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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 27 de marzo de 2013

LAS PALABRAS DE GURU




LAS PALABRAS DE GURU
(WORDS OF GURU)
C.M Kornbluth, 1.941
* * *
Ayer, cuando iba a reunirme con Guru en el bosque, un hombre me detuvo y me dijo:
–Chico, ¿qué haces aquí a la una de la madrugada? ¿Sabe tu madre dónde estás? ¿Qué edad tienes para andar por ahí tan tarde?
Le miré y vi que tenía el pelo blanco, así que me eché a reír. Los viejos nunca ven; en realidad, los hombres nunca ven nada. A veces las mujeres jóvenes ven algo, pero los hombres casi nunca.
–Voy a cumplir doce años –le dije. Y a continuación, como no quería que viviera para que se lo contara a nadie, añadí–: Y estoy en la calle tan tarde porque voy a ver a Guru.
–¿Guru? –preguntó él–. ¿Quién es Guru? ¿Algún extranjero? Mal asunto enredarse con extranjeros, jovencito. ¿Quién es Guru?
Así que le dije quién era Guru, y justo cuando empezaba a hablar de revistas baratas y cuentos de hadas dije una de las palabras que me había enseñado Guru y dejó de hablar. Como era viejo y sus articulaciones estaban rígidas no se desmoronó, sino que se cayó de una pieza, golpeándose la cabeza contra una piedra. Luego seguí mi camino.
A pesar de que voy a cumplir doce años, sé muchas cosas que los mayores no saben. Y recuerdo cosas que no pueden recordar los otros niños. Recuerdo haber nacido de la oscuridad, y los ruidos que la gente hacía a mi alrededor. Luego, cuando cumplí dos meses, empecé a comprender que los ruidos significaban cosas como las que había en el interior de mi cabeza. Descubrí que también podía hacer aquellos ruidos, y todo el mundo se quedó muy sorprendido.
–¡Habla! –dijeron una y otra vez–. ¡Y tan joven! Clara, ¿de dónde lo has sacado?
Clara era mi madre.
–Desde luego que no lo sé –solía decir–. Nunca ha habido ningún genio en mi familia, y seguro que tampoco en la de Joe.
Joe era mi padre.
Un día Clara me mostró a un hombre al que nunca había visto antes y me dijo que era periodista, que escribía cosas en los periódicos. El periodista intentó hablarme como si fuera un bebé corriente; ni siquiera le contesté, pero seguí mirándole a los ojos hasta que tuvo que apartar la vista y marcharse. Más tarde Clara me leyó un artículo del periódico que se suponía era gracioso, sobre el periodista haciéndome preguntas muy complicadas y yo contestándole con ruidos de bebé. Eso era cierto por supuesto. No le dije una sola palabra y él tampoco me hizo ni una sola pregunta.
La oí leer el artículo, pero mientras la escuchaba me distraje miran do un bicho que reptaba por la pared. Cuando Clara termino le pregunté
–¿Qué es esa cosa gris?
Ella miró a donde yo señalaba, pero no pudo ver nada.
–¿Qué cosa gris, Peter? –preguntó. La obligaba a llamarme por mi nombre completo. Peter. en vez de tonterías como Petey y similares–. ¿Qué cosa gris?
–Tiene el tamaño de tu mano. Clara. pero es blanda. No creo que tenga huesos. Está reptando, pero no veo que tenga cabeza en la parte superior Y tampoco tiene patas.
Creo que se preocupó. pero intento contentarme colocando la mano en la pared y tratando de encontrar dónde estaba. Yo le fui diciendo si estaba a la derecha o la izquierda de la cosa. Por fin, puso la mano justo encima. Y entonces me di cuenta de que no podía verla realmente, y que no creía que estuviera allí. Dejé de hablar sobre el tema y solo le pregunté unos cuantos días más tarde
–Clara, ¿cómo llamas a algo que una persona puede ver y otra no?
–Una ilusión, Peter –respondió–. Si te refieres a eso.
No dije nada. pero dejé que me llevara a la cama como de costumbre y cuando apagó la luz y se marchó esperé un poco y llame en voz baja.
–¡Ilusión! ¡Ilusión!
Guru apareció inmediatamente por primera vez. Se inclinó como ha hecho desde entonces y dijo:
–He estado esperando.
–No sabía que ésa era la manera de llamarte
–Estaré dispuesto cada vez que me requieras. Te enseñaré Peter si quieres aprender. ¿Sabes qué te enseñaré?
–Si me enseñas sobre la cosa gris de la pared, escucharé. Sí si me enseñas sobre las cosas reales y las irreales, también.
–Muy pocos desean aprender esas cosas –dijo él pensativo– Y hay algunas que nadie desea aprender nunca. Y otras que no te enseñaré jamás.
Entonces yo dije:
–Aprenderé las cosas que nadie ha querido aprender nunca. Y también aprenderé las cosas que no quieres enseñarme.
Él sonrió burlonamente.
