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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 30 de noviembre de 2010

Un Trozo de Noche


Un Trozo de Noche

Poul Anderson





No se había alejado mucho del laboratorio cuando escuchó los pasos. Incluso entonces, pudo notar que éstos no eran humanos, pero se de­tuvo y se volvió con la ligera esperanza que, después de todo, lo fueran.
Eran las últimas horas de la noche del miér­coles. Sus ayudantes se habían marchado a las cinco, dejándole a él, que telefoneó a su esposa para decirle que sería mejor que no le esperara; después frió algo de picadillo en un quemador «Bunsen» y finalmente regresó junto al instrumen­to que estaba empezando a funcionar. Lo había hecho así muy a menudo, y luego caminaba un ki­lómetro y medio hasta la parada del autobús, desde donde podía regresar directamente a casa. Su esposa se preocupaba por él, pero él le decía que aquélla era una tranquila zona industrial, y que él era casi el único ser viviente que quedaba por allí una vez oscurecido, y que no había peli­gro alguno a que intentaran robarle o asesinarle. El paseo le relajaba, llenaba sus pulmones de aire fresco y le aclaraba el cerebro.
Esa noche, cuando aparecieron los síntomas, la costumbre le hizo cerrar la puerta e iniciar el camino a pie. Los pasos detrás de él le hicieron preguntarse si no habría sido mejor llamar un taxi. No es que las ruedas hubieran podido ale­jarle de aquella cosa, pero podría haber sentido cierta tranquilidad ante la estólida presencia del conductor. Para estar seguro, pensó, por si se trata de un atracador...
La esperanza murió en cuanto miró hacia atrás. La acera se extendía gris, dura y sin vida, bajo las farolas ampliamente espaciadas; primero un poste adusto, con un globo iluminado en la parte más alta y una sombría luz amarillenta debajo; después, una oscuridad pesada, que se iba hacien­do noche, hasta que se encontraba ante el siguien­te poste que lanzaba su débil iluminación en el vacío. La calle se extendía llena de matices som­bríos, como un río que se mueve en una zona semioculta. A lo largo de la otra esquina de la acera se elevaban paredes de ladrillo en las que alguna puerta o ventana ocasional formaba un hueco cerrado. Todo se extendía en líneas rectas que convergían hacia un espacio infinito oculto por la oscuridad.
La calzada estaba completamente desnuda. Una ligera ráfaga de aire levantó un papel, que pasó revoloteando junto a sus pies. Aparte de esto, no escuchó nada, ni siquiera a quien le seguía.
Trató de calmar las pulsaciones de su corazón. No puede hacerme daño, se dijo a sí mismo, sa­biendo que se estaba mintiendo. Se quedó inmó­vil un momento, menos dispuesto a volverse hacia los pasos de nuevo (porque podían estar en cual­quier parte o, mejor dicho, porque estaban allí), que a escucharlos una vez más.
—Pero no me puedo quedar aquí toda la no­che —dijo.
El murmullo de su propia voz fue como un contrapunto tranquilizador para su pulso. Sentía cómo el sudor le bajaba por las axilas, siguiendo después por las costillas, haciéndole sentir cos­quillas.
—Sólo adoptará una forma diferente. Por lo menos, será mejor que me vaya a casa.
No creyó poseer el coraje suficiente para vol­ver a echar a andar. Sin embargo, lo consiguió.
Los pasos se reanudaron tras él. No producían un sonido muy fuerte, pero daba igual, porque a medida que escuchaba con más atención le pa­recían menos humanos. Había en ellos como un ligero deslizamiento: no era nada húmedo, sino seco; algo de una sequedad escamosa que se des­lizaba sobre el sucio hormigón. Ni siquiera sabía de cuántos pies se trataba. Pero estaba seguro que tenían que ser más de dos. Quizá eran tantos que ni siquiera eran pies, sino sólo una lon­gitud flexible. Y la cabeza se elevó, oscilando en curvas acompañadas de estremecimientos y susu­rros, haciéndose menos sinuosa a medida que la masa se hinchaba, hasta que apareció claramen­te. Una lengua estrecha y pequeña vibraba frené­ticamente, pero había una paciencia inmortal en los ojos, que no tenían párpados.
—Desde luego, todo esto es ridículo —se dijo a sí mismo—. Dar forma visible a lo que está, por definición, más allá de cualquier forma.
El sonido de su voz se debilitó. El susurro se detuvo. Por un momento, sólo escuchó el taco­neo de sus propios zapatos y el bullir de la san­gre en su propio cuerpo. A pesar de todo el enredo que había en su cabeza, aún mantuvo la esperanza.
Fausto es el nombre, Señor, y no Frankenstein; pero fausto significa afortunado en latín, y queda preguntarse si el latín no fue construido con un sentido de la ironía insospechado hasta ahora. Por ejemplo, mi esposa me espera; puede que aún no se haya ido a la cama y la luz de la lámpara brillará sobre su pelo; pero mis zapatos son de­masiado estrechos y ruidosos.
