Google+ Badge

Google+ Followers

Infolinks In Text Ads

.

Enter your email address:

Delivered by FeedBurner

.

GOTICO

↑ Grab this Headline Animator

Creative Commons License Esta obra es publicada bajo una licencia Creative Commons. PELICULAS PELICULAS on line JUEGOS BEN 10 VIDEOS + DIVERTIDOS LA BELLA SUDAFRICA RINCONES DEL MUNDO COSMO ENLACES DIRECTORIO PLANETARIO CREPUSCULO CORTOS DE CINE SALIENDO DEL CINE SERIES Carro barato japon Cursos first certificate en bilbao
INFOGRAFIA ESTORES ALQUILER DE AUTOS EN LIMA HURONES POSICIONAMIENTO WEB ¡Gana Dinero con MePagan.com! Herbalife Amarres de amor Union de parejas Desarrollo de software a medida Bolas chinas Comprar en china Amarres de Amor Hosting Peru Noticias Anime Actualidad de cine Ver peliculas

Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

-

-

.

-

Seguidores

martes, 8 de diciembre de 2009

LA CALAVERA

LA CALAVERA
Philip K. Dick

-

- ¿De qué oportunidad me habla? - preguntó Conger -. Siga. Me interesa.
La habitación estaba en silencio; todas las miradas convergían en Conger, todavía vestido con el uniforme carcelario. El Portavoz se inclinó hacia adelante poco a poco.
- Antes de que fueras a prisión, tus negocios funcionaban muy bien... Todos ilegales, todos lucrativos. Ahora no tienes nada, excepto la perspectiva de pasarte otros seis años encerrado en una celda.
Conger frunció el entrecejo.
- Nos encontramos ante una situación muy importante para este Consejo, que requiere tus peculiares habilidades. Por otra parte, se trata de una situación que quizá te interese también a ti. Eras cazador, ¿no? Conoces bien la técnica de seguir rastros, de emboscarte en los matorrales y de acechar por la noche, ¿verdad? Imagino que la caza ha de proporcionarte muchas satisfacciones...
Conger suspiró. Se mordió los labios.
- De acuerdo - dijo -. Suéltelo. Vaya al grano. ¿A quién quiere que mate?
- Todo a su tiempo - sonrió suavemente el Portavoz.
El coche se detuvo. Era de noche; la calle estaba a oscuras. Conger miró por la ventanilla.
- ¿Dónde estamos? ¿Qué sitio es éste?
El guardia le apretó el brazo.
- Vamos. Por esa puerta.
Conger pisó el suelo húmedo de la calle. El guardia se deslizó con celeridad detrás de él, seguido por el Portavoz. Conger aspiró una bocanada de aire frío. Examinó el contorno sombrío del edificio al que se dirigían.
- Conozco este lugar. Lo he visto antes. - Entrecerró los ojos, que se iban adaptando a la oscuridad. Repentinamente, se puso rígido -. Esto es...
- Sí. La Iglesia Primera. - El Portavoz se encaminó hacia la escalera -. Nos esperan.
- ¿Nos esperan? ¿Aquí?
- Sí. - El Portavoz comenzó a subir los peldaños -. Ya sabes que no se nos permite la entrada, especialmente con pistolas. - Se detuvo. Dos soldados armados le salieron el paso -. ¿Todo en orden?
El Portavoz sostuvo sus miradas. Los soldados asintieron con la cabeza. La puerta de la iglesia se abrió. Conger divisó en el interior más soldados, jóvenes con los ojos bien abiertos que contemplaban los iconos y las imágenes sagradas.
- Empiezo a entender - dijo.
- Era necesario - dijo el Portavoz -. Como sabes, nuestras relaciones en el pasado con la Iglesia Primera han sido singularmente desafortunadas.
- No creo que esto las mejore.
- Pero vale la pena, ya lo verás.

Atravesaron el vestíbulo y entraron en la cámara principal, donde estaban el altar y los reclinatorios. El Portavoz dedicó una mirada distraída al altar cuando pasaron por delante. Empujó una pequeña puerta lateral y le hizo una señal a Conger.
- Por aquí, no tenemos tiempo que perder. Los fieles no tardarán en congregarse.
Conger parpadeó y obedeció. Se encontraban en una cámara pequeña, de techos bajos y paneles oscuros de madera vieja. Olía a cenizas y a especias humeantes.
- ¿Qué es este olor? - preguntó.
- Cálices, o algo así. No lo sé. - El Portavoz cruzó con impaciencia la estancia -. Según nuestros informes, está escondido por aquí...
Conger paseó la vista por la cámara. Vio libros y legajos, símbolos sagrados e imágenes. Un extraño estremecimiento recorrió su cuerpo.
- ¿Mi trabajo se relaciona con alguien de la Iglesia? Si es así...
- ¿Es posible que creas en el Fundador? - preguntó con sorna el Portavoz -. ¿Es posible que un cazador, un asesino...?
- No, por supuesto que no. Todos esos discursos sobre la resignación ante la muerte, la no violencia...
- ¿Qué pasa, pues?
- Me enseñaron a no mezclarme con esta gente. Poseen poderes extraños. Y es imposible hacerles razonar.
El Portavoz estudió a Conger detenidamente.
- Te equivocas. No nos interesa ninguno. Llegamos a la conclusión de que matarles sólo sirve para incrementar su número.
- Entonces, ¿por qué hemos venido? Larguémonos.
- No, nuestra misión es importante. Hemos venido a buscar algo que te servirá para identificar a tu hombre, imprescindible para localizarle. - El Portavoz esbozó una sonrisa -. No queremos que mates a otro. Es demasiado importante.
- No fallaré. - Conger hinchó el pecho -. Escuche, Portavoz...
- La situación es insólita. La persona que has de perseguir..., la persona que te mandamos a buscar..., sólo puede ser identificada mediante ciertos objetos que se encuentran aquí. Son simples indicios, los únicos datos de que disponemos. Sin ellos...
- ¿Qué clase de objetos son?
Avanzó un paso hacia el Portavoz. Éste se apartó un poco.
- Mira. - Corrió una sección de la pared y quedó al descubierto un hueco cuadrado y oscuro -. Mira dentro.
Conger se agachó y forzó la vista. Frunció el ceño con desagrado.
- ¡Una calavera! ¡Un esqueleto!
- El hombre que has de perseguir ha estado muerto durante doscientos años - dijo el Portavoz -. Eso es todo cuanto queda de él, lo único que tienes para encontrarle.
Conger estuvo callado largo rato. Contempló la osamenta, apenas visible en el nicho oculto tras la pared. ¿Cómo podría matar a un hombre muerto hacía siglos? ¿Cómo podría seguir su pista, abatirlo?
Conger era un cazador. Había vivido a su manera, en los lugares que le apetecían. Había conseguido mantenerse vivo comerciando con pieles que traía en su propia nave desde las Provincias, burlando el cinturón de aduanas de la Tierra.
Había cazado en las grandes montañas de la Luna. Había merodeado por las ciudades vacías de Marte. Había explorado...
- Soldado, coja esos objetos y llévelos al coche - ordenó el Portavoz -. Procure no perder nada.
El soldado se introdujo en el hueco con cautela y se acuclilló.
- Confío - susurró el Portavoz a Conger - en que nos demostrarás tu lealtad. Los ciudadanos siempre cuentan con medios para regenerarse, para demostrar su devoción a nuestra sociedad. Creo que cuentas con una excelente oportunidad. Dudo que tengas otra mejor. Y tus esfuerzos merecerán una generosa compensación, por supuesto.
Los dos hombres intercambiaron una mirada; Conger, delgado y andrajoso, el Portavoz, inmaculado en su uniforme.
- Entiendo - dijo Conger -. Quiero decir que entiendo lo de la oportunidad. Pero ¿cómo puede un hombre muerto hace siglos ser...?
- Te lo explicaré después. Ahora tenemos que irnos.
El soldado se había marchado con los huesos, envueltos cuidadosamente en una manta. El Portavoz se encaminó hacia la puerta.
- Vamos. Ya habrán descubierto nuestra irrupción, y se presentarán en cualquier momento.
Bajaron corriendo los húmedos escalones y entraron en el coche. Un segundo más tarde, el conductor elevó el coche en el aire, sobre los tejados de las casas.

