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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 16 de septiembre de 2009

CRONOPOLIS


Cronopolis
J.G. Ballard

LE HABÍAN APLAZADO el proceso para el día siguiente. El momento exacto, como es
natural, no lo conocía ni él ni nadie. Probablemente sería en la tarde, cuando las partes
interesadas juez, jurado y fiscal— lograsen converger en la misma sala de tribunal a la
misma hora. Con suerte el abogado defensor podía aparecer también en el momento
debido, aunque el caso había sido tan claro que Newman casi no esperaba que se
molestase; además, el transporte hasta y desde el viejo penal era notoriamente difícil;
implicaba una espera interminable en el sucio paradero al pie de los muros de la
prisión.
Newman había pasado el tiempo provechosamente. Por fortuna la celda miraba hacia
el sur, y el sol entraba en ella la mayor parte del día. Dividió el arco en diez segmentos
iguales, las horas verdaderas de luz natural, marcando los intervalos con un trozo de
cemento arrancado de! alféizar, y subdividió cada segmento en doce unidades más
pequeñas.
Había obtenido así un eficaz medidor de tiempo, exacto casi hasta el minuto (la
subdivisión final en quintos la hacía mentalmente). La hilera curva de muescas blancas
que bajaba por una pared, atravesaba el suelo y la armadura metálica de la cama y
subía por la otra pared, habría sido evidente para cualquiera que se hubiese puesto de
espaldas a la ventana, pero nadie hacía eso nunca. De cualquier modo los guardias
eran demasiado estúpidos para entender, y el reloj de sol le había dado a Newman una
ventaja enorme. La mayor parte del tiempo, cuando no estaba regulando el reloj,
Newman se apretaba contra la reja, y vigilaba el cuarto de guardia.
—¡Brocken!—gritaba a las siete y cuarto, cuando la línea de sombra tocaba el primer
intervalo—. ¡Inspección matutina! ¡Arriba, hombre!
El sargento salía de la litera tropezando y sudando, maldiciendo a los otros guardias
mientras la campanilla hendía el aire.
Luego Newman anunciaba las otras obligaciones de la orden del día: hora de pasar
lista, limpieza de las celdas, desayuno, gimnasia, y así sucesivamente hasta la lista
vespertina, poco antes del anochecer. Brocken ganaba regularmente el premio del
bloque por el pabellón de celdas mejor dirigido, y confiaba en Newman para programar
la jornada, anticipar el asunto siguiente en la orden dei día, y saber si algo se había
alargado demasiado; en algunos de los otros bloques la limpieza duraba por lo general
tres minutos mientras que el desayuno o el ejercicio podían seguir durante horas, pues
ninguno de los guardias sabía cuándo parar, y los prisioneros insistían en que apenas
habían empezado.
Brocken nunca preguntaba cómo hacía Newman para organizar todo con tanta
exactitud; una o dos veces a la semana, cuando llovía o estaba nublado, Newman se
refugiaba en un extraño silencio, y la confusión resultante le recordaba enérgicamente
al sargento las ventajas de la cooperación. Newman gozaba de algunos privilegios en
la celda y recibía todos los cigarrillos que necesitaba. Era una lástima, pensaba
Brocken, que finalmente hubiesen fijado fecha para el proceso.
También Newman lo lamentaba. Las investigaciones que había llevado a cabo hasta el
momento no habían sido del todo concluyentes. El problema principal consistía en que
si le daban una celda que mirase al norte la tarea de calcular el tiempo podía volverse
imposible. La inclinación de las sombras en los patios de gimnasia o en las torres y los
muros sólo permitía deducciones muy imprecisas. La calibración tendría que hacerla a
ojo; un instrumento óptico sería descubierto muy pronto.
Lo que necesitaba era un medidor de tiempo interno, un mecanismo psíquico que
funcionase inconscientemente y estuviese regulado por el pulso, digamos, o el ritmo
respiratorio— Newman había tratado de disciplinar su sentido del tiempo, cumpliendo
una elaborada serie de pruebas para calcular el margen mínimo de error, que siempre
era demasiado grande. Las posibilidades de condicionar un reflejo preciso parecían
escasas.
Sin embargo, sabía que se volvería loco a menos que pudiese conocer la hora exacta
en cualquier momento dado.