Si pudiera escapar. O, más bien, le corrigieron las células científicas de su cerebro, si de algún modo pudiera deslizarse, abandonar el estado de conciencia de aquellas cosas. Porque, pensó, niego que la racionalidad haya muerto en el cos­mos, e incluso que mis experimentos con el am­plificador de percepciones extrasensoriales hayan abierto las puertas del infierno. Más bien, me sen­sibilizaron a una insospechada clase de fenóme­nos, una clase para la que la evolución humana no me ha preparado porque el género humano no se encontró antes con ella (excepto, quizá, en los más breves y suaves relámpagos accidentales, en las revelaciones, las pesadillas y la locura). Soy el más avanzado estudiante de rayos X, el alqui­mista que calienta el mercurio líquido, el medio mono quemado por el fuego, el ratón extraviado en un campo de batalla. Seré destruido si no pue­do escapar, pero el universo seguirá viviendo, ella y yo y ellos, y un cierto sauce en lo alto de una colina, que se llena con la luz del sol cada tarde de verano. Ruego para que eso sea cierto.
Entonces, las escamas se desenrollaron y se arrastraron hacia él, ahora con un sonido más fuerte, y él percibió un fuerte olor a cedro calien­te. Pero la brisa de la noche era fría en su pelo. Lanzó un grito y echó a correr.
Las farolas de la calle se alejaron delante de él, hacia un infinito invisible, como estrellas en el espacio. No, más solitarias que eso. Cada lám­para era como un universo aislado, girando a un millón de años luz de la más próxima. Seguro que en toda aquella oscuridad un hombre podría en­contrar algún lugar donde ocultarse. Estaba fue­ra de sí. No tardó en encontrarse respirando a través de una boca muy abierta y seca. Sus pul­mones eran dos fuegos gemelos y sintió cómo los globos de los ojos se le hinchaban debido a la presión. Sus zapatos se le hicieron tan pesados que pensó que estaba corriendo con dos planetas en los pies.
A través de las tormentas y los desgarros, es­cuchó el susurro, cada vez más cerca, y el sonido de sus zapatos sobre el desnudo pavimento, bajo las purulentas lámparas de la calle. Delante de él había dos de ellas, cuyos globos parecían estar muy juntos desde donde él se encontraba, y las sombras que proyectaban formaban una flecha oscura que se lanzaba hacia la infinitud donde las estrellas explotaban en medio de un fuego horri­ble. No había imaginado que pudiera existir una visión tan terrible. No le quedaba respiración, pero su cerebro gritaba por él.
Tenía que haber oscuridad en alguna parte. Un túnel donde esconderse, cerrarlo y sellarlo. Debía haber calor y el sonido de las aguas. Y nueva­mente oscuridad. Si era atrapado, que no suce­diera al menos bajo la luz. Pero rogaba para que el túnel le ocultara.
La corriente que vadeó era fuerte. Se deslizaba pesada y sensualmente a su alrededor, presionán­dole contra el pecho y el vientre, los hombros y los muslos. Ahora estaba totalmente ciego, pero eso era bueno porque así se encontraba lejos de los nauseabundos globos-mundo. El ruido del agua, arrancando eco de las paredes del túnel, resonaba y estallaba. De vez en cuando, una ola rompía contra ellas; un fuerte sonido claro, seguido de una ducha de gotas diminutas, como carcajadas. Sus pies resbalaron y balanceó los brazos de un lado a otro, tocando la cálida y olorosa pared del túnel, que le permitió elevarse. Tenía la sensación de estar vadeando contra corriente y a cada paso que lograba dar, la corriente se hacía más fuerte. Una hipérbola, pensó con una repentina debili­dad. Nunca llegaré al final. Esto es una infi­nitud.
Después de lo que le parecieron varios siglos, escuchó las bombas que impelían las aguas, bom­bas tan grandes como el mundo, palpitando en la oscuridad. Se detuvo, con miedo de ser atrapado por una de ellas, temiendo que las paletas le destro­zaran, le agarraran y le hicieran picadillo con uno de sus cilindros.
Pero cuando el nadador encapuchado le pegó y él cayó hacia abajo, tuvo que gritar.
¡Ahora ya era demasiado tarde! Las aguas le rodearon, detuvieron su voz, irrumpieron por su garganta y se agitaron en sus tripas. Un momen­táneo sorbo de aire olió como a cedro. El nadador cerró sus mandíbulas. Escuchó cómo su piel se desgarraba bajo los colmillos y los venenos co­menzaron a hormiguear bajo la madeja de sus nervios. La cabeza extraña le sacudió como un perro sacude a una rata. A pesar de todo, posó los pies sobre el suelo del túnel, agarró la mons­truosidad de un cuerpo y lanzó sus últimas ener­gías contra él. Oscilaron a un lado y otro; el túnel retembló bajo su violencia, chocaron contra sus paredes. Las bombas empezaron a golpear; las paredes comenzaron a resquebrajarse y a disol­verse; las aguas se precipitaron hacia el mundo. Pero él seguía sintiéndose agarrado.
Se liberó la mano de una sacudida, apoyó el rostro contra los ásperos ladrillos y trató de vomi­tar. Pero no ocurrió nada. El policía le volvió a tomar del brazo, aunque esta vez con mayor suavidad.
—¿Qué le ocurre
Una lámpara situada cerca de la entrada del paseo lanzaba luz suficiente para ver la gran figu­ra vestida de azul, con la estrella en el pecho.
—¿Qué le ocurre? —insistió el policía—. Creí que estaba usted borracho, pero no huele a eso. ¿Está enfermo?
—Sí.
Se controló, suprimió el último espasmo de su vientre, y se volvió para mirar al policía. La otra voz llegó débilmente hasta él, con un curioso quejido, una elevación y un descenso del so­nido como cuando se escucha hablar a alguien que tiene mucha fiebre.
