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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 7 de mayo de 2009

AUTOR, AUTOR -- PHILIP K. DICK

AUTOR, AUTOR
PHILIP K. DICK
..
—Aunque mi marido es un hombre muy puntual —dijo Mary Ellis—, y no ha llegado ni un
día tarde al trabajo en veinticinco años, hoy aún no ha salido de casa. —Sorbió su bebida,
compuesta de hormonas y carbohidratos, levemente perfumada—. De hecho, todavía tardará
unos diez minutos en marcharse.
—Increíble —dijo Dorothy Lawrence, que había terminado su bebida.
Un chorro de vapor para suavizar el cutis, que manaba de un surtidor automático habilitado
sobre el sofá, descendía por su cuerpo prácticamente desnudo.
—¡Los tiempos adelantan que es una barbaridad!
La señora Ellis resplandeció de orgullo, como si fuera ella la que trabajara en Desarrollo
Terrestre.
—Sí, es increíble. Según un tipo de la oficina, toda la historia de la civilización puede
explicarse en términos de técnicas de transporte. Yo no sé nada de historia, por supuesto. Eso
compete a los investigadores del gobierno, pero de acuerdo con lo que ese hombre le dijo a
Harry...
—¿Dónde está mi maletín? —preguntó una voz irritada desde el dormitorio—. Por el amor de
Dios, Mary, lo dejé anoche sobre el limpiavestidos.
—Lo dejaste arriba —replicó Mary, alzando un poco la voz—. Mira en el ropero.
—¿Y qué hace en el ropero? —Se oyeron pasos precipitados—. Yo pensaba que el maletín de
un hombre se halla a salvo en su casa. —Henry Allis se asomó a la sala de estar unos
momentos—. Ya lo he encontrado. Hola, señora Lawrence.
—Buenos días —saludó Dorothy Lawrence—. Mary me estaba explicando que usted todavía
no se ha marchado.
—Sí, aún no me he marchado. —Ellis se ajustó la corbata, mientras el espejo giraba poco a
poco a su alrededor—. ¿Quieres que te traiga algo del centro, cariño?
—No —dijo Mary—. No se me ocurre nada. Te videaré a la oficina si me acuerdo de algo.
—¿Es verdad que nada más entrar ya llega al centro en un instante? —preguntó la señora
Lawrence.
—Bueno, casi al instante.
—¡Doscientos cuarenta kilómetros! Es increíble. Caramba, mi marido tarda dos horas y media
en trasladarse en el monojet por los carriles comerciales, estacionar y subir a pie a su oficina.
—Lo sé —murmuró Ellis, tomando el abrigo y el sombrero—. Es lo que yo solía tardar, pero
eso ha terminado. —Se despidió de su mujer con un beso—. Hasta la noche. Ha sido un placer
verla de nuevo, señora Lawrence.
—¿Puedo... mirar? —preguntó la señora Lawrence, con un brillo de esperanza en los ojos.
—¿Mirar? Claro, claro. —Ellis salió por la puerta trasera y bajó a toda prisa los peldaños que
llevaban al patio—. ¡Vengan! —gritó, impaciente—. No quiero llegar tarde. Son las nueve
cincuenta y nueve y quiero estar sentado ante mi escritorio a las diez en punto.
La señora Lawrence siguió a Ellis, nerviosa. Un gran aro brillaba bajo la luz del sol en el patio
trasero. Ellis giró algunos mandos dispuestos en la base. El color plateado del aro viró a un rojo
reluciente.
—¡Me voy! —gritó Ellis. Se introdujo en el aro. Éste osciló a su alrededor. Se oyó un débil
«pop». El brillo se desvaneció.
—¡Santo Dios! —susurró la señora Lawrence—. ¡Ha desaparecido!
—Está en el centro de Nueva York —corrigió Mary Ellis.
—Ojalá mi marido tuviera un instanmóvil. Cuando salgan al mercado, quizá pueda permitirme
comprarle uno.
—Oh, son muy prácticos —dijo Mary Ellis—. Es muy probable que en este mismo momento
les esté diciendo hola a los chicos.
Henry Ellis se hallaba en una especie de túnel. A su alrededor, un tubo gris e informe se
extendía en ambas direcciones, como una especie de cloaca brumosa.
Vio, enmarcado en la abertura que había detrás de él, el vago contorno de su casa. El porche y
el patio traseros, Mary de pie en un escalón, ataviada con pantalones y sujetador rojo. La señora
Lawrence a su lado, con shorts verdes a cuadros. El cedro y las hileras de petunias. Una colina.
Las pulcras casas de Cedar Groves, Pennsylvania. Y frente a él...
Nueva York. Una visión fugaz de la bulliciosa esquina opuesta a su oficina. Una parte del
edificio de hormigón, cristal y acero. Gente que se movía. Rascacielos. Enjambres de monojets
que aterrizaban. Señales aéreas. Innumerables funcionarios que corrían hacia sus oficinas.
Ellis avanzó sin prisa hacia la terminal de Nueva York. Había utilizado el instanmóvil las
veces suficientes para saber cuántos pasos le bastaban: cinco pasos. Cinco pasos por el fluctuante
túnel gris y habría recorrido doscientos cuarenta kilómetros. Se detuvo y miró atrás. Tres pasos
hasta el momento. Ciento cuarenta y cuatro kilómetros. Más de la mitad de la distancia.
La cuarta dimensión era algo maravilloso.
Ellis se llevó la pipa a los labios, apoyó el maletín contra la pierna y buscó el tabaco en el
bolsillo del abrigo. Todavía le quedaban treinta segundos para llegar al trabajo. Mucho tiempo.
El encendedor de la pipa relumbró. Aspiró varias veces. Cerró el encendedor y lo devolvió a su
bolsillo.
Algo maravilloso, en efecto. El instanmóvil ya había revolucionado la sociedad. Era posible
trasladarse a cualquier lugar del mundo al instante, sin lapso de tiempo, sin necesidad de
zambullirse en interminables carriles atestados de monojets. El problema del transporte se había
convertido en una pesadilla desde mediados del siglo XX. Cada año aumentaba el número de
familias que abandonaban la ciudad para irse a vivir al campo, lo cual agravaba los colapsos de
tráfico que se producían en carreteras y autopistas.
Pero el problema ya estaba solucionado. Podían funcionar un número infinito de
instanmóviles, sin que interfiriesen entre sí. El instanmóvil salvaba distancias no espaciales, a
través de otra dimensión (le habían explicado esa parte con mucha claridad). Por mil créditos,
cualquier familia terrícola podía adquirir un juego de aros instanmóviles; uno en el patio trasero,
y el otro en Berlín, las Bermudas, San Francisco, Port Said, o en cualquier otra parte del mundo.
Existía un inconveniente, desde luego. El aro tenía que fijarse en un lugar concreto. Se elegía el
destino, y punto.
Sin embargo, resultaba perfecto para un oficinista. Entraba por un extremo y salía por el otro.
Cinco pasos, doscientos cuarenta kilómetros. Doscientos cuarenta kilómetros que constituían una
pesadilla de dos horas: marchas que rascaban, sacudidas repentinas, monojets que entraban y
salían, conductores que corrían como locos, conductores imprudentes, policías apostados como
buitres al acecho, úlceras y mal humor. Ahora, todo eso se había acabado. Al menos para él,
como empleado de Desarrollo Terrestre, fabricante del instanmóvil. Y pronto para todo el
mundo, cuando salieran al mercado.
Ellis suspiró. La hora de trabajar. Vería a Ed Hall subiendo de dos en dos los escalones del
edificio, a Tony Franklin pisándole los talones. Tenía que empezar a moverse. Se agachó y alargó
la mano hacia el maletín...
Fue entonces cuando les vio.
La fluctuante neblina gris era menos densa en aquel punto, y más débil el resplandor. El punto
se hallaba a unos centímetros de la esquina del maletín.
Había tres figuras diminutas justo al otro lado de la neblina gris. Hombres increíblemente
pequeños, no mayores que insectos. Le miraban con incrédulo estupor.
Ellis se olvidó del maletín y clavó la vista en ellos. Los tres hombres diminutos demostraron
una estupefacción similar. Ninguno de ellos se movió, paralizados por la sorpresa. Henry Ellis se
agachó, boquiabierto.
