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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 7 de mayo de 2009

AUTOR, AUTOR -- PHILIP K. DICK

AUTOR, AUTOR
PHILIP K. DICK
..
—Aunque mi marido es un hombre muy puntual —dijo Mary Ellis—, y no ha llegado ni un
día tarde al trabajo en veinticinco años, hoy aún no ha salido de casa. —Sorbió su bebida,
compuesta de hormonas y carbohidratos, levemente perfumada—. De hecho, todavía tardará
unos diez minutos en marcharse.
—Increíble —dijo Dorothy Lawrence, que había terminado su bebida.
Un chorro de vapor para suavizar el cutis, que manaba de un surtidor automático habilitado
sobre el sofá, descendía por su cuerpo prácticamente desnudo.
—¡Los tiempos adelantan que es una barbaridad!
La señora Ellis resplandeció de orgullo, como si fuera ella la que trabajara en Desarrollo
Terrestre.
—Sí, es increíble. Según un tipo de la oficina, toda la historia de la civilización puede
explicarse en términos de técnicas de transporte. Yo no sé nada de historia, por supuesto. Eso
compete a los investigadores del gobierno, pero de acuerdo con lo que ese hombre le dijo a
Harry...
—¿Dónde está mi maletín? —preguntó una voz irritada desde el dormitorio—. Por el amor de
Dios, Mary, lo dejé anoche sobre el limpiavestidos.
—Lo dejaste arriba —replicó Mary, alzando un poco la voz—. Mira en el ropero.
—¿Y qué hace en el ropero? —Se oyeron pasos precipitados—. Yo pensaba que el maletín de
un hombre se halla a salvo en su casa. —Henry Allis se asomó a la sala de estar unos
momentos—. Ya lo he encontrado. Hola, señora Lawrence.
—Buenos días —saludó Dorothy Lawrence—. Mary me estaba explicando que usted todavía
no se ha marchado.
—Sí, aún no me he marchado. —Ellis se ajustó la corbata, mientras el espejo giraba poco a
poco a su alrededor—. ¿Quieres que te traiga algo del centro, cariño?
—No —dijo Mary—. No se me ocurre nada. Te videaré a la oficina si me acuerdo de algo.
—¿Es verdad que nada más entrar ya llega al centro en un instante? —preguntó la señora
Lawrence.
—Bueno, casi al instante.
—¡Doscientos cuarenta kilómetros! Es increíble. Caramba, mi marido tarda dos horas y media
en trasladarse en el monojet por los carriles comerciales, estacionar y subir a pie a su oficina.
—Lo sé —murmuró Ellis, tomando el abrigo y el sombrero—. Es lo que yo solía tardar, pero
eso ha terminado. —Se despidió de su mujer con un beso—. Hasta la noche. Ha sido un placer
verla de nuevo, señora Lawrence.
—¿Puedo... mirar? —preguntó la señora Lawrence, con un brillo de esperanza en los ojos.
—¿Mirar? Claro, claro. —Ellis salió por la puerta trasera y bajó a toda prisa los peldaños que
llevaban al patio—. ¡Vengan! —gritó, impaciente—. No quiero llegar tarde. Son las nueve
cincuenta y nueve y quiero estar sentado ante mi escritorio a las diez en punto.
La señora Lawrence siguió a Ellis, nerviosa. Un gran aro brillaba bajo la luz del sol en el patio
trasero. Ellis giró algunos mandos dispuestos en la base. El color plateado del aro viró a un rojo
reluciente.
—¡Me voy! —gritó Ellis. Se introdujo en el aro. Éste osciló a su alrededor. Se oyó un débil
«pop». El brillo se desvaneció.
—¡Santo Dios! —susurró la señora Lawrence—. ¡Ha desaparecido!
—Está en el centro de Nueva York —corrigió Mary Ellis.
—Ojalá mi marido tuviera un instanmóvil. Cuando salgan al mercado, quizá pueda permitirme
comprarle uno.
—Oh, son muy prácticos —dijo Mary Ellis—. Es muy probable que en este mismo momento
les esté diciendo hola a los chicos.
Henry Ellis se hallaba en una especie de túnel. A su alrededor, un tubo gris e informe se
extendía en ambas direcciones, como una especie de cloaca brumosa.
Vio, enmarcado en la abertura que había detrás de él, el vago contorno de su casa. El porche y
el patio traseros, Mary de pie en un escalón, ataviada con pantalones y sujetador rojo. La señora
Lawrence a su lado, con shorts verdes a cuadros. El cedro y las hileras de petunias. Una colina.
Las pulcras casas de Cedar Groves, Pennsylvania. Y frente a él...
Nueva York. Una visión fugaz de la bulliciosa esquina opuesta a su oficina. Una parte del
edificio de hormigón, cristal y acero. Gente que se movía. Rascacielos. Enjambres de monojets
que aterrizaban. Señales aéreas. Innumerables funcionarios que corrían hacia sus oficinas.
Ellis avanzó sin prisa hacia la terminal de Nueva York. Había utilizado el instanmóvil las
veces suficientes para saber cuántos pasos le bastaban: cinco pasos. Cinco pasos por el fluctuante
túnel gris y habría recorrido doscientos cuarenta kilómetros. Se detuvo y miró atrás. Tres pasos
hasta el momento. Ciento cuarenta y cuatro kilómetros. Más de la mitad de la distancia.
