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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 26 de junio de 2009

BESTIARIO -- HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO

BESTIARIO -- HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO
HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO
Brian W. Aldiss
EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV





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Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni
discutidas por el pueblo.
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos
honramos y tememos.
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos
pecadores que tomaron parte en ellos.
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la
migración y evacuación constantes.
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el
antiguo puerto de Adén.
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado
izquierdo del Dios Inmenso.
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de
Moscú.
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los
anglofranceses.
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido
o Enojado con el hombre.
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con
frecuencia eran sumamente blasfemas.
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).
"Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas".
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero
creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro
prosigue:
"Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro
sistema solar".
Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.
"Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del
espacio de las que ha surgido. Buenas noches".
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,
mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a
los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que
su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y
Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más
amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la
gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso
hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en
honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos
de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de
hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología
contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente
devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las
Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante
el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema
Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las
cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más
substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios
Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de
nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que
regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

jueves, 25 de junio de 2009

UNA CRUZ DE SIGLOS

UNA CRUZ DE SIGLOS

Henry Kuttner

Lo llamaron Cristo. Pero no era el Hombre que cinco mil años atrás había recorrido trabajosamente el largo camino hacia el Gólgota. Lo llamaron Buda y Mahoma, lo llamaron Cordero, y Bendito de Dios. Lo llamaron Príncipe de la Paz y el Inmortal.

Su nombre era Tyrell.

Ahora acababa de ascender por otro camino, el escarpado sendero que llevaba al monasterio de la montaña, y por un momento se detuvo parpadeante ante la brillosa luz del sol. Su túnica blanca estaba teñida del color negro ritual.

La muchacha que lo acompañaba le tocó el brazo y lo estimuló suavemente para seguir adelante. Entró en la sombra del portón.

Entonces vaciló y volvió la mirada hacia atrás. El camino lo había conducido hasta la pradera de la montaña donde se levantaba el monasterio, de color verde deslumbrante en la incipiente primavera. Tenuemente, a lo lejos, sintió que lo desgarraba la idea de abandonar todo ese esplendor, pero intuyó que la situación mejoraría muy pronto. Y el esplendor estaba lejos. Ya no era del todo real. La muchacha le volvió a tocar el brazo y él asintió obediente y caminó hacia adelante, preocupado por la sensación de una pérdida inminente que su mente fatigada no alcanzaba a comprender.

Estoy muy viejo, pensó.

En el patio los sacerdotes se inclinaron ante él. Mons, el jefe, estaba de pie en la otra punta de un amplio estanque que devolvía el azul indiferente del cielo. De cuando en cuando una brisa suave, fresca, agitaba la superficie del agua.

Viejas costumbres enviaban mensajes a lo largo de sus nervios. Tyrell elevó una mano y los bendijo a todos.

Serenamente su voz pronunció las recordadas frases.

—Que haya paz. En la tierra afligida, en todos los mundos y en el santo cielo de Dios que está entre ellos, que haya paz. Los poderes de... de... —su mano vaciló; luego volvió a recordar— los poderes de la oscuridad no tienen fuerza para oponerse al amor y la comprensión de Dios. Yo les traigo la palabra de Dios. Es amor; es comprensión; es paz.

Aguardaron hasta que terminó. Era el momento inadecuado y el ritual equivocado. Pero no tenía importancia, porque él era el Mesías.

Del otro lado del estanque Mons hizo una seña. La muchacha que acompañaba a Tyrell apoyó suavemente las manos sobre los hombros de su túnica.

—Inmortal —exclamó Mons—, ¿te quitarás tus vestiduras manchadas y con ellas los pecados del tiempo?

Tyrell miró vagamente hacia el otro extremo del estanque.

—¿Bendecirás los mundos con otro siglo de tu santa presencia?

Tyrell recordó algunas palabras.

—Yo parto en paz; yo regreso en paz —dijo.

La muchacha le quitó suavemente la túnica blanca, se arrodilló y le retiró las sandalias. Desnudo, Tyrell quedó de pie sobre el borde del estanque.