La obsesión, que lo enfrentaba ahora con una acusación de homicidio, se había
manifestado de un modo bastante inocente.
De niño, como todos los niños, había advertido esas ocasionales y antiguas torres de
reloj, donde siempre había un mismo círculo blanco con doce intervalos. En las zonas
más deterioradas de la ciudad las características figuras redondas, arruinadas y
cubiertas de herrumbre, colgaban a menudo sobre joyerías baratas.
—Son señales, nada más—le explicaba la madre—. No significan nada, como las
estrellas o los anillos.
Adornos sin sentido, había pensado él.
Una vez, en una vieja mueblería, habían visto un reloj de manecillas volcado en una
caja colmada de atizadores para el fuego y desperdicios diversos.
—Once y doce —había indicado él—. ¿Qué significa?
La madre lo había sacado de allí apresuradamente, prometiéndose no visitar esa calle
nunca más. Se suponía que la Policía del Tiempo vigilaba aún, buscando posibles
contravenciones.
—Nada —le había dicho la madre—. Todo ha terminado.
Para sus adentros ella había añadido como probando las palabras: Cinco y doce. Doce
menos cinco. Sí.
El tiempo se desplegaba como habitualmente, un movimiento confuso y perezoso.
Vivían en una casa destartalada, en una imprecisa zona suburbana de atardeceres
perpetuos. A veces iba a la escuela, y hasta los diez años se había pasado la mayor
parte del tiempo con la madre haciendo cola a la puerta de los cerrados almacenes de
comestibles. Por las tardes jugaba con la pandilla del barrio alrededor de la estación de
ferrocarril abandonada, empujando un vagón de fabricación casera por las vías
cubiertas de malezas, o entrando en una de las casas desocupadas y estableciendo allí
un puesto de mando temporal.
No tenía prisa por crecer; en el mundo adulto no había ni sincronicidad ni ambición.
Después de la muerte de la madre pasó largos días en el desván, revolviendo los
baúles de viejas ropas, jugando con el revoltijo de sombreros y abalorios, tratando de
rescatar algo de la personalidad de ella.
En el alhajero, en el compartimiento del fondo, encontró un objeto pequeño y chato, de
caja dorada, equipado con una correa para la muñeca. La esfera no tenía manecillas
pero el círculo con los doce números lo intrigó, y se abrochó el objeto a la muñeca.
Cuando el padre lo vio aquella noche, se atragantó con la sopa.
— ¡Conrad, Dios mío! ¿Dónde lo encontraste?
—En la caja de abalorios de mamá. ¿Puedo quedármelo?
—No. Conrad, ¡dámelo! Lo siento, hijo. —Pensativo:— Veamos, tienes catorce años.
Escucha, Conrad, en un par de años te lo explicaré todo.
Este nuevo tabú dio mayor impulso a la curiosidad de Conrad y no hubo necesidad de
esperar las revelaciones del padre. El conocimiento completo llegó muy pronto. Los
muchachos mayores conocían toda la historia, pero extrañamente era una historia
decepcionante, aburrida.
—¿Eso es todo?—repetía Conrad—. No entiendo. ¿Por qué tanta preocupación por los
relojes? ¿No tenemos acaso calendarios?
Sospechando que había algo más, Conrad recorría las calles, inspeccionando los
relojes abandonados, en busca de una pista que lo llevase al verdadero secreto. La
mayoría de las esferas habían sido mutiladas, y les habían arrancado las manecillas,
los numerales, y el círculo de diminutos intervalos: sólo quedaba una sombra tenue de
herrumbre. Distribuidos aparentemente al azar por toda la ciudad, sobre tiendas,
bancos y edificios públicos, era difícil descubrir el verdadero propósito de estos
mecanismos. Había una cosa clara: medían el paso del tiempo a través de doce
intervalos arbitrarios; pero ese no parecía motivo suficiente para que hubiesen sido
proscritos. Al fin y al cabo había en uso general una gran variedad de marcadores de
tiempo: en cocinas, fábricas, hospitales, en los sitios donde había necesidad de medir
un período determinado. El padre tenía uno junto a la cama. Encerrado en la cajita
negra característica, y movido por unas pilas en miniatura, emitía un silbido agudo y
penetrante poco antes del desayuno, y lo despertaba a uno si se había quedado
dormido. Un reloj no era más que un marcador de tiempo graduado, en muchos
sentidos menos útil, que ofrecía una corriente constante de información inoportuna.
