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martes, 5 de marzo de 2013

Isaac Asimov - Civilizaciones Extraterrestres - EL SISTEMA SOLAR INTERIOR.




Isaac Asimov Civilizaciones Extraterrestres

 EL SISTEMA SOLAR INTERIOR.
Mundos cercanos

Cuando Galileo empezó a estudiar el firmamento con su telescopio, pudo ver que los planetas
crecían hasta convertirse en minúsculos globos. Antes, a simple vista, parecían puntos de luz, a causa
de su gran distancia.
Más aún, Venus, por estar más cerca del Sol que la Tierra, mostraba fases como las de la
Luna, como debía ser si se trataba de un cuerpo opaco que brillaba sólo por reflejo. Eso era prueba
suficiente de que los planetas también eran mundos, posiblemente más o menos como la Tierra.
Habiendo quedado ello establecido, se dio por sentado que todos los planetas tenían vida y
estaban habitados por seres inteligentes. Flammarion lo sostuvo con firmeza, como dije en el capítulo
anterior, en fecha tan reciente como 1862.
Sin embargo, la teoría cinética de los gases descartaba no sólo a la Luna como lugar de vida,
sino también a cualquier otro mundo más pequeño que ella. No podía esperarse que cualesquier
mundos, más pequeños que la Luna, poseyeran aire o agua. Les faltaría el campo de gravitación
necesario. Consideremos los asteroides, el primero de los cuales fue descubierto en 1801. Giran en
torno del Sol, un poco afuera de la órbita de Marte, y el más grande de ellos tiene un diámetro de sólo
1.000 kilómetros. Hay entre 40.000 y 100.000 asteroides, con diámetro de por lo menos uno o dos
kilómetros, y todos ellos carecen de aire o de agua líquida (8) y, por tanto, no tienen vida.
Lo mismo puede decirse de los dos pequeños satélites de Marte, descubiertos en 1877.
Probablemente son asteroides atraídos a su órbita y no tienen ni aire ni agua líquida.
Dentro de las órbitas de los asteroides se encuentra el «sistema solar interior», y en él hay
cuatro cuerpos planetarios más grandes que la Luna. Además de la Tierra misma, tenemos a Mercurio,
Venus y Marte.
De ellos, Mercurio es el más pequeño, pero 4,4 veces mayor en masa que la Luna, con un
diámetro de 4.860 kilómetros, que viene a ser 1,4 veces mayor que el de la Luna. La gravedad
superficial de Mercurio es 2,3 veces la de la Luna y casi 2/5 de la de la Tierra. ¿Podría tal vez retener
una atmósfera delgada?
No podría. Mercurio es también el planeta más próximo al Sol. En el momento de mayor acercamiento
al Sol se encuentra a sólo 3/10 de la distancia a que está la Tierra del Sol. Cualquier aire que
tuviese se calentaría a temperaturas mucho más altas que las de la atmósfera terrestre. Las moléculas
de gas en Mercurio serían más veloces y más difíciles de retener. Así pues, se espera que Mercurio
carezca de aire y agua, y esté tan muerto como la Luna.
En 1974 y 1975, una exploración espacial, la del Marinar 10, pasó cerca de la superficie de
Mercurio en tres ocasiones. La tercera vez a menos de 327 kilómetros de la superficie. Se logró un
mapa detallado de Mercurio, se encontró que su superficie tenía cráteres en todo semejantes a los de la
Luna, y se confirmó que carecía de aire y de agua. No quedaba ninguna duda material de que no había
vida en él.
Venus ofrece mucha más esperanza. Su diámetro es de 12.100 kilómetros, en comparación
con el de 12.740 kilómetros de la Tierra. La masa de Venus es aproximadamente 0,815 veces la de la
Tierra, y su gravedad en la superficie es 0,90 veces la de ésta.
Aun considerando que Venus está más cerca del Sol que la Tierra, y por eso debería ser más
caliente que ésta, parece que tiene atmósfera. Su campo de gravitación es lo suficientemente fuerte
para que pueda tenerla.
En efecto, Venus tiene una atmósfera mayor y mucho más espesa que la nuestra. Venus está
envuelto en una cubierta perpetua de nubes, lo cual fue inmediatamente interpretado como prueba de
que allí había agua.
Desgraciadamente, la capa de nubes oculta las tan deseadas vistas que podríamos tener de
8 Quizá haya pequeñas cantidades de agua en estado sólido (hielo), que los asteroides y otros pequeños mundos
retengan por enlace químico, que no depende de las fuerzas de gravitación para ser eficaz. Sin embargo, el agua
congelada no es propia para la vida, y aun en la Tierra los mantos helados de Groenlandia y la Antártida carecen
de vida en su estado natural.
Venus, pues nos impide reunir pruebas de que pueda albergar vida. Los astrónomos no han podido
nunca observar su superficie, por potentes que sean sus telescopios. No han podido saber cuan
rápidamente gira Venus en su eje, cuan inclinado es ese eje, cuan extensos son sus océanos (si los
tiene), o cualquier otra cosa semejante. Sin más pruebas que la existencia de atmósfera y de nubes, era
difícil llegar a conclusiones razonables acerca de si hay vida en Venus.
Por otra parte, la vida en Marte es al mismo tiempo más posible y menos posible.
Menos posible, porque Marte es considerablemente más pequeño que la Tierra. Tiene un
diámetro de sólo 6.790 kilómetros y una masa de 0,107 en comparación con la de la Tierra. Con una
masa de una décima parte de la Tierra no es exactamente un mundo grande; pero, por otra parte, tiene
8,6 veces más masa que la Luna, por lo que no puede decirse que sea pequeño. En realidad, tiene dos
veces más masa que Mercurio.
La gravedad en la superficie de Marte es 2,27 veces la de la Luna, y casi la misma que la de
Mercurio. Sin embargo, Marte se halla cuatro veces más alejado del Sol que Mercurio, por lo que es
considerablemente más frío. El campo de gravitación de Marte, por ese motivo, podría retener
moléculas mucho más lentas.
Se deduce de lo anterior que aunque Mercurio no tiene atmósfera, Marte puede tenerla; y la
tiene. La atmósfera de Marte es tenue, pero existe. Se supone que Marte es más seco que la Tierra,
pues su atmósfera es menos nebulosa que la nuestra (y mucho menos que la de Venus), pero hay
alguna que otra nube. También se ven tormentas de polvo, lo que indica que deben soplar fuertes
vientos.
El aspecto más prometedor de Marte es que su atmósfera es lo suficientemente leve y libre de
nubes para permitir que su superficie sea vista (aunque vagamente) desde la Tierra. Durante varios
siglos, los astrónomos se han esforzado por trazar un mapa de lo que veían en ese mundo distante. (En
su mayor acercamiento llega a 56.000.000 de kilómetros de la Tierra, distancia 146 veces mayor que
la de la Tierra a la Luna.)
El primero en descubrir una marca, que también otros podían ver, fue el astrónomo holandés
Christian Huygens (1629-1695). En 1659 siguió las marcas que podía observar a medida que se
movían en torno del planeta y determinó que el período de rotación de Marte era sólo un poco mayor
que el de la Tierra. Ahora sabemos que Marte gira sobre su eje en 24,66 horas, en comparación con las
24 de la Tierra.
En 1781, el astrónomo germano-inglés William Herschel (1738-1822) (9) notó que el eje de
rotación de Marte se inclinaba a la perpendicular, como el de la Tierra, y casi en el mismo grado. La
inclinación del eje de Marte es de 25,17° y el de la Tierra es de 23,45°.
Esto significa que Marte no sólo tiene una alternancia de día y noche muy parecida a la de la
Tierra, sino que también tiene estaciones. Por supuesto, Marte se halla a mayor distancia del Sol que
nosotros, por lo que sus estaciones son más frías que las nuestras. Además, necesita más tiempo para
completar su órbita en torno del Sol, 687 días, en comparación con 365 1/4 en que lo hace la Tierra,
razón por la cual las estaciones de Marte suelen ser casi dos veces más prolongadas que las nuestras.
En 1784, Herschel notó que había casquetes de hielo en torno de los polos marcianos, como
los hay alrededor de los polos terrestres. Otro punto más de semejanza consistió en que se supuso que
los casquetes de hielo eran de agua congelada y ello demostraba que había agua en Marte.
Tanto Marte como Venus parecían tener posibilidades de albergar vida, indudablemente más
que los asteroides, la Luna o Mercurio.
Venus
En 1796, el astrónomo francés Pierre Simón de Laplace (1749-1827) hizo conjeturas acerca
del origen del sistema solar.
El Sol gira en su eje en dirección contraria a las manecillas del reloj, cuando se le ve desde un
punto muy por encima de su polo norte. Desde ese mismo punto, todos los planetas conocidos por
Laplace se movían alrededor del Sol en dirección contraria a las manecillas del reloj, y todos los
planetas cuyas rotaciones eran conocidas giraban en sus respectivos ejes en sentido contrario al de las
9 Fue el padre de John Herschel, quien medio siglo después resultó ser víctima del Engaño lunar.
manecillas del reloj. Además, todos los satélites conocidos por Laplace giraban, en torno de sus
respectivos planetas, en dirección contraria a las manecillas del reloj.
Por último, todos los planetas tenían órbitas casi en el plano del ecuador del Sol, y todos los
satélites las tenían casi en el plano del ecuador de sus respectivos planetas.
Para explicar todo eso, Laplace sugirió que el sistema solar había sido originalmente una
inmensa nube de polvo y gas llamada nebulosa (de la palabra latina que significa nube). La nebulosa
giraba lentamente en dirección contraria a las manecillas del reloj. Su propio campo de gravitación la
contrajo poco a poco, y al contraerse tuvo que girar más y más aprisa, de acuerdo con la ley de la
conservación del momento angular. Con el tiempo, se condensó la nebulosa hasta formar el Sol, que
todavía gira en dirección contraria a las manecillas del reloj.
Al contraerse la nebulosa en dirección del Sol, y aumentar su velocidad de rotación, el efecto
centrífugo provocó que se dilatara en su ecuador. (Esto le ocurre a la Tierra, que tiene un dilatamiento
ecuatorial que hace que los puntos que se hallan en su ecuador estén 21 kilómetros más alejados del
centro de la Tierra, que los polos norte y sur.)
La protuberancia de la nebulosa se volvía más y más pronunciada al continuar su contracción
y aceleración, hasta que toda la comba fue arrojada, cual una rosca delgada, en torno de la nebulosa
encogida. Al continuar apretándose la nebulosa, se fue desprendiendo de ella más materia, en forma de
anillos.
Según Laplace, cada uno de esos anillos o roscas se fue condensando gradualmente hasta
convertirse en planeta, conservando su rotación original en sentido contrario a como giran las
manecillas del reloj y aumentando la velocidad de rotación a medida que se condensaba. Mientras se
formaba cada planeta, había la posibilidad de que a su vez expulsara anillos subsidiarios propios, que
se convertían en satélites. Los anillos en torno de Saturno son ejemplos de materia arrojada (según la
hipótesis nebular de Laplace) que todavía no se ha condensado y se vuelve satélite.
La hipótesis nebular explica por qué todas las revoluciones y rotaciones en el sistema solar
deben ser en la misma dirección (10): porque todas participan en la rotación de la nebulosa original.
También explica por qué todos los planetas giran en el plano del ecuador del Sol. Esto
obedece a que se formaron originalmente de las regiones ecuatoriales del Sol, así como los satélites lo
hicieron de las regiones ecuatoriales de los planetas.
La hipótesis nebular, fue más o menos aceptada por los astrónomos en el siglo xix, y añadió
detalles al cuadro de Marte y de Venus, imaginado por la gente.