Parecía un muchacho de veinte años. Tenía dos mil.

Sintió la herida de alguna profunda inquietud. Mons lo convocaba con un brazo en alto, pero Tyrell miró a su alrededor confusamente y encontró los ojos grises de la muchacha.

—¿Nerina? —murmuró.

—Entra al estanque —susurró ella—. Crúzalo a nado.

Él extendió la mano y tocó la de ella. La muchacha sintió esa maravillosa corriente de dulzura que era su fuerza indomable. Le apretó la mano con vehemencia, tratando de atravesarle las nubes de la mente, tratando de hacerle saber que todo volvería a estar bien, que ella esperaría, como ya tres veces, en los últimos trescientos años, había esperado su resurrección.

Era mucho más joven que Tyrell, pero también era inmortal.

En los ojos azules de Tyrell la niebla del cansancio se aclaró por un instante.

—Espérame, Nerina —dijo. Luego, recobrando su antigua destreza, se sumergió en el estanque con una zambullida impecable.

Ella lo observó nadar firme y seguro. En su cuerpo todo funcionaba bien; siempre funcionaba igual, por más que envejeciera. Era sólo su mente la que se endurecía, se hundía más profundamente en los surcos acerados del tiempo y perdía el roce con el presente de suerte que su memoria se iba fragmentando poco a poco. Pero los recuerdos más viejos tardaban más en partir, y los recuerdos automáticos eran los más perdurables.

Ella tenía conciencia de su propio cuerpo, joven y fuerte y hermoso, como lo sería siempre. Su mente... también había una respuesta para eso. Estaba contemplando la respuesta.

Soy inmensamente bienaventurada, pensó. De entre todas las mujeres de todos los mundos, yo soy la Novia de Tyrell, y el único ser inmortal que existe además de él.

Con amor y veneración lo miró nadar. A sus pies estaba la túnica desechada, manchada con las memorias de cien años.

No parecía tan lejano. Podía recordar muy claramente la última vez que había observado a Tyrell cruzar a nado el estanque. Y antes de esa vez había habido otra, y esa había sido la primera. Para ella; para Tyrell, no.

Tyrell salió del agua chorreando y vaciló. Ella sintió mucha angustia ante su cambio, su sólida seguridad era ahora asombrada interrogación. Pero Mons estaba listo. Avanzó y lo tomó de la mano. Condujo al Mesías hacia una puerta enclavada en el elevado muro del monasterio, y juntos desaparecieron por ella. Nerina pensó que Tyrell se volvía para mirarla, con la permanente ternura de su sosiego profundo y maravilloso.

Un sacerdote tomó la túnica manchada tendida a sus pies y se la llevó. Ahora la lavarían y la colocarían sobre el altar, el tabernáculo esférico con la forma del mundo natal. Volvería a lucir blanca y resplandeciente, y sus pliegues caerían suavemente ondulados sobre la tierra.

La lavarían por completo, así como lavarían también la mente de Tyrell, le limpiarían el atestado depósito de recuerdos acumulados en un siglo.

Los sacerdotes salieron en fila. Ella miró furtivamente hacia atrás, más allá del portón abierto, al verde intenso y hermoso del prado montañés, a la hierba de primavera que con sensualidad se estiraba hacia el sol después de la nieve invernal. Inmortal, pensó, mientras elevaba los brazos hacia el cielo y sentía en el cuerpo la cadencia profunda de su sangre eterna, licor de los dioses. Era Tyrell el que sufría. Yo ningún precio debo pagar por esta... maravilla.

Veinte siglos.

Y el primero debió ser de horror total.

Su mente regresó de las escondidas brumas de la historia que ahora era leyenda, y sólo tuvo un resplandor del sereno Cristo Blanco que surcaba ese caos de estruendosa maldad cuando la tierra se ennegreció, cuando se tino del color escarlata del odio y la angustia. ¡Ragnarok, Armageddón, Hora del Anticristo... dos mil años atrás!

Acosado, inmutable, con su prédica de amor y de paz, el Mesías Blanco había atravesado como una luz el descenso de la tierra a los infiernos.