¿Para qué servía que fuesen las tres y media, según el viejo cómputo, si uno no
planeaba empezar o terminar nada a esa hora?
Haciendo que las preguntas pareciesen de veras ingenuas, Conrad llevó a cabo una
encuesta larga y cuidadosa. Nadie por debajo de los cincuenta parecía saber algo de
las circunstancias históricas, y hasta los más viejos comenzaban a olvidar. Conrad
advirtió además que cuanto menos educadas más dispuestas a hablar estaban las
gentes, lo que indicaba que los trabajadores manuales y de las clases más humildes no
habían participado en 1a revolución, y por lo tanto no tenían que reprimir recuerdos
cargados de culpa. El anciano señor Crichton, el plomero que vivía en las habitaciones
del sótano, hablaba de cosas pasadas sin necesidad de que lo presionaran, pero nada
de lo que él decía arrojaba luz sobre el problema.
—Sí, en esa época había miles, millones, todo el mundo tenía uno. Relojes, los
llamábamos, los atábamos a la muñeca, y había que darles cuerda todos los días.
—Pero ¿qué hacían con ellos, señor Crichton?—insistía Conrad.
—Bueno, uno... uno los miraba y sabía qué hora era. La una, o las dos, o las siete y
media. A esa hora yo salía a trabajar.
—Pero ahora la gente sale a trabajar luego del desayuno. Y si es tarde, suena el
contador de tiempo.
Crichton meneó la cabeza.
—No te lo puedo explicar, muchacho. Pregúntaselo a tu padre.
Pero el señor Newman no lo ayudó mucho más. La explicación prometida para el
decimosexto cumpleaños de Conrad no llegó nunca. Conrad insistía, y el señor
Newman, cansado de evasivas, lo hizo callar con un exabrupto:
—Deja de pensar en eso, ¿entiendes? Te meterás y nos meterás a todos en un montón
de dificultades.
Stacey, el joven profesor de inglés, tenía un retorcido sentido del humor; le gustaba
escandalizar a los muchachos tomando posiciones no ortodoxas acerca del matrimonio
o la economía. Conrad escribió un ensayo descubriendo una sociedad imaginaria
totalmente preocupada por elaborados rituales que tenían como tema principal la
observancia minuciosa del paso del tiempo.
Stacey, sin embargo, se negó a entrar en el juego; calificó el ensayo con un poco
comprometido suficiente, y luego de la clase le preguntó a Conrad en un tono tranquilo
qué lo había impulsado a escribir esa fantasía. Al principio Conrad trató de echarse
atrás, pero al fin hizo la pregunta.
—¿Por qué es ilegal tener un reloj?
Stacey lanzó el trozo de tiza de una mano a la otra.
—¿Es ilegal?
Conrad asintió.
—Hay un viejo anuncio en la comisaría que ofrece una recompensa de cien libras por
cada reloj de pared o de pulsera que sea entregado allí. Lo vi ayer. El sargento dijo que
todavía está en vigencia.
Stacey alzó las cejas burlonamente.
—Te ganarás un millón. ¿Has pensado entrar en el negocio?
Conrad no le hizo caso.
—Es ilegal tener una pistola porque uno puede disparar contra alguien. Pero ¿cómo es
posible hacer daño a alguien con un reloj?
—¿No está claro? Puedes tomarle el tiempo, saber cuánto tarda en hacer algo.
—¿Y entonces?
—Entonces puedes obligarlo a que lo haga más rápido.
A los diecisiete años, llevado por un impulso repentino, Conrad se fabricó el primer
reloj. El hecho de estar tan preocupado con respecto al tiempo le había dado ya una
notable primacía sobre otros muchachos, compañeros de clase. Uno o dos eran más
inteligentes, otros más concienzudos. pero la habilidad de Conrad para organizar los
períodos de estudio y de ocio le permitía aprovechar al máximo su talento. Cuando los
otros holgazaneaban aun alrededor de la estación de ferrocarril en el camino de vuelta,
Conrad ya había estudiado la mitad de las lecciones, distribuyendo el tiempo de
acuerdo con sus propias necesidades.
