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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 30 de noviembre de 2010

EXILIO --- Pamela Sargent

EXILIO
Pamela Sargent



Diane Lundberg no tenía apetito, pero intentó ter minar la comida que quedaba en su plato. Miró a su madre a través de la mesa, y empezó a esconder los guisantes debajo de los huesos de pollo con el tenedor.
¿Podemos contar contigo, Diane, este sábado en la tienda? —le preguntó la señora Lundberg.
Hum..., he de trabajar en ese proyecto de inves tigación botánica —murmuró la joven.
Desvió la mirada, bajándola al mantel. A los dieci séis años, Diane Lundberg era una chica alta y del gada, con el cabello obscuro y los vividos colores de su madre, y los ojos grises de su padre. Habitualmente se inclinaba un poco, sintiéndose torpe con su esta tura.
Tienes dos meses para ese proyecto —le recordó su madre, mostrando el enfado en sus ojos pardos.
No quiero dejarlo para el último momento —re plicó Diane, mirando a su padre.
Está bien, Diane —aprobó el señor Lundberg—. Creo que nos arreglaremos sin ti.
Diane suspiró quedamente, con alivio y culpabili dad. La última vez que fue a ayudar en la tienda, la señora Lundberg la destinó al departamento de ropas juveniles. Era un departamento agradable, con dos dependientas poco mayores que Diane, y otras dos de más edad. Le enseñaron a Diane las existencias y le dijeron que pidiese ayuda si la necesitaba. Diane se puso nerviosa ante el aplomo, la seguridad de la dependencia, y aún más delante de las clientes, casi todas jóvenes o niñas. Diane se sintió torpe al tratar las. Cuando estaba enseñando unos jerseys a tres chi cas, accidentalmente empujó unas cajas de suéters con el brazo. Los suéters se esparcieron sobre el mostrador y algunos cayeron al suelo. Las chicas rieron y a Diane se le encendieron las mejillas mientras recogía los suéters para meterlos en las cajas. Después, estuvo sin hacer nada detrás del mostrador, aguar dando el momento de atender ella, o las otras dependientas, a las posibles clientes.
Pensé que te vendría bien un poco más de dinero —observó la señora Lundberg, no queriendo, al pare cer, abandonar aquel tema—. Y al menos —añadió, contemplando el plato de su hija—, deberías acabarte la comida. Estás demasiado delgada.
Diane cruzó los brazos sobre su pequeño busto. Sentía el estómago revuelto. Miró el plato, negándose silenciosamente a comer más.
Esta tarde se comió dos barras de caramelo —la acusó Danny Lundberg.
El hermano de Diane tenía diez años, y era un chiquillo flaco con el pelo rubio. La joven le miró enojada y luego intentó darle un puntapié por debajo de la mesa, pero falló.
Yo la vi —continuó Danny, devolviéndole la mirada—. Se comió dos barras graneles.
No me extraña —gruñó la señora Lundberg—. Te pondrás enferma comiendo esas porquerías.
Si pudierais dejar de discutir... —rezongó el señor Lundberg. Me gustaría tomar el postre en paz.
Se pasó una mano por su cabello ralo y gris.
Tengo derecho a preocuparme, Eric —puntualizó su esposa—. Diane ha perdido dos Míos este mes. Si se nota con sólo mirarla.
Por favor... —suplicó Diane.
Descruzó los brazos y los apoyó en la mesa. El derecho chocó con el vaso de vino de su padre; el vaso se tambaleó, cayó y derramó su contenido encima del mantel azul celeste. El señor Lundberg levantó el vaso calmosamente y secó la mancha con la servilleta.
¿Por qué eres siempre tan torpe? —gruñó la señora Lundberg.
Diane se levantó. Tenía un nudo en la garganta y tuvo que esforzarse por hablar.
Ah, dejadme tranquila... —murmuró.
Se apartó de la mesa, cruzó el salón y entró en su dormitorio, cerrando la puerta.
Se enroscó en la cama, a obscuras, desdichada y sola.

Diane se sentó al borde de la cama, mirando por la ventana la zona arbolada más allá del patio tra sero de la casa. Los árboles estaban ya perdiendo sus hojas y pronto extenderían sus extremidades óseas hacia el cielo gris del otoño.
Diane odiaba Morriston. Se habían trasladado a Morriston desde Minneapolis en 1978, cuando ella tenía doce años. Se mostró tímida en la nueva escuela y esquiva con los niños que vivían en la comunidad. En Minneapolis todo era distinto. Allí tenía amiguitas. En Morriston, la única amiga era Marya Chung, y aun ésta iba pocas veces a verla a casa.
Diane fue hacia el teléfono y marcó el número de Marya. Se iluminó la pequeña pantalla situada encima del aparato y apareció la cara de su amiga.
Hola, Di, ¿puedes esperar un momento? —la cara desapareció unos segundos y volvió a aparecer—. Mira lo que compré para Bert. —Marya enseñó un par de pendientes agujereados con diminutas de oro ba lanceándose por los aros——. Esta tarde fuimos al cen tro, para que le atendieran las orejas, que estarán cicatrizadas el día de su cumpleaños. Y éste es el regalo, excepto que él ya lo sabe. —Marya se acercó más a su pantalla—. El me compró éstos.
Diane apenas logró ver las de oro que colgaban de las orejas de su amiga.
Estupendo —exclamó Diane. Sólo quería pre guntarte si deseas que el sábado nos ocupemos del proyecto de botánica.
No puedo. Bert y yo estaremos muy ocupados; además, tenemos años para lo de la botánica. Llama a Chris Reiner; ella siempre lo hace todo de prisa.
Sí, claro.
Diane siempre se sentía intimidada ante la fría intelectualidad y los aires de superioridad de Chris Reiner.
Oye, Di, he de colgar. Bert ha de llamarme.
Los ojos almendrados de Marya expresaban su im paciencia.
Claro"—repitió Diane.
Te llamaré mañana.
La pantalla se obscureció.
Diane soltó el teléfono. No pensaba llamar a Chris Reiner, y soportar su actitud condescendiente un día entero. Se puso en pie y fue hacia su escritorio. Se sentó y abrió el libro de historia.
Llamaron a la puerta con suavidad.
¿Puedo entrar? —preguntó la voz de su padre.
Sí —asintió Diane.
El señor Lundberg entró y tomó asiento en el borde de la cama, extendiendo las piernas ante sí. Diane frunció el ceño y bajó la vista al suelo.
Cariño, tu madre no está enfadada —murmuró el señor Lundberg—, sino inquieta, aunque no sepa expresarlo adecuadamente. Supongo que a causa de su temperamento italiano.
Diane no respondió.
Le he dicho muchas veces que no se inquiete por ti. A tu edad, me llamaban «el hueso», y aquí estoy ahora con esta barriga.
El señor Lundberg se aclaró la garganta. Diane levantó la vista.
Vamos, ¿por qué no vienes el sábado a la tienda y yo te llevaré a almorzar? Tal vez podré deslizarte un vaso de vino por debajo de la mesa.
Diane intentó sonreír.
Además —prosiguió su padre—, quiero que ganes el dinero suficiente para un vestido nuevo. Quiero que mi hija sea la más bonita de la fiesta escolar de octubre.
No iré a la fiesta —declaró Diane—. No tengo a nadie que me acompañe.
Bueno, eso no importa. Muchas chicas irán solas y allí hallarán compañía. Seguro que los chicos están más nerviosos que las chicas. Recuerdo que...
No pienso ir para dar vueltas por allí —Diane sintió un color más encendido en sus mejillas—. No quiero estar contemplándome los pies toda la velada y volver a casa llorando. Tengo cosas mejores que hacer y tampoco deseo ir a la tienda y que la gente se ría por mis torpezas.
Cariño, allí nadie se burla de ti. ¿Por qué lo piensas?
Se ríen —insistió Diane—. ¿No crees que puedo saberlo?
Diane —suspiró el señor Lundberg—, has cons truido una muralla a tu alrededor y te ocultas detrás; no permites que nadie salte ese muro y, no obstante, te sientes defraudada cuando, pese a esto, nadie con sigue llegar hasta ti —se puso en pie y agitó ambas piernas—. Oh, se me han dormido los pies —mur muró casi en son de excusa, pataleando. Durante un segundo pareció un muchacho patoso, sólo traicionado por el pelo gris y la abultada barriga—. Bien, supongo que ya eres mayorcita para poder tener ideas pro pias, pero si cambias esta vez, la oferta del almuerzo sigue en pie.
El señor Lundberg se dirigió a la puerta, ligera mente encorvado, y cerró la puerta a sus espaldas.
Diane, asiéndose a su enterrada desdicha, volvió al libro de historia.

