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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 23 de julio de 2010

LA PRUEBA SUPREMA -- Frederik Pohl

LA PRUEBA SUPREMA

Frederik Pohl

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22 12 2213 1900 hug

Querida mamá:

Como suele decirse aquí, en Casiopea 43-G, hay buenas y malas noticias. Las malas noticias: no hay nuevos puestos de trabajo para graduados en astrofísica y mecánica cuántica. Las buenas noticias: conseguí un empleo. Empecé ayer. Trabajo como instructor para una escuela de conducción.

Ya sé que dirás que no es ninguna carrera para un hombre de veintiséis años que cuenta con un doctorado, pero me ayuda a pagar el alquiler. Además, es mucho mejor de lo que tendría si me hubiera quedado en la Tierra. ¿Es cierto que la tasa de desempleo de Chicago asciende al ochenta por ciento? ¡Jo! En cuanto cobre por adelantado unos cuantos megadólares, os invitaré a que vengáis a visitarme para que veáis cómo vivimos aquí. ¡Posiblemente no queráis volver a la Tierra!

No quiero que te preocupes, pero debo decirte que me pagan extra por hacer un trabajo peligroso. Se trata de un aspecto técnico. En los contratos de los instructores de conducción suele figurar esta cláusula, pero en realidad no nos ganamos el extra. Al menos, no siempre, aunque se dan casos como el de ayer. El primer estudiante que tuve fue una joven venida directamente de la Tierra. ¡Menuda malcriada! Ya sabes, una chica rica, y supongo que se puede decir que es guapa, acostumbrada a hacer lo que quiere. Sé llama Tonda Aguilar. ¿Has oído hablar de los Evanston Aguilar? ¿Los de la industria de los alimentos recombinantes? Supongo que son verdaderamente ricos. Pues la chica tiene su propio velomotor, y estaba furiosa porque no podía conducirlo con el permiso de la Tierra. Ya sabes, aquí tenemos un campo supresor y en cuanto un vehículo entra en el sistema, zas, se apaga y se queda flotando hasta que algún piloto con permiso va a recuperarlo y lo trae hasta aquí. Me hice cargo de ella, y desde un principio comenzó a darme la tabarra.

«¡No le des tanto impulso al despegue! ¡Quemarás los tubos! ¡No conduzcas con el reversor en hipermarcha! ¡Sal de la órbita baja...! ¿Quieres destrozarnos?», y cosas por el estilo.

Uno tiene sus límites. Un instructor es casi como el capitán de una nave, ya sabes. ¡Es quien manda! Por eso le expliqué que no me llamaba «Cabeza de chorlito» ni «Pedazo de animal», sino James Paul Madigan, y que se suponía que eran los instructores los que debían gritarles a sus alumnos, y no al revés. En fin, la verdad es que se trataba del velomotor de la chica, que por cierto está muy bien mantenido. No la culpo por ponerse nerviosa al ver que otra persona lo conducía. Por eso decidí que la lección fuera realmente simple. Practicamos las órbitas de aparcamiento, porque si no eres capaz de hacerlas, no mereces que te den el permiso. La verdad es que la chica es un desastre. Parece fácil, pero constituye todo un arte cortar la hipermarcha justo en la velocidad residual exacta para poder deslizarse y entrar en las coordenadas asignadas. Cuanto más lo intentaba, más lejos se iba. Finalmente, me exigió que la llevase de vuelta al puerto espacial.

Adujo que yo la ponía nerviosa. Dijo que mañana conseguiría otro instructor, o bien se iría a otro sistema dónde no hubiera chimpancés de la beneficencia dando clases de conducción.

La dejé que rabiara un rato. El siguiente alumno que tuve fue un fomalhautiano. Ya conoces a esa especie: tienen dos cabezas, escamas y colas bifurcadas, y son los que siempre están fastidiando en los Sistemas Unidos. Si te crees lo que dicen en el vidcom, estos seres son siempre malas noticias; de hecho, el motivo por el que Casiopea instaló el campo supresor fue porque sospechaban que los fomalhautianos tenían intenciones de invadirnos y apoderarse de 43-G. ¡Pero éste es estupendo! Obedeció todas las indicaciones. Jamás me discutió nada. Se disculpó cuando por error se acercó demasiado a uno de los miniagujeros negros, cerca del primario. Dijo que era porque no estaba familiarizado con la nave de la escuela, y que en la clase siguiente prefería usar su propio yate espacial. Logró alegrarme el día, después de haber tenido a esa estúpida y malcriada ricachona.

Para serte sincero, fue un alivio tener un motivo de alegría. Me sentía solo y deprimido. Probablemente se deba a que se acercan las vacaciones. Resulta difícil creer que allá en Chicago sólo falten tres días para Navidad. Todos los escaparates estarán llenos de holodecoraciones y en Grant Park habrá un enorme árbol, y apuesto a que estará nevando... Aquí, en Casiopea 43-G, es como si estuvieras en un baño turco con interludios de Cataratas del Niágara.

