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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 30 de noviembre de 2010

Ábrete a Mí, Hermana Mía

Ábrete a Mí, Hermana Mía

Philip José Farmer





Durante la sexta noche que pasó en Marte, Lane lloró. Gimoteó en voz alta, mientras las lá­grimas bajaban por sus mejillas. Lanzó su puño derecho contra la palma de su mano izquierda, hasta que la carne le dolió. Aulló con la angustia de la soledad. Lanzó los más obscenos y terribles juramentos que conocía, y conocía muchos des­pués de haberse pasado diez años en el Cuerpo Espacial de las Naciones Unidas.
Al cabo de un rato, dejó de llorar. Se secó los ojos, bebió un trago de whisky y se sintió mucho mejor.
No se sentía avergonzado por haber gimoteado como un niño. Más aún, una de las razones por las que fuera elegido para desembarcar en Marte fue precisamente su capacidad para llorar. Nadie le podía llamar débil o cobarde por eso. Un hom­bre con poco coraje nunca habría pasado toda la serie de pruebas por las que él había tenido que pasar en la escuela espacial de la Tierra, sin contar los numerosos lanzamientos hacia la Luna. Pero, aunque era hombre y viril, poseía una válvula de seguridad femenina. Podía disolver en lágrimas las piedras acumuladas por la tensión en su inte­rior; él era como el junco que se dobla ante la fuerza del viento, y no como el roble que era final­mente derribado, dejando al descubierto sus raíces.
Ahora, el peso y el dolor sentidos en su pecho habían desaparecido, y sintiéndose casi de buen humor, emitió su informe periódico a través del transmisor, hacia la nave que giraba alrededor de Marte, a novecientos treinta kilómetros de altura. Después, hizo lo que todos los hombres tienen que hacer en cualquier parte del Universo donde se encuentren. Más tarde, se tumbó en el camastro y abrió el único libro personal que se le había permitido llevar; era una antología de las mejores poesías del mundo.
Leyó aquí y allá, pasando páginas, deteniéndo­se únicamente ante una línea o dos, completando después en su mente las líneas mil veces murmu­radas. Leyó aquí y allá, como una abeja que va probando lo mejor del néctar...

Es la voz de mi amada que llama, diciendo:
Ábrete a mí, hermana mía, mi amor, mi paloma inmaculada...

Tenemos una pequeña hermana,
que no tenía pechos.
¿Qué haremos por nuestra hermana,
el día en que sea llamada?...

Sí, aunque ando por el valle de la sombra de la muerte,
no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo...

Ven, vive conmigo y por mi amor,
y probaremos todos los placeres...

No tenemos poder para amar ni para odiar,
porque la voluntad se ve superada por el destino...

Conversando contigo me olvido del tiempo,
todas las estaciones y sus cambios parecen ser iguales...

Siguió leyendo sobre el amor, el hombre y la mujer, hasta que casi se olvidó de todos sus pro­blemas. Sus párpados se cerraron; el libro se des­lizó de entre sus manos. Pero se elevó, saltó del camastro, se puso de rodillas y rogó ser perdo­nado y comprendido por su blasfemia y desespe­ración. Y rogó para que sus cuatro camaradas perdidos fueran encontrados sanos y salvos. Des­pués, volvió a acostarse en el camastro y se quedó dormido.
Al amanecer, se despertó de mala gana ante el sonido del despertador. A pesar de todo, no volvió a quedarse durmiendo, sino que se levantó, puso en marcha el transmisor, llenó un vaso de agua y café instantáneo y echó en él una píldora de ca­lorías. Apenas acababa de terminar su café, cuan­do escuchó la voz del capitán Stroyansky en el transmisor-receptor. Stroyansky hablaba con un ligero acento eslavo.
—¿Cardigan Lane? ¿Estás despierto?
—Más o menos. ¿Qué tal están ustedes?
—Si no estuviéramos preocupados por ustedes, ahí abajo, estaríamos perfectamente.
—Lo sé. Bien, ¿cuáles son las órdenes?
—Sólo hay una cosa que hacer, Lane. Tienes que salir a buscar a los demás. De otro modo, no podrás volver hasta nosotros. Se necesitan por lo menos otros dos hombres para pilotar el cohete.
—Teóricamente, un hombre puede pilotar esa bestia —dijo Lane—. Pero es inseguro. Sin embar­go, eso no importa. Salgo inmediatamente para buscar a los otros. Lo haría así aunque me orde­naras lo contrario.
Stroyansky lanzó una ligera risa. Después la­dró como una foca.
—El éxito de la operación es mucho más im­portante que el destino de cuatro hombres. Pero si yo estuviera en tu lugar, y me alegro de no es­tarlo, haría lo mismo. Así es que buena suerte, Lane.
—Gracias —dijo Lane—. Necesitaré algo más que suerte. También necesitaré la ayuda de Dios. Supongo que Él también está aquí, aun cuando este sitio parezca haber sido olvidado por Dios.
Se quedó mirando apreciativamente a través de las dobles paredes de plástico de la cúpula.
—El viento está soplando a unos cuarenta ki­lómetros por hora —dijo—. El polvo está cubrien­do las huellas del tractor. Tengo que marcharme antes que las cubra por completo. Mis sumi­nistros están perfectamente empacados. Dispongo de comida suficiente, aire y agua para sostenerme seis días. Es un paquete bastante grande; los tan­ques de aire y la tienda abultan mucho. Todo pesa más de cincuenta kilos de la Tierra, pero aquí sólo pesa unos veinte. También me llevo una cuer­da, un cuchillo, una piqueta, una pistola de se­ñales con media docena de proyectiles, y un wal­kie-talkie.
»Tardaré unos dos días en recorrer los casi cincuenta kilómetros que me separan del lugar desde donde se recibió la última información. Otros dos días para echar un vistazo por el lugar. Y dos días más para regresar.
—¡Regresarás en cinco días! —espetó Stro­yansky—. ¡Eso es una orden! No debes tardar más de un día en echar un vistazo por el lugar. No corras riesgos. ¡Cinco días! ¡De otro modo, te llevaré ante una corte marcial, Lane! —y después, con un tono de voz algo más suave, añadió—: Bue­na suerte, y si hay un Dios, que te ayude.
Lane trató de pensar en algo que decir, algo que estuviera en la línea del Doctor Livingstone, supongo, pero todo lo que pudo decir fue:
—Que así sea.
Veinte minutos más tarde, cerró tras él la puerta que daba entrada a la cámara de presión de la cúpula. Se ajustó las correas de la enorme mochila y comenzó a caminar. Pero cuando se en­contraba a unos cincuenta metros de la base, sin­tió el impulso de volverse para echar un vistazo más a lo que quizá no volviera a ver jamás. Allí, sobre la llanura de roca rojo-amarillenta, se en­contraba la cúpula presurizada. Aquel lugar tenía que haber sido el hogar de los cinco hombres du­rante un año. Cerca se encontraba el planeador en el que habían bajado, con sus enormes alas extendidas y sus patines de aterrizaje cubiertos por aquel polvo que siempre estaba volando a im­pulsos del viento.
Justo frente a él estaba el cohete, sostenido so­bre sus aletas de cola, con la cabeza dirigida hacia el cielo azul-negro, reluciente bajo el sol de Marte, brillando con una promesa de potencia, de escape de Marte y de regreso a la nave orbital. Había bajado a la superficie de Marte sostenido sobre el lomo del planeador, en un aterrizaje llevado a cabo a una velocidad de ciento noventa kilóme­tros por hora. Después de haber desembarcado los dos tractores de seis toneladas, lo habían ba­jado del planeador y lo habían montado sobre sus aletas de cola con la ayuda de los cabrestantes de los propios tractores. Ahora, también le es­peraba a él y a los otros cuatro hombres.
—Volveré —dijo, dirigiéndose al cohete—. Y si tengo que hacerlo, te manejaré yo solo.
Empezó a andar, siguiendo las dobles y an­chas rodadas del tractor. Las huellas eran débi­les, pues fueron hechas hacía ya dos días y el polvo de silicato lanzado por el viento casi las había cubierto por completo. Las huellas dejadas por el primer tractor, que se marchó hacía tres días, ya estaban completamente ocultas.
Las huellas se alejaban hacia el noroeste. Aban­donaban la amplia llanura de cuatro kilómetros y medio, situada entre dos colinas de rocas desnudas y penetraban en un corredor de unos cuatrocien­tos metros de anchura, situado entre dos filas de vegetación, que se extendían rectas y paralelas de un horizonte a otro en una extensión de varios ki­lómetros por delante y por detrás de él. Una per­sona que volara por encima de ellas, podría ver que había numerosas líneas iguales que se exten­dían paralelamente. A los observadores de la nave espacial, los cientos de corredores existentes pa­recían como una línea sólida. Esa línea era uno de los llamados canales marcianos.
Lane, en el suelo y cerca de una de las hile­ras, la veía tal y como era en realidad. Su base estaba formada por un tubo sin fin, de casi un metro de altura, la mayor parte de cuya masa se encontraba enterrada, como un iceberg. Las par­tes curvadas laterales estaban cubiertas por los liquenoides azul-verdosos que crecían en todas las rocas o protuberancias. Desde la columna del tubo, y separados a intervalos regulares, crecían los troncos de las plantas. Estos troncos eran como brillantes pilares de color azul-verdoso, de unos sesenta centímetros de grueso y unos dos me­tros de altura. De su parte superior brotaban en forma radial numerosas ramas del grosor de un lápiz, como si fueran los dedos de un murciéla­go. Entre los dedos se extendía una membrana azul-verdosa que formaba la única y tremenda hoja del árbol paraguas.
Cuando Lane los vio por primera vez en el momento en que el planeador pasó rápidamente sobre ellos, pensó que tenían el aspecto de un ejército de manos gigantes extendidas hacia arri­ba para captar los rayos del sol. Eran plantas gi­gantes, porque cada una de las hojas medía algo más de treinta metros de una parte a otra. Y eran como manos..., manos dispuestas a inclinarse para captar los escasos rayos del sol. Durante el día, las varillas situadas en el lugar más cercano a donde se movía el sol, se bajaban hacia el suelo, mientras que las varillas más alejadas se eleva­ban. Evidentemente, esta lenta maniobra que du­raba todo el día tenía por objeto exponer toda la zona de la membrana a la luz, sin permitir que un solo centímetro quedara en la sombra.
Se esperaba encontrar allí formas extrañas de vida vegetal. Pero no se esperaba hallar vida ani­mal, especialmente porque las formas vegetales eran tan grandes que cubrían una octava parte de la superficie del planeta.
Estas estructuras eran los tubos de los que surgían los troncos de los árboles paraguas. Lane había tratado de taladrar la envoltura exterior del tubo, tan dura como una roca, hasta el punto que se estropeó un taladro, a pesar de lo cual sólo consiguió arrancar un pequeño trozo. Por el mo­mento, se contentó con aquello y se llevó el trozo a la cúpula para examinarlo con el microscopio. Tras una primera mirada de asombro, lanzó un silbido. Introducidas en la masa, similar al ce­mento, había células vegetales, algunas de las cua­les estaban parcialmente destruidas, aunque otras permanecían enteras.
Las otras pruebas realizadas le demostraron que la sustancia estaba compuesta de celulosa, un material similar al lignito, varios ácidos nuclei­cos y otros materiales desconocidos.
Informó a la nave orbital sobre su descubri­miento y también sobre sus conjeturas. Alguna forma de vida animal, en algún momento, había masticado y digerido parcialmente la madera, regurgitándola después en forma de cemento, sobre el que después se habían formado los tubos.
Al día siguiente quiso regresar al tubo para abrir un agujero en él mediante una pequeña carga explosiva. Pero dos de los hombres del equipo salieron en un tractor para realizar una exploración. Lane, cumpliendo con su tarea de operador de radio durante aquel día, tuvo que permanecer en el interior de la cúpula. Tenía que mantener el contacto con los dos hombres, que debían informarle a intervalos de quince minutos.
Hacía unas dos horas que se había alejado el tractor, por lo que debía hallarse a unos cincuen­ta kilómetros de distancia, cuando se interrumpió el contacto. Dos horas después, el otro tractor, llevando a otros dos hombres, siguió las huellas del primero. Se había alejado unos cincuenta ki­lómetros de la base, y mantenía un contacto per­manente con Lane.
—Hay un pequeño obstáculo delante de noso­tros —dijo Greenberg—. Se trata de un tubo que surge en ángulo recto del tubo junto al que hemos estado avanzando en sentido paralelo. De éste no crece ninguna planta. No se ve ninguna elevación ni tampoco ninguna protuberancia al otro lado. Lo atravesaremos fácilmente.
Después sonó un grito.
Y eso fue todo.
Ahora, al día siguiente, Lane había iniciado la caminata, siguiendo las huellas que empezaban a desvanecerse. Detrás de él quedaba el campamen­to base, cerca del cruce de los dos canales cono­cidos como Avernus y Tártarus. Se encontraba entre dos de las hileras de vegetación que forma­ban el canal Tártarus, y viajaba hacia el noro­este, hacia el Sirenum Mare, el llamado mar Si­rena. Suponía que el mar en cuestión sería un grupo mucho más amplio de tubos portadores de árboles.
Avanzó continuamente mientras el sol se ele­vaba cada vez más alto y el aire se iba calentan­do. Hacía tiempo que había apagado su calenta­dor del traje. Era verano y estaba cerca del ecuador.
Pero al anochecer, cuando la temperatura des­cendió casi hasta el punto de congelación, Lane ya se encontraba en el interior de su tienda. La tienda parecía un capullo en forma de salchicha, y no era mayor que su propio cuerpo. Estaba inflada, de modo que podía quitarse el casco y respirar mientras se calentaba con el calentador operado por baterías y comía y bebía. La tienda también era muy flexible; cambiaba su forma de capullo a otra en forma de triángulo, mientras Lane permanecía sentado en una silla plegable de la que colgaba una bolsa de plástico en la que él hacía lo que todo ser humano tiene que hacer, a pesar de lo desagradable que fuera.
Durante el día, no se veía obligado a penetrar en la tienda para hacer estas necesidades. Su traje estaba ingeniosamente diseñado de modo que pu­diera dejar al descubierto la parte posterior y exponer al exterior la zona necesaria sin necesi­dad de perder aire o presión en el resto del traje. Desde luego, no se pensó nunca en exponerse al frío brutal de la noche marciana. Una exposición de sesenta segundos durante la noche era sufi­ciente para producir una severa congelación en la parte expuesta.
Lane estuvo durmiendo hasta una media hora después del amanecer; comió, desinfló la tienda, la plegó, la colocó en su funda, la metió después en la mochila, junto con la batería, el calentador, la caja de alimentos y la silla plegable; arrojó la bolsa de plástico, se sujetó la mochila a los hombros y comenzó a caminar.
Al mediodía, las huellas de los tractores desa­parecieron por completo. Pero eso no importaba mucho, porque los vehículos sólo podían haber seguido una ruta: el corredor existente entre los tubos y los árboles.
Ahora vio lo que le habían descrito sus com­pañeros. Los árboles de su derecha empezaron a parecer muertos. Los troncos y las hojas tenían un color marrón y las varillas estaban inclinadas.
