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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 5 de marzo de 2013

Isaac Asimov Civilizaciones Extraterrestres





ISAAC ASIMOV
CIVILIZACIONES
EXTRATERRESTRES



1 – LA TIERRA.
La incógnita es ésta: ¿estamos solos?
¿Son los seres humanos los únicos con ojos que exploran las profundidades del Universo?
¿Los únicos constructores de dispositivos que amplían los sentidos naturales? ¿Los únicos dotados de
mentes que se esfuerzan por comprender e interpretar lo que se ve y se intuye?
La respuesta quizá podría ser: ¡no estamos solos! Hay otras clases de seres que buscan y se
hacen preguntas, y quizá lo hagan de manera más eficaz que nosotros.
Muchos astrónomos creen que esto es así, y yo también lo creo.
No sabemos dónde se encuentran esas mentes, pero están en alguna parte. No sabemos qué
hacen, pero hacen mucho. No sabemos cómo son, pero son inteligentes.
¿Nos encontrarán, si están en alguna parte, allá...? ¿Acaso nos han encontrado ya?
Si no lo han hecho todavía, ¿podemos encontrarlos? Mejor aún: ¿Debemos encontrarlos? ¿No
es esto peligroso?
Estas preguntas son las que deberemos hacernos cuando hayamos convenido en que no
estamos solos, y los astrónomos ya se las están haciendo.
Todo el asunto concerniente a la búsqueda de inteligencia extraterrestre se ha vuelto ahora tan
común que, de hecho, se ha abreviado para evitar tropiezos al referirse a él. Los astrónomos se refieren
a ese asunto como SETI, palabra formada con las iniciales de la frase inglesa «the search for
extraterrestrial intelligence» (la búsqueda de inteligencia extraterrestre).
La primera discusión científica de SETI, que ofreció cierta esperanza de llevar a cabo
venturosamente esa búsqueda, se efectuó hace apenas unos años, en 1959. Así pues, es natural suponer
que es reciente el asunto de la inteligencia, aparte de la nuestra propia. Parecería ser un fenómeno
completamente del siglo xx, que surge a causa del adelanto de la astronomía en las décadas recientes.
Parecería también ser producto de los cohetes modernos y de los vuelos tripulados en el espacio
exterior.
Tal vez el lector crea que, antes de las últimas décadas, los seres humanos daban por sentado
que estábamos solos, y que el nuevo concepto de inteligencia en otras partes llega como una gran
sorpresa y obliga a la gente a Someterse, quiera o no, a la revolución interna de una nueva idea.
¡Nada podría estar más alejado de la verdad!
Durante casi todo el transcurso de la historia, la mayoría de la gente ha dado por sentado que
no estamos solos. La existencia de otras inteligencias ha sido aceptada como lo más natural.
Esas creencias no han surgido a causa de los adelantos de la ciencia. Todo lo contrario. Lo que
la ciencia ha hecho es retirar los apoyos de antiguas suposiciones casuales, acerca de la existencia de
inteligencia en otras partes. La ciencia ha creado, en torno nuestro, un nuevo concepto del mundo en el
cual, según las viejas normas, la humanidad es única.
Comencemos con la premisa de la soledad, antes de poder llegar a un nuevo punto de vista
respecto a una diferente clase de inteligencia en otros lugares.
Espíritus
Para retrotraernos al comienzo, tendremos que reconocer que la frase inteligencia
extraterrestre es de por sí rebuscada. Se refiere, después de todo, a inteligencia que se encuentra en
mundos distintos de la Tierra, y para que tenga algún significado, debe haber cierto reconocimiento de
que existen otros mundos.
Sin embargo, durante casi toda la historia, para la mayoría de los seres humanos no hubo otros
mundos aparte de la Tierra. La Tierra era el mundo, el hogar de los seres vivientes. Para los antiguos
observadores, el firmamento era exactamente lo que parecía ser: un dosel que cubría el mundo, azul de
día y punteado por el fulgor redondo del Sol; negro de noche y tachonado por la brillantez de las
estrellas.
En esas condiciones, la frase inteligencia extraterrestre no tiene ningún significado. Así pues,
hablemos mejor de inteligencia no humana.
Tan pronto como lo hagamos, podremos ver que los seres humanos de la era anterior a la de la
ciencia suponían que la humanidad no estaba sola; que el mundo único que creían que llenaba el
Universo contenía una gran variedad de inteligencias no humanas. No sólo era la inteligencia humana
una entre muchas, sino, muy probablemente, la más débil y la menos adelantada.
Después de todo, para la mente precientífica, los sucesos del mundo parecían caprichosos y
premeditados. Nada se sujetaba a la «ley» natural e inexorable, porque la ley no se reconocía como
parte del Universo. Si algo ocurría fortuitamente, no era porque no se conociese lo bastante para
predecirlo, sino porque todas las partes del Universo se conducían por su propia voluntad y hacían las
cosas por un motivo no comprendido y hasta, tal vez, por una razón inexplicable.
El libre albedrío se asocia, inevitablemente, con la inteligencia. Para hacer algo por voluntad
propia es necesario comprender la existencia de alternativas y escoger entre ellas, y tal cosa resulta
atributo exclusivo de la inteligencia. Por tanto, parecía sensato considerar a la inteligencia como
aspecto universal de la naturaleza.
Para los antiguos griegos (cuyos mitos conocemos mejor), todo aspecto de la naturaleza tenía
sus propios espíritus. Toda montaña, toda roca, todo arroyo, toda laguna, todo árbol tenía su ninfa,
señalada no sólo por su inteligencia, sino por una forma más o menos humana.
El océano tenía su deidad, lo mismo que el cielo y el averno; a esas deidades se les asignaban
atributos humanos, como la procreación y el sueño, así como diversos niveles de abstracción, como el
arte, la belleza y la casualidad.