Cuando Diane se levantó el sábado, sus padres ya se habían marchado a la tienda de Minneapolis. La mayor parte de la gente de Morriston trabajaba en los comercios que rodeaban la comunidad. Iban a sus empleos a pie o en bicicleta por las calles cur vadas y sinuosas de Morriston, y raras veces utilizaban el coche para ir siquiera a Minneapolis, puesto que el monorraíl les trasladaba allí en menos de una hora.
Diane se tomó una naranjada en la cocina mien tras su hermano Danny miraba unas historietas cómi cas en la sala de juegos. La joven fue hacia allí y se sentó.
¿Saldrás más tarde? —preguntó.
Iré a casa de Sam a almorzar y esta tarde juga remos a fútbol.
¿Tienes tus llaves?
Danny suspiró con exasperación.
Sí, tengo mis malditas llaves —señaló la cadena de oro colgada de su cuello—. ¿Lo ves?
Bien, voy a salir, de modo que no te olvides de cerrar las puertas. Comprobaré las ventanas antes de irme.
No te olvides —dijo Danny haciendo una mueca.
Lo hiciste la semana pasada; si no volviera pron to, mamá y papá te reñirían.
No me olvidaré —prometió Danny.
Diane se puso en pie y fue a buscar su chaqueta. Recorrió rápidamente la casa comprobando las venta nas. Recientemente se habían producido varios robos; no era difícil que alguien cogiese el monorraíl en Duluth o Minneapolis y se apease en un lugar como Morriston, robase en unas cuantas casas o aparta mentos y cogiese el próximo tren.
Diane salió de casa y enfiló por la calle que se curvaba ante ella. La casa de los Lundberg estaba situada en una loma con otras dos y un grupo de apartamentos. Cerca de los edificios había grandes siemprevivas, y próximos a la calle crecían unos arbus tos. Diane se detuvo ante el buzón de la calle. Sólo había una carta de la abuela Tortonelli. Diane la cogió y la sostuvo contra la luz para ver si contenía dinero para ella y Danny. La abuela de Diane no creía en las cuentas corrientes ni en las tarjetas de crédito e insistía en enviar dinero por correo. En la carta no había nada. Probablemente, sólo algunas quejas por su vejiga urinaria, como siempre, pensó Diane, por lo que dejó otra vez la carta en el buzón para que Danny la llevara a la casa.
Diane descendió por la calle hasta un sendero que conducía al bosque. Morriston se hallaba rodeado por tres lados por un amplio bosque, y cuando lo construyeron, los diseñadores decidieron dejar en pie la mayor parte de aquella zona boscosa. Un par de años atrás se habló de edificar más casas en el bosque, pero algunos de los residentes más acaudalados de Morriston adquirieron aquella área del bosque. Al menos por ahora, los árboles estaban a salvo.
Diane fue hacia allí, llevando su cuaderno de botá nica. Siguió un poco por el sendero hasta que oyó voces al frente. Del bosque, y en dirección a la joven, surgieron un chico y una chica. Los había visto en la escuela, pero ignoraba sus nombres.
El muchacho saludó a Diane, sonriéndole. Ella res pondió al saludo y se encorvó al observar que la pareja era más baja que ella. Cuando pasaron por su lado y continuaron hacia la calle, Diane creyó oír una risita en labios de la chica.
Diane abandonó el sendero y empezó a hundirse en el bosque. Las hojas crujían bajo sus pies, mientras pasaba por entre los árboles y los matorrales. Anduvo hasta que llegó a una enorme roca, en el centro de un pequeño claro, donde se detuvo a descansar.
Diane había estado muchas veces en el bosque, pero nunca había visto aquel claro, o al menos no lo recordaba. Miró a su alrededor, tratando de orien tarse. Así vio un añoso roble, y quiso calcular su edad: tenía un tronco muy grueso.
«¡Cuántas cosas habrá visto! —pensó Diane—, ¡Cuántas raíces habrá echado bajo esta tierra!»
Al fin, Diane se incorporó y abandonó el claro, en dirección, creía, a la senda que llevaba de nuevo a Morriston.
Cuando llevaba algún tiempo caminando se dio cuenta de que se estaba internando más en el bosque. Miró al cielo gris, calculando la posición del sol. El sendero que iba hacia su casa estaba al sudeste del bosque. Diane no estaba inquieta, puesto que allí era muy difícil extraviarse. Había un riachuelo que atra­vesaba el lugar por el norte, y cuando uno lo seguía llegaba al final del sendero que conducía a su casa. Yendo al revés, el río llevaba a los apartamentos situados cerca del centro comercial de la comunidad. Era un curso de agua sinuoso, y no podía tardar en encontrarlo.
Diane siguió avanzando hasta que llegó a una colina cubierta de arbustos espinosos. Miró hacia lo alto y pensó que debía trepar hasta allí. Una vez en la cum bre podría ver todo el bosque y saber dónde estaba. Después, se ocuparía de su proyecto.
Se metió la libreta en el bolso, y empezó a ascender. Los espinos le arañaban los téjanos. Diane fue subien do por entre las matas, asiéndose a algunas ramas para no resbalar. Así llegó a un grupo de rocas y se escurrió sobre ellas, perdiendo casi el equilibrio. Por encima de las rocas había más arbustos. Los atravesó y llegó a la cumbre. Allí crecían diversas siempre vivas, rodeando un pequeño claro.
Diane se quedó junto a un árbol y miró a su alre dedor. Divisó un arroyo que se curvaba entre los árboles, calculando que estaba a unos setenta metros del fondo de la colina.
«Puesto que estoy aquí, será mejor que dé un vis tazo», pensó.
Echó a andar por el claro. Por entre las hojas de los arbustos correteaban pequeños animales.
El claro estaba extrañamente silencioso. Diane divi só un objeto grande en el centro de la zona. Sacó su libreta del cinto y fue hacia allí.
El objeto era medio metro más alto que ella. A cier ta distancia, parecía una piedra cubierta de musgo, pero desde más cerca era como madera petrificada. En torno a los lados y encima del musgo había una especie de ramas retorcidas.
Diane se sentó sobre la hierba que rodeaba el objeto. Sintió una gran tristeza que parecía ir deva nándose en su estómago. Contra su voluntad, se sintió tremendamente sola, con un velo como separándola del bosque.
«Estoy solo.»
Sobresaltada, Diane miró a su alrededor. No vio a nadie, pero las palabras habían sonado fuertes en sus oídos.
«Puedo ser el último.—»
No, no cerca de sus oídos, sino dentro de su mente. De repente, el bosque se desvaneció ante sus ojos y estuvo mirando a un vacío negro. Apartó rápida mente la vista.
Vio otra vez el claro y al objeto a su lado. Pero las ramas se había movido ligeramente, y no rodeaban ya el musgo tan apretadamente. Diane experimentó cierta aprensión, mas no estaba asustada. Vio cómo las ramas se extendían, dejando de rodear al musgo, en dirección al cielo.
«¿Qué eres?», preguntó Diane, y antes de poder hablar de nuevo, el bosque volvió a desaparecer. Entonces, Diane contempló unas llanuras verdes, unas pequeñas cúpulas y unas cuantas cuevas a lo lejos. Arriba, el cielo resplandecía de luz, pero no había sol.
«Mi casa. Allí no hay obscuridad, tan cerca del cen tro de la galaxia. Las estrellas están más juntas, millones y millones, unas al lado de otras.»
Diane no distinguía sombras, sólo colores brillan tes, cúpulas rojizas contra la hierba verde, torres azuladas en lontananza apuntando hacia el iluminado cielo. Sintió cómo los bordes de un profundo pesar rozaba contra su mente, y luego una gentil súplica:
«No te asustes.»
«¿Cómo he llegado aquí?», se preguntó Diane.
Vio entonces cómo las torres azuladas abandonaban la superficie verde, una a una, en unos senderos ro­sados.
La superficie del extraño planeta se desvaneció y ella empezó a flotar, mirando a un sol muy brillante que destelló súbitamente ante sus ojos.
«Nuestro sol tenía que estallar, convertirse en una nova. Algunos se quedaron. Los demás nos disemina mos. Teníamos que reunimos más allá del centro galáctico para decidir...»
«...Adonde ir», finalizó Diane.
Vio cómo grupos de brillantes estrellas se apar taban de su mirada, rojas y azules, enanas blancas, amarillas y anaranjadas, colores brillantes contra la negrura del espacio. Desvió la vista y divisó un grupo de seres semejantes a árboles, sin musgo en el cuerpo. Estaban junto a ella, agitando suavemente las extre­midades. La aprensión se apoderó de ella.
«Fue un largo viaje. Yo envejecí y me hice joven varias veces durante el trayecto. No puedo contar cuántas.»
Diane estaba intrigada.
«Dos están juntas las mentes se funden, una es más sabia, otra es un niño, libre para volver a aprender,»
Diane sacudió la cabeza.
«¿Dónde están los otros?», preguntó en un susurro. El dolor la golpeó con su puño. Reapareció el negro vacío, cegándola con sus tinieblas.
«Desaparecieran, desaparecieron antes de llegar al borde de vuestro sistema. También envejecieron y rejuvenecieron varias veces; pero no tuvimos crías y no había nuevas mentes con las que juntarse para revigorizarse, y al final permanecieron callados en nues tra nave.»
Diane los distinguió, a la deriva en una nave sumida en el vacío, con las extremidades rodeando ligeramente sus cuerpos.
Parpadeó y miró en torno al claro. El bosque estaba más frío, más obscuro. Diane se levantó entumecida, con los músculos doloridos. Se le había dormido un pie, y pataleó.
Debo volver a casa.
Lo dijo en voz alta. El extraño ser enrolló sus miembros en torno a su cuerpo, adoptando la misma postura de cuando lo vio Diane. Esta recogió su libreta y empezó a marcharse del claro.
«Vuelve...»
El tentáculo de pensamiento rozó levemente su mente y calló.