—Es el fin del mundo, ¿sabe?
—¿Qué?
Por un momento, consideró la posibilidad de pedir la ayuda del policía. ¡Aquel tipo parecía tan sólido y azul! Su gran rostro, de quijada promi­nente, no se mostraba hosco. Pero, desde luego, el policía no podría ayudarle en nada. Me puede llevar a casa si se lo pido. O meterme en la cár­cel, si actúo de un modo lo bastante extraño. O llamar a un médico, si me caigo deshecho ante él. Pero, ¿de qué serviría todo eso? No hay salvación para quien se encuentra en un océano.
Miró su reloj. Sólo habían transcurrido unos minutos desde que abandonara el laboratorio. En aquel momento había deseado compañía, algún rostro humano al que poder mirar, aun cuando no pudiera llevárselo consigo en su vuelo. Ahora había visto cumplido su deseo, y no sentía por ello ningún alivio. El policía estaba tan alejado de él como la lámpara. Una parte de él podía hablar con el policía, del mismo modo que otra parte suya podía dirigir el corazón y los pulmones y el funcionamiento de las glándulas. Pero el Yo esen­cial había abandonado este mundo. De hecho, el Yo no era ya humano. Ningún hombre le podría ayudar a encontrar su camino de regreso.
—Lo siento —dijo—. Me comporto de un modo un tanto estúpido —sus facultades de razonamien­to estaban actuando con una gran rapidez—. Du­rante estos ataques, quiero decir.
—¿Qué ataques?
—Diabetes. Ya sabe, los diabéticos tienen pe­ríodos de desmayo. En esta ocasión no me di cuenta y quedé bastante aturdido. Sin embargo, ya me estoy recuperando. Estaré bien en seguida.
—¡Oh! —la ignorancia médica del policía de­mostró ser tan grande como él había supuesto—. Ya comprendo. ¿Quiere que le llame un taxi?
—No, gracias, agente. No es necesario. Me di­rigía a la parada del autobús. De verdad, estoy bien.
—Bueno, será mejor que le acompañe —dijo el policía.
Caminaron juntos, sin hablar. Llegaron a una avenida en la que había restaurantes y teatros y tiendas cerradas y a oscuras. La luz brillaba, par­padeaba, se estremecía, en rojo y amarillo y azul frío; los coches pasaban a su lado; los hombres y algunas mujeres caminaban por las aceras. El aire estaba lleno de ruido, de pies, de neumáticos. ¿Crees que lloverá mañana? Aquí tiene el perió­dico, señor. Un anuncio de neón situado frente a la parada del autobús parpadeaba Bar & Grill Idle Hour, parpadeaba Bar & Grill Idle Hour, par­padeaba Bar & Grill Idle Hour, parpadeaba Bar & Grill Idle Hour.
—Ya hemos llegado —dijo el policía—. ¿Está seguro de encontrarse bien?
—Claro, seguro. Muchas gracias, agente.
Con objeto de agradar al policía y conseguir que se marchara, tomó asiento en el banco.
—Está bien, buenas noches.
El hombre vestido de azul se marchó y se per­dió en el movimiento de la calle.
Una mujer estaba sentada en la otra esquina del banco. Aunque con una actitud cansada y el aspecto de una mujer de mediana edad, se pare­cía un poco a su hermana. Notó las miradas que dirigía hacia donde él se encontraba, y se pregun­tó por qué. Probablemente, sentiría curiosidad por saber por qué razón había llegado escoltado hasta allí, pero tenía miedo de preguntar, para que él no pensara que estaba tratando de involucrarse. No importaba. De todos modos, estaba vacía. To­dos lo estaban, incluido él mismo. Eran pieles infi­nitesimales de espacio distorsionado que no ce­rraban nada, ni siquiera espacio. Las luces esta­ban huecas y hasta el ruido era hueco. Toda la plenitud no era más que océano.
Se sintió en paz. Ahora que ya no era perse­guido..., pero, ¿por qué tenía que serlo? Había ocurrido hasta el final. Y después de romperse el túnel, las aguas lo habían cubierto todo. Eran enormemente vastas y grises, cálidas y silen­ciosas, y tenían un leve sabor a sal, como las lá­grimas. En el gris verdoso translúcido en el que se encontraba, lleno de rocas, no había lugar para las persecuciones, para nada, excepto para todo.
El tiempo fluía en el océano, pero se trataba de una clase muy suave de tiempo. Primero, la luz se hacía más fuerte, sin fuente alguna, reve­lando eventualmente la eterna cobertura, que era como nácar frío. A veces, se formaba algún estra­to inferior; las ondas de la marea, movidas por un fuerte viento, o las masas negro-azuladas, em­braveciéndose en el interior de sus cabezas. Pero cuando eso ocurría, él se podía hundir bajo la superficie, donde el agua siempre era verdosa y estaba tranquila... Finalmente, la luz se desvane­cía. Las noches eran absolutamente negras. Le gustaba más así, porque de ese modo podía echar­se y sentir cómo el movimiento de la marea pa­saba sobre él. Una marea era algo más que el rodar de su cuerpo; era una profunda y secreta sensación; de algún modo, cada uno de sus áto­mos era tocado por la fuerza a medida que ésta pasaba, y una vibración, apenas percibida, reco­rría todas sus longitudes moleculares. Durante el día, también disfrutaba de las mareas, pero no tanto, porque entonces había a su alrededor otras formas de vida. Sólo tenía la más pequeña con­ciencia de la existencia de éstas, pero pasaban junto a él, a veces rozándole, u observándole con pacientes ojos sin párpados.
