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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 23 de septiembre de 2010

COMPRAMOS GENTE -- Frederik Pohl

Frederik Pohl



Fue el 3 de marzo cuando aquella persona comprada que se llamaba Wayne Golden tomó parte en unas conversaciones comerciales celebradas en Washington como representante de la raza dominante de la estrella Groombridge. Su misión era vender la licencia de las patentes básicas de un aparato capaz de transformar los desechos de las plantas nucleares en células de petróleo. Era una buena oferta y tenía el mercado esperando. La mitad del estado de Idaho estaba literalmente inundado de materiales de desecho radiactivo, por lo que los americanos estaban ansiosos de obtener la patente, y él la vendió por un crédito de cien millones de dólares. Al día siguiente tomó el avión hacia España. Durante todo el viaje, pudo dormir tumbado sobre dos asientos, sujeto con el cinturón de seguridad, en el departamento de primera clase del «Concorde».
El día 5 de aquel mismo mes usó parte del crédito obtenido por la venta de la patente para comprar quince óleos de Picasso pintados sobre lienzo, la cinta audiovisual de una representación de flamenco y un clavicordio del siglo XV, sobredorado y con las patas talladas. Se las arregló para que fuesen bien embalados y enviados a Orlando, en Florida. Luego, la mercancía sería lanzada desde Cabo Kennedy en un viaje interestelar que duraría más de doce mil años. Los groombridgianos planeaban las cosas en grande y no tenían prisa. El cohete de lanzamiento Saturno V costaba ya de por sí once millones de dólares. No importaba. Había dinero de sobra con lo obtenido por Groombridge.
El mismo día 5 de aquel mes Golden regresaba a los Estados Unidos, hacía transbordo en el aeropuerto de Logan, en Boston, y llegaba temprano a su redil en Chicago. A partir de aquel momento se le concedían ochenta y cinco minutos de libertad.

Sabía muy bien cómo utilizar mis ochenta y cinco minutos. Esto nunca era un problema. Cuando se trabaja para alguien que es el dueño de uno, no queda mucha elección sobre lo que se puede hacer, pero al menos, y hasta cierto punto, uno puede pensar lo que quiera. Eso que nos meten en la cabeza sólo controla nuestras acciones, pero no nos cambia, o por lo menos yo creo que no. De todas formas, ¿cómo podía saber si me habían cambiado?
Mis dueños nunca me mintieron. Nunca. No creo que supieran lo que era una mentira. Si hubiese necesitado alguna prueba de que no eran humanos, este hecho hubiera sido suficiente, aunque yo sabía que vivían a ciento treinta trillones de kilómetros de distancia, cerca de una estrella que yo no puedo ver siquiera. No me dicen mucho, pero no mienten.
Y esto de que no mientan le hace a uno preguntarse cómo son. No quiero decir físicamente. Esto lo descubrí en la biblioteca una vez que disponía de un par de horas libres. No recuerdo bien dónde fue, quizá en la Biblioteca Nacional de París, pero de todas formas no pude leer lo que estaba escrito en aquella lengua. Sin embargo, vi las fotografías y los hologramas. Recuerdo muy bien el aspecto físico de mis dueños. Dios mío. Los altairlanos son como una especie de arañas, y los siriatios parecen cangrejos. Pero los seres de la estrella Groombridge, ésos sí que son algo increíbles. Durante mucho tiempo no pude contener la náusea que sentía cuando pensaba que me había vendido a unas criaturas que a lo que más se parecían era a un ovillo de gusanos sobre una herida abierta. Por otra parte, están tan lejos que todo lo que tengo que hacer es recibir sus mensajes por subradio y obedecer lo que me dictan. No tenemos que tocarnos ni nada semejante, de modo que ¿cómo puede importarme el aspecto que tienen?
Pero ¿qué clase de criaturas son éstas, que no dicen nunca más que la verdad, nunca cambian de idea y nunca hacen una promesa que no vayan a cumplir? No son máquinas, ya lo sé, pero tal vez ellos sí piensan que yo soy una especie de máquina, y ¿quién iba a molestarse en mentirle a una máquina? Tampoco a una máquina se le hacen promesas. Ni favores. Ellos nunca me los hacen. No me dicen que puedo tener ochenta y cinco minutos libres porque haya hecho algo que ellos deseaban, o porque quieren complacerme, o desean algo de mí. Bien pensado, esto es una tontería. ¿Qué podrían desear? Yo no tengo elección alguna. En nada. Así que no mienten, ni amenazan, ni sobornan, ni recompensan.
Pero, por alguna razón que ignoro, a veces me dan algunos minutos y hasta horas o días libres. Y esta vez disponía de ochenta y cinco minutos. Empecé a usarlos en seguida, como hago siempre. Lo primero que hice fue mirar en la consola de localización para ver dónde estaba Carolyn. El empleado de localización - que no ha sido comprado, sino que trabaja a sueldo y nos trata como si fuésemos basura - me conoce bien ya.
- Qué lástima, Wayne - me dijo con esa falsa amabilidad y esa hipócrita simpatía que hace que tenga ganas de matarle -, por un pelo no te has encontrado con tu amiga. La viste el miércoles, ¿no es eso? Pero ya se ha marchado.
- ¿Adónde? - le pregunté yo.
En lugar de contestarme en seguida, barajó durante un rato las tarjetas sobre el panel de localización. Sabe que no dispongo de mucho tiempo y me hace perder el mayor número de minutos posible. Luego dijo:
- No. No la encuentro en mi sección. ¿No estará con aquel grupo que se fue a Pekín? ¿O era aquella otra gorda con los pechos como calabazas la que se fue?
No me entretuve en matarle.
Si no estaba en el panel de control, es que no estaba tampoco a ochenta y cinco minutos de posibilidad de transporte, de modo que mis ochenta y cinco minutos - setenta y nueve ya, solamente - no me permitirían reunirme con ella.
Fui a los mingitorios, oriné rápidamente y salí a la calle, bajo aquel viento helado de Chicago en marzo, con objeto de usar mis setenta y nueve minutos. Setenta y un minutos ahora. Hay un restaurante mexicano bastante bueno cerca del redil, tan sólo un par de manzanas después de pasar Ohio. Allí me conocen. Y no se preocupan de quién soy. Quizá no les preocupa la chapa de metal que llevo en la cabeza porque piensan que es magnífico lo que estas criaturas de las estrellas están haciendo por nuestro mundo, o tal vez es porque doy buenas propinas. ¿Qué otra cosa podría hacer con el dinero que recibo? Me asomé, le dirigí un silbido a Terry, el encargado del bar, y le dije:
- Lo de siempre. Estaré de vuelta dentro de diez minutos.
Luego caminé hasta Michigan, me compré una camisa limpia y me cambié, dejando la sucia que llevaba. Sesenta y seis minutos. En el drugstore de la esquina compré un par de libros porno y me los metí en los bolsillos. También compré cigarrillos, me incliné y besé la mano de la cajera, que era delgada y rubia y olía muy bien; se quedó mirándome sorprendida. Volví al restaurante, justo a tiempo de ver cómo Alicia, la camarera, ponía el gazpacho y dos botellas de cerveza sobre mi mesa cincuenta y nueve minutos. Me senté dispuesto a saborear mi tiempo. Fumé y comí y me bebí la cerveza, dando chupadas al cigarrillo entre dos bocados y bebiendo entre dos bocanadas de humo. Es algo que realmente se saborea con delicia, cuando se está trabajando para alguien y uno no es su propio dueño. No quiero decir con esto que no nos dejen comer cuando estamos trabajando. Claro que nos dejan, pero no es lo mismo, porque entonces no podemos elegir lo que comemos ni dónde lo comemos. Es sólo como meter gasolina en la máquina para que continúe funcionando. Así que terminé mi gazpacho y le pedí a Alicia que me trajese otra ración, cuando vino con el pastel de chocolate y el café americano. Me comí el pastel y el guacamote en bocados alternos. Dieciocho minutos.
Si me hubiese quedado un poco más, de tiempo, hubiera ido a orinar otra vez, pero no lo hice. Pagué la cuenta, repartí propinas entre todo el mundo y dejé el restaurante. Cuando estuve de vuelta en el redil, aún me quedaban dos minutos.
Vi en la acera a una mujer con chaqueta de pieles que iba paseando su perrito. La mujer caminaba delante de mí. Me acerqué a ella por detrás y le dije:
- Le doy cincuenta dólares por un beso.
Se volvió en redondo. No tendría menos de sesenta años, pero no estaba mal, realmente, así que la besé y le di los cincuenta dólares. Cero minutos. Llegaba justo a la puerta del redil, cuando sentí aquel conocido cosquilleo en la frente y quedé de nuevo a merced de mis dueños.

Durante los siete días de marzo que siguieron a estos sucesos, Wayne Golden visitó Karachi, Srinagar y Butte, en Montana, haciendo negocios por cuenta de los groombridgianos. Llevó a cabo treinta y dos tareas encomendadas. Luego, de pronto, le dieron mil minutos de libertad.

Por entonces estaba, creo, en Pocatello, Idaho, o en algún lugar semejante. Tenía que enviar un TWX al maldito empleado de localización en Chicago, para preguntarle por Carolyn. Se tomó su tiempo para contestarme, como ya sabía que iba a hacer. Di unos cuantos paseos arriba y abajo, mientras esperaba su respuesta.
Todo el mundo parecía muy satisfecho y sonriente, caminando sobre la nieve blanda que caía en copos suaves. Incluso me sonreían a mí, como si no les importase lo más mínimo aquella chapa metálica oval sobre una frente, que indicaba mi condición de «comprado» y que servía para que mis dueños me transmitieran lo que tenía que hacer.
Luego, al fin, llegó el mensaje de Chicago:
- Lo siento, chico, pero Carolyn no aparece en mi panel. Si la encuentras tú, dale un beso de mi parte.
Bueno. Muy bien. Disponía de una gran cantidad de dinero para gastar, de modo que tomé habitación en un hotel. El botones me trajo un whisky con mucho hielo. Me lo trajo en seguida porque sabía que tenía prisa y que le daría una buena propina si me lo traía volando. Cuando le pregunté por furcias me dijo que me conseguiría lo que yo quisiese. Le pedí que fuese blanca, delgada, y que tuviera unas buenas posaderas. Esto fue lo primero que me atrajo de Carolyn. Es algo que me vuelve loco. La muchachita que revolqué en New Brunswick, Raquel creo que se llamaba, tenía sólo nueve años, pero no pueden ustedes imaginarse qué trasero el suyo.

Me di una ducha y me cambié de ropa. Los amos no nos dan nunca tiempo suficiente para esta clase de cosas. La mayoría del tiempo huelo mal. Y muchas veces tengo los pantalones mojados porque no me dejan ir donde tengo que ir. En una o dos ocasiones no pude contenerme, me retuve el mayor tiempo que pude, pero, muchacho, uno se siente horriblemente mal cuando sucede esto. Lo peor fue una vez en Rusia, mientras asistía a una especie de simposium, en un sitio que se llamaba algo así como Akademgorodok. Mi misión estaba relacionada con los procesos de explosión nuclear. No tengo ni idea sobre esta materia, y además me sentía un tanto confuso, pues creía que una de las cosas que la gente de las estrellas había hecho por nosotros era crear algún sistema para que los diferentes países no tuvieran que fabricar bombas atómicas y otras armas, y que ya no hubiese más guerras ni cosas por el estilo. Pero no era de esto de lo que se ocupaban. En lo que realmente estaban interesados era en explosiones en el núcleo de la galaxia. Cuestiones astronómicas. Y justo Cuando un tipo llamado Eyserik estaba hablando sobre cómo la prominencia FG y la prominencia EMK, que yo qué sé lo que eran, formaban parte esencial de una esfera pulsante en expansión me lo hice en los pantalones. Sabía qué iba a ocurrirme. Se lo había advertido a los de Groombridge. Pero como si no. Luego el secretario de la sesión vino hacia mí y me gritó en el oído, como si mis dueños fuesen sordos o estúpidos, que tenían que sacarme de allí en seguida, por razones de comodidad e higiene para los otros participantes. Pensé que iban a enfadarse, porque al sacarme perderían parte de la conferencia, en la que estaban interesados. Pero no me hicieron nada. Quiero decir, ¿qué podían hacerme que fuese peor o distinto de lo que me hacen todo el tiempo y me harán siempre?
Cuando estuve bien limpio, me puse una camisa de cuello abierto y unas zapatillas, conecté la televisión y me serví un refresco. No quería estar borracho cuando se terminaran mis mil minutos de descanso. Había un programa especial en todas las cadenas, celebrando alguna clase de tratado entre las Naciones Unidas y un par de razas de las estrellas, sirianos y capelanos, me parece que eran. Todo el mundo parecía estar muy contento, porque ahora la Tierra había comprado nueva información agrícola y química y pronto íbamos a tener más comida de la que podríamos consumir. Cuánto les debíamos a la gente de las estrellas, estaba diciendo en aquellos momentos, en brasileño con acento inglés, el secretario general de la ONU. Podíamos confiar plenamente en la sabiduría de sus directrices para ayudarnos a superar en la Tierra nuestras muchas crisis y problemas, y todos nos que sentimos muy felices de que así fuera.
Sin embargo, yo no me sentía feliz en absoluto, ni siquiera con mi vaso de whisky en la mano y la furcia en camino, porque lo que yo deseaba realmente era tener allí a Carolyn.
Carolyn era una persona comprada, lo mismo que yo. Sumando todas las ocasiones en que nos habíamos visto, no pasarían de un par de docenas. Pocas veces uno de nosotros estaba en período de libertad, y casi nunca lo estábamos los dos al mismo tiempo.
Era algo así como enamorarse por tarjeta postal, aunque de vez en cuando estuviésemos físicamente juntos, incluso tocándonos. Y en una o dos ocasiones habíamos estado no sólo juntos, sino libres de control. Una vez, en Bucarest, dispusimos de ocho minutos, cuando volvíamos de una enorme planta de hidroenergía en la Puerta Férrea. Aquellos ocho minutos habían sido nuestro récord, hasta ahora. Aparte de eso, era sólo cruzarse, en el curso de nuestros deberes, viéndonos, pero nada más. O bien uno de nosotros estaba libre y encontraba al otro. Cuando esto ocurría, el que estaba libre podía hablar, e incluso tocar al otro, sin interferir en lo que estaba haciendo. El que estaba trabajando no podía hacer nada activo, por su propia voluntad, pero podía oír e incluso sentir el contacto del otro. Los dos teníamos sumo cuidado en no hacer nada que pudiese interferir con el cumplimiento de nuestros deberes. No tengo idea de lo que hubiese ocurrido en caso contrario. ¿Tal vez nada? Sin embargo, no quedamos arriesgarnos, aunque algunas veces la tentación era tan fuerte que casi no podía resistirla.
Una vez en que yo estaba libre me encontré con ella, bajo control, pero sin hacer nada activo. Simplemente estaba allí quieta, junto a la Puerta 51 de la TWA, en el aeropuerto de San Luis. Estaba esperando la llegada de alguien. Me entraron ganas de besarla. Hablé con ella, la acaricié, ya saben, disimulando mi mano bajo mi gabardina echada sobre el brazo, para que la gente que pasaba no se diera cuenta; o al menos no mucha. Le dije cosas que deseaba que ella oyera, pero lo que quería era besarla. Y tenía miedo de hacerlo, para poder besarla en los labios habría tenido que poner mi cabeza delante de sus ojos. Y no me atreví. Porque si lo hacía tal vez le hubiese impedido ver a la persona que estaba esperando. Que a fin de cuentas resultó ser un oficial de la policía de Ghana, enviado para tratar de la venta de algunos prisioneros políticos a los groonbridgianos. Yo estaba aún allí cuando él bajó por la escalerilla del avión, pero no pude quedarme a esperar para ver si Carolyn quedaba libre después de concluidas las negociaciones, porque antes se acabó mi tiempo.
Aquella vez, sin embargo, había dispuesto de tres horas enteras para estar junto a ella. Me sentía muy triste y muy extraño y no me hubiese ido de allí por nada del mundo. Sabía que ella podía oír y sentir todo, aunque no pudiese responder. Incluso cuando estamos bajo el control de nuestros amos, hay una pequeña parte de nosotros que se mantiene viva. A esta parte de ella es a la que yo hablaba. Le dije cuánto deseaba besarla y acostarme con ella y que estuviésemos juntos. Oh, diablos. Le dije incluso que la amaba y que quería casarme con ella, aunque los dos sabíamos perfectamente que de esto no había ni la más remota posibilidad. A nosotros no nos dan pensiones ni retiro. Somos sólo una cosa en manos de nuestros dueños.
De todas formas me quedé con ella durante todo el tiempo que me fue posible. Luego me tocó pagarlo. Me dolían los testículos y sentía el interior de mis calzoncillos húmedos y fríos. Y no podía hacer nada para remediarlo, ni siquiera masturbarme, hasta que tuviera mi próximo tiempo libre. Esto no ocurrió hasta tres semanas más tarde. En Suiza, por el amor de Dios. Y fuera de estación. Con nadie en el hotel excepto los camareros, los botones y un par de señoras viejas que miraban el óvalo metálico de mi frente como si fuese un signo de la peste.
Es una cosa terrible, pero absorbente, esto de amar sin esperanza.
Intentaba engañarme a mí mismo diciéndome que sí que había una cierta esperanza. En cada momento de libertad de que disponía procuraba encontrarla. Pero estábamos muy controlados todos nosotros, las dos o trescientas mil personas compradas que trabajábamos para aquel hatajo de repugnantes gusanos o espectros gaseosos que nos habían comprado para que les sirviésemos como medio de comunicación remoto con este planeta que ellos mismos no podían visitar nunca.
Carolyn y yo habíamos sido adquiridos por el mismo grupo, lo cual tenía su lado bueno y su lado malo. El lado bueno era que tal vez en alguna ocasión pudiéramos estar libres de control los dos al mismo tiempo. Quizá por un tiempo suficiente. Sucedía a veces entre nosotros, los servidores de aquellas criaturas remotas. No sé por qué, pero sucedía. Quizá un cambio de organización en la estrella de Groombridge, o tal vez que estaban de vacaciones o algo semejante. El caso es que de vez en cuando venía un día entero, o hasta una semana, en que los groombridgianos permanecían totalmente inactivos, y entonces nosotros, sus servidores bajo control, quedábamos libres, todos a la vez.
El lado malo del asunto es que casi nunca necesitaban tener a más de uno de nosotros en un sitio determinado. Así que Carolyn y yo no nos cruzábamos casi nunca. Y cuando por casualidad yo disponía de un buen período de tiempo libre, tenía que gastarlo casi todo en encontrarla, y cuando lo conseguía al fin resultaba, por lo general, que ella estaba en el otro extremo del mundo. Imposible llegar hasta ella y estar de vuelta a tiempo de reemprender mis deberes. Tenía unas ganas horribles de acostarme con ella, pero no lo habíamos hecho nunca y quizá no nos llegase la oportunidad de ello. Ni siquiera había tenido ocasión de preguntarle el motivo por el que la habían condenado. No la conocía en absoluto, y sin embargo, la conocía lo bastante para amarla.

