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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 24 de septiembre de 2010

LOS POSESOS -- Arthur C. Clarke





LOS POSESOS
Arthur C. Clarke
--
Se dirigieron hacia el futuro... en busca de algo oculto en el distante pasado..
Y ahora, el sol que se encontraba delante estaba ya tan cerca que el huracán de
radiación estaba obligando al Swarm a volver hacia la oscura noche del espacio. No
tardaría en llegar el momento a partir del cual no podría acercarse más; las tempestades
de luz sobre las que rodaba de estrella en estrella no podían ser vencidas estando tan
cerca de su fuente. A menos que encontrara un planeta pronto y pudiera recogerse en la
paz y la seguridad de su sombra, tendría que abandonar este sol, como había tenido que
abandonar tantos otros antes.
Ya habían sido investigados y descartados seis fríos mundos exteriores. O bien
estaban helados, más allá de toda esperanza de encontrar vida orgánica en ellos, o bien
hospedaban a entidades de tipos que eran inútiles para Swarm. Para sobrevivir tendría
que encontrar anfitriones no muy distintos de aquellos que había dejado en su hogar
condenado y distante. El Swarm había iniciado el viaje hacía ya millones de años,
impulsado hacia las estrellas por los fuegos de su propio sol en explosión. Y, sin embargo,
incluso ahora se mantenía claro y nítido el recuerdo de su perdido lugar de nacimiento. Un
dolor que nunca moriría.
Había un planeta allá delante, con su cono de sombra oscilando a través de la noche
surcada por las llamaradas. Los sentidos que el Swarm había desarrollado durante su
largo viaje se extendieron hacia el mundo que se aproximaba, y lo encontraron bueno.
La despiadada vaharada de radiación cesó cuando el disco negro del planeta eclipsó el
sol. Dejándose llevar libremente por la gravedad, el Swarm cayó rápidamente hasta que
entró en contacto con el borde exterior de la atmósfera. La primera vez que hizo contacto
con un planeta casi significó su destrucción, pero ahora contrajo su tenue sustancia con la
habilidad automática propia de la larga experiencia, hasta que se formó una esfera
diminuta y homogénea. Su velocidad disminuyó lentamente, hasta que finalmente se
encontró flotando inmóvil entre la tierra y el cielo.
Durante muchos años surcó los vientos de la estratosfera, de un polo a otro, o dejó que
los silenciosos soplos del amanecer le impulsaran hacia el oeste, alejándole del sol
naciente. Encontró vida en todas partes, pero no halló inteligencia. Había cosas que se
arrastraban y volaban y saltaban, pero no había cosas capaces de hablar o construir.
Dentro de diez millones de años, podría haber allí criaturas con mentes que el Swarm
podría poseer y guiar para cumplir sus propios propósitos; pero ahora no había la menor
señal de ellas. No podía suponer cuál de las innumerables formas de vida del planeta
podría ser la dueña del futuro, y sin la existencia de un huésped de esa clase era inútil un
simple modelo de cargas eléctricas, una matriz de orden y auto-conciencia en un universo
dominado por el caos. Por sus propios medios, el Swarm no tenía control sobre la
materia, pero, una vez alojado en la mente de una raza consciente, no existía nada que
no pudiera alcanzar con sus poderes.
No era la primera vez, y no sería la última, que el planeta había sido explorado por un
visitante del espacio..., aunque nunca lo había sido por uno con una necesidad tan
peculiar y urgente. El Swarm se enfrentaba con un dilema torturante. Podía comenzar una
vez más sus viajes errabundos, con la esperanza de encontrar por fin las condiciones que
buscaba, o podía esperar allí, en aquel mundo, hasta que apareciera una raza que
conviniera a su propósito.