Diane volvió al claro de la colina el sábado siguien te, con el cerebro convertido en un cúmulo de furor y tristeza. Trepó colina arriba con excesiva rapidez y resbaló un par de veces, lastimándose la rodilla.
«Molestándome, trastornándome constantemente —le gritaba con su mente al extraño ser—, mis padres, todo el mundo.»
Una idea estaba fija en su cerebro, y Diane la reconoció con suma dificultad como la amable risa del ser. La atrapó delicadamente, y al final su propia mente también sonrió.
«¿Has visto a muchos de nosotros?», preguntó al ser silenciosamente.
La joven vio el claro, pero junto a ella se hallaba un hombre cubierto de pieles, con una piedra man chada de sangre en su puño.
«Uno, un asesino de una tribu.»
El obscuro y colérico hombre desapareció, y Diane vio a tres niños indios danzando por el claro bajo el cielo de verano.
«Tres cuyas mentes no pude alcanzar.»
Los niños desaparecieron y Diane divisó un pequeño grupo de personas, envueltas en plumas y pieles, acer cándose y soltando bultos de cuentas brillantes y cueros.
«Varios que me adoraban.»
El grupo se esfumó y la joven contempló un hom bre iracundo, de ojos azules y helados, con las ropas raídas, que le arrojaba piedras a la cara.
«Uno que me maldijo y me gritó su locura cuando intenté aproximarme a él.»
De pronto, Diane se vio a sí misma, agachada con tra un árbol, con la barbilla apoyada en las rodillas.
«Una que estaba sola y me llamó amigo.»
La imagen de Diane desapareció.
Miró al extraño ser y vio cómo extendía sus extre midades al cielo. Impulsivamente, alargó las manos y asió aquellos miembros.
«Mi único amigo», pensó.
Una idea la asaltó, regañándola amablemente.
¿Con tantos de tu raza? ¿No puedes alcanzarlos?»
No —respondió ella en voz alta—. No.
«Yo tampoco podría, sus pensamientos violentas suelen asustarme, burbujeando bajo la superficie, o estallando como un destellante sol. Y tampoco puedo alcanzar esta vida que me rodea, que deja caer sus semillas y da nacimiento a los jóvenes, recordándome los hijos que no tuve. Pero tú eres mi amiga.»
Sí —dijo Diane.
«Ansío volver a ser joven pensó el ser—, y aban donar mi pena.»
Diane divisó la muerta nave, cansada y vieja, dete niéndose por fin al borde del sistema solar, con los petrificados cuerpos a bordo. Se vio a sí misma dentro de la pequeña nave, sólo útil para distancias cortas.
«He de encontrar aquí un hogar. Sé mi hija, ayú dame a ser otra vez joven, a sentir la alegría de vivir.»
«Sí», pensó ella, alargando las manos hacia el extraño ser.
De pronto, Diane volvió a distinguir su extraño mundo, y sus colores vividos hirieron su retina.
«¿Vuelvo a enseñarte nuestro mundo, lo que —fue nuestra patria?»
Diane apretó sus manos sobre las extremidades del ser, y su mente se vio inundada de imágenes brillan tes, con las rocas violeta de las cuevas, los edificios rojos, las plantas verdes y amarillas agolpándose a sus pies. Una serie de ideas pasó por su mente, en un complejo código de conducta enraizado en gene rosidad y honradez absolutas, un sistema de matemá ticas, teorías científicas, todo pasó por ella, de modo borroso, combinado en un sistema mayor que los armonizaba todos. Diane asía las extremidades del ser, ardiéndole la cabeza.
Por su mente pasó otra oleada de ideas, y empezó a temblar. Esta vez vio la apasionada juventud del ser, los rápidos tránsitos del delirio a la desesperación, la desidia y la crueldad. Soltó los miembros y tras tabilló hacia atrás, chocando con un árbol. Las imáge nes seguían presentándose a su mente, cambiando con tanta rapidez que apenas las distinguía.
¡Basta! —gritó, tapándose el rostro con los bra zos—. ¡Basta!
Divisó ante ella una cueva violácea, trató de huir hacia allí...
...Y cayó por la ladera de la colina, rodando, mien tras los espinos la arañaban, hasta que una piedra la detuvo en su caída. Continuó descendiendo de pie, tropezando de cuando en cuando hasta llegar abajo.
Diane echó a correr por el bosque y al final cayó, incapaz de seguir adelante. El cielo giró cuando lo miró.
¡Basta, basta! —chilló varias veces. Las voces sonaron en su mente:
«¡Basta, basta!»
Divisó dos rostros inclinándose hacia ella, apartó las manos del rostro y empezó a girar en un vacío muy negro.