Cuando regresó el botones con la chica que me había buscado yo estaba ya bastante borracho, con los pies sobre la mesa y un programa de béisbol en la televisión. La muchacha no parecía realmente una furcia. Llevaba unos pantalones muy ajustados, por debajo del ombligo, y tenía unos pechos más grandes de lo que yo hubiera querido, pero también aquella hermosa curva entre cintura y caderas que a mí me gusta. Se llamaba Nikki. El botones cogió mi dinero, se guardó cinco dólares para él, y dio el resto a la chica. Luego, se marchó sonriendo. ¿Qué es lo que resultaba tan gracioso? Bien sabía quién era yo, por la placa sobre mi frente, y sin duda esto era lo que le parecía tan divertido.
- ¿Quieres que me desnude? - Me preguntó ella.
Tenía la voz bonita, un poco afónica, el pelo rojo y largo y un rostro ancho y dulce, bastante toso.
- Adelante con ello - le dije yo.
Se descalzó. Tenía los pies muy limpios, con una ligera marca que le habían hecho las correas de las sandalias.
Luego se quitó los pantalones y los dobló cuidadosamente sobre el respaldo de un sillón, uno de esos sillones fabricados en serie que se encuentran en todos los hoteles de la cadena Hilton. Se desprendió de la blusa, y después de doblara también con todo cuidado, puso encima el medallón que llevaba al cuello. Con lo cual se quedó en sostén y braguitas. Ambos de color rojo.
Abrió la cama, se sentó sobre las sábanas y envió el sostén y braguitas lejos. Después se tapó con las sábanas.
- Cuando tú quieras, cariño - dijo.
Pero no me la tiré. Ni siquiera llegué a meterme en la cama con ella, bajo las sábanas. Bebí un poco más de mi whisky, y con el licor y el cansancio me quedé dormido. Cuando me desperté era ya de día y la chica me había limpiado la cartera.
Me quedaban setenta y un minutos de libertad. Pagué mi cuenta con un cheque y logré convencerles de que me dieran algo de dinero para un taxi.
Luego me dirigí hacia mi redil. Todo lo que había conseguido durante mi tiempo de permiso era un poco de ropa limpia y una buena resaca.
Creo que había asustado un poco a la chica. Todo el mundo sabe cómo nosotros, la gente comprada, hemos venido a parar a esto, y no se sienten muy seguros de que hagamos algo malo de nuevo porque lo que no saben es hasta qué punto nuestros amos nos mantienen controlados para que no podamos hacer nada que no les guste a ellos.
Pero preferiría que no me hubiese robado mi dinero.

La alta estrategia y los objetivos de los seres de las estrellas, y particularmente de la estrella Groombridge, que los mantenían como servidores suyos, no estaban del todo claros para Wayne Golden. Sin embargo, no era difícil de comprender. Todo el mundo sabía que los seres de las estrellas habían establecido contacto con la Tierra por medio de transmisores de radio de alta frecuencia y que, con objeto de concertar sus asuntos en la Tierra, habían comprado los cuerpos de un cierto número de criminales convictos en los que habían instalado receptores para sus ondas. Por qué hacían lo que hacían era ya menos fácil de comprender. Admiraban y compraban objetos de arte. También compraban ciertas especies de flores y de plantas que mantenían congeladas a la temperatura del helio en estado líquido. Y también adquirían a menudo cierta clase de objetos utilitarios.
Cada cierto número de meses era lanzado un cohete desde la isla de Merrit, justo al norte de Cabo Kennedy, y en este cohete salía la mercancía adquirida con dirección a la estrella Groombridge, a lo largo de un viaje que duraba doce mil años. Otros envíos, dirigidos a otras estrellas, pobladas por otras razas de la confraternidad galáctica, tardaban menos tiempo - o más, a veces - pero ninguna de las distancias era lo bastante corta como para permitir que los compradores estelares pudiesen desplazarse a la Tierra con el objeto de supervisar lo que habían comprado. Todas estas distancias eran gigantescas.
En lo que gastaban más dinero era en cohetes. Y naturalmente, en la gente que habían comprado y provisto de taquirreceptores. Cada cohete les costaba por lo menos diez millones de dólares. El precio de cada varón paranoide, sano, y del que podían esperarse de tres a más décadas de trabajo útil, era de varios cientos de miles de dólares, y los compraban por docenas.
Todo lo demás que compraban - desde las grabaciones de sinfonías musicales hasta las orquídeas, pasando por los Van Goghs y las piezas chinas de las antiguas dinastías - podía reducirse a una minúscula fracción del uno por ciento, dentro del coste total que representaban la gente comprada y los transportes. No hay duda de que disponían de dinero en cantidad. Las razas de las diferentes estrellas vendían los derechos de patente de sus propias tecnologías. Todas ellas recibían créditos comerciales de los diferentes gobiernos de la Tierra a cambio de sus servicios por resolver disputas y prevenir guerras.
Sin embargo, a Golden Wayne, le parecía dentro de sus limitadas posibilidades de juicio sobre la forma en que sus dueños conducían sus transacciones, que aquélla era una manera sumamente fantástica de hacer negocios, aunque, como es natural, ni a él ni ninguna otra de las personas compradas se les consultase nunca sobre tales cuestiones.
Para el final de la primavera había estado ya viajando sin descanso durante varias semanas. Había llevado a cabo sesenta y ocho trabajos, entre grandes y pequeños. Aparte de esto, no había pasado nada que fuese del menor interés en aquellas ochenta y siete jornadas, excepto que un día del mes de mayo, mientras estaba observando los disturbios callejeros que tenían lugar en la Plaza de la Concordia, desde una ventana de la Embajada americana en París, para informar a sus dueños, Carolyn entró en la habitación donde él se encontraba. Murmuró algo en su oído, intentó sin éxito masturbarse mientras el agregado de la Embajada se encontraba en otra habitación, se quedó junto a él durante unos cuarenta minutos y por fin se marchó, sollozando calladamente.
No pudo ni siquiera volver la cabeza para verla marchar.
Después, el día 6 de junio, la persona comprada que respondía al nombre de Wayne Golden estaba de vuelta en su redil de Dallas y se le concedió permiso indefinido, sujeto tan sólo a entrar nuevamente bajo control en el plazo de cincuenta minutos cuando se le avisase.
¡Dios mío, nunca me había sucedido nada semejante! Era como si, justo antes de la ejecución, el guardián hubiese aparecido con el indulto en el último momento. Casi no podía creerlo.
Lo acepté como venía y me puse en movimiento inmediatamente. Por medio del panel de localización logré enterarme del último sitio donde habían enviado a Carolyn y salí de Dallas en un aparato de la Panamá Red, bebiendo champaña tan de prisa como la azafata podría traérmelo, en ruta hacia Colorado.
Pero no encontré a Carolyn allí.
Le seguí la pista por las calles de Denver. Inútil, ya se había ido. Me enteré por teléfono de que la habían enviado a Rantoul, Illinois. Hacia allí salí. Intenté hacer averiguaciones desde el aeropuerto de Kansas City, donde tenía que cambiar de avión, y pude comprobar que ya se había ido de Illinois. Probablemente, me dijeron, hacia el distrito de Nueva York. No podían asegurármelo. Colgué el auricular, salté a un avión, alquilé un coche en Newark y conduje por el Turnpike hasta el estado de Garden, observando cada coche que cruzaba para ver si era el «Volvo» rojo en que me habían dicho que podría ir, deteniéndome en cada área de servicios para preguntarles si habían visto a una chica de pelo negro, corto, ojos castaños y nariz respingona, ¡ah, sí, y con una chapa dorada en la frente!

Recuerdo que fue en New Jersey donde tuve mi primer problema. Fue con aquella cajera del cine en Páramos, una chica de diecinueve años. Aquélla fue la primera. Fui a buscarla a la una de la madrugada, después de la última función. Y le di lo que tenía que darle. Pero no era el tipo que me convenía: demasiado mayor ya y demasiado corrida. No me gustó mucho cuando murió.
Lego me quedé atemorizado por algún tiempo y miraba las noticias de la televisión cada noche, las dos veces, a las seis y a las once, y no cruzaba puesto de periódicos sin mirar los titulares, hasta que transcurrieron dos meses. Entonces, planeé con todo detalle lo que realmente quería. La chica tenía que ser bastante joven y, bueno, uno nunca puede estar seguro, pero a ser posible virgen. De modo que fui a tentarme en un bar de Perth Amboy durante tres días consecutivos y me puse a observar a las niñas que salían de la escuela parroquial hasta que encontré mi segunda oportunidad. Me costó bastante. La primera que vi que no estaba mal se marchaba en autobús. La segunda iba a pie, pero acompañada de su hermana mayor. La tercera que vi, parecía volver a casa sola. Era el mes de diciembre y anochecía bastante pronto. Aquel viernes la chica echó a andar pero no llegó a casa. Nunca molesté a ninguna de ellas sexualmente, ¿saben? Quiero decir que en cierto modo yo todavía soy virgen. No era eso lo que quería, sólo quería verlas morir. Cuando me preguntaron en el interrogatorio antes del juicio si sabía la diferencia entre el bien y el mal, realmente no supe qué responderles. Yo sabía que lo que había hecho estaba mal desde su punto de vista, pero no desde el mío, puesto que era lo que yo quería.

Así que mientras conducía por la Parkway me sentí un tanto descorazonado respecto a Carolyn. De pronto reconocí el lugar donde estaba, corté hacia la carretera 35 y desanduve camino. Me dirigí directamente hacia la escuela, pasé frente a ella y seguí hacia el depósito de maderas donde habla matado a la chica. Allí me detuve y paré el motor. Miré en torno. Día feliz. Era una estación del año distinta y las cosas parecían diferentes también. Sobre el sitio donde la había matado habían puesto ahora dos pilas de tablones. Pero con la imaginación yo podía verlo exactamente como era entonces. El cielo gris oscuro. Los faros de los coches que pasaban. El jadeo apagado en su garganta, cuando ella trataba de gritar bajo la presión de mis dedos. Déjenme pensar. Esto ocurrió... ¡dios mío! Hace ya nueve años.
Si no la hubiese matado tendría ahora veinte o cosa así. Se estaría acostando con todos los chicos. Y drogándose probablemente. Tal vez estaría embarazada e incluso casada. Si miramos las cosas desde un cierto ángulo, le ahorré un montón de miserias: la menstruación, dejar que los chicos la manoseasen y la besasen; todo eso...
Empezaba a dolerme la cabeza. Es una de las cosas que ocurren con la placa que llevamos en la frente, que no nos deja pensar mucho en las cosas que hicimos en el pasado. Si nos ponemos a pensar, empiezan los dolores de cabeza. De modo que puse en marcha el motor y me alejé de allí. Pronto cesaron los dolores.
Respecto a Carolyn no pienso de esa manera, ya saben.
Nunca consiguieron probar lo de la niña aquélla. La que hizo que me la cargase fue aquella enfermera de Long Branch, en el aparcamiento. Y en realidad la enfermera fue una equivocación. Era demasiado pequeña y llevaba un suéter sobre el uniforme. No supe que era mayor hasta que fue demasiado tarde. Me puse muy furioso por aquello y casi no me importó cuando me cogieron, porque me estaba volviendo muy descuidado. Pero realmente odiaba aquella galería donde me pusieron en Malboro. Siete, Dios, siete años. Levántese por la mañana y beba esa medicina rosácea en el pequeño vasito de papel. Haga su cama y proceda a su trabajo: el mío era limpiar lo galerías de los incontinentes, y el solo olor y la vista de aquellos suelos era como para hacer vomitar a cualquiera.
Al cabo de un tiempo me dejaron ver la televisión e incluso leer los periódicos, y cuando la gente de Altair estableció su primer contacto con la Tierra yo me mostré interesado. Y cuando empezaron a comprar criminales dementes para que los representaran aquí, yo quise que me compraran. Cualquier cosa, cualquier cosa con tal de salir de aquel sitio, aunque me pusieran una caja en la cabeza y no me dejasen nunca más vivir una vida normal.
Pero la gente de Altair no me compró. Por alguna razón que ignoro, sólo compraban negros. Luego, los otros empezaron a mandar sus ondas por radio y a hacer sus primeros tratos. Pero tampoco me compraban a mí. Los de Proción querían mujeres jóvenes solamente, nunca compraban varones. Según parece, sólo tienen un sexo allí. Alguien me dijo esto. Todas estas criaturas son bastante raras, ya sea de una forma o de otra. Son metálicas o gaseosas, o fofas, o tienen conchas o escamas. Siempre algo raro. Y también tienen costumbres extrañas: por ejemplo, si uno pertenece al grupo Canopo, no puede comer pescado nunca.
A mí me resultan repugnantes, y no sé por qué Estados Unidos tuvo que hacer ningún trato con ellos. Pero los chinos lo hicieron, y los rusos también. Así que me imagino que nosotros no podíamos quedarnos fuera. No creo que haya hecho mucho daño, sin embargo. No ha habido ninguna guerra desde entonces y en cierto modo nos han ayudado a resolver muchos problemas. No me ha perjudicado a mí tampoco, desde luego. Los groombridgianos entraron en el mercado bastante tarde y la mayoría de los criminales sanos estaban ya vendidos. Entonces compraron lo que encontraban. Me compraron a mi. Somos un grupo bastante duro, nosotros los groombridgianos y me pregunto por qué cogieron a Carolyn.

Seguí conduciendo a lo largo de toda la costa, pasando por Asbury Park, Atlantic City, y todo el camino hasta Cape May. De cuando en cuando telefoneaba al empleado de localizaciones, para comprobar; pero no pude dar con ella.
Lo que sí sé es que sólo andaba buscando su caparazón, porque ella estaba trabajando. Podía haberle dado un beso o tocarla un poco, pero nada más. Sin embargo, quería encontrarla a toda costa. Por si acaso. ¿Cuántas veces se le presenta a uno la oportunidad de un permiso indefinido? Si hubiera podido encontrarla y quedarme con ella, tal vez más pronto o más tarde ella hubiera quedado libre también por un tiempo. Aunque fuese por dos horas. O incluso por media hora.
Luego, de pronto, ya de día, cuando estaba a punto de tomar habitación en un motel, cerca de una base del ejército, lleno de chicas que esperaban a que los soldados vinieran por allí después del toque de diana, recibí el aviso: tenía que presentarme en mi redil base de Filadelfia. En seguida.
Estaba que me caía de sueño, pero conduje aquel cacharro de Hertz como si fuese un «Maserati», porque en seguida quiere decir en seguida. Aparqué coche de cualquier manera y me presenté en mi redil, con el corazón saltándome en el pecho y la boca seca de cansancio. Además, estaba furioso porque había perdido lo que hubiera podido ser mi mejor oportunidad para estar con Carolyn.
- ¿Que quieren? - le pregunté al empleado de localización.
- Entra - me contestó, con una expresión diabólicamente divertida. Todos los empleados de localización nos tratan así, en todo el mundo -. Ella te lo dirá.
Sin poder imaginar quién era «ella», abrí la puerta y entré y allí estaba Carolyn.
- Hola, Wayne - me dijo.
- Hola, Carolyn - dije yo.
Realmente no sabía cómo actuar, ni lo que tenía hacer. Ella no me daba la menor indicación. Permanecía sentada allí. Fue entonces cuando empezó a Intrigarme el hecho de que sólo llevaba puesta una ligera bata corta y nada debajo. Estaba sentada sobre la cama abierta. Ahora cualquiera pensaría que, dadas las circunstancias y todo lo que yo había estado pensando sobre ella, me iba a caer esta situación como un regalo que el cielo me hacía a mí, a mí especialmente, entre todos los muchachos americanos. no fue así. No era por culpa del cansancio, tampoco. Era algo en Carolyn. La expresión de su cara que no mostraba ni incitación ni amor, ni siquiera la. reserva expectante de una chica cualquiera en uno de esos bares de ligue. La suya no era una expresión ni siquiera feliz.
- Bien, Wayne - me dijo -. Tenemos que irnos a la cama ahora. ¿No te desnudas?
Algunas veces puedo quedarme como si estuviese fuera de mí mismo mirando lo que me ocurre, y aunque sea algo terrible, o algo triste, tomarlo por el lado divertido. Así me ocurrió cuando maté a aquella niña en Edison Towship, porque su madre la había embutido dentro de su uniforme escolar.
Ahora estaba riéndome realmente cuando dije:
- Pero Carolyn, ¿qué es lo que pasa?
- Bueno - me explicó ella -. Quieren que lo hagamos, Wayne. Ya sabes. La gente de Groombridge. Parece que han tomado interés en cómo lo hacen los seres humanos, y quieren mirar.
Empecé a preguntarle que por qué nosotros precisamente, pero me di cuenta de que no valía la pena. Nuestros amos se habían dado cuenta de todo lo que llevábamos en la mente, ella y yo, a este respecto, y tenían curiosidad por ver los resultados. No me gustó nada aquello. No sólo no me gustó, sino que empecé a odiar la situación, pero de todas formas mejor era eso que nada, así que lo único que dije fue:
- Bien, cariño. ¡Estupendo! - y casi era sincero.
Traté de hacerle sentir lo mismo. Me acerqué a ella y le pasé un brazo por la cintura. Fue entonces cuando ella me dijo:
- Sólo que tenemos que esperar. Son ellos los que quieren hacerlo. No nosotros.
- ¿Qué es lo que quieres decir con eso de esperar? ¿Esperar para qué?
Ella se encogió de hombros bajo mi brazo.
- ¿Quieres decir que van a conectarnos con ellos? - le pregunté -. ¿Como si fuesen ellos los que lo están haciendo con nuestros cuerpos?
Se reclinó contra mí.
- Eso es lo que me dijeron, Wayne. Será en cualquier momento, me imagino.
La aparté de mí.
- Cariño - le dije, medio lloroso -. Todo este tiempo que yo había estado deseando... ¡Oh, Dios mío, Carolyn! Quiero decir que no es sólo que tuviese ganas de acostarme contigo, sino...
- Lo siento - dijo ella, llorando también. Grandes lagrimones le corrían por las mejillas.
- ¡Es asqueroso! - grité. La cabeza me estallaba, tanta furia como sentía -. No es justo. ¡No voy a tolerarlo! ¡No tienen ningún derecho.
Pero lo tenían, naturalmente. Tenían todo el derecho del mundo. Nos habían comprado y pagado por nosotros, así que les pertenecíamos. A qué negarlo, la idea de hacer el amor con Carolyn saltó al polo opuesto del cuadrante. No era eso lo que yo quería desesperadamente, sino lo que hubiese dado la vida por evitar, ahora que significaba dejar que ellos la acariciasen con mis manos, la besasen con mi boca, la inundasen con mis jugos. Era la peor clase de violación, mucho peor que nada de lo que yo había hecho antes. Los dos íbamos a ser violados al mismo tiempo. Y entonces...
Entonces sentí aquel cosquilleo ardiente en mis sienes cuando ellos nos tomaron bajo su control. No pude ni siquiera gritar. Tuve que quedarme allí quieto, dentro de mi propia cabeza, sin ser dueño ya de ninguno de mis músculos, mientras aquellos monstruos que nos poseían le hacían a Carolyn con mi cuerpo todo lo que querían, y yo no podía llorar siquiera.

Después de concluida la serie de experimentos, perfectamente planeados, y que fueron también registrados debidamente, la persona comprada conocida por el nombre de Carolyn Schoemer quedó ya inutilizable. Se rellenaron todos los papeles pertinentes. Se notificó al departamento del Servicio Exterior del Reformatorio de Mujeres de Meadville que había fallecido. Se iniciaron pesquisas para sustituirla y se cerró su cuenta.
La persona comprada conocida como Wayne Golden fue asignada a sus deberes de rutina, en los que continuó funcionando normalmente bajo control. Se descubrió que cuando se le retiraba el control se volvía destructivo, tanto para otros como para sí mismo. La hipótesis que se avanzó fue que el comportamiento sexual que se había convertido en su norma de conducta en el pasado - es decir, la destrucción de su compañera - probablemente no convenía a la situación planteada para los experimentos llevados a cabo. Se llevarían a cabo otros experimentos en el futuro próximo, con otras compañeras y bajo condiciones diferentes.
Mientras tanto, Wayne Golden continúa funcionando con un grado de eficiencia normal, en tanto que no se le retire el control, y dentro de lo que cabe prever continuará así por tiempo indefinido.

