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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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lunes, 31 de agosto de 2009

CRONICAS MARCIANAS

CRONICAS
MARCIANAS
Ray Bradbury
A mi mujer Marguerite con todo cariño

EL VERANO DEL COHETE
Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la
escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños
esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban
torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.
Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como
si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las
casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó
a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las
ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió,
descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.
El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y
ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la
escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto
inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida.
El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo,
cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de
fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el
aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos
instantes fue verano en la Tierra...
YLLA
Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal,
y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que
brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo
magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde,
cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y
en el distante y recogido pueblito marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K
en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba
suavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía
un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las
costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos
y arañas eléctricas.
El señor K y su mujer vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la
misma casa en que habían vivido sus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol,
como una flor, desde hacía diez siglos.
El señor K y su mujer no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos
los marcianos; los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales.
En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los
canales, cuando corría por ellos el licor verde de las viñas y habían hablado hasta el
amanecer, bajo los azules retratos fosforescentes, en la sala de las conversaciones.
Ahora no eran felices.
Aquella mañana, la señora K, de pie entre las columnas, escuchaba el hervor de las
arenas del desierto, que se fundían en una cera amarilla, y parecían fluir hacia el
horizonte.
Algo iba a suceder.
La señora K esperaba.
Miraba el cielo azul de Marte, como si en cualquier momento pudiera encogerse,
contraerse, y arrojar sobre la arena algo resplandeciente y maravilloso.
Nada ocurría.
Cansada de esperar, avanzó entre las húmedas columnas. Una lluvia suave brotaba de
los acanalados capiteles, caía suavemente sobre ella y refrescaba el aire abrasador. En
estos días calurosos, pasear entre las columnas era como pasear por un arroyo. Unos
frescos hilos de agua brillaban sobre los pisos de la casa. A lo lejos oía a su marido que
tocaba el libro, incesantemente, sin que los dedos se le cansaran jamás de las antiguas
canciones. Y deseó en silencio que él volviera a abrazarla y a tocarla, como a una arpa
pequeña, pasando tanto tiempo junto a ella como el que ahora dedicaba a sus increíbles
libros.
Pero no. Meneó la cabeza y se encogió imperceptiblemente de hombros. Los párpados
se le cerraron suavemente sobre los ojos amarillos. El matrimonio nos avejenta, nos hace
rutinarios, pensó.
Se dejó caer en una silla, que se curvó para recibirla, y cerró fuerte y nerviosamente los
ojos.
Y tuvo el sueño.
Los dedos morenos temblaron y se alzaron, crispándose en el aire.
Un momento después se incorporó, sobresaltada, en su silla. Miró vivamente a su
alrededor, como si esperara ver a alguien, y pareció decepcionada. No había nadie entre
las columnas.
El señor K apareció en una puerta triangular
- ¿Llamaste? - preguntó, irritado.
- No - dijo la señora K.
- Creí oírte gritar.
- ¿Grité? Descansaba y tuve un sueño.
- ¿Descansabas a esta hora? No es tu costumbre.
La señora K seguía sentada, inmóvil, como si el sueño, le hubiese golpeado el rostro.
- Un sueño extraño, muy extraño - murmuró.
- Ah.
Evidentemente, el señor K quería volver a su libro.
- Soñé con un hombre - dijo su mujer
- ¿Con un hombre?
- Un hombre alto, de un metro ochenta de estatura
- Qué absurdo. Un gigante, un gigante deforme.
- Sin embargo... - replicó la señora K buscando las palabras -. Y... ya sé que creerás
que soy una tonta, pero... ¡tenía los ojos azules!
- ¿Ojos azules? ¡Dioses! - exclamó el señor K - ¿Qué soñarás la próxima vez?
Supongo que los cabellos eran negros.
- ¿Cómo lo adivinaste? - preguntó la señora K excitada.
El señor K respondió fríamente:
- Elegí el color más inverosímil.
- ¡Pues eran negros! - exclamó su mujer -. Y la piel, ¡blanquísima! Era muy extraño.
Vestía un uniforme raro. Bajó del cielo y me habló amablemente.
- ¿Bajó del cielo? ¡Qué disparate!
- Vino en una cosa de metal que relucía a la luz del sol - recordó la señora K, y cerró
los ojos evocando la escena -. Yo miraba el cielo y algo brilló como una moneda que se
tira al aire y de pronto creció y descendió lentamente. Era un aparato plateado, largo y
extraño. Y en un costado de ese objeto de plata se abrió una puerta y apareció el hombre
alto.
- Si trabajaras un poco más no tendrías esos sueños tan tontos.
- Pues a mí me gustó - dijo la señora K reclinándose en su silla -. Nunca creí tener
tanta imaginación. ¡Cabello negro, ojos azules y tez blanca! Un hombre extraño, pero muy
hermoso.
- Seguramente tu ideal.
- Eres antipático. No me lo imaginé deliberadamente, se me apareció mientras
dormitaba. Pero no fue un sueño, fue algo tan inesperado, tan distinto...
El hombre me miró y me dijo: «Vengo del tercer planeta. Me llamo Nathaniel York...»
- Un nombre estúpido. No es un nombre.
- Naturalmente, es estúpido porque es un sueño - explicó la mujer suavemente -.
Además me dijo: «Este es el primer viaje por el espacio. Somos dos en mi nave; yo y mi
amigo Bart.»
- Otro nombre estúpido.
- Y luego dijo: «Venimos de una ciudad de la Tierra; así se llama nuestro planeta.» Eso
dijo, la Tierra. Y hablaba en otro idioma. Sin embargo yo lo entendía con la mente.
Telepatía, supongo.
El señor K se volvió para alejarse; pero su mujer lo detuvo, llamándolo con una voz
muy suave.
- ¿Yll? ¿Te has preguntado alguna vez... bueno, si vivirá alguien en el tercer planeta?
- En el tercer planeta no puede haber vida - explicó pacientemente el señor K -
Nuestros hombres de ciencia han descubierto que en su atmósfera hay demasiado
oxígeno.
- Pero, ¿no sería fascinante que estuviera habitado? ¿Y que sus gentes viajaran por el
espacio en algo similar a una nave?
- Bueno, Ylla, ya sabes que detesto los desvaríos sentimentales. Sigamos trabajando.
Caía la tarde, y mientras se paseaba por entre las susurrantes columnas de lluvia, la
señora K se puso a cantar. Repitió la canción, una y otra vez.
- ¿Qué canción es ésa? - le preguntó su marido, interrumpiéndola, mientras se
acercaba para sentarse a la mesa de fuego.
La mujer alzó los ojos y sorprendida se llevó una mano a la boca.
- No sé.
El sol se ponía. La casa se cerraba, como una flor gigantesca. Un viento sopló entre las
columnas de cristal. En la mesa de fuego, el radiante pozo de lava plateada se cubrió de
burbujas. El viento movió el pelo rojizo de la señora K y le murmuró suavemente en los
oídos. La señora K se quedó mirando en silencio, con ojos amarillos, húmedos y dulces a
el lejano y pálido fondo del mar, como si recordara algo.
- Drink to me with thine eyes, and I will pledge with mine (Brinda por mí con tus ojos y
yo te prometeré con los míos) - cantó lenta y suavemente, en voz baja -. Or leave a kiss
within the cup, and I'll not ask for wine. (O deja un beso en tu copa y no pediré vino.)
Cerró los ojos y susurró moviendo muy levemente las manos. Era una canción muy
hermosa.
- Nunca oí esa canción. ¿Es tuya? - le preguntó el señor K mirándola fijamente.
- No. Sí... No sé - titubeó la mujer -. Ni siquiera comprendo las palabras. Son de otro
idioma.
- ¿Qué idioma?
La señora K dejó caer, distraídamente, unos trozos de carne en el pozo de lava.
- No lo sé.
Un momento después sacó la carne, ya cocida, y se la sirvió a su marido.
- Es una tontería que he inventado, supongo. No sé por qué.
El señor K no replicó. Observó cómo su mujer echaba unos trozos de carne en el pozo
de fuego siseante. El sol se había ido. Lenta, muy lentamente, llegó la noche y llenó la
habitación, inundando a la pareja y las columnas, como un vino oscuro que subiera hasta
el techo. Sólo la encendida lava de plata iluminaba los rostros.
La señora K tarareó otra vez aquella canción extraña.
El señor K se incorporó bruscamente y salió irritado de la habitación.
Más tarde, solo, el señor K terminó de cenar.
Se levantó de la mesa, se desperezó, miró a su mujer y dijo bostezando:
- Tomemos los pájaros de fuego y vayamos a entretenernos a la ciudad.
- ¿Hablas seriamente? - le preguntó su mujer -. ¿Te sientes bien?
- ¿Por qué te sorprendes?
- No vamos a ninguna parte desde hace seis meses.
- Creo que es una buena idea.
- De pronto eres muy atento.
- No digas esas cosas - replicó el señor K disgustado -. ¿Quieres ir o no?
La señora K miró el pálido desierto; las mellizas lunas blancas subían en la noche; el
agua fresca y silenciosa le corría alrededor de los pies. Se estremeció levemente. Quería
quedarse sentada, en silencio, sin moverse, hasta que ocurriera lo que había estado
esperando todo el día, lo que no podía ocurrir, pero tal vez ocurriera. La canción le rozó la
mente, como un ráfaga.
- Yo...
- Te hará bien - musitó su marido. Vamos.
- Estoy cansada. Otra noche.
- Aquí tienes tu bufanda - insistió el señor K alcanzándole un frasco -. No salimos
desde hace meses.
Su mujer no lo miraba.
- Tú has ido dos veces por semana a la ciudad de Xi - afirmó.
- Negocios.
- Ah - murmuró la señora K para sí misma.
Del frasco brotó un liquido que se convirtió en un neblina azul y envolvió en sus ondas
el cuello de señora K.
Los pájaros de fuego esperaban, como brillantes brasas de carbón, sobre la fresca y
tersa arena. La flotante barquilla blanca, unida a los pájaros por mil cintas verdes, se
movía suavemente en el viento de la noche.
Ylla se tendió de espaldas en la barquilla, y a una palabra de su marido, los pájaros de
fuego se lanzaron ardiendo, hacia el cielo oscuro. Las cintas se estiraron, la barquilla se
elevó deslizándose sobre las arenas, que crujieron suavemente. Las colinas azules
desfilaron, desfilaron, y la casa, las húmedas columnas, las flores enjauladas, los libros
sonoros y los susurrantes arroyuelos del piso quedaron atrás. Ylla no miraba a su marido.
Oía sus órdenes mientras los pájaros en llamas ascendían ardiendo en el viento, como
diez mil chispas calientes, como fuegos artificiales en el cielo, amarillos y rojos, que
arrastraban el pétalo de flor de la barquilla.
Ylla no miraba las antiguas y ajedrezadas ciudades muertas, ni los viejos canales de
sueño y soledad. Como una sombra de luna, como una antorcha encendida, volaban
sobre ríos secos y lagos secos.
Ylla sólo miraba el cielo.
Su marido le habló.
Ylla miraba el cielo.
- ¿No me oíste?
- ¿Qué?
El señor K suspiró.
- Podías prestar atención.
- Estaba pensando.
- No sabía que fueras amante de la naturaleza, pero indudablemente el cielo te interesa
mucho esta noche.
- Es hermosísimo.
- Me gustaría llamar a Hulle - dijo el marido lentamente -. Quisiera preguntarle si
podemos pasar unos días, una semana, no más, en las montañas Azules. Es sólo una
idea...
- ¡En las montañas Azules! - Gritó Ylla tomándose con una mano del borde de la
barquilla y volviéndose rápidamente hacia él.
- Oh, es sólo una idea...
Ylla se estremeció.
- ¿Cuándo quieres ir?
- He pensado que podríamos salir mañana por la mañana - respondió el señor K
negligentemente -. Nos levantaríamos temprano...
- ¡Pero nunca hemos salido en esta época!
- Sólo por esta vez. - El señor K sonrió. - Nos hará bien. Tendremos paz y tranquilidad.
¿Acaso has proyectado alguna otra cosa? Iremos, ¿no es cierto?
Ylla tomó aliento, esperó, y dijo:
- ¿Qué?
El grito sobresaltó a los pájaros; la barquilla se sacudió.
- No - dijo Ylla firmemente -. Está decidido. No iré.
El señor K la miró y no hablaron más. Ylla le volvió la espalda.
Los pájaros volaban, como diez mil teas al viento.
Al amanecer, el sol que atravesaba las columnas de cristal disolvió la niebla que había
sostenido a Ylla mientras dormía. Ylla había pasado la noche suspendida entre el techo y
el piso, flotando suavemente en la blanda alfombra de bruma que brotaba de las paredes
cuando ella se abandonaba al sueño. Había dormido toda la noche en ese río callado,
como un bote en una corriente silenciosa. Ahora el calor disipaba la niebla, y la bruma
descendió hasta depositar a Ylla en la costa del despertar.
Abrió los ojos.
El señor K, de pie, la observaba como si hubiera estado junto a ella, inmóvil, durante
horas y horas. Sin saber por qué, Ylla apartó los ojos.
- Has soñado otra vez - dijo el señor K -. Hablabas en voz alta y me desvelaste. Creo
realmente que debes ver a un médico.
- No será nada.
- Hablaste mucho mientras dormías.
- ¿Sí? - dijo Ylla, incorporándose.
Una luz gris le bañaba el cuerpo. El frío del amanecer entraba en la habitación.
- ¿Qué soñaste?
Ylla reflexionó unos instantes y luego recordó.
- La nave. Descendía otra vez, se posaba en el suelo y el hombre salía y me hablaba,
bromeando, riéndose, y yo estaba contenta.
El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del
cristal. El frío desapareció de la habitación.
- Luego - dijo Ylla -, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era
hermosa y... y me besó.
- ¡Ah! - exclamó su marido, dándole la espalda.
- Sólo fue un sueño - dijo Ylla, divertida.
- ¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!
- No seas niño - replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.
Un momento después se echó a reír.
- Recuerdo algo más - confesó.
- Bueno, ¿qué es, qué es?
- Ylla, tienes muy mal carácter.
- ¡Dímelo! - exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura
-. ¡No debes ocultarme nada!
- Nunca te vi así - dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez -. Ese Nathaniel York me
dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es
ridículo.
- ¡Si! ¡Ridículo! - gritó el señor K -. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole,
halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!
- ¡Yll!
- ¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?
- Yll, no alces la voz.
- ¡Qué importa la voz! ¿No soñaste - dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella
y tomándola de un brazo - que la nave descendía en el valle Verde?
¡Contesta!
- Pero, si...
- Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?
- Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.
- Bueno - dijo el señor K soltándola -, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste
mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.
Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco
recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó
y se acercó a él.
- Yll - susurró:
- No me pasa nada.
- Estás enfermo.
- No - dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada -. Soy un niño, nada más.
Perdóname, querida. - La acarició torpemente. - He trabajado demasiado en estos días.
Lo lamento. Voy a acostarme un rato.
- ¡Te excitaste de una manera!
- Ahora me siento bien, muy bien. - Suspiró. - Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de
Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y
olvidamos este asunto.
- No fue más que un sueño.
- Por supuesto - dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla -. Nada más que
un sueño.
Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.
- ¿No vas al pueblo? - preguntó Ylla.
El señor K arqueó ligeramente las cejas.
- ¿Al pueblo?
- Pensé que irías hoy.
Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las
hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.
- No - dijo -. Hace demasiado calor, y además es tarde.
- Ah - exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta -. En seguida
vuelvo - añadió.
- Espera un momento. ¿A dónde vas?
- A casa de Pao. Me ha invitado - contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.
- ¿Hoy?
- Hace mucho que no la veo. No vive lejos.
- ¿En el valle Verde, no es así?
- Sí, es sólo un paseo - respondió Ylla alejándose de prisa.
- Lo siento, lo siento mucho. - El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado
por un olvido. - No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta
tarde.
- ¿Al doctor Nlle? - dijo Ylla volviéndose.
- Sí - respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.
- Pero Pao...
- Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.
- Un momento nada más.
- No, Ylla.
- ¿No?
El señor K sacudió la cabeza.
- No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después
el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el
doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?
Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió
lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.
- Ylla - dijo el señor K en voz baja -. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?
- Sí - dijo Ylla al cabo de un momento -. Me quedaré aquí.
- ¿Toda la tarde?
- Toda la tarde.
Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía
muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él
un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y
unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara
con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan
perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que
tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El
arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que
clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.
- ¿A dónde vas? - preguntó Ylla.
- ¿Qué dices? - El señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle - El doctor Nlle se
ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida
vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?
La máscara de plata brillaba intensamente.
- No.
- Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.
La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó
cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con
el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba
trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de
ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el
cielo, más allá de las columnas de cristal.
Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.
Se acercaba.
Ocurriría en cualquier momento.
Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la
presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas,
sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de
manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las
flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve
estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice:
«Atención, atención, atención, atención...», con una voz muy débil, como gotas que caen
sobre terciopelo.
Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos
negros, cerrándose, para siempre.
Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no
había una nube.
Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante;
habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los
cristales, y ella correría a la puerta...
- Loca Ylla - dijo, burlándose de sí misma -. ¿Por qué te permites estos desvaríos?
Y entonces ocurrió.
Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor
metálico en el cielo.
Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró
hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo.
Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se
iba mientras aguardaban al doctor.
Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar
con la vista el valle Verde.
Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro,
una hoja, el viento, o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.
Se sentó.
Se oyó un disparo.
Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.
Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes.
Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.
Se estremeció nuevamente y sin haber por qué se incorporó gritando, gritando, como si
no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.
Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.
Los ecos morían a los lejos.
Se apagaron.
Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones
adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro
cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.
Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó,
inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo
trizas contra el piso.
Los pasos titubearon ante la puerta.
¿Hablaría? ¿Gritaría; «¡Entre, entre!»?, se preguntó
Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.
Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara
de plata tenía un brillo opaco.
El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles
vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger
los trozos del vaso.
- ¿Qué estuviste haciendo? - preguntó.
- Nada - respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.
- Pero... el arma. Oí dos disparos.
- Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor
Nlle?
- No.
- Déjame pensar. - El señor K castañeteó fastidiado los dedos. - Claro, ahora recuerdo.
No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.
Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos
trozos de carne.
- No sé. No tengo apetito.
- ¿Por qué?
- No sé. No sé por qué.
El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más
fría y pequeña.
- Quisiera recordar - dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la
figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.
- ¿Qué quisieras recordar? - preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.
- Aquella canción - respondió Ylla -, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y
tarareó algo, pero no la canción. - La he olvidado y no se por qué. No quisiera olvidarla.
Quisiera recordarla siempre.
Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se
recostó en su silla.
- No puedo acordarme - dijo, y se echó a llorar.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó su marido.
- No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por
qué.
Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.
- Mañana te sentirás mejor - le dijo su marido.
Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que
aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las
aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.
- Sí - dijo -, mañana me sentiré mejor.
NOCHE DE VERANO
La gente se agrupaba en las galerías de piedra o se movía entre las sombras, por las
colinas azules. Las lejanas estrellas y las mellizas y luminosas lunas de Marte
derramaban una pálida luz de atardecer. Más allá del anfiteatro de mármol, en la
oscuridad y la lejanía, se levantaban las aldeas y las quintas. El agua plateada yacía
inmóvil en los charcos, y los canales relucían de horizonte a horizonte. Era una noche de
verano en el templado y apacible planeta Marte. Las embarcaciones, delicadas como
flores de bronce, se entrecruzaban en los canales de vino verde, y en las largas,
interminables viviendas que se curvaban como serpientes tranquilas entre las lomas,
murmuraban perezosamente los amantes, tendidos en los frescos lechos de la noche.
Algunos niños corrían aún por las avenidas, a la luz de las antorchas, y con las arañas de
oro que llevaban en la mano lanzaban al aire finos hilos de seda. Aquí Y allá, en las
mesas donde burbujeaba la lava de plata, se preparaba alguna cena tardía. En un
centenar de pueblos del hemisferio oscuro del planeta, los marcianos, seres morenos, de
ojos rasgados y amarillos, se congregaban indolentemente en los anfiteatros. Desde los
escenarios una música serena se elevaba en el aire tranquilo, como el aroma de una flor.
En uno de los escenarios cantó una mujer.
El público se sobresaltó.
La mujer dejó de cantar. Se llevó una mano a la garganta. Inclinó la cabeza mirando a
los músicos, y comenzaron otra vez.
Los músicos tocaron y la mujer cantó, y esta vez el público suspiró y se inclinó hacia
delante en los asientos; unos pocos se pusieron de pie, sorprendidos, y una ráfaga helada
atravesó el anfiteatro. La mujer cantaba una canción terrible y extraña. Trataba de impedir
que las palabras le brotaran de la boca pero éstas eran las palabras:
Avanza envuelta en belleza, como la noche
de regiones sin nubes y cielos estrellados;
y todo lo mejor de lo oscuro y lo brillante
se une en su rostro y en sus ojos...
La cantante se tapó la boca con las manos, y así permaneció unos instantes, inmóvil,
perpleja.
- ¿Qué significan esas palabras? - preguntaron los músicos.
- ¿De dónde viene esa canción?
- ¿Qué idioma es ése?
Y cuando los músicos soplaron en los cuernos dorados, la extraña melodía pasó otra
vez lentamente por encima del público que ahora estaba de pie y hablaba en voz alta.
- ¿Qué te pasa? - se preguntaron los músicos.
- ¿Por qué tocabas esa música?
- Y tú, ¿qué tocabas?
La mujer se echo a llorar y huyó del escenario. El público abandonó el anfiteatro. Y en
todos los trastornados pueblos marcianos ocurrió algo semejante. Una ola de frío cayó
sobre ellos, como una nieve blanca.
En las avenidas sombrías, bajo las antorchas, los niños cantaban:
... y cuando ella llegó, el aparador estaba vacío,
y su pobre perro no tuvo nada...
- ¡Niños! - gritaron los adultos -. ¿Qué canción es ésa? ¿Dónde la aprendisteis?
- Se nos ha ocurrido de pronto. Son sólo palabras, palabras que no se entienden.
Las puertas se cerraron. Las calles quedaron desiertas. Sobre las colinas azules se
elevó una estrella verde.
En el hemisferio nocturno de Marte los amantes despertaron y escucharon a sus
amadas, que cantaban en la oscuridad.
- ¿Qué canción es ésa?
Y en mil casas, en medio de la noche, las mujeres se despertaron gritando. Las
lágrimas les rodaban por las mejillas y los hombres trataban de calmarlas.
- Vamos, vamos. Duerme. ¿Qué te pasa? ¿Alguna pesadilla?
- Algo terrible va a ocurrir por la mañana.
- Nada puede ocurrir. Todo está muy bien.
Un sollozo histérico:
- ¡Se acerca, se acerca! ¡Se acerca cada vez más!
- Nada puede sucedernos. ¿Qué podría sucedernos? Vamos, duerme, duerme.
El alba de Marte fue tranquila, tan tranquila como un pozo fresco y negro, con estrellas
que brillaban en las aguas de los canales, y respirando en todos los cuartos, niños que
dormían encogidos con arañas en las manos cerradas, y amantes abrazados, y un cielo
sin lunas, y antorchas frías, y desiertos anfiteatros de piedra.
Sólo rompió el silencio, poco antes de amanecer, un sereno que caminaba por una
calle distante, solitaria y oscura, entonando una canción muy extraña.
LOS HOMBRES DE LA TIERRA
Quienquiera que fuese el que golpeaba la puerta, no se cansaba de hacerlo.
La señora Ttt abrió la puerta de par en par.
- ¿Y bien?
- ¡Habla usted inglés! - El hombre, de pie en el umbral, estaba asombrado.
- Hablo lo que hablo - dijo ella.
- ¡Un inglés admirable!
El hombre vestía uniforme. Había otros tres con él, excitados, muy sonrientes y muy
sucios.
- ¿Qué desean? - preguntó la señora Ttt.
- Usted es marciana. - El hombre sonrió. - Esta palabra no le es familiar, ciertamente.
Es una expresión terrestre. - Con un movimiento de cabeza señaló a sus compañeros. -
Venimos de la Tierra. Yo soy el capitán Williams. Hemos llegado a Marte no hace más de
una hora, y aquí estamos, ¡la Segunda Expedición! Hubo una Primera Expedición, pero
ignoramos qué les pasó. En fin, ¡henos aquí! Y el primer habitante de Marte que
encontramos ¡es usted!
- ¿Marte? - preguntó la mujer arqueando las cejas.
- Quiero decir que usted vive en el cuarto planeta a partir del Sol. ¿No es verdad?
- Elemental - replicó ella secamente, examinándolos de arriba abajo.
- Y nosotros - dijo el capitán señalándose a sí mismo con un pulgar sonrosado - somos
de la Tierra. ¿No es así, muchachos?
- ¡Así es, capitán! - exclamaron los otros a coro.
- Este es el planeta Tyrr - dijo la mujer -, si quieren llamarlo por su verdadero nombre.
- Tyrr, Tyrr. - El capitán rió a carcajadas. - ¡Qué nombre tan lindo! Pero, oiga buena
mujer, ¿cómo habla usted un inglés tan perfecto?
- No estoy hablando, estoy pensando - dijo ella - ¡Telepatía! ¡Buenos días! - y dio un
portazo.
Casi en seguida volvieron a llamar. Ese hombre espantoso, pensó la señora Ttt.
Abrió la puerta bruscamente.
- ¿Y ahora qué? - preguntó.
El hombre estaba todavía en el umbral, desconcertado, tratando de sonreír. Extendió
las manos.
- Creo que usted no comprende...
- ¿Qué?
El hombre la miró sorprendido:
- ¡Venimos de la Tierral!
- No tengo tiempo - dijo la mujer -. Hay mucho que cocinar, y coser, y limpiar...
Ustedes, probablemente, querrán ver al señor Ttt. Está arriba, en su despacho.
- Sí - dijo el terrestre, parpadeando confuso -. Permítame ver al señor Ttt, por favor.
- Está ocupado.
La señora Ttt cerró nuevamente la puerta.
Esta vez los golpes fueron de una ruidosa impertinencia.
- ¡Oiga! - gritó el hombre cuando la puerta volvió a abrirse -. ¡Este no es modo de tratar
a las visitas! - Y entró de un salto en la casa, como si quisiera sorprender a la mujer.
- ¡Mis pisos limpios! - gritó ella -. ¡Barro! ¡Fuera! ¡Antes de entrar, límpiese las botas!
El hombre se miró apesadumbrado las botas embarradas.
- No es hora de preocuparse por tonterías - dijo luego -. Creo que ante todo
debiéramos celebrar el acontecimiento. - Y miró fijamente a la mujer, como si esa mirada
pudiera aclarar la situación.
- ¡Si se me han quemado las tortas de cristal - gritó ella -, lo echaré de aquí a
bastonazos!
La mujer atisbó unos instantes el interior de un horno encendido y regresó con la cara
roja y transpirada. Era delgada y ágil, como un insecto. Tenía ojos amarillos y
penetrantes, tez morena, y una voz metálica y aguda.
- Espere un momento. Trataré de que el señor Ttt los reciba. ¿Qué asunto los trae?
El hombre lanzó un terrible juramento, como si la mujer le hubiese martillado una mano.
- ¡Dígale que venimos de la Tierra! ¡Que nadie vino antes de allá!
- ¿Que nadie vino de dónde? Bueno, no importa - dijo la mujer alzando una mano -. En
seguida vuelvo.
El ruido de sus pasos tembló ligeramente en la casa de piedra.
Afuera, brillaba el inmenso cielo azul de Marte, caluroso y tranquilo como las aguas
cálidas y profundas de un océano. El desierto marciano se tostaba como una prehistórica
vasija de barro. El calor crecía en temblorosas oleadas. Un cohete pequeño yacía en la
cima de una colina próxima y las huellas de unas pisadas unían la puerta del cohete con
la casa de piedra.
De pronto se oyeron unas voces que discutían en el piso superior de la casa. Los
hombres se miraron, se movieron inquietos, apoyándose ya en un pie, ya en otro, y con
los pulgares en el cinturón tamborilearon nerviosamente sobre el cuero.
Arriba gritaba un hombre. Una voz de mujer le replicaba en el mismo tono. Pasó un
cuarto de hora. Los hombres se pasearon de un lado a otro, sin saber qué hacer.
- ¿Alguien tiene cigarrillos? - preguntó uno.
Otro sacó un paquete y todos encendieron un cigarrillo y exhalaron lentas cintas de
pálido humo blanco. Los hombres se tironearon los faldones de las chaquetas; se
arreglaron los cuellos.
El murmullo y el canto de las voces continuaban. El capitán consultó su reloj.
- Veinticinco minutos - dijo -. Me pregunto qué estarán tramando ahí arriba. - Se paró
ante una ventana y miró hacia afuera.
- Qué día sofocante - dijo un hombre.
- Sí - dijo otro.
Era el tiempo lento y caluroso de las primeras horas de la tarde. El murmullo de las
voces se apagó. En la silenciosa habitación sólo se oía la respiración de los hombres.
Pasó una hora.
- Espero que no hayamos provocado un incidente - dijo el capitán. Se volvió y espió el
interior del vestíbulo.
Allí estaba la señora Ttt, regando las plantas que crecían en el centro de la habitación.
- Ya me parecía que había olvidado algo - dijo la mujer avanzando hacia el capitán -. Lo
siento - añadió, y le entregó un trozo de papel -. El señor Ttt está muy ocupado. - Se
volvió hacia la cocina. - Por otra parte, no es el señor Ttt a quien usted desea ver, sino al
señor Aaa. Lleve este papel a la granja próxima, al lado del canal azul, y el señor Aaa les
dirá lo que ustedes quieren saber.
- No queremos saber nada - objetó el capitán frunciendo los gruesos labios -. Ya lo
sabemos.
- Tienen el papel, ¿qué más quieren? - dijo la mujer con brusquedad, decidida a no
añadir una palabra.
- Bueno - dijo el capitán sin moverse, como esperando algo. Parecía un niño, con los
ojos clavados en un desnudo árbol de Navidad -. Bueno - repitió -. Vamos, muchachos.
Los cuatro hombres salieron al silencio y al calor de la tarde.
Una media hora después, sentado en su biblioteca, el señor Aaa bebía unos sorbos de
fuego eléctrico de una copa de metal, cuando oyó unas voces que venían por el camino
de piedra. Se inclinó sobre el alféizar de la ventana y vio a cuatro hombres uniformados
que lo miraban entornando los ojos.
- ¿El señor Aaa? - le preguntaron.
- El mismo.
- ¡Nos envía el señor Ttt! - gritó el capitán.
- ¿Y por qué ha hecho eso?
- ¡Estaba ocupado!
- ¡Qué lástima! - dijo el señor Aaa, con tono sarcástico -. ¿Creerá que estoy aquí para
atender a las gentes que lo molestan?
- No es eso lo importante, señor - replicó el capitán.
- Para mí, sí. Tengo mucho que leer. El señor Ttt es un desconsiderado. No es la
primera vez que se comporta de este modo. No mueva usted las manos, señor. Espere a
que termine. Y preste atención. La gente suele escucharme cuando hablo. Y usted me
escuchará cortésmente o no diré una palabra.
Los cuatro hombres de la calle abrieron la boca, se movieron incómodos, y por un
momento las lágrimas asomaron a los ojos del capitán.
- ¿Le parece a usted bien - sermoneó el señor Aaa - que el señor Ttt haga estas
cosas?
Los cuatro hombres alzaron los ojos en el calor.
- ¡Venimos de la Tierra! - dijo el capitán.
- A mí me parece que es un mal educado - continuó el señor Aaa.
- En un cohete. Venimos en un cohete.
- No es la primera vez que Ttt comete estas torpezas.
- Directamente desde la Tierra.
- Me gustaría llamarlo y decirle lo que pienso.
- Nosotros cuatro, yo y estos tres hombres, mi tripulación.
- ¡Lo llamaré, sí, voy a llamarlo!
- Tierra. Cohete. Hombres. Viaje. Espacio.
- ¡Lo llamaré y tendrá que oírme! - gritó el señor Aaa, y desapareció como un títere de
un escenario.
Durante unos instantes se oyeron unas voces coléricas que iban y venían por algún
extraño aparato. Abajo, el capitán y su tripulación miraban tristemente por encima del
hombro el hermoso cohete que yacía en la colina, tan atractivo y delicado y brillante.
El señor Aaa reapareció de pronto en la ventana, con un salvaje aire de triunfo.
- ¡Lo he retado a duelo, por todos los dioses! ¡A duelo!
- Señor Aaa... - comenzó otra vez el capitán con voz suave.
- ¡Lo voy a matar! ¿Me oye?
- Señor Aaa, quisiera decirle que hemos viajado noventa millones de kilómetros.
El señor Aaa miró al capitán por primera vez.
- ¿De dónde dice que vienen?
El capitán emitió una blanca sonrisa.
- Al fin nos entendemos - les murmuró en un aparte a sus hombres, y le dijo al señor
Aaa -: Recorrimos noventa millones de kilómetros. ¡Desde la Tierra!
El señor Aaa bostezó.
- En esta época del año la distancia es sólo de setenta y cinco millones de kilómetros. -
Blandió un arma de aspecto terrible. - Bueno, tengo que irme. Lleven esa estúpida nota,
aunque no sé de qué les servirá, a la aldea de Iopr, sobre la colina y hablen con el señor
Iii. Ése es el hombre a quien quieren ver. No al señor Ttt. Ttt es un idiota, y voy a matarlo.
Ustedes, además, no son de mi especialidad.
- Especialidad, especialidad - baló el capitán -. ¿Pero es necesario ser un especialista
para dar la bienvenida a hombres de la Tierra?
- No sea tonto, todo el mundo lo sabe.
El señor Aaa desapareció. Apareció unos instantes después en la puerta y se alejó
velozmente calle abajo.
- ¡Adiós! - gritó.
Los cuatro viajeros no se movieron, desconcertados. Finalmente dijo el capitán:
- Ya encontraremos quien nos escuche.
- Quizá debiéramos irnos y volver - sugirió un hombre con voz melancólica -. Quizá
debiéramos elevarnos y descender de nuevo. Darles tiempo de organizar una fiesta.
- Puede ser una buena idea - murmuró fatigado el capitán.
En la aldea la gente salía de las casas y entraba en ellas, saludándose, y llevaba
máscaras doradas, azules y rojas, máscaras de labios de plata y cejas de bronce,
máscaras serias o sonrientes, según el humor de sus dueños.
Los cuatro hombres, sudorosos luego de la larga caminata, se detuvieron y le
preguntaron a una niñita dónde estaba la casa del señor Iii.
- Ahí - dijo la niña con un movimiento de cabeza.
El capitán puso una rodilla en tierra, solemnemente, cuidadosamente, y miró el rostro
joven y dulce.
- Oye, niña, quiero decirte algo.
La sentó en su rodilla y tomó entre sus manazas las manos diminutas y morenas, como
si fuera a contarle un cuento de hadas preciso y minucioso.
- Bien, te voy a contar lo que pasa. Hace seis meses otro cohete vino a Marte. Traía a
un hombre llamado York y a su ayudante. No sabemos qué les pasó. Quizá se
destrozaron al descender. Vinieron en un cohete, como nosotros. Debes de haberlo visto.
¡Un gran cohete! Por lo tanto nosotros somos la Segunda Expedición. Y venimos
directamente de la Tierra...
La niña soltó distraídamente una mano y se ajustó a la cara una inexpresiva máscara
dorada. Luego sacó de un bolsillo una araña de oro y la dejó caer. El capitán seguía
hablando. La araña subió dócilmente a la rodilla de la niña, que la miraba sin expresión
por las hendiduras de la máscara. El capitán zarandeó suavemente a la niña y habló con
una voz más firme:
- Somos de la Tierra, ¿me crees?
- Sí - respondió la niña mientras observaba cómo los dedos de los pies se le hundían
en la arena.
- Muy bien. - El capitán le pellizcó un brazo, un poco porque estaba contento y un poco
porque quería que ella lo mirase. - Nosotros mismos hemos construido este cohete. ¿Lo
crees, no es cierto?
La niña se metió un dedo en la nariz.
- Sí - dijo.
- Y... Sácate el dedo de la nariz, niñita... Yo soy el capitán y...
- Nadie hasta hoy cruzó el espacio en un cohete - recitó la criatura con los ojos
cerrados.
- ¡Maravilloso! ¿Cómo lo sabes?
- Oh, telepatía... - respondió la niña limpiándose distraídamente el dedo en una pierna.
- Y bien, ¿eso no te asombra? - gritó el capitán -. ¿No estás contenta?
- Será mejor que vayan a ver en seguida al señor Iii - dijo la niña, y dejó caer su juguete
-. Al señor lii le gustará mucho hablar con ustedes.
La niña se alejó. La araña echó a correr obedientemente detrás de ella.
El capitán, en cuclillas, se quedó mirándola, con las manos extendidas, la boca abierta
y los ojos húmedos.
Los otros tres hombres, de pie sobre sus sombras, escupieron en la calle de piedra.
El señor Iii abrió la puerta. Salía en ese momento para una conferencia, pero podía
concederles unos instantes si se decidían a entrar y le informaban brevemente del objeto
de la visita.
- Un minuto de atención - dijo el capitán, cansado, con los ojos enrojecidos -. Venimos
de la Tierra, en un cohete; somos cuatro: tripulación y capitán; estamos exhaustos,
hambrientos, y quisiéramos encontrar un sitio para dormir. Nos gustaría que nos dieran la
llave de la ciudad, o algo parecido, y que alguien nos estrechara la mano y nos dijera:
«¡Bravo!» y «¡Enhorabuena, amigos!» Eso es todo.
