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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 1 de septiembre de 2011

NO MIRES ATRÁS

NO MIRES ATRÁS
¡NO MIRES ATRÁS!
Fredric Brown


Y ahora, acomódate en tu sillón y ponte a gusto. Procura disfrutarlo; ésta será la última novela
que leerás en tu vida, o casi la última. En cuanto la hayas acabado puedes, si quieres,
sentarte y haraganear durante un rato, puedes buscar todas las excusas que se te ocurran
para dar vueltas por tu casa, por tu habitación, o por tu oficina, sea donde fuere que
estuvieses leyendo esto; pero, más pronto o más tarde, tendrás que levantarte de tu sillón y
salir. Y aquí es donde yo te estaré esperando; fuera. O quizás incluso más cerca. Quizás en tu
misma habitación.
Naturalmente, estás pensando que todo eso es broma. Crees que esto es sólo un cuento más
del libro y que rio me refiero expresamente a ti. Continúa pensándolo. Pero sé honrado;
admite que yo estoy jugando limpio contigo.
Harley apostó conmigo que yo no sería capaz de hacerlo. Apostó en ello un diamante del que
ya me había hablado, un diamante tan grande como su cabeza. Así, pues, ya comprenderás
porqué me veo obligado a matarte. Y la razón por la que tengo que contarte el cómo, el
porqué y todo lo demás por anticipado. Es parte de la apuesta. Es la clase de idea que sólo se
le podía haber ocurrido a Harley.
Pero primero te hablaré de Harley. Es alto y bien parecido, suave y cosmopolita. Es un tipo
como Ronald Colman, sólo que más alto. Viste como un millonario, pero si no lo hiciese así
tampoco importaría; quiero decir que, de todos modos, parecería distinguido. Existe algo
mágico en Harley, algo mágico y burlón en la forma en que te mira; algo que te hace pensar
en palacios, en países lejanos y en músicas alegres.
Fue en Springfield, Ohio, donde conoció a Justin Dean. Justin era un grotesco hombrecillo
cuyo oficio era sólo e! de impresor. Trabajaba para la «Atlas Printing & Engraving Company».
Era un tipo pequeño y ordinario, precisamente el polo opuesto de Harley; no se podrían
encontrar dos personas más diferentes. Sólo tenía treinta y cinco años, pero ya casi era
completamente calvo y, además, tenía que usar unas gafas muy gruesas pues se había
destrozado la vista con la impresión y el grabado, Era un buen impresor y grabador; tengo que
reconocerlo.
Nunca se me ocurrió preguntar a Harley el motivo por el que tuvo que presentarse en
Springfield, pero la cuestión es que, el día en que llegó allí, después de haber reservado
habitación en el hotel Castel, se dirigió a la casa Atlas para encargar unas tarjetas de visita
profesionales. Y sucedió que sólo se encontraba en la tienda Justin Dean en aquel momento,
por lo que fue él quien tomó nota del encargo de Harley; Harley las quería grabadas, de la
mejor calidad. Harley siempre quería, en todas sus cosas, lo mejor.
Probablemente, Harley ni siquiera se dio cuenta de la presencia de Justin; no había ninguna
razón para que sucediera lo contrario. Sin embargo, Justin sí se dio cuenta de quien tenía
delante, y vio en él todo aquello que él siempre había deseado tener y que nunca llegaría a
poseer, pues la mayor parte de los atributos que Harley lucía han de ser forzosamente
innatos.
Y Justin fue quien se ocupó personalmente de grabar las planchas y de imprimir las tarjetas, e
hizo un verdadero trabajo de artesanía... algo que pensó estaría a la altura de una persona
como Harley Prentice. Pues ése era el nombre que imprimió en la tarjeta. Únicamente eso, y
nada más, tal como todos los hombres importantes se hacen grabar sus tarjetas.
Hizo un trabajo magnífico, un grabado a mano en letra cursiva, y empleando en ello todo el
arte de que era capaz.
¡ No mires atrás! —Y no fue trabajo en vano pues, al día siguiente, cuando
Harley se presentó para recoger las tarjetas, tomó una en sus manos y estuvo mirándola
durante un buen rato, y luego miró a Justin, viéndole entonces por primera vez.
