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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 30 de noviembre de 2010

? --- Arthur C. Clarke


?
Arthur C. Clarke


Cuando suba a bordo —exclamó el capitán Saunders, aguardando a que la rampa se desplegara por sí misma— ¿cómo diablos he de llamarle?
Hubo un pensativo silencio, mientras el oficial de navegación y el piloto ayudante consideraban el pro­blema de la etiqueta. Luego, Mitchell cerró el prin cipal panel de control y los múltiples mecanismos de la nave cayeron en la inconsciencia, al ser retirada la energía de los mismos.
El titulo correcto —gruñó lentamente— es Su Alteza Real.
Hum... —rezongó el capitán—. ¡Que me aspen si lo llamo de este modo!
En estos tiempos de progreso —terció Cham bers—, creo que basta con Señor. Pero si se olvida de este título, no hay que preocuparse; hace ya mu cho tiempo que no han enviado a nadie a la Torre de Londres. Además, este Enrique no es un tipo como aquel otro que tuvo tantas esposas.
Al contrario —añadió Michell—, es un joven muy amable. E inteligente. A menudo le pregunta a la gen­te cuestiones técnicas, que ni siquiera pueden con testarle.
El capitán Saunders ignoró las implicaciones de esta observación, pensando que si el príncipe Enrique quería saber cómo funcionaba un generador del Im pulso de Compensación Espacial, Mitchell podría dar le todos los detalles. Se puso pesadamente en pie (habían estado operando a media gravedad durante el vuelo, y ahora, ya en la Tierra, parecían pesar como una tonelada de ladrillos), y se abrió paso por los corredores hacia la escotilla inferior. Con un leve ronroneo, la gran puerta curvada se corrió a un lado. Reajustando su sonrisa, salió al encuentro de las cámaras de televisión y del heredero del trono britá nico.
El joven que, presumiblemente, sería un día Enri que IX de Inglaterra, tenía poco más de veinte años. Era ligeramente más bajo que la mayoría, y poseía unas facciones finas y regulares, que realmente en cajaban con todas las ideas genealógicas. El capitán Saunders, que venía de Dallas y no tenía intenciones de dejarse impresionar por el príncipe, se encontró inesperadamente conmovido por aquellos ojos gran des y tristes. Eran ojos que habían presenciado de masiados desfiles y recepciones, que habían contem plado infinidad de cosas carentes de interés, que ja más habían gozado de permiso para alejarse de las rutas oficiales cuidadosamente planeadas. Viendo aquel rostro orgulloso, pero cansado, el capitán Saun ders tuvo un vislumbre por primera vez de la verda dera soledad de la realeza. Toda su repugnancia por esta institución resultó de pronto trivial ante su ver dadero defecto: lo malo de la Corona era poner tan ta carga sobre un ser humano.
Los pasadizos de la Centauro eran demasiado estre chos para permitir una vista general, por lo que no tardaron en comprender que al príncipe Enrique le interesaba adelantarse a su cortejo. Una vez empeza ron a moverse por el interior de la nave, Saunders perdió su envaramiento y su reserva, y a los pocos minutos trataba al príncipe igual que a cualquier otro visitante. No sabía que una de las primeras lec ciones que la realeza tiene que aprender es lograr que los demás le traten a uno con familiaridad.
Capitán —exclamó el príncipe—, éste es un gran día para nosotros. Siempre pensé que un día sería posible que las naves espaciales despegasen de Ingla terra. Pero aún me parece extraño poseer un espacio—puerto nuestro, al cabo de tantos años. Dígame... ¿tuvo que volar mucho con los cohetes?
Bien, me entrené con ellos, pero antes de gra duarme ya estaban pasados de moda. Tuve suerte; algunos viejos tuvieron que volver a la academia y empezar de nuevo o abandonar por completo el espacio si no pudieron acostumbrarse a las nuevas na ves.
¿Es muy grande la diferencia?