El señor lii era alto, vaporoso, delgado, y llevaba unas gafas de gruesos cristales
azules sobre los ojos amarillos. Se inclinó sobre el escritorio y se puso a estudiar unos
papeles. De cuando en cuando alzaba la vista y observaba con atención a sus visitantes.
- No creo tener aquí los formularios - dijo revolviendo los cajones del escritorio -.
¿Dónde los habré puesto? Deben de estar en alguna parte... ¡Ah, sí, aquí! - Le alcanzó al
capitán unos papeles. - Tendrá usted que firmar, por supuesto.
- ¿Tenemos que pasar por tantas complicaciones? - preguntó el capitán.
El señor Iii le lanzó una mirada vidriosa.
- ¿No dice que viene de la Tierra? Pues tiene que firmar.
El capitán escribió su nombre.
- ¿Es necesario que firmen también los tripulantes?
El señor Iii miró al capitán, luego a los otros tres y estalló en una carcajada burlona.
- ¡Que ellos firmen! ¡Ah, admirable! ¡Que ellos, oh, que ellos firmen! - Los ojos se le
llenaron de lágrimas. Se palmeó una rodilla y se dobló en dos sofocado por la risa. Se
apoyó en el escritorio. - ¡Que ellos firmen!
Los cuatro hombres fruncieron el ceño.
- ¿Es tan gracioso?
- ¡Que ellos firmen! - suspiró el señor Iii, debilitado por su hilaridad -. Tiene gracia.
Debo contárselo al señor Xxx.
Examinó el formulario, riéndose aún a ratos.
- Parece que todo está bien. - Movió afirmativamente la cabeza. - Hasta su conformidad
para una posible eutanasia - cloqueó.
- ¿Conformidad para qué?
- Cállese. Tengo algo para usted. Aquí está. La llave.
El capitán se sonrojó.
- Es un gran honor...
- ¡No es la llave de la ciudad, Imbécil! - ladró el señor Iii -. Es la de la casa. Vaya por
aquel pasillo, abra la puerta grande, entre y cierre bien. Puede pasar allí la noche. Por la
mañana le mandaré al señor Xxx.
El capitán titubeó, tomó la llave y se quedó mirando fijamente las tablas del piso. Sus
hombres tampoco se movieron. Parecían secos, vacíos, como si hubiesen perdido toda la
pasión y la fiebre del viaje.
- ¿Qué le pasa? - preguntó el señor Iii -. ¿Qué espera? ¿Qué quiere? - Se adelantó y
estudió de cerca el rostro del capitán. - ¡Váyase!
- Me figuro que no podría usted... - sugirió el capitán -, quiero decir... En fin... Hemos
trabajado mucho, hemos hecho un largo viaje y quizá pudiera usted estrecharnos la mano
y darnos la enhorabuena - añadió con voz apagada -. ¿No le parece?
El señor Iii le tendió rígidamente la mano y le sonrió con frialdad.
- ¡Enhorabuena! - y apartándose dijo -: Ahora tengo que irme. Utilice esa llave.
Sin fijarse más en ellos, como si se hubieran filtrado a través del piso, el señor Iii
anduvo de un lado a otro por la habitación, llenando con papeles una cartera. Se
entretuvo en la oficina otros cinco minutos, pero sin dirigir una sola vez la palabra al
solemne cuarteto inmóvil, cabizbajo, de piernas de plomo, brazos colgantes y mirada
apagada.
Al fin cruzó la puerta, absorto en la contemplación de sus uñas...
Avanzaron pesadamente por el pasillo, en la penumbra silenciosa de la tarde, hasta
llegar a una pulida puerta de plata. La abrieron con la llave, también de plata, entraron,
cerraron, y se volvieron.
Estaban en un vasto aposento soleado. Sentados o de pie, en grupos, varios hombres
y mujeres conversaban junto a las mesas. Al oír el ruido de la puerta miraron a los cuatro
hombres de uniforme.
Un marciano se adelantó y los saludó con una reverencia.
- Yo soy el señor Uuu.
- Y yo soy el capitán Jonathan Williams, de la ciudad de Nueva York, de la Tierra - dijo
el capitán sin mucho entusiasmo.
Inmediatamente hubo una explosión en la sala.
Los muros temblaron con los gritos y exclamaciones. Hombres y mujeres gritando de
alegría, derribando las mesas, tropezando unos con otros, corrieron hacia los terrestres y,
levantándolos en hombros, dieron seis vueltas completas a la sala, saltando, gesticulando
y cantando.
Los terrestres estaban tan sorprendidos que durante un minuto se dejaron llevar por
aquella marea de hombros antes de estallar en risas y gritos.
- ¡Esto se parece más a lo que esperábamos!
- ¡Esto es vida! ¡Bravo! ¡Bravo!
Se guiñaban alegremente los ojos, alzaban los brazos, golpeaban el aire
- ¡Hip! ¡Hip! - gritaban.
- ¡Hurra! - respondía la muchedumbre.
Al fin los pusieron sobre una mesa. Los gritos cesaron. El capitán estaba a punto de
llorar:
- Gracias. Gracias. Esto nos ha hecho mucho bien.
- Cuéntenos su historia - sugirió el señor Uuu.
El capitán carraspeó y habló, interrumpido por los ¡oh! y ¡ah! del auditorio. Presentó a
sus compañeros, y todos pronunciaron un discursito, azorados por el estruendo de los
aplausos.
El señor Uuu palmeó al capitán.
- Es agradable ver a otros de la Tierra. Yo también soy de allí.
- ¿Qué ha dicho usted?
- Aquí somos muchos los terrestres.
El capitán lo miró fijamente.
- ¿Usted? ¿Terrestre? ¿Es posible? ¿Vino en un cohete? ¿Desde cuándo se viaja por
el espacio? - Parecía decepcionado. - ¿De qué... de qué país es usted?
- De Tuiereol. Vine hace años en el espíritu de mi cuerpo.
- Tuiereol. - El capitán articuló dificultosamente la palabra. - No conozco ese país.
¿Qué es eso del espíritu del cuerpo?
- También la señorita Rrr es terrestre. ¿No es cierto, señorita Rrr?
La señorita Rrr asintió con una risa extraña.
- También el señor Www, el señor Qqq y el señor Vvv.
- Yo soy de Júpiter - dijo uno pavoneándose.
- Yo de Saturno - dijo otro. Los ojos le brillaban maliciosamente.
- Júpiter, Saturno - murmuró el capitán, parpadeando.
Todos callaron; los marcianos, ojerosos, de pupilas amarillas y brillantes, volvieron a
agruparse alrededor de las mesas de banquete, extrañamente vacías. El capitán observó,
por primera vez, que la habitación no tenía ventanas. La luz parecía filtrarse por las
paredes. No había más que una puerta.
- Todo esto es confuso. ¿Dónde diablo está Tuiereol? ¿Cerca de América? - dijo el
capitán.
- ¿Que es América?
- ¿No ha oído hablar del continente americano y dice que es terrestre?
El señor Uuu se irguió enojado.
- La Tierra está cubierta de mares, es sólo mar. No hay continentes. Yo soy de allí y lo
sé.
El capitán se echó hacia atrás en su silla.
- Un momento, un momento. Usted tiene cara de marciano, ojos amarillos, tez morena.
- La Tierra es sólo selvas - dijo orgullosamente la señorita Rrr -. Yo soy de Orri, en la
Tierra; una civilización donde todo es de plata.
El capitán miró sucesivamente al señor Uuu, al señor Www, al señor Zzz, al señor Nnn,
al señor Hhh y al señor Bbb, y vio que los ojos amarillos se fundían y apagaban a la luz, y
se contraían y dilataban. Se estremeció, se volvió hacia sus hombres y los miró
sombríamente.
- ¡Comprenden qué es esto?
- ¿Qué, señor?
- No es una celebración - contestó agotado el capitán -. No es un banquete. Estas
gentes no son representantes del gobierno. Esta no es una surprise party. Mírenles los
ojos. Escúchenlos.
Retuvieron el aliento. En la sala cerrada sólo había un suave movimiento de ojos
blancos.
- Ahora entiendo - dijo el capitán con voz muy lejana - por qué todos nos daban
papelitos y nos pasaban de uno a otro, y por qué el señor Iii nos mostró un pasillo y nos
dio una llave para abrir una puerta y cerrar una puerta. Y aquí estamos...
- ¿Dónde, capitán?
- En un manicomio.
Era de noche. En la vasta sala silenciosa, tenuemente alumbrada por unas luces
ocultas en los muros transparentes, los cuatro terrestres, sentados alrededor de una mesa
de madera conversaban en voz baja, con los rostros juntos y pálidos. Hombres y mujeres
yacían desordenadamente por el suelo. En los rincones oscuros había leves
estremecimientos: hombres o mujeres solitarios que movían las manos. Cada media hora
uno de los terrestres intentaba abrir la puerta de plata.
- No hay nada que hacer. Estamos encerrados.
- ¿Creen realmente que somos locos, capitán?
- No hay duda. Por eso no se entusiasmaron al vernos. Se limitaron a tolerar lo que
entre ellos debe de ser un estado frecuente de psicosis. - Señaló las formas oscuras que
yacían alrededor. - Paranoicos todos. ¡Qué bienvenida! - Una llamita se alzó y murió en
los ojos del capitán. - Por un momento creí que nos recibían como merecíamos. Gritos,
cantos y discursos. Todo estuvo muy bien, ¿no es cierto? Mientras duró.
- ¿Cuánto tiempo nos van a tener aquí?
- Hasta que demostremos que no somos psicópatas.
- Eso será fácil.
- Espero que sí.
- No parece estar muy seguro
- No lo estoy. Mire aquel rincón.
De la boca de un hombre en cuclillas brotó una llama azul. La llama se transformó en
una mujercita desnuda, y susurrando y suspirando se abrió como una flor en vapores de
color cobalto.
El capitán señaló otro rincón. Una mujer, de pie, se encerró en una columna de cristal;
luego fue una estatua dorada, después una vara de cedro pulido, y al fin otra vez una
mujer.
En la sala oscurecida todos exhalaban pequeñas llamas violáceas móviles y
cambiantes, pues la noche era tiempo de transformaciones y aflicción.
- Magos, brujos - susurró un terrestre.
- No, alucinados. Nos comunican su demencia y vemos así sus alucinaciones.
Telepatía. Autosugestión y telepatía.
- ¿Y eso le preocupa, capitán?
- Sí. Si esas alucinaciones pueden ser tan reales, tan contagiosas, tanto para nosotros
como para cualquier otra persona, no es raro que nos hayan tomado por psicópatas. Si
aquel hombre es capaz de crear mujercitas de fuego azul, y aquella mujer puede
transformarse en una columna, es muy natural que los marcianos normales piensen que
también nosotros hemos creado nuestro cohete.
- Oh - exclamaron sus hombres en la oscuridad.
Las llamas azules brotaban alrededor de los terrestres, brillaban un momento, y se
desvanecían. Unos diablillos de arena roja corrían entre los dientes de los hombres
dormidos. Las mujeres se transformaban en serpientes aceitosas. Había un olor de
reptiles y bestias.
Por la mañana todos estaban de pie, frescos, contentos, y normales. No había llamas
ni demonios. El capitán y sus hombres se habían acercado a la puerta de plata, con la
esperanza de que se abriera.
El señor Xxx llegó unas cuatro horas después. Los terrestres sospecharon que había
estado esperando del otro lado de la puerta, espiándolos por lo menos durante tres horas.
Con un gesto les pidió que lo acompañaran a una oficina pequeña.
Era un hombre jovial, sonriente, si se lo juzgaba por su máscara. En ella estaban
pintadas no una sonrisa, sino tres.
Detrás de la máscara, su voz era la de un psiquiatra no tan sonriente.
- Y bien, ¿qué pasa?
- Usted cree que estamos locos, y no lo estamos - dijo el capitán.
- Yo no creo que todos estén locos - replicó el psiquiatra señalando con una varita al
capitán -. El único loco es usted. Los otros son alucinaciones secundarias.
El capitán se palmeó una rodilla.
- ¡Ah, es eso! ¡Ahora comprendo por qué se rió el señor Iii cuando sugerí que mis
hombres firmaran los papeles!
El psiquiatra rió a través de su sonrisa tallada.
- Sí, ya me lo contó el señor Iii. Fue una broma excelente. ¿Qué estaba diciendo? Ah,
sí. Alucinaciones secundarias. A veces vienen a verme mujeres con culebras en las
orejas. Cuando las curo, las culebras se disipan.
- Nosotros nos alegraremos de que nos cure. Siga.
El señor Xxx pareció sorprenderse
- Es raro. No son muchos los que quieren curarse. Le advierto a usted que el
tratamiento es muy severo.
- ¡Siga curándonos! Pronto sabrá que estamos cuerdos.
- Permítame que examine sus papeles. Quiero saber si están en orden antes de iniciar
el tratamiento. - Y el señor Xxx examinó el contenido de una carpeta. - Sí. Los casos
como el suyo necesitan un tratamiento especial. Las personas de aquella sala son casos
muy simples. Pero cuando se llega como usted, debo advertírselo, a alucinaciones
primarias, secundarias, auditivas, olfativas y labiales, y a fantasías táctiles y ópticas, el
asunto es grave. Es necesario recurrir a la eutanasia.
El capitán se puso en pie de un salto y rugió:
- Mire, ¡ya hemos aguantado bastante! ¡Sométanos a sus pruebas, verifique los
reflejos, auscúltenos, exorcícenos, pregúntenos!
- Hable libremente.
El capitán habló, furioso, durante una hora. El psiquiatra escuchó.
- Increíble. Nunca oí fantasía onírica más detallada.
- ¡No diga estupideces! ¡Le enseñaremos nuestro cohete! - gritó el capitán.
- Me gustaría verlo. ¿Puede usted manifestarlo en esa habitación?
- Por supuesto. Está en ese fichero, en la letra C.
El señor Xxx examinó atentamente el fichero, emitió un sonido de desaprobación, y lo
cerró solemnemente.
- ¿Por qué me ha engañado usted? El cohete no está aquí.
- Claro que no, idiota. Ha sido una broma. ¿Bromea un loco?
- Tiene usted unas bromas muy raras. Bueno, salgamos. Quiero ver su cohete.
Era mediodía. Cuando llegaron al cohete hacía mucho calor.
- Ajá.
El psiquiatra se acercó a la nave y la golpeó. El metal resonó suavemente.
- ¿Puedo entrar? - preguntó con picardía.
- Entre.
El señor Xxx desapareció en el interior del cohete.
- Esto es exasperante - dijo el capitán, mordisqueando un cigarro -. Volvería gustoso a
la Tierra y les aconsejaría no ocuparse más de Marte. ¡Qué gentes más desconfiadas!
- Me parece que aquí hay muchos locos, capitán. Por eso dudan tanto quizá.
- Sí, pero es muy irritante.
El psiquiatra salió de la nave después de hurgar, golpear, escuchar, oler y gustar
durante media hora.
- Y bien, ¿está usted convencido? - gritó el capitán como si el señor Xxx fuera sordo.
El psiquiatra cerró los ojos y se rascó la nariz.
- Nunca conocí ejemplo más increíble de alucinación sensorial y sugestión hipnótica.
He examinado el «cohete», como lo llama usted. - Golpeó la coraza. - Lo oigo. Fantasía
auditiva. - Inspiró. - Lo huelo. Alucinación olfativa inducida por telepatía sensorial. - Acercó
sus labios al cohete. - Lo gusto. Fantasía labial.
El psiquiatra estrechó la mano del capitán:
- ¿Me permite que lo felicite? ¡Es usted un genio psicópata! Ha hecho usted un trabajo
completo. La tarea de proyectar una imaginaria vida psicópata en la mente de otra
persona por medio de la telepatía, y evitar que las alucinaciones se vayan debilitando
sensorialmente, es casi imposible. Las gentes de mi pabellón se concentran
habitualmente en fantasías visuales, o cuando más en fantasías visuales y auditivas
combinadas. ¡Usted ha logrado una síntesis total! ¡Su demencia es hermosísimamente
completa!
El capitán palideció:
- ¿Mi demencia?
- Sí. Qué demencia más hermosa. Metal, caucho, gravitadores, comida, ropa,
combustible, armas, escaleras, tuercas, cucharas. He comprobado que en su nave hay
diez mil artículos distintos. Nunca había visto tal complejidad. Hay hasta sombras debajo
de las literas y debajo de todo. ¡Qué poder de concentración! Y todo, no importan cuándo
o cómo se pruebe, tiene olor, solidez, gusto, sonido. Permítame que lo abrace. - El
psiquiatra abrazó al capitán. - Consignaré todo esto en lo que será mi mejor monografía.
El mes que viene hablaré en la Academia Marciana. Mírese. Ha cambiado usted hasta el
color de sus ojos, del amarillo al azul, y la tez de morena a sonrosada. ¡Y su ropa, y sus
manos de cinco dedos en vez de seis! ¡Metamorfosis biológica a través del desequilibrio
psicológico! Y sus tres amigos...
El señor Xxx sacó un arma pequeña:
- Es usted incurable, por supuesto. ¡Pobre hombre admirable! Muerto será más feliz.
¿Quiere usted confiarme su última voluntad?
- ¡Quieto por Dios! ¡No haga fuego!
- Pobre criatura. Lo sacaré de esa miseria que lo llevó a imaginar este cohete y estos
tres hombres. Será interesantísimo ver cómo sus amigos y su cohete se disipan en cuanto
yo lo mate. Con lo que observe hoy escribiré un excelente informe sobre la disolución de
las imágenes neuróticas.
- ¡Soy de la Tierra! Me llamo Jonathan Williams y estos...
- Sí, ya lo sé - dijo suavemente el señor Xxx, y disparó su arma.
El capitán cayó con una bala en el corazón. Los otros tres se pusieron a gritar.
El señor Xxx los miró sorprendido.
- ¿Siguen ustedes existiendo? ¡Soberbio! Alucinaciones que persisten en el tiempo y en
el espacio. - Apuntó hacia ellos. - Bien, los disolveré con el miedo.
- ¡No! - gritaron los tres hombres.
- Petición auditiva, aun muerto el paciente - observó el señor Xxx mientras los hacía
caer con sus disparos.
Quedaron tendidos en la arena, intactos, inmóviles. El señor Xxx los tocó con la punta
del pie y luego golpeó la coraza del cohete.
- ¡Persiste! ¡Persisten! - exclamó y disparó de nuevo su arma, varias veces, contra los
cadáveres. Dio un paso atrás. La máscara sonriente se le cayó de la cara.
- Alucinaciones - murmuró aturdidamente -. Gusto. Vista. Olor. Tacto. Sonido.
El rostro del menudo psiquiatra cambió lentamente. Se le aflojaron las mandíbulas.
Soltó el arma. Miró alrededor con ojos apagados y ausentes. Extendió las manos como un
ciego, y palpó los cadáveres, sintiendo que la saliva le llenaba la boca.
Movió, débilmente las manos, desorbitado, babeando.
- ¡Váyanse! - les gritó a los cadáveres -. ¡Váyase! - le gritó al cohete.
Se examinó las manos temblorosas.
- Contaminado - susurró -. Víctima de una transferencia. Telepatía. Hipnosis. Ahora soy
yo el loco. Contaminado. Alucinaciones en todas sus formas. - Se detuvo y con manos
entumecidas buscó a su alrededor el arma. - Hay sólo una cura, sólo una manera de que
se vayan, de que desaparezcan.
Se oyó un disparo.
Los cuatro cadáveres yacían al sol; el señor Xxx cayó junto a ellos
El cohete, reclinado en la colina soleada, no desapareció.
Cuando en el ocaso del día la gente del pueblo encontró el cohete, se preguntó qué
sería aquello. Nadie lo sabía; por lo tanto fue vendido a un chatarrero, que se lo llevó para
desmontarlo y venderlo como hierro viejo.
Aquella noche llovió continuamente. El día siguiente fue bueno y caluroso.
EL CONTRIBUYENTE
Quería ir a Marte en el cohete. Bajó a la pista en las primeras horas de la mañana y a
través de los alambres les dijo a gritos a los hombres uniformados que quería ir a Marte.
Les dijo que pagaba impuestos, que se llamaba Pritchard y que tenía el derecho de ir a
Marte. ¿No había nacido allí mismo en Ohio? ¿No era un buen ciudadano? Entonces,
¿por qué no podía ir a Marte? Los amenazó con los puños y les dijo que quería irse de la
Tierra; todas las gentes con sentido común querían irse de la Tierra. Antes que pasaran
dos años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese
entonces. Él y otros miles como él, todos los que tuvieran un poco de sentido común, se
irían a Marte. Ya lo iban a ver. Escaparían de las guerras, la censura, el estatismo, el
servicio militar, el control gubernamental de esto o aquello, del arte y de la ciencia. ¡Que
se quedaran otros! Les ofrecía la mano derecha, el corazón, la cabeza, por la oportunidad
de ir a Marte. ¿Qué había que hacer, qué había que firmar, a quién había que conocer
para embarcar en un cohete?
Los hombres de uniforme se rieron de él a través de los alambres. No quería ir a Marte,
le dijeron. ¿No sabía que las dos primeras expediciones habían fracasado y que
probablemente todos sus hombres habían muerto?
No podían demostrarlo, no podían estar seguros, dijo Pritchard, agarrándose a los
alambres. Era posible que allá arriba hubiera un país de leche y miel, y que el capitán
York y el capitán Williams no hubieran querido regresar. ¿Le abrirían el portón para
dejarlo subir al Tercer Cohete Expedicionario, o lo rompería él mismo a puntapiés?
Le dijeron que se callara.
Vio a los hombres que iban hacia el cohete.
- ¡Espérenme! - les gritó -. ¡No me dejen en este mundo terrible! ¡Quiero irme! ¡Va a
haber una guerra atómica! ¡No me dejen en la Tierra!
Lo sacaron de allí a rastras. Cerraron de un golpe la portezuela del coche policial y se
lo llevaron al alba con la cara pegada a la ventanilla trasera. Poco antes que la sirena del
automóvil comenzara a sonar, al acercarse una curva, vio el fuego rojo, y oyó el ruido
terrible y sintió la trepidación con que el cohete plateado se elevó abandonándolo en una
ordinaria mañana de lunes en el ordinario planeta Tierra.
LA TERCERA EXPEDICIÓN
La nave vino del espacio. Vino de las estrellas, y las velocidades negras, y los
movimientos brillantes, y los silenciosos abismos del espacio. Era una nave nueva, con
fuego en las entrañas y hombres en las celdas de metal, y se movía en un silencio limpio,
vehemente y cálido. Llevaba diecisiete hombres, incluyendo un capitán. En la pista de
Ohio la muchedumbre había gritado agitando las manos a la luz del sol, y el cohete había
florecido en ardientes capullos de color y había escapado alejándose en el espacio ¡en el
tercer viaje a Marte!
Ahora estaba desacelerando con una eficiencia metálica en las atmósferas superiores
de Marte. Era todavía hermoso y fuerte. Había avanzado como un pálido leviatán marino
por las aguas de medianoche del espacio; había dejado atrás la luna antigua y se había
precipitado al interior de una nada que seguía a otra nada. Los hombres de la tripulación
se habían golpeado, enfermado y curado, alternadamente. Uno había muerto, pero los
dieciséis sobrevivientes, con los ojos claros y las caras apretadas contra las ventanas de
gruesos vidrios, observaban ahora cómo Marte oscilaba subiendo debajo de ellos.
- ¡Marte! - exclamó el navegante Lustig.
- ¡El viejo y simpático Marte! - dijo Samuel Hinkston, arqueólogo.
- Bien - dijo el capitán John Black.
El cohete se posó en un prado verde. Afuera, en el prado, había un ciervo de hierro.
Más allá, se alzaba una alta casa victoriana, silenciosa a la luz del sol, toda cubierta de
volutas y molduras rococó, con ventanas de vidrios coloreados: azules y rosas y verdes y
amarillos. En el porche crecían unos geranios, y una vieja hamaca colgaba del techo y se
balanceaba, hacia atrás, hacia delante, hacia atrás, hacia delante, mecida por la brisa. La
casa estaba coronada por una cúpula, con ventanas de vidrios rectangulares y un techo
de caperuza. Por la ventana se podía ver una pieza de música titulada Hermoso Ohio, en
un atril.
Alrededor del cohete y en las cuatro direcciones se extendía el pueblo, verde y
tranquilo bajo el cielo primaveral de Marte. Había casas blancas y de ladrillos rojos, y
álamos altos que se movían en el viento, y arces y castaños, todos altos. En el
campanario de la iglesia dormían unas campanas doradas.
Los hombres del cohete miraron fuera y vieron todo esto. Luego se miraron unos a
otros y miraron otra vez fuera, pálidos, tomándose de los codos, como si no pudieran
respirar.
- Demonios - dijo Lustig en voz baja, frotándose torpemente los ojos -. Demonios.
- No puede ser - dijo Samuel Hinkston.
Se oyó la voz del químico.
- Atmósfera enrarecida, señor, pero segura. Hay suficiente oxígeno.
- Entonces saldremos - dijo Lustig.
- Esperen - replicó el capitán John Black -. ¿Qué es esto en realidad?
- Es un pueblo, con aire enrarecido, pero respirable, señor.
- Y es un pueblo idéntico a los pueblos de la Tierra - dijo Hinkston el arqueólogo -.
Increíble. No puede ser, pero es.
El capitán John Black lo miró inexpresivamente.
- ¿Cree usted posible que las civilizaciones de dos planetas marchen y evolucionen de
la misma manera, Hinkston?
- Nunca lo hubiera pensado, capitán.
El capitán se acercó a la ventana.
- Miren. Geranios. Una planta de cultivo. Esa variedad específica se conoce en la Tierra
sólo desde hace cincuenta años. Piensen cómo evolucionan las plantas, durante miles de
años. Y luego díganme si es lógico que los marcianos tengan: primero, ventanas con
vidrios emplomados; segundo, cúpulas; tercero, columpios en los Porches; cuarto, un
instrumento que parece un piano y que probablemente es un piano; y quinto, si miran
ustedes detenidamente por la lente telescópica, ¿es lógico que un compositor marciano
haya compuesto una pieza de música titulada, aunque parezca mentira, Hermoso Ohio?
¡Esto querría decir que hay un río Ohio en Marte!
- ¡El capitán Williams, por supuesto! - exclamó Hinkston.
- ¿Qué?
- El capitán Williams y su tripulación de tres hombres. O Nathaniel York y su
compañero. ¡Eso lo explicaría todo!
- Eso no explicaría nada. Según parece, el cohete de York estalló el día que llegó a
Marte, y York y su compañero murieron. En cuanto a Williams y sus tres hombres, el
cohete fue destruido al día siguiente de haber llegado. Al menos las pulsaciones de los
transmisores cesaron entonces. Si hubieran sobrevivido, se habrían comunicado con
nosotros. De todos modos, desde la expedición de York sólo ha pasado un año, y el
capitán Williams y sus hombres llegaron aquí en el mes de agosto. Suponiendo que estén
vivos, ¿hubieran podido construir un pueblo como éste y envejecerlo en tan poco tiempo,
aun con la ayuda de una brillante raza marciana? Miren el pueblo; está ahí desde hace
por lo menos setenta años. Miren la madera de ese porche; miren esos árboles, ¡todos
centenarios! No, esto no es obra de York o Williams. Es otra cosa, y no me gusta. Y no
saldré de la nave antes de aclararlo.
- Además - dijo Lustig -, Williams y sus hombres, y también York, descendieron en el
lado opuesto de Marte. Nosotros hemos tenido la precaución de descender en este lado.
- Excelente argumento. Como es posible que una tribu marciana hostil haya matado a
York y a Williams, nos ordenaron que descendiéramos en una región alejada, para evitar
otro desastre. Estamos por lo tanto, o así parece, en un lugar que Williams y York no
conocieron.
- Maldita sea - dijo Hinkston -. Yo quiero ir al pueblo, capitán, con el permiso de usted.
Es posible que en todos los planetas de nuestro sistema solar haya pautas similares de
ideas, diagramas de civilización. ¡Quizás estemos en el umbral del descubrimiento
psicológico y metafísico más importante de nuestra época!
- Yo quisiera esperar un rato - dijo el capitán John Black.
- Es posible, señor, que estemos en presencia de un fenómeno que demuestra por
primera vez, y plenamente, la existencia de Dios, señor.
- Muchos buenos creyentes no han necesitado esa prueba, señor Hinkston.
- Yo soy uno de ellos, capitán. Pero es evidente que un pueblo como éste no puede
existir sin intervención divina. ¡Esos detalles! No sé si reír o llorar.
- No haga ni una cosa ni otra, por lo menos hasta saber con qué nos enfrentamos.
- ¿Con qué nos enfrentamos? - dijo Lustig -. Con nada, capitán. Es un pueblo
agradable, verde y tranquilo, un poco anticuado como el pueblo donde nací. Me gusta el
aspecto que tiene.
- ¿Cuándo nació usted, Lustig?
- En mil novecientos cincuenta.
- ¿Y usted, Hinkston?
- En mil novecientos cincuenta y cinco. En Grinnell, Iowa. Y este pueblo se parece al
mío.
- Hinkston, Lustig, yo podría ser el padre de cualquiera de ustedes. Tengo ochenta
años cumplidos. Nací en mil novecientos veinte, en Illinois, y con la ayuda de Dios y de la
ciencia, que en los últimos cincuenta años ha logrado rejuvenecer a los viejos, aquí estoy,
en Marte, no más cansado que los demás, pero infinitamente más receloso. Este pueblo,
quizá pacífico y acogedor, se parece tanto a Green Bluff, Illinois, que me espanta. Se
parece demasiado a Green Bluff. - Y volviéndose hacia el radiotelegrafista, añadió -:
Comuníquese con la Tierra. Dígales que hemos llegado. Nada más. Dígales que mañana
enviaremos un informe completo.
- Bien, capitán.
El capitán acercó al ojo de buey una cara que tenía que haber sido la de un
octogenario, pero que parecía la de un hombre de unos cuarenta años.
- Le diré lo que vamos a hacer, Lustig. Usted, Hinkston y yo daremos una vuelta por el
pueblo. Los demás se quedan a bordo. Si Ocurre algo, se irán en seguida. Es mejor
perder tres hombres que toda una nave. Si ocurre algo malo, nuestra tripulación puede
avisar al próximo cohete. Creo que será el del capitán Wilder, que saldrá en la próxima
Navidad. Si en Marte hay algo hostil queremos que el próximo cohete venga bien armado.
- También lo estamos nosotros. Disponemos de un verdadero arsenal.
- Entonces, dígale a los hombres que se queden al pie del cañón. Vamos, Lustig,
Hinkston.
Los tres hombres salieron juntos por las rampas de la nave.
Era un hermoso día de primavera. Un petirrojo posado en un manzano en flor cantaba
continuamente. Cuando el viento rozaba las ramas verdes, caía una lluvia de pétalos de
nieve, y el aroma de los capullos flotaba en el aire. En alguna parte del pueblo alguien
tocaba el piano, y la música iba y venía e iba, dulcemente, lánguidamente. La canción era
Hermosa soñadora. En alguna otra parte, en un gramófono, chirriante y apagado, siseaba
un disco de Vagando al anochecer, cantado por Harry Lauder.
Los tres hombres estaban fuera del cohete. jadearon aspirando el aire enrarecido, y
luego echaron a andar, lentamente, como para no fatigarse.
Ahora el disco del gramófono cantaba:
Oh, dame una noche de junio,
la luz de la luna y tú.
Lustig se echó a temblar. Samuel Hinkston hizo lo mismo.
El cielo estaba sereno y tranquilo, y en alguna parte corría un arroyo, a la sombra de un
barranco con árboles. En alguna parte trotó un caballo, y traqueteó una carreta.
- Señor - dijo Samuel Hinkston -, tiene que ser, no puede ser de otro modo, ¡los viajes a
Marte empezaron antes de la Primera Guerra Mundial!
- No.
- ¿De qué otro modo puede usted explicar esas casas, el ciervo de hierro, los pianos, la
música? - Y Hinkston tomó persuasivamente de un codo al capitán y lo miró a los ojos -.
Si usted admite que en mil novecientos cinco había gente que odiaba la guerra, y que
uniéndose en secreto con algunos hombres de ciencia construyeron un cohete y vinieron
a Marte...
- No, no, Hinkston.
- ¿Por qué no? El mundo era muy distinto en mil novecientos cinco. Era fácil guardar un
secreto.
- Pero algo tan complicado como un cohete no, no se puede ocultar.
- Y vinieron a vivir aquí, y naturalmente, las casas que construyeron fueron similares a
las casas de la Tierra, pues junto con ellos trajeron la civilización terrestre.
- ¿Y han vivido aquí todos estos años? - preguntó el capitán.
- En paz y tranquilidad, sí. Quizás hicieron unos pocos viajes, bastantes como para
traer aquí a la gente de un pueblo pequeño, y luego no volvieron a viajar, pues no querían
que los descubrieran. Por eso este pueblo parece tan anticuado. No veo aquí nada
posterior a mil novecientos veintisiete, ¿no es cierto? - Es posible, también, que los viajes
en cohete sean aún más antiguos de lo que pensamos. Quizá comenzaron hace siglos en
alguna parte del mundo, y las pocas personas que vinieron a Marte y viajaron de vez en
cuando a la Tierra supieron guardar el secreto.
- Tal como usted lo dice, parece razonable.
- Lo es. Tenemos la prueba ante nosotros; sólo nos falta encontrar a alguien y
verificarlo.
La hierba verde y espesa apagaba el sonido de las botas. En el aire había un olor a
césped recién cortado. A pesar de sí mismo, el capitán John Black se sintió inundado por
una gran paz. Durante los últimos treinta años no había estado nunca en un pueblo
pequeño, y el zumbido de las abejas primaverales lo acunaba y tranquilizaba, y el aspecto
fresco de las cosas era como un bálsamo para él.
Los tres hombres entraron en el porche y fueron hacia la puerta de tela de alambre. Los
pasos resonaron en las tablas del piso. En el interior de la casa se veía una araña de
cristal, una cortina de abalorios que colgaba a la entrada del vestíbulo, y en una pared,
sobre un cómodo sillón Morris, un cuadro de Maxfield Parrish. La casa olía a desván, a
vieja, e infinitamente cómoda. Se alcanzaba a oír el tintineo de unos trozos de hielo en
una jarra de limonada. Hacía mucho calor, y en la cocina distante alguien preparaba un
almuerzo frío. Alguien tarareaba entre dientes, con una voz dulce y aguda.
El capitán John Black hizo sonar la campanilla.
Unas pisadas leves y rápidas se acercaron por el vestíbulo, y una señora de unos
cuarenta años, de cara bondadosa, vestida a la moda que se podía esperar en 1909,
asomó la cabeza y los miró.
- ¿Puedo ayudarlos? - preguntó.
- Disculpe - dijo el capitán, indeciso -, pero buscamos... es decir, deseábamos...
La mujer lo miró con ojos oscuros y perplejos.
- Si venden algo...
- No, espere. ¿Qué pueblo es éste?
La mujer lo miró de arriba abajo.
- ¿Cómo qué pueblo es éste? ¿Cómo pueden estar en un pueblo y no saber cómo se
llama?
El capitán tenía el aspecto de querer ir a sentarse debajo de un árbol, a la sombra.
- Somos forasteros. Queremos saber cómo llegó este pueblo aquí y cómo usted llegó
aquí.
- ¿Son ustedes del censo?
- No.
- Todo el mundo sabe - dijo la mujer - que este pueblo fue construido en mil
ochocientos sesenta y ocho. ¿Se trata de un juego?.
- No, no es un juego - exclamó el capitán -. Venimos de la Tierra.
- ¿Quiere decir de debajo de la tierra?
- No. Venimos del tercer planeta, la Tierra, en una nave. Y hemos descendido aquí, en
el cuarto planeta, Marte...
- Esto - explicó la mujer como si le hablara a un niño - es Green Bluff, Illinois, en el
continente americano, entre el océano Pacífico y el océano Atlántico, en un lugar llamado
el mundo y a veces la Tierra. Ahora, váyanse. Adiós.
La mujer trotó vestíbulo abajo, pasando los dedos por entre las cortinas de abalorios.
Los tres hombres se miraron.
- Propongo que rompamos la puerta de alambre - dijo Lustig.
- No podemos hacerlo. Es propiedad privada. ¡Dios santo!
Fueron a sentarse en el escalón del porche.
- Se le ha ocurrido pensar, Hinkston, que quizá nos salimos de la trayectoria, de alguna
manera, y por accidente descendimos en la Tierra?
- ¿Y cómo lo hicimos?
- No lo sé, no lo sé. Déjeme pensar, por Dios.
- Comprobamos cada kilómetro de la trayectoria - dijo Hinkston -. Nuestros cronómetros
dijeron tantos kilómetros. Dejamos atrás la Luna y salimos al espacio, y aquí estamos.
Estoy seguro de que estamos en Marte.
- ¿Y si por accidente nos hubiésemos perdido en las dimensiones del espacio y el
tiempo, y hubiéramos aterrizado en una Tierra de hace treinta o cuarenta años?
- ¡Oh, por favor, Lustig!
Lustig se acercó a la puerta, hizo sonar la campanilla y gritó a las habitaciones frescas
y oscuras:
- ¿En qué año estamos?