La cuarta dimensión era algo maravilloso.
Ellis se llevó la pipa a los labios, apoyó el maletín contra la pierna y buscó el tabaco en el
bolsillo del abrigo. Todavía le quedaban treinta segundos para llegar al trabajo. Mucho tiempo.
El encendedor de la pipa relumbró. Aspiró varias veces. Cerró el encendedor y lo devolvió a su
bolsillo.
Algo maravilloso, en efecto. El instanmóvil ya había revolucionado la sociedad. Era posible
trasladarse a cualquier lugar del mundo al instante, sin lapso de tiempo, sin necesidad de
zambullirse en interminables carriles atestados de monojets. El problema del transporte se había
convertido en una pesadilla desde mediados del siglo XX. Cada año aumentaba el número de
familias que abandonaban la ciudad para irse a vivir al campo, lo cual agravaba los colapsos de
tráfico que se producían en carreteras y autopistas.
Pero el problema ya estaba solucionado. Podían funcionar un número infinito de
instanmóviles, sin que interfiriesen entre sí. El instanmóvil salvaba distancias no espaciales, a
través de otra dimensión (le habían explicado esa parte con mucha claridad). Por mil créditos,
cualquier familia terrícola podía adquirir un juego de aros instanmóviles; uno en el patio trasero,
y el otro en Berlín, las Bermudas, San Francisco, Port Said, o en cualquier otra parte del mundo.
Existía un inconveniente, desde luego. El aro tenía que fijarse en un lugar concreto. Se elegía el
destino, y punto.
Sin embargo, resultaba perfecto para un oficinista. Entraba por un extremo y salía por el otro.
Cinco pasos, doscientos cuarenta kilómetros. Doscientos cuarenta kilómetros que constituían una
pesadilla de dos horas: marchas que rascaban, sacudidas repentinas, monojets que entraban y
salían, conductores que corrían como locos, conductores imprudentes, policías apostados como
buitres al acecho, úlceras y mal humor. Ahora, todo eso se había acabado. Al menos para él,
como empleado de Desarrollo Terrestre, fabricante del instanmóvil. Y pronto para todo el
mundo, cuando salieran al mercado.
Ellis suspiró. La hora de trabajar. Vería a Ed Hall subiendo de dos en dos los escalones del
edificio, a Tony Franklin pisándole los talones. Tenía que empezar a moverse. Se agachó y alargó
la mano hacia el maletín...
Fue entonces cuando les vio.
La fluctuante neblina gris era menos densa en aquel punto, y más débil el resplandor. El punto
se hallaba a unos centímetros de la esquina del maletín.
Había tres figuras diminutas justo al otro lado de la neblina gris. Hombres increíblemente
pequeños, no mayores que insectos. Le miraban con incrédulo estupor.
Ellis se olvidó del maletín y clavó la vista en ellos. Los tres hombres diminutos demostraron
una estupefacción similar. Ninguno de ellos se movió, paralizados por la sorpresa. Henry Ellis se
agachó, boquiabierto.
Una cuarta figurita se unió a las otras. Todas se quedaron petrificadas, con los ojos a punto de
salirse de las órbitas. Vestían una especie de túnicas. Túnicas de color pardo y sandalias. Prendas
extrañas, que no eran propias de la Tierra. Todo en su aspecto denotaba que no eran terrícolas: su
tamaño, sus rostros oscuros de peculiares tonos, su atavío..., y sus voces.
De repente, las figuritas empezaron a chillar entre sí, dando lugar a una extraña algarabía.
Recuperados de su parálisis, empezaron a correr en grotescos y frenéticos círculos. Corrían a una
velocidad increíble; se dispersaban como hormigas que hubieran caído en una sartén al rojo vivo.
Corrían y brincaban, agitando brazos y piernas como posesos. No cesaban de chillar con sus
agudas y estridentes voces.
Ellis encontró su maletín. Lo recogió con mucha lentitud. Las figuras contemplaron, con una
mezcla de asombro y terror, como se alzaba la enorme valija, a escasísima distancia de ellas. Una
idea atravesó la mente de Ellis. Santo Dios, ¿podrían introducirse en el instanmóvil, a través de la
niebla gris?
No tenía tiempo de averiguarlo. Iba a llegar con retraso. Se liberó del hechizo y corrió hacia el
final del túnel. Un segundo después salió al sol cegador y descubrió que se encontraba en la
bulliciosa esquina frente a la que se alzaba su oficina.
—¡Hola, Hank! —gritó Donald Potter, mientras entraba corriendo en el edificio—. ¡Date
prisa!
—Sí, sí.
Ellis le siguió como un autómata. El instanmóvil formaba un vago círculo sobre el pavimento,
como el fantasma de una burbuja de jabón.
Subió corriendo la escalera y penetró en las oficinas de Desarrollo Terrestre. Su mente ya se
había concentrado en el duro día que le esperaba.
Mientras cerraban con llave la puerta de la oficina y se preparaban para volver a casa, Ellis
detuvo al coordinador Patrick Miller en la puerta de su despacho.
—Señor Miller, usted también es responsable de la parte de investigación, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué?