Una cuarta figurita se unió a las otras. Todas se quedaron petrificadas, con los ojos a punto de
salirse de las órbitas. Vestían una especie de túnicas. Túnicas de color pardo y sandalias. Prendas
extrañas, que no eran propias de la Tierra. Todo en su aspecto denotaba que no eran terrícolas: su
tamaño, sus rostros oscuros de peculiares tonos, su atavío..., y sus voces.
De repente, las figuritas empezaron a chillar entre sí, dando lugar a una extraña algarabía.
Recuperados de su parálisis, empezaron a correr en grotescos y frenéticos círculos. Corrían a una
velocidad increíble; se dispersaban como hormigas que hubieran caído en una sartén al rojo vivo.
Corrían y brincaban, agitando brazos y piernas como posesos. No cesaban de chillar con sus
agudas y estridentes voces.
Ellis encontró su maletín. Lo recogió con mucha lentitud. Las figuras contemplaron, con una
mezcla de asombro y terror, como se alzaba la enorme valija, a escasísima distancia de ellas. Una
idea atravesó la mente de Ellis. Santo Dios, ¿podrían introducirse en el instanmóvil, a través de la
niebla gris?
No tenía tiempo de averiguarlo. Iba a llegar con retraso. Se liberó del hechizo y corrió hacia el
final del túnel. Un segundo después salió al sol cegador y descubrió que se encontraba en la
bulliciosa esquina frente a la que se alzaba su oficina.
—¡Hola, Hank! —gritó Donald Potter, mientras entraba corriendo en el edificio—. ¡Date
prisa!
—Sí, sí.
Ellis le siguió como un autómata. El instanmóvil formaba un vago círculo sobre el pavimento,
como el fantasma de una burbuja de jabón.
Subió corriendo la escalera y penetró en las oficinas de Desarrollo Terrestre. Su mente ya se
había concentrado en el duro día que le esperaba.
Mientras cerraban con llave la puerta de la oficina y se preparaban para volver a casa, Ellis
detuvo al coordinador Patrick Miller en la puerta de su despacho.
—Señor Miller, usted también es responsable de la parte de investigación, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué?
—Me gustaría preguntarle algo. ¿Adónde va el instanmóvil? Debe ir a algún sitio.
—Sale del continuo por completo. —Miller estaba impaciente por irse a casa—. Penetra en
otra dimensión.
—Lo sé, pero..., ¿dónde?
Miller desdobló el pañuelo que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta y lo extendió
sobre su escritorio.
—Quizá se lo pueda explicar mejor así. Imagine que usted es un ser de dos dimensiones y que
este pañuelo representa su...
—Lo he visto un millón de veces —dijo Ellis, decepcionado—. Es una simple analogía, y no
me interesa una analogía. Quiero una respuesta concreta. ¿Adónde va mi instanmóvil entre aquí y
Cedar Groves?
—¿Y a usted qué demonios le importa? —rió Miller.
Ellis se puso en guardia de repente. Se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.
—Pura curiosidad. Estoy seguro que debe de ir a algún sitio.
Miller apoyó la mano sobre el hombro de Ellis, con el gesto de un hermano mayor cariñoso.
—Henry, viejo amigo, deje eso en nuestras manos. ¿De acuerdo? Nosotros somos los
inventores, y usted el consumidor. Su trabajo consiste en utilizar el instanmóvil, probarlo e
informar de cualquier fallo o defecto para que funcione perfectamente cuando lo saquemos al
mercado el año que viene.
—En realidad... —empezó Ellis.
—¿Sí?
Ellis no terminó la frase.
—Nada. —Tomó su maletín—. Nada en absoluto. Hasta mañana. Gracias, señor Miller.
Buenas noches.
Salió a toda prisa del edificio. La tenue silueta de su instanmóvil era visible a la pálida luz del
atardecer. El cielo ya estaba lleno de monojets que se marchaban. Trabajadores agotados
iniciaban su largo viaje de vuelta a sus casas, en el campo. El trayecto interminable. Ellis caminó
hacia el aro y entró en él. De súbito, el sol se desvaneció.
Se encontró de nuevo en el fluctuante túnel gris. Un círculo verde y blanco destellaba en el
extremo más alejado. Verdes colinas ondulantes y su casa. Su patio trasero. El cedro y los lechos
de flores. La ciudad de Cedar Groves.
Dos pasos por el túnel. Ellis se detuvo y se inclinó. Examinó el suelo del túnel. Examinó la
pared gris nebulosa en el punto donde se alzaba y oscilaba..., y aquel lugar en el que había
reparado.
Todavía continuaban allí. ¿Todavía? Se trataba de un grupo diferente. Esta vez había diez u
once figuritas. Hombres, mujeres y niños. Se mantenían muy juntos, y le contemplaban con
asombro y temor. No medirían más de un centímetro y medio. Figuras diminutas y
distorsionadas, que cambiaban de forma, color y apariencia.
Ellis apresuró el paso. Las figuritas le vieron alejarse. Un breve vislumbre de su estupor
microscópico..., y desembocó en su patio trasero.
Desconectó el instanmóvil y subió la escalera. Entró en su casa, abismado en sus
pensamientos.
—Hola —gritó Mary desde la cocina.
Corrió hacia él con los brazos extendidos, vestida con una camisa de malla larga hasta los
pies.
—¿Cómo ha ido el trabajo?
—Bien.
—¿Ha pasado algo? Estás... raro.
—No, no ha pasado nada. —Ellis depositó un beso en la frente de su mujer, absorto—. ¿Qué
hay para cenar?
—Algo muy especial: filete de topo de Sirio. Uno de tus platos favoritos. ¿Va todo bien?
—Claro.
Ellis tiró el abrigo y el sombrero sobre la silla. La silla los dobló y apartó. El semblante de
Ellis continuaba siendo pensativo y preocupado.
—Todo va bien, cariño.
—¿Estás seguro que no ha pasado nada? No habrás vuelto a discutir con Pete Taylor,
¿verdad?
—No, claro que no. —Ellis negó con la cabeza, molesto—. Todo va bien, cariño. Deja de
martirizarme.
—Bien, eso espero —suspiró Mary.
A la mañana siguiente le estaban esperando.
Les vio nada más entrar en el instanmóvil. Un pequeño grupo que esperaba entre la neblina,
como insectos atrapados en una masa de gelatina. Movían los brazos y las piernas con suma
rapidez, intentando atraer su atención. Chillaban con sus débiles y patéticas voces.
Ellis se agachó. Estaban introduciendo algo por la pared del túnel, aprovechando la ínfima
grieta abierta en la niebla gris. Era pequeño, tan increíblemente pequeño que apenas podía verlo.
Un cuadrado blanco al final de un palo microscópico. Las figuritas le miraban con ansiedad. Sus
rostros revelaban temor y esperanza, una esperanza suplicante y desgarradora.
Ellis tomó el diminuto cuadrado. Se desprendió del palo como un frágil pétalo de rosa. Se le
escapó de los dedos y tuvo que tantear a su alrededor. Las figuritas siguieron con el corazón en
un puño los movimientos de sus gigantescas manos, que exploraban el suelo del túnel. Por fin lo
encontró y lo acercó a sus ojos.
Era demasiado pequeño para descifrarlo. ¿Escritura? Líneas diminutas..., pero no podía
leerlas. Demasiado pequeñas para leerlas. Sacó su cartera y encajó el cuadrado entre dos tarjetas
con sumo cuidado. Introdujo la cartera en su bolsillo.
—Lo miraré más tarde —dijo.
Su voz resonó en el túnel. El ruido provocó que los seres se dispersaran. Huyeron del
resplandor grisáceo y se perdieron en la oscuridad, lanzando chillidos estremecedores.
Desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, como ratones asustados. Estaba solo.
Ellis se arrodilló y aplicó el ojo a la parte más tenue del resplandor gris, donde le habían
esperado. Distinguió algo borroso y distorsionado, oculto por una bruma vaga. Una especie de
paisaje, confuso, difícil de distinguir.
Colinas. Árboles y cultivos. Pero tan borrosos y diminutos...
Consultó su reloj. ¡Santo Dios, las diez! Se puso en pie precipitadamente y corrió por el túnel,
hasta salir al deslumbrante pavimento de Nueva York.
Llegaba tarde. Subió corriendo la escalera del edificio, recorrió el largo pasillo y llegó a su
oficina.
A la hora de comer se dirigió a los laboratorios de investigación.
—Hola —saludó, cuando Jim Andrews pasó cargado con informes y aparatos—. ¿Tienes un
momento?
—¿Qué quieres, Henry?