Diane penetró inciertamente en la cocina y se sentó a la mesita del rincón. Su madre se apartó del fogón.
Hoy tienes mejor aspecto, querida —comentó—. Debe de ser por el buen desayuno que te di; te lo comiste todo.
Me siento mejor —asintió Diane—. Tal vez iré a dar un paseo.
Bueno, no sé... —rezongó su madre—. Sólo hace un par de días que te levantaste, y el amable médico del hospital dijo que deberías estar descansando al menos unos días más —la señora Lundberg hizo una pausa—. Pero quizá te convenga el aire fresco —la señora Lundberg fue hacia su hija y le puso una mano en el hombro—. Escucha, si estás cansada, detente y llámame. Entonces iré a buscarte.
Claro —asintió Diane.
La señora Lundberg la abrazó.
Me alegro de que estés mejor, cariño.
Cuando Diane salió de casa, echó a andar por el sendero del bosque. De pronto, divisó a alguien que recogía hierbas más adelante. La figura se enderezó y Diane vio a Chris Reiner.
Chris enrojeció al murmurar el saludo. Diane, al verle la cara, se sorprendió.
«Ignoraba que pudiera ruborizarse», pensó.
Me alegro de que hayas mejorado —dijo Chris—. Pero estarás un poco atrasada en la escuela. Yo incluso he estudiado horas extraordinarias.
Adelantó orgullosamente la barbilla.
Pero, por una vez, Diane no se sintió intimidada por Chris. La miró fijamente a los ojos azules y distinguió en ellos una gran tristeza detrás de un muro de frialdad. Echó a andar a su lado.
Seguro que sí —admitió Diane—. Bueno, ¿quieres venir esta noche? Trabajaremos y luego comeremos pizza.
En la cara de Chris se esbozó una sonrisa.
Sí —su rostro se ruborizó más—. Seguro, iré después de cenar.
Entonces, hasta luego —se despidió Diane.
Siguió por el sendero, lo abandonó y trepó por la colina, hacia el extraño ser.
Cuando llegó a la cumbre, vio que el ser estaba como la primera vez, con los miembros rodeando su musgoso cuerpo. Se acercó cautelosamente y trató de captar su mente.
Sólo vio curiosidad y una alegría infantil. La mente del ser la rozó suavemente.
«¿También te gusta esto? Creo que te conozco. ¿No habías venido antes?»
El extraño ser volvió a ser joven y exploraba el claro con sus sentidos. Era ya el niño que había deseado ser, y Diane se alegró de haber podido pe netrar en su felicidad, ahuyentando así su soledad.
«Sí —pensó—, volveré, fiero ahora debo irme.»
«¿Volverás?»
«Sí, pronto.»
Intentó bucear más profundamente en la mente del ser, pero éste ya había perdido todo interés por ella.
«Volveré —pensó, contemplando al niño, extraño y solo—. Este será nuestro secreto.»
Se acordaba con tristeza del prudente ser con el que había hablado anteriormente, y que ya no existía en aquel cuerpo raro.
«Tendré que ser una madre para él —pensó Diane—, guiarlo con cuidado.»
Diane dio media vuelta, encaminándose colina abajo.
«Gracias», le agradeció mentalmente al extraño ser.
Al llegar al final de la colina descansó un poco.
Cuando se incorporó, enderezó los hombros, ahora más viejos, y regresó a Morriston.


FIN

Shakespeare de los monos --- Robert F. Young





SHAKESPEARE DE LOS MONOS
Robert F. Young


ESCENA 1
Lowery se despierta; es domingo por la mañana. Abajo suena el rumor del desayuno, pero no se le vanta inmediatamente. Se queda debajo de la sába na de muselina escuchando adormilado el ruido de la vajilla, el grifo del agua, el ahogado sonido de las pisadas de Nora en el suelo enlosado de la co cina. El dormitorio está iluminado por el sol mati nal, aromado por la respiración matutina de la hier ba exterior.

Los muros de la celda de mi prisión son la trama del tiempo. La puerta es un tablero de noches y días. Al otro lado, una ventanilla da al mañana, pero está demasiado alta para poder mirar por ella. Los mue bles consisten en una sola silla y una mesita. Encima de la misma hay una resmilla de papel de escribir; al lado, una pluma surge de un tintero seco hace ya tiempo...