—Me gustaría preguntarle algo. ¿Adónde va el instanmóvil? Debe ir a algún sitio.
—Sale del continuo por completo. —Miller estaba impaciente por irse a casa—. Penetra en
otra dimensión.
—Lo sé, pero..., ¿dónde?
Miller desdobló el pañuelo que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta y lo extendió
sobre su escritorio.
—Quizá se lo pueda explicar mejor así. Imagine que usted es un ser de dos dimensiones y que
este pañuelo representa su...
—Lo he visto un millón de veces —dijo Ellis, decepcionado—. Es una simple analogía, y no
me interesa una analogía. Quiero una respuesta concreta. ¿Adónde va mi instanmóvil entre aquí y
Cedar Groves?
—¿Y a usted qué demonios le importa? —rió Miller.
Ellis se puso en guardia de repente. Se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.
—Pura curiosidad. Estoy seguro que debe de ir a algún sitio.
Miller apoyó la mano sobre el hombro de Ellis, con el gesto de un hermano mayor cariñoso.
—Henry, viejo amigo, deje eso en nuestras manos. ¿De acuerdo? Nosotros somos los
inventores, y usted el consumidor. Su trabajo consiste en utilizar el instanmóvil, probarlo e
informar de cualquier fallo o defecto para que funcione perfectamente cuando lo saquemos al
mercado el año que viene.
—En realidad... —empezó Ellis.
—¿Sí?
Ellis no terminó la frase.
—Nada. —Tomó su maletín—. Nada en absoluto. Hasta mañana. Gracias, señor Miller.
Buenas noches.
Salió a toda prisa del edificio. La tenue silueta de su instanmóvil era visible a la pálida luz del
atardecer. El cielo ya estaba lleno de monojets que se marchaban. Trabajadores agotados
iniciaban su largo viaje de vuelta a sus casas, en el campo. El trayecto interminable. Ellis caminó
hacia el aro y entró en él. De súbito, el sol se desvaneció.
Se encontró de nuevo en el fluctuante túnel gris. Un círculo verde y blanco destellaba en el
extremo más alejado. Verdes colinas ondulantes y su casa. Su patio trasero. El cedro y los lechos
de flores. La ciudad de Cedar Groves.
Dos pasos por el túnel. Ellis se detuvo y se inclinó. Examinó el suelo del túnel. Examinó la
pared gris nebulosa en el punto donde se alzaba y oscilaba..., y aquel lugar en el que había
reparado.
Todavía continuaban allí. ¿Todavía? Se trataba de un grupo diferente. Esta vez había diez u
once figuritas. Hombres, mujeres y niños. Se mantenían muy juntos, y le contemplaban con
asombro y temor. No medirían más de un centímetro y medio. Figuras diminutas y
distorsionadas, que cambiaban de forma, color y apariencia.
Ellis apresuró el paso. Las figuritas le vieron alejarse. Un breve vislumbre de su estupor
microscópico..., y desembocó en su patio trasero.
Desconectó el instanmóvil y subió la escalera. Entró en su casa, abismado en sus
pensamientos.
—Hola —gritó Mary desde la cocina.
Corrió hacia él con los brazos extendidos, vestida con una camisa de malla larga hasta los
pies.
—¿Cómo ha ido el trabajo?
—Bien.
—¿Ha pasado algo? Estás... raro.
—No, no ha pasado nada. —Ellis depositó un beso en la frente de su mujer, absorto—. ¿Qué
hay para cenar?
—Algo muy especial: filete de topo de Sirio. Uno de tus platos favoritos. ¿Va todo bien?
—Claro.
Ellis tiró el abrigo y el sombrero sobre la silla. La silla los dobló y apartó. El semblante de
Ellis continuaba siendo pensativo y preocupado.
—Todo va bien, cariño.
—¿Estás seguro que no ha pasado nada? No habrás vuelto a discutir con Pete Taylor,
¿verdad?
—No, claro que no. —Ellis negó con la cabeza, molesto—. Todo va bien, cariño. Deja de
martirizarme.
—Bien, eso espero —suspiró Mary.
A la mañana siguiente le estaban esperando.
Les vio nada más entrar en el instanmóvil. Un pequeño grupo que esperaba entre la neblina,
como insectos atrapados en una masa de gelatina. Movían los brazos y las piernas con suma
rapidez, intentando atraer su atención. Chillaban con sus débiles y patéticas voces.
Ellis se agachó. Estaban introduciendo algo por la pared del túnel, aprovechando la ínfima
grieta abierta en la niebla gris. Era pequeño, tan increíblemente pequeño que apenas podía verlo.
Un cuadrado blanco al final de un palo microscópico. Las figuritas le miraban con ansiedad. Sus
rostros revelaban temor y esperanza, una esperanza suplicante y desgarradora.
Ellis tomó el diminuto cuadrado. Se desprendió del palo como un frágil pétalo de rosa. Se le
escapó de los dedos y tuvo que tantear a su alrededor. Las figuritas siguieron con el corazón en
un puño los movimientos de sus gigantescas manos, que exploraban el suelo del túnel. Por fin lo
encontró y lo acercó a sus ojos.
Era demasiado pequeño para descifrarlo. ¿Escritura? Líneas diminutas..., pero no podía
leerlas. Demasiado pequeñas para leerlas. Sacó su cartera y encajó el cuadrado entre dos tarjetas
con sumo cuidado. Introdujo la cartera en su bolsillo.
