todo a usted y a los guardianes. Pero, antes de que podamos explicarlo en palabras y conceptos que ustedes puedan entender, tenemos que saberlo todo sobre la Morada y sobre los que viven en ella. Hemos visto muchos lugares como la Morada, y conocemos a muchas personas y muchos seres vivos de esos lugares. Para explicárselo de manera que tenga significado para usted, tenemos que saber qué es lo que creen ustedes, cómo piensan y cómo viven. En caso contrario, podríamos decirle las cosas de una forma que sencillamente no comprendería. Así pues... siéntese. Disponemos de mucho tiempo. Háblenos de Mercan... los guardianes, los procuradores, la Técnica... las historias y leyendas sobre de dónde vinieron y cómo comenzó todo. Cuéntenos las historias de ustedes...

DIARIO DEL CAPITÁN,
grabado en un sensor–grabador sobre la superficie de Mercan; fecha estelar exacta desconocida en este momento.
Orun nos ha hablado largamente sobre Mercan. Mucho de lo que me ha contado equivale a los cuentos de hadas, leyendas y narraciones religiosas que los seres humanos les cuentan a sus hijos. Se trata de fábulas y parábolas; pero no hay en Mercan la amplia variedad de cuentos que tenemos en la Tierra, porque aquí en Mercan existe algo único: una sola cultura que abarca todo el planeta con muy poca variedad o variaciones debidas a las diferencias regionales puesto que los mercanianos hace ya muchas generaciones que poseen el transportador. Esto ha hecho que la cultura del planeta sea homogénea... Mantendrá ocupados durante mucho tiempo por venir a los xenosociólogos de la Federación... si es que nuestro contacto inicial no perturba tan profundamente a esta cultura como para destruir este descubrimiento único. No dejo de pensar en dos de las culturas de la Tierra que fueron tan completamente destruidas que no nos queda prácticamente ninguna herencia de ellas: los mayas y los cartagineses. Ninguno de nosotros se atreve a cometer un error, dado que si lo hiciéramos nos enfrentaríamos con dos posibilidades. O bien no conseguiremos nunca la cooperación de los mercanianos para reparar la Enterprise, en cuyo caso los datos permanecerían aquí hasta que otra nave de la Federación descubra este mundo; o afectaremos a esta cultura con una fuerza tal que se desmoronaría... y yo habré destruido a todo un pueblo con el fin de salvaguardar mis obligaciones de mando...

5


E1 relato de Orun fue registrado, palabra a palabra, en el sensor–grabador de Janice Rand. La transcripción fue posteriormente transmitida a la biblioteca de la Enterprise, junto con los comentarios, preguntas e interjecciones de Kirk, Janice Rand, Scotty y McCoy.
Orun comenzó de la siguiente forma:
–Nosotros, los de la Técnica, tenemos interpretaciones diferentes a las aprobadas por los guardianes de la historia original de los comienzos, porque hemos comenzado a hallar nuevos significados para determinadas partes de las antiguas leyendas. Coincidimos en muchas partes de las antiguas leyendas, así que les contaré los cuentos originales que nos relatan a todos nosotros, desde que tenemos los años de gatear, los años de jugar y los años de aprender.
Janice Rand lo interrumpió.
–¿Es así como determinan ustedes la edad física... mediante la referencia a las acciones más obvias que realiza una persona durante cada período de su vida?
–Por supuesto. ¿Es que existe alguna otra forma de hacerlo? –le preguntó Orun a su vez.
La ordenanza hizo una rápida observación al margen en su sensor.
–Los mercanianos no cuentan la edad física en términos de las revoluciones de Mercan en torno a Mercaniad. Preguntas: ¿Es debido a que las características variables irregulares de Mercaniad alteran también sus constantes gravitacionales, cambiando de esa forma la duración del tiempo que necesita Mercan para completar la órbita? O se debe a que la falta de inclinación del eje reduce el efecto de las estaciones? ¿Constituye esto una falta de la conciencia del tiempo y del concepto del mismo? El idioma contiene tiempos verbales, pero carece de referencias temporales. Orun continuó.
–Hubo un comienzo de energía en desorden. De esta energía desordenada, Mercaniad se formó a partir de la energía que comenzó a organizarse lentamente. Corrió por la Cinta de la Noche, acumulando energía y siguiendo el evolutivo Espiral de Vida, el movimiento de vórtice o hélice que es el movimiento o forma de todas las cosas. Durante ese largo viaje a través de la Cinta de la Noche, destinado a acumular la energía y la materia que más tarde necesitaría para servir como fuente de energía para la Morada de la Vida, Mercaniad atrajo la energía adicional para formar la Morada de la Vida. Y cuando la Morada de la vida estuvo formada, el sendero en forma de hélice de Mercaniad alejó todo el resto de la materia y la energía y quedaron sólo Mercaniad y Mercan para formar los cimientos básicos de la Morada de la Vida. Y la vida fue creada en la Morada, incluyendo nuestros antepasados. Cuando todo estuvo dispuesto en la Morada de la Vida, se produjo el Gran Cambio. Mercaniad y Mercan fueron arrojados de la Cinta de la Noche al vacío, donde nosotros pudimos comenzar nuestra labor como custodios de la Morada de la Vida. Mercaniad se hizo cambiante, desafiándonos con el fin de mantener despierta nuestra inteligencia...
–¿Ha habido siempre un solo pueblo en la Morada de la vida? –preguntó Kirk–. ¿O alguna vez estuvieron divididos en varios grupos?
–Estuvimos divididos hasta que los guardianes se organizaron en Meslan, en el estrecho norte de Fron Midan, donde formaron un grupo cuya historia original es muy parecida a la de la Técnica actual –explicó Orun. Metió la mano en un bolsillo de su tahalí y sacó un cubo pequeño. Lo activó de alguna manera que Kirk no pudo descubrir, y el cubo comenzó a desplegarse en forma de un mapa de colores en relieve que el capitán de la Enterprise reconoció como el del planeta mismo. Topológicamente, era posible hacer algo semejante, pero Kirk no comprendía cómo. No obstante, aquello puso en su conocimiento el hecho de que los mercanianos podrían haber alcanzado buena parte de su tecnología actual, incluyendo el sistema de transportadores, a partir de unos cimientos básicos de matemáticas topológicas.
Uno de los continentes de Mercan se estrechaba como la cintura de una avispa, y contenía un mar mediterráneo, Fron Midan, que estaba cerrado en el oeste por una estrecha península y al este por una isla gigantesca que formaba el estrecho norte, dominado por el símbolo de una ciudad llamada Meslan, y al sur por el de una ciudad isleña llamada Sandar. A Kirk le resultó fácil ver que los mercanianos tanto de Meslan como de Sandar podían controlar el tráfico marítimo que entraba y salía del mar interior que era, con fines prácticos, el único del planeta. Más aún, Fron Midan estaba a caballo del ecuador.
–Los primeros guardianes descubrieron dos cosas. La primera fue el secreto del misterio de Mercaniad.
–¿Cuál es? –quiso saber Kirk.
–Mercaniad es cambiante para desafiarnos y para eliminar de la Morada a aquellos que no sean lo bastante inteligentes como para buscar refugios profundos cuando entra en el período de incremento de la actividad que nosotros llamamos Prueba. Hasta que los guardianes aprendieron a predecir cuando se avecinaba la Prueba de Mercaniad, morían millones de nosotros durante ese período... casi todos, excepto los que conseguían hallar un refugio profundo en la Morada.
–¿Cuál es la naturaleza de esa Prueba? –inquirió el doctor McCoy–. ¿Se trata de calor extremo, frío extremo o alguna otra clase de cambio? ¿Mata absolutamente todo lo que hay en la superficie de la Morada?
–No es algo sencillo, como hemos descubierto los miembros de la Técnica –replicó Orun–. La Prueba acaba con los mercanianos. Nos mata muy poco después de comenzar. La Prueba provoca un calor sólo parcial; hay algo más en ella que todavía no comprendemos, pero la Técnica está trabajando en ello.
–Parece una combinación del incremento de la actividad de todo el espectro electromagnético –observó Scotty–, desde las microondas, pasando por los infrarrojos hasta los ultravioletas, y quizá también hasta los rayos–X.
–Spock–. nos dará la respuesta a eso –señaló McCoy–.¿Pero qué le hace la Prueba al resto de la vida de la Morada?
–Nuestros animales mueren a veces, pero la mayoría de ellos comienzan un largo descanso. Se detienen en el lugar en el que se hallan y entran en un estado de energía vital reducida.
–Una hibernación provocada por las temperaturas elevadas o el aumento de los niveles de radiación electromagnética –masculló McCoy–. Es una variante interesante del síndrome de hibernación...
–¿Entra el pueblo de Mercan en un largo descanso similar? –inquirió el capitán de la Enterprise.
–No –replicó Orun–. Y no sabemos por qué... todavía no. Algunos de los miembros de la Técnica tienen una hipótesis muy provisional que no nos atrevemos a comentar fuera de la organización. Algunos están comenzando a pensar que el pueblo de Mercan llegó a la Morada después de que la vida se formara, quizá para actuar como custodios...
–En toda esta porción de la galaxia encontramos constantemente cosas así –comentó Kirk–. El grupo humanoide básico está por todas partes, y hay entre ellos diferencias sólo en características menores. Orun, podría haber más verdad en esa hipótesis de la Técnica de lo que se imaginan. Lo hemos visto por nosotros mismos, y aún no hemos conseguido conjeturar qué fue lo que hizo que la galaxia estuviera originalmente poblada por formas humanoides, todas relacionadas entre sí de diversas maneras. Pero, por favor, continúe, y disculpe nuestras interrupciones de su relato con estos apartes y observaciones.
–No me molesta en lo más mínimo –replicó el mercaniano–. Yo estoy aprendiendo tanto como ustedes. Algunas cosas resultan difíciles de aceptar, pero... supongo que antes o después todos debemos abandonar los sueños y fantasías de los años de jugar de nuestras vidas... y quizá a partir de ahora tengamos que hacer lo mismo con los de toda nuestra vida.
–Está usted comenzando a comprender algo que todos nosotros hemos tenido que aprender por el camino de la dura experiencia –observó McCoy.
–Ha dicho antes que los guardianes descubrieron el secreto de Mercaniad –intervino Kirk–. ¿Cómo les confirió eso su poder político sobre la totalidad de la Morada?
–Al principio, simplemente escogían a aquellos a los que les permitirían entrar en la Reserva original, pero no podían guardar por siempre un secreto como ése a causa del otro grupo poderoso, el de Sandar, que estaba aquí, en la isla que domina el estrecho sur del Fron Midan. –Orun señaló el mapa–. La historia es larga y compleja. Resumiendo, puedo decirles que aquellos primeros guardianes de Meslan que conocían el misterio de Mercaniad, hicieron un acuerdo con las gentes de Sandar que se convirtieron en los procuradores. Y juntos fueron capaces de unificar la totalidad de la Morada porque los guardianes desarrollaron el desplazador hace muchas, muchas generaciones, a partir del conocimiento que habían descubierto como resultado de sus estudios del Gran Cambio que arrojó a Mercaniad y a la Morada fuera de la Cinta de la Noche.
Scotty estaba meneando la cabeza.
–¿Cómo se las arreglaron, a partir de la nada, para desarrollar un transportador?
–¿Está usted muy seguro de que partieron de la nada, señor Scott? –inquirió Janice Rand.
–¿A qué se refiere?
–¿Cuánta tecnología ha desarrollado el homo sapiens de la Tierra, de la que luego se ha olvidado a medida que avanzaba? Por ejemplo, yo no sé curtir una piel de ciervo para hacer un abrigo, y dudo de que usted sea capaz de tallar una punta de lanza de piedra...
–Tiene usted razón, muchacha.
–Los equipos de la Federación podrán indagar más tarde en esos aspectos –señaló Kirk. Luego miró a Orun–. Así pues, ¿los guardianes desarrollaron el desplazador e hicieron un acuerdo con los que se convirtieron en los procuradores... y juntos unificaron la Morada?
Orun no asintió con la cabeza, sino que levantó rápidamente la cabeza en la forma mercaniana que significaba asentimiento.
–Usted comprende muy bien y muy rápidamente.
–Conocemos historias similares de otras moradas, Orun –le aseguró el capitán de la nave estelar.
–Se trata de una larga historia, y no muy feliz –continuó Orun–. Hubieron muchos que murieron porque los procuradores les negaron el acceso a las Reservas.
–En cuando a esas Reservas... ¿Qué son y dónde se encuentran emplazadas? –quiso saber Kirk.
–Fueron construidas hace mucho tiempo por los guardianes; están emplazadas por debajo de los océanos... el Sel Anthol, el Sel Ethan y el Sel Mican. No tienen entradas. Sólo los guardianes y los procuradores conocen las coordenadas del desplazador para que la gente pueda acudir a ellos durante la Prueba.
–Un sistema muy bueno para mantener a la gente bajo control –observó Scotty.
–Mírelo desde otro punto de vista –sugirió McCoy–. Es su forma de mantener el orden social...
–O el status quo –agregó Scotty.
–¿Es que hay mucha diferencia entre lo uno y lo otro? –quiso saber McCoy.
–La hay –intervino Orun–. Comprendo qué es lo que quieren decir, pero ustedes deben entender que una buena parte del orden social de la Morada lo mantienen las personas mismas mediante el Código de la Morada, que requiere que observemos el respeto apropiado hacia los demás como la base de nuestra propia vida... –Y al decir esto último tocó la pistola que llevaba en la funda del tahalí.
–Eso, para mí, carece de sentido, Orun –dijo Janice Rand–. ¿Cómo pueden ustedes reverenciar, respetar y preservar la vida cuando se les permite e incluso alienta a arrebatarles la vida a los demás?
–¿Cómo lo hacen ustedes en su morada? –quiso saber Orun.
–Bueno, tenemos leyes, y jueces, y juicios, y...
Orun volvió a tocar el arma que llevaba a un lado.
–También nosotros. Sólo utilizamos las pistolas en los asuntos personales. Sin embargo, si hubiera conseguido matar a Othol durante el duelo que estábamos manteniendo cuando ustedes aparecieron, yo hubiera tenido que responder ante los procuradores por la corrección de mis actos, con la posibilidad de una apelación final y revisión del caso por parte de los guardianes. Y los procuradores también sirven para mantener el orden social cuando hay implicados grandes grupos de gente...
–¿Y es ése el motivo por el que Lenos iba tras usted como miembro de la Técnica? –Kirk sabía que aquella sesión de preguntas y réplicas estaba proporcionándole sólo respuestas superficiales... pero le daba la suficiente información sobre la extraña cultura de la Morada como para que pudiera comenzar a pensar en las opciones que tenía–. ¿Se separó la Técnica de los guardianes por diferencias en la interpretación del Código de la Morada, Orun?
–No; la Técnica nació del trabajo diario de proporcionarnos los unos a los otros comida, agua, cobijo, sanidad y el resto de los elementos que conforman nuestro comercio con los demás. Esa parte de nuestras existencias no es asunto de los guardianes ni de los procuradores.
–Bueno, ¡que me...! –comenzó a decir McCoy, y luego se contuvo–. La libre iniciativa opera dentro de lo que parece ser un régimen policial científico–religioso.
–Hemos visto estructuras sociales más extrañas –le recordó Janice Rand.
–Todo lo cual demuestra que puede funcionar casi cualquier sistema social... aunque algunos parecen hacerlo mejor que otros –observó Kirk–. Orun, si la Técnica surgió de todo lo que han aprendido en las relaciones de mercado, ¿qué es la Técnica y por qué los guardianes parecen perturbados por ella?
–La Técnica no preocupaba a los guardianes cuando comenzó, hace algunas generaciones –le respondió Orun a Kirk–. Pero la Técnica ha crecido. Actualmente es más grande que la organización de los guardianes. Sin embargo, lo más importante es que los hallazgos acumulados por la Técnica están llevándonos a plantear dudas sobre las antiguas enseñanzas de los guardianes. Pallar nos teme por lo que estamos descubriendo y porque comenzamos a cuestionar algunas partes aceptadas del Código de la Morada.
–¿Y qué están descubriendo, Orun? ¿Cuáles son esas herejías de la Técnica de las que les oí hablar a Pallar y Lenos? –preguntó Kirk.
–Hemos desarrollado nuevos materiales que son diferentes de los metales que extraemos de la Morada, cosas hechas de materiales vivos y otras que están constituidas de elementos básicamente no vivos. Tenemos materiales de mantenimiento de la salud y control de las enfermedades, completamente nuevos. Y podemos hacer con la vida cosas que los guardianes no entienden. Hemos descubierto las leyes de la genética y hemos indagado en la química celular. Una gran parte de todo eso nació de los esfuerzos realizados para conseguir mejores granos y frutas de la flora de las estepas de Lacan, Canol, Badan, Eronde y, particularmente, Sinant. Actualmente tenemos vegetales comestibles que no pueden ser dañados por la Prueba. Y hemos descubierto que la historia sobre la Espiral de la Vida es correcta: los elementos básicos de la vida están formados por una doble espiral...
–Las moléculas del ADN y del ARN –intervino McCoy.
–Por lo tanto creemos que la antigua historia del comienzo es quizá más correcta y veraz que alegórica –explicó Orun–. Provenimos realmente de la Cinta de la Noche, pero no sabemos por qué la historia también la llama Espiral de Vida... Si procedemos de allí, ¿es en verdad la Cinta sólo como las rocas vitaliares relumbrantes de Lessan, Partan y Othan? Si cuando llegamos de allí ya éramos vida, ¿hay quizá otras vidas también en la Cinta? Ésa es nuestra actual corriente de pensamiento y algunas de las preguntas que nos planteamos en la Técnica.
Kirk pensó durante un largo instante.
–¿Qué piensa de nuestra historia, Orun? –preguntó finalmente.
–Creo en lo que dicen.
–¿Le inquieta?
–No. Por lo que a mí respecta, no contradice ninguna de nuestras creencias básicas... y desde luego no está en contradicción con el Código de la Morada. Ninguno de ustedes ha violado el Código, a pesar de que van desarmados...
–No vamos desarmados –admitió Kirk–. Llevamos armas, pero ninguno de ustedes las reconoció como armas... por lo cual lo dejaremos así. Tiene mi palabra de que no utilizaremos nuestras armas como no sea para protegernos. Podemos hacer también un montón de cosas que ustedes desconocen, pero no hemos venido a la Morada para cambiar las cosas ni demostrar nuestros poderes. Estamos aquí a causa de un accidente sufrido por nuestro aparato de viaje, muy parecido al ancestral acontecimiento que arrojó a Mercaniad y Mercan fuera de la Cinta de la Noche. Podríamos desplazarnos de Celerbitan a nuestro aparato de viaje en cualquier momento y a nuestro antojo, pero eso no nos haría ningún bien en este momento. Necesitamos averiguar más sobre ustedes y sobre la Morada porque necesitamos enormemente su ayuda. A cambio, si las cosas salen bien, podríamos estar en condiciones de ofrecerle al pueblo de la Morada una gran cantidad de excelentes ventajas al ponerlo en contacto con las otras moradas de vida que existen en la Cinta de la Noche.
–En otras palabras, Orun, ustedes no están solos en el universo –agregó el doctor McCoy.
Orun meditó aquello.
–No puedo hablar por el resto de los miembros de la Técnica... y desde luego no por los guardianes. Ya veremos. Pallar siente una tremenda desconfianza respecto a ustedes y los ve como una nueva amenaza de la Técnica.
–No comprendo por qué los guardianes le temen a la Técnica y quieren oprimir a su grupo –dijo Janice Rand–. Podrían aprender muchísimas cosas los unos de los otros.
–Los guardianes temen que la Técnica llegue a descubrir el misterio de Mercaniad si continuamos aprendiendo y creciendo. Y una vez que la Técnica haya conseguido eso, a los guardianes sólo les quedarán los procuradores... ¿y quién sabe en qué dirección se decantarán los procuradores cuando eso ocurra?
–Pero indudablemente los guardianes tienen que estar al día de los progresos tecnológicos que realizan ustedes. Los guardianes podrían resolver el problema con mucha sencillez admitiendo a la Técnica dentro de su organización.
–No creo que esa idea se les haya ocurrido jamás a los guardianes. Estoy bastante seguro de que semejante posibilidad no ha sido tomada en consideración por parte de la Técnica, porque tememos que los guardianes intentarían impedir que averiguáramos cosas nuevas e intentáramos descubrir de dónde provenimos realmente –observó Orun con una cierta sorpresa–. Creo que a los guardianes les sería muy difícil hacer algo así. Parecen estar demasiado estrechamente ligados con el Código de la Morada existente porque son los guardianes del mismo. Ellos pronostican la Prueba de Mercaniad que se avecina y son el último tribunal de apelación de nuestra sociedad.
–En otras palabras, sus guardianes se han convertido en sumos sacerdotes de una semireligión –gruñó McCoy.
El traductor tuvo grandes dificultades para interpretar y traducir la frase de McCoy al idioma mercaniano. La unidad de McCoy balbuceó, tartamudeó, y finalmente quedó en silencio sin completar la traducción. Orun no captó en absoluto el significado de la frase del médico, pero el resto de los tripulantes de la Enterprise sí lo hicieron...
Kirk suspiró y se quedó mirando a todos los presentes.
–Bueno, sin duda parece que nos hemos metido en el centro mismo de un triángulo social bastante delicado... y precisamente en el momento menos apropiado. Pallar ya nos considera como parte de la Técnica y como una amenaza para su propio grupo.
–Puede que los guardianes no sean capaces de ayudarnos en nada, capitán –señaló Scotty–. Si no están implicados en la tecnología de este planeta, lo mejor que podrán hacer será interponerse en nuestro camino. Creo que tendremos que tratar con la Técnica si queremos ayuda. Ciertamente, no será ningún sumo sacerdote quien consiga reparar el motor hiperespacial averiado recitando palabras arcanas sobre él. Si eso pudiera resultar, yo llevaría algunas brujas experimentadas como parte de mi grupo de ingeniería... lo cual podría no ser una mala idea para el futuro, por cierto, porque recuerdo haber visto trabajar a las brujas en los lejanos días de mi juventud y...
–No se ponga místico conmigo, Scotty –le espetó Kirk, sabiendo perfectamente que el oficial ingeniero no lo haría. El capitán de la Enterprise se mordió el labio inferior y pensó durante un momento–. Estamos en una posición bastante mala si queremos solicitar ayuda de la Técnica... porque los guardianes parecen tenernos bajo arresto domiciliario. ¿Cómo vamos a ir en busca de las gentes de la Técnica, en semejantes circunstancias?
Orun esbozó una sonrisa consistente en apartar los labios para enseñar unos dientes blancos. Una sonrisa mercaniana era humanoide, pero constituía una enorme exageración de la variante de sonrisa amplia desarrollada en la Tierra.
–No tendremos que ir a buscar a los de la Técnica, James Kirk. Serán ellos quienes vengan a nosotros. No sé cómo, pero lo harán. Delin y Othol no fueron apresados por los procuradores... y estoy seguro de que regresaron a la Técnica con la noticia de la llegada de ustedes. Tengo plena confianza en que nos rescatarán bajo las narices de los propios guardianes y procuradores, porque la Técnica cuenta con unos cuantos trucos propios.
En aquel momento, Kirk supo que sus peores miedos estaban haciéndose realidad. Estaba siendo inexorablemente arrastrado al interior de la trama de aquel extraño mundo aislado, tanto si lo quería como si no. Era inevitable que la visita accidental de la Enterprise a aquel planeta perdido perturbara el orden social existente, en especial cuando ese orden se precipitaba hacia un importante cambio creado por la confrontación entre dos grupos, lo que constituía el síndrome universal del crecimiento de las sociedades: cambio frente a status quo.
Los mercanianos de la Morada de la Vida estaban madurando, saliendo de una adolescencia social a una era de lógica y razón, siguiendo el camino plenamente documentado por otras civilizaciones de otros mundos.
Kirk había tropezado con la situación en el momento más crítico de su evolución.
Y no sabía muy bien cómo iba a manejarla.