Se movió como la neblina a través de las sombras, dejando que los vientos
caprichosos le llevaran hacia donde quisieran. Los torpes y deformados reptiles del joven
mundo no le vieron nunca pasar, pero él los observaba, registrándolo y analizándolo todo,
tratando de extrapolarlo hacia el futuro. ¡Había tan poco entre lo que poder elegir en todas
aquellas criaturas! Ni una sola de ellas mostraba siquiera el más débil balbuceo de mente
consciente. Sin embargo, si abandonaba aquel mundo en busca de otro, podría seguir
vagando inútilmente por el universo hasta el final del tiempo.
Finalmente, tomó su decisión. Por su propia naturaleza, podía elegir ambas
alternativas. La parte más grande del Swarm continuaría sus viajes entre las estrellas,
pero una parte permanecería en aquel mundo, como una semilla plantada con la
esperanza de una futura cosecha.
Comenzó a moverse sobre su cuerpo tenue, aplanándose en forma de disco. Ahora,
estaba oscilando ya en las fronteras de la visibilidad; era como un fantasma pálido, como
un débil balbuceo de voluntad que, de repente, se dividió en dos fragmentos desiguales.
El movimiento fue muriendo poco a poco: el Swarm se había convertido en dos y cada
fragmento era una entidad que poseía todos los recuerdos del original y todos sus deseos
y necesidades.
Hubo un último intercambio de pensamientos entre padre e hijo, que eran también
hermanos gemelos. Si todo iba bien con los dos, se volverían a encontrar en el lejano
futuro, allí mismo, en aquel valle situado entre las montañas. El que se quedaba
regresaría a este punto a intervalos regulares, a través de los tiempos; el que continuaba
la búsqueda, enviaría allí un emisario si encontraba alguna vez un mundo mejor. Y
entonces volverían a estar unidos, y ya no serían exiliados sin hogar destinados a vagar
inútilmente entre las indiferentes estrellas.
La luz del amanecer empezaba a extenderse sobre las rugosas montañas nuevas
cuando el enjambre-padre se elevó hacia el sol. Cuando se encontraba en el borde de la
atmósfera la tempestad de radiación lo envolvió y lo lanzó irresistiblemente más allá de
los planetas, para empezar de nuevo la interminable búsqueda.
El que se quedó, inició también su tarea, casi sin esperanzas. Necesitaba un animal
que no fuera ni tan raro como para que la enfermedad o el accidente pudiera extinguirlo,
ni tan diminuto como para que no pudiera nunca adquirir poder sobre el mundo físico. Y
debía procrear con rapidez, de modo que su evolución pudiera ser dirigida y controlada
con la mayor celeridad posible.
La búsqueda fue larga y la elección difícil; pero, finalmente, el Swarm seleccionó a su
huésped. Como si se tratara de lluvia hundiéndose en el suelo árido, penetró en los
cuerpos de ciertos pequeños lagartos y comenzó a dirigir su destino.
Fue una tarea inmensa, incluso para un ser que nunca conocería la muerte. Una
generación tras otra de lagartos fue sucediéndose antes de que se pudiera producir la
más ligera mejora en la raza. Y siempre, en el momento acordado, el Swarm acudía al
lugar de la cita, entre las montañas. Siempre volvía en vano: no había ningún mensajero
procedente de las estrellas, trayéndole noticias de haber hallado una mejor fortuna en otra
parte.
Los siglos se prolongaron, convirtiéndose en milenios, y los milenios en eones. Según
los niveles del tiempo geológico, los lagartos estaban cambiando ahora rápidamente. En
realidad, ya no eran lagartos, sino criaturas de sangre caliente, cubiertas de piel peluda,
que cuidaban juntos de sus crías. Aún eran pequeños y débiles, y sus mentes eran
rudimentarias, pero contenían las semillas de la grandeza futura.