Y había vivido, y las fuerzas del mal se habían destruido a sí mismas, y los mundos habían encontrado la paz... habían encontrado la paz hacía ya tanto tiempo que la Hora del Anticristo estaba perdida en el recuerdo, era leyenda.

Perdida, aún para la memoria de Tyrell. Nerina se alegraba de que fuera así. Hubiera sido terrible de recordar. Se estremeció al pensar cuál habría sido su martirio.

Pero hoy era el Día del Mesías, y Nerina, el único ser inmortal además de Tyrell, contempló con veneración y amor la puerta vacía por donde él había salido.

Miró el estanque azul. Un viento fresco le rizaba la superficie; una nube pasaba suavemente junto al sol y ensombrecía el brillo de la jornada.

Pasarían setenta años hasta que ella volviera a nadar en el estanque. Y al despertar los ojos azules de Tyrell la estarían mirando, él le tomaría las manos y la llamaría para que se unieran en la juventud primaveral en que vivían eternamente.

Los ojos grises de Nerina lo observaron; apoyó una mano en la de él mientras permanecía recostado en el lecho. Pero no despertó.

Ella miró a Mons ansiosamente.

Él inclinó la cabeza con un gesto tranquilizador.

Ella sintió un movimiento levísimo junto a su mano.

Los párpados de Tyrell temblaron. Se abrieron lentamente La seguridad sosegada y profunda aún seguía allí, en los ojos azules que tanto habían visto, en la mente que tanto había olvidado. Tyrell la miró un momento. Luego sonrió.

Trémula, Nerina dijo:

—Siempre tengo miedo de que me olvides.

—Siempre le devolvemos sus recuerdos de ti —dijo Mons—, Bendita de Dios. Siempre lo haremos. —Se inclinó sobre Tyrell— Inmortal, ¿estás verdaderamente despierto?

—Si —dijo Tyrell y se incorporó balanceando las piernas sobre el borde del lecho, poniéndose de pie con movimientos ágiles y decididos. Miró a su alrededor, vio la nueva túnica lista, completamente blanca, y se la puso. Tanto Nerina como Mons advirtieron que ya no había vacilación en su conducta. Más allá del cuerpo eterno, la mente estaba joven, segura y despejada otra vez.

Mons se arrodilló, y Nerina se arrodilló también. El sacerdote dijo suavemente:

—Agradecemos a Dios que nos permita una nueva Encarnación. Que la paz reine en este ciclo, y en todos los ciclos futuros.

Tyrell tomó a Nerina de la mano y la hizo ponerse de pie. Se agachó y también alzó a Mons.

—Mons, Mons —dijo con tono casi de reprensión—. Cada siglo que pasa me tratan menos como a un hombre y más como a un dios. Si hubieras vivido hace unos cientos de años... pues, rezaban cada vez que me despertaba, pero no se ponían de rodillas. Soy un hombre, Mons. No lo olvides.

—Trajiste paz a los mundos —dijo Mons.

—¿Entonces, me podrían dar algo de comer, como recompensa?

Mons hizo una reverencia y salió. Tyrell se volvió rápidamente hacia Nerina La firme delicadeza de sus brazos la rodeó.

—Si no despertara, alguna vez... —dijo—. Renunciar a ti sería lo más difícil de todo. No sabía lo solo que estaba hasta que encontré a otro inmortal.

—Nos quedaremos una semana en el monasterio —dijo ella—. Una semana de retiro antes de volver a casa. Me gusta estar aquí contigo más que cualquier otra cosa.

—Espera un poco —dijo él—. Algunos siglos más y perderás esa actitud de veneración. Me gustaría que así fuera. El amor es mejor... ¿y a qué otra persona puedo amar de esta manera?

Ella pensó en los siglos de soledad que había tenido Tyrell, y todo el cuerpo le dolió de amor y compasión.

Después del beso Nerina se echó hacia atrás y lo miró pensativamente.

—Has vuelto a cambiar —dijo—. Sigues siendo tú, pero..

—¿Pero qué?

