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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 30 de noviembre de 2010

DENTRO DEL COMETA -- Arthur C. Clarke




DENTRO DEL COMETA
Arthur C. Clarke


No sé por qué grabo esto —dijo George Takeo Pickett, lentamente, hablando ante el micrófono—. No existe la menor probabilidad de que alguien lo escu­che. Dicen que el cometa nos volverá a llevar a la Tierra dentro de dos millones de años, o sea, cuando dé la próxima vuelta al Sol. Me pregunto si entonces aún existirá la humanidad y si el cometa constituirá una vista tan magnífica para nuestros presuntos des­cendientes como lo ha sido para nosotros. Tal vez envíen una expedición, como hicimos nosotros, para ver qué descubren. Y nos encontrarán a nosotros...
»Pues la nave estará en perfectas condiciones, in­cluso al cabo de tantos milenios. Habrá combustible en los tanques, tal vez aire, ya que la comida se acabará primero, y moriremos de hambre antes que asfixiados. Supongo que no aguardaremos tanto; será más rápido abrir la escotilla y acabar de una vez.
»De niño, leí una obra sobre una expedición polar llamada Un invierno entre los hielos, del ingenioso Julio Verne. Bien, es lo que ahora nos ocurre a noso­tros. Hay hielo a nuestro alrededor, flotando en pode­rosos icebergs. La Challenger está en medio de ellos, orbitando tan lentamente que ha de pasar algún tiem­po antes de comprender que se mueven. Pero ninguna expedición a los polos de la Tierra se enfrentó con nuestro invierno. Durante la mayoría de estos millones de años, la temperatura será de doscientos setenta grados bajo cero. Estaremos tan alejados del Sol que nos enviará el mismo calor que las estrellas. ¿Y quién ha intentado nunca calentarse las manos con el calor de Sirio en una noche invernal?
Esta imagen absurda, asaltando de pronto su cere­bro, le quebrantó por completo. No podía hablar de recuerdos de luz lunar sobre campos nevados, de campanas de Navidad sonando a través de una Tierra que estaba ya a ochenta millones de kilómetros de distancia. De repente, se echó a llorar como un chiqui­llo, destrozado su propio dominio ante el recuerdo de todas las bellezas familiares de la Tierra que había perdido para siempre.
Todo había empezado bien, en medio de un gran alarde de excitación y aventura. Recordaba (¿hacía sólo seis meses?) la primera vez que salió a contem­plar el cometa, poco después de que Jimmy Randall, de dieciocho años, lo descubriese con su telescopio de construcción casera y enviara su famoso telegrama al observatorio de Monte Stromlo. En aquellos días, sólo era una débil mota de niebla moviéndose lentamente por la constelación de Eridano, al sur del Ecuador. Estaba mucho más allá de Marte, trasladándose hacia el Sol por su órbita inmensamente elíptica. Cuando había brillado por última vez en el cielo de la Tierra, no había aún ningún hombre, y tal vez tampoco los habría cuando volviera. La raza humana veía el cometa Randall por primera y quizá por última vez.
Al acercarse al Sol, fue creciendo, adornándose con plumas y surtidores, el menor de los cuales era tan grande como cien Tierras. Como un enorme penacho arrastrándose en medio de alguna brisa cósmica, la cola del cometa tenía ya una longitud de sesenta millones de kilómetros cuando pasó por la órbita de Marte. Fue entonces cuando los astrónomos compren­dieron que podía tratarse de la visión más espectacu­lar que había aparecido en el firmamento; la exhibi­ción del cometa Halley, en 1986, no sería nada en comparación. Y fue entonces cuando los adminis­tradores de la Década Internacional de Astrofísica decidieron enviar la nave de investigación Challenger hacia el cometa, si podía terminarse a tiempo, ya que se trataba de una oportunidad que no volvería a ocurrir seguramente en mil años.