—¿Quién ha hecho esto? —le preguntó.
Y el pequeño Justin le explicó orgulloso quien habla sido el que lo había hecho, después de lo
cual Nancy le sonrió, le dijo que era una verdadera obra de artista, y le invitó a cenar con él,
en cuanto acabase el trabajo por la noche, en la Sala Azul del hotel Castel.
Así fue como Harley y Justin se conocieron; sin embargo, Harley siempre pisó terreno firme.
Aún esperó un poco, antes de preguntarle a Justin si podría o no hacer unas planchas de diez
y de cinco dólares, hasta conocerle a fondo. Harley tenía ya los catactos; podía comerciar en
cantidad aquellos billetes entre hombres especializados en hacerlos correr y, lo principal,
sabía donde poder encontrar el papel con mezcla de seda, aquel papel que no era el genuino
pero que se le parecía lo suficiente como para pasar con éxito cualquier inspección, mientras
no fuera la de un experto.
Así pues, Justin se despidió de la casa Atlas, y él y Hanley se encaminaron hacia Nueva York,
donde pusieron en marcha una pequeña imprenta que les serviría de pantalla, en plena
Avenida Amsterdam y al sur de la plaza Sherman, comenzando a fabricar los billetes. Justin
trabajó duro, más duro de lo que nunca en su vida había trabajado, ya que además de dedicar
sus horas a las planchas del dinero, también se ayudaba a cubrir sus gastos encargándose de
los encargos legítimos que llegaban a su tienda,
Durante casi un año trabajo día y noche, grabando una plancha tras otra, y cada una de ellas
resultaba siempre mejor que la anterior, hasta que finalmente consiguió unas que Harley
consideró suficientemente buenas. Aquella noche cenaron en el Waldorf Astonia para
celebrarlo y, acabada la cena, recorrieron los mejores clubs nocturnos de la ciudad, todo lo
cual debió costarle a Nancy una pequeña fortuna, cosa que ya no tenía ninguna importancia
puesto que iban a ser ricos.
Bebieron champaña, siendo esta la primera vez que Justin lo probaba, por lo que
desgraciadamente acabó emborrachándose y haciendo alguna que otra tontería. Más tarde
sería Harley quien se lo contase, aunque Harley no se lo reprochó. Lo llevó hasta su
habitación y lo acostó, después de lo cual Justin tuvo que quedarse en cama durante un par
de días. Pero todo eso no importaba tampoco ya que iban a ser ricos.
Luego Justin comenzó a imprimir billetes con aquellas planchas, y se hicieron ricos. Después,
Justin ya no tuvo que trabajar tanto, ya que devolvía la mayor parte de los encargos alegando
que tenía un exceso de trabajo y que no podía hacerse cargo de ellos. Solamente se quedó
con algunos, por la cuestión de la fachada. Y detrás de aquella fachada continuaba
imprimiendo billetes de cinco y diez dólares, por lo que él y Harley se hicieron ricos.
Llegó a conocer a gente que Harley conocía. Tomó contacto con BuIl Mallon, quien se
ocupaba de la distribución final. Bull Mallon parecía un toro, y ésa era la razón de que le
llamasen Bull (1). Tenía una cara que ni por un momento sonrió o cambió de expresión
mientras se dedicaba a quemar cerillas bajo las desnudas plantas de los pies de Justin. Pero
eso no era por entonces; eso tuvo lugar más tarde, cuando quiso obligar a Justin a decir
dónde se encontraban las planchas.
(1) En inglés, toro.
Y también conoció al capitán John Willys del Departamento de Policía; un amigo de Harley, al
que Harley habla dado un poco del dinero que él hacía, sin que esto les importase demasiado
ya que tenían todo el que querían; y así todos se hicieron ricos. Conoció a un amigo de Harley
que era una gran figura de las tablas, y a otro que era el dueño de un importante diario de
Nueva York. También conoció a otras personas de la misma importancia, aunque por medios
menos respetables.
