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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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sábado, 23 de mayo de 2009

EL CANTO DEL CHIVO --- POUL ANDERSON

El canto del chivo
Poul Anderson

...

Tres mujeres: una está viva; otra está muerta; la tercera está viva y muerta, y ninguna de ambas cosas, ni vivirá nunca ni jamás morirá, por ser inmortal en el SUM.
En una colina sobre el valle por el que discurre la carretera, yo esperé Su paso. La helada llegó pronto aquel año y la hierba había palidecido. De lo contrario, la ladera siempre está verde, con arbustos de moras que han cosechado ya los hombres y las aves, dejando sólo los espinos, y algunos manzanos. Esos árboles eran muy viejos, supervivientes de un huerto cultivado por unas generaciones que nadie recuerda, aparte del SUM (puedo divisar unos fragmentos de pared asomando por entre las zarzas), esparcidos al azar por la ladera, totalmente retorcidos. En ellos quedan pocos frutos. Una ráfaga de viento, que hiela mi piel, hace que caiga una manzana. Oigo cómo choca con la tierra, como otro toque de un reloj eterno. Los matorrales susurran al viento.
Todos los riscos que me rodean tienen árboles, de tonos escarlata, rojo y bronce. El cielo está despejado y el sol de poniente es muy brillante. El valle se está llenando de un color azul fuerte, una neblina cuyo ligero vaho penetra en mi nariz. Es el veranillo de San Martín, la pira funeraria del año.
Ha habido otras estaciones, ha habido otras existencias antes de la mía y la de ella; y en aquellos días cantaban las palabras. Sin embargo, todavía nos permitimos tener música, y yo he pasado mucho tiempo poniendo melodías a mis palabras redescubiertas. «En el nuevo verdor de mayo...» Descuelgo el arpa de mi espalda y la afino, y le canto a ella, en el otoño y al día evanescente.
Tú saliste y el sol salió después,
Y el verdor mostró su oro por encima;
Y las flores-bandera se encendieron de risas,
Y el prado se estremeció de amor.
Una pisada agita la hierba, con gentileza, y la mujer dice:
—Oh, muchas gracias.
Una vez, poco después de mi muerte, cuando aún me hallaba deslumbrado por ella, estuve en la casa que había sido nuestro hogar. Estaba en el piso centésimo primero de un edificio muy deseable. Después de oscurecer, la ciudad llameaba por nosotros, parpadeaba, resplandecía, lanzaba inmensas láminas de radiación como gallardetes. Solamente el SUM hubiese podido controlar la danza de luciérnagas de un millón de aeroautos por entre las torres, o también haber mantenido toda la ciudad, desde las plantas nucleares hasta las factorías automatizadas, las redes de distribución física y económica, las condiciones sanitarias, las de reparación, los servicios, la educación, la cultura, el orden, todo en conjunto como un organismo inmune e inmortal. Nos alabábamos de pertenecer a todo esto, lo mismo que nos alabábamos de amarnos.
Pero aquella noche le dije a la cocina que arrojase por el vaciador de basura la cena que había guisado para mí, y pisé con el talón los reconfortantes químicos que me ofrecía el gabinete de medicina, y le di un puntapié a la aspiradora cuando intentó limpiarlo todo, y ordené a las luces que no alumbrasen el piso. Me quedé en la Vistapared, contemplando la
megalópolis, y todo era chillón. Tenía una figurita de arcilla en las manos, hecha por ella misma. Le di vueltas una vez y otra y otra...
Pero me olvidé de ordenarle a la puerta que admitiese visitantes. Reconoció a la mujer y la dejó pasar. Vino con la intención de hacerme cambiar de humor, ya que el que tengo le parecía antinatural. La oigo entrar y miro la penumbra de la habitación. Tiene casi la misma estatura que mi chica, y lleva el cabello peinado de la misma manera que mi chica; le favorece mucho; la figurita se cae de mis manos y se rompe en mil pedazos, porque por un momento he creído que esa mujer era mi chica. Desde este momento, me cuesta mucho no odiar a Thrakia.
Esta noche, incluso sin tanta luz de poniente, no puedo cometer tal equivocación. Solamente el brazalete de plata que lleva en la muñeca izquierda pregona el pasado que compartimos. Viste ropa de campo: botas altas, falda de piel auténtica y cinturón de cuero; cuchillo en la cadera y rifle al hombro. Sus mechones de pelo caen en desorden y su tez está bronceada por las semanas de vida a la intemperie; tiene manchones y arañazos bajo los fantásticos zigzags que se ha pintado con diversos colorines. Lleva un collar de cráneos de ave.
Ahora, la que estaba muerta era, a su manera, más una hija de árboles y horizontes que los seguidores de Thrakia. Se hallaba tan bien al aire libre que no necesitaba suprimir ropas ni limpieza, razón ni gentileza, cuando nos cansábamos de las ciudades y las abandonábamos. De este rasgo saqué muchos de los nombres que le apliqué; como Potranca del Bosque o Trasero de Cierva o, gracias a mis búsquedas entre libros viejos. Dríada o Elfo. (Le agradaba que le escogiese nombres, y este placer no tenía fin porque ella era inagotable.)
Dejo de tocar el arpa:
—No cantaba para ti —le espeto a Thrakia, dando media vuelta—. Ni para nadie. Déjame...
Ella respira hondo. El viento la despeina más y me trae su aroma: no de suave feminidad sino de miedo.
—Estás loco —murmura, apretando los puños.
—¿Dónde has aprendido esa palabra tan llena de significado? —me burlo. Mi dolor y, a decir verdad, mi temor deben desbordarse contra algo o alguien, y aquí la tengo a ella—. ¿No te bastan las palabras «intranquilo» o «desequilibrado»?
—La aprendí de ti —responde retadoramente—. De ti y de tus arcaicas canciones. Hay otra palabra: «maldito». ¡Y qué bien te sienta! ¿Cuándo abandonarás esa morbosidad?
—Para ingresar en una clínica donde me laven y curen el cerebro ¿verdad? No por ahora, querida.
Empleo la última palabra premeditadamente, pero ella ignora el desdén y la tristeza que me produce, pues a lo mejor hubiese podido ser también un nombre para mi chica. La gramática oficial y la pronunciación de la lengua son tan inamovibles como los demás aspectos de nuestra civilización, gracias a la grabación electrónica y a la enseñanza neurónica; pero los significados cambian y resbalan como sutiles serpientes. (¡Oh, víbora que pinchas mi buche!)
Me encojo de hombros y añado con mi voz más áspera, más tecnológica:
—En realidad, soy un ser práctico, nada morboso. En vez de huir de mis emociones, por las drogas, el neurorreajuste, o jugando a salvajismo como tú, estoy forjando un plan concreto para volver a la persona que me hizo feliz.
—¿Molestándola en su camino al hogar?
—Todos tenemos derecho a pedirle algo a la Reina Oscura mientras esté en la Tierra.
— Pero ya ha transcurrido el tiempo apropiado...
—No hay ninguna ley escrita, sólo la tradición. La gente tiene miedo a verla fuera de una multitud, de una población, a plena luz. No lo admiten, pero tienen miedo. Por eso vine aquí, para no formar parte de la cola. No quiero hablar delante de una grabadora para el subsiguiente análisis de mis palabras por ordenador. ¿Cómo podría estar seguro de que Ella me escucha? Deseo conocerla personalmente, como un ser único, y mirarla a los ojos mientras hago mi ruego.
—Se enfadará —replica Thrakia.
—¿Acaso Ella puede enfadarse?
—Pues... no lo sé. De todos modos, es tan absurdo e imposible lo que deseas pedirle... Que el SUM te devuelva a tu chica. Ya sabes que nunca hace excepciones.
—¿Acaso no es Ella una excepción?
—Esto es diferente. Eres tonto. El SUM necesita tener un enlace humano y directo. Una alimentación emocional y cultural, así como estadística. De lo contrario, ¿cómo podría gobernar razonablemente? Y Ella fue la elegida entre todo el mundo. ¿Era tu chica? ¡Nadie!
—Para mí lo era todo.
—Tú...
Thrakia se muerde el labio. Alarga una mano y la cierra sobre mi desnudo antebrazo con un toque duro y cálido, hundiendo sus largas uñas en mi carne. Al ver que no respondo, me suelta y baja la vista al suelo. Una formación en V de gansos pasa por el cielo. El viento trae sus graznidos, corre por el bosque.
—Bien —asiente ella—, eres algo especial. Siempre lo fuiste. Fuiste al espacio y regresaste con el Gran Capitán. Eres tal vez el único ser vivo que comprende a los antiguos. Y tus cantos... sí, en realidad no entretienen sino que perturban a la gente y no pueden olvidarse. Quizá por eso Ella te escuche. Pero el SUM no. No puede conceder resurrecciones especiales. Si lo hiciese una sola vez, tendría que hacerlo para todo el mundo. Los muertos desbordarían a los vivos.
—No necesariamente —objeto—. Y de todas maneras, quiero probar.
—¿Por qué no esperas al momento prometido? Entonces, el SUM, con toda seguridad, os recreará a los dos en la misma generación.
—Y tendré que pasar al menos toda esta vida sin ella —me quejé, mirando hacia la carretera que reluce en la oscuridad como la serpiente de la muerte a lo largo del valle—. Además, ¿cómo sabes que habrá resurrecciones? Sólo tenemos una promesa. No, menos todavía. Una política anunciada.
Ella se atraganta, da unos pasos atrás y levanta las manos como para ahuyentarme. Su brazalete de la salud arroja luz a mis ojos. Reconozco un exorcismo en embrión. A Thrakia le falta el ritual; toda «superstición» fue pacientemente desterrada de nuestro mundo de metal y energía hace mucho tiempo. Pero si ella no conoce esa palabra ni este concepto. retrocede ante una blasfemia.
