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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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lunes, 21 de septiembre de 2009

BABEL-17


BABEL-17
Samuel R. Delany



«No son las sociedades ni los individuos
los que moldean el lenguaje,
sino todo lo contrario».

Éste, ahora
es para Bob Folsom,
para explicar sólo
algo del pasado año.


Primera parte - RYDRA WONG

…He aquí el eje de la ambigüedad.
Espectros eléctricos salpican la calle.
El equívoco anuda los ensombrecidos rasgos
de muchachos que no son muchachos; una curva de sombra
marchita hasta la senilidad una boca llena
o la desbasta hasta una hoja de navaja,
vierte ácido sobre una mejilla de ámbar…
o se estrella en el arco pélvico
y hace manar un negro coágulo que exuda sobre un pecho
disipado con un gesto o un relámpago de luz,
que hincha los labios y los salpica de sangre…
Dicen que la misma turba brota de las calles
y vuelve a sumergirse, como la madera a la deriva
que la marea trae a la costa y que la resaca devuelve,
sólo para volver a golpear la arena,
sólo para girar en remolino y ser llevada lejos.
Madera a la deriva; las estrechas ancas, los ojos líquidos,
los hombros inclinados y el rudo molde de las manos,
los grises rostros de chacal que se arrodilla ante su presa.
Los colores desaparecen al romper el día
cuando los vagabundos en los muelles del oeste se cruzan
con jóvenes marineros que marchan por la calle hacia su nave…
De Prism and Lens, M. H.

I

Es una ciudad portuaria.
Aquí las emanaciones herrumbran el cielo, pensó el general. Los gases industriales sonrojaban la tarde con naranjas, rosados, púrpuras con demasiado rojo. Al oeste, los transportes que ascendían y descendían, cargueros con destino a los centros estelares y a los satélites, laceraban las nubes. Además, es una ciudad espantosamente pobre, pensó el general al doblar la esquina, esquivando las pilas de basura amontonadas junto a la acera.
Desde la Invasión, seis embargos de varios meses de duración habían asfixiado a esta ciudad, cuyo corazón debía latir alimentado por el comercio interestelar para sobrevivir. Secuestrada, ¿cómo podía existir esta ciudad? En los últimos veinte años se lo había preguntado seis veces. ¿Respuesta? No podía hacerlo.
Pánico, disturbios, incendios, dos veces canibalismo…
El general paseó la mirada desde la silueta de las torres de carga —que se perfilaban detrás del desvencijado monorriel— hasta los vetustos edificios. Las calles eran más estrechas aquí, atestadas de obreros de transporte, cargadores, unos pocos oficiales estelares con sus uniformes verdes y una horda de pálidos y correctos hombres y mujeres que manejaban la intrincada red de operaciones aduaneras. Están tranquilos ahora, concentrados en sus hogares o sus trabajos, pensó el general. Sin embargo, toda esa gente había vivido veinte años bajo la Invasión. Se habían muerto de hambre durante los embargos, habían roto ventanas, saqueado, habían huido gritando ante las mangueras contra incendio, habían desgarrado la carne del brazo de un cadáver con sus dientes descalcificados…
¿Quién es este hombre animal? Se hizo esta pregunta abstracta para obnubilar las líneas de la memoria. Era más fácil, siendo general, preguntarse acerca del «hombre animal» y no acerca de la mujer aquella que, durante el último embargo, se había sentado en mitad de la acera sosteniendo una pierna de su bebé esquelético, o acerca de las tres huesudas adolescentes que lo habían atacado con navajas en la calle (ella había siseado a través de sus dientes pardos, mientras la hoja de metal relucía al acercarse a su pecho: «¡Ven aquí, bistec! ¡Ven a buscarme, carne…!». Él había utilizado karate), o acerca del hombre ciego que caminaba gritando por la avenida.
Hombres y mujeres pálidos y correctos ahora, que hablaban suavemente, que vacilaban antes de permitir que una expresión se marcara en sus rostros, con ideas pálidas y adecuadas: trabajar por la victoria sobre los Invasores; Alona Star y Rip Rhyak estaban grandiosos en «Vacaciones Estelares», pero Ronald Quar era el mejor actor serio del momento. Escuchaban música Hi Lite (escucharían, se preguntó el general, durante esos bailes lentos en los que nadie se tocaba). Un puesto en Aduana era un trabajo bueno y seguro; trabajar directamente en Transporte era probablemente más excitante y era trabajo divertido para ver en el cine, pero en la realidad la gente de Transporte era tan extraña…
Los que eran más inteligentes y sofisticados discutían la poesía de Rydra Wong.
A menudo hablaban de la Invasión, con algunos cientos de oraciones consagradas por veinte años de repetición en los noticieros y en los periódicos. Rara vez se referían a los embargos, salvo por esa palabra. Tomemos uno de ellos, tomemos un millón. ¿Quiénes son? ¿Qué desean? ¿Qué dirían si se les diera la oportunidad de decir algo?
Rydra Wong se había convertido en la voz de esta época. El general recordó la elogiosa línea de una crítica hiperbólica. Paradójico: era un líder militar con una meta militar, y se encaminaba a una cita con Rydra Wong.
Se encendieron las lámparas de la calle y su imagen resplandeció súbitamente, reflejada en el bruñido cristal de la vidriera del bar. Está bien, no llevo puesto el uniforme ahora. Vio a un hombre alto y musculoso con la autoridad que medio siglo confería a su rostro arrugado. Se sentía incómodo enfundado en su traje gris de civil. Hasta los treinta años había impresionado a la gente como «grandote y torpe». Después —y el cambio había coincidido con la Invasión—, se había convertido en «imponente y autoritario».
Si Rydra Wong hubiera ido a verlo al Cuartel General Administrativo de la Alianza, se hubiera sentido seguro. Pero estaba de civil, no vestido con el verde del oficial estelar. El bar era nuevo para él. Y ella era la más famosa poeta de las cinco galaxias exploradas. Por primera vez en mucho tiempo volvió a sentirse torpe.
Entró.
Y susurró: «Dios mío, es bella, ni siquiera he tenido que buscarla entre las otras pocas mujeres. No sabía que era tan bella, ni en las fotos…».
Ella se volvió hacia él —al mismo tiempo que la imagen reflejada en el espejo que estaba detrás del mostrador lo veía, y se volvía también—, se puso de pie y sonrió.
Él se adelantó, tomó su mano, con las palabras «Buenas noches, señorita Wong» en la punta de la lengua hasta que se las tragó, impronunciadas. Y ahora ella estaba a punto de hablar.
Usaba lápiz de labios color cobre, y las pupilas de sus ojos eran bruñidos discos de cobre.
—Babel-17 —dijo—. Aún no lo he resuelto, general Forester.
Un vestido tejido de color índigo, y su pelo como una apretada lluvia nocturna cayendo sobre un hombro.
—En realidad, eso no nos sorprende, señorita Wong —dijo él.
Sorpresa, pensó. Ella posa las manos en la barra, se reclina en su banco, sus caderas ondulan bajo el vestido azul y con cada movimiento me quedo atónito, sorprendido, perplejo. ¿Es que yo tengo tan bajas las defensas, o es que ella es verdaderamente tan…?
—Pero he ido más lejos de lo que han podido lograr los del departamento Militar… —la suave línea de su boca se arqueó con una sonrisa suave.
—Por lo que he oído decir de usted, señorita Wong, tampoco eso me sorprende.
¿Quién es ella?, pensó. Se había preguntado abstractamente acerca de la población. Se había preguntado acerca de su imagen reflejada. Y ahora se preguntaba acerca de ella, pensando: «No importa nadie más, pero debo saber acerca de ella. Es importante. Debo saber».
—En primer lugar, general —estaba diciendo ella—, Babel-17 no es un código.
La mente de él regresó vertiginosamente al tema, y llegó bamboleante.
—¿No es un código? Pero yo creí que al menos Criptografía había establecido que…
Se detuvo, porque no estaba demasiado seguro de lo que Criptografía había establecido, y porque necesitaba un momento más para desprenderse de los bordes de los altos pómulos de ella, para retirarse de las cavernas de sus ojos. Tensando los músculos del rostro, encaminó sus pensamientos hacia Babel-17. La Invasión: Babel-17 podía ser la clave para terminar con ese flagelo de veinte años.
—¿Quiere decir que hemos estado tratando de descifrar un montón de tonterías?
—No es un código —repitió ella—. Es un lenguaje.
El general frunció el ceño.
—Bien, se lo llame como se lo llame, código o lenguaje, todavía hemos de averiguar qué es lo que dice. Mientras no lo comprendamos, estamos infernalmente lejos de donde debemos estar.
El agotamiento y la presión de los últimos meses se alojaban en su estómago, como una bestia secreta dispuesta a golpear su lengua, haciendo más ásperas las palabras. Ella ya no sonreía, y tenía las dos manos sobre el mostrador. Él deseó retractarse por su aspereza.
—Usted no está vinculado directamente al Departamento de Criptografía —dijo ella, con voz calma y pareja. Él sacudió negativamente la cabeza—. Entonces deje que le explique algo. Básicamente, general Forester, hay dos tipos de códigos. En el primer tipo, las letras o los símbolos que hacen de letras son desplazados y acomodados de acuerdo con una estructura particular. En el segundo, las letras, palabras o grupos de palabras son reemplazados por otras letras, símbolos o palabras. Un código puede ser de uno u otro tipo, o una combinación de ambos. Pero todos tienen esto en común: una vez que se descubre la clave, sólo hay que aplicarla y aparecen las oraciones lógicas. Un lenguaje, en cambio, tiene su propia lógica interna, su propia gramática, su propio modo de expresar ideas por medio de palabras que cubren varios espectros de sentido. No existe la clave que se pueda aplicar para descubrir el sentido exacto. En el mejor de los casos se puede lograr una aproximación.
—¿Está tratando de decirme que Babel-17 se decodifica en algún otro lenguaje?
—En absoluto. Eso fue lo primero que comprobé. Podemos hacer una exploración de probabilidades de varios elementos y ver si son congruentes con las estructuras de otros lenguajes, aun cuando estos elementos estén en otro orden. No, Babel-17 es un lenguaje en sí mismo, un lenguaje que no comprendemos.
—Creo —dijo el general Forester intentando sonreír— que lo que está tratando de decirme es que, como no es un código sino un lenguaje desconocido, lo mejor que podríamos hacer es abandonar.
Si esto era la derrota, recibirla de ella era casi un alivio. Pero ella sacudió la cabeza.
—Mucho me temo que eso no es en absoluto lo que estoy tratando de decirle. Se han descifrado lenguajes desconocidos sin traducirlos. Linear B y el hitita, por ejemplo. Pero si debo llegar más lejos con Babel-17, tengo que saber muchas más cosas.
El general arqueó las cejas.
—¿Qué más necesita saber? Le hemos dado todas las muestras. Cuando consignamos más, por cierto que…
—General, tengo que saber todo lo que usted sabe acerca de Babel-17: dónde lo escuchó, cuándo, en qué circunstancias, cualquier cosa que me pueda dar un indicio acerca del tema.
—Le hemos dado toda la información que hemos…
—Me han dado diez páginas mecanografiadas a doble espacio con un texto salpicado y bautizado con el nombre codificado de Babel-17, y me han preguntado qué quiere decir. Con eso solamente no puedo decírselo. Si me dan más, tal vez podría. Es así de simple.
Él pensó: «Si fuera así de simple, si fuera tan sólo así de simple, jamás te hubiéramos llamado, Rydra Wong».
—Si fuera así de simple —dijo ella—, si fuera tan sólo así de simple, jamás me hubieran llamado, general Forester.
Él se sobresaltó, durante un momento absurdamente convencido de que ella había leído sus pensamientos. Pero, por supuesto, eso era algo que ella sabía, ¿verdad?
—General Forester, ¿su Departamento de Criptografía ya había descubierto que se trataba de un lenguaje?
—Si lo habían hecho, no me lo dijeron.
—Estoy casi segura de que no lo saben. He logrado hacer algunas aperturas estructurales en la gramática. ¿Han hecho algo de eso?
—No.
—General, a pesar de que saben muchísimas cosas acerca de códigos, no saben nada de la naturaleza del lenguaje. Esa clase de especialización estúpida es el motivo por el cual no he trabajado con ellos durante los últimos seis años.
¿Quién es ella?, volvió a pensar él. Esa mañana le habían entregado un legajo de seguridad, pero él se lo había pasado a su ayudante, y más tarde había notado que le habían puesto el sello de «Aprobado». Se escuchó decir:
—Tal vez si usted me contara más acerca de sí misma, señorita Wong, yo podría hablar con más libertad.
Ilógico, y sin embargo él se había expresado mesuradamente, con calma y seguridad. ¿Y no lo miraba ella con expresión burlona?
—¿Qué quiere saber?
—Lo que ya sé es esto: su nombre, y que un tiempo atrás trabajó para Criptografía Militar. Sé que aunque usted se fue siendo muy joven, su reputación era tan importante que, seis años después, la gente que la recordaba dijo unánimemente, tras haber luchado durante un mes con Babel-17: «Envíenselo a Rydra Wong»… —el general hizo una pausa—. Y usted me dice que ha llegado a alguna conclusión. Así que ellos tenían razón.
—Tomemos algo —dijo ella.
El camarero se deslizó hacia ellos y luego se alejó, dejando dos copas de color verde humo. Ella sorbió un poco, observándolo. Sus ojos, pensó él, eran sesgados como alas atónitas.
—No soy de la Tierra —dijo ella—. Mi padre era ingeniero de Comunicaciones en el Centro Estelar X-II-8, más allá de Urano. Mi madre era traductora de la Corte de los Mundos Exteriores. Hasta que cumplí los siete años fui la mascota del Centro Estelar. Nos mudamos a Urano XXVII en el 52. Cuando cumplí doce años sabía siete lenguajes terrestres, y me podía hacer entender en cinco idiomas extraterrestres. Aprendí lenguas como otros niños aprenden las melodías de las canciones populares. Perdí a mis padres durante el segundo embargo.
—¿Estaba en Urano durante el embargo?
—¿Usted sabe lo que sucedió?
—Sé que los Planetas Terrestres resultaron mucho más castigados que los Interiores.
—No lo sabe. Pero sí, así fue… —contuvo el aliento cuando la sorprendieron los recuerdos—. Sin embargo, una sola copa no basta para hacerme hablar de eso. Cuando salí del hospital existía la posibilidad de una secuela de daño cerebral.
—¿Daño cerebral…?
—Ya conoce usted la malnutrición. Agréguele la plaga neurociática.
—Conozco la plaga, también.
—De todos modos, vine a la Tierra a vivir con un tío y una tía, y a recibir neuroterapia. Sólo que no la necesitaba. Y no sé si fue psicológico o fisiológico, pero salí del asunto con rememoración verbal absoluta. Toda mi vida había estado al borde de eso, así que no resultó nada raro. Pero también tenía perfecta entonación.
—¿Habitualmente eso no está acompañado de cálculo relámpago y memoria eidética? Me doy cuenta de la enorme utilidad que eso tendría para un criptógrafo.
—Soy un buen matemático, pero no un calculador relámpago. Tengo un alto puntaje en concepción visual y en relaciones espaciales; sueño en tecnicolor y todo eso… pero la rememoración absoluta es estrictamente verbal. Ya había empezado a escribir. Durante ese verano me empleé como traductora del gobierno y empecé a dedicarme a los códigos. Al poco tiempo descubrí que tenía ciertas dotes…
»No soy buen criptógrafo. No tengo la paciencia necesaria para trabajar fuerte sobre algo escrito, si es que no lo he escrito yo. Neurótica como el demonio: por eso abandoné para dedicarme a la poesía. Pero mi «don» era un poco atemorizador. De algún modo, cuando tenía mucho trabajo y de veras quería estar en alguna otra parte y tenía miedo de que mi supervisor empezara a fastidiarme, de repente me venía a la memoria todo lo que sabía acerca de comunicaciones, y me resultaba más sencillo leer lo que estaba frente a mí y decir lo que decía que sentirme tan asustada y cansada y desdichada.
Echó un vistazo a su copa.
—Eventualmente el don se ubicó en un sitio donde casi podía controlarlo. Para entonces ya tenía diecinueve años, y me había ganado la reputación de ser la chica que podía descifrar cualquier cosa. Creo que lo que posibilitaba que lo hiciera era algo que sabía acerca del lenguaje, ya que era particularmente apta para reconocer estructuras… algo así como distinguir el orden gramatical del orden arbitrario, por pura intuición, que es lo que me sucedió con Babel-17.
—¿Y por qué abandonó?
—Ya le he dado dos razones. La tercera es que cuando llegué a manejar el don, quise usarlo para mis propios propósitos. A los diecinueve, dejé el Departamento Militar y… bien, me casé, y empecé a escribir en serio. Tres años más tarde apareció mi primer libro —se encogió de hombros, sonrió—. Para cualquier cosa acerca de lo que me sucedió más tarde, lea los poemas. Está todo allí.
—Y ahora, en los mundos de cinco galaxias, la gente explora sus imágenes y sus significados en busca de respuestas para los acertijos de la grandeza, el amor y la soledad… —estas tres palabras se colaron en su frase como vagabundos en un vagón de ferrocarril. Ella estaba ante él, y era grande; aquí, separado de todo lo militar, se sintió desesperadamente ena… ¡No! Eso era imposible y ridículo, y demasiado simple para explicar lo que se agitaba y latía detrás de sus ojos, dentro de sus manos.
—¿Otra copa?
Defensa automática. Pero ella la tomaría por cortesía automática. ¿O no? El barman se acercó, se alejó.
—Los mundos de cinco galaxias —repitió ella—. Es tan raro. Sólo tengo veintiséis años.
Sus ojos estaban fijos en algún lugar más allá del espejo. Sólo había tomado la mitad de su primera copa.
—Cuando Keats tenía su edad, ya había muerto.
Ella se encogió de hombros.
—Esta es una época rara —dijo—. Construye héroes muy repentinamente, muy jóvenes, y después los deja caer con igual rapidez.
Él asintió, recordando a media docena de cantantes, actores e incluso escritores que a los veinte años habían sido llamados genios por uno o dos o tres años y luego habían desaparecido. La reputación de ella misma era un fenómeno que tenía sólo tres años de duración.
—Soy parte de mi tiempo —dijo ella—. Me gustaría trascender mi época, pero esa misma época tiene mucho que ver con lo que soy… —su mano retrocedió por la caoba hacia la copa—. Usted, en Militar, debe ser bastante parecido —levantó la cabeza—. ¿Le he dado lo que quería?
Él asintió. Era más fácil mentir con un gesto que con una palabra.
—Bien. Ahora, general Forester, ¿qué es Babel-17?
Él miró alrededor de sí buscando al barman, pero un resplandor le hizo volver la mirada hacia ella: el resplandor era simplemente su sonrisa, pero por el rabillo del ojo él la había confundido verdaderamente con una luz.
—Tome —dijo ella, empujando hacia él su segunda copa, intacta—. Yo no terminaré éste.
Él lo aceptó. Sorbió.
—La Invasión, señorita Wong…, tiene algo que ver con la Invasión.
Ella se apoyó en un brazo, escuchándolo con los ojos entrecerrados.
—Comenzó con una serie de accidentes… Bien, al principio parecían accidentes; ahora estamos seguros de que es sabotaje. Han venido ocurriendo en toda la Alianza con regularidad desde diciembre del 68. Algunos en naves de guerra, otros en los Depósitos Especiales de la Marina, y usualmente involucran la destrucción de equipos importantes. Dos veces, las explosiones han causado la muerte de oficiales importantes. Varias veces estos «accidentes» se han producido en plantas industriales que fabrican productos bélicos esenciales.
—¿Qué otro nexo hay entre todos estos «accidentes», aparte de que todos ellos están relacionados con la guerra? Con el funcionamiento actual de nuestra economía, sería extraño que cualquier accidente industrial importante no afectara a la guerra.
—El nexo que los conecta, señorita Wong, es Babel-17.
Él la observó terminar su copa y dejarla precisamente en el círculo húmedo que había quedado sobre el mostrador.
—Justo antes, durante e inmediatamente después de cada accidente, toda el área esta inundada de transmisiones de radio en una y otra dirección, todas procedentes de fuentes indefinidas; la mayoría sólo tienen un alcance de un par de cientos de yardas. Pero hay intromisiones ocasionales a través de canales hiperestáticos que cubren varios años luz. Hemos trascripto todo el material durante los tres últimos «accidentes» y le hemos dado el título operativo de Babel-17. Ahora bien, ¿le sirve algo de lo que le he dicho?
—Sí. Hay una buena posibilidad de que hayan estado recibiendo instrucciones radiales para el sabotaje, enviadas por quien sea que dirija los «accidentes»…
—¡Pero no hemos averiguado nada! —la exasperación lo invadió—. No hay nada más que ese condenado galimatías que zumba y zumba a doble velocidad… Finalmente, alguien advirtió ciertas repeticiones en la estructura, algo que sugería un código. Aparentemente, Criptografía pensó que era un buen indicio, pero no pudo descifrar nada durante un mes, así que la llamaron a usted.
Mientras hablaba, él la miraba pensar. Entonces ella dijo:
—General Forester, me gustaría tener los monitores originales de esas emisiones, más un informe exhaustivo, segundo por segundo si es posible, de esos accidentes coordinados con las grabaciones.
—No sé si…
—Si no tiene un informe así, hágalo durante el próximo «accidente» que ocurra. Si ese galimatías radial es una conversación, debo estar en condiciones de descubrir acerca de qué se está hablando. Tal vez usted no lo haya advertido, pero en la copia que me envió Criptografía no había distinciones entre las diferentes voces. En resumen, estoy trabajando en base a una trascripción de una comunicación altamente técnica, consignada sin puntuación y que carece hasta de las pausas entre palabras.
—Probablemente pueda conseguirle todo, salvo las grabaciones originales…
—Tiene que hacerlo. Debo hacer mi propia trascripción, cuidadosamente y con mi propio equipo.
—Haremos una nueva de acuerdo con sus instrucciones.
Ella sacudió la cabeza.
—Debo hacerla yo misma, de lo contrario no puedo prometerle nada. Existe el problema de las distinciones fonémicas y alofónicas. Su gente ni siquiera advirtió que se trataba de un lenguaje, de modo que no se les ocurrió…
Ahora fue él quien la interrumpió:
—¿Qué clase de distinciones?
—¿Conoce usted el modo en que algunos orientales confunden los sonidos R y L cuando hablan un lenguaje occidental? Eso sucede porque en muchos lenguajes orientales R y L son alófanos, es decir, que se consideran el mismo sonido y se escriben y hasta se oyen igual… tal como la s inicial en «sigo» y la central en «asta».
—¿Y qué es diferente en esos dos sonidos?
—Dígalos de nuevo y escuche. Uno es más aspirado que el otro. Son tan distintos como F y V, sólo que en nuestro idioma son alófanos, y uno está habituado a escucharlos como si fueran el mismo fonema.
—Oh.
—Así, se dará cuenta de los problemas que puede tener un «extranjero» al transcribir un lenguaje que no conoce; el resultado puede dar demasiadas distinciones de sonidos, o insuficientes.
—¿Y cómo se propone hacerlo?
—Por medio de todo lo que sé acerca de los sistemas sonoros de muchos otros lenguajes, y por intuición.
—¿Otra vez el «don»?
—Supongo que sí —dijo ella, y sonrió.
Esperó que él le diera su aprobación. ¿Y qué es lo que él no hubiera aprobado? Por un momento la voz de ella lo había hechizado con todas sus sutilezas de sonidos.
—Por supuesto, señorita Wong —le dijo—. Usted es nuestra experta. Venga mañana a Criptografía y tendrá acceso a todo lo que necesite.
—Gracias, general Forester. Llevaré mi informe oficial.
Él se quedó en el estático resplandor de la sonrisa de ella. Debo irme ahora, pensó con desesperación. Oh, por favor, debo decirle algo.
—Perfecto, señorita Wong. Hablaré con usted entonces —algo más, algo…
Logró desprender su cuerpo —debo alejarme de ella—, decir algo más, gracias a usted, sea usted, la amo a usted. Se encaminó hacia la puerta, sus ideas se calmaban: ¿quién es ella? Oh, las cosas que habría que haber dicho. He estado brusco, militar, eficiente. ¡Pero qué exuberancia de ideas y palabras le hubiera ofrecido! La puerta estaba abierta, y la noche le restregó los ojos con sus dedos azules.
Mi Dios, pensó mientras el fresco le golpeaba la cara, ¡todo eso adentro mío y ella no lo sabe! ¡No le comuniqué absolutamente nada! En algún lugar de su interior estaban las palabras: «absolutamente nada, aún estás a salvo». Pero más fuerte, en la superficie, estaba el ultraje ante su propio silencio. No comuniqué nada en absoluto…

Rydra se puso de pie, con las manos apoyadas en el mostrador, mirándose al espejo. El barman vino a llevarse las copas que estaban junto a sus dedos. Cuando los tomó, frunció el ceño.
—¿Señorita Wong?
El rostro de ella sin expresión.
—Señorita Wong, ¿está…?
Tenía blancos los nudillos, y mientras el barman la observaba, la palidez trepó por sus manos hasta que parecieron de trémula cera.
—¿Le sucede algo, señorita Wong?
Ella volvió bruscamente el rostro hacia él.
—¿Lo advirtió?
Su voz era un ronco susurro, áspero, sarcástico, tenso. Giró y se dirigió hacia la puerta, se detuvo una vez para toser y luego siguió apresuradamente.


II

—¡Mocky, ayúdame!
—¿Rydra?
El doctor Markus T'mwarba se alzó de su almohada en la oscuridad. Su rostro apareció en la luz ahumada que bañaba el lecho.
—¿Dónde estás? —dijo.
—Abajo, Mocky. Por favor, tengo que hablar contigo.
Ella movió el rostro perturbado de derecha a izquierda, tratando de eludir la mirada de él. Él cerró los ojos por el resplandor, después los abrió lentamente.
—Sube —dijo.
El rostro de ella desapareció.
Él hizo correr la mano por el tablero de control y una luz suave llenó el suntuoso dormitorio. Retiró el acolchado dorado y se incorporó sobre la alfombra de piel, descolgó una bata de seda negra de una nudosa columna de bronce y, cuando se la echó sobre la espalda, los cables de contorno automático ciñeron los paños a su pecho y le acomodaron los hombros. Con un gesto retrajo nuevamente el perchero, volviéndolo a su marco rococó, y unas hojas de aluminio aparecieron sobre el aparador. Salió rodando una garrafa humeante acompañada de varios botellones de licor.
Otro gesto, y varios sillones inflables surgieron del suelo. Cuando el doctor T'mwarba se volvió hacia la cabina de entrada, ésta crujió, se deslizaron unas puertas de mica y Rydra contuvo el aliento.
—¿Café? —dijo él. Empujó la garrafa, y el campo de fuerza la atrapó y la acercó gentilmente hacia ella—. ¿Qué has andado haciendo?
—Mocky… ¿Yo…?
—Toma tu café.
Ella se sirvió una taza, la dejó a mitad de camino hacia su boca.
—¿No tiene sedantes?
—¿Crema de cacao o crema de café? —él levantó dos vasos pequeños—. A menos que pienses que también el alcohol es un truco. Oh, hay algunos guisantes y salchichas que quedaron de la cena. Tuve compañía.
Ella sacudió la cabeza.
—Cacao solamente.
El diminuto vaso siguió al café a través del haz.
—He tenido un día absolutamente espantoso —dijo él, cruzando las manos―. Nada de trabajo durante toda la tarde, invitados a cenar con ganas de discutir y después, un diluvio de llamadas desde el momento en que se fueron. Hace sólo diez minutos que me fui a dormir —sonrió—. ¿Y qué tal fue tu noche?
—Mocky… fue terrible.
El doctor T'mwarba sorbió su licor.
—Bien. De otro modo jamás te hubiera perdonado que me despertaras.
Ella sonrió a pesar de sí misma.
—Siempre puedo… c-c-contar con tu comprensión, Mocky.
—Puedes contar con mi buen sentido y mi sólido consejo psiquiátrico. ¿Comprensión? Lo siento, no después de las once y media. Siéntate. ¿Qué pasó?
Un gesto final de su mano hizo aparecer una silla detrás de ella. El borde del asiento le golpeó la parte posterior de las rodillas y ella se sentó.
—Ahora deja de tartamudear y cuéntame. Superaste el tartamudeo cuando tenías quince años —la voz de él se había vuelto muy suave y segura.
Ella tomó otro sorbo de café.
—El código, ¿recuerdas ese código en el que estaba trabajando?
El doctor T'mwarba se dejó caer en una amplia hamaca de cuero y se echó hacia atrás los mechones de pelo blanco, aún desordenado por el sueño.
—Recuerdo que el gobierno te pidió que trabajaras en algo. Te mostraste bastante desdeñosa con todo el asunto.
—Sí. Y… bien, no se trata del código, que es un lenguaje, dicho sea de paso; pero esta noche, es-estuve… hablando con el general a cargo, el general Fo-rester, y sucedió, quiero decir… sucedió otra vez… ¡sucedió, y yo supe!
—¿Supiste, qué?
—¡Tal como la última vez, supe qué estaba pensando!
—¿Le leíste el pensamiento?
—No. No, ¡fue como la última vez! Por lo que hacía, yo podía saber lo que estaba diciendo…
—Ya has tratado de explicármelo antes, pero sigo sin entender, a menos que se trate de alguna clase de telepatía.
Ella sacudió negativamente la cabeza. El doctor T'mwarba entrelazó los dedos y se reclinó hacia atrás. De repente Rydra dijo con voz pareja:
—“Ahora sí tengo una idea de lo que estás tratando de decir, querida, pero tú tendrás que ponerlo en palabras”. Eso es lo que estabas por decir, Mocky, ¿no es cierto?
T'mwarba arqueó sus cejas blancas.
—Sí, eso era. ¿Dices que no me leíste la mente? Ya me lo has demostrado varias veces…
—Yo sé lo que tú estás tratando de decir y tú no sabes lo que yo estoy tratando de decir. ¡No es justo! —ella casi se levantó de su silla.
Los dos dijeron al unísono:
—Por eso eres una poeta tan exquisita.
—Lo sé, Mocky —continuó Rydra—. Tengo que elaborar cuidadosamente las cosas en mi mente y ponerlas en mis poemas, para que la gente comprenda. Pero eso no es lo que he estado haciendo durante los últimos diez años. ¿Sabes qué es lo que hago? Escucho a la gente, a los tropezones con sus ideas y frases a medio hacer, y con todos sus torpes sentimientos que no saben expresar, y eso me duele. Así que me voy a casa y pulo y fundo y lo acoplo a un encuadre rítmico, hago relucir los colores opacos, y enmudezco la ostentosa artificialidad convirtiéndola en suaves colores pastel para que no sea tan hiriente: ése es mi poema. Sé qué es lo que quieren decir, y lo digo por ellos.
—La voz de tu época —dijo T'mwarba.
Ella dijo algo irreproducible. Cuando terminó de hacerlo, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Lo que yo quiero decir, lo que yo quiero expresar, no puedo… —otra vez sacudió la cabeza—. No puedo decirlo.
—Tendrás que hacerlo, si quieres seguir creciendo como poeta.
Ella asintió.
—Mocky, hasta hace un año ni siquiera me había dado cuenta de que estaba expresando ideas de otros. Creía que eran mías.
—Todos los escritores jóvenes de algún valor pasan por eso. Así es como se aprende el oficio.
—Y ahora tengo cosas que decir que son totalmente mías. No son cosas que otra gente ha dicho antes, puestas de modo original. Y tampoco son violentas contradicciones de lo que otra gente ha dicho, que finalmente sería lo mismo. Son cosas nuevas… y siento un miedo mortal.
—Todos los jóvenes escritores que se transforman en escritores maduros tienen que pasar por eso.
—Es fácil repetir lo que la gente dice, pero es difícil decirlo, Mocky.
—Está bien que estés aprendiendo eso. ¿Por qué no empiezas por decirme cómo funciona este… este asunto de saber lo que el otro va a decir?
Ella quedó en silencio durante cinco, diez segundos.
—Está bien. Trataré. Justo antes de salir del bar, estaba allí de pie, mirándome al espejo, y el camarero se acercó y me preguntó si me pasaba algo.
—¿Se dio cuenta de que estabas perturbada?
—No se dio cuenta de nada. Me miró las manos. Estaba aferrada al borde del mostrador y se me estaban poniendo blancas. No tenía que ser un genio para imaginarse que algo raro pasaba en mi cabeza.
—Los camareros son bastante sensibles ante esa clase de indicios. Es parte de su trabajo —él terminó su café—. ¿Se te ponían blancos los dedos? Bien, ¿qué era lo que este general te estaba diciendo…, o qué era lo que no te decía, que sí quería decirte?
En la mejilla de ella un músculo se crispó dos veces, y el doctor T'mwarba pensó: “¿Tendría que poder interpretar ese movimiento más específicamente que como siemple nerviosismo?”
—Era un hombre brusco, rígido, eficiente —explicó ella—, probablemente soltero, con una carrera militar y con toda la inseguridad que eso implica. Alrededor de los cincuenta años, sintiéndose raro por eso. Entró en el bar donde se suponía que debíamos encontrarnos: sus ojos se entrecerraron, después se abrieron, una de sus manos descansaba contra la pierna y los dedos se le crisparon repentinamente, después se extendieron; disminuyó el paso cuando entró, pero después se aceleró cuando estaba a tres pasos de mí, y me estrechó la mano como con miedo de romperla.
La sonrisa de T'mwarba se convirtió en carcajada.
—¡Se enamoró de ti! ―ella asintió―. Pero ¿por qué diablos tiene que perturbarte eso? Creo que tendrías que sentirte halagada.
—¡Oh, pero si fue así! —ella se inclinó hacia adelante—. Me sentí halagada. Y pude seguir todo el asunto en su cabeza. Una vez, mientras él trataba de concentrar sus ideas en el código, Babel-17, le dije exactamente lo que estaba pensando, sólo para hacerle saber que estaba muy próxima a él. Vi cómo se le ocurría la idea de que tal vez yo estuviera leyéndole la mente…
—Espera un momento. Esa es la parte que no comprendo. ¿Cómo supiste exactamente lo que estaba pensando?
Ella se llevó una mano al mentón.
—Me lo dijo con esto. Yo había dicho algo acerca de que necesitaba más información para descifrar el lenguaje. Él no quería suministrármela. Yo dije que tendría que hacerlo, porque si no no adelantaríamos nada; era así de simple. Él alzó la cabeza sólo un poquito… para no sacudirla en negación. Si la hubiera sacudido negativamente, frunciendo ligeramente los labios… ¿qué te parece que hubiera estado diciendo?
El doctor T'mwarba se encogió de hombros.
—¿Que las cosas no eran tan simples como tú pensabas?
—Sí. Entonces hizo un gesto para no hacer ese otro gesto. ¿Qué significa eso?
El doctor T'mwarba sacudió negativamente la cabeza.
—No hizo ese gesto —dijo Rydra—, porque relacionó el hecho de que las cosas no fueran tan simples con el hecho de que yo estuviera allí con él. Así que en vez de sacudir la cabeza, la alzó un poquito.
—Algo como: “Si fuera tan simple no la necesitaríamos” —sugirió T'mwarba.
—Exactamente. Ahora bien, mientras alzaba la cabeza, hizo una brevísima pausa a mitad de camino. ¿Te das cuenta de lo que eso añade?
—No.
—Si fuera tan simple… ahora la pausa… si sólo fuera tan simple, no la hubiéramos llamado —entrecruzó las manos en su regazo—. Y eso fue lo que yo le dije; entonces su mandíbula se crispó.
—¿Por la sorpresa?
—Sí. Y fue entonces cuando se preguntó, por un instante, si no estaba leyéndole la mente.
El doctor T'mwarba sacudió la cabeza.
—Es demasiado exacto, Rydra. Lo que estás describiendo es una lectura muscular, que puede ser bastante exacta, especialmente cuando se conoce el área lógica en la que se centran las ideas de esa persona. Pero aun así… es demasiado exacto. Volviendo a la razón de tu perturbación, ¿tu modestia se vio ofendida por la atención de ese… audaz oficial estelar?
Ella respondió con algo que no era modesto ni tímido. El doctor T'mwarba se mordió los labios, preguntándose si ella se habría dado cuenta.
—No soy una niñita —dijo ella—. Además, él no estaba pensando en nada demasiado audaz. Como ya dije, me sentí halagada. Cuando le hice esa pequeña broma, sólo estaba tratando de demostrarle hasta qué punto nos comunicábamos. Me pareció encantador. Y si hubiera podido ver tan claro como yo, se habría dado cuenta de que lo que sentía por él era afecto y buena disposición. Sólo que cuando salía…
El doctor T'mwarba sintió una nota áspera infiltrándose en la voz de ella.
—…cuando salía, lo último que pensó fue: “Ella no lo sabe, no le comuniqué absolutamente nada”.
Se le oscurecieron los ojos… no, se inclinó ligeramente hacia adelante y entrecerró los párpados y sus ojos parecieron más oscuros. Él había visto ese gesto miles de veces desde que aquella chica flacucha, autista, con doce años, había llegado a él para neuroterapia, que había evolucionado a psicoterapia y luego a amistad. Ésta era la primera vez que comprendía la mecánica del efecto. La precisión de observación de ella lo había inspirado para observar más atentamente a los demás. Pero sólo después de que la terapia había terminado oficialmente se había cerrado el círculo, y sólo desde entonces podía observarla a ella con igual atención. ¿Qué significaba ese oscurecimiento aparte de un cambio? Él sabía que alrededor de sí había miles de indicios de su personalidad, indicios que ella leía como un microscopio. Rico y mundano, él había conocido a muchas personas tan famosas como ella. La fama no lo impresionaba, pero a menudo ella sí.
—Creyó que yo no había comprendido. Creyó que no había comunicado nada. Y yo estaba furiosa. Estaba herida. Todos los malentendidos que aquejan al mundo y que separan a las personas saltaban ante mis ojos, esperando que yo los desentrañara, que los explicara, y no pude. No sabía las palabras, la gramática, la sintaxis. Y…
Algo más sucedía en su rostro oriental, y él se esforzó por percibirlo.
—¿Sí? —dijo él.
—Babel-17.
—¿El lenguaje?
—Sí. ¿Te acuerdas de lo que solía llamar mi «don»?
—¿Quieres decir que de repente comprendiste el lenguaje?
—Bien, el general Forester acababa de decirme que lo que me habían dado no era un monólogo, sino un diálogo, hecho que yo desconocía. Eso se amoldó a algunas otras cosas que yo tenía en un rincón de mi mente. Me di cuenta de que podía discernir en qué punto cambiaban las voces. Y entonces…
—¿Lo comprendes?
—Comprendo algunas cosas mucho mejor que esta tarde. Pero hay algo en ese lenguaje que me asusta mucho más que el general Forester.
Una expresión de perplejidad invadió el rostro de T'mwarba.
—¿En el lenguaje mismo? ―ella asintió―. ¿Qué es?
El músculo de la mejilla de ella se volvió a crispar.
—Para empezar, creo que sé dónde ocurrirá el próximo accidente.
—¿Accidente?
—Sí. El próximo sabotaje que planean los Invasores, si es que son los Invasores, hecho del que no estoy muy segura. Pero el lenguaje mismo… es… es extraño.
—¿Cómo?
—Pequeño —dijo ella—. Apretado. Conciso… Eso no te dice nada, ¿no es cierto? Quiero decir, ¿con respecto a un lenguaje?
—¿Que sea compacto? —preguntó el doctor T'mwarba—. Yo diría que es una buena cualidad para una lengua hablada.
—Sí —dijo ella, y la sibilante se transformó en un suspiro—. ¡Mocky, tengo miedo!
—¿Por qué?
—Porque voy a tratar de hacer algo, y no sé si pueda o no.
—Si vale la pena intentarlo, tienes que sentir un poco de miedo. ¿Qué vas a hacer?
—Lo decidí en el bar, y me pareció que sería mejor hablarlo con alguien antes. Habitualmente, eso significa hablar contigo.
—Suelta.
—Voy a resolver por mí misma todo este asunto de Babel-17… ―T'mwarba inclinó la cabeza hacia la derecha―… porque tengo que averiguar quién habla esta lengua, de dónde viene y qué es lo que está tratando de decir.
La cabeza de él se torció hacia la izquierda.
—¿Por qué? —continuó ella—. Bien, la mayoría de los textos dicen que el lenguaje es un mecanismo para expresar las ideas, Mocky. Pero el lenguaje es idea. La idea es una información a la que se le da forma. La forma es el lenguaje. La forma de este lenguaje es… sorprendente.
—¿Qué es lo que te sorprende?
—Mocky, cuando aprendes otra lengua aprendes el modo en el que otra gente ve el mundo, el universo… ―él asintió—. Y por lo que veo a través de este lenguaje, empiezo a ver… demasiado.
—Suena muy poético.
Ella se rió.
—Siempre me dices eso para traerme de vuelta a la tierra —dijo.
—Algo que no tengo que hacer muy a menudo. Los buenos poetas tienden a ser prácticos y aborrecen el misticismo.
—Algo así como tratar de denunciar la realidad, imagínate —dijo ella—. Sólo que como la poesía trata de tocar algo real, tal vez esto sea poético.
—Está bien. Sigo sin entender. Pero, ¿de qué modo te propones resolver el misterio de Babel-17?
—¿De veras quieres saberlo? —dejó caer las manos sobre las rodillas—. Voy a conseguir una nave espacial, una tripulación, y voy a ir a la escena del próximo accidente.
—Está bien, tienes credencial de Capitán Interestelar. ¿Puedes financiar la empresa?
—El gobierno la financiará.
—Excelente. Pero, ¿por qué?
—Conozco más de media docena de lenguajes de los Invasores. Babel-17 no es uno de ellos. Tampoco es un lenguaje de la Alianza. Quiero descubrir quién habla esa lengua… porque quiero descubrir quién, o qué, en el universo piensa de ese modo. ¿Crees que puedo?
—Toma otra taza de café —estiró la mano hacia atrás y envió otra garrafa flotando en dirección a ella—. Esa es una buena pregunta. Tenemos que considerar un montón de cosas. Tú no eres la persona más estable del mundo… Dirigir la tripulación de una nave requiere una clase de psicología especial, que tú tienes. Tu credencial, si mal no recuerdo, fue resultado de ese extraño… eh, matrimonio tuyo, un par de años atrás. Pero sólo usaste una tripulación automática. Para un viaje de esta magnitud, ¿no tendrás que utilizar gente de Transporte?
Ella asintió.
—Casi siempre —continuó el doctor— he tratado con personas de Aduana. Tú eres más o menos Aduana.
—Mis dos padres eran Transporte. Yo fui Transporte hasta la época del embargo.
—Es verdad. Supongamos que te digo: «sí, puedes hacerlo»…
—Te diría «gracias», y saldría mañana.
—Supongamos que te digo que me gustaría tomarme una semana para controlar tus psicoíndices con un microscopio, mientras te tomas unas vacaciones en mi casa sin dar clases ni conferencias públicas ni cocktails…
—Te diría «gracias». Y saldría mañana.
É1 hizo una mueca.
—Entonces, ¿por qué me molestas?
—Porque… —se encogió de hombros—, porque mañana voy a estar más ocupada que el diablo… y no tendré tiempo de despedirme.
—Oh.
La tensión de la mueca se distendió en una sonrisa.
Y el doctor volvió a pensar en el pájaro myna. Rydra, delgada, de trece años, desgarbada, había irrumpido a través de la puerta triple del invernáculo con esa cosa nueva llamada risa que acababa de descubrir en su boca. Y él se sintió paternalmente orgulloso de que aquel casi cadáver que le habían confiado seis meses antes fuera ahora otra vez una muchacha, con el cabello muy corto y enfurruñamientos y berrinches y preguntas y caricias para los dos hámsters a los que había llamado Lump y Lumpkin. El aire acondicionado apretaba los arbustos contra el vidrio, y el sol pasaba a través del tejado de vidrio. Ella había dicho:
—¿Qué es eso, Mocky?
Y él, sonriéndole, bañado por el sol y vestido con shorts blancos y una superflua remera, le respondió:
—Es un pájaro myna. Te hablará. Salúdalo.
El ojo negro estaba muerto como una pasa de uva, con una cabecita de alfiler de luz viva en un rincón. Las plumas relucían y el pico ahusado pendía sobre una lengua ancha. Ella torció la cabeza como lo había hecho el pájaro, y susurró:
—Hola.
El doctor T'mwarba, para darle una sorpresa, lo había entrenado durante dos semanas, recompensándolo con lombrices frescas. El pájaro zumbó, mirando por encima de su hombro izquierdo:
—Hola, Rydra, es un hermoso día y me siento feliz.
Ella gritó. Así de inesperado.
Él había supuesto que ella se echaría a reír. Pero tenía el rostro contorsionado, empezó a golpear algo con los puños, se tambaleó hacia atrás, cayó. El grito era áspero en sus pulmones casi vacíos, se ahogó, volvió a resonar con aspereza. Él corrió a recoger la figura agitada, histérica, mientras el zumbido de la voz del pájaro servía de fondo a los gemidos de la niña: «Es un hermoso día y me siento feliz».
Él ya había visto ataques agudos de ansiedad. Pero éste lo conmovió. Cuando más tarde ella pudo hablar acerca del episodio, lo único que dijo —tensa, con los labios blancos— fue:
—¡Me asustó!
Y eso hubiera sido todo, si el condenado pájaro no se hubiera escapado tres días más tarde y no se hubiera posado en la red de la antena que él y Rydra habían instalado para el aparato amateur de radioestasis con el que ella escuchaba las comunicaciones hiperestáticas de las naves de transporte que atravesaban este ramal de la galaxia. El pájaro se enredó una pata y un ala y empezó a debatirse, golpeando una de las líneas electrificadas de tal modo que se podían ver las chispas aun bajo la luz del sol.
—¡Tenemos que sacarlo de allí! —había gritado Rydra. Se cubría la boca con los dedos pero, mientras miraba al pájaro, el doctor vio que empalidecía debajo del bronceado.
—Yo me ocuparé, querida —le dijo él—. Tú quédate tranquila.
—Si toca esa línea un par de veces más, ¡morirá!
Pero él ya había entrado en busca de una escalera. Cuando salió, se detuvo. Ella ya estaba a cuatro quintos de la altura del cable, trepada en el árbol catalpa que sombreaba una esquina de la casa. Quince segundos más tarde, el doctor la vio estirarse, retroceder, estirarse otra vez en dirección a las plumas del pájaro. Él sabía condenadamente bien que ella no tenía miedo de la línea: ella misma la había fijado. Chispas otra vez. Eso la decidió, y asió al pájaro. Un minuto más tarde atravesaba el patio, sosteniendo al estropeado pájaro lejos de su cuerpo. Tenía el rostro tan pálido como si lo hubiera sumergido en cal.
—Tómalo, Mocky —dijo casi sin voz, con labios temblorosos—, antes de que diga algo y yo empiece a los gritos otra vez.
Y ahora, trece años más tarde, otra cosa le hablaba, y ella decía que tenía miedo. Él sabía hasta qué punto ella podía estar asustada, pero también sabía con cuánto coraje podía enfrentar a sus miedos.
—Adiós —dijo él—. Me alegra que me hayas despertado. Estaría tan furioso como un gallo mojado si no hubieras venido.
—Gracias a ti, Mocky —dijo ella—. Yo sigo asustada.