- En mil novecientos veintiséis, por supuesto - contestó la mujer, sentada en una
mecedora, tomando un sorbo de limonada.
Lustig se volvió muy excitado.
- ¿Lo oyeron? Mil novecientos veintiséis. ¡Hemos retrocedido en el tiempo! ¡Estamos
en la Tierra!
Lustig se sentó, y los tres hombres se abandonaron al asombro y al terror,
acariciándose de vez en cuando las rodillas.
- Nunca esperé nada semejante - dijo el capitán -. Confieso que tengo un susto de
todos los diablos. ¿Cómo puede ocurrir un cosa así? ojalá hubiéramos traído a Einstein
con nosotros.
- ¿Nos creerá alguien en este pueblo? - preguntó Hinkston - ¿Estaremos jugando con
algo peligroso? Me refiero al tiempo. ¿No tendríamos que elevarnos simplemente y volver
a la Tierra?
- No. No hasta probar en otra casa.
Pasaron por delante de tres casas hasta un pequeño cottage blanco, debajo de un
roble.
- Me gusta ser lógico Y quisiera atenerme a la lógica - dijo el capitán -. Y no creo que
hayamos puesto el dedo en la llaga. Admitamos, Hinkston, como usted sugirió antes, que
se viaje en cohete desde hace muchos años. Y que los terrestres, después de vivir aquí
algunos años, comenzaron a sentir nostalgias de la Tierra. Primero una leve neurosis,
después una psicosis, y por fin la amenaza de la locura. ¿Qué haría usted, como
psiquiatra, frente a un problema de esas dimensiones?
Hinkston reflexionó.
- Bueno, pienso que reordenaría la civilización de Marte, de modo que se pareciera,
cada día más, a la de la Tierra. Si fuese posible reproducir las plantas, las carreteras, los
lagos, y aun los océanos, los reproduciría. Luego, mediante una vasta hipnosis colectiva,
convencería a todos en un pueblo de este tamaño que esto era realmente la Tierra, y no
Marte.
- Bien pensado, Hinkston. Creo que estamos en la pista correcta. La mujer de aquella
casa piensa que vive en la Tierra. Ese pensamiento protege su cordura. Ella y los demás
de este pueblo son los sujetos del mayor experimento en migración e hipnosis que
hayamos podido encontrar.
- ¡Eso es! - exclamó Lustig.
- Tiene razón - dijo Hinkston.
El capitán suspiró.
- Bien. Hemos llegado a alguna parte. Me siento mejor. Todo es un poco más lógico.
Ese asunto de las dimensiones, de ir hacia atrás y hacia delante viajando por el tiempo,
me revuelve el, estómago. Pero de esta manera... - El capitán sonrió -: Bien, bien, parece
que seremos bastante populares aquí.
- ¿Cree usted? - dijo Lustig -. Al fin y al cabo, esta gente vino para huir de la Tierra,
como los Peregrinos. Quizá vernos no los haga demasiado felices. Quizás intenten
echarnos o matamos.
- Tenemos mejores armas. Ahora a la casa siguiente. ¡Andando!
Apenas habían cruzado el césped de la acera, cuando Lustig se detuvo y miró a lo
largo de la calle que atravesaba el pueblo en la soñadora paz de la tarde.
- Señor - dijo.
- ¿Qué pasa, Lustig?
- Capitán, capitán, lo que veo...
Lustig se echó a llorar. Alzó unos dedos que se le retorcían y temblaban, y en su cara
hubo asombro, incredulidad y dicha. Parecía como si en cualquier momento fuese a
enloquecer de alegría. Miró calle abajo y empezó a correr, tropezando torpemente,
cayéndose y levantándose, y corriendo otra vez.
- ¡Miren! ¡Miren!
- ¡No dejen que se vaya! - El capitán echó también a correr.
Lustig se alejaba rápidamente, gritando. Cruzó uno de los jardines que bordeaban la
calle sombreada y entró de un salto en el porche de una gran casa verde con un gallo de
hierro en el tejado.
Gritaba y lloraba golpeando la puerta cuando Hinkston y el capitán llegaron corriendo
detrás de él. Todos jadeaban y resoplaban, extenuados por la carrera y el aire enrarecido.
- ¡Abuelo! ¡Abuela! - gritaba Lustig.
Dos ancianos, un hombre y una mujer, estaban de pie en el porche.
- ¡David! - exclamaron con voz aflautada y se apresuraron a abrazarlo y a palmearle la
espalda, moviéndose alrededor -. ¡Oh, David, David, han pasado tantos años! ¡Cuánto
has crecido, muchacho! Oh, David, muchacho, ¿cómo te encuentras?
- ¡Abuelo! ¡Abuela! - sollozaba David Lustig -. ¡Qué buena cara tenéis!
Retrocedió, los hizo girar, los besó, los abrazó, lloró sobre ellos Y volvió a retroceder
mirándolos con ojos parpadeantes. El sol brillaba en el cielo, el viento soplaba, el césped
era verde, las puertas de tela de alambre estaban abiertas de par en par.
- Entra, muchacho, entra. Hay té helado, mucho té.
- Estoy con unos amigos. - Lustig se dio vuelta e hizo señas al capitán, excitado,
riéndose -. Capitán, suban.
- ¿Cómo están ustedes? - dijeron los viejos -. Pasen. Los amigos de David son también
nuestros amigos. ¡No se queden ahí!
La sala de la vieja casa era muy fresca, y se oía el sonoro tictac de un reloj de abuelo,
alto y largo, de molduras de bronce. Había almohadones blandos sobre largos divanes y
paredes cubiertas de libros y una gruesa alfombra de arabescos rosados, y las manos
sudorosas sostenían los vasos de té, helado y fresco en las bocas sedientas.
- Salud. - La abuela se llevó el vaso a los dientes de porcelana.
- ¿Desde cuándo estáis aquí, abuela? - preguntó Lustig.
- Desde que nos morimos - replicó la mujer.
El capitán John Black puso el vaso en la mesa.
- ¿Desde cuándo?
- Ah, sí. - Lustig asintió -. Murieron hace treinta años.
- ¡Y usted ahí tan tranquilo! - gritó el capitán.
- Silencio. - La vieja guiñó un ojo brillante -. ¿Quién es usted para discutir lo que pasa?
Aquí estamos. ¿Qué es la vida, de todos modos? ¿Quién decide por qué, para qué o
dónde? Sólo sabemos que estamos aquí, vivos otra vez, y no hacemos preguntas. Una,
segunda oportunidad. - Se inclinó y mostró una muñeca delgada -. Toque. - El capitán
tocó -. Sólida, ¿eh? - El capitán asintió -. Bueno, entonces - concluyó con aire de triunfo -,
¿para qué hacer preguntas?
- Bueno - replicó el capitán -, nunca imaginamos que encontraríamos una cosa como
ésta en Marte.
- Pues la han encontrado. Me atrevería a decirle que hay muchas cosas en todos los
planetas que le revelarían los infinitos designios de Dios.
- ¿Esto es el cielo? - preguntó Hinkston.
- Tonterías, no. Es un mundo y tenemos aquí una segunda oportunidad. Nadie nos dijo
por qué. Pero tampoco nadie nos dijo por qué estábamos en la Tierra. Me refiero a la otra
Tierra, esa de donde vienen ustedes. ¿Cómo sabemos que no había todavía otra además
de ésa?
- Buena pregunta - dijo el capitán.
Lustig no dejaba de sonreír mirando a sus abuelos.
- Qué alegría veros, qué alegría.
El capitán se incorporó y se palmeó una pierna con aire de descuido.
- Tenemos que irnos. Muchas gracias por las bebidas.
- Volverán, por supuesto - dijeron los viejos -. Vengan esta noche a cenar.
- Trataremos de venir, gracias. Hay mucho que hacer. Mis hombres me esperan en el
cohete y..
Se interrumpió. Se volvió hacia la puerta, sobresaltado.
Muy lejos a la luz del sol había un sonido de voces y grandes gritos de bienvenida.
- ¿Qué pasa? - preguntó Hinkston.
- Pronto lo sabremos.
El capitán John Black cruzó abruptamente la puerta, corrió por la hierba verde y salió a
la calle del pueblo marciano.
Se detuvo mirando el cohete. Las portezuelas estaban abiertas y la tripulación salía y
saludaba, y se mezclaba con la muchedumbre que se había reunido, hablando, riendo,
estrechando manos. La gente bailaba alrededor. La gente se arremolinaba. El cohete
yacía vacío y abandonado.
Una banda de música rompió a tocar a la luz del sol, lanzando una alegre melodía
desde tubas y trompetas que apuntaban al cielo. Hubo un redoble de tambores y un
chillido de gaitas. Niñas de cabellos de oro saltaban sobre la hierba. Niños gritaban:
«¡Hurra!». Hombres gordos repartían cigarros. El alcalde del pueblo pronunció un
discurso. Luego, los miembros de la tripulación, dando un brazo a una madre, y el otro a
un padre o una hermana, se fueron muy animados calle abajo y entraron en casas
pequeñas y en grandes mansiones.
Las puertas se cerraron de golpe.
El calor creció en el claro cielo de primavera, y todo quedó en silencio. La banda de
música desapareció detrás de una esquina, alejándose del cohete, que brillaba y
centelleaba a la luz del sol.
- ¡Deténganse! - gritó el capitán Black. - ¡Lo han abandonado! - dijo el capitán -. ¡Han
abandonado la nave! ¡Les arrancaría la piel! ¡Tenían órdenes precisas!
- Capitán, no sea duro con ellos - dijo Lustig -. Se han encontrado con parientes y
amigos.
- ¡No es una excusa!
- Piense en lo que habrán sentido con todas esas caras familiares alrededor de la nave
- dijo Lustig.
- Tenían órdenes, maldita sea.
- ¿Qué hubiera sentido usted, capitán?
- Hubiera cumplido las órdenes... - comenzó a decir el capitán, y se quedó boquiabierto.
Por la acera, bajo el sol de Marte, venía caminando un joven de unos veintiséis años,
alto, sonriente, de ojos asombrosamente claros y azules.
- ¡John! - gritó el joven, y trotó hacia ellos.
- ¿Qué? - El capitán Black se tambaleó.
El joven llegó corriendo, le tomó la mano y le palmeó la espalda.
- ¡John, bandido!
- Eres tú - dijo el capitán John Black.
- ¡Claro que soy yo! ¿Quién creías que era?
- ¡Edward!
El capitán, reteniendo la mano del joven desconocido, se volvió a Lustig y a Hinkston.
- Éste es mi hermano Edward. Ed, te presento a mis hombres: Lustig, Hinkston. ¡Mi
hermano!
John y Edward se daban la mano y se apretaban los brazos. Al fin se abrazaron.
- ¡Ed!
- John, sinvergüenza!
- Tienes muy buena cara, Ed, pero ¿cómo? No has cambiado nada en todo este
tiempo. Moriste, recuerdo, cuando tenías veintiséis años y yo diecinueve. ¡Dios mío! Hace
tanto tiempo, y aquí estás. Señor, ¿qué pasa aquí?
- Mamá está esperándonos - dijo Edward Black sonriendo.
- ¿Mamá?
- Y papá también.
- ¿Papá?
El capitán casi cayó al suelo como si lo hubieran golpeado con un arma poderosa.
Echó a caminar rígidamente, con pasos desmañados.
- ¿Papá y mamá vivos? ¿Dónde están?
- En la vieja casa de Oak Knoll Avenue.
- ¡En la vieja casa! - El capitán miraba fijamente con un deleitado asombro -. ¿Han oído
ustedes, Lustig, Hinkston?
Hinkston se había ido. Había visto su propia casa en el fondo de la calle y corría hacia
ella. Lustig se reía.
- ¿Ve usted, capitán, qué les ha ocurrido a los del cohete? No han podido evitarlo.
- Sí, sí. - El capitán cerró los ojos -. Cuando vuelva a mirar habrás desaparecido. -
Parpadeó -. Todavía estás aquí. Oh, Dios, ¡pero qué buen aspecto tienes, Ed!
- Vamos, nos espera el almuerzo. Ya he avisado a mamá.
Lustig dijo:
- Señor, estaré en casa de mis abuelos si me necesita.
- ¿Qué? Ah, muy bien, Lustig. Nos veremos más tarde.
Edward tomó de un brazo al capitán.
- Ahí está la casa. ¿La recuerdas?
- ¡Claro que la recuerdo! Vamos. A ver quién llega primero al porche.
Corrieron. Los árboles rugieron sobre la cabeza del capitán Black; el suelo rugió bajo
sus pies. Delante de él, en un asombroso sueño real, veía la figura dorada de Edward
Black y la vieja casa, que se precipitaba hacia ellos, con las puertas de tela de alambre
abiertas de par en par.
- ¡Te he ganado! - exclamó Edward.
- Soy un hombre viejo - jadeó el capitán - y tú eres joven todavía. Además siempre me
ganabas, me acuerdo muy bien.
En el umbral, mamá, sonrosada, rolliza y alegre. Detrás, papá, con canas amarillas y la
pipa en la mano.
- ¡Mamá! ¡Papá!
El capitán subió las escaleras corriendo como un niño.
Fue una hermosa y larga tarde de primavera. Después de una prolongada sobremesa
se sentaron en la sala y el capitán les habló del cohete, y ellos asintieron y mamá no
había cambiado nada y papá cortó con los dientes la punta de un cigarro y lo encendió
pensativamente como acostumbraba antes. A la noche comieron un gran pavo y el tiempo
fue pasando. Cuando los huesos quedaron tan limpios como palillos de tambor, el capitán
se echó hacia atrás en su silla y suspiró satisfecho. La noche estaba en todos los árboles
y coloreaba el cielo, y las lámparas eran aureolas de luz rosada en la casa tranquila. De
todas las otras casas, a lo largo de la calle, venían sonidos de músicas, de pianos, y de
puertas que se cerraban.
Mamá puso un disco en el gramófono y bailó con el capitán John Black. Llevaba el
mismo perfume de aquel verano, cuando ella y papá murieron en el accidente de tren. El
capitán la sintió muy real entre los brazos, mientras bailaban con pasos ligeros.
- No todos los días se vuelve a vivir - dijo ella.
- Me despertaré por la mañana - replicó el capitán -, y me encontraré en el cohete, en el
espacio, y todo esto habrá desaparecido.
- No, no pienses eso - lloró ella dulcemente -. No dudes. Dios es bueno con nosotros.
Seamos felices.
- Perdón, mamá.
El disco terminó con un siseo circular.
- Estás cansado, hijo mío - le dijo papá señalándolo con la pipa -. Tu antiguo dormitorio
te espera; con la cama de bronce y, todas tus cosas.
- Pero tendría que llamar a mis hombres.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué? Bueno, no lo sé. En realidad, creo que no hay ninguna razón. No, ninguna.
Estarán comiendo o en cama. Una buena noche de descanso no les hará daño.
- Buenas noches, hijo. - Mamá le besó la mejilla -. Qué bueno es tenerte en casa.
- Es bueno estar en casa.
El capitán dejó aquel país de humo de cigarros y perfume y libros y luz suave y subió
las escaleras charlando, charlando con Edward. Edward abrió una puerta, y allí estaba la
cama de bronce amarillo, y los viejos banderines de la universidad, y un muy gastado
abrigo de castor que el capitán acarició cariñosamente, en silencio.
- No puedo más, de veras - murmuró -. Estoy entumecido y cansado. Hoy han ocurrido
demasiadas cosas. Me siento como si hubiera pasado cuarenta y ocho horas bajo una
lluvia torrencial, sin paraguas ni impermeable. Estoy empapado hasta los huesos de
emoción.
Edward estiró con una mano las sábanas de nieve y ahuecó las almohadas. Levantó un
poco la ventana y el aroma nocturno del jazmín entró flotando en la habitación. Había luna
y sonidos de músicas y voces distantes.
- De modo que esto es Marte - dijo el capitán, desnudándose.
- Así es.
Edward se desvistió con movimientos perezosos y lentos, sacándose la camisa por la
cabeza y descubriendo unos hombros dorados y un cuello fuerte y musculoso.
Habían apagado las luces, y ahora estaban en cama, uno al lado del otro, como ¿hacía
cuántos años? El aroma de jazmín que empujaba las cortinas de encaje hacia el aire
oscuro del dormitorio acunó y alimentó al capitán. Entre los árboles, sobre el césped,
alguien había dado cuerda a un gramófono portátil que ahora susurraba una canción:
Siempre.
Se acordó de Marilyn.
- ¿Está Marilyn aquí?
Edward, estirado allí a la luz de la luna, esperó unos instantes y luego contestó:
- Sí. No está en el pueblo, pero volverá por la mañana.
El capitán cerró los ojos:
- Tengo muchas ganas de verla.
En la habitación rectangular y silenciosa, sólo se oía la respiración d los dos hombres.
- Buenas noches, Ed.
Una pausa.
- Buenas noches, John.
El capitán permaneció tendido y en paz, abandonándose a sus propios pensamientos.
Por primera vez consiguió hacer a un lado las tensiones del día, y ahora podía pensar
lógicamente. Todo había sido emocionante: las bandas de música, las caras familiares.
Pero ahora...
«¿Cómo? - se preguntó -. ¿Cómo se hizo todo esto? ¿Y por qué? ¿Con qué propósito?
¿Por la mera bondad de alguna intervención divina? ¿Entonces Dios se preocupa
realmente por sus criaturas? ¿Cómo y por qué y para qué?»
Consideró las distintas teorías que habían adelantado Hinkston y Lustig en el primer
calor de la tarde. Dejó que otras muchas teorías nuevas le bajaran a través de la mente
como perezosos guijarros que giraban echando alrededor unas luces mortecinas. Mamá.
Papá. Edward. Tierra. Marte. Marcianos.
«¿Quién había vivido aquí hacía mil años en Marte? ¿Marcianos? ¿O había sido
siempre como ahora?»
Marcianos. El capitán repitió la palabra ociosamente, interiormente.
Casi se echó a reír en voz alta. De pronto se le había ocurrido la más ridícula de las
teorías. Se estremeció. Por supuesto, no tenía ningún sentido. Era muy improbable.
Estúpida. «Olvídala. Es ridícula.»
»Sin embargo - pensó -, supongamos... Supongamos que Marte esté habitado por
marcianos que vieron llegar nuestra nave y nos vieron dentro y nos odiaron. Supongamos
ahora, sólo como algo terrible, que quisieran destruir a esos invasores indeseables, y del
modo más inteligente, tomándonos desprevenidos. Bien, ¿qué arma podrían usar los
marcianos contra las armas atómicas de los terrestres?
»La respuesta era interesante. Telepatía, hipnosis, memoria e imaginación.
»Supongamos que ninguna de estas casas sea real, que esta cama no sea real sino un
invento de mi propia imaginación, materializada por los poderes telepáticos e hipnóticos
de los marcianos - pensó el capitán John Black -. Supongamos que estas casas tengan
realmente otra forma, una forma marciana, y que conociendo mis deseos y mis anhelos,
estos marcianos hayan hecho que se parezcan a mi viejo pueblo y mi vieja casa, para que
yo no sospeche. ¿Qué mejor modo de engañar a un hombre que utilizar a sus padres
como cebo?
»Y este pueblo, tan antiguo, del año mil novecientos veintiséis, muy anterior al
nacimiento de mis hombres... Yo tenía seis años entonces, y había discos de Harry
Lauder, y cortinas de abalorios, y Hermoso Ohio, y cuadros de Maxfield Parrish que
colgaban todavía de las paredes, y arquitectura de principios de siglo. ¿Y si los marcianos
hubieran sacado este pueblo de los recuerdos de mi mente? Dicen que los recuerdos de
la niñez son los más claros. Y después de construir el pueblo, sacándolo de mi mente, ¡lo
poblaron con las gentes más queridas, sacándolas de las mentes de los tripulantes!
»Y supongamos que esa pareja que duerme en la habitación contigua no sea mi padre
y mi madre, sino dos marcianos increíblemente hábiles y capaces de mantenerme todo el
tiempo en un sueño hipnótico.
»¿Y aquella banda de música? ¡Qué plan más sorprendente y admirable! Primero,
engañar a Lustig, después a Hinkston, y después reunir una muchedumbre; y todos los
hombres del cohete, como es natural, desobedecen las órdenes y abandonan la nave al
ver a madres, tías,. tíos y novias, muertos hace diez, veinte años. ¿Qué más natural?
¿Qué más inocente? ¿Qué más sencillo? Un hombre no hace muchas preguntas cuando
su madre vuelve de pronto a la vida. Está demasiado contento. Y aquí estamos todos esta
noche, en distintas casas, distintas camas, sin armas que nos protejan. Y el cohete vacío
a la luz de la luna. ¿Y no sería espantoso Y terrible descubrir que todo esto es parte de un
inteligente plan de los marcianos para dividirnos y vencernos, y matarnos? En algún
momento de esta noche, quizá, mi hermano, que está en esta cama, cambiará de forma,
se fundirá y se transformará en otra cosa, en una cosa terrible, un marciano. Sería tan
fácil para él volverse en la cama y clavarme un cuchillo en el corazón... Y en todas esas
casas, a lo largo de la calle, una docena de otros hermanos o padres fundiéndose de
pronto y sacando cuchillos, se abalanzarán sobre los confiados y dormidos terrestres.»
Le temblaban las manos bajo las mantas. Tenía el cuerpo helado. De pronto la teoría
no fue una teoría. De pronto tuvo mucho miedo.
Se incorporó en la cama y escuchó. Todo estaba en silencio. La música había cesado.
El viento había muerto. Su hermano dormía junto a él.
Levantó con mucho cuidado las mantas y salió de la cama. Había dado unos pocos
pasos por el cuarto cuando oyó la voz de su hermano.
- ¿Adónde vas?
- ¿Qué?
La voz de su hermano sonó otra vez fríamente:
- He dicho que adónde piensas que vas.
- A beber un trago de agua.
- Pero no tienes sed.
- Sí, sí, tengo sed.
- No, no tienes sed.
El capitán John Black echó a correr por el cuarto. Gritó, gritó dos veces.
Nunca llegó a la puerta.
A la mañana siguiente, la banda de música tocó una marcha fúnebre. De todas las
casas de la calle salieron solemnes y reducidos cortejos nevando largos cajones, y por la
calle soleada, llorando, marcharon las abuelas, las madres, las hermanas, los hermanos,
los tíos y los padres, y caminaron hasta el cementerio, donde había fosas nuevas recién
abiertas y nuevas lápidas instaladas. Dieciséis fosas en total, y dieciséis lápidas.
El alcalde pronunció un discurso breve y triste, con una cara que a veces parecía la
cara del alcalde y a veces alguna otra cosa.
El padre y la madre del capitán John Black estaban allí, con el hermano Edward,
llorando, y sus caras antes familiares, se fundieron y transformaron en alguna otra cosa.
El abuelo y la abuela de Lustig estaban allí, sollozando, y sus caras brillantes, con ese
brillo que tienen las cosas en los días de calor, se derritieron como la cera.
Bajaron los ataúdes. Alguien habló de «la inesperada muerte durante la noche de
dieciséis hombres dignos...».
La tierra golpeó las tapas de los cajones.
La banda de música volvió de prisa al pueblo, con paso marcial, tocando Columbia, la
perla del océano, y ya nadie trabajó ese día.
AUNQUE SIGA BRILLANDO LA LUNA
Cuando por primera vez salieron del coche al aire de la noche, hacía tanto frío que
Spender empezó a juntar la seca leña marciana y preparó una pequeña hoguera. No
habló de celebraciones; recogió la leña, la encendió, y miró cómo ardía.
En el resplandor que iluminaba el aire enrarecido de aquel seco mar de Marte, miró por
encima del hombro y vio el cohete que los había traído a todos, al capitán Wilder y a
Cheroke y Hathaway y Sam Parkhill y a él mismo, a través de un oscuro y silencioso
espacio estrellado hasta este mundo irreal y muerto.
Jeff Spender esperaba a que empezara el ruido. Miraba a los otros y esperaba el
momento en que se pusieran a saltar alrededor y gritar. Ocurriría tan pronto como dejaran
de sentirse aturdidos por ser los primeros hombres en Marte. Ninguno decía nada, pero
muchos de ellos esperaban quizá que las otras expediciones hubieran fracasado y que
ésta, la cuarta, fuese la primera. No eran malintencionados, y sin embargo lo pensaban.
Allí, de pie, pensaban en la fama y el honor, mientras los pulmones se les iban
acostumbrando a la atmósfera enrarecida, casi intoxicante cuando uno se movía con
demasiada rapidez.
Gibbs se acercó a la hoguera recién encendida.
- ¿Por qué no utilizamos el fuego químico de la nave en lugar de esa leña?
- ¿Qué más da? - respondió Spender sin alzar la mirada.
No estaría bien hacer ruido, en esa primera noche de Marte, introducir un aparato
extraño, brillante y tonto como una estufa Sería una suerte de blasfemia importada. Ya
habría tiempo para eso; ya habría tiempo para tirar latas de leche condensada a los
nobles canales marcianos; ya habría tiempo para que las hojas del New York Times
volaran arrastrándose por los solitarios y grises fondos de los mares de Marte; ya habría
tiempo para dejar pieles de plátano y papeles grasientos en las estriadas, delicadas ruinas
de las ciudades de este antiguo valle. Habría tiempo de sobra para eso. Y Spender se
estremeció por dentro al pensarlo.
Alimentó la hoguera moviendo las manos sobre ella como en una ofrenda a un gigante
muerto. Habían descendido en la inmensa tumba de una civilización desaparecida. El más
simple respeto exigía que pasaran en silencio esa primera noche.
- Esto no es mi idea de una fiesta. - Gibbs se volvió hacia el capitán Wilder -. Capitán,
creo que podríamos repartir nuestras raciones de ginebra y carne y animarnos un poco.
El capitán Wilder volvió los ojos hacia una ciudad muerta a casi dos kilómetros de
distancia.
- Todos estamos cansados - dijo con aire ausente, como si estuviese pensando en la
ciudad y hubiera olvidado a los tripulantes -. Tal vez mañana por la noche. Hoy podemos
estar satisfechos de haber recorrido todo ese espacio sin que algún meteoro atravesara
las mamparas y sin perder un solo hombre.
Los tripulantes caminaban de aquí para allá. Eran veinte; apoyaban un brazo sobre el
hombro de algún otro o se ajustaban los cinturones. Spender los observaba. No estaban
contentos; habían arriesgado sus vidas en una gran aventura, y ahora querían
emborracharse y gritar, disparar sus armas de fuego y mostrar así qué hombres
admirables eran, hombres que habían abierto un agujero en el espacio y habían venido a
Marte montados todo el tiempo en un cohete.
Pero nadie gritaba.
El capitán dio una orden en voz baja. Uno de los hombres corrió a la nave y volvió con
unas latas de comida que se abrieron y Sirvieron sin mucho ruido. Los hombres de la
tripulación comenzaron a hablar. El capitán se sentó en el suelo y contó para ellos la larga
travesía. Ya lo sabían todo, pero era agradable oírlo ahora como algo superado y
felizmente concluido. No querían hablar del viaje de vuelta. Cuando alguien lo nombró, los
demás le dijeron que se callara. Las cucharas se movían al doble claro de luna; la comida
sabía bien y el vino todavía mejor.
Hubo una pincelada de fuego en el cielo nocturno y un instante después el cohete
auxiliar descendió más allá del campamento Spender observó cómo se abría la
portezuela, y cómo Hathaway, el médico-geólogo (todos los tripulantes tenían dos
especialidades, para ganar espacio en el cohete), salía y se acercaba lentamente al
capitán.
- ¿Y bien? - dijo el capitán Wilder.
Hathaway clavó la mirada en las ciudades que centelleaban a lo lejos de la luz de las
estrellas.
- Esa ciudad de ahí, capitán, está muerta y ha estado muerta durante muchos miles de
años. Lo mismo se aplica a esas otras tres también en las colinas. Pero una quinta
ciudad, señor, a tres cientos kilómetros de aquí...
- ¿Qué le ocurre?
- Hace una semana estaba aún habitada.
Spender se incorporó.
- Marcianos - dijo Hathaway.
- ¿Y dónde están ahora?
- Muertos - continuó Hathaway -. Entré en una casa. Creí que estaba vacía desde hacía
siglos, como esas otras ciudades y esas otras casas. Dios mío, cuántos cadáveres. Era
como caminar en una pila de hojas de otoño. Ramas secas y cenizas de papel de diario,
nada más. Y recientes. Esos cadáveres no tienen más de diez días.
- ¿Visitó alguna otra ciudad? ¿Encontró alguna cosa viva?
- Nada en absoluto. Así que fui a inspeccionar las otras ciudades. De estas cinco
ciudades, cuatro han estado vacías durante miles de años. No sé qué puede haberles
sucedido a las gentes del lugar. Pero en la quinta ciudad no había más que eso:
cadáveres, miles de cadáveres.
- ¿De qué murieron? - preguntó Spender acercándose.
- No lo creerá usted.
- Diga, ¿qué los mató?
- La varicela - dijo Hathaway.
- ¡Dios mío, no!
- Sí. Lo he comprobado. La varicela. Atacó a los marcianos como nunca ha atacado a
los terrestres. Supongo que tenían otro metabolismo. Los quemó hasta ennegrecerlos, y
los secó hasta transformarlos en copos quebradizos. Y sin embargo, fue varicela. Así que
las tres expediciones, la de York, la del capitán Williams y la del capitán Black tienen que
haber llegado a Marte. ¡Sabe Dios qué ha sido de ellos! Pero por lo menos sabemos qué
les hicieron ellos involuntariamente a los marcianos.
- ¿No vio otras señales de vida?
- Es posible que algunos marcianos, si fueron listos, hayan huido a las montañas. Pero
quedan muy pocos, y nunca serán un problema, puedo asegurarlo. Este planeta está
acabado.
Spender se volvió y sentándose junto al fuego miró largo rato el movimiento de las
llamas. «¡Varicela!, Señor, ¡parecía increíble! Una raza se desarrolla durante un millón de
años, se civiliza, levanta ciudades como esas de ahí, hace todo lo que puede por
ennoblecerse y embellecerse, y luego muere. Parte de esa raza muere lentamente, dentro
del ciclo de su propia existencia, con dignidad. ¡Pero el resto! ¿Ha muerto el resto de los
marcianos de una enfermedad de nombre adecuado o de nombre terrorífico o de nombre
majestuoso? ¡No, por todos los santos, no! ¡Tenía que ser varicela, una enfermedad
infantil, una enfermedad que en la Tierra no mata ni a los niños! No, eso no está bien, no
es justo. ¡Es como decir que los griegos murieron de paperas, o los orgullosos romanos,
de pie de atleta en sus hermosas colinas! ¡Si por lo menos les hubiéramos dado tiempo
de preparar sus mortajas, de tenderse, de arreglarse, de encontrar alguna otra razón para
morir..! ¡No esta sucia y estúpida varicela! ¡No concuerda con esta arquitectura, no
concuerda con todo este mundo!»
- Bueno, Hathaway, coma usted algo.
- Gracias, capitán.
Y en seguida todo se olvidó. Los hombres hablaron entre ellos.
Spender los miraba fijamente, con el plato de comida entre las llanos. El suelo se
enfriaba. Las estrellas se acercaban, brillantes.
Cuando alguien hablaba en un tono demasiado alto, el capitán replicaba en voz baja, y
todos hablaban también quedamente, imitándolo.
El aire olía a limpio y nuevo. Spender no se movió durante un largo rato, disfrutando del
aire. Había en él muchas cosas que no podía identificar: flores, elementos químicos,
polvos, vientos.
- ¿Y aquella vez, en Nueva York, cuando conseguí aquella rubia? ¿Cómo se llamaba?
¡Ah, si! ¡Ginnie! - gritó Biggs -. ¡Ginnie!
Spender se endureció por dentro. Le temblaban las manos. Los ojos se le movieron
detrás de las escasas y delgadas pestañas.
- Y Ginnie me dijo... - siguió diciendo Biggs.
Los otros rugieron.
- ¡Y le solté un tortazo! - gritó Biggs alzando una botella.
Spender dejó el plato en el suelo. Escuchó el viento fresco que le susurraba en los
oídos. Miró los blancos y helados edificios marcianos a orillas del mar seco.
- ¡Qué mujer, qué mujer! - Biggs se vació la botella en la boca abierta -. ¡Nunca hubo
otra igual!
El olor del cuerpo sudoroso de Biggs flotaba en el aire. Spender dejó que el fuego
muriera.
- ¡Eh, anima un poco ese fuego, Spender! - dijo Biggs echándole una breve ojeada y
volviendo en seguida a la botella -. Bueno, una noche Ginnie y yo...
Un hombre llamado Schoenke exhibió un acordeón y zapateó, al compás de la música,
levantando polvo alrededor.
- ¡Ajuuu! ¡Vivaaa!
- ¡Huii! - rugieron los otros.
Tiraron al suelo los platos vacíos. Tres de ellos se pusieron en fila y levantaron las
piernas como coristas, bromeando a gritos. Los otros aplaudieron y aullaron pidiendo algo
más. Cheroke se, quitó la camisa y mostró el pecho desnudo, sudando mientras giraba
como un torbellino. La luz de las lunas le brillaba en el pelo corto y en las mejillas jóvenes
y bien afeitadas.
En el fondo del mar, el viento movió unos tenues vapores, y lo grandes rostros de
piedra de las montañas miraron el cohete plateado y el pequeño fuego.
El ruido aumentaba. Otros hombres se unieron a los saltos. Alguien tocó una armónica:
algún otro sopló en un peine envuelto en papel de seda. Se abrieron y se bebieron veinte
botellas más.
Biggs se movía de un lado a otro sacudiendo los brazos, dirigiendo a los bailarines.
- ¡Vamos, señor! - le gritó Cheroke al capitán, gimoteando una canción.
El capitán tuvo que unirse a la danza. No quería hacerlo. Estaba muy serio. Spender lo
observaba y pensaba: ¡Pobre hombre, qué noche está pasando! No saben qué hacen
Antes de venir a Marte tenían que haberlos metido en un programa de adiestramiento
para que aprendieran a mirar y a caminar y a estar tranquilos unos pocos días.
- ¡Basta! - imploró el capitán, y se sentó diciendo que estaba agotado.
Spender observó al capitán. El pecho no se le movía subiendo y bajando con rapidez.
Tampoco tenía la cara sudorosa.
Acordeón, armónica, vino, gritos bailes canciones, rondas, ruido de cacerolas, risas.
Biggs se acercó tambaleándose a la orilla del canal marciano. Llevaba seis botellas
vacías y las fue tirando una a una a las profundas aguas azules del canal. Las botellas se
hundieron en el agua con un sonido hueco y ahogado.
- Yo te bautizo, yo te bautizo, yo te bautizo... - tartamudeó Biggs con una voz pastosa -,
yo te bautizo Biggs, Biggs, canal Biggs...
Spender se incorporó, saltó sobre la hoguera, y antes que los otros alcanzaran a
moverse, dio un golpe a Biggs en los dientes y otro golpe en una oreja. Biggs se dobló y
cayó en las aguas del canal. Luego Spender esperó en silencio a que Biggs volviese a la
orilla de piedra. Cuando Biggs apareció ya los demás sujetaban a Spender.
- ¡Eh, Spender! ¿Qué mosca te ha picado? - le preguntaban.
Biggs salió del agua chorreando. Al ver que los otros sujetaban a Spender, dijo:
- Bueno - y dio un paso adelante.
- Basta - dijo el capitán Wilder.
Los hombres soltaron a Spender. Biggs se detuvo y miró al capitán.
- Bueno, Biggs, vaya y cámbiese de ropa. Y ustedes, ¡adelante con la fiesta! Spender,
venga conmigo.
Siguieron la fiesta. Wilder se alejó y se volvió hacia Spender.
- ¿Podría explicarme qué ha pasado? - le preguntó.
Spender miraba hacia el canal.
- No lo sé. Sentía vergüenza... Por Biggs, por todos nosotros, por ese ruido... Señor,
¡que espectáculo!
- El viaje ha sido largo. Necesitan un poco de diversión.
- ¿Y el respeto, capitán? ¿No entienden lo que es correcto?
- Usted está cansado, Spender, y ve las cosas de otra manera. Le pondré una multa de
cincuenta dólares.
- Está bien, capitán. Pensé en ellos. En ellos que nos miran mientras hacemos el
ridículo.
- ¿Ellos?
- Los marcianos, muertos o vivos.
- Muertos, la mayoría al menos - dijo el capitán -. ¿Usted cree que saben que estamos
aquí?
- ¿Acaso lo más viejo no se entera siempre de la llegada de lo nuevo?
- Quizás. Habla como si creyera en los espíritus.
- Creo en las obras, y hay muchas obras en Marte. Hay calles y casas, e imagino que
también habrá libros, y grandes canales, y relojes, y cuadras, si no para caballos quizá
para animales domésticos de doce patas, ¿quién sabe? En todas partes veo cosas
usadas. Cosas que fueron tocadas y manejadas durante siglos.
»Si usted me pregunta si creo en el espíritu de las cosas usadas, le diré que sí. Ahí
están todas esas cosas que sirvieron algún día para algo. Nunca podremos utilizarlas sin
sentirnos incómodos. Y esas montañas, por ejemplo, tienen nombres... Nunca nos serán
familiares; las bautizaremos de nuevo, pero sus verdaderos nombres son los antiguos. La
gente que vio cambiar estas montañas las conocía por sus antiguos nombres. Los
nombres con que bautizaremos las montañas y los canales resbalarán sobre ellos como
agua sobre el lomo de un pato. Por mucho que nos acerquemos a Marte, jamás lo
alcanzaremos. Y nos pondremos furiosos, ¿y sabe usted qué haremos entonces? Lo
destrozaremos, le arrancaremos la piel y lo transformaremos a nuestra imagen y
semejanza.
