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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 10 de junio de 2009

Filmada como Objetivo la Tierra

CIUDAD IMPLACABLE
por Ivar Jorgenson



Filmada como Objetivo la Tierra (Allied Artists, 1954).
«Esta usted solo en una ciudad abandonada. Camina por una calle vacía, anhelando ver algún rostro vivo... alguna figura moviéndose. ¡Entonces ve usted a un hombre en una esquina, y de repente se da cuenta de que su terror apenas acaba de empezar!»
Esta era la frase publicitaria que encabezaba la historia de Ivar Jorgenson Ciudad implacable en la edición de marzo de 1953 de la revista If: La intrigante historia de una metrópoli despoblada debió de impresionar convenientemente al productor Herman Cohen, quien rápidamente compró los derechos y la lanzó a todos los cines menos de nueve meses más tarde.
Cohen, que entró en la Galería de Famosos del cine con Yo fui un hombre lobo quinceañero, en 1957, filmó Objetivo la Tierra en solamente siete días por la minúscula suma de 75.000 dólares. «Fue definitivamente una película barata», admite riendo. «Me hubiera gustado poder disponer de algo más de dinero. Sólo pudimos permitirnos un robot, y tuvimos que obligarle a trabajar horas extras casi todo el tiempo.»
Sin embargo, pese al relativamente poco presupuesto, Cohen filmó con éxito una película sorprendentemente emotiva, que sigue casi al pie de la letra la historia original.
El relato se inicia con un pequeño y diverso grupo de personas despertándose una mañana y encontrándose solos en una ciudad abandonada. Inmediatamente los lugares más normales se convierten en algo tan extraño como la más encantada de las casas. Una calle desierta, un restaurante vacío, una fantasmal estación de metro sin ningún tren a la vista..., todo ello añade un desconcertante misterio que parece irresoluble.
«El público se lo pasaba muy bien con la película», recuerda orgullosamente Cohen. «Aunque la filmamos de una forma completamente lineal, permanecían sentados en sus sillas con los nervios en tensión. Sabían exactamente que era lo que iba a ocurrir a continuación. Lo único que podía esperar hacer con mi publico era hacerles pasar un buen rato y sobresaltándoles una y otra vez: cuando más se reían, hacerles perder el equilibrio y obligarles a gritar.»
Pese a esos fáciles impactos, es difícil dilucidar los motivos que hay tras un film de mera explotación como Objetivo la Tierra. ¿Es un producto de coste barato en todos los sentidos, filmado para una explotación rápida y suculenta seguida de un rápido olvido, o es el producto más estéticamente aceptable que puede conseguirse con tan menguados recursos? La respuesta, por supuesto, es puramente académica si la película es entretenida... y Objetivo la Tierra, definitivamente, lo es.


* * *

CIUDAD IMPLACABLE
Por Ivar Jorgenson

Despertó lentamente, como un hombre avanzando con lentitud, hundido hasta las rodillas en la densa esencia de las pesadillas. No había ninguna frontera definida entre el sueño y el despertar. Sólo un asomo de conocimiento de que finalmente estaba consciente y de que tenía que hacer algo al respecto.
Abrió los ojos, pero eso no representó ninguna diferencia. La oscuridad permaneció. El dolor en su cabeza se acentuó; alzó la mano y descubrió la gran protuberancia que evidentemente habían puesto en su cabeza como medida adicional... un margen de seguridad.
Debía tratarse de una gente prudente, puesto que el golpe en la cabeza no hubiera sido necesario. La bebida preparada que le habían dado hubiera podido derribar a un buey. Recordó haberse sumido en la oscuridad inmediatamente después de haberla bebido, sabiendo qué era lo que le estaba ocurriendo. Recordó la sensación de impotencia.
Ahora ya no valía la pena preocuparse por ello. Era una persona filosófica, y el hecho de que aún estaba vivo compensaba la bebida y sus resultados. Pensó, paladeándolo, en la muchacha de pelo color castaño que lo había estado observando mientras bebía. Llevaba un corpiño escaso y ajustado, y era allí donde se habían fijado sus ojos en el último momento —en sus hermosos y tostados pechos—, hasta que se tambaleó y se sumergió en la imprecisión y luego en la nada.
La muchacha del pelo color castaño era hermosa, pero ahora se había ido, y había otros problemas más urgentes.
Se sentó, las manos detrás, al extremo de unos rígidos brazos, clavándose en el polvo y la suciedad durante tanto tiempo no importunados. Su movimiento soliviantó al polvo, que penetró por sus fosas nasales.
Se levanto, y su cabeza golpeó contra el bajo techo. El dolor le hizo sentirse enfermo durante un momento, y volvió a sentarse para recuperar los sentidos. Maldijo al techo, por maldecir algo, en un agónico susurro.
Preparado para moverse de nuevo, se apoyó sobre manos y rodillas y se arrastró precavidamente hacia adelante, explorando mientras lo hacia. Su mano atravesó unas telarañas y encontró una áspera pared de cemento. Fue recorriéndola. Toda ella de cemento..., toda ella sólida.
¡Infiernos! ¡Lo habían encerrado en aquel lugar! Pero debía de haber alguna forma de salir de allí.
Probo el techo y encontró la abertura..., una trampilla de madera cubriendo ajustadamente un hueco cuadrangular. Empujó la trampilla y la luz del día entró. Se alzó hasta que el suelo de arriba quedó al nivel de sus ojos, para ver un desechado tubo de crema de afeitar en los adoquines de un callejón. Pudo leer la marca en el tubo, y el eslogan: “Para hombres meticulosos”.
Salió al callejón. Como resultado de su metódica infancia, volvió a colocar la trampilla de madera en su sitio, y pateó el tubo de crema de afeitar contra un cubo de basura. Se frotó la mejilla y miró arriba y abajo del callejón.
Era mediodía. El sol llameaba en un cielo sin nubes para confirmárselo.
Y no había nadie a la vista.
Empezó a andar hacia el extremo más cercano del callejón. Había permanecido mucho tiempo en aquel agujero, decidió. Aquella convicción surgió de su hambre y de la longitud de los pelos de su barba. Veinticuatro horas..., quizás más. Aquel agujero podría haberse convertido en su tumba.
Salió a la calle. Estaba vacía. Ninguna persona..., ningún coche aparcado junto a las aceras... Sólo un gato limpiándose su sucia cara junto a la entrada de una casa al otro lado de la calle. Alzó la vista hacia las ventanas de la casa. Le devolvieron su mirada. Era una mirada abandonada, vacía.
El gato bajó los escalones de la entrada de la casa y desapareció hacia la parte de atrás, y entonces estuvo realmente solo. Se froto la áspera barbilla. Debe de ser domingo, pensó. Entonces recordó que no podía ser domingo. Había entrado en la taberna el martes por la noche. Aquello haría cinco días. Demasiado tiempo.
Había estado caminando, y ahora se encontraba en un cruce donde podía mirar arriba y abajo a lo largo de una nueva calle. No había ningún coche..., ninguna persona. Ni siquiera un gato.
Un cartel colgando sobre la acera decía: Restaurante. Fue hacia allí y probó la puerta. Estaba cerrada. No había luces dentro. Se alejó... sonriendo para tranquilizarse. Todo estaba bien. Debía de tratarse de algún día festivo. En una gran ciudad como Chicago la gente se marchaba en los calurosos días festivos del verano. Se iban a las playas y a los parques, y a veces no podía uno ver un alma viviente por las calles. Y por supuesto uno no podía descubrir ningún coche porque la gente los utilizaba para conducir hasta las playas y los parques y afuera al campo. Respiró un poco más sosegadamente y empezó a caminar de nuevo.
Seguro que era eso. Ahora bien, ¿qué maldito día festivo era? Intentó recordar. No pudo pensar en cuál festividad podía ser. Quizá se habían inventado alguna nueva. Sonrió ante aquel pensamiento, pero la sonrisa era forzada.
Muy pronto llegaría a algún barrio donde no todo el mundo se hubiera ido a las playas y a los parques, y hubiera algún restaurante abierto y pudiera conseguir una buena comida.
¿Una comida? Sus manos acudieron a sus bolsillos. Rebuscó, y encontró un pañuelo y un botón del puño de su camisa. Recordó que el botón estaba a punto de caerse y que lo había arrancado para evitar perderlo. No había perdido el botón, pero todo lo demás había desaparecido. Frunció el ceño. Lo menos que podían haber hecho era dejarle a un hombre algún dinero para poder comer.
Llegó a otra esquina hacia otra calle, y todo era igual a la anterior. Ningún coche..., ninguna persona... ni siquiera gatos.
El pánico lo inundó. Se detuvo y giró en redondo para mirar tras él. No había nadie allí. Caminó en un circulo cerrado, observando en todas direcciones. Las ventanas le devolvieron su mirada. Ojos a los que no les importaba que todo el mundo se hubiera ido o cuándo iban a volver. Las ventanas podían esperar. Las ventanas no tenían hambre. A ellas no les dolía la cabeza. No estaban asustadas.
Empezó a caminar, y sus pasos se alejaron de la acera hasta que se encontró en el centro de la silenciosa calle. Caminó siguiendo la desgastada línea blanca. Cuando llegó a la siguiente esquina se dio cuenta que las señales de tráfico no funcionaban. Eran otros tantos ojos negros vacíos.
Apresuró el paso. Caminó más aprisa..., más aprisa aún, hasta que estuvo trotando por el cuarteado pavimento, el eco de sus pasos resonando contra los edificios. Más aprisa. Otra esquina. Y estaba corriendo, lleno de pánico, bajando por la vacía calle.
* * *
La muchacha abrió los ojos y miró al techo. El techo era apenas un borrón, pero empezó a aclararse a medida que su mente se aclaraba. El techo se convirtió en una superficie de yeso sucio y cuarteado, y había una sensación de inmundicia y suciedad también en su mente.
Siempre era igual en esos despertares, pero ahora era doblemente amargo, puesto que no había esperado volver a despertarse nunca. Se inclinó hacia abajo y tiró de la acolchada sábana de debajo de sus piernas y la extendió por encima. Miró el frasco encima de la destartalada mesilla de noche. Había tres píldoras para dormir. Los ojos de la muchacha se nublaron resentidamente. Una creía que siete píldoras tenían que haber sido suficientes. Se inclinó hacia abajo y tomó la sábana con ambas manos y tiró de ella hasta cubrir su estómago. Era un gesto de frustración. Siete no habían sido suficientes, y allí estaba ella de nuevo..., despierta en el mundo que había deseado abandonar. Despierta, con la dosis necesaria de determinación desaparecida.
Arrojó la sábana contra la pared. Se puso en pie, caminó hacia la ventana y miro afuera. Un espléndido día. Se preguntó cuánto había dormido. Mucho tiempo, no había la menor duda.
Sus desnudos muslos se apretaron contra el reborde de la ventana y su desnudo estómago se apoyó contra el sucio cristal. Desnuda en la ventana, pero no importaba, porque daba a un patio de luces y las otras ventanas estaban también tan llenas de mugre que ni siquiera servían como ventanas.
Y aunque hubieran servido, tampoco importaba. No importaba en absoluto.
Se dirigió al lavabo, sus desnudos pies sin hacer ningún ruido sobre la gastada moqueta. Abrió los grifos, pero no salió agua. No había agua, y ella tenía una sed terrible. Se dirigió a la puerta y ya había dado la vuelta al picaporte antes de recordar de nuevo que estaba desnuda. Se volvió y vio la semivacía botella de Pepsi-Cola en el suelo al lado de la mesilla de noche. Alguien la había dejado allí —¿hacía cuántas noches?—, pero bebió de todos modos, y aunque estaba pasada y caliente ablandó un poco su garganta.
Se inclinó para tomar sus ropas del suelo y el mareo la invadió, obligándola a apoyarse en el borde de la cama. Tras un momento la sensación pasó, y metió sus piernas por sus bragas y tiro hacia arriba.
Tomando los cosméticos de su bolso, se dirigió de nuevo al lavabo y probó los grifos. Seguía sin haber agua. Se peinó, metiendo el peine entre los nudos de su enredado pelo con sádica satisfacción. Cuando el pelo cayó en sus naturales rizos rubios, se aplicó colorete y lápiz labial. Regresó junto a la cama tomó su sujetador y empezó a ponérselo mientras se dirigía hacia el deteriorado espejo de cuerpo entero de la puerta del armario. Se quedo mirando su esbelta imagen. Se gustó, de una forma completamente impersonal.
No debería tener tan buen aspecto como tenía..., no después de la paliza que había recibido. No después de las largas noches y los días y los años, aunque los años tampoco habían sido tantos.
Podría pasar por la esposa de alguien, pensó con ácido humor. Podría estar llevando los niños a la escuela y discutiendo con el tendero acerca de que los tomates estaban demasiado blandos. «No tengo tan mal aspecto como todo eso.»