Durante interminables semanas, en las horas que preceden al amanecer, el cometa cruzaba el cielo como una segunda, pero más brillante, Vía Láctea. Al apro­ximarse al Sol, y volver a experimentar los fuegos desconocidos desde que los mamuts recorrían la Tie­rra, se tornó más activo. Chorros de gas luminoso surgieron de su núcleo, formando grandes abanicos que giraban lentamente como faros a través de las estrellas. La cola, de ciento cincuenta millones de kilómetros de longitud, se dividió en franjas intrin­cadas y en chorros que cambiaban completamente de forma en una sola noche. Siempre señalaban al sur, como enviados allí por un gran vendaval que soplase hacia el exterior el calor del sistema solar.
Cuando le asignaron la Challenger, Georges Pickett apenas creyó en su suerte. A ningún periodista le ha­bía ocurrido algo parecido desde William Laurence y la bomba atómica. El hecho de poseer un diploma en ciencia, no estar casado, gozar de buena salud, pe­sar menos de setenta kilos y no tener el apéndice, ayu­dó indudablemente. Pero debía de haber otros en su mismo caso; bien, su envidia no tardaría en convertirse en alivio.
Como la reducida dotación de la Challenger no permitía incluir a un simple periodista, Pickett tuvo que doblar sus horas de trabajo como oficial adminis­trativo. Esto significó, en la práctica, tener que redac­tar el diario de a bordo, actuar como secretario del comandante, llevar el control de lo almacenado y ni­velar las cuentas. Era una suerte, pensaba, que en el mundo ingrávido del espacio sólo se necesitasen tres horas de sueño cada veinticuatro.
Mantener separadas sus obligaciones requería mu­cho tacto. Cuando no estaba escribiendo en su despachito, o comprobando los miles de artículos apilados en los almacenes, tenía que atender a su grabadora. Había tenido buen cuidado, alguna que otra vez, de entrevistar a cada uno de los veinte científicos e in­genieros que formaban la tripulación de la nave. No habían sido enviadas todas las grabaciones a la Tie­rra, ya que algunas eran demasiado técnicas y otras al contrario. Pero, al menos, no había mostrado fa­voritismos y, por lo que sabía, no había herido los sentimientos de nadie. Claro que esto ya no impor­taba.
Ignoraba qué pensaba el doctor Martens; el astró­nomo había sido uno de los sujetos más difíciles, aunque uno de los que le habían dado más informa­ción. Con un impulso súbito, Pickett localizó las pri­meras cintas de Martens, insertándolas en el magnetófono. Sabía que trataba de escapar a la situación presente volviendo al pasado, pero el único efecto de aquel conocimiento personal era la esperanza de que el experimento tuviese éxito.
Todavía recordaba claramente aquella primera en­trevista, ya que el micrófono ingrávido, balanceándose suavemente bajo la corriente de aire de los ventilado­res, casi le había hipnotizado, tornándole incoherente. Pero nadie lo había observado, pues su voz continuó normal, con suavidad profesional.
Estaban a la sazón a treinta millones de kiló­metros detrás del cometa, aunque acercándosele rá­pidamente, cuando atrapó a Martens en el observa­torio y le disparó la primera pregunta:
Doctor Martens, ¿de qué está compuesto el co­meta Randall?
De una mezcla —fue la respuesta del astróno­mo—, y cambia constantemente a medida que nos apartamos del Sol. Pero la cola se compone princi­palmente de amoníaco, metano, anhídrido carbónico, vapor de agua, cianógeno...
¿Cianógeno? ¿No es un gas venenoso? ¿Qué ocu­rriría si la Tierra quedase envuelta en esa cola?
Nada. Aunque parezca tan espectacular, de acuer­do con nuestras normas, la cola de un cometa es casi un vacío absoluto. Para volumen tan grande como la Tierra, contiene tanto gas como una caja de cerillas llena de aire.
¡Y sin embargo, esta insignificante cantidad de materia ofrece esa visión majestuosa!
Lo mismo hace el gas en un letrero eléctrico, por el mismo motivo. La cola de un cometa brilla porque el sol la bombardea con partículas cargadas eléctricamente. Es un anuncio luminoso cósmico; algún día, me temo, los agentes de publicidad se darán cuenta de esto, y hallarán el modo de redac­tar anuncios a través del sistema solar.
