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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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domingo, 14 de junio de 2009

SCI-FI ANDERSON : LA LUZ

LA LUZ
POUL ANDERSON


...
—Debe usted comprender que este es el mayor secreto desde el Proyecto Manhattan. Puede que más
importante aún. Su vida ha sido investigada desde que dejó de llevar pantalones cortos y...
—¡No, maldita sea! No somos una banda de militaristas locos por adueñarse del poder. ¿Creéis que no
me gustaría gritar la verdad al mundo entero?
—Pero eso podría significar la guerra. Y todos saben que la guerra acarreará el fin de la civilización.
—He de creer que usted, como historiador, entenderá nuestras razones. Maquiavelo es el símbolo del
realismo cruel..., y no me venga con que sólo era un patriota excepcionalmente inteligente. He leído El
Príncipe y Los Discursos.
Francamente, no esperaba que se sorprendiera. ¿Seré un inculto inexperto precisamente porque
conozco bastante física y matemáticas como para dedicarme a la Astronáutica? No, señor. He viajado y
me he pasado en los museos de Europa tanto tiempo como en las tabernas.
Confesaré que mis compañeros en el viaje a la Luna me miraban con cierto desdén y recelo por tal
causa. No eran robots, desde luego, pero había tanto que aprender, que parecía imposible de retener para
un cerebro humano. Creo que temían que el recuerdo que yo guardaba de la Virgen de las Rocas —me
refiero al lienzo que se conserva en Londres, que es el mejor de todos— echase fuera de mi memoria las
funciones orbitales. Por eso tuve por regla mostrar todos mis conocimientos de navegación astronáutica
durante las pruebas, cosa que pudo haber molestado un poco a Baird.
No nos peleábamos. Éramos un equipo muy unido cuando el Benjamín Franklin abandonó la estación
espacial y se lanzó hacia la Luna. Bueno, tal vez estuviésemos algo más tensos de lo normal.
Éramos tres, como recordará: Baird, el jefe y piloto; Hernández, el ingeniero; y yo, el encargado de los
instrumentos. Una sola persona podía gobernar la nave si todo iba bien, pero tres significaban completa
seguridad, ya que cada uno de nosotros sabía hacer el trabajo del compañero. Aunque, como se trataba
del primer contacto real con la Luna, no de una simple vuelta a su alrededor, nos creíamos pocos para
acometer tan magna empresa.
Una vez en órbita, no tuvimos mucho que hacer en varios días. Flotábamos hacia arriba, viendo alejarse
a la Tierra y crecer la Luna sobre la noche más profundamente oscura y estrellada que imaginarse pueda.
No, no puede imaginárselo. Aquel esplendor y aquella soledad no los captan las fotografías.
Reinaba un profundo silencio en la nave. Hablábamos de cosas triviales para mantener a distancia aquel
silencio. Recuerdo muy bien una conversación, precisamente acerca del motivo de todo este secreto.
La Tierra, parecía un zafiro entre la oscuridad y las estrellas. Largas fajas rosadas y blancas ondeaban
como banderas desde los polos. ¿Sabe que, visto desde tal distancia, nuestro planeta tiene fajas? Muy
parecidas a las de Júpiter. Es más difícil de lo que se cree distinguir los contornos continentales.
—Creo que Rusia va a ponerse a la vista —dije.
Baird consultó los cronómetros y la previsión orbital y se mordió los labios un instante.
—Sí —gruño Baird—. Siberia debiera aparecer desde el terminador en estos momentos.
—¿Nos estarán observando? —murmuró Hernández.
—Indudablemente —respondí—. Tienen una estación espacial y buenos telescopios en ella.
—¡Cómo se divertirían si nos convirtiéramos en un meteoro! —exclamó Hernández.
—Eso si no han preparado ya un accidente —repuso Baird—. No me fío un pelo en que estén más
atrasados que nosotros en astronáutica.