—Perdóneme, señor, ¿sabe usted si este auto­bús se dirige a la calle Siete?
Su cuerpo se sobresaltó un poco. Seguramente, no tenían ningún sentido las pequeñas gotas de sudor que se formaron por todo su cuerpo.
—No —contestó.
Su voz sonó tan áspera que la mujer aún se apartó más de él. De algún modo, aquello fue como un leve roce adicional sobre su piel suave. Se retorció, tratando de escapar. Asentó sus hue­sos para que le dejaran en paz.
—No —repitió—, no creo que se dirija allí. Yo bajo antes... Nunca he llegado hasta la calle Sie­te..., así es que no estoy seguro. Pero no creo que vaya hasta allí.
Su facultad lógica argumentó furiosamente con él por estar hablando tan idiotamente.
—¡Oh! —exclamó la mujer—. Gracias.
—Puede usted preguntarle al conductor —aña­dió él.
—Sí —dijo ella—, supongo que podré hacerlo. Gracias.
—De nada —dijo él.
Evidentemente, ella deseaba reanudar la con­versación medio iniciada, pero no sabía cómo. En cuanto a él, no podía soportarla más. Los ruidos y las pieles estaban huecos, no le quedaba la menor duda, pero seguían chocando contra él. Se levantó de un salto y cruzó la calle. Los ojos de la mujer le siguieron. Él no la había visto parpadear.
El Idle Hour estaba vacío. Una pareja estaba sentada en un reservado, situado a lo largo de una pared; un hombre desanimado estaba enco­gido sobre sí mismo en la parte opuesta del bar; un tocadiscos automático lanzó unos llamativos reflejos, pero afortunadamente permaneció apa­gado. El cantinero era un hombre delgado con la camisa blanca usual y la pajarita negra. Estaba lavando unos vasos, y dijo, sin mucho entusiasmo:
—Cerraremos pronto, señor.
—Está bien. Un escocés con soda.
Sus palabras surgían automáticamente, como la respiración. Cuando tuvo el vaso ante sí, se re­tiró a un reservado. Se recostó sobre la funda de plástico de color apagado del sillón, colocó el vaso ante él y se quedó mirando fijamente los cubitos de hielo. No deseaba beber.
¿Quién desearía beber en el océano?, pensó con una sensación de ironía. ¡Pero esto es erró­neo!
No quería hacer ningún chiste. Quería que la marea y el plancton penetraran por su boca y que la cálida salinidad y el sonido de la tormenta de lluvia azotara la superficie cuando él se encon­traba cómodamente abrigado entre las algas ma­rinas. Eran frías y sedosas y parecía como si le acariciaran. Cambió la incómoda posición de los huesos que le protegía de las escamas de los otros, que no eran tan fuertes, pero que a él le permi­tían escurrirse y ser flexible y mantenerse con vida ante el roce y la corriente de algas verdes. Ahora se podía deslizar por sus grutas más se­cretas, con la nariz hacia el fondo lleno de cieno, y mirar con poco curiosos ojos sin párpados los fósiles que descubría.
—Examinemos la tesis del superhombre —le dijo a su esposa—. No me refiero al Ubermensch de Nietzsche. Me refiero al superior, al animal no humano, con poderes no humanos, lo que le hace ser mucho más fuerte que nosotros, del mismo modo que nosotros somos mucho más fuertes que los monos. Tradicionalmente, se supone que ha nacido de un hombre y una mujer. Pero, bajo una estricta consideración biológica, sabemos que eso es imposible. Aun cuando pudiera producirse una alteración simultánea de millones de genes, al em­brión resultante le sería tan extraño el tipo de sangre, el sistema enzimático, hasta las mismas proteínas, que difícilmente podría ser creado antes que el útero, violentado, le destruyera.
—Quizá en el transcurso de un millón de años, el hombre pueda evolucionar hasta convertirse en un superhombre —comentó ella.
—Quizá —dijo él escépticamente—. Sin embar­go, me siento inclinado a dudarlo. Y ni siquiera los grandes monos muestran tendencia a evolucio­nar para convertirse en hombres. Hace mucho tiempo que su rama se separó de nuestros antepa­sados comunes; han seguido demasiado lejos su modelo especial. Del mismo modo, los hombres pueden mejorar su capacidad de raciocinio, de visión, de imaginación, de habilidad (lo que que­ramos definir como su inteligencia consciente), sus propias características como una especie; pue­den mejorar todo eso a través de un millón de años de lenta evolución, pero aun así seguirían siendo hombres, ¿no es cierto? Un modelo poste­rior, pero seguirían siendo hombres.
»Ahora bien, el verdadero ser superior... —elevó su copa de vino, mirándola al trasluz—. Especule­mos en voz alta. ¿Qué es, en definitiva, la supe­rioridad, en un sentido biológico? ¿No es una ha­bilidad..., un modo de comportamiento que per­mite a la especie adaptarse más efectivamente al medio ambiente?
