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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 12 de marzo de 2009

NO HABRA TREGUA PARA LOS REYES -- POUL ANDERSON

NO HABRA TREGUA PARA LOS REYES

Poul Anderson -- 1963


***
Antiguas e inmutables, prosigan, ¡prosigan las Trompetas!

Una vez más las Trompetas, pues el suelo estremecido trae

por encima del mar el clamar ronco de las Trompetas>

Trompetas de la Vanguardia que ha jurado: ¡no habrá tregua para los Reyes!

RUDYARD KIPLING



***

-¡UNA CANCIÓN, CHARLIE! ¡UNA canción!

Todos estaban ebrios, y los oficiales jóvenes del extremo lejano de la mesa hacían apenas más ruido que los mayores sentados cerca del coronel. Las alfombras y colgaduras no bastaban para apagar el tumulto, los gritos, las botas que golpeaban el suelo, los puñetazos en las mesas de roble, los brindis de las copas, que resonaban de un muro de piedra a otro. Arriba, entre las sombras que ocultaban los mástiles, las banderas del regimiento flotaban con la brisa, como uniéndose al caos.

Abajo, las luces de las linternas suspendidas y de las chimeneas rugientes centelleaban sobre los trofeos y las armas.

El otoño llegaba temprano en el monte Eco, y afuera soplaba la tormenta. El viento ululaba en las torres de los vigías, y la lluvia azotaba los patios; un ruido sordo que entraba en los edificios y se arrastraba por los corredores, Como si fuese cierta la leyenda de que los muertos del batallón salían del cementerio en la noche del diecinueve de setiembre y trataban de unirse a la celebración, aunque hablan olvidado el camino. Nadie parecía impresionado sin embargo ni aquí ni en las barracas, excepto quizá el mayor. La tercera división, los Gatos Monteses, y sobre todo el regimiento Piedras Rodantes del fuerte Nakamura, tenía fama de ser la más turbulenta del ejército de los Estados Pacíficos de América.

-¡Adelante, muchacho! En toda esta maldita sierra, sólo tú tienes algo que parece una voz -llamó el coronel Mackenzie.

Se soltó el cuello de la túnica negra y se echó hacia atrás, con las piernas apartadas, la pipa en una mano y el frasco de whisky en la otra. Era un hombre rechoncho, de ojos azules y párpados arrugados, cabellos cortos y rojizos.

-Oh, querido Charlie, querido- cantó el capitán Hulse.

El ruido se apaciguó un poco y el capitán calló. El joven teniente Amadeo se puso de pie, sonrió y entonó una estrofa que todos conocían bien:

-Yo soy un gato montés,

y aguardo el paso del mulo,

y cada vez que me asomo,

el viento me hiela...

-Coronel, señor, perdón.

Mackenzie se volvió y se encontró con la cara del sargento Irwin. La expresión del hombre lo sorprendió

-¿SI?

-Soy un héroe sanguinario, y me he ganado la orden

de la flecha y la manzana...

-Acaba de llegar un mensaje, señor. El mayor Speyer quiere verlo ahora mismo.

Speyer no era aficionado a emborracharse y se había ofrecido como voluntario para el servicio nocturno. Mackenzie se estremeció al recordar las últimas noticias de San Francisco.

El batallón aulló el coro y nadie vio que el coronel golpeaba la pipa y se ponía de pie.

-El cañón hace bum,

bumbum, bumbum,

el cohete brum

y la flecha zum-zum...

Todos los Gatos Monteses dignos de ese nombre pretendían que nunca se encontraban en mejor estado que luego de empinar bien el codo. Mackenzie no prestó atención al calor que sentía en las venas. Caminó en línea recta, y al pasar junto a la panoplia estiró la mano automáticamente y tomó su arma. La canción lo persiguió hasta el vestíbulo.

-En las raciones del día no nos faltan los gusanos. El café es un buen extracto del barro de Sacramento>

y la salsa de tomate...

Las linternas estaban más espaciadas en el corredor. Los retratos de los comandantes anteriores miraban al coronel Mackenzie y al sargento desde unas sombras grotescas. Las pisadas resonaban demasiado.

Mackenzie se metió entre un par de piezas de campaña que flanqueaban una escalera -habían sido capturadas en Rock Springs durante la guerra de Wyoming, una generación atrás - y subió. Las distancias eran muy largas allí, y las piernas le flaqueaban a veces. La vieja plaza fuerte había sido ampliada década tras década, con granito y mortero de la Sierra, pues era un puesto clave en la nación. Más de un ejército había venido a 'morir al pie de estos muros, antes de la pacificación de las marchas de Nevada, y demasiados jóvenes habían salido de la base para encontrar la muerte entre feroces extranjeros.

Pero nunca la habían atacado desde el Oeste. Dios, o lo que seas, evítale eso.

El puesto de comando era un lugar solitario a esta hora. En el cuarto donde el sargento Invin tenía su escritorio había tanto silencio: ningún escribiente, ningún mensajero atareado, ninguna mujer como una nota de color en el vestíbulo mientras esperaba a ver al coronel a propósito de algún problema de la aldea. Sin embargo, cuando abrió la puerta del cuarto interior, Mackenzie, oyó que el viento chillaba en la esquina de la muralla. La lluvia azotaba los vidrios negros y resbalaba en hilos a la luz de las linternas.

-El coronel, señor - dijo Invin con una voz insegura.

Tragó saliva y cerró la puerta detrás de Mackenzie.

Speyer esperaba junto al escritorio del comandante. Era un mueble viejo con pocas cosas encima: un tintero, una caja para las cartas, un teléfono interno, una fotografía de Nora, borrosa, pues estaba allí desde que ella había muerto, hacía doce años. El mayor era un hombre alto y flaco, de nariz gánchuda, que estaba quedándose calvo en la coronilla. Vestía, como siempre, un uniforme que parecía mal planchado. Pero era el hombre más inteligente de los Gatos, pensó Mackenzie, y Cristo, ¿cómo podía un hombre leer tantos libros? Oficialmente, era mayor ayudante, en la práctica el consejero del jefe.

-¿Y bien? - dijo Mackenzie. El alcohol no lo había embotado aparentemente. Al contrario, le había exacerbado todos los sentidos. Las linternas despedían un olor caliente (¿cuándo tendrían un generador bastante poderoso, capaz de alimentar lámparas eléctricas?, el piso era duro bajo sus pies, y en el yeso de la pared del frente habla una rajadura, y la estufa no calentaba mucho. Adoptó una actitud desenvuelta, se metió los pulgares en el cinturón, y se balanceó sobre los talones. - Bueno, Phil, ¿qué ocurre ahora?

Speyer había estado doblando y desdoblando un trozo de papel y ahora se lo alcanzó a Mackenzie.

- Un telegrama de Frisco - dijo.

-¿Eh? ¿Y por qué no un llamado por radio?

- Hay menos riesgo de que intercepten un telegrama. Este vino en código. Irwin me lo descifró.

-¿Qué disparate es esto?

- Lee, Jimbo. Es para ti, viene directamente del cuartel general.

Mackenzie se concentró en la escritura de Irwin. Las fórmulas que preceden siempre a una orden y luego:

Se le comunica que el Senado de los Estados Pacíficos ha acusado a Owen Brodsky, ex juez de los Estados Pacíficos de América, y lo ha relevado de sus funciones. A partir de hoy, a las 20 horas, el ex juez asistente Humphrey Fallon es juez de los EE.PP. según la ley de sucesión. La presencia de elementos disidentes que son un peligro público ha obligado al juez Fallon a proclamar la ley marcial en toda la nación, a partir de las 21 horas de hoy. Se comunican a usted, por lo tanto, las siguientes instrucciones:

1. Las noticias arriba reseñadas deben considerarse estrictamente confidenciales hasta que se haga un anuncio oficial. Aquellos que hayan conocido el contenido de este mensaje en el curso de su transmisión no deberán divulgarlo. Los contraventores y quienes hayan recibido la información serán confinados inmediatamente hasta que comparezcan ante una corte marcial.

2. Todas las armas y municiones, excepto un diez por ciento - del stock disponible, serán secuestradas en seguida y celosamente guardadas.

3. Ningún hombre dejará los límites del fuerte Nakamura hasta la llegada del nuevo comandante. El oficial designado en reemplazo de usted es el coronel Simon Hollis, que saldrá de San Francisco mañana a la mañana al mando de un batallón. Se espera que llegue al fuerte al cabo de cinco días, momento en que usted será relevado. El coronel Hollis designará a los oficiales y hombres a cargo de tropa que serán reemplazados por miembros de su propio batallón, que se incorporará al regimiento. Usted traerá a los hombres reemplazados de vuelta a San Francisco y se presentará al brigadier general Mendoza en el fuerte Baker. Para evitar provocaciones, estos hombres irán desarmados. Sólo los oficiales podrán conservar sus revólveres.

4. Para su información, le comunicamos que el capitán Thomas Danielis ha sido nombrado ayudante de campo del coronel Hollis.

5. Se le recuerda nuevamente que los Estados Pacíficos de Norteamérica están en peligro y se encuentran sometidos a la ley marcial. Exigimos lealtad total al gobierno. Toda manifestación verbal será castigada severamente. Todos aquellos que presten ayuda a la fracción de Brodsty serán considerados culpables de alta traición.

GENERAL GERALD O'DONNELL

El trueno estalló en las montañas como una descarga de artillería. Mackenzie se quedó un tato inmóvil y al fin dejó la hoja de papel sobre el escritorio, lentamente.

Se atrevieron dijo Speyer, con una voz sin tono -. Esta vez se atrevieron.

-¿Eh?

Mackenzíe volvió los ojos hada la cara del mayor. Speyer se miraba atentamente las manos, que preparaban un cigarrillo. Pero las palabras se le escaparon de la boca, duras y rápidas.

-Imagino lo que ha ocurrido. Los partidarios de la guerra exigían la destitución de Brodsky desde que el incidente fronterizo con el Canadá Oeste se resolvió con un compromiso. SI, Fallon es ambicioso, pero sus partidarios son una minoría, y él lo sabe. El nombramiento de Fallon como juez habrá apaciguado sin duda a los partidarios de la guerra, pero nunca será juez por las vías legales, pues Brodsky no morirá de viejo antes que él. De cualquier modo, el cincuenta por ciento del Senado es gente sobria, satisfecha señores que no están de acuerdo con la idea de que los EE. PP. tengan mandato divino para reunificar el continente. Entiendo cómo esta destitución podría ser aprobada por un senado convocado legalmente. Sería más probable que destituyeran a Fallon.

-Pero se convocó al Senado dijo Mackenzie, y le pareció que estas palabras habían salido de la boca de otro -. Lo dijo la radio ayer.

-Sí, llamando a debate para ratificar el tratado con el Canadá del Oeste. Pero los señores se encuentran en lugares muy distintos del país, cada uno en su propio distrito. Tardarían un tiempo en llegar a San Francisco. Bastarían algunos retrasos bien preparados, como por ejemplo la voladura de un puente en la línea del ferrocarril de Boise, para que una docena de los hombres más fieles de Brodsky no llegara a tiempo. Habría quórum en el Senado, sin duda, pero con asistencia de todos los que apoyan a Fallon, de modo que los partidarios de la guerra tendrían mayoría. Se reunirían además en algún día de fiesta, cuando los ciudadanos prestan poca atención a los negocios públicos. En menos que canta un gallo tendríamos un nuevo juez.

Speyer terminó de armar su cigarrillo y lo sostuvo entre los labios mientras buscaba un fósforo.

-¿Estás seguro? - murmuró el coronel.

Se sentía de algún modo como aquel día en que habla visitado Puget City y lo habían invitado a dar un paseo en el yate del guardián: la bruma los había envuelto. Alrededor no había más que oscuridad y frío, y nada que pudiera tomarse con las manos.

-¡Claro que no estoy seguro! - gruñó Speyer -. Nadie estará seguro sino cuando sea demasiado tarde.

La mano del mayor apretó la caja de fósforos.

-Han nombrado también un nuevo comandante en jefe.

- Ajá. Todos aquellos en quienes no pueden confiar serán reemplazados en seguida, tan pronto sea posible, y De Barros era un hombre de Brodsky. - La cerilla se encendió con un chillido, y Speyer aspiró ahuecando las mejillas.- Tú y yo incluidos, por supuesto. El regimiento desarmado al máximo y así nadie pensará en resistirse cuando llegue el nuevo coronel. Habrás notado que un batallón vendrá pisándole los talones. Si no, podría tomar un avión y llegar mañana.

Mackenzie aspiró el aroma del tabaco y buscó la pipa, caliente aún en el bolsillo de la túnica.

-¿Por qué no en tren?

-Habrán mandado al norte el material rodante, se me ocurre. Necesitan tropas en los distritos de los señores para impedir una revuelta. Los valles son bastante seguros: granjeros pacíficos y colonias de éspers. -Speyer habló con una voz grave, cargada de desprecio.- No serán ellos quienes tiendan emboscadas a los soldados de Fallon, en camino hacia las guarniciones de Eco y Donner.

-¿Qué vamos a hacer?

-Presumo que FalIon ha tomado el poder legalmente, que hubo un quórum -dijo Speyer-. Nadie sabrá nunca si este acto ha sido realmente constitucional... He leído ese mensaje una y otra vez desde que Irwin lo descifró. Hay muchas cosas entre líneas. Pienso, por ejemplo, que Brodsky ha huido. Si lo tuvieran arrestado lo dirían, y no les preocuparía tanto una posible rebelión. Quizá su guardia personal lo ayudó a escapar a tiempo. Lo cazarán como un conejo, claro está.

Mackenzie sacó la pipa y se olvidó de ella.

- Tom viene con los relevos - dijo débilmente.

- Sí. Tu yerno. Una maniobra sutil, ¿no te parece? Una especie de rehén que garantizará tu buena conducta, pero también la promesa implícita de que tú y los tuyos no sufriréis si se ejecutan las órdenes. Tom es un buen muchacho. Apoyará a los suyos.

- Es también de nuestro regimiento - dijo Mackenzíe. Enderezó los hombros -. Quería combatir contra Canadá Oeste, por supuesto. Young y... y muchos otros pacifistas murieron en Idaho durante las escaramuzas. Mujeres y niños entre ellos.

- Bueno - dijo Speyer-, tú eres el coronel, Jimbo. ¿Qué hacemos?

- Oh, Cristo, no sé. No soy más que un soldado - dijo Mackenzie, y el cabo de la pipa se le quebró entre los dedos -. Pero no somos la milicia privada de ningún señor. Hemos jurado que apoyaríamos la Constitución.

-Brodsky abandonó, sin duda, algunas de nuestras pretensiones en Idaho. ¿Merecía ser destituido? Se me ocurre que tenía razón.

- Y bien...

- Un golpe de Estado perpetrado por otro hombre no hubiese cambiado las cosas. No te interesarán mucho los acontecimientos cotidianos, Jimbo, pero sabia tan bien como yo qué significa el nombre de Fallon. La guerra contra Canadá Oeste no es quizá la consecuencia más importante. Fallon sostiene la necesidad de un gobierno central fuerte. Encontrará medios para aplastar a las viejas familias de señores. Muchos de los jefes y descendientes morirán en las líneas del frente. Esta política se remonta a David y Utah. Otros serán acusados, y no en falso, de apoyar a la gente de Brodsky, y arruinados a fuerza de multas. Se concederá a las comunidades ésper nuevos dominios y la competencia económica llevará la bancarrota a otros distritos. Las guerras subsiguientes alejarán a los señores durante años y no podrán cuidar de sus propios negocios. Así iremos hacia la gloriosa meta de la reunificación.

- Si la central ésper apoya a Fallon, ¿qué podemos hacer? He oído bastante acerca del rayo psi. No puedo pedirles a mis hombres que enfrenten eso,

- Puedes pedirles que enfrenten la mismísima Bomba infernal, Jimbo, y lo harían. Los Mackenzie han comandado los Piedras Rodantes desde hace cincuenta años.

- Sí, yo habla pensado que Tom un día..,

- Todo esto se prepara desde hace tiempo. ¿Recuerdas nuestra conversación de la semana pasada?

- Si, si.

- Podría recordarte también que la Constitución se redactó explícitamente para asegurar las viejas libertades de las regiones separadas.

-¡Déjame tranquilo! - gritó Mackenzie-. No sé qué está bien o qué está mal, ya te lo he dicho. Déjame tranquilo.

Speyer calló, observando a Mackenzie a través de una pantalla de humo. El coronel caminó un rato de un lado a otro, y sus pasos resonaron en el piso como golpes de tambor. Al fin arrojó la pipa rota al otro extremo del cuarto.

- Muy bien - dijo, como si se arrancara las palabras de la garganta -. Irwin es un buen hombre y no hablará. Mándalo a que corte las líneas telegráficas a unos kilómetros de aquí, entre las lomas. Que parezca un accidente provocado por una tormenta. Estos hilos se rompen muy a menudo, todos lo sabemos demasiado bien. Oficialmente, no hemos recibido el mensaje. Esto nos dará unos pocos días para ponernos en contacto con el comando de la sierra. No me opondré al general Cruikshank.. pero sé muy bien de qué lado se pondrá si se le da la posibilidad de elegir. Mañana nos prepararemos para la acción. Nos costará muy poco rechazar al batallón de Hollis y tardarán un tiempo en enviar verdaderos refuerzos. Antes caerán las primeras nieves y quedaremos bloqueados. Sólo nosotros podemos usar esquíes y zapatos para la nieve y mantenernos así en contacto con otras unidades y organizar algo. Cuando llegue la primavera... veremos qué ocurre.

- Gracias, Jimbo.

- Ahora... será mejor que prevenga a Laura.