—Estás más suave, de alguna manera.

Tyrell se rió.

—Cada vez me lavan la mente y me dan un nuevo surtido de recuerdos. Oh, casi todos los viejos, pero el conjunto es un poco distinto. Siempre lo es. Las cosas están ahora más tranquilas que hace un siglo. Así que me reacondicionan la mente para que se adecue a la época. De lo contrario me convertiría gradualmente en algo anacrónico. —Frunció ligeramente el ceño—. ¿Quién es ése?

Ella miró hacia la puerta.

—¿Mons? No. No hay nadie.

—¿Oh? Pues... sí, tendremos una semana de retiro. Tiempo para pensar e integrar mi personalidad reacondicionada. Y el pasado... —Volvió a vacilar.

—Me gustaría haber nacido antes —dijo Nerina—. Podría haber estado contigo...

—No —replicó él rápidamente—. Al menos, no hace mucho tiempo.

—¿Tan malo fue?

Él se encogió de hombros.

—Ya no sé cuánto hay de verdad en mis recuerdos. Me alegro de no recordar más de lo que recuerdo. Pero recuerdo lo necesario. Las leyendas dicen la verdad. —El dolor le ensombreció el rostro—. Las grandes guerras... el infierno se desató. ¡El infierno era omnipotente! El Anticristo salía a caminar a la luz del día, y los hombres temían lo que está en las alturas.. —Alzó los ojos hacia el pálido cielo raso de la habitación, y vio más allá—. Los hombres se volvieron bestias. Demonios. Les hablé de la paz, e intentaron matarme. Resistí. Era inmortal, por gracia de Dios. Sin embargo, hubieran podido matarme. Soy vulnerable a las armas. —Tomó aliento con una respiración profunda, prolongada—. La inmortalidad no bastaba. La voluntad de Dios me protegió, para que pudiera seguir predicando la paz hasta que, poco a poco, las bestias contrahechas se acordaron de sus almas y salieron del infierno...

Nerina nunca lo había oído hablar así.

Suavemente le tocó la mano.

Tyrell volvió a ella.

—Ya pasó —dijo Tyrell—. El pasado está muerto. Tenemos el día de hoy.

A lo lejos los sacerdotes entonaban un himno de júbilo y gratitud.

La tarde siguiente ella lo vio en el extremo de un corredor, inclinado sobre un bulto, agazapado y oscuro, y corrió hacia allí. Estaba agachado junto al cuerpo de un sacerdote, y al ver a Nerina tembló y se levantó; tenía el rostro pálido y consternado.

Ella miró hacia abajo y su rostro también palideció.

El sacerdote estaba muerto. Tenía marcas azules en la garganta, el cuello quebrado y la cabeza monstruosamente retorcida.

Tyrell se movió para resguardar el cuerpo de la mirada de Nerina.

—Lla... llama a Mons —dijo él, inseguro, como si hubiera llegado al final de los cien años—. Rápido. Esto... llámalo.

Mons llegó, miró el cuerpo y quedó estupefacto. Sus ojos encontraron la mirada azul de Tyrell.

—¿Cuántos siglos han pasado, Mesías? —preguntó, con voz trémula.

—¿Desde que termino la violencia? Ocho siglos, o más. Mons, nadie, nadie es capaz de esto —dijo Tyrell.

—Si —dijo Mons—. Ya no hay violencia. Ha sido desterrada de la raza. —Súbitamente se puso de rodillas—. ¡Mesías, vuelve a traer la paz! ¡El dragón ha resurgido del pasado!

Tyrell se irguió, una figura de poderosa humildad en su túnica blanca.

Levantó los ojos y rezó.

Nerina se arrodilló, su horror se disipó lentamente en el poder abrasador de la oración de Tyrell.

El murmullo recorrió el monasterio y volvió tembloroso desde el aire azul, transparente que se extendía más allá. Nadie sabía quién había cerrado mortalmente las manos en la garganta del sacerdote. Nadie, ningún humano era capaz de matar; como había dicho Mons, la capacidad de odiar, de destruir, había sido desterrada de la raza.