—Me gustaría pedirte prestado algo. Una lupa. —Reflexionó—. Aunque tal vez me vendría
mejor un microscopio fotónico, de cien o doscientos aumentos.
—Cosas de niños. —Jim le tendió un pequeño microscopio—. ¿Diapositivas?
—Sí, un par de diapositivas borrosas.
Llevó el microscopio a su despacho. Lo colocó sobre el escritorio y apartó los papeles. Como
medida de precaución, indicó a su secretaria, la señorita Nelson, que podía irse a comer.
Después, con infinitas precauciones, sacó el pequeño trozo de papel de la cartera y lo deslizó
entre las dos platinas.
Estaba escrito, en efecto, pero no entendió lo que ponía. Caracteres pequeños, complejos y
entrelazados, desconocidos por completo.
Pasó un rato pensando. Después, marcó un número en el videófono interdepartamental.
—Póngame con el departamento de Lingüística.
Al cabo de unos momentos apareció el rostro afable de Earl Peterson.
—Hola, Ellis. ¿En qué puedo ayudarte?
Ellis vaciló. Tenía que proceder sin cometer ningún error.
—Hola, Earl. Quiero pedirte un pequeño favor.
—¿Como cuál? Cualquier cosa por un viejo amigo.
—Tienes..., hum, esa máquina ahí abajo, ¿no? Ese trasto de traducir que utilizas para trabajar
en documentos sobre civilizaciones extraterrestres.
—Claro. ¿Por qué?
—¿Crees que yo podría utilizarla? —Hablaba con rapidez—. Es un asunto algo absurdo, Earl.
Tengo un amigo que vive en, hum, Centauro VI, y me escribe en, hum, ya sabes, en el sistema
semántico de los nativos centaurianos, y yo...
—¿Quieres que la máquina te traduzca una carta? Claro, me parece que podríamos hacerlo. Al
menos, por esta vez. Baja.
Bajó. Consiguió que Earl le enseñara cómo funcionaba la máquina, y en cuanto Earl se volvió
introdujo el diminuto cuadrado. La Máquina Lingüística zumbó. Ellis rezó en silencio para que el
papel no fuera demasiado pequeño, para que no se colara entre las piezas de la maquinaria.
Al cabo de unos segundos surgió una cinta por la ranura. La cinta se cortó a sí misma y cayó
en una bandeja. La Máquina Lingüística se enfrascó en seguida en otros asuntos, materiales más
vitales procedentes de las diversas divisiones de exportación de DT.
Ellis desplegó la cinta con dedos temblorosos. Las palabras bailaron ante sus ojos.
Preguntas. Le hacían preguntas. Dios, la cosa se estaba complicando. Leyó las preguntas en
voz baja. En menudo lío se había metido. Aquella gente esperaba respuestas. Él había aceptado
su papel, se lo había llevado. Le estarían esperando cuando regresara a casa, muy probablemente.
Volvió a su despacho y marcó un número en el videófono.
—Póngame con el exterior —ordenó.
El monitor habitual apareció.
—¿Sí, señor?
—Póngame con la Biblioteca de Información Federal —dijo Ellis—. División de
Investigación Cultural.
Aquella noche le esperaban, en efecto, pero no eran los mismos. Era extraño; cada vez había
un grupo diferente. Sus ropas también eran algo diferentes. Una nueva apariencia. Y el paisaje
del fondo había sufrido ligeras variaciones. Los árboles que había visto antes ya no estaban. Las
colinas seguían en su sitio, pero el color era distinto. Un blancogrisáceo apagado. ¿Nieve?
Se agachó. Lo había hecho con esmero. Había introducido las respuestas de la Biblioteca de
Información Federal en la Máquina Lingüística para que las tradujera en sentido inverso. Las
respuestas estaban escritas en el mismo idioma de las preguntas..., pero en una hoja de papel más
grande.
Ellis, como si jugara a canicas, lanzó la bolita de papel por el resplandor gris. Pasó por encima
de seis o siete de las figuras expectantes y bajó rodando por la ladera de la colina sobre la que
esperaban. Tras un momento de aterrorizada inmovilidad, las figuras se lanzaron frenéticamente
tras ella. Desaparecieron en las vagas e invisibles profundidades de su mundo y Ellis se
reincorporó.
—Bueno —murmuró para sí—, ya está.
No fue así. A la mañana siguiente había un nuevo grupo..., y una nueva lista de preguntas. Las
figuritas empujaron su microscópico cuadrado de papel por la estrecha abertura de la pared del
túnel y esperaron, temblorosos, a que Ellis se agachara y lo tomara.
Lo encontró..., por fin. Lo guardó en la cartera y prosiguió su camino. Desembocó en Nueva
York con el ceño fruncido. La cosa se estaba poniendo seria. ¿Iba a convertirse en un trabajo
continuado?
Después, sonrió. Era lo más extraño que jamás le había sucedido. Aquellos tunantes, a su
manera, eran muy listos. Diminutos rostros graves, que la preocupación deformaba. Y también el
terror. Le tenían miedo, mucho miedo. ¿Y por qué no? Comparado con ellos, era un gigante.
Ellis hizo conjeturas acerca de su mundo. ¿Cómo sería su planeta? Su extrema pequeñez era
peculiar, pero el tamaño era una cuestión relativa. Pequeño, no obstante, comparado con él.
Pequeño y reverente. Mientras empujaban hacia él los papeles, percibía su temor, la ansiosa y
torturante esperanza. Dependían de él. Rezaban para que les proporcionara respuestas.
—Un trabajo de lo más original —dijo para sí, sonriente.
—¿Qué pasa? —preguntó Peterson, cuando apareció en el laboratorio de Lingüística a
mediodía.
—Bueno, es que he recibido otra carta de mi amigo de Centauro VI.
—¿Sí? —El rostro de Peterson transparentó cierta suspicacia—. No me estarás tomando el
pelo, ¿verdad, Henry? Esta máquina tiene un montón de trabajo que hacer. No se detiene ni un
momento. No debemos desperdiciar su tiempo en...
—Esto es muy serio, Earl. —Ellis palmeó su cartera—. Un asunto muy importante. No es un
pasatiempo.
—De acuerdo. Si tú lo dices... —Peterson dio su aprobación al equipo que se encargaba de la
máquina—. Deja que este tipo utilice el traductor, Tommie.
—Gracias —murmuró Ellis.
Repitió la rutina, obtuvo la traducción, se llevó las preguntas a su despacho y las pasó al
personal investigador de la Biblioteca. Al caer la noche ya tenía las respuestas en el idioma de las
preguntas y las guardó en la cartera. Ellis salió del edificio de Desarrollo Terrestre y entró en el
instanmóvil.
Como de costumbre, un nuevo grupo le esperaba.
—Hola, chicos —saludó Ellis, introduciendo la bolita de papel por la abertura.
La bolita rodó por la campiña microscópica y rebotó de colina en colina. Los enanitos la
persiguieron. Se movían de una forma curiosa, como si tuvieran las piernas agarrotadas. Ellis
contempló sus evoluciones, sonriendo con interés..., y orgullo.
Se movían muy de prisa, no quedaba duda. Apenas podía distinguirlos. Se habían alejado
como un rayo del resplandor. Por lo visto, sólo una ínfima parte de su mundo era tangente al
instanmóvil. Sólo aquel punto, donde la niebla resplandeciente era menos densa. Forzó la vista.
Estaban abriendo la bolita. Tres o cuatro figuritas alisaron el papel y examinaron las
respuestas.
Ellis, henchido de orgullo, continuó por el túnel y salió a su patio trasero. No sabía leer sus
preguntas y, una vez traducidas, no sabía responderlas. El departamento de Lingüística se
encargaba de la primera parte, y el personal de investigación de la Biblioteca completaba el resto.
Con todo, Ellis se sentía orgulloso. Experimentaba en su interior una profunda y ardiente
sensación. La expresión de sus rostros. La forma en que le miraban cuando veían el papel con las
respuestas en su mano. Cuando se dieron cuenta que iba a contestar a sus preguntas. Y la manera
en que se dispersaban a continuación. Era muy... satisfactorio. Le hacía sentirse en la gloria.
—No está mal —murmuró. Abrió la puerta trasera y entró en la casa—. No está nada mal.
—¿Qué no está mal, cariño? —preguntó Mary, alzando la vista de la mesa. Olvidó la revista y
se levantó—. Caramba, pareces muy feliz. ¿Qué ha pasado?