—Lo miraré más tarde —dijo.
Su voz resonó en el túnel. El ruido provocó que los seres se dispersaran. Huyeron del
resplandor grisáceo y se perdieron en la oscuridad, lanzando chillidos estremecedores.
Desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, como ratones asustados. Estaba solo.
Ellis se arrodilló y aplicó el ojo a la parte más tenue del resplandor gris, donde le habían
esperado. Distinguió algo borroso y distorsionado, oculto por una bruma vaga. Una especie de
paisaje, confuso, difícil de distinguir.
Colinas. Árboles y cultivos. Pero tan borrosos y diminutos...
Consultó su reloj. ¡Santo Dios, las diez! Se puso en pie precipitadamente y corrió por el túnel,
hasta salir al deslumbrante pavimento de Nueva York.
Llegaba tarde. Subió corriendo la escalera del edificio, recorrió el largo pasillo y llegó a su
oficina.
A la hora de comer se dirigió a los laboratorios de investigación.
—Hola —saludó, cuando Jim Andrews pasó cargado con informes y aparatos—. ¿Tienes un
momento?
—¿Qué quieres, Henry?
—Me gustaría pedirte prestado algo. Una lupa. —Reflexionó—. Aunque tal vez me vendría
mejor un microscopio fotónico, de cien o doscientos aumentos.
—Cosas de niños. —Jim le tendió un pequeño microscopio—. ¿Diapositivas?
—Sí, un par de diapositivas borrosas.
Llevó el microscopio a su despacho. Lo colocó sobre el escritorio y apartó los papeles. Como
medida de precaución, indicó a su secretaria, la señorita Nelson, que podía irse a comer.
Después, con infinitas precauciones, sacó el pequeño trozo de papel de la cartera y lo deslizó
entre las dos platinas.
Estaba escrito, en efecto, pero no entendió lo que ponía. Caracteres pequeños, complejos y
entrelazados, desconocidos por completo.
Pasó un rato pensando. Después, marcó un número en el videófono interdepartamental.
—Póngame con el departamento de Lingüística.
Al cabo de unos momentos apareció el rostro afable de Earl Peterson.
—Hola, Ellis. ¿En qué puedo ayudarte?
Ellis vaciló. Tenía que proceder sin cometer ningún error.
—Hola, Earl. Quiero pedirte un pequeño favor.
—¿Como cuál? Cualquier cosa por un viejo amigo.
—Tienes..., hum, esa máquina ahí abajo, ¿no? Ese trasto de traducir que utilizas para trabajar
en documentos sobre civilizaciones extraterrestres.
—Claro. ¿Por qué?
—¿Crees que yo podría utilizarla? —Hablaba con rapidez—. Es un asunto algo absurdo, Earl.
Tengo un amigo que vive en, hum, Centauro VI, y me escribe en, hum, ya sabes, en el sistema
semántico de los nativos centaurianos, y yo...
—¿Quieres que la máquina te traduzca una carta? Claro, me parece que podríamos hacerlo. Al
menos, por esta vez. Baja.
Bajó. Consiguió que Earl le enseñara cómo funcionaba la máquina, y en cuanto Earl se volvió
introdujo el diminuto cuadrado. La Máquina Lingüística zumbó. Ellis rezó en silencio para que el
papel no fuera demasiado pequeño, para que no se colara entre las piezas de la maquinaria.
Al cabo de unos segundos surgió una cinta por la ranura. La cinta se cortó a sí misma y cayó
en una bandeja. La Máquina Lingüística se enfrascó en seguida en otros asuntos, materiales más
vitales procedentes de las diversas divisiones de exportación de DT.
Ellis desplegó la cinta con dedos temblorosos. Las palabras bailaron ante sus ojos.
Preguntas. Le hacían preguntas. Dios, la cosa se estaba complicando. Leyó las preguntas en
voz baja. En menudo lío se había metido. Aquella gente esperaba respuestas. Él había aceptado
su papel, se lo había llevado. Le estarían esperando cuando regresara a casa, muy probablemente.
Volvió a su despacho y marcó un número en el videófono.
—Póngame con el exterior —ordenó.
El monitor habitual apareció.
—¿Sí, señor?
—Póngame con la Biblioteca de Información Federal —dijo Ellis—. División de
Investigación Cultural.
Aquella noche le esperaban, en efecto, pero no eran los mismos. Era extraño; cada vez había
un grupo diferente. Sus ropas también eran algo diferentes. Una nueva apariencia. Y el paisaje
del fondo había sufrido ligeras variaciones. Los árboles que había visto antes ya no estaban. Las
colinas seguían en su sitio, pero el color era distinto. Un blancogrisáceo apagado. ¿Nieve?
Se agachó. Lo había hecho con esmero. Había introducido las respuestas de la Biblioteca de
Información Federal en la Máquina Lingüística para que las tradujera en sentido inverso. Las
respuestas estaban escritas en el mismo idioma de las preguntas..., pero en una hoja de papel más
grande.