En cuanto terminaba subía al cuarto de juegos del desván, ahora convertido en taller.
Allí, en los viejos roperos y baúles, armó los primeros modelos experimentales: velas
calibradas, toscos relojes de sol, relojes de arena, un elaborado artefacto de relojería
de casi medio caballo de fuerza y que movía las manecillas cada vez más rápidamente
en una parodia involuntaria de la obsesión de Conrad.
El primer reloj serio fabricado por Conrad fue un reloj de agua: un tanque goteaba
lentamente, y un flotador de madera bajaba moviendo las manecillas. Simple pero
preciso, contentó a Conrad durante varios meses mientras seguía buscando un
verdadero mecanismo de relojería. Pronto descubrió que aunque había innumerables
relojes de mesa, relojes de oro de bolsillo y medidores de tiempo de todo tipo
herrumbrándose en tiendas de chatarra y en el fondo de los cajones de la mayoría de
las casas, ninguno tenía adentro el mecanismo. El mecanismo, lo mismo que las
manecillas y a veces los números, faltaba siempre. Los propios intentos de Conrad de
fabricar un mecanismo de escape que regulara el movimiento de un motor de relojería,
no dieron ningún resultado positivo; todo lo que había oído acerca de la marcha de los
relojes confirmaba que eran instrumentos de precisión, de diseño y construcción
exactos. Para satisfacer su secreta ambición —un marcador de tiempo portátil, si fuese
posible un verdadero reloj de pulsera— tendría que encontrar uno que funcionase, en
algún sitio.
Finalmente, de procedencia inesperada, le llegó un reloj. Una tarde en un cine, un viejo
sentado al lado de Conrad tuvo un repentino ataque al corazón. Conrad y otros dos
espectadores lo llevaron a la oficina del administrador. Mientras lo sostenía de un
brazo, Conrad notó en la penumbra del pasillo un destello metálico debajo de la manga.
Rápidamente palpó la muñeca, e identificó el inconfundible disco lenticular de un reloj
de pulsera. Mientras se lo llevaba a su casa,—el tictac le pareció tan fuerte como las
campanadas de un toque de difuntos. Lo apretaba en la mano, suponiendo que cada
persona en la calle lo señalaría acusadoramente con el dedo, y que la Policía del
Tiempo le caería encima y lo arrestaría.
En el desván lo sacó y lo examinó, conteniendo el aliento; cada vez que sentía que el
padre se movía en el dormitorio de abajo, Conrad ahogaba el tictac ocultando el reloj
bajo un almohadón. Al fin se dio cuenta de que el ruido era casi inaudible. El reloj se
parecía al de la madre, aunque la esfera era amarilla y no roja. La caja estaba toda
rayada y descascarada, pero la marcha del mecanismo parecía perfecta. Conrad
levantó la tapa posterior, y durante horas miró el frenético mundo de ruedas y
engranajes en miniatura, embelesado. Temiendo romperlo, le daba sólo la mitad de la
cuerda, y lo guardaba cuidadosamente envuelto en algodón.
Al sacarle el reloj al dueño, Conrad no había estado en realidad motivado por el robo;
su primer impulso había sido esconder el reloj antes que el médico lo descubriese al
tomarle el pulso al hombre. Pero una vez que tuvo el reloj en su poder abandonó toda
idea de seguirle la pista al dueño y devolvérselo.
Que otros usasen todavía relojes no lo sorprendió mucho. El reloj de agua le había
demostrado que un medidor de tiempo regulado agregaba otra dimensión a la vida,
organizaba las energías, daba a las innumerables actividades de la existencia cotidiana
un modelo de significado. Conrad se pasaba horas en el desván mirando la pequeña
esfera amarilla, observando la manecilla diminuta, que giraba lentamente, y el
movimiento de la aguja horaria, que era imperceptible, una brújula que señalaba su
propio paso a través del futuro. Sin el reloj Conrad sentía que le faltaba el timón, y
flotaba a la deriva en un Limbo impreciso de acontecimientos intemporales. El padre
comenzó a parecerle perezoso y estúpido, sentado por ahí sin tener la menor idea de
cuándo iba a ocurrir algo.