—Nada. ¡Nada en absoluto! —La besó ardientemente en la boca—. Esta noche estás
guapísima, pequeña.
—¡Oh, Henry! —Mary enrojeció de pies a cabeza—. Eres un encanto.
Examinó a su esposa con una mirada apreciativa. Llevaba un conjunto de dos piezas de
plástico transparente.
—Vistes unos fragmentos de lo más atractivo.
—¡Caray, Henry! ¿Qué te ha pasado? ¡Pareces tan..., tan fogoso!
—Oh, creo que disfruto con mi trabajo —sonrió Ellis—. Ya sabes, no hay nada como estar
orgulloso de tu trabajo. Un trabajo bien hecho, como suele decirse. Un trabajo del que puedes
estar orgulloso.
—Siempre has dicho que sólo eras una pieza en una gigantesca máquina impersonal, una
especie de número.
—Las cosas han cambiado —afirmó Ellis—. Estoy haciendo un, hum, un nuevo proyecto. Un
nuevo encargo.
—¿Un nuevo encargo?
—Reúno información. Algo así como... un trabajo creativo, por así decirlo.
Al finalizar la semana les había entregado un buen conjunto de información.
Tomó la costumbre de marcharse a trabajar a las nueve y media. Así se regalaba treinta
minutos para ponerse a cuatro patas y escudriñar por la abertura. Adquirió una buena práctica en
observarles y ver lo que hacían en su mundo microscópico.
Su civilización era bastante primitiva, sin duda alguna. Juzgando por los criterios de la Tierra,
ni siquiera era una civilización. De sus observaciones dedujo que carecían de técnicas científicas;
se trataba de una cultura agraria, una especie de comunismo rural, una organización monolítica
de base tribal, sin demasiados miembros.
No a la vez, al menos. Ésa era la parte que no comprendía. Cada vez que pasaba había un
grupo diferente. Los rostros no le resultaban familiares. Y su mundo también cambiaba. Los
árboles, los cultivos, la fauna. El clima, en apariencia.
¿Transcurría su tiempo de manera distinta? Se movían con mucha rapidez, como una cinta de
vídeo acelerada. Y sus voces estridentes. Tal vez era eso. Un universo totalmente diferente, en el
que la estructura del tiempo poseía diferencias radicales.
En cuanto a su actitud ante él, no podía llamarse a engaño. Después de los dos primeros
encuentros empezaron a presentarle ofrendas, porciones increíblemente diminutas de comida
humeante, preparada en hornos y hogares de ladrillo. Si introducía la nariz en el resplandor gris
captaba un tenue aroma a comida. Y olía bien. Fuerte y condimentada, picante. Carne, con toda
probabilidad.
El viernes se proveyó de una lupa y los contempló a sus anchas. Era carne, en efecto.
Arrastraban animales del tamaño de una hormiga hacia los hornos, para sacrificarlos y cocinarlos.
Divisó mejor sus rostros con la lupa. Eran extraños. Fuertes y oscuros, con una peculiar mirada
firme.
Sólo manifestaban una actitud ante él, por supuesto. Una combinación de miedo, reverencia y
esperanza. Esa actitud le encantaba. Se la dedicaban sólo a él. Gritaban y discutían entre sí, y a
veces peleaban y se acuchillaban con furia, formando una violenta confusión de túnicas pardas.
Constituían una especie apasionada y enérgica. Llegó a admirarles.
Y eso estaba bien..., porque le hacía sentirse mejor. Era fantástico recibir la admiración
reverente de una raza tan orgullosa y tenaz. No demostraban la menor cobardía.
La quinta vez descubrió que habían construido un edificio bastante atractivo. Parecía un
templo, un lugar de adoración.
¡Para él! Estaban desarrollando una auténtica religión, centrada en él. No existía duda. Salía
de casa a las nueve de la mañana para pasar una hora en su compañía. A mediados de la segunda
semana ya habían desarrollado todo un ritual. Procesiones, velas encendidas, canciones o
cánticos. Sacerdotes de largos hábitos. Y las ofrendas condimentadas.
No vio imágenes, sin embargo. Por lo visto, era tan grande que no podían hacerse una idea de
su apariencia. Intentó imaginar cuál sería su aspecto desde el otro lado del resplandor. Una forma
inmensa que se cernía sobre ellos, tras una cortina de niebla gris.
Un ser borroso, parecido a ellos, pero no igual. Una especie diferente, por supuesto. Más
grande..., pero diferente en otros aspectos. Y cuando hablaba, su voz atronaba a lo largo y ancho
del instanmóvil. Lo cual les impulsaba a huir.
Una religión desarrollada. Él les estaba cambiando. Gracias a su presencia y a sus respuestas,
las respuestas precisas y correctas que obtenía de la Biblioteca de Información Federal y traducía
a su idioma mediante la Máquina Lingüística. Debido a la forma en que transcurría su tiempo,
tenían que esperar generaciones para obtener las respuestas. Pero a estas alturas ya se habían
acostumbrado. Esperaban. Aguardaban. Le transmitían sus preguntas y al cabo de un par de
siglos él les entregaba las respuestas, respuestas que, sin duda, utilizaban para algo práctico.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Mary una noche, cuando llegó una hora más tarde a casa—.
¿Dónde has estado?
—Trabajando —contestó Ellis con indiferencia, mientras se quitaba el sombrero y el abrigo.
Se desplomó en el sofá—. Estoy cansado, muy cansado. —Suspiró de alivio e indicó con un
gesto al brazo del sofá que le trajera un whisky sour.
Mary se acercó al sofá.
—Henry, estoy un poco preocupada.
—¿Preocupada?
—No deberías trabajar tanto. Tendrías que tomártelo con más calma. ¿Cuánto hace que no
disfrutas de unas auténticas vacaciones? Un viaje fuera de la Tierra, fuera del sistema. La verdad
es que me gustaría llamar a ese tal Miller y preguntarle si es necesario que un hombre de tu edad
ponga tanto...
—¡Un hombre de mi edad! —Ellis se revolvió, indignado—. No soy tan viejo.
—Claro que no. —Mary se sentó a su lado y le rodeó con sus brazos—. No deberías trabajar
tanto. Te mereces un descanso, ¿no crees?
—Esto es diferente. No lo entiendes. No es lo mismo de siempre. Informes, estadísticas y los
malditos archivos. Esto es...
—¿El qué?
—Esto es diferente. No soy una pieza. Esto me gratifica. Creo que no puedo explicártelo, pero
se trata de algo que debo hacer.
—Si pudieras contarme algo más...
—No puedo contarte nada más —dijo Ellis—, pero no existe nada igual en el mundo. He
trabajado veinticinco años para Desarrollo Terrestre. Veinticinco años en los mismos informes,
día tras día. Veinticinco años..., y nunca me había sentido así.
—Ah, ¿sí? —rugió Miller—. ¡No me venga con monsergas! ¡Desembuche, Ellis!
Ellis boqueó como un pez.
—¿De qué está hablando? —El terror se apoderó de él—. ¿Qué ha pasado?
—No intente jugar conmigo al gato y al ratón. —En la pantalla, el rostro de Miller se tiñó de
púrpura—. Venga a mi despacho.
La pantalla se apagó.
Ellis siguió sentado ante su escritorio, estupefacto. Se recobró poco a poco y se puso en pie,
temblando como una hoja.
—Dios mío.
Se secó el sudor frío de la frente, sin fuerzas. De repente, todo arruinado. Estaba aturdido por
la conmoción.
—¿Algo va mal? —preguntó la señorita Nelson.
—No.
Ellis avanzó como atontado hacia la puerta. Estaba destrozado. ¿Qué había descubierto
Miller? ¡Santo Dios! ¿Era posible que...?
—El señor Miller parecía enfadado.
—Sí.
Ellis caminó por el pasillo, sin ver nada. Su mente funcionaba a toda máquina. Miller parecía
muy enfadado. De alguna manera, lo había descubierto. Pero, ¿por qué se había enfurecido?
¿Qué le importaba a él? Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. La cosa tenía mal aspecto.
Miller era su superior..., con poderes para contratar y despedir. Tal vez había cometido alguna
equivocación. Tal vez, sin saberlo, había quebrantado la ley, cometido un delito. Pero, ¿cuál?
¿Qué le importaban ellos a Miller? ¿Cuál era el interés de Desarrollo Terrestre?
Abrió la puerta del despacho de Miller.
—Aquí estoy, señor Miller —murmuró—. ¿Cuál es el problema?
