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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 27 de marzo de 2013

LAS PALABRAS DE GURU




LAS PALABRAS DE GURU
(WORDS OF GURU)
C.M Kornbluth, 1.941
* * *
Ayer, cuando iba a reunirme con Guru en el bosque, un hombre me detuvo y me dijo:
–Chico, ¿qué haces aquí a la una de la madrugada? ¿Sabe tu madre dónde estás? ¿Qué edad tienes para andar por ahí tan tarde?
Le miré y vi que tenía el pelo blanco, así que me eché a reír. Los viejos nunca ven; en realidad, los hombres nunca ven nada. A veces las mujeres jóvenes ven algo, pero los hombres casi nunca.
–Voy a cumplir doce años –le dije. Y a continuación, como no quería que viviera para que se lo contara a nadie, añadí–: Y estoy en la calle tan tarde porque voy a ver a Guru.
–¿Guru? –preguntó él–. ¿Quién es Guru? ¿Algún extranjero? Mal asunto enredarse con extranjeros, jovencito. ¿Quién es Guru?
Así que le dije quién era Guru, y justo cuando empezaba a hablar de revistas baratas y cuentos de hadas dije una de las palabras que me había enseñado Guru y dejó de hablar. Como era viejo y sus articulaciones estaban rígidas no se desmoronó, sino que se cayó de una pieza, golpeándose la cabeza contra una piedra. Luego seguí mi camino.
A pesar de que voy a cumplir doce años, sé muchas cosas que los mayores no saben. Y recuerdo cosas que no pueden recordar los otros niños. Recuerdo haber nacido de la oscuridad, y los ruidos que la gente hacía a mi alrededor. Luego, cuando cumplí dos meses, empecé a comprender que los ruidos significaban cosas como las que había en el interior de mi cabeza. Descubrí que también podía hacer aquellos ruidos, y todo el mundo se quedó muy sorprendido.
–¡Habla! –dijeron una y otra vez–. ¡Y tan joven! Clara, ¿de dónde lo has sacado?
Clara era mi madre.
–Desde luego que no lo sé –solía decir–. Nunca ha habido ningún genio en mi familia, y seguro que tampoco en la de Joe.
Joe era mi padre.
Un día Clara me mostró a un hombre al que nunca había visto antes y me dijo que era periodista, que escribía cosas en los periódicos. El periodista intentó hablarme como si fuera un bebé corriente; ni siquiera le contesté, pero seguí mirándole a los ojos hasta que tuvo que apartar la vista y marcharse. Más tarde Clara me leyó un artículo del periódico que se suponía era gracioso, sobre el periodista haciéndome preguntas muy complicadas y yo contestándole con ruidos de bebé. Eso era cierto por supuesto. No le dije una sola palabra y él tampoco me hizo ni una sola pregunta.
La oí leer el artículo, pero mientras la escuchaba me distraje miran do un bicho que reptaba por la pared. Cuando Clara termino le pregunté
–¿Qué es esa cosa gris?
Ella miró a donde yo señalaba, pero no pudo ver nada.
–¿Qué cosa gris, Peter? –preguntó. La obligaba a llamarme por mi nombre completo. Peter. en vez de tonterías como Petey y similares–. ¿Qué cosa gris?
–Tiene el tamaño de tu mano. Clara. pero es blanda. No creo que tenga huesos. Está reptando, pero no veo que tenga cabeza en la parte superior Y tampoco tiene patas.
Creo que se preocupó. pero intento contentarme colocando la mano en la pared y tratando de encontrar dónde estaba. Yo le fui diciendo si estaba a la derecha o la izquierda de la cosa. Por fin, puso la mano justo encima. Y entonces me di cuenta de que no podía verla realmente, y que no creía que estuviera allí. Dejé de hablar sobre el tema y solo le pregunté unos cuantos días más tarde
–Clara, ¿cómo llamas a algo que una persona puede ver y otra no?
–Una ilusión, Peter –respondió–. Si te refieres a eso.
No dije nada. pero dejé que me llevara a la cama como de costumbre y cuando apagó la luz y se marchó esperé un poco y llame en voz baja.
–¡Ilusión! ¡Ilusión!
Guru apareció inmediatamente por primera vez. Se inclinó como ha hecho desde entonces y dijo:
–He estado esperando.
–No sabía que ésa era la manera de llamarte
–Estaré dispuesto cada vez que me requieras. Te enseñaré Peter si quieres aprender. ¿Sabes qué te enseñaré?
–Si me enseñas sobre la cosa gris de la pared, escucharé. Sí si me enseñas sobre las cosas reales y las irreales, también.
–Muy pocos desean aprender esas cosas –dijo él pensativo– Y hay algunas que nadie desea aprender nunca. Y otras que no te enseñaré jamás.
Entonces yo dije:
–Aprenderé las cosas que nadie ha querido aprender nunca. Y también aprenderé las cosas que no quieres enseñarme.
Él sonrió burlonamente.
–Ha llegado un amo –dijo medio en broma–. Un amo de Guru.
Fue así como aprendí su nombre. Y esa noche me enseñó una palabra que podía hacer unas cuantas cosas como estropear la comida
Desde aquel día hasta anoche en que le vi por ultima vez no ha cambiado nada, aunque ahora soy casi tan alto como él. Su piel sigue siendo tan seca y brillante como siempre, y su cara es aún huesuda, coronada por una cabeza de pelo negro y muy basto.
Cuando tenía diez años, me fui a la cama sólo el tiempo suficiente para hacer que Joe y Clara supusieran que me había quedado dormido. Dejé en mi lugar algo que aparece cuando digo una de las palabras de Guru y bajé por la tubería que está al lado de mi ventana. Siempre, desde que tenía ocho años, me ha resultado fácil subir y bajar por ella.
Me reuní con Guru en el parque de Inwood Hill.
–Llegas tarde –dijo.
–No demasiado –respondí yo–. Sé que nunca es demasiado tarde para una de estas cosas.
–¿Cómo lo sabes? –preguntó bruscamente–. Es tu primera vez.
–Y puede que sea la última –repliqué–. No me gusta la idea. Si no aprendo nada nuevo la segunda vez, no vendré más.
–No sabes cómo es –dijo él–. Las voces, y los cuerpos resbaladizos de ungüento, saltando las llamas; ¡el ritual de la mente! No podrás tener idea hasta que hayas formado parte.
–Ya veremos –dije–. ¿Podemos marcharnos de aquí?
–Sí –contestó.
Entonces me enseñó la palabra que necesitaba saber y los dos la pronunciamos juntos.
El lugar donde aparecimos a continuación estaba lleno de luces rojas, y creo que las paredes eran de roca. Aunque. por supuesto, no se veía nada, y por eso las luces sólo parecían rojas y no era roca auténtica.
Mientras nos acercábamos al fuego, una de ellas nos detuvo.
–¿Quién viene contigo? –preguntó, llamando a Guru por otro nombre. No sabía que también era la persona que llevaba ese nombre, pues era muy poderoso.
El me miró de reojo y entonces dijo:
–Este es Peter, del que tanto os he hablado.
Ella me miró y sonrió, estirando sus brazos aceitosos.
–¡Ah! –dijo en voz baja, como los gatos cuando me hablan de noche–. ¡Ah, éste es Peter! ¿Vendrás a mí cuando te llame, Peter? ¿Y me llamarás a veces, en la oscuridad, cuando estés solo?
–¡No hagas eso! –dijo Guru, empujándola bruscamente–. Es muy joven... podrías echarlo a perder.
Ella chilló a nuestras espaldas:
–Guru y su pupilo... ¡bonita pareja! Chico, no es más real que yo... ¡Tú eres lo único que hay real aquí!
–No la escuches –dijo Guru–. Está furiosa. Siempre se vuelven irritables cuando llega esta época.
Entonces nos acercamos al fuego y nos sentamos sobre las rocas. Estaban matando animales y pájaros y hacían extrañas cosas con sus cuerpos. La sangre era recogida en un cuenco de piedra, que pasaba a través de la multitud. La que estaba a mi izquierda me lo tendió.
–Bebe –dijo, sonriéndome y mostrándome sus finos dientes blancos.
Bebí dos sorbos y se lo pasé a Guru.
Cuando el cuenco dio toda la vuelta, nos quitamos la ropa. Algunos, como Guru, no llevaban, pero muchos otros sí. La que estaba sentada a mi izquierda se acercó más, jadeando pesadamente en mi cara. Me aparté.
–Dile que pare, Guru –dije–. Sé que esto no forma parte del ritual.
Guru le habló bruscamente en su propia lengua, y ella cambió de asiento, gruñendo.