- Si.

Speyer apretó el hombro de Mackenzie. Había lágrimas en los ojos del mayor.

Mackenzie salió marcando el paso, sin ocuparse de Irwin. Cruzó el vestíbulo, bajó una escalera, pasó ante unas puertas respondiendo maquinalmente a los saludos de los centinelas y llegó a sus habitaciones del ala sur.

Laura se había retirado ya a dormir. Descolgó una linterna en el vestíbulo y entró en el cuarto de la muchacha. Laura había venido a reunirse con su padre mientras su marido estaba en San Francisco.

Durante un momento Mackenzie no pudo recordar por qué había enviado allá a Tom. Se pasó la mano por el pelo cortado al rape como si quisiese extraer, algo... Oh, si, aparentemente para que se ocupara de un asunto de uniformes, en realidad para alejar al muchacho hasta que pasara la crisis política. Tom era, demasiado honesto y tenía en cuenta su propia seguridad. Admirador de Fallon y el movimiento ésper, había discutido a menudo con los otros oficiales, casi todos de familia de señores o de protegidos prósperos. El orden social existente los había favorecido. Pero Tom Danielis había sido en su adolescencia marinero pescador en una aldea empobrecida de la costa de Mendocino. En los momentos de ocio había aprendido los primeros rudimentos en un local ésper. Cuando alcanzó una cierta instrucción se enganchó en el ejército y ganó sus galones con inteligencia y coraje. Nunca olvidó que los éspers ayudaban a los pobres y que Fallon prometía ayudar a los éspers... Luego, también, batallas, gloria. Una democracia federal reunificada, un 0ueño generoso en el corazón de los jóvenes.

Había habido pocos cambios en el cuarto de Laura desde que ella lo había dejado para casarse el año último cuando ella tenía diecisiete. Sobrevivían algunos objetos que habían pertenecido a una personita de trenzas y ropas almidonadas: un oso de fieltro deformado por exceso d¿ -amor, una casa de muñecas que. le había armado el mismo Mackenzie un retrato de la madre dibujado por un cabo que había recibido una bala en Salt Lake.

Oh Dios, cómo había llegado a parecerse a su madre.

La luz doraba el pelo oscuro, derramado sobre la almohada. Y Mackenzie sacudió a la muchacha muy dulcemente. Laura se despertó en seguida con una expresión de terror.

- Papá, ¿le pasa algo a Tom?

- Tom está bien.

Mackenzie puso la lámpara en suelo y se sentó en el borde de la cama. Tomó la mano de Laura con unos dedos fríos.

- No es cierto - dijo la joven -. Te conozco demasiado bien.

- No recibió aún ninguna herida. Espero que no la reciba nunca.

Laura era hija de soldado y Mackenzie le dijo la verdad en unas pocas frases, pero no se sintió con bastantes fuerzas como para mirarla. Calló al fin, y se quedó escuchando la lluvia.

- Vas a rebelarte - murmuró Laura.

Consultaré al cuartel general de la Sierra y obedeceré las órdenes de mi comandante.

- Sabes muy bien qué órdenes serán esas... cuando sepa que estás de su lado.

Mackenzie se encogió de hombros. Le empezaba a doler la cabeza. ¿Efectos de la bebida? Demasiado pronto. Necesitaría unos tragos más para dormir esa noche. No, no era tiempo de dormir... aunque sí, al contrario.

Tendría que levantarse temprano para reunir al regimiento en el patio y hablarles desde lo alto de la brecha de Black Hepzibah, como un Mackenzie de los Piedras Rodantes hablaba siempre a sus hombres, y... De pronto se sorprendió recordando el día en que él y Nora y la niña habían ido a remar al lago Tahoe. El agua tenía entonces el color de los ojos de Nora: verde y azul con centelleos de sol, pero tan clara que se podía ver las piedras del fondo. Y la niña doblada sobre la borda, que metía la manita en el agua.

Laura se había quedado pensativa. Al fin dijo inexpresivamente:

- Imagino que será inútil tratar de disuadirte. - Sacudió la cabeza.- Bueno, ¿puedo partir mañana temprano?

- Sí, te conseguiré un coche.

- Diablos, puedo montar mejor que tú.

- Muy bien. Te escoltarán dos hombres. - Mackenzie tomó aliento.- Quizá puedas persuadir a Tom...

- No. No puedo. Por favor, no me pidas eso, papá.

Mackenzie le ofreció lo único que le quedaba.

- No quisiera que permaneciese aquí. Tu deber está en otra parte. Dile a Tom que es el hombre que yo deseaba para ti. Buenas noches, pequeña.

Habla hablado muy rápidamente, pero no se atrevía a demorarse más. Laura le echó los brazos al cuello, llorando. Mackenzie la apartó y dejó el dormitorio.

-¡Pero no había esperado tantas muertes!

- Tampoco yo... en esta etapa por lo menos. Temo que habrá más aún, antes que alcancemos nuestro proyecto inmediato.

- Me dijiste.. -

- Te hablé de nuestras esperanzas, Mwyr. Sabes tan bien como yo que la Gran Ciencia es exacta sólo en una vasta escala histórica. Los acontecimientos individuales están sujetos a fluctuaciones estadísticas.

- Un modo elegante de describir a seres conscientes que agonizan en el barro.

- Eres nuevo aquí. Una cosa es la teoría y otra la adaptación a las necesidades prácticas. ¿Crees acaso que no sufro con esos acontecimientos que yo mismo he ayudado a planear?

- Sin duda, sin duda, pero eso no alivia mis remordimientos.

- Tus responsabilidades, querrás decir.

- Como quieras.

- No, no se trata de un artificio semántico. La distinción es real Has leído informes y has visto películas, pero yo estuve aquí cuando vino la primera expedición. Y he pasado aquí más de dos siglos. La agonía de estas criaturas no es para mí una abstracción.

- Pero era diferente al principio, cuando los descubrimos. Las consecuencias de las guerras nucleares podían verse aún, Con t& do su horror. Nos necesitaban entonces, esos pobres anarquistas hambrientos, y nosotros... nosotros nos contentamos con observan

- Estás Perdiendo la cabeza. ¿Podíamos intervenir acaso ?. No sabíamos nada de ellos, no hubiésemos sido sino un nuevo factor de Perturbaciones. Perturbaciones con consecuencias que nosotros mismos no hubiésemos podido prever Hubiese sido un acto criminal sin duda, como si un cirujano se pusiera a operar sin un examen previo, sin estudiar los antecedentes. Era indispensable que los de¾'ramos seguir su propio camino mientras los estudiábamos en secreto. No tienes idea de los esfuerzos que desplegamos para obtener mayor información. Ese trabajo continúa aún. Sólo hace setenta años nos sentimos bastante seguros como para introducir un primer factor nuevo en esta sociedad. A medida que continuemos aprendiendo, modificaremos los planes. Es posible que tardemos mil años en cumplir nuestra misión

- Pero mientras, se han salvado del naufragio. Están encontrando sus propias soluciones. Qué derecho tenemos a...

- Yo empiezo a preguntarme, Mwyn qué derecho tienes tú al título de aprendiz de psicodinámica. Piensa en lo que son esas soluciones. La mayor parte del planeta se encuentra aún en un estado de barbarie. Este continente se ha recobrado más que otros, pues la distribución de los equipos técnicos era aquí amplia antes de la destrucción. ¿Pero qué estructura social han alcanzado? Un enjambre de Estados en conflicto. Un feudalismo donde el equilibrio de los poderes políticos> militares y económicos depende de una arcaica aristocracia terrateniente. Una docena de lenguas y subculturas que se desarrollan a lo largo de sus propias líneas incompatibles. Una ciega adoración de la técnica heredada de sociedades ancestrales que puede llevarlos a una civilización mecanizada tan demoníaca como la que se destruyó a sí misma hace tres siglos. ¿Te aflige que hayan muerto unos pocos cientos de hombres, sólo porque nuestros

agentes promovieron una revolución que no se desarrolló tan fácilmente coma habíamos esperado? Pues bien, la Gran Ciencia te dice que sin nuestra intervención la miseria total que debiera soportar esta raza en los próximos cinco mil años superaría en tres órdenes de magnitud el dolor que nosotros podríamos infligirles.

-Sí, por supuesto, comprendo que mis emociones están aquí fuera de lugar. Es difícil salvarse de eso en un principio, supongo.

- Debieras agradecer que las duras necesidades del plan hayan sido hasta ahora tan benignas. Falta aún lo peor.

- Así me han dicho.

- En términos abstractos. Pero considera la realidad. Un gobierno que ambiciona restaurar la antigua nación actuará agresivamente, complicándose así en prolongadas guerras con poderosos vecinos. Las guerras, directa e indirectamente, por la presión de factores económicos que estas gentes son aun incapaces de dominar, eliminarán a los aristócratas y a los propietarios de tierras. Una democracia elemental reemplazará al sistema actual, dominada al principio por un capitalismo corrupto y más tarde por la fuerza de quien tome el poder. Pero no habrá lugar para el vasto proletariado desarraigado, los ex propietarios de tierras y los extranjeros incorporados por la conquista. Suelo fértil, en verdad, para cualquier demagogo. En el imperio se sucederán las crisis, las guerras civiles, los despotismos, los períodos de decadencia, y las invasiones extranjeras. Oh, habrá que resolver muchos problemas antes de completar nuestra tarea.

-¿Crees que... cuando veamos el resultado final... evitaremos nosotros el baño de sangre?

- No. Pagaremos el precio más elevado.

En la alta Sierra la primavera es húmeda y fría, las nieves de los bosques y las rocas gigantescas se funden y forman ríos que corren por los cañones. El viento riza las aguas que cubren los caminos. Los primeros brotes verdes de los álamos parecen extremadamente tiernos comparados con los pinos y abetos que alzan sus ramas al cielo brillante. Un cuervo desciende al suelo, croc, croc, cuidado con ese maldito halcón. Al fin se deja atrás el bosque y el mundo se transforma en una inmensidad de color azul grisáceo. El sol arde sobre los restos de la nieve y el viento suena huecamente en los oídos de los hombres.

El capitán Thomas Danielis, de la artillería de campaña del ejército leal de los Estados Pacíficos, dio media vuelta con su caballo. Era un joven moreno, delgado y de nariz roma. Detrás de él un escuadrón resbaló y maldijo, chorreando barro de los cascos a los pies, tratando de empujar un tractor de artillería atascado. El motor de alcohol era demasiado débil y apenas movía las ruedas. Los infantes se adelantaron, encorvados, agotados por la altitud, la noche pasada en un terreno húmedo, y el peso del hielo en las botas. Doblaron un promontorio, afilado como una proa, subieron por un camino serpeante, y aparecieron al fin en lo alto de la loma.

Eran buenos hombres, pensó Danielis. Sucios, tercos, se esforzaban todo lo posible, jurando y maldiciendo. Esa noche, por lo menos, comerían algo caliente, aunque tuvieran que echar en la olla al mismísimo sargento de intendencia.

Los cascos del caballo golpearon el antiguo cemento que emergía en el barro. Si estos fuesen los viejos días... pero los deseos no eran balas. Más allá de esa región se extendían unas tierras desérticas, reclamadas por los Santos. Ya no eran una amenaza, aunque aún se comerciaba con ellos, en una escala muy reducida. Por este motivo se había pensado que no valía la pena reparar las carreteras de la montaña. El ferrocarril terminaba en Hangtown, y la fuerza expedicionaria marchaba hacia Tahoe cruzando bosques desiertos y mesetas heladas. Que Dios ayudara a los pobres bastardos.

Que Dios los ayudara en Nakamura, también, pensó Danielis. Apretó los labios, golpeó las manos, y espoleó al animal con una violencia inútil. Las cuatro herraduras chispearon mientras el caballo se lanzaba por el camino hacia la cima de la loma El sable le golpeaba la pierna a Danielis.

Tiró de las riendas y sacó los anteojos de campaña. Desde allí se veían unas estribaciones montañosas, con sombras de nubes que flotaban sobre desfiladeros y peñascos, se hundían en la oscuridad de un cañón y reaparecían del otro lado. Alrededor, asomaban unas pocas hierbas, y una marmota que salía demasiado pronto de su sueño invernal silbaba en alguna parte entre las piedras. No se vislumbraba aún el castillo. No había esperado verlo, por otra parte. Conocía muy bien esta región, demasiado bien,

Era raro, sin embargo, que no viesen encontrado señales de actividad hostil. Hasta ese momento no hablan visto nunca al enemigo, ni a nadie en verdad. Las patrullas habían salido a buscar unidades rebeldes que no parecían, y habían cabalgado cm los hombros en tensión temiendo las flechas, que no llegaban, de los arqueros emboscados. El viejo Jimbo Mackenzie no era hombre que pudiera quedarse quieto en una fortaleza amurallada, y el regimiento no había recibido en vano el apodo de Piedras Rodantes.

Si Jimbo estaba vivo aún, pensaba Danielis. ¿Cómo podía saberlo? Ese buitre que planea en el cielo quizá acaba de arrancarle los ojos. Danielis se mordió los labios se obligó a mirar con los anteojos de campaña. No pienses en Makenzie, se dijo. Cómo gritaba, como bebía, cómo se reía siempre más que uno, y uno se molestaba por eso. Cómo se sentaba con el ceño fruncido ante el tablero de ajedrez, y uno le ganaba la partida diez veces de cada diez, y él nunca se enojaba. Qué orgulloso qué feliz había estado el día e la boda... No había que pensar tampoco en Laura, que trataba de ocultarle a uno que ella lloraba de noche, tantas veces, que llevaba ahora un niño en el corazón, y que ahora despertaba sola en la casa de San Francisco. Todos estos cabezas duras que marchaban obstinadamente hacia el castillo, y que habían aplastado a todos los ejércitos lanzados contra ellos, todos tenían alguien que había quedado atrás, y muchos tenían para regocijo del demonio algún pariente en el bando rebelde. Era preferible buscar fuerzas hostiles y no pensar.

De pronto Danielis se sentó tiesamente en la montura. Un jinete. Ajustó los anteojos. Uno de los nuestros, se dijo. El ejército de Fallon llevaba una banda azul en el uniforme. Un patrullero que regresaba de su misión. Danielis sintió que le corría un frío por la espina dorsal. Decidió escuchar el informe él mismo. Pero el hombre estaba aún a casi dos kilómetros, y avanzaba lentamente por el terreno helado. No había prisa. Danielis examinó otra vez la región.

Un aeroplano de reconocimiento volaba arriba como una libélula torpe, y la hélice brillaba al sol. El zumbido del motor pasaba de una montaña a otra. Un auxiliar de la patrulla sin duda, con un emisor-receptor de radio. Más tarde, la máquina guiarla a la artillería. No podía pensarse en utilizarlo como bombardero. El fuerte Nakamura podía resistir cualquier bomba minúscula que cupiera en el avión, y quizá lo abatiera en seguida.

Una bota crujió detrás de Danielis. El hombre y el caballo se volvieron como una sola pieza. El revólver de Danielis le saltó a la mano.

- Oh, perdón, filósofo dijo Danielis bajando el arma.

El hombre de traje azul inclinó la cabeza, con una sonrisa en el rostro austero. Parecía tener unos sesenta años. Era canoso, de piel arrugada, pero caminaba por las alturas como una cabra salvaje. En el pecho llevaba el símbolo Yang-Yin como una llama de oro.

- Estás nervioso sin necesidad, hijo - murmuró.

Hablaba con un leve acento tejano. Los éspers se adaptaban a todas las leyes, pero no reconocían ninguna patria. Sólo pertenecían a la humanidad, y acaso, en última instancia, a la vida en el espacio-tiempo del universo. Sin embargo, los Estados Pacíficos habían ganado enormemente en prestigio e influencia cuando la impenetrable Central de la Orden había ido a establecerse en San Francisco, cuando apenas se iniciaba la reconstrucción de la ciudad. Nadie se había opuesto, al contrario, al deseo del Gran Inquisidor de que el filósofo Woodworth acompañase a la expedición como observador. Ni siquiera los capellanes. Las iglesias habían comprendido al fin que las enseñanzas de los éspers era neutrales en relación con la religión.

Danielis logró sonreír.

-¿Puede acusarme?

- No te acuso. Te aconsejo. Tu actitud es inútil. Agota tus fuerzas. Desde hace semanas libras una batalla que aún no ha comenzado.

Danielis recordó al apóstol que

había ido a visitarlos en San Francisco, y a quien habían invitado con la esperanza de que Laura alcanzara cierta paz. Había dicho algo todavía más simple: "Basta lavar un plato por vez". Danielis sintió que el recuerdo le nublaba ahora los ojos y dijo en seguida rudamente:

- Podría descansar si empleara usted sus poderes para decirme qué nos espera.

- No soy un adepto, hijo. Estoy demasiado hundido en el mundo material me temo. Alguien tiene que ocuparse de los trabajos prácticos en la Orden. Quizá un día pueda retirarme y explorar las fronteras que me limitan. Pero hay que empezar temprano y preservar toda la vida para desarrollar plenamente esos poderes.

Woodworth miró las cimas y pareció fundirse con la soledad del paisaje.

Danielis no se atrevió a interrumpir en seguida esta meditación. Se preguntó qué propósito práctico cumplía el filósofo en este viaje. ¿La preparación de un informe muy preciso mediante unos sentidos perfectamente en trenados y una emoción disciplinada? Sí, eso debía de ser. Quizá los éspers se decidiesen al fin a participar en la guerra. Aunque con repugnancia, la Central y<' había permitido el empleo de l~ terribles poderes psi, cuando l~ orden había estado seriamente<> pero no podemos aplicarlo.