Pero, a medida que pasaban lentamente las eras, no sólo cambiaban las criaturas
vivientes. Los continentes se hacían pedazos, y las montañas eran desgarradas por el
peso de la incansable lluvia. A pesar de todos estos cambios, el Swarm siguió
manteniendo su propósito. Y siempre, en los períodos acordados, acudía al lugar del
encuentro elegido ya hacía mucho tiempo, esperaba pacientemente durante un tiempo y
después se marchaba. Quizá el enjambre-padre seguía buscando o quizá —era un
pensamiento demasiado duro y terrible para ser concebido— algún destino desconocido
se había apoderado de él y había terminado por seguir el camino de la raza que en otro
tiempo rigió. No podía hacer otra cosa que esperar a ver si la tozuda materia vital de
aquel planeta podía ser obligada a seguir el camino hacia la inteligencia.
Y así, pasaron los eones...
En alguna parte del laberinto de la evolución, el Swarm cometió un error fatal. Habían
transcurrido cien millones de años desde que llegara a la Tierra y se encontraba muy
débil. No podía morir, pero podía degenerar. Los recuerdos de su antiguo hogar y su
destino estaban desvaneciéndose: su inteligencia estaba disminuyendo, incluso mientras
su huésped subía la larga cuesta que le llevaría hacia la autoconciencia.
Por una ironía cósmica, el Swarm se había quedado exhausto al dar el ímpetu que un
día traería la inteligencia a este mundo. Había llegado a la última fase del parasitismo; ya
no podría seguir existiendo fuera de su huésped. Ya no podría volver a ser impulsado por
el viento y el sol, libremente, por el mundo. Para hacer el peregrinaje hacia el antiguo
lugar de la cita, tenía que viajar con lentitud y dolorosamente a través de miles de
pequeños cuerpos. Sin embargo, continuó la costumbre inmemorial, impulsado por el
deseo de reunión que le quemaba mucho más intensamente, ahora que conocía la
amargura del fracaso. Sólo si el enjambre-padre regresaba y le reabsorbía podría conocer
alguna vez nueva vida y vigor.
Los glaciares aparecieron y desaparecieron; por un verdadero milagro, las pequeñas
bestias que albergaban a la decadente inteligencia extraña consiguieron escapar a los
dedos agarrotados del hielo. Los océanos cubrieron las tierras, y la raza siguió
sobreviviendo. Incluso se multiplicó, pero no pudo hacer nada más. Este mundo no sería
nunca el suyo propio, porque allá, en el corazón de otro continente, un mono había bajado
de los árboles y se había puesto a mirar las estrellas con el primer brillo de curiosidad en
sus ojos.
La mente del Swarm se estaba dispersando, desparramándose por entre un millón de
cuerpos diminutos, siendo incapaz ya de unir y afirmar su voluntad. Había perdido toda su
cohesión; sus recuerdos se estaban desvaneciendo. Dentro de otro millón de años, como
máximo, habrían desaparecido por completo.
Sólo quedaba una cosa..., la ciega y urgente necesidad experimentada en los
intervalos, que por una extraña aberración se hacían cada vez más cortos, en los que se
sentía impulsado a buscar su consumación en un valle que había dejado de existir desde
hacía mucho tiempo.
Cruzando tranquilamente la línea proyectada por la luz de la luna, el crucero de placer
pasó junto a la isla con su faro parpadeante y penetró en el fiordo. Era una noche
tranquila y maravillosa, con Venus poniéndose por el oeste, mucho más allá de las
Feroes, y con las luces del puerto reflejadas, sin apenas un temblor, en las tranquilas
aguas que se extendían delante.
Nils y Christina se sentían muy contentos. Permaneciendo el uno junto al otro,
apoyados en la barandilla del barco, sus dedos estaban entrelazados, mientras
observaban cómo los troncos de los árboles pasaban silenciosamente ante ellos. Los
altos árboles permanecían inmóviles bajo la luz de la luna, con sus hojas imperturbables
incluso ante el más simple soplo de brisa, con sus delicados troncos elevándose como
sombras blanquecinas desde el fondo de las sombras. Todo estaba dormido; únicamente
el barco se atrevía a romper el hechizo que había embrujado la noche.