—No importa —respondo cansinamente, sin querer discutir y deseando aguardar aquí solo—. Podría producirse una catástrofe natural, como el choque con un asteroide gigante, que destruyese el sistema antes de que se den las condiciones necesarias para el principio de las resurrecciones.
—Esto es imposible —grita ella con frenesí—. Los homeostatos, las funciones de reparación...
—De acuerdo, llámala una contingencia teórica improbable. Declaro que soy tan egoísta que quiero que vuelva Ala de Golondrina a mi existencia, y que no me importa en absoluto que ello sea justo o no para el resto de la humanidad.
Además, pienso, tampoco os importa a todos vosotros. A ninguno. No te aflijas. Es tu preciosa conciencia privada lo que deseas preservar; no tienes a nadie cerca de ti que te importe en absoluto. ¿Te asombrarías si te confesara que estoy dispuesto a ofrecerle al SUM mi propia muerte a cambio de la libertad de Capullo en el Sol?
No lo digo en voz alta, pues sería cruel, ni repito lo que es más cruel todavía: mi temor a que el SUM mienta, de que jamás reaparezcan los muertos. Porque (yo no soy el Sumo controlador, yo no pienso con niveles de vacío y energía negativa, sino con moléculas ordinarias nacidas en la tierra; pero sí puedo razonar desapasionadamente, sentirme desilusionado) consideremos...
El objeto del juego es mantener una sociedad estable, justa y sana. Esto requiere una satisfacción no sólo de las necesidades somáticas sino también de las simbólicas e instintivas. Así, los niños nacen contentos a la vida. El número mínimo por generación es igual al máximo: cantidad que mantiene una población constante.
También es deseable eliminar de los hombres el temor a la muerte. De aquí la promesa: en el momento en que sea posible socialmente, el SUM empezará a remodelarnos con nuestros recuerdos completos y en el orgullo de nuestra juventud. Esto puede realizarse una y otra vez, vida tras vida, durante milenios. Por lo que la muerte es, realmente, un sueño.
«...en ese sueño de la muerte, de donde podrían proceder los sueños...»
No, no me atrevo a esperar tal cosa. Pregunto sólo en privado: ¿Cuándo y cómo espera el SUM que las condiciones (en una sociedad estabilizada) sean tan diferentes de las de hoy, que los resucitados puedan, siendo millones, ser bien recibidos?
No encuentro ninguna razón para que el SUM no nos mienta en esto. Nosotros también somos objetos en el mundo que Él manipula.
—Ya discutimos antes por todo esto, Thrakia —suspiro—. A menudo. ¿Por qué te molestas...?
—Ojalá lo supiese —responde en voz baja. Añade casi para sí—: Naturalmente, quiero copular contigo. Debes de ser estupendo, a juzgar por la manera cómo la chica te miraba, por la sonrisa que mostraba cuando tocaba tu mano, y... Ah, pero no puedes ser mejor que todos los otros. Sería poco razonable. Sólo existen algunos modos posibles. Entonces ¿por qué he de molestarme contigo si te encierras en el silencio y vas solo por la vida? ¿Es esto lo que te convierte en un desafío?
—Piensas demasiado —repliqué—. Incluso aquí. Eres una primitiva. Visitas los lugares salvajes para «moderar los impulsos atávicos innatos en ti»... pero no puedes desmantelar el ordenador de tu interior y sentirte simplemente, ser simplemente.
Ella se resquebraja. He tocado un nervio sensible. Mirando más allá de ella, hacia la cordillera de hermosos álamos y zumaques, recios olmos y corpulentos robles, veo a otros que surgen de debajo de los árboles. Exclusivamente mujeres y sus seguidores, tan despeinados como ella; una lleva una sarta de patitos atada a la cintura, y la sangre de las aves cae por su muslo y se ennegrece al secarse. Por este movimiento. esta mística no reconocida se ha convertido en la de Thrakia: que no sólo los hombres deberían olvidar la rutina más sencilla y el placer fácil de las ciudades, y ser de nuevo, por unas cuantas semanas cada año, los carnívoros que engendraron nuestra especie; sino que las mujeres también deberían buscar la pureza para apreciar mejor la civilización cuando volviesen.
Experimento un momento de inquietud. No estamos en un parque con senderos cuidados y servicios campestres. Nos hallamos en una tierra salvaje. Pocos hombres vienen aquí, y aún menos mujeres, ya que la región se halla, literalmente, fuera de la ley. Ninguna fechoría cometida aquí es punible. Nos dicen que esto ayuda a consolidar la sociedad, puesto que los más violentos de nosotros pueden dar así rienda suelta a sus pasiones. Pero yo he pasado mucho tiempo en las tierras salvajes desde que se fue mi Estrella Matutina, en busca solamente de soledad, y he visto lo que sucede con una mente que ha estudiado antropología e historia. Se desarrollan las instituciones; las ceremonias, el tribalismo, los actos de sangre y crueldad, los actos de todo lo que se denomina antinatural, se tornan cada año más elaborados, más esperados. Después, los practicantes regresan a casa, a sus ciudades, y creen honradamente que han estado gozando del aire fresco, del ejercicio y de una buena diversión que tranquiliza las tensiones.
Si se enfada lo suficiente, Thrakia llamará a los cuchillos en su ayuda.
Pongo ambas manos en sus hombros y busco su mirada atormentada.
—Lo siento —murmuro gentilmente—. Sé que eres bondadosa. Y que estás asustada. Ella se enojará y traerá la desdicha a tu pueblo.
Thrakia se atraganta otra vez.
—No —murmura—. Esto no sería lógico. Tengo miedo por lo que pueda ocurrirte a ti. Y entonces... —De repente se arroja en mis brazos. Siento sus brazos, sus pechos, su vientre a través de mi túnica y huelo los prados en sus cabellos y el almizcle en su boca—. ¡Te ¡rías! —gime—. ¿Y quién nos cantará?
—Bueno, el planeta está lleno de cantores... —protesto.
—Tú eres mucho más. Oh, sí. mucho más. No me gusta lo que cantas, de veras.... y lo que has cantado desde que aquella chica murió no tiene sentido... ¡es horrible! Pero no sé por qué, deseo que me perturbes...
Torpemente, la aparto de mí. El sol brilla ya muy alto por encima de las copas de los árboles. Sus rayos se inclinan interminablemente en el aire helado y veloz. Me estremezco dentro de mi túnica y mis botas, y me pregunto qué debo hacer.
Me rescata un sonido. Procede de un extremo del valle, por debajo de nosotros, donde la vista queda bloqueada por dos acantilados; atruena en nuestros oídos y retiembla por la tierra hasta nuestros huesos. Hemos oído este sonido en las ciudades y nos hemos alegrado de tener paredes, luces y multitudes a nuestro alrededor. Ahora estamos solos con él, con el ruido del carruaje de Ella.
Las mujeres chillan, las oigo débilmente a través del viento y del trueno, y también de mi pulso, y todas desaparecen en el bosque. Buscarán sus campamentos, se vestirán acaloradamente y construirán enormes fogatas; después, se comerán sus extáticos, y los rumores sobre lo que harán después resultan inquietantes.
Thrakia me coge por la muñeca izquierda, por encima del brazalete sanitario, y me arrastra.

Arpista, ven conmigo —me suplica.
Me aparto de ella y desciendo por la colina hacia el camino. Un grito me sigue por un momento.
La luz todavía resplandece en el cielo y en la cordillera, pero cuando bajo hacia el valle penetro en el crepúsculo, que se va espesando. Los espinos de las zarzas me pinchan cuando los rozo. Algunas veces noto los arañazos en mis piernas, algún desgarrón en mi ropa, y respiro el aire frío, aunque no soy consciente de todo esto. Mis sentidos perceptores de la realidad están colapsados por el ruido del carruaje de Ella y el zumbido de mi sangre.
Mi universo interno es el miedo, sí, pero también la exaltación, como una borrachera que agudiza los sentidos en vez de embotarlos, una psicodelia que despierta la mente pensante así como las emociones. Estoy fuera de mí, soy un propósito encarnado. No necesito la comodidad sino la voz que Es, y retorno a las palabras cuyo pregonero descansa en siglos de polvo, prestándoles mi música. Canto:
Oro hay en mi corazón, y dorado es el mundo,
Y un pico deslumhra de luz;
Y el aire calla en la montaña
Con el primer temor de la noche;
Hasta el misterio por el valle insonoro
atruena, y reina la oscuridad;
Y el viento sopla, y la luz sigue huyendo,
Y la noche se puebla de temores.
Y yo sé que una noche, en alguna altura lejana,
En el lenguaje que nunca supe,
Escucharé las nuevas con claridad
Y sabré por ellas que tuviste amigos.
Y llevarán las nuevas de colina en colina,
Oscuras e inquietantes,
por la Tierra, el cielo y los vientos; y yo
Sabré que has muerto...
Pero he llegado al valle y Ella ya está a la vista.
Su carruaje no está iluminado, ya que el radar de sus ojos y sus guías inertes no necesitan luces, ni sol, ni estrellas. Atruena y se impulsa en el aire. Se mueve lentamente pues corre mucho menos que nuestros vehículos. Los hombres dicen que la Reina Oscura va tan despacio para poder percibir mejor con sus sentidos y estar mejor preparada para aconsejar al SUM. Pero ahora Ella ya ha terminado su ronda anual; vuelve a su hogar; hasta la primavera vivirá con El que es nuestro Señor. ¿Por qué Ella no se apresura esta noche?
¿Porque la Muerte jamás tiene prisa? Me pregunto. Salgo al centro del camino, con unos versos de tiempos pasados dentro de mí, y taño el arpa y canto muy alto al aproximarse el carruaje:
Yo que en el infierno estuve y en el gozo,
Y ahora me turba una gran enfermedad,
Y estoy débil por mis dolencias:
Timor mortis conturbat me.
