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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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sábado, 17 de septiembre de 2011

Cosas







Cosas
Zenna Henderson

Viat volvió del campamento de los Extranjeros, con el penacho abatido, los devis arrancados de la chaqueta, la boca entreabierta y anhelante, y la mirada vacía. Se pasó un día sentado al Sol, sin darse cuenta siquiera que los niños se reunían y hacían preguntas con sus agudas vocecillas. Al alcanzarle las sombras de la tarde, Viat tambaleó unos pasos y cayó muerto.
Su madre vino entonces, pues el cuerpo había nacido de ella y nunca podría serle extraño, pues aquel vacío que había brotado de sus ojos no era Viat. Reconoció su muerte, prendiéndole el kiom en su desgarrada chaqueta, que ella misma había modelado el día que lo dio a luz, pues nacer es comenzar a morir. Mientras Viat no hubiese entregado su corazón, ella guardaba el kiom para ofrecerlo. Dejó el pelu tenuemente encendido en el centro del kiom, porque Viat había muerto bienamado. El que muere bienamado camina derecho y seguro por el sendero de los Ocultos, gracias a la luz de su pelu. Si se le quita esa luz, vagará siempre, a tientas, entre la oscuridad del kiom sin luz.
Por eso le prendió el kiom y lloró.
Se celebró una reunión después que Viat fuera devuelto al seno de la tierra. Con las espaldas inclinadas contra el Sol, los Coveti pensaron juntos toda la mañana. Cuando el Sol les dio en la cara, se cubrieron los ojos con las palmas de la mano extendidas, y entablaron conversación.
¾Los Extranjeros nos han traído el mal ¾exclamó Dobi, pisoteando el polvo¾. Por su causa, Viat ya no vive. No regresó del campamento, únicamente lo hizo su cuerpo, hasta saber que no volvería a él.
¾Pero tal vez los Extranjeros no sean malvados. Vinieron a nosotros en son de paz. Incluso procuraron aterrizar su nave en un erial, en vez de chamuscar nuestros campos.¾Deci clavó los ojos vehementemente en el cielo. La sangre le hervía al imaginarse una nave repleta de Extranjeros, bajando de una nube¾. Quizás no era necesario que trasladáramos el Coveti.
¾Es verdad, es verdad ¾asintió Dobi¾. Es posible que no sean malvados, pero su aliento puede significar la muerte para nosotros, o acaso la caída de sus sombras, o las cosas silenciosas que despiden invisiblemente sus manos amistosas. Es mejor que no volvamos al campamento. Ni debemos permitirles que hallen el Coveti.
¾¡Pero no se los prohibas! ¾gritó Deci, ondulando su penacho¾. No los conocemos. Convertirlos ahora en tabú no estaría bien. Tal vez traigan regalos...
¾Nadie regala nada sin motivo, siempre se busca algo. No tenemos ningún deseo de cambiar nuestros hombres jóvenes por una mirada de los Extranjeros.
Dobi trazó una especie de surco en la arena con los dedos, borrándolo luego de la misma forma que Viat fue borrado de la vida.
¾Incluso ¾la voz de Veti se elevó clara, mientras su penacho azul se mecía en la brisa¾, es muy posible que posean conocimientos que ignoramos. ¡Jamás hemos lanzado naves a las nubes para que regresen!
¾¡Sí, sí! ¾afirmó Deci, clavando los ojos en Veti, que le tenía arrebatado el corazón¾. Deben saber mucho y tener muchos regalos para nosotros.
¾Bienvenido sea el regalo de la sabiduría ¾dijo Tefu con su baja y ronca voz¾. Pero los regalos son incómodos, producen obligaciones.
¾¡Esas son viejas palabras! ¾gritó Deci¾. ¡Los sistemas antiguos no sirven cuando aparecen otros nuevos!
¾Es cierto ¾asintió Dobi¾. Si lo nuevo es un auténtico sistema y no un torbellino o un sendero que no conduce a parte alguna. Pero juzgar sin motivos es juzgar erróneamente. Iré a ver a los Extranjeros.
¾Y yo ¾añadió Tefu con su tonante voz.
¾¿Y yo? ¿Y yo? ¾tartamudeó Deci, levantando una polvareda al levantarse apresuradamente.
¾Jóvenes... ¾masculló Tefu.
¾Ojos jóvenes para captar lo que ojos viejos tal vez no vieran ¾dijo Dobi¾. Nuestro camino es el tuyo.
Agitó su penacho al inclinarse ante Deci.
¾¡Deci! ¾exclamó Veti con voz agitada por lo desconocido¾. No vuelvas como lo hizo Viat. El corazón que late en tu pecho no te pertenece del todo.
¾¡Volveré! ¾gritó Deci¾. Llenaré tus manos con maravillas y encantos.
Besó las palmas de las manos de la mujer como aseveración a su seguridad de retorno.

El tiempo no es un conjunto de horas y días, o un movimiento de la luz y de la sombra. El tiempo pasó más rápidamente que el rizo de la brisa sobre el césped, o que el susurro de la brisa a través de las cañas, o que el breve sonido de las pisadas sobre un suelo que en apariencia no debían oírse. Las rocas parecían hendirse en dos para dejarlo pasar.
Dobi, cojeando, iba el primero, lento el paso, humillado el penacho, con los ojos escondidos en la sombra que proyectaba su inclinada cabeza. Detrás venía Tefu, como un hombre con ceguera reciente, caminando a tientas, esforzándose, tropezando, titubeando, hasta arrebujarse contra las rocas que le eran familiares, mientras caía la tarde.
¾¡Deci! ¾gritó Veti, sobresaltando al grupo con su chillido¾. ¡Deci!
¾No ha venido con nosotros ¾dijo Dobi¾. Nos ha visto marchar.
¾¿Voluntariamente? ¾preguntó¾. ¿Voluntariamente o por la fuerza?
¾¿Voluntariamente? ¾Tefu volvió los ojos hacia ella sin verla; miraba cosas escondidas en su interior¾. ¿Por la fuerza? Se ha quedado. Nada lo obligaba a quedarse.¾Llevó su mano vacilante a un ojo y luego al otro¾. Libre ¾murmuró¾. ¿Dónde está la luz?
¾¡Contadme! ¾exclamó Veti¾. ¡Oh, contadme!
Dobi se sentó sobre el polvo, haciendo una marca alrededor con sus grandes manos.
¾Poseen auténticas maravillas. Nos darían muchas cosas extrañas por nuestro devi ¾golpeó con los dedos el borde de su chaqueta¾. Telas que no podemos ni soñar. Instrumentos que podríamos utilizar. Armas que podrían liberar la tierra de todos los kutus hambrientos.
¾¿Y Deci? ¿Y Deci? ¾preguntó otra vez, temblorosa, Veti.
¾Deci lo vio todo y lo deseó todo. Sus devis fueron arrancados antes que el Sol se alejase del alcance de la mano. Era como un niño en una pradera de flores, que las busca, las coge, las manosea y siempre encuentra más hermosa la última que ve.
El viento llegó silenciosamente y se deslizó por los desnudos hombros.
¾Entonces regresará ¾afirmó Veti, relajando su crispada mano¾. Cuando el encanto haya pasado.
¾¿Como lo hizo Viat? ¾murmuró la voz de Tefu. ¿Como he regresado yo? ¾Levantó la mano frente a los ojos, doblando los dedos uno tras otro¾. ¿Cuántos dedos hay? ¿Seis, cuatro, dos?
¾Has visto a los Extranjeros, antes que retirásemos el Coveti. Has visto las extrañas vestiduras que llevaban, brillantes, espléndidas y pesadas. Nuestra atmósfera les es perjudicial. Sin sus ropajes, morirían.