- No arruinaremos este planeta - dijo el capitán -. Es demasiado grande y demasiado
hermoso.
- ¿Cree usted que no? Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenernos un talento
especial para arruinar las cosas grandes y hermosas. No pusimos quioscos de salchichas
calientes en el templo egipcio de Karnak sólo porque quedaba a trasmano y el negocio no
podía dar grandes utilidades. Y Egipto es una pequeña parte de la Tierra. Pero aquí todo
es antiguo y diferente. Nos instalaremos en alguna parte y lo estropearemos todo.
Llamaremos al canal, canal Rockefeller; a la montaña, pico del rey Jorge, y al mar, mar de
Dupont; y habrá ciudades llamadas Roosevelt, Lincoln y Coolidge, y esos nombres nunca
tendrán sentido, pues ya existen los nombres adecuados para estos lugares.
- Ésa será la tarea de ustedes, los arqueólogos: encontrar los viejos nombres. Nosotros
los usaremos.
- Unos pocos hombres contra todos los intereses comerciales... - Spender miró las
montañas de hierro -. Ellos saben que estamos aquí esta noche, escupiendo en el vino de
ellos, y puedo imaginar cómo nos odian.
El capitán meneó la cabeza.
- No hay odio aquí. - Escuchó el sonido del viento -. Por el aspecto de estas ciudades,
parece que eran seres graciosos, hermosos y sabios. Aceptaron lo que traía el destino.
Admitieron resignados la muerte de la raza y no se lanzaron en el último momento a una
guerra desesperada que hubiese destruido sus ciudades. Las que hemos visto hasta
ahora están intactas. Es probable que no nos Presten atención; como si fuésemos niños
que juegan en un jardín, conociendo y comprendiendo a los niños por lo que son. Y,
además, quizá Marte nos haga mejores.
»¿Observó usted, Spender, la rara tranquilidad de los hombres hasta que Biggs los
obligó a animarse? Parecían humildes y asustados. El espectáculo que nos rodea no
puede ponernos contentos. Ante él, parecemos niños, niños de pantalón corto, orgullosos
y divertidos, alborotando con cohetes y átomos de juguete. Pero algún día la Tierra será
como Marte es ahora. La vida en Marte nos devolverá la cordura; será como una lección
práctica de civilización. Aprenderemos de Marte. Y ahora, tranquilícese. Volvamos con los
demás y simulemos alegría. La multa de cincuenta dólares queda en pie.
La fiesta no prosperaba. El viento, que venía del mar muerto, se movió alrededor de los
tripulantes, y alrededor del capitán y de Jeff Spender que se acercaban al grupo. El viento
tiró del polvo y el cohete brillante y tiró del acordeón, y el polvo se metió en la armónica
desafinada y en los ojos de los hombres, y el viento cantó con un sonido agudo. Y así
como había llegado, el viento murió.
Pero también la fiesta había muerto.
Las figuras tiesas de los expedicionarios se alzaban contra el cielo frío y oscuro.
- ¡Vamos, señores, vamos! - gritó Biggs saltando de la nave con un uniforme limpio y
evitando mirar a Spender. Su voz resonó como en un anfiteatro vacío. Una voz solitaria -.
¡Vamos!
Nadie se movió.
- ¡Vamos, Whitie, tu armónica!
Whitie sopló un acorde extraño y desafinado. Sacudió la armónica y se la guardó en un
bolsillo.
- ¿Qué clase de fiesta es ésta? - inquirió Biggs.
Alguien apretó un acordeón. El acordeón gimió como un animal moribundo. Eso fue
todo.
- Muy bien; mi botella y yo celebraremos nuestra propia fiesta.
En cuclillas, apoyado en el cohete, Biggs bebió empinando la botella.
Spender, inmóvil, lo observó largo rato. Luego los dedos le subieron lentamente a lo
largo de la pierna temblorosa y palparon el estuche del arma.
- Los que quieran, pueden venir conmigo a la ciudad - anunció el capitán -. Dejaremos
un centinela aquí en el cohete e iremos armados por si acaso.
Los hombres se consultaron. Catorce querían ir. Biggs se incluyó entre ellos, riendo y
agitando la botella. Los otros seis se quedaron en el campamento.
- ¡Allá vamos! - gritó Biggs.
El grupo avanzó en silencio. Llegaron al límite de la ciudad dormida y muerta. A la luz
de las lunas mellizas, las sombras de los expedicionarios eran dobles. Parecía que nadie
respiraba. Pasaron así varios minutos. Esperaban a que algo se moviera de pronto en la
ciudad muerta, una forma gris que se levantaría inesperadamente entre las ruinas, un
fantasma ancestral que cruzaría galopando el fondo vacío del mar en un antiguo corcel
acorazado, de imposible progenie, de increíble descendencia.
Los ojos y la mente de Spender poblaron las calles. Unas siluetas se movían como
vapores azules por las avenidas empedradas y había débiles murmullos, y unos extraños
animales se escurrían por las arenas de color gris rojizo. Alguien saludaba desde las
ventanas (moviendo lentamente la mano como si estuviese sumergido en un agua
intemporal), a unas sombras que se arrastraban en el espacio bajo las torres plateadas
por las lunas. Una música sonaba en algún oído interior, y Spender imaginó las formas de
los instrumentos que evocaban esa música. Era un país encantado.
- ¡Eh! - gritó Biggs, muy erguido, con las manos alrededor de la boca abierta -. ¡Eh!
¡Vosotros, los del pueblo!
- ¡Biggs! - advirtió el capitán.
Biggs se calló.
Avanzaron por una avenida embaldosada. Ahora todos hablaban en voz baja, pues era
como entrar en una vasta biblioteca al aire libre o en un mausoleo habitado por el viento y
sobre el que brillaban las estrellas. El capitán habló sin levantar la voz. Se preguntó
adónde habían ido los marcianos, qué habían sido y quiénes eran sus reyes, y cómo
habían muerto. Se preguntó en voz alta cómo habían construido esta ciudad para que
soportara el peso de los siglos, y si alguna vez habrían visitado la Tierra. ¿Serían ellos los
antepasados de los hombres que habían aparecido en la Tierra diez mil años atrás? ¿Y
habrían amado y odiado con amores y odios similares a los. terrestres, y habrían
cometido las mismas tonterías cuando hicieron tonterías?
- Lord Byron - dijo Jeff Spender.
El capitán se volvió y lo miró.
- ¿Lord qué?
- Lord Byron, un poeta del siglo diecinueve. Hace mucho tiempo escribió un poema que
parece inspirado por esta ciudad y por cómo los marcianos tienen que sentirse si aún son
capaces de sentir. Pudo haberlo escrito el último poeta marciano.
Los expedicionarios continuaban inmóviles, de pie sobre sus sombras.
- ¿Qué dice el poema, Spender? - preguntó el capitán.
Spender cambió de posición, extendió la mano como recordando, entornó los ojos un
momento, y en seguida se puso a recitar con voz lenta y apagada, y los hombres
escucharon todo lo que decía:
Así que nunca más pasearemos
tan tarde de noche,
aunque el corazón siga enamorado,
y aunque siga brillando la luna
La ciudad inmóvil era alta y gris. Los rostros de los hombres estaban vueltos hacia la
luz.
Pues la espada gasta la vaina,
y el alma gasta el pecho,
y el corazón tiene que pararse a tomar aliento,
y el amor mismo ha de descansar.
Aunque la noche fue hecha para amar,
y el día vuelve demasiado pronto,
nunca más pasearemos
a la luz de la luna.
Los terrestres estaban de pie, en silencio, en el centro de la ciudad. Era una noche
clara. No se oía ningún sonido, excepto el viento. Debajo de ellos se extendía una plaza
enlosada que imitaba formas de animales y seres antiguos. Los hombres contemplaron
los dibujos.
De la garganta de Biggs salió un ronco ruido. Con la mirada turbia, se llevó las manos a
la boca; cerró los ojos, se dobló hacia delante, y un líquido espeso le llenó la boca, se
derramó, y cayó ruidosamente sobre las losas del patio, cubriendo los dibujos. Biggs
repitió esto dos veces. Un penetrante olor a vino invadió el aire fresco de la noche.
Nadie se movió para auxiliar a Biggs, que siguió vomitando.
Spender lo miró durante un momento; luego se volvió y echó a andar por las avenidas
de la ciudad, solo, a la luz de las lunas. Ni una sola vez se volvió a mirar a los hombres
agrupados en la plaza.
Los expedicionarios volvieron a las cuatro de la mañana. Se tendieron sobre unas
mantas y cerraron los ojos, respirando el aire apacible. El capitán Wilder, sentado cerca
del fuego, lo alimentaba de vez en cuando con ramas secas.
Dos horas después McCIure abrió los ojos.
- ¿No duerme, capitán?
El capitán sonrió vagamente.
- Espero a Spender.
McCIure reflexionó.
- ¿Sabe, señor? No creo que vuelva. No sé por qué, pero tengo esa impresión. Nunca
volverá.
McCIure se envolvió en sus mantas y se durmió otra vez. El fuego crepitó y se apagó.
Pasó una semana, y Spender aún no había vuelto. El capitán envió unos hombres a
buscarlo, pero regresaron diciendo que no sabían adónde podría haber ido. Ya volvería
cuando se le pasara el berrinche. Era un cabeza dura, dijeron. ¡Que se fuera al diablo!
El capitán no decía nada, pero anotaba todo en el cuaderno de bitácora...
Una mañana que podía haber sido la de un miércoles, la de un jueves o la de cualquier
otro día en Marte, Biggs estaba sentado a orillas del canal, de cara al sol, con los pies
colgando en el agua fresca.
Un hombre se acercó caminando a lo largo de la orilla. La sombra del hombre cayó
sobre Biggs. Biggs alzó los ojos.
- ¡Bueno, que me condenen! - exclamó.
- Soy el último marciano - dijo el hombre sacando un arma de fuego.
- ¿Qué dices? - preguntó Biggs.
- Voy a matarte.
- Basta. ¿Qué broma es ésa, Spender?
- Levántate y recíbela en el estómago.
- Por amor de Dios, aparta esa arma.
Spender apretó el gatillo sólo una vez. Se oyó un leve zumbido Durante unos instantes
Biggs permaneció sentado a orillas del agua; luego se inclinó hacia delante y cayó. El
cadáver flotó con lenta indiferencia bajo las lentas corrientes del canal. Se oyó un hueco
gorgoteo, y luego nada.
Spender guardó el arma y se alejó en silencio. El sol brillaba sobre Marte, le calentaba
el dorso de las manos y se le deslizaba por las mandíbulas apretadas. No corrió; caminó
como si nada hubiera cambiado excepto la luz del día. Bajó hasta el cohete. Algunos de
los hombres tomaban un desayuno recién preparado bajo un albergue construido por
Cookie.
- Ahí viene el ermitaño - dijo alguien.
- ¡Hola, Spender! ¿De dónde sales?
Los cuatro hombres sentados a la mesa observaron al hombre que los miraba en
silencio.
- Tú y tus condenadas ruinas - rió Cookie, revolviendo una sustancia negra en una olla
-. Pareces un perro en un campo de huesos.
- Es posible - dijo Spender -. He estado averiguando cosas. ¿Qué dirían si les contase
que encontré a un marciano rondando por ahí?
Los cuatro hombres bajaron los tenedores.
- ¿De veras? ¿Dónde?
- No importa dónde. Permitan que les haga una pregunta: ¿Cómo se sentirían si fuesen
marcianos y viniera alguien y se pusiera a devastar el planeta?
- Yo sé muy bien cómo me sentiría - respondió Cheroke -. Llevo en mis venas sangre
cherokee. Mi abuelo me contó muchas cosas del territorio de Oklahoma. Si hay algún
marciano por los alrededores, yo estoy con él.
- ¿Y qué dicen los demás? - preguntó Spender, cauteloso.
Ninguno contestó. El silencio era bastante elocuente. Agarra lo que puedas, lo que
encuentras es tuyo; si el contrario te ofrece la otra mejilla, abofetéalo sin miedo, etcétera.
- Bueno - les dijo Spender -; he encontrado un marciano.
Los hombres lo miraron entornando los ojos.
- Allá arriba, en una ciudad muerta. No esperaba verlo. Ni siquiera intenté buscarlo.
Ignoro lo que hacía allí. He vivido cerca de una semana en la ciudad de un valle pequeño,
aprendiendo a leer los libros antiguos y contemplando las viejas obras de arte. Y un día vi
a este marciano. Estuvo allí un momento y luego desapareció. No volvió hasta el día
siguiente. Yo estaba allí, estudiando la vieja escritura, y el marciano reaparecía una y otra
vez, siempre más cerca. Hasta que un día en que aprendí a descifrar el idioma marciano,
asombrosamente simple y además hay pictografías que ayudan, el marciano apareció
ante mí y dijo: «Dame tus botas». Le di mis botas y dijo: «Dame tu uniforme y todo tu
equipo». Se los di y me pidió mi revólver, y entonces dijo: «Ahora acompáñame y mira lo
que pasa». Y el marciano vino al campamento, y ahora está aquí.
- No veo a ningún marciano - dijo Cheroke.
- Lo siento mucho.
Spender sacó su arma, y se oyó un zumbido apagado. La primera bala alcanzó al
hombre de la izquierda, la segunda y la tercera a los que estaban a la derecha y en el
centro de la mesa. Cookie, de cara al fuego, se volvió horrorizado y recibió la cuarta bala.
Cayó de espaldas sobre las llamas y se quedó allí mientras las ropas le empezaban a
arder.
El cohete yacía a la luz del sol. Tres de los hombres estaban sentados, inmóviles, con
las manos sobre la mesa. El desayuno se enfriaba ante ellos. Cheroke miraba a Spender,
aturdido e incrédulo.
- Puedes venir conmigo - dijo Spender.
Cheroke no contestó.
- Puedes estar a mi lado en este asunto.
Spender esperó.
Al fin, Cheroke pudo hablar.
- Tú los mataste - dijo, atreviéndose a mirar a los hombres.
- Se lo merecían.
- ¡Estás loco!
- Quizá. Pero puedes venir conmigo.
- ¿Ir contigo? ¿Para qué? - exclamó Cheroke, pálido, con ojos húmedos -. ¡Vete, fuera
de aquí!
El rostro de Spender se endureció.
- De todos ellos, creí que tú entenderías.
- ¡Fuera de aquí!
Cheroke echó mano a su arma.
Spender disparó por última vez y Cheroke dejó de moverse.
Spender se tambaleó. Se pasó la mano por el rostro sudoroso, miró el cohete y de
pronto se echó a temblar, de pies a cabeza. La reacción física fue tan abrumadora que
estuvo a punto de caer. Parecía haber despertado de un estado de hipnosis, de una
pesadilla. Se sentó y se concentró unos momentos, y le dijo al temblor que se fuera.
- ¡Basta! ¡Basta! - le ordenó a su cuerpo. Se le estremecían y sacudían todos los
músculos -. ¡Basta! - se dijo otra vez, y exprimió mentalmente el cuerpo hasta que todo el
temblor le salió afuera. Las manos, inmóviles, reposaban ahora en las tranquilas rodillas.
Se levantó, y con movimientos precisos se ató a la espalda una caja de provisiones. La
mano le tembló otra vez.
- ¡No! - dijo con firmeza, y el temblor desapareció.
Luego, caminando rígidamente, Spender se alejó, solitario, entre las rojas y tórridas
colinas.
El sol subía ardiendo por el cielo. Una hora más tarde el capitán salió del cohete en
busca de unos huevos con jamón. Iba a saludar a los cuatro hombres sentados a la mesa,
cuando de pronto se detuvo. Había en el aire un tenue olor a humo de arma. El cocinero
yacía tendido de espaldas sobre la hoguera, y el desayuno parecía helado.
Un instante después, Parkhill y otros dos bajaron del cohete. El capitán los detuvo,
fascinado por el silencio de los hombres y la manera en que estaban sentados a la mesa.
- Llamen a los hombres, a todos - dijo.
Parkhill echó a correr a lo largo del canal.
El capitán tocó a Cheroke. Cheroke se volvió lentamente y cayó de la silla. La luz del
sol le ardió sobre el pelo corto y los pómulos salientes.
Llegaron los hombres.
- ¿Quién falta?
- Todavía Spender, señor. Encontramos a Biggs flotando en el canal.
- ¡Spender!
El capitán miró las colinas que se alzaban a la luz. El sol le descubrió los dientes, la
boca torcida en una mueca.
- Maldita sea - dijo con cansancio -. ¿Por qué no vino a hablar conmigo?
- ¿Por qué no conmigo? - exclamó Parkhill, con los ojos brillantes -. ¡Le hubiera metido
una bala en el maldito cerebro, eso hubiera hecho, lo juro por Dios!
El capitán Wilder hizo una seña a dos de los hombres.
- Traigan palas - les dijo.
Cavaron las fosas fatigados por el calor. Mientras el capitán volvía las páginas de la
Biblia, un viento cálido sopló desde el fondo del mar vacío, lanzando nubes de polvo a las
caras de los hombres. El capitán cerró su libro, y alguien empezó a echar lentas
corrientes de arena sobre los cuerpos amortajados.
Volvieron al cohete, probaron los mecanismos de los rifles, se echaron a la espalda
pesados paquetes de granadas, y observaron si las armas salían con facilidad de las
fundas. Cada uno de ellos exploraría cierto sector de las colinas. El capitán los dirigía sin
levantar la voz, sin un ademán, con las manos colgando a los costados.
- En marcha - dijo.
Spender vio que una tenue nube de polvo se levantaba en distintos lugares del valle y
supo que la persecución había comenzado Dejó a un lado el fino libro de plata que estaba
leyendo, sentado cómodamente en una piedra plana. Las páginas del libro, delgadas
como gasas, eran de plata, pintadas a mano en negro y oro. Era una obra de filosofía, de
por lo menos diez mil años de antigüedad, que había encontrado en un pueblo marciano
del valle. Abandonaba el libro de mala gana.
Durante unos instantes pensó: «¿Para qué? Me quedaré aquí leyendo hasta que
vengan y terminen conmigo».
Después de matar a los seis hombres había sentido un confuso aturdimiento, luego
náuseas, y por fin una extraña paz. Pero ahora, mientras contemplaba las estelas de
polvo de sus perseguidores, también la paz se desvanecía, y volvía a sentir aquel
resentimiento.
Bebió de la cantimplora un poco de agua fresca. Luego se levantó, se estiró, bostezó, y
escuchó el maravilloso silencio del valle. Qué hermoso sería si él y algunos de sus amigos
terrestres pudieran instalarse aquí, pasar aquí la vida, sin ruidos ni preocupaciones.
Llevó el libro consigo en una mano y la pistola cargada en la otra. Un arroyo corría
rápidamente sobre un lecho de rocas y piedras blancas, y allí se desnudó y se metió en el
agua un rato. Luego se vistió, sin darse prisa y recogió el arma.
El tiroteo comenzó aproximadamente a las tres de la tarde, cuando Spender estaba
arriba en las colinas. Lo siguieron a través de tres pequeños pueblos marcianos. Más
arriba de los pueblos, esparcidas como guijarros, había unas quintas en donde antiguas
familias marcianas habían encontrado un prado o un arroyo, habían construido una
piscina de mosaicos, una biblioteca y un patio con un surtidor. Spender nadó media hora
en una piscina de agua de lluvia, esperando a sus perseguidores.
Cuando abandonaba la casa, sonaron los primeros disparos. A pocos metros de
distancia, el azulejo de un muro saltó hecho trizas. Echó a correr, avanzó por entre unos
riscos, se volvió, disparó el arma, y un hombre rodó por el polvo.
Lo envolverían en una red, en un círculo. Spender lo sabía. Lo rodearían, estrecharían
el cerco y lo atraparían. ¿Por qué no utilizaban las granadas? Una orden del capitán
Wilder, y empezaría el bombardeo.
«Pero soy un buen hombre y no quieren destrozarme - pensó Spender -. Así opina el
capitán. Me quiere con un solo agujero. ¿No es raro? Quiere que mi muerte sea limpia. Y
no una porquería. ¿Por qué? Porque me comprende. Y por ese motivo está decidido a
arriesgar la vida de unos cuantos buenos muchachos que me agujerearán limpiamente la
cabeza. ¿No es así?»
Sonó una ráfaga de nueve o diez disparos. Unos trozos de roca saltaron alrededor.
Spender hacía fuego con mano firme, a veces mientras leía el libro de plata.
El capitán, rifle en mano, corrió bajo la ardiente luz del sol. Spender lo siguió con la
mirada de la pistola, pero no disparó. En cambio se volvió e hizo saltar de un tiro el borde
superior de la roca donde White estaba apostado. Se oyó un grito de furia.
De pronto, el capitán se detuvo. Llevaba un pañuelo blanco en la mano. Les dijo algo a
sus hombres, y soltando el rifle, subió Por la falda de la colina. Spender estaba allí
tendido. Se puso de Pie con el arma en la mano.
El capitán se acercó y se sentó en una piedra calcinada por el sol sin mirar una sola
vez a Spender.
Poco después metió la mano en el bolsillo de la camisa, buscando algo. Los dedos de
Spender se crisparon sobre el arma.
- ¿Un cigarrillo? - preguntó el capitán.
- Gracias - respondió Spender tomando uno.
- ¿Fuego?
- Tengo.
Echaron una o dos bocanadas en silencio.
- Hace calor - dijo el capitán.
- Así es.
- ¿Se encuentra cómodo aquí arriba?
- Mucho.
- ¿Cuánto tiempo cree que podrá resistir?
- El que me lleve matar a doce hombres, poco más o menos.
- ¿Por qué no nos mató a todos esta mañana, cuando se le presentó la ocasión?
Hubiera sido fácil, usted lo sabe.
- Lo sé. Sentí náuseas. Cuando uno quiere hacer algo terrible se miente a sí mismo. Se
dice uno que todos los demás están equivocados. Bueno, en cuanto empecé a disparar
contra ellos, comprendí que sólo eran unos necios y que no debía matarlos. Pero ya era
demasiado tarde. No pude continuar, entonces subí hasta aquí con la esperanza de volver
a creer en la mentira, de enfurecerme y empezar de nuevo.
- ¿Ya está resuelto?
- No mucho. Bastante.
El capitán estudió su cigarrillo.
- ¿Por qué lo hizo?
Tranquilamente Spender dejó el arma en el suelo.
- Porque he visto que los marcianos tenían algo que nosotros nunca soñamos tener. Se
detuvieron donde nosotros debíamos habernos detenido hace un siglo. He paseado por
sus ciudades y comprendo a esta gente y me gustaría llamarlos mis antepasados.
El capitán señaló con un movimiento de cabeza un grupo de edificios.
- Es magnífico ese pueblo.
- No es sólo eso. Sí, sus ciudades son hermosas. Los marcianos sabían cómo unir el
arte y la vida. El arte fue siempre algo extraño entre nosotros. Lo guardamos en el cuarto
del loco de la familia, o lo tomamos en dosis dominicales, tal vez mezclado con religión.
Bueno, estos marcianos tenían arte, y religión y todo.
- Usted cree que habían llegado al fondo de las cosas, ¿no es así? - Estoy seguro.
- Y por eso empezó a masacrarnos.
- Cuando yo era pequeño mis padres me llevaron a la ciudad de México. Siempre
recordaré el comportamiento de mi padre, vulgar y fatuo. A mi madre no le gustaba
tampoco aquella gente porque eran morenos y no se bañaban a menudo. Mi hermana ni
les hablaba. Sólo a mí me gustaban realmente. Y puedo imaginarme a mi madre y mi
padre aquí en Marte haciendo otra vez lo mismo...
»Para el norteamericano común, lo que es raro no es bueno. si las cañerías no son
como en Chicago, todo es un desatino. ¡Cada vez que lo pienso! ¡Oh, Dios mío, cada vez
que lo pienso! Y luego... la guerra. Usted oyó los discursos en el Congreso antes de que
partiéramos. Si todo marchaba bien, esperaban establecer en Marte tres laboratorios de
investigaciones atómicas y varios depósitos de bombas. Dicho de otro modo: Marte se
acabó, todas estas maravillas desaparecerán. ¿Cómo reaccionaría usted si un marciano
vomitase un licor rancio en el piso de la Casa Blanca?
El capitán no decía nada, pero escuchaba.
- Luego vendrán los otros grandes intereses. Los hombres de las minas, los hombres
del turismo - continuó Spender -. ¿Recuerda usted lo que pasó en México cuando Cortés
y sus magníficos amigos llegaron de España? Toda una civilización destruida por unos
voraces y virtuosos fanáticos. La historia nunca perdonará a Cortés.
- Hoy usted tampoco se ha comportado muy bien, Spender - observó el capitán.
- ¿Qué podía hacer? ¿Discutir con usted? Estoy solo contra todos los granujas
codiciosos y opresores que habitan la Tierra. Vendrán a arrojar aquí sus cochinas bombas
atómicas, en busca de bases para nuevas guerras. ¿No les basta haber arruinado un
planeta y tienen que arruinar otro más? ¿Por qué han de ensuciar una casa que no es
suya? Esos fatuos charlatanes. Cuando llegué aquí no Sólo me sentí libre de toda esa
supuesta cultura, sino también de la moral y las normas y las costumbres terrestres. Mis
coordenadas son distintas, pensé. Lo único que tengo que hacer es matarlos Y luego vivir
mi propia vida.
- Pero no le salió bien - dijo el capitán.
- No. A la hora del desayuno, después de mi quinto asesinato, descubrí que a pesar de
todo no soy un hombre totalmente nuevo, totalmente marciano. No pude desprenderme
con tanta facilidad de todo lo que aprendí en la Tierra. Pero ahora me siento tranquilo otra
vez. Los mataré a todos. Eso retrasará el viaje del próximo cohete unos cinco años. Este
cohete es el único que tienen. En la Tierra esperarán un año, dos años. Sin noticias de
nosotros, temerán construir una nueva nave. Antes lanzarán al espacio un centenar de
modelos experimentales, para evitar otro, fracaso.
- Sí, así sería.
- Por otra parte, un buen informe suyo, si usted vuelve, acelerará la invasión del
planeta. Con un poco de suerte viviré hasta los sesenta años. Las expediciones que
lleguen a Marte, aquí me encontrarán. Vendrá una sola nave cada vez, aproximadamente
una por año, con una tripulación no mayor de veinte hombres. Me haré amigo de ellos y
les explicaré que nuestro cohete estalló cierto día. Proyecto volarlo en cuanto termine mi
tarea de esta semana. Los mataré a todos. Marte seguirá intacto durante el próximo
medio siglo. Tal vez los terrestres renuncien al fin. ¿Recuerda cómo se cansaron de
construir zepelines que caían en llamas uno tras otro?
- Lo ha previsto todo - admitió el capitán.
- Sí, señor.
- Pero nosotros somos muchos. Dentro de una hora cerraremos el cerco. Dentro de
una hora morirá.
- He encontrado algunos pasajes subterráneos y un refugio que ustedes jamás
descubrirán. Viviré allí algún tiempo, y cuando ustedes se descuiden, saldré y los iré
cazando, uno a uno.
El capitán inclinó la cabeza.
- Cuénteme algo de esa civilización - dijo señalando con la mano las ciudades de la
montaña.
- Sabían cómo vivir con la naturaleza, y cómo entenderla. No trataron de ser sólo
hombres y no animales. Cuando apareció, Darwin cometimos ese error. Lo recibimos con
los brazos abiertos y también a Huxley y a Freud, deshaciéndonos en sonrisas. Después
descubrimos que no era posible conciliar las teorías de Darwin con nuestras religiones, o
por lo menos así pensamos. Fuimos unos estúpidos. Quisimos derribar a Darwin, Huxley
y a Freud. pero eran inconmovibles. Y entonces, como unos idiotas, intentamos destruir la
religión.
»Lo conseguimos bastante bien. Perdimos nuestra fe y empezamos a preguntarnos
para qué vivíamos. Si el arte no era más que la derivación de un deseo frustrado, si la
religión no era más que un engaño, ¿para qué la vida? La fe había explicado siempre
todas las cosas. Luego todo se fue por el vertedero, junto con Freud y Darwin. Fuimos y
somos todavía un pueblo extraviado.
- ¿Y estos marcianos encontraron el camino? - preguntó el capitán.
- Sí. En Marte aprendieron a combinar ciencia y religión para que funcionaran juntas, y
se enriquecieran así mutuamente, sin contradecirse.
- Una solución ideal.
- Así es. Me gustaría mostrarle cómo lo hicieron.
- Mis hombres me esperan.
- Media hora bastará. Avíseles, capitán.
El capitán titubeaba. Al fin se levantó y lanzó una orden a los que estaban al pie de la
colina.
Spender lo llevó a una aldea marciana de edificios de mármol.
Pulido y fresco, decorados con frisos de hermosos animales: felinos de patas blancas,
símbolos solares de patas amarillas, estatuas de criaturas que parecían toros, estatuas de
hombres y mujeres, y de perros enormes delicadamente cincelados.
- He aquí la respuesta, capitán.
- No entiendo.
- Los marcianos descubrieron el secreto de la vida entre los animales. El animal no
discute su vida, vive. No tiene otra razón de Vivir que la vida. Ama la vida y disfruta de la
vida. Observe la estatuaria; cómo los símbolos animales se repiten una y otra vez.
- Parece algo pagano.
- Al contrario, son símbolos divinos, símbolos de vida. También en Marte el hombre
había llegado a ser demasiado humano, y no bastante animal. Los hombres de Marte
comprendieron que si querían sobrevivir tenían que dejar de preguntarse de una vez por
todas: «¿Para qué vivir?» La respuesta era la vida misma. La vida era la propagación de
más vida, y vivir la mejor vida posible. Los marcianos comprendieron que se preguntaban
«¿Para qué vivir?» en la culminación de algún período de guerra y desesperanza, cuando
no había respuestas. Pero cuando la civilización se tranquiliza y calla, y la guerra termina,
la pregunta se convierte en insensata de un modo nuevo. La vida es buena entonces, y
las discusiones son inútiles.
- Me parece que los marcianos eran bastante ingenuos.
- Sólo cuando les convenía. Renunciaron a empeñarse en destruirlo todo, humillarlo
todo. Combinaron religión, arte y ciencia, pues en verdad la ciencia no es más que la
investigación de un milagro inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro. No
permitieron que la ciencia aplastara la belleza. Se trata simplemente de una cuestión de
grados. Un hombre de la Tierra piensa: «En ese cuadro no hay realmente color. Un físico
puede probar que el color es sólo una forma de la materia, un reflejo de la luz, no la
realidad misma». Un marciano, mucho más inteligente, diría: «Este cuadro es hermoso.
Nació de la mano y la mente de un hombre inspirado. El tema y los colores vienen de la
vida. Es una cosa buena».
Hubo una pausa. Sentado al sol de las primeras horas de la tarde, el capitán miraba
con curiosidad el pueblo fresco y silencioso.
- Me gustaría vivir aquí - dijo.
- Puede hacerlo, si quiere.
- ¿Me está invitando?
- ¿Acaso alguno de sus hombres comprendería verdaderamente todo esto? Son
cínicos profesionales, y para ellos es demasiado tarde. ¿Por qué quiere volver junto a
ellos? ¿Para vivir con el rebaño? ¿Para comprarse un giróscopo, como cualquiera de sus
vecinos? ¿Para oír música con una libreta de notas y no con las entrañas? Ahí abajo, en
uno de los patios, hay un cilindro de música marciana de cincuenta mil años de
antigüedad. Todavía se oye. Es una música incomparable. Usted podría escucharla. Hay
también libros. Yo ya los leo. Podría usted descansar y leerlos.
- Parece maravilloso, Spender.
- Pero usted no va a quedarse.
- No. Gracias, sin embargo.
- Y seguramente no me dejarán tranquilo. Tendré que matarlos a todos.
- Es usted optimista.
- He encontrado un motivo para luchar y vivir. Eso me hace más peligroso. He
encontrado algo que es para mí como una religión. Como aprender a respirar otra vez.
Sentir en la piel la caricia del sol, dejar que el sol trabaje en uno, escuchar música, leer un
libro. ¿Qué me ofrece en cambio la civilización de usted?
El capitán cambió de postura. Meneó la cabeza.
- Lamento mucho todo esto, lo lamento de veras.
- También yo. Creo que será mejor que lo lleve de vuelta y que empiece a preparar el
ataque.
- Sí.
- Capitán, yo no voy a matarlo. Cuando todo haya terminado, usted seguirá con vida.
- ¿Cómo?
- Desde un principio decidí no tocarlo.
- Pero...
- Lo voy a librar de los demás. Cuando hayan muerto, quizá cambie usted de opinión.
- No - dijo el capitán -. Llevo en mis venas demasiada sangre terrestre. No dejaré de
perseguirlo.
- Aun cuando pueda quedarse aquí.
- Es curioso, pero sí, aun así. No sé por qué, no me lo he preguntado. Bueno, nos
separamos aquí. - Habían vuelto al sitio en donde se habían encontrado -. ¿Quiere usted
acompañarme sin resistirse, Spender? Es mi última oferta.
- No, gracias. - Spender extendió una mano -. Espere un momento. Si usted gana,
hágame un favor. Trate de postergar la destrucción de este planeta, al menos durante
cincuenta años. Hasta que los arqueólogos hayan tenido una buena oportunidad. ¿Lo
hará usted?
- Se lo prometo.
- Y por último, si le sirve de algo, recuérdeme como un neurótico que enloqueció un día
de verano y que nunca recobró la razón Así será más fácil para usted.
- Así lo haré. Adiós, Spender. Buena suerte.
- Es usted un hombre raro - comentó Spender, mientras el capitán bajaba por el
sendero, azotado por el viento caluroso.
El capitán se reunió con sus hombres cubiertos de polvo. Miró el sol con los ojos
entornados, respirando con dificultad.
- ¿Hay algo para beber? - preguntó. Alguien le puso en las manos una botella fresca -.
Gracias. - Bebió y se enjugó los labios -. Bueno - prosiguió -. Anden con cuidado.
Disponemos de un tiempo ilimitado y no quiero perder más hombres. Hay que matarlo. No
quiso bajar. Si es posible, mátenlo de un solo tiro. No lo hagan pedazos. Terminen pronto.
- Voy a meterle una bala en el maldito cerebro - dijo Sam Parkhill.
- No, tiren al pecho - dijo el capitán. Recordó el rostro fuerte y resuelto de Spender.
- El cochino cerebro... - continuó Parkhill.
El capitán le alargó la botella con un movimiento brusco.
- Ya oyó lo que dije. Tiren al pecho.
Parkhill murmuró algo entre dientes.
- Vamos - dijo el capitán.
Volvieron a desplegarse, lentamente al principio, luego de prisa por las cálidas laderas.
De pronto se encontraban en frescas cavernas que olían a musgo; de pronto en lugares
abiertos y rocosos, que olían a sol sobre piedra.
«Odio la astucia cuando uno no se siente realmente astuto, ni quiere serlo - pensaba el
capitán -. No puedo enorgullecerme de ir espiando por ahí y jactarme de que llevo a cabo
grandes planes. Odio pensar que estoy cumpliendo con mi deber cuando no estoy seguro
de que sea así. Al fin y al cabo, ¿quiénes somos nosotros? La mayoría siempre tiene
razón, ¿no es así? Siempre, siempre. Jamás se equivoca, ni un breve e insignificante
momento. En diez millones de años jamás se equivocó. ¿Qué es esa mayoría y quiénes
la forman? ¿Qué piensa? ¿Cómo emprendió este camino? ¿Cambiará alguna vez? ¿Y
por qué demonios he caído en esta putrefacta mayoría? No me siento a gusto. ¿Será
claustrofobia, temor a las muchedumbres, o sentido común? ¿Es posible que un hombre
tenga razón, aunque el resto del mundo opine que ellos tienen razón? No lo pensemos.
Sometámonos, animémonos, y apretemos el gatillo. ¡Vaya, y vaya!»
Los hombres corrían y se agachaban, corrían y se agazapaban en las sombras.
Mostraban los dientes, fatigados por el aire enrarecido, un aire que no había sido hecho
para correr. El aire era tenue y tenían que descansar cinco minutos cada vez, jadeando,
mientras unas manchas negras les bailaban delante de los ojos. Devoraban el aire
delgado, nunca satisfechos, y cerraban con fuerza los párpados. Al fin se incorporaban, y
alzando los fusiles desgarraban el aire enrarecido del verano con agujeros de sonido y
calor.
Spender, inmóvil, sólo hacía fuego de cuando en cuando.
- ¡Voy a saltarle los cochinos sesos! - aulló Parkhill, echando a correr por la ladera.
El capitán levantó el fusil y apuntó a Sam Parkhill. En seguida bajó el arma, y la
contempló horrorizado.
- ¿Qué iba a hacer? - se preguntó mirando la mano inerte. Había estado a punto de
matar a Parkhill por la espalda -. Dios mío - murmuró.
Vio que Parkhill seguía corriendo y se arrojaba al suelo, poniéndose a salvo.
Una red de hombres que corrían estaban envolviendo a Spender. En la cima, detrás de
dos rocas, Spender yacía agotado por la atmósfera enrarecida y con grandes manchas de
sudor bajo los brazos. El capitán vio las dos rocas. Había entre ellas un intersticio de unos
diez centímetros que mostraba el pecho de Spender.