»Está bien. Preguntémonos, entonces, qué modos de comportamiento existen. El más simple de to­dos, practicado por los organismos unicelulares, al igual que por organismos superiores, como el girasol, es el tropismo. Una simple respuesta quí­mica a una serie de estímulos fijos. Los reflejos ya son algo más complicado y adaptable. Ésa es la característica del modo de comportamiento de los insectos. Después se llega a los verdaderos instintos: modelos de comportamiento heredado, pero generalizado, flexible y modificable. Final­mente, en los mamíferos superiores, se alcanza un cierto grado de inteligencia consciente. El hombre, desde luego, ha convertido esta característica en su fuerza particular. Él también posee bastante instinto, algunos reflejos y quizá unos pocos tro­pismos. Sin embargo, es su capacidad para razo­nar lo que le ha llevado tan lejos como ha llegado sobre este planeta.
»Para superarnos a nosotros, ¿debería un ser superior desarrollar una humanidad extrahuma­na? ¿No debería poseer, más bien, una módica capacidad de razonamiento en comparación con nuestros niveles, unos instintos muy débiles y nin­guna clase de tropismos? Pero su especialidad, su modo característico, sería algo que no podemos imaginar. Podemos tener una ligera noción de ello, del mismo modo que los perros y los monos tie­nen una ligera capacidad de razonamiento lógico. Pero no podemos imaginar que el desarrollo de un perro le lleve, con el tiempo, a poder seguir las ecuaciones de Einstein.
—¿Cuál podría ser esa habilidad? —preguntó su esposa.
—¿Quién lo sabe? —contestó él, encogiéndose de hombros—. Lo más probable es que se encuen­tre en el campo de las percepciones extrasensoria­les... Estoy volviendo a dejarme llevar por mi tema favorito. Sin embargo, ¡qué demonios!, estoy empezando a obtener resultados reproducibles. Sea lo que fuere, se tratará de algo mucho más pode­roso que la lógica o la imaginación. Y para noso­tros resulta tan inútil especular al respecto como lo podría ser para el perro hacerlo con respecto a las ecuaciones de Einstein.
—¿Crees realmente que existen esos seres supe­riores? —preguntó ella, que ya casi había llegado al convencimiento que podía esperar cualquier hipótesis de él.
—¡Oh, no! —exclamó él, echándose a reír—. Sólo estoy siguiendo un juego con mis ideas. Del mismo modo que podría hacer tu gato con una madeja de lana... Pero suponte que existe un ser superior... ¿Acaso los ratones saben que existe el hombre? Todo lo que sabe un ratón es que el mun­do contiene cosas buenas, como casas y queso, y cosas malas, como trampas y ratoneras, sin que exista ningún modelo ordenado al que le puedan adaptar sus instintos. Desde luego, ve a los hom­bres, pero, ¿cómo puede saber que son un orden diferente de vida, responsable de todas las cosas extrañas que suceden en su mundo? Del mismo modo, podemos haber coexistido con seres supe­riores durante millones de años, sin haberlo sabido nunca. La parte de estos seres que podamos detec­tar puede ser una característica aceptada de nues­tro universo, como por ejemplo el campo magné­tico de la Tierra; o una característica inexplicable para nosotros, como las luces ocasionales que apa­recen en el cielo; o puede tratarse de algo indetec­table. Sus actividades nunca nos afectarán, excep­to de vez en cuando y por el más puro accidente..., y en tal caso nos encontramos con otro «milagro» para el que la ciencia no encuentra explicación.
Ella sonrió, disfrutando del placer que sentía su esposo.
—¿De dónde vienen entonces esos seres? ¿De otro planeta?
—Lo dudo. Probablemente habrán evoluciona­do aquí mismo, junto a nosotros. Toda la vida que existe sobre la Tierra tiene un linaje igualmente antiguo. No tengo ni idea de cuál puede haber sido el antepasado común del hombre y del ser superior. Quizá en un momento tan reciente como puede ser el de la aparición del hombre-mono en el Plioceno, o quizá en un momento tan alejado como durante la existencia de algún anfibio en el Carbonífero. Nosotros seguimos un camino, y ellos siguieron otro, y las líneas nunca se encontrarán.
—Espero que no. En tal caso, no tendríamos mayores oportunidades que el ratón, ¿no es cierto?
—No lo sé. Pero, sin duda alguna, sería mejor que cultiváramos nuestro propio jardín.
Lo que, a pesar de todo, él no había hecho. No estaba seguro de cómo había tropezado y pene­trado en aquel plano de la existencia del ser supe­rior; o, más bien, de cómo su mente, o su rudi­mentaria percepción extrasensorial, o lo que sea, había comenzado de repente a reaccionar al modo de comportamiento de esa raza. Sólo sabía, con esa seguridad que proporciona la experiencia in­mediata, que había sucedido.
Su mente lógica, que aún no había quedado afectada, buscaba, de una forma distante y soña­dora, una explicación lógica. Difícilmente podía hacer responsable de todo al amplificador. Pero quizá el recuerdo de sus ideas especulativas ha­bían proporcionado el necesario impulso adicional. ¿Podía ser así? Si era así, su destino se convertiría en un accidente muy improbable. Otros hombres podrían seguir adelante y estudiar los fenómenos de percepción extrasensorial tanto como quisieran, aprender mucho y utilizar sus conocimientos, todo dentro de una perfecta seguridad, sin tener la mínima sospecha respecto a que en un nivel superior a esos fenómenos, los seres superiores llevaban a cabo sus inconcebibles designios.