Una idea deprimente, aunque supongo que al­guien afirmará que es un triunfo de la ciencia apli­cada. Pero dejemos la cola. ¿Cuánto tardaremos en llegar al núcleo del cometa?
Puesto que una caza siempre toma tiempo, pa­sarán otras dos semanas antes de penetrar en el nú­cleo. Iremos adentrándonos más y más en la cola, cru­zando a través del cometa cuando lleguemos a él. Pero aunque el núcleo se halla a treinta millones de kilómetros al frente, ya hemos aprendido muchas co­sas. Por ejemplo, que es extremadamente pequeño, menos de ochenta kilómetros de diámetro. Y ni si­quiera es sólido, ya que probablemente está formado por millares de cuerpos más pequeños, todos dando vueltas en una nube.
¿Podremos penetrar en el núcleo? —Lo sabremos cuando lleguemos. Tal vez nos li­mitaremos a estudiarlo con nuestros telescopios des­de unos miles de kilómetros. Aunque, personalmente, me sentiré defraudado si no entramos en su inte­rior.
Pickett cerró el magnetófono. Sí, Martens había estado en lo cierto. Se habría sentido defraudado, es­pecialmente al no existir, al parecer, el menor peli­gro. El peligro no residía en el cometa, ya que había venido de dentro.
Habían navegado a través de las diversas y suce­sivas cortinas de gas, enormes, pero increíblemente tenues, que el cometa Randall seguía expulsando al alejarse del Sol. Incluso ahora, cuando se acercaban a las regiones más densas del núcleo, se hallaban prácticamente en medio del vacío. La niebla lumi­nosa que se extendía en torno a la Challenger durante tantos millones de kilómetros, apenas disminuía la luz de las estrellas; pero directamente al frente, don­de se hallaba el núcleo del cometa, había un brillan­te trecho de luz resplandeciente, que les atraía como un fuego fatuo.
Las perturbaciones eléctricas tenían lugar a su alrededor con violencia creciente, habiendo cortado casi por entero sus comunicaciones con la Tierra. El prin­cipal transmisor de radio de la nave podía enviar una leve señal, y en los últimos días se habían visto obligados a enviar unos mensajes de «estamos bien» en morse. Cuando se apartasen del cometa, de vuel­ta a la Tierra, quedarían restablecidas las comunica­ciones; pero ahora estaban casi tan aislados como los exploradores en la época anterior a la radio. Era un inconveniente, pero nada más. Pickett casi agra­decía este corte de comunicaciones, ya que le concedía más tiempo para dedicarse a sus tareas administrati­vas. Aunque la nave viajaba ya por el corazón del co­meta, en un rumbo que ningún comandante hubiera soñado antes del siglo xx, alguien tenía que com­probar las provisiones y demás artículos.
Lenta y cautelosamente, con la sonda radar cap­tando toda la esfera de espacio que la rodeaba, la Challenger penetró en el núcleo del cometa. Y se había posado... en medio del hielo.
En los años 40, Whipple, de Harvard, ya adivinó la verdad, aunque era difícil de aceptar incluso teniéndola ante los ojos. El núcleo relativamente pequeño del cometa era un conjunto de icebergs a la deriva, que giraban entre sí, al moverse a lo largo de su órbita. Pero al revés de los icebergs que flotan en los mares polares, éstos no eran de blancura deslumbrante, ni compuestos de agua. Eran de color gris sucio y muy porosos, como nieve pisoteada. Y estaban socavados por bolsas de metano y amoníaco helado, que de cuando en cuando se desprendían en gigantescos surti­dores de gas, al absorber el calor del Sol.
Era una visión maravillosa, pero al principio Pickett tuvo poco tiempo para admirarla. Trabaja­ba en exceso.
Estaba dando la vuelta de rutina por los depósi­tos de la nave, cuando se enfrentó con la catástrofe... aunque tardó algún tiempo en darse cuenta, puesto que la situación de las provisiones había sido amplia­mente satisfactoria, y poseían grandes reservas hasta volver a la Tierra. Las había comprobado personalmente y sólo tenía que confirmar los balances graba­dos en la sección de la memoria electrónica de la nave, donde se almacenaba toda la contabilidad.