III

Danil D. Appleby, quien raramente pensaba en sí mismo con ese nombre —era un funcionario de Aduana—, miró fijamente la orden a través de sus anteojos con armazón de acero y con una mano se revolvió el pelo rojo y cortado a cepillo.
—Bien, aquí dice que puede hacerlo si quiere.
—¿Y?
—Y está firmada por el general Forester.
—Entonces espero que usted coopere.
—Pero tengo que aprobar…
—Entonces venga conmigo y apruebe allí mismo. No tengo tiempo de presentar los informes y esperar que los procesen.
—Pero no hay modo…
—Sí que lo hay. Venga conmigo.
—Pero, señorita Wong, yo no acostumbro a andar por el sector Transporte de la ciudad de noche.
—A mí me gusta. ¿Asustado?
—No exactamente. Pero…
—Tengo que tener una nave y su tripulación para mañana. Y ésta es la firma del general Forester, ¿de acuerdo?
—Supongo que sí.
—Entonces, venga. Tiene que aprobar mi tripulación.
Insistente y rezongando respectivamente, Rydra y el funcionario salieron del edificio de bronce y vidrio.
Esperaron el monorriel durante casi seis minutos. Cuando descendieron, las calles eran más pequeñas y del cielo caía el ininterrumpido gemido de las naves. Depósitos y negocios de reparación y repuestos, desvencijados edificios de departamentos y casas de pensión. Una calle más ancha cruzaba a ésta, colmada de tráfico, vehículos de carga y oficiales estelares. Pasaron entre luces de neón, restaurantes de muchos mundos, bares y burdeles. En el apiñamiento, el funcionario de Aduana enderezó los hombros y caminó más rápido para adecuarse al paso de las largas piernas de Rydra.
—¿En dónde se propone encontrar…?
—¿A mi piloto? Eso es lo que quiero conseguir primero.
Se detuvo en una esquina, se puso las manos en los bolsillos de sus pantalones de cuero y miró a su alrededor.
—¿Ha pensado en alguien en especial?
—Estoy pensando en varias personas. Por aquí.
Entraron en una calle más angosta, más frecuentada, más brillantemente iluminada.
—¿Dónde vamos? ¿Conoce esta zona?
Pero ella se rió, deslizó su brazo en el de él y, como una bailarina que guiara a su acompañante, lo encaminó hacia una escalera de acero.
—¿Aquí? —dijo él.
—¿Ha estado antes aquí? —le preguntó ella, con una inocente ansiedad que le hizo sentir por un momento que era él quien la llevaba.
Él sacudió negativamente la cabeza.
Del café del sótano surgió una mancha negra: un hombre de piel de ébano, con gemas rojas y verdes engarzadas en pecho, rostro, brazos y muslos. Húmedas membranas, también enjoyadas, caían de sus brazos, ondulando en delgadas puntas cuando se apresuró a subir las escaleras.
Rydra lo tomó del hombro.
—¡Eh, Lome!
—¡Capitán Wong! —la voz era aguda, los blancos dientes afilados como agujas. Se dio vuelta hacia ella con las aspas extendidas. Sus puntiagudas orejas se deslizaron hacia adelante—. ¿Para qué está aquí?
—Lome, ¿Brass lucha esta noche?
—¿Quiere verlo? Sí, Skipper, contra el Dragón de Plata, y es una lucha pareja. Eh, la busqué en Deneb. También compré su libro. No sé leer mucho, pero lo compré. Y no la encontré. ¿Dónde ha estado estos seis meses?
—En la Tierra, enseñando en la Universidad. Pero ahora vuelvo a salir.
—¿Busca a Brass como piloto? ¿Piensa ir hacia Specelli?
—Así es.
Lome le rodeó los hombros con un negro brazo y la membrana la abrigó como un manto.
—Cuando quiera ir a César, busque a Lome de piloto. Conozco César… —sacudió la cabeza—. Nadie lo conoce mejor.
—Cuando vaya, te buscaré. Pero ahora se trata de Specelli.
—Entonces le irá bien con Brass. ¿Ha trabajado con él antes?
—Nos emborrachamos juntos una vez que los dos estuvimos en cuarentena durante una semana en uno de los planetoides Cygnet. Aparentemente, sabía de qué estaba hablando.
—Charla, charla, charla —dijo desdeñosamente Lome—. Sí, la recuerdo, capitán que habla. Vaya y vea luchar a ese hijo de perra; entonces sabrá qué clase de piloto es.
—Eso es lo que he venido a hacer —asintió Rydra.
Se volvió hacia el funcionario, que se encogió contra la baranda de acero. «Dios», pensó él, «¡ahora va a presentarme!». Pero ella irguió la cabeza, esbozando una sonrisa, y se volvió hacia el negro.
—Te veré otra vez, Lome, cuando vuelva a casa.
—Sí, sí, eso es lo que usted dice siempre. Pero en seis meses no la he visto… —se rió—. Pero usted me gusta, señora capitán. Alguna vez lléveme a César y entonces verá.
—Cuando yo vaya, tú vas, Lome.
Una aguda miradita de soslayo.
—Ir, ir, dice usted. Yo debo irme ahora. Adiós, señora capitán —se inclinó y se rozó la cabeza a modo de saludo—. Capitán Wong —y desapareció.
—No debería temerle —dijo Rydra al funcionario.
—Pero él… —mientras buscaba las palabras, se preguntó: «¿Cómo lo sabe ella?»—. ¿De dónde demonios viene?
—Es terráqueo. Aunque creo que nació en ruta desde Arturo hacia uno de los Centauros. Su madre era Control, creo, si es que no me mintió también en eso. Lome es un gran cuentero.
—¿Quiere decir que todo ese aspecto es cosmetocirugía?
—Ahá ―Rydra empezó a bajar la escalera.
—Pero… ¿por qué diablos se hacen esas cosas? Todos ellos son tan excéntricos… Es por eso que la gente decente no quiere tener nada que ver con ellos.
—Los marineros solían tatuarse. Además, Lome no tiene otra cosa que hacer. Dudo que haya trabajado como piloto durante los últimos cuarenta años.
—¿No es buen piloto? ¿Y qué fue todo eso acerca de la nebulosa de César?
—Estoy segura de que la conoce. Pero tiene por lo menos ciento veinte años. Después de los ochenta los reflejos empiezan a disminuir, y ése es el fin de una carrera de piloto. Lo único que hace es ir de ciudad puerto a ciudad puerto, viviendo a expensas de alguien. Sabe todo lo que le pasa a todo el mundo, es bueno para los chismes y los consejos.
Entraron al café por una rampa que zigzagueaba por encima de las cabezas de los clientes que bebían en el mostrador o en las mesas, nueve metros más abajo. Por encima y hacia un costado, una esfera de quince metros flotaba como humo bajo la luz de los reflectores. Rydra paseó su mirada del globo al funcionario.
—El espectáculo todavía no ha comenzado —dijo.
—¿Allí es donde se llevan a cabo esas luchas?
—Así es.
—¡Pero se supone que eso es ilegal!
—Nunca se aprobó la ley. Después del debate, la archivaron.
—Oh.
El funcionario parpadeó mientras descendían entre los joviales trabajadores de transporte. La mayoría eran hombres y mujeres comunes, pero los resultados de la cosmetocirugía eran suficientes como para hacerle abrir grandes los ojos.
—¡Jamás he estado en un lugar así! —susurró.
Criaturas anfibias o reptiles discutían y reían con grifos y esfinges de piel metálica.
—¿Dejan su ropa aquí? —sonrió la chica del guardarropa. Su piel desnuda era verde y acaramelada, su pelo se enrollaba en una pila inmensa, como algodón rosado. Sus senos, ombligo y labios refulgían.
—No lo creo —dijo rápidamente el funcionario de Aduana.
—Al menos quítese los zapatos y la camisa —dijo Rydra, desprendiéndose de su blusa—. La gente pensará que es muy raro.
Se agachó, se enderezó y entregó sus sandalias por encima del mostrador. Había empezado a desabrocharse la hebilla del cinturón cuando percibió la desesperada expresión de su compañero, sonrió, y volvió a abrocharse.
Cuidadosamente él se quitó la chaqueta, el chaleco, la camisa y la camiseta. Estaba a punto de desatarse el lazo de los zapatos cuando alguien lo tomó del brazo.
—¡Eh, Aduana!
El funcionario se encontró ante un hombre enorme y desnudo, de cara marcada de viruela y con un ceño tan fruncido que parecía una rajadura en una corteza podrida. Su único adorno era una hilera de luces de luciérnagas mecánicas que se agrupaban formando diseños sobre su pecho, hombros, piernas y brazos.
—¿Sí, perdón? —dijo el funcionario.
—¿Qué está haciendo aquí, Aduana?
—Señor, yo no lo estoy molestando.
—Y yo no lo estoy molestando a usted, Aduana. Lo invito a un trago, Aduana. Estoy tratando de ser amistoso.
—Muchas gracias, pero preferiría…
—Me estoy mostrando amistoso. Usted no. Si usted no se muestra amistoso, Aduana, yo tampoco lo haré.
—Bien, estoy con alguien… —miró desesperadamente a Rydra.
—Vamos. Entonces los dos vengan a tomar un trago. Yo invito. Verdaderamente amistoso, maldito sea.
Su otra mano cayó sobre el hombro de Rydra, pero ella lo agarró de la muñeca. Los dedos se abrieron a causa del estelarímetro lleno de medidas que tenía injertado en la palma.
—¿Navegante?
Él asintió y ella le soltó la mano, que aterrizó sobre su hombro.
—¿Por qué está tan «amistoso» esta noche?
El hombre, intoxicado, sacudió la cabeza. Tenía el pelo anudado en una gruesa trenza negra que le caía sobre la oreja izquierda.
—Sólo soy amistoso con Aduana. Ustedes me gustan.
—Gracias. Invítenos con ese trago y yo le invitaré con otro como retribución.
Él asintió pesadamente y sus ojos verdes se entrecerraron. Estiró la mano y tomó entre los dedos el disco dorado que ella llevaba entre los senos, colgado de una cadena.
—¿Capitán Wong?
Ella asintió.
—Mejor no mezclarse con usted, entonces… —se rió—. Venga capitán, y yo les compraré a usted y a Aduana algo que los hará felices.
Se abrieron paso hasta el mostrador. Esa bebida verde que se servía en vasos pequeños en los establecimientos respetables, aquí se servía en jarros.
—¿Por quién apostarán en la contienda entre el Dragón y Brass? Y si dicen que por el Dragón, les arrojaré esto en la cara. Es una broma, por supuesto, capitán.
—No apuesto —dijo Rydra—. Contrato. ¿Conoces a Brass?
—Fui navegante en su último viaje. Volvimos hace una semana.
—¿Estás tan amistoso por la misma razón que él va a luchar?
—Se podría decir que sí.
El funcionario de Aduana se rascó el cuello con aspecto perplejo.
—En su último viaje, a Brass le fue muy mal —le explicó Rydra—. La tripulación está fuera de servicio. Brass está en exhibición esta noche… —se volvió hacia el Navegante—. ¿Habrá muchos capitanes que quieran contratarlo?
Él se puso a la lengua detrás del labio superior, bizqueó y agachó la cabeza. Se encogió de hombros.
—¿Soy la única con la que te has encontrado que tenga interés en Brass?
Un gesto afirmativo y un largo trago de licor.
—¿Cómo te llamas?
—Calli, Navegante Dos.
—¿Dónde están tu Uno y Tres?
—Tres anda por aquí emborrachándose. Uno era una dulce chica llamada Cathy O'Higgins. Está muerta.
Terminó su trago y se estiró para buscar otro.
—Yo invito —dijo Rydra—. ¿Por qué está muerta?
—Nos topamos con Invasores. Los únicos que no estamos muertos: Brass, yo, Tres y nuestro Ojo. Perdimos el equipo completo y a Control. Un Control condenadamente bueno. Capitán, fue un mal viaje. El Ojo se vino abajo sin la Oreja y la Nariz. Habían estado descorporizados durante diez años juntos. Ron, Cathy y yo habíamos estado triplados sólo durante dos meses. Pero aun así… —sacudió la cabeza—. Es muy malo.
—Llama a tu Tres —dijo Rydra.
—¿Por qué?
—Estoy buscando una tripulación completa.
Calli arrugó la frente.
—Ya no tenemos Uno —dijo.
—¿Y se van a quedar así, apáticos, para siempre? Vayan a la Morgue.
Calli hizo «uf».
—Si quiere ver a mi Tres, venga.
Rydra se encogió de hombros en gesto de aquiescencia, y el funcionario de Aduana los siguió.
—¡Eh, estúpido, date vuelta!
El chico que giró en la banqueta del bar tendría unos diecinueve años. Al funcionario le recordó un nudo de bandas metálicas. Calli era un hombre grande, cómodo…
—Capitán Wong, éste es Ron, el mejor Tres del Sistema Solar.
…pero Ron era pequeño, delgado, con una definición muscular pavorosamente marcada: pectorales como acanaladas láminas de metal bajo una piel tensa y cerosa, estómago marcado como una manguera, brazos como cables trenzados. Hasta los músculos faciales sobresalían detrás del mentón y se agrupaban en las separadas columnas de su cuello. Estaba desgreñado, el pelo como estopa, y tenía ojos de color zafiro; pero la único cosmetocirugía visible era una brillante rosa que emergía de su hombro. Esbozó una rápida sonrisa y se tocó la frente con un dedo para saludar. Tenía las uñas roídas, en dedos que parecían pedazos de soga blanca anudada.
—El capitán Wong está buscando una tripulación.
Ron cambió de posición en la banqueta, alzando un poco la cabeza; todos los otros músculos de su cuerpo se movieron también, como serpientes sumergidas en leche.
—No tenemos Uno —dijo Ron. Su sonrisa fue otra vez rápida y triste.
—¿Y si yo consigo un Uno para ustedes?
Los Navegantes se miraron. Calli se volvió hacia Rydra y se restregó un lado de la nariz con el pulgar.
—Usted sabe cómo son las cosas con un tripe como el nuestro…
Rydra se tomó la mano izquierda con la derecha.
—Tienen que ser así —dijo—. Mi elección estará sujeta a la aprobación de ustedes, por supuesto.
—Bien, es bastante difícil que otra persona…
—Es imposible. Pero ésa es la opción. Sólo hago sugerencias. Pero mis sugerencias son condenadamente buenas. ¿Qué dicen?
El pulgar de Calli se movió de la nariz al lóbulo de la oreja. Se encogió de hombros.
—No puede hacernos una oferta mejor.
Rydra miró a Ron. El chico puso un pie sobre la banqueta, se abrazó la rodilla y atisbó por encima de su rótula.
—Digo, veamos cuál es su sugerencia —dijo.
—Es justo —asintió ella.
—Ya sabes que los trabajos para triples desarmados no son muy comunes —dijo Calli, rodeando los hombros de Ron.
—Sí, pero…
—Vamos a mirar el combate —dijo Rydra, alzando la vista.
Toda la gente que estaba ante el mostrador levantó la cabeza. En las mesas, los patrones reclinaron los respaldos. El jarro de Calli tintineó sobre el bar y Ron puso ambos pies sobre la banqueta y se reclinó contra el mostrador.
—¿Qué es lo que están mirando? —preguntó el funcionario de Aduana—. ¿Dónde está todo el mundo…?
Rydra le puso la mano en la nuca y le hizo algo. Él se rió y alzó la cabeza; inspiró profundamente y luego dejó salir el aire lentamente.
El globo de humo, colgado de la cúpula, estaba bañado en luces de colores. El recinto estaba en penumbras. Miles de vatios bañaban la superficie plástica y relucían en los rostros que observaban desde abajo a medida que se desvanecía el humo en el interior de la brillante esfera.
—¿Qué sucederá? —preguntó el funcionario de Aduana—. ¿Allí es donde luchan…?
Rydra pasó la mano por encima de la boca de él, que casi se tragó la lengua pero se quedó callado.
Y apareció el Dragón de Plata, las alas agitándose en el humo, plumas plateadas como espadas apretadas, escamas sacudiéndose sobre las grandes ancas: se estremeció su enorme cuerpo de tres metros, serpenteando en el campo antigravitatorio, sus verdes labios plegados en una sonrisa desdeñosa y los plateados párpados agitándose sobre las verdes órbitas.
—¡Es una mujer! —exclamó el funcionario de Aduana.
Un apreciativo barullo de dedos que chasqueaban surgió del público. El humo ondulaba en el globo…
—Ése es nuestro Brass —susurró Calli.
…Y Brass bostezó y sacudió la cabeza, marfilinos dientes de sable reluciendo con la saliva, músculos encorvados en hombros y piernas, garras de bronce de doce centímetros desenvainadas de sus zarpas de felpa amarilla. Debajo de ellas, sobre su estómago, se ceñían unas apretadas cinchas. La cola lengüetada golpeaba contra las paredes de la esfera. Su melena, recogida para prevenir tirones, caía como agua.
Calli apretó el hombro del funcionario.
—¡Chasquee los dedos, hombre! ¡Ése es nuestro Brass!
El funcionario, que jamás había podido hacer chasquear los dedos, casi se rompió la mano.
El globo se volvió rojo. Los dos pilotos se enfrentaron. Las voces se aquietaron. El funcionario paseó su mirada desde el techo hasta los rostros que lo rodeaban. Todo el mundo miraba hacia arriba. El Navegante, Tres, estaba encogido en posición fetal en la banqueta del mostrador. Un movimiento de cobre: también Rydra bajó la mirada para echar un vistazo a los delgados brazos encorvados y a los estriados muslos del muchacho que tenía una rosa en el hombro.
Arriba, los contrincantes se encogían y estiraban, circulando. Un repentino movimiento del Dragón y Brass retrocedió para impulsarse desde la pared.
El funcionario de Aduana tomó algo.
Las dos formas chocaron, se amarraron, giraron contra una pared y rebotaron. La gente empezó a patear el piso. Brazo sobre brazo, pierna sobre pierna, hasta que Brass, como un remolino, se liberó de ella y salió expelido hacia la pared superior de la esfera. Sacudiendo la cabeza, se incorporó. Abajo de él, alerta, el Dragón se retorcía, la ansiedad sacudía sus alas. Brass saltó desde el techo, se dio vuelta repentinamente y atrapó al Dragón con sus patas traseras. Ella se tambaleó, debilitada. Los dientes de sable atacaron y erraron.
—¿Qué están tratado de hacer? —susurró el funcionario—. ¿Cómo se puede saber quién está ganando?
Miró hacia abajo una vez más: lo que había tomado era el hombro de Calli.
—Cuando uno de los dos puede arrojar al otro contra una pared, tocando la pared opuesta solamente con una extremidad en el rebote —explicó Calli sin bajar la vista—, eso es una caída.
El Dragón de Plata hizo ondular el cuerpo como una vara de metal doblada y luego suelta, y Brass salió despedido, despatarrado, hasta golpear la pared del globo. Pero cuando ella se deslizó hacia atrás para recibir el impacto en una sola pierna, perdió el equilibrio y tocó la superficie con ambas extremidades.
La expectación del público disminuyó. Chasqueos de estimulo; Brass se recuperó, saltó, la empujó hacia la pared, pero también el rebote resultó demasiado fuerte y aterrizó sobre tres de sus miembros.
Giros en el centro otra vez. El Dragón hizo una mueca, se estiró, se sacudió las escamas. Brass miró ceñudo, escrutándola con ojos que eran como monedas de oro encapuchadas; giró hacia atrás, luego hacia adelante.
El Dragón giró ante su golpe, tocó el globo. Ella buscaba el mundo como si tratara de ascender a una montaña. Brass rebotó levemente, sosteniéndose en una sola zarpa, después volvió a impulsarse.
El globo centelleó, verde, y Calli golpeó el mostrador.
—¡Miren cómo le enseña algunas cosas a esa perra llena de lentejuelas!
Miembros y extremidades se amarraron como en una trenza, y las zarpas se cruzaron hasta que los brazos agotados se sacudieron, separándose. Dos caídas más que no favorecieron a ninguna de las dos partes; después el Dragón de Plata golpeó con la cabeza el pecho de Brass, lo arrojó contra una pared y se recuperó sosteniéndose tan solo con la cola. Abajo, la multitud pateó el piso.
—¡Eso es un foul! —exclamó Calli, dándole un empujón al funcionario—. ¡Es foul, maldita sea!
Pero el globo resplandeció verde otra vez. Oficialmente, la segunda caída era a favor de ella. Cansados ahora, volvieron a girar en la esfera. Dos veces atacó el Dragón y dos veces Brass apartó sus garras o entró la panza para eludirla.
—¿Por qué no lo voltea? —preguntó Calli hacia arriba—. Lo está provocando a muerte… ¡Tómala y pelea!
Como en respuesta, Brass saltó, otra vez proyectando un hombro: lo que hubiera sido una perfecta caída se arruinó porque ella lo tomó de un brazo y él giró, estrellándose torpemente contra la superficie plástica.
—¡No puede hacer eso! —esta vez era el funcionario, que volvió a asir el hombro de Calli—. ¿Puede hacer eso? Me parece que no deberían permitirlo…
Y se mordió la lengua porque Brass se lanzó de nuevo, la levantó de la pared, haciéndola pasar por debajo de sus piernas y, mientras ella se estrellaba contra la superficie, él rebotó sobre su antebrazo y flotó hacia el centro, inclinándose para saludar al público.
—¡Eso es! —gritó Calli—. ¡Dos caídas sobre tres!
El globo volvió a relampaguear, verde. El chasquido de dedos se transformó en aplauso.
—¿Ganó él? —preguntó el funcionario—. ¿Ganó?
—¡Escuchen! ¡Por supuesto que ganó! Hey, vamos a verlo. ¡Venga, capitán!
Rydra ya había empezado a abrirse paso entre la multitud. Ron saltó detrás de ella y Calli, arrastrando al funcionario de Aduana, cerró la marcha. Un tramo de peldaños de mosaico negro los llevó a una habitación con divanes, donde unos grupitos de hombres y mujeres rodeaban a Cóndor, una gran criatura dorada y carmesí que se estaba preparando para luchar contra Ébano, que esperaba solo en un rincón. La salida del ruedo se abrió y Brass apareció sudoroso.
—Hey —llamó Calli—. Hey, eso sí que estuvo grande, muchacho. Y aquí el capitán quiere hablarte.
Brass se estiró, después se dejó caer sobre sus cuatro extremidades, mientras un gruñido suave invadía su garganta. Sacudió la melena, y sus ojos dorados se abrieron muy grandes al reconocer a Rydra.
—¡Ca’itán Wong! —su boca, distendida por la implantación cosmetoquirúrgica de los colmillos, no podía articular una consonante labial explosiva que fuera muda—. ¿Le gustó mi trabajo esta noche?
—Lo suficiente para solicitarte que seas mi piloto hasta Specelli —le tironeó un mechón amarillo detrás de una oreja—. Hace un tiempo me dijiste que me demostrarías de qué eras capaz.
—Sí —asintió Brass—. Me ’arece estar soñando… —se quitó la tela que le servía de taparrabos y se restregó el cuello y los brazos con ella; entonces interceptó la asombrada expresión del funcionario de Aduana—. Es sólo cosmetocirugía —dijo, y siguió restregándose.
—Entrégale tu psicoíndice —le dijo Rydra— y él te aprobará.
—¿Eso significa que ’artimos mañana, Ca’itán?
—Al amanecer.
Brass extrajo una delgada tarjeta metálica del bolsillo de su cinturón.
—Aquí tienes, Aduana.
El funcionario escrutó la inscripción rúnica. En una lámina que sacó de su bolsillo anotó la variación en el índice de estabilidad, pero decidió integrarlo a la suma más exacta que haría más tarde. La práctica le decía que el índice estaba bien por encima de lo aceptable.
—Señorita Wong, quiero decir, capitán Wong… ¿y qué pasa con las tarjetas de ellos? —dijo, señalando a Calli y a Ron.
Ron se llevó una mano a la nuca y se restregó la escápula.
—No se preocupe por nosotros hasta que no consigamos un Navegante Uno —dijo, y su rostro duro y adolescente tenía una expresión beligerante.
—Los controlaremos más tarde —dijo Rydra—. Primero tenemos que encontrar más gente.
—¿Está buscando una tri’ulación com’leta?— preguntó Brass.
Rydra asintió.
—¿Y qué pasa con el Ojo que regresó con ustedes? —preguntó.
Brass sacudió la cabeza.
—’erdió su Oreja y su Nariz. Eran un tri’le realmente unido, ca’itán. Anduvo ’or aquí unas seis horas antes de volver a la Morgue.
—Ya veo. ¿Puedes recomendarme a alguien?
—A nadie en ’articular. Dé una vuelta ’or el Sector Descor’orizado y vea lo que a’arece.
—Si necesita una tripulación para la madrugada, será mejor que empecemos ahora —dijo Calli.
—Vamos —dijo Rydra.
Cuando se dirigían hacia el pie de la rampa, el funcionario preguntó:
—¿El Sector Descorporizado?
—¿Qué pasa con él? —preguntó Rydra, que cerraba la marcha.
—Es tan… Bien, no me agrada la idea.
Rydra se rió.
—¿A causa de los muertos? No le harán daño.
—Y sé que eso es ilegal, que las personas corpóreas anden por el Sector Descorporizado.
—En algunas partes —corrigió Rydra, y los otros hombres se rieron—. Nos mantendremos lejos de las secciones ilegales… si podemos.
—¿Quieren que les devuelva sus ropas? —preguntó la chica del guardarropas.
La gente se había estado deteniendo para felicitar a Brass, dándole golpecitos en las corvas con puños apreciativos y haciendo chasquear los dedos. Ahora Brass estiró sobre su cabeza la capa de contorno automático y ésta cayó sobre sus hombros, rodeó el cuello y se ajustó debajo de los brazos y alrededor de sus gruesas nalgas. Saludó a la multitud con un gesto y se encaminó hacia la rampa.
—¿De veras puede evaluar a un piloto viéndolo luchar? —preguntó a Rydra el funcionario.
Ella asintió.
—En la nave —dijo—, el sistema nervioso del piloto está conectado directamente a los controles. Todo el tránsito hiperestático consiste, literalmente, en su lucha contra las desviaciones de estasis. Se lo juzga por sus reflejos, por su habilidad para controlar su cuerpo artificial. Un Transporte experimentado puede decir de qué modo se comportará, exactamente, con las corrientes hiperestáticas.
—Había oído hablar de eso, por supuesto. Pero ésta es la primera vez que lo veo. Ha sido… excitante.
—Sí —dijo Rydra.
Cuando llegaron a la punta de la rampa, las luces volvieron a encenderse en el interior de la esfera. Ébano y Cóndor empezaban a girar dentro del globo.
Ya en la vereda, Brass se retrasó, plantando sus cuatro miembros al lado de Rydra.
—¿Y qué 'asa con el Control y el equi'o?
—Si puedo, me gustaría encontrar un equipo con un solo viaje.
—¿'or qué tan verdes?
—Quiero entrenarlos a mi modo. Los grupos más experimentados tienden a ser más rígidos.
—Un gru'o con un solo viaje hecho 'uede ocasionar endemoniados 'roblemas de disci'lina. Y suelen ser muy ineficientes, eso he oído. Jamás he viajado con uno así.
—Mientras no haya locos, no me importa. Además, si quiero uno ahora, seguramente lo conseguiré para mañana si hago un pedido a Marina.
Brass asintió.
—¿Ya ha hecho el 'edido?
—Primero quería conversarlo con mi piloto, ver si tenías alguna preferencia.
Estaban pasando delante de una cabina telefónica situada en un poste de luz de la esquina. Rydra se encogió debajo de la capucha plástica. Un minuto más tarde estaba diciendo:
—…un equipo para un viaje a Specelli que partirá mañana al amanecer. Ya sé que es con poca anticipación, pero no necesito un grupo muy experto. Me servirá uno con un solo viaje… —miró a sus compañeros desde abajo de la cabina y les guiñó un ojo—. Excelente. Llamaré más tarde para hacer aprobar sus pscoíndices en Aduana. Sí, hay un funcionario conmigo. Gracias.
Salió de la cabina.
—El camino más corto hacia el Sector Descorporizado es por aquí.
Las calles se hicieron más angostas, serpenteantes, desiertas. Después apareció un tramo de concreto en donde se cruzaban y recruzaban las torretas de metal. Los cables las unían formando una red. Pilotes de radiación azulada se erguían entre las torres.
—¿Es esto…? —empezó el funcionario. Después quedó en silencio.
Caminaron en silencio. En la oscuridad se encendieron unas luces rojas entre las torres.
—¿Qué…?
—Simplemente una transferencia. Duran toda la noche —explicó Calli.
Un relámpago verde centelleó a la izquierda.
—¿Transferencia?
—Es un rápido intercambio de energía resultante de la reubicación de estados descorporizados —informó volublemente el Navegante Dos.
—Pero sigo sin…
Ya estaban entre los pilotes cuando tomó forma un resplandor. Plata bañada de luces rojas, brillando a través del smog industrial. Se formaron tres figuras: mujeres, relucientes esqueletos que se deslizaban hacia ellos, mirándolos con cuencas vacías.
Un escalofrío recorrió al funcionario, pues las luces de los pilotes brillaban a través del torso de las apariciones.
—Los rostros —susurró—, en cuanto se desvía la vista de ellas, ya no se recuerda cómo eran. Cuando uno las mira, parecen personas, pero en cuanto se desvía la vista… —contuvo el aliento cuando pasó otra—… ¡no se las recuerda! —se quedó mirándolas—. ¿Muertas? —sacudió la cabeza—. Saben, hace diez años que apruebo psicoíndices de trabajadores de Transporte, corpóreos y descorporizados. Y jamás había estado tan cerca como para hablar con un alma descorporizada. Oh, he visto fotos y ocasionalmente me he cruzado con algunos de los menos fantásticos por la calle. Pero esto…
—Hay algunos trabajos —dijo Calli, y su voz estaba tan cargada de alcohol como sus hombros de músculos—, algunos trabajos en una nave de Transporte que no pueden confiarse a un ser humano.
—Lo sé, lo sé —dijo el funcionario—. Así que usan muertos.
—Así es —asintió Calli—. Tales como el Ojo, la Oreja y la Nariz. Un ser humano escrutando todo lo que sucede en esas frecuencias de hiperestasis… bien, moriría primero y se volvería loco después.
—Conozco la teoría —afirmó secamente el funcionario.
De repente, Calli asió con una mano la mejilla del funcionario y la acercó a su rostro marcado.
—No sabes nada, Aduana —el tono era el mismo que el del primer encuentro en el café—. Oh, tú te escondes en tu jaula de Aduana, jaula escondida en la segura gravedad de la Tierra, Tierra firmemente sostenida por el sol, sol fijado en dirección a Vega, todo en la bien predicha marea de este brazo de la espiral… —hizo un gesto en la noche señalando hacia el lugar donde estaría la Vía Láctea si la ciudad hubiera sido menos brillante—. ¡Y jamás estás en libertad! —de repente apartó violentamente la cabeza pelirroja, de anteojos—. ¡Eeeh! ¡No tienes nada que decirme!
El acongojado navegante aferró un cable maestro que servía de soporte al concreto. El cable hizo «tuang». La nota grave liberó algo en la garganta del funcionario, algo que llegó a su boca con el gusto metálico del ultraje. Lo hubiera escupido, pero ahora los ojos de Rydra, de color cobre, estaban tan cerca de su rostro como lo había estado el rostro hostil y marcado del navegante.
—Él formaba parte —dijo Rydra, con tono calmo y preciso, sus ojos fijos en los de él—, de un triple, una estrecha y precaria relación sexual y emocional con otras dos personas. Y una de ellas acaba de morir.
El filo de su tono disminuyó la dimensión de la furia del funcionario, pero se le escapó una brizna:
—¡Pervertidos! —dijo.
Ron ladeó la cabeza; su musculatura revelaba claramente la mezcla de dolor y perpejidad.
—Hay algunos trabajos —dijo, repitiendo la sintaxis de Calli—, algunos trabajos en una nave de Transporte, que no pueden confiarse a dos personas solas. Son trabajos demasiado complicados.
—Lo sé —dijo el funcionario. Después pensó: “También he herido al muchacho”.
Calli estaba reclinado en una viga. Algo más pugnaba por salir de la boca del funcionario.
—Usted tiene algo que decir —dijo Rydra.
La sorpresa de que ella supiera movilizó sus labios. Paseó su mirada de Calli a Ron.
—Lo siento mucho por ustedes —dijo.
Brass dijo desde atrás:
—Hay un cónclave de transferencia a un cuarto de milla, en los estados medios de energía. Eso atraerá a la clase de Ojo, Nariz y Oreja que necesitará para S'ecelli —le hizo una mueca al funcionario, mostrándole los colmillos—. Esa es una de sus secciones ilegales. El conteo alucinatorio es intenso y algunos egos cor'óreos no 'ueden tolerarlo, 'ero la mayoría de las 'ersonas sanas no tienen 'roblema.
—Si es ilegal, prefiero esperarlos aquí —dijo el funcionario de Aduana—. Pueden volver a recogerme. Entonces aprobaré los índices.
Rydra asintió. Calli rodeó con un brazo la cintura del piloto de tres metros y con el otro los hombros de Ron.
—Hemos de ir, capitán, si quieres tener la tripulación completa para mañana.
—Si no hallamos lo que buscamos en una hora, volveremos aquí de todos modos —dijo ella.
El funcionario los vio alejarse por entre las delgadas torres.


IV

…Recuerdo de riberas desmoronadas, el color de la tierra irrumpiendo en la clara agua del estanque de sus ojos; la figura parpadeando y hablando.
Él dijo:
—Un funcionario, señora. Un funcionario de Aduana.
Sorpresa ante su ingeniosa respuesta, primero ofensa, luego diversión. Respondió:
—Casi diez años. ¿Cuánto hace que está descorporizada?
Y ella se acercó a él, y su pelo traía el recordado olor de. Y los rasgos definidos y transparentes recordándole a. Más palabras de ella, ahora, haciéndolo reír.
—Sí, todo esto es nuevo para mí. ¿No la afecta a usted también esta vaguedad en la que ocurre todo?
Otra vez su respuesta, provocativa e ingeniosa.
—Bien, sí —sonrió él—. Me imagino que para usted esto no es vago.
La soltura de ella lo contagió; y o bien ella juguetonamente le tomó la mano, o fue él quien se sorprendió tomando la de ella, y la aparición era muy real bajo sus dedos, con una piel tan tersa como.
—Usted es tan directa… Quiero decir, que no estoy habituado a que las jóvenes se acerquen y… se comporten de este modo.
La encantadora lógica de ella se lo explicó, haciéndolo sentir más próximo, aproximándolo, y la cháchara de ella era música, una frase de.
—Bien, sí, usted está descorporizada, así que no importa. Pero…
Y la interrupción de ella fue una palabra o un beso o un gesto o una sonrisa, que ya no le causaron diversión sino una luminosa sorpresa, miedo, excitación; y el roce del cuerpo de ella contra el suyo completamente nuevo. Él luchó por retenerlo, por retener la sensación de la presión, que se desvanecía a medida que se desvanecía la presión misma. ¡Ella se alejaba! Se reía como, tal como, como si. Él se quedó quieto, perdiendo la risa de ella, reemplazada por un torbellino de perplejidad en las mareas de su conciencia que se desvanecía…


V

Cuando los otros regresaron, Brass gritó:
—¡Buenas noticias! Hemos conseguido lo que buscábamos.
—Ya viene la tripulación —comentó Calli.
Rydra le entregó las tres tarjetas con los índices.
—Se presentarán en la parte descorporizada de la nave dos horas antes de… ¿Qué es lo que le pasa?
Danil D. Appleby extendió la mano para recibir las tarjetas.
—Yo… ella —dijo, y no pudo articular nada más.
—¿Quién? —preguntó Rydra.
La preocupación que se reflejaba en su rostro estaba alejando los pocos recuerdos que le quedaban a él, y él se resintió, recuerdos de, de.
Calli se rió.
—¡Un súcubo! —dijo—. Mientras nosotros no estábamos, ¡se mezcló con un súcubo!
—¡Sí! —dijo Brass—. ¡Mírenlo!
También Ron se rió.
—Era una mujer… creo. Puedo recordar lo que yo dije…
—¿Cuánto te sacó? —preguntó Brass.
—¿Me sacó?
—Creo que no sabe —dijo Ron.
Calli hizo una mueca al Navegante Tres y después al funcionario.
—Echa un vistazo a tu billetera —le dijo.
—¿Qué?
—Echa un vistazo.
Incrédulamente metió la mano en el bolsillo. El sobre metálico se separó entre sus dedos.
—Diez… veinte… ¡Pero si tenía cincuenta al salir del café!
Calli se golpeó los muslos, riendo. Se extendió y rodeó los hombros del funcionario.
—Cuando esto te suceda un par de veces más —le dijo—, terminarás por ser un hombre de Transporte.
—Pero ella… yo…
La vacuidad de sus robados recuerdos era tan real como cualquier herida amorosa. La billetera despojada parecía algo trivial. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Pero si ella era… —y su confusión convirtió el final en un gruñido.
—¿Qué era ella, amigo? —preguntó Calli.
—Ella… era… —y eso era, tristemente, todo.
—Desde la descor'orización, uno 'uede llevarse eso consigo —dijo Brass—. Usan algunos métodos bastante oscuros, además. Me avergonzaría contarte cuántas veces me ha ocurrido a mí.
—Al menos, le dejó lo suficiente para regresar a casa —dijo Rydra—. Yo le devolveré el resto.
—No, yo…
—Vamos, capitán. Él ya pagó por lo suyo y consiguió lo que quería a cambio de su dinero, ¿no es cierto, Aduana?
Ahogándose en su vergüenza, el funcionario asintió.
—Entonces controle estos índices —dijo Rydra—. Todavía tenemos que conseguir un Control y un Navegante Uno.
Desde un teléfono público, Rydra volvió a llamar a Marina. Sí, había aparecido un equipo. Había un Control recomendado junto con ellos.
—Excelente —dijo Rydra, y le entregó el auricular al funcionario.
Éste tomó los psicoíndices y los incorporó para la integración final con el Ojo, la Oreja y la Nariz, cuyas tarjetas Rydra ya le había entregado. El Control parecía particularmente favorable.
—Parece ser un coordinador talentoso —aventuró el funcionario.
—Un Control nunca es excesivamente bueno —dijo Brass, sacudiendo su melena—. Es'ecialmente con un equi'o nuevo. Tiene que mantener a raya a esos chicos.
—Éste podría hacerlo. Tiene el índice de compatibilidad más alto que he visto en mucho tiempo.
—¿Qué nivel de hostilidad? —preguntó Calli—. ¡Compatibilidad, qué diablos! ¿Es capaz de dar un buen puntapié en el trasero cuando hace falta?
El funcionario se encogió de hombros.
—Pesa ciento cuarenta kilos —dijo—, y mide solamente un metro setenta. ¿Hasta ahora ha conocido a alguna persona obesa que no sea en el fondo mezquina como una rata?
—¡Tiene razón! —rió Calli.
—¿Y ahora adonde vamos a restañar la herida? —preguntó Brass a Rydra.
Ella arqueó inquisitivamente las cejas.
—A buscar un 'rimer navegante —aclaró Brass.
—A la Morgue.
Ron frunció el ceño. Calli parecía perplejo. Las centelleantes luciérnagas formaron un collar alrededor de su cuello, luego volvieron a dispersarse por su pecho.
—Ya sabe que nuestro primer navegante tiene que ser una muchacha que… —dijo.
—Lo será —dijo Rydra.
Abandonaron el Sector Descorporizado y tomaron el monorriel que atravesaba los tortuosos restos de la Ciudad Transporte, y que después bordeaba el espaciopuerto. La oscuridad de las ventanillas estaba mechada con el azul de las luces de señal. Las naves se elevaban con un centelleo blanco, se azulaban con la distancia, se convertían en sangrientas estrellas en el aire herrumbrado.
Durante los primeros veinte minutos bromearon por encima del zumbido de los impulsores. El techo fluorescente arrojaba una luz verdosa sobre sus rostros y regazos. El funcionario observó cómo se iban quedando en silencio uno a uno, a medida que la inercia lateral se transformaba en impulso hacia adelante. El mismo no había hablado en absoluto, aún decidido a recuperar el rostro, las palabras, la forma de aquella mujer. Pero no lo conseguía; el recuerdo seguía lejano, frustrante como el imperativo comentario que abandona la mente justo cuando comienzan las palabras y la boca se queda vacía, una referencia perdida al amor.
Cuando se bajaron en la plataforma de la estación Thule, un viento cálido soplaba del este. Las nubes se habían desgarrado bajo una luna de marfil. Grava y granito plateaban los bordes dentados. Atrás estaba la bruma roja de la ciudad. Ante ellos, en la noche rota, se erguía la negra Morgue.
Bajaron las escaleras y caminaron silenciosamente a través del parque de piedra. El jardín de agua y roca parecía sobrenatural en la oscuridad. Nada crecía allí.
La puerta, de placas de metal, sin luces exteriores, era una mancha que absorbía la oscuridad.
—¿Cómo se entra? —preguntó el funcionario, mientras ascendían los pequeños peldaños.
Rydra levantó la placa de capitán que pendía de su cuello y la colocó contra un pequeño disco. Algo zumbó y la luz dividió la entrada cuando la puerta se deslizó hacia atrás. Rydra entró, el resto la siguió.
Calli observó las bóvedas metálicas que estaban arriba.
—Saben, aquí hay suficiente carne de Transporte congelada como para suplir las necesidades de cien estrellas y sus planetas —dijo.
—Y también hay gente de Aduana —dijo el funcionario.
—¿Acaso alguien se ha molestado alguna vez para llamar de regreso a un Aduana que haya decidido tomarse un descanso? —preguntó Ron con cándida ingenuidad.
—No sé para qué —dijo Calli.
—Se sabe que ocasionalmente ha sucedido —dijo secamente el funcionario.
—Es más raro que con Transporte —dijo Rydra—. Hasta ahora, el trabajo de Aduana, que implica el hecho de llevar las naves de estrella a estrella, es una ciencia. El trabajo de Transporte, que consiste en maniobrar a través de niveles de hiperestasis, es aún un arte. Dentro de cien años, es posible que ambos sean una ciencia. El trabajo de Transporte, maniobrando a través de las fuentes de hiperestasis es un poco más raro que el de la persona que aprende las reglas de la ciencia. Además, hay toda una tradición. La gente de Transporte está habituada a morir y ser llamada de regreso, a trabajar con vivos o con muertos. A un Aduana aún le resulta un poco difícil aceptar algo así. Por aquí, hacia los Suicidios.
Salieron del vestíbulo central, dirigiéndose a través de un corredor señalizado que ascendía hacia la cámara de almacenamiento. Llegaron a una plataforma en una habitación iluminada con luz indirecta, con sus treinta metros de altura repletos de cajas de vidrio, con pasadizos y escaleras como la tela de una araña. En los ataúdes, unas figuras oscuras estaban rígidas detrás de los vidrios congelados.
—Lo que no comprendo de todo este asunto —susurró el funcionario—, es el llamado de regreso. ¿Alguien que muere puede ser corporizado otra vez? Tiene razón, capitán Wong, en Aduana es casi una falta de educación hablar de cosas… como ésta.
—Cualquier suicida que se descorporiza a través de las vías regulares de la Morgue puede ser llamado de regreso. Pero una muerte violenta, donde la Morgue sólo recibe el cuerpo, o el vulgar final senil que la mayoría de nosotros alcanza más o menos a los ciento cincuenta años… entonces uno está muerto para siempre. Aunque en ese caso, si uno pasa por los canales habituales se registra la estructura cerebral, y la capacidad de pensar queda grabada por si alguien quiere utilizarla; pero la conciencia se va al sitio donde sea que se va la conciencia habitualmente.
Junto a ellos, un cristal-archivo de tres metros y medio relucía como cuarzo rosado.
—Ron —dijo Rydra—. No, Ron y Calli también.
Los Navegantes se adelantaron, intrigados.
—¿Conoce a algún primer navegante que se haya suicidado recientemente y que le parece que podría…?
Rydra sacudió la cabeza. Pasó la mano por el cristal-archivo. En la pantalla cóncava de la base, relampagueaban las palabras. Ella detuvo su dedos.
—Navegante Dos… —dio vuelta la mano—. Navegante Uno… —se detuvo e hizo correr la mano en otra dirección—… hombre, hombre, hombre, mujer. Bien… ahora hablen, Calli, Ron.
—¿Eh? ¿Que hablemos de qué?
—De ustedes mismos, de lo que quieran.
Los ojos de Rydra se movían de la pantalla a los rostros de los dos.
—Bien… ¿entonces? —dijo Calli, rascándose la cabeza.
—Bonita —dijo Ron—. Quiero que sea bonita —se inclinó hacia adelante y una intensa luz relucía en sus ojos azules.
—Oh, sí —dijo Calli—. Pero no puede ser una dulce y regordeta chica irlandesa de pelo negro y ojos de ágata y pecas que le aparecen después de cuatro días de estar al sol. No puede tener ni siquiera el más ligero ceceo, que hace que uno se estremezca incluso cuando dispara sus cálculos más rápida y precisamente que una computadora parlante, y sin embargo ceceosa, o que hace que uno se estremezca cuando ella sostiene la cabeza de uno en su regazo y le dice cuánto necesita sentir…
—¡Calli! —exclamó Ron.
Y el hombrón se detuvo con un puño en el estómago, respirando agitadamente. Rydra observó, mientras su mano se movía centímetro a centímetro sobre el plano del cristal. Los nombres centelleaban en la pantalla, aparecían y desaparecían.
—Pero bonita —repitió Ron—. Y que le gusten los deportes, luchar, creo, cuando estemos en algún planeta. Cathy no era muy atlética. Yo siempre pensé que me hubiera gustado más si lo fuera. Puedo hablar mejor con aquellas personas con las que puedo luchar. Pero seria, sin embargo; quiero decir en el trabajo. Y rápida para pensar, como Cathy. Sólo…
La mano de Rydra se deslizó hacia abajo, después hizo un rápido movimiento hacia la izquierda.
—Sólo que —dijo Calli, su mano cayendo del pecho, su respiración más tranquila—, tiene que ser una persona entera, una persona nueva, no alguien que sea la mitad de lo que nosotros recordamos de otra persona.
—Sí —dijo Ron—. Quiero decir, si es buen navegante, y si nos ama.
—…si puede amarnos —dijo Calli.
—Si fuera todo lo que ustedes quieren y además ella misma —preguntó Rydra mientras su mano oscilaba entre dos nombres de la pantalla—, ¿podrían amarla?
La vacilación, el lento asentimiento del hombrón, el rápido del muchacho.
La mano de Rydra bajó por la cara del cristal y el nombre centelleó en la pantalla: «Mollya Twa, Navegante Uno». A continuación aparecieron los números de sus coordenadas. Rydra los pulsó en el mostrador.
Veintidós metros más arriba, algo relampagueó. Uno entre cientos de miles de ataúdes de vidrios era retirado de la pared por un haz inductor.
De la plataforma de llamado emergieron una serie de agarraderas de puntas relucientes. El ataúd cayó, su contenido oscurecido por rayas y manchas hexagonales de la escarcha del interior. Las agarraderas asieron la base móvil del ataúd. Se meció por un momento, se aquietó, hizo clic.
De repente la escarcha se fundió y la superficie interior se hizo brumosa, después se llenó de gotitas. Todos se adelantaron para ver.
Oscuras bandas sobre lo oscuro. Un movimiento detrás del vidrio resplandeciente; después el vidrio se abrió, fundiéndose y alejándose de la profunda y cálida piel de ella, de sus ojos conmovidos, aterrados.
—Todo está bien —dijo Calli, rozándole un hombro. Ella alzó la cabeza para mirar la mano de él, después volvió a dejarse caer en la almohada.
Ron se precipitó sobre el Navegante Dos.
—Hola…
—Eh… ¿señorita Twa? —dijo Calli—. Está viva ahora. ¿Nos amará?
—¿Ninyi ni nani? —dijo Mollya, con rostro perplejo—. ¿Niko wapi hapa?
Ron se quedó atónito.
—Creo que no habla inglés.
—Sí, lo sé —dijo Rydra, con una mueca—. Pero aparte de eso es perfecta. De este modo tendrán tiempo de conocerse bien antes de que puedan decir alguna tontería. Le gusta luchar, Ron.
Ron miró a la mujer en el ataúd. Su pelo de color grafito era corto como el de un muchacho, sus labios llenos estaban amoratados de frío.
—¿Luchas? —dijo Ron.
—¿Ninyi ni nani? —volvió a preguntar ella.
Calli retiró la mano del hombro de ella y dio un paso atrás. Ron se rascó la cabeza y frunció el ceño.
—¿Bien? —dijo Rydra.
Calli se encogió de hombros.
—Bien, no sabemos —dijo.
—Los instrumentos de Navegación son estándares. No tendrán ningún problema de comunicación con ellos.
—Es bonita —dijo Ron—. Eres bonita. No tengas miedo. Ahora estás viva.
—¡Ninaogapa! —dijo ella, asiendo la mano de Calli—. Yi, ¿ni usiku au mchana? —tenía los ojos muy abiertos.
—¡Por favor, no tengas miedo! —dijo Ron, asiendo la muñeca de la mano que había tomado la de Calli.
—Sielewi lugha yenu —dijo ella, y sacudió la cabeza, un gesto que no contenía ninguna negación, tan sólo perplejidad—. Sikujuweni ninyi nani. Ninaogapa.
Y con la urgencia nacida del abandono, tanto Ron como Calli asintieron para tranquilizarla. Rydra se interpuso entre ellos y habló. Después de un largo silencio, la mujer asintió lentamente.
—Dice que irá con ustedes. Perdió dos tercios de su triple siete años atrás, también asesinados por los Invasores. Por eso vino a la Morgue y se suicidó. Dice que irá con ustedes. ¿La aceptan?
—Aún tiene miedo —dijo Ron—. Por favor, no tengas miedo. Yo no te haré daño. Calli no te hará daño.
—Si quiere venir con nosotros —dijo Calli—, la llevaremos.
El funcionario de Aduana tosió.
—¿Dónde consigo su psicoíndice? —preguntó.
—En la pantalla que está debajo del cristal-archivo. Así es como se los dispone en las categorías más numerosas.
El funcionario volvió hacia donde estaba el cristal.
—Bien… —dijo, y extrajo su anotador para registrar el índice—. Ha llevado un rato, pero creo que ya tiene a todos.
—Integre —dijo Rydra.
Él lo hizo y levantó la vista, sorprendido a pesar de sí mismo.
—¡Capitán Wong, creo que tiene su tripulación!