Empezó a andar con mayor rapidez, mientras su corazón latía con violencia. Transcurrió una hora y la línea de árboles muertos seguía exten­diéndose ante su vista.
—Tendría que haber sido por aquí —se dijo a sí mismo en voz alta.
Entonces se detuvo. Delante de él había un obstáculo. Era el tubo del que le había hablado Greenberg, el que corría en ángulo recto hacia los otros dos y se les unía.
Lane lo miró y creyó escuchar de nuevo el grito desesperado de Greenberg. Aquel pensamiento pa­reció como si hiciera girar una válvula en su in­terior, dejando fluir la inmensa presión de la so­ledad, que había conseguido contener hasta en­tonces. El azul-negro del cielo se convirtió en la negrura e infinitud del propio espacio, y él no era más que una pequeña mota de carne en una inmensidad tan grande como la zona continental de la Tierra, una mota que no sabía nada de aquel mundo, como tampoco lo sabía un niño recién nacido en el suyo.
Pequeño y desamparado como un niño...
—No —murmuró para sí mismo—, no soy un niño. Pequeño, sí. Desamparado, no. Niño, no. Yo soy un hombre, un hombre, un terrestre...
Un terrestre: Cardigan Lane. Ciudadano de los Estados Unidos. Nacido en Hawaii, el estado cincuenta. De antepasados alemanes, holandeses, chi­nos, japoneses, negros, cheroquis, polinesios, por­tugueses, ruso-judíos, irlandeses, escoceses, norue­gos, fineses, checos, ingleses y galeses. De treinta y un años de edad. De un metro setenta y cinco de estatura. De setenta kilos de peso. De pelo mo­reno. De ojos azules. De facciones de halcón. Doc­tor en Medicina y en Filosofía. Casado. Sin hijos. Metodista. Mesomórfico social. Radioaficionado. Criador de perros. Cazador de venados. Aficiona­do al esquí. Escritor aficionado, pero lejos de ser un gran poeta. Todo ello contenido en su piel y en su traje presurizado, además de una gran an­sia de compañía y de vida, y una intensa curio­sidad y coraje. Y ahora, con un gran temor de perderlo todo, excepto su soledad.
Permaneció durante algún tiempo como una estatua ante la pared del tubo, de aproximadamente un metro de altura. Finalmente, sacudió la cabeza con violencia y apartó de sí sus temo­res como un perro se desprende del agua después de nadar. Con ligereza, a pesar de la enorme mo­chila que llevaba a la espalda, subió de un salto sobre la parte superior del tubo y miró al otro lado, aunque allí no había nada que no hubiera visto antes de saltar.
La vista que tenía ante él sólo difería en una cosa de la que tenía a sus espaldas. Se trataba del número de pequeñas plantas que cubrían el suelo. O, más bien, pensó tras dar un segundo vistazo, no había visto antes esas plantas con aquel tamaño. Eran réplicas, de unos treinta cen­tímetros de altura, de los enormes árboles para­guas que surgían de los tubos. Y no estaban des­parramadas por casualidad, como se podría ha­ber esperado si hubieran surgido de semillas dise­minadas por el viento. Al contrario, crecían en hileras regulares, y los bordes de las plantas de cada hilera estaban separados de la contigua por una distancia aproximada de unos sesenta centí­metros.
Su corazón le latió con mayor rapidez. Aque­lla regularidad tenía que significar que habían sido plantadas por vida inteligente. Y, sin embar­go, la vida inteligente parecía algo bastante im­probable, teniendo en cuenta el medio ambiente marciano.
Posiblemente, alguna condición natural debía haber causado la aparente artificialidad de aquel jardín. Tendría que investigar.
Sin embargo, debía proceder siempre con pre­caución. Muchas cosas dependían únicamente de él: las vidas de los cuatro hombres, el éxito de la expedición. Si ésta fracasaba, podría ser la última. En la Tierra, muchas personas se quejaban a causa del costo del programa espacial, y exigían perentoriamente unos resultados que significaran dinero y poder.
El campo, o el jardín, se extendía unos trescientos metros. En el otro extremo había otro tubo en ángulo recto, engarzado con los otros dos tubos paralelos. Y en aquel punto, las gigantescas plantas paraguas recuperaban su vitalidad y su brillante color azul-verdoso.
A Lane, toda aquella disposición le pareció como un jardín hundido. La formación rectangu­lar de los altos tubos mantenía la zona protegida del viento. Las paredes ayudaban a conservar el calor dentro del cuadrado.
Lane observó la parte superior del tubo, bus­cando el lugar donde las planchas metálicas del tractor pudieran haber destrozado los liquenoides. No encontró ninguna señal, aunque no se sor­prendió por ello. Los liquenoides crecían con una rapidez fantástica bajo el sol del verano.
Miró abajo, hacia el suelo del jardín, al lado del tubo, donde presumiblemente tendrían que haber descendido los tractores. Tampoco allí vio señales del paso de los vehículos, pues los peque­ños paraguas crecían a unos sesenta centímetros de distancia del tubo, y estaban intactos.
Tampoco encontró ninguna señal en los ex­tremos del tubo, donde éste se unía con las hileras paralelas.
Se detuvo para pensar cuál debería ser su si­guiente paso y se sorprendió al darse cuenta que estaba respirando con dificultad. Una rápida comprobación a su manómetro de presión de aire le indicó que el problema no estaba en un tanque casi vacío. No, se trataba de un recelo. Lo que hacía funcionar su corazón con mayor rapidez, exigiéndole consumir mayor cantidad de oxígeno, era la sensación de algo extraño que estaba suce­diendo, de algo que no funcionaba bien.
¿Adónde se podrían haber marchado dos trac­tores y cuatro hombres? ¿Y cuál podría ser la causa que les había hecho desaparecer?
¿Podrían haber sido atacados por alguna clase de vida inteligente? Si fuera eso lo ocurrido, las criaturas desconocidas se habían llevado los trac­tores de seis toneladas, o bien los habían con­ducido, apartándolos de allí, o forzado a los hom­bres a hacerlo.
¿Hacia dónde? ¿Cómo? ¿Por quién? Los pelos de su nuca se erizaron.
—Aquí es donde debió ocurrir todo —mur­muró para sí mismo—. El primer tractor informó haber visto este tubo cruzándose en su camino, y añadió que volvería a informar al cabo de otros diez minutos. Eso fue lo último que se supo de él. En cuanto a la comunicación del segundo, se cortó en el preciso instante en que se encontraba sobre el tubo. ¿Qué es lo que ha ocurrido? No hay ciudades en la superficie de Marte, ni tam­poco señales de la existencia una civilización subte­rránea. La nave espacial habría descubierto las aberturas que condujeran a un lugar así, por me­dio de su telescopio...
Lanzó un grito tan fuerte que su voz, reso­nando en la estrechez de su casco, le aturdió. Después se quedó en silencio observando la línea de globos azules que se elevaba del suelo en el extremo opuesto del jardín, subiendo suavemente hacia el cielo.
Echó la cabeza hacia atrás, hasta que su nuca tropezó contra el casco, y observó cómo se elevaban los globos, del tamaño de una pelota de ba­loncesto, que surgían del suelo y se hinchaban hasta que parecían tener decenas de metros. De repente, y como si fuera una pompa de jabón, el que estaba más alto de todos desapareció.
El que le seguía, al llegar a la altura del pri­mero, también desapareció. Y los demás hicieron lo propio.
Eran transparentes, y a través del azul de las burbujas podía ver una especie de nubes blancas, en forma de cirros.
Lane no se movió, pero observó cómo los glo­bos iban surgiendo continuamente del suelo. Aun­que estaba perplejo, no olvidó su entrenamiento. Se dio cuenta que los globos, además de ser semitransparentes, se elevaban en ángulo recto con respecto al suelo y no eran arrastrados por el viento. Los contó y totalizó cuarenta y nueve cuando dejaron de aparecer.
Esperó quince minutos. Cuando pareció como si nada más fuera a ocurrir, decidió que tendría que investigar el lugar de donde los globos pare­cían haber surgido del suelo. Dando un profundo suspiro dobló las rodillas y saltó al interior del jardín. Cayó suavemente a unos cuatro metros de distancia del tubo y entre dos hileras de plantas.
Durante un segundo, no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, aunque notaba que algo iba mal. Entonces giró a su alrededor. O intentó hacerlo. Levantó un pie, pero el otro se hundió más. Avanzó un paso y el pie adelantado desapa­reció en el fino material situado debajo del polvo de color rojo-amarillento. Para entonces, el otro pie ya estaba lo bastante hondo como para sa­carlo.
Entonces se tambaleó y se agarró a los tallos de las plantas que había a ambos lados de su cuerpo.
Se desprendieron con facilidad, saliendo del suelo, y se encontró con una en cada mano, apre­tadas.
Las arrojó y se echó hacia atrás con la espe­ranza de liberar sus piernas y echarse de espaldas sobre aquella sustancia que parecía gelatina. Qui­zá, si su cuerpo presentaba una superficie lo bas­tante amplia, podría evitar el hundirse en aquello. Y, después de todo, quizá pudiera abrirse paso hasta el suelo que había junto al tubo. Allí espe­raba encontrar terreno firme.
Su violento esfuerzo tuvo éxito. Sus piernas se liberaron del pegajoso semilíquido. Ahora se en­contraba echado sobre la espalda y estaba mi­rando hacia el cielo a través del visor transparen­te de su casco. El sol estaba a su izquierda; cuan­do giró la cabeza en el interior del casco, pudo ver el sol deslizándose lentamente del cenit. Lo hacía a una velocidad ligeramente inferior a la de la Tierra, porque el día de Marte era unos cua­renta minutos más largo. Confiaba en que si no podía regresar al suelo sólido, podría permane­cer flotando allí hasta que llegara la noche. Para entonces, el cenagal estaría lo suficientemente he­lado como para permitirle levantarse y caminar sobre él..., siempre y cuando lo hiciera antes de quedar helado él mismo.
Mientras tanto, seguiría el método más ade­cuado para salvarse cuando se encuentra uno atra­pado en arenas movedizas. Rodaría rápidamente sobre sí mismo, una sola vez, para volverse a ex­tender de nuevo sin ofrecer ninguna resistencia. Repitiendo esta maniobra quizá pudiera llegar a la franja de suelo libre situada junto al tubo.
La mochila, sujeta aún a su espalda, le impe­diría rodar sobre sí mismo. Tendría que soltarse las correas que le rodeaban los hombros.
Lo hizo así, y al mismo tiempo sintió cómo sus piernas se hundían. Su peso las estaba hacien­do descender, mientras que los tanques de aire de su mochila, los tanques de aire sujetos sobre su pecho y la burbuja formada por su casco, pro­porcionaban flotabilidad a la parte superior de su cuerpo.
Se volvió sobre un costado, tomó la mochila y se apoyó sobre ella. La mochila, desde luego, se hundió. Pero sus piernas volvieron a quedar li­bres, aunque viscosas por el líquido y endureci­das con el polvo. Haciendo otro esfuerzo, se puso de pie sobre la estrecha isla de su mochila.
La espesa gelatina se elevó hasta sus tobillos, mientras él consideró dos posibles acciones.
Podía quedarse sobre la mochila y confiar en que ésta no se hundiría demasiado antes de que­dar detenida por la capa helada permanente que tenía que existir...
¿A qué profundidad? Él se había hundido bas­tante y no había notado nada sólido bajo sus pies. Y... Lanzó un gruñido. ¡Los tractores! Ahora podía comprender lo que les había ocurrido. Habían subido al tubo y descendido sobre el jardín, sin sospechar siquiera que aquella superficie aparen­temente sólida no era más que un cenagal. Y se habían hundido allí. Y al darse cuenta de la te­rrible realidad de lo que había bajo la capa de polvo, Greenberg había lanzado un grito y después la sustancia se había cerrado sobre el tanque y su antena y la transmisión, desde luego, habían quedado cortadas.
Tenía que abandonar su segunda posibilidad porque no existía. No tenía sentido alguno llegar a la zona desnuda situada junto al tubo, porque sería tan inestable como todo el resto del jardín. Los tractores debieron haber caído precisamen­te en aquel punto.
Se le ocurrió entonces otro pensamiento: los tractores tendrían que haber perturbado la orde­nada disposición de los pequeños paraguas situa­dos cerca del tubo. Y, sin embargo, no había la menor señal indicando que hubiera sucedido así. En con­secuencia, alguien tenía que haber rescatado las plantas para volverlas a colocar en su sitio. Aque­llo significaba que, con el transcurso del tiempo, alguien podría acudir a rescatarle.
O a matarle, pensó. En cualquier caso, enton­ces habría solucionado su problema.
Mientras tanto, sabía que no valía la pena tra­tar de dar un salto desde la mochila hundida hasta la franja situada junto al tubo. Lo único que podía hacer era permanecer de pie sobre la mochila y confiar en que ésta no se hundiera de­masiado rápidamente.
Sin embargo, la mochila seguía hundiéndose. La gelatina se elevó suavemente hasta sus rodi­llas; después, su velocidad de hundimiento co­menzó a ser más lenta. Rezó, no para que suce­diera un milagro, sino sólo para que la flotabilidad de la mochila, mas el tanque de aire de su pe­cho, fueran capaces de impedir su hundimiento completo.
Aún no había terminado de rezar cuando dejó de hundirse. La sustancia gelatinosa no se había elevado más arriba de su pecho, dejándole las manos libres.
Suspiró, lleno de alivio, aunque no se sintió arrebatado por el júbilo. El aire de su tanque quedaría agotado en menos de cuatro horas. A menos que pudiera sacar otro tanque de aire de la mo­chila, estaba acabado.
Tomó un fuerte impulso, apoyándose sobre la mochila y echando sus brazos arriba y hacia atrás, con la esperanza que sus piernas pudieran vol­ver a elevarse y pudiera permanecer tendido. Si pudiera hacerlo, la mochila, aliviada de su peso, quizá subiera a la superficie y él podría sacar otro tanque de aire de su interior.
Pero sus piernas, impedidas por la densidad del cieno, no se elevaron lo suficiente, y su cuer­po, desequilibrado a causa del rápido movimiento, se apartó un poco de la mochila, lo suficiente como para que, cuando sus piernas volvieron a hun­dirse inevitablemente, no hallaran ninguna pla­taforma sobre la que apoyarse. Ahora tenía que depender por completo de la flotabilidad de su propio tanque de aire.
Pero eso no le permitió mantenerse al nivel alcanzado antes. En esta ocasión, se fue hundien­do hasta que sus brazos y hombros se encontra­ron bajo la sustancia, quedando únicamente a flote su casco.
Estaba desamparado.
Dentro de varios años, cuando llegara la se­gunda expedición, si es que llegaba alguna otra, quizá vieran el brillo del sol sobre su casco, y encontrarían su cuerpo atrapado como una mosca en un tarro de miel. Si ocurría eso, pensó, al me­nos su muerte habría servido de algo, pues adver­tiría a todos del peligro de esa trampa.
«Pero dudo que me encuentren. Creo que al­guien o algo me habrá quitado de aquí, ocultán­dome.»
Entonces, sintiendo una oleada de desesperación, cerró los ojos y murmuró algunas de las palabras que leyera la noche anterior en la base, aunque las conocía tan bien que no importaba haberlas leído hacía poco o no:

Sí, aunque ando por el valle de la sombra de la muerte,
no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo...

Pero el repetir estas palabras no consiguió aliviar para nada la carga de desamparo que le abrumaba. Se sentía absolutamente solo, abando­nado por todo el mundo, incluso por su Creador. Tal era la desolación de Marte.
Pero cuando abrió los ojos, notó que no estaba solo. Vio a un marciano.
A su izquierda había aparecido un hueco en la pared del tubo. Se trataba de una sección circu­lar de poco más de un metro de diámetro, que se abrió hacia el exterior, como si alguien estu­viera empujándola desde el interior, como de he­cho sucedía.
Un instante después, una cabeza se asomó por el agujero. Tenía el tamaño de una pequeña san­día y era de un color tan rosado como el tra­sero de un recién nacido. Sus dos ojos eran tan grandes como dos tacitas de café, y cada uno de ellos estaba equipado con dos párpados vertica­les. Abrió su pico, similar al de un papagayo, ex­tendió una lengua tubular muy larga, la volvió a recoger y cerró el pico. Entonces salió del aguje­ro para revelar un cuerpo que se parecía a una pelota de fútbol, y que sólo era tres veces mayor que su cabeza. El cuerpo rosado era sostenido, a un metro del suelo, sobre diez patas largas y del­gadas, como de araña, cinco a cada lado.
Sus piernas terminaban en una especie de an­chas plataformas redondas, apoyándose en las cuales pudo correr sobre la superficie gelatinosa, hundiéndose sólo muy ligeramente. Detrás del pri­mer ser, surgieron por lo menos otros cincuenta.
Entre todos recogieron las pequeñas plantas que Lane había derribado con sus esfuerzos y las lim­piaron a lengüetazos, con sus estrechas lenguas redondas que se extendían por lo menos sesenta centímetros. También parecían comunicarse entre sí tocándose las lenguas, igual que hacen los in­sectos con las antenas.
Como él se encontraba en el espacio situado entre dos hileras, no le molestaron al colocar las plantas. Algunos le lamieron el casco con sus len­guas, pero fueron los únicos que le prestaron al­guna atención. Fue entonces cuando empezó a temer que pudieran atacarle con aquellos picos de aspecto tan poderoso. Pero luego sintió un su­dor frío ante la idea que éstos pudieran ignorarle por completo.
Eso fue precisamente lo que hicieron. Tras ha­ber introducido suavemente las diminutas raíces de las plantas en la sustancia gelatinosa, todos se volvieron, dirigiéndose hacia el agujero practica­do en el tubo.
Lane, lleno de desesperación, gritó tras ellos, aunque sabía que no le podían oír a través de su casco y del aire tan poco denso, si es que aquellos seres poseían órganos auditivos.
—¡No me dejen morir aquí!
A pesar de todo, eso era lo que estaban hacien­do. El último de ellos se deslizó por el agujero y la entrada se le quedó mirando como el redon­do ojo negro de la propia muerte.
Realizó un furioso esfuerzo por elevarse sobre aquella maldita sustancia gelatinosa, sin impor­tarle el hecho que lo único que conseguía con ello era agotarse.
Bruscamente dejó de moverse, y se quedó mi­rando fijamente hacia el agujero. De él había sa­lido una figura que llevaba puesto un traje presurizado.
Ahora se sintió invadido por una oleada de alegría. Al margen de si aquella figura era un marciano o no, poseía una construcción similar a la del homo sapiens. Se la podía suponer inte­ligente y, en consecuencia, curiosa.
Sus esperanzas no quedaron defraudadas. El ser embutido en el traje presurizado subió a dos semiesferas de delgado metal rojo y comenzó a caminar hacia él, como deslizándose sobre la su­perficie gelatinosa. Al llegar a su lado le entregó el cabo de una cuerda de plástico que llevaba bajo el brazo.
Él casi la dejó caer. El traje del ser que le había rescatado era transparente. Sufrió algo más que una conmoción al ver claramente los detalles del cuerpo de aquella criatura, pero la vista de las dos cabezas en el interior de su casco, le hizo ponerse pálido.
El marciano se deslizó lateralmente hacia el tubo desde el que había saltado Lane. Saltó lige­ramente de los dos cuencos sobre los que había permanecido, deteniéndose sobre la parte supe­rior del tubo, a un metro de altura, desde donde empezó a tironear de Lane para sacarle de la sus­tancia gelatinosa. Él fue saliendo lenta pero con­tinuamente, y no tardó en deslizarse hacia afuera, agarrado a la cuerda. Cuando llegó al pie del tubo fue subido hacia arriba, hasta que pudo co­locar los pies sobre los dos cuencos. Desde ellos resultaba fácil saltar al mismo lugar donde se en­contraba el bípedo.
Éste sacó otros dos cuencos más de la es­palda y se los entregó a Lane, descendiendo a continuación a los dos que permanecían en el jar­dín. Lane volvió a bajar y le siguió por el cena­gal. Penetraron en el agujero, y se encontró en una cámara tan baja que tuvo que acurrucarse. Evidentemente había tenido que ser construida por los decápodos, y no por su compañero, quien también tenía que encoger la espalda y doblar las rodillas.
Algunos decápodos empujaron a Lane hacia un lado. Recogieron la gruesa tapa de rellenado, he­cha del mismo material gris que las paredes del tubo, y cerraron la entrada con ella. Después fueron sacando de sus picos hilo tras hilo de un material similar a la tela de araña, con objeto de cerrar la tapa.
El bípedo indicó a Lane que le siguiera, desli­zándose a continuación por un túnel que se in­troducía en la tierra, con un ángulo de cuarenta y cinco grados. Iluminaba el pasadizo con una linterna que había tomado de su cinturón. Llega­ron a una gran cámara en la que se hallaban los cincuenta decápodos. Todos ellos estaban inmó­viles, como esperando algo. El bípedo, como si notara la curiosidad de Lane, se quitó un guante y lo sostuvo ante varias pequeñas aberturas si­tuadas en la pared. Lane también se quitó un guante y sintió cómo de los agujeros surgía aire caliente.
Evidentemente, aquello era una cámara de pre­sión, construida por aquellos seres de diez patas. Pero aquella prueba de ingeniería no significaba que aquellos seres tuvieran la inteligencia individual de un hombre. Podría tratarse de una inte­ligencia de grupo, del mismo tipo que la de los insectos terrestres.
Al cabo de un rato, la cámara estaba llena de aire. Se abrió entonces otra abertura más gran­de. Lane siguió a los decápodos y al ser que le había rescatado por otro túnel que se elevaba cuarenta y cinco grados. Calculó que debían en­contrarse ahora en el interior del tubo de donde había surgido primeramente el bípedo. Tenía ra­zón. Se arrastró por otro agujero hasta él.
Un par de picos sonaron al pegarle en el casco.
Automáticamente empujó a aquella cosa, y bajo la fuerza de su golpe, el decápodo cayó ro­dando por el suelo, formando una amalgama de patas que se movían.
Lane no se preocupó por haberle hecho daño. No pesaba mucho, pero su cuerpo debía ser muy resistente para poder pasar sin daño alguno del denso aire existente en el interior del tubo a las condiciones casi estratosféricas reinantes en el ex­terior.
Sin embargo, se llevó la mano al cuchillo que tenía en su cinturón. Pero el bípedo puso su mano sobre su brazo, y sacudió una de sus cabezas. Más tarde descubriría que aquel aparente pico­tazo no fue más que un simple accidente. Los de­cápodos le ignoraron en todo momento, con una sola excepción.
También descubrió que había tenido mucha suerte. Los decápodos habían salido para inspec­cionar su jardín porque, gracias a algún método de detección desconocido, sabían que las plantas habían sufrido algún daño. Normalmente, el bípe­do no les habría acompañado. Pero aquel día se despertó su curiosidad porque los decápodos se habían visto obligados a salir tres veces en tres días y, en consecuencia, decidió investigar.
El bípedo apagó la linterna e indicó a Lane que le siguiera. Éste le obedeció con dificultad. Había luz, pero era una luz débil y crepuscular. Su fuente eran las numerosas criaturas que col­gaban del techo del tubo. Tenían aproximadamen­te un metro de longitud, unos quince centímetros de espesor, en forma cilíndrica, de piel rosada y sin ojos. Poseían una docena de miembros, que oscilaban continuamente; su movimiento ayuda­ba a mantener el aire en circulación en el interior del túnel.
Su brillo, frío y similar al de una luciérnaga, procedía de dos órganos globulares y palpitantes que colgaban a ambos lados de la boca, sin la­bios y redonda, situada en el extremo libre de la criatura. Una especie de baba caía de la boca al suelo, o a un estrecho canal que corría a lo largo de la parte más baja del inclinado suelo. El agua corría por el canal de unos quince centímetros de profundidad; era la primera agua nativa que había visto. El agua recogía la baba y la transpor­taba un tramo, antes que fuera engullida por un animal situado al fondo del canal.
Los ojos de Lane se ajustaron a la débil luz. pudiendo descubrir entonces que el animal aquel tenía forma de torpedo y no poseía ni ojos ni ale­tas. Tenía dos aberturas en su cuerpo; por una de ellas penetraba el agua, y por la otra salía.
Comprendió inmediatamente lo que significaba aquello. Era el agua del polo norte, fundida du­rante el verano, que fluía por el extremo más ale­jado del sistema de tubos. Ayudada por la grave­dad y por la acción de bombeo de la línea de animales situada en el canal, el agua era transpor­tada desde el borde del polo hasta el ecuador.
Los decápodos pasaban a su lado en direc­ciones erráticas. Algunos, sin embargo, se dete­nían bajo algunos de los organismos que colgaban del techo. Se echaban hacia atrás, apoyándose en sus cinco patas traseras, y sacaban sus lenguas, que se dirigían hacia las bocas abiertas de los círculos brillantes. Inmediatamente, los gusanos luminosos —como Lane les había empezado a lla­mar—, movían rápidamente sus cilios y se exten­dían hacia abajo, alcanzando dos veces su longi­tud anterior. Su boca se encontraba con el pico del decápodo y se producía un intercambio de sus­tancias entre ambos.
Impacientemente, el bípedo estiró a Lane por el brazo. Él le siguió, bajando por el tubo. No tardaron en penetrar en una sección donde unas raíces pálidas surgían de unos agujeros existen­tes en el techo y se extendían a lo largo de las curvadas paredes, aferrándose a ellas y formando una red de numerosas y pequeñas raíces que se deslizaban a través del suelo, hasta llegar al agua del canal.
De vez en cuando, un decápodo masticaba una raíz y después se alejaba rápidamente para ofre­cer un fragmento a las bocas de los gusanos lu­minosos.
Tras haber andado durante varios minutos, el bípedo pasó al otro lado de la corriente y empezó a andar tan cerca de la pared como le era posi­ble, mirando mientras tanto con recelo hacia la otra parte del túnel, de donde habían venido an­dando.
Lane también miró, pero no pudo ver nada que le produjera alarma. Había una gran abertura en la base de la pared, que evidentemente conducía hacia un túnel. Supuso que este túnel daría paso a una habitación o habitaciones por­que muchos decápodos entraban y salían de él. Y una docena de ellos, de un tamaño superior al normal, iban arriba y abajo de la entrada, como si fueran centinelas.
Cuando hubieron pasado ante la abertura, de­jándola unos cincuenta metros atrás, el bípedo se relajó. Tras haber conducido a Lane durante unos diez minutos, se detuvo. Su mano desnuda tocó la pared.
Por primera vez notó que la mano era pequeña y estaba delicadamente configurada, como la de una mujer.
Una sección de la pared se abrió. El bípedo se volvió y se inclinó para penetrar en el agujero, mostrando unas nalgas y unas piernas que esta­ban femeninamente redondeadas y bien configura­das. Fue entonces cuando empezó a pensar que se trataba de una hembra. Sin embargo, las ca­deras no eran anchas, aunque estaban recubiertas de tejido graso. Los huesos no estaban amplia­mente separados para dejar el espacio necesario para llevar un feto en el vientre. A pesar de las curvas del resto de su cuerpo, las caderas eran relativamente tan estrechas como las de un hom­bre.
La abertura se cerró detrás de ellos. El bípe­do no encendió la linterna, pues había una cierta iluminación en el otro extremo del túnel. El suelo y las paredes no eran del duro material gris de las otras, ni tampoco de tierra compacta. Pare­cían estar vitrificadas, como si hubieran sido cris­talizadas por medio del calor.
Ella le estaba esperando cuando él salió por una repisa de un metro de altura, penetrando en una habitación grande. Durante un minuto quedó cegado por la intensa luz. Cuando sus ojos se hu­bieron ajustado buscó la fuente de luz, pero no pudo encontrarla. Observó que no había ninguna sombra en toda la habitación.
El bípedo se quitó el casco y el traje y los dejó colgados en una especie de armario. La puerta se abrió cuando ella se aproximó, cerrándose al ale­jarse.
Ella le hizo señas, indicándole que también se podía quitar el traje. Él no dudó un momento. Aunque el aire podía ser venenoso, no le quedaba otra opción. Su tanque de aire no tardaría en es­tar vacío. Pero, además, parecía como si la atmós­fera contuviera suficiente oxígeno. Ya entonces había comprendido que las hojas de las plantas paraguas, que crecían de la parte supe­rior de los tubos, absorbían la luz del sol y los restos de bióxido de carbono. En el interior de los túneles, las raíces absorbían agua del canal, así como la gran cantidad de bióxido de carbono generada por los decápodos. La energía de la luz del sol convertía el gas y el líquido en glucosa y oxígeno, que era lo que había en los túneles.
Incluso allí, en aquella profunda cámara situa­da debajo del tubo y a uno de sus lados, una gruesa raíz penetraba por el techo y extendía sus delgados tejidos blancos por las paredes. Se en­contraba directamente debajo de la materia car­nosa cuando se quitó el casco y pudo respirar por primera vez el aire de Marte.
Inmediatamente después dio un salto. Algo húmedo le había goteado en la frente. Miró hacia arriba y vio que la raíz estaba segregando líquido a través de un gran poro.
Se quitó la gota con la yema del dedo y se la llevó a la boca, probándola. Era densa y dulce.
«Bueno —pensó—, normalmente el árbol tiene que gotear el azúcar en el agua. Pero parece ha­cerlo a una velocidad anormalmente rápida.»
Entonces se le ocurrió pensar que aquello quizá se debiera a que en el exterior estaba oscu­reciendo y por lo tanto empezaría a hacer frío. Los árboles paraguas podrían estar bombeando el agua en sus troncos, dirigiéndola hacia los cá­lidos túneles. De este modo, durante la fría no­che marciana, en la que la temperatura descendía muy por debajo de cero, evitaban quedar helados, tumefactos y rasgados.
Parecía ser una teoría razonable.
Miró a su alrededor. El lugar era una habita­ción medio vivienda, medio laboratorio biológico. Había camas y mesas y sillas y varios artículos que no pudo identificar. Uno de ellos era una gran caja metálica negra, situada en una esquina. De ella, y a intervalos regulares, surgía una corrien­te de pequeñas burbujas azules. Se elevaban hasta el techo, haciéndose cada vez más grandes a me­dida que ascendían. Al llegar al techo, no se dete­nían ni explotaban, sino que simplemente penetra­ban por entre el material vitrificado, como si éste no existiera.
Ahora, Lane conocía el origen de los globos azules que viera aparecer sobre la superficie del jardín. Pero aún no comprendía cuál podría ser su propósito.
No dispuso de mucho tiempo para observar los globos. El bípedo tomó un gran cuenco de cerámica verde de una estantería y lo colocó so­bre una mesa. Lane lo miró con curiosidad, pre­guntándose qué iría a hacer ahora. Ya entonces se había dado cuenta que la segunda cabeza pertenecía a una criatura completamente sepa­rada de ella. Su delgada longitud, de aproximada­mente un metro setenta, de piel sonrosada, estaba enrollada alrededor de su cuello y de su torso; su diminuto rostro plano se volvió hacia Lane; la tortuosa luz de sus ojos azules brilló por un momento. De repente su boca se abrió, revelan­do la existencia de unas encías sin dientes, y su brillante lengua roja, de aspecto mamífero, y no de reptil, se adelantó hacia él.
El bípedo, sin prestar atención alguna a las acciones del gusano, se lo quitó del cuerpo y, dul­cemente, arrullándolo con unas pocas palabras pronunciadas en un lenguaje suave en el que pre­dominaban las vocales, lo dejó en el interior del cuenco. El gusano se arrellanó en el interior, des­lizándose alrededor de la curva, como una ser­piente en el interior de un hoyo.
El bípedo tomó un jarro que estaba sobre una caja de plástico rojo. Aunque la caja no parecía estar conectada con ninguna fuente visible de ener­gía, parecía ser un hornillo. El jarro contenía agua caliente que ella vertió en el cuenco, medio llenándolo. Bajo la ducha, el gusano cerró los ojos, como si se sintiera muy satisfecho.
Después, el bípedo hizo algo que alarmó a Lane.
La hembra se inclinó sobre el cuenco y vomi­tó en su interior.
Lane se adelantó hacia ella. Sin darse cuenta que ella no le podía comprender, dijo:
—¿Está usted enferma?
Ella puso de manifiesto unos dientes de as­pecto humano, en una sonrisa con la que trató de tranquilizarle; después se apartó del cuenco. Él se quedó mirando al gusano, que había intro­ducido la cabeza en la masa vomitada. De repen­te sintió náuseas, porque estaba seguro que aquel ser se estaba alimentando con aquello. Y estuvo igualmente seguro que ella alimentaba regularmente al gusano con alimentos regurgi­tados.
Su disgusto no disminuyó ni siquiera al refle­xionar que no debía reaccionar ante ella como lo haría ante un terrestre. Sabía que ella era un ser totalmente extraño, y que era inevitable que al­gunas de sus costumbres le causaran repulsa, e incluso conmoción. Esto lo sabía, desde un punto de vista racional. Pero aunque su mente le decía que debía comprender y disculpar, su cuerpo le decía que debía detestar y rechazar.
Su aversión no disminuyó mucho cuando la observó atentamente mientras ella tomaba una ducha en un cubículo situado en la pared. Tenía aproximadamente una estatura de un metro se­senta y era tan delgada como, en su opinión, de­bía ser una mujer, con unos huesos delicados bajo su carne redondeada. Sus piernas eran hu­manas; con unas medias de nylon y unos tacones altos podrían haber sido excitantes... Todo lo de­más parecía igual. Sin embargo, si sus zapatos hubieran sido abiertos, la visión de sus pies ha­bría causado muchos comentarios. Sólo tenían cuatro dedos.
Sus largas y hermosas manos, en cambio, te­nían cinco dedos. Parecían no tener uñas, como los dedos de los pies, aunque más tarde, cuando las examinó más de cerca, pudo comprobar que tenían unas uñas rudimentarias.
Ella salió del cubículo y empezó a secarse, aun­que no sin indicarle antes que se quitara el traje y tomara también una ducha. Él se la quedó mi­rando fija e intencionadamente, hasta que ella lanzó una risa breve y desconcertada. Indudable­mente era una risa femenina. Después, ella habló.
Él cerró los ojos y se quedó escuchando lo que creyó no poder escuchar en varios años: una voz de mujer. Y era una voz extraordinaria; ronca y encantadora al mismo tiempo.