Entonces todos empezamos a cantar, batiendo palmas y golpeándonos en los muslos. Una de ellas se levantó muy despacio y se puso a dar vueltas en torno al fuego, haciendo girar los ojos salvajemente. Abría la boca y cruzaba los brazos con tanta brusquedad que podía oír cómo le crujían los codos. Aun arrastrando los pies contra el suelo de roca, arqueó el cuerpo hacia atrás. Los músculos de su vientre eran bandas que casi se salían de la piel. y el aceite chorreaba por su cuerpo y sus piernas. Cuando tocó el suelo con las palmas de las manos, se derrumbó y comenzó a gemir débilmente contra el firme canto y las palmas que los demás seguíamos dando. Otra hizo lo mismo, y cantamos más fuerte para ella y aún más fuerte para la tercera. Entonces, mientras aún golpeábamos nuestras manos y muslos, una de ellas alzó a la tercera. la colocó sobre el altar y la despachó con un cuchillo de piedra. La luz del fuego resplandeció en el borde dentado de obsidiana. A medida que la sangre chorreaba por el canal, como una tubería en la roca del altar, detuvimos nuestro canto y los fuegos se apagaron.
Pero aún pudimos seguir viendo qué sucedía, porque estas cosas, por supuesto, no estaban sucediendo. En realidad, sólo parecían suceder, puesto que toda la gente y las cosas que allí había sólo parecían ser lo que eran. Únicamente yo era real. Por eso me deseaban tanto.
Cuando el último de los fuegos se extinguió, Guru susurró con excitación:
–¡La Presencia! –estaba profundamente conmovido.
La Presencia surgió de la piscina de sangre producida por el cuerpo de la tercera bailarina. Era más alto que nadie, y cuando habló su voz fue más profunda, y cuando dio sus órdenes, éstas fueron obedecidas.
–¡Que haya sangre! –ordenó, y nos arañamos con piedras.
La Presencia sonrió y mostró unos dientes más grandes, más afilados y más blancos que los de ningún otro.
–¡Haced agua! –ordenó, y todos nos escupimos mutuamente.
La Presencia aleteó e hizo girar los ojos, que eran más rojos y más grandes que los de ningún otro.
–¡Pasad la llama! –ordenó, y respiramos humo y fuego.
La Presencia se puso en pie y dejó que llamas azules surgieran de su boca, y fueron más grandes y más salvajes que las de ningún otro.
Entonces regresó a la piscina de sangre y encendimos los fuegos de nuevo, Guru le miraba fijamente; le agarré del brazo. Se inclinó hacia mí como si nos viéramos por primera vez esa noche.
–¿En qué estás pensando? –le pregunté–. Tenemos que irnos ahora.
–Sí –dijo él pesadamente–. Ahora nos vamos –y pronunció la palabra que nos trajo aquí.
El primer hombre al que maté fue al hermano Paul, en el colegio a donde iba a aprender las cosas que no me enseñaba Guru.
Fue hace menos de un año, pero me parece que sucedió hace mucho tiempo. He matado a tantos desde entonces..,
–Eres un chico brillante, Peter –dijo el hermano.
–Gracias. hermano.
–Pero hay cosas en ti que no comprendo. Normalmente se lo preguntaría a tus padres, pero... creo que ellos tampoco lo comprenden. Fuiste un niño prodigio. ¿verdad?
–Sí, hermano.
–No hay nada de raro en esto..., cuestión de glándulas. según tengo entendido. ¿Sabes lo que son?
Entonces me alarmé. Había oído hablar de ellas. pero no estaba seguro de si eran los hombrecillos verdes que sólo llevaban metal o las cosas con muchas patas con las que hablaba en los bosques.
–¿Cómo lo ha averiguado? –le pregunté.
–¡Pero Peter! ¡Pareces terriblemente asustado, muchacho! No sé mucho sobre el tema, pero el padre Frederick sí. Tiene un montón de libros sobre ellas, aunque a veces dudo que él mismo los crea.
–No son libros buenos, hermano –dije–. Deberían ser quemados
–Eso es una salvajada, hijo mío. Pero volviendo al problema...
No pude dejar que siguiera sabiendo lo que sabía sobre mí. Dije una de las palabras que Guru me había enseñado y al principio pareció sorprenderse mucho y luego sufrir un gran dolor. Se derrumbó sobre la mesa y le tomé el pulso para asegurarme, porque no había empleado la palabra antes. Pero estaba muerto.
Escuché pasos fuera y me hice invisible. Entró el corpulento padre Frederick y estuve a punto de matarle con la palabra, pero sabía que aquello iba a resultar muy raro. Decidí esperar, y crucé la puerta mientras el padre Frederick se inclinaba sobre el monje muerto. Pensaba que estaba dormido.
Recorrí el pasillo hasta el despacho lleno de libros del robusto sacerdote y. trabajando rápidamente, apilé todos sus libros en el centro de la habitación y los encendí con mi aliento. Luego bajé al patio y volví a hacerme visible cuando no miraba nadie. Fue muy fácil. Al día siguiente, maté a un hombre cuando pasé junto a él por la calle.
Había una niña llamada Mary que vivía cerca de nosotros. Entonces tenía catorce años y la deseaba, como las de la Caverna, fuera del tiempo y el espacio, me habían deseado a mí.
Así que, cuando vi a Guru y éste se hubo inclinado ante mí, se lo conté. y él me miró con gran sorpresa.
–Estás creciendo, Peter.
–Si, Guru. Y llegará el momento en que tus palabras no sean suficientemente fuertes para mi.
Él se echó a reír.
–Vamos. Peter –dijo–. Sígueme si quieres. Hay algo por hacer –se lamió los labios delgados y púrpura y dijo–: Ya te he dicho cómo será.
–Iré –respondí–. Enséñame la palabra.
Así, él me enseñó la palabra y la pronunciamos juntos.
El lugar al que fuimos a continuación no se parecía a ninguno de los otros lugares a los que Guru me había llevado antes. Era un No–lugar. Antes siempre había habido el pasaje parecido de tiempo y materia. pero aquí no había ni siquiera eso. Aquí Guru y los otros se despojaron de sus formas y fueron lo que eran. El No–lugar era el único sitio donde podían hacer esto.
No era como la Caverna. pues la Caverna había estado fuera del tiempo y el espacio, y este lugar no tenía espacio suficiente ni siquiera para eso. Era el No–lugar.
No merece la pena contar lo que sucedió allí, pero me presentaron a algunos que nunca salían de allí. Todo les llegaba mientras existían. No tenían color ni apariencia de color, ni aspecto de forma.
Allí aprendí que eventualmente me uniría a ellos; que había sido seleccionado como el único de mi planeta que podía habitar en el No–lugar sin estar en él eternamente.
Guru y yo, tras decir la palabra. nos marchamos.
–¿Bien? –preguntó Guru mirándome a los ojos.
–Estoy deseando –dije–. Pero ahora enséñame la palabra.
–¡Ah! –sonrió él –.¿La chica?
–Sí. La palabra que significará tanto para ella.
Todavía sonriendo, me enseñó la palabra.
Mary, que tenía catorce años, tiene ahora quince y dicen que está incurablemente loca.
Anoche volví a ver a Guru por última vez. Se inclinó mientras me acercaba a él.
–Peter –dijo cálidamente.
–Enséñame la palabra.
–No, es demasiado tarde.
–Enséñame la palabra.
–Puedes retirarte... Con lo que sabes, puedes ser amo de este mundo. ¡Oro sin cuento, riquezas y gemas, Peter! ¡Rico terciopelo..., alfombras repujadas!
–Enséñame la palabra.
–Piensa, Peter, en la casa que podrías construir. Podría ser de mármol blanco, y cada losa centrada por un brillante rubí. Su puerta podría ser de oro forjado y podrías construirla en torno a una torre de mármol que se alzara en el cielo milla tras milla. Podrías ver las nubes flotar bajo tus ojos
–Enséñame la palabra.
–Tu lengua podría saborear las uvas que saben como plata fundida. Podrías oír siempre la canción del ruiseñor y la alondra que suena como la estrella del amanecer convertida en música. El perfume de los nardos que florecerán dentro de mil años podría estar siempre en tu olfato. Tus manos podrían acariciar el plumón de los cisnes púrpura del Himalaya que es más suave que una nube a la puesta del sol.
–Enséñame la palabra.
–Podrías poseer mujeres cuya piel fuera de negro ébano o de blanca nieve. Mujeres que fueran duras como piedras O suaves como nubes.
–Enséñame la palabra.
Guru hizo una mueca y dijo la palabra.
Ahora no sé si diré la palabra, la última que me enseñó Guru, hoy o mañana o dentro de un año.
Es una palabra que hará estallar este planeta como un cartucho de dinamita en una manzana podrida.