Oh, sí. Cuando se acabaron los cohetes, pasó lo mismo que cuando la navegación a vela se cambió por la de vapor. A propósito, existe una analogía que ya habrá oído otras veces. Los viejos cohetes poseían un encanto semejante al de los antiguos veleros. Es tas naves modernas carecen del mismo. Cuando la Centauro despega, asciende tan quedamente como un globo... y tan lentamente, si uno así lo desea. En cam bio, el despegue de un cohete hacía temblar la tierra en muchas leguas a la redonda, y uno se quedaba sordo varios días si se hallaba demasiado cerca del área de lanzamiento. Claro que usted sabrá esto por las antiguas grabaciones de los noticiarios.
Sí —sonrió el príncipe—. Las he pasado a me nudo en palacio. Creo que he contemplado todos los incidentes de las expediciones pioneras. Y también me apenó asistir al final de los cohetes. Pero de no ser así, jamás hubiésemos podido construir un espacio—puerto aquí en la llanura de Salisbury. ¡Las vibracio nes de los cohetes habrían derribado Stonehenge!
¿Stonehenge? —repitió Saunders manteniendo abierta una escotilla para dejar pasar al príncipe al Sollado Número 3.
Un monumento antiguo, uno de los más famosos círculos de piedra de todo el mundo. Es verdadera­mente impresionante, con una antigüedad de tres mil años. Visítelo si puede. Sólo está a quince kilómetros de aquí.
El capitán Saunders reprimió una sonrisa con di ficultad. ¡Qué país tan extraño! ¿En qué otro hallaría tantos contrastes? Le hacía a uno sentirse muy joven y tosco al recordar que en su patria, la de El Alamo era una historia antigua, y apenas había pasado nada en Texas que tuviera quinientos años de antigüedad. Por primera vez comprendió lo que significaba la tra dición; le otorgaba al príncipe algo que él nunca po seería; empaque, confianza en sí mismo... sí, era esto. Y un orgullo libre de arrogancia, porque acep taba gran cantidad de cosas.
Fue sorprendente el número de preguntas que el príncipe Enrique formuló en los treinta minutos que duró la vuelta a la nave de transporte. No eran preguntas rutinarias de las que la gente hace por corte sía, sin ningún interés por las respuestas. Su Alteza Real el príncipe Enrique sabía mucho respecto a naves espaciales, y el capitán Saunders se sintió total mente agotado cuando devolvió a su distinguido invi tado al comité de recepción, que aguardaba fuera de la Centauro con paciencia bien disimulada.
Muchas gracias, capitán Saunders —le agradeció el príncipe, estrechándole la mano a la salida—. Ha­cía años que no había disfrutado tanto. Le deseo una feliz estancia en Inglaterra y un venturoso viaje.
Luego, su cortejo se lo llevó, y los oficiales del espacio—puerto, frustrados hasta entonces, subieron a bordo para comprobar los documentos de la nave.
Bien —exclamó Mitchell cuando todo hubo ter minado—, ¿qué os parece nuestro príncipe de Gales?
Me ha sorprendido —confesó Saunders—. Ja más hubiera dicho que fuera un príncipe. Siempre pensé que los príncipes y reyes eran bastante tontos. Pero diantre, ¡si hasta conocía los principios del Im pulso Compensador! ¿Ha estado alguna vez en el es pacio?
Una vez, creo. Sólo un salto más arriba de la at mósfera, en una nave de la Fuerza Espacial. Ni si quiera estuvo en órbita, ya que regresó al momento..., pero al primer ministro casi le dio un ataque. Hubo interrogatorios en ¡a Cámara y editoriales en The Times. Todo el mundo decidió que el heredero del tro no valía demasiado para que se arriesgase en estos malditos inventos. De modo que, aunque ostenta el grado de Comodoro en la Real Fuerza Espacial, nun ca ha estado ni siquiera en la Luna.
Pobre chico... —se compadeció Saunders.
Tenía tres días de libertad, puesto que no era ta rea suya supervisar la carga de la nave ni el man tenimiento de antes del vuelo. Saunders conocía a capitanes que no hacían más que dar vueltas en tomo a los ingenieros de servicio, pero él no era de éstos.