Él, sin embargo, se encontraba sumergido en un océano gris, dentro de un mundo gris. Que le dejaran así. Nunca había imaginado tanta paz, ni las mareas, ni el suave beso de las algas mari­nas. Y en cuanto a las tormentas de luz, se po­dría ocultar cuando comenzaran. Se dirigió hacia abajo, en un pozo verde de silencio, cuya parte superior estaba brillante a causa de ligeros frag­mentos; más abajo, el pozo se oscurecía, la luz que había sobre él se convertía en una pequeña mancha (si es que eso significaba algo aquí, donde no había peso, ni corporeidad, ni fuerza o corrien­te o persecución), y entonces, la oscuridad le rodeó por completo. En el fondo, siempre era de noche.
Permaneció echado sobre el cieno del fondo, que estaba frío, aunque el agua permanecía cálida; se envolvió con la querida oscuridad que le rodea­ba como si se tratara de una segunda piel, cerró los párpados que tenía para protegerse de la luz del día; podía probar la sal y sentir la marea pasando a través de sus moléculas. Sobre él, muy por encima, pasaban las nubes, la tormenta se extendía de un horizonte a otro y el cielo era como un único brillo de grandes relámpagos; el viento soplaba con fuerza, elevando las crestas de las olas que se llenaban de espuma y enredaban y conmocionaban los huesos del mundo. Incluso aquí abajo, en las profundidades...
¡No! ¡Qué tormenta debía ser! Se sintió inva­dido por el miedo. No quería recordar los relám­pagos, que se abrían paso a través del cielo y chis­porroteaban como escamas moviéndose rápida­mente. Se enterró en el cieno hasta que tocó el lecho de roca y..., y..., y lo sintió estremecerse.
Ni siquiera la tormenta podía ser tan terrible como la profunda vibración del terremoto. Lanzó un gemido sin voz y volvió a subir. Los otros na­daron a su alrededor, expulsados de sus grutas por la creciente violencia. Los dientes hicieron presa en él; los ojos sin párpados brillaban como globos sombríos. Alguien había sido desgarrado; notó el sabor de la sangre en las aguas.
Un estruendo y después otro le atravesaron, tan profundamente como la propia marea de mo­mentos antes, pero arañándole y rascándole. Cepi­lló la superficie. La lluvia y el viento le azotaron. Revolcándose sobre la plegada cresta de una ola, miró directamente hacia el relámpago. La tormen­ta llenó su cráneo.
Un ruido más profundo respondió. A través de muchos kilómetros de extensión vio cómo la mon­taña se elevaba, surgiendo de las aguas. Se elevó negra y enorme; el agua bajaba a cascadas por sus flancos; el fuego y el azufre hervían desde su cuello. La conmoción fue seguida por otra, que le llevaba y le traía de un lado a otro, hacia arriba y hacia abajo. Sintió, más que vio, cómo todo el fondo del mar se elevaba bajo él.
Se movió atropelladamente en la espuma y huyó, buscando las profundidades, buscando un lugar desde donde no pudiera ver la montaña. Su cumbre ya había atravesado las nubes. En el cielo, herido de ese modo, las estrellas brillaban horri­blemente.
En alguna parte, a través de las explosiones, pensó que tenía que poder liberarse. Seguramen­te, ahora todo el océano estaba convulsionado. Pero un picacho de basalto le golpeó desde abajo. El agua chorreaba por sus agallas; sintió vértigo y náuseas. Elevado hacia el aire desnudo, sintió cómo se marchitaban las delicadas membranas de sus agallas y lanzó una boqueada, aspirando, y algo le quemó, bajándole por el cuello y los pul­mones y llegando hasta sus células más ocultas. El risco negro continuaba elevándose. No tardaría en ser una parte más de la ladera de la montaña. Se extendió, balanceándose, utilizando toda su fuerza, y se deslizó por la roca, volviendo hacia el mar. Pero una ola le agarró entre sus blancos dientes y le sacudió.
Apartó la mano de su hombro.
—Está bien, está bien, está bien —musitó—. Déjeme en paz solo.
—Ya le dije que era la hora de cerrar —dijo el cantinero—. ¿Es que está sordo? Tengo que cerrar el local.
—Déjeme en paz —se cubrió los oídos para protegerse de aquellos gritos.
—No me haga llamar a un policía. Váyase a casa, señor. Parece como si necesitara toda una noche de descanso.
El cantinero era delgado pero experto. Aplicó su fuerza en los lugares correctos, levantó a su cliente y lo arrastró sobre el piso, sujetándole.
—Ahora se marcha a casita. Buenas noches. Ya sabe, es hora de cerrar.
La puerta se cerró, como negando así la exis­tencia del cantinero. En la calle, había otras perso­nas huecas, algunas yendo a tomar café, otras subiendo al autobús, y otras esperándolo en la acera opuesta.
Mi autobús, pensó. El que puede o no pue­de ir más allá de la calle Siete. El pensamiento era irreal. Todo pensamiento lo era. La realidad consistía en una montaña negra que se elevaba y se elevaba, mientras él mismo se encontraba atrapado en un charco, en la cuesta, donde le había dejado la ola, respirando un aire denso, azo­tado por la lluvia, ensordecido por el viento y la tormenta, y elevado hacia las terribles estrellas.
Se acurrucó, sintiéndose muy desdichado; im­ploró el regreso del océano, pero al mismo tiempo siseó al fuego y al viento y al humo sulfuroso: Si ustedes no me dejan ir, los destruiré. ¡Lo verán!