VI

Querido Mocky:
Cuando recibas esta carta ya habrán pasado dos horas desde mi despegue. Falta media hora para el amanecer y quisiera hablar contigo, pero no quiero volver a despertarte.
Nostálgicamente, me llevo la vieja nave de Fobo, el Rimbaud (el nombre fue idea de Muels, recuérdalo). Al menos, me resulta familiar; hay muchísimos buenos recuerdos aquí. Parto dentro de veinte minutos.
Ubicación actual: estoy sentada en una silla plegadiza, en la escotilla de carga que da al campo. El cielo está tachonado de estrellas hacia el oeste y gris hacia el este. Las negras agujas de las naves forman un dibujo alrededor de mí. Líneas de luces señal azules se esfuman hada el este. Todo está en calma ahora. Tema de mi pensamiento: una agitada noche de búsqueda de tripulación que me hizo recorrer toda la Ciudad Transporte y salir hasta la Morgue a través de rampas y relucientes desvíos, etc. Agitado y ruidoso al principio, calmo como ahora al final.
Para conseguir un buen piloto hay que observarlo luchar. Un capitán entrenado puede saber qué clase de piloto será una persona a través de la observación de sus reflejos en el ruedo. Sólo que yo no estoy tan bien entrenada.
¿Recuerdas lo que dijiste acerca de la lectura muscular? Tal vez estabas más en lo cierto de lo que creías. Anoche conocí a un chico, un Navegante, que tiene el aspecto del tributo de graduación de Brancusi, o tal vez de lo que Miguel Ángel deseaba que fuera un cuerpo humano. Nació en Transporte y conoce de arriba a abajo todo lo relativo a la lucha. Así que lo observé mientras él observaba luchar a mi piloto y, mirando sus estremecimientos y sacudidas, hice un completo análisis de lo que estaba ocurriendo en mi mente.
Conoces la teoría de De Faure, que dice que los psicoíndices tienen correspondientes tensiones musculares (otra forma de afirmar la vieja hipótesis de Wilhelm Reich acerca de la armadura muscular): anoche pensaba en eso. El chico de quien te hablo era parte de un triple roto, dos chicos y una chica, y la chica fue liquidada por los Invasores. Los muchachos me dieron ganas de llorar. Pero no lo hice. En vez de llorar los llevé a la Morgue, y les busqué un reemplazante. Un asunto muy raro. Estoy segura de que, por el resto de sus vidas, pensarán que fue mágico. Los requerimientos básicos, sin embargo, estaban todos en el archivo: un Navegante Uno, del sexo femenino, que haya perdido a dos hombres. ¿Cómo congeniar los índices? Leí los de Ron y Calli observándolos moverse mientras hablaban. Los cadáveres están archivados con sus psicoíndices, así que tan sólo tenía que percibir cuándo eran congruentes.
La elección final fue un golpe de genio, si me permites decirlo. Tenía que elegir entre seis jóvenes que servirían. Pero tenía que ser más precisa, y no podía ser más precisa, al menos no de oído. Una de las jóvenes era de la provincia de N'gonda, Panáfrica. Se había suicidado siete años atrás. Había perdido dos esposos en un ataque Invasor, y había regresado a la Tierra en medio de un embargo. Recuerdas cómo era entonces la política entre Panáfrica y Americasia: yo podía estar segura de que ella no hablaba inglés. La despertamos, y por supuesto que no hablaba inglés. Ahora, en este momento, sus índices pueden ser ligeramente discordantes. Pero, para el momento en que logren entenderse —y lo harán, porque lo necesitan— se habrán hecho congruentes en la tabla logarítmica. ¿Inteligente?
Y Babel-17, la verdadera razón de esta carta. Te dije que lo había descifrado lo suficiente como para saber dónde se producirá el próximo ataque. Los Depósitos Bélicos de la Alianza en Armsedge. Quería que supieras adonde voy, por las dudas. Hablar, hablar, hablar: ¿qué clase de mente puede hablar como habla ese lenguaje? ¿Y por qué? Todavía asustada —como un chico en un concurso de deletreo— pero divertida. Mi equipo se presentó hace una hora. Todos chicos locos y adorables. En pocos minutos iré a ver a mi Control (tipo gordo con ojos, pelo y barba negros; se mueve despacio y piensa rápido). Sabes, Mocky, al reunir esta tripulación sólo me interesaba una cosa (por encima de la competencia, y todos son competentes): que fueran personas con las que pudiera hablar. Y puedo.
Con amor,
Rydra


VII

Luz, pero sin sombras. El general estaba de pie en el platillo transportador mirando la nave, el cielo descolorido. En la base, debajo del reluciente disco de sesenta centímetros de diámetro, trepó al ascensor y ascendió los treinta metros hasta la escotilla. Ella no estaba en la cabina del capitán. Se topó con un gordo barbudo que lo guió por un corredor hasta la escotilla de carga. Él trepó hasta la parte superior de la escala y contuvo el aliento porque estaba a punto de quedarse sin aire.
Ella quitó los pies de la pared y se enderezó en la silla de lona, sonriendo.
—General Forester, pensé que tal lo vería esta mañana —dijo, plegando un pedazo de tejido de mensajes, sellando el borde.
—Yo quería verla… —y se había quedado sin aire y tuvo que respirar hondo una vez más—, antes de que partiera.
—Yo también quería verlo.
—Me había dicho que si le daba autorización para conducir esta expedición usted me informaría hacia dónde…
—Mi informe, que espero le resulte satisfactorio, fue enviado anoche y está en su escritorio en el Cuartel General Administrativo de la Alianza… o estará allí dentro de una hora.
—Oh. Ya veo.
Ella sonrió.
—Tendrá que irse en unos minutos. Despegamos en seguida.
—Sí. En realidad, yo mismo parto ahora a la mañana hacia el Cuartel General Administrativo de la Alianza, de modo que como estaba aquí en el campo y ya me habían pasado una sinopsis de su informe por estelarófono hace unos minutos, yo sólo quería decirle… —y no dijo nada más.
—General Forester, una vez escribí un poema que recuerdo en este momento. Se llamaba «Consejos para aquellos que amarían a los poetas».
El general separó los dientes sin abrir los labios.
—Empezaba más o menos así: “Joven, ella te roerá la lengua. Muchacha, él te robará las manos”… Puede leer el resto. Está en mi segundo libro. Si no se está dispuesto a perder a un poeta siete veces por día, es frustrante como el diablo.
—Usted sabía que yo… —dijo él simplemente.
—Sabía y sé. Y me alegro.
El aliento perdido retornó y algo poco familiar le estaba sucediendo a su rostro: sonrió.
—Cuando era cabo, señorita Wong, y nos confinaban en las barracas, solíamos hablar de muchachas, muchachas y muchachas. Y alguien solía decir acerca de una chica: “era tan bonita que no tuvo que darme nada, tan sólo prometerme un poco”… —dejó que la rigidez abandonara sus hombros durante un momento y, aunque los hombros cayeron casi un centímetro, parecieron casi el doble de anchos—. Eso es lo que estaba sintiendo.
—Gracias por decírmelo —dijo ella—. Usted me gusta, general. Y le prometo que me seguirá gustando la próxima vez que lo vea.
—Yo… le agradezco. Creo que eso es todo. Le agradezco… por saber y por prometer —después agregó—. Tengo que irme ahora, ¿no es cierto?
—Despegamos en diez minutos.
—Déme su carta —dijo él—. La enviaré por usted.
—Gracias —dijo ella, y se la entregó.
Él le tomó la mano y, por un brevísimo segundo y con una ligerísima presión, la retuvo. Después se volvió y salió.
Unos minutos más tarde ella observó su platillo transportador que se deslizaba sobre el concreto, el lado que daba al sol centelleando repentinamente a medida que la luz ampollaba el este.


Segunda parte - VER DORCO

…Si las palabras son supremas, mucho me temo que palabras
es todo lo que mis manos han visto alguna vez…
de Quartet, M. H.


I

El material retranscripto pasaba por la pantalla selectora. Junto a la consola de la computadora yacían las cuatro páginas de definiciones que ella había elaborado y un cuaderno lleno de especulaciones gramaticales. Mordiéndonse los labios, recorrió la tabulación de frecuencia de los diptongos deprimidos. Sobre la pared había pegado tres gráficos titulados:
Posible Estructura Fonémica
Posible Estructura Fonética
Ambigüedades Sióticas, Semánticas y Sintácticas
Este último contenía los problemas a resolver. Las preguntas, formuladas y contestadas, eran transferidas como certezas a los otros dos gráficos.
—¿Capitán?
Ella se dio vuelta en su asiento inflable. Colgando de las rodillas de la portezuela de entrada estaba Diávalo.
—¿Sí?
—¿Qué quiere para la cena?
El cocinerito era un muchacho de diecisiete años. Dos cuernos cosmetoquirúrgicos sobresalían de su pelo albino, descolorido. Se estaba rascando una oreja con la punta de la cola.
Rydra se encogió de hombros.
—No tengo ninguna preferencia. Pregúntale al resto del equipo.
—Esos tipos comerían desechos orgánicos licuificados si yo se los diera. Nada de imaginación, capitán. ¿Qué le parecería un poco de faisán con hielo, o tal vez una gallina de Cornualles?
—¿Estás en vena para las aves?
—Bien… —soltó una pierna de la barra y pateó la pared, de modo que empezó a balancearse de adelante hacia atrás—. Podría tolerar algo con plumas…
—Si nadie objeta, prueba hacer coq au vin, Idahos al horno y tomates asados.
—¡Eso sí que es cocinar!
—¿Torta de frutillas para el postre?
Diávalo chasqueó los dedos y se izó por la portezuela. Rydra se rió y regresó a la consola.
—¡Riesling en el coq, zarzaparrilla con la comida! ―y desapareció el rostro de ojos rojizos.
Rydra había descubierto el tercer ejemplo de lo que podía ser una síncopa cuando la silla inflable cayó hacia atrás. El cuaderno golpeó contra el cielorraso y también ella lo hubiera hecho de no haberse aferrado al borde del escritorio. Se le doblaron los hombros. Debajo de ella la funda de la silla inflable se rasgó, lanzando siliconas suspendidas.
La cabina se aquietó y ella se volvió justo a tiempo para ver a Diávalo que giraba a través de la compuerta y se golpeaba la cadera al aferrarse a la pared transparente.
Sacudón.
Ella se deslizó sobre la húmeda y desinflada funda de la silla inflable. El rostro de Control se sacudió en el intercomunicador.
—¡Capitán!
—¡Qué diablos…! —dijo ella.
El intermitente de Mantenimiento de Propulsión centelleaba. Algo volvió a sacudir la nave.
—¿Respiramos todavía?
—Es sólo…—el rostro de Control, pesado y bordeado de una delgada barba negra, mostraba una expresión desagradable—. Sí. Aire: en orden. El problema es en Mantenimiento de Propulsión.
—Si esos condenados chicos han… —conectó el intercomunicador con Mantenimiento.
Flip, el Capataz de Mantenimiento, dijo:
—Jesús, capitán, algo estalló.
—¿Qué estalló?
—No lo sé… —el rostro de Flop apareció por encima de su hombro.
—Los Propulsores A y B están bien. El C centellea como los fuegos de artificio del Cuatro de Julio. ¿Dónde diablos estamos, de todos modos?
—En el primer tramo de una hora entre la Tierra y la Luna. Ni siquiera nos hemos liberado del Centro Estelar 9. ¿Navegación?
Hubo otro clic. Apareció el oscuro rostro de Mollya.
—¿Wie gehts? —preguntó Rydra.
El primer navegante desarrolló su curva de probabilidades y los ubicó entre dos vagas espirales logarítmicas.
—Hasta ahora seguimos orbitando la Tierra —interrumpió la voz de Ron—. Algo nos desvió de curso. No tenemos poder de impulsión y derivamos.
—¿A qué velocidad, y cuánto hacia arriba?
—Calli está tratando de averiguarlo.
—Voy a echar un vistazo afuera —dijo ella, y llamó al Destacamento Sensorio—. Nariz, ¿cómo huele todo allí afuera?
—Apesta. Nada por aquí. Estamos en aprietos.
—¿Escuchas algo, Oreja?
—Ni un suspiro, capitán. Todas las corrientes de estasis de esta área están en punto muerto. Estamos demasiado cerca de una gran masa gravitacional. Hay una débil corriente de alrededor de cincuenta espectros en dirección a K. Pero creo que no nos llevará a ninguna parte, sino que nos hará mover en círculos. Nos movemos con el impulso del último viento de la mangósfera terrestre.
―¿Qué se ve, Ojo?
—Como adentro de una bolsa de carbón. Sea lo que fuere que ocurrió, elegimos un lugar muerto para que sucediera. En mi rango esa corriente es un poco más fuerte, y puede conducirnos a alguna buena marea.
Brass interrumpió.
—'ero me gustaría saber 'ara dónde va antes de saltar en ella. Ello significa que 'rimero tengo que saber adonde estamos.
—¿Navegación?
Un momento de silencio. Después aparecieron los tres rostros.
—No lo sabemos, capitán —dijo Calli.
El campo gravitatorio se había estabilizado. La suspensión de siliconas se juntó en un rincón. El pequeño Diávalo sacudió la cabeza y parpadeó. Con el rostro contorsionado de dolor susurró:
—¿Qué sucedió, capitán?
—Maldito si lo sé —dijo Rydra—. Pero voy a averiguarlo.
Cenaron en silencio. El equipo ―todos chicos de menos de veintiún años― hacía el menor ruido posible. En la mesa de oficiales los Navegantes estaban sentados frente a las fantasmales figuras de los Observadores Sensorios, descorporizados. El robusto Control, sentado a la cabecera de la mesa, servía vino al resto de la tripulación. Rydra cenaba con Brass.
—No lo sé —dijo él, sacudiendo la melena y haciendo girar su copa entre las relucientes garras—. Navegábamos 'erfectamente sin obstáculos en el camino. Lo que haya 'asado, 'asó dentro de la nave.
Diávalo, con la cadera enyesada, vino con la torta, sirvió a Rydra y a Brass y después se retiró a su lugar en la mesa del equipo.
—Entonces estamos orbitando la Tierra con todos los instrumentos descompuestos —dijo Rydra—, y ni siquiera podemos decir dónde estamos.
—Los instrumentos de hi'erestasis están bien —le recordó Bras—. Sólo que no sabemos adonde estamos de este lado del salto.
—Y no podemos saltar, si no sabemos desde dónde lo hacemos… —dijo ella, echando un vistazo al comedor—. ¿Te parece que todos ellos esperan salir de ésta, Brass?
—Es'eran que usted los saque de ésta, ca'itán.
Ella se llevó el borde de la copa a los labios.
—Si alguien no lo hace, nos quedaremos aquí comiendo la comida de Diávalo durante seis meses antes de asfixiarnos —continuó Brass—. Ni siquiera 'odemos emitir una señal hasta que no saltemos 'ara hi'erestasis, con el comunicador normal en cortocircuito. Les 'regunté a los Navegantes si 'odian im'rovisar algo, 'ero no hay caso. A'enas si tuvieron tiem'o de ver que caíamos en un gran círculo.
—Deberíamos tener ventanas —dijo Rydra—. Al menos podríamos ver las estrellas y calcular nuestra órbita. No puede estar a más de un par de horas como máximo.
Brass asintió.
—Eso demuestra 'ara qué sirven las comodidades modernas. Una 'ortilla y un anticuado sextante nos ayudarían, 'ero estamos electronizados hasta la médula y aquí estamos, con un 'roblema claramente insoluble.
—En círculo… —Rydra dejó su copa.
—¿Qué 'asa?
—Der Kreis —dijo Rydra, frunciendo el ceño.
—¿Qué es eso?
—Ratas, orbis, il cerchio —apoyó las palmas sobre la mesa y las apretó—. Círculos —dijo—. ¡Círculos en diferentes lenguajes!
La confusión de Brass resultaba aterradora al mirar sus colmillos. El reluciente mechón que estaba por encima de sus ojos se erizó.
—Esfera —dijo ella—. Il globo, gumlas… —se puso de pie―. ¡Kule, kuglet, kring!
—¿Acaso im'orta en qué lenguaje se diga? Un círculo es un cír…
Pero ella se reía y salía apresuradamente del comedor. En su cabina buscó la traducción. Sus ojos recorrieron velozmente las páginas. Oprimió el botón de los Navegantes. Ron, limpiándose la crema batida de los labios, dijo:
—¿Sí, capitán? ¿Qué necesita?
—Un reloj —dijo Rydra—, y… ¡una bolsa de canicas!
—¿Eh? —preguntó Calli.
—Pueden terminar la torta más tarde. Vayan ahora mismo al centro G.
—¿Canicas? —articuló Mollya con asombro—. ¿Canicas?
—Alguno de los chicos del equipo debe haber traído una bolsa de canicas. Pídansela y búsquenme en el centro G.
Saltó por encima de la arruinada funda del asiento inflable y subió por la compuerta, giró por el eje radial siete y aterrizó en el corredor cilindrico que conducía a la cámara hueca y esférica del centro de gravedad. El centro de gravedad calculado de la nave era una cámara de nueve metros de diámetro en constante caída libre, donde ciertos instrumentos grávito-sensibles recogían sus lecturas. Un momento más tarde, los tres Navegantes aparecieron en la entrada diamétrica. Ron tenía una bolsa de bolitas de vidrio.
—Lizzy le ruega que las use y se las devuelva antes de mañana a la tarde, porque tiene un desafío con los chicos de Impulsión y quiere mantener su invicto.
—Si esto funciona, es probable que se las devuelva esta noche.
—¿Funciona? —Mollya quiso saber—. ¿Idea de usted?
—Yo lo haré. Sólo que no es, en verdad, idea mía.
—¿De quién es la idea y qué vamos a hacer? —preguntó Ron.
—Supongo que la idea pertenece a alguien que habla otro lenguaje. Lo que vamos a hacer es acomodar estas canicas siguiendo la pared, en una esfera perfecta, y después nos vamos a quedar sentados con el reloj y la vista fija en el minutero.
—¿Para qué? —preguntó Calli.
—Para ver hacia dónde se desplazan y cuánto tiempo les lleva llegar allí.
—No entiendo —dijo Ron.
—Nuestra órbita tiende a formar un círculo máximo alrededor de la Tierra, ¿verdad? Eso significa que todo lo que está dentro de la nave tiende también a orbitar en un círculo máximo y que, si se lo deja libre de influencia, automáticamente seguirá esa conducta.
—Correcto. ¿Y entonces?
—Ayúdenme a acomodar estas canicas —dijo Rydra—. Tienen un núcleo de acero. Magneticen las paredes, por favor, para mantenerlas en su lugar y para que podamos soltar todas al mismo tiempo.
Ron, confuso, fue a magnetizar las paredes de la cámara esférica.
—¿Aún no se dan cuenta? —preguntó Rydra—. Ustedes son matemáticos; háblenme de los círculos máximos.
Calli tomó un puñado de canicas y empezó a espaciarlas ―un ruidito tras otro― sobre la pared.
—Un círculo máximo es el mayor círculo que se puede cortar en una esfera —dijo.
—El diámetro de un círculo máximo es igual al diámetro de la esfera —dijo Ron.
—La suma de los ángulos de intersección de tres círculos máximos cualquiera dentro de una forma topológicamente contenida se aproxima a los quinientos cuarenta grados. La suma de los ángulos de n círculos máximos se aproximan n veces a los ciento ochenta grados… —Mollya entonó las definiciones con su voz de inflexiones musicales. Esa misma mañana había empezado a memorizarlas en inglés con ayuda de una personafix.
—Las canicas aquí, ¿no? —dijo.
—Todo alrededor, sí. Tan regularmente como puedan, aunque la separación entre ellas no tiene que ser exactamente igual. Díganme algo más acerca de las intersecciones.
—Bien —dijo Ron—, en cualquier esfera dada todos los grandes círculos se intersectan… o son congruentes.
Rydra se rió.
—Así de simple, ¿no? ¿Hay en una esfera otros círculos que deban intersectarse a pesar de cómo se los ubique?
—Creo que se puede acomodar a cualquier otro círculo, de modo que sea equidistante en todos sus puntos y no se superponga. Todos los círculos máximos tienen que tener, al menos, dos puntos en común.
—Piensen un minuto en eso y miren esas canicas, todas dispuestas en círculos máximos.
De repente Mollya regresó flotando desde la pared con expresión de entendimiento y juntó las manos. Exclamó algo en kiswahili y Rydra se rió.
—Así es —dijo. Y tradujo, para disipar el asombro de Ron y Calli—. Las canicas se acercarán entre sí hasta que sus trayectorias se encuentren.
Calli abrió muy grandes los ojos.
—Así es —dijo—, cuando hayan recorrido exactamente la cuarta parte de nuestra órbita, su trayectoria se habrá achatado hasta convertirse en un plano circular.
—Que yace en el plano de nuestra órbita —terminó Ron.
Mollya frunció el ceño e hizo con las manos un gesto que significaba «alargado».
—Sí —dijo Ron—. Un plano circular distorsionado, con una cola en cada extremo…, a partir de las cuales podemos computar para cuál de los dos lados se encuentra la Tierra.
—¿Inteligente, no? —dijo Rydra, regresando hacia la abertura del corredor—. Se me ocurrió que podíamos hacer esto, y luego disparar nuestros cohetes como para impulsarnos setenta u ochenta millas hacia abajo o hacia arriba sin dañar nada. A partir de ese impulso podemos obtener la longitud de nuestra órbita y también nuestra velocidad. Esa es toda la información que necesitamos para ubicar nuestra posición con respecto a la influencia gravitacional mayor y más cercana. Y de allí podemos saltar en estasis. Todos nuestros instrumentos de estasis funcionan perfectamente. Podemos pedir ayuda y conseguir cualquier repuesto de una estación de estasis.
Los atónitos Navegantes se reunieron con ella en el corredor.
—Empiecen el conteo regresivo —dijo Rydra.
Al llegar al cero Ron desmagnetizó las paredes. Lentamente las esferas empezaron a flotar, alineándose con lentitud.
—Se aprende algo nuevo cada día —dijo Calli—. Si alguien me lo hubiera preguntado, yo hubiera dicho que estábamos aquí clavados para siempre. Y eso que se supone que mi trabajo consiste en saber cosas como ésta. ¿De dónde sacó la idea?
—De la palabra «círculo máximo» en… otro lenguaje.
—¿Lenguaje lengua hablada? —preguntó Mollya—. ¿Quiere decir?
—Bien —dijo Rydra, tomando una lámina de metal para escribir y un estilo—. Lo estoy simplificando un poco, pero les mostraré. Digamos que la palabra para círculo es: O. Este lenguaje tiene un sistema para ilustrar los comparativos. Lo representaremos por medio de las marcas diacríticas: ˇ ˉ ˆ que significan, respectivamente el más pequeño, el común y el más grande.
»Entonces, ¿qué significaría O?
—¿El círculo más pequeño posible? —dijo Calli—. Es simple.
Rydra asintió.
—Ahora bien —continuó—, cuando nos referimos a un círculo de una esfera, supongamos que la palabra para un círculo es O seguida de uno de dos símbolos, uno de los cuales significa «sin tocar nada» y el otro «cruzando»: II o X. ¿Qué significaría OX?
—Círculos máximos que se intersectan —dijo Ron.
—Y como todos los círculos máximos se intersectan, en este lenguaje la palabra para círculo máximo es siempre OX. Toda la información está contenida en la palabra. Tal como bus-stop o fox-hole en inglés contienen información que la gare o le terrier —palabras comparables en francés— no poseen [1].
»Círculo máximo contiene cierta cantidad de información, pero no la información necesaria para sacarnos del aprieto en el que estamos. Tenemos que recurrir a este otro lenguaje para pensar claramente en el problema, sin tener que hacer tantos rodeos para llegar a los aspectos que nos interesan.
—¿Y qué lenguaje es ése? —preguntó Calli.
—No conozco su verdadero nombre; por ahora se lo llama Babel-17. Por lo poco que conozco de él hasta ahora, la mayoría de las palabras contienen más información que otros cuatro o cinco lenguajes puestos juntos, y en menos espacio —hizo una breve traducción para Mollya.
—¿Quién habla? —preguntó Mollya, decidida a atenerse a su inglés mínimo.
Rydra se mordió los labios. Cuando se hacía esa pregunta a sí misma, el estómago se le ponía rígido, sus manos se extendían como para asir algo y su ansia de hallar una respuesta se convertía casi en un dolor en la garganta. Eso mismo le ocurrió ahora; luego cedió.
—No lo sé —dijo—. Pero querría saberlo. Ése es el motivo de este viaje: averiguarlo.
—Babel-17 —repitió Ron.
Uno de los chicos del equipo, un encargado de tuberías, tosió detrás de ellos.
—¿Qué pasa, Carlos?
Retacón, taurino, con un montón de rizado pelo negro, Carlos tenía músculos grandes y flexibles y hablaba con un ligero ceceo.
—Capitán, ¿puedo mostrarle algo? —se balanceó de lado a lado con torpeza adolescente, restregando las plantas de sus pies desnudos, encallecidos de treparse por los tubos de propulsión, contra el marco de la puerta—. Algo allá abajo, en las tuberías. Me pareció que le interesaría echarle un vistazo.
—¿Te dijo Control que me buscaras?
Carlos se rascó detrás de la oreja con un dedo de uña roída.
—Ajá.
—Ustedes tres pueden ocuparse de este asunto, ¿no es cierto?
—Por supuesto, capitán —dijo Calli, mirando las canicas que se juntaban.
Rydra se agachó detrás de Carlos. Descendieron por la escalera-descensor y se encorvaron para atravesar el túnel de techo bajo.
—Por aquí —dijo Carlos, vacilando al tomar la delantera debajo de arqueadas barras de acero. Al llegar a una plataforma de engranaje se detuvo, y abrió un gabinete de la pared—. Vea… —extrajo un tablero de circuitos impresos—. Allí —una delgada grieta se extendía por la superficie plástica—. Lo han roto.
—¿Cómo? —preguntó Rydra.
—Así —dijo, y tomó la lámina con ambas manos e hizo ademán de doblarla.
—¿Seguro que no se agrietó sola?
—Es imposible —dijo Carlos—. Cuando está colocada, tiene refuerzo. No se podría rajarla ni con una maza. Este panel contiene todos los circuitos de comunicaciones ―Rydra asintió―. Los deflectores de campo giroscópico para todas nuestras maniobras en el espacio común… —abrió otra puerta y extrajo otro panel—. Mire.
Rydra siguió con un dedo la rajadura de la segunda lámina.
—Alguien de la nave rompió estas placas —dijo—. Llévalas al taller. Dile a Lizzy que cuando termine de reimprimirlas me las traiga, y yo misma las pondré en su sitio. Entonces le devolveré sus canicas.


II

Deje caer una gema en aceite denso. El brillo se amarillea lentamente, después se vuelve ámbar, luego enrojece. Eso era un salto en el espacio hiperestático.
En la consola de la computadora, Rydra meditaba sobre los gráficos. El diccionario se había duplicado desde el principio del viaje. La satisfacción colmaba una parte de su mente como una buena comida. Las palabras y su fácil ordenamiento, sencillo siempre para su lengua, en sus manos, se acomodaban para ella reveladoras, definitorias y reveladoras.
Y había un traidor. La pregunta, un vacío que no podía ser llenado con ninguna respuesta acerca de quién o por qué, causaba vacuidad en el otro lado de su mente, agonizante hasta el colapso. Alguien había roto deliberadamente esas láminas. También Lizzy lo había dicho. Los nombres de todos los miembros de la tripulación, y junto a cada nombre un signo de interrogación.
Arroje una joya en una plétora de joyas. Ése es el salto para salir de la hiperestasis y entrar al área de los Depósitos Bélicos de la Alianza, en Armsedge.
En el panel de comunicaciones, Rydra se puso el Casco Sensorio.
—¿Pueden traducir para mí?
La luz del indicador parpadeó en asentimiento. Cada observador descorporizado percibía los detalles del flujo gravitacional y electromagnético de las corrientes de estasis en una cierta frecuencia con todos sus sentidos, cada uno en un campo separado. Esos detalles eran miles…, y el piloto conducía a la nave a través de esas corrientes tal como los barcos utilizaban los vientos para navegar por los océanos líquidos. Pero el casco hacía una condensación a la que el capitán podía recurrir cuando necesitaba una visión general, reducida a términos que no alteraran la salud mental de un observador corpóreo.
Ella abrió el casco, cubriéndose los ojos, las orejas y la nariz.
Curvas de azul bordeadas de índigo, y allí flotaba el complejo de estaciones y planetoides que componían los Depósitos Bélicos. Un zumbido musical puntuado por estallidos de estática sonaba en los audífonos. Los emisores olfatorios producían un confuso olor de perfumes y aceite caliente cargado con el amargo olor de cáscaras de citrus ardiendo. Con tres de sus sentidos colmados, Rydra se alejó de la realidad de la cabina y se sumió en las abstracciones sensorias. Le llevó casi un minuto reunir sus sensaciones y comenzar su interpretación.
—Está bien, ¿qué es lo que estoy viendo?
—Las luces son los diversos planetoides y estaciones circundantes que conforman los Depósitos Bélicos —le explicó el Ojo—. Ese color azulado hacia la izquierda es una red de radar que han tendido hacia el Centro Estelar Cuarenta y Dos. Esos centelleos azules que están en la esquina superior derecha son solamente una reflexión de Bellatrix producida por un disco solar semipulido que rota a cuatro grados de su campo visual.
—¿Qué es ese zumbido?
—La propulsión de la nave —explicó la Oreja—. Ignórelo. Si usted quiere, lo bloqueo.
Rydra asintió y el zumbido cesó.
—Esos clics… —empezó la Oreja.
—…es código morse —terminó Rydra—. Lo reconozco. Deben ser dos radioaficionados que quieren permanecer al margen de los circuitos visuales.
—Eso es —confirmó la Oreja.
—¿Qué es lo que apesta de ese modo?
—El olor predominante es simplemente el campo gravitatorio de Bellatrix. Usted no puede recibir las sensaciones olfatorias en estéreo, pero ese olor a peladura de limón quemada es la planta de energía localizada en aquel resplandor verde que está justo frente a usted.
—¿Dónde atracamos?
—En el sonido de la tríada en Mi menor.
—En el aceite hirviendo que se puede oler burbujeando a su izquierda.
—En aquel círculo blanco.
Rydra se comunicó con el piloto.
—OK, Brass, llévala adentro.

El platillo circular se deslizó descendiendo por la rampa mientras ella se balanceaba con soltura en los cuatro quintos de gravedad. Una brisa que corría por la penumbra artificial le echó el pelo hacia atrás. Alrededor de ella se extendía el arsenal más importante de la Alianza. Por un momento reflexionó acerca del accidente que la había establecido firmemente en el interior del reino de la Alianza. Nacida a una galaxia de distancia, con toda facilidad hubiera podido ser Invasora. Sus poemas eran populares en ambos lados. Eso era perturbador. Dejó de lado la idea. Aquí, deslizándose por los Depósitos Bélicos de la Alianza, no era inteligente dejarse perturbar por ideas como ésa.
—Capitán Wong, llega usted bajo los auspicios del general Forester.
Asintió, mientras su platillo se detenía.
—Él nos ha informado que en este momento es usted la experta en Babel-17.
Ella sintió una vez más. Ahora el otro platillo se detuvo delante de ella.
—Entonces me complace mucho conocerla y le ruego que me diga en qué le puedo ser útil.
—Gracias, barón Ver Dorco —dijo ella, extendiendo la mano.
Él arqueó las negras cejas y el tajo de su boca se curvó en el oscuro rostro.
—¿Sabe leer heráldica? —preguntó él, señalando con sus largos dedos el escudo que llevaba en el pecho.
—Sí.
—Todo un logro, capitán. Vivimos en un mundo de comunidades aisladas, apenas relacionadas con los vecinos, como si cada una hablara un lenguaje diferente.
—Yo hablo muchos.
El Barón asintió.
—A veces creo, capitán Wong, que sin la Invasión, sin algo que concentre las energías de la Alianza, nuestra sociedad se desintegraría. Capitán Wong… —se detuvo, las finas líneas de su rostro se contrajeron en expresión de concentración, luego se abrieron repentinamente—. ¿Rydra Wong…?
Ella asintió, sonriendo ante la sonrisa de él, pero cautelosa ante lo que significaría el reconocimiento.
—No me había dado cuenta… —extendió la mano como si recién ahora la conociera—. Pero, por supuesto… —sus modales perdieron la rigidez, y si ella no hubiera visto muchas veces esta transformación, hubiera respondido a la nueva calidez—. Sus libros, quisiera saber… —y la frase concluyó con un ligero movimiento de la cabeza. Los ojos oscuros demasiado abiertos; los labios, en este momento, demasiado cerca de una sonrisa desdeñosa; las manos que se entrelazaban, buscándose entre sí: todo ello hablaba a Rydra de un inquietante apetito por su presencia, un hambre de lo que ella era o podía ser, un famélico—. En mi casa cenamos a las siete —dijo el Barón, interrumpiendo los pensamientos de ella con alarmante propiedad—. Esta noche cenará usted conmigo y con la Baronesa.
—Gracias. Pero deseo discutir con mi tripulación algunos…
—Extiendo la invitación a todos ellos. Tenemos una casa espaciosa, salas de reunión a su disposición, así como entretenimientos, por cierto que mucho menos confinados que en su nave.
La lengua, púrpura y movediza detrás de los dientes muy blancos, las pardas líneas de sus labios, pensó ella, forman palabras con tanta languidez como las lentas mandíbulas de una mantis caníbal.
—Por favor, venga un poco más temprano para que podamos prepararla…
Ella contuvo el aliento y después se sintió muy tonta. Un leve parpadeo de él le dijo que el Barón había registrado, aunque no comprendido, su sobresalto.
—…para su recorrida de los depósitos. El general Forester ha sugerido que le hagamos conocer todos nuestros esfuerzos contra los Invasores. Eso es todo un honor, señora. Hay muchos oficiales maduros de los Depósitos que jamás han visto lo que se le mostrará a usted. Me atrevería a decir que gran parte de la muestra le resultará tediosa. En mi opinión, la atiborraremos de trivialidades. Pero algunos de nuestros logros son bastante ingeniosos. Mantenemos nuestra imaginación muy activa.
“Este hombre hace surgir a la paranoica que hay en mí”, pensó ella. “No me gusta”.
—Preferiría no molestarlo, Barón. En mi nave hay ciertas cuestiones que…
—Venga. Su trabajo aquí se verá muy facilitado si acepta mi hospitalidad, se lo aseguro. Una mujer de su talento y valía será un honor para mi casa. Y últimamente he sentido mucha hambre —labios oscuros deslizándose por encima de dientes relucientes— de conversación inteligente.
Ella sintió que su mandíbula se tensaba involuntariamente en una tercera negativa ceremoniosa. Pero el Barón ya estaba diciendo:
—La espero, y también a toda su tripulación, un rato antes de las siete.
El platillo circular se deslizó por encima de la gente. Rydra giró para mirar la rampa en donde la esperaba la tripulación, sus siluetas recortadas contra el falso crepúsculo. Su platillo empezó a ascender la rampa hacia el Rimbaud.
—Bien —le dijo al pequeño cocinero albino, que acababa de quitarse el vendaje el día anterior—. Esta noche estás libre. Control, la tripulación está invitada a cenar. A ver si puedes pulirles los modales en la mesa… Asegúrate de que todo el mundo sepa con qué cubiertos se come cada cosa y todo eso.
—El tenedor para la ensalada es el pequeño del lado de afuera —anunció suavemente Control dirigiéndose al equipo.
—¿Y para qué es el más pequeño que está al lado de ése? —preguntó Allegra.
—Ése es para las ostras.
—¿Y si no sirven ostras?
Flop se restregó los labios con el nudillo del pulgar.
—Supongo que se podría usar de escarbadientes —dijo.
Brass dejó caer una zarpa sobre el hombro de Rydra.
—¿Cómo se siente, ca'itán?
—Como un cerdo en el asador.
—Parece como si estuviera lista… —empezó Calli.
—¿Lista? —preguntó ella.
—…a medias —terminó él, zumbón.
—Tal vez he estado trabajando demasiado. Esta noche somos invitados del barón Ver Dorco. Supongo que allí podré descansar un poco.
—¿Ver Dorco? —preguntó Mollya.
—Está a cargo de la coordinación de varios proyectos de investigación en contra de los Invasores.
—¿Aquí es donde se hacen las mejores y mayores armas secretas? —preguntó Ron.
—También hacen armas pequeñas y más mortíferas. Me imagino que debe ser muy educativo.
—Los intentos de sabotaje —dijo Brass; Rydra les había dado una idea general de lo que estaba pasando—. Un intento exitoso aquí en los De'ósitos Bélicos sería bastante deteriorante 'ara nuestros esfuerzos en contra de los Invasores.
—Sería un golpe casi fatal, ése junto con el intento de poner una bomba en el mismo Cuartel General Administrativo de la Alianza.
—¿Podría impedirlo? —preguntó Control.
Rydra se encogió de hombros, volviéndose hacia los débiles resplandores que marcaban el lugar de la tripulación descorporizada.
—Tengo un par de ideas. Miren, muchachos, les voy a pedir que esta noche sean malos huéspedes y espíen un poco. Ojo, quiero que te quedes en la nave y que te asegures de que eres el único que está aquí. Oreja, una vez que salgamos para lo del Barón, hazte invisible y mantente a menos de dos metros de mí hasta que regresemos a la nave. Nariz, tú llevas y traes los mensajes. Está sucediendo algo que no me gusta. No sé si es mi imaginación o qué.
El Ojo hizo un comentario ominoso. Habitualmente, los miembros corpóreos de la tripulación sólo podían conversar con los descorporizados —y recordar la conversación— con un equipo especial. Rydra resolvía el problema traduciendo inmediatamente lo que le decían al vasco antes de que se quebraran las débiles sinapsis. Aunque se perdían las palabras originales, la traducción quedaba: “esas láminas de circuitos rajadas no eran su imaginación”, era lo que había retenido en vasco.
Miró a la tripulación con creciente desazón. Si uno de los chicos o de los oficiales era simplemente un psicótico destructivo, su psicoíndice lo hubiera revelado. Entre ellos había alguien conscientemente destructivo.
Le dolía como una inubicable astilla en la planta del pie, una astilla que se moviera ocasionalmente con la tensión de una caminata. Recordó cómo los había buscado a todos en medio de la noche. Había sentido orgullo. Un cálido orgullo al observar cómo sus funciones se engranaban y completaban a medida que hacían avanzar la nave a través de las estrellas. Esa calidez era el alivio anticipado que sentía por todo aquello que podía andar mal con la máquina-llamada-nave si la máquina-llamada-tripulación no funcionaba con complementariedad y precisión. Un fresco orgullo en otra parte de su mente, por la facilidad con que todos ellos se manejaban: los chicos, inexpertos tanto en la vida como en el trabajo; los adultos, tan cercanos a situaciones límites que podrían haber dejado marcada su pulida eficiencia y que les podrían haber causado algún deterioro psíquico. Pero ella los había elegido, y la nave ―su mundo― era un hermoso lugar para caminar, trabajar y vivir mientras duraba el viaje.
Pero había un traidor.
Eso resumía algo. “En algún lugar del Paraíso, ahora…” recordó, sin dejar de mirar a la tripulación… “En algún lugar del Paraíso, ahora, un gusano, un gusano”.
Esas láminas agrietadas se lo decían: el gusano quería destruir… No sólo a ella, sino a la nave, a la tripulación y a todo lo que contenía, lentamente. No había espadas que partieran la noche, ni disparos desde un rincón, ni sogas alrededor del cuello cuando entraba a su cabina oscura. Babel-17… ¿Hasta qué punto servía un lenguaje para luchar por la propia vida?
—Control, el Barón quiere que yo vaya algo antes para mostrarme algunos de los últimos métodos de asesinato. Lleva a los chicos más o menos temprano, ¿quieres? Yo me marcho ahora. Ojo, Oreja, a sus puestos.
—De acuerdo, capitán —dijo Control.
La tripulación descorporizada se desperceptualizó.
Ella llevó su platillo hasta la rampa y se deslizó alejándose de los alineados jóvenes y oficiales, colmados de curiosidad ante su aprensión.


III

—Armas rústicas, incivilizadas —dijo el Barón, haciendo un gesto en dirección a la fila de cilindros plásticos que crecían en tamaño y que colgaban de un bastidor—. Sería una vergüenza desperdiciar el tiempo en dispositivos tan torpes. Ese pequeño de allí puede demoler un área de más o menos cincuenta millas cuadradas. Los más grandes dejan un cráter de alrededor de veintisiete millas de profundidad y de ciento cincuenta millas de diámetro. Barbarismo. No me gusta su uso. Ese de la izquierda es más sutil. Explota una vez, con fuerza suficiente para demoler un edificio de buen tamaño; pero la bomba en sí misma queda oculta y entera debajo de los escombros. Seis horas más tarde explota otra vez, y causa un daño comparable al que produciría una bomba atómica de tamaño regular.
»Eso da a las víctimas tiempo suficiente para concentrar sus fuerzas de reconstrucción, toda clase de operarios, enfermeras de la Cruz Roja o como las llamen los Invasores, montones de expertos usados para determinar la magnitud del daño. Entonces… buum. Una explosión de hidrógeno retardada, y un buen cráter de treinta o cuarenta millas. No causa tanto daño físico como la más pequeña de las otras, pero liquida un montón de equipo y de atareados reconstructores. Sin embargo, es un arma de niños. A todas éstas las guardo entre mi colección sólo para demostrar que tenemos equipos standard.
Ella lo siguió por el corredor hasta la sala siguiente. Allí había archivos en las paredes, y un sola caja de exhibición en el centro de la habitación.
—Bien, aquí hay algo por lo que estoy orgulloso —dijo el Barón, acercándose a la caja mientras las paredes de vidrio de ésta se separaban.
—¿Qué es exactamente? —preguntó Rydra.
—¿Qué es lo que parece?
—Un… pedazo de roca.
—Un trozo de metal —corrigió el Barón.
—¿Es explosivo o particularmente duro?
—No explotará —le aseguró él—. Su resistencia a la tensión está ligeramente por encima del acero al titanio, pero tenemos plásticos muchísimo más duros.
Rydra extendió la mano, pero luego lo pensó y preguntó:
—¿Puedo levantarlo para examinarlo?
—Lo dudo —dijo el Barón—. Inténtelo.
—¿Qué sucederá?
—Compruébelo usted misma.
Ella estiró la mano para tomar el opaco trozo. Su mano se cerró en el aire a cinco centímetros por encima de la superficie. Extendió los dedos hacia abajo para tocarlo, pero sólo consiguió desviarlos hacia un costado. Rydra frunció el ceño.
Movió la mano hacia la izquierda, pero ya había pasado al otro lado del extraño fragmento.
—Un momento —dijo el Barón, mientras sonreía y asía el fragmento—. Ahora bien, si se encontrara con esto a su lado, en el suelo, no miraría dos veces, ¿verdad?
—¿Es venenoso? —sugirió Rydra—. ¿Es el componente de alguna otra cosa?
—No —el Barón hizo girar el objeto, pensativamente—. Es sólo altamente selectivo. Y servicial… —alzó una mano—. Supongamos que usted necesita una pistola —en la mano del Barón había aparecido ahora una bruñida pistola vibrátil, de un modelo más moderno que todas las que ella había visto—…o una llave de tuerca —ahora sostenía una llave de treinta centímetros de largo. Reguló la abertura—. O un machete… —la hoja centelleó cuando él echó el brazo hacia atrás—. O una pequeña ballesta… —la ballesta tenía culata de pistola, y el arco medía menos de veinticinco centímetros. La cuerda, sin embargo, estaba puesta doble y sostenida con remaches de un cuarto de pulgada. El Barón gatilló: no había flecha, y el tump producido por la liberación de la cuerda, seguido del continuo piing de la tensa barra vibrátil hizo que a ella le castañetearan los dientes.
—Es una especie de ilusión —dijo Rydra—. Por eso no pude tocarlo.
—Un ariete de metal —dijo el Barón, y en su mano apareció un martillo de cabeza particularmente ancha. Golpeó con él el piso de la caja que contenía el «arma» y se oyó un estridente sonido metálico—. Mire.
Rydra vio la marea circular que había dejado la cabeza del martillo. En el medio, ligeramente sobreelevada, se veía la forma ligeramente desvaída del escudo de Ver Dorco. Hizo correr los dedos sobre el metal abollado y aún caliente por el impacto.
—No es ninguna ilusión —dijo el Barón—. Esa ballesta puede arrojar una flecha de quince centímetros y hacerla atravesar una plancha de roble de siete centímetros a cuarenta metros de distancia. Y la pistola vibrátil… Estoy seguro de que usted sabe lo que puede hacerse con ella.
Él sostuvo el… era nuevamente un trozo de metal… encima de su estuche en la caja.
—Guárdelo por mí —dijo.
Rydra puso su mano debajo de la de él y el Barón dejó caer el fragmento. Ella cerró los dedos para asirlo, pero el trozo de metal ya había caído en el estuche.
—No hay ninguna treta. Es simplemente selectivo y… servicial.
Rozó el borde de la caja y las paredes laterales se cerraron cubriendo el arma.
—Un juguetito inteligente —dijo el Barón—. Vamos a echarle un vistazo a otras cosas.
—Pero… ¿cómo funciona?
Ver Dorco sonrió.
—Nos las hemos arreglado para polarizar aleaciones de los elementos más pesados, de modo que sólo existen en ciertas matrices perceptuales. Si no es así, deflexionan. Eso significa que, aparte del aspecto visual, y también podemos suprimirlo, es indetectable. No tiene peso, no tiene volumen, todo lo que tiene es inercia. Lo que significa que si se lo lleva a bordo de una nave hiperespacial, todos los controles de impulsión quedarían sin poder. Dos o tres gramos de esto cerca del sistema de inercia de estasis provocará toda clase de tensiones y sobrecargas sin causa aparente. Esa es su función más importante. Si lo introducimos subrepticiamente en las naves Invasoras, podemos dejar de preocuparnos. El resto… es juego de niños. Una propiedad inesperada de los materiales polarizados es la memoria de tensión.
Se trasladaron al cuarto adyacente a través de una arcada, mientras él seguía hablando.
—Fundida en una forma fija durante un tiempo y luego codificada, la estructura de esa forma es retenida en el interior de las moléculas. En cualquier ángulo de la dirección en la que ha sido polarizada la materia, cada molécula tiene movimiento completamente libre. Pero defórmela un poco, y volverá a adquirir la forma original como un muñeco de goma… —el Barón dio vuelta a la cabeza, y echó un vistazo a la caja—. Verdaderamente simple. Pero aquí —hizo una seña hacia los archivos que estaban contra la pared― está la verdadera arma: aproximadamente tres mil planes individuales que utilizan ese pequeño fragmento polarizado. El «arma» es saber qué hacer con lo que uno tiene. En combate cuerpo a cuerpo, un alambre de vanadio de quince centímetros de largo puede ser mortal. Si se lo inserta directamente en el ángulo interno del ojo, atravesando diagonalmente los lóbulos frontales, y se lo retira rápidamente, punza el cerebelo ocasionando parálisis general; si se lo introduce más, destrozará la unión de la columna vertebral y la médula: muerte. Se puede usar el mismo alambre para desconectar una unidad de comunicaciones Tipo 27-QX, la clase que se utiliza habitualmente en los sistemas de estasis de los Invasores.
Rydra sintió que se le tensaban los músculos de la espalda. La repulsión, que hasta ahora había podido contener, la invadió.
—Esto que está aquí es un producto de los Borgia. Los Borgia —repitió el Barón, riendo—, es el sobrenombre que le doy a nuestro departamento de toxicología. Sus productos también son terriblemente poco sutiles… —tomó de un estante un frasco de vidrio sellado—. Toxina de difteria pura. Aquí hay cantidad suficiente para hacer que el depósito de agua de una ciudad mediana se vuelva fatal.
—Pero la vacunación standard… —empezó Rydra.
—Toxina de difteria, querida. ¡Toxina! Cuando las enfermedades contagiosas todavía eran un problema, solían examinar los cadáveres de las víctimas de difteria y sólo descubrían unos pocos cientos de miles de bacilos, todos localizados en la garganta de la víctima. En ninguna otra parte. Cualquier otra clase de bacilo ocasionaría tan sólo un poco de tos. Les llevó años descubrir lo que sucedía. Ese pequeñísimo número de bacilos producía una aún más pequeña cantidad de una sustancia que aún hoy es el compuesto orgánico más mortal que se conoce. La cantidad necesaria para matar a un hombre… oh, y hasta diría a treinta o cuarenta hombres… es, en la práctica, indetectable. Hasta ahora, incluso con todo nuestro progreso, el único modo en que se podía obtener era de un servicial bacilo de difteria. Los Borgia han cambiado eso… —señaló otra botella—. ¡Cianuro, el viejo caballito de batalla! Pero el delator olor de almendras… ¿No tiene hambre? Podemos subir a tomar un cóctel cuando usted lo desee.
Ella sacudió negativamente la cabeza, con rapidez y firmemente.
—Ahora bien, éstos son deliciosos. Catalíticos… —hizo correr la mano por encima de varios frascos—. Ceguera a los colores, ceguera total, sordera tonal, sordera completa, ataxia, amnesia, etc., etc. —dejó caer la mano, y sonrió como un roedor hambriento—. Y todos controlados por esto. Verá, el problema que tienen los productos con un efecto tan específico es que es necesario introducir cantidades comparativamente grandes. Todos éstos requieren un décimo de gramo o más. Entonces, catalíticos. Ningún producto de los que le he mostrado le produciría efecto alguno, ni siquiera si ingiere todo el frasco… —levantó el último frasquito que había señalado, y oprimió un tapón. Se escuchó un zumbido sibilante, como el de un gas que se escapara—. Hasta este momento. Un esteroide atomizado, perfectamente inofensivo.
—Sólo que activa los venenos que contiene, para producir… esos efectos.
—Exactamente —sonrió el Barón—. Y el catalizador puede usarse en dosis casi tan microscópicas como la toxina de la difteria. Los contenidos de aquel frasco le producirían a usted un leve dolor de estómago y un poco de dolor de cabeza durante una media hora. Nada más. Aquel verde: atrofia total del cerebro durante un período de una semana. La víctima se transforma en un vegetal por el resto de su vida. Aquel de color púrpura: la muerte… —alzó las manos, con las palmas hacia arriba, y se rió—. Estoy famélico —dejó caer las manos—. ¿Regresamos a cenar?
Pregúntale qué hay en aquella habitación, se dijo ella, y hubiera hecho caso omiso de su pasajera curiosidad si no hubiera estado pensando en vasco; era un mensaje de su guardaespaldas descorporizado, invisible pero al lado de ella.
—Cuando era niña, Barón —dijo, y se dirigió hacia la puerta—, al poco tiempo de llegar a la Tierra, me llevaron al circo. Era la primera vez que veía desde tan cerca tantas cosas fascinantes. No quise irme a casa hasta casi una hora después de la función. ¿Qué es lo que tiene en esta habitación?
Sorpresa, reflejada en el casi imperceptible movimiento de los músculos de la frente del Barón. Ella sonrió.
—Muéstreme —dijo.
Él inclinó la cabeza, en burlona y casi formal aquiescencia.
—Actualmente se puede luchar en tantos niveles absolutamente diferentes… —continuó el Barón caminando al lado de ella, como si nadie hubiera sugerido una interrupción—. Se gana una batalla asegurándose de que las tropas tengan suficientes ballestas o hachas como las que vimos en la primera sala, o con un alambre de vanadio de quince centímetros bien colocado en una unidad de comunicaciones tipo 27-QX. Si se demoran las órdenes, las confrontaciones nunca se llevan a cabo. Armas para lucha cuerpo a cuerpo, equipo de supervivencia, más entrenamiento, alojamiento y comida: tres mil créditos por soldado estelar durante un período de dos años de servicio activo. Para un cuartel de mil quinientos hombres, eso significa un gasto de cuatro millones y medio de créditos. Ese mismo cuartel vivirá y luchará desde tres naves hiperespaciales de combate que, totalmente equipadas, cuestan alrededor de un millón y medio de créditos cada una… lo que totalizaría unos nueve millones. En ciertas ocasiones, hemos gastado tanto como un millón en la preparación de un solo espía o saboteador. Y eso es bastante más de lo habitual. Y creo que un alambre de vanadio de quince centímetros cuesta la tercera parte de un centavo.
»La guerra es costosa. Y aunque ha llevado un poco de tiempo, el Cuartel General Administrativo de la Alianza ha comenzado a darse cuenta de que la sutileza reditúa. Por aquí, señorita… capitán Wong.
Otra vez se hallaban en una habitación que contenía solamente un exhibidor, pero éste era de dos metros de altura.
Una estatua, pensó Rydra. No… carne y hueso, con detalles musculares y de articulaciones… No, debe ser una estatua…, porque un cuerpo humano, muerto o en estado de animación suspendido, no podría lucir tan… vivo. Sólo el arte podía producir esa sensación de vibración.
—Entonces, como verá, un espía adecuado es importante —aunque la puerta del cuarto se había abierto automáticamente, el Barón la sostenía con cortesía—. Este es uno de nuestros modelos más costosos. Cuesta bastante menos de medio millón de créditos, pero es uno de mis favoritos, aunque en la práctica tiene sus fallas. Con algunas alteraciones menores, podría formar parte permanente de nuestro arsenal.
—¿Un modelo de espía? —preguntó Rydra—. ¿Una especie de robot o de androide?
—En absoluto.
Se aproximaron al exhibidor.
—Hicimos media docena de TW-55. Eso requirió una investigación genética intensísima. La ciencia médica ha progresado tanto que toda clase de seres humanos, hasta los más desesperanzados, viven y se reproducen a un ritmo alarmante…, hasta las criaturas inferiores que habrían sido demasiado débiles y no hubieran sobrevivido un par de siglos atrás. Nosotros elegimos cuidadosamente a los padres, y después, con inseminación artificial, conseguimos nuestra media docena de cigotas, tres hembras y tres machos. Los hicimos crecer en… oh, un medio nutricio cuidadosamente controlado, acelerando el ritmo de crecimiento por medio de hormonas y otras cosas. Pero lo más hermoso fue el estampado experimental: criaturas gloriosamente saludables. Usted no se imagina cuánto cuidado recibieron.
—Una vez pasé el verano en una granja ganadera —dijo Rydra con sequedad.
El Barón asintió en forma brusca.
—Ya habíamos utilizado el estampado experimental, así que sabíamos lo que estábamos haciendo. Pero jamás se había usado para sintetizar artificialmente la situación vital de, digamos, un ser humano de dieciséis años. Los hicimos llegar a la edad fisiológica de dieciséis años en seis meses. Observe qué espléndido espécimen es éste. Sus reflejos superan en un cincuenta por ciento a los de un ser humano de crecimiento normal. La musculatura humana es una perfecta obra de ingeniería: alguien que no ha comido en tres días, o un caso de seis meses de evolución de miastenia gravis puede, si se le administran adecuadas drogas estimulantes, dar vuelta un automóvil de una tonelada y media. El esfuerzo lo matará… pero aun así, eso prueba la notable eficiencia de la musculatura. Piense entonces en lo que podría lograr en cuanto a fuerza física un cuerpo biológicamente perfecto, que trabaja en todo momento con el máximo de eficiencia.
—Creí que los incentivos hormonales para el crecimiento habían sido prohibidos por ley. ¿No reducen dramáticamente el promedio de vida?
—Tal como nosotros los utilizamos, el promedio de vida se reduce en un setenta y cinco por ciento o más… —sonrió como si estuviera observando las cabriolas de algún extraño animal—. Pero, señorita, nosotros fabricamos armas. Si el TW-55 puede funcionar durante veinte años con máxima eficiencia, habrá superado la duración de la nave de combate promedio por cinco años. ¡Pero el estampado experimental! Para encontrar entre los hombres comunes a alguien que pueda funcionar como espía, que quiera funcionar como espía, hay que buscar entre personas al borde de la neurosis y a menudo de la psicosis. Y aunque esas desviaciones pueden significar fuerza en un área determinada, siempre significan una debilidad general de la personalidad. Si funciona en cualquier otra área que no sea la que concentra su fuerza, un espía así puede ser peligrosamente ineficiente. Y también los Invasores tienen psicoíndices, que mantendrán al espía promedio alejado de todos los puestos en los que nosotros quisiéramos ubicarlo. Si lo capturan, un buen espía es diez veces más peligroso que un mal espía. Las sugerencias post-hipnóticas de suicidio y otros recursos semejantes son fácilmente superadas con drogas; además, son poco económicas.
»En cambio, TW-55 registrará perfecta integración psíquica. Tiene alrededor de seis horas de conversación social, resúmenes argumentales de las últimas novelas, situaciones políticas, crítica musical y artística… Creo que en el curso de una velada, de acuerdo con la programación, puede llegar a nombrarla dos veces, honor que usted comparte tan sólo con Ronald Quar. Tiene un tema sobre el cual puede disertar eruditamente durante una hora y media… creo que en este caso es «agrupaciones haptoglobínicas entre los marsupiales». Si se le exige comportamiento formal, se sentirá perfectamente a gusto en una fiesta de embajada o en el descanso para el café de una conferencia de alto nivel gubernamental. Es un maníaco asesino, experto en el uso de todas las armas que usted ha visto hasta ahora, y algunas más.
»TW-55 tiene doce horas de episodios en catorce dialectos diferentes, acentos o jergas, todos referidos a conquistas sexuales, experiencias de juego, encuentros con la policía y anécdotas humorísticas de empresas semi-ilegales, todas las cuales fallaron desdichadamente. Desgárrele la camisa, póngale grasa en la cara y vístalo con un overol y puede convertirse en mecánico de cualquier depósito espacial o centro estelar del otro lado del Resorte. Puede descomponer cualquier sistema de propulsión espacial, componentes de comunicación, radar o sistema de alarma utilizado por los Invasores durante los últimos veinte años con poca cosa aparte de…
—¿Quince centímetros de alambre de vanadio?
El Barón sonrió.
—Puede alterar a voluntad sus impresiones digitales y su retina. Una pequeña intervención neurológica ha transformado en voluntarios a todos sus músculos faciales, lo que significa que puede alterar drásticamente su estructura facial. Tinturas químicas y bancos hormonales insertados debajo del cuero cabelludo le permiten cambiar el color de su pelo en pocos segundos o, si fuera necesario, quedarse completamente calvo y hacer crecer una cabellera nueva en media hora. Es un consumado maestro en la psicología y fisiología de la coacción.
—¿Tortura?
—Si quiere llamarlo así. Es absolutamente obediente con las personas a las que, por condicionamiento, considera superiores; absolutamente destructivo con las personas que se le ha ordenado destruir. En esa bella cabeza no hay nada ni siquiera similar a un superyó.
—Es… —dijo ella, preguntándose lo que diría— …bello.
Los ojos de oscuras pestañas que temblaban a punto de abrirse, las anchas manos que pendían junto a los muslos desnudos, con los dedos semicurvados, a punto de extenderse o de convertirse en un puño. La luz del exhibidor caía como una niebla sobre la piel bronceada y casi translúcida.
—¿Dijo usted que este no es un modelo, que está verdaderamente vivo?
—Oh, más o menos. Pero está firmemente fijado en algo parecido al trance yoga, o a la hibernación de un lagarto. Podría activarlo… pero ya son las siete menos diez. Será mejor que los demás no nos sigan esperando para comer, ¿verdad?
Ella desvió la vista de la figura encerrada en vidrio a la piel tensa y opaca del rostro del Barón. Su mandíbula, debajo de la mejilla ligeramente cóncava, se tensaba involuntariamente en la articulación.
—Como en el circo —dijo Rydra—. Pero ahora soy mayor. Vamos.
Fue un esfuerzo de voluntad ofrecerle su brazo. La mano de él era seca como el papel, y tan liviana que ella tuvo que esforzarse para no rechazarla.