Cuando aparecieron en la pantalla las primeras ci­fras absurdas, Pickett supuso que había presionado una palanca errónea. Borró los totales y volvió a ali­mentar la computadora con la información obtenida. 60 cajas de carne presionada para empezar: 17 con­sumidas; quedaban: 99.999.943.
Probó innumerables veces sin resultado. Luego, sintiéndose enojado aunque no alarmado, fue en busca del doctor Martens.
Halló al astrónomo en la «cámara de tortura», el diminuto gimnasio apretado entre los almacenes técnicos y la caja del principal tanque de combusti­ble. Todos los miembros de la tripulación tenían que ejercitarse allí una hora diaria, de lo contrario sus músculos se distenderían a causa del ambiente falto de gravedad. Martens estaba luchando con una serie de muelles poderosos, con expresión determinada en su rostro. Pero la expresión se tornó más determina­da cuando Pikett le explicó lo ocurrido.
Unas cuantas pruebas con la principal computado­ra les comunicó lo peor.
La computadora se ha vuelto loca —confesó Mar­tens—. Ni siquiera suma o resta.
¡Pero seguramente podremos repararla! Martens meneó la cabeza. Había perdido su con­fianza habitual: parecía, según pensó Pikett, un mu­ñeco de goma hinchado al empezar a perder gas.
Ni los fabricantes podrían hacerlo. Es una masa sólida de microcircuitos, tan apretados como los del cerebro humano. Todavía funcionan las unidades de memoria, pero la sección calculadora se ha inutili­zado. Sólo enreda las cifras vertidas en ella.
Y esto ¿dónde nos deja? —preguntó el perio­dista.
Significa que todos estamos muertos —respondió llanamente Martens—. Sin la computadora, estamos listos. Es imposible calcular una órbita de regreso a la Tierra. Se necesitaría todo un ejército de matemáticos trabajando varias semanas para resolverlo en un papel.
¡Esto es ridículo! La nave está en perfectas con­diciones, tenemos abundancia de comida y combus­tible... y usted dice que vamos a morir sólo por no poder realizar unas sumas.
¡Una sumas! —repitió el astrónomo con sarcas­mo—. Un cambio navigacional tan grande como es preciso para alejarnos del cometa y entrar en una ór­bita terrestre, necesita unos cien mil cálculos por se­parado. Incluso la computadora necesita varios mi­nutos para llevarlos a cabo.
Pickett no era matemático, pero sabía lo suficien­te de astronáutica para comprender la situación. Una nave viajando a través del espacio se halla bajo la in­fluencia de muchos cuerpos celestes. La principal fuer­za controladora es la de la gravedad del Sol, que man­tiene a todos los planetas firmemente sujetos a sus res­pectivas órbitas.
Pero los planetas también se atraen, aunque en forma mucho menor, entre sí. Calcular estas atrac­ciones mutuas (por encima de todo, aprovecharse de ellas para alcanzar en el instante preciso una meta situada a millones de kilómetros de distancia) era un problema fantásticamente complejo. Comprendía la desesperación de Martens; ningún hombre puede tra­bajar sin los instrumentos de su profesión, y nin­guna profesión necesitaba unos instrumentos más complicados que la suya.
Incluso después de anunciarlo al comandante y de la primera conferencia de emergencia cuando toda la tripulación se reunió para discutir la situación, tar­daron varias horas en asimilar los hechos. El final aún estaba a unos meses de distancia, y la mente hu­mana no podía captarlo; pero estaban sentenciados a muerte, si bien no corría prisa la ejecución. Y el pa­norama seguía siendo soberbio...
Más allá de las brumas resplandecientes que les en­volvían, y que sería su monumento celestial al final de los tiempos, podía divisar el gran faro de Júpiter, el más brillante de todos los cuerpos celestes. Algunos aún vivirían, si los otros estaban dispuestos a sa­crificarse, cuando la nave pasara junto al más po­deroso de los hijos del Sol. ¿Valía la pena vivir unas semanas más, se preguntó Pickett, para ver con tus propios ojos la visión que Galileo tuvo por primera vez con su tosco telescopio, varios siglos antes: los satélites de Júpiter, yendo y viniendo como cuentas en una sarta invisible?