El murmullo no trascendió los muros del monasterio. La batalla tenía que celebrarse en secreto, ningún indicio debe perturbar la prolongada paz de los mundos.

Ningún humano.

Pero creció otro murmullo: El Anticristo ha vuelto a nacer.

Acudieron a Tyrell, al Mesías, en busca de consuelo.

—Paz —dijo—, paz; combatan el mal con la humildad, inclinen la cabeza en actitud de oración, recuerden el amor que salvó al hombre cuando hace dos mil años el infierno se abatió sobre los mundos.

Por la noche, lloró en sueños junto a Nerina, y luchó contra un enemigo invisible.

—¡Demonio! —gritó, y despertó temblando.

Ella lo estrechó en sus brazos, con orgullosa humildad, hasta que se volvió a dormir.

Un día Nerina y Mons fueron al cuarto de Tyrell para comunicarle el nuevo horror. Habían encontrado a un sacerdote muerto, salvajemente tajeado por un cuchillo filoso. Abrieron la puerta y lo vieron frente a ellos, sentado ante una mesita baja. Estaba rezando mientras contemplaba, con enferma fascinación, el cuchillo sangriento apoyado sobre la mesa.

—Tyrell... —dijo ella, y de improviso Mons inhaló una bocanada de aire rápida y temblorosa y giró bruscamente. La empujó hacia el otro lado de la puerta.

—¡Espera! —dijo con urgencia violenta—. ¡Espérame aquí! —antes de que pudiera decir una palabra la puerta se cerró y Nerina oyó que Mons le echaba cerrojo.

Permaneció allí, sin pensar, durante un rato largo.

Después Mons salió y cerró la puerta suavemente tras de si. La miró.

—Todo está bien —dijo—. Pero... ahora debes escucharme. —Y se quedó en silencio.

Intentó de nuevo.

—Bendita de Dios... —Volvió a respirar con dificultad—. Nerina. Yo... —rió en forma extraña—. Es raro. No puedo hablar a menos que te llame Nerina.

—¿Qué sucede? ¡Déjame ver a Tyrell!

—No, no. Se pondrá bien. Nerina, él está enfermo.

Ella cerró los ojos, tratando de concentrarse. Oyó la voz de Mons, insegura pero cada vez más fuerte.

—Esos asesinatos. Los cometió Tyrell.

—Mientes —dijo ella—. ¡Es mentira!

Mons replicó, casi bruscamente:

—Abre los ojos. Escúchame. Tyrell es... un hombre. Un gran hombre, un hombre muy bueno, pero no un dios. Es inmortal. Si no lo matan vivirá eternamente, como tú. Ya ha vivido mas de veinte siglos.

—¿Para qué decírmelo? ¡Ya lo sé!

—Debes ayudar —dijo Mons—. debes comprender. La inmortalidad es un accidente genético. Una mutación. Una vez cada mil años, tal vez cada diez mil, nace un ser humano inmortal. Su cuerpo se renueva a sí mismo; no envejece. Tampoco su cerebro. Pero su mente sí envejece...

—Hace sólo tres días —dijo Nerina desesperadamente—, Tyrell nadó en el estanque del renacimiento. Su mente no volverá a envejecer por un siglo. ¿Está...? ¿No se está muriendo?

—No, no. Nerina, el estanque del renacimiento no es más que un símbolo. Tú lo sabes.

—Sí. El verdadero renacimiento viene después, cuando nos metes en esa máquina. Lo recuerdo.

—La máquina —dijo Mons—. Si no se la usara cada siglo, tú y Tyrell se hubieran vuelto seniles e Impotentes hace mucho tiempo. La mente no es Inmortal, Nerina. Después de un tiempo ya no puede cargar con el peso del conocimiento, el saber, los hábitos. Pierde flexibilidad, la enturbia el rigor de la vejez. La máquina despeja la mente, como se puede despejar las unidades de memoria de una computadora. Entonces reemplazamos algunos recuerdos, no todos, y ponemos los necesarios en una mente clara y fresca, para que pueda crecer y aprender durante cien años más.