El coche me detecta y grita un aviso. No me aparto. El carruaje da un rodeo, pues la calzada es ancha y de todos modos no necesita forzosamente una superficie lisa. Pero espero, ya que creo que Ella se dará cuenta de que hay un obstáculo en Su camino, confío en que sintonizará sus diversos amplificadores, y que me encontrará lo bastante anormal como para detenerse. ¿Quién, en el mundo de SUM, quién, incluso entre los exploradores
que El ha enviado en Su implacable ansia de datos, estaría en un paraje salvaje, en el crepúsculo, y cantaría mientras el arpa suelta sus notas?
Nuestro placer aquí es sólo gloria vana,
Este falso mundo es sólo transitorio.
La carne se corrompe, el destino es turbador:
Timor mortis conturbat me.
La condición humana cambia y varia,
Ahora estás sano, ahora enfermo, ahora ciego, ahora triste,
Ahora bailas alegre, ahora deseas morir:
Timor mortis conturba! me.
Ninguna condición en la Tierra es siempre mala,
Ni el viento hace temblar siempre el mimbre,
Así se desvanece la vanidad del mundo:
Timor mortis conturbat me.
El carruaje pasa por mi lado y se hunde en tierra. Dejo que se extingan las notas del arpa. El cielo sobre mí y hacia el oeste muestra un tono gris púrpura; por oriente está muy oscuro y las primeras estrellas titilan ya tímidamente. En el valle, las sombras se espesan, y no logro ver muy bien.
La capota del coche se pliega hacia atrás. Ella se levanta y me contempla. Su túnica y su capa son negras y ondean como alas inquietas; bajo la capucha. Su rostro es una mancha blanca. Lo he visto antes, a plena luz, en miles de retratos; pero a esta hora no puedo rehacerlo en mi mente, al menos no por completo. Veo un perfil escultural, unos labios pálidos, un cabello color de arena, y unos ojos grandes y verdes, pero éstas sólo son palabras.
—¿Qué estás haciendo? —me pregunta con voz seductora, pero ¿tiembla desde que el SUM se la llevó a Su lado? —. ¿Qué estabas cantando?
Pronuncio mi respuesta con tanta fuerza que resuena en mi cráneo, ya que cada vez estoy más resuelto en mi propósito.
—Dama Nuestra, deseo formular una petición.
—¿Por qué no la formulaste ante Mí, cuando caminaba por entre los hombres? Esta noche regreso al hogar. Tendrás que esperar hasta que vuelva el ano próximo.
—Dama Nuestra, ni Tú ni yo desearíamos tener oídos para oír lo que he de decirte.
Me contempla largamente. ¿Adivino también cierto temor en Ella? (Seguramente no de mí. Su carruaje está protegido, blindado, y reaccionaría con la rapidez de una máquina para protegerla si yo me mostrase violento. Y si, cosa increíble, la matase o hiriese sin reparación quirúrgica posible. Ella, entre todos los seres, no necesitaría dudar de la muerte. Cuando morimos, el brazalete ordinario grita con un volumen de radio lo bastante alto para que lo capte más de una estación fanática; y con esta protección, el alma apenas puede quedar dañada antes de que lleguen los Gallos Alados para llevársela al SUM. Con toda seguridad, el brazalete de la Reina Oscura puede llegar más lejos, y estará mejor protegido con aislante que el de cualquier otro mortal. Además, Ella sería totalmente recreada. Ya lo ha sido una y otra vez; cada siete años la muerte y la resurrección la mantienen eternamente joven al servicio del SUM. Jamás supe cuándo nació.)
Miedo, quizá, de lo que he cantado y de lo que podría decir ¿no?
Al fin exclama, aunque apenas puedo oírla por entre las ráfagas de viento y los crujidos de los árboles:
—Entonces, dame el Anillo.
Aparece el robot enano, que está junto a Su trono cuando Ella se sienta entre los hombres, y me acerca el macizo aro de plata mate. Meto dentro el brazo izquierdo y mi alma queda encerrada. La tablilla de la superficie superior del Anillo, que parece una joya. se inclina apartándose de mí; no consigo descifrar lo que destella en el engaste. Pero aquel débil resplandor hace que las facciones de Ella salgan de la oscuridad cuando se inclina para observarlo.
En realidad, pienso, la verdadera alma no está siendo escudriñada. Tardaría demasiado tiempo. Probablemente, el brazalete que contiene el alma lleva un código de identificación. Y el Anillo lo envía a la parte apropiada del SUM. Inmediatamente retransmite lo que hay grabado bajo dicho código. Espero que no haya nada más en ellos. El SUM no puede decírnoslo.
—¿Cómo te llamas en este momento? —me pregunta Ella. Una corriente de amargura cruza mi marea.
—Dama Nuestra ¿por qué ha de importarte? ¿Acaso no es mi verdadero nombre el número que me dieron cuando se me concedió nacer?
Una vez más la calma desciende sobre Ella.
—Si he de evaluar adecuadamente lo que dices, debo saber más cosas sobre ti de lo que dicen los datos oficiales. El nombre indica el carácter.
De nuevo me siento inconmovible, con mi marea corriendo tan alta y lisa que no me daría cuenta de que me muevo si no viese cómo el tiempo retrocede detrás de mí.
—Dama Nuestra, no puedo darte una respuesta exacta. En este último año no me he preocupado por los nombres ni por nada más, pero algunas personas que me conocen desde mucho antes me llaman Arpista.
—¿Qué haces, aparte de esa música siniestra?
—Estos días, nada. Dama Nuestra. Tengo dinero para vivir si como poco, y no tengo hogar. A menudo, me dan de comer y alojamiento y pago con mis canciones.
—Lo que cantas no se parece a nada que haya escuchado desde... —de nuevo, brevemente, se altera su serenidad robot—... desde antes de que se estabilizase el mundo. No debes despertar símbolos muertos, Arpista. Pasan por entre los sueños de los hombres.
—¿Y eso es malo?
—Sí. los sueños se tornan pesadillas. Recuerda: la humanidad, todo hombre que haya existido, estaba loco antes de que el SUM trajese el orden, la razón y la paz.
—Entonces —objeto—. dejaré de cantar si logro que mi muerta despierte para mí.
Ella se pone rígida. La tablilla salta. Retiro el brazo y el Sirviente de Ella guarda otra vez el Anillo. De nuevo el rostro de Ella desaparece bajo las parpadeantes estrellas, en el fondo del sombrío valle. Su voz suena fría como el aire.
—Nadie puede volver a la vida antes de que sea la época de la Resurrección.
—¿Y tú?
No lo pregunto, ya que sería un error.
¿Qué pensó, qué y cómo lloró, cuando el SUM la escogió a Ella entre todas las jóvenes de la tierra? ¿Cuánto sufre a través de los siglos? No me atrevo a imaginarlo.
En cambio, cojo mi arpa y canto, esta vez en voz baja:
Siembro en sus rosas, rosas,
Y jamás un rocío de tejo.
En quietud ella reposa.
¡Ah, ojalá yo reposara como tú!
—¿Qué haces? —grítala Reina Oscura—. ¿Estás realmente loco?
Paso directamente a la última estrofa.
Su Espíritu amplio y encerrado
Se agita y busca respirar.
Esta noche heredará
El vasto salón de la Muerte.
Sé por qué mis canciones estremecen tanto; porque hablan de hazañas y pasiones a las que nadie está acostumbrado ya, cosas que la mayoría apenas sabemos que existen en el universo ordenado del SUM. Pero no tengo el coraje necesario para esperar que Ella se sienta tan afectada. ¿No ha vivido en más tinieblas y terrores que lo que podrían concebir los antiguos?
—¿Quién ha muerto? —pregunta.
—Tuvo muchos nombres. Dama Nuestra —respondo—. Ninguno bastante bonito. Claro que puedo darte su número.
—¿Tu hija...? Yo... a veces me preguntan si puede volver una niña muerta. No a menudo, cuando bajan tan pronto a la tumba. Pero sí algunas veces. Yo le respondo a la madre que puede tener otra. Pero si empezáramos a recrear niños muertos ¿a qué edad nos detendríamos?
—No, era mi esposa.
—¡Imposible! —Su tono no pretende ser áspero, pero lo es, casi frenético—. No tardarás en encontrar otra. Eres bien parecido, y tu psique es... es extraordinaria. Arde como Lucifer.
—¿Te acuerdas del nombre de Lucifer, Dama Nuestra? —observo—. Entonces, también eres Antigua. Tanto, que debes acordarte cómo un hombre puede desear solamente a una mujer, por encima de todo, de la tierra y el cielo.
Intenta defenderse con una risa.
—¿Fue un deseo mutuo. Arpista? Sé mucho más de la humanidad que tú, y seguramente soy la última mujer casta que existe.
—Ahora que ella ya no está; Dama, sí, tal vez lo seas. Pero nosotros... ¿Sabes cómo murió? Habíamos marchado a una región salvaje. Un hombre la vio sola mientras yo buscaba piedrecitas para hacerle un collar. La amenazó y ella huyó. Era un paraje desierto, lleno de víboras. y ella iba descalza. Una de ellas la picó. No la encontré hasta varias horas después. El veneno y el implacable sol... Bien, murió poco después de contarme lo ocurrido, añadiendo que me amaba. No pude llevar su cuerpo a tiempo a la quimocirugía para utilizar los procedimientos normales de resurrección. Por tanto, permití que la incinerasen y llevaran su alma al SUM.
—¿Qué derecho tienes a pedir que vuelva, cuando a nadie más se le concede tal solicitud?
—El derecho que me concede amarla y que me ame. Somos más necesarios el uno para el otro que el sol o la luna. Dama, no creo que puedas encontrar una pareja que se ame
tanto. Además, ¿no tiene todo el mundo derecho a reclamar lo que necesita para vivir? ¿De qué otro modo podría mantenerse unida esta sociedad?
—Eres fantástico — contesta ella—. Deja que me vaya...