FIN

jueves, 16 de septiembre de 2010

PROXIMA CENTAURI

PROXIMA CENTAURI
por Murray Leinster
***
I
De cerca, el «Adastra» brillaba ya bajo la luz del sol cada vez más próximo. Los discos de visión que recorrían el casco de la gigantesca nave espacial transmitían una débil claridad a las pantallas visoras anterior. Mostraban el monstruoso y redondo globo metálico, entrecruzado por vigas demasiado macizas para ser transportadas por una energía menos poderosa que la de la propia nave espacial. El globo de mil quinientos metros de diámetro aparecía como un objeto débilmente brillante inmóvil en el espacio.
Esa apariencia era engañosa. Aunque la nave parecía monstruosa demasiado inmensa para ser movida por cualquier tipo de energía concebible, en aquel momento reaccionaba a la energía. En una docena de lugares de su costado débilmente brillante se veían unas aberturas. De esas aberturas salían tenues llamas color púrpura. Su resplandor era débil - más que el de la estrella cercana - pero eran los cohetes desintegradores que habían elevado al «Adastra» de la superficie de la Tierra y durante siete años lo empujaron a través del espacio interestelar hacia Próxima Centauri, la estrella fija más cercana al sistema solar de la humanidad.
Ahora ya no empujaban la nave, La poderosa máquina reducía velocidad. Diez metros por segundo perdía el globo con exactitud, para mantener dentro de su casco el efecto de la gravedad terrestre. Hacia meses que comenzó a frenar. De una velocidad máxima poco inferior a la de la luz, la primera nave que recorría la distancia entre sistemas solares iba frenando poco a poco, para alcanzar la velocidad de maniobra a unos noventa y seis millones de kilómetros de la estrella.
Lejos, muy lejos, Próxima Centauri resplandecía tentadoramente. Los discos de visión que captaban su débil resplandor sobre el casco de la nave espacial iban conectados a circuitos que transportaban la imagen al interior. En la sala de mandos principal aparecía amplificada muchas veces. Un anciano de barba blanca y uniforme observó la imagen pensativamente. Luego comentó con voz queda, como si hubiera dicho lo mismo otras veces:
- Ese anillo resulta extraño. Es doble, como el de Saturno, Saturno tiene nueve lunas. Uno se pregunta cuántos planetas tendrá esta estrella.
La muchacha dijo, nerviosa:
- Pronto lo sabremos, ¿no? Estamos a punto de llegar. Ya conocemos el período de rotación de uno. Jack dijo que...
Su padre se volvió deliberadamente hacia ella.
- ¿Jack?
- Gary - respondió la muchacha -. Jack Gary.
- Parece bien dispuesto y es muy hábil, pero es un Mut, ¡No lo olvides! - dijo el anciano sin alzar la voz.
La muchacha se mordió el labio.
El anciano continuó con gran lentitud y sin acritud:
- Es lamentable que se haya producido esta división entre la tripulación de lo que debía ser una expedición científica realizada con el espíritu de una cruzada. Tú apenas puedes recordar cómo comenzó. Pero nosotros, los oficiales, sabemos demasiado bien cuántos esfuerzos hicieron los Muts por dar al traste con el propósito de nuestro viaje. Jack Gary es un Mut. A su manera, es inteligente. Yo le habría traído a los alojamientos de los oficiales, pero Alstair investigó y descubrió hechos indeseables que lo desaconsejaron.
-¡No le creo a Alstair! - dijo la muchacha en el mismo tono imparcial -. De todos modos, fue Jack quien captó las señales. ¡ Y él, oficial o Mut, es quien se ocupa de ellos! De cualquier modo, es humano. Es hora de que lleguen nuevamente las señales y tú le necesitas para cuando eso ocurra.
El anciano frunció el entrecejo y se dirigió con precaución hacia un asiento. Se sentó con el cuidado habitual y bastante patético de un anciano, Naturalmente, el «Adastra» no exigía una vigilancia tan constante como las naves interplanetarias. Allí, en el vacío, no era necesario vigilar por si aparecían otros viajeros, o meteoros, o aquellos extraños campos de fuerza todavía inexplicables que, al principio, hicieron tan peligrosos los viajes interplanetarios.
De cualquier modo, la nave era una estructura tan gigantesca que los meteoritos pequeños no podrían dañarla. Y a la velocidad a que viajaba en aquel momento, los grandes serían captados por los campos de inducción a tiempo para observarlos y, sí era necesario, desviarlos.
Una puerta lateral de la sala de mandos se abrió de súbito y entró un hombre. Observó con mirada de profesional consciente los
grupos de indicadores. Se oyó el disparo de un relé, y volvió la mirada hacia allí. Luego saludó al anciano con meticulosa corrección y sonrió a la muchacha.
-¡Ah, Alstair! - dijo el anciano -. ¿Tú también estás interesado en las señales?
- Sí, señor. ¡Por supuesto! Como vicecomandante prefiero vigilar las señales. Gary es un Mut y no me gustaría que obtuviera información que pudiese ocultar a los oficiales.
-¡Eso es una tontería! - exclamó la muchacha con acaloramiento.
- Probablemente - admitió Alstair -. Supongo que sí Incluso creo que es así, pero prefiero no descuidarme.
Se oyó el sonido de un zumbador. Alstair apretó un botón y se iluminó un disco visor. En él apareció un rostro joven, moreno y bastante serio.
- Sin novedad, Gary - dijo Alstair, lacónico.
Apretó otro botón. El disco visor se oscureció y se iluminó de nuevo para mostrar un largo pasillo por el cual avanzaba una figura solitaria. Al acercarse, el mismo rostro de antes les miró con indiferencia. Alstair dijo secamente:
- Las puertas están abiertas, Gary. Puede pasar.
-¡Considero que eso es monstruoso! - exclamó la muchacha enojada mientras el disco se oscurecía -. ¡Confiáis en él! ¡Tenéis que hacerlo! ¡Pero cada vez que entra en los camarotes de la oficialidad actuáis como si viniera con una bomba en cada mano y el resto de los hombres le siguiera!
Alstair se encogió de hombros y miró al anciano, que dijo con fastidio:
- Querida, Alstair es vicecomandante y será comandante del viaje de regreso a la Tierra. Me gustaría que te mostraras menos desagradable.
La muchacha volvió la espalda con intención a la enérgica figura de Alstair con su elegante uniforme, y apoyó el mentón entre las manos, pensativa, mirando a la pared opuesta. Alstair se acercó a los grupos de indicadores y los estudió con atención. El ventilador zumbaba suavemente. Un relé sonó haciendo un ruido curioso, como engreído y satisfecho de sí mismo. No se oía nada más.
El «Adastra», la obra más poderosa de la raza humana, avanzaba por el espacio mientras la luz de un astro desconocido resplandecía débilmente sobre su enorme casco. Doce llamas de color púrpura brillaban en los agujeros de la parte delantera. Reducía su velocidad a razón de diez metros por segundo, manteniendo el efecto de la gravedad terrestre en el interior.
- La Tierra quedaba a siete años de viaje y a incontables billones de kilómetros. Los viajes interplanetarios ya eran algo común en el sistema solar, una colonia próspera en Venus y una precaria colonia mantenida en la más grande de las lunas de Júpiter prometían un lucrativo comercio espacial para cuando las ciudades muertas de Marte dejaran de dar su botín increíblemente rico. El «Adastra» era la primera nave que exploraba el espacio más allá de Plutón.
Era la más grandiosa de las naves, la estructura más colosal construida por los hombres, Por cierto que al principio el proyecto fue tildado de irrealizable por los mismos hombres que después hicieron una realidad de su construcción. Las vigas de su armazón eran tan inmensas que, una vez soldadas, no pudieron moverse con ningún dispositivo de elevación de los que tenían a su disposición los constructores. En consecuencia, hicieron moldes y el metal loe colado en su posición definitiva como parte de la nave. Los tubos de sus motores eran tan colosales que las vibraciones supersónicas necesarias para neutralizar el efecto desintegrador del campo de Caldwell debían generarse en treinta puntos distintos de cada tubo, pues de lo contrario, la desintegración del combustible se habría extendido a los tubos y luego a la gran nave, descomponiendo incluso el planeta madre en un estallido de radiantes llamas púrpura. A la aceleración máxima, cada conjunto de doce tubos desintegraba cinco centímetros cúbicos de agua por segundo.
Sus depósitos de aire transportaban una reserva que podía sustentar a su tripulación de trescientas personas durante diez meses sin necesidad de purificarlo. Sus almacenes, sus provisiones de materias primas y acabadas eran tan abundantes que enumerarlos equivaldría a recitar números sin sentido.
En su interior incluso había doscientas hectáreas reservadas al cultivo de alimentos, donde las cosechas crecían bajo las lámparas solares. Servían de fertilizantes los desperdicios de materias orgánicas. Las p]antas absorbían el anhídrido carbónico para devolverlo en parte como oxígeno y en parte como verduras ricas en hidratos de carbono.
El «Adastra» era en sí mismo un mundo. Con una reserva suficiente de energía, podía mantener indefinidamente a su tripulación, renovar sus provisiones alimenticias, depurar su atmósfera interna sin pérdidas.
Contenía en su interior espacio suficiente para satisfacer toda necesidad humana, incluso la de soledad.
Al emprender el viaje más estupendo de la historia humana, se le había concedido la calificación legal de mundo; el comandante tenía poderes para dictar y hacer cumplir todas las leyes necesarias. Embarcada hacia un destino situado a cuatro años-luz de distancia, se calculaba que el plazo mínimo de viaje sería de catorce años. Ninguna tripulación dejaría de sufrir bajas en un viaje tan largo. Por consiguiente, en aquel viaje no se habían alistado hombres, sino familias.
Cuando el «Adastra» despegó de la Tierra había cincuenta niños a bordo. Durante el primer año de viaje nacieron diez. La gente de la Tierra supuso que la poderosa nave no sólo podía alimentar por tiempo indefinido a su tripulación, sino que ésta, con sus necesidades cubiertas y con medios adecuados de diversión y educación, se perpetuaría a si misma de tal modo que un viaje de mil años fuera tan factible como la primera travesía a Próxima Centauri.
Y así pudo ser, salvo por un hecho tan trivial y humano que nadie supo preverlo: el tedio. En menos de seis meses, el viaje dejó de ser una gran aventura. La vida en la gran nave pasó a ser una rutina mortal, sobre todo para las mujeres.
El «Adastra» se asemejaba a una gigantesca casa de apartamentos sin periódicos, tiendas, películas de estreno, caras nuevas, ni siquiera el aliciente de los cambios de tiempo, tan molestos en tierra. Al estar previstas todas las circunstancias del viaje, era imposible la sorpresa. Esto equivalía al tedio.
El tedio trajo la inquietud. Y la inquietud, existiendo a bordo mujeres que habían soñado con grandes aventuras, fue un gran pandemónium. Sus maridos ya no les parecían héroes fascinantes, sino meros seres humanos. Los hombres sufrieron desilusiones semejantes. Solicitudes de divorcio inundaron el escritorio del comandante, que era la suprema autoridad legal. El octavo mes hubo un asesinato, y dentro de los tres meses siguientes otros dos.
Al año y medio de salir de la Tierra, la tripulación estaba en situación de semiamotinamiento, originado por la profunda monotonía. Al cumplirse el segundo año, los camarotes de los oficiales fueron sellados para separarlos de la parte común del «Adastra». La tripulación fue desarmada, y los trabajos que se exigían a los amotinados eran cumplidos por la fuerza de las armas en manos de los oficiales. Después del tercer año, la tripulación exigió el regreso a la Tierra. Pero el tiempo que necesitaba el «Adastra» para decelerar y cambiar de rumbo en aquel momento la haría llegar tan cerca de su destino, que no constituiría diferencia apreciable en la duración total de su viaje. Los miembros de la tripulación intentaron aliviar el tiempo que les faltaba con todos los vicios y pasatiempos que podían improvisar a falta de verdadera necesidad de trabajar.
En la sección de los oficiales se referían a los subordinados con una palabra que se hizo habitual, una contracción del vocablo «mutineers». La tripulación terminó por eludir el trato con los oficiales. A pesar de lo que dijera Alstair, ya no había peligro de que se declarase una rebelión. Aunque tardíamente, habían alcanzado una especie de equilibrio psicológico.
Del nerviosismo característico de los moradores de una casa de pisos aislada, la mayor parte de la dotación del «Adastra» pasó a adoptar el carácter de los habitantes de un pueblo aislado. La diferencia era significativa. Los niños criados durante el largo viaje a través del espacio estaban bien adaptados a las condiciones de aislamiento y rutina.
Jack Gary era uno de ellos. Contaba dieciséis años cuando emprendió la travesía y era hijo de un ingeniero de cohetes cuya muerte se produjo durante el segundo año. Helen Bradley también entraba en este grupo; tenía catorce años cuando su padre, creador y comandante del poderoso globo, accionó la palanca de mando que puso en marcha los inmensos cohetes.
Al dar comienzo el viaje, su padre ya había pasado la madurez. Era un anciano envejecido por las responsabilidades de siete años ininterrumpidos. Y sabía, lo mismo que Helen, aunque ella no se atreviese a confesárselo, que jamás sobreviviría al largo viaje de retorno. Alstair ocuparía su puesto y ejercería la autoridad absoluta inherente al cargo. Además, quería casarse con Helen,
Meditó estas cuestiones con la barbilla entre las manos, sentada en la sala de mandos. No se oía nada sino el zumbido del ventilador y de vez en cuando el disparo de algún relé poniendo en marcha las máquinas automáticas, que hacían que el «Adastra» siguiera siendo un mundo donde nunca pasaba nada.
Llamaron a la puerta. El comandante abrió los ojos, algo sobresaltado. Ya era muy viejo. Había estado dormitando.
Alstair respondió:
-¡Entre!
Jack Gary entró.
Saludó al comandante sin dirigirse a nadie más, lo cual era correcto según el reglamento, pero los ojos de Alstair relampaguearon.
-¡Ah, sí! - dijo el comandante -. Gary. Se han recibido más señales, ¿no?
- Sí, señor.
Jack Gary se mostró muy sereno, muy frío. Sólo en una ocasión, cuando miró a Helen, mostró algo diferente de la actitud formal de un hombre concentrado en su trabajo. Luego, en una fracción de segundo, sus ojos le dijeron algo a la muchacha, que asumió una expresión de ruborosa alegría.
Aunque fue una rápida ojeada, Alstair la captó y dijo ásperamente:
-¿Ha adelantado algo en el desciframiento de las señales?
Jack manejaba los mandos de un receptor de toda banda, y consultaba notas escritas a lápiz en un cuaderno de cálculos. Estaba analizando el mensaje recibido.
- No, señor. Al principio llega una serie de señales que deben constituir un distintivo de llamada, dado que parte de la misma secuencia vuelve como firma al final. Con permiso del comandante he utilizado la primera parte de la secuencia llamada como firma de nuestros mensajes de respuesta. Pero al estudiar las señales he hallado algo que parece importante.
El comandante preguntó en voz baja:
-¿De qué se trata, Gary?.
- Señor, durante algunos meses hemos enviado señales mediante un haz coherente de luz que nos precedía. Su intención era enviar señales por adelantado, de modo que si había seres inteligentes en planetas que rodean este sol, tuvieran la impresión de una misión de paz.
-¡Por supuesto! - exclamó el comandante -. ¡Resultaría trágico el primer contacto a escala cósmica fuera hostil.
- Desde hace unos tres meses venimos recibiendo respuesta a señales. Siempre a intervalos de poco más de treinta horas. Naturalmente, supusimos que las enviaba una emisora fija que emitía señales una vez al día, cuando la estación se hallaba en la posición más favorable para hacerlo.
- Por supuesto - repitió el comandante -. Nos permitió conocer período de rotación del planeta de donde provienen las señales.
Jack Gary graduó la última escala y accionó la palanca. Se oyó zumbido agudo que se extinguió rápidamente. Volvió a mirar mandos y los controló.
- He comparado los datos teniendo en cuenta nuestro acercamiento.- Como acortamos tan rápido la distancia entre nosotros y la estrella, nuestras señales hoy tardan en llegar a Próxima Centauri varios segundos menos que ayer. Las señales de ellos deberían experimentar el mismo acortamiento de ritmo, si realmente emitieran todos los días a la misma hora planetaria.
El comandante asintió con indulgencia.
- Al principio fue así - prosiguió Jack -. Pero hace unas tres semanas la frecuencia cambió a otra totalmente distinta. La fuerza de la señal cambió y también la forma de la onda, como si hubiera intervenido otra emisora. El primer día del cambio, las señales llegaron un segundo antes de lo que correspondía a nuestra velocidad aproximación. El segundo día llegaron tres segundos antes, el tercero seis y el cuarto diez y así sucesivamente. Llegaban cada vez más antelación, en progresión lineal hasta hace una semana. Luego la velocidad de cambio comenzó a disminuir de nuevo.
-¡Tonterías! - exclamó Alstair con impaciencia.
- Está en los archivos - le respondió Jack concisamente.
-¿Cómo explica este hecho, Gary? - preguntó el comandante.
- Ahora transmiten desde una nave espacial que avanza hacia nosotros a una velocidad cuatro veces mayor que nuestra aceleración máxima - respondió Jack -. Y, según sus relojes, nos envían esta señal a intervalos iguales, como antes.
Hubo un silencio. Helen Bradley sonrió, distraída. El comandante pensó con detenimiento y luego observó:
-¡Muy bien, Gary! Parece posible. ¿Qué más?
- Bien, señor - dijo Jack -. Puesto que el ritmo de las señales Cambió hace una semana, se diría que la otra nave espacial ha empeñado a reducir velocidad. Aquí tiene mis cálculos, señor. Si las señales son transmitidas a intervalos constantes, existe otra nave espacial dirigida hacia nosotros, que está disminuyendo la velocidad para detenerse y alcanzar nuestra posición y velocidad dentro de cuatro días y dieciocho horas Suponen que nos cogerán por sorpresa.
El rostro del comandante se iluminó.
-¡Maravilloso, Gary! ¡Sin duda debe ser una civilización muy desarrollada! ¡La comunicación entre dos pueblos, separados por una distancia de cuatro años-luz! ¡Cuántas cosas maravillosas aprenderemos! ¡Y pensar que han enviado una nave muy lejos de su sistema para saludarnos y darnos la bienvenida!
La expresión de Jack seguía siendo grave.
- Espero que sea así, señor - comentó, lacónico.
-¿Qué pasa ahora, Gary? - inquirió Alstair con enojo.