Ellis, como si jugara a canicas, lanzó la bolita de papel por el resplandor gris. Pasó por encima
de seis o siete de las figuras expectantes y bajó rodando por la ladera de la colina sobre la que
esperaban. Tras un momento de aterrorizada inmovilidad, las figuras se lanzaron frenéticamente
tras ella. Desaparecieron en las vagas e invisibles profundidades de su mundo y Ellis se
reincorporó.
—Bueno —murmuró para sí—, ya está.
No fue así. A la mañana siguiente había un nuevo grupo..., y una nueva lista de preguntas. Las
figuritas empujaron su microscópico cuadrado de papel por la estrecha abertura de la pared del
túnel y esperaron, temblorosos, a que Ellis se agachara y lo tomara.
Lo encontró..., por fin. Lo guardó en la cartera y prosiguió su camino. Desembocó en Nueva
York con el ceño fruncido. La cosa se estaba poniendo seria. ¿Iba a convertirse en un trabajo
continuado?
Después, sonrió. Era lo más extraño que jamás le había sucedido. Aquellos tunantes, a su
manera, eran muy listos. Diminutos rostros graves, que la preocupación deformaba. Y también el
terror. Le tenían miedo, mucho miedo. ¿Y por qué no? Comparado con ellos, era un gigante.
Ellis hizo conjeturas acerca de su mundo. ¿Cómo sería su planeta? Su extrema pequeñez era
peculiar, pero el tamaño era una cuestión relativa. Pequeño, no obstante, comparado con él.
Pequeño y reverente. Mientras empujaban hacia él los papeles, percibía su temor, la ansiosa y
torturante esperanza. Dependían de él. Rezaban para que les proporcionara respuestas.
—Un trabajo de lo más original —dijo para sí, sonriente.
—¿Qué pasa? —preguntó Peterson, cuando apareció en el laboratorio de Lingüística a
mediodía.
—Bueno, es que he recibido otra carta de mi amigo de Centauro VI.
—¿Sí? —El rostro de Peterson transparentó cierta suspicacia—. No me estarás tomando el
pelo, ¿verdad, Henry? Esta máquina tiene un montón de trabajo que hacer. No se detiene ni un
momento. No debemos desperdiciar su tiempo en...
—Esto es muy serio, Earl. —Ellis palmeó su cartera—. Un asunto muy importante. No es un
pasatiempo.
—De acuerdo. Si tú lo dices... —Peterson dio su aprobación al equipo que se encargaba de la
máquina—. Deja que este tipo utilice el traductor, Tommie.
—Gracias —murmuró Ellis.
Repitió la rutina, obtuvo la traducción, se llevó las preguntas a su despacho y las pasó al
personal investigador de la Biblioteca. Al caer la noche ya tenía las respuestas en el idioma de las
preguntas y las guardó en la cartera. Ellis salió del edificio de Desarrollo Terrestre y entró en el
instanmóvil.
Como de costumbre, un nuevo grupo le esperaba.
—Hola, chicos —saludó Ellis, introduciendo la bolita de papel por la abertura.
La bolita rodó por la campiña microscópica y rebotó de colina en colina. Los enanitos la
persiguieron. Se movían de una forma curiosa, como si tuvieran las piernas agarrotadas. Ellis
contempló sus evoluciones, sonriendo con interés..., y orgullo.
Se movían muy de prisa, no quedaba duda. Apenas podía distinguirlos. Se habían alejado
como un rayo del resplandor. Por lo visto, sólo una ínfima parte de su mundo era tangente al
instanmóvil. Sólo aquel punto, donde la niebla resplandeciente era menos densa. Forzó la vista.
Estaban abriendo la bolita. Tres o cuatro figuritas alisaron el papel y examinaron las
respuestas.
Ellis, henchido de orgullo, continuó por el túnel y salió a su patio trasero. No sabía leer sus
preguntas y, una vez traducidas, no sabía responderlas. El departamento de Lingüística se
encargaba de la primera parte, y el personal de investigación de la Biblioteca completaba el resto.
Con todo, Ellis se sentía orgulloso. Experimentaba en su interior una profunda y ardiente
sensación. La expresión de sus rostros. La forma en que le miraban cuando veían el papel con las
respuestas en su mano. Cuando se dieron cuenta que iba a contestar a sus preguntas. Y la manera
en que se dispersaban a continuación. Era muy... satisfactorio. Le hacía sentirse en la gloria.
—No está mal —murmuró. Abrió la puerta trasera y entró en la casa—. No está nada mal.
—¿Qué no está mal, cariño? —preguntó Mary, alzando la vista de la mesa. Olvidó la revista y
se levantó—. Caramba, pareces muy feliz. ¿Qué ha pasado?
—Nada. ¡Nada en absoluto! —La besó ardientemente en la boca—. Esta noche estás
guapísima, pequeña.
—¡Oh, Henry! —Mary enrojeció de pies a cabeza—. Eres un encanto.
Examinó a su esposa con una mirada apreciativa. Llevaba un conjunto de dos piezas de
plástico transparente.
—Vistes unos fragmentos de lo más atractivo.
—¡Caray, Henry! ¿Qué te ha pasado? ¡Pareces tan..., tan fogoso!
—Oh, creo que disfruto con mi trabajo —sonrió Ellis—. Ya sabes, no hay nada como estar
orgulloso de tu trabajo. Un trabajo bien hecho, como suele decirse. Un trabajo del que puedes
estar orgulloso.