Con el transcurso del tiempo, los pensadores griegos se volvieron lo suficientemente sutiles
para considerar a esos espíritus y deidades como símbolos, y para tratar de retirarlos de las
asociaciones humanas.
De esa manera, para comenzar, se creyó que Zeus y los dioses que lo acompañaban vivían en
el Monte Olimpo, en el norte de Grecia, pero posteriormente se les trasladó a un vago «Cielo» en el
firmamento (1). El mismo desplazamiento ocurrió en el caso del Dios de los israelitas, quien originalmente
vivió en el Monte Sinaí o en el Arca de la Alianza, pero que con el tiempo fue trasladado al
Cielo.
De igual manera, el mundo de los espíritus de los muertos se creyó, al principio, que
compartía el mundo de los vivos. Así, en la Odisea, Ulises visita el Hades en algún lugar muy vago del
apartado Occidente, y es en alguna parte de ese Occidente donde también pudieron existir los Campos
Elíseos, el Paraíso griego. Los espíritus de los muertos fueron transferidos, con el tiempo, a un
Infierno semimístico y subterráneo.
Con todo, ese proceso de abstracción sutil es un fenómeno meramente intelectual, que tiene
por objeto librar al pensador de opiniones molestas y nada sagaces. Rara vez afectaba esa abstracción
a la gente ordinaria.
Así, cualquiera que haya sido el concepto que un filósofo griego tuviese de la causa de la
lluvia, el labriego común y sin educación posiblemente haya interpretado ese fenómeno (lo mismo que
Aristófanes en una de sus comedias) como «los orines de Zeus a través de un cedazo».
En los Estados Unidos de hoy, la meteorología es un estudio complejo, y los cambios en el
estado del tiempo se consideran como fenómenos naturales, regidos por leyes tan complejas que hasta
ahora, para desgracia nuestra, no hemos podido comprender totalmente, por lo que podemos predecir
esos cambios sólo con relativa certeza. Empero, para muchos norteamericanos, una sequía, por
ejemplo, es la voluntad de Dios, y acuden a las iglesias a orar por la lluvia, bajo la impresión de que
los planes que Dios ha hecho son tan triviales y tan poco importantes que, si se le pide que los cambie,
lo hará.
Estamos acostumbrados a pensar que todos los dioses y demonios de la mitología son
«sobrenaturales», pero no es ése realmente un empleo justo de la palabra. Cualquier cultura, en su
etapa constructora de mitos, no ha llegado aún al concepto de la ley natural, en el sentido moderno,
por lo que nada es verdaderamente sobrenatural. Los dioses y los demonios son simplemente
sobrehumanos. Pueden hacer cosas que los seres humanos no pueden realizar.
Fue la ciencia moderna la que introdujo el concepto de las leyes naturales, las cuales no
pueden ser violadas en ninguna circunstancia; las leyes de la conservación, de la termodinámica, las de
1 Tenemos aquí un ejemplo de otro "mundo", pero nunca visible y de ninguna manera sentido en la forma
ordinaria.
Maxwell, la teoría cuántica, la de la relatividad, el principio de indeterminación, las relaciones
causales...
Ser sobrehumano es perfectamente permisible, pues esos casos son comunes. El caballo es
sobrehumano en su velocidad; el elefante, en su fuerza; la tortuga, en su longevidad; el camello, en su
resistencia; el delfín, en su natación. Es hasta concebible que algún ente no humano tenga inteligencia
sobrehumana.
Sin embargo, apartarse de las leyes de la naturaleza, ser «sobrenatural», no es admisible en el
Universo tal como lo interpreta la ciencia, o sea en el «Universo Científico», que es el único del cual
se ocupa este libro.
Podría argüirse fácilmente que los seres humanos no tienen derecho a decir que esto o aquello
«no es permisible»; que algo a lo que se llama sobrenatural recibe ese nombre por definición
arbitraría, basada en conocimientos finitos e incompletos. Todo hombre de ciencia debe reconocer que
no conocemos todas las leyes de la naturaleza que puedan existir, y que no comprendemos
perfectamente bien las consecuencias y limitaciones de las leyes de la naturaleza que creemos que
existen. Más allá de lo poco que sabemos, puede haber mucho que parezca «sobrenatural» a nuestro
minúsculo entendimiento, pero que, no obstante, existe.
De acuerdo. Pero consideremos lo siguiente:
Cuando partimos de la ignorancia, no podemos llegar a ninguna conclusión. Cuando decimos:
«cualquier cosa puede ocurrir, y cualquier cosa puede ser, porque sabemos tan poco que no tenemos
derecho a decir "esto es así", o "esto no es así"», entonces todo razonamiento se detiene ahí. Nada
podemos eliminar; nada podemos afirmar. Todo lo que nos es posible hacer es juntar palabras y
pensamientos, sobre la base de la intuición, o la fe, o la revelación, pero desgraciadamente no hay dos
personas que parezcan compartir la misma intuición, o la misma fe, o la misma revelación.
Lo que debemos hacer es fijar reglas y límites, por arbitrarios que parezcan.
Entonces descubrimos lo que podemos decir, dentro de esas reglas y esos límites.
El punto de vista científico sobre el Universo es tal, que admite únicamente aquellos
fenómenos que, en una forma u otra, pueden ser observados de un modo accesible a todos, y que
admite aquellas generalizaciones (a las que llamamos leyes de la naturaleza) que pueden ser deducidas
de dichas observaciones.
Por tanto, hay exactamente cuatro campos de fuerza que controlan todas las acciones
recíprocas de las partículas subatómicas, y de esa manera, a la larga, todos los fenómenos. Esos
campos de fuerza son, en el orden de su descubrimiento, el gravitacional, el electromagnético, el de
acciones recíprocas nucleares fuertes y el de acciones recíprocas nucleares débiles. Ningún fenómeno
que se haya observado, puede dejar de ser explicado por una u otra de esas fuerzas. Hasta ahora,
ningún fenómeno es tan sorprendente que los científicos tengan que concluir que debe existir alguna
quinta fuerza, distinta de las cuatro que he mencionado.
