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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 30 de junio de 2009

LA RATA DE ACERO INOXIDABLE

LA RATA DE ACERO INOXIDABLE

Harry Harrison

La Historia Humana nos demuestra que no todos los humanos son hombres; hay algunos que son mulas otros que son lobos... y siempre hay algunas pocas ratas.

Cuando la puerta de la oficina se abrió repentinamente, supe que todo había terminado. Había sido un buen filón... pero se había acabado. Mientras entraba el policía, me recosté en el sillón y esbocé una alegre sonrisa. Tenía la misma expresión sombría y el mismo paso pesado que tienen todos... y la misma falta de sentido del humor. Casi podía adivinar lo que iba a decir antes de que abriese la boca.

- James Bolívar diGriz, le arresto bajo la acusación...

Estaba esperando la palabra bajo. Pensé que eso le daba un toque desenfadado al asunto. Mientras la decía, apreté el botón de ignición de la carga de pólvora negra situada en el techo, en el punto exacto bajo el cual se hallaba, y así se dobló la viga y la caja de caudales, de tres toneladas de peso, cayó justo sobre su coronilla. Quedó bien aplastado, sí señor. La nube de yeso se posó y todo lo que pude ver de él fue una mano, algo retorcida. Se agitaba un poco, y el dedo índice me apuntaba acusadoramente. Su voz sonaba algo ahogada por la caja de caudales, y parecía un tanto preocupada. En realidad, se repetía un poco.

- …bajo la acusación de entrada ilegal, robo, falsificación...

Siguió así durante un cierto tiempo. Era una lista impresionante, pero ya la había oído antes. No me molestaba en absoluto mientras llenaba mi maleta con el dinero de los cajones. La lista terminaba con una acusación nueva, y podría haberme jugado un montón así de alto de billetes de mil créditos a que sonaba un tanto dolida:

- Además, le será añadido a su expediente la acusación de ataque a un policía robot, lo cual ha sido una tontería, ya que mi cerebro y mi laringe están acorazados, y en mi cavidad ventral...

- Todo eso ya lo sé, muchacho; pero tu pequeño emisor-receptor está en la punta de tu aguzada cabeza, y lo que no quería era que dieses aún aviso a tus amigos.

Una buena patada hizo saltar la puerta de escape de la pared, y me dio acceso a las escaleras que bajaban al sótano. Mientras pasaba sobre cascotes esparcidos por el suelo los dedos del robot trataron de alcanzar mi pierna, pero ya me lo esperaba, por lo que fallaron por algunos centímetros. Ya he sido perseguido por los suficientes policías robot como para no saber lo indestructibles que son. Puedes volarlos, o derribarlos, y continúan persiguiéndote, aunque tengan que arrastrarse impelidos tan solo por un dedo incólume, y escupiéndote durante todo el tiempo moralidad azucarada. Esto es lo que estaba haciendo éste. Que si debía abandonar mi vida de crímenes y pagar me deuda con la sociedad, y todas esas paparruchadas. Todavía podía oír los ecos de su voz resonando escaleras abajo cuando llegué al sótano.

Ahora, los segundos estaban contados. Tenía unos tres minutos antes de que me pisaran los talones, e iba a emplear exactamente un minuto y ocho segundos en salir del edificio. No era mucha ventaja, y la iba a necesitar toda. Otra puerta disimulada se abría a la sala de desetiquetado. Ninguno de los robots me miró mientras la atravesaba. Me habría sorprendido silo hubieran hecho, pues eran todos del tipo sencillo de grado M, con poco cerebro y buenos tan sólo para trabajos simples y repetitivos. Para esto era para lo que los había alquilado. No sentían ninguna curiosidad sobre el por qué estaban quitando las etiquetas de las latas llenas de frutos nitrogenados, o acerca de qué había al otro lado de la cadena sin fin que se llevaba estas latas a través de un orificio en la pared. Ni tan sólo miraron cuando abrí la Puerta Que Jamás Estaba Abierta y que daba al otro lado de esa pared. La dejé abierta detrás mío, pues ya no era ningún secreto.

Caminando cerca de la rugiente cadena sin fin, atravesé la irregular abertura que yo mismo había practicado en la pared del almacén del gobierno. También había tenido que instalar la cadena sin fin, pues esto y el hacer el hueco eran actos ilegales que tenía que hacer por mí mismo. Otra puerta cerrada se abría al almacén propiamente dicho. La cargadora automática estaba apilando atareadamente latas en la cadena sin fin, tomándolas de los montones que llegaban hasta el techo. Esta cargadora ni tan solo tenía el bastante cerebro como para ser llamada robot, tan sólo estaba equipada con una cinta programada para que cargase las latas. La contorneé y troté a lo largo de la habitación. Tras de mí murieron los sonidos de mi actividad ilegal. Me reconfortaba el saber que todavía seguía funcionando a pleno rendimiento.

Había sido uno de los negocios más bonitos que había montado. Con una pequeña inversión alquilé el almacén contiguo al del gobierno. Un simple agujero en la pared me dio acceso a todo el stock de productos almacenados, productos a utilizar a tan largo plazo que yo sabía que permanecerían sin ser tocados durante meses o años en un almacén tan grande como este.

Naturalmente, sin ser tocados hasta que yo llegué.

Tras la perforación del agujero y la instalación de la cadena, el resto fue un negocio normal. Alquilé los robots para sacar las etiquetas antiguas y sustituirlas por las muy atractivas que me había hecho imprimir Entonces coloqué mis productos en el mercado en una forma estrictamente legal. Mi producto era mejor y, gracias a mi imaginativo sistema operativo, los costes eran muy bajos, por lo que podía permitirme vender más barato que mis competidores y hacerme todavía con unos jugosos beneficios. Los mayoristas locales se hablan dado cuenta rápidamente del saldo, y tenía pedidos para muchos meses por adelantado. Había sido un buen asunto... y podría haber durado algún tiempo más.

Ahogué esa línea de pensamientos antes de que comenzase. Si algo hay que aprender en mi tipo de negocios es que, cuando un negocio se acabó, ¡se acabó! La tentación de continuar un día más o de ingresar aún otro cheque puede ser casi irresistible, lo sé muy bien; pero también sé que es la mejor forma de relacionarse con la policía...

Date la vuelta y vete...

Y podrás estafar otro día.

Este es mi lema, y es un buen lema. Me hallo donde me hallo precisamente porque lo he seguido al pie de la letra.

Y el soñar despierto no ayuda a escapar de la policía.