Entonces, de repente, Christina lanzó un ligero j gemido y Nils sintió cómo los dedos de
ella se apretaban convulsivamente sobre los suyos. Siguió la dirección de sus ojos;
estaba mirando fijamente hacia el otro lado de las aguas, hacia los silenciosos centinelas
del bosque.
—¿Qué ocurre, querida? —preguntó con ansiedad.
—¡Mira! —exclamó ella con un murmullo que Nils apenas si pudo escuchar—. ¡Allí...,
bajo los pinos!
Nils miró fijamente hacia allí y al hacerlo se fue desvaneciendo lentamente la belleza de
la noche y los terrores ancestrales volvieron arrastrándose desde el exilio. Porque, bajo
los árboles, la tierra estaba viva: una marejada salpicada de manchas marrones se
precipitaba por los acantilados hasta penetrar en las oscuras aguas. Allí había una
pequeña extensión de agua en la que la luz de la luna se rompía por las sombras. Todo
parecía estar cambiando, incluso mientras observaba: la superficie de la tierra parecía
estar deslizándose hacia abajo como si se tratara de una cascada lenta que buscara la
unión con el mar.
Y, entonces, Nils se echó a reír y el mundo adquirió de nuevo su cordura. Christina le
miró, extrañada, pero habiendo recuperado ya su confianza.
—¿No recuerdas? —preguntó con una sonrisa—. Lo hemos leído esta mañana en el
periódico. Hacen lo mismo cada pocos años, y siempre por la noche. Hace ya varios días
que dura.
El la estaba acariciando, haciendo desaparecer la tensión de los últimos minutos.
Christina le devolvió la mirada y en su rostro apareció una ligera sonrisa.
—¡Claro! —exclamó—. ¡Qué estúpida he sido!
Después, se volvió una vez más hacia la tierra y su expresión se hizo triste, pues era
una persona de corazón tierno.
—¡Pobres pequeños! —dijo, suspirando—. Me pregunto por qué lo harán.
Nils se encogió de hombros con indiferencia.
—Nadie lo sabe —dijo—. Es simplemente uno de esos misterios sin resolver. No
deberíamos pensar en ello si te preocupa. Mira..., ¡no tardaremos en llegar al puerto!
Se volvieron hacia las luces que parecían atraerles y en las que se encontraba su
futuro, y Christina sólo volvió la mirada una vez hacia la riada trágica y estúpida que
todavía seguía fluyendo por debajo de la luz de la luna.
Obedeciendo una necesidad urgente, cuyo significado nunca habían conocido, las
condenadas legiones de los lemingos estaban encontrando el olvido debajo de las aguas.
FIN

MUCHO, MUCHO TIEMPO --- R. A. Lafferty

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MUCHO, MUCHO TIEMPO
R. A. Lafferty

--
¿Han oído hablar de los monos, la máquina de escribir y las obras completas de
Shakespeare? Lo mismo le sucedió a Michael... ¡pero él se dispuso a demostrarlo!
No termina con uno... comienza con un gemido.
Era un amanecer separador... Incandescencia para la que todas las luces posteriores
son como candiles... Calor para el que el calor de todos los soles posteriores no es más
que una cerilla quemada. Las polaridades que crean la tensión para siempre.
Y en el medio de todo hubo un gemido, la primera sacudida que indicaba que el tiempo
había empezado.
Los dos Desafíos eran más altos que el radio del espacio que estaba naciendo; y una
débil criatura Boshel, se encontraba en el medio, demasiado acobardada como para
aceptar ningún desafío.
—¡Eh! ¿Hasta cuándo vais a estar fuera? —gruñó Boshel.
El Acontecimiento Creativo era la Revuelta, dividiendo el Vacío en dos. Las dos partes
se formaron oponiendo Naciones de Luz dividida sobre el escarpado abismo. Dos
Campeones estaban frente a frente, con una amargura que nunca ha pasado... Michael
envuelto en fuego blanco... y Helel, hinchado con un resplandor negro y púrpura. Y sus
seguidores con ellos. Esto se ha alegorizado como Aceptación y Rechazo, y como Dios y
Diablo; pero al principio hubo la Polaridad con la que se sostiene el Universo.