Huele a café. Habrá huevos, al estilo del Oeste, con tostadas y tocino. Aparta la sábana, pone los pies en el suelo y busca las zapatillas que se quitó la no che antes. Ya dentro del fieltro, sus pies le conducen al cuarto de baño, donde alivia la tensa vejiga y se lava las manos y la cara. Se peina colocando en su lugar los mechones de cabello castaño que le cubren la frente mientras sueña, y examina sus me jillas comprobando que necesita un afeitado. No ahora mismo, pero sí dentro de poco; también ha de recortarse el minúsculo bigote. Es su única afecta ción física, que le otorga un aspecto académico.
Con su batín malva, desciende por la alfombrada escalera, cruza el amplio salón y penetra en la cocina con olor a café. Su naranjada brilla dentro del vaso de cristal que está encima de la mesa de fórmica; la toma de tres sorbos. A sus espaldas, Nora dice:
Mamá y papá vendrán al salir de misa.
Lowery no hace ningún comentario. Nora, que fue a la misa de cinco, mete dos rebanadas de pan en el tostador automático. La mesa está preparada para dos; hay huevos y tocino en los platos y sirve el café. A los treinta y ocho años, no es tan descuidada como su cabello despeinado y su bata casera proclaman. Sus movimientos revelan una ligereza natural, una rotundidad muy agradable de caderas y muslos. Su cabello, una vez lavados los platos, quedará bien pei nado hasta sus hombros, descendiendo en ondulacio nes obscuras interminables con las trenzas en cascada separándose para revelar un rostro afilado, pero agradable, con unos ojos azules como flores silvestres debajo de la cornisa de unas cejas negras.

Al escogerla por compañera, habría podido elegir peor. Cierto que es casi insensible, pero también me nos materialista que los otros miembros de su tribu; es duradera, aún más que sus contemporáneos gené ticos. Las hembras de mi crono—tierra natal se desgas tan antes de los treinta años. Y entonces... todo está bien. Pero aquí, en el pasado, es, comme il faut, vivir, con el jarro mucho después de que las flores se ha yan mustiado; por tanto, es conveniente que el jarro sea duradero.
He de incluir esta profunda observación en el tex to de la novela que nunca escribiré.



ESCENA 2
La casa mira al este. En su patio trasero y sombrío, los diamantes de las gotas del rocío relucen sobre la hierba. En el patio con toldo, llevando pantalones cortos y, con una bolsa de diez libras de yescas, Lowery contempla su casa. No lejos del patio crece un álamo Schwedler. A la derecha de Lowery, una puer ta posterior da un estrecho acceso al garaje contiguo que alberga su «Bonneville». Entre el álamo y el patio se levanta la chimenea exterior que construyó el ve rano anterior con sus propias manos. Es notablemen te similar a la del patio posterior de su vecino, Ham brienta Jack (el apodo es del propio Lowery), quien también la construyó por sí mismo.
Lowery no puede encender el fuego sagrado tan temprano, pero sí colocar las sagradas yescas. Hace varios años, a finales de un ardiente verano, en res puesta a un impulso masoquista, ordenó a su clase de inglés escribir una composición titulada Cómo pasa mi padre sus domingos. Su masoquismo se vio ampliamente apaciguado: un noventa por ciento de los padres eran de la misma ralea sacerdotal que él y celebraban similares ceremonias carbonáceas.
No necesita podar el jardín, pues lo había hecho el día anterior, pero la hierba que rodea la base del álamo y flanquea el suelo del patio había escapado a la cuchilla, y resulta muy desagradable a la vista. Por consiguiente, va en busca de la podadera que está en el garaje y empieza a trabajar. En la otra casa, su vecino Hambriento Jack empieza a trabajar con su podadera mecánica; el silencio dominical, antina tural en principio, concluye. Jack maneja la podadora como si fuese una taladradora, sentado pesadamente en el diminuto asiento. Sale de la casa uno de sus sie te hijos, frotándose los ojos. Corre hacia la pequeña taladradora colorada.
Papá, ¿puedo conducir yo? ¿Puedo?
——¡No! —clama Jack por encima del clamor—. ¡Vuelve adentro y termina tu plato de cereales!
Jack saluda a Lowery con el brazo al efectuar el primer pase. Lowery le devuelve el saludo, levan tando la vista de la base del álamo. Siete hijos...

Al revés del Bloque Parnasiano que los psicocirujanos cuatripartitos interpusieron entre mi inconsciente personal y mi esfera endopsíquica, la subsi guiente escisión electroquirúrgica de mis vasos de ferentes por el equipo de médicos técnicos fue una rutina más que una medida punitiva. Los procronismos ocasionados por la retrodiseminación y el reajuste sólo crea trastornos insignificantes en el fluir del tiempo, pudiendo ser prudentemente ignorados (consideremos, por ejemplo, cómo muchos CRR se hallan involucrados en la instalación de un preso político en una celda del pasado); sin embargo, un solo procronismo introducido en la fórmula evolu tiva de las especies es capaz de crear una pertur bación lo bastante poderosa como para enviar el fluido por otro canal. Obviamente, pues, ninguna dictadura con su debida mente colectiva debería, al aprisionar a un enemigo político en el pasado, arries gar la fecundación de una hembra que le haya precedido en la escala evolutiva, por parte del mismo por no hablar de la eventual preñez de uno de sus propios antecesores genéticos.
En ningún caso habría querido siete hijos. Ni si quiera uno.

Vic —la voz de Nora sonó en la cocina— ha llegado el periódico dominical.
Lowery termina de podar en torno a la base del Acer platanoides Sckwedleri, deja para más tarde la limpieza final del patio y entra en la casa. Después de servirse una segunda taza de café, se retira al sa lón, donde le aguarda el Sunday Journal sobre la mesa que está al lado de su sillón favorito.


ESCENA 3
El Journal está alegremente envuelto en historietas cómicas; las descarta, se sienta y consume las mis mas viandas intelectuales que deben de haberles ser vido a Jack, a Tom, a Dick y a Harry, en la misma calle.
Después de enterarse sobre la venalidad, la corrupción, las violaciones, los asesinatos, las mutila ciones y el tiempo, lee las críticas de libros. El Journal siempre les dedica toda una página. Hay una novela de Nabokov, otra trilogía de Barth. En un recuadro en el centro de la hoja hay una anécdota humorística de Mark Twain. Desde que dio un impulso a sus riendas literarias, el Journal ha publicado al menos mil anécdotas, la mitad respecto a la misma figura literaria. Lowery, que las ha leído casi todas, abandona ésta disgustado antes de llegar a la mitad de la pri mera frase.