Pronto estuvo usando el reloj todo el día, y se cosió al brazo una delgada manga de
algodón, con un estrecho dobladillo que ocultaba la esfera. Tomaba el tiempo a todo:
las clases, los partidos de fútbol, las comidas, las horas de luz y oscuridad, sueño y
vigilia. Se divertía infinitamente desconcertando a los amigos con demostraciones de
su sexto sentido personal, anticipándoles la frecuencia de los latidos del corazón, los
noticiarios que se oían a cada hora en la radio, cocinando una serie de huevos de
idéntica consistencia sin la ayuda de un medidor de tiempo.
Entonces se delató.
Stacey, más perspicaz que cualquiera de los otros, descubrió que Conrad usaba reloj.
Conrad había notado que las clases de inglés de Stacey duraban exactamente
cuarenta y cinco minutos, y se dejó arrastrar al hábito de ordenar la mesa un minuto
antes que sonase el medidor de tiempo. Una o dos veces descubrió que Stacey lo
miraba con curiosidad, pero no podía resistir la tentación de impresionarlo siendo
siempre el primero en ir hacia la puerta.
Un día ya había apilado los libros y había guardado la pluma cuando Stacey le pidió a
quemarropa que leyese el resumen del día. Conrad sabía que el medidor de tiempo
sonaría en menos de diez segundos, y decidió callar y esperar a que la estampida
habitual lo salvase del problema.
Stacey bajó del estrado y esperó pacientemente. Uno o dos muchachos se volvieron y
miraron a Conrad (que contaba los segundos finales) frunciendo el ceño.
De pronto, perplejo, Conrad comprendió que el medidor de tiempo no había sonado
esta vez. Aterrado, pensó primero que el reloj se le había roto, y apenas logró
contenerse y no mirar debajo de la manga.
—¿Tienes prisa, Newman?—preguntó Stacey secamente. Caminó despacio entre las
mesas hacia Conrad, con una sonrisa burlona. Desconcertado, la cara encendida,
Conrad abrió torpemente el cuaderno de ejercicios y leyó el resumen. Unos pocos
minutos más tarde, sin esperar a que sonase el medidor de tiempo, Stacey dio por
terminada la clase.
—Newman —llamó—. Espera un momento.
Hizo como que buscaba algo en el escritorio mientras Conrad se acercaba.
—¿Qué te pasó?—preguntó Stacey—. ¿Olvidaste darle cuerda al reloj esta mañana?
Conrad no dijo nada. Stacey tomó el medidor de tiempo, desconectó el silenciador y
escuchó el zumbido intermitente.
—¿De dónde lo sacaste? ¿Lo tenían tus padres? No temas, la Policía del Tiempo fue
disuelta hace años.
Conrad examinó cuidadosamente la cara de Stacey.
—Era de mi madre —mintió—. Lo encontré entre sus cosas.
Stacey alargó la mano y Conrad se quitó nerviosamente el reloj y se lo dio.
Stacey apartó el dobladillo de algodón y echó una breve mirada a la esfera amarilla.
—¿De tu madre, dices? Mm.
—¿Va a denunciarme?—preguntó Conrad.
—¿Para qué? ¿Para hacerle perder el tiempo a algún psiquiatra que ya tiene
demasiado trabajo?
—¿No es ilegal usar reloj?
—Bueno, tú no eres precisamente la más grande amenaza a la seguridad pública.—
Stacey echó a andar hacia la puerta, y le indicó a Conrad que lo acompañase. Le
devolvió el reloj.— Olvida cualquier plan que tengas para el sábado a la tarde. Tú y yo
vamos a hacer un viaje.
—¿A dónde?—preguntó Conrad.
—Al pasado—dijo Stacey alegremente—. A Cronópolis, la Ciudad del Tiempo.
Stacey había alquilado un coche, un enorme y destartalado mastodonte de cromo y
aletas. Le hizo una seña animada a Conrad que lo esperaba delante de la biblioteca
pública.
—Sube a la torre—gritó. Señaló la abultada cartera que Conrad había tirado en el
asiento, entre los dos—. ¿Les echaste ya un vistazo?