Entre ellos, como un pigmeo, se encontraba Boshel, solo, lleno de una gimiente duda.
—Si vas a venir con nosotros, saca el metal primordial —rugió Helel como una crujiente
tormenta, mientras se dirigía a sus seguidores, hecho una furia, para formar un nuevo
núcleo.
—¡Eh, vosotros! ¿Vais a volver antes de la noche? —musitó Boshel.
—¡Oh! ¡Vete al infierno! —rugió Michael.
—Cuidado con ese pequeño juramento —observó Helel—. Todavía no hay fuego
suficiente para incendiar un edificio.
Las dos grandes multitudes se separaron, y Boshel se quedó solo en el vacío. Aún
estaba allí cuando se produjo una segunda y pequeña sacudida y el tiempo comenzó de
veras, reventando la vaina y convirtiéndola en un chorro de chispas que viajaron y
crecieron. El seguía estando allí cuando las chispas adquirieron forma y movimiento; y
continuó estando allí cuando la vida comenzó a aparecer en las pequeñas manchas de
hollín desprendidas de las chispas. Permaneció allí durante mucho, mucho tiempo.
—¿Qué vamos a hacer con esa pequeña sabandija? —le preguntó un subordinado a
Michael—. No podemos dejarle ahí, ensuciando el paisaje para siempre.
—Iré a preguntarlo —dijo Michael.
Y así lo hizo. Pero a Michael se le dijo que la responsabilidad era suya; que Boshel
tendría que ser castigado por su indecisión; y que dependía de Michael seleccionar el
castigo adecuado y comprobar que éste se llevara a cabo.
—¿Sabes que hizo tartamudear el tiempo al principio? —le dijo Michael al
subordinado—. Colocó un elemento de azar que lo afectó todo. Por eso tiene que tratarse
de un castigo que tenga algo que ver con el tiempo.
—¿Tienes alguna idea? —preguntó el subordinado.
—Ya pensaré en algo —dijo Michael.
Bastante después de aquello, Michael estaba hojeando un libro una tarde, en una
librería de Los Ángeles.
—Aquí dice —entonó Michael— que si seis monos fueran colocados ante seis
máquinas de escribir y mecanografiaran durante un espacio de tiempo suficiente,
mecanografiarían con exactitud todas las palabras de Shakespeare. El tiempo es algo de
lo que disponemos a montones. Intentémoslo, Kitabel, y veamos cuánto tiempo tarda.
—¿Qué es un mono, Michael?
—No lo sé.
—¿Qué es una máquina de escribir?
—No lo sé.
—¿Qué es Shakespeare, Mike?
—Todo el mundo puede hacer preguntas, Kitabel. Reúne todas esas cosas y
empecemos de una vez con el proyecto.
—Parece que va a tratarse de un proyecto muy largo. ¿Quién lo supervisará?
—Boshel. Es natural que sea él. Le enseñará a ser paciente y a tener sentido del
orden, e imprimirá sobre él la majestuosidad del tiempo. Es exactamente la clase de
castigo que he estado buscando.
Reunieron las cosas y se volvieron hacia Boshel.
—En cuanto el proyecto esté terminado, Bosh, habrá pasado tu período de espera.
Entonces te podrás unir al grupo y disfrutar con el resto de nosotros.
—Bueno, eso es mejor que permanecer aquí, sin hacer nada —observó Boshel—. El
asunto podría ir más rápido si pudiera educar a los monos y hacer que lo copiaran todo.
—No, el mecanografiado tiene que hacerse al azar, Bosh. Fuiste tú quien introdujiste el
factor azar en el universo. Así es que, ahora, sufre las consecuencias.
—¿Tiene que corresponder la copia con alguna edición en particular?
