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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 30 de noviembre de 2010

AVENTURA EN LA LUNA -- Arthur C. Clarke





AVENTURA EN LA LUNA
Arthur C. Clarke



I. LA LÍNEA DE SALIDA
El relato de la primera expedición lunar se ha es crito tantas veces que algunas personas dudarán de que quede algo nuevo por decir. Sin embargo, todos los informes oficiales y las versiones de los testigos presenciales, las grabaciones in situ y las emisiones radiadas, jamás han dado, en mi opinión, un retrato exacto. En conjunto, explican muchas cosas respecto a los descubrimientos hechos..., pero muy poco so bre los hombres que efectuaron tales descubrimien tos.
Como capitán del Endeavour y por tanto coman dante del equipo inglés, pude observar muchas cosas que no se encuentran en los libros de historia, y al gunas (aunque no todas) pueden contarse ya ahora. Espero que algún día mis colegas del Goddard y el Ziolkovski darán a conocer sus puntos de vista. Pero como el comandante Vandenburg aún está en Marte, y el comandante Krasnin en el interior de la órbita de Venus, habrá que aguardar unos años a que escriban sus memorias.
Se afirma que la confesión es buena para el alma. Ciertamente, me sentiré mucho más dichoso cuando haya contado la verdadera historia del horario del primer vuelo lunar, respecto al cual siempre ha gira do un gran misterio.
Como sabe todo el mundo las naves espaciales ame ricana, británica y rusa fueron montadas en la ór bita de la Tercera Estación Espacial a setecientos kilómetros sobre la Tierra y sus componentes llega ban mediante relevos de cohetes mercantes. Aunque todas las piezas eran prefabricadas, el montaje y las pruebas de las naves tomaron dos años, tiempo durante el cual muchas personas que no comprendían la complejidad de la tarea empezaron a impacientar se. Había visto docenas de fotos y telefotos de las tres naves flotando en el espacio al lado de la Ter cera Estación, aparentemente completas y a punto de alejarse de la Tierra a la primera señal. Lo que las fotos no mostraban era el cuidadoso y aburrido trabajo aún en progreso, a medida que los tubos, los cables, los motores y otros instrumentos eran ajusta dos y sometidos a todas las pruebas concebibles.
No había fecha fijada para el despegue; como la Luna siempre se halla aproximadamente a la misma distancia, es posible dirigirse a ella en cualquier mo mento... una vez todo preparado. Prácticamente no existe diferencia, desde el punto de vista del consu mo de combustible, entre efectuar un despegue ha cia una luna llena o una nueva, o en cualquier mo mento entre estas dos fases. Todos pusimos mucho empeño en no hacer predicciones sobre el despegue, aunque todo el mundo nos tiraba de la lengua al respecto. Fallan tantas cosas en las naves espaciales, que no queríamos abandonar la Tierra hasta haber comprobado hasta el último detalle.
Siempre recordaré la última conferencia de co mandantes a bordo de la Estación Espacial, cuando anunciamos que todos estábamos listos. Como era una aventura en cooperativa, con cada equipo especiali­zado en una tarea particular, se había acordado que todos alunizaríamos dentro de un período de veinti cuatro horas, en el sitio preseleccionado del Mare Imbrium. Los detalles del viaje, no obstante, se hallaban a cargo de cada comandante, esperando seguramente que uno no repetiría los errores de los demás.
Yo estaré dispuesto —declaró el comandante Vandenburg— para efectuar el falso despegue ma ñana a las 9,00. ¿Y ustedes, caballeros? ¿Debemos pedir al Control terrestre que esté a punto para los tres?
Por mí, es O.K. —asintió Krasnin, que nunca se convenció de que su jerga americana había pasado de moda veinte años atrás.
Asentí a mi vez. Cierto que una serie de calibra dores de combustible aún no funcionaba debidamen te, pero esto no importaba; ya se repararían cuando llenasen los tanques.
El falso despegue era una réplica exacta de uno verdadero, y se llevaba a cabo tal como lo haríamos cuando llegase el momento de la verdad. Naturalmen te, ya habíamos hecho lo mismo varias veces en la Tierra, pero ahora se trataba de una imitación per fecta de lo que nos sucedería cuando finalmente nos lanzásemos hacia la Luna. Lo único que faltaría era el rugido de los motores que significaría que el viaje había empezado.
Efectuamos seis simulacros de despegue comple tos, registramos las naves pieza a pieza para eli minar todo lo que no hubiese funcionado a la perfec ción, y ejecutamos seis falsos despegues más. La Endeavour, la Goddard y la Zolkovski estaban las tres en el mismo estado de servicio. Ya sólo falta ba llenar los tanques de combustible y todo estaría listo para el viaje.
La expectación de las últimas horas es algo por lo que no quisiera pasar otra vez. Los ojos del mundo estaban fijos en nosotros; se había fijado el momento de la partida, con un margen de sólo unas horas. Se habían realizado todas las pruebas finales y estábamos convencidos de que nuestras naves estaban a punto dentro de lo humanamente posible.
Fue entonces cuando tuve una llamada por radio urgente y personal, hecha por un alto dirigente, con la sugerencia de que sus palabras estaban apoyadas por una autoridad mucho más alta, por lo que quedó bien claro que la sugerencia era en realidad una orden. Me recordó el dirigente que el primer vuelo a la Luna era una aventura en cooperativa..., pero tenía que pensar en el gran prestigio que supondría el que nosotros llegásemos los primeros. Sólo necesi taba llegar con un par de horas de ventaja...
Me asombró esta sugerencia y así lo dije. Por en tonces, Vandenburg y Krasnin eran buenos amigos míos, y todos estábamos muy unidos. Di tantas excusas como pude, alegando que puesto que ya se ha bían computado nuestras travesías de vuelo no era posible introducir ninguna modificación. Cada nave debía hacer el viaje por la ruta más recta a fin de con servar combustible. Si despegábamos juntos llegaría mos juntos, con una diferencia de segundos.
Por desgracia, ya tenían prevista la respuesta a esta objeción. Nuestras tres naves, repostadas y con las dotaciones a bordo, orbitarían la Tierra durante varias horas, a fin de precalentarse, antes de aban donar sus órbitas y encaminarse a la Luna. A nues tra altitud de setecientos cincuenta kilómetros tardá bamos noventa y cinco minutos en dar una vuelta a la Tierra, y sólo un instante de cada revolución se ría el indicado para iniciar el viaje. Si nosotros em prendíamos el viaje en una sola revolución, los demás tendrían que esperar noventa y cinco minutos más antes de poder seguirnos. Y de esta manera, aluniza rían una hora y media más tarde que nosotros...
No contaré toda la discusión y aún me siento un poco avergonzado de haber cedido y accedido a bur lar a mis dos colegas. Estábamos en la sombra de la Tierra, en eclipse momentáneo, cuando llegó el mo mento calculado cuidadosamente. Vandenburg y Krasnin, chicos honrados, pensaban que yo iba a efec tuar otro círculo con ellos antes de desviarme hacia la Luna. Pocas veces me he sentido tan avergonzado en toda mi vida que cuando presioné la palanca de disparo y sentí el súbito impulso de los motores que me alejaban de mi planeta madre.
Durante los diez minutos siguientes apenas tuvi mos tiempo más que para vigilar los instrumentos, comprobando que la Endeavour volaba por la órbita precomputada. Casi en el momento en que finalmente escapábamos de la atracción de la Tierra y pudimos parar los motores, salimos de la zona en sombra al resplandor del Sol. Ya no tendríamos noche hasta que llegásemos a la Luna, tras cinco días de vuelo fácil y silencioso por el espacio.