Alzó los ojos hasta que estuvieron mirando a su propia imagen en el espejo, y se habló a sí misma con una voz baja e interrogante. Dijo:
—¿Quién infiernos soy, después de todo? ¿Quién soy yo? Un cuerpo llamado Nora..., eso es quien soy. No..., eso es lo que soy. Un cuerpo no es quien..., es qué. Cuarenta y seis kilos de bien formado cuerpo llamado Nora, modelo 1931, sin dientes postizos, un buen trabajo. Ven y tómame. Estoy de rebajas...
Se mordió el labio inferior que acababa de pintarse y se volvió rápidamente para dirigirse a la cama y ponerse el vestido de algodón gris y verde..., el único que tenía. Tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta. Allí se detuvo para dirigir una mueca a las tres píldoras para dormir. Cerró la puerta tras ella y salió.
El conserje no estaba en la garita desde donde presidía el vestíbulo del edificio, y no había mirones para desnudarla mientras caminaba hacia la puerta.
Tampoco había nadie afuera en la calle. La muchacha miró al norte y al sur. Tampoco se veía ningún coche. Ningún autobús acercándose a la acera para que los pasajeros se apearan.
La muchacha se dirigió cinco puertas más al norte e intentó entrar en un lugar llamado La Hamburguesería de Tim. Cuando la manija no giró y la puerta se negó a abrirse, vio que no había luces dentro..., nadie tras el mostrador. El lugar estaba cerrado.
Caminó calle abajo, seguida únicamente por el solitario sonido de sus propios tacones. Todas las tiendas estaban cerradas. Todas las luces estaban apagadas.
Todos se habían ido.
* * *
Era un hombre enorme y el lugar donde se había escondido en la comisaría de policía de la avenida Chicago era muy pequeño..., apenas una hendidura en la pared de cemento entre dos tuberías de ventilación. El hombre llevaba cuarenta y ocho horas en aquel lugar. Había golpeado a un hombre más de la cuenta por un asunto de trampas en una partida de cartas, y había sido arrestado y puesto a la espera de juicio.
Lamentaba haber golpeado demasiado fuerte a aquel hombre. No sentía ninguna animosidad particular hacia él. Todo había sido el resultado de una exteriorización de la irritación del momento. Aunque no consideraba que fuese asunto de demasiada importancia, no estaba dispuesto sin embargo a aceptar los seis meses que indudablemente iban a caerle.
Su oportunidad de ocultarse en aquel escondrijo había llegado tan accidental y repentinamente como su oportunidad de golpear a su compañero de juego. Había ocurrido después de que los prisioneros hubieran sido avisados de la crisis y fueran conducidos a coches celulares para ser trasladados a otro lugar. Había tomado la oportunidad al vuelo sin pensar siquiera en lo que podía ser la crisis en sí. Probablemente a causa de que no poseía la suficiente imaginación como para temer nada —por terrible que fuera— de lo que pudiera ocurrirle en el futuro. Y porque apreciaba su libertad por encima de todo lo demás. La libertad para hoy; del mañana ya se ocuparía a su debido tiempo.
Ahora, tras cuarenta y ocho horas, encogió y retorció su enorme cuerpo fuera de su alojamiento y apoyó los pies en el suelo de la habitación de calderas. Sus piernas estaban entumecidas y descubrió que no le sostenían. Consiguió sentarse y fue capaz de doblar lo suficientemente el espinazo como para que sus grandes manos pudieran alcanzar sus piernas y empezar a masajearlas para devolverles la vida.
Tan elementalmente brutal era aquel hombre, que puñeó sus piernas hasta que se pusieron negras y azules antes de notar que podía usarlas de nuevo. Al cabo de algunos minutos estaba saliendo de la habitación de calderas y cruzando un centro de detención que ahora tenía que estar desierto. ¿Pero lo estaba? Avanzó lentamente, deslizándose pegado a las paredes hasta alcanzar la puerta delantera sin ser visto.
Salió a la calle. Era de día y la calle estaba totalmente vacía. El hombre inspiró profundamente y sonrió.
—Que me condene —murmuró—. Que me condene dos y tres veces. Se han ido. Todos. Han echado a correr como ratas y me han dejado a mí solo detrás. ¡Que me condene!
Una tremenda sensación de exultación se apoderó de él. Apretó los puños y rió fuertemente, y su risa resonó en toda la calle. Se sentía más feliz de lo que se había sentido nunca en su rápida y violenta vida. Y su alegría era la de un niño encerrado en una despensa con un enorme pastel de chocolate.
Se pasó una mano por la boca, miró calle arriba y echó a andar.
—Me pregunto si se habrán llevado todo el whisky con ellos —dijo. Luego sonrió; estaba seguro de que no.
Echó a andar a largas zancadas hacia la calle Clark. Directamente hacia el corazón de la vacía ciudad.
* * *
Era un hombrecillo delgado y de piel pálida. Era muy peligroso y también era muy listo. Finalmente tendrían que haberlo descubierto, pero había sido lo suficientemente listo como para engañarles y ahora nunca llegarían a saberlo. Había muchas riquezas en su familia, y con todos los demás ocupados en abandonar la ciudad y llevarse consigo todo lo valioso que pudieran reunir en tan poco tiempo, él había sido puesto a cargo de uno de los choferes.
El chofer había recibido la responsabilidad de llevar al pálido joven fuera de la ciudad. Pero el joven consiguió retrasar la partida hasta que todos los demás se hubieron ido. Entonces, mansamente, había acompañado al chofer al garaje. El chofer se había sentado al volante del último coche que quedaba —un Cadillac Seden—, y el joven había ocupado el asiento de atrás.
Pero antes de que el chófer pudiera poner en marcha el motor, el joven lo había golpeado en la cabeza con una palanca para los neumáticos que había tomado de un estante cuando entraron en el garaje.
La palanca se hundió profundamente en el cráneo del chófer con un sonido sólido, y de este modo el chófer encontró la muerte que se hallaba implícita en el acto mismo de huir.
El joven extrajo del coche al chófer muerto y lo dejó en el suelo de cemento. Lo deposito muy cuidadosamente, de modo que estuviera en el centro de un amplio cuadrado de cemento con los pies apuntando directamente al norte y sus brazos abiertos apuntando al sur.
El joven colocó muy cuidadosamente la gorra del chófer sobre su pecho, porque le gustaban las cosas bien hechas. Luego subió al coche, lo puso en marcha, y condujo en dirección este, hacia el lago Michigan y la parte baja de la ciudad.
Tras viajar durante cinco o seis kilómetros, desvió el coche de la carretera y lo empotró contra un poste de teléfonos. Luego caminó hasta llegar a un lugar de hierba alta. Se tendió en la hierba y aguardo.
Sabía que probablemente habría una última vanguardia del ejército buscando rezagados. Si veían un coche en movimiento investigarían. Lo tomarían bajo su custodia y le obligarían a abandonar la ciudad.
Y no tenían derecho a hacerlo. Durante toda su vida no había hecho más que recibir órdenes. Órdenes estúpidas de gente estúpida. Idiotas que habían llegado tan lejos como para proclamar que toda la ciudad iba a ser destruida, únicamente para conseguir que la gente hiciera lo que ellos decían. ¡Dios! ¡A los extremos a los que podía llegar la gente estúpida para afirmar su voluntad sobre la gente lista!
El joven permaneció tendido entre la hierba y se adormeció, su mente ocupada con el agradable recuerdo de la palanca de acero hundiéndose en el cráneo del chófer.
Tras un rato se despertó y oyó los coches de la última vanguardia pasando carretera abajo. Se detuvieron, inspeccionaron el Cadillac y lo consideraron utilizable. Se lo llevaron con ellos, pero no registraron las inmediaciones.
El joven sonrió.
* * *
La muchacha tenía miedo. Llevaba cuatro horas andando por las calles de la vacía ciudad, y el temor añadido al cansancio le provocaba terror.
—Un rostro —susurró—. Únicamente una persona saliendo de una casa o cruzando la calle. Eso es todo lo que pido. Alguien que me diga qué significa todo esto. Si puedo descubrir a alguna persona, ya no sentiré más miedo.
Y la ironía de todo aquello la golpeó. Hacía algunas horas había intentado suicidarse. Asqueada de sí misma y de toda la gente, había intentado terminar con su propia vida. En consecuencia, aceptando la muerte como respuesta a todo, ahora no debería sentir miedo de nada ni de nadie. Tras aceptar cruzar el puente hacia la muerte, ninguna faceta de la vida debería traerle ningún terror.
Pero la vacía ciudad le traía el terror. Un rostro..., alguna forma moviéndose era todo lo que pedía.
Luego, una segunda ironía. Cuando vio al hambre en la esquina de Washington y Wells, el terror se incremento. Se vieron el uno al otro casi en el mismo momento. Ambos se detuvieron y se miraron. Los dedos del pánico recorrieron la espina dorsal de la muchacha. El hombre alzó una mano, y el conjuro quedó roto. La muchacha se dio la vuelta y echó a correr. Indudablemente, había más terror en ella del que había habido un momento antes.
Sabía lo absurdo que era aquello, pero siguió corriendo ciegamente. ¿De qué debería tener miedo? Lo sabía todo sobre los hombres; todas las cosas que los hombres podían hacerle ya se lo habían hecho. El asesinato era lo último, pero acababa de salir de un intento de suicidio. La muerte no debería traerle ningún terror.
Pensó en todas esas cosas mientras los pasos del hombre sonaban tras los pasos de ella. Giró hacia un estrecho callejón en busca de algún lugar donde ocultarse. No encontró ninguno, y el hombre siguió tras ella.
Encontró un pasadizo, entró en él tan ciegamente como lo había hecho en el callejón. Había una puerta de acero al final y un ladrillo en el suelo, junto al umbral. La puerta estaba cerrada. Tomó el ladrillo y se volvió.
El hombre resbaló en la sucia superficie del callejón cuando giró hacia el pasadizo.
La muchacha alzó el ladrillo por encima de su cabeza.
—¡Quédese ahí! ¡Manténgase lejos de mí!
—¡Espere un momento! Tranquilícese. ¡No voy a hacerle ningún daño!
—¡Aléjese!
Bajó un poco su brazo. El hombre se lanzó contra ella y aferró su muñeca. El ladrillo golpeó contra su hombro, las uñas de ella arañaban su cara. Él la agarró sin contemplaciones, y ambos rodaron por el suelo. Ella luchó con todo lo que tenía y él neutralizó metódicamente todas sus armas..., sus manos, sus piernas, sus dientes..., hasta que no pudo moverse.
—Déjeme sola. ¡Por favor!
—¿Qué le ocurre? No voy a hacerle ningún daño. ¡Pero tampoco voy a dejar que me golpee con un ladrillo!
—¿Que quiere? ¿Por qué me persigue?
—Mire..., soy un tipo pacífico, pero no dejaré que se me escape. He pasado toda la tarde buscando a alguien. La encuentro a usted, y lo único que hace es echar a correr. Por eso he venido detrás.
—Yo no le he hecho nada.
—Eso es hablar tontamente. Vamos..., ¡sea sensata! Le he dicho que no voy a hacerle ningún daño.
—Déjeme levantarme.
—¿Para que vuelva a echar a correr? No de momento. Quiero hablar con usted.
—Yo... no voy a echar a correr. Estaba asustada. No sé por qué. Me esta haciendo daño.
Él se puso en pie cautelosamente y la ayudó a levantarse. Sonrió, sujetando aún las dos manos de ella.
—Lo siento. Imagino que es natural que esté usted asustada. Mi nombre es Frank Brooks. Lo único que deseo es descubrir qué demonios le ha ocurrido a esta ciudad.
Dejó que ella retirara sus manos, pero siguió bloqueando su camino de escape. Ella retrocedió un paso y se arregló las ropas.
—No sé lo que ocurrió. Yo también estaba buscando a alguien.
Él sonrió de nuevo.
—Para echar a correr.
—No sé por qué lo hice. Creo...
—¿Cuál es su nombre?
—Nora... Nora Spade.
—¿También estaba durmiendo cuando ocurrió todo?
—Sí..., sí. Estaba durmiendo, y cuando desperté ya todos se habían ido.
—Salgamos de este callejón.
La precedió hacia afuera pero aguardo a que ella se situara a su lado cuando hubo espacio suficiente para caminar juntos, y ella no intentó echar a correr de nuevo. Evidentemente aquella fase había sido superada.
—Me dieron algo en una taberna —dijo Frank Brooks—. Luego me desplumaron y me arrojaron por un agujero.
Sus ojos preguntaron. Ella captó su pregunta y dijo:
—Yo estaba... dormida en la habitación de mi hotel.
—¿La olvidaron?
—Supongo que sí.
—¿Entonces no sabe nada de lo que ocurrió?
—Nada. Pero tiene que haber sido algo terrible.
—Vayamos por aquí —dijo Frank, y avanzaron hacia la calle Madison.
Él había cogido su brazo y ella no lo retiró. Antes al contrario, se acercó más a él mientras andaban.
—Es tan extraño... —dijo ella—. Tan... vacío todo. Creo que fue eso lo que me asustó.
—Asustaría a cualquiera. Debe de haber sido una evacuación de algún tipo.