Eché todos estos pensamientos de mi mente al llegar al extremo de la sala. Toda el área debía estar ya repleta de policías, así que tenía que moverme deprisa y no cometer errores. Una rápida mirada a derecha e izquierda. Nadie a la vista. Dos pasos adelante, y apretar el botón del ascensor. Habla puesto un contador en este ascensor de la parte de atrás, y sabía que se usaba por término medio tan sólo una vez al mes.

Llegó en unos tres segundos, vacío, y salté a su interior, apretando al mismo tiempo el botón que señalaba: azotea. El viaje pareció durar una eternidad, pero tan solo era una apreciación subjetiva. Según el contador duraba exactamente catorce segundos. Esta era la parte más peligrosa de la fuga. Me puse rígido mientras el ascensor frenaba. Llevaba en la mano mí calibre .75 sin retroceso, que podría acabar con un policía, pero tan sólo con uno.

La puerta se abrió y me relajé. Nada. Debían tener toda el área rodeada en el suelo, pero no se hablan preocupado en poner policías en la azotea.

Al aire libre podía oír por primera vez las sirenas... era un sonido maravilloso. Debían tener allí la mitad de todas las fuerzas de policía, a juzgar por el ruido que hacían. Aceptaba esto del mismo modo que un artista acepta los aplausos.

La pasarela estaba tras la caseta del ascensor, en el sitio donde la habla dejado. Algo descolorida por la humedad, pero igual de resistente. Unos pocos segundos para llevarla al borde de la baranda y recostaría contra el edificio contiguo.

Tranquilo. Este era el punto crítico en que la velocidad no contaba. Cuidadosamente hasta el final de la pasarela, con la maleta apretada contra mi pecho para mantener mi centro de gravedad sobre mi mismo. Paso a paso. Una caída de trescientos metros hasta el suelo. Si no miras hacia abajo no puedes caerte...

Pasado. Momento de apresurarse. Con la pasarela tras la barandilla, si no la ven al principio, mi pista estará cubierta al menos durante algún tiempo. Diez pasos rápidos y allí estaba la puerta de la escalera. Se abría con facilidad. Tenía que hacerlo, pues por algo yo había puesto aceite en las bisagras, una vez dentro, eché el cerrojo e inspiré larga y profundamente. Aún no había salido, pero la peor parte, en la que corría más riesgos, ya había pasado. Dos minutos sin interrupciones y jamás encontrarían a James Bolívar, alias «Jim el escurridizo», diGriz.

El rellano de la escalera correspondiente a la azotea era un cubículo mal alumbrado y mohoso que jamás era visitado. Hacia semanas habla estado revisándolo cuidadosamente en busca de micrófonos o cámaras visoras, y no había hallado nada. El polvo parecía incólume, con la excepción de mis propias pisadas. Tenía que aceptar el riesgo de suponer que no los habrían colocado desde entonces. El riesgo calculado es algo que tiene que ser aceptado en mi profesión.

Adiós James diGriz, de noventa y ocho kilos de peso, con una edad aproximada de unos cuarenta y cinco años, obeso y de prominentes mejillas, un típico hombre de negocios cuya foto honra los archivos de la policía de un millar de planetas, lo mismo que sus huellas dactilares. Estas fueron lo primero que desapareció. Nada más fácil, cuando las usas son como una segunda piel y sin embargo bastan unas gotas de disolvente para que salgan como un par de guantes transparentes.

La ropa después, y entonces el corsé a la inversa: esa bella panza que me ciñe la cintura y que contiene veinte kilos de plomo mezclado con termita. Un rápido remojón de la botella de tinte y mi cabello recuperó su original tonalidad marrón, así como mis cejas. Los tapones nasales y los rellenos de las mejillas duelen al salir, pero tan solo es un segundo. Más tarde las lentillas de color azul. Este proceso me deja tan desnudo como cuando vine al mundo, y siempre siento como si hubiese nacido otra vez. Y, en cierto sentido, es verdad; me había convertido en un hombre nuevo, con veinte kilos menos, diez años menos y una descripción totalmente diferente. La maleta contenía un traje completo y unas gafas de montura oscura que reemplazaban a las lentillas. El dinero cabía fácilmente en un maletín.

Cuando me erguí, parecía ciertamente como si me hubieran quitado diez años. Estaba tan acostumbrado a usar aquel peso que ya no lo notaba... hasta ahora que me lo había quitado. Me sentía ligero.

La termita destruiría todas las evidencias. Hice un montón con todo y encendí la mecha. Prendió con un rugido y todo: botellas, ropas, maleta, zapatos, pesas, etc., ardió con un brillo alegre. La policía hallaría un punto requemado en el suelo, y el microanálisis tal vez les hiciese hallar algunas moléculas en las paredes, pero esto sería todo lo que hallarían. El resplandor de la termita ardiendo proyectó sombras danzantes a mi alrededor mientras bajaba tres pisos hasta el centésimodoceavo.

La suerte seguía acompañándome; no había nadie en el piso cuando abrí la puerta. Un minuto más tarde el ascensor rápido me dejaba, junto con un puñado de otros hombres de negocios, en el amplio vestíbulo.

Tan solo había una puerta abierta a la calle, y había una cámara portátil de TV enfocada hacia ella. No se hacía el menor intento de detener a la gente que salía o entraba al edificio, y la mayor parte de ella ni siquiera se daba cuenta de la cámara y del pequeño grupo de policías reunidos a su alrededor. Caminé hacia ella a un paso mesurado. Unos nervios templados sirven de mucho en este tipo de negocios.

Por un instante estuve de lleno en el campo de aquel frío ojo de cristal, luego pasé de largo. No ocurrió nada, así que no era sospechoso. Aquella cámara debía de estar conectada en directo con la computadora central en la Jefatura de Policía y, si mi descripción se hubiera parecido lo suficiente a la que constaba en su memoria, aquellos robots hubieran recibido inmediatamente la notificación y habría sido detenido antes de poder dar un solo paso más. No se puede superar a la combinación computadora-robot porque piensan y actúan en cuestión de microsegundos, pero se les puede eludir previendo anticipadamente las cosas. Yo lo había hecho una vez más.

Un taxi me llevó hasta unas diez manzanas de distancia. Esperé a que se perdiera de vista y tomé otro. Hasta que no me hallé en el tercer taxi no me sentí lo suficientemente seguro como para ir a la terminal del espaciopuerto. Los sonidos de las sirenas se hacían más y más lejanos, y tan solo ocasionalmente algún coche de la policía pasaba raudo en sentido contrario.