¾¿Si están tan bien protegidos contra el mundo, cómo pueden hacer daño? ¾exclamó Veti¾. No pueden dañar a Deci. Regresará.
¾Yo he regresado ¾musitó Tefu¾. No hice más que andar entre ellos y el vaho de su respiración me ha cegado. Sólo el tiempo y los Ocultos saben si he perdido definitivamente la vista. Uno se preocupó de mí. Me miró fijamente cuando mis pasos se hicieron vacilantes. Me alejó de los otros rápidamente, y se sentó algo separado de mí, observándome mientras la luz se extinguía a mi alrededor. Estaba preocupado por mí..., o estaba estudiándome. Pero ahora estoy ciego.
¾¿Y tú? ¾preguntó Veti a Dobi¾. ¿No te hicieron daño?
¾Fui precavido ¾dijo Dobi¾. No me acerqué demasiado después del primer encuentro. Y sin embargo... ¾Mostró el muslo. Desde la cadera hasta la rodilla, su carne cuarteada, como por la acción reciente de una poderosa garra¾. Me hallaba entre los árboles cuando un kutu aulló en una ladera, por encima de mí. Los Extranjeros hicieron brotar fuego y quedó reducido al silencio. Sorprendido, moví las ramas y arbustos que me cubrían, entonces... ¡s-s-s-s-s-t!... ¾señaló con el dedo la huella en el muslo.
¾Pero Deci...
Dobi se sacudió el polvo de las manos.
¾Deci es como un animal que se alimenta de carroña. Busca con las manos extendidas. «Esperad, esperad», dijo cuando regresábamos. «Podemos ser los amos del mundo con estas maravillas».
¾¿Por qué debemos gobernar al mundo? Ahora no existe ni primero ni último. ¿Por qué debemos dominar a nuestros hermanos para conseguir cosas que el polvo reivindicará?
¾Dale por muerto, Veti ¾murmuró Tefu¾. La muerte lo rodea ahora de mil maneras. Y Aunque su cuerpo regrese, su corazón ya no está con nosotros. Dale por muerto.
¾Sí ¾asintió Dobi¾. Llora por él y da gracias que nuestro Coveti está tan bien escondido que los Extranjeros no podrán venir nunca a sembrar entre nosotros las semillas de otras Viats.
¾Los Extranjeros son tabú. El sendero está cerrado.
Veti le lloró, abatida sobre el polvo del sendero del Coveti, apretando en sus manos el kiom que Deci le había dado con su corazón.
La madre de Viat se sentó con ella durante unas horas, hasta que Veti comenzó a sollozar y exclamó:
¾Tu pena no es como la mía. Tú colocaste a Viat su kiom. Tú le cruzaste las manos para su descanso. Tú lo devolviste a la tierra. No te lamentes conmigo. Yo estoy llorando un vacío, una incógnita. Tú sabes que Viat está en el camino de los Ocultos. Pero yo no sé nada de Deci. ¿Está vivo? ¿Está muriendo en la soledad sin un pelu que lo alumbre en las tinieblas? ¿Se está arrastrando en este momento, ciego y tullido, por el sendero del Coveti? Lloro por una muerte sin esperanza. Una desesperanza sin muerte. Lloro desamparada.
Y de esa manera lloró hasta agotar las lágrimas, sumida en la aridez del dolor. La otra mujer se dedicó a lo suyo, sabiendo que viviría aun cuando se le pasara el dolor.
Llegó entonces el día en que todos los rostros se volvieron hacia el sendero del Coveti. Todos los oídos escucharon el grito de Veti, y todas las miradas se dirigieron hacia la figura tambaleante de Deci.
Veti corrió hacia él, con los brazos extendidos y con el corazón confiado, antes que su mente pudiese comprender la realidad. Pero Deci evitó su contacto e hizo una mueca de cierto desagrado, mientras la rechazaba con una mano, de la que faltaban tres dedos, que apenas comenzaban a regenerarse.
¾¡Deci! ¾sollozó Veti¾. ¿Qué te ocurre?
¾Déja... Déjame respirar. ¾Deci se recostó contra las rocas; él, que podía correr más rápido que un kutu, y cuyos ligeros pies no tenían par entre los Coveti¾. El camino ha sido largo y necesito respiro.
¾¡Deci! ¾Veti seguía con las manos extendidas, ofreciéndole el kiom sin darse cuenta. Al verlo, la mujer se rió y lo desechó. ¿La señal de la muerte con Deci vivo, frente a ella?¾. ¡Oh, Deci!
Se quedó silenciosa al descubrir su mano mutilada, su penacho deshilachado, su chaqueta hecha jirones, sus piernas tullidas, sus ojos... ¡Sus ojos! No eran los mismos del Deci que partió ansioso en busca de los Extranjeros. Ahora traía a esos Extranjeros en su mirada.
Al fin su respiración se calmó, y se inclinó hacia Veti, alargando con dificultad un bulto que llevaba.
¾Lo prometí ¾dijo mirando sólo a Veti¾. He vuelto para llenar tus manos de maravillas y hechizos.
Pero Veti escondió las manos tras la espalda. Los regalos de los Extranjeros eran sospechosos.
¾Esto ¾continuó Deci, dejando en el suelo, a los pies de Veti, un objeto feo y anguloso¾, esto significa la muerte para todos los kutus, ya sean de seis o de dos patas. ¡Que digan otra vez los Coveti Durlo que el arroyo Klori les pertenece para la pezca...! Ahora nada les pertenece, salvo lo que queramos. Te doy poder, Veti.
Veti retrocedió un paso.
¾Y esto ¾dejó un frasco de cristal al lado del arma¾, esto significa sueños y alegrías. De esto es lo que bebió Viat..., pero bebió demasiado. Lo llaman agua. Es una bebida que los Ocultos envidiarían. Con un solo trago todo rastro de pena y dolor, de perplejidad o sueños inalcanzables, desaparece por completo. Te entrego el olvido, Veti.
Ella movió la cabeza de lado a lado en rotunda negativa.
¾Y esto... ¾sacó descuidadamente un rollo de brillante tela que reflejaba y retenía los rayos del Sol. Sus ojos parecieron otra vez los auténticos ojos de Deci.
Veti se sintió atraída hacia el tejido, y sus manos lo tocaron, ya que no existe mujer que pueda ver realmente una tela, a menos que con los dedos palpe su cuerpo, su suavidad y su textura.
¾Esto ¾siguió diciendo Deci¾ significa la belleza. Y esto es para que puedas mirarte sin recurrir a las aguas que se mueven. ¾Dejó un rectángulo, que la deslumbró un instante, al lado del arma y del frasco¾. Para que te veas como Señora del mundo, del mismo modo que yo me veo como Señor.
Las manos de Veti dejaron caer la tela, casi sin tocarla. La mirada de Deci era nuevamente la de un extraño.
¾Deci, durante todos estos largos días no estuve esperando cosas¾Veti se limpió simbólicamente las manos del contacto con la tela. Desvió la mirada hacia el suelo de las extrañas cosas colocadas sobre el polvo¾. Ven, voy a curarte las heridas.
¾¡No! ¡Mira! ¾exclamó Deci¾. ¡Con todas estas extrañas cosas, nuestros Coveti pueden dominar el valle y aun más allá!
¾¿Para qué?
¾¿Para qué? ¾repitió Deci¾. Para conseguir todo lo que queramos. Para no trabajar más. Para pedir y recibir. Para tener poder...
¾¿Para qué? ¾interrogaban todavía los ojos de Veti¾. Tenemos bastante. No sentimos hambre. Disponemos de vestidos para todas las estaciones. Trabajamos cuando es necesario. Nos divertimos cuando el trabajo está hecho. ¿Para qué necesitamos más?