Mamá, te deseo una muy feliz Navidad. Espero que mis regalos hayan llegado bien.

Un abrazo,

JIM PAUL

25 12 2213 tarde

Querida mamá:

Está a punto de terminar el día de Navidad. Aunque aquí, en 43-G, no difiera mucho de los demás días. Los colonos humanos son casi todos budistas o musulmanes, y los demás, bueno... ¿Has visto a los tipos que andan por los Sistemas Unidos construyendo Palatinos? También los has olido, ¿no? Especialmente a los arturianos. No sé si esa gente tiene o no fiestas religiosas, y estoy segurísimo de que no quiero saberlo.

Teniendo en cuenta que me ha tocado trabajar todo el día, no ha sido una Navidad tan mala. Cuando le conté a Torklemiggen - el fomalhautiano del que te hablé - que hoy era una gran fiesta para nosotros, se echó a reír y dijo que los mamíferos tenían unas costumbres realmente peculiares. Y cuando supo que parte de la costumbre consistía en intercambiar regalos, se quedó pensando un rato. (Cuando los fomalhautianos piensan, sus cabezas se murmuran cosas al oído, ¡grotesco!) Acto seguido, declaró que le habían dicho que iba contra las leyes que un estudiante le diera nada a su instructor de conducción, pero que si quería conducir un rato su yate espacial, me lo dejaría. Dijo que permitiría que lo registrasen en los libros de la escuela como una clase más, para que me pagasen. ¡Imagínate si no iba a aceptar! Tiene un yate fenomenal. Es largo y ahusado, más o menos con forma de tiburón, se parece al TU-Lockheed, serie 4400, con pantallas de radar-glifo y una velocidad de crucero de casi 1800 años luz. No sé cuál es la velocidad máxima que puede alcanzar, porque al fin y al cabo no pudimos salir de nuestro sistema.

Como verás, utilizamos su propia nave, que, obviamente, es de fabricación fomalhautiana. ¡Para un humano no es fácil conducirla! Aunque yo sea el instructor y Torklemiggen el alumno, al principio me sentí un poco confundido. No lograba hacerla despegar, hasta que él me explicó cómo iban los controles y me indicó cómo leer los instrumentos. Todavía hay muchas cosas que desconozco, pero al cabo de unos minutos logré manejarla lo bastante bien como para que no nos matáramos. Torklemiggen no paraba de provocarme para que orbitara los agujeros negros. Le dije que no podíamos; en una de sus caras se le dibujó una especie de mueca, y sus dos cabezas se pusieron a cuchichear durante un rato. Sabía que estaba pensando en algo divertido, pero al principio no logré descifrar qué sería. ¡Luego lo averigüé!

Ya sabes que CAS 43, nuestra primaria, es una gigante roja que posee una inmensa fotosfera. ¡Torklemiggen se jactó de que podríamos atravesar la fotosfera con su nave! Por supuesto que me costó creerle, pero insistió tanto, que lo intenté. ¡Tenía razón! ¡Pasamos justamente por el centro de ese plasma a treinta mil grados, como si nada! El casco comenzó a ponerse rojo, luego amarillo, luego color de la paja - se veía en los bordes de la pantalla del radar-glifo - y sin embargo, la temperatura interior se mantenía en 400. Que, por cierto, es la temperatura normal de 43-G. Hacía calor, si estás acostumbrado a Chicago, pero nada comparado con el que hacía afuera. Y cuando volvimos a salir al vacío no se produjo un choque térmico, ni sobrecarga de potencia, ni confusión en los instrumentos. ¡Perfecto! Resulta difícil creer que un individuo pueda permitirse el lujo de tener una nave así para su uso privado. ¡Fomalhaut ha de contar con planetas riquísimos!

Cuando aterrizamos, con más de una hora de retraso, la tal Aguilar me estaba esperando. Le informaron que la escuela no permitía el cambio de instructores una vez asignados. Pude habérselo dicho, forma parte de las normas. De modo que tuvo que calmarse y esperarme. Imagino que en algún rincón de su terca personita guardaba un poco de espíritu navideño, porque se comportó de un modo bastante cortés. Por cierto, cuando le ordené que hiciera órbitas de aparcamiento, noté que había mejorado mucho con respecto a la vez anterior. ¡Lo que hace un instructor de primera!