- Bueno - empezó Jack muy despacio - fingen que las señales provienen de su planeta, emitiéndolas en lo que suponen ser intervalos constantes. Si quisieran, podrían transmitir veinticuatro horas al día y elaborar un código de comunicaciones. Pero, en cambio, intentan engañarnos. Sospecho que se acercan dispuestos a luchar, como mínimo. Y si no me equivoco, las señales comenzarán exactamente dentro de tres segundos.
Calló y observó el receptor. La cinta que fotografiaba las ondas a medida que entraban, y la otra que registraba las modulaciones, salieron en blanco del receptor. De súbito, tres segundos después, una aguja osciló y sobre las cintas aparecieron minúsculas gráficas blancas. El altavoz emitió ruidos.
Era una voz; esto al menos quedaba claro. Era áspera y al mismo tiempo sibilante, muy parecida al chirrido de un insecto Pero los sonidos que emitía estaban modelados de un modo que no se podría atribuir a un insecto. Evidentemente formaban palabras, sin vocales ni consonantes, pero que poseían inflexión y variaban de ve lumen y tono.
Los tres hombres y la muchacha que estaban en la sala de mandos la habían oído otras veces. Pero ahora advertían en ella una impresión de peligro, de amenaza, de insidioso afán de destrucción, que les heló la sangre.
II
La nave espacial avanzó a través del espacio mientras sus cohetes emitían diminutas llamas púrpura, insignificantes en apariencia, que no despedían humo ni gases, como fuegos fatuos que ardiesen en el vacío de manera inexplicable.
Su aspecto exterior no había cambiado, ni cambiaría al correr de los años. A intervalos largos y pocos frecuentes, los hombres salían a través de las cámaras estancas y recorrían los costados, bañando el acero sobre el cual caminaban y sus propios cuerpos con poderosas antorchas térmicas, para evitar que el frío del revestimiento se transmitiera a través de los trajes y los matara como hormigas sobre una plancha candente Pero hacía mucho tiempo que se necesitaba ninguna reparación
En aquel momento, bajo el lejano y débil resplandor de Próxima Centauri, un hombre protegido por un traje espacial salió de una cámara y fue instantáneamente disparado hasta el extremo de un filiforme cable salvavidas. La deceleración de la nave no sólo simula gravedad en su interior Todo lo que participaba de su movimiento quedaba sometido al mismo efecto. El hombre se alejaba la nave por su propio impulso, o sea por la misma fuerza que el interior había mantenido sus pies pegados al suelo.
Regresó con dificultad, moviéndose con exagerada torpeza bajo la presión del traje. Se aferró a un saliente donde se enganchó, mientras manejaba un taladro eléctrico. Con la misma torpeza, cambió de posición y volvió a taladrar. La maniobra se repitió por tercera, quinta vez. Durante cerca de media hora trabajó colocando sobre la extensa pared de acero, que siempre parecía hallarse por encima de él, un complicado armazón de cables y tirantes. Al fin pareció darse por satisfecho, regresó a la compuerta y entró. El «Adastra» siguió avanzando exactamente igual, sólo que ahora llevaba aquel minúsculo amasijo de cables, de unos nueve metros de diámetro, que parecía una maraña microscópica de alambre de púas.
Ya dentro del «Adastra», Helen Bradley saludó con entusiasmo Jack mientras se quitaba el traje especial.
-¡Qué miedo he pasado! - le dijo -. ¡Era espantoso verte colgado allí! ¡Y pensar que tenias a tu espalda millones de kilómetros de espacio vacío!
- Si la cuerda se hubiera roto - murmuró Jack con serenidad -, tu padre habría desviado la nave para recogerme. Encendamos el inductor y veamos cómo funciona la nueva parrilla de recepción.
Colgó el traje espacial. Mientras se disponían a atravesar el umbral, sus manos se rozaron por casualidad. Se miraron y titubearon, deteniéndose. Los ojos de Helen brillaban. Se enlazaron sin darse cuenta de lo que hacían. Las manos de Jack subieron, hambrientas.
Resonaron unos pasos cerca de allí. Alstair, vicecomandante de la nave espacial, apareció por un recodo y se detuvo en seco.
- ¿Qué significa esto, Gary? - preguntó con rabia -. ¡Aunque el comandante le permita entrar en la sección de los oficiales, ello no le autoriza a traer también sus métodos de seductor Mut!
-¡Atrevido! - gritó Helen, furiosa.
Jack, que había enrojecido, se puso rápidamente lívido de ira.
- Tendrá que disculparse por esas palabras - dijo con gran serenidad- o le enseñaré los métodos Mut de lucha con un arma de fuerza. ¡Como oficial, ahora llevo una!
Alstair lo miró, iracundo.
- Tu padre se encuentra mal - se volvió a Helen -. Comprende que el viaje está a punto de terminar. Durante los últimos meses, la esperanza le daba fuerzas, pero ahora está...
La muchacha lanzó un grito y salió corriendo.
Alstair se dirigió de nuevo a Jack:
- No me disculparé - ladró -. Usted es oficial por orden del comandante. Pero además es Mut y, tan pronto como yo sea comandante del «Adastra», perderá la categoría. ¡Se lo advierto! ¿Qué hacia aquí?
Jack estaba mortalmente pálido, pero el cargo de oficial del «Adastra», con la posibilidad de ver a Helen, era demasiado precioso para dimitir, salvo en caso extremo. Además, tenía que hacer. Por cierto que su trabajo no podría continuar si le quitaban el grado de oficial.
- He instalado una parrilla de interferencia en la parte exterior del casco - respondió -, para localizar la estación emisora de los mensajes que hemos recibido. Como usted sabe, también actuará como inductor hasta cierta distancia, y a esa distancia será mucho más exacto que los inductores principales de la nave.
- Entonces, ¡dedíquese a su maldito trabajo, conságrele toda su atención, y menos romances! - exclamó Alstair, punzante.
Jack conectó la toma de la nueva parrilla al receptor de toda banda. Trabajó durante una hora, cada vez más desanimado. Algo andaba muy mal. Los inductores no mostraban nada alrededor del «Adastra». La parrilla de interferencia revelaba un objeto de considerable tamaño a menos de tres millones de kilómetros de distancia y a un lado del rumbo del «Adastra». De improviso, todas las indicaciones de la existencia de dicho objeto desaparecieron. Los diales del receptor de toda banda regresaron a cero.
-¡Maldita sea! - murmuró Jack en voz baja.
Sintonizó una nueva banda de recepción, hizo algunos cálculos y luego cambió la frecuencia del grupo de repuesto de los inductores principales, poniendo simultáneamente ambos instrumentos a sus nuevas frecuencias. Aguardó, casi conteniendo la respiración, durante cerca de medio minuto. Tal era el tiempo que tardarían las ondas del inductor de la nueva frecuencia en recorrer los tres millones de kilómetros, ser recogidas luego por los analizadores y denunciar la presencia en el espacio de cualquier objeto que hubiera tendido a deformarla.
Veintiséis, veintisiete, veintiocho segundos. ¡Todas las sirenas de la nave monstruosa resonaron con furia! Las puertas de emergencia aullaron hasta cerrarse con pesado retumbo, convirtiendo los pasillos en compartimentos estancos. Unos segundos después, los visores de la sala de mando principal empezaron a encenderse.
-¡Mando de los cohetes, todo en orden!
-¡Servicio de aire, todo en orden!
-¡Provisión de energía, todo en orden!
Jack señaló con énfasis:
- Los inductores principales detectan un objeto situado a tres millones de kilómetros de distancia, y que avanza velozmente hacia nosotros. El comandante está enfermo. Por favor, localicen al vicecomandante Alstair.
La puerta de la sala de mandos se abrió entonces y entró Alstair hecho una furia.
-¡Demonios! - bramó -. ¿Ha hecho sonar una alarma general?
¿Está loco? Los inductores...
Jack le indicó el inductor principal. Todas las escalas mostraban 1a posición de alarma, que aún sonaba. Alstair los observó, mudo de sorpresa. Mientras miraba, los indicadores retornaron al cero.
Parecían señalar la nulidad de Alstair.
- Descubrieron las pantallas de nuestro inductor y emitieron alguien tipo de radiación que las neutralizó. Por eso preparé dos frecuencias distintas, emití una señal instantánea, y no pudieron neutralizarla a tiempo para evitar que sonase nuestra alarma.
Alstair se quedó inmóvil, luchando con la ira que aún le embargaba; luego asintió brevemente.
- Ha trabajado bien. No abandone el puesto.
Entonces, sereno y compuesto, se hizo cargo de la poderosa nave especial, aunque no le quedaba gran cosa por hacer. De hecho, en aquellos cinco minutos habían tenido lugar todos los preparativos de emergencia. Alstair se dirigió de nuevo a Jack.
Usted no me gusta - comentó fríamente -. De hombre a hombre, me desagrada profundamente. Pero como vicecomandante y comandante suplente debo admitir que hizo un buen trabajo al descubrir el truquito que tenían nuestros amigos para colocarse a distancia de lucha sin que nos diéramos cuenta.
Jack guardó silencio. Tenía el ceño fruncido, pero esto se debía a que pensaba en Helen. El «Adastra» era inmenso y poderoso, pero no resultaba fácil de maniobrar. Era robusto, aunque no servía para atacar. Y poseía una capacidad de destrucción casi infinita con los Campos de Caldwell para Ja desintegración de la materia, aunque no transportaba armas más peligrosas que un cañón de dos mil kilovatios para destruir animales o plantas peligrosas donde pudiera aterrizar.
-¿Cuál es su opinión? - inquirió Alstair con aspereza -. ¿Qué piensa de la situación?
Actúan como si vinieran en plan hostil - respondió Jack concisamente - y como alcanzan cuatro veces nuestra aceleración máxima, no podremos huir. A esta velocidad deben ser más maniobrables, conque no cabe pensar en esquivarlos. No sabemos qué armas llevan, pero no podremos luchar a menos que sean muy rudimentarias. Sólo vislumbro una posibilidad.
- ¿De qué se trata?
- Trataron de engañarnos. Eso indicaría que pensaban abrir fuego sin previo aviso. Pero también es posible que estén asustados y que sólo desearan examinarnos sin darnos oportunidad de atacarlos. En este caso, nuestra única posibilidad consiste en enviar nuestro haz de señales a esa nave espacial. Cuando comprendan que hemos advertido su presencia y seguimos sin mostramos hostiles, no adivinarán que no podemos luchar. Pueden pensar que queremos ser amigos y que les conviene no atacar una nave tan grande como la nuestra, que además se halla en guardia.
- Muy bien. Queda a cargo de la comunicación - concluyó Alstair -. Continúe y lleve a cabo ese plan, Hablaré con los ingenieros de los cohetes y veremos si pueden improvisar medios de combate. ¡Puede retirarse!
Hablaba en tono áspero, arrogante, que alteraba los nervios de Jack y le hacía montar en cólera. Pero, a decir verdad, Alstair no permitía que la antipatía interfiriese en la defensa de la nave. En realidad, Alstair era uno de esos oficiales ambiciosos que siempre y en todo momento desagradan cordialmente a todos, hasta que surge una emergencia. Sólo entonces muestran su capacidad.
Jack se dirigió a la sala de mandos y comunicaciones. No tardó mucho en volver a alinear el haz transmisor. Luego la emisora repitió monótonamente el último mensaje enviado desde el «Adastra» al planeta lejano y hasta el momento no identificado, Mientras emitía una y otra vez la señal, Jack avisó al puesto de observación para que estudiaran la nave desconocida.
Habían colocado una antena direccional. Con la máxima potencia y amplificación, a tal punto que la imagen se volvía tan áspera como un fotograbado de periódico antiguo, la nave desconocida apareció en el visor como una miniatura de quince centímetros.
Tenía forma de huevo, completamente lisa. No tenía soportes externos, aletas de navegación atmosférica ni compuertas de salida. Carecía de detalles apreciables, a no ser una hilera de puntos minúsculos que podían ser escotillas o toberas de cohetes donde parpadeaban llamas intermitentes. Aún reducían su velocidad para situarse al lado del «Adastra».
-¿Tiene un análisis espectroscópico de esa nave? - preguntó Jack.
- Sí - respondió el asistente de observaciones -. Pero debe estar equivocado. Emplean cohetes de combustible... algún compuesto orgánico. El análisis dice que el casco no es de metal sino de celulosa. Como si fuese de madera.
Jack se encogió de hombros. No había indicios de armas. Regresó a su tarea. La nave espacial lejana era penetrada de cabo a rabo por las ondas con el mensaje. Los receptores de la misma no podían dejar de informar que un haz coherente de luz seguía todos sus movimientos y que, por tanto, su presencia y su misión habían sido advertidas por la poderosa nave del espacio.
Pero los receptores de Jack no respondían. Y la cinta salía sin señales. No... con una línea extraña, confusa y borrosa, como si los analizadores no supieran descifrar la frecuencia de emisión. Jack leyó el efecto calorífero. La otra nave transmitía con intensidad de campo que equivalía a cinco mil kilovatios concentrados sobre el «Adastra». Ninguna señal. Obstinado, Jack volvió heterodina la onda en un circuito de cinco metros, y leyó su frecuencia y forma. Llamó a la sala principal de mando.
- Nos están enviando ondas cortas - comunicó a Alstair -. Unos cinco mil kilovatios en ondas de treinta centímetros, como las que empleamos en la Tierra para matar los gusanos del trigo. Son mortales, pero nuestro casco las absorbe fácilmente.
Helen. Imposible detener el «Adastra». Se dirigían a Próxima Centauri. Aunque estaban perdiendo velocidad, no podían detenerse demasiado lejos de aquel sistema, y ya habían sido atacados por una nave cuya aceleración era cuatro veces la máxima del «Adastra». Radiaban sobre ellos una frecuencia mortal... que en la Tierra se empleaba para matar insectos dañinos. Helen estaba...
-¡Tal vez creerán que estamos muertos! Averiguarán el mecanismo de nuestro transmisor.
En el altavoz de comunicaciones generales resonó de súbito la voz de Alstair.
-¡Atención todos los oficiales! ¡La nave espacial enemiga nos ha dirigido lo que, evidentemente, considera una frecuencia mortal y ahora se acerca a toda velocidad. Ordeno que ninguno de los mandos sea tocado para nada. No debe mostrarse la menor actividad inteligente en el «Adastra». Permaneced junto a los mandos de navegación dispuestos a maniobrar si es necesario. ¡Trataremos de fingir que el «Adastra» es un vehículo totalmente automático! ¿Comprendido?
Jack imaginaba los informes de las otras salas de control. Su receptor volvió de improviso a la vida. Los sonidos casi chirriantes de la señal enemiga, tan conocidos que parecían palabras. Luego una extraordinaria confusión de ruidos: palabras de una voz humana. Más sonidos chirriantes, Retazos de un inglés perfecto. Las palabras inglesas tenían el tono y el acento de un oficial del «Adastra», evidentemente, repetían fragmentos de una grabación.
-¡Comunicaciones! - gritó Alstair -. ¡No responda a esa señal!
-¡Están intentando averiguar si hemos sobrevivido a la acción de los rayos!
- Conforme - respondió Jack.
Alstair tenía razón. Jack miró y escuchó lo que salía del receptor.
- Éste se detuvo, quedando en silencio durante diez minutos. Comenzó de nuevo. El «Adastra» seguía avanzando. La cháchara del espacio cesó del todo. Poco después volvió a sonar el teléfono de la sala de comunicaciones generales:
- La nave espacial enemiga ha aumentado su aceleración convencida, evidentemente, de que estamos muertos. Llegará dentro de unas cuatro horas. Se montarán las guardias normales durante las próximas tres horas, salvo alarma.
Jack se arrellanó en la silla y frunció el ceño. Empezaba a comprender las tácticas que Alstair había planeado. Eran malas, pero una nave indefensa como el «Adastra» no tenía otra opción. Resultaba irónico que la bienvenida al «Adastra» después de un viaje de siete años por el espacio fuera una dosis de la radiación empleada en la tierra para exterminar gusanos.
Pero la futilidad del primer ataque no implicaba que todos fuesen a resultar igualmente inútiles, El «Adastra» no podía detenerse antes de muchos millones de kilómetros. Aunque el plan desesperado de Alstair eludiese a aquel agresor desconocido y a sus armas, ello no significaba, no podía significar, que el «Adastra« ni sus habitantes tuviesen posibilidad alguna de defenderse. Y allí estaba Helen...
III
Ahora los visores mostraban con claridad la nave espacial desconocida, sin necesidad de ampliación. Estaba detenida a ocho kilómetros del «Adastra». De forma oval perfecta, sin detalles relevantes salvo los cohetes de popa, flotaba inmóvil con relación a la nave terrestre. Ello significaba que sus navegantes habían analizado con anterioridad su deceleración para equiparar con precisión todas las constantes de su rumbo.
Helen con el rostro surcado de lágrimas, vio cómo Jack daba amplificación a los visores. Su padre había sufrido un súbito colapso. Ahora descansaba tranquilo, dormitando casi continuamente, y su rostro mostraba una expresión de completa beatitud.
Había mandado el «Adastra» hasta ponerlo en contacto con la civilización de otro sistema solar. La misión a la que había consagrado su vida estaba cumplida, por lo que se disponía a descansar. Naturalmente, ignoraba que el primer contacto verdadero con la nave espacial desconocida había sido un estallido de ondas cortas en una frecuencia mortal.
La nave espacial aumentó en el visor a medida que Jack hacia girar el mando, hasta quedar a una distancia aparente de pocos metros. El contraste era tal que incluso la luz de las estrellas sobre el casco habría sido suficiente para revelar cualquier detalle de su superficie. Pero no se veía prácticamente nada. Ni remaches, ni tornillos, ni soldaduras de unión de las planchas. La hilera de escotillas estaba oscura y apagada.
-¡Y es de madera! - exclamó Jack - ¡Hecho de alguna especie de celulosa que soporta el frío del espacio!.
Helen dijo estas extrañas palabras:
- A mí me parece que ha crecido, en vez de ser construido.
Jack parpadeó. Fue a decir algo, pero el receptor que tenía a su lado estalló súbitamente en chirridos y alaridos. Eran señales de la nave oval, luego palabras en inglés, de grabaciones anteriores del «Adastra». Más frases moduladas, sin vocales. Era como si los seres de la otra nave espacial intentasen comunicarse con urgencia e insistieran en que tenían la clave de las señales del «Adastra». La tentación de responder era grande.
- De cualquier modo, tienen inteligencia - señaló Jack, sombrío.
Las señales cesaron. Silencio. Jack observó la cinta. Mostraba la misma algarabía que antes.