El Portavoz se acomodó en el asiento.
- La Iglesia Primera tiene un interesante pasado - empezó -. Imagino que lo conoces, pero me gustaría hacer hincapié en algunos puntos.
»El Movimiento se inició en el siglo veinte, durante alguna de las guerras periódicas. El Movimiento se extendió con suma rapidez, abonado por la opinión general acerca de la inutilidad de la guerra y de que cada una daba pie a otra peor, sin que se adivinara el final. El Movimiento aportó una respuesta muy sencilla al problema: sin preparativos militares, sin armas, no habría guerra. Y sin maquinarias ni la compleja tecnocracia científica no habría armas.
»El Movimiento sostenía que no era posible detener la guerra ayudando a planificarla. Sostenía que el hombre estaba sometido a esta maquinaria y a esta ciencia, que se le escapaban de las manos y le empujaban a guerras cada vez más feroces. Abajo la sociedad, gritaron. Abajo las fábricas y la ciencia. Unas cuantas guerras más y quedaría muy poca cosa del mundo.
»El Fundador era un oscuro personaje procedente del Medio Oeste de Estados Unidos. Ni siquiera conocemos su nombre. Todo lo que sabemos es que un día apareció predicando la doctrina de la no violencia, la no resistencia; no a la guerra, no a los impuestos para fabricar armas, no a la investigación, excepto la dedicada a la medicina. Vive pacíficamente, cuida tu jardín, apártate de la política; dedícate a lo tuyo. Pasa desapercibido, no te enriquezcas. Reparte tus posesiones, abandona la ciudad. Al menos, eso es lo que se desprendía de sus palabras.
El coche descendió y aterrizó en un tejado.
- El Fundador predicó esta doctrina, o su germen; ignoramos lo que los fieles añadieron. Las autoridades locales le detuvieron en seguida, por supuesto. Aparentemente, estaban convencidas de que lo decía en serio; nunca se le volvió a ver. Fue ejecutado, y su cuerpo enterrado en secreto. Parecía que de esta manera se terminaba con el culto - sonrió el Portavoz -. Por desgracia, algunos de sus discípulos afirmaron haberle visto después de la fecha de su muerte. El rumor se extendió; había vencido a la muerte, era divino. Se propagó por todas partes. Y aquí estamos hoy, con una Iglesia Primera que obstruye todo el progreso social, destruye la sociedad, siembra la anarquía...
- ¿Qué pasó con las guerras? - preguntó Conger.
- ¿Las guerras? Bien, no hubo más guerras. Hay que reconocer que la eliminación de las guerras fue consecuencia directa de la no violencia practicada a escala general. Sin embargo, hoy podemos contemplar la guerra desde una perspectiva más objetiva. ¿Qué hay de malo en la guerra? Posee un profundo valor selectivo, perfectamente concordante con los postulados de Darwin, Mendel y otros. Sin guerras, una masa de seres incompetentes e inútiles, carentes de educación y de inteligencia, se expande incontroladamente. La guerra reducía su número; era una forma natural, como los huracanes, los terremotos y las inundaciones, de eliminar a los ineptos.
»Sin guerras, los elementos más rastreros de la humanidad proliferan a su antojo. Representan una amenaza para los escasos instruidos, para los que practican la ciencia, los únicos preparados para dirigir la sociedad. Desprecian la ciencia, o la sociedad científica, basada en la razón. Y este Movimiento trata de ayudarles y encubrirles. Sólo cuando los científicos controlen por completo el... - consultó su reloj y abrió la puerta del coche -. Te contaré el resto mientras caminamos.
Atravesaron el tejado en penumbra.
- Habrás adivinado de quién son esos huesos, a quién tienes que perseguir. Este Fundador, este ignorante del Medio Oeste, ha estado muerto dos siglos exactos. Es una pena que las autoridades de su tiempo actuaran con tanta lentitud. Le permitieron hablar y dar a conocer su mensaje. Le permitieron predicar, fundar un culto. Y ya no hubo forma de pararlo.
»Pero ¿y si hubiera muerto antes de predicar, antes de exponer su doctrina? Por lo que sabemos, sólo le llevó un momento divulgarla. Dicen que habló una vez, sólo una vez. Luego llegaron las autoridades y le arrestaron. No se resistió; apenas un pequeño incidente.
El Portavoz se giró hacia Conger.
- Pequeño, pero aún padecemos las consecuencias.
Entraron en el edificio. Los soldados ya habían depositado el esqueleto sobre una mesa. Los soldados se mantenían firmes alrededor, con una expresión ardiente en sus rostros juveniles.
Conger se abrió paso entre ellos y se acercó a la mesa. Se inclinó y examinó los huesos.
- Así que esto es lo que queda - murmuró -. El Fundador. La Iglesia lo ha ocultado durante doscientos años.
- En efecto - replicó el Portavoz -, pero ahora está en nuestro poder. Acompáñame.
El Portavoz abrió una puerta. Unos técnicos levantaron la vista. Conger vio máquinas que zumbaban y giraban; mesas de trabajo y retortas. En el centro de la sala había una reluciente jaula de cristal.
El Portavoz tendió a Conger una pistola Slem.
- Recuerda que la calavera debe volver en perfecto estado... para comparar y sentar la prueba definitiva. Apunta bajo..., al pecho.
Conger sopesó el fusil.
- Parece bueno - comentó -. Conozco este modelo..., quiero decir que ya lo había visto, aunque no llegué a utilizarlo.
- Recibirás instrucciones sobre el uso del fusil y el funcionamiento de la jaula. Te proporcionarán todos los datos de que disponemos acerca de la hora y el lugar. El punto exacto se llamaba Hudson's Field, una pequeña comunidad en las afueras de Denver, Colorado. Ocurrió en mil novecientos sesenta. Y no lo olvides..., sólo podrás identificarlo mediante este cráneo. Advertirás características visibles en los dientes delanteros, especialmente en el incisivo izquierdo...
Conger escuchaba sin prestarle mucha atención. Observó cómo dos hombres vestidos de blanco introducían cuidadosamente la calavera en una bolsa de plástico. La ataron y la pusieron en la jaula de cristal.
- ¿Y si me equivoco?
- ¿Matando a otro? Sigues buscando. No vuelvas hasta encontrar a ese Fundador. Y no esperes a que abra la boca; ¡tienes que impedirlo! Adelántate. No te arriesgues; dispara en cuanto creas que lo has encontrado. Es probable que se trate de un forastero en la zona. Parece ser que nadie le conocía.
Conger continuaba absorto en sus pensamientos.
- ¿Estás seguro de que no te falta nada? - preguntó el Portavoz.
- Sí, creo que sí.
Conger entró en la jaula de cristal y se sentó con las manos al volante.
- Buena suerte - dijo el Portavoz -. Todos esperamos que triunfes. Existen algunas dudas filosóficas sobre si es posible o no alterar el pasado. Ahora obtendremos la respuesta de una vez por todas.
Conger palpó los controles de la jaula.
- Por cierto - advirtió el Portavoz -, no intentes utilizar esta jaula para otros propósitos que los mencionados. La controlamos constantemente. Si queremos que regrese, lo podemos hacer. Buena suerte.
Conger no dijo nada. Cerraron la jaula. Levantó un dedo y pulsó el control del volante. Lo giró poco a poco.
Estaba mirando todavía la bolsa de plástico cuando la sala se desvaneció.
No vio nada durante un largo período de tiempo, nada más allá del cristal de la jaula. Los pensamientos se atropellaban en su mente. ¿Cómo reconocería al hombre? ¿Cómo se aseguraba antes de actuar? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo se llamaba? ¿Cómo se habría comportado antes de hablar? ¿Sería una persona vulgar o un extranjero chiflado?
Conger cogió el fusil Slem y lo apretó contra su mejilla. El metal era frío y liso. Lo movió para comprobar la mira. Era un fusil muy bello, la clase de fusil del que podía enamorarse. Ojalá lo hubiera tenido en el desierto marciano, en las largas noches que pasó aterido, acechando las cosas que se movían en la oscuridad...
Puso el fusil en el suelo y ajustó los contadores de la jaula. La niebla que daba vueltas en espiral empezó a condensarse y a consolidarse. Al instante se vio rodeado de formas que oscilaban y fluctuaban.
Colores, sonidos y movimientos se infiltraron a través del cristal. Desconectó los controles y se puso en pie.
Se encontraba sobre un promontorio que dominaba una pequeña ciudad. Era mediodía. Un aire fresco y vivificante acarició su rostro. Algunos automóviles se deslizaban por la carretera. Distinguió tierras cultivadas en la lejanía. Respiró intensamente y volvió a la jaula.
Examinó sus rasgos ante el espejo. Se había recortado la barba (no habían conseguido que se la afeitara) y lavado el pelo. Iba vestido a la moda de la segunda mitad del siglo XX, con aquellos extravagantes cuellos, chaquetas y zapatos de piel de animal. Llevaba dinero de la época en el bolsillo. No necesitaba nada más. Excepto su habilidad y su instinto especial, aunque nunca los había utilizado en circunstancias semejantes.
Caminó por la carretera hacia la ciudad.
Lo primero que le llamó la atención fueron los periódicos. Día 5 de abril de 1961. No estaba muy lejos. Paseó la vista a su alrededor. Había una gasolinera, un garaje, algunos bares y una tienda de chucherías. Al final de la calle divisó una verdulería y algunos edificios públicos.
Pocos minutos después subió la escalera de la pequeña biblioteca pública y penetró en su cálido interior.
La bibliotecaria levantó la vista y sonrió.
- Buenos días - dijo.
Le devolvió la sonrisa sin atreverse a hablar; no utilizaría las palabras correctas y le denunciaría su acento extraño. Se acercó a una mesa y tomó asiento frente a una pila de revistas. Las hojeó unos instantes. Después volvió a ponerse de pie. Se dirigió hacia una gran librería apoyada en la pared. Los latidos de su corazón se aceleraron.
Periódicos..., semanas enteras. Cogió un montón, se los llevó a la mesa y empezó a estudiarlos rápidamente. La impresión era rara, las letras singulares. Desconocía algunas palabras.
Apartó los periódicos y fue a buscar más. Por fin encontró lo que buscaba. Se apoderó de la Cherrywood Gazette y la abrió por la primera página:

UN PRISIONERO SE AHORCA
Un hombre no identificado, arrestado en la oficina del sheriff del condado como sospechoso de sindicalismo criminal, fue encontrado muerto esta mañana por...

Finalizó el artículo. Era vago e inconsistente. Necesitaba más. Devolvió la Gazette a los estantes y, tras un momento de duda, abordó a la bibliotecaria.
- ¿Más? - preguntó -. ¿Más periódicos? ¿Antiguos?
- ¿Cuáles? - La mujer frunció el ceño -. ¿De qué año?
- De hace meses. Y... de antes.
- ¿De la Gazette? Es el único que tenemos. ¿Qué quiere? ¿Qué está buscando? Quizá podría ayudarle.
Conger permaneció en silencio.
- Encontrará ejemplares más antiguos en las oficinas de la Gazette - dijo la mujer quitándose las gafas -. ¿Por qué no lo prueba? Aunque, si me lo dijera, quizá podría ayudarle...
Conger se marchó.
La oficina de la Gazette estaba en una calle lateral, de aceras resquebrajadas y agrietadas. Una estufa ardía en un rincón de la diminuta oficina. Un hombre corpulento se levantó y se acercó sin prisas al mostrador.
- ¿Qué desea, señor?
- Periódicos antiguos. Un mes. O más.
- ¿Para comprarlos? ¿Quiere comprarlos?
- Sí.
Sacó unos billetes. El hombre parpadeó.
- Claro - dijo -, claro. Espere un momento. - Salió corriendo de la habitación. Cuando volvió, se tambaleaba bajo el peso que transportaba, tenía la cara roja y sudorosa -. Aquí tiene algunos. Cogí lo que pude. Abarca todo el año. Y si quiere más...
Conger salió con los periódicos. Se sentó en el bordillo de la acera y los repasó.
Encontró lo que deseaba cuatro meses atrás, en diciembre. Era un artículo tan escueto que casi no reparó en él. Sus manos temblaban al leerlo. Utilizó un diccionario de bolsillo para algunos de los términos arcaicos.