IV

—¡Capitán Wong! ¡Estoy encantada!
La Baronesa extendió su mano regordeta, de un matiz rosado grisáceo que sugería algo hervido. Sus hombros acolchados y pecosos se alzaban debajo de los breteles de un vestido de noche que cubría con bastante buen gusto su extendida aunque grotesca figura.
—Aquí en los Depósitos tenemos tan pocas ocasiones excitantes, que cuando alguien tan distinguido como usted nos visita… —dejó que la frase terminara en lo que tendría que haber sido una sonrisa de éxtasis, pero el peso de sus mejillas infladas distorsionó el gesto, convirtiéndolo en algo porcino y pomposo.
Rydra estrechó los dedos cortos y maleables durante el menor tiempo que la cortesía permitía y le devolvió la sonrisa. Recordó que, cuando era niña, la obligaban a no llorar mientras la castigaban. Pero tener que sonreír era peor. La Baronesa le parecía un asfixiante, vasto y vacuo silencio. Los pequeños movimientos musculares ―esos indicios de comunicación que tan útiles le resultaban a Rydra― estaban, en el caso de la Baronesa, sepultados bajo la grasa. Y aunque la voz salía de los pesados labios como estridentes chillidos, era como si las dos hablaran con varias mantas en el medio.
—¡Pero su tripulación! Queríamos que todos estuvieran presentes. Veintiuno, ahora que sé cómo está formada una tripulación—. Hizo un gesto negativo con el dedo, con desaprobación maternal—. Lo leí en esos informes, ya sabe. Y aquí hay sólo dieciocho.
—Pensé que los miembros descorporizados podrían quedarse en la nave —explicó Rydra—. Se necesita un equipo especial para hablar con ellos, y me pareció que eso podría perturbar a sus otros invitados. En realidad, prefieren acompañarse entre sí y no comen.
«Cenaremos cordero asado, y te irás al infierno por mentirosa», se dijo a sí misma… en vasco.
—¿Descorporizados? —dijo la Baronesa, dándose unos golpecitos en las laqueadas e intrincadas alturas de su peinado lleno de laca—. ¿Usted quiere decir muertos? Oh, por supuesto. No se me había ocurrido pensar en eso. ¿Se da cuenta de lo aislados que estamos del resto del mundo? Haré que quiten sus cubiertos.
Rydra se preguntó si el Barón tendría equipo detector de descorporizados… y en ese momento la Baronesa se inclinó hacia ella, y le susurró confidencialmente:
—Su tripulación ha encantado a todo el mundo… ¿Continuamos?
Con el Barón a su izquierda —la palma de su mano hacía de seco cabestrillo para el brazo de Rydra— y la Baronesa apoyada en ella a la derecha —sudorosa y húmeda—, caminaron desde el recibidor de piedra blanca a la sala.
—¡Hey, capitán! —bramó Calli, acercándose a zancadas desde casi el otro extremo de la habitación—. Este es un lugar bastante refinado, ¿no? —hizo un gesto con los codos señalando la sala abarrotada, después alzó el vaso para mostrarle el tamaño de su trago—. Deje que le consiga uno de éstos, capitán… —ahora levantaba un puñado de diminutos sandwiches, aceitunas rellenas con hígado y ciruelas envueltas en panceta—. Pasa un tipo con una bandeja repleta —volvió a señalar con el codo—. Señora, señor —miró al Barón y a la Baronesa—, ¿puedo ofrecerles algo también a ustedes? —se puso un sandwich en la boca, lo tragó y lo acompañó con un sorbo de su vaso—. Mmmmm.
—Esperaré hasta que nos sirvan —dijo la Baronesa.
Divertida, Rydra miró a su anfitriona, pero en los rasgos carnosos flotaba una sonrisa, ahora sí del tamaño adecuado.
—Espero que le gusten —dijo la Baronesa a Calli.
Calli tragó.
—Claro que me gustan… —después alzó la cabeza, mostró los dientes, entreabrió los labios y sacudió la cabeza—. Salvo esos muy salados, con pescado. Ésos no me gustan en absoluto, señora. Pero el resto está muy bien.
—Le diré algo —dijo la Baronesa, inclinándose hacia adelante, su sonrisa convertida casi en generosa carcajada—… En realidad, ¡tampoco a mí me gustaron nunca esos salados!
Miró a Rydra y al Barón con un encogimiento de hombros que simulaba abandono.
—Pero hoy día todos estamos tan tiranizados por el cocinero… ¿qué otra cosa se puede hacer?
—Si a mí no me gustaran —dijo Calli, sacudiendo la cabeza con determinación—, ¡le diría que no los preparara!
La Baronesa lo miró arqueando las cejas.
—¿Sabe?, tiene usted razón. ¡Eso es exactamente lo que haré! —miró a su esposo por encima de Rydra—. Eso es exactamente lo que haré la próxima vez, Félix.
Un camarero que cargaba una bandeja con copas, dijo:
—¿Les agradaría una copa?
—Ella no quiere una copa diminuta —dijo Calli, señalando a Rydra—. Tráigale uno grande como el mío.
Rydra rió.
—Me temo que esta noche tendré que comportarme como una dama, Calli.
—¡Tonterías! —gritó la Baronesa—. Yo también quiero uno grande. Ahora veamos, puse el bar en algún lugar por aquí, ¿no es cierto?
—Allí estaba cuando lo vi por última vez —dijo Calli.
—Esta noche nos divertiremos, y nadie puede divertirse con un trago de ésos… —tomó a Rydra del brazo y llamó a su esposo—. Félix, sé sociable —y se llevó a Rydra.
—Ese es el doctor Keebling —le dijo—. La mujer del pelo descolorido es la doctora Crane y ese otro es mi hermano político, Albert. Cuando regresemos se los presentaré. Son todos colegas de mi marido; trabajan con él en esas horribles cosas que le estuvo mostrando en el sótano. Me gustaría que no guardara en la casa su colección privada. Es algo horripilante. Siempre tengo miedo de que uno de ellos se escurra hasta aquí en medio de la noche y nos decapite. Creo que está tratando de compensarse por su hijo. ¿Sabe usted?, perdimos a nuestro muchacho, Nyles… hace ya ocho años. Pero esa explicación es terriblemente superficial, ¿no es cierto? Capitán Wong, ¿nos encuentra muy provincianos?
—-En absoluto.
—Debería hacerlo. Pero, claro, usted no nos conoce bien. Oh, los jóvenes brillantes que llegan aquí, con sus imaginaciones vívidas y poderosas. Y no hacen nada en todo el día, salvo idear modos de matar. En realidad, es una sociedad terriblemente plácida. ¿Por qué no habría de serlo? Todo su poder agresivo se canaliza de los cinco a los nueve años. Sin embargo, creo que eso le hace algo a nuestras mentes. La imaginación debería ser utilizada para otra cosa que no sea el asesinato, ¿no le parece?
—Lo creo —dijo Rydra. Empezó a preocuparse por la pesada mujer.
En ese momento fueron detenidas por un grupo de invitados arracimados.
—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó la Baronesa—. Sam, ¿qué están haciendo aquí?
Sam sonrió, dio un paso atrás y la Baronesa se coló en el espacio, sosteniendo aún el brazo de Rydra.
—¡Que alguien los haga retroceder!
Rydra reconoció la voz de Lizzy. Otra persona se movió, y Rydra pudo ver. Los chicos de Propulsión habían dejado libre un espacio de tres metros de lado y lo custodiaban como policías juveniles. Lizzy estaba agachada junto con tres muchachos que, por su atavío, eran parte del personal de Armsedge.
—Lo que deben comprender —decía Lizzy—, es que todo se concentra en la muñeca.
Impulsó una canica con el pulgar: primero golpeó a una, luego a otra, y una de las golpeadas le dio a una tercera.
—¡Hey, vuélvelo a hacer!
Lizzy tomó otra canica.
—Sólo un nudillo apoyado en el piso, para poder pivotar. Pero casi todo está en la muñeca.
La canica salió disparada, golpeó, golpeó, golpeó. Cinco o seis personas aplaudieron. Rydra fue una de ellas.
La Baronesa se llevó una mano al pecho.
—¡Perfecto disparo! ¡Perfectamente hermoso! —pero recordó dónde estaba, y miró hacia atrás—. Oh, Sara, seguramente quieres ver. De todos modos, tú eres el experto en balística.
Con cortés timidez le cedió el lugar, se volvió hacia Rydra y continuaron su marcha.
—¿Ve por qué me alegra tanto la visita de su tripulación? Han traído algo tan fresco, tan agradable, tan crujiente.
—Habla de nosotros como si fuéramos una ensalada —dijo Rydra, riendo. En la baronesa el «apetito» no era tan amenazador.
—Me atrevo a decir que si ustedes se quedaran más tiempo, los devoraríamos. Estamos hambrientos de lo que ustedes traen.
—¿Y qué es eso?
Habían llegado al bar; después regresaron con sus tragos. El rostro de la Baronesa se tensó en una expresión de esfuerzo.
—Bien… —dijo―. Desde el mismo momento en que llegaron, empezamos a aprender cosas… cosas acerca de ustedes y, en definitiva, acerca de nosotros mismos.
—No comprendo.
—Su Navegante, por ejemplo. Le gustan los tragos grandes y todos los hors d'oeuvres [2], excepto las anchoas. Eso es mucho más de los que sé acerca de las preferencias y los disgustos de cualquier otra persona que esté en esta habitación. Si uno les ofrece scotch, beben scotch. Si se les ofrece tequila, absorben tequila. Y hace sólo un momento descubrí —y sacudió su mano supina— que todo está en la muñeca. Nunca antes lo había sabido.
—Estamos habituados a hablarnos.
—Sí, pero se dicen cosas importantes. Lo que les gusta, lo que les disgusta, de qué modo se hacen las cosas… ¿De veras quiere que le presente a todos estos enmohecidos hombres y mujeres dedicados a matar la gente?
—Verdaderamente, no.
—Eso me pareció. Y yo tampoco tengo ganas de esforzarme. Oh, hay tres o cuatro que tal vez le agraden. Pero ya me ocuparé de que los conozca antes de que se vaya —dijo la Baronesa, metiéndose entre la multitud.
Mareas, pensó Rydra. Corrientes de hiperestasis. O los movimientos de la gente en una gran habitación. Se deslizó a través de las brechas menos frecuentadas, más abiertas, que luego se cerraron cuando alguien se movió para conocer a alguien, o para buscar un trago, o para interrumpir una conversación.
Después había un recodo, una escalera en espiral. Ascendió, deteniéndose en el segundo rellano para observar la multitud debajo de ella. Arriba había una puerta doble entreabierta, una brisa. Salió.
El violeta había sido reemplazado por un artificioso púrpura estriado de nubes. Pronto la cúpula cromática del planetoide simularía la noche. Una vegetación húmeda se adhería a la cerca. En un extremo, las vides habían cubierto por completo la piedra blanca.
—¿Capitán?
Ron, ensombrecido y rozado por las hojas, estaba sentado en un rincón de la terraza, abrazándose las rodillas. «Su piel no es plateada», pensó ella; «sin embargo, siempre que lo veo así, retraído, me imagino un nudo de metal blanco». Él levantó el mentón de las rodillas y apoyó la cabeza contra la cornisa de verde, de modo que las hojas se entremezclaron con su pelo de color maíz y plata.
—¿Qué estás haciendo?
—Demasiada gente.
Ella asintió, observando cómo el bajaba los hombros y de qué modo sus tríceps saltaban sobre el hueso, aquietándose luego. Con cada inspiración del cuerpo joven y descarnado, los diminutos movimientos eran una canción para Rydra. Escuchó la canción durante casi medio minuto mientras él la observaba, quieto, pero sin impedir esos minúsculos movimientos. La rosa de su hombro susurraba contra las hojas. Después de haber escuchado un rato la música muscular, ella preguntó:
—¿Hay problemas entre tú, Mollya y Calli?
—No. Quiero decir… es sólo que…
—Sólo que… ¿qué? —Rydra sonrió y se apoyó en la baranda del balcón.
Él volvió a reclinar el mentón en las rodillas.
—Creo que ellos están bien. Pero yo soy el más joven y… —de repente sus hombros se alzaron—. ¡Cómo diablos podría entenderme! Por supuesto, usted sabe de estas cosas, pero en verdad no sabe. Usted escribe lo que ve. No lo que hace —las palabras salieron como pequeñas explosiones, semisusurradas. Ella escuchó las palabras y observó el músculo de la mandíbula que tironeaba y saltaba y se contraía, como una pequeña bestia en el interior de la mejilla de él—. Pervertidos —dijo él—. Eso es lo que en verdad piensan ustedes, los de Aduana. El Barón y la Baronesa, toda esa gente que está allí dentro, mirándonos fijo, sin comprender realmente por qué uno puede querer más de dos personas. Y usted tampoco puede comprenderlo.
—Ron…
Él mordió una hoja y la arrancó del tallo.
—Cinco años atrás, Ron, formé parte de un triple.
El rostro de él se volvió hacia ella como si lo hubieran tirado de una cuerda; después volvió a darse vuelta. Escupió la hoja.
—Usted es Aduana, capitán. Usted anda con la gente de Transporte; pero el modo en que deja que se la coman con los ojos, el modo en que se vuelven a mirarla cuando pasa: sí, es una Reina. Pero una reina de Aduana. Usted no es Transporte.
—Ron, yo soy pública. Por eso me miran. Escribo libros. La gente de Aduana los lee, sí, pero me miran porque quieren saber quién diablos los escribió. No los escribió nadie de Aduana. Hablo con los de Aduana, y ellos me miran y dicen: «Usted es Transporte»… —Rydra se encogió de hombros—. No soy ninguna de las dos cosas. Pero aun así, estuve triplada. Conozco la situación.
—Los de Aduana no se triplan.
—Dos hombres y yo. Si alguna vez vuelvo a hacerlo, será con otra muchacha y un hombre. Creo que me resultaría más fácil. Pero estuve triplada durante tres años. Eso es el doble de tiempo que estuviste tú.
—Su triple no funcionó, entonces. El nuestro sí. Al menos funcionaba con Cathy.
—Uno de ellos murió —dijo Rydra—. El otro está en estado de animación suspendida en el Centro General Hipócrates, esperando que descubran una cura para la enfermedad de Caulder. No creo que eso suceda en el transcurso de mi vida, pero si sucede… —durante la pausa, él se volvió hacia ella—. ¿Qué pasa? —preguntó ella.
—¿Quiénes eran?
—¿Aduana o Transporte, quieres decir? —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Como yo, ninguna de las dos cosas. Fobo Lombs era capitán de un transporte interestelar; él fue quien me hizo conseguir mis papeles de capitán. También trabajaba en tierra haciendo investigación hidropónica, estudiando métodos de acumulación de energía de hiperestasis. ¿Quién era? Era delgado y rubio y maravillosamente afectivo, y a veces bebía demasiado y solía regresar de un viaje y emborracharse y se peleaba y terminaba en la cárcel, y nosotros teníamos que sacarlo. Aunque en verdad, sólo sucedió dos veces; pero nos burlamos de él durante todo un año. Y no le gustaba dormir en el medio de la cama, porque siempre quería dejar un brazo colgando.
Ron se rió, y las manos, que le asían los antebrazos, se deslizaron hasta las muñecas.
—Murió en una caverna, explorando las Catacumbas de Ganímedes durante el segundo verano que los tres trabajamos juntos en el Estudio Geológico Joviano.
—Como Cathy —dijo Ron al cabo de un momento.
—Muels Aranlyde era…
—¡Estrella Imperial! —dijo Ron, con los ojos muy abiertos— …¡Y los libros de «Comet Jo»! ¿Usted estaba triplada con Muels Aranlyde?
Ella asintió.
—Esos libros eran muy divertidos, ¿no es cierto? —dijo.
—¡Diablos, debo haberlos leído todos! —dijo Ron. Sus rodillas se separaron—. ¿Qué clase de tipo era? ¿Era parecido a Comet?
—En realidad, Comet Jo empezó siendo Fobo. Fobo nos metía en algún problema, yo me enojaba y Muels empezaba otra novela.
—¿Quiere decir que las historias son reales?
Ella sacudió negativamente la cabeza.
—La mayoría de sus libros son solamente fantasías acerca de lo que podría haber sucedido, o que temía que sucediera. ¿Muels? En sus libros siempre se disfraza de computadora. Era moreno y retraído, increíblemente paciente e increíblemente amable. Me lo enseñó todo acerca de oraciones y párrafos… ¿Sabías que la unidad emocional de la escritura es el párrafo? Y de cómo separar lo que se quiere decir de lo que se quiere sugerir, y cuándo hacer una cosa o la otra… —se detuvo—. Después me daba un manuscrito y me decía: «Ahora dime qué es lo que está mal en estas palabras». Lo único que pude averiguar fue que había demasiadas palabras.
»Recién después de la muerte de Fobo me dediqué de lleno a la poesía. Muels solía decirme que si alguna vez me dedicaba a escribir, seguramente sería buena, porque conocía bien todos los elementos de antemano. Tuve que dedicarme a algo entonces, porque Fobo había… bien, ya lo sabes. Muels contrajo la enfermedad de Caulder más o menos cuatro meses más tarde. Ninguno de los dos alcanzó a ver mi primer libro, aunque ambos conocían la mayoría de los poemas. Tal vez algún día Muels los lea. Tal vez incluso escriba más aventuras de Comet… y tal vez vaya a la Morgue, llame de regreso a mi estructura pensante y le diga: «Ahora dime qué es lo que está mal en estas palabras», y yo podré decirle tanto más… tanto más. Pero ya no me quedará conciencia…
Se dejó arrastrar hacia las peligrosas emociones, las dejó llegar tan cerca como pudieran. Peligrosas o no, ya habían pasado tres años desde que sus emociones la habían asustado demasiado como para permitírselas.
—…tanto más… —Ron estaba sentado con las piernas cruzadas, los antebrazos sobre las rodillas y las manos colgando—. Estrella Imperial y Comet Jo: nos divertimos muchísimo con los relatos, discutiéndolos durante toda una noche o corrigiendo las pruebas o escarbando en las librerías para hallarlos detrás de otros libros.
—Yo también solía hacer eso —dijo Ron—. Pero sólo porque me gustaban.
—Hasta nos divertíamos discutiendo quién dormiría en el medio.
Fue como una contraseña. Ron empezó a rehacerse, levantó las rodillas, se las abrazó, bajó el mentón.
—Al menos, yo tengo a los dos míos —dijo—. Creo que debería sentirme bastante feliz.
—Tal vez sí. Tal vez no. ¿Te aman?
—Eso dicen.
—¿Tú los amas?
—Por Dios, sí. Hablo con Mollya y ella trata de explicarme algo y… aún no habla muy bien, pero de repente yo me imagino lo que quiere decir, y… —enderezó el cuerpo y miró hacia arriba, como si la palabra que estaba buscando se encontrara en algún lugar de las alturas.
—Es maravilloso —lo ayudó Rydra.
—Sí, lo es… —la miró—. Es maravilloso.
—¿Y tú y Calli?
—Diablos, Calli es un viejo oso y yo puedo jugar con él. Pero el problema es él con Mollya. Él aún no puede comprenderle muy bien. Y como yo soy el más joven, él cree que debe aprender más rápido que yo. Y no lo hace; entonces se mantiene alejado de nosotros dos. Sin embargo, cuando se enfurruña, como le digo, sé cómo manejarlo. Pero ella es nueva, y cree que él está muy enojado con ella.
—¿Quieres saber lo que puedes hacer? —le preguntó Rydra al cabo de un momento.
—¿Usted lo sabe?
Ella asintió.
—Es más doloroso cuando algo anda mal entre ellos, porque aparentemente tú no puedes hacer nada. Pero es más fácil de arreglar.
—¿Por qué?
—Porque te aman.
Ahora él estaba expectante.
—Calli se enfurruña, y Mollya no sabe qué hacer con él.
Ron asintió.
—Mollya habla otro lenguaje y Calli no sabe qué hacer con ella.
Él volvió a asentir.
—Tú eres el que puede comunicarse con ambos. No puedes actuar como intermediario: eso nunca funciona. Pero sí puedes enseñarle a cada uno de ellos lo que tú ya sabes.
—¿Enseñarles?
—¿Qué haces con Calli cuando se enfurruña?
—Le tiro de las orejas —dijo Ron—. Él me dice que no lo haga hasta que empieza a reírse y después los dos rodamos por el piso.
Rydra hizo una mueca.
—Es poco ortodoxo, pero si funciona, está bien. Enséñale a Mollya cómo hacerlo. Es atlética. Que practique contigo hasta que le salga bien, si es necesario.
—A mí no me gusta que me tiren de las orejas —dijo Ron.
—A veces hay que hacer sacrificios —trató de no sonreír… pero sonrió de todas maneras.
Ron se restregó el lóbulo de la oreja con la yema del pulgar.
—Eso creo —dijo.
—Y tienes que enseñarle a Calli las palabras para entenderse con Mollya.
—Pero a veces ni yo mismo las sé. Simplemente, adivino mejor que él.
—Si él supiera las palabras, ¿sería una ayuda?
—Claro.
—En mi cabina tengo una gramática kiswahili. Cuando volvamos a la nave, búscala.
—Hey, eso sería magnífico… —se detuvo, escondiéndose un poquito entre las hojas—. Sólo que Calli no lee demasiado, ni nada de eso.
—Ayúdalo.
—¿Le enseño? —dijo Ron.
—Eso es.
—¿Crees que lo logrará?
—¿Si logrará acercarse a Mollya? —preguntó Rydra—. ¿Tú qué crees?
—Lo logrará —como una vara de metal enderezándose, Ron se puso súbitamente de pie—. Lo logrará.
—¿Vas adentro ahora? —preguntó Rydra—. Comeremos en unos minutos.
Ron se volvió hacia la baranda y miró hacia el vivido cielo.
—Tienen un hermoso escudo aquí —dijo.
—Para evitar ser quemados por Bellatrix —dijo Rydra.
—Así no tienen que pensar en lo que están haciendo.
Rydra arqueó las cejas. Siempre la preocupación por lo malo y lo bueno, aun en medio de la confusión doméstica.
—Eso también —dijo, pensando en la guerra.
La tensa espalda de él le dijo que entraría más tarde, que debía pensar un poco más. Ella traspuso la puerta doble y empezó a bajar la escalera.
—La vi salir, y se me ocurrió esperar que regresara.
Deja vu, pensó ella. Pero no podía haberlo visto antes en su vida. Pelo negro azulado sobre una cara arrugada por la edad, veintitantos años. Se hizo a un lado para dejarle lugar en la escalera con una increíble economía de movimientos. Ella le miró las manos y el rostro, buscando un gesto que le revelara algo. Él le devolvió la mirada, sin darle nada; después se volvió e hizo un gesto hacia la gente que estaba abajo. Señaló al Barón, que estaba solo en medio de la habitación.
—Yon Cassius tiene una expresión hambrienta y desolada —dijo.
—Me pregunto hasta qué punto estará hambriento… —dijo Rydra, sintiéndose otra vez muy rara.
La Baronesa le hacía agitadas señas al Barón por encima de la multitud, pidiéndole consejo acerca del momento de servir la cena, o acerca de cualquier otra decisión igualmente desesperada.
—¿Cómo será un matrimonio entre dos personas como ésas? —preguntó el desconocido, con ironía austeramente paternalista.
—Comparativamente simple, me imagino —dijo Rydra—. Sólo tienen al otro para preocuparse.
Una cortés mirada inquisitiva. Como ella no le ofreció ninguna explicación, el desconocido se volvió a la multitud.
—Ponen unas caras tan extrañas cuando miran hacia aquí para asegurarse de que es usted, señorita Wong.
—Miradas maliciosas —dijo ella, secamente.
—Pandikokkus. Eso es lo que. parecen. Cantidades de ellos.
—¿Es el cielo artificial lo que les da un aspecto tan enfermizo? —ella sentía que la desbordaba una hostilidad apenas controlada.
Él se rió.
—¡Pandikokkus con thalasanemia!
—Eso supongo. ¿Usted no es de los Depósitos?
Su rostro tenía un color que hubiera desaparecido bajo el cielo artificial.
—En realidad, sí, lo soy.
Sorprendida, le hubiera preguntado algo más, pero los altoparlantes anunciaron:
—Damas y caballeros, la cena está servida.
Él la acompañó y bajaron la escalera, pero al llegar abajo ella descubrió que había desaparecido. Siguió sola hacia el comedor.
El Barón y la Baronesa la esperaban bajo la arcada. Cuando la Baronesa la tomó del brazo, la orquesta de cámara del estrado empezó a hacer sonar sus instrumentos.
—Venga, nuestro sitio está por aquí.
Ella se mantuvo cerca de la regordeta matrona mientras se internaban entre la gente apiñada junto a la mesa serpentina, que se curvaba y se retorcía alrededor de sí misma.
—Ése es nuestro sitio.
Y el mensaje en vasco: “Capitán, algo aparece en su transcriptor, en la nave”. Esa pequeña explosión en el interior de su mente la hizo detenerse.
—¡Babel-17!
El Barón se volvió hacia ella.
—¿Sí, capitán Wong?
Ella vio que la incertidumbre le marcaba tensas líneas en la cara.
—¿Hay en los depósitos algún lugar donde se guarde material muy importante, o donde se lleve a cabo alguna investigación importante y que en este momento esté desprotegido?
—Todo se hace automáticamente. ¿Por qué?
—Barón, está a punto de producirse un sabotaje, o se está produciendo en este mismo momento.
—Pero… ¿cómo…?
—No puedo explicarle ahora, pero asegúrese de que todo está en orden.
Y la tensión no disminuyó.
La Baronesa rozó el brazo de su esposo y dijo con súbita frialdad:
—Félix, ése es tu sitio.
El Barón retiró su silla, se sentó y sin ninguna ceremonia hizo a un lado sus cubiertos. Había un panel de control debajo de su mantel. Mientras la gente se sentaba Rydra vio a Brass, a seis metros de distancia, que se acomodaba en el asiento especial que habían preparado para sus gigantescas dimensiones.
—Usted se sienta aquí, querida. Seguiremos con el banquete como si nada sucediera. Creo que eso es lo mejor.
Rydra se sentó junto al Barón y la Baronesa; se acomodó cuidadosamente en el asiento que estaba a su izquierda. El Barón susurraba a través de un micrófono de garganta. Imágenes que ella no podía ver muy bien desde su lugar, centelleaban en la pantalla de ocho pulgadas. Él levantó la vista el tiempo suficiente para decir:
—Nada todavía, capitán Wong.
—Ignore lo que está haciendo —le dijo la Baronesa—. Esto es mucho más interesante… ―se puso sobre el regazo una pequeña consola que había estado oculta debajo del borde de la mesa―. Un aparatito muy ingenioso —continuó la Baronesa, mirando alrededor de sí—. Creo que estamos listos. ¡Ahí va! —su índice regordete oprimió un botón y las luces de la habitación disminuyeron su intensidad—. Controlo toda la comida oprimiendo el botón adecuado en el momento adecuado. ¡Mire! —y oprimió otro.
A lo largo del centro de la mesa, bajo la luz atenuada, se abrieron unos paneles y ante los invitados se elevaron grandes fuentes de fruta, manzanas acarameladas y uvas azucaradas, medios melones rellenos con nueces y miel…
—¡Y vino! —dijo la Baronesa, oprimiendo otro botón.
Aparecieron fuentes a todo lo largo de la inmensa mesa. Una espuma reluciente se arremolinó en los bordes cuando se puso en marcha el mecanismo de las fuentes. El líquido comenzó a fluir en surtidores.
—Llene su copa, querida. Beba —instó la Baronesa, colocando su propia copa debajo de un chorro: el cristal se salpicó de púrpura.
A su derecha el Barón dijo:
—El Arsenal parece estar en calma. He alertado a todos los proyectos especiales. ¿Está segura de que el intento de sabotaje se está produciendo ahora?
—O bien ahora mismo —dijo ella—, o dentro de los próximos dos o tres minutos. Puede ser una explosión o la ruptura de alguna importante pieza de equipo.
—Eso no me da demasiados datos. Aunque Comunicaciones ha registrado su Babel-17. He pasado la alerta acerca de cómo se llevan a cabo estos atentados.
—Pruebe uno de éstos, capitán Wong —dijo la Baronesa, alcanzándole un cuarto de mango que, según Rydra descubrió al probarlo, había sido marinado en kirsch.
Casi todos los invitados estaban sentados ahora. Vio a uno de los chicos del equipo, llamado Mike, que buscaba la tarjeta que indicaba su lugar. Cerca de la mitad de la mesa vio al desconocido que la había detenido en la escalera. El hombre caminaba rápidamente en dirección a ellos por detrás de los invitados sentados.
—El vino no es de uva, sino de ciruela —dijo la Baronesa—. Un poco pesado para empezar, pero tan bueno como la fruta. Me siento particularmente orgullosa de las frutillas. Las legumbres son la pesadilla de los hidroponicistas, pero este año hemos logrado algunas adorables.
Mike encontró su asiento y sumergió ambas manos en la fuente de fruta. El desconocido circundó la última curva de la mesa. Calli sostenía un copón de vino en cada mano y miraba a uno y a otro como si estuviera tratando de decidir cuál de los dos era más grande.
—Podría ser bromista —dijo la Baronesa— y servir primero los sorbetes. ¿O le parece que debo seguir ya con el caldo verde? Lo preparo muy liviano. Jamás puedo decidirme…
El desconocido llegó hasta el Barón, se inclinó por encima de su hombro para observar la pantalla y susurró algo. El Barón se volvió hacia él, giró nuevamente hacia la mesa… ¡y cayó hacia adelante! Un hilito de sangre se le escurrió del rostro.
Rydra empujó su silla hacia atrás. Asesinato. Un mosaico se compuso en su cabeza y decía: asesinato. Se incorporó de un salto.
La Baronesa exhaló un ruidoso suspiro y se levantó, haciendo caer su silla. Agitó histéricamente las manos en dirección a su esposo y sacudió la cabeza.
Rydra giró y alcanzó a ver que el desconocido sacaba una pistola vibrátil del interior de su chaqueta. Apartó a la Baronesa de un tirón. El disparo fue bajo y le dio a la consola de servir.
Habiendo vencido la inmovilidad, la Baronesa se tambaleó hasta su esposo y lo asió. Su suspiro adquirió voz y se transformó en lamento. Su grueso cuerpo, como un dirigible desinflado, se hundió y tiró del cuerpo de Félix Ver Dorco, hasta que ella quedó arrodillada en el piso, con su esposo en brazos, acunándolo, gritando.
Los invitados se habían puesto de pie; la charla se transformó en rugido.
Con la consola destrozada, las fuentes de fruta que estaban encima de la mesa eran desplazadas por pavos asados y decorados, con cabezas azucaradas y oscilantes plumas en la cola. No funcionaba ningún mecanismo de limpieza y ordenamiento. Soperas de caldo verde aparecieron junto a las fuentes del vino hasta que ambos recipientes se volcaron, inundando la mesa. La fruta rodaba hacia el piso.
En medio de las voces, la pistola vibrátil siseó a la izquierda, otra vez a la izquierda, después a la derecha. La gente se levantó de sus sillas, bloqueando la visión de Rydra. Escuchó la pistola una vez más y vio que el doctor Crane se doblaba en dos, mientras su sorprendido vecino de mesa lo sostenía y su pelo descolorido, en desorden, le invadía el rostro.
Corderos asados se elevaron y desalojaron a los pavos. Las plumas barrieron el piso. Fuentes de vino rociaban la carne ambarina y reluciente que siseaba por el calor. La comida volvió a caer en el orificio de los paneles, encima de las brasas. Rydra olió a quemado.
Se lanzó hacia adelante y tomó del brazo al hombre gordo de negra barba.
—¡Control, saca a los chicos de aquí!
—¿Y qué piensa que estoy haciendo, capitán?
Rydra salió corriendo, se topó con una sección de mesa y saltó por encima del asador. Mientras saltaba apareció el postre, oriental y elaborado: bananas calientes sumergidas primero en miel y colocadas luego en los platos encima de una rampa de hielo molido. Las bananas relucientes salían despedidas de la rampa y caían al piso, con la miel cristalizada y convertida en relucientes astillas. Rodaron bajo los pies de los invitados. La gente se resbalaba, pisándolas, y caía gritando.
—Qué modo tan deslumbrante de resbalar sobre una banana, ¿no, capitán? —comentó Calli—. ¿Qué está sucediendo?
—¡Lleva a Mollya y a Ron de regreso a la nave!
Unas grandes urnas se elevaron, golpeando los asadores y volcándose, derramando café hirviendo. Una mujer chilló, asiendo su brazo escaldado.
—Esto ya no es divertido —dijo Calli—. Los buscaré.
Salió corriendo, mientras Control partía en dirección opuesta.
—Control, ¿qué es un pandikokku? —le dijo Rydra, tomándolo del brazo otra vez.
—Perverso animalito. Marsupial, creo. ¿Por qué?
—Está bien. Ahora lo recuerdo. ¿Y qué es la thalasanemia?
—¡Qué momento para preguntas! Alguna clase de anemia.
—Eso ya lo sé. ¿Qué clase? Eres el médico de a bordo.
—Veamos —dijo él, cerrando los ojos por un momento—. Aprendí todo eso una vez durante un hipnocurso. Sí, ya recuerdo. Es hereditaria, el equivalente caucásico de la anemia de célula faliciforme, en la que las células de los glóbulos rojos es destruida porque la haptoglobina irrumpe…
—…y hace que la hemoglobina se filtre hacia fuera, y la célula es destruida por presión osmótica. Me lo había imaginado. Fuera de aquí, rápido como el diablo.
Intrigado, Control se encaminó hacia la arcada. Rydra lo siguió, resbaló en un charco de vino y se aferró a Brass, que resplandecía por encima de ella.
—¡Des'acio, ca'itán!
—Fuera de aquí, niño —ordenó ella—. Y rápido.
—¿La llevo? —dijo él, haciendo una mueca, y se puso un brazo en la cadera para que ella pudiera trepar a su espalda, apretando los costados de él con las rodillas y asida de sus hombros. Los grandes músculos que habían derrotado al Dragón de Plata se tensaron debajo de ella y Brass saltó del otro lado de la mesa, aterrizando sobre sus cuatro patas. Al ver a esa bestia dorada, con colmillos, los invitados se dispersaron. Se encaminaron hacia la puerta.


V

Un agotamiento histérico bullía en su mente. Se desprendió de él en la cabina del Rimbaud y oprimió el intercom.
—Control, ¿está todo el mundo…?
—Todos presentes, capitán.
—¿Los descorporizados?
—A salvo y a bordo, los tres.
Brass, jadeante, llenó la compuerta de entrada que estaba detrás de ella. Ella cambió a otro canal y un sonido casi musical colmó la habitación.
—Bien. Aún continúa.
—¿Eso es? —preguntó Brass.
Rydra asintió.
—Babel-17. Ha sido transcripto automáticamente para que yo pudiera estudiarlo más tarde. De todos modos, no es nada —accionó un interruptor.
—¿Qué está haciendo?
—Pregrabé algunos mensajes y estoy enviándolos ahora. Tal vez lleguen… —detuvo la primera emisión e inició una segunda—. Aún no lo conozco bien. Sé un poco, pero no lo suficiente. Me siento como alguien que balbuceara en inglés durante la representación de una obra de Shakespeare.
El indicador de una línea exterior centelleó para llamar su atención.
—Capitán Wong, soy Albert Ver Dorco —la voz estaba perturbada—. Hemos sufrido una terrible catástrofe y la confusión es total aquí. No pude encontrarla en casa de mi hermano, pero Autorización de Vuelo acaba de decirme que usted ha pedido despegue inmediato para salto hiperespacial.
—No he pedido nada de eso. Sólo quería sacar de allí a mi tripulación. ¿Ha averiguado lo que sucede?
—Pero, capitán… me dicen que usted estaba a punto de despegar. Usted tiene prioridad absoluta, así que no tengo autoridad para desautorizar su orden. Pero tengo que pedirle que por favor se quede hasta que todo esto se aclare, a menos que esté actuando en base a alguna información que…
—No vamos a despegar —dijo Rydra.
—Será mejor que no lo hagamos —interpuso Brass—. Aún no me he conectado a la nave.
—Aparentemente, su James Bond automático se enloqueció —le dijo Rydra a Ver Dorco.
—¿Bond…?
—Una referencia mitológica. Discúlpeme. TW-55 se descontroló.
—Oh, sí, lo sé. Asesinó a mi hermano y a tres oficiales. Si lo hubiera planeado, no hubiera podido elegir cuatro figuras más importantes.
—Fue planeado. TW-55 fue saboteado. Y no sé cómo. Le sugiero que se ponga en contacto con el general Forester en…
—¡Capitán, Autorización de Vuelo me dice que usted sigue enviando señales de despegue! No tengo autoridad oficial, pero…
—¡Control! ¿Estamos despegando?
—Claro que sí. ¿Acaso no envió órdenes para una salida de hiperestasis de emergencia?
—¡Brass ni siquiera está conectado aún, idiota!
—Pero si hace treinta segundos recibí su orden. ¡Por supuesto que Brass está conectado! Acabo de hablar…
Brass se acercó y rugió en el micrófono:
—¡Estoy exactamente detrás de ella, imbécil! ¿Qué 'retendes hacer, sumergirte en medio de Bellatrix? ¿O zambullirte en alguna nova? Cuando derivan, ¡estas cosas se dirigen a la masa más 'róxima!
—Pero si tú acabas de…
Algo empezó a trepidar debajo de ellos. Un súbito sacudón.
En el parlante, la voz de Albert Ver Dorco:
—¡Capitán Wong!
Rydra volvió a gritar:
—¡Idiota, corta el generador de estasis…!
Pero el generador ya silbaba por encima del rugido.
Otro sacudón: ella se aferró del borde del escritorio y vio a Brass que agitaba una zarpa en el aire. Y…


Tercera parte - TARIK DE JEBEL

…Real, sombrío y exiliado, nos elude.
Yo le mostraría libros y puentes.
Haría un lenguaje que todos pudiéramos hablar.
Nada de rubias fantasías.
Que Madre ha enviado como plaga de primavera;
Él tiene sus propias pesadillas, necesita trabajo, se emborracha,
tal vez no habría elegido ser humano…
De The Navigators, M. H.


…Tú me has impuesto un tratado de silencio…
De The Song of Liadan, M. H.