- Más ondas cortas. A esta distancia, no sólo nos matarían sino que esterilizarían el interior de toda la nave Suerte que nuestro casco es una aleación pesada con fuerte histéresis. Ni una sola partícula de esa radiación puede atravesarla.
Silencio durante largo, largo rato. La cinta indicaba que una terrible intensidad de ondas de treinta centímetros seguía cayendo sobre el «Adastra». De súbito, Jack conectó con el oficial de observaciones e hizo una pregunta. Sí, el casco exterior se estaba calentando. Había subido medio grado en quince minutos.
- No hay que preocuparse por ello - gruñó Jack -. Con esta energía, sólo podrán calentarnos un máximo de quince grados.
La cinta salía en blanco. La radiación supuestamente letal había cesado. La nave en forma de huevo se acercó. Luego, por espacio de unos veinte minutos, Jack tuvo que pasar de un visor a otro para verla. Se cernía alrededor del enorme casco del «Adastra» con cautelosa curiosidad. Ora a ochocientos metros, ora a no más de doscientos, la nave desconocida saltaba de aquí a allí con una aceleración sorprendente y una capacidad de frenado no menos asombrosa. Sólo presentaba las toberas en el extremo de popa de su forma de huevo. Cada cambio de rumbo debía infligir tremendas sacudidas a la estructura, y los giroscopios que equipaba debían ser terriblemente poderosos. La rapidez de sus maniobras resultaba sorprendente.
-¡No me gustaría estar dentro de esa cosa! - comentó Jack -. Con esos métodos de navegación, quedaríamos hechos papilla. No son hombres como nosotros. Pueden soportar más que nosotros.
La nave desconocida parecía sensible, viva. Y la impaciencia de sus movimientos era aún más horrible, mientras revoloteaba sobre la gigantesca nave espacial, a la que suponían un monstruoso féretro.
Giró de repente y se lanzó hacia el «Adastra». Doscientos metros, cien metros, treinta metros, hasta posarse con suavidad sobre el casco de la nave terrestre.
- Ahora los veremos - dijo Jack, nervioso -. Han aterrizado sobre una escotilla. Evidentemente saben para qué sirven. Los veremos con sus trajes espaciales.
Helen ahogó una exclamación. Parte del costado de la extraña nave pareció hincharse súbitamente, deformándose como una pompa de jabón. Tocó la superficie del «Adastra» y pareció adherirse. El círculo de contacto aumentó.
-¡Dios mío! - exclamó Jack con angustia -. ¿Está viva? ¿Pretende comerse nuestra nave?
El teléfono de comunicación general ladró bruscamente:
-¡Oficiales con armas, todos a la compuerta estanca 6H41! Los centaurianos están abriendo la compuerta desde el exterior. Esperen órdenes allí! El visor de la cámara de aire funciona y les tendremos al corriente. ¡En marcha!
El teléfono dejó de oírse. Jack cogió un arma larga, uno de los fusiles de energía que aturden a una distancia de mil ochocientos metros y matan a seis, puestos a máxima potencia. Llevaba una pistola en la cartuchera. Se dirigió a la puerta.
-¡Jack! - gritó Helen, llena de espanto.
La besó. Era la primera vez que sus labios se tocaban, pero en aquel momento les pareció lo más natural del mundo. Recorrió los largos pasillos del «Adastra» hasta el lugar ordenado. Mientras corría, sus pensamientos no eran en absoluto los de un científico y oficial de la primera expedición terrestre al espacio interestelar. Jack pensaba en los labios de Helen apoyados con ansiedad en los suyos, en su cuerpo suave apretado contra él.
En lo alto, un altavoz habló mientras él corría:
- Han entrado en la cámara estanca. La abrieron sin dificultad. Ahora están probando nuestra atmósfera. Por lo visto es adecuada para ellos.
El altavoz quedó atrás. Jack siguió corriendo, jadeante. Otro hombre le precedía. Había diez o doce hombres reunidos al fondo del pasillo. Un altoparlante lateral continuaba:
-. . endo la puerta interior de la cámara de aire. A lo que parece, sólo cuatro o cinco de ellos van a entrar en la nave. Se les permitirá alejarse de la cámara estanca. Os mantendréis ocultos. La señal será cuando funcionen los cierres de emergencia. Emplead vuestras armas pesadas, aumentando la potencia desde el mínimo hasta que queden paralizados. Probablemente será necesaria mucha energía para dominarlos. Procurad no matarlos. ¡ Preparados!
Los oficiales eran cerca de una docena, con el obeso jefe de los cohetes, el oficial de neumática y subalternos de otros departamentos. El jefe de los cohetes resopló ruidosamente mientras se ocultaba. Oyeron abrirse la compuerta interior de la cámara estanca. Hubo una larga espera, durante la cual escucharon extraños rumores en sordina. Las Cosas o lo que fuesen se habían detenido a estudiar los trajes espaciales que colgaban en la cámara. Los gritos eran claramente distintos y bien entonados. Pero de súbito se armó una gran algarabía. Varias Cosas hablaban a la vez. Había excitación, impaciencia y un extraordinario tono de triunfo en sus voces.
Luego algo se movió hacia el umbral de la antesala de la cámara. Una sombra atravesó la puerta. Fue entonces cuando los terráqueos vieron a las criaturas que invadían la nave.
De momento les parecieron hombres. Tenían piernas y dos tentáculos colgantes que al parecer les servían de brazos. Eran de forma ahusada y sus extremos se dividían en filamentos móviles. Tanto los tentáculos como las piernas parecían flexibles en toda su longitud. No tenían articulaciones como las humanas para caminar. Por ello los centaurianos se movían de un modo extrañamente ondulante.
Pero lo más asombroso era que no tenían cabeza. Salieron de la cámara serpenteando. Al extremo de un «brazo» todos llevaban un extraño objeto negro cilíndrico, que esgrimían como si fuera un arma. Llevaban mochilas metálicas ajustadas a sus cuerpos. Éstos eran extrañamente «rugosos». Había algo curiosamente familiar en su textura exterior.
Asombrado, Jack miraba buscando ojos, nariz, boca. Sólo vio dos aberturas gemelas y dedujo que eran ojos. No vio la menor señal de una boca. No tenían cabello. Pero vio una sustancia rugosa y pardusca en la espalda de una de las Cosas que se volvió para llamar excitadamente a las demás. Parecía corteza de árbol. Y Jack comprendió. Estuvo a punto de escapársele un grito, pero se agachó y en silencio puso la palanca de su arma a máxima potencia.
Las Cosas avanzaron, Llegaron a una encrucijada de dos pasillos, y después de mucho gesticular de brazos y dar voces aparentemente articuladas, se separaron en dos grupos y desaparecieron. Sus voces se alejaron. Todavía no había sido dada la señal de ataque. Los oficiales que quedaron detrás, se agitaron con nerviosismo. Un altavoz susurro:
-¡Tranquilos! Creen que estamos muertos. Se separarán de nuevo. Quizá podamos cerrar las puertas de emergencia, y aislarlos para luego ocuparnos a fondo de ellos. ¡Vigilad la cámara estanca!
Silencio. El zumbido de un ventilador en algún lugar cercano. Luego, de repente, un hombre gritó atrozmente a lo lejos. Después del grito se oyó un ruido nuevo que provenía de una de las Cosas. Fue un chillido agudo, triunfante, jubiloso e inenarrablemente horrible.
Otros le respondieron. Hubo un alboroto como si las demás Cosas corrieran a reunirse con la primera. Luego se oyó un silbido de aire comprimido y zumbar de motores. Las puertas se cerraron en todas partes, aislando cada zona de la nave de todas las demás. En el silencio mortal del compartimento cerrado, los oficiales de guardia oyeron gritos interrogantes.
Otras dos Cosas salieron de la cámara estanca. Uno de los hombres se movió. La Cosa le vio y dirigió su arma cilíndrica hacia él. El hombre era el oficial de comunicaciones - chilló y dio un brinco espasmódico. Estaba muerto incluso mientras sus músculos se tensaban para aquel salto increíble.
La Cosa emitió una aguda nota triunfante, idéntica al otro ruido horrible que oyeron antes, y se dirigió hacia el cadáver. Uno de los brazos largos en forma de huso se alargó y tocó la mano del muerto.
Entonces, el arma de fuerza de Jack comenzó a zumbar. Oyó que los demás también abrían fuego. En pocos segundos el aire se llenó de un sonido parecido al de un enjambre de abejas furiosas. Otras tres Cosas salieron de la cámara de aire pero cayeron bajo la barrera de las armas de fuerza. Sólo cuando notaron una ráfaga de aire hacia la cámara, indicando que la nave enemiga se había alarmado y se alejaba, los hombres se atrevieron a interrumpir la barrera de fuego concentrada sobre el umbral. Luego corrieron a cerrar la cámara de aire, con objeto de capturar a los invasores que quedaban en el «Adastra».
Dos horas más tarde, Jack entraba en la sala principal de mandos, saludando con corrección, Su rostro estaba bastante lívido y tenía una expresión obstinada y decidida. Alstair se volvió hacía él, ceñudo.
- Le he llamado - dijo con aspereza -, porque temo que origine muchos problemas. El comandante ha muerto. ¿Lo sabía?
- Sí, señor - respondió Jack sin pestañear -. Estaba enterado.
- Por tanto, yo soy ahora el comandante del «Adastra» - agregó Alstair, provocativo -. No ignora que tengo poder de vida y muerte en casos de conducta sediciosa; por otra parte, ningún matrimonio a bordo del «Adastra» es legal sino mediante orden ejecutiva firmada por mí.
- Lo sé muy bien señor - respondió Jack aparentando indiferencia.
- De acuerdo - silabeó Alstair -. Le ordeno formalmente que se abstenga de conversar con la señorita Bradley. Consideraré como un amotinamiento cualquier desobediencia a esta orden. Pienso casarme con ella. ¿Qué tiene que decir a esto?
Jack respondió con determinación:
-¡No acataré esa orden, señor, porque usted no es tan estúpido como para cumplir su amenaza! ¿Acaso no ve que tenemos menos de una probabilidad entre quinientas de salvarnos? ¡Si quiere casarse con Helen, será mejor que piense antes en cómo sacarla viva de aquí!
Hubo un breve silencio hostil. Los dos hombres se observaron furiosamente, uno cercano a la madurez, el otro joven. Luego Alstair mostró sus dientes en una sonrisa que no expresaba ninguna alegría.
- De hombre a hombre, usted me desagrada en extremo - observo -. Pero como comandante del «Adastra», me gustaría tener más como usted, En esta maldita nave hemos pasado siete años de rutina, y todos los oficiales de los cuarteles están embotados hasta resultar inútiles ahora que se produce una emergencia. Obedecerán órdenes, pero no hay nadie que sea capaz de darlas. El oficial de comunicaciones ha sido asesina>do por uno de esos demonios, ¿no?
- Sí, señor.
- De acuerdo. Le nombro oficial provisional de comunicaciones. Le detesto Gary, como usted a mí, sin duda. Pero usted tiene cabeza. Úsela ahora. ¿Qué estaba haciendo?
- Adaptando una dictaescribe, señor, para obtener un vocabulario del idioma centauriano y que sirva como máquina traductora en ambos sentidos.
Alstair se sorprendió de momento, pero luego asintió. La dictaescribe simplemente descompone cualquier palabra en sus partes fonéticas y consigna el resultado en una tarjeta. Normalmente, dicha tarjeta sirve para la impresora. En lugar de un archivo de selección de tipos, la tarjeta puede contener la grabación de una palabra equivalente en otra lengua y entonces actúa como traductora parlante.
- Estas máquinas se han empleado poco en la Tierra, debido a la enorme extensión del vocabulario humano, aunque han servido hasta cierto punto para traducciones literales, tanto impresas como habladas. Jack se proponía registrar el vocabulario centauriano con equivalentes en inglés y la dictaescribe, al oír los extraños ruidos pronunciados por la criatura desconocida, seleccionaría una tarjeta que luego un altavoz enunciaría dando el sinónimo inglés.
Naturalmente, también era posible la operación inversa. Una vez conseguidas las equivalencias se podía conversar inmediatamente, sin necesidad de práctica en la comprensión o la imitación de los sonidos de otra lengua.
-¡Excelente! - comentó Alstair -. Pero tan pronto como pueda, deje a otro esa tarea. En cuanto comience, resultará bastante sencilla. Le necesito para otros trabajos. ¿Ya sabe lo que hemos averiguado acerca de los centaurianos?
- Sí, señor. Sus armas ligeras no son muy distintas de nuestras armas de fuerza, aunque parecen mucho más eficaces. Vi cómo mataban al oficial de comunicaciones.
- ¿Y con respecto a esos seres?
- Ayudé a atar a uno.
-¿Qué opina? ¡ Tengo el informe del médico, pero ni él mismo lo cree!
- Es lógico, señor - repuso Jack -. No se asemejan en nada a nuestra noción de vida inteligente. No tenemos ninguna palabra para definirlos. Por lo visto, en cierto sentido son vegetales. Sus cuerpos parecen compuestos de fibras celulósicas, como los nuestros lo están de fibras musculares. Pero son inteligentes, perversamente inteligentes. Lo más parecido a ellos que existe en la Tierra son ciertas plantas carnívoras como las droseras. Pero son muy superiores a ellas, lo mismo que el hombre es superior a una anémona de mar, siendo ésta un animal como el hombre. Supongo que no son plantas ni animales, señor. Sus cuerpos están formados como las plantas terrestres, pero están dotados de autonomía como los animales. Nos han sorprendido, pero puede que nosotros también a ellos. Es posible que la forma animal típica de su planeta no sea semoviente, como no lo son los vegetales corrientes en el nuestro.
Alstair observó, contrariado:
-¡Y nos consideran a nosotros, animales, como nosotros consideramos a las plantas!
Jack replicó, en tono frío:
- Sí, señor. Comen por medio de orificios que tienen en los brazos. El que mató al oficial de comunicaciones le cogió el brazo. Al parecer segregó algún líquido que digirió enseguida la carne. Señor, si me permite manifestar una opinión...
- Adelante - le interrumpió Alstair -. Los demás no saben sito balbucir o temblar de miedo.
- El jefe del grupo, señor, llevaba algo que parecía un adorno. Alrededor de un brazo tenía una banda de cuero.
- Pues, ¿qué diablos...?
- Mataron a dos hombres: al oficial de comunicaciones y a un asistente. Cuando logramos dominar al centauriano que había matado al asistente, vimos que estaba comiéndose un pedazo de éste y que el resto del cadáver había sufrido un extraño proceso de desecamiento, debido a unas sustancias químicas que la Cosa parece poseer.
Alstair tragó saliva, como si sufriese náuseas.
- Lo vi.
- Puede ser una idea absurda - continuó Jack, impasible -, pero si un hombre estuviera en el lugar de ese centauriano, atrapado en una nave espacial perteneciente a una raza extraña, viéndose condenado a muerte, prácticamente lo único que aún procuraría retener, tal como hizo el centauriano con el cadáver disecado del asistente
- Seria el oro - concluyó Alstair -. ¡O platino o joyas con las que intentaría escapar!
- Exacto - señaló Jack -. Ahora bien, es sólo una suposición, pero estas criaturas no son humanas, ni siquiera animales. Sin embargo creo, se alimentan de animales. Aprecian los alimentos animales tanto como un ser humano pueda apreciar los diamantes. Y usan los restos animales, el cuero, como adorno. Me figuro que esas materias son bastante raras en su planeta, puesto que las valoran tanto. En consecuencia ...
Alstair se puso en pie con el rostro contraído.
- Entonces ¡nuestros cuerpos son oro para ellos! ¡Diamantes! ¡No tenemos la menor posibilidad de hacer la paz con esos demonios!
Jack dijo con indiferencia:
- No, creo que no. Si unos seres compuestos de oro metálico aterrizaran en la Tierra, creo que serían asesinados. Pero también hay otra cuestión: la Tierra. Por nuestro rumbo, esas criaturas pueden averiguar de dónde provenimos, y sus naves espaciales son muy buenas. Creo que dejaré a otro el trabajo con la dictaescribe y trataré de enviar un mensaje a la Tierra. No es posible saber si lo recibirán, pero bien debían esperar alguno de nuestra misión. Tal vez hayan perfeccionado los receptores. Pensaban hacerlo.
- Los hombres podrían enfrentarse en el espacio a las naves de estas criaturas - agregó Alstair -, si reciben aviso. Y las armas actuales serían suficientes, de lo contrario habría que utilizar los torpedos Caldwell. O un escuadrón suicida, cuyos cuerpos sirvieran de señuelo. Estamos hablando como si nosotros ya fuéramos hombres muertos, Gary.
- Creo, señor, que lo somos en efecto - afirmó Jack, y luego agregó -: Haré que Helen Bradley se encargue de la dictaescribe, y pondré un guardia para que vigile al centauriano. Estará bien atado.
Esta iniciativa suponía que la orden de Alstair de evitar a la muchacha quedaba tácitamente anulada. Incluso era un desafío. Los ojos de Alstair brillaron de ira y se dominó con dificultad.
-¡Maldito sea, Gary! ¡Retírese! - gritó salvajemente -
Se volvió hacia el visor que mostraba la nave enemiga mientras Jack salía de la sala de mandos.
La nave ovoide se hallaba a tres mil doscientos kilómetros y reducía la velocidad para detenerse. En su primer movimiento había saltado de un punto a otro como enloquecida. Fue imposible alcanzarla con un proyectil y apenas se conseguía enviarle radiación por medio de un haz coherente. En cambio ahora estaba inmóvil con respecto al «Adastra», observando, o probablemente planeando alguna nueva asechanza. Al menos eso se figuraba Alstair mientras la contemplaba sombríamente.
Los recursos del «Adastra», que parecían tan amplios al despegar de Tierra, eran lastimosamente inadecuados para hacer frente a la actitud con que habían sido recibidos: hostilidad. Podía ofrecer los tesoros de la civilización humana a la raza que gobernaba aquel sistema solar. Podía civilizar a unos salvajes. Podía ofrecer amistad y ansias de saber a una raza superior a la humanidad. Pero aquellos seres que...
La nave espacial permanecía inmóvil, Sin duda dirigía señales a su planeta originario, solicitando órdenes. Los primeros análisis llegaron a la sala principal de mandos del «Adastra», y Alstair los leyó. Sin duda alguna, los centaurianos absorbían anhídrido carbónico del aire.
Este gas era a su metabolismo lo que el oxígeno para los hombres, y no podrían vivir en una atmósfera pura.
Pero su índice metabólico era muy superior al de cualquier planta de la Tierra, y comparable al de los animales terrestres. No eran plantas sino por su constitución, lo mismo que una anémona de mar no es un animal, salvo a la prueba del análisis químico.
Los centaurianos tenían un sistema nervioso altamente organizado, el equivalente de un cerebro, que les dotaba de gran inteligencia y lenguaje. Producían sonidos mediante un órgano estridulante situado en una cavidad corporal especial. Y sentían emociones.