- Se lo aplica, hijo, en todas las circunstancias donde no se requiere mucho poder industrial. Recuerda que el mundo es mucho más pobre en recursos naturales que antes de las Bombas Infernales. Yo mismo he visto las Tierras Negras por las que pasó el huracán de fuego: los campos petrolíferos de Texas.

Woodworth parecía haber perdido algo de su serenidad. Se volvió otra vez hacia las lomas.

-Hay petróleo en todas partes - insistió Danielis-, y carbón, hierro, aluminio, uranio, todo lo que necesitamos. Pero no hay organización suficiente que permita explotar esos recursos. Cultivamos en el valle central plantas que puedan proporcionarnos alcohol, para mover unos pocos motores, e importamos otros materiales mediante una cadena increíblemente torpe de intermediarios, materiales que son absorbidos en su mayor parte por el ejército.

-Señaló con un movimiento de cabeza el rincón del cielo donde volaba el aeroplano hecho a mano.- Este es uno de los motivos de nuestra actitud. La reunificación es necesaria para que podamos reconstruir el país.

-¿Y el otro motivo? - preguntó Woodworth en voz baja.

- La democracia, el voto para todos... - Danielis tragó saliva. - Y de ese modo los padres y los hijos no tendrán que combatir entre ellos.

- Prefiero este último motivo ~ dijo Woodworth -. Los éspers estamos decididos a apoyarlo. Pero en cuanto a las maquinarias...

- Meneó la cabeza.- No, te equivocas ahí. Ese no es modo de vivir para los hombres.

- Quizá no - dijo Danielis-. Aunque mi padre no hubiera muerto agotado por el exceso de trabajo si hubiese contado con la ayuda de las máquinas... Oh, no sé. Libremos antes esta guerra y discutamos después. - Recordó al patrullero, que había desaparecido.- Perdóneme, filósofo. Me espera una tarea.

El ésper alzó la mano en un saludo de paz. Danielis se alejó al galope.

El caballo avanzó chapoteando junto al camino y Danielis vio al hombre, junto al mayor Jacobssen. El mayor - seguramente quien había enviado al hombre a reconocer el terreno- montaba a caballo no muy lejos de la columna de infantes. El explorador era un indio Klamath, vestido con pieles, y con un arco a la espalda. Muchos de los hombres de los distritos del norte preferían las flechas a las balas: eran más baratas, menos ruidosas, de menor alcance, pero de un poder no inferior al de un fusil sin cargador. En los viejos días, antes que se organizaran los Estados Pacíficos, los arqueros de los bosques habían salvado a muchas ciudades de la conquista, y contribuían aún a que los lazos que unían los distritos no fuesen demasiado apretados.

- Ah, capitán Danielis - saludó el mayor -. Llega usted justo a tiempo. El teniente Smith se disponía a dar su informe.

- El avión lo descubrió todo - dijo Smith imperturbable -. Lo que nos dijo el piloto nos animó a adelantarnos.

-¿Y bien?

- Nadie.

-¿Qué?

- Evacuaron el fuerte. También la colonia. Ni un alma.

- Pero... pero... -El mayor Jacobsen se dominó.- Continúe.

- Estudiamos cuidadosamente el sitio. Parece que los no combatientes partieron hace un tiempo. En trineos y esquíes, probablemente. Hacía alguna plaza fuerte del norte. Me parece que los soldados se llevaron los equipos poco a poco, por lo menos lo que no pudieron transportar el día en que partió la mayoría. El regjmiento con sus unidades de apoyo y aun artillería de campaña se fueron quizá hace tres o cuatro días. El suelo conserva aun las huellas. Descendieron por ti pendientes de las lomas, en dirección oeste noroeste, en un principio por lo menos.

Jacobsen carraspeó.

El viento golpeó a Danielis en a cara y agitó la crin del caballo. Detrás se oía el lento chapoteo e las botas, el chillido de las ruedas, el zumbido de los motores las maderas y metales que se atrechocaban, los gritos y los latigazos de los que llevaban las mulas. Pero todo le parecía a Danielis demasiado remoto. Un mapa crecía ante él ocultando el mundo entero.

El ejército leal había combatido ferozmente todo el invierno, desde Trinity Alps hasta Puget Sound, pues Brodsky habla logrado llegar a Mount Rainer, y t¡ señor de la región le había proporcionado allí aparatos de radio. Mount Rainer, además, estaba demasiado bien fortificado, y los partidarios de Fallon no habían podido atacar allí en seguida. Los señores y las tribus autónomas se habían levantado en armas, convencidos de que un usurpador ginenazaba con quitarles sus privilegios locales. Las familias protegidas habían luchado junto con ellos, pues no conocían otra lealtad que la debida al señor del lugar Los hombres de Canadá peste, temerosos de que Fallon se volviese contra ellos tan pronto como tuviese las manos libres, acordaron a los rebeldes una ayuda apenas clandestina.

Sin embargo, el ejército nacional era el más fuerte: mejores materiales, una organización más completa7 y, sobre todo, estaban animados por un ideal. El general en jefe O'Donnell había planeado la estrategia: concentrar las fuerzas en unos pocos puntos, aplastar toda resistencia, restaurar el orden y establecer bases en la región. Luego seguir avanzando... El gobierno controlaba ahora toda la costa, con unidades que vigilaban a los canadienses de Vancouver y guardaban las importantes rutas comerciales de Hawai, la parte norte de Washington casi hasta la línea del Idaho, el valle del Columbia, y la California central hasta Redding. Los distritos y pueblos rebeldes estaban aislados unos de otros en montañas, bosques, desiertos. Los señores caían uno tras otro bajo la presión de los leales, que batían al enemigo en todos los puntos, cortándoles las vías de comunicación y quitándoles toda esperanza. La única preocupación real había sido hasta entonces Cruikshank, que comandaba un verdadero ejército, numeroso, entrenado, y bien dirigido, y no una tropa desordenada de siervos y ciudadanos. Esta expedición contra el Fuerte Nakamura era sólo una parte de lo que se anunciaba como una dificultosa campaña.

Pero ahora los Piedras Rodantes se hablan batido en retirada, sin ofrecer la menor resistencia. Esto significaba que sus hermanos, los Gatos Monteses, se habían ido también. Cuando se pretende defender una línea no se abandonan los dos extremos. ¿Entonces?

- Están en los valles - dijo Danielis, y creyó oír la voz de Laura, que cantaba: Abajo, abajo en los valles, en los valles, valles tan bajos...

-¡Judas! - exclamó el mayor, y hasta el mismo indio gruñó como si hubiese recibido un golpe en el estómago -. No, no es posible. Lo hubiéramos sabido.

Inclina la cabeza, escucha cómo sopla el viento...

El viento silbaba entre los peñascos.

- Hay muchas sendas en los bosques - dijo Danielis-. La infantería y la caballería pueden pasar por ahí, si conocen la región. Y los Gatos conocen la región. Los vehículos, los carros, los cañones pasan menos fácilmente. Pero les bastaría con desbordarnos por los flancos para destruimos si intentamos una persecución. Tengo la impresión de que hemos caído en una trampa.

- La pendiente occidental...- dijo Jacobsen sin esperanza.

-¿Para qué? ¿Quiere usted ocupar unos cuantos matorrales? No, estamos atrapados, hasta que salgan otra vez a la llanura. -Danielis cerró la mano sobre la montura hasta que se le pusieron blancos los nudillos.- Sospecho que

es una idea del coronel Mackenzie. Reconozco su estilo por lo menos.

-¡Pero entonces ahora están entre nosotros y San Francisco! Y tenemos el grueso de nuestras fuerzas en el norte...

Entre yo y Laura, pensó Danielis.

- Sugiero, mayor - dijo en voz alta - que prevengamos al comandante en seguida. Luego habrá que recurrir a la radio. -Alzó la cabeza y el viento le golpeó los ojos.- Nos conviene librar la batalla en campo abierto, una vez que entremos en contacto.

Las lluvias de invierno que inundaban las tierras bajas de California terminarían pronto. Mackenzie avanzaba entre macizos verdes, hacia el norte, y los cascos de los caballos resonaban en el cemento de la carretera. En los eucaliptos y robles que bordeaban la ruta había un estallido de hojas nuevas. Más allá y a los lados se extendía un campo ajedrezado de huertas y viñas, de distintos matices de verde, entre las faldas de las lomas distantes de la derecha y las más empinadas y cercanas de la izquierda. Las casas habían desaparecido. Este extremo del valle Napa pertenecía a la comunidad ésper de Santa Helena. Las nubes se agrupaban como montañas blancas en el horizonte oriental. La brisa traía un olor de hierbas y tierra removida.

Los Piedras Rodantes avanzaban.El regimiento marchaba por la carretera: tres mil botas que llevaban a la vez con un ruido de terremoto, y más atrás el estruendo de los cañones y los anos. No habla peligro inmediato de ataque. Pero la caballeria se había desplegado a los costados del camino. El sol centelleaba en los carros y en las puntas de las lanzas.

Mackenzie miraba adelante. Entre los ciruelos rosados, de flores blancas, asomaban unas paredes ambarinas y unos pináculos de tejas rojas. Era una comunidad de varios miles de habitantes. Mackenzie sintió un nudo en el estómago.

-¿Crees que podemos tenerles confianza? - preguntó, no por prirnera vez -. Han aceptado hablar con nosotros, pero en estos casos no me fío de la radio.

Speyer, que cabalgaba junto a él, asintió con un movimiento de cabeza.

- Espero que sean honestos. Sobre todo porque nuestros hombres aguardarán afuera. Al fin y al cabo, los éspers son partidarios de la no violencia.

- Sin duda, pero si nos vamos a las manos... Me parece que los adeptos no son demasiado numerosos. La Orden no ha actuado aquí mucho tiempo. Pero cuando se reúnen muchos éspers, no es raro que algún grupo esconda en alguna parte el condenado rayo psi. No me gustaría que desintegraran a ninguno de mis hombres o que lo arrojaran al aire y lo dejaran caer, o alguna cosa parecida.

Speyer lo miró largamente de soslayo.

-¿Les tienes miedo, Jimbo? - murmuró.

- Diablos, no - dijo Mackenzie preguntándose si decía realmente la verdad -. Pero no me gustan.

- Hacen mucho bien. Especialmente entre los pobres.

- Por supuesto, por supuesto. Aunque cualquier señor protege a sus gentes, y tenemos también iglesias, hospicios y esas cosas. No sé por qué la caridad les da derecho a educar a los huérfanos y a los niños de los pobres como se les antoje. Por otra parte, es una caridad que no les cuesta mucho, pues ganan bastante con sus bienes. De cualquier modo la gente que sale de estas colonias no sirve de nada en otros pueblos.

- Pretenden orientarlos a eso que llaman la frontera interior, y que la civilización norteamericana no estima mucho. Francamente, y dejando aparte los poderes notables que han desarrollado algunos éspers, los envidio a menudo.

Mackenzíe miró a su amigo con los ojos muy abiertos.

-¿Tú, Phil?

Speyer endureció el rostro.

- Durante este invierno he ayudado a matar a muchos de mis compatriotas - dijo en voz baja -. Mi madre, mi mujer y mis hijos han buscado refugio con el resto de la aldea en el fuerte Mount Lassen, y cuando nos despedimos

pensamos que podía ser para siempre. Y en el pasado he ayudado también a matar a muchos hombres que no me habían hecho ningún daño. - Speyer suspiró.- Me he preguntado muchas veces cómo será la paz, tanto interior como exterior.

Mackenzie trató de no pensar en Laura y en Tom.

- Por supuesto continuó Speyer -. Tanto tú como yo desconfiamos de los éspers pues son para nosotros algo extraño. Algo que se opone de muchos modos a nuestro concepto de la vida. Hace un par de semanas, en Sacramento, me metí en los laboratorios de la universidad para enterarme de los últimos adelantos. Increíble. Cualquier soldado común hubiese jurado que era cosa de brujas. Era algo bastante más extraño que... leer el pensamiento o mover objetos con la mente. ¿Y por qué? Porque el laboratorio es científico. Esa gente trabaja con elementos químicos, principios electrónicos, partículas subvirales. Para ti y para mí todo esto pertenece al mundo civilizado. En cambio, la unidad mística de la creación... No, eso no es para nosotros. Para alcanzar esa unidad tendríamos que renunciar a todas nuestras creencias. A tu edad, o a la mía, Jimbo, un hombre no está dispuesto a tirar rápidamente por la borda toda su existencia y empezar otra vez desde el principio.

- Quizá no.

La conversación ya no le interesaba a Mackenzie. Estaban acercándose a la colonia.

Se volvió hacia el capitán Huíse, que venia a unos metros detrás de ellos.

- Nosotros dos nos adelantamos

- dijo -. Dele mis saludos al teniente Yamaguchi y dígale que queda a cargo de la tropa. Si algo le parece sospechoso, que actúe de acuerdo con su propio criterio.

- Sí, señor.

El capitán saludó y dio prontamente media vuelta. No había necesidad de que Mackenzie repitiera lo que había sido convenido hacía tiempo, pero conocía el valor de los ritos oficiales. Puso el caballo alazán al trote. Detrás de él estallaron los clarines y los gritos de los sargentos.

Speyer se adelantó también. Mackenzie había insistido en la necesidad de otro parlamentario. No era tan inteligente, pensaba él mismo, como para discutir de igual a igual con un ésper de alto nivel, pero en cambio ....... Espero, sin embargo que no sea una cuestión de diplomacia, penso.

Para tranquilizarse, se concentró en la realidad inmediata: el resonar de los cascos, el movimiento rítmico de la montura, el cuerpo del caballo entre sus muslos, las sacudidas del sable, el olor sano de la bestia.. - y de pronto recordó. Este era uno de los métodos que recomendaban los éspers.

Los éspers no amurallaban sus pueblos, como los señores. Mackenzie y Speyer dejaron la carretera y entraron en una calle bordeada por edificios con columnas. Las calles laterales corrían en ambas direcciones. La colonia no era muy extensa, y estaba compuesta por grupos familiares que vivían juntos llamados hermandades o superfamilias. Esta práctica era motivo de cierta hostilidad hacia los éspers y de muchas bromas. Pero Speyer, que conocía las colonias, decía que no había allí más desorden sexual que en el mundo exterior. La idea básica era librar al individuo de toda inclinación a la propiedad, de la oposición tuyo-mío, y educar a los niños como parte de un todo y no como miembros de un clan aislado.

Los niños habían salido a los pórticos, en centenares, y miraban a Speyer y a Mackenzie con los ojos muy abiertos. Parecían sanos, y bastante felices, aunque la presencia de los invasores debía de haberlos asustado. Pero parecían también bastante solemnes, pensó Mackenzie, todos con las mismas túnicas azules. Habla algunos adultos entre ellos, de rostros inexpresivos. Todos hablan dejado los campos al enterarse de la llegada del regimiento. El silencio era como una barricada. Mackenzie sintió que la transpiración le corría por el pecho. Cuando llegaron a la plaza central, suspiró roncamente, aliviado.

- Una fuente cantarina se abría como una flor de loto en medio de la plaza, entre árboles de espeso follaje. En tres lados se alzaban unos edificios macizos, almacenes probablemente. En el otro extremo habla una construcción más pequeña, parecida a un templo, coronado por una cúpula: un lugar de reunión evidentemente, una suerte de alcaldía. En el escalón más bajo se alineaba una media docena de figuras vestidas de azul: cinco jóvenes y un hombre de mediana edad, con el símbolo de Yang Yin en el pecho, y una expresión de serenidad implacable.

Mackenzie y Speyer detuvieron las cabalgaduras. El coronel insinuó un saludo.

-¿El filósofo Gaines? Soy Mackenzie. El mayor Speyer me acompaña.

Maldijo su propia torpeza preguntándose dónde pondría las manos. Entendía a los jóvenes, aproximadamente. Lo observaban con una hostilidad mal disimulada. Pero le costaba mirar a Gaines.

El jefe del grupo inclinó la cabeza.

- Bienvenidos a Santa Helena, caballeros. ¿Quieren entrar?

Mackenzie desmontó, ató el caballo a un poste y se sacó el casco. El gastado uniforme castañorojizo parecía aquí todavía más raído.

- Gracias. No disponemos de mucho tiempo.

- Por supuesto. Síganme, por favor.

Los jóvenes, muy tiesos, siguieron a los mayores y todos entraron en una antecámara y un vestíbulo. Speyer miró alrededor los mosaicos.

- Pero esto es realmente maravilloso - murmuró.

- Gracias - dijo Gaines -, aquí está mi oficina.

Abrió una puerta de madera de nogal y les indicó a los visitantes que entraran. Cerró luego detrás de él y los acólitos quedaron afuera.

El cuarto era austero, de paredes blancas de cal, con un escritorio, un estante de libros, y algunos asientos sin respaldo. Una ventana se abría a un jardín. Todos se sentaron.

Sería mejor que empezáramos en seguida - balbuceó Mackenzie.

Gaines no replicó. Al fin Mackenzie dijo:

La situación es esta. Nuestras fuerzas deberán ocupar Calistoga, con destacamentos a cada lado de las colinas. De este modo dominaremos tanto el valle de Napa como el valle de la Luna... por lo menos en el extremo norte. El mejor sitio para estacionar el ala izquierda del ejército es el prado vecino al pueblo, donde pensamos fortificamos. Las cosechas sufrirán algunos daños, claro está, pero se les entregará una indemnización tan pronto como restauremos el gobierno legitimo. Necesitamos también alimentos y medicinas, y será necesario requisar todo esto, pero no queremos perjudicar a nadie y extenderemos los recibos apropiados. Este... como medida precautoria tendremos que instalar a alguno hombres aquí, en el pueblo, el papel de observadores. Intervendrán lo menos posible. ¿Está usted de acuerdo?