—Siempre has dicho que sólo eras una pieza en una gigantesca máquina impersonal, una
especie de número.
—Las cosas han cambiado —afirmó Ellis—. Estoy haciendo un, hum, un nuevo proyecto. Un
nuevo encargo.
—¿Un nuevo encargo?
—Reúno información. Algo así como... un trabajo creativo, por así decirlo.
Al finalizar la semana les había entregado un buen conjunto de información.
Tomó la costumbre de marcharse a trabajar a las nueve y media. Así se regalaba treinta
minutos para ponerse a cuatro patas y escudriñar por la abertura. Adquirió una buena práctica en
observarles y ver lo que hacían en su mundo microscópico.
Su civilización era bastante primitiva, sin duda alguna. Juzgando por los criterios de la Tierra,
ni siquiera era una civilización. De sus observaciones dedujo que carecían de técnicas científicas;
se trataba de una cultura agraria, una especie de comunismo rural, una organización monolítica
de base tribal, sin demasiados miembros.
No a la vez, al menos. Ésa era la parte que no comprendía. Cada vez que pasaba había un
grupo diferente. Los rostros no le resultaban familiares. Y su mundo también cambiaba. Los
árboles, los cultivos, la fauna. El clima, en apariencia.
¿Transcurría su tiempo de manera distinta? Se movían con mucha rapidez, como una cinta de
vídeo acelerada. Y sus voces estridentes. Tal vez era eso. Un universo totalmente diferente, en el
que la estructura del tiempo poseía diferencias radicales.
En cuanto a su actitud ante él, no podía llamarse a engaño. Después de los dos primeros
encuentros empezaron a presentarle ofrendas, porciones increíblemente diminutas de comida
humeante, preparada en hornos y hogares de ladrillo. Si introducía la nariz en el resplandor gris
captaba un tenue aroma a comida. Y olía bien. Fuerte y condimentada, picante. Carne, con toda
probabilidad.
El viernes se proveyó de una lupa y los contempló a sus anchas. Era carne, en efecto.
Arrastraban animales del tamaño de una hormiga hacia los hornos, para sacrificarlos y cocinarlos.
Divisó mejor sus rostros con la lupa. Eran extraños. Fuertes y oscuros, con una peculiar mirada
firme.
Sólo manifestaban una actitud ante él, por supuesto. Una combinación de miedo, reverencia y
esperanza. Esa actitud le encantaba. Se la dedicaban sólo a él. Gritaban y discutían entre sí, y a
veces peleaban y se acuchillaban con furia, formando una violenta confusión de túnicas pardas.
Constituían una especie apasionada y enérgica. Llegó a admirarles.
Y eso estaba bien..., porque le hacía sentirse mejor. Era fantástico recibir la admiración
reverente de una raza tan orgullosa y tenaz. No demostraban la menor cobardía.
La quinta vez descubrió que habían construido un edificio bastante atractivo. Parecía un
templo, un lugar de adoración.
¡Para él! Estaban desarrollando una auténtica religión, centrada en él. No existía duda. Salía
de casa a las nueve de la mañana para pasar una hora en su compañía. A mediados de la segunda
semana ya habían desarrollado todo un ritual. Procesiones, velas encendidas, canciones o
cánticos. Sacerdotes de largos hábitos. Y las ofrendas condimentadas.
No vio imágenes, sin embargo. Por lo visto, era tan grande que no podían hacerse una idea de
su apariencia. Intentó imaginar cuál sería su aspecto desde el otro lado del resplandor. Una forma
inmensa que se cernía sobre ellos, tras una cortina de niebla gris.
Un ser borroso, parecido a ellos, pero no igual. Una especie diferente, por supuesto. Más
grande..., pero diferente en otros aspectos. Y cuando hablaba, su voz atronaba a lo largo y ancho
del instanmóvil. Lo cual les impulsaba a huir.
Una religión desarrollada. Él les estaba cambiando. Gracias a su presencia y a sus respuestas,
las respuestas precisas y correctas que obtenía de la Biblioteca de Información Federal y traducía
a su idioma mediante la Máquina Lingüística. Debido a la forma en que transcurría su tiempo,
tenían que esperar generaciones para obtener las respuestas. Pero a estas alturas ya se habían
acostumbrado. Esperaban. Aguardaban. Le transmitían sus preguntas y al cabo de un par de
siglos él les entregaba las respuestas, respuestas que, sin duda, utilizaban para algo práctico.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Mary una noche, cuando llegó una hora más tarde a casa—.
¿Dónde has estado?
—Trabajando —contestó Ellis con indiferencia, mientras se quitaba el sombrero y el abrigo.
Se desplomó en el sofá—. Estoy cansado, muy cansado. —Suspiró de alivio e indicó con un
gesto al brazo del sofá que le trajera un whisky sour.
Mary se acercó al sofá.
—Henry, estoy un poco preocupada.
—¿Preocupada?
—No deberías trabajar tanto. Tendrías que tomártelo con más calma. ¿Cuánto hace que no
disfrutas de unas auténticas vacaciones? Un viaje fuera de la Tierra, fuera del sistema. La verdad
es que me gustaría llamar a ese tal Miller y preguntarle si es necesario que un hombre de tu edad
ponga tanto...