HOMBRE ARRESTADO POR MANIFESTACIÓN PÚBLICA ILEGAL
Un hombre no identificado que rehusó dar su nombre fue detenido en Cooper Creek por agentes especiales de la oficina del sheriff, siguiendo órdenes del sheriff Duff. Dijeron que el hombre había sido descubierto recientemente en esta zona y vigilado de cerca.
Fue...

Cooper Creek. Diciembre de 1960. Su corazón latió con violencia. Era todo cuanto necesitaba saber. Se irguió con un estremecimiento y golpeó el frío suelo con los pies. El sol se había desplazado hasta el límite de las colinas. Sonrió. Ya había descubierto el lugar y el día exactos. Le bastaba con retroceder, quizá hasta noviembre, a Cooper Creek...
Caminó de vuelta atravesando el centro de la ciudad. Dejó atrás la biblioteca y la verdulería. No sería difícil; lo más difícil ya estaba hecho. Iría al pueblo, alquilaría una habitación y aguardaría la aparición del hombre.
Dobló una esquina. Una mujer cargada de paquetes salía por una puerta. Conger se desvió para dejarla pasar. La mujer le miró. Palideció de súbito. Clavó la vista en él con la boca abierta.
Conger se alejó a toda prisa. Miró por encima del hombro. ¿Qué le pasaba a la mujer? Aún seguía observándole; había soltado los paquetes. Conger caminó más rápido. Dobló otra esquina y subió por una calle lateral. Cuando miró atrás de nuevo vio que la mujer había llegado a la entrada de la calle. Se le unió un hombre y los dos corrieron hacia él.
Se escabulló y abandonó la ciudad en dirección a las colinas. Cuando llegó a la jaula se detuvo. ¿Qué había ocurrido? ¿Era su ropa, su indumentaria?
Reflexionó hasta que el sol se puso. Después entró en la jaula.
Conger se sentó ante el volante. Descansó un momento con las manos apoyadas en el mando de control. Luego giró el volante un pocos con la mirada atenta a los datos que le suministraban los medidores.
Un vacío gris le rodeó.
Pero no por mucho tiempo.

El hombre le miró con semblante crítico.
- Será mejor que entre. Hace frío.
- Gracias.
Conger atravesó agradecido el umbral y entró en la sala de estar. Una estufa de queroseno instalada en un rincón mantenía el ambiente cálido y acogedor. Una mujer gruesa e informe, que llevaba un vestido floreado, salió de la cocina. Ambos le examinaron atentamente.
- Se está bien aquí - dijo la mujer -. Soy la señora Appleton. Una buena temperatura, necesaria para esta época del año.
- Sí - asintió, mirando a su alrededor.
- ¿Quiere comer con nosotros?
- ¿Qué?
- ¿Quiere comer con nosotros? - El hombre frunció las cejas -. No es usted extranjero, ¿verdad, señor?
- No - sonrió -. Nací en este país, muy al oeste.
- ¿California?
- No - titubeó -. Oregon.
- ¿Cómo es aquello? - preguntó la señora Appleton -. He oído decir que hay muchos árboles y pasto. Es tan seco esto. Yo provengo de Chicago.
- Esto es el Medio Oeste - explicó su marido -. No es usted un extranjero.
- No, Oregon forma parte de Estados Unidos - respondió Conger.
El hombre aprobó con aire ausente. Miraba la vestimenta de Conger.
- Un traje curioso, señor. ¿Dónde lo compró?
- Es un buen traje. - Conger se sentía desorientado. Se removió inquieto -. Si quiere, me iré.
Ambos levantaron las manos en ademán de protesta. La mujer sonrió.
- Hay que estar atento a esos rojos. Ya sabe que el gobierno no se cansa de advertírnoslo.
- ¿Los rojos? - cada vez estaba más confundido.
- El gobierno dice que están por todas partes. Hemos de denunciar cualquier acontecimiento extraño o anormal, a cualquiera que no se conduzca con normalidad.
- ¿Como yo?
- Bueno, no me parece que sea usted un rojo - dijo el hombre -, pero hay que ser precavido. El Tribuno dice...
Conger apenas escuchaba. Iba a ser más fácil de lo que pensaba. Descubriría al Fundador en cuanto hiciera acto de presencia. Esa gente, tan recelosa de todo lo diferente, murmuraría, correría la voz y pregonaría a los cuatro vientos el acontecimiento. Le bastaría con tener paciencia y los oídos atentos, sobre todo en la tienda del pueblo, o aquí mismo, en la pensión de la señora Appleton.
- ¿Puedo ver la habitación? - preguntó.
- Desde luego. - La señora Appleton fue hacia la escalera -. Estaré encantada de enseñársela.
Subieron al piso superior. Hacía frío, pero no tanto como afuera. No tanto como en las noches de los desiertos marcianos. Lo agradeció vivamente.
Paseó por la tienda mirando las latas de verduras, los congelados de carnes y pescados, relucientes y limpios, que había en los estantes del frigorífico abierto.
Ed Davies se le acercó. `
- ¿Puedo ayudarle? - dijo.
El tipo iba vestido de una forma rara, ¡y llevaba barba! Ed no pudo reprimir una sonrisa.
- Nada - respondió el hombre con voz singular -. Sólo miraba.
- Claro - dijo Ed.
Volvió detrás del mostrador. La señora Hacket se acercó con su carrito.
- ¿Quién es? - susurró, ocultando su rostro anguloso y moviendo la nariz como si olfateara algo -. Nunca le había visto.
- No lo sé.
- Me resulta extraño. ¿Por qué lleva barba? Nadie lleva barba. Debe de pasarle algo.
- A lo mejor le gusta llevar barba. Tenía un tío que...
- Espere. - La señora Hacket se puso rígida -. Ése..., ¿cómo se llamaba? El rojo..., aquel viejo. ¿No llevaba barba? Marx. Llevaba barba.
- Ése no es Karl Marx - rió Ed -. Una vez vi una fotografía.
- ¿De veras? - La señora Hacket le miró con suspicacia.
- De veras - enrojeció un poco -. ¿Y qué?
- Me gustaría saber algo más de él. Creo que deberíamos saber más, por nuestro propio bien.

- ¡Oiga, señor! ¿Quiere subir?
Conger se volvió al instante y bajó la mano hacia el cinturón. Se relajó. Eran dos jóvenes en un coche, un chico y una chica. Les dedicó una sonrisa.
- ¿Subir? Claro.
Entró en el coche y cerró la puerta. Bill Willet puso en marcha el motor y el coche salió disparado hacia la autopista.
- Me gusta ir en coche - comentó Conger -. Iba de paseo hacia la ciudad, pero está más lejos de lo que pensaba.
- ¿De dónde es usted? - preguntó Lora Hunt.
Era bonita, menuda y de piel tostada. Vestía un jersey amarillo y una falda azul.
- De Cooper Creek.
- ¿Cooper Creek? - Bill frunció el ceño -. Qué raro. Nunca le había visto.
- Ah, ¿venís de allí?
- Nací allí. Conozco a todo el mundo.
- Me trasladé desde Oregon.
- ¿Oregon? No sabía que la gente de Oregon tuviera ese acento.
- ¿Tengo acento?
- Habla de una forma curiosa.
- ¿Cómo?
- No lo sé. ¿No es verdad, Lora?
- Se come las palabras - sonrió Lora -. Hable más. Me interesan los dialectos.
Cuando hablaba descubría sus dientes inmaculadamente blancos. Conger sintió que se le encogía el corazón.
- Tengo un defecto en el habla.
- Oh. - Los ojos de la chica se abrieron de estupor -. Lo siento.
Ambos le miraron con curiosidad. Conger, por su parte, se estrujaba el cerebro para hallar la forma de hacerles preguntas sin parecer curioso.
- Creo que no viene mucha gente de fuera por aquí. Forasteros.
- No. - Bill meneó la cabeza -. No muchos.
- Apuesto a que soy el primero en mucho tiempo.
- Yo diría que sí.
- Un amigo mío... - Conger titubeó -, un conocido, me dijo que vendría. ¿Dónde creéis que podría...? - se interrumpió -. ¿Quién podría haberle visto? ¿A quién podría preguntar para no dejar de verle cuando venga?
- Basta con mantener los ojos abiertos. Cooper Creek no es muy grande.
- No, es verdad.
Siguieron el viaje en silencio. Conger observó el perfil de la chica. Probablemente, sería la novia del chico, o su esposa provisional. ¿Habrían adoptado ya el método del matrimonio provisional? No pudo recordarlo. Pero seguro que una chica tan atractiva de esa edad ya tendría un amante; aparentaba unos dieciséis años. Algún día se lo preguntaría, si la volvía a ver.