Al serle presentados diversos objetos, el individuo capturado mostró especial interés hacia las máquinas, comprendió enseguida la utilidad de una pequeña grabadora de sonidos y emitió ante ella una serie completa y deliberada de sonidos. Palpó con impaciencia las ropas humanas, Descartó las telas cuando eran de algodón o rayón, pero mostró gran excitación al tocar una falda de lana y aún más cuando se le ofreció un cinturón de cuero. Se colocó el cinturón en la mitad de su cuerpo y ajustó la hebilla sin torpeza después de echar una ojeada al mecanismo.
Sacó un hilo de la falda y lo consumió, meciéndose hacia delante y hacia atrás, como si estuviera en éxtasis. Cuando le sirvieron carne, pareció alcanzar un delirio de excitación, Consumió enseguida parte de la misma, con movimientos extáticos. Conservó el resto mediante un extraño proceso químico, empleando las sustancias de una pequeña mochila metálica que le habían quitado y que solicitó mediante gestos.
Sus órganos de visión ocupaban dos hendeduras en la parte superior de su cuerpo, pero no se había realizado una revisión minuciosa de ellos. El informe que Alstair leía señalaba en particular que el centauriano mostraba una ávida impaciencia siempre que veía a un ser humano. Y que esa impaciencia no resultaba tranquilizadora.
Era la misma excitación, aunque mucho más intensa, que la mostrada al ver lana y cuero. Como por instinto, proseguía el informe, el centauriano capturado había hecho varias veces el gesto de dirigir un arma hacia el ser humano que veía por primera vez.
Alstair leyó este informe y otros, Helen Bradley apareció dos horas después de que Jack la hubiera puesto a trabajar con la dictaescribe.
- Lo siento, Helen - dijo Alstair con torpeza -. No debían asignarte una tarea, pero Gary insistió, Yo te habría dejado en paz.
- Me alegro de que él me llamara - replicó Helen tranquilamente -. Papá ha muerto contento, y sin llegar a saber cómo son estos centaurianos. Me ha sentado bien trabajar. He logrado mucho más de lo que esperaba. El centauriano con quien trabajo es el jefe del grupo que invadió esta nave. Comprendió casi enseguida para qué servía la dictaescribe, y hemos grabado un buen vocabulario. Si quiere hablar con él, ya puede hacerlo.
Alstair contempló el visor. La nave enemiga seguía inmóvil. Muy natural. Ahora la distancia entre el «Adastra» y Próxima Centauri podía medirse en cientos de millones de kilómetros y no en billones, si bien esto, en otros términos, aún equivalía a horas-luz. Si la nave espacial enviaba señales a su planeta madre pidiendo órdenes, no podría recibir las respuestas inmediatamente.
Alstair se dirigió al laboratorio de biología, que estaba a cargo de Helen; ella era también la encargada de los especímenes biológicos conejos, ovejas y una variedad infinita de otros animalitos- que durante el viaje servían de provisión alimenticia, con intención de soltarlos luego, si se encontraba un planeta adecuado para la colonización alrededor de la estrella con anillos.
El centauriano estaba fuertemente atado a una silla. Él, ella o eso era totalmente impotente. Junto a la silla se hallaban la dictaescribe y el altavoz, El centauriano emitía sonidos ululantes que la máquina traducía no sin crujidos entre palabra y palabra.
-¿Usted... es... comandante... de... esta.. - nave? - tradujo la máquina sin entonación.
- Así es - respondió Alstair y la máquina rechinó la versión centauriana de sus palabras.
- El... hombre... de... esta... mujer... esta... muerto - volvió a decir la máquina sin entonación, después de una serie de ruidos por parte de la extraordinaria cosa viviente que no era animal.
Helen intervino con prontitud.
Le conté que mi padre había muerto. La máquina continuó:
- Yo... compro... todo... hombre... muerto... de.. - nave... doy... metal... oro... vosotros... deseáis...
Alstair apretó los dientes y Helen palideció. Intentó hablar, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
-¡Esto es el comienzo de la amistad interestelar que pensábamos fundar! - dijo Alstair con amargura.
El altavoz de comunicaciones generales aulló de súbito:
-¡Llamando al comandante Alstair! ¡ Se recibe radiación de gran Intensidad sobre varias longitudes de onda! ¡Es evidente que están enviando refuerzos!
Jack Gary entró en el laboratorio de biología, Su rostro estaba sombrío y muy pálido. Saludó con gran corrección.
- No tuve que hacer muchos esfuerzos, señor - comentó burlonamente -. El último oficial de comunicaciones se tomaba su empleo como una especie de sinecura. Durante siete años no recibimos señales, y él no esperaba que llegaran. Pero están llegando desde hace meses. Salieron de Tierra tres años después que nosotros. Parece que un tipo llamado Callaway descubrió que una onda circularmente p<> lanzada crea un haz de luz coherente que siempre se mantiene. Sin duda, hace varios años que transmiten para nosotros y es ahora cuando recibimos los primeros mensajes. Han construido un segundo «Adastra», señor, y lo están dotando... ¡diablo, no! ¡Lo dotaron hace cuatro años! ¡Vienen hacia aquí! Debe hacer tres años que viajan y no saben que les esperan esos monstruos. Aunque nosotros nos destruyéramos, señor, viene otra nave de la Tierra tan desarmada como nosotros, para toparse con estos demonios cuando sea demasiado tarde...
Volvió a resonar el intercomunicador general:
-¡Comandante Alstair! ¡Informa el puesto de observación! La temperatura externa del casco ha aumentado cinco grados en los últimos tres minutos y sigue subiendo. ¡Alguien dirige calor sobre nosotros a una velocidad terrible!
Alstair se volvió hacia Jack y le dijo con helada amabilidad:
- Al fin y al cabo, Gary, es absurdo que continuemos odiándonos. Aquí moriremos todos. ¿Por qué todavía siento deseos de matarlo?
Era una pregunta retórica. El motivo estaba absolutamente claro. Ante las horribles novedades, Helen había comenzado a llorar quedamente y se había cobijado en brazos de Jack.
IV
En realidad, la situación era mucho peor de lo que señalaban las primeras indicaciones. La temperatura externa del casco, por ejemplo, era la del termómetro general, que promediaba las medidas de todos los termómetros externos. Una ojeada al grupo de termómetros, conectado a través del visor, bastaba para advertir que la parte opuesta del casco del «Adastra» tenía una temperatura prácticamente normal. Era la parte anterior, en relación con Próxima Centauri, la que se estaba calentando. Pero no de modo uniforme. Los indicadores que exhibían luces rojas estaban agrupados.
Alstair los contempló por el visor, con una calma pétrea.
- Directamente al centro de nuestro casco, véanlo ustedes - dijo -. Seguro que se trata de la flota de naves espaciales.
Jack Gary anunció rápidamente:
- La nave cuyos prisioneros tenemos hizo contacto varias horas antes de lo que suponíamos. Parece que en lugar de enviar una nave con un transmisor a bordo, mandaron una flota precedida por una nave exploradora. ¡Ésta informó que habíamos tendido una trampa a parte de su tripulación y, por tanto, se declaran las hostilidades!
Alstair habló rápidamente por un intercomunicador general:
- El sector G90 será evacuado enseguida. Se cerrará herméticamente y todos los ocupantes saldrán de las cámaras estancas. Los sectores adyacentes también deben ser evacuados, aunque dejando un retén de guardia con trajes espaciales.
Desconectó el transmisor y agregó serenamente:
- Ahora la temperatura externa del sector G90 ha alcanzado cuatrocientos grados, Empieza a ponerse al rojo; dentro de cinco minutos se derretirá. Se habrán abierto paso hasta nosotros dentro de media hora.
Jack intervino con apremio:
-¡Señor! He dicho que atacaron porque la nave exploradora informó que tendimos una trampa a su tripulación. Tenemos una pequeña posibilidad de...
-¿De qué? - inquirió Alstair con amargura -. ¡No tenemos armas!
-¡La dictaescribe, señor! - gritó Jack -. ¡Ahora podemos hablar con ellos!
Alstair le cortó, desesperado:
-¡Muy bien, Gary! Lo nombro embajador. ¡Adelante!
Giró sobre sus talones y salió de la sala de mandos. Poco después, su voz llegó desde el intercomunicador:
-¡Jefe de cohetes! Preséntese ahora mismo ante el visófono. ¡Emergencia!
Su voz se cortó, pero Jack no tuvo conciencia de ello. Estaba ocupado con las comunicaciones, que requerían toda la potencia del haz portador y un aumento del arco barrido. Dio órdenes y explicó a Helen un resumen de lo que pensaba hacer.
Ella comprendió la idea enseguida. El centauriano situado en el laboratorio de biología seguía atado, naturalmente. Ni la menor expresión podía adivinarse en las angostas aberturas que constituían sus órganos de visión, Pero Helen, que conocía las palabras de las tarjetas del vocabulario, le apremió por el micrófono de la dictaescribe. Unos aullidos salieron del altavoz y el centauriano se removió. Él habló a su vez y el altavoz dijo torpemente:
- Yo... hablo. - - planeta... nave. Sí.
Mientras sus palabras llegaban del control de comunicaciones, los sonidos pavorosos, chirriantes y aparentemente inarticulados de su lenguaje dominaron el laboratorio de biología y fueron transmitidos por el potente haz del transmisor principal.
La nave exploradora centauriana se mantenía a quince mil kilómetros de distancia. El «Adastra» seguía avanzando hacia el astro anillado que constituía la meta de la expedición más atrevida de la humanidad. A quince mil kilómetros la nave debía parecer un puntito, pero seguramente aparecía con todo lujo de detalles en los telescopios de los centaurianos.
Pero a pocos kilómetros de distancia, su tamaño colosal se ponía de manifiesto. Con sus mil quinientos metros de diámetro, la nave empequeñecía incluso a la mayor de aquellas formas lejanas y ocultas en el vacío que integraban la flota hostil ahora dedicada a concentrar sus rayos mortales sobre ella.
Desde una distancia de pocos kilómetros se habrían apreciado también los efectos de la radiación. El casco del «Adastra» era de acero, de aleación resistente y, necesariamente, de gran histéresis. Las corrientes eléctricas alternas inducidas en el acero por la radiación centauriana habrían calentado incluso un casco de cobre. Pero el acero de aleación se calentó mucho. Cambió de color y se puso al rojo una zona de treinta metros de diámetro.
Un cohete de dicha zona dejó de emitir su llama púrpura y radiante. Estaba averiado. Los demás cohetes aumentaron un poco su potencia para compensar. El brillo rojo mate del acero aumentó. Se hizo carmesí. Lenta, inexorablemente, alcanzó un tinte amarillento. Se volvió blanco, viró hacia el azul.
El casco humeaba; los gases se alejaban de aquella superficie torturada y derretida como atraídos por el astro lejano. El humo se espesó, formando una verdadera nube de vapores metálicos. De súbito hubo una erupción violenta en el centro de la zona recalentada del «Adastra». El casco exterior se derritió. El aire interior fue expelido al vacío, junto con fragmentos revoloteantes de metal en fusión. Todo ello se dispersó con una rapidez increíble, resplandeciendo por unos instantes como la niebla atenuada y débilmente brillante de la cola de un cometa.
Las imágenes de los correspondientes visores del «Adastra» se apagaron. Las estrellas palidecieron, La nave terrestre había perdido parte de su atmósfera, que se disipaba delante de ella. Ya se había extendido en un espacio tan vasto que su densidad era inapreciable, aunque seguía muy superior a la del vacío infinito del espacio, de modo que llenaba todo el cosmos delante del «Adastra» como una tenue neblina.
En los bordes de la inmensa brecha abierta en el gran casco de la nave, el grueso metal burbujeaba y sacaba vapor. Los compartimentos interiores comenzaron a resplandecer con una siniestra luz de color rojo mate, que rápidamente viró al carmesí y comenzó a volverse débilmente anaranjada.
En la sala principal de mandos, Alstair observó con amargura, hasta que se fundieron los visores que mostraban el interior del sector G90. Habló con gran serenidad al micrófono que tenía delante.
- Tenemos menos tiempo de lo que me figuraba. Apúrese; los resultados no son seguros, y debe recordar que esos demonios sin duda nos atacarán de todas direcciones hasta asegurarse de que no quede nadie vivo a bordo. ¡Tiene que solucionarlo pronto, para hacer lo que he pensado!
Una voz medio histérica le respondió:
-¡Pero si anulamos las vibra dones sónicas de los cohetes volaremos hecho pedazos, señor! ¡Será cuestión de un instante! ¡La desintegración del combustible se extenderá a los tubos y la nave estallará!
-¡Idiota! - gritó Alstair -. ¡ Hay otra nave de la Tierra en camino! ¡No saben nada! ¡Y están tan desarmados como nosotros! ¡Y de su rumbo estos demonios podrán deducir de dónde venimos! ¡Sí, vamos a morir! ¡Pero venderemos caras nuestras vidas, y nos cercioraremos de que estos demonios no envíen una flota espacial a la Tierra! ¡No habrá eutanasia para nosotros! ¡Nuestra muerte debe servir para algo! ¡Es preciso salvar la humanidad!
El rostro de Alstair, mientras hacía muecas por el visor, no era el de un mártir ni el de una persona que se sacrifica noblemente a sí misma, sino el de un hombre que intimida y amedrenta a un subordinado para obligarle a obedecer.
Alstair iba furioso de un departamento a otro, mientras la radiación seguía cayendo sobre su nave, radiación que el casco metálico absorbía y transformaba en calor. Otra compuerta fue derretida, y se produjo una segunda erupción de metal vaporizado y gas incandescente de la nave gigantesca. A millones de kilómetros de distancia, un amplio circulo de naves espaciales ovoides se mantenían inmóviles, sin dar muestras de vida. Parecían monstruos dormidos. Pero ellas emitían los implacables haces de radiación, que concentraban en un punto del casco del «Adastra», haciéndole vomitar metal espumoso, gases y de vez en cuando algún objeto entero, pero que estallaba enseguida en el vacío.
Dentro de los innumerables compartimentos de la poderosa nave, los seres humanos reaccionaban de diversos modos ante el destino que se avecindaba. Muchos gritaban. Algunos de los miembros más hoscos de la tripulación parecieron enloquecer, convertidos en maníacos homicidas. Otros asaltaron los almacenes y se dedicaron a beber rápida y sistemáticamente, hasta quedar en estado comatoso. Algunas mujeres abrazaron a sus hijos y lloraron sobre ellos. Otras enloquecieron.
Pero la voz severa y autoritaria de Alstair mantenía una apariencia de disciplina en algunos compartimentos. En una sala de máquinas los hombres trabajaban con empeño, entre juramentos y errores que entorpecían su trabajo. El oficial de la sala de neumática montaba guardia en sus dominios con una enorme llave inglesa en la mano, amenazando con golpear al primero que diese muestras de pánico. El jefe de cohetes, resoplando, demostró una inesperada capacidad para el improperio, y los cohetes siguieron proyectando en el espacio sus pálidas llamas purpúreas sin la menor señal de vacilación.
En el laboratorio de biología reinaba una concentración serena e intensa. Atado hasta la inmovilización completa, el centauriano, falto de rasgos e inescrutable, llenaba el salón con su extraño lenguaje. La dictaescribe murmuraba, analizando mecánicamente los sonidos y buscando de modo mecánico tarjetas de vocabulario que los tradujeran a vocablos ingleses. De vez en cuando localizaba una equivalencia. Entonces, la máquina traducía una palabra del idioma centauriano.
- Nave... - identificó una larga serie de sonidos con rápidos cambios de volumen, intensidad y énfasis-... hombres... - otra larga serie -... hablar hombres...
El centauriano dejó de emitir sus ruidos aullantes. Luego volvió a hablar, esta vez más despacio. El altavoz los tradujo. El centauriano procuraba escoger palabras ya registradas por Helen.
- Comprende lo que intentamos hacer - murmuró Helen muy pálida.
La máquina dijo:
- Usted... habla... máquina... hablar... nave.
Jack dijo despacio a través del intercomunicador:
- Somos amigos. Tenemos cosas que a vosotros os interesan. Sólo queremos amistad. No hemos matado a los vuestros sino en defensa propia. Queremos paz. Si no la obtenemos, combatiremos. Pero queremos paz.
Mientras la máquina murmuraba y el parlante repetía lo dicho en centauriano, le comentó a Helen en voz baja:
- Eso de combatir ha sido una fanfarronada. ¡Espero que dé resultado!
Silencio. Desde millones de kilómetros de distancia> las naves espaciales invisibles enviaban una radiación mortal mediante haces coherentes de luz al centro del «Adastra». Lo más curioso era que aquella radiación habría sido absolutamente inocua para un hombre. Habría atravesado su cuerpo sin dañarlo.
Pero el acero del casco de la nave terrestre la absorbía, dando lugar a corrientes de Foucault. Éstas se convertían en calor. Y un pequeño volcán vomitaba hacia el espacio las paredes, los muebles, la atmósfera del «Adastra», a través del agujero producido por el calor.
En el laboratorio de biología reinaba una gran tranquilidad. El receptor estaba en silencio. Pasó un minuto. Dos minutos. Tres. Las ondas portadoras del mensaje de Jack viajaban a la velocidad de la luz, pero no tardarían menos de noventa segundos en llegar al origen de los haces de luz que estaban destruyendo el «Adastra». Aunque era una pérdida de tiempo, había que aguardar otros noventa segundos, mientras la respuesta cruzaba el espacio a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo.
El receptor lanzó un sonido estridente. La dictaescribe crujió un poco y luego el altavoz habló, monótono:
- Nosotros.. - amigos... ahora... no... lucha... naves... se... aproximan... para... llevaros. - - planeta.
Al mismo tiempo, la erupción en miniatura del casco cesó y poco a poco el cráter derretido y burbujeante dejó de lanzar vapor; luego el acero al blanco azulado se enfrió pasando por el amarillo y el carmesí hasta el rojo mate, y más lentamente aún la superficie metálica adoptó el brillo infinitamente blanco del acero enfriado en ausencia de oxígeno.
Jack habló con énfasis por el micrófono de la sala de mandos:
- Los centaurianos me comunican que han cesado las hostilidades, señor. Dicen que enviarán una flota para trasladarnos a su planeta.
- Muy bien - respondió con pesimismo la voz de Alstair -, puesto que nadie parece capaz de hacer lo único que serviría para dar utilidad a nuestra muerte. Y luego, ¿qué?
- Creo que nos convendría liberar ahora al centauriano - opinó Jack - Naturalmente, podemos vigilarlo y paralizarlo si se muestra hostil. Considero que sería un gesto diplomático.