—No, Dama. Digo la pura verdad. Pero las palabras vulgares no me sirven. Te canto porque tal vez Tú me entiendas.
Volví a tañer el arpa, aunque canté más para mi amada que para la Dama.
De haber pensado que podías morir
No hubiese llorado por ti;
Pero olvidé, estando tú a mi lado,
Que eras un ser mortal.
¡Jamás llegué a pensar
Que el tiempo era o eterno o muy breve,
Y que te vería por última vez,
Que ya no volverías a sonreír...!
—Yo no puedo... —tartamudea ella—. No sabía... que existiesen unos sentimientos... tan poderosos.
—Pues ya lo sabes. Dama Nuestra. ¿No es éste un dato importante para el SUM?
—Sí... sí es verdad. —Bruscamente, se inclina hacia mí. La veo estremecerse en la oscuridad, bajo su flotante capa, y oigo castañetear de frío sus dientes—. No puedo demorarme más aquí. Ven conmigo. Canta para Mí. Creo que podré resistirlo.
No había esperado tanto. Pero el destino está conmigo. Subo al carruaje. Despliega la capota y el vehículo se pone en marcha.
Estamos encerrados en la cabina principal. Detrás de la puerta cerrada debe de haber instalaciones para cuando Ella vive en la tierra; oh, éste es un vehículo muy grande. Pero en la cabina apenas hay nada más que paneles curvados. Son de maderas de diversos granos: o sea que Ella también necesita efectuar escapadas periódicas de nuestra existencia programada ¿verdad? El mobiliario es escaso y austero. El único sonido es el de nuestro paso, que para nosotros es sólo un murmullo; y como los fotomultiplicadores no están activados, los escaners no captan más que la noche exterior. Nos acercamos para calentarnos, las manos extendidas hacia su calor. Nuestros hombros se rozan, también nuestros brazos desnudos. Su piel es suave y su cabello cae sobre la capucha echada hacia atrás; huele al verano que ya ha muerto. Cáspita ¿todavía es humana?
Al cabo de un tiempo intemporal, Ella dice sin mirarme:
—Lo que cantabas en el camino, cuando llegué... no lo recuerdo. Ni siquiera lo oí, según creo, antes de ser lo que soy.
—Es más viejo que el SUM —replico—, y su verdad jamás morirá.
—¿Su verdad? —repite Ella, tensamente—. Canta el resto de la balada.
Mis dedos no están demasiado entumecidos para pulsar las cuerdas del arpa.
La Muerte a nadie perdona:
Príncipes, Prelados o Potentados,
Acecha a ricos y pobres de todos los grados...
Timor mortis conturba! me.
Se lleva a los caballeros en la batalla,
Inermes bajo el yelmo y el escudo,
Pese a su victoria también caen...
Timor mortis conturbat me.
Y se lleva al tirano despiadado,
Y ala madre que alimenta al bebé,
Y al niño lleno de bondad...
Timor mortis conturbat me.
Se lleva al campeón en el torneo,
Al capitán encerrado en la torre,
A la dama con toda su belleza...
(He de callar un momento)
Timor mortis conturbat me.
No perdona al señor por su poderío,
Ni al escribano por su inteligencia;
Nadie escapa de su abrazo mortal...
Timor mortis conturbat me.
—¡No! —grita Ella, interrumpiéndome y tapándose los oídos con las manos.
Me vuelvo inmisericorde.
—Lo entiendes ahora ¿no es cierto? —la ataco—. Ni Tú eres eterna. Ni lo es el SUM. Ni la Tierra, ni el Sol ni las estrellas. Todos esquivamos la verdad. Todos sin excepción. Yo también... hasta que perdí a la que daba sentido a todo. Después, ya no tuve nada que perder y pude ver con claridad en los ojos. Y lo que vi fue la Muerte.
—¡Vete! ¡Déjame!
—No dejaré a nadie, ni a ti. Reina, hasta que ella vuelva a mí. Dámela otra vez y volveré a creer en el SUM. Lo alabaré hasta que los seres humanos bailen de júbilo al oír Su nombre.
—¿Crees que eso le importa a Él? —me desafía Ella con expresión salvaje.
—Bueno... —me encojo de hombros—, las canciones pueden ser útiles. Pueden ayudar a lograr antes el gran objetivo. Sea cual sea. «La optimización de toda la actividad humana.» ¿No es éste el programa? No sé si lo es aún. El SUM lleva mucho tiempo añadiéndose a Sí mismo. Incluso dudo que Tú comprendas sus propósitos. Dama Nuestra.
—No hables como si fuese algo vivo —objeta Ella con sequedad—. Es un complejo efector-computador. Nada más.
—¿Estás segura?
—Yo... sí. Eso piensa con más amplitud y más profundidad de lo que nunca consiguió un mortal; pero no vive, no tiene conciencia de Sí mismo. Ésta es una de las razones por las que decidí que me necesitaba.
—Sea como fuere, Dama —replico—, el resultado final, actúe como actúe con nosotros, todavía está muy lejos en el futuro. Por ahora, esto es lo que me preocupa: la pérdida de nuestra autodeterminación. Pero esto se debe tan sólo a que no me quedan más abstracciones. Devuélveme a mi Pies Ligeros, y ella y no el futuro lejano, será toda mi
preocupación. Me sentiré muy agradecido, honestamente agradecido, y Vosotros, los Dos, lo sabréis por las canciones que cantaré. Las cuales, como dije, pueden ayudarle a El.
—Eres terriblemente insolente —exclama Ella, sin fuerzas.
—No, Dama, sólo un desesperado.
El esbozo de una sonrisa fuerza Sus labios. Echa la cabeza hacia atrás, con los ojos semicerrados.
—Bien, te llevaré allí —murmura—. Lo que te suceda después, como puedes comprender, se halla fuera de Mi poder. Mis observaciones, mis recomendaciones, no son más que unos pocos números de la cuenta, entre billones de ellos. Sin embargo... hemos de recorrer un camino muy largo esta noche. Dame todos los datos que, a tu juicio, la puedan ayudar, Arpista.
No termino el Lamento. Tampoco hago hincapié en el pesar. En cambio, a medida que pasan las horas, recuerdo canciones que tratan de la alegría (no de la diversión, no del breve delirio, sino de la sana y verdadera alegría) que el hombre y la mujer podían sentir por sí mismos en otros tiempos.
Como sé adonde vamos necesito ese consuelo.
Y la noche se torna más oscura, y los kilómetros van quedando atrás, y finalmente estamos más allá de toda vivienda, más allá de las tierras salvajes, en la tierra donde nunca hay vida. A la luz de la luna y las estrellas evanescentes veo la llanura de cemento y hierro, los misiles y los proyectores de energía agazapados como bestias, y la solitaria aeronave robot; y las líneas, las torres de enlace, los transportadores en forma de avispa, todo el sistema nervioso trascendente mediante el cual el SUM sabe y da órdenes al mundo. Y pese a todo lo que nos rodea, a todas las fuerzas que dicta, todo está en silencio e inmóvil. El mismo viento parece haberse helado hasta la muerte. La escarcha es gris en formas aceradas. Delante, escalonado y montañoso va apareciendo el castillo del SUM.
Ella, que va conmigo, no da señales de haber observado que mis canciones han muerto en mi garganta. ¡Toda la humanidad que mostraba ha desaparecido! Su rostro está helado, cerrado. Su voz contiene un timbre metálico. Mira fijamente al frente. Pero todavía habla conmigo.
—¿Comprendes lo que sucederá? Durante los próximos seis meses estaré unida al SUM, íntegramente, como otro componente suyo. Supongo que me verás, pero sólo a mi carne. Lo que te hable será el SUM.
—Lo sé.
Fuerzo las palabras. Llegar hasta tan lejos es el mayor triunfo conseguido por un hombre. Y aquí estoy, para librar una batalla en favor de mi Danzarina en los Llanos de la Luna; pero pese a ello mi corazón se estremece, mi cráneo parece estallar y apesto a sudor.
—Tú serás parte de El —logro articular—. Dama Nuestra. Y esto me da esperanzas.
Por un instante. Ella se vuelve hacia mí y posa Su mano en la mía, y algo la vuelve joven y pura. Casi me olvido de mi chica muerta.
—¡Si supieras cómo espero Yo...! —susurra.
El instante pasa y me hallo solo entre máquinas.
Debemos parar antes de llegar a la puerta del castillo. La muralla se eleva muy alta, tanto que parece que vaya a desplomarse sobre mí, contra las estrellas del oeste, y tan negra, tan negra, que no sólo absorbe toda la luz, sino que irradia negrura. Desafío y respuesta tiemblan en unas bandas electrónicas que no puedo ver ni sentir. Las guardias exteriores de Ella han percibido un mortal a bordo de esta carroza. Un lanzamisiles apunta
hacia mí sus tres serpientes. Pero contesta la Reina Oscura, sin molestarse en ser perentoria, y el castillo abre sus mandíbulas.
Descendemos. Creo que cruzamos un río. Oigo un rumor y un eco apagado y diviso unas gotitas brillantes arrojadas contra los miradores, recortadas contra la oscuridad. Se desvanecen al instante: tal vez sea hidrógeno líquido, que conserva algunos fragmentos en el cero absoluto.
Mucho más tarde nos detenemos y la capota se desliza hacia atrás. Me levanto con Ella. Estamos en una habitación o caverna, de la que nada veo. pues no hay ninguna luz excepto una débil fosforescencia azul que surge de cada objeto sólido, así como de la carne de Ella y de la mía. Pero creo que la cámara es enorme, ya que desde un rincón remoto nos llega el ruido de grandes máquinas, como las que se oyen en sueños, mientras nuestras voces quedan ahogadas por la distancia. Bombean el aire, ni frío ni caliente, desprovisto de olor, como un viento muerto.
Bajamos al suelo. Ella está delante de mí, con las manos cruzadas sobre el pecho, los ojos semicerrados bajo la capucha y sin mirarme ni desviar de mí la vista.