Es perfectamente posible decir que existe una quinta clase de acción recíproca, pero que no
puede ser observado; o una sexta clase, o cualquier variedad de clases. Si no puede ser observada, si
no puede hacerse evidente en ninguna forma, nada se gana hablando de ella; excepto, tal vez, para el
entretenimiento de inventar una fantasía (2).
También es perfectamente posible decir que hay una quinta acción recíproca (o una sexta, o
cualquier otra), que puede sin duda ser observada, pero sólo por ciertas personas y en determinadas
condiciones imprevisibles.
Podría ser concebible tal cosa, pero no cae en el campo de la ciencia, pues en esas
condiciones, cualquier cosa podría decirse. Puedo decir que las Montañas Rocosas están hechas de
esmeraldas que tienen la propiedad de parecer piedras ordinarias a todo el mundo, menos a mí. Es
imposible refutar tal afirmación; pero ¿qué valor tiene la misma? (Lejos de tener algún valor,
declaraciones como éstas irritan tanto a la gente que cualquiera que insista en hacerlas se expone a ser
tildado de demente.)
La ciencia se ocupa únicamente de fenómenos que pueden ser reproducidos de observaciones
2 No deseo denigrar el valor de inventar fantasías. Es un arte noble, que demanda gran pericia. Lo sé muy bien.
Durante años enteros me he ganado la vida en ello. Sin embargo, una cosa es inventar una fantasía divertida, y
otra muy distinta confundirla con la realidad.
que, en ciertas condiciones fijas, puede hacer cualquier persona de inteligencia normal; de
observaciones respecto a las cuales pueden estar de acuerdo hombres razonables (3).
De hecho podrá argüirse muy bien que la ciencia es el único campo de acción del intelecto
humano en el cual los hombres razonables suelen estar de acuerdo, también cambian a veces de
parecer cuando se obtienen nuevas pruebas. En política, en arte, en literatura, en música, en filosofía,
en religión, en economía, en historia (puede prolongarse esta lista tanto como se quiera), hombres que
por otros conceptos son razonables, suelen no sólo estar en desacuerdo, sino que invariablemente lo
están, a veces, con el más encendido apasionamiento; y nunca cambian de parecer.
Naturalmente, el punto de vista científico acerca del mundo no ha sido transmitido intacto
desde tiempo inmemorial. Fue descubierto y ampliado poco a poco. Ahora no está completo, y tal vez
nunca lo esté. Al principio, las nuevas sutilezas, modificaciones y adiciones quizá parezcan fantasías
(la teoría cuántica y la de la relatividad indudablemente lo parecieron), pero hay formas bien
conocidas de poner a prueba tales cosas con todo cuidado, y si las teorías pasan la prueba, son
aceptadas. El método de la prueba no es siempre sencillo ni fácil, y mientras se lleva a cabo pueden
surgir disputas (4), por lo que la comprobación llega a demostrarse innecesariamente.
Con todo, la aceptación vendrá a la postre, pues el pensamiento científico se corrige a sí
mismo mientras exista una razonable libertad de investigación y publicación. (Por supuesto, es difícil
estar seguro de tener libertad absoluta, si se carece de fondos infinitos y de espacio infinito.)
Con lo anterior, justifico que este libro se ocupe de lo sobrenormal cuando sea necesario, pero
nunca de lo sobrenatural. En la discusión sobre la inteligencia humana, de la que nos ocuparemos en
este libro, no consideramos ni a ángeles ni a demonios, ni a Dios ni al Diablo, ni a nada que no sea
accesible por medio de la observación, el experimento y la razón.
Animales
En nuestra búsqueda de inteligencia no humana en la Tierra, después de eliminar todas las
cosas maravillosas que la imaginación humana ha construido de la nada, debemos encontrar lo que
podamos en las cosas deslustradas que sea posible palpar y observar.
De los objetos naturales de la Tierra, en nuestra búsqueda de inteligencia, podemos eliminar a
los inanimados, o no vivientes.
Esto dista mucho de ser una decisión indiscutible, pues no es imposible pensar que la
conciencia y la inteligencia sean inherentes a toda la materia, y que hasta los átomos individuales
tengan cierta microcantidad de ambas cosas.
Quizá sea así, pero en atención a que semejante conciencia o inteligencia no puede ser medida
en ninguna forma (al menos hasta ahora, y no nos queda otro remedio que decir «hasta ahora»), ni tan
siquiera observada, queda fuera del Universo que he propuesto como campo de estudio y la podemos
eliminar.
Además, si buscamos inteligencia no humana, puede darse por sentado que indagamos una
que, al mismo tiempo que se encuentra en algo distinto del ser humano, sea, no obstante, más o menos
comparable en calidad a la inteligencia de los seres humanos. Eso significa que debe ser una inteligencia
que podamos reconocer claramente como tal, pues la que pueda haber en una piedra no es de la
clase que podamos reconocer.
¿Pero es que todas las clases de inteligencia deben ser las mismas, o semejantes, o
reconocibles? ¿No podría ser un peñasco tan inteligente como lo somos nosotros, o aún más, pero en
una forma completamente irreconocible?
Si esto es así, nada hay que nos impida decir que todo objeto en el Universo es tan inteligente
como un ser humano, o más, pero que, en el caso de cada uno de esos objetos, la índole de su
inteligencia es tan diferente de la nuestra que resulta irreconocible para nosotros.
Si podemos sostener tal cosa, todos los argumentos terminan ahí mismo y no hay lugar para
3 No me molestaré en definir lo que es un "hombre razonable". Sospecho que una suposición favorable que
podemos hacer, es que cualquiera que se moleste en leer este libro es un hombre razonable.