Harley, eso ya lo sabía Justin, también metía sus narices en otros negocios además de
aquella pequeña casa de la moneda de la Avenida Amsterdam. Alguno de ellos le
obligaba a salir de la ciudad, generalmente durante los fines de semana. Y Justin nunca llegó
a saber exactamente lo ocurrido durante el fin de semana en que Harley fue asesinado,
excepción de que Harley se había marchado y que ya no regresó. Claro está que supo que
habla sido asesinado, pues la policía encontró su cuerpo con tres agujeros de bala en la bien
planchada camisa, en la suite más cara del mejor hotel de Albany. Incluso al elegir el lugar en
que tenía que morir, Harley Prentice había encontrado lo mejor.
Todo lo que Justin llegó a saber fue la llamada telefónica que llegó al hotel donde residía, la
noche en que Harley fue asesinado. Y eso debió ocurrir al cabo de pocos minutos, desde
luego, antes de la hora en que los diarios aseguraban que Harley había muerto.
Era la voz de Harley la que pudo escuchar por el teléfono, una voz cortés y apacible, como
siempre. Sin embargo, le dijo:
—¿Justín? Ve a la tienda y despréndete de las planchas, del papel, y de todo lo demás. Te lo
explicaré cuando nos veamos,
Sólo esperó hasta oír como Justin decía:
—De acuerdo, Harley.
Y ya no dijo más que adiós antes de colgar.
Justin corrió hacia la tienda y se hizo con las planchas, el papel y unos pocos miles de dólares
que estaban a mano. Hizo un paquete con el papel y los billetes y otro con las planchas, algo
menor, dejando la tienda sin ninguna prueba de que allí hubiese habido antes una casa de la
moneda en miniatura.
Demostró mucha inteligencia a la hora de deshacerse de los paquetes. El mayor de los dos lo
facturó bajo nombre falso, con la dirección de un gran hotel en el que ni él ni Harley habían
estado anteriormente; únicamente para tener la oportunidad de poder echarlo allí en la
caldera. Como se trataba de papel, ardería sin dejar rastro. Y antes de arrojarlo a la caldera
tuvo mucho cuidado en fijarse si ésta estaba encendida o no.
Las planchas ya eran otra cosa. Estas no arderían, bien lo sabía él, por lo que hizo un
viajecito hasta las islas Staten y, en el ferry de vuelta y en un lugar cualquiera en el centro de
la bahía, lanzó el paquete por la borda y dejó que se hundiera en el agua.
Luego, una vez cumplido lo que Harley le había encomendado y habiéndolo hecho bien y a
conciencia, volvió al hotel, no al que había mandado el papel y los billetes, y se acostó.
A la mañana siguiente se enteró por los diarios de que Harley había sido asesinado, cosa que
le dejó pasmado. Parecía imposible. No podía creerlo; se trataba de una broma que alguien le
estaba gastando. Harley volvería, eso lo sabía él perfectamente. Y estaba en lo cierto; Harley
volvió, aunque ese acatamiento tuvo lugar más tarde, en el pantano.
De todas formas, Justin tenía que asegurarse de ello, por lo que subió al primer tren que salía
para Albany. Debía encontrarse aún en el tren cuando la policía fue a su hotel, y debió de ser
allí donde supieron que había estado preguntando los horarios de trenes hacia Albany, pues
ya le estaban esperando cuando bajó en aquella ciudad.
Lo llevaron a una comisaría y allí lo tuvieron durante mucho, mucho tiempo, días y días,
interrogándole. Al fin descubrieron que no podía haber sido él quien mató a Harley, ya que él
se encontraba en Nueva York a la hora en que Harley había sido asesinado en Albany; sin
embargo, se enteraron de que él y Harley habían estado explotando la pequeña casa de
moneda y pensaron que debió ser otro falsificador quien había cometido el asesinato, por lo
que también se interesaron en la cuestión de los billetes, quizás incluso más que el propio
crimen. Interrogaron a Justin una y otra vez, y de nuevo otra, pero como él no sabía contestar
lo que le preguntaron, se limitó a guardar silencio. Le tuvieron despierto sin dejarle dormir
durante días y días, preguntando y volviendo a preguntar. Al parecer, lo que más les
interesaba era averiguar dónde se encontraban las planchas. Él hubiera deseado poder
confesar que ya estaban en lugar seguro, donde nadie podría ya hacer uso de ellas, pero
como eso equivalía a admitir que él y Harley habían estado falsificando moneda, no pudo
hacerlo.