–Ha llegado un amo –dijo medio en broma–. Un amo de Guru.
Fue así como aprendí su nombre. Y esa noche me enseñó una palabra que podía hacer unas cuantas cosas como estropear la comida
Desde aquel día hasta anoche en que le vi por ultima vez no ha cambiado nada, aunque ahora soy casi tan alto como él. Su piel sigue siendo tan seca y brillante como siempre, y su cara es aún huesuda, coronada por una cabeza de pelo negro y muy basto.
Cuando tenía diez años, me fui a la cama sólo el tiempo suficiente para hacer que Joe y Clara supusieran que me había quedado dormido. Dejé en mi lugar algo que aparece cuando digo una de las palabras de Guru y bajé por la tubería que está al lado de mi ventana. Siempre, desde que tenía ocho años, me ha resultado fácil subir y bajar por ella.
Me reuní con Guru en el parque de Inwood Hill.
–Llegas tarde –dijo.
–No demasiado –respondí yo–. Sé que nunca es demasiado tarde para una de estas cosas.
–¿Cómo lo sabes? –preguntó bruscamente–. Es tu primera vez.
–Y puede que sea la última –repliqué–. No me gusta la idea. Si no aprendo nada nuevo la segunda vez, no vendré más.
–No sabes cómo es –dijo él–. Las voces, y los cuerpos resbaladizos de ungüento, saltando las llamas; ¡el ritual de la mente! No podrás tener idea hasta que hayas formado parte.
–Ya veremos –dije–. ¿Podemos marcharnos de aquí?
–Sí –contestó.
Entonces me enseñó la palabra que necesitaba saber y los dos la pronunciamos juntos.
El lugar donde aparecimos a continuación estaba lleno de luces rojas, y creo que las paredes eran de roca. Aunque. por supuesto, no se veía nada, y por eso las luces sólo parecían rojas y no era roca auténtica.
Mientras nos acercábamos al fuego, una de ellas nos detuvo.
–¿Quién viene contigo? –preguntó, llamando a Guru por otro nombre. No sabía que también era la persona que llevaba ese nombre, pues era muy poderoso.
El me miró de reojo y entonces dijo:
–Este es Peter, del que tanto os he hablado.
Ella me miró y sonrió, estirando sus brazos aceitosos.
–¡Ah! –dijo en voz baja, como los gatos cuando me hablan de noche–. ¡Ah, éste es Peter! ¿Vendrás a mí cuando te llame, Peter? ¿Y me llamarás a veces, en la oscuridad, cuando estés solo?
–¡No hagas eso! –dijo Guru, empujándola bruscamente–. Es muy joven... podrías echarlo a perder.
Ella chilló a nuestras espaldas:
–Guru y su pupilo... ¡bonita pareja! Chico, no es más real que yo... ¡Tú eres lo único que hay real aquí!
–No la escuches –dijo Guru–. Está furiosa. Siempre se vuelven irritables cuando llega esta época.
Entonces nos acercamos al fuego y nos sentamos sobre las rocas. Estaban matando animales y pájaros y hacían extrañas cosas con sus cuerpos. La sangre era recogida en un cuenco de piedra, que pasaba a través de la multitud. La que estaba a mi izquierda me lo tendió.
–Bebe –dijo, sonriéndome y mostrándome sus finos dientes blancos.
Bebí dos sorbos y se lo pasé a Guru.
Cuando el cuenco dio toda la vuelta, nos quitamos la ropa. Algunos, como Guru, no llevaban, pero muchos otros sí. La que estaba sentada a mi izquierda se acercó más, jadeando pesadamente en mi cara. Me aparté.
–Dile que pare, Guru –dije–. Sé que esto no forma parte del ritual.
Guru le habló bruscamente en su propia lengua, y ella cambió de asiento, gruñendo.
Entonces todos empezamos a cantar, batiendo palmas y golpeándonos en los muslos. Una de ellas se levantó muy despacio y se puso a dar vueltas en torno al fuego, haciendo girar los ojos salvajemente. Abría la boca y cruzaba los brazos con tanta brusquedad que podía oír cómo le crujían los codos. Aun arrastrando los pies contra el suelo de roca, arqueó el cuerpo hacia atrás. Los músculos de su vientre eran bandas que casi se salían de la piel. y el aceite chorreaba por su cuerpo y sus piernas. Cuando tocó el suelo con las palmas de las manos, se derrumbó y comenzó a gemir débilmente contra el firme canto y las palmas que los demás seguíamos dando. Otra hizo lo mismo, y cantamos más fuerte para ella y aún más fuerte para la tercera. Entonces, mientras aún golpeábamos nuestras manos y muslos, una de ellas alzó a la tercera. la colocó sobre el altar y la despachó con un cuchillo de piedra. La luz del fuego resplandeció en el borde dentado de obsidiana. A medida que la sangre chorreaba por el canal, como una tubería en la roca del altar, detuvimos nuestro canto y los fuegos se apagaron.