4 Tales disputas suelen ser a veces muy enconadas y causantes de polémicas, pues los científicos son humanos y
cualquiera de ellos puede ser, a veces, mezquino, ruin, vengativo o, sencillamente, estúpido.
más investigaciones. Debemos establecer límites para poder continuar. Al buscar inteligencia no
humana podemos limitarnos razonablemente a la que podamos reconocer como tal (aunque sea sólo
vagamente), por medio de observaciones reproducibles y empleando como norma nuestra propia
inteligencia.
Es posible que esa inteligencia sea tan diferente de la nuestra, que no la reconozcamos
inmediatamente, pero que sea posible llegar a reconocerla por grados. Sin embargo, en todos los años
de relación humana con objetos inanimados, no ha habido verdadera razón para suponer que
cualquiera de ellos haya mostrado ningún signo de inteligencia, por pequeño que sea (5), motivo por el
cual es muy razonable eliminarlos.
Si pasamos a los objetos animados, podríamos plantear el asunto de cómo distinguir entre
objetos inanimados y animados. La distinción es más difícil de lo que podríamos creer, pero parece
fuera de lugar. Los objetos que ofrecen la más ligera posibilidad de confusión respecto a su
clasificación entre animados o inanimados no presentan motivos razonables para que se les atribuya
inteligencia no humana.
Y de los objetos que indiscutiblemente son animados, podemos eliminar a todo el mundo
vegetal. No hay inteligencia reconocible en la más asombrosa secoya, en la rosa de perfume más fino,
o en el más feroz atrapamoscas (6).
En cambio, tratándose de animales, el asunto cambia. Los animales se mueven, como
nosotros, y tienen necesidades reconocibles, como nosotros las tenemos. Comen, duermen, eliminan,
se reproducen, buscan la comodidad y evitan el peligro. Por este motivo, existe la tendencia a ver en
sus actos una motivación e inteligencia humana.
Así, en la imaginación humana, a las hormigas y a las abejas, que siguen una conducta
totalmente instintiva, con poca o ninguna capacidad para la variación individual o modificaciones de
conducta para hacer frente a eventualidades no buscadas, se les tiene como industriosas por su propia
voluntad.
A la culebra, que serpentea por la hierba porque ésa es la única manera en que su forma y su
estructura le permiten moverse, y que por tanto evita ser descubierta y puede atacar antes de ser vista,
se le imagina taimada e insidiosa. (Esa caracterización la sostiene la autoridad de la Biblia; véase
Génesis 3:1.)
De manera semejante, al asno se le cree estúpido, al león y al águila, orgullosos y
majestuosos; al pavo real, vanidoso; a la zorra, astuta, y así sucesivamente.
Es casi inevitable que la muy extendida atribución de motivos humanos a la conducta de los
animales nos lleve a dar por sentado, de poder establecer comunicación con ciertos animales, que
tienen inteligencia humana.
Esto no quiere decir que ciertos seres humanos, si se les presionara, reconocerían que creen tal
cosa. Sin embargo, podemos ver las películas de Disney, en las que figuran animales con inteligencia
humana, y permanecer cómodamente inadvertidos de la incongruencia.
Naturalmente, esos dibujos animados son únicamente un juego divertido, y la suspensión
voluntaria de la incredulidad es característica muy conocida de los seres humanos. Además, las fábulas
de Esopo y las crónicas medievales de Reynalda la Zorra no se refieren realmente a animales
parlantes, sino que son formas de expresar algunas verdades acerca de abusos sociales, sin exponerse
al enojo de los poderosos, quienes tal vez no sean lo suficientemente inteligentes para reconocer que
se les está satirizando.
Sin embargo, la larga popularidad de esas historias de animales, a las que podemos añadir las
del «Tío Remus», de Joel Chandler Harris, y las del «Dr. Dolittle», de Hugh Lofting, demuestra cierta
tendencia del ser humano a suspender la incredulidad en ese aspecto particular, tal vez más que en
ningún otro. Sospecho que hay un sentimiento reprimido de que si los animales no son tan inteligentes
5 Hago una excepción con esos objetos inanimados, llamados computadoras, que han aparecido en el último
cuarto de siglo y que, en algunas formas, indican propiedades que fácilmente pueden ser tomadas como
inteligencia. Con todo, esos objetos son productos humanos y pueden ser considerados, con justicia, como
extensiones de la inteligencia humana y no como inteligencia no humana.
6 Se han escrito libros que describen cómo las plantas parecen entender el lenguaje humano y reaccionar ante él
con aparente inteligencia. Sin embargo, hasta donde saben los biólogos, tales opiniones carecen de todo
fundamento científico.
como nosotros, deberían serlo.
Ni siquiera podemos refugiarnos en el hecho de que las historias de animales que hablan son
esencialmente para niños. El reciente éxito de librería de Watership Down, de Richard Adams, es un
ejemplo de un libro para adultos sobre animales que hablan, que me pareció profundamente
conmovedor.
No obstante, junto a este antiguo y primordial sentimiento de parentesco con los animales
(aunque los cazamos y los esclavizamos), hay, en el pensamiento occidental por lo menos, la
conciencia de un abismo infranqueable entre los seres humanos y otros animales.
En el relato bíblico de la creación, el ser humano es creado por Dios en forma diferente de
como lo fue el resto de los animales. Al hombre se le describe como hecho a imagen de Dios, quien le
dio el dominio sobre el resto de la creación.
El significado de esta diferencia puede interpretarse de diversas maneras: que el ser humano
tiene alma y los otros animales no; que hay una chispa de divinidad e inmortalidad en los seres
humanos, no existente en otros animales; que en los seres humanos hay algo que sobrevivirá a la
muerte, en tanto que nada de eso ocurrirá en el caso de otros animales, etcétera.