ÁNGELES TUTELARES C. S. Lewis




C. S. Lewis



El Monje, como lo llamaban, se sentó en la silla de campaña, junto a la litera y miró por la ventana las arenas ásperas de Marte, y el cielo negro azulado. No pensaba iniciar el «trabajo» hasta que pasaran otros diez minutos. Desde luego, no lo habían llevado allí para eso. Era el meteorólogo del grupo y su trabajo como tal estaba ya casi terminado; había averiguado cuanto se podía averiguar. No podía hacer nada más, dentro del limitado radio de aquella investigación, hasta que transcurrieran por lo menos veinticinco días. Y la meteorología no había sido el verdadero móvil del viaje. Había elegido pasar tres años en Marte, como el más próximo equivalente moderno de la vida de un eremita en el desierto. Había venido a meditar: a continuar la lenta y perpetua reconstrucción de esa estructura interior que era, a su juicio, la finalidad principal de la existencia. Transcurrieron los diez minutos de reposo. Comenzó con la fórmula acostumbrada: «Dulce y paciente Maestro, enséñame a tener menos necesidad de los hombres y a amarte más.» Y emprendió la tarea. No había tiempo que perder. Sólo tenía por delante seis meses de aquel yermo sin vida, sin sufrimiento, sin pecado. Tres años eran un plazo breve... pero, cuando llegó el grito, se levantó de la silla con la ejercitada prontitud de un marinero.
El botánico de la cabina inmediata respondió al mismo grito con una maldición. En aquel momento había tenido el ojo clavado al microscopio. Era enloquecedor. Interrupciones constantes. En aquel campamento infernal costaba tanto concentrarse como en el centro mismo de Piccadilly. Y su tarea era ya una carrera contra el tiempo. Faltaban seis meses... y apenas había comenzado. La flora de Marte, aquellos organismos diminutos, inverosímilmente tenaces, capaces de sobrevivir en condiciones poco menos que imposibles, eran un festín para toda la vida. No haría caso al grito. Pero en esto sonó el timbre. Llamaban a todos a la sala principal.
La única persona que no hacía nada, por decirlo así, cuando llegó el grito, era el capitán. Para ser más exactos, diremos que trataba, como de costumbre, de no pensar en Clare, y de continuar redactando el diario oficial. Clare seguía interrumpiéndolo desde sesenta y cinco millones de kilómetros de distancia. Era ridículo. «Hubiésemos necesitado todas las manos...» escribió. Manos... sus propias manos. Mirándolas fijamente sintió que acariciaba el cuerpo vivo de Clare, cálido y frío, blando y firme, que se entregaba y resistía. «Cállate, que es algo muy querido», le dijo a la foto sobre el escritorio. Y de vuelta al diario, hasta las palabras fatales: «...me había causado cierta ansiedad». Ansiedad... ¿Qué le pasaría a Clare en aquel momento? ¿Dónde estaría? ¿Qué sería de ella? Podía ocurrir cualquier cosa. Había sido una decisión estúpida. ¿Qué otro recién casado hubiese aceptado esa tarea? Pero había parecido tan razonable... Tres años de horrible separación, pero luego... todo lo mejor de la vida. Le habían prometido un puesto con el que no se hubiera atrevido a soñar unos meses antes. Ya nunca tendría que volver al espacio exterior. Y a la vuelta, habría muchas compensaciones: las conferencias, el libro, probablemente un título. Habría muchos hijos. Sabía que ella los deseaba, y de un modo curioso (como empezaba a comprenderlo) a él le ocurría lo mismo. Pero, cuernos, el diario. Comenzó un nuevo párrafo... Y de pronto llegó el grito.
Era uno de los dos jóvenes técnicos quien había gritado. Habían estado juntos desde la cena. Paterson, de pie en el umbral de la cabina de Dickson, se apoyaba en un pie y luego en otro, moviendo atrás y adelante la puerta, mientras Dickson, sentado en la litera, esperaba a que Paterson se marchara.
- ¿De qué hablas, Paterson? - dijo -. ¿Quién comentó algo de una pelea?
- Como quieras, Bobby - dijo el otro -, pero ya no somos amigos como antes. Tu lo sabes bien. ¡Oh, no soy ciego! Te pedí que me llamaras Clifford. Y tú siempre te muestras frío, indiferente.
- ¡Véte al diablo! - gritó Dickson -. Estoy dispuesto de veras a ser un buen amigo tuyo y de cualquier otro, pero todas esas tonterías... como si fuéramos dos colegialas... francamente, no las soporto. De una vez por todas...
- Oh, mira, mira, mira - dijo Paterson. Fue entonces cuando Dickson gritó, y llegó el capitán y tocó la campana. Veinte segundos después, todos se agrupaban detrás de la ventana principal, Una nave del espacio acababa de posarse suavemente a ciento cincuenta metros del campamento.
- ¡Oh! - exclamó Dickson -. Vienen a relevarnos antes del plazo.
- Maldición - gruñó el botánico -. Ahora que...
Cinco viajeros bajaban de la nave. Los trajes del espacio no ocultaban que uno de ellos era enormemente grueso; no había nada de notable en los otros.
- Abran la compuerta - dijo el capitán.
Las botellas de las reducidas reservas pasaban de mano en mano. El capitán había descubierto que el jefe de los viajeros era un viejo conocido, Ferguson. Dos eran jóvenes de aspecto corriente, agradable, pero, ¿los otros dos?
- No entiendo - dijo el capitán -. ¿Qué significa...? Es decir estamos contentísimos de verlos, desde luego, pero ¿qué es esto?
- ¿Dónde están los otros del grupo? - dijo Ferguson.
- Hemos tenido dos bajas - dijo el capitán -. Sackville y el doctor Burton. Fue algo lamentable. Sackville se empeñó en probar lo que llamamos berro marciano. Se volvió loco furioso, a los dos minutos. Derribó a Burton de un puñetazo y un destino fatal quiso que Burton cayera de mal modo, contra esa mesa; se rompió la nuca. Atamos a Sackville y lo acostamos en una litera, pero murió a las pocas horas.
- ¿No tuvo la precaución de probarlo antes en un cobayo? - preguntó Ferguson.
- Sí - dijo el botánico -. Eso fue lo más terrible. El cobayo sobrevivió, aunque se comportó de un modo muy raro. Sackville concluyó erróneamente que la sustancia era alcohólica. Imaginó haber inventado una nueva bebida. Muerto Burton, además, no quedaba nadie capaz de hacer una buena autopsia de Sackville. El análisis de la planta muestra...
- ¡Ahhh...! - interrumpió un visitante, que aún no había hablado -. No simplifiquemos excesivamente. No creo que la sustancia vegetal sea la verdadera explicación. Hay tensiones y desviaciones. Están todos ustedes, sin darse cuenta, en una condición muy inestable, por razones que no son ningún misterio para un psicólogo experimentado.
El sexo de este personaje no era muy evidente. Tenía el pelo muy corto, la nariz muy larga, los labios presuntuosamente apretados, la barbilla saliente y un aire autoritario. Científicamente hablando, la voz era de mujer. Pero nadie dudó del sexo del viajero más próximo, la persona gorda.
- ¡Oh, querida! - jadeó -. No ahora. No puedo más. Me siento débil y nerviosa. Me pondré a chillar si sigues. ¿No tienes a mano un poco de oporto y limón? ¿No? Bueno, me las arreglaré con otro sorbo de ginebra. Qué estómago el mío.
Quien hablaba era manifiestamente hembra y tal vez ya setentona. Se había teñido el pelo, con resultados poco felices, de color mostaza. Los polvos de arroz que se había echado en la cara apestaban a perfume barato y eran como montículos de nieve en los valles de las arrugas y las papadas múltiples.
- Cállese - rugió Ferguson -. Y ustedes, por favor, no le den de beber. Ni una gota.
- Es un gruñón, como ve - dijo la vieja, suspirando, y mirando tiernamente a Dickson.
- Perdónenme - dijo el capitán -. Pero, ¿quiénes son estas... damas? Y ¿qué significa todo esto?
- Se lo explicaré en seguida - declaró la mujer flaca, carraspeando -. Quienes conocen las tendencias de la opinión mundial sobre los problemas sociales, y psicológicos de la intercomunicación planetaria saben bien que este progreso reclama inevitablemente ajustes ideológicos de largo alcance. Los psicólogos reconocen que la inhibición de las necesidades biológicas más imperiosas, en períodos prolongados, han de tener, probablemente, resultados imprevisibles. Los pioneros de los viajes por el espacio están expuestos a este peligro. Sólo las gentes retrógradas permitirían que unos supuestos principios morales impidieran proteger a estos hombres. Hemos de armarnos de coraje, pues, y reconocer que la inmoralidad, como se la llamó hasta ahora, no es ya contraria a la ética...
- No entiendo nada - interrumpió el Monje.
- Quiere decir - explicó el capitán, que era un buen lingüista - que la llamada fornicación no es ya un acto inmoral.
- Exactamente, mi pequeño - dijo la gorda a Dickson -. Un pobre muchacho necesita de cuando en cuando una mujer. Es muy natural.
- Lo que se precisaba, por consiguiente - continuó la flaca -, era un equipo de mujeres abnegadas, decididas a dar el primer paso. Desde luego, serían despreciadas por gentes ignorantes. Pero algo las consolaría: la idea de cumplir una función indispensable en la historia del progreso humano.
- Quiere decir que vas a tener con quien acostarte, precioso - explicó la gorda a Dickson.
- Me parece muy bien - dijo Dickson con entusiasmo -. Más vale tarde que nunca. Pienso, sin embargo, que no han podido traer muchas chicas en esa nave. ¿Y por qué no están aquí? ¿Vienen en viaje?
- Nuestro llamado - prosiguió la flaca, quien aparentemente no había advertido la interrupción - no tuvo mucho eco, es cierto. El primer contingente de la Organización Femenina de Alta Terapéutica Afrodisíaca (OFATA) no es quizá... bueno, el más idóneo. Muchas excelentes mujeres, universitarias como yo, distinguidas profesoras, se han mostrado curiosamente convencionales. Pero, al menos, se ha comenzado - concluyó animosamente -. Y aquí nos tienen.
Hubo, durante cuarenta segundos, un silencio abrumador. Luego, Dickson, que ya había torcido la cara varias veces, se puso muy colorado; recurrió a un pañuelo, sofocó lo que pareció un estornudo, se incorporó bruscamente y volvió la espalda al grupo, levemente encorvado, sacudiendo los hombros.
Paterson se levantó de un salto y corrió hacia Dickson, pero la gorda, luego de gruñidos y esfuerzos infinitos, también dejó su asiento.
- Déjalo tranquilo - le gritó Paterson -. Los hombres como tú no sirven de nada.
Un momento después, los enormes brazos rodeaban a Dickson, sumergiéndolo en un cálido y tambaleante cariño maternal.
- Vamos, vamos, mi chiquitín - dijo la gorda -. Verás que marchará perfectamente. No llores, mi cielo. Pobre chiquitín. Cálmate. Verás qué bien lo pasarás.
- Creo - dijo el capitán - que el chiquitín no está llorando; está riéndose.
Fue en ese instante cuando el Monje propuso que pasaran a la mesa.