Registraron la imprenta de la calle Amsterdam, pero no pudieron encontrar ni la más leve
prueba; en realidad, no tenían ninguna prueba que les permitiese retener a Justin, pero
tampoco él lo sabía ni se le había ocurrido el solicitar la ayuda de un abogado.
Continuaba deseando poder ver a Harley, pero ellos no se lo permitían; luego, cuando se
dieron cuenta de que él no creía que Harley pudiera estar muerto, le ensefiaron un cadáver
que dijeron era Harlcy, y él creyó que lo era, a pesar de que Harley tenía una pinta diferente
una vez muerto. Ya no parecía tan extraordinario, muerto. Y entonces Justin creyó, aunque no
demasiado convencido. Después enmudeció del todo, y ya no quiso decir ni una sola palabra,
incluso después de tenerlo despierto días y días bajo un brillante foco ante sus ojos, y de
abofetearlo continuamente para que no se durmiera. No emplearon con él los palos ni las
porras de goma, sino que se limitaron a darle bofetadas un millón de veces y a no dejarle
descansar. Al cabo de un tiempo perdió la noción de las cosas, y ya no hubiese podido
contestar a sus preguntas aunque hubiera querido hacerlo.
Algo más tarde, se encontró en la cama de una habitación pintada de blanco, y todo lo que
podía recordar era que había sufrido pesadillas, que había estado llamando a Harley, y una
horrible confusión en su cerebro sobre si Harley estaría o no muerto. Poco a poco fue
recobrando la memoria y se dio cuenta de que ya no deseaba pasar ni un minuto más en
aquella blanca habitación; deseaba salir para encontrar a Harley, Y si Harley estaba muerto,
quería matar a quienquiera que lo hubiese asesinado, ya que Harley hubiera hecho lo mismo
por él.
Así pues comenzó a pensar y a actuar muy sabiamente, tal como parecía que los doctores y
las enfermeras esperaban que actuase, y gracias a ello, al cabo de poco le devolvieron sus
vestidos y le dejaron marchar.
Entonces, su inteligencia se agudizó. Pensó: ¿qué querría ahora Harley que hiciera yo? Y
pensó que intentarían seguirle para ver si los conducía hacia las planchas, ignorando que se
encontraban en el fondo de la bahia, por lo que les dio esquinazo ya antes de salir de Albany,
y luego se dirigió a Boston, y de allí en barco hacia Nueva York, en vez de ir por el camino
más corto.
Primero fue a la tienda, entrando por la puerta trasera después de pasar mucho rato
comprobando que el lugar no estaba vigilado. Aquello era un verdadero revoltijo; debieron de
haber estado buscando las planchas a conciencia.
Harley no se encontraba allí, desde luego. Justin salió de la tienda y, desde una cabina
telefónica situada en un bar, llamó al hotel preguntando por Harley, y le respondieron que éste
ya no vivía allí; y para obrar con astucia e impedir que adivinasen quién era el que había
telefoneado, se apresuró a preguntar también por Justin Dean, contestándole que tampoco
Justin Dean vivía ya en aquel hotel.
De allí se encaminó hacia otro bar y desde éste decidió llamar a algunos amigos de Harley,
telefoneando en primer lugar a Bull Mallon, y ya que éste era un buen amigo le confesó quién
era él y le preguntó dónde se encontraba Harley.
Bull Mallon no pareció hacer mucho caso de sus preguntas; parecía estar nervioso, un poco
excitado, mientras le preguntaba:
—¿Han encontrado las planchas los polis, Dean?
Justin le contestó que no, que no había confesado, y volvió a preguntar por el paradero de
Harley.
—¿Estás loco o me tomas el pelo? —le preguntó BuIl.