La Tercera Estación Espacial y las otras dos na ves estarían mil quinientos kilómetros detrás. En ochenta y cinco minutos, Vandenburg y, Krasnin lle garían de nuevo al punto de salida y despegarían, tal como estaba proyectado. Pero nunca podrían adelan tarme, y sólo cabía esperar que no estuvieran dema siado enojados cuando nos reuniéramos de nuevo en la Luna.
Hice funcionar la cámara posterior y miré hacia el distante brillo de la Estación Espacial, que emer gía de la sombra de la Tierra. Pasaron unos instan tes antes de comprender que la Goddard y la Ziolkovski no estaban flotando donde las había dejado.
No; se hallaban a menos de un kilómetro de dis tancia, casi a mi misma velocidad. Las contemplé con enorme estupefacción durante un segundo antes de comprender que los tres habíamos tenido la mis ma idea.
¡Vaya par de tunantes! —exclamé.
Después me eché a reír tanto tiempo que tardé un poco en llamar al inquieto Control Terrestre, advir­tiéndoles que todo se había realizado de acuerdo con el plan. Aunque en modo alguno se trataba del plan anunciado primitivamente.
Todos nos mostramos un poco cohibidos cuando nos interradiamos las mutuas felicitaciones. Aunque creo que, al mismo tiempo, los tres estábamos con tentos de que la cosa hubiera tenido este desenlace. Durante el resto del viaje apenas estuvimos separa dos unos kilómetros, y las maniobras de alunizaje se ejecutaron de forma tan bien sincronizada que nues tros cohetes de freno tocaron la Luna simultánea mente.
Bueno, casi simultáneamente. Por mi parte, podría hacer hincapié en el hecho de que la cinta grabadora demuestra que yo alunicé dos quintos de segundo an tes que Krasnin. Pero es mejor no insistir en ello, ya que Vandenburg lo hizo antes que yo exactamente por el mismo margen.
En un viaje de cuatrocientos mil kilómetros, opi no que a esto se le puede llamar empate.


2. ROBIN DE LOS BOSQUES EN LA LUNA
Alunizamos al amanecer del largo día lunar, y las oblicuas sombras se extendían en torno a nosotros durante kilómetros a través de la llanura. Se acorta rían lentamente cuando el Sol ascendiese más en el cielo, hasta mediodía en que casi se desvanecerían..., pero el mediodía aún estaba a cinco días de distancia, contando en términos de la Tierra, y la noche llega ría siete días más tarde. Nos quedaban casi dos se manas de luz antes de que se ocultara el Sol y la Tierra, azul y reluciente, fuese de nuevo la señora del cielo.
En los primeros y ajetreados días hubo poco tiem po para explorar. Tuvimos que descargar las naves, acostumbrarnos a las extrañas condiciones de nues tro nuevo ambiente, aprender a manejar nuestros tractores y velomotores de tracción eléctrica y eri gir los igloos que servirían de hogar, oficinas y la boratorios, hasta la hora de marchamos. En caso de emergencia, podíamos vivir en las naves, pero esto sería incómodo y estaríamos muy apretados. Los igloos no resultarían idealmente cómodos, pero sí eran un lujo después de estar cinco días en el espa cio. Hechos de plástico flexible y resistente, se hin chaban como globos, y los interiores estaban tabi cados en cuartitos separados. Las escotillas a presión daban acceso al mundo exterior, y gran cantidad de tubos unidos a las plantas de purificación de aire existentes en las naves mantenían respirable la at mósfera. No hay que decir que el igloo americano era el mayor, e incluía un fregadero de cocina. Sin mencionar una lavadora que nosotros y los rusos siempre teníamos que pedir prestada.
Fue a última hora de una «tarde», unos diez días después de alunizar, cuando estuvimos debidamente or­ganizados y pudimos pensar en dedicarnos a tareas científicas. Los primeros equipos efectuaron nervio sas visitas a las tierras áridas que rodeaban la base lunar, familiarizándose con el territorio. Naturalmen te, ya poseíamos mapas minuciosamente detallados y fotografías de la región en la que habíamos alunizado, pero resultó sorprendente lo engañosos que eran los mismos. Lo que en un mapa estaba marcado como una colina a menudo le parecía una ladera monta ñosa al individuo embutido en un engorroso traje espacial, y en las aparentemente lisas— llanuras nos hundíamos en el polvo hasta las rodillas, lo que di ficultaba penosamente las excursiones.
Sin embargo, éstas eran las dificultades menores, y la baja gravedad, que a todos los objetos les proporcionaba sólo un sexto de su peso terrestre, era una compensación. Cuando los científicos empeza ron a acumular sus resultados y sus muestras, los circuitos de radio y televisión con la Tierra se vie ron cada vez más utilizados, hasta llegar a operar constantemente. No corríamos riesgos; aunque noso tros no regresásemos a la patria, nuestros conocimien tos sí llegarían.
El primero de los cohetes automáticos de aprovi sionamiento alunizó dos días antes de ponerse el Sol, de acuerdo con el plan. Observamos sus cohetes de freno llamear brillantemente contra las estrellas, y después fulgurar de nuevo unos segundos antes de tocar la Luna. El alunizaje quedó oculto a nuestra vista, ya que por razones de seguridad la zona de caída estaba a cinco kilómetros de la Base. Y en la Luna, cinco kilómetros es estar detrás de la curva del horizonte.
Cuando llegamos a la nave robot, vimos que es taba erguida, ligeramente inclinada, sobre su trípode de amortiguadores, pero en perfectas condiciones. Lo mismo que cuanto iba a bordo, desde los instrumen tos a la comida. Llevamos todo lo encontrado a la Base en triunfo, y celebramos el suceso tal vez un poco excesivamente. Los hombres habían trabajado de un modo agotador, y necesitábamos un descanso.
Fue toda una fiesta; opino que la estrella fue el comandante Krasnin tratando de ejecutar una dan za cosaca con traje espacial. Luego, nos dedicamos a los deportes competitivos, pero vimos que, por moti vos obvios, las actividades en el exterior quedaban muy restringidas. Hubiésemos podido practicar par tidos de croquet o bolos, de haber poseído lo nece sario; pero el cricket y el fútbol quedaban definiti vamente desterrados. Con la gravedad lunar, incluso una pelota de fútbol saltaría un kilómetro con una certera patada... y la pelota de cricket no volvería mos a verla.
El profesor Trevor Williams fue la primera per sona en pensar en un deporte lunar práctico. Era nuestro astrónomo, y también uno de los individuos más jóvenes pertenecientes a la Real Sociedad, ya que sólo contaba treinta años cuando le concedieron tal distinción. Su labor sobre los métodos de nave gación interplanetaria le había convertido en una celebridad mundial; sin embargo, era menos conoci da su habilidad como toxofilista. Durante dos años sucesivos fue campeón arquero de Gales; no me sor prendí, por tanto, cuando le hallé disparando contra un blanco apoyado sobre un montón de escoria lu nar.
El arco era muy curioso: cable de acero del control como cuerda y una barra de plástico laminado for­mado el arco propiamente dicho. Me pregunté de dónde habría sacado Trevor los materiales, y recordé que el cohete mercante robot había sido canibalizado, y en los lugares más inesperados aparecían frag mentos del mismo. Las flechas, no obstante, eran lo más interesante. Para darle estabilidad en la Luna falta de aire, donde, claro está, las plumas serían inútiles, Trevor había conseguido estriarlas. En el arco había un pequeño mecanismo que hacía girar las flechas, como balas al ser disparadas, y así man tenían el rumbo al salir del arco.