¾Deci cree que los métodos reposados son necesarios ¾observó Dobi¾. Más le valdrían la agitación y el bullicio. Y el sudor y el miedo delicioso que nos empuja a la acción. Pronto llegarán los días de caza del kutu, Deci. Reserva tus ansias para entonces.
¾¡Sudor, esfuerzo y miedo! ¾gruñó Deci¾. ¿Por qué debo soportarlos, cuando con esto... ¾Cogió el arma y con un simple movimiento derribó el tejado de la casa de Tefu. Mientras se oía el horrísono trueno de la descarga, exclamó¾: Ningún kutu puede enseñarte los colmillos contra esto, excepto cuando la muerte le contrae las fauces para burlarse de su fuerza extinta. Y si puedo lograr esto con un kutu ¾murmuró¾, ¿qué no podré conseguir contra los Coveti Durlo?
¾¡Ven, Deci! ¾gritó Veti¾. Te vendaré las heridas. Cuando estén curadas, el tiempo habrá sanado tu mente de esos Extranjeros.
¾¡No quiero curarme! ¾gritó Deci, mientras la ira retorcía su desfigurado rostro¾. ¡Ni tampoco lo querréis vosotros cuando vengan los Extranjeros y os hayan ofrecido sus maravillas a cambio de este simple devi con flecos. ¾Movió la cabeza desdeñosamente¾. Por el devi de nuestro Coveti, podríamos comprar su nave aérea, sin duda alguna.
¾No vendrán ¾dijo Dobi¾. El camino está oculto. Ningún Extranjero encontrará jamás nuestro Coveti. No tenemos nada más que esperar hasta...
¾¡Hasta mañana! ¾exclamó Deci en voz más alta de lo necesario, agitando rebelde su penacho. Quizás pareció más resonante por el eco que levantó en el corazón de todos¾. Les he dicho...
¾¿Les has dicho? ¾repitieron tontamente todos.
¾¿Les has dicho? ¾la incredulidad agudizó el lamento.
¾¿Se los has dicho? ¾la ira explotó en palabras.
¾¡Se los he dicho! ¾gritó Deci¾. ¿En qué otra forma podríamos obtener los beneficios de los Extranjeros?
¾¡Beneficios! ¾protestó Dobi¾. ¡La muerte! ¾exclamó dando un puntapié al arma que estaba en el suelo¾. ¡Locura! El agua del frasco gorgoteó al vaciarse¾. ¡Vanidad!¾El polvo empañó el espejo y manchó la brillante tela¾. Por todo esto nos has traicionado, nos has traído la muerte.
¾¡No! ¾exclamó Deci¾. Yo he sobrevivido. No siempre viene la muerte con los Extranjeros. ¾Una ira repentina endureció su voz¾. ¡Las viejas costumbres! ¡No queréis cambiar! Pero todo cambia; es lo natural en las cosas que viven. El progreso...
¾No todo cambio significa progreso ¾murmuró Tefu, ocultando su ceguera con las manos.
¾Os guste o no ¾afirmó Deci¾, mañana llegarán los Extranjeros. Tendréis que escoger ¾con el brazo indicó a todo el grupo¾. Quedaos en vuestras casas como pegu, o venid con vuestro devi a encontrar conmigo el poder, la riqueza...
¾O cambiad el Coveti de escondrijo otra vez ¾añadió Dobi¾, para alejarlo de la traición y de la loca avaricia. Tenemos, pues, una tercera opción.
Deci contuvo el aliento.
¾¡Veti! ¾suplicó en voz baja¾. ¡Veti! No necesitamos al resto de los Coveti o de cualquier otro que pueda resistírsenos. Podemos ser el nuevo pueblo. Podemos tener nuestro propio Coveti, y conseguir lo que queramos. Ven, Veti.
Veti lo miró largo rato a los ojos.
¾¿Por qué has vuelto? ¾murmuró con lágrimas en su voz. De pronto la ira brotó en su mirada¾. ¿Por qué has vuelto?
Había toda la fuerza de un alarido en sus duras palabras. Se dirigió súbitamente a las rocas y recogió del polvo el caído kiom. Antes que Deci comprendiese su gesto, se abalanzó sobre él y prendió la muerte sobre su desgarrada chaqueta. Luego, con un rápido y decisivo movimiento, le arrancó el pelu y lo arrojó al suelo.
Deci abrió los ojos aterrorizado, con la mano crispada sobre el kiom, pero sin atreverse a tocarlo.
¾¡No! ¾gritó¾. ¡No!
Entonces, Veti abrió los ojos y extendió a su vez las manos hacia el kiom, pero no tenía poder para deshacer lo hecho y su lamento se unió al de Deci.
Al comprender Deci que fallecía, y que entraba no bienamado a la oscuridad del kiom sin luz, se desplomó sobre el polvo. Bajo su mejilla quedó la dureza del arma, bajo su extendida mano la belleza de la tela, mientras la luz solar a través del agua contenida en el frasco jugueteaba sobre su mentón.
Uno que muere no bienamado no es ni siquiera como una flor pisoteada en el camino. Porque al menos, en el caso de la flor, se lamenta su perdida belleza.
Así, pues, al conocer la muerte de Deci, los Coveti se marcharon. Una vacilación en los pasos de Veti, y un parpadeo desconcertante de sus ojos cuando se retiró con los demás para preparar el traslado del Coveti, fue lo único que se hizo en su memoria.
Volvió el viento y agitó el polvo sobre las cosas y sobre Deci.
Y Deci yacía en el suelo aguardando su último suspiro.

F I N

jueves, 1 de septiembre de 2011

NO MIRES ATRÁS

NO MIRES ATRÁS
¡NO MIRES ATRÁS!
Fredric Brown


Y ahora, acomódate en tu sillón y ponte a gusto. Procura disfrutarlo; ésta será la última novela
que leerás en tu vida, o casi la última. En cuanto la hayas acabado puedes, si quieres,
sentarte y haraganear durante un rato, puedes buscar todas las excusas que se te ocurran
para dar vueltas por tu casa, por tu habitación, o por tu oficina, sea donde fuere que
estuvieses leyendo esto; pero, más pronto o más tarde, tendrás que levantarte de tu sillón y
salir. Y aquí es donde yo te estaré esperando; fuera. O quizás incluso más cerca. Quizás en tu
misma habitación.
Naturalmente, estás pensando que todo eso es broma. Crees que esto es sólo un cuento más
del libro y que rio me refiero expresamente a ti. Continúa pensándolo. Pero sé honrado;
admite que yo estoy jugando limpio contigo.
Harley apostó conmigo que yo no sería capaz de hacerlo. Apostó en ello un diamante del que
ya me había hablado, un diamante tan grande como su cabeza. Así, pues, ya comprenderás
porqué me veo obligado a matarte. Y la razón por la que tengo que contarte el cómo, el
porqué y todo lo demás por anticipado. Es parte de la apuesta. Es la clase de idea que sólo se
le podía haber ocurrido a Harley.
Pero primero te hablaré de Harley. Es alto y bien parecido, suave y cosmopolita. Es un tipo
como Ronald Colman, sólo que más alto. Viste como un millonario, pero si no lo hiciese así
tampoco importaría; quiero decir que, de todos modos, parecería distinguido. Existe algo
mágico en Harley, algo mágico y burlón en la forma en que te mira; algo que te hace pensar
en palacios, en países lejanos y en músicas alegres.
Fue en Springfield, Ohio, donde conoció a Justin Dean. Justin era un grotesco hombrecillo
cuyo oficio era sólo e! de impresor. Trabajaba para la «Atlas Printing & Engraving Company».
Era un tipo pequeño y ordinario, precisamente el polo opuesto de Harley; no se podrían
encontrar dos personas más diferentes. Sólo tenía treinta y cinco años, pero ya casi era
completamente calvo y, además, tenía que usar unas gafas muy gruesas pues se había
destrozado la vista con la impresión y el grabado, Era un buen impresor y grabador; tengo que
reconocerlo.