Bueno, el viejo cronómetro de pared me indica que ya ha terminado el día de Navidad, al menos si se sigue la Hora Universal Greenwich, pero supongo que en Chicago aún os faltan unas horas. Ah, mamá, una cosa. Los paquetes de Navidad que me enviaste aún no me han llegado. Había pensado mentirte y decirte cuánto me habían gustado, pero me educaste para que dijera siempre la verdad. (¡Además, no sabía por qué darte las gracias!) En fin, feliz Navidad una vez más de

JIM PAUL

30 12 2213 0200 hug

Querida mamá:

Otro día, otro kilodólar. Mi primer alumno de hoy fue un chico de dieciséis años. Uno de esos listillos, no sé si me explico. (Probablemente no me comprendas, porque nunca tuviste hijos así.) El padre de este chico fue piloto de combate de la marina de Casiopea; no quieras imaginar cómo conduce el chico. Y eso no fue lo peor. Había oído hablar de Torklemiggen. Cuando intenté explicarle que antes de ir deprisa tenía que aprender a ir despacio, me soltó una perorata. Que cómo no me había enterado de que su padre decía que los fomalhautianos eran enemigos traicioneros de la forma de vida casiopeana. Que cómo no sabía que su padre decía que esperaban tener una oportunidad para invadimos. Que cómo no sabía...

Cuando me harté de que el mocoso me dijera todas las cosas que yo no sabía, le indiqué que él no era tan afortunado como Torklemiggen. Porque sólo tenía un cerebro, y si no lo usaba todo para conducir la nave, iba a suspenderlo. Eso lo hizo callar.

Las cosas no me fueron muy bien después, porque tuve que darle clase a una señora gorda que no debería obtener permiso para conducir nada superior a unos patines. Tiene cuarenta y seis años, y nunca ha conducido en su vida, pero como su esposo consiguió empleo en una mina asteroide, la mujer quiere llevarle la comida todos los días. ¡Espero que sea mejor cocinera que piloto!

En fin, intentaba que la mujer se sintiese cómoda, para que no acabara estampándonos en el núcleo de un cometa o algo por el estilo, y, para ello, le comenté lo del chico. Me escuchó, llena de comprensión, ya sabes lo frescos que son los adolescentes de hoy en día, hasta que le mencioné que discutíamos por mi alumno fomalhautiano ¡Tendrías que haberla oído! Mamá, juro que los casiopeanos se vuelven psicóticos cuando se habla de este tema. Ojalá estuviera aquí Torklemiggen, así podría comentárselo. Alguien dijo que el motivo por el que CAS 43-G instaló el sistema supresor fue para evitar que nos invadieran, imagínate. Pero Torklemiggen no está porque tuvo que volver a su casa. Según dijo fue por negocios. Comentó que regresaría la semana próxima para terminar con las clases.

Tonda Aguilar ya está acabando el curso. Dentro de unos días volará en solitario. Fue la última alumna que tuve hoy, quiero decir ayer, porque ya es más de medianoche. Hice que practicara acercamientos G-cero a los asteroides de baja masa, y como quien no quiere la cosa, le comenté que me sentía un tanto solo. Resultó que ella también, de modo que para mí fue toda una sorpresa descubrirme preguntándole qué hacía mañana por la noche, y ella me sorprendió más cuando aceptó la invitación. No se trata de ningún romance, mamá, de modo que no te hagas ilusiones. ¡Lo único que pasa es que creo que somos los únicos dos seres de todo este sistema que saben que mañana es nochevieja!

Un abrazo,

JIM PAUL

02 01 2214 2330 hug

Querida mamá:

Esta mañana recibí tu carta; me alegra saber que tu pierna ha mejorado. ¡Posiblemente la próxima vez nos hagas caso a mí y a papá! Recuerda que cuando te la compraste, los dos te rogamos que adquirieras una nueva, de fábrica, pero tú venga, a insistir con que una reconstrucción serviría igualmente. Ahora ya lo ves. ¡Siempre se sale perdiendo cuando se quiere ahorrar en estas cuestiones de la salud!

Lamento haberte hablado de mis alumnos sin darte una idea de sus aspectos. En cuanto a Tonda, tiene fácil arreglo. Te envío una holo de los dos que sacamos esta misma tarde, para celebrar que había terminado el curso. Mañana volará en solitario. Como podrás apreciar, es una mujer realmente guapa, y me equivoqué al juzgar que era una malcriada. Vino hasta aquí ella sola, para trabajar como dermatóloga. No quiso aceptar el dinero de su padre; lo único que tenía cuando llegó era el velomotor, su título y la ropa que traía en la maleta. Es de admirar. En cuanto llegó, se puso en contacto con uno de los mejores centros cosméticos de la ciudad, y gana más que yo.