Incluso con un equipo tan rudimentario era posi ble, si se quería, tirar a más de un kilómetro de dis tancia. Sin embargo, Trevor no deseaba malgastar fle chas, no muy fáciles de fabricar, estando más inte resado en ver cuál era su puntería. Era fascinante contemplar la trayectoria casi plana de las flechas, ya que parecían viajar paralelamente al suelo. Alguien le advirtió a Trevor que, si no tenía cuidado, sus flechas podían convertirse en satélites lunares y pe garle por la espalda cuando completasen su órbita.
Al día siguiente llegó el segundo cohete de sumi nistros, pero esta vez las cosas no fueron de acuer do con el plan. El cohete efectuó un alunizaje per fecto, pero, por desgracia, el piloto automático con trolado por radio cometió uno de esos errores que las máquinas de mente sencilla suelen deleitarse en hacer. Descubrió el único pico realmente inaccesible de la región, atarugó su poste en la cima, y se quedó allí como un águila sobre su misteriosa montaña.
Nuestros suministros, de tanta precisión, se ha llaban a ciento cincuenta metros por encima de no sotros, y al cabo de unas horas empezaría la noche. ¿Qué hacer?
Al momento, unas quince personas hicieron la misma sugerencia, y durante varios minutos reinó una gran actividad mientras enrollábamos toda la cuerda de nylon de la Base. No tardamos en tener más de mil metros enrollados a los pies de Trevor, mientras aguardábamos sumamente expectantes. Trevor ató un extremo de la cuerda a una flecha, tensó el arco y lo apuntó, a modo de experimento, directamente a las estrellas. La flecha subió hasta más de la mitad del promontorio; luego, el peso de la cuerda lo hizo caer.
Lo siento —masculló Trevor—. No puedo. Y no lo olviden... tendríamos que enviar cierta clase de peso si queremos que el extremo se fije allí.
En los minutos siguientes hubo gran desánimo, a medida que veíamos caer lentamente los rollos de cuerda. La situación era absurda. En nuestras na ves poseíamos energía suficiente para llevarnos a cua trocientos mil kilómetros de la Luna... y ahora nos veíamos impotentes ante un pico escarpado. De tener tiempo, probablemente habríamos logrado encontrar un sendero hasta la cima al otro lado de la colina, pero esto suponía viajar varios kilómetros. Sería peligroso, y quizá imposible, en las escasas horas de luz que quedaban.
Los científicos nunca se desaniman largo tiempo, y varias mentes ingeniosas (a veces, superingeniosas) se ocupaban de los problemas. Pero éste era más di fícil, y sólo tres personas obtuvieron la solución si­multáneamente.
Bien —exclamó Trevor, después de larga medi tación—, vale la pena intentarlo.
Costaron bastante los preparativos, y todos mirá bamos con ansiedad como los rayos del Sol iban as­cendiendo cada vez más altos por el pico que nos dominaba. Aunque Trevor consiguiera enganchar allí una cuerda con un peso, pensé, no sería fácil reali zar la ascensión con el obstáculo del traje espacial. Yo no resisto las alturas, por lo que me alegré cuan do varios escaladores entusiastas se ofrecieron para aquella misión.
Al fin todo estuvo a punto. La cuerda estaba tan bien dispuesta que se elevaría desde el suelo con el mínimo impedimento. Había atado un pedrusco a la cuerda, a cosa de un metro detrás de la flecha; es­perábamos que se engancharía entre las rocas de la cumbre y no nos decepcionaría cuando iniciásemos el ascenso.
Esta vez, sin embargo, Trevor no utilizó una sola flecha. Ató cuatro a la cuerda, a doscientos metros de intervalo. Y jamás olvidaré el incongruente espec táculo de la figura con el traje espacial, reluciendo bajo los últimos rayos del Sol poniente, en tanto tensaba el arco contra el firmamento.
La flecha fue disparada contra las estrellas y antes de que se hubiese elevado quince metros, Trevor ya había colocado la segunda en su improvisado arco. Voló hacia su predecesora, llevando el otro extremo del largo lazo que estaba siendo lanzado al espacio. Casi al momento siguió la tercera, elevando su sección de cuerda... y juro que la cuarta flecha estaba en ca mino antes de que la primera hubiera aflojado su primer impulso.
De este modo no fue difícil llegar a la altura deseada. En los dos primeros intentos, el pedrusco cayó; mas después se enganchó firmemente en algún accidente de la meseta escondida... y el primer volun tario empezó a izarse por la cuerda. Cierto que sólo pesaba quince kilos en aquella gravedad lunar, pero hubiera sido grave una caída hasta el fondo.
No cayó. Las provisiones del cohete mercante empe zaron a bajar desde el promontorio al cabo de una hora, y cuando llegó la noche había descendido todo lo esencial. Debo confesar, no obstante, que mi satisfac­ción se vio considerablemente menguada cuando uno de los ingenieros me enseñó con orgullo una armó nica que habían enviado desde la Tierra. Tuve la plena seguridad de que todos estaríamos hartos de aquel instrumento antes de que terminara la larga noche lunar...
Aunque, claro está, esto no era culpa de Trevor. Mientras regresábamos juntos a la nave, por entre los grandes charcos de sombra que se instalaban sobre la llanura, me hizo una proposición que estoy seguro ha intrigado a miles de personas desde que se publicaron los mapas detallados de la Primera Ex pedición Lunar.
Al fin y al cabo, parece un poco extraño que una llanura plana y sin vida, sólo interrumpida por una única montaña, sea marcada en los mapas de la Luna como Bosque de Sherwood (1).


3. DEDOS VERDES
Siento mucho, ahora que es tarde, no haber cono cido a Vladimir Surov. Tal como le recuerdo, era un individuo sosegado que entendía el inglés, pero no lo hablaba lo bastante como para seguir una conver sación. Creo que incluso para sus colegas era un enigma; cuando yo subía a bordo de la Ziolkovski, él estaba sentado en un rincón ocupado en sus notas o mirando por el microscopio; era un hombre que se aferraba al aislamiento aun en las apreturas del di minuto mundo de una nave espacial. Al resto de la tripulación no parecía importarle su retraimiento, y cuando hablaban de él se veía que le consideraban con tolerancia afectuosa y con respeto. Esto no era extraño, puesto que su labor en el desarrollo de plan tas que florecían en el interior del Círculo Ártico le había convertido en el botánico más famoso de Ru sia. El hecho de que la expedición rusa llevara un botánico a la Luna provocó muchas burlas, si bien esto no fuese más raro que la presencia de biólogos en las naves americana y británica. En los años anteriores al primer alunizaje, se había acumulado gran evidencia insinuando que en la Luna podía exis tir alguna vegetación, a pesar de la falta de atmós fera y de agua. El presidente de la Academia de Cien cias de la URSS fue uno de los principales promoto res de esta teoría, y como era demasiado viejo para realizar el viaje, delegó en Surov.
La ausencia completa de vegetación, viva o fósil, en los kilómetros y kilómetros cuadrados explorados por nuestro diversos equipos fue el primer desalien to que la Luna nos reservaba. Incluso los escépticos que estaban seguros de que en la Luna no existía ninguna forma de vida se habrían alegrado de que su teoría resultara falsa... como ocurrió cinco años más tarde, cuando Richards y Shannon efectuaron su asombroso descubrimiento en el interior de la gran llanura amurallada de Eratóstenes. Pero esa revela ción aún pertenecía al futuro; en aquella época del primer alunizaje, parecía como si Surov hubiese ido a la Luna en vano.