- ¡Eh! - gritó Parkhill -. ¡Sal de ahí! ¡Tengo una bala para tu cabeza!
El capitán Wilder esperaba. «¡Vamos, Spender! - se decía -. Escápate como me dijiste
antes. Sólo tienes unos minutos. Escápate. Dijiste que lo harías. Escóndete en esos
subterráneos que has encontrado y quédate allí meses, años, leyendo tus hermosos libros
y bañándote en las piscinas de los templos. Vete, muchacho. Vete antes de que sea
tarde.»
Spender no cambió de postura.
- ¿Qué le pasará? - se preguntó el capitán.
Tomó el fusil y observó a los hombres que corrían escondiéndose. Miró las torres del
inmaculado pueblo marciano, como piezas de ajedrez finamente cinceladas, caídas en la
tarde. Vio las rocas, y entre ellas el pecho de Spender.
Parkhill se había lanzado al ataque, gritando con furia.
- No, Parkhill - dijo el capitán -. No puedo permitírselo. Ni usted ni ninguno de los otros.
No. Ninguno de ustedes. Yo solo.
Levantó el fusil y apuntó.
«¿No me estoy ensuciando las manos? - pensó -. ¿Está bien que sea yo quien lo
haga? Sí, lo está. Sé lo que hago y por qué. Sólo yo puedo hacerlo, y no sé si después
podré seguir con vida.»
Le hizo una seña a Spender con la cabeza.
- Vete - dijo en un susurro que nadie oyó -. Te doy treinta segundos más. Treinta
segundos...
El reloj le latía en la muñeca. El capitán lo miraba. Los hombres corrían agazapados.
Spender no se movía. El reloj latió mucho tiempo con mucho ruido, en los oídos del
capitán.
- ¡Vete! ¡Vete, Spender! ¡Rápido!
El rifle apuntaba. El capitán tomó aliento.
- ¡Spender! - murmuró.
Y apretó el gatillo.
Una débil polvareda asomó entre las rocas y se elevó a la luz del sol. Eso fue todo. Los
ecos del estampido se desvanecieron.
El capitán Wilder se incorporó y llamó a sus hombres.
- Está muerto.
Los otros no lo creyeron.
Desde donde estaban no se podía ver aquella fisura entre las rocas. Vieron correr al
capitán colina arriba, solo, y pensaron o que era un valiente o que había enloquecido.
Unos minutos después, los hombres subieron detrás del capitán. Se juntaron alrededor
del cadáver y uno de ellos dijo:
- ¿En el pecho?
El capitán bajó los ojos.
- En el pecho - contestó. Bajo el cuerpo de Spender las rocas habían cambiado de
color -. ¿Por qué habrá esperado? ¿Por qué no escapó como decía? ¿Por qué se dejó
matar?
- ¿Quién sabe? - dijo uno.
Spender yacía con las manos crispadas: una sobre el rifle, la otra sobre el libro de plata
que brillaba al sol.
«¿Seré yo el culpable? - pensó el capitán -. ¿Por qué no quise ceder? ¿Aborrecía
Spender la idea de matarme? ¿Acaso soy distinto de los otros? Pensó que podía confiar
en mí. ¿Hay otra respuesta?»
Ninguna. Se agachó al lado del cuerpo silencioso.
«Tengo que cumplir mi parte - se dijo -. No puedo abandonarlo. Si se reconocía en mí,
y por eso no pudo matarme, qué tarea difícil me espera. Así es, sí, así es. Soy Spender
ahora. Sin embargo, yo pienso antes de abrir fuego. No mato. Trato de entenderme con la
gente. No pudo matarme porque yo era él mismo, aunque con ciertas diferencias.»
El capitán sintió el calor del sol en la nuca. Se oyó decir a sí mismo:
- Si por lo menos hubiera hablado conmigo antes de matar.. Habríamos encontrado una
solución.
- ¿Qué solución? - preguntó Parkhill -. No hay solución posible con esa gente.
El zumbido del calor cubría la tierra, salía de las rocas, bajaba del cielo.
- Tiene razón - dijo el capitán -. Tal vez Spender y yo hubiéramos podido entendernos.
Pero Spender y usted y todos los demás, no, nunca. Es mejor que haya muerto. Pásenme
esa cantimplora.
El mismo capitán sugirió el sarcófago vacío. Habían encontrado Un antiguo cementerio
marciano. Pusieron a Spender en el cajón de plata, con ceras y vinos de diez mil años de
antigüedad, y le cruzaron las manos sobre el pecho. Lo último que vieron de él fue un
rostro tranquilo.
Permanecieron un momento en la antigua cripta.
- Creo que sería bueno para ustedes que pensaran en Spender de vez en cuando - dijo
el capitán.
Salieron de la cripta y cerraron la puerta de mármol.
A la tarde siguiente, Parkhill se dedicó a hacer ejercicios de tiro al blanco en una de las
ciudades muertas, rompiendo los cristales de las ventanas y volando las puntas de las
frágiles torres.
El capitán lo sorprendió y le hizo saltar los dientes de un puñetazo.
LOS COLONIZADORES
Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o
desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los
Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaban mujeres odiosas,
trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir
algo; para desenterrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos,
con sueños nobles o sin sueños. El dedo del gobierno señalaba desde letreros a cuatro
colores, en innumerables ciudades: HAY TRABAJO PARA USTED EN EL CIELO. ¡VISITE
MARTE! Y los hombres se lanzaban al espacio. Al principio sólo unos pocos, unas
docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes que el cohete dejara la Tierra.
Y a esta enfermedad la llamaban la soledad, porque cuando uno ve que su casa se
reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego
desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay
ciudades, que uno no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada
familiar, sólo otros hombres extraños. Y cuando los estados de Illinois, lowa, Missouri o
Montana desaparecen en un mar de nubes, y más aún, cuando los Estados Unidos son
sólo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a
lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del
espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.
No era raro, por lo tanto, que los primeros hombres fueran pocos. Crecieron y crecieron
en número hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números
eran alentadores.
Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.
LA MAÑANA VERDE
Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena
frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se nevaba la comida a la boca y
masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con
muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los
hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el
cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una
oscuridad a otra.
Se llamaba Benjamin Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera
verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en
cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los
árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color,
dar sombra, fruta, o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y
columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles,
ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos,
cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a
dormir.
Benjamin Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera
del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a
lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas
ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que
Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre
las apretadas colinas, Benjamin Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos
con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar
con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando
levemente la tierra, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez
más brillante a medida que pasaba la mañana.
- Necesitas aire - le dijo al fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la
noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
- Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan
pronto... Es como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No
satisface.
Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más
aire había que desarrollar los pulmones. o plantar más árboles.
- Para eso estoy aquí - se dijo. El fuego le respondió con un chasquido -. En las
escuelas nos contaban la historia de Johnny Appleseed, que anduvo por toda América
plantando semillas de manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos,
arces y toda clase de árboles; álamos, cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el
estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan
algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y
se dijo:
- ¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado.
Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco.
- Se sentirá bien en seguida - dijo el médico.
- ¿Qué me ha pasado?
- El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a
la Tierra.
- ¡No!
Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces
debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo
vacío.
- Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!
Le dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire -
pensaba -. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y
colinas marcianos. y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles,
ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera
hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y
en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un
árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía
del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina
ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso,
las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le
impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí
estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin
habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes
mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces?
Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie
porque los helechos, las flores, los arbustos Y los árboles viejos habían muerto de
cansancio.
- ¡Permítanme levantarme! - gritó -. ¡Quiero ver al coordinador!
Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana.
Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los
alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos
jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
- Entretanto, ésta será su tarea - dijo el coordinador -. Le entregaremos todas nuestras
semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas
primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no
contarán con muchas simpatías.
- ¿Pero me dejarán trabajar?
Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a
este valle solitario, y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera
sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco
probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro
semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos
adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera
ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.
Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre
las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió
alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iba empapando, y pensó en
la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir
en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de
larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos
golpes que le sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció
el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.
«Esta noche - pensó -. Y extendió la mano para sentir la lluvia. Esta noche.»
Lo despertó un golpe muy leve en la frente.
El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo.
Otra le estalló en la barbilla.
La lluvia.
Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elixir mágico que sabía a
encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la
lengua como raro jerez liviano.
Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más
sólidas. Un animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo
airado. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul
pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte y se precipitó a tierra. Diez billones
de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos.
Luego oscuridad y agua.
Calado hasta los huesos, Benjamin Driscoll se reía y se reía mientras el agua le
golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño
campamento, y era la una de la mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y
más brillantes que nunca.
El señor Benjamin Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió,
y se durmió con una sonrisa en los labios.
El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y
despertó al señor Driscoll.
No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable
y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.
Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni
dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles
pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez
hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes
hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos,
pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos,
eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y
extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
- ¡Imposible! - exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el
aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se lo podía ver, brillando en las
alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que
transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas
se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno,
aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos,
corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamin Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se
desmayó.
Antes que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol
amarillo.
LAS LANGOSTAS
Los cohetes incendiaron las rocosas praderas, transformaron la piedra en lava, la
pradera en carbón, el agua en vapor, la arena y la sílice en un vidrio verde que reflejaba y
multiplicaba la invasión, como espejos hechos trizas. Los cohetes vinieron como
langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los
cohetes salieron de prisa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de
clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo
extraño una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en
las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente
los techos que suprimirían el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas
verdes que ocultarían la noche. Y cuando los carpinteros terminaron su trabajo, llegaron
las mujeres con tiestos de flores y telas de algodón y cacerolas, y el ruido de las vajillas,
cubrió el silencio de Marte, que esperaba detrás de puertas y ventanas.
En seis meses surgieron doce pueblos en el planeta desierto, con una luminosa
algarabía de tubos de neón y amarillos bulbos eléctricos. En total, unas noventa mil
personas llegaron a Marte, y otras más en la Tierra preparaban las maletas...
ENCUENTRO NOCTURNO
Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria
estación de gasolina.
- Aquí se sentirá usted bastante solo - le dijo al viejo.
El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.
- No me quejo.
- ¿Le gusta Marte?
- Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no
esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las
cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un
tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y
las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un
sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no
quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo
mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí
esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una
vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede
tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
- Ha dado usted en el clavo - dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante.
Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y
ahora tenía dos días libres y iba a una fiesta.
- Ya nada me sorprende - prosiguió el viejo -. Miro y observo, nada más. Si uno no
acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo,
el aire los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí) y
los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A
veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría
la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se
hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y
animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en
Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos
de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin
aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios!
¿Sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas
condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.
Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.
Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una
sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la
bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro
automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el
zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era
mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso y las cintas de las
montañas se alzaban contra las estrellas.
Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo?
El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua
en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un
sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae
calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien
millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y
descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó
una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.
La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la
nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.
Entraba en una muerta aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la
noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas.
Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.
Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente.
Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una
loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió una taza de
café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.
Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la
antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina, y luego un murmullo.
Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.
Y asomó en las colinas una extraña aparición.
Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que
saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban
sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos
multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las últimas gotas
de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a
Tomás como si mirara el fondo de un pozo.
Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:
¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás habla nadado en la
Tierra en ríos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido
en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa.
No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le
oprimía el pecho.
También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se
miraron en el aire frío de la noche.
Tomás dio el primer paso.
- ¡Hola! - gritó.
- ¡Hola! - contesto el marciano en su propio idioma. No se entendieron.
- ¿Has dicho hola? - dijeron los dos.
- ¿Qué has dicho? - preguntaron, cada uno en su lengua.
Los dos fruncieron el ceño.
- ¿Quién eres? - dijo Tomás en inglés.
- ¿Qué haces aquí - dijo el otro en marciano.
- ¿A dónde vas? - dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.
- Yo soy Tomás Gómez.
- Yo soy Muhe Ca.
No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y
entonces el marciano sé echó a reír.
- ¡Espera!
Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
- Ya está - dijo el marciano en inglés -. Así es mejor.
- ¡Qué pronto has aprendido mi idioma!
- No es nada.
Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en
la mano.
- ¿Algo distinto? - dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a
ambos.
- ¿Puedo ofrecerte una taza? - dijo Tomás.
- Por favor.
El marciano descendió de su máquina.
Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.
La mano de Tomás y la mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.
- ¡Dios mío! - gritó Tomás, y soltó la taza.
- ¡En nombre de los Dioses! - dijo el marciano en su propio idioma.
- ¿Viste lo que pasó? - murmuraron ambos, helados por el terror.
El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.
- ¡Señor! - dijo Tomás.
- Realmente... - comenzó a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y
luego sacó un cuchillo de su cinturón.
- ¡Eh! - gritó Tomás.
- Has entendido mal. ¡Tómalo!
El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través
de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió,
estremeciéndose.
Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.
- ¡Las estrellas! - dijo.
- ¡Las estrellas! - respondió el marciano mirando a Tomás.
Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de
su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez
gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del
marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.
- ¡Eres transparente! - dijo Tomás.
- ¡Y tú también! - replicó el marciano retrocediendo.
Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.
El marciano se tocó la nariz y los labios.
- Yo tengo carne - murmuró -. Yo estoy vivo.
Tomás miró fijamente al fío.
- Y si yo soy real, tú debes de estar muerto.
- ¡No! ¡Tú!
- ¡Un espectro!
- ¡Un fantasma!
Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como
dagas, como trozos de hielo, corno luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron
intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era
sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.
Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.
Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
- ¿De dónde eres? - preguntó al fin el marciano.
- De la Tierra.
- ¿Qué es eso?
Tomás señaló el firmamento.
- ¿Cuándo llegaste?
- Hace más de un año, ¿no recuerdas?
- No.
- Y todos vosotros estabais muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi
totalmente ¿no lo sabes?
- No. No es cierto.
- Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas.
Muertos. Millares de muertos.
- Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!
- Escúchame. Marte ha sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.
- ¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca
de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
Tomás miró hacia donde le indicaba el marciano y vio las ruinas.
- Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
El marciano se echó a reír.
- ¡Muerta! dormí allí anoche.
- Y Yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato y es un montón de
escombros. ¿No ves las columnas rotas?
- ¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
- Hay polvo en las calles - dijo Tomás.
- ¡Las calles están limpias!
- Los canales están vacíos.
- ¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
- Está muerta.
- ¡Está viva! - protestó el marciano riéndose cada vez más -. Oh, estás muy equivocado
¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres
hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de
fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la
fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor.
¿No las ves?
- Tu ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro
grupo. Voy a la Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la
carretera de Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de
madera de Oregon, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos
a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche festejaremos
la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras
mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y whisky...
El marciano estaba inquieto.
- ¿Dónde está todo eso?
Tomás lo llevó hasta el borde de la colina y señaló a lo lejos.
- Allá están los cohetes. ¿Los ves?
- No.
- ¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.
- No.
Tomás se echó a reír.
- ¡Estás ciego!
- Veo perfectamente. ¡Eres tú el que no ve!
- Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?
- Yo veo un océano, y la marea baja.
- Señor, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.
- ¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!
- Es cierto, te lo aseguro.
El marciano se puso muy serio.
- Dime otra vez. ¿No ves la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las
barcas muy finas, las luces de la fiesta... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha...
Oigo los cantos. ¡No están tan lejos! Tomás escuchó y sacudió la cabeza.
- No.
- Y yo, en cambio, no puedo ver lo que tú me describes - dijo el marciano.
Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.
- ¿Podría ser?
- ¿Qué?
- ¿Dijiste que «del cielo»?
- De la Tierra.
- La Tierra, un nombre, nada - dijo el marciano - Pero... al subir por el camino hace una
hora... sentí...
Se llevó una mano a la nuca.
- ¿Frío?
- Sí.
- ¿Y ahora?
- Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino... -
dijo el marciano -. Una sensación extraña... El camino, la luz... Durante unos instante creí
ser el único sobreviviente de este mundo.
- Lo mismo me pasó a mí - dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy
íntimo de algo secreto y apasionante.
El marciano meditó unos instantes con los ojos cerrados.
- Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
- No. Tú, tú eres del pasado - dijo el hombre de la Tierra.
- ¡Qué seguro estas! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al
futuro? ¿En qué año estamos?
- En el año dos mil dos.
- ¿Qué significa eso para mí?
Tomás reflexionó y se encogió de hombros.
- Nada.
- Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos
que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas...
- ¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo,
que tú estás muerto.
- Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi
garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la
vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan.
¿Ruinas dijiste?
- Sí. ¿Tienes miedo?
- ¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre
puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has dicho que las columnas se han
desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y
las flores marchitas? - El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana. - Pero están ahí.
Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres
de la Tierra.
- Jamás nos pondremos de acuerdo - dijo.
- Admitamos nuestro desacuerdo - dijo el marciano -. ¿Qué importa quién es el pasado
o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de
diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro
de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La
noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.
Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron
atravesándose.
- ¿Volveremos a encontrarnos?
- ¡Quién sabe! Tal vez otra noche.
- Me gustaría ir contigo a la fiesta.
- Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y
oír todo lo que sucedió.
- Adiós - dijo Tomás.
- Buenas noches.
El marciano voló serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El
terrestre se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
- ¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! - suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando
en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la fiesta.
- ¡Qué extraña visión! - se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el
festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba
sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil,
sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.
LA COSTA
Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era
distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a
los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con
rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y
ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y
praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y
animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las
ventanas, y luces detrás de los cristales.
Esos fueron los primeros hombres.
Nadie ignoraba quiénes serian las primeras mujeres.
Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con oros idiomas y
otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos
y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica, Australia contemplaban aquellos
fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la
guerra o en la idea de la guerra.
Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las
viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de
hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a
los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.
Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y
parecían encaminarse hacia Dios...
INTERMEDIO
Trajeron cinco mil metros cúbicos de madera de pino de Oregon para construir la
décima ciudad, y veinticinco mil metros de abeto de California y levantaron a martillazos
un pueblo limpio y claro, a orillas de los canales de piedra. En las noches de los domingos
se iluminaban los vidrios rojos, azules y verdes de las iglesias, y desde la calle se oían los
himnos numerados. «Cantaremos ahora el 79.» «Cantaremos ahora el 94». Y en ciertas
casas se oía e duro repiqueteo de una máquina de escribir: el novelista estaba
trabajando; o no se oía ningún ruido: el ex vagabundo estaba trabajando. Parecía a veces
que un enorme terremoto hubiera arrancado de raíz una ciudad de lowa, y en un abrir y
cerrar de ojos u ciclón fabuloso se hubiera llevado a Marte toda la ciudad, y la hubiera
puesto allí sin una sacudida.
LOS MÚSICOS
Los niños daban largos paseos por el campo marciano. De cuando en cuando abrían
las olorosas bolsas de papel y metían allí las narices, y respiraban el penetrante aroma
del jamón y de los encurtidos con mayonesa y escuchaban el gorgoteo de la naranjada
gaseosa en las botellas tibias. Balanceaban las bolsas de comestibles, repletas de
cebollas verdes, acuosas y limpias, de olorosas salchichas, de roja salsa de tomate y de
pan blanco, y se desafiaban mutuamente a desobedecer las órdenes severas de las
madres. Corrían gritando:
- ¡El primero se lleva todo!
Paseaban en verano, en otoño o en invierno. En otoño era más divertido, pues
imaginaban entonces que arrastraban los pies entre las hojas otoñales de la Tierra.
Los niños de ojos de ágata azul, con las mejillas hinchadas de caramelos, lanzándose
órdenes teñidas de cebolla, se desparramaban como canicas sobre las calzadas de
mármol, a orillas de los canales.
Cuando llegaban a la ciudad muerta, a la ciudad prohibida, ya no era hora de gritar:
«¡El último que llegue es una mujer!» o «¡El primero que llegue hace de músico!». Las
puertas de la ciudad abandonada estaban abiertas para ellos y creían oír unos tenues
crujidos en el interior de las casas, como hojas de otoño. Avanzaban imponiéndose
silencio, unidos codo con codo, agitando sus Palos, recordando que sus padres les
habían dicho: «¡Allá no! ¡A ninguna de las ciudades viejas! Cuidado adónde vas. Recibirás
la paliza más grande de tu vida cuando vuelvas a casa. ¡Te miraremos los zapatos!».
Allí, en la ciudad muerta, un montón de niños, con sus meriendas a medio devorar, se
desafiaban los unos a los otros, con agudos cuchicheos.
- ¡Aquí no hay nada!
Y de pronto uno de ellos echaba a correr y entraba en la casa d piedra más próxima,
cruzaba la sala y entraba en el dormitorio sin mirar alrededor comenzaba a dar puntapiés
y a moverse con pasos arrastrados, y las hojas negras y quebradizas, finas como j rones
de un cielo de medianoche, volaban por el aire. Detrás d ese niño corrían otros seis, y el
primero hacía de músico, tocando los blancos huesos xilofónicos que yacían bajo los
copos cenicientos. Una enorme calavera aparecía a veces rodando, con una bola de
nieve, y los niños gritaban. Las costillas parecían patas de araña y lloraban como un arpa
de sonidos apagados, y lo negros copos de la mortalidad volaban alrededor de la
arrastrad danza de los niños. Se empujaban unos a otros y caían entre la hojas, en la
muerte que había transformado a los muertos en copos y sequedad, en un juego de niños
con estómagos donde goteaba la naranjada gaseosa.
Y salían de una casa para entrar en otra, y así visitaban diecisiete casas, recordando
que los horrores de todas las ciudades negra serían eliminados por los bomberos,
guerreros antisépticos arma dos de palas y cajones, apartando con las palas los andrajos
d ébano y las barras de menta de los huesos, separando lenta y eficazmente lo terrible de
lo normal. De modo que los niños tenía que jugar de prisa, ¡pues muy pronto llegarían los
bomberos!
Luego los niños, de rostros luminosos de sudor, mordisqueaban el último emparedado.
Y después de un puntapié final, de un último concierto de marimba, de una última
arremetida al montón de hojas otoñales, volvían a sus casas.
Las madres les examinaban los zapatos en busca de copos negros, y una vez
descubiertos, venían los baños calientes y las palizas paternas.
A fines de ese año, los bomberos habían rastrillado las hojas secas y los blancos
xilófonos, y se había acabado la diversión.
EL DESIERTO
Oh, el día feliz al fin ha llegado...
Era la hora del crepúsculo y Janice y Leonora preparaban infatigablemente el equipaje,
entonando canciones, comiendo algún bocado, y animándose mutuamente. Pero no
miraban la ventana, donde se apretaba la noche, y las estrellas eran brillantes y frías.
- ¡Escucha! - dijo Janice.
Parecía un buque de vapor río abajo, pero era un cohete en el cielo. Y más allá... ¿el
sonido de unos banjos? No, sólo los grillos de una noche de estío en este año 2003. Diez
mil sonidos en la ciudad y la atmósfera. Janice, cabizbaja, escuchaba. Hacía mucho,
mucho tiempo, en 1849, esta misma calle había hablado con voces de ventrílocuos,
predicadores, adivinos, doctores, jugadores, reunidos todos en esta misma ciudad de
Independence, Missouri, esperando a que se tostase la tierra húmeda y la alta marea de
la hierba creciese hasta sostener el peso de carros y carretas, los indiscriminados
destinos, y los sueños.
Oh, el día feliz al fin ha llegado,
y a Marte nos vamos, Señor,
cinco mil mujeres en el cielo,
una siembra abrileña, Señor.
- Es una vieja canción de Wyoming - dijo Leonora -. Le cambias las palabras y sirve
muy bien para 2003.
Janice alzó la cajita de píldoras alimenticias, imaginando las cargas que habían llevado
aquellas carretas, de anchos ejes y elevados asientos. Por cada hombre; cada mujer,
¡increíbles tonelajes! Jamones, tocino, azúcar, sal, harina, fruta, galleta, ácido cítrico,
agua, jengibre, pimienta... ¡una lista tan grande como el país!
Y ahora, aquí, unas píldoras que cabían en un reloj pulsera la alimentaban a una no
desde Fort Laramie a Hangtown sino a lo largo de todo un desierto de estrellas.
Abrió de par en par las puertas del armario y casi lanzó un grito.
La oscuridad y la noche y el espacio que separaba los astros la miraban desde dentro.
Años atrás su hermana la había encerrado en un armario, y en una fiesta, jugando al
escondite, había corrido por una cocina, hacia un vestíbulo largo y sombrío. Pero no era
un vestíbulo. Era una escalera a oscuras, una boca de sombra. Había corrido en el aire,
agitando los pies, gritando y cayendo. Cayendo en una negrura de medianoche. Un
sótano. Tardó mucho, un latido, en caer. Y había estado ahogándose mucho, mucho
tiempo, en aquel armario, sin luz, sin amigos, sin nadie que oyera sus voces. Apartada,
encerrada en la oscuridad. Cayendo en la oscuridad. Chillando.
Los dos recuerdos.
Ahora, abiertas de par en par las puertas del armario (la oscuridad como una colgada
mortaja de terciopelo que espera el roce de una mano temblorosa; la oscuridad como una
pantera negra que respiraba allí dentro, que la miraba con ojos opacos) los dos recuerdos
la asaltaron otra vez. El espacio y una caída. El espacio y el encierro. Los chillidos.
Habían trabajado sin descanso, empaquetando, apartando los ojos de la ventana y la
terrible Vía Láctea y la inmensidad vacía. Pero el armario tan familiar, con su noche
privada, les recordaba al fin su destino.
Así sería, allá fuera, entre los astros, en la noche, en el espantoso armario cerrado,
chillando, sin que nadie oyera. Cayendo para siempre entre nubes de meteoros y cometas
impíos. Cayendo por la abertura del ascensor. Cayendo por la boca de pesadilla de la
carbonera, hacia la nada...
Janice gritó, y el grito se volvió sobre sí mismo, en su cabeza y su pecho. Gritó. Cerró
de un golpe la puerta del armario. Se apoyó contra ella. Sintió que la oscuridad respiraba
y se agolpaba detrás de la puerta, y la sostuvo firmemente, con los ojos húmedos. Se
quedó así mucho tiempo, mirando trabajar a Leonora, hasta que terminaron los temblores.
Y la histeria, así ignorada, fue escurriéndose poco a poco. En la habitación se oyó el tictac
de un reloj pulsera, con un claro sonido de normalidad.
- Noventa millones de kilómetros. - Janice se acercó al fin a la ventana como si fuese
un pozo profundo. - No puedo creer que unos hombres, en Marte, esta noche, levanten
ciudades, esperándonos.
- Embarcaremos mañana, no hay más que creer. Janice extendió un camisón blanco
como un fantasma.
- Raro. Raro... casarse... en otro mundo.
- Acostémonos.
- ¡No! La llamada es a medianoche. No dormiría pensando cómo decirle a Will que iré a
Marte. Oh, Leonora, piénsalo, mi voz viajando noventa millones de kilómetros por el
teléfono luz. Cambio de parecer tan rápidamente... Tengo miedo.
- Nuestra última noche en la Tierra.
Ahora que lo sabían y lo aceptaban, el conocimiento las encontraba afuera. Se iban, y
no volverían jamás. Dejaban la ciudad de Independence, en el Estado de Missouri, en el
continente americano, rodeado por un océano, el Atlántico, y por otro, el Pacifico. Y
ningún océano aparecería en los marbetes del equipaje. Habían escapado a este último
conocimiento. Ahora se enfrentaban con él. Y se sentían aturdidas..
- Nuestros hijos no serán americanos, ni siquiera terrestres. Seremos todos marcianos,
hasta el fin de nuestros días.
- ¡No quiero ir! - gritó Janice de pronto.
El pánico la invadió con hielo y fuego.
- ¡Tengo miedo! ¡El espacio; la oscuridad, el cohete, los meteoros! ¡Nada alrededor!
¿Por qué he de ir?
Leonora la tomó, por los hombros y la apretó contra su cuerpo, acunándola.
- Es un nuevo mundo. Como en los viejos días. Los hombres primero, y luego las
mujeres.
- ¡Por qué, por qué he de ir, dime!
- Porque - dijo al fin Leonora, serenamente, sentándola en la cama - Will está allá
arriba.
Era bueno oír ese nombre. Janice se tranquilizó.
- Los hombres lo hacen todo tan difícil - dijo Leonora -. Antes cuando una mujer corría
trescientos kilómetros detrás de un hombre llamaba la atención. Luego fueron mil
kilómetros. Y ahora todo un universo. Pero eso no podrá detenernos, ¿no es verdad?
- Temo parecer una tonta en el cohete.
- Seré una tonta contigo. - Leonora se incorporó. - Bueno, recorramos la ciudad.
Veamos todo una última vez.
Janice miró la ciudad.
- Mañana de noche, todo seguirá aquí menos nosotras. La gente despertará, comerá,
trabajará, dormirá, despertará otra vez, y nosotras no lo sabremos.
Leonora y Janice se movieron por el cuarto como si no pudiesen encontrar la puerta.
- Vamos.
Abrieron la puerta, apagaron las luces, salieron, y cerraron.
En el cielo había muchas idas y venidas. Vastos movimientos florales, grandes silbidos
y chirridos, descendentes tormentas de nieve. Helicópteros, copos blancos, que bajaban
en silencio. Del este y el oeste y el norte y el sur llegaban las mujeres con los corazones
guardados en las valijas, envueltos cuidadosamente en papel de seda. Chubascos de
helicópteros cubrían el cielo nocturno. Los hoteles estaban llenos; se armaban camas en
las casas privadas; ciudades de lona se alzaban en jardines y prados como flores raras y
feas, y en la ciudad y el campo había una tibieza mayor que la del verano. La tibieza de
los rostros rosados de las mujeres y las caras tostadas de los hombres que miraban el
cielo. Más allá de las colinas los cohetes probaban sus fuegos, y el sonido de un órgano
gigantesco estremecía los cristales y los huesos escondidos. En las mandíbulas, en los
dedos de los pies y las manos se sentía el mismo temblor.
Leonora y Janice se sentaron en la cafetería entre mujeres extrañas.
- Están muy lindas esta noche, pero parecen tristes - dijo el hombre detrás del
mostrador.
- Dos chocolates malteados.
Leonora sonrió por las dos. Janice parecía muda.
Miraron la bebida de chocolate como si fuese la rara pintura de un museo. La malta
escasearía durante años, en Marte.
Janice buscó en su cartera, sacó lentamente un sobre, y lo puso en el mostrador de
mármol.
- Es una carta de Will. Vino en el cohete correo hace dos días. Esto me decidió. No te
lo dije. Quiero, que la veas ahora. Vámos, lee.
Leonora. sacudió el sobre, sacó la nota, y la leyó en voz alta.
« Querida Janice. Esta es nuestra casa si, decides venir a Marte. Will.»
Leonora golpeó otra vez el sobre y una, imagen en colores surgió en el dorso. Era la
fotografía de una casa oscura, musgosa, antigua, de color castaño; una casa cómoda,
con flores rojas y un cerco verde y fresco, y una enredadera velluda en el porche.
- ¡Pero Janice!
- ¿Qué?
- ¡Es una fotografía de tu casa, aquí en la Tierra, aquí en la calle Elm!
- No. Mira.
Y miraron otra vez, juntas, y a ambos lados de la oscura y cómoda casa, y detrás de
ella, había un escenario qué no era terrestre. El suelo era de un raro color violeta, y la
hierba de un rojizo pálido, y el cielo brillaba como un diamante gris, y un extraño árbol
torcido crecía a un costado, como una vieja con cristales en la cabeza canosa.
- Es la casa que Will construyó para mí - dijo Janice - en Marte. Ayuda mirarla. Todo el
día de ayer, antes de decidirme, y cuando sentía más miedo, sacaba la fotografía y la
miraba.
Las dos mujeres contemplaron la casa cómoda y oscura a noventa millones de
kilómetros; familiar, pero extraña, vieja, pero nueva, con una, luz amarilla en la ventana
del vestíbulo.
- Ese hombre, Will - dijo Leonora moviendo, la cabeza -, sabe lo que hace.
Terminaron las bebidas. Afuera una multitud desconocida iba de un lado a otro, y la
«nieve» caía persistentemente en el cielo de verano.
Compraron muchas cosas tontas para llevar: paquetes de caramelos de limón,
lustrosas revistas femeninas; perfumes frágiles (que los oficiales del puerto decidieran,
luego lo que era «carga esencial»), y caminaron por la ciudad, y, sin preocuparse por el
dinero; alquilaron dos chaquetas ceñidas, dos máquinas que vencían la gravedad e
imitaban el vuelo de las mariposas, y tocaron los delicados dispositivos y sintieron que
flotaban como los blancos pétalos de un capullo.
- A cualquier parte - dijo Leonora -. A cualquier parte.
Dejaron que el viento las arrastrara, dejaron que el viento las llevara a través de la
noche perfumada de manzanos, y la noche de cálidos preparativos, sobre la ciudad
encantadora, sobre las casas de la infancia y otros días, sobre escuelas y calles, sobre
los arroyos y granjas y prados tan familiares, donde los granos de trigo parecían monedas
de oro. Flotaron como deben de flotar las hojas ante la amenaza de un viento incendiado,
con murmullos de advertencia, y relámpagos de estío que estallan entre recogidas
colinas. Vieron el polvo lechoso de los caminos por donde habían paseado en
helicópteros a la luz de la luna, en grandes espirales de sonido que descendían a las
grillas de frescas corrientes nocturnas, con jóvenes que ahora no estaban allí.
Flotaron en un inmenso suspiro sobre una ciudad ya remota, una ciudad que se
hundía, detrás de ellas, en un río negro, y subía, ante ellas, en una marea de luces y
color, intocable. Un sueño, ahora, ya manchado por la nostalgia, con temibles recuerdos
que se alzaban demasiado pronto.
Flotando serenamente, remolineando, miraron en secreto un centenar de queridos
amigos que dejaban atrás, gente a la luz de las lámparas y encuadrada por ventanas que
parecían moverse con el viento. No hubo árbol en que no buscaran viejas confesiones de
amor, grabadas allí y marchitas; no hubo acera que no recorrieran deslizándose como
sobre campos de mica. Por primera vez advirtieron que la ciudad era hermosa, y que las
luces solitarias y los antiguos ladrillos eran hermosos, y sintieron que los ojos se les
agrandaban, ante aquella fiesta. Todo flotaba en un tiovivo nocturno, con entrecortadas
ráfagas de música, y voces que llamaban y murmuraban desde casas hechizadas
blancamente por la televisión.
Las dos mujeres pasaron como agujas, tejiendo con su perfume un árbol y el próximo.
Tenían los ojos ya colmados, y sin embargo siguieron recogiendo todos los detalles, todas
las sombras, todos los robles y álamos, todos los coches que pasaban, y los corazones.
Siento como si estuviese muerta; pensó Janice, en el cementerio, en una noche
primaveral, y todo viviese, menos yo, y todos se movieran, dispuestos a continuar la vida
sin mí. En otras primaveras, cuando era muy joven, pasaba por el cementerio y lloraba.
Había muertos, y eso me parecía injusto. En noches tan suaves como ésta me sentía
viva, y culpable. Y ahora, aquí, esta noche, siento que me han sacado del cementerio y
me dejan pasear para que vea una vez más cómo es la vida. Cómo es una ciudad, y la
gente, antes, que me cierren la puerta en la cara.
Dulcemente, dulcemente, como dos linternas de papel en el viento de la noche, las
mujeres pasaron sobre sus vidas y los prados donde brillaban las ciudades de lona, y los
camiones que correrían hasta el alba. Bajaron y subieron sobre todo durante mucho
tiempo.
El reloj de los Tribunales daba sonoramente las doce menos cuarto cuando las dos
mujeres descendieron de las estrellas, como telas de araña, frente a la casa de Janice. La
ciudad dormía, y la casa las esperaba para que buscaran allí su sueño, que no estaba allí.
- ¿Somos realmente nosotras? - preguntó Janice. - Janice Smith y Leonora Holmes en
el año 2008?
- Sí.
Janice se humedeció los labios, enderezándose.
- Me gustaría que fuese otro año.
- ¿1492? ¿1612? - Leonora suspiró y el viento en los árboles suspiró con ella,
alejándose. - Siempre es el día de Colón, o el día de la roca de Plymouth, y maldita sea si
sé qué deben hacer las mujeres.
- Quedarse solteras.
- O hacer lo que hacemos.
Abrieron la puerta de la casa tibia, mientras los sonidos de la ciudad morían para ellas.
Cerraban la puerta, cuando sonó el teléfono.
- ¡La llamada! - gritó Janice, corriendo.
Leonora entró en la alcoba detrás de ella, y ya Janice había levantado el receptor y
decía:
- ¡Hola! ¡Hola!
Y el operador de una lejana ciudad preparó el inmenso aparato que uniría dos mundos,
y las dos mujeres esperaron, una sentada y pálida, la otra de pie, pero igualmente pálida,
inclinada hacia ella.
Hubo una larga pausa, llena de astros y tiempo, una pausa de espera no muy distinta
de los tres últimos años. Y ahora había llegado el momento, y le tocaba a Janice llamar a
través de millones y millones de meteoros y cometas, alejándose del sol amarillo que
podía disolver o quemar sus palabras, o chamuscar su sentido. La voz de Janice sería
como una aguja de plata, a través de todo, en la noche enorme, con puntadas de
conversación, reverberando sobre las lunas de Marte, y más allá. Y la voz alcanzaría al
hombre en un cuarto de una ciudad de otro mundo, luego de cinco minutos. Y éste era su
mensaje:
- Hola, Will. Janice te habla.
La muchacha tragó saliva.
- Dicen que no tengo mucho tiempo. Un minuto.
Cerró los ojos.