—Quizá los rusos vayan a arrojar alguna bomba.
Frank agito la cabeza.
—Eso no explicaría lo ocurrido. Quiero decir, los rusos no lo anunciarían... Además, el ejército estaría aquí. No todo el mundo se hubiera ido.
—Se ha hablado mucho de guerra bacteriológica. ¿Supone que el agua por ejemplo, ha sido envenenada?
Volvió a agitar la cabeza.
—Lo mismo que antes. Aunque hubieran evacuado a toda la gente, el ejercito estaría aquí.
—No sé. Simplemente parece que no tenga sentido.
—Ha ocurrido, así que tiene que tener sentido. Ha sido algo que ha ocurrido de pronto. No pueden haber tenido mucho más de veinticuatro horas. —Se detuvo de pronto y la miró—. ¡Tendríamos que salir de aquí!
Nora Spade sonrió por primera vez, pero sin humor.
—¿Cómo? No he visto ni un solo coche. No circula ningún autobús.
La mente de él estaba en otro lugar. Caminaron de nuevo.
—Es curioso que no haya pensado en eso antes.
—¿Pensado en qué?
—En que cualquiera que haya quedado en esta ciudad es un pichón muerto. La única razón por la que pueden haber evacuado la ciudad es para salvar a sus habitantes de una muerte segura. Eso quiere decir que la muerte está presente aquí para cualquiera que se haya quedado. Curioso. Estaba tan preocupado buscando a alguien con quien hablar que nunca pensé en eso.
—Yo si lo hice.
—¿Es por eso por lo que estaba tan asustada?
—No especialmente. No tengo miedo a morir. Era otra cosa lo que me asustaba. La soledad, supongo.
—Será mejor que vayamos hacia el este..., fuera de la ciudad. Quizá encontraremos algún coche o algo así.
—No creo que encontremos ningún coche.
Él la hizo detenerse y la miró directamente al rostro.
—Ya no tiene miedo, ¿verdad?
Ella se lo pensó un momento.
—No. Supongo que no. No de morir, al menos. Morir es algo normal. Pero tenía miedo de las calles vacías..., de que no hubiera nadie a mi alrededor. Era algo extraño.
—¿Y ahora no es extraño?
—No..., no tanto.
—Me pregunto cuánto tiempo tendremos.
Nora se alzó de hombros.
—No lo sé, pero tengo hambre.
—Podemos arreglar eso. Hace poco entré en un restaurante y me preparé un bocadillo. Creo que todavía debe de haber comida por ahí. No pueden habérsela llevado toda consigo.
Estaban en la calle Madison, y giraron al este por el lado sur de la calle. Nora dijo:
—Me pregunto si habrá más personas por ahí..., como nosotros.
—Debe de haber más. No muchas, pero alguien habrá quedado. Tuvieron que evacuar a cuatro millones de personas en una sola noche. Es lógico que alguien se quedara olvidado. ¿Ha intentado usted vaciar alguna vez un paquete de azúcar? ¿Vaciarlo realmente? Es imposible. Siempre quedan algunos granos pegados al papel.
Minutos más tarde la sabiduría de su observación quedó probada cuando llegaron a un restaurante con la ventana delantera rota, y vieron a un hombre y a una mujer sentados ante una de las mesas.
El hombre era corpulento, con rizado pelo negro y una boca ligeramente abierta mostrando una hilera de dientes increíblemente blancos. Agitó un brazo y gritó:
—¡Vengan! ¡Vengan, por todos los diablos, y siéntense!! Tenemos cerveza y rosbif, y la cerveza aún está fría. Vengan y conozcan a Minna.
Aquello era diferente, pensó Nora. No fantasmagórico. No extraño como ver a un hombre de pie en medio de una calle desierta. Aquello parecía normal, natural, y ni siquiera la rota ventana desdecía mucho de la naturalidad de la situación.
Entraron. Había más sillas junto a la mesa y se sentaron. El hombre corpulento no se levantó. Hizo un gesto con la mano hacia su compañera y dijo:
—Esta es Minna. ¿No es estupenda? La encontré sentada en un bar vacío, mortalmente asustada. Llegamos a un entendimiento y me la traje conmigo. —Sonrió a la mujer y le guiñó un ojo—. Llegamos a un auténtico entendimiento, ¿no es así, Minna?
Minna era una mujer completamente incolora de quizá treinta y cinco años. Su piel era lisa y pálida, y no llevaba maquillaje de ninguna clase. Su pelo estaba peinado tenso hacia atrás y atado en un moño. El pelo no tenía ningún color definido. Era algo entre un marrón claro y un rubio.
Sonrió un poco tristemente, pero la sonrisa no cubrió su cansada y opaca mirada. Parecía más un gesto de obediencia que cualquier otra cosa.
—Sí. Llegamos a un entendimiento.
—Me llamo Jim Wilson —retumbó el corpulento hombre—. Estaba en la comisaria de la avenida Chicago por zurrarle a un tipo en una partida de cartas. Intentaron encerrarme, pero me escabullí. —Guiñó de nuevo un ojo—. Les di por el morro. Luego encontré a Minna. —Parecía saborear tremendamente sus palabras.
Frank inició las presentaciones, pero Nora Spade lo interrumpió:
—Quizás ustedes sepan lo que ha ocurrido —murmuró.
Wilson negó con la cabeza.
—Estaba en la comisaria, y ellos no dijeron nada. Simplemente empezaron a evacuar a todo el mundo. Oí algo... acerca de una invasión o algo así. Nadie lo sabía seguro. Tomen algo de cerveza y carne.
Nora se volvió hacia la inmóvil Minna.
—¿Oyó usted algo?
—No —dijo Wilson con una especie de afectuoso desdén—. Ella no sabe nada de eso. Vivía en alguna buhardilla y estaba en cama con la garganta mala. Tomó algunas píldoras o algo así, y cuando despertó todo el mundo se había ido.
—Fui a trabajar y... —empezó a hablar Minna pero Wilson la interrumpió:
—Se dedicaba a limpiar en algunos locales de la avenida Chicago para ganarse la vida, y así fue que la encontré sentada en esa taberna. Era el día de cobro, ¡y Minna estaba aguardando a que le dieran su dinero! —Estalló en una risotada y palmeó la mesa con una enorme mano—. ¿Qué les parece eso? ¡Esperando su paga en un momento como éste!
Frank Brooks depositó en la mesa su botella de cerveza. La cerveza estaba fría y sabía bien.
—¿Han encontrado ustedes a alguien más? Tiene que haber más gente por ahí.
—No. No he encontrado a nadie excepto a Minna. —Volvió de nuevo su mirada hacia la mujer, luego se puso en pie—. Vámonos, Minna. Tú y yo tenemos que celebrar una pequeña conferencia. Tenemos cosas de las que hablar.
Sonriendo, se dirigió hacia la parte de atrás del restaurante. Minna se levantó, mucho más lentamente. Lo siguió detrás del mostrador y a las habitaciones de atrás.
A solas con Nora, Frank dijo:
—No está comiendo. ¿Quiere que mire si hay alguna otra cosa?
—No..., no tengo mucha hambre. Sólo me estaba preguntando lo que va a ocurrir. Cuando está a punto de ocurrir algo... Ya sabe a qué me refiero...
—Más bien me gustaría saber qué es lo que va a ocurrir. Odio los rompecabezas. Es un infierno saber que algo puede matarte y no saber qué.
—No nos estamos comportando muy consecuentemente, ¿no cree?
—¿Qué quiere decir?
—Al menos deberíamos actuar de una forma normal.
—No la entiendo.
Nora frunció el ceño, ligeramente irritada.
—La gente normal estaría intentando ponerse a salvo. No estaría sentada en un restaurante bebiendo cerveza. Deberíamos intentar escapar, aunque esto signifique echar a andar. La gente normal intentaría salir de la ciudad.
Frank miró por unos instantes su botella.
—Deberíamos estar terriblemente asustados, ¿no?
—No estoy segura. Quizá no. Sé que no estoy luchando contra nada que haya dentro de mí…, contra el miedo, quiero decir. Simplemente parece que no importa lo que pueda ocurrir.
—A mí si me importa —respondió Frank—. Me importa. No quiero morir. Pero estamos enfrentados a una situación en la que cualquier decisión que tomemos es como una apuesta. Puede que estemos muertos antes de que yo termine esta botella de cerveza. Si eso es cierto, ¿por qué no quedarnos sentados aquí y ponernos cómodos? O quizá tengamos el tiempo suficiente como para caminar lo bastante lejos del radio de acción de lo que sea que ha echado de aquí a todo el mundo.
—¿Qué es lo que cree que debemos hacer?
—No creo que tengamos tiempo de salir de la ciudad. La evacuaron demasiado rápidamente. Necesitaríamos al menos cuatro o cinco horas para salir de ella. Si dispusiéramos de tanto tiempo el ejército, o quienquiera que sea, estaría aún por los alrededores.
—Quizás ellos tampoco sepan cuándo va a ocurrir.
Él hizo un gesto de impaciencia.
—¿Qué diferencia representa eso? Nos hallamos en una situación que nosotros no hemos buscado. El azar fue lo que nos metió en ella.
Nora iba a responder, pero en aquel momento Jim Wilson apareció dando grandes zancadas. Lucía su amplia sonrisa, y llevaba entre las manos otra media docena de botellas de cerveza.
—Minna saldrá en un momento —dijo—. Las mujeres son más lentas que el infierno.
Se dejó caer en una silla y abrió una botella de cerveza. Alzó la botella y miró a su través, suspirando placenteramente—. ¡Huau! ¡Nunca le había encontrado tanto gusto!
Agitó la botella en un saludo y bebió.
El sol se estaba hundiendo en el oeste entonces, y cuando Minna reapareció pareció materializarse entre las sombras, tan suavemente se movía. Jim Wilson abrió otra botella y la puso ante ella.
—Toma..., echa un trago, muchacha.
Obedientemente, ella tomó la botella y bebió.
—¿Que piensan hacer? —preguntó Frank.
—Pronto estará oscuro —dijo Wilson—. Deberíamos salir y agenciarnos algunas linternas. Apuesto a que las centrales eléctricas no funcionan. Probablemente tampoco encontremos ninguna linterna.
—¿Piensan quedarse?—preguntó Nora—. ¿Aquí en la ciudad?
Pareció sorprendido.
—¿Por qué no? El que piense en andar todo ese trecho para salir de aquí es un estúpido. Aquí dispone de todo lo que desee para comer y beber. Ni un maldito policía por los alrededores. Una vida de rey. ¿Por qué irse?
—¿No teme lo que pueda ocurrir?
—Me importa un pimiento lo que pueda ocurrir. ¡Infiernos! Siempre ocurren cosas.
—Si evacuaron la ciudad fue por algo —dijo Frank.
—¿Quiere decir que todos podemos resultar muertos? —Jim Wilson se echó a reír—. Seguro que podemos. Pudimos resultar muertos la semana pasada. Podemos ser atropellados por un camión cada vez que cruzamos la calle. —Vació su botella, la arrojó certeramente contra un espejo detrás de la caja registradora. El ruido de cristales rotos fue estruendoso—. El problema con ustedes, amigos, es que se preocupan por todo —dijo con una sonrisa expansiva—. Vamos a buscar algunas linternas para poder encontrar nuestro camino a la cama en uno de esos hermosos hoteles.
Se puso en pie y Minna lo imitó, un poco cansada, un poco aprensiva, pero enteramente sometida. Jim Wilson dijo:
—Vamos, muchacha. Te aseguro que no quiero perderte. —Sondeó a los otros—. ¿Venís, chicos?
Los ojos de Frank se cruzaron con los de Nora. Se alzó de hombros.
—¿Por qué no? —dijo—. A menos —dirigiéndose a Nora— que desee echar a andar.
—Estoy demasiado cansada —dijo Nora.
Mientras salían por la destrozada ventana, tanto Nora como Frank esperaron a medias ver otras formas moviéndose arriba y abajo por la calle Madison. Pero no había nadie. Sólo la irreal desolación de la solitaria calzada y los edificios de oscuras ventanas.
—La mayor ciudad fantasma de la Tierra —murmuró Frank.
La mano de Nora se deslizó en la de él. Frank la apretó, y ninguno de los dos pareció ser consciente del contacto.
—Me pregunto si ésta no será tan sólo una de ellas —dijo Nora—. Quizá todas las demás grandes ciudades hayan sido evacuadas también.
Jim Wilson y Minna caminaban delante de ellos. El hombre se volvió.
—Si ustedes dos no pueden dormir sin descubrir lo que ha ocurrido, van a tener mucho trabajo.
—¿Cree que podemos encontrar alguna radio a pilas en alguna tienda? —preguntó Frank.
—¡Infiernos, no! Se las deben haber llevado todas. Pero lo único que tiene que hacer es husmear un poco en las oficinas de algún periódico. Si sabe usted leer, podrá descubrir lo que ha ocurrido.