—Con la edición «Blackstone Readers» del Treinta y Siete. Y estos volúmenes que
tengo aquí servirán perfectamente —contestó Michael—. He tenido una charla con los
monos y están dispuestos a aplicarse a la tarea. Me ha costado ochenta mil años
conseguir que pudieran hablar, pero eso no representa nada cuando hablamos de tiempo.
—¡Vaya! ¿Acaso hablamos alguna vez de tiempo? —protestó Boshel.
—He hecho un trato con los monos. Serán inmunes a la fatiga y al aburrimiento. Pero a
ti no puedo prometerte lo mismo.
—Bueno, Michael, como esto puede durar bastante, me pregunto si no podría tener
alguna especie de reloj para ir comprobando qué tal de rápidas van saliendo las cosas.
Así es que Michael le hizo un reloj. Era un cubo de piedra de un parsec de arista.
—No tienes que darle cuerda, Bosh. No tienes que hacerle nada —le explicó Michael—
. Un pequeño pájaro llegará cada milenio y afilará su pico en esta piedra. Podrás contar el
paso del tiempo por la disminución de la piedra. Es un buen reloj, y sólo tiene una parte
móvil, que es el pájaro. No te garantizo que hayas podido terminar todo el proyecto
cuando haya desaparecido la piedra, pero al menos podrás saber el tiempo que ha
pasado.
—Es mejor que nada —dijo Boshel—, pero esto va a ser una pesadez. Creo que ese
concepto del tiempo es algo medieval.
—Así soy yo —dijo Michael—. Sin embargo, te diré lo que puedo hacer, Bosh. Te
puedo encadenar a esa piedra y hacer que otro gran pájaro se lance sobre ti en picado y
te arranque trozos de hígado. Eso mismo estaba escrito en otro libro, en aquella librería.
—Me haces morir de risa, Mike. No será necesario. Pasaré el rato de algún modo.
Boshel hizo que los monos se pusieran a trabajar. Estaban condicionados para que
pulsaran las teclas de las máquinas de escribir al azar. Al cabo de un corto período de
tiempo (según cuentan el tiempo las Grandes Criaturas), los monos ya habían producido
palabras enteras de Shakespeare: «Permitir», que se encuentra en la escena dos del
primer acto de Ricardo III; «Ir», que está en la escena dos del acto segundo de Julio
César; y «Ser»; que aparece en la primera escena y acto de La tempestad. Boshel se
sentía muy animado.
Al cabo de algún tiempo, uno de los monos produjo dos palabras de Shakespeare, una
detrás de la otra. Para entonces, el mundo hogar de Shakespeare (que era también el
mundo donde se encontraba aquella librería de Los Ángeles donde naciera tan gran idea)
ya había desaparecido desde hacía tiempo.
Al cabo de otro tiempo, los monos habían llegado ya a escribir frases enteras. Para
entonces, ya había transcurrido bastante tiempo.
El problema con aquel pequeño pájaro era que su pico no parecía necesitar estar muy
afilado cuando llegaba una vez cada mil años, Boshel descubrió que Michael le había
jugado una mala pasada de serafín y había estado alimentando al pájaro con natillas
blandas. El pájaro daba dos o tres ligeros picotazos a la piedra, y después se marchaba
para no volver hasta al cabo de otros mil años. Sin embargo, al cabo de no más de mil
visitas, ya se notaba un inconfundible arañazo en la piedra. Era una señal esperanzadora.
Boshel comenzó a comprender que la cosa se podía hacer. Finalmente, uno de los
monos —y no precisamente el más brillante— produjo una frase completa: «¿Qué dices
tú, tirano?» Y en ese mismo instante sucedió otra cosa. Fue algo sorprendente para
Boshel, pues era la primera vez que lo veía. Pero lo tendría que ver miles de millones de
veces antes de terminar.