Todo esto se encuentra fuera del campo de la ciencia y puede dejarse de lado. Empero, el
influjo de tales puntos de vista religiosos invita a creer que sólo los seres humanos son racionales y
que ningún otro animal lo es. Esto, por lo menos, es algo que puede ser sometido a prueba y observado
por los métodos usuales de la ciencia.
Con todo, los seres humanos no se han sentido lo suficientemente seguros de la singularidad
de su especie como para permitir que se les someta a la prueba de la investigación científica. Hay
cierto recelo acerca de la tendencia de los biólogos, con un vigoroso concepto del orden, a clasificar a
los seres vivientes en especies, géneros, órdenes, familias y demás.
Al agrupar a los animales de acuerdo con las semejanzas mayores y menores, se forma una
especie de árbol de la vida, con varias especies que ocupan diferentes vástagos de distintas ramas. Lo
que comienza como metáfora, sugiere bastante claramente la posibilidad de que el árbol crezca y las
ramas se desarrollen.
En resumen, la simple clasificación de las especies conduce, inexorablemente, a la sospecha
de que la vida evolucionó; de que, por ejemplo, especies más inteligentes se desarrollaron de otras
menos inteligentes; y de que, especialmente, los seres humanos se perfeccionan a partir de especies
primitivas que carecían de capacidades que ahora consideramos peculiarmente humanas.
En efecto, cuando Charles Darwin publicó su obra El origen de las especies, en 1859, hubo
una explosión de ira contra ese libro, a pesar de que Darwin se abstuvo cuidadosamente de referirse a
la evolución humana. (Transcurriría otra década antes de que se atreviera a publicar El origen del
hombre.)
Aún ahora, a mucha gente se le hace difícil aceptar el hecho de la evolución. Al parecer, no
encuentra ofensiva la insinuación de que hay características humanas en animales como los ratones
(¿quién puede ser más adorable que el Ratón Mickey?), pero le parece ofensivo que nosotros mismos
descendamos de antepasados subhumanos.
Primates
En la clasificación de los animales hay un orden llamado de los primates, que incluye a los
popularmente conocidos como monos y chimpancés. En su aspecto, los primates se asemejan a los
seres humanos más que a ningunos otros animales, y de ese aspecto es natural deducir que están más
estrechamente relacionados con los seres humanos que otros animales. En realidad, el hombre debe ser
incluido como primate, si ha de tener algún sentido la clasificación de los animales.
Una vez aceptada la evolución, debe llegarse a la inevitable conclusión de que los diversos
primates, con inclusión del ser humano, se han desarrollado desde algún tallo ancestral único, y que
todos son primos en diversos grados, por así decirlo.
La semejanza de otros primates a los seres humanos es, al mismo tiempo, enternecedora y
repulsiva. El sector de los monos es siempre el más concurrido en un parque zoológico, y la gente
observa fascinada a los antropoides (los que más se asemejan al ser humano).
Empero, el dramaturgo inglés William Congrave escribió en 1695: «Nunca puedo mirar
detenidamente a un mono, sin reflexiones muy mortificantes». No es difícil adivinar que esas
«reflexiones mortificantes» deben haber sido que los seres humanos podrían ser descritos como monos
grandes y algo más inteligentes.
Los que se oponen a la idea de la evolución suelen ser especialmente hostiles a los monos, al
exagerar sus características no humanas, para hacer menos aceptable cualquier concepto de parentesco
entre ellos y nosotros.
Se han buscado distinciones anatómicas, alguna pequeña estructura corpórea que pudiera
encontrarse únicamente en los seres humanos y no en otros animales, especialmente en los simios. No
se ha hallado ninguna.
De hecho, la semejanza superficial entre nosotros y otros primates, y concretamente entre
nosotros y el chimpancé y el gorila, se vuelve más profunda después de un detenido examen. No hay
ninguna estructura interna en el ser humano que no exista también en el chimpancé y en el gorila.
Todas las diferencias son de grado, nunca de clase.
Pero si la anatomía no establece un abismo absoluto entre los seres humanos y los animales no
humanos más estrechamente relacionados, tal vez la conducta sí lo haga.
Por ejemplo, el chimpancé no puede hablar. Los esfuerzos por enseñar a los chimpancés
jóvenes a hablar, por pacientes, hábiles y prolongados que sean, siempre han fracasado. Sin habla, el
chimpancé sigue siendo un simple animal. (La frase en inglés dumb animal [animal mudo, o tonto] no
se refiere a la falta de inteligencia del animal, sino a que no puede hablar.)
Pero ¿podría ser que confundiéramos la comunicación con el habla?
El habla es, indudablemente, la forma más eficaz y delicada de comunicación que conocemos;
pero ¿es la única?
El habla humana depende de la facultad de controlar movimientos rápidos y delicados de la
garganta, la boca, la lengua y los labios, y todo ello parece estar bajo el control de una parte del cerebro
llamada circunvolución de Broca, por el cirujano francés Pierre Paul Broca (1824-1880). Si a la
circunvolución de Broca la daña un tumor o un golpe, el ser humano padece afasia y no puede ni
hablar ni comprender el habla. Sin embargo, un ser humano, en esas condiciones, conserva su
inteligencia y puede hacerse entender, por ejemplo, por medio de gestos o señas.
La sección del cerebro del chimpancé equivalente a la circunvolución de Broca, no es lo suficientemente
grande o compleja para que permita el habla, en el sentido humano. Pero ¿qué decir de los
gestos? Los chimpancés se valen de éstos para comunicarse en la selva. ¿Podría mejorar esa facultad?
En junio de 1966, Beatrice y Allen Gardner, de la Universidad de Nevada, seleccionaron a un
chimpancé hembra, de año y medio, que llamaron Washoe, y decidieron intentar enseñarle un lenguaje
de gestos para sordomudos. Los resultados fueron sorprendentes, para ellos y para el mundo entero.