—Pero todo esto ya lo sé...

—Esos nuevos recuerdos forman una nueva personalidad, Nerina.

—¿Una nueva...? Pero Tyrell sigue siendo el mismo.

—No del todo. Cada siglo que pasa cambia un poco, a medida que la vida mejora y que los mundos son más felices. Cada siglo que pasa la nueva mente, la nueva personalidad de Tyrell se modifica, está más de acuerdo con el siglo que empieza que con el que acaba de terminar. Tú has renacido mentalmente tres veces, Nerina. No eres exactamente la misma que la primera vez. Pero no lo puedes recordar. No conservas todos los viejos recuerdos que alguna vez tuviste.

—Pero... pero qué...

—No sé —dijo Mons—. He hablado con Tyrell. Creo que esto es lo que sucedió. Al cabo de cada siglo en que la mente de Tyrell se limpiaba, se borraba, quedaba una mente en blanco, y sobre ella construíamos un nuevo Tyrell. No muy distinto. Sólo un poco, cada vez. ¿Pero más de veinte veces? Su mente ha de haber sido muy diferente hace veinte siglos. Y...

—¿Qué tan diferente?

—No lo sé. Suponíamos que cuando la mente se borraba, la estructura de la personalidad... desaparecía. Ahora pienso que no desapareció. Quedó sepultada. Reprimida, tan profundamente oculta en la mente que no podía emerger. Se tornó inconsciente. Así ocurrió siglo tras siglo. Y ahora Tyrell tiene más de veinte personalidades sepultadas en la memoria, tiene una personalidad múltiple que ya no puede mantenerse en equilibrio. En las tumbas de su mente hubo una resurrección.

—¡El Cristo Blanco nunca fue un asesino!

—No. En realidad, aún su primera personalidad, hace veinte siglos, ha de haber sido muy grande y buena para traer paz a los mundos, en aquellos tiempos del Anticristo. Pero a veces, en la sepultura de la mente, algo puede cambiar. Quizás alguna de esas personalidades enterradas se haya convertido en... en algo menos bueno que lo que fuera originariamente. Y ahora salió a la superficie.

Nerina se volvió hacia la puerta.

—Debemos estar muy seguros —dijo Mons—. Pero podemos salvar al Mesías. Podemos despejarle el cerebro, explorar muy profundamente, extirpar el espíritu maligno... Podemos salvarlo y devolverle la integridad. Debemos comenzar de inmediato. Nerina, reza por él.

La miró prolongada y afligidamente, se volvió y salió de prisa por el corredor. Nerina esperó, sin siquiera pensar. Al rato oyó un sonido leve. En un extremo del corredor había dos sacerdotes inmóviles; en el otro extremo, otros dos.

Abrió la puerta y fue hacia Tyrell.

Lo primero que vio fue el cuchillo manchado de sangre sobre la mesa. Después vio la oscura silueta junto a la ventana, contra la doliente intensidad del cielo azul.

—Tyrell —dijo, vacilante.

Él se volvió:

—Nerina. ¡Oh, Nerina!

Su voz era todavía dulce con la profunda fuerza de la calma.

Nerina se arrojó rápidamente a sus brazos.

—Estaba rezando —dijo él, y reclinó la cabeza para apoyarla sobre su hombro—. Mons me dijo... estaba rezando. ¿Qué es lo que hice?

—Eres el Mesías —dijo ella firmemente—. Salvaste al mundo del mal y del Anticristo. Eso hiciste.

—¡Pero el resto! ¡El demonio se apoderó de mi mente! Esta semilla que creció aquí, sin ver los rayos del sol de Dios... ¿en qué se convirtió? ¡Dicen que yo mato!

Al cabo de una larga pausa Nerina murmuró:

—¿Es cierto?

—No —dijo él, con certidumbre absoluta—. ¿Cómo habría podido? Yo, que he vivido por amor, más de dos mil años, no podría dañar a ningún ser viviente.

—Lo sabía —dijo ella—. Eres el Cristo Blanco.