Junto con el último bocado, Dickson - la gorda había conseguido sentársele al lado, y bebía de cuando en cuando de la copa del joven - dijo a los técnicos recién llegados:
- Me gustaría mucho ver la nave de ustedes. ¿Podemos ir?
Era de esperar que los dos hombres, luego de haber pasado tanto tiempo encerrados, y que acababan de sacarse los trajes del espacio, se resistieran a vestírselos de nuevo y a volver a la nave. Tal fue, desde luego, la opinión de la gorda.
- No los molestes, querido - dijo -. Están hartos de ese viejo trasto, lo mismo que yo. No conviene que se agiten ahora, en plena digestión.
Los dos jóvenes, sin embargo, se mostraron muy animosos.
- Claro que sí - dijo el primero -. Yo mismo iba a proponerlo.
- Yo iré también - dijo el otro.
Los tres salieron de la cámara de aire en tiempo record. Cruzaron la arena, subieron por la escala y se quitaron rápidamente los cascos.
- ¿Quién tuvo la idea de echarnos encima ese par de zorras? - dijo Dickson.
- ¿No lo sabe? - dijo el viajero que hablaba con acento popular londinense -. Las gentes de allá abajo pensaban que el tiempo les parecería a ustedes demasiado largo. Qué ingratos.
- Muy gracioso - dijo Dickson -. Pero para nosotros no es cosa de broma.
- Lo mismo digo - replicó el visitante con acento de Oxford -. Las tuvimos pegadas a nosotros, durante ochenta y cinco días. Comenzaron a aplacarse luego del primer mes.
- Dígamelo a mí - comentó el londinense.
Hubo una pausa de disgusto.
- Pero explíquenme - insistió Dickson -, ¿cómo, entre todas las mujeres del mundo, eligieron a estos dos monstruos?
- No pretendería usted la reina de las coristas en el fondo del más allá - dijo el londinense.
- Querido amigo - explicó el otro -, ¿no es todo muy claro? ¿Qué mujer puede venir voluntariamente a este sitio espantoso, a alimentarse con raciones cuarteleras y ofrecer sus encantos a media docena de desconocidos? No las alegres chicas, amigas de la diversión, pues saben que no hay alegría en Marte. Menos la prostituta profesional, mientras encuentre clientela en el barrio más sórdido de Liverpool o Los Ángeles. La que vino ya no tiene esa probabilidad. La otra es una chiflada de la nueva ética.
- Simple, ¿no es cierto? - comentó el londinense.
- Cualquiera pudo haberío previsto, excepto esos necios de arriba - dijo el otro.
- La única esperanza que nos queda es el capitán - dijo Dickson.
- Mire, hermano - dijo el londinense -, si espera que nos llevemos de vuelta a estos esperpentos, olvídelo en seguida. No. Nuestro capitán tendría que vérselas con un motín, si lo intentara. Pero no lo intentará. Ya ha soportado lo suyo. Como nosotros. Ahora, les toca a ustedes.
- Es justo - dijo el otro -. Hemos soportado lo insoportable.
- Bien - dijo Dickson -, dejemos que los jefes libren la batalla. Pero hay cosas que superan todos los límites. Esa maldita pedante...
- Es profesora de una universidad popular.
- Bien - dijo Dickson luego de una larga pausa -, iban a mostrarme la nave. Tal vez eso me distraiga.
La gorda hablaba con el Monje.
- ...y, ¡oh, padre!, usted pensará que es mi mayor pecado. No me retiré cuando hubiera podido hacerlo. Cuando murió mi cuñada... mi hermano quería instalarme en su casa, pues no le faltaba dinero. Pero yo continué, ay de mí, continué.
- ¿Por qué, hija mía? - preguntó el Monje -. ¿Es que le gustaba?
- Nada de eso, padre. Nunca tuve mucha afición al oficio, Pero, mire, padre, yo era atractiva en ese entonces, aunque ahora no pueda imaginárselo... y esos caballeros disfrutaban tanto conmigo...
- Hija - sentenció el Monje -, no está usted muy lejos del Reino. Pero cometió un error. El deseo de dar es meritorio. Pero, si da usted un billete falso, no por eso lo hace bueno.
El capitán había dejado también la mesa, muy rápidamente, pidiéndole a Ferguson que lo acompañara a la cabina. El botánico corrió detrás.
- Un momento, capitán, un momento - dijo, excitado -. Soy un hombre de ciencia. Estoy trabajando ya a toda presión. No he de quejarme de todos esos deberes que interrumpen constantemente mi trabajo. Pero, si piensa usted que perderé todavía más tiempo acompañando a esas horribles mujeres...
- Espere a que le ordene algo que pueda considerarse ultra-vires - dijo el capitán -. La protesta es prematura.
Paterson se quedó con la flaca. De las mujeres sólo le interesaba el aparato auditivo. Le gustaba hacer confidencias a las mujeres; quejarse ante ellas de la inconstancia y la crueldad de los hombres. Lamentablemente, la dama entendía que la conversación sólo tenía dos fines: la terapéutica afrodisíaca o la instrucción psicológica. En realidad, no veía razón alguna para que las dos operaciones no se efectuaran simultáneamente; sólo las personas sin preparación podían concentrarse únicamente en una idea. La diferencia estaba comprometiendo el éxito de la charla. Paterson se impacientaba; la dama se mostraba brillante y tranquila como un témpano.
- Pero como le decía - gruñó Paterson -, me parece indigno que un hombre se muestre amable y...
- Lo que confirma mi tesis. Esas tensiones y desajustes son inevitables en un ambiente anormal. Sí, hay que librar al remedio de esos prejuicios sentimentales o lascivos, igualmente malos, que la era victoriana...
- Pero no se lo he contado aún. Escuche. Hace sólo dos días...
- Un momento. Habría que pensar en el remedio como inyección necesaria. En cuanto pensáramos...
- De acuerdo. La asociación remedio-placer, es una fijación de la adolescencia, y ha, causado mucho mal. Racionalmente...
- Mire, creo que se sale del tema...
- Un momento.
El diálogo continuó.

Habían visto ya la nave. Era una maravilla. Nadie recordó luego quién fue el primero en decir: «Cualquiera puede manejar una nave semejante.»
Ferguson se quedó sentado, fumando calladamente, mientras el capitán leía la carta. Cuando se inició la conversación, el buen humor reinaba en la cabina, y nadie se decidía a encarar seriamente el problema.
- Sin embargo - dijo al fin el capitán -, hay también un aspecto serio. Ante todo, ¡qué impertinencia!
- Recuerde - observó Ferguson - que la situación de ustedes es completamente nueva.
- ¿Nueva? No me haga reír. Somos como los hombres de los balleneros, o los tripulantes de los veleros antiguos, los pioneros del Oeste. La gente siempre sintió hambre cuando no hay comida.
- Amigo, olvida usted la nueva psicología.
- Creo que esas dos horribles mujeres han aprendido ya una psicología todavía más nueva, desde que llegaron. ¿Creen allí realmente que todos los hombres son tan combustibles? ¿Que nos echaremos encima de cualquier mujer?
- Ay, amigo, así es. Dirán que usted y su gente son todos anormales. No quisiera volver trayendo concentrados de hormonas.
- ¿No habría entonces otros voluntarios que quienes pueden o creen poder prescindir de las mujeres?
- No olvide la nueva ética.
- Oh, no me hable de eso. Sólo los enamorados o los monjes han intentado alguna vez mantenerse castos. Una minoría, y lo intentarán en Marte lo mismo que en la Tierra. La mayoría no se negó nunca al placer. Los profesionales no lo ignoran. No hay puesto o guarnición militar sin prostíbulos. ¿Quiénes son los asesores que tuvieron esta idea estúpida?
- Oh. Una banda de mujeres maduras, casi todas con pantalones, aficionadas a todo lo sexual, a todo lo científico, y que quieren sentirse importantes. Esta iniciativa les dio tres placeres a la vez.
- Bien, Ferguson. No pienso quedarme con la veterana ni con la catedrática. Usted...
- No, no. Yo cumplí mi tarea. No estoy dispuesto a llevarme de vuelta ese ganado en pie. Y mis muchachos piensan lo mismo. Habría amotinamiento y crímenes a bordo.
- Pues tiene que hacerlo, porque yo...
En ese instante, llegó de afuera una luz enceguecedora. La cabina se sacudió.
- ¡Mi nave! ¡Mi nave! - gritó Ferguson.
Los dos hombres observaron la arena desierta. La astronave había despegado perfectamente.
- Pero, ¿qué ha sucedido? - preguntó el capitán -. ¿Habrán sido capaces...?
- Amotinamiento, deserción y robo de una nave del gobierno - dijo Ferguson -. Eso es lo que ha sucedido. Mis dos muchachos y su Dickson regresan a la Tierra.
- Demonios, las pasarán mal. Los juzgarán y...
- Ay, es muy cierto. Y creen que el precio es barato. ¿Por qué? Ya lo entenderá antes de dos semanas.
En los ojos del capitán hubo de pronto una luz de esperanza.
- ¿No se habrán llevado a las mujeres? - preguntó. - Un poco de juicio, amigo, un poco de juicio. Y si ya no le queda juicio, abra las orejas.
En el rumor de excitada conversación que llegaba cada vez más claramente de la sala principal, se distinguían unas voces femeninas, intolerables.
Mientras. se preparaba para la meditación de la noche, el Monje pensó que se había concentrado demasiado, quizá, en «necesitar menos» y que por esto mismo tendría que seguir un curso (superior) de amar más. Luego, torció la cara en una sonrisa donde no todo era júbilo. Estaba pensando en la gorda. Un acorde exquisito de cuatro notas. La primera: el horror de lo que ella había hecho y sufrido. La segunda: piedad. La tercera, cómica: la pobre mujer creía que aún despertaba deseos. Y la cuarta: la mujer se ignoraba a sí misma. Auxiliada por la gracia y una apropiada, aunque pobre, dirección espiritual, quizá descubriera en ella misma otro encanto muy distinto, y seguiría así el camino de la luz, uniéndose a la Magdalena.
Pero... un momento. Había todavía una quinta nota en el acorde.
- ¡Oh, Maestro! - murmuró -. Perdóname, aunque quizá te divierta. Pensé que me habías traído a sesenta millones de kilómetros para mí propio bienestar espiritual.


FIN

domingo, 24 de marzo de 2013

LOS ESPADACHINES DE VARNIS Clive Jackson




LOS ESPADACHINES DE VARNIS
Clive Jackson



Las lunas gemelas iluminaban cavilosamente los sedientos suelos rojos de Marte y las ruinas de la ciudad de Khua-Loanis. Los vientos de la noche susurraban alrededor de los frágiles chapiteles y murmuraban en las caladas celosías de las ventanas de los templos vacíos, y el polvo rojo la convertía en una ciudad de cobre.
Era cerca de medianoche cuando un lejano tronar de cascos veloces llegó a la ciudad, y pronto los jinetes entraron estruendosamente por los antiquísimos portillos. Tharn, Señor Guerrero de Loanis, al aventajar a sus perseguidores en veinte varas escasas se dio cuenta, fatigosamente, que su delantera mermaba, con cruel espuela acicateó el costado de su Vorklo hexápodo. La fiel bestia dio un apagado relincho de dolor, tratando, infructuosamente, de obedecer.
Delante de Tharn, en la gran montura doble, iba sentada Lehni-tal-Loanis, Dama Real de Marte, que cabalgaba en el desmañado animal con suave garbo, inclinándose sobre su cuello estirado para murmurar rápidas palabras de aliento en sus achatadas orejas. Entonces se recostó contra el pecho de Tharn, cubierto con cota de malla, volviendo su bello rostro al suyo; lo tenía coloreado de un vivo carmín por la excitación de la briosa persecución y sus ojos ambarinos brillaban encendidos de amor hacia su extraño héroe, venido más allá del tiempo y del espacio.
- Aún ganaremos esta carrera Tharn mío - dijo a viva voz - Allende ese arco queda el Templo del Vapor Viviente y una vez allí podremos desafiar a las hordas de Varnis.
Acariciando con la vista su señera belleza, las suaves curvas del cuello, pechos y piernas que el viento dejaba al descubierto batiendo su breve vestimenta. Tharn sabía que aún cuando los Espadachines de Varnis pudieran arrebatarle la vida a él su extraña odisea no habría sido vivida en balde
Pero la joven había medido la distancia con certeza, no bien Tharn frenó su relinchante Vorklo, que resbalaba y se encabritaba ante las gigantes puertas del Templo los Espadachines alcanzaron el arco exterior, donde se apiñaron en una maldiciente mole. En breves momentos pudieron separarse y ahora venían cruzando el atrio a viva carrera, pero la demora había bastado para que Tharn pudiera desmontar y situarse en posición de combate frente a uno de los grandes vanos. Sabía que de poderlo defender durante unos instantes, hasta que Lehni-tal-Loanis lograra abrir la puerta, suyo sería entonces el secreto del Vapor Viviente, y con él, el dominio de todas las tierras de Loanis.
Primero trataron los Espadachines de echarles sus cabalgaduras encima, pero tan estrecho y profundo era el vano que Tharn solo tuvo que embestir hacia arriba con la punta de la espada y dar un salto hacia atrás, y la primera bestia caía muerta de una certera estocada que le atravesó el cuello de parte a parte. Su jinete había quedado aturdido por la caída, y saltando Tharn alcanzó el flanco del animal muerto y sin piedad decapitó al infortunado Espadachín. Aún quedaban con vida diez de sus enemigos, y ahora se le abalanzaban encima a pie, pero lo estrecho del vano solo les permitía atacar de cuatro en fila y la posición elevada de Tharn sobre la enorme carroña le daba la ventaja que necesitaba. En sus venas ardía el fuego de la pelea; se les reía en la cara a mandíbula batiente y su enrojecida espada tenía gélidas filigranas de muerte que ninguno de los Espadachines osaba enfrentar.
Lehni-tal-Loanis, pasando sus dedos hábiles sobre el corrompido bronce de la puerta, dio con la cerradura radioactiva e insertó el irisado y fulgurante anillo que llevaba en su pulgar. Con un pequeño sollozo de alivió oyó como empezaban a accionarse los ocultos resortes de seguridad.
El vetusto mecanismo iba abriendo la puerta con desesperante lentitud, pero pronto oyó Tharn la cristalina voz de la joven por encima del estrépito de las espadas entrechocantes.
- Adentro Tharn mío. ¡Ya es nuestro el secreto del vapor viviente!
Mas Tharn, con cuatro de sus enemigos muertos y siete aún por despachar, no podía batirse en retirada de su posición encima del Vorklo muerto sin correr el riesgo de ser reducido a la impotencia por el filo de la espada y Lehni-tal-Loanis, percatada de su dilema, de un salto se puso a su lado desenvainando su propio espadín, al tiempo que exclamaba:
- ¡Ay amor mío! ¡Yo seré tu brazo izquierdo!
Ahora sintieron los Espadachines de Varnis como los dedos fríos de la derrota les apretaban el corazón: dos, tres, cuatro mas de ellos vieron su sangre mezclarse con el polvo rojo del atrio, al tiempo que Tharn y su aguerrida princesa esgrimían sus fieras espadas en perfecto acorde.
Ya parecía que nada podría impedirles apoderarse del misterioso secreto del Vapor Viviente, pero no había contado con la pérfida traición de uno de los Espadachines sobrevivientes. Este dio un salto hacia atrás, retirándose de la refriega, y bruscamente arrojó su espada al suelo.
- ¡Al carajo! - gruñó, y sacando de su funda una pistola protónica, de un preciso disparo de sus rayos energéticos, hizo volar en pedazos a Lehni-tal-Loanis y a su amado Señor Guerrero venido desde más allá del tiempo y del espacio.