Estaban haciendo una montaña de un pequeño crimen, pero eso es lo usual en los mundos supercivilizados. El crimen es ya algo tan raro, que la policía enloquece cuando tropiezan con uno. Hasta cierto punto no podía culparles por ello, el poner multas de tráfico debe de ser un trabajo tremendamente aburrido. En realidad, creo que deberían agradecerme el que ponga un poco de excitación en sus aburridas vidas.

Fue un bello paseo hasta el espaciopuerto, pues naturalmente se hallaba situado bien lejos de la ciudad. Tuve tiempo de arrellanarme en el asiento y contemplar el paisaje mientras ponía en orden mis pensamientos. Hasta lo tuve para filosofar un poco. Uno de los motivos era que podía gozar de nuevo del placer de fumar un buen cigarro. En mi otra personalidad tan solo fumaba cigarrillos, y nunca he violado las costumbres de una personalidad, ni aún en los momentos del más estricto aislamiento. Los cigarros estaban todavía en la cigarrera de bolsillo en que los habla metido hacía seis meses. Di una larga chupada y lancé el humo contra el centelleante paisaje. Era bueno acabar un trabajo, tanto como el estar realizándolo. Nunca podía decidir qué era lo que más me gustaba. Supongo que era porque cada cosa tenía su tiempo de ser.

Mi vida es tan diferente de las de la absoluta mayoría de la gente que forma nuestra sociedad, que dudo que aunque quisiera pudiera explicársela. Viven en una enorme y rica unión de mundos que casi ha olvidado el significado de la palabra crimen. Existen unos pocos descontentos y algunos, aún menos, socialmente mal ajustados. Los pocos que aún nacen, a pesar de los siglos de control genético, son pronto atrapados, y su aberración es rápidamente rectificada. Algunos no hacen patente su debilidad hasta que llegan a adultos: son los que intentan realizar crímenes mezquinos, como escalos, descuidos en almacenes y así... Los llevan a cabo durante una o dos semanas, o durante uno o dos meses, según su nivel de inteligencia natural. Pero al fin, con la misma seguridad con que se da la degradación de las sustancias radioactivas, la policía alarga su brazo y los atrapa.

Esto es casi todo el crimen que se da en nuestra sociedad, organizada y aburguesada. Digamos que el noventa y nueve por ciento. Es el restante y vital uno por ciento el que da trabajo a los departamentos de policía. Ese uno por ciento soy yo y unos pocos como yo, un puñado de hombres esparcidos por toda la Galaxia. Teóricamente no podemos existir y, si existimos, no podernos operar. Pero lo hacemos. Somos las ratas del artesonado de la humanidad... operamos más allá de sus barreras y de sus reglas. La sociedad tenía más ratas cuando las reglas eran más flexibles, tal como los edificios de madera contenían más ratas que los de cemento que los sustituyeron, pero a pesar de eso aún tenían ratas. Ahora que la sociedad es toda de cemento armado y acero inoxidable hay menos rendijas entre las junturas y una rata tiene que ser inteligente para descubrirías. Una rata de acero inoxidable está en su elemento en este ambiente.

El ser un rata de acero inoxidable es algo solitario pero envanecedor... y es la experiencia más formidable que se pueda dar en la Galaxia si es que uno puede realizar impunemente su tarea. Los sociólogos no pueden ponerse de acuerdo sobre el motivo de nuestra existencia, y hasta algunos parecen dudar de ella. La teoría más comúnmente aceptada dice que somos víctimas de una enfermedad psicológica retardada que no muestra señales en la infancia, cuando podría ser detectada y corregida, y que tan solo se manifiesta más tarde, en la vida adulta. Naturalmente he pensado mucho sobre este tema, y no estoy en lo más mínimo de acuerdo con esta explicación.

Hace algunos años escribí un librito sobre este tema, bajo seudónimo, por supuesto, que fue bastante bien recibido. Mi teoría es que esta aberración es más bien filosófica y no psicológica. Llega un cierto momento en que algunos nos damos cuenta de que uno tiene que vivir fuera de las reglas de la sociedad o morir de absoluto aburrimiento. No hay ni futuro ni libertad en la vida así circunscrita, y la única otra vida posible es un rechace completo de las normas. Ya no hay lugar para el soldado de fortuna o para el caballero aventurero que puede vivir a un mismo tiempo dentro y fuera de la sociedad. Hoy en día es o todo o nada. Y, para preservar mi propia cordura, yo escogí el nada.

El taxi llegó al espaciopuerto justo cuando me encontraba en esta línea de pensamiento negativo, por lo que me alegró el poderla abandonan La soledad es lo único a lo que se le tiene que tener miedo en este tipo de negocios, pues ella y la autocompasión pueden destruirte si se apoderan de ti. La acción siempre me ha ayudado en estos casos, la excitación del peligro y de la huida aclaran siempre la mente. Cuando pagué el taxi estafé al conductor ante sus propias narices, sustrayendo uno de los billetes en el mismo momento en que se lo entregaba. Estaba tan ciego como una pared de cemento. Su credulidad me hizo ronronear de placer. La propina que le di compensaba con creces la pérdida, ya que tan solo hago estas pequeñeces para romper la monotonía.

Había un cobrador robot tras la ventanilla de venta de billetes. Tenía un tercer ojo en la frente, lo que equivalía a una cámara. Chasqueaba débilmente mientras adquirí mi billete, registrando mi rostro y destino. Era una precaución normal por parte de la policía, y me hubiera sorprendido el que no la hubiesen tomado. Mi destino se hallaba dentro del sistema, por lo que dudaba de que mi fotografía fuera a parar a otro lugar que a los archivos. No estaba dando un salto interestelar esta vez, como era mi costumbre tras un trabajo grande. No era necesario. Tras. un trabajo en un planeta solitario o en un sistema pequeño, es imposible el seguir en él, pero Beta Cygnis tiene un sistema de casi veinte planetas, todos ellos con climas terrificados. Este planeta, el III, estaba ahora demasiado «caliente», pero el resto del sistema era terreno virgen. Había un alto nivel de rivalidad económica dentro de él, y sabía que sus departamentos de policía no cooperaban demasiado bien. Esto les iba a costar caro. Mi billete era para Moriy, planeta XVIII, extenso y esencialmente agrícola.