I

Pensamientos abstractos en un cuarto azul: nominativo, genitivo, elativo, acusativo uno, acusativo dos, ablativo, partitivo, ilativo, instructivo, abesivo, adesivo, inesivo, esivo, alativo, translativo, comitativo. Los dieciséis casos del sustantivo finlandés. Raro, algunos lenguajes se arreglan solamente con singular y plural. Los lenguajes de los indios americanos ni siquiera tenían distinción para el número. Excepto el sioux, en el que había un plural pero sólo para los objetos animados.
El cuarto azul era redondo y cálido y terso. Ningún modo de decir cálido en francés. Sólo existen caliente y tibio. Si no hay ninguna palabra para designarlo, ¿cómo se piensa en eso? Y, si no existe la forma adecuada, ni siquiera existe el “cómo”, aunque se tengan las palabras. Piensen: en español hay que asignar sexo a todos los objetos: perro, árbol, mesa, abrelatas. Piensen, en húngaro no se puede asignarle sexo a nada: él, ella, eso, todo la misma palabra. Vos sois mi amigo pero tú eres mi rey; esas eran las distinciones del inglés de Elizabeth I. Pero en algunos lenguajes orientales, que no se eximen para nada de la cuestión de género y número, tú eres mi amigo, tú eres mi padre, y TÚ eres mi sacerdote, y TÚ eres mi rey, y Tú eres mi siervo, y Tú eres mi siervo a quien voy a despedir mañana si Tú no te cuidas, y TÚ eres mi rey con cuya política disiento y en TU cabeza tienes aserrín en vez de cerebro, TU alteza, y TÚ tal vez seas mi amigo, pero aun así te daré un golpe en tu cabeza si TU vuelves a decirme eso alguna vez, y de todos modos, ¿quién mierda eres tú?
¿Cuál es tu nombre?, pensó ella en el cuarto redondo y cálido y azul.
Ideas sin nombre en un cuarto azul: Úrsula, Priscila, Bárbara, Mary, Mona y Natica: respectivamente Oso, Vieja Dama, Charlatana, Amarga, Mono y Asentaderas. Nombre. ¿Nombres? ¿Qué hay en un nombre? ¿En qué nombre estoy? En la tierra de los padres de mi padre, su nombre vendría primero: Wong Rydra. En la tierra de Mollya, yo no llevaría para nada el nombre de mi padre, sino el de mi madre. Las palabras son nombres para las cosas. En la época de Platón, las cosas eran nombres para las ideas… ¿qué mejor descripción del ideal platónico? Pero ¿las palabras eran los nombres de las cosas, o había un poco de confusión semántica? Las palabras eran símbolos para categorías enteras de cosas, en las que un nombre le era dado a un solo objeto: un nombre para algo que requiere un símbolo resulta discordante, gracioso. Un símbolo para algo que requiere un nombre también resulta discordante: un recuerdo que contiene un visillo desgarrado, un aliento cargado de licor, el de él, el sentimiento de ultraje de ella, y la ropa arrugada y confinada detrás de una mesa de noche desportillada, barata: «¡Bien, mujer, ven aquí!»; y ella había susurrado: «¡Mi nombre es Rydra!». Un individuo, un ser aparte de su medio y aparte de todas las cosas de ese medio; un individuo era un tipo de cosa para el cual los símbolos resultaban inadecuados, y así se inventaron los nombres. Yo soy inventada. Yo no soy un cuarto redondo y azul y cálido. Soy alguien en el interior de ese cuarto, soy…
Sus párpados habían estado entrecerrados sobre los globos oculares. Los abrió, y se encontró de repente encerrada en una red de contención. La dejó sin aliento y volvió a tenderse, girando para observar el cuarto.
No. No «observó el cuarto».
Hizo «algo» con el «algo». El primer algo era un minúsculo vocablo que implicaba una percepción inmediata, pero pasiva, una percepción que podía ser tanto auditiva como olfativa o visual. El segundo algo eran tres fonemas igualmente minúsculos que se mezclaban en tres alturas tímbricas diferentes: uno era un indicador que delimitaba las dimensiones del cuarto en unos siete metros de largo y cúbicos; el segundo identificaba el color y la sustancia probable de los muros —algún metal azul—, en tanto el tercero era al mismo tiempo un ubicador espacial de las partículas ―que debería denotar la función del cuarto en el momento en que ella lo descubriera― y una especie de rótulo gramatical por medio del cual ella podía referirse a la experiencia completa utilizando tan sólo ese único símbolo durante todo el tiempo que lo necesitara. Los cuatro sonidos juntos requerían de su lengua y de su mente menos tiempo que el torpe diptongo de la palabra «cuarto». Babel-17: ella ya lo había sentido antes con otros lenguajes, esa apertura, ese ensanchamiento, su mente forzada repentinamente al crecimiento. Pero esto…, esto era como si de repente una lente desenfocada durante años hubiera ajustado el foco.
Se sentó otra vez. ¿Función?
¿Para qué se utilizaba el cuarto? Se enderezó de a poco y la red le oprimió el pecho. Una especie de enfermería. Miró la… no la «red», sino un diferencial vocálico de tres partículas, cada una de las cuales definía un acento de la triple ligadura, de modo que los puntos más débiles de la red se identificaban cuando el sonido total del diferencial alcanzaba su punto más bajo. Si cortaba los hilos en esos puntos, advirtió, toda la red se destejería. Si ella se hubiera asustado y no hubiera nombrado la red en el nuevo lenguaje, la malla hubiera sido perfectamente segura para aprisionarla. La transición entre «memorización» y «conocimiento» se había llevado a cabo mientras estaba…
¿Dónde había estado? ¡Ansiedad, excitación, miedo! Obligó a su mente a regresar al inglés. Pensar en Babel-17 era como si de repente uno viera el fondo de un pozo cuya profundidad uno había estimado en pocos metros un momento antes. Se tambaleó de vértigo.
Le llevó un parpadeo registrar la presencia de los otros. Brass estaba suspendido en una enorme hamaca en la pared más distante; vio los bordes de una zarpa amarilla. Los dos bultos más pequeños que estaban del otro lado debían ser chicos del equipo. Por encima de un borde vio pelo negro y brilloso cuando una cabeza giró, en sueños: Carlos. No alcanzó a ver al tercero. La curiosidad se cerró como un puño poco amistoso en algún lugar importante de su bajo vientre.
Entonces la pared se esfumó.
Había estado intentando ubicarse; si bien no en el espacio y el tiempo, al menos en algún determinado esquema de posibilidades. Cuando la pared empezó a esfumarse, su intento se interrumpió. Observó.
Era la parte superior de la pared que estaba a su izquierda. Empezó a brillar, se hizo transparente y en el aire se formó una lengua de metal, suavemente inclinada hacia ella.
Tres hombres:
El más próximo, en la cima de la rampa, tenía un rostro como de roca parda y desprolijamente cortada y armada al descuido. Llevaba puesto un atuendo antiguo, de la clase que había precedido a las ropas de contorno automático. Se adaptaba automáticamente al cuerpo, pero estaba hecho de plástico poroso y parecía más bien una armadura. Un material negro, apilado, caía como capa sobre un hombro y un brazo. Sus usadas sandalias estaban ceñidas a los tobillos. Unas bandas de piel debajo de las correas prevenían la irritación que éstas podrían causar. La única cosmetocirugía era su pelo falso, plateado, y las cejas metálicas, arqueadas. Rozó la funda de la pistola vibrátil que pendía de su cintura mientras revisaba las camas.
El segundo hombre dio un paso al frente. Era delgado; una fantástica mezcla, resultado de la imaginación de la cosmetocirugía: una especie de grifo, mono, hipocampo: escamas, plumas, garras y pico habían sido injertados en un cuerpo que ―Rydra estaba segura― originariamente se había parecido al de un gato. Se acuclilló junto al primer hombre, apoyándose sobre sus ancas distendidas por la cirugía, restregando los nudillos contra el piso metálico. Levantó la vista cuando el primer hombre bajó distraídamente una mano para rascarle la cabeza.
Rydra esperó que hablaran. Una palabra bastaría para identificarlos: Alianza o Invasores. Su mente estaba lista para saltar al lenguaje que hablaran, para extraer lo que pudiera de sus hábitos de pensamiento, sus tendencias hacia las ambigüedades lógicas, la ausencia o presencia de rigor verbal, en cualquier área en que pudiera aprovecharlas…
El segundo hombre se retiró y ella pudo entonces ver al tercero, que aún no se había adelantado. Más alto y de contextura más poderosa que los otros dos, sólo llevaba puesto un pantalón y tenía los hombros ligeramente redondeados. En sus muñecas y talones tenía injertados espolones de gallo, que tenían la misma significación que los nudillos de hierro de otros siglos. Su cabeza había sido recientemente afeitada y el pelo comenzaba a crecer como un cepillo negro. Alrededor de un nudoso bíceps tenía una banda de piel rojiza, como si fuera una herida sangrante o una cicatriz inflamada. Esa marca se había vuelto tan común en los personajes de las novelas de misterio de cinco años atrás, que ahora se había dejado de lado como un cliché. Era la marca aplicada a los convictos de las cavernas del penal de Titin. Había algo tan brutal en él, que ella tuvo que desviar la mirada. Había algo tan lleno de gracia en él que la obligó a mirarlo otra vez.
Los dos que estaban en la cima de la rampa se volvieron hacia el tercero. Ella esperaba las palabras para definir, ordenar, identificar. La miraron y después caminaron trasponiendo la pared. La rampa se retrajo.
Ella se incorporó.
—Por favor —dijo—. ¿Dónde estamos?
—En Tarik de Jebel —dijo el hombre de pelo plateado. La pared se solidificó.
Rydra miró la red ―que era otra cosa en otro lenguaje―, tiró de una cuerda, tiró de otra. La tensión cedió hasta que la red se deshizo, y Rydra saltó al piso. Cuando se puso de pie vio que el otro chico del equipo era Kile, que trabajaba en Reparaciones junto con Lizzy. Brass había empezado a debatirse.
—Quédate quieto un segundo —le dijo ella, y empezó a tirar de las cuerdas.
—¿Qué le dijo? —quiso saber Brass—. ¿Era su nombre o le estaba diciendo que se tendiera y no hablara?
Ella se encogió de hombros y cortó otra cuerda.
—Tarik, eso quiere decir montaña en moro antiguo. Montaña de Jebel, tal vez.
Brass se incorporó cuando la debilitada red lo liberó.
—¿Cómo lo hizo? —preguntó—. Yo em'ujé y em'u-jé esa cosa durante un rato y no cedía.
—Te lo diré en otra oportunidad. Jebel podría ser el nombre de alguien.
Brass miró la red rota, se rascó detrás de una peluda oreja con la zarpa y después sacudió la cabeza, perplejo.
—Al menos no son Invasores —dijo Rydra.
—¿Quién lo dice?
—Dudo de que haya muchos humanos del otro lado del eje que hayan oído hablar en moro antiguo. Los terrícolas que emigraron allí provenían todos de Norte y Sudamérica, antes de que se formara Americasia, y de que Panáfrica absorbiera Europa. Además, las cavernas del penal de Titin están en César.
—Oh, sí —dijo Brass—. Hum. 'ero eso no significa que uno de sus 'u'ilos tenga que ser de allí.
Ella miró la pared, el sitio donde se había abierto. Comprender la situación en la que estaban parecía tan fútil como tratar de asir esa pared de metal azul.
—Y de todos modos, ¿qué diablos 'asó?
—Despegamos sin piloto —dijo Rydra—. Supongo que sea quien fuere el que emite en Babel-17, también puede hacerlo en inglés.
—No creo que hayamos des'egado sin 'iloto. ¿Con quién habló Control justo antes de que 'artiéramos? Si no hubiéramos tenido 'iloto no estaríamos aquí. Seríamos una mancha de grasa en el sol más cercano y más grande.
—Tal vez habló con el mismo que rompió los circuitos… —Rydra lanzó su mente al pasado a medida que se resquebrajaba el yeso de la inconsciencia—. Creo que el saboteador no pretende matarme. TW-55 hubiera podido liquidarme con tanta facilidad como al Barón.
—Me 'regunto si el saboteador de la nave también hablará en Babel-17.
—Yo también me lo pregunto —asintió Rydra.
Brass miró a su alrededor.
—¿Y éstos somos todos? ¿Dónde está el resto de la tri'ulación?
—¿Señor, señora?
Los dos se volvieron.
Otra abertura en la pared. Una chica delgada, con un pañuelo verde que le mantenía recogido el pelo castaño, sostenía un bol en las manos extendidas.
—El amo dijo que estaban aquí, así que les traje esto.
Tenía ojos oscuros y grandes, y los párpados se movían como alas. Hizo un gesto con el bol. Rydra respondió a su actitud abierta, aunque también detectó su miedo ante los desconocidos. Sin embargo, sus dedos delgados asían con determinación los bordes del bol.
—Eres muy amable al traérnoslo.
La chica inclinó ligeramente la cabeza y sonrió.
—Tienes miedo de nosotros, lo sé —dijo Rydra—. No nos tengas miedo.
El miedo empezó a desvanecerse, los hombros huesudos se relajaron.
—¿Cómo se llama tu amo? —preguntó Rydra.
—Jebel.
Rydra se volvió y asintió en dirección a Brass.
—¿Y estamos en la Montaña de Jebel? —dijo Rydra, tomando el bol de manos de la chica—. ¿Cómo llegamos hasta aquí?
—Remolcó su nave desde el centro de la nova Cygnus-42, justo antes de que sus generadores de estasis fallaran de este lado del salto.
Brass siseó, su sustituto del silbido.
—No es raro que hayamos 'erdido la conciencia. Derivamos a gran velocidad.
Esa idea aflojó el puño del estómago de Rydra.
—Entonces derivamos hasta el área de una nova. Después de todo, quizá no hayamos tenido piloto.
Brass quitó la servilleta blanca que cubría el bol.
—Coma un 'oco de 'ollo, ca'itán —estaba asado y todavía caliente.
—En un minuto —dijo ella—. Tengo que pensar un poco más —se dirigió a la muchacha—. Montaña de Jebel es una nave, entonces. ¿Y nosotros estamos en ella?
La chica se llevó las manos a la espalda y asintió.
—Y es una nave muy buena, además —dijo.
—Estoy segura de que no llevan pasajeros. ¿Qué carga transportan?
Había hecho la pregunta inadecuada. Miedo otra vez; no desconfianza de los desconocidos, sino algo formal y penetrante.
—No llevamos carga, señora —dijo, y después estalló—. Se supone que no debo hablar con ustedes. Tendrá que hablar con Jebel —retrocedió hasta la pared.
—Brass —dijo Rydra, volviéndose lentamente y rascandóse la cabeza—, ya no quedan piratas espaciales, ¿no es cierto?
—Durante los últimos setenta años no se ha 'roducido ningún asalto a naves de trans'orte.
—Eso es lo que creía. Entonces, ¿en qué clase de nave estamos ahora?
—No lo sé… —entonces, los pulidos planos de sus mejillas se movieron bajo la luz azul. Sus cejas sedosas se juntaron por encima de los profundos discos de sus ojos—. ¿Remolcó al Rimbaud fuera del Cygnus-42? Creo que sé 'or qué la llaman Montaña de Jebel. Esta cosa debe ser tan grande como una condenada nave de combate.
—Si es una nave de guerra, Jebel no se parece a ningún oficial estelar que yo haya visto alguna vez.
—Y, de todos modos, en el ejército no admiten ex convictos. ¿Dónde le 'arece que hemos caído, ca'itán?
Ella tomó un palillo del bol.
— Creo que esperaremos hasta hablar con Jebel —en las otras hamacas hubo movimiento—. Espero que los chicos estén bien. ¿Por qué no le pregunté a esa chica si el resto de la tripulación estaba a bordo? —se acercó a la hamaca de Carlos—. ¿Cómo te sientes esta mañana? —preguntó con voz brillante. Por primera vez vio las tiras que sujetaban la red a la parte inferior de la cucheta.
—Mi cabeza —dijo Carlos, haciendo una mueca—. Tengo una jaqueca, me parece.
—No con esa sonrisa en tu rostro. Y de todos modos, ¿qué sabes tú de jaquecas?
Se demoraba tres veces más en desatar las tiras que en romper la red.
—El vino —dijo Carlos—, en el banquete. Bebí mucho. Hey, ¿qué ocurrió?
—Te lo diré cuando lo averigüe. Upalalá —golpeó la cucheta y él se puso de pie.
Carlos se quitó el pelo de la cara.
—¿Dónde están los demás?
—Kile está aquí. No hay nadie más en este cuarto.
Brass había liberado a Kile, quien ahora estaba sentado en el borde de la hamaca, tratando de meterse los nudillos en la nariz.
—Eh, chico —dijo Carlos—, ¿estás bien?
Kile hizo correr los dedos de los pies por su tendón de Aquiles, bostezó y dijo algo ininteligible al mismo tiempo.
—No lo hiciste —dijo Carlos—, porque yo me fijé en eso en cuanto llegamos.
“Oh, bien”, pensó Rydra, “aún quedan lenguajes en los que puedo adquirir mayor fluidez”.
Kile se rascaba un codo ahora. De repente puso la lengua en un extremo de la boca y miró hacia arriba. Lo mismo hizo Rydra.
La rampa volvía a extenderse desde la pared. Esta vez llegó hasta el piso.
—¿Quiere acompañarme, Rydra Wong?
Jebel, armado y de pelo plateado, estaba de pie en la negra abertura.
—El resto de mi tripulación —dijo Rydra—, ¿está bien?
—Están en otras salas. Si quiere verlos…
—¿Están bien?
Jebel asintió. Rydra le dio a Carlos un golpecito en la cabeza.
—Los veré más tarde —susurró.
La sala común tenía arcadas y balcones, los muros eran opacos como la piedra. En toda su extensión pendían signos del zodíaco en carmesí o verde, y escenas de batallas. Y las estrellas… Al principio ella creyó que ese vacío tachonado de luces que se abría más allá de las columnas de la galería era verdaderamente un visor, pero era tan sólo una enorme proyección de treinta metros de largo de la noche que se extendía afuera de la nave.
Hombres y mujeres estaban sentados ante mesas de madera, conversando, o en divanes junto a los muros. Bajando unos gruesos peldaños se hallaba un enorme mostrador repleto de alimentos y jarros. Detrás de una abertura repleta de cacerolas y utensilios se veían los recodos de color aluminio de la cocina, donde hombres y mujeres de delantal blanco preparaban la cena.
Todos se volvieron cuando ellos entraron. Los que estaban más próximos se rozaron la frente a modo de saludo. Ella siguió a Jebel, que ascendía unos peldaños y se dirigía a unos bancos con almohadones situados arriba.
El hombre grifo vino a los altos.
—Amo, ¿ésta es ella?
Jebel se volvió hacia Rydra con su rostro de piedra suavizado.
—Capitán Wong, él es mi diversión, mi distracción, el paliativo de mi ira. En él guardo el sentido de humor que todo el mundo le dirá que me falta. Eh, Klik, levántate y acomoda los asientos de conferencia.
La emplumada cabeza se echó hacia atrás con vivacidad, los negros ojos titilaron y Klik esponjó los almohadones. Un momento más tarde Jebel y Rydra se sentaron.
—Jebel —preguntó Rydra—, ¿en qué ruta se mueve tu nave?
—Nos quedamos en el Resorte de Specelli —se echó hacia atrás la capa, descubriendo las tres protuberancias del hombro—. ¿Cuál era su posición original antes de ser atrapados por la marea de la nova?
—Nosotros… despegamos de los Depósitos Bélicos de Armsedge.
Jebel asintió.
—Son afortunados. La mayoría de las naves-sombra los hubieran dejado emerger en la nova cuando sus generadores se descompusieron. Hubiera sido una descorporización bastante definitiva.
—Eso creo… —Rydra sintió que el estómago se le encogía ante la posibilidad—. ¿Naves-sombra? —preguntó.
—Sí. Eso es lo que es Tarik de Jebel.
—Me temo que no sé qué es lo que es una nave-sombra.
Jebel se rió, un sonido suave y ronco que venía desde el fondo de su garganta.
—Tal vez sea mejor. Espero que nunca tenga ocasión de lamentar que se lo haya dicho.
—Adelante —dijo Rydra—. Le escucho.
—El Resorte de Specelli es radio-denso. Una nave, incluso una montaña como Tarik, es indetectable por encima de cualquier longitud de onda. También corre a través del lado de estasis de Cáncer.
—Esa galaxia está en poder de los Invasores —dijo Rydra, con aprensión condicionada.
—El Resorte es el límite del borde de Cáncer. Nosotros… patrullamos el área y mantenemos a las naves Invasoras… en su lugar.
Rydra observó la vacilación en su rostro.
—Pero… ¿no oficialmente?
Él volvió a reírse.
—¿Cómo podríamos, capitán Wong? —acarició un manojo de plumas que crecía entre los omóplatos de Klik. El bufón arqueó la espalda—. Ni siquiera las naves de guerra oficiales pueden recibir órdenes o instrucciones en el interior del Resorte, a causa de la radio-densidad. De modo que el Cuartel General Administrativo de la Alianza se muestra tolerante con nosotros. Hacemos bien nuestro trabajo; ellos hacen la vista gorda. No nos pueden dar órdenes, pero tampoco pueden enviarnos armas o suministros. Por lo tanto, ignoramos ciertos acuerdos de salvataje y ciertas reglamentaciones de captura. Los oficiales estelares nos llaman salteadores… —escrutó el rostro de ella, buscando alguna reacción—. Somos leales defensores de la Alianza, capitán Wong, pero… —alzó una mano, cerró el puño y se lo llevó al estómago—. Pero si tenemos hambre, y no aparece ninguna nave Invasora… bien, capturamos lo que pase.
—Ya veo —dijo Rydra—. ¿Debo comprender que he sido capturada? —recordó al Barón, el vacilante hombre implícito en su escueta figura.
Los dedos de Jebel se abrieron sobre su estómago.
—¿Parezco hambriento?
Rydra esbozó una sonrisa irónica.
—Pareces muy bien alimentado.
Él asintió.
—Este mes ha sido próspero. Si no, no estaríamos aquí sentados hablando tan amistosamente. Por ahora son nuestros invitados.
—Entonces, nos ayudarás a reparar los generadores fundidos…
Jebel volvió a alzar una mano, indicándole que se detuviera.
—Por ahora —repitió.
Rydra se había sentado en el borde de su asiento; ahora volvió a reclinarse.
—Trae los libros —le dijo Jebel a Klik.
El juglar se alejó rápidamente y se puso a revolver en un nicho que estaba junto a los bancos.
—Vivimos peligrosamente —prosiguió Jebel—, y tal vez es por eso que vivimos bien. Somos civilizados… cuando tenemos tiempo. El nombre de Rimbaud fue lo que me convenció de que aceptara la sugerencia del Carnicero de remolcar su nave. Aquí en el borde jamás recibimos la visita de un bardo. [3]
Rydra sonrió tan cortésmente como pudo ante el juego de palabras. Klik regresó con tres volúmenes; las cubiertas eran negras con rebordes plateados. Jebel los tomó.
—El segundo es mi favorito. Me conmovió especialmente Exiliados en la niebla, ese largo poema narrativo. Me ha dicho que nunca escuchó hablar de las naves-sombra; sin embargo, conoce ese sentimiento… «La noche se curva para atarte»… ésa es la línea, ¿no es cierto? Confieso que no comprendo su tercer libro. Hay muchas referencias y alusiones humorísticas a sucesos corrientes. Aquí estamos poco informados —se encogió de hombros—. Conseguimos el primer libro en un salvataje; pertenecía a la colección del capitán de un transporte Invasor que había derivado de su curso. El segundo… bien, provino de un destructor de la Alianza. Creo que tiene una inscripción en el interior… —lo abrió y leyó—. «Para Joey en su primer vuelo: ¡ella dice tan bien lo que siempre he deseado tanto decir! Con mucho mucho amor de Lenia» —lo cerró—. Conmovedor. Hace sólo un mes que adquirí el tercero. Lo leeré varias veces más antes de que vuelva a hablarle de él. Estoy muy asombrado por la coincidencia que nos ha reunido… —dejó el libro en su regazo—. ¿Cuánto hace que ha aparecido el tercero?
—Un poco menos de un año.
—¿Hay un cuarto?
Ella sacudió la cabeza negativamente.
—¿Puedo preguntarle en qué obra literaria se halla embarcada ahora?
—Ahora, en nada. He escrito algunos poemas cortos que mi editor quiere reunir en una colección, pero yo quiero esperar hasta tener otra obra mayor y más sólida para equilibrarlos.
Jebel asintió.
—Ya veo —dijo—. Pero su reticencia nos priva de un gran placer. Sería para mí un gran honor que usted sintiera deseos de escribir. A la hora de las comidas tenemos música, y algún entretenimiento cómico o dramático dirigido por el inteligente Klik. Si usted nos ofreciera algún prólogo o epílogo con lo que se le ocurriera elegir, tendrá un público capaz de apreciarla.
Extendió su mano parda, dura. La apreciación no es un sentimiento cálido ―advirtió Rydra―, sino frío, y hace que uno distienda los músculos de la espalda al mismo tiempo que sonríe. Tomó la mano de Jebel.
—Gracias, Jebel —dijo.
—Yo le agradezco —respondió Jebel—. En vista de su buena disposición, dejaré en libertad a su tripulación. Son tan libres como mis hombres para recorrer Tarik a su antojo —sus ojos pardos se desviaron y Rydra le soltó la mano—. Ah, el Carnicero.
Él hizo un gesto de asentimiento y ella se volvió. El convicto que había estado con Jebel en la rampa estaba ahora de pie en el peldaño inferior.
—¿Qué era ese manchón cerca de Rigel? —preguntó Jebel.
—Alianza huyendo, Invasor persiguiendo.
El rostro de Jebel se tensó y luego se distendió.
—No, deja pasar a ambos. Ya hemos comido bien este mes. ¿Por qué perturbar a nuestros huéspedes con violencia? Ésta es Rydra…
El Carnicero golpeó la palma de su mano izquierda con el puño derecho. La gente que estaba abajo se dio vuelta. Ella pegó un salto ante el chasquido y con los ojos trató de descubrir el sentido en los músculos que temblaban apenas en el rostro inexpresivo, de labios llenos: una hostilidad penetrante pero desarticulada, un sentimiento de ultraje ante la quietud, temor de que el movimiento se detuviera, seguridad en el silencio furioso del movimiento…
Ahora Jebel volvió a hablar, en voz más baja, más lenta, más cortante:
—Tienes razón. Pero ¿qué hombre entero no se muestra indeciso en cuestiones momentáneas? ¿No es verdad, capitán Wong? —se puso de pie—. Carnicero, acércanos a su trayectoria. ¿Están a una hora? Bien. Los observaremos un rato, después les daremos una zurra… —hizo una pausa y sonrió a Rydra—…a los Invasores.
Las manos del Carnicero se separaron, y Rydra vio que el alivio ―o la liberación― le relajaba los brazos. Volvió a respirar.
—Apresta a Tarik; yo escoltaré a nuestra invitada a algún lugar desde donde pueda observar.
Sin responder, el Carnicero descendió los peldaños. Los que estaban más cerca habían escuchado, y la información ya corría por el salón. Hombres y mujeres se ponían de pie. Uno volcó su cuerno lleno de vino. Rydra vio a la chica que los había atendido en la enfermería buscar un lienzo y secar el líquido.
Después de subir la escalera de la galería, Rydra se acodó en uno de los balcones y observó la sala común que se extendía debajo, vacía ahora.
—Venga —le dijo Jebel, indicándole el camino a través de las columnas en dirección a la oscuridad y las estrellas—. La nave de la Alianza viene por aquí… —señaló una nube azulada—. Tenemos equipo para penetrar esta niebla, pero dudo de que la nave de la Alianza sepa siquiera que es perseguida por Invasores.
Se acercó a una mesa y oprimió un disco que sobresalía. Aparecieron dos puntos de luz en medio de la niebla.
—Rojo para los Invasores —explicó Jebel—. Azul para la Alianza. Nuestros pequeños botes araña serán amarillos. Desde aquí puede observar las alternativas del encuentro. Todas nuestras evaluaciones sensorias, perceptores sensorios y navegantes permanecen en Tarik y dirigen la estrategia por control remoto, de modo que las formaciones sean coherentes. Pero dentro de un cierto límite, cada uno de los botes araña pelea por su cuenta. Es un buen deporte para los hombres.
—¿Qué clase de naves son éstas que perseguirán ustedes? —preguntó Rydra, divertida al darse cuenta de que el tono ligeramente arcaico que caracterizaba el discurso de Jebel había empezado a afectar el suyo.
—La nave de la Alianza es una nave de suministros militares. Los Invasores la persiguen con un destructor pequeño.
—¿A qué distancia están uno del otro?
—Se encontrarán en veinte minutos más.
—¿Y vas a esperar sesenta minutos antes de… zurrar a los Invasores?
Jebel sonrió.
—Una nave de suministros no tiene mucha chance frente a un destructor.
—Lo sé —dijo ella, viendo cómo él esperaba, detrás de su sonrisa, las objeciones que ella pudiera hacer.
Ella buscó en sí misma las objeciones, pero estaban bloqueadas por un apiñamiento de minúsculos sonidos cantarines localizados en un área de su lengua del tamaño de una moneda: Babel-17. Definían el concepto de una curiosidad impostergable o inminente, que en cualquier otro idioma hubiera sido una torpe retahíla de polisílabos.
—Jamás he presenciado una contienda estelar —dijo.
—La hubiera llevado conmigo en mi nave enseña, pero sé que el poco peligro que hay es suficiente peligro. Desde aquí podrá seguir todo el combate con mayor claridad.
La excitación la invadió.
—Me gustaría ir con usted —dijo, esperando que él cambiara de idea.
—Quédese aquí —dijo Jebel—. El Carnicero irá conmigo esta vez. Aquí tiene un casco sensorio, por si quiere observar las corrientes de estasis, aunque con las armas de combate se produce tanta confusión electromagnética que ni siquiera una reducción significaría demasiado… —una combinación de luces centelleó en la consola—. Excúseme. Voy a controlar a mis hombres y a revisar mi crucero —hizo una breve inclinación—. Toda su tripulación ha revivido. Serán conducidos aquí, y usted podrá explicarles del modo que le parezca apropiado su condición de invitados míos.
Mientras Jebel se dirigía hacia la escalera, ella volvió los ojos hacia la reluciente pantalla visora y un momento más tarde pensaba: «Qué gigantesco cementerio deben tener en esta nave; deben hacer falta más de cincuenta descorporizados para hacer todas las lecturas sensorias necesarias para Tarik y los botes araña»… todo esto nuevamente en vasco. Miró hacia atrás, y vio las formas translúcidas de su Ojo, Oreja y Nariz que cruzaban la galería.
—¡No saben qué contenta estoy de verlos! —dijo—. No sabía si Tarik tenía comodidades para descorporizados.
—¡Vaya si las tiene! —fue la respuesta en vasco—. La llevaremos a hacer un viajecito por el submundo de aquí, capitán. Lo tratan a uno como si fuera un señor del Hades.
Por el altoparlante llegó la voz de Jebel:
—Escuchen: la estrategia es Manicomio. Manicomio. Repito por tercera vez: Manicomio. Residentes reunirse frente a César. Psicóticos listos en la puerta K. Neuróticos reunirse ante la puerta R. Locos criminales listos para la descarga en puerta T. Bien, quítense la camisa de fuerza.
Al pie de la pantalla de treinta metros aparecieron tres grupos de luces amarillas: los tres grupos de botes araña que atacarían a los Invasores una vez que éstos hubieran dado cuenta de la nave de suministros de la Alianza.
—Neuróticos, avanzar. Mantener contacto para evitar la ansiedad de la separación.
El grupo del medio empezó a avanzar lentamente. En los parlantes, ahora, puntuados con descargas de estática, Rydra empezó a escuchar voces más bajas a medida que los hombres se comunicaban con los Navegantes de Tarik.
―Manténnos en ruta, ahora, Kippi, y no te irrites.
―Seguro. Halcón, por favor, envía tus informes a tiempo Tranquilo. Mi unidad de control se queda pegada.
―¿Quién te dijo que podías salir sin reparación?
―Vamos, señores, por una vez sean amables con nosotros.
―Eh, Pezuña, ¿quieres que te impulsemos alto o bajo?
―Alto, con violencia y rápido. No me cuelguen.
―Sólo manda los informes a tiempo, cariño.
En el parlante principal, Jebel dijo:
—El Cazador y el Cazado se han enfrentado…
La luz roja y la azul empezaron a titilar en la pantalla. Calli, Ron y Mollya llegaron a lo alto de la escalera.
—¿Qué está…? —empezó Calli, pero se interrumpió ante un gesto de Rydra.
—Esa luz roja es una nave Invasora. Atacaremos en unos instantes. Somos estas luces amarillas —dijo Rydra por toda explicación.
—Buena suerte, nosotros —dijo Mollya con sequedad.
En cinco minutos sólo quedaba la luz roja. Para entonces Brass ya se había reunido con ellos. Jebel anunció:
—El Cazador se ha convertido en Cazado. Dejen salir a los esquizofrénicos criminales.
El grupo amarillo de la izquierda se adelantó, separándose.
―El Invasor parece bastante grande, allí, Halcón.
―No te preocupes. Nos hará trabajar duro.
―Mierda. No me gusta el trabajo duro. ¿Recibiste mi informe?
―Ahá. ¡Pezuña, deja de estorbar el haz de Luciérnaga!
―Okey, okey, okey. ¿Alguien revisó los tractores nueve y diez?
―Piensas en todo en el momento más adecuado, ¿no es cierto?
―Simple curiosidad. ¿La espiral no parece muy lejana desde allí?
—Neuróticos, adelante con los delirios de grandeza. Napoleón Bonaparte adelante. Jesucristo en retaguardia.
Las naves de la derecha se adelantaron en formación de diamante.
—Simular severa depresión, no comunicativa, con hostilidad reprimida.
Rydra escuchó voces juveniles a sus espaldas: Control conducía a los chicos del equipo, que ascendían la escalera. Al llegar se aquietaron ante la vasta proyección de la noche. La explicación de la batalla se filtró por entre los chicos en susurros.
—Comiencen el primer episodio psicótico.
Las luces amarillas se adelantaron en la oscuridad.
El Invasor debía haberlos localizado finalmente, pues la nave empezó a alejarse. La enorme nave no podía escapar de los botes araña a menos que saltara las corrientes. Y no les quedaba suficiente resto como para hacerlo. Los tres grupos de luces amarillas —en formación, sin formación y dispersa— se acercaron. Al cabo de tres minutos la nave Invasora dejó de huir. En la pantalla hubo un súbita invasión de luces rojas. Los Invasores habían lanzado sus propios cruceros, que también se habían separado en los tres grupos de ataque habituales.
—El objetivo de vida se ha dispersado —anunció Jebel—. No se pongan melancólicos.
―¡Vamos, dejen que esos niños traten de cazarnos!
―Recuerda, Kippi, ¡alto, con violencia y rápido!
―Si los asustamos para que tomen la ofensiva, ¡lo conseguiremos!
—Preparados para penetrar mecanismos de defensa hostiles. Bien. ¡Administren medicación!
La formación de los Invasores, sin embargo, no era ofensiva. Un tercio se había abierto en abanico horizontalmente a través de las estrellas, el segundo grupo peinaba sus rutas en un ángulo de sesenta grados y el tercer grupo se deslizaba en otro ángulo de sesenta grados de modo que formaban un triple enrejado defensivo ante la nave madre. Los cruceros rojos giraron al terminar su recorrido y recomenzaron su barrida, formando una red en el espacio ante el Invasor con sus naves pequeñas.
—Cuidado. El enemigo ha ajustado sus mecanismos de defensa.
―¿Y qué es, de todos modos, esta nueva formación?
―Nos arreglaremos. ¿Estás preocupado?
Una descarga enmudeció al parlante.
―¡Maldición, le dieron a Pezuña!
―Hacia atrás, Kippi. ¿Pezuña?
―¿Viste cómo le dieron? Hey, vámonos.
—Administren terapia activa a la derecha. Sean tan directos como puedan. Que el centro disfrute el principio del placer. Y que la izquierda se vaya al diablo.
Rydra observaba, fascinada, las luces amarillas que se enfrentaban con las rojas, que aún barrían hipnóticamente el espacio formando un enrejado, una red…
¡Red! La imagen volvió a centellear en su mente, y allí tenía todas las líneas que faltaban. El enrejado era idéntico a la red triple que había desarmado en su litera unas horas antes, con el factor agregado del tiempo ―ya que los hilos estaban formados por el rumbo de las naves, no por cuerdas―, pero funcionaba del mismo modo. Arrebató un micrófono de la consola.
—¡Jebel!
La palabra demoró una eternidad en deslizarse de atrás hacia adelante desde la explosiva postdental hasta la bilabial y de regreso a la fricativa palatal, además de todos los sonidos que danzaban en su cerebro. Rugió a los Navegantes que estaban a su lado:
—¡Calli, Mollya, Ron, coordenen el área de batalla!
—¿Qué? —dijo Calli—. Muy bien.
Empezó a ajustar el diámetro del estelarímetro en su palma. Cámara lenta, pensó ella. Todos se mueven en cámara lenta. Ella sabía lo que debía hacerse, lo que había que hacer, y observaba cómo cambiaba la situación.
—Rydra Wong, Jebel está ocupado —llegó la voz grave del Carnicero.
Calli dijo, por encima de su hombro izquierdo:
—Coordenadas 3-B, 41-F y 9-K. Bastante rápido, ¿cierto?
Parecía como si las hubiera pedido una hora antes.
—Carnicero, ¿recibiste esas coordenadas? Bien, escucha: en veintisiete segundos un crucero pasará por… —le transmitió una ubicación de tres cifras—. Atácalo con tu neurótico más próximo. —mientras esperaba la respuesta, vio dónde estaría el próximo—. Dentro de cuarenta segundos empezando… ocho, nueve, diez, desde ahora, un crucero Invasor pasará por… —y dio otra ubicación—. Atácalo con lo que esté más cerca. ¿La primera nave está fuera de servicio?
—Sí, capitán Wong.
A pesar de la sorpresa y del alivio no se dio respiro. Al menos, el Carnicero la escuchaba. Le dio las coordenadas de otras tres naves de la «red».
—¡Ahora atácalas y observa cómo se hacen pedazos!
Cuando Rydra dejó el micrófono, la voz de Jebel anunció:
—¡Avanzar para terapia grupal!
Los amarillos botes araña surgieron otra vez de la oscuridad. En el lugar donde debería haber habido Invasores, había agujeros vacíos; confusión donde debería haber habido refuerzos. Primero uno y después otros cruceros rojos abandonaron sus posiciones.
Las luces amarillas habían atravesado el enrejado. El resplandor de una descarga vibrátil despedazó el resplandor rojo de la nave Invasora.
Ratt saltaba una y otra vez, apoyado en el hombro de Carlos y en el de Plop.
—¡Hey, ganamos! —gritaba el minúsculo Ingeniero de Reconversión—. ¡Ganamos!
Todo el equipo intercambió murmullos. Rydra se sentía rara, como muy distante. Hablaban tan lentamente, demoraban tanto tiempo en decir lo que podía ser delineado muy rápidamente con unos pocos y simples…
—¿Está bien, ca'itán? —preguntó Brass, rodeándole los hombros con una zarpa amarilla.
Ella trató de hablar, pero sólo consiguió emitir un gruñido. Se tambaleó contra el brazo de Brass.
—Mmmm —y se dio cuenta de que no sabía cómo decirlo en Babel-17. Su boca hizo un esfuerzo y se adaptó al inglés—. Mareada —dijo—, Dios mío, me siento mareada.
Mientras lo decía, la sensación de vértigo se atenuó.
—¿No sería mejor que se recostara —sugirió Control.
Ella sacudió negativamente la cabeza. Estaba desapareciendo la tensión de los hombros y la náusea.
—No. Estoy bien. Creo que me excité demasiado.
—Siéntese un minuto —dijo Brass, apoyándola contra el escritorio.
Pero ella se incorporó.
—De veras, ya estoy bien —dijo, con una honda inhalación—. ¿Lo ven? —se soltó del brazo de Brass—. Voy a caminar un poco. Después me sentiré mejor.
Aún insegura, se puso en marcha. Sintió que ellos no querían dejarla ir, pero de repente deseaba estar en otra parte. Se alejó a través de la galería.
Su respiración se había normalizado para cuando llegó a los niveles superiores. Allí, desde seis direcciones distintas, los pasillos se unían con rampas mecánicas que descendían hacia otros niveles. Se detuvo sin saber qué camino tomar; entonces sintió ruidos.
Un grupo de la tripulación de Tarik cruzaba el corredor. El Carnicero, que estaba entre ellos, se detuvo, apoyándose en el marco de la puerta. Le sonrió al ver su confusión, y señaló hacia la derecha. Ella no tenía ganas de hablar, así que simplemente le devolvió la sonrisa y se rozó la cabeza a modo de saludo. Cuando se dirigió hacia la rampa de la derecha, se sintió sorprendida por el significado oculto en la sonrisa de él. Había orgullo por el éxito de ambos ―que había permitido que ella permaneciera en silencio―, sí, y un placer directo al ofrecerle su ayuda sin palabras. Pero eso era todo. Faltaba la esperada diversión que causaba siempre alguien que se había perdido. La presencia de un sentimiento así no la hubiera molestado. Pero su ausencia le encantaba. Se adecuaba perfectamente a esa angulosa brutalidad que ella había detectado antes en él, y también a su gracia animal.
Ella seguía sonriendo cuando llegó a la sala común.


II


Se apoyó en la baranda del pasadizo, para observar la actitud en la plataforma de carga y descarga que se curvaba debajo de ella.
—Control, lleva a los chicos abajo para que den una mano con esos montacargas. Jebel dijo que les vendría bien un poco de ayuda.
Control guió al equipo hasta la silla ascensor que descendía hasta las profundidades de Tarik.
—…Muy bien, cuando lleguen abajo acérquense a ese hombre de camisa roja y díganle que los ponga a trabajar. Sí, a trabajar, ¿de qué se sorprenden, estúpidos? Kile, asegúrate con las correas, ¿quieres? Hay setenta y cinco metros hasta abajo, y tu cabeza encontrará un poco dura la caída. Eh, ustedes dos, basta. Ya sé que él empezó. Sólo vayan allí abajo y hagan algo constructivo…
Rydra vio maquinaria y suministros orgánicos —de la Alianza y de los Invasores— recuperados por los equipos de desmantelamiento que trabajaban en las ruinas de las dos naves y del enjambre de cruceros; las cestas repletas se apilaban en el área de carga.
—Muy pronto arrojaremos al espacio las naves crucero ―Rydra se volvió al oír la voz de Jebel―. Mucho me temo que también el Rimbaud irá con ellas. ¿Hay algo que le gustaría recuperar antes de que lo botemos, capitán?
—Me gustaría recuperar algunos papeles y grabaciones importantes. Dejaré aquí al equipo y llevaré conmigo a los oficiales.
—Muy bien —dijo Jebel, reuniéndose con ella ante la barandilla—. Tan pronto como terminemos aquí enviaré una tripulación de trabajo con usted, por si necesita traer algo de gran tamaño.
—No será nece… —empezó ella—. Oh, ya entiendo. Necesita combustible, ¿verdad?
Jebel asintió.
—Y componentes de estasis, y repuestos para nuestros botes araña. No tocaremos el Rimbaud hasta que usted no haya terminado con él.
—Ya veo. Creo que es justo.
—Estoy impresionado —prosiguió Jebel, cambiando de tema— con su método para romper la red defensiva de los Invasores. Esa formación particular siempre nos ha dado un poco de trabajo. El Carnicero me dice que usted la desarmó en menos de cinco minutos y sólo perdimos un bote araña. Es un récord. No sabía que era una consumada estratega aparte de ser poeta. Sus talentos son múltiples. Es una suerte que el Carnicero haya respondido a su llamada. Yo no hubiera sido lo suficientemente sensato como para seguir sus instrucciones así, repentinamente. Si los resultados no hubieran sido tan buenos, me hubiera enojado con el Carnicero. Pero sus decisiones jamás han dejado de beneficiarme.
Dirigió la mirada hacia la fosa. El ex-convicto se hallaba en una plataforma suspendida en el centro, silencioso espectador de las operaciones que se llevaban a cabo abajo.
—Es un hombre curioso —dijo Rydra—. ¿Por qué estuvo en prisión?
—Jamás se lo pregunté —dijo Jebel, alzando la barbilla—. Él jamás me lo dijo. En Tarik hay muchas personas curiosas. Y la privacidad es muy importante en un espacio tan pequeño. Oh, sí, en un mes usted podrá darse cuenta de lo pequeña que es la Montaña.
—Lo olvidé —se disculpó Rydra—. No debí haber preguntado.
Una sección delantera completa de la nave bombardeada era arrastrada por el túnel en un transportador dentado de seis metros de ancho. Los desmanteladores se apiñaban en un costado, con taladros y rayos láser. Unas grúas gigantescas asieron el casco y comenzaron a hacerlo rotar lentamente.
Un operario situado frente a una compuerta emitió un grito repentino y se hizo a un lado con rapidez. Sus herramientas cayeron con un ruido metálico. La compuerta se abrió hacia arriba y una figura embutida en un traje de piel plateada se dejó caer los siete metros que la separaban de la cinta transportadora, rodó entre los dientes, se puso de pie, cubrió de un salto los tres metros que la separaban del piso y echó a correr. La capucha se le deslizó de la cabeza y liberó una cabellera castaña, larga hasta los hombros, que se sacudió violentamente cuando esquivó un furgón de desperdicios. Se movía rápido, aunque con cierta torpeza. Después Rydra advirtió que lo que había tomado por un exceso de peso del Invasor que huía era en realidad un embarazo de por lo menos siete meses. Un mecánico le arrojó una pinza, pero ella la esquivó desviándola con la cadera. Corría en dirección a un espacio abierto entre las pilas de suministros.
Entonces, un vibrante siseo cortó el aire: la Invasora se detuvo, cayó sentada y el siseo se repitió. Ella cayó de lado, pataleó una vez, luego otra.
En la torre, el Carnicero guardó su pistola vibrátil en la funda.
—Eso no era necesario —dijo Jebel con impactante suavidad.
—¿No podríamos…? —y parecía que no había nada por sugerir.
En el rostro de Jebel había dolor y curiosidad. El dolor, advirtió Rydra, no se debía a la doble muerte, sino que era el desagrado de un caballero atrapado haciendo algo feo. La curiosidad estaba concentrada en cuál sería la reacción de Rydra. Y tal vez reaccionar a ese tirón que sentía en el estómago le costaría la vida. Ella observó cómo él se preparaba a hablar: estaba a punto de decir ―y ella lo dijo por él―:
―Ponen mujeres embarazadas en las naves de combate. Sus reflejos son más rápidos.
Ella vio cómo él se relajaba, cómo empezaba a relajarse.
El Carnicero ya descendía de la silla ascensor y llegaba a la pasarela. Se acercó a ellos, dando un golpe con el puño cerrado en su muslo, impaciente.
—Tienen que irradiar todo antes de traer las naves aquí. No quieren escuchar. Esta es la segunda vez que ocurre en dos meses —gruñó.
Abajo, los hombres de Tarik y los del equipo de Rydra se mezclaban junto al cuerpo.
—Lo harán la próxima vez —la voz de Jebel seguía suave y fría—. Carnicero, aparentemente has concitado la atención de la capitán Wong. Se preguntaba qué clase de persona serías, y yo no pude responderle. Tal vez tú puedas explicarle por qué…
—Jebel —dijo Rydra. Sus ojos, que buscaban los de Jebel, tropezaron con la oscura mirada del Carnicero—. Me gustaría ir a mi nave ahora y ocuparme de ella antes de que ustedes empiecen el salvataje.
Jebel exhaló el resto del aire que había estado conteniendo desde el siseo de la pistola vibrátil.
—Por supuesto —dijo.

—No, no es un monstruo, Brass —dijo Rydra, mientras abría la puerta de la cabina del capitán, en el Rimbaud, y entraba—. Es tan sólo expeditivo. Es como si… —y le dijo muchísimas cosas más hasta que la boca de él, distendida por los colmillos, sonrió y Brass sacudió la cabeza.
—Hábleme en inglés, ca'itán. No la entiendo.
Ella tomó el diccionario de encima de la consola y lo colocó encima de los gráficos.
—Lo siento —dijo—. Esta lengua es perversa. Una vez que uno la ha aprendido, hace las cosas tan fáciles… Quita esas cintas del reproductor. Quiero escucharlas otra vez.
—¿Qué son? —dijo Brass mientras las traía.
—Son transcripciones de los últimos diálogos en Babel-17, antes de que partiéramos de los Depósitos Bélicos.
Los colocó y empezó la primera grabación.
Un melodioso torrente onduló en la habitación y la atrapó en estallidos de diez y veinte segundos que ella pudo comprender. El plan para sabotear a TW-55 apareció delineado con vividez alucinante. Cuando llegó a una parte que no pudo comprender, Rydra se quedó temblorosa, trabada contra un muro de incomunicación. Mientras escuchaba, mientras comprendía, era como si se moviera entre percepciones psicodélicas. Cuando la comprensión desaparecía, el aire se escapaba de sus pulmones de repente y ella tenía que parpadear, sacudir la cabeza ―una vez se mordió accidentalmente la lengua― antes de estar nuevamente en libertad de comprender.
—¿Capitán Wong?
Era Ron. Ella volvió la cabeza, que ahora le dolía un poco, para mirarlo.
—Capitán Wong, no quiero molestarla.
—Está bien —dijo ella—. ¿Qué ocurre?
—Encontré esto en la Cueva del Piloto ―tenía en la mano un carrete de cinta.
Brass seguía de pie junto a la puerta.
—¿Y qué estaba haciendo en mi 'arte de la nave? —preguntó.
Los rasgos de Ron se contrajeron buscando una expresión.
—Acabo de reproducir la grabación con Control. Es el pedido del capitán Wong, o de alguien, solicitando permiso de despegue en los Depósitos Bélicos, y la señal enviada a Control de aprestarse para el despegue.
—Ya veo —dijo Rydra. Tomó el carrete. Después frunció el ceño—. Esta bobina es de mi cabina. Uso los carretes trilobulados que tengo desde la universidad. Todas las otras máquinas de la nave tienen carretes de cuatro lóbulos. Esta cinta salió de mi máquina, ésta que está aquí.
—Así que —dijo Brass—, a'arentemente alguien se filtró aquí y lo grabó mientras usted no estaba.
—Cuando yo no estoy, este lugar está cerrado en forma tan segura que ni siquiera una pulga descorporizada podría colarse por debajo de la puerta… —sacudió la cabeza—. Esto no me gusta. No sé dónde me pegarán la próxima vez. Bien —añadió, poniéndose de pie—, al menos ahora sé lo que debo hacer acerca de Babel-17.
—¿Qué hará? —dijo Brass.
Control se había acercado hasta la puerta y la miraba por encima del florido hombro de Ron.
Rydra observó a la tripulación. La incomodidad o la desconfianza, ¿qué era peor?
—Verdaderamente, ahora no puedo decírselo a ustedes, ¿no es así? —dijo—. Es así de simple —se dirigió hacia la puerta—. Querría poder hacerlo. Pero sería un poco tonto después de todo lo sucedido.