Whashoe aprendió fácilmente varias docenas de signos, empleándolos correctamente para
comunicar deseos y abstracciones. Inventó modificaciones, que también utilizaba de modo correcto.
Intentó enseñar el idioma a otros chimpancés, y evidentemente le agradaba establecer comunicación.
Otros chimpancés han sido adiestrados en forma semejante. A algunos se les ha enseñado a
arreglar y rearreglar fichas imantadas en un tablero. Al hacer tal cosa, demostraron ser capaces de
tomar en cuenta la gramática, y no se les consiguió engañar cuando sus maestros crearon
deliberadamente frases sin sentido.
A gorilas jóvenes se les ha entrenado en forma parecida, y han mostrado incluso mayores
aptitudes que los chimpancés.
No se traía de reflejos condicionados. Todas las pruebas demuestran que los chimpancés y los
gorilas saben lo que están haciendo, en el mismo sentido en que los seres humanos saben lo que hacen
cuando hablan.
Por supuesto, el lenguaje de los simios es muy sencillo en comparación con el de los seres
humanos. Estos son enormemente más inteligentes que los monos, pero aquí también la diferencia es
de grados antes que de clase.
Cerebro
A cualquiera que considere la inteligencia comparativa de los animales, le será fácil ver que el
factor anatómico clave es el cerebro. Los primates tienen, en general, cerebros más grandes que la mayoría
de los no primates, y el cerebro humano es, con mucho, el más grande entre los de primates.
El cerebro de un chimpancé adulto pesa 380 gramos, y el de un gorila, 540 gramos. En
comparación, el cerebro de un hombre adulto pesa un promedio de 1.450 gramos.
Sin embargo, el cerebro humano no es el más grande que haya evolucionado. Los elefantes
más grandes tienen cerebros hasta de 6.000 gramos, y las ballenas más grandes, cerebros que llegan a
los 9.000 gramos.
Es indudable que el elefante figura entre los animales más inteligentes. En efecto, la
inteligencia de los elefantes es tan notable, que los humanos tienden a exagerarla (hay mayor
tendencia a exagerar la inteligencia del elefante que la del mono, tal vez porque el elefante es tan
diferente de nosotros en su aspecto, que representa una menor amenaza a nuestra singularidad).
No tenemos la misma oportunidad de estudiar a las ballenas que a los elefantes, pero podemos
creer, sin reparos, que las ballenas figuran también entre los animales más inteligentes.
Aunque los elefantes y las ballenas son relativamente inteligentes, es indudable que lo son
mucho, menos que los seres humanos, y tal vez menos que el chimpancé y el gorila. ¿Cómo puede tal
cosa corresponder al tamaño sobrehumano de sus respectivos cerebros?
El cerebro no es simplemente un órgano de la inteligencia; también es el medio por el cual los
aspectos físicos del cuerpo se organizan y controlan. Si el tamaño del cuerpo es grande, una buena
parte del cerebro se ocupa de lo físico y deja muy poco a lo puramente intelectual.
Así, cada medio kilo de cerebro de chimpancé se encarga de 75 kilos de cuerpo del mismo, de
suerte que la relación entre cerebro y cuerpo es de 1:150. En el gorila, la relación suele ser tan baja
como de 1:500. En el ser humano, en cambio, la relación es de alrededor de 1:50.
Compárese lo anterior con el elefante, en el que la relación entre cerebro y cuerpo es tan baja
como de 1:1.000 y con las ballenas más grandes, que es como de 1:10.000. Así pues, no es
sorprendente que haya algo especial en los seres humanos, que los elefantes y las ballenas, a pesar de
sus grandes cerebros, no pueden alcanzar.
Empero, hay organismos en los cuales la relación entre cerebro y cuerpo es en realidad más
favorable que la del ser humano. Esto es cierto en el caso de algunos de los monos más pequeños, y en
el de ciertos colibríes. En algunos monos, la relación es tan alta como de 1:75,5. Aquí, no obstante, la
masa absoluta del cerebro es demasiado pequeña como para llevar mucha carga intelectual.
El ser humano logra un promedio muy adecuado. El cerebro humano es lo suficientemente
grande para permitir una inteligencia elevada; y el cuerpo humano lo bastante pequeño para dejar un
espacio cerebral para el esfuerzo intelectual.
Pero aun en esto, el ser humano no es único.
Al considerar la inteligencia de las ballenas, tal vez no sea justo escoger los ejemplares más
grandes.
Se podría entonces tratar de medir la inteligencia de los primates considerando al más grande,
el gorila, y pasar por alto a su primo más pequeño, el ser humano.
¿Qué decir de los delfines y marsopas, que son parientes pigmeos de las ballenas gigantescas?
Algunos de esos seres no son más pesados que los humanos, y no obstante tienen un cerebro más grande
que el del hombre (con pesos hasta de 1.700 gramos) y con circunvoluciones más extensas.
Sería aventurado decir, con esa sola base, que el delfín es más inteligente que el ser humano,
dado que también existe el aspecto de la organización interna del cerebro. El cerebro del delfín quizá
esté organizado para fines predominantemente no intelectuales.
La única forma de saberlo es estudiando la conducta del delfín, pero al intentar hacerlo
tropezamos con lamentables estorbos. Los delfines parecen comunicarse por medio de sonidos
modulados, que son todavía más complicados que los del lenguaje humano, por lo que hasta ahora no
hemos podido lograr ningún adelanto en la comprensión de esos sonidos. También parecen mostrar
algunos indicios de conducta inteligente, incluso de conducta afable y comprensiva, pero, por otra
parte, el medio en que viven es tan distinto del nuestro que nos es difícil penetrar en ellos y entender
sus pensamientos y sus motivaciones.