De acuerdo con esa teoría, parecería que, al condensarse la nebulosa, los planetas se formarían
en orden, desde los más alejados del Sol hasta los más cercanos. En otras palabras, después de que la
nebulosa se condensó hasta tener un diámetro de sólo 500 millones de kilómetros, se desprendió de
ella el anillo de materia con que se formó Marte. Después de mucho tiempo que duró una contracción
adicional, se separó la materia con que se formaron la Tierra y la Luna, y al cabo de otro período
desconocido, la materia con que se formó Venus.
Así pues, arraigó la creencia de que Marte había avanzado más en el camino de la evolución
que la Tierra, no sólo en lo concerniente a sus características planetarias, sino también respecto a la
vida en él. De igual manera, Venus no había avanzado tanto en el camino de la evolución. Por ese
motivo, el químico sueco Svante August Arrhenius (1859-1927) trazó en 1918 un cuadro elocuente de
Venus, como una selva empapada de agua.
Esa manera de pensar se reflejó en los cuentos de ciencia ficción, que solían pintar a Marte
como habitado por una raza inteligente, con una larga historia que empequeñecía la de los seres
humanos de la Tierra. Se describía algunas veces a los marcianos como mucho más adelantados
tecnológicamente que nosotros, pero a menudo igualmente decadentes y cansados de la vida, por ser
una especie tan antigua.
Por otra parte, se escribieron muchos relatos acerca de Venus como planeta selvático, o con un
océano que inundaba toda la superficie; pero, en cualquier caso, cubierto de formas primitivas de vida.
En 1954, yo mismo publiqué una novela titulada Lucky Starr and the Oceans of Venus (Lucky Starr y
los océanos de Venus), en que describí al planeta con un océano planetario. Pero sólo dos años
después se modificaron profundamente nuestros conceptos acerca de Venus.
10 Actualmente sabemos que existen ciertas excepciones.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los astrónomos obtuvieron muchos instrumentos
nuevos, extraordinariamente útiles en la exploración de los mundos del sistema solar. Podían enviar
microondas a la superficie de planetas distantes, recibir reflejos, y, de las propiedades de esos reflejos,
deducir la naturaleza de la superficie, aunque no la pudiesen observar ópticamente. Podían también
recibir ondas de radio, emitidas por los propios planetas. Asimismo, podían lanzar cohetes
exploradores que pasaran cerca del planeta o que se posaran en su superficie y transmitieran datos
útiles (como en el caso del mapa de la superficie de Mercurio, transmitido por el Mariner 10).
En 1956, el astrónomo norteamericano Robert S. Richardson analizó los reflejos de radar
procedentes de la superficie de Venus, detrás de la capa de nubes de ese planeta, y descubrió que
giraba muy lentamente, pero en sentido contrario, es decir, en la dirección de las manecillas del reloj.
Ese mismo año, un grupo de astrónomos encabezado por Cornell H. Mayer recibió ondas de
radio procedentes de Venus y quedó atónito al ver que la intensidad de esas ondas equivalía a la que
cabía esperar de un objeto mucho más caliente de lo que se creía que era Venus. De ser eso cierto, no
podría haber océano planetario en Venus; de hecho, no podía haber agua líquida de ninguna clase (y
así se echó a perder mi pobre novela, que sólo hacía dos años que había sido publicada).
El 14 de diciembre de 1962, una sonda exploradora norteamericana de Venus, el Mariner 2,
pasó cerca de la posición de Venus en el espacio, captó su emisión de ondas de radio y confirmó el
informe anterior. El 12 de junio de 1967, una sonda exploradora soviética de Venus, Venera 4, penetró
en la atmósfera de Venus y transmitió datos confirmatorios, mientras descendía durante una hora y
media. Venera 5 y Venera 6 descendieron sobre la superficie de Venus el 16 y el 17 de mayo de 1969,
y la incógnita quedó resuelta más allá de toda duda.
Venus tiene una atmósfera extraordinariamente densa, unas 95 veces más densa que la de la
Tierra. Además, la atmósfera de Venus es de un 95 por ciento de bióxido de carbono, cuyas moléculas
tienen una masa de 44. (El bióxido de carbono se había detectado desde 1932 en la atmósfera de
Venus, por métodos más ordinarios.)
Es natural que un planeta tenga atmósfera que contenga bióxido de carbono. Nuestra propia
atmósfera tiene una pequeña porción (0,03 por ciento) que es indispensable para el desarrollo de la
vida vegetal.
La fotosíntesis de las plantas verdes emplea la energía solar para combinar moléculas de
bióxido de carbono con moléculas de agua, y formar los componentes del tejido de las plantas; azúcar,
almidón, celulosa, grasas, proteínas y otras sustancias. Sin embargo, en ese proceso se forma oxígeno
libre en exceso, que es descargado en la atmósfera.
Se cree, generalmente, que en un pasado remoto la atmósfera de la Tierra contenía mucho más
bióxido de carbono que ahora, y que no había oxígeno libre. (Volveremos a este asunto más adelante.)
Así pues, la atmósfera primigenia de la Tierra fue parecida a la que ahora existe en Venus, pero menos
densa; y sólo la acción de la fotosíntesis retiró gradualmente el bióxido de carbono y lo sustituyó por
oxígeno.
Del hecho de que la atmósfera de Venus sea rica en bióxido de carbono y pobre en oxígeno,
podemos deducir inmediatamente que la fotosíntesis, como la conocemos en la Tierra, no existe en
este planeta, o por lo menos no ha existido por mucho tiempo.
Esto parecería indicar que no hay plantas verdes de importancia en ese planeta y, por tanto, no
hay vida animal (la cual depende de las plantas para nutrirse), ni tampoco hay inteligencia.
Podría objetarse que la fotosíntesis no es esencial para la vida, y en efecto no lo es. En la
Tierra hay formas de vida que ni emplean la fotosíntesis ni dependen de otras formas de vida que la
empleen. Sin embargo, todas ellas pertenecen al nivel bacterial, y nada indica que ahora o antes haya
existido en la Tierra ninguna forma de vida, superior a la bacterial, que no haya necesitado
fotosíntesis, bien sea en forma directa o indirecta.
También podría argüirse a este respecto que la Tierra no debe tomarse como la regla.
Supongamos que una forma de vida obtuvo su energía del Sol e hizo uso del bióxido de carbono, pero
que, de algún modo, almacenó el oxígeno en lugar de emitirlo a la atmósfera. Con el tiempo empleó el
oxígeno combinándolo con átomos de carbono y devolvió el bióxido de carbono a la atmósfera. De esa
manera podría existir fotosíntesis y al mismo tiempo una atmósfera de bióxido de carbono.
Esto no va más allá de los límites de la posibilidad, pero:
El bióxido de carbono tiene la propiedad de absorber la radiación infrarroja. Permite que la luz
visible del Sol, de alta energía, penetre en la superficie del planeta, y absorba la radiación infrarroja de
baja energía (invisible) que el planeta reemite en la noche al espacio. Esto se llama efecto de invernadero,
pues los cristales de un invernadero hacen lo mismo.
Al retener la radiación infrarroja, el bióxido de carbono en la atmósfera eleva la temperatura
del planeta, de la misma manera que los cristales retienen la radiación infrarroja y elevan la
temperatura de un invernadero. A causa del alto contenido de bióxido de carbono en la atmósfera de
Venus, la temperatura superficial del planeta es mucho más alta de lo que cabría sobre todo esperar si
tuviéramos en cuenta únicamente su distancia del Sol, sobre todo porque esperaríamos que sus nubes
lo protegieran de gran parte del calor del Sol. Venus es víctima de un efecto incontrolado de
invernadero.
El resultado es que la temperatura de la superficie de Venus es de unos 480 °C,
considerablemente más alta que en la superficie de Mercurio. Es cierto que este último planeta está
más cercano al Sol, pero también es cierto que no tiene atmósfera que retenga el calor.
La temperatura en la superficie de Venus es mucho más alta que el punto de ebullición del
agua, y lo suficientemente caliente para fundir con facilidad el plomo. No puede haber agua líquida en
ninguna parte del planeta. El agua que tenga será vapor en forma de nubes, y hay pruebas de que casi
todas las gotitas líquidas que hay en las nubes son de una sustancia extremadamente corrosiva: ácido
sulfúrico.
Se necesitaría tener una imaginación demasiado vivida para concebir vida en un planeta así,
por lo que Venus debe ser eliminado como posible refugio de inteligencia extraterrestre.
Canales marcianos
En cuanto a Marte, desde el principio pareció tener mayores posibilidades de sustentar vida.
Su rotación, la inclinación de su eje y sus casquetes de hielo parecían alentadores. Su presunta vejez
parecería darle grandes probabilidades de albergar vida avanzada.
Allá por 1830, los astrónomos empezaron a hacer tenaces esfuerzos para formar un mapa de
Marte. El primero lo logró el astrónomo alemán Wilhelm Beer (1797-1850). Lo siguieron otros, pero
el éxito no fue notable. Era difícil ver detalles a través de dos atmósferas, la de la Tierra y la de Marte,
a una distancia de centenares de millones de kilómetros. Cada astrónomo que intentaba trazar un mapa
de Marte parecía terminar con uno completamente distinto de los de sus predecesores.
Sin embargo, todos estaban de acuerdo en que parecía haber zonas claras y zonas oscuras, y
prosperó la idea de que las claras representaban superficies de tierra, y las oscuras, superficies de agua.
En 1877 se presentó una oportunidad especialmente buena de observación, cuando Marte y la
Tierra estuvieron en las partes de sus respectivas órbitas que los acercaban lo máximo posible. Ya entonces,
por supuesto, los astrónomos disponían de mejores telescopios.
El astrónomo italiano Giovanni Virginio Schiaparelli (1835-1910) tenía un telescopio
excelente. Durante las observaciones que hizo en 1877, dibujó un mapa de Marte que, una vez más,
parecía completamente diferente de cualquier otro anterior. No obstante, con el nuevo mapa las cosas
se aclararon. Por fin se vio lo que había que ver, o así parecía, pues generalmente los astrónomos
posteriores observaron en los siguientes cien años lo mismo que Schiaparelli viera como un conjunto
de zonas claras y oscuras.
Ya entonces, Maxwell y Boltzmann habían expuesto su teoría cinética de los gases, y no
parecía que un cuerpo con masa y campo gravitacional, como el de Marte, pudiera tener grandes
extensiones de agua. Aun en la baja temperatura de Marte, el vapor de agua debía haberse escapado
fácilmente si la atmósfera del planeta era más tenue que la de la Tierra. Por este motivo, creció la
sospecha de que había poca agua en Marte. Tenía sin duda sus casquetes de hielo y podría tener
regiones pantanosas y marismas, pero parecía improbable que tuviese mares abiertos y océanos.
¿Qué eran, entonces, las zonas oscuras?
Quizá fuese vegetación que crecía en ciénagas, y las zonas claras tal vez desiertos arenosos.
Resultaba interesante que cuando era verano en un hemisferio, y el casquete de hielo se reducía,
presumiblemente al derretirse, las zonas oscuras se extendían, como si el hielo derretido regara el
suelo y permitiera que la vegetación creciera.
Mucha gente empezó a dar por sentado que había vida en Marte.
Además, durante sus observaciones de Marte en 1877, Schiaparelli notó unas líneas más bien
delgadas y oscuras, cada una de las cuales conectaba dos zonas oscuras más grandes. Esas líneas
habían sido ya observadas en 1869 por otro astrónomo italiano, Pietro Angelo Secchi (1818-1878),
quien las llamó canales, nombre natural de un espacio largo y delgado de agua, que conecta a dos más
grandes. Schiaparelli empleó el mismo término. Por supuesto, tanto Secchi como Schiaparelli
utilizaron la palabra italiana canali cuyo significado es, precisamente, canales.