Además, quería visitar Londres. Había estado en Marte, Venus y la Luna, pero ésta era su primera vi sita a Inglaterra. Mitchell y Chambers le dieron in formes útiles y lo dejaron en el monorraíl hacia Lon dres antes de ir a ver a sus propias familias. Regre sarían al espacio-puerto un día antes que él para com probar que todo estaba en orden. Era un gran alivio tener unos oficiales en quienes confiar por completo; carecían de imaginación, eran muy cautos, pero suma mente cuidadosos de todos los detalles. Si afirmaban que todo estaba bien, Saunders sabía que podía despe gar sin temor alguno.
El cilindro esbelto, aerodinámico, silbaba a tra vés del bien cuidado paisaje. Estaba tan cerca del suelo y viajaba tan de prisa que sólo podían captarse fugaces impresiones de las poblaciones y los campos por los que pasaban. Todo, pensó Saunders, era in creíblemente compacto, a escala de Liliput. No había espacios abiertos, ni prados de más de una milla de longitud, en cualquier dirección. Esto podía infundir le a un tejano la sensación de claustrofobia, particu larmente a un tejano que era también piloto espacial.
El borde definido de Londres apareció como los contrafuertes de una ciudad amurallada en el hori zonte. Con escasas excepciones, los edificios eran muy bajos: tal vez de quince o veinte pisos de altura. El monorraíl pasó a través de un cañón estrecho, por encima de un parque atractivo, cruzó un río que de bía de ser el Támesis, y se detuvo con un poderoso impulso desacelerador. Un altavoz anunció, con una voz modesta que parecía temer ser excesivamente oída:
Esto es Paddington. Los pasajeros para el Nor te permanezcan en sus asientos.
Saunders cogió su maleta y se encaminó a la es tación.
Al entrar en el metro, pasó frente a un quiosco de periódicos, y miró las revistas exhibidas. Casi la mi tad presentaban fotografías del príncipe Enrique y otros miembros de la familia real. Esto no estaba mal, pensó Saunders. También observó que los perió dicos de la tarde ofrecían la imagen del príncipe en trando o saliendo de la Centauro, y compró varios para leerlos en el metro.
Los comentarios editoriales se parecían mucho en tre sí. Al fin, se alegraban, Inglaterra no tenía ya que ocupar un puesto rezagado entre las naciones que as cendían al espacio. Era ya posible hacer maniobrar una flota espacial sin necesitar un millón de kilóme tros cuadrados de zona desértica: las actuales na ves silenciosas que desafiaban a la gravedad podían aterrizar, en caso de necesidad, en Hyde Park, sin molestar siquiera a los patos del río Serpentina. Saun ders halló difícil que esta clase de patriotismo hu biese sobrevivido en la era espacial, pero supuso que a los ingleses no les había gustado tener que pedir prestadas rampas de lanzamiento a los australianos, los americanos y los rusos.
El metro de Londres era todavía, al cabo de siglo y medio, el mejor sistema de transporte del mundo entero, y dejó a Saunders en su destino en menos de diez minutos después de salir de la estación de Paddington. En diez minutos, la Centauro habría cu bierto setenta mil kilómetros; pero el espacio, al fin y al cabo, no estaba tan poblado. Tampoco las órbi tas espaciales eran tan tortuosas como las calles que Saunders tuvo que recorrer para llegar a su hotel. Todos los intentos de enderezar Londres habían fra casado estrepitosamente, y pasaron quince minutos antes de que completase los últimos cien metros de su trayecto.
Se quitó la chaqueta y se dejó caer en la cama. Tres días de libertad y descanso sólo para él; de masiado bueno para ser verdad.
Así era. Apenas pudo respirar antes de que so nara el teléfono.
¿Capitán Saunders?... Oh, me alegro de locali zarle. Aquí, la BBC. Emitimos un programa titula do Esta noche en la ciudad, y nos gustaría que us ted...