—Haz lo que te digan. Arpista —dice con voz neutra—. Exactamente lo que te digan.
Da media vuelta y se marcha con paso regular. La veo caminar hasta que no distingo su luminosidad, que ya sólo se concentra dentro de mis pupilas.
Una zarpa coge mi túnica. Miro hacia abajo y me sorprende ver que el robot enano me esperaba todo ese tiempo. Ignoro el tiempo transcurrido.
Su forma cuadrada me conduce en otra dirección. El cansancio se apodera de mí, tengo los pies entumecidos y tropiezo, me tiemblan los labios, me pesan los párpados y me duele cada uno de mis músculos. De vez en cuando siento una chispa de miedo, pero muy alejada. Cuando el robot me indica «Túmbate aquí», le quedo agradecido.
El cajón me va bien. Dejo que me aten con varios alambres, y que me inyecten varias agujas insertadas en tubos. Presto poca atención a las máquinas que gimen y murmuran a mi alrededor. El robot se aleja. Me hundo en una bendita oscuridad.
Me despierto con el cuerpo renovado. Parece haberse formado una especie de concha entre mi antecerebro y las otras partes animales. Muy lejos siento el horror y oigo los gritos y el azote de mis instintos; pero el conocimiento es frío, tranquilo, lógico. También tengo la sensación de haber dormido varias semanas o meses, mientras caen las hojas y la nieve se abate sobre el mundo superior. Claro que esto debe de ser un error, y de todos modos no importa. Estoy a punto de ser juzgado por el SUM.
El robot enano y sin rostro me saca de allí, y me lleva por pasillos murmuradores donde sopla un viento mortal. Descuelgo mi arpa y la aprieto contra mí, ya que es mi único amigo, mi único instrumento. Por eso, la tranquilidad de mi mente pensante que me ha sido decretada no puede ser absoluta. Decido que el SUM no desea ser molestado por la angustia. (No, error; nada tan humano: la Cosa no tiene deseos; debajo de ese poder de razonar existe sólo la nulidad.)
Al final se abre un muro y penetramos en una estancia donde Ella se sienta en un trono. La autorradiación de metal y carne no es aparente aquí. ya que la luz es una radiación blanca, sin rasgos, y sin origen aparente. También es blanco el sonido sordo de las máquinas que rodean Su trono. Y blancas son Sus ropas y su cara. Aparto la vista de los múltiples ojos escudriñadores, siempre fijos, aunque Ella no parece reconocerme. ¿Me ve acaso? El SUM ha extendido unos dedos invisibles de inducción electromagnética y la ha atraído hacia Sí. No tiemblo ni sudo —no puedo—, pero cuadro mis hombros, taño una cuerda suplicante, y aguardo a que el SUM hable.
Lo hace desde un lugar invisible. Reconozco la voz que ha elegido: es la mía. Los acentos, las inflexiones son auténticos, normales, los que yo usaría hablando con otro ser normal. ¿Por qué no? Al computar todo lo que se refiera a mí y al programarse a Sí mismo de acuerdo con ello, el SUM debe de haber empleado tantos billones de informes fragmentarios que un acento adecuado no constituye ningún problema.
No... hay otro error... El SUM no actúa sobre la base de lo que podría o no podría hacer. Esta conversación conmigo mismo intenta ejercer cierto efecto sobre mí. No sé cuál.
—Bien —dice el SUM con agrado—, has hecho un largo viaje, ¿verdad? Me alegro. Bienvenido.
Mis instintos enseñan sus defensas al oír esas palabras de humanidad, usadas por la Cosa no viva y carente de sentimiento. Mi mente lógica piensa responder con un irónico «Gracias», pero me decido por no hacerlo y callo.
—Como ves —continúa el SUM tras un momento en que chirría—, eres único. Perdóname si hablo un poco obtusamente. Tu monomanía sexual es sólo un aspecto de un atavismo, de una personalidad orientada hacia la superstición. Y no obstante, al revés que los defectos ordinarios, eres lo bastante fuerte y realista para contender con el mundo. Esta oportunidad de verte, de analizarte mientras descansabas, me ha abierto nuevas introspecciones sobre la psicofisiología humana. Lo cual puede conducir a mejorar las técnicas para gobernarlo y evolucionarlo.
—Siendo así —replico—, dame mi recompensa.
—Mira —prosigue el SUM con tono suave—, debes saber que no soy omnipotente. Originalmente, fui construido para gobernar una civilización que se tornaba demasiado complicada. Gradualmente, a medida que iba progresando mi programa de autoexpansión, fui adoptando cada vez más funciones para tomar decisiones. Dichas funciones me fueron dadas a Mí. La gente se sintió feliz al verse libre de responsabilidades. y vieron con agrado que Yo gobernaba mucho mejor que ningún mortal. Pero hasta este día. Mi autoridad depende de un consenso substancial. Si empezara a tener favoritos, y por ejemplo recreara a tu chica... bueno, tendría problemas.
—El consenso depende más del temor que de la razón —objeto—. No has abolido a los dioses. Simplemente, los has absorbido en Ti mismo. Si decides hacer un milagro para mí, seré tu cantor profeta; si lo haces así, esto fortalecerá la fe de los demás.
—Eso crees. Pero tu opinión se basa en datos exactos. Los archivos históricos y antropológicos del pasado que tengo ante Mí no son cuantitativos. Ya los he borrado del curriculum. Eventualmente, cuando la cultura está lista para ese movimiento, ordeno que los destruyan. Dan pistas falsas. Mira lo que ha hecho contigo.
Sonrío ante los ojos escrutadores.
—En cambio —manifiesto—, a la gente le entusiasmará pensar que antes de que hubiese el mundo ya estaba el SUM. Está bien, no me importa mientras vuelva mi chica. Haz un milagro. SUM, y te garantizo un buen pago.
—Pero yo no hago milagros. No en el sentido que tú le das. Ya sabes cómo funciona el alma. El brazalete de metal encierra un pseudovirus, una serie de moléculas gigantes de proteína que enlazan directamente con la circulación sanguínea y el sistema nervioso. Graban la fórmula de los cromosomas, el destello sinapsis, los cambios permanentes, todo. A la muerte del dueño, el brazalete se disecciona. Los Talones Alados lo traen aquí, y la información que contiene se transmite a uno de Mis bancos de memoria. Luego, puedo utilizar esa grabación como guía para el crecimiento de un nuevo cuerpo en los tanques: un cuerpo joven, donde se imprimen los antiguos hábitos, los recuerdos. Pero tú no
comprendes la complejidad de este proceso. Arpista. Para recrear Mi enlace humano, tardo semanas, cada siete años, y necesito todas las instalaciones bioquímicas disponibles. Y el proceso no es perfecto. La fórmula queda afectada por el almacenaje. Podrías asegurar que este cuerpo y este cerebro que ves ante ti graban cada muerte. A los que hace poco han muerto. A un hombre que hace más tiempo que ha muerto... vamos, usa tu sentido común. Imagínatelo.
Puedo imaginármelo, y la coraza entre la razón y el sentimiento empieza a resquebrajarse. Había cantado de mi amor muerto:
Ya no tiene ningún movimiento, ninguna fuerza;
Ni oye ni ve;
Rueda en torno a la Tierra su curso diurno,
Con rocas y piedras y árboles.
La paz al fin. Pero si el almacén de memorias no es permanente sino circulante, dentro de esas sombrías cavernas de tubos, cables y espacio exterior helado, algún resto de la psique de ella debe volar y apagarse, solo, sin recuerdos, sabiendo que ha perdido la vida... ¡No!
—¡Devolvédmela! —grito golpeando el arpa, de manera que la cámara retiembla—. ¡Si no Te mataré!
El SUM halla conveniente reír; y, de un modo horrible, la sonrisa se refleja por un momento en los labios de la Reina Oscura, pero no hace ningún otro movimiento.
—¿Cómo te propones matarme? —pregunta el SUM.
Lo sabe, y yo sé lo que pienso, de manera que replico:
—¿Cómo Te propones impedirlo?
—No hay necesidad. Serás considerado una molestia. Finalmente, alguien decidirá que has de tener tratamiento psiquiátrico. Me preguntarán mi diagnóstico y recomendaré ciertas medidas.
—Por otra parte —objeto—, puesto que has cribado mi mente, y puesto que sabes de qué manera he afectado a otras personas con mis cantos, incluso a esa Dama del trono, incluso a Ella, ¿no sería mejor que trabajara para Ti? «Oh, gusta y ve, cuan gracioso es el Señor: bendito sea el hombre que cree en él. Oh, teme al Señor, tú que adoras a sus santos, porque ellos que le temen, no carecen de nada.» Puedo convertirte en un Dios.
—En cierto sentido, ya lo soy.
—Y en otro sentido, no. Todavía no. —No resisto más—. ¿Por qué discutimos? Tú tomaste tu decisión antes de que yo despertara. Dime cuál es y déjame ir...
—Todavía te estoy estudiando —responde el SUM con extraño cuidado—. No veo ningún mal en reconocer ante ti que Mi conocimiento de la psique humana aún es imperfecto. Algunas zonas no se rinden a la computadora. No sé exactamente lo que harías. Arpista. Y si a esa incertidumbre añado un precedente potencialmente peligroso...
—Entonces, mátame. Deja que mi fantasma vague eternamente con el de ella, en tus sueños criogénicos.
—No, esto no sería expeditivo. Eres muy conspicuo y discutes demasiado. En estos instantes demasiadas personas saben que ya te fuiste con la Dama.
¿Es posible que detrás del acero y la energía, una mano que no existe roce una cara en sombras, con extrañeza? Mi corazón late fuertemente en el silencio.
De pronto, la Cosa me estremece con su decisión.