Una mancha de polvo cósmico, situada en las regiones más alejadas del espacio, se
encontró con otra mancha. Esto no tendría que haber sido nada raro; siempre había
manchas que se encontraban con otras. Pero este caso fue diferente. Cada mancha —en
la dirección opuesta—, había sido la más alejada de todo el cosmos. Ya no podía alejarse
más que a aquella distancia. La mancha (un numerosísimo conglomerado de mundos
habitados) miró a la otra mancha con ojos e instrumentos y vio sus propios ojos e
instrumentos devolviéndole su misma imagen. Lo que veía la mancha era a sí misma. La
esfera cósmica tetradimensional había quedado completada. La primera mancha se había
encontrado a sí misma, saliendo de la otra dirección, y el espacio quedó transvertido.
Después, todo él se derrumbó. Las estrellas desaparecieron una tras otra y miríada tras
miríada. ¡Holocaustos de caída! Todos los orbes oscurecidos cayeron en el vacío, que
estaba al fondo. En el vacío no quedó nada, excepto una vaina cerrada y unas cuantas
cosas más, fuera de contexto, como Michael y sus asociados, y Boshel y sus monos.
Boshel se sintió incómodo por un momento. Se había acostumbrado al aspecto del
universo en expansión. Pero no tenía por qué sentirse incómodo. Todo empezó de nuevo.
Pasaron silenciosamente unos cuantos miles de millones de siglos. Una vez más, la
vaina explotó formando un chorro de chispas que viajaron y crecieron. Adquirieron forma y
movimiento y la vida volvió a aparecer sobre los abismos arrojados por aquellas chispas.
Y esto ocurrió una y otra vez. Cada ciclo parecía condenadamente largo mientras
estaba sucediendo; pero, mirándolo retrospectivamente, los ciclos eran solamente como
una luz parpadeante que se encendiera y se apagara. Y, en la Larga Retrospección, eran
como un alternador de alta frecuencia, que producía un increíble número de tales ciclos
por cada instante y continuaba por eras. Pero Boshel estaba empezando a aburrirse. No
había otra palabra con la que poder expresarlo.
Cuando sólo se habían completado unos pocos miles de millones de ciclos cósmicos,
había una hendidura tan grande en la piedra-roca, que se podía meter un caballo dentro.
El pequeño pájaro ya había hecho innumerables viajes para afilar su pico. Y, para
entonces, Pithekos Pete, el más rápido de los monos, ya había escrito por casualidad La
Tempestad, perfecta y completa. Todos se estrecharon las manos, ángel y monos. Por el
momento, era algo positivo.
Pero el momento no duró mucho. Pete, en lugar de seguir mecanografiando
furiosamente, por casualidad, para producir el resto de las obras, escribió su propia
versión mejorada de La Tempestad. Boshel estaba furioso.
—¡Pero si es mejor, Bosh! —protestó Pete—. Y tengo algunas ideas sobre el arte
teatral que realmente lo elevarán.
—¡Claro que es mejor! Pero no queremos nada mejor. Sólo queremos tener la misma
rima ¿Es que no os dais cuenta de que estamos elaborando un problema de
probabilidades casuales? ¡Oh, cabezas de chorlito!
—Déjame tener ese maldito libro durante un mes, Bosh, y te copiaré todo lo que hay
ahí al pie de la letra, y habremos terminado —sugirió Pithekos Pete. —¡Las reglas,
cabezas vacías, las reglas! —rugió Boshel—. Tenemos que guiarnos por las reglas.
Sabéis que eso no está permitido y, además, sería descubierto. Por mucho que me duela
decirlo, tengo razones para sospechar que uno de mis propios monos y asociados aquí
presentes es un informador. Nunca conseguiríamos hacerlo.
Después de este breve malentendido, las cosas fueron mejor. Los monos se aplicaron
a cumplir con su tarea. Y al cabo de un número de ciclos, expresados por nueve seguido
de ceros suficientes para extenderse alrededor del universo hasta un período justo
anterior a su colapso (el radio y la circunferencia de la esfera final son, evidentemente, lo
mismo), quedó preparada por fin la primera versión completa.