Miller echaba chispas por los ojos.
—Ese ridículo asunto de su primo de Próxima.
—Es... Hum... Se refiere a un amigo de negocios de Centauro VI.
—¡Es usted un..., un estafador! ¡Después de todo lo que la empresa ha hecho por usted!
—No entiendo —musitó Ellis—. ¿Qué he...?
—¿Por qué cree que le hicimos entrega del instanmóvil antes que a nadie?
—¿Por qué?
—¡Para probarlo! ¡Para ver cómo funcionaba, repugnante chinche venusino de ojos saltones!
La empresa le consintió magnánimamente manejar un instanmóvil antes de su presentación en el
mercado, ¿y qué hace usted? Demonios, usted...
Ellis empezó a indignarse. Después de todo, llevaba veinticinco años en DT.
—No es necesario que sea tan ofensivo. Desembolsé mis mil créditos de oro a cambio...
—Bien, puede largarse con viento fresco al despacho del contable y recuperar su dinero. Ya he
cursado la orden al equipo de construcción para que embale su instanmóvil y lo devuelva aquí.
Ellis estaba patidifuso.
—Pero, ¿por qué?
—¿Cómo que por qué? Porque es defectuoso. Porque no funciona. Por eso. —La ofensa
tecnológica arrancó chispas de los ojos de Miller—. El equipo de inspección encontró una grieta
de un kilómetro de ancho. —Torció los labios—. Como si usted no lo supiera.
El corazón de Ellis dio un salto.
—¿Una grieta? —graznó, temiendo lo peor.
—Una grieta. Por suerte autoricé una inspección periódica. Si dependiéramos de gente como
usted para...
—¿Está seguro? A mí me parecía que funcionaba muy bien. O sea, me traía aquí sin el menor
problema. —Ellis luchaba por encontrar las palabras—. En lo que a mí respecta, ninguna queja.
—No, claro, ninguna queja. Esa es la razón exacta por la que no tendrá ninguno más. Por eso
tomará esta noche el monojet para volver a su casa. ¡Porque no informó sobre la grieta! Y si
vuelve a intentar ocultarle algo a esta oficina...
—¿Cómo sabe que me había dado cuenta del... defecto?
Miller se hundió en su butaca, sobrecogido de furia.
—A causa de sus peregrinajes diarios a la Máquina Lingüística —dijo poco a poco—. Con la
falsa carta de su abuela de Betelgeuse II. Lo cual no era cierto. Lo cual era un fraude. ¡Lo cual
obtenía usted a través de la grieta del instanmóvil!
—¿Cómo lo sabe? —chilló Ellis, atrapado entre la espada y la pared—. Es posible que tuviera
un defecto, pero usted no puede demostrar que existe una relación entre su instanmóvil
defectuoso y mi...
—Su misiva —afirmó Miller—, la que introdujo en nuestra Máquina Lingüística, no estaba
escrita en un lenguaje extraterrestre. No era de Centauro VI. No procedía de algún sistema
alienígena. Era hebreo antiguo. Y sólo pudo conseguirlo en un sitio, Ellis, de forma que no
intente engañarme.
—¡Hebreo! —exclamó Ellis, aturdido. Palideció como la cera—. Santo Dios. El otro
continuo... La cuarta dimensión. El tiempo, por supuesto. —Se puso a temblar—. Y el universo
en expansión. Eso explicaría su tamaño. Y explica por qué un grupo nuevo, una nueva
generación...
—Ya corremos bastantes riesgos con estos instanmóviles, tal como son ahora. Practicar un
túnel en el continuo espaciotemporal... —Miller sacudió la cabeza, agotado—. Maldito
entrometido. Usted sabía que debía informarnos de cualquier defecto.
—Me parece que no he hecho ningún daño, ¿verdad? —Ellis estaba terriblemente nervioso—.
Parecían complacidos, incluso agradecidos. Demonios, estoy seguro que no causé ningún
perjuicio.
Miller lanzó un alarido de rabia demente. Paseó un rato por el despacho. Por fin, tiró algo
sobre el escritorio, frente a Ellis.
—Ningún perjuicio. No, ninguno. Fíjese en esto. Lo he sacado de los Archivos de Artefactos
Antiguos.
—¿Qué es?
—¡Mírelo! Lo comparé con una de sus hojas de preguntas. Lo mismo. Exactamente lo mismo.
Todas sus hojas, preguntas y respuestas, se hallan aquí, ¡sarnoso ciempiés ganimediano!
Ellis tomó el libro y lo abrió. Mientras leía las páginas, una extraña mirada iluminó su rostro.
—Santo cielo. Registraron todo cuanto les proporcioné. Lo reunieron en un libro, hasta la
última palabra. Y también algunos comentarios. Todo está aquí, palabra por palabra. Ejerció un
efecto, por tanto. Lo publicaron, lo reprodujeron.
—Vuelva a su despacho. Ya me he cansado de verle por hoy. Me he cansado para siempre.
Recibirá el talón del finiquito por los conductos habituales.
Una extraña emoción provocó que el rostro de Ellis enrojeciera, como si estuviera en trance.
Aferró el libro y se dirigió hacia la puerta.
—Señor Miller, ¿puedo quedármelo? ¿Puedo llevármelo?
—Claro —respondió Miller, exhausto—. Claro, lléveselo. Léalo esta noche, camino de su
casa, en el monojet público.
—Henry quiere enseñarte algo —susurró excitada Mary Ellis, tomando a la señora Lawrence
por el brazo—. No metas la pata.
—¿Que no meta la pata? —La señora Lawrence vaciló, nerviosa y algo inquieta—. ¿Qué es?
No será algo vivo, ¿verdad?
—No, no. —Mary la empujó hacia la puerta del estudio—. Limítate a sonreír. —Alzó la
voz—. Henry, Dorothy Lawrence está aquí.
Henry Ellis apareció en la puerta del estudio, una figura digna en su bata de seda, con la pipa
en la boca y una pluma estilográfica en una mano. Hizo una ligera inclinación de cabeza.
—Buenas noches, Dorothy —dijo en voz baja, bien modulada—. ¿Te importa entrar en mi
estudio un momento?
—¿Estudio? —La señora Lawrence cruzó el umbral, indecisa—. ¿Qué estudias? Bueno, Mary
me ha dicho que has estado haciendo algo muy interesante últimamente, ahora que ya no estás
en... O sea, ahora que te quedas más en casa. De todas formas, no me ha dado la menor pista.
Los ojos de la señora Lawrence vagaron con curiosidad por la habitación. El estudio estaba
lleno de libros de consulta, mapas, un enorme escritorio de caoba, un atlas, un globo terráqueo,
butacas de piel y una máquina de escribir eléctrica inconcebiblemente antigua.
—¡Santo Dios! —exclamó la mujer—. Qué extraño. Tantas antigüedades...
Ellis sacó algo del librero con infinito cuidado y se lo tendió, como sin darle importancia.
—A propósito... Échale una ojeada a esto.
—¿Qué es? ¿Un libro? —La señora Lawrence tomó el libro y lo examinó—. Dios mío, cómo
pesa. —Leyó la cubierta, moviendo los labios—. ¿Qué significa esto? Parece muy antiguo. ¡Y
qué letras tan extrañas! Nunca había visto nada igual. Sagrada Biblia. —Alzó sus ojos
brillantes—. ¿Qué es esto?
—Bueno... —Ellis esbozó una sonrisa.
La señora Lawrence tuvo una intuición y se quedó sin aliento.
—¡Santo Cielo! No habrás escrito esto, ¿verdad?
La sonrisa de Ellis se hizo más amplia. Enrojeció de modestia, digno y sereno.
—Una cosa sin importancia —murmuró, indiferente—. Mi primera obra, para ser exacto. —
Acarició la pluma con aire pensativo—. Y ahora, con vuestro permiso, debo volver a mi trabajo...
F I N

ALGUNAS CLASES DE VIDA -- PHILIP K. DICK


ALGUNAS CLASES DE VIDA
PHILIP K. DICK
..
—¡Joan, por el amor de Dios!
Joan Clarke captó la irritación en la voz de su marido, aun a través del altavoz mural. Saltó de la silla en
la que estaba sentada junto a la videopantalla y corrió hacia el dormitorio. Bob hurgaba furiosamente en el
armario ropero, sacando chaquetas y trajes y arrojándolos sobre la cama. Su cara estaba roja de
exasperación.