La Carta de la Orden nos exime de las obligaciones militares - dijo Gaines serenamente -. En verdad, se supone que ningún hombre armado debiera entrar en las tierras de una colonia ésper. No puedo prestarme a una violación de la ley, coronel.

Si entra usted en sutilezas jurídicas, filósofo - dijo Speyer -, le recordaré que tanto Brodsky como Fallon han declarado la ley marcial. Todas las leyes comunes han quedado suspendidas. Gaines sonrió.

Pero como sólo un gobierno es legitimo -dijo- todas las proclamaciones del otro son nulas y sin validez. Para un observador desinteresado, los títulos del juez Fallon son evidentemente más fuertes, pues domina una zona vasta, y no sólo algunos puntos aislados.

- Eso ya no es cierto - interrumpió Mackenzie.

Speyer extendió la mano indicándole que se callara.

- Quizá no conozca usted los acontecimientos de las últimas semanas, filósofo - dijo-. Permítame que resuma. El comando de la Sierra ha dejado atrás a los hombres de Fallon y ha bajado de las montañas. En toda la parte media de California no había nada que pudiera oponemos resistencia, de modo que avanzamos rápidamente. Al ocupar Sacramento dominamos el río y la vía férrea. Nuestras bases se extienden al sur más allá de Bakersíd, incluyendo los puestos fortificados de Yosomite y el cañón de1 Rey. Cuando consolidemos nuestras posiciones en el norte, las fuerzas de Fallon instaladas Redding se encontrarán atrapadas entre nosotros y los poderosos señores que resisten aún en Trinity, Shasta y Lassen. Nuestra la presencia aquí obligará al enemigo a evacuar el valle de Columbia, para asistir a la defensa e San Francisco. No parece exacto afirmar que las fuerzas de Fallon dominan un territorio más extenso.

-Y ese ejército que avanzó hacia la Sierra para atacarlos a uses - preguntó Gaines-, ¿lo han rechazado?

Mackenzie frunció el ceño.

No. No es un secreto. Han atravesado la región de Madre Lode y nos han dejado atrás. Están ahora en Los Angeles y en San Diego.

- Unas huestes poderosas. ¿Esperan ustedes evitarías indefinidamente?

Haremos todo lo posible - dijo Mackenzie-. Aquí tenemos la ventaja de disponer de comunicaciones interiores. Y la mayoría de los propietarios de tierras nos tienen al tanto de los movimientos del enemigo. Podemos concentrarnos rápidamente en el punto que sea atacado por las fuerzas de Fallon.

Lástima que estas tierras tengan que sufrir las devastaciones de la guerra.

Sí, ¿no es cierto?

-Nuestro objetivo estratégico es bastante evidente -dijo Speyer-. Hemos cortado las comunicaciones del enemigo. Sólo dominan las vías marítimas, lo que no es muy satisfactorio para unas tropas que actúan tierra adentro. Les hemos impedido el acceso a buena parte de sus bases de suministro de alcohol y alimentos. La columna vertebral de nuestro bando es el ejército de los señores, unidades que casi se bastan económicamente a sí mismas. No antes de mucho tiempo serán más fuertes que el ejército sin bases de Fallon. Pienso que el juez Brodsky estará de regreso en San Francisco antes del otoño.

Si esos planes marchan bien - dijo Gaines.

De eso nos ocupamos ahora -dijo Mackenzie inclinándose hacia adelante, con un puño en la rodilla-. Muy bien, filósofo. Sé que a usted le alegraría la victoria de Fallon, pero no será tan insensato como para abrazar una causa perdida. ¿Cooperará usted con nosotros?

- La Orden no toma parte en cuestiones políticas, coronel, excepto cuando corre peligro su propia existencia.

- Oh, por favor. Sólo le pido que no interfiera.

- Temo que aun eso seria colaborar con ustedes. No podemos admitir fuerzas militares en nuestras tierras.

Mackenzie clavó los ojos en la cara de Gaines, ahora rígida como el granito, y se preguntó si habría oído bien.

-¿Está usted ordenando que nos marchemos?

Le pareció que otro había hablado con su voz.

- Si - dijo el filósofo.

-¿Con nuestra artillería apuntando al pueblo?

¿Ametrallarán ustedes a mujeres y niños, coronel?

Oh, Nora, se dijo Mackencie.

- No será necesario. Nuestros hombres ocuparán la villa.

-¿Resistiendo a las descargas psi? No condene a muerte a esos pobres muchachos, coronel. -Gaines hizo una pausa, y dijo luego:- Me permitiría señalarle, además, que la pérdida de este regimiento comprometerla seriamente la causa de ustedes. No impediremos que bordeen nuestras tierras y prosigan hacia Calistoga.

Dejando un nido de gentes de Fallon a nuestras espaldas, pensé Mackenzie, que podría cortar nuestras comunicaciones con el sur. Apretó las mandíbulas.

Gaines se puso de pie.

- La discusión ha terminado, señores - dijo-. Tienen ustedes una hora para dejar nuestras tierras.

Mackenzie y Speyer se incorporaron también.

- No hemos terminado aún - dijo el mayor. La transpiración le corría por la frente y la larga nariz -. Quiero explicar algo más

Gaines cruzó la habitación y abrió la puerta.

- Acompañe a estos caballeros a la salida - les dijo a los cinco acólitos.

-¡De ningún modo! grito Mackenzie llevando la mano al revólver.

- Informen a los adeptos -dijo Gaines.

Uno de los jóvenes dio media vuelta. Mackenzie oyó el golpeteo de las sandalias en el pasillo. Galnes asintió con un movimiento de cabeza.

- Será mejor que se vaya - dijo. Speyer estaba muy quieto, con los ojos cerrados. Los abrió de pronto y murmuré:

-¿Que informe a los adeptos?

Mackenzie notó que el rostro de Gaines perdía su rigidez. No se asombré mucho tiempo. Movió automáticamente la mano, y sacó el revólver al mismo tiempo que Speyen

- Alcanza a ese mensajero, Jimbo - gritó el mayor -. Yo vigilaré a estos pajarracos.

Mientras corría por el pasillo, Mackenzie pensó en el honor militar. ¿Era correcto abrir las hostilidades luego de presentarse como parlamentario? Pero era Gaines quien había interrumpido las discusiones. .

-¡Deténganlo! - gritó Gaines. Los otros cuatro acólitos se pusieron en movimiento. Dos de ellos cerraron el camino de la puerta, los otros dos corrieron hacia los lados.

Quietos o disparo! - gritó Speyer pero nadie le hizo caso.

Macckenzie no se atrevía a dispar contra hombres desarmados. Golpeó en los dientes, con la con la culata del revólver, al primer joven se cruzó en el camino. El retrocedió con la cara ensangrentada. El coronel se libró enseguida del otro, que venia por la izcuierda, golpeándolo con el antebrazo. El tercero lo esperaba en la puerta. Mackenzie metió un pie entre los tobillos del joven y empujó. El ésper rodó por el suelo, y Mackenzie lo pateó en la sien, con bastante fuerza como para aturdirlo, y saltó por encima.

El cuarto lo atacó por la espalda. El coronel torció el cuerpo y lo enfrenté. Los brazos que le torcían la mano con el revólver eran bastante fuertes. Mackenzie puso la mano libre bajo la nariz del hombre y empujó. El acólito lo soltó en seguida. El coronel lo alcanzó con un rodillazo en el estómago, dio media vuelta, y corrió.

Había calma ahora detrás de él. Phil debía de haberlos dominado. Mackenzie entró en la antecámara. ¿Dónde se había metido aquel maldito mensajero? Se asomó a la puerta de salida y miró la plaza. El sol le nubló los ojos. Respiraba entrecortadamente, y sentía una punzada en el costado. Sí, estaba poniéndose viejo.

Unas ropas azules se movían en la calle. El coronel reconoció al mensajero. El joven se volvió y señaló el edificio. Mackenzie oyó confusamente unos fragmentos de palabras. Habla siete u ocho hombres con él, hombres más viejos, sin marcas en las ropas... pero Mackenzie reconocía a un oficial superior a simple vista. El acólito se alejó. Los otros cruzaron la plaza a grandes pasos.

Mackenzie sintió un nudo de terror en las entrañas. Se dominó. Un Gato Montés no huía, ni siquiera ante alguien que podía destruirlo con una mirada. Nada podía hacer, sin embargo, contra la desesperación que lo invadía ahora. Si terminan conmigo, mucho mejor, se dijo. No me pasaré las noches en vela pensando como está Laura.

Los adeptos estaban casi al pie de la escalera. Mackenzie dio un paso adelante moviendo el revolver en un arco. En el silencio que flotaba sobre el pueblo el grito sonó débilmente:

-¡Alto!

Los hombres se detuvieron, juntos. Mackenzie advirtió que todos los rostros se distendían y eran ahora máscaras sin expresión. Nadie dijo una palabra. Al fin Mackenzie no pudo resistir más el silencio.

-El pueblo ha sido ocupado de acuerdo con las leyes de la guerra -dijo-. Vuelvan a sus casas.

-¿Qué ha hecho usted con nuestro jefe? - preguntó un hombre alto de voz serena, pero vibrante.

- Léanme el pensamiento y descúbranlo - dijo el coronel. No, pensó, no te muestres infantil ahora.- No le pasará nada mientras obedezca. Lo mismo a ustedes. Aléjense.

- No deseamos pervertir nuestros poderes empleándolos para la violencia - dijo el hombre alto -. Por favor, no nos obligue a actuar.

- El jefe de ustedes los llamó antes que hubiésemos hecho nada - replicó Mackenzie -. Parece que era él quien pensaba en la violencia. En marcha.

Los éspers se miraron. El hombre alto asintió. Los otros se alejaron lentamente.

- Quisiera ver al filósofo Gaines - dijo el hombre alto.

- Lo verá muy pronto.

-¿Debo entender que es prisionero de ustedes?

- Entienda lo que se le antoje.

- Los otros éspers desaparecían en ese momento en una bocacalle.- No quiero disparar. Retroceda antes que sea demasiado tarde.

- Estamos en la misma situación - dijo el ésper -. Ninguno quiere herir a alguien que considera indefenso. Permítame que lo lleve lejos de aquí.

Mackenzie se pasó la lengua por los labios curtidos.

- Si es usted capaz de dominarme con algún maleficio, no se detenga -dijo en tono desafiante-. Si no, aléjese.

No le impediré que se una a sus hombres. Me parece el método más simple de lograr que se vaya usted. Pero le advierto solemnemente que cualquier fuerza armada que pretenda entrar en el pueblo será aniquilada.

Sería mejor hacer venir a los hombres, se dijo Mackenzie. Phil no podrá montar guardia eternamente.

El hombre alto se acercó al portico.

-¿Qué caballo es el suyo? - preguntó con una voz inexpresiva.

Mackenzie pensó que el hombre quería desembarazarse rápidamente de él. Demonios, tenía que haber una puerta trasera.

Dio media vuelta. El ésper gritó. Mackenzie se precipitó en la antecámara. Los muros le devolvían el ruido de las botas. No, no a la izquierda. En aquel lado estaba la oficina del jefe. A la derecha...

El pasillo era largo. En la parte media se veía la curva de una escalera. Los otros éspers estaban ya allí.

-¡Alto! - les gritó Mackenzie-. ¡Alto o disparo!

Los dos primeros hombres corrieron por el pasillo. El resto se lanzó hacia Mackenzie.

Mackenzie disparé con cuidado. No quería matar a nadie. Las explosiones atronaron el pasillo. Los hombres cayeron uno tras otro, con una bala en la pierna, en la cadera o en el hombro. Mackenzie erré algunos tiros. Cuando el hombre alto llegó desde atrás, el gatillo golpeó la cámara vacía.

Mackenzie desenvainó el sable y golpeé al ésper con el plano de la hoja, en un costado de la cabeza. El hombre se tambaleé. El coronel se lanzó por la escalera, que se curvaba como en una pesadilla.

Arriba había una puerta de hierro. Un hombre probaba la cerradura. Otro, vestido con ropas azules, atacó a Mackenzie. El coronel le metió el sable entre las piernas y cuando el ésper trastabilló, le lanzó un gancho de izquierda a la mandíbula. El ésper cayó contra la pared. Mackenzie tomó al otro por las ropas y lo derribé.

- Fuera - dijo.

Los dos hombres se levantaron y lo miraron con furia. Mackenzie sacudió el sable.

- De aquí en adelante golpearé para matar ~ dijo.

- Dave, ve en busca de ayuda

- dijo el hombre que había estado abriendo la puerta -. Me quedaré aquí, vigilándolo. - El otro ésper bajó arrastrándose por la escalera. El primero se puso fuera del alcance del sable. -¿Quiere usted ser destruido? -preguntó.

Mackenzie movió el pestillo con la mano a la espalda, pero la puerta estaba cerrada aún.

- No creo que pueda hacerlo. No sin lo que hay aquí.

El ésper trató de dominarse. Pasaron unos largos minutos. Luego hubo un ruido abajo. El ésper alzó la mano.

- No tenemos otra cosa que implementos agrícolas - dijo -, pero usted tiene sólo ese sable. ¿No se rinde?

El coronel escupió en el piso. El ésper descendió.

Los atacantes aparecieron al fin. Hacían tanto ruido que debían de ser un centenar, pero la curva de la escalera impedía que Mackenzie viese a más de diez o quince: campesinos robustos, con las túnicas recogidas, que blandían herramientas. El descanso era demasiado ancho para intentar allí una defensa. Mackenzie avanzó hacia los escalones, donde los hombres no podían aparecer sino de dos en dos.

Los primeros hombres atacaron con unas horcas de heno. Mackenzie paró una arremetida bajando el sable, y la hoja se hundió en la carne y golpeó un hueso. La sangre brotó, de un intenso color rojo aun en aquella penumbra. El hombre cayó hacia adelante con un chillido. Mackenzie esquivó el ataque del otro, y el acero chocó con el acero. Las armas se cruzaron, y el brazo del coronel cedió. Mackenzie se encontró mirando una cara tostada por el sol. Golpeó el cuello con el borde de la mano y el ésper cayó sobre el hombre que venía detrás. Pasó un rato antes que los asaltantes despejaran la escalera.

Alguien lanzó una horquilla contra el vientre del coronel. El coronel alcanzó a tomar el mango con la mano izquierda, desvié los dientes y descargó un sablazo sobre los dedos que sostenían la

herramienta. Una guadaña le abrió entonces el costado. Mackenzie vio la sangre, pero no sintió ningún dolor. Una herida superficial, sin duda. Barrió el aire con el sable. Los primeros hombres retrocedieron. Dios, se me doblan las rodillas, se dijo. No podré aguantar más de cinco minutos.

Sonó un clarín. En seguida una descarga de fusilería. La multitud que ocupaba la escalera se detuvo. Alguien gritó.

Unos cascos de caballo resonaron en el pasillo. Una voz grité roncamente.

-¡Deténganse todos! Dejen caer esas armas y bajen. El primero que intente algo recibirá un tiro.

Mackenzie se apoyé en el sable y trató de recobrar el aliento. Apenas notó la desaparición de los éspers.

Cuando se sintió un poco mejor se acercó a una de las ventanitas y miró hacia afuera. La caballería ocupaba la plaza. La infantería no estaba lejos. Se oía ya el golpe regular de los pasos.

Speyer llegó seguido por un sargento de ingenieros y varios hombres de tropa. El mayor se precipité hacia Mackenzie.

-¿Estás bien, Jimbo? ¡Te han herido!

- Un arañazo - dijo el coronel. Empezaba a recobrar las fuerzas, pero no tenía ninguna impresión de victoria. Se sentía solo. La herida le dolía ahora -. No vale la pena inquietarse. Mira me parece que vivirás.

Muy bien, hombres. Abran esa puerta.

Los ingenieros sacaron sus herramientas y asaltaron la cerradura con una animación no muy ajena al miedo.

-¿Cómo llegaron tan pronto? - preguntó Mackenzie.

- Pensé desde un principio que encontraríamos dificultades - dijo Speyer -, y cuando oí los tiros salté por la ventana y corrí a mi caballo. Eso fue poco antes que te atacaran los paisanos. Vi cómo se reunían mientras yo iba hacia las tropas. Nuestra caballería entró en seguida en el pueblo, por supuesto, y la infantería llegó poco después.

-¿Ninguna resistencia?

-No luego que disparamos algunos tiros al aire. - Speyer eché una ojeada por la ventana.- Dominamos la situación ahora.

Mackenzie miró la puerta.

- Bueno - dijo -, ya no me arrepiento de haber sacado el revólver en la oficina. Parece que esos adeptos necesitaban recurrir a armas antiguas, ¿no? Y se suponía que en las comunidades ésper no había armas. Así dicen los reglamentos... Tuviste buen olfato, Phil. ¿Cómo te diste cuenta?

- Me sorprendió que el jefe tuviera que enviar un mensajero a unos hombres que se proclamaban telépatas. ¡Ya está!

La cerradura saltó en pedazos. El sargento abrió la puerta. Mackenzie y Speyer entraron en la sala abovedada.

Fueron de un lado a otro un largo rato, en silencio, entre formas metálicas y otros materiales menos identificables. No había allí nada familiar. Mackenzie se detuvo al fin ante una espira que asomaba en un cubo transparente. Unas sombras informes se movían en círculos dentro de la caja, tachonadas de minúsculos puntos brillantes parecidos a estrellas.

Me imaginaba que los éspers hablan encontrado un depósito de máquinas de los viejos tiempos, de antes de las Bombas Infernales - dijo con una voz ahogada -. Armas ultrasecretas que nunca habían llegado a usarse. Pero esto es otra cosa, ¿no te parece?