Los canali de Schiaparelli eran más largos y más delgados que los anunciados por Secchi, y
también más numerosos. Schiaparelli vio unos cuarenta, los incluyó en su mapa y les dio nombres de
ríos de la historia antigua y de la mitología.
El mapa de Schiaparelli y sus canali fueron acogidos con gran interés y entusiasmo. Nadie,
salvo Schiaparelli, había visto los canali durante las observaciones de 1877, pero posteriormente los
astrónomos empezaron a buscarlos con especial interés, y algunos afirmaron haberlos visto.
Además, la palabra canali fue traducida como canales. Eso era importante. Un cauce es una
vía de agua angosta, generalmente una extensión acuática formada por la naturaleza. Un canal, en
cambio, es una vía de agua angosta y artificial, construida (en la Tierra) por seres humanos. Tan
pronto como los ingleses y los norteamericanos llamaron canal a los canali, empezaron
automáticamente a concebirlos como artificiales y, por tanto, construidos por seres inteligentes.
Inmediatamente se despertó enorme interés por Marte. Parecía ser la primera vez que se
presentaba una prueba científica que favorecía mucho la existencia de inteligencia extraterrestre.
La imagen creada era la de un planeta más viejo que la Tierra, que perdía lentamente su agua a
causa de su débil campo de gravitación. Los inteligentes marcianos, con historia más larga que la
nuestra y con tecnología más avanzada, se enfrentaban a la muerte por deshidratación.
En forma heroica se esforzaban por conservar vivo su planeta. Construían enormes canales
para transportar el agua que necesitaban, desde el embalse planetario, o sea desde los casquetes de
hielo. Era un cuadro dramático de una antigua estirpe de seres, tal vez agonizante, que se negaba a
darse por vencida y que conservaba su mundo con vida, gracias a su resolución y a su trabajo tesonero.
Durante cerca de un siglo, esa imagen cautivó a mucha gente, e incluso a unos cuantos astrónomos.
Hubo algunos de éstos que ampliaron los datos proporcionados por Schiaparelli. El astrónomo
norteamericano William Henry Pickering (1858-1938), informó acerca de manchas redondas y oscuras
en los lugares en que los canales se cruzaban, y a esas manchas se les dio el nombre de oasis.
Flammarion, que creía firmemente en la vida extraterrestre, como dije antes, se mostró muy entusiasta
respecto a los canales. En 1892 publicó un extenso libro titulado El planeta Marte, en el que se
pronunciaba por una civilización que construía canales.
Sin duda, el astrónomo más influyente que apoyó el concepto de civilización marciana fue el
norteamericano Percival Lowell (1855-1916). Pertenecía a una aristocrática familia de Boston y
empleó su fortuna en construir un observatorio particular en Arizona, donde el aire seco del desierto, a
más de kilómetro y medio de altura sobre el nivel del mar, y la lejanía de las luces de la ciudad,
permitían una visibilidad excelente. El Observatorio Lowell se inauguró en 1894.
Durante quince años, Lowell estudió ávidamente a Marte y tomó miles de fotografías. Vio
muchos más canales que Schiaparelli y dibujó mapas detallados que llegaron a incluir más de
quinientos canales. Señaló los oasis en que se cruzaban los canales, registró la forma cómo las líneas
de determinados canales parecían volverse dobles algunas veces, y estudió los cambios estacionales de
luz y sombra, los cuales parecían señalar la fluctuación de la agricultura. Estaba completamente
convencido de la existencia de una civilización avanzada en Marte.
A Lowell no le inquietaba que otros astrónomos no pudiesen ver los canales tan bien como él.
Señalaba que nadie tenía mejores condiciones de visibilidad que él en Arizona, que su telescopio era
excelente, y que sus ojos eran igualmente magníficos.
En 1894 publicó su primer libro sobre el tema, con el título de Mars (Marte). Estaba bien
escrito, lo suficientemente claro para que lo entendiera el público en general, y sostenía la tesis de un
Marte antiguo, que moría lentamente; de una raza de ingenieros muy adelantados, que conservaban
vivo el planeta con gigantescos programas de riego; y canales señalados por fajas de vegetación a
ambos lados, que los hacían visibles desde la Tierra.
Los puntos de vista de Lowell fueron aún más extremados en los libros que publicó
posteriormente; Mars and Its Canals (Marte y sus canales), en 1906, y Mars as the Abode of Life
(Marte como morada de vida), en 1908. El público encontró todo eso muy interesante, pues era
asombroso pensar en un planeta cercano, poblado por una inteligencia adelantada y superior a la de los
seres humanos.
Con todo, H. G. Wells, escritor inglés de ciencia ficción, superó a Lowell en popularizar la
idea de que había vida avanzada.
En 1897, Wells publicó la novela por entregas War of the Worlds (Guerra de los mundos), en
una revista, y al año siguiente en forma de libro. Combinó el concepto de Marte, que presentaba
Lowell, con la situación existente en la Tierra durante los veinte años precedentes.
En esas décadas, las potencias europeas, principalmente la Gran Bretaña y Francia, pero
también España, Portugal, Alemania, Italia y Bélgica, habían estado repartiéndose África. Cada una de
esas naciones estableció colonias, sin considerar casi para nada los deseos de los pueblos que vivían
allí. Puesto que los africanos tenían piel oscura y sus culturas no eran las de Europa, los europeos los
consideraban inferiores, primitivos y bárbaros, sin derechos sobre su propio territorio.
Se le ocurrió a Wells que si los marcianos se hallaban tan adelantados científicamente respecto
a los europeos, como éstos lo estaban respecto a los africanos, podrían quizá tratar a los europeos
como éstos trataban a los africanos. La Guerra de los mundos fue el primer relato de un conflicto
armado interplanetario, en que figuraba la Tierra.
Hasta entonces, los cuentos de visitantes que llegaban a la Tierra procedentes del espacio
exterior habían pintado a esos seres extraños como observadores pacíficos. En cambio, en la novela de
Wells llegaban con armas. Huían de Marte, en donde apenas podían conservar la vida, invadían la
fértil Tierra, en la que abundaba el agua, y se preparaban a conquistar el planeta para establecerse en
él. Para ellos, los habitantes de la Tierra eran simples animales, criaturas a las que podían destruir y
devorar. Los seres humanos no podían derrotar a los marcianos ni estorbarlos mucho, de la misma
manera que los africanos no podían hacer frente a las fuerzas armadas de los europeos. Aunque al final
los marcianos fueron derrotados, esa victoria no la obtuvieron los seres humanos, sino las bacterias terrestres
de la descomposición, que los cuerpos de los marcianos no podían resistir.
Esa novela gozó de mucha popularidad e inició una ola de imitaciones, por lo que durante el
siguiente medio siglo los seres humanos dieron por sentado que cualquier invasión de inteligencia
extraterrestre significaría el exterminio de la humanidad.
Por ejemplo, el 30 de octubre de 1938, casi cuarenta años después de la publicación de La
Guerra de los Mundos, Orson Welles (n. 1915), a la sazón de sólo veintitrés años, produjo una versión
radiofónica de esa novela. Decidió actualizar el argumento e hizo que los marcianos descendieran
sobre Nueva Jersey, en vez de sobre la Gran Bretaña. Relató los sucesos de manera tan vivida como le
fue posible, incluso con boletines de prensa que parecían auténticos, declaraciones de testigos y otras
cosas semejantes.
Cualquiera que sintonizara ese programa desde su comienzo se habría enterado de que todo
era ficción, pero algunos que lo escuchaban sin atención, y otros que empezaron a oírlo después de
empezado, se sintieron aterrados por los sucesos que al parecer se desarrollaban, en especial las
personas que vivían cerca de los lugares supuestamente invadidos.
Un sorprendente número de personas no se detuvo a preguntarse si era posible que ocurriese
una invasión de marcianos, o si realmente existían esos seres. Se dio por cierto que los marcianos
existían, que habían llegado a conquistar la Tierra y que estaban logrando su propósito. Centenares de
aterrorizadas personas salieron huyendo en sus automóviles. Lo mismo que el Engaño lunar de un
siglo antes, fue ése un ejemplo notable de lo fácilmente que la gente acepta la idea de la inteligencia
extraterrestre.
Aunque Lowell y sus teorías acerca de los canales marcianos convencieron al público en
general, los astrónomos profesionales se mostraron extremadamente incrédulos. Por lo menos, ésa fue
la actitud de la mayoría de ellos.
Varios astrónomos insistieron en que, aunque observaban a Marte con suma atención, nunca
veían canales, y no quedaban satisfechos con las desdeñosas garantías que les daba Lowell, de que si
no los veían era sólo porque no tenían ojos y sus telescopios no eran suficientemente buenos. El
astrónomo norteamericano Asaph Hall (1829-1907), cuyos ojos habían sido lo suficientemente buenos
en 1877 para descubrir los minúsculos satélites de Marte, nunca vio un solo canal.
Otro astrónomo norteamericano, Edward Emerson Barnard (1857-1923), era un observador
especialmente acucioso. En efecto, se le cita con frecuencia como el astrónomo de vista más aguda de
que se tiene memoria. En 1892 descubrió un pequeño quinto satélite de Júpiter, tan pequeño y cercano
al disco brillante de Júpiter mismo, que para verlo se necesitaban ojos de una agudeza casi
sobrehumana; sin embargo, Barnard insistía en que por muy cuidadosamente que observara a Marte,
nunca pudo ver ningún canal. Dijo llanamente que todo obedecía a una ilusión óptica; que las
pequeñas manchas irregulares y oscuras se transformaban en líneas rectas ante los ojos que se
esforzaban por ver objetos en el límite mismo de la visión.
Esa opinión fue apoyada por otros. El astrónomo inglés Edward Walter Maunder (1851-1928),
la sometió a prueba en 1913. Colocó círculos dentro de los cuales pintó algunas manchas irregulares y
confusas, y puso a niños de escuela a distancias desde las cuales apenas podían ver lo que había dentro
de los círculos. Pidió a los niños que dibujaran lo que veían, y los escolares trazaron líneas rectas, como
las que Schiaparelli dibujara de los canales marcianos.
Entretanto, los astrónomos continuaban estudiando la habitabilidad de Marte. Al avanzar el
siglo xx, se construyeron instrumentos que podían detectar y medir minúsculas cantidades de calor. Si
esos detectores de calor se colocaban en el foco de un telescopio, y se hacía caer allí la luz de Marte,
podía deducirse la temperatura de ese planeta.
Eso lo hicieron por primera vez dos astrónomos norteamericanos, William Weber Coblentz
(1873-1962) y Carl Otto Lampland (1873-1951). De tales mediciones se desprendía que la temperatura
del ecuador marciano se elevaba a veces sobre el punto de congelación del agua. De hecho, era posible
que en raras ocasiones las temperaturas ecuatoriales se elevaran hasta los 25 °C.
Sin embargo, la temperatura descendía muchísimo durante la noche. Era imposible tomar la
temperatura en la noche, pues el lado nocturno de Marte siempre se encuentra opuesto a la Tierra. En
cambio, se podía tomar la temperatura de la madrugada en el borde occidental del globo marciano,
donde la superficie del planeta salía de la noche e iniciaba el alba. Después de doce horas y cuarto de
oscuridad, la temperatura solía bajar hasta -100 °C.
En suma, parecía que la temperatura de Marte era demasiado baja para que existiera agua en
ninguna otra forma que no fuese hielo, salvo en una angosta región en torno del ecuador y por breve
tiempo, cerca del mediodía. En las demás partes, el clima de Marte era más frío que el de la Antártida.