No parecía muy deprimido estando tan ocupado como los demás estudiando las muestras del suelo y cuidando la pequeña granja hidropónica cuyos tubos transparentes y presurizados formaban una red re luciente en torno a la Ziolkovski. Ni nosotros ni los americanos criábamos nada calculando que era mejor servirse de la comida enviada desde la Tierra que producirla allí... al menos hasta que se instalase una base permanente. Teníamos razón en términos económicos pero estábamos equivocados en términos de moral. Los invernaderos estancos en cuyo interior Surov criaba sus vegetales y sus árboles frutales ena nos eran un oasis en el que a menudo fijábamos nuestras miradas cuando estábamos hartos de la in mensa desolación que nos rodeaba.
Una de las diversas desventajas de ser comandan te era que apenas tenía ocasión de realizar una exploración; me hallaba demasiado ocupado preparan do los informes para la Tierra, comprobando las exis­tencias, disponiendo programas y listas de servicio, conferenciando con mis colegas de las naves rusa y americana y tratando, no siempre con éxito, de adivinar qué fallaría a continuación. Como resultado de esto, a veces estaba dos o tres días sin salir de la base, y era ya una broma general decir que mi traje espacial era un buen alimento de la polilla.
Tal vez por esto recuerdo más vividamente todas mis salidas; y ciertamente me acuerdo de mi único encuentro con Surov. Era casi mediodía, con el Sol muy alto sobre las montañas del sur y la Tierra nue va apenas visible como una hebra de plata a unos grados más abajo del mismo. Henderson, nuestro geó grafo, quería tomar unas mediciones magnéticas en una serie de puntos de observación a unos tres ki lómetros al este de la Base. Todos los demás esta ban atareados, y yo, que momentáneamente estaba libre de obligaciones, me dispuse a acompañarle.
El trayecto no era lo bastante largo como para ir en velomotor, especialmente porque las baterías es taban un poco bajas. Además, siempre me gustó ca minar por la superficie lunar. No era sólo el paisaje, al que, incluso con su temible majestuosidad, uno llega a acostumbrarse. No; de lo que jamás me can saba era del modo fácil y lento con que cada paso me hacía saltar sobre el suelo, otorgándome la libertad de movimientos que antes de la era espacial los hombres sólo conocían en sueños.
Habíamos efectuado las mediciones y regresába mos a la Base, cuando divisé una figura que se mo vía por la llanura a cosa de un kilómetro al sur de nosotros... no muy lejos de la base rusa. Enfoqué mis prismáticos de campaña dentro de mi casco y exa miné atentamente al explorador. Aun a corta distan cia no es posible identificar a un individuo dentro de un traje espacial, pero esto no importa porque los trajes siempre se diferencian por un color especial y una numeración individual.
¿Quién es? —quiso saber Henderson por la ra dio de onda corta a la que ambos estábamos sintoni­zados.
Traje azul, número 3... Surov, seguro. Pero no lo entiendo... ¡solo!
Una de las reglas fundamentales de la exploración lunar es que nadie debe aventurarse solo por la su­perficie del satélite. Pueden ocurrir muchos acciden tes, triviales si uno va acompañado... que serían fa tales yendo solo. ¿Cómo solucionar, por ejemplo, el caso de que el traje espacial se rasgue un poco en la espalda, sin poder aplicar un parche? Esto podría parecer gracioso, pero ya ha ocurrido.
Tal vez su compañero haya sufrido un accidente y va en busca de ayuda —sugirió Henderson—. Será mejor que le llamemos.
Negué con el gesto. Surov no tenía prisa. Había salido solo y regresaba lentamente a la Zilkovski. No era cosa mía si el comandante Krasnin dejaba que sus hombres se arriesgaran solos por la Luna, aunque parecía una práctica deplorable. Y si Surov quebrantaba las reglas, tampoco era obligación mía dar parte.
Durante los dos meses siguientes, mis hombres avistaron a menudo a Surov caminando solo por la Luna, pero siempre evitó que se le acercasen dema siado. Efectué unas pesquisas discretas y descubrí que Krasnin se había visto obligado, por falta de hombres, a relajar un poco las reglas de seguridad. Pero no logré averiguar cuáles eran los propósitos de Surov, aunque estuve seguro de que Krasnin sí los conocía.
Fue con la sensación de «ya se lo había advertido» que contesté a la llamada de socorro de Krasnin. To­dos habíamos tenido ya a hombres en apuros y ha bíamos pedido auxilio, pero ésta era la primera vez que alguien se había extraviado, sin contestar a las señales de la nave. Hubo una conferencia apresura da por radio, trazamos una línea de acción, y de las tres naves partieron equipos de socorro, abriéndose en abanico.
Una vez más iba con Henderson, y fue el sentido común lo que nos impulsó hacia la ruta tomada cuan do vimos por primera (y última) vez a Surov. Está bamos en lo que considerábamos nuestro territorio, a cierta distancia de la nave del ruso, en tanto íbamos recorriendo las faldas de la colina, cuando se me ocu rrió que el ruso podía haber estado haciendo algo que deseaba ocultar incluso a sus colegas. Aunque no llegaba a imaginar qué podía ser.
Henderson lo encontró, y pidió socorro por medio de su radio. Pero ya era tarde; Surov yacía, boca aba­jo, con el traje espacial desinflado a su alrededor. Estaba arrodillado cuando algo destrozó el globo de plástico del casco; era fácil comprender que había caído hacia delante, falleciendo instantáneamente.
Cuando el comandante Krasnin se reunió con no sotros, todavía contemplábamos la increíble cosa que Surov examinaba al morir. Tenía alrededor de un metro de altura, y era verdosa, como de cuero y ovalada, enraizada a las rocas con una amplia red de tentáculos. Sí: enraizada, porque era una planta. Unos metros más allá había otras dos, más pequeñas y muertas al parecer, ya que estaban ennegreci das y mustias.
«¡De manera que hay vida en la Luna!», fue mi primera reacción.
Hasta que la voz de Krasnin resonó en mis oídos no capté toda la maravilla de la verdad.
¡Pobre Vladimir Ilyich! —exclamó—. Sabíamos que era un genio, aunque nos reímos de él cuando nos contó su sueño. Y así, conservó en secreto su magna labor. Conquistó el Ártico con su trigo híbri do, pero aquello sólo fue el principio... Trajo la vida a la Luna... y también la muerte.
Mientras estaba allí, en aquel primer instante de la asombrosa revelación, aún me parecía un milagro. Hoy, todo el mundo conoce la historia del «cactus Surov», como llegó a ser conocido inevitablemente, y ha perdido ya parte de su impacto. Sus notas conta ban ya toda la historia, describiendo los años de ex perimentación que finalmente le condujeron a una planta cuyo pellejo apergaminado le permitiese sub sistir en el vacío, y cuyas raíces de largo alcance, se gregando ácidos, le permitirían crecer en las rocas donde apenas los líquenes podrían medrar. Y hemos asistido a la realización de la segunda fase del sueño de Surov, puesto que el cactos que eternamente lle vará su nombre crece ya en vastas zonas de las rocosidades lunares, preparando el camino para que aparecieran las plantas más especializadas que ahora alimentan a todos los seres humanos que viven en la Luna.