6


–Señor Spock–., ¿qué piensa de la última transmisión que le enviamos para la computadora de la nave? –le preguntó Kirk a su primer oficial a través del comunicador.
–Era bastante adecuada, capitán. No se ha perdido ningún dato y la calidad de la transmisión ha sido...
Kirk suspiró y deseó, como le ocurría con frecuencia, que su primer oficial no fuera tan tremendamente lógico como para tomar todas las frases en su significado literal.
–Señor Spock–., lo que quería saber era su reacción acerca del contenido...
–Le pido disculpas, capitán. El idioma de la Federación es frecuentemente impreciso e ilógico. Para responder a su pregunta, capitán, sospecho que en verdad hemos descubierto un planeta perdido –replicó la voz de Spock–. Todo apunta a la poderosa posibilidad de que Mercaniad y su planeta fueron arrojados al vacío que separa los dos brazos galácticos por el mismo tipo de anomalía gravitacional que ha causado nuestros problemas con la Enterprise. También sospecho que las presiones sufridas por Mercaniad a causa de la transición son las que han provocado su actual inestabilidad como estrella variable irregular.
–En pocas palabras, también sacudió a la estrella.
–Totalmente correcto, capitán.
–¿Algún comentario sobre los habitantes humanoides?
–Eso pertenece a la competencia del doctor McCoy, capitán. Pero no es nada sorprendente hallar aquí restos de la forma de vida humanoide general, si el sistema proviene del brazo de Orión como sospechamos, dado que esa clase de vida parece haberse dado de forma bastante aleatoria en todo ese sector de la galaxia. Realmente me gustaría bajar y comparar esa cultura con la de Vulcano...
–Cuando llegue el momento apropiado, Spock–.. Nuestra sola aparición ha sido suficiente como para conmocionar a los mercanianos. Ya están teniendo bastantes problemas para acostumbrarse a nosotros así que, de momento, no quiero que baje usted también. Estoy seguro de que lo comprende...
Kirk no siguió por ese camino. Tenía miedo de que Spock–. se sintiera insultado por las referencias a la apariencia tremendamente diferente de los vulcanianos. Kirk contaba, en cambio, con la posibilidad de utilizar a Spock–. para convencer a los guardianes sobre la ubicua naturaleza de la vida en la galaxia...
Pero comenzaba a cansarse de esperar. Transcurrieron varios días sin que pasara nada. Pallar no reapareció y no volvieron a ver a Lenos. Las dependencias que les habían asignado eran cómodas y agradables, aunque la partida de descenso de la Enterprise tenía algunas dificultades para sentirse realmente cómoda en unas dependencias diseñadas para humanoides de más de dos metros de estatura y piernas muy largas.
Los alimentaban bien, aunque la comida era diferente de la que tenían en la Enterprise. Y era por aquel motivo que Kirk había llevado al doctor McCoy con ellos. La flora intestinal del grupo de descenso era incompatible con los alimentos mercanianos, algo muy corriente en la exploración interestelar e incluso en el comercio espacial. Bones McCoy estaba perfectamente preparado para afrontar esta contingencia. Los miembros de la Enterprise se vieron incapacitados por el síndrome de Proxmire durante apenas unas pocas horas.
Tenían plena libertad para recorrer la ciudad y la isla de Celerbitan, lo cual era casi el único entretenimiento del que disponían. Orun les había mostrado el equivalente mercaniano de los libros: pequeños cubos parecidos al mapa que Orun tenía de Mercan, que se desplegaban en páginas secuenciales de una substancia parecida al papel, impresas con los hasta entonces indescifrados símbolos de escritura mercaniana que tenían un aspecto muy parecido al de la escritura arábiga de la Tierra.
Scotty pidió y consiguió libros científicos y técnicos mercanianos, y luego descubrió, para su disgusto, que no podía leerlos y mucho menos comprender los dibujos, símbolos y esquemas que seguían un conjunto de pautas convencionales completamente diferentes de aquellas con las que estaba familiarizado.
–Esto es un galimatías –se quejó el ingeniero–. Nunca pensé que llegaría a encontrarme con una tecnología que no pudiera comprender. Pero no puedo ni empezar con la tecnología mercaniana.
–¿Qué es lo que le parece tan problemático, Scotty? –le preguntó el capitán Kirk.
–Aquí no hay base temporal...
–¿Qué?
–Nuestras medidas básicas son distancia, masa y tiempo. Los mercanianos carecen del concepto de tiempo. Utilizan fuerza, masa y distancia, con la unidad «tiempo» derivada de la ecuación resultante... lo que lo hace todo muy complicado de manejar.
–Algo así como el sistema numérico de los idiomas ruso y francés de la Tierra –observó Kirk.
–¿Eh?
–Contar en cualquiera de esos idiomas terrícolas es complicado –le explicó Kirk–. Pero eso ciertamente no les impidió a los científicos que los hablaban el elaborar algunos sobresalientes trabajos en matemáticas, ciencias y tecnología. Obviamente, los mercanianos han conseguido superar lo que a nosotros nos parece un grave problema conceptual.
–Eso es así... pero su tecnología de transportadores podría resultar ser una tecnología descuidada, capitán.
–¿Ah? ¿Qué quiere decir con eso?
Scotty pensó durante un momento antes de intentar explicarlo.
–Bueno, ya conoce el punto de vista de los ingenieros respecto a cualquier sistema: «¡Si funciona, déjalo en paz!». El sistema de desplazamiento ha estado funcionando de una forma perfectamente satisfactoria por lo que a ellos respecta, así que están siguiendo esa misma actitud. ¿Por qué iban a intentar mejorarlo? Está funcionando. Debido a eso, la tecnología que poseen en ese campo ha degenerado hasta el nivel necesario sólo para realizar las reparaciones y el mantenimiento del sistema... la cual es siempre una tecnología de más bajo nivel que la requerida para diseñarlo y construirlo.
–Bueno, ¿cree usted que la Técnica podría tener alguna información adicional que los guardianes no poseen?
–Indudablemente... pero todavía tenemos que conocer a los de la Técnica y su nivel de sofisticación tecnológica, capitán. Entretanto, tenemos que intentar descifrar este galimatías...
Kirk negó con la cabeza.
–Transmítale los datos a Spock–.. Él dispone de la biblioteca de la computadora para trabajar en ello. No debería llevarle mucho tiempo el estructurar un programa convencional.
Los cuatro miembros de la Enterprise, escoltados por Orun, caminaban por la «ciudad» de Celerbitan. En las calles no había ningún vehículo de transporte, y Kirk finalmente se habituó al sonido casi constante de los desplazamientos por transportador, mientras la gente y las mercancías aparecían y desaparecían alrededor de ellos. ¿Cómo sabían adónde transportarse?
La pregunta quedó respondida cuando el mapa topológico cúbico de Orun resultó ser la guía del desplazador. Orun sólo tenía que señalar con un dedo el lugar del mapa al que deseaba dirigirse, y aparecían las coordenadas básicas, el mapa se plegaba y desplegaba para mostrar el destino señalado en mayor detalle a escala reducida, mientras las coordenadas se precisaban cada vez más mediante sucesivos toques.
Resultaba obvio que los mercanianos poseían la capacidad electrónica necesaria para construir sofisticadas computadoras en miniatura... porque eso es exactamente lo que resultó ser la guía del desplazador.
Sin embargo, Orun no podía utilizar el desplazador porque le habían privado de la unidad de control.
Y eso los había encerrado realmente en la ciudad de Celerbitan y confinado en la isla misma, que se extendía a varias docenas de kilómetros a la redonda. Estaban tan definitivamente encarcelados como lo habrían estado con barras en las ventanas de sus dependencias.
No era extraño que a Pallar no le preocupara la posibilidad de que intentaran escapar.
Celerbitan no era el equivalente terrícola de una ciudad medieval. Era tan extensa que no se parecía a ninguna ciudad que Kirk hubiera visto en su vida. No había ninguna calle propiamente dicha. Con el desplazador, nadie necesitaba calles. El mejor término que Kirk pudo encontrar para describir la ciudad de Celerbitan fue «una colección aleatoria de estructuras utilizadas por la gente».
Llovía cada noche, pero los días eran todos soleados y tibios. Era un clima marítimo típicamente suave con temperaturas regulares y carencia de fríos o calores extremos. A Scotty le resultó poco emocionante. McCoy dijo que le recordaba a una serie de días veraniegos de la costa de Georgia.
Celerbitan les reveló que la civilización mercaniana era extremadamente avanzada, y por lo menos equivalente a las de la Tierra, Vulcano, Ahzdar o Heimal. Los mercanianos controlaban la mayoría de las fuerzas naturales de su planeta, y empleaban recursos y energía naturales para cubrir las necesidades de su sociedad. Poseían los cuatro criterios de Kahn: las industrias de extracción, las industrias de manufactura, las industrias de servicios y las actividades cuaternarias «realizadas por amor a las mismas».
Hasta cierto punto, aquella demora de varios días que le permitió a Kirk observar la cultura de Mercan, le quitó un gran peso de encima.
Si los mercanianos podían aceptar psicológicamente el hecho de que no eran la única morada de la vida en el universo sin que eso provocara el total desgarramiento de la trama de su civilización, Kirk tenía la impresión de que Mercan se convertiría rápidamente en parte de la Federación.
La gran pregunta era: ¿Aceptarían los guardianes la auténtica verdad y se ajustarían o adaptarían a ella? ¿Y los procuradores?
McCoy también estaba atareado. Su sensor médico estaba casi constantemente en uso.
–Con todos estos datos –se le quejó a Kirk–, realmente necesitaría tener el laboratorio de mi enfermería para trabajar. Los datos básicos resultan fascinantes, pero necesito las instalaciones más sofisticadas de la nave.
–Vaya, Bones –bromeó Kirk–. Siempre he pensado que usted era del tipo de médico rural práctico que no necesitaba toda esa tecnología extravagante para hacer un diagnóstico.
–Cuando trabajo con seres humanos, así es, Jim. Pero ni siquiera puedo hacer un análisis de la química sanguínea sin el laboratorio. Y ésa es una necesidad absoluta cuando se enfrenta uno con una forma de vida alienígena. Mire –le enseñó un frasquito lleno de un fluido pardo rojizo–. He conseguido que Orun me dejara extraerle una muestra de sangre. Aquí está: ¡Sangre mercaniana! Tengo que regresar a mi laboratorio con ella... y pronto, porque algunos de los componentes y grupos de esta sangre podrían comenzar a degenerar.
–Bones, no puedo permitirle que regrese a la nave –le respondió Kirk–. Pallar querría saber adónde ha ido... y no sé si tiene la capacidad de rodearnos con alguna especie de escudo para evitar que seamos transportados en caso de emergencia, más tarde...
–Capitán –lo interrumpió Scotty–, no hay nada que nos impida transferir esa muestra de sangre a bordo de la nave. No tenemos más que llevarla a alguna parte de la ciudad que no sea nuestras dependencias, ocultarla, hacer que el equipo del transportador localice las coordenadas del lugar en el que la hemos escondido, y luego hacer que la transfieran a la nave después de que hayamos regresado a nuestro alojamiento.
–Buena idea, Scotty. Puede que Pallar esté controlando la actividad de transportación en los alrededores de nuestro alojamiento o a nuestro alrededor cuando salimos a recorrer la ciudad... pero si Orun está en lo cierto, no puede controlar todos los desplazamientos que se producen en todo el planeta. –Se volvió hacia McCoy–. Si les enviamos la muestra de sangre de Orun a la nave, ¿pueden el doctor M'Benga y la enfermera Chapel analizarla?
–Por supuesto que sí. M'Benga es un buen bioquímico, y la enfermera Chapel conoce sin duda ese laboratorio palmo a palmo –replicó McCoy con una sonrisa.
–Manos a la obra –exclamó Kirk.
Encontraron una zona tranquila de Celerbitan, con un campo de hierba despejado. Kirk y McCoy entraron en el campo y Kirk llamó por el comunicador.
–Enterprise, aquí Kirk. Uhura, que Spock se ponga al habla.
–De inmediato, señor.
–Aquí Spock, capitán.
–Fije el transportador en las coordenadas de esta transmisión. Transferirán un frasco pequeño de sangre mercaniana para que M'Benga y la enfermera Chapel la analicen en el laboratorio. Dejaremos el frasco aquí en cuanto hayan fijado el transportador sobre él. Pero esperen treinta minutos antes de transferirlo, para darnos tiempo de regresar a nuestro alojamiento. ¿Ha quedado claro, señor Spock?
–Perfectamente claro, capitán. La sala del transportador informa que ya ha fijado sus coordenadas.
Treinta minutos más tarde, de regreso en las dependencias cercanas a la villa de los guardianes, Kirk oyó que su comunicador silbaba.
–Aquí Kirk –replicó.
–Capitán, aquí Spock. El transporte de la muestra sanguínea ha concluido.
–¿Algún problema, Spock?
–Ninguno, señor, excepto el habitual problema de intentar operar a través de la increíble cantidad de actividades de transportación del planeta.
–Bueno, aquí utilizan los transportadores para ir a cualquier parte –señaló Kirk–. Sólo podemos esperar que los guardianes no estuvieran controlando nada que fuera transferido desde ese claro. Haga que el doctor M'Benga se ponga a trabajar en esa muestra de sangre lo antes posible, y le transmita los datos al doctor McCoy cuando haya terminado.
En uno de los recorridos realizados por Celerbitan, Orun había insistido en que los cuatro miembros de la Enterprise adquirieran armas.
–Van abiertamente desarmados –señaló Orun–. ¿Saben qué significa eso?
–Orun, ya le he dicho que estamos armados –le recordó Kirk–. Pero ¿qué significa ir desarmado en este planeta?
–Significa que a uno le importa tan poco la vida que ni siquiera está dispuesto a defender la propia. Significa que no puede ofrecérsele ni la cortesía más corriente porque es obvio que no está dispuesto a respaldar sus acciones con su vida si es necesario.
En la declaración de Orun parecía existir una paradoja de base, un toque de ilógica o una contradicción, pero Kirk no estaba dispuesto a discutirla. Sabía que las creencias culturales de ese tipo que tenían los otros pueblos no debían cuestionarse. Podía cuestionar, y lo haría, la creencia mercaniana de que ellos eran la única morada de la vida en el universo, porque pensaba que le sería posible sustentar sus argumentos.
Cuestionar o discutir las convenciones del porte de armas era otro asunto.
–Sólo los niños menores de la edad responsable pueden ir desarmados sin que se les considere proscritos –continuó Orun–. El único motivo por el que no les han abordado y obligado a rendirse es porque yo estoy con ustedes y porque tienen un aspecto y una forma de vestir diferentes. Eso ha confundido a la gente. Pero no puedo garantizar que continúen comportándose así, porque sin duda nos encontraremos con alguien que no tomará en cuenta la apariencia de ustedes y el hecho de que yo, un ciudadano armado, haya caído tan bajo como para acompañarlos...
–Nos armaremos –dijo Kirk sin vacilación–. ¿Pero cómo lo haremos? ¿Con qué pagaremos las armas?
Los mercanianos tenían que poseer algún concepto de dinero debido al comercio que abarcaba todo el planeta; y ellos no disponían de nada con lo que pagar.
Orun respondió a la pregunta llevándolos a una tienda de armas. El mercaniano escogió cuatro de las mejores armas, junto con las municiones de cápsula metálica y los tahalíes. Orun simplemente firmó la nota.
–¿Quién paga todo esto? –preguntó Kirk.
–Los guardianes –le dijo Orun con una sonrisa–. Los banqueros simplemente deducirán la cantidad de la cuenta de los guardianes y agregarán esa cantidad a la cuenta del tendero.
–¿No intercambian ustedes símbolos de valor?
–¿Por qué? Los banqueros se encargan de llevar las cuentas.
–Pero, suponga que los guardianes no permitieran la transferencia del dinero que han costado estas armas.
–Entonces lo sacarán de mi cuenta, y los banqueros conocen la identificación de mi cuenta por mi control de viaje... que en este momento está en manos de los guardianes.
De esa forma, el mercaniano le reveló a Kirk otro aspecto de su cultura que le facilitaría el camino de entrada en la Federación. Los mercanianos no sólo tenían el concepto del dinero, sino el de crédito o dinero que existe en el futuro. Además, tenían computadoras capaces de llevar las cuentas y por lo tanto no necesitaban «dinero sólido» como el oro. Una parte de esa tecnología de computadoras sería, por supuesto, una consecuencia técnica del sistema de transportadores... o precedente del mismo.
A pesar de que McCoy llevaba normalmente una pistola fásica en las partidas de descenso como aquélla, puso objeciones a llevar aquella arma de fuego.
–Jim, soy un sanador, no un matador. En cualquier caso, probablemente acabe sacando algunos de estos proyectiles de acero del cuerpo de uno de ustedes antes de que todo esto acabe, y no creo que un hombre de la medicina deba ir por ahí con un arma mortal a la vista.
–¿Fue médico alguno de sus ancestros, Bones? –le preguntó Kirk.
–Por supuesto. Incluso en la época anterior a la Guerra de Secesión, muchísimos de los McCoy de Georgia eran médicos. Mi familia cuenta con un historial de médicos en el árbol genealógico del que se puede estar orgulloso.
–En ese caso sospecho –continuó amablemente Kirk–, que muchos de sus honorables ancestros no sólo llevaban espada en los tiempos anteriores a la guerra civil, sino que también llevaban pistola cuando éstas formaban parte de los pertrechos de los caballeros del sur... Bones, puede dejarla descargada si así lo desea, pero debe llevarla encima, porque no quiero que lo traten como a un intocable en esta civilización. Allá donde fueres...
McCoy suspiró con resignación y se echó el tahalí por encima del hombro.
–Ya lo sé. Allá donde fueres, haz lo que vieres...
Janice Rand no puso objeción alguna a llevar la pesada arma. Ella había visto lo mismo que Kirk y conocía el significado de las armas en aquella cultura.
–Puede que nunca dispare con ella, capitán. Prefiero utilizar mi pistola fásica si me hiciera falta protegerme.
Kirk sabía que lo haría, y que no vacilaría en emplear ni el arma de fuego mercaniana ni la pistola fásica si resultaba necesario. El capitán de la Enterprise había realizado varios descensos con la ordenanza Janice Rand a planetas muy difíciles, y sabía que era perfectamente capaz de disparar primero y de forma muy precisa, y cuestionarse más tarde si la ocasión lo requería o no.
Como había advertido Kirk al poco de ser transferido a la superficie y haber visto por primera vez un arma mercaniana «de uso social», eran bastante rústicas incluso para la categoría de armas de fuego de pólvora. Tenían un cañón de buen acero de unos treinta centímetros de largo, de un calibre de alrededor de quince milímetros. El interior del cañón era liso, sin estrías. La bala era corta para su calibre, hecha de acero y con la punta redondeada; no era un proyectil muy preciso para emplearlo con un arma sin estrías, porque tendría tendencia a caer en pleno vuelo a cualquier distancia que sobrepasara unas cuantas docenas de metros. La envoltura del cartucho era de acero, sin punta, y tenía lo que al parecer era un fulminante central. La carga era sencilla, de pólvora bien fabricada de un grado que Scotty definió como « FFFFg». Era un arma de un solo disparo, con un cerrojo simple. No se equilibraba bien en las manos de Kirk. Además, no tenía mira de ninguna clase.
Las armas sociales mercanianas eran imprecisas, difíciles de utilizar, y resultaban mortales sólo si la bala llegaba a alcanzar un órgano vital. Todo ello quedó confirmado cuando Orun los llevó a un campo de tiro para practicar. A diez pasos, alrededor de diez metros, lo que los mercanianos aceptaban como la distancia normal desde la que uno se enfrentaba con su oponente, sólo Kirk fue capaz de hacer diana en el blanco de la silueta y tamaño de un mercaniano. McCoy dejó pasar la oportunidad de prácticas de tiro, alegando que no utilizaría aquella arma bajo circunstancia alguna. Por otra parte, se halló ocupado en la atención de la muñeca dolorida de Janice Rand, resentida a causa del tremendo retroceso del arma.
–Hace un montón de ruido y deja una gran nube de humo apestoso a sulfuro de hidrógeno, pero no hay forma de darle a nada con esto. No ha sido realmente diseñado para que resultara letal. Tanto Sulu como yo podríamos hacer un arma mejor que ésta en el taller mecánico de la nave... o de modificar ésta de forma que fuera precisa y con una velocidad de disparo que pegara realmente fuerte –observó Scotty–.
Sin embargo, hay una cosa que hace realmente muy bien: le da a uno la satisfacción de haber actuado de acuerdo con las reglas... escandalosa y vigorosamente.
–Lo que significa que será mejor que no les demos a estas gentes pistolas fásicas hasta que no hayan renunciado a los duelos –observó McCoy–, o en este planeta habrá matanzas en masa.
Cuando regresaron al alojamiento cercano a la villa de los guardianes, tenían visitas esperándoles. Pallar estaba allí con otros seis guardianes, tres de los cuales eran mujeres mercanianas.
–Buenos días, James Kirk... Janice Rand... Leonard McCoy... Montgomery Scott... Orun ar Partan –los saludó Pallar a medida que entraron en la casa.
–Buenos días, Pallar –le devolvió Kirk el saludo tan graciosa y gentilmente como Pallar–. No sabíamos que iban a visitarnos. Lamento que no estuviéramos aquí. Espero que no hayan aguardado durante demasiado tiempo.
–En absoluto. No tema, no existe ofensa alguna, James Kirk –replicó Pallar.
A Kirk le molestaban los circunloquios amaneramientos de Mercan, pero recordó que en aquel momento llevaba un arma de fuego, un hecho que no escapó a la atención de Pallar.
–Ah, ya veo que vuelven a estar armados...
–No, Pallar. Llevamos las armas de ustedes por primera vez, porque no deseábamos violar una de las costumbres básicas de Mercan –explicó Kirk–. No hemos sido presentados a sus colegas, Pallar.
El guardián uno rectificó aquello de inmediato, presentando a los guardianes de diversos rangos: Tombah, Noal y Johon, eran los hombres; las mujeres se llamaban Aldys, Parna y Jona. Pallar no mencionó los rangos ni intereses o especialidades de cada uno. No obstante, Kirk advirtió que ninguno de ellos había sido presentado por otra cosa que lo que aparentemente era el nombre de pila mercaniano, a diferencia de Orun, que ostentaba el nombre de linaje de «ar Partan». «Algún día –pensó Kirk–, conseguiría descifrar todas las costumbres.» De todas formas, ni siquiera estaba al tanto de todas las costumbres de los lugares bien conocidos como Vulcano. Los xenosociólogos iban a pasar sin duda un día muy entretenido en Mercan, si los guardianes llegaban a permitirlo.
–¿Y a qué debemos esta visita? –quiso saber Kirk.
–Estos colegas míos son todos expertos y especialistas tanto en las operaciones de la Técnica como en la historia e interpretaciones del Código de la Morada, particularmente en todo lo relacionado con nuestras leyendas del comienzo –explicó Pallar–. Deseamos interrogarlos acerca de su origen y de los procedimientos de la Técnica que los han creado.
–Guardián Pallar –dijo Orun–. Yo soy un miembro de la Técnica y estoy orgulloso de ello. Te digo con toda la verdad que estos cuatro no pertenecen a la Técnica, y que tampoco la Técnica los ha creado mediante bioingeniería.
–¡Eso es completamente imposible! –exclamó el guardián Johon–. Obviamente no son mercanianos normales. ¡Miradlos! Son de estatura baja. Tienen una constitución más pesada que la nuestra. No tienen el mismo color de piel que nosotros. Y llevan unas ropas que son diferentes de cualquier cosa utilizada para vestir en la Morada. Si no son el resultado del trabajo de la Técnica, ¿de qué otra parte podrían haber salido?
–Guardián Johon –le espetó Kirk, mientras su mano se desplazaba a la culata de la pistola mercaniana que llevaba al lado derecho. El guardián que había hablado de forma tan cortante reaccionó de forma similar–. El Código de ustedes exige que una persona esté dispuesta a respaldar sus modales con su propia vida; ahora nosotros estamos dispuestos a hacerlo si es necesario. Su Código, si lo he comprendido bien, exige también que una persona diga la verdad según la conoce. Yo le diré la verdad según la conocemos nosotros cuatro. Si después de oírla está dispuesto a aceptarla como la verdad, a pesar de que pueda conmocionar las raíces mismas de sus creencias básicas, podremos entonces proceder a discutir lo que puede hacerse con el fin de que los hechos que les presentaremos tengan el menor impacto posible sobre la forma de vida de ustedes. ¿Me escuchará?
–Le escucharemos, hombre de la Técnica –dijo la mujer guardiana llamada Parna–. Sin embargo, tenga en cuenta que nosotros creemos que la Técnica es capaz de manipular las mentes al igual que los cuerpos físicos.
–No somos capaces de hacer ninguna de las dos cosas –intervino Orun–. Lo que somos capaces de hacer con los animales es una cosa. En el caso de la gente, nuestra tecnología no ha llegado tan lejos todavía... y probablemente no llegue nunca...
–Estos cuatro mutantes nos dicen lo contrario –gruñó el guardián Noal.
Kirk se encaró también con él.
–¿Escuchará usted, guardián?
–De mala gana, James Kirk.
El capitán de la nave estelar Enterprise se volvió hacia el líder de todos ellos, el guardián uno Pallar.
–Su Código habla de modales y trato educado para con las personas, Pallar. Los actos de sus guardianes parecen contrarios a eso. Nosotros no los hemos amenazado, a pesar de que somos capaces de controlar poderes que están mucho más allá de cualquier cosa que hayamos visto hasta el momento en la Morada. Estamos deseosos de cooperar, y sin embargo se nos responde con insultos. No tenemos ningún deseo de trastornar innecesariamente la vida de Mercan, y les ofrecemos ayuda para reducir los efectos de nuestra visita. Yo no tengo ningún interés de ver prevalecer ni a los guardianes ni a la Técnica en una lucha que parece ir en aumento entre ambos grupos. No espero que cambien de golpe sus creencias, pero me gustaría tener una oportunidad para decirles quiénes somos, de dónde procedemos y por qué estamos aquí. En esas condiciones, ¿podría pedirles a sus colegas que repriman sus comentarios e intenten mantener la mente abierta?
–Cuéntenos su relato, James Kirk. Mis reverenciados colegas, os suplico que escuchéis para que podamos comentarlo más tarde.

7


Aquélla fue probablemente una de las tareas más difíciles con las que se había enfrentado hasta entonces el capitán James T. Kirk de la USS Enterprise. Se había encontrado con razas más evolucionadas, como la de los organianos, así como con especies humanoides más primitivas como la de Neural. Había tratado con los klingon, los romulanos y otras criaturas alienígenas, como las de Horta. Pero nunca antes se había hallado ante una cultura humanoide sofisticada y avanzada como la de Mercan, aislada del resto de la galaxia hasta donde llegaba la memoria de cualquiera de sus habitantes, que sólo contaba con leyendas que probablemente habían sido mutiladas hasta mucho más allá de su significado original al relatarlas una y otra vez a lo largo del tiempo.
Hasta donde había tenido tiempo en la academia de la Flota Estelar, había visto múltiples aspectos de la xenosociología y la diplomacia, llegando incluso hasta el punto de enfrentarse con simulaciones de incidentes hipotéticos.
Kirk pensó que en este aspecto deberían operarse algunos cambios en el programa de estudios de la academia. Sabía que en aquel momento estaba enfrentándose literalmente con el equivalente mercaniano de la Santa Inquisición... y había pasado mucho tiempo desde que los seres humanos de la Tierra se habían visto sometidos a semejante prueba. Según recordaba, habían hecho falta 346 años para que los líderes religiosos de la Tierra perdonaran y absolvieran a Galileo. Kirk abrigaba la esperanza de que no hiciera falta tanto tiempo en Mercan.
Kirk comenzó con la siguiente pregunta:
–Sus leyendas del principio dicen que Mercaniad y la Morada provienen de la Cinta de la Noche, a veces llamada la Espiral de Vida, ¿es correcto?
Pallar asintió con la cabeza.
–Nuestros remotos ancestros llegaron de la Cinta de la Noche cuando la Morada ya estaba completamente equipada para servir como Morada de la Vida del universo... y nuestro deber ha sido desde entonces cuidar de la Morada de la Vida como único lugar en el que existe la vida dentro del universo...
–¿Pero todo comenzó en la Cinta de la Noche? –insistió Kirk.
–Incuestionablemente –intervino Tombah–. Hemos realizado un estudio de las antiguas leyendas mediante los registros que aún obran en nuestra sacra posesión. No hay duda alguna del hecho de que Mercaniad y la Morada, con todo lo que hoy puede verse en la Morada, llegaron alguna vez de la Cinta de la Noche.
–Y, guardián Tombah, dado que usted es un reconocido experto en la materia, ¿cómo se formaron Mercaniad y la Morada en la Cinta? –insistió Kirk, intentando el sistema de formular preguntas de una manera que las respuestas de los guardianes los condujeran eventualmente a las conclusiones que él deseaba, un viejo truco de debate que había aprendido por el camino duro del teniente comandante John Woods, uno de los más irascibles y brillantes profesores de la academia, hacía muchos años.
–Mediante la reunión de las rocas brillantes de materia vitaliar de que está compuesta la Cinta –respondió el guardián sin hacer pausa alguna–. Una gran parte de la Morada está hecha de ese material vitaliar. El mismo fenómeno que hace brillar al vitaliar en la oscuridad, proporcionó la energía necesaria para unir los bloques básicos de la vida, las moléculas espirales que contienen el código genético...
–¿Han sido capaces de duplicar el proceso? –quiso saber Kirk.
–Por supuesto que no. Estamos aquí para asegurar que la vida continúe existiendo, no para intentar duplicarla de otra forma que no sea el proceso natural –le espetó Tombah a modo de respuesta.
–La técnica puede hacerlo –intervino Orun–. No es ningún secreto que ya somos capaces de reproducir la molécula espiral a partir de las substancias químicas básicas. Sin embargo, no podemos unir dichas moléculas para producir un organismo vivo tan simple como un gusano de tierra.
–¡Pues eso es una tremenda violación del Código de la Morada!
Era la primera vez que hablaba la mujer llamada Aldys, y lo hizo con una gran indignación.
–Estamos creando vida, no destruyéndola –señaló Orun.
Pallar alzó ambas manos.
–Distinguidos colegas y huéspedes. Nosotros, los guardianes, hemos venido aquí hoy para formular preguntas y obtener respuestas. En lugar de eso, hemos estado respondiendo preguntas. Y hemos estado diciéndoles a estas gentes de la Técnica cosas que todos los mercanianos saben desde los años de aprendizaje. James Kirk, es usted inteligente y listo. Pero seremos nosotros quienes formularemos las preguntas.
–Honorable guardián –replicó Kirk–, nos ha dado usted permiso para contarles nuestra historia sobre el lugar del que procedemos. Yo no he estipulado cómo contaríamos dicha historia. He escogido hacerlo mediante una antigua técnica conocida por nosotros como el método socrático. Cuando acabe, sabrán ustedes de dónde hemos venido y por qué. ¿Puedo continuar?
–Habla usted de métodos de los que nosotros nada sabemos –replicó Aldys.
–En ese caso, quizá puedan ustedes aprender de nosotros tanto como nosotros estamos aprendiendo de ustedes, lo que podría llevar a una más estrecha amistad a causa de la información compartida –dijo Kirk, con tono suave–. No me cabe duda de que los guardianes no dejan de aprender cosas nuevas una vez que han alcanzado la condición de guardianes.
–Prosiga, James Kirk. Tanto si su historia es verdad como si no, debo manifestar mi fascinación por sus procesos de pensamiento lógico –admitió Pallar.
–Ojalá Spock hubiera oído eso –masculló McCoy para sí.
–Muy bien, guardianes del Código de la Morada, nosotros cuatro tenemos un aspecto diferente y hablamos de forma diferente porque provenimos del mismo lugar del que provienen ustedes: la Cinta de la Noche, la que verdaderamente es la Espiral de Vida porque contiene billones de estrellas como Mercaniad y lugares como la Morada. –Kirk alzó ambas manos para contener la explosión de comentarios emocionales que comenzaba a manar de las bocas de los guardianes ante aquella afirmación–. Esta información no invalida el Código de la Morada. Mercan es realmente el único lugar en el que existe la vida en esta zona del universo. Sin embargo, la vida existe en otros lugares de la Cinta de la Noche, de la que llegaron los ancestros de ustedes. Una parte de esa vida es similar a ustedes... como pueden ver. Todos nosotros procedemos de una morada que se llama Tierra o Sol III. Hay varios cientos más de nosotros que juntos hemos llegado accidentalmente a la Morada, desde la Cinta de la Noche, de la misma forma que Mercaniad y Mercan fueron transportados hasta aquí. Nuestro mundo viajero, que hemos construido nosotros mismos, está ahora en el cielo, y podremos hacerlo visible para ustedes esta misma noche, cuando pase por encima de nuestras cabezas. Estamos dispuestos a demostrarles, guardianes, la verdad de todas y cada una de la palabras que acabo de pronunciar. El doctor Leonard McCoy está dispuesto a trabajar con los guardianes médicos y especialistas en salud con el fin de demostrarles que somos similares a ustedes y aún así diferentes...
–¡Esto es un tremendo disparate! –gruñó Johon–. Guardián Pallar, ¿tenemos que escuchar unas tan obvias invenciones de tal inverosimilitud que desafían abiertamente al Código de la Morada y a todas nuestras leyendas y verdades sobre el comienzo?
–No existe nada incompatible entre las creencias de ustedes y lo que yo acabo de contarles –intervino prestamente Kirk–. Es quizá una extensión de sus creencias, una información adicional, si lo prefiere. Pero no tenemos ninguna intención de minar la autoridad que ustedes, detentan en la Morada ni destruir su herencia cultural porque eso es contrario a nuestro código básico de comportamiento.
–Las manipulaciones de sus cuerpos y mentes por parte de la Técnica los ha vuelto a todos bastante locos, guardián Pallar –intervino Noal–. Yo diría que es bastante correcto el que los retengamos como animales y llevemos a cabo una minuciosa investigación biológica con el fin de valorar los últimos avances de la Técnica. Dado que son cuatro, eso nos proporciona suficientes ejemplares como para realizar autopsias en uno o dos de ellos al tiempo que dejamos otros con vida para las pruebas psicológicas...
–¡Por encima de mi cadáver! –gruñó Scotty.
–Cállese, Scotty. Es precisamente así como podría ocurrir –le dijo quedamente Kirk.
–Esto se nos está yendo un poco de las manos, capitán. Es hora de que les demostremos qué somos capaces de hacer.
–No, Scotty; no harían más que considerarlo otro avance de la Técnica del que no tenían noticia –observó McCoy.
–No se preocupen; no van a utilizarnos como conejillos de indias –prometió Kirk. Pero sabía que tendría que pensar rápidamente para hallar el camino de salida de aquel apuro. Si no podía trabajar con los guardianes como líderes político–sociales de aquel planeta, tendría que hacerlo con la desconocida Técnica, cuyo único contacto con ellos era, de momento, su compañero de cautiverio, Orun.
¿Pero por qué no se había presentado la gente de la Técnica para rescatar a Orun?
Pallar estaba todavía considerando la observación del guardián Noal.
–Para eso haría falta un cónclave pleno de los guardianes. El permiso para hacerle algo semejante a una forma de vida que se parece tanto a nosotros sería una cosa de la máxima delicadeza y requeriría considerables discusiones. No puedo ordenar lo que acabas de sugerir, guardián Noal.
–En ese caso solicito que sean enviados mensajeros para convocar al grupo de los guardianes –replicó Noal.
La mujer guardiana Parna alzó ambas manos y habló por primera vez en mucho rato.
–Guardián uno, será difícil obrar de acuerdo con la solicitud del guardián Noal. Las observaciones de Mercaniad indican que una gran Prueba tendrá lugar antes de que consigamos celebrar la reunión. Nuestros esfuerzos tendrán que ser desviados hacia la protección de la vida frente a la Prueba. Tendremos que comenzar a trasladar a la gente a las Reservas antes de que Mercaniad se hunda en el horizonte de Celerbitan, mañana.
–El deber ante todo –suspiró Pallar.
–Por lo tanto yo sugiero que estos productos de la Técnica sean retenidos en la Reserva de los guardianes hasta que haya concluido la Prueba. Entonces podremos proceder al cónclave y los estudios subsiguientes –sugirió el guardián Jona.
–Tengo una idea mejor –intervino el guardián Noal–. Como guardián especialista en salud y medicina, yo os sugiero que estos productos podrían estar diseñados por la Técnica para resistir la Prueba. Creo que deberíamos dejar a dos de ellos en la superficie y averiguar si eso es verdad, y llevarnos a los otros dos a la Reserva para estudios posteriores. Si dos de ellos sobreviven en la superficie, tendremos a los cuatro para trabajar. Si no, aún tendremos a dos que habrán sido protegidos dentro de nuestra Reserva.
Kirk tuvo la sensación de que era el momento de hacerse valer como mercaniano si aquélla era la forma en que iban a tratarlo los guardianes.
–Guardián Noal –gruñó Kirk, mientras movía lenta y deliberadamente la mano hacia la culata de la pistola que pendía del tahalí a su derecha–. Los cuatro nos sentimos ofendidos por el hecho de que se nos defina como animales. Exigimos una disculpa o satisfacción inmediata. ¡Los cuatro la exigimos!
Con satisfacción, advirtió que Scotty había captado la insinuación y desplazado la mano hacia el arma, seguido por Janice Rand y Bones McCoy.
Pallar se apresuró a interponerse entre Kirk y Noal.
–¡Guardián Noal! ¡Te abstendrás de semejantes comentarios! Incluso en el caso de que estos cuatro sean construcciones de la Técnica, continúan siendo mercanianos y se están comportando de acuerdo con el Código de la Morada... independientemente de sus creencias. Son demasiado valiosos como para permitirles que se enfrenten en duelo contigo o cualquier otro. Si tú prevalecieras sobre cualquiera de ellos, me vería obligado a declarar que habías destruido a un valioso individuo y que tú habías provocado el enfrentamiento. ¡Dejen las armas, todos!
–No comprendo tu clasificación de ellos como valiosos, guardián uno –dijo Noal, apartando la mano de la pistola.
Al rostro de Pallar afloró una expresión astuta.
–Consideradlo desde el siguiente punto de vista, compañeros guardianes: son gentes de la Técnica. Como guardianes, tenemos el derecho ancestral de negar el acceso a las Reservas durante la Prueba. Por lo tanto, les negaremos a ellos ese derecho... y también se lo negaremos a Orun. Las consecuencias sin duda se decantarán en nuestro favor...
–Por supuesto –se animó el guardián Johon–. Si lo hacemos saber... y ésta será la primera vez en muchas Pruebas que se le niega a alguna persona la seguridad de las Reservas... es seguro que la Técnica intentará rescatarlos.
–En cuyo caso podremos asegurarnos de disponer de más gentes de la Técnica para interrogarlos, quizá de algunos de los cuales ni siquiera tenemos conocimiento en este momento –agregó el guardián Jona.
–Y si no son rescatados por la Técnica, averiguaremos si estas creaciones suyas pueden o no resistir la Prueba fuera de las Reservas –dijo el guardián Noal, levantando la cabeza a modo de aprobación–. No obstante, ¿se me permite sugerir que les neguemos el acceso a las Reservas a sólo dos de ellos, guardián uno? Si no sobreviven, todavía tendremos a dos de ellos.
–¿Y a quién sugieres tú que debe negársele el acceso? –preguntó Pallar.
–A James Kirk, que ha expresado esas declaraciones herejes, y al obvio miembro técnico del grupo, el ingeniero Montgomery Scott –recomendó Tombah.
–Muy bien –dijo Pallar a modo de conclusión, y se irguió en toda su imponente estatura–. Es la decisión de los líderes del uno al siete, que a James Kirk, Montgomery Scott y Orun ar Partan se les niegue la protección de las Reservas durante la Prueba que se avecina a causa de su negativa a aceptar plenamente los dogmas del Código de la Morada, y por sus creencias en las herejías de la Técnica. ¡Que así sea! –Tendió ambas manos ante los cinco prisioneros literales, amanerado como era habitual dentro de la tradición mercaniana, y agregó–: Ahora, debemos despedirnos. El procurador Lenos y su patrulla vendrán a buscar a McCoy y Rand poco después de que Mercaniad se alce en el cielo mañana.
Inmediatamente después de que se marchara el grupo de guardianes, Kirk sacó su comunicador y lo abrió.
–Enterprise, aquí Kirk. Póngame al habla con el señor Spock.
–Aquí Spock, capitán.
–Las cosas no marchan tan bien como nosotros esperábamos, señor Spock.
–¿De veras? Parece que la estrella del sistema está preparándose para incrementar de manera drástica su constante estelar.
–Ahá. ¿Así que lo ha averiguado por usted mismo?
–Por supuesto, capitán. El control normal del viento estelar, el pulso gravitacional, el flujo de neutrinos y la densidad de los folículos son mediciones arquetípicas de la inestabilidad estelar. Esos datos sumados a otros factores me permiten estimar que la probabilidad de que una estrella entre en una fase de inestabilidad es casi absoluta.
–¿Dispone de alguna estimación de la posible intensidad del incremento, Spock?
–Negativo, señor. Parece que el incremento de la emisión de infrarrojos, luz visible y longitud de onda de ultravioletas, será moderado. No estoy seguro del incremento de las radiaciones gamma. Sin embargo, algunos de los datos son insólitos porque no he podido correlacionarlos con ninguna radiación emitida normalmente por una estrella de clase G.
–Puede que haya muchas cosas en Mercaniad que resulten insólitas porque ha sido zarandeada por ese plegamiento del espacio que la trajo hasta aquí, Spock.
–Ciertamente, capitán, pero no he conseguido detectar ningún incremento de los niveles de radiación aparte de los que he mencionado... y no deberían ser de una intensidad capaz de causar daños permanentes en las formas de vida humanoide, aunque las condiciones de la superficie podrían hacerse incómodas desde el punto de vista medioambiental.
–Bueno, Spock, manténgame informado, porque a Scotty y a mí se nos ha prohibido el acceso a las Reservas protectoras, aunque a McCoy y la ordenanza Rand les permitirán entrar en ellas como controles experimentales...
–Según eso, señor, ¿debo suponer que no han creído en su historia y han decidido experimentar con ustedes como una forma de vida insólita?
–Como diría usted, totalmente correcto. ¿Existe alguna posibilidad de que la fase de inestabilidad pueda llegar a perjudicar a la Enterprise?
–Necesito consultar con el señor Scott, capitán. No estoy seguro de que tengamos suficiente energía en los cristales de dilitio restantes.
–Scotty, hable con Spock por su comunicador –indicó Kirk. Escuchó durante unos instantes mientras el ingeniero hablaba con el oficial científico. Lo que oyó no era muy alentador.
Finalmente, Scott le informó a Kirk.
–Spock y yo estamos de acuerdo, basándonos en los datos que me ha transmitido. Los escudos de la nave resistirán sin duda el incremento de radiación estelar desde los infrarrojos a los rayos gamma, siempre y cuando la intensidad del incremento en órbita no supere el quíntuplo durante más de cincuenta horas. A partir de ese punto, comenzaremos a agotar rápidamente las reservas de dilitio restantes.
–¿Disponemos de reservas suficientes como para alejar a la Enterprise de Mercaniad la distancia necesaria para que quede fuera de peligro en caso de que las radiaciones superen ese nivel y duración? –preguntó Kirk.
–Negativo, capitán –les llegó la voz de Spock a través del comunicador–. Dicha maniobra agotaría gravemente los restantes cristales de dilitio que necesitamos de forma perentoria para regresar al brazo de Orión, desde donde podríamos conseguir hacer llegar un mensaje de socorro al alto mando de la Flota Estelar.
–A menos que podamos encontrar cristales de dilitio aquí, en Mercan –agregó Scott.
La situación se hacía cada ves más difícil. Los guardianes y procuradores iban a dividir el grupo de descenso, lo que significaría que los guardianes tendrían dos rehenes: Janice Rand y McCoy. Él y Scotty, con la ayuda de Orun, probablemente conseguirían sobrevivir a la Prueba, aunque ello significara transportarse de regreso a la nave cuando las cosas se pusieran muy mal en la superficie de Mercan. Pero ni siquiera Spock estaba seguro de que la Enterprise pudiera resistir el aumento de radiaciones de Mercaniad si la estrella liberaba demasiada energía y dicha emisión duraba demasiado tiempo. Y en aquel momento no había forma de saber si eso ocurriría o no.
Por otra parte, había algunos datos extraños que ni siquiera Spock era capaz de evaluar, referentes a los estallidos que se avecinaban en la superficie de la estrella, datos que podrían empeorar las cosas todavía más.
–Spock, ¿puede la sala del transportador fijar las coordenadas sobre esta señal? Puede que tengamos que sacar de aquí a la ordenanza Rand y al doctor McCoy, independientemente de las circunstancias existentes. Scotty y yo tenemos que permanecer aquí, ya que se supone que la Técnica intentará llevar a cabo un rescate antes o durante la Prueba.
Era una decisión que a Kirk no le gustaba tomar, pero tenía la sensación de que no podía permitirse que dividieran su grupo de tierra, y dejar a su oficial médico y un miembro femenino de la tripulación en las manos de los guardianes y los procuradores en un lugar desconocido, las Reservas... Al menos no cuando algunos de los guardianes los consideraban animales y por tanto aptos para la vivisección.
–Capitán –replicó Spock desde la Enterprise–, en su presente emplazamiento se hallan tan rodeados de la actividad de los transportadores que el teniente Kyle no puede mantener la fijación de desmaterialización sobre ninguno de ustedes. Y esa actividad de transportación parece ir en aumento.
–Habrá muchos desplazamientos aquí durante las próximas veinticuatro horas, Spock. Las fuerzas vivas de la sociedad están trasladando a toda la población del planeta al interior de las Reservas que tienen debajo de los océanos, mediante el sistema de desplazamiento planetario.
–Tengo a la sala del transportador funcionando ininterrumpidamente con turnos consecutivos y en alerta amarilla –replicó Spock–. Intentaremos fijar sobre ustedes las coordenadas de desmaterialización y mantenerlas durante todo el tiempo posible y bajo cualquier circunstancia, capitán. Pero debe tener en cuenta que podríamos no poder transportarlos de inmediato en un momento dado.
–Lo tendré en cuenta, señor Spock. Pero también me preocupan esos datos insólitos que ha captado como provenientes de Mercaniad. ¿Hay algún análisis nuevo?
–Negativo, capitán.
–Muy bien, especule. ¿Qué aspecto tienen?
–Nada que yo haya visto antes en una estrella de clase G –informó el oficial científico–. Pero guarda algún parecido con las emisiones raras y hasta ahora poco comprendidas que provienen de las estrellas de clase K...
–Jim –dijo con seriedad Bones McCoy, que había estado escuchando la conversación, de pie al lado de Kirk–, eso suena a los rayos de Berthold...
–Puede que esté usted en lo cierto, doctor –replicó la voz de Spock.
–Pero si provienen de una estrella de clase G, podrían tener efectos que desconocemos. ¡Los rayos de Berthold ya son de por sí bastante malos! –agregó McCoy–. Incapacitación tras varias horas de exposición a ellos, seguida de la desintegración de los tejidos durante el período de la agonía, y la muerte en un plazo de setenta y dos horas.
–Si eso es cierto –intervino Scott–, significa que los que se hallan en la Enterprise están en un aprieto, porque ésas son radiaciones realmente fuertes, y requieren una enorme potencia en los escudos para detenerlas. Podríamos no tener la suficiente.
La situación estaba deteriorándose de verdad. Kirk podía emprender una línea de acción de último recurso, pero sentía terribles reticencias a adoptarla. Podía, sin duda, cambiar al «modo conquistador» haciendo una demostración de poder con los cañones fásicos de la Enterprise e incluso quizá haciendo descender a la lanzadera. Pero no quería hacerlo. Tenía que conseguirlo por otros medios porque los mercanianos podían ser tremendamente importantes para la Federación. Además, tenía muy arraigadas en su naturaleza las prohibiciones de violación flagrante de la Orden General Número Uno. La Primera Directriz puede violarse sólo en los casos más extremos, cuando han fallado todas las demás alternativas.
Todavía no habían fallado todas las demás alternativas, pero estaban desapareciendo con rapidez.