—No se pondrían tristes si nos vieran fracasar —añadí yo—. Pero dudo de veras que quieran
sabotearnos. Nunca en un viaje que observa todo el mundo.
—¿Podría provocar la guerra? —se dijo Baird—. No es probable. Nadie, por tres astronautas y una
nave que costó diez millones de dólares, destruiría una nación sabiendo que la suya lo sería también.
—Sin duda —respondí—, pero una cosa puede conducir a otra. Una nota diplomática puede ser el
primer eslabón de una cadena que termine en la guerra. Disponiendo ambos bandos de proyectiles
teledirigidos, la situación se pone interesante. El principal objetivo de la política nacional se ha convertido
en el mantenimiento del status quo pero, al mismo tiempo, la tensión creada hace que ese status quo
resulte excesivamente inestable.
—¿Crees que nuestro gobierno nos enviaría a la Luna si con ello ganase algún beneficio militar? ¡Ni
hablar! Lo primero que parezca inclinar la balanza hacia un lado hará que el otro vaya a la guerra,
significando el fin de la civilización. Nosotros ganamos puntos, prestigio, con el primer desembarco en la
Luna, pero nada más. Aun así, fíjate en que la Luna será un territorio internacional controlado directamente
por las Naciones Unidas. Es decir, que nadie se atreverá a reclamarlo, porque allá puede existir algo de
verdadero valor estratégico.
—¿Cuánto tiempo puede durar este equilibrio? —preguntó Hernández.
—Hasta que ocurra un accidente... —dije yo—. Bastará con que un loco se adueñe del poder en Rusia,
o en otra parte, para que, tras el ataque, vengan las represalias. O se haga realidad la débil esperanza que
descubramos un artificio absolutamente revolucionario..., una pantalla de protección capaz de defender a
un continente..., antes que nadie tenga la menor sospecha de ello. Entonces, presentaremos al mundo un
fait accompli..., y habrá terminado la guerra fría.
—A menos que los rusos sean los primeros en colocar esa pantalla —repuso Hernández—, y no ganen
los buenos...
—¡Callaos! —gritó Baird—. Habláis demasiado.
En la hermosa noche silenciosa dije lo que no debía decir. Nunca debimos llevar más allá del cielo y
fuera del espacio nuestros pequeños odios, temores y ambiciones.
O acaso el hecho de cargar con ellos y, no obstante, llegar hasta la Luna, muestre que el hombre es algo
más de lo que cree. No podría decirlo.
La espera nos consumía. Es bastante difícil habituarse a la gravedad cero mientras se está despierto,
pero los instantes no son tan dóciles. Nos pondríamos a dormir y tendríamos pesadillas. Hacia el fin del
viaje eso sucedió con menos frecuencia, por lo que supongo será posible adaptarse enteramente al tiempo.
Pero no experimentamos una dramática sensación de ser pioneros cuando descendimos. Estábamos
muy cansados y nerviosos. Era solamente un trabajo muy duro y peligroso.
El lugar de alunizaje no fue escogido con exactitud, puesto que un pequeño error orbital podría producir
una gran diferencia en lo tocante a la superficie lunar. Sólo podíamos estar ciertos que sería cerca del polo
norte y no en uno de los mares, que parecen atractivamente tranquilos, aunque son con probabilidad
traicioneros. De hecho, como recordarán, alunizamos al pie de los Alpes Lunares, no lejos del cráter
Platón. La tierra era áspera, pero nuestra nave y equipos fueron diseñados de acuerdo con estas
características.
Y cuando se apagó el estruendo que ensordecía nuestros oídos y estos se fueron acostumbrando
lentamente al silencio, nos paramos. Permanecimos unos minutos sin pronunciar palabra. El sudor me había
pegado las ropas al cuerpo.
—Bien —dijo Baird—. Bien, aquí estamos.
Se quitó las correas, tomó el micrófono y llamó a la estación. Hernández y yo nos pusimos a mirar por
los periscopios para ver qué nos aguardaba.