A Frank le pareció extraño no haber pensado en ello. Luego se dio cuenta de que no había intentado pensar en nada concreto. Se sintió sorprendido también por su falta de miedo. Había pasado por la vida tomando las cosas tal como venían —tan crédulo como cualquier otro hombre—, cometiendo más errores y desatinos de los que le correspondían. Descubriéndose por primera vez en su vida totalmente solo en una ciudad abandonada, se había sentido presa de un repentino terror. Pero esto había ido pasando gradualmente, y ahora era capaz de aceptar la nueva realidad de una forma absolutamente pasiva. Se preguntó si eso mismo le ocurriría a todo el mundo. Las nuevas situaciones producían una oleada de emociones a la gente que se enfrentaba a ellas. Luego la nueva situación se convertía en normal.
Decidió que así sobrevivía la humanidad. La humanidad tomaba las cosas tal como venían. Junta la suficiente cantidad de cualquier cosa, y se convierte en normalidad.
Jim Wilson había tomado un cubo de basura y lo arrojó contra el escaparate de una tienda de electrodomésticos. El cristal se hizo añicos con un ruido que estremeció la vacía calle cada vez más oscura, y luego el silencio volvió a reinar de nuevo. Jim Wilson se metió por la abertura.
—Veré lo que puedo encontrar. Ustedes quédense aquí y vigilen por si viene algún policía
Su risa resonó a través del roto cristal mientras desaparecía.
Minna aguardó inmóvil y silenciosa, y de algún modo le recordó a Frank un animal estúpido; una criatura irracional sin mente propia, aguardando una señal de su dueño. Extrañamente, sintió un claro resentimiento hacia aquella situación, pero no pudo encontrar razón alguna para ello, excepto la sensación de que nadie parecía tanto un esclavo como Minna.
Jim Wilson reapareció en el escaparate. Hizo una seña a Minna.
—Ven, muñeca. Tú y yo vamos a tener una pequeña conferencia. —Su exagerado guiño fue apenas perceptible en la semioscuridad, mientras Minna penetraba en la oscura boca de la tienda—. No tardaremos mucho, amigos —dijo Wilson de muy buen humor, y los dos se desvanecieron en la negrura.
Frank Brooks miró a Nora, pero el rostro de ella estaba vuelto hacia otro lado. Maldijo en voz baja para sí mismo.
—Espere un momento —dijo.
Y penetró en la tienda por la enorme abertura.
Una vez dentro le costó localizar los mostradores. El lugar era más grande de lo que parecía desde fuera. No había rastro ni de Wilson ni de Minna.
Frank encontró la sección que estaba buscando y tanteó varias linternas. Eran únicamente tubos vacíos, pero encontró una caja de pilas en la estantería acristalada junto a la pared.
—¿Quién anda ahí?
—Soy yo. He entrado a buscar algunas linternas.
—¿No puede esperar?
—Se está haciendo oscuro.
—No debería ser usted tan malditamente impaciente.
La voz de Jim Wilson era hostil y arisca. Frank se tragó su repentina irritación.
—Estaremos fuera —dijo.
Encontró a Nora aguardándole allá donde la había dejado. Metió pilas en cuatro linternas antes de que Jim Wilson y Minna reaparecieran.
El buen humor de Wilson había vuelto.
—¿Qué les parecen el Morrison o el Sherman? —dijo—. ¿O prefieren el auténtico lujo y caminar hasta el Drake?
—Me duelen los pies—dijo Minna.
La mujer hablaba tan raramente que Frank Brooks se sintió sorprendido por las palabras.
—El Morrison es el que está más cerca —dijo Jim Wilson—. Vamos allá.
Cogió a Minna del brazo y tiró de ella calle arriba. Frank y Nora les siguieron.
Nora se estremeció. Frank, sujetando su brazo, preguntó:
—¿Tienes frío?
—No. Pero todo vuelve a parecer tan... irreal. Nunca esperé ver la ciudad tan a oscuras. No puedo habituarme a ello.
Un vago y susurrante viento alzó un trozo de papel y lo hizo girar a lo largo de la calle. Se pegó al tobillo de Nora. Ésta se estremeció imperceptiblemente y lo desprendió. El viento volvió a apoderarse del trozo de papel y lo arrastró a la oscuridad.
—Querría decirle algo —murmuró.
—Adelante —dijo él.
—Antes le hablé de que estaba dormida cuando lo de la evacuación o lo que fuera. Eso no es totalmente cierto. Estaba dormida, pero fui yo quien me obligué a dormir. Intente matarme tomando pastillas para dormir. Tomé siete, pero parece que no fueron suficientes.
Frank no dijo nada mientras seguían caminando por el oscuro cañón que era la calle Madison. Nora se preguntó si habría oído.
—Intenté suicidarme —recalcó.
—¿Por qué?
—Estaba hastiada de la vida, supongo.
—¿Qué es lo que desea? ¿Simpatía?
La repentina dureza de su voz hizo que los ojos de ella lo miraran, pero su rostro seguía siendo una blanca mancha imprecisa
—No..., no. No pretendía eso.
—El suicidio es una actitud estúpida. Puede tener usted problemas y todo eso..., todo el mundo los tiene..., pero el suicidio... ¿Por qué lo intentó?
Un alto y agudo lamento —una vibración sin palabras— atravesó la oscuridad hasta sus oídos. La impresión fue como una repentina rociada de agua helada cayendo sobre sus cuerpos. Los dedos de Nora se clavaron en el brazo de Frank, pero éste no notó las afiladas uñas.
—¿Qué demonios... ? ¡Hay alguien ahí delante en la calle!
A ocho metros de distancia de donde Frank y Nora se habían inmovilizado brotó la retumbante voz de Jim Wilson.
—¿Qué infiernos es eso?
Y la impresión se disipó. El círculo blanco de la linterna de Wilson hendió la oscuridad para siluetear un movimiento en el extremo más lejano de la calle. Luego las linternas de Frank Brooks y Nora se le unieron en su exploración.
—Hay alguien ahí delante —gruño Wilson—. ¡Hey, ustedes! ¡Muéstrense! ¡Dejen de merodear por ahí!
La luz de Frank trazó un arco que silueteó claramente los edificios del otro lado de la calle y luego se debilitó a medida que avanzaba hacia el este. Había algo o alguien ahí delante, aunque oscurecido por las tinieblas. Se sintió presa de nuevo de una sensación de irrealidad.
—¿Ha visto usted algo?
La luz de Nora había caído a sus pies, como si temiera enfocarla a la oscuridad.
—Creo que sí.
Jim Wilson estaba maldiciendo.
—Había un tipo ahí delante. Se escondió en la esquina. Algún maldito estúpido jugando al gato y al ratón. Me gustaría tener una pistola.
Frank y Nora avanzaron, y los cuatro se reunieron en un solo grupo.
—Apaguen las luces —dijo Wilson—. Somos un buen blanco si el tipo ese tiene alguna arma.
Se inmovilizaron en la oscuridad. Nora aferrando apretadamente el brazo de Frank. Frank dijo:
—Es el más condenado ruido que haya oído nunca.
—¿Como una sirena?
Frank creyó que Jim Wilson hablaba esperanzadamente, como si deseara que alguien estuviera de acuerdo con él.
—Nunca había oído una sirena así. Tampoco era como un silbido. Era más bien como un lamento.
—Metámonos en ese maldito hotel y...
Las palabras de Jim Wilson fueron cortadas en seco por un nuevo y melancólico ulular. Esta vez era distinto. Sonaba desde varios lugares, pero extendiéndose arriba y abajo y debilitándose hasta morir arrastrado por el viento.
Nora estaba temblando, aferrándose a Frank sin ninguna reserva.
Jim Wilson dijo:
—Que me condene si no suena como una señal de algún tipo.
—Quizá sea un lenguaje..., una forma de comunicación.
—¿Pero quién demonios está comunicándose?
—¿Cómo quiere que lo sepa?
—Lo mejor que podemos hacer es ir a ese hotel y poner barricadas a unas cuantas puertas. Un hombre no puede luchar en la oscuridad... y sin nada contra lo que luchar.
Se apresuraron calle arriba, pero ahora todo era distinto. La ilusión de estar solos había desaparecido; la sensación de soledad no existía. A su alrededor, la ciudad fantasma había cobrado repentinamente vida. Siniestras fuerzas más aterradoras que la anterior soledad debían ser tenidas en cuenta ahora.
—Ha ocurrido algo... en los últimos minutos —susurró Nora
Frank la atrajo más hacia sí mientras cruzaban la calle hacia la oscura y silenciosa masa que era el hotel Morrison.
—Creo que entiendo lo que quiere decir.
—Es como si no hubiera nadie por los alrededores y luego, de pronto, aparecieran todos.
—Espero que aparezcan y vuelvan a irse de nuevo.
—¿Realmente vio algo cuando enfocó la luz?
—No..., no puedo decir positivamente que viera nada. Pero tuve la impresión de que había formas ahí delante..., al menos una docena de ellas..., y que retrocedían ante la luz. Siempre al límite de ella.
—Tengo miedo, Frank.
—Yo también.
—¿Crees que todo puede haber sido imaginación?
—¿Esos lamentos? Quizás el primero... Sé de gente imaginando sonidos. Pero no los últimos. Y además, todos los oímos.
Jim Wilson, olvidando totalmente las sutiles emanaciones en el aire, radió satisfacción:
—No tenemos que forzar la entrada. Las puertas giratorias funcionan.
—Entonces quizá deberíamos ir con cuidado —dijo Frank—. Es posible que haya alguien más por ahí.
—Es posible. Ya lo descubriremos.
—¿Por qué tenemos miedo? —susurró Nora.
—Es natural, ¿no?
Frank fundió el rayo de su linterna con el de Jim Wilson. El blanco dedo atravesó la oscuridad del interior. Nada se movió.
—No veo por qué deberíamos tenerlo. Si hay gente ahí dentro, tiene que estar tan asustada como nosotros.
Nora estaba muy pegada a él cuando entraron.
El vestíbulo parecía desierto. Los rayos de luz de las linternas registraron los vacíos sillones y sofás. El cristal de los abandonados casilleros les devolvió sus reflejos.
—Las llaves están ahí —dijo Frank.
Saltó por encima del mostrador y comprobó los números en sus casillas.
—Será mejor que nos quedemos en los pisos bajos—dijo Jim Wilson—. Malditas las ganas que tengo de subir.
—¿Qué le parece el cuarto piso?
—Sigue siendo alto.
Frank volvió con un puñado de llaves.
—Buenas habitaciones —dijo—. Cuatro contiguas.
Subieron las escaleras en silencio. Pasaron los silenciosos comedores, salas de banquete, y cuando llegaron al cuarto piso las puertas que se alineaban en los pasillos adquirieron uniformidad.
—Ya estamos.—Frank tendió una llave a Wilson—. Es la última.
No dijo nada cuando entregó la llave a Minna.
—¡Por los clavos de Cristo! —gruñó Wilson con voz disgustada. Tomó la llave de Minna y la arrojó al suelo.
Frank y Nora se quedaron mirando mientras Wilson abría su puerta. Wilson se volvió.
—Bien, buenas noches a todos. Gritad cuando aparezca algún fantasma.
Minna le siguió sin una palabra, y la puerta se cerró.
Frank le tendió a Nora su llave.
—Cierra bien la puerta y estarás a salvo. Yo registraré la habitación primero. —Abrió la puerta y enfocó la luz de la linterna. Nora estaba detrás de él, muy cerca. Registró el cuarto de baño—. Todo está bien. Cierra la puerta y estarás a salvo.
—Frank.
—¿Sí?
—Tengo miedo de estar sola.
—¿Quieres que... ?
—Aquí hay dos camas... —Luego su voz alcanzó el borde de la histeria—. No seas tan malditamente conservador. ¡Las cosas han cambiado! ¿No te das cuenta? ¿Qué importa dónde o cómo dormimos? ¿A quién le preocupa? ¿Qué diferencia representa para el mundo si yo me desnudo delante de ti? —Un sollozo ahogó sus palabras—. ¿O acaso esto hiere tu moralidad?
Él avanzó hacia ella, se detuvo a un metro de distancia.
—No es eso. ¡Por Dios! No soy un santo. Sólo que pensé que...
—Estoy aterrada y no deseo quedarme sola. Para mí eso es lo único que importa.
Su rostro estaba contra el pecho de él, y Frank la rodeó con sus brazos. Pero las manos de ella eran puños apretados contra su pecho, y él podía sentir sus nudillos clavándose en su carne. Estaba llorando.
—Por supuesto—dijo Frank—. Me quedaré contigo. Ahora tranquilízate. Todo irá bien.
Nora sorbió sus lágrimas, sin preocuparse de acudir a su pañuelo.
—Deja de mentir. Sabes que no será así.
Frank no supo qué hacer. Las reacciones de Nora eran del todo inesperadas. Se dirigió hacia el lugar donde la linterna le había mostrado que había una cama. Se sentó en ella.
—¿Quieres que yo duerma en la otra? —preguntó.
—Por supuesto —replicó Nora con marcada amargura—. Me temo que no vas a estar muy cómodo en la misma cama conmigo.