8


–Capitán Kirk, no pienso ir con esos procuradores a una cueva suboceánica como animal de experimentación a menos que usted me dé la orden directa de que lo haga –dijo con firmeza la ordenanza Janice Rand.
–Tampoco yo, Jim –agregó McCoy–. De todas formas, ¿qué clase de disparate es éste? Como médico, se supone que soy yo quien tiene que practicar las biopsias y las autopsias, no al revés.
–James Kirk, estoy seguro de que la Técnica está enterada de nuestra difícil situación –intervino Orun–. Sin duda, Delin y Othol han transmitido ya sus informes completos, y podríamos estar incluso bajo la vigilancia de la Técnica. Podrían estar esperando la oportunidad más adecuada para llegar hasta nosotros con controles de desplazamiento con el fin de que podamos reunirnos con ellos en nuestras propias Reservas... que son enormemente avanzadas respecto a las de los guardianes y procuradores a causa de lo que hemos averiguado de la naturaleza de la Prueba...
Kirk tomó la decisión en aquel preciso instante.
–No vamos a permitir que Pallar y Lenos nos separen –declaró lisa y llanamente–. En primer lugar, somos un equipo y ésa es la razón de que fueran ustedes elegidos para esta misión en tierra. En segundo lugar, si la Técnica hace el intento de establecer contacto con nosotros como afirma Orun que hará, quiero que todos nosotros estemos allí... y no quiero tener que registrar el planeta entero para encontrar a la otra mitad de mi equipo.
Era la dirección que Kirk no quería seguir, pero las acciones de los guardianes al no aceptar ni siquiera parte de la verdad de su relato lo empujaban en esa dirección. Sin embargo, como resultado de ello comenzó a ver que se le abrían nuevas opciones. Tendría que caminar por la delgada línea que separaba al conquistador del diplomático, pero las nuevas opciones le permitirían utilizar todo el poder que hasta aquel momento había mantenido reticentemente bajo control.
–A partir de este mismo momento –continuó–, dejaremos de ser cooperadores. Comenzaremos a darles algunos problemas a los guardianes... y eso significará hacer que resulte muy difícil encontrarnos. El siguiente paso del proceso será hacernos muy difíciles de manejar para los procuradores. –Sacó su pistola de rayos fásicos de debajo del uniforme–. Que todos programen sus pistolas para paralizar... y las utilizaremos si los procuradores intentan detenernos.
–¡Ahora está hablando como se debe! –observó Scotty con una sonrisa.
–Comenzaba a preguntarme qué haría falta para conseguir que volviera de nuevo a ser usted el capitán James T. Kirk –agregó Bones McCoy–. Ciertamente, ha esperado bastante para emprender la acción. Estoy comenzando a sentirme un poco preocupado por usted, Jim.
Kirk pasó por alto los comentarios de McCoy.
–Orun, ¿estoy en lo cierto al pensar que los procuradores no tienen ninguna forma real de localizarnos si nos marchamos de aquí? –le preguntó el capitán de la Enterprise a su compañero mercaniano.
–Está en lo cierto. Tendrán que buscarnos, pero pueden hacerlo desplazándose rápidamente a muchos sitios, completando una búsqueda que les llevaría mucho tiempo si tuvieran que caminar.
–De todas formas, les pondremos las cosas tan difíciles como nos sea posible. ¿Y qué hay de la Técnica? ¿Tendrán ellos las mismas dificultades para encontrarnos?
–No lo creo, pero desconozco todo lo que la Técnica posee en ese campo...
–Lo que significa que pueden localizarnos si quieren hacerlo –lo interrumpió Kirk–. Muy bien, todo el mundo, allá vamos. Orun, abra la marcha y llévenos a algún lugar en el que resulte improbable que se les ocurra buscarnos.
Kirk había vuelto a la acción y su grupo de descenso se alegraba de ello.
Al salir de la casa, Kirk abrió su comunicador.
–Enterprise, aquí Kirk.
–Aquí Uhura, capitán.
–Infórmele al señor Spock que nos marchamos de la villa de nuestros anfitriones. Están amenazando con separarnos. Vamos a hacer que resulte difícil encontrarnos, por lo que incluso Spock podría tener problemas para localizar nuestras coordenadas.
–Ya está teniendo problemas, señor –le informó la voz de la oficial de comunicaciones–. La actividad de transportación del planeta está aumentando rápidamente.
–Disminuirá hacia la puesta de sol, hora de Celerbitan, Uhura. A esa hora, la población se hallará en las Reservas, y Mercaniad estará ya avanzada en su fase de inestabilidad. Mantendremos el contacto. Kirk fuera.
tante, Orun espera que los miembros de la Técnica establezcan contacto con nosotros antes de la puesta de sol de mañana. Hasta donde podemos saber, los procuradores no nos han seguido hasta aquí. Nuestros sensores no detectan ninguna forma de vida en un radio de aproximadamente un kilómetro, lo que indicaría la presencia de los procuradores.
Otro informe suplementario; puesta de sol, un día mercaniano antes del comienzo de la Prueba predicho por los guardianes. Cuando se observa Mercaniad a través de la bruma del aire oceánico, se hace bastante evidente que algo le está ocurriendo a la estrella. Presenta manchas solares lo suficientemente grandes como para que pueda vérselas a simple vista. Incluso desde el fondo de esta capa atmosférica, resulta posible ver enormes prominencias que comienzan a extenderse desde la fotosfera que rodea el disco. No creo que nadie haya observado, antes de ahora, los caprichos de una variable irregular de clase G desde esta distancia. Espero que el señor Spock esté recogiendo abundantes datos.

DIARIO DEL CAPITÁN
, suplemento, data estelar desconocida, grabado en un sensor cuando nos hallamos en alguna parte de la isla–ciudad mercaniana de Celerbitan.
No es fácil ocultarse de los procuradores. Parecen estar por todas partes en Celerbitan, corriendo la voz entre la gente e instándola a transportarse a las Reservas. El refugio que corresponde a Celerbitan parece estar en las profundidades de un océano muy grande llamado Sel Ethan, directamente el sur de esta cadena de islas. Debido a nuestros uniformes y apariencia diferente, estamos escondidos en lo que parece ser un depósito lleno de plataformas de madera, cajas y otras mercancías empaquetadas, emplazado al pie norte de la colina donde se halla la zona principal de la ciudad y la villa de los guardianes. Orun sugirió que obtuviéramos ropas mercanianas, pero yo me opuse porque no hay forma de que podamos tener la apariencia de los mercanianos, ni siquiera con sus sencillas ropas holgadas. Simplemente somos demasiado bajos de estatura como para que alguien pueda confundirnos con los pobladores del planeta.
En cualquier caso, no sería más que tiempo y esfuerzo malgastados porque incluso en el caso de que nos tomaran por mercanianos, los procuradores intentarían conducirnos al interior de la Reserva... y allí alguien nos descubriría sin lugar a dudas. En este momento estamos bien escondidos, y la mayor parte de la población de esta zona ya ha sido evacuada. Disponemos del agua de un arroyuelo que pasa por el depósito y atraviesa el bosque semitropical del exterior, así que podremos mantenernos durante algún tiempo con las raciones de emergencia. No obstante, Orun espera que los miembros de la Técnica establezcan contacto con nosotros antes de la puesta de sol de mañana. Hasta donde podemos saber, los procuradores no nos han seguido hasta aquí. Nuestros sensores no detectan ninguna forma de vida en un radio de aproximadamente un kilómetro, lo que indicaría la presencia de los procuradores.
Otro informe suplementario; puesta de sol, un día mercaniano antes del comienzo de la Prueba predicho por los guardianes. Cuando se observa Mercaniad a través de la bruma del aire oceánico, se hace bastante evidente que algo le está ocurriendo a la estrella. Presenta manchas solares lo suficientemente grandes como para que pueda vérselas a simple vista. Incluso desde el fondo de esta capa atmosférica, resulta posible ver enormes prominencias que comienzan a extenderse desde la fotosfera que rodea el disco. No creo que nadie haya observado, antes de ahora, los caprichos de una variable irregular de clase G desde esta distancia. Espero que el señor Spock esté recogiendo abundantes datos.

Spock lo estaba haciendo. El comunicador de Kirk emitió un silbido aproximadamente a la medianoche, despertándolo del sueño más bien ligero que echaba sobre unos sacos mullidos de algo parecido al plástico que contenían una fibra y estaban apilados en un rincón del almacén. Sacó el comunicador, lo abrió y habló en voz baja.
–Aquí Kirk.
–Spock, capitán. Tengo malas noticias.
–He estado temiendo algo así, señor Spock. Pero déme algunos detalles.
–La actividad estelar está aumentando a una velocidad mucho mayor de la que yo había previsto y de la que la computadora había calculado basándose en los datos disponibles. Disponemos de treinta horas y diecisiete minutos coma cinco antes de que la actividad estelar alcance teóricamente su actividad máxima, y podría mantener esa actividad durante un período de hasta sesenta y dos horas, más menos cuarenta horas como valor sigma tres. La máxima actividad estelar aumentará la clasificación espectral de Mercaniad hasta la clase F1... muy por encima de las expectativas originales...
–Eso es un serio problema –dijo la voz de Scotty desde la negrura de la oscuridad, cerca de Kirk. Se acercó al capitán–. Eso agotará nuestras reservas energéticas hasta un punto crítico. No podremos conseguirlo con la Enterprise a esta distancia de la estrella.
–Totalmente correcto, señor Scott. –La voz de Spock llegó hasta ellos completamente carente de emoción como siempre–. Sólo existe una posibilidad entre cuatro mil novecientas ochenta y siete coma noventa y cinco de que los escudos de la Enterprise puedan ofrecerle la suficiente protección a la tripulación, y podemos anticipar que al menos dos tercios de la tripulación perecerá. No se trata simplemente de un asunto de radiaciones del espectro electromagnético entre los infrarrojos y los rayos gamma, capitán. La insólita radiación sobre la que antes me ordenó que especulara, está ahora aumentando hasta un punto en el que puedo comenzar a analizarla.
–¿Rayos de Berthold, señor Spock? –quiso saber Kirk.
–No precisamente, dado que los rayos de Berthold emanan sólo de las estrellas de clase K, según se sabe –continuó el oficial científico–. Parece ser una forma mucho más poderosa de radiación de Berthold, con un contenido energético muy elevado.
Kirk descubrió en aquel momento que McCoy también estaba despierto y se hallaba junto a él.
–Lo que significa que los efectos serán más intensos, y que el período de agonía no sólo sobrevendrá antes sino que será más traumático –intervino el médico–. Eso es suficiente como para freírnos sin lugar a dudas, a menos que nos hallemos en una caverna profunda, y desde luego no resultará saludable para nadie que esté a bordo de la nave, Jim.
–Y la mecánica celeste no nos permitirá aparcar simplemente la nave en órbita a la sombra del planeta durante tanto tiempo. Mercan no tiene ningún satélite natural ni puntos lagrangianos. –En aquel momento al capitán de la nave estelar Enterprise parecía quedarle una sola alternativa–. Spock, con toda la velocidad posible, sitúe cualquier fijación del transportador sobre nosotros y transfiéranos a bordo. No tenemos otra alternativa que la de utilizar la energía para alejarnos de Mercaniad hasta que las cosas se hayan calmado. Cuando lo hayan hecho, y si lo hacen, tendremos que entendernos con los mercanianos de la mejor manera posible en ese momento. Pero no voy a arriesgar las vidas de la tripulación ni la seguridad de la nave. Señor Spock, cinco preparados para transportación.
El capitán comenzó a ponerse de pie, y los demás lo siguieron, asumiendo sus posiciones para ser transferidos. Janice Rand despertó a Orun y le indicó el lugar en el que debía situarse.
–Capitán, creo que hay una alternativa –dijo la voz de Spock a través del comunicador–. Esta estrella está en un estado de transición en este momento. Existe una posibilidad de diecisiete coma tres de que podamos amortiguar la intensidad de sus estallidos, y una entre trescientas catorce coma setenta y nueve de que tengamos la posibilidad de estabilizarla permanentemente como estrella de clase G0.
–¿Qué tiene en mente, Spock?
–Mis análisis indican que un suministro adicional de energía de proporciones muy pequeñas, un efecto detonante, como si dijéramos, reduciría la dispersión nuclear y las olas gravitacionales del interior de la estrella –explicó el vulcaniano–. Capitán, propongo lanzar dos torpedos de fotones al interior de Mercaniad, uno a cada polo estelar de forma simultánea, ambos a velocidad hiperespacial de factor dos. Esos torpedos estarán en las profundidades de la estrella antes de que ésta pueda reaccionar ante su presencia. Programaré los torpedos para que detonen con retardo para que su liberación de energía se produzca en las profundidades del núcleo estelar...
–Usted ha hablado de una posibilidad muy amplia de que eso consiga aminorar la actividad, Spock. ¿Cuáles son algunas de las otras probabilidades? –preguntó Kirk, porque había detectado una nota de vacilación en la voz de Spock, algo que sólo él, el capitán, advirtió a causa de los muchos años de convivencia con el medio vulcaniano/medio humano.
Spock guardó silencio durante un momento.
–Existe una probabilidad entre cuatrocientas diez coma tres de que los torpedos de fotones conviertan a Mercaniad en una nova...
–No me gustan esas probabilidades, señor Spock. Casi estaremos mejor no haciendo absolutamente nada que intentando hacerle cosquillas a una estrella variable irregular.
–Señor, como he declarado, existen unas excelentes probabilidades de que esta acción reduzca las explosiones estelares. Las posibilidades de conseguir que la estrella se estabilice o se convierta en nova son del mismo orden y magnitud, pero son mucho mayores que las de amortecerla. Su otra alternativa, señor, es la de transferirse a bordo con el fin de que podamos retirarnos y regresar cuando hayan concluido las explosiones...
Kirk estaba habituado a tomar las decisiones de forma terminante y expeditiva cuando era necesario. Había estado evaluando mentalmente las opciones al tiempo que Spock se las presentaba y le proponía la operación de bombardeo de la estrella. A la vista de lo que debía hacer –conseguir que se reparara la nave, cosa que requeriría la ayuda de los mercanianos, lo que a su vez significaría hacerlos entrar en la Federación si lo deseaban–, llegó a una decisión.
–Retrase la orden de transporte, señor Spock. Tiene autorización para intentar torpedear Mercaniad. No obstante, hágalo antes de la aurora local de este sitio y esté preparado para transferirnos de inmediato y saltar al máximo factor hiperespacial posible en el caso de que consiga crear una nova.
–Tendré que computar el momento óptimo para lanzar los torpedos, capitán. Podría no ser posible realizarlo antes de que la estrella esté en el cielo local del lugar en el que se hallan ustedes. No obstante, como le he dicho, la probabilidad de crear una nova es la más baja de todas. Pero puede estar seguro de que emprenderé cualquier acción necesaria para salvar tanto al grupo de descenso como a la nave, en el caso de que algo saliera mal.
–Estoy Seguro de que lo hará, señor Spock –dijo Kirk por el comunicador.
–Lo hará –agregó McCoy. También él conocía al vulcaniano. Spock no era un primer oficial conspirador deseoso de asumir el mando. Éste le desagradaba tanto a él como le gustaba a Kirk.
–¿Tengo su permiso para proceder al lanzamiento de dos torpedos de fotones hacia Mercaniad a mi propia discreción, capitán?
–Sí, señor Spock, lo tiene. Manténgame informado. –Y sólo recuerde, Spock, que nosotros estamos aquí abajo, en la superficie, sin los escudos de la nave de los que usted disfruta –le espetó McCoy.
–Supongo que ése ha sido el doctor McCoy –replicó la voz de Spock por el transmisor–. Por favor, recuérdele que los escudos de la nave no van a servirnos para nada a ninguno de los de a bordo en el caso de que los torpedos no funcionen... Pero también recuérdele que no tengo ninguna intención de fallar. Spock fuera.
Orun estaba de lo más interesado en los comunicadores.
–He oído y visto que usted habla en esos pequeños aparatos, y que ellos le hablan a usted. No le había preguntado nada hasta ahora porque temía que mi interés despertara el interés de los guardianes o los procuradores. ¿Qué son? ¿Calculadoras pequeñas que le responden verbalmente en lugar de con dígitos o pantallas analógicas?
–Apostaría a que los ancestros de ustedes los poseyeron en otros tiempos –afirmó Kirk. Le enseñó su comunicador a Kirk–. Si yo estuviera al otro lado de Celerbitan y usted quisiera hablar conmigo, ¿qué haría?
–Pues, simplemente consultaría la guía del desplazador respecto a su emplazamiento, y luego sencillamente me desplazaría hasta el lugar en que se hallara –le replicó el mercaniano.
–Suponga que no tiene su unidad de control del desplazador. Suponga que se encuentra atrapado como lo estamos ahora y ni tiene su control del desplazador. ¿Cómo hablaría conmigo? –insistió Kirk.
–No lo haría. No podría –le dijo Orun con franqueza.
–Ah, pero nosotros sí podemos. Dado que no tenemos desplazadores del tipo de los que tienen ustedes en Mercan, los nuestros son de un tipo diferente, hemos creado estas unidades de comunicación que nos permiten hablar los unos con los otros sin viajar de uno a otro lugar cuando queremos hablarnos. Ahorran mucho tiempo.
–Pero ¿con quién está hablando usted?
–Con otra persona como yo que se encuentra en el aparato de viaje que nos trajo hasta Mercan –Kirk abrió el comunicador–. Enterprise, aquí Kirk. ¿Cuándo volverán a pasar por encima del archipiélago en el que estamos nosotros, Uhura?
–Un momento, capitán. Déjeme consultarlo con el teniente Sulu... En aproximadamente cinco minutos, capitán.
–Gracias, Uhura. Kirk fuera.
–Cerró la tapa y guardó el comunicador bajo el uniforme–. Orun, salgamos al exterior. Quiero enseñarle algo. –Las nubes de convección diurna que traían la lluvia a Celerbitan en las primeras horas de cada madrugada, no había comenzado aún a formarse, y el cielo estaba todavía relativamente limpio. Tendido de través en el cielo estaba el brazo de Orión de la galaxia, un mortecino río de luces suaves cuyas estrellas individuales no resultaban visibles a simple vista. Kirk observó la bóveda celeste durante un instante, y luego señaló hacia el suroeste–. Allí. ¿La ve?
Un punto de luz parpadeante se desplazaba por el cielo de suroeste a noreste, a un ángulo aproximado de cinco grados respecto al ecuador.
A pesar del control que Kirk tenía de sí mismo, se le hizo un nudo en la garganta al ver aquel punto de luz móvil. Allí estaba, la Enterprise. Y allí estaba él, en tierra. A menos que él consiguiera arreglar las cosas allí abajo, la nave se encontraría en un aprieto... quizá incluso condenada.
Orun tuvo una reacción diferente al ver la luz móvil en el cielo. Probablemente era la primera vez en su vida que veía algo moverse por el cielo nocturno de Mercan.
–¡Es... es difícil de creer! –susurró, mientras permanecía de pie, observando a la Enterprise que se desplazaba por el cielo nocturno de Mercan siguiendo su órbita estándar–. Yo... yo he creído su historia, James Kirk, porque está en consonancia con otras cosas en las que quería creer... cosas que estábamos descubriendo a través de nuestras propias investigaciones de los caminos del universo... Pero es diferente ver de hecho algo así y saber que probablemente es verdad aquello en lo que creemos...
–Hijo, sé cómo se siente. –Era la amable voz de McCoy que sonaba detrás de ellos–. A veces resulta difícil aceptar el hecho de que los sueños y las creencias puedan convertirse en realidad. Cuando el mundo resulta ser como uno quería que fuese, es a veces más atemorizador que si hubiera permanecido tal y como era.
–Ya lo creo. –Era la voz de Scotty–. Ten cuidado con qué es lo que pides, porque lo conseguirás...
En la oscuridad, Kirk pudo ver que el ingeniero estaba observando la brillante luz de la Enterprise surcando el cielo, con una nostalgia ansiosa propia de él. Las gentes de la Flota Estelar raramente se sienten cómodas cuando se hallan en un planeta...
–¿Volverá a pasar por aquí su aparato de viaje? –quiso saber Orun cuando la Enterprise desapareció.
–Cada dos horas –replicó Kirk, pero el traductor se detuvo ante aquella frase porque, como había señalado Scotty, el idioma mercaniano no contenía referencias temporales más precisas que los de períodos de tiempo indefinidos.
Orun recorrió los alrededores con una mirada furtiva.
–Creo que será mejor que regresemos adentro –les advirtió a los demás–. Los procuradores tienen dispositivos que pueden captar el calor de nuestros cuerpos. Si nos están buscando, lo harán sin duda con sensores de infrarrojos.
–Bones, ¿detecta algún signo de actividad en su sensor? –preguntó Kirk.
–Negativo, Jim. Nada excepto pequeñas formas de vida en la maleza de allí.
–Orun tiene razón, capitán. Si los procuradores tienen sensores de infrarrojos, somos blancos perfectos en terreno abierto. Al menos ese edificio enmascarará las señales caloríficas de nuestros cuerpos –señaló Scotty.
De regreso en el depósito, Kirk decidió que tenía que hacer algo más que simplemente esconderse. Tenían que estar preparados para detectar a cualquier mercaniano que se aproximara al almacén al abrigo de la oscuridad, y también para defenderse de los procuradores si era necesario.
–Hemos relajado demasiado la seguridad... especialmente teniendo en cuenta que en este momento somos fugitivos –dijo–. Bones, ¿puede programar su sensor para que realice una exploración omnidireccional de formas de vida con una alarma que nos advierta en caso de que alguien se acerque?
–Creo que puedo hacerlo, Jim.
Pero nada ocurrió durante el resto de la noche. Kirk sólo consiguió dormir con un sueño ligero, esperando que en cualquier momento sonara la alarma del sensor de McCoy. Le parecía extraño que los procuradores fueran tan ineficaces como para no poder localizar y apresar rápidamente a cinco fugitivos. Pensó en aquello mientras daba vueltas y se revolvía, y finalmente se le ocurrió que los procuradores eran probablemente más pompa, apariencia y fanfarronería que una fuerza policial eficaz. Kirk había concluido que los guardianes tenían un poder político considerable sobre el pueblo de Mercan porque poseían el misterio de la Prueba: la capacidad de predecir las explosiones de la estrella variable irregular que llamaban Mercaniad. La capacidad de predecir los cambios naturales de vida o muerte para toda la vida de Mercan traería indudablemente como consecuencia un inevitable poder político.
La cultura mercaniana, con su facilidad para desplazarse por todo el planeta, les había permitido a los guardianes unificar aquel mundo hasta un punto que Kirk había visto raramente hasta entonces. Era un caso clásico de un mundo, un pueblo, una cultura y una sede de poder político, exactamente igual que la Tierra o Vulcano.
Pero como resultado de todo ello, los mercanianos estaban tan tremendamente unidos por su Código, por las obvias necesidades sociales que tenían de las actividades combinadas de predicción astronómica y judicial de los guardianes, que las ocasionales actividades policiales de los procuradores, la propia organización de los procuradores, habían degenerado hasta transformarse en una organización cuya única función real era la de mantener una apariencia de poderío.
Los mercanianos eran demasiado respetuosos de la ley.
Cuando Kirk llegó a esa conclusión, la misma le respondió a muchísimas preguntas sobre el tratamiento que habían recibido desde su llegada a Mercan.
Ningún mercaniano podía concebir la idea de marcharse de un lugar de arresto domiciliario. Sencillamente era algo impensable.
Lo que significaba que los procuradores fueran quizá una fuerza menos digna de tener en cuenta de lo que las bases culturales de Kirk lo habían predispuesto a valorar en un principio. Los procuradores no eran una versión planetaria de la Flota Estelar. En esencia, los procuradores no eran más que una guardia de palacio, los restos de una auténtica fuerza militar que había respaldado a un poder político. Una vez que ese poder político quedó tan firmemente consolidado como lo estaba en aquel momento, la verdadera necesidad de los procuradores disminuyó. Los procuradores estaban a tan sólo un paso de adquirir una naturaleza puramente ceremonial.
Y eso, a su vez, explicaba para satisfacción de Kirk el porqué de que los guardianes parecieran tan ineptos y confusos a la hora de enfrentarse con la recientemente nacida competencia, la Técnica. Simplemente no recordaban realmente cómo consolidar el poder una vez que lo tenían. El poder de los guardianes había sido algo indiscutible durante tanto tiempo que ellos lo tomaban casi como algo invariable. Los guardianes no podían enfrentarse con la advenediza Técnica –fueran quienes fuesen sus miembros–, porque, aparte de Orun, Kirk no tenía conocimiento de que un movimiento semejante hubiera existido antes en Mercan.
La aurora llegó como la ráfaga de un horno.
No había duda en la mente de ninguno de ellos de que la Prueba estaba a punto de comenzar, ni de que sería, en verdad, una auténtica prueba.
El calor aumentó mucho y muy rápidamente a medida que Mercaniad se alzaba sobre el horizonte.
–Jim –comentó McCoy, mientras leía los datos que aparecían en la pantalla del sensor–, si no ocurre algo pronto, estaremos en un serio aprieto. Spock tenía razón: la estrella está emitiendo una forma muy poderosa de rayos de Berthold. Si no ponemos algún tipo de escudo entre nosotros y esa estrella en cuestión de horas, será mejor que nos olvidemos de todo este asunto.
Kirk meneó la cabeza con gesto de frustración. Las opciones volvían a desaparecer a toda velocidad. No podía esperar a la invisible Técnica; podían no presentarse en absoluto. No podía contar con la decisión de Spock de torpedear Mercaniad: podía producirse demasiado tarde como para salvar al grupo de tierra de los letales efectos de las radiaciones de la estrella. Tenía que llevar a su grupo y a Orun a bordo de la Enterprise, el único lugar donde podrían contar con alguna protección.
–Enterprise, aquí Kirk. Spock, aquí abajo nos estamos empachando de esos rayos hiper–Berthold –le espetó por el comunicador al oficial científico–. ¿Cuándo tiene programado enviar esos torpedos a Mercaniad?
–El momento óptimo parece ser dentro de diez horas y cuarenta minutos, capitán.
–Eso es demasiado tiempo. Transfiéranos a la nave.
–Capitán, la actividad de transportación ha vuelto a aumentar en la isla de Celerbitan con la reciente salida del sol –informó Spock desde la nave–. Hay tanta actividad que es probable que no podamos transferirlos.
–Haga que él baje a la sala del transportador –le sugirió Scotty–. ¡No hay en este momento en la Enterprise dos personas que sepan más del transportador, que Spock y Kyle!
–Señor Scott, ya estoy en los controles de la sala del transportador –fue la respuesta que les llegó por el comunicador en la voz de Spock–. Estamos intentando fijarlo sobre ustedes. No podemos realizar una fijación por escáner.
–Prefiero jugarme los cuartos aquí abajo con los rayos Berthold, antes que acabar todo revuelto a causa de una mala operación del transportador –gruñó McCoy–. A menos que Spock consiga una fijación clara, transfiéranse sin mí. Ya es bastante malo pasar por ese trasto cuando funciona bien.
–De hecho, capitán –sonó la voz de Spock como si los comentarios de McCoy hubieran sido completamente pasados por alto–, hay una enorme cantidad de actividad de transportación en la vecindad inmediata de la señal de ustedes en este preciso momento. Yo sugeriría que realizaran ahora mismo una exploración de las formas de vida de la zona inmediata a la de ustedes, porque en este momento algo está transportándose a esa área. Y no puedo transferirlos en esas circunstancias.
A través de las paredes del almacén, Kirk oyó el sonido armonioso de la materialización de una transferencia por transportador.