Nunca se me ocurrió preguntar a Harley el motivo por el que tuvo que presentarse en
Springfield, pero la cuestión es que, el día en que llegó allí, después de haber reservado
habitación en el hotel Castel, se dirigió a la casa Atlas para encargar unas tarjetas de visita
profesionales. Y sucedió que sólo se encontraba en la tienda Justin Dean en aquel momento,
por lo que fue él quien tomó nota del encargo de Harley; Harley las quería grabadas, de la
mejor calidad. Harley siempre quería, en todas sus cosas, lo mejor.
Probablemente, Harley ni siquiera se dio cuenta de la presencia de Justin; no había ninguna
razón para que sucediera lo contrario. Sin embargo, Justin sí se dio cuenta de quien tenía
delante, y vio en él todo aquello que él siempre había deseado tener y que nunca llegaría a
poseer, pues la mayor parte de los atributos que Harley lucía han de ser forzosamente
innatos.
Y Justin fue quien se ocupó personalmente de grabar las planchas y de imprimir las tarjetas, e
hizo un verdadero trabajo de artesanía... algo que pensó estaría a la altura de una persona
como Harley Prentice. Pues ése era el nombre que imprimió en la tarjeta. Únicamente eso, y
nada más, tal como todos los hombres importantes se hacen grabar sus tarjetas.
Hizo un trabajo magnífico, un grabado a mano en letra cursiva, y empleando en ello todo el
arte de que era capaz.
¡ No mires atrás! —Y no fue trabajo en vano pues, al día siguiente, cuando
Harley se presentó para recoger las tarjetas, tomó una en sus manos y estuvo mirándola
durante un buen rato, y luego miró a Justin, viéndole entonces por primera vez.
—¿Quién ha hecho esto? —le preguntó.
Y el pequeño Justin le explicó orgulloso quien habla sido el que lo había hecho, después de lo
cual Nancy le sonrió, le dijo que era una verdadera obra de artista, y le invitó a cenar con él,
en cuanto acabase el trabajo por la noche, en la Sala Azul del hotel Castel.
Así fue como Harley y Justin se conocieron; sin embargo, Harley siempre pisó terreno firme.
Aún esperó un poco, antes de preguntarle a Justin si podría o no hacer unas planchas de diez
y de cinco dólares, hasta conocerle a fondo. Harley tenía ya los catactos; podía comerciar en
cantidad aquellos billetes entre hombres especializados en hacerlos correr y, lo principal,
sabía donde poder encontrar el papel con mezcla de seda, aquel papel que no era el genuino
pero que se le parecía lo suficiente como para pasar con éxito cualquier inspección, mientras
no fuera la de un experto.
Así pues, Justin se despidió de la casa Atlas, y él y Hanley se encaminaron hacia Nueva York,
donde pusieron en marcha una pequeña imprenta que les serviría de pantalla, en plena
Avenida Amsterdam y al sur de la plaza Sherman, comenzando a fabricar los billetes. Justin
trabajó duro, más duro de lo que nunca en su vida había trabajado, ya que además de dedicar
sus horas a las planchas del dinero, también se ayudaba a cubrir sus gastos encargándose de
los encargos legítimos que llegaban a su tienda,
Durante casi un año trabajo día y noche, grabando una plancha tras otra, y cada una de ellas
resultaba siempre mejor que la anterior, hasta que finalmente consiguió unas que Harley
consideró suficientemente buenas. Aquella noche cenaron en el Waldorf Astonia para
celebrarlo y, acabada la cena, recorrieron los mejores clubs nocturnos de la ciudad, todo lo
cual debió costarle a Nancy una pequeña fortuna, cosa que ya no tenía ninguna importancia
puesto que iban a ser ricos.
Bebieron champaña, siendo esta la primera vez que Justin lo probaba, por lo que
desgraciadamente acabó emborrachándose y haciendo alguna que otra tontería. Más tarde
sería Harley quien se lo contase, aunque Harley no se lo reprochó. Lo llevó hasta su
habitación y lo acostó, después de lo cual Justin tuvo que quedarse en cama durante un par
de días. Pero todo eso no importaba tampoco ya que iban a ser ricos.
Luego Justin comenzó a imprimir billetes con aquellas planchas, y se hicieron ricos. Después,
Justin ya no tuvo que trabajar tanto, ya que devolvía la mayor parte de los encargos alegando
que tenía un exceso de trabajo y que no podía hacerse cargo de ellos. Solamente se quedó
con algunos, por la cuestión de la fachada. Y detrás de aquella fachada continuaba
imprimiendo billetes de cinco y diez dólares, por lo que él y Harley se hicieron ricos.
Llegó a conocer a gente que Harley conocía. Tomó contacto con BuIl Mallon, quien se
ocupaba de la distribución final. Bull Mallon parecía un toro, y ésa era la razón de que le
llamasen Bull (1). Tenía una cara que ni por un momento sonrió o cambió de expresión
mientras se dedicaba a quemar cerillas bajo las desnudas plantas de los pies de Justin. Pero
eso no era por entonces; eso tuvo lugar más tarde, cuando quiso obligar a Justin a decir
dónde se encontraban las planchas.
(1) En inglés, toro.
Y también conoció al capitán John Willys del Departamento de Policía; un amigo de Harley, al
que Harley habla dado un poco del dinero que él hacía, sin que esto les importase demasiado
ya que tenían todo el que querían; y así todos se hicieron ricos. Conoció a un amigo de Harley
que era una gran figura de las tablas, y a otro que era el dueño de un importante diario de
Nueva York. También conoció a otras personas de la misma importancia, aunque por medios
menos respetables.
Harley, eso ya lo sabía Justin, también metía sus narices en otros negocios además de
aquella pequeña casa de la moneda de la Avenida Amsterdam. Alguno de ellos le
obligaba a salir de la ciudad, generalmente durante los fines de semana. Y Justin nunca llegó
a saber exactamente lo ocurrido durante el fin de semana en que Harley fue asesinado,
excepción de que Harley se había marchado y que ya no regresó. Claro está que supo que
habla sido asesinado, pues la policía encontró su cuerpo con tres agujeros de bala en la bien
planchada camisa, en la suite más cara del mejor hotel de Albany. Incluso al elegir el lugar en
que tenía que morir, Harley Prentice había encontrado lo mejor.
Todo lo que Justin llegó a saber fue la llamada telefónica que llegó al hotel donde residía, la
noche en que Harley fue asesinado. Y eso debió ocurrir al cabo de pocos minutos, desde
luego, antes de la hora en que los diarios aseguraban que Harley había muerto.
Era la voz de Harley la que pudo escuchar por el teléfono, una voz cortés y apacible, como
siempre. Sin embargo, le dijo:
—¿Justín? Ve a la tienda y despréndete de las planchas, del papel, y de todo lo demás. Te lo
explicaré cuando nos veamos,
Sólo esperó hasta oír como Justin decía:
—De acuerdo, Harley.
Y ya no dijo más que adiós antes de colgar.
Justin corrió hacia la tienda y se hizo con las planchas, el papel y unos pocos miles de dólares
que estaban a mano. Hizo un paquete con el papel y los billetes y otro con las planchas, algo
menor, dejando la tienda sin ninguna prueba de que allí hubiese habido antes una casa de la
moneda en miniatura.
Demostró mucha inteligencia a la hora de deshacerse de los paquetes. El mayor de los dos lo
facturó bajo nombre falso, con la dirección de un gran hotel en el que ni él ni Harley habían
estado anteriormente; únicamente para tener la oportunidad de poder echarlo allí en la
caldera. Como se trataba de papel, ardería sin dejar rastro. Y antes de arrojarlo a la caldera
tuvo mucho cuidado en fijarse si ésta estaba encendida o no.