FIN





BUENAS NOTICIAS DEL VATICANO Robert Silverberg




BUENAS NOTICIAS DEL VATICANO
Robert Silverberg



Esta es la mañana que todos estuvimos esperando: por fin el cardenal robot va a ser elegido Papa. Ya no caben más dudas acerca del resultado. Hace varios días que el cónclave está estancado debido a la puja entre los obstinados partidarios del cardenal Asciuga de Milán y los del cardenal Carciofo de Génova, y se está difundiendo el rumor de que se busca un candidato de transición. En este momento todas las facciones coinciden en propiciar la candidatura del robot. Esta mañana leí en el Osservatore Romano que la mismísima computadora del Vaticano intervino en las deliberaciones, apoyando en todo momento y fervorosamente la candidatura del robot. Supongo que no es de sorprender esta lealtad entre máquinas. Tampoco es un motivo para que nos desmoralicemos. Decididamente, no debemos desmoralizarnos.
- Cada época tiene el Papa que se merece - observó un poco sombríamente el obispo FitzPatrick durante el desayuno -. ¿Quién puede dudar de que el Papa más adecuado para nuestros tiempos es un robot? En algún futuro no muy lejano puede llegar a ser deseable que el Papa sea una ballena, un automóvil, un gato o una montaña.
El obispo FitzPatrick tiene una estatura que sobrepasa holgadamente los dos metros y la expresión habitual de su rostro es mórbida y apesadumbrada. De modo que resulta imposible determinar si ciertas cosas que dice reflejan angustia existencial o plácida aceptación. Muchos años atrás fue la estrella entre los jugadores del equipo de básquet de la cofradía de la Santa Cruz. Ahora está en Roma para investigar la biografía de San Marcelo el Justo.
Estuvimos observando el desarrollo del drama de la elección papal desde la terraza de un café a varias cuadras de la Plaza de San Pedro. Ninguno de nosotros esperaba que las vacaciones nos redituaran un espectáculo como éste: el Papa anterior tenía fama de gozar de buena salud y no había razón para sospechar que hubiera que elegirle un sucesor en el curso del verano.
Todas las mañanas llegamos en taxi desde nuestro hotel en Vía Véneto y nos instalamos en nuestros lugares habituales alrededor de «nuestra» mesa. Desde donde estamos ubicados vemos con claridad la chimenea del Vaticano, por donde sale el humo que echan las papeletas al arder: humo negro si no se eligió Papa, blanco si el cónclave tuvo éxito. Luigi, propietario y maitre del local, nos trae automáticamente nuestras bebidas preferidas: Fernet Branca para el obispo FitzPatrick, Campari con soda para el rabino Mueller, café a la turca para la señorita Harshaw, jugo de limón para Kenneth y Beverly y pernod con hielo para mí. Nos turnamos para pagar la adición, aunque hay que decir que Kenneth no pagó ni una sola vez desde que empezó nuestra vigilia. Ayer le tocó a la señorita Harshaw, y en el momento de pagar vació el monedero y se encontró con que le faltaban 350 liras; no tenía ni un peso más, sólo un cheque de viajero. Los demás miramos a Kenneth intencionadamente pero él siguió bebiendo con toda tranquilidad su jugo de limón. Después de un instante de tensión el rabino Mueller sacó una moneda de 500 liras y con un gesto bastante violento arrojó la pesada pieza de plata sobre la mesa. El rabino es famoso por sus pocas pulgas y su vehemencia. Tiene veintiocho años, suele andar vestido con una elegante casaca escocesa y anteojos de sol plateados, y a menudo se jacta de no haber celebrado ninguna bar mitzvah para su congregación, que está en el condado de Wicomico, en Maryland. Considera que es un rito vulgar y obsoleto, e indefectiblemente contrata para todas sus bar mitzvahs a una organización de clérigos ambulantes que tienen la concesión y se ocupan de esos asuntos a cambio de una comisión. El rabino Mueller es una autoridad en ángeles.
Nuestro grupo tiene opiniones divididas en cuanto a las bondades de la elección de un robot como nuevo Papa. El obispo FitzPatrick, el rabino Mueller y yo apoyamos la idea. La señorita Harshaw, Kenneth y Beverly se oponen. Es interesante puntualizar que nuestros dos caballeros con hábito religioso, uno ya mayor y el otro muy joven, dan su aprobación a este desvío de la tradición, en tanto que nuestros tres contestatarios se oponen.
No estoy seguro de por qué me alineo junto a los progresistas. Soy un hombre de edad madura y de conducta bastante moderada. Y jamás me preocupó por los asuntos de la Iglesia Romana. No estoy familiarizado con el dogma católico ni estoy al tanto de las nuevas corrientes del pensamiento eclesiástico. Sin embargo, estoy deseando que elijan al robot desde que comenzó el cónclave.
Me pregunto por qué. ¿Acaso porque la imagen de una criatura de metal en el trono de San Pedro estimula mi imaginación y gratifica mi gusto por lo incongruente? En otras palabras ¿es una cuestión puramente estética mi apoyo al robot? ¿O es más bien el resultado de mi cobardía moral? ¿Acaso tengo la secreta esperanza de que este gesto nos libre de los robots? ¿Acaso me digo para mis adentros: «Dénles el Papado y tal vez no pidan otras cosas por algún tiempo»? No. No puedo creer algo tan indigno de mí mismo. Es posible que esté en favor del robot porque soy una persona de una sensibilidad poco común frente a las necesidades de los demás.
- De ser elegido - dice el rabino Mueller - ya tiene planeado un acuerdo inmediato con el Dalai Lama, y una conexión recíproca con la programadora principal de la Iglesia Ortodoxa Griega. Y eso es sólo el comienzo. Según dicen, también habrá una apertura ecuménica hacia el rabinato, algo realmente deseable para todos.
- No me cabe duda que habrá muchos cambios en las costumbres y las prácticas de la jerarquía eclesiásticas - declara el obispo FitzPatrick -. Se supone que se introducirán mejoras en las técnicas para recoger información, dado que la computadora del Vaticano va a desempeñar un papel fundamental en las operaciones de la Curia. Fíjense, por ejemplo, lo que sucede con...
- La sola idea me resulta repugnante - dice Kenneth. Es un hombre joven, llamativo, de cabello blanco y ojos rosados. Beverly es su hermana o su esposa, rara vez habla. Kenneth hace la señal de la cruz con una brusquedad grosera y murmura:
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Autómata Santo.
La señorita Harshaw se ríe pero se detiene cuando ve mi cara de desaprobación.
Abatido pero haciendo caso omiso de la interrupción, el obispo FitzPatrick continúa.
- Fíjense, por ejemplo, en lo que sucede con estas cifras que obtuve ayer por la tarde. Leí en el periódico Oggi que, de acuerdo con un vocero de las Missiones Catholicae, el número de los miembros yugoslavos de la Iglesia habían pasado de 19.381.403 a 23.501.062 en los últimos cinco años. Pero resulta que el último censo oficial, el del año pasado, arroja un total de población de 23.575.194 habitantes para toda Yugoslavia. Eso dejaría un resto de sólo 74.132 para yugoslavos pertenecientes a otras religiones o a ninguna. Como estoy al tanto de que hay una importante población musulmana en Yugoslavia, sospeché que había algún error en las estadísticas publicadas y consulté con la computadora de San Pedro, que me informó... - el obispo hace una pausa y saca una larga hoja impresa que despliega sobre la mesa, cubriéndola casi por entero -.. que el último censo de fieles yugoslavos realizado un año y medio atrás, arroja un total de 14.206.198 católicos. Es decir que se incurrió en una exageración de 9.294.864. Lo cual es absurdo. Y además se difundió el error, lo que ya es condenable.
- ¿Cómo es él? - pregunta la señorita Harshaw -. ¿Alguien tiene idea?
- Es como todos los demás - dice Kenneth -. Una reluciente caja metálica con ruedas abajo y ojos arriba.
- Usted no lo ha visto, - interrumpió el obispo FitzPatrick - y no creo que tenga derecho a suponer que...
- Son todos iguales - dice Kenneth -. Una vez que se vio uno se los vio todos. Cajas relucientes, Ruedas. Ojos. Y voces que salen de sus estómagos como eructos mecánicos. Por dentro son puras ruedas dentadas y engranajes. - Kenneth se estremece suavemente. - Es demasiado para que yo pueda aceptarlo. ¿Qué les parece si pedimos otra vuelta?
- En cambio da la casualidad que yo lo vi con mis propios ojos - dice el rabino Mueller.
- ¿Usted lo vio realmente? - salta Beverly.
Kenneth hace una mueca de disgusto. Luigi se aproxima trayendo una bandeja con más tragos para todos. Le alcanzo un billete de cinco mil liras. El rabino Mueller se saca los anteojos de sol y empaña con el aliento las pulidas superficies espejadas. Tiene ojos pequeños, de un gris acuoso, y un marcado estrabismo.
- El cardenal fue el orador principal en el Congreso Mundial del Judaísmo que se celebró el otoño pasado en Beirut. Su tema fue «Ecumenismo cibernético para el hombre contemporáneo». Yo estuve allí. Puedo asegurarles que Su Eminencia es alto y distinguido, que tiene una hermosa voz y una sonrisa amable. Hay una melancolía natural en su expresión, que me recuerda mucho a nuestro amigo el obispo, aquí presente. Sus movimientos son armoniosos y su ingenio agudo.
- Pero está montado sobre ruedas ¿no es cierto? - insiste Kenneth.
- Sobre cadenas - corrige el rabino, echándole a Kenneth una mirada fulminante y terrible y concentrándose nuevamente en sus anteojos de sol -. Cadenas, como las de un tractor. Pero no creo que, desde un punto de vista espiritual, las cadenas sean Inferiores a los pies o a las ruedas, que para el caso da lo mismo. Si yo fuera católico me enorgullecería de tener a semejante hombre como Papa.
- No es un hombre - interviene la señorita Harshaw. Su voz tiene un dejo de frivolidad siempre que se dirige al rabino Mueller. - Es un robot, no un hombre ¿recuerda?
- Semejante robot como Papa, entonces - dice el rabino Mueller, encogiéndose de hombros ante la corrección. Levanta su vaso. - ¡Por el nuevo Papa! ¡Por el nuevo Papa! - exclama el obispo FitzPatrick.
Luigi sale corriendo del local. Kenneth le indica con la mano que no hace falta que venga.
- Un momento - dice Kenneth -. La elección todavía no terminó. ¿Cómo pueden estar tan seguros del resultado?
- El Osservatore Romano - le digo - señala en la edición de esta mañana que ya está todo resuelto. El Cardenal Carciofo consintió en retirar su candidatura y darle su apoyo al robot a cambio de una mayor asignación de tiempo real cuando se sancionen las nuevas horas de computación en el consistorio del año próximo.