9


Las palabras de Spock impulsaron a Kirk a la acción. –Pistolas fásicas en modo paralizador –exclamó Kirk sacando la suya de debajo del uniforme–. Rand, Bones, hagan un barrido con los sensores. ¿Dónde están?
–En el exterior del edificio, capitán –informó Janice Rand, barriendo en círculo con el sensor.
–¿Cuántos son?
–Tres, señor.
–¿Establecemos nuestras posiciones defensivas aquí dentro? –quiso saber Scott.
–No, podrían quemar este edificio con nosotros dentro. Todavía están materializándose, por lo que aún no se han organizado. Los atacaremos antes de que tengan oportunidad de hacerlo ellos. –Kirk se encaminó hacia una de las grandes puertas del depósito–. Rand, McCoy, cúbrannos a Scotty y a mí. Iremos hacia el arroyo y los cogeremos en un fuego cruzado. Cuando hayamos llegado allí, los cubriremos a ustedes.
A pesar de que Kirk se hallaba en un campo de gravedad inferior al que estaba habituado, descubrió que no se desplazaba más rápido que Orun, que se le adelantó camino de la puerta, con su pistola mercaniana de un solo disparo desenfundada y lista para disparar para impresionar si era necesario. El mercaniano se situó con las piernas separadas y flexionadas en la puerta, sujetando el arma con ambas manos delante de sí, dispuesto a disparar.
Pero Orun bajó la pistola a un lado y luego la enfundó en el preciso momento en que Kirk y Scotty se preparaban para lanzarse precipitadamente a través de la puerta en dirección al arroyuelo cercano.
–¡Espere, James Kirk! ¡Nuestros visitantes son Delin y Othol con uno de los líderes de la Técnica! –gritó Orun–. Han venido tal y como yo esperaba que lo harían.
Kirk alzó una mano hacia su grupo de descenso pero no enfundó la pistola fásica.
–Orun, compruebe que están solos. Podrían ser una trampa de los procuradores.
–No es ninguna trampa –le aseguró Orun–. No con un prominente líder de la Técnica en el grupo.
El alto mercaniano salió al ardiente sol y se encaminó hacia el grupo de tres mercanianos que se aproximaban al almacén desde el linde del bosque, cerca del arroyo.
–¡Fuuuf! –Suspiró McCoy con alivio–. Que me hablen luego de la caballería que llega por la colina para rescatarlo a uno en el último momento...
–Es usted un romántico incurable, Bones –observó Kirk mientras guardaba la pistola fásica tras haber visto por sí mismo que se trataba realmente del grupo de rescate que Orun había anunciado.
–Bueno, quizá no en el último momento –agregó el médico, corrigiéndose–. Pero otro par de horas y las crecientes radiaciones Berthold lo habrían convertido en el último momento.
Kirk abrió el comunicador.
–Enterprise, aquí Kirk. Spock, la actividad de transportación que detectó usted era de un grupo de tres de los técnicos que venían a rescatarnos.
–Gracias por informarme, capitán. Estábamos preparándonos para sacarlos de allí –replicó la voz de Spock.
–No creo que eso vaya a ser necesario ahora, Spock. Hemos establecido contacto aquí con el grupo que tiene más posibilidades de ser capaz de ayudar a Scotty.
–Muy bien, señor, pero continúa habiendo una actividad de transportación considerable dentro de un radio de diez kilómetros del lugar en el que se encuentran ahora, aunque no es lo suficientemente intensa como para impedirnos obtener una buena fijación del transportador sobre ustedes. La prudencia dicta que nos mantengamos preparados para transferir a bordo a un grupo grande si es necesario –sugirió el primer oficial de la Enterprise.
–Es lógico, Spock.
–Por supuesto, capitán.
–¡Kirk, vengan! –los llamó Orun.
–Mantenga abierto este canal, Spock. –Se volvió a mirar a Janice Rand–. Mantenga su comunicador abierto y en contacto con Spock. Guarden todos las pistolas fásicas. Vayamos a conocer a nuestros rescatadores.
Kirk reconoció a la mujer, Delin, y al otro joven mercaniano, Othol, los cuales habían estado presentes cuando llegaron a la superficie del planeta. Saludaron al grupo de la Federación con las palmas de las manos hacia arriba, el signo mercaniano de bienvenida. Un hombre mercaniano de elevada estatura, obviamente de más edad que los otros, con cabellos ralos en la cabeza y zonas carentes de la pigmentación protectora en las mejillas y otros puntos prominentes del rostro, le tendió las palmas a Kirk.
–Bienvenido, James Kirk. Y bienvenidos sean sus compañeros. Soy Thallan de los Pares de la Técnica. Por favor, acepte las disculpas de la Técnica por no haber venido en su ayuda antes de ahora, pero no podíamos hacerlo sin provocar un enfrentamiento con los procuradores...
–Sus disculpas son aceptadas, Thallan –le replicó Kirk, ofreciéndole las palmas vueltas hacia arriba a modo de respuesta.
Comenzaba a presentar al resto de su grupo de descenso cuando Thallan lo interrumpió.
–Ya los conocemos, James Kirk. Las presentaciones formales tendrán que esperar hasta que nos hayamos desplazado a la seguridad de nuestra Reserva privada, debajo de Eronde –le dijo el líder de la Técnica–. No nos atrevemos a permanecer aquí fuera durante más tiempo porque Mercaniad se está volviendo cada vez más activo. También corremos el peligro de que los procuradores descubran nuestro desplazamiento hasta aquí, a pesar de que están muy ocupados en trasladar a la población a las Reservas...
Le entregó a Kirk un pequeño dispositivo mientras Orun distribuía otros entre los miembros de la Federación. Kirk lo identificó como un control de viaje mercaniano.
–Thallan, nosotros no somos de Mercan. No sabemos cómo manejar esto.
Thallan asintió con la cabeza.
–Tal y como lo había supuesto por el informe de Othol.
Muy bien, si siguen mis instrucciones, nos desplazaremos hasta nuestra Reserva...
La breve conferencia del líder de la Técnica sobre el manejo del control de viaje mercaniano, fue interrumpida por el armonioso sonido de una materialización múltiple de transportador.
En cuestión de segundos, todo el grupo se vio rodeado por nueve procuradores armados que se materializaron con las armas a punto para disparar.
El primer procurador Lenos se materializó a menos de cinco metros de Kirk y Thallan.
–Larga vida a ti, Thallan; y a Othol y Delin –dijo Lenos, con apenas un toque burlón en la voz–. Sabíamos que si aguardábamos el tiempo suficiente, morderíais el cebo de esta trampa e intentaríais rescatar a vuestras creaciones de la Técnica. Ahora, entréguenme todos los controles de desplazamiento. Vamos a viajar juntos, pero no a Eronde.
–Procurador Lenos, no tienes ningún derecho de detenernos, según el Código –protestó Thallan, sin hacer movimiento alguno de entregarle el control.
–Estoy actuando según el mandato del guardián uno de detener a estas cuatro creaciones de la Técnica y a cualquier mercaniano que las acompañe –replicó Lenos en un tono menos que cordial, mientras los amaneramientos de Mercan lo abandonaban a causa de la creciente tensión emocional del encuentro–. Han hecho descabelladas afirmaciones ante el grupo de los guardianes líderes referentes al Código de la Morada y las leyendas aceptadas del comienzo. Entrégame tu control de desplazamiento...
–Ellos no son creaciones de la Técnica, ni tampoco forman parte del grupo de la Técnica, Lenos –le replicó Thallan, que continuaba reteniendo su control–. No los había visto antes de ahora y lo único que sé de ellos es lo que me han contado Othol y Delin.
–No son de la Morada, Lenos –repitió Orun–. Ya se lo dije al guardián uno, pero él no me cree.
–Es por eso por lo que todos vosotros debéis acompañarme –ordenó Lenos–. Estáis todos afectados por esa misma locura y necesitáis reentrenamiento. Viajaremos con todos vosotros a la Reserva de Reentrenamiento, donde seréis examinados por los guardianes y sometidos a reentrenamiento... excepto vuestras creaciones deformes que serán utilizadas en estudios médicos...
Por lo que a Kirk respectaba, aquello estaba comenzando una vez más a escapársele de las manos a toda velocidad; la trampa de los procuradores que él había temido acababa de cerrarse y los estaba conduciendo a una situación que empeoraba rápidamente. Además, ¡aquello estaba caldeándose! En los rostros de los otros tres miembros de la Enterprise se apreciaban gotas de transpiración, mientras que el sudor le corría a él por la cara y se le metía en los ojos, haciendo que le costase ver sin frotárselos. Entonces supo por qué los mercanianos llevaban aquellas cintas en torno a la frente...
Era una situación en la que no tendría más remedio que actuar.
Kirk giró la cabeza para mirar a Janice Rand, que se hallaba de pie junto a él.
–¿Tiene abierto el canal de comunicación?
–Sí, señor.
Kirk se interpuso entre Lenos y Thallan, y levantó la vista hacia el procurador acorazado que se encumbraba por encima de él.
–¡Lenos, ha llegado el momento de demostrarle que digo la verdad! –Habló en voz muy alta con el fin de que el comunicador de Janice Rand captara su voz, y abrigando la esperanza de que Lenos no reaccionara de forma exagerada. Lenos no lo hizo; simplemente miró a Kirk con incredulidad mientras éste hablaba–. Enterprise, aquí Kirk. Spock, transfiérase de inmediato aquí. Equipo de transportador, manténganse alerta para trasladar a todo el grupo a bordo cuando dé la orden.
Contaba con la mente disciplinada de Spock para obedecer las órdenes de forma precisa e inmediata... y no se vio decepcionado.
Casi al instante, se produjo el sonido del rayo transportador de la Enterprise, a su izquierda. No lo había advertido hasta ese momento, pero había una ligera diferencia entre el sonido del desplazador mercaniano y el de la unidad transportadora de la Federación.
Spock apareció, con su figura magra casi tan alta como la de los mercanianos que lo rodeaban, pero sus cejas dirigidas hacia arriba y sus orejas en punta constituían una diferencia obvia y definitiva. Spock no sólo había actuado inmediatamente sino que se había anticipado a las órdenes de Kirk, ya que llevaba un sensor colgado del hombro y una pistola fásica tipo II escondida en la mano derecha.
–Damas y caballeros de Mercan, permítanme que les presente al primer oficial de la nave estelar Enterprise, y mi segundo al mando, el señor Spock, de Vulcano... otra morada de la vida –anunció Kirk con exagerada cortesía.
Thallan estaba evidentemente sorprendido por la apariencia del vulcaniano, pero su expresión se transformó lentamente en una de entusiasmo y deleite mientras echaba hacia atrás los labios en lo que era una sonrisa mercaniana.
Por otra parte, el procurador Lenos parecía confuso. Miró a Thallan, luego a Kirk y después a Spock.
–¿Cómo ha hecho eso? –inquirió Lenos con incredulidad–. Hemos puesto un bloqueo de desplazamiento en la central del sistema para evitar que nadie se desplace desde aquí como no sea con mi código de viaje.
–Existe una ligera diferencia en la forma de funcionar de nuestro desplazador, Lenos –le replicó Kirk, haciendo una conjetura.
–Totalmente correcto –agregó Spock–. Nosotros detectamos el campo suspensor y conseguimos rodearlo. Y en la nave estamos preparados, capitán, para emprender cualquier acción que sea necesaria.
Kirk sacó su pistola fásica y le indicó con un gesto a su grupo que hiciera lo mismo.
–Todos ustedes van a viajar con nosotros. Tenemos una Reserva en el cielo, un aparato de viaje que da vueltas constantemente en torno a la Morada. Lenos, usted y sus procuradores van, por favor, a entregarnos sus armas de inmediato.
–¡Aquí somos nosotros los procuradores! ¡Somos nosotros quienes damos las órdenes! ¡No ustedes! –gruñó Lenos, echándole mano a su pistola–. ¡Procuradores! ¡Disparen contra esta creación!
Los procuradores no tuvieron ni una sola oportunidad. Uno de ellos levantó su pistola de cañón largo y disparos múltiples, pero no llegó más allá. Spock reaccionó antes.
El procurador cayó al suelo, con el cerebro paralizado hasta la inconsciencia por el rayo de la pistola fásica de Spock.
Para entonces, Scotty y Janice Rand habían derribado a otros cuatro miembros de la patrulla de procuradores, utilizando el programa paralizador de sus pistolas fásicas.
Kirk no tuvo siquiera tiempo de reaccionar a causa de lo bien entrenada que estaba su gente.
Se produjo un largo momento de silencio absoluto mientras la realidad de lo que acababan de presenciar penetraba en la conciencia de los procuradores mercanianos restantes... y en la de cada uno de los otros mercanianos de la Técnica que se hallaban en el lugar.
–Gracias, Spock –dijo Kirk.
Spock estaba reprogramando su pistola fásica, y se limitó a alzar las cejas.
–¿Qué... qué es lo que les ha ocurrido a mis procuradores? –tartamudeó Lenos, bajando el arma.
Los otros tres, al ver que su jefe hacía aquello, también bajaron sus armas.
–Sólo están inconscientes. Se recuperarán dentro de poco –replicó Kirk–. Ya le dije que no éramos de la Morada. Lamento que haya hecho falta la violencia para demostrarles algo que no podían creer. Ahora, entreguen sus armas, Lenos. Thallan, si sus gentes de la Técnica mantienen las armas enfundadas, no les pediré que me las entreguen.
–James Kirk, usted y sus compañeros obviamente no proceden de la Morada, y poseen un poder técnico armamentístico muy superior al que tenemos nosotros –dijo el líder de la Técnica–. Estamos a su merced, señor.
–Muy por el contrario, son ustedes nuestros huéspedes –dijo Kirk con tono amable–. Y eso les incluye a ustedes, Lenos. Tenemos que transportar a diecisiete personas, así que comenzaremos por los procuradores, en grupos de seis...
Tal y como Kirk había esperado, los mercanianos se sintieron completamente deslumbrados al materializarse a bordo de la Enterprise. Aquello le proporcionó al destacamento de seguridad el tiempo suficiente para subir a la plataforma del transportador y acompañarlos, en proporción de un hombre por procurador.
–Instalen a la patrulla de procuradores en cabinas de reclusión –ordenó Kirk–. Thallan, Orun, Othol, Delin, Lenos... por favor, acompáñennos al comandante Spock y a mí al puente. Scotty, tiene la misión de conservar la energía para nuestros escudos. Bones, averigüe qué ha ocurrido con la muestra de sangre de Orun y vaya al puente con los datos en cuanto los tenga.
–Tiene toda la razón, capitán –murmuró Scotty, y desapareció en dirección al turboascensor que lo llevaría hasta la sección de máquinas.
–Es agradable estar de vuelta... ¡y considerablemente más fresco! –fue el comentario de McCoy–. Veamos qué ha sido lo que ha demorado tanto a M'Benga con el análisis de esa muestra...
Los miembros de la Técnica parecían mucho menos sobrecogidos por la nave espacial que el procurador Lenos, que abría la boca de asombro ante absolutamente todo. No cabía duda alguna de ello: en los ojos del procurador había miedo. Kirk sabía que la Enterprise escapaba completamente a la comprensión de Lenos. Tanto Orun como Delin parecían regocijados al ver la tecnología diferente que los rodeaba en la nave espacial.
Kirk los llevó al puente. En cuanto se abrieron las puertas del turboascensor, Spock se encaminó inmediatamente hacia la consola de la biblioteca de la computadora. Kirk abarcó el puente con un gesto de la mano.
–Mercanianos, éste es el centro de control de nuestro aparato de viaje.
–Esto es una burla de la Técnica –objetó el procurador Lenos–. De alguna forma, en alguna parte de la Morada, Thallan, han conseguido ustedes construir esta insólita reserva. Debo felicitarlos por haber hecho un trabajo tan magnífico. Es ciertamente mucho más cómoda que la Reserva de los guardianes... y presenta pruebas de una tecnología mucho mayor que cualquier cosa que nosotros o los guardianes habíamos sospechado jamás.
Thallan estaba mirando alrededor de sí, evidentemente impresionado, pero en un sentido intelectual más que en el sentido de temor y aprensión que demostraba Lenos.
–Lenos, tú sabes que soy uno de los miembros más viejos del grupo de la Técnica. Puede que no sepas que formo parte del Consejo de Pares de la Técnica que les proporciona consejo y guía a otros que se han decantado por la fe de la Técnica. Como miembro del Consejo, sé perfectamente qué es lo que se está haciendo en la Morada. Lenos, te hablo con la verdad, ¡esto no pertenece a la Técnica!
–¿Pero qué otra cosa puede ser?
–Procurador Lenos, tu mente no es diferente de la mía, excepto por el hecho de que yo he sido entrenado para adaptarme a acontecimientos nuevos, cosas nuevas y pensamientos nuevos –le dijo Thallan–. Tú has sido entrenado para acatar las órdenes de los guardianes sin cuestionarlas y aceptar sus dogmas... sin cuestionarlos. Puede que vaya a resultarte duro aceptar la realidad de este cambio que ha llegado a Mercan desde la Cinta de la Noche. Tendrás que aprender a aceptar este cambio... y ya no estarás capacitado para ejercer el cargo de primer procurador. De hecho, todos nosotros vamos a tener que aprender a aceptar algunos cambios que jamás habíamos previsto, ni siquiera en nuestras más descabelladas herejías sobre el Código.
Eso, por supuesto, era precisamente lo que le preocupaba en aquel momento al capitán James Kirk.
Pero a pesar de sus aprensiones por la posibilidad de haber violado la Orden General Número Uno, los primeros pensamientos de Kirk fueron dedicados al mando, la Enterprise y su tripulación, que en aquel momento se hallaban en peligro con muy pocas opciones a su disposición. De hecho, Kirk había tenido que estrechar considerablemente el abanico de opciones a causa de la presión de los acontecimientos.
De todas formas, entonces contaba con una opción nueva. Tenía al primer procurador de Mercan a bordo de la Enterprise para utilizarlo, si bien no como rehén, sí como tema de las negociaciones con Pallar y el resto de los guardianes una vez que se hubieran solucionado los problemas inmediatos planteados por la inestabilidad de Mercaniad. Y había llevado a bordo de la nave a por lo menos cuatro habitantes de Mercan, inteligentes y con conocimientos técnicos, algunos de los cuales sabían qué era lo que estaban viendo en la Enterprise y serían capaces de aplicar la tecnología de la Federación a la tecnología de Mercan cuando regresaran al planeta. El punto sin retorno ya había quedado atrás; ya no habría forma de que la Enterprise pudiera marcharse de Mercan, independientemente de cómo consiguiera Scotty hacer las reparaciones, sin dejar tras de sí una alteración permanente de la cultura mercaniana. La puerta a cualquier tipo de visita sin interferencias se había cerrado irrevocablemente detrás del capitán James T. Kirk.
A1 margen de los conflictos internos que lo agitaban, Kirk tenía sus prioridades bien delimitadas y sabía qué era lo que había que hacer. Si dichas prioridades resultaban una violación flagrante de la Primera Directriz, estaba dispuesto a aceptar las consecuencias... incluso si ello significaba perder el mando de la nave que, sabía, tenía que salvar antes que nada.
–Señor Spock –dijo, dejando solos a los mercanianos durante un momento y acercándose adonde Spock se encontraba trabajando con la consola de la biblioteca de la computadora–. ¿Cuál es la situación respecto a Mercaniad?
Spock no apartó su atención de la pantalla.
–Capitán, hace varias horas que estoy fuera de contacto con la situación a causa de la necesidad de estar presente en la sala del transportador. En este momento estoy actualizando mis datos. El mejor informe que puedo proporcionarle en este momento es esquemático en el mejor de los casos.
–Bueno, pues dígame lo que sepa, Spock. ¿Qué está haciendo esa estrella?
–Todavía está incrementando la emisión constante dentro de todo el espectro electromagnético y emitiendo una cantidad de intensidad creciente de lo que podríamos denominar como rayos hiper–Berthold.
–¿De cuánto tiempo disponemos antes de que los escudos de la nave puedan encontrarse en peligro?
–Desconocido de momento, porque no he conseguido averiguar la tendencia definitiva a causa de la inestabilidad de las propias inestabilidades de esta estrella –replicó el vulcaniano con una voz carente de emoción–. Es la primera estrella de clase G del tipo variable irregular que hemos tenido la oportunidad de investigar y observar, capitán. Las otras estrellas de clase G de este tipo no se comportan de la misma forma porque se hallan rodeadas por uno o más planetas gigantes gaseosos de gran tamaño que producen un efecto demostrable sobre ellas a causa de la atracción gravitacional.
–Señor Spock, ¿dispongo de horas para tomar la decisión final... o sólo de unos minutos?
Spock interrumpió su trabajo, levantó los ojos que fijó sobre nada en particular, y pensó durante un largo momento antes de responder.
–Capitán, la mejor de mis estimaciones indica que dispone de siete horas coma tres antes de que la radiación sobrepase la fuerza de nuestros escudos. Esto suponiendo que, por supuesto, no podamos lanzar los torpedos de fotones al interior de la estrella como teníamos planeado antes de que el nivel de radiación sea demasiado elevado...
–Manténgame informado, señor Spock. Si tenemos que utilizar una parte de nuestra preciosa energía para apartarnos de Mercaniad, quiero saberlo lo antes posible con el fin de disponer del tiempo necesario para evaluar todas las opciones.
La cabeza de Spock estaba nuevamente en el visor encapuchado de la biblioteca de la computadora.
–Señor, puede tener la seguridad de que le informaré de cualquier dato nuevo en cuanto lo tenga en mis manos.

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5076.8
No podemos hacer otra cosa que aguardar los datos resultantes de las observaciones de Spock.
Tras abandonar el puente, llevé a los mercanianos a realizar un rápido recorrido por la nave. La Primera Directriz ya se ha visto comprometida, y existía la posibilidad de que yo pudiera averiguar algo más sobre el nivel de sofisticación de este pueblo aislado. Me siento estimulado, pero los mercanianos podrían estar averiguando de nosotros más cosas que nosotros de ellos.
Cuando Thallan descubrió qué era lo que estaba haciendo Spock, él y Othol se pusieron a cooperar con mi primer oficial, proporcionándole una insospechada fuente de información de las pasadas Pruebas y del comportamiento de Mercaniad, con las que podrá trabajar la biblioteca de la computadora.
Yo no sospechaba que Orun tuviera los suficientes conocimientos de física como para poder ayudar al ingeniero Scott, informándole de la naturaleza exacta de las radiaciones de Mercaniad con el fin de que los escudos pudieran ser ajustados de forma selectiva para rechazar las partes más intensas del espectro y así ahorrar energía. Delin está en la enfermería trabajando con el doctor McCoy en el laboratorio, ayudándolo a completar sus conocimientos de la biología de los mercanianos, donándole muestras de su propia sangre y tejido extraído mediante biopsia, así como trabajando junto con el doctor McCoy en los análisis, y ahorrándole así muchísimo tiempo.
Estos miembros del grupo de la Técnica de Mercan son una gente intelectualmente brillante, y no me preocuparía por la Primera Directriz ni por la posibilidad de hacer entrar a Mercan en la Federación si estuviera seguro de que todos los mercanianos poseen la misma calidad de sofisticación intelectual. Estos cuatro son indudablemente nuestros iguales en muchas áreas de la ciencia y la tecnología, aunque a veces desde un punto de vista y unos métodos completamente distintos, como uno puede sospechar a causa de su aislamiento.
Sin embargo, yo sé que no todos los mercanianos son como estos cuatro de la Técnica. Tras haber tratado con Pallar y su grupo de guardianes, me enfrento francamente con un problema que no sé cómo resolver, ni mucho menos, en este momento, cómo abordar. Parece que los guardianes no estarán dispuestos a renunciar a su dogma referente a que son la única morada de la vida en el universo. Cuando estos cuatro mercanianos regresen a Mercan con los conocimientos que están adquiriendo aquí, podrían sentirse lo suficientemente fuertes como para intentar derrocar a los guardianes. Si ése fuera el caso, puede que yo haya iniciado una guerra civil en el planeta... y deberé asumir toda la responsabilidad de haberlo hecho.
Mi gran problema es el procurador Lenos, que parece estar en un estado de shock desde un momento después de ver la Enterprise.
De hecho, mi mayor problema podría ser la organización de los procuradores dirigida por Lenos, e incluso el mismísimo Lenos. No es un hombre estúpido. É1 muy bien puede convencerse de la realidad de la Enterprise y de las grietas del Código que tiene la responsabilidad de hacer cumplir. Si él llega a convencerse, ¿qué camino tomará y hacia dónde será capaz de conducir a la organización de los protectores?
Todo esto debe ser considerado como puras especulaciones introducidas en el registro con el único fin de dar cuenta de la evolución de mi propia línea de pensamiento mientras nos encaminamos hacia lo que parece ser un inevitable enfrentamiento que forzosamente provocará un cambio drástico en la cultura de Mercan.
En este punto y momento no dispongo de los datos suficientes como para emprender acción de ningún tipo. De hecho, no dispongo de datos suficientes para actuar con respecto a cualquier cosa hasta que el señor Spock me informe...

–Capitán Kirk, Spock informando –se oyó por el intercomunicador de la pared, emplazado por encima de la cabeza de Kirk.
Kirk no se había dado cuenta de que estaba tan cansado.
Se había tendido durante un momento... pero una rápida ojeada a su cronómetro le indicó que había dormido durante varias horas. Mientras sacudía la cabeza, medio dormido, tendió la mano hacia el botón de respuesta del intercomunicador.
–Aquí Kirk.
–Capitán, ¿podría venir al puente de inmediato, por favor?
–Voy hacia allí. –Kirk ni siquiera se molestó en preguntar el porqué. Si Spock quería que fuera al puente era porque o bien tenía algo que quería mostrarle, o bien algo que no deseaba confiarle a la seguridad del sistema de comunicaciones de la nave.
Kirk tardó menos de un minuto en llegar al puente y avanzar hasta donde se hallaba Spock. Tanto Thallan como Othol estaban con el oficial científico.
–Informe, señor Spock.
–Capitán, solicito permiso para lanzar de inmediato los torpedos de fotones, señor.
–Por supuesto, señor Spock. ¿Por qué necesita mi permiso para emprender una acción que yo ya había aprobado? –quiso saber Kirk.
–A causa de la negligencia por mi parte como oficial científico –replicó Spock sin emoción alguna.
–¿Negligencia? Explíquese.
–Señor, fui apartado de esta estación para proporcionarle la ayuda necesaria a la tripulación del transportador con el fin de llevar a cabo el rescate de la superficie del planeta –explicó Spock–. Durante mi ausencia de este puesto, la situación de la inestabilidad de Mercaniad fue más allá de mi control. Ha requerido todo mi tiempo desde el momento en que fui transferido de vuelta a bordo, junto con la ayuda de los miembros de la Técnica aquí presentes, el actualizar mis conocimientos y la biblioteca de la computadora en lo referente a la situación de Mercaniad...
–Spock, vaya al grano.
–Acabo de descubrir que ya es demasiado tarde para disminuir las explosiones de Mercaniad mediante el lanzamiento de los torpedos de fotones al interior de su núcleo.

10


–¿Qué quiere decir, señor Spock? –preguntó Kirk–. Especifique.
–Mercaniad ha avanzado en sus explosiones mucho más rápidamente de lo que yo había previsto –explicó el oficial científico–. Los datos que me han proporcionado Thallan y Othol acaban de ser analizados por la computadora de la nave. Yo he realizado un análisis independiente mediante el alineamiento de algunos de los datos con el fin de simplificar la ecuación. Mis resultados concuerdan con los de la computadora con una diferencia de un dos coma treinta y nueve por ciento, lo cual está perfectamente dentro de los límites de coincidencia que pueden esperarse cuando se utilizan los métodos de alineación que he adoptado.
Kirk reflexionó sobre aquello durante un momento.
–¿Y qué ocurriría si ahora enviáramos esos torpedos a la estrella? –preguntó finalmente.
–¿Puede concederme aproximadamente dos minutos coma cuatro para realizar los cálculos, capitán? Son excesivamente complejos porque estamos trabajando con reacciones de fusión en unas condiciones muy inestables...
–Hágalo, Spock. El tiempo pasa –le replicó Kirk y se apartó del oficial científico, dado que sabía que lo mejor era no molestar a Spock en un momento como aquél.
Se dejó caer en el sillón de mando y pulsó el botón del intercomunicador.
–Señor Scott, aquí Kirk. ¿Cuáles son sus últimas estimaciones respecto a los escudos?
–Capitán, no sé si podremos mantenerlos durante otras diez horas... lo cual no bastará para protegernos hasta que acabe la Prueba... si los cálculos del señor Spock son correctos... cosa que habitualmente es así. No puedo mantener estos escudos el tiempo suficiente como para detener todos esos rayos hiper–Berthold, señor.
–Suponiendo que desviáramos toda la energía de reserva hacia los escudos, Scotty, ¿podríamos conseguirlo?
–¿Qué alimentaciones quiere que corte, capitán?
–Todos los sistemas internos posibles. Todos los circuitos no esenciales que puedan desconectarse sin dejarnos en una situación en la que no podamos avanzar en menos de unos pocos minutos a partir del momento de encendido. Retire los escudos contra los ultravioletas; esos rayos no traspasarán el casco de la nave, no importa lo potentes que sean, y si se decolora la pintura, ¿qué? Baje el nivel contra los infrarrojos, baje los controles de la temperatura del sistema del soporte vital al mínimo necesario para que nuestros componentes electrónicos no corran peligro, y deje que sudemos si eso es lo que hay que hacer.
–¡Sí, señor, así lo haré! Pero eso sólo nos dará alrededor de cuatro horas más de protección... y cuando hayamos acabado no nos quedará energía suficiente a bordo ni para hervir el agua del té.
–Scotty, haga lo que pueda... pero mantenga sólo la protección necesaria para evitar que acabemos fritos.
–Sería de alguna ayuda, capitán, si pudiéramos trasladar a casi toda la tripulación tan lejos del casco exterior como sea posible –sugirió el oficial ingeniero–. La masa disminuye el poder letal de los rayos Berthold...
–Gracias, Scotty. Me encargaré de eso. –Cerró el comunicador y a continuación le dirigió la siguiente pregunta a su timonel y oficial de seguridad–. Señor Sulu, ¿está preparado para activar el procedimiento de seguridad de máxima radiación?
–¿E1 programa «refugio anticiclónico»? Sí, señor. Pero el meter a cuatrocientas personas en un espacio habitualmente ocupado por alrededor de cincuenta puede resultar demasiado apretado si tenemos que permanecer allí durante más de veinticuatro horas, señor. El saneamiento también llega a ser un problema...
–Podría tratarse de un problema de incomodidad o muerte, señor Sulu –le recordó Kirk.
–Sí, señor. Ya lo sé. Tendremos que evacuar el puente en caso de adoptar el procedimiento de máxima protección, capitán.
–Estoy al tanto de ello, señor Sulu. ¿Qué problema hay con ello, ya que le preocupa tanto como para llamar mi atención sobre ese punto?
–Estamos recibiendo una gran cantidad de fotones estelares y flujo de partículas con carga, además de las radiaciones electromagnéticas y los rayos hiper–Berthold, señor. Tengo que corregir manualmente a cada instante todos nuestros sistemas automáticos. Un solo protón estelar que atravesara los escudos y uno de los microcircuitos del piloto automático... y podríamos entrar en la atmósfera del planeta en menos de una órbita.
–Así que está usted diciéndome que alguien deberá permanecer aquí y controlar los circuitos automáticos en caso de una tormenta estelar extrema, ¿no es eso?
–Sí, señor. Y yo me quedaré.
Kirk meditó sobre aquello durante un momento.
–No, señor Sulu. La palabra «sacrificio» no aparece en ninguna de las ordenanzas de la Flota Estelar... y tampoco está en mi vocabulario personal. Si las cosas llegan a ponerse tan mal, nadie permanecerá en este sitio. Señor Chekov, trace un rumbo de permanencia del mínimo consumo energético que nos lleve a un punto lo suficientemente alejado de esa estrella como para que los escudos nos protejan.
–Sí, señor. Yo también prefiero estar vivo y con escasez de energía, que quedarme aquí y hervir como un samovar –replicó el navegante con una sonrisa torcida, y se puso a trabajar en el trazado de dicho curso.
–Capitán, ya tengo las cifras para someterlas a su consideración –anunció Spock desde su puesto–. Si enviamos dos torpedos de fotones directamente al núcleo de Mercaniad dentro de exactamente veintitrés minutos coma uno, existe una posibilidad en cinco coma tres de que la estrella se estabilice o disminuya sus explosiones. La alternativa no es una nova corriente, señor, sino una supernova que comenzaría con un colapso del núcleo, progresaría hasta un estallido de la cromosfera y la fotosfera, y culminaría en una estrella de neutrones que empeoraría hasta convertirse en un agujero negro.
–¿Recomendaciones, Spock?
–Con esas probabilidades, capitán, preferiría no hacer ninguna recomendación.
–¿No tiene espíritu de jugador, señor Spock? –preguntó retóricamente Sulu.
–Señor Sulu, los vulcanianos no juegan –le recordó Spock.
–Pero yo tengo que hacerlo –señaló Kirk–. No me gustan las probabilidades, pero no tengo nada mejor. Si desaparecemos, lo haremos en una llamarada de gloria. Por lo demás, contamos con una posibilidad razonable de conseguirlo. –Kirk hizo una pausa. Sabía que había otros factores a tener en cuenta, incluyendo todo un planeta con su población de millones de humanoides poseedores de una civilización avanzada y única. Ellos sobrevivirían a la Prueba en la seguridad de sus refugios suboceánicos, como lo habían hecho durante incontables generaciones. Pero la USS Enterprise y las 430 personas que estaban a bordo de ella, acompañadas por un pequeño contingente de mercanianos, no podría sobrevivir. No había tiempo para realizar un análisis detallado, ni para apreciaciones angustiosas. La decisión debía ser tomada... y debía hacerse de inmediato.
La situación con la que se enfrentaba James T. Kirk, capitán de nave espacial de la Flota Estelar de la Federación de Planetas Unidos no era más que una de las razones por las que muy pocos ciudadanos de la Federación conseguían ascender hasta las altas esferas de mando.
–Señor Sulu, arme y prepare para su lanzamiento dos torpedos de fotones. Pídale al señor Spock los datos de detonación y las coordenadas del curso. Ejecución inmediata.
–Sí, señor.
–Los datos están en la unidad de control del lanzatorpedos –anunció Spock.
–Lanzamiento en cuanto estén preparados –dijo Kirk con voz queda, demasiado consciente de lo que acababa de ordenar.
Estaba haciendo mucho más que unas meras chapuzas en el funcionamiento de una estrella; aquello podía ser mucho menos explosivo a la larga, que las chapuzas que estaba haciendo con una civilización humanoide, chapuzas que ya no podían evitarse.
–Los datos ya han sido registrados. Lecturas de dirección verificadas. Impulso interno. –Sulu manipulaba los interruptores–. Fuego uno... Uno fuera. Fuego dos... Dos fuera.
El inconfundible sonido del lanzamiento de dos torpedos de fotones recorrió el puente.
–Crucen los dedos –musitó Chekov.
–No deje que Spock lo vea hacer eso –le aconsejó Sulu en voz baja.
–Uhura –dijo Kirk, volviéndose a mirar a su oficial de comunicaciones–. Copias de todos los datos de la biblioteca de la computadora en al menos tres cápsulas de mensaje, y envíelas hacia el brazo de Orión tan rápidamente como pueda. Si esta estrella se convierte en una supernova, quiero que algunos registros de lo que hemos hecho sean impulsados por la onda expansiva de forma que una nave de la Federación pueda interceptarlos algún día.
–Sí, señor. ¿Debo continuar con la transmisión de las señales de socorro de rutina a través de todos los canales subespaciales?
–Por todos los medios. Alguien podría captarlas –observó Kirk–. Si el alto mando de la Flota Estelar no sabe que tenemos problemas, eventualmente comenzarán a preguntarse dónde estamos. Comenzarán a inquirir sobre qué ha sido de la Enterprise, y si llegan a detectar una supernova en esta zona, vendrán a echar un vistazo... si no tienen ya algo en camino a factor hiperespacial ocho, en todo caso...
–Las cápsulas mensajeras han sido lanzadas, capitán.
–Gracias, teniente. Spock, la situación de los torpedos, por favor.
–Los sensores le siguen la pista a ambos. Los dos mantienen su curso. Impacto simultáneo en ambos polos estelares dentro de... cuatro minutos coma tres... y las detonaciones serán casi simultáneas a su entrada a la velocidad hiperespacial factor dos.
Kirk advirtió que Thallan y Othol estaban ahora de pie junto a Spock, ambos con un aspecto algo perplejo.
–Thallan, ¿comprende qué es lo que acabamos de hacer?
–Apenas, James Kirk –replicó el técnico de más edad–. Su traductor no vierte con precisión el significado de algunas palabras porque no existen en nuestro idioma. Pero consigo seguir la mayor parte del proceso. Mi problema más grande, y estoy seguro de que Othol lo comparte, es que está resultándome un poco difícil el adaptar mis conceptos del universo para que encajen con lo que estoy viendo y escuchando.
–Tres minutos coma cinco –anunció Spock.
–Hemos lanzado hacia Mercaniad unos dispositivos que penetrarán en su interior –intentó explicarle Kirk–. Una vez dentro, liberarán una gran cantidad de energía de un tipo específico. Si lo hemos hecho correctamente, si la computadora está en lo cierto, si todos los datos que ustedes nos han aportado son correctos, y si tenemos una cantidad considerable de suerte, la cual es una palabra que no tiene traducción para ustedes, ya lo sé, la Prueba concluirá y Mercaniad se asentará en una condición estable a partir de ahora. No habrá más Pruebas. Por otra parte, si todo lo que sabemos resulta ser erróneo... o si no lo hemos hecho todo con una corrección precisa, Mercaniad estallará.
Thallan guardó silencio durante un momento.
–Si Mercaniad estalla, ¿qué ocurrirá con la Morada? –preguntó finalmente.
Kirk no dijo nada; sólo negó con la cabeza.
–¿Y se ha aventurado usted a eso, a la posibilidad de destruir así a todo un planeta, todo un pueblo, toda una cultura? –quiso saber Othol.
–No tenía otra alternativa. Si sus guardianes hubieran cooperado, podríamos haber hecho algún acuerdo que obviara todo esto –observó Kirk.
–¿Por qué vinieron a Mercan? –preguntó Othol, repentinamente furioso–. Nosotros estábamos desarrollando formas completamente nuevas de vivir juntos. ¡En tres generaciones hubiéramos cambiado la totalidad de la Morada! ¿Por qué se han inmiscuido?
–En tres generaciones ustedes habrían descubierto lo que nosotros ya sabemos –agregó Spock–, y ustedes mismos hubieran intentado hacer lo que estamos haciendo ahora. De hecho, la ayuda que me han proporcionado ha puesto en mi conocimiento que ya disponen de todos los datos básicos para intentarlo. Habrían encontrado algún factor que los hubiera conducido a ello.
–¡Pero ustedes han firmado la sentencia de muerte de un planeta sin consultarlo siquiera con nosotros! –insistió Othol.
–Othol, esa «sentencia de muerte» incluye también a todos los que estamos a bordo de esta nave. No me quedaba otro recurso que el de tomar esa decisión. Nosotros no vinimos aquí de forma deliberada. Intentamos interactuar con ustedes de una forma que ejerciera el menor impacto posible sobre su forma de vida. Pero las fuerzas vivas de Mercan son de mente cerrada. Lo lamento. De todas formas, las probabilidades están a favor de que las cosas salgan bien –dijo Kirk. En el fondo, a él no le gustaba más de lo que le gustaba a Othol–. Uno no cuenta siempre con el lujo del tiempo para hacer las cosas a su manera. Las circunstancias frecuentemente lo obligan a uno a actuar y cambiar las cosas, tanto si uno quiere que cambien en ese momento como si no.
–Un minuto –anunció Spock.
–Sulu, pase la visión de Mercaniad a la pantalla principal –ordenó Kirk.
Mercaniad estaba elevándose por el horizonte de Mercan, la Morada de la Vida. Cuando apareció completamente a la vista, pudo observarse que el disco de la estrella palpitaba, despidiendo largas serpentinas de materia incandescente. Tenía la superficie jaspeada de manchas solares. Invisible en la pantalla, estaba la corriente de partículas con carga que provocaba un enorme incremento de los vientos estelares. Sin la protección de los escudos de la Enterprise, los humanos y humanoides que se hallaban a bordo se habrían extinguido como la llama de una vela en el viento.
–Treinta segundos. Torpedos en ruta. Los sensores los perderán dentro de diez segundos, cuando comiencen a entrar en la corona.
–No estoy muy seguro de que me guste la idea de tener un asiento de primera fila para contemplar una posible supernova –murmuró Chekov.
–Quince segundos. ¿Tiene intención de advertir a la tripulación, capitán?
–Negativo, señor Spock. Si se convierte en supernova, los que estamos aquí dispondremos de unos dos segundos para darnos cuenta de lo ocurrido. Son lo suficientemente disciplinados como para esperar el fin en cualquier momento entre las estrellas...
–Cero. Los dos torpedos han penetrado ya en Mercaniad –anunció Spock.
La atención de todos los del puente estaba clavada en la pantalla frontal, excepto Spock que tenía la cara metida en el visor cubierto de la biblioteca de la computadora. Aparte del palpitar de los sistemas internos de la nave estelar Enterprise, no se oía sonido alguno en el puente.
En la apariencia de la estrella que estaba en la pantalla no se produjo ningún cambio.
Kirk hizo girar el sillón, se levantó y se acercó a Spock.
–¿Algún cambio, Spock?
El vulcaniano no apartó la cara del visor.
–Negativo, capitán. Los torpedos liberan una cantidad de energía tan pequeña comparada con la de una estrella, que no veremos cambio alguno durante por lo menos nueve minutos. Incluso una estrella de clase G es una masa muy grande y no puede cambiar de inmediato... a menos que se convierta en supernova... cosa que ésta no ha hecho... y que no va a hacer después de todo porque a estas alturas ya habría despedido la fotosfera con una explosión.
Se oyó un enorme suspiro de alivio proferido por el alférez Chekov, pero Sulu permaneció tan impasible como siempre. Uhura, que era un poco más emotiva, simplemente se cubrió el rostro con las manos mientras cerraba los ojos.
Kirk le dio a Spock una palmada en un hombro con júbilo y alegría evidentes.
–¡Lo ha conseguido, Spock!
Sólo en ese momento levantó el vulcaniano la cara del visor y levantó quejosamente una ceja.
–Señor, ¿había alguna duda? Los números eran correctos. Las matemáticas constituyen una ciencia lógica, capitán, y la lógica de nuestros cálculos era indiscutible. Las probabilidades estaban a favor de este resultado. Realmente no comprendo este despliegue de emociones, señor.
Kirk sacudió la cabeza.
–Spock, es usted probablemente la primera persona que se entromete en el funcionamiento de una estrella con pleno conocimiento de que podría hacernos desaparecer a todos... y consigue hacerlo bien. Puede estar seguro de que me encargaré de que ese logro suyo sea adecuadamente incluido en su historial, junto con una adecuada recomendación por su lógica de sangre fría...
–Capitán, ¿cómo es posible agradecer la lógica?
Ni Kirk, ni el resto de la tripulación que se hallaba en el puente de la Enterprise, fueron capaces de contener la risa, que no estaba tan relacionada con la réplica de Spock como con el alivio de la tensión soportada durante los últimos minutos pasados.
No pasó mucho tiempo antes de que pudiera verse en la pantalla principal que a Mercaniad le estaba sucediendo realmente algo. Spock activó los registros espectrales para observar la longitud de ondas de los ultravioletas y los rayos–X de la estrella, tras lo cual echó un vistazo a los campos magnéticos y gravitatorios. Estaban cambiando. Era perfectamente evidente que Mercaniad ya no latía, ni arrojaba los fuegos artificiales de sus prominencias estelares, ni incrementaba ya su emisión mediante estallidos de actividad, cada uno más poderoso que el anterior. Estaba estabilizándose, pulsando ocasionalmente, aplacándose.
–Puente, aquí ingeniería –resonó la voz de Scotty a través del silencio del centro de control de la nave–. Capitán Kirk, el nivel de radiación está disminuyendo rápidamente y los rayos hiper–Berthold están reduciendo su intensidad. Si esto se mantiene, nuestras pantallas resistirán sin necesidad de aumentar la potencia para asegurar su capacidad protectora. ¿No me diga que Spock se había equivocado con respecto a Mercaniad?
–En absoluto, Scotty. De hecho, Spock es ahora el único oficial científico de la Flota Estelar que ha conseguido hacerle cosquillas a una estrella y vivir para contarlo –replicó Kirk con una sonrisa.
–¿Han sido los torpedos de fotones quienes lo han conseguido?
–Así es ciertamente, Scotty. Ya puede relajar el control de alerta de los escudos. Probablemente Spock ha conseguido tranquilizar a esa estrella equívoca hasta convertirla en una de clase G de buen comportamiento.
–Orun dice que eso no es posible –replicó la voz del ingeniero–. Ninguna Prueba ha sido de tan corta duración.
–Dígale que las cosas han cambiado, Scotty.