Sí -dijo Speyer-. Se me ocurre que estos aparatos no fueron construidos por seres humanos.

-¿Pero no entiendes? ¡Han ocupado una colonia! Eso le demostrará al mundo que los éspers no son invulnerables. Y para completar la catástrofe, tomaron también un arsenal.

- No temas nada. Nadie puede utilizar esos instrumentos si no ha recibido un entrenamiento apropiado. Los circuitos no pueden abrirse sino mediante ciertos ritmos encefálicos que nacen de un cierto acondicionamiento. Este mismo acondicionamiento impide a los llamados adeptos revelar su ciencia a los no iniciados pase lo que pase.

-Sí> ya lo sé. Pero no es eso lo que me preocupa. Temo que la revelación se propague. Todos sabrán que los adeptos espers no tienen en realidad acceso a las abismos desconocidos de la psique sino que conocen simplemente una ciencia física muy avanzada. Esto no sólo exaltará el espíritu de los rebeldes. Quizá ocurra algo peor: la defección de muchos miembros de la Orden que se sentirán desilusionados.

- No en seguida. Las noticias se transmiten lentamente en estos tiempos. Además, Mwyr, no puedes ignorar que los hombres olvidan fácilmente aquello que se opone a sus más preciadas creencias.

- Pero...

- Bueno, admitamos lo peor. Supongamos que la fe se pierda y que la Orden se desintegre. El golpe que recibiría el plan sería severo, pero no fatal. La ciencia psiónica no ha sido nunca más que un fragmento de folklore, bastante poderoso> nos pareció> como para que activara una nueva orientación de la vida. Pero hay otras> por ejemplo la creencia en las fuerzas mágicas, bastante extendida entre las clases menos educadas. Si es necesario podemos empezar otra vez, sobre nuevas bases. No importa tanto la creencia misma. Es sólo una armazón para sostener la verdadera estructura: un grupo social antimaterialista. La gente se irá volviendo hacia él a falta de algo mejor y mientras tanto se organizará el imperio. En última instancia, la nueva cultura podrá eliminar todas las supersticiones que sirvieron como impulso inicial.

- Un retraso de cien años> por lo menos.

- Es cierto, Hoy la sociedad autóctona ha desarrollado ya sus propias instituciones y será más difícil introducir un elemento radical extraño. Sólo deseo recordarte que la tarea no es imposible. Por otra parte, no estoy dispuesto a dejar las cosas como hasta ahora. Podemos salvar aún a los éspers.

-¿Cómo?

- Mediante una intervención directa.

-¿La medida seria inevitable?

- Sí. La matriz ha dado una respuesta nada ambigua. La intervención me gusta tan poco como a ti. Pero tenemos que recurrir a ella bastante a menudo. Por supuesto, esto no se lo decimos a los neófitos de las escuelas. El procedimiento más elegante consiste en ordenar las condiciones sociales de tal modo que la evolución siga automáticamente las líneas previstas. A demás, podremos olvidar nuestra propia culpa. Lamentablemente, la Gran Ciencia no tiene en cuenta los hechos de la vida cotidiana.

'En las presentes circunstancias ayudaremos a aplastar la oposición. El gobierno castigará a los vencidos con un rigor implacable y muchos de los que hayan conocido el descubrimiento de Santa Helena no vivirán para contar la historia. El resto... bueno, la derrota misma los desacreditará.

Sí, habrá rumores durante mucho tiempo. ¿Pero qué importa? Aquellos que creen en el Camino se sentirán confirmados en su fe, precisamente porque tienen que negar esos rumores. Y a medida que los ciudadanos comunes y los éspers vayan apartándose del materialismo, la leyenda parecerá cada vez más fantástica. Parecerá obvio que ciertos antiguos inventaron la historia para explicar algo que no comprendían.

- Ya veo...

- No eres feliz aquí, ¿no es cierto, Mwyr?

- No estoy seguro. Todo es tan confuso...

- Alégrate de que no te hayan enviado a algunos de los planetas realmente extraños.

- Casi lo hubiese preferido. Hubiera vivido preocupado por el ambiente hostil. Sería más fácil olvidar qué lejos está la patria.

- Tres años de viaje.

- Lo dices tan tranquilamente. Como si tres años en una nave no equivaliera a cincuenta años del tiempo cósmico. Como sí ¡las naves de relevo llegaran diariariamente y no una vez por siglo. Y... como es la región que han explorado nuestras naves no fuera un fragmento minúsculo de la galaxia.

- Esa región crecerá y un día comprenderá toda la galaxia.

Sí, sí, sí. Ya lo sé. ¿Por qué crees que he estudiado la psicodinámica? ¿Por qué estoy aquí, aprendiendo a manejar los destinos de un mundo al que no pertenezco? "Para crear la unión los seres conscientes, para que la vida domine el universo." Un lema ambicioso. Pero en la práctica, sólo unas pocas ratas podrán ser libres en el universo.

No es así, Mwyr. Considera a Las gentes de este mundo, que ½ manejamos como tú dices. Considera cómo utilizaron la energía nuclear. Si siguen así, volverán a tenerla dentro de un siglo o dos. No mucho después construirán naves del espacio. Aun admitiendo que el tiempo atenúa los efectos de los contactos interestelares, esos efectos son acumulativos. ¿Te gustaría tropezar con esa banda de carnívoros en la galaxia?

"No, que primero se civilicen moralmente, y luego veremos si es posible confiar en ellos. Si no, par lo menos serán felices en su propio planeta> de acuerdo con Las normas que dicte la Gran Ciencia. Hablan de paz desde ¿pocas inmemoriales, pero no la alcanzarán nunca librados a sus propios medios. No pretendo ser un personaje excepcional, Mwyr. Pero este trabajo me hace sentir que no soy completamente inútil en el cosmos.

Aquel año habla muchas pérdidas de vidas, y las promociones eran rápidas. El capitán Thomas Danielis, que había ayudado a reprimir la rebelión de los ciudadanos de Los Angeles, fue promovido al grado de mayor. Poco tiempo después se libró la batalla de Maricopa (las tropas leales no lograron romper el cerco rebelde en el valle de San Joaquín y Danielís fue designado teniente coronel. El ejército recibió órdenes de marchar hacia el norte, y avanzó lentamente a lo largo de la costa temiendo siempre ser atacado desde el este. Pero la gente de Brodsky estaba muy ocupada en consolidar sus últimas victorias. Las principales dificultades eran la actividad de los guerrilleros y la resistencia de los distritos de los señores. Luego de una escaramuza un poco más importante, las tropas se detuvieron a descansar cerca de Pinnacles.

Danielis caminaba por el campamento, entre las filas apretadas de tiendas, cañones y hombres que dormían, hablaban, jugaban o contemplaban el cielo azul. El día era caluroso y en el aire flotaba el olor de las cocinas, los caballos, las mulas, el estiércol, el sudor, el betún de las botas. El verano oscurecía las lomas verdes que se alzaban alrededor del campamento. Danielis no tenía nada que hacer hasta la hora de la conferencia con el general, pero se sentía inquieto. Debo de ser padre ya, pensaba. y aún no he visto a mi hijo.

Sin embargo, he tenido suerte, reflexionó. Estoy sano y salvo, y con los miembros intactos. Recordó a Jacobsen que había muerto en sus brazos en Maricopa. Era difícil creer que hubiera tanta sangre. en un cuerpo humano. Aunque quizá uno ya no era humano cuando el dolor arrancaba gritos que se apagaban sólo con la caída de las sombras.

Y yo pensaba antes en la gloria de la guerra, se dijo. Hambre, sed, agotamiento, terror, mutilación, muerte, y siempre esa monotonía y ese entumecimiento que lo transforman a uno en un buey... He tenido demasiado de todo eso. Me dedicaré a los negocios luego de la guerra. Una vez que el sistema de distritos se derrumbe, habrá que organizar una integración económica. Un hombre podrá abrirse camino sin armas en la mano...

Danielis advirtió que estaba repitiendo pensamientos que se le habían ocurrido hacia ya varios meses. ¿Pero en qué otra cosa Podía pensar?

Se encontró ante la tienda donde se interrogaba a los prisioneros. Dos soldados conducían a un hombre adentro, un hombre rubio, corpulento y hosco. Tenía galones de sargento, pero aparte de eso no llevaba otro signo militar que la banda de Warren Echevarry, señor de esta región de las montañas costeras. Leñador en tiempos de paz, imaginó Danielis, soldado de un ejército privado cuando algo amenazaba los intereses de Echevarry.

Entró también en la tienda. El capitán Lambert, sentado a un escritorio de campaña, conducía las preliminares del interrogatorio.

- El oficial empezó a incorporarse.- ¿Sí, señor?

- No se moleste ~ dijo Danielis-. Pasaba por aquí y entré a escuchar.

- Bueno, trataré de que asista a un buen espectáculo. Lambert se sentó otra vez y miró al prisionero, de pie entre los guardias, encorvado, y con las piernas abiertas.- Bueno, sargento, quisiera que me dijeses unas pocas cosas.

- No tengo nada que decir, aparte del nombre, el rango, y la ciudad - gruñó el sargento---. Y ya sabe usted todo eso.

- Bueno no es posible que sepas tan poco. No eres un soldado extranjero sino un hombre que se ha rebelado contra el gobierno de su propio país.

-¡Nada de eso! Soy un hombre de Echevarry.

-¿Y?

- Y mi juez es el que indica Echevarry. Echevarry dice que Brodsky. De modo que el rebelde es usted.

- La ley ha sido cambiada.

- Ese Fallon no tiene derecho a cambiar ninguna ley, y menos aún una parte de la Constitución. No soy un vagabundo, capitán. He ido a la escuela. Y todos los años Echevarry lee la Constitución a su gente.

Los tiempos han cambiado - dijo Lambert, con una voz más áspera -. Pero no discutiré contigo. ¿Cuántos fusileros y cuántos arqueros hay en tu compañía?

Silencio.

- Podemos facilitarte las cosas - dijo Lambert-. No te pido que traiciones a tu gente. Sólo confirmar cierta información 4Ue he recibido.

El hombre meneó la cabeza, colérico.

Lambert hizo una seña. Uno de los soldados se puso detrás del cautivo, le tomó el brazo, y se lo torció un poco.

- Echevarry no me haría esto -dijo el prisionero con los labios blancos.

- Claro que no - dijo Lambert -. Eres hombre de él.

-¿Cree usted que me gustaría Ser un número en alguna lista de San Francisco? Maldita sea, soy hombre de mi señor.

Lambert hizo otra seña. El soldado torció el brazo un poco más.

- Basta - ordenó Danielis -. Suficiente.

El soldado se apartó sorprendido. El prisionero emitió un sollozo ahogado.

- Me asombra usted, capitán Lambert - dijo Danielis, sintiendo que se le encendía el rostro -. Sí recurre comúnmente a estas prácticas, tendremos que someterlo a una corte marcial.

- No, señor - dijo Lambert con una voz débil -. Pero no quieren hablan ¿Qué puedo hacer?

- Cumplir las leyes de la guerra.

-¿Con los rebeldes?

- Llévense a ese hombre - ordenó Danielis.

~Los soldados obedecieron rápidamente.

Lo siento, señor - murmuró Lambert -. Pero... he perdido a demasiados camaradas. No quisiera perder otros sólo por falta de información.

- Yo tampoco. - Danielis se sintió conmovido. Se sentó en el borde de la mesa y empezó a armar un cigarrillo.- Recuerde que esta no es una guerra regular, y que por una curiosa paradoja tenemos que respetar las convenciones más cuidadosamente que nunca.

- No entiendo muy bien3 señor. Danielis terminó de armar el cigarrillo y se lo pasó a Lambert, como rama de olivo o algo semejante. Se preparó otro.

- Los rebeldes no son rebeldes para ellos mismos - dijo -. Son leales a una tradición que nosotros pretendemos modificar, y destruir eventualmente. Tenemos que reconocerlo, el señor es comúnmente un excelente conductor de hombres. Quizá es descendiente de algún aventurero que tomó el poder por la fuerza en aquella época de caos, pero ahora él y su familia son parte de la región que gobiernan. La conoce a fondo, como conoce a sus gentes. Es un ser de carne y hueso, un símbolo vivo de la comunidad y de sus obras, de sus costumbres y de su independencia esencial. Si usted se encuentra en dificultades, no necesita ponerse en manos de una burocracia anónima, usted recurre directamente a su señor Los deberes del señor están tan definidos como los del siervo, y son mucho más compulsivos lo que equilibra los privilegios. Es el conductor de las batallas y las ceremonias que dan color y significado a la vida. Los antepasados de él y los suyos han jugado juntos durante doscientos o trescientos años. La tierra está animada de recuerdos, para todos. Usted y él son parte de un mismo terruño.

"Pues bien, hay que barrer todo eso para que podamos ascender a un nivel superior Pero no alcanzaremos ese nivel alienando a todos. No somos un ejército conquistador. Nos parecemos más a una guardia pretoriana que aplasta una rebelión de ciudadanos. La oposición es parte integrante de nuestra propia sociedad.

Lambert encendió un fósforo y se lo alcanzó a Danielis. Danielis aspiró y continuó diciendo:

- En un plano práctico, debiera recordarle también, capitán, que las fuerzas federales, tanto las de Fallon como las de Brodsky, no son muy numerosas. Poco más que unos batallones. Somos unos pocos muchachos, paisanos sin tierras, ciudadanos empobrecidos, aventureros, gente que busca en el regimiento esa plenitud que no han podido encontrar en la vida civil.

- Es usted demasiado profundo para mí, señor, me parece - dijo Lambert.

- No importa. - Danielis suspiró.- Recuerde sólo que hay muchos más combatientes fuera de los ejércitos que adentro. Si los señores lograran establecer un comando unificado, esto sería el fin del gobierno de Fallon. Felizmente, están divididos por muchos orgullos provincianos y muchas ~. circunstancias geográficas para que esto ocurra, si no los llevamos a la desesperación. Nos conviene ante todo que el propietario común y aun el señor piensen que los hombres de Fallon no son al fin y al cabo gente tan mala, y que si nos tratan con circunspección no perderán mucho, - y hasta pueden ganar algo a expensas de los vencidos. ¿Entiende?

- Sí... esto creo que sí.

- Es usted inteligente, Lambert. No es necesario que emplee la violencia para obtener información. Recurra a la astucia.

- Haré lo posible, señor.

- Muy bien. - Danielis consultó el reloj que le había dado junto con el revólver luego de la primera promoción. Estos artículos eran demasiado costosos para los hombres de tropa. No había sido así en los años de producción en serie. Quizá en los años futuros... - Tengo que irme. Ya nos veremos.

Danielis salió de la tienda sintiéndose de algún modo un poco más animado. Parece que soy un predicador nato, pensó. Quizá por eso nunca me han gustado de veras las bromas y payasadas. En cambio si consigo transmitir de cuando en cuando alguna idea, me siento bastante satisfecho.

Oyó una música. Un grupo de hombres cantaba bajo un árbol, acompañados por un banjo. Danielis silbó la melodía. Parecía que los hombres no se hablan desmoralizado mucho luego de Maricopa y de esta misteriosa marcha hacia el norte.

La tienda de conferencias era bastante grande como para que la considerase un pabellón. Los centinelas guardaban la entrada. Danielis fue casi el último en llegar y se sentó en un extremo de la mesa, frente al brigadier general Pérez. Había mucho ¿ humo y todos conversaban animadamente en voz baja, pero los rostros estaban tensos.

Cuando entró en la tienda la ~ figura vestida de azul con el signo Yang-Yin en el pecho, el silencio cayó como un telón. Danielis se sorprendió al reconocer al filósofo Woodworth. Había visto al hombre por última vez en Los Angeles y había pensado que se quedaría en el Centro ésper, Había venido, sin duda, en misión especial.

Pérez presentó al filósofo, y todos clavaron los ojos en los dos hombres.

- Tengo noticias importantes, caballeros - dijo Pérez con calma, sin sentarse -. En cierto modo esta reunión es un honor para ustedes, pues significa que les tengo confianza a todos. Sé que guardarán absoluto silencio y que me ayudarán eficazmente en una operación vital muy importante.

- Danielis descubrió, sorprendido la ausencia de muchos oficiales de rango.

Insisto - dijo el brigadier -.

-Una palabra de más significaría la ruina del plan. En ese caso la guerra se prolongaría durante meses o años. Ustedes saben bien que no nos encontramos en buena situación. Saben también que esta situación empeorará a medida que agotemos las provisiones, pues el cerco enemigo no nos permite renovarlas. Hasta sería posible que fuésemos derrotados. No soy un derrotista, me atengo a los hechos. Podemos perder la guerra.

"Por otra parte, si este nuevo esquema tiene éxito, podemos quebrar la espina dorsal del enemigo este mismo mes.

Hizo una pausa para que el auditorio asimilara esta afirmación y continuó:

El plan ha sido establecido por el comando general junto con la central ésper de San Francisco, hace algunas semanas. Por este motivo vamos hacia el norte.

-Hubo un rumor general de exclamaciones ahogadas.- SI, ya saben ustedes que la Orden es neutral en cuestiones políticas. Pero saben también que se defiende de los ataques. Y habrán oído ustedes que los rebeldes se apoderaron del valle Napa y desde entonces han estado difundiendo rumores maliciosos acerca de la Orden. ¿Quiere usted hacer algún comentario, filósofo Woodworth?