La «Twainofilia» (invento humildemente el térmi no) es una enfermedad común entre los simios actua les. Irónicamente, Clemens es más admirado por los que no lo han leído nunca, y para quienes lo han leído su prestigio se debe a una desaparecida figura litera ria americana que aprovechó la campaña anti—impotencia que incesantemente ondeó contra sí mismo, al declarar a Huckleberry Finn el mejor libro de Amé rica. Es cierto que el Régimen Sarn reservará un ni cho a Twain—Clemens, pero será muy inferior en com paración al reservado a Nabokov y a uno o dos gi gantes del siglo xx, obscurecidos en su época por la troglodítica sombra del pasado, y deberá su existen cia más a la nostalgia que a una calidad auténtica mente literaria.
Viviendo en esta omnipresente sombra, a veces me pregunto si el Tribunal Cuatripartito, al imponerme mi sentencia, no pudo exagerar mi castigo, en lugar de ordenar que insertasen un Bloque Parnasiano entre mi inconsciente personal y mi esfera endopsíquica, que hubiera así permitido que la llama creadora que me consumió en mi época me consumiera en ésta: de jarme escribir con la misma salvaje disciplina con que escribí «antes»... sólo para ver cómo el oro que labré esperanzadamente quedaba empañado por el nostálgico resplandor que emanaba de aquella tumba superquemada...
El ruido del taladro de juguete de Jack ha queda do superado por el más débil de otra podadora me cánica calle arriba. Forma un fondo agradable con tra los chillidos de los niños que celebran la mañana del domingo con expediciones ciclistas en torno al bloque de casas. Lowery maldice en voz baja y deja a un lado el periódico. En la puerta de la cocina, Nora observa por entre sus obscuras trenzas.
Vic, dentro de un momento llegarán mamá y papá. ¿No crees que deberías cambiarte?
Arriba, Lowery se ducha, se afeita, se recorta el académico bigote. Se pone unos pantalones de verano y una camisa de manga corta. Los padres de Nora de tienen en el sendero su «Imperial» mientras él sé ata los zapatos, y oye cómo Nora los recibe con albo rozo. Sin embargo, no baja al momento; prefiere en trar en su despacho al otro lado del pasillo, y se sienta al escritorio»



ESCENA 4
La superficie del escritorio está vacía, exceptuan do una extensión telefónica y un cenicero. Debajo, a unos centímetros de sus pies, hay una caja de cartón polvorienta. En su interior se hallan una docena de libretas llenas de una escritura menuda y perfecta, un par de cuadernos también escritos, unas diez pá ginas escritas a máquina con el título «3.984», dos es bozos a máquina, de igual título, uno al natural, el otro muy corregido y revisado, hasta el punto de que las palabras contenidas en los añadidos e inserciones superan a las del texto original. No hay ninguna co pia en limpio.
Junto a la mesa, una «Smith—Corona» portátil se halla encima de un soporte metálico. Su funda trans­parente está agrietada en tres sitios. Envolviéndolo todo hay un aura de desuso tan densa que podría cortarse con un cuchillo.
Lowery contempla la máquina sin verla. Los es tantes de libros cubren todo un muro desde el sue lo al techo. Enciende un cigarrillo y sopla el humo hacia Emma, Tom Jones y Moll Flanders; a Becky Sharpe, a Jane Eyre y a lord Jim...

«Queridos papá y mamá:
»Una nota para haceros saber que estoy muy bien en las páginas del pasado. Mis cuñados acaban de llegar para el semanal rito tribal en el que la oferta ar diente de la barbacoa será presidida por vuestro hijo Víctor. Vivir entre los monos de la Era Técnica fue difícil al principio, pero ya he aprendido sus cos tumbres y me he situado en su sociedad. Como sa béis, incluso me casé con una de su especie. Natural mente, hubo un gran obstáculo a causa del "Bloque Parnasiano, respecto a lo cual ya he escrito varias veces. Como sabéis por mis anteriores epístolas, esto era de esperar, y en vano he tratado de engañarme durante los primeros años de mi encarcelamiento; sin embargo, desde entonces, he aceptado mi papel de preceptor simplón, instilando errores, conceptos y cálculos equivocados en las mentes de mis alumnos, y espetándoles embustes clarísimos al rostro. A me nos que dé la impresión de un estado de tremenda desdicha, permitidme añadir que he aprendido a men tir con bastante destreza y he llegado a gozar, den tro de lo que cabe, del común pasatiempo de coger chucherías en el bosque. Bien, como dije, es de nue vo la Hora del Ritual; de modo que he de concluir esta última de la larga serie de cartas que nunca es cribiré.
»Esperando que estéis bien... vuestro amante hijo
»VÍCTOR.»

¡Vic! —llama Nora al pie de la escalera—. Están aquí.
No puede demorarse más. Obedientemente, des ciende al salón.


ESCENA 5
La estructura mesomórfica de papá soporta un tra je gris de doble peto; mamá, mucho más delgada, luce un vestido azul—polvo. La colonia de papá es una mias ma gruesa en el salón, el perfume de mamá una nie bla transparente. Como siempre, se alegra mucho al ver a Lowery, besándole en la mejilla. Se considera su segunda madre. Papá permanece a cierta distan cia. A sugerencia de Nora, todos se sientan, ella entre mamá y papá en el sofá, Lowery en su sillón. Papá trata con gran prolijidad de su reciente prostatectomía, y luego habla de temas más livianos, como el dolor que mamá acusa en su costado, en tanto que el doctor Kelp asegura que sólo son nervios. Inevita blemente, la conversación deriva en torno a Tom, el hermano mayor de Nora, y papá tiene justamente unas fotos hechas con cámara polaroid de los tres adorables hijos de Tom y Bárbara, sacadas la sema na anterior. Nora y Lowery estudian las fotos poli cromáticas, pasándolas ella a su marido, en tanto éste las va dejando sobre sus rodillas, devolviéndo selas después a papá.
Ya es hora de que éste mencione que Tom se abre paso en la construcción. Papá es un albañil retirado, y en su época ganó mucho en la construcción. Prueba de ello, su hogar a nivel partido en el campo; su «Im­perial» 74 que está ahora en el sendero. Lowery se estremece en su sillón. Nerviosamente, Nora enciende un cigarrillo. Papá la mira enfadado. El dejó de fu mar seis años atrás.
Si todo el mundo fuese albañil —comenta mamá—, todos conduciríamos automóviles de la drillo.
Es su chiste favorito, sólo reservado para estas ocasiones.
Nora se levanta y pone en marcha la televisión. Acaban de empezar las noticias de las 12. Se ha es trellado un avión en Chile. Sólo hubo 102 muertos, pero la cifra aún no es definitiva, por lo que puede aumentar. Lowery se disculpa alegando que ha de encender el fuego («¿encender? ¿relumbrar?») y sale de la estancia.
Pobre chico —oye decir a mamá—. Cada vez que cae un avión, le trae el recuerdo...
Se refiere a un accidente de aviación de veinte años atrás, en que los padres putativos de Lowery se con­taron entre los 114 muertos.