El espectáculo era formidable. He estado en muchos desiertos de la Tierra, pero no brillan con tal
fulgor, no se hallan tan absolutamente despoblados ni sus rocas son tan grandes ni sus ángulos cortan como
navajas de afeitar. El horizonte meridional estaba próximo; creí que podría contemplar como la superficie
se combaba a lo lejos y se hundía en una espuma de estrellas.
Echamos suertes. A Hernández le tocó permanecer en la nave, mientras que yo tuve el privilegio de ser
el primero en poner el pie sobre la Luna. Baird y yo nos pusimos el traje espacial y salimos por la cámara
de presión intermedia. Aun en la Luna, esos trajes pesan mucho.
Hicimos una pausa a la sombra de la nave, observando a través de nuestras gafas protectoras. La
oscuridad no era absoluta —había reflexión desde el suelo y las colinas—, pero sí más profunda y aguda
que todas las que se ven en la Tierra. Detrás de nosotros las montañas eran altas y de formas inclementes.
Delante, el suelo caía en declive, ocráceo, lleno de asperezas y cavidades, hacia el borde de Platón, donde
sostenía aquel horizonte que se derrumbaba. La luz era demasiado brillante para que yo pudiese ver
muchas estrellas.
Quizás recuerde que alunizamos al ponerse el sol, creyendo que podríamos emprender de madrugada el
regreso dos semanas después. Durante la noche, la temperatura en la Luna alcanza 250 bajo cero, pero los
días son lo bastante calurosos como para asarlo a uno. Y es más fácil —pues necesita menos masa—
calentar la nave con la pila que instalar un equipo de refrigeración.
—Bueno —dijo Baird—. Adelante.
—Adelante y, ¿qué? —pregunté.
—Pronuncia el discurso. Eres el primer hombre en la Luna.
—Pero tú eres el capitán —repuse yo—. Ni lo sueñes, jefe... Desde luego que no.
Probablemente habrá leído usted aquel discurso en los periódicos. Se supone que fue improvisado, pero
fue escrito por la esposa de un encumbrado personaje, el cual creía en sus dotes poéticas. Un vomitivo
oral, ¿verdad? ¡Y Baird pretendía que yo lo pronunciara!
—Esto es insubordinación.
—¿Puedo rogar al capitán que consigne en el libro de a bordo que el discurso fue pronunciado?
Baird soltó un gruñido, pero así lo hizo después. Y no olvide que lo que le estoy contando es Alto
Secreto.
El capitán seguía de mal humor.
—Busca muestras de roca —ordenó, disponiendo la cámara—. ¡Y date prisa, que me estoy asando
vivo!
Con las herramientas partí algunas, pensando en que las señales que dejase durarían probablemente
hasta la puesta de sol. Parecía un acto de profanación, aunque Dios sabía que aquel paisaje era bastante
desagradable...
Pero no, no lo era. Únicamente era extraño para nosotros. ¿Sabe que pasaron algunas horas antes que
pudiera distinguir las cosas con claridad? Mi cerebro necesitó ese tiempo para acostumbrarse a algunas de
aquellas impresiones y comenzar a registrarlas.
Baird tomaba fotografías.
—Me maravillaría que se pudiese fotografiar esta luz —dije—. No se parece a ninguna de las que
brillan en la Tierra.
Y no se parecía. No puedo describir la diferencia. Piense en las luces fantásticas que tenemos en la
Tierra, como ese resplandor broncíneo que precede a una tempestad, cosas así..., y multiplique su rareza
un millón de veces.
—La fotografiaré, por supuesto —replicó Baird.
—Hasta cierto punto, sí —dije yo—. Mas para captarla y sentirla se necesitaría un pintor como hace
siglos no ha existido ninguno. ¿Rembrandt? No, es demasiado dura para él, una luz fría que de algún modo
contiene también el fuego del infierno...