Pero aún pudimos seguir viendo qué sucedía, porque estas cosas, por supuesto, no estaban sucediendo. En realidad, sólo parecían suceder, puesto que toda la gente y las cosas que allí había sólo parecían ser lo que eran. Únicamente yo era real. Por eso me deseaban tanto.
Cuando el último de los fuegos se extinguió, Guru susurró con excitación:
–¡La Presencia! –estaba profundamente conmovido.
La Presencia surgió de la piscina de sangre producida por el cuerpo de la tercera bailarina. Era más alto que nadie, y cuando habló su voz fue más profunda, y cuando dio sus órdenes, éstas fueron obedecidas.
–¡Que haya sangre! –ordenó, y nos arañamos con piedras.
La Presencia sonrió y mostró unos dientes más grandes, más afilados y más blancos que los de ningún otro.
–¡Haced agua! –ordenó, y todos nos escupimos mutuamente.
La Presencia aleteó e hizo girar los ojos, que eran más rojos y más grandes que los de ningún otro.
–¡Pasad la llama! –ordenó, y respiramos humo y fuego.
La Presencia se puso en pie y dejó que llamas azules surgieran de su boca, y fueron más grandes y más salvajes que las de ningún otro.
Entonces regresó a la piscina de sangre y encendimos los fuegos de nuevo, Guru le miraba fijamente; le agarré del brazo. Se inclinó hacia mí como si nos viéramos por primera vez esa noche.
–¿En qué estás pensando? –le pregunté–. Tenemos que irnos ahora.
–Sí –dijo él pesadamente–. Ahora nos vamos –y pronunció la palabra que nos trajo aquí.
El primer hombre al que maté fue al hermano Paul, en el colegio a donde iba a aprender las cosas que no me enseñaba Guru.
Fue hace menos de un año, pero me parece que sucedió hace mucho tiempo. He matado a tantos desde entonces..,
–Eres un chico brillante, Peter –dijo el hermano.
–Gracias. hermano.
–Pero hay cosas en ti que no comprendo. Normalmente se lo preguntaría a tus padres, pero... creo que ellos tampoco lo comprenden. Fuiste un niño prodigio. ¿verdad?
–Sí, hermano.
–No hay nada de raro en esto..., cuestión de glándulas. según tengo entendido. ¿Sabes lo que son?
Entonces me alarmé. Había oído hablar de ellas. pero no estaba seguro de si eran los hombrecillos verdes que sólo llevaban metal o las cosas con muchas patas con las que hablaba en los bosques.
–¿Cómo lo ha averiguado? –le pregunté.
–¡Pero Peter! ¡Pareces terriblemente asustado, muchacho! No sé mucho sobre el tema, pero el padre Frederick sí. Tiene un montón de libros sobre ellas, aunque a veces dudo que él mismo los crea.
–No son libros buenos, hermano –dije–. Deberían ser quemados
–Eso es una salvajada, hijo mío. Pero volviendo al problema...
No pude dejar que siguiera sabiendo lo que sabía sobre mí. Dije una de las palabras que Guru me había enseñado y al principio pareció sorprenderse mucho y luego sufrir un gran dolor. Se derrumbó sobre la mesa y le tomé el pulso para asegurarme, porque no había empleado la palabra antes. Pero estaba muerto.
Escuché pasos fuera y me hice invisible. Entró el corpulento padre Frederick y estuve a punto de matarle con la palabra, pero sabía que aquello iba a resultar muy raro. Decidí esperar, y crucé la puerta mientras el padre Frederick se inclinaba sobre el monje muerto. Pensaba que estaba dormido.
Recorrí el pasillo hasta el despacho lleno de libros del robusto sacerdote y. trabajando rápidamente, apilé todos sus libros en el centro de la habitación y los encendí con mi aliento. Luego bajé al patio y volví a hacerme visible cuando no miraba nadie. Fue muy fácil. Al día siguiente, maté a un hombre cuando pasé junto a él por la calle.
Había una niña llamada Mary que vivía cerca de nosotros. Entonces tenía catorce años y la deseaba, como las de la Caverna, fuera del tiempo y el espacio, me habían deseado a mí.
Así que, cuando vi a Guru y éste se hubo inclinado ante mí, se lo conté. y él me miró con gran sorpresa.
–Estás creciendo, Peter.
–Si, Guru. Y llegará el momento en que tus palabras no sean suficientemente fuertes para mi.
Él se echó a reír.
–Vamos. Peter –dijo–. Sígueme si quieres. Hay algo por hacer –se lamió los labios delgados y púrpura y dijo–: Ya te he dicho cómo será.
–Iré –respondí–. Enséñame la palabra.
Así, él me enseñó la palabra y la pronunciamos juntos.
El lugar al que fuimos a continuación no se parecía a ninguno de los otros lugares a los que Guru me había llevado antes. Era un No–lugar. Antes siempre había habido el pasaje parecido de tiempo y materia. pero aquí no había ni siquiera eso. Aquí Guru y los otros se despojaron de sus formas y fueron lo que eran. El No–lugar era el único sitio donde podían hacer esto.