ESCENA 6
El delantal de cocina de Lowery está colgado en la alacena de la despensa. Desde el último Dum Dum que presidió ya lo han lavado, pero aunque se mar charon las manchas de grasa y carbón, quedaron los trazos consabidos (JEFE DE COCINA Y LAVABOTELLAS, ¡CÓGELO MIENTRAS ESTA CALIENTE! ¡HOLA, VECINO! ESPACIO RESERVADO). Masoquistamente, continúa. Hay un gorro de cocinero muy có mico, muy adecuado. También se lo pone, encasque tándoselo hasta que el borde le aprieta dolorosamente la frente abombada.
Coge una lata de carbón más ligera del garaje, de senrosca la tapa y realiza la libación; luego retrocede y echa una cerilla encendida hacia los carbones. La sa grada llama salta, los absorbe brevemente y disminu ye. Luego, los carbones empiezan a enrojecer, como los tizones de Poe.
En el patio de Jack, los siete hijos del vecino jue gan al béisbol. Jack, en su calidad de vigilante de fin de semana, se ha marchado hacia la luz lunar en el coche—patrulla. Papá sale al patio en mangas de camisa, con una lata de «Schlitz». Se sienta en el desli zador y apoya la lata en su regazo. Mamá y Nora dis ponen las freidoras. El sol ha llegado al cénit y su luz dorada cubre cada centímetro cuadrado del patio, sal vo el sitio en sombra que deja el Schwedler. El cielo está sin nubes y debería ser azul, pero no es así, ya que ha adoptado un brillo metálico.

En el tribunal del condado, mi nacimiento está re gistrado oficialmente el 10 de julio de 1932. ¡Yo, que no naceré en dos mil años! Las inconveniencias del Cuatripartito se extienden a innumerables zonas, pero no tiene rival su proeza en la prolepsis física y meta física.
Sin embargo, la falsificación de mi nacimiento sólo constituye la primera frase del cómico folleto sobre mi pseudopasado que de modo tan eficaz hi cieron circular sus agentes. Los engaños relativos a mi ficticia existencia entre 1932 y 1958 se hallan a mon tones en las escuelas en las que yo presumiblemente enseñé, y en las mentes de los maestros y profesores que presumiblemente me enseñaron. A mis «condis cípulos» les fueron implantados recuerdos míos en sus cortezas; a las «antiguas novias», falsas memo rias fálicas de mí en sus entrañas. Los «vecinos com patriotas» me recuerdan como el hijo único de una pareja que ardió entre llamas de diez octanos. Por Navidad, recibo tarjetas y/o regalos de completos desconocidos que pretenden ser mis tíos, y a los que yo finjo aceptar como tales. En algún archivo militar se halla el expediente de un tal Víctor Lowery, muerto en una «acción de policía» en la que nunca participé. Enterrada entre mis papeles tengo una «Licencia con Honor» sorprendentemente realista.
Cuando los científicos de Sarn inventaron el viaje en el tiempo durante los últimos años del Régimen, no soñaron siquiera en cuál sería su uso final. Ni los psicocirujanos de Sarn, cuando inventaron el Esla bón Parnasiano, soñaron que algún día podría ser cambiado por el Bloqueo Parnasiano.
Esta falta de previsión es casi una traición. ¿Por qué medios más eficaces podría una dictadura desha cerse de un genio que encerrándole en el pasado? ¿Y qué medios serían más eficientes para una dic tadura que castigar a un impugnador del estado apa gando la llama que hace posible la impugnación?
A veces, en mi agonía, grito no sólo contra las fuerzas del mal que me han robado el derecho a nacer sino contra las fuerzas del bien que han hecho prac ticable el robo...

Los tizones de Poe están en su apogeo. Papá mar cha a la cocina en busca de una segunda lata de «Schlitz». Nora saca las cosas para freír y Lowery las deja sobre el asador con una horca de dos dientes. Mamá dispone la mesa en el patio. El resplandor de la tarde aumenta el color metálico del cielo.
El «Schlitz» encaja naturalmente en la mano cua drada de albañil de papá. Mamá le entrega a Lowery una bandeja de «Rebozo Catalina» con la que rebozar los fritos. Lleva un delantal de cretona de Nora sobre su vestido azul y luce una cálida sonrisa maternal. En la casa vecina, la esposa de Jack deja una bolsa medio llena de carbones dentro de la chimenea, y los enciende con el mismo tipo de encendedor usado por Lowery.
Después de comer ——anuncia mamá—» iremos a dar Un Agradable Paseo.
Papá bebe su «Schlitz». La grasa del pollo y el «Re bozo Catalina» chisporrotean sobre los tizones de Poe; surgen volutas de humo. Mamá coge la horca de ma nos de Lowery.
¿Por qué no vas al patio y haces compañía a papá?
Atrapado, Lowery se quita el gorro y el delantal; en el deslizador, papá y el «Schlitz» dejan sitio para uno más. En la cocina, Nora pone a hervir el agua para el cereal. Papá vuelve a hablar de su prostatectomía, y recuerda algunos hechos de su época de albañil. Ocasionalmente, observa las manos afemina das de Lowery. Inevitablemente, su hijo Torn vuelve a ser la figura central.
La semana pasada llevó a su casa seiscientos se senta y seis dólares con setenta cinco centavos.
Lowery calla.
Su prima sola ya es más elevada que el sueldo de otros individuos.
Más que el mío —admite Lowery.
Tal vez. Pero los profesores tampoco vais mal ahora. Y el empleo de la biblioteca en verano tam bién te ayuda.
El Schwedler está directamente en la línea visual de Lowery. Contempla los arabescos del cielo forma dos por los fascículos rojo obscuros. Aquella visión centelleante le hiere en los ojos, y al fin baja la mi rada. Los arabescos continúan un rato en su retina, y gradualmente desaparecen.
Es hora de comer. Papá coge otro «Schlitz» para acompañar sus bocados. Ñora, mamá, Lowery y papá se sientan en la mesa del patio. Lowery a un extremo, papá al otro. Papá amontona en su plato la ensalada de patatas; su freidora llena la mitad del mantel. Du rante toda la comida no deja de picar el cereal. Lo wery picotea su comida. El ruido de una podadora me cánica llega débilmente desde la otra manzana cuan do un perezoso limpia su jardín. Hay un temblor apenas perceptible cuando el domingo cambia a segun da marcha.

Hay veces, que deseo poder aceptar los hechos tan falsos puestos en circulación por mis carceleros, en que deseo poder identificarme plenamente con los simios de las playas de esos cronocontinentes obscuros a las que he sido arrojado. Pero no puedo. Una cosa es imitar a un mono; otra, serlo. Por esto he de an dar solo, recordando, cuando me dirijo a las tierras verdes de Argo, los mares amarillos de Tant, las ciu dades poderosas del archipiélago artificial de Guitridges, construido antes de que se derrumbase el Régi men de Sarn; soportar estoicamente las afrentas ver tidas sobre mí cuando en poesía—prosaica me atreví a exponer las maderas carcomidas de la monstruosa estructura que se levantó de entre las ruinas del Ré gimen. Un gigante caminando entre pigmeos, robán dole a sus crías los méritos literarios de otros pig meos que no encajan con el brillo de sus zapatos...