El sonido de la escotilla fue el más dulce que ha bía oído Saunders en varios días. Ahora estaba a salvo; en esta fortaleza blindada nadie podía atra parle, y pronto estaría de nuevo en el espacio. No le habían tratado mal; al contrario, le habían tratado demasiado bien. Había aparecido cuatro (¿o eran cin co?) veces en televisión, en diversos programas; ha bía estado en más fiestas de las que podía recordar; había trabado un centenar de nuevas amistades y (según le parecía ahora) se había olvidado de las an tiguas.
¿Quién inició el rumor —le preguntó a Mit chell cuando se encontraron en el espacio puerto— de que los ingleses eran reservados y orgullosos? Que el diablo me ayude si alguna vez vuelvo a conocer a un inglés representativo.
Supongo que se habrá divertido —sonrió Mit chell.
Pregúntamelo mañana —replicó Saunders—. Es taré en casa descansando.
Anoche le vi en aquel programa —observó Cham bers—. Parecía un poco pálido.
Gracias, un buen consuelo, el que ahora necesi taba. Me gustaría que pensara usted un sinónimo de jejune después de estar levantado hasta después de las tres de la madrugada.
Falto de animación —dijo Chambers rápida mente.
Insípido —añadió Mitchell, para no ser menos.
Ustedes ganan. Bien, sepamos qué tal va la car ga y qué han hecho los ingenieros.
Una vez sentado ante el cuadro de mandos, el ca pitán Saunders volvió a recuperar el dominio de sí mismo. Estaba otra vez en su ambiente, y su adies tramiento le dominaba. Sabía exactamente lo que te nía que hacer, y lo haría con precisión automática. A su derecha y a su izquierda, Mitchell y Chambers comprobaban sus instrumentos y llamaban a la to rre de control.
Tardaron una hora en llevar a cabo todas las ope raciones de rutina. Cuando la última firma quedó agregada a la última hoja de las instrucciones, y la última luz roja del cuadro de mandos se hubo cam biado en verde, Saunders se retrepó en su asiento y encendió un cigarrillo. Faltaban diez minutos para el despegue.
Un día vendré a Inglaterra de incógnito —mur muró— para descubrir qué hace palpitar a este país. No comprendo cómo es posible albergar a tanta gen te en una isla tan pequeña sin que se hunda.
Hum... —gruñó Chambers—. Tendría que ver Holanda. Hace que Inglaterra parezca tan inmensa como Texas.
Luego, tenemos el problema de la familia real. Adonde quiera que iba me preguntaban qué me ha bía parecido el príncipe Enrique, y de qué habíamos conversado, si creía que era un chico listo, y otras pre guntas similares. Francamente, acabé harto. No com prendo cómo los ingleses lo han aguantado tanto tiempo.
No piense que la familia real haya sido siempre popular —replicó Mitchell—. ¿Recuerda lo que le su­cedió a Carlos I? Y algunas de las cosas que decían de los primeros Jorges eran tan rudas como las que los americanos hicieron más tarde.
Pero nos gusta la tradición —agregó Chambers—. No tememos cambiar cuando llegue el momento, pero respecto a la familia real... bueno, es algo único y nos agrada. Como a ustedes la estatua de la Libertad.
No es un buen ejemplo. No creo que sea justo colocar a los seres humanos sobre un pedestal y tratarlos como... bueno, como si fuesen deidades me nores. Miren al príncipe Enrique, por ejemplo. ¿Creen que alguna vez tendrá ocasión de realizar las cosas que quisiera hacer? Le vi tres veces por televisión, en Londres. La primera, inauguraba una escuela no sé dónde; después, pronunció un discurso en la Com pañía de Pescadores en el Guildhall (juro que no exagero), y finalmente estaba escuchando un discur so de bienvenida, ofrecido por el alcalde de Podunk, o cualquiera que sea el equivalente. Antes preferi ría estar en la cárcel que llevar esa vida. ¿Por qué no dejan tranquilo al pobre muchacho?
Por una vez, ni Mitchell ni Chambers pudieron ob jetar nada. Mantuvieron un silencio casi helado.