Krasnin se inclinó junto al cadáver de su colega y lo levantó sin esfuerzo, gracias a la escasa gravedad. Palpó los fragmentos destrozados del casco de plásti co y movió la cabeza con perplejidad.
¿Qué pudo ocurrirle? —preguntó—. Parece culpa de la planta, lo cual es ridículo.
El enigma verde estaba erguido en la llanura, ya no totalmente árida, tentándonos con su promesa y misterio. Luego, Henderson, callado hasta entonces, pronunció lentamente, como pensando en voz alta:
Creo tener la respuesta; acabo de recordar una lección de botánica del instituto. Si Surov proyectó esta planta para las condiciones lunares, ¿cómo dis puso su propagación? Las semillas tendrían que espar cirse por una amplia zona con la esperanza de hallar algunos sitios convenientes donde arraigar. Aquí no hay pájaros ni animales que transporten las semillas, como sucede en la Tierra. Y sólo se me ocurre una Solución... que algunas de nuestras plantas terrestres han utilizado ya.
Mi grito le interrumpió. Algo acababa de chocar con un ruido resonante contra la cintura metálica de mi traje. No lo había dañado, pero el choque fue tan súbito e inesperado que me pilló de sorpresa.
La segunda semilla yacía a mis pies, del tamaño y forma de una ciruela grande. A unos metros más allá, encontramos la que había destrozado el casco de Surov, al estar éste agachado. Debía saber que la planta ya estaba madura, pero en su afán por exa minarla se olvidó de lo que ello implicaba. Yo he visto un cactos arrojar su semilla a medio kilómetro con la gravedad lunar. Surov fue alcanzado a boca—jarro por su propia creación.


4. TODO LO QUE RESPLANDECE
En realidad, ésta es la historia del comandante Vandenburg, pero se halla a demasiados millones de kiló­metros de distancia para contarla. Se refiere a su geofísico, el doctor Paynter, del que se dice que se marchó a la Luna para huir de su esposa.
Creo que, más o menos, todo el mundo supone (y más que nadie nuestras mujeres) que todos hemos hecho lo mismo. Sin embargo, en el caso de Paynter había bastante de verdad en la murmuración.
No era que estuviera harto de su mujer; casi podría afirmarse lo contrario. Habría hecho cualquier cosa por ella, pero por desgracia las cosas que ella deseaba costaban demasiado. Era una dama de gustos extra­vagantes, y tales damas no deben casarse con cientí ficos... ni siquiera con científicos que vayan a la Luna.
La debilidad de la señora Paynter eran las joyas, especialmente los diamantes. Como era de esperar, era una debilidad que a su marido le producía mu chas preocupaciones. Como era un esposo consciente y afectuoso, no sólo se preocupaba por esto..., sino que hizo algo más. Se convirtió en uno de los mejores expertos en diamantes del mundo, más desde el punto de vista científico que del comercial, y probablemente sabía más respecto a su composición, orígenes y pro piedades que ningún otro ser humano de su época. Desdichadamente, es posible saber mucho de diaman tes sin poseer ninguno, y la erudición de su esposo era algo que la señora Paynter no podía lucir en torno a su garganta en las fiestas.
La geofísica, como mencioné, era la verdadera profesión del doctor Paynter; los diamantes eran algo secundario. Había inventado muchos instrumentos de exploración que podían sondear el interior de la Tierra mediante impulsos eléctricos y ondas magnéticas, dan do una especie de radiografía de los estratos ocultos bajo la superficie. Por consiguiente, no fue ninguna sorpresa que le escogiesen para investigar en el inte rior de la Luna.
Estaba afanoso por formar parte de la expedición, aunque al comandante Vandenburg le pareció que en aquellos momentos le disgustaba abandonar la Tierra. Muchos individuos presentan estos síntomas; a veces se deben a un temor imposible de desterrar, y el hombre más prometedor tiene que quedarse. En el caso de Paynter, no obstante, la repugnancia era com pletamente impersonal. Se hallaba en medio de un gran experimento (algo a lo que había dedicado su vida entera), y no quería dejar la Tierra hasta ter minarlo. Pero como la Primera Expedición Lunar no podía esperarle, tuvo que abandonar el proyecto en manos de sus ayudantes. Continuamente inter cambiaba mensajes por radio con aquellos, con gran enojo de la sección de señales de la Tercera Estación Espacial.
Ante la maravilla de un nuevo mundo que explo rar, el doctor Paynter no tardó en olvidar sus preocu­paciones. Recorría el paisaje lunar sobre uno de los pequeños velomotores traídos por los americanos, acarreando sismógrafos, magnetómetros, contadores de gravedad y la gama de instrumentos esotéricos empleados por un geofísico. Intentaba saber en unas semanas lo que los hombres han tardado centenares de años en descubrir respecto a su propio planeta.
Cierto era que sólo tenía que explorar un pequeño fragmento de los treinta millones de kilómetros cua­drados de la Luna, pero trataba de ejecutar una labor fecunda.
De cuando en cuando recibía mensajes de sus colegas en la Tierra, así como breves pero cariñosas señales de su esposa. Ninguna de ambas cosas pare cía interesarle mucho; incluso sin estar tan atareado como para no tener tiempo de dormir, cuatrocientos mil kilómetros presentan los asuntos personales bajo una perspectiva diferente. Creo que en la Luna el doc tor Paynter fue realmente feliz por primera vez en su vida; y en este aspecto, no fue el único.
No lejos de nuestra Base había un magnífico crá ter, un gran agujero de la superficie lunar de unos tres kilómetros de diámetro. Aunque estaba muy cer ca, se hallaba fuera del radio normal de nuestras operaciones conjuntas, y llevábamos ya seis semanas en la Luna antes de que Paynter mandase un equipo de tres hombres en uno de los minitractores para echar una ojeada al cráter. Desaparecieron del alcance de la radio por el reborde de la Luna, pero no nos inquietamos porque si les pasaba algo siempre podrían llamar a la Tierra, a fin de que a su vez nos transmi tieran su llamada.
Paynter y sus hombres llevaban ya fuera cuarenta y ocho horas, que es el tiempo límite para trabajar continuamente en la Luna, incluso con drogas exci tantes. Al principio, su pequeña exploración no dio resultado, por lo que no despertó ninguna excitación; todo sucedía de acuerdo con el plan. Llegaron al crá ter, inflaron su igloo presurizado y desempaquetaron las provisiones, cogieron los instrumentos de lectura e instalaron una taladradora portátil para recoger muestras. Mientras aguardaba que el taladro le sir viese una pequeña sección de la Luna, Paynter hizo su segundo gran descubrimiento. Ya había efectuado el primero diez horas antes, aunque aún lo ignoraba.
En torno al borde del cráter, yaciendo donde ha bían sido arrojados por las grandes explosiones que millones de años antes convulsionaron el paisaje lunar, había inmensas pilas de rocas que debían proceder de muchos kilómetros hacia el interior del satélite. Todo lo que pudiera realizar la taladradora, pensó Paynter, no podía compararse con aquello. Por des gracia, las muestras geológicas, del tamaño de las montañas, que le rodeaban no estaban dispuestas en orden correcto, ya que se habían diseminado sobre la superficie, hasta mucho más lejos de adonde alcan zaba la vista, según la arbitraria violencia de las erupciones que las habían enviado al exterior.