Hubo un lapso de silencio. Frank se sacó la chaqueta, la camisa y los pantalones. Era curioso, pensó. Había gastado su dinero, había sido drogado, golpeado y robado, como resultado de un único objetivo: estar a solas en una habitación con una chica. Y una chica mucho menos atractiva que Nora. Y ahora estaba a solas en una habitación con un auténtico sueño, y su lengua estaba trabada. Aquello no tenía sentido. Se alzó de hombros. A veces la vida era una completa locura.
Oyó el roce de ropas y se preguntó cuántas prendas se estaría quitando Nora. Luego dejó caer sus pantalones al suelo, repentinamente, olvidando todo.
—¿Has oído eso?
—Sí. ¿Es... ?
Frank se dirigió a la ventana, alzó la persiana. El lamento se hizo más fuerte, pero venía de lejos.
—Creo que suena por la calle Evanston.
Frank sintió un calor junto a su mejilla, y se dio cuenta de que Nora estaba a su lado, inclinada hacia adelante. La rodeó con un brazo y permanecieron allí, sin moverse, en silencio. Aunque sus oídos estaban atentos hacia el distante sonido que llegaba del norte, Frank no podía dejar de ser consciente del cálido tacto de la piel bajo su mano.
La respiración de Nora producía un cálido aliento contra su mejilla. Dijo:
—Escucha como sube y baja. Es casi como si lo utilizaran para hablar. Las inflexiones cambian.
—Creo que es eso precisamente. Viene de un montón de sitios distintos. Se interrumpe en algunos lugares y empieza en otros.
—Es tan... extraño.
—Fantasmal —dijo Frank—. Pero en cierto sentido hace que me sienta mejor.
—No entiendo cómo lo consigues.
Nora se apretó más contra él.
—Hace poco estaba convencido de que la ciudad iba a saltar por los aires..., debido a una bomba no localizada, o algo así. Pero ahora estoy seguro de que se trata de algo distinto. Estoy dispuesto a apostar que estaremos vivos por la mañana.
Nora pensó en ello, en silencio.
—Si es así..., si algún tipo de invasores están avanzando desde el norte..., ¿no es una estupidez permanecer aquí? Por cansados que estemos deberíamos intentar alejarnos de ellos.
—Estaba pensando en lo mismo. Hablaré con Wilson.
Al dirigirse hacia la puerta recordó que iba en calzoncillos y retrocedió para tomar sus pantalones. Una vez se los hubo puesto se preguntó qué importancia tenía aquello. Abrió la puerta.
Algo le advirtió..., algún instinto. O posiblemente su miedo y su cautela natural coincidieron con la presencia del peligro. Oyó los pasos en la moqueta, al fondo del pasillo..., débiles pero inconfundibles pasos. Llamó:
—Wilson... Wilson... ¿Es usted?
Frank sintió mas que oyó un cuerpo lanzarse contra la parte exterior de la puerta. Una estridente y alocada risa rasgó sus oídos al tiempo que un cuerpo golpeaba contra la puerta.
Frank extrajo fuerzas de su propio pánico mientras arrojaba todo su peso contra la hoja de la puerta, pero cuando le faltaban uno o dos centímetros para cerrarse, la puerta se estremeció ante la fuerza aplicada por el lado opuesto. Por la estrecha abertura pudo sentir en su cara la ronca respiración del esfuerzo. Locos balbuceos y maldiciones resonaron en la oscuridad.
Frank tuvo la frenética convicción de que estaba perdiendo la batalla, y extrajo fuerzas no supo de dónde. Apretó, y sonó un grito, y supo que al menos había pillado un dedo a su oponente entre la puerta y la jamba. Lanzo todo su peso contra la puerta con un frenético esfuerzo, y oyó el crujir del dedo. La voz ascendió hasta convertirse en un aullido de agonía, como el de un animal herido.
Aunque sus vidas estaban en juego, Frank era incapaz de romperle deliberadamente los dedos a un hombre. Aunque lucho contra su impulso, y se llamó a sí mismo estúpido, dejó que la puerta volviera a entreabrirse ligeramente. La mano fue retirada precipitadamente.
En aquel momento otra puerta se abrió al lado, y la voz de Jim Wilson retumbó:
—¿Qué demonios ocurre ahí afuera?
Simultáneamente, unos rápidos pasos retrocedieron hasta el fondo del pasillo, y desde el descansillo al lado de las escaleras les llego un ululante grito de dolor.
—¡Maldita sea!—aulló Wilson—. Tenemos compañía. ¡No estamos solos!
—Intentó meterse en mi habitación.
—No debería haber abierto la puerta. ¿Está bien Nora?
—Sí. Esta bien.
—Dígale que no se mueva de su habitación. Y usted haga lo mismo.
Estaríamos locos si fuéramos detrás de ese pichón en la oscuridad. Tendremos que esperar hasta mañana.
Frank cerro la puerta, la aseguró con la doble cerradura, y regresó junto a la cama de Nora. Pudo oír unos apagados sollozas. Se inclinó y retiró las mantas, y los sollozos se hicieron más fuertes. Se metió en la cama, y ella estuvo en sus brazos.
Nora lloraba. Él la abrazó sin decir nada. Al cabo de un rato recuperó el control de sí misma.
—No me dejes, Frank —suplicó—. Por favor, no me dejes.
Él apretó su hombro.
—No lo haré —susurró.
Permanecieron tendidos largo tiempo, inmóviles, en silencio, cada uno extrayendo fuerzas de la proximidad del otro. El silencio fue roto finalmente por Nora.
—¿Frank?
—¿Sí?
—¿Me deseas? —Él no respondió—. Ya te expliqué que quise suicidarme...
—Lo recuerdo.
—Lo hice porque estaba hastiada. Porque tenía un terrible lío en la cabeza. No deseaba seguir viviendo.
Él permaneció en silencio, abrazándola.
Cuando ella habló de nuevo, su voz se hizo más aguda.
—¿No puedes entender lo que te estoy diciendo? ¡No soy buena! ¡Soy una basura! ¡Otros hombres me han conseguido! ¿Por qué quieres privarte de lo que otros han gozado?
Él siguió en silencio, imperturbable. Al cabo de unos momentos Nora dijo:
—¡Por el amor de Dios, di algo!
—¿Cómo te sientes ahora? ¿Intentarás suicidarte de nuevo a la próxima ocasión que se te presente?
—No..., no. No creo que vuelva a intentarlo nunca más.
—Entonces, las cosas están mejor que antes.
—No lo sé. Sólo deseo que no vuelva a ocurrir.
Ella no le urgió esta vez, y él habló lentamente.
—Es curioso. Realmente lo es. No soy un moralista. Nunca he tenido moralidad. He gozado de mi correspondiente cuota de mujeres. Estaba trabajándome una la noche en que me hicieron la faena..., la noche antes de que me despertara en esta tumba de ciudad. Pero ahora..., esta noche..., las cosas son diferentes. Tengo la sensación de que debo protegerte. ¿No es extraño?
—No —dijo ella suavemente—. Creo que no.
Permanecieron allí tendidos en silencio, sus pensamientos perdiéndose en la oscuridad de la sepulcral noche. Tras mucho rato, la acompasada respiración de Nora le indicó que se había dormido. Se levantó con cuidado, la cubrió con las mantas, y se dirigió a la otra cama.
Pero antes de dormirse, los extraños lamentos procedentes de la calle Evanston llegaron de nuevo..., ascendieron y disminuyeron en aquella extraña cadencia... y finalmente se fundieron en la noche.
* * *
Frank se despertó con las primeras luces del amanecer. Nora seguía durmiendo. Se vistió y apoyó unos instantes una mano en el picaporte de la puerta. Luego corrió las cerraduras, hizo girar el picaporte y abrió cautelosamente la puerta.
El pasillo estaba desierto. En aquel momento le golpeó con violencia la sensación de que no era un hombre valiente. Advirtió que durante toda su vida había evitado el peligro físico y se había negado a reconocer la auténtica razón de actuar así. Se había clasificado a sí mismo como un hombre que eludía los problemas utilizando el buen sentido.
Se dio cuenta ahora de que esa actitud era únicamente una coartada para su ego. Enfrentó el vacío corredor y no sintió ningún deseo de ir más allá. Pero se impuso a sí mismo a cruzar el umbral, cerrar la puerta suavemente tras él y caminar hacia las escaleras.
Hizo una pausa frente a la puerta tras la cual Jim Wilson y Minna debían de estar durmiendo todavía. La miró fijamente. Luego caminó de puntillas hacia el lugar donde terminaba el pasillo, tras cruzarse con otro. Dobló la esquina con precauciones, se pegó contra una pared. Nadie a la vista. Se dirigió hacia la escalera y empezó a bajarla.
Sus músculos y sus nervios se tensaban a cada peldaño.
Llegó hasta la puerta de cristal que conducía a la tienda del hotel con únicamente el silencio gritando en sus oídos. La puerta no estaba cerrada con llave. Una bisagra chirrió ligeramente cuando la abrió.
Fue en la tienda donde Frank encontró indicios del intruso del cuarto piso. Un mostrador tenía manchas de sangre. Algunos vendajes habían sido sacados de sus cajas y abandonados por todas partes. Indudablemente allí se había curado el hombre su aplastada mano.
¿Pero adónde había ido? A dormir probablemente, en una de las habitaciones de arriba. Frank deseó fervientemente tener alguna arma. Sin la menor duda no debía de haber quedado ninguna pistola en toda la ciudad.
Pero una pistola no era la única arma creada por el ingenio del hombre, pensó y Frank rebusco en la tienda hasta encontrar un expositor lleno de navajas de bolsillo en sus hermosas cajas cerca de la sección de perfumería.
Tomó cuatro de las más grandes, y descubrió también un punzón con mango de madera que evidentemente se utilizaba para partir el hielo.
Así armado, salió al exterior por la puerta giratoria. Caminó por calles muertas bajo el sol del amanecer, donde el nuevo día no había conseguido despertar la vida ni disminuir el terror de la noche pasada.
Encontró cerrada la puerta del Edificio de Servicios Públicos del Chicago Tribune. Utilizó el punzón para el hielo para romper el cristal de una puerta. El ruido de los trozos de cristal contra el cemento fue una explosión en el aullante silencio. Entró. Allí la sensación de desolación era total: se podían contemplar los casilleros llenos de cartas de la sección de anuncios por palabras. Respuestas a un millar de peticiones aguardando pacientemente a que alguien viniera a buscarlas.
Tras bajar al sótano y a los archivos del Chicago Tribune, Frank subió al segundo piso y descubrió lo que había venido a buscar. Una hilera de teletipos con la bandeja de las copias junto a cada una de las máquinas.
Rápidamente, recogió todas las copias e hizo un fajo con ellas, y volvió escaleras abajo. Regresó al hotel a paso de carga, animado por una repentina urgencia de regresar al cuarto piso tan pronto como fuera posible.
Se detuvo en la puerta del hotel y se llenó los bolsillos con jabón, una navaja de afeitar, crema de afeitar y loción facial. Impulsado por un pensamiento repentino, tomó una llamativa caja de cosméticos de alto precio.
Entró nuevamente en la habitación y cerró suavemente la puerta. Nora se volvió en su sueño, dejando al descubierto un hombro y un pecho. El pecho atrajo su mirada durante largo rato. Luego un sentimiento de culpabilidad le hizo apartar la vista y se metió en el cuarto de baño y cerró la puerta.
Afortunadamente, el depósito auxiliar en el techo aún contenía agua, y Frank pudo lavarse y afeitarse. Vestido otra vez, se sintió como un hombre nuevo. Pero lamentó no haber penetrado en una tienda de artículos para caballero y haber cogido una camisa limpia.
Nora aún no se había despertado cuando salió del baño. Se dirigió hacia la cama y se detuvo de pie junto a ella, contemplando a la mujer durante un rato. Luego tocó su hombro.
—Despierta. Ya es de día.
Nora se desperezó y abrió los ojos, pero Frank tuvo la impresión de que tardó varios segundos en despertarse realmente. Su mirada se clavó en su rostro, luego en la ventana, luego en su rostro de nuevo.
—¿Qué hora es?
—No lo sé. Creo que serán las ocho aproximadamente.
Nora estiró los brazos indolentemente. Cuando se sentó, su sujetador volvió a colocarse en su sitio, y Frank tuvo la impresión de que ella ni siquiera se había dado cuenta de su parcial desnudez.
Nora se lo quedó mirando, la sorpresa reflejándose en sus ojos.
—Veo que te has lavado y afeitado.
—He salido a buscar algunas cosas.
—¿Solo?
—¿Por qué no? No podemos quedarnos aquí dentro todo el día. Tenemos que alcanzar la carretera y salir de aquí. No conviene seguir tentando a la suerte.
Frank se dirigió hacia la mesa y regreso con la caja de cosméticos. La puso en el regazo de Nora.
—Esto es para ti.
Su expresión fue una mezcla de sorpresa y placer.
—Eso ha sido un buen detalle. Supongo que será mejor que me vista.