—Las probabilidades calculadas aseguran que mantendrás tus promesas y serás útil. Por tanto, te concederé lo que pides. Sin embargo... Estoy de rodillas. Mi frente toca el suelo hasta que la sangre se agolpa a mis ojos. Oigo a través de un huracán:
—... los análisis y las pruebas deben continuar. Tu fe en Mí no es absoluta; en realidad, eres un escéptico respecto a lo que llamas Mi bondad. Sin pruebas adicionales de tu deseo de confiar en Mí, no puedo permitir que tengas el tipo de prestigio que te daría recobrar a tu difunta. ¿Lo comprendes?
La pregunta no es retórica.
—Sí —sollozo.
—Bien —añade mi voz civilizada, casi amable—, he computado que reaccionarías como lo has hecho, y estaba preparado para esta eventualidad. Se recreará el cuerpo de tu chica mientras tú permanecerás en estudio. Los datos que forman la personalidad están siendo transmitidos a sus neuronas. Estará dispuesta a abandonar este lugar al mismo tiempo que tú.
»Pero repito que habrá pruebas. Este procedimiento es también necesario por los efectos que ejerzan sobre ti. Si has de ser mi profeta, deberás colaborar estrechamente conmigo; tendrás que soportar un gran reacondicionamiento; esta noche iniciamos el proceso. ¿Estás dispuesto a empezarlo?
— ¡Sí, sí. sí! ¿Qué debo hacer?
—Sólo esto: sigue al robot. En algún sitio, ella. tu chica, se reunirá contigo. Estará acondicionada para caminar tan quedamente que no la oirás. No mires atrás. Ni una sola vez hasta que te halles en el mundo superior. Una sola mirada atrás será un acto de rebelión contra Mí, y un dato indicativo de que no puedo fiarme de ti... y éste será el fin de todo. ¿Entendido?
—¿Eso es todo? —grité—. ¿Nada más?
—Será más difícil de lo que crees —me dice el SUM. Mi voz se debilita, como en una distancia ilimitada —. Adiós, adorador.
El robot me incorpora. Extiendo los brazos hacia la Reina Oscura. Medio cegado por las lágrimas, veo que Ella no me mira.
—Adiós —murmuro y dejo que el robot me aparte de allí.
Nuestro camino se alarga por interminables kilómetros. Al principio, me siento como en medio de un torbellino, y más tarde demasiado embotado para saber adonde vamos ni cuándo llegaremos. Tengo conciencia de mi carne y mis ropas y de la aleación del robot, que reluce con un color azul en la oscuridad. Los sonidos y los olores son débiles; a veces, pasamos junto a una máquina... ¿Qué trabajo les reserva el SUM? Tengo tanto cuidado de no mirar hacia atrás que el cuello se me pone rígido.
Aunque no lo haya especificado ¿estará prohibido coger mi arpa y tañer unas melodías para mantener firme mi valor y ver si alguna iluminación detrás mío se refleja en su pulimentada madera? Nada. Su segundo nacimiento debe tardar algún tiempo... ¡Oh, SUM, ten cuidado con ella!; además, deben conducirla a través de muchos túneles, sin duda, antes de encontrarse a mi espalda. Ten paciencia, Arpista.
Canto. Le doy la bienvenida a su hogar. No, esos espacios vacíos se tragan la música; y ella se halla todavía en ese trance de muerte del que sólo el sol y mis besos pueden despertarla. Si ella todavía no está conmigo, oigo otras pisadas que no son las mías.
Seguramente no hemos llegado muy lejos. Se lo pregunto al robot, pero, claro está, no me responde. Hago un cálculo. Sé lo de prisa que el carruaje viajó al bajar... Lo malo es que aquí no existe el tiempo. No hay día, ni estrellas, ni reloj, sino sólo los latidos de mi
corazón, y ya he perdido su cuenta. De todos modos, pronto deberemos llegar a un final. ¿De qué serviría andar por ese laberinto hasta la muerte?
Bueno, si estoy completamente agotado en la puerta exterior, no causaré ningún problema indebido cuando no tenga detrás a mi Rosa en Mano.
No, esto es ridículo. Si el SUM no hubiera querido acceder a mi petición, lo hubiese dicho. Yo no tengo poder para inflingirle ningún daño a Sus partes.
Naturalmente, el SUM podría tener ciertos planes para mí. Habló de reacondicionamiento. Una serie de shocks. culminando en el último, podría dejarme listo para cualquier clase de castración que intente hacer conmigo.
O podría cambiar de idea. ¿Por qué no? Fue muy sincero acerca de un factor incierto de la psique humana. Puede haber reevaluado las probabilidades y haber decidido no acceder a mi deseo.
O puede haberlo probado y haber fracasado. Admitió que el proceso de grabación es imperfecto. No debo esperar el Gozo que conocía; ella siempre estará un poco alterada. A lo mejor. Pero suponiendo que el tanque ceda un cuerpo sin conocimiento detrás de los ojos... O un monstruo... Supongamos que en este instante me sigue un cadáver medio corrompido...
¡No! ¡Basta ya! El SUM lo sabría y adoptaría las medidas correctivas.
¿Podría? ¿Querría?
Comprendo que este paso por la noche, donde no he de ver si me siguen, es un acto de sumisión y confesión. Estoy diciendo, con todo mi ser existente, que el SUM es todopoderoso, omnisciente, la bondad suma. Al SUM le ofrezco el amor que vine a buscar. Oh, parece más hundido en mí que nunca lo estuve yo mismo.
Pero no debo fracasar.
¿Fracasará el SUM? Si se produjera algún error... Que yo no lo descubra bajo el cielo. Porque en ese caso ¿qué haremos? ¿Podría traerla de nuevo aquí, llamar a la portalada de hierro y gritar: «Maestro, me has dado una cosa que es imposible que exista. Destrúyela y empieza de nuevo...»? Porque ¿dónde podría residir el error? Algo tan sutil, tan evasivo, que no se mostraría de ninguna manera, excepto en mi lento descubrimiento de que estaba abrazando a una zombie? No tiene tampoco sentido mirar... asegurarme de que ella todavía se halla bajo los efectos de la muerte... usar todo el poder del SUM para corregir lo que esté mal.
No, el SUM desea que crea que no comete equivocaciones. Consentí a ese precio. Y a mucho más... no sé a cuánto más, aunque me imagino que estoy embrujado, pero la palabra «reacondicionamiento» es muy fea. ¿No tiene mi chica también algunos derechos sobre el asunto? ¿No hay que preguntarle, al menos, si desea ser la esposa de un profeta? ¿No debemos preguntarle al SUM, cogidos de la mano, cuál es el precio de la vida de ella?
¿Fue eso una pisada? Estoy a punto de volverme. Me contengo y me quedo de pie, inmóvil, temblando; los nombres de mi chica asoman a mis labios. El robot me obliga a seguir adelante.
Imaginación. No eran sus pasos. Estoy solo. Siempre estaré solo.
Los pasadizos ascienden. O eso creo; estoy demasiado cansado para tener un gran sentido cinestético. Cruzamos el río murmurador y el viento que sopla por el puente me muerde hasta los huesos, y no puedo volverme para ofrecerle a la joven recién nacida mis ropas. Paso por interminables cámaras donde unas máquinas hacen cosas sin sentido. Ella no las ha visto antes. ¿En qué pesadilla se ha despertado y por qué yo no, yo que lloré en su agonía, yo que la amé?, ¿por qué no la miro, por qué no le hablo?
Bueno, podría hablarle. Podría asegurarle a mi callada difunta que he venido a devolverle la luz del sol. ¿O no podría? Se lo pregunto al robot. No me contesta. No recuerdo si puedo hablar con ella. No recuerdo si el SUM me lo dijo. Sigo adelante.
Choco con una pared y sufro magulladuras. La zarpa del robot me coge por el hombro. Otro brazo gesticula. Veo un pasadizo muy largo y estrecho a través de la roca. Tendré que arrastrarme. Al final, al final la puerta se abre. El verdadero crepúsculo de la Tierra se vierte en estas tinieblas. Estoy ciego y sordo.
¿La he oído gritar? ¿Ha sido ésta la última prueba, o es que mi mareo, mi mente estremecida me traiciona? ¿O existe un destino que, como el SUM con nosotros, hace instrumentos de los soles y el SUM? No lo sé. Sólo sé que me he vuelto y que allí está ella. Su cabello flota muy largo, suelto, con el rostro tan grabado en mi memoria, del que desaparece el trance en el que el conocimiento y mi amor se han despertado... Su cabello flota sobre su cuerpo y extiende los brazos, y da un paso para acercarse. Pero la detienen.
El hosco y alto robot que lleva detrás la coge. Pienso que envía relámpagos a través de su cerebro. Ella cae. El robot se la lleva.
Mi guía ignora mis gritos. Irresistiblemente, me empuja por el túnel. La puerta se cierra en mi cara. Estoy de pie ante el muro que es como una montaña. La nieve reseca silba por el cemento. El cielo está rojo al amanecer, como ensangrentado, las estrellas todavía brillan por occidente, y hay luces diseminadas por la llanura crepuscular de las máquinas.
Estoy atónito. Estoy casi tranquilo. ¿Qué queda para los sentimientos? La puerta es de hierro, el muro es de piedra fusionado en una masa basáltica. Ando hacia el viento, doy media vuelta, agacho la cabeza y ataco. Dejo que mi cerebro se aplaste contra Su puerta. Y el dibujo que deje será mi jeroglífico del odio.
Me cogen por detrás. La fuerza que me detiene debe de ser enorme. Me sueltan y caigo al suelo delante de una máquina con espolones y alas. Mi propia voz, surgiendo de la máquina, dice:
—Aquí no. Te llevaré aun lugar seguro.
—¿Qué más puedes hacerme? —rezongó.
—Soltarte. Nadie te molestará por orden Mía.
—¿Por qué no?
—Obviamente, vas a ser Mi enemigo eterno. Ésta es una situación sin precedentes, una valiosa ocasión para reunir datos.