—¡Pero necesito hablar con Jebel!
El bufón, Klik, se rizó las plumas y se encogió de hombros.
—Señora, complacería su deseo por encima de todos los demás moradores de la montaña, salvo Jebel. Y es el deseo de Jebel el que ahora la contradice. Desea que no se lo moleste. Está planeando el destino de Tarik durante el próximo ciclo temporal. Debe considerar cuidadosamente las corrientes, sopesando hasta el peso de las estrellas que nos rodean. Es una ardua tarea y…
—¿Dónde está el Carnicero, entonces? Le preguntaré a él, pero preferiría hablar directamente con…
El bufón señaló con su talón verde.
—Está en el anfiteatro de biología. Baje por la sala común y tome el primer ascensor hasta el nivel doce. Está directamente a su izquierda.
—Gracias —dijo ella, y se encaminó hacia la escalera de la galería.
Al salir del ascensor halló la enorme puerta irisada y oprimió el disco de entrada. Las hojas se abrieron, y ella parpadeó bajo la luz verde.
La cabeza redonda y los hombros ligeramente caídos de él se perfilaban frente a un tanque que burbujeaba, y en el cual flotaba una figura minúscula: el chorro de burbujas se abría en los pies, convergía en el hueco de las manos cruzadas y curvadas, espumeaba en la cabeza gacha y en la mata de pelo que se agitaba en las corrientes en miniatura.
El Carnicero se volvió, la vio y dijo:
—Murió —y después asintió con vigorosa beligerancia—. Hace cinco minutos aún estaba vivo. Siete meses y medio. Tendría que haber vivido. ¡Era suficientemente fuerte!
Su puño izquierdo chasqueó contra la palma de su mano derecha, tal como ella lo había visto hacer en la sala común. Los temblorosos músculos se aquietaron. Con el pulgar él señaló hacia una mesa de operaciones donde estaba tendido el cuerpo de la Invasora… seccionada.
—Malherida antes de salir. Órganos internos todos alterados. Mucha necrosis abdominal en todas partes… —giró la mano de modo que su pulgar apuntaba ahora al homúnculo que flotaba, y el gesto que había parecido rudo adquirió una gracia económica—. Sin embargo… tendría que haber vivido.
Apagó la luz del tanque y las burbujas cesaron. Dio un paso avanzando desde atrás de la mesa del laboratorio.
—¿Qué desea la dama? —dijo.
—Jebel está planeando la ruta que seguirá Tarik durante los próximos meses. ¿Podrías preguntarle…? —se detuvo—. ¿Por qué? —preguntó después.
Los músculos de Ron, pensó, eran cuerdas vivientes que se tensaban y cantaban sus mensajes. En este hombre, los músculos eran escudos que dejaban afuera las palabras y al hombre adentro. Y algo de adentro saltaba y saltaba, golpeando el escudo desde atrás. El estómago musculoso se agitó, el pecho se contrajo con una exhalación, la frente se alisó y luego volvió a arrugarse.
—¿Por qué? —repitió ella—. ¿Por qué trataste de salvar al niño?
El rostro de él se contrajo, buscando una respuesta, y su mano izquierda rodeó la marca de convicto del otro bíceps, como si hubiera empezado a dolerle. Después, con disgusto, cedió.
—Murió. No sirve de nada. ¿Qué desea la dama?
Lo que saltaba y saltaba dentro de él se retrajo ahora, y lo mismo hizo ella.
—Quiero saber si Jebel me llevará hasta el Cuartel General Administrativo de la Alianza… Tengo que llevar cierta información importante con respecto a la Invasión. Mi piloto me dice que el Resorte de Specelli se extiende a lo largo de diez unidades de hiperestasis, que pueden ser cubiertas en un bote araña, de modo que Tarik podría quedar en el espacio radiodefendido todo el tiempo. Si Jebel me escolta hasta el Cuartel General, yo le garantizo protección y un seguro retorno a la parte más densa del Resorte.
Él la miró.
—¿Todo el camino por la Lengua del Dragón?
—Sí. Brass me dijo que así se llama la punta del Resorte.
—¿Protección garantizada?
—Eso es. Le mostraré mis credenciales expedidas por el general Forester de la Alianza si tú…
Pero él le indicó silencio con un gesto.
—¿Jebel? —dijo, hablando por el intercom que estaba en la pared.
El portante era direccional, así que ella no pudo escuchar la respuesta.
—Que Tarik descienda por la Lengua del Dragón durante el primer ciclo.
Del otro lado hubo preguntas u objeciones.
—Desciende por la Lengua y todo andará bien.
Luego asintió ante un murmullo ininteligible que llegó del otro lado y dijo:
—Murió —y cortó la comunicación—. Está bien. Jebel llevará a Tarik hasta el Cuartel General.
La sorpresa sustituyó al escepticismo inicial de Rydra. Era una sorpresa que ya debería haber sentido antes, cuando él respondió tan íntegramente a su plan para destruir la defensa de los Invasores, si esos sentimientos no hubiera estado bloqueados, en aquel momento, por Babel-17.
—Bien, gracias —empezó ella—, pero ni siquiera me has preguntado… —entonces decidió refrescar la idea de otro modo.
Pero el Carnicero formó un puño con su mano:
—Sabiendo qué naves destruir, y las naves se destruyen —se golpeó el pecho con el puño—. Ahora descender por la Lengua del Dragón y Tarik desciende por la Lengua del Dragón —volvió a golpearse el pecho.
Ella quería preguntarle, pero miró al feto muerto que giraba en el líquido oscuro detrás de él y dijo, en cambio:
—Gracias, Carnicero.
Mientras trasponía la puerta irisada, caviló acerca de lo que él le había dicho, tratando de estructurar alguna explicación de su conducta. Hasta su mismo modo de expresarse, tan primitivo…
¡Sus palabras!
Lo advirtió de inmediato, apresurándose por el corredor.


III

—¡Brass, no puede decir «yo»!
Se inclinó sobre la mesa, y la curiosidad y la sorpresa la hacían excitarse. El piloto cerró sus zarpas alrededor del cuerno de vino. Las mesas de madera de la sala común estaban siendo preparadas para la cena.
—Yo, a mí, mío, yo mismo. Creo que no puede decir nada de eso. Ni pensarlos. Me pregunto de dónde diablos habrá venido…
—¿Conoce algún idioma en el que no exista la 'alabra «Yo»?
—Se me ocurren un par de lenguajes en el que esa palabra no se utiliza con frecuencia, pero ninguno que carezca del concepto, aunque sea dependiente de alguna desinencia verbal.
—¿Y qué significa eso?
—Es un hombre extraño, con un extraño modo de pensar. No sé por qué, pero se ha puesto de mi parte, es una especie de aliado en este viaje e intermediario con Jebel. Me gustaría comprenderlo, para no herirlo.
Miró a su alrededor, observando la actividad en la sala común. La joven que les había llevado pollo la miraba ahora, curiosa, con miedo aún. El miedo se fundió con la curiosidad y la hizo aproximarse a dos mesas de distancia; después la curiosidad se evaporó hasta convertirse en indiferencia y se fue a buscar más cucharas al cajón de la alacena.
Se preguntó qué pasaría si traducía a Babel-17 todas sus percepciones de los movimientos y tics musculares de la gente. Ahora comprendía que Babel no era tan sólo un lenguaje, sino una flexible matriz de posibilidades analíticas en la que la misma «palabra» definía los acentos en una red de vendaje médico, o en un enrejado defensivo de naves espaciales. ¿Qué podría hacer con las tensiones y ansiedades de un rostro humano? Tal vez un parpadeo o un movimiento de los dedos se convertiría en matemáticas, sin significado. O tal vez… Mientras pensaba, su mente cambió de velocidad hasta la coherencia compacta de Babel-17. Y ella paseó la vista, abarcando las… voces.
Expandiéndose y definiéndose unas a otras, no eran las voces mismas, sino las mentes que hacían esas voces, entrelazándose entre sí; así que ahora ella podía saber que el hombre que entraba en ese momento era el apenado hermano de Pezuña, y que la chica que los había atendido antes estaba enamorada, muy enamorada del joven muerto del sector descorporizado que poblaba sus sueños…
(El hecho que estuviera sentada en la gran sala común mientras los hombres y mujeres desfilaban para la comida de la noche era una parte muy pequeña de conciencia.)
…considerando el hambre general, una panzona bestia con dientes en un hombre, un plácido estanque en otro, ahora el familiar estrépito de confusión adolescente mientras el equipo del Rimbaud entraba alborotando, conducido por la profunda concentración de Control, y más allá, entre el alboroto, el hambre, el amor… ¡un miedo! Resonaba en la sala, refulgía de color rojo en la marea de índigo, y ella buscó a Jebel o al Carnicero porque sus nombres figuraban en ese miedo, pero no halló a ninguno de los dos en la sala; en lugar de ellos percibió a un hombre flaco llamado Geoffry Cord, en cuyo cerebro unos cables cruzados resplandecían y echaban chispas diciendo “Causar muerte con el cuchillo que llevo envainado en mi pierna”, y otra vez “Con la lengua hacerme un lugar en un sitio elevado de Tarik”, y las mentes lo rodeaban, asiendo y buscando, tartamudeando acerca del amor y el dolor, amando un poco y tanteando por más, todas marcadas con la relajación por la comida que se aproximaba, y en otros con la expectativa por lo que el listo Klik presentaría esa noche, las mentes de los actores de la pantomima concentradas en la representación mientras inspeccionaban a los espectadores con quienes ―más temprano― habían trabajado y dormido, un viejo navegante de cabeza geométrica apresurándose a entregarle a la muchacha ―que en la obra debía representar a una enamorada― un broche de plata que él mismo había fundido y grabado, para ver si ella aceptaba representar que era a él a quien amaba…
(Pusieron sus cubiertos, trajeron primero un botellón y después el pan, y ella lo vio y se sonrió, pero estaba viendo muchas más cosas; a su alrededor la gente se sentaba, se relajaba, mientras los encargados de servir se apresuraban hacia el mostrador donde humeaban las frutas asadas y fritas.)
…Sin embargo, en medio de todo esto, la mente de ella volvía en círculos alrededor de la alarma de Geoffry Cord: “Debo actuar esta noche cuando terminen los actores”; incapaz de concentrarse en otra cosa que no fuera la urgencia de él, lo vio deleitarse y urdir su conspiración, adelantarse cuando comenzó la pantomima como si quisiera acomodarse en un sitio más próximo, deslizarse junto a la mesa donde se sentaría Jebel y después enterrar en las costillas de Jebel su colmillo de serpiente, metal acanalado empapado en ponzoña paralizante, y luego morder su diente falso repleto de drogas hipnóticas para que cuando lo apresaran los otros pensaran que había estado bajo control de otra persona, y finalmente soltaría una loca historia, implantada debajo del nivel de los hipnóticos mediante muchas horas dolorosas con la personafix, diciendo que estaba bajo el control del Carnicero; después, de algún modo se las arreglaría para quedarse a solas con el Carnicero y morderle una mano o una pierna o la muñeca, inyectándole la misma droga que emponzoñaba su propia boca, dejando así indefenso al enorme convicto, y así lo controlaría, y cuando finalmente el Carnicero se convirtiera en el amo de Tarik después del asesinato, Geofry Cord sería el lugarteniente del Carnicero tal como ahora el Carnicero era el lugarteniente de Jebel, y cuando Tarik de Jebel fuera Tarik del Carnicero, Geoffry controlaría al Carnicero del mismo modo en que él sospechaba que el Carnicero controlaba a Jebel, y allí comenzaría un reinado de dureza y todos los extranjeros serían expulsados de la montaña y condenados a morir en el vacío, y arrasarían a todas las naves, Invasores, de la Alianza o Sombras en el Resorte, y Rydra apartó su mente de la de él y exploró la breve superficie de la mente de Jebel y la del Carnicero y no vio hipnóticos, pero también vio que no sospechaban ninguna traición y su propio miedo dilatado, arrancándola de lo que sentía con voz doble y a medias… ―su miedo se apartó de su vasta visión de palabras, mientras sentía sísmicos accesos de miedo y aún así sobreviviría y descubriría su miedo como algo poroso, poroso como una esponja― y no si, era capaz, aún mientras caminaba, de elegir las palabras y las imágenes que lo llevarían a traiciones… ―y no si, una vez golpeada por su miedo y ya de vuelta, se rehizo―… por medio de una sola línea que se grababa tanto en la percepción como en la acción, en el habla y en la comunicación, ambas aunadas ahora, eligiendo sonidos que persuadirían con la deliberación que era precisa en este tiempo dilatado…
Vio muchísimo más que al demoniaco bufón, en él escenario, que ya decía: «Antes de comenzar el entretenimiento de la noche deseo pedir a nuestra invitada, capitán Wong, que diga, si desea, algunas palabras, o que nos recite algo». Y ella supo, con una pequeñísima parte de su mente —pero nada más que con esa parte— que debía usar esa oportunidad para denunciarlo. Esa convicción borró momentáneamente todo lo demás, pero luego recobró su magnitud adecuada, porque ella sabía que no podía permitir que Cord le impidiera llegar al Cuartel General, así que se puso en pie y caminó hasta el escenario situado al fondo de la sala común, recogiendo mientras caminaba ―de la misma mente de Cord― una daga mortal muy rápidamente afilada para penetrar en las grietas de Geoffry Cord…
…y llegó a la plataforma y se ubicó junto a la gloriosa bestia, Klik, y ascendió, escuchando las voces que cantaban en el silencio de la sala, y arrojó al aire las palabras desde la honda de su vibrante voz, de modo que pendieran fuera de ella, y las contempló como él las contemplaba: el ritmo que para todos los otros de la sala era apenas intrincado le resultaba a él muy doloroso, porque estaba cronometrado con los procesos de su cuerpo, para discordar con ellos y golpearlos…

«Muy bien, Cord,
para ser amo de esta negra barraca, Tarik,
hace falta más que la erudición del chacal,
o unas tripas llenas de homicidio y rodillas de jalea.
Abre tu boca y tus manos. Para comprender
el poder usa, por favor, tu ingenio.
La ambición, como un líquido rubí, tiñe tu mente,
parida en el ya alumbrado deseo de matar,
mecido en el arco de la muerte,
tu propio nombre la víctima
cada vez que llenas de carroña
el cráneo que lame el homicidio.
Predice el movimiento de tus dedos
hasta la daga ya ha mucho yaciendo junto al cuerpo
y bien fijada para cumplir el plan
que tus pálidos dedos han tramado;
tú quedas a salvo, perdiendo mundos, maravillas,
bajo el leve siseo de la personafix
que infunde falsos recuerdos que los han de confundir,
mientras el trueno hiende el cambio en Tarik.
Clavas palillos en los duraznos, ubicas tu extraña daga,
mientras las largas y fuertes líneas de mi verso
cambian tu mente: ahora es frágil, no fulgente.
Ahora escuchas la cuerda equivocada que te instruye.
Asesino, abstente…»

…Y Rydra se sorprendió de que él lo hubiera soportado tanto tiempo.
Miró directamente a Geoffry Cord. Geoffry Cord la miró directamente y cayó.
El grito cortó algo con brusquedad. Ella había estado pensando en Babel-17 y eligiendo por medio de él sus palabras inglesas. Pero ahora pensaba nuevamente en inglés.
Geoffry Cord sacudió la cabeza hacia un costado, agitando el pelo, dio vuelta su mesa y corrió, enfurecido, hacia ella. La daga envenenada que ella había visto solamente con su imaginación, estaba desenvainada y apuntaba a su estómago.
Rydra saltó hacia atrás y soltó un puntapié destinado a la muñeca del hombre mientras él trepaba a la plataforma, No le dio en la muñeca, pero le golpeó el rostro. Él cayó hacia atrás y rodó por el piso.
Oro, plata, ámbar: Brass venía corriendo desde su lado. Jebel, con su pelo de plata, corría desde el otro lado, con el manto flotando. Y el Carnicero ya estaba a su lado, interponiéndose entre ella y Cord, que ya se recuperaba.
—¿Qué es esto? —preguntó Jebel.
Cord estaba de rodillas; aún esgrimía el cuchillo. Sus ojos negros se pasearon de una pistola vibrátil a otra y luego se posaron en las garras de Brass, desenvainadas. Se paralizó.
—Me desagrada que se ataque a mis invitados.
—Ese cuchillo te estaba destinado, Jebel —jadeó ella—. Controla los registros de la personafix de Tarik. Iba a matarte y a controlar al Carnicero por medio de hipnóticos para dominar Tarik.
—Oh —dijo Jebel—. Uno de ésos… —se volvió hacia el Carnicero—. Ya era hora que apareciera otro, ¿no es cierto? Aparece uno cada seis meses. Debo agradecerle una vez más, capitán Wong.
El Carnicero dio un paso hacia adelante y tomó la daga de Cord, que parecía paralizado, aunque sus ojos danzaban. Rydra sintió la respiración de Cord ―que le daba una medida al silencio― mientras el Carnicero, sosteniendo el cuchillo de la hoja, lo examinaba. La hoja que el Carnicero tenía entre los pesados dedos era de acero. El mango, unos catorce centímetros de hueso, era acanalado y teñido de color nogal.
Con la mano libre el Carnicero tomó el pelo de Cord. Después, no demasiado rápido, incrustó el cuchillo en el ojo derecho de Cord, el mango primero.
El grito se transformó en un gorgoteo. Las manos dejaron de agitarse y cayeron de los hombros del Carnicero. Los que estaban sentados más cerca se pusieron de pie.
El corazón de Rydra palpitó dos veces con tanta fuerza que le pareció que las costillas se le deshacían.
—Pero ni siquiera comprobaste… ¿Y si yo me hubiera equivocado? Tal vez no fuera… ―su lengua se enredó en las protestas sin sentido. Y tal vez su corazón se hubiera detenido.
El Carnicero, con ambas manos ensangrentadas, la miró con frialdad.
—El que en Tarik se mueve con un cuchillo hacia la Dama o Jebel, muere.
El puño derecho aterrizó sobre la palma de la mano izquierda, silenciosamente a causa del rojo lubricante.
—Señorita Wong —dijo Jebel—, por lo que vi, casi no me queda duda de que Cord era peligroso. Estoy seguro de que tampoco usted lo duda. Es usted tremendamente útil. Le estoy muy agradecido. Espero que este viaje por la Lengua del Dragón resulte propicio. El Carnicero acaba de decirme que vamos por aquí en base a su pedido.
—Gracias, pero…
Su corazón palpitaba violentamente otra vez. Ella trató de construir alguna cláusula para colgar del gancho del «pero» que aún vacilaba en sus labios. Pero se sintió muy enferma y se inclinó hacia adelante, casi enceguecida. El Carnicero la atajó con sus manos rojas.

Otra vez el cuarto redondo, azul, cálido. Pero estaba sola, y al menos podía pensar acerca de lo ocurrido en la sala común. No había sido lo que tan a menudo había tratado de describirle a Mocky. Era aquello en lo que Mocky tantas veces había insistido: telepatía. Pero, aparentemente, la telepatía era un nexo entre su viejo talento y un nuevo modo de pensar. Le abría mundos de percepción, de acción. Y entonces, ¿por qué se sentía enferma? Recordó de qué modo el tiempo se ralentizaba cuando su mente trabajaba controlada por Babel-17, de qué modo se aceleraban sus procesos mentales. Si había una aceleración parecida en sus funciones fisiológicas, tal vez su cuerpo no pudiera tolerar la tensión.
Las cintas del Rimbaud le habían revelado que el próximo «sabotaje» se llevaría a cabo en el Cuartel General Administrativo de la Alianza. Quería llegarse hasta allí con el lenguaje, el vocabulario y la gramatica, dárselos y retirarse. Estaba casi dispuesta a abandonar la búsqueda del misterioso hablante. Pero no…, no del todo. Aún quedaba algo, algo por escuchar y por hablar…
Enferma y cayéndose, tropezó con los ensangrentados dedos. La brutalidad sin yo del Carnicero ―hecha lineal por algo que ella desconocía, algo menos que primitivo― era aún humana a pesar de todo su horror. A pesar de sus manos ensangrentadas, él era más seguro que la precisión de un mundo corregido lingüísticamente. ¿Qué se le podía decir a un hombre que no podía decir «yo»? ¿Qué podía decirle él a ella?
Las cualidades y las bondades de Jebel existían dentro de los límites articulados de la civilización. Pero esa roja bestialidad… ¡la fascinaba!


IV

Se incorporó de la litera deshaciendo la red esta vez. Se había sentido bien durante casi una hora, pero se había quedado quieta pensando. La rampa se elevó hasta sus pies.
Cuando la pared de la enfermería se solidificó detrás de ella, se detuvo en el corredor. El flujo de aire pulsaba como una respiración. Sus pantalones translúcidos rozaban el empeine de sus pies desnudos. El cuello de la blusa de seda le caía flojamente sobre los hombros.
Había descansado hasta bien entrada la noche de Tarik. Durante los períodos de mucha actividad, las horas de sueño eran por turno; pero cuando sólo se movían de un lugar a otro, había horas durante las que casi toda la población dormía.
En lugar de encaminarse hacia la sala común, tomó por un túnel inclinado que no conocía. Del piso brotaba una luz difusa, que se hizo ámbar a unos quince metros y luego anaranjada ―se detuvo y se miró las manos bañadas en esa luz― y doce metros más allá la luz anaranjada era roja. Después azul.
El espacio se abrió alrededor de ella. Las paredes se retiraban, los techos se alzaron hasta una oscuridad demasiado elevada, que no le permitía ver nada. El aire titilaba, y se borraba con las imágenes que quedaban en la retina después de los cambios de color. Una niebla insustancial, sumada a la inestabilidad de su visión, la hicieron girar buscando orientación.
La silueta de un hombre se perfilaba contra la roja entrada de la sala.
—¿Carnicero?
Él caminó hacia ella; la luz azul le nublaba los rasgos a medida que se acercaba. Se detuvo, asintió.
—Decidí dar una caminata en cuanto me sentí mejor —explicó ella—. ¿Qué parte de la nave es ésta?
—Sector descorporizado.
—Tendría que haberlo sabido… —empezaron a caminar juntos—. ¿Tú también estás dando un paseo?
Sacudió su pesada cabeza.
—Una nave extraterrestre está pasando cerca de Tarik y Jebel necesita sus vectores sensorios.
—¿Alianza o Invasores?
El Carnicero se encogió de hombros.
—Sólo sabe que no es una nave humana.
Había nueve especies en las siete galaxias al día exploradas por los viajes interestelares. Tres se habían agrupado definitivamente con la Alianza. Cuatro estaban del lado de los Invasores. Dos eran neutrales.
Se habían internado tanto en el vector descorporizado, que ya nada parecía sólido. Las paredes eran una niebla azul sin ángulos. Los ecos de los crujidos producidos por las transferencias de energía provocaban unos distantes relámpagos, y los ojos de Rydra eran perseguidos por fantasmas recordados a medias, que pasaban a cada momento aunque jamás se hacían totalmente presentes.
—¿Hacia dónde vamos nosotros? —preguntó ella, tras haber decidido que lo acompañaría, pero pensando mientras hablaba: Si no conoce la palabra «yo», ¿podrá comprender la palabra «nosotros»?
Comprendiendo o no, él respondió:
—Pronto —dijo. Después, mirándola directamente con sus ojos oscuros y ojerosos, preguntó—. ¿Por qué?
El tono de su voz era tan diferente, que ella se dio cuenta de que no se refería a nada de lo que habían hablado durante los últimos minutos. Trató de encontrar en sus recuerdos algo que ella podía haber hecho, algo que al Carnicero pudiera haberle resultado incomprensible.
—¿Por qué? —repitió él.
—¿Por qué qué, Carnicero?
—¿Por qué salvar a Jebel de Cord?
En su pregunta no había ninguna objeción, sino simple curiosidad ética.
—Porque Jebel me gusta, y porque necesito que me lleve al Cuartel General. Y porque me hubiera sentido muy mal si hubiera permitido… —se detuvo—. ¿Tú sabes quién soy yo?
Él sacudió la cabeza.
—¿De dónde provienes, Carnicero? ¿En qué planeta naciste?
Él se encogió de hombros.
—La cabeza —dijo, después de un momento—. Dijeron que tiene algo mal el cerebro.
—¿Quiénes?
—Los médicos.
Una bruma azul flotaba entre ellos.
—¿Los médicos de Titin? —aventuró ella.
El Carnicero asintió.
—Entonces, ¿por qué no te llevaron a un hospital, en vez de a la prisión?
—El cerebro no está loco, dijeron. Esta mano —alzó la izquierda— mató a cuatro personas en tres días. Esta mano —alzo la otra— mató a siete. Hizo estallar cuatro edificios con termita. El pie —se golpeó la pierna izquierda— pateó la cabeza de un guardia del banco Telechron. Fueron más o menos cuatrocientos mil créditos. No mucho.
—¡Robaste cuatrocientos mil créditos del banco Telechron!
—Tres días, once personas, cuatro edificios: todo por cuatrocientos mil créditos. Pero Titin —su rostro se contrajo— no fue nada divertido.
—Eso he oído decir. ¿Cuánto tiempo les llevó atraparte?
—Seis meses.
Rydra emitió un silbido.
—Me quito el sombrero ante ti, si pudiste mantenerte libre durante todo ese tiempo después de asaltar un banco. Y sabes lo suficiente de biótica como para llevar a cabo una difícil operación cesárea sin matar al feto. Tienes algo en esa cabeza.
—Los doctores dijeron que el cerebro no es estúpido.
—Mira, tú y yo vamos a charlar un rato. Pero primero tengo que enseñarte algo… —se detuvo—… al cerebro.
—¿Qué?
—Algo acerca de tú y yo. Debes escuchar esas palabras más de cien veces por día. ¿Jamás has preguntado qué significan?
—¿Para qué? La mayoría de las cosas tienen sentido sin ellas.
—Bien, habla en tu lenguaje natal.
—No.
—¿Por qué no? Quiero ver si es algún lenguaje que conozco.
—Los médicos dicen que algo anda mal en el cerebro.
—Muy bien. ¿Qué es lo que dijeron que anda mal?
—Afasia, alexia, amnesia.
—Entonces estabas bastante trastornado —dijo ella, y funció el ceño—. ¿Eso fue antes o después del asalto al banco?
—Antes.
Ella trató de ordenar lo que escuchaba.
—Te sucedió algo que te quitó la memoria, que te dejó incapacitado para hablar o leer, y entonces lo primero que hiciste fue robar el banco Telechron… ¿cuál banco Telechron?
—El de Rhea IV.
—Oh, uno pequeño. Pero aún así… Y te mantuviste en libertad seis meses. ¿Tienes alguna idea de lo que ocurrió antes de que perdieras la memoria?
El Carnicero se encogió de hombros.
—Supongo ―continuó ella― que habrán explorado todas las posibilidades referidas a la probabilidad de que estuvieras trabajando para otra persona, controlado hipnóticamente. ¿No sabes qué lenguaje hablabas antes de perder la memoria? Bien, tus estructuras actuales del habla deben estar basadas en tu viejo lenguaje; de no ser así, ya hubieras aprendido el yo y el tú por simple incorporación de palabras.
—¿Por qué esos sonidos significan algo?
—Porque acabas de hacerme una pregunta que yo no puedo contestarte si tú no entiendes esos sonidos.
—No —dijo él, y la incomodidad ensombrecía su voz—. No. Hay una respuesta. Las palabras de esa respuesta deben ser más simples, eso es todo.
—Carnicero, hay ciertas ideas que tienen palabras para ser designadas. Si tú no conoces las palabras, no puedes conocer las ideas. Y si no tienes la idea «tú», no tienes la respuesta.
—La palabra tú dos veces, ¿sí? Y sin embargo, nada oscuro, y tú no significa nada.
Ella suspiró.
—Eso es porque yo estaba utilizando la palabra fácticamente, ritualmente, sin considerar su verdadero significado… como un recurso de la lengua. Mira, yo hice una pregunta que tú no pudiste contestar.
El Carnicero frunció el ceño.
—¿Ves? Tienes que saber qué significan para comprender lo que acabo de decirte. El mejor modo de aprender un lenguaje es escuchándolo. Así que escucha: cuando tú —y lo señaló— me dijiste a mí —y se señaló a sí misma—: «Sabiendo qué naves destruir y se destruyen. Ahora descender por la Lengua del Dragón y Tarik desciende por la Lengua del Dragón», por dos veces este puño —ella rozó la mano derecha de él— golpeó el pecho.
Ahora ella levantó su mano hasta el pecho de él. La piel era fresca y tersa bajo su mano.
—El puño trataba de decir algo. Y si tú hubieras usado la palabra «yo», no hubieras tenido que usar tu puño. Lo que tú querías decir era: «Tú sabías qué naves había que destruir, y yo las destruí. Ahora quieres descender por la Lengua del Dragón, y yo haré que Tarik descienda por la Lengua del Dragón».
El Carnicero frunció el ceño.
—Sí —dijo—, el puño para decir algo.
—Ya ves. A veces quieres decir algo y te falta la idea, y las palabras con las que se hace la idea. «En el principio fue la palabra»; así es como alguien trató de explicarlo una vez. Y eso es algo que el cerebro necesita que exista, de otro modo no te golpearías el pecho o la palma de la mano con el puño. El cerebro quiere que eso exista, ¿entiendes? Déjame enseñarte la palabra.
El ceño se hizo más profundo en el rostro de él.
En ese momento la niebla se abrió delante de ellos. Algo se movía, gelatinoso y titilante, en la oscuridad tachonada de estrellas. Habían llegado hasta una portilla sensoria que transmitía en frecuencias cercanas a las de la luz.
—Allí —dijo el Carnicero— está la nave extraterrestre.
—Es de Ciribia IV —dijo Rydra—. Son amigos de la Alianza.
El Carnicero se sorprendió al ver que Rydra había reconocido la nave.
—Una nave muy rara —dijo.
—A nosotros nos parece muy rara, ¿verdad?
—Jebel no sabía de dónde provenía —dijo él, sacudiendo la cabeza.
—No he visto una desde que era niña. Teníamos que atender a los delegados de Ciribia que habían venido a la corte de los Mundos Exteriores. Mi madre era traductora allí… —se apoyó en la barandilla y observó la nave—. Nadie creería que algo tan endeble y que se sacude de ese modo puede volar o saltar estasis. Pero lo hace.
—¿Tienen esa palabra, «yo»?
—En realidad tienen tres formas: yo (por debajo de una temperatura de seis grados centígrados), yo (entre seis y noventa y tres grados), y YO (por encima de noventa y tres).
El Carnicero parecía confundido.
—Es algo relacionado con su proceso de reproducción —explicó Rydra—. Cuando la temperatura es inferior a los seis grados, son estériles. Sólo pueden concebir cuando la temperatura oscila entre los seis y los noventa y tres grados, pero recién dan a luz por encima de los noventa y tres.
La nave ciribiana se movió por la pantalla como un manojo de fláccidas plumas.
—Tal vez pueda explicarte algo de este modo: a pesar de las nueve especies de vida que saltan de una a otra galaxia, cada una de ellas tan expandida como la nuestra, con tecnologías tan avanzadas como la nuestra, con economías tan complicadas como la nuestra, con siete de esas especies involucradas en la misma guerra que nosotros…, casi nunca nos encontramos con ellas; y ellas se encuentran entre sí con la misma escasa frecuencia. Nos vemos tan extrañamente, que incluso cuando un viajero estelar tan experimentado como Jebel pasa junto a la nave de una de ellas no es capaz de identificarla. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque los factores de compatibilidad para la comunicación son increíblemente bajos. Tomemos a los ciribianos, que son lo suficiente sabios como para navegar en esa especie de huevo duro de triple yema de una estrella a otra: no tienen ninguna palabra para «casa», «hogar», o «morada». Cuando nosotros estábamos preparando el tratado con ellos en la corte de los Mundos Exteriores, lo recuerdo, se demoró cuarenta y cinco minutos para expresar esta oración en ciribiano: «Debemos proteger a nuestras familias y a nuestros hogares». Toda su cultura está basada en el calor y los cambios de temperatura.
»Es una suerte que comprendan qué es una «familia», pues son los únicos, además de los humanos, que la tienen. Pero para nombrar «casa», hay que terminar por describir: «Un lugar cerrado que crea una discrepancia de temperatura de tantos grados con el medio externo, discrepancia capaz de mantener cómoda a una criatura con una temperatura corporal uniforme de 36,7 grados Celsius, capaz también de hacer descender la temperatura durante los meses de la estación cálida y de elevarla durante la temporada fría, suministrando un lugar donde se puede refrigerar y así conservar el alimento orgánico, ofreciendo también la posibilidad de calentar dicho alimento más allá del punto de ebullición del agua con el objeto de estimular la mecánica gustativa del habitante indígena quien, a causa de costumbres que se remontan a millones de estaciones cálidas y frías, ha buscado habitualmente este dispositivo para cambiar la temperatura…», y así por el estilo. Finalmente logramos darles la idea de lo que es un «hogar», y de por qué vale la pena protegerlo. Se les entregó un esquema del sistema de refrigeración y calefacción central, y las cosas empezaron a andar.
»Ahora bien: hay una enorme planta de conversión de energía solar que suministra toda la energía eléctrica a la Corte. Los componentes amplificadores y reductores de calor ocupan un área un poco mayor que la de Tarik. Un ciribiano puede escurrirse en esa planta y después describírsela a otro ciribiano que nunca la vio antes, de modo tal que el segundo puede construir un duplicado exacto hasta en el color de las paredes, el lugar donde está ubicada cada pieza, el tamaño total… En resumen, puede describir todo en nueve palabras. Y nueve palabras muy pequeñas, además. Y eso sucedió realmente, porque pensaron que habíamos hecho algo verdaderamente ingenioso con los circuitos y quisieron probarlo ellos mismos.
El Carnicero sacudió la cabeza negativamente.
—No —dijo—. Un sistema de conversión del calor solar es demasiado complicado. Estas manos desarmaron uno no mucho tiempo atrás. Demasiado grande. No…
—Sí, Carnicero, nueve palabras. En inglés eso precisaría un par de libros repletos de especificaciones eléctricas y arquitectónicas. Ellos tienen las nueve palabras adecuadas; nosotros no.
—Imposible.
—Es así —dijo ella, señalando la nave ciribiana—. Y allí están, y vuelan… —observó el cerebro inteligente y dañado que pensaba—. Si tienes las palabras adecuadas —dijo—, ahorras un montón de tiempo y haces las cosas más sencillas.
Al cabo de un rato él preguntó:
—¿Qué es «yo»?
Ella sonrió.
—En primer lugar, es muy importante. Bastante más importante que cualquier otra cosa. El cerebro dejará que un buen número de cosas se vayan al diablo en tanto «yo» permanezca vivo. Eso es porque el cerebro es parte de yo. Un libro es, Jebel es, el universo es, pero, como habrás notado, yo «soy».
El Carnicero asintió.
—Sí —dijo—. Pero ¿yo soy qué?
La bruma se cerró sobre el visor, nublando a las estrellas y a la nave ciribiana.
—Esa es una pregunta que sólo tú puedes responder.
—Tú debes ser también importante —reflexionó el Carnicero—, porque en algún lado el cerebro ha escuchado que tú eres.
—¡Buen chico!
De pronto él le puso una mano sobre la mejilla. El espolón descansó levemente sobre la boca de ella.
—Tú y yo —dijo el Carnicero. Acercó su rostro al de ella—. No hay nadie más aquí. Sólo tú y yo. Pero ¿cuál es cuál?
Ella asintió, moviendo la mejilla debajo de los dedos de él.
—Estás captando la idea… —el pecho de él era fresco al tacto; su mano, cálida. Ella puso la mano encima de la de él—. A veces me asustas.
—«Yo» y «mi» —dijo el Carnicero—. Sólo una diferencia morfológica, ¿verdad? El cerebro ya se lo había imaginado. ¿Por qué me asustan a veces?
—«Asustas», debes decir. Una corrección morfológica. Me asustas porque asaltas bancos, y empujas mangos de cuchillos en los ojos de la gente, Carnicero.
—¿Tú lo haces? —dijo él, y su sorpresa se desvaneció en seguida—. Sí, lo haces, ¿verdad? Tú lo olvidaste.
—Pero yo no —dijo Rydra.
—¿Y por qué eso asusta a yo?… corrección, a mí.
—Porque es algo que yo nunca he hecho, ni deseado, ni podido hacer. Y tú me gustas, me gusta tu mano en mi mejilla, así que si de repente decidieras poner el mango de un cuchillo en mi ojo, bien…
—Oh, tú jamás pondrías un mango de cuchillo en mi ojo —dijo el Carnicero—. Yo no tengo que preocuparme.
—Tú pondrías cambiar de idea.
—Tú no lo harás —la miró más intensamente—. Yo no pienso realmente que tú vayas a matarme. Tú lo sabes. Es alguna otra cosa. ¿Por qué no te cuento algo más que asuste a mí? Tal vez tú puedas ver alguna estructura y entenderás entonces. El cerebro no es estúpido.
La mano de él se deslizó hasta el cuello de ella y había preocupación en sus ojos perplejos. Ella había visto lo mismo en sus ojos un momento antes de que abandonara el feto en el anfiteatro de biología.
—Una vez —empezó ella lentamente— …bien, había un pájaro.
—¿Los pájaros me asustan?
—No. Pero este pájaro sí. Yo era sólo una niña. Tú no te acuerdas de haber sido niño, ¿no? Para la mayoría de la gente, lo que has sido de niño tiene muchísimo que ver con lo que eres actualmente.
—¿Y con lo que yo soy también?
—Sí, con lo que soy también. Mi médico había conseguido este pájaro como regalo para mí. Era un pájaro myna, de los que hablan. Pero el animal no sabe qué está diciendo. Simplemente, repite como un grabador. Muchas veces yo sé lo que la gente está tratando de decirme, Carnicero. Jamás lo he comprendido antes, pero desde que estoy en Tarik he podido darme cuenta de que lo mío tiene algo que ver con la telepatía. De todos modos, este pájaro myna había sido entrenado para hablar, y cada vez que decía las palabras adecuadas lo premiaban con lombrices. ¿Sabes cómo es de grande una lombriz?
—¿Así?
—Eso es. Y algunas de ellas son incluso unos centímetros más largos. Y un pájaro myna mide unos veinte centímetros. En otras palabras, una lombriz puede tener cinco sextos, más o menos, del tamaño del pájaro myna, lo que es muy importante. El pájaro había sido entrenado para decir: «Hola, Rydra, es un hermoso día y me siento feliz». Pero lo que eso quería decir en la mente del pájaro era una ruda combinación de sensaciones visuales y olfatorias que podían traducirse más o menos como: «Hay otra lombriz en camino». Entonces, cuando entré al invernadero y saludé a ese pájaro myna y me contestó: «Hola, Rydra, es un hermoso día y me siento feliz», supe inmediatamente que estaba mintiendo. «Había otra lombriz en camino», una lombriz que yo podía ver y oler, y era una lombriz gruesa y medía cinco sextos de mi altura. Y se suponía que yo debía comérmela. Me puse un poco histérica. Jamás se lo conté a mi médico, porque hasta ahora no podía darme cuenta de lo que había ocurrido. Pero cuando lo recuerdo… aún me estremezco.
El Carnicero asintió.
—Cuando tú te fuiste de Rhea con el dinero —dijo—, te escondiste finalmente en una cueva en el infierno helado de Dis. Fuiste atacado por gusanos, por gusanos de tres metros y medio. Salieron de sus cuevas y treparon por las rocas con sus cuerpos cubiertos de un ácido resbaladizo. Tú tenías miedo, pero los mataste. Armaste una red eléctrica con la fuente de energía de tu platillo aéreo. Los mataste, y cuando supiste que podías vencerlos, ya no tuviste miedo. No los comiste únicamente porque el ácido había vuelto tóxica su carne. Pero no habías comido nada durante tres días.
—¿Lo hice? Quiero decir… ¿lo hiciste?
—Tú no tienes miedo de las cosas de las que yo tengo miedo. Yo no tengo miedo de las cosas de las que tú tienes miedo. Eso es bueno, ¿verdad?
—Creo que sí.
Muy suavemente él apoyó su rostro en el de ella; después se apartó y buscó una respuesta en el rostro de Rydra.
—¿De qué tienes miedo? —preguntó ella.
Él sacudió la cabeza, no negando sino a causa de la confusión, y ella pudo ver el esfuerzo que hacía para articular las palabras.
—El cerebro tiene miedo, miedo por ti, miedo de que te quedes solo.
—¿Cómo miedo de que te quedes solo, Carnicero?
Él volvió a sacudir la cabeza.
—La soledad no es buena.
Ella asintió.
—El cerebro lo sabe —siguió él—. Durante mucho tiempo no lo supo, pero después lo aprendió. Tú estabas solo en Rhea, a pesar de todo el dinero. Más solo aún en Dis; y en Titin, aun con los otros prisioneros, fue cuando más solo estuviste. En verdad, nadie te entendía cuando tú les hablabas. En verdad… tú no los entendías. Tal vez porque decían tantas veces «yo» y «tú», y tú recién ahora estás empezando a aprender lo importante que tú eres y yo soy.
—¿Querías criar tú mismo al bebé… para que cuando creciera… hablara el mismo lenguaje que tú? ¿O que al menos hablara inglés del mismo modo que tú?
—Entonces los dos no estarían solos.
—Ya veo.
—Murió —dijo el Carnicero. Gruñó una vez más—. Pero ahora tú ya no estás tan solo. Yo te he enseñado a comprender a los otros, un poco. Tú no eres estúpido y aprendes rápido.
Se volvió completamente hacia ella, apoyó los puños sobre los hombros de Rydra y habló con tono grave:
—Te gusto. Desde la primera vez que me vi en Tarik, hubo algo en mí que te gustó. Yo vi que tú hacías cosas que a mí me parecían mal, pero te gusté. Te dije cómo destruir la red defensiva de los Invasores, y tú la destruíste, por mí. Te dije que quería ir hasta la punta de la Lengua del Dragón y tú te ocupaste de llegar allí. Tú harás cualquier cosa que yo te pida. Es importante que yo sepa eso.
—Gracias, Carnicero —dijo ella, perpleja.
—Si tú llegas a robar otro banco alguna vez, me darás todo el dinero.
Rydra rió.
—Bien, gracias. Nadie ha querido hacer eso por mí, jamás. Pero espero que no tengas que robar…
—Tú matarás a cualquiera que trate de herirme, los matarás mucho más rápidamente de lo que has matado antes.
—Pero no tienes que…
—Tú matarás a todo Tarik si tratan de separarnos y dejarnos solos.
—Oh, Carnicero… —Rydra se dio vuelta y se llevó un puño a la boca—. ¡Soy una maestra espantosa! No entiendes nada de lo que… yo… «yo»… estoy diciendo.
La voz de él, lenta y asombrada:
—Yo no te comprendo, tú crees…
Ella se volvió hacia él.
—¡Pero yo sí, Carnicero! Yo sí que te comprendo a ti. Por favor, créeme. Pero créeme que tienes que aprender un poco más.
—Tú me crees —dijo él, con firmeza.
—Escucha, entonces. Hasta ahora nos hemos encontrado a mitad de camino. No te he enseñado verdaderamente todo acerca de yo y tú. Hemos inventado nuestro propio lenguaje, y eso es lo que estamos hablando ahora.
—Pero…
—Mira, cada vez que dijiste tú durante los últimos diez minutos, tendrías que haber dicho yo. Cada vez que dijiste yo, querías decir tú.
Él bajó la vista, después volvió a levantarla, sin responder.
—A lo que yo le digo yo, tú debes decirle tú. Y viceversa, ¿entiendes?
—¿Son la misma palabra para la misma cosa, si son intercambiables?
—No, sólo que… ¡sí! Las dos quieren decir la misma clase de cosa. En cierto modo, son la misma palabra.
—Entonces tú y yo somos lo mismo.
Arriesgándose a la confusión, ella asintió.
—Lo sospechaba. Pero tú —la señaló— me has enseñado a… mí —y se tocó.
—Y es por eso que no puedes andar por ahí matando gente. Al menos… será mejor que pienses más que el diablo antes de hacerlo. Cuando hablas con Jebel, tú y yo siguen existiendo. Mires a quien mires en la nave, o incluso a través de una pantalla visora, tú y yo seguimos ahí.
—El cerebro debe pensar en eso.
—Tú debes pensar en eso, con algo más que tu cerebro.
—Si debo hacerlo, lo haré. Pero nosotros somos uno, más que los otros… —volvió a rozarle el rostro—. Porque tú me enseñaste. Porque con yo no tienes que tener miedo de nada. Acabo de aprender, y puedo cometer errores con las otras personas, pues que un yo mate a un tú sin pensar muchísimo es un error, ¿no es cierto? ¿Estoy usando las palabras correctamente ahora?
Ella asintió.
—No cometeré errores con tú. Eso sería demasiado terrible. Cometeré tan pocos errores como pueda. Y algún día aprenderé del todo —sonrió—. Espero que nadie trate de cometer errores con yo, sin embargo. Lo lamento mucho por ellos si lo hacen, porque probablemente yo cometa un error con ellos muy rápidamente y pensando muy poco.
—Eso es justo por ahora, creo —dijo Rydra. Le tomó los brazos—. Estoy muy contenta de que tú y yo estemos juntos, Carnicero.
Los brazos de él se alzaron y la apretaron contra su cuerpo, y ella oprimió el rostro contra el hombro de él.
—Yo agradezco —susurró él—. Yo agradezco una y otra vez.
—Eres cálido —dijo ella, con el rostro enterrado en el hombro de él—. No me sueltes todavía.
Cuando él la soltó, ella lo miró parpadeando a través de la niebla azul y se quedó helada de repente.
—¿Qué es lo que pasa?
Él le tomó el rostro entre las manos e inclinó la cabeza hasta que su pelo de color ámbar rozó la frente de ella.
—Carnicero, ¿recuerdas que te dije que podía saber lo que estaba pensando la gente? Bien, ahora sé que hay algo que anda mal, y tú dijiste que no tenía que tener miedo de ti, pero ahora me estás asustando… ―Rydra alzó el rostro, y estaba surcado de lágrimas—. Mira, así como algo malo en mí te asustaría, algo que me asustará muchísimo durante mucho tiempo es algo que no esté bien en ti. Dime qué es.
—No puedo —dijo él, roncamente—. Yo no puedo. Yo no puedo decírtelo a tú.
Y lo único que ella alcanzó a comprender, era que lo que le sucedía era lo más horrible que él podía concebir dentro de los límites de su nuevo conocimiento. Lo vio debatirse, y ella misma se debatió.
—¡Tal vez yo pueda ayudar, Carnicero! Hay un modo de penetrar en tu cerebro y descubrir lo que pasa…
Él retrocedió y sacudió la cabeza.
—Tú no debes. Tú no debes hacer eso a yo. Por favor.
—Carnicero, no… no lo haré —Rydra estaba perturbada—. Eh… en-entonces n-no lo haré… —la confusión le resultaba dolorosa—. Carnicero… ¡n-no lo haré! —el tartamudeo adolescente la atacó.
—Yo… —empezó él, suspiró hondo y prosiguió más suavemente— he estado solo, no siendo yo durante mucho tiempo. Debo estar solo un poco más.
—Ya v-veo —dijo ella. La sospecha, muy pequeña y fácil de combatir, se interpuso. Cuando él había retrocedido, la sospecha se había instalado entre ellos. Pero también eso era humano—. Carnicero, ¿puedes leer mi mente?
—No —dijo él, sorprendido—. No. Ni siquiera comprendo cómo haces tú para leer la mía.
—Está bien. Pensé que tal vez habías descubierto algo en mi mente, algo que te asustaba.
Él sacudió la cabeza negativamente.
—Eso es bueno. Diablos, no me gustaría tener a alguien fisgoneando adentro de mi cráneo. Creo que comprendo.
—Ahora te diré —dijo él, acercándose otra vez—, que tú y yo son uno, pero tú yo son muy diferentes. Yo ha visto un montón de cosas que tú nunca sabrás. Tú conoce cosas que yo nunca verá. Tú has hecho que yo sintiera un poco menos solo. En el cerebro, en mi cerebro, hay muchísimas cosas acerca de herir, huir y luchar… y, aunque estuve en Titin, acerca de ganar. Si alguna vez estás tú en peligro, en verdadero peligro de que alguien cometa un error con tú, entonces penetra en el cerebro, en mi cerebro, y observa lo que hay allí. Usa lo que necesites. Lo único que pido yo es que intentes todo lo que puedas antes de hacerlo.
—Esperaré, Carnicero —dijo ella.
—Ven —dijo él, tendiéndole la mano.
Ella tomó su mano, evitando el espolón.
—No hay necesidad de controlar las corrientes de estasis alrededor de la nave, si es amiga de la Alianza. Tú y yo nos quedaremos un rato juntos.
Ella caminaba con el hombro apoyado en el brazo de él.
—Amigo o enemigo —dijo ella mientras avanzaban por la penumbra colmada de fantasmas—. A veces toda la Invasión parece algo tan estúpido… Eso es algo que no permiten pensar en el lugar de donde vengo. Aquí, en Tarik de Jebel, ustedes se evaden un poco de la cuestión. Les envidio eso.
—Quieres ir al Cuartel General a causa de la Invasión, ¿verdad?
—Así es. Pero una vez que me vaya, que no te sorprenda si regreso… —dio unos pasos y volvió a hablar—. Esa es otra cosa que me gustaría aclarar dentro de mí. Los Invasores mataron a mis padres, y el segundo embargo casi me mata a mí. Dos de mis Navegantes perdieron a su primera esposa, asesinada por los Invasores. Sin embargo, Ron se preguntaba hasta qué punto eran correctos los Depósitos Bélicos. La Invasión no le gusta a nadie, pero sin embargo sigue adelante. Es tan grande, que en realidad jamás había pensado en salirme de ella. Es muy raro ver a un enorme grupo de personas que hace precisamente eso, con su estilo particular… y quizá destructivo. Tal vez ni debiera molestarme en ir hasta el Cuartel General; tal vez debiera decirle a Jebel que diera la vuelta y se encaminara hacia la parte más densa del Resorte.
—Los Invasores —dijo el Carnicero, reflexivamente— han hecho daño a muchísimas personas, a ti, a mí. También hicieron daño a mí.
—¿Lo hicieron?
—El cerebro, enfermo, ya te dije. Los Invasores lo hicieron.
—¿Qué hicieron?
El Carnicero se encogió de hombros.
—Lo primero que recuerdo es haberme escapado de Nueva Nueva York.
—Ese es el enorme puerto terminal del grupo de Cáncer, ¿verdad?
—Así es.
—¿Los Invasores te habían capturado?
Él asintió.
—Y me hicieron algo —agregó—. Tal vez algún experimento con mí, tal vez tortura… —volvió a encogerse de hombros—. No tiene importancia. Yo no puede recordarlo. Pero cuando yo escapé, lo hice sin nada: sin memoria, sin voz, sin palabras, sin nombre.
—Tal vez eras un prisionero de guerra, o tal vez incluso hayas sido una persona importante antes de que te capturaran.
Él se agachó y puso una mejilla sobre los labios de ella, para que no siguiera hablando. Cuando se enderezó, sonrió, y ella vio que con tristeza.
—Hay algunas cosas ―continuó él— que el cerebro no sabe, pero que puede adivinar: yo fue siempre un ladrón, un asesino, un criminal. Y yo no era yo. Los Invasores me capturaron una vez. La Alianza me capturó más tarde, en Titin. Escapé…
—¿Tú te escapaste de Titin?
Él asintió.
—Probablemente me capturarán otra vez, pues eso es lo que ocurre a los criminales en este universo. Y tal vez escape una vez más —se encogió de hombros—. Aunque… tal vez no me atrapen otra vez —la miró, sorprendido; no de ella, sino de algo que había visto en sí mismo—. Yo no era yo antes, pero ahora hay una razón para permanecer libre. No me atraparán de nuevo. Hay una razón.
—¿Cuál es, Carnicero?
—Que yo soy —dijo él con suavidad—, y que tú eres.