—¡Cállate! —La voz de la radio casi me rompió los auriculares—. ¡Tú y tu maldito Renacimiento!
Al cabo de un rato volvimos adentro otra vez. Baird continuaba enfadado conmigo. No era razonable
de su parte, pero había estado sometido a una tensión violenta, lo estaba todavía y acaso aquel no fuese el
lugar oportuno para charlar de arte.
Verificamos nuestros instrumentos, tomamos cuantos datos fue posible, comimos y dormimos un
instante. Las sombras serpenteaban de una parte a otra de la tierra en tanto el sol transponía la colina. Era
un movimiento lentísimo. Hernández examinó las muestras de rocas y dijo que, sin ser un geólogo, no se
parecían a ninguna de las terrestres. Nos explicaron después que eran nuevas para los expertos. Los
minerales eran los mismos, sólo que cristalizaron diferente bajo aquellas fantásticas condiciones.
Después de descansar, observamos que el sol bajo y el paisaje irregular se habían unido para formar
una ancha, casi continua, faja de sombra que se extendía hasta el cráter Platón. Hernández sugirió que
aprovechásemos la ocasión para explorar. No podríamos regresar hasta después de la puesta de sol, pero
el suelo no se enfriaría con tal rapidez que hiciera inútiles nuestras baterías caloríficas. En el vacío sin sol no
se pierde calor muy de prisa por radiación; es la roca lunar, fría hasta el núcleo central, quien lo absorbe a
través del calzado.
Baird discutió por discutir, pero estaba anhelante también. Así es que, al fin, salimos todos dispuestos a
correr el riesgo.
No describiré con detalle aquel paseo. No puedo. No fue simplemente el paisaje y la luz. En la Luna, el
peso de uno es solamente una sexta parte que en la Tierra, mientras que la inercia permanece igual. Da un
poco la sensación de estar caminando bajo el agua. Pero se puede caminar con rapidez cuando uno se
acostumbra.
Cuando llegamos a la cavidad faltaban aún un par de horas para el crepúsculo. Subimos. Empresa difícil
en aquel extraño fulgor y aquellas sombras que se podrían cortar con cuchillo, pero tampoco muy penosa.
Había un talud accesible en el sitio que elegimos y una especie de paso en la parte superior, por lo que no
fue preciso llegar hasta la cima, que se alzaba hasta poco menos de 500 metros.
Al llegar al tope, miramos hacia abajo y vimos una llanura de lava que se extendía unos veinte
kilómetros; su parte más lejana estaba oculta para nosotros. Parecía casi de metal bruñido, cruzada por la
larga sombra de la cavidad occidental. Cuesta abajo era más escarpada y su base se perdía en la
oscuridad, aunque también podía franquearse.
Mi casco, que recibía directamente la luz solar, era como una sartén, pero mis pies, en la sombra,
parecían témpanos. Pero olvidé todo eso cuando vi la niebla debajo de mí.
¿Ha oído usted hablar de ella? Los astrónomos la habían observado durante largo tiempo y parecía una
formación de nubes, o algo, en alguno de los cráteres. Platón es uno de ellos. Yo abrigaba la esperanza de
descubrir el misterio en aquel viaje. Y allí, ondeando como un gallardete hecho jirones a unos metros por
debajo de mí, se hallaba la niebla.
Brotó hirviente, de la oscuridad, relució como el oro por un momento al incidir en la luz, y luego se
evaporó, pero se renovaba de forma incesante. Su magnitud no permitía ser vista desde la Tierra, pero...
Comencé a descender.
—¡Eh! —gritó Baird—. ¡Vuelve acá!
—Déjame echar una ojeada —supliqué.
—Y si te rompes una pierna..., hemos de llevarte a bordo. Está oscureciendo. ¡No!
Era bastante cierto. La armadura espacial es de sólido metal en su exterior —incluso sus engañosas
articulaciones dilatables son metálicas y el casco de plástico es también muy resistente. Creo que en la Luna
un hombre podría sufrir una caída lo bastante fuerte como para matarse, si lo intentase de veras, mas le
costaría no poco trabajo.