Pero Justin se limitó a preguntárselo de nuevo, con lo cual BuIl cambió el tono de su voz y le
preguntó a su vez:
—¿Dónde estás tú ahora?
Justin se Jo dijo.
—Harley está aquí —le dijo BulI—. Está escondido, pero se encuentra bien, Dean. Espera
aquí mismo, en el bar, hasta que vengamos a recogerte.
Vinieron a buscar a Justin; Bull Mallon y un par de individuos más, en un coche, diciéndole
que Harley se encontraba escondido en el interior, cerca de Nueva Jersey,
y que entonces iban hacia allí. Así pues, se fue con ellos y se sentó en la parte trasera del
coche, entre dos hombres que no conocía de nada, mientras Bull Mallon conducía. Ya era
entrada la tarde cuando le recogieron, y Bull condujo la mayor parte de la noche y a mucha
velocidad, por lo que debían haber rebasado Nueva Jersey, llegando por lo menos hasta
Virginia o quizá más lejos, hacia las Carolinas.
El firmamento se comenzaba a colorear de gris con la primera aurora cuando se detuvieron en
una rústica cabaña que parecía haber sido empleada como albergue de caza. Estaba a
muchas millas de todas partes, ni siquiera había ninguna carretera que llevase allí; tan sólo un
sendero que había sido nivelado lo suficiente como para hacerlo transitable.
Metieron a Justin en la cabaña y lo ataron a una silla, diciéndole que Harley no se encontraba
allí, pero que él les había dicho que Justin les indicaría donde se encontraban las planchas y
que no podría salir de allí hasta que se lo dijese.
Justin no los creyó; comprendió entonces que le habían engañado en lo referente a Harley,
aunque esto no tenía ninguna importancia, en cuanto a lo que las planchas se refería. Ya no
importaba que lo supieran, puesto que no conseguirían recuperarlas, ni tampoco se lo dirían a
la policía. Así pues, se lo confesó de buena gana.
Pero entonces fueron ellos los que no le creyeron. Le contestaron que él las había escondido,
y que les estaba mintiendo. Lo torturaron para conseguir que hablase. Lo golpearon, le
hicieron cortes con un cuchillo, le quemaron los pies con cerillas encendidas y con las brasas
de sus cigarros, y le clavaron agujas bajo las uñas. Le dejaron descansar durante un rato, le
hicieron más preguntas, y le dijeron que si podía hablar contara la verdad, y después de un
rato siguieron torturándole.
Eso continuó durante días y semanas, Justin no sabría decir durante cuánto tiempo; sin
embargo, fue mucho tiempo. En una ocasión se fueron por varios días, dejándole atado a la
silla y sin nada para comer ni beber. Volvieron y comenzaron de nuevo. Y durante todo el
tiempo él deseó que Harley viniese a ayudarle, pero Harley no lo hizo, por lo menos aquella
vez.
Al cabo de un tiempo, todo lo de la cabaña terminó, o al menos él ya no supo más de ello.
Debieron de pensar que habla muerto; quizás estaban en lo cierto, y desde luego no muy lejos
de la verdad.
Lo primero que recuerdo es el pantano. Flotaba en aguas poco profundas, cerca de otras que
lo eran más. Su rostro permanecía fuera del agua; eso fue lo que le despertó al volver la cara
y hundirla en el pantano. Debieron de creerle muerto y lo arrojaron al agua, pero cayó en un
lugar poco profundo y un último soplo de vida consciente le hizo dar la vuelta sobre la espalda
y sacar la cara fuera.
No recuerdo demasiadas cosas sobre Justin mientras éste se encontraba en el pantano; fue
durante mucho tiempo, pero sólo puedo acordarme de algunos ramalazos. Al principio no
podía moverme; tan sólo permanecí en el agua con la cara fuera. Oscureció y tuve frío, lo
recuerdo, y al fin pude mover un poco los brazos y salir del agua, tendiéndome en el Fango
con sólo los pies dentro de ella. Dormí o perdí el conocimiento otra vez y cuando desperté ya
amanecía, y fue entonces cuando llegó Harley. Creo que estuve llamándole y que debió
oírme.