El punto relativo al nivel exacto de la inteligencia del delfín sigue siendo discutible, al menos
hasta ahora.
Fuego
En vista de lo expuesto en las secciones anteriores de este capítulo, a la pregunta de si existe
en la Tierra la inteligencia no humana debe responderse de esta manera: Sí, existe.
Parecería que no ha sido demostrada la afirmación que hago al principio de este capítulo de
que la ciencia señala que estamos solos. Hay varios animales con inteligencia sorprendentemente
desarrollada, además de los simios, los elefantes y los delfines. Los cuervos son excepcionalmente
inteligentes si se les compara con otros pájaros, y los pulpos muestran un nivel de inteligencia que
supera en mucho al de otros invertebrados.
Con todo, sí existen diferencias absolutas; si hay abismos infranqueables. La clave se
encuentra, no tanto en la simple presencia de la inteligencia, sino en el uso que se hace de esa
inteligencia.
Se ha definido a los seres humanos como animales que fabrican herramientas.
Indudablemente, hasta los homínidos de cerebro pequeño, que fueron nuestros precursores hace un par
de millones de años, se valían ya de guijarros a los que daban forma. Esto no es sorprendente, pues el
cerebro de esos homínidos, a pesar de ser pequeño, era mejor que el de los actuales simios.
Sin embargo, otros animales, incluso algunos nada inteligentes, se valen de piedras y de
ramitas, de tal forma que pueden considerarse como equivalentes al empleo de herramientas.
Así pues, no es la fabricación de herramientas lo que, por sí misma, establece una distinción
clara entre el ser humano y otros animales inteligentes.
Pero puede haber cierta clase de herramienta que señale claramente la línea divisoria que
separa a las especies más inteligentes de las demás.
No tenemos que buscar mucho. La clave se encuentra en el control y el uso del fuego. Existen
pruebas definitivas de que el fuego se empleó en cavernas de China en las cuales habitó una de las
primeras especies de homínidos, la del Homo erectus, hace por lo menos medio millón de años. El
descubrimiento del fuego nunca se ha olvidado.
Ninguna sociedad humana que exista ahora en cualquier lugar de la Tierra ignora la manera de
encender fuego y emplearlo. Ninguna especie no humana, hasta donde sabemos, ha logrado el más
ligero adelanto hacia el empleo del fuego.
Supongamos que definimos la «inteligencia humana» de esta manera: Un nivel
suficientemente alto para permitir el perfeccionamiento de métodos para encender y emplear el fuego.
En ese caso, a la pregunta de si existe en la Tierra, entre especies no humanas, el equivalente
de la inteligencia humana, debe responderse: ¡No! El ser humano es único.
Esto podrá parecer injusto y resultado de una definición arbitraria y egoísta. Veamos si lo es,
comparando al delfín con el ser humano.
El delfín pasa su vida en el agua y el ser humano en el aire. El agua es un medio viscoso,
mucho más viscoso que el aire. Se necesita mayor esfuerzo para abrirse paso por el agua, a
determinada velocidad, que por el aire. (Cualquiera que haya tratado de correr estando parcialmente
sumergido en agua, sabe que así es.)
Para lograr rapidez en el agua, el delfín ha evolucionado en forma aerodinámica, que reduce la
resistencia del agua. En cambio, por moverse en el aire, el ser humano no necesita una forma aerodinámica;
puede tener una forma muy irregular y, no obstante, ser capaz de moverse rápidamente.
Por esa razón, el ser humano es capaz de desarrollar apéndices complicados, lo cual no puede
hacer el delfín. La aerodinámica del delfín le permite tener dos aletas achatadas y otra de cola, como
únicos apéndices para maniobrar, que le sirven sólo para propulsión y guía.
Para decirlo sucintamente, los seres humanos, por vivir en el aire, pueden desarrollar unas
manos con las cuales manipular su medio ambiente. Los delfines, por vivir en el agua, no pueden
desarrollar manos.
Por otra parte, el fuego que los primeros humanos aprendieron a manejar es radiación de calor
y luz resultante de una rápida reacción química que libera energía. Las más comunes reacciones
químicas en gran escala, que liberan energía y son útiles a este respecto, resultan de la combinación,
con el oxígeno del aire, de sustancias que contienen átomos de carbono, de hidrógeno o de ambos
(«combustible»). A este proceso se le llama combustión. El fuego no puede existir debajo del agua,
pues allí no hay oxígeno libre y es imposible la combustión. Por tanto, aunque los delfines tuviesen la
inteligencia necesaria para imaginar el fuego y resolver mentalmente los medios necesarios para
dominarlo y emplearlo, no pondrían en práctica ese conocimiento.
Vemos ahora, no obstante, que el empleo del fuego por el hombre podría considerarse sólo
como la consecuencia accidental del hecho de que el ser humano viva en el aire, lo cual, en sí mismo,
no es necesariamente una verdadera prueba de inteligencia.
Después de todo, los delfines, aunque no pueden manipular su medio ni hacer y emplear
fuego, quizá hayan desarrollado, a su propia manera, una sutil filosofía de la vida. Quizá hayan
resuelto, más útilmente que nosotros, una forma racional de vivir. Es posible que intercambien más
alegría y buena voluntad con sus sentimientos, y comprendan mejor. El que no podamos entender su
filosofía y su modo de pensar no constituye una prueba de que su inteligencia sea poca, sino que, más
bien, tal vez sea una prueba de la pequeñez de la nuestra.
¡Tal vez!
Lo cierto es que no tenemos constancia de la filosofía de la vida del delfín. Esa falta de datos
posiblemente sea culpa nuestra, pero nada hay que podamos hacer a este respecto. Sin alguna prueba,
no es posible razonar útilmente. Podemos buscar una prueba y quizá algún día la encontremos; pero,
entretanto, racionalmente no podemos atribuir al delfín inteligencia humana.