Conger paseó al día siguiente por la calle principal de Cooper Creek. Pasó frente a la tienda, las dos gasolineras y la oficina de Correos. En la esquina había el bar.
Se paró. Lora estaba dentro, hablando con el dependiente. Reía y se balanceaba atrás y adelante.
Conger empujó la puerta. Una bocanada de aire caliente le azotó el rostro. Lora bebía un batido de chocolate caliente con nata. Alzó la mirada sorprendida cuando él se sentó en la silla contigua.
- Perdone. ¿La molesto?
- No. - La chica agitó la cabeza. Tenía los ojos grandes y negros -. De ninguna manera.
- ¿Qué desea? - le preguntó el empleado.
- Lo mismo que la señorita.
Lora miraba a Conger con los brazos cruzados y los codos apoyados en el mostrador. Le sonrió.
- Por cierto, aún no sabe mi nombre. Lora Hunt.
Ella le tendió la mano. Conger la tomó torpemente, sin saber qué hacer exactamente con ella.
- Mi nombre es Conger.
- ¿Conger? ¿Es el nombre o el apellido?
- ¿El nombre o el apellido? - vaciló -. El apellido. Omar Conger.
- ¿Omar? - rió Lora -. Como el poeta, Omar Khayyam.
- No le conozco. No sé mucho de poetas. Restauramos muy pocas, obras de arte. Sólo la Iglesia se ha interesado lo suficiente...
Cesó de hablar. Ella le miraba fijamente. Conger se sonrojó.
- En el lugar de donde vengo.
- ¿La iglesia? ¿A qué iglesia se refiere?
- La Iglesia.
Estaba confuso. Le sirvieron el chocolate y lo bebió a grandes sorbos, agradecido. Lora no apartaba la vista de él.
- Es usted muy extraño. No le gustó a Bill, pero a Bill no le gusta nada que sea diferente. Es tan..., tan prosaico. ¿No cree que cuando una persona se hace mayor debería... tener unas miras más amplias?
Conger asintió con un gesto.
- Dice que los extranjeros deberían quedarse en su tierra, no venir aquí. Aunque usted no es extranjero. Se refiere a los orientales.
Conger volvió a asentir.
La puerta se abrió a sus espaldas. Bill entró. Les miró.
- Vaya - dijo.
Conger se volvió.
- Hola.
- Vaya. - Bill se sentó -. Hola, Lora. - Miraba a Conger -. No esperaba verle otra vez.
Conger se puso tenso. Sentía la hostilidad del chico.
- ¿Le disgusta?
- No, no especialmente.
Se hizo un silencio. Bill se dirigió a Lora.
- Bueno, vámonos.
- ¿Irnos? - preguntó asombrada -. ¿Por qué?
- ¡He dicho que nos vamos! - La cogió de la mano -. Vamos, el coche está afuera.
- ¡Caramba, Bill Willet, estás celoso!
- ¿Quién es ese tipo? - preguntó Bill -. ¿Qué sabes de él? Mírale, y mira esa barba...
- ¿Y qué? - Los ojos de la chica llamearon de cólera -. ¡Sólo porque no conduce un Packard y vive en Cooper High!
Conger examinó al muchacho. Era alto..., alto y fuerte. Probablemente, formaría parte de alguna organización cívica parapolicial.
- Lo siento - dijo -. Me voy.
- ¿Qué asuntos le han traído a la ciudad? - preguntó Bill -. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué mariposea alrededor de Lora?
Conger miró a la chica y se encogió de hombros.
- Da igual. Ya nos veremos.
Se volvió. Y se inmovilizó. Bill se había movido. Los dedos de Conger volaron hacia el cinturón. «Sólo media descarga - se dijo -. Nada más. Sólo media descarga.»
Apretó. El local se tambaleó a su alrededor. Iba protegido por el forro de su traje, el revestimiento plástico interno.
- Dios mío...
Lora levantó las manos. Conger soltó una palabrota. No deseaba que a ella le sucediera nada, pero se le pasaría. Sólo había utilizado medio amperio. Producía un hormigueo.
Un hormigueo y parálisis.
Salió por la puerta sin mirar atrás. Había llegado casi a la esquina cuando Bill se asomó lentamente, oscilando como un borracho. Conger se fue.

Mientras Conger caminaba por la noche, inquieto, una forma surgió ante él. Se detuvo y contuvo el aliento.
- ¿Quién es? - preguntó una voz de hombre.
Conger aguardó, tenso.
- ¿Quién es? - repitió el hombre.
Agitó algo en la mano. Se encendió una luz. Conger avanzó.
- Soy yo.
- ¿Quién es «yo»?
- Mi nombre es Conger. Resido en la pensión de los Appleton. ¿Quién es usted?
El hombre se aproximó con parsimonia. Llevaba una chaqueta de cuero. Una pistola colgaba de su cintura.
- Soy el sheriff Duff. Me parece que usted es la persona con la que quería hablar. ¿No estaba hoy en Bloom's, hacia las tres?
- ¿Bloom's?
- El bar. Donde los chicos van a holgazanear.
Duff enfocó la linterna en su rostro. Conger parpadeó.
- Aparte ese aparato.
Una pausa.
- Muy bien. - La luz iluminó el suelo -. Usted estaba allí. Hubo una pelea entre usted y el chico de los Willet, ¿no es así? Discutieron sobre esa chica...
- Sí, discutimos - dijo cautelosamente Conger.
- ¿Y qué sucedió después?
- ¿Por qué?
- Digamos que soy curioso. Dicen que usted hizo algo.
- ¿Hice algo? ¿Qué?
- No lo sé, es lo que trato de averiguar. Vieron un destello, y parece que ocurrió algo. Perdieron el conocimiento. No se podían mover.
- ¿Cómo se encuentran?
- Bien.
Hubo un silencio.
- ¿Y bien? - inquirió Duff -. ¿Qué fue? ¿Una bomba?
- ¿Una bomba? - rió Conger -. No, mi mechero ardió. Había un escape y el gas se inflamó.
- ¿Por qué se desmayaron todos?
- Las emanaciones.
Silencio. Conger se agitó, impaciente. Sus dedos se deslizaron hacia el cinturón. El sheriff bajó la vista y gruñó.
- Si usted lo dice... De todas maneras, tampoco sufrieron grandes daños. - Retrocedió unos pasos -. Y, además, ese Willet es un camorrista.
- Entonces, buenas noches - dijo Conger.
Pasó por delante del sheriff.
- Una cosa más, señor Conger, antes de que se vaya. No le importará que compruebe sus documentos de identidad, ¿verdad?
- No, desde luego que no.
Conger metió la mano en el bolsillo y sacó el billetero. El sheriff lo cogió y alumbró con la linterna. Conger le observó sin pestañear. Habían dedicado un arduo trabajo al billetero, examinando documentos históricos, reliquias de la época, todos los papeles que consideraron importantes.
Duff se lo devolvió.
- Muy bien. Siento haberle molestado.
Cuando Conger llegó a la casa, encontró a los Appleton sentados frente al televisor. No levantaron la vista para saludarle. Se apoyó en el marco de la puerta.
- ¿Puedo preguntarles algo? - La señora Appleton ladeó la cabeza al instante -. ¿Puedo preguntarles... cuál es la fecha?
- ¿La fecha? El uno de diciembre.
- ¡El uno de diciembre! ¡Caramba, si estábamos en noviembre!
Ambos le miraron. De pronto, recordó. En el siglo veinte aún utilizaban el viejo sistema de los doce meses. Diciembre seguía a noviembre. Entre los dos no existía cuartiembre.
Tragó saliva. ¡Sería mañana! ¡El dos de diciembre! ¡Mañana!.
- Gracias - dijo -. Muchas gracias.
Subió la escalera. Qué idiota había sido al olvidarse. El Fundador: había sido arrestado el dos de diciembre, según los periódicos. Mañana, dentro de doce horas, el Fundador aparecería para hablar a la gente, y más tarde sería encerrado en una celda.