Las planchas ya eran otra cosa. Estas no arderían, bien lo sabía él, por lo que hizo un
viajecito hasta las islas Staten y, en el ferry de vuelta y en un lugar cualquiera en el centro de
la bahía, lanzó el paquete por la borda y dejó que se hundiera en el agua.
Luego, una vez cumplido lo que Harley le había encomendado y habiéndolo hecho bien y a
conciencia, volvió al hotel, no al que había mandado el papel y los billetes, y se acostó.
A la mañana siguiente se enteró por los diarios de que Harley había sido asesinado, cosa que
le dejó pasmado. Parecía imposible. No podía creerlo; se trataba de una broma que alguien le
estaba gastando. Harley volvería, eso lo sabía él perfectamente. Y estaba en lo cierto; Harley
volvió, aunque ese acatamiento tuvo lugar más tarde, en el pantano.
De todas formas, Justin tenía que asegurarse de ello, por lo que subió al primer tren que salía
para Albany. Debía encontrarse aún en el tren cuando la policía fue a su hotel, y debió de ser
allí donde supieron que había estado preguntando los horarios de trenes hacia Albany, pues
ya le estaban esperando cuando bajó en aquella ciudad.
Lo llevaron a una comisaría y allí lo tuvieron durante mucho, mucho tiempo, días y días,
interrogándole. Al fin descubrieron que no podía haber sido él quien mató a Harley, ya que él
se encontraba en Nueva York a la hora en que Harley había sido asesinado en Albany; sin
embargo, se enteraron de que él y Harley habían estado explotando la pequeña casa de
moneda y pensaron que debió ser otro falsificador quien había cometido el asesinato, por lo
que también se interesaron en la cuestión de los billetes, quizás incluso más que el propio
crimen. Interrogaron a Justin una y otra vez, y de nuevo otra, pero como él no sabía contestar
lo que le preguntaron, se limitó a guardar silencio. Le tuvieron despierto sin dejarle dormir
durante días y días, preguntando y volviendo a preguntar. Al parecer, lo que más les
interesaba era averiguar dónde se encontraban las planchas. Él hubiera deseado poder
confesar que ya estaban en lugar seguro, donde nadie podría ya hacer uso de ellas, pero
como eso equivalía a admitir que él y Harley habían estado falsificando moneda, no pudo
hacerlo.
Registraron la imprenta de la calle Amsterdam, pero no pudieron encontrar ni la más leve
prueba; en realidad, no tenían ninguna prueba que les permitiese retener a Justin, pero
tampoco él lo sabía ni se le había ocurrido el solicitar la ayuda de un abogado.
Continuaba deseando poder ver a Harley, pero ellos no se lo permitían; luego, cuando se
dieron cuenta de que él no creía que Harley pudiera estar muerto, le ensefiaron un cadáver
que dijeron era Harlcy, y él creyó que lo era, a pesar de que Harley tenía una pinta diferente
una vez muerto. Ya no parecía tan extraordinario, muerto. Y entonces Justin creyó, aunque no
demasiado convencido. Después enmudeció del todo, y ya no quiso decir ni una sola palabra,
incluso después de tenerlo despierto días y días bajo un brillante foco ante sus ojos, y de
abofetearlo continuamente para que no se durmiera. No emplearon con él los palos ni las
porras de goma, sino que se limitaron a darle bofetadas un millón de veces y a no dejarle
descansar. Al cabo de un tiempo perdió la noción de las cosas, y ya no hubiese podido
contestar a sus preguntas aunque hubiera querido hacerlo.
Algo más tarde, se encontró en la cama de una habitación pintada de blanco, y todo lo que
podía recordar era que había sufrido pesadillas, que había estado llamando a Harley, y una
horrible confusión en su cerebro sobre si Harley estaría o no muerto. Poco a poco fue
recobrando la memoria y se dio cuenta de que ya no deseaba pasar ni un minuto más en
aquella blanca habitación; deseaba salir para encontrar a Harley, Y si Harley estaba muerto,
quería matar a quienquiera que lo hubiese asesinado, ya que Harley hubiera hecho lo mismo
por él.
Así pues comenzó a pensar y a actuar muy sabiamente, tal como parecía que los doctores y
las enfermeras esperaban que actuase, y gracias a ello, al cabo de poco le devolvieron sus
vestidos y le dejaron marchar.
Entonces, su inteligencia se agudizó. Pensó: ¿qué querría ahora Harley que hiciera yo? Y
pensó que intentarían seguirle para ver si los conducía hacia las planchas, ignorando que se
encontraban en el fondo de la bahia, por lo que les dio esquinazo ya antes de salir de Albany,
y luego se dirigió a Boston, y de allí en barco hacia Nueva York, en vez de ir por el camino
más corto.
Primero fue a la tienda, entrando por la puerta trasera después de pasar mucho rato
comprobando que el lugar no estaba vigilado. Aquello era un verdadero revoltijo; debieron de
haber estado buscando las planchas a conciencia.
Harley no se encontraba allí, desde luego. Justin salió de la tienda y, desde una cabina
telefónica situada en un bar, llamó al hotel preguntando por Harley, y le respondieron que éste
ya no vivía allí; y para obrar con astucia e impedir que adivinasen quién era el que había
telefoneado, se apresuró a preguntar también por Justin Dean, contestándole que tampoco
Justin Dean vivía ya en aquel hotel.
De allí se encaminó hacia otro bar y desde éste decidió llamar a algunos amigos de Harley,
telefoneando en primer lugar a Bull Mallon, y ya que éste era un buen amigo le confesó quién
era él y le preguntó dónde se encontraba Harley.
Bull Mallon no pareció hacer mucho caso de sus preguntas; parecía estar nervioso, un poco
excitado, mientras le preguntaba:
—¿Han encontrado las planchas los polis, Dean?
Justin le contestó que no, que no había confesado, y volvió a preguntar por el paradero de
Harley.
—¿Estás loco o me tomas el pelo? —le preguntó BuIl.
Pero Justin se limitó a preguntárselo de nuevo, con lo cual BuIl cambió el tono de su voz y le
preguntó a su vez:
—¿Dónde estás tú ahora?
Justin se Jo dijo.
—Harley está aquí —le dijo BulI—. Está escondido, pero se encuentra bien, Dean. Espera
aquí mismo, en el bar, hasta que vengamos a recogerte.
Vinieron a buscar a Justin; Bull Mallon y un par de individuos más, en un coche, diciéndole
que Harley se encontraba escondido en el interior, cerca de Nueva Jersey,
y que entonces iban hacia allí. Así pues, se fue con ellos y se sentó en la parte trasera del
coche, entre dos hombres que no conocía de nada, mientras Bull Mallon conducía. Ya era
entrada la tarde cuando le recogieron, y Bull condujo la mayor parte de la noche y a mucha
velocidad, por lo que debían haber rebasado Nueva Jersey, llegando por lo menos hasta
Virginia o quizá más lejos, hacia las Carolinas.
El firmamento se comenzaba a colorear de gris con la primera aurora cuando se detuvieron en
una rústica cabaña que parecía haber sido empleada como albergue de caza. Estaba a
muchas millas de todas partes, ni siquiera había ninguna carretera que llevase allí; tan sólo un
sendero que había sido nivelado lo suficiente como para hacerlo transitable.
Metieron a Justin en la cabaña y lo ataron a una silla, diciéndole que Harley no se encontraba
allí, pero que él les había dicho que Justin les indicaría donde se encontraban las planchas y
que no podría salir de allí hasta que se lo dijese.
Justin no los creyó; comprendió entonces que le habían engañado en lo referente a Harley,
aunque esto no tenía ninguna importancia, en cuanto a lo que las planchas se refería. Ya no
importaba que lo supieran, puesto que no conseguirían recuperarlas, ni tampoco se lo dirían a
la policía. Así pues, se lo confesó de buena gana.