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5077.5
Quiero que conste en los registros que el intento de estabilizar la estrella variable irregular de clase G llamada Mercaniad,
mediante la introducción de una descarga de energía detonante en forma de dos torpedos de fotones, fueron debidos tanto la idea como el acto del comandante Spock, primer oficial y oficial científico de la Enterprise. Las probabilidades de éxito eran marginales, y la operación se llevó a cabo con mi total autorización y con pleno conocimiento, por mi parte, de todas las posibilidades, incluidas las asociadas con el éxito de la empresa. La ayuda capaz y la disposición a cooperar de tres habitantes humanoides de Mercan, miembros del grupo Técnica –Thallan, Othol y Orun–, resultaron vitales para la ejecución de este acto porque les proporcionaron a Spock y a la biblioteca de la computadora la mayoría de los datos del historial de Mercaniad de que se dispone. El comportamiento de Mercaniad durante las explosiones, denominadas la Prueba entre los mercanianos, fueron también datos importantes que nos proporcionaron los tres expertos de Mercan.
A pesar de que esa acción fue concebida y llevada a cabo por Spock, fue realizada con mi absoluta autorización, y acepto toda la responsabilidad de las posibles consecuencias que pueda acarrear.
La constante observación de Mercaniad desde el momento de la detonación de los torpedos en su núcleo, ha revelado que las conclusiones iniciales de Spock eran totalmente correctas. La estrella está estabilizándose rápidamente hasta un estado que parece ser el de una estrella regular de clase G0, con todas las características que presentan ese tipo de astros existentes en nuestro sector de la galaxia. La emisión de rayos hiper–Berthold ha disminuido casi hasta cero; los datos completos de ese fenómeno, hasta ahora sin precedentes, están almacenados en la biblioteca de la computadora para posterior análisis e interpretación por parte de los especialistas estelares de la Federación.
No obstante, esta estabilización de Mercaniad tendrá el inevitable resultado de la desestabilización de su civilización humanoide. Hemos destruido intencionadamente un acontecimiento astronómico irregular sobre el que se basaba la estabilidad de su cultura. En las circunstancias en las que nos hallábamos, no tenía otra alternativa u opción que me permitiera salvar a la Enterprise y su tripulación de una destrucción segura. Por ese motivo, asumí la responsabilidad de violar abierta e intencionadamente la Primera Directriz y la Orden General Número Uno, sabiendo de antemano que cualquier estabilización de esta estrella alteraría la cultura y el estilo de vida de los habitantes humanoides de Mercan más allá de cualquier restauración posible.
La línea de acción que seguiré en el futuro inmediato no está clara para mí en este momento. Tengo a bordo de la Enterprise a líderes de dos de los tres grupos políticos y sociales de la cultura mercaniana: el primer procurador Lenos, y el líder de la Técnica, Thallan. Por lo tanto me parece que mi deber es convocar y moderar una reunión entre los guardianes, los procuradores y los miembros de la Técnica con la esperanza de ayudarles a que creen por sí mismos un nuevo orden estable sobre el planeta, ante la total ausencia de la principal influencia poseída hasta ahora por los guardianes para mantener su posición dentro de la sociedad: el misterio de la Prueba, la capacidad de los guardianes para prever con precisión las explosiones de Mercaniad.
Mercaniad ya no amenazará con la Prueba, debido a nuestras acciones.
A pesar de que posiblemente he salvado a la Enterprise y a su tripulación, me veo obligado a formularme una pregunta: ¿para qué la he salvado?
La ciencia y la tecnología mercanianas podrían ciertamente estar a la altura de la tarea de proporcionarles al oficial Scott y a la división de ingeniería el apoyo necesario para reparar el motor hiperespacial que nos permitirá regresar al brazo de Orión y el territorio de la Federación. Pero ¿nos ayudarán los mercanianos? ¿O sus energías se verán, en cambio, desviadas hacia una guerra civil que abarcará todo el planeta a causa de mis acciones y decisiones?

11


E1 timbre de la puerta del camarote de Kirk, sonó. –Adelante –dijo él.
La puerta se deslizó con un sonido neumático y apareció la alta silueta de Spock dibujada por las luces del pasillo. Kirk no se levantó de su litera, en la que se hallaba tendido de espaldas.
–No quiero molestarlo, capitán.
–Entre, Spock. No me molesta.
La puerta se cerró detrás del primer oficial.
–Tengo algunos datos que deben ser sometidos a su atención, señor –comenzó Spock–. Su intercomunicador parece que no funciona.
–Necesitaba algo de calma. He estado pensando, Spock.
La ceja derecha del primer oficial se alzó.
–No se muestre tan sorprendido, Spock. Incluso un capitán de nave estelar necesita ocasionalmente un momento de paz y silencio. E incluso un capitán de nave estelar puede entregarse al pensamiento lógico...
–Soy bien consciente de la ocasional necesidad humana de contemplación silenciosa. Ése es un rasgo que comparten tanto los humanos como los vulcanianos –le dijo Spock–. La nave no requiere su atención inmediata en la órbita estándar mientras esperamos a que los mercanianos descubran que la Prueba ha concluido. No obstante, tengo dos cosas que desearía someter a su consideración. Una: Mercaniad se está asentando en forma de estrella de clase G0 como habíamos predicho, y alcanzará el estado estable dentro de aproximadamente ocho horas coma tres. A partir de ese momento probablemente se mantendrá como estrella estable de clase G0 durante cerca de un billón de años...
–Eso quiere decir que los guardianes comenzarán a salir de sus agujeros para averiguar qué es lo que está ocurriendo –comentó Kirk–, y para entonces necesitaremos tener trazado un plan de acción.
–Cierto, capitán –arguyó Spock–. Pero estamos comenzando a detectar señales ocasionales de radiación de transportador/desplazador en la superficie de las vecindades de Celerbitan. Los guardianes podrían salir al exterior antes de lo previsto si han detectado ya la rápida disminución de la intensidad estelar.
Kirk suspiró y se incorporó hasta sentarse en el borde de la litera.
–Gracias, Spock. Esos datos me proporcionan un margen de tiempo dentro del cual tendré que trabajar.
Pero Spock no se encaminó hacia la puerta una vez transmitido su informe.
–Capitán... Jim, ha faltado del puente durante dos turnos, lo cual es insólito en usted dadas unas circunstancias como las presentes. Yo supongo que, lógicamente, que está extremadamente preocupado por la posibilidad de haber violado la Orden General Número Uno, así como porque se pregunta si los mercanianos, en particular los de la Técnica, se trabarán o no en una guerra civil en lugar de permitir que los ayudemos como pago por la ayuda que nos presten para reparar el motor hiperespacial. ¿Estoy en lo correcto respecto a la valoración de sus preocupaciones?
Kirk levantó la mirada hacia el oficial de elevada estatura que, con su herencia medio humana y medio vulcaniana, podía frecuentemente penetrar en lo más hondo de los pensamientos de sus colegas humanos con una empatía mucho mayor que los seres humanos mismos. No era con mucha frecuencia que Spock se permitía dirigirse a su muy íntimo amigo James Kirk por el nombre de pila, ni siquiera en privado. En ese sentido, los modales del primer oficial tenían un carácter muy mercaniano.
–Siéntese, Spock. Ha descrito usted mi problema con absoluta precisión. Puede que haya manejado todo esto tan mal hasta el momento, que no sé si podré continuar a partir de este punto... ni siquiera en el caso de que olvidara completamente la Primera Directriz y me concentrara exclusivamente en salvar a la Enterprise y su tripulación.
Spock no respondió de inmediato, sino que pareció meditar cuidadosamente sobre las palabras pronunciadas por el capitán.
–Jim –dijo luego–, fuimos puestos en una posición tremendamente insólita por circunstancias sobre las que no teníamos ningún control. No tenía usted otra alternativa que la de actuar de forma oportunista en el manejo de esta cultura mercaniana totalmente única...
–No, Spock, no se trata únicamente de eso –objetó Kirk con un vaivén de la mano–. Debería de haberlo escuchado a usted con más atención cuando me advirtió acerca de las anomalías gravitacionales cercanas a la grieta espacial...
Resultó obvio que Spock no aceptaba aquella premisa.
–Era algo totalmente impredecible. Estábamos operando en un espacio no cartografiado...
–Sea como fuere, hemos encontrado la civilización mercaniana.
–... Y yo operé sobre la ingenua suposición de que se trataba de humanoides lógicos y racionales. Me dejé llevar hacia todo esto por la extremada cortesía de las costumbres sociales vulcanianas. No actué con el vigor suficiente ni la rapidez necesaria. Los mercanianos, en especial los guardianes, no son más racionales ni lógicos que cualquier otra especie humanoide... incluidos los vulcanianos –agregó cautelosamente.
–Está usted en lo correcto. Incluidos los vulcanianos. Hacen falta muchos años para conseguir el control total de las emociones, incluso en el caso de los vulcanianos. Muy pocos maestros vulcanianos consiguen alcanzar la racionalidad lógica completa en sus procesos de pensamiento, incluso después de la larga y ardua prueba del Kolinahr –admitió Spock. Vaciló durante un momento, como si sintiera grandes reticencias a reconocer algo de orden personal, incluso ante un amigo tan íntimo como Jim Kirk, el único ser humano que podía ser su t'hy'la–. Abrigo la esperanza de que algún día pueda retornar a Vulcano y estudiar bajo la dirección de los maestros para alcanzar esa total racionalidad del pensamiento lógico... cuando regresemos.
Kirk se puso de pie.
–Spock, usted tiene exactamente lo que yo corría el peligro de perder: ¡La esperanza! ¡No si volvemos, sino cuando volvamos! ¡Yo estaba comenzando a perder la esperanza!
–Lo siento. Ésa es la herencia humana de mi madre que se hace visible a través de mí –se disculpó Spock.
–Pero yo necesité que usted me recordara que es uno de los puntos fuertes del ser humano –le replicó Kirk–. Me había quedado sin opciones, Spock. Sólo veía dos caminos abiertos ante mí.
Una vez más, la ceja derecha del primer oficial se alzó.
–¿Y usted cree que son...?
Kirk los contó con los dedos.
–Uno: Dado que teníamos unas probabilidades tan pobres de poder reparar el motor hiperespacial, yo podía ordenar que la tripulación fuera transferida a la superficie de Mercan, donde podríamos pasar el resto de nuestras vidas, quizá trabajando para conseguir reparar el motor, quizá simplemente esperando a la nave estelar de la Federación que indudablemente nos seguiría la pista y encontraría este sistema prófugo. Dos: Ya he violado la Primera Directriz, así que podría continuar por ese camino e intervenir hasta un grado aún mayor en lo que estoy seguro de que se convertirá en una guerra civil entre los guardianes y los procuradores en un bando, y la gente de la Técnica en el otro. La segunda opción nos proporciona una débil probabilidad de llegar eventualmente a reparar el motor hiperespacial, si respaldamos a las gentes de la Técnica en el derrocamiento del status quo... Y ganaremos con nuestras armas avanzadas. ¡Pero el daño, Spock! ¡El daño que sufriría la cultura de Mercan es un precio que ni siquiera yo, un no mercaniano, estoy dispuesto a pagar!
Kirk guardó silencio. Spock continuaba mirándolo con expectación. Cuando vio que Kirk no continuaba, le formuló una pregunta.
–¿Por qué ha pensado que sólo tenemos esas dos opciones?
–Son las únicas que puedo prever con la información de que dispongo en este momento.
–Existen más –afirmó Spock, con tono de absoluta indiferencia–. Y cuando se considera cualquier actividad futura, se tiende ante uno un árbol de decisiones que se ramifica constantemente... y ese árbol de decisiones tiene más ramas que las dos que usted acaba de mencionar, Jim.
–¿Tiene usted algo que agregar? –quiso saber Kirk. Aquélla era tal vez la conversación privada más larga que había mantenido jamás con el taciturno primer oficial.
–Sí, así es. Hay dos puntos que han formado parte de nuestro entrenamiento y educación dentro de la Flota Estelar –señaló Spock–. El primero de ellos se lo he visto aplicar a usted en numerosas ocasiones: Uno no capitula hasta que no está absolutamente seguro de que no existen más alternativas. Creo que el teniente William Burrows de la antigua Armada de los Estados Unidos, el oficial al mando de otra USS Enterprise en 1813, dijo: «La bandera nunca debe ser tomada». El segundo punto es algo que yo le he visto inculcar en los oficiales jóvenes de esta nave, y es igualmente importante: No tomar ninguna decisión respecto a las acciones futuras hasta que, y a menos que, sea absolutamente necesario hacerlo. Si me perdona por llamar su atención al respecto, Jim, yo detecto que probablemente usted ha descuidado ambas directrices...
Kirk no replicó durante un largo momento.
–Tiene razón, Spock –dijo finalmente.
–Se nos asignó esta misión teóricamente como descanso –se apresuró a proseguir Spock–. Estábamos todos exhaustos cuando comenzamos... y no dispusimos del tiempo ni de las circunstancias adecuadas que se preveía que nos permitirían volver al tipo de estado de alerta del que normalmente somos capaces. En pocas palabras, Jim, creo que el doctor McCoy confirmará sin duda el hecho de que usted y muchos otros miembros humanos de la tripulación están aún fatigados... un factor físico y psicológico que ha tenido un efecto definitivo sobre los actos de usted...
–¿Y usted no está también exhausto?
–No, no lo estoy. Como ya sabe, soy capaz de una resistencia mayor que los humanos.
–De acuerdo, Spock, ya veremos por lo que respecta al punto de vista de McCoy... a pesar de que le agradezco que haya llamado mi atención al respecto. Estoy seguro de que podré hablarlo con él, en cuanto Bones se aparte de la enfermería –observó Kirk–. ¿Cuáles cree usted que son nuestras opciones en el momento presente?
–Consideremos los hechos –dijo Spock, pertinaz–. Independiente de lo que hagamos a partir de ahora, ya hemos provocado cambios irrevocables en la cultura y el estilo de vida de Mercan. Por lo tanto, la Primera Directriz ya no tiene ni significado ni peso en el caso que tenemos entre manos. No puede ser lógicamente considerada una restricción válida.
–Es verdad. Es una desgracia pero es verdad.
–Quizá no sea una desgracia. Esa valoración podría ser prematura. Eso depende de cómo se maneje a los mercanianos –señaló Spock–. El segundo hecho es el de que los mercanianos tienen una civilización bastante avanzada y técnicamente competente. Según mis propias valoraciones, basadas en el trabajo realizado con Thallan y Othol desde que llegaron a la nave, debo informarle que son adaptables, inteligentes, y al menos tan avanzados en muchos terrenos como lo era la casi totalidad de los miembros actuales de la Federación en el momento en el que contactaron con y se unieron a ella.
–He percibido eso en los miembros de la Técnica que transferimos a bordo –admitió Kirk–; pero usted no ha intentado tratar con los guardianes ni los procuradores, Spock. Son tan tercos y aferrados a las tradiciones como cualquiera de las clases de sumos sacerdotes o castas militares con las que nos hemos tropezado.
–Quizá. Pero también he pasado algún tiempo con el primer procurador Lenos. Llegó a bordo como un hombre muy confundido cuyo sistema de valores se vio completamente destruido por la Enterprise y el hecho físico de que nosotros no proveníamos de la Morada de la Vida –señaló rápidamente Spock–. Necesitaba ayuda... al igual que los otros miembros de la patrulla de procuradores que han estado detenidos desde que llegaron a la nave. A causa de la remota similitud de mi apariencia y la de ellos, se acercó a mí.
–Eso puedo comprenderlo, Spock. Nosotros debemos ser como pigmeos para ellos.
–No es más que una cuestión de ectomorfismo –dijo Spock–. Su militarismo realmente no tiene nada de militar. Guarda un ligero parecido con la filosofía romulana. No se trata simplemente de un método que emplea la aplicación de la fuerza física para mantener las tradiciones, las reglas, los códigos y las ordenanzas; es un sentido del deber que usted y yo comprenderemos fácilmente, la obligación, asumida libremente, de guardar, evitar el daño, rescatar y socorrer, además de actuar en nombre de los guardianes.
Kirk pensó en aquello durante un rato porque había despertado un recuerdo profundamente soterrado, algo que se había dicho una vez en la Academia de la Flota Estelar durante una discusión sobre la historia paramilitar. ¡Ah, sí! ¡El teniente Robert Henley! «Debe usted recordar –le había dicho el historiador militar–, que no todas las organizaciones militares, paramilitares o policiales tienen necesariamente que ser instrumentos de aplicación de la fuerza física destinada a obligar a determinadas acciones mediante la coerción. Pueden ser como el modelo clásico sobre el que se basa la mayor parte de la Flota Estelar: la antigua Guardia Costera de Estados Unidos... »
–¿Entonces piensa usted que es posible trabajar con Lenos? –quiso saber Kirk.
–Es absolutamente probable.
Aquél era un nuevo giro de la situación, advirtió Kirk. Tal vez, si la casa de los procuradores se unía a la Técnica, podría obligarse a los guardianes a... ¡No, eso no resultaría! Kirk quería que establecieran una forma modificada de la cultura estable que originalmente habían fundado al llegar a Mercan... aunque sin el importante factor pararreligioso de la inestabilidad de Mercaniad.
–Estabilidad –musitó Kirk.
–¿Señor?
–Deben estructurar un sistema que les proporcione el mismo tipo de estabilidad que tenían hasta ahora, Spock.
–Estoy de acuerdo, capitán. Como todos los humanoides, son básicamente una raza no violenta. En Vulcano, exorcizamos las emociones para superar nuestra naturaleza violenta; los mercanianos la han ritualizado en su código de duelo. Dado que el factor desestabilizante ha sido externo, es decir nuestra llegada accidental hasta aquí, quizá el factor estabilizante pueda ser también de naturaleza externa –sugirió Spock.
–¿El ingreso como miembros de la Federación?
–Precisamente, capitán.
–¿Pero están realmente preparados para ello? ¿Los guardianes... los procuradores...?
–Vulcano ingresó en la Federación en condiciones similares, capitán –le recordó Spock–. ¡Uno de los motores que impulsaron ese ingreso fue el deseo por ambas partes de intercambiar una información valiosa que no podía obtenerse por otros medios!
–Spock –dijo Kirk quedamente–, no sabe usted cuánto valoro nuestra relación y las aportaciones lógicas que me hace cuando tengo que tomar una decisión...
–Es mi... deber, capitán.
–¿Tiene alguna recomendación que hacerme respecto a la situación actual?
–Capitán, yo no estoy cualificado en asuntos de diplomacia interplanetaria...
–Maldición, Spock –lo reconvino suavemente Kirk–. Estoy pidiéndole más de esas aportaciones lógicas suyas. Spock no replicó de inmediato.
–El parlamento parecería ser lo más adecuado –dijo finalmente–. Un intercambio de información es siempre un buen comienzo para cualquier negociación...
–Hummm... Spock, ¿y suponiendo que los guardianes no quieran hablar con nosotros?
–En ese caso, capitán, podría verse obligado a asumir de mala gana el papel de dictador benevolente...
–¿Un Hernando Cortés? Olvídelo, Spock. Sería incapaz de desempeñar ese papel.
–¿Qué le parece Douglas MacArthur, señor?
Antes de que Kirk pudiera responder a esto, sonó el timbre de la puerta.
–¿Quién es? –preguntó Kirk, obviamente irritado por el hecho que se produjera una interrupción en aquel preciso momento, cuando había establecido una afinidad tan insólita y útil con Spock.
–El doctor McCoy, capitán. ¿Se encuentra bien? Su intercomunicador no funciona.
Kirk suspiró.
–Entre, Bones.
La puerta se deslizó a un lado y McCoy avanzó hasta el interior. Cuando la puerta se deslizaba para volver a cerrarse, el oficial médico vio a Spock.
–Lo siento. No tenía intención de interrumpir una conferencia, caballeros. –Luego observó atentamente a Kirk–.¿Se encuentra bien, Jim?
–Cansado, y por lo demás funcional, Bones. Perturbado y frustrado, tal vez, por el curso de los acontecimientos, pero eso forma parte de este trabajo.
–Será mejor que venga conmigo a la enfermería y me deje hacerle una revisión por los posibles efectos colaterales de la exposición a esos rayos hiper–Berthold.
–¿Se ha producido algún problema al respecto con alguno de los otros miembros de nuestra partida de descenso, Bones? –quiso saber Kirk.
–Hasta ahora, no. Pero me gustaría hacer un seguimiento de los cuatro que lo integrábamos.
–Cúrese primero usted mismo, Bones. Yo tengo algunos auténticos problemas con Mercan –le espetó Kirk al oficial médico, e inmediatamente lamentó haberlo hecho.
–¡Bueno! La fatiga le ha provocado un poco de irritabilidad... según mi opinión facultativa –observó McCoy.
–Bones, si ha venido aquí para comprobar mi estado de salud, ya tiene su diagnóstico –le dijo secamente Kirk.
–Eso no era más que una parte de los motivos que me han traído a verle, Jim –admitió el médico de la nave–. Ya sé que la situación social de los mercanianos le inquieta; pude verlo cuando estábamos en el planeta. –Señaló un informe que llevaba en la mano derecha–. Ahora dispongo de una buena cantidad de datos biológicos, gracias a Delin... Y, Jim, si Delin es un ejemplo del nivel de inteligencia y conocimientos técnicos de Mercan, esta gente serán unos miembros muy eficaces de la Federación. Verá, saben algunas cosas sobre la bioingeniería en las que nosotros ni siquiera habíamos pensado aún.
–Ya sospechaba algo así –comentó Spock, alzando esta vez la ceja izquierda.
–De acuerdo, Bones, hágame un resumen. ¿Quiere hacerlo aquí o en la sala de conferencias?
–Oh, aquí ya estaremos bien.
–Muy bien, informe.
–Jim, los mercanianos son tan humanoides que nosotros podríamos cruzarnos con ellos –anunció Bones McCoy–. Exactamente igual que con los vulcanianos.
–También me esperaba eso –observó Spock.
–¿Y qué clase de lógica lo llevó a esa conclusión, Spock? –quiso saber McCoy.
–Bones, no importa. Si estamos tan cerca de los mercanianos a nivel biológico, ¿dispone de algún dato que pueda indicarnos su herencia básica? –preguntó Kirk–. En otras palabras, ¿ha podido determinar por los análisis de sangre de qué lugar pueden haber procedido originalmente?
–Bien, vayamos por partes; los corpúsculos sanguíneos no cuentan toda la historia, en este caso –prosiguió McCoy–. Delin nos ha permitido practicarle biopsias y nos ha dejado realizar un examen médico completo, incluyendo exploraciones internas. Existe un parecido definitivo con la estructura genética vulcaniana, a pesar del hecho de que existen pocas semejanzas superficiales del ADN. Cuando estuvimos en Mercan, tuve la sensación de que los habitantes eran más vulcanianos que humanos, cosa que son a pesar de las sutiles diferencias genéticas y de estructura interna. Por lo tanto, los mercanianos no proceden de la misma cepa básica que los seres humanos. En la matriz humanoide galáctica, probablemente ocupan una posición que está entre los vulcanianos y los humanos, pero están mucho más próximos al grupo vulcaniano–romulano. Una cosa es segura: los mercanianos van a crear una gran confusión dentro de la xenoantropología. Le aseguro, Jim, que esto ha sido para mí tan frustrante como emocionante. Con todos mis respetos, Spock, creo que los mercanianos son más bien como vulcanianos humanizados.
Spock asentía con la cabeza. Kirk lo advirtió.
–Spock, ¿ha llegado usted a alguna conclusión, debido a su propio historial, a la que no hayamos llegado ni McCoy ni yo?
–En un cierto sentido, capitán. Yo sospeché la posible similitud con una rama de vulcanianos humanoides en los mercanianos desde el mismo momento en que fui transferido a la superficie del planeta. Esa sospecha se vio reforzada durante mi entrevista con el procurador Lenos –explicó Spock. Hizo una breve pausa y agregó–: Pude sentir... percibir... recibir... Lo siento, pero ustedes carecen de ese concepto y no tienen por tanto una terminología para describirlo. Existe una palabra vulcaniana impronunciable para sus órganos vocales... No significa precisamente «fusión mental», cosa que ustedes me han visto llevar a cabo... El término más aproximado que se me ocurre para describirlo es «contacto mental», aunque también es impreciso.
–¿Empatía? –sugirió McCoy.
–Algo de esa naturaleza, doctor. Ése fue indudablemente el factor que me hizo sospechar el estrecho parecido con el grupo genético humanoide vulcaniano–romulano...
–Muy bien –dijo Kirk, comenzando a pasearse por el reducido espacio de su camarote–, ahora estoy comenzando a tener alguna noción de cómo debemos proceder aquí. Vamos a intentar parlamentar. Pero quiero que nuestro grupo consista en Spock, McCoy, yo mismo y... –Kirk pensó durante un momento–. Y el teniente comandante Montgomery Scott. Primero hablaremos con los cuatro miembros de la Técnica que tenemos a bordo. Spock, quiero que inicialmente sean usted y McCoy los que intercedan ante Lenos y sus procuradores; quiero que los lleven a realizar un recorrido completo de la Enterprise, y les den una explicación de todo hasta donde sean capaces de comprender. En especial, quiero que les enseñen y expliquen nuestro armamento y nuestro transportador, Spock.
–Comprendido, señor.
–Voy a celebrar reuniones de parlamento entre nosotros cuatro y los cuatro mercanianos miembros de la Técnica y los procuradores... pero con cada grupo por separado.
–Jim, ya sé que le ayuda a pensar, pero este pasearse de aquí para allá no sólo resulta incómodo en su camarote con nosotros dos presentes –lo interrumpió McCoy–, sino que indica que sus nervios están tan tensos como los vientos de una tienda de campaña bajo la lluvia. Quiero que usted y Scotty hagan juntos un poco de ejercicio durante treinta minutos en el gimnasio... ¡hoy mismo! Es una orden médica, ¡qué caramba!
Kirk había dejado de pasearse.
–¡Muy bien, doctor! –le espetó Kirk, que sabía que el médico de la nave era la única persona de a bordo que podía darle a él una orden directa en lo concerniente a la salud física y mental–. Tiene razón. Lo necesito.
–También lo necesita Scotty –agregó McCoy.
Kirk señaló la puerta.
–Pero, Bones, cuando hayamos concluido los parlamentos iniciales a bordo de la Enterprise, usted vendrá con nosotros a Celerbitan como parte del grupo de descenso que irá a entrevistarse con los guardianes.
–¿Por qué yo? –quiso saber McCoy–. Maldita la gracia que me hace que mis células sean revueltas otra vez por ese transportador.
–Porque esta vez bajaremos con la absoluta intención de obligar a los guardianes a parlamentar, y esta vez no vacilaré en emplear la fuerza si fuera necesario –le dijo Kirk con firmeza–. Si los guardianes continúan mostrándose testarudos y apegados a los dogmas, habrá algunos fuegos artificiales... primero desde la Enterprise, y luego por parte del grupo de descenso que se encuentre ahí abajo. Y considere las heridas que pueden infligir esos mosquetones mercanianos si una de sus balas llega a acertarle a uno de nosotros. ¡Quiero tener un buen médico a mano!