- Quisiera hablarte despacio, pero me indicaron que hablara de prisa, y lo dijese todo
de una vez. Así que..., esto quiero decirte: Lo he decidido, iré allá arriba. Saldré en el
cohete de mañana. Iré allá arriba contigo al fin y al cabo. Y te quiero, espero que me
oigas. Te quiero. Ha pasado tanto tiempo...
¿Qué me dirá Will? ¿Qué me dirá en su minuto de tiempo?, se preguntó. Jugueteó con
su reloj pulsera y el receptor del teléfono luz crujió en su oído y el espacio le habló con
danzas y bailes eléctricos y audibles auroras.
- ¿Contestó Will? - susurró Leonora.
- Calla - dijo Janice doblándose sobre sí misma, como si sé sintiera enferma.
Y en seguida la voz de Will llegó del espacio..
- ¡Lo oigo! - gritó Janice.
- ¿Qué dice?
La voz llamó desde Marte y pasó por lugares donde no había amaneceres ni tardes,
sino siempre la noche con un sol ardiente en la oscuridad. Y en alguna parte, entre Marte
y la Tierra todo el mensaje se perdió, barrido quizá por la gravedad eléctrica de algún
meteoro, o interferido por la lluvia de meteoritos de plata. De cualquier modo,
desaparecieron las palabras pequeñas, las palabras poca importantes, y la voz de Will
llegó diciendo solamente:.
-...amor...
Luego otra vez la inmensa noche, y el sonido de las estrellas que giraban en el cielo, y
los soles que se susurraban a sí mismos, y el sonido del corazón de Janice, como otro
mundo en el espacio.
- ¿Lo oíste? - preguntó Leonora.
Janice sólo pudo mover afirmativamente la cabeza.
- ¿Qué dijo, qué dijo? - gritó Leonora.
Pero Janice no podía decírselo a nadie; era demasiado hermoso para decirlo. Allí se
quedó, escuchando una y otra vez esa única palabra, tal como la devolvía su memoria. Se
quedó escuchando mientras Leonora le sacaba el teléfono y lo ponía otra, vez en la
horquilla.
Luego se fueron a la cama y apagaron las luces y el viento nocturno sopló a través de
los cuartos trayendo el aroma de largos viajes por la oscuridad y las estrellas. Y hablaron
del día siguiente, y de los días que vendrían, que no serían días, sino días-noches de un
tiempo intemporal. Las voces se apagaron al fin, hundiéndose en el sueño o el
pensamiento, y Janice quedó sola.
¿Así fue hace un siglo, se preguntó, cuando las mujeres, la noche antes, se
preparaban a dormir, o no se preparaban, en los pueblos del Este, y escuchaban el ruido
de los caballos en la noche, y el crujido de las carretas, y el rumiar de los bueyes bajo los
árboles, y el llanto de los niños acostados antes de hora? ¿Y los ruidos de llegadas y
partidas en los bosques profundos y los campos, y los herreros que trabajaban en sus
rojos infiernos. en la medianoche? ¿Y el aroma de los jamones y tocinos preparados para
el viaje, y la pesadez de las carretas como barcos repletos de víveres, con agua en los
barriles para volcar y derramar en las praderas, y las histéricas gallinas en los canastos, y
los perros que corrían adelantándose por el desierto y que volvían asustados con la
imagen del espacio vacío en los ojos? ¿Es ahora como antes? A orillas del precipicio, en
los bordes del acantilado de estrellas. Antes el olor del búfalo, y ahora el olor del cohete.
¿Es ahora como antes?
Y Janice decidió, mientras el sueño la invadía con sus propias visiones, que sí, de
veras, sí irrevocablemente, así había sido siempre y así seguiría siendo.
UN CAMINO A TRAVÉS DEL AIRE
- ¿Te enteraste?
- ¿De qué?
- ¡Los negros, los negros!
- ¿Qué les pasa?
- Se marchan, se van, ¿no lo sabes?
- ¿Qué quieres decir? ¿Cómo pueden irse?
- Pueden irse. Se irán. Se van ya.
- ¿Una pareja?
- Todos los que hay en el Sur.
- No.
- Sí.
- Imposible. No lo creo. ¿Adónde? ¿A África?
Silencio.
- A Marte.
- ¿Quieres decir al planeta Marte?
- Exactamente.
Las figuras de los hombres se alzaban en la sombra cálida del porche de la ferretería.
Uno de ellos dejó de encender una pipa. Otro escupió en el polvo ardiente y luminoso.
- No pueden irse. No pueden hacerlo.
- Pues sin embargo se van.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo dicen en todas partes. Hace un minuto lo dijo la radio.
Como una hilera de estatuas polvorientas, los hombres se animaron.
Samuel Teece, el propietario de la ferretería, rió nerviosamente.
- Me pregunto qué le habrá pasado a Silly. Lo mandé con mi bicicleta hace ya una hora.
Todavía no ha vuelto de casa de la señora Bordman. ¿Creen ustedes que ese negro tonto
se habrá ido a Marte pedaleando?
Los otros gruñeron.
- Mejor será que me devuelva la bicicleta. No digo más, sí, señor. Por Dios, no permitiré
que nadie me robe.
- ¡Oigan!
Irritados, los hombres se volvieron, tropezando unos con otros.
Las aguas negras y cálidas descendían desde lo alto de la calle e inundaban el pueblo,
como si se hubiera roto un dique. La marea negra corría entre las resplandecientes
riberas blancas de las casas, entre los silencios de los árboles. Avanzaba espesamente,
como una melaza de verano, sobre la canela polvorienta del camino; avanzaba
lentamente, lentamente, y era hombres y mujeres y caballos y perros alborotados, y niños
y niñas. Y de las bocas de la gente que formaba aquella marea, salía un sonido de río. Un
río de verano que iba a alguna parte, sonoro e irrevocable. Y en ese caudal sombrío, lento
y continuo, que atravesaba el blanco resplandor del verano, se veían unas vivas
pinceladas de un blanco alerta: los ojos, los ojos de marfil que miraban adelante y a los
lados, mientras el río, el largo e interminable río, entraba en un cauce nuevo. Con
innumerables afluentes, con arroyos de animado color, se había formado una corriente
madre que no dejaba de crecer. Y flotando entre las olas iban las cosas que se llevaba al
río: relojes de pared con ruidosos carillones, relojes de cocina de sonoro tictac, gallinas
enjauladas que protestaban cacareando, y bebés que lloriqueaban, y nadando entre los
espesos remolinos iban mulas y gatos, colchones con los muelles al aire y las crines
revueltas y enloquecidas, y cajas y canastos, y retratos de oscuros abuelos en marcos de
roble... El río pasaba, y los hombres estaban ahí en el porche, como nerviosos perros de
presa - era demasiado tarde para reparar el dique -, con las manos vacías.
Samuel Teece no quería creerlo.
- ¿Cómo diablos van a viajar? ¿Cómo van a llegar a Marte?
- En cohetes - dijo el viejo Quartermain.
- ¡Malditos aparatos! Pero ¿de dónde los habrán sacado?
- Ahorraron dinero y los construyeron.
- No sabía nada.
- Parece que estos negros guardaron el secreto, y los armaron ellos mismos... Quizás
en África.
- ¿Y pueden hacerlo? - preguntó Samuel Teece, paseándose por el porche -. ¿No hay
una ley?
- No es lo mismo que si declarasen la guerra - dijo el viejo en voz baja.
- ¿De dónde van a partir esos malditos conspiradores? - exclamó.
- Los negros del pueblo están citados en el lago Loon. Los cohetes estarán allí a la una;
los recogerán y los llevarán a Marte.
- ¡Telefoneen al gobernador, llamen a la milicia! - gritó Teece - ¡No pueden irse sin
avisarnos!
- Ahí viene su mujer, Teece.
Los hombres se volvieron otra vez.
Calle abajo, en la luz ardiente y sin viento, apareció primero una mujer blanca y luego
otra, y todas traían unas caras de asombro, y todas susurraban como papeles viejos.
Algunas lloraban, otras estaban serias. Todas venían en busca de sus maridos.
Empujaban las puertas de vaivén y desaparecían en las tabernas. Entraban en los
almacenes frescos y silenciosos. Se metían en las droguerías y en los garajes. Y una de
ellas, la señora Clara Teece, se detuvo al pie del porche de la ferretería, en el polvo de la
calle, y miró parpadeando a su tieso y enfurecido marido mientras el caudaloso río negro
fluía detrás.
- Es Lucinda, Sam. ¡Tienes que venir a casa!
- ¡No me moveré por una condenada negra!
- Se va. ¿Qué haré sin ella?
- Te las arreglarás. Yo no voy a pedirle de rodillas que se quede.
- Pero es casi de la familia - gimoteó la señora Teece.
- ¡No grites! Lloriqueando así en público por culpa de una maldita...
La mujer sollozó débilmente y Teece se calló.
- Me cansé de decirle: «Lucinda, quédate y te subiré el sueldo - comenzó a recitar la
señora Teece secándose los ojos -. Tendrás dos noches libres por semana, si quieres».
Pero estaba realmente decidida. Nunca la vi así. Y entonces le dije: «¿No me quieres,
Lucinda?». Y ella me dijo que sí, pero que tenía que irse pues así eran las cosas. Limpió
la casa, preparó el almuerzo, lo sirvió, y luego apareció en la puerta de la sala, y allí
estaba con dos paquetes en el suelo, junto a ella, uno a cada lado, y me dio la mano y me
dijo: «Adiós, señora Teece». Y se fue. Allá quedó el almuerzo sobre la mesa, y todos tan
aturdidos que ni siquiera lo probamos. Todavía estará allí. La última vez que lo miré, ya
estaba casi frío.
Teece tuvo ganas de pegarle.
- Maldición, señora Teece, váyase a casa. ¡Qué espectáculo está dando!
- Pero, Sam...
Teece entró a grandes trancos en la cálida oscuridad de la tienda. Un instante después
reapareció con un revólver plateado en la mano.
La señora Teece se había ido.
El río fluía oscuramente entre los edificios, susurrando, crujiendo, con un constante y
apagado ruido de pasos, con un movimiento decidido y tranquilo, sin risas, sin gestos,
como una corriente interminable, firme y decidida.
Teece se sentó en el borde de la silla de madera.
- Si alguno de ellos se atreve a reírse, ¡por Cristo que lo mato!
Los hombres esperaron.
El río pasaba lentamente en el somnoliento mediodía.
- Parece que tendrás que cosechar tus propios nabos, Sam Teece - rió el viejo
Quartermain entre dientes.
- También puedo acertarle a algún blanco - replicó Teece sin mirar al viejo.
El viejo volvió la cabeza y cerró la boca.
- ¡Un momento! - Samuel Teece saltó del porche, alargó un brazo y agarró las riendas
de un caballo montado por un negro -: ¡Tú, Belter, bájate!
- Sí, señor.
Belter desmontó.
Teece lo miró de arriba abajo.
- ¿Qué crees que estás haciendo?
- Mire, señor Teece...
- Supongo que piensas irte... ¿Cómo dice esa canción? «Camino arriba, a través del
aire», ¿no es así?
- Sí, señor.
El negro esperó.
- ¿Recuerdas que me debes cincuenta dólares, Belter?
- Sí, señor.
- ¿Y quieres escaparte? ¡Te mataré a latigazos!
- Con toda esa agitación, se me había olvidado, señor.
- Se le había olvidado... - Teece echó un guiño malicioso a los hombres que estaban en
el porche -. Maldito seas, muchacho, ¿sabes lo que vas a hacer?
- No, señor.
- Pues vas a trabajar hasta pagarme esos cincuenta dólares, o no me llamo Samuel W
Teece.
Y se volvió con una confiada sonrisa hacia los hombres sentados a la sombra.
Belter miró el río que corría por la calle, el río oscuro que pasaba y pasaba entre las
tiendas, el río oscuro que se deslizaba sobre ruedas, caballos y zapatos polvorientos, el
río oscuro del que había sido arrebatado. Se estremeció.
- Déjeme ir, señor Teece. Le mandaré el dinero desde allá arriba, ¡se lo prometo!
- Escucha, Belter - dijo Teece tomando al negro por los tirantes, como si fueran dos
cuerdas de arpa, jugando con ellos de vez en cuando, mirando el cielo con aire de
desprecio y burla, y alzando un dedo huesudo, que apuntaba directamente a Dios -.
Belter, ¿sabes lo que te espera allá arriba?
- Sólo sé lo que me han dicho.
- ¡Sólo lo que le han dicho! ¡Cristo! ¿Han oído? ¡Sólo lo que le han dicho! - Hamacó al
negro, sosteniéndolo por los tirantes, ociosamente, distraídamente, sacudiendo un dedo
bajo la cara negra -. Subirás y subirás como un petardo en la noche del cuatro de julio, y
luego, ¡pum! Y allá estarás tú, unas pocas cenizas desparramadas en el espacio. Esos
chiflados hombres de ciencia, no saben nada, ¡los matarán a todos!
- No me importa.
- Me alegro. Porque ¿sabes qué hay allá, en ese planeta Marte? ¡Monstruos de ojos
saltones y ensangrentados como hongos! ¡No los viste en esas revistas de cuentos del
futuro que compras en la droguería por una moneda? Eh, ¿no los viste? Bueno, ¡esos
monstruos se te echarán encima y te devorarán hasta los tuétanos!
- No me importa, no me importa nada.
Belter miraba a los que desfilaban por la calle alejándose. El sudor le brillaba sobre la
frente oscura. Parecía a punto de desmayarse.
- Y además allá arriba hace frío. No hay aire. Caerás, retorciéndote como un pescado,
boqueando, y te ahogarás y te ahogarás hasta morir. ¿Te gusta eso?
- Hay muchas cosas que no me gustan, señor. Por favor, señor, déjeme in Se me hace
tarde.
- Te dejaré ir cuando esté dispuesto a dejarte in Seguiremos charlando amablemente y
ya te diré cuándo puedes irte. Ya lo sabes. Quieres viajar, ¿no es cierto? Muy bien, señor
camino a través del aire, ¡largo para casa!, ¡y a trabajar hasta que me pagues los
cincuenta dólares! ¡Te llevará dos meses!
- Pero si me quedo a trabajar perderé el cohete, señor.
Teece puso una cara triste.
- ¿No es una lástima?
- Le doy mi caballo, señor.
- El caballo no es un pago legal. No, no te vas hasta que tenga mi dinero.
Teece rió entre dientes satisfecho y feliz.
Un grupo de gente negra se había reunido a escucharlos. Belter, cabizbajo, temblaba
de pies a cabeza y un viejo dio un paso adelante.
Teece le echó una breve mirada.
- ¿Qué pasa?
- ¿Cuánto le debe este hombre, señor?
- Nada que te interese.
El viejo miró a Belter.
- ¿Cuánto, hijo?
- Cincuenta dólares.
El viejo abrió las negras manos y miró a la gente de alrededor.
- Sois veinticinco. Que cada uno dé dos dólares. Pronto, no es momento de discutir.
- ¡Eh, un momento! - exclamó Teece poniéndose tieso, y erguido, muy erguido.
Aparecieron los dólares. El viejo los metió dentro de su sombrero y se los dio a Belter.
- Hijo - comentó -, no perderás el cohete.
Belter miró sonriendo dentro del sombrero.
- No, señor, me parece que no.
- ¡Devuélveles ese dinero! - gritó Teece.
Belter se inclinó respetuosamente, tendiéndole el dinero. Teece no se movió. Belter
depositó el dinero en el polvo, a los pies de Teece.
- Ahí está su dinero, señor - dijo -. Muchísimas gracias.
Sonriendo, montó en el caballo, lo hizo avanzar y le dio las gracias al viejo, que cabalgó
con él hasta que se alejaron y desaparecieron.
- Hijo de perra - murmuraba Teece mirando ciegamente al sol -. Hijo de perra.
- Recoge el dinero, Samuel - dijo alguien desde el porche.
Escenas similares se repetían a lo largo del camino. Niños blancos, descalzos, traían
corriendo las noticias.
- Los que tienen, ayudan a los que no tienen. ¡Y así todos pueden irse! Vimos a un rico
que le daba a otro diez dólares, cinco dólares, dieciséis dólares, montones de dólares, ¡en
todas partes, todos!
Los blancos sentían un gusto amargo en la boca; cerraban los ojos hinchados como si
el viento, la arena y el calor les hubiera golpeado las caras.
Samuel Teece estaba furioso. Subió al porche y contempló el enjambre en marcha.
Sacudió el revólver. De pronto, no pudo más y se puso a gritarle a cualquiera, a cualquier
negro que levantase los ojos hacia él.
- ¡Pum! ¡Otro cohete estalla en el espacio! - gritó para que todos pudieran oírlo. Las
oscuras cabezas seguían impasibles, pero los ojos blancos miraban a un lado y a otro -.
¡Crac! ¡Caen todos los cohetes! ¡Gritos! ¡Muertes! ¡Pum! ¡Dios Todopoderoso, cuánto me
alegra estar aquí, pisando tierra firme! Como dice el viejo chiste, cuanto más firme, menos
tierra. ¡Ja, ja!
Los caballos pasaban levantando el polvo de la calle. Los carros traqueteaban sobre
muelles rotos.
- ¡Pum! - La voz de Teece clamaba solitaria en medio del calor, como si quisiera
atemorizar al polvo o al deslumbrante cielo soleado -. ¡Pam! ¡Negros por todo el espacio!
¡Despedidos fuera de los cohetes como pececitos golpeados por un meteoro! ¡Dios Santo!
El espacio está inundado de meteoros, ¿no lo sabíais? ¡Claro que si! Y los gruesos
perdigones entran en los cohetes de lata, y los cohetes caen como patos o estallan en
pedazos como pipas de yeso, o latas de sardinas en aceite y bacalao negro! ¡Pum! ¡Pam!
¡Pum! ¡Golpeándose como ristras de pimientos verdes! Diez mil muertos por aquí. Diez
mil muertos por allá. Flotan en el espacio, alrededor y alrededor de la Tierra, siempre y
para siempre, helados y muy lejos ¡Señor! ¿Me oís vosotros ahí?
Silencio. El río era ancho y espeso. Había entrado en todas las chozas de la plantación
durante una hora, y se había llevado todos los objetos de valor, y arrastraba ahora los
relojes, las tablas de lavar, las piezas de seda y las varillas de las cortinas hacia algún
mar oscuro y lejano.
La marea descendió. Eran las dos de la tarde. Vino la marea baja. El río se secó, el
pueblo calló, y una capa de polvo cubrió las tiendas, los hombres sentados y los árboles
altos y calientes.
Silencio.
Los hombres sentados en el porche escucharon atentamente. No oyeron nada y
extendieron la imaginación y los pensamientos hacia los prados cercanos donde en las
primeras horas del día habían resonado los ecos familiares. Aquí y allá, con la obstinada
persistencia de la costumbre, había habido voces que cantaban, risas dulces bajo las
ramas de las mimosas, risas cristalinas a orillas del arroyo, figuras que se movían e
inclinaban en los campos, y bajo la sombra fresca y verde de la parra, bromas y gritos de
alegría.
Y ahora, como si un huracán se hubiera llevado los ruidos de la Tierra, no había nada.
Puertas esqueléticas colgaban de los goznes de cuero, y los neumáticos de los columpios
pendían en la tarde apacible. No había nadie en las orillas rocosas del río, donde antes se
reunían las lavanderas, y en los huertos abandonados el sol calentaba los licores ocultos
de las sandías. Las arañas comenzaron a tejer nuevas telas en las chozas abandonadas,
y el polvo entró en motas doradas por los techos agujereados. Aquí y allá, una débil
hoguera, olvidada en las últimas prisas, crecía de pronto, alimentándose con los huesos
secos de una desordenada cabaña. El ligero crepitar de las llamas se elevaba en el aire
tranquilo.
Los hombres seguían sentados en el porche de la ferretería, sin parpadear, con las
gargantas resecas.
- No comprendo por qué se van ahora. Las cosas mejoran, es indudable. Todos los
días tienen nuevos derechos. En fin, ¿qué quieren? Han quitado el impuesto electoral y
hay cada vez más estados que aprueban leyes contra el linchamiento y la discriminación.
¿Qué más quieren? Ganan casi tanto dinero como los blancos, y sin embargo se van.
En el extremo de la calle desierta, apareció una bicicleta.
- ¡Teece, mira, ahí viene Silly!
La bicicleta se detuvo frente al porche. La montaba un negrito de diecisiete años, todo
brazos y pies y piernas largas, y cabeza redonda de sandía. Miró a Samuel Teece y
sonrió.
- Ah, has vuelto. No tenías la conciencia tranquila - dijo Teece.
- No, señor. Sólo vengo a traerle la bicicleta.
- ¿Qué pasó? ¿No cabía en el cohete?
- No es eso, señor.
- ¡No me digas lo que es! ¡Fuera de aquí! ¡No permitiré que me robes! - Dio un
empellón al muchacho. La bicicleta cayó -. Métete dentro y empieza a limpiar los bronces.
- ¿Cómo dice? - preguntó Silly abriendo los ojos.
- Ya me oíste. Hay que desembalar unos fusiles y acaba de llegar un cajón de clavos
de Natchez...
- Señor Teece...
- Y hay que arreglar una caja de martillos...
- Señor Teece...
Teece lo miró furiosamente.
- ¡Todavía estás ahí!
- Señor Teece, si usted me diera permiso para no trabajar hoy.. - dijo el muchacho
como disculpándose.
- Ni tampoco mañana, ni pasado mañana, ni todos los demás días - dijo Teece.
- Temo que así sea, señor.
- Haces bien en temerlo. Ven aquí. - Hizo que el muchacho atravesase el porche y sacó
un papel de un escritorio -. ¿Te acuerdas de esto?
- Señor..
- Es tu contrato. Tú mismo lo firmaste. Esta cruz es tuya, ¿no es así? Contesta.
- Yo no firmé eso, señor Teece. Cualquiera puede hacer una cruz.
El muchacho temblaba.
- Escúchame, Silly: «Contrato. Trabajaré con el señor Samuel Teece durante dos años
a partir del quince de julio del año dos mil uno, y si decido irme le avisaré con cuatro
semanas de anticipación y seguiré trabajando hasta que otro ocupe mi puesto». Ya lo
oyes. - Y Teece golpeaba el papel, con los ojos brillantes -. ¿Buscas dificultades? Bien,
llevaremos el asunto a la justicia.
- No puedo, señor - gimió el muchacho, y unas lágrimas le rodaron por la cara -. Si no
voy hoy, no iré nunca.
- Comprendo lo que sientes, Silly. Sí, muchacho, te compadezco. Pero te trataremos
bien y te daremos buena comida, muchacho. Ahora, entras, te pones a trabajar, y olvidas
todas esas tonterías, ¿eh, Silly? Claro que sí.
Teece sonrió con una mueca y palmeó el hombro del negrito.
Silly se volvió y miró a los hombres que estaban sentados en el porche. Apenas podía
ver ahora, cegado por las lágrimas.
- Quizá... Quizás alguno de esos señores...
Los hombres alzaron lentamente la cabeza en las sombras calurosas, inquietas, y
miraron primero al muchacho y después a Teece.
- ¿Acaso estás pensando que un hombre blanco va a ocupar tu puesto, muchacho? -
preguntó Teece fríamente.
El viejo Quartermain sacó las manos rojas de encima de las rodillas, contempló
pensativo el horizonte y dijo:
- Teece, ¿sirvo yo?
- ¿Qué?
- Tomo el puesto de Silly.
Todos callaron. Teece se balanceó en el aire.
- Abuelo - dijo en tono de advertencia.
- Deja que el muchacho se vaya. Yo limpiaré los bronces.
- ¿Lo haría usted, lo haría usted, de veras?
Silly corrió hacia el viejo, riéndose, con lágrimas en las mejillas, incrédulo.
- Claro que sí.
- Abuelo - dijo Teece -, no te metas.
- Teece, déjalo ir.
Teece se adelantó y tomó al muchacho por el brazo.
- Es mío. Lo encerraré en el cuarto del fondo hasta la noche.
- ¡No, señor Teece!
El muchacho se echó a llorar, con los ojos apretados, y el llanto llenó al aire del porche.
En el extremo de la calle apareció un Ford destartalado con una última carga de gente de
color.
- Ahí viene mi familia, señor Teece. ¡Por favor! ¡Por favor, señor Teece!
- Teece - dijo un hombre del porche, levantándose -, déjalo ir.
- Opino lo mismo, Teece - dijo otro incorporándose también.
- Y yo - dijo un tercero.
- ¿Qué pretendes, Teece? - Todos los hombres hablaban ahora -. Suéltalo.
- Déjalo ir.
Teece metió la mano en un bolsillo, buscando el arma. Vio las caras de los otros
hombres y sacó la mano vacía.
- ¿Conque esas tenemos?
- Así es - dijo uno.
Teece soltó al muchacho.
- Muy bien, vete. - Señaló la trastienda con un movimiento del brazo -. Pero supongo
que no me dejarás tus cachivaches estorbando en mi tienda.
- No, señor.
- Saca todo lo que tienes en esa choza del fondo. Quémalo.
Silly sacudió la cabeza.
- Me llevaré mis cosas.
- No van a permitir que las metas en ese cohete maldito.
- Me las llevaré - insistió el muchacho.
Entró de prisa en la ferretería. Se oyeron los ruidos de una escoba y de unos trastos
que cambiaban de sitio, y un momento después Silly reapareció con las manos cargadas
de trompos y canicas, de viejas cometas polvorientas y otros tesoros reunidos durante
años. El viejo Ford llegó justo entonces frente al porche y Silly subió y cerró de un golpe la
portezuela. Teece estaba de pie en el porche con una sonrisa amarga.
- ¿Qué vas a hacer allá arriba?
- Empezaré de nuevo - contestó Silly -. Tendré mi propia ferretería.
- ¡Maldito seas! ¡Aprendiste a hacer el trabajo sólo para escapar y aprovecharte!
- No, señor. Nunca pensé que esto ocurriría algún día. Pero ha ocurrido. Ahora no
puedo olvidar lo que aprendí, señor Teece.
- Supongo que habréis bautizado los cohetes...
Los negros miraron el reloj del coche.
- Sí, señor.
- Como Elías y el Carro, El Gran Vehículo y El Pequeño Vehículo. Fe, Esperanza y
Caridad, y otros nombres parecidos.
- Bautizamos las naves, señor Teece.
- Dios, Hijo y Espíritu Santo, supongo. Dime, muchacho, ¿no hay ninguno llamado
Primera Iglesia Baptista?
- Tenemos que marcharnos, señor Teece.
Teece se echó a reír.
- Tendréis uno llamado Swing low y otro llamado Sweet Chariot. El coche arrancó.
- ¡Adiós, señor Teece!
- Alguno se llamará Roll Dem Bones.
- Adiós, señor.
- Y otro Over Jordan ¡Ja! Bueno, cárgate ese cohete a la espalda, muchacho, vuela con
él, revienta con él, ¡ya ves cuánto me importa!
El coche se alejó balanceándose en el polvo. El muchacho se incorporó, se volvió,
acercó las manos a la boca, y gritó por última vez:
- ¡Señor Teece! ¡Señor Teece! ¿Qué va a hacer ahora por las noches? ¿Qué va a
hacer por las noches, señor Teece?
Silencio. El automóvil se alejó por el camino y desapareció.
- ¿Qué diablos quiso decir? - murmuró Teece pensativo -. ¿Qué voy a hacer por las
noches?
Miró cómo el polvo volvía a posarse en el camino, y de pronto comprendió.
Recordó las noches en que unos hombres de mirada torva, sentados en los dos
asientos de un automóvil, con las rodillas muy salientes, y entre ellas los fusiles más
salientes aún, llegaban a su casa como un cargamento de sifones bajo los árboles
nocturnos del estío. Tocaban la bocina y él salía dando un portazo, con un arma en la
mano, riéndose por dentro y el corazón latiéndole de prisa, como el corazón de un niño de
diez años. Se alejaban por la sombría y cálida carretera. El lazo de cuerda de cáñamo
estaba enrollado en el piso del coche, y las cajas de balas abultaban en todos los
bolsillos. ¡Cuántas noches a lo largo de los años, cuántas noches en las que el viento
embestía el coche, les echaba el pelo sobre los ojos torvos y rugía mientras buscaban un
árbol grande y robusto y llamaban a la puerta de una cabaña!
- ¡Conque eso quería decir el hijo de perra! - Teece dio un salto hacia la luz del sol,
¡Vuelve, bastardo! ¿Qué voy a hacer por las noches? Insolente, asqueroso hijo de...
Era una buena pregunta. Se sintió débil, enfermo. Sí, ¿qué iba a hacer por las noches?
Ahora que se habían marchado, ¿qué iba a hacer?
Sacó el arma del bolsillo y verificó la carga.
- ¿Qué estás tramando, Sam? - preguntó uno.
- Matar a ese hijo de perra.
- No te acalores - le dijo el viejo Quartermain.
Pero Samuel Teece estaba ya en la trastienda de la ferretería. Un momento después
apareció en la calle en un coche abierto.
- ¿Quién viene conmigo?
- Me gustaría dar un paseo - contestó el viejo poniéndose de pie. - ¿Alguno más?
Nadie contestó.
El viejo subió al coche, cerró de golpe la portezuela y se alejaron envueltos en un
torbellino de polvo. No se hablaron mientras se precipitaban por el camino, bajo el cielo
brillante. En los campos secos reverberaba el calor.
- ¿Qué camino tomaron? - preguntó Teece. deteniendo el coche en una encrucijada.
El viejo entornó los ojos.
- Derecho, adelante, me parece.
Continuaron. Bajo los árboles del estío el coche era un sonido solitario. La carretera
estaba desierta, y mientras se adelantaban advirtieron algo nuevo.
Teece aminoró la marcha y miró por la ventanilla, los ojos amarillos de furia.
- Maldita sea, abuelo, ¿viste lo que han hecho?
- ¿Qué? - dijo el viejo mirando el camino.
En bultos cuidadosamente alineados, a lo largo de la carretera, a poca distancia unos
de otros, había unos viejos patines de ruedas, unas chucherías envueltas en trapos, unos
zapatos rotos, una rueda de carro, pilas de pantalones, chaquetas y sombreros pasados
de moda, unos adornos de cristal que en otro tiempo tintinearon en el viento, unas latas
de geranios, bandejas de frutas de cera, cajas de zapatos con dinero del Sur, tablas de
lavar, cuerdas, pastillas de jabón, el triciclo de alguien, las tijeras de podar de algún otro,
un camión de juguete, una caja de sorpresas, un vidrio deslustrado de la iglesia baptista,
viejas ruedas de automóviles, colchones, almohadones, mecedoras, tarros de cold cream,
espejos de mano. No los habían tirado, no; los habían depositado con cuidado y orden en
el borde polvoriento de la carretera, como si todos los habitantes de una ciudad hubiesen
caminado hasta allí con las manos llenas de cosas, y a la señal de una enorme trompeta
de bronce, lo hubieran dejado todo en el polvo, antes de elevarse directamente hacia el
azul del cielo.
- No querían quemar nada - dijo Teece, furioso -. No, no quisieron quemar sus cosas
como yo dije. Tenían que traerlas y dejarlas en la carretera, para poder verlas juntas por
última vez. Esos negros se creen muy listos.
Teece avanzó kilómetro tras kilómetro evitando los bultos, aplastando paquetes de
papel de periódico, rompiendo cajas, espejos, sillas.
- Aquí, maldición, ¡y aquí!
Un neumático delantero murió con un silbido. El automóvil se desvió de la carretera y
cayó en una zanja, arrojando a Teece contra el parabrisas.
- ¡Hijos de perra!
Teece se sacudió el polvo y salió del automóvil, casi llorando de rabia.
Miró la carretera silenciosa y desierta.
- No los alcanzaremos nunca, nunca.
Los paquetes se amontonaban hasta el horizonte, cuidadosamente agrupados, como
reliquias abandonadas al cálido viento de las últimas horas de la tarde.
Teece y el viejo llegaron a la ferretería una hora después, arrastrando las piernas. Los
hombres estaban aún allí, escuchando y examinando el cielo. En el mismo instante en
que Teece se sentaba y se sacaba los zapatos, alguien gritó.
- ¡Miren!
- Antes me muero - dijo Teece.
En los algodonales, el viento sopló ociosamente entre los copos blancos. En campos
más lejanos, maduraban las sandías, intactas, rayadas e inmóviles como gatos tendidos
al sol.
Pero los demás miraron. Y vieron que unos husos dorados se elevaban a lo lejos, en el
cielo, con una estela de llamas, y desaparecían.
Los hombres del porche se sentaron, se miraron unos a otros, miraron los rollos de
cuerda amarilla ordenados en los estantes, observaron las cajas de balas relucientes y
vieron en las sombras las pistolas plateadas y los largos caños negros de los fusiles. Uno
de ellos se llevó una brizna de paja a la boca. Otro dibujó una figura en el polvo.
Y Samuel Teece levantó con aire triunfal un zapato vacío, lo dio vuelta, lo miró bien, y
dijo:
- ¿Lo notaron ustedes? ¡Hasta el último momento, por Dios, me llamó «señor»!
LA ELECCIÓN DE LOS NOMBRES
Llegaron a las extrañas tierras azules y les pusieron sus nombres: ensenada Hinkston,
cantera Lusting, río Black, bosque Driscoll, montaña de los Peregrinos, ciudad Wilder,
nombres todos de gente y de las hazañas de gente. En el lugar donde los marcianos
mataron a los primeros terrestres, había un pueblo Rojo, en recuerdo de la sangre de
esos hombres. El lugar donde fue destruida la segunda expedición se llamaba Segunda
Tentativa. En todos los sitios donde los hombres de los cohetes quemaban el suelo con
calderos ardientes, quedaban como cenizas los nombres. Y, naturalmente, había una
colina Spender y una ciudad Nathaniel York...
Los antiguos nombres marcianos eran nombres de agua, de aire y de colinas. Nombres
de nieves que descendían por los canales de piedra hacia los mares vacíos. Nombres de
hechiceros sepultados en ataúdes herméticos y torres y obeliscos. Y los cohetes
golpearon como martillos esos nombres, rompieron los mármoles, destruyeron los
mojones de arcilla que nombraban a los pueblos antiguos, y levantaron entre los
escombros grandes pilones con los nuevos nombres: Pueblo Hierro, Pueblo Acero,
Ciudad Aluminio, Aldea Eléctrica, Pueblo Maíz, Villa Cereal, Detroit II, y otros nombres
mecánicos, y otros nombres de metales terrestres.
Y después de construir y bautizar los pueblos, construyeron y bautizaron los
cementerios: colina Verde, pueblo Musgo, colina Bota, y los primeros muertos bajaron a
las sepulturas...
Y cuando todo estuvo perfectamente catalogado, cuando se eliminó la enfermedad y la
incertidumbre, y se inauguraron las ciudades y se suprimió la soledad, los sofisticados
llegaron de la Tierra. Llegaron en grupos, de vacaciones, para comprar recuerdos de
Marte, sacar fotografías o conocer el ambiente; llegaron para estudiar y aplicar leyes
sociológicas; llegaron con estrellas e insignias y normas y reglamentos, trayendo consigo
parte del papeleo que había invadido la Tierra como una mala hierba, y que ahora crecía
en Marte casi con la misma abundancia. Comenzaron a organizar la vida de las gentes,
sus bibliotecas, sus escuelas; comenzaron a empujar a las mismas personas que habían
venido a Marte escapando de las escuelas, los reglamentos y los empujones.
Era por lo tanto inevitable que algunas de esas personas replicaran también con
empujones...
USHER II
- «Durante todo un día de otoño, triste, oscuro y silencioso, cuando las nubes colgaban
opresivas y bajas en los cielos, yo había estado cruzando, montado a caballo, una región
singularmente lóbrega, y de pronto, cuando ya se cerraban las sombras de la noche, me
encontré delante de la melancólica Casa Usher..»
El señor William Stendahl dejó de recitar. Allí, sobre una colina baja y negra, estaba la
Casa, y la piedra angular tenía una inscripción: 2005 A.D.
- Ya está terminada - dijo el señor Bigelow, el arquitecto -. Aquí tiene la llave, señor
Stendahl.
Las dos figuras se alzaban inmóviles en la tranquila tarde otoñal. Los planos azules
crujían sobre la hierba de color de cuervo.
- La Casa Usher - dijo el señor Stendahl con satisfacción -. Proyectada, construida,
comprada, pagada. ¿El señor Poe no estaría encantado?
El señor Bigelow entornó los ojos.
- ¿Era esto lo que quería, señor?
- ¡Sí!
- ¿El color está bien? ¿Es desolado y terrible?
- ¡Muy desolado, muy terrible!
- ¿Las paredes son... lívidas?
- ¡Asombrosamente lívidas!
- ¿La laguna es bastante negra y siniestra?
- Increíblemente negra y siniestra.
- Y los juncos, no sé si sabe usted, señor Stendahl, que los hemos teñido, ¿tienen
ahora el color gris y ébano apropiado?
- ¡Son horribles!
El señor Bigelow consultó sus planos arquitectónicos.