Cuentas en una sarta. Con esta idea, un recuerdo largamente olvidado de su niñez surgió de su sub­consciente. Debía de estar allí desde varios días atrás, esforzándose por salir a la luz. Y ahora al fin había llegado a su cerebro.
¡No! —gritó—. ¡Es ridículo! ¡Se reiría de mí! ¿Y qué?, le dijo la otra mitad de su mente. No tienes nada que perder; si no para otra cosa, servirá para que todos trabajen mientras se consumen las provisiones y el combustible. Incluso la más mínima esperanza era mejor que nada en absoluto...
Dejó de jugar con el magnetófono; había supera­do el sentimiento de autoconmiseración. Soltando la cinta elástica que le ataba a la silla, se marchó a los almacenes técnicos en busca del material que ne­cesitaba.

Esta no es mi idea de una broma —gruñó el doc­tor Martens, contemplando con desprecio la tenue es­tructura de alambre y madera que Pickett sostenía en la mano.
Supuse que diría eso —replicó Pickett, conser­vando la calma—. Pero, por favor, escuche un ins­tante. Mi abuela era japonesa y siendo yo niño me contó una historia que olvidé por completo hasta esta semana pasada. Creo que puede salvarnos.
»Poco después de la segunda guerra mundial, hubo un concurso entre un americano con una computado­ra eléctrica y un japonés que usaba un abaco como éste. Y ganó el abaco.
Entonces, debía tratarse de una computadora de­ficiente o de un ingeniero muy malo.
Emplearon la mejor computadora del ejército de Estados Unidos. Pero no discutamos. Permítame una prueba: diga un par de cantidades de tres cifras para multiplicarlas.
Pues... 856 por 437.
Los dedos de Pickett bailotearon sobre las cuen­tas, deslizándolas arriba y abajo de los alambres con increíble velocidad. Había doce alambres en con­junto, de modo que el abaco podía funcionar con can­tidades de 999.999.999.999, o ser dividido en sectores se­parados donde podían llevarse a cabo simultánea­mente cálculos independientes.
374.072 —dijo Pickett, después de un intervalo increíblemente corto de tiempo—. Veamos ahora cuán­to tiempo tarda usted en hacer la misma operación con un lápiz.
Transcurrió mucho más tiempo antes de que Mar­tens, que como la mayoría de matemáticos estaba muy flojo en aritmética elemental, proclamase «375.072». Una prueba no tardó en confirmar que Martens ha­bía tardado al menos tres veces más que Pickett para obtener un resultado equivocado.
El rostro del astrónomo era un estudio de pesar, asombro y curiosidad.
¿Dónde aprendió ese truco? —quiso saber—. Creí que estos aparatos sólo sumaban y restaban.
Bueno, la multiplicación no es más que una suma repetida, ¿verdad? Sólo sumé siete veces 856 en la columna de las unidades, tres veces en la de las de­cenas, y cuatro en las centenas. Usted hace lo mis­mo al usar el papel y el lápiz. Claro está, existen va­rios atajos, pero si cree que yo soy rápido, hubiera debido ver a mi tío—abuelo. Trabajaba en un Banco de Yokohama, y cuando sumaba a gran velocidad no se le veían los dedos. Él me enseñó algunos trucos, pero casi los he olvidado todos en los últimos veinte años. Sólo practiqué un par de años, de modo que soy bastante lento. Es igual, espero convencerle de que esto puede servirnos.
Sí, me ha dejado impresionado. ¿Sabe dividir con igual rapidez?
Casi, sobre todo si adquiero más pericia.
Martens cogió el abaco y empezó a pasar las cuen­tas arriba y abajo. Luego suspiró.
Ingenioso, aunque no creo que pueda ayudar­nos. Aunque fuese diez veces más rápido que el hom­bre con papel y lápiz, cosa que no es así, la computa­dora era un millón de veces más veloz.
Ya pensé en esto —replicó Pickett con impacien­cia.