Conrad asintió. Mientras doblaban saliendo de la plaza desierta, abrió la cartera y sacó
un abultado manojo de mapas de ruta;
—Acabo de calcular que la ciudad cubre más de mil kilómetros cuadrados. Nunca me
había dado cuenta de que era tan grande. ¿Dónde está toda la gente?
Stacey rió. Cruzaron la calle principal y entraron en una avenida bordeada de árboles y
casas separadas. La mitad eran casas vacías, de ventanas rotas y techos
derrumbados. Hasta las casas habitadas tenían un aspecto precario, con torres de
agua sostenidas por armazones de fabricación casera amarrados a chimeneas, y
montones de troncos tirados en los jardines delanteros, entre hierbas altas.
—Treinta millones de almas habitaron una vez la ciudad —señaló Shcey—. Hoy la
población apenas pasa de los dos, y sigue bajando. Los que quedamos vivimos en lo
que eran los suburbios apartados de otra época, de modo que la ciudad es ahora un
enorme anillo de ocho kilómetros de ancho, y un centro muerto de sesenta o setenta
kilómetros de diámetro.
Entraron y salieron por diversas calles laterales, pasaron por delante de una pequeña
fábrica que todavía funcionaba aunque se suponía que el trabajo cesaba al mediodía, y
finalmente tomaron por un bulevar largo y recto que los llevaba hacia el oeste. Conrad
seguía el avance en sucesivos mapas. Se estaban acercando al borde del anillo que
había descrito Stacey. En el mapa aparecía sobreimpreso en verde, de modo que el
interior era una zona de un gris uniforme, una densa terra incognita
Dejaron atrás los últimos barrios comerciales, un puesto fronterizo de casas pobres con
balcones y calles lúgubres atravesadas por macizos viaductos de acero. Stacey señaló
uno mientras pasaban por debajo.
—Parte del elaborado sistema de ferrocarriles que hubo en otra época, una enorme red
de estaciones y empalmes que transportaba quince millones de personas a una docena
de terminales, todos los días.
Durante media hora avanzaron, Conrad encorvado contra la ventanilla, Stacey
observándolo en el espejo retrovisor. Poco a poco el paisaje empezó a cambiar. Las
casas eran más altas, de techos de color, las aceras tenían barandillas y torniquetes y
semáforos para peatones. Habían llegado a los suburbios interiores, calles totalmente
desiertas con supermercados de varios pisos, enormes cines y tiendas de ramos
generales.
Conrad miraba en silencio, la barbilla apoyada en una mano. Como no había medios de
transporte nunca se había arriesgado a entrar en la zona deshabitada de la ciudad;
como los otros niños siempre iba en dirección opuesta, hacia el campo abierto. Aquí las
calles habían muerto hacia veinte o treinta años; las vidrieras de las tiendas se habían
desprendido, destrozándose en la calle; viejos letreros de neón, marcos de ventanas y
cables altos colgaban desde todas las cornisas, derramando sobre el pavimento una
maraña de trozos metálicos. Stacey conducía lentamente, evitando de vez en cuando
un ómnibus o un camión abandonado en medio de la calle, los neumáticos
descascarados en los bordes.
Conrad extendía el cuello mirando las altas ventanas vacías, los callejones estrechos,
pero en ningún momento tuvo una impresión de miedo o de expectación. Eran sólo
calles abandonadas, tan poco atractivas como un cajón de basura medio vacío.
Un centro suburbano daba paso a otro, y a congestionadas zonas intermedias, largas y
estrechas, como cinturones. La arquitectura cambiaba de carácter kilómetro a
kilómetro; los edificios eran más grandes, bloques de diez a quince pisos, revestidos de
azulejos verdes y amarillos, cubiertos de vidrio o cobre. Más que hacia el pasado de
una ciudad fósil, como había esperado Conrad, avanzaban hacia el futuro.
Stacey llevó el coche a través de un nudo de calles laterales, hacia una carretera de
seis pistas que se alzaba sobre pilares altos por encima de los techos. Encontraron una
calle que ascendía en espiral, y subieron acelerando bruscamente, entrando en una de
las desiertas pistas centrales.
Conrad estiraba el pescuezo y miraba. A lo lejos, a cuatro o cinco kilómetros de
distancia, se erguían las
enormes siluetas rectilíneas de los bloques de viviendas, edificios de treinta o cuarenta
pisos, ordenados en hileras aparentemente interminables, como gigantescos dominós.