—Vuelve o haré que te formen consejo de guerra —dijo Baird entre dientes.
—Ánimo, jefe —rogó Hernández.
Hernández se tomaba a veces esas libertades con Baird, pero el capitán sólo se enfadaba conmigo. Nos
atamos a una cuerda y descendimos con precaución.
La niebla salía de una fisura a medio camino hacia el fondo de la cavidad. Donde había sombras,
nuestras luces la mostraban acumulándose en escarcha blanca sobre las rocas, para luego hervir
plácidamente y alejarse otra vez. Después del anochecer, se convertiría en hielo hasta el alba. ¿Qué era
aquello? ¿Agua? Supongo que existía un manantial de alguna especie y... no sé. Esto significaría que puede
existir vida indígena en la Luna, alguna baja forma de vida vegetal quizás, pero no hallamos ninguna
mientras estuvimos allí. Lo que encontramos fue...
Un ancho banco estaba bajo la fisura. Trepamos a él y nos pusimos a mirar hacia arriba.
Ahora tendrá que hacerse una idea de la situación. Nos hallábamos en ese banco, que medía varias
yardas de una parte a otra, con la pared circular proyectándose arriba, cortada a pico y un risco que
descendía hasta hundirse en la oscuridad. Muy lejos, distinguía aún el acerado resplandor del piso del
cráter. Todo el suelo estaba cubierto por el fino polvo meteórico de millones de años. Vi mis pisadas,
claras y bien marcadas, y comprendí que podrían quedar allí para siempre, o hasta que la agitación termal y
una nueva caída de polvo las borrase.
A tres metros sobre nuestras cabezas asomaba la fisura, como una boca petrificada de donde salía la
niebla humeante hacia arriba. Formaba casi una techumbre, un delgado techo entre nosotros y el cielo. Y el
sol se escondía detrás del muro más alto, invisible para nosotros. Los picos reflejaban algunos de sus rayos
cayendo a través de la niebla.
Permanecimos un instante rodeados por un brillo frío, tenuemente blanco-áureo, luminoso y difuso...
¡Dios mío! ¡Nunca existió semejante luz en la Tierra! Parecía llenarlo todo, inundarnos, blanca y fría como
un silencio convertido en luz. Era luz del Paraíso.
Y yo la había visto antes.
No pude recordar dónde. Me hallaba sumido en aquella extraña luz de ensueño, con la niebla
arremolinándose y disipándose en lo alto, con el silencio de la eternidad vibrando en mis auriculares y en mi
alma, y me olvidaba de todo excepto de su fría, serena e increíble belleza...
Pero la había visto en alguna parte, en alguna ocasión, y no conseguía recordar...
Hernández gritó.
Baird y yo salimos de nuestro ensimismamiento y nos dirigimos hacia él. Estaba en cuclillas unos cuantos
pasos más allá, mirando y volviendo a mirar.
Contemplé el suelo y algo se hundió en mí. Había huellas de pasos.
Ni siquiera nos preguntamos si las había dejado uno de nosotros. No eran botas espaciales americanas.
Y habían venido desde abajo. Alguien escaló el muro y se detuvo ahí, dando vueltas alrededor. Ahora
descubríamos el rastro de vuelta.
El silencio parecía una cuerda de violín a punto de romperse.
Baird alzó la cabeza al fin y miró al frente. La luz daba a su rostro una belleza no humana y, en algún
sitio, yo había visto una cara iluminada así. La había contemplado absorto durante media hora o más, pero,
¿cuándo? ¿En qué sueño olvidado?
—¿Quién? —musitó Baird.
—Sólo hay un país que pueda enviar secretamente a la Luna una nave espacial —dijo Hernández con
voz apagada.
—Inglaterra —tercié yo—. Francia...
—Lo sabríamos, si lo hubiesen hecho.