—Dime una cosa. ¿Me estás avisando expresamente?
—Claro está. Calculo que esas palabras tendrán el efecto de provocar tus mayores esfuerzos.
—¿No volverás a dármela? ¿No deseas mi amor?
—No, en estas circunstancias. Demasiado incontrolable. Pero tu odio será, como dije, un instrumento experimental muy útil.
—Te destruiré —exclamo.
No se digna a seguir hablando. Su máquina me coge y vuela conmigo. Me deja en el límite de una población del sur. Entonces, me vuelvo loco.
No sé qué sucede durante el invierno, ni me importa. Las tormentas resuenan con demasiada fuerza en mi cabeza. Voy por los caminos de la Tierra, entre torres señoriales, bajo árboles bien cuidados, por jardines muy bellos, y por Universidades y terrenos blandos. Voy sin lavar, sin peinarme, sin afeitarme, sin cuidar mi barba. Mis harapos flotan a mi alrededor y mis huesos parecen horadar mi piel. A la gente no le gusta mirar mis ojos tan hundidos en el rostro, y quizá por este motivo me dan de comer. Canto para ellos:
De la bruja y el duende hambriento
Que en harapos te convierten,
Y el espíritu que está junto al hombre desnudo,
Te defiende en el Libro de las Lunas.
De tus cinco sentidos
No serás jamás abandonado;
No viajéis vosotros con Tom
Al extranjero, para pedir vuestro tocino.
Tales cosas les trastornaban ya que no pertenecían a su universo de bordes cromados. Por tanto, a veces me ahuyentaban con maldiciones e insultos, y a veces tenía que huir de los que me hubieran arrestado y lavado mi cerebro. Un callejón es un buen sitio para esconderse, si logro hallar uno en la zona más vieja de la ciudad; me acurruco en él y chillo
con los gatos. Un bosque también es bueno. A mis perseguidores no les gusta entrar en un lugar donde acecha el salvajismo.
Pero algunos piensan de otro modo. Han visitado parques, reservas y parajes salvajes. Su propósito es muy consciente: medido, con salvajismo planeado, y un reloj les indica cuándo deben volver a casa, pero al menos no temen los silencios ni las noches oscuras. Al llegar la primavera, algunos empiezan a seguirme. Al principio, sólo por curiosidad. Pero lentamente, mes a mes, especialmente entre los jóvenes, mi locura empieza a decirles algo.
Con un hatajo de furiosas fantasías,
De las que soy comodante,
Con una ardiente lanza, y un caballo de aire,
Vago por las tierras salvajes.
Un caballero de fantasmas y sombras
Me llama a un torneo
A diez leguas más allá del ancho límite del mundo,
Creo que esto no es un viaje.
Se sientan a mis pies y escuchan cómo canto. Bailan alocadamente al compás de mi arpa. Las jóvenes se inclinan y me dicen que las fascino, invitándome a copular. Me niego a ello, y cuando les cuento por qué se muestran intrigadas, quizá un poco asustadas, a menudo se esfuerzan por comprenderme.
Mi raciocinio se ha renovado con el florecer de los espinos. Me baño, me peino y cuido mi barba, afeitándomela, me pongo ropas limpias y como lo que mi cuerpo necesita. Cada vez me enfurezco menos ante los que me escuchan; cada vez busco más la soledad, la quietud, bajo la vasta rueda de las estrellas, y reflexiono.
¿Qué es el hombre? ¿Por qué existe el hombre? Hemos enterrado estas preguntas; hemos jurado que están muertas, que nunca han existido, que están desprovistas de significado empírico... y hemos temido que pudiesen levantar las losas que les colocamos encima, que surgieran y volviesen a caminar de noche otra vez por el mundo. Solo, las llamo. No pueden herir a los individuos muertos, entre los cuales me cuento yo.
Canto para la que se ha ido. Los jóvenes me escuchan y piensan. A veces, lloran.
No temas ya el calor del Sol,
Ni las furiosas ráfagas del invierno,
Ya has concluido tu tarea.
El hogar se ha ido y con él tu sustento;
Los chicos y las chicas doradas deben todos,
Como los limpiachimeneas, volver al polvo.
—¡No, no es eso! —protestan—. Nosotros moriremos y dormiremos un poco, y después nos levantaremos para siempre en el SUM.
Respondo con la mayor gentileza posible.
—No. Recordad que estuve allí. Y sé que estáis equivocados. Y aunque tuvierais razón, no seria razonable que tuvierais razón.
—¿Cómo?
—¿No veis que no está bien que una cosa sea el Señor del hombre? No hay razón para que debamos atarearnos toda nuestra vida por el temor de perderla al final. Vosotros no formáis parte de una máquina y tenéis un final mejor que ayudar a una máquina a funcionar con suavidad.
Los despido y me marcho, de nuevo solitario, a un barranco donde resuena un río, o al pico elevado de una montaña. No tengo ninguna revelación. Subo y trepo hacia la verdad.
La verdad es que hay que destruir al SUM, no por venganza, ni por temor u odio, simplemente porque el espíritu humano no puede coexistir con su misma realidad.
Pero ¿cuál es nuestra realidad? ¿Y cómo la obtendremos?
Regreso con mis cantos a las tierras bajas. Se ha extendido la noticia de mi presencia. Hay muchedumbres que me siguen por el camino hasta que éste se convierte en una calle.
—La Reina Oscura pronto vendrá por aquí —me comunican—. Aguarda a que venga. Deja que Ella responda a estas preguntas que nos planteas, y que nos impiden el sueño.
—Dejad que me retire para prepararme —les pido.
Subo un largo tramo de peldaños. La gente me contempla desde abajo, asombrada por el miedo, hasta que desaparezco. Los pocos habitantes del edificio también se marchan. Deambulo por pasillos abovedados, por habitaciones de techos muy altos, llenos de mesas, y entre las estanterías repletas de libros. La luz del sol se filtra a través de las polvorientas ventanas.
Un semirrecuerdo me ha asaltado últimamente; una vez, no sé en qué momento del año, también me asaltó. Tal vez en esta biblioteca pueda hallar el cuento que, supongo que casualmente en mi anormal niñez, leí. Porque el hombre es más viejo que el SUM: más sabio. Sus mitos contienen más verdad que Sus matemáticas. Paso tres días y casi tres noches buscando. No se oye más que el crujido de las páginas entre mis manos. La gente me ofrece comida y bebida en la puerta. Dicen que lo hacen por compasión o curiosidad, o para evitar la molestia de verme morir de una forma convencional. Pero yo sé la verdad.
Al final de los tres días he adelantado un poco. Tengo demasiado material; y sigo buscando por los vericuetos de la belleza y la fascinación. (Que el SUM desea eliminar.) Mi educación fue como la de todo el mundo: ciencia, raciocinio, reajuste sano. (El SUM escribe nuestro curriculum, y la máquina de la enseñanza está conectada directamente con Él.) Bien, logro un poco de tarea educativa para mí, de manera indirecta. Mis lecturas me han proporcionado suficientes pistas para preparar un programa de investigación. Me siento delante de una consola de información y paso mis dedos por sus teclas. Hacen una musiquita metálica.
Los rayos electrónicos son sabuesos veloces. Al cabo de unos segundos la pantalla se ilumina con palabras, y leo lo que soy.
Es una suerte que sea un lector rápido. Antes de poder presionar el botón Claro, las palabras han desaparecido. Por un instante, la pantalla parece temblar con palabras mal formadas, y después aparece:
«NO HE RELACIONADO ESTOS DATOS CON LOS HECHOS QUE TE CONCIERNEN. ESTO INTRODUCE UNA NUEVA CANTIDAD INDETERMINADA EN LOS CÁLCULOS.»
El nirvana que se ha abatido sobre mí (sí, encuentro esta palabra en libros antiguos, y veo que es portentosa) no es pasivo. Es una marea más llena y poderosa que la que me condujo a la Reina Oscura en tiempos pasados, en las tierras salvajes. Digo, tan fríamente como puedo:
—Una coincidencia interesante. Si es una coincidencia...
Seguramente, hay receptores sónicos en algún lugar.
«O ESTO, O UNA CIERTA CONSECUENCIA NECESARIA DE LA LÓGICA DE LOS ACONTECIMIENTOS.»
La visión dentro de mí es tan brillante que me ciega y no puedo por menos que responder:
—¿O un destino, SUM?
«SIN SENTIDO. SIN SENTIDO, SIN SENTIDO.»
—¿Por qué te repites de esta forma? Con una vez bastaría. Tres veces forman un encantamiento. ¿Esperas por azar, que Tus palabras hagan que deje de existir?
«NO ESPERO. ERES UN EXPERIMENTO. SI COMPUTO UNA PROBABILIDAD SIGNIFICATIVA DE QUE CAUSAS GRAVES TRASTORNOS, TENDRÉ QUE LIQUIDARTE.»
Sonrío.
—SUM —replico—, yo voy a liquidarte.
Me inclino y apago la pantalla. Salgo a la noche.
No todo está claro en mi interior, acerca de lo que debo decir y hacer. Pero sí lo suficiente para empezar a predicar a los que me esperaban. Mientras hablo, otros bajan por la calle, y se detienen a escuchar. Pronto son varios centenares.
No tengo una inmensa verdad nueva que ofrecerles: nada que no dijese antes, aunque de manera borrosa y sin sistematizarlo; nada que no sientan ellos mismos, en la intimidad más oscura de su ser. Hoy, no obstante, sabiendo quién soy y, por tanto, por qué lo soy, puedo expresarlo en palabras. Hablando quedamente, cantando de vez en cuando una melodía olvidada para subrayar el significado de mis palabras, les hago ver lo vacías e inútiles que son sus existencias; cómo se han convertido en esclavos; cómo la esclavitud ni siquiera es para una mente consciente, sino para un ser insensatamente inanimado, algo que se remonta a sus antepasados; cómo esa cosa no es el centro de la existencia, sino unos desechos de metal, unos balidos de energía, unas fórmulas tristes y estúpidas, lanzadas en una relación espacio-tiempo sin límites. Les digo que no han de depositar su fe en el SUM. Que éste está predestinado, igual que ellos y que yo. Hay que bucear en el misterio. ¿Qué hay sino en el Cosmos más que misterio? Vive valerosamente, muere y serás mucho más que una máquina. Tal vez seas Dios.