«Ya lo sabía —se dijo Saunders—. Debí cerrar el pico; ahora, he herido sus sentimientos. Debí recordar el consejo que oí no sé dónde: "Los ingleses poseen dos religiones: el cricket y la familia real. No intentes nunca criticarlas."»
La pausa fue interrumpida por la radio del controlador del campo.
Control a Centauro. La pista de vuelo está des pejada. Listos para el despegue.
Iniciamos el programa de despegue... ¡ahora! —contestó Saunders, apretando la palanca principal.
Luego, se inclinó hacia atrás, vigilando con la mi rada todo el cuadro de mandos, separadas del mismo sus manos aunque dispuestas a una acción instantá nea.
Estaba tenso, pero confiado. Un cerebro mejor que el suyo, un cerebro de metal y cristal, y de corrientes de centelleantes electrones, estaban ya a cargo de la Centauro, En caso necesario, él podía hacerse cargo del mando, pero nunca había tenido que elevar una nave manualmente, y esperaba no tener que hacerlo jamás. Si fallaban los mandos automáticos, cancela ría el despegue y se quedaría en tierra hasta que reparasen la avería.
El campo principal actuó, y la Centauro perdió peso. Hubo gruñidos de protesta en la estructura de la nave y en el casco al redistribuirse las presio nes. Los brazos curvos del tren de aterrizaje ya no lle vaban carga, y la brisa más ligera podía elevar a la nave hacia el cielo.
Desde la torre llamó el controlador:
Su peso ahora es cero. Comprueben el calibre.
Saunders consultó los instrumentos. El impulso ascendente del campo debía ser igual al peso de la nave, y las lecturas de medición debían estar de acuerdo con los totales de los programas de carga. Al menos en un caso, esta comprobación reveló la pre sencia de un polizón a bordo de la nave. Así eran de sensibles los calibradores.
Un millón quinientos sesenta mil cuatrocientos veinte kilogramos —leyó Saunders en los indicadores de impulsión—. Muy bien... comprobado con un mar gen de quince kilos de diferencia. Aunque la prime ra vez he notado exceso de peso. Hubieras podido lle var más caramelos para tu amiguita regordeta de Port Lowell, Mitchell.
El ayudante de piloto sonrió tristemente. No ha bía podido olvidar una cita a ciegas en Marte, y ello le había dado la fama de preferir las rubias estatua rias.
No había la menor sensación de movimiento, pero la nave estaba trepando por el cielo de verano, ya que su peso no sólo estaba neutralizado sino rever tido. Para los mirones de abajo, era como una es trella que ascendía rápidamente, cómo un globo pla teado que huía por entre y más allá de las nubes. A su alrededor, el azul de la atmósfera se agudizaba, convirtiéndose en la negrura eterna del espacio. Como una cuenta moviéndose a lo largo de un alambre invisi ble, la nave de transporte seguía el trazado de las ondas de radio que la conducirían de un mundo a otro.
Este, pensó el capitán Saunders, era su vigésimo sexto despegue de la Tierra.
Pero la admiración nunca cesaba, jamás domina ría la sensación de poder que le daba estar allí sen tado, ante el cuadro de mandos, amo de unas fuer zas superiores a todos los sueños de los antiguos dio ses de la humanidad. Nunca eran iguales dos despe gues: unos se hacían al amanecer, otros al anoche cer; algunos encima de una Tierra cubierta de nubes, y varios a través de un cielo brillante, despejado. El espacio no cambiaba nunca, pero en la Tierra jamás se repetía la misma pauta, y nadie veía por dos veces el mismo paisaje, el mismo cielo. Abajo, las olas del Atlántico marchaban eternamente hacia Eu ropa, y allá en lo alto, ¡aunque muy por debajo de la Centauro!, las bandas de nubes avanzaban impulsadas por los mismos vientos. Inglaterra empezó a fundir se con el continente, y la costa europea se encogió y quedó envuelta en nieblas, al hundirse más allá de la curvatura del mundo. En la frontera occidental, una mancha fugitiva en el horizonte, se hallaba la primera insinuación de América. De una sola mirada, Saunders podía captar todas las millas marinas a través de las cuales había navegado Cristóbal Colón quinientos años antes.