Había algunas pequeñas tiendas en el espaciopuerto. Las visité cuidadosamente, y adquirí una maleta nueva con un vestuario completo y otros artículos esenciales de viaje. Reservé el sastre para lo último. Me seleccionó un par de trajes de viaje y un faldellín de ceremonias, que me llevé al cuarto probador. Como por puro accidente, logré colgar uno de los trajes sobre la cámara oculta en la pared, e hice con los pies sonidos parecidos a los que hace alguien que se está desnudando, mientras me ocupaba del billete que acababa de adquirir. Una de las puntas de mi cortacigarros era un perforador, con el que alteré los orificios codificados que indicaban mi destino. Ahora me dirigía al planeta X, en lugar de al XVIII, y con esta alteración había perdido casi doscientos créditos. Este es el secreto para alterar billetes y otros documentos similares: no traten de elevar el valor facial... es muy probable que esto sea descubierto. Pero si bajan el valor facial, aunque sean sorprendidos, la gente estará segura de que todo se debe a un error mecánico. No hay ni la menor duda en ello, porque ¿para qué iba alguien a hacer una alteración en la que perdiese dinero?

Antes de que la policía pudiese sospechar, ya había sacado el traje de delante del visor, y me lo probé empleando en ello todo el tiempo necesario. Ya lo tenía casi todo dispuesto, y aún me quedaba una hora, más o menos, antes de que la nave partiese. Empleé prudentemente el tiempo en ir a una lavandería automática para lavar y planchar toda mi ropa nueva. No hay nada que atraiga más la atención de un aduanero que una maleta llena de ropa sin usar.

La aduana pasó sin problemas y, cuando la nave estuvo medio llena, subí a bordo, sentándome cerca de la azafata. Flirtée con ella hasta que se marchó, después de clasificarme en la categoría de Macho, impetuoso, molesto. Una solterona que se sentaba a mi lado también me clasificó en el mismo cajón y se puso a mirar por la ventanilla, dándome ostentosamente la espalda. Me adormilé contento, porque si hay algo me mejor que no ser apercibido es el ser apercibido y clasificado en una categoría. Tu descripción se mezcla con la de todos los otros de esa categoría, y allí acaba todo.

Cuando me desperté casi estábamos en el planeta X, por lo que seguí adormilado en el asiento hasta que aterrizarnos, y luego me fumé un cigarro mientras mi equipaje pasaba por la aduana. Mi maletín lleno de dinero no levantó sospechas, ya que previsoramente falsifiqué meses antes seis documentos que me acreditaban como mensajero bancario. En este sistema el Crédito Interplanetario era casi inexistente, así que los aduaneros estaban acostumbrados a ver pasar, en uno y otro sentido, montones de dinero líquido.

Confundí la pista un poco más, casi por hábito, y acabé hallándome en una gran ciudad industrial llamada Brouggh, situada a un millar de kilómetros del lugar en el que habla tomado tierra. Usando una documentación totalmente distinta, tomé alojamiento en un hotel tranquilo de los suburbios.

Normalmente, tras un trabajo grande como el último, descanso durante uno o dos meses, pero en esta ocasión no tenía deseos de descansar Mientras llevaba a cabo pequeñas compras por la ciudad con el fin de reconstruir la personalidad de James diGriz, tenía al mismo tiempo los ojos muy abiertos en busca de nuevas oportunidades para negocios. El primer día que salí hallé una que parecía ideal... y que cada día se me aparecía como mejor.

Una de las razones por las que he estado durante tanto tiempo fuera del alcance de la ley es porque nunca me repito. He imaginado algunos de los más impresionantes negocios, los he puesto en marcha una vez y luego los he abandonado para siempre. Casi lo único que tenían en común es que todos me daban dinero. Casi lo único a lo que, hasta hoy, no había llegado es al asalto a mano armada. Era ya tiempo de corregir esto.

Mientras estaba reconstruyendo la obesa personalidad del «escurridizo Jim», iba planeando los detalles de la operación. Casi al mismo tiempo que tuve a punto los guantes con las huellas dactilares acabé de planificar todo el negocio. Era simple, tal y como tienen que serlo todos los asuntos buenos, ya que, cuantos menos detalles hayan, menos cosas habrán que puedan ir mal.

Iba a atracar Moralo, los más grandes almacenes de la ciudad. Cada tarde, exactamente a la misma hora, un camión blindado se llevaba los ingresos del día al banco. Era un bocado apetitoso: una gigantesca suma en inidentificables billetes de pequeño valor facial. El único problema que se presentaba, al menos para mí, era cómo un solo hombre podría copar con el enorme peso y volumen de todo aquel dinero. Cuando tuve una respuesta para esto, la operación estuvo a punto.

Claro está que todos estos preparativos tan solo fueron hechos en mi mente hasta que la personalidad de James diGriz estuvo de nuevo a punto. El día en que me coloqué otra vez aquella panza lastrada noté como si estuviera de nuevo de uniforme. Encendí mi primer cigarrillo casi con satisfacción, luego me puse al trabajo. Un día o dos para algunas compras y unos pocos robos sencillos, y ya estaba listo. Programé el trabajo para el día siguiente a primeras horas de la tarde.

La clave de la operación era un amplio camión-tractor que había comprado, y al que había efectuado algunas alteraciones en el interior Lo aparqué en un callejón, pero no importaba, ya que tan solo era usado por la mañana temprano. Era un simple paseo hasta los almacenes, a los que llegué casi al mismo tiempo en que aparecía el camión blindado Me recosté contra la pared del gigantesco edificio mientras los guardias sacaban el dinero. Mi dinero.

Para alguien con algo de imaginación supongo que aquello hubiera sido una visión atemorizadora: Por lo menos cinco guardias armados situados alrededor de la entrada, dos más en el interior del vehículo, así como el conductor y su ayudante. Como precaución adicional, cerca de la curva se hallaban tres rugientes monociclos, que acompañarían al camión para protegerlo por el camino. ¡Oh, muy impresionante! Tuve que ocultar una sonrisa tras mi cigarrillo cuando pensé en lo que iba a ocurrirles a esas elaboradas precauciones.

Había estado contando las carretadas de dinero a medida que salían por la puerta. Siempre había quince, ni menos ni más; esta costumbre me facilitaba el conocer el momento en que debía empezar a actuar. En el instante en que la catorceava era cargada en el camión blindado, aparecía en la entrada de los almacenes la quinceava. El chófer del camión había estado contando igual que yo, por lo que bajó de la cabina y se dirigió hacia la puerta trasera para cerrarla con llave cuando hubiera terminado la carga.