Peor aún, la gran diferencia entre las temperaturas del amanecer y las de mediodía significaba
que la atmósfera marciana probablemente era más tenue de lo que se había creído. La atmósfera sirve
de manto, absorbe y transmite el calor, y mientras más delgada sea, más rápidamente suben y bajan las
temperaturas.
Lo peor de todo esto es que una atmósfera leve no absorbe mucha radiación de energía solar.
En la Tierra, la atmósfera relativamente gruesa sirve de manto eficaz, que absorbe el bombardeo de radiación
de energía a nuestro planeta, desde el Sol y otras partes.
Todas esas radiaciones de energía matarían a los seres desprotegidos si cayeran en la
superficie de la Tierra con toda su fuerza. Marte está más alejado del Sol que nosotros y recibe una
concentración menor de luz ultravioleta. Sin embargo, esa concentración menor parece que llega a la
superficie marciana en cantidades mucho mayores que a la superficie terrestre.
En el decenio de 1940 fue ya posible analizar la radiación infrarroja de Marte, con el propósito
de analizar el contenido de su atmósfera. Esto lo logró en 1947 el astrónomo holandés-norteamericano
Gerard Peter Kuiper (1905-1973). Encontró que lo poco que existía de atmósfera marciana era casi en
su totalidad bióxido de carbono. Había muy poco vapor de agua y, al parecer, nada de oxígeno.
Al considerar la frialdad de Marte, algunos astrónomos empezaron a preguntarse si no habría
agua en ese planeta. ¿Podría el casquete de hielo no ser agua congelada, sino bióxido de carbono
congelado?
Al tomar todo esto en consideración, atmósfera delgada de bióxido de carbono, bombardeos
de luz ultravioleta sobre la superficie de Marte, temperaturas extraordinariamente bajas, parecía
improbable que las formas complejas de vida que se suponía que fuesen necesarias para el desarrollo
de la inteligencia, pudiesen haber evolucionado en Marte.
Aumentó la impresión de que si los canales existían, eran fenómenos naturales, no producto de
una raza de ingenieros muy adelantados.
Pero si no había vida inteligente, ¿podría haberla primitiva? En la Tierra hay bacterias que
pueden vivir de sustancias químicas que son venenosas para otras formas de vida. Hay líquenes que
crecen en la roca desnuda y en la cima de montañas donde el aire es tan ralo y la temperatura tan baja,
que casi podría uno imaginarse estar en Marte.
A partir de 1957 se efectuaron experimentos para determinar si cualesquier formas de vida
simple, adaptadas a condiciones severas en la Tierra, podrían sobrevivir en un ambiente en el que,
hasta donde fuese posible, duplicara lo conocido hasta entonces del ambiente marciano. Una y otra vez
se demostró que sobrevivirían algunas formas de vida.
En ese caso, tal vez no deberíamos abandonar toda esperanza de que hubiese en ese planeta
formas complejas de vida. Después de todo, la vida en la Tierra ha evolucionado para adaptarse al
medio terrestre. Por tanto, para nosotros las condiciones en la Tierra nos parecen agradables, y las que
son considerablemente diferentes de las de la Tierra nos parecen desagradables. Sin embargo, en
Marte, las formas de vida habrían evolucionado para adaptarse a las imperantes allí, y en ese caso
serían esas condiciones las que parecerían agradables a los marcianos.
Esa incógnita quedó sin ser resuelta hasta ya entrado el decenio de 1960.
Sondeos de Marte
En la década de 1960 se lanzaron sondas impulsadas por cohetes, con el propósito de que
pasaran cerca del planeta y transmitieran informes (como las que ya mencioné en los casos de
Mercurio y Venus).
El 29 de noviembre de 1964 se lanzó el Mariner 4, primer sondeo de Marte que tuvo éxito. Al
pasar el Mariner 4 cerca de Marte, tomó veinticuatro fotografías que se transformaron en señales de
radio y que fueron transmitidas a la Tierra, en donde se las reconvirtió en fotografías.
¿Qué mostraron? ¿Canales? ¿Algunas señales de civilización avanzada o, cuando menos, de
vida?
Lo que mostraron resultó ser completamente inesperado, pues inmediatamente los astrónomos
vieron que aparecían con claridad cráteres muy semejantes a los de la Luna.
Los cráteres, al menos los que aparecían en las fotografías procedentes del Mariner 4, eran
tantos y estaban tan bien delineados, que se llegó a la conclusión natural de que habían estado sujetos
a muy poca erosión. Esto parecía significar no sólo la existencia de aire ralo, sino también poca
actividad vital. Los cráteres en las fotografías del Mariner 4 parecían ser la señal de un mundo muerto.
El Mariner 4 llevaba la misión de pasar detrás de Marte (visto desde la Tierra) después de su
sobrevuelo, de suerte que sus señales de radio atravesaran la atmósfera marciana en su trayecto a la
Tierra. De los cambios en las señales, los astrónomos podrían deducir la densidad de la atmósfera marciana.
Resultó que esa atmósfera era aún más delgada que lo que se había supuesto en los cálculos
más modestos. Tenía menos de 1/100 de la densidad de la atmósfera terrestre. La presión del aire en la
superficie de Marte es casi igual a la de la atmósfera de la Tierra a una altura de 32 kilómetros de la
superficie. Esto fue otro golpe que recibió la posibilidad de que hubiese vida desarrollada en Marte.
En 1969, otras dos sondas espaciales, el Mariner 6 y el Mariner 7, fueron lanzadas con el fin
de que pasaran cerca de Marte. Iban provistas de mejores cámaras e instrumentos, y tomaron más
fotografías. Las nuevas fotografías, mucho mejores que las anteriores, mostraron que era cierto lo de
los cráteres. La superficie marciana estaba llena de ellos, en algunos lugares en igual profusión que en
la Luna.
Sin embargo, las nuevas sondas mostraron que Marte no era completamente igual a la Luna.
Aparecían regiones en las fotografías, en que la superficie marciana era llana y sin accidentes, y otra
en que la superficie era revuelta y accidentada, en forma no característica ni de la Luna ni de la Tierra.
Continuaba sin haber signo alguno de canales.
El 30 de mayo de 1971 fue lanzado el Mariner 9. Esa sonda no iba simplemente a pasar cerca
de Marte, sino a ponerse en órbita en torno a ese planeta. El 13 de noviembre de 1971 entró en órbita.
Marte se hallaba entonces en medio de una tormenta de polvo que abarcaba todo el planeta, y nada se
podía ver, pero el Mariner 9 esperó. En diciembre de 1971, el polvo se asentó por fin y el Mariner 9
tomó fotografías de Marte. Todo el planeta quedó cartografiado detalladamente.
Lo primero que quedó aclarado en forma definitiva fue que no existían canales en Marte.
Lowell se había equivocado. Lo que vio fue una ilusión óptica.
Tampoco las zonas oscuras eran agua o vegetación. Marte parecía ser todo desierto, pero aquí
y allá había franjas oscuras que generalmente partían de algún pequeño cráter, o de otra elevación.
Parecían estar compuestas de partículas de polvo impulsadas por el viento, que tendían a acumularse
donde una elevación rompía la fuerza del viento, en el lado contrario.
Había también algunas franjas claras, y la diferencia entre éstas y las oscuras tal vez obedecía
al tamaño de las partículas. La posibilidad de que las zonas oscuras y las claras señalasen diferencias
del polvo, y de que las zonas oscuras se ensancharan en la primavera a causa de los cambios
estacionales del viento, había sido ya sugerida unos cuantos años antes por el astrónomo
norteamericano Carl Sagan (n. 1935). El Mariner 9 demostró que Sagan estaba por completo en lo
cierto.
Sólo uno de los hemisferios de Marte tenía cráteres y se asemejaba a la Luna; en el otro había
gigantescos volcanes y cañones, y parecía geológicamente vivo.
Una característica de la superficie marciana despertó considerable curiosidad. Había marcas
que culebreaban por la superficie de Marte como ríos y que tenían ramificaciones semejantes en todo a
tributarios. Además, los helados casquetes polares parecían estratificados. En el borde, donde se
derretían, se asemejaban a un montón inclinado de delgadas fichas de póquer.
Es posible suponer que la historia de Marte sea la de diversos ciclos de clima. El actual puede
ser un ciclo frío, con casi toda el agua congelada en los casquetes de hielo y en el suelo. Posiblemente,
en el futuro el ciclo correspondiente sea el templado, en el cual los casquetes helados se derritan, liberando
agua y bióxido de carbono, de suerte que la atmósfera se vuelva más densa y los ríos se agranden.
En ese caso, aunque no haya ahora vestigios de vida en Marte, pudo haberlos en el pasado y
los podrá haber en el futuro. En cuanto al presente, las formas de vida quizá estén hibernando en el
suelo helado, en forma de esporas.
En 1975, dos sondas, el Viking 1 y el Viking 2, la primera lanzada el 20 de agosto y la segunda
el 9 de setiembre, partieron a Marte. Habrían de posarse en el planeta y observarlo de diversas maneras.
Especialmente, tenían que llevar a cabo pruebas en busca de signos de vida.
Descendieron sin tropiezo en el verano de 1976, en dos lugares muy separados el uno del otro.
Analizaron el suelo marciano y encontraron que no era muy diferente del de la Tierra, pero con más
hierro y menos aluminio.
Se efectuaron tres experimentos dirigidos a detectar vida. Los tres dieron resultados que
hacían esperar que hubiese células vivientes en el suelo.
Sin embargo, un cuarto experimento arrojó dudas respecto a los tres primeros. Para
comprender esta cuestión, tendremos que considerar la índole de las moléculas más características de
los organismos vivos, tal como los conocemos.
Con un fondo de agua, hay en los organismos vivos una interacción rápida e interminable, en
que intervienen moléculas complejas, formadas por un número de átomos que puede variar desde una
docena hasta un millón. Estas moléculas se encuentran en la naturaleza únicamente en los organismos
vivos y en los restos muertos de lo que fueron organismos vivos (11). Por esa razón, a esas moléculas
complejas se les llama compuestos orgánicos.
Los compuestos orgánicos tienen algo en común: el elemento carbono. Los átomos de carbono
tienen la singular propiedad de combinarse entre sí en cadenas complejas, rectas y ramificadas, y en
anillos o conjuntos de anillos a los que pueden adherirse cadenas de átomos. También unidos a los
bordes de las cadenas y anillos de carbono hay átomos y combinaciones de átomos de otros elementos,
principalmente de hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, además de algunos átomos de azufre, fósforo y
otras sustancias. A veces, uno de esos átomos puede incorporarse a la cadena o anillo de carbono.
Ninguna clase de átomo, salvo el del carbono, puede formar cadenas y anillos con tal
facilidad.
Además, es difícil imaginar que un fenómeno tan complejo y variado, como la vida, pueda
limitarse a algo menos complejo que las moléculas que conocemos de los organismos terrestres.
Esto no limita mucho la infinita variedad de la vida. Esta es enormemente variable aquí en la
Tierra, en forma, estructura, conducta y adaptación, pero toda tiene por base compuestos orgánicos,
que a su vez se fundan en cadenas y anillos de átomos de carbono.
Aparte de ello, el número de variaciones concebibles en la estructura de los compuestos
orgánicos empleados por la vida terrestre, en comparación con todos los compuestos orgánicos
11 También pueden crearse en el laboratorio. Además, miles y miles de esos compuestos, no muy semejantes a
cualesquiera que se hallen en organismos vivos o en sus residuos, también los han sintetizado los químicos. Pero
los químicos también son organismos vivos, por lo que hasta las moléculas sintéticas, "que no se encuentran en
la naturaleza", son resultado de actos de organismos vivos.
concebibles, es mucho menor que el tamaño de un átomo en comparación con el de todo el Universo.