Permaneció de pie frente a mí, tan inmaculada y perfectamente vestido como siempre, y se
reía de mí por ser tan débil y por estar echado allí, en el barro, como si fuera un tronco, con
medio cuerpo en el lodo y el otro medio dentro del agua. Me levanté sin que me doliese ya
nada.
Nos dimos las manos y me dijo:
—Vamos Justin, te sacaremos de aquí.
Y yo estaba tan contento de que hubiera venido que hasta grité un poquito. Se rió de mí por
hacer eso y me dijo que me apoyase en él y que me ayudaría a caminar, pero yo no quise
hacerlo, ya que estaba cubierta de lodo y porquería del pantano y él vestía tan impecable y
perfectamente con su traje blanco de lino que parecía un figurin de unos almacenes. Y
durante todo el tiempo que tardamos en salir del pantano, durante todas las noches y días que
pasamos en este intento, nunca pude verle una sola brizna de fango en el dobladillo de sus
pantalones, ni pude verle despeinado.
Le pedí que me guiase y así lo hizo, colocándose delante mío, volviéndose a veces, riendo y
hablándome y animándome también. Alguna vez debí caer, pero no permití que me ayudase.
Sin embargo, me esperaba pacientemente hasta que yo podía levantarme. Algunas veces
tuve que arrastrarme en vez de caminar, cuando ya no me era posible sostenerme sobre los
pies. Tuve que atravesar nadando algún río, que él había saltado antes con toda suavidad.
Y pasaron días y noches, y más días y más noches, y alguna vez debí dormirme y veía pasar
cosas frente a mí. Y agarré algunas de ellas para comerlas, aunque quizá eso lo soñase.
Puedo recordar algún detalle más de cuando estaba en el pantano, como aquel órgano que
tocaba sin cesar y también aquellos ángeles en el aire y los diablos en el agua que se me
aparecían, aunque imagino que todo eso eran delirios.
—Un poco más, Justin —me decía Harley—; lo lograremos. Y les daremos su merecido a
todos, a todos ellos.
Y lo conseguimos. Llegamos a terreno firme, a unos campos cultivados con maíz, aunque no
pude encontrar es ellos ni una mazorca para comer. Llegamos luego a un riachuelo, un limpio
riachuelo sin las malolientes aguas del pantano, y Harley me dijo que me lavara yo y las ro
pas. Así lo hice, a pesar de mis deseos de correr hacia donde pudiese encontrar comida.
Aún tenía mala facha; mis ropas estaban limpias de lodo y porquería pero estaban húmedas y
arrugadas y que yo no podía esperar a que se secasen, y además tenia una espesa barba y
andaba descalzo.
Pero continuamos y al fin llegamos a una pequeña granja, una cabaña de sólo dos
habitaciones, cuyo interior olia pan recién sacado del horno, y corrí los últimos metro para
llamar a la puerta. Una mujer, una horrible mujer me abrió y, al verme, volvió a cerrar la puerta
antes de que yo pudiese decir una sola palabra.
Las fuerzas me llegaron de alguna parte, quizá de Harley, a pesar de que no puedo recordar
que estuviera a mi lado en aquellos momentos.. Al lado de la puerta podía verse una pila de
leños para el fuego. Recogí uno de ellos como si no pesara más que una escoba y derribé la
puerta, matando luego a la mujer. Gritó una barbaridad, pero la maté. Y luego me comí aquel
pan aún caliente.
Mientras comía, no dejaba de vigilar a través de la ventana, y pude ver a un hombre corriendo
a través de los campos en dirección a la casa. Encontré un cuchillo y lo maté en cuanto pasó
por la puerta. Era mucho mejor matar con el cuchillo; resultaba más agradable.
Comí más pan y continué vigilando desde todas las ventanas; pero ya no vino nadie más.
Luego comenzó a dolerme el estómago a causa del pan tierno que había comido, y tuve que
echarme con el cuerpo doblado hasta que desapareció el dolor, y entonces me dormí.
Fue Harley quien me despertó, y ya era de noche.
—Vámonos; debes estar lejos de aquí cuando amanezca —me dijo.