Pero cuando abrió los ojos la vio tal y como era. No era una mujer. Tampoco un hombre. ¿Qué era? ¿Algo neutro? No. El impulso de pensar en aquel ser como ella le resultaba demasiado fuerte.
Y eso a pesar de no tener senos. Tenía pecho, pero no pezones, ni siquiera rudimenta­rios. Su pecho era el de un hombre, musculoso bajo la capa de grasa que se curvaba sutilmente para dar la impresión que bajo ella..., ¿había unos senos iniciando su desarrollo?
No, no en esta criatura. Ella nunca daría de mamar a su hijo. Ni siquiera lo llevaría vivo en su interior, sí es que lo llevaba. Su vientre era suave y liso, sin rastro de ombligo.
También era suave la zona existente entre sus piernas, sin pelo y sin abertura, tan inocente como si se tratara de una ninfa pintada para algún libro escolar victoriano.
Lo que le parecía tan horrible era esa parte, entre las piernas, sin señal alguna de sexo. Era como el vientre blanco de una rana, pensó Lane, estremeciéndose.
Al mismo tiempo, su curiosidad se hizo aún mayor. ¿Cómo copulaba y se reproducía aquel ser?
Ella volvió a reír y sonrió con unos labios pálido-rojizos, de aspecto humano, y arrugó una nariz pequeña y ligeramente levantada; después se pasó la mano por los pelos, gruesos, rectos y de color rojo-amarillento. Pensó en los abrigos de pieles, y no en el pelo humano; tenía un brillo ligeramente aceitoso, como el de algunos anima­les acuáticos.
El rostro, aunque extraño, podría haber pa­sado por humano, aunque sólo vagamente. Los huesos de su mejilla eran muy elevados y forma­ban una protuberancia hacia arriba, dándole un aspecto no humano. Sus ojos eran de un azul os­curo y bastante humanos. Pero esto no significaba nada. Así eran también los ojos de un pulpo.
Ella se dirigió hacia otro armario, y mientras se alejaba de él, Lane observó que a pesar que sus caderas estaban curvadas como las de una mujer, no se balanceaban con el desplazamiento pélvico de una mujer humana.
La puerta se abrió, mostrando en su interior los cadáveres de varios decápodos, sin sus patas, colgando de unos ganchos. Ella tomó uno, lo co­locó sobre una mesa de metal y de la estantería sacó una sierra y varios cuchillos, empezando poco después a cortar.
Como sentía verdaderas ansias de observar la anatomía del decápodo, se acercó a la mesa. Ella le indicó que tomara una ducha. Lane se quitó el traje. Cuando llegó al cuchillo y al hacha, dudó, pero, temeroso a que ella pensara que des­confiaba, colgó el cinturón que contenía sus armas junto al traje. Sin embargo, no se desnudó del todo, porque estaba decidido a observar los órga­nos internos del animal. Se ducharía más tarde.
El decápodo no era un insecto, a pesar de su forma, similar a la de una araña. Al menos, en un sentido terrestre. Tampoco era un vertebrado. Su suave piel lampiña era la de un mamífero, tan ligeramente pigmentada como la de una rubia sueca. Pero, aunque poseía un endoesqueleto, no tenía columna vertebral. En su lugar, los huesos de su cuerpo formaban una caja redonda. Sus delgadas costillas partían de un cuello cartilagi­noso que se encontraba inmediatamente después de la parte posterior de la cabeza. Las costillas se curvaban hacia afuera, y después hacia adentro, encontrándose casi con la posterior correspon­diente.
Dentro de esta caja se encontraban los sacos pulmonares ventrales, un corazón relativamente grande y órganos similares al hígado y a los riño­nes. Del corazón salían tres arterias, en lugar de las dos que poseen los mamíferos. No podía estar seguro a causa de un examen tan precipitado, pero parecía como si la aorta dorsal llevara tanto san­gre pura como impura, como la de algunos rep­tiles terrestres.
También había otras cosas notables. La más extraordinaria de todas era que, por lo que podía ver, el decápodo no poseía sistema digestivo. Pa­recía como si le faltaran tanto los intestinos como el ano, a menos que se pudiera definir como intes­tino un saco que se extendía directamente desde el cuello hasta el centro del cuerpo. Además, tam­poco vio nada que pudiera distinguir como órga­nos reproductores, aunque esto no significara que no los tuviera. La larga lengua tubular de la cria­tura, cortada por el bípedo, dejó al descubierto un canal que corría a lo largo de ella, desde su punta abierta hasta una vejiga situada en su base. Aparentemente, todo esto formaba parte del siste­ma excretor.
Lane se preguntó qué permitiría al decápodo soportar las grandes diferencias de presión existentes entre el interior del tubo y la superficie de Marte. Al mismo tiempo, se dio cuenta que esta capacidad no era más maravillosa que el me­canismo biológico que permite a las ballenas y a las focas resistir sin sufrir el menor daño las enormes presiones submarinas.
El bípedo le miró con sus azules ojos redon­dos y muy bonitos, se echó a reír y entonces sacó del interior del cráneo abierto un diminuto ce­rebro.
Hauaimi —dijo, con lentitud, y después, se­ñalándose la cabeza, repitió—: Hauaimi —y a con­tinuación indicó la cabeza de Lane y volvió a de­cir—: Hauaimi.
Repitiendo lo que ella había dicho, Lane in­dicó su propia cabeza y dijo:
Hauaimi. Cerebro.
—Cerebro —repitió ella, y se volvió a echar a reír.
A continuación, procedió a llamar por su nom­bre los órganos del decápodo que se correspon­dían con los suyos. De este modo, pasaron tran­quilamente los preparativos para la comida, mien­tras él se dirigía desde el animal muerto hasta otros objetos que había por la habitación. Cuan­do ella terminó de freír la carne y de hervir tiras de la hoja membranosa de la planta paraguas, añadiendo también diversos alimentos exóticos que extrajo de unos tiestos, ya habían intercam­biado por lo menos cuarenta palabras. Al cabo de una hora, aún seguía recordando veinte.
Sin embargo, aún quedaba por aprender algo importante. Se señaló hacia sí mismo, y dijo:
—Lane.
Después señaló hacia ella y expresó una mi­rada interrogadora.
—Mahrseeya —contestó ella.
—¿Martia? —repitió él.
Ella le corrigió, pero él quedó tan sorprendido por la semejanza que a partir de entonces siem­pre la llamó así. Al cabo de un rato, ella abandonó sus intentos de enseñarle la pronunciación co­rrecta.
Martia se lavó las manos y le sirvió un cuenco lleno de agua. Él utilizó el jabón y la toalla que ella le tendió y se dirigió después hacia la mesa, donde le esperaba. Sobre ella había un gran cuen­co con una sopa espesa, un plato de sesos fritos, una ensalada de hojas hervidas y algunas otras legumbres que no pudo identificar, un plato de costillas con una negra y gruesa capa de carne, huevos duros y pequeñas rodajas de pan.
Martia le hizo señas para que se sentara. Evi­dentemente, su código no le permitía sentarse antes que lo hiciera su huésped. Lane ignoró su silla, se colocó detrás de ella, colocó una mano sobre su hombro y la apretó suavemente hacia abajo, mientras que con la otra le deslizaba la silla bajo ella. Martia volvió la cabeza para sonreírle. Su pelo se apartó, revelando la existencia de una pequeña oreja sin lóbulo. Él apenas si se dio cuenta porque prestó demasiada atención a la sensación semirrepulsiva, semiagradable que tuvo cuando le tocó la piel. No fue la propia piel la que le hizo tener aquella sensación, pues era tan suave y cálida como la de una joven. Fue más bien la idea de estar tocándola.
Al sentarse, pensó que aquello se debía en par­te a la desnudez de Martia. No porque revelara su sexo, sino porque ponía de manifiesto su falta de sexo. No había senos, ni pezones, ni ombligo, ni pliegue o proyección púbica. La ausencia de estas características le parecían algo erróneo, muy erró­neo, profundamente perturbador. Resultaba algo vergonzoso que ella no tuviera nada de lo que avergonzarse.
«Ese es un pensamiento extraño», se dijo a sí mismo. Y, sin saber por qué, sintió que se rubo­rizaba.
Martia, sin darse cuenta, tomó una botella alta y le llenó el vaso con un vino de color oscuro. Él lo probó. Era exquisito; no es que superara a los mejores vinos qué había probado en la Tierra, pero era al menos tan bueno.
Martia tomó una de las rebanadas de pan, par­tiéndola en dos trozos y tendiéndole uno. Con el vaso de vino en una mano y el pan en la otra, inclinó la cabeza, cerró los ojos y comenzó a can­tar suavemente.
Él se quedó mirándola fijamente. Aquello era una oración, una acción de gracias. ¿Era el pre­ludio de una especie de comunión, de algo que tanto le extrañaba incluso en la Tierra?
Y, si lo era, no tenía de qué sorprenderse. Car­ne y sangre, pan y vino: el simbolismo era sim­ple, lógico y hasta podía ser universal. Sin em­bargo, existía la posibilidad que estuviera ima­ginando paralelismos que, en realidad, no existían. Ella podía estar cumpliendo con un ritual cuyo origen y significado no se parecieran en nada a todo lo que él hubiera podido imaginar.
Si esto era así, lo que ella hizo a continuación también podía ser igualmente mal interpretado. Dio un mordisco al pan, bebió un corto trago de vino y después, con sencillez, le invitó a hacer lo mismo. Así lo hizo él. Martia tomó entonces un vaso vacío, escupió en él un pequeño trozo de pan empapado en vino, y le indicó que él debía hacer lo mismo.
Una vez hecho, Lane sintió revolvérsele el es­tómago porque ella mezcló con el dedo lo que ambos habían dejado caer de sus bocas y se lo ofreció a él. Evidentemente, él tenía que llevárse­lo a la boca y comérselo.
¡De este modo, la acción era tanto física como metafísica! El pan y el vino eran la carne y la sangre de la divinidad que ella adorara. Y, más aún, ella, imbuida con el cuerpo y el espíritu del dios, deseaba ahora mezclar el suyo propio y el de aquel dios con él.
Lo que como del dios es aquello en lo que me convierto. Lo que comes de mí es aquello en lo que te conviertes. Lo que como de ti es aquello en lo que me convierto. Y ahora, nosotros tres nos hemos convertido en una sola persona.
Lane, lejos de rechazar el concepto, se sintió atraído, excitado. Sabía que, probablemente, ha­bía muchos cristianos que se habrían negado a compartir la comunión debido a que el ritual no tenía los mismos orígenes o no se adaptaba a los suyos. Hasta podrían haber pensado que al com­partirlo se estaban sometiendo a un dios extra­ño. Lane consideró que aquella idea no sólo era intolerante e inflexible, sino ilógica, poco carita­tiva y ridícula. Únicamente podía existir un solo Creador; los nombres que las criaturas pudieran darle a ese Creador, era algo que no importaba.
Lane creía sinceramente en la existencia de un dios personal, un dios que tomaba buena nota de él como individuo. También creía que el géne­ro humano necesitaba la redención y que un re­dentor había sido enviado a la Tierra. Y si otros mundos necesitaban redención, entonces también habrían tenido o tendrían su redentor. Quizá fue mucho más allá que la mayor parte de sus com­pañeros de religión, porque, en realidad, había intentado practicar el amor por la humanidad. Eso le había proporcionado fama de fanático en­tre sus conocidos y amigos. Sin embargo, se había reprimido lo suficiente como para no llegar a ser una molestia, y su cálido corazón le había permi­tido ser bien recibido en todas partes.
Seis años antes era un agnóstico. Pero su pri­mer viaje al espacio fue lo que contribuyó a con­vertirle. Aquella insuperable experiencia le hizo darse cuenta de un modo contundente de lo in­significante que era como ser viviente, qué terri­blemente complicado e inmenso era el universo, y cuánto necesitaba una estructura en la que es­tar y llegar a ser.
El hecho más extraño de su conversión, pensó más tarde, fue que uno de los compañeros con quienes hizo aquel primer viaje —un devoto cre­yente—, al volver a la Tierra renunció a su propia secta, abandonó su fe y se convirtió en un com­pleto ateo.
Pensó en todo esto mientras se llevó a la boca el dedo que ella le extendía y chupó la pasta que había en él. Después, obedeciendo a sus gestos, introdujo su propio dedo en el cuenco y extra­yendo un trozo de la mezcla, se lo puso en los labios.
Ella cerró los ojos y chupó suavemente el de­do. Cuando él trató de retirarlo, ella le detuvo, tomándole por la muñeca. Lane no insistió en re­tirar el dedo, pues deseaba evitar el ofenderla. Quizá una parte del rito consistía en un largo in­tervalo de tiempo.
Pero la expresión de ella parecía tan vehemente y al mismo tiempo tan estática, como la de un bebé hambriento cuando se le da de mamar, que se sintió incómodo. Al cabo de un minuto, no viendo en ella ninguna indicación de querer terminar, fue sacando con lentitud el dedo de su boca. Ella abrió entonces los ojos y suspiró, pero no hizo ningún gesto o comentario. En lugar de ello, empezó a servir la sopa.
Aquella sopa caliente y densa era deliciosa y vigorizante. Su textura era similar a la sopa de plancton que tan popular se estaba haciendo en la hambrienta Tierra, aunque no tenía gusto a pes­cado. El pan, de color marrón, le recordaba el arroz. La carne del decápodo era como la de lie­bre, aunque más dulce y con un sabor indefinible. Sólo tomó un bocado de la ensalada de hoja y después, frenéticamente, bebió un buen trago de vino para suavizar el fuerte picor que sintió.
Aparecieron lágrimas en sus ojos y tosió hasta que ella le habló en un tono de voz alarmado. Él sonrió, pero se negó a volver a tocar la ensa­lada. El vino no sólo enfrió su boca, sino que llenó sus venas de alegría. Se dijo a sí mismo que no debía beber más. A pesar de todo, se ter­minó su segunda copa antes de recordar su deci­sión de mostrarse comedido.
Pero para entonces ya era demasiado tarde. El fuerte licor se le subió directamente a la cabeza; se sintió mareado y con ganas de echarse a reír. Los acontecimientos del día, el haber escapado por tan poco de la muerte, la reacción al saber que todos sus camaradas estaban muertos, el dar­se cuenta de su situación actual, la tensión provo­cada por sus encuentros con los decápodos, su in­satisfecha curiosidad sobre el origen de Martia y el lugar donde pudieran encontrarse otros seres de su misma especie, todo esto se combinaba en su interior, produciéndole al mismo tiempo estu­por y euforia.
Se levantó de la mesa y se ofreció a ayudar a Martia con los platos, pero ella sacudió la cabeza y colocó los platos en una lavadora sónica. Mien­tras tanto, él decidió que necesitaba quitarse el sudor, la pegajosidad y el olor del cuerpo acumu­lado durante dos días de viaje. Al abrir la puerta de acceso al cubículo de la ducha, descubrió que no había espacio suficiente para colgar sus ropas. Así entonces, sin inhibición alguna, a causa de la fa­tiga y del vino y pensando que, después de todo, Martia no era una mujer, se quitó las ropas, que­dándose desnudo.
Martia le observó y sus ojos se agrandaron a medida que fue quitándose cada una de sus pren­das. Finalmente lanzó una boqueada, se echó ha­cia atrás y se puso muy pálida.
—No es tan malo —gruñó él, preguntándose qué podría haber causado su reacción—. Después de todo, algunas de las cosas que he visto por aquí no son tan fáciles de tragar.
Ella señaló con un dedo tembloroso y preguntó algo con una voz trémula.
Quizá fue su imaginación, pero podría haber jurado que ella utilizó la misma inflexión que po­dría haber utilizado un angloparlante.
—¿Está usted enferma? ¿Es que el miembro es algo maligno?
No conocía palabras suficientes para explicar nada, y tampoco tenía la intención de ilustrar la función mediante la acción. En consecuencia, ce­rró la puerta del cubículo tras él y apretó la plancha que daba paso al agua. El calor del agua, la sensación del jabón, de la suciedad y el sudor que se iban desprendiendo de su cuerpo, le rela­jaron algo, de modo que pudo pensar en cues­tiones que había pasado por alto hasta entonces.
En primer lugar, tendría que aprender el len­guaje de Martia, o enseñarle a ella el suyo. Pro­bablemente, ambas cosas ocurrirían al mismo tiempo. Pero estaba seguro de una cosa: las in­tenciones de Martia hacia él eran pacíficas, al me­nos por el momento. Cuando compartió la comu­nión con él fue sincera. No tuvo la impresión que una de sus costumbres culturales fuera compartir el pan y el vino con una persona a la que tuviera la intención de matar.
Sintiéndose mejor, aunque todavía un poco cansado y mareado por el vino, abandonó el cu­bículo. De mala gana tomó sus calzoncillos su­cios, y entonces sonrió al darse cuenta. Habían sido lavados mientras él tomaba la ducha. Martia, sin embargo, no prestó ninguna atención a su son­risa de agradable sorpresa. Con un gesto algo hosco, le indicó que se echara en la cama y dur­miera. En lugar de echarse ella misma, recogió un cubo y comenzó a ascender por el túnel. Él deci­dió seguirla y ella, al darse cuenta, se limitó a en­cogerse de hombros.
Al salir al tubo, Martia encendió la linterna. Todo el túnel se encontraba en la más completa oscuridad. El haz de luz, jugueteando en el techo, mostró que los gusanos luminosos habían apaga­do sus luces. No había ningún decápodo a la vista.
Ella dirigió la luz hacia el canal, para que él viera que los peces-chorro seguían absorbiendo y expeliendo agua. Antes que pudiera apartar el haz de luz, él le puso la mano en la muñeca y con la otra levantó uno de los peces del canal. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para elevarlo, que quedó explicado cuando le dio la vuelta a aquella criatura en forma de torpedo y vio la co­lumna carnosa que colgaba de su vientre. Se dio cuenta entonces de por qué la reacción del agua impulsada no echaba hacia atrás a aquellos seres. El pie ventral actuaba como una ventosa que les mantenía adheridos al suelo del canal.
Con una cierta impaciencia, Martia se separó de él y comenzó a caminar suavemente por el tú­nel. Él la siguió hasta que llegaron a la abertura de la pared ante la que ella se mostrara antes tan recelosa. Penetró por la abertura, arrastrándo­se, pero antes de haber avanzado mucho tuvo que apartar a un montón de enmarañados decápodos, dejándolos a un lado. Se trataba de los decápo­dos más grandes que él viera antes, guardando la entrada. Ahora, todos ellos se habían quedado durmiendo en sus puestos. Si era así, razonó, lo que estuvieran guardando también tendría que estar durmiendo.
¿Y por qué Martia no? ¿Cómo encajaba ella en toda aquella situación? Quizá no encajaba en modo alguno. Ella era absolutamente extraña, algo para lo que su inteligencia instintiva no estaba preparada y que, en consecuencia, ignoraban. Eso quizá explicaría el porqué no le habían prestado ninguna atención a él cuando fue descubierto en el jardín.
Sin embargo, tenía que haber alguna excep­ción a aquella regla. Sin duda alguna, Martia trató de no atraer la atención de los centinelas la pri­mera vez que pasaron junto a la entrada.
Un momento después descubrió por qué. Pe­netraron en una enorme cámara que tenía por lo menos setenta metros cuadrados. Se encontraba tan oscura como el tubo, pero durante el período en que todos estuvieran despiertos debía poseer mucha luz, porque el techo estaba abarrotado de gusanos luminosos.
El haz de luz de Martia recorrió la cámara, permitiéndole ver los montones de decápodos dor­midos. Entonces, de repente, se detuvo. Él echó un vistazo y su corazón apresuró su marcha, y los pelos de su nuca se elevaron.