- Usted es el embajador - comentó Alstair con sarcasmo -. Puede que ganemos un poco de tiempo. Pero tendrá que dejar a otro las funciones de embajador y tratar de enviar un mensaje a la Tierra, si le parece que puede adaptar un transmisor al tipo de onda que ellos emplearán ahora.
Su imagen desapareció. Jack se volvió hacia Helen. De súbito se sintió muy cansado.
- Eso es lo malo - murmuró con desgana -. ¡Esperan una onda como la que nos enviaron y, con la potencia de que disponemos, apenas si podrán captarnos! Pero nosotros pudimos escuchar un fragmento de su mensaje, exactamente cuando acababan de describir el aparato emisor que emplean en la Tierra. Sin duda repetirán esa descripción o, mejor dicho, la habrán repetido hace cuatro años. Si logramos vivir lo suficiente, la captaremos. Pero no sabemos cuánto puede tardar. ¿Seguirás trabajando con este... individuo para completar el vocabulario?
Helen le miró con angustia y apoyó una mano sobre su brazo.
- Es bastante inteligente - observó -. Instruiré a otra persona para que trabaje con él. Quiero acompañarte. Al fin y al cabo, quizá nosotros... nosotros... no tengamos mucho tiempo para estar juntos.
- Tal vez diez horas - señaló Jack en tono cansino.
Esperó con aire sombrío mientras Helen hablaba con el centauriano en palabras cuidadosamente elegidas que la dictaescribe traducía, Llamaron a un asistente y a dos guardias. Soltaron a la Cosa sin cabeza, No se mostró violenta, sino impaciente por completar el vocabulario de la traductora, mediante el cual podía realizarse un intercambio completo de ideas.
Jack y Helen se dirigieron a la sala de comunicaciones. Escucharon el mensaje de Tierra, que se acababa de recibir en aquel momento. Estaba todo muy confuso, Hacía cuatro años, la Tierra vibró de entusiasmo ante la idea de enviar un mensaje a sus aventureros más atrevidos. Un destello de energía inmaterial podía viajar incansablemente a través de incontables trillones de kilómetros y alcanzar a los exploradores que habían salido tres años antes. A juzgar por el texto, el segundo mensaje fue emitido poco después del primero. La emisión había sido difundida por radio en toda la Tierra y, sin duda, muchos millones de personas se entusiasmaron al escuchar las palabras que recorrerían la distancia entre dos astros.
Pero esas palabras no servían a los del «Adastra». El mensaje era un programa de felicitación que comenzaba con las alegres canciones de un cuarteto popular, seguía con los chistes del comediante mejor pagado de la Tierra demasiado viejos para los del «Adastra»-, luego con la pieza oratoria de un político eminente y otras tonterías. En resumen, era un montón de necedades destinadas a hacer publicidad mediante su difusión en la Tierra, y a favor de quienes participaban en la iniciativa.
Era inútil para los del «Adastra», que veían el casco de la nave perforado, la muerte sobre ellos y probablemente la destrucción de toda la raza humana como consecuencia del viaje.
Jack y Halen se sentaron en silencio y escucharon. Entrelazaron las manos sin darse cuenta del gesto, De un modo extraño, la terrible brevedad del tiempo con que contaban hacía absurdas las grandes demostraciones de afecto. Oyeron sin escucharlo realmente el mensaje inenarrablemente trivial que venía de la Tierra. De vez en cuando se miraban.
La recopilación del vocabulario avanzaba con prontitud en el laboratorio de biología. Se ayudaban con dibujos. Un segundo centauriano fue liberado y su talento para el dibujo - demostrando de paso que los ojos de los hombres-plantas funcionaban casi del mismo modo que los de los terrestres - permitió aumentar el acopio de definiciones y equivalencias, así como el conocimiento de la civilización centauriana.
A medida que se reunía más información, esa civilización comenzaba a adquirir un extraño parecido con la humana. Los centaurianos poseían estructuras artificiales que, sin duda, eran casas. Tenían ciudades, leyes, arte - los dibujos del segundo centauriano lo demostraban- y ciencia. Sobre todo la biología se hallaba muy adelantada y, en cierto sentido, ocupaba el lugar de la metalurgia en la civilización humana. No construían sus estructuras, sino que las hacían crecer. En lugar de fundir metales para darles formas útiles, tenían especies de protoplasma cuya velocidad y formas de crecimiento podían controlar.
Casas, puentes, vehículos... incluso las naves espaciales se hacían de materia viviente, que mantenían en estado de hibernación una vez alcanzaba la forma y el tamaño deseados. Y podían activarla de nuevo a voluntad, consiguiendo hechos tan extraordinarios como la comunicación en forma de ampolla que realizaron entre su nave espacial y el casco del «Adastra».
Hasta aquí la civilización centauriana resultaba bastante extraña, pero comprensible. Incluso los hombres pudieron progresar de un modo parecido si la civilización humana hubiera comenzado sobre obras bases. Fue la economía de los centaurianos lo que pareció horrible y absurdo a los hombres cuando se enteraron de cómo funcionaba.
La raza centauriana evolucionó a partir de plantas carnívoras, lo mismo que los hombres y sus antepasados carnívoros. Pero en alguna etapa primitiva del progreso, el hombre despertó a la aridez por el oro. Ningún cambio de interés se produjo en los planetas de Próxima Centauri. Lo mismo que los hombres han devastado ciudades, talado bosques, excavado minas y destruido implacablemente infinidad de cosas en busca de oro u otras cosas que pudieran cambiarse por oro, los centaurianos codiciaban animales.
Y así como los hombres exterminaron el bisonte americano para cambiar su piel por oro, los centaurianos acabaron implacablemente con la vida animal de su planeta, Para los centaurianos, el tejido animal tiene el valor del oro. Hace mucho tiempo que, por absoluta necesidad, aprendieron a subsistir con alimentos vegetales. Pero la insensata avidez de carne continuó. Inventaron métodos para conservar el alimento animal durante tiempo indefinido. Dragaron sus mares en busca del último y más diminuto crustáceo. Los viajes espaciales se convirtieron en algo deseable y luego en una realidad cuando los telescopios mostraron la existencia de vegetación en otros planetas de su sol, y con ella la posibilidad de vida animal.
Tres planetas de Próxima Centauri tenían climas y atmósferas favorables a la vida vegetal y animal pero ahora sólo en uno más pequeño y alejado, quedaba algún vestigio de vida animal. Allí los centaurianos cazaron febrilmente, buscando las últimas colonias de minúsculos cuadrúpedos que hacían sus madrigueras a cientos de metros por debajo de un continente congelado.
Resultaba evidente que el «Adastra» era un galeón cargado de tesoros ~n forma de seres humanos- como jamás un centauriano pudo imaginar que existieran. Y comprendieron que un viaje a la Tierra exigiría todos los recursos de la raza. ¡Millones de millones de seres humanos! ¡Trillones de animales inferiores! ¡Incontables criaturas de los mares! Toda la raza centauriana enloquecería de impaciencia por invadir aquella tierra prometida de riquezas y éxtasis, el éxtasis que sentía todo centauríano al consumir el ancestral alimento de su raza.
V
Las naves ovoides y sin rasgos se acercaron desde todas las direcciones al mismo tiempo. Las baterías de termómetros mostraban una progresión lenta y dolorosa de señales de alarma. Una lámpara piloto, resplandecía locamente roja y se apagaba; luego otra y otra más, a medida que las naves centaurianas ocupaban sus posiciones. Esas alarmas provenían del impacto momentáneo de un haz de radiación sobre el casco del «Adastra».
Veinte minutos después de que el último haz hubiera demostrado la impotencia del «Adastra», una nave en forma de huevo se acercó a la máquina terráquea y, con toda precisión, entró en contacto con su proa, a nivel de una cámara estanca. El casco de aquélla se deformó hasta constituir una gran ampolla que se adhirió al acero.
Alstair miraba por el visor, con el rostro muy pálido y los puños apretados. La voz de Jack Gary, tensa y áspera, llegó desde el comunicador del laboratorio de biología.
- Un mensaje de los centaurianos, señor. Una nave ha aterrizado sobre nuestro casco y su tripulación entrará a través de la cámara estanca. Todo movimiento hostil de nuestra parte será castigado con la destrucción inmediata.
- Nadie debe oponerse a los centaurianos - señaló Alstair con acritud -. ¡ Es una orden! ¡Lo contrario sería suicida!
-¡Aun así, señor, creo que sería mejor! - replicó la voz de Jack en tono beligerante.
-¡Ocúpese de sus obligaciones! - gruñó Alstair -. ¿Ha conseguido algo en las comunicaciones?
- Tenemos cerca de cinco mil palabras en tarjetas de vocabulario. Podemos conversar sobre casi cualquier tema, todos desagradables. Ahora las tarjetas han pasado a la duplicadora y estarán listas dentro de pocos minutos, Recibirá usted otra dictaescribe con el segundo archivo tan pronto como hayamos completado las tarjetas.
Alstair vio por un visor las figuras sin cabeza de los centaurianos que salían de la cámara estanca del casco.
- Los centaurianos han entrado en la nave - le gritó una orden a Jack -. ¡Usted es el oficial de comunicaciones! ¡Salga a recibirlos y acompañe al comandante hasta aquí!
-¡A la orden! - respondió Jack, sombrío.
La misión era como una condena a muerte. Estaba muy pálido. Helen se abrazó a él.
El centauriano prisionero gritó una pregunta en la dictaescribe. El altavoz tradujo.
-¿Qué... orden?
Helen se lo explicó. La humanidad se acostumbra tan rápido a lo increíble, que casi parecía natural dirigirse a un micrófono y oír los gritos y chirridos de una voz no humana llenando el cuarto mientras la máquina explicaba lo que eso quería decir.
- Yo.. también... voy... ellos... todavía... no... matar.
El centauriano se adelantó y abrió la puerta con una destreza extraordinaria. Sólo había visto cómo la abrían otros. Jack tomó la delantera. Su arma de fuerza del costado permanecía en la funda, puesto que era inútil. Probablemente podría matar al hombre-planta que le seguía, pero nada se adelantaría con ello.
Oyó rumores a medida que se acercaba. Los hombres-planta emitían sus voces ruidosas y penetrantes. Tenían acento de preguntas y respuestas. Jack se vio en presencia del nuevo grupo de invasores. Eran veinte o treinta, armados con objetos cilíndricos más grandes que los que llevaban los primeros invasores.
Al ver a Jack se excitaron. Ansioso temblor de los tentáculos a ambos lados de los torsos sin cabeza. Hicieron movimientos instintivos, furtivos, hacia las armas, Un grito restalló como una orden. Las Cosas quedaron inmóviles. Pero a Jack se le puso la carne de gallina al percibir la concupiscencia extraña y carnívora que parecía emanar de los centaurianos.
Su guía, el ex cautivo, intercambió ruidos incomprensibles con los recién llegados. Sus palabras causaron una nueva oleada de excitación entre las filas de los hombres-plantas.
- Vamos - dijo Jack, lacónico.
Les indicó el camino hasta la sala principal de mandos. Alguien gritaba monótonamente. Una mujer se había vuelto loca ante la inminencia del fin, Se alzaron voces estridentes entre las Cosas desgarbadas que seguían a Jack, pero otra nota autoritaria las hizo callar de nuevo.
La sala de mandos. Alstair parecía un hombre de piedra, de mármol, aunque en sus ojos brillaba una llama feroz y casi febril. Por el visor que tenía al lado veía la incesante multitud de centaurianos que entraban por otra cámara, Evidentemente, eran centenares, Trajeron la dictaescribe bajo la supervisión de Helen, que gritó horro rizada al ver tantas criaturas monstruosas en la sala de mandos.
- Monta la dictaescribe - dijo Alstair con voz tan áspera, tan ronca, que parecía hielo puro.
Temblorosa, Helen hizo ademán de obedecer.
- Estoy preparado para hablar - anunció Alstair al micrófono.
La máquina crujió levemente y tradujo. El jefe del nuevo grupo gritó en respuesta. Ordenó que todos los oficiales se presentaran allí enseguida, después de poner la nave bajo piloto automático. La traducción del equivalente centauriano «piloto automático» presentó algunas dificultades. No figuraba en el archivo del vocabulario, cosa que exigió cierto tiempo.
Alstair pasó la orden. Un sudor frío bañaba su rostro, pero su autodominio era férreo.
Una segunda orden también suscitó cierta dificultad. Copias de todos los archivos técnicos y todos - de nuevo costó tiempo comprender -, todos los libros relativos a la construcción de la nave debían ser llevados a la cámara por donde habían entrado aquellos hombres-planta. Muestras de máquinas, motores y armas debían ser llevadas al mismo destino.
Alstair volvió a repetir la orden, Su voz era temblorosa, incluso aguda, pero no vaciló ni se quebró.
El jefe centauriano lanzó otro grito, pero la dictaescribe no supo traducirlo. Sus seguidores se dirigieron rápidamente hacia la sala de mandos. Salieron dejando allí a cuatro de la partida. Jack se acercó a Alstair, sacó su arma de fuerza y la clavó en las costillas del comandante. Los centaurianos no trataron de impedirlo.
-¡Maldito sea! - exclamó Jack con voz cargada de ira -. ¡Usted ha permitido que tomaran la nave! ¡ Piensa cambiarla por su vida! ¡Voy a matarlo, maldito sea, me abriré paso hasta un cohete y haré estallar esta nave en una pura llama que acabará con estos demonios lo mismo que con nosotros!
Angustiada, Helen gritó:
-¡Jack! ¡No lo hagas! ¡Te lo explicaré!
Como estaba cerca del micrófono de la dictaescribe, sus palabras fueron repetidas en los sonidos ululantes del idioma centauriano. Alstair, lívido y casi enloquecido, dijo roncamente hablando lo más bajo que pudo:
-¡Idiota! ¡Sabiendo que vale la pena, estos demonios podrían llegar a la Tierra! Aunque maten a todos los hombres de la nave excepto los oficiales, cosa probable, es nuestro deber viajar hasta su planeta y aterrizar allí.
Bajó la voz hasta convertirla en un susurro sibilante y prosiguió:
-¡Si cree que tengo ganas de vivir lo que se avecina, dispare!
Jack permaneció un instante rígido. Luego retrocedió y saludó con mecánica corrección.
- Le pido disculpas, señor - murmuró, confuso -. En lo sucesivo, puede contar conmigo.
Uno de los oficiales del «Adastra» entró tambaleándose en la sala de mandos, Otro y luego otro más siguieron entrando, hasta seis oficiales de un total de treinta.
Un centauriano entró con el extraño paso ondulante característico de su raza. Se acercó a la dictaescribe con impaciencia y habló:
-¿Éstos... todos... oficiales? - preguntó la máquina sin entonación.
- El oficial de aire mató a su familia y luego se suicidó - jadeó un subalterno -. Un grupo de Muts asaltó un cohete y el jefe de cohetes luchó con ellos. Luego se desangró de una puñalada en la garganta. El oficial de provisiones está...
-¡ Basta! - ordenó Alstair con voz aguda y crispada. Tiró del cuello de su camisa, se acercó al micrófono y dijo bruscamente -:
- Éstos son todos los oficiales vivos. Podemos manejar la nave.
El centauriano, que llevaba una ancha banda de cuero en cada brazo y otra en la cintura, se dirigió al intercomunicador general. Los tentáculos manipularon el conmutador con pericia. Emitió sonidos extraños y sin inflexión... ¡y se desató el caos!
Los visores de toda la sala emitieron sonidos agudos y chirriantes. Eran horribles. Fantasmales. Más terribles que los aullidos de una manada de lobos sobre las huellas de un ciervo enloquecido de terror. Eran los mismos ruidos que Jack oyó cuando uno de los primeros invasores del «Adastra» vio un ser humano y lo asesinó al instante. También llegaban otros ruidos de los visores. Gritos humanos. Incluso oyó una o dos explosiones.
Luego reinó el silencio. Los cinco centaurianos de la sala de mandos se estremecieron y temblaron. Un desesperado deseo de sangre se apoderó de ellos, el anhelo irracional, ciego e instintivo, implantado por la evolución en una raza de plantas carnívoras que aprendieron a desplazarse por necesidad desesperada de alimento.
El centauriano que llevaba adornos de cuero se acercó nuevamente a la dictaescribe y ululó:
- Queremos... dos... hombres... salir... de... nave... aprender de... ellos... ahora.
En la sala principal de mandos se oyó un sonido infinitamente tenue. Era una gota de sudor frío, que había caído del rostro de
Alstair al suelo. El comandante parecía encogido. Su rostro tenía un color gris ceniciento y había cerrado los ojos. Pero Jack miró serenamente a los oficiales sobrevivientes, de uno en uno.
- Supongo que esto significa la vivisección - comentó con ironía -. No cabe duda de que piensan visitar la Tierra, pues de lo contrario, inteligentes como son, no nos habían dejado vivos después de matar a los demás. Ni siquiera como reserva. Seguramente quieren probar sus armas en un cuerpo humano y otras cosas. Como a partir de ahora el de comunicaciones es el más inútil de los servicios, me presento voluntario, señor.
Helen gritó:
-¡No, Jack! ¡No!
Alstair abrió los ojos.
- Gary se ha presentado voluntario. ¿Dónde hay otro que se ofrezca para la vivisección? - dijo con la voz ahogada de alguien que se aferra a la cordura mediante el esfuerzo más terrible -. Quieren averiguar cómo matar hombres a distancia. Las ondas de treinta centímetros no fueron eficaces. Los rayos que derritieron nuestro casco no matan hombres. ¡Yo no puedo presentarme como voluntario! ¡Debo permanecer en la nave! - había desesperación en su voz -. ¡Es necesario que otro hombre se ofrezca como voluntario para que estos demonios lo maten lentamente!
Silencio. Los acontecimientos recientes y el conocimiento de lo que aún estaba sucediendo en los innumerables compartimentos del «Adastra» había embotado literalmente a casi todos los oficiales. No podían pensar. Se hallaban desconcertados, emocionalmente paralizados por los horrores que habían sufrido.
Entonces Helen se echó en brazos de Jack:
-¡Yo... también iré! - exclamó -. ¡ Todos... vamos a morir! ¡No me necesitan! Y quiero... morir con Jack.
-¡Por favor! - gimió Alstair.
-¡Iré! - gritó -. ¡No puede detenerme! ¡Iré con Jack! Donde tú vayas...
Sollozó, abrazando a Jack, El centauriano de los cinturones de cuero ululó con impaciencia en la dictaescribe:
- Estos... dos... vienen.
Alstair dijo con voz extraña:
-¡Esperad - se acercó al escritorio como un autómata, cogió una electropluma y escribió algo con mano temblorosa. Luego agregó con voz quebrada -: Estoy loco. Todos estamos locos. Supongo que estamos muertos y en el infierno. Pero tomad esto.