Así pues, en resumen, el número de compuestos complejos con base en átomos de carbono es
prácticamente ilimitado y, en comparación, el número de compuestos complejos sin el átomo de
carbono es prácticamente nulo. Por tanto, podemos suponer que en un mundo en el que faltan
compuestos orgánicos, falta también la vida.
Por otra parte, convendría no apresurarse demasiado. ¿Podemos estar seguros de que en
ciertas condiciones que no conocemos bien, algunos elementos o combinaciones de elementos
distintos del carbono, no podrían producir compuestos complicados? ¿Acaso no sería posible que, en
ciertas condiciones, la vida pudiera formarse de compuestos relativamente simples?
No podemos estar seguros. Si se considera lo poco que conocemos de los detalles de otros
mundos, y de los aspectos más sutiles de la vida, aparte de los que podemos vislumbrar partiendo de
nuestro propio ejemplo, de nada podemos estar seguros.
Pero podemos pedir pruebas. No hay prueba alguna de la posible existencia de moléculas tan
complejas, delicadas y versátiles como las de los compuestos orgánicos, que estén formadas de
cualquier elemento que no sea el carbono, o de cualquier combinación de elementos que excluya al
carbono. Tampoco hay prueba alguna de que algo tan complejo como la vida pueda formarse de
compuestos relativamente simples.
Por tanto, hasta que contemos con pruebas en contra sólo nos queda suponer que donde no
hay componentes orgánicos, no hay vida.
Ocurre que el análisis del suelo marciano, hecho por el Viking 1 y el Viking 2, denota la
ausencia de compuestos orgánicos.
Esto deja en situación ambigua el asunto de la vida en Marte. La prueba no es definitiva, ni en
pro ni en contra, por lo que debemos esperar futuras pruebas mejores. Sin embargo, de haber vida,
parece poco probable que no sea sino muy primitiva, nada más que a nivel de vida bacterial en la
Tierra.
Una vida tan simple bastaría para interesar mucho a los biólogos y a los astrónomos, pero en
lo que respecta a la búsqueda de inteligencia extraterrestre, quedamos con lo que parece equivaler a un
cero abrumador.
Debemos buscar en otra parte.

Isaac Asimov - Civilizaciones Extraterrestres-LA LUNA- Fases




Isaac Asimov- Civilizaciones Extraterrestres

 LA LUNA
Fases
Si imaginamos que miramos en torno nuestro sin saber qué pueda haber, podría perdonársenos
el pensar que la Tierra es el único mundo. Entonces, ¿qué es lo que hizo a la gente creer que había
otros mundos?
La Luna. Consideremos lo siguiente:
La característica predominante de los objetos en el firmamento es su fulgor. Las estrellas son
pequeños puntos de luz centelleante; los planetas, otros puntos, algo más vivos, de luz refulgente. El
Sol es un círculo de luz intensa. Hay algún que otro meteorito, que produce una breve línea de luz.
Hay también, ocasionalmente, algún cometa que es una mancha de luz, irregular y confusa.
Es la luz lo que hace que los objetos celestes parezcan completamente diferentes de la Tierra,
la cual en sí misma es oscura y no irradia fulgor alguno.
Por supuesto, se puede producir luz en la Tierra en forma de fuego, pero es completamente
distinta de la celeste. Los fuegos terrestres deben ser alimentados constantemente con combustible,
pues de otra suerte menguan y se apagan, en tanto que la luz del cielo continúa siempre sin cambiar.
En efecto, el filósofo griego Aristóteles (384-322 a. C.) sostuvo que todos los cuerpos celestes
estaban compuestos de una sustancia llamada éter, separada y diferente de los elementos que forman la
Tierra. La palabra éter procede del griego y significa arder. Los objetos celestes ardían, no así la
Tierra, y mientras se creyó que tal cosa era verdad sólo hubo un mundo: un objeto sólido, oscuro, en el
cual la vida podía existir, y muchos otros, ardientes, en los que la vida no podía existir.
Pero ahí está la Luna, único cuerpo celeste que cambia de forma regularmente y de manera
bien visible, a simple vista. Las diferentes formas de la Luna (sus «fases»), se prestan idealmente a
atraer la atención y, salvo por la sucesión del día y la noche, es probable que fueran los primeros cambios
astronómicos que atrajeron la atención de los seres humanos primitivos.
La Luna pasa por su ciclo completo de fases en poco más de 29 días, lo cual es un lapso
particularmente cómodo. Para el agricultor y el cazador prehistóricos, el ciclo de las estaciones (el
año) era muy importante, pero resultaba difícil notar que, por lo general, las estaciones se repetían
cada 365 o 366 días. Ese número era demasiado elevado para que se pudiese llevar con facilidad su
contabilidad. Contar 29 o 30 días desde cada Luna nueva hasta la siguiente, y 12 o 13 Lunas nuevas
por cada año, era más sencillo y mucho más práctico. Hacer un calendario que sirviera para dividir las
estaciones del año en términos de las fases de la Luna, fue consecuencia natural de las primeras
observaciones astronómicas.
Alexander Marshak, en su libro The Roots of Civilization (Las raíces de la civilización),
publicado en 1972, arguye en forma convincente que, antes del comienzo de la historia escrita, los
primeros seres humanos marcaban en piedras una clave que tenía el propósito de llevar la cuenta de las
Lunas nuevas. Gerald Hawkins, en Stonehenge Decoded (Stonehenge descifrado), sostiene, en forma
igualmente persuasiva, que Stonehenge fue un observatorio prehistórico, ideado para llevar cuenta de
la Luna nueva y predecir los eclipses lunares que ocurren alguna que otra vez durante la Luna llena.
(Un eclipse lunar era la aterradora «muerte» de la Luna, de la que los seres humanos dependían para el
cómputo de las estaciones. Poder predecir el eclipse reducía el temor.)
Muy probablemente, la imprescindible necesidad práctica de formar un calendario con base en
las fases de la Luna fue lo que obligó a los seres humanos a interesarse por la astronomía, después a la
observación cuidadosa de los fenómenos naturales en general, y, posteriormente, al adelanto de la
ciencia.
Me parece que el hecho de que fuesen tan útiles los cambios de las fases, necesariamente
reforzó el concepto de la existencia de una deidad benévola que, por su amor a la humanidad, había
ordenado los cielos en un calendario que guiaría al género humano hacia maneras adecuadas de
asegurarse un suministro constante de alimentos.
En muchas culturas antiguas, cada Luna nueva se celebraba con un ritual religioso y,
generalmente, el cómputo del calendario se ponía en manos de sacerdotes. La palabra calendario
procede del latín y significa proclamar, puesto que cada mes comenzaba cuando la llegada de la Luna
nueva era oficialmente proclamada por los sacerdotes. Así pues, podríamos concluir que una parte
considerable del desarrollo religioso de la estirpe humana, de la creencia en Dios como padre
benévolo, no como tirano caprichoso, puede atribuirse a las cambiantes fases de la Luna.
Además, el hecho de que el estudio cuidadoso de la Luna fuese tan importante para el control
de la vida cotidiana de los seres humanos, necesariamente hizo nacer el concepto de que los demás objetos
celestes podrían también ser vitales a este respecto. Las fases de la Luna pueden haber
contribuido así al robustecimiento de la astrología y, por ende, al de otras formas de misticismo.
Pero además de todo esto (y si la Luna ha permitido el desarrollo de la ciencia, la religión y el
misticismo, parece casi injusto esperar algo más de ella), la Luna hizo surgir el concepto de la pluralidad
de los mundos; la idea de que la Tierra era sólo un mundo entre muchos otros.
Cuando los seres humanos empezaron a observar la Luna noche tras noche, para seguir sus
fases, era natural suponer que cambiaba de forma, literalmente. Nacía como delgada Luna creciente,
aumentaba hasta volverse un círculo luminoso completo, después disminuía hasta ser Luna menguante
y posteriormente moría. Cada Luna nueva era, materialmente una nueva Luna, una creación recién
surgida.
Sin embargo, desde mucho tiempo atrás fue evidente que los cuernos de la Luna creciente
siempre aparecían en dirección contraria a la del Sol. Eso bastaba para indicar cierta conexión entre el
Sol y las fases de la Luna. Cuando surgió esa idea, las observaciones posteriores demostrarían que las
fases tenían conexión con las posiciones relativas del Sol y la Luna. Había Luna llena cuando ésta y el
Sol estaban precisamente en partes opuestas del firmamento. La Luna se hallaba en su fase intermedia
cuando había una separación de 90 grados entre ella y el Sol. La Luna se encontraba en creciente cuando
estaba cerca del Sol, y así sucesivamente.
Parecía evidente que si la Luna era una esfera tan opaca como la Tierra, y brillaba únicamente
por la luz que recibía y reflejaba del Sol, debería pasar forzosamente por el ciclo de fases que se
observaban. Fue por esto que nació la idea, la cual se extendió hasta ser generalmente aceptada, de que
la Luna era un cuerpo tan oscuro como la Tierra y que no se componía de «éter» ardiente.
Otro mundo
Si la Luna era semejante a la Tierra, por ser oscura, ¿no podría ser también semejante a la Tierra
en otros aspectos? ¿No podría ser un segundo mundo?
Desde el siglo v a. C., el filósofo griego Anaxágoras (500-428 a. C.) expresó la opinión de que
la Luna era un mundo semejante a la Tierra.
Es intelectualmente aceptable imaginar que el Universo consiste en un solo mundo, además de
algunos puntos luminosos. En cambio es difícil imaginar que el Universo se base en dos mundos,
aparte de algunos puntos luminosos. Si uno de los objetos celestes es un mundo, ¿por qué no han de
ser también mundos algunos o todos los demás? Gradualmente se extendió el concepto de la
pluralidad de los mundos. Un número creciente de personas empezó a creer que el Universo contenía
muchos mundos.
Pero no mundos vacíos. Al parecer, ese pensamiento llenaba de aversión a la gente, si acaso se
le ocurría pensar tal cosa.
El único mundo que conocemos, la Tierra, está lleno de vida, y es natural pensar que la vida es
característica tan inevitable de los mundos, en general, como lo es la solidez. Además, si se piensa que
la Tierra fue creada por alguna deidad o deidades, entonces es lógico suponer que los otros mundos
fueron también creados de la misma manera. En tal caso, sería insensato suponer que cualquier mundo
fuese creado sólo para dejarlo vacío. ¿Qué objeto tendría crear mundos vacíos? ¡Qué desperdicio sería
tal cosa!
Así, cuando Anaxágoras expuso su creencia de que la Luna era un mundo semejante a la
Tierra, también sugirió que podría estar habitada. Lo mismo hicieron otros pensadores antiguos, entre
ellos el biógrafo griego Plutarco (46-120 d. C.).
Además, si un mundo está habitado, parece natural suponer que lo está por seres inteligentes
generalmente representados como muy semejantes a los seres humanos. Suponer un mundo habitado
únicamente por plantas y animales irracionales, parecería un despilfarro intolerable.
Por extraño que parezca, se habló de que había vida lunar aun antes de que se reconociera que
la Luna era un mundo. Esto partió del hecho de que la Luna es también singular entre los cuerpos celestes,
porque no tiene un brillo similar. Posee manchas oscuras que contrastan con su luz brillante,
manchas más notables y asombrosamente visibles cuando hay Luna llena.
El antiguo observador de la Luna, rústico y ordinario, se sentía inclinado a ver una figura en
las manchas de su faz. (Realmente, hasta el observador actual, sutil e instruido, suele sentir la misma
tentación.)