En cuanto a Torklemiggen, será más difícil. Intenté sacarle una holofoto pero se enfadó mucho y se puso realmente desagradable. ¡Dijo que los seres inferiores no tienen ningún derecho a adorar imágenes fomalhautianas! ¿Qué te parece? Intenté explicarle que no era mi intención, pero se echó a reír. Tiene una risa nefasta. La verdad es que ha cambiado mucho desde que regresó del viaje de negocios a Fomalhaut. Está peor. No quiero insinuar que haya cambiado físicamente. Físicamente me lleva una cabeza, sólo que él tiene dos. Me refiero a las cabezas. La de la izquierda es para hablar y respirar, y la de la derecha, para comer y mostrar los cambios de expresión. Resulta muy extraño verlo contar un chiste. Y ahora que lo digo, sus chistes también son muy extraños. Como ejemplo, mira el que me contó esta tarde: «¿Qué diferencia hay entre un mamífero y un hagensbiffik asado con salsa de murgurí?» Cuando le contesté que ni siquiera sabía lo que eran esas cosas, y que menos iba a saber cuál era la diferencia entre ellas, se echó a reír tontamente y me dijo: «¡No hay ninguna diferencia!» Vaya espectáculo. Su cabeza de la izquierda, la parlante, lanzaba su tonta carcajada inexpresiva, mientras la de la derecha se le arrugaba toda por la risa. Vaya sentido del humor. Debí decirte que la cabeza izquierda de Torklemiggen se parece a la de un chimpancé, y la de la derecha, a la de un zorro. O quizá a la de un lagarto, por las escamas. No es guapo, ¿me entiendes? Pero no se puede decir lo mismo de su nave. Es lo más estupendo que he conducido en mi vida. Tengo la impresión de que en el último viaje le hizo agregar unos accesorios, porque noté cinco o seis lecturas nuevas y otros controles manuales. Cuando le pregunté para qué servían, me contestó que no tenían nada que ver con la conducción, y que no tardaría en enterarme. Supongo que sería algún otro chiste fomalhautiano.

Seguiría escribiendo, pero mañana tengo que levantarme temprano. Desayunaré con Tonda, le daré las últimas instrucciones antes del vuelo en solitario. Creo que aprobará. ¡Para haber sido Miss Illinois es muy inteligente!

Un abrazo,

JIM PAUL

03 01 2214 tarde

Querida mamá:

Tu paquete de Navidad me ha llegado hoy. Realmente bonito.

Me encantaron los calcetines. Me vendrán estupendamente si regresara a Chicago a visitamos antes de que haga calor. Las galletas llegaron molidas, aunque estaban deliciosas. Tonda dijo que eran mejores que cualquier cosa que ella lograra cocinar; se refería a antes de que pasaran por la aduana de CAS 43-G.

Torklemiggen está casi a punto de volar en solitario. Para serte sincero, me alegraré de no volver a verlo. Cuanto menos falta para que obtenga su permiso de conducir, más difícil se me hace aguantarlo. Esta mañana, en cuanto entramos en la órbita alta, comenzó a comportarse de una manera alocada. Practicábamos curvas en concordancia con los satélites. Ya sabes, cuando uno se acerca en una curva de tracción asintónica, silbando a través de la atmósfera superior del satélite y luego se vuelve al espacio. Nadie hace nada parecido cuando se pone a conducir en serio, porque ¿qué es lo que hay en los satélites de este sistema digno de visitarse? Pero la cuestión es que no te aprueban el examen si no sabes hacerlas.

El problema fue que Torklemiggen creyó que ya sabía cómo hacerlas mejor que yo. Le quité los controles para enseñarle, y se puso hecho un basilisco. «¡En mi cuarta estrella interior hago mejores curvas que tú!», gruñó su cabeza izquierda, mientras que la derecha me miraba como una serpiente de cascabel dispuesta a atacar. Realmente perverso. Cuando por fin le dejé tomar los controles, comenzó a realizar curvas en uno de los miniagujeros negros. Es la contravención más grave que pueda existir. «Deja de hacer eso ahora mismo - le ordené -. Está prohibido acercarse a menos de cien mil millas de esas cosas. ¿Cómo has aprobado el examen escrito si no sabes eso?»

«¡No excedas tu condición, mamífero!», me espetó, y volvió a lanzarse en picado hacia el agujero negro. Sus manos anteriores estaban posadas sobre los controles de propulsión, mientras que sus manos posteriores se extendían para acariciar los botones del nuevo equipo. Durante todo el rato, la cabeza de la izquierda no cesó de reír y jadear, como si fuera un loco salido de una película de terror.

«Si no obedeces las instrucciones - le advertí -, no te aprobaré para que vueles en solitario.» Eso lo puso en su lugar. Por lo menos se calmó. Pero se pasó engurruñado el resto de la clase. Como no me gustaba la forma en que se estaba comportando, le quité los controles para el aterrizaje. Simplemente por curiosidad intenté ver qué eran los nuevos botones. «¡Mamífero retardado! - chilló su cabeza izquierda, mientras la de la derecha se volvía prácticamente rosa pálido de terror -. ¿Quieres destruir el planeta?»

Para entonces, ya me habían entrado ciertas sospechas, de modo que le pregunté sin más rodeos: «¿Qué es esto, una especie de arma?»