—¿Qué buscas?
—Mi uniforme. ¿Dónde está? ¿No está aquí?
—Claro que sí. Déjame mirar.
Bob se apartó con semblante hosco. Joan pasó a su lado y conectó el distribuidor automático. Los
trajes aparecieron en rápida sucesión, desfilando para que los inspeccionara.
Eran las nueve de la mañana. El cielo lucía un azul radiante. No se veía ni una nube. Un cálido día
primaveral de finales de abril. Las lluvias del día anterior habían humedecido y ennegrecido la tierra que se
extendía frente a la casa. Brotes verdes empezaban a asomar en el suelo ablandado. La humedad oscurecía
la acera. Amplias parcelas de césped centelleaban a la luz del sol.
—Aquí está.
Joan desconectó el distribuidor. El uniforme cayó en sus brazos y se lo pasó a su marido.
—La próxima vez no te enfades tanto.
—Gracias —sonrió Bob, violento. Dio unas palmadas a la chaqueta—. Fíjate, está arrugada. Creía que
me lo tendrías todo a punto.
—Te quedará muy bien.
Joan conectó el hacecamas. Éste alisó las sábanas y las mantas, luego las dobló. El cobertor se
acomodó cuidadosamente sobre las almohadas.
—Cuando la hayas llevado un rato te sentará de maravilla. Bob, eres el hombre más quisquilloso que
conozco.
—Lo siento, cariño —murmuró Bob.
—¿Qué te pasa? —Joan se acercó a él y apoyó la mano sobre su ancha espalda—. ¿Estás preocupado
por algo?
—No.
—Cuéntamelo.
Bob empezó a desabrocharse el uniforme.
—Nada importante. No quería preocuparte. Erickson me llamó ayer al trabajo para decirme que mi
grupo va a partir de nuevo. Por lo visto, ahora llaman a los grupos de dos en dos. Pensaba que descansaría
durante otros seis meses.
—¡Oh, Bob! ¿Por qué no me lo dijiste?
—Erickson y yo hablamos mucho rato. «¡Por el amor de Dios!», le dije, «acabo de llegar». «Lo sé,
Bob», me contestó, «Lo siento muchísimo, pero no puedo hacer nada. Navegamos en el mismo barco. En
cualquier caso, no durará mucho. Es posible que terminemos de una vez. Se trata de la situación en Marte.
A todo el mundo le está molestando». Eso es lo que me dijo. Fue muy amable. Para ser un organizador
sectorial, Erickson es un buen tipo.
—¿Cuándo..., cuándo has de marcharte?
Bob consultó su reloj.
—Debo estar en la pista a mediodía. Me quedan tres horas.
—¿Cuándo volverás?
—Oh, dentro de un par de días..., si todo va bien. Ya sabes cómo están las cosas. Varían de un día a
otro. ¿Te acuerdas cuando en octubre estuve ausente toda una semana? Claro que no ocurre a menudo.
Los grupos se turnan ahora con tal rapidez que prácticamente estás de vuelta antes de empezar.
Tommy entró como una tromba en la cocina.
—¿Qué pasa, papá? —Reparó en el uniforme—. Caray, ¿le toca a tu grupo de nuevo?
—Exacto.
Tommy sonrió de oreja a oreja: era una complacida sonrisa de adolescente.
—¿Van a poner en vereda a los marcianos? Estaba viendo las noticias. Esos marcianos parecen un
montón de hierbas secas atadas en un manojo. ¿Están seguros que podrán liquidarles?
Bob rió y palmeó la espalda de su hijo.
—Pregúntaselo a ellos, Tommy.
—Tenía muchas ganas de ir contigo.
La expresión de Bob cambió. Sus ojos se endurecieron como el pedernal.
—No, muchacho, ni hablar. No digas eso. Se produjo un silencio incómodo.
—Era una broma —murmuró Tommy.
—Olvídalo —rió Bob—. Ahora, lárguense. Quiero cambiarme.
Joan y Tommy salieron de la habitación. La puerta se cerró. Bob se vistió a toda prisa, tiró la bata y el
pijama sobre la cama y se ciñó el uniforme de color verde oscuro. Se ató las botas y abrió la puerta.
Joan había sacado su maleta del armario del vestíbulo.
—Te la vas a llevar, ¿verdad? —preguntó.
—Gracias. —Bob tomó la maleta—. Vamos al coche.
Tommy ya estaba absorto en la videopantalla, empezando los deberes de aquel día. Una lección de
biología desfilaba lentamente por la pantalla.
Bob y Joan bajaron los peldaños delanteros y se encaminaron por el sendero hacia el vehículo de
superficie, estacionado al borde de la carretera. La puerta se abrió cuando se acercaron. Bob arrojó la
maleta dentro y se sentó al volante.
—¿Por qué hemos de luchar contra los marcianos? —preguntó Joan de repente—. Dímelo, Bob. Dime
por qué.
Bob encendió un cigarrillo. Dejó que el humo gris se esparciera por la cabina del coche.
—¿Por qué? Lo sabes tan bien como yo. —Alargó su enorme mano y golpeó el bello cuadro de
mandos del coche—. Por esto.
—¿Qué quieres decir?
—El mecanismo de control necesita rexeroide. Y los únicos depósitos de rexeroide de todo el sistema
se encuentran en Marte. Si perdemos Marte, perdemos esto. —Recorrió con la mano el brillante cuadro
de mandos—. Y si perdemos esto, ¿cómo vamos a ir de un lado a otro? Contéstame.
—¿No podemos volver a la conducción manual?
—Hace diez años sí, pero hace diez años conducíamos a menos de ciento cincuenta kilómetros por
hora. Hoy en día, ningún ser humano podría conducir a aquellas velocidades. Es imposible volver a la
conducción manual sin reducir la velocidad.
—¿Por qué no?
—Cariño —rió Bob—, vivimos a ciento cuarenta kilómetros de la ciudad. ¿De verdad crees que podría
conservar mi trabajo si corriera todo el rato a sesenta kilómetros por hora? Me pasaría la vida en la
carretera.
Joan calló.
—Por tanto, hemos de conseguir ese maldito material, el rexeroide. Nuestros aparatos de control
dependen de él. Nosotros dependemos de él. Lo necesitamos. Las minas de Marte deben seguir en
funcionamiento. No podemos permitir que los marcianos se apoderen de los depósitos de rexeroide.
¿Entiendes?
—Entiendo. Y el año pasado fue el kryon de Venus. Era imprescindible, así que fuiste a luchar a Venus.
—Querida, las paredes de nuestras casas no mantendrían una temperatura constante sin el kryon. El
kryon es la única sustancia muerta del sistema que se adapta a los cambios de temperatura. Bueno,
tendríamos..., tendríamos que volver a los radiadores, como en los tiempos de mi abuelo.
—Y el año anterior fue el lonolite de Plutón.
—El lonolite es la única sustancia conocida que puede utilizarse para fabricar los bancos de memoria de
las calculadoras. Es el único metal con auténtica capacidad memorística. Sin lonolite perderíamos todas
nuestras computadoras. Y ya sabes adónde iríamos a parar sin ellas.
—Muy bien.
—Cariño, tú ya sabes que no quiero ir, pero debo hacerlo. Todos hemos de hacerlo. —Bob indicó la
casa con un ademán—. ¿Quieres quedarte sin todo eso? ¿Quieres volver al pasado?
—No. —Joan se apartó del coche—. De acuerdo, Bob. Hasta dentro de uno o dos días.
—Eso espero. Este problema se acabará pronto. Han llamado a casi todos los grupos de Nueva York.
Los de Berlín y Oslo ya están allí. Será breve.
—Buena suerte.
—Gracias. —Bob cerró la puerta. El motor se puso en marcha automáticamente—. Despídeme de
Tommy.
El coche se alejó mientras aceleraba. El cuadro de mandos automático lo introdujo con pericia en el
grueso del tráfico que circulaba por la autopista. Joan se quedó mirando hasta que el coche desapareció en
la interminable oleada de destellantes cascos metálicos que atravesaban el campo y formaban una cinta
brillante que se extendía hasta la lejana ciudad. Después, regresó poco a poco hacia la casa.
Bob nunca regresó de Marte, por así decirlo. Tommy pasó a ser el hombre de la casa. Joan consiguió
que le eximieran de acudir a la escuela, y el muchacho empezó a trabajar, pasado un tiempo, en el
Proyecto de Investigaciones Gubernamentales, situado a unos cuantos kilómetros de su casa.