Era errónea, desde luego, y tuvo que ser rechazada. Pero había en ella menos de
treinta mil errores; eso presagiaba grandes cosas y un triunfo final.
Más tarde (¡pero podía ser aún más tarde!) llegaron a acercarse bastante. Cuando la
hendidura de la piedra-reloj podía contener ya un sistema solar de tamaño medio,
consiguieron una versión en la que sólo había cinco errores.
—Llegará —dijo Boshel—. Llegará con el tiempo. Y el tiempo es lo único de lo que
disponemos en gran cantidad.
Tarde —mucho, mucho más tarde—, pareció que ya disponían de una copia perfecta y,
para entonces, el pájaro ya había desgarrado casi la quinta parte de la masa de la gran
piedra, todo ello con sus visitas milenarias.
El propio Michael leyó la versión y no pudo encontrar ningún error. Pero no era
definitivo, desde luego, porque Michael era un lector impaciente y apresurado. Se
necesitaron tres lecturas para verificarlo, pero las esperanzas nunca fueron tan altas.
Transcurrió la segunda lectura, llevada a cabo por un ángel mucho más cuidadoso, y que
se pronunció diciendo que era una versión perfecta, letra por letra. Pero el lector había
terminado su lectura a últimas horas de la noche y podía haber mostrado cierta falta de
cuidado al final.
Y pasó la tercera lectura, que comprendió las treinta y siete obras, y todos los poemas
al final. Esta última lectura fue realizada por Kitabel, el propio ángel escribiente, que fue
nombrado para llevarla a cabo. Estaba a punto de firmar el certificado, cuando se detuvo.
—Hay algo que parece atascado en mi mente —dijo, y sacudió la cabeza para intentar
despejarse—. Hay algo como un eco que no está del todo correcto. No quisiera cometer
una equivocación.
Había escrito «Kitab...», pero no había terminado aún la firma.
—No podré dormir esta noche si no pienso en ello —se quejó—. Si había algo, no
estaba en las obras de teatro. Sé que estaban perfectas. Debe de tratarse de algo que
había en los poemas... algo situado bastante cerca del final..., alguna disonancia. O bien
la propia edición original tenía algún fallo, alguna línea escrita mal a propósito, o bien se
trata de un error en la transcripción que mi ojo ha pasado por alto, pero que recuerda mi
oído. Reconozco que, cuando ya me encontraba hacia el final, me sentía un poco
adormilado.
—¡Oh! ¡Por todos los mundos que fueron hechos firma! —rogó Boshel.
—Si has esperado todo este tiempo, no te morirás por esperar un poco más, Bosh.
—No apuestes por eso, Kit. Estoy a punto de estallar. Te lo aseguro.
Pero Kitabel volvió a la copia y lo encontró..., era un verso en el Fénix y la Tortuga:
Desde esta sesión queda vedada Toda ave de ala tirana, Salvo el águila, pluma
soberana: Mantened esta norma observada.
Eso era lo que decía el libro. Y lo que Pithekos Pete había escrito era casi lo mismo,
pero no exactamente lo mismo:
Desde esta sesión queda vedada Toda ave de ala tiranna, Salvo el águila, pluma
soberanna: Maldita máquinna, la n está atascada.
Y si no han visto nunca llorar a un ángel, las ¡palabras no podrán describir el
espectáculo que dio Boshel.
Esta misma noche siguen mecanografiando, por casualidad, porque aquella última
copia, tan cercana a la victoria, se produjo hace poco menos de un millón de miles de
millones de ciclos. Y sólo hace un momento —al principio del presente ciclo—, uno de los
monos consiguió escribir de un tirón, y por casualidad, no menos de nueve palabras
completas de Shakespeare.
Aún hay esperanza. Y, a estas alturas, el pájaro va ha socavado aproximadamente la
mitad de la masa de la roca.
FIN
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