(Martens carecía de coraje, cedía al momento. ¿Cómo se las arreglaban los astrónomos cien años atrás, cuando no había computadoras?)
Le propongo un plan, y dígame si ve algún fallo...
Cuidadosa y lentamente detalló el plan. Y al es­cucharle. Martens se fue relajando y profirió la pri­mera carcajada que Pickett había oído a bordo de la nave en muchos días.
Quiero ver la cara del comandante —rió el astró­nomo—, cuando usted le diga que todos volveremos a la guardería, jugando con cuentas de cristal.

Al principio reinó un gran escepticismo, que se des­vaneció muy pronto cuando Pickett realizó unas de­mostraciones. Para los hombres que se habían edu­cado en un mundo electrónico, el hecho de que una simple estructura de alambres y madera pudiera eje­cutar un milagro era una revelación. Y también un reto, y como del mismo dependía sus vidas, se apre­suraron a aceptarlo.
Tan pronto como los ingenieros construyeron su­ficientes copias del tosco modelo de Pickett, empeza­ron las clases. Pickett sólo tardó unos minutos en explicar los principios básicos; lo que requería más tiempo era la práctica, hora tras hora, hasta que los dedos movían automáticamente las cuentas, colocán­dolas en la debida posición sin necesidad de la con­ciencia. Hubo algunos miembros de la tripulación que ni al cabo de varias semanas llegaron a adquirir rapidez o seguridad; pero otros pronto vencieron al mismo Pickett.
En sus sueños, soñaban con cuentas y columnas, con cuentas y alambres. Tan pronto como pasaron más allá del estado elemental, quedaron divididos por equipos que compitieron ferozmente entre sí, has­ta alcanzar unos índices muy elevados de eficiencia. Al fin, hubo hombres a bordo que podían multiplicar cantidades de cuatro cifras en quince segundos, du­rante interminables horas.
Aquella labor era puramente mecánica; requería destreza, pero no inteligencia. La tarea realmente di­fícil era la de Martens, en la que casi nadie podía ayudarle. Tuvo que olvidar todas las técnicas basadas en maquinarias y estudiar de nuevo cálculo, a fin de que los que debían efectuarse pudieran ser realiza­dos automáticamente por individuos que no tenían la menor noción de las cantidades que manejaban. Les suministraría los datos básicos, y seguirían el pro­grama trazado. Tras unas horas de trabajo paciente y rutinario, la respuesta surgiría del final de la lí­nea de producción matemática... siempre que no se cometieran errores. Y la forma de precaverse contra tal cosa era hacer trabajar a dos equipos indepen­dientes, comprobando con regularidad los resulta­dos.
Lo que hemos logrado —murmuró Pickett, ha­blando para el magnetófono, cuando al fin tuvo tiem­po de pensar en un público para el que no había es­perado hablar nunca más—, es construir una com­putadora formada por seres humanos en lugar de circuitos electrónicos. Es miles de veces más lento, no es posible manejar a la vez muchos dígitos, y re­sulta muy pesado..., pero da buenos resultados. No es que toda la tarea de regresar a la Tierra, cosa su­mamente complicada, vayamos a realizarla ahora, sino sólo la más sencilla de obtener una órbita que nos ponga dentro del radio de alcance terrestre. Una vez hayamos escapado a las interferencias eléctricas que nos rodean, podremos radiar nuestra posición y las grandes computadoras de la Tierra nos dirán qué hemos de hacer.
»Nos estamos alejando ya del cometa y nos salimos del sistema solar. Nuestra nueva órbita encaja con nuestros cálculos hasta el límite esperado. Todavía nos hallamos dentro de la cola del cometa, pero el nú­cleo se halla a un millón y medio de kilómetros de distancia y no vemos ningún iceberg de amoníaco. Estos corren alocadamente hacia las estrellas entre la noche helada, mientras regresamos a casa...
Tierra... Tierra... Llamando la Challenger, lla­mando la Challenger. Contesten tan pronto como nos oigan... Nos gustaría comprobar nuestros cálculos... ¡antes de que se nos despellejen más los dedos!





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