Bryan Erickson, el Organizador Sectorial, les visitó una noche para saber cómo les iba.
—Tienen una casa muy bonita —dijo Erickson, paseando la vista a su alrededor.
Tommy se sintió lleno de orgullo.
—¿En serio? Siéntese y póngase cómodo.
—Gracias. —Erickson echó un vistazo a la cocina. Estaban preparando la cena—. Excelente cocina.
Tommy se puso a su lado.
—¿Ve esa máquina que hay sobre la encimera?
—¿Para qué sirve?
—Es el selector de la cocina. Cada día nos proporciona un menú diferente. No tenemos que pensar en
la comida.
—Sorprendente. —Erickson miró a Tommy—. Parece que les va muy bien.
Joan levantó la vista de la videopantalla.
—Tan bien como se podría esperar.
Habló con voz apagada, inexpresiva. Erickson gruñó y volvió a la sala de estar.
—Bien, creo que voy a marcharme.
—¿Para qué ha venido? —preguntó Joan.
—Para nada en particular, señora Clarke.
Erickson vaciló al llegar a la puerta. Era un hombre grande, de cara rojiza, entrado en la treintena.
—Bien, sí, hay un problema.
—¿Cuál es? —preguntó Joan con frialdad.
—Tom, ¿te has sacado ya el carnet de la Unidad Sectorial?
—¡Mi carnet de la Unidad Sectorial!
—Según la ley, estás registrado como miembro de este sector..., mi sector. —Rebuscó en su bolsillo—
. Llevo encima unos cuantos carnets en blanco.
—¡Caray! —exclamó Tommy, algo asustado—. ¿Tan pronto? Creí que no me lo daban hasta cumplir
los dieciocho años.
—Han cambiado la legislación. Nos dieron una buena paliza en Marte. Algunos sectores no pueden
llegar al cupo. A partir de ahora se irá rebajando el límite de edad. —Erickson sonrió complacido—. Este
sector es muy bueno. Nos divertimos mucho haciendo instrucción y probando los nuevos equipos. He
conseguido por fin que Washington nos envíe todo un escuadrón de los pequeños cazas de doble reactor
nuevos. A cada hombre de mi sector se le asigna un caza.
—¿De veras? —Los ojos de Tommy se iluminaron.
—De hecho, el piloto puede llevarse a casa el aparato durante el fin de semana. Se puede estacionar en
el jardín.
—¿Va en serio?
Tommy se sentó ante el escritorio y rellenó el carnet de la Unidad muy contento.
—Sí, nos lo pasamos muy bien —murmuró Erickson.
—Entre guerra y guerra —dijo Joan en voz baja.
—¿Qué ha dicho, señora Clarke?
—Nada.
Erickson tomó el carnet y lo guardó en su cartera.
—A propósito... —empezó.
Tommy y Joan se volvieron hacia él.
—Supongo que habrán visto imágenes de la guerra del gleco por la videopantalla. Supongo que estarán
enterados de todo.
—¿La guerra del gleco?
—Extraemos todo nuestro gleco de Calixto. Se obtiene de las pieles de ciertos animales. Bien, los
nativos nos están dando algunos problemas. Afirman...
—¿Qué es el gleco? —preguntó Joan con severidad.
—El material gracias al cual su puerta principal se abre sólo para usted. Es sensible a la presión
específica de su mano. El gleco se obtiene de esos animales.
El silencio que siguió podía cortarse con un cuchillo.
—Me marcho. —Erickson avanzó hacia la puerta—. Nos veremos en la próxima sesión de instrucción,
Tom. ¿De acuerdo? —Abrió la puerta.
—De acuerdo —murmuró Tommy.
—Buenas noches.
Erickson salió y cerró la puerta a su espalda.
—¡Pero debo ir! —exclamó Tommy.
—¿Por qué?
—Todo el sector va. Es obligatorio.
—Eso no es cierto —replicó Joan, mirando por la ventana.
—Pero si no vamos perderemos Calixto, y si perdemos Calixto...
—Lo sé. Tendremos que volver a utilizar llaves para abrir las puertas. Como en los tiempos de nuestros
abuelos.
—Exacto. —Tommy sacó pecho, volviéndose de un lado y del otro—. ¿Qué tal estoy?
Joan no respondió.
—¿Qué tal estoy? ¿Tengo buen aspecto?
Tommy tenía buen aspecto con su uniforme de color verde oscuro. Era delgado, caminaba con la
espalda recta y tenía mucho mejor aspecto que Bob. Bob había engordado. Se estaba quedando calvo. El
cabello de Tommy era espeso y negro. Sus mejillas estaban rojas de excitación, sus ojos relampagueaban.
Se puso el casco y se ajustó la correa.
—¿Bien? —preguntó.
—Estupendo —asintió Joan.
—Dame un beso de despedida. Me voy a Calixto. Volveré dentro de un par de días.
—Adiós.
—No pareces muy contenta.
—No lo estoy. No estoy nada contenta.
Tommy volvió de Calixto sin un rasguño, pero durante la guerra del trektón que se desarrolló en Europa
algo falló en su pequeño caza de doble reactor y la Unidad Sectorial regresó sin él.
—El trektón se usa en los tubos de las videopantallas —explicó Bryan Erickson—. Es muy importante,
Joan.
—Ya veo.
—Sabe bien lo que significan las videopantallas. Toda nuestra educación e información dependen de
ellas. Los niños aprenden gracias a ellas, igual que si fueran a la escuela. Y por la noche nos entretenemos
con los canales de diversión. No querrá que volvamos a...
—No, no... Por supuesto que no. Lo siento. —Joan movió la mano y la mesita de café entró en la sala
de estar; traía una cafetera humeante—. ¿Crema, azúcar?
—Sólo azúcar, gracias.
Erickson tomó su taza y siguió sentado en el sofá sin pronunciar palabra, bebiendo y removiendo el café
con la cucharilla. La casa estaba en silencio. Eran cerca de las once de la noche. Las persianas estaban
bajadas. La videopantalla funcionaba a bajo volumen en el rincón. En el exterior, todo estaba oscuro e
inmóvil, a excepción de un débil viento que soplaba entre los cedros que se alzaban al final de los jardines.
—¿Alguna novedad en los diversos frentes? —preguntó Joan al cabo de un rato, reclinándose en el sofá
y alisándose la falda.
—¿Los frentes? —Erickson reflexionó—. Bien, algunos avances en la guerra del iderium.
—¿Donde ocurre?
—En Neptuno. Sacamos nuestro iderium de Neptuno.
—¿Para que se usa el iderium?
La voz de Joan era tenue y lejana, como si llegara desde un lugar remoto. Su rostro, teñido de una
intensa blancura, reflejaba aflicción, como si una máscara lo recubriera, una máscara a través de la cual ella
miraba desde una distancia enorme.
—Todos los periódicos automáticos requieren iderium —explicó Erickson—. El revestimiento de
iderium hace posible que detecten los acontecimientos mientras ocurren y los despachen de inmediato a las
videopantallas. Sin el iderium volveríamos a los reportajes escritos a mano, con la consiguiente parcialidad
del periodista. Noticias contaminadas por los prejuicios personales. Los periódicos automáticos que
funcionan con iderium son imparciales.
Joan asintió con la cabeza.
—¿Alguna otra novedad?
—Poco más. Se dice que pueden producirse disturbios en Mercurio.
—¿Qué obtenemos de Mercurio?
—Ambrolina. Utilizamos la ambrolina en toda clase de unidades selectivas. El selector de su cocina, por
ejemplo. El selector de comida que le proporciona los menús. Es una unidad de ambrolina.
Joan miró con aire ausente su taza de café.
—Los nativos de Mercurio..., ¿nos van a atacar?
—Se han producido desórdenes, alborotos, esa clase de cosas. Algunas unidades sectoriales ya han
entrado en acción. Las de París y Moscú. Grandes unidades, según creo.
—Bryan, estoy segura que ha venido a verme por algo concreto —dijo Joan, al cabo de un rato.
—Oh, no. ¿Por qué lo dice?
—Lo presiento. ¿De qué se trata?
El rostro bondadoso de Erickson enrojeció.
—Es muy sagaz, Joan. Sí, he venido por algo concreto.
—¿Qué es?
Erickson introdujo la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y extrajo un papel mimeografiado
doblado. Se lo pasó a Joan.