Pero entonces fueron ellos los que no le creyeron. Le contestaron que él las había escondido,
y que les estaba mintiendo. Lo torturaron para conseguir que hablase. Lo golpearon, le
hicieron cortes con un cuchillo, le quemaron los pies con cerillas encendidas y con las brasas
de sus cigarros, y le clavaron agujas bajo las uñas. Le dejaron descansar durante un rato, le
hicieron más preguntas, y le dijeron que si podía hablar contara la verdad, y después de un
rato siguieron torturándole.
Eso continuó durante días y semanas, Justin no sabría decir durante cuánto tiempo; sin
embargo, fue mucho tiempo. En una ocasión se fueron por varios días, dejándole atado a la
silla y sin nada para comer ni beber. Volvieron y comenzaron de nuevo. Y durante todo el
tiempo él deseó que Harley viniese a ayudarle, pero Harley no lo hizo, por lo menos aquella
vez.
Al cabo de un tiempo, todo lo de la cabaña terminó, o al menos él ya no supo más de ello.
Debieron de pensar que habla muerto; quizás estaban en lo cierto, y desde luego no muy lejos
de la verdad.
Lo primero que recuerdo es el pantano. Flotaba en aguas poco profundas, cerca de otras que
lo eran más. Su rostro permanecía fuera del agua; eso fue lo que le despertó al volver la cara
y hundirla en el pantano. Debieron de creerle muerto y lo arrojaron al agua, pero cayó en un
lugar poco profundo y un último soplo de vida consciente le hizo dar la vuelta sobre la espalda
y sacar la cara fuera.
No recuerdo demasiadas cosas sobre Justin mientras éste se encontraba en el pantano; fue
durante mucho tiempo, pero sólo puedo acordarme de algunos ramalazos. Al principio no
podía moverme; tan sólo permanecí en el agua con la cara fuera. Oscureció y tuve frío, lo
recuerdo, y al fin pude mover un poco los brazos y salir del agua, tendiéndome en el Fango
con sólo los pies dentro de ella. Dormí o perdí el conocimiento otra vez y cuando desperté ya
amanecía, y fue entonces cuando llegó Harley. Creo que estuve llamándole y que debió
oírme.
Permaneció de pie frente a mí, tan inmaculada y perfectamente vestido como siempre, y se
reía de mí por ser tan débil y por estar echado allí, en el barro, como si fuera un tronco, con
medio cuerpo en el lodo y el otro medio dentro del agua. Me levanté sin que me doliese ya
nada.
Nos dimos las manos y me dijo:
—Vamos Justin, te sacaremos de aquí.
Y yo estaba tan contento de que hubiera venido que hasta grité un poquito. Se rió de mí por
hacer eso y me dijo que me apoyase en él y que me ayudaría a caminar, pero yo no quise
hacerlo, ya que estaba cubierta de lodo y porquería del pantano y él vestía tan impecable y
perfectamente con su traje blanco de lino que parecía un figurin de unos almacenes. Y
durante todo el tiempo que tardamos en salir del pantano, durante todas las noches y días que
pasamos en este intento, nunca pude verle una sola brizna de fango en el dobladillo de sus
pantalones, ni pude verle despeinado.
Le pedí que me guiase y así lo hizo, colocándose delante mío, volviéndose a veces, riendo y
hablándome y animándome también. Alguna vez debí caer, pero no permití que me ayudase.
Sin embargo, me esperaba pacientemente hasta que yo podía levantarme. Algunas veces
tuve que arrastrarme en vez de caminar, cuando ya no me era posible sostenerme sobre los
pies. Tuve que atravesar nadando algún río, que él había saltado antes con toda suavidad.
Y pasaron días y noches, y más días y más noches, y alguna vez debí dormirme y veía pasar
cosas frente a mí. Y agarré algunas de ellas para comerlas, aunque quizá eso lo soñase.
Puedo recordar algún detalle más de cuando estaba en el pantano, como aquel órgano que
tocaba sin cesar y también aquellos ángeles en el aire y los diablos en el agua que se me
aparecían, aunque imagino que todo eso eran delirios.
—Un poco más, Justin —me decía Harley—; lo lograremos. Y les daremos su merecido a
todos, a todos ellos.
Y lo conseguimos. Llegamos a terreno firme, a unos campos cultivados con maíz, aunque no
pude encontrar es ellos ni una mazorca para comer. Llegamos luego a un riachuelo, un limpio
riachuelo sin las malolientes aguas del pantano, y Harley me dijo que me lavara yo y las ro
pas. Así lo hice, a pesar de mis deseos de correr hacia donde pudiese encontrar comida.
Aún tenía mala facha; mis ropas estaban limpias de lodo y porquería pero estaban húmedas y
arrugadas y que yo no podía esperar a que se secasen, y además tenia una espesa barba y
andaba descalzo.
Pero continuamos y al fin llegamos a una pequeña granja, una cabaña de sólo dos
habitaciones, cuyo interior olia pan recién sacado del horno, y corrí los últimos metro para
llamar a la puerta. Una mujer, una horrible mujer me abrió y, al verme, volvió a cerrar la puerta
antes de que yo pudiese decir una sola palabra.
Las fuerzas me llegaron de alguna parte, quizá de Harley, a pesar de que no puedo recordar
que estuviera a mi lado en aquellos momentos.. Al lado de la puerta podía verse una pila de
leños para el fuego. Recogí uno de ellos como si no pesara más que una escoba y derribé la
puerta, matando luego a la mujer. Gritó una barbaridad, pero la maté. Y luego me comí aquel
pan aún caliente.
Mientras comía, no dejaba de vigilar a través de la ventana, y pude ver a un hombre corriendo
a través de los campos en dirección a la casa. Encontré un cuchillo y lo maté en cuanto pasó
por la puerta. Era mucho mejor matar con el cuchillo; resultaba más agradable.
Comí más pan y continué vigilando desde todas las ventanas; pero ya no vino nadie más.
Luego comenzó a dolerme el estómago a causa del pan tierno que había comido, y tuve que
echarme con el cuerpo doblado hasta que desapareció el dolor, y entonces me dormí.
Fue Harley quien me despertó, y ya era de noche.
—Vámonos; debes estar lejos de aquí cuando amanezca —me dijo.
Sabía que tenía razón, pero no me di mucha prisa. Me estaba volviendo, por aquel entonces,
muy astuto. Sabía que había otras cosas que debía hacer primero. Encontré cerillas y una
lámpara, y la encendí. Luego busqué por la cabaña y me hice con todo lo que pudiera serme
de utilidad. Hallé trajes de hombres que no me caían demasiado mal, exceptuando que tuve
que doblarme los puños de la camisa y los extremos de los pantalones. Los zapatos me
venían grandes, aunque casi lo prefería a causa de las ampollas de mis pies.
Encontré una navaja y me afeité; empleé en ello mucho tiempo pues mi pulso no era firme,
pero tuve cuidado y apenas me corté.
Tuve que buscar mucho más hasta encontrar el dinero, pero al fin lo logré. Había sesenta
dólares.
Y después de afilarlo, me guardé el cuchillo. No es que sea muy bonito; sólo se trata de un
cuchillo de cocina con mango de hueso, pero el acero es bueno. Ya te lo enseñare dentro de
poco. Me ha servido de mucho.
Salimos de allí y fue Harley quien me recomendó que me apartase de las carreteras y que
buscase las vías del ferrocarril. Eso fue fácil ya que pudimos escuchar en la noche el silbido
lejano de un tren y determinar con ello la situación de las vías. A partir de entonces, con la
ayuda de Harley, todo ha sido fácil.
No hace falta que te cuente con todo detalle todo lo que ocurrió a partir de aquel momento.