El hombre de azul asintió con un movimiento de cabeza y dijo fríamente:

-De acuerdo con nuestros propios servicios de información, lo que ustedes llamarían servicios secretos, los hombres de Brodsky asaltaron Santa Helena en un momento en que la mayoría de los adeptos se encontraba afuera organizando una nueva comunidad en Montana. -¿Cómo viajan tan rápidamente? se preguntó Danielis. ¿Por teleportación quizá?- No sé si el enemigo estaba enterado o tuvo suerte. De cualquier modo, cuando los dos o tres adeptos que habían quedado en Santa Helena intimaron el retiro de las tropas, estalló una lucha y los adeptos murieron antes de poder actuar - El filósofo sonrió.- No pretendemos ser inmortales sino en el nivel en que todo ser viviente es inmortal. Tampoco pretendemos ser infalibles. Bien, Santa Helena ha sido ocupada. No pensamos en tomar ninguna medida inmediata, pues podríamos causar graves pérdidas entre los miembros de la comunidad.

"En cuanto a los rumores difundidos por el comando enemigo, bueno, reconozco que yo haría lo mismo, si me pareciese necesario. Todos saben que un adepto tiene poderes inaccesibles a Ja mayoría de los hombres. Los soldados, conscientes de que han dañado a la Orden, temen sin duda una venganza sobrenatural. Hablo con gentes evolucionadas: nuestros poderes no tienen nada de sobrenatural. Son fuerzas latentes que se encuentran en la mayoría de nosotros. Saben ustedes también que la Orden no cree en la venganza. Pero el soldado de infantería. común no piensa del mismo modo, y los oficiales enemigos tenían que inventar algo para reanimarlos. Decidieron por lo tanto construir unos falsos aparatos científicos y dijeron que ésas eran las armas de los adeptos: una tecnología avanzada, claro está, pero al fin y al cabo sólo unas máquinas que con un poco de coraje podían ser destruidas como cualquier otra máquina.

"De cualquier modo esto es una amenaza seria para la Orden, y además no podemos permitir que un ataque a nuestra gente quede impune. De modo que la central ésper ha decidido apoyarlos a ustedes. Cuanto más pronto termine esta guerra, mejor.

Los hombres sentados a la mesa suspiraron o juraron con entusiasmo. Danielis sintió un frío en la nuca. Pérez alzó una mano.

-No tanta prisa, señores, por favor -dijo-. Los adeptos no tienen intención de pasearse desintegrando al enemigo a diestra y siniestra. Les ha costado mucho .~ tomar esta decisión. Tengo entendido que... este, el desarrollo j personal de cada uno de los éspers sufrirá un atraso de varios años a causa de esta violencia Están haciendo un gran sacrificio.

"De acuerdo con los reglamentos pueden usar los poderes psi para defender a un establecimiento. Pues bien, un asalto a San Francisco sería considerado una agresión a la central.

-Danielis adivinó la continuación y sintió que se le paralizaban los miembros. Apenas oyó la exposición de Pérez: Repasemos la situación estratégica. En este momento el enemigo ocupa más de la mitad de California, todo Oregon e Idaho, y buena parte de Washington. Nuestro ejército no dispone en suma sino de una vía de acceso a San Francisco. El enemigo no ha intentado aún cortarnos esta vía porque las tropas que hemos retirado del norte, y que no se encuentran en campaña en este momento, constituyen una guarnición ciudadana temible, capaz de llevar a cabo peligrosas salidas. Brodsky está obteniendo demasiados beneficios de otras operaciones como para correr este riesgo.

"No puede tampoco cercar la ciudad con muchas esperanzas de éxito. Conservamos siempre Puget Sound y los puertos del sur de California. Nuestras naves nos traen alimentos y municiones en abundancia. La flota enemiga es muy inferior a la nuestra: barcas donadas por los señores de la costa y que tienen su base en Portland. Eventualmente, podría destruimos un convoy, pero no valdría la pena. Seguirían otros, mejor escoltados. Y por supuesto, no podría penetrar en la bahía, protegida por los cañones y cohetes de la Puerta de Oro. No, no puede hacer otra cosa que mantener a cierto tráfico marítimo entre Alaska y Hawai.

"Sin embargo, el objetivo último de Brosky es San Francisco, asiento del gobierno y de la industria, corazón de la nación.

"Bien, este es el plan: nuestro ejército atacará una vez más al comando de la Sierra y a sus fuerzas auxiliares, desde San José Esta es una maniobra perfectamente lógica. Si tenemos éxito cortaremos en dos las fuerzas de California. Sabemos, precisamente, que el enemigo concentra fuerzas previendo esa maniobra.

"No tendremos éxito. Libraremos una recia batalla y seremos rechazados. Esto es lo más difícil: fingir una derrota seria, aun convenciendo a nuestras propias tropas, y retirarnos en orden. Habrá que planearlo todo.

"Nos retiraremos al norte, subiendo por la península, hacia San Francisco. El enemigo se lanzará probablemente en nuestra persecución. Querrá aprovechar esta oportunidad inesperada y apoderarse de la ciudad.

"Cuando se haya internado en la península, y se encuentre con el océano a la izquierda y la bahía a la derecha, lo desbordaremos por el flanco y lo atacaremos por retaguardia. Los adeptos espers estarán allí para ayudarnos. De pronto el enemigo se encontrará entre dos fuerzas: nosotros y las defensas de la capital. Concluiremos entonces la destrucción iniciada por los adeptos, y del comando de la Sierra sólo quedarán unas pocas guarniciones. El resto de la guerra no será más que una operación de limpieza.

"Una brillante pieza estratégica, en verdad, de difícil ejecución. ¿Cuento con ustedes, señores?

Danielis no unió su voz a la de los otros. Estaba pensando en Laura.

En el norte y a la derecha se libraban algunos combates. Los cañones hablaban ocasionalmente, o se oían unas ráfagas de fusilería. Unas tenues cintas de humo se arrastraban sobre la hierba y los robles verdes torcidos por el viento. Pero a lo largo de la costa no habla otro movimiento que el de las olas, la brisa marítima, y la arena que se deslizaba en las dunas.

Mackenzie cabalgaba en la playa donde la marcha era más fácil ~ el escenario más amplio. La mayor parte del regimiento se encontraba tierra adentro, en una zona de bosques y ruinas de casas. En otro tiempo había vivido mucha gente a orillas del mar, pero luego de la Bomba Infernal un huracán de fuego había arrasado el sitio, y los pocos habitantes que subsistían no alcanzaban a prosperar en un suelo tan árido. No parecía haber ningún enemigo en esta ala izquierda del ejército.

Los Piedras Rodantes no estaban allí, ciertamente, por esa razón. Hubieran podido, como los regimientos que operaban en el Centro, presionar la retaguardia enemiga que se batía en retirada hacia San Francisco. Habían pagado a menudo su sangriento tributo a esta guerra, sobre cuando dejaron Caligosta ayudar a expulsar a los hombres de Fallon de la California norte. La tarea fue llevada a con tanto rigor que el terreno conquistado estaba ahora al cuidado de unos pocos efectivos esqueléticos. Casi todo el comando de la Sierra se había agrupado en Modesto, tropezando allí ejército enemigo que iba el norte desde San José, y habla batido en rápida retirada. Un día o dos más, y la ciudad blanca aparecería ante ellos.

Y allí el enemigo deberá enfrentarnos, pensó Mackenzie, con el apoyo de la guarnición. Habrá que bombardear la ciudad. Quizá tengamos que invadirla calle por calle. Laura, criatura, ¿Estarás viva aún cuando todo termine? Por supuesto, quizá no ocurra así. Quizá mi plan tenga éxito y triunfemos fácilmente. Quiza… horrible palabra.

Golpeó las manos, que sonaron como un pistoletazo.

Speyer lo miró de reojo. Lo parientes del mayor estaban a salvo. Hasta había podido visitarlos en monte Lassen, luego de la campaña del norte.

- Es duro ~ dijo Speyer

- Es duro para todos - dijo Macicenzie, con una cólera sorda -. Qué guerra sucia.

Speyer se encogió de hombros.

- Como casi todas, aunque esta vez las gentes del país están en el lado de los que dan y de los que reciben.

- Sabes muy bien que nunca me gustó estar en ninguno de los dos lados.

-¿Qué hombre cuerdo podría sentir otra cosa?

~ Cuando quiera un sermón te lo pediré.

- Perdón ~ dijo Speyer, sinceramente.

Perdóname tú también - dijo Mackenzie arrepentido de pronto -. Tengo los nervios de punta. Maldita sea. Hasta desearla un poco de acción.

- No me sorprendería que recibiésemos una sorpresa. Todo esto me parece poco claro.

Mackenzie miró alrededor. A la derecha unas lomas limitaban el horizonte, y más allá se alzaba la cadena baja, pero maciza, de San Bruno. Aquí y allí se movían algunos hombres de la Sierra, a pie o a caballo. Arriba ronroneaba un avión. Pero había muchos posibles escondites en aquel terreno. Las fuerzas del infierno podían desencadenarse en cualquier instante... unas fuerzas limitadas, sin embargo, que los obuses y bayonetas reducirían rápidamente9 con pocas pérdidas. (Bueno. Cada una de esas pérdidas era un hombre muerto, con mujeres y niños en duelo, o un hombre que descubría de pronto que le faltaba un brazo, o un hombre con la cara destrozada. Bueno, todas estas ideas eran en verdad poco militares.

Mackenzie trató de serenarse mirando hacia la izquierda. El mar se alzaba en olas de un color verde grisáceo, con centelleos de luz a lo lejos, y se quebraba en la playa en un trueno de espumas blancas. Mackenzie aspiró el olor de las algas y la sal. Unas pocas gaviotas chillaban. sobre las arenas brillantes. En el océano, no se veía ninguna vela ni ninguna estela de humo. Los convoyes que iban de Puget Sound a San Francisco y los finos veleros de los señores de la costa navegaban mucho mas allá de la línea del horizonte.

Quizá todo marchaba bien en alta mar. Sólo restaba tener esperanzas. El mismo James Mackenzie había sugerido esta maniobra en la conferencia que habían celebrado con el general Cruikshank entre las batallas de Mancopa y San José. El mismo había propuesto que el ejército de la Sierra dejara las montañas, y e1 mismo, también, había desenmascarado el fraude enorme de los éspers, y había logrado que sus hombres no dieran importancia al hecho de que detrás del fraude había un misterio en el que uno apenas se atrevía a pensan Se hablaría en las crónicas de este coronel, su nombre seria celebrado en baladas durante los próximos quinientos años.

Pero para Mackenzie esta imagen no era muy real. Sabía que en las mejores condiciones alcanzaba sólo el nivel medio de inteligencia de los otros oficiales, y ahora se sentía paralizado por la fatiga y aterrorizado por los peligros que amenazaban a Laura.

Desde hacia un tiempo, además, estaba obsesionado por la posibilidad de que una herida lo dejara impedido. A menudo tenía que beber para poder conciliar el sueño. Se había afeitado porque un oficial tenía que guardar las apariencias, pero sabía muy bien que si no contara con ese ayudante que lo afeitaba diariamente, estaría tan barbudo como cualquier hombre de tropa. El uniforme que llevaba puesto estaba descolorido y deshilachado. Tenía el cuerpo dolorido y sudoroso, y hubiera dado cualquier cosa por poder armar un cigarrillo, pero había habido algunas dificultades en el comisariato y aparentemente debían agradecer que no faltara la comida. Las tareas que cumplía en esos días no tenían orden ni límite, y a veces se limitaba a cabalgar por montes y valles, como ahora, pensando sólo en el fin de la guerra. Un día, vencedor o vencido, no aguantaría más. Ya podía sentir cómo la maquinaria se le hacia pedazos; dolores artríticos, falta de aliento, somnolencia. Terminarla sus días miserable y solo, como cualquier otro desecho humano. ¿El un héroe? Ridículo.

Volvió la atención a la realidad presente. Detrás de él había aparecido una parte del regimiento, acompañando a la artillería a lo largo de la playa: un millar de hombres con cañones motorizados, carros de mulas, unos pocos camiones, un preciado tanque. Avanzaban como una masa oscura donde asomaban desordenadamente los cascos, los arcos y los rifles. La arena apagaba el ruido de los pasos y sólo se oía el grito del viento y el mar. Pero cuando el viento amainaba, el canto de los brujos alcanzaba a Mackenzie. Los brujos: una docena de hombres maduros, con vestiduras de cuero, indios en su mayor parte que llevaban en la mano la vara mágica y silbaban juntos la Canción contra las brujas. Mackenzie no creía en la magia, pero aquella música le daba escalofríos.

Todo marcha bien, se dijo. Y» tamos progresando... Sin embargo, Phil tiene razón. Hay algo poco claro. El enemigo tenía que haberse retirado hacia el sur, no dejarse rodear.

El capitán Hulse se acercó galopando. Se detuvo de pronto y la arena voló a su alrededor.

- El informe de la patrulla, mi coronel.

-¿Y bien? - Mackenzie advirtió que casi había gritado.- Hable.

- Se ha observado considerable actividad en el norte, a unos ocho kilómetros. Parece como si una tropa viniese hacia aquí.

Mackenzie se endureció.

-¿No hay informes más precisos?

- No hasta ahora. El terreno es muy accidentado.

- Pida reconocimiento aéreo. por amor de Dios!

- Sí, señor. Enviaré además otra patrulla.

-Ven conmigo, Phil.

Mackenzie fue hacia d camión de la radio. Llevaba un transmisor portátil en la montura, pero San Francisco habla estado interfiriendo en todas las bandas y se necesitaba un aparato poderoso para enviar una señal a una distancia de unos pocos kilómetros. Las patrullas se comunicaban por medio de mensajeros.

Advirtió que los fusileros marchaban ahora lentamente tierra adentro. Había buenos caminos en el interior de la península, en la parte norte. El enemigo, que ocupaba aún esa área, podía emplearla para desplazarse rápidamente.

Si se repliegan en el centro, pensó Mackenzie, y nos atacan por los flancos, donde somos más débiles...

Una voz que hablaba desde el cuartel general1 y que apenas Se oía entre los chillidos y zumbidos de las interferencias, respondió a Mackenzie y le comunicó lo que se sabia de otros sectores. Había grandes maniobras a la derecha y a la izquierda9 si, y parecía que los hombres de Fallon intentarían romper el cerco. Naturalmente, podía tratarse de un simulacro. El cuerpo principal del ejército de la Sierra tendría que esperar a que la situación se aclarara un poco. Los Piedras Rodantes tendrían que bastarse a sí mismos.

- Muy bien.

Mackenzie volvió a la cabeza de la columna. Speyer asintió sombríamente.

- Será mejor que nos preparemos, ¿no es cierto?

- Parece que si.

Mackenzie empezó a dar órdenes a medida que se acercaban los oficiales. Llamarían a los hombres de tierra adentro. Había que defender la playa y la costa.

Los hombres se apresuraron9 los caballos relincharon, los cañones se ordenaron en filas. El avión de reconocimiento regresó volando a baja altura, y transmitiendo. Si, se habla iniciado un ataque, aunque no podía saberse de qué envergadura. Los hombres de Fallon se escondían entre los árboles y en los lechos de los arroyos... Una brigada, aproximadamente.

Mackenzie se instaló en la cima de una loma, rodeado de su estado mayor y de un cuerpo de mensajeros. A sus pies, cruzando la playa, había una línea de artilleros. La caballería esperaba detrás de la loma, con las lanzas en alto, apoyada por un cuerpo de infantería. El terreno ocultaba a los otros infantes. El mar proseguía su propio cañoneo, y las gaviotas se agrupaban como si supiesen que pronto dispondrían de carne fresca.

-¿Piensas que podremos detenerlos? -preguntó Speyer

- Por supuesto - dijo Mackenzie -. Si vienen por la playa, atacaremos por el flanco y de frente. Si llegan desde más arriba, bueno, el terreno es un ejemplo de manual, apto para la defensa. Claro que si otra formación atraviesa nuestras líneas desde el interior, quedaremos aislados, pero eso no nos preocupa por ahora.

- Quizá esperan dar un rodeo y atacarnos por la retaguardia.

- Quizá. No seria un plan muy inteligente. Podemos acercamos a San Francisco tanto combatiendo por detrás como por delante.

- Si la guarnición de la ciudad no intenta una salida.

- Aun entonces. Las fuerzas numéricas son equivalentes, y disponemos de más municiones y más alcohol. Contamos además con el posible auxilio de las milicias de los señores, acostumbradas a desorganizar las retaguardias en terreno accidentado.

- Si las rechazamos ...

- Continúa - dijo Mackenzie.

- Nada.

- Tonterías. Querías recordarme el próximo paso: ¿Cómo tomaremos la ciudad sin que ambos bandos tengan pérdidas graves? Pues bien, contamos aún con otra carta, una carta que puede sernos útil.

Speyer, entristecido, apartó los ojos. Los hombres de la loma callaron.

Pasó un tiempo increíblemente largo antes que apareciese el enemigo. La vanguardia asomó entre las dunas, luego salió el grueso del ejército de los bosques y cañadones. Nuevos informes llegaban incesantemente a Mackenzie: una fuerza poderosa, casi dos veces mayor que la nuestra, pero con escasa artillería; tienen poco combustible, dependen más que nosotros de la tracción animal. Vienen dispuestos a iniciar una carga, y a perder vidas para luego introducirse entre los cañones ~ con sables y bayonetas. Mackenzie respondía dando órdenes.

El enemigo se formó a una distancia de unos mil quinientos metros. Mackenzie miró con los anteojos de campaña y reconoció a los hombres: los cinturones rojos ~ de los caballeros de Madera y los penachos dorados y verdes de los Dagos, que flotaban en el viento marino. Había hecho distintas campañas con ellos en el pasado. Era casi una traición recordar ahora que Ives prefería las formaciones en punta de lanza... Un coche acorazado enemigo y algunas piezas de campaña de pequeño calibre reflejaron el sol con unos centelleos siniestros.