Con el silencio de la fuerza ilimitada, la nave se liberó de los últimos lazos con la Tierra. Para un observador exterior, la única señal de las energías desprendidas sería el resplandor rojizo de las aletas de radiación en torno al ecuador de la nave puesto que la pérdida de calor de los convertidores de masa se diseminaba por el espació.
«14,03,45 —escribió Saunders en el diario de a bordo—. Velocidad de escape lograda. Desviación de rumbo mínima.»
Apenas servía de nada esta nota. Los modestos cua renta mil kilómetros por hora que habían sido la pri­mera meta casi inalcanzable de los astronautas ya no tenían significación práctica, puesto que la nave es taba aún acelerando y durante horas seguirían ganan do en velocidad. Pero sí poseía un profundo significa do psicológico. Hasta aquel momento, si fallaba la fuerza habrían caído a la Tierra. Ahora, la gravedad ya no podía atraparles; habían alcanzado la libertad del espacio, y podían escoger el planeta donde ate rrizar. En la práctica, claro está, tendrían que co rrer muchos peligros si no iban hacia Marte para en tregar la mercancía, de acuerdo con lo previsto. Pero el capitán Saunders, como todos los astronautas, era fundamentalmente un romántico. Incluso en un vuelo tan sencillo como éste, soñaba a veces con la gloria de los anillos de Saturno, con las tierras áridas del som brío Neptuno, iluminadas por los fuegos distantes del empequeñecido Sol.
Una hora después del despegue, según el sacrosan to ritual. Chambers abandonó la computadora del rumbo a sus propios esfuerzos y exhibió los tres vasos que había debajo de la mesa cartográfica. Mien tras bebían tras el tradicional brindis a Newton, Oberth y Einstein, Saunders se preguntó cuál sería el origen de tal ceremonia. Las tripulaciones espa ciales llevaban efectuando aquel brindis más de se senta años; tal vez podía deberse al legendario inge niero de cohetes que hizo la siguiente observación:
He quemado más alcohol en sesenta segundos del que usted ha vendido jamás en este apestoso bar.
Dos horas más tarde, la última corrección del rum bo que las estaciones de rastreo les habían enviado desde la Tierra, estaba alimentando la computadora. A partir de ahora, hasta que apareciera Marte, esta rían abandonados a sí mismos. Era un pensamiento solitario, aunque curiosamente gracioso. Saunders lo saboreó mentalmente. Aquí estaban los tres solos... sin nadie más en un millón de kilómetros a la re donda.
En tales circunstancias, la detonación de una bom ba atómica apenas habría hecho otra cosa que pro ducir un golpe modesto en la puerta de la cabina.

El capitán Saunders nunca se había asustado tan to en su vida. Con un alarido surgido de su gargan ta antes de poder reprimirlo, saltó de su asiento y se elevó un metro antes de que la gravedad residual de la nave lo arrastrase hacia abajo. Chambers y Mit chell, por su parte, se comportaron con la tradicional flema británica. Giraron en sus asientos, contempla ron la puerta y aguardaron a que el capitán hicie ra algo.
Saunders tardó unos segundos en recobrar la cal ma. De haberse enfrentado con lo que podría deno­minarse una emergencia normal, ya habría estado me tido casi dentro del traje espacial. Pero una llamada tímida a la puerta de la cabina, cuando no podía haber nadie más dentro de la nave, no era una prue ba sencilla.
Era imposible que se tratase de un polizón. El peligro, desde el comienzo de los vuelos espaciales mer­cantiles, había sido tan obvio que se habían adoptado las mayores precauciones contra tal incidente. Uno de sus oficiales, según sabía Saunders, siempre estaba de servicio durante las operaciones de carga. Nadie podía entrar en la nave sin ser visto. Además, había la detallada inspección antes del vuelo, llevada a cabo por Mitchell y Chambers. Finalmente, pasaban por la comprobación del peso en el momento del despegue; cosa concluyente. No, un polizón estaba fuera de toda...