—¡Un hombre de mi edad! —Ellis se revolvió, indignado—. No soy tan viejo.
—Claro que no. —Mary se sentó a su lado y le rodeó con sus brazos—. No deberías trabajar
tanto. Te mereces un descanso, ¿no crees?
—Esto es diferente. No lo entiendes. No es lo mismo de siempre. Informes, estadísticas y los
malditos archivos. Esto es...
—¿El qué?
—Esto es diferente. No soy una pieza. Esto me gratifica. Creo que no puedo explicártelo, pero
se trata de algo que debo hacer.
—Si pudieras contarme algo más...
—No puedo contarte nada más —dijo Ellis—, pero no existe nada igual en el mundo. He
trabajado veinticinco años para Desarrollo Terrestre. Veinticinco años en los mismos informes,
día tras día. Veinticinco años..., y nunca me había sentido así.
—Ah, ¿sí? —rugió Miller—. ¡No me venga con monsergas! ¡Desembuche, Ellis!
Ellis boqueó como un pez.
—¿De qué está hablando? —El terror se apoderó de él—. ¿Qué ha pasado?
—No intente jugar conmigo al gato y al ratón. —En la pantalla, el rostro de Miller se tiñó de
púrpura—. Venga a mi despacho.
La pantalla se apagó.
Ellis siguió sentado ante su escritorio, estupefacto. Se recobró poco a poco y se puso en pie,
temblando como una hoja.
—Dios mío.
Se secó el sudor frío de la frente, sin fuerzas. De repente, todo arruinado. Estaba aturdido por
la conmoción.
—¿Algo va mal? —preguntó la señorita Nelson.
—No.
Ellis avanzó como atontado hacia la puerta. Estaba destrozado. ¿Qué había descubierto
Miller? ¡Santo Dios! ¿Era posible que...?
—El señor Miller parecía enfadado.
—Sí.
Ellis caminó por el pasillo, sin ver nada. Su mente funcionaba a toda máquina. Miller parecía
muy enfadado. De alguna manera, lo había descubierto. Pero, ¿por qué se había enfurecido?
¿Qué le importaba a él? Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. La cosa tenía mal aspecto.
Miller era su superior..., con poderes para contratar y despedir. Tal vez había cometido alguna
equivocación. Tal vez, sin saberlo, había quebrantado la ley, cometido un delito. Pero, ¿cuál?
¿Qué le importaban ellos a Miller? ¿Cuál era el interés de Desarrollo Terrestre?
Abrió la puerta del despacho de Miller.
—Aquí estoy, señor Miller —murmuró—. ¿Cuál es el problema?
Miller echaba chispas por los ojos.
—Ese ridículo asunto de su primo de Próxima.
—Es... Hum... Se refiere a un amigo de negocios de Centauro VI.
—¡Es usted un..., un estafador! ¡Después de todo lo que la empresa ha hecho por usted!
—No entiendo —musitó Ellis—. ¿Qué he...?
—¿Por qué cree que le hicimos entrega del instanmóvil antes que a nadie?
—¿Por qué?
—¡Para probarlo! ¡Para ver cómo funcionaba, repugnante chinche venusino de ojos saltones!
La empresa le consintió magnánimamente manejar un instanmóvil antes de su presentación en el
mercado, ¿y qué hace usted? Demonios, usted...
Ellis empezó a indignarse. Después de todo, llevaba veinticinco años en DT.
—No es necesario que sea tan ofensivo. Desembolsé mis mil créditos de oro a cambio...
—Bien, puede largarse con viento fresco al despacho del contable y recuperar su dinero. Ya he
cursado la orden al equipo de construcción para que embale su instanmóvil y lo devuelva aquí.
Ellis estaba patidifuso.
—Pero, ¿por qué?
—¿Cómo que por qué? Porque es defectuoso. Porque no funciona. Por eso. —La ofensa
tecnológica arrancó chispas de los ojos de Miller—. El equipo de inspección encontró una grieta
de un kilómetro de ancho. —Torció los labios—. Como si usted no lo supiera.
El corazón de Ellis dio un salto.
—¿Una grieta? —graznó, temiendo lo peor.
—Una grieta. Por suerte autoricé una inspección periódica. Si dependiéramos de gente como
usted para...
—¿Está seguro? A mí me parecía que funcionaba muy bien. O sea, me traía aquí sin el menor
problema. —Ellis luchaba por encontrar las palabras—. En lo que a mí respecta, ninguna queja.
—No, claro, ninguna queja. Esa es la razón exacta por la que no tendrá ninguno más. Por eso
tomará esta noche el monojet para volver a su casa. ¡Porque no informó sobre la grieta! Y si
vuelve a intentar ocultarle algo a esta oficina...
—¿Cómo sabe que me había dado cuenta del... defecto?
Miller se hundió en su butaca, sobrecogido de furia.
—A causa de sus peregrinajes diarios a la Máquina Lingüística —dijo poco a poco—. Con la
falsa carta de su abuela de Betelgeuse II. Lo cual no era cierto. Lo cual era un fraude. ¡Lo cual
obtenía usted a través de la grieta del instanmóvil!
—¿Cómo lo sabe? —chilló Ellis, atrapado entre la espada y la pared—. Es posible que tuviera
un defecto, pero usted no puede demostrar que existe una relación entre su instanmóvil
defectuoso y mi...