Me refiero a lo del guardafrenos, a lo del vagabundo dormido que encontramos en aquel
vagón vacío, y al asunto que tuve con el policía de Richmond. Aprendí mucho con todo eso;
aprendí que no debía hablarle a Harley cuando no había nadie más a mi lado para
escucharme. Él se esconde cuando ve a alguien; tiene un truco y, gracias a ello, la gente no
se da cuenta de su presencia por lo que piensan que estoy algo loco si charlo con él. Pero en
Richmond me compré ropas mejores y me corté el cabello. Un hombre a quien maté tenía
cuarenta dólares en la cartera, por lo que ya vuelvo a tener dinero. Desde entonces he viajado
mucho. Si te paras a pensar sabrás dónde me encuentro en estos momentos.
Estoy buscando a Bull MalIon y a los dos hombres que le ayudaron. Sus nombres son Harry y
Carl. Voy a matarlos en cuanto los encuentre. Harley no para de decirme que esto va a
costarme mucho y que aún no estoy preparado pero, sin embargo, puedo seguir buscando
mientras me preparo y, por lo tanto, continúo moviéndome. Algunas veces me quedo en algún
sitio durante el tiempo suficiente para conseguir algún trabajo como impresor, He aprendido
muchas cosas. Puedo conseguir un empleo sin que la gente crea que soy demasiado raro; ya
no se asustan cuando los miro, como lo hacían unos pocos meses atrás. Y he aprendido a no
hablarle a Harley excepto en nuestra habitación, y sólo en voz muy baja para que los vecinos
no crean que hablo solo.
Y he continuado practicando con mi cuchillo. He matado a mucha gente con él, en general por
la calle y de noche. Algunas veces porque parecían tener dinero, pero las más sólo para
practicar y porque ya he empezado a tomarle el gusto. En estos momentos soy realmente
hábil manejando el cuchillo. Apenas lo sentirás.
Pero Harley me dice que estas muertes son muy sencillas y que es muy distinto el matar a
una persona que está en guardia, como lo están Bull, Harry y Carl.
Y ésta es la conversación que condujo a la apuesta de la que ya he hablado. Aposté con
Harley que, ahora mismo, podría advertir a un hombre que pensaba matarle, e incluso
indicarle aproximadamente cuando pensaba hacerlo y el porqué, y que a pesar de todo, aún
lograría matarlo. Apostó conmigo que yo no sería capaz, y está a punto de perder.
Está a punto de perder, ya que estoy avisándote ahora mismo y tú no vas a creerme. Me
jugaría la cabeza a que crees que ésta es simplemente otra novela más del libro. Que tú no
crees que éste es el único ejemplar del libro que contiene esta historia, y que lo que en ella se
cuenta es cierto. Incluso cuando te cuente cómo ha sido hecho, no pienso que tú vayas a
creerme.
Ya comprenderás cómo voy a ganarle la apuesta a un Harley que no cree que lo consiga, a
base de que tú tampoco me creas. Él nunca pensó, y tampoco tú te darás cuenta de ello, en lo
fácil que puede resultarle a un buen impresor, que además ha sido falsificador, introducir una
nueva novela en un libro. Nunca será tan difícil como falsificar un billete de cinco dóláres.
Tenía que escoger un libro de historias cortas, y elegí precisamente éste al darme cuenta de
que la última historia del libro se titulaba No mires hacia atrás, y que ése sería un buen título
para lo mío. En unos minutos comprenderás a lo que me refiero.
He tenido la suerte de que en la imprenta donde ahora trabajo se dediquen a los libros y de
que empleen unos tipos que son idénticos a los del resto de esta novela. Me ha resultado un
poco difícil el conseguir un papel exacto, pero al final lo he encontrado y ya lo tengo a punto
mientras escribo esto. Estoy escribiendo directamente en una linotipia, ya entrada la noche y
en la imprenta donde trabajo estos días. Incluso tengo permiso del jefe. Le he dicho que
quería imprimir una historia que había escrito un amigo mío para darle una sorpresa, y que, en
cuanto consiguiera una buena copia, volvería a fundir el metal de los tipos.
En cuanto acabe de escribir esto, compondré los tipos en páginas que encajen con el resto
del libro y lo imprimiré en el papel que ya tengo preparado. Cortaré las nuevas páginas al
mismo tamaño y las coseré; no serás capaz de encontrar ninguna diferencia, ni siquiera si la
más leve sospecha te obliga a mirarlo detenidamente. No olvides que he falsificado billetes de
cinco y diez dólares que tú no habrías podido diferenciar de los auténticos, y eso es un trabajo
de parvulario en comparación con aquel otro. Y he trabajado lo suficiente como
encuadernador como para conseguir quitar la última novela y colocar estas páginas en su
lugar, sin que tú seas capaz de notar la diferencia por más que lo mires. Pienso hacer un
trabajo perfecto aunque ello me ocupe toda la noche.
Y mañana iré a alguna librería o quizás a algún quiosco, o incluso a algún bar donde vendan
libros y tengan otros ejemplares de éste, ejemplares normales, y lo colocaré entre ellos.
Buscaré algún lugar desde el cual pueda vigilar, y estaré mirándote mientras lo compres.
El resto siento no poder contártelo porque depende en gran manera de muchas
circunstancias, de si tú vas directamente a tu casa con el libro, o de lo que hagas. No lo sabré
hasta que te haya seguido y te haya visto leerlo... Hasta que haya visto que has leído la última
novela del libro.
Si estás en casa mientras lees esto, quizá yo también esté contigo en estos momentos. Quizá
esté en tu misma habitación, escondido, esperando a que termines la historia. Quizá esté
mirándote a través de una ventana. O tal vez esté sentado cerca de ti en el tranvía o en el
tren, si es ahí donde lees. Quizá estoy en la escalera de escape en el exterior de la habitación
de tu hotel, Pero, sea donde fuere que estés leyendo, me encuentro cerca de ti vigilándote y
esperando a que termines. Cuenta con ello.
Ahora ya estás muy cerca del final. Habrás acabado dentro de unos segundos y, entonces,
cerrarás el libro aún sin creerme. O, si no has leído las historias por su orden, quizá volverás
atrás para comenzar otra. Si lo haces, nunca la terminarás.
Pero no mires a tu alrededor; serás más afortunado si no lo sabes, si no ves llegar el cuchillo.
Cuando yo mato a alguien por la espalda no parece importarle demasiado.
Continúa, sólo por unos segundos o unos minutos más, pensando que ésta es sólo una
historia más. No mires a tu espalda. No creas lo que te digo... hasta que sientas el cuchillo en
tus carnes.

¡Fuera de Aquí! Fredric Brown



¡Fuera de Aquí!
Fredric Brown


Daptina es el secreto de todo. Primero la llamaron Adaptina; luego la abreviaron,
convirtiéndola en Daptina. Nos permitió adaptarnos.
Esto nos lo explicaron cuando teníamos diez años; creo que pensaron que éramos
demasiado niños para entenderlo antes de esa edad, a pesar que ya estábamos bien enterados.
Lo sabíamos desde que nos desembarcaron en Marte.
—Éste será vuestro hogar, niños —nos dijo nuestro maestro cuando hubimos
penetrado en la cúpula de glasita que nos habían construido allí. Y nos anunció que aquella
noche teníamos que asistir a una importante conferencia que se daba en nuestro honor.
Y aquella misma noche ya nos lo contó todo, con sus porqués y sus cómos. Nos lo
dijo todo de pie ante nosotros, vistiendo un traje del espacio provisto de casco y calefacción,
porque la temperatura que reinaba en la cúpula era agradable para nosotros, pero para él era
helada. Además, la atmósfera era demasiado tenue para sus pulmones. Su voz nos llegaba a
través del aparato de radio portátil que llevaba su casco.