Sabía que tenía razón, pero no me di mucha prisa. Me estaba volviendo, por aquel entonces,
muy astuto. Sabía que había otras cosas que debía hacer primero. Encontré cerillas y una
lámpara, y la encendí. Luego busqué por la cabaña y me hice con todo lo que pudiera serme
de utilidad. Hallé trajes de hombres que no me caían demasiado mal, exceptuando que tuve
que doblarme los puños de la camisa y los extremos de los pantalones. Los zapatos me
venían grandes, aunque casi lo prefería a causa de las ampollas de mis pies.
Encontré una navaja y me afeité; empleé en ello mucho tiempo pues mi pulso no era firme,
pero tuve cuidado y apenas me corté.
Tuve que buscar mucho más hasta encontrar el dinero, pero al fin lo logré. Había sesenta
dólares.
Y después de afilarlo, me guardé el cuchillo. No es que sea muy bonito; sólo se trata de un
cuchillo de cocina con mango de hueso, pero el acero es bueno. Ya te lo enseñare dentro de
poco. Me ha servido de mucho.
Salimos de allí y fue Harley quien me recomendó que me apartase de las carreteras y que
buscase las vías del ferrocarril. Eso fue fácil ya que pudimos escuchar en la noche el silbido
lejano de un tren y determinar con ello la situación de las vías. A partir de entonces, con la
ayuda de Harley, todo ha sido fácil.
No hace falta que te cuente con todo detalle todo lo que ocurrió a partir de aquel momento.
Me refiero a lo del guardafrenos, a lo del vagabundo dormido que encontramos en aquel
vagón vacío, y al asunto que tuve con el policía de Richmond. Aprendí mucho con todo eso;
aprendí que no debía hablarle a Harley cuando no había nadie más a mi lado para
escucharme. Él se esconde cuando ve a alguien; tiene un truco y, gracias a ello, la gente no
se da cuenta de su presencia por lo que piensan que estoy algo loco si charlo con él. Pero en
Richmond me compré ropas mejores y me corté el cabello. Un hombre a quien maté tenía
cuarenta dólares en la cartera, por lo que ya vuelvo a tener dinero. Desde entonces he viajado
mucho. Si te paras a pensar sabrás dónde me encuentro en estos momentos.
Estoy buscando a Bull MalIon y a los dos hombres que le ayudaron. Sus nombres son Harry y
Carl. Voy a matarlos en cuanto los encuentre. Harley no para de decirme que esto va a
costarme mucho y que aún no estoy preparado pero, sin embargo, puedo seguir buscando
mientras me preparo y, por lo tanto, continúo moviéndome. Algunas veces me quedo en algún
sitio durante el tiempo suficiente para conseguir algún trabajo como impresor, He aprendido
muchas cosas. Puedo conseguir un empleo sin que la gente crea que soy demasiado raro; ya
no se asustan cuando los miro, como lo hacían unos pocos meses atrás. Y he aprendido a no
hablarle a Harley excepto en nuestra habitación, y sólo en voz muy baja para que los vecinos
no crean que hablo solo.
Y he continuado practicando con mi cuchillo. He matado a mucha gente con él, en general por
la calle y de noche. Algunas veces porque parecían tener dinero, pero las más sólo para
practicar y porque ya he empezado a tomarle el gusto. En estos momentos soy realmente
hábil manejando el cuchillo. Apenas lo sentirás.
Pero Harley me dice que estas muertes son muy sencillas y que es muy distinto el matar a
una persona que está en guardia, como lo están Bull, Harry y Carl.
Y ésta es la conversación que condujo a la apuesta de la que ya he hablado. Aposté con
Harley que, ahora mismo, podría advertir a un hombre que pensaba matarle, e incluso
indicarle aproximadamente cuando pensaba hacerlo y el porqué, y que a pesar de todo, aún
lograría matarlo. Apostó conmigo que yo no sería capaz, y está a punto de perder.