Frank se volvió hacia la ventana donde había dejado el fajo de copias de los teletipos.
—Yo voy a leer un poco.
Mientras se sentaba vio, por el rabillo del ojo, unas esbeltas piernas morenas avanzando hacia el cuarto de baño. Al llegar junto a la puerta, Nora se volvió.
—¿Ya se han levantado Jim Wilson y Minna?
—No lo creo.
Los ojos de Nora permanecieron fijos en él.
—Creo que has sido muy valiente yendo abajo solo. Pero fue una estupidez. Tendrías que haber esperado a Jim Wilson.
—Tienes razón con respecto a lo de la estupidez, pero tenía que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque no soy un hombre valiente. Quizás esa fue la razón.
Nora dejó la puerta del baño abierta unos quince centímetros, y Frank oyó el ruido del agua al correr. Se sentó, con los papeles en su mano, preguntándose acerca del agua. Cuando había ido al baño no se le había ocurrido. Era natural que fuera así. Pero ahora no dejaba de preguntarse. ¿Por qué seguía manando? Tras un cierto tiempo consideró la posibilidad del depósito de reserva en el techo.
Entonces se preguntó acerca de Nora. Era extraño cómo podía pensar en ella personal e impersonalmente a la vez. Recordó sus palabras la noche anterior. Aquello la hacía... Buscó la palabra adecuada. ¿Cuál era el viejo clisé? Una mujer de virtud fácil.
¿Qué era lo que hacía que una mujer fuera así?, se preguntó. ¿Era algo inherente a su personalidad? Aquella puerta parcialmente abierta era de algún modo simbólico. Estaba seguro de que muchas esposas cerraban la puerta del cuarto de baño a sus esposos; lo hacían sin pensar, instintivamente. Estaba seguro de que Nora la había dejado parcialmente abierta sin pensar. ¿Podía trazarse un esquema de comportamiento a partir de un detalle tan insignificante?
Rumió acerca de su propia actitud hacia Nora. Había rechazado lo que ella le ofrecía por la noche. Y sin embargo no lo había hecho por una sensación de disgusto. Evidentemente había en Nora más cosas que le atraían de las que le repelían.
La moral, se dio cuenta vagamente, era impuesta —o al menos funcionaba— para proteger a la sociedad. Cuando la sociedad había desaparecido, desvanecida de la noche a la mañana... ¿podía seguirse manteniendo un código moral?
Si alguna vez regresaran a la masa de la gente, ¿cambiarían sus sentimientos hacia Nora? Pensó que no. Se casaría con ella, se dijo firmemente a sí mismo, tan sin pensarlo como se casaría con cualquier otra chica. No pensaría siquiera en lo que era para echarlo en su contra. Creo que a fin de cuentas soy fundamentalmente un amoral, pensó, y empezó a leer las copias de los teletipos.
* * *
Hubo una llamada en la puerta, seguida de la atronadora voz de Jim Wilson.
—¡Hey, los de dentro! ¿Preparados para el desayuno?
Frank se levantó y se dirigió hacia la puerta. Mientras lo hacía, la puerta del baño se cerró.
Jim Wilson lucía una barba de dos días, y no parecía importarle en absoluto. Entró en la habitación frotándose las manos con gran placer.
—Bien, ¿dónde vamos a comer, muchachos? Elijamos el más selecto restaurante de la ciudad. Nada excepto lo mejor para Minna.
Le guiño ostentosamente un ojo a Minna, que le seguía inexpresiva y silenciosa, exactamente igual a como le seguiría una sombra, y se sentó en una silla de respaldo recto junto a la pared.
—Será mejor que empecemos a dirigirnos hacia el sur —dijo Frank—, y no nos preocupemos del desayuno.
—¿Aún asustado?—preguntó Jim Wilson.
Por supuesto que estoy asustado... ahora. Estamos en medio de una enorme tierra de nadie.
—No le capto.
En aquel momento la puerta del baño se abrió y apareció Nora. Jim Wilson olvidó la pregunta que acababa de hacer. Dejó escapar un largo silbido de admiración. Luego volvió su mirada hacia Frank, y sus pensamientos eran tan diáfanos como el cristal. Estaba envidiando a Frank la noche que acababa de pasar.
Una repentina irritación se apoderó de Frank Brooks, una clara sensación de disgusto.
—Empecemos a preocuparnos de cosas importantes..., de nuestras vidas. ¿O acaso considera que su vida no es lo más importante?
Jim Wilson pareció desconcertado.
—¿Qué demonios le ocurre? ¿No ha dormido bien?
—He ido al periódico esta mañana y he encontrado algunos teletipos. Acabo de leer los informes.
—¿Qué hay acerca de ese tipo que intentó meterse en su habitación la pasada noche?
—No lo he visto. No he visto a nadie. Pero sé por qué la ciudad ha sido evacuada. —Frank regresó junto a la ventana y tomó el fajo de copias que había estado leyendo. Jim Wilson se sentó en el borde de la cama, frunciendo el ceño. Nora siguió a Frank y se acomodó en el brazo del sillón donde él se había sentado.
—¿Van a volar la ciudad? —preguntó Wilson.
—No. Estamos siendo invadidos por alguna forma de vida alienígena.
—¿Es eso lo que dicen esos papeles?
—Fue la más grande y la más rápida de las evacuaciones en masa jamás intentadas. He reunido todos los datos a partir de los informes. Fue un infierno durante esos dos días que nosotros estuvimos... fuera de circulación.
—¿Dónde han ido todos? —preguntó Nora.
—Al sur. Han evacuado una fronda de sesenta kilómetros a partir del lago en el oeste. La primera línea defensiva terrestre ha sido instalada al norte de Indiana. Los invasores proceden de algún otro planeta..., o al menos no son originarios de ningún lugar de la Tierra.
—Eso es la cosa más estúpida que he oído en mi vida —dijo Wilson.
—Probablemente mucha gente pensará lo mismo —respondió Frank—. Los platillos volantes eran algo muy corriente. Nadie creía que fueran nada importante y nadie les prestaba mucha atención. Pero de pronto atacaron, hace tres días..., y barrieron toda alma viviente en tres pequeñas ciudades al sur de Michigan. Desde ahí empezaron a desparramarse. Ellos...
Los cuatro oyeron el sonido al mismo tiempo. Un débil rumor que fue creciendo rápidamente hasta convertirse en un rugido atronador. Se dirigieron como una sola persona hacia la ventana y vieron los cuatro aviones a reacción, en formación, cruzando el cielo hacia el sur.
—Aquí están —dijo Frank—. La lucha ha empezado. A partir de ahora el ejército intentará pararles los pies, supongo.
—¿Hay alguna forma de que podamos ponernos en contacto con ellos? —dijo Nora—. ¿De hacerles saber... ?
Sus palabras se cortaron en seco ante el horror de lo que ocurrió.
Mientras observaban, los aviones cayeron en picado hacia la ciudad. En un punto determinado, aproximadamente sobre la calle Lake, calculó Frank, los aviones fueron aniquilados. Hubo un destello de fuego azul que se alzó hacia el cielo como un retorcido rayo para formar cuatro bolas de fuego en torno a los aparatos. Las bolas de fuego se convirtieron, casi instantáneamente, en globos de humo blanco que derivaron mansamente hasta desaparecer.
Y eso fue todo. Pero los aviones se esfumaron completamente.
—¿Qué ha ocurrido?—murmuró Wilson—. ¿Dónde han ido?
—Ha sido como si golpearan contra una pared —dijo Nora la voz ronca por el asombro.
—Creo que eso ha sido lo que ha ocurrido —dijo Frank—. Los invasores poseen algún tipo de arma que nos hace indefensos. De otro modo el ejército no hubiera establecido esta tierra de nadie ni la habría abandonado. Los informes decían que los tenemos rodeados por todos lados, con la ayuda del lago. Estamos intentando mantenerlos aislados.
Jim Wilson resopló.
—Parece como si los tengamos exactamente como ellos quieren que los tengamos.
—Sea como sea, seremos unos estúpidos si nos quedamos por aquí. Será mejor que nos dirijamos hacia el sur.
Wilson miró atentamente a su alrededor, a toda la habitación.
—Supongo que si, pero es una lástima... abandonar todo esto.
Nora estaba mirando por la ventana, el ceño ligeramente fruncido.
—Me pregunto quiénes son y de dónde vienen.
—Las noticias del teletipo son más bien vagas al respecto.
Ella se volvió rápidamente.
—Hay algo peculiar acerca de ellos. Algo realmente extraño. Anoche, cuando estábamos andando por la calle, debió de ser a esos invasores a quienes oímos. Debían de estar al otro lado de la calle. Tengo la impresión de que huyeron de nosotros presas del pánico. Y no han vuelto.
—Puede que no hayan estado aquí en absoluto —dijo Wilson—. Probablemente fue nuestra imaginación.
—Yo no lo creo así —interrumpió Frank—. Estaban aquí, y luego se fueron. Estoy seguro de ello.
—Esos sonidos, como lamentos. Seguramente se estaban lanzando señales unos a otros. ¿Supone que es el único lenguaje que poseen?
Nora se dirigió hacia la silenciosa Minna y le ofreció un cigarrillo. Minna lo rechazó con un movimiento de su cabeza.
—Me gustaría saber cuál es su aspecto —dijo Frank—. Pero no nos quedemos aquí sentados hablando. Actuemos.
Jim Wilson permanecía con el ceño fruncido. Había un evidente mal humor en sus modales.
—No Minna y yo. He cambiado de idea Me quedo aquí.
Frank parpadeó, sorprendido.
—¿Está usted loco? Hemos apurado demasiado ya nuestra suerte. ¿No ha visto lo que les ha ocurrido a esos aviones?
—Al diablo con los aviones. Hemos estado bien aquí. Esto es lo que me gusta. Y me gusta mucho. Nos quedaremos.
—De acuerdo —respondió Frank vehementemente—, pero hable sólo por usted. ¡No puede hacer que Minna se quede!
Wilson entrecerró los ojos.
—¿No? Mire, muchacho..., ¿por qué no se ocupa de sus propios asuntos?
La vaga sensación de disgusto que había sentido Frank cristalizó ahora en palabras.
—¡No voy a dejar que siga adelante con esto! ¿Cree que estoy ciego? ¡Arrastrándola a la habitación de atrás cada diez minutos! ¿Cree que no sé por qué? ¡Usted no es más que un maldito maníaco sexual! ¡La ha aterrorizado hasta tal punto que tiene miedo de abrir la boca! ¡Ella se viene con nosotros!
Jim Wilson saltó en pie. Su rostro ardía de rabia. El ansia de matar estaba escrita en su crispado cuerpo y en su retorcida boca.
—Maldito y asqueroso entrometido. Voy a...
Wilson cargó a lo largo de la escasa distancia que separaba a los dos hombres. Sus brazos se tendieron con ansias de aferrar.
Pero Frank Brooks no estaba lleno de gotas atontadoras esta vez, y con la cabeza clara no era un mal adversario. Cegado por la rabia, Jim Wilson era un mal adversario. Frank aguardó a que el otro estuviera sobre él, con los brazos abiertos, y entonces le golpeó fuertemente la cabeza con el teléfono. Wilson se derrumbó como un novillo apuntillado.
El grito brotó de Minna cuando saltó cruzando la habitación. Se había convertido de una incolora muñeca de trapo en una tigresa. Golpeó a Frank directamente en el vientre con sus pequeños puños. Toda la fuerza de su carga estaba detrás de los puños, y Frank cayó de espaldas sobre la cama.
Minna no prosiguió su ataque. Se dejó caer al suelo junto a Jim Wilson y apoyó su enorme cabeza en su regazo.
—Lo ha matado —sollozó—. ¡Usted, usted..., asesino! ¡Lo ha matado! ¡No tenía derecho!
Frank se sentó, los ojos muy abiertos.
—¡Minna! ¡Por el amor de Dios! Estaba ayudándola. ¡Lo hice por usted!
—¿Por qué no se preocupa de sus asuntos? ¿Le pedí acaso que me protegiera? No necesito ninguna protección..., no contra Jim.
—¿Quiere decir que no le importa la forma en que la trata... ?
—Usted lo ha matado..., lo ha matado... —Minna alzó lentamente la cabeza. Miró a Frank como si lo viera por primera vez—. Estúpido —dijo lentamente—. Es usted un gran estúpido. ¿Qué derecho tiene a mezclarse en los asuntos de los demás? ¿Es usted Dios o algo así, para gobernar la vida de los otros?
—Minna..., yo...
Era como si no hubiera hablado.
—¿Sabe usted lo que es no tener a nadie? ¿Ir por la vida y crecer y hacerse vieja sin tener a nadie? Yo nunca he tenido a nadie, hasta que de pronto llegó Jim y me deseó.
Frank se acercó a ella y se agachó a su lado. Ella reaccionó como una tigresa.
—¡Déjelo solo! ¡Déjelo solo! ¿No le basta con lo que ha hecho? —Perplejo, Frank retrocedió—. Gente con grandes narices..., siempre metiéndolas donde no les importa. ¿Acaso le importa lo que él pueda desear de mí? ¿Acaso me he quejado?