Paynter trepó por aquellos inmensos montones de escoria, tanteando con el martillo las muestras más prometedoras. De pronto, sus compañeros le oyeron gritar, y le vieron transportando lo que parecía un pedazo de cristal de baja calidad. Transcurrió cierto tiempo antes de que lograse explicar de manera cohe­rente todo lo ocurrido... y más tiempo aún antes de que la expedición se acordase de su verdadera misión y reanudase el trabajo.
Vandenburg vio el regreso de la partida hacia la nave. Los tres hombres no parecían tan cansados como era de esperar, considerando el hecho de que llevaban dos días de pie. En realidad, sus movimien tos eran bastante animados, cosa que ni siquiera lograban disimular los trajes espaciales. Era fácil comprender que la expedición había sido un éxito. En cuyo caso, Paynter tenía dos causas para felici tarse. El mensaje en prioridad que acababa de llegar de la Tierra era enigmático, pero quedaba claro que la labor de Paynter allí, fuese cual fuese, había llegado a una brillante conclusión.
El comandante Vandenburg casi se olvidó del men saje cuando vio lo que Paynter tenía en la mano. Sabía cómo era un diamante en bruto, y aquél era el segundo en magnitud que hubiese visto nunca nadie. Sólo el Cullinan, con sus 3.032 quilates, le ganaba por un estrecho margen.
Debíamos esperarlo —tartamudeó dichosamente Paynter—. Los diamantes siempre van asociados con los túneles volcánicos. Pero nunca creí que esta analogía se diese también en la Luna.
De repente, Vandenburg se acordó del mensaje y se lo entregó a Paynter. Este lo leyó rápidamente y se quedó boquiabierto. Nunca en su vida, me contó Vandenburg, había visto a un hombre tan rápidamente abatido por un mensaje de felicitación. El mensaje decía:

«Lo hemos logrado. Prueba 541 con contenedor de presión modificado completo éxito. Sin límites prácticos al tamaño. Costos mínimos.»

¿Qué pasa? —se interesó Vandenburg, al obser var la estupefacción de Paynter—. No creo que sea una mala noticia.
Paynter tragó dos o tres veces como un pez atra pado, y luego contempló tristemente el gran cristal que casi llenaba su mano. Lo arrojó al aire y la piedra flotó en aquel movimiento lento que tiene todo objeto bajo la gravedad lunar.
Finalmente, Paynter recobró la voz:
En mi laboratorio hemos trabajado muchos años tratando de sintetizar los diamantes. Ayer este pedrusco valía un millón de libras. Hoy apenas si vale doscientas. Creo que ni me molestaré en llevármelo a la Tierra.
Bueno, sí se lo llevó; era una lástima dejarlo allí. Durante unos tres meses, la señora Paynter lució el collar de diamantes más maravilloso del mundo; cada cristal costaba quinientas libras, especialmente por el costo de cortarlo y pulirlo. Luego, el Proceso Paynter se comercializó, y un mes más tarde la mujer pidió el divorcio. La causa fue extrema crueldad mental; y supongo que estarán de acuerdo en que estaba jus tificada.


5. CONTEMPLAD EL ESPACIO
Fue una verdadera sorpresa descubrir, al levantar la vista, que el experimento más famoso que llevamos a cabo mientras estuvimos en la Luna tenía sus raí ces en 1955. En aquella época, la investigación sobre cohetes de gran altitud sólo tenía diez años de existen cia, realizada casi toda en White Sands, Nuevo Mé xico. 1955 fue la fecha de uno de los más espectacu lares entre aquellos primitivos experimentos, relacio nado con la expulsión de sodio hacia las capas supe riores de la atmósfera.
En la Tierra, incluso en la noche más clara, el firmamento entre las estrellas no está totalmente negro. Siempre existe un tenue resplandor en él, parte del cual lo causa la fluorescencia de los átomos de sodio, a ciento cincuenta kilómetros de la Tierra. Como para llenar una caja de cerillas se necesitaría el sodio de muchos kilómetros cúbicos de la atmósfera supe rior, los primitivos investigadores pensaron que po drían crear unos buenos fuegos artificiales si utili zaban un cohete para soltar unos cuantos kilos de sodio en la ionosfera.
Tenían razón. El sodio arrojado desde un cohete por encima de White Sands, a principios de 1955, produjo un enorme resplandor amarillento en el cielo, que fue visible, como una especie de luz lunar artifi cial, durante una hora antes de que se dispersasen los átomos. Este experimento no fue un pasatiempo (aunque además resultó serlo), sino un serio propó sito científico. Los instrumentos apuntados hacia el resplandor pudieron adquirir nuevos conocimientos, que se acumularon con la información sin la cual los vuelos espaciales nunca hubieran sido viables.
Cuando llegaron a la Luna, los americanos deci dieron que sería una buena idea repetir allí dicho experimento, a una escala mucho mayor. Unos cuantos kilogramos de sodio disparados desde la superficie lunar produciría un resplandor visible desde la Tierra, con un buen par de prismáticos de campaña, cuando la fluorescencia ascendiera por la atmósfera lunar.
(A propósito, algunas personas aún no comprenden que la Luna posee una atmósfera. Es un millón de veces demasiado tenue para ser respirable, pero con los instrumentos adecuados es posible detectarla. Como protección contra los meteoros, es de primera calidad, ya que, aunque tenue, tiene una profundidad de varios kilómetros.)
Durante días, todo el mundo habló del experimento. La bomba de sodio había llegado de la Tierra en el último cohete de suministros, y parecía una pieza impresionante. Su manejo era extraordinariamente simple; una vez encendida, una carga incendiaria vaporizaba el sodio hasta crear una presión muy ele vada; entonces, estallaba un diafragma y la materia era enviada al cielo a través de una boquilla de forma especial. Se dispararía poco después del anochecer, y cuando la nube de sodio saliese de la sombra de la Luna a la directa luz solar, empezaría a brillar con resplandor inusitado.
El anochecer en la Luna es una de las visiones más estremecedoras de toda la naturaleza, de manera doble porque al contemplar el llameante disco solar arras trarse tan lentamente por debajo de las montañas, se sabe que transcurrirán catorce días antes de volver a verlo, Pero no causa la obscuridad, al menos en este lado de la Luna. Siempre queda la Tierra, colgando inmóvil en el cielo, el único cuerpo celeste que no sale ni se pone. La luz que irradian las nubes y los mares inundan el paisaje lunar con un resplandor suave y verdeazulado, de modo que a menudo es más fácil hallar el camino de noche que bajo el feroz brillo del sol.
Incluso los que no estaban de servicio salieron a observar el experimento. Habían colocado la bomba de sodio en el centro de un gran triángulo formado por las tres naves, y estaba erguida con su boquilla apuntando a las estrellas. El doctor Anderson, astró nomo del equipo americano, estaba comprobando los circuitos de disparo, pero los demás estábamos a res petable distancia. La bomba parecía muy capaz de hacer honor a su nombre, aunque en realidad era tan peligrosa como un sifón normal.
Todo el equipo óptico de las tres expediciones parecía haberse reunido para registrar la representa ción. Telescopios, espectroscopios, cámaras de cine y todo cuanto quepa pensar estaban a punto de entrar en acción. Y esto, sabía yo, no era nada en compara ción con la batería de instrumentos que debía estar observándonos desde la Tierra. Todos los aficionados a la astronomía que pudieran ver la Luna aquella noche estarían en sus patios, escuchando la radio que les informaría del progreso del experimento. Levanté la vista hacia el reluciente planeta que dominaba el cielo en lo alto; las zonas terrestres parecían libres de nubes, de modo que la gente tendría buena visi bilidad. Esto resultaba justo; al fin y al cabo, ellos pagaban la cuenta.