¡Ante él se encontraba un enorme gusano de un metro de altura y casi siete de longitud!
Sin detenerse a pensarlo, asió a Martia para evitar que se acercara demasiado a aquel mons­truo. Pero en el mismo momento en que la asió, la soltó. Después de todo, ella debía saber lo que estaba haciendo.
Martia dirigió la luz hacia su rostro y sonrió, como para indicarle que no debía alarmarse; lue­go le tocó el brazo, en un gesto tímidamente afec­tivo. Por un momento, él no supo por qué. Des­pués, se le ocurrió pensar que ella se sentía con­tenta porque él había pensado en su bienestar. Y, más aún, su reacción demostraba que ya se había recuperado de la conmoción sufrida al verle des­nudo.
Se apartó de ella para examinar al monstruo. Estaba echado en el suelo, dormido, con sus gran­des ojos cerrados detrás de unas hendiduras ver­ticales. Tenía una gran cabeza, similar a la de los pequeños decápodos que le rodeaban. Su boca era enorme, pero la nariz era muy pequeña, como una arruga córnea situada sobre sus labios. El cuerpo, sin embargo, parecía muy poderoso, como si se tratara de un enorme tractor, excepto por el pelo. Diez pequeñas patas sobresalían de sus lados, aunque resultaban demasiado cortas para llegar siquiera al suelo. Sus partes laterales estaban bombeadas, como si se encontraran llenas de gas.
Martia pasó junto al monstruo y se detuvo en su parte posterior. Allí levantó un pliegue de su piel. Debajo de ella había aproximadamente una docena de huevos de cáscara como de cuero, man­tenidos unidos por medio de una viscosa secre­ción.
—Ahora lo comprendo —murmuró Lane—. Desde luego. Es como la reina ponedora de hue­vos. Está especializada en la reproducción. Ésa es la razón por la que los demás no poseen órganos reproductores, o bien son tan rudimentarios que no he podido observarlos. Los decápodos parecen vertebrados, muy bien, pero se asemejan en al­gunas cosas a los insectos terrestres.
»Sin embargo, eso no explica la ausencia de un sistema digestivo.
Martia colocó los huevos en el cubo y comen­zó a abandonar la cámara. Él la detuvo, indicán­dole que deseaba echar un vistazo más detenido por allí. Ella se encogió de hombros y procedió a conducirle por toda la cámara. Ambos tuvieron que llevar mucho cuidado para no tropezar con los decápodos, que estaban echados por todas partes.
Llegaron a una especie de nicho abierto, cons­truido de la misma materia gris de la que estaban compuestas las paredes. Su interior contenía nu­merosas estanterías, en las que había cientos de huevos. Unas trenzas hechas de un tejido similar a la tela de araña, impedía que los huevos se ca­yeran. Cerca había otro nicho que contenía agua. En el fondo pudo ver más huevos. Sobre ellos unos peces-torpedo de menor tamaño se movían en el agua.
Los ojos de Lane se abrieron mucho al obser­var todo esto. Los peces no eran miembros de otra raza, sino que eran las larvas de los decá­podos. Y podían ser colocados en el canal no sólo para vivir bombeando el agua procedente del polo norte, sino para que crecieran hasta estar listos para experimentar la metamorfosis que los lleva­ría a la fase adulta.
Sin embargo, Martia le mostró otro nicho que le hizo revisar parcialmente su primera teoría. Este otro nicho estaba seco y en el suelo había más huevos. Martia recogió uno, cortó su correosa cáscara con un cuchillo y vació su contenido en una mano.
Ahora, los ojos de Lane se abrieron mucho más, pues esta criatura poseía un diminuto cuerpo cilíndrico, una ventosa succionadora en un extre­mo y una boca redonda en el otro, así como dos órganos globulares que le colgaban de la boca. Era un pequeño gusano luminoso.
Martia le miró para ver si él comprendía. Lane extendió sus manos y elevó sus hombros, con aire de estar diciendo: «No lo acabo de comprender.» Haciéndole señas, ella se dirigió hacia otro nicho para mostrarle más huevos. Algunos habían sido rotos desde el interior y los pequeños seres cuyos duros picos lo habían hecho se movían lentamente sobre sus débiles diez patas.
Enérgicamente, Martia realizó una serie de ges­tos. Mientras la observaba, él comenzó a com­prender.
Los embriones que permanecían en los huevos hasta haberse desarrollado por completo, experi­mentaban tres metamorfosis principales: la fase del pez-bomba, la fase del gusano luminoso y final­mente la fase del decápodo infantil. Si los huevos eran abiertos por los cuidadores adultos en cual­quiera de sus dos primeras fases, el embrión per­manecía para siempre con aquella forma. Sin em­bargo, crecía, haciéndose mayor.
¿Y qué sucedía con la reina?, preguntó seña­lando al monstruo, con su cuerpo hinchado de huevos.
Como contestación, Martia recogió uno de los huevos recién incubados. Asió al animal por sus muchas patas, pero éste no protestó al ser, como todos los demás, mudo. Martia le dio la vuelta e indicó una ligera abertura en su parte posterior. Después, le mostró el mismo lugar en uno de los adultos que dormían. La parte posterior del adul­to era suave debajo del pliegue.
Martia hizo gestos de comer. Él asintió. Las criaturas nacían con órganos sexuales rudimenta­rios que nunca se desarrollaban. De hecho, se atro­fiaban por completo a menos que al joven se le proporcionara una dieta especial, en cuyo caso se transformaba en ponedor de huevos.
Pero la imagen no le parecía completa. Si hay hembras, también debe haber machos. Le resul­taba difícil admitir que unos animales tan alta­mente desarrollados se fertilizaran a sí mismos o se reprodujeran partenogenéticamente.
Entonces recordó a Martia y empezó a dudar. Ella no mostraba signos de poseer órganos repro­ductores. ¿Podía pertenecer a un género de seres que se reproducían a sí mismos? ¿O era una des­viación, cuya estructura natural se alcanzaba por medio de alguna dieta especial?
No le parecía que pudiera ser así, pero no podía asegurar que tales cosas no fueran posibles dentro de otro esquema natural.
Lane deseaba satisfacer su curiosidad, así que, ignorando el deseo de Martia de abandonar la cámara, examinó cada una de las cinco crías de decápodo. Todas ellas eran hembras en potencia.
De repente, Martia, que le había estado obser­vando con una expresión muy seria en el rostro, sonrió y le tomó de la mano, llevándole hacia la parte posterior de la cámara. Allí, mientras se aproximaban a otra estructura, percibió un fuerte olor que le recordó el del cloro.
Ya cerca de la estructura, notó que no se trataba de un nicho, como los otros, sino de una especie de caja semiesférica. Las ba­rras de las que estaba compuesta eran de la misma materia gris y dura, y se curvaban a partir del suelo para encontrarse en un punto central. No había puerta alguna. Evidentemente, aquella jaula había sido construida alrededor de lo que había en su interior, y su ocupante tenía que perma­necer allí hasta que muriera.
Martia no tardó en mostrarle por qué a aque­lla cosa no se le permitía ser libre. Ella..., él..., estaba durmiendo, pero Martia introdujo la mano por entre los barrotes y le dio un puñetazo en la cabeza. La cosa no respondió hasta que no fue golpeada otras cinco veces. Después, lentamente, abrió sus párpados oblicuos para poner al descu­bierto unos ojos muy fijos, surcados por una lu­minosa sangre arterial.
Martia arrojó uno de los huevos hacia la ca­beza de aquel ser extraño. Su pico se abrió rápi­damente, el huevo desapareció, el pico se cerró y se escuchó un ruidoso engullir.
La comida le despertó a la vida. Saltó sobre sus diez largas patas, abrió y cerró varias veces el pico y arremetió contra los barrotes una y otra vez.
Aunque no corría ningún peligro, Martia se hizo hacia atrás, ante la mirada asesina que se reflejaba en los ojos escarlata. Lane pudo com­prender su reacción. Se trataba de un gigante, casi un metro más alto que los centinelas. Su espalda estaba al mismo nivel que la de Martia; su pico podría haber contenido la cabeza de ella.
Lane rodeó la jaula para echar un vistazo a su parte posterior. Intrigado, volvió a darle la vuelta, sin distinguir ninguna señal de masculini­dad, excepto su salvaje furia, de algún modo si­milar a la de un semental encerrado en su cuadra durante la época de apareamiento. A excepción de su tamaño y de sus ojos enrojecidos, todo su as­pecto era similar al de los centinelas.
Trató de comunicar a Martia lo intrigado que se sentía. Pero ella pareció anticiparse a sus de­seos. Realizó otra serie de gestos, algunos de los cuales fueron tan enérgicos y cómicos que no pudo evitar el sonreír.
Primero, le mostró dos huevos situados en una cercana plataforma. Se trataba de unos huevos más grandes que los otros y estaban moteados de manchas rojas. Al parecer, contenían embriones macho.
Después, Martia le indicó lo que sucedería si el macho adulto se liberara. Poniendo una cara cuya expresión intentaba ser feroz, pero que sólo consiguió divertirle, entrechocando los dientes y colocando sus dedos como si fueran garras, ella imitó la actitud violenta del macho. Mataría a todo el que se interpusiera en su camino. A toda la colonia, desde la reina, las obreras, los guar­dias, las larvas, los huevos; mordería sus cabezas, les destrozaría, se los comería a todos, a todos. Y, una vez fuera del matadero, se introduciría en el tubo y mataría a todos los decápodos que encontrara, devoraría a los peces-bomba, agarraría a los gusanos luminosos del techo, los destrozaría, se los comería, se comería también las raíces de los árboles. ¡Matar, matar, matar, comer, comer, comer!
Todo eso estaba muy bien, indicó Lane. Pero, ¿cómo...?
Martia indicó que, una vez al día, las obreras hacían rodar a la reina a través de la cámara, conduciéndola hasta la jaula. Allí, la colocaban de modo que presentara su parte posterior a sólo unos centímetros de distancia de los barrotes y del enfurecido macho. Y el macho, aunque no deseaba hacer otra cosa que introducir su pico en la carne de la hembra, desgarrándola, no era dueño de sí mismo. La actividad de la Naturaleza se apoderaba de él; su voluntad quedaba traicio­nada por su sistema nervioso.
Lane hizo un gesto de asentimiento para de­mostrar que comprendía. En su mente quedaba la imagen del decápodo que habían cocinado y comido. Poseía un saco en el extremo interno de la lengua. Probablemente, el macho tendría dos, uno para los excrementos, y el otro para contener el fluido seminal.
De repente, Martia se quedó helada, con las manos extendidas ante ella. Había dejado la linter­na en el suelo para poder moverse con entera libertad; la luz iluminaba su piel pálida.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lane dando un paso hacia ella.
Martia retrocedió, manteniendo las manos de­lante de ella. Parecía sentirse horrorizada.
—No te voy a hacer ningún daño —dijo él.
Sin embargo, se detuvo para que ella comprendiera que él no tenía intención alguna de acer­carse.
¿Qué la preocupaba? Nada se movía en la cá­mara, a excepción del macho, y éste se encontraba detrás de los barrotes.
Después, ella señaló, primero hacia él y des­pués hacia el enfurecido decápodo. Al observar esta inequívoca señal de identificación, Lane com­prendió. Ella se había dado cuenta que él, al igual que el ser encerrado en la jaula, era un macho, y ahora percibía en él su estructura y su función.
Lo que él no comprendía era por qué eso la podía atemorizar tanto. Aquello la repugnaba. Sí, eso era. El cuerpo de Martia, su aparente falta de sexo, le había proporcionado una sensación de disgusto, cercana a la náusea. Era entonces natural que ella reaccionara de un modo similar al ver su cuerpo. Sin embargo, parecía haberse sobre­puesto a su primera conmoción.
¿Por qué se producía ahora este cambio ines­perado, este horror ante él?
Detrás de él sonó el pico del macho, lanzado contra los barrotes. Aquel sonido encontró eco en su mente. ¡Claro, el placer de asesinar del mons­truo!
Hasta que se encontró con él, ella sólo había conocido a una única criatura masculina. Y se trataba de la que estaba encerrada en la jaula. Ahora, de repente, lo había comparado y asociado con el monstruo. Para ella, un macho era un ase­sino.
Desesperado, porque temía que ella echara a correr presa del pánico, él hizo señas, tratando de indicarle que él no era como el monstruo; sacudió la cabeza en un enérgico no, no, no. ¡Él no era así, no era así, no era así!
Martia, observándole intensamente, comenzó a relajarse. Su piel recuperó su color rosado. Sus ojos adquirieron su tamaño normal. Hasta se las arregló para esbozar una sonrisa algo forzada.
Para apartar aquel tema de su mente, le indicó que le gustaría saber por qué la reina y su con­sorte poseían sistemas digestivos, mientras que las obreras no. Como contestación, Martia indicó la boca abierta y colgando hacia abajo de los gusa­nos suspendidos del techo. Su mano, que se ex­tendió hacia la boca, fue retirada cubierta de secreción. Tras oler aquella secreción, se la dio a él, también para que la oliera. Él la tomó de la muñeca, ignorando la ligera y quizá involuntaria contracción que Martia realizó cuando sintió su contacto.
Aquella materia olía a comida predigerida.
Después, Martia se dirigió hacia otro gusano. Sus dos órganos luminosos no estaban coloreados de rojo, como sucedía con los otros, sino que tenían un color verdoso. Martia hizo cosquillas en la lengua del animal, utilizando uno de sus dedos, y después mantuvo sus manos debajo de él, formando cuenco. Un líquido descendió de la boca abierta, cayendo sobre sus manos.
Lane olió la sustancia. No tenía olor. Cuando bebió el líquido, descubrió que se trataba de una espesa agua azucarada. Por medio de gestos, Mar­tia le indicó que los gusanos luminosos actuaban también como sistemas digestivos para las obre­ras. Del mismo modo, almacenaban alimentos para ellas. Las obreras obtenían una parte de su ener­gía a partir de la glucosa segregada por las raíces de los árboles.
Las proteínas y sustancias vegetales de su dieta era originada a partir de los huevos y de las hojas de la planta paraguas. Las tiras de las correosas membranas de la hoja eran traídas al interior del tubo por grupos de cosecheros que se aventura­ban a salir durante el día.
Los gusanos digerían parcialmente los huevos, los decápodos muertos y las hojas, devolviéndolos en forma de una especie de sopa. Esta sopa, al igual que la glucosa, era tragada por las obreras, pasaban a través de las paredes de sus cuellos o bien iban a parar a los sacos que conectaban las gargantas con las grandes arterias sanguíneas. Los productos de desecho eran eliminados a tra­vés de la piel, o vaciados a través del canal exis­tente en la lengua.
Lane asintió y después salió de la cámara. Apa­rentemente aliviada, Martia le siguió. Cuando re­gresaron arrastrándose a su propia habitación, ella colocó los huevos en una nevera, se sirvió un vaso de vino y otro para él, introdujo un dedo en cada uno de los vasos y después se llevó el dedo a sus propios labios y a los de él. Ligeramente tocó la yema del dedo con su lengua. Supuso que aquello no era más que otro ritual, quizá un ritual previo a marcharse a la cama a descansar, con el que se pretendía afirmar que ambos estaban en paz y eran una misma cosa. Hasta pudiera ser que tu­viera un significado más profundo; pero si era así, no podía saber cuál era.
Martia comprobó el estado de seguridad y co­modidad del gusano del cuenco. Para entonces, ya se había comido todo lo que ella le vomitara. Sacó el gusano, lo lavó, limpió igualmente el cuenco, lo llenó de agua azucarada tibia, lo colocó en una mesa situada cerca de la cama y volvió a colocar a la criatura en su interior. Después se echó sobre la cama y cerró los ojos. No cubrió su cuerpo y, al parecer, no esperaba que él deseara algo para cubrirse.
A pesar de lo cansado que estaba, Lane no podía descansar. Al igual que un tigre en su jaula, iba de un lado a otro de la cámara. No podía apartar de su mente el enigma de Martia, ni el problema de regresar a la base y a la nave orbital. La Tierra tenía que conocer lo que había sucedido.
Después de una media hora durante la que se mantuvo esta misma situación, Martia se incor­poró. Le miró fijamente, como tratando de descu­brir la causa de su insomnio. Después, pareciendo darse cuenta de lo que andaba mal, se levantó y abrió un armario que colgaba de la pared. En su interior había una serie de libros.
—¡Ah! —exclamó Lane—. Quizá ahora pueda conseguir algo de información.
Y los ojeó todos, uno tras otro. Lleno de ansie­dad, escogió tres y los dejó sobre la cama, antes de sentarse en ella, dispuesto a examinarlos.
Naturalmente no podía leer los textos, pero los tres libros poseían numerosas ilustraciones y foto­grafías. El primer volumen era muy grande, y pa­recía ser una especie de historia universal para niños.
Lane examinó las primeras imágenes. Después dijo con una voz ronca:
—¡Dios mío! ¡Pero si tú no eres más marciana que yo!
Martia, extrañada por el asombro y la urgencia de su voz, se acercó a su cama y se sentó junto a él. Le observó mientras él iba pasando las pági­nas hasta que llegó a una cierta fotografía. Inesperadamente, ella ocultó el rostro entre las manos, y su cuerpo se vio convulsionado por los gemidos.
Lane quedó sorprendido. No estaba seguro de por qué ella se encontraba en aquel estado de ánimo. La fotografía mostraba una vista aérea de una ciudad perteneciente al planeta de donde ella procedía..., o de algún planeta donde vivía la gente de su misma raza. Quizá se trataba de la misma ciudad en la que ella, de algún modo..., había nacido.
Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo sin que su sentimiento comenzara a hacer mella en él. Antes de darse cuenta, el también empezó a llorar.
Ahora se daba cuenta. Lo que le ocurría a ella era una sensación de soledad, de abrumadora sole­dad, de la misma clase que él había experimen­tado cuando no recibió ninguna otra comunicación de los hombres que se marcharon con los tracto­res, y cuando llegó al convencimiento que él era el único ser humano que se encontraba sobre la superficie de aquel mundo.
Al cabo de un rato, se secaron las lágrimas. Él se sintió mejor y deseó que ella también se sin­tiera aliviado. Al parecer, Martia notó su simpatía, pues le sonrió a través de sus lágrimas. A con­tinuación, e impulsada por una irresistible ráfaga de sentimiento común y de afectividad, ella le besó la mano y después se introdujo dos de los dedos de Lane en su boca. Aquello, pensó él, debía ser la forma en que ella expresaba su amistad. O quizá era gratitud por su presencia. O simple­mente un sentimiento de alegría compartida. En cualquier caso, pensó, la sociedad de Martia debía poseer una elevada orientación oral.
—Pobre Martia —murmuró—. Debe ser algo muy terrible tener que volverse hacia alguien extraño y misterioso como yo debo parecerte. Es­pecialmente a alguien que, hace un rato, no sabías si estaba dispuesto a comerte o no.
Quitó los dedos de su boca, pero viendo su mirada de rechazo, y llevado por un impulso, le tomó la mano, y se llevó los dedos de Martia a su propia boca.