El día era cálido y luminoso. Los zapatos de Conger hacían crujir la capa de nieve helada. Avanzó entre los árboles cubiertos por un manto blanco. Subió una colina y bajó por la otra ladera, apresurando el paso.
Se detuvo y echó un vistazo alrededor. Todo estaba en silencio. No se veía a nadie. Sacó una varilla de su cintura y giró un mando. Por un momento no sucedió nada. Luego brilló un débil resplandor en el aire.
La jaula de cristal apareció y descendió lentamente. Conger suspiró. Se alegró de verla otra vez. Después de todo, era su único medio de regresar.
Subió al promontorio. Paseó la vista, satisfecho, con los brazos en jarras. Hudson's Field se extendía hasta el inicio de la ciudad. Se veía desnudo y plano, cubierto de una fina película de nieve.
Aquí vendría el Fundador. Aquí les hablaría. Y aquí le detendrían las autoridades.
Sólo que moriría antes de que llegaran. Moriría antes de hablar.
Conger volvió al globo de cristal. Abrió la puerta y entró. Cogió el fusil Slem del estante y colocó el cerrojo en la posición correcta. Estaba preparado para disparar. Reflexionó un instante. ¿Se lo llevaría?
No. Faltaban horas para que el Fundador llegara. ¿Qué pasaría si tropezaba con alguien? Cuando viera al Fundador irrumpir en el campo, iría a buscar el fusil.
Conger miró el estante. Allí estaba el paquete. Lo bajó y lo desenvolvió.
Tomó la calavera entre sus manos y le dio la vuelta. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Al fin y al cabo, era la calavera de un hombre, la calavera del Fundador, que aún seguía con vida, que llegarla dentro de poco, que se pararía en el campo a pocos metros de distancia.
¿Qué pasaría si pudiera ver su propio cráneo, amarillento y corroído? Doscientos años de edad. ¿Osaría hablar? ¿Osaría hablar después de verlo, el viejo y sonriente cráneo? ¿Qué le diría a la gente? ¿Qué mensaje aportaría?
¿Qué acto no sería inútil después de ver la propia, marchita calavera? Lo mejor sería gozar de la vida mientras aún quedara tiempo.
Un hombre que pudiera sostener su propia calavera entre las manos creería en muy pocas causas, en muy pocos movimientos. Tal vez llegara a predicar lo contrario...
Un sonido. Conger depositó la calavera en el estante y asió el fusil. Algo se movía afuera. Fue hacia la puerta rápidamente, el corazón le latía con furia. ¿Era él? ¿Era el Fundador, que vagaba aterido en busca de un lugar donde poder hablar? ¿Meditaba sobre sus palabras, escogía sus frases?
¡Si pudiera ver lo que Conger había sostenido!
Abrió la puerta con el fusil levantado.
¡Lora!
La miró. Llevaba una chaqueta de lana y botas. Hundía las manos en los bolsillos. Exhalaba nubes de vapor por la boca y la nariz. Su pecho subía y bajaba.
Se miraron en silencio. Por fin, Conger bajó el fusil.
- ¿Qué ocurre? ¿Qué hace aquí?
Ella señaló con el dedo. Le resultaba difícil hablar. Conger frunció el ceño; ¿qué le pasaba a la chica?
- ¿Qué ocurre? ¿Qué quiere? - Miró hacia donde ella señalaba con el dedo -. No veo nada.
- Vienen.
- ¿Quiénes? ¿Quién viene?
- La policía. El sheriff llamó anoche a la policía estatal para que enviaran coches. Lo tienen todo rodeado. Bloquean las carreteras. Vienen unos sesenta. Algunos de la ciudad, otros de más lejos. - Se calló y con tuvo el aliento -. Dijeron..., dijeron...
- ¿Qué?
- Dijeron que usted es una especie de comunista. Dijeron...
Conger entró en la jaula. Colocó el fusil en el estante y salió de nuevo. Se acercó a la chica.
- Gracias. ¿Vino a decírmelo? ¿No lo cree?
- No lo sé.
- ¿Vino sola?
- No, Joe me acompañó en su camión desde la ciudad.
- ¿Joe? ¿Quién es?
- Joe French. El fontanero. Es amigo de papá.
- Vámonos.
Fueron hacia el campo a través de la nieve. El pequeño camión estaba aparcado a mitad de camino. Un hombre bajo y robusto aguardaba sentado detrás del volante, fumando en pipa. Se irguió en cuanto les vio venir.
- ¿Es usted el tipo en cuestión? - preguntó.
- Sí. Gracias por avisarme.
- No sé nada de eso. Lora dice que usted es un buen hombre. Tal vez le interese saber que están llegando más policías. No es una advertencia... Simple curiosidad.
- ¿Más?
Conger miró en dirección a la ciudad. Formas negras se abrían paso entre la nieve.
- Gente de la ciudad. Es imposible que nadie deje de enterarse en una pequeña ciudad. Todos escuchamos la emisora de la policía; oyeron lo mismo que Lora. Alguien la sintonizó, divulgó la noticia...
Se encogió de hombros.
Las formas aumentaban de tamaño. Conger divisó unos cuantos: Bill Willet, seguido de algunos compañeros de la escuela. Los Appleton renqueaban a prudente distancia.
- También Ed Davis - murmuró Conger.
El tendero avanzaba penosamente hacia el campo acompañado de tres o cuatro ciudadanos.
- La curiosidad les matará - comentó French -. Bueno, creo que volveré a la ciudad. No quiero que llenen mi camión de agujeros. Vamos, Lora.
La joven miraba a Conger con los ojos abiertos de par en par.
- Vamos - repitió French -, larguémonos. Sabe que no puede seguir parado ahí. ¿verdad?
- ¿Por qué?
- Habrá un tiroteo. Por eso se juntaron todos, para verlo. Lo sabe, ¿eh, Conger?
- Sí.
- ¿Tiene un fusil? ¿O le da igual? - French esbozó una sonrisa -. Ya han capturado a otros. No se sentirá solo.
¡Por supuesto que no le daba igual! Debía quedarse en el campo. No podía permitir que arrestaran al Fundador. Aparecería en cualquier momento. ¿Sería alguno de los ciudadanos, agazapado silenciosamente al borde del campo, esperando, esperando?
O quizá era Joe French, o uno de los policías. Cualquiera podría sentir el impulso de hablar. Y las pocas palabras que se pronunciaran ese día gravitarían como una losa durante mucho tiempo.
¡Conger debía estar presente cuando la primera palabra sonara en el aire!
- No me da igual - dijo -. Vuelva a la ciudad y llévese a la chica con usted.
Lora se sentó muy erguida junto a Joe French. El fontanero puso en marcha el motor.
- Míralos, acechando como buitres, a la espera de ver cómo matan a alguien - dijo.
El camión se alejó. Lora seguía sentada rígida y silenciosa, y además asustada. Conger les vio marchar, y luego se adentró en los bosques, hacia el promontorio.
Podía escapar, desde luego, en cuanto quisiera. Todo lo que debía hacer era entrar en la jaula de cristal y girar los mandos. Pero tenía una misión, una misión importante. Estaba obligado a quedarse.
Llegó a la jaula y abrió la puerta. Sacó el fusil del estante. El Slem se ocuparía de ellos. Lo graduó a la máxima potencia. La reacción en cadena los barrería a todos, a la policía, a esa gente sádica y morbosa...
¡No le atraparían! Antes morirían. El escaparía. Huida. Todos habrían muerto antes de que terminara el día, si tal era su deseo, y él...
Vio la calavera.
De pronto, bajó el fusil y cogió el cráneo. Lo giró. Miró los dientes. Fue a contemplarse en el espejo.
Mientras lo hacía alzó la calavera. La apretó contra su mejilla. El sonriente cráneo le miraba de soslayo, junto a su rostro, junto a su cráneo, apoyado en su carne palpitante.
Enseñó los dientes. Y comprendió.
Lo que sostenía era su propia calavera. Él era quien iba a morir. Él era el Fundador.
Al cabo de un rato soltó la calavera. Jugueteó con los controles unos minutos. Oyó el rugido de los motores que se aproximaban, las voces amortiguadas de los hombres. ¿Volvería al presente, donde le aguardaba el Portavoz? Podía escapar, por supuesto...
¿Escapar?
Se volvió hacia la calavera. Su calavera, amarillenta por el paso del tiempo. ¿Escapar? ¿Escapar, cuando acababa de sujetarla entre sus manos?
¿Qué ocurriría si retrocedía un mes, un año, diez, incluso cincuenta? El tiempo no existía. Había tomado chocolate en compañía de una chica nacida ciento cincuenta años antes que él. ¿Escapar? Sólo por un breve intervalo.
De todos modos, no podía realmente escapar, como tampoco lo había conseguido nadie, ni lo conseguiría nadie.
La única diferencia es que había sostenido en sus manos sus propios huesos, su propia calavera.
Ellos no.
Traspasó el umbral de la puerta y salió al campo con las manos vacías. Había un montón de gente al acecho, formando un grupo compacto, esperando. Confiaban en presenciar una lucha excitante. Se habían enterado del incidente en el bar.
Y había muchos policías..., policías con fusiles y gases lacrimógenos, apostados en las colinas y las lomas, entre los árboles, cada vez más cerca. La misma vieja historia de este siglo.
Un hombre le arrojó algo. Cayó a sus pies, en la nieve: una piedra. Sonrió.
- ¡Vamos! - gritó otro -. ¿No tienes bombas?
- ¡Tira una bomba! ¡Tú, el de la barba! ¡Tira una bomba!
- ¡Que lo cojan!
- ¡Tira unas cuantas bombas atómicas!
Estallaron en carcajadas. Él sonrió. Puso los brazos en jarras. Todos enmudecieron de súbito, al comprender que se disponía a hablar.
- Lo siento - dijo con humildad -. No tengo bombas. Se han equivocado.
Se elevó una nube de murmullos.
- Tengo un fusil - continuó -, un buen fusil. Diseñado por una ciencia mucho más avanzada que la vuestra. Pero no lo voy a utilizar.
El asombro se apoderó de los que escuchaban.
- ¿Porqué no? - preguntó alguien.
Una anciana le observaba, algo apartada del grupo. Sintió un estremecimiento. La había visto antes. ¿Dónde?
Recordó. Aquel día que fue a la biblioteca. Se había cruzado con ella al doblar una esquina. Al verle, se había quedado estupefacta. Entonces no había comprendido la razón.
Conger sonrió entre dientes. Así que el hombre que ahora la aceptaba voluntariamente escaparía de la muerte. Los perseguidores se reían del hombre que tenía un fusil y no quería usarlo. Por un extraño capricho de la ciencia reaparecería dentro de pocos meses, después de que sus huesos se pudrieran bajo el suelo de una celda.
Y así, en cierta forma, escaparía de la muerte. Moriría, pero luego, al cabo de unos meses, resucitaría durante una tarde.
Una tarde. Suficiente para que le reconocieran, para que comprendieran que continuaba vivo, para saber que había vuelto a la vida.
Y después, por fin, nacería de nuevo, doscientos años más tarde. Pasados dos siglos.
Nacería otra vez, de hecho, en una pequeña ciudad comercial de Marte. Crecería, aprendería a cazar y a rastrear...
Un coche de la policía se acercó por el extremo del campo y se detuvo. La gente retrocedió unos metros. Conger levantó las manos.
- Os propongo una extraña paradoja - dijo -. Aquellos que tomen vidas perderán la suya. Aquellos que maten morirán. ¡Pero el que sacrifique su vida vivirá de nuevo!
Sonaron unas risas débiles, nerviosas. Los policías salieron del coche y caminaron en su dirección. Conger sonrió. Había dicho todo lo que quería decir. Estaba orgulloso de la sencilla paradoja que había creado. Ellos buscarían el significado, la recordarían.
Conger avanzó sonriente hacia una muerte anunciada.