No era como la Caverna. pues la Caverna había estado fuera del tiempo y el espacio, y este lugar no tenía espacio suficiente ni siquiera para eso. Era el No–lugar.
No merece la pena contar lo que sucedió allí, pero me presentaron a algunos que nunca salían de allí. Todo les llegaba mientras existían. No tenían color ni apariencia de color, ni aspecto de forma.
Allí aprendí que eventualmente me uniría a ellos; que había sido seleccionado como el único de mi planeta que podía habitar en el No–lugar sin estar en él eternamente.
Guru y yo, tras decir la palabra. nos marchamos.
–¿Bien? –preguntó Guru mirándome a los ojos.
–Estoy deseando –dije–. Pero ahora enséñame la palabra.
–¡Ah! –sonrió él –.¿La chica?
–Sí. La palabra que significará tanto para ella.
Todavía sonriendo, me enseñó la palabra.
Mary, que tenía catorce años, tiene ahora quince y dicen que está incurablemente loca.
Anoche volví a ver a Guru por última vez. Se inclinó mientras me acercaba a él.
–Peter –dijo cálidamente.
–Enséñame la palabra.
–No, es demasiado tarde.
–Enséñame la palabra.
–Puedes retirarte... Con lo que sabes, puedes ser amo de este mundo. ¡Oro sin cuento, riquezas y gemas, Peter! ¡Rico terciopelo..., alfombras repujadas!
–Enséñame la palabra.
–Piensa, Peter, en la casa que podrías construir. Podría ser de mármol blanco, y cada losa centrada por un brillante rubí. Su puerta podría ser de oro forjado y podrías construirla en torno a una torre de mármol que se alzara en el cielo milla tras milla. Podrías ver las nubes flotar bajo tus ojos
–Enséñame la palabra.
–Tu lengua podría saborear las uvas que saben como plata fundida. Podrías oír siempre la canción del ruiseñor y la alondra que suena como la estrella del amanecer convertida en música. El perfume de los nardos que florecerán dentro de mil años podría estar siempre en tu olfato. Tus manos podrían acariciar el plumón de los cisnes púrpura del Himalaya que es más suave que una nube a la puesta del sol.
–Enséñame la palabra.
–Podrías poseer mujeres cuya piel fuera de negro ébano o de blanca nieve. Mujeres que fueran duras como piedras O suaves como nubes.
–Enséñame la palabra.
Guru hizo una mueca y dijo la palabra.
Ahora no sé si diré la palabra, la última que me enseñó Guru, hoy o mañana o dentro de un año.
Es una palabra que hará estallar este planeta como un cartucho de dinamita en una manzana podrida.

ÁNGELES TUTELARES C. S. Lewis




C. S. Lewis



El Monje, como lo llamaban, se sentó en la silla de campaña, junto a la litera y miró por la ventana las arenas ásperas de Marte, y el cielo negro azulado. No pensaba iniciar el «trabajo» hasta que pasaran otros diez minutos. Desde luego, no lo habían llevado allí para eso. Era el meteorólogo del grupo y su trabajo como tal estaba ya casi terminado; había averiguado cuanto se podía averiguar. No podía hacer nada más, dentro del limitado radio de aquella investigación, hasta que transcurrieran por lo menos veinticinco días. Y la meteorología no había sido el verdadero móvil del viaje. Había elegido pasar tres años en Marte, como el más próximo equivalente moderno de la vida de un eremita en el desierto. Había venido a meditar: a continuar la lenta y perpetua reconstrucción de esa estructura interior que era, a su juicio, la finalidad principal de la existencia. Transcurrieron los diez minutos de reposo. Comenzó con la fórmula acostumbrada: «Dulce y paciente Maestro, enséñame a tener menos necesidad de los hombres y a amarte más.» Y emprendió la tarea. No había tiempo que perder. Sólo tenía por delante seis meses de aquel yermo sin vida, sin sufrimiento, sin pecado. Tres años eran un plazo breve... pero, cuando llegó el grito, se levantó de la silla con la ejercitada prontitud de un marinero.
El botánico de la cabina inmediata respondió al mismo grito con una maldición. En aquel momento había tenido el ojo clavado al microscopio. Era enloquecedor. Interrupciones constantes. En aquel campamento infernal costaba tanto concentrarse como en el centro mismo de Piccadilly. Y su tarea era ya una carrera contra el tiempo. Faltaban seis meses... y apenas había comenzado. La flora de Marte, aquellos organismos diminutos, inverosímilmente tenaces, capaces de sobrevivir en condiciones poco menos que imposibles, eran un festín para toda la vida. No haría caso al grito. Pero en esto sonó el timbre. Llamaban a todos a la sala principal.