Jack se guardó el impreso oficial en el bolsillo. El centauriano de los cinturones de cuero aulló con impaciencia. Los condujo con su paso extraño hacia la cámara por donde habían entrado los hombres-planta. En tres ocasiones fueron vistos por Cosas vagabundeantes que emitieron horribles chillidos agudos. Pero el jefe centaurio no replicó aullando en tono autoritario y los otros hombres-planta se alejaron.
En una ocasión Jack vio a cuatro individuos alrededor de algo que yacía en el suelo. Alzó las manos y cubrió los ojos de Helen hasta que pasaron de largo.
Llegaron a la cámara estanca. El guía hizo una seña; el hombre y la muchacha obedecieron. Largos tentáculos que parecían de goma los apresaron. Helen lanzó un grito y quedó inmóvil. Jack forcejeó con rabia, gritando el nombre de la muchacha. Luego recibió un fuerte golpe y cayó.
Al volver en sí notó una tremenda opresión. Se agitó, y al moverse parte de la opresión desapareció, Brillaba una 1u4 no como las que existen en la Tierra, sino un resplandor tembloroso que golpeaba implacablemente las paredes del globo transparente donde estaba encerrado. Había un olor extraño en el aire, olor a animales. Jack se sentó. Helen yacía a su lado, libre y al parecer ilesa. Los centaurianos no parecían hallarse cerca.
Le frotó las muñecas, desvalido. Oyó un ruido intermitente, acompañado de aceleraciones en rápida sucesión. Eran cohetes, cohetes de combustible.
-¡Estamos en una de sus malditas naves! - murmuró Jack con rabia y buscó su arma. Había desaparecido.
Helen abrió los ojos. Miró vagamente a su alrededor. Fijó la mirada en Jack. Entonces se estremeció y le abrazó.
-¿Qué... qué ha sucedido?
- Tendremos que averiguarlo - respondió Jack.
De pronto, el suelo tembló bajo sus pies. Jack se dio cuenta de que había allí una escotilla, y se acercó para mirar, Contempló la negrura del espacio bien conocida, iluminada por los infinitos puntos minúsculos de luz que eran las estrellas. Vio un astro con anillos, rodeado de puntos de luz que serian sin duda los planetas.
Uno de aquellos puntos de luz se hallaba muy cerca. Su disco, las cumbres polares nevadas y las zonas verdosas de contornos irregulares que eran los continentes, alternando con el tinte indescriptible que da el lecho oceánico cuando se ve desde más allá de la atmósfera de un planeta, resultaban ya visibles.
Silencio. Había dejado de oírse aquel idioma extraño sin vocales ni consonantes que empleaban los centaurianos. De momento, nada se escuchaba.
- Supongo que nos dirigimos hacia ese planeta - observó Jack en voz baja -. Tendremos que arreglárnoslas para que nos maten antes de aterrizar.
Luego hubo un murmullo lejano. Era un murmullo extraño, apagado, muy diferente de las extrañas notas de los hombres-planta. Llevando a Helen a su lado, Jack salió cautelosamente del cubiculo donde habían despertado. Reinaba el silencio, con excepción de aquel murmullo lejano. Nada se movía. Otro petardeo de los cohetes originó una sensible aceleración de toda la nave. El olor animal se hizo más intenso. Atravesaron una abertura de forma extraña y Helen gritó:
-¡Nuestros animales!
Desordenadamente apiladas se hallaban las jaulas del «Adastra», pequeños compartimentos que contenían los ejemplares destinados a reproducción, a los que se pensaba soltar cuando se descubriese alrededor de Próxima Centauri un planeta apto para la colonización. Más allá, aparecía un amasijo indescriptible de libros, máquinas y cajas de todo tipo: los materiales que el jefe de los hombres-planta ordenó fueran trasladados a la cámara estanca. N~ se veía ni rastro de ningún centauriano.
Pero el murmullo apagado, asombrosamente parecido a una voz humana, provenía de más adelante. Atemorizada, Helen siguió a Jack mientras éste se acercaba con precaución al lugar de donde salía la voz.
La hallaron. Provenía de un dispositivo cubierto con el mismo material opaco y pardo que componía el suelo> los muros y toda la nave en la que estaban. Era una voz humana. Más aún, se trataba de la voz de Alstair, atormentada, ronca y semi-histérica.
-¡Maldita sea, en este momento ya habréis recobrado los sentidos y esos demonios quieren una demostración de ello! ¡Disminuyeron la aceleración cuando les dije que a esa velocidad quedaríais inconscientes! ¡Gary! ¡Helen! ¡Enviad esa señal!
Una pausa, y la voz continuó:
- Lo repetiré. Estáis en una nave espacial guiada por medio de un haz coherente que acciona el piloto automático. Se posará en uno de los planetas, que en otra época tuvo vida animal. Ahora está vacío, sólo habitado por plantas. Vosotros, los animales, los libros y las demás cosas de la nave espacial sois propiedad reservada y especial del archidemonio de estos diablos. ¡Os envió en una nave automática porque no se fiaba de los suyos para transportar un tesoro como vosotros y los demás animales! Sois una reserva de conocimientos para traducir nuestros libros, explicar nuestra ciencia y otras cosas. Cualquier nave espacial, salvo la de él, tiene prohibido aterrizar en vuestro planeta. ¿Enviaréis ahora la señal? Hay un botón exactamente encima del altavoz por donde me escucháis. Accionadlo tres veces para que ellos sepan que estáis bien, y no se les ocurra enviar otra nave con conservadores para vuestra carne, para evitar que se desperdicie tan precioso tesoro.
La desnaturalizada voz - los receptores centaurianos no estaban preparados para reproducir la complicada fonética de la voz humana- rió histéricamente.
Jack se incorporó y accionó tres veces el botón. La voz de Alstair prosiguió:
- Ahora nuestra nave es un infierno. Aunque ya no es una nave, sino un pozo de azufre. Somos siete los que quedamos vivos y estamos enseñando a los centaurianos el funcionamiento de los mandos. Les hemos explicado que no podemos apagar los cohetes para mostrarles cómo funcionan, porque para dispararlos es necesario tener cerca la masa de un planeta, para que la deformación del espacio inicie la reacción. Nos mantendrán con vida hasta que les hayamos enseñado eso. Tienen cierto método de escritura y apuntan todo lo que decimos, después de traducirlo mediante una dictaescribe. Muy científico.
La voz se interrumpió.
- Acabo de recibir vuestra señal - agregó al cabo de un momento -. Encontraréis alimentos ahí. El aire durará hasta' que aterricéis. Os quedan cuatro días de viaje. Volveré a llamar más tarde. No os importe la navegación, pues ellos se ocupan de eso.
La voz calló definitivamente.
El hombre y la muchacha exploraron la nave espacial centauriana. Comparada con el «Adastra», era una miniatura. Treinta metros de largo o poco más, y unos dieciocho en su diámetro máximo. Hallaron lugares vacíos, sin duda destinados normalmente a transportar hombres-planta apretadamente colocados.
La cabina tenía refrigeración; a baja temperatura los centaurianos reaccionaban, al parecer, como la vegetación de la Tierra en invierno, caían en un estado inactivo, de hibernación. Ello permitía transportar una enorme tripulación, a la que se haría revivir para el aterrizaje o la batalla.
- Si acondicionasen el «Adastra» de este modo para un viaje a la Tierra, podría transportar al menos ciento cincuenta mil centaurianos comentó Jack sombrío -. Probablemente más.
La posibilidad de que aquellos seres atacasen a la humanidad era la obsesión que atormentaba a Jack. Helen quiso consolarle recordándole que se habían salvado de momento.
- Nos ofrecimos como voluntarios para la vivisección, pero ahora estamos a salvo, al menos durante cierto tiempo. Además... estamos juntos...
- Es hora de que Alstair llame otra vez - observó Jack con impaciencia. Habían pasado cerca de treinta horas desde la última señal. La rutina centauriana, a semejanza de la disciplina de la Tierra en las naves espaciales terráqueas, medía el tiempo con arreglo al periodo de rotación diaria del planeta -. Será mejor que nos pongamos a la escucha.
Se acercaron al aparato, La voz atormentada de Alstair salió del altavoz de extraño diseño, Sonó más tensa, menos cuerda que el día anterior. Les habló de cómo las Cosas habían aprendido el manejo del «Adastra». Los seis oficiales sobrevivientes ya no eran necesarios para el funcionamiento de los aparatos de la nave. La maquinaria purificadora de aire fue desconectada, pues al eliminar el anhídrido carbónico, el aire era irrespirable para los centaurianos.
Los seis hombres sólo sobrevivían para satisfacer el insaciable deseo de información que experimentaban los hombres-planta. Los sometían a un interrogatorio permanente, que exigía todos los recursos de sus cerebros para ser consignados con la extraña escritura de sus vencedores. El más joven, un subalterno del departamento de aire, se volvió loco de miedo. Gritó durante horas, fue asesinado y su cuerpo rápidamente momificado mediante las sustancias químicas de los centaurianos. Los demás eran sombras vivientes que temblaban ante el menor ruido.
- Han modificado nuestra deceleración - señaló Alstair con voz nerviosa -. Vosotros aterrizaréis dos días antes de que nosotros lleguemos al planeta que estos demonios llaman su casa. Resulta extraño que no tengan instinto colonizador. Creo que otro de los nuestros está a punto de enloquecer. A propósito, nos han quitado los zapatos y los cinturones. Son de cuero. Nosotros quitaríamos una faja de oro que encontrásemos en una sandía, ¿no es cierto? Son razonables -.. estos... - volvió a montar en cólera, presa de una histeria repentina -: ¡Soy un idiota! ¡Os envié juntos mientras yo vivo en un infierno! ¡Gary, le ordeno que no haga nada con Helen! ¡Les prohibo terminantemente que se dirijan la palabra! ¡Os ordeno que...!
Transcurrió otro día, y otro, Alstair llamó dos veces más. Su voz sonaba cada vez más desesperada, más nerviosa, más cercana a la locura. La segunda vez lloró, mientras insultaba a Jack por no tener que aguantar la presencia de los hombres-planta.
- Ya no interesamos a los demonios sino en concepto de ganado. ¡Nuestros cerebros no cuentan! ¡Están saqueando sistemáticamente la nave! ¡ Ayer sacaron las lombrices del terreno donde producíamos cosechas! Ahora cada uno de nosotros está vigilado por un guardia. Esta mañana el mío me arrancó un mechón de pelo y se lo comió, balanceándose extáticamente. Ya no tenemos camisetas de lana. ¡Eran de fibra animal!
Otro día más. Alstair estaba semi-histérico. En la nave sólo quedaban tres hombres con vida. Tenía instrucciones de dirigir a Jack en el aterrizaje de la nave oval en el mundo deshabitado. Daban por descontado que Jack colaboraría. Estaban cerca de su destino. El disco del planeta que sería su prisión y la de Helen cubría la mitad de los cielos, Para Alstair, el otro planeta adonde se dirigía el «Adastra» era un disco completo.
Más allá de los anillos de Próxima Centauri había seis planetas. El planeta prisión era el siguiente después del hogar de los hombres-planta. Pese a ser más frío de lo conveniente, durante mil años sus expediciones en busca de carne lo habían recorrido hasta que no quedó un mamífero, un pájaro, un pez, ni siquiera un crustáceo. Más allá había un planeta cubierto de hielo y, más lejos aún, formas congeladas que giraban en el vacío.
- Ahora ya sabe cómo pilotar cuando el haz de luz libere los mandos atmosféricos - señaló la voz de Alstair. Tartamudeaba como si le castañeteasen los dientes a causa de la intolerable tensión nerviosa -. Tendréis paz. Árboles, flores y algo parecido al césped, si los dibujos que han hecho no mienten. Nos encaminamos hacia el más grandioso banquete de la historia de todos los infiernos. Todas las naves espaciales han regresado al planeta. No habrá allí un solo centauriano sin su pedacito de material animal para consumir. Lo suficiente para hacerle experimentar ese placer bestial que sienten cuando comen algo de origen animal. ¡Malditos sean, hasta el último individuo de la raza! ¡Somos la mayor provisión de tesoros que hayan soñado! No tienen escrúpulos en hablar delante de mí y estoy bastante loco como para entender gran parte de lo que dicen, El capitoste de ellos está ocupado proyectando naves espaciales más grandes que las que hicieron crecer hasta ahora. Caerán sobre la Tierra con trescientas naves espaciales y la mayor parte de la tripulación dormida o en estado de hibernación. En esas naves habrá tres millones de demonios salidos directamente del infierno, y tienen esos malditos rayos capaces de derretir cualquier nave terrestre a una distancia de quince millones de kilómetros.
Por lo visto, la conversación le servía a Alstair para aferrarse a los restos de su razón. Al día siguiente, la nave de Jack y Helen cayó como una pluma del espacio vacío a una atmósfera que aullaba locamente junto a sus costados lisos, Luego 'Jack dominó la nave y la hizo descender poco a poco, hasta posarla en un claro verde, en medio de un bosque de árboles extraños pero inofensivos al parecer. En el planeta estaba a punto de ponerse el sol y se hizo de noche antes de que pudieran explorarlo.
Fue poco lo que exploraron al día siguiente y al otro. Alstair les hablaba casi sin cesar.
- Viene otra nave de la Tierra - dijo, y su voz se quebró -. ¡Otra nave! Salió hace por lo menos cuatro años. Llegará dentro de otros cuatro. ¡Quizá vosotros dos la veáis pero yo, mañana por la noche, estaré muerto o loco! ¡Y esto es lo gracioso! ¡La locura me parece más llevadera cuando pienso en ti, Helen, permitiendo que Jack te bese! Sabes que te amé cuando era un hombre, antes de convertirme en un cadáver obligado a presenciar cómo mi nave es pilotada hacia el infierno. Te amé mucho. Sentía celos y cuando mirabas a Gary con los ojos brillantes yo le odiaba. ¡ Todavía le odio, Helen! ¡Ah, cómo le odio! - la voz de Alstair era la de un espectro del purgatorio -. Fui un idiota al darle esa orden.
Jack daba vueltas abstraído, con los ojos encendidos. Helen quiso detenerle pero él le habló en tono ausente, con la voz cargada de odio. Era presa de un anhelo desesperado y apasionado de matar centaurianos. Comenzó a rebuscar entre las máquinas. Concentrándose en su tarea, montó con diversas piezas un revólver de remolino de diez kilovatios, Trabajó en ello muchas horas. Luego oyó a Helen ocupada en otro sitio. Parecía forcejear. Esto le intrigó y se acercó a mirar.
La muchacha había terminado de arrastrar la última caja del «Adastra» hasta cl aire libre. Soltaba a los animales. Las palomas revoloteaban impacientes por encima de ella. Los consejos, en vez de saltar lejos de su alcance, se detuvieron para mordisquear la frondosa vegetación desconocida pero satisfactoria que allí crecía.
Helen palmoteó. Había seis conejos junto a un cordero pequeño de temblorosas patas. Los pollos picoteaban y escarbaban. En aquel mundo no había insectos. Sólo encontrarían semillas y plantas. Cuatro cachorros se revolcaban bajo la luz del sol, sobre plantitas con pinchos.
-¡De todos modos, podrán ser felices durante algún tiempo! ¡No son como nosotros! ¡Nosotros tenemos que preocuparnos! ¡Este mundo podría ser un paraíso para los humanos! - exclamó Helen.
Jack, ceñudo, contempló el mundo verde y hermoso. Ningún animal destructor. Ningún insecto dañino. En aquel planeta no podían existir enfermedades, a menos que los hombres las introdujeran adrede. Sería un paraíso.
El sonido de una voz humana llegó desde cl interior de la nave espacial. Jack se acercó para escuchar. Helen le siguió. Se detuvieron en el cubiculo de forma extraña que constituía la cabina de mandos. Paredes, suelo, techo, instrumentos, todo era del mismo material opaco y pardo oscuro, cultivado hasta adoptar la forma que los centaurianos deseaban. Les sorprendió oír la voz de Alstair mas serena, menos histérica, totalmente fluida.
- Helen y Gary, espero que no estéis lejos explorando - dijo por el altavoz -. Hoy se ha celebrado aquí un banquete. El «Adastra» aterrizó, Yo lo hice aterrizar, Soy el único superviviente, Nos posamos en cl centro de una ciudad de esos demonios, entre edificios tales que parecen los cuarteles del infierno, El jefe de ellos tiene una especie de palacio junto a la plaza donde me hallo ahora. Hoy festejaron. Resulta extraño pensar cuánta materia animal había a bordo del «Adastra». Ellos incluso encontraron crines de caballo en las solapas de nuestros uniformes. Mantas de lana. Zapatos. Incluso algunos jabones eran de origen animal, de modo que los «destilaron». Son capaces de recuperar cualquier materia animal tan inteligentemente como nuestros químicos purifican el oro y el radio. Extraño, ¿eh?
El altavoz guardó silencio un momento.
- Ahora estoy cuerdo - prosiguió serenamente la voz -. Antes creía que estaba loco. Pero lo que he visto hoy ha despejado mi cabeza. Vi millones de estos demonios hundiendo sus brazos en grandes depósitos, en artesas enormes donde habían disuelto todos los tejidos animales del «Adastra». ¡El capitoste se guardó para sí la mejor parte! Vi las cosas que transportaban a su palacio por entre filas de guardianes. Algunas de esas cosas fueron mis amigos. Vi una ciudad enloquecida por una alegría bestial, y a los demonios meciéndose en éxtasis mientras ingerían el botín de la Tierra. Oí que el centauriano más importante aullaba una especie de discurso imperial desde el trono, He aprendido a comprender gran parte de estos gritos. Les dijo que la Tierra está llena de animales. Hombres. Reses. Pájaros. Peces en los océanos. Y les dijo que pronto harán crecer la más grandiosa escuadra espacial de la historia, que utilizará los métodos de propulsión de los hombres, nuestros cohetes, Gary, y que la primera escuadra transportará incontables enjambres de ellos para conquistar la Tierra. Con los tesoros ganados, todos sus súbditos podrán alcanzar a menudo el mismo éxtasis que sintieron hoy, Y los demonios, meciéndose locamente, le hicieron coro con sus chillidos. Millones a la vez.
Jack gimió dolorosamente. Helen se cubrió los ojos, como para no ver lo que su imaginación le representaba.
- Ahora bien, ésta es la situación desde vuestro punto de vista - prosiguió Alstair con serenidad, el único ser humano que estaba a millones de kilómetros de distancia en un planeta de hombres-planta ávidos de sangre -. Ahora vendrán sus sabios a pedirme que les enseñe el funcionamiento de los cohetes. Otros quieren ir a interrogaros mañana. Pero yo les mostraré a estos demonios nuestros cohetes. Estoy seguro, absolutamente seguro, de que se hallan en este planeta todas las naves espaciales de la raza. Vinieron para compartir e~ banquete donde todos iban a recibir un regalo del capitoste, así como todo el tejido animal que podía esperar conseguir en una vida de esfuerzos. Aquí la carne es más preciosa que el oro. En comparación viene a ser algo intermedio entre el platino y el radio. De modo que vinieron todos. ¡Hasta el último! Y hay una nave espacial de la Tierra en camino. Llegará dentro de cuatro años. Que no se os olvide.
Desde el altavoz se oyó un clamor lejano e impaciente.
- Ya están aquí - anunció Alstair con serenidad -. Les mostraré cómo funcionan los cohetes. Quizá vosotros podáis ver los fuegos artificiales. Depende de la hora del día en que estéis. ¡Recordad que hay una nave semejante al «Adastra» en camino! Gary, esa firma que le di en el último momento fue un acto de locura, pero me alegro de haberlo hecho. ¡Adiós a los dos!
El altavoz reprodujo los sonidos ululantes, cada vez más alejados. Lejos, muy lejos, en medio de una ciudad llena de enemigos, Alstair iba a mostrarles a los hombres-planta el funcionamiento de los cohetes. Ellos deseaban comprender todos los detalles de la propulsión de la gran nave, para poder construir o cultivar- naves del mismo tamaño y transportar multitudes de ellos hasta un sistema solar poblado de animales.
- Salgamos - propuso Jack con sequedad -. Dijo que lo haría porque no se podía confiar en una máquina para hacerlo. Creí que se había vuelto loco, pero ahora veo que estaba equivocado. Salgamos y miremos cl cielo.
Helen obedeció con paso vacilante. Se detuvieron en el prado, mirando el firmamento, y esperaron. Jack imaginó las grandes cámaras de los cohetes del «Adastra». Le pareció ver la extraña procesión entrando: una horda de hombres-planta espectrales y detrás de ellos Alstair, con el rostro como el mármol y sin temblarle las manos ante lo que se disponía a hacer.
Abriría la recámara de uno de los cohetes, Explicaría el campo de desintegración que separa los electrones del hidrógeno, de modo que éste alcanza el paso atómico del helio y éste el del litio mientras el oxígeno del agua se divide literalmente en neutronio y fuerza pura. Alstair respondería a preguntas aullantes. Explicaría el funcionamiento de los motores supersónicos como mandos de fuerza y dirección. No mencionaría que sólo el material de los tubos de los cohetes, y sólo estando sometido a la frecuencia generada por aquellos motores, podía resistir el efecto del campo de desintegración.
No explicaría que, puesto en marcha sin estar conectados esos motores, el cohete se desintegraría, y que la reacción, en ausencia de la vibración protectora, se propagaría a los tubos, a la nave y a todo el planeta, volatilizándolos en una llama púrpura radiante.
No; Alstair no explicaría esto. Les enseñaría a los centaurianos cómo obtener el campo de Caldwell.
El hombre y la muchacha contemplaron el cielo. De improviso, vieron una terrible luz púrpura, que incluso eclipsó el resplandor rojizo del astro central. La luz púrpura persistió durante uno, dos, tres segundos. No hubo estampido. Sólo una ráfaga momentánea de calor insoportable. Luego todo quedó como antes.
El sol con anillos seguía brillando, Nubes parecidas a las de la Tierra flotaban serenamente en un cielo algo menos azul que el terrestre. Los animalitos del «Adastra» pacían satisfechos entre la frondosa vegetación. Las palomas se remontaban alegremente, ejercitando sus alas en libertad.
- Lo hizo - señaló Jack -. Y todas las naves enemigas estaban en el planeta. Ya no hay hombres-planta. No queda nada de su planeta, de su civilización, ni de sus planes de conquistar nuestra Tierra.
En el espacio, no quedaba nada donde se hallara el planeta de los centaurianos. Ni siquiera vapor, ni gases en proceso de enfriamiento. Desapareció como si nunca hubiera existido. Y el hombre y la mujer de la Tierra se hallaban en un planeta que podía ser un paraíso para los seres humanos, y otra nave llegaría pronto, con los de su especie.
-¡Lo hizo! - repitió Jack serenamente -. ¡Que su alma descanse en paz! Nosotros... ahora nosotros podemos pensar en vivir, en vez de pensar en morir.
La seriedad se borró poco a poco de su rostro. Miró a Helen y la abrazó con cariño.
Ella se acercó, alegre, dejando de lado el recuerdo de lo sucedido. Luego preguntó con suavidad:
-¿Qué decía la última orden que Alstair te entregó?
- No la leí - repuso Jack.
La buscó en el bolsillo. El papel apareció arrugado y roto. Lo leyó y se lo mostró a Helen, De acuerdo con los estatutos aprobados antes de que el «Adastra» saliera de la Tierra, toda jurisdicción en el planeta artificial incumbía al comandante de la gran nave. En particular se dispuso que a bordo del «Adastra», el matrimonio legal quedaría constituido por una orden oficial de matrimonio firmada por el comandante. Y el papel que Alstair le entregó a Jack antes de enviarle a lo que creyó ser la muerte sin remisión, era esta orden. Efectivamente, se trataba de un certificado de matrimonio.
Se miraron sonrientes.
- Eso... no habría importado - murmuró Helen, ruborizada -. Te quiero. ¡Pero me alegro!
Una de las palomas liberadas encontró una brizna de paja en el suelo. La cogió. Su compañera la contemplaba con aire solemne. Emitieron arrullos y se alejaron volando con la paja. Por lo visto, después de discutirlo habían decidido que sería una brizna adecuada para iniciar la construcción de un nido.

* * *
FIN
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