—Su misiva —afirmó Miller—, la que introdujo en nuestra Máquina Lingüística, no estaba
escrita en un lenguaje extraterrestre. No era de Centauro VI. No procedía de algún sistema
alienígena. Era hebreo antiguo. Y sólo pudo conseguirlo en un sitio, Ellis, de forma que no
intente engañarme.
—¡Hebreo! —exclamó Ellis, aturdido. Palideció como la cera—. Santo Dios. El otro
continuo... La cuarta dimensión. El tiempo, por supuesto. —Se puso a temblar—. Y el universo
en expansión. Eso explicaría su tamaño. Y explica por qué un grupo nuevo, una nueva
generación...
—Ya corremos bastantes riesgos con estos instanmóviles, tal como son ahora. Practicar un
túnel en el continuo espaciotemporal... —Miller sacudió la cabeza, agotado—. Maldito
entrometido. Usted sabía que debía informarnos de cualquier defecto.
—Me parece que no he hecho ningún daño, ¿verdad? —Ellis estaba terriblemente nervioso—.
Parecían complacidos, incluso agradecidos. Demonios, estoy seguro que no causé ningún
perjuicio.
Miller lanzó un alarido de rabia demente. Paseó un rato por el despacho. Por fin, tiró algo
sobre el escritorio, frente a Ellis.
—Ningún perjuicio. No, ninguno. Fíjese en esto. Lo he sacado de los Archivos de Artefactos
Antiguos.
—¿Qué es?
—¡Mírelo! Lo comparé con una de sus hojas de preguntas. Lo mismo. Exactamente lo mismo.
Todas sus hojas, preguntas y respuestas, se hallan aquí, ¡sarnoso ciempiés ganimediano!
Ellis tomó el libro y lo abrió. Mientras leía las páginas, una extraña mirada iluminó su rostro.
—Santo cielo. Registraron todo cuanto les proporcioné. Lo reunieron en un libro, hasta la
última palabra. Y también algunos comentarios. Todo está aquí, palabra por palabra. Ejerció un
efecto, por tanto. Lo publicaron, lo reprodujeron.
—Vuelva a su despacho. Ya me he cansado de verle por hoy. Me he cansado para siempre.
Recibirá el talón del finiquito por los conductos habituales.
Una extraña emoción provocó que el rostro de Ellis enrojeciera, como si estuviera en trance.
Aferró el libro y se dirigió hacia la puerta.
—Señor Miller, ¿puedo quedármelo? ¿Puedo llevármelo?
—Claro —respondió Miller, exhausto—. Claro, lléveselo. Léalo esta noche, camino de su
casa, en el monojet público.
—Henry quiere enseñarte algo —susurró excitada Mary Ellis, tomando a la señora Lawrence
por el brazo—. No metas la pata.
—¿Que no meta la pata? —La señora Lawrence vaciló, nerviosa y algo inquieta—. ¿Qué es?
No será algo vivo, ¿verdad?
—No, no. —Mary la empujó hacia la puerta del estudio—. Limítate a sonreír. —Alzó la
voz—. Henry, Dorothy Lawrence está aquí.
Henry Ellis apareció en la puerta del estudio, una figura digna en su bata de seda, con la pipa
en la boca y una pluma estilográfica en una mano. Hizo una ligera inclinación de cabeza.
—Buenas noches, Dorothy —dijo en voz baja, bien modulada—. ¿Te importa entrar en mi
estudio un momento?
—¿Estudio? —La señora Lawrence cruzó el umbral, indecisa—. ¿Qué estudias? Bueno, Mary
me ha dicho que has estado haciendo algo muy interesante últimamente, ahora que ya no estás
en... O sea, ahora que te quedas más en casa. De todas formas, no me ha dado la menor pista.
Los ojos de la señora Lawrence vagaron con curiosidad por la habitación. El estudio estaba
lleno de libros de consulta, mapas, un enorme escritorio de caoba, un atlas, un globo terráqueo,
butacas de piel y una máquina de escribir eléctrica inconcebiblemente antigua.
—¡Santo Dios! —exclamó la mujer—. Qué extraño. Tantas antigüedades...
Ellis sacó algo del librero con infinito cuidado y se lo tendió, como sin darle importancia.
—A propósito... Échale una ojeada a esto.
—¿Qué es? ¿Un libro? —La señora Lawrence tomó el libro y lo examinó—. Dios mío, cómo
pesa. —Leyó la cubierta, moviendo los labios—. ¿Qué significa esto? Parece muy antiguo. ¡Y
qué letras tan extrañas! Nunca había visto nada igual. Sagrada Biblia. —Alzó sus ojos
brillantes—. ¿Qué es esto?
—Bueno... —Ellis esbozó una sonrisa.
La señora Lawrence tuvo una intuición y se quedó sin aliento.
—¡Santo Cielo! No habrás escrito esto, ¿verdad?
La sonrisa de Ellis se hizo más amplia. Enrojeció de modestia, digno y sereno.
—Una cosa sin importancia —murmuró, indiferente—. Mi primera obra, para ser exacto. —
Acarició la pluma con aire pensativo—. Y ahora, con vuestro permiso, debo volver a mi trabajo...
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