Se quedó sin palabras. Sus dos cabezas se pusieron a cuchichear durante un minuto y luego me contestó, muy tieso y formal: «¿Me hablas de armas cuando vosotros, mamíferos, tenéis en órbita esos agujeros negros? ¿Habéis considerado el potencial que encierran como armamento? ¿Podéis imaginaros lo que uno de esos agujeros haría si fuese dirigido hacia un planeta?» Hizo una pausa, y luego dijo algo que me dio que pensar: «¿Por qué crees que los míos quieren traer la cultura a este sistema? Sólo para demostrar la utilidad de estos objetos.»

A partir de ese momento no nos dijimos gran cosa, pero yo no podía dejar de pensar.

Después del trabajo, cuando Tonda y yo estábamos en el parque, dándole de comer a los cangrejos voladores y escuchando el canto de los árboles, se lo comenté. Se quedó callada durante un momento. Luego me miró y dijo seriamente: «Jim Paul, es muy feo decir lo que voy a decirte de cualquier persona o ser, pero suena como si Torklemiggen tuviera intención de conquistar este sistema.»

«Pero, ¿quién querría hacer algo así?», le pregunté.

Tonda se encogió de hombros. «Sólo era una idea», se disculpó. El resto del día no hicimos otra cosa que pensar en aquello, a pesar de lo ocupados que estuvimos procurando sacar las pruebas genéticas y todo eso... pero ya te lo contaré más adelante.

Un abrazo,

JIM PAUL

05 01 2214 2200 hug

Querida mamá:

Fíjate bien en la fecha, 5 de enero, porque tendrás que recordarla durante mucho tiempo. Esta noche, grandes noticias de CAS 43-G... Pero antes, como dicen en el tubo, dedicaremos nuestra atención a otros temas.

Déjame que te cuente lo de ese pájaro llamado Torklemiggen. Esta mañana voló en solitario. Yo asistí en calidad de piloto de comprobación desde una nave de la escuela, y volé en órbitas concordantes a las de él, mientras realizaba todo el examen desde su propio yate. Debo admitir que era casi tan bueno como él mismo creía. Entraba y salía de la hipermarcha sin que se pudiera detectar ninguna sobrecarga de potencia. Lanzó su nave en un tirabuzón y apagó todos los motores; de repente, la nave comenzó a girar, a dar tumbos, a precipitarse; salió de esa situación dibujando una órbita limpia, utilizando solamente los propulsores laterales. Hizo órbitas de aparcamiento, y pasó por toda la serie de pruebas sin ningún error. Seguía enfadado con él, pero no cabía ninguna duda de que había demostrado poseer todas las habilidades necesarias para obtener el permiso. Lo llamé por la frecuencia privada TBS y le dije: «Has aprobado, Torklemiggen. ¿Quieres un informe por escrito cuando aterricemos, o prefieres que te solicite el permiso ahora mismo?»

«¡En este mismo instante, mamífero!», me gritó, y luego añadió algo en su propia lengua que no pude entender, como es lógico. Nadie más logró oírlo, porque los circuitos de comunicación entre naves no tienen un alcance demasiado extenso. Supongo que jamás lo sabré, pero la verdad, mamá, no me sonó amistoso. De todos modos, había pasado.

Le ordené que anulara sus controles y acto seguido pasé las notas de su examen a la computadora maestra de 43-G. Al cabo de dos segundos, comenzó a chillar por el TBS: «¡Vil mamífero! ¿Qué has hecho? Mi luz verde se ha apagado, los controles no responden. ¿Se trata de alguna asquerosa treta de animal de sangre caliente?»

Sabía muy bien cómo exasperarle. «Tranquilízate, Torklemiggen - le dije con tono de pocos amigos, porque ya empezaba a herir mis sentimientos -. La computadora está corrigiendo tu estado. Han eliminado tu permiso temporal para el vuelo en solitario, así podrán levantar el campo supresor de forma permanente. En cuanto vuelva a encenderse la luz, estarás plenamente autorizado y podrás volar por el sistema sin supervisión alguna.»

«Ah», gruñó, y por un momento oí el cuchicheo de sus dos cabezas. Entonces... mamá, iba a decirte que se echó a reír estentóreamente por el TBS. Pero fue algo más que una risa. Era nefasta, dejaba entrever como un placer maligno. «Mamífero retardado y depravado - me gritó -, mi luz está encendida. ¡Toda Casiopea es mía!»

Estaba enfadadísimo con él. Es lógico esperarse un comentario así de un impulsivo adolescente de dieciséis años que acaba de obtener su primer permiso. Pero no de un alienígena de dieciocho mil años, que ha volado por toda la Galaxia. Me pareció una locura. Y me llenó de preocupación. No sabía muy bien cómo tomármelo. «Torklemiggen, no hagas ninguna tontería», le advertí por el TBS.