—El Cristo Blanco —dijo él suavemente—. No quería semejante nombre. Soy sólo un hombre, Nerina. Nunca fui más que eso. Pero... algo me salvó, algo me mantuvo vivo en la Hora del Anticristo. Fue Dios. Fue Su mano. Dios... ¡ayúdame en este momento!

Ella lo estrechó con fuerza y traspuso con los ojos los límites de la ventana hacia el cielo brillante, el prado verde, las elevadas montañas con los picos rodeados de nubes. Dios estaba allí, y también más lejos, detrás del azul, en todos los mundos y en los abismos que los separaban, y Dios significaba paz y amor.

—Él te ayudará —dijo ella firmemente—. Anduvo a tu lado hace dos mil años. No se ha Ido.

—Sí —susurró Tyrell—. Mons debe estar equivocado. Cómo eran las cosas... lo recuerdo. Hombres como bestias. El cielo era fuego abrasador. Había sangre... había sangre. Más de quinientos años de sangre derramada por los hombres-bestias que luchaban.

Ella descubrió en él una súbita rigidez, un tembloroso endurecimiento, una nueva tensión aguda.

Él alzó la cabeza y la miró a los ojos.

Ella pensó en el hielo y en el fuego, hielo azul, fuego azul.

—Las grandes guerras —dijo él, con la voz rígida, entorpecida.

Después se cubrió los ojos con las manos.

—¡Cristo! —la palabra estalló en su garganta tiesa—. Dios, Dios..

—¡Tyrell! —ella gritó su nombre.

—¡Atrás! —gruñó él, y Nerina retrocedió con un tropiezo, pero Tyrell no hablaba con ella—. ¡Atrás, demonio! —Se arañó la cabeza, se la restregó entre las manos y se inclinó hasta quedar casi arrodillado ante ella.

—¡Tyrell! —gritó—. ¡Mesías! Eres el Cristo Blanco...

El cuerpo agazapado se levantó de un salto. Nerina contempló el nuevo rostro. Quedó sobrecogida de horror y repugnancia abismales.

Tyrell se quedó mirándola. Luego, de modo aterrador, le hizo una reverencia fanfarrona, teatral.

Ella sintió el borde de la mesa a sus espaldas. Tambaleó y tocó la pesada densidad de la sangre seca en la hoja del cuchillo. Era parte de la pesadilla. Estiró la mano hacia la empuñadura, consciente de que el acero podía resultarle mortal, dejando que su pensamiento se adelantara a la centelleante punta acerada apoyada contra su pecho.

La voz que oyó estaba teñida por la risa.

—¿Está filoso? —preguntó él—. ¿Todavía está filoso, amor mío? ¿O se desafiló con el sacerdote? ¿Lo usarás conmigo? ¿Lo intentarás? ¡Otras mujeres lo intentaron! —la risa espesa se le estranguló en la garganta.

—Mesías —musitó Nerina.

—¡Mesías! —se burló Tyrell—. ¡Un Cristo Blanco! ¡Príncipe de la Paz! Que pronuncia palabras de amor, que camina ileso en medio de las guerras más sangrientas que jamás hayan asolado a un mundo... oh sí, una leyenda, amor mío, de dos mil años de edad y todavía más. Y una mentira, ¡Se han olvidado! ¡Todos han olvidado cómo fueron realmente aquellos tiempos!

Ella sólo pudo sacudir la cabeza en impotente desmentida.

—Oh sí —dijo él—. Tú no vivías todavía. Nadie vivía. Salvo yo, Tyrell. ¡Qué carnicería! Yo sobreviví. Pero no por predicar la paz. ¿Sabes qué les ocurría a los que predicaban amor? Morían... pero yo no morí. Yo sobreviví, no por predicar.

Se balanceó, riendo.

—Tyrell el Sanguinario —exclamó—. Fui el más sanguinario de todos. Lo único que entendían era el miedo. Y en aquel tiempo no se asustaban fácilmente, no los hombres semejantes a bestias. Pero si me temían a mi.

Alzó las manos; los dedos como garras, los músculos tensos en un éxtasis de atroz recordación.