—Estamos entrando en la zona principal de dormitorios —dijo Stacey. Los edificios se
alzaban a ambos lados sobre la autopista, y la congestión era tal que algunos de ellos
habían sido construidos contra las empalizadas de cemento.
Pocos minutos después pasaban entre los primeros bloques: millares de viviendas
idénticas, balcones oblicuos que se recortaban contra el cielo, cortinas de aluminio que
centelleaban al sol. Las casas y tiendas pequeñas de las afueras habían desaparecido.
No quedaba sitio al nivel del suelo. En los huecos estrechos entre los edificios había
pequeños jardines de cemento, complejos de tiendas, rampas que descendían a
inmensas playas subterráneas de estacionamiento.
Y en todas partes había relojes. Conrad los notó en seguida, en las esquinas, las
arcadas, en la parte superior de los edificios, en todas las posibles vías de acceso. La
mayoría estaban demasiado lejos del suelo para ser alcanzados con otra cosa que una
escalera de bomberos, y todavía tenían las manecillas. Todos marcaban la misma
hora: 12:01.
Conrad miró su propio reloj de pulsera, y vio que eran exactamente las 2:45 de la tarde.
—Los movía un reloj patrón —dijo Stacey—. Cuando ese reloj se detuvo, todos los
otros dejaron de andar en el mismo instante. Un minuto después de medianoche, hace
treinta y siete años.
La tarde se había oscurecido; los altos acantilados tapaban el sol, y el cielo era una
sucesión de estrechos espacios verticales que se abrían y cerraban en torno. Abajo, en
el suelo del desfiladero, todo era lúgubre y opresivo, un desierto de cemento y cristal.
La autopista se dividía y continuaba hacia el oeste. Luego de unos pocos kilómetros
más los bloques de viviendas dieron paso a los primeros edificios de oficinas de la zona
central. Esas construcciones eran todavía más altas, de sesenta o setenta pisos,
unidas por rampas y terraplenes en espiral. La autopista se levantaba a veinte metros
por encima del suelo, y sin embargo los primeros pisos de los bloques de oficinas
estaban a esa misma altura, montados sobre soportes macizos, a horcajadas de los
vestíbulos de paredes de vidrio, con ascensores y escaleras mecánicas. Las calles
eran anchas pero poco características. Las aceras paralelas se fundían debajo de los
edificios en una calzada continua de cemento. Aquí y allá había restos de kioscos de
cigarrillos, escaleras herrumbradas que llevaban a restaurantes y a arcadas
construidos sobre plataformas, a diez metros de altura.
Conrad, sin embargo, miraba sólo los relojes. Nunca había visto tantos, tan apretados
en algunos sitios que se tapaban unos a otros. Tenían esferas de distintos colores: rojo,
azul, amarillo, verde Muchos tenían cuatro o cinco manecillas. Aunque las manecillas
principales se habían detenido a las doce y un minuto, las secundarias estaban en
distintas posiciones, determinadas aparentemente por el color.
—¿Para qué eran las otras agujas? —preguntó Conrad—. ¿Y los distintos colores?
—Zonas de tiempo. De acuerdo con la categoría profesional y los turnos de consumo.
Ten un poco de paciencia, ya casi hemos llegado.
Salieron de la autopista y doblaron por una rampa que los llevó al rincón noroeste de
una plaza abierta, de ochocientos metros de largo por la mitad de ancho, atravesada en
otra época por una cinta ininterrumpida de césped, cubierta ahora de hierbajos y
plantas exuberantes. La plaza estaba vacía, un bloque repentino de espacio libre,
limitado por altos acantilados de paredes de cristal que parecían sostener el cielo.
Stacey estacionó el coche, y él y Conrad bajaron y estiraron las piernas. Caminaron
juntos atravesando el ancho pavimento hacia la cinta de vegetación. Mirando desde la
plaza el paisaje que se alejaba, Conrad tuvo por primera vez verdadera conciencia de
las enormes perspectivas de la ciudad, la maciza jungla geométrica de edificios.