—Le aseguro que no ha sido idea mía. No soy más que una pieza de una gigantesca maquinaria. —Se
mordió el labio, nervioso—. Es por culpa de las enormes pérdidas sufridas durante la guerra del trektón.
Necesitan cerrar filas. Según he oído, se han opuesto a la medida.
—¿Qué significa todo esto? —Joan le devolvió el papel—. No entiendo nada de esta jerga legal.
—Bien, significa que las mujeres van a ser admitidas en las unidades sectoriales en..., en ausencia de los
miembros varones de la familia.
—Oh. Ya entiendo.
Erickson se levantó rápidamente, aliviado que su misión hubiera concluido.
—Tengo que irme. Sólo quería enseñarle esto. Lo están repartiendo por todas partes.
Guardó el papel en el bolsillo. Parecía muy cansado.
—Ya no queda mucha gente, ¿verdad?
—¿Qué quiere decir?
—Primero los hombres. Después, los niños. Ahora, las mujeres. Cualquiera vale.
—Como sucede entre los animales, supongo. Bien, tiene que haber un motivo. Hemos de mantener
estos frentes. No podemos quedarnos sin estas materias. Hay que lograrlo.
—Supongo que sí. —Joan se levantó lentamente—. Hasta pronto, Bryan.
—Volveré a finales de semana. Hasta pronto, Joan.
Bryan Erickson llegó justo cuando acababa de estallar la guerra de la ninfita en Saturno. Dedicó una
sonrisa de disculpa a la señora Clarke cuando ésta le abrió la puerta.
—Siento molestarla tan temprano —dijo Erickson—. Tengo mucha prisa. He de recorrer todo el
sector.
—¿Qué pasa?
Joan cerró la puerta. El hombre llevaba su uniforme de organizador, verde pálido con franjas plateadas
sobre los hombros. Joan aún no se había cambiado la bata.
—Qué bien y caliente se está aquí —dijo Erickson, calentándose las manos en la pared.
Era un día claro y frío de noviembre. La nieve, como una fría manta blanca, lo cubría todo. Algunos
árboles desnudos brotaban de la tierra; sus ramas estaban yermas y heladas. La brillante cinta de coches
que antes ocupaba la autopista se había reducido a un ínfimo hilo. Muy poca gente iba ya a la ciudad. Casi
todos los vehículos de superficie estaban en el depósito.
—Supongo que se habrá enterado de lo que pasa en Saturno —murmuró Erickson.
—He visto algunas imágenes en la videopantalla.
—Una auténtica rebelión. Esos nativos de Saturno son muy grandes. Dios mío, deben medir quince
metros de alto.
Joan movió la cabeza con aire ausente y se frotó los ojos.
—Es una pena que necesitemos algo de Saturno. ¿Ha desayunado, Bryan?
—Oh, sí, gracias... Ya he desayunado. —Erickson se puso de espaldas junto a la pared—. Es
estupendo refugiarse del frío. Tiene su casa muy limpia y aseada. Ojalá mi esposa hiciera lo mismo.
Joan se acercó a las ventanas y subió las persianas.
—¿Qué sacamos de Saturno?
—Entre tantas cosas, tenía que ser la ninfita. Renunciaríamos a cualquier otra, pero no a la ninfita.
—¿Para qué se utiliza la ninfita?
—Para todos los aparatos de pruebas de aptitud. Sin ninfita seríamos incapaces de saber cuál es la
persona más idónea para una ocupación, incluyendo al presidente del Consejo Mundial.
—Entiendo.
—Con los analizadores de ninfita determinamos para qué sirve cada persona y qué trabajo debe hacer.
La ninfita es la herramienta básica de la sociedad moderna. Gracias a ella se nos adjudica una clasificación
y un grado. Si algo le ocurriera a los suministros...
—¿Y toda proviene de Saturno?
—Me temo que sí. Los nativos se han sublevado e intentan apoderarse de las minas de ninfita. La lucha
será encarnizada. Son muy grandes. El gobierno se verá obligado a reclutar a toda la gente disponible.
Joan tragó saliva.
—¿A todo el mundo? —Se llevó la mano a la boca—. ¿Incluidas las mujeres?
—Me temo que sí. Lo siento, Joan. Ya sabe que no ha sido idea mía. Nadie quiere hacerlo, pero si
hemos de salvar todo cuanto poseemos...
—Pero, ¿quién va a quedar?
Erickson no respondió. Se sentó ante el escritorio y rellenó un carnet. Se lo pasó a Joan, que lo tomó
automáticamente.
—Su carnet de unidad.
—¿Quién va a quedar? —repitió Joan—. Dígamelo. ¿Quién va a quedar?
La nave procedente de Orión aterrizó con un gran estruendo. Las exhaustas válvulas arrojaron nubes de
materiales de desecho cuando los compresores de reacción se enfriaron en silencio.
No se oyó el menor sonido durante un rato. Después, la escotilla se abrió con cautela hacia dentro.
N’tgari-3 salió con grandes precauciones, moviendo un cono atmosférico frente a él.
—¿Resultados? —preguntó su compañero, comunicando sus pensamientos a N’tgari-3.
—Demasiado tenue para que nosotros la respiremos, pero suficiente para otras formas de vida. —
N’tgari-3 miró a su alrededor, examinando las colinas y llanuras lejanas—. Muy tranquilo, desde luego.
—Ni un sonido o signo de vida. —Su compañero salió—. ¿Qué es eso?
—¿Dónde? —preguntó N’tgari-3.
—En esa dirección. —Luci’n-6 se lo indicó con su antena polar—. ¿Lo ves?
—Parecen unidades de construcción. Como estructuras de gran tamaño.
Los dos orionianos alzaron la lancha al nivel de la escotilla y la depositaron en tierra. N’tgari-3 se puso
al volante y cruzaron la llanura en dirección al punto visible en el horizonte. Crecían plantas por todas
partes, algunas altas y robustas, otras frágiles, pequeñas y provistas de flores de muy diversos colores.
—Lleno de formas inmóviles —observó Luci’n-6. Atravesaron un campo de plantas anaranjadas y
grises, miles de tallos que crecían uniformemente, infinitas plantas idénticas.
—Parece que las han sembrado de forma artificial —murmuró N’tgari-3.
—Aminora la velocidad. Estamos llegando a una especie de edificio.
N’tgari-3 redujo la velocidad al mínimo. Los dos orionianos miraron por la ventanilla, muy interesados.
Una encantadora estructura se erguía entre plantas de todas clases, plantas altas, alfombras de plantas
pequeñas, lechos de plantas provistas de flores asombrosas. La estructura era esbelta y atractiva, sin duda
producto de una civilización avanzada.
N’tgari-3 saltó de la lancha.
—Quizá estemos a punto de tropezar con los legendarios seres de la Tierra.
Atravesó corriendo la alfombra de plantas, larga y uniforme, hasta llegar al porche delantero del edificio.
Luci’n-6 le siguió. Ambos examinaron la puerta.
—¿Cómo se abre? —preguntó Luci’n-6.
Practicaron un limpio agujero en la cerradura y la puerta se abrió. Las luces se encendieron
automáticamente. Las paredes caldearon la casa.
—¡Qué..., qué desarrollo tan increíble! ¡Qué gran adelanto!
Fueron de habitación en habitación, examinando la videopantalla, la complicada cocina, los muebles del
dormitorio, las cortinas, las sillas, la cama.
—Pero, ¿dónde están los terrícolas? —preguntó por fin N’tgari-3.
—Volverán en seguida.
N’tgari-3 paseaba arriba y abajo.
—Todo esto me produce una extraña sensación. Mi antena no lo capta. Una especie de incomodidad.
—Vaciló—. No es posible que no vuelvan, ¿verdad?
—¿Por qué no?
Luci’n-6 se puso a juguetear con la videopantalla.
—Muy improbable. Les esperaremos. Volverán.
N’tgari-3 miró por la ventana, nervioso.
—No los veo, pero tienen que andar por aquí cerca. No me cabe en la cabeza que se marcharan,
dejando todo esto. ¿Adónde habrán ido, y por qué?
—Volverán. —Luci’n-6 captó un poco de estática en la pantalla—. Esto no es muy impresionante.
—Tengo la sensación que no volverán.
—Si los terrícolas no regresan —dijo pensativamente Luci’n-6, manipulando los mandos de la
pantalla—, se convertirán en uno de los más grandes enigmas de la arqueología.
—Seguiré esperándolos —dijo N’tgari-3, imperturbable.
F I N
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