- La Casa, la laguna, el suelo, señor Stendahl, <
-

LOS OBSERVADORES
Aquella noche todos salieron de sus casas y miraron al cielo. Dejaron las cenas,
dejaron de lavarse o de vestirse para la función, y salieron a los porches, ahora no tan
nuevos, y observaron el astro verde, la Tierra. Fue un movimiento involuntario; todos lo
hicieron, para comprender mejor las noticias que habían oído en la radio un momento
antes. Allá estaba la Tierra y allá la guerra inminente, y allá los cientos de Infles de
madres o abuelas, padres o hermanos, tías o tíos, primas o primos. De pie, en los
porches, trataban de creer en la existencia de la Tierra, tanto como en otro tiempo habían
tratado de creer en la existencia de Marte. El problema se había invertido. En la práctica
era como si la Tierra estuviese muerta; la habían abandonado hacía ya tres o cuatro años.
El espacio era un anestésico; cien millones de kilómetros de espacio lo insensibilizaban a
uno, dormían la memoria, despoblaban la Tierra, borraban el pasado y permitían que los
hombres de Marte continuaran trabajando. Pero ahora, esta noche, se levantaban los
muertos, la Tierra volvía a poblarse, la memoria despertaba, miles de nombres venían a
los labios. ¿Qué haría fulano esa noche en la Tierra? ¿Y zutano o mengano? Las gentes
de los porches se miraban de reojo.
A las nueve, la Tierra pareció estallar, encenderse y arder. Las gentes de los porches
extendieron las manos como para apagar el incendio.
Esperaron. A medianoche, el fuego se extinguió. La Tierra seguía allí. Un suspiro
surgió de los porches como una brisa otoñal.
- No tenemos noticias de Harry.
- Está bien.
- Tendríamos que enviarle un mensaje a mamá.
- Está bien.
- Tendríamos que enviarle un mensaje a mamá.
- Está bien.
- ¿Crees que estará bien?
- No te preocupes.
- ¿Crees que no le pasará nada?
- Claro que no. Vamos a acostarnos.
Pero nadie se movió. Llevaron las cenas atrasadas a los prados nocturnos, las sirvieron
en mesas plegables, y comieron lentamente hasta las dos de la mañana. El mensaje
luminoso de la radio flameó en la Tierra y todos leyeron las luces del código Morse, como
una luciérnaga lejana.
CONTINENTE AUSTRALIANO ATOMIZADO EN PREMATURA EXPLOSIÓN
DEPÓSITO BOMBAS ATÓMICAS.
LOS ÁNGELES, LONDRES, BOMBARDEADAS.
VUELVAN. VUELVAN. VUELVAN.
Se levantaron de las mesas.
VUELVAN. VUELVAN. VUELVAN.
- ¿Has tenido noticias de Ted este año?
- Y... ya sabes, con un franqueo de cinco dólares por carta no escribo mucho a mi
hermana.
VUELVAN.
- ¿Qué será de Jane? ¿Te acuerdas de mi hermanita Jane?
VUELVAN.
A las tres, en la helada madrugada, el dueño de la tienda de equipajes alzó los brazos.
Calle abajo venía mucha gente.
- No he cerrado a propósito. ¿Qué desea, señor?
Al amanecer, las maletas habían desaparecido de los estante

-
LOS PUEBLOS SILENCIOSOS
A orillas del seco mar marciano se alzaba un pequeño pueblo blanco, silencioso y
desierto. No había nadie en las calles. Unas luces solitarias brillaban todo el día en los
edificios. Las puertas de las tiendas estaban abiertas de par en par, como si la gente
hubiera salido rápidamente sin cerrar con llave. Las revistas traídas de la Tierra hacía ya
un mes en el cohete plateado, aleteaban al viento, intactas, ennegreciéndose en los
estantes de alambre frente a las droguerías.
El pueblo estaba muerto; las camas vacías y heladas. Sólo se oía el zumbido de las
líneas eléctricas y de las dinamos automáticas, todavía vivas. El agua desbordaba en
bañeras olvidadas, corría por habitaciones y porches, y nutría las flores descuidadas de
los jardines. En los teatros a oscuras, las gomas de mascar que aún conservaban las
marcas de los dientes se endurecían debajo de los asientos.
Más allá del pueblo había una pista de cohetes. Allí donde la última nave se había
elevado entre llamaradas hacia la Tierra, se podía respirar aún el olor penetrante del
suelo calcinado. Si se ponía una moneda en el telescopio y se apuntaba hacia el cielo,
quizá pudieran verse las peripecias de la guerra terrestre. Quizá pudiera verse cómo
estallaba Nueva York. Quizá pudiera verse la ciudad de Londres, cubierta por una nueva
especie de niebla. Quizá pudiera comprenderse, entonces, por qué habían abandonado
este pueblecito marciano. La evacuación, ¿había sido muy rápida? Bastaba entrar en una
tienda cualquiera y apretar la tecla de la caja registradora. Los cajones asomaban
tintineando con monedas brillantes. La guerra terrestre era sin duda algo terrible...
Por las desiertas avenidas del pueblo, silbando suavemente y empujando a puntapiés,
con profunda atención, una lata vacía, avanzó un hombre alto y flaco. Los ojos le brillaban
con una mirada oscura, mansa y solitaria. Movía las manos huesudas dentro de los
bolsillos, repletos de monedas nuevas. De vez en cuando tiraba alguna al suelo, riendo
entre dientes, y seguía caminando, regando todo con monedas brillantes.
Se llamaba Walter Gripp. En las lejanas colinas azules tenía un lavadero de oro y una
cabaña, y cada dos semanas bajaba al pueblo y buscaba una mujer callada e inteligente
con quien pudiera casarse. Durante varios años había vuelto a la cabaña decepcionado y
solo. ¡Y la semana anterior había encontrado el pueblo en este estado!
Se había sorprendido tanto que había entrado rápidamente en una tienda de
comestibles y había pedido un sándwich triple de carne.
- ¡Voy! - gritó con una servilleta en un brazo.
Se movió con rapidez, sacando de algún sitio unos embutidos y unas rodajas de pan de
la víspera, quitó el polvo de una mesa, se invitó a sí mismo a sentarse, y comió hasta que
tuvo que buscar una droguería donde pidió bicarbonato. El droguero, el propio Walter
Gripp, se lo sirvió en seguida, con una cortesía asombrosa.
Luego se metió en los jeans todo el dinero que pudo encontrar, cargó un cochecito de
niño con billetes de diez dólares y se fue traqueteando por las calles del pueblo. Al llegar
a los suburbios comprendió que estaba haciendo tonterías. No necesitaba dinero. Llevó
los billetes de diez dólares a donde los había encontrado, sacó un dólar de su propia
billetera - el precio de los sándwiches - lo metió en la caja registradora, añadiendo como
propina una moneda de veintiocho centavos.
Aquella noche disfrutó de un baño turco caliente, un sabroso bistec adornado de setas
delicadas, un jerez seco importado, y fresas con vino. Luego se puso un traje de franela
azul y un sombrero de fieltro que se le balanceaba de un modo extraño en la cima de la
afilada cabeza. Metió una moneda en un fonógrafo automático, que tocó Aquella mi vieja
pandilla, y echó otras veinte monedas en otros veinte fonógrafos del pueblo. Las calles
solitarias y la noche se llenaron de la música triste de Aquella mi vieja pandilla, mientras
alto, delgado y solo, Walter Gripp se paseaba con las manos frías en los bolsillos
acompañado por el leve crujido de un par de zapatos nuevos.
Pero todo esto había ocurrido la semana anterior. Ahora dormía en una cómoda casa
de la avenida Marte, se levantaba a las nueve, se bañaba y recorría perezosamente el
pueblo en busca de unos huevos con jamón. Todas las mañanas congelaba una tonelada
de carne, verduras y tartas de crema de limón; cantidad suficiente para diez años, hasta
que los cohetes volvieran de la Tierra, si volvían.
Ahora, esta noche, se paseaba arriba y abajo mirando las hermosas y sonrosadas
mujeres de cera de los coloridos escaparates. Por primera vez comprendió qué muerto
estaba el pueblo. Se sirvió un vaso de cerveza y sollozó en voz baja.
- Bueno - dijo -, estoy realmente solo.
Entró en el Teatro Elite para proyectarse una película y distraer su soledad. En el teatro
vacío y hueco, parecido a una tumba, unos espectros grises y negros se arrastraron por la
vasta pantalla. Estremeciéndose, huyó de aquel lugar fantasmagórico.
Atravesaba de prisa una calle lateral, ya decidido a volver a casa, cuando de pronto
oyó el campanilleo de un teléfono. Escuchó.
- En una casa está sonando un teléfono - se dijo.
Apresuró el paso.
- Alguien tendría que contestar ese teléfono - musitó.
Se sentó ociosamente en el borde de la acera para sacarse una piedra del zapato.
- ¡Alguien! - gritó de pronto, incorporándose de un salto -. ¡Yo! Dios mío, ¿qué me
ocurre?
Miró alrededor. ¿Qué casa? Aquélla.
Corrió por el césped, subió las escaleras, entró en la casa, bajó a un vestíbulo oscuro.
Arrebató el auricular.
- ¡Hola!
Buzzzzzzzzz.
- ¡Hola! ¡Hola!
Habían colgado.
- ¡Hola! - gritó, y golpeó el teléfono -. ¡Idiota, estúpido! - se gritó a sí mismo -. ¡Sentado
en la acera, como un condenado idiota! - Sacudió el aparato -. ¡Suena, suena otra vez!
¡Vamos!
No había pensado que en Marte pudiera haber otros hombres. No había visto a nadie
en toda la semana y había imaginado que los otros pueblos estaban tan desiertos como
éste.
Ahora, mirando el horrible aparato telefónico, negro y pequeño, se estremeció de pies a
cabeza. Una vasta red unía todos los pueblos de Marte. ¿De cuál de las treinta ciudades
había venido la llamada?
No lo sabía.
Esperó. Fue a tientas hasta la cocina, descongeló unas frambuesas, y comió
desconsoladamente.
- No había nadie en el otro extremo de la línea - murmuró -. Un poste cayó en alguna
parte y el teléfono sonó solo.
Pero ¿no había oído un clic? Alguien había colgado, muy lejos.
Durante el resto de la - noche no se movió del vestíbulo.
- No por el teléfono - se dijo a sí mismo -. No tengo otra cosa que hacer.
- Escuchó el tictac de su reloj.
- Ella no volverá a telefonear - dijo -. No llamará nunca más a un número que no
contesta. ¡Quizás en este momento marca otros números de otras casas del pueblo! Y
aquí estoy yo sentado... ¡Un minuto! - Se rió -. ¿Por qué estoy diciendo «ella»? -
Parpadeó -. Lo mismo podía haber sido «él»...
El corazón le latió más lentamente. Se sentía decepcionado y decaído. Le hubiera
gustado tanto que fuera «ella»...
Salió de la casa y se detuvo en medio de la calle a la débil luz del alba.
Escuchó. Ningún sonido. Ni pájaros, ni coches. Sólo el corazón que le golpeaba el
pecho: un latido, una pausa, y otra vez un latido. Escuchaba con tanta atención que le
dolía la cara. El viento soplaba gentilmente, oh, tan gentilmente sacudiéndole los faldones
de la chaqueta.
- Calla... - susurró -. Escucha.
Se balanceó moviéndose en un círculo lento, volviendo la cabeza de una casa
silenciosa a otra.
Telefoneará a otros números y luego a otros, pensó. Ha de ser una mujer. ¿Por qué?
Sólo una mujer podría estar llamando y llamando. Un hombre no. Un hombre es más
independiente. ¿He telefoneado yo a alguien? No. Ni se me ha ocurrido. Ha de ser una
mujer. ¡Tiene que ser una mujer, por Dios!
Escucha.
Lejos, bajo las estrellas, sonó un teléfono.
Walter Gripp echó a correr. Se detuvo y escuchó. La campanilla sonaba débilmente.
Corrió unos pasos más. La llamada era ahora más clara. Se precipitó por una callejuela.
¡Más aún! Pasó delante de seis casas, y otras seis. ¡Más y más clara! Eligió una casa. La
puerta estaba cerrada con llave.
El teléfono sonaba dentro.
- ¡Maldita sea!
Gripp sacudió el picaporte.
El teléfono chilló.
Gripp lanzó una silla del porche contra la ventana del vestíbulo y saltó detrás de la silla.
Antes de que Gripp lo tocara, el teléfono dejó de sonar.
Walter Gripp recorrió la casa, destrozó los espejos, arrancó los cortinajes y pateó el
horno de la cocina. Al fin, agotado, tomó la delgada guía telefónica de Marte. Cincuenta
mil nombres.
Comenzó por el primero. Amelia Ames. Llamó a su número, en Nueva Chicago, a
ciento cincuenta kilómetros, del otro lado del mar muerto.
No contestaron.
El segundo abonado vivía en Nueva York, a ocho mil kilómetros, más allá de las
montañas azules.
No contestaron.
Llamó al tercero, al cuarto, al quinto, al sexto, al séptimo y al octavo, con dedos
temblorosos, que sostenían apenas el receptor.
- ¿Hola? - contestó una voz de mujer.
- ¡Hola! ¡Hola! – le gritó Walter.
- Aquí el contestador automático - recitó la misma voz -. La señorita Helen Arasumian
no está en casa. ¿Quiere usted dejar un mensaje para que ella lo llame? ¿Hola? Aquí el
contestador automático. La señorita Helen Arasumian no está en casa. ¿Quiere usted
dejar un mensaje...?
Walter Gripp colgó el auricular.
Se quedó sentado, torciendo la boca.
Un instante después llamaba al mismo número.
- Cuando vuelva la señorita Helen Arasumian, dígale que se vaya al diablo.
Llamó a las centrales telefónicas de Empalme Marte, Nueva Boston, Arcacia y Ciudad
Roosevelt, pues era lógico que la gente llamara desde esos lugares. Se comunicó luego
con los ayuntamientos y las otras oficinas públicas de los pueblos. Telefoneó a los
mejores hoteles. A las mujeres les gustaba el lujo.
De pronto dejó de llamar y batió las palmas, echándose a reír. ¡Por supuesto! Buscó en
la guía telefónica y llamó al mayor salón de belleza de la ciudad de Nueva Texas. ¡Sólo en
uno de esos diamantinos y aterciopelados salones podía entretenerse una mujer! Allí
estaría, con una capa de barro sobre la cara o sentada bajo un secador.
El teléfono sonó. Alguien en el otro extremo de la línea levantó el auricular.
- ¿Hola? - dijo una voz de mujer.
- Si es una grabación - anunció Walter Gripp - iré ahí y haré pedazos el lugar.
- No es una grabación - dijo la voz -. ¡Hola! ¡Hola! ¡Oh, hay alguien vivo! ¿Dónde está
usted?
La mujer gritó, deleitada.
Walter Gripp casi tuvo un colapso.
- ¡Usted! - dijo tambaleándose con los ojos extraviados -. Dios santo, qué suerte,
¿cómo se llama?
- Genevieve Selsor. - La mujer sollozó en el receptor -. ¡Oh, me siento tan contenta al
escucharlo, quienquiera que usted sea!
- Walter Gripp.
- ¡Walter, hola, Walter!
- Hola, Genevieve.
- ¡Walter! Qué nombre tan bonito. Walter, Walter.
- Gracias.
- ¿Dónde estás, Walter?
La voz de mujer era tan dulce, tan amable y delicada... Walter apretó el auricular contra
la oreja para que ella pudiera murmurarle dulcemente en el oído. Sintió que se le
aflojaban las piernas. Le ardían las mejillas.
- Estoy en el pueblo Marlin...
Un zumbido.
- ¿Hola? - dijo Gripp.
Un zumbido.
Sacudió la horquilla. Nada.
En alguna parte el viento había derribado un poste. Genevieve Selsor había llegado y
había desaparecido con idéntica rapidez.
Gripp llamó de nuevo, pero la línea estaba muerta.
- De todos modos ya sé dónde encontrarla.
Salió corriendo de la casa. Sacó del garaje del desconocido, marcha atrás, el coche -
escarabajo. El sol se elevaba en el cielo cuando cargó en el asiento de atrás la comida
que había en la casa, y partió carretera abajo a ciento veinte kilómetros por hora, hacia la
ciudad de Nueva Texas. «Mil quinientos kilómetros - pensó -. Genevieve Selsor, no te
muevas, ¡muy pronto tendrás noticias mías!»
Fuera del pueblo tocó la bocina en todas las vueltas del camino. A la puesta del sol,
después de una jornada agotadora en el volante, se detuvo al borde del camino, se sacó
los zapatos, se tumbó en el asiento y deslizó el sombrero gris sobre los ojos fatigados.
Sopló el viento, y las estrellas brillaron suavemente sobre él en el nuevo crepúsculo.
Alrededor se elevaban las milenarias montañas de Marte. La luz estelar se reflejó en las
torres de un pueblecito marciano que se alzaba en las colinas azules, no más grande que
un juego de ajedrez.
Entre dormido y despierto, Gripp murmuraba: Genevieve. Genevieve. Oh, Genevieve,
dulce Genevieve, cantó suavemente, los años vendrán, los años se irán, pero Genevieve,
dulce Genevieve... Tenía una sensación de calor. Oía aún la voz fresca y dulce que
susurraba, cantando: ¡Hola, oh hola! ¡Walter! No es una grabación. ¿Dónde estás,
Walter? ¿Dónde estás?
Suspiró y alargó una mano hacia Genevieve a la luz de la luna. Los largos y oscuros
cabellos flotaban en el viento. Eran muy hermosos. Y los labios, como rojas pastillas de
menta. Y las mejillas, como rosas recién cortadas. Y el cuerpo, como una neblina clara y
suave. Y la tibia y dulce voz le cantaba una vez más la vieja y triste canción: Oh,
Genevieve, dulce Genevieve, los años vendrán, los años se irán...
Se quedó dormido.
Llegó a Nueva Texas a medianoche.
Se detuvo, frente al Salón de Belleza Deluxe, gritando.
Genevieve aparecería - en seguida, toda perfumes, toda risas.
No salió nadie.
- Estará dormida - Gripp se acercó a la puerta -. ¡Aquí estoy! - llamó -. ¡Hola,
Genevieve!
El pueblo dormía en el silencio del doble claro de luna. En alguna parte el viento
sacudió un toldo.
Walter empujó la puerta de vidrio y entró en el salón.
- ¡Eh! - dijo con una risa inquieta -. No te escondas. ¡Sé que estás ahí!
Escudriñó todos los compartimientos.
Encontró un pañuelo minúsculo en el suelo. El perfume era tan dulce que Gripp
trastabilló.
- Genevieve - dijo.
Recorrió en coche las calles, pero no vio a nadie.
- Si es una broma...
Aminoró la velocidad.
- Espera un momento. La charla se cortó bruscamente. Quizás ella fue a Marlin
mientras yo venía a Nueva Texas. Habrá tomado la antigua carretera marítima. Nos
desencontramos en el camino. ¿Cómo iba a saber que yo vendría a buscarla? No se lo
dije. Y cuando la línea se cortó, ¡tuvo tanto miedo que corrió a Marlin a buscarme! Y
mientras, ¡yo aquí, Señor, qué tonto soy!
Golpeó la bocina y salió disparado del pueblo.
Condujo durante toda la noche.
¿Y si no está esperándome en Marlin?, pensó. No. Ella tenía que estar en Marlin. Y él
correría hacia ella, la abrazaría y hasta la besaría, en la boca, una vez.
Genevieve, dulce Genevieve, silbó y lanzó el coche a ciento cincuenta kilómetros por
hora.
Al amanecer, Marlin estaba tranquilo. Unas luces amarillas brillaban aún en algunas
tiendas, y un fonógrafo automático que había sonado continuamente durante cien horas
calló al fin con un chasquido eléctrico. El silencio era ahora total. El sol calentaba las
calles y el cielo helado y vacío.
Walter entró en la calle principal con los faros todavía encendidos y dio un doble
bocinazo: seis veces en una esquina, otras seis en la siguiente. Estaba pálido, fatigado;
las manos le resbalaban sobre el volante húmedo.
- ¡Genevieve! - gritó en la calle desierta.
Se abrió la puerta de un salón de belleza. Walter detuvo el coche.
- ¡Genevieve!
Corrió atravesando la calle. Genevieve Selsor lo esperaba en el umbral. Sostenía en
los brazos una caja de bombones de chocolate. Los dedos que acariciaban la caja eran
rollizos y pálidos. Salió del umbral y la luz reveló una cara redonda, con ojos como huevos
enormes, hundidos en una masa blanca de miga de pan. Las piernas eran grandes y
redondas como tocones de árbol. Caminaba con paso desmañado. El pelo, de indefinido
color parduzco, parecía haber sido hecho y rehecho como un nido de pájaros. No tenía
labios, y como compensación llevaba estampadas en la cara unas grandes rayas rojas y
grasientas, que tan pronto se abrían en una deleitada sonrisa, como se cerraban en una
expresión de repentina alarma. Las cejas depiladas eran como finas antenas.
Walter se detuvo. Dejó de sonreír. Se quedó mirándola.
La caja de bombones cayó a la acera.
- ¿Eres tú Genevieve Selsor? - preguntó Walter. Le zumbaban los oídos.
- ¿Eres tú Walter Griff?
- Gripp.
- Gripp - se corrigió ella.
- ¿Cómo estás? - preguntó Walter con una voz ahogada.
Genevieve le estrechó la mano.
- ¿Cómo estás?
Tenía los dedos untados de chocolate.
- Bueno - dijo Walter Gripp.
- ¿Qué? - preguntó Genevieve Selsor.
- He dicho «bueno» - dijo Walter.
- Oh.
Eran las ocho de la noche. Habían pasado el día en el campo y Walter preparó para la
cena un filete de lomo que a ella no le gustó, primero porque estaba crudo, y luego porque
estaba demasiado asado o quemado, o algo similar. Walter se rió y dijo:
- Vamos a ver una película.
Ella dijo que le parecía bien y apoyó los dedos sucios de chocolate en el brazo de
Walter. Pero sólo quería ver esa película de Clark Gable, de hacía cincuenta años.
- ¿No te parece verdaderamente estupendo? - preguntaba con una risita -. ¿No te
parece estupendo? - La película terminó -. Pásala otra vez - ordenó ella.
- ¿Otra vez? - preguntó él.
- Otra vez - dijo ella. Y cuando Walter volvió a la butaca, Genevieve se apretó contra él,
acariciándole el cuerpo torpemente con manos como zarpas -. No eres exactamente lo
que yo esperaba, pero eres simpático - admitió.
- Gracias - dijo él, tragando saliva.
- ¡Oh, ese Gable! - dijo Genevieve pellizcándole una pierna.
Después de la película fueron de compras por las calles silenciosas. Genevieve rompió
un escaparate donde había varios vestidos y se puso el más ostentoso. Se volcó un
frasco de perfume en la cabeza y pareció un perro mojado.
- ¿Cuántos años tienes? - le preguntó Walter.
Genevieve, chorreando perfume, lo arrastró por la calle.
- Adivina.
- Oh, treinta.
- Pues bien - anunció ella muy tiesa -, sólo tengo veintisiete. Mira. ¡otra tienda de
dulces! Francamente, desde que estalló la guerra llevo una vida bien regalada. Nunca me
gustó mi familia. Eran todos unos tontos. Se fueron a la Tierra hace dos meses. Yo iba a
embarcar en el último cohete, pero preferí quedarme, ¿sabes por qué?
- ¿Por qué?
- Porque todos se metían conmigo. Por eso me quedé; para echarme perfume encima
el día entero y beber diez mil cervezas y comer dulces y bombones sin que la gente me
esté diciendo: «¡Oh, cuidado, eso tiene muchas calorías!». Y aquí estoy.
Walter cerró los ojos.
- Y aquí estás.
- Se ha hecho tarde - dijo Genevieve mirándolo.
- Sí.
- Estoy cansada.
- Es curioso; yo estoy muy despejado.
- Oh - dijo ella.
- Seguiría en pie toda la noche. En Mikes hay un buen disco. Ven, lo pondré para ti.
- Estoy cansada.
Genevieve lo miró con ojos astutos y brillantes.
- Qué raro. Yo en cambio estoy muy despierto - dijo Walter.
- Ven conmigo al salón de belleza. Quiero enseñarte algo.
Genevieve lo hizo pasar por la puerta de vidrio, y lo empujó hasta una caja blanca.
- Cuando vine de Nueva Texas traje esto - dijo desatando una cinta rosada -. Pensé:
Soy la única dama en Marte y allá está el único hombre y... bueno. - Levantó la tapa de la
caja y desdobló unos crujientes y rosados papeles de seda -. Mira.
Walter Gripp miró.
- ¿Qué es? - preguntó estremeciéndose.
- ¿No lo ves, tonto? Todo encajes, todo blanco, todo hermoso y lo demás.
- No, no sé qué es.
- ¡Un traje de novia, tonto!
- ¿De veras? - tartamudeó Walter.
Cerró los ojos. La voz de Genevieve era suave, fresca y dulce como en el teléfono,
pero cuando abría los ojos y la miraba...
Dio un paso atrás.
- Qué bonito.
- ¿No es cierto?
- Genevieve. - Walter miró hacia la puerta.
- ¿Qué?
- Tengo que decirte una cosa.
Genevieve se le acercó. Una espesa nube de perfume le envolvía la cara redonda y
blanca.
- ¿Qué?
- Lo que tengo que decirte es...
- ¿Qué?
- ¡Adiós!
Y antes que Genevieve gritara, Walter Gripp ya estaba fuera del salón y se había
metido en el coche.
Genevieve corrió detrás y se detuvo en el borde de la acera. Walter puso el motor en
marcha.
- ¡Walter Griff, vuelve! - gimió Genevieve agitando los brazos.
- Gripp - corrigió él.
- ¡Gripp! - gritó ella.
El coche echó a correr por la calle silenciosa, indiferente a los gritos y pataleos de la
mujer. El humo del tubo de escape movió el vestido blanco que Genevieve apretaba
contra las manos regordetas, y las estrellas brillaron, y el coche se alejó en el desierto,
perdiéndose en la oscuridad.
Walter Gripp viajó sin detenerse durante tres noches y tres días. Una vez le pareció
que lo seguía otro coche, y sudando, estremeciéndose, tomó un camino lateral, y
atravesando el solitario mundo marciano, dejó atrás las ciudades muertas y siguió y siguió
una semana y un día más, hasta que hubo quince mil kilómetros entre él y la ciudad de
Marlin. Entonces se detuvo en un pueblo pequeño llamado Holtville Springs, donde había
unas tiendas diminutas que él podía iluminar de noche y unos restaurantes donde se sen
taba a esperar la comida. Y desde entonces vivió allí con dos gran: des congeladoras,
provisiones para cien años, cigarros para diez mil días y una buena cama con un mullido
colchón.
Y si de vez en cuando, a lo largo de los años, suena el teléfono, él no contesta.

-
LOS LARGOS AÑOS
Cada vez que el viento se levantaba en el cielo, el señor Hathaway y su reducida
familia se quedaban en la casa de piedra y se calentaban las manos al fuego de leña. El
viento agitaba las aguas del canal y casi barría las estrellas del cielo, pero el señor
Hathaway conversaba tranquilamente con su mujer, y su mujer replicaba, y luego hablaba
con sus dos hijas y su hijo de los días pasados en la Tierra, y todos le contestaban
adecuadamente.
La Gran Guerra tenía ya veinte años. El planeta Marte era una tumba. Hathaway y su
familia, en las largas noches marcianas, se preguntaban a, menudo, en silencio, si la
Tierra sería todavía la misma.
Esa noche se había desatado sobre los cementerios de Marte una de esas polvorientas
tormentas marcianas, y había soplado sobre las antiguas ciudades, y había arrancado las
paredes de material plástico del pueblo norteamericano más reciente, un pueblo
abandonado y que ya se fundía con la arena.
La tormenta amainó. Hathaway salió de la casa a mirar la Tierra, verde y brillante en el
cielo ventoso, y alzó una mano como para ajustar una lámpara floja en el techo de una
habitación oscura. Miró más allá de los fondos del mar. «No hay nada vivo en todo este
mundo - pensó -. Sólo yo, y ellos», y volvió los ojos a la casa de piedra.
¿Qué ocurriría en la Tierra? El telescopio de treinta pulgadas no mostraba ningún
cambio. «Bueno - pensó-, si me cuido quizá viva veinte años más. Alguien puede venir,
por los mares muertos o cruzando el espacio en un cohete sobre una pequeña estela de
fuego rojo.»
Miró dentro de la casa y llamó:
- Voy a dar un paseo.
- Muy bien - dijo la mujer.
Hathaway caminó en silencio entre las ruinas.
- «Made in New York» - leyó, al pasar, en un trozo de metal -. Y todos estos materiales
terrestres durarán menos que las viejas ciudades marcianas.
Y miró el pueblo que ya tenía cincuenta siglos, intacto entre las montañas azules.
Llegó a un cementerio escondido, una hilera de lápidas hexagonales en una colina
batida por el viento solitario. Inmóvil, cabizbajo, se quedó mirando las cuatro sepulturas
con toscas cruces de madera, y unos nombres. No derramó una lágrima. Tenía los ojos
secos desde hacía mucho tiempo.
- ¿Me perdonáis lo que hice? - preguntó a las cruces -. Yo estaba muy solo. Lo
comprendéis, ¿verdad?
Volvió a la casa de piedra y una vez más, antes de entrar, escudriñó el cielo oscuro.
- Sigue esperando, esperando y mirando - dijo -, y quizás una noche...
En el cielo había una minúscula llama roja.
Hathaway se alejó de la luz que salía de la casa.
- Mira de nuevo - murmuró.
La llamita roja seguía allí.
- Anoche no estaba - murmuró otra vez.
Tropezó, cayó, se levantó, corrió hacia los fondos de la casa, hizo girar el telescopio, y
apuntó al cielo.
Un poco más tarde, luego de un examen asombrado y minucioso apareció en el umbral
de la casa. La esposa, las dos hijas y el hijo volvieron las cabezas y lo miraron.
Al fin Hathaway consiguió decir:
- Tengo buenas noticias. He mirado al cielo. Viene un cohete a llevarnos a todos de
vuelta a casa. Llegará mañana temprano.
Escondió la cabeza entre las manos y se echó a llorar dulcemente.
A las tres de la mañana quemó los restos de Nueva Nueva York.
Caminó con una antorcha por la ciudad de material plástico, 3 tocó las paredes con la
llama, aquí y allá. La ciudad floreció en volúmenes de calor y luz. Dos kilómetros
cuadrados de iluminación podrían verla desde el espacio. Le indicaría al cohete que allí
abajo estaba Hathaway, y la familia de Hathaway.
Volvió a la casa con un dolor punzante en el corazón.
- Mirad. - Alzó a la luz una botella polvorienta -. Un vino reservado justo para esta
noche. Ya sabía yo que un día alguien daría con nosotros. ¡Bebamos celebrándolo!
Llenó cinco copas.
- Ha pasado mucho tiempo - dijo mirando con aire grave el vino de la copa -.
¿Recordáis el día en que estalló la guerra? Hace veinte años y siete meses. Llamaron
desde la Tierra a todos los cohetes de Marte. Y tú y yo y los chicos estábamos en las
montañas, dedicados a tareas arqueológicas, investigando la técnica quirúrgica marciana.
Casi reventamos los caballos, ¿os acordáis? Pero Regamos al pueblo con una semana
de retraso. Todos se habían ido América había sido destruida. Los cohetes partieron sin
esperar a los rezagados, ¿os acordáis, os acordáis? Y al final fuimos los únicos que se
quedaron. Señor, Señor, cómo pasa el tiempo. Yo no hubiera podido resistirlo sin
vosotros. Sin vosotros me hubiera matado. Pero con vosotros valía la pena esperan
Brindemos por nosotros - añadió levantando la copa -. Y por nuestra larga espera.
Hathaway bebió.
La esposa y las dos hijas y el hijo se llevaron la copa a los labios.
El vino les corrió a los cuatro por las barbillas.
Por la mañana, los últimos restos del pueblo volaban como grandes copos blandos y
negros cruzando el fondo del mar. El fuego se había apagado, pero no había sido inútil: el
punto rojo había crecido en el cielo.
Un rico aroma de pan de jengibre salía de la casa de piedra. Cuando Hathaway entró,
la esposa ordenaba sobre la mesa las hornadas de pan fresco. Las dos hijas barrían
gentilmente el desnudo suelo de piedra con tiesas escobas, y el hijo lustraba los cubiertos
de plata.
- Les prepararemos un gran desayuno - rió Hathaway -. ¡Poneos los mejores trajes!
Salió de la casa y caminó rápidamente hacia el vasto cobertizo de metal. Dentro
estaban la cámara refrigeradora y el generador eléctrico que había reparado a lo largo de
los años con dedos delgados, eficientes y nerviosos, así como había arreglado los relojes,
los teléfonos y las cintas grabadoras. El cobertizo estaba abarrotado de artefactos
construidos por Hathaway; algunos eran mecanismos absurdos, y ni él mismo, ahora que
los tenía delante, sabía cómo funcionaban.
Sacó de la cámara refrigeradora unas cajas de cartón acanalado con habas y fresas de
veinte años atrás. «Lázaro, levántate», pensó, y extrajo un pollo frío.
Cuando llegó el cohete, en el aire flotaban olores de cocina.
Hathaway corrió como un chico, cuesta abajo. Sintió de pronto un dolor agudo en el
pecho; se detuvo y se sentó jadeando en una peña. En seguida continuó corriendo.
Esperó de pie bajo la atmósfera abrasadora del ardiente cohete. Se abrió una
portezuela. Un hombre se asomó.
Hathaway se protegió los ojos con las manos, y al fin dijo:
- ¡Capitán Wilder!
- ¿Quién es? - preguntó el capitán Wilder. Saltó fuera del cohete y se quedó mirando al
viejo. Le tendió la mano -. ¡Dios santo, si es Hathaway!
- El mismo.
Se miraron las caras.
- Hathaway, uno de mis viejos tripulantes, de la cuarta expedición.
- Ha pasado mucho tiempo, capitán.
- Demasiado. ¡Qué alegría volver a verlo!
- Soy viejo - dijo simplemente Hathaway.
- Yo tampoco soy joven. He estado veinte años en Júpiter, Saturno y Neptuno.
- Oí decir que los ascendieron para que no se metiese en la política colonial de Marte. -
El viejo miró alrededor -. Ha estado fuera tanto tiempo que no sabrá lo que ha pasado...
- Me lo imagino - replicó Wilder -. Dimos dos vueltas a Marte y sólo encontramos a un
hombre, un tal Walter Gripp, a unos quince mil kilómetros de aquí. Le preguntamos si
quería venir con nosotros, pero dijo que no. Cuando lo vimos por última vez estaba en
medio de la carretera, sentado en una mecedora, fumando una pipa, saludándonos con la
mano. Marte está bien muerto; no queda vivo ni un solo marciano. ¿Qué pasa en la
Tierra?
- Sabe usted tanto como yo. De vez en cuando capto las radios de la Tierra, muy
débilmente. Pero siempre hablan en alguna lengua extranjera. Y de ellas no conozco más
que el latín. Sólo llegan unas pocas palabras. Creo que la mayor parte de la Tierra está en
ruinas, pero la guerra sigue. ¿Regresará usted, capitán?
- Sí. Tenemos mucha curiosidad, por supuesto. La radio no llegaba hasta nosotros.
Queremos ver la Tierra, pase lo que pase.
- ¿Nos llevarán a todos?
El capitán lo miró.
- Ah, sí, su mujer, la recuerdo. Hace veinticinco años, ¿verdad? Cuando fundaron el
primer pueblo usted dejó el servicio y trajo a su mujer. Y también había hijos...
- Un hijo y dos hijas.
- Sí, ya me acuerdo. ¿Están aquí?
- Allá arriba, en la casa. Nos está esperando a todos un buen desayuno. ¿Quieren
venir?
_Por supuesto, nos sentiremos muy honrados, señor Hathaway. - El capitán Wilder se
volvió hacia el cohete -: ¡Abandonen la nave!
Hathaway, el capitán Wilder y los veinte tripulantes subieron por la colina, aspirando
profundamente el aire enrarecido y fresco de la mañana. El sol se levantaba en el cielo y
era un buen día.
- ¿Se acuerda usted de Spender, capitán?
- Nunca lo he olvidado.
- Una vez al año camino hasta la tumba de Spender. Parece que al fin todo fue como él
pensaba. No quería que viniéramos. Imagino que estará contento, ahora que nos vamos
todos.
- ¿Y qué fue de... cómo se llamaba... Parkhill, Sam Parkhill?
- Abrió un quiosco de salchichas.
- Muy propio de él.
- Y una semana después volvió a la Tierra, a alistarse en el ejército. - Hathaway se
llevó una mano al costado, sentándose bruscamente en un peñasco -. Perdóneme. La
excitación. Volver a verlo después de tantos años... Tengo que descansar.
El corazón le golpeaba el pecho. Contó los latidos. Mal asunto.
- Hay un médico a bordo - dijo Wilder -. Excúseme, Hathaway, ya sé que usted también
lo es, pero sería bueno que él lo examinara y...
Llamaron al médico.
- No es nada - insistió Hathaway -. La espera, la excitación. - Apenas podía respirar.
Tenía los labios azules -. Usted sabe - dijo cuando el médico le puso el estetoscopio -, es
como si hubiera vivido esperando este día. Y ahora que han llegado para llevarme otra
vez a la Tierra, me siento ya satisfecho, y quisiera acostarme y olvidarme de todo.
- Tome. - El médico le dio una píldora amarilla -. Es mejor que descanse.
- Tonterías. Déjeme estar sentado un momento. Me alegra verlos, oír al fin otras voces.
- ¿Le hace efecto la píldora?
- Mucho. ¡Vamos!
Siguieron caminando, colina arriba.
- Alice,¡mira quién está aquí!