- En otras palabras, ya está todo cocinado - dice Kenneth.
El obispo FitzPatrick sacude tristemente la cabeza:
- Planteas las cosas en forma demasiado áspera, hijo mío. Hace tres semanas que estamos huérfanos de un Santo Padre. Es la Voluntad de Dios que tengamos un Papa; el cónclave, incapaz de elegir entre las candidaturas del cardenal Carciofo y el cardenal Asciuga, pone obstáculos a esa Voluntad; es necesario, pues, hacer ciertas concesiones a las realidades de los tiempos para que no siga frustrándose Su Voluntad. Prolongar la politiquería del cónclave se convierte en algo pecaminoso en estos momentos. El cardenal Carciofo sacrifica sus ambiciones personales, pero no en un acto egoísta como pareces sugerir.
Kenneth sigue atacando los móviles del pobre Carciofo para retirar su candidatura. Beverly aplaude de vez en cuando sus crueles humoradas. La señorita Harshaw reitera una y otra vez su decisión de no seguir siendo miembro activo de una Iglesia cuyo jefe sea una máquina. Yo encuentro la discusión desagradable y aparto mi silla de la mesa para poder ver mejor el Vaticano. En este momento los cardenales están reunidos en la Capilla Sixtina. ¡Cómo me gustaría estar allí! ¡Qué espléndidos misterios estarán celebrándose en esa sala magnífica y sombría! En este momento los príncipes de la Iglesia están sentados, cada uno en un pequeño trono cubierto por un dosel color violeta. Sobre los escritorios que hay frente a los tronos brillan gruesos cirios, Los maestros de ceremonias se desplazan solemnemente a través de la vasta habitación, llevando las vasijas de plata en las que reposan las papeletas vacías y que depositarán sobre la mesa que hay frente al altar. Uno a uno, los cardenales avanzan hacia la mesa, recogen la papeleta y vuelven a sus escritorios. Luego levantan sus lapiceras de pluma y comienzan a escribir: «Yo, el cardenal... elijo para Supremo Pontificado al Muy Reverendo Señor mi Señor el Cardenal...» ¿Qué nombre colocan? ¿El de Carciofo? ¿El de Asciuga? ¿El de algún oscuro y marchito prelado de Madrid o de Heidelberg, la desesperada alternativa de último momento para la facción contraria a los robots? ¿O acaso están escribiendo el nombre de él? El sonido de las plumas que rasgan el papel resuena profundamente en la capilla. Los cardenales están completando sus votos, sellando las papeletas en los bordes, doblándolas, volviéndolas a doblar una y otra vez, llevándolas al altar, dejándolas caer en el gran cáliz de oro. Eso es lo que han venido haciendo todas las mañanas y todas las tardes, día tras día, mientras estuvo estancado el cónclave.
- Leí en el Herald Tribune hace un par de días - dice la señorita Harshaw - que una delegación de 250 jóvenes robots católicos de lowa está esperando en el aeropuerto de Des Moines las noticias de la elección. Tienen un charter listo para salir y, si llega a ganar su candidato, piensan viajar a Roma para pedir que el Santo Padre les acuerde la primer audiencia pública.
- No cabe la menor duda - asiente el obispo FitzPatrick - que esta elección atraerá a gran cantidad de gente de origen sintético al seno de la iglesia.
- Y alejará a mucha gente de carne y hueso - dice con acritud la señorita Harshaw.
- Lo dudo - dice el obispo -. Claro que algunos de nosotros nos sentiremos perturbados, deprimidos, ofendidos, despojados, en un primer momento. Pero todo eso pasará. La natural bondad del nuevo Papa, a la que hizo alusión el rabino Mueller, terminará por imponerse. También creo que esta elección estimularía a los jóvenes de todo el mundo interesados en la tecnología a unirse a la Iglesia. En todas partes se despertarán impulsos religiosos irresistibles.
- ¿Pueden ustedes imaginarse a 250 robots haciendo sonar sus pasos metálicos en el interior de San Pedro? - preguntó la señorita Harshaw.
Contemplo el Vaticano a lo lejos. La luz matinal es brillante y enceguecedora, pero los cardenales reunidos en asamblea, separados del mundo por un muro, no pueden disfrutar de su alegre resplandor. Ya todos han votado. Los tres cardenales elegidos por sorteo como encargados del escrutinio de esta mañana están de pie. Uno de ellos levanta el cáliz y lo sacude, mezclando las papeletas. Luego lo ubica sobre la mesa que está frente al altar; otro saca las papeletas y las cuenta. Se asegura de que el número de votos sea igual al número de cardenales presentes. Las papeletas son transferidas a un ciborio, que es un copón usado de ordinario para guardar las hostias consagradas de la misa. El primero de los tres saca una papeleta, la despliega, lee lo que está escrito; la pasa al segundo, que también la lee; luego le es entregada al tercero que lee el nombre en voz alta. ¿Asciuga? ¿Carciofo? ¿Algún otro? ¿Él?
El rabino Mueller está discutiendo sobre ángeles:
- Y después tenemos los ángeles del Trono, conocidos en hebreo como orelim u ophanim. Hay setenta en total, y su virtud principal es la constancia.
»Entre ellos están los ángeles Orifiel, Oiphaniel, Zabkiel, Jophiel, Ambriel, Tychagar, Barael, Qelamia, Paschar, Boel y Raum. Algunos de éstos ya no están en el cielo y se encuentran entre los ángeles caídos en el Infierno.
- Supongo que debido a su constancia - se burla Kenneth.
- Luego, también están los Angeles de la Presencia - prosigue el rabino -, que aparentemente fueron circuncidados en el momento de su creación. Son Miguel, Metatron, Suriel, Sandalphon, Uriel, Saraqael, Astanphaeus, Phanuel, Jehoel, Zagzagael, Yefefiah y Akatriel. Pero creo que mi favorito de todo el grupo es el Angel del Deseo, que es mencionado en el Talmud, Bereshit Rabba 85, del siguiente modo: que cuando Judá estaba por pasar...
Ya habrán terminado de contar los votos, con toda seguridad. Una inmensa multitud está reunida en la Plaza de San Pedro. El sol brilla sobre cientos, tal vez miles, de cráneos forrados de acero. Este debe ser un día maravilloso para la población robot de Roma. Pero la mayoría de los que están en la plaza son criaturas de carne y hueso: viejas vestidas de negro, carteristas jóvenes y delgados, chicos con cachorros, rubicundos vendedores de salchicha y un conglomerado de poetas, filósofos, generales, legisladores, turistas y pescadores. ¿Cuál será el resultado del recuento? Dentro de poco lo sabremos. Si ningún candidato obtuvo la mayoría, mezclarán las papeletas con paja húmeda antes de arrojarlas en la estufa de la capilla, y de la chimenea saldrán volutas de humo negro. Pero si se ha elegido Papa, la paja estará seca y el humo será blanco.
El sistema tiene cálidas resonancias. Me gusta.
Me produce la satisfacción que suelen producir las obras de arte impecables: el acorde del Tristán, digamos, o los dientes de la rana en la Tentación de San Antonio del Busco. Espero el final con vehemente interés. Estoy seguro del resultado; ya empiezo a sentir que se despiertan en mí irresistibles impulsos religiosos, Aunque también experimento una extraña nostalgia por los días en que los papas eran de carne y hueso. Los periódicos de mañana no traerán entrevistas con la anciana madre del Santo Padre, que vive en Sicilia, ni con su orgulloso hermano menor, que vive en San Francisco. Y además, ¿volverá a celebrarse alguna vez más esta magnífica ceremonia de elección? ¿Necesitaremos alguna vez otro Papa considerando que éste que tendremos dentro de poco puede ser reparado tan fácilmente?
¡Ah, humo blanco! ¡Llegó el momento de la verdad!
En el balcón central de la fachada de San Pedro emerge una figura, despliega un manto tramado en oro y desaparece. El resplandor de la luz contra el tejido ciega la vista. Me hace recordar acaso la luz de la luna que roza con su frío beso el mar de Castellamare o tal vez, más aún, el resplandor de mediodía que reverbero desde el seno del Caribe sobre la costa de San Juan.
Aparece en el balcón una segunda figura, vestida de armiño y púrpura.
- El cardenal archidiácono - susurra el obispo FitzPatrick.
La gente ya empezó a desmayarse. Luigi está de pie, junto a mí, siguiendo el desarrollo de los hechos en una radio portátil.
- Ya está todo cocinado - dice Kenneth.
El rabino Mueller le chista, ordenándole silencio.
La señorita Harshaw empieza a sollozar. Beverly recita quedamente el Padre Nuestro y se persigna. Es un momento maravilloso para mí. Tal vez el momento más auténticamente contemporáneo que me haya tocado vivir.
La voz amplificada del cardenal archidiácono grita:
- Les traigo el anuncio de una dicha infinita. Tenemos Papa.
¡El clamor nace y crece en intensidad a medida que el cardenal archidiácono le comunica al mundo que el Pontífice recién elegido es, efectivamente, ese renombrado cardenal, esa noble y distinguida persona, ese individuo melancólico y austero, cuya elevación al Trono Sagrado deseamos todos con tanta intensidad y desde hace tanto tiempo.
- Ha adoptado - dice el cardenal archidiácono - el nombre de...
El nombre se pierde en medio de los vítores. Me vuelvo hacia Luigi:
- ¿Cómo? ¿Qué nombre?
- Sisto Settimo - me dice.
Así es, y ahí está él, el Papa Sixto Séptimo, como debemos llamarlo de ahora en adelante. Una figura diminuta, envuelta en las vestiduras papales de oro y plata, que extiende sus brazos a la multitud, y ¡sí! la luz del sol relumbra sobre sus mejillas y en su encumbrada frente hay un fulgor de acero bruñido. Luigi ya está de rodillas. Yo me arrodillo a su lado. La señorita Harshaw, Beverly, Kenneth, el mismo rabino, todos se arrodillan. Porque éste es indiscutiblemente un acontecimiento milagroso. El Papa se asoma al balcón. Está por impartir la tradicional bendición apostólica a la ciudad y al mundo.
- Nuestra esperanza radica en el Nombre del Señor - declara solemnemente.
Acciona los reactores de levitación que hay debajo de sus brazos; aún desde aquí puedo ver las dos columnitas de humo. Humo blanco otra vez. Empieza a elevarse en el aire.
- El que creó el Cielo y la Tierra - dice -. Que Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo os bendiga.
Su voz nos llega majestuosa y arrolladora. Su sombra se extiende por encima de toda la plaza. Sube más y más hasta perderse de vista. Kenneth palmea a Luigi:
- Sírvenos otra vuelta - dice, y pone en la mano del dueño del café un billete de los grandes.
El obispo FitzPatrick llora. El rabino Mueller se abraza con la señorita Harshaw. El nuevo Pontífice empezó su reinado bajo signos auspiciosos, según creo.