El «Imperial», papá al volante, se abre paso a lo largo de la costa. Por entre los arcos verdeantes for­mados por los álamos de azúcar el coche pasa por vi ñedos, casas y graneros. Lowery está sentado al lado de papá, en el asiento delantero; mamá y Nora van en el de atrás. Lowery había sugerido coger su «Bonneville», pero papá no le ha hecho caso. El «Im perial» tiene Aire; el «Bonneville», no. Papá cree en el Aire. Con las ventanillas bien cerradas, el «Impe rial» respira por entre las hileras de cepas que pa recen girar como los radios gigantescos y verdes de una maciza rueda horizontal. Las uvas son... serán en otoño, concordes. Este es el País Concorde.
Papá no conduce hasta muy lejos. El «Imperial» posee un PVC tenia, y el indicador de la gasolina decae visiblemente a cada milla. La gasolina va cara estos días. Pensándolo bien, Lowery se alegra de no haber sacado el «Bonneville». También posee un mo tor como una tenia.
Bueno, al menos no se ha desaprovechado el do mingo.
Ha quedado de manifiesto que al llegar el otoño (prometido por una temprana brisa), habrá bue na cosecha de Uvas.
Misión cumplida, papá se dirige a una Parada de Helados al Gusto para la piéce de resistance del día. Mamá pide un «Sundee», papá un doble, Nora un mediano y Lowery enciende un ciga rrillo.


ESCENA 7
Vic, me gustaría que no fumases en el coche —observa papá.
¿Por qué? —pregunta Lowery—. No puedo in cendiar nada. Está hecho de ladrillos, ¿verdad? Como tu cerebro.
Hay un silencio terrible. Papá pone en marcha el motor.
Tienes suerte de ser el marido de Nora, de lo contrario..»
Tú tienes suerte de que yo sea el marido de Nora... no yo. ¿Quién sino un tonto maestro de es cuela te la hubiese quitado de encima?
¡Vic! —exclama mamá.
Nora empieza a llorar.
Papá vuelve a la carretera, conduciendo con una mano. Lowery aplasta el cigarrillo contra el impoluto cenicero.
Seguro que cuando ibas a colegio llevabas la drillos en la cartera en vez de libros.
El paseo termina en completo silencio. La frialdad del coche tiene poco que hacer con el Aire. Incluso mamá deja de despedirse de Lowery cuando papá les deja, a él y a Nora, delante de la casa. Lowery se sir ve una taza de café que se lleva al patio.


ESCENA 8
El cielo continúa con el resplandor metálico. Aún no hay la menor insinuación de noche. Nora se reúne con él, pero no habla. No le hablará en varios días. La última vez que él se enfadó con papá, no le habló en toda una semana.
Al fin, el color metálico se suaviza. Durante un rato, el horno del sol arde en color rojo más allá del Schwedler. Hay un débil temblor de los fascículos cuando el domingo se pone en la tercera y última marcha.
Nora y Lowery entran en casa. Ella pone en marcha el televisor y juntos contemplan el programa semanal de Lawrence Welk.


ESCENA 9
La película ABC la dan una hora antes. Ya la han visto dos veces, pero ninguno de los dos intenta sin­tonizar otro canal. Una vez más, Alec Guinness sufre noblemente por causa de la casta. Una vez más, los comandos de Jack Hawkins atraviesan la jungla. Una vez más, el Puente es volado para la Venida del Reino.
¡Embrutecimiento! ¡Embrutecimiento! —grita el oficial médico, descendiendo por la pendiente...

Dan el noticiario. Lo contemplan y se van a la cama. Lowery yace inmóvil en la obscuridad hasta que la rítmica respiración de Nora le dice que duerme... Después, sin hacer ruido, lleva la única silla de su cronocelda a la pared debajo del ventanuco y sube al asiento. Levantándose de puntillas y estirándose en toda su estatura, logra asir el sillero de la ventana con las puntas de los dedos. Se va izando con suma práctica, apoya un codo en el alféizar, y luego el otro. Lentamente, asciende y pasa a través del campo del éxtasis, surgiendo por la base de una montaña llena de árboles. Después, empuja su cuerpo real a su pro pio través. El correlator dimensional construido en el campo emerge de dentro afuera.
Después se asienta a su alrededor, y él empieza a trepar por la montaña. Es de noche, pero la luz de las estrellas aligera la obscuridad, y se abre paso con facilidad por el familiar sendero que sube a través de las coniferas hasta el chalet. Una vez dentro del mismo, llama a un psicocirujano al que conoce y es aún leal al Régimen de Sarn, que está en el subsuelo. ¿Podría el psicocirujano venir al instante y quitar el Bloqueo Parnasiano a Lowery? El psicocirujano no sólo puede, sino que se alegrará mucho de prestarle un servicio a un compatriota tan leal como Lowery. Llegará dentro de unos instantes.
Lowery se pasea, fumando cigarrillos. Mantiene baja la luz y las persianas corridas porque en la zona hay agentes cuatripartitos. Al fin, el avión del psico cirujano aterriza en el claro que hay frente al chalet Lowery sale a recibirle, y los dos viejos amigos se cogen del brazo, hacia el chalet. El psicocirujano es ya anciano, pero nadie ha logrado superarle en su pro fesión. Lleva a Lowery al diván, donde éste se tiende. El psicocirujano abre su maletín negro y saca una caja rectangular cromada. Después enchufándola en una toma de corriente de la pared, la sostiene exacta mente a veintiocho centímetros sobre la frente de Lowery, y la hace funcionar. Tres rayos finísimos de color azul surgen del fondo de la caja y convergen en el centro de la frente de Lowery.
No tardará mucho —asegura el psicocirujano, inclinándose sobre su paciente para estar seguro de que los rayos convergen en el sitio exacto——. Estará fuera de aquí en un instante.
El aliento del psicocirujano huele fuertemente a spaghetti francoamericanos. Es una auténtica denun cia; sólo los leales cuatripartitos comen spaghetti francoamericanos. Lowery aparta de sí la caja y se pone en pie.
¡Sé lo que intentas! —grita—. ¡Los cuatripartitos quieren privarme del Bloqueo! ¡Ellos te envían!
En realidad, así es —afirma tranquilamente el psicocirujano. Una mosca surge de su nariz izquierda, se arrastra en diagonal por su despoblado labio supe rior y se detiene en la comisura de la boca—. Creen que al privarte de tu llama abusaron un poco y ahora desean rectificar su error. Si amablemente adoptas de nuevo tu posición en el diván, yo...
¡No! —proclama Lowery—. ¡No me fío de tí! ¡Quiero volver al pasado!
Instantáneamente, la habitación se llena de agentes cuatripartitos.
Lowery consigue evitar sus garras y vuela hada la puerta. Corre colina abajo, eludiendo expertamente las manos que intentan apresarle por detrás de cada árbol. En la base de la montaña, penetra de nuevo por la cronoventana se encuentra en su celda. Inserta el cuerpo a través del suyo propio, lo libera de un agente cuatripartito que ha conseguido cogerle por los talones, y se hunde placenteramente en el colchón de muelles interiores. Frenéticamente, se palpa el Bloqueo Parnasiano. Todavía está intacto, en su lugar. Suspira. Lowery se duerme.

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