Además, aunque nuestra definición de inteligencia humana, sobre la base del fuego, sea
injusta y egoísta en una escala abstracta, resultará útil y razonable para los fines de este libro. El fuego
nos coloca en un camino que lleva a una búsqueda de inteligencia extraterrestre; sin el fuego, nunca
hubiéramos llegado a ese punto.
Así pues, las inteligencias extraterrestres que buscamos deben haber ideado el uso del fuego (o
para ser justos, su equivalente) en algún momento de su historia, o bien, como estamos a punto de
verlo, no podrían haber desarrollado los atributos que les permitieran ser descubiertos.
Civilización
En toda la historia de la vida, las especies de seres vivientes han hecho uso de la energía
química por medio de la lenta combinación de ciertas sustancias químicas con el oxígeno dentro de sus
células. Ese proceso es análogo al de la combustión, pero más lento, y controlado en forma mucho más
delicada. A veces se aprovecha la energía disponible en los cuerpos de especies más fuertes, como
cuando una rémora se adhiere a un tiburón, o como cuando un ser humano unce un buey al arado.
Las fuentes inanimadas de energía se emplean a veces cuando las especies se dejan llevar o
mover por el viento o por corrientes de agua. Sin embargo, en esos casos, la fuente inanimada de energía
debe ser aceptada en el lugar y en el momento en que se encuentre, y en la cantidad que exista en
ese instante.
En el uso del fuego por el ser humano intervino una fuente inanimada de energía portátil, que
podía ser empleada cuando se deseara. Podía ser encendida o extinguida a voluntad y usada cuando se
quisiera. Podía ser conservada en pequeñas proporciones, o alimentada hasta que fuera grande, y podía
empleársele en la cantidad deseada.
El uso del fuego permitió a los seres humanos, adaptados por la evolución al tiempo benigno,
penetrar a las zonas templadas. Les permitió sobrevivir a las noches frías y a los inviernos largos,
protegerse de las bestias depredadoras que evitan el fuego, asar carne y tostar granos, con lo que ampliaron
su régimen alimenticio y limitaron el peligro de infecciones bacterianas y parasitarias.
Los seres humanos se multiplicaron, lo que significó que contaron con más cerebros para idear
futuros adelantos. Con el fuego, la vida no fue ya tan aleatoria y se dispuso de más tiempo para que
esos cerebros se ocuparan en algo más que sus necesidades inmediatas.
En resumen, el empleo del fuego puso en movimiento una serie progresiva de adelantos
tecnológicos.
Hace unos 10.000 años, en el Medio Oriente se lograron varios progresos importantísimos.
Entre ellos figuraron el nacimiento de la agricultura, el pastoreo, las ciudades, la alfarería, la
metalurgia y la escritura. El último paso, el de la escritura, ocurrió en el Medio Oriente hace unos
5.000 años.
Este conjunto de cambios en un período de 5.000 años introdujo lo que llamamos civilización,
nombre que damos a una vida asentada, a una sociedad compleja en la cual los seres humanos se
especializan para realizar diversas tareas.
Indudablemente, otros animales pueden crear comunidades complejas, de diversos tipos de
individuos expertos en distintas misiones. Esto es más notable en insectos gregarios, como las abejas,
las hormigas y las termitas, entre las cuales los individuos están en algunos casos especializados
fisiológicamente, hasta un grado en que no pueden comer, sino que deben ser alimentados por otros.
Algunas especies de hormigas practican la agricultura y cultivan pequeños campos de hongos, en tanto
que otras pastorean ofidios; y otras, incluso, hacen la guerra y esclavizan a especies más pequeñas de
hormigas. Por supuesto, la colmena y la colonia de hormigas o de termitas tienen muchos puntos de
analogía con la ciudad humana.
De cualquier modo, las sociedades no humanas más complejas, las de los insectos, son
resultado de una conducta instintiva, cuyas normas se encuentran incorporadas a los genes y al sistema
nervioso de cada insecto, desde que nace. Tampoco ninguna sociedad no humana emplea el fuego.
Con excepciones insignificantes, las sociedades de insectos funcionan con la energía producida por el
cuerpo del insecto mismo.
Así pues, es justo considerar a las sociedades humanas como fundamentalmente diferentes de
otras sociedades, y atribuirles únicamente a ellas lo que llamamos civilización.
Un tercer grupo de cambios empezó hace unos 200 años, con el perfeccionamiento de una
máquina práctica de vapor, lo que condujo a la Revolución Industrial, que todavía prosigue. Además,
hace unos 20 años empezamos a disponer de algunas clases de energía que podían escapar al espacio
exterior en cantidades notables. Entonces, nos volvimos detectables.
En suma, no buscamos sólo vida extraterrestre. Tampoco sólo inteligencia extraterrestre.
Buscamos una civilización que disponga de suficiente energía y que sea lo bastante desarrollada para
ser detectable a través de distancias interestelares. Después de todo, si el nivel de
vida/inteligencia/civilización es tal que resulte indetectable, no vamos a ser nosotros quienes la
descubramos.
Y ahora es justo decir que en la Tierra hay ni más ni menos que una civilización de la clase
que buscamos; solamente una: la nuestra. Hasta donde sabemos, nunca ha habido ninguna otra de esta
clase en la Tierra, y hace sólo unos cuantos años que nuestra propia civilización se convirtió en la
clase a la que me refiero, es decir, en una civilización detectable.
Naturalmente, ahora que he demostrado que, en nuestro papel de creadores de civilización,
somos los únicos en la Tierra, tal soledad no es una gran tragedia, después de todo. La Tierra ya no es
el único mundo en la conciencia de los seres humanos. Sólo necesitamos buscar civilizaciones en otras
partes, en otros mundos, y entonces tal vez se descubra que no estamos solos.
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