Extrañamente, aquella acción suya provocó en ella otra oleada de lágrimas. Sin embargo, no tardó en darse cuenta que éstos eran sollozos de felicidad. Una vez que hubo pasado todo, ella se echó a reír suavemente, como si se sintiera muy complacida.
Lane tomó una toalla y le limpió los ojos y la mantuvo sobre su nariz mientras ella se sonaba.
Ahora, de algún modo fortalecida y reconfor­tada, se mostró dispuesta a señalar ciertas ilustra­ciones y por medio de signos le hizo comprender lo que significaban.
Aquel libro para niños comenzaba con una na­rración de la aparición de la vida sobre su planeta. El planeta en cuestión giraba alrededor de una estrella que, de acuerdo con un mapa simplificado de la galaxia, se encontraba en el centro de ésta.
La vida había comenzado allí de un modo simi­lar a como apareciera sobre la Tierra. Se había desarrollado en sus primeras fases siguiendo unas líneas muy similares. Pero Lane observó las imáge­nes de algunos peces primitivos que le extrañaron mucho. Lane no estaba muy seguro de su interpre­tación; sin embargo, consideró que debió haber sido así.
Las imágenes mostraban con sencillez que en el planeta de Martia la evolución había seguido modelos algo diferentes, con mecanismos biológi­cos distintos a los de la Tierra.
Fascinado, siguió el paso de los peces a los anfibios, de éstos a los reptiles y de éstos a los animales de sangre caliente, pero no observó la existencia de mamíferos similares al mono de los que hubieran podido proceder seres como Martia.
Después, las imágenes mostraban varios aspec­tos de aquellos seres pertenecientes a épocas pre­históricas. Más adelante se mostraba la invención de la agricultura, del trabajo con los metales, etc.
La historia de la civilización estaba compuesta por una serie de imágenes cuyo significado apenas si podía captar. Había algo peculiar, a diferencia de lo sucedido en la Tierra. Se podía observar una relativa ausencia de guerras. Allí parecían fal­tar personajes terrestres como Ramsés, Gengis Khan, Atila, César o Hitler.
Pero había más, mucho más. La tecnología pa­recía haber avanzado mucho más que en la Tierra, a pesar de la falta de estímulo de la guerra. Quizá, pensó, todo había empezado allí mucho antes de lo que sucedió en la Tierra. Tuvo la impresión que los congéneres de Martia habían evolucio­nado, hasta alcanzar su estado actual, mucho antes que lo hiciera el homo sapiens.
Fuera esta suposición cierta o no, la realidad era que ahora superaban al hombre. Podían viajar casi a la velocidad de la luz, quizá más rápidamen­te, y dominaban por completo los viajes interes­telares.
Fue entonces cuando Martia le señaló una pá­gina que contenía varias fotografías de la Tierra, tomadas evidentemente desde varias distancias por una nave espacial. Detrás de ellas, un artista había dibujado una figura sombría, mitad mono, mitad dragón.
—¿Es esto lo que la Tierra significa para ti? —preguntó Lane—. ¿Peligro? ¿No tocar?
Observó las otras fotografías de la Tierra. Ha­bía otras muchas páginas que trataban de otros planetas, pero a su propio planeta sólo se le había dedicado una. Eso parecía ser suficiente.
—¿Por qué nos mantienen bajo vigilancia ale­jada? —preguntó Lane—. Están tan adelantados con respecto a nosotros, hablando desde un punto de vista tecnológico, como nosotros lo estamos con respecto a los aborígenes australianos. ¿De qué tienen miedo?
Martia se levantó, colocándose frente a él. De repente, con virulencia, abrió, cerró e hizo rechi­nar los dientes y avanzó sus manos, colocando sus dedos como si fueran garras.
Él sintió un escalofrío. Eran los mismos ges­tos que ella utilizó poco antes para demostrarle la indiferente locura asesina del macho encerrado en la jaula.
Lane inclinó la cabeza.
—En realidad, no te puedo culpar de nada. Tie­nes toda la razón. Si ustedes establecieran contacto con nosotros, les robaríamos todos vuestros secretos. Y después, ¡infestaríamos todo el espacio!
Se detuvo, se mordió un labio y añadió:
—Sin embargo, estamos mostrando algunos signos de progreso. No se ha producido ninguna guerra y ninguna revolución durante un período de quince años. Las Naciones Unidas han estado solucionando problemas que antes habrían signi­ficado una guerra mundial. La Unión Soviética y los Estados Unidos siguen estando armados, pero no están más cerca de entrar en conflicto que cuando yo nací. ¿Quizá...?
»¿Sabes una cosa? Apostaría a que no has visto a un terrestre en carne y hueso con anterioridad. Quizá nunca hayas visto ni siquiera una imagen de uno de nosotros, o si la has visto era de alguien que estaba vestido. En estos libros no se ve a ningún terrestre. Quizá ustedes sabían que nos dividimos en hembras y varones, pero eso no significó mu­cho para ti hasta que me viste desnudarme para tomar la ducha, y el paralelismo, repentinamente revelado, con el macho decápodo, te horrorizó. Y notaste entonces que yo era la única cosa en el mundo que tenías como compañía. Debe haber sido algo así como si yo hubiera naufra­gado, pudiendo llegar a una isla desierta, para darme cuenta entonces que el único otro habi­tante de la isla era un tigre.
»Pero eso no explica lo que estás haciendo aquí, sola, viviendo en estos tubos, junto con los indígenas marcianos. ¡Oh, cómo me gustaría que pudiéramos comprendernos!
»Conversando contigo —añadió, recordando las líneas que había leído la última noche que pasó en la base.
Ella le sonrió y él continuó:
—Bueno, al menos se te está pasando el susto. Después de todo no soy un tipo tan malo, ¿ver­dad?
Ella le volvió a sonreír y se dirigió a un gabi­nete, de donde tomó papel y pluma. Con ellos, hizo un esbozo simple tras otro. Observando su ágil pluma, él empezó a comprender lo que había su­cedido.
Su gente había mantenido una base durante mucho, mucho tiempo en la cara oculta de la Luna. Pero cuando los primeros cohetes terrestres penetraron en el espacio, borraron todas las hue­llas de existencia de la base. Después construye­ron una nueva base en Marte.
Más tarde, cuando pareció evidente que una expedición terrestre sería enviada a Marte, aquella base también fue destruida, construyéndose otra en Ganímedes.
Sin embargo, cuatro científicas habían perma­necido allí, en aquellos simples alojamientos, para completar sus estudios sobre los decápodos. Aun­que la gente de Martia había estudiado a aquellas criaturas durante algún tiempo, aún no habían conseguido descubrir cómo sus cuerpos se ajusta­ban a la diferencia de presión existente entre la del tubo y la que se veían obligados a soportar en el exterior. Las cuatro científicas creían estar a punto de descubrir este secreto, y por ello se les había permitido permanecer allí hasta poco antes que llegaran los terrestres.
En realidad, Martia era nativa de Marte, pues había nacido y se había criado allí. Hacía siete años que se encontraba allí, dijo, indicando un esbozo de Marte en su órbita alrededor del Sol y adelantando después siete dedos.
Aquello significaba que tenía unos catorce años de la Tierra. Quizá estos seres, pensó Lane, alcan­zaban la madurez con mucha mayor rapidez. Eso, en el caso que ella fuera un ser adulto, lo que resultaba bastante difícil de decir.
Cuando ella le mostró mediante dibujos lo que sucedió la noche antes de su prevista partida ha­cia Ganímedes, el horror contrajo las facciones de su rostro, obligándola a abrir mucho los ojos. El grupo fue atacado, mientras estaba durmiendo, por un decápodo macho que se encontraba en libertad.
Era muy raro que un macho pudiera quedar libre. Pero, al parecer, éste se las arregló para es­capar. Al hacerlo destruyó toda la colonia, aniqui­lando todo signo de vida en el tubo donde se encontraba. Hasta se comió las raíces de los árboles, de modo que éstos murieron y el oxígeno dejó de fluir hacia aquella sección del túnel.
Para una colonia, advertida del peligro, sólo existía un medio de luchar contra un macho libre, y se trataba de un método peligroso. Consistía en poner en libertad a su propio macho. Selecciona­ron a los pocos decápodos que se quedarían junto al macho, sacrificando sus vidas para disolver los barrotes de la jaula mediante una secreción ácida procedente de sus cuerpos, mientras el resto de la colonia huía. La reina, incapaz de moverse, tam­bién murió. Pero los que huyeron se llevaron con­sigo huevos suficientes como para producir otra reina y otro consorte en alguna otra parte.
En cuanto a los machos en libertad, se espera­ba que se mataran entre ellos, o que el vencedor se encontrara tan exhausto como para poder ser eliminado por los soldados.
Lane asintió. El único enemigo natural de los decápodos era un macho en libertad. De no existir control, el crecimiento de la población no tardaría en abarrotar los tubos y agotar todas las existen­cias de alimentos y de aire. Por poco compasivo que parezca, la huida de un macho de vez en cuando era lo único que salvaba a los marcianos de la muerte por hambre y quizá de la extinción.
Pero, aunque pudiera ser así, el macho asesino no había hecho ninguna distinción para con las compañeras de Martia. Tres murieron mientras dormían, antes que las otras dos se desperta­ran. La otra mujer se arrojó contra la bestia, gri­tando a Martia que escapara.
Pero aunque estaba casi loca de temor, Martia no permitió que el pánico la hiciera huir corriendo. Al contrario, se abalanzó hacia un armario para tomar un arma.
Un arma, pensó Lane. Más tarde, tendría que descubrir más cosas al respecto.
Martia indicó con gestos lo que había sucedido. Había logrado abrir la puerta del armario, exten­diendo la mano para sacar el arma, cuando sintió el pico de la bestia mordiéndole en una pierna. A pesar de la conmoción, pues el pico penetró pro­fundamente en los vasos sanguíneos y en los músculos, ella se las arregló para presionar el extremo del arma contra el cuerpo del macho. El arma actuó como debía y el macho cayó al suelo. Desgraciadamente, no por ello dejó de actuar el pico, que siguió ejerciendo una terrible fuerza so­bre la pierna, justo por encima de la rodilla.
En aquel momento, Lane trató de interrumpir­la, para conseguir una descripción del arma utili­zada. Martia, sin embargo, hizo caso omiso de su pregunta. Al parecer, no comprendió lo que él pre­guntó, pero él estaba seguro que ella no tenía ningún interés en contestar. No confiaba por com­pleto en él, lo que por otra parte era comprensi­ble. ¿Cómo la podía culpar por ello? Sería una tonta si se mostrara demasiado confiada con un ser tan desconocido para ella. Eso, en el caso que realmente fuera tan desconocido.
Después de todo y aunque ella no le conocía bien desde el punto de vista personal, conocía a la clase de gente de la que él procedía, y qué era lo que se podía esperar de ellos. Ya era sorprendente el hecho que no le hubiera dejado morir en el jardín, y seguía resultándole extraño que com­partiera con él la comunión del pan y del vino.
Quizá lo había hecho porque se encontraba sola y era mejor estar acompañada que nada. O también podía ser que ella actuara en un plano ético mucho más elevado que el de cualquier terrestre, no pudiendo soportar la idea de dejar morir a un ser racional, aun cuando pensara de él que no era más que un salvaje sediento de sangre. O quizá abrigaba otros planes para él, como por ejemplo hacerle prisionero.
Martia continuó con su historia. Terminó por desmayarse y se despertó algún tiempo después. El macho también empezaba a recuperar el cono­cimiento, así es que, en esta ocasión, tuvo que matarle.
Un fragmento más de información, pensó Lane. El arma que ella poseía era capaz de infligir diver­sos grados de daño. Después, y aunque se encon­traba muy mal, llegó hasta donde se encontraban las medicinas y se trató la herida. Al cabo de dos días ya estaba de pie, yendo de un lado a otro, y las cicatrices habían empezado a desaparecer.
Deben estar muy adelantados con respecto a nosotros, pensó Lane. Según había indicado ella misma, le fueron cortados algunos de los múscu­los. Y, sin embargo, se recuperaron al cabo de un par de días.
Martia indicó que la recuperación de su cuerpo había requerido el consumo de una enorme canti­dad de comida durante su curación. La mayor par­te del tiempo se la pasó comiendo y durmiendo. La reconstrucción, ya se produjera a un ritmo normal o acelerado, seguía exigiendo la misma cantidad de energía.
Para entonces, los cuerpos del macho y de sus compañeras olían muy mal a causa de la descom­posición. No había tenido fuerzas para cortarlos e incinerarlos en el quemador de desperdicios. Mientras contaba todo esto, aparecieron lágrimas en sus ojos, y terminó por sollozar.
Lane quiso preguntarle por qué no había ente­rrado los cuerpos, en lugar de incinerarlos, pero reconsideró su pregunta antes de hacerla. Aun cuando sus congéneres tuvieran la costumbre de enterrar a sus muertos, lo más probable era que ella deseara destruir toda prueba de su existencia, antes que los terrestres llegaran a Marte.
Por medio de señas, Lane le preguntó cómo había podido el macho penetrar en la cámara, a pesar de la puerta existente en el túnel. Ella le indicó que, normalmente, la puerta sólo estaba cerrada cuando los decápodos estaban despiertos o cuando ella y sus compañeras estaban durmien­do. Pero había llegado el momento para que una de ellas recogiera los huevos en la cámara de la reina.
Según lo reconstruyó ella, el macho asesino apareció en aquel momento y mató a la científica allí mismo, en la cámara de la reina. Después, tras haber ocasionado una gran matanza entre los de­cápodos que dormían, deambuló por el tubo y vio el reflejo de la luz que surgía del túnel abierto. El resto de la historia, ya lo sabía.
Por medio de gestos, él le preguntó por qué el macho no dormía cuando lo hacían sus compañe­ros. Evidentemente, el que habían visto encerra­do en la jaula dormía al mismo tiempo que los demás. Y los guardianes de la reina también dor­mían, creyendo que estaban a cubierto de todo ataque.
No era así, replicó Martia. Un macho escapado de la jaula no conocía otra ley que la fatiga. Cuan­do había quedado agotado de tanto comer y ma­tar, se echaba a dormir. Pero no importaba si era el momento de dormir o no. Cuando había descan­sado, recorría todos los tubos, comiendo y matan­do, hasta que volvía a sentirse demasiado fatigado para moverse.
Por lo tanto, pensó Lane, eso explicaba la zona de plantas paraguas muertas en la parte superior del tubo, junto al jardín. Otra colonia se había tras­ladado a la zona devastada, construido el jardín en el exterior y plantado las jóvenes plantas pa­raguas.
Se preguntó por qué ni él ni sus otros compa­ñeros habían visto a ningún decápodo en el exte­rior durante los seis días que habían permanecido en Marte. Debía existir al menos una cámara de presión y una salida para cada colonia, y de­bían existir por lo menos quince colonias en los tubos existentes entre aquel lugar y donde se encontraba su base. Quizá la respuesta era que los cosechadores de hojas sólo se aventuraban ocasio­nalmente al exterior.
Y ahora que lo recordaba, ni él ni ninguno de sus compañeros había observado ningún aguje­ro en las hojas. Aquello significaba que los árbo­les tuvieron que haber sido cosechados hacía al­gún tiempo, y que ahora ya estaban preparados para una nueva cosecha. Si la expedición hubiera esperado sólo unos pocos días más antes de en­viar a los hombres en los tractores, podrían haber visto a los decápodos y haber investigado. Y toda la historia podría haber sido muy diferente.
Había otras cuestiones que deseaba preguntar­le a Martia. ¿Qué ocurría con el vehículo en el que se suponía que ellas debían viajar a Ganímedes? ¿Ha­bía alguno oculto en el exterior, o se enviaría a alguno para recogerlas? En este último caso, ¿có­mo se pondría en contacto con la base de Ganímedes? ¿Por radio? ¿O por algún otro método in­concebible para él?
¡Los globos azules!, pensó. ¿Podrían ser medios de transmitir mensajes?
No pudo pensar más en ellos, pues se sentía abrumado por la fatiga y terminó por quedarse dormido. Lo último que recordó fue el rostro de Martia, inclinado sobre él, sonriéndole.
Cuando se despertó, de mala gana, sus múscu­los le dolían y su boca estaba tan seca como el desierto marciano. Se levantó a tiempo para ver a Martia salir del túnel, con una cesta de huevos en la mano. Al verla lanzó un gruñido. Aquello significaba que ella había vuelto a la cámara de la reina, y que él había dormido durante todo el período correspondiente a un día marciano.
Se incorporó, tambaleándose, y se introdujo en el cubículo de la ducha. Al salir, sintiéndose mucho más refrescado, encontró el desayuno pre­parado sobre la mesa. Martia realizó el rito de la comunión y después comieron. Echaba de me­nos su café. La sopa caliente era buena, pero no era un sustituto satisfactorio. Había un cuenco que contenía una mezcla de cereal y fruta, que Martia extrajo de un tiesto. Su contenido debía tener un elevado poder energético, porque le despertó del todo.
Después, él realizó algunos ejercicios, mientras ella lavaba los platos. Aunque estaba mantenien­do su cuerpo ocupado, no dejaba de pensar en cosas que no tenían ninguna relación con lo que estaba haciendo. ¿Cuál podría ser su próximo paso? Su deber le exigía regresar a la base para informar. ¡Qué noticias podría enviar a la nave orbital! La historia no tardaría en ser transmitida desde la nave a la Tierra. Todo el planeta queda­ría conmocionado.
Existía una objeción a su plan de llevarse a Martia consigo.
Ella no querría ir.
Se detuvo de pronto, en medio de un ejerci­cio. ¡Qué tonto era! Había estado demasiado can­sado y confundido para comprenderlo. Pero si ella le había revelado que su base se encontraba en Ganímedes, era porque no esperaba que él llevara dicha información al lugar de donde procedía. Sería una tontería por parte de ella, a menos de estar absolutamente segura que él no lo podría comunicar a nadie.
Aquello significaría que una nave venía en ca­mino y que no tardaría en llegar. Y aquella nave no sólo se la llevaría a ella, sino también a él. Si tenía que morir, sería mejor enfrentarse ahora con la realidad.
Lane no había sido elegido como miembro de la primera expedición terrestre a Marte porque le faltara decisión. Antes al contrario. Cinco minu­tos después había tomado una decisión. Su deber estaba claro. En consecuencia, lo llevaría a cabo, aun cuando eso significara violar sus sentimientos personales hacia Martia, y pudiera causarle daño.
Primeramente la ataría. Después tomaría sus dos trajes de presión, los libros y todas las herra­mientas lo bastante pequeñas para ser transpor­tadas, de modo que pudieran ser examinadas más tarde en la Tierra. La obligaría a marchar delan­te de él, a través del tubo, hasta que llegaran al punto situado en la parte opuesta a su base. Allí, se colocarían los trajes y saldrían al exterior, di­rigiéndose a la cúpula. Y en cuanto fuera posible, los dos se elevarían en el cohete, dirigiéndose a la nave orbital. Este último paso era el más peli­groso de todos, pues resultaba extremadamente difícil para un solo hombre pilotar el cohete. Teó­ricamente, sin embargo, se podía hacer. Tenía que hacerse.