Los clarines chillaron. La caballería fallonista bajó las lanzas y empezó a trotar. Poco a poco aceleraron la marcha, y luego pasaron al galope, y a la carrera, hasta que al fin la tierra tembló bajo los cascos. En seguida avanzó la infantería, flanqueada por sus cañones. El coche acorazado venía entre la primera y la segunda fila de infantes. Curiosamente, no llevaba ningún lanzacohetes en la torrecilla, y en las troneras no asomaba ninguna ametralladora. Eran tropas excelentes, pensó Mackenzie, que avanzaban en filas apretadas y con esa ondulación que revelaba a hombres aguerridos.

La gente de Mackenzie esperaba en la arena. Unas descargas de fusil crepitaron en la colina, donde se disimulaban las escuadras de morteros y tiradores. Rodó un caballo. Un infante se llevó las manos al vientre y cayó de rodillas y los que marchaban detrás se apresuraron a cerrar otra vez las filas. Mackenzie observó sus propios cañones. Los hombres esperaban apuntando, alertas, a que el enemigo se acercara mas. ¡Ahora! Yamagachi a caballo, detrás de los artilleros, sacó el sable y lo dejó caer. Los cañones rugieron. El fuego brotó envuelto en humo la arena saltó, las granadas estallaron sobre las cabezas enemigas. Los artilleros empezaron a recargar, apuntar, disparar regularmente: las tres salvas por minuto que conservaban los cañones y destruían a los ejércitos. Los caballos relincharon enredándose las patas en las propias entrañas. Pero los disparos no hablan alcanzado a muchos hombres. La caballería de Madera avanzaba ahora al galope. Las primeras filas se habían acercado tanto que los anteojos le trajeron a Mackenzie la imagen de una cara roja, pecosa, un campesino transformado en soldado con la boca abierta en un grito.

Los arqueros dispuestos detrás de los cañones entraron entonces ea la lucha. Las flechas se elevaron silbando, en bandadas sucesivas, pasaron por encima de las gaviotas y descendieron. De las hierbas de las lomas y del follaje escaso de los robles brotaron llamas y humo. Unos pocos hombres cayeron en la arena, algunos torcidos como insectos aplastados por un pie. La artillería ligera enemiga del ala izquierda se detuvo, dio media vuelta, y devolvió el fuego. Ridículo... pero esos oficiales están mostrando coraje, de veras, pensó Mackenzie. Observó que las líneas atacantes vacilaban. Un contraataque de la caballería, y la infantería terminaría pronto con ellos.

- Prepárense a avanzar - dijo en el transmisor, y observó que sus hombres adelantaban la cabeza.

El carro de combate se detuvo. Mackenzie oyó ruido crepitante, más alto que el estruendo de las explosiones.

Una napa de un color azul blanquecino corrió sobre la loma más próxima. Mackenzie cerró los ojos, enceguecido. Cuando los abrió otra vez, vio confusamente un fuego de hierbas. Un Piedra Rodante saltó de su escondrijo, aullando, con las ropas en llamas. El hombre rodó por la arena. Toda esa parte de la playa se alzó en una ola monstruosa de seis metros de altura y golpeó la falda de la loma. El soldado en llamas desapareció bajo el alud de arena junto con sus camaradas.

-¡Los rayos psi! - gritó alguien con una voz estridente, aterrorizado -. Los éspers...

Increíblemente, sonó un clarín, y la caballería de la Sierra se lanzó hacia adelante, dejando atrás los cañones... y de pronto caballos y jinetes se elevaron en el aire, arrastrados por un torbellino invisible, y cayeron pesadamente. La segunda fila de lanceros se desbandó. Los caballos se alzaron en dos patas, manotearon el aire, dieron media vuelta y corrieron en todas direcciones.

El aire zumbaba. Mackenzie vio el mundo como a través de una niebla, como si algo le sacudiera el cerebro entre las paredes del cráneo. Otro rayo corrió a lo largo de las lomas, más alto esta vez, quemando vivos a los hombres.

- Nos barrerán - gritó Speyer, con una voz débil que subía y bajaba en las ondas del aire -. Reagruparán las fuerzas mientras nos desbandamos.

-¡No! - gritó Mackenzie -. Los adeptos deben de encontrarse en el coche acorazado. ¡ Sígueme!

La mayor parte de la caballería había retrocedido hasta los emplazamientos de los cañones, en una terrible confusión de gritos y cuerpos retorcidos. La infantería no se habla movido, pero parecía prepararse para huir. Mackenzie miró rápidamente a la derecha y vio que la confusión había alcanzado a las filas del enemigo. Las descargas los habían sorprendido a ellos también, pero tan pronto como se recobraran avanzarían otra vez y no quedaría nadie para detenerlos....

El caballo de Mackenzie corrió y se encabritó, con la boca espumosa. Mackenzie tiró brutalmente de las riendas y clavó las espuelas. Descendieron por la loma hacia los cañones.

Tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para detener al animal ante las bocas de los cañones. Un hombre yacía muerto junto a su arma aunque no tenía ninguna herida. Mackenzie echó pie a tierra. El animal escapó.

Mackenzie no se preocupó mucho. Tenía otra cosa que hacer. ¿Dónde encontrar ayuda? Llamó, y la voz se le perdió en el tumulto. Pero de pronto apareció un hombre junto a él, Speyer, que tomaba un obús y lo metía en la culata. Mackenzie observó por la mira telescópica y apuntó aproximadamente. El coche ésper se había detenido entre muertos y heridos. Desde allí parecía demasiado pequeño y era difícil creer qué hubiese causado tantos estragos.

Speyer lo ayudó a rectificar la posición del arma. Tiró de la cuerda de disparo. El cañón rugió y reculó. El proyectil estalló a unos metros del blanco, desparramando arena y fragmentos de metal.

Speyer ya había cargado el cañón próximo. Mackenzie apuntó y disparó. Un tiro demasiado largo esta vez, pero no mucho. El coche acorazado se sacudió. El golpe debía de haber lastimado a los éspers de adentro, pues las descargas psi se habían detenido. Sin embargo, había que golpear otra vez antes que el enemigo se recobrara.

Mackenzie corrió hacia su propio coche militar. Los hombres hablan huido dejando la portezuela abierta. Saltó hacia el asiento del conductor Speyer entró y cerró, y metió la cabeza en la capota del periscopio de los lanzacohetes. Mackenzie lanzó la máquina hacia adelante. La bandera del techo restalló en el viento.

Speyer apuntó rápidamente y disparó. El proyectil partió envuelto en humo y golpeó al coche enemigo, sacudiéndolo, y abriéndole un agujero en el costado.

Si los hombres se reorganizaran y avanzaran... pensó Mackenzie. Si no, estoy perdido. frenó bruscamente y saltó al suelo. Los bordes del agujero eran unas planchas torcidas y ennegrecidas. Se escurrió entrando en la oscuridad y el hedor del coche enemigo.

Adentro yacían dos éspers. El conductor estaba muerto, con el pecho atravesado por una placa de acero. El otro, el adepto, gemía entre sus instrumentos inhumanos. Tenía la cara bañada en sangre. Mackenzie apartó a un lado el cadáver y le sacó la túnica. Arrancó un tubo de metal curvo y saltó otra vez afuera.

Speyer estaba aún en el coche de la Sierra, ametrallando a los enemigos que se atrevían a acercarse. Mackenzie subió por la escalerilla del coche de los éspers, alcanzó el techo y se puso de pie5 agitando la túnica azul en una mano y el arma incomprensible en la otra.

¡Acercaos, hijos! -gritó con una voz que apenas se oía en el viento de mar -. ¡Son nuestros! ¿Esperáis acaso que os llevemos el desayuno a la cama?

Una bala pasó rozándole el oído. Nada más. La mayor parte del enemigo, caballería e infantería, parecía petrificada. En aquella calma, inmensa, Mackenzie no podía distinguir el ruido del mar del rumor de su propia sangre.

En seguida llamó un clarín. El cuerpo de brujos entonó un canto de triunfo al compás del tamtam. Un grupo de infantes de la Sierra avanzó hacia Mackenzie, en desorden. Otros los siguieron. Luego se puso en marcha la caballería y se alineó a los flancos de los infantes. Unos grupos de soldados bajaron corriendo por las lomas.

Mackenzie saltó a la arena y se metió de nuevo en el coche donde esperaba Speyer.

Regresemos - dijo -, hay que terminar una batalla.

* * *

-¡Cállese! - dijo Danielis.

El filósofo Woodworth lo miró con los ojos muy abiertos. La niebla se movía y se condensaba en el bosque, ocultando el sol y la brigada, una nada gris de donde salía un sonido apagado de hombres, caballos y carros, un sonido de soledad y de fatiga. El aire era frío, y la ropa pesaba en el cuerpo.

- Señor - protestó el mayor - Escarbault, escandalizado.

- Sí, me he permitido decirle a una autoridad esper que cierre el pico y no hable de lo que no sabe - replicó Danielis -. Era hora de que alguien lo hiciese.

Woodwortlj recobró su apostura.

- Me he limitado a aconsejar, hijo mío que reunamos a los adeptos y ataquemos el centro Brodskysta. ¿Qué mal hay en eso?

Danielis apretó los puños.

- Nada - dijo -, excepto que corremos el riesgo de un desastre todavía peor.

- Un revés o dos - intervino Lescarbauit-. Nos han derrotado en el oeste, pero los hemos cercado aquí en la bahía.

- Sí, y el cuerpo principal del ejército de Brodsky dio media vuelta, nos atacó y nos dividió en dos - dijo Danielis -. Los éspers no nos han servido de mucho desde entonces. Y ahora los rebeldes saben que necesitan vehículos para transportar sus armas, y que es posible matarlos. La artillería apunta toda hacia ellos, las bandas de leñadores los atacan con las manos desnudas, o la infantería los rodea. ¡Basta ya de adeptos!

- Por eso propongo reunirlos en un grupo numeroso e irresistible -dijo Woodworth.

- Y numeroso y poco móvil -replicó Danielis.

Se sentía realmente enfermo. La Orden los había engañado siempre. Sí, eso era lo más amargo. No el hecho de que los adeptos no hubiesen podido destruir la moral de los rebeldes, ni derrotarlos. No importaba más saber que los adeptos no eran mas que meros juguetes en manos de extraños.

Ahora no tenía otro deseo que el de reunirse con Laura - no había habido posibilidad de ir a verla hasta ahora -, con Laura y con el niño, lo único real que quedaba para él en ese mundo de nieblas. Se dominó y prosiguió en un tono más sereno:

- Los adeptos, los pocos que han sobrevivido, serán sin duda útiles para defender a San Francisco. Un ejército que puede moverse libremente en el campo de batalla siempre podrá vencerlos1~ de un modo o de otro. Pero esas armas de... de ustedes, apostadas en las murallas de una ciudad, podrán repeler fácilmente ~ un asalto. Los llevaremos, pues, a la ciudad.

No había posiblemente otra alternativa. Desde hacía un tiempo no llegaban noticias del ejército S1 leal del norte. Podía pensarse que se habían retirado a la ciudad, ~ sufriendo graves pérdidas. Las interferencias de la radio continuaban, molestando las comunicaciones amigas y enemigas. Era necesario tomar una decisión o batirse en retirada hacia el sur, o abrirse paso hasta la ciudad. No pensaba que Laura pesase demasiado en su elección.

Yo no soy un adepto - dijo Woodworth -. No puedo comunicarme con ellos de mente a mente.

- Quiere decir que no puede usar el aparato que emplean ellos como radio - dijo Danielis brutalmente- . Pues bien, ahí afuera espera un adepto. Dígale que pase el mensaje.

Woodworth parpadeó.

- Espero - dijo - espero que entiendan que esto ha sido también una sorpresa para mi.

- Oh, si, ciertamente, filósofo se apresuró a decir el mayor Lescarbault.

Woodworth tragó saliva.

De cualquier modo aun guardo fidelidad al Camino y a la Orden - dijo roncamente -. ¿Qué otra cosa podría hacer? El Gran Inquisidor nos ha prometido una explicación completa cuando todo esto haya terminado. - Meneó la cabeza.- Muy bien, hijo haré lo que esté en mis manos.

Danielis sintió cierta compasión mientras miraba cómo la túnica azul se perdía en la niebla. Dio sus órdenes aun más severamente.

La unidad se puso en marcha. Danielis comandaba la segunda brigada: el resto se había diseminado por la península luego de haber chocado con los rebeldes. Esperaba que los adeptos dispersos que se le reunirían en las estribaciones de San Bruno guiarían hacia él algunas unidades. Pero esos hombres iban ahora de un lado a otro desmoralizados y se rendirían al primer rebelde con que tropezasen.

Marchaba cerca del frente, por la ruta barrosa que serpeaba por las tierras altas. El casco le pesaba monstruosamente. El caballo trastabillaba debajo de él agotado por tantos días de marcha, contramarchas, batallas, escaramuzas, raciones escasas, calor y frío y miedo, en un país desierto. Pobre bestia, vigilaría para que la cuidasen bien, cuando llegaran a la ciudad. Lo mismo que todas aquellas otras bestias humanas que venían detrás, chapoteando y combatiendo y chapoteando otra vez hasta que la fatiga les nublaba los ojos.

Había una posibilidad de que pudieran descansar en San Francisco. Serían inexpugnables allí, con los muros, los cañones y las máquinas éspers, y el mar que los alimentaría también. Podrían recobrar las fuerzas, reagruparse traer tropas frescas de Washington y desde el sur por agua. La guerra no estaba aun decidida. Con la ayuda de Dios...

Quién sabe si se decidiría alguna vez.

¿Jimbo Mackenzie iría alguna vez a verlos, se preguntó a él y a Laura, y se sentarían todos junto al fuego a recordar el pasado? ¿O hablarían de alguna otra cosa, cualquier otra cosa? Si no podía ser así, la victoria habría sido demasiado cara.

Aunque quizá no era un precio muy alto para lo que habían aprendido. Extraños en el planeta... ¿Quién si no, podía haber forjado aquellas armas? Danielis se dijo que los adeptos confesarían la verdad, aunque él mismo tuviese que torturarlos.

Recordaba, sin embargo, historias que habla oído en su iafancia en las cabañas de pescadores, ya caída la noche, cuando los fantasmas se alzaban en las cabezas de los viejos. Antes del holocausto se hablan contado leyendas acerca de los astros, y las leyendas vivían aún. Danielis no supo si se atrevería a mirar otra vez el cielo nocturno sin un estremecimiento.

Aquella maldita niebla...

Resonaron unos cascos. Danielis ya iba a llevarse la mano al revólver, pero el jinete era un explorador fallonista que saludó aliando una mano empapada.

- Coronel, una fuerza enemiga a unos veinte kilómetros más arriba, en la carretera. Muchos hombres.

Así que ahora habrá que combatir, se dijo Danielis.

-¿Conocen nuestra presencia aquí?

- Me parece que no, señor. Marchan hacia el este, por la meseta.

- Querrán ocupar las ruinas de Park Candlestick - murmuró Danielis. Le dolía demasiado el cuerpo como para sentirse excitado -. Un buen punto de apoyo. Muy bien, cabo.

Se volvió hacia Lescarbault y dio algunas instrucciones.

La brigada se desplegó en frente de combate. Algunas patrullas se adelantaron. Comenzaron a llegar informes, y Danielis esbozó un plan que no podía fracasar. No quería comprometerse en un combate decisivo, sólo apartar a las fuerzas enemigas y evitar una persecución. Tenía que ahorrar hombres, conservarlos para la defensa de la ciudad y una eventual contraofensiva.

Lescarbault regresó apresuradamente.

-¡Señor! ¡No hay más interferencias en la radio!

Danielis parpadeó, sin comprender del todo.

-¿Qué?

- Sí, señor. Lo oi en el transmisor de órdenes a los batallones. -El oficial alzó la muñeca donde llevaba un minúsculo aparato de radio.- La interferencia se interrumpió hace dos minutos.

Danielis acercó a la boca la muñeca de Lescarbault.

- Hola, hola, coche de radio. Aquí el comandante en jefe. ¿Me oyen?

- Sí, señor - dijo una voz.

- En la capital interrumpieron las interferencias, por alguna razón. llamen en la frecuencia militar.

- Sí, señor.

Una pausa, mientras los hombres murmuraban y el agua corría en invisibles arroyos. Una bruma pasó ante los ojos de Danielis. Unas gotas le cayeron del casco y le mojaron el cuello. El caballo tenía la crin empapada.

En seguida, como el grito de un insecto: aquí rápidamente. Todas las unidades en campaña, ¡regresen en seguida a San Francisco! ¡Nos atacan por el mar!

Danielis soltó el brazo de Lescarbault. Miró el vacio mientras la voz gemía incansablemente. . . . bombardeando ahora Potrer6. Traen tropas en las cubiertas. Se disponen a desembarcar...

El pensamiento de Danielis se adelantó a las palabras. Tenía la impresión de estar viendo la ciu[dad querida, y de sentir ya las heridas de los bombardeos en la propia carne. No había nieblas en La Puerta de Oro, por supuesto, pues de otro modo una descripción tan minuciosa no hubiera sido posible. Bueno, probablemente había algunas brumas entre los restos herrumbrosos del puente que asomaban como bancos de nieve en las aguas azules y verdes hacia el cielo brillante. Pero la mayor parte de la bahía estaba inundada de sol. En la costa opuesta se alzaban las colinas de Eastbay, de jardines verdes y villas resplandecientes, y Maria se elevaba hacia el cielo en el fondo de la bahía dominando los techos, los muros y las alturas de San Francisco. El convoy se había deslizado entre las defensas costeras que hubiesen podido destruirlo; un convoy de una importancia inusitada que llegaba a una hora insólita: pero eran los mismos cascos ventrudos, las mismas velas blancas, las ocasionales chimeneas de las naves que aseguraban el abastecimiento de la ciudad. Se había hablado de pillajes en alta mar, y la flota 'labia penetrado en la bahía, donde San Francisco no tenía murallas. Luego los intrusos habían desenmascarado los cañones y las calas vomitaron hordas de hombres armados.