FIN


YLLA Ray Bradbury




YLLA
Ray Bradbury



Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblito marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas.
El señor K y su mujer vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la misma casa en que habían vivido sus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol, como una flor, desde hacía diez siglos.
El señor K y su mujer no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos los marcianos; los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales.
En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los canales, cuando corría por ellos el licor verde de las viñas y habían hablado hasta el amanecer, bajo los azules retratos fosforescentes, en la sala de las conversaciones.
Ahora no eran felices.
Aquella mañana, la señora K, de pie entre las columnas, escuchaba el hervor de las arenas del desierto, que se fundían en una cera amarilla, y parecían fluir hacia el horizonte.
Algo iba a suceder.
La señora K esperaba.
Miraba el cielo azul de Marte, como si en cualquier momento pudiera encogerse, contraerse, y arrojar sobre la arena algo resplandeciente y maravilloso.
Nada ocurría.
Cansada de esperar, avanzó entre las húmedas columnas. Una lluvia suave brotaba de los acanalados capiteles, caía suavemente sobre ella y refrescaba el aire abrasador. En estos días calurosos, pasear entre las columnas era como pasear por un arroyo. Unos frescos hilos de agua brillaban sobre los pisos de la casa. A lo lejos oía a su marido que tocaba el libro, incesantemente, sin que los dedos se le cansaran jamás de las antiguas canciones. Y deseó en silencio que él volviera a abrazarla y a tocarla, como a una arpa pequeña, pasando tanto tiempo junto a ella como el que ahora dedicaba a sus increíbles libros.
Pero no. Meneó la cabeza y se encogió imperceptiblemente de hombros. Los párpados se le cerraron suavemente sobre los ojos amarillos. El matrimonio nos avejenta, nos hace rutinarios, pensó.
Se dejó caer en una silla, que se curvó para recibirla, y cerró fuerte y nerviosamente los ojos.
Y tuvo el sueño.
Los dedos morenos temblaron y se alzaron, crispándose en el aire.
Un momento después se incorporó, sobresaltada, en su silla. Miró vivamente a su alrededor, como si esperara ver a alguien, y pareció decepcionada. No había nadie entre las columnas.
El señor K apareció en una puerta triangular
- ¿Llamaste? - preguntó, irritado.
- No - dijo la señora K.
- Creí oírte gritar.
- ¿Grité? Descansaba y tuve un sueño.
- ¿Descansabas a esta hora? No es tu costumbre.
La señora K seguía sentada, inmóvil, como si el sueño, le hubiese golpeado el rostro.
- Un sueño extraño, muy extraño - murmuró.
- Ah.
Evidentemente, el señor K quería volver a su libro.
- Soñé con un hombre - dijo su mujer
- ¿Con un hombre?
- Un hombre alto, de un metro ochenta de estatura
- Qué absurdo. Un gigante, un gigante deforme.
- Sin embargo... - replicó la señora K buscando las palabras -. Y... ya sé que creerás que soy una tonta, pero... ¡tenía los ojos azules!
- ¿Ojos azules? ¡Dioses! - exclamó el señor K - ¿Qué soñarás la próxima vez? Supongo que los cabellos eran negros.
- ¿Cómo lo adivinaste? - preguntó la señora K excitada.
El señor K respondió fríamente:
- Elegí el color más inverosímil.
- ¡Pues eran negros! - exclamó su mujer -. Y la piel, ¡blanquísima! Era muy extraño. Vestía un uniforme raro. Bajó del cielo y me habló amablemente.
- ¿Bajó del cielo? ¡Qué disparate!
- Vino en una cosa de metal que relucía a la luz del sol - recordó la señora K, y cerró los ojos evocando la escena -. Yo miraba el cielo y algo brilló como una moneda que se tira al aire y de pronto creció y descendió lentamente. Era un aparato plateado, largo y extraño. Y en un costado de ese objeto de plata se abrió una puerta y apareció el hombre alto.
- Si trabajaras un poco más no tendrías esos sueños tan tontos.
- Pues a mí me gustó - dijo la señora K reclinándose en su silla -. Nunca creí tener tanta imaginación. ¡Cabello negro, ojos azules y tez blanca! Un hombre extraño, pero muy hermoso.
- Seguramente tu ideal.
- Eres antipático. No me lo imaginé deliberadamente, se me apareció mientras dormitaba. Pero no fue un sueño, fue algo tan inesperado, tan distinto...
El hombre me miró y me dijo: «Vengo del tercer planeta. Me llamo Nathaniel York...»
- Un nombre estúpido. No es un nombre.
- Naturalmente, es estúpido porque es un sueño - explicó la mujer suavemente -. Además me dijo: «Este es el primer viaje por el espacio. Somos dos en mi nave; yo y mi amigo Bart.»
- Otro nombre estúpido.
- Y luego dijo: «Venimos de una ciudad de la Tierra; así se llama nuestro planeta.» Eso dijo, la Tierra. Y hablaba en otro idioma. Sin embargo yo lo entendía con la mente. Telepatía, supongo.
El señor K se volvió para alejarse; pero su mujer lo detuvo, llamándolo con una voz muy suave.
- ¿Yll? ¿Te has preguntado alguna vez... bueno, si vivirá alguien en el tercer planeta?
- En el tercer planeta no puede haber vida - explicó pacientemente el señor K - Nuestros hombres de ciencia han descubierto que en su atmósfera hay demasiado oxígeno.
- Pero, ¿no sería fascinante que estuviera habitado? ¿Y que sus gentes viajaran por el espacio en algo similar a una nave?
- Bueno, Ylla, ya sabes que detesto los desvaríos sentimentales. Sigamos trabajando.
Caía la tarde, y mientras se paseaba por entre las susurrantes columnas de lluvia, la señora K se puso a cantar. Repitió la canción, una y otra vez.
- ¿Qué canción es ésa? - le preguntó su marido, interrumpiéndola, mientras se acercaba para sentarse a la mesa de fuego.
La mujer alzó los ojos y sorprendida se llevó una mano a la boca.
- No sé.
El sol se ponía. La casa se cerraba, como una flor gigantesca. Un viento sopló entre las columnas de cristal. En la mesa de fuego, el radiante pozo de lava plateada se cubrió de burbujas. El viento movió el pelo rojizo de la señora K y le murmuró suavemente en los oídos. La señora K se quedó mirando en silencio, con ojos amarillos, húmedos y dulces a el lejano y pálido fondo del mar, como si recordara algo.
- Drink to me with thine eyes, and I will pledge with mine (Brinda por mí con tus ojos y yo te prometeré con los míos) - cantó lenta y suavemente, en voz baja -. Or leave a kiss within the cup, and I'll not ask for wine. (O deja un beso en tu copa y no pediré vino.)
Cerró los ojos y susurró moviendo muy levemente las manos. Era una canción muy hermosa.
- Nunca oí esa canción. ¿Es tuya? - le preguntó el señor K mirándola fijamente.
- No. Sí... No sé - titubeó la mujer -. Ni siquiera comprendo las palabras. Son de otro idioma.
- ¿Qué idioma?
La señora K dejó caer, distraídamente, unos trozos de carne en el pozo de lava.
- No lo sé.
Un momento después sacó la carne, ya cocida, y se la sirvió a su marido.
- Es una tontería que he inventado, supongo. No sé por qué.
El señor K no replicó. Observó cómo su mujer echaba unos trozos de carne en el pozo de fuego siseante. El sol se había ido. Lenta, muy lentamente, llegó la noche y llenó la habitación, inundando a la pareja y las columnas, como un vino oscuro que subiera hasta el techo. Sólo la encendida lava de plata iluminaba los rostros.
La señora K tarareó otra vez aquella canción extraña.
El señor K se incorporó bruscamente y salió irritado de la habitación.
Más tarde, solo, el señor K terminó de cenar.
Se levantó de la mesa, se desperezó, miró a su mujer y dijo bostezando:
- Tomemos los pájaros de fuego y vayamos a entretenernos a la ciudad.
- ¿Hablas seriamente? - le preguntó su mujer -. ¿Te sientes bien?
- ¿Por qué te sorprendes?
- No vamos a ninguna parte desde hace seis meses.
- Creo que es una buena idea.
- De pronto eres muy atento.
- No digas esas cosas - replicó el señor K disgustado -. ¿Quieres ir o no?
La señora K miró el pálido desierto; las mellizas lunas blancas subían en la noche; el agua fresca y silenciosa le corría alrededor de los pies. Se estremeció levemente. Quería quedarse sentada, en silencio, sin moverse, hasta que ocurriera lo que había estado esperando todo el día, lo que no podía ocurrir, pero tal vez ocurriera. La canción le rozó la mente, como un ráfaga.
- Yo...
- Te hará bien - musitó su marido. Vamos.
- Estoy cansada. Otra noche.
- Aquí tienes tu bufanda - insistió el señor K alcanzándole un frasco -. No salimos desde hace meses.
Su mujer no lo miraba.
- Tú has ido dos veces por semana a la ciudad de Xi - afirmó.
- Negocios.
- Ah - murmuró la señora K para sí misma.
Del frasco brotó un liquido que se convirtió en un neblina azul y envolvió en sus ondas el cuello de señora K.
Los pájaros de fuego esperaban, como brillantes brasas de carbón, sobre la fresca y tersa arena. La flotante barquilla blanca, unida a los pájaros por mil cintas verdes, se movía suavemente en el viento de la noche.
Ylla se tendió de espaldas en la barquilla, y a una palabra de su marido, los pájaros de fuego se lanzaron ardiendo, hacia el cielo oscuro. Las cintas se estiraron, la barquilla se elevó deslizándose sobre las arenas, que crujieron suavemente. Las colinas azules desfilaron, desfilaron, y la casa, las húmedas columnas, las flores enjauladas, los libros sonoros y los susurrantes arroyuelos del piso quedaron atrás. Ylla no miraba a su marido. Oía sus órdenes mientras los pájaros en llamas ascendían ardiendo en el viento, como diez mil chispas calientes, como fuegos artificiales en el cielo, amarillos y rojos, que arrastraban el pétalo de flor de la barquilla.
Ylla no miraba las antiguas y ajedrezadas ciudades muertas, ni los viejos canales de sueño y soledad. Como una sombra de luna, como una antorcha encendida, volaban sobre ríos secos y lagos secos.
Ylla sólo miraba el cielo.
Su marido le habló.
Ylla miraba el cielo.