La única persona que no hacía nada, por decirlo así, cuando llegó el grito, era el capitán. Para ser más exactos, diremos que trataba, como de costumbre, de no pensar en Clare, y de continuar redactando el diario oficial. Clare seguía interrumpiéndolo desde sesenta y cinco millones de kilómetros de distancia. Era ridículo. «Hubiésemos necesitado todas las manos...» escribió. Manos... sus propias manos. Mirándolas fijamente sintió que acariciaba el cuerpo vivo de Clare, cálido y frío, blando y firme, que se entregaba y resistía. «Cállate, que es algo muy querido», le dijo a la foto sobre el escritorio. Y de vuelta al diario, hasta las palabras fatales: «...me había causado cierta ansiedad». Ansiedad... ¿Qué le pasaría a Clare en aquel momento? ¿Dónde estaría? ¿Qué sería de ella? Podía ocurrir cualquier cosa. Había sido una decisión estúpida. ¿Qué otro recién casado hubiese aceptado esa tarea? Pero había parecido tan razonable... Tres años de horrible separación, pero luego... todo lo mejor de la vida. Le habían prometido un puesto con el que no se hubiera atrevido a soñar unos meses antes. Ya nunca tendría que volver al espacio exterior. Y a la vuelta, habría muchas compensaciones: las conferencias, el libro, probablemente un título. Habría muchos hijos. Sabía que ella los deseaba, y de un modo curioso (como empezaba a comprenderlo) a él le ocurría lo mismo. Pero, cuernos, el diario. Comenzó un nuevo párrafo... Y de pronto llegó el grito.
Era uno de los dos jóvenes técnicos quien había gritado. Habían estado juntos desde la cena. Paterson, de pie en el umbral de la cabina de Dickson, se apoyaba en un pie y luego en otro, moviendo atrás y adelante la puerta, mientras Dickson, sentado en la litera, esperaba a que Paterson se marchara.
- ¿De qué hablas, Paterson? - dijo -. ¿Quién comentó algo de una pelea?
- Como quieras, Bobby - dijo el otro -, pero ya no somos amigos como antes. Tu lo sabes bien. ¡Oh, no soy ciego! Te pedí que me llamaras Clifford. Y tú siempre te muestras frío, indiferente.
- ¡Véte al diablo! - gritó Dickson -. Estoy dispuesto de veras a ser un buen amigo tuyo y de cualquier otro, pero todas esas tonterías... como si fuéramos dos colegialas... francamente, no las soporto. De una vez por todas...
- Oh, mira, mira, mira - dijo Paterson. Fue entonces cuando Dickson gritó, y llegó el capitán y tocó la campana. Veinte segundos después, todos se agrupaban detrás de la ventana principal, Una nave del espacio acababa de posarse suavemente a ciento cincuenta metros del campamento.
- ¡Oh! - exclamó Dickson -. Vienen a relevarnos antes del plazo.
- Maldición - gruñó el botánico -. Ahora que...
Cinco viajeros bajaban de la nave. Los trajes del espacio no ocultaban que uno de ellos era enormemente grueso; no había nada de notable en los otros.
- Abran la compuerta - dijo el capitán.
Las botellas de las reducidas reservas pasaban de mano en mano. El capitán había descubierto que el jefe de los viajeros era un viejo conocido, Ferguson. Dos eran jóvenes de aspecto corriente, agradable, pero, ¿los otros dos?
- No entiendo - dijo el capitán -. ¿Qué significa...? Es decir estamos contentísimos de verlos, desde luego, pero ¿qué es esto?
- ¿Dónde están los otros del grupo? - dijo Ferguson.
- Hemos tenido dos bajas - dijo el capitán -. Sackville y el doctor Burton. Fue algo lamentable. Sackville se empeñó en probar lo que llamamos berro marciano. Se volvió loco furioso, a los dos minutos. Derribó a Burton de un puñetazo y un destino fatal quiso que Burton cayera de mal modo, contra esa mesa; se rompió la nuca. Atamos a Sackville y lo acostamos en una litera, pero murió a las pocas horas.
- ¿No tuvo la precaución de probarlo antes en un cobayo? - preguntó Ferguson.
- Sí - dijo el botánico -. Eso fue lo más terrible. El cobayo sobrevivió, aunque se comportó de un modo muy raro. Sackville concluyó erróneamente que la sustancia era alcohólica. Imaginó haber inventado una nueva bebida. Muerto Burton, además, no quedaba nadie capaz de hacer una buena autopsia de Sackville. El análisis de la planta muestra...
- ¡Ahhh...! - interrumpió un visitante, que aún no había hablado -. No simplifiquemos excesivamente. No creo que la sustancia vegetal sea la verdadera explicación. Hay tensiones y desviaciones. Están todos ustedes, sin darse cuenta, en una condición muy inestable, por razones que no son ningún misterio para un psicólogo experimentado.
El sexo de este personaje no era muy evidente. Tenía el pelo muy corto, la nariz muy larga, los labios presuntuosamente apretados, la barbilla saliente y un aire autoritario. Científicamente hablando, la voz era de mujer. Pero nadie dudó del sexo del viajero más próximo, la persona gorda.