Todavía faltaban quince minutos. No por primera vez, deseé que existiera una forma segura de fumar un cigarrillo dentro de un traje espacial sin que el casco se llenase de humo hasta impedir la visión. Nuestros científicos habían solucionado problemas mu cho más difíciles, y era una lástima que se olvidasen de éste.
Para pasar el tiempo, ya que en aquel experimento yo no desempeñaba papel alguno, puse en marcha la radio de mi traje y escuché a Dave Bolton, que estaba haciendo sabrosos comentarios. Dave era nuestro jefe de navegación y un magnífico matemático. También tenía una lengua muy suelta y un modo de hablar sumamente pintoresco, y a veces sus grabaciones eran mutiladas por la BBC. Sin embargo, esta vez no po­dían hacer nada, ya que sus comentarios llegaban a la Tierra de viva voz.
Dave había terminado una explicación breve y lúcida sobre la finalidad del experimento, describiendo cómo la nube de sodio resplandeciente nos permitía analizar la atmósfera lunar al elevarse a más de mil kilómetros por hora.
Sin embargo —continuó espetándoles a los millo nes de oyentes de la Tierra—, dejemos una cosa bien sentada. Cuando la bomba salga despedida, ustedes tardarán diez malditos minutos en ver algo... lo mis mo que nosotros. La nube de sodio será completa mente invisible mientras ascienda por entre la obscuridad de la sombra lunar. Luego, casi de repente, destellará al penetrar en los rayos del sol, que se extienden por encima de nuestras cabezas ahora al mirar al espacio. Nadie sabe exactamente cuál será su brillo, pero puede predecirse que podrá verse mediante cualquier telescopio de más de cinco cen tímetros. Y también dentro del alcance de unos buenos prismáticos.
Tenía que continuar de este modo durante diez minutos, y me maravilló cómo lo consiguió. Luego llegó el gran momento, y Anderson cerró el circuito de disparo. La bomba empezó a hervir, aumentando la presión dentro a medida que el sodio se volatili zaba. Al cabo de treinta segundos, surgió una huma reda del largo embudo que apuntaba al cielo. Y en tonces tuvimos que aguardar otros diez minutos mien tras la nube invisible iba subiendo. Después de tanta preparación, pensé que el resultado debía de ser exce lente.
Los segundos y los minutos fueron transcurriendo. Y, de pronto, empezó a propagarse por el cielo un resplandor amarillento, como una inmensa y cons tante aurora boreal que se hacía más brillante a medida que la contemplábamos. Era como si un artista estuviera dando pinceladas por entre las estrellas con un pincel llameante. Y mientras contemplaba aquellas pinceladas, comprendí súbitamente que al guien acababa de realizar el mayor coup publicitario de la historia. Porque las pinceladas iban formando letras, y éstas componían dos palabras: el nombre de cierta bebida suave y refrescante demasiado cono cida para que necesite que le haga propaganda.
¿Cómo lo habían logrado? La primera respuesta era obvia. Alguien había colocado un patrón de calco en el embudo de la bomba de sodio, de modo que al salir el vapor formase las palabras. Como nada podía distorsionarlas, las letras habían conservado su forma durante su ascenso a las estrellas. En la Tierra ya había visto anuncios de esta clase, pero esta vez era a una escala muy superior. Mientras lo contemplaba, no podía por menos que admirar la habilidad de los individuos que habían imaginado aquel truco. Las O y las A les había costado un poco, pero las C y la eran perfectas.
Después del asombro inicial me alegra proclamar que el programa científico tuvo el resultado planeado. Ojalá lograse recordar los comentarios de Dave Bolton; debieron serle difíciles, incluso para su agudo ingenio. Por entonces, claro está, la mitad de la Tierra veía lo que él estaba describiendo. A la mañana siguiente, todos los periódicos del planeta ofrecieron la foto de la Luna creciente con la frase luminosa pintada en el sector en tinieblas.
Las letras fueron visibles, antes de dispersarse en el espacio, durante más de una hora. Por entonces, las palabras medían más de mil kilómetros de longi tud, y empezaban a ser borrosas. Pero continuaron siendo legibles hasta que se perdieron de vista en el vacío final entre los planetas.
Entonces empezaron los verdaderos fuegos artifi ciales. El comandante Vandenburg estaba furioso, y no tardó en presionar a sus hombres. Sin embargo, pronto se puso en claro que el saboteador, si se le puede llamar así, pertenecía a la Tierra. Allí habían preparado la bomba, enviándola para su empleo inme diato. No tardaron mucho en descubrir, y despedir, al ingeniero que había realizado el truco. Le importó un comino, porque sus necesidades financieras estaban a cubierto para muchos años.
En cuanto al experimento en sí, fue un auténtico éxito desde el punto de vista científico; todos los instrumentos de registro funcionaron a la perfección al analizar la luz de la inesperada nube lumínica. Pero nunca dejamos tranquilos a los americanos, y temo que el pobre comandante Vandenburg fue el que más padeció. Antes de llegar a la Luna era un abstemio total, y casi todos sus refrescos procedían de cierta botella con talle de avispa. Pero ahora, por cuestión de principios, sólo bebe cerveza..., a pesar de odiarla.


6. CUESTIÓN DE RESIDENCIA
Ya he descrito la carrera (podemos llamarla así) para la posición antes del despegue del primer vuelo a la Luna. El resultado fue una llegada simultánea de las naves inglesa, americana y rusa. Nadie ha contado, sin embargo, por qué los exploradores bri tánicos regresaron casi dos semanas después que los otros.
Oh, ya conozco la versión oficial; he de conocerla, pues ayudé a inventarla. Es cierta en parte, pero sólo en parte.
En todos los aspectos, la expedición conjunta había sido un éxito total. Sólo hubo una baja, y con su muerte Vladimir Surov había conquistado la inmor talidad. Había reunido conocimientos que mantendrían ocupados a los científicos de la Tierra durante gene raciones y que revolucionarían casi todas las ideas respecto a la naturaleza del universo que nos rodea. Sí, nuestros cinco meses en la Luna no se perdieron en absoluto, y debíamos ser recibidos en la Tierra como los mayores héroes de la historia.
Sin embargo, todavía quedaba mucho por resolver. Los instrumentos esparcidos por la superficie lunar continuaban grabando y registrando, y parte de la información por ellos reunida no podía ser radiada simplemente a la Tierra. No servía de nada que los tres grupos expedicionarios se quedaran en la Luna hasta el último minuto; el personal de una bastaría para concluir el trabajo. Pero ¿quién se ofrecería voluntario para aquel sacrificio cuando los otros iban a volver para llenarse de gloria? Era un problema difícil, aunque debía solucionarse pronto.
Respecto a las provisiones no había problema algu no. Los cohetes automáticos de suministro podían proporcionar aire, comida y agua mientras estuvié semos en la Luna. Todos gozábamos de buena salud, padeciendo sólo un leve cansancio. No había surgido ninguno de los anticipados trastornos psicológicos, tal vez porque el ingente trabajo nos había impedido inquietarnos o volvernos locos. Pero, naturalmente, todos anhelábamos regresar a la Tierra y abrazar a nuestras familias.