Estábamos perfectamente sincronizados mientras nos cruzamos andando: en el momento en que él llegaba a la puerta trasera, yo llegué a la cabina, subí a ella con tranquilidad y silenciosamente, y cerré la puerta tras de mi. El ayudante del conductor tuvo tan solo el tiempo justo para abrir la boca y desorbitar los ojos antes de que yo le colocase una bomba anestésica en el regazo; se derrumbó inmediatamente. Yo, naturalmente, llevaba los adecuados filtros nasales. Mientras con la mano izquierda ponía en marcha el motor, con la derecha lanzaba una bomba más grande por la ventanilla que unía la cabina con la parte trasera. Se oyeron unos confortantes golpes cuando los guardianes se derrumbaron sobre los sacos de dinero.

Todo esto me había llevado seis segundos. Los guardianes situados en la escalinata se estaban empezando a dar cuenta de que algo iba mal. Les hice un alegre saludo con la mano a través de la ventanilla y aceleré el camión blindado, sacándolo de la cuna. Uno de ellos trató de correr para lanzarse a través de la puerta abierta, pero ya era demasiado tarde. Todo había pasado tan rápidamente que ninguno de ellos habla pensado en disparar. Ya había yo previsto el que habría pocos balazos. La sedentaria vida de esos planetas atrofia los reflejos.

Los conductores de los monociclos se despertaron mucho más rápidamente, me perseguían antes de que el camión hubiera recorrido treinta metros. Moderé la marcha hasta que me alcanzaron y luego apreté el acelerador, manteniendo la velocidad exacta y suficiente para que no me pasasen.

Claro que sus sirenas estaban aullando y que hacían funcionar sus armas, era tal como yo lo había planeado. Bajamos por la calle como corredores de cohetes, y el tráfico se disolvió delante nuestro. No tenían tiempo para pensar y darse cuenta de que lo que estaban haciendo era asegurar que el camino quedara libre para mi huida. La situación era realmente humorística, y me temo que solté una carcajada mientras conducía el camión por las estrechas esquinas.

Por supuesto que se habría dado la alarma, y que más adelante se debían estar bloqueando las carreteras... pero esos ochocientos metros pasaron rápidos a la velocidad a la que íbamos. Fue cuestión de segundos hasta que vi ante mí la boca del callejón. Dirigí el camión hacia ella, apretando al mismo tiempo el botón del transmisor de onda corta que llevaba en el bolsillo.

Se encendieron mis bombas de humo a todo lo largo del callejón. Como se puede suponer, eran de fabricación casera, como casi todo mi equipo, pero no obstante producían una nube adecuadamente densa en aquel estrecho callejón. Llevé el camión un poco hacia la derecha, hasta que el parachoques rozaba la pared, y reduje un poco la velocidad para así poder guiar por el tacto. Naturalmente, los conductores de los monociclos no podían hacer esto, ya que solo tenían la elección de detenerse o de lanzarse de cabeza a la oscuridad. Espero que tomaran la decisión correcta y que ninguno de ellos resultase herido.

Se suponía que el mismo impulso radial que había prendido las bombas de humo debía de haber abierto la puerta trasera del camión situado allí delante y bajado la rampa. Había funcionado estupendamente cuando hice la prueba, por lo que tan solo me quedaba esperar que ocurriera lo mismo en la práctica. Traté de estimar la distancia que había recorrido en el callejón contando el tiempo y la velocidad, pero me equivoqué un poco, las ruedas frontales del camión golpearon la rampa con un estampido destructor y el camión blindado rebotó, más que rodó, al interior del otro camión más grande. Me magullé un poco y me quedó justo el sentido suficiente para pisar el freno antes de que atravesase la cabina con el blindado.

El humo de las bombas lo convertía todo en una medianoche, lo cual, unido a mi cabeza atontada por el golpe, casi arruinó todo el asunto. Pasaron valiosos segundos mientras me recostaba contra la pared del camión tratando de volverme a orientar. No sé cuanto tiempo me llevó, pero cuando al fin trastabillé por la puerta de atrás ya podía oír las voces de los guardianes atravesando el humo. Oyeron la retorcida rampa crujir mientras la cerraba, por lo que tuve que tirar un par de bombas más para calmarlos.

Cuando subí a la cabina del camión tractor el humo comenzaba a disiparse. Encendí el motor, poniendo en marcha el vehículo. Unos metros más allá, al salir del callejón, irrumpí a la luz del día. La bocacalle daba a una vía principal, y a unos metros por delante vi pasar dos coches de la policía echando chispas. Cuando mi camión salió a la calle, me fijé cuidadosamente en todos los testigos. Ninguno de ellos demostraba el más mínimo interés por el camión o por el callejón. Aparentemente, toda la conmoción estaba aún limitada al otro extremo del mismo. Di gas al motor y tomé la calle, alejándome de la tienda que acababa de robar.

Claro que tan solo recorrí unas pocas manzanas en esa dirección, para doblar luego por una travesía. En la siguiente esquina doblé de nuevo y regresé hacia Moralo, el lugar de mi reciente crimen. El aire frío que entraba por la ventanilla hizo que pronto me sintiera mejor, y hasta llegué a silbar una alegre cancioncilla mientras maniobraba el enorme camión por entre las calles.

Habría sido estupendo el pasar por delante de Moralo y ver lo que ocurría, pero esto solo hubiera sido buscar problemas. El tiempo seguía siendo importante. Había planeado cuidadosamente una ruta que evitaba toda la congestión del tráfico y ahora la estaba siguiendo escrupulosamente. Fue solo cuestión de minutos el llegar hasta el aparcamiento de carga situado en la parte de atrás del gran almacén. Allí habla un poco de inquietud a causa del robo, pero se difuminaba entre el bullicio normal de la carga y la descarga. Aquí y allá, un grupo de conductores de camión o de capataces estaban discutiendo sobre el acontecimiento, pero como los robots no cotillean, el trabajo normal continuaba. Los hombres estaban, naturalmente, tan excitados, que no se prestó ninguna atención a mi camión cuando lo llevé al aparcamiento, junto a los otros. Apagué el motor y me recosté en el asiento, con un suspiro de satisfacción.

La primera parte estaba completa. No obstante, quedaba la segunda, que era igual de importante. Rebusqué en mi panza entre el equipo que siempre llevo en los trabajos... para una emergencia como esta. Normalmente no confío en los estimulantes, pero aún estaba atontado por los golpes. Dos centímetros cúbicos de Linoten en mi cúbito anterior me aclararon rápidamente la cabeza. Volvía a caminar con paso seguro cuando me dirigí a la parte de atrás del camión.