—Los rusos. ¿Estarán todavía aquí?
Eché una mirada a la noche que reinaba en Platón.
—No se sabe —respondió Baird—. Estas huellas podrían ser de hace cinco horas o cinco millones de
años.
Eran huellas de bota con suela guarnecida con clavos de cabeza redonda. No eran excesivamente
grandes, pero a juzgar por la longitud del paso, aun en la Luna, pertenecían a un hombre de elevada
estatura.
—¿Por qué no lo han revelado al mundo? —preguntó Hernández—. Podrían jactarse...
—¿Tú crees? —repuso Baird.
Miré hacia el sur. La Tierra estaba en media fase, baja sobre el horizonte, remota e infinitamente
hermosa. Pensé que América nos miraba, pero no estaba seguro.
Sólo existía una explicación para guardar el secreto acerca de este viaje. Se había descubierto algo que
alteraría el equilibrio militar, indudablemente en favor de ellos. En aquel momento, allá en la Tierra, el
Kremlin se disponía a esclavizar a todo el género humano.
—Pero, ¿cómo pudieron hacerlo en secreto? —protesté yo.
—Tal vez enviaron una nave cuando nuestra estación espacial estaba al otro lado del planeta.
Baird seguía sin moverse.
El sol iba bajando, la luz fantástica se extinguía poco a poco y ocupaba su lugar el resplandor de la
Tierra. Nuestros rostros se teñían de un tono cadavérico detrás de los cascos.
—¡Vamos! —exclamó Baird, que dio media vuelta—. Volvamos a la nave. Hay que comunicar esto a
Washington.
—Si los rusos descubren lo que sabemos, puede provocar la guerra —dije yo.
—Tengo una clave.
—¿Estás seguro que no puede ser descifrada? ¿No lo habrá sido ya?
—¡Maldito entrometido! —gritó furioso—. ¡Cállate!
—Lo mejor sería que nos acercáramos —propuso con calma Hernández—. Sigamos esas huellas y
veamos...
—No trajimos armas —repuso Baird—. Me sorprendería que los rusos fuesen tan descuidados.
No detallaré los argumentos. Se acordó finalmente que yo seguiría explorando en tanto Baird y
Hernández no regresasen. Tenía una hora para seguir aquel rastro, pero debía apresurarme en volver a la
nave si no quería congelarme.
Miré otra vez y vi una negra figura con armadura espacial a través de las estrellas. Se veían cada vez
más estrellas, palidecía la luz del sol y se dilataban mis pupilas. Entonces me envolvieron las tinieblas.
La cuesta era áspera, aunque rápida, y las piedras oscuras y quebradizas. Podía seguir al extraño en
parajes más despejados, donde en su ascensión había desprendido pequeños fragmentos de roca. Me
pregunté por qué en aquellos sitios había una mayor claridad cuando faltaba oxígeno y pensé que era
debido a algún efecto fotoquímico.
Era difícil ver el camino en la sombra. El haz de la linterna era solamente un pequeño arco luminoso
delante de mí. Pero pronto entré en la zona terrestre y, al acostumbrarse mis ojos, fue bastante fácil. En
media hora llegué al piso del cráter. El sol estaba detrás del muro circular. La noche tenebrosa pesaba
sobre mí.
No había mucho tiempo que perder. Pisaba la oscura y resbaladiza lava, preguntándome si debía seguir
las huellas en el polvo. Me encogí de hombros y caminé con más rapidez que mi predecesor.
Mi corazón latía aceleradamente y mi traje estaba lleno de aire viciado. No era fácil ver el sendero a la
luz de la Tierra. Y me sentía más consciente de esas incomodidades que de los riesgos que corría mi vida.
Fue un poco más allá del límite de seguridad cuando encontré el campo.
No había mucho que ver allí. Una larga senda de piedra pulverizada, donde algo con ruedas aterrizó y
despegó después..., pero ninguna señal de toberas de cohetes. Unas cuantas grietas donde una herramienta
hendió la piedra para tomar muestras. Pisadas. Eso era todo.