Hathaway frunció el ceño y se asomó al interior de la casa.
- ¿Has oído, Alice?
Primero apareció la esposa. Después salieron las dos hijas, graciosas y altas, y las
siguió el hijo, todavía más alto.
- Alice, ¿te acuerdas del capitán Wilder?
Alice titubeó, miró a su marido, como pidiéndole instrucciones y en seguida sonrió:
- Claro, ¡el capitán Wilder!
- Recuerdo que cenamos juntos la víspera de mi partida para Júpiter, señora
Hathaway.
Alice le estrechó vigorosamente la mano.
- Mis hijas, Marguerite y Susan. Mi hijo John - dijo -. Os acordáis del capitán, ¿no es
cierto?
Se dieron la mano entre risas y mucha charla.
El capitán Wilder husmeó el aire.
- ¿Huele a pan de jengibre? - preguntó.
- ¿Quieren probarlo?
Todos se movieron. Sacaron de prisa unas mesas plegables, pusieron sobre ellas unos
cubiertos y unas finas servilletas de seda y sirvieron unos platos humeantes. El capitán
Wilder, de pie, inmóvil, miraba a la señora Hathaway y a las dos hijas que iban en silencio
de un lado a otro. Les miraba las caras y seguía todos los movimientos de aquellas
manos jóvenes y todas las expresiones de aquellos rostros tersos. Se sentó en una silla
que le trajo el hijo.
- ¿Cuántos años tienes, John? - le preguntó.
- Veintitrés - replicó el - hijo.
Wilder movió torpemente los cubiertos. Se había puesto pálido. El hombre que estaba
junto a él le dijo en voz baja:
- No puede ser, capitán.
John fue a buscar más sillas.
- ¿Qué dice, Williamson?
- Yo tengo cuarenta y tres. Fui a la escuela con John Hathaway, hace ya veinte años.
John dice que tiene veintitrés años, y representa esa edad. Pero no puede ser. Tendría
que tener, por lo menos, cuarenta y dos. ¿Qué significa esto, capitán?
- No sé.
- Pero ¿qué le pasa, capitán?
- No me siento bien. Las hijas las vi hace unos veinte años. Tampoco han cambiado.
No tienen una arruga. ¿Quiere usted hacerme un favor? Quiero que me averigüe una
cosa, Williamson. Le diré adónde debe ir y dónde debe mirar. Cuando acabe el desayuno,
escabúllase. No tardará más de diez minutos. El sitio no está lejos. Lo he visto desde el
cohete cuando bajábamos.
- ¡Eh! ¿De qué hablan con tanta seriedad? - les preguntó la señora Hathaway mientras
les servía en los tazones unas rápidas cucharadas de sopa -. Sonrían, estamos todos
juntos, el viaje ha terminado, ¡ya casi están en casa!
- Sí - dijo el capitán riéndose. -. Por cierto, ¡se la ve muy bien y muy joven, señora
Hathaway!
- ¡Ah, los hombres!
La señora Hathaway se alejó como llevada por una corriente de aire, con la cara
encendida, tersa como una manzana, sin arrugas y de buen color. Respondía a las
bromas con una risa cristalina, servía limpiamente la ensalada, sin detenerse una sola vez
a tomar aliento. Y el hijo huesudo y las hijas curvilíneas se mostraban brillantemente
ingeniosos, como el padre, hablando de los largos años y de sus vidas solitarias, mientras
el padre asentía con orgullo.
Williamson se alejó en silencio, colina abajo.
- ¿Adónde va? - preguntó Hathaway.
- A examinar el cohete - respondió Wilder -. Pero, como le iba diciendo, Hathaway, no
hay nada en Júpiter, absolutamente nada para el hombre. En Saturno y Plutón, tampoco.
Wilder habló mecánicamente, sin atender a lo que decía, pensando sólo en Williamson
que en ese momento corría colina abajo, y que muy pronto estaría de vuelta.
- Gracias.
Marguerite Hathaway le estaba sirviendo agua. Impulsivamente, Wilder le tocó el brazo.
La muchacha no se inmutó. La carne era firme y tibia.
Al otro lado de la mesa, Hathaway se interrumpía a veces, se tocaba el pecho con un
gesto de dolor, seguía escuchando los murmullos, que de pronto eran una charla ruidosa,
y de vez en cuando miraba preocupado a Wilder, a quien no parecía gustarle el pan de
jengibre.
Williamson regresó. Se sentó y se puso a picotear la comida hasta que el capitán le
susurró de costado:
- ¿Bien?
- Lo encontré, capitán.
- ¿Y?
Williamson estaba pálido. No dejaba de mirar a la gente que se reía. Las hijas sonreían
gravemente, y el hijo contaba un chiste.
- He estado en el cementerio - dijo Williamson.
- ¿Las cuatro cruces están allí?
- Las cuatro cruces están allí, señor. Se pueden leer los nombres. Los he apuntado
para estar seguro. – Y Williamson leyó en un papel blanco -: «Alice, Marguerite, Susan y
John Hathaway. Muertos a causa de un virus desconocido. Julio de dos mil siete».
Wilder cerró los ojos.
- Gracias, Williamson.
- Hace diecinueve años, capitán. - La mano de Williamson temblaba.
- Sí.
- Entonces, ¿quiénes son éstos?
- No lo sé.
- ¿Qué vamos a hacer?
- Tampoco lo sé.
- ¿Se lo diremos a los otros?
- Más tarde. Siga comiendo como si no pasara nada.
- No tengo mucho apetito, señor.
La comida terminó con un vino traído del cohete. Hathaway se puso de pie.
- Brindo por todos ustedes. Es bueno estar otra vez entre amigos. Y brindo también por
mi mujer y mis hijos. Sin ellos no hubiera sobrevivido. Sólo gracias a sus cariñosos
cuidados he podido esperar la llegada de ustedes.
Alzó la copa hacia su familia. Los cuatro lo miraron azorados y bajaron los ojos cuando
los otros comenzaron a beber.
Hathaway apuró el vino. En seguida, sin un grito, cayó de bruces sobre la mesa y
resbaló hasta el suelo. Algunos de los hombres lo ayudaron a acostarse. El médico se
inclinó sobre él y escuchó. Wilder tocó el hombro del médico. El médico alzó los ojos y
meneó la cabeza. Wilder se arrodilló y tomó la mano del viejo.
- ¿Wilder? - La voz de Hathaway apenas se oía -. He estropeado el desayuno.
- No diga disparates.
- Despídame de Alice y mis hijos.
- Espere un momento. Los llamaré.
- No, no - jadeó Hathaway -. No comprenderían. No quiero que comprendan. ¡No los
llame!
Wilder no se movió.
Hathaway estaba muerto.
Wilder esperó un largo rato. Luego se levantó y se alejó del grupo de hombres
aturdidos que rodeaban a Hathaway. Buscó a Alice, la miró a la cara, y le dijo:
- ¿Sabe usted qué acaba de ocurrir?
- ¿Le ha pasado algo a mi marido?
- Ha muerto. El corazón - contestó Wilder observándola.
- Lo lamento - dijo ella.
- ¿Cómo se siente?
- Hathaway no quería que nos sintiéramos mal. Nos dijo que esto ocurriría en cualquier
momento y no quería que lloráramos. No nos enseñó a llorar. No quería que supiéramos
hacerlo. Según él, nada peor puede ocurrirle a un hombre que saber cómo estar solo, y
cómo estar triste, y ponerse a llorar. Por eso no sabemos lo que es llorar o estar tristes.
Wilder echó una ojeada a las manos de la mujer, las manos blandas y tibias, las uñas
bien cuidadas y las delgadas muñecas. Miró el cuello esbelto y terso y los ojos
inteligentes y por último dijo:
- El señor Hathaway los hizo a ustedes muy bien.
- Le hubiera gustado oír eso. Estaba tan orgulloso de nosotros... Al cabo de un tiempo
hasta olvidó que nos había hecho. Al final nos aceptaba y nos quería como si fuéramos de
veras su mujer y sus hijos. Y en cierto sentido lo somos.
- Ustedes lo ayudaron mucho.
- Sí, conversamos con él durante años interminables. Le gustaba tanto hablar.. Le
gustaba la casa de piedra y el fuego de la chimenea. Hubiéramos podido vivir en una de
las casas comunes del pueblo, pero a él le gustaba esto, donde podía ser primitivo si
quería, o moderno si quería. Me hablaba muchas veces del laboratorio y de las cosas que
hacía. Instaló toda una red de alambres y altavoces en esa colonia muerta de ahí abajo.
Cuando apretaba un botón el pueblo se iluminaba y se llenaba de ruidos, como si vivieran
en él diez mil personas. Se oían aviones, coches y la charla de la gente. Hathaway se
sentaba, encendía un cigarro y nos hablaba y los ruidos del pueblo llegaban hasta
nosotros, y de vez en cuando sonaba un teléfono, y una voz grabada le hacía una
pregunta sobre ciencia o cirugía, y el señor Hathaway contestaba. Con el teléfono,
nosotros, los ruidos del pueblo y el cigarro, Hathaway era feliz. Pero hubo una cosa que
no pudo conseguir: que envejeciéramos. Él envejecía día tras día, y nosotros no
cambiábamos. Creo que no le importaba. Creo que nos quería así.
- Lo enterraremos en el cementerio de las cuatro cruces. Pienso que le hubiera gustado
a Hathaway.
Alice tocó levemente la muñeca del capitán Wilder.
- Estoy segura.
El capitán dio unas órdenes. La familia siguió al reducido cortejo colina abajo. Dos
hombres llevaron a Hathaway en una parihuela cubierta. El cortejo dejó atrás la casa de
piedra y el cobertizo donde Hathaway, años atrás, había comenzado sus trabajos. Wilder
se detuvo junto a la puerta del taller.
¿Cómo sería, se preguntó, vivir en un planeta con una mujer y tres hijos, verlos morir y
quedarse a solas con el viento y el silencio? ¿Qué se podría hacer? Enterrarlos bajo unas
cruces, volver al taller y con inteligencia, memoria, habilidad manual e ingenio
recomponer, pedazo a pedazo, esas cosas que eran una mujer, un hijo, dos hijas. Con
toda una ciudad allá abajo, en la que podía encontrar lo que quisiera, un hombre
inteligente podía hacer cualquier cosa.
El ruido de los pasos se apagaba en la arena. Cuando llegaron al cementerio, dos de
los hombres cavaban ya una tumba. Volvieron al cohete en las últimas horas de la tarde.
Williamson señaló la casa con un movimiento de cabeza.
- ¿Qué vamos a hacer con ellos?
- No lo sé - dijo el capitán.
- ¿Los va a parar?
El capitán pareció un poco sorprendido.
- ¿Parar? No lo había pensado.
- No los llevaremos.
- No, sería inútil.
- ¿Es decir que los vamos a dejar aquí, así, como son?
El capitán le alcanzó un arma a Williamson.
- Si usted puede hacer algo... yo no sería capaz.
Cinco minutos después, Williamson volvió de la casa de piedra con el rostro
transpirado.
- Tome, el arma. Ahora entiendo lo que quería decir. Entré en la casa con el arma. Una
de las hijas me sonrió. Y también los demás. La mujer me ofreció una taza de té. ¡Dios,
sería un asesinato!
Wilder asintió.
- Nunca habrá nada tan maravilloso como ellos. Fueron construidos para durar: diez,
cincuenta, doscientos años. Sí, tienen derecho... tienen derecho a vivir, tanto como usted
o yo o cualquiera de nosotros. - Sacudió la pipa -. Bueno, ahora a bordo. Nos vamos. Este
pueblo está muerto. Nada hacemos aquí.
Oscurecía. Se levantaba un viento helado. Los hombres ya estaban a bordo. El capitán
titubeó.
- No me diga que va a volver a decirles... adiós - dijo Williamson.
El capitán lo miró fríamente.
- No es asunto suyo.
Wilder subió a la casa en el viento del crepúsculo. Los hombres del cohete vieron que
la sombra del capitán se detenía en el umbral de la casa. Vieron la sombra de una mujer.
Vieron que el capitán le estrechaba la mano.
Un momento después, Wilder volvió corriendo al cohete.
De noche, cuando el viento barre el fondo del mar muerto y el cementerio hexagonal
con cuatro cruces viejas y una nueva, una luz brilla aún en la baja casa de piedra, y en
esa casa, mientras ruge el viento y giran los torbellinos de arena y las estrellas frías titilan
en el cielo, cuatro figuras, una mujer, dos hijas y un hijo atienden el fuego sin ningún
motivo y conversan y ríen.
Noche tras noche, año tras año, la mujer, sin ningún motivo, sale de la casa y mira
largamente el cielo con las manos en alto, mira la Tierra, la luz verde y brillante, sin saber
por qué mira, y después entra y echa al fuego un trozo de leña, y el viento sigue soplando
y el mar muerto sigue muerto.

-
VENDRÁN LLUVIAS SUAVES
La voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse, hora de
levantarse, las siete, como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El
reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío. Las siete y nueve,
hora del desayuno, ¡las siete y nueve!
En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior
brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de
jamón, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.
- Hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis - dijo una voz desde el techo de la
cocina - en la ciudad de Allendale, California. - Repitió tres veces la fecha, como para que
nadie la olvidara - Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de
la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua,
gas y electricidad.
En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas
magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.
Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho
y uno! Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de
los tacones de goma. Llovía afuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en
voz baja: Lluvia, lluvia, aléjate... zapatones, impermeables, hoy.. Y la lluvia resonó
golpeteando la casa vacía.
Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta, y descubrió un coche con el
motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.
A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un
brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los
arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.
Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.
Las nueve y cuarto, cantó el reloj, la hora de la limpieza.
De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las
habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con
las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando
delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a
las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.
Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de
escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas
emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.
Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire
de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las
paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La
fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un
hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía
unas flores. Un poco más lejos - las imágenes grabadas en la madera en un instante
titánico -, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el
aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota
que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer,
los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores
cubrió el jardín con una luz en cascadas.
Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había
preguntado. «¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?", y como los zorros solitarios y
los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y
puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.
Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana
chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.
La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en
coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.
El mediodía.
Un perro aulló, temblando, en el porche.
La puerta de calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande
y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas
de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el
lodo, irritados por la molestia.
Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los
paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el
pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero,
desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados
a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal
maligno.
El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que
al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.
Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba
unos pancakes que llenaban la casa con un aroma de jarabe de arce.
El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico
espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó
muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.
Las dos, cantó una voz.
Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la
descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por
un viento eléctrico.
Las dos y cuarto.
El perro había desaparecido.
En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la
chimenea.
Las dos y treinta y cinco.
Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon
sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y
sándwiches de tomate, lechuga y huevo. Sonó una música.
Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.
Las cuatro y media.
Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.
Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas
que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban
colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien
aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de
cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y
tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de
huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros,
y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una
fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.
De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras
kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los
manantiales.
Era la hora de los niños.
Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.
Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como
manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente
al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media
pulgada de ceniza blanda y gris.
Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las
noches eran frescas aquí.
Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.
- Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?
La casa estaba en silencio.
- Ya que no indica lo que prefiere - dijo la voz al fin -, elegiré un poema cualquiera.
Una suave música se alzó como fondo de la voz.
- Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece...
Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco,
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba
apenas sabrá que hemos desaparecido.
El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil
montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y
sonaba la música.
A las diez la casa empezó a morir.
Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.
La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las
llamas envolvieron el cuarto.
- ¡Fuego! - gritó una voz.
Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el
solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo,
devorando, mientras las voces repetían a coro:
- ¡Fuego, fuego, fuego!
La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había
roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.
La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en
cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas
de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los
surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.
Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se
detuvo. La lluvia dejó de caen La reserva del tanque de agua que durante muchos días
tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.
El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de
Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando
tiernamente los lienzos en negras virutas.
Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color
de las cortinas.
De pronto, refuerzos.
De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de
grifo brotó un líquido verde.
El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con un serpiente muerta. Y
fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una
venenosa, clara y fría espuma verde.
Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván
llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas,
se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.
El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.
La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció
en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado
la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador.
¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corred, corred! El calor rompió los espejos como hielos
invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corred, corred,
como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de
niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose,
mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos,
tres, cuatro, cinco voces murieron.
En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas
escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez
millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante...
Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros
indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora
automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la
puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una
relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de
maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones
de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!
Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime
despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos
los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de
humo.
En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos
desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de
tostadas, veinte docenas de lonjas de jamón, que fueron devoradas por el fuego y
encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.
El derrumbe. El altillo se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el
sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las
camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.
Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.
La aurora asomó débilmente por el este. Entre las ruinas se levantaba sólo una pared.
Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se
elevaba sobre el montón de escombros humeantes:
- Hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis hoy es cinco de agosto de dos mil
veintiséis, hoy es...

-
EL PICNIC DE UN MILLÓN DE AÑOS
De algún modo mamá tuvo la idea de que quizás a todos les gustaría ir de pesca. Pero
Timothy sabía que no eran palabras de mamá. Las palabras eran de papá, y las dijo
mamá en vez de él.
Papá restregó los pies en un montón de guijarros marcianos y se mostró de acuerdo.
Siguió un alboroto y un griterío; el campamento quedó reducido rápidamente a cápsulas y
cajas. Mamá se puso un pantalón de viaje y una blusa, y papá llenó la pipa con dedos
temblorosos, mirando fijamente el cielo marciano, y los tres chicos se apilaron gritando en
la lancha de motor, y ninguno de ellos, excepto Timothy, se ocupó de mamá y de papá.
Papá apretó un botón. El motor emitió un zumbido que se elevó en el aire. El agua se
agitó detrás, la lancha se precipitó hacia delante, y la familia gritó:
- ¡Hurra!
Timothy, sentado a popa, puso dos deditos sobre los velludos dedos de papá y miró
cómo se retorcía el canal y cómo se alejaban del lugar en ruinas adonde habían llegado
en el pequeño cohete, directamente desde la Tierra.
Recordaba aún la noche anterior a la partida, las prisas y los afanes, el cohete que
papá había encontrado en alguna parte, de algún modo, y aquella idea de pasar unas
vacaciones en Marte. Marte estaba demasiado lejos para ir de vacaciones, pero Timothy
pensó en sus hermanos menores y no dijo nada. Habían llegado a Marte, y ahora iban a
pescan Así decían al menos.
La lancha remontaba el canal. La mirada de papá era muy extraña, y Timothy no la
podía entender. Era una mirada brillante, y quizá también aliviada; le arrugaba la cara en
una mueca de risa más que de preocupación o de tristeza.
El cohete, ya casi frío, desapareció detrás de una curva.
- ¿Durará mucho el paseo? - preguntó Robert.
La mano le saltaba como un cangrejito sobre el agua violeta.
Papá suspiró:
- Un millón de años.
- ¡Zas! - dijo Robert.
- Mirad, chicos. - Mamá extendió un brazo largo y suave -. Una ciudad muerta.
Los chicos miraron con una expectación fervorosa, y la ciudad muerta estaba allí,
muerta sólo para ellos, adormilada en el cálido silencio estival puesto allí por algún
marciano hacedor de climas.
Y papá miró la ciudad como si le gustase que estuviera muerta.
Eran unas pocas piedras rosadas, dormidas sobre unas dunas; unas columnas caídas,
un templo solitario, y más allá otra vez las extensiones de arena. Nada más, un desierto
blanco a lo largo del canal, y encima un desierto azul.
De repente un pájaro atravesó el espacio, como una piedra lanzada a un lago celeste;
golpeó, se hundió y desapareció.
Papá lo miró con ojos asustados.
- Creí que era un cohete.
Timothy observó el profundo océano del cielo, tratando de ver la Tierra en llamas, las
ciudades en ruinas y los hombres que no dejaban de matarse unos a otros. Pero no vio
nada. La guerra era algo tan apartado y lejano como el duelo a muerte de dos moscas
bajo la nave de una enorme catedral silenciosa; e igualmente absurda.
William Thomas se enjugó la frente y sintió en el brazo la mano de Timothy, como una
tarántula joven, arrobada.
- ¿Qué tal, Timmy?
- Muy bien, papá.
Timothy no alcanzaba a imaginar qué estaba funcionando ahora dentro de ese vasto
mecanismo adulto que tenía al lado. Era un hombre de gran nariz aguileña, tostado y
despellejado por el sol, de brillantes ojos azules, como las bolitas de ágata con que había
jugado en la Tierra en las vacaciones de verano, y de piernas largas y gruesas como
columnas envueltas en pantalones holgados.
- ¿Qué miras, papá?
- Estoy buscando lógica terrestre, sentido común, gobierno honesto, paz y
responsabilidad.
- ¿Todas esas cosas están allá arriba?
- No. No las he encontrado. Ya no están ahí. Y nunca volverán a estarlo. Quizá nunca
lo estuvieron.
- ¿Eh?
- Mira el pez - dijo papá señalando el agua.
Se oyó un clamor de voces de soprano. Los tres chicos doblaron los cuellos delgados
sobre el canal, sacudiendo la lancha, diciendo «¡oh!» y «¡ah!».
Un anillado pez de plata nadaba junto a ellos. De pronto onduló y se cerró como un iris,
devorando unos trocitos de comida.
Papá miró el pez y dijo con voz grave y serena:
- Es como la guerra. La guerra avanza nadando, ve un poco de comida, y se contrae.
Un momento después... ya no hay Tierra.
- William - dijo mamá.
- Perdona - dijo papá.
Inmóviles, en silencio, miraron pasar las aguas del canal, frescas, veloces y cristalinas.
Sólo se oía el zumbido del motor, el deslizamiento del agua, el sol que dilataba el aire.
- ¿Cuándo veremos a los marcianos? - preguntó Michael.
- Quizá muy pronto - dijo papá -. Esta noche tal vez.
- Oh, pero los marcianos son una raza muerta - dijo mamá.
- No, no es cierto. Yo os enseñaré algunos marcianos - replicó papá.
Timothy frunció las cejas, pero no dijo nada. Todo era muy raro ahora. Las vacaciones
y la pesca y las miradas que se cruzaba la gente.
Los otros dos chicos ya estaban buscando marcianos, y protegiéndose los ojos con las
manitas examinaban los pétreos bordes del canal a dos metros por encima del agua.
- Pero ¿cómo son los marcianos? - preguntó Michael.
Papá se rió de un modo extraño y Timothy vio que un pulso le latía en la mejilla.
- Lo sabrás cuando los veas.
La madre era esbelta y suave, con una trenza de pelo de oro rizado en lo alto de la
cabeza, como una tiara, y ojos morados, con reflejos de ámbar, del color de las aguas
profundas del canal cuando la corriente se deslizaba a la sombra. Se le podían ver los
pensamientos nadando como peces en los ojos; unos brillantes, otros sombríos, unos
rápidos y fugaces, otros lentos y pacíficos; y a veces, como cuando miraba la Tierra, los
ojos eran sólo color y nada más. Estaba sentada a proa, con una mano en el borde de la
lancha y la otra sobre los oscuros pantalones azules; una línea de piel tostada por el sol le
asomaba bajo la blusa, abierta como una flor blanca.
Miró hacia delante, y, como no pudo ver con claridad, miró hacia atrás, hacia su
marido, y reflejado en sus ojos vio entonces lo que había delante. Y como él añadía algo
de sí mismo a ese reflejo, una resuelta firmeza, la mujer se tranquilizó y la aceptó, y se
volvió otra. vez, comprendiendo de pronto dónde tenía que buscar.
Timothy miraba también. Pero sólo veía un canal recto, como una línea de lápiz violeta
que cruzaba un valle amplio y poco profundo; las colinas antiguas y bajas se extendían
hasta el borde del cielo. Y el canal continuaba, atravesando unas ciudades que habrían
sonado como escarabajos dentro de una calavera si alguien las hubiese sacudido. Eran
cien o doscientas ciudades que dormían envueltas en los sueños de los tibios días del
verano y en los sueños de las noches frías de invierno...
La familia había viajado millones de kilómetros para esto: una excursión de pesca. Pero
en el cohete tenían un arma. Era una excursión, pero ¿para qué habían escondido tanta
comida cerca del cohete? Vacaciones. Pero detrás del velo de las vacaciones no había
caras dulces y risueñas, sino algo duro y huesudo y quizá terrible. Timothy no podía
levantar ese velo, y los otros dos chicos estaban ocupados ahora, pues sólo tenían diez, y
ocho años.
Robert apoyó la barbilla en forma de V en el hueco de las manos y observó con ojos
muy abiertos las orillas del canal.
- No veo marcianos todavía.
Papá había traído una radio atómica de pulsera. Funcionaba según un anticuado
principio: se aplicaba contra los huesos del oído y vibraba cantando o hablando. Papá la
escuchaba con un rostro que parecía una ciudad marciana en ruinas: pálido, enjuto y
seco, casi muerto.
Luego pasó el aparato de radio a mamá. Mamá escuchó con la boca abierta.
- ¿Qué...? - empezó a preguntar Timothy, pero no terminó lo que quería decir.
En ese momento se oyeron dos titánicas explosiones que los sacudieron hasta los
tuétanos, seguidas de una media docena de débiles temblores.
Alzando bruscamente la cabeza, papá aumentó en seguida la velocidad de la lancha.
La lancha saltó y se torció y voló. Esto acabó con los temores de Robert, y Michael, dando
gritos de miedo y sorprendida alegría, se abrazó a las piernas de mamá y miró el agua
que le pasaba por debajo de la nariz en un alborotado torrente.
Papá desvió la lancha, aminoró la velocidad, y llevó la embarcación por un canal
estrecho hasta debajo de un antiguo y ruinoso muelle de piedra que olía a carne de
crustáceo. La lancha golpeó el muelle, y todos fueron despedidos hacia delante, pero
nadie se lastimó, y papá se inclinó en seguida sobre la borda para ver si los rizos del agua
borraban la estela de la lancha. Las ondas del canal se entrecruzaron, golpearon las
piedras, retrocedieron encontrándose otra vez, se detuvieron, moteadas por el sol.
Desaparecieron.
Papá escuchó. Todos escucharon.
La respiración de papá resonaba como si unos puños golpearan las húmedas y frías
piedras del muelle. En la sombra, los ojos de gato de mamá observaban a papá buscando
algún indicio de lo que iba a pasar ahora.
Papá se tranquilizó y suspiró, riéndose de sí mismo.
- Era el cohete, por supuesto. Estoy cada vez más nervioso. El cohete.
- ¿Qué ha pasado, papá, qué ha pasado? - preguntó Michael.
- Nada, que hemos volado el cohete - dijo Timothy tratando de hablar en un tono
indiferente -. He oído antes ese ruido, en la Tierra. El cohete estalló.
- ¿Por qué volamos el cohete? - preguntó Michael -. ¿Eh, papá?
- Es parte del juego, tonto - dijo Timothy.
La palabra entusiasmó a Michael y a Robert.
- ¡Un juego!
- Papá lo arregló para que estallara. Así nadie puede saber dónde estamos. Por si
vienen a buscarnos, ¿entiendes?
- ¡Qué bien! ¡Un secreto!
- Asustado por mi propio cohete - le dijo papá a mamá -. Estoy muy nervioso. Es tonto
pensar en otros cohetes. Quizás uno... Si Edward y su mujer consiguieron salir de la
Tierra.
Se llevó otra vez el diminuto aparato de radio a la oreja. Dos minutos después, dejó
caer la mano como quien deja caer un trapo.
- Por fin se acabó - le dijo a mamá -. La radio acaba de perder la onda atómica. Ya no
hay más estaciones en el mundo. Sólo quedaban dos en estos últimos años. Todas
callaron ahora, y así - seguirán probablemente.
- ¿Por cuánto tiempo, papá? - preguntó Robert.
- Quizá vuestros bisnietos vuelvan a oírlas - contestó papá, y tuvo una sensación de
terror, derrota y resignación que alcanzó a los niños.
Finalmente papá guió otra vez la lancha hacia el canal y continuaron el paseo.
Se hacía tarde. El sol descendía. Una hilera de ciudades muertas se extendía delante
de ellos a lo largo del canal.
Papá les habló a sus hijos muy serenamente y en voz baja. Muchas veces, en otros
tiempos, se había mostrado inaccesible y severo, pero ahora les hablaba acariciándoles la
cabeza. Los niños lo notaron.
- Mike, elige una ciudad.
- ¿Qué papá?
- Elige una ciudad. Cualquiera.
- Bueno - dijo Michael -. ¿Cómo la elijo?
- Elije la que más te guste. Y vosotros, Robert, Tim, elegid también la que más os
guste.
- Yo quiero una ciudad con marcianos - dijo Michael.
- La tendrás - dijo papá -. Te lo prometo. Hablaba con los chicos, pero miraba a mamá.
En veinte minutos pasaron ante seis ciudades. Papá no volvió a hablar de explosiones.
Prefería, aparentemente, divertirse con sus hijos, verlos reír, a cualquier otra cosa.
A Michael le gustó la primera ciudad, pero los demás no le hicieron caso, pues no
confiaban en juicios apresurados. La segunda ciudad no le gustó a nadie. Era un
campamento terrestre de casas de madera que ya estaba convirtiéndose en serrín. La
tercera le gustó a Timothy porque era grande. La cuarta y la quinta eran demasiado
pequeñas, y la sexta provocó la admiración de todos, incluso de mamá, que se sumó a los
«¡ah!» y «¡oh!» y a los «¡mirad eso!».
Era una ciudad de cincuenta o sesenta enormes estructuras, en pie todavía; había
polvo en las calles de piedra, uno o dos surtidores latían aún en las plazas. Lo único vivo:
unos chorros de agua a la luz de la tarde.
- Ésta es la ciudad - dijeron todos.
Papá guió la lancha hacia un muelle y desembarcó de un salto.
- Ya estamos. Esto es nuestro. Aquí viviremos desde ahora.
- ¿Desde ahora? - exclamó Michael, incrédulo, poniéndose de pie. Miró la ciudad y se
volvió parpadeando hacia el lugar donde había estado el cohete -. ¿Y el cohete? ¿Y
Minnesota?
- Aquí - dijo papá, y tocó con el aparatito de radio la cabeza rubia de Michael -.
Escucha.
Michael escuchó.
- Nada - dijo.
- Eso es. Nada. Nada, para siempre. No más Minneapolis, no más cohetes, no más
Tierra.
Michael meditó unos instantes en la fatal revelación y rompió en unos sollozos
entrecortados.
- Espera, Mike - le dijo papá en seguida -. Te doy mucho más a cambio.
Michael, intrigado, contuvo las lágrimas, aunque dispuesto a continuar si la nueva
revelación de papá era tan desconcertante como la primera.
- Te doy esta ciudad, Mike. Es tuya.
- ¿Mía?
- Sí, de los tres: tuya y de Robert y de Timothy. Exclusivamente vuestra.
Timothy saltó de la lancha.
- ¡Todo es nuestro, todo!
Continuaba jugando con papá, y jugaba a fondo y bien. Más tarde, cuando todo
concluyera y se aclarara, podría separarse de los demás y llorar a solas diez minutos.
Pero ahora era todavía un juego, una excursión familiar, y los otros dos chicos tenían que
seguir jugando.
Mike y Robert saltaron de la lancha y ayudaron a mamá.
- Cuidado con vuestra hermana - dijo papá, y nadie supo, hasta más tarde, lo que
quería decir.
Entraron en la vasta ciudad de piedra rosada, hablándose en voz baja, pues las
ciudades muertas invitan a hablar en voz baja, y observaron la puesta del sol.
- Dentro de unos cinco días - dijo papá - volveré al lugar donde estaba el cohete y
recogeré la comida escondida en las ruinas y la traeré aquí. Después buscaré a Bert
Edwards, su mujer y sus hijas.
- ¿Hijas? - preguntó Timothy -. ¿Cuántas?
- Cuatro.
- Ya veo que eso nos traerá preocupaciones - dijo mamá meneando la cabeza.
- Chicas - dijo Michael, y torció la cara como una vieja y pétrea imagen marciana -.
Chicas.
- ¿También vienen en cohete?
- Sí. Si consiguen llegar. Los cohetes familiares se construyen para ir a la Luna, no a
Marte. Nosotros tuvimos suerte.
- ¿Dónde conseguiste el cohete? - susurró Timothy mientras los otros dos chicos
corrían adelantándose.
- Lo guardé durante veinte años, Tim. Lo escondí, esperando no tener que usarlo.
Supongo que tenía que habérselo entregado al gobierno, para la guerra, pero pensaba
constantemente en Marte...
- Y en un picnic.
- Eso es. Esto queda entre nosotros. Cuando vi que todo acababa en la Tierra, y
después de haber esperado hasta el último momento, embarqué a la familia. También
Bert Edwards tenía escondido un cohete, pero nos pareció mejor no partir juntos, por si
alguien intentaba derribarnos a tiros.
- ¿Por qué volaste el cohete, papá?
- Para que nunca podamos volver. Y de este modo, además, si alguno de aquellos
malvados viene a Marte, no sabrá que estamos aquí.
- ¿Por eso miras siempre el cielo?
- Sí, es una tontería. No nos seguirán nunca. No tienen con qué seguirnos. Me
preocupo demasiado, eso es todo.
Michael volvió corriendo.
- ¿Esta ciudad es de veras nuestra, papá?
- Todo el planeta es nuestro, hijos. Todo el bendito planeta.
Allí estaban, el Rey de la Colina, el Señor de las Ruinas, el Dueño de Todo, los
monarcas y presidentes irrevocables, tratando de comprender qué significaba ser dueños
de un mundo, y qué grande era realmente un mundo.
La noche cayó rápidamente en la delgada atmósfera, y papá los dejó en la plaza, junto
al surtidor intermitente, llegó hasta la embarcación, y volvió con un paquete de papeles en
las manos.
Amontonó los papeles en un viejo patio y los encendió. Todos se agacharon alrededor
de las llamas calentándose y riéndose, y Timothy vio que cuando el fuego las alcanzaba,
las letritas saltaban como animales asustados. Los papeles crepitaron como la piel de un
hombre viejo, y la hoguera envolvió innumerables palabras:
«TÍTULOS DEL GOBIERNO; Gráficas comerciales e industriales, 1999; Prejuicios
religiosos, ensayo: La ciencia de la logística; Problemas de la Unidad Americana; Informe
sobre reservas, 3 de julio de 1998; Resumen de la guerra...»
Papá había insistido en traer estos papeles, con este propósito. Los fue arrojando al
fuego, uno a uno, con aire de satisfacción y explicó a los chicos qué significaba todo eso.
- Ya es hora de que os diga unas pocas cosas. No fue justo, me parece, que os las
haya ocultado. No sé si entenderéis, pero tengo que decirlo, aunque sólo entendáis una
parte.
Arrojó una hoja al fuego.
- Estoy quemando toda una manera de vivir, de la misma forma que otra manera de
vivir se quema ahora en la Tierra. Perdonadme si os hablo como un político, pero al fin y
al cabo soy un ex gobernador; un gobernador honesto, por eso me odiaron. La vida en la
Tierra nunca fue nada bueno. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada
rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a
cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía
importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las
máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra. Por eso
han callado las radios. Por eso hemos huido...
»Hemos tenido suerte. No quedan más cohetes. Ya es hora de que sepáis que esto no
es una excursión de pesca. He ido demorando el momento de decirlo. La Tierra ya no
existe; ya no habrá viajes interplanetarios, durante muchos siglos, quizá nunca. Aquella
manera de vivir fracasó, y se estranguló con sus propias manos. Sois jóvenes. Os repetiré
estas palabras, todos los días, hasta que entren en vosotros.
Hizo una pausa y alimentó el fuego con otros papeles.
- Estamos solos. Nosotros y algunos más que llegarán dentro de unos días. Somos
bastantes para empezar de nuevo. Bastantes para volver la espalda a la Tierra y
emprender un nuevo camino...
Las llamas se elevaron subrayando lo que decía papá. Y luego todos los papeles
desaparecieron, menos uno. Todas las leyes de la Tierra fueron unos pequeños
montículos de ceniza caliente que pronto se llevaría el viento.
Timothy miró el papel que papá arrojaba al fuego. Era un mapa del mundo. El mapa se
arrugó y retorció entre las llamas, y desapareció como una mariposa negra y ardiente.
Timothy volvió la cabeza.
- Ahora, os voy a mostrar los marcianos. Venid todos. Ven, Alice - dijo papá tomando a
mamá de la mano.
Michael lloraba ruidosamente, y papá lo alzó en brazos y todos caminaron por entre las
ruinas, hacia el canal.
El canal. Por donde mañana, o pasado mañana, vendrían en bote las futuras esposas,
unas niñitas sonrientes, acompañadas de sus padres.
La noche cayó envolviéndolos, y aparecieron las estrellas. Pero Timothy no encontraba
la Tierra en el cielo. Se había puesto. Era algo que hacía pensar.
Un pájaro nocturno gritó entre las ruinas.
- Vuestra madre y yo procuraremos instruiros - dijo papá -. Tal vez fracasemos, pero
espero que no. Hemos visto muchas cosas y hemos aprendido mucho. Este viaje lo
planeamos hace varios años, antes de que naciérais. Creo que aunque no hubiese
estallado la guerra habríamos venido a Marte y habríamos organizado aquí nuestra vida.
La civilización terrestre no hubiese podido envenenar a Marte en menos de un siglo.
Ahora, por supuesto...
Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.
- Siempre quise ver un marciano - dijo Michael -. ¿Dónde están, papá? Me lo
prometiste.
- Ahí están - dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del
canal.
Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y
Robert y papá y mamá.
Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua
ondulada...
FIN

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