Volvió a repetirse la llamada a la puerta. Saun ders apretó los puños y cuadró la mandíbula. Dentro de unos minutos, pensó, un romántico idiota lo la mentaría muy de veras.
Abra la puerta, Mitchell —gruñó Saunders.
De una sola zancada, el ayudante de piloto cruzó la cabina y abrió la escotilla.
Durante un siglo, nadie habló. Luego, el polizón, tambaleándose ligeramente por la escasa gravedad, entró en la cabina. Se mostraba muy confiado y con tento de sí mismo.
Buenas tardes, capitán Saunders —saludó—. Le ruego perdone asta intrusión.
Saunders tragó saliva. Luego, a medida que las piezas del rompecabezas se iban conjuntando, miró primero a Mitchell y después a Chambers. Los dos oficiales le devolvieron la mirada con expresión de inefable inocencia. —Conque era esto... —masculló con amargura.
No había necesidad de explicaciones; todo estaba claro. Era fácil imaginarse las complicadas negocia­ciones, las reuniones a medianoche, la falsificación de los archivos, la descarga de las mercancías no esenciales que su fieles colegas habían llevado a cabo a espaldas suyas. Estaba seguro de que la historia era interesante, pero ahora no quería escucharla. Esta ba demasiado ocupado recordando qué decía el Ma nual de leyes espaciales sobre una situación seme jante, aunque estaba ya seguro de que tal recuerdo no le serviría de mucho.
Era demasiado tarde para regresar; los conspira dores no habían olvidado este detalle. Bien, tendría que ingeniárselas como pudiera para realizar el vuelo más difícil de su carrera.
Todavía pensaba qué debía decir cuando la señal de PRIORIDAD empezó a destellar en la radio de a bordo. El polizón consultó su reloj.
Lo esperaba —murmuró—. Probablemente será el primer ministro. Será mejor que hable con el pobre hombre.
Saunders opinaba lo mismo.
Muy bien, Alteza —rezongó.
Sí, era el primer ministro, que parecía muy tras tornado. Empleó varias veces la frase «vuestros debe res para con vuestro pueblo», y en una ocasión hubo una nota nueva en su garganta, como si dijera algo respecto a «la devoción de vuestros súbditos a la Corona».
Mientras estaba en curso esta arenga emocional, Mitchell se inclinó hacia Saunders y le susurró al oído:
El viejo está en un aprieto y lo sabe. El pueblo apoyará al príncipe cuando se entere de lo ocurrido. Todo el mundo sabe que hace años deseaba volar al espacio.
¡Chist! —le hizo callar Chambers.
El príncipe estaba contestando y sus palabras cru zaban el abismo que ahora le separaba de la isla en la que un día reinaría.
Lo siento, señor primer ministro, si he provocado tanta alarma. Volveré tan pronto como lo crea con­veniente. Alguien tenía que hacerlo por primera vez, y pensé que había llegado el momento de que un miembro de mi familia abandonara la Tierra. Mis bisabuelos fueron marineros antes de ser reyes de una nación marítima. Esto formará una parte muy valiosa de mi educación, y me dispondrá a cumplir mejor mis deberes. Adiós.
Soltó el micrófono y se acercó a la ventana de observación, el único mirador de toda la nave. Saunders le vio allí de pie, orgulloso y solo..., pero con tento.
Nadie habló en largo tiempo. Luego, el príncipe desvió la mirada del resplandor cegador que había al otro lado del cristal, miró al capitán Saunders y sonrió.
¿Dónde está la cocina, capitán? —inquirió—. Tal vez me falte práctica, pero en mis tiempos de boy—scout era el mejor cocinero de mi patrulla.
Saunders se relajó y devolvió la sonrisa. La tensión abandonó la cabina de mandos. Marte aún estaba muy lejos, pero Saunders sabía ya que el viaje no iba a ser del todo malo.



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