Permanecí allí mientras la espesa niebla comenzaba a teñirse de azul. Pensé en alguien que aterrizó sin
necesidad de cohetes y nunca lo dijo a nadie. Miré al cielo, vi la roja silueta de Marte y sentí frío. ¿Nos
habían derrotado los marcianos en nuestra propia Luna?
Pero tenía que volver. Cada minuto de tardanza reducía las probabilidades de mi regreso.
Una mirada más...
Había una pequeña elevación de granito no muy lejos. Supuse que serían unas piedras amontonadas,
pero al acercarme, comprobé que era natural. Me encogí de hombros y di media vuelta para irme.
Algo atrajo mi atención y miré más de cerca.
La roca era de color de aguanieve a la luz de la Tierra. Tenía una superficie plana, mirando a mi planeta.
Y había una cruz grabada en la piedra.
Olvidé el tiempo y que empezaba a enfriarme. Estuve preguntándome si la cruz no era más que un
símbolo casual o si había existido también en Marte o en algún planeta de otra estrella. Uno que...
Un millón de soles giraba y brillaba sobre mí.
Entonces lo supe. Recordé dónde había visto aquella luz que incidía en el muro a la puesta del sol y
conocí la verdad.
Di media vuelta y eché a correr.
Casi no lo conseguí. Mis baterías dejaron de funcionar a cinco millas de la nave. Pedí ayuda por radio y
continué caminando para entrar en calor, pero mis pies no tardaron en helarse y me tambaleaba mientras el
frío se hacía cada vez más intenso.
Baird salió a mi encuentro a medio camino y sustituyó mis baterías por otras nuevas.
—¡Loco! —gritó—. ¡Grandísimo idiota! Haré que te formen consejo de guerra si...
—¿Aun si te dijera quién estuvo en Platón?
—¡Cómo!
Estábamos en la nave y mis pies se deshelaron antes que lograra saber nada de mí. Fue una larga
conversación, pero cuando captó la idea...
Por supuesto, el Servicio de Inteligencia ha trabajado horas extraordinarias desde que lo explicamos a
nuestro regreso. Han dictaminado ya que no fue una expedición rusa. Pero Baird, Hernández y yo lo
sabíamos desde nuestra primera noche en la Luna.
Y esta es la razón por la que usted, profesor, fue designado. Nosotros vamos juntos allende los mares,
oficialmente como turistas. Busque en los archivos y yo le diré si encontró algo útil. Mucho dudo que quiera
hacerlo. Aquel secreto fue muy bien guardado, como el secreto del submarino, que él también creía no se
debía comunicar a un mundo amante de la guerra. Pero, si en alguna parte, de algún modo, hallamos
aunque solamente sea una nota mal pergeñada, un indicio, me sentiré contento.
No pudo hacerse con cohetes, compréndalo. Aun si se hubiese conocido la Física —que no se
conocía—, la Química y la Metalurgia no tuvieron nada que ver. Pero se tropezó en algo más. ¿La
antigravedad? Tal vez. Sea lo que fuere, si podemos averiguarlo, la guerra fría será ganada... por los
hombres libres.
Tanto si hallamos algo como si no, nuestros investigadores seguirán trabajando. Sabiendo que semejante
artificio es posible y que significa un tremendo impulso, comprenderá usted por qué este asunto debe
permanecer secreto.
¿No lo ha comprendido aún? Profesor, me decepciona. ¡Usted que es historiador! ¡Un hombre culto!
De acuerdo, pues. Iremos a Londres, se detendrá en la Galería Nacional y se sentará frente a un cuadro
llamado La Virgen de las Rocas. Y podrá ver una luz fría, pálida y suave, una luz que nunca brilló en la
Tierra, jugueteando sobre la Madre y el Hijo. Y el pintor fue Leonardo da Vinci.

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