—Muchachos —nos dijo— considérense en vuestro hogar. Están en Marte, el planeta
donde a partir de ahora pasarán el resto de vuestra vida. Considérense marcianos. Han vivido
cinco años en la Tierra y otros cinco en pleno espacio interplanetario. Ahora pasarán diez
años, hasta que sean mayores de edad, en esta cúpula, aunque hacia el fin de este período se
les permitirá pasar momentos cada vez más largos en el exterior.
»Entonces saldrán para construir vuestros hogares y vivir vuestras vidas como
verdaderos marcianos. Contraerán matrimonio entre ustedes mismos y vuestros hijos ya
nacerán marcianos.
»Ya es hora que les cuente la historia de este gran experimento, del cual cada uno de
ustedes es parte integrante.
Y entonces nos la refirió. Éstas fueron sus palabras:
—El hombre —nos dijo—, llegó por primera vez a Marte en 1985. Comprobó que en
el planeta rojo no existía vida inteligente (hay abundante vida vegetal y algunas clases de
insectos ápteros) y se comprobó que no era habitable para los seres humanos. El hombre sólo
podría sobrevivir en Marte residiendo en el interior de cúpulas de glasita y revistiendo trajes
del espacio cuando quisiera abandonarlas para recorrer el exterior. Únicamente durante el día
y en la estación más cálida, la temperatura le resultaba soportable. La atmósfera era
demasiado tenue y una larga exposición al sol (las radiaciones solares peligrosas atravesaban
con mayor facilidad aquella atmósfera, menos densa que la terrestre), podía serle fatal. Las
plantas no eran comestibles debido a su extraña composición química y ello le obligaba a
traer víveres desde la Tierra o establecer cultivos hidropónicos.
Durante cincuenta años el hombre trató de colonizar Marte, pero todos sus esfuerzos
se estrellaron contra la naturaleza hostil del planeta. Además de aquella cúpula que había
sido construida para nosotros, sólo había otro puesto avanzado, otra cúpula de glasita mucho
más pequeña que se encontraba a poco más de un kilómetro.
Parecía como si el hombre no hubiese de poder extenderse jamás hacia los otros
planetas del Sistema Solar pues, de todos ellos, Marte era el menos inhóspito; si no podía
vivir allí, sería perder el tiempo tratar de colonizar los restantes.
Hasta que en 2034, es decir hace treinta años, un eminente bioquímico llamado
Waymoth, descubrió la daptina. Una droga milagrosa cuyos efectos se dejaban sentir no sólo
en el animal o la persona a quien se le suministraba, sino a los descendientes que dicho
animal o persona engendraba durante un período limitado después de la inoculación.
El producto proporcionaba a los descendientes una adaptabilidad casi ilimitada a las
más diversas condiciones ambientales, a condición que los cambios se realizasen
gradualmente.
El Doctor Waymoth inoculó la droga a una pareja de conejillos de Indias, macho y
hembra; de estos nacieron cinco crías y poniendo a cada una de ellas en medios distintos que
poco a poco iban cambiando, el sabio obtuvo resultados sorprendentes. Cuando los cinco
miembros de la camada alcanzaron la edad adulta, uno de ellos vivía cómodamente bajo una
temperatura constante de cuarenta grados bajo cero; otro, en cambio, se encontraba muy a
sus anchas a sesenta y cinco grados sobre cero. Un tercero medraba perfectamente con un
régimen que hubiera sido mortal para un conejillo de Indias ordinario, mientras que un
cuarto estaba muy satisfecho bajo un bombardeo constante de rayos X que hubiera matado a
uno de sus progenitores en pocos minutos.
Los experimentos que luego se realizaron con otras camadas demostraron que los
animales que se habían adaptado a condiciones similares se reproducían perfectamente y que
su progenie se hallaba acondicionada desde su nacimiento para vivir bajo aquellas
condiciones.
—Hace diez años, es decir diez años después de lo que les he contado —nos dijo el
maestro— nacieron ustedes. Nacieron de padres cuidadosamente seleccionados entre los que
se ofrecieron voluntarios para el experimento. Y desde el día de vuestro nacimiento los
hemos criado en condiciones cuidadosamente reguladas y sometidas a cambio gradual.
»Desde el día en que vinieron al mundo el aire que han respirado se ha ido haciendo
cada vez menos denso y su contenido de oxígeno se ha ido reduciendo. Vuestros pulmones
han compensado esta disminución con un aumento notable en su capacidad, lo cual explica
que vuestro tórax sea mucho más amplio que el de vuestros maestros y asistentes; cuando
alcancen la plena madurez y respiren la atmósfera de Marte, la diferencia será aún más
apreciable.
»Vuestros cuerpos comienzan a cubrirse de vello, como defensa contra el frío
creciente. Ahora se encuentran muy bien bajo condiciones que serían fatales para seres
humanos ordinarios. Desde que tenían cuatro años de edad vuestras niñeras y maestros han
tenido que protegerse especialmente ante unas condiciones que a ustedes les parecen
normales.
»Dentro de ocho o diez años, cuando alcancen la mayoría de edad, ya estarán
completamente aclimatados a Marte. Su atmósfera les parecerá normal; sus plantas
constituirán vuestro sustento. Soportarán fácilmente los rigores de su clima y sus
temperaturas medias les resultarán agradables. Como ya han permanecido cinco años en el
espacio bajo los efectos de una gravedad cada vez menor, la gravedad marciana les parece
completamente normal.
»Marte será vuestro planeta, en el que crecerán y se multiplicarán. Son hijos de la
Tierra, pero también son los primeros marcianos dignos de este nombre.
Nosotros, naturalmente, ya estábamos enterados de muchas cosas.
El año anterior fue el mejor. El aire que llenaba la cúpula —con excepción de las
partes con aire acondicionado donde vivían nuestros maestros y asistentes— era casi igual al
exterior, y cada vez nos dejaban pasar períodos más largos fuera de la cúpula. Nos gustaba
estar al aire libre.
Durante los últimos meses se mostraron menos rigurosos en lo tocante a la separación
de los sexos para que pudiésemos comenzar a escoger pareja, si bien nos dijeron que no
autorizarían uniones hasta después del último día, cuando ya nos hubiesen dado de alta, por
así decir. La elección no fue difícil en mi caso. Ya la había hecho desde mucho antes y
estaba seguro que ella compartía mis sentimientos. Acerté.
Mañana será el día de nuestra libertad. Mañana seremos marcianos, los marcianos.
Mañana el planeta pasará a nuestras manos.
Entre nosotros, algunos apenas podían dominar su impaciencia, pero se impuso el
buen sentido y nos dispusimos a esperar. Hemos esperado veinte años y podemos esperar un
día más.
Hasta mañana.
Mañana, a una señal dada, mataremos a nuestros maestros y a todos los terrestres que
se encuentran entre nosotros, antes de salir al exterior. Como ellos no sospechan nada, la
tarea será fácil.
Hemos disimulado durante años enteros. Ellos no se imaginan cómo les odiamos. No
saben qué repugnantes y desagradables les encontramos, con sus cuerpos feos y deformes, de
hombros estrechos y pechos hundidos, con sus voces débiles y sibilantes que tienen que ser
amplificadas para oírse en nuestra atmósfera marciana, y sobre todo con su epidermis blanca,
pastosa y lampiña.
Les mataremos y luego iremos a destruir la otra cúpula, para que perezcan todos los
terrestres que viven allí.
Si vienen más terrestres para castigarnos, viviremos en las montañas, donde ellos
nunca podrán encontrarnos. Y si tratan de construir más cúpulas, también las destruiremos.
No queremos saber nada con la Tierra.
Éste es nuestro planeta y no queremos forasteros. ¡Fuera de aquí!
F I N

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