«¿Tonterías? - me gritó -. Yo no hago tonterías, mamífero. ¡Observa lo poco tonto que soy!» Acto seguido, se lanzó en picado hacia el hiperespacio... sin dejar rastro. Ni una señal. Hice todo lo que pude para seguirlo, seis alfas de profundidad y más. Por un momento creí que llegaríamos a Fomalhaut y todo. Pero siguió en ese rumbo sólo durante un minuto. En medio de uno de los cinturones de asteroides, lo abandonó, y cuando salí de los alfas para subir, vi su estilizado yate verde lanzándose en picado contra un trozo de roca del tamaño de un edificio de oficinas.

Cuando había vuelto de su viaje, noté que una de las cosas nuevas que tenía el yate era un círculo de husillos de color rubí alrededor del morro de la nave. Comenzaron a brillar cada vez más. En un instante, emitieron una docena de haces luminosos color rubí que se dirigieron hacia el asteroide. Se produjo un enorme destello brillante y el asteroide desapareció.

Naturalmente, aquello me preocupó mucho. Le grité como un loco por el TBS: «¡Torklemiggen, te vas a meter en un gran lío! Ignoro cómo hacen las cosas en Fomalhaut, pero por aquí, lo que acabas de hacer es motivo suficiente para que te suspendan el permiso. ¡Por no mencionar que podrían hacerte pagar por el asteroide!»

«¿Pagar? - chilló - ¡No seré yo quien pague, portador de vida funcionalmente inepto, seréis tú y los tuyos! Y pagaréis de un modo espantoso, ¡porque ahora los agujeros negros son nuestros!» Y volvió a salir al hiperespacio, y, una vez más, lo único que pude hacer fue seguirlo.

Como es obvio, en el hiperespacio no tiene sentido efectuar ningún tipo de transmisión. Tuve que esperar hasta que estuvimos arriba, fuera de las alfas para contestarle, y para entonces, no me importa decírtelo, yo estaba irritadísimo. Jamás habría logrado encontrarlo visualmente, si no fuera porque el radar-glifo lo captó cuando se disponía a apuntar hacia uno de los agujeros negros. ¡El muy bruto! «Escucha, Torklemiggen, - le dije, procurando mantener un tono firme y calmado -, te daré un consejo. Vuelve a la base. Aterriza tu nave. Dile a la policía que te dejaste llevar por la alegría de haber pasado el examen. Posiblemente no sean muy estrictos contigo. De lo contrario, te advierto que te estás buscando una suspensión de treinta días, y podrían demandarte por daños y prejuicios los de la empresa de asteroides.» Se volvió a oír el chiflido de su nefasta risa. Y agregué: «¡Y ya te lo dije, no te acerques a los agujeros negros!». Pero Volvió a reír y dijo: «Eres menos que un esmigstro vosotros, los mamíferos, seréis unos animalitos de compañía muy divertidos ahora que poseemos estos agujeros como armamento... ¡Para mí será un placer adiestrarte!» Creo que hablaba más consigo mismo que conmigo. «¡En primer lugar, reduciremos este planeta! y cuando el campo supresor haya desaparecido, nuestras fuerzas vendrán y prepararán los agujeros negros. Luego, lanzaremos uno sobre cada planeta deshabitado hasta que hayamos destruído vuestro poder militar. Y entonces...»

No acabó la frase, sino que lanzó sus risitas cacareantes y nefastas.

Me sentía incómodo. Aquello comenzaba a parecer como que Torklemiggen se proponía algo más que unas jugarretas y diabluras bulliciosas. Se acercaba al agujero negro al tiempo que canturreaba en su propio idioma, pero, de vez en cuando, en el nuestro: «¡Hermoso navío de asalto, cuánta destrucción sembrarás! ¡Precioso agujerito negro, qué catastrófico serás! Si serán idiotas estos mamíferos, que creen que pueden prohibirme que me acerque a ti...»

En ese momento, como suele decirse, se me encendió la bombilla. «Torklemiggen - le grité -, te equivocas, ¡la prohibición de acercamos a los agujeros negros no es una mera ordenanza de tráfico! ¡Es algo mucho más serio!»

Demasiado tarde. No logré terminar porque ya había entrado en el límite Roche.

Al parecer, en Fomalhaut no tienen agujeros negros. Si se lo hubiera pensado dos veces, se habría dado cuenta de lo que ocurriría... Claro que si los fomalhautianos se pensaran las cosas dos veces, entonces no serían fomalhautianos.

Es muy desagradable contarte lo que ocurrió luego. Fue algo muy fuerte. Las fuerzas gravitatorias atraparon su nave y la estiraron.

A través del TBS me llegó un aullido asombrado, como de felino. Su transmisor falló. La nave se partió en pedazos en el límite del Schwarzschild y los trozos se convirtieron en plasma. Se produjo un veloz resplandor enceguecedor debido a la energía de caída en el agujero negro, y eso fue todo lo que Torklemiggen diría, o haría por el resto de su vida.