La costumbre le hizo cruzar la calle y dirigirse hacia la parada del autobús. Se detuvo frente a las puertas. ¿Qué estaba haciendo él allí? Aquella cosa no era más que una caja metálica. No, no tenía que entrar en aquella caja. La gente hueca estaba sentada allí, en fila, esperándole a él. Pero él tenía que desgarrar la montaña.
¿Qué montaña?
En la parte pensante de sí mismo, sabía que en algún lugar en el espacio y el tiempo había una existencia que no era toda daño y odio. Aho­ra, la noche era muy ruidosa, bajo las estrellas invernales, para que él regresara allá. Tenía que empujar la montaña hacia abajo, para poder vol­ver así al océano... Pero sus facultades lógicas giraban libremente, bajando y bajando, por un ca­mino hiperbólico. Ellos consideraron la abstracta e irreal posibilidad que él no estuviera hueco si volviera a ser humano de nuevo. Y entonces sería feliz, aunque en aquellos momentos no deseaba ser humano; lo que quería era aplastar la montaña y volver a entrar en el mar. Pero como ejercicio lógico, para que la parte no utilizada de su cerebro pasara el tiempo: ¿por qué había su­frido y luchado y sido cazado desde el instante en que quedó sensibilizado a..., a un modo superior de comportamiento?
Ahora ya no podía comprender la situación con su razonamiento, del mismo modo que un perro no podía utilizar su instinto para desentrañar la maquinaria de aquel autobús y comprender el por­qué de su existencia. (No, no entraría en aquella caja. No sabía por qué sólo sabía que la caja estaba vacía y le esperaba. Pero ahora estaba se­guro que se dirigía a la calle Siete.) A pesar de todo, la razón era absolutamente inútil. Las actividades del ser superior serían incomprensi­bles para él durante toda la eternidad, aunque podría describir su tendencia general. Violencia, crueldad, destrucción. ¡Y aquello no tenía ningún sentido! No puede sobrevivir ninguna especie que utilice sus poderes únicamente para tales propó­sitos.
En consecuencia, el ser superior no podría. La mayor parte del tiempo ¿él/ella/ello? únicamente se limitaba a ser superior y, como tal, se encon­traba completamente por encima de la percepción humana. Sin embargo, ocasionalmente había con­flicto. Por analogía, el género humano —todos los animales— se comportan constructivamente en su conjunto, aunque en ocasiones se enzarzan en lu­chas. ¿Y el ser superior? Bueno, desde luego, los seres superiores no tenían guerras en el sentido humano de la palabra. Pero no valía la pena espe­cular sobre lo que tenían o no tenían. En cualquier caso, serían conflictos de algún tipo; conflictos en los que algo se decidiría no por medio de la razón y del compromiso, sino por medio de la fuerza. Y la fuerza empleada era de una naturaleza extra­sensorial (aunque sólo fuera para darle un nom­bre).
Un ratón sería incapaz de comprender el arte y la ciencia humanas. En cierto sentido, ni siquie­ra era capaz de verlas. Pero un ratón podría verse afectado por la más cruda y más animal manifes­tación del comportamiento humano: el combate físico. Para el ratón, no existía ningún teorema matemático. Pero una bala sí podía llegar a existir.
Nuevamente por analogía, él, el ser humano, era como un ratón que se había metido en un campo de batalla. Por algún accidente, había sido sensibilizado al modo más inferior del compor­tamiento del ser superior y, en consecuencia, es­taba siendo afectado; había sido atrapado en me­dio de las fuerzas opuestas de una lucha a muerte.
No es que estuviera experimentando directa­mente lo que el ser superior estaba realizando en aquellos momentos. Todo lo que había sucedido no eran más que las fuerzas, las corrientes, tal y como él las sentía. Buscando frenéticamente un equilibrio, su mente interpretó aquellos estímulos antinaturales en los términos humanos que halló más a mano.
Pensó que sus sensaciones deberían estar re­flejando débilmente el curso de la batalla. Una parte o entidad o..., Aleph..., había elevado una mano y, en cierto sentido, había perseguido al otro hasta que aquél encontró un refugio momen­táneo. Entonces, Zayin tuvo un momento de res­piro hasta que Aleph le volvió a encontrar, le volvió a perseguir. Acosado, Zayin luchó tan fieramente que Aleph tuvo entonces que retirarse. Aho­ra, habiéndose recuperado durante la tregua que siguió, Zayin estaba reanudando la batalla... Pero nada de esto representaba ninguna diferencia. Los hechos de los seres superiores eran, en sí mismos, irrelevantes para el homo sapiens. Él únicamente era el ratón situado por casualidad en medio del campo de batalla, nada más.
Con un poco de suerte, un ratón podía escapar del fuego y las explosiones antes que éstas le destrozaran. Un hombre también podría escapar de este otro conflicto antes que quemara su mente: desensibilizándose a sí mismo, dejando de percibir las trascendentales energías que le rodea­ban, del mismo modo que uno puede protegerse contra una luz demasiado brillante por el simple procedimiento de cerrar los ojos. Pero, ¿cuál era el método de desensibilización?
Las nubes siguieron desgajándose y pudo ver la luna volando entre las estrellas. Su luz era tan fría como el viento. Su carne se estremeció de dolor ante el frío y las sacudidas del terremoto. Pero el océano no estaba muy lejos, blanco bajo la luz de la luna. Sintió un impacto que reverberaba en toda la montaña. Empezó a arrastrarse desde la charca donde se encontraba.