FIN

CELEPHAÏS

CELEPHAÏS
H. P. Lovecraft


-
En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y la costa que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadas de alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regiones donde el mar se junta con los cielos. Tam­bién en un sueño consiguió el nombre de Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás le fue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y se hallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que no había demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido. Había perdido sus tierras y dineros, y no se preocupaba de los hábitos de la gente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuanto escribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo había mostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundo inmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútil el intentar traspasarlos al papel. Kuranes no era un hombre moderno, y no tenía las miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar a la vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan sólo aspi­raba a la belleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mos­traron, se volvió hacia la fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre los nebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.
No hay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visiones de juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas a medio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemos estorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. Pero algunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extraños fantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, de acantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en torno a somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroes cabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas sel­vas; y entonces sabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo de prodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.
Kuranes volvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con la casa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, donde vivieran trece generacio­nes de antepasados, y donde hubiera ansiado morir. Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega; atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió el largo camino blanquecino hacia el pueblo. La villa parecía muy antigua, con sus límites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes se preguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o la muerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de las ventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. Kuranes no se demoró, antes bien prosiguió tra­bajosamente, como al reclamo de alguna meta. No osó desobe­decer su llamada por miedo a que se revelase como una ilusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no con­ducen a destino alguno. Luego se sintió atraído hacia un calle­jón que salía del casco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de las cosas... el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero se desplomaban abrupta­mente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde el cielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de las acechantes estrellas. La confianza le urgió a prose­guir sobre el precipicio, en el abismo por donde descendió flo­tando, flotando, flotando; pasó oscuridad, incorporeidad, sue­ños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían ser sueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de los soñadores de todos los mundos. Entonces pare­ció abrirse una falla en la oscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante a lo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montaña cubierta de nieves al pie de la orilla.
Kuranes se despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias a aquel fugaz vistazo supo que no se tra­taba sino de Celephaïs, en el valle de Ooth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durante toda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuando se había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina le acunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscos próximos al pueblo. Enton­ces se había resistido, cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar había estado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora
se sentía igualmente molesto de despertar, ya que había reen­contrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.
Pero Kuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó al principio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que uno debía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado y pudo con­templar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galeras llenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monte Aran meciéndose con la brisa marina. Pero esta vez no se vio bruscamente arrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colina herbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped. Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendo­rosa ciudad de Celephaïs.
Kuranes fue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó el burbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombre tantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente de piedra que llevaba a las puertas de la ciudad. Todo seguía como antes; ni las murallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuas de bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas que conociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. Al entrar en la ciudad, cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderes y los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y le ocurrió lo mismo en el tem­plo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes toca­dos de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe en Ooth-Nargai, sino tan sólo juventud eterna. Entonces Kuranes fue por la calle de las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes y marineros, así como extrañas gentes lle­gadas de las regiones donde el mar se junta con el cielo. Allí
estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillante donde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listas para zarpar las galeras de lugares lejanos. Y contempló también al monte Aran alzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árboles balanceándose y su cima blanca rozando las nubes.
Más que nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a los lejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, y buscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo. Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocupara antaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido. Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a los remeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzar por fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galera no llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entre nubes de algodón teñidas de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegó a divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidas indolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. Al fin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que pronto arribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, que ha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla por los cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudad apareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.
Durante muchos meses, Kuranes buscó en vano la maravi­llosa ciudad de Celephaïs y sus galeras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos, nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómo encontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. Una noche sobrevoló oscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, a una gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guías portaban resonan­tes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañoso dis­trito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró un muro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimas y los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manos humanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. Más allá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines y cerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas y blancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arro­yos cristalinos, estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a la gente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros, abejas y mariposas. Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral de piedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba una gran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silen­ciosa ciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo o aspecto nunca antes visto. Hubiera bajado a pre­guntar por el camino a Ooth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugar más allá del hori­zonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, y el estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra, tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis vol­viera de sus conquistas para arrostrar la venganza de los dioses.
Así que Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciu­dad de Celephaïs y sus galeras que bogan hasta Seranman a tra­vés de los cielos, presenciando mientras tanto multitud de mara­villas y escapando en una ocasión por los pelos del sumo sacer­dote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de seda amarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio de piedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durante los pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas para prolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez lo condujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gases resplandecientes estudian los secretos de la existen­cia. Y un gas violeta le dijo que esa parte del espacio se encon­traba más allá de lo que se conoce como infinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos, pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de ese infinito donde existen materia, energía y gravitación. Kura­nes se sentía ahora sumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentó sus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprar más. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeó indefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casas resultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontró con el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí por siempre.
Apuestos caballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantes armaduras y tabardos de curiosos bla­sones. Resultaban tan numerosos que Kuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informó de que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo para siempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de la comitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino de la región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, ya que cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veían las casas y pueblos que Chaucer y gen­tes aún anteriores podían haber contemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados de pequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débil alborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y que ahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos más madrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzaban ruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo del sueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y se preguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras la columna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia el precipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todo el paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como un caos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisibles cantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde y flotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgores plateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como si galoparan sobre are­nas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron para des­velar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la ribera de más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegremente pintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y el cielo.
Y Kuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas del sueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian, la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunque bajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de un vaga­bundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba; jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower, cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paleto disfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.
http://www.wikio.es Peliculas add page Wikio juegos gratis Blogalaxia  Ruleta  Apuestas Deportivas  Juegos  Peliculas  Turismo Rural  Series Online juegos

.