12


La sala de conferencias de la nave no fue utilizada para ninguna de las reuniones mantenidas con los mercanianos. Kirk decidió en cambio instalar una sala completa de conferencias e informes en el nivel 11, el dorsal interconector de la nave. Había una razón específica para ello: la sala del nivel 11 tenía puestos de observación a ambos lados, gracias a los cuales, todas las personas que se hallaran en la sala podían ver en todo momento el exterior de la Enterprise, la lenta marcha del planeta Mercan por debajo de la nave estelar que lo orbitaba, y el relumbrar de los brazos de Orión y Sagitario de la galaxia o el disco de Mercaniad. Incluso Kirk acusó el impacto psicológico la primera vez que entró en la sala para inspeccionar las instalaciones de la misma antes de reunirse en ella con los miembros de la Técnica.
Kirk se había habituado a la vida de encierro a la que debe adaptarse cualquier viajero espacial. El servicio a bordo de una nave estelar significaba vivir en un ambiente artificial cerrado sin vistas auténticas del universo exterior excepto las que podían proporcionar de vez en cuando las pantallas. Los deberes de Kirk raramente le permitían visitar los salones del dorsal interconector donde había puestos de observación a través de los cuales los miembros de la tripulación de la nave podían mirar al exterior de su pequeño mundo artificial.
Así pues, el impacto visual de contemplar directamente a Mercan y las destellantes bandas de los brazos galácticos resultaba casi sobrecogedora, incluso para él. Salió del turboascensor y se encaminó hacia uno de los puestos de observación laterales, donde permaneció durante un prolongado momento observando cómo la superficie azul, blanca, verde y marrón de la Morada de la Vida se deslizaba ante él. Al volverse se encontró con Scotty a su lado.
–Capitán –dijo suavemente el oficial ingeniero, con un tono bastante insólito de emoción céltica–, a veces pienso que no nos tomamos el tiempo suficiente para oler las flores cuando vamos corriendo por la galaxia...
Si el entorno tenía aquel tipo de impacto en el teniente comandante Montgomery Scott, quien por lo general no veía la belleza en nada que no fuesen esquemas de ingeniería y manuales de funcionamiento, Kirk sintió la seguridad de que aquél era el lugar adecuado para las conversaciones con los mercanianos...
¡Si sólo pudiera conseguir que Pallar y los demás guardianes acudieran allí para ver aquello sin tener que emplear la fuerza para lograrlo!
Por lo que a Kirk respectaba, no había duda sobre aquel punto: tendría que forzarlos a subir hasta allí si era necesario. Si los guardianes persistían en actuar como niños testarudos, Kirk se había resignado al hecho de que tendría que frotarles las narices con aquello... y con dureza.
Creía que sabía cuál iba a ser la reacción de los miembros de la Técnica, pero abrigaba serias dudas respecto a cómo iban a comportarse Lenos y sus procuradores. Sin embargo, Kirk había subestimado el impacto psicológico en ambos casos.
Cuando Thallan, Delin, Othol, y Orun salieron del turboascensor al interior de la sala del nivel 11, se detuvieron en seco ante la vista del universo que se extendía al otro lado de los puestos de observación que la flanqueaban.
Kirk avanzó para darle la bienvenida a Thallan, pero se encontró con que el líder de la Técnica estaba absolutamente pasmado por la vista. El anciano mercaniano miraba de uno a otro lado, mientras intentaba encajar lo que estaba viendo dentro de sus propios conceptos.
–Bienvenido, Thallan. Allí tienen a su Morada de la Vida –le dijo Kirk.
A pesar de que a aquellas alturas tenían ya un extenso contacto con el idioma mercaniano, ninguno de los miembros de la Enterprise había aprendido realmente a hablarlo y por lo tanto los traductores continuaban siendo utilizados... a pesar de que todos estaban ya acostumbrándose a ellos y apenas se fijaban en aquellos aparatos excepto cuando no conseguían hacer una traducción y proferían el equivalente de un tartamudeo.
Ése fue el caso del traductor de Kirk cuando Thallan dio rienda suelta a una frase emocional casi religiosa en lengua mercaniana, que simplemente no podía traducirse. Sin embargo, por el tono de la voz de Thallan, Kirk supo que el líder de la Técnica estaba emocionalmente conmovido. Finalmente se rehízo hasta el punto de decirle a Kirk:
–He pasado toda mi vida en la Morada, trabajando para justificar la creencia de que por lo que se refería al universo y a la vida había algo más que la Morada... Me llené de júbilo cuando nos desplazamos a la Enterprise, pero era igual que trabajar en una Reserva sin ventanas. Ni siquiera las pantallas que tienen ustedes me han provocado la sensación que tengo ahora. Aquí estoy encarándome con la realidad de lo que mentalmente he creído durante toda mi vida... y casi me resulta excesivo para poder aceptarlo.
Kirk había calculado cuidadosamente el momento de la entrevista. Mientras los mercanianos se hallaban allí, sobrecogidos por un pasmo reverencial ante el espectáculo que tenían delante, el brillante disco blanco de Mercaniad tocó el curvo horizonte de Mercan, se deslizó por debajo del cielo del planeta, y derramó bandas de colores en ambas direcciones por la atmósfera mercaniana. Tan pronto hubo comenzado, desapareció.
Y se hicieron visibles las brillantes bandas de los brazos galácticos de Orión y Sagitario, más brillantes de lo que jamás los habían visto los mercanianos, dado que no había atmósfera que atenuara la luz.
–Thallan, ¿por qué no nos habían dicho que podía ser tan hermoso? –quiso saber Delin.
–Porque uno no puede describir verdaderamente la belleza que jamás ha visto...
Othol se hallaba en el puesto de observación de estribor, contemplando los brazos galácticos.
–Es de allí de dónde vinimos. ¿Y, dice usted, Kirk, que allí hay un número incontable de soles como Mercaniad?
–Algunos de ellos son más brillantes que una centena de soles como Mercaniad –declaró Spock.
Thallan meneó la cabeza.
–A ellos –dijo señalando a los mercanianos jóvenes–, les resultará más fácil que a mí adaptarse a estas nuevas realidades, a pesar de que yo he pensado en ellas durante más tiempo del que ellos han vivido.
–Honorables huéspedes de la Federación de Planetas Unidos –dijo Kirk, y su traductor emitió las sílabas del idioma mercaniano formal de sonidos afectados, en respuesta al uso que Kirk acababa de hacer del lenguaje formal de diplomacia de la Federación–. Por favor, siéntense para que podamos hablar. Les he pedido al señor Spock, al señor Scott y al doctor McCoy que se unan a nosotros con el fin de que el grupo de ustedes y el nuestro pudiera ser de igual tamaño e importancia. La ordenanza Janice Rand no tomará parte en las conversaciones pero hará un registro completo de las mismas para el uso mutuo de ambos grupos en el caso de que deseemos hacer referencia a algún asunto que hayamos tratado. ¿Les parece satisfactoria esta disposición?
Kirk había eliminado deliberadamente la mesa de conferencias porque en todo el tiempo que había pasado en la Morada no había visto ni una sola vez que los mercanianos se sentaran en torno a una mesa. Cuando él y el resto del grupo de descenso habían sido interrogados por Pallar y los demás guardianes, no lo habían hecho en torno a ninguna mesa. Kirk sabía el porqué. Todos estaban armados... incluyendo a los cuatro oficiales de la Flota Estelar y a la ordenanza Janice Rand, con pistolas fásicas Mark II a la vista. Además, Kirk tenía la pistola mercaniana que Orun le había comprado en Celerbitan. Los ciudadanos armados que se hallaban bajo el código de duelo no podían conferenciar en un ambiente en el que una parte de sus cuerpos estuviera oculta como hubiera sido el caso de hallarse en torno a una mesa. Sólo Janice Rand estaba sentada con un pequeño escritorio a su lado, a popa de la sala. Tampoco supuso Kirk que las armas podrían ser depositadas sobre la mesa; daba por sentado que para las armas de fuego el único lugar aceptable en el que podían estar en opinión de los mercanianos era la funda, cuando no las utilizaban con propósitos sociales. Estaba en lo cierto.
–¿Les apetece tomar un refresco? –preguntó Kirk cuando todos se hubieron sentado en un semicírculo de sillones, los unos de cara a los otros.
Thallan amablemente declinó la invitación.
–Suponemos que nos ha pedido que nos reuniéramos con ustedes para poder hablar de la nueva situación de Mercan creada por la llegada de ustedes y la subsecuente estabilización de Mercaniad.
–En parte, sí –replicó Kirk.
–No estoy seguro de que ninguno de nosotros esté cualificado para hablar en lugar o en nombre del grupo de la Técnica en asuntos que afectan al curso de los acontecimientos futuros de la Morada –señaló Thallan.
–¿Desearía regresar a la Morada cuando le placiera para hablar del asunto con sus Pares de la Técnica? –preguntó Kirk. Estaba dispuesto a hacer eso en el caso de cualquiera de los tres grupos, pero no tenía intención de dejarlos marchar sin una escolta de la Enterprise: un grupo de selectos miembros del equipo de seguridad–. Eso puede disponerse fácilmente. Pero por ahora, hablaremos con ustedes como representantes temporales de los Pares de la Técnica. También tenemos intención de hablar en privado con un grupo de los procuradores así como con un grupo de guardianes, aquí, en esta sala, donde podrán ver lo que todos los demás hayan visto. Luego convocaremos aquí una reunión de los tres grupos, para hablar de lo concerniente a las futuras disposiciones políticas que deban tomarse en la Morada, mientras nosotros, pertenecientes a la Federación de Planetas Unidos, nos mantendremos al margen para informarlos en lo concerniente a la Federación en el caso de que les interese solicitar el ingreso como miembros de la misma.
–¿Tienen ustedes intención de poner de acuerdo a esos tres grupos mercanianos?
–Así es. Y no interferiremos en las deliberaciones que deberán tener lugar entre los mismos.
–¿No tienen intención de ponerse de parte de la Técnica para establecer un nuevo orden en Mercan? –preguntó Othol, con incredulidad.
–Nosotros no vivimos en la Morada. Es un problema de ustedes y son ustedes quienes deben resolverlo –explicó Kirk–. Según las disposiciones de nuestro propio código, nosotros no podemos intervenir en los asuntos internos de la Morada.
–Pero... –comenzó a decir Othol.
–Pero –lo interrumpió Kirk–, podemos ayudarlos poniendo en el conocimiento de ustedes, de los procuradores y de los guardianes, cómo se han solucionado problemas similares de convivencia en otras moradas. Ésa es una de las razones por las que les he pedido que se reunieran con nosotros en este momento. Cuando los procuradores y los guardianes se reúnan en privado con nosotros, se les dirán y enseñarán las mismas cosas que les diremos y les enseñaremos a ustedes. Pero el cómo digamos y enseñemos esas cosas dependerá en la respuesta de ustedes a una pregunta muy simple: ¿Creen ahora que nosotros hemos llegado de la Cinta de la Noche que se ve ahí fuera –Kirk señaló los brillantes brazos del espiral galáctico que destellaban más allá de los puestos de observación–, y que allí pueden haber también otras moradas similares a la de ustedes?
–Sí. –Los cuatro miembros de la Técnica respondieron al unísono y sin vacilar.
–Bien. Eso hace que nuestra labor sea más fácil –replicó Kirk–. Cada uno de nosotros ha trabajado con la biblioteca de la computadora de la nave para lograr una imagen visual del universo según nosotros creemos actualmente que es, acompañada de una breve descripción de la vida de algunas de las moradas de la Federación y un esbozo de los conocimientos de nuestros campos de especialización individuales. Yo me encargaré de la Federación y de su historia. El señor Spock les proporcionará un breve repaso a nivel general del conocimiento científico. El doctor McCoy tratará de nuestra tecnología médica así como de las formas de vida de algunas de las moradas. Y el señor Scott hablará de nuestra tecnología, ingeniería, y de la nave estelar Enterprise. Pero ésta no será una reunión unilateral. Una vez que les hayamos hablado de nosotros, queremos que nos hablen de ustedes, de Mercan, de la Técnica y de los conocimientos que poseen. Todo aquello que hagamos juntos deberá ser un intercambio mutuo, y la primera cosa que debemos intercambiar con el fin de alcanzar acuerdos futuros, es información acerca de cada uno. ¿Están de acuerdo?
Thallan miró hacia la oscura superficie de su planeta, y luego a lo lejos, hacia los brazos galácticos tendidos de través en el cielo negro.
–No esperaba que ustedes, con todo su poder y armamento, que sobrepasa con mucho a los nuestros, fueran a reunirse con nosotros a un nivel de igualdad. Nuestra historia no carece de relatos de conflictos y de conquistas de los más fuertes sobre los más débiles en los tiempos precedentes al Código de la Morada, que redujo las contiendas al nivel de los enfrentamientos individuales. James Kirk, ustedes, los de la Federación, no sólo son más extraños de lo que originalmente pensamos que tenían que ser, sino más extraños de lo que jamás imaginamos posible.
–No sólo está describiendo a la Federación, Thallan. ¡Ésa es nuestra forma de considerar el universo entero!

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5079.3
Puede que, después de todo, el plan de las reuniones que trazamos entre el señor Spock, el doctor McCoy, el señor Scott y yo, funcione. Me siento muy animado después de la reunión mantenida con los cuatro mercanianos pertenecientes al grupo de la Técnica... pero tengo que recordar constantemente que ése es el más fácil de los tres grupos mercanianos con los que vamos a reunirnos. Muy seguramente, el grupo de la Técnica facilitará nuestra labor, a pesar de que inicialmente se oponen a cederles posición alguna a los guardianes dentro de la nueva organización social; los miembros de la Técnica que tenemos a bordo creen que el papel de los guardianes ya no es necesario, y que la Técnica puede investirse ahora con ese manto de semisacerdocio. Pero ahora Thallan y los otros deben meditar sobre todo lo que vieron y oyeron durante la reunión... y desde luego no son gente estúpida. Todos tomaron abundantes notas durante nuestra conferencia, escribiendo frenéticamente con esa escritura suya que tanto se parece a las escrituras arábigas. Thallan quiere regresar a la superficie, pero no quiero permitir que ninguno de ellos abandone la nave hasta que nos hayamos reunido con los guardianes... que son el grupo con el que resultará más duro trabajar.
Estoy intentando con todas mis fuerzas no desempeñar el papel de conquistador, conduciendo a este pueblo en una dirección u otra.
Ellos tienen que solucionar sus diferencias por sí mismos. Ninguno de los miembros de la Enterprise conocemos aún lo suficiente de la civilización mercaniana como para forzar una disposición social viable que pueda servirles, ni mucho menos que sea lo bastante duradera como para evitar una guerra civil a nivel de todo el planeta. Lo único en lo que insisto que debo hacer es continuar trabajando con ahínco sobre ellos, si es necesario, para que se comprometan y lleguen a un acuerdo. Ése es el motivo por el que estas reuniones tendrán lugar aquí, a bordo de la Enterprise, donde una facción desencantada o testaruda no podrá salir airadamente de la conferencia para iniciar una guerra civil. No los dejaré abandonar la nave para hacerlo. Tengo que conseguir que esto salga bien... o pasará mucho tiempo antes de que la Flota Estelar tenga la oportunidad de escuchar esto...

Kirk no se reunió con el primer procurador Lenos y otros tres procuradores en el nivel 11, como había hecho con el grupo de la Técnica. Se presentó con Spock, Scotty y McCoy en las habitaciones de reclusión en las que los procuradores se hallaban en detención preventiva. Básicamente, Kirk no quería correr riesgos con el jefe de la organización paramilitar de la Morada, a pesar de saber que se vería obligado a seguir el protocolo. Así pues, el grupo de la Federación acompañaría a los procuradores desde las dependencias de detención hasta el nivel 11, a través de una ruta bien planeada, con miembros del equipo de seguridad apostados disimuladamente a lo largo del camino... todos armados con pistolas fásicas programadas para paralizar. El grupo de la Federación llevaba puestos sus uniformes de gala, y tanto Kirk como Scotty llevaban a la vista sus pistolas mercanianas además de las fásicas; Scotty se había colocado el tahalí por encima del hombro y del kilt.
–Procurador Lenos –anunció Kirk cuando entraron en la sala de detención del primer procurador–, nosotros cuatro, de la Federación de Planetas Unidos, nos sentiremos honrados si usted y tres de sus escogidos hombres nos acompañan a un lugar en el que podamos hablar como iguales respecto al futuro de la morada. Esto será un pacífico intercambio de información entre iguales. Dada la naturaleza de la reunión, les devolveremos sus armas para que acudan a esta reunión con el fin de que podamos ser verdaderos iguales. Pero nuestro código no es igual al de ustedes, por lo que debo advertirle que no permitiremos violencia alguna por parte del grupo de procuradores. ¿Está de acuerdo en reunirse con nosotros en esos términos?
Kirk le tendió a Lenos el arma de repetición y cañón largo, dirigiendo hacia el primer procurador la culata de la misma.
Lenos observó atentamente al grupo de la Federación, y advirtió que todos estaban armados; algunos adecuadamente, con pistolas mercanianas, y todos con las extrañas pero poderosas armas que él no comprendía. También advirtió que estaban vestidos de forma diferente a cuando los vio por primera vez; sus ropas llevaban más ornamentos y distintivos de rango, y por lo tanto eran obviamente los atavíos que se llevaban cuando se conferenciaba con los pertenecientes a las posiciones extremadamente elevadas como era su propio caso. Se puso de pie, cogió su casco blindado, se lo puso y luego tendió la mano hacia el arma que Kirk le ofrecía.
–Sí, estoy de acuerdo. Prefiero hablar e intercambiar información a permanecer sentado en esta habitación sin hacer nada. Hay muchas cosas de las que tenemos que hablar, y muchas cosas que me gustaría saber.
–Puede que haya más para saber de lo que cree, primer procurador –le dijo Kirk, mientras le entregaba el arma.
Fue un insólito desfile el que avanzó por los corredores y pasillos de la Enterprise, camino del turboascensor: una columna de dos en fondo, en la que cada procurador era acompañado por uno de los miembros del grupo de parlamento de la Federación. Las fuerzas de seguridad no eran visibles.
Cuando las puertas del turboascensor se abrieron con un sonido neumático en la sala de reuniones del nivel 11 y Kirk entró en ella con Lenos a su lado, el primer procurador avanzó diez pasos hacia el interior... y se detuvo. Afortunadamente, había dejado el suficiente espacio entre él y el turboascensor como para permitir que los demás lo dejaran libre.
Mercaniad brillaba a través del puesto de observación de estribor, que había sido polarizado para reducir su deslumbradora luz.
Desde el puesto de observación, los procuradores podían mirar hacia abajo y ver la isla de Celerbitan que pasaba por debajo de la nave que orbitaba el planeta. No podía existir duda alguna en la mente de ningún mercaniano acerca de que aquello era Celerbitan, dado que todos los que utilizaban el desplazador habían aprendido la geografía de la morada mediante la guía del mismo. El grupo de planificación de Kirk había tenido en cuenta todos los detalles de cada una de las reuniones por separado, y aquélla había sido programada a una hora que ejercería el impacto adecuado sobre los procuradores.
El impacto que tuvo sobre Lenos fue excesivo.
Se quitó lentamente el casco, murmurando algo en una voz tan baja que el traductor no pudo captarla. El casco repiqueteó repentinamente sobre la cubierta y él se puso rígido como el acero mientras miraba por primera vez a través del puesto de observación hacia su planeta natal, viendo y, sin embargo, no queriendo ver.
Spock, que estaba justo detrás de él, se dio cuenta de qué era lo que le había ocurrido al primer procurador.
–Trauma psíquico grave –observó el primer oficial vulcaniano, rodeando al mercaniano hasta situarse delante de él.
McCoy se reunió de inmediato con él, y miró a Lenos.
–Probablemente se halla al borde de la catatonia, Spock –dijo.
Spock asintió con la cabeza y apoyó la mano derecha sobre el rostro del primer protector. Su propio rostro manifestaba tensión cuando cerró los ojos.
–¡Spock, no! ¡Usted nunca ha intentado antes la fusión mental con un mercaniano! –objetó Kirk–. Son tan próximos a los vulcanianos que usted podría...
–Capitán, Spock debe intentarlo –replicó McCoy, porque Spock estaba totalmente concentrado en Lenos–. El mercaniano ha sufrido un shock psicológico traumático. No puede creer en lo que está viendo porque su entrenamiento como procurador no lo deja. Spock debe atravesar eso... o jamás tendrá usted la posibilidad de conferenciar con ninguno de los procuradores en esta sala.
Spock profirió un gemido en voz baja, y luego comenzó a murmurar palabras vulcanianas y mercanianas.
–Sí... sí... –gimió finalmente–. No es todo un error... es sólo parte de la verdad... La Morada es real... Usted es real... Esto es real...
Dejó escapar el aire de una forma casi explosiva, y luego abrió los ojos y apartó la mano de la frente de Lenos.
Los ojos de Lenos se abrieron de golpe, y miraron a Spock directamente.
–Ha sido usted una gran ayuda, y no lo olvidaré, Spock.
Spock se volvió hacia Kirk y explicó con voz queda:
–Un procurador no puede permitirse caer en la inconsciencia.
Los otros tres procuradores no cayeron en el mismo grado de shock psíquico que Lenos, pero algo así no era de esperar en nadie más que en un procurador que había demostrado la disciplina y la rigidez mental necesarias para subir a la cúspide misma de semejante organización paramilitar. No obstante, Spock y McCoy hablaron calmadamente con cada uno de ellos, más para asegurarse de que no había problemas para ofrecerles el tipo de terapia que Spock le había aplicado a Lenos.
Cuando los ocho se sentaron en los sillones, Kirk se dio cuenta de que aquélla iba a ser una reunión de hombres paramilitares más que una reunión de científicos, como había ocurrido con el grupo de la Técnica. Para Kirk fue una suerte ser capitán de una nave estelar.
–Estamos aquí reunidos –anunció Kirk–, con el fin de que puedan ver por ustedes mismos que hablé con la verdad cuando dije que no proveníamos de la Morada, sino que habíamos llegado en un pequeño mundo desde la Cinta de la Noche.
–James Kirk –dijo el primer procurador Lenos con una exagerada carencia de emoción que sólo era traicionada por la expresión de sus ojos–. No pude creerle entonces porque lo que se me enseñó a creer no podía extenderse para incluir la verdad de lo que usted decía. Ahora veo la Morada a un lado y Mercaniad al otro... y por primera vez sé que no nos encontramos en la Morada. Acepto esto como una realidad.
Debo, por tanto, aceptar las otras cosas que usted ha dicho, a pesar de que puedan estar en contradicción con lo que yo conocía como la verdad...
–Primer procurador –replicó Kirk, con igual carencia de emoción y aspereza–, nosotros no exigimos que usted ni ningún mercaniano cambie su fe en el Código. No obstante, la realidad del universo exigirá que agreguen información nueva al Código... lo cual realmente no cambiará mucho el Código.
–¿Por qué quiere enseñarnos estas cosas y hablar con nosotros? –quiso saber Lenos–. ¿Piensan deponer a los guardianes por la fuerza con su poder, sus armas y su mundo viajero y necesitan a los procuradores... o desean conversar con nosotros respecto a algún acuerdo de participación en el conflicto a cambio de nuestros servicios a partir de ese momento?
–Ninguna de las dos cosas. Nos hemos reunido con ustedes porque hay cambios que deben comprender –intentó explicarle Kirk–. El papel de los procuradores deberá cambiar drásticamente si pueden establecerse acuerdos adecuados entre los grupos de la Técnica, de los guardianes y de los procuradores.
–Me resulta difícil creer que no tengan intención de conquistar y gobernar la Morada –dijo francamente Lenos–. Hace incontables generaciones que no tenemos conflictos ni conquistas en Mercan, pero existen relatos de los tiempos anteriores al Código, en los que ocurrían cosas semejantes. Ustedes tienen la capacidad para conquistar. Nosotros lucharemos, pero podríamos no vencerlos. Con mi historial y entrenamiento, debo decirles que hace tanto tiempo que no luchamos que nos resultará difícil al principio... y luego les resultaría difícil a ustedes, incluso con sus capacidades.
Kirk habló lenta y cuidadosamente.
–Nosotros hemos decidido no utilizar nuestras capacidades para conquistar excepto con el fin de evitar conflictos entre los mercanianos a causa del cambio.
Había ocasiones en las que el uso del idioma formal y afectado de Mercan tenía sus ventajas, y aquélla era una de ellas.
–¿Cuál es ese cambio del que habla?
–Mercaniad ya no provocará más Pruebas. Para salvar nuestras vidas, nos vimos obligados a alterar Mercaniad para estabilizarla. Ya no habrá más necesidad de los misterios de la Prueba de los guardianes. No habrá más necesidad de las Reservas. No habría necesidad de cambio alguno si esto sólo lo supieran los guardianes y los procuradores, pero los miembros de la Técnica también lo saben... y todos los mercanianos lo sabrán muy pronto –explicó Kirk–. Estamos hablando de ello por separado con la Técnica, los guardianes, y con ustedes, los procuradores. Luego reuniremos a los tres grupos a bordo de la Enterprise para que juntos puedan discutir y encontrar una solución para el cambio sin tener que recurrir al conflicto.
–¿Hablará usted de esto con la Técnica? –preguntó Lenos con indignación.
–Lo hemos hecho así porque ellos estaban ya enterados del cambio de Mercaniad.
–Un conflicto abierto con la Técnica no entrañará problema alguno para los procuradores –fanfarroneó Lenos.
–¿Y pues? Usted acaba de decirme que hace muchas generaciones que no luchan. Thallan de la Técnica nos ha dicho que la Técnica es capaz de construir y utilizar armas superiores a las de ustedes; ellos tampoco han luchado, así que en eso están igualados. Pero ellos podrían tener armas superiores a las de ustedes. ¿Quiere arriesgarse a perder ante ellos? ¿O estará dispuesto a hablar primero de un acuerdo? –Kirk hizo una breve pausa y agregó–: Lenos, yo sí he luchado. Le digo en verdad que prefiero llegar a un acuerdo mediante el diálogo que mediante la lucha. He visto morir a mis amigos; y he visto morir a mis enemigos. A un paramilitar como usted o como yo, el luchar no le proporciona ninguna satisfacción personal. Como capitán de la Enterprise, yo estoy entrenado para luchar si es absolutamente necesario... ¡pero sólo si no me queda ningún otro recurso! ¿Estoy en lo correcto al decir que su entrenamiento como procurador es el mismo?
Lenos pensó en aquello durante un prolongado momento durante el cual observó impasiblemente cómo Mercaniad se deslizaba por detrás del borde de la Morada y la Cinta de la Noche se hacía visible.
–Capitán James Kirk –dijo luego–, al principio usted parecía extraño y diferente. Ahora veo que usted y los suyos sólo parecían ser diferentes. Pensamos de forma parecida en muchas cosas. Creo que podremos ser capaces de trabajar juntos para lograr lo que es nuestro auténtico deber, es decir la prevención del conflicto. Por favor, dígame cuál recomendaría usted que fuera la primera acción conjunta...
Kirk sonrió. Ya había ganado a dos de los tres grupos existentes.
–Primer procurador, sospecho que a ambos se nos ha enseñado que la primera acción que debe emprenderse en cualquier operación es la de obtener y evaluar la información sobre la que podrá basarse sensatamente la acción futura. ¿Es eso correcto?
El primer procurador de la Morada de la Vida levantó la cabeza con el gesto mercaniano de afirmación.
–En ese caso, intercambiemos primero información sobre cada uno de nosotros, con el fin de que podamos trabajar juntos de una forma más sólida para alcanzar la meta de estabilizar y ampliar el Código de la Morada.

13


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5050.7
Dentro de pocos minutos el transportador nos transferirá a mí y a un grupo de descenso a la ciudad–isla de Celerbitan donde se halla la residencia de los guardianes sobre la superficie de Mercan, la Morada de la Vida. Éste es probablemente el momento más crítico de nuestro intento de estabilizar la civilización de Mercan.
La reunión mantenida con el grupo de la Técnica puso en nuestro conocimiento que su tecnología es considerablemente avanzada a causa de las enormes cantidades de hierro, aluminio y cobre disponibles sobre la superficie del planeta o cerca de la misma, con filones de mineral de muy alta calidad en las profundidades de la corteza, donde los mercanianos construyeron sus refugios hace muchas generaciones. Estos filones y minerales se han visto relativamente inalterados porque, sin una luna y sin mareas, Mercan es un planeta tectónicamente estable con poco movimiento de los bloques continentales. Así pues, a los mercanianos les ha resultado fácil desarrollar la tecnología basada en el hierro que encontramos en casi todos los planetas de tipo M habitados por humanoides.
A pesar de que los mercanianos parecen haber olvidado una gran parte de la antigua tecnología que precedió al uso universal de su sistema de desplazamiento, mi oficial ingeniero cree que la Técnica posee la tecnología necesaria en el campo metalúrgico, ciencia y conocimientos de antimateria como para proporcionarnos las materias primas y piezas acabadas hechas según las especificaciones de Scott, a pesar de que los mercan ¡anos no tienen aún motores hiperespaciales de antimateria. De todas formas, no era de esperar que hubieran dirigido su tecnología hacia los vuelos estelares. Han desarrollado la antimateria como fuente de energía para su sistema de desplazamiento.
En el curso de las conversaciones con los miembros de la Técnica, hemos averiguado también que Mercan es un planeta rico en los materiales básicos necesarios para un sistema energético de antimateria. También hay en el planeta cristales de dilitio de baja concentración, pero los mercanianos nunca habían pensado en emplearlos para ningún sistema de antimateria porque han desarrollado técnicas diferentes pero más complejas. El uso de los cristales de dilitio mercaniano en nuestros sistemas no nos proporcionará la eficacia requerida... pero hay muchísimas cantidades de esos cristales de dilitio de baja concentración en Mercan, si deseáramos realizar algunas modificaciones para poder utilizarlos. Scott está contemplando eso como una alternativa por si necesitáramos cristales de dilitio adicionales para el viaje de regreso.
Podríamos realizar aquí las reparaciones sin los guardianes y sin establecer una civilización estable en Mercan. Pero eso sería salvarnos y dejar una matanza tras de nosotros. Con la tecnología que poseen los mercanianos, podría no quedar nada cuando regresáramos... y estoy seguro de que la Federación querrá establecer relaciones diplomáticas, si no ofrecerle directamente a este pueblo el ingreso como miembro. Mercan está en un emplazamiento vital para apoyar las futuras exploraciones y colonizaciones por parte de la Federación, del sector de la galaxia que se nos ha adjudicado por el tratado, en el brazo de Sagitario. Además, tiene valiosos depósitos minerales; incluso los cristales de dilitio de baja calidad son valiosos para las naves estelares comerciales que no viajan a la velocidad hiperespacial de las naves pertenecientes a la Flota Estelar.
Eventualmente, quizá en menos de un siglo, es probable que los klingon se abran camino hasta esta distancia, en dirección al centro de la galaxia. Si no contamos para entonces con Mercan en la Federación, sé que de seguro los klingon desempeñarán el papel de conquistadores... si dejan aquí algo que no sea su propia base estelar.
Quiero dejar constancia de mis pensamientos antes de bajar a Mercan, porque ésta es una operación crítica y quiero que quede constancia de ella en el caso de que algo me sucediera.
Pero esta vez bajaremos con buenas fuerzas. El teniente comandante Scott quedará al mando durante mi ausencia. Mi grupo de descenso consistirá en el señor Spock, el doctor McCoy, el teniente Sulu, y siete de nuestros más experimentados oficiales de seguridad bajo el mando de Sulu. Tengo intención de convencer a Pallar de que suban a bordo por propia voluntad para reunirse con nosotros en la Enterprise. Tengo al primer procurador como rehén en caso de que desee utilizarlo como tal. Preferiría no hacerlo, dado que aparentemente ya ha comprendido la situación y está dispuesto a dialogar, con las reticencias del caso, con la Técnica y con los guardianes. Si Pallar abandona a Lenos, lo traeremos a bordo por la fuerza. Tal vez tengamos que paralizar a unos cuantos procuradores, e incluso algunos de los guardianes, para conseguirlo.
En este momento, no siento aversión a emplear métodos coercitivos en forma de fuerza física para conseguir el diálogo con los guardianes. Tenemos demasiado que perder...