- ¡Oh, querida! - jadeó -. No ahora. No puedo más. Me siento débil y nerviosa. Me pondré a chillar si sigues. ¿No tienes a mano un poco de oporto y limón? ¿No? Bueno, me las arreglaré con otro sorbo de ginebra. Qué estómago el mío.
Quien hablaba era manifiestamente hembra y tal vez ya setentona. Se había teñido el pelo, con resultados poco felices, de color mostaza. Los polvos de arroz que se había echado en la cara apestaban a perfume barato y eran como montículos de nieve en los valles de las arrugas y las papadas múltiples.
- Cállese - rugió Ferguson -. Y ustedes, por favor, no le den de beber. Ni una gota.
- Es un gruñón, como ve - dijo la vieja, suspirando, y mirando tiernamente a Dickson.
- Perdónenme - dijo el capitán -. Pero, ¿quiénes son estas... damas? Y ¿qué significa todo esto?
- Se lo explicaré en seguida - declaró la mujer flaca, carraspeando -. Quienes conocen las tendencias de la opinión mundial sobre los problemas sociales, y psicológicos de la intercomunicación planetaria saben bien que este progreso reclama inevitablemente ajustes ideológicos de largo alcance. Los psicólogos reconocen que la inhibición de las necesidades biológicas más imperiosas, en períodos prolongados, han de tener, probablemente, resultados imprevisibles. Los pioneros de los viajes por el espacio están expuestos a este peligro. Sólo las gentes retrógradas permitirían que unos supuestos principios morales impidieran proteger a estos hombres. Hemos de armarnos de coraje, pues, y reconocer que la inmoralidad, como se la llamó hasta ahora, no es ya contraria a la ética...
- No entiendo nada - interrumpió el Monje.
- Quiere decir - explicó el capitán, que era un buen lingüista - que la llamada fornicación no es ya un acto inmoral.
- Exactamente, mi pequeño - dijo la gorda a Dickson -. Un pobre muchacho necesita de cuando en cuando una mujer. Es muy natural.
- Lo que se precisaba, por consiguiente - continuó la flaca -, era un equipo de mujeres abnegadas, decididas a dar el primer paso. Desde luego, serían despreciadas por gentes ignorantes. Pero algo las consolaría: la idea de cumplir una función indispensable en la historia del progreso humano.
- Quiere decir que vas a tener con quien acostarte, precioso - explicó la gorda a Dickson.
- Me parece muy bien - dijo Dickson con entusiasmo -. Más vale tarde que nunca. Pienso, sin embargo, que no han podido traer muchas chicas en esa nave. ¿Y por qué no están aquí? ¿Vienen en viaje?
- Nuestro llamado - prosiguió la flaca, quien aparentemente no había advertido la interrupción - no tuvo mucho eco, es cierto. El primer contingente de la Organización Femenina de Alta Terapéutica Afrodisíaca (OFATA) no es quizá... bueno, el más idóneo. Muchas excelentes mujeres, universitarias como yo, distinguidas profesoras, se han mostrado curiosamente convencionales. Pero, al menos, se ha comenzado - concluyó animosamente -. Y aquí nos tienen.
Hubo, durante cuarenta segundos, un silencio abrumador. Luego, Dickson, que ya había torcido la cara varias veces, se puso muy colorado; recurrió a un pañuelo, sofocó lo que pareció un estornudo, se incorporó bruscamente y volvió la espalda al grupo, levemente encorvado, sacudiendo los hombros.
Paterson se levantó de un salto y corrió hacia Dickson, pero la gorda, luego de gruñidos y esfuerzos infinitos, también dejó su asiento.
- Déjalo tranquilo - le gritó Paterson -. Los hombres como tú no sirven de nada.
Un momento después, los enormes brazos rodeaban a Dickson, sumergiéndolo en un cálido y tambaleante cariño maternal.
- Vamos, vamos, mi chiquitín - dijo la gorda -. Verás que marchará perfectamente. No llores, mi cielo. Pobre chiquitín. Cálmate. Verás qué bien lo pasarás.
- Creo - dijo el capitán - que el chiquitín no está llorando; está riéndose.
Fue en ese instante cuando el Monje propuso que pasaran a la mesa.

Junto con el último bocado, Dickson - la gorda había conseguido sentársele al lado, y bebía de cuando en cuando de la copa del joven - dijo a los técnicos recién llegados:
- Me gustaría mucho ver la nave de ustedes. ¿Podemos ir?
Era de esperar que los dos hombres, luego de haber pasado tanto tiempo encerrados, y que acababan de sacarse los trajes del espacio, se resistieran a vestírselos de nuevo y a volver a la nave. Tal fue, desde luego, la opinión de la gorda.
- No los molestes, querido - dijo -. Están hartos de ese viejo trasto, lo mismo que yo. No conviene que se agiten ahora, en plena digestión.