Está a punto de perder, ya que estoy avisándote ahora mismo y tú no vas a creerme. Me
jugaría la cabeza a que crees que ésta es simplemente otra novela más del libro. Que tú no
crees que éste es el único ejemplar del libro que contiene esta historia, y que lo que en ella se
cuenta es cierto. Incluso cuando te cuente cómo ha sido hecho, no pienso que tú vayas a
creerme.
Ya comprenderás cómo voy a ganarle la apuesta a un Harley que no cree que lo consiga, a
base de que tú tampoco me creas. Él nunca pensó, y tampoco tú te darás cuenta de ello, en lo
fácil que puede resultarle a un buen impresor, que además ha sido falsificador, introducir una
nueva novela en un libro. Nunca será tan difícil como falsificar un billete de cinco dóláres.
Tenía que escoger un libro de historias cortas, y elegí precisamente éste al darme cuenta de
que la última historia del libro se titulaba No mires hacia atrás, y que ése sería un buen título
para lo mío. En unos minutos comprenderás a lo que me refiero.
He tenido la suerte de que en la imprenta donde ahora trabajo se dediquen a los libros y de
que empleen unos tipos que son idénticos a los del resto de esta novela. Me ha resultado un
poco difícil el conseguir un papel exacto, pero al final lo he encontrado y ya lo tengo a punto
mientras escribo esto. Estoy escribiendo directamente en una linotipia, ya entrada la noche y
en la imprenta donde trabajo estos días. Incluso tengo permiso del jefe. Le he dicho que
quería imprimir una historia que había escrito un amigo mío para darle una sorpresa, y que, en
cuanto consiguiera una buena copia, volvería a fundir el metal de los tipos.
En cuanto acabe de escribir esto, compondré los tipos en páginas que encajen con el resto
del libro y lo imprimiré en el papel que ya tengo preparado. Cortaré las nuevas páginas al
mismo tamaño y las coseré; no serás capaz de encontrar ninguna diferencia, ni siquiera si la
más leve sospecha te obliga a mirarlo detenidamente. No olvides que he falsificado billetes de
cinco y diez dólares que tú no habrías podido diferenciar de los auténticos, y eso es un trabajo
de parvulario en comparación con aquel otro. Y he trabajado lo suficiente como
encuadernador como para conseguir quitar la última novela y colocar estas páginas en su
lugar, sin que tú seas capaz de notar la diferencia por más que lo mires. Pienso hacer un
trabajo perfecto aunque ello me ocupe toda la noche.
Y mañana iré a alguna librería o quizás a algún quiosco, o incluso a algún bar donde vendan
libros y tengan otros ejemplares de éste, ejemplares normales, y lo colocaré entre ellos.
Buscaré algún lugar desde el cual pueda vigilar, y estaré mirándote mientras lo compres.
El resto siento no poder contártelo porque depende en gran manera de muchas
circunstancias, de si tú vas directamente a tu casa con el libro, o de lo que hagas. No lo sabré
hasta que te haya seguido y te haya visto leerlo... Hasta que haya visto que has leído la última
novela del libro.
Si estás en casa mientras lees esto, quizá yo también esté contigo en estos momentos. Quizá
esté en tu misma habitación, escondido, esperando a que termines la historia. Quizá esté
mirándote a través de una ventana. O tal vez esté sentado cerca de ti en el tranvía o en el
tren, si es ahí donde lees. Quizá estoy en la escalera de escape en el exterior de la habitación
de tu hotel, Pero, sea donde fuere que estés leyendo, me encuentro cerca de ti vigilándote y
esperando a que termines. Cuenta con ello.
Ahora ya estás muy cerca del final. Habrás acabado dentro de unos segundos y, entonces,
cerrarás el libro aún sin creerme. O, si no has leído las historias por su orden, quizá volverás
atrás para comenzar otra. Si lo haces, nunca la terminarás.
Pero no mires a tu alrededor; serás más afortunado si no lo sabes, si no ves llegar el cuchillo.
Cuando yo mato a alguien por la espalda no parece importarle demasiado.
Continúa, sólo por unos segundos o unos minutos más, pensando que ésta es sólo una
historia más. No mires a tu espalda. No creas lo que te digo... hasta que sientas el cuchillo en
tus carnes.

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