Realizando un acto insólito, Kirk inspeccionó al grupo de descenso antes de entrar en el transportador, dado que quería asegurarse de cada detalle a causa de la naturaleza crítica de la misión.
–Spock, quiero que lleve su pistola fásica descubierta, donde resulte visible –le dijo Kirk al primer oficial, cuando advirtió que aparentemente Spock había colocado la Mark II debajo del uniforme donde la hubiera llevado en condiciones normales.
–Capitán, un vulcaniano nunca se presenta en público visiblemente armado excepto en cl Kal–if–fee –objetó Spock.
–En Mercan usted debe presentarse visiblemente armado –le ordenó Kirk– En la cultura mercaniana, si uno no va visiblemente armado no es nadie.
–A petición suya, capitán, me atendré a esa costumbre local –replicó Spock.
–¿Está seguro de que debo volver a llevar esto? –McCoy señaló su arma de fuego– Ciertamente, no tengo la más mínima intención de utilizarla.
–Llévela, Bones. El utilizarla o no es decisión suva. Usted es el médico de la misión. A pesar de que los médicos no quieren luchar, a veces tienen que hacerlo.
Kirk subió a la plataforma del transportador para contemplar a su grupo de descenso.
–Repetiré la orden general para esta misión, caballeros: si tienen que disparar, disparen para paralizar, no para matar, independientemente de lo que hagan los mercanianos si estalla una lucha. No creo que sea necesario repetir ninguno de los recientes resúmenes, a menos que alguno de ustedes tenga preguntas que formular. Si hay algo que no entienden, pregúntenlo ahora y no en Mercan, donde tendremos que actuar de manera unificada. Así pues, por última vez, ¿alguna pregunta?
Nadie habló. No había ninguna pregunta.
Kirk avanzó hasta el foco del transportador.
–Destacamento de descenso listo para ser transferido –dijo tranquilamente–. Colóquense, por favor.
Luego, cuando todos estuvieron preparados, Kirk dio la orden.
–Activación.
Kirk había seleccionado el lugar en el que se habían materializado en la villa de los guardianes con Lenos y Orun, hacía varios días.
No había nadie a la vista.
–Síganme –ordenó Kirk–. Seguridad, cúbrannos la retaguardia y comprueben cada rincón ante el que vayamos a pasar.
Se encaminó a grandes zancadas hacia el corredor por el que había visto aparecer a Pallar el día de su primer encuentro. Terminaba en un pesado conjunto de pesadas puertas. Kirk se limitó a abrir una de ellas y trasponerla.
Y se encontró cara a cara con un círculo de alrededor de dos docenas de guardianes sentados, aparentemente en plena sesión de conferencia.
Entró en la sala lo suficiente como para permitir que el resto de su grupo de descenso traspusiera la puerta y formara a ambos lados de él.
Pallar se levantó a saludarlo.
–Bienvenido, James Kirk. Pensábamos que había perecido usted en la reciente Prueba, junto con el procurador Lenos y su grupo.
Siguiendo las costumbres mercanianas, Kirk replicó.
–Te saludo, Pallar. Estamos vivos y bien de salud, gracias. Puede que le alegre saber que el primer procurador Lenos y su grupo de procuradores, al igual que Thallan, Orun, Delin y Othol, se encuentran también vivos y con buena salud.
–¿Fueron ustedes capaces de vencer a los procuradores y hallar la seguridad de una Reserva? –inquirió Pallar con incredulidad.
–Sí y no –le dijo Kirk. Todavía llevaba la pistola fásica en la mano, al igual que el resto del grupo de descenso. Pero la conocida pistola mercaniana continuaba enfundada a su lado–. Nuestra Reserva está en el cielo... en el aparato de viaje que empleamos para venir desde la Cinta de la Noche.
Su primer procurador y el grupo de la Técnica están allí.
El guardián Noal, sentado a la derecha de Pallar, observaba cautelosamente al grupo de la Federación. Hizo una mueca burlona.
–Pallar, continúa estando tan loco como antes. Estas creaciones biológicas de la Técnica son obviamente capaces de resistir la Prueba... pero estoy sorprendido ante la variedad de formas que la Técnica ha sido capaz de conseguir. Considera el caso de ese de las orejas puntiagudas...
–Pallar... guardianes... no hemos venido hasta aquí a discutir con ustedes cerca de la realidad de nuestros orígenes –les dijo Kirk con firmeza–. Se ha producido un gran cambio en Mercaniad, y ese cambio creará alteraciones drásticas y arrasadoras en la civilización de la Morada.
––¿Qué saben ustedes sobre Mercaniad? –preguntó la guardiana Parna, poniéndose de pie.
–Ah, ¿lo han advertido? –Kirk formuló aquella pregunta retórica con una sonrisa en los labios–. El señor Spock, aquí presente, un ciudadano de una morada llamada Vulcano, estará encantado de explicárselo a ustedes.
Spock miró directamente al consejo de los guardianes, y habló con su habitual tono de voz carente de emoción.
–Mercaniad ha sido estabilizado. Yo calculé que la detonación de unos explosivos de antimateria de alta energía, que nosotros denominamos torpedos de fotones, en el núcleo de Mercaniad, reduciría las oscilaciones irregulares de su emisión de energía estelar. Por lo tanto, hice que esos dos torpedos de fotones fueran introducidos en Mercaniad. El sol de ustedes está estabilizado. Ya no habrá más Pruebas.
–¿Cómo han sido capaces ustedes, los de la Técnica, de hacer eso y determinar este resultado? –preguntó directamente Parna.
–Nosotros no pertenecemos a la Técnica –le dijo Kirk–, pero Spock es especialista en física estelar. Señor Spock...
–El misterio de Mercaniad no es ningún misterio para los miembros de la Flota Estelar de la Federación de Planetas Unidos –explicó parsimoniosamente Spock–. Los ancestros de ustedes aprendieron a medir los parámetros críticos como el flujo de neutrinos y la radiación gravito–inercial, las cuales emanan del núcleo de la estrella. Estoy seguro de que los instrumentos que les dejaron sus antepasados guardianes indicarán ahora que hay unas variaciones mínimas dentro de esos parámetros...
–La Técnica ha aprendido los misterios de Mercaniad –gruñó el guardián Tombah.
–Nosotros no pertenecemos a la Técnica –repitió Kirk–. Pero los de la Técnica ya tienen conocimiento de este hecho. De todas formas, no constituye diferencia alguna. Con Mercaniad estabilizado, los misterios de Mercaniad ya no tienen ninguna validez.
–¡Te lo advertí, Pallar! –le gritó la guardiana Aldys al guardián uno–. Tendrías que haber hecho que los procuradores actuaran antes contra la Técnica, antes de que aprendieran. ¡Ahora es ya demasiado tarde!
–Los miembros de la Técnica no aprendieron nada de todo esto a través de sus propios experimentos –intentó aclarar Kirk–. Lo aprendieron de nosotros.
–La población general aún no sabe nada de esto –les señaló Pallar a sus colegas–. Son sólo unos pocos quienes lo saben. Aldys, tú y Parna habéis sido muy eficaces al explicar el porqué de que la reciente Prueba haya sido de tan corta duración. Así que los ciudadanos de Mercan todavía creen en nosotros. Por lo tanto, compañeros guardianes del Consejo de Principios, yo os sugiero que hay una sola cosa que podamos hacer a estas alturas. ¿Estáis de acuerdo?
–¡Matarlos! –gritó Noal.
–Destruirlos antes de que puedan informar a los demás –agregó Aldys.
–¡Procuradores! –chilló Tombah.
Kirk fue el primero en disparar, pero el fuego fático concentrado del grupo de seguridad tan rápido como la luz, derribó a los demás procuradores de forma casi simultánea.
El guardián Johon, al ver aquello, reaccionó instintivamente echando mano a su pistola. Spock lo derribó instantáneamente con una descarga paralizadora de su pistola fásica.
–¡Alto! –gritó Kirk por encima de lo que podía convertirse en una confusa refriega, mientras cambiaba el programa de su pistola. Apuntando deliberadamente al suelo, disparó un rayo fásico hacia el piso, delante de Pallar. El piso se calentó y voló por el aire en pedazos con una explosión provocada por la vaporización del agua latente en el material que lo constituía.
Aquello detuvo la confusión.
–No hemos venido aquí para discutir con usted y sus guardianes, Pallar –declaró Kirk con tono seco–. ¡Poseemos un poder armamentístico mayor del que le sería posible imaginar! Esto no ha sido más que una muestra de ello. Los procuradores y el guardián Johon están ilesos; dentro de poco recobrarán el conocimiento. Ni siquiera a todos los procuradores de la Morada les sería posible detenernos, porque esta vez hemos venido con el poder suficiente como para demostrarles la veracidad de ese hecho.
Pallar miró fijamente a Kirk durante un momento, y luego a cada uno de los miembros del destacamento de descenso.
–¿Que es lo que quieren de nosotros? –preguntó finalmente.
Otro procurador apareció en la puerta abierta de la cámara, y los tripulantes de la Enterprise que integraban el grupo de tierra oyeron un sonido que pocos de ellos habían percibido alguna vez. El procurador disparó como estaba entrenado para hacerlo: el primer disparo pasó por encima de sus cabezas. La explosión del arma del procurador fue seguida por el sonido silbante de la onda de choque de la bala cuando les pasó a centímetros por encima de la cabeza. El procurador fue de inmediato reducido a la inconsciencia por el rayo fásico de uno de los hombres de seguridad de Kirk.
–En primer lugar, haga que se retiren los procuradores antes de que nos enfademos y alguien resulte herido –le espetó Kirk, con evidente irritación en la voz.
Cuando otros cuatro procuradores aparecieron en la puerta, Pallar levantó una mano para detenerlos.
–¡Cesad, procuradores! ¡Enfundad las armas! –ordenó el guardián uno–. Ahora, nuevamente se lo preguntaré, James Kirk. ¿Qué quieren de nosotros?
–A usted y a tres de sus guardianes. Puede escoger usted mismo a aquellos que lo acompañarán –explicó Kirk–. Nos desplazaremos hasta nuestra Reserva del cielo para celebrar una reunión en paz. Luego se reunirán ustedes con un número igual de procuradores ymiembros de la Técnica, con el fin de buscar entre todos ustedes una situación social estable para la Morada.
–Nosotros tenemos ya una situación estable –observó el guardián Jona.
–No por más tiempo –señaló Kirk.
–Guardián Pallar, éste es uno de los más demenciales y elaborados complots que jamás he visto –protestó Noal–. Estas creaciones de la Técnica no están cuerdas.
–Supongo que es usted el especialista médico, guardián Noal, ¿no es cierto? –preguntó Kirk.
–Lo soy.
–Permítame que le presente a mi especialista médico, el doctor Leonard McCoy. –Kirk hizo un gesto hacia el médico de la nave.
–Si está preguntándose usted si somos o no creaciones de la Técnica –dijo lentamente McCoy–, puedo fácilmente enseñarle datos de química sanguínea que por sí mismos demuestran, más allá de toda duda, que es imposible que la Técnica posea la tecnología necesaria para crearnos. ¿Está usted familiarizado con la tecnología de la química sanguínea?
–Por supuesto. Es una de las más primitivas de las tecnologías médicas –replicó Noal con el tono de alguien que se siente insultado.
–Por supuesto. Le aseguro que no tenía intención de insultarlo, guardián, así que mantenga la mano apartada de su arma –continuó McCoy–. Yo soy un hombre de la medicina, no un guerrero. Usted puede matar de acuerdo con su código cuando tiene que hacerlo, pero yo no me rijo por ese tipo de código. Ahora permítame darle algunos datos básicos. La química sanguínea de ustedes está basada en una molécula de hemoglobina dispuesta en torno a un átomo de cobre. Ahora bien, la hemoglobina del señor Spock, aquí presente, originario de una morada llamada Vulcano, está también basada en el cobre. Pero el resto de nosotros tenemos una molécula de hemoglobina basada en hierro. Existen otras diferencias en los grupos sanguíneos, pero la fracción de la hemoglobina es la más fácil de comprobar si tuviera usted alguna duda al respecto.
Hubo un momento de vacilación por parte de Noal antes de que replicara.
–Me gustaría ver sus datos, doctor McCoy... y quizá querría tomar algunas muestras de sangre por mí mismo. Las habilidades biológicas de la Técnica podrían ser más avanzadas de lo que nosotros sabemos.
–No lo están –dijo McCoy con firmeza–, pero las mías sí. Venga a verlo por usted mismo.
–Y estamos dispuestos a demostrarles al resto de ustedes que realmente somos quienes decimos ser –intervino Kirk, avanzando rápidamente por aquella brecha abierta en las inamovibles creencias de los guardianes, por la condescendencia del especialista médico–. Tenemos el poder necesario para entrar simplemente aquí y apoderarnos del gobierno, pero eso no corresponde a nuestro código de comportamiento. Nosotros queremos reparar nuestra morada viajera y regresar con nuestra gente a la Cinta de la Noche. Pero ustedes sí serán quienes tengan que continuar viviendo en la Morada, y son ustedes quienes tendrán que solucionar sus problemas a su manera. Estamos aquí para ayudarlos si quieren ayuda, aunque pueden intentar resolver sus problemas sin la ayuda que se nos permite prestarles. Pero deberán solventar esos problemas o su civilización se verá dividida en muy poco tiempo al carecer del factor unificador de la Prueba. Dado que fue nuestra llegada accidental la que provocó todo este asunto, y puesto que tuvimos que estabilizar a Mercaniad para salvar nuestras propias vidas, queremos asegurarnos de que nuestras acciones no destruyan totalmente la civilización de ustedes. Por todo eso, queremos que se reúnan en la Enterprise para elaborar los detalles de la transición al nuevo estado de cosas... que ahora es totalmente diferente de lo que jamás hayan soñado que sería posible...
–¿Quiere usted que conferenciemos en su Reserva del cielo? ¡Ridículo! –exclamó Tombah con una carcajada.
–Spock, ¿cómo vamos de tiempo? –quiso saber Kirk.
–Pasará por esta zona del cielo dentro de dos minutos y treinta y cuatro segundos, capitán.
–Que tengan las armas fásicas preparadas –ordenó Kirk, y se volvió nuevamente a mirar a Pallar–. Salgan con nosotros al exterior. Les enseñaremos nuestra Reserva del cielo cuando pase por el cielo de esta zona.
Los guardianes se miraron los unos a los otros.
–Bueno, vamos ya –los instó Kirk–. ¿O es que tienen miedo de que pueda estar diciéndoles la verdad? ¿Tienen miedo de enfrentarse con la realidad del universo? ¿O tienen la intención de continuar viviendo en la fantasía? No tienen que abandonar la villa de los guardianes para verlo. Salgan a cualquier espacio abierto desde el que puedan ver el cielo.
–Esto es de lo más insólito –objetó la guardiana Parna–. Yo sé qué es lo que hay en el cielo. A esta hora va se ha puesto el sol, y no veremos nada excepto la Cinta de la Noche.
–Yo puedo prometerle que verá algo más –insistió Kirk–. Acompáñeme y véalo por usted misma.
Algunos de los guardianes los acompañaron con mayor reticencia que otros. Pero Pallar abrió la marcha al lado de Kirk.
La elevada colina en la que se hallaba la villa de los guardianes, dominaba la isla de Celerbitan y los cielos occidentales de Mercan. Mercaniad acababa de ponerse, y se veía un arrebol que abarcaba todo el horizonte occidental.
–Enterprise, aquí Kirk –dijo el capitán de la nave espacial por el comunicador que abrió ante sí.
En el rostro de Pallar apareció una expresión de perplejidad cuando la voz de Scotty llegó hasta ellos.
–Aquí Scott, capitán. En este momento estamos atravesando el horizonte.
–Muy bien, Scotty, apresúrense –ordenó Kirk, yse volvió hacia Sulu–. Señor Sulu, le toca a usted.
Sulu abrió su comunicador.
–Enterprise, aquí Sulu. Chekov, ¿está preparado? –Afirmativo, Sulu –le replicó la voz de Chekov–. Estamos siguiendo los blancos definidos por usted. –Continúen el seguimiento. Esperen las nuevas órdenes –le dijo Sulu, pero no cerró su comunicador.
Kirk estaba observando el cielo occidental, y finalmente vio la nave.
Era un brillante punto de luz que relampagueaba. Scotty estaba iluminando la superficie inferior del casco exterior con luces de láser de varias frecuencias, rebotando la iluminación de láser en los escudos inferiores de la nave para evitar perder la coherencia. Aquello hacía que la Enterprise destellara y relampagueara con la característica apariencia crepuscular de la iluminación de láser, y con la brillantez de una estrella de magnitud menos cinco. Cambiaba de colores a medida que Scotty variaba la frecuencia de la iluminación.
–Allí está nuestra Reserva celeste, guardianes –señaló Kirk.
Resultaba imposible no verla.
Se oyeron gritos ahogados proferidos por algunos de los guardianes. Aquella visión era completamente nueva para todos ellos. Resultaba evidente que algunos lo habían comprendido y aceptado. Otros, sin embargo, estaban teniendo problemas para conseguirlo.
–A bordo de nuestra Reserva, la Enterprise, tenemos una energía mayor que cualquier cosa que ustedes hayan visto –le dijo Kirk con tono casi pontifical al grupo de guardianes–. Y ahora se lo demostraremos a ustedes. Señor Sulu, puede proceder a la demostración.
Cuando la luz de colores que era la Enterprise se elevaba hacia el cenit, Sulu dio una orden en voz baja a través del comunicador.
–Chekov, aquí Sulu. Programe ambos cañones fásicos delanteros en amplia dispersión, disparo fijo, y efectúe una descarga de diez segundos a nivel de la ionosfera.
Del punto de luz del cielo manó una luz incandescente, y luego todo el cielo nocturno se encendió cuando los rayos fásicos de la Enterprise excitaron la ionosfera que cubría Celerbitan, produciendo una brillante aurora que hendió las tinieblas con serpentinas de luz anaranjada y amarilla que partían del punto de luz de la Enterprise en dirección a ambos polos.
Fue un espectáculo brillante de fuegos artificiales científicos. Ya había sido empleado antes para impresionar a pueblos más primitivos que el mercaniano. Kirk contaba con que impresionaría a los guardianes de una forma distinta, puesto que estaban considerablemente por encima del nivel primitivo de inteligencia y civilización.
Luego vino el plato fuerte.
–Cañones fásicos de babor y estribor, rayo concentrado, disparo fijo, apunten al océano a cinco kilómetros al oeste de Celerbitan, emisión de dos segundos. Fuego a discreción –ordenó Sulu.
Unos rayos gemelos de una luz increíblemente blanca emanaron de la Enterprise y se esparcieron por la atmósfera, ionizando el camino que recorrían. Se concentraron e hicieron blanco en el océano Sel Ethan a cinco kilómetros al oeste de Celerbitan, donde el agua hirvió repentinamente. No duró mucho, sólo dos segundos, pero fue lo suficiente como para hacer hervir un kilómetro cuadrado y dejar nubes de condensación que se elevaban hacia el cielo.
Mientras los guardianes miraban con la boca abierta aquella demostración evidente y descarada del poder armamentístico de la nave, Kirk le habló a Pallar.
–Ésa es la Enterprise, nuestra Reserva del cielo. El primer procurador Lenos está allí. También están Thallan, Orun, Delin y Othol. Lo invitamos a escoger a tres de sus guardianes para desplazarse con nosotros hasta la Enterprise con el fin de dialogar.
–¿Cómo puedo saber que no se trata de un truco para eliminarnos? –preguntó Pallar–. Acaban de demostrarnos que poseen un armamento capaz de conquistar la Morada, provocando conflictos y conquistas como los de las antiguas leyendas.
–La conquista no forma parte de nuestro código –explicó Kirk–. Y si quisiéramos destruirlos en lugar de hablar –señaló luego–, podríamos haberlo hecho en cualquier momento desde que llegamos aquí... y con toda comodidad, como acaba de ver. –Le enseñó el comunicador–. Al principio pensaron ustedes que esto era un distintivo de rango. Es más que eso. Nos permite hablar con los que se encuentran en la Enterprise. –Seguidamente habló por él–. Enterprise, aquí Kirk. Teniente Uhura, por favor, ponga al primer procurador Lenos al habla.
–Eh... Capitán Kirk, aquí el primer procurador –replicó una voz que era incuestionablemente la de Lenos. Resultaba obvio que no estaba habituado a ninguna clase de comunicación remota.
Kirk le entregó el comunicador a Pallar.
–Hable con su primer procurador, guardián uno. Pero le advierto que Thallan también está allí y le escuchará.
–Eh... Lenos, ¿estás bien?
–Sí, guardián uno. ¿Se desplazará usted aquí para celebrar la reunión?
–Lenos, ¿es verdad?
–Es verdad, guardián uno. Me encuentro en la Enterprise y estoy mirando las luces de Celerbitan que pasan por debajo de mí. Ya he hablado en privado con el capitán Kirk.
Lo mismo ha hecho Thallan. Ambos lo instamos a que se desplace hasta aquí con una delegación de guardianes para celebrar una conferencia. Estoy convencido de que lo que está en juego es nuestro futuro en la Morada.
–Tú no puedes hablar en nombre de Thallan. ¿Puede él hablar por sí mismo?
–Sí, guardián uno, soy Thallan –le respondió la voz del líder de la Técnica–. Confirmo todo lo que el procurador Lenos acaba de decirle. Nosotros, los de la Técnica, estamos dispuestos a reunirnos con los procuradores y los guardianes, porque se ha producido un gran cambio que nos afecta. Ya no habrá más Pruebas. Pero debemos hablar juntos de esto y buscar una solución pacífica. En caso contrario, temo que surgirán conflictos, porque el propósito primordial de los guardianes ya no existe para mantener unida a la civilización de Mercan.
Pallar arrojó al suelo el comunicador.
–Me niego a permitir cualquier conversación en la que los miembros de la Técnica participen a un nivel de igualdad con los ancestrales y respetados guardianes del Código –gruñó–. La Técnica ha sido la causa de todo esto, y la Técnica debe sufrir las consecuencias de haber derribado los caminos establecidos por el Código...
Manteniendo los ojos fijos en Pallar, Kirk se inclinó y recogió su comunicador. Luego se irguió y levantó la mirada directamente hacia el guardián uno.
–Pallar, he intentado actuar con diplomacia y decoro. Usted ha respondido una y otra vez con reacciones y réplicas intolerantes y prejuiciosas. Estoy dispuesto a olvidar todo eso porque comprendo su historial; pero dado que no cooperará voluntariamente, lamento informarle que no tiene otra alternativa que la de reunirse con nosotros, los procuradores y los miembros de la Técnica, en la Enterprise. ¿Escogerá usted a los tres guardianes que lo acompañarán? ¿O debo hacerlo yo?
La reacción de Pallar fue instintiva.
–¡Procuradores! –gritó–. ¡Auxilio!
–Destacamento de descenso, plan B –ordenó Kirk.
El destacamento de la Enterprise se movió con mayor celeridad que los mercanianos, porque los escogidos miembros de seguridad habían sido minuciosamente informados de lo que deberían hacer cuando se les diera aquella orden.
Kirk había seleccionado anticipadamente al grupo de conferenciantes que debería acompañarlos a la Enterprise en caso de que fuera necesario poner en práctica el plan B. Con su pistola fásica en modo paralizador, y acompañada por las de Spock y Sulu, derribó a todo el grupo de guardianes menos a Pallar, Tombah, Noal y Parna.
Mientras hacían esto, el resto del destacamento de descenso formó un cerco preciso que rodeaba a los guardianes, con las armas fásicas listas para disparar contra los procuradores que efectivamente aparecieron por los corredores que conducían a aquel balcón exterior así como a los parapetos que estaban por encima del mismo.
Los procuradores consiguieron efectuar unos cuantos disparos. Las balas pasaron de largo silbando, dieron contra el piso y esparcieron astillas y esquirlas antes de rebotar y alejarse hacia la oscuridad. Pero las armas de los procuradores estaban cargadas con pólvora; no habían alcanzado el nivel de la propulsión sin humo ni fogonazo. Como había comentado el propio Lenos, había pasado mucho tiempo sin que se produjera una verdadera lucha en Mercan. Los fogonazos de las armas de los procuradores les proporcionaron inmediata información sobre la posición de los blancos a los hombres de seguridad de Sulu... los cuales no erraron con sus rayos fásicos.
–Enterprise, aquí Kirk. Transfiérannos ahora mismo.
Nada ocurrió. Era obvio que el comunicador se había estropeado cuando Pallar lo había dejado caer.
Spock reaccionó de inmediato, abriendo su propio comunicador... pero una bala perdida de una de las armas de los procuradores se lo arrebató de la mano. La bala también atravesó la mano de Spock.
Ni siquiera el estoico Spock pudo reprimir el grito de dolor.
McCoy se halló inmediatamente al lado de Spock. Resultaba evidente que el vulcaniano sentía un gran dolor a causa de la bala que literalmente le había desgarrado la mano derecha. Pero el primer oficial no cayó al suelo ni se desmayó; intentó coger la pistola fásica con la mano izquierda y utilizarla.
–Spock, deje eso –le espetó McCoy–. Está usted herido y queda fuera de combate. Cállese y cálmese para que yo pueda trabajar en esta mano.
Fue Sulu quien, en medio del tiroteo, sacó su transmisor y dio la orden de transferencia.
Para absoluto pasmo de los procuradores que tenían al grupo bajo el ataque de su fuego e intentaban por todos los medios no herir a los guardianes, los doce miembros de la Enterprise y los cuatro guardianes se desmaterializaron ante sus ojos sin dejar nada contra lo que disparar.

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–Lo lamento, Pallar –se disculpó Kirk cuando hubo concluido la materialización del grupo en la sala del transportador de la Enterprise–. Usted no quería venir de buena gana, así que tuvimos que traerlo en contra de su voluntad. Tanto si lo sabe como si no, está en juego todo el futuro de la Morada... y los guardianes eran el único grupo que se interponía en el camino hacia la solución del problema. Yo no voy a permitirles que se interpongan en la consecución de una nueva cultura estable para la Morada.
Pallar recorrió con los ojos el extraño entorno que tenía ante sí.
–¿Es esta su Reserva del Cielo?
–Lo es. Y ustedes son mis huéspedes –les dijo Kirk a los cuatro guardianes que habían sido transportados a bordo.
–Spock, ¿puede usted andar hasta llegar a la enfermería? –preguntó McCoy mientras bajaba con el vulcaniano de la plataforma del transportador.
Una parte de la coloración amarillenta había abandonado el rostro de Spock. Era evidente que padecía un tremendo dolor, pero su naturaleza estoica no le permitía demostrar la agonía que le provocaba su mano derecha, de la cual goteaba sangre verde sobre la plataforma del transportador.
–Sí, doctor, creo que puedo. Capitán, por favor, continúen sin mí hasta que el doctor McCoy haya reparado el daño de esta herida. Luego me reuniré con ustedes.
–Ambos nos reuniremos con ellos, pero sólo cuando yo diga que se encuentra en condiciones de hacerlo, Spock. Ahora es usted mi paciente –dijo MeCoy, mientras acompañaba al primer oficial fuera de la sala del transportador.
Kirk se volvió hacia los guardianes.
–Por favor, acompáñenme, guardianes. Tenemos muchas cosas que mostrarles...
Pallar negó con la cabeza.
–Usted no puede retenernos aquí en contra de nuestra voluntad. Y me niego a entregarle mi control de desplazamiento, porque un guardián jamás entrega su control de desplazamiento, ni siquiera a un procurador. Vamos a desplazarnos de inmediato fuera de aquí y de regreso a Celerbitan.
–Kirk levantó una mano.
–Yo no se lo aconsejaría, Pallar. ¿Llegan las capacidades de su transportador a los cielos? Usted sabe que no, y también yo lo sé.
–Kirk se estaba echando un tremendo farol al decir aquello, pero basaba su engaño en el hecho de que los mercanianos no habían considerado nunca la idea de viajar o transferirse fuera de la superficie del planeta. Por lo tanto, conjeturó, el sistema de transportadores de aquella gente no podría abarcar una órbita estándar–. ¿Quiere correr el riesgo de materializarse en lo alto del cielo de la Morada? Si lo hace, no tendrá otra oportunidad; morirá de inmediato.
–No le creo –dijo el guardián Tombah.
–No tiene que hacerlo. Puedo demostrárselo –replicó Kirk–. Simplemente le aconsejo que no lo intente hasta que haya tenido la oportunidad de ver cuáles son los factores en juego. Si desea intentarlo, y no podemos rescatarlo con nuestro dispositivo de desplazamiento, traeré de la Morada a otro guardián que lo reemplace en las conversaciones.
Tombah tenía su control de viaje en la mano, pero vaciló antes de pasarle la mano por encima para activarlo.
–James Kirk podría estar en lo cierto –le comentó Pallar–. ¿Quieres arriesgar tu vida sabiendo lo que le ocurre a alguien que intenta utilizar el desplazador sin disponer de toda la información de coordenadas? Por favor, Tombah, no deseo perderte.
A Kirk le resultaba obvio que Pallar comenzaba lentamente a abrir su mente. Una cosa era segura: Pallar era básicamente tan inteligente como el procurador Lenos. Los líderes no llegan a la cima sin una considerable cantidad de inteligencia y prudencia, independientemente de en qué cultura vivan.
Kirk bajó de la plataforma del transportador.
–Por favor, síganme, guardianes. No se les pedirá que se reúnan con los procuradores ni los miembros de la Técnica hasta que no hayan tenido la oportunidad de ver lo que han visto ellos, y hayan tenido la posibilidad de conversar con nosotros sobre los significados e implicaciones de todo ello.
Mientras los guardianes seguían a Kirk, acompañados por Sulu, fue Tombah quien hizo la primera observación.
–Esta Reserva no se parece a nada que según mis conocimientos haya conseguido alcanzar la Técnica.
Entrando en el turboascensor, Kirk le respondió.
–Ya les he dicho que nosotros no pertenecemos a la Técnica; y si continúan ustedes observando y evaluando lo que vean, comprenderán que ésta es la morada en la que hemos llegado desde la Cinta de la Noche.
–Eso todavía está por verse –afirmó la guardiana Parna con cierta hostilidad en la voz.
–Lo verá –agregó Sulu.
Y así fue. El turboascensor se detuvo en el nivel 11, en el interconector dorsal, y el grupo salió de él al interior de la sala de conferencias instalada en el antiguo salón de la tripulación.
La reacción de los guardianes ante la visión que se extendía al otro lado de los puestos de observación fue completamente distinta a la de los miembros de la Técnica y los procuradores.
Pallar y Noal se encaminaron hacia los puertos que dominaban Mercan, mientras que Parna y Tombah se quedaron mirando fijamente a través de los puertos polarizados que daban a Mercaniad. No dijeron nada durante varios minutos, mientras contemplaban a su planeta natal pasando por debajo de la nave y el brillante disco blanco de Mercaniad marchando por el cielo y hundiéndose finalmente tras el horizonte del planeta. Cuando la Cinta de la Noche se hizo visible, Pallar se volvió hacia sus colegas e hizo un comentario en voz baja.
–Compañeros guardianes, ya no podemos negar los hechos que están poniendo ante nosotros. Si persistimos en nuestras viejas creencias, caeremos ante la furiosa embestida de la Técnica contra las antiguas ideas, porque ahora ellos tienen la nueva información.
–Estoy de acuerdo contigo –agregó el guardián Noal–. Me resulta muy difícil aceptar la realidad de lo que veo... pero debemos hacerlo ante la posibilidad de perder nuestra propia cordura... y la totalidad del control que nos pueda quedar sobre la paz y la tranquilidad de la vida de la Morada...
–Si conozco al primer procurador Lenos –intervino Tombah–, puedo predecir que ya ha aceptado la nueva realidad. No se pondrá de nuestro lado en caso de un conflicto con la Técnica...
–¿Pero cómo vamos a mantener y consolidad nuestra posición ante esta nueva información? –quiso saber Parna.
–La aceptaremos como una nueva extensión del Código. –Pallar intentaba explicar sus revueltos pensamientos. Luego se volvió a mirar a Kirk–. James Kirk, le pido disculpas por nuestros actos.
–No es necesaria ninguna disculpa, guardián Pallar. No resulta fácil aceptar una información nueva que puede no estar totalmente de acuerdo con lo que uno anteriormente creía que era la verdad. Mi pueblo ha tenido que hacerlo en muchísimas ocasiones a lo largo de su historia, a medida que avanzábamos desde el salvajismo hacia la civilización interplanetaria de la Federación de Planetas Unidos.
–Ahora estoy muy interesado en su leyenda de la Federación de Planetas Unidos –replicó Pallar–. Me gustaría que me contara más cosas.
–Por favor, siéntense –invitó Kirk, haciendo un gesto hacia el círculo de asientos–. Les mostraremos lo que les hemos mostrado a los miembros de la Técnica y a los procuradores...

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5081.3
Los tres grupos están ya a bordo de la nave, a pesar de que los mantenemos aislados unos de otros. Sabemos que están discutiendo la nueva situación dentro de cada grupo. Thallan solicitó descender a Mercan para hablar con los otros líderes del grupo de la Técnica. Le he permitido marcharse, en compañía de Orun y Sulu. Aparentemente, el primer procurador Lenos tiene una autoridad absoluta entre los procuradores, para tomar las decisiones que considere más apropiadas, lo cual es comprensible en el caso de una organización paramilitar. El grupo de los guardianes no ha solicitado descender para consultar con su organización. Probablemente estuve en lo correcto en cuanto a elección de los cuatro guardianes que transferimos a bordo; ellos son los verdaderos líderes y los más altos cargos de la organización de los guardianes.
Le he pedido a cada uno de los grupos que me informen cuando estén dispuestos a reunirse con los otros dos. No les he puesto límite alguno de tiempo para ello. Sin embargo, si se alarga más de siete días, comenzaremos a presionar con el fin de celebrar la reunión conjunta. De momento me gustaría dejar que cada grupo aclare su propia posición, empleando su propia lógica y su propio conocimiento íntimo de la posición que ocupa en la cultura mercaniana.
Apéndice: quiero que este diario incluya una muy especial recomendación tanto para el comandante Spock como para el doctor Leonard McCoy, pero por diferentes acciones. Spock debe ser condecorado por su valentía y comportamiento cuando fue gravemente herido en la mano derecha por una bala de los procuradores; estaba dispuesto a continuar luchando a pesar de que resultaba evidente que sufría un dolor extremo. Por otra parte, McCoy debe ser condecorado por la acción rápida y profesional desempeñada por su parte al correr en auxilio de Spock en medio de los disparos, y por la sesión maratónica de siete horas de cirugía para reconstruir la mano derecha de Spock, una hazaña que requería conocimientos poco corrientes sobre la fisiología vulcano–humana y una extremada competencia en cirugía. Spock ya ha regresado a su puesto, aunque con la mano derecha cubierta con plastipiel para acelerar la cicatrización.
Ahora no tenemos nada más que hacer excepto esperar a que los mercanianos asimilen los datos que les hemos dado respecto a la Federación, y las opciones de que disponen para reorganizarse. De momento, el tiempo no es un factor crítico. No obstante, si la noticia de la estabilización de Mercaniad llegara a filtrarse a través del grupo de guardianes que aún están en el planeta, o de las filas de la Técnica, algunos de cuyos miembros puede que ya la hayan detectado, podríamos vernos enfrentados con una situación en la que el tiempo sea algo vital. Espero sinceramente que eso no ocurra. Preferiría que la conferencia de reorganización a bordo de la Enterprise se desarrollara sin la presión de una guerra civil inminente...