—Lo siento, Minna. No lo sabía.
—Prefiero las habitaciones de atrás con él a quedarme en las habitaciones de delante sin nadie.
Entonces se echó a llorar. Silenciosamente..., balanceándose adelante y atrás con la enorme y sangrante cabeza del hombre en su regazo.
—Todas las veces —canturreó—. Todas las veces que él quiera...
El cuerpo entre sus brazos se agitó. Ella bajó la mirada en medio de sus lágrimas y vio los pequeños ojos negros abrirse. Estaban ligeramente estrábicos, turbios por la fuerza del golpe. Se afirmaron, y Jim murmuró:
—¿Qué demonios..., qué demonios... ?
Minna sonrió..., una sonrisa apenas perceptible, como si fuera sólo para ella.
—Estás bien —dijo—. Todo va bien. Estás bien.
Jim la apartó torpemente y se puso en pie, tambaleándose. Vaciló por unos instantes, la cabeza dándole vueltas, un toro ciego y atormentado a los ojos de todos. Luego sus ojos enfocaron a Frank.
—Me golpeó con el maldito teléfono.
—Sí..., le golpeé.
—Voy a matarle.
—Mire..., cometí un error. —Frank tomó el teléfono y retrocedió contra la pared—. Le golpeé, pero usted iba a atacarme. Cometí un error, y lo siento.
—Voy a aplastarle esa maldita cabeza.
—Quizá pueda hacerlo —dijo Frank tétricamente—. Pero va a costarle. No crea que le voy a dejar hacerlo.
Una nueva voz resonó en la habitación.
—Dejen ya de decir estupideces. Yo soy quien va a matar. Eso es lo que más me gusta. Todo el mundo quieto.
Se volvieron y vieron a un hombre joven, delgado y de piel pálida en la abierta puerta. La puerta se había abierto tan suavemente que nadie se había dado cuenta de ello. Ahora el pálido joven estaba de pie en la habitación, con una pequeña y plateada pistola en su mano derecha.
Su mano izquierda colgaba cerca de su cuerpo. Estaba abundantemente envuelta en un vendaje blanco.
El joven dejó escapar una risita.
—Las últimas cuatro personas en el mundo estaban en una habitación —dijo—, y de pronto llamaron a la puerta.
Su risita se convirtió en un gorjeo de pura alegría.
—Sólo que no fue una llamada. Simplemente, un hombre entró con una pistola que lo convertía en el jefe.
Nadie se movió. Nadie habló. El hombre aguardó, luego prosiguió:
—Mi nombre es Leroy Davis. Vivía en la parte oeste, y siempre tenía un cuidador porque decían que no estaba bien del todo. Deseaban llevárseme con todos los demás, pero le chafé la cabeza a mi cuidador y ahora estoy aquí.
—Baje esa arma y hablaremos —dijo Frank—. Todos estamos metidos en esto.
—No, no lo estamos. Yo tengo una pistola, de modo que eso me hace el más importante. Ustedes están metidos en esto, pero yo no. Soy el jefe, junto con el que intentó partirme la mano ayer por la noche.
—Intentó meterse aquí dentro gritando y chillando como un loco. Yo cerré la puerta. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Correcto. No estoy loco. Los tipos como yo... puede que seamos un poco excéntricos, pero no guardamos rencor. No puedo recordar gran cosa de lo que pasó ayer por la noche. Encontré algo de whisky en un lugar calle abajo, y el whisky me hacer ver cosas raras. No sé lo que hago cuando bebo whisky. Dicen que en una ocasión, hará unos cinco años, me emborraché y maté a un chiquillo, pero no lo recuerdo.
Nadie habló.
—Salí de aquello. Lo arreglaron de alguna manera. Unos abogados muy caros me sacaron. A mi papi le costó un montón de pasta.
La histeria estaba creciendo dentro de Nora. Había conseguido mantenerla en su interior, pero en aquel momento algo de ella surgió entre sus apretados dientes.
—Que alguien haga algo. ¿Es que nadie va a hacer nada?
Leroy Davis la miró parpadeando.
—Nadie va a hacer nada, ricura —dijo con una voz muy amable—. Tengo la pistola. Serían unos locos si intentaran algo.
La risa de Nora fue como el agitar de una caja de guisantes secos. Se sentó en la cama y miró hacia el techo y rió.
—Es una locura. ¡Todo esto es una locura! —farfulló—. Aquí estamos, sentados en una ciudad condenada, con algún tipo de invasores alienígenas a nuestro alrededor de los que no sabemos ni siquiera su aspecto. No nos han hecho ningún daño. Ni siquiera sabemos cuál es su aspecto. Ni siquiera nos preocupamos de ellos porque estamos demasiado atareados matándonos entre nosotros.
Frank Brooks sujetó a Nora del brazo.
—¡Cállese! ¡Deje de reírse así!
Nora se aparto de un tirón.
—Quizá necesitemos a alguien que nos saque de esto. ¡Es una locura!
—Cállese —repitió Frank.
Los ojos de Nora se enturbiaron cuando miró a Frank. Dejó caer la cabeza y pareció algo avergonzada de sí misma.
—Lo siento. Estaré callada.
Jim Wilson había permanecido de pie junto a la pared, mirando primero al recién llegado, luego de nuevo a Frank Brooks. Wilson parecía confuso acerca de quien era el auténtico enemigo. Finalmente dio un paso hacia Leroy Davis.
Frank Brooks lo detuvo con un gesto, pero mantuvo su mirada fija en Davis.
—¿Ha visto usted a alguien más?
Davis estudió a Frank larga y cuidadosamente. Sus ojos eran brillantes como los de un pájaro. Le recordaron a Frank los ojos de una ardilla.
—Me tropecé con un anciano en la calle Halstead —dijo Davis—. Quería saber dónde se había ido todo el mundo. Me lo preguntó, pero yo no lo sabía.
—¿Qué le ocurrió al anciano? —inquirió Nora.
Hizo la pregunta como si temiera hacerla, pero como si una profunda compulsión la obligara a hablar.
—Le disparé —dijo Davis alegremente—. Le hice un favor, realmente. Ahí estaba aquel anciano, tambaleándose en la calle sin nada más que un montón de años malgastados. No quería seguir viviendo pero tampoco tenía el valor de morir. —Davis se interrumpió e inclinó vivamente su cabeza—. Ya saben..., creo que eso es lo que va mal en este mundo. Hay demasiada gente sin el valor necesario para morir, y una ley que prohibe matarlos.
Jim Wilson comprendía ahora que estaban frente a un maníaco. Su mirada se cruzó con la de Frank Brooks y asintieron mutuamente. Una línea de acción se estableció entre ellos, sin necesidad de ninguna palabra. Jim Wilson dio un lento y casual paso hacia el maníaco homicida.
—¿Vio usted a alguien más?—preguntó Frank.
Davis ignoró la pregunta.
—Mírenlo de este modo —dijo—. En los tiempos antiguos había los cuernilargos de Texas. Un ganado flaco y correoso con una carne casi tan dura como el cuero. ¿Tenemos un ganado así en nuestros días? No. ¿Para qué seguir conservando una raza tan pobre como ésa?
—Hay cigarrillos en esa mesa, si quiere usted uno —dijo Frank.
Jim Wilson dio lentamente otro paso hacia Davis.
—Criamos el ganado con inteligencia —dijo Davis—, teniendo en mente para que sirve un novillo, y así producimos un trozo de carne con patas tan ancho como largo.
—Ajá —dijo Frank.
—¿Captan la idea? ¿Entienden a dónde voy? Los seres humanos son más importantes que el ganado, pero ¿podemos criarlos inteligentemente? ¡Oh, no! Eso interfiere con las malditas libertades humanas. Uno no puede decirle a un hombre que solamente puede tener dos hijos. Es su derecho divino tener doce cuando el maldito estúpido ni siquiera puede alimentar a tres. ¿Captan lo que quiero decir?
—Seguro..., claro, lo captamos.
—Será mejor que piensen en ello..., y usted, caballero, dígale a ese gordo bastardo que deje de arrastrarse hacia mí o le voy a esparcir los sesos por la moqueta.
Si la situación no hubiera sido tan seria hubiera parecido ridícula. Jim Wilson, con el éxito casi al alcance de la mano, estaba de puntillas, listo para saltar. Vaciló, estuvo a punto de perder el equilibrio, y se apoyó de espaldas contra la pared.
—Tómeselo con calma —dijo Frank.
—Me lo tomaré con calma —respondió Davis—. Los mataré a todos ustedes... —apuntó la pistola a Jim Wilson—, empezando por él.
—Espere un minuto —dijo Frank—. No es usted razonable. ¿Qué derecho tiene a hacer eso? ¿Qué hay acerca de la ley de la supervivencia? Aquí esta usted, apuntándonos con una pistola. Está dispuesto a matarnos. ¿No es natural intentar cualquier cosa que pueda salvar nuestras vidas?
Una expresión admirativa hizo brillar los ojos de Davis.
—¡Oiga! Me gusta usted. Tiene razón. Es lógico. Se puede hablar con usted. Si hay algo que me gusta es hablar con un hombre lógico.
—Gracias.
—Es una lástima que tenga que matarle. Podríamos sentarnos y tener largas y agradables conversaciones.
—¿Por qué quiere matarnos? —dijo Minna.
No había hablado hasta entonces. De hecho, había hablado tan poco durante todo el tiempo que habían permanecidos juntos que su voz era una novedad para Frank. Se sintió inclinado a no tener en cuenta su perorata en el suelo con la cabeza de Wilson en su regazo. Había sido una persona distinta entonces. Ahora había vuelto a meterse en su antiguo cascarón.
Davis la miró pensativamente.
—¿Ha de existir alguna razón?
Debería tener usted una razón para matar a la gente.
—De acuerdo —dijo Davis—, si eso la hace más feliz. Le hablaré de cómo maté a mi cuidador cuando intentó hacerme abandonar la ciudad. Se metió en el coche, tras el volante. Yo me situé en el asiento de atrás y le abrí la cabeza con una barra de hierro.
—¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
—Sólo eso. Tommy era una persona mucho mejor que cualquiera de ustedes o incluso que todos ustedes juntos. Si él tuvo que morir, ¿qué derecho tienen ustedes a seguir viviendo? ¿No es eso razón suficiente?
—Todo esto es una completa locura —rugió Jim Wilson.
Estaba a punto de saltar sobre Davis y su arma.
En aquel momento, procedente del norte, les llegó un súbito crescendo de los extraños lamentos de los invasores. Eran mucho más intensos de lo que habían sido antes, pero no parecían estar más cerca.
El grupo se inmovilizó, lo oídos atentos al sonido.
—Están hablando de nuevo—susurró Nora.
—Ajá—respondió Frank—. Pero esta vez es distinto. Como si...
—... como si estuvieran preparándose para algo —dijo Nora.
—No voy a matarles aquí arriba —dijo Davis—. Vamos a ir abajo.
El momento crucial, engarzado en la mente de Jim Wilson, que podía haber cambiada la situación, había llegado y se había ido. El afilado borde de la locura adicional que podía hacer que un hombre se lanzara contra una pistola cargada se había embotado. Leroy Davis hizo un gesto perentorio hacia Minna.
—Usted primero..., luego la otra chica. Caminen una al lado de la otra hasta el vestíbulo, con los hombres detrás. Directamente hacia la recepción.
Obedecieron sin resistirse. Jim Wilson tenía el ceño fruncido, Frank Brooks los ojos vacuos, y Nora miraba de una forma tensa e inexpresiva.
La mente de Nora estaba centrada en la pistola. Estaba llena con pensamientos acerca del pálido maníaco que los conducía. Él estaba al mando. Instintivamente, sintió que los maníacos al mando tenían una o quizá dos motivaciones..., sexo y asesinato. Su reacción a un posible asesinato era secundaria. Pero ¿y si aquel hombre insistía en ponerle las manos encima? ¿Y si la obligaba a realizar el acto más antiguo del mundo que ella había realizado tan a menudo? Nora se estremeció. Se hizo la pregunta a sí misma y se sintió sorprendida por las razones de su repulsión. Visualizó las manos del hombre sobre su cuerpo —las viejas cosas familiares—, y el sabor en su boca era de horror.
Nunca antes había experimentado tales contradicciones. ¿Por qué ahora? ¿Había cambiado ella? ¿Había ocurrido algo durante la noche que había convertido su pasado en una época de vergüenza? ¿O la razón estaba en el propio hombre? No lo sabía.
Nora regresó de su ensimismamiento para encontrarse de pie en el vacío vestíbulo. Leroy Davis, hablando con Frank, estaba diciendo:
—Parece como si quisiera hacerme algún truco. Ponga las manos sobre su cabeza. Entrelace sus dedos sobre su cabeza y mantenga las manos ahí.