—El Cristo Rojo —dijo—. Pudieron llamarme así. Pero no lo hicieron. No cuando demostré lo que debía demostrar. Entonces me pusieron un nombre. Conocían mi nombre. Y ahora... —le hizo una mueca sarcástica—. Ahora que los mundos tienen paz, ahora me adoran como Mesías. ¿Qué puede hacer hoy Tyrell el Sanguinario?

La risa le brotó lenta, horrible y satisfecha.

Dio tres pasos y la abrazó. La carne de Nerina se contrajo ante el contacto de tanta iniquidad.

Y entonces, súbita, extrañamente, Nerina sintió que el mal lo abandonaba. Los brazos rígidos temblaron, se retiraron, y luego la volvieron a estrechar, con frenética ternura, mientras él inclinaba la cabeza y ella sentía el repentino calor de las lágrimas.

Tyrell no pudo hablar por un rato. Fría como la piedra, ella lo sostuvo.

De algún modo se encontró sentada en un sofá, y él estaba de rodillas ante ella, el rostro escondido en su falda.

No pudo comprender muchas de sus palabras ahogadas.

—Recuerdo... yo recuerdo... los viejos recuerdos... No lo puedo soportar, no puedo mirar atrás... ni adelante... ellos... ellos me pusieron un nombre. Ahora recuerdo...

Ella le apoyó una mano sobre la cabeza. Tenía el cabello frío y húmedo.

—¡Me llamaban Anticristo!

Tyrell alzó la cabeza y la miró.

—¡Ayúdame! —gritó con angustia—. ¡Ayúdame, ayúdame!

Entonces su cabeza volvió a caer y se apretó los puños contra las sienes, en un susurro inarticulado.

Ella recordó lo que tenía en la mano derecha, levantó el cuchillo y lo hundió con toda la fuerza que pudo, para brindarle la ayuda que él necesitaba.

Se paró, frente a la ventana, de espaldas a la habitación y al inmortal difunto.

Esperó que el sacerdote Mons regresara. Él sabría qué hacer a continuación. Probablemente habría que guardar el secreto, de alguna manera.

No le harían daño, eso lo sabía. La veneración que había rodeado a Tyrell también la circundaba a ella. Seguiría viviendo, sería ahora el único ser inmortal nacido en tiempo de paz, y viviría eternamente sola en los mundos de paz. Quizás algún día, alguna vez, nacería otro como ella, pero ahora no quería pensar en eso. Solamente quería pensar en Tyrell y en su soledad.

A través de la ventana contempló el azul y el verde brillante, el día puro de Dios, limpio ya de la última mancha roja del sangriento pasado humano. Sabía que Tyrell se hubiera alegrado de ver esa limpieza, esa pureza que se mantendría siempre.

Ella la vería mantenerse. Era parte de esa pureza, así como Tyrell no lo había sido. Y aún en la soledad que ya sentía, había de algún modo un sentimiento de compensación. Estaba consagrada a los siglos del hombre por venir.

Llegó más allá de su pena y su amor. Desde lejos pudo oír el solemne cántico de los sacerdotes. Era parte de la justicia que por fin llegaba a los mundos, después del largo y sangriento sendero del nuevo Gólgota. Pero era el último Gólgota, y ella seguirla adelante como debía hacerlo, consagrada y segura.

Inmortal.

Elevó la cabeza y miró firmemente el azul. Miraría adelante, hacia el futuro. El pasado estaba olvidado. Y para ella, el pasado no representaba una herencia sangrienta, una corrupción profunda que persistiría oculta en el infierno negro de los abismos de la mente hasta que la semilla monstruosa germinara para destruir la paz y el amor de Dios.

De pronto recordó que había cometido un crimen. Su brazo se estremeció nuevamente con la violencia del golpe; sintió en la mano el hormigueo de la sangre derramada.

Con extrema rapidez cerró el paso de los recuerdos a la conciencia. Miró hacia el cielo, y contuvo con fuerza las puertas clausuradas de su mente como si la embestida ya se precipitara contra los frágiles barrotes.

FIN

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