V

—¿Terminando su diccionario? —preguntó Brass.
—Lo terminé ayer. Poema —dijo Rydra, cerrando el cuaderno—. Pronto estaremos en la punta de la Lengua. El Carnicero me dijo esta mañana que los ciribianos han estado acompañándonos durante los últimos cuatro días. Brass, ¿tienes alguna idea de lo que…?
Magnificada por los altoparlantes, la voz de Jebel dijo:
—Tarik, alistarse para defensa inmediata. Repito, defensa inmediata.
—¿Qué demonios sucede? —preguntó Rydra. Alrededor de ella toda la sala común se puso de pie en forma casi simultánea—. Mira, reúne a la tripulación y llévalos a las puertas de eyección.
—¿Es desde donde salen los botes araña?
—Sí —dijo Rydra, y se puso de pie.
—¿Vamos a mezclarnos en la acción, ca'itán?
—Si tenemos que hacerlo —dijo Rydra, y se puso en marcha.
Llegó un momento antes que su tripulación, y se encontró con el Carnicero frente a la compuerta de eyección. La tripulación de lucha de Tarik se apresuraba por el corredor en una ordenada confusión.
—¿Qué sucede? ¿Los ciribianos se han vuelto hostiles?
El Carnicero negó con la cabeza.
—Invasores a doce grados del centro galáctico —dijo.
—¿Tan cerca de la Alianza?
—Sí. Y si Tarik de Jebel no ataca primero, no se salvará. Son más grandes que Tarik, y Tarik tropezará directamente con ellos.
—¿Jebel los atacará?
—Sí.
—Entonces vamos, ataquemos.
—¿Vienes conmigo?
—Soy un gran estratega, ¿recuerdas?
—Tarik está en peligro —dijo el Carnicero—. Esta batalla será mayor que la que viste antes.
—Mejor para usar mis talentos, querido. ¿Tu nave está equipada para llevar una tripulación completa?
—Sí, pero utilizamos los detalles Sensorios y de Navegación de Tarik por control remoto.
—Llevemos una tripulación, de todas maneras, para el caso de que necesitemos romper la estrategia de apuro. ¿Jebel va contigo esta vez?
—No.
Control dobló el recodo del corredor, seguido de Brass, los tres Navegantes, las insustanciales figuras del trío de descorporizados y el equipo.
El Carnicero paseó la mirada desde ellos hasta Rydra.
—Muy bien —dijo—. Vengan.
Ella lo besó en el hombro porque no alcanzaba su mejilla; el Carnicero abrió la compuerta de eyección y les hizo una seña para que entraran.
—¡Arriba, todos!
Allegra tomó a Rydra del brazo cuando empezaba a subir la escalera.
—¿Esta vez vamos a luchar, capitán? —le preguntó, con una sonrisa de excitación en su rostro pecoso.
—Es bastante probable. ¿Asustada?
—Sí —dijo Allegra, aún sonriente, y se deslizó por el negro túnel.
Rydra y el Carnicero cerraban la marcha.
—No tendrán ningún problema con el equipamiento de la nave si tienen que hacerse cargo, ¿verdad?
—Este bote araña es tres metros más corto que el Rimbaud. Las cosas están un poco más apiñadas en el sector descorporizado, pero todo lo demás es igual.
Rydra pensó: “Hemos obtenido los detalles Sensorios en una chalupa de doce metros; esto es juego de niños, capitán”… en vasco.
—La cabina del capitán es diferente —agregó él—. Allí están los controles de las armas. Vamos a cometer algunos errores…
—Dejemos las consideraciones morales para más tarde —dijo ella—. Pelearemos como el diablo por Tarik de Jebel. Pero en el caso de que eso no sirva de nada, quiero estar en condiciones de salir de aquí. Pase lo que pase, tengo que llegar al Cuartel General Administrativo de la Alianza.
—Jebel quería saber si la nave de Ciribia lucharía de nuestro lado. Todavía siguen ubicados en dirección a T.
—Lo más probable es que observen toda la escena sin comprender muy bien lo que ocurre, a menos que alguien los ataque directamente. Si los atacan, sabrán defenderse perfectamente. Pero dudo de que se unan a nuestra ofensiva.
—Eso es malo —dijo el Carnicero—, porque necesitaremos ayuda.
—Estrategia Taller. Estrategia Taller —dijo la voz de Jebel por el parlante—. Repito, Estrategia Taller.
En el mismo lugar donde habían estado, en la cabina de ella, los gráficos lingüísticos, una pantalla visora —réplica de la proyección de treinta metros de la galería de Tarik— se extendía sobre la pared. En el sitio donde había estado su consola se alineaban los controles de las vibrabombas.
—“Armas rústicas, incivilizadas” —comentó ella, mientras se sentaba en uno de los curvados bancos antichoque, que ocupaba el lugar donde había estado su asiento inflable—. “Pero más efectivas que el diablo, supongo, si uno sabe lo que está haciendo con ellas”.
—¿Qué? —preguntó el Carnicero, mientras se sujetaba al lado de ella.
—Estaba citando al difunto Maestro de Armas de Armsedge.
El Carnicero asintió.
—Ocúpate de tu tripulación. Yo controlaré esta lista.
Ella conectó el intercom.
—Brass, ¿estás conectado?
—Correcto.
—¿Ojo, Oreja, Nariz?
—Está todo lleno de polvo aquí abajo, capitán. ¿Cuándo fue la última vez que barrieron este cementerio?
—No me importa el polvo. ¿Funciona todo?
—Oh, todo funciona bien… —la frase concluyó con un estornudo fantasmal.
—Gesundheit. Control, ¿cómo anda todo?
—Todo en orden, capitán… —y después, ahogadamente—. ¿Por qué no dejan esas canicas de una vez?
—¿Navegación?
—Estamos bien. Mollya está enseñándole judo a Calli. Pero yo estoy atento y los llamaré en cuanto ocurra algo.
—Mantente alerta.
El Carnicero se inclinó hacia ella, le acarició el pelo y se rió.
—A mí también me gustan —dijo ella—. Espero que no tengamos que usarlos. Uno de ellos es un traidor que ha intentado matarme dos veces. Preferiría no darle una tercera oportunidad. Aunque si tengo que hacerlo, creo que esta vez podría manejarlo.
La voz de Jebel en el parlante:
—Carpinteros, reúnanse para quedar frente a los treinta y dos grados del centro galáctico. Sierras ante la puerta que da a K. Serruchos, apréstense ante la puerta R. Sierras en cruz, ante la puerta T.
Los eyectores se abrieron con un clic. La cabina se oscureció y la pantalla centelleó, repleta de estrellas y de gases distantes. El panel de control de las armas resplandeció con luces de señales rojas y amarillas. A través de los parlantes empezó a llegar la chachara de las tripulaciones que se comunicaban con el departamento de Navegación de Tarik.
―Ésta sí que va a ser brava. ¿La ves, Josafat?
―Está justo frente a mí. Una enorme nave madre.
―Espero que aún no nos haya visto. Manténnos frescos, Kippi.
—Fresas, Sinfines y Tornos: asegúrense de tener las piezas aceitadas y las conexiones eléctricas en buen estado.
—Esos somos nosotros —dijo el Carnicero. En la penumbra sus manos se movieron sobre el panel de control.
―¿Qué son esas tres pelotitas de ping pong en el mosquitero?
―Jebel dice que es una nave de Ciribia.
―Mientras esté de nuestro lado, nene, por mí está bien.
—Que las herramientas eléctricas comiencen a trabajar. Las herramientas manuales preparadas para terminar el trabajo.
—Cero —susurró el Carnicero. Rydra sintió el salto de la nave. Las estrellas empezaron a moverse. Diez segundos más tarde vio la chata nariz de la nave Invasora que se acercaba hacia ellos.
—Fea, ¿no es cierto? —dijo Rydra.
—Tarik tiene más o menos el mismo aspecto, sólo que un poco más pequeña. Y cuando volvamos a casa, nos parecerá hermosa. ¿No hay modo de ganar la colaboración de los ciribianos? Jebel tendrá que atacar al Invasor directamente en las troneras, destruyendo todas las que pueda, que no serán demasiadas. Después, cuando nos ataquen, si los botes araña Invasores siguen superando en número a los de Tarik, y si la sorpresa no favorece a Jebel, bien… —ella escuchó que un puño de él se estrellaba contra la palma en la oscuridad— …todo habrá terminado.
—¿Y no puedes arrojarles una rústica e incivilizada bomba atómica?
—Tienen deflectores que la harían estallar en las manos de Jebel.
—Me alegro de haber traído la tripulación, entonces. Tal vez tengamos que partir rápidamente hacia el Cuartel General Administrativo de la Alianza.
—Si nos dejan —dijo el Carnicero, sombríamente—. ¿Qué estrategia usamos, entonces?
—Te lo diré en cuanto empiece el ataque. Tengo un método, pero si lo uso mucho lo pagaré muy caro —dijo Rydra, recordando el malestar que había sentido tras el incidente de Cord.
Mientras Jebel seguía disponiendo la formación, los hombres charlaban con Tarik y los botes araña seguían internándose en la noche.
Todo comenzó tan rápido que Rydra casi se lo pierde. Cuatro serruchos se habían deslizado a poca distancia del Invasor. Bombardearon simultáneamente las troneras eyectoras, y rojas luciérnagas se deslizaron por los lados de la nave. Los eyectores que quedaron demoraron cuatro segundos y medio en abrirse para disparar la primera tanda de cruceros. Pero Rydra ya estaba pensando en Babel-17.
Por medio de su sentido del tiempo distendido, vio que necesitaban ayuda. Y la articulación de esa necesidad era también la respuesta.
—Rompe la estrategia, Carnicero. Sigúeme con diez naves. Mi tripulación se hará cargo.
¡La enloquecedora sensación de que el inglés demoraba una eternidad en su boca! El pedido del Carnicero: «Kippi, pon las sierras a mi cola y ¡déjalas allí!», parecía una cinta pasada a un cuarto de la velocidad normal. Pero su tripulación ya controlaba el bote araña. En un silbido, les transmitió el curso por el micrófono.
Brass los hizo describir ángulos rectos con respecto a la marea, y por un momento ella pudo ver a las sierras que los seguían. Una levísima curva y ya estaban detrás de la primera tanda de cruceros Invasores.
—¡Caliéntenles el trasero!
La mano del Carnicero vaciló antes de activar el arma.
—¿Empujarlos hacia Tarik?
—¡Diablos, sí lo haré! ¡Dispara, cariño!
Él disparaba y las sierras lo siguieron.
En diez segundos se hizo claro que ella estaba en lo cierto. Tarik se encontraba en dirección a K. Más adelante estaban los huevos duros, el mosquitero, el endeble y plumoso bajel de Ciribia. Ciribia era la Alianza y al menos uno de los Invasores lo sabía, pues disparó contra el extrañísimo aparato que pendía en el cielo. Rydra vio la tronera del Invasor que escupía fuego, pero la descarga nunca alcanzó a los ciribianos. El crucero Invasor se convirtió en humo blanco, que se ennegreció luego, dispersándose. Después desapareció otro crucero, luego tres más, luego tres más.
—¡Fuera de aquí, Brass! —exclamó ella, y la nave se elevó alejándose.
—¿Qué era…? —empezó el Carnicero.
—Un rayo de calor de los ciribianos. Pero no lo usarán a menos que sean atacados; es parte del tratado que firmaron en la Corte en el '47. Así que nosotros empujamos a los Invasores a atacar. ¿Quieres hacerlo otra vez?
La voz de Brass en el parlante.
—Ya lo estamos haciendo, ca'itán.
—Carnicero —dijo ahora la voz de Jebel—, ¿qué estás haciendo?
—Funciona, ¿no es cierto?
—Sí, pero has dejado un agujero de diez millas en nuestra defensa.
—Dile que lo cubriremos en un minuto ―gritó Rydra―, en cuanto empujemos a la segunda tanda.
Jebel la había oído.
—¿Y qué hacemos nosotros durante los próximos sesenta segundos, jovencita?
—Luchar como el diablo —dijo ella.
Y la siguiente tanda de cruceros Invasores desapareció ante el rayo calórico de los ciribianos. Y entonces llegó a través de los parlantes:
―Hey, Carnicero, te persiguen.
―Tienen idea de que tú estás causando esto.
―Carnicero, tienes seis a la cola. Sacúdetelos.
—Puedo esquivarlos con facilidad, ca'itán —dijo Brass—. Todos funcionan con control remoto. Yo tengo más libertad de movimientos.
—Uno más, y realmente Jebel tendrá ventaja.
—Jebel ya los supera en número —dijo el Carnicero—. Este bote araña tiene que sacarse a ésos de encima… —y dijo por el micrófono—. Sierras, dispersarse y atacar a los cruceros desde atrás.
―Lo haremos. Sujetarse la cabeza, hombres.
―Hey, Carnicero. Uno de ellos no abandona.
—Les agradezco que me hayan devuelto las sierras —dijo la voz de Jebel―, pero hay algo que los sigue y que puede buscar combate cuerpo a cuerpo.
Rydra interrogó al Carnicero con la mirada.
—Héroes —gruñó el Carnicero con disgusto—. ¡Tratarán de amarrarnos, abordarnos y luchar!
—¡No con los chicos en la nave! Brass, da la vuelta y tópalos, o acércate lo suficiente como para que piensen que estamos locos.
—Tal vez nos rom'amos un 'ar de costillas…
La nave giró y ellos fueron lanzados con violencia contra las correas de los asientos antichoque. La voz de un joven por el intercom:
—Uuuuuyyy…
En la pantalla visora, el crucero Invasor giró de lado.
—Buena oportunidad si nos amarran —dijo el Carnicero—. No saben que tenemos una tripulación completa a bordo. Ellos no son más que dos…
—¡Cuidado, ca'itán!
El crucero Invasor llenó la pantalla. Hubo un ¡clang! que repercutió hasta en los huesos del bote araña. El Carnicero desató de un tirón las correas del asiento antichoque e hizo una mueca.
—Ahora a la lucha cuerpo a cuerpo. ¿Adónde vas?
—Contigo.
—¿Tienes una pistola vibrátil? —preguntó él, ajustándose la funda sobre el estómago.
—Por supuesto que sí —dijo Rydra, haciendo a un lado un paño de su floja blusa—. Y también esto: quince centímetros de alambre de vanadio. Una cosa muy perversa.
—Vamos.
Él bajó la palanca de un inductor de gravedad hasta colocarla en campo completo.
—¿Para qué es eso? —preguntó ella; ya estaban en el corredor.
—Luchar ahí fuera con traje espacial no es bueno. El falso campo de gravedad liberado alrededor de las dos naves hará respirable la atmósfera hasta unos seis metros de la superficie, y mantendrá un poco de calor… más o menos.
—¿Qué es menos? —dijo ella, entrando al ascensor detrás de él.
—Alrededor de diez grados bajo cero allí afuera.
Él había abandonado hasta sus pantalones desde la noche en que se habían encontrado en el cementerio de Tarik. Todo lo que llevaba puesto era la funda y la cincha de la pistola vibrátil.
—Creo que no estaremos allí afuera el tiempo suficiente para necesitar abrigos.
—Te aseguro que cualquiera que permanezca allí afuera más de un minuto, morirá, y no por exceso de exposición… —su voz se hizo repentinamente más profunda cuando entraron al corredor de la tronera—. Si no sabes en qué te estás metiendo, quédate —dijo el Carnicero, y después se agachó para rozar la mejilla de ella con su pelo ambarino—. Pero tú sabes y yo sé. Debemos hacerlo bien.
Al alzar la cabeza, no interrumpió el movimiento, y con el mismo impulso abrió la compuerta. El frío los invadió. Ella no lo sintió. El aumento metabólico que acompañaba a Babel-17 la envolvía con un escudo de indiferencia física.
Algo pasó volando por encima de sus cabezas. Los dos sabían lo que debían hacer y ambos lo hicieron: se agacharon. Algo explotó; la explosión hizo que lo identificaran como una granada que le había errado por poco a la compuerta y la luz decoloró el rostro del Carnicero. Saltó y el resplandor que se esfumaba bañó su cuerpo.
Ella lo siguió, confiada por el efecto de cámara lenta de Babel-17. Giró en medio del salto. Alguien estaba oculto detrás de un saliente de tres metros. Ella le disparó: la cámara lenta le dio tiempo para apuntar cuidadosamente. No esperó para ver si le había dado sino que siguió girando. El Carnicero se dirigió hacia la columna de diez metros de ancho que constituía la rampa de amarre de los Invasores.
Como un cangrejo de tres patas, la nave enemiga se angulaba, alejándose en la noche. En dirección a K se elevaba la achatada espiral de la galaxia natal. Las sombras eran negras como el papel carbónico sobre los lisos fuselajes de las naves. Desde K nadie podía verla, a menos que sus movimientos bloquearan una estrella fugaz o cayeran en la luz directa que provenía de la rama de Specelli.
Volvió a saltar, ahora a la superficie de la nave Invasora. Por un momento sintió mucho más frío. Después cayó cerca de la base de la grampa que sujetaba su nave a la invasora y rodó hasta quedar de rodillas, mientras debajo de ella alguien arrojaba otra granada hacia la compuerta. Aún no se habían dado cuenta de que ella y el Carnicero estaban fuera. Bien.
Disparó. Y otro siseo brotó del sitio donde debía estar el Carnicero. Debajo, en la oscuridad, unas figuras se movieron.
Después, una vibrabomba golpeó el metal debajo de la mano de ella. Venía desde su propia nave, y Rydra desperdició un cuarto de segundo analizando y descartando la idea de que el espía que ella tanto temía se hubiera unido a los Invasores. La primera táctica de los Invasores había sido tratar de impedir que ellos salieran de su nave para poder matarlos haciendo estallar la tronera. Habían fracasado, así que ahora se habían ocultado en la misma tronera para resguardarse y disparaban desde allí. Ella disparó una y otra vez. Desde su escondite detrás de la otra grampa el Carnicero hacía lo mismo.
Un borde de la compuerta se había puesto incandescente a causa de los repetidos impactos. Después una voz familiar gritó:
—¡Ya está bien, ya está bien, Carnicero! ¡Les dieron, ca'itán!
Rydra trepó por la grampa mientras Brass encendía la luz de la tronera y se ponía de pie ante la luz que se abría sobre la superficie del casco. El Carnicero, con la pistola baja, se acercó desde su escondite.
La luz que venía de abajo distorsionaba aún más los rasgos demoníacos de Brass. En cada garra sostenía un cuerpo exánime.
—En realidad, éste es mío —dijo, sacudiendo al de la derecha—. Estaba tratando de colarse en la nave, así que le 'isé la cabeza… —lanzó los cuerpos exánimes por encima del casco—. No sé qué sentirán ustedes, amigos, 'ero yo tengo frío. Viene hasta aquí en 'rimer lugar 'orque Diávalo me dijo que cuando estuvieran listos 'ara un descanso él les tendría 're'arado un 'oco de whisky irlandés. ¿O tal vez 'referirían un 'oco de ron caliente con manteca? ¡Vamos, vamos! ¡Están azules de frío!
En el ascensor la mente de ella regresó al inglés, y Rydra empezó a estremecerse. La escarcha del pelo del Carnicero había empezado a derretirse, y tenía la cabeza llena de gotitas relucientes. A Rydra le ardía la mano que había apoyado sobre el metal calentado por la vibra-bomba.
—Hey —dijo, cuando llegaron al corredor—, si tú estas aquí, Brass, ¿quién está a cargo del negocio?
—Ki’i. Estamos bajo control remoto.
—Ron —dijo el Carnicero—. Sin manteca y frío. Sólo ron.
—¡Hombre de mi corazón! —asintió Brass.
Con un brazo rodeó los hombres de Rydra y con el otro los del Carnicero. En señal de amistad, advirtió Rydra, pero también para sostenerlos.
Algo hizo clang en la nave. El piloto miró hacia el techo.
—Mantenimiento acaba de cortar esas gram'as —dijo.
Los llevó hasta la cabina del capitán. Cuando ellos se desplomaron sobre los asientos, Brass dijo por el intercom:
―Diávalo, ven aquí y emborracha a esta gente, ¿quieres? Se lo merecen.
—¡Brass! —dijo ella, tomándolo del brazo cuando ya se iba—. ¿Puedes llevarnos hasta el Cuartel General Administrativo de la Alianza?
Él se rascó la oreja.
—Ya estamos en la 'unta de la Lengua. Yo sólo conozco por los ma'as el interior del Resorte. Pero el De'artamento Sensorio me dice que nos encontramos en algo que debe ser el comienzo de la corriente Natal-Beta. Sé que fluye saliendo del Resorte y que 'odemos seguirla hasta el curso de Atlas, y de allí hasta la 'uerta del Cuartel General Administrativo de la Alianza. Estamos a dieciocho o veinte horas de distancia.
—Vamos —dijo ella, mirando al Carnicero, que no objetó nada.
—Buena idea —dijo Brass—. Casi la mitad de Tarik está… eh, descor'orizada.
—¿Ganaron los Invasores?
—No. Los ciribianos se dieron cuenta finalmente, asaron a esa enorme nave Invasora y 'artieron. 'ero 'ara entonces Tarik ya tenía un agujero en el flanco, del tamaño de tres botes araña 'uestos de 'erfil. Ki’i me dice que todos los que quedan con vida están encerrados en un solo sector de la nave, 'ero carecen de energía 'ro'ulsora.
—¿Y qué pasa con Jebel? —preguntó el Carnicero.
—Muerto —dijo Brass.
Diávalo asomó su blanca cabeza por la compuerta de entrada.
—Aquí tienen —dijo.
Brass tomó la botella y las copas. Después de una descarga de estática, salió por el parlante:
—Carnicero, acabamos de ver cómo te desprendías del crucero Invasor. Así que estás con vida.
El Carnicero se inclinó y recogió el micrófono.
—Carnicero con vida, jefe.
—Algunos sí que tienen suerte. Capitán Wong, espero que me dedique una elegía.
—¿Jebel? —dijo ella, sentándose junto al Carnicero—. Partimos ahora hacia el Cuartel General Administrativo de la Alianza. Regresaremos con ayuda.
—Como le convenga, capitán. Aquí estamos todos un poco apiñados.
—Partimos ahora.
Brass ya trasponía la puerta.
—Control, ¿están bien los chicos?
—Presentes y listos, capitán. Usted no autorizó a nadie para que trajera petardos, ¿verdad?
—No que yo recuerde.
—Eso es todo lo que quería saber. Ratt, ven aquí…
Rydra se rió.
—¿Navegación?
—Listos, para cuando usted lo disponga —dijo Ron.
Detrás de él, Rydra podía escuchar la voz de Mollya:
—Nilitaka kulala, nilale, milele…
—No puedes irte a dormir para siempre —dijo Rydra—. ¡Estamos despegando!
—Mollya nos está enseñando un poema en swahili —explicó Ron.
—Oh. ¿Sensorios?
—¡At-chuuu! Siempre lo he dicho, capitán, mantén tu cementerio limpio. Algún día puedes necesitarlo. Jebel es un buen ejemplo. Estamos listos.
—Que Control te mande uno de los chicos con un plumero. ¿Ya estás conectado, Brass?
—Listo y conectado, ca'itán.
Los generadores de estasis se pusieron en marcha y ella se recostó en el asiento. Por fin algo se distendió en su interior.
—Creí que no lograríamos salir de allí… —se volvió hacia el Carnicero, que estaba sentado en el borde de su asiento, contemplándola—. ¿Sabes?, soy nerviosa como un gato. Y no me siento muy bien. Oh, diablos, ya empieza… —al relajarse, el malestar que había logrado postergar durante tanto tiempo empezó a invadirla—. Todo esto me hace sentir como si estuviera a punto de quebrarme. Cuando se empieza a dudar de todo, a desconfiar de todos los sentimientos, empiezo a pensar que ya no soy yo… —el aire se volvió doloroso en su garganta.
—Yo soy —dijo él con suavidad— y tú eres.
—No dejes que jamás lo dude, Carnicero. Pero lo mismo tengo que preguntármelo. Hay un espía en mi tripulación. Te lo dije, ¿verdad? Tal vez sea Brass, ¡y esté a punto de lanzarnos en otra nova! —dentro de su malestar había como una ampolla de histeria. La ampolla se rompió y ella arrebató la botella de las manos del Carnicero—. ¡No bebas eso! Diá-Diávalo, ¡pue-puede envenenarnos! —se puso de pie, tambaleándose. Una niebla lo enrojecía todo—. O tal vez… uno de los m-m-muertos… ¿Cómo p-p-puedo combatir contra… un fantasma?
Entonces el dolor le golpeó el estómago, y se tambaleó hacia atrás como si hubiera recibido un puñetazo. El miedo llegó con el dolor. Las emociones se movían detrás de su rostro y hasta ellas resultaban borrosas, aunque Rydra intentaba verlas claramente.
—¡Para matarnos… P-p-para m-m-matarnos! —susurró—…A-a-algo para m-m-matarnos… entonces, no t-tú, n-n-no yo…
Fue para alejarse de ese dolor que significaba peligro, y de ese peligro que significaba silencio que finalmente lo hizo. Él había dicho: “Si alguna vez estás en peligro… entonces penetra en mi cerebro, mira lo que hay allí y usa lo que necesites”.
Una imagen sin palabras en su mente: una vez ella, Muels y Fobo habían estado en una pelea en un bar de Tantor. Ella había recibido un golpe en la mandíbula y había caído tambaleándose hacia atrás, recuperándose un poco justo en el momento en que alguien le arrojaba el espejo que había descolgado de atrás del mostrador. Su propio rostro aterrado había volado gritando hacia ella, hasta estrellarse contra su mano extendida. Ahora, mientras miraba fijamente el rostro del Carnicero, a través del dolor y de Babel-17, eso volvió a ocurrir…


Cuarta parte - EL CARNICERO

…volviéndose en el cerebro para despertar
on cables tras los ojos, distendiendo las articulaciones
a horcajadas. Se despierta, atado, crujiendo los dedos bifurcados,
atenaceándole la lengua.
Nos despertamos, volviéndonos.
Encolumnado contra el piso,
su columna se vuelve, el pecho brama,
aire en los cables, chispas
que destellan desde el techo conectado,
golpeando sus uñas, que chispean. Tose, llora.
El gemelo tras sus ojos tose, llora.
El sombrío gemelo se dobla sobre el piso, se traga la lengua.
Salpicando el sombrío polo conectado tras sus ojos,
el sombrío gemelo libera su columna vertebral,
cachetea el techo con las palmas.
Vuelan cargados abalorios.
El techo, polarizado, apalea sus mejillas con metales.
Libera a la piel. Libera las costillas,
desgarra pectorales, el metal se curva, negro,
tras las grietas secas de sus labios desgarrados. Más.
Nalgas y omóplatos se restriegan contra el piso
gastado y verde por las lágrimas.
Se despiertan. Nos despertamos, volviéndonos.
Él, haciendo gárgaras de sangre,
se vuelve nacido sobre el piso húmedo…
De The Dark Twin, M. H.


I

—Acabamos de salir del Resorte, ca'itán. ¿Ustedes dos siguen borrachos?
La voz de Rydra:
—No.
—¿Eh? Carnicero, ¿ha sufrido ella otro de sus ataques?
La voz del Carnicero:
—No.
—Los dos suenan más raros que el demonio. ¿Debo enviar a Control 'ara que les eche una mirada?
La voz del Carnicero:
—No.
—Está bien. De ahora en más es un vuelo fácil, y 'uedo acortar el viaje en un 'ar de horas. ¿Qué me dicen?
La voz del Carnicero:
—¿Qué tenemos que decir?
—'rueben de decir «gracias». ¿Saben?, me estoy rom'iendo la es'alda aquí abajo.
La voz de Rydra:
—Gracias.
—Me alegra, me 'arece. Los dejaré solos. Eh… siento si interrum'í algo.


II

¡Carnicero, no lo sabía! ¡No podía saberlo!
Y en el eco, sus mentes se fundieron en un grito: No podía… no podía. Esta luz.
Se lo dije a Brass, le dije que debías hablar algún lenguaje que no tuviera la palabra «yo», y le dije que no conocía ninguno; pero sí había uno… ¡el más obvio, Babel-17!
Sinapsis congruentes se estremecieron armónicamente, hasta que las imágenes se fijaron y ella empezó a crear fuera de sí misma, lo vio…
…En el solitario confinamiento de Titin, rascando en la pintura verde de la pared un mapa con su espolón, encima de las obscenidades palimpsésticas de los prisioneros de dos siglos: un mapa que ellos seguirían cuando él se escapara, un mapa que los conduciría en la dirección equivocada; lo vio caminar durante tres meses, ida y vuelta por ese espacio de un metro y medio, hasta que su cuerpo de un metro noventa llegó a pesar cincuenta y un kilos y él se desplomó en las cadenas de la desnutrición.
Trepó del pozo a través de una triple cuerda de palabras: desnutrir, destrozar, desdeñar; colapsar, confrontar, colectar; cadenas, cambio, casualidad.
Él colectó sus ganancias de manos del cajero y estaba a punto de caminar a través de la alfombra parda del Casino Cósmico en dirección a la puerta, cuando el croupier negro le bloqueó el paso, sonriendo ante la enorme valija de dinero.
—¿Le gustaría intentarlo una vez más, señor? ¿Algo que fuera un desafío a su habilidad de jugador?
Lo llevaron hasta un magnífico tablero de ajedrez 3-D, con piezas de cerámica esmaltada.
—Juego en contra de la computadora de la casa. Por cada pieza que pierda, pierde mil créditos. Cada pieza que gane le reporta la misma cifra. Los jaques valen quinientos créditos. El jaque mate le reporta al ganador cien veces el costo de las piezas, tanto para usted como para la casa.
Era un juego para poner parejas sus ganancias exorbitantes… y sus ganancias habían sido exorbitantes…
—A casa y llevar ahora este dinero —le había dicho al croupier.
El croupier sonrió y le dijo:
—La casa insiste en que usted juegue.
Ella observó, fascinada, mientras el Carnicero se encogía de hombros, se volvía hacia el tablero… y le daba jaque mate a la computadora en siete tontas jugadas. Le dieron su millón de créditos… y trataron de matarlo tres veces antes de que llegara a la puerta del casino. No tuvieron éxito, pero el deporte había sido más satisfactorio que el juego.
Observándolo funcionar y reaccionar en estos situaciones, la mente de ella se estremeció dentro de la de él, acomodándose a su placer o a su dolor, emociones extrañas porque no tenían yo, eran inarticuladas, mágicas, seductoras, míticas.
Carnicero…―se las arregló para interrumpir los círculos― …si comprendías Babel-17 ―y las preguntas se arremolinaban en el cerebro de ella, enloquecido―, ¿por qué lo utilizaste solamente en forma gratuita para ti mismo, en una noche de juego, en el asalto a un banco, cuando un día más tarde perderías todo y ni siquiera intentarías guardar las cosas para ti mismo?
¿Quién es yo mismo? No había «yo».
Ella lo había penetrado a él, una forma invertida de la sexualidad. Rodeándola, él agonizaba.
¡La luz… qué haces! ¡Qué haces! ―era su grito aterrado.
Carnicero ―dijo ella, más experta en estructurar palabras en situaciones de violencia emocional―, ¿qué aspecto tiene mi mente adentro de la tuya?
Un brillo, un brillo que se mueve ―bramó él, bajo la analítica precisión de Babel-17, cruda como la piedra para articular su fusión, construyendo tantas estructuras, reformándolas.
Eso es sólo por ser poeta ―explicó ella, mientras la conexión momentáneamente oblicua sesgaba la corriente principal―. Poeta en griego significa hacedor o constructor.
¡Ahí hay una! Hay una estructura. ¡Ahhhh…! ¡Es tan brillante, tan brillante!
¿Esa simple conexión semántica? ―ella estaba atónita.
Pero los griegos fueron poetas hace tres mil años, y tú eres poeta ahora. Unes palabras tan distantes, que sus estelas me enceguecen. Tus ideas son fuego, sobre formas que no puedo captar. Suenan como una música tan profunda que me estremece.
Eso es porque nada te ha estremecido antes. Pero me siento halagada.
Eres tan grande adentro de mí que me romperé. Veo la estructura llamada La Conciencia Criminal y la Artística fundiéndose en la misma cabeza con un lenguaje común…
Sí, había empezado a pensar algo como…
Flanqueándola, formas llamadas Baudelaire… ¡Ahhh!… y Villon.
Eran antiguos poetas fran…
¡Demasiado brillante! ¡Demasiado brillante! El «yo» en mí no es lo suficientemente fuerte para contenerlos. Rydra, cuando yo miro la noche y las estrellas es un acto pasivo, pero tú eres activa aun cuando contemplas y dibujas un halo alrededor de las estrellas con llamas más luminosas.
Cambias todo lo que percibes, Carnicero. Pero tú debes percibirlo.
Debo… la luz; en medio de ti veo al espejo y el movimiento fusionados, y las imágenes se mezclan y rotan, y todo es elección.
¡Mis poemas! ―era el pudor de la desnudez.
Definiciones de «yo», cada una grande y precisa.
Ella pensó: I/Aye/Eye [4]: el yo, el sí de los marineros, el órgano de la percepción visual.
Él empezó:
You…
You/Ewe/Yew [5], el otro yo, una oveja hembra, el símbolo vegetal con que los celtas representaban a la muerte.
…enciendes mis palabras que sólo alcanzo a vislumbrar. ¿Qué es lo que estoy rodeando? ¿Qué soy yo, que te rodeo?
Siempre observando, ella lo vio cometer crímenes, asaltos, mutilaciones, todo porque la validez semántica de mío y tuyo estaba destrozada en una cadena de sinapsis destruidas.
Carnicero, la escucho resonar en tus músculos: la soledad, esa soledad que te hizo convencer a Jebel de que rescatara al Rimbaud tan sólo para tener cerca a alguien que hablara este lenguaje analítico; la misma razón por la que trataste de salvar al bebé ―susurró Rydra.
Las imágenes se entrelazaron en su cerebro.
La hierba alta susurraba junto a las cañas; las lunas de Aleppo nublaban la noche. El llanomóvil zumbaba, y con medida impaciencia el Carnicero encendió el emblema rubí que estaba sobre el volante rozándolo con la punta del espolón izquierdo. Lili se retorcía al lado de él, sonriendo.
—¿Sabes, Carnicero? Si Mr. Big supiera que me has traído hasta aquí con una noche tan romántica se pondría muy hostil. ¿De veras vas a llevarme contigo a París cuando termines aquí?
Una innominada calidez se mezcló con impaciencia. El hombro de ella estaba húmedo bajo la mano de él, sus labios muy rojos. Se había recogido el pelo de color champagne sobre una oreja. El cuerpo de ella junto al suyo, se movía ondulante con la excusa de volver el rostro hacia él.
—Si me estás engañando con lo de París, se lo contaré a Mr. Big. Si fuera una chica lista, esperaría que me llevaras allí antes de permitir que… intimáramos.
Su aliento era perfumado en la noche. Él hizo correr la otra mano por encima del brazo de ella.
—¡Carnicero, sácame de este mundo caliente y muerto! ¡Pantanos, cavernas, lluvias! Mr. Big me asusta, Carnicero. Llévame lejos de él, llévame a París. Por favor, no finjas. Deseo tanto ir contigo… —sonrió nuevamente—. Creo que… después de todo, no soy una chica lista.
Él cubrió la boca de ella con la suya… y le quebró el cuello con un solo movimiento de las manos. Con los ojos aún abiertos, ella cayó hacia atrás. La jeringa hipodérmica que había estado a punto de clavar en el hombro de él cayó de su mano, rodó sobre la consola y descendió hasta los pedales. Él la llevó hasta el cañaveral y regresó cubierto de lodo hasta los muslos. Al sentarse conectó la radio.
—Está listo, Mr. Big.
—Muy bien. Estuve escuchando. Puedes recoger tu dinero en la mañana. Fue muy tonta al tratar de traicionarme con esos cincuenta mil.
El llanomóvil se deslizaba, la brisa cálida secaba el lodo de sus brazos, la alta hierba siseaba contra los deslizadores…
¡Carnicero…!
Pero ése soy yo, Rydra.
Lo sé. Pero yo…
Tuve que hacerle lo mismo a Mr. Big dos semanas más tarde.
¿Adonde le prometiste llevarlo?
A las cavernas de juego de Minos. Y una vez tuve que agazaparme…
…Aunque era el cuerpo de él el que se agazapaba bajo la luz verde de Kreto ―respirando con la boca muy abierta para evitar todo ruido―, era la ansiedad de ella, su miedo controlado. El embarcador de uniforme rojo se detiene y se enjuga la frente con un paño. Él se adelanta rápido, le da un golpecito en el hombro. El embarcador se da vuelta, sorprendido, y las manos se alzan, los espolones abren el vientre del embarcador, que se derrama sobre la plataforma y después él corre, suenan las alarmas, salta por encima de los sacos de arena, arrebata la cadena y la estrella contra el rostro sorprendido del guardia que está del otro lado y que se ha vuelto para mirarlo con los brazos abiertos por la sorpresa…
…salí al aire libre y me escapé ―le dijo él―. El rastro falso funcionó y los Rastreadores no pudieron seguirme más allá de las fosas de lava.
Abriéndote de arriba abajo, Carnicero. ¿Todo el tiempo abriéndome a mí?
¿Te hace daño, te ayuda? No lo sé.
Pero no había palabras en tu mente. Hasta Babel-17, era como el ruido cerebral de una computadora dedicada a un puro análisis sináptico.
Sí. Ahora empiezas a entender.
…de pie, temblando en las rugientes cuevas de Dis, donde había estado enterrado durante nueve meses, se había comido todos los alimentos, después al perro de Lonny, después al mismo Lonny ―que se había congelado hasta morir tratando de escalar el hielo―… hasta que de repente el planetoide hizo un arco y salió de la sombra de los Cíclopes, y el resplandeciente Ceres ardió en el cielo de modo tal… que en cuarenta minutos la cueva se inundó, y el agua del hielo que se fundía le llegó a la cintura. Cuando logró liberar su platillo aéreo el agua ya estaba tibia, y él bañado en sudor. Se remontó a velocidad máxima durante las primeras dos millas de penumbra, conectando el piloto automático un momento antes de desmayarse a causa del calor. Se desmayó diez minutos antes de entrar en Gotterdammerung.
Desmáyate en la oscuridad de tu perdida memoria, Carnicero; debo hallarte. ¿Quién eras antes de Nueva-Nueva York?
Con suavidad, él se volvió hacia ella.
¿Tienes miedo, Rydra? Como antes…
No, no como antes. Me estás enseñando algo, y ese algo está sacudiendo toda mi imagen del mundo y de mí misma. Antes tenia miedo porque creía que no podía hacer lo que tú hacías, Carnicero… ―la llama blanca se hizo azul, protectora y temblorosa―. Pero en realidad, tenía miedo porque sí podía hacer todas esas cosas, y por mis propios motivos, no por tu carencia de motivos; porque yo soy y tú eres. Soy mucho más grande de lo que creía ser, Carnicero, y no sé si agradecerte o maldecirte por habérmelo enseñado.
Y algo lloraba dentro de ella, tartamudeaba, se aquietaba. Se volvió hacia los silencios que había tomado de él, temerosamente, y en los silencios algo esperaba que ella hablara, sola, por primera vez.
Mírate a ti misma, Rydra.
Reflejada en él, ella vio, creciendo en su propia luz, una sombra sin palabras, sólo ruidos… ¡creciendo! Y gritó con su nombre y forma. ¡Los paneles de circuitos destrozados!
Carnicero, ¡esas cintas que sólo podían haber salido de mi consola mientras yo estaba allí! Por supuesto…
Rydra, podemos controlarlos si podemos nombrarlos.
¿Cómo podemos, ahora? Tenemos que nombrarnos a nosotros mismos primero. Y tú no sabes quién eres.
Tus palabras. Rydra, ¿no podemos usar de algún modo tus palabras para descubrir quién soy?
Mis palabras no, Carnicero. Pero tal vez las tuyas, tal vez Babel-17. No. Yo soy ―susurró ella―, créeme, Carnicero, y tú eres.


III

—Cuartel General, capitán. Eche un vistazo con el casco sensorio. Esas redes de radio parecen fuegos artificiales, y las almas corpóreas me dicen que huele como corned beef con huevos fritos. Ah, gracias por haber mandado a limpiar un poco. Cuando estaba vivo padecía de una tendencia a la alergia que nunca logré superar.
La voz de Rydra:
—La tripulación desembarcará con el capitán y el Carnicero. La tripulación los llevará hasta el general Forester y no permitirá que se los separe.
La voz del Carnicero:
—Sobre la consola de la cabina del capitán hay una cinta grabada que contiene la gramática de Babel-17. Control enviará inmediatamente esa cinta al doctor Markus T'mwarba, de la Tierra, por correo especial. Después informará por estelarófono al doctor T'mwarba acerca del envío de la cinta, de sus contenidos, y de la hora del envío.
—¡Brass, Control! ¡Allí arriba pasa algo! —la voz de Ron interfirió con la señal del capitán—. ¿Alguna vez los oyeron hablar así? Ey, capitán Wong, ¿qué ocurre…?


Quinta parte - MARKUS T'MWARBA


Envejeciendo, desciendo por noviembre.
El cielo asintótico del año
cae a plomo al ahora. En ensoñaciones de cristal
paso bajo una fija y blanca fila de árboles,
donde las hojas muertas yacen para que los pies las desmembren.
Crujen con un sonido mudo como el miedo.
Ese crujido y el viento es todo lo que oigo.
Al aire frío le pregunto: «¿Cuál es la palabra que libera?»
El viento dice: «Cambio», y el blanco sol: «Recuerdo».
De Elektra, M. H.

I

El carrete de cinta, la orden inapelable del general Forester y el furioso doctor Markus T'mwarba llegaron a la oficina de Danil D. Appleby con apenas treinta segundos de diferencia. Estaba abriendo la caja, cuando el ruido que provenía de afuera de su oficina lo hizo alzar la vista.
—Michael —dijo por el intercom—, ¿qué pasa?
—¡Hay aquí un loco que dice ser psiquiatra!
—¡No estoy loco! —dijo el doctor T'mwarba a viva voz—. Pero sé cuánto tiempo demora un envío desde el Cuartel General Administrativo de la Alianza hasta la Tierra, y ese envío debería haber llegado a mi casa con el correo de la mañana. No lo hizo, lo que significa que ha sido retenido, y este es el lugar donde se hacen esas cosas. Déjeme entrar.
La puerta se estrelló contra la pared y el doctor entró. Michael dio un rodeo alrededor de T'mwarba.
—Eh, Dan, lo siento. Llamaré al…
El doctor T'mwarba señaló hacia el escritorio y dijo:
—Eso es mío. Démelo.
—No te preocupes, Michael —dijo el funcionario de Aduana antes de que la puerta volviera a golpearse—. Buenas tardes, doctor T'mwarba. ¿Por qué no se sienta? Este envío está dirigido a usted, ¿verdad? No se sorprenda tanto porque lo conozco. También me ocupé de la parte de seguridad en integración de psicoíndices, y todos los de mi departamento conocemos sus brillantes trabajos de diferenciación esquizoide. Estoy encantado de conocerlo.
—¿Por qué no me puede dar mi paquete?
—En un momento lo averiguaré.
Mientras él abría la orden de Forester, el doctor T'mwarba tomó su paquete y se lo guardó en el bolsillo.
—Ahora puede explicarme —dijo.
El funcionario abrió la carta.
—Parece —dijo, apretando una rodilla contra el escritorio para liberar un poco de la hostilidad que se había acumulado en él en muy poco tiempo— que puede quedarse con la cinta a condición de que salga esta misma noche hacia el Cuartel General en el Midnight Falcon, llevando esa cinta con usted. Ya se le ha reservado pasaje y se le agradece anticipadamente su cooperación, sinceramente, general X. J. Forester.
—¿Por qué?
—No lo dice. Me temo, doctor, que a menos que usted acepte ir, no podré permitirle que se quede con la cinta. Y podemos hacer que nos la devuelva.
—Eso es lo que usted cree. ¿Tiene alguna idea de lo que quieren?
El funcionario se encogió de hombros.
—Usted esperaba este envío. ¿Quién es el remitente?
—Rydra Wong.
—¿Wong? —el funcionario había apoyado las dos rodillas contra el escritorio. Las dejó caer—. ¿Rydra Wong, la poeta? ¿Usted también conoce a Rydra?
—He sido su consejero psiquiátrico desde que ella tenía doce años. ¿Quién es usted?
—Soy Danil D. Appleby. De haber sabido que usted era amigo de Rydra, yo mismo lo habría conducido hasta aquí… —la hostilidad había actuado como punto de despegue para una calurosa camaradería—. Si va a partir en el Falcon, tendrá tiempo para salir un rato conmigo, ¿verdad? De todos modos, iba a irme temprano del trabajo. Tengo que detenerme un rato en… bien, en un sitio determinado de Ciudad Transporte. ¿Por qué no me dijo antes que la conocía? Hay un lugar deliciosamente étnico muy cerca de donde voy. Se puede conseguir una comida y bebida razonable allí, ¿a usted le gusta la lucha? La mayoría de la gente cree que es ilegal, pero allí se puede ver. Esta noche se exhiben Rubí y Pitón. Si acepta hacer esa pequeña escala conmigo, antes, estoy seguro de que le parecerá fascinante. Y abordará el Falcon a tiempo.
—Creo que ya conozco el lugar.
—Se baja, y allí tienen esa enorme burbuja en el techo, el lugar donde luchan… —efervescente, se inclinó hacia adelante—. En realidad, Rydra fue quien me llevó allí por primera vez.
El doctor T'mwarba empezó a sonreír. El funcionario dio una palmada sobre el escritorio.
—¡Esa sí que fue una noche agitada! ¡Bien agitada! —entrecerró los ojos—. ¿Alguna vez lo levantó una de ésas…? —hizo chasquear tres veces los dedos— …¿las del sector descorporizado? Eso también es ilegal. Pero dése una vuelta una de estas noches.
—Vamos —dijo el doctor, riendo—. Cena y un trago: la mejor idea que he oído en todo el día. Estoy famélico y hace cuatro meses que no veo una buena lucha.

—Jamás había estado en este sitio antes —dijo el funcionario cuando descendieron del monorriel—. Llamé para pedir turno, pero me dijeron que no era necesario, que viniera directamente; está abierto hasta las seis. Qué diablos, me dije; saldré más temprano del trabajo.
Cruzaron la calle y pasaron ante el puesto de noticias donde tres embarcadores recogían los horarios de las naves. Tres oficiales estelares de uniforme verde se paseaban abrazados por la vereda.
—¿Sabe? —decía el funcionario—. He tenido una lucha interna, he querido hacer esto desde la primera vez que vine… Diablos, desde la primera vez que lo vi en el cine. Pero algo demasiado fantástico no armonizaría con mi trabajo en la oficina. Así que me dije que bien podía ser algo simple, que quedara cubierto con la ropa cuando me vistiera. Aquí es.
El funcionario empujó la puerta de Plastiplasma Plus (Agregados, Superinscripciones y Pies de Página para el Bello Cuerpo).
—¿Sabe?, siempre quise preguntárselo a alguien autorizado… ¿Usted cree que hay algo psicológicamente anormal en el hecho de desear hacerse algo como esto?
—En absoluto.
Una jovencita con pelo, ojos, labios y alas azules les dijo:
—Pueden pasar directamente. A menos que primero deseen consultar nuestro catálogo.
—Oh, sé exactamente lo que quiero —dijo el funcionario—. ¿Es por aquí?
—Sí.
—En realidad —dijo el doctor T'mwarba—, es psicológicamente muy importante sentir que uno controla su propio cuerpo, que uno puede cambiarlo, moldearlo. Hacer una dieta de seis meses o embarcarse en un plan de desarrollo muscular puede resultar muy satisfactorio. Del mismo modo puede resultar satisfactorio adquirir una nueva nariz, barbilla o un conjunto de escamas y plumas.
Estaban en una habitación repleta de mesas quirúrgicas.
—¿En qué puedo servirles? —les preguntó un sonriente cosmetocirujano polinesio, enfundado en una bata azul—. ¿Por qué no se tiende aquí?
—Sólo estoy mirando —dijo el doctor T'mwarba.
—En su catálogo figura bajo el número 5463 —declaró el funcionario de Aduana—. Lo quiero aquí —agregó, llevándose la mano izquierda al hombro derecho.
—Oh, sí. Ése me gusta mucho también a mí. Espere un momento —dijo el cosmetocirujano, y abrió la tapa de un mueble que estaba junto a la mesa. Los instrumentos centellearon.
Luego se acercó a la vidriada unidad refrigeradora en la que, detrás de las puertas de vidrio, se apiñaban intrincadas formas plastiplasmáticas, todas cubiertas por la escarcha. Regresó con una bandeja repleta de fragmentos diversos. El único reconocible era un dragón en miniatura con ojos enjoyados, relucientes escamas y alas opalescentes: tenía menos de cinco centímetros de longitud.
—Cuando esté conectado a su sistema nervioso, usted podrá hacerlo silbar, sisear, rugir, agitar las alas y escupir fuego, aunque tal vez le lleve varios días asimilarlo a su esquema corporal. No se sorprenda si al comienzo sólo eructa o parece mareado. Quítese la camisa, por favor.
El funcionario se desprendió el cuello.
—Bloquearemos toda sensación de su hombro… aquí. Bien, realmente no le dolió. ¿Esto? Oh, es tan sólo un constrictor local, arterial y venoso: queremos mantener las cosas limpias. Ahora cortaremos a lo largo de… bien, si lo perturba, no mire. Sólo llevará unos minutos. ¡Oh, eso debe haberle hecho cosquillas en el estómago! No importa. Sólo una vez más. Bien. Esa es la articulación de su hombro. Lo sé, su brazo le parece extraño así colgando. Bien, ahora le pegaremos esta jaula plastiplasmática. Exactamente la misma articulación que la de su hombro, y sus músculos quedan fuera del paso. Vea, tiene canaletas para las arterias. Mueva la barbilla, por favor. Si quiere mirar, hágalo con el espejo. Ahora le levantaremos un poquito los bordes. Déjese esta vivatela alrededor de los bordes de la jaula durante un par de días, hasta que las cosas se unan. No hay muchas posibilidades de que se le desprenda… A menos que haga un esfuerzo brusco con el brazo, pero en general es difícil. Ahora conectaré a este pequeñín a su nervio. Dolerá…
—¡Hmmmm! —el funcionario casi se puso de pie.
—¡Siéntese! ¡Siéntese! Bien, esta pequeña traba… mire por el espejo… es para abrir la jaula. Ya aprenderá cómo hacerlo salir y hacerle hacer cosas, pero no sea impaciente. Lleva un poco de tiempo. Permítame que devuelva la sensibilidad a su brazo.
El cirujano quitó los electrodos y el funcionario silbó.
—Sí, arde un poquito. Arderá durante una hora. Si aparece inflamación o enrojecimiento, por favor, no vacile y regrese. Todo lo que entra por esa puerta se esteriliza totalmente, pero cada cinco o seis años alguien se infecta. Ya puede ponerse la camisa.
Mientras volvían a la calle, el funcionario flexionó el hombro.
—¿Sabe?, dicen que uno no debería sentir ninguna diferencia —dijo, haciendo una mueca—. Siento los dedos muy raros. ¿Le parece que habrá lastimado un nervio?
—Lo dudo —dijo el doctor T'mwarba—, pero usted sí lo hará si sigue retorciéndose de ese modo. Aflojará la vivatela. Vamos a comer.
El funcionario se tocó el hombro.
—Es raro tener un agujero de seis centímetros allí y que el brazo siga funcionando —dijo.