El primer cambio de planes lo forzó la Zilkovski al quedar fuera de combate, cuando cedió de impro viso el terreno que soportaba una de sus patas de alunizaje. La nave consiguió mantenerse en pie, pero el casco quedó retorcido y la cabina de presión se resquebrajó al menos en doce puntos. Se discutió la posibilidad de reparar la nave allí mismo, pero al final decidimos que sería demasiado arriesgado intentar el despegue en aquellas condiciones. A los rusos no les quedaba otra alternativa que repartirse entre la Goddard y la Endeavour; utilizando el combustible de la nave rusa, las nuestras resistirían la carga extra. No obstante, el vuelo de regreso resultaría muy apre tujado e incómodo para todos, ya que habría que comer y dormir por turnos.
Por tanto, o la nave americana o la inglesa debía regresar antes a la Tierra. Durante las últimas sema nas, en que la tarea de la expedición tocaba a su fin, las relaciones entre el comandante Vandenburg y yo fueron un poco tirantes. Incluso me pregunté si no sería mejor zanjar el asunto a pares y nones.
Otro problema llamaba mi atención: la disciplina de la tripulación. Tal vez sea una frase muy fuerte, y no me gustaba pensar que pudiera producirse un motín, pero todos mis muchachos estaban un poco distraídos y era fácil hallarlos por los rincones escri biendo furiosamente. Sabía exactamente qué pasaba, ya que me sucedía a mí mismo. No había un solo ser humano en la Luna que no hubiese vendido los dere chos exclusivos a un periódico o revista, y todos nos relamíamos ya ante la visión de magníficos titulares. El radioteletipo a la Tierra funcionaba constantemen te, enviando diariamente miles de palabras, mientras párrafos más largos en prosa eran dictados por los circuitos de palabra.
Fue el profesor Williams, nuestro astrónomo, de mente muy práctica, quien vino a mí un día con la respuesta al problema principal.
Comandante —empezó, equilibrándose precaria mente sobre la mesa desvencijada que usaba dentro del igloo como escritorio—, no existe ninguna razón técnica por la que debamos regresar antes a la Tierra, ¿verdad?
No —respondí—, se trata tan sólo de una cues tión de fama, fortuna y volver a ver a los nuestros. Pero admito que no existen motivos técnicos. Podría mos quedamos aquí otro año si la Tierra enviase provisiones. Si quiere sugerir esto, pese a todo, le estrangularía con sumo placer.
No es tan malo. Una vez haya partido la expe dición principal, los restantes podrán seguirles en dos o tres semanas. En realidad, conseguirán mayor fama por su sacrificio, su modestia y demás virtudes similares.
Lo cual será una pobre compensación por llegar los segundos.
De acuerdo..., por tanto, necesitamos algo más para que valga la pena. Una recompensa más mate rial.
Concedido. ¿Qué sugiere usted?
Williams señaló el calendario que colgaba en la pared, frente a mí, entre dos superdesnudos femeni nos robados a la Goddard. La longitud de nuestra estancia estaba indicada por los días tachados con tinta roja; un gran interrogante sobre dos semanas indicaba la fecha en que la primera nave volvería a la Tierra.
Aquí está la respuesta —continuó Williams—. Si regresamos entonces, ¿sabe qué sucederá? Se lo diré.
Me lo dijo y quise patearme los sesos por no haber pensado antes en ello.
Al día siguiente, expliqué mi decisión a Vandenburg y Krasnin.
Nos quedaremos para recogerlo todo —dije—. Es cuestión de sentido común. La Goddard es una nave mucho mayor que la nuestra y puede llevar cua tro personas de más, mientras que nosotros sólo pode­mos incluir a dos más, y con muchas apreturas. Si ustedes no se van antes, Van, logrará que muchos de aquí acaben muertos de añoranza.
Es usted muy generoso —dijo Vandenburg—. No quiero ocultar el hecho de que me encantará volver a la Tierra. Y admito que es lógico, ahora que la Ziolkovski está fuera de acción. No obstante, se trata de un gran sacrificio por su parte, y no me gustaría aprovecharme...
Gesticulé expansivamente.
En absoluto —le interrumpí—. Con tal de que ustedes no se lleven toda la fama, ya nos llegará la vez. Al fin y al cabo, cuando regresemos, todo el espectáculo será para nosotros solos.
Krasnin me contemplaba con expresión calculadora, y hallé difícil devolverle la mirada.
No me gusta ser cínico —me espetó—, pero me han enseñado a ser un poco suspicaz cuando la gente hace grandes favores sin una buena razón. Y, fran camente, no hallo bastante buena la razón que usted nos ha dado. ¿No tendrá nada escondido bajo la manga?
Oh, está bien —suspiré—. Esperaba que me cre yeran, pero ya veo que es inútil intentar convencerle de la pureza de mis intenciones. Tengo un motivo, y pueden conocerlo. Pero, por favor, no lo pregonen; no me gustaría desilusionar a la gente de la Tierra. Todavía nos creen unos investigadores nobles y heroi cos, por favor, dejen que sigan pensando lo mismo.
Entonces, mostré el calendario y expliqué a mis dos colegas lo que me había explicado Williams. Al principio me escucharon con escepticismo, y luego con simpatía creciente.
No tenía idea de que fuese tan malo —murmuró al fin Vandenburg.
Los americanos no lo saben —repuse tristemen te—. Además, así ha sido durante más de medio siglo, y creo que no mejorará. Bien, ¿están de acuerdo conmigo?
Naturalmente. Además, nos interesa. Hasta la próxima expedición, la Luna es suya.
Dos semanas más tarde recordé esta frase, cuando la Goddard despegó hacia la distante y añorada Tie­rra. Nos quedamos solos, cuando los americanos y todos los rusos menos dos se hubieron marchado. Envidiaba la recepción que obtendrían, y contemplé celosamente por televisión las procesiones triunfales por Moscú y Nueva York. Luego, volvimos a trabajar y a hacer tiempo. Cuando estábamos deprimidos, efectuábamos unas pequeñas sumas en pedazos de papel y volvíamos a sentirnos animados.
Las cruces rojas marchaban adelante en el calen dario, a medida que transcurrían los días terrestres, días que parecían tener muy escasa relación con el lento ciclo del tiempo lunar. Al fin estuvimos listos; habíamos recogido todos los instrumentos de lectura, todos los especimenes y muestras se hallaban ya empaquetados con seguridad a bordo de la nave. Los motores cobraron vida, otorgándonos por un momento el peso que recuperaríamos al pisar otra vez la Tierra. Por debajo de nosotros, el escabroso paisaje lunar, que tan bien conocíamos, iba alejándose. En unos segundos no distinguiríamos ya las construc ciones y los instrumentos que tan trabajosamente habíamos instalado y que algún día utilizarían los futuros exploradores.
Había empezado el viaje de regreso; volvíamos a la Tierra con gran incomodidad, y nos reunimos con la ya casi desmantelada Goddard al lado de la Tercera Estación Espacial, desde donde nos trans bordaron al mundo que habíamos abandonado siete meses antes.
Siete meses: esto había señalado el astrónomo Wi lliams, como cifra de vital importancia. Habíamos estado en la Luna más de la mitad de un año finan ciero... y para todos nosotros era el año más prove choso de nuestras vidas.
Supongo que más pronto o más tarde obturarán este agujero, repararán este fallo; el departamento de Hacienda de Inglaterra todavía intenta una acción de réplica, pero nosotros estamos cubiertos por la Sec ción 57, párrafo 8, del Acta de Ganancias de Capital de 1972. Escribimos nuestros libros y artículos en la Luna... y hasta que un gobierno lunar establezca un impuesto, cobraremos hasta el último penique.
Y si, finalmente, dictan algo contra nosotros..., bueno, siempre nos quedará Marte..»


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