El ayudante del conductor y los guardas todavía estaban inconscientes, y continuarían así por lo menos durante diez horas. Los dispuse en una alineada fila en la parte delantera, donde no me molestaran, y me dispuse al trabajo.

El camión blindado casi llenaba la caja del camión, tal como había supuesto; por tanto, había asido las cajas a las paredes. Eran unas estupendas y fuertes cajas de embalaje con el nombre de Moralo bien visible en todas sus caras. Era un pequeño robo a su almacén que pasaría desapercibido, Las bajé y las monté para llenarlas. Pronto estaba sudando, y me tuve que quitar la camisa mientras comenzaba a meter el dinero en los embalajes.

Casi me llevó dos horas introducido y cerrar las cajas. Cada diez minutos o así daba una ojeada a través de la mirilla de la puerta: tan solo se veía la actividad normal. Sin duda la policía debía tener la ciudad sitiada y debía de estar registrándola, casa por casa, en busca del camión. Estaba casi seguro de que el último sitio en el que se les ocurriría mirar sería en la parte de atrás del almacén robado.

El almacén en el que me había provisto de los embalajes también me había proporcionado un buen surtido de albaranes de envío. Pegué uno a cada una de las cajas, dirigiéndolas a diferentes lugares de recogida. Como es natural las puse a portes pagados, y ya estuve dispuesto para finalizar la operación.

Por entonces ya casi se había hecho oscuro, pero sabía que el departamento de envíos estaría ocupado casi toda la noche. Encendí de nuevo el motor y me dirigí lentamente, en marcha atrás, al muelle de envíos. Había un área relativamente tranquila allí donde se encontraban el sector de carga y el de descarga. Detuve el camión lo más cerca que pude de la línea divisoria. No abrí la puerta de atrás hasta que todos los trabajadores se hallaron mirando en otra dirección. Aún el más estúpido de ellos se hubiera sentido curioso ante el hecho de que un camión descargase cajas de envío de la firma. Tras apilarlas en la plataforma les eché una lona por encima, todo lo cual apenas me llevó unos pocos minutos. Tan solo cuando hube cerrado las puertas del camión volví a destaparías, y me senté sobre una de ellas para fumar un cigarrillo.

Antes de haberlo terminado, pasó un robot del departamento de envíos lo suficientemente cerca como para poderlo llamar.

- Ven aquí. Al M-19, que estaba cargando esto, se le quemó una banda de freno, así que ocúpate tú.

Sus ojos brillaron con la luz del deber. Algunos de los tipos M superiores se toman su trabajo muy a conciencia. Tuve que apartarme rápidamente cuando por las puertas situadas a mis espaldas aparecieron los camiones y las cargadoras M. Se oyó un ajetreo de carga y selección y mi botín desapareció por la plataforma. Encendí otro cigarrillo y miré durante un rato mientras las cajas eran codificadas, marcadas y cargadas en los camiones de envío o en las cintas transportadoras locales.

Todo lo que me quedaba por hacer era deshacerme del camión en alguna calle perdida y cambiar de personalidad.

Mientras estaba entrando en el camión, me di cuenta por primera vez de que algo andaba mal. Claro que me había estado fijando en la puerta... pero no lo bastante. Habían estado entrando y saliendo camiones, pero, de pronto, me golpeó como un martillo pilón en el plexo solar el hecho de que eran siempre los mismos los que iban en una y otra dirección. Uno grande, rojo, de grandes distancias, estaba ahora mismo saliendo. Oí el eco de su tubo de escape rugir calle abajo... y luego morir con un lento gruñido. Cuando se volvió a oír no fue alejándose, sino que el camión apareció por la otra puerta. Había coches de la policía esperando tras la valla. Esperándome a mí.

Por primera vez en mi carrera sentí el pavor del hombre acorralado. Esta era la primera vez en que la policía estaba tras mis huellas sin haberlo yo previsto. Se había perdido el dinero, eso ya era seguro, pero eso ya no me importaba. Lo que querían ahora era atraparme.

Piensa primero, luego actúa. Por el momento aún estaba seguro. Naturalmente me estaban rodeando, pero lentamente, pues no sabían en qué parte del gigantesco aparcamiento me hallaba. ¿Cómo me habían encontrado? Este era el punto verdaderamente importante. La policía local estaba acostumbrada a un mundo casi sin crímenes, por lo que no podían haber dado con mí rastro con tanta rapidez. En realidad, no había dejado ningún rastro, por lo que quienquiera que hubiese preparado esta trampa lo había hecho tan solo con lógica y raciocinio.

Sin pensarlo, unas palabras saltaron a mi mente: El Cuerpo Especial.

Nunca se escribía nada acerca de él, tan solo se podían oír un millar de palabras susurradas en un millar de mundos a lo largo de la Galaxia. El Cuerpo Especial, la rama de la Liga que se ocupaba de los problemas que los planetas por sí solos no podían resolver. Se suponía que el Cuerpo había acabado con los restos de los Merodeadores de Haskell tras la paz, que había eliminado del juego a los ilegales comerciantes T & Z, y que finalmente habían cazado a Inskipp. Y ahora iban a por mí.

Estaban allí afuera, esperando a que tratase de abrir brecha. Estaban pensando en todos los caminos, igual que yo, y los estaban bloqueando. Tenía que pensar rápido y bien.

Tan solo había dos caminos hacia afuera: a través de las puertas o a través de la tienda. Las puertas estaban demasiado bien cubiertas para abrir brecha, y tal vez en la tienda hubiese otras posibilidades de escape. Tendría que hacerlo por allí. En el momento en que llegaba a esta conclusión, me di cuenta de que otras personas también habrían llegado a ella, y que ya debían estarse dirigiendo a cubrir esas salidas. Este pensamiento me dio miedo... y también me enfadó. La sola idea de que alguien pudiera ganarme pensando ya me era odiosa. De acuerdo, podían tratar de atraparme... pero les iba a costar. Todavía me quedaban unos cuantos trucos en la manga.

Primero, una pequeña pista falsa: Puse en marcha el camión, en primera, y lo apunté a la puerta. Cuando estaba en línea recta atoré el volante y salté por el lado opuesto de la cabina, volviendo al hangar de mercancías. Una vez estuve dentro apresuré el paso. Tras de mi pude oír algunos disparos, un fuerte golpe y muchos chillidos. Esto ya estaba mejor.