Por la natural antropocentricidad de los seres humanos, era casi inevitable que esas manchas
se interpretaran como representación de un ser humano, y de allí surgió la idea del «hombre en la
Luna».
Indudablemente, la idea original fue prehistórica. Sin embargo, en tiempos medievales se
hicieron frecuentes esfuerzos por cubrir esos antiguos conceptos con un manto de respetabilidad
bíblica. Por tanto, se creyó que el hombre en la Luna era el mencionado en Números 15:32-36:
«Estando los hijos de Israel en el desierto, hallaron a un hombre que recogía leña en día de reposo... Y
Jehová dijo a Moisés: "Irremisiblemente muera aquel hombre..." Entonces lo sacó la congregación
fuera del campamento, y lo apedrearon, y murió...»
No se menciona a la Luna en el relato bíblico, pero era fácil añadir el cuento de que cuando el
hombre protestó que no quería guardar el «domingo» en la Tierra (aunque para los israelitas el día de
descanso era el que nosotros llamamos sábado), los jueces dijeron: «Entonces, guardarás un eterno lunes
(Día de Luna) en el cielo».
En el medioevo se representaba al hombre en la Luna cargando un arbusto espinoso, símbolo
de la leña que había juntado, y con una linterna, pues se suponía que estuvo recogiendo leña de noche,
con la esperanza de que nadie lo viese y, por algún motivo, con un perro. El hombre en la Luna, con
esos accesorios, forma parte de la comedia dentro de otra comedia, representada por Bottom y otros
rústicos en Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare.
Por supuesto, se imaginaba que el hombre en la Luna llenaba todo ese mundo, pues las
manchas semejaban cubrir toda su faz, y la Luna parecía ser pequeña.
Fue el astrónomo griego Hiparco (190-120 a. C.) quien por primera vez logró calcular el
tamaño de la Luna, en relación con el de la Tierra, por métodos matemáticos válidos, y quien obtuvo
esencialmente la solución correcta. La Luna es un cuerpo con un diámetro como de 1/4 del de la
Tierra, no un cuerpo del tamaño del hombre en la Luna. Es un mundo no sólo por la índole oscura de
la materia que lo forma, sino por su tamaño.
Además, Hiparco calculó la distancia a la Luna. Se halla 60 veces más distante de la superficie
de la Tierra que lo que está la superficie de la Tierra del centro de la misma.
En términos modernos, la Luna está a 381.000 kilómetros de la Tierra y tiene un diámetro de
2.470 kilómetros.
Los griegos ya sabían que la Luna era el más cercano de los cuerpos celestes, y que los demás
se hallaban mucho más alejados. Por estar tan lejos y ser visibles, todos debían ser mundos en cuanto a
su tamaño.
El concepto de la pluralidad de los mundos descendió desde las esotéricas alturas de la
especulación filosófica hasta el nivel literario; al parecer, hasta el primer relato que conocemos,
semejante a los cuentos modernos de ciencia ficción, en que figuran viajes interplanetarios.
Allá por el año 165 d. C., un escritor griego llamado Luciano de Samosata escribió Una
historia verdadera, en la cual relata un viaje a la Luna. En esa obra, el héroe es llevado a la Luna por
un remolino de viento. Encuentra la Luna luminosa y brillante, y en la distancia puede ver otros
mundos fulgurantes. Abajo contempla un mundo que es claramente el suyo propio: la Tierra.
El universo de Luciano estaba a la zaga de los conocimientos científicos de su época, puesto
que describió una Luna refulgente, y los demás cuerpos celestes, muy cerca unos de otros. Luciano
supuso, asimismo, que el aire llenaba todo el espacio y que «arriba» y «abajo» era lo mismo en todas
partes. No había razón, en ese entonces, para creer que no fuese así.
Los mundos del universo de Luciano estaban habitados, y el autor suponía la presencia de
inteligencia extraterrestre en todas partes. El rey de la Luna era Endimión, en guerra con Faetón, rey
del Sol. (Esos nombres fueron tomados de los mitos griegos, en los que Endimión era un joven amado
por la diosa Luna, y Faetón, el hijo del rey Sol.) Los seres de la Luna y los del Sol tenían aspecto muy
humano en sus instituciones y hasta en sus insensateces, pues Endimión y Faetón se hacían la guerra
porque se disputaban la colonización de Júpiter.
Transcurrieron casi 1.300 años antes de que otro escritor importante se ocupara nuevamente
de la Luna. Eso ocurrió en 1532, en Orlando furioso, poema épico del poeta italiano Ludovico Ariosto
(1474-1533). En ese poema, uno de los personajes viaja a la Luna en la carroza divina que llevó al
profeta Elías, en un remolino, hasta el Cielo. Encuentra la Luna poblada por gente civilizada.
El concepto de la pluralidad de los mundos recibió otro estímulo con la invención del
telescopio. En 1609, el científico Galileo Galilei (1564-1642) construyó un telescopio y lo apuntó
hacia la Luna. Por primera vez en la historia se vio la Luna amplificada, con detalles más claros de los
que había sido posible captar a simple vista.
Galileo vio en la Luna cadenas montañosas y lo que parecían ser cráteres volcánicos. Observó
manchas oscuras y lisas, que semejaban mares. Lisa y llanamente, estaba viendo otro mundo.
Esto estimuló la producción adicional de vuelos ficticios a la Luna. El primero fue obra de
Johannes Kepler (1571-1630), astrónomo de primera línea (7), y se publicó póstumamente en 1633. Su
título era Somnium, porque el héroe llegaba a la Luna en un sueño.
El libro era notable por ser el primero en tomar en cuenta los hechos hasta entonces conocidos
acerca de la Luna, la cual había sido considerada hasta entonces igual a cualesquiera bienes raíces de
la Tierra. Kepler sabía que en la Luna las noches y los días tenían una duración equivalente a 14 días
terrenos. Sin embargo, imaginó la Luna con aire, agua y vida; nada había hasta entonces que
descartara tales suposiciones.
En 1638 se publicó el primer cuento de ciencia ficción, en idioma inglés, acerca de un vuelo a
la Luna. Se titulaba The Man in the Moon (El hombre en la Luna) y su autor era un obispo inglés
llamado Francis Godwin (1562-1633). También se publicó como obra póstuma.
El libro de Godwin fue el más influyente de los primeros de esta índole, pues inspiró varias
imitaciones. El héroe de la obra fue llevado a la Luna en una carroza tirada por una parvada de gansos
(representados como si emigraran periódicamente a la Luna). Como de costumbre, la Luna estaba poblada
por seres inteligentes, muy humanos.
El mismo año en que se publicó el libro de Godwin, otro obispo inglés, John Wilkins (1614-
1672), cuñado de Oliverio Cromwell, escribió un equivalente no novelesco. En su libro The Discovery
of a World in the Moon (El descubrimiento de un mundo en la Luna) conjeturó acerca de la
habitabilidad de ese cuerpo celeste. En tanto que el héroe de Godwin era un español (por haber sido
los españoles grandes exploradores en el siglo anterior), Wilkins tenía la certeza de que sería un inglés
quien primero llegara a la Luna. En cierto sentido, Wilkins acertó, pues el primer hombre que llegó a
la Luna desciende de ingleses.
También Wilkins supuso que existía aire en todo el trayecto a la Luna y, de hecho, en todo el
Universo. Aún en 1638 no se comprendía que tal cosa haría imposible la existencia de cuerpos celestes
separados. Si la Luna girara en torno de la Tierra en medio de un océano infinito de aire, la resistencia
de éste la detendría gradualmente y, a la postre, la haría chocar contra la Tierra, la cual, a su vez, se
estrellaría contra el Sol, y así sucesivamente.
Falta de agua
El concepto del aire universal no prevaleció mucho tiempo. En 1643, el físico italiano
Evangelista Torricelli (1608-1647), discípulo de Galileo, logró equilibrar el peso de la atmósfera
contra una columna de mercurio, inventando el barómetro. Resultó del peso de la columna de
mercurio, que equilibraba la presión hacia abajo del aire, y que la atmósfera tendría una altura de sólo
8 kilómetros si su densidad era uniforme. Si la densidad disminuía con la altura, como en efecto
disminuye, la atmósfera podría ser un poco más alta, antes de volverse demasiado rala para permitir la
vida.
Se aclaró, por primera vez, que el aire no llenaba el Universo, sino que era un fenómeno
meramente terrestre. El espacio entre los cuerpos celestes era un «vacío», lo cual constituyó, en cierto
sentido, el descubrimiento del espacio exterior.
Sin aire, los seres humanos no podían viajar a la Luna por medio de columnas de agua, o
carrozas tiradas por gansos, o por ningún otro de los métodos usuales que servirían para cruzar un
espacio de aire.
Realmente, la única forma como podría salvarse el vacío entre la Tierra y la Luna sería
empleando cohetes, lo que mencionó por primera vez, en 1657, nada menos que el escritor francés
7 Fue ése el primer relato de ciencia ficción escrito por un científico profesional, pero no, desde luego, el último.
Savinien de Cyrano de Bergerac (1619-1655). Cyrano, en su libro Viajes a la Luna y al Sol, enumeró
siete maneras distintas de cómo un ser humano podría viajar de la Tierra a la Luna, y una de ellas era
por medio de cohetes. Sin embargo, su héroe realizó el viaje utilizando uno de los otros medios (por
desgracia, inservible).
En el transcurso del siglo xvii, mientras continuaba la observación de la Luna con telescopios
cada vez mejores, los astrónomos se dieron cuenta de ciertas peculiaridades de nuestro satélite.
La visibilidad de la Luna parecía ser siempre clara y uniforme. Su superficie nunca la
oscurecían nubes o neblina. El terminador, es decir, la línea divisoria entre los hemisferios claro y
oscuro, era siempre bien definido. Nunca estaba borroso, como lo estaría si la luz se refractara a través
de una atmósfera, lo que significaría la presencia en la Luna del equivalente al crepúsculo terrestre.
Además, cuando el globo de la Luna se aproximaba a una estrella, ésta seguía siendo
perfectamente brillante hasta que la superficie de la Luna llegaba, y entonces la estrella desaparecía en
un instante. No se apagaba lentamente, como ocurriría si la atmósfera de la Luna llegara antes que la
superficie de la misma, y si la luz de la estrella tuviese que penetrar cada vez más gruesas capas de
aire.
En suma, resultó evidente que la Luna era un mundo sin aire, y también sin agua, pues el
examen minucioso mostró que los negros «mares» que había visto Galileo estaban salpicados de
cráteres aquí y allá. Podrían ser, acaso, mares de arena, pero nunca de agua.
Sin agua era casi imposible que hubiese vida en la Luna. Por primera vez, la gente comprendió
que era factible la existencia de un mundo muerto, privado de vida.
Sin embargo, no nos apresuremos demasiado. Aceptado un mundo sin aire y agua, ¿podemos
estar seguros de que no hay vida en él?
Empecemos por considerar la vida en la Tierra. Sin duda, esa vida muestra profunda
variabilidad y versatilidad. Hay vida en las profundidades oceánicas y en la superficie del mar, en agua
dulce y en tierra, bajo tierra, en el aire y hasta en desiertos y en páramos helados.
Incluso hay vida en formas microscópicas que no emplean oxígeno, y otras en que el oxígeno
es mortal. Para esas formas de vida, la falta de aire no encierra terrores. (Por tal motivo, los alimentos
que se sellan al vacío deben ser primero cuidadosamente calentados. Algunos microbios muy
peligrosos, entre ellos el que produce el botulismo, prosperan en el vacío.)
¿Es, entonces, tan difícil imaginar que algunas formas de vida puedan prescindir también del
agua?