¿Cómo puedo salir de aquí?
—¡Eh, señor! ¿Va usted a subir a este autobús o no?
Las corrientes me llevaron primero en una di­rección y después en otra. Hacia las profundida­des del mar, y después hacia las estrellas. Vaya hacia adelante o hacia atrás, iré hacia el océano, o hacia el cielo. Estoy todavía dentro de las co­rrientes.
Un relámpago quemó sus ojos. Sintió la tor­menta en sus huesos. Pero ahora, en su interior dominaba el odio: contra la montaña que había arruinado su océano, y contra el océano que le había subido a la montaña. Los destruiré a todos.
Y entonces se sintió invadido por el miedo porque, a través del ruido y de los gigantescos relámpagos blancos, se escuchó a sí mismo, pre­guntando:
—¿Va usted a la calle Siete?
—Sí —contestó el conductor a través de años luz de distancia—, ése es el final de mi recorrido. Vamos, suba; tengo que cumplir un horario.
—No...
Gimió, tropezando hacia atrás, hacia el océano. Sus dientes castañeteaban de frío. Las olas se reti­raron de él. No voy a ir en una caja a la calle Siete.
—Entonces, ¿dónde diablos quiere ir? —pre­guntó el conductor con tono sarcástico.
—¿Ir? —preguntó estúpidamente—. ¿Cómo...? A casa, claro.
Por favor, le dijo a la ola. Pero la marea con­tinuó descendiendo, alejándose de él y producien­do un monstruoso retumbar hueco. Se volvió, mi­rando la montaña, sobre cuya cumbre se extendían las llamas. Muy bien, dijo su odio. Y empezó a subir por las húmedas rocas negras. Está bien, si no me dices el camino de regreso a casa, subiré hasta tu cumbre.
Pero tú ya sabes el camino de regreso a casa, le dijo su facultad humana lógica.
¿Qué? Se detuvo. El viento ululaba y le azota­ba. Si no seguía moviéndose, se quedaría helado.
Claro. Considera el esquema. Adelante o hacia atrás, aún sigues moviéndote dentro de las corrien­tes. Pero si te quedas quieto...
¡No!, gritó, y en su temor se levantó y extendió los brazos, aferrándose a las estrellas para no caer.
No tardará mucho.
¡Oh, Dios, no! Tengo demasiado miedo. Ningún hombre debería pasar dos veces por esto.
El frío y los relámpagos y el terremoto le za­randeaban. Se encogió de terror sobre la playa, bajo la montaña, demasiado asustado para odiar. No, tengo que subir. No puedo quedarme aquí.
El conductor del autobús lanzó un gruñido y le cerró la puerta en las narices.
Nunca supo de dónde le surgió el valor. Por un instante fue capaz de recordar los ojos de su es­posa, dándose cuenta que ella le estaba espe­rando. Levantó la mano y llamó a la puerta. El conductor volvió a gruñir.
Si se marcha y me deja..., si tarda medio mi­nuto en dejarme subir... Nunca lo conseguiré. Nunca podré hacerlo.
La puerta volvió a abrirse.
Reunió las últimas energías que le quedaban, subió el escalón y se encontró en la plataforma.
Algo le agarró. El viento se introdujo entre sus costillas y el relámpago le alcanzó. Nunca había concebido que pudiera existir tanto dolor. Abrió la boca para lanzar un grito.
¡No! Eso es parte del esquema. No lo hagas.
De algún modo, se las arregló para mantenerse en silencio, sujetándose bien a medida que el autobús emprendía su camino y hendía las galaxias. Las rocas de la ladera de la montaña, sacu­didas por el terremoto, caían rodando junto a él, amenazando con echarle hacia atrás. Plantó firme­mente los pies sobre el suelo y dijo:
—A la calle Siete.
El mundo se alejó de él, como el agua por un sumidero.
A medida que la negrura se desvanecía de nue­vo, se encontró a sí mismo arrellanado en uno de los asientos alargados del frente.
—Oiga —dijo el conductor—, borracho o no, pagará usted el billete, ¿de acuerdo? No quiero ningún problema. Simplemente, págueme el bi­llete.
Aspiró ávidamente una bocanada de aire en sus hambrientos pulmones. El autobús era ruidoso y un hedor salía del motor; personas que parecían cansadas se doblaban en sus asientos, bajo anun­cios de colores inverosímiles. A ambos lados del vehículo podía ver las iluminadas ventanas de las casas.
¡Qué tranquila era la noche!
—¿Cuánto vale el billete? —preguntó.
Esto es ridículo, le advirtió su mente lógica con sequedad, pero no con demasiado enojo. Des­pués de todo, el resto de él se estuvo portando bien cuando llegó la crisis. He recorrido este tra­yecto cientos de veces. Pero no puedo recordar el precio del billete. Se siente uno tan nuevo al volver a ser humano.
—Dos monedas.
—¡Oh! ¿Eso es todo? Hubiera pagado más.
Sentía las rodillas muy débiles, pero se las arre­gló para levantarse y encontrar una moneda de veinticinco centavos. Sonó en la caja con un ruido cuya claridad metálica saboreó con deleite.
Sintiendo quizá una cierta simpatía, o impul­sado quizá por un sentido del deber, el conductor le preguntó:
—¿Dijo usted que iba a la calle Siete?
—No —contestó él, volviendo a sentarse—. Des­pués de todo, no iré allí esta noche. Mi casa no está tan lejos.


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