Se amotinan. Gritan respuestas, algunas de las cuales son como aullidos. Unos están de mi parte, otros son mis enemigos. Esto no importa. He llegado a su interior, mi música se toca en sus cuerdas nerviosas, y éste era todo mi propósito.
El sol se pone tras los edificios. Viene el crepúsculo. La ciudad está sin iluminación. Pronto comprendo por qué. Viene la Reina Oscura que, según desea la gente, ha de discutir conmigo. Desde lejos se oye el trueno de su carroza. La gente gime de terror. Solían disfrazar sus sentimientos hacia Ella recibiéndola con una solemne ceremonia. Ahora, huirían si se atreviesen. Yo les he quitado las máscaras.
La carroza se detiene en la calle. Ella se apea, alta y encapuchada. La gente le abre paso como el agua ante un tiburón. Sube por la escalera a mi encuentro. Sus labios ya no son firmes y sus ojos están anegados en llanto.
—Oh, Arpista —susurra para que nadie más la oiga—, lo siento.
—Únete a mí —la invito—. Ayúdame a liberar el mundo.
—No, no puedo. Llevo demasiado tiempo con Él.
Se yergue. El imperio desciende sobre Ella. Su voz se levanta para que todos la oigan. Los robots televisivos vuelan y se acercan, como murciélagos en la oscuridad, para que todo el planeta sea testigo de mi derrota.
—¿Cuál es esta libertad que predicas a gritos? —pregunta Ella.
—Sentir —respondo—. Aventurarse. Vagabundear. Volver a sentirse hombre.
—Para convertirse en bestias. ¿Destruirías las máquinas que nos mantienen con vida?
—Sí. Debemos destruirlas. Antaño fueron buenas y útiles, pero hemos permitido que crecieran como un cáncer, y ahora sólo su destrucción y un nuevo comienzo puede salvarnos.
—¿Has pensado en el caos?
—Si. También es necesario. Sin conocer el sufrimiento, los hombres no serán libres. En esto también hay el Conocimiento. Por ello viajamos más allá de nosotros, más allá de la Tierra y de las estrellas, del espacio y del tiempo, hacia el Misterio.
—O sea que tú sostienes que existe una vaguedad indefinida y última detrás del universo mensurable. —Sonríe con ojos de murciélago. De niños, a todos nos enseñaron a reír sarcásticamente. sin disimulo—. Por favor, dame una prueba.
—No. En cambio, demuéstrame, sin la menor duda posible, que no hay algo que no podamos comprender con palabras y ecuaciones. Demuéstrame también que no tengo derecho a buscarlo.
»La evidencia de la prueba está en vosotros dos, porque nos habéis mentido a menudo. En el nombre de la razón. Vosotros resucitasteis el mito. ¡Lo mejor para controlarnos! En nombre de la liberación, encadenasteis nuestras vidas y castrasteis nuestras almas. En nombre del servicio. nos atasteis y cegasteis. En nombre del logro, nos habéis arrinconado como cerdos en una pocilga. En nombre de la beneficencia, habéis creado el dolor, el horror y la oscuridad más allá de la oscuridad. —Me volví a la gente—. Yo estuve allí. Yo bajé a los subterráneos y lo sé.
—Y vio que el SUM no accedía a su deseo particular a expensas de los de los demás —grita la Reina Oscura. ¿Oigo una nota estridente en su voz? —. Por tanto, proclama que el SUM es cruel.
—Vi a mi muerta —les aseguro—. Ella no volverá a levantarse. Ni vuestros muertos, ni vosotros. Jamás, el SLIM no puede levantarnos. La muerte está en su casa. Nosotros debemos buscar la vida y el renacimiento en otro sitio, entre los misterios.
La Reina ríe y señala mi brazalete del alma, que brilla débilmente bajo la luz crepuscular. ¿Necesita decir algo?
—¿Me presta alguien un cuchillo y un hacha? —pido.
La multitud se agita y murmura. Huelo su miedo. Las luces de la calle se encienden, como si quisieran disipar la oscuridad de este rincón de la calle. Me cruzo de brazos y aguardo. La Reina Oscura me dice algo. No le hago caso.
Las armas pasan de mano en mano. El que me las da en la escalera parece llamear. Se arrodilla a mis pies y levanta lo que he pedido. Son buenas armas, un cuchillo de caza de hoja ancha y un hacha de doble filo.
Ante el mundo, tomo el cuchillo con mi mano derecha y corto el brazalete de mi muñeca izquierda. La conexión con mi cuerpo interior ha quedado cortada. Mana la sangre, muy brillante bajo las luces de la calle. No me duele, estoy demasiado exaltado.
—¡Lo has hecho! ––grita la Reina Oscura—. ¡Arpista! ¡Arpista!
—No hay vida en el SUM —afirmo.
Saco mi mano del brazalete, y éste cae tintineando.
—¡Arrestad a ese loco para su castigo! ¡Es mortalmente peligroso! —grita una voz de bronce.
Los monitores que estaban al margen de la muchedumbre, tratan de abrirse paso. No les dejan pasar. Los que pretenden ayudarles encuentran puños y uñas.
Cojo el hacha y empiezo a blandiría. El brazalete ha caído. Su material orgánico, hambriento de mis secreciones y expuesto al aire de la noche, se encoge.
Levanto las armas, el hacha en la mano derecha, el cuchillo ensangrentado a la izquierda.
—¡Yo busco la eternidad donde hay que buscarla! —grito—. ¿Quiénes me acompañan?
Una veintena o más salen de entre el tumulto, piden más armas y reclaman vidas. Me rodean con sus cuerpos. Nos apresuramos a buscar un escondite, ya que ha aparecido un robot militar y no tardarán en llegar otros. La elevada máquina avanza hasta situarse frente a la Dama Nuestra. y éste es la última vez que la veo.
Mis seguidores no me reprochan el precio pagado por lo que eran. Son míos. En mí hay la cabeza de un dios que no puede equivocarse.
Empieza la guerra, entre yo y el SUM. Mis amigos son pocos, mis enemigos muchos y poderosos. Voy por el mundo como un fugitivo. Pero siempre canto. Y siempre encuentro a alguien que me escucha, que se une a nosotros, que abraza el dolor y la muerte como un amante.
Con el Cuchillo y el Hacha tomo sus almas. Después, celebramos para ellos el ritual del renacimiento. Algunos se convierten en misioneros; la mayoría se ponen brazaletes falsos y regresan a sus hogares, para susurrar mi palabra. A mí no me importa. Quien posee la eternidad no tiene prisa.
Porque mi palabra habla de lo que está más allá del tiempo. Mis enemigos afirman que busco antiguas bestialidades y locuras; que arruinaré la nueva civilización: que no importa que una carcajada de un loco resuene por el mundo, si han de volver a asolar la Tierra, la guerra, el hambre y la pestilencia. Estoy satisfecho por estas acusaciones. Su lenguaje me demuestra que también he vuelto a despertar la cólera. Y que las emociones nos pertenecen, lo mismo que a los demás. Más que a los demás, tal vez, en el otoño de la humanidad. Después, llegará el invierno de la barbarie.
Y más tarde la primavera de una civilización más nueva y (quizá) más humana. Mis amigos creen que esto sucederá dentro de sus existencias. Yo sé que no es así, porque estuve en las profundidades. El conjunto de la humanidad, que he resucitado, tiene sus horrores.
Cuando un día
Regrese el Devorador de los Dioses,
El folio rompa sus cadenas,
Los Jinetes vuelvan a cabalgar,
Terminen las Edades,
La Bestia renacerá.
el SUM será destruido; y tú, fuerte y justo, podrás volver a la Tierra y a la lluvia.
Yo te esperaré.
Mi soledad casi ha terminado. Brilla el día. Queda una tarea por realizar. El dios debe morir, aunque sus seguidores crean que se levantará de la muerte para vivir eternamente. Y entonces irán a conquistar el mundo.
También están los que dicen que yo les he ofendido e insultado. Ellos también, nacidos en la marea que yo he creado, han destruido sus máquinas del alma y buscan en la música y el éxtasis un significado a la existencia. Pero su credo es salvaje, y los ha conducido a las tierras salvajes, donde atacaron a los monitores enviados contra ellos, y practican ritos crueles. Creen que la realidad final es la hembra. Sin embargo, sus mensajeros me han planteado la sugerencia de un matrimonio místico. Me he negado: mi boda tuvo lugar hace mucho tiempo, y volverá a celebrarse cuando termine este ciclo del mundo.
Por tanto, me odian. Pero les dije que iré a hablar con ellos.
Dejo el camino del fondo del valle y subo la colina, cantando. Los que me han acompañado hasta tan lejos saben que han de esperar mi regreso. Tiemblan bajo el crepúsculo; el equinoccio invernal llegará dentro de tres días. No tengo frío. Camino con ánimo por entre los rosales silvestres y los viejos manzanos retorcidos. Si mis pies descalzos dejan señales de sangre en la nieve, esto es bueno. Los riscos que me rodean están llenos de árboles, que esperan como el esqueleto de la muerte que las hojas vuelvan a respirar de nuevo. El cielo, por oriente, muestra un color púrpura, donde resplandece la estrella vespertina. Arriba, contra el azul, cruza una bandada de gansos. Sus gritos son familiares para mí. Por occidente, encima y por delante, reluce un resplandor rojizo. Las mujeres proyectan sus siluetas contra él.
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