Salí de allí todo lo rápido que pude. No es que me diera demasiada pena. Hacia el final, por cómo hablaba, me dio la impresión de que se le habían ocurrido unas ideas bastante peligrosas.

Cuando aterricé, en el campo se ponía el sol, y la gente estaba señalando y mirando hacia el sitio en el cielo en donde Torklemiggen se había estrellado contra el agujero negro. Era todo nubes de plasma de color púrpura y naranja. ¡Había logrado una puesta de sol realmente hermosa, y al menos debo reconocerle eso! Aunque no tuve demasiado tiempo para admirarla, porque Tonda me estaba esperando, y sólo disponíamos de unos minutos para presentarnos ante el Director de Censos Suplente, de la división de Reclasificación, antes de que cerraran la oficina.

Pero lo logramos.

Bueno, te dije que tenía grandes noticias, ¿no? Así es, porque ahora, tu adorado hijo es... tu seguro servidor,

JAMES PAUL AGUILAR-MADIGAN,

¡El recién casado!

FIN

LAZARUS II -- Miriam Allen de Ford

LAZARUS II

Miriam Allen de Ford

--

Hacía esfuerzos para respirar. Podía sentir los latidos de su corazón, de modo que aún estaba vivo.

Se debe producir una distorsión del tiempo en un momento así. Quizá había pasado tan sólo un segundo desde que el huevo de cianuro fuera arrojado en el balde de ácido sulfúrico que estaba debajo de la silla de metal pintada de verde. Parecía que hacía una eternidad que estaba luchando para recuperar el aliento.

Súbitamente se preguntó si Jennie había luchado de esa manera mientras él la estrangulaba. Por primera vez sintió una puntada de remordimiento.

Luego, como una puerta que se cierra, el final. Nada.

En algún lugar, una mujer gritaba al mundo el acontecimiento.

No Jennie: él la había estrangulado. Su madre.

El final de Edwin R. Mahotney, asesino. Sin importancia para nadie, excepto para sí mismo. Y para su madre. Y en alguna oportunidad para una muchacha llamada Jennie.

Estaban preparados, los tres eminentes cirujanos y las enfermeras asistentes. En la jerarquía científica y política tenían un rango suficientemente alto como para haber resuelto infinidad de casos de rutina. Unos pocos —los guardianes entre ellos— que conocían la información habían jurado silencio. Era Top Secret no sólo para los periódicos y los habitantes de América sino para todo el mundo. Y así quedaría en caso de fracasar. Y en caso de tener éxito, sería un libre ofrecimiento de América, la expiación por sus pecados históricos.

Tan pronto como se eliminaron las emanaciones de la cámara de gas, el cadáver se trasladó rápidamente a una habitación próxima transformada en una sala de operaciones. Fue colocado en un pulmotor, se abrió el corazón y se estableció la estimulación eléctrica, se eliminó la sangre envenenada y se infiltró sangre hiperoxigenada. Se inyectaron dosis masivas de azul de metileno, hasta que lágrimas azules rodaron por las mejillas muertas y la orina azul manchó la mesa. Trabajaban aprisa, contra el tiempo, deteniéndose sólo para enjugarse el sudor del rostro con toallas esterilizadas.

Bajo la atenazante preocupación por el trabajo, un pensamiento semiconsciente se abrió paso. "Pobre diablo", pensó el jefe, "no nos agradecerá si tenemos éxito" ¿Prisión perpetua? No podía ser puesto en libertad.

“Detritus humano", pensó el segundo hombre desdeñosamente. "La única contribución al bienestar del mundo que puede hacer en su vida". Pensó en los tres cosmonautas muertos en la nave fatal.

Y el tercero: "Somos Galileos, Copérnicos de una nueva dispensa. O somos los peores chapuceros de la vida".

Una mujer vieja se abrió paso en la oficina del guardián.

—He venido a enterrar a mi hijo —dijo.

—Lo siento, señora —mintió el guardián—, pero ya está enterrado.

—Tuve que conseguir el dinero —lloraba—. No pude hacérselo saber por anticipado. ¿Puedo ver su tumba?

—No están marcadas —respondió, tieso. Y nuevamente—: Lo siento.

—Mi muchacho no pudo evitarlo —sollozaba la anciana—. Esa perra no lo dejaba ir, ella lo arruinó.

—Tenemos que enterrarlos de inmediato, según la ley —dijo el guardián. Era una mentira necesaria; no tenía posibilidad de elegir, pero en sus ojos había preocupación y vergüenza. Acompañó gentilmente a la temblorosa mujer hasta la entrada de la prisión.

El corazón se estremeció, luego comenzó a latir débilmente, recuperando el ritmo. El mecanismo expandía y contraía los pulmones. Sangre nueva, rica en oxígeno, corría por arterias y venas.