- ¿No me oíste?
- ¿Qué?
El señor K suspiró.
- Podías prestar atención.
- Estaba pensando.
- No sabía que fueras amante de la naturaleza, pero indudablemente el cielo te interesa mucho esta noche.
- Es hermosísimo.
- Me gustaría llamar a Hulle - dijo el marido lentamente -. Quisiera preguntarle si podemos pasar unos días, una semana, no más, en las montañas Azules. Es sólo una idea...
- ¡En las montañas Azules! - Gritó Ylla tomándose con una mano del borde de la barquilla y volviéndose rápidamente hacia él.
- Oh, es sólo una idea...
Ylla se estremeció.
- ¿Cuándo quieres ir?
- He pensado que podríamos salir mañana por la mañana - respondió el señor K negligentemente -. Nos levantaríamos temprano...
- ¡Pero nunca hemos salido en esta época!
- Sólo por esta vez. - El señor K sonrió. - Nos hará bien. Tendremos paz y tranquilidad. ¿Acaso has proyectado alguna otra cosa? Iremos, ¿no es cierto?
Ylla tomó aliento, esperó, y dijo:
- ¿Qué?
El grito sobresaltó a los pájaros; la barquilla se sacudió.
- No - dijo Ylla firmemente -. Está decidido. No iré.
El señor K la miró y no hablaron más. Ylla le volvió la espalda.
Los pájaros volaban, como diez mil teas al viento.
Al amanecer, el sol que atravesaba las columnas de cristal disolvió la niebla que había sostenido a Ylla mientras dormía. Ylla había pasado la noche suspendida entre el techo y el piso, flotando suavemente en la blanda alfombra de bruma que brotaba de las paredes cuando ella se abandonaba al sueño. Había dormido toda la noche en ese río callado, como un bote en una corriente silenciosa. Ahora el calor disipaba la niebla, y la bruma descendió hasta depositar a Ylla en la costa del despertar.
Abrió los ojos.
El señor K, de pie, la observaba como si hubiera estado junto a ella, inmóvil, durante horas y horas. Sin saber por qué, Ylla apartó los ojos.
- Has soñado otra vez - dijo el señor K -. Hablabas en voz alta y me desvelaste. Creo realmente que debes ver a un médico.
- No será nada.
- Hablaste mucho mientras dormías.
- ¿Sí? - dijo Ylla, incorporándose.
Una luz gris le bañaba el cuerpo. El frío del amanecer entraba en la habitación.
- ¿Qué soñaste?
Ylla reflexionó unos instantes y luego recordó.
- La nave. Descendía otra vez, se posaba en el suelo y el hombre salía y me hablaba, bromeando, riéndose, y yo estaba contenta.
El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del cristal. El frío desapareció de la habitación.
- Luego - dijo Ylla -, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era hermosa y... y me besó.
- ¡Ah! - exclamó su marido, dándole la espalda.
- Sólo fue un sueño - dijo Ylla, divertida.
- ¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!
- No seas niño - replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.
Un momento después se echó a reír.
- Recuerdo algo más - confesó.
- Bueno, ¿qué es, qué es?
- Ylla, tienes muy mal carácter.
- ¡Dímelo! - exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura -. ¡No debes ocultarme nada!
- Nunca te vi así - dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez -. Ese Nathaniel York me dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es ridículo.
- ¡Si! ¡Ridículo! - gritó el señor K -. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole, halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!
- ¡Yll!
- ¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?
- Yll, no alces la voz.
- ¡Qué importa la voz! ¿No soñaste - dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella y tomándola de un brazo - que la nave descendía en el valle Verde?
¡Contesta!
- Pero, si...
- Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?
- Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.
- Bueno - dijo el señor K soltándola -, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.
Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó y se acercó a él.
- Yll - susurró:
- No me pasa nada.
- Estás enfermo.
- No - dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada -. Soy un niño, nada más. Perdóname, querida. - La acarició torpemente. - He trabajado demasiado en estos días. Lo lamento. Voy a acostarme un rato.
- ¡Te excitaste de una manera!
- Ahora me siento bien, muy bien. - Suspiró. - Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y olvidamos este asunto.
- No fue más que un sueño.
- Por supuesto - dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla -. Nada más que un sueño.
Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.
- ¿No vas al pueblo? - preguntó Ylla.
El señor K arqueó ligeramente las cejas.
- ¿Al pueblo?
- Pensé que irías hoy.
Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.
- No - dijo -. Hace demasiado calor, y además es tarde.
- Ah - exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta -. En seguida vuelvo - añadió.
- Espera un momento. ¿A dónde vas?
- A casa de Pao. Me ha invitado - contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.
- ¿Hoy?
- Hace mucho que no la veo. No vive lejos.
- ¿En el valle Verde, no es así?
- Sí, es sólo un paseo - respondió Ylla alejándose de prisa.
- Lo siento, lo siento mucho. - El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado por un olvido. - No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta tarde.
- ¿Al doctor Nlle? - dijo Ylla volviéndose.
- Sí - respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.
- Pero Pao...
- Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.
- Un momento nada más.
- No, Ylla.
- ¿No?
El señor K sacudió la cabeza.
- No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?
Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.
- Ylla - dijo el señor K en voz baja -. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?
- Sí - dijo Ylla al cabo de un momento -. Me quedaré aquí.
- ¿Toda la tarde?
- Toda la tarde.
Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.
- ¿A dónde vas? - preguntó Ylla.
- ¿Qué dices? - El señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle - El doctor Nlle se ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?
La máscara de plata brillaba intensamente.
- No.
- Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.
La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el cielo, más allá de las columnas de cristal.
Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.
Se acercaba.
Ocurriría en cualquier momento.
Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: «Atención, atención, atención, atención...», con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.
Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.
Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no había una nube.
Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante; habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los cristales, y ella correría a la puerta...
- Loca Ylla - dijo, burlándose de sí misma -. ¿Por qué te permites estos desvaríos?
Y entonces ocurrió.
Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor metálico en el cielo.
Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo. Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se iba mientras aguardaban al doctor.
Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar con la vista el valle Verde.
Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro, una hoja, el viento, o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.
Se sentó.
Se oyó un disparo.
Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.
Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes. Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.
Se estremeció nuevamente y sin haber por qué se incorporó gritando, gritando, como si no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.
Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.
Los ecos morían a los lejos.
Se apagaron.
Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.
Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó, inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo trizas contra el piso.
Los pasos titubearon ante la puerta.
¿Hablaría? ¿Gritaría; «¡Entre, entre!»?, se preguntó
Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.
Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara de plata tenía un brillo opaco.
El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger los trozos del vaso.
- ¿Qué estuviste haciendo? - preguntó.
- Nada - respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.
- Pero... el arma. Oí dos disparos.
- Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor Nlle?
- No.
- Déjame pensar. - El señor K castañeteó fastidiado los dedos. - Claro, ahora recuerdo. No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.
Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos trozos de carne.
- No sé. No tengo apetito.
- ¿Por qué?
- No sé. No sé por qué.
El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más fría y pequeña.
- Quisiera recordar - dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.
- ¿Qué quisieras recordar? - preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.
- Aquella canción - respondió Ylla -, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y tarareó algo, pero no la canción. - La he olvidado y no se por qué. No quisiera olvidarla. Quisiera recordarla siempre.
Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se recostó en su silla.
- No puedo acordarme - dijo, y se echó a llorar.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó su marido.
- No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por qué.
Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.
- Mañana te sentirás mejor - le dijo su marido.
Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.
- Sí - dijo -, mañana me sentiré mejor.

FIN

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