—Así que fue Rydra quien lo trajo por primera vez a Ciudad Transporte —dijo el doctor T'mwarba por encima de su jarro.
—Sí. En realidad… bien, sólo la vi esa vez. Estaba reuniendo la tripulación para un viaje subvencionado por el gobierno. Yo la acompañaba para aprobar los índices. Pero algo sucedió esa noche…
—¿Qué fue?
—Conocí a un grupo de gente más extraña que la que jamás había conocido, gente que pensaba diferente, que actuaba diferente y que hasta hacía el amor de manera diferente. Y me hicieron reír y enfurecerme, y me sentí feliz y triste y excitado, y hasta me enamoré un poquito… —levantó la vista hasta la esfera de las luchas, muy lejos del bar—. Y ya no me parecieron tan extraños ni raros.
—¿La comunicación funcionaba bien esa noche?
—Eso creo. Es algo presuntuoso de mi parte llamar a Rydra por su nombre. Pero siento que es… mi amiga. Soy un hombre solitario, en una ciudad de hombres solitarios. Y cuando uno encuentra un lugar donde… la comunicación funciona bien, uno vuelve para ver si las cosas ocurren otra vez.
—¿Y han ocurrido?
Danil D. Appleby bajó la mirada del techo y empezó a desabotonarse la camisa.
—Vamos a cenar —dijo. Tiró la camisa sobre el respaldo de la silla y echó un vistazo al dragón enjaulado en su hombro—. Uno vuelve de todos modos…—giró en su silla, recogió la camisa, la dobló prolijamente y volvió a ponerla sobre el respaldo—. Doctor T'mwarba, ¿tiene idea de por qué le piden que vaya al Cuartel General Administrativo de la Alianza?
—Supongo que tiene que ver con Rydra y con esta cinta.
—Porque usted dijo que era su médico. Espero que no haya motivos médicos… Si algo le pasara a ella, sería terrible. Para mí, quiero decir. Se las arregló para decirme tantas cosas en una sola noche, y con tanta simpleza… —se rió, e hizo correr los dedos por el borde de la jaula. La bestia que estaba adentro gorgoteó—. Y la mitad del tiempo ni siquiera miraba en dirección a mí cuando lo decía.
—Espero que esté bien —dijo el doctor T'mwarba—. Será mejor que lo esté.


II

Antes de que el Midnight Falcon aterrizara, el doctor engatusó al capitán para que lo dejara hablar con Control de Vuelos.
—Quiero saber cuándo llegó el Rimbaud —dijo.
—Un momento. Señor, el Rimbaud no ha llegado. Al menos durante los últimos seis meses. Si quiere que controlemos más allá de esa fecha, llevará un poco más de tiempo…
—No. Lo más probable era que hubiera entrado en los últimos días. ¿Está seguro de que el Rimbaud no aterrizó recientemente bajo el control del capitán Rydra Wong?
—¿Wong? Creo que aterrizó ayer, pero no en el Rimbaud, sino en una nave de combate sin identificación. Hubo algunas confusiones porque habían borrado los números de serie, y se pensó que tal vez fuera robado.
—¿El capitán Wong estaba bien cuando desembarcó?
—Aparentemente había cedido el mando a su… —la voz se interrumpió.
—¿Bien?
—Perdóneme, señor. Todo esto ha sido marcado como confidencial. No vi el sello, y por accidente lo habían colocado en el fichero común. No puedo darle más información. Sólo para personas autorizadas.
—Soy el doctor Markus T'mwarba —dijo el doctor con autoridad, y sin tener idea de si le serviría de algo.
—Oh. Señor, hay una nota con respecto a usted, pero no está en la lista de personas autorizadas.
—Entonces, ¿qué diablos dice la nota, jovencita?
—Sólo que si usted requería información, había que enviarlo directamente al general Forester.

Una hora más tarde estaba entrando en la oficina de Forester.
—Muy bien, ¿qué pasa con Rydra?
—¿Dónde está la cinta?
—Si Rydra quería que yo la tuviera, sus razones habrá tenido. Si hubiera querido que la tuviera usted, seguramente se la habría enviado. Créame, no le pondrá las manos encima a menos que yo se la entregue.
—Esperaba más cooperación, doctor.
—Estoy cooperando: estoy aquí, general. Pero seguramente usted quiere que yo haga algo, y a menos que me explique lo que está ocurriendo, no podré hacerlo.
—Es una actitud muy poco militar —dijo el general Forester, rodeando el escritorio—. Es algo con lo que tengo que enfrentarme cada vez con mayor frecuencia. Y no sé si me gusta. Pero tampoco sé si me disgusta.
El oficial estelar, de uniforme verde, se sentó en el borde del escritorio, tocó las estrellas de su cuello y se quedó pensativo.
—La señorita Wong fue la primera persona que conocí en mucho tiempo a quien no pude decirle «haga esto o aquello, y maldita sea si pregunta algo acerca de las consecuencias». La primera vez que le hablé de Babel-17, creí que podía entregarle la transcripción y que ella me la devolvería en inglés. Ella me dijo, directamente: «No, tendría que decirme más». Ésa era la primera vez, en catorce años, que alguien me decía que yo tenía que hacer algo. Tal vez no me guste, pero es seguro que la respeto —sus manos bajaron protectoramente hasta el regazo… ¿Protectoramente? ¿Era Rydra quien le había enseñado a interpretar ese movimiento?, se preguntó T'mwarba—. Es tan fácil quedar atrapado en el propio fragmento de mundo… Cuando una voz lo traspasa, es importante. Rydra Wong…
Y el general se interrumpió. En su rostro se instaló una expresión que hizo que T'mwarba se estremeciera cuando le observó con los elementos que Rydra le había enseñado.
—¿Ella está bien, general Forester? ¿Es algo médico?
—No lo sé —dijo el general—. Hay una mujer en mi oficina interna… y un hombre. No puedo decirle si la mujer es o no es Rydra Wong. Por cierto que no es la misma mujer con la que hablé aquella noche en la Tierra, acerca de Babel-17.
Pero T'mwarba ya se había acercado a la puerta y la había abierto de un tirón. Un hombre y una mujer levantaron la vista. El hombre era enorme y grácil, de pelo color ámbar… Un convicto, advirtió el doctor al ver la marca del brazo. La mujer…
El doctor se llevó ambas manos a las caderas:
—Bien —dijo—, ¿qué es lo que estoy a punto de decirte?
—No hay comprensión —dijo ella.
Frecuencia respiratoria, posición de las manos en el regazo, postura de los hombros, los detalles cuya importancia ella le había demostrado mil veces: él se dio cuenta en el espantoso tiempo que toma un suspiro hasta qué punto servían para identificar. Por un momento deseó que ella jamás se lo hubiera enseñado, porque todos los detalles habían desaparecido, y su ausencia en el familiar cuerpo de ella era peor que las cicatrices o la desfiguración. Empezó a hablar con la voz que era habitualmente para ella, la que usaba para alabarla o para corregirla:
—Iba a decir… «si esto es una broma, cariño… te castigaré» —terminó con la voz que usaba con los desconocidos, con los vendedores y con los que se equivocaban de número, y se sintió inseguro—. Si no eres Rydra, ¿quién eres?
Ella dijo:
—Incomprensión de la pregunta. General Forester, ¿este hombre es el doctor Markus T'mwarba?
—Sí, lo es.
—Mire —dijo el doctor volviéndose hacia el general—, estoy seguro de que usted ya se ha ocupado de las huellas digitales, índices metabólicos, formaciones de la retina, toda clase de identificación.
—Ese es el cuerpo de Rydra Wong, doctor.
—Muy bien: hipnóticos, estampado experimental, injertos de materia cortical… ¿se le ocurre algún otro medio de meter una mente en otra cabeza?
—Sí. Diecisiete más. No hay evidencia de ninguno de ellos —el general se dirigió a la puerta—. Ella ha dejado bien claro que quiere hablar a solas con usted. Me quedaré aquí afuera —cerró la puerta.
—Estoy bastante seguro de que no se quedará afuera —dijo el doctor T'mwarba al cabo de un momento.
La mujer parpadeó y dijo:
—Mensaje de Rydra Wong, entregado verbalmente, no comprensión de su significado —de repente su rostro adquirió la animación habitual. Sus manos se unieron y se inclinó ligeramente hacia adelante—. Mocky, me alegra mucho que hayas venido. No puedo sostener esto durante mucho tiempo, así que allá voy. Babel-17 es más o menos como Onoff, Algol, Fortran. Después de todo soy telepática, sólo que ahora he aprendido a controlarlo. Me… nos hemos ocupado de los intentos de sabotaje de Babel-17. Sólo que somos prisioneros, y si quieres liberarnos, olvídate de quién soy. ¡Usa lo que está al final de la cinta y averigua quién es él! —y señaló al Carnicero.
La animación desapareció, la rigidez volvió a invadir su rostro. La transformación dejó a T'mwarba sin aliento. Sacudió la cabeza, empezó a respirar nuevamente. Al cabo de un momento regresó a la oficina del general.
—¿Quién es el pájaro de cuentas? —preguntó directamente.
—Nos estamos ocupando de eso. Esperaba tener el informe esta mañana… —algo centelleó sobre su escritorio—. Aquí está —activó una ranura que estaba en la tapa del escritorio y extrajo una carpeta. Hizo una pausa mientras rompía el sello—. ¿Le gustaría decirme lo que son Onoff, Algol y Fortran?
—Estaba seguro: escuchando por las cerraduras —T'mwarba se sentó en una silla inflable frente al escritorio—. Son antiguos lenguajes del siglo veinte… lenguajes artificiales que eran utilizados para programar computadoras, lenguajes especialmente ideados para las máquinas. Onoff era el más simple. Reducía todo a una combinación de las dos palabras, on y off, o al sistema de números binarios. Los otros eran más complicados.
El general asintió y terminó de abrir la carpeta.
—Ese tipo salió del bote araña robado junto con ella. La tripulación se alteró mucho cuando quisimos ubicarlos en habitaciones separadas —se encogió de hombros—. Es algo psíquico. ¿Para qué arriesgarnos? Los dejamos juntos.
—¿Dónde está la tripulación? ¿No colaboraron con usted?
—¿Ellos? Es como tratar de hablar con algo salido de sus peores pesadillas. Transporte. ¿Quién puede hablar con gente así?
—Rydra podía —dijo el doctor T'mwarba—. Me gustaría ver si yo puedo.
—Si lo desea… Los tenemos aquí, en el Cuartel General —abrió la carpeta e hizo una mueca—. Raro. Aquí hay una descripción detallada de la existencia de ese tipo durante un período de cinco años…, que empieza con algunos robos menores, asalto a mano armada y que termina con un par de asesinatos. Un asalto a un banco… —el general apretó los labios y asintió apreciativamente—. Sirvió dos años en las cuevas del penal de Titin, se escapó… este muchacho sí que es alguien. Desapareció en el Resorte de Specelli, donde tal vez murió o abordó una nave sombra. Por cierto que no murió. Pero aparentemente no existía antes de diciembre del '61. Se lo conoce como el Carnicero.
De repente el general escarbó en un cajón y extrajo otra carpeta.
—Kreto, Tierra, Minos, Callisto —leyó, y después golpeó la carpeta con el revés de la mano—. ¡Aleppo, Rhea, Olympia, Paradise, Dis!
—¿Qué es eso, el itinerario del Carnicero antes de caer en Titin?
—Da la casualidad que sí. Pero también es la ubicación de una serie de accidentes que comenzaron en diciembre del '61. Recién ahora hemos establecido una conexión entre ellos y Babel-17. Habíamos estado trabajando sólo con «accidentes» recientes, pero entonces apareció esta información un poco vieja. Se informa la misma clase de emisiones radiales. ¿Le parece que la señorita Wong nos ha traído a nuestro saboteador?
—Podría ser. Sólo que esa que está ahí no es Rydra.
—Bien, supuse que usted diría eso.
—Por razones similares me atrevo a deducir que el caballero que la acompaña no es el Carnicero.
—¿Y quién piensa que es?
—No lo sé en este momento. Diría que es muy importante que lo averiguáramos… —se puso de pie—. ¿Dónde puedo encontrar a la tripulación de Rydra?


III

—¡Lindo lugarcito! —dijo Calli, mientras todos salían del ascensor en el último piso de la Torre Alianza.
—Es hermoso poder caminar por aquí—dijo Mollya.
El jefe de camareros, enfundado en una formal vestimenta blanca, se acercó desde el otro extremo de la alfombra de piel, miró de soslayo a Brass y dijo:
—¿Estos son sus invitados, doctor T'mwarba?
—Así es. Tenemos el reservado junto a la ventana. Puede traernos una ronda de bebidas inmediatamente. Ya he hecho el pedido.
El camarero asintió, se volvió y los condujo hasta una ventana alta y con arcos que daba a la Plaza Alianza. Unas pocas personas se dieron vuelta para observarlos.
—La Administración puede ser un lugar muy agradable —dijo el doctor, sonriendo.
—Si se tiene dinero —dijo Ron. Levantó la cabeza para mirar el techo negro azulado, donde las luces estaban dispuestas como para simular las constelaciones vistas desde Rymik, y lanzó un suave silbido—. Había leído acerca de lugares como éste, pero jamás creí que los conocería alguna vez.
—Me gustaría haber traído a los chicos —dijo Control—. Estaban muy impresionados con la residencia del Barón.
En el reservado, el camarero arrimó la silla de Mollya.
—Ese Barón que mencionó, ¿era el Barón Ver Dorco, de los Depósitos Bélicos?
—Sí —dijo Calli—. Cordero asado, vino de ciruelas, los pavos de mejor aspecto que había visto durante años. Nunca pude llegar a comerlos —dijo, sacudiendo la cabeza.
—Es uno de los irritantes hábitos de la aristocracia —dijo T'mwarba, riendo—. Se vuelven plebeyos a la menor provocación. Pero ya sólo quedamos muy pocos, y la mayoría es lo suficientemente bien educada como para no utilizar los títulos.
—Es el difunto Maestro de Armas de Armsedge —corrigió Control.
—Leí el informe de su muerte. ¿Rydra estaba allí?
— Todos estábamos. Fue una noche bastante agitada —dijo Brass.
—¿Qué sucedió exactamente?
Brass sacudió la cabeza.
—Bien, el ca'itán fue más tem'rano…
Cuando terminó de relatar los incidentes, mientras los otros agregaban los detalles, el doctor T'mwarba se recostó en su silla.
—Los periódicos no lo decían así. Pero, claro, no podían hacerlo. De todos modos, ¿qué era ese TW-55?
Brass se encogió de hombros. Se escuchó un clic, y el descorporífono que estaba en la oreja del doctor se puso en marcha:
—TW-55 es un ser humano que desde el nacimiento es perfeccionado y perfeccionado hasta no ser más humano —dijo el Ojo—. Yo estaba con el capitán Wong la vez que el Barón se lo mostró y se lo explicó.
El doctor T'mwarba asintió.
—¿Puede decirme algo más?
Control, que había tratado de ponerse cómodo en la silla de respaldo duro, ahora apoyó el estómago contra el borde de la mesa.
—¿Por qué? —preguntó.
Los otros quedaron en silencio inmediatamente.
El hombre gordo miró al resto de la tripulación.
—¿Por qué le están diciendo todo esto? Va a regresar a decirle todo a ese oficial estelar.
—Así es —dijo el doctor T'mwarba—. Cualquier cosa que pueda ayudar a Rydra.
Ron dejó su vaso de cola helada.
—Los oficiales estelares no han sido lo que se llamaría amables con nosotros, capitán —explicó.
—No nos llevaron a ningún restaurante de lujo —dijo Calli, atándose la servilleta al collar de circonio que llevaba puesto para la ocasión.
Un camarero dejó sobre la mesa un plato de patatas fritas, se fue y regresó con una fuente de hamburguesas.
Mollya levantó de la mesa un frasco rojo alto, y lo miró inquisitivamente.
—Ketchup —dijo el doctor T'mwarba.
—Ohhh —suspiró Mollya y volvió a dejarlo sobre el mantel de damasco.
—Diávalo tendría que estar aquí —dijo Control, reclinándose y dejando de mirar al doctor—. Es un artista con la carbosíntesis, y tiene una sensibilidad para el dispensador de proteínas que es excelente para las comidas sólidas, como el faisán relleno de nueces o el filet creyonnaise, y toda esa comida apropiada para llenar los estómagos de una tripulación hambrienta. Pero todas estas cosas complicadas —y untó su bollo con mostaza—…si le dan una libra de verdadera carne picada, apuesto que sale corriendo de la cocina por miedo de que lo muerda.
—¿Qué 'asa con el ca'itán Wong? —preguntó Brass—. Eso es lo que todos quieren 'reguntar.
—No lo sé. Pero si me dicen todo lo que puedan, tengo mayores posibilidades de hacer algo por ella.
—La otra cosa que nadie quiere decir —prosiguió Brass—, es que uno de nosotros no quiere que usted haga nada por ella, 'ero no sabemos cuál.
Los otros volvieron a callarse.
—Había un es'ía en la nave. Todos lo sabíamos. Intentó destruir la nave dos veces. Creo que tiene mucho que ver con lo que le sucedió al ca'itán y al Carnicero.
—Todos lo creemos —dijo Control.
—¿Eso es lo que no quisieron decirle al oficial?
Brass asintió.
—Si no hubiera sido por el Carnicero —el descorporífono volvió a hacer clic—, hubiéramos regresado al espacio normal en la Nova de Cygnus. El Carnicero convenció a Jebel de que debía rescatarnos y llevarnos a bordo.
—Entonces —dijo el doctor, mirando a los que rodeaban la mesa—, uno de ustedes es un espía.
—Podría ser uno de los chicos —dijo Control—. No tiene que ser alguien de esta mesa.
—Si lo es —dijo el doctor—, me estoy dirigiendo al resto de ustedes. El general Forester no consiguió nada de ustedes. Rydra necesita la ayuda de alguien. Es así de simple.
Brass rompió el prolongado silencio:
—Yo acababa de 'erder una nave a manos de los Invasores, doctor: todos los chicos del equi'o, más de la mitad de los oficiales. Aunque luchaba bien y era buen 'iloto com'arado con cualquier otro ca'itán de Trans'orte, ese encontronazo con los Invasores me descalificaba. El ca'itán Wong no es de nuestro mundo. Pero de donde venía, fuera de donde fuera, traía consigo una tabla de valores que decía: «Me gusta tu trabajo y quiero contratarte». Le estoy agradecido.
—Sabe tantas cosas… —dijo Calli—. Este es el viaje más agitado que he hecho. Mundos. Eso es, doc. Pasa de un mundo a otro, y no le importa llevarnos con ella. ¿Cuándo fue la última vez que pasé la noche en casa de un Barón, cenando y espiando? Al día siguiente me encuentro comiendo con piratas. Y aquí estoy ahora. Seguro que quiero ayudar.
—Calli está demasiado mezclado con su estómago —interrumpió Ron—. Lo que sucede es que ella nos hace pensar acerca de Mollya y Calli. Sabe, estuvo triplada con Muels Aranlyde, el tipo que escribió Estrella Imperial. Pero creo que usted debe saberlo, si es su médico. De todos modos, uno empieza a pensar que esa gente que vive en otro mundo, como dice Calli, mundos donde las personas escriben libros o fabrican armas, es real. Si se cree en ellos, uno está más dispuesto a creer en uno mismo. Y cuando alguien que puede hacer eso necesita ayuda, uno ayuda.
—Doctor —dijo Mollya—, yo estaba muerta. Ella me hizo vivir. ¿Qué puedo hacer?
—Pueden decirme todo lo que sepan —se inclinó sobre la mesa y entrelazó los dedos—, acerca del Carnicero.
—¿El Carnicero? —preguntó Brass. Los otros estaban sorprendidos—. ¿Qué 'asa con él? No sabemos nada, a'arte de que el ca'itán y él llegaron a acercarse mucho.
—Estuvieron en la misma nave con él durante tres semanas. Cuéntenme todo lo que le vieron hacer.
Se miraron entre sí, cuestionándose en silencio.
—¿No recuerdan nada que pueda indicar su lugar de origen?
—Titin —dijo Calli—. La marca en el brazo.
—Antes de Titin, cinco años antes por lo menos. El problema es que tampoco el Carnicero lo sabe.
Todos se quedaron aún más perplejos. Después Brass dijo:
—Su lenguaje. El ca'itán dijo que originariamente él hablaba un lenguaje que no tenía «yo».
El doctor T'mwarba frunció aún más el ceño cuando el descorporífono volvió a hacer clic.
—Ella le enseñó a decir yo y tú. Vagaban por el cementerio, de noche, y nosotros revoloteábamos encima de ellos mientras se enseñaban quiénes eran.
—El «yo» —dijo T'mwarba—, eso es algo para empezar… —se recostó hacia atrás—. Es raro. Yo creía que lo sabía todo acerca de Rydra. Y sólo conozco un poco acerca…
El descorporífono volvió a hacer clic.
—No sabe nada acerca del pájaro myna.
—Por supuesto que sí —dijo T'mwarba, sorprendido—. Yo estaba allí.
La tripulación descorporizada rió suavemente.
—Pero jamás le dijo por qué se asustó tanto.
—Fue un brote histérico producido por su condición anterior…
Risas fantasmales otra vez.
—La lombriz, doctor T'mwarba. No tenía miedo del pájaro, en absoluto. Tenía miedo de la impresión telepática de un enorme gusano que reptaba hacia ella, la lombriz que el pájaro se estaba imaginando.
—Ella les dijo eso… y nunca me lo dijo a mí —fue el final de lo que había comenzado con un sentimiento de traición, y que se interrumpió en perplejidad.
—Mundos —repitió el fantasma—. A veces existen mundos ante nuestros ojos y no los vemos. Este cuarto puede estar lleno de fantasmas, y usted nunca lo sabrá. Ni siquiera el resto de la tripulación puede estar segura de lo que estamos diciendo ahora. Pero el capitán Wong… jamás usó el descorporífono. Descubrió un modo de hablar con nosotros. Pasaba de un mundo a otro y los unía… Esa es la parte más importante… De modo que los mundos se hacían más grandes.
—Entonces… alguien tiene que imaginarse de qué parte del mundo, del tuyo, del mío o del de ella, ha salido el Carnicero —un recuerdo se resolvió como una cadencia que se cerrara, y él se rió. Los otros lo miraron, asombrados—. Un gusano. Ahora, en algún lugar del Paraíso, un gusano, un gusano… Ese fue uno de sus primeros poemas. Y a mí jamás se me ocurrió.


IV

—¿Se supone que debo sentirme feliz? —preguntó el doctor T'mwarba.
—Se supone que debe sentirse al menos interesado —dijo el general Forester.
—Usted ha observado un mapa hiperestático y ha descubierto que, aunque todos los sabotajes del último año y medio se han llevado a cabo a lo largo de toda una galaxia del espacio convencional, todos esos sitios están a distancia crucero del Resorte de Specelli, del otro lado del salto. Y también ha descubierto que durante el tiempo que el Carnicero pasó en Titin no ocurrió ningún «accidente». En otras palabras, ha descubierto que el Carnicero podría ser el responsable de todo ese asunto, tan sólo por proximidad física. No, no me siento para nada feliz.
—¿Por qué no?
—Porque el Carnicero es una persona importante.
—¿Importante?
—Yo sé que es… importante para Rydra. La tripulación me lo dijo.
—¿Él? —y entonces se dio cuenta—. ¿Él? Oh, no. Nada menos. Es la forma más baja… Eso no. Traición, sabotaje, no sé cuántos asesinatos… Quiero decir, que es…
—Usted no sabe qué es lo que es. Y si es responsable de los ataques de Babel-17, es, por derecho propio, tan extraordinario como Rydra —el doctor se levantó de su silla inflable—. Ahora bien, ¿me dará una oportunidad de probar mi idea? Ya he escuchado las suyas durante toda la mañana. Y la mía probablemente funcione.
—Todavía no comprendo lo que pretende.
El doctor suspiró.
—Primero quiero que Rydra, el Carnicero y nosotros nos traslademos al más profundo, oscuro y mejor custodiado calabozo que haya en el Cuartel General…
—Pero aquí no tenemos calabo…
—No se burle —dijo el doctor, sin alterar su voz—. Están peleando una guerra, ¿lo recuerda?
El general hizo una mueca.
—¿Y para qué tantas medidas de seguridad?
—A causa del revuelo que este tipo ha causado hasta ahora. No va a disfrutar precisamente de lo que planeo hacer. Me sentiría feliz de tener algo, algo así como toda la fuerza militar de la Alianza, de mi lado. Entonces sentiría que al menos tengo una posibilidad.

Rydra estaba sentada en un lado de la celda, el Carnicero en el otro, ambos sujetos a las sillas tapizadas de plástico que formaban parte de las paredes. El doctor T'mwarba miró todo el equipo que estaban sacando del cuarto.
—Nada de calabozos ni cámaras de tortura, ¿no, general? —echó un vistazo a una mancha de color marrón rojizo que se había secado en el piso de piedra, junto a su pie, y sacudió la cabeza—. Me sentiría mejor si este lugar hubiera sido limpiado con ácido y desinfectado primero. Pero, supongo que como la orden fue imprevista…
—¿Tiene todo el equipo que necesita, doctor? —preguntó el general, ignorando la provocación del sicólogo—. Si cambia de idea, puedo traer todo un grupo de especialistas aquí mismo dentro de quince minutos.
—El lugar no es suficientemente amplio —dijo T'mwarba—. Ya tengo nueve especialistas aquí. —y apoyó la mano sobre una computadora mediana ubicada en un rincón—. Me gustaría más que tampoco usted estuviera. Pero ya que no se quiere marchar, mire en silencio.
—Usted dijo —respondió el general— que deseaba un máximo de seguridad. También puedo hacer venir a un par de maestros de aikido, unos tipos de más de cien kilos.
—Yo soy cinturón negro de aikido, general. Creo que con nosotros dos bastará.
El general arqueó las cejas.
—Yo hago karate. El aikido es un arte marcial que jamás he comprendido. ¿Y usted es cinturón negro?
El doctor colocó una pieza del equipo y asintió.
—Y también Rydra. No sé lo que es capaz de hacer el Carnicero, pero por las dudas he hecho sujetar bien a todo el mundo.
—Muy bien —el general tocó algo en el marco de la puerta. La plancha de metal descendió suavemente—. Nos quedaremos aquí adentro cinco minutos —la plancha llegó hasta el piso y la línea del borde de la puerta desapareció—. Estamos totalmente aislados ahora. Estamos en el centro de doce capas de defensa, todas impenetrables. Nadie conoce la ubicación de este lugar, ni siquiera yo mismo.
—Después de recorrer esos laberintos por los que vinimos, por cierto que yo tampoco.
—Por precaución, por si alguien lograra ubicarnos, nos moveremos automáticamente de lugar cada quince segundos. Él no podrá salir —dijo el general, señalando al Carnicero.
—Yo sólo pretendo que nadie pueda entrar —dijo T'mwarba, oprimiendo un interruptor.
—Repítame todo una vez más.
—El Carnicero tiene amnesia, dijeron los médicos de Titin. Eso significa que su conciencia está restringida a la parte de su cerebro que contiene las conexiones sinápticas que datan del '61. En efecto, su conciencia está restringida a un segmento de su córtex. Lo que esto hace —el doctor alzó un casco de metal y lo puso en la cabeza del Carnicero, mirando a Rydra—, es crear una serie de «sensaciones desagradables» en ese segmento, hasta que consigue que él salga de esa parte de su cerebro y se ubique en todo el resto.
—¿Y qué pasa si no hay conexiones entre esa y otra parte del córtex?
—Si la sensación es lo suficientemente desagradable, él creará nuevas conexiones.
—Con la clase de vida que ha llevado —comentó el general—, me pregunto qué podrá ser suficientemente desagradable para conmoverlo.
—Onoff, Algol, Fortran —dijo el doctor.
El general lo observó mientras el doctor hacía los últimos ajustes.
—Habitualmente, esto crearía una situación muy complicada en el cerebro. Sin embargo, en una mente que desconoce la palabra «yo», o que no la ha conocido durante mucho tiempo, las tácticas de atemorización no funcionarán.
—¿Y qué funcionará?
—Algol, Onoff, Fortran, con la ayuda de un barbero y el hecho de que hoy es jueves.
—Doctor T'mwarba, no me molesté más que para un rápido control de su psicoíndice…
—Sé lo que estoy haciendo. Ninguno de esos lenguajes de computadora tiene la palabra «yo». Eso impide afirmaciones tales como: «No puedo resolver el problema», o «En realidad no me interesa», o «Prefiero desperdiciar mi tiempo en otras cosas». General, en una pequeña ciudad del lado español de los Pirineos hay un solo barbero. Ese barbero afeita a todos los hombres de la ciudad que no se afeitan sí mismos. El barbero, ¿se afeita a sí mismo o no?
El general frunció el ceño.
—¿No me cree? Pero, general, yo siempre digo la verdad. Salvo los jueves, todo lo que digo los días jueves es una mentira.
—¡Pero hoy es jueves! —exclamó el general, que ya comenzaba a irritarse.
—Qué conveniente. Bien, general, no contenga el aliento hasta que la cara se le ponga azul.
—¡No estoy conteniendo el aliento!
—Yo no dije que estuviera haciéndolo. Simplemente conteste sí o no: ¿Se ha detenido al pegarle a su esposa?
—Maldición, no puedo responder a una pregunta…
—Bien, mientras piensa en su esposa y decide si va a contener el aliento, siempre considerando que hoy es jueves, dígame: ¿Quién afeita al barbero?
La confusión del general se disipó en una carcajada.
—Paradojas. Quiere decir que lo va a alimentar con paradojas, y que su mente tendrá que vérselas con ellas.
—Cuando se le hace eso a una computadora, se funde… a menos que haya sido programada para desconectarse cuando se la enfrenta con una paradoja.
—¿Y si decide descorporizarse?
—Yo jamás me dejaría amilanar por una pequeñez como ésa. Para algo tengo esta máquina —y señaló otra.
—Sólo una cosa más. ¿Cómo sabe qué paradojas debe darle? Seguramente las que me dijo no…
—Claro que no. Además, sólo existen en inglés, y en otros pocos lenguajes bastante torpes en el sentido analítico. En el caso del barbero español y de.los jueves, es la palabra «Todos» la que crea una ambigüedad contradictoria. Lo mismo en el caso de la palabra «detenerse». La cinta que Rydra me envió contenía la gramática y el vocabulario de Babel-17. Algo fascinante. Es el lenguaje más exacto y analítico que se pueda imaginar. Pero eso es porque todo es flexible, y las ideas aparecen en gran número de tandas congruentes, gobernadas por las mismas palabras. Eso significa que el número de paradojas que puede aparecer es alarmante. Rydra usó la última mitad de la cinta para grabar las más ingeniosas. Si una mente limitada a Babel-17 se viera atrapada allí, estallaría o…
—…o se pasaría a la otra parte del cerebro. Ya veo. Bien, vamos. Empiece.
—Lo hice hace dos minutos.
El general miró al Carnicero.
—No veo nada…
—No verá nada durante otro minuto —dijo el doctor, y realizó otro ajuste—. El sistema de paradojas que he preparado tiene que abrirse camino en toda la parte consciente de su cerebro. Un montón de sinapsis tienen que conectarse y desconectarse.
De repente, los labios del duro rostro del Carnicero se separaron, mostrando los dientes.
—Aquí vamos —dijo el doctor.
—¿Qué le ocurre a la señorita Wong?
El rostro de Rydra sufría la misma contorsión.
—Esperaba que esto no sucediera —suspiró el doctor T'mwarba—, pero lo sospechaba. Están unidos telepáticamente.
La silla del Carnicero hizo crac. La correa de la cabeza estaba ligeramente floja, y su cráneo se había golpeado contra el respaldo de la silla.
Un sonido provino de Rydra, un sonido que se abrió en un profundo gemido que cesó de repente. Sus ojos muy abiertos parpadearon dos veces y ella gritó:
—¡Oh, Mocky, me duele!
Una de las correas que sujetaba los brazos del Cernicero cedió, y su puño salió disparado hacia arriba.
Después, una luz que estaba junto al pulgar del doctor T'mwarba pasó del blanco al ámbar, y el pulgar bajó un interruptor. Algo sucedió en el cuerpo del Carnicero: se relajó.
—Se ha descor… —empezó el general.
Pero el Carnicero respiraba.
—Déjame salir de aquí, Mocky —dijo Rydra.
El doctor rozó un microinterruptor con el pulgar, y las correas que sujetaban los tobillos, muñecas, brazos y frente de Rydra se aflojaron. Ella cruzó corriendo la celda hasta acercarse al Carnicero.
—¿A él también?
Ella asintió.
El doctor empujó el segundo microinterruptor y el Carnicero cayó hacia adelante, en los brazos de ella, que se fue al suelo al recibir el peso. Al mismo tiempo, empezó a restregar con los nudillos los rígidos músculos de la espalda de él.
El general Forester les apuntaba con una pistola vibrátil.
—Bien, ¿quién diablos es él y de dónde viene? —preguntó.
El Carnicero empezó a desplomarse nuevamente, pero sus manos cachetearon el suelo y se controló.
—Ny… —empezó—. Soy… soy Nyles Ver Dorco… —su voz había perdido esa cualidad áspera y mineral, era casi un cuarto de tono más aguda y sus palabras eran enunciadas con una cadencia aristocrática—. Armsedge. Nací en Armsedge. ¡Y he matado a mi padre!
La plancha de metal de la puerta empezó a alzarse. Entró una vaharada de humo seguida por el olor del metal caliente.
—¿Qué diablos es ese olor? —dijo el general Forester—. Se suponía que no sucedería nada de eso…
—Creo —dijo el doctor— que la primera media docena de capas defensivas deben haber sido barridas. Si nos hubiera llevado unos minutos más, creo que no estaríamos aquí.
Ruido de pasos apresurados. Un oficial estelar sucio de polvo se tambaleó hasta la puerta.
—General Forester, ¿está bien? El muro exterior explotó y de algún modo forzaron las radio-cerraduras de la puerta doble. Algo atravesó la mitad del muro de cerámica. Parecía láser, o algo así.
El general se puso pálido.
—¿Qué era eso que trataba de entrar aquí?
El doctor T'mwarba miró a Rydra. El Carnicero se puso de pie, apoyado en el hombro de ella.
—Un par de los más ingeniosos modelos de mi padre, primos carnales de los TW-55. Debe haber seis en puestos oscuros, pero efectivos, aquí en el Cuartel General. Pero ya no tienen que preocuparse por ellos.
—Entonces apreciaría grandemente —dijo con mesura el general— que todo el mundo subiera a mi oficina más rápido que el diablo y me explicara qué es lo que está ocurriendo aquí.
—No, mi padre no era un traidor, general. Sólo quería convertirme en el agente secreto más poderoso de la Alianza. Pero el arma no es el instrumento; el instrumento es el conocimiento de cómo usarla. Y los Invasores lo tenían, y ese conocimiento es Babel-17.
—Está bien. Usted puede ser Nyles Ver Dorco…, pero eso sólo vuelve confusas varias cosas que hasta un par de horas atrás me parecían comprensibles.
—No quiero que hable mucho —dijo el doctor T'mwarba—. La tensión que ha soportado su sistema nervioso…
—Estoy bien, doctor. Tengo todo un equipo de repuesto. Mis reflejos son bastante superiores a los normales y controlo completamente mi sistema autónomo, y hasta sé con qué rapidez me crecen las uñas. Mi padre era un hombre muy meticuloso.
El general Forester golpeó su escritorio con el taco de la bota.
—Será mejor que lo deje seguir —dijo—. Porque si no comprendo todo esto en cinco minutos, ustedes pagarán las consecuencias.
—Mi padre había empezado con la fabricación de espías a medida cuando se le ocurrió la idea. Hizo que los médicos me convirtieran en el ser humano más perfecto que se podía planear. Después me envió al territorio de los Invasores con la esperanza de que sembrara tanta confusión como pudiera. Y logré hacer muchísimo daño antes de que me capturaran. Papá se dio cuenta también de que sus espías progresarían rápidamente, y que acabarían por superarme… lo que resultó cierto. Por ejemplo, no soy nada al lado de TW-55. Pero a causa de su… creo que era orgullo de familia… quería que el control de las operaciones permaneciera en la familia.
»Cada espía de Armsedge podía recibir órdenes radiales por medio de una clave preestablecida. Injertado debajo de mi médula se encuentra un transmisor hiperestático cuyas partes, en su gran mayoría, son electroplastiplasmas. Ya no importaba la complejidad de los futuros espías; yo seguiría controlando siempre toda la flota. Durante los últimos años, miles de ellos han sido enviados a los territorios de los Invasores. Hasta que me capturaron, éramos una fuerza muy efectiva.
—¿Por qué no lo mataron? —preguntó el general—. ¿O averiguaron todo y se las arreglaron para usar todo ese ejército de espías en contra de nosotros?
—Descubrieron que yo era un arma de la Alianza. Pero ese transmisor se desintegra bajo ciertas condiciones, y puedo evacuarlo junto con los desechos de mi cuerpo. Demoro más o menos tres semanas en hacer crecer uno nuevo. Así que nunca se dieron cuenta de que yo controlaba a todos los otros. Pero acababan de descubrir su nueva arma secreta, Babel-17. Me hicieron sufrir de amnesia, no me dejaron ningún medio de comunicación salvo Babel-17 y me dejaron escapar de Nueva-Nueva York de regreso al territorio de la Alianza. No me dieron instrucciones para sabotaje. Mis poderes, el contacto con los otros espías, todo eso lo advertí muy lentamente, muy dolorosamente. Y toda mi vida de saboteador disfrazado de criminal creció sola. Cómo o por qué, aún no lo sé.
—Creo que yo puedo explicarlo, capitán —dijo Rydra—. Se puede programar a una computadora para que cometa errores, y eso no se hace desconectando cables, sino manipulando el «lenguaje» con el que se le enseña a «pensar». La falta de un «yo» impide cualquier proceso autocrítico. En realidad, impide la conciencia del proceso simbólico… que es el modo en el que distinguimos la realidad de nuestra expresión de la realidad.
—¿Pueden explicarme otra vez?
—Chimpancés —interrumpió el doctor—. Los chimpancés son lo suficientemente coordinados como para aprender a conducir un automóvil, y lo suficientemente listos como para poder distinguir una luz roja de otra verde. Pero una vez que aprenden no se los puede dejar solos, pues cuando la luz se pone verde atropellarán un muro de ladrillos si está frente a ellos; y si la luz se pone roja, se detendrán en medio de la calle aunque se les venga encima un camión. No tienen proceso de simbolización. Para ellos, el rojo es detenerse, y el verde es adelante.
—De todos modos —prosiguió Rydra—, Babel-17, como lenguaje, contiene un programa preestablecido que hizo que el Carnicero se convirtiera en saboteador y en criminal. Si alguien sin recursos es liberado en un país extraño sabiendo tan sólo las palabras que describen las herramientas y las partes de una máquina, no es raro que esa persona termine como mecánico. Manipulando su vocabulario de modo adecuado, se lo puede convertir en marinero o en artista. Además, Babel-17 es un lenguaje tan analítico y preciso que le asegura a uno un absoluto dominio técnico de cualquier situación que se observe. Y la falta del «yo» impide que uno se de cuenta de que, a pesar de ser extremadamente útil para observar las cosas, ese no es el único modo de hacerlo.
—Pero… ¿usted quiere decir que este lenguaje puede hacer que uno se vuelva en contra de la Alianza? —preguntó el general.
—Bien —dijo Rydra—, para empezar, la palabra para Alianza en Babel-17 se traduce literalmente como: alguien que ha invadido. Dedúzcalo usted mismo. Contiene toda clase de programaciones diabólicas. Mientras se piensa en Babel-17, es perfectamente lógico que uno destruya su propia nave y que después borre el hecho con autohipnosis para no descubrir lo que se está haciendo.
—¡Ese era tu espía! —la interrumpió el doctor T'mwarba.
Rydra asintió.
—El lenguaje «programa» en la mente de quien lo aprende, una personalidad esquizoide autocontenida, reforzada por la autohipnosis… Lo que parece una cosa sensata, ya que todo lo que hay en el lenguaje aparece como «bueno», contrastando con los demás lenguajes, que parecen tan torpes. Esta «personalidad» tiene el deseo general de destruir a la Alianza a cualquier precio y, al mismo tiempo, permanece oculta del resto de la personalidad hasta que es lo suficientemente fuerte como para controlarlo todo, a pesar de que nosotros pudimos impedir que se volviera totalmente destructiva.
—¿Por qué no te dominó completamente? —preguntó el doctor.
—Porque no contaron con mi talento, Mocky —dijo Rydra—. Lo analicé por medio de Babel-17 y es muy simple. El sistema nervioso humano emite ruidos de radio. Pero hay que tener una antena de miles de millas para poder sintonizar algo que tenga sentido. En realidad, la única clase de antena con esas características es otro sistema nervioso humano. En cierta medida, todo el mundo lo tiene. Algunas personas como yo tenemos un mejor control de él. Las personalidades esquizoides no son tan fuertes y, además, yo también ejerzo cierto control sobre el ruido que transmito. Los he estado interfiriendo.
—¿Y qué se supone que debo hacer con esos agentes esquizoides que ustedes alojan en el cerebro? ¿Lobotomizarlos?
—No —dijo Rydra—. El modo de arreglar una computadora no es quitarle la mitad de los cables. Se corrige el lenguaje, se introducen los elementos faltantes y se compensan las ambigüedades.
—Introdujimos los principales elementos faltantes —dijo el Carnicero— en el cementerio de Tarik. Y estamos corrigiendo el resto.
El general se puso lentamente en pie.
—No servirá —dijo, sacudiendo la cabeza— T'mwarba, ¿dónde está esa cinta?
—En mi bolsillo, donde ha estado todo este tiempo —dijo el doctor, sacando el carrete.
—Voy a llevar esto a criptografía, después repasaremos todo una vez más —se dirigió hacia la puerta—. Oh, sí… voy a dejarlos encerrados.
Salió, y los tres se miraron.


V

—…sí, por supuesto que debería haber sabido que alguien que casi pudo entrar a nuestro cuarto de máxima seguridad, y que saboteó los esfuerzos bélicos en todo un brazo de la galaxia podría escaparse de mi oficina… No soy retardado, pero pensé… Ya sé que a usted no le importa lo que yo piense, pero ellos… No, no se me ocurrió que podrían robar una nave. Bien, sí… Yo, no. Por supuesto que no supuse… Sí, una de nuestras naves de guerra más grandes. Pero dejaron una… No, no van a atacar nuestra… No tengo modo de saberlo, salvo por la nota que dejaron… Sí, en mi escritorio, dejaron una nota… Bien, por supuesto que se la leeré. Eso es lo que he tratado de hacer durante los últimos…


VI

Rydra entró en la espaciosa cabina de la nave de guerra Cronos. Llevaba a Ratt a caballito. Cuando lo bajó, el Carnicero se volvió del panel de control.
—¿Cómo les va a todos allá abajo?
—¿Hay alguien confundido con los nuevos controles? —preguntó Rydra.
El chico del equipo se tiró de las orejas.
—No lo sé, capitán. Esta nave es muy grande para nosotros.
—Sólo tenemos que volver hasta el Resorte y entregarle esta nave a Jebel y a los demás de Tarik. Brass dice que puede llevarnos hasta allá si ustedes siguen trabajando como hasta ahora.
—Tratamos. Pero llegan tantas órdenes al mismo tiempo… Yo debería estar allá abajo ahora mismo.
—Puedes llegar en un minuto —dijo Rydra—. Supongamos que te nombro quipucamayocuna honorario…
—¿Qué?
—Es el tipo que lee las órdenes a medida que llegan, las interpreta y las reparte. Tus antepasados eran indios, ¿verdad?
—Sí, seminolas.
Rydra se encogió de hombros.
—Quipocamayocuna es maya. Impartían órdenes por medio de nudos en una soga, nosotros lo hacemos con tarjetas perforadas. Lárgate y manténnos en vuelo.
Ratt se rozó la frente y se largó.
—¿Qué crees que entendió el general de tu nota? —preguntó el Carnicero.
—En realidad no importa. Pasará de mano en mano entre los oficiales principales, y pensarán y pensarán, y la posibilidad se imprimirá semánticamente en sus mentes, y eso ya es un buen trabajo. Y tenemos a Babel-17 corregido… tal vez deberíamos llamarlo Babel-18… que es el mejor instrumento que se pueda concebir para hacer que esa nota se convierta en realidad.
—Además mi batería de asistentes —dijo el Carnicero—. Creo que nos alcanzará con seis meses. Es una suerte que tus malestares no se debieran, después de todo, a una aceleración metabólica. Eso me sonaba un poco raro. Si así hubiera sido, te hubieras desmayado antes de emerger de Babel-17.
—Era la configuración esquizo, que trataba de imponerse. Bien, tan pronto como acabemos con Jebel tenemos que dejar un mensaje sobre el escritorio de Meihlow, Comandante de los Invasores en Nueva-Nueva York. «Esta guerra terminará en seis meses» —citó ella—. Es la mejor frase en prosa que he escrito. Pero ahora tenemos que trabajar.
—Tenemos los instrumentos que nadie más tiene —dijo el Carnicero. Se hizo a un lado para dejarle lugar a Rydra—. Y con los instrumentos adecuados no será difícil. ¿Qué haremos en nuestro tiempo libre?
—Yo voy a escribir un poema, creo. O tal vez una novela. Tengo mucho que decir.
—Pero yo aún soy un criminal. Compensar las malas acciones con otras buenas es una falacia lingüística, que ha metido a la gente en aprietos más de una vez. Especialmente si la buena acción está en el futuro. Sigo siendo responsable de un montón de asesinatos.
—El mecanismo de la culpa como impulsora de buenas acciones es también una falta lingüística. Si tanto te molesta, regresa a que te juzguen, te absuelvan y sigue con tus asuntos. Deja que yo sea tu asunto por un tiempo.
—Por cierto. Pero ¿quién dice que me absolverán en el juicio?
Rydra empezó a reírse. Se inclinó junto a él, le tomó las manos y apoyó su rostro en ellas, sin dejar de reír.
—¡Yo seré tu defensora! Y aún sin Babel-17, ya deberías saber que puedo salir de cualquier situación hablando.


FIN

[1] Estas palabras pueden traducirse por «estación» (referida al transporte) y «madriguera». Pero los términos ingleses son más precisos, ya que en el caso de Bus-stop el significado alude específicamente a una parada de ómnibus —el término francés es más general—, y fox-hole se refiere particularmente a la madriguera del zorro. (N. de la T.)
[2] En francés, aperitivos. (N. del Rev.)
[3] En inglés, rim significa borde y bard, bardo. Jebel alude al Rimbaud, de parecida pronunciación, la nave de Rydra. (N. de la T.)
[4] Juego de palabras intraducibie: las tres palabras se pronuncian igual en inglés. El mismo texto aclara los tres diferentes significados. (N. de la T.)
[5] El mismo juego de palabras del caso anterior. You en inglés significa «tú», y los otros dos vocablos tienen la misma pronunciación. (N. de la T.)
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