Los dos jóvenes, sin embargo, se mostraron muy animosos.
- Claro que sí - dijo el primero -. Yo mismo iba a proponerlo.
- Yo iré también - dijo el otro.
Los tres salieron de la cámara de aire en tiempo record. Cruzaron la arena, subieron por la escala y se quitaron rápidamente los cascos.
- ¿Quién tuvo la idea de echarnos encima ese par de zorras? - dijo Dickson.
- ¿No lo sabe? - dijo el viajero que hablaba con acento popular londinense -. Las gentes de allá abajo pensaban que el tiempo les parecería a ustedes demasiado largo. Qué ingratos.
- Muy gracioso - dijo Dickson -. Pero para nosotros no es cosa de broma.
- Lo mismo digo - replicó el visitante con acento de Oxford -. Las tuvimos pegadas a nosotros, durante ochenta y cinco días. Comenzaron a aplacarse luego del primer mes.
- Dígamelo a mí - comentó el londinense.
Hubo una pausa de disgusto.
- Pero explíquenme - insistió Dickson -, ¿cómo, entre todas las mujeres del mundo, eligieron a estos dos monstruos?
- No pretendería usted la reina de las coristas en el fondo del más allá - dijo el londinense.
- Querido amigo - explicó el otro -, ¿no es todo muy claro? ¿Qué mujer puede venir voluntariamente a este sitio espantoso, a alimentarse con raciones cuarteleras y ofrecer sus encantos a media docena de desconocidos? No las alegres chicas, amigas de la diversión, pues saben que no hay alegría en Marte. Menos la prostituta profesional, mientras encuentre clientela en el barrio más sórdido de Liverpool o Los Ángeles. La que vino ya no tiene esa probabilidad. La otra es una chiflada de la nueva ética.
- Simple, ¿no es cierto? - comentó el londinense.
- Cualquiera pudo haberío previsto, excepto esos necios de arriba - dijo el otro.
- La única esperanza que nos queda es el capitán - dijo Dickson.
- Mire, hermano - dijo el londinense -, si espera que nos llevemos de vuelta a estos esperpentos, olvídelo en seguida. No. Nuestro capitán tendría que vérselas con un motín, si lo intentara. Pero no lo intentará. Ya ha soportado lo suyo. Como nosotros. Ahora, les toca a ustedes.
- Es justo - dijo el otro -. Hemos soportado lo insoportable.
- Bien - dijo Dickson -, dejemos que los jefes libren la batalla. Pero hay cosas que superan todos los límites. Esa maldita pedante...
- Es profesora de una universidad popular.
- Bien - dijo Dickson luego de una larga pausa -, iban a mostrarme la nave. Tal vez eso me distraiga.
La gorda hablaba con el Monje.
- ...y, ¡oh, padre!, usted pensará que es mi mayor pecado. No me retiré cuando hubiera podido hacerlo. Cuando murió mi cuñada... mi hermano quería instalarme en su casa, pues no le faltaba dinero. Pero yo continué, ay de mí, continué.
- ¿Por qué, hija mía? - preguntó el Monje -. ¿Es que le gustaba?
- Nada de eso, padre. Nunca tuve mucha afición al oficio, Pero, mire, padre, yo era atractiva en ese entonces, aunque ahora no pueda imaginárselo... y esos caballeros disfrutaban tanto conmigo...
- Hija - sentenció el Monje -, no está usted muy lejos del Reino. Pero cometió un error. El deseo de dar es meritorio. Pero, si da usted un billete falso, no por eso lo hace bueno.
El capitán había dejado también la mesa, muy rápidamente, pidiéndole a Ferguson que lo acompañara a la cabina. El botánico corrió detrás.
- Un momento, capitán, un momento - dijo, excitado -. Soy un hombre de ciencia. Estoy trabajando ya a toda presión. No he de quejarme de todos esos deberes que interrumpen constantemente mi trabajo. Pero, si piensa usted que perderé todavía más tiempo acompañando a esas horribles mujeres...
- Espere a que le ordene algo que pueda considerarse ultra-vires - dijo el capitán -. La protesta es prematura.
Paterson se quedó con la flaca. De las mujeres sólo le interesaba el aparato auditivo. Le gustaba hacer confidencias a las mujeres; quejarse ante ellas de la inconstancia y la crueldad de los hombres. Lamentablemente, la dama entendía que la conversación sólo tenía dos fines: la terapéutica afrodisíaca o la instrucción psicológica. En realidad, no veía razón alguna para que las dos operaciones no se efectuaran simultáneamente; sólo las personas sin preparación podían concentrarse únicamente en una idea. La diferencia estaba comprometiendo el éxito de la charla. Paterson se impacientaba; la dama se mostraba brillante y tranquila como un témpano.
- Pero como le decía - gruñó Paterson -, me parece indigno que un hombre se muestre amable y...