Sí, lo es. Ninguna forma de vida terrestre puede prescindir del agua. La vida nació en el mar, y
los fluidos que hay dentro de las células vivas de todos los organismos, hasta de aquellos que ahora
viven en agua dulce o en tierra seca, y que morirían si se les pusiese en el mar, son esencialmente una
forma de agua del océano.
Ni siquiera las formas de vida en el desierto más árido han evolucionado sin depender del
agua. Algunas pueden no beber nunca, pero obtienen el agua que necesitan de otra manera; por
ejemplo, de los fluidos del alimento de que se nutren; y conservan cuidadosamente el agua que
obtienen.
Algunas bacterias pueden sobrevivir a la desecación, y en forma de esporas vivir
indefinidamente sin agua. Sin embargo, la cubierta de la espora protege al fluido dentro de la célula
bacterial. La verdadera desecación, en forma absoluta, mataría a la espora tan rápidamente como nos
mataría a nosotros.
Los virus son capaces de retener su potencial de vida, aun cristalizados y sin agua. Sin
embargo, no pueden multiplicarse hasta que se encuentran dentro de una célula, y pueden pasar por
cambios dentro del medio del fluido celular.
Pero todo esto se refiere a la vida en la Tierra, que se desarrolló en el océano. En un mundo
sin agua, ¿podría prosperar una clase de vida fundamentalmente diferente, que no dependiera del
agua?
Razonemos esto de la siguiente manera:
En la superficie de los mundos planetarios (en uno de los cuales se ha desarrollado el único
ejemplo de vida que conocemos), la materia puede existir en cualquiera de tres estados: sólido, líquido
o gaseoso.
En los gases, las moléculas componentes están separadas por distancias relativamente grandes,
y se mueven al azar. Por ese motivo, las mezclas de gases son siempre homogéneas, es decir, todos los
componentes están bien mezclados. Cualquier reacción química que ocurre en un lugar puede producirse
igualmente en otro y, por tanto, se extiende desde una parte del sistema hasta otra, con rapidez
explosiva. Es difícil ver cómo pueden existir en un gas las reacciones cuidadosamente controladas y
reguladas, las cuales parecen esenciales en algo tan complicado y delicadamente equilibrado como los
sistemas vivientes.
Además, las moléculas que forman los gases tienden a ser muy simples. Las moléculas
complicadas que, podemos suponer, se necesitarían (si se espera que presenciemos los cambios
variados, versátiles y sutiles que indudablemente caracterizan a cualquier cosa tan variada, versátil y
sutil como la vida), en circunstancias ordinarias se encuentran en estado sólido.
Algunos sólidos pueden ser convertidos en gases, si se les calienta lo suficiente o si se les
somete a una presión muy baja. Las moléculas complicadas, características de la vida, se
desintegrarían en pequeños fragmentos si se les calentara, y serían inútiles. Si se les sometiera incluso
a una presión igual a cero, las moléculas complicadas producirían sólo cantidades insignificantes de
vapor.
Concluimos, entonces, que no puede haber vida en el estado gaseoso.
En los sólidos, las moléculas componentes se encuentran casi en contacto y pueden existir en
cualquier grado de complicación. Además, los sólidos pueden ser heterogéneos, y generalmente lo
son, es decir, la composición química en una parte puede ser muy diferente de la composición química
en otra. Dicho de otro modo, pueden ocurrir diferentes reacciones en lugares diferentes, a ritmos
diferentes y en condiciones diferentes.
Hasta aquí todo va bien; pero la dificultad comienza en que las moléculas de los sólidos están
más o menos encerradas en su lugar, y las reacciones químicas ocurrirán con demasiada lentitud para
producir la delicada variabilidad que asociamos con la vida. Llegamos, entonces, a la conclusión de
que no puede haber vida en el estado sólido.
En el estado líquido, las moléculas componentes están casi en contacto y existe la posibilidad
de heterogeneidad, como en el estado sólido. Sin embargo, las moléculas componentes se mueven con
libertad, y las reacciones químicas pueden producirse rápidamente, como en el estado gaseoso. Además,
tanto las sustancias sólidas como las gaseosas pueden disolverse en líquidos, para producir sistemas
extraordinariamente complicados, en los cuales no existe límite alguno a la variedad de
reacciones.
En suma, la clase de química que asociamos con la vida sería posible sólo en un medio
líquido. En la Tierra, ese líquido es el agua; posteriormente tendremos algo que decir acerca de si
existe la posibilidad de algún sustituto.
Así pues, un mundo sin agua (o sin cualquier otro líquido que pudiera sustituirla)
indudablemente parecería incapaz de sustentar la vida.
¿O es que sigo siendo demasiado estrecho de ideas?
¿Por qué no puede desarrollarse la vida y hasta hacer surgir la inteligencia con propiedades
químicas y físicas completamente diferentes de la vida terrestre? ¿Por qué no puede haber una forma
de vida muy lenta y sólida (demasiado lenta, quizá, para que la reconozcamos como vida) en la Luna o
incluso aquí mismo, en la Tierra? ¿Por qué no puede haber en el Sol, por ejemplo, una, forma de vida
gaseosa muy rápida y evanescente, que literalmente estalle en pensamiento y que experimente vidas
enteras en fracciones de segundo?
Ya se han hecho conjeturas a este respecto. Se han escrito relatos de ciencia ficción que
presentan formas de vida enormemente extrañas. Se ha considerado a la Tierra misma como ser
viviente, lo mismo que a galaxias enteras y a las nubes de polvo y gas que hay en el espacio
interestelar. Se ha escrito acerca de una vida que consiste exclusivamente en radiación de energía, y de
una vida que existe por completo en el exterior del Universo y que es indescriptible.
No hay límite en las conjeturas acerca de todo esto, pero a falta de pruebas tienen que seguir
siendo sólo conjeturas. Sin embargo, en este libro iré solamente por aquellas direcciones en las que por
lo menos haya alguna pista que me guíe. Esa pista quizá sea fragmentaria y tenue, y las conclusiones a
que llegue podrán ser endebles, pero no cruzaré la línea que nos separa de la región en que no existe
evidencia alguna.
Por tanto, hasta no tener una prueba en sentido contrario, debo concluir que, sobre la base de
lo que sabemos de la vida (que es ciertamente poco), un mundo sin líquido es un mundo sin vida.
Puesto que la Luna parece ser un mundo sin líquido, puede decirse, con cierta certeza, que la Luna
debe ser un mundo sin vida.
Podríamos ser más cautelosos y decir que un mundo sin líquido es un mundo sin vida tal como
la que conocemos. Sin embargo, sería tedioso repetir esa frase constantemente, por lo que la emplearé
sólo alguna que otra vez, para asegurarme de que el lector no olvide que eso es precisamente lo que
quiero decir. Entretanto, se dará por supuesto que en este libro hablo de la vida tal como la
conocemos, cuantas veces hable de ella. También se recordará que no existe la menor prueba, por leve
e indirecta que sea, que apoye la existencia de una clase de vida que no conocemos.
Aun así, tal vez nos estemos precipitando a una conclusión demasiado rápida. Los astrónomos,
con sus primeros telescopios, pudieron ver claramente que no había agua en la Luna, en forma de
mares, grandes lagos o caudalosos ríos. Al continuar mejorando los telescopios, no apareció ningún
indicio de «agua abierta» en la superficie lunar.
Pero ¿acaso no podría haber agua en cantidades pequeñas, en charcos o pantanos, a la sombra
de las pendientes de los cráteres, en ríos subterráneos y rezumaderos, o en combinaciones químicas
sueltas, con las moléculas que forman la superficie sólida de la Luna?
Esa agua no sería observable con telescopio, pero podría ser suficiente para permitir la vida.
Podría serlo, pero si la vida tuvo su origen en reacciones químicas que ocurrieron al azar (de
lo que nos ocuparemos en un capítulo posterior), entonces, mientras mayor sea el volumen en que se
desarrollen esos procesos fortuitos, mayor será la probabilidad de que a la postre se produzca algo tan
complicado como la vida. Además, mientras más grande fuese el volumen en que ocurrieran esos procesos,
más lugar habría para el pródigo derrame de muerte y sustitución, que sirve de poder impulsor
del azaroso proceso de la evolución.
Donde existen sólo cantidades pequeñas de agua, la formación de vida es muy improbable; y
si se forma, su evolución es muy lenta. Desborda los límites de lo probable el que haya tiempo y
oportunidad de que surja y florezca una forma compleja de vida, e indudablemente ninguna vida tan
compleja que permita el desarrollo de inteligencia y de civilización tecnológica.
En consecuencia, aun si admitimos la presencia de agua en cantidades no visibles para el
telescopio, a lo sumo podemos suponer una vida muy simple. No hay manera de imaginar a la Luna
como lugar que abrigue inteligencia extraterrestre, suponiendo que la Luna siempre haya sido como es
ahora.
Engaño lunar
Nuevamente digo que no es el concepto de inteligencia extraterrestre el de difícil
comprensión. La idea contraria es la que no aceptamos fácilmente. A pesar de ser negativa la prueba
telescópica (en el caso de la Luna), siguió siendo difícil imaginar mundos muertos.
En 1686, el escritor francés Bernard Le Govier de Fonteneíle (1657-1757) publicó su obra
Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos, en la que conjeturaba con donaire acerca de la
vida en cada uno de los planetas entonces conocidos, desde Mercurio hasta Saturno.
Aunque en la época de Fonteneíle era ya dudoso que hubiese vida en la Luna, y tal cosa se
volvía cada día más hipotética, resultó posible hasta 1835 engañar al público en general con cuentos
de vida inteligente en la Luna. Fue ese el año del «Engaño lunar».
Ocurrió tal cosa en las columnas de un periódico fundado poco antes, The New York Sun, muy
interesado en atraer la atención y ganar lectores. Ese diario contrató a Richard Adams Locke (1800-
1871), autor que había llegado tres años antes a Estados Unidos, procedente de Inglaterra, su país
natal, para que escribiera ensayos.
A Locke le interesaba la posibilidad de la vida en otros mundos y hasta había escrito algo de
ciencia ficción sobre ese tema. Se le ocurrió entonces escribir otro poco de ciencia ficción, sin decir
realmente que era sólo eso.
Escogió como tema la expedición del astrónomo inglés John Herschel (1792-1871). Herschel
había ido a Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, a estudiar el firmamento austral.
Herschel llevó buenos telescopios, pero no los mejores del mundo. El valor de esos
instrumentos no se hallaba en ellos mismos, sino en que todos los astrónomos y todos los
observatorios astronómicos se encontraban entonces en el hemisferio boreal, por lo que las regiones
cercanas al Polo Sur Celestial casi no habían sido estudiadas. Prácticamente, cualquier telescopio
habría sido útil.
Locke supo muy bien cómo explotar la situación. Comenzando con el número del Sun,
correspondiente al 25 de agosto de 1835, Locke describió con minuciosidad toda clase de
descubrimientos imposibles, que supuestamente hacía Herschel con un telescopio capaz (al decir de
Locke) de una complicación tal, que permitía ver en la superficie de la Luna objetos hasta de sólo 45
centímetros de diámetro.
En el artículo que apareció el segundo día, se definía la superficie de la Luna. Se afirmaba que
Herschel había visto flores semejantes a amapolas y árboles parecidos a tejos y pinos. Se describían un
gran lago, de agua azul y espumantes olas, y grandes animales que parecían bisontes y unicornios.
Una nota ingeniosa era la descripción de una cubierta carnosa en la frente de los seres
semejantes a bisontes, que podía subir o bajar para proteger al animal «de los grandes extremos de luz
y sombra a los cuales todos los habitantes de nuestro lado de la Luna están sujetos periódicamente».