Lane apretó las mandíbulas y forzó sus múscu­los para dejar de temblar. La idea de violar la hospitalidad de Martia no le gustaba en absoluto. Sin embargo, ella le había tratado tan bien por un propósito que tampoco era altruista. Por todo lo que sabía, ella estaba tramando algo contra él.
Había una cuerda en uno de los armarios; era la misma cuerda flexible con la que ella le había sacado del cenagal. Lane abrió la puerta del arma­rio y estuvo buscándola. Martia estaba en el cen­tro de la habitación, observándole, mientras acari­ciaba la cabeza del gusano de ojos azules, enro­llado alrededor de su hombro. Lane confió en que permaneciera allí hasta que él se acercara. Evi­dentemente, Martia no llevaba ningún arma, y nada, a excepción del gusano. Desde que se había quitado el traje, no se había puesto nada sobre su cuerpo.
Al verle aproximarse, ella le habló con un tono de voz alarmado. No se necesitaba mucha sensi­bilidad para darse cuenta que le estaba pre­guntando qué intentaba hacer con la cuerda. Él intentó sonreír para hacerla sentirse confiada, pero fracasó. Aquello le estaba poniendo enfermo.
Un momento después, se sintió violentamente enfermo. Martia había pronunciado una palabra en voz muy alta, y sintió corno si aquella palabra le pegara en la boca del estómago, produciéndole náuseas. Su boca empezó a segregar saliva. Dejó caer la cuerda y echó a correr hacia la ducha para evitar vomitar sobre el suelo.
Diez minutos después se sintió un poco mejor. Pero cuando intentó caminar hacia la cama, sus piernas amenazaron con fallarle. Martia tuvo que ayudarle.
Se maldijo a sí mismo interiormente. ¡Tener una reacción tan repentina ante la comida extra­ña que había tomado y en un momento tan cru­cial! Por lo visto, la suerte no estaba de su parte.
Si es que, en realidad, se trataba de una cues­tión de suerte. Había existido algo muy extraño y poderoso en la forma en que ella había pronun­ciado aquella palabra final. ¿Era posible que ella hubiera hecho surgir en él, hipnóticamente o de cualquier otra forma, un reflejo a aquella pala­bra? Bajo ciertas condiciones, aquello represen­taría un arma mucho más poderosa que un re­vólver.
No estaba seguro, pero le parecía raro que su cuerpo hubiera aceptado hasta entonces la comi­da extraña. Sin embargo, el hipnotismo no pare­cía ser la respuesta. ¿Cómo se podría ejercer tan fácilmente sobre él desde el momento en que ape­nas si sabía unas veinte palabras del lenguaje ex­traño que ella hablaba?
¿Lenguaje? ¿Palabras? No eran necesarias. Si ella le había administrado una droga hipnótica en la comida, despertándole después mientras dor­mía, podría haberle ordenado cómo tenía que reac­cionar él en el caso que ella lo deseara así. Martia podría haberle enseñado la palabra clave, permitiéndole después que volviera a dormirse.
Conocía lo suficiente sobre hipnotismo como para saber que aquello era posible. El que sus sos­pechas fueran ciertas o no, era un problema que tenía ahora sobre sus espaldas. Sin embargo, no perdió el día. Aprendió otras veinte palabras y ella le hizo otros muchos dibujos. Se enteró de esta forma que cuando penetró en el cenagal había caído literalmente en la sopa. La sustancia en la que habían sido plantados los jóvenes árboles para­guas era una zoogloea, una masa glutinosa de le­gumbres unicelulares y de una vida animal anaeró­bica algo más grande que alimentaba a las legum­bres. El calor de los cuerpos hinchados de agua mantenía caliente el suelo del jardín y evitaba que las delicadas plantas se helaran incluso a las bajas temperaturas, por debajo de cero, reinan­tes en las noches de verano.
Una vez que los árboles eran transplantados a la parte superior del tubo para sustituir a los adultos muertos, la zoogloea era llevada a trozos al interior del tubo y vaciada en el canal. Allí, los peces-bomba filtraban una parte y se comían la otra a medida que bombeaban el agua desde el extremo polar del tubo hacia su extremo ecua­torial.
Hacia el final del día, comió un poco de sopa de zoogloea y se las arregló para no vomitarla. Un poco después comió algo de cereal.
Martia insistió en darle ella misma la comida a cucharadas. Había algo tan femenino y cariñoso en su solicitud, que él no pudo protestar.
—Martia —le dijo—, puedo estar equivocado. Puede haber buena voluntad y relaciones entre nuestros dos géneros. Míranos a nosotros. Si tú fueras una verdadera mujer, estaría enamorado de ti.
»Claro está que me puedes haber provocado sensaciones y sentimientos muy diferentes. Pue­des haberme hecho caer enfermo. Pero si lo hicis­te fue una cuestión de conveniencia, y no de ma­licia. Y ahora estás cuidando de mí, de tu enemigo. Amas a tu enemigo, no porque se te ha dicho que lo hagas así, sino porque realmente sientes que quieres hacerlo.
Ella, desde luego, no comprendió nada. Sin em­bargo, le contestó en su propia lengua, y a él le pareció que su voz tenía el mismo tono de sim­patía que la suya propia.
Cuando se quedó durmiendo estaba pensando que quizá Martia y él podrían ser los dos emba­jadores que consiguieran relacionar pacíficamen­te a sus dos pueblos. Después de todo, ambos eran altamente civilizados, esencialmente pacíficos y devotamente religiosos. Existía una hermandad, no sólo entre el hombre, sino entre todos los se­res sensibles e inteligentes del cosmos, y...
Una presión en su vejiga le despertó. Abrió los ojos. El techo y las paredes parecían expandir­se y contraerse. Su reloj de muñeca estaba defor­mado. Sólo mediante un gran esfuerzo pudo enfo­car sus ojos con la suficiente nitidez como para observar su reloj que, diseñado para medir el día marciano, ligeramente más largo que el de la Tie­rra, indicaba la medianoche.
Sintiéndose mareado se incorporó. Estaba se­guro que debió haber sido drogado, y que aún estaría durmiendo si el dolor de la vejiga no hubiera sido tan agudo. Si pudiera contrarrestar la droga con algo, ahora podría llevar a cabo sus planes. Pero antes tenía que ir al lavabo.
Para hacerlo se veía obligado a pasar cerca de la cama de Martia. Ella no se movía. Estaba echada sobre la espalda, con los brazos fláccidos colgando a ambas partes de la cama, y la boca ampliamente abierta.
Él apartó la mirada, pues le pareció indecente mirar cuando ella se encontraba en tal posi­ción.
Pero algo atrajo su mirada..., un movimiento, un destello de luz, como una joya brillante en su boca.
Se inclinó sobre ella, miró y se apartó, lleno de horror.
Una cabeza se había elevado de entre sus dientes.
Levantó la mano para golpear aquella cosa, pero se quedó helado en su postura, reconociendo la pequeña boca redonda y los diminutos ojos azu­les. Era el gusano.
Al principio pensó que Martia estaba muerta. Aquella cosa no estaba enrollada en su boca. Su cuerpo desaparecía en el interior de la garganta de Martia.
Después observó que su pecho se elevaba tran­quilamente y que no parecía existir la menor difi­cultad.
Haciendo un esfuerzo se acercó al gusano, aunque los músculos de su estómago se le con­trajeron y los de su nuca temblaron. Acercó la mano a los labios redondos del gusano. Una co­rriente de aire caliente le dio en los dedos, al mismo tiempo que escuchaba un débil silbido.
¡Martia estaba respirando a través de aquella cosa!
—¡Dios! —exclamó con una voz ronca.
La sacudió por los hombros. No quería tocar el gusano porque tenía miedo que pudiera hacer algo que la dañara. En aquel momento de conmo­ción, olvidó que había dispuesto de una gran ven­taja sobre ella que debería haber utilizado.
Los párpados de Martia se abrieron; sus grandes ojos gris-azulados se le quedaron mirando fijamente.
—Tómatelo con calma —le dijo él.
Ella se estremeció. Sus párpados se cerraron, su cuello se arqueó hacia atrás y la expresión de su rostro se contrajo. Él no pudo decir sí su mue­ca fue causada por el dolor o por alguna otra cosa.
—¿Qué es ese..., ese monstruo? —preguntó—. ¿Un animal simbiótico ¿Un parásito?
Pensó en vampiros, en gusanos que se desli­zaban en el interior del cuerpo, cuando uno esta­ba durmiendo, para chuparle la sangre.
De repente, ella se sentó en la cama y exten­dió sus brazos hacia él. Lane le tomó las manos, preguntando:
—¿Qué ocurre?
Martia le atrajo hacia ella, elevando al mismo tiempo su rostro hacía el de él.
Por su boca abierta surgió el gusano, con la cabeza dirigida hacía el rostro de Lane y sus pe­queños labios abiertos en forma de O.
Fue un reflejo, el reflejo del miedo, lo que obligó a Lane a soltar sus manos y echarse hacia atrás bruscamente. No había querido hacer aque­llo, pero no pudo evitarlo.
Abruptamente, Martia se despertó del todo. El gusano surgió en toda su longitud de su boca y cayó, enrollado, entre sus piernas. Allí se revolcó por un momento antes de quedarse enrollado como una serpiente, con la cabeza descansando sobre el muslo de Martia y los ojos vueltos hacia Lane.
No quedaba la menor duda. Martia parecía sen­tirse desilusionada y frustrada.
Las rodillas de Lane, que aún se sentían débiles, apenas si le pudieron sostener. Sin embargo, se las arregló para llegar al lavabo, y allí se des­cargó tanto de la presión como de la cena. Cuan­do salió, pudo llegar hasta la cama de Martia, donde tuvo que sentarse. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas y empezó a respirar con dificultad.
Se sentó detrás de ella, pues no quería estar donde el gusano pudiera tocarle.
Martia le indicó por señas que debía regresar a su cama para que todos pudieran volver a dor­mir. Evidentemente, pensó Lane, ella no había encontrado nada alarmante en el incidente.
Pero él sabía que no podría descansar hasta que no recibiera alguna clase de explicación. Tomó papel y pluma de la mesilla que había junto a la cama y se los tendió, haciendo furiosos gestos. Martia se encogió de hombros y comenzó a dibu­jar, mientras Lane la observaba por encima del hombro. Cuando ella ya había utilizado cinco ho­jas de papel, consiguió comunicar su mensaje.
Los ojos de Lane estaban muy abiertos y el color de su rostro era muy pálido.
Entonces..., Martia era una mujer. Mujer, al menos, en el sentido que ella era portadora de óvulos y, a veces, crías, en su interior.
Y estaba, además, el llamado gusano. ¿Le po­día seguir llamando así? ¿De qué otro modo po­dría llamarle? No podía ser incluido en una sola categoría. Eran muchas cosas en un solo ser. Era una larva. Era un falo. También era el vástago de Martia.
Pero no procedía de sus genes. No descendía directamente de ella.
Ella lo había dado a luz y, sin embargo, no era su madre. Ella ni siquiera era una de sus madres.
El vértigo y la confusión que sentía no eran causados únicamente por sus náuseas. Las cosas estaban apareciendo ante él con demasiada rapi­dez. Estaba pensando furiosamente, tratando de aclarar esta nueva información en su mente, pero sus pensamientos iban de un lado a otro, sin con­seguir llegar a ninguna parte.
—No hay ninguna razón para trastornarse —se dijo a sí mismo—. Después de todo, la división de los animales en dos sexos es únicamente una de las formas de reproducción existentes sobre la Tierra. En el planeta de Martia, la Naturaleza..., Dios..., ha creado otro método para los animales superiores. Y sólo Él sabrá cuántas otras formas de reproducción habrá creado en otros muchos mundos.
A pesar de todo, se sentía trastornado.
Este gusano; no, esta larva, este embrión exis­tente fuera de su óvulo y su madre secundaria..., bueno, llamémosle de una vez y para siempre larva, porque después se metamorfoseaba.
Aquella larva concreta estaba condenada a con­servar su forma actual hasta que muriera a edad avanzada.
A menos que Martia encontrara a otro adulto de Eeltau.
Y a menos que ella y ese adulto sintieran afec­to el uno por el otro.
Después, y de acuerdo con el dibujo trazado por ella, Martia y su amiga o amante, se echarían juntas, o se sentarían juntas. Al igual que hacen los amantes en la Tierra, hablarían la una con la otra en términos simpáticos, lisonjeros y excitan­tes. Se acariciarían y se besarían como hacen el hombre y la mujer terrestres, aunque en la Tierra no se consideraba lisonjero llamar Gran Boca a su amante.
Después, alejándose ya de las costumbres exis­tentes en la Tierra, un tercer ser aparecería en la unión para formar un triángulo altamente de­seado y, de hecho, indispensable y eterno.
La larva, obedeciendo ciegamente sus instintos, despertada por el cariño mutuo de los dos seres, descendería primero con su cola por la garganta de una de las dos eeltau. En el interior del cuerpo de la amante se abriría una válvula carnosa para admitir el delgado cuerpo de la larva, cuya punta abierta tocaría el ovario de su huésped. La larva, actuando como una anguila eléctrica, emitiría en­tonces una pequeña corriente. La huésped entra­ría entonces en un éxtasis, mientras sus nervios eran estimulados en forma electroquímica. El ovario permitiría entonces el desprendimiento de un óvu­lo, no mayor a un punto hecho con un lápiz, que desaparecería en la abertura situada en la cola de la larva, para desde allí comenzar a subir por un canal, dirigiéndose hacia el centro de su cuer­po, estimulado por las contracciones de sus múscu­los y por el empuje de los cilios.
Más tarde, la larva saldría de la boca de su primer huésped e introduciría su cola en la boca de la otra, para repetir en ella el proceso. A ve­ces, la larva recogía óvulos, y otras veces no, de­pendiendo esto de si el ovario disponía de alguno que dejar suelto.
Cuando el proceso se llevaba a cabo por com­pleto, los dos óvulos se movían el uno hacia el otro, aunque no se encontraban.
Al menos por el momento.
En la oscura incubadora del interior de la larva debían existir otros óvulos, recogidos por pares, aunque éstos no procedían necesariamente de la misma pareja de donantes.
Las parejas de óvulos podían alcanzar un nú­mero que oscilara entre las veinte y las cuarenta.
Después, un día, la misteriosa acción química de las células informaría al cuerpo de la larva que ya había recogido suficientes óvulos.
Se emitiría entonces una hormona con lo que se iniciaría el proceso de la metamorfosis. La larva se hincharía enormemente, y la madre, al comprobarlo, la colocaría cariñosamente en un lugar cálido, alimentándola abundantemente con comida digerida y con agua azucarada.
Ante los propios ojos de su madre, la larva se iría haciendo cada vez más corta y más an­cha. Su cola se contraería; sus vértebras cartilagi­nosas, muy separadas en su fase de larva, se jun­tarían más y se endurecerían. Se formaría así un esqueleto, con costillas y hombros. Aparecerían después las piernas y los brazos, adquiriendo una forma humanoide. Al cabo de seis meses, se ha­bría desarrollado algo parecido a un pequeño homo sapiens.
Desde entonces, y hasta alcanzar los catorce años de edad, la eeltau crecería y se desarrollaría de una forma similar a como sucede con los seres humanos de la Tierra.
Pero al llegar al período en que se alcanzaba la fase de adulto, se producían más cambios. Se desprendían las hormonas, hasta que el primer par de gametos, dormidos durante aquellos cator­ce años, se unían.
Una vez fundidos los dos, la cromatina del uno se unía con la cromatina del otro. De los dos ga­metos surgía una sola criatura, similar a un gusano, de unos diez centímetros de longitud, que iba a parar al estómago de su huésped.
Después venían las náuseas, los vómitos. Y, de este modo comparativamente indoloro, se pro­ducía el nacimiento de un ser genéticamente nuevo.
Era esta especie de gusano lo que se convertía tanto en feto como en falo, el que producía el éxtasis y alojaba en su propio cuerpo los óvulos de los adultos amantes, experimentando después una metamorfosis que le convertiría en bebé, niño y posteriormente en un ser adulto,
Y así continuaba el proceso.
Lane se levantó y, temblando, se dirigió hacia su cama. Se sentó en ella, con la cabeza inclinada, mientras musitaba para sí mismo:
—Veamos. Martia dio a luz y sacó de sí mis­ma su larva. Pero ahora, la larva no posee los genes de Martia. Ella fue simplemente el huésped de la larva.
»Sin embargo, si Martia tiene una amante, le pasará, por medio de este gusano, sus cualidades heredables. Entonces, el gusano se convertirá en un adulto, dando a luz así al hijo de Martia.
Elevó las manos, lleno de desesperación.
—¿Cómo reconocen las eeltau la descenden­cia? ¿Cómo siguen las huellas de sus parientes? ¿O es que eso no les importa? ¿No sería más fácil considerar a la madre huésped como a la propia madre, al menos en el sentido que ella ha sido la que le ha dado a luz?
»¿Y qué clase de código sexual posee esta gente? No creo que sea muy similar al nuestro. Tampoco veo ninguna razón para que lo sea.
»Pero, ¿quién es la responsable de criar la lar­va y el niño que apareciera posteriormente? ¿Su seudomadre? ¿O es que la amante comparte esos deberes? ¿Y qué ocurre entonces con las leyes de la propiedad y de la herencia? Y, y...
Sintiéndose desamparado miró a Martia.
Ella, acariciando orgullosamente la cabeza de la larva, le devolvió fijamente la mirada.
Lane sacudió la cabeza.
—Estaba equivocado. Las eeltau y los terres­tres no se pueden relacionar sobre una base amis­tosa. Mis congéneres reaccionarían contra los tu­yos en términos de disgusto. Se despertarían sus prejuicios más profundos; sentirían que sus más fuertes tabúes estaban siendo violados. No po­drían aprender a vivir con ustedes, ni tampoco a considerarlas como seres humanos.
»Y en cuanto a este aspecto de la cuestión, ¿podrías tú vivir con nosotros? ¿Acaso no te pro­dujo una conmoción el verme desnudo? ¿Es esa reacción una explicación del porqué no han es­tablecido contacto con nosotros?
Martia dejó la larva, se levantó, se dirigió ha­cía él y le besó las yemas de los dedos. Lane, aunque tuvo que luchar contra sus propias vaci­laciones, tomó los dedos de ella y también se los besó. Después, suavemente, le dijo:
—Y, sin embargo..., los individuos pueden aprender a respetarse mutuamente, a sentir afec­to por los demás. Y las masas están compuestas de individuos.
Quedó tendido en la cama. El mareo, alejado durante un rato por la excitación, volvía a él. No podría luchar por mucho más tiempo contra el sueño que sentía.
—Unas palabras nobles —se dijo a sí mismo—, pero que no significan nada. Las eeltau no creen que tengan que tratar con nosotros. Y nosotros, sin saberlo, nos estamos acercando a ellas. ¿Qué sucederá cuando estemos preparados para dar el salto interestelar? ¿Guerra? ¿O tendrán miedo de dejarnos avanzar hasta ese punto y nos destrui­rán antes que podamos hacerlo? Después de todo, una simple bomba de cobalto...
Volvió a mirar a Martia, aquel rostro no com­pletamente humano y, sin embargo, hermoso, la suave piel de su pecho, del abdomen y las cade­ras, la falta de pezones, de ombligo y de labios inferiores. Ella había llegado hasta allí desde muy lejos, posiblemente desde algún lugar terrorífico, atravesando distancias enormes. Sin embargo, alrededor de ella no había nada de terrorífico y la mayor parte de su personalidad era cálida, ge­nerosa, atractiva y con un elevado sentido del compañerismo.
Como si ambos hubieran estado esperando que girara alguna llave, y la llave hubiera girado por fin, las líneas leídas antes de quedar dormido la última noche que pasó en la base acudieron de nuevo a su mente:

Es la voz de mi amada que llama, diciendo:
Ábrete a mí, hermana mía, mi amor, mi paloma inmaculada...

Tenemos una pequeña hermana,
que no tenía pechos.
¿Qué haremos por nuestra hermana,
el día en que sea llamada?...

Conversando contigo me olvido del tiempo,
todas las estaciones y sus cambios parecen ser iguales...

Conversando contigo —dijo en voz alta.
Se volvió, dándole la espalda y lanzando el puño contra la cama.
—¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no podría ser así?
Se quedó así un largo rato, con el rostro apre­tado contra el colchón. Algo había ocurrido; la fatiga, tan poderosamente sentida poco antes, ha­bía desaparecido; su cuerpo había recuperado for­taleza, extrayéndola de alguna reserva. Al darse cuenta de ello, se sentó en la cama y llamó a Martia por señas, sonriendo al mismo tiempo.
Ella se levantó lentamente y comenzó a cami­nar hacia él, pero Lane le indicó que trajera la larva consigo. Al principio, Martia pareció no com­prender. Después su expresión se aclaró, siendo sustituida por otra de comprensión. Sonriendo de­liciosamente se dirigió hacia él, y aunque Lane sabía que debía tratarse de una jugada de su ima­ginación, le pareció como si ella moviera las ca­deras como haría una mujer terrestre.
Martia se detuvo frente a él y entonces empezó a besarle con la boca abierta en los labios. Los ojos de ella estaban cerrados.
Él dudó una fracción de segundo. Ella..., no, ella, se dijo a sí mismo..., parecía tan confiada, tan amorosa, tan femenina, que no pudo hacerlo.
—¡Por la Tierra! —gritó él de pronto, lanzan­do el canto de su mano contra la parte lateral del cuello de Martia.
Ella se desplomó hacia adelante, contra él, mientras la cabeza se deslizaba hacia su pecho. Lane la tomó por los sobacos y la dejó sobre la cama, con la cabeza hacia abajo. La larva, que había caído de su mano al suelo, estaba revolcán­dose como si hubiera sufrido algún daño. Lane la tomó por la cola y con un frenesí cuya violencia se debía al temor de no creerse capaz de hacer­lo, la arrojó una y otra vez contra el suelo, como si fuera un látigo.
Se produjo un chasquido cuando la cabeza se estrelló contra el suelo y surgió sangre de los ojos y de la boca de la criatura. Lane colocó uno de sus talones sobre la cabeza y apretó con fuerza hasta que sólo quedó una masa informe bajo su pie.
Después, rápidamente, antes que ella pu­diera recuperar sus sentidos y decirle cualquier palabra que pudiera ponerle enfermo y débil, co­rrió hacia el armario, sacó una pequeña toalla y regresó junto a ella, amordazándola. Después tomó la cuerda y le ató las manos a la espalda.
—¡Y ahora, perra —espetó—, veremos quién sale con bien de todo esto! Tú habrías hecho lo mismo conmigo, ¿verdad? Me tenías reservado esto mismo. ¡Tu monstruo se merece la muerte!
Furiosamente empezó a recoger las cosas que deseaba llevarse. Al cabo de quince minutos, tenía los trajes, los cascos, los tanques de aire y la co­mida enrollados en dos paquetes. Buscó el arma de la que ella había hablado y encontró algo que posiblemente lo era. Tenía un mango que se aco­plaba a su mano, un dial que podía ser un reós­tato para controlar los grados de intensidad, o de lo que disparara, y una especie de bombilla en el extremo. Supuso que aquella bombilla lan­zaría la energía capaz de dejar sin sentido o de matar a una persona. Desde luego podía estar equivocado. Aquel instrumento podía servir para algún otro propósito completamente diferente.
Martia había recuperado el conocimiento. Se sentó sobre el borde de la cama con los hombros hundidos y la cabeza inclinada, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, empapando la toalla que rodeaba su boca. Sus grandes ojos estaban mirando fijamente el gusano destrozado que yacía a sus pies.
Rudamente, Lane la tomó por los hombros y la obligó a levantarse. Ella le miró y él le dio un pequeño empujón. Al mismo tiempo, Lane se sin­tió enfermo, dándose cuenta que había matado a la larva cuando no tenía que haberlo hecho así, y siendo consciente que ahora la estaba tra­tando tan violentamente no porque tuviera miedo de ella, sino de sí mismo. Si se sentía tan disgus­tado por el hecho que ella hubiera caído en la trampa que él le había tendido, era sobre todo, porque él también había deseado cometer aquel acto de amor. Sí, cometer era la palabra adecua­da, porque contenía implicaciones de tipo cri­minal.
Martia giró de un lado a otro, perdiendo casi el equilibrio a causa de tener las manos atadas a la espalda. Su rostro se contrajo y de la mordaza surgieron algunos sonidos.
—¡Cállate! —gritó él, volviendo a empujarla.
Ella avanzó, dando varios traspiés, y sólo con­siguió evitar caer de cara al suelo dejándose caer sobre sus rodillas. Una vez más, él la puso de pie, notando, al hacerlo, que sus rodillas se habían despellejado a causa de la caída. El ver la sangre que brotaba de ellas, en lugar de suavizar su actitud, aún le enfureció más.
—¡Compórtate bien, o recibirás cosas peores! —gruñó.
Ella le lanzó una mirada interrogante, echó la cabeza hacia atrás y produjo un extraño sonido de ahogo. Inmediatamente su rostro adquirió un tinte azulado. Un segundo después cayó pesada­mente al suelo.
Alarmado, Lane se inclinó sobre ella, volvién­dola. Estaba a punto de morir.
Le quitó la mordaza e introdujo los dedos en su boca, tomándole la lengua. Se le deslizó de entre los dedos y tuvo que intentarlo de nuevo, sólo para ver cómo se le volvía a escapar, como si se tratara de algo vivo que le desafiara.
Finalmente consiguió sacársela de la gargan­ta, hacia donde había retrocedido, casi tragada en un esfuerzo por suicidarse.
Lane esperó. Cuando estuvo seguro que Martia se recuperaría, le volvió a colocar la mor­daza alrededor de la boca. Cuando estaba a punto de atar el nudo sobre su nuca, se detuvo. ¿De qué servía continuar todo aquello? Si le permitía hablar, ella pronunciaría la palabra que le obli­garía a vomitar. Si la amordazaba, volvería a tra­garse la lengua para suicidarse.
Él no podría salvarla tantas veces y, finalmen­te, ella conseguiría su propósito de asfixiarse a sí misma.
La única forma de solucionar su problema era la forma que él no podía utilizar. Si le cortaba la lengua de raíz, ella no podría ni hablar ni suici­darse. Puede que algunos hombres fueran capaces de hacerlo; pero él no podía.
La única otra forma de mantenerla en silen­cio era matándola.
—Pero eso no lo puedo hacer a sangre fría —dijo él en voz alta—. Así es que si quieres mo­rir, Martia, tendrás que hacerlo cometiendo un suicidio. No puedo hacer nada por evitarlo. Leván­tate; yo recogeré tu paquete y nos marcharemos.
El rostro de Martia se volvió a poner azul y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
—¡No te ayudaré esta vez! —le gritó él.
Pero un instante después se encontró tratando frenéticamente de deshacer el nudo de la mor­daza.
Al mismo tiempo, se estaba diciendo a sí mis­mo lo estúpido que era. ¡Claro! La solución con­sistía en utilizar el arma de Martia contra ella misma. Girar el reóstato hasta alcanzar un grado que produjera el desvanecimiento y hacerla per­der el sentido en cuanto empezara a recuperarlo. Aquello significaría que tendría que transportarla él mismo, así como todo el equipo, recorriendo los cincuenta kilómetros por el interior del tubo, hasta llegar a un punto situado cerca de la base. Pero podría hacerlo. Tendría que imaginar algún método para hacerlo. ¡Pero lo haría! Nada podría detenerle. Y en la Tierra...
En aquel momento, al escuchar un ruido poco familiar, levantó la mirada. Descubrió a dos eeltau, con trajes de presión, de pie, ante él, y a otro que en aquel instante se deslizaba por el túnel, surgiendo de él. Cada uno de ellos tenía en la mano un arma terminada en una especie de bom­billa.
Desesperadamente, Lane se llevó la mano al cinturón, donde se había colocado el arma de Martia. Con la mano izquierda hizo girar el reós­tato hacia la parte lateral del tambor, confiando en que aquello conseguiría plena potencia para el arma. Después, la elevó hacia el grupo...
Cuando se despertó, se encontró tendido so­bre la espalda, vestido ya con su traje, a excep­ción del casco, y atado con una correa a una de las camas. Su cuerpo estaba desamparado, aunque podía doblar la cabeza. Lo hizo así, y vio a varias eeltau desmantelando la cámara. La que le había dejado sin sentido con su arma, antes que él pudiera disparar, se encontraba ante él.
Le habló en un inglés en el que sólo se no­taba un ligero acento extranjero:
—Tranquilícese, señor Lane. Va a tener que hacer un largo viaje. Estará mucho más cómo­damente instalado cuando se encuentre en el in­terior de nuestra nave.
Lane abrió la boca para preguntarle cómo sa­bía su nombre, pero la cerró al darse cuenta que ella tenía que haber leído las notas escritas en la base. Y era normal que algunas eeltau hu­bieran aprendido su lengua. Durante más de un siglo, sus naves espaciales centinelas habían es­tado escuchando las emisiones terrestres de radio y televisión.
Fue entonces cuando Martia dijo algo a la que parecía ser la capitana del grupo. Su rostro tenía una expresión desolada y estaba enrojecido por el llanto y las heridas causadas por su caída.
—Mahrseeya —dijo la intérprete— pide que le pregunte por qué mató a su..., su bebé. No puede comprender por qué creyó usted que debía ha­cerlo así. ¿Por qué?
—No puedo contestar —dijo Lane.
Sentía la cabeza muy ligera, como sí se tra­tara de un globo que se estaba expandiendo. Y, lentamente, la habitación empezó a girar en torno suyo.
—Yo le diré el porqué —dijo la intérprete—. Es la reacción propia de la bestia.
—¡No es cierto! —gritó Lane—. No soy una bestia asesina. Hice aquello porque tenía que ha­cerlo. No podía aceptar su amor y seguir siendo un hombre al mismo tiempo. Al menos, no la clase de hombre...
—Mahrseeya —dijo la intérprete— pedirá que se le perdone el asesinato de su hijo y que algún día, bajo nuestras enseñanzas, sea usted incapaz de cometer un acto así. Ella, aunque está llena de dolor por la muerte de su bebé, le perdona a usted. Confía en que llegará un momento en que usted la podrá considerar como una..., una hermana. Ella cree que hay en usted algo bueno.
Lane apretó los dientes, haciéndolos rechinar, y se mordió el extremo de la lengua hasta hacer­se sangre mientras le colocaban el casco sobre la cabeza. No se atrevió a intentar hablar, porque aquello habría significado ponerse a gritar y a gritar. Sentía como si le hubieran plantado algo dentro, como si aquello hubiera roto su capara­zón y ahora estuviera creciendo en su interior, convirtiéndose en algo así como un gusano. Algo que le estaba comiendo. Y no sabía lo que suce­dería antes que le devorara por completo.

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