enlaces

Archivo del blog

Etiquetas

scifi (103) philip k. dick (56) SCI-FI (52) relato (51) Isaac Asimov (42) poul anderson (35) ray bradbury (33) Arthur C. Clarke (29) SCI-FI SPECIAL (29) fredric brown (12) Harry Harrison (11) alfred bester (10) cuento (10) SPECIAL (9) Brian W. Aldiss (7) Issac Asimov (7) douglas adams (7) cronicas marcianas (6) relatos (6) serie (6) star trek (6) star wars (6) varios autores (6) Clark Ashton Smith (5) Crimen en Marte (5) Philip K. Dick. (5) al abismo de chicago (5) antes del eden (5) paradoja (5) 334 (4) Arthur C.Clarke (4) Frederik Pohl (4) Robert A. Heinlein (4) Robert Silverberg (4) Thomas M. Disch (4) YLLA (4) creador (4) david lake (4) el nuevo acelerador (4) fantasía (4) gitano (4) guardianes del tiempo (4) recopilacion (4) Asimov (3) Bob Shaw (3) Civilizaciones Extraterrestres (3) Domingo Santos (3) EL RUIDO DE UN TRUENO (3) Fritz Leiber (3) Gordon R. Dickson (3) H. G. WELLS (3) Herbert George Wells. (3) Jack Vance (3) REINOS OLVIDADOS (3) Richard Awlinson (3) Robert f. young (3) alba de saturno (3) brian aldiss (3) damon knight (3) el enemigo (3) h.g.wells (3) j.g. ballard (3) las naves del tiempo (3) seleccion (3) stephen baxter (3) 100 años (2) 1ªparte (2) 2ªparte (2) ACTO DE NOVEDADES (2) ALGO PARA NOSOTROS (2) Afuera (2) Alfonso Linares (2) BESTIARIO DE CIENCIA FICCION (2) BILL (2) C. S. Lewis (2) CALIDOSCOPIO (2) CELEPHAÏS (2) CENTINELA (2) CHICKAMAUGA (2) CIUDAD IMPLACABLE (2) CUANDO LA TIERRA ESTÉ MUERTA (2) CURA A MI HIJA (2) Cuentos (2) DELENDA EST... (2) DEUS IRAE (2) EL ASESINO (2) EL CENTINELA (2) EL HOMBRE BICENTENARIO (2) EL JOVEN ZAPHOD Y UN TRABAJO SEGURO (2) EL ULTIMO CONTINENTE (2) EL UNICO JUEGO ENTRE LOS HOMBRES (2) El proyecto Prometeo (2) El viaje más largo (2) Fuera de Aquí (2) Fundacion (2) H. P. LOVECRAFT (2) HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO (2) HOMBRES y DRAGONES (2) IVAR JORGENSON (2) James Blish (2) John W. Campbell (2) Jr. (2) Juan G. Atienza (2) LAS DORADAS MANZANAS DEL SOL (2) LOS POSESOS (2) La Última Pregunta (2) MUTANTE (2) Masa Crítica (2) No habrá otro mañana (2) Norman Spinrad (2) OBRAS ESCOGIDAS (2) PREMIO HUGO (2) Podemos Recordarlo Todo por Usted (2) REFUGIADO (2) Robert Bloch (2) RÉQUIEM POR UN DIOS MORTAL (2) TEMPONAUTAS (2) ULTIMÁTUM A LA TIERRA (2) VALIENTE PARA SER REY (2) Valentina Zuravleva (2) WARD MOORE (2) ZOTHIQUE (2) algunas clases de vida (2) anochecer (2) antologia (2) avatar (2) belen (2) ciberpunk (2) csifi (2) cuentos cortos (2) el abismo del espaciotiempo (2) el astronauta muerto (2) el factor letal (2) el idolo oscuro (2) el joven zaphod (2) el orinal florido (2) el tiempo es el traidor (2) enlaces (2) entreprise (2) fantasia (2) frederick pohl (2) fundacion y tierra (2) guia del autoestopista galactico (2) howard fast (2) la clave (2) la guerra de las galaxias (2) la maquina del tiempo (2) la rata de acero inoxidable te necesita (2) los depredadores del mar (2) los espadachines de varnis (2) los superjuguetes duran todo el verano (2) lovecraft (2) minority report (2) paul anderson (2) pesadilla despierto (2) robot CITY (2) varios (2) volvere ayer (2) ¿quo vadis? (2) ÁNGELES TUTELARES (2) ..... (1) 03 (1) 2 (1) 2001 (1) 2001 - UNA ODISEA ESPACIAL (1) 2001.una odisea espacal (1) 2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO (1) 2010:odisea dos (1) 27/09/2010 (1) 2ª parte de Guardianes del tiempo (1) 30 Días Tenía Septiembre (1) 3ªparte (1) ? (1) A LO MARCIANO (1) A. E. VAN VOGT (1) A. Hyatt Verrill (1) ABUELITO (1) AC (1) ACCIDENTE DE CHERNOBIL (1) ACCIDENTE NUCLEAR (1) ADIÓS (1) ADIÓS VINCENT (1) AGENTE DEL CAOS (1) AGUARDANDO AL AÑO PASADO (1) AGUAS SALOBRES (1) ALFANA Philip K. Dick (1) ALGUIEN ME APRECIA AHÍ ARRIBA (1) ALGUNAS PECULIARIDADES DE LOS OJOS (1) ALMURIC (1) AMANECER EN MERCURIO (1) ANTES DEL EDEN (1) AQUÍ YACE EL WUB (1) ATAQUE DESDE LA CUARTA DIMENSION (1) AUTOMACIÓN (1) AUTOR AUTOR (1) AVERíA (1) Abandonado en Marte (1) Adam Villiers (1) Aguas Profundas (1) Al Estilo Extraterrestre (1) Alan Barclay (1) Alberto Vanasco (1) Alfonso Álvarez Villar (1) Aventura en la Luna (1) Avram Davidson (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS 10.000 BARES (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS CEREBROS EMBOTELLADOS (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS ESCLAVOS ROBOTS (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS PLACERES INSIPIDOS (1) BILL EN EL PLANETA DE LOS VAMPIROS ZOMBIS (1) BUENAS NOTICIAS (1) BUENAS NOTICIAS DEL VATICANO (1) BUTTON (1) Barry Longyear (1) Barry N. Malzberg (1) Basilisk (1) Bill. El Final De La Epopeya (1) Brian Daley (1) Bóvedas de acero (1) CABALLEROS PERMANEZCAN SENTADOS (1) CADBURY EL CASTOR QUE FRACASÓ (1) CADENAS DE AIRE TELARAÑAS DE ÉTER (1) CANDY MAN (1) CANTATA (1) CARGO DE SUPLENTE MÁXIMO (1) CHERNOBIL (1) CIBERIADA (1) CIENCIA FICClON (1) CIENCIA-FICCION (1) CIENCIA-FICClON NORTEAMERICANA (1) CLIFFORD D. SIMAK (1) COLONIA (1) COMPRAMOS GENTE (1) CONFESIONES DE UN ARTISTA DE MIERDA (1) CONFUSIÓN EN EL HOSPITAL (1) COSA CERCANA (1) COTO DE CAZA (1) CREADOR .DAVID LAKE. (1) CUAL PLAGA DE LANGOSTA (1) Carol Emshwiller (1) Christopher Anvil (1) Ciencia Ficción (1) Ciencia-Ficción (1) Cleon el emperador (1) Clive Jackson (1) Cordwainer Smith (1) Cosas (1) Crónicas Marcianas (1) Cuerpo de investigación (1) Cuidado (1) Cómo Descubrimos Los Números (1) DANIEL F. GALOUYE (1) DESAJUSTE (1) DESAYUNO EN EL CREPÚSCULO (1) DETRÁS DE LA PUERTA (1) DIMENSIONAJE (1) DR. BLOODMONEY (1) Dan Simmons (1) David R. Bunch (1) Delenda Est (1) Dentro del cometa (1) Descargo de responsabilidad (1) Dominios remotos (1) Donald F. Glut (1) E. B. White (1) EL ABONADO (1) EL AHORCADO (1) EL ALEPH (1) EL AMO A MUERTO (1) EL ANDANTE-PARLANTE HOMBRE-SIN-PENA (1) EL ARBOL DE SALIVA (1) EL ARTEFACTO PRECIOSO (1) EL BACILO ROBADO Y OTROS INCIDENTES (1) EL CASO RAUTAVAARA (1) EL CLIENTE PERFECTO (1) EL CONSTRUCTOR (1) EL CRIMEN Y LA GLORIA DEL COMANDANTE SUZDAL (1) EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLAN ELLISON (1) EL DEDO DEL MONO (1) EL DERECHO A LA MUERTE (1) EL DIA DE LOS CAZADORES (1) EL DÍA QUE EL SR. COMPUTADORA SE CAYÓ DE SU ÁRBOL (1) EL FABRICANTE DE CAPUCHAS (1) EL FLAUTISTA (1) EL GRAN C (1) EL GRAN INCENDIO (1) EL HOMBRE DORADO (1) EL HOMBRE PI (1) EL HURKLE (1) EL HÉROE GALÁCTICO ¡EL FINAL DE LA EPOPEYA! (1) EL JUEGO DE ENDER (1) EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV (1) EL MUNDO CONTRA RELOJ (1) EL NUMERO QUE SE HA ALCANZADO (1) EL NÁUFRAGO (1) EL OBSERVADOR (1) EL OCASO DE LOS MITOS (1) EL PACIFISTA (1) EL PADRE-COSA (1) EL PEATÓN (1) EL PLANETA IMPOSIBLE (1) EL SEGUNDO VIAJE A MARTE (1) EL SHA GUIDO G. (1) EL SISTEMA SOLAR INTERIOR (1) EL SONDEADOR DE TUMBAS (1) EL ÍDOLO OSCURO (1) EL ÚLTIMO EXPERTO (1) EN PUERTO MARTE Y SIN HILDA (1) ENERGIA NUCLEAR (1) ESTACION DE TRANSITO (1) ESTACION DE TRANSITO 2ª PARTE (1) ESTACIÓN DE TRANSITO (1) EXILIO (1) Edgar Rice Burroughs (1) Edwin Balmer (1) El Electrobardo de Trurl (1) El Ordenador Encantado y el Papa Androide (1) El Parque de Juegos (1) El Planeta Perdido (1) El Regalo de los Terrestres (1) El Ruido del Trueno (1) El ataque del bebé gigante (1) El año del Rescate (1) El canto del chivo (1) El cuento de navidad de Auggie Wren (1) El efecto entropía (1) El exterminador (1) El fin de la eternidad (1) El gambito de los klingon (1) El pesar de Odín el Godo (1) El robot que quería aprender (1) El valor de ser un rey (1) El verano del cohete (1) El árbol de la vida (1) Encuentro final (1) Espacio oscuro (1) Esta noche se rebelan las estrellas (1) Estrella del mar (1) FABULAS DE ROBOTS PARA NO ROBOTS (1) FANTASÍAS DE LA ERA ATÓMICA (1) FLORES DE CRISTAL (1) FUNDACION 1º (1) Farenheit 451 (1) Fases (1) Floyd L. Wallace (1) Formación de la República (1) Fuego negro (1) GASOLINERA GALACTICA (1) GRUPO GALÁCTICO (1) GUERRA DE ALADOS (1) GUERRA TIBIA (1) GUIA DEL AUTOESTOPISTA GALACTICO (1) Gardner F. Fox (1) George Orwell (1) Guion Blade Runner (1) Guión para Alíen III (1) HEMOS LLEGADO (1) HF (1) HOLA Y ADIÓS (1) Harry Bates (1) Herbert George Wells (1) Historia del hombre que era demasiado perezoso para fracasar (1) Huérfanos de la Hélice (1) HÁGASE LA OSCURIDAD (1) HÉROE GALÁCTICO (1) ICARO DE LAS TINIEBLAS (1) IMPERIOS GALÁCTICOS (1) IMPERIOS GALÁCTICOS I (1) INVISIBILIDAD (1) Invariable (1) J.G.Ballard (1) JACINTO MOLINA (1) Jinetes de la Antorcha (1) John Kippax (1) John R. Pierce (1) Jorge Luis Borges (1) Julio Cortázar (1) Kit Reed (1) LA BRUJA DE ABRIL (1) LA CRIBA (1) LA FRUTA EN EL FONDO DEL TAZÓN (1) LA GRANJA EXPERIMENTAL (1) LA LUNA (1) LA MÁSCARA (1) LA NUBE DE LA VIDA (1) LA PAREJA QUE AMABA LA SOLEDAD (1) LA PREGUNTA QUO (1) LA PRUEBA SUPREMA (1) LA RUINA DE LONDRES (1) LA SEGUNDA LEY (1) LA SIRENA (1) LA TIERRA (1) LA VIDA YA NO ES COMO ANTES (1) LARRY NIVEN (1) LAS ARMERÍAS DE ISHER (1) LAS PALABRAS DE GURU (1) LAS TUMBAS DE TIEMPO (1) LAZARUS II (1) LO QUE DICEN LOS MUERTOS (1) LO QUE SUCEDIÓ POR BEBER AGUA (1) LOS CLANES DE LA LUNA (1) LOS HOMBRES METÁLICOS (1) LOS HOMBRES QUE ASESINARON A MAHOMA (1) LOS IMPOSTORES (1) LOS INTERMEDIOS (1) La Fe de nuestros padres (1) La Hormiga Eléctrica (1) La Luz de las Tinieblas (1) La historia de Martín Vilalta (1) La invasión de los hombres de los platillos volantes (1) La isla del Dr. Moreau (1) La máquina del tiempo (1) La última respuesta (1) La única partida en esta ciudad (1) Las Tablas Del Destino (1) Las cascadas de Gibraltar (1) Las corrientes del espacio (1) Los Santos (1) Los crímenes que conmovieron al mundo (1) Los hijos del mañana (1) Los malvados huyen (1) MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE CHAMPAGNE (1) MARIDOS (1) MARTE ENMASCARADO (1) MAS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS (1) MATRIARCADO (1) MINICUENTOS DE CRONOPIOS (1) MINORITY REPORT (1) MUCHO.MUCHO TIEMPO (1) MUÑECOS CÓSMICOS (1) Mario Levrero (1) Medida de seguridad (1) Miriam Allen de Ford (1) Mucho mucho tiempo (1) Mundos cercanos (1) Murray Leinster (1) NECROLÓGICA (1) NO MIRES ATRÁS (1) NORTEAMERICANA (1) NUESTROS AMIGOS DE FROLIK 8 (1) OH (1) Objetivo la Tierra (1) Octavia E. Butler (1) PAUL NASCHY (1) PLENISOL (1) POST BOMBUM (1) POUL ANDERSON (1) PREMO (1) PROXIMA CENTAURI (1) Pamela Sargent (1) Patrulla del Tiempo (1) Paul W. Fairman (1) Perdido en el banco de memoria (1) Persiguiendo a Bukowski (1) Philip Wylie (1) Phillip K. Dick (1) Polvo mortal (1) Prohibida la entrada (1) R. A. Lafferty (1) RECUERDO A BABILONIA (1) Ray Bradubury (1) Razon (1) Richard Wilson (1) Robert Barr (1) Robert E. Howard (1) Roger Zelazny (1) SACRIFICIO (1) SATURNO (1) SCI-FI SPECIAL - CAMPAÑA PUBLICITARIA (1) SCI-FI SPECIAL.EL CAÑÓN (1) SER UN BLOBEL (1) SFI-FY (1) SIMULACRON-3 (1) SNAKE (1) STEPHEN KING (1) SUPERTOYS LAST ALL SUMMER LONG (1) Sale Saturno (1) Sangre (1) Scifiworld (1) Selección (1) Shakespeare de los monos (1) Si encuentran ustedes este mundo malo deberían ver algunos de los otros (1) Sitges 2011 (1) Solamente Un Eco (1) Soldado no preguntes (1) Stanislaw Lem (1) Star Trek/4 (1) Star Trek/6 (1) Star Trek/7 (1) Starship Troopers (1) Sucedió mañana (1) Sueñan los androides con ovejas eléctricas (1) TANTRA (1) THE THING FROM ANOTHER WORLD (1) TODO VA BIEN (1) TOREO TELEDIRIGIDO (1) TRASPLANTE EXPERIMENTAL (1) Talento (1) Tantras (1) The Best of Jack Vance (1) The Empire Strikes Back (1) Tomás Salvador (1) Treinta Días Tenía Septiembre (1) Tres relatos (1) UN AS DEL AJEDREZ (1) UN AUTOR PRETENDE HABER VISTO A DIOS PERO NO PUEDE EXPLICAR LO QUE HA VISTO. (1) UN TRABAJO SEGURO (1) UNA ODISEA ESPACIAL (1) URSULA K. LEGUIN (1) Un Trozo de Noche (1) Una Princesa De Marte (1) VETERANO DE GUERRA (1) VICTOR HUGO (1) VIERNES (1) VINCENT (1) VINIERON DEL ESPACIO EXTERIOR (1) VOLVERÉ AYER (1) VOTACION JERARQUICA (1) Vance Aandahl (1) Viernes 13 (1) Vivian Ibarra (1) Volumen I de Avatar (1) Volumen II de Avatar (1) Volumen III de Avatar (1) Vonda N. Mclntyre (1) W.G. Wells (1) William Gibson (1) Y la Roca Gritó (1) YO OS SALUDO (1) Yo robot (1) ZAPHOD Y UN TRABAJO SEGURO (1) a.beltran chandler (1) a.e.van vogt (1) alan dean foster (1) alerta (1) alguien me aprecia ahi arriba (1) alien mind (1) alto (1) amanece en mercurio (1) amarillo (1) ambrose bierce (1) amor.i love... (1) andre carneiro (1) antigravedad (1) aprended geometria (1) aprendiz de jedi (1) astronauta (1) atipico (1) autor. autor (1) aventuras (1) ayuda alienigena (1) azael (1) azul (1) babel-17 (1) bajo (1) bautizo (1) biografia (1) blanco (1) borges (1) ciberia (1) ciberpuk (1) ciencia ficcion (1) cirncia ficcion (1) ciudad (1) coeficiente intelectual (1) coleccion (1) comienzo (1) compre jupiter (1) computador (1) constelacion (1) crono (1) cronopolis (1) cuando chocan los mundos (1) cuando la tierra este muerta (1) cumpleaños (1) cómo ocurrió (1) dark vader (1) delfos (1) demonio (1) edward bryant (1) el arbol de la buena muerte (1) el brujo cautivo (1) el color de mas alla del espacio (1) el cuento final (1) el detalle (1) el dia de los trifidos (1) el dragon (1) el experimento (1) el experimento maligno (1) el hacedor de universos (1) el hombre del agujero (1) el hombre mecanico (1) el imperio contra ataca (1) el jardin del tiempo (1) el mundo de satan (1) el pacto de la corona (1) el pasado muerto (1) el pesar de odin el godo (1) el planeta errante (1) el renegado (1) en (1) enterprise (1) eric lavin (1) espacio (1) estraterrestre (1) exiliados al infierno (1) f.valverde torne (1) fantasma (1) fenix brillante (1) fin (1) fred saberhagen (1) fredic brown (1) fritz leibert (1) google (1) gris (1) grupo galactico (1) guardianes del tiempo ii (1) guerras (1) h.p (1) hageland (1) hector g.oesterheld (1) hijo de sangre (1) historia ficcion (1) historias de un futuro projimo (1) humillacion (1) imagenes (1) iq (1) john boorman (1) john e.muller (1) john varley (1) julio de miguel (1) la aventura del asesino metalico (1) la batalla final (1) la calavera (1) la cruzada de liberty (1) la espada oscura (1) la hormiga electrica (1) la jaula (1) la luz (1) la mente alien (1) la morada de la vida (1) la máquina de cazar (1) la oscuridad (1) la piedra de las estrellas (1) la rata de acero inoxidable (1) la telaraña de los romulanos (1) la tumba del astronauta (1) la ultima medicina (1) la ultima pregunta (1) la vision del eden (1) las ruinas circulares (1) lester del rey (1) los hombres de la tierra (1) los hombres metalicos (1) los inmortales (1) ls criba (1) luna de miel en el infierno (1) luz de otro dia (1) marte (1) martin amis (1) moscas (1) niebla.hierba y arena (1) no habra tregua para los reyes (1) noche de verano (1) normal (1) norteamericano (1) novela (1) novela corta (1) novelas (1) ofiuco (1) oraculo (1) original pelicula bladerunner (1) otros (1) ovni (1) paul auster (1) perturbacion solar (1) pesadilla en rojo (1) philip j.farmer (1) planeta prohibido (1) policia 1999´ (1) polis (1) portico (1) postnuclear (1) psifi (1) punto decisivo (1) ratas espaciales (1) recopilador (1) replicantes (1) requiem por un dios mortal (1) retato (1) robin scott (1) robots (1) rojo (1) rusa (1) saliva (1) samuel r. delany (1) segunda fundacion (1) sida (1) slan (1) srar treck (1) stanley weinbaum (1) star trek/8 (1) starcraft (1) tanque comun n.º2 (1) tenefonía móvil (1) terrestre (1) tiempo (1) tragedia en el dark star (1) trangulo (1) una cruz de siglos (1) una galaxia llamada Roma (1) una marciana tonta (1) una odisea marciana (1) vale la pena leerme (1) venganza (1) verde (1) viajeros en el tiempo (1) viajes en el tiempo (1) viajes temporales (1) vih (1) vinieron del espacio esterior (1) vol.1 (1) wallpapers (1) y la roca grito (1) y mañana seran clones (1) yo os saludo.maridos (1) zardoz (1) ¡TIGRE! ¡TIGRE! (1) ¿Dónde están los dioses?busquedas (1) ¿HABRA SIDO UN ANDROIDE? (1) ¿LE IMPORTA A UNA ABEJA? (1) ¿QUIERE USTED ESPERAR? (1) ¿Quién hay ahí? (1) Ábrete a Mí. Hermana Mía (1)