Jim Wilson estaba de pie cerca de la silenciosa Minna. Ella había seguido todas las órdenes sin experimentar la menor ira, sin ninguna expresión exterior. Siempre había mantenido sus ojos fijos en Jim Wilson. Obviamente, cualquier cosa que Jim ordenara, la haría sin hacer preguntas.
Wilson volvió la cabeza hacia ella y dijo:
—Escucha, muñeca hay algo que siempre he querido preguntarte pero que siempre he olvidado hacerlo. ¿Cuál es tu apellido?
—Trumble... Minna Trumble. Creí habértelo dicho.
—Quizá lo hiciste. Quizá yo no lo recuerdo.
Nora sintió que la histeria se apoderaba de nuevo de ella.
—¿Cuánto tiempo va a seguir usted haciendo esto?—preguntó.
Leroy Davis inclinó la cabeza hacia un lado al mirarla.
—¿Haciendo qué?
—Jugando al gato y al ratón. Manteniéndonos clavados con una aguja como moscas en un expositor.
Leroy Davis sonrió ampliamente.
—Como una mariposa en su caso, ricura. Una grande y hermosa mariposa.
—¿Qué es lo que piensa hacer? —restalló Frank Brooks—. Sea lo que sea, hágalo ya.
—¿No se da cuenta de lo que estoy haciendo? —preguntó Davis con una genuina sorpresa—. ¿Tan estúpido es? Soy el jefe. Estoy al mando y me gusta. Tengo el poder de la vida y de la muerte sobre ustedes cuatro, y estoy saboreando cada momento de ello. Es usted más bien estúpido, caballero, y si sigue así me veré obligado a meter una bala por su oreja izquierda y observar cómo sale por la derecha.
Jim Wilson tenía los puños apretados. Estaba acercándose de nuevo al punto de la temeridad. Y de nuevo este punto retrocedió a medida que el sonido de un motor iba haciéndose más fuerte..., no en el aire, sino al nivel de la calle, procedente del sur.
Era un sonido alegre, sano, y fue captado inmediatamente por la insana mente de Leroy Davis.
Se crispó hasta el punto de que su rostro se volvió aún más pálido por la tensión. Se dirigió hacia una ventana, miró rápidamente fuera, y volvió sobre sus pasos.
—Es un jeep —dijo—. Va a pasar junto al hotel. Si alguno de ustedes hace el menor movimiento, o grita, hallarán sus cuatro cadáveres aquí y yo habré desaparecido. Eso es todo lo que tengo que decirles, y saben que lo haré.
Sabían que podía hacerlo y guardaron silencio, intentando reunir el valor necesario para efectuar algún movimiento. El motor del jeep petardeó un par de veces a medida que se acercaba a la calle Madison. Cada vez, los nervios de Leroy Davis reaccionaron secamente, y los cuatro mantuvieron sus ojos clavados en la pistola que tenía en su mano.
El jeep llegó al cruce y disminuyó su marcha. Hubo una conferencia entre sus dos ocupantes..., soldados provistos de cascos y trajes de batalla marrón oscuro. Luego el jeep giró hacia la calle Clark en dirección a Lake.
Un ahogado suspiro escapó de la garganta de Nora. Frank Brooks se volvió hacia ella.
—Tranquilícese —dijo—. Aún no estamos muertos. No creo que quiera matarnos.
La respuesta llegó de Minna. Habló suavemente:
—No me importa. Ya no puedo seguir resistiendo esto. Después de todo, no somos animales. Somos seres humanos, y tenemos derecho a vivir y morir como queramos.
Minna caminó hacia Leroy Davis.
—Ya no tengo miedo a su pistola. Todo lo que puede hacer con ella es matarme. Adelante, hágalo.
Minna se acercó a Leroy Davis. Él se la quedó mirando con la boca abierta y dijo:
—¡Está usted loca! Vuelva ahí. ¡Es usted una dama loca!
Disparó dos veces la pistola, y Minna murió apreciando la incongruencia de sus palabras. Hubo como una risa en ella mientras caía.
Con un resonante rugido animal, Jim Wilson saltó contra Leroy Davis. Su gran mano se cerró sobre la de Davis, ocultando la pistola. Hubo una ahogada explosión, y la bala atravesó la palma de Wilson sin que éste se diera cuenta de ello. Wilson arrancó la pistola de la débil sujeción de Davis y la arrojó a lo lejos. Luego mató a Davis.
Lo hizo lentamente, algo sorprendente en Wilson. Alzó a Davis por el cuello y lo mantuvo en el aire, con sus pies separados del suelo. Entonces le retorció el cuello, pareciendo hacerlo con un gran placer, mientras Davis emitía horribles ruidos y pateaba
Nora se apoyó en el hombro de Frank Brooks, pero no pudo evitar que los sonidos llegaran hasta sus oídos. Frank la atrajo hacia sí.
—Tranquilícese —dijo—. Tranquilícese.— Y probablemente no era consciente de lo que estaba diciendo.
—Dígale que se apresure —susurró Nora—. Dígale que termine rápido. Es como..., es como si estuviera matando a un animal.
—Eso es lo que es..., un animal.
Frank Brooks contemplo fascinado el distorsionado rostro de Leroy Davis, que se iba poniendo oscuro por momentos. Ahora estaba más allá de cualquier parecido con algo humano. Sus ojos estaban desorbitados, y la lengua surgía de su boca como si buscara frenéticamente alivio.
Los sonidos animales se apaciguaron y murieron. Nora oyó el sonido del cuerpo cayendo al suelo..., un sonido blando y suave de finalidad. Se volvió y vio a Jim Wilson con las manos aún extendidas y engarfiadas. Las terribles manos a través de las cuales el hálito de una terrible vida se había disipado en el vacío aire.
Wilson bajó los ojos hacia su obra.
—Está muerto —dijo lentamente. Se volvió para enfrentarse a Frank y Nora. Había como una gran decepción en su rostro—. Esto es todo —dijo con torpeza—. Simplemente..., está muerto.
Sin saber exactamente por qué, Jim Wilson estaba lleno con el fútil regusto de la venganza. Se inclinó para recoger el cuerpo de Minna. Había un pequeño agujero azulado en su mejilla derecha y otro encima de su ojo izquierdo. Con una mirada a Frank y Nora, Jim Wilson cubrió las heridas con su mano, como si considerara que eran algo indecente. Alzó a Minna entre sus brazas y caminó cruzando el vestíbulo y subiendo las escaleras, con el lento y pausado paso arrastrante de un hombre agotado.
El sonido del jeep se oyó de nuevo, pero ahora mucho más lejos. Frank Brooks tomó a Nora de la mano y corrieron hacia la calle. Mientras cruzaban la acera, el sonido del jeep fue ahogado por un repentino crescendo de los lamentos.
Resonando con una nueva nota, ascendieron y murieron en el quieto aire. Parecía una nota de pánico, de nuevo conocimiento, pero Frank y Nora no le prestaban mucha atención. Los sonidos del motor del jeep procedían del oeste, y llegaron al cruce de Madison con Well a tiempo para ver al jeep dirigirse hacia el sur a toda velocidad.
Frank gritó y agitó los brazos, pero supo que no había sido ni visto ni oído. Tuvieron poco tiempo para la decepción. Un nuevo centro de interés apareció hacia el noroeste. Por la esquina de la calle Washington y en dirección a Clark, surgieron tres extrañas figuras.
Había una mezcla de beligerancia y sufrimiento en sus acciones. Llevaban armas de extraña apariencia, y parecían interesados en utilizarlas contra algo o contra alguien, pero aparentemente les faltaban las energías necesarias para alzarlas pase a que parecían más bien livianas.
Las propias criaturas eran humanoides, pensó Frank. Apretó la mano de Nora.
—Nos han visto.
—No corramos —dijo Nora—. Estoy cansada de correr. Todo lo que nos ha traído ha sido problemas. Simplemente quedémonos aquí.
—No sea estúpida.
—No voy a correr. Usted hágalo si quiere.
Frank trasladó de nuevo su atención a las tres extrañas criaturas. Dejó que su curiosidad natural tomara las riendas. Los pensamientos de huida se desvanecieron de su mente.
—Son tan delgados..., tan frágiles —dijo Nora.
—Pero sus armas, no.
—Es difícil de creer, incluso viéndolos, que procedan de otro planeta.
—¿Realmente? No se parecen demasiado a nosotros.
—Quiero decir como los relatos que han corrido durante tanto tiempo acerca de platillos volantes y vuelos espaciales y cosas así. Aquí están, pero no parece posible.
—Hay algo raro en ellos.
Era cierto. Dos de los extraños seres se habían derrumbado en la acera. El tercero siguió avanzando tambaleándose, arrastrando un pie tras otro hasta que cayó sobre manos y rodillas. Permaneció inmóvil durante largo rato, la cabeza colgando blandamente. Luego también se derrumbó sobre el cemento y quedó inmóvil.
Los lamentos al norte adquirieron ahora un tono de intensa agonía... de gran desesperación. Tras ellos reinó un silencio absoluto.
* * *
—Se derrotaron a sí mismos —dijo el militar—. O mejor dicho, las fuerzas naturales los derrotaron. Seguro que nosotros poco tuvimos que ver con ello.
Nora, Frank y Jim Wilson estaban de pie en la acera al lado de la motocicleta. El hombre en la motocicleta se sostenía con un pie apoyado en el bordillo mientras hablaba.
—Vimos a tres de ellos morir ahí delante en la calle—dijo Frank.
—Nuestro grupo de avanzada vio ocurrir lo mismo en otras partes. Es por eso por lo que avanzamos de nuevo. Ahora ya todo ha terminado. Sabremos mucho más de ellos dentro de veinticuatro horas.
—No sé nada de ustedes tres. Si ignoraron la evacuación sin ninguna culpa y además pueden probarlo... —añadió el militar.
—Éramos cuatro —dijo Jim Wilson—. Luego encontramos a otro hombre. Está dentro, en el hotel. Yo lo maté.
—¿Asesinato? —dijo el militar secamente.
—Mató a una mujer que estaba con nosotros —dijo Frank—. Era un maníaco.
—¿Dónde está el cuerpo de la mujer?
—En una cama, arriba—dijo Wilson.
—Tengo que retenerles a los tres. Todavía rige la ley marcial en esta zona. Están ustedes en manos del ejército.
* * *
Las calles estaban llenas de gente ahora, yendo a sus asuntos, empujándose y apresurándose, comiendo en los restaurantes, produciendo electricidad para las luces, generando energía para los teléfonos.
Nora, Frank y Jim Wilson estaban sentados en un restaurante en la calle Clark.
—Todos somos diferentes ahora —dijo Nora—. Nadie puede pasar por lo que hemos pasado y seguir siendo el mismo.
Jim Wilson aceptó indiferentemente su afirmación.
—¿Descubrieron qué fue lo que los mató?
—Aún están trabajando en ello, creo.
Frank Brooks agitó su café, alzó una cucharada y la dejó caer goteando de nuevo en la taza.
—Voy a ir a la estación de policía de la avenida Chicago —dijo Wilson.
Frank y Nora alzaron la vista sorprendidos. Frank preguntó:
—¿Por qué? El tribunal militar desestimó el caso..., el hecho de que usted hubiera escapado de la celda.
—No creo que lo desestimaran. No creo que les importara tampoco. De todos modos, voy a ir.
—No creo que la condena sea muy larga.
—No, más bien pequeña. Deseo acabar con todo eso.
Se alzó de su silla.
—Hasta otra. Quizá volvamos a vernos algún día.
—Si, quizá volvamos a vernos.
—Adiós.
—Creo que yo también voy a irme —dijo Frank—. Tenía un trabajo en una fábrica al norte. Quizá esté funcionando de nuevo.— Se puso en pie y se apoyó torpemente en la mesa—. Además..., aún tengo que cobrar mi última paga.
Nora no dijo nada.
—Bueno... —dijo Frank—. Quizá volvamos a vernos algún día.
—Quizás. Adiós.
Frank Brooks caminó hacia el norte por la calle Clark. Se sentía feliz de haberse marchado del restaurante. Nora era una buena chica, pero infiernos..., uno no concierta una cita con alguien como ella para liarse en serio.
Pero era algo que hacía pensar. Ya había pasado la edad de la adolescencia. Ya era tiempo de buscarse alguna chica y sentar la cabeza. Uno no podía ir dando tumbos así toda su vida.
Nora caminó hacia el este por la calle Madison. Entonces recordó que los tugurios de la calle Halstead estaban en aquella dirección y giró hacia el sur en Wells. Tenía nueve dólares en su bolso y aquello la preocupaba. Una no puede sobrevivir mucho tiempo en Chicago con nueve dólares.
Había una taberna en Jackson, cerca de Wells. Nora entró. El camarero no frunció el ceño al verla. Aquello era buena señal. Se dirigió a la barra, pidió una cerveza, y se la sirvieron.
Tras un rato entró un hombre. Un hombre de edad media que probablemente había acabado de llegar a Chicago y cuyas maletas tal vez aún estuvieran en la estación de la calle LaSalle, un poco más abajo. El hombre miró a Nora luego apartó la vista. Tras un rato volvió a mirarla.
Nora sonrió.
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