Las cerraduras nocturnas estaban conectadas en las puertas que llevaban a la tienda propiamente dicha. Era una alarma de tipo antiguo, que podía desconectar en escasos segundos. Mis ganzúas abrieron la puerta y le di una patada, echándome para atrás. No se oyeron timbres de alarma, pero sabía que, en alguna parte del edificio, un indicador señalaba que había sido abierta una puerta. Fui hasta la puerta más alejada del lado opuesto del edificio corriendo tanto como podía. Esta vez me aseguré de que la alarma estuviera desconectada antes de atravesar la puerta. La cerré tras de mi.

El trabajo más complicado del mundo es correr y no hacer ruido. Mis pulmones ardían cuando estaba llegando a la entrada de empleados. Unas pocas veces vi luces de linternas delante mío y tuve que esconderme tras los mostradores, pero logré pasar sin ser visto, aunque más por suerte que por otra cosa. Ante la puerta por la que habría querido salir se hallaban dos hombres de uniforme. Permaneciendo tan pegado como pude a la pared me acerqué a unos siete metros de ellos antes de tirarles una granada de gas. Por un segundo estuve seguro de que llevaban puestas máscaras antigás y de que todo había terminado... luego se derrumbaron. Uno de ellos estaba bloqueando la puerta, por lo que lo aparté rodando con el pie y la abrí unos centímetros.

El reflector no podía haber estado a más de diez metros de la puerta: cuando se encendió noté más dolor que luz. Me tiré al suelo en el mismo instante en que se encendía, y los balazos de la pistola ametralladora perforaron una hilera de agujeros a lo ancho de la puerta. Mis oídos estaban sordos por el estrépito de las balas explosivas y casi no pude oír el ruido de los pasos a la carrera. Ya tenía mi calibre .75 en la mano, y coloqué todo un cargador a través de la puerta, apuntando alto para no herir a nadie. No los detendría, pero los haría ir más despacio.

Devolvieron el fuego, debía de haber un pelotón entero allí afuera. De la pared de atrás saltaron esquirlas de plástico, y los proyectiles silbaron por el corredor. Era una buena cobertura, así sabía que nadie me saldría por la espalda. Permaneciendo lo más plano que pude, repté en la dirección opuesta, fuera de la línea de tiro. Doblé dos esquinas antes de estar lo suficientemente lejos de las armas como para poderme arriesgar a ponerme en pie. Mis rodillas temblaban y mi visión estaba aún oscurecida por grandes manchas de color. El reflector había hecho un buen trabajo, casi no podía ver a la débil luz.

Seguí moviéndome lentamente, tratando alejarme lo más posible de los disparos. El pelotón del exterior había disparado en cuanto yo había abierto la puerta, lo que significaba que tenían órdenes de disparar contra quienquiera que tratase de abandonar el edificio. Una bella trampa. Los policías de dentro seguirían buscando hasta dar conmigo. Si trataba de salir me asarían. Comenzaba a sentirme como tina rata en una ratonera.

Todas las luces de los almacenes se encendieron y me quede parado, helado. Estaba cerca de la pared de una gran sala dedicada a artículos para granjas. Al otro lado de la habitación se hallaban tres soldados. Nos divisamos al mismo tiempo, y me zambullí hacia la puerta mientras a todo mi alrededor rebotaban las balas. Los militares estaban también en ello, lo que significaba que se lo habían tomado muy en serio. Al otro lado de la puerta había un grupo de ascensores... y escaleras subiendo hacia lo alto. Me metí en el ascensor de un salto y hundí el botón del sótano, logrando apenas salir antes que se cerraran las puertas. Las escaleras estaban en la dirección de los soldados que me perseguían, por lo que me pareció que corría hacia sus bocas de fuego. Debí de alcanzar las escaleras un instante antes de su llegada. Subí por ellas y llegué hasta el primer descansillo antes de que ellos estuvieran abajo. La suerte todavía me acompañaba. No me habían visto, y estarían seguros de que había ido hacia abajo. Me desplomé contra la pared, oyendo los gritos y los silbatos mientras dirigían su búsqueda hacia el sótano.

Pero en el grupo había uno listo. Mientras los otros estaban siguiendo la pista falsa, lo oí comenzar a subir lentamente las escaleras. No me quedaba ninguna granada de gas, todo lo que podía hacer era subir por delante de él, tratando de no hacer ningún ruido.

Venía lenta y pausadamente, y yo me mantuve por delante de él. De esta manera subimos cuatro pisos, yo en calcetines, con los zapatos entrelazados alrededor de mi cuello, y él con sus pesadas botas raspando suavemente contra el metal de los escalones.

Cuando inicié la subida al quinto piso me detuve, con el pie a mitad de un escalón.

Alguien estaba bajando... alguien que usaba el mismo tipo de botas militares. Hallé la puerta al pasillo, la abrí y me deslicé por ella. Ante mi se extendía un largo corredor, flanqueado por algún tipo de oficinas. Comencé a correr a lo largo de él, tratando de alcanzar una esquina antes de que aquella puerta se abriese y las balas explosivas me partiesen en dos. El pasillo parecía interminable, y de repente me di cuenta de que nunca conseguiría llegar al final a tiempo.

Era una rata buscando un agujero... y no había ninguno. Las puertas estaban cerradas, todas. Las iba probando mientras corría, sabiendo que no lo iba a lograr. Aquella puerta de la escalera se estaba abriendo tras de mí, y el arma se estaba levantando. No me atreví a darme la vuelta y mirar, pero lo podía sentir. Cuando la puerta se abrió bajo mi mano casi cal a través de ella antes de darme cuenta de lo que habla sucedido. La cerré tras de mi y me recosté contra ella en la oscuridad, jadeando como un animal agotado.

Entonces se encendió la luz y vi al hombre sentado tras el escritorio, sonriéndome.

Existe un límite para la cantidad de emociones que puede absorber un ser humano, y yo había sobrepasado el mío. No me importaba si me daba un balazo o me ofrecía un cigarrillo... había llegado basta el final de mi camino. No hizo ninguna de las dos cosas; en lugar de eso, me ofreció un cigarro.

- Coja uno de estos, diGriz. Creo que son su marca.

El cuerpo es un esclavo del hábito. Aún cuando la muerte está a unos centímetros, responde a las costumbres establecidas. Mis dedos se movieron por sí mismos y tomaron el cigarro, mis labios lo apretaron y mis pulmones lo sorbieron hasta darle vida. Y, durante todo esto, mis ojos vigilaban al hombre tras el escritorio, esperando la muerte.