-

GALERIAS/IMAGENES/WALLPAPERS/AVATARS

GALERIA 1 GALERIA 2 GALERIA 3 GALERIA 4 GALERIA 5 GALERIA 6 GALERIA 7 GALERIA 8 GALERIA 9 GALERIA 10 GALERIA 11 GALERIA 12 GALERIA 13 GALERIA 14 GALERIA 15 GALERIA 16 GALERIA 17 GALERIA 18 GALERIA 19 GALERIA 20 GALERIA 21 GALERIA 22 GALERIA 23 GALERIA 24 GALERIA 25 GALERIA 26 GALERIA 27 GALERIA 28 GALERIA 29 GALERIA 30 GALERIA 31 GALERIA 32 GALERIA 33 GALERIA 34 GALERIA 35 GALERIA 36 GALERIA 37 GALERIA 38 GALERIA 39 GALERIA 40 GALERIA 41 GALERIA 42 GALERIA 43 GALERIA 44 GALERIA 45 ENTREVISTA CON EL VAMPIRO

GOTICO

↑ Grab este animador del título

EL MUNDO AVATAR

↑ Grab este animador del título

100 AUTORES

↑ Grab este animador del título

666

↑ Grab este animador del título

A CUERDA Y CUCHILLO

↑ Grab este animador del título

APOCRIFOS-GNOSTICOS

↑ Grab este animador del título

ART-HUMAN-LIGUE

↑ Grab este animador del título

BUSQUEDAS/PETICIONES

↑ Grab este animador del título

CLOUD

↑ Grab este animador del título

DARK BIOGRAFHY

↑ Grab este animador del título

DESDE EL LADO OBSCURO

↑ Grab este animador del título

EL BARDO

↑ Grab este animador del título

EL MUNDO AVATAR 2

↑ Grab este animador del título

EN LOS LIMITES DE LA REALIDAD

↑ Grab este animador del título

HABLANDO

↑ Grab este animador del título

IMAGENES DE CULTO

↑ Grab este animador del título

LA BIBLIOTECA SIGLO XXI

↑ Grab este animador del título

LA ESCUELA DE LA OSCURIDAD

↑ Grab este animador del título

LICENCIAS ,CONDICIONES Y POLITICA DE CONTENIDOS

↑ Grab este animador del título

LINKS - ENLACES

↑ Grab este animador del título

La Vida....vivir con Sida

↑ Grab este animador del título

MADE IN JAPAN // ORIENTE

↑ Grab este animador del título

MITOS Y LEYENDAS

↑ Grab este animador del título

RIMAS , FRASES , CITAS ...

↑ Grab este animador del título

SCI-FI SPECIAL

↑ Grab este animador del título

SIR SNAKE PETER PUNK

↑ Grab este animador del título

SUCESOS

↑ Grab este animador del título

THE DARK-SIDE // LITERATURA // ESCRITOS

↑ Grab este animador del título

TODO AVATARS

↑ Grab este animador del título

UN POCO DE ... " TODO "

↑ Grab este animador del título

UTILIDADES Y "CURIOSIDADES"

↑ Grab este animador del título

EL CUENTACUENTOS

↑ Grab este animador del título

.

¡Gana Dinero con MePagan.com!