SI, habían atrapado un convoy esas goletas piratas. Habían utilizado interferencias propias junto con las de la ciudad, para prevenir todo grito de alarma. Luego de arrojar las mercaderías al mar habían embarcado a milicias de señores. Algún espía, algún traidor les había comunicado el santo y seña. Ahora estaban a las puertas de la capital defendida apenas por unas pocas guarniciones, sin casi ningún adepto en la central ésper y los hombres de la Sierra presionaban desde el sur, y Laura estaba allí sin nadie.

-¡Allá vamos! - gritó Danielis. La brigada corrió detrás de éL Penetró con una furia desesperada en las posiciones enemigas y dividieron a las tropas de Brodsky. Los hombres lucharon con armas blancas en la niebla. Pero Danielis, que había conducido el ataque había recibido ya una granada en el pecho.

Al este y al sur, en el distrito del puerto y al pie de los restos de la muralla de la península, había aún algunos combates. Mientras avanzaba, Mackenzie vio los barrios hasta hacía poco ocultos por el humo. El viento limpiaba el cielo revelando unas ruinas que habían sido casas. 'Aún se oían unas descargas de fusilería. Pero el resto de la ciudad parecía intacta: techos y muros blancos en una red de calles, campanarios que subían al cielo como mástiles, la Casa Federal de Nob Hilí y la torre de guardia en Telegraph Hilí tal como recordaba haberlas visto en la infancia. La bahía resplandecía con una belleza insolente.

Pero no era tiempo ahora de admirar la escena, ni de preguntarse dónde estaría Laura. El ataque a los picos Mellizos tenía que ser rápido, pues los éspers defenderían tenazmente la central.

En la avenida que subía por el otro lado de las colinas, Speyer avanzaba al frente de la mitad de los Piedras Rodantes. Yamaguchi yacía muerto en una playa, en un agujero de obús. Mackenzie tenía a su cargo la ocupación de este lado de la colina. Los caballos desfilaban ante Portola, entre mansiones de persianas cerradas; la artillería rodaba rechinando, las botas resonaban en el pavimento, las armas golpeaban unas contra otras, los hombres respiraban pesadamente y el cuerpo de brujos silbaba una melodía para alejar a unos demonios desconocidos. Pero el silencio dominaba a todos estos ruidos, y los ruidos se apagaban en ecos. Mackenzie recordó una pesadilla en la que corría por un pasillo infinito. Aunque no abran fuego contra nosotros, pensó confusamente, tenemos que tomar ese fuerte antes que nos falte el coraje.

La avenida de los Picos dio la espalda a Portola y subió abruptamente por la derecha. No había allí más casas. Las hierbas cubrían las colinas casi sagradas hasta las cimas donde se alzaban los edificios,. prohibidos para todos excepto los adeptos. Los dos rascacielos esbeltos, parecidos a fuentes, habían sido construidos en unas pocas semanas. Mackenzie oyó detrás de él algo parecido a un gemido.

~ Clarin, llame al ataque. ¡Adelante!

Las notas se alzaron y se perdieron en seguida, como el llanto de un niño. Mackenzie sintió que el sudor le quemaba los ojos. Si fracasaba y lo mataban, no importaría demasiado... luego de tantas cosas... pero el regimiento, el regimiento...

Unas llamas cruzaron la calle, unas llamas del color del infierno. Hubo un silbido, y un rugido. El suelo se abrió, se fundió humeando. Mackenzie detuvo a su cabalgadura. No había sido más que una advertencia. Pero si dispusieran de bastante adeptos, se d4o Mackenzie, no se hubieran contentado con intimidamos.

-¡Artilleros, abran fuego!

La artillería de campaña, los obuses y los 75 motorizados rugieron juntos. Los proyectiles se elevaron con un ruido de locomotoras. Estallaron contra los muros de arriba y el viento trajo de vuelta el ruido de las explosiones.

Mackenzie esperó tensamente una descarga psi, pero no hubo respuesta. ¿Habían destruido las últimas defensas con una sola descarga? El humo se disipé en las cimas y Mackenzie advirtió que los colores móviles de las tones se habían apagado y que los agujeros abiertos en las paredes revelaban una estructura increlblemente delicada. Era como descubrir los huesos de una mujer que uno ha matado con las propías manos.

Rápido, rápido. Mackenzie dio unas órdenes y se puso a la cabeza de la caballería y la infantería. Los cañones continuaron en sus posiciones, bombardeando con una fúria histérica. Unos fragmentos en llamas rodaron por las pendientes y las hierbas secas empezaron a arder. En medio del humo de las explosiones, Mackenzie vio que el edificio se derrumbaba. Placas enteras de fachada se desprendían y caían. La armazón vibraba. La alcanzó un proyectil y el metal emitió un canto agónico.

¿Qué había adentro?

No había cuartos separados, ni pisos, nada más que pasarelas y máquinas misteriosas. Aquí y allí aún brillaba un globo como un sol menor La estructura había encerrado algo tan alto como ella misma, una columna brillante con aletas, parecida a un cohete, pero de una dimensión y de una belleza alucinantes.

Una nave del espacio, pensó Mackenzie en el tumulto. Sí, por supuesto, los antiguos habían empezado a fabricar naves del espacio, y siempre hemos pensado que nosotros también podríamos intentarlo un día. Pero aquí...

Los arqueros lanzaron un grito tribal. Los fusileros y la caballería emitieron un grito jubiloso, un aullido de bestias de presa. Por Satanás, ¡habían vencido a las mismísimas estrellas! Los hombres se precipitaron hacia la sima de la colina y los bombardeos cesaron. Los gritos iban de un lado a otro con el viento. El humo tenía el olor acre de la sangre.

Entre las ruinas había algunas túnicas azules. Una media docena de sobrevivientes marchaba hacia el navío. Un arquero lanzó una flecha que rozó el dispositivo de aterrizaje, y los éspers se detuvieron. Los soldados escalaron las ruinas.

Mackenzie tiró de las riendas. Cerca de una máquina yacía algo que no era humano, de sangre color violeta oscuro. Cuando la gente vea esto, pensó, será el fin de la orden. No se alegró. En Santa Helena había llegado a apreciar la bondad fundamental de los creyentes.

Pero este no era momento de lamentaciones, ni de preguntarse qué seria del hombre una vez que se hubiese liberado de todas las traíllas. El edificio de la otra colina estaba todavía intacto. Tenía que consolidar aquí su posición, y luego ayudar a Phil.

Sin embargo, y antes que pudiera terminar su tarea, el transmisor portátil dijo:

- Ven aquí, Jimbo. La batalla ha terminado.

Mientras cabalgaba solo hacia Speyer, vio que la enseña de los Estados Pacíficos flameaba en el mástil del otro rascacielos.

Algunos centinelas montaban guardia en la puerta de entrada. Mackenzie desmontó y entró en el edificio. La antecámara era un escenario fantástico de arcos de color donde los hombres se movian como fantasmas. Un cabo lo llevó a un salón. Evidentemente, el edificio había sido usado como viviqnda, oficinas, almacenes y otros propósitos menos comprensibles... Una puerta había sido volada con dínamita. Las imágenes abstractas que adornaban las paredes estaban manchadas de hollín. Cuatro soldados apuntaban con sus armas a dos seres que Speyer interrogaba.

Uno de ellos estaba echado en un mueble que podía ser un escritorio. Hundía la cara de pájaro en unas manos de siete dedos, y los sollozos le sacudían las alas rudimentarias. ¿Son capaces de llorar, entonces? se dijo Mackenzie, asombrado, y sintió el deseo de abrazar a la criatura y de consolarla.

El otro ser estaba de pie, envuelto en unas vestiduras metálicas. Unos ojos de topacio miraban a Speyer desde más de dos metros de altura.

- Una estrella tipo G a cincuenta años luz de aquí - dijo el extraño con una voz musical -. Se ve a simple vista, pero no desde este hemisferio.

La silueta delgada y ruda del yiayor se inclinó hacía adelante corno para dar un picotazo.

-¿Cuándo esperan refuerzos?

- No vendrá otra nave antes de un siglo, y sólo traerá unos ayudantes. Estamos aislados en el espacio y en el tiempo. Pocos pueden venir a trabajar aquí, a intentar que un puente de 'mentes cruce el abismo...

- Sí. - Speyer asintió lacónicamente, con un movimiento de cabeza.- El límite de la velocidad de la luz. Es lo que yo pensaba. Si dices la verdad.

La criatura se estremeció.

- Nada nos queda sino decir la verdad, y rogar que vosotros entendáis y nos ayudéis. Venganzas, conquistas, cualquier forma de violencia masiva es imposible cuando nos separan tanto tiempo y tanto espacio. Hemos actuado guiados por la inteligencia y el corazón. No es quizá aún demasiado tarde. Los hechos más cruciales pueden guardarse aún en secreto. Oh, escuchadme, en nombre de vuestros descendientes.

Speyer saludó a Mackenzie.

-¿Todo bien? - dijo -. Hemos capturado un grupo entero. Han sobrevivido unos veinte, y este es el jefe. Parece que son los únicos en la Tierra.

- Pensamos que no podían ser muchos dijo el coronel, con una voz inexpresiva ~. Ya habíamos hablado de esto tú y yo. Si hubiesen sido más numerosos, hubieran actuado abiertamente.

- Un momento, un momento - dijo el extraño -. Hemos venido por amor. Queríamos guiaros hacia la paz, hacia la realización plena... Oh, st, ganaríamos algo tambien ganaríamos otra raza a que un día podríamos hablar

como hermanos. Deseamos sobre todo guiar vuestro futuro para evitaros esas torturas que os afligen...

- Eso de la historia controlada no es una noción muy original - gruñó Speyer -. Nosotros también la inventamos, aquí en la Tierra. La última vez nos llevó a la Bomba.

-¡Pero nosotros sabemos! La Gran Ciencia predice con certeza absoluta...

Speyer señaló con un ademán el cuarto ennegrecido.

-¿Predijo esto?

- Hay fluctuaciones. Somos pocos para dirigir a tantos salvajes en todos los aspectos. ¿Pero no deseáis que termine la guerra y todos los viejos sufrimientos? Os ofrezco eso si hoy nos ayudáis.

- Sin embargo, hubo una guerra bastante abominable.

La criatura se retorció las manos.

- Eso fue un error. Pero el plan sigue siendo el único que puede llevar a vuestro pueblo a la paz. Yo, que he viajado entre soles, me arrojaré a vuestros pies y os rogaré...

-¡Basta! - interrumpió Speyer -. Si hubieses venido abiertamente, como gente sincera, hubieras encontrado a algunos dispuestos a escuchar. Quizá en número suficiente. Pero no, vuestras buenas acciones tenían que ser sutiles y astutas. Sabías lo que era bueno para nosotros. Nosotros no teníamos nada que decir. Dios del cielo, ¡nunca oí nada más arrogante!

El extraño alzó la cabeza.

-¿Se les dice la verdad a los niños?

- Cuando están preparados para oiría.

- Vuestra cultura de niños no está preparada.

-¿Quién os autoriza a tratarnos de niños?

-¿Cómo sabéis vosotros que sois adultos?

- Emprendiendo trabajos de adultos y descubriendo si somós capaces de llevarlos a cabo. Si, nosotros los humanos hemos cometido errores graves. Pero son nuestros errores. Y aprendemos de ellos. Vosotros en cambio no aprendéis, vosotros y vuestra condenada ciencia psicológica que quiere medir a todas las mentes de acuerdo con un único criterio.

"Deseabais restablecer el Estado centralizado, ¿no es cierto? ¿Pensasteis alguna vez que el hombre puede desear una comunidad donde puede decidir lo que le importa, mil diferentes modos de vivir? Hemos edificado imperios inmensos en la Tierra, que siempre se han hecho pedazos. Quizá esta vez podamos intentar algo mejor. ¿Por qué no un mundo de pequeños Estados, demasiado bien enraizados en el suelo para fundirse en naciones, demasiado pequeños para hacerse daño, elevándose progresivamente por encima de envidias mezquinas y de vanos rencores, pero conservando siempre su fisonomía propia, mil distintos modos de encarar los problemas terrestres? Quizá de ese modo podamos resolver algunos.

- Nunca. Os haréis pedazos una y otra vez.

- Eso es lo que pensáis vosotros. Nosotros pensamos otra cosa. No sabemos quién tiene razón, y el universo es demasiado grande para hacer predicciones. Habremos elegido libremente por lo menos. El hombre no será un animal domesticado.

"El pueblo sabrá de vosotros tan pronto como el juez Brodsky ocupe otra vez el poder. No, antes. El regimiento lo sabrá hoy, la ciudad mañana. Así evitaremos que a alguien se le ocurra otra vez ocultar la verdad. Cuando llegue vuestra nave, estaremos preparados para recibirla.

El extraño se envolvió la cabeza con un pliegue de sus vestiduras. Speyer se volvió a Mackenzie.

-¿Quieres decir algo, Jimbo?

- No - murmuró Mackenzie -. No se me ocurre nada. Organicemos aquí nuestro comando. Aunque no creo que sea necesario luchar otra vez. Me parece que todo ha terminado.

- Ciertamente. - Speyer suspiró - Los enemigos que quedan no pueden hacer otra cosa que capitular No tienen ninguna razón para combatir.

Una casa con un patio y un muro cubierto de rosas. La calle no había vuelto aún a la vida y el silencio se extendía en el crepúsculo amarillo. Una sirvienta hizo entrar a Mackenzie por la puerta de atrás y se retiró. Mackenzie caminó hacia Laura que estaba sentada en un bancó, bajo un sauce. La joven miró cómo él se acercaba pero no se levantó a recibirlo. Apoyaba una mano en una cuna.

Mackenzie se detuvo y no supo qué decir Notó que Laura estaba muy delgada.

Al fin ella se lo dijo, en voz baja.

- Tom ha muerto.

Mackenzie sintió que se le oscurecía la vista.

- Oh, no.

- Lo supe anteayer, cuando llegaron algunos de sus hombres. Lo mataron en San Bruno.

Mackenzie no se atrevía a acercarse, y las piernas no lo sostenían. Se sentó en las losas del patio y notó que estaban arregladas de un modo raro. No habla otra cosa que mirar.

La voz de Laura pasó por encima de la cabeza de Mackenzie.

-¿Valía la pena? No sólo Tom, pero tantos otros. Todos muertos por una cuestión de política.

- Algo más que eso - dijo Mackenzie.

- Sí, lo oí en la radio. Pero aún así no comprendo.

Mackenzie no se sentía con fuerzas para defenderse.

- Quizá tienes razón, querida. No sé.

- No lo lamento por mi dijo ella -.Todavía me queda Jimmy. Pero Tom perdió tantas cosas.

Mackenzie recordó de pronto que había un niño, que debería ocuparse de su nieto y del futuro. Pero se sentía vacio.

- Tom quiso que le diésemos tu nombre.

¿Y tú, Laura?, se preguntó Mactenzie.

-¿Qué harás ahora? - dijo en voz alta.

- Encontraré algo.

Mackenzie la miró. El crepúsculo ardía en las hojas del sauce y en la cara de Laura, vuelta ahora hacia el niño.

- Ven a Nakamura - dijo.

- No. No a Nakamura.

- Siempre te gustaron las montañas... -titubeó Mackenzie.

- No. - Laura lo miró a los ojos.- No es por ti, papá. Pero Jimmy no será nunca un militar.

- Hizo una pausa.- Estoy segura de que algunos éspers continuarán su trabajo, con nuevas bases, pero con la misma meta. Creo que me uniré a ellos. Jimmy tiene que creer en algo que no se parezca a lo que mató a su padre, y trabajar para que sea realidad. ¿No estás de acuerdo?

Mackenzie se puso de pie.

- No sé- dijo -. Nunca he sido un pensador. ¿Puedo verlo?

- Oh, ~

Mackenzie se acercó y se inclinó sobre la cuna.

- Si te casas otra vez - dijo - y tienes una hija, ¿le darás el nombre de tu madre? - Notó que Laura inclinaba la cabeza y se apretaba las manos. Continuó rápidamente -: Me voy. Me gustaría visitarte, mañana o más tarde, si me necesitas aún.

Laura se le arrojó en los brazos y se echó a llorar. Mackenzie le acarició el pelo.

- No quieres volver a las montañas, ¿no es cierto? Son tu patria también, allí está tu gente.

- Nunca sabrás cuánto lo deseo.

-¿Entonces por qué no? - gritó Mackenzie.

Laura se enderezó.

- No puedo - dijo -. Tu guerra ha terminado. La mía comienza ahora.

Mackenzie pensó que él mismo era el creador de esa voluntad y sólo pudo decir:

- Espero que la ganes.

Quizá dentro de mil años...

Laura no pudo seguir.

Cuando Mackenzie dejó la casa, ya había caído la noche. No habían restablecido aún la cOrriente eléctrica, de modo que las lámparas de la calle estaban apagadas y las estrellas brillaban SObre los techos. El escuadrón que esperaba para acompañar al coronel hasta el acantonamiento parecía una tropa de bandoleros a la luz de las linternas. Lo saludaron y cabalgaron detrás de él con los rifles preparados, pero en la noche sólo se oía el sonido metálico de las herraduras. ~
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