- Lo que confirma mi tesis. Esas tensiones y desajustes son inevitables en un ambiente anormal. Sí, hay que librar al remedio de esos prejuicios sentimentales o lascivos, igualmente malos, que la era victoriana...
- Pero no se lo he contado aún. Escuche. Hace sólo dos días...
- Un momento. Habría que pensar en el remedio como inyección necesaria. En cuanto pensáramos...
- De acuerdo. La asociación remedio-placer, es una fijación de la adolescencia, y ha, causado mucho mal. Racionalmente...
- Mire, creo que se sale del tema...
- Un momento.
El diálogo continuó.

Habían visto ya la nave. Era una maravilla. Nadie recordó luego quién fue el primero en decir: «Cualquiera puede manejar una nave semejante.»
Ferguson se quedó sentado, fumando calladamente, mientras el capitán leía la carta. Cuando se inició la conversación, el buen humor reinaba en la cabina, y nadie se decidía a encarar seriamente el problema.
- Sin embargo - dijo al fin el capitán -, hay también un aspecto serio. Ante todo, ¡qué impertinencia!
- Recuerde - observó Ferguson - que la situación de ustedes es completamente nueva.
- ¿Nueva? No me haga reír. Somos como los hombres de los balleneros, o los tripulantes de los veleros antiguos, los pioneros del Oeste. La gente siempre sintió hambre cuando no hay comida.
- Amigo, olvida usted la nueva psicología.
- Creo que esas dos horribles mujeres han aprendido ya una psicología todavía más nueva, desde que llegaron. ¿Creen allí realmente que todos los hombres son tan combustibles? ¿Que nos echaremos encima de cualquier mujer?
- Ay, amigo, así es. Dirán que usted y su gente son todos anormales. No quisiera volver trayendo concentrados de hormonas.
- ¿No habría entonces otros voluntarios que quienes pueden o creen poder prescindir de las mujeres?
- No olvide la nueva ética.
- Oh, no me hable de eso. Sólo los enamorados o los monjes han intentado alguna vez mantenerse castos. Una minoría, y lo intentarán en Marte lo mismo que en la Tierra. La mayoría no se negó nunca al placer. Los profesionales no lo ignoran. No hay puesto o guarnición militar sin prostíbulos. ¿Quiénes son los asesores que tuvieron esta idea estúpida?
- Oh. Una banda de mujeres maduras, casi todas con pantalones, aficionadas a todo lo sexual, a todo lo científico, y que quieren sentirse importantes. Esta iniciativa les dio tres placeres a la vez.
- Bien, Ferguson. No pienso quedarme con la veterana ni con la catedrática. Usted...
- No, no. Yo cumplí mi tarea. No estoy dispuesto a llevarme de vuelta ese ganado en pie. Y mis muchachos piensan lo mismo. Habría amotinamiento y crímenes a bordo.
- Pues tiene que hacerlo, porque yo...
En ese instante, llegó de afuera una luz enceguecedora. La cabina se sacudió.
- ¡Mi nave! ¡Mi nave! - gritó Ferguson.
Los dos hombres observaron la arena desierta. La astronave había despegado perfectamente.
- Pero, ¿qué ha sucedido? - preguntó el capitán -. ¿Habrán sido capaces...?
- Amotinamiento, deserción y robo de una nave del gobierno - dijo Ferguson -. Eso es lo que ha sucedido. Mis dos muchachos y su Dickson regresan a la Tierra.
- Demonios, las pasarán mal. Los juzgarán y...
- Ay, es muy cierto. Y creen que el precio es barato. ¿Por qué? Ya lo entenderá antes de dos semanas.
En los ojos del capitán hubo de pronto una luz de esperanza.
- ¿No se habrán llevado a las mujeres? - preguntó. - Un poco de juicio, amigo, un poco de juicio. Y si ya no le queda juicio, abra las orejas.
En el rumor de excitada conversación que llegaba cada vez más claramente de la sala principal, se distinguían unas voces femeninas, intolerables.
Mientras. se preparaba para la meditación de la noche, el Monje pensó que se había concentrado demasiado, quizá, en «necesitar menos» y que por esto mismo tendría que seguir un curso (superior) de amar más. Luego, torció la cara en una sonrisa donde no todo era júbilo. Estaba pensando en la gorda. Un acorde exquisito de cuatro notas. La primera: el horror de lo que ella había hecho y sufrido. La segunda: piedad. La tercera, cómica: la pobre mujer creía que aún despertaba deseos. Y la cuarta: la mujer se ignoraba a sí misma. Auxiliada por la gracia y una apropiada, aunque pobre, dirección espiritual, quizá descubriera en ella misma otro encanto muy distinto, y seguiría así el camino de la luz, uniéndose a la Magdalena.
Pero... un momento. Había todavía una quinta nota en el acorde.
- ¡Oh, Maestro! - murmuró -. Perdóname, aunque quizá te divierta. Pensé que me habías traído a sesenta millones de kilómetros para mí propio bienestar espiritual.


FIN

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