Se debió de notar. Me señaló una silla y tuvo buen cuidado de tener las dos manos a la vista sobre la mesa. Yo todavía tenía mi arma apuntada contra él.

- Siéntese, diGriz, y aparte ese cañón. Si quisiera matarle, lo podría haber hecho más fácilmente que guiándolo hasta esta habitación - sus cejas se arquearon sorprendidas cuando vio la expresión de mi rostro -. ¿No me dirá que creyó llegar hasta aquí por casualidad?

Hasta ese mismo momento así lo habla creído, y esta falta de un razonamiento inteligente por mi parte me produjo una oleada de vergüenza que me devolvió a la realidad. Me habían sobrepasado mental y físicamente, y lo menos que podía hacer era rendirme a la evidencia. Lancé el arma sobre la mesa y me derrumbé sobre la silla ofrecida. Barrió la pistola hacia un cajón con rápida eficiencia y se relajó él también un poco.

- Me tuvo preocupado por un momento por la forma en que se quedó ahí delante, con los ojos locos y agitando esa pieza de artillería de campo.

- ¿Quién es usted?

Sonrió ante lo abrupto de mi tono.

- Bueno, no importa quien soy. Lo que importa es la organización a la que represento.

- ¿El Cuerpo?

- Exactamente. El Cuerpo Especial. No creyó que se trataba de la policía local, ¿verdad? Ellos tienen órdenes de dispararle a primera vista. Fue tan sólo después de que les dije cómo hallarle cuando dejaron que el Cuerpo interviniese. Tengo algunos de mis hombres en el edificio, son los que lo han traído hasta aquí. El resto son todos nativos, con dedos nerviosos en los gatillos.

No era muy halagüeño, pero era verdad. Me habían llevado de un lado para otro como a un robot de clase M, con cada movimiento programado por adelantado. El viejo tras el escritorio... pues ahora me daba cuenta de que debía de tener unos sesenta y cinco años, había demostrado ser superior a mí. El juego había terminado.

- De acuerdo, señor Detective. Me tiene usted atrapado, así que el recrearse en mi desgracia no tiene sentido. ¿Qué sigue ahora en el programa? ¿Reorientación psicológica, lobotomía... o simplemente el pelotón de ejecución?

- Me temo que nada de eso. Estoy aquí para ofrecerle un empleo en el Cuerpo.

Todo el asunto era tan ridículo que casi me caí de la silla en el ataque de risa que siguió a estas palabras. Yo, James diGriz, el ladrón interplanetario trabajando como policía. Era demasiado cómico.

El otro permaneció paciente, esperando hasta que hube terminado.

- Admito que tiene su lado cómico - dijo -, pero sólo a simple vista. Si se para a pensarlo, tendrá que admitir que no hay nadie más cualificado para atrapar a un ladrón que otro ladrón.

Había bastante de verdad en eso, pero no iba a comprar mi libertad convirtiéndome en un cimbel.

- Una oferta interesante, pero no pienso salir de esto volviéndome traidor. ¿Sabe?, aún entre los ladrones existe un código de honor.

Esto lo enfadó. Era más alto de lo que parecía sentado, y el puño que agitó ante mi rostro era tan grande como un zapato.

- ¿Pero qué clase de estupideces está diciendo? Suena como una frase de una película de gángsters de la televisión. ¡Nunca se ha encontrado con otro ladrón en su vida, y no lo hará nunca! Y si lo hiciera, lo delataría alegremente si con ello pudiese sacar usted algún provecho. La esencia misma de su vida es el individualismo... eso y la emoción de hacer cosas que otros no pueden hacer. Bueno, eso ya se acabó, y lo mejor es que se convenza a usted mismo de ello. Ya no puede seguir siendo el play-boy interplanetario que solía ser... pero puede llevar a cabo un trabajo que va a necesitar de cada onza de su habilidad y talentos especiales. ¿Ha matado alguna vez a un hombre?

- No... no que yo sepa.

- Bueno, no lo ha hecho. Le digo esto por si así va a dormir mejor por las noches. No es usted un homicida, miré eso en su ficha antes de venir a buscarle. Es por eso por lo que sé que entrará en el Cuerpo, y que sentirá un gran placer en capturar al otro tipo de criminal que está enfermo, y no que simplemente realiza una protesta social. El hombre que puede asesinar y disfrutar con ello.

Era demasiado convincente, y tenía todas las respuestas. Tan sólo quedaba un argumento, y lo lancé en un último intento defensivo.

- ¿Y qué hay con el Cuerpo? Si se enteran que está usted empleando a criminales semireformados para hacer trabajos sucios, nos fusilarán a los dos al romper el alba.

Esta vez era su turno de reírse. No veía qué era lo que le parecía tan cómico, así que lo ignoré hasta que hubo terminado.

- En primer lugar, muchacho, yo soy el Cuerpo, por lo menos su cabeza. ¿Y cuál cree que es mi nombre? ¡Harold Peters Inskipp ese es mi nombre!

- ¿No será el Inskipp que...?

- El mismo, Inskipp el Inatrapable. El hombre que desvalijó el Pharsydion II en pleno vuelo y que realizó todas esas otras operaciones sobre las que estoy seguro de que leyó en su malgastada juventud. Fui reclutado en la misma manera que usted.

Me tenía atrapado. Debió ver mis ojos saltones, porque se preparó para hacerme mate.

- ¿Y quienes se cree que son el resto de nuestros agentes? No me refiero a los graduados de limpia mirada salidos de nuestras escuelas técnicas, como la escuadra que tengo abajo, sino los agentes especiales. Los hombres que planean las operaciones, que realizan el trabajo de campo preliminar y que se preocupan de que todo vaya sobre ruedas. Son ladrones, todos ladrones. Contra mejores eran por sí solos, mejor es el trabajo que realizan para el Cuerpo. Este es un Universo grande y camorrista, y le sorprenderían algunos de los problemas que aparecen. Los únicos que podemos reclutar para hacer los trabajos son los que ya son expertos en ellos. ¿Le interesa?

Había pasado todo tan rápido y no había tenido tiempo para pensar, por lo que posiblemente iba a seguir arguyendo durante una hora. Pero en lo más recóndito de mi mente ya había llegado a una decisión. Lo iba a hacer. No podía decir que no.

Y, además, estaba comenzando a notar como un calorcillo. La raza humana es gregaria, esto era algo que sabia bien, aunque durante años lo hubiese estado negando.

Bueno, total, iba a seguir haciendo el trabajo más solitario en todo el Universo... lo único que ocurría era que ya no lo haría solo.

FIN


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