Colocaron discos de metal sobre el cráneo rasurado. La aguja comenzó a escribir.

Los hombres se incorporaron, agotados. Las enfermeras los reemplazaron. Todo había sido ensayado muchas veces. El momento crucial era ahora.

El cuerpo fue llevado a una cama de hospital. Respiraba, el corazón latía, podía mover los miembros.

El electroencefalograma dibujó una línea recta, sin ondulaciones.

—Coma —murmuró el jefe—, el final de coma —pero sacudió la cabeza.

¿Era un hombre totalmente vivo? ¿Era el mismo hombre que antes? En la cama del hospital de la prisión había sido este vegetal humano alimentado intravenosamente, bañado, cateterizado, masajeado por practicantes malhumorados, había recibido "crueles e inusuales castigos".

¿Era eso —él— una advertencia en contra de posteriores intentos, o un indicador de peligros que debían evitarse? ¿Las potencialidades de la investigación científica justificaban tal impertinencia?

No sabían. No especulaban. Esas son cuestiones para teóricos, no para científicos empiristas.

La anciana lloraba en su habitación solitaria. "¡Si mi muchacho estuviera aquí, vivo!", se lamentaba. Se estremeció de odio por la perra de Jennie que lo había llevado a la desesperación. "¡Era un muchacho tan bueno hasta que conoció a esa Jennie!", lloraba amargamente, sin importarle que hasta ella misma supiera que no era verdad.

Era otoño cuando los hombres mataron al asesino y otros hombres lo devolvieron a algo que ellos se sentían complacidos en llamar vida. Había sido invierno y ahora era primavera.

¿Él sabía? ¿Alguna sensación o pensamiento cruzaba ese cerebro anulado?

Los tres resurrectores se encontraron nuevamente. Los poderes que habían autorizado el experimento ahora exigían un informe oficial que serviría de base para acciones o inacciones futuras.

Rodeaban la cama donde yacía la criatura. Respiraba, a través del estetoscopio oían los latidos del corazón, podía volver la cabeza sobre la almohada y mover los brazos y piernas incansablemente. No había ni picos ni depresiones en el encefalograma.

Estaban solos, los cuatro: los tres cirujanos y su... ¿paciente? ¿víctima? ¿animal de laboratorio? El médico de la prisión y los residentes habían sido descartados de esta consulta privada. Los tres permanecieron en silencio durante largos minutos.

Entonces el jefe lanzó una mirada penetrante al cadáver viviente y ordenó áspera y perentoriamente:

¡Míreme!

Los ojos opacos seguían contemplando la nada con mirada vacía.

—¿Puede vernos? ¿Puede oírme? —insistía el cirujano. No había reacción. El jefe lanzó una mirada a sus dos colegas.

—Si yo estuviera solo con él —murmuró uno de ellos.

¿Eutanasia?

—Ilegal.

—No más ilegal que lo que hemos hecho. Hemos negado la ley que establece pena de muerte para el asesinato. Él estaba condenado a morir. Si deshacemos lo que hemos hecho, simplemente estaremos ejecutando la sentencia.

Se miraron los unos a los otros como conspiradores.

—El juramento hipocrático —musitó el tercer hombre. Los otros lo ignoraron.

—El experimento ha fracasado —dijo el jefe—. Cuando un experimento fracasa, hacemos borrón y cuenta nueva.

¿Quizás otro sujeto? —aventuró uno de sus colegas.

¿Intentarían hacer eso por un buen ser humano? —gritó el jefe apasionadamente.

El tercer hombre asintió.

Como siguiendo una orden silenciosa uno de ellos se acercó a la ventana y miró la lluvia que golpeaba el patio de la prisión. El otro se ubicó juntó a la puerta cerrada. Cerró los ojos.

Silenciosamente, el rostro atento, como un médico compasivo dando fin al dolor, el jefe sacó de su maleta una jeringa hipodérmica, la sumergió en agua hirviendo, rompió una ampolla y lleno el émbolo.

A medida que la aguja penetraba inexorablemente, la cosa que estaba en la cama era galvanizada. Los ojos resplandecieron, la cabeza dio un brinco.

—Ya morí una vez —la voz intolerable graznó con terror—. ¡Déjenme vivir!

Entonces la dosis letal llegó al corazón. Se desplomó.

El hombre que estaba junto a la puerta hizo arcadas. El de la ventana se aferró al contrapecho para mantenerse en pie.

El jefe, gris-blancuzco, colocó la jeringa nuevamente en su maleta.

—Voy a fijar una fecha para nuestro primer encuentro para hacer el informe oficial —dijo a través de dientes apretados—. Notifiquen al guardia. Estábamos todos presentes cuando este hombre pasó imperceptiblemente del coma a la muerte.

FIN

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