Por último, se describían unos seres de aspecto humano, pero que estaban dotados de alas.
Parecían estar conversando: «Sus gestos, y muy especialmente sus diversos movimientos de manos y
brazos, parecían vehementes y enfáticos. Así pues, hemos inferido que se trata de seres racionales.»
Inútil decir que los astrónomos reconocieron el absurdo de esos cuentos, pues ningún
telescopio de entonces (tampoco los de ahora) podía revelar tantos detalles desde la superficie de la
Tierra, y, además, lo que se describía estaba en completa contradicción con lo que se conocía acerca
de la superficie de la Luna y de sus propiedades.
El engaño se descubrió muy pronto, pero entretanto aumentó la circulación del Sun y, durante
breve tiempo, fue el diario de mayor venta en el mundo. Miles y miles de personas cayeron en el
engaño y pedían todavía más, lo que demostraba lo ansiosa que estaba la gente de creer en la
inteligencia extraterrestre, así como en cualquier asombro y tremebundo descubrimiento (o presunto
descubrimiento), que pareciera ir contra las creencias racionales, pero prosaicas, de la ciencia
verdadera.
Pero al volverse más y más evidente lo inanimado de la Luna, subsistió la esperanza de que
fuera ése un caso insólito y aislado, y de que los demás mundos del sistema solar estuviesen habitados.
Cuando el matemático inglés William Whewell (1794-1866), en su libro Plurality of Worlds
(Pluralidad de mundos), publicado en 1853, sugirió que algunos de los planetas no podrían tal vez
sustentar la vida, tal cosa representó entonces definitivamente una opinión minoritaria. En 1862, el
joven astrónomo francés Camille Flammarion (1842-1925) escribió Sobre la pluralidad de los mundos
habitables, como refutación, y ese segundo libro gozó de mucha mayor popularidad.
No obstante, poco después de la aparición del libro de Flammarion, los nuevos adelantos
científicos inclinaron muchísimo la balanza en favor de Whewell.
Falta de aire
En el decenio de 1860, el matemático escocés James Clerk Maxwell (1831-1879) y el físico
austriaco Ludwig Edward Boitzrnann (1844-1906), que investigaban independientemente, expusieron
lo que se conoce como la teoría cinética de los gases.
Esa teoría considera que los gases, como colecciones de moléculas muy separadas, se mueven
en direcciones indeterminadas y a muy diversas velocidades. Mostraba cómo se podía deducir de esto
la conducta observada en los gases en condiciones cambiantes de temperatura y de presión.
Una de las consecuencias de la teoría fue mostrar que el promedio de velocidad de las
moléculas variaba en razón directa a la temperatura absoluta, y en razón inversa al cuadrado de la
masa de las moléculas.
Cierta fracción de las moléculas de cualquier gas se movía a velocidades mayores que la
media correspondiente a esa temperatura, y podía ser superior a la velocidad de escape del planeta,
cuya atracción gravitacional las detenía. Cualquier cosa que se mueva a más de la velocidad de escape,
ya sea un cohete o una molécula, si no choca con algo, puede apartarse para siempre del planeta.
En circunstancias ordinarias, una fracción minúscula de las moléculas de una atmósfera podría
alcanzar la velocidad de escape y conservarla, a pesar de colisiones inevitables, hasta llegar a alturas
en que pudiera fugarse sin más colisiones y entonces la atmósfera se filtraría en el espacio exterior,
aunque con lentitud imperceptible. La Tierra, cuya velocidad de escape es de 11,3 kilómetros por
segundo, retiene de esta forma su atmósfera, y no perderá cantidades significativas durante miles de
millones de años.
Con todo, si la temperatura media de la Tierra aumentara en grado considerable, también
aumentaría el promedio de velocidad de las moléculas en su atmósfera e igualmente la fracción de esas
moléculas que se mueven a mayor velocidad que la de escape. La atmósfera se escaparía entonces más
rápidamente. Si la temperatura llegase a ser lo suficientemente alta, la Tierra perdería pronto su atmósfera
y se convertiría en una esfera sin aire.
Consideremos ahora el hidrógeno y el helio, gases compuestos de partículas con mucha menos
masa que las del oxígeno y el nitrógeno de nuestra atmósfera. La molécula de oxígeno (compuesta de
dos átomos de oxígeno) tiene una masa de 32, en unidades de masa atómica, y la molécula de
nitrógeno (compuesta de 2 átomos de nitrógeno) tiene una masa de 28. En contraste, la molécula de
hidrógeno (compuesta de 2 átomos de hidrógeno) tiene una masa de 2, y los átomos de helio (que se
encuentran solos) tienen una masa de 4.
En determinada temperatura, las partículas ligeras se mueven más rápidamente que las
pesadas. Un átomo de helio se moverá unas tres veces más aprisa que las moléculas pesadas, y por
tanto más lentas, de nuestra atmósfera; y la molécula de hidrógeno se moverá cuatro veces más aprisa.
El porcentaje de átomos de helio y moléculas de hidrógeno que se moverían más aprisa que la
velocidad de escape sería mucho mayor que en el caso del oxígeno y el nitrógeno.
El resultado es que la gravedad de la Tierra, que basta para retener indefinidamente las
moléculas de oxígeno y de nitrógeno, perdería en seguida cualquier hidrógeno o helio en su atmósfera,
los cuales se fugarían al espacio exterior. Si la Tierra se estuviese formando en las condiciones
presentes de temperatura y se hallase rodeada de nubes cósmicas de hidrógeno y de helio, no tendría
un campo de gravitación suficientemente fuerte para recoger esos pequeños y ligeros átomos y
moléculas.
Por esta razón, la atmósfera de la Tierra no contiene sino rastros de hidrógeno y de helio,
aunque esos dos gases forman, con mucho, la masa de la nube original de materia de la que se formó
el sistema solar.
La Luna tiene una masa de sólo 1/81 de la de la Tierra y un campo de gravitaciones de sólo
1/81 de intensidad. Como es un cuerpo más pequeño que la Tierra, su superficie está más cerca de su
centro, por lo que su pequeño campo de gravitación es algo más intenso en su superficie que lo que se
esperaría de su masa total. En la superficie, la atracción gravitacional de la Luna es 1/6 de la atracción
gravitacional de la Tierra en su superficie.
Esto se refleja también en la velocidad de escape. La velocidad de escape de la Luna es sólo
de 2,37 kilómetros por segundo. En la Tierra, un pequeño porcentaje desvaneciente de moléculas de
determinado gas podría sobrepasar su velocidad de escape. En la Luna, un porcentaje considerable de
moléculas del mismo gas sobrepasaría la mucho más baja velocidad de escape de la Luna.
Además, como la Luna gira sobre su eje con tanta lentitud, que permite al Sol permanecer en
el firmamento sobre determinado punto de su superficie durante dos semanas consecutivas, su
temperatura durante su día aumenta mucho más que lo que se eleva en la Tierra. Eso supera aún más el
porcentaje de moléculas cuyas velocidades sobrepasan a la velocidad de escape.
El resultado es que la Luna no tiene atmósfera. Sin duda, aun la reducida gravedad de la Luna
puede retener algunos gases, si sus átomos o moléculas son lo suficientemente pesados. Los átomos
del gas criptón, por ejemplo, tienen una masa de 83,8, y los del gas xenón, de 131,3. El campo de
gravitación de la Luna podría retenerlos fácilmente. Pero esos gases son tan raros en el Universo, en
general, que aun si los hubiera en la Luna y formaran su atmósfera, ésta tendría, si acaso, una densidad
de sólo una billonésima parte de la densidad de la atmósfera terrestre y, en el mejor de los casos,
podría describírsele como «vestigio de atmósfera».
Para todos los fines concernientes al problema de la vida extraterrestre, ese vestigio de
atmósfera no tiene importancia, y podemos con justicia seguir describiendo a la Luna como un cuerpo
sin aire.
Todo esto tiene significado en lo tocante a un líquido como el agua, que es «volátil», es decir,
que tiene la tendencia a vaporizarse y convertirse en gas. A determinada temperatura hay la tendencia
contraria: de que el vapor de agua se recondense y se licue. Por tanto, a cualquier temperatura determinada,
el agua líquida podrá estar en equilibrio con cierta presión de vapor de agua, siempre que éste no
se retire de su cercanía como, por ejemplo, a causa del viento.
Si el vapor de agua se retira, la presión de equilibrio no sube, y el agua líquida se vaporiza
más y más, hasta que se acaba. Todos conocemos la forma en que se evapora el agua que deja una
tormenta, hasta que por fin desaparece del todo. Mientras más alta sea la temperatura, más aprisa se
evaporará el agua.
Naturalmente, el vapor de agua no se retira por completo de la Tierra. Si no se condensa en un
lugar, se condensa en otro, como rocío, niebla, lluvia o nieve, y así la Tierra retiene su agua.
Si hubiera agua líquida en la Luna, el vapor que se formara se fugaría hacia el espacio, pues la
masa de la molécula del agua es sólo 18, y el campo de gravitación de la Luna no la retendría. El agua
líquida continuaría evaporándose y con el tiempo la Luna se secaría por completo. El hecho de que no
haya aire en la Luna significa que no existe una presión atmosférica que disminuya la rapidez de la
evaporación del agua, y si ésta existió alguna vez, se perdió inmediatamente.
Por tanto, la Luna no puede tener ni agua ni aire. Además, cualquier mundo sin aire será un
mundo sin vida, no porque el aire sea indispensable para la vida, sino porque un mundo sin aire es un
mundo sin agua, y el agua sí es indispensable.
Sin embargo, aun la teoría cinética de los gases deja algunos huecos. Sigue existiendo la
posibilidad de que en el interior de la Luna haya algo de agua y hasta aire, aunque sea en combinación
química con moléculas del suelo. En ese caso, las pequeñas moléculas no podrían salir a causa de
fuerzas distintas de la gravedad, como son las barreras materiales o el enlace químico.
Por otra parte, posiblemente hubo un tiempo en la historia de la Luna en que ésta tenía
atmósfera y océano, antes de perderlos en el espacio. Posiblemente, en aquellos lejanos tiempos surgió
la vida, aun la vida inteligente, que pudo haberse adaptado, biológica o tecnológicamente, a la pérdida
gradual de aire y agua, por lo que podría continuar esa vida en cavernas de la Luna, con un suministro
sellado de aire y agua.
En fecha tan reciente como 1901, el escritor H. G. Wells (1866-1946) publicó The First Men
of the Moon (Los primeros hombres en la Luna), y, en esa obra sus protagonistas encuentran una raza
de seres lunares inteligentes, de carácter semejante al de los insectos, sumamente especializados, que
vivían bajo la superficie.
Hasta eso parece dudoso, pues los cálculos indican que la Luna habría perdido muy
rápidamente su aire y su agua (si alguna vez los tuvo). Por supuesto, los podría haber retenido durante
muchas veces la duración de la vida de un ser humano, y si hubiéramos vivido en la Luna cuando ésta
todavía tenía atmósfera y océano, habría transcurrido toda nuestra existencia normalmente. Sin
embargo, la atmósfera y el océano no durarían lo suficiente para permitir que la vida se desarrollara y
la inteligencia evolucionara desde cero. Ni quisiera se aproximaría a eso.
Parecemos hallarnos ya cerca de una respuesta definitiva. El 20 de julio de 1969, los primeros
astronautas pisaron la Luna. Trajeron a la Tierra muestras de material de la superficie de la Luna, en
ese viaje y en otros posteriores. Al parecer, todas las piedras traídas indican que la Luna está
completamente seca, que no hay ni vestigios de agua en ella y que no los ha habido en el pasado.
Parece que, más allá de toda duda concebible, la Luna es un mundo muerto.
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