El lugar destinado a la reunión conjunta era diferente del empleado para las reuniones mantenidas con cada grupo por separado. Había doce asientos dispuestos en un círculo perfecto en el centro de la sala. Fuera del mismo, y hacia la parte frontal, había otros cuatro asientos que ocuparían Kirk, Spock, Scott y McCoy, bajo el sello de la Federación de Planetas Unidos, colocada en la pared. Y a un lado se hallaban el escritorio y la grabadora de Janice Rand. Kirk había evitado deliberadamente incluir al contingente de la Federación en el círculo de doce mercanianos.
El protocolo había sido una de las preocupaciones de Kirk. ¿Cuál de los grupos debía llegar primero? ¿Y cuál último? ¿Implicaría el orden de entrada un determinado rango para cada grupo?
Spock llegó a la solución más lógica. Básicamente no había protocolo alguno para conducir la situación, sólo lógica, a la que el vulcaniano era de lo más adepto. Una vez Spock hubo explicado su propuesta, ni siquiera McCoy pudo resistirse a hacerlo objeto del más elevado de todos los elogios.
–Lógico, Spock. Brillantemente lógico.
Spock se limitó a levantar la ceja derecha, porque aquello era verdaderamente un halago insólito en el doctor de la nave.
Kirk se vistió con el uniforme de gala de la Flota Estelar, al igual que lo hicieron Spock, McCoy y Scott, cuyos uniformes eran formales y similares para indicar que aquélla era considerada una conferencia de nivel extremadamente elevado, pero con diferencias que señalaban la unidad en la diversidad existente entre los miembros de la Federación de Planetas Unidos. Y los cuatro oficiales de la Flota Estelar irían visiblemente armados, no con las armas de fuego mercanianas, sino con sus pistolas fásicas que ahora eran reconocidas por los mercanianos como armas tremendamente superiores a las de la Morada.
Spock escoltó al primer procurador Lenos. McCoy acompañó al guardián uno Pallar. Y Scott marchó junto a Thallan, de los Pares de la Técnica. Así escoltados, los tres mercanianos se encontraron simultáneamente por vez primera a bordo de la Enterprise, en el turboascensor que los llevaría hasta el nivel 11.
Como se había previsto, la atmósfera en la que se intercambiaron los primeros saludos dentro del turboascensor fue distante pero puntillosamente correcta al estilo mercaniano, incluso entre Pallar y Lenos. Sin embargo, los tres mercanianos reconocieron que se estaba observando un alto protocolo, algo que ahora sabían que formaba parte de la Federación tanto como de la Morada. Los mercanianos conocían y comprendían aquel protocolo, a pesar de que les resultaba extraño.
Los escoltados líderes fueron recibidos en el nivel 11 por el capitán James T. Kirk, vestido con uniforme de gala. Al cabo de algunos segundos, llegó el otro turboascensor con los restantes tres miembros de cada grupo mercaniano, cada grupo acompañado por un solo escolta de protocolo de la división de seguridad, ataviado con uniforme de gala. No obstante, la escolta de protocolo no abandonó el turboascensor, cuyas puertas se cerraron tras haber dejado a los tres grupos mercanianos.
La reunión había sido coreografiada con la misma precisión de un ballet clásico. Los tres grupos de mercanianos se hallaron sentados en círculo, unos frente a otros.
Pero antes de que se pronunciara palabra alguna, el himno de la Federación de Planetas Unidos retumbó desde los traductores del techo de la sala de conferencias. Simultáneamente, Kirk y sus oficiales se pusieron firmes y se encararon con el sello de la FPU.
Fue un espectáculo cargado de emotividad y ceremonia... y deliberadamente orquestado por parte de los oficiales de la Flota Estelar, que lo habían planificado cuidadosamente. Los grupos de mercanianos sabían desde el mismo principio que aquella conferencia era suya, pero que había una alta organización, la FPU, que los observaba. Y, tras los resúmenes a los que había asistido cada grupo por separado, todos ellos sabían qué era la FPU. Los mercanianos probablemente no comprendían el significado del himno, porque habían escuchado la música sólo ocasionalmente durante las reuniones informativas, pero sin duda entendían de buenas maneras, diplomacia y protocolo debido a su armada y cortés sociedad.
El si los mercanianos aceptaban o no la realidad de la Federación de Planetas Unidos, era algo que todavía estaba por verse, en opinión de Kirk.
Cuando la música dejó de sonar, Kirk permaneció de pie.
–Les doy la bienvenida a los grupos representantes de Mercan, la Morada de la Vida, a la USS Enterprise de la Flota Estelar de la Federación de Planetas Unidos –comenzó con tono formal–. Nos sentimos honrados de albergar esta conferencia que es de vital importancia para la reorganización de la estructura de la civilización de la Morada. Estamos a disposición de ustedes para cualquier tipo de asistencia. Si así lo solicitaran, estamos dispuestos a proporcionarles el consejero que escojan entre nosotros cuatro para que actúe como moderador de su reunión. No obstante, dado que la reunión concierne a los asuntos de la Morada, nos vemos obligados a declinar el actuar en forma alguna para conducir su conferencia o proporcionar de cualquier otra forma una dirección activa para sus deliberaciones. Tienen graves problemas que deberán resolver entre ustedes... y las soluciones de los mismos deberán ser aquellas a las que ustedes lleguen por sí mismos porque serán ustedes y su pueblo de la Morada quienes tendrán que vivir con esas soluciones y sus consecuencias, a partir de entonces. Por favor, procedan cuando lo deseen.
Los mercanianos se miraron silenciosamente entre sí durante un prolongado momento después de que Kirk se hubiera sentado. Luego, Pallar se puso de pie.
–Yo hablaré en privado con mis gentes de la Morada –le dijo a Kirk–. Tengo entendido que, hasta el momento, ninguno de los miembros de la Federación de Planetas Unidos habla nuestro idioma. Si es ese el caso, sean tan amables como para apagar sus aparatos de hablar. Si comprenden nuestro idioma, les solicito que los cuatro abandonen la sala de conferencias junto con la ordenanza Janice Rand, con el fin de que podamos hablar en privado.
–No hemos tenido tiempo de aprender su idioma, Pallar. Apagaremos nuestros unidades de traducción de idiomas hasta que nos indique su deseo de que volvamos a encenderlas –replicó Kirk, tendiendo una mano para apagar el traductor que le colgaba del cuello mediante una cadena, como un medallón–. Caballeros –les ordenó a sus oficiales–. por favor, apaguen sus traductores.
Pallar volvió a sentarse inmediatamente, y entre los doce mercanianos comenzó una cortés y tranquila conversación. Kirk estaba preocupado. No había previsto aquello.
–¿Qué ocurre, capitán? –quiso saber Scott–. ¿Por qué le parece que pueden querer discutir algo en privado?
–No lo sé –respondió Kirk con nerviosismo en la voz–. Ordenanza Rand, ¿hay guardias de seguridad en estado de alerta, por si acaso?
–Sí, capitán –replicó ella–. Cuatro de ellos están en el turboascensor detenido en este nivel, tras las puertas cerradas. Estoy en comunicación con ellos.
–Muy bien. Caballeros, supongo que sus pistolas fásicas están en modo paralizador, por lo que pueda ocurrir.
–Capitán –intervino Spock en voz baja–. No creo que ése sea un acto ilógico por parte de ellos. Es la primera vez que estas personas tienen que encararse las unas con las otras y hablar con el fin de encontrar una solución. Yo sugeriría que su solicitud de privacidad es un acto destinado a salvar las apariencias por su parte. No desean que conozcamos sus debilidades: la inexperiencia en la negociación y el compromiso políticos y diplomáticos.
–Estoy de acuerdo con el análisis de Spock –agregó McCoy.
–Espero que estén en lo cierto –les replicó Kirk. –No existe ninguna otra explicación lógica –le recordó Spock.
–¡Spock, de vez en cuando las cosas no siguen un curso lógico! –intervino Scott, que sonaba extrañamente parecido al doctor McCoy–. Las únicas cosas que siempre se comportan de acuerdo con la lógica son los aparatos de ingeniería; ¡ésos sí que son racionales! ¿No ha aprendido aún que los humanoides no son racionales?
–Sí, lo he aprendido, señor Scott –replicó Spock con serenidad–. Los seres humanos, por ejemplo, no son seres racionales; son seres razonadores.
–¡Nunca sé cuándo he sido o no insultado por usted! –masculló Scott.
–Por otra parte, los mercanianos son más parecidos a seres humanos con un trasfondo vulcaniano –continuó Spock, imperturbable como siempre–. Su discusión privada es racional.
–Continúo sospechando problemas –admitió Scott.
De pronto, Pallar volvió a ponerse de pie y, mediante gestos, les solicitó a los oficiales de la Flota Estelar que volvieran a encender los traductores.
–Debemos pedirles disculpas por solicitar la privacidad –comenzó el guardián uno–, pero nos resultan completamente ajenos el protocolo y la forma de conducir una reunión de este tipo. Por ese motivo, los doce solicitamos la asistencia de los representantes de la Federación de Planetas Unidos. A pesar de que se niegan a dirigirla, han declarado que nos ayudarán y aconsejarán. ¿Es eso correcto?
Kirk asintió con la cabeza y, puesto que no estaba seguro de que Pallar comprendiera aquel gesto, agregó:
–Es correcto, guardián uno.
–Muy bien. Nos sentiremos muy honrados y estaremos en gran deuda con ustedes si se avinieran a prestarnos dicha asistencia y consejo. El grupo de la Técnica solicita que el ingeniero Montgomery Scott se una a ellos en calidad de consejero, mientras que los procuradores desean que el comandante Spock se siente entre ellos. Los guardianes solicitamos que el doctor McCoy nos aconseje y asista. La totalidad de los tres grupos solicitamos que sea el capitán James Kirk quien presida nuestra reunión en calidad de moderador.
Simultáneamente, los doce mercanianos se pusieron de pie, echaron sus asientos hacia atrás para ampliar el círculo, y dejaron espacios en los que los oficiales de la Flota Estelar pudieran colocar sus sillas.
–Ésa es una solicitud muy insólita –comenzó Kirk.
–Ésta es una reunión muy insólita –agregó Thallan.
–Y las circunstancias son únicas –comentó Lenos.
–No les pedimos que violen su código de la Primera Directriz y la Orden General Número Uno –continuó Pallar–. Ustedes nos han ofrecido su asistencia. Nosotros la solicitamos de la forma que creemos que más puede ayudarnos.
Aquél era un giro completamente nuevo en la reunión, y la ponía en una perspectiva completamente diferente por lo que a Kirk respectaba. Lo colocaba en situación de presidir la reunión, puesto que él había intentado evitar desde el principio. Y colocaba a sus oficiales en la difícil posición de tener que aconsejar a los grupos mercanianos. No era en absoluto la forma en que Kirk hubiera querido ver desarrollarse la conferencia. Se veía una vez más en el papel de conquistador, y eso no le gustaba.
Por otra parte, lo habían solicitado los propios mercanianos después de consultarlo privadamente entre sí. No era de extrañar que el guardián Pallar pidiera que se les permitiera discutir en privado; el guardián uno había temido que los otros grupos pudieran no estar de acuerdo, y eso hubiera sido considerado por los mercanianos como un insulto hacia los oficiales de la Enterprise.
Pero ¿por qué se habían puesto de acuerdo tan rápidamente sobre aquel punto, dado que sólo habían tardado menos de cinco minutos? ¿Y por qué la reunión estaba desarrollándose tan tranquilamente desde el principio mismo? ¿Por qué no surgían más objeciones por parte de las diferentes facciones? ¿Por qué no había ninguna discusión obvia? ¿Y por qué se habían puesto de acuerdo los mercanianos –y habían insistido–, en que los oficiales asumieran un papel tan activo en las conversaciones?
–Concedo en actuar como moderador de la reunión, posición desde la que no me veré obligado a imponerles a ustedes mis propias características culturales –replicó Kirk con cautela–. Sin embargo, no puedo hablar por mis oficiales. Depende de cada uno de ellos el que acepten aconsejar y asistir a los grupos mercanianos que los han solicitado. Pero, antes de que yo les interrogue al respecto, por favor, respondan a una pregunta... y no teman hablar con la verdad, porque no me consideraré ofendido por una respuesta sincera. ¿Por qué solicitan que intervengamos para aconsejarlos y asistirlos en el restablecimiento de su organización cultural, cuando saben que nosotros creemos que deben hacerlo por ustedes mismos?
Pallar–. fue el primero en hablar.
–Nosotros, los guardianes, no hemos tenido que hacer esto nunca antes de ahora. No sabemos cómo hacerlo. Hasta ahora habíamos discutido algunos asuntos con los procuradores, pero hemos sido siempre nosotros quienes hemos dado las directrices definitivas, a pesar de que esas directrices pudieran estar basadas en las recomendaciones de los procuradores.
–No sabemos por dónde comenzar –continuó el primer procurador Lenos–. Somos como niños que acaban de llegar a la edad de aprender.
–Nosotros nunca previmos que la aterradora responsabilidad de tener que reorganizar nuestra civilización, recaería sobre nuestros hombros –agregó Thallan–. En la Técnica sólo estábamos interesados en llegar a la verdad respecto a nosotros mismos y el universo. No previmos en ningún momento que nuestro papel se haría importante hasta el punto de ser llamados a gobernar de hecho la Morada.
–¿Pero a qué se debe el repentino acuerdo de cooperar? –se preguntó Kirk en voz alta.
–¿No era eso lo que usted quería cuando convocó esta reunión y cumplió con el protocolo como lo ha hecho? –le preguntó Pallar–. a su vez.
–Por supuesto, pero no pensaba que se pondrían ustedes de acuerdo en ponerse de acuerdo tan rápidamente como lo han hecho –admitió Kirk.
Thallan le dedicó la amplia y dentuda sonrisa de los mercanianos.
–Ah, de la misma forma en que nosotros una vez los subestimamos a ustedes, James Kirk, nos ha usted subestimado ahora a nosotros.
–Es la única forma racional de abordar el problema para llegar a una solución –señaló Lenos–. La otra forma de abordarlo es la lucha... y no hemos luchado durante mucho tiempo. Y yo realmente no quiero luchar, como comentamos una vez, James Kirk.
–Y dado que es la única forma racional de abordar la situación, ¿creyó usted que nosotros seríamos menos racionales que ustedes, los humanos y los vulcanianos, cuando se nos presentaran datos irrefutables? –comentó Pallar–., admitiendo aquel hecho. Luego miró a Scott, Spock y McCoy–. Vengan, únanse a nosotros. Tenemos mucho trabajo que hacer. No será fácil. No siempre estaremos de acuerdo los unos con los otros durante el proceso de buscar una solución. Pero necesitamos y deseamos su ayuda porque ustedes, en sus propias culturas, han solucionado algunos de los problemas con los que nos enfrentamos. Puede que no adoptemos sus soluciones, pero queremos saber cómo y por qué llegaron a ellas.
–Será para mí un honor ayudarles a trabajar en dirección a una solución lógica –les dijo Spock.
–También yo consideraré un honor personal y una gran responsabilidad el aconsejarlos lo mejor que pueda –aceptó McCoy.
–También yo consideraré un alto honor el participar con el grupo de la Técnica –agregó Scott.
En aquellas circunstancias, Kirk se alegraba enormemente de que Janice Rand tuviera su grabadora en funcionamiento para registrar aquellas conversaciones. Estaba una vez más preocupado por la Orden General Número Uno, pero los registros demostrarían que a los miembros de la Enterprise se les había solicitado intervención y ayuda. Todos ocuparon sus puestos en el círculo.
Luego se produjo un silencio mortal, durante el cual los mercanianos se limitaron a mirar a Kirk.
–Ciudadanos de Mercan, comiencen –dijo el capitán de la Enterprise, con incomodidad.
–¿Por dónde? –preguntó Pallar–..
–¿Cómo comenzamos? –preguntó Thallan.
–¿Qué debe discutirse primero? –quiso saber Lenos. Fue Kirk quien no respondió de inmediato. ¿Cómo se escribe la constitución de una utopía? Recordó la clase de xenosociología de la Academia de la Flota Estelar, en la que habían intentado hacer precisamente eso, y había comenzado de la misma forma: ¿por dónde se comienza?
«Por el principio, por supuesto», advirtió.
–Los guardianes y los procuradores no han existido siempre en la Morada –señaló Kirk–. Recurran a sus leyendas y relatos. Cuéntennos qué ocurrió y cómo fue establecida la civilización de la Morada tal como era cuando nosotros llegamos aquí. Luego, continuaremos a partir de allí. Corrección: serán ustedes quienes continuarán a partir de allí, porque entonces sabrán por dónde comenzar y en qué dirección continuar.

15


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 5099.5
Parece increíble que lo hayamos conseguido en diez breves días. Hicieron falta cincuenta y cinco delegados y ciento veintidós días para redactar la Constitución de los Estados Unidos de América en 1787... e incluso así se trató de un documento imperfecto que requirió continuas alteraciones durante los siglos posteriores. E hicieron falta cien personas, acompañadas por asesores que totalizaban más de un millar de asistentes, y casi dos años para redactar los Artículos de Federación de la FPU en Babel. Más años de trabajo fueron necesarios para dar por terminados los estatutos del Tribunal de Justicia Interplanetario y los que regulan el comercio entre los planetas.
Pero los doce mercanianos, asistidos por cuatro oficiales del mando de la Flota Estelar, una ordenanza y la biblioteca de la USS Enterprise, han, en diez días, redactado lo que los mercanianos llaman orgullosamente el Acuerdo de la Enterprise.
¿Cuán bueno es? ¿Cuánto tiempo durará? Ojalá lo supiera.
A diferencia de aquellos que redactaron la Constitución de los Estados Unidos de América, teníamos el conocimiento del universo conocido que aparecía inmediatamente disponible cuando lo solicitábamos de los bancos de memoria de la computadora. A diferencia de los delegados de la Convención de Babel, había un solo planeta con tres grupos de poder implicados.
Quizá este no haya sido, después de todo, un acuerdo precipitado. Quizá funcione. Pero serán los mercanianos quienes tendrán que averiguarlo por sí mismos, porque fueron ellos quienes redactaron el Acuerdo de la Enterprise, y fueron ellos quienes acordaron actuar de acuerdo con él. Scott, Spock, McCoy y yo hemos actuado como meros consejeros, proporcionándoles a los mercanianos la información que nos solicitaban respecto a la historia de los planetas de la Federación.
El acuerdo no es simple ya que, después de todo, la cultura mercaniana no es simple. Durante nuestra corta estancia aquí,
no hemos comenzado ni siquiera a desentrañar su funcionamiento, y mucho menos vivido mucho en ella. Por ejemplo, los mercanianos poseen artes de esparcimiento muy desarrolladas, tanto pasivas como activas. Tienen un sistema educacional, pero no hemos tenido oportunidad de verlo porque hemos estado muy ocupados; tiene que tratarse de un buen sistema, porque entrena bien a sus ciudadanos en una compleja cultura mundial, unida por un sistema barato e instantáneo de comunicaciones.
El asunto esencial fue regresar hasta las raíces del sistema que existía aquí cuando llegamos nosotros. Les dejaré la mayor parte del análisis a los equipos de xenosociólogos y xenoantropólogos que vendrán a continuación; pero se trata de algo muy simple que retrocede hasta la definición básica misma de una organización social, algo que conocimos en la Tierra durante siglos, y que se convirtió en una ciencia cuando las primeras colonias espaciales nos proporcionaron los medios de analizar los sistemas sociales aislados. En cualquier sociedad, un individuo renuncia a una parte de sus derechos básicos con el fin de participar de la mayor seguridad que le brinda el grupo. Eso requiere algunas modificaciones del comportamiento individual, así como algunos medios para obligar a los individuos mal dispuestos a comportarse de una forma adecuada. Todo eso requiere leyes, reglas, normativas y códigos de comportamiento. Yo vivo de acuerdo con varias de esas cosas cada día, y ni siquiera necesito pensar en ellas. Los mercanianos han vivido en unas condiciones similares desde que tienen memoria.
Cuando los mercanianos se dieron cuenta de que el final de la Prueba no requeriría un completo cambio de la organización social, sino sólo una modificación de la que ya existía, las cosas resultaron relativamente sencillas, según mi primer oficial, el señor Spock, que ya ha analizado los resultados para su lógica satisfacción.
Una vez que la Prueba ya no era un factor de la vida de Mercan, ninguno de los tres grupos constituía tampoco un desafío o amenaza para los otros.
Los guardianes eran simplemente eso: los guardianes de las leyes de Mercan. Fue un infortunio que sus ancestros, que eran la intelectualidad del planeta por aquella época, descubrieran también los misterios de Mercaniad que les permitían predecir la Prueba. Eso creció de forma desproporcionada con respecto al verdadero papel de los guardianes; ellos son los que decretan e interpretan las reglas de conducta entre los mercamanos y sus diversas instituciones. Una vez que los guardianes comprendieron eso, se convirtieron en el gobierno de facto de la Morada... como realmente lo fueron durante todo el tiempo.
Y según las estipulaciones del acuerdo, intentarán aumentar sus filas. Piensan que pueden hacerlo por medio de exámenes de oposición, una vez se enteraron de cómo se educa a nuestros hombres de leyes, y se les admite luego para la práctica legal mediante examen. Bueno, tendremos que ver cómo funciona eso en el caso de los mercanianos...
Los procuradores, por otra parte, son el equivalente mercaniano de la organización social que hace cumplir las reglas de conducta. En otra parte, podría llamárselos policías, militares, los guardias o la Flota Estelar. No hubo mucha necesidad de cambios en el caso de los procuradores a causa del Acuerdo de la Enterprise, porque ellos ya tienen sus propios procedimientos para seleccionar, entrenar y admitir nuevos miembros. No siento ninguna aprensión por la posibilidad de que los procuradores intenten tomar el poder; en primer lugar, como ha admitido Lenos, no han luchado en mucho tiempo porque el código de duelo se encarga de la mayor parte de los impulsos agresivos de los mercanianos de ambos sexos. (No creo haber mencionado el hecho de que las mujeres mercanianas, incluida Delin, también llevan armas de fuego, y que los mercanianos protegen a sus mujeres pero no poseen ningún código de caballerosidad como el que los humanos heredamos de los árabes.) Sé por qué fue que Lenos y sus procuradores escogieron a Spock para que los asistiera; al igual que los procuradores, Spock es básicamente un hombre muy violento que mantiene sus emociones bajo un estricto control y a quien no le gusta luchar... excepto durante el pon farr, época en la que sé por experiencia que Spock puede ser verdaderamente muy violento. Y hasta cierto punto, también yo comprendo a los procuradores. La profesión naval/militar es muy extraña debido a la reticencia de sus profesionales a dedicarse a las actividades propias de la profesión.
Los miembros de la Técnica, que pensaban ser los salvadores políticos de la Morada, descubrieron, cuando bajaron las acciones, que ellos realmente no querían el puesto porque están interesados en las cosas, no en la gente. Esto no es cierto en el caso de todos los miembros de la Técnica, porque aquellos que eran los más constantes antiguardianes de entre ellos, probablemente hubieran sido unos mejores guardianes a pesar de ser rebeldes. La Técnica tenía miedo de los guardianes que tenían miedo de la Técnica. Después de todo, la Técnica estaba descubriendo cosas que no estaban de acuerdo con el dogma de los guardianes; los guardianes temían que el conocimiento de la Técnica pudiera destituirlos como «conservadores de la fe», por lo cual intentaban suprimir a la Técnica. Cada uno de los grupos era una amenaza para el otro. Al estabilizar Mercaniad y eliminar la Prueba como un factor de la vida de Mercan, no nos dimos cuenta, no en aquel momento, de que estábamos eliminando esa amenaza. Los miembros de la Técnica saben ahora que están en libertad de investigar lo que les venga en gana, pero también se dan cuenta de que esa libertad de investigación conlleva la obligación de dar a conocer abiertamente todo lo que averigüen, especialmente a los guardianes que, a su vez, ahora comprenden que deberán modificar las reglas y códigos sobre las bases de la nueva información que les suministre la Técnica.
Creo que el arreglo es estable; pero no estoy seguro. El Acuerdo de la Enterprise incluye revisiones y balances, y uno de los puntos más importantes es la voluntad de los mercanianos de aceptar los Artículos de Federación de la FPU.
Ahora, por fin, podremos encargarnos de poner a punto la Enterprise para regresar al brazo de Orión. Pero lo único que puedo hacer yo es mirar por encima del hombro de Scott e intentar suavizar los problemas diplomáticos que surgen...

–Capitán, esto no va a funcionar. No puedo conseguir que esa gente de la Técnica siga mis instrucciones.
No dejan de aparecer con sus propias pequeñas mejoras –se quejó el oficial ingeniero ante Kirk–. Yo les doy la pieza inservible... y ellos me devuelven tres exactamente iguales a ésa: ¡inservibles, incluso con las marcas de raspaduras y roce!
–¿Qué les dijo, Scotty? –quiso saber Kirk.
–Les dije que hicieran una pieza nueva exactamente igual a la vieja.
–Y así lo hicieron, ¿no cree?
–¡Yo diría que sí!
–¿Por qué no les da un dibujo en lugar de la pieza? –Porque su sistema dimensional es diferente, y su sistema numérico es un lío, como ya le dije antes. También son diferentes sus técnicas de aleación.
–¿Ha intentado mostrarles un motor hiperespacial y explicarles cómo funciona? ¿No ayudaría eso a que comprendieran qué es lo que necesita que hagan?
–Ya lo he hecho, capitán –continuó protestando Scotty–. Othol lo comprende a la perfección, dice él. Y no deja de querer hacerles mejoras a mis motores.
–Bueno, ellos han llegado a la antimateria por un camino diferente que nosotros. ¿Funcionaría alguna de esas mejoras?
–No puedo decirlo hasta que hayamos intentado superar el factor hiperespacial uno. Y si la mejora no funciona bien, es una cierta forma terminal de hacer pruebas. No creo que pueda llamársele « prueba no destructiva» a la luz de ninguna regla.
Kirk sabía que aquélla era simplemente la forma que tenía su ingeniero de descargar la tensión, aunque no apartó los comentarios completamente de su cabeza. Aún los separaba un largo camino de la base estelar más cercana, y la Enterprise tendría que estar en condiciones de mantener un factor hiperespacial seis una vez en ruta.
Sin embargo, Kirk respiraba con mucha más comodidad. Los restantes problemas eran principalmente de naturaleza técnica; podían solucionarse, con el tiempo suficiente. Y tras el Acuerdo de la Enterprise, el tiempo ya no era un factor tan crítico como antes.
De hecho, le daba a Kirk la oportunidad de proporcionarle a su tripulación un poco del descanso y relajación que había intentado brindarles la misión de exploración científica original. También serviría a otro propósito, porque la Morada tenía intención de solicitar su ingreso como miembro dentro de la Federación... y los permisos de tierra de los minuciosamente informados miembros de la Flota Estelar les proporcionaría un interesante camino de dos direcciones de información y entendimiento.
Dado que el personal de la Enterprise que bajara a Mercan estaría sujeto al Código, la mejor persona para informarle era Lenos, primer procurador de la Morada. Lenos sólo tuvo que hacerlo una vez. Kirk le asignó a Uhura la tarea de hacer una grabación del informe para enseñársela a todos los tripulantes antes del descenso. La grabación no sólo les brindaba la necesaria información sobre la ultra cortés cultura de Mercan a los miembros de la Enterprise –algunos de los cuales provenían de culturas planetarias que eran más bien relajadas y francas en comparación–, sino que le proporcionaba a Kirk un valioso documento que llevar de vuelta.
Naturalmente, se producían enfrentamientos, como ocurre siempre cuando interactúan dos culturas enormemente diferentes. Pero la orden general de Kirk era la de llevar las pistolas fásicas a la vista, programadas para paralizar, con severas penalizaciones para todos los miembros de la tripulación que dispararan contra un mercaniano con cualquier otro programa. A pesar de lo toscas que eran las armas de fuego de los mercanianos, algunos de ellos resultaron ser unos tiradores razonablemente buenos. Bones McCoy tuvo que remendar unos cuantos agujeros en algunos miembros de la tripulación, y extraer balas de acero de otros, incluyendo al escrutable señor Sulu, que no era el samurai que él creía ser...
Pero Sulu regresó a bordo con una magnífica colección de armas de fuego mercanianas que había trocado por una parte de su colección de espadas terrícolas. De alguna misteriosa manera, consiguió que varios de los atareados miembros del equipo de ingeniería de Scotty, le montaran una tosca sala de tiro en el segundo casco. Kirk no descubrió aquélla hasta mucho después, aunque Sulu le regaló los oídos a su capitán con las glorias de coleccionar armas de fuego mercanianas.
Pasaron varias semanas. Las reparaciones del motor hiperespacial eran realmente extensas, y no se veían mejoradas por las dificultades que presentaba el conjugar la tecnología de la Flota Estelar con la mercaniana.
–Estoy subiendo a bordo grandes cantidades de esos cristales de dilitio de baja concentración, capitán. Hemos fabricado una unidad que utiliza paralelamente varios de ellos, y podremos hacerlas funcionar como unidades de reserva. No quiero confiar este largo viaje a unos cristales de dilitio cuya estructura podría haberse visto alterada por la tensión del gran salto gravitacional que nos trajo hasta aquí.
–¿Para cuando cree que podemos planear la partida, Scotty? –quiso saber Kirk. Las cosas parecían estar saliendo bien en Mercan, y Kirk deseaba volver a ponerse en ruta. Cuando antes regresaran a la Base Estelar Cuatro y cuanto antes pudiera la Federación enviar otra nave a Mercan, mucho mejor. Puede que en aquel momento estuviera funcionando el Acuerdo de la Enterprise, pero sólo Kirk sabía lo frágil que podía hacerse si la Federación no respondía con su presencia al cabo de poco tiempo.
Scott le enseñó cuatro dedos de la mano derecha.
–Cuatro días... si puedo conseguir que la maldita tecnología de los mercanianos coincida con la nuestra. Tengo muchísimas pruebas que hacer...
–¿Entonces todo ha sido básicamente reparado?
–Sí, pero no sé si funcionará.
–Señor Scott, saldremos de órbita dentro de seis turnos y continuaremos con energía impulsora para que pueda hacer sus pruebas por el camino –le ordenó Kirk.
–Capitán, si algo estalla vamos a tener problemas.
–Nada estallará, Scotty. Usted es un ingeniero demasiado bueno como para permitir que ocurra algo así.
Kirk sabía que cualquier probabilidad de problemas en los motores era posible pero remota. Sería una preocupación hasta que la nave superara el factor hiperespacial uno, pero Kirk estaba dispuesto a arriesgarse.
Le preocupaba mucho más la ruta de regreso. Si se encontraban con la turbulencia gravitacional extrema que antes los había llevado hasta la Morada, podría significar auténticos problemas con un motor hiperespacial chapuceramente arreglado... que era lo que Kirk lo consideraría hasta que Scotty tuviera la oportunidad de repasarlo minuciosamente con los sofisticados equipos de la Base Estelar Cuatro. Puso a Spock, Sulu y Chekov a trabajar en el problema de regresar al brazo de Orión de la forma más segura y rápida.
–No veo problema ninguno, capitán –observó Spock con tono de indiferencia–. Habiendo pasado una vez por dicho plegamiento gravitacional, estoy al tanto de las indicaciones de los sensores que preceden al acontecimiento. Como resultado de ello, puedo darle la seguridad de que estaré muy alerta verdaderamente para asegurarme de que no vuelva a ocurrir.
–Eso ya lo sé, Spock. Pero asegurémonos de antemano.
La partida de Mercan fue, como Kirk esperaba y deseaba que fuese, un acontecimiento formal en el mejor sentido de la cortesía mercaniana. La primera ceremonia tuvo lugar en el atrio de la villa de los guardianes que dominaba el océano de color vino oscuro que envolvía a Celerbitan. Primero se intercambiaron regalos; Kirk le dio a Pallar–. un sensor y recibió del guardián un control de desplazamiento elaboradamente decorado. Aquel control sería de gran interés para los técnicos de la Federación, y Kirk sabía que los miembros de la Técnica se lanzarían sobre el sensor y le darían a Mercan la primera tecnología de comunicaciones/información, aparte de las computadoras de los sistemas de desplazamiento, comercial y educacional que ya poseían. No hubieron banderas, ni himnos, ni salvas de veintiún cañonazos; esas cosas no formaban parte del protocolo mercaniano. Pero fue diferente en el caso de la segunda ceremonia que se celebró en el jardín recreativo de la cubierta 8 de la Enterprise, sitio al que Kirk, Spock, McCoy y Scotty fueron transferidos junto con los mercanianos. Allí había una guardia de honor, la bandera de la FPU y un himno. Esas cosas hubieran formado parte del escenario diplomático del cuartel general de la FPU, y Kirk no tenía otra alternativa que la de seguir con la tradición allí, a pesar de lo mucho que se diferenciaba de la mercaniana.
Kirk no se sorprendió cuando Pallar–., Lenos y Thallan, en representación de las tres principales organizaciones de Mercan, les presentaron a los dos embajadores nombrados para representar, en aquel viaje, a Mercan ante la Federación: Delin y Orun.
–Sé que usted los conoció en primer lugar a los dos como jóvenes rebeldes de la Técnica –explicó Pallar–.–, pero, como ya sabe usted, habrían sido unos guardianes sobresalientes de no ser por su excesiva curiosidad. Con el Acuerdo de la Enterprise, eso ya no constituye ninguna diferencia. Yo creo que son lo bastante inteligentes y tienen unas mentes lo suficientemente abiertas como para representar apropiadamente a la Morada ante la Federación... y más bien les envidio las cosas que van a ver y aprender.
–Tendremos muchas cosas que contar a nuestro regreso –prometió Delin.
–Y esta vez, creo que todos vosotros las creeréis –agregó Orun.
Cuando los tres líderes mercanianos fueron transferidos de vuelta a su planeta, Kirk volvió con gran alivio a su papel de capitán de nave espacial. Sin embargo, recordó su papel diplomático el tiempo suficiente como para preguntar:
–Delin, ¿les gustaría a usted y Orun observar la partida desde el puente?
No le hacía falta preguntarlo.
Una vez de vuelta en su sillón de mando, Kirk supo con toda seguridad que regresaban a casa, a pesar de las extrañas y a veces desconcertantes reparaciones realizadas por Scotty con ayuda de los mercanianos. Conocía a su nave. Sabía que estaba preparada para viajar entre las estrellas. Con satisfacción, recorrió el puente con la mirada.
–Informe de partida, por favor.
Chekov no levantó los ojos.
–Curso trazado y a punto.
Sulu sí se volvió y le dedicó a Kirk una breve sonrisa.
–Preparados para abandonar la órbita, señor.
Kirk pulsó un botón del brazo de su asiento.
–Señor Scott, ¿qué dice usted?
–Tan preparados como nunca, capitán.
Kirk se volvió hacia Uhura, que se hallaba impasiblemente sentada ante su terminal.
–Me temo que no la hemos mantenida muy ocupada durante esta misión, teniente –observó.
–No se preocupe por ello, capitán. Me ha venido bien el descanso –replicó Uhura con una sonrisa.
–Bien, volveremos a darle trabajo. Ponga a Mercan en la pantalla principal y manténgalo allí mientras abandonamos la órbita.
–Sí, señor.
Spock estaba apaciblemente sentado, con las puntas de los dedos juntas formando un techo a dos aguas.
–Señor, la nave está preparada en todas sus secciones para el vuelo espacial.
–Gracias, señor Spock. Señor Sulu, energía impulsora. Abandonemos la órbita. Acelere hasta factor hiperespacial cero coma noventa y cinco a informe cuando lo alcancemos.
–Todo adelante con energía propulsora. Acabamos de abandonar la órbita.
Al principio fue lento, pero podía verse cómo la imagen de Mercan se hacía cada vez más pequeña a medida que la Enterprise se alejaba gradualmente con los motores de propulsión.
–Tienen una hermosa morada –les dijo Kirk a los dos jóvenes diplomáticos–. Estoy seguro de que será un miembro muy bienvenido dentro de la Federación.
La voz de Orun era un poco insegura, y Kirk advirtió que Delin tenía una lágrima a punto de caer.
–No se parece en absoluto a utilizar el desplazador por primera vez; es casi como llegar a la edad responsable y abandonar el hogar para establecer uno nuevo.
Delin simplemente se frotó el ojo y agregó.
–Bueno, Orun, ¿se parece en algo a lo que imaginaste que sería en aquella discusión que te llevó a un enfrentamiento con Othol... y que fue interrumpida por la llegada del capitán Kirk?
El joven mercaniano miró a su compañera.
–No, en absoluto. Y por favor, no vuelvas a recordarme eso, porque erré el tiro de forma escandalosa...
–Me alegro de que erraras –admitió Delin.
El turboascensor se abrió con un suspiro, y entró el doctor McCoy a realizar la visita que solía hacer al puente después de cada partida, un ritual que raras veces pasaba por alto como no tuviera trabajo serio que llevar a cabo en la enfermería. Avanzó hasta colocarse junto al sillón de mando y observó cómo la imagen de Mercan disminuía en la pantalla.
–Felicitaciones, Jim. No todos los capitanes de nave estelar consiguen traer a la Federación civilizaciones completamente nuevas.
–Bones, no fue fácil.
–Conociéndolo, nunca tuve ni la más leve duda de que se las arreglaría para conseguirlo.
–Lo hice.
–Ya sé que lo hizo. Soy responsable de revisar periódicamente el diario del capitán.
Kirk asintió, mientras observaba a Mercan disminuir de tamaño en la pantalla.
–Bones, en algunos sentidos aún me siento como Hernando Cortés o Francisco Pizarro...
–¿De veras? Me parece a mí que hubieron otros capitanes que descubrieron civilizaciones nuevas y consiguieron llevar a cabo la integración de esas culturas en la corriente principal –observó quedamente McCoy–. ¿Ha considerado alguna vez la posibilidad de compararse con el comodoro Matthew C. Perry?
Spock abandonó la terminal de la biblioteca de la computadora, y avanzó hasta colocarse al otro lado del sillón de mando.
–Si esto lo hará sentir algo mejor, capitán, Mercan tenía muchísimas probabilidades de ser descubierto por la Federación debido a que se halla directamente en la ruta de las actividades de exploración y colonización del interior del brazo de Sagitario que en cualquier caso hubiera seguido la Federación. Nuestro descubrimiento de Mercan cae perfectamente dentro del límite de tres sigma de las probabilidades de su descubrimiento durante el presente siglo...
–Y supongo que esa jerga estadística cae también dentro del mismo límite de tres sigma que citó usted cuando quería hacerle cosquillas a Mercaniad, Spock –intervino McCoy con tono cáustico.
–Doctor, me sorprende que no emplee usted más evaluación estadística en su trabajo médico. A pesar de que aprecio los esfuerzos que realizó para reconstruirme la mano derecha, debo decirle que me sentí espantado cuando no fue usted capaz de proporcionarme ningún dato estadístico respecto a si podría o no volver a utilizarla...
–Spock, yo no llevo mi enfermería de esa forma. Cuando hago un trabajo de reconstrucción quirúrgica como el de su mano, yo sé que va a salir bien. No necesito ninguno de sus análisis estadísticos para saber si estoy o no haciendo bien mi trabajo... Por supuesto, es probable que su labor sea diferente...
–¡Caballeros... caballeros! –protestó Kirk–. Déjenme agregar que resulta evidente que ninguno de ustedes ha aprendido nada del diplomático amaneramiento de la cultura mercaniana.
–Muy por el contrario, capitán –replicó Spock–. Yo he encontrado que la cultura mercaniana es tremendamente lógica. Como señaló el propio doctor McCoy, los mercanianos son similares a los vulcanianos, especialmente en lo que respecta a los procesos de pensamiento lógico. Y podría agregar, capitán, que manejó usted toda la situación de Mercan de forma totalmente lógica.
–Gracias por el elogio, señor Spock.
–No existe ninguna razón lógica para darme las gracias, capitán.
–¡Spock, ya empezamos otra vez! –estalló McCoy con tono de frustración–. ¿Es que es incapaz de aceptar la simple y llana gratitud?
–Doctor –dijo lentamente Spock–, la gratitud es una emoción que significa resentimiento, otra emoción ilógica.
–Capitán, estamos alcanzando el factor hiperespacial cero coma noventa y cinco. En espera de los motores hiperespaciales –anunció Sulu desde el timón.
Kirk pulsó el botón de intercomunicación con la sala de máquinas.
–Scotty, ¿cuál ha sido el resultado de sus pruebas? –Creo que funcionará, capitán.
–¿Está usted seguro, Scotty? Se produjo un breve silencio.
–Sí, capitán. He hecho todo lo posible por la nave. Está preparada.
–Visión de avance en la pantalla principal –ordenó Kirk.
–Visión de avance –replicó Uhura.
En la pantalla no se veían estrellas, sino sólo la banda de Orión ante la nave.
–Timonel, acelere hasta factor hiperespacial dos.
–Alcanzando factor hiperespacial dos.
Sólo se produjo un breve estremecimiento en la Enterprise. La banda de luz que era el brazo galáctico se abrió en el centro, se ensanchó en el arco estelar de las velocidades relativistas, y desapareció tras un parpadeo, para ser reemplazada rápidamente por la escena generada por computadora según la reconstruía por las emisiones estelares subespaciales.
–Sala de máquinas, informe.
–Está funcionando maravillosamente, capitán –fue la obviamente deleitada réplica de Scotty.
–Señor Sulu, acelere hasta factor hiperespacial seis. Kirk se levantó de su asiento de mando.
–Nos vamos a casa –dijo con voz queda, tanto para su tripulación como para su nave.

FIN
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