Stacey puso un pie en la barandilla que rodeaba el césped y señaló hacia el otro
extremo de la plaza, donde Conrad vio un grupo de edificios bajos de extraño estilo
arquitectónico, siglo diecinueve vertical, manchados por la atmósfera y perforados por
explosiones. Sin embargo, lo que le llamó de nuevo la atención fue la esfera de reloj
metida en una alta torre de cemento inmediatamente detrás de los otros edificios.
Nunca había visto un reloj más grande, tenía por lo menos treinta metros de diámetro,
las inmensas agujas negras detenidas un minuto después de las doce. La esfera era
blanca, la primera que habían encontrado de ese color, pero en las anchas plataformas
semicirculares que sobresalían de la torre, bajo la esfera principal, había una docena
de esferas más pequeñas, de no más de dnco metros de diámetro, que abarcaban
todos los colores del espectro. Cada una tenía cinco manecillas, las tres menores
detenidas en distintas posiciones.
—Hace cincuenta años—explicó Stacey, señalando las ruinas debajo de la torre— ese
grupo de edificios antiguos era una de las asambleas legislativas más grandes del
mundo. —Stacey miró tranquilamente unos instantes, luego se volvió hacia Conrad.—
¿Te gusta el viaje?
Conrad asintió fervientemente.
—Es impresionante, sin duda. Las personas que vivieron aquí tuvieron que ser
gigantes. Lo que me sorprende es que parece como si se hubieran ido ayer. ¿Por qué
no regresamos nosotros aquí?
—Bueno, aparte del hecho de que somos demasiado pocos, no podríamos manejar
todo esto. La ciudad era un organismo social de extraordinaria complejidad. Es difícil
imaginar los problemas de las comunicaciones, por ejemplo, mirando esas fachadas
vacías. La tragedia de la ciudad fue que en apariencia no había sino un modo de
resolverlos.
— ¿Los resolvieron?
—Ah, si, ciertamente. Pero se dejaron a ellos mismos fuera de la ecuación. Sin
embargo, piensa en los problemas. Transportar a quince millones de oficinistas a y
desde el centro todos los días, ordenar una corriente infinita de coches, ómnibus,
trenes, helicópteros, unir entre sí todas las oficinas, casi todos los escritorios con
videófonos, todas las viviendas con televisión, radio, energía, agua, alimentar y
entretener a esa enorme cantidad de gente, protegerla con servicios complementarios,
policía, patrullas contra el fuego, unidades médicas... todo dependía de un factor.
Stacey blandió un puño hacia el reloj de la torre.
— ¡El tiempo! Sólo sincronizando cada actividad, cada paso hacia adelante o hacia
atrás, cada comida, parada de ómnibus y llamada telefónica podía este organismo
mantenerse. Como las células de tu cuerpo, que proliferan transformándose en
cánceres mortales si se les permite crecer libremente, aquí cada individuo tenía que
servir a las necesidades superiores de la ciudad; cualquier atasco podía ser fatal y
provocar el caos. Tú y yo abrimos los grifos del agua a cualquier hora del día o de la
noche, porque tenemos nuestras propias cisternas particulares, pero ¿qué ocurriría
aquí si todo el mundo lavara los platos del desayuno dentro de los mismos diez
minutos? Echaron a andar lentamente por la plaza hacia la torre del reloj.
—Hace cincuenta años, cuando la población era de solamente diez millones, podían
tener en cuenta una capacidad máxima potencial, pero aun entonces una huelga en un
servicio central paralizaba la mayoría de los restantes, los empleados tardaban dos o
tres horas en llegar a las oficinas, y otro tanto en hacer cola para el almuerzo y volver a
sus casas. A medida que aumentaba la población comenzó a ensayarse la posibilidad
de distanciar los distintos horarios; los trabajadores de ciertas áreas iniciaban el día
una hora antes o después que los de otras. Los pases de tren y las matrículas de los
coches eran de diferentes colores, según el caso, y les estaba prohibido viajar fuera de
ciertos períodos. Pronto se extendió el sistema; uno sólo podía encender el lavarropas
a una hora determinada, despachar una carta o darse un baño en un período
específico.
—Parece factible —comentó Conrad, cada vez más interesado—. ¿Pero cómo
lograban que eso se cumpliera?
—Mediante un sistema de pases de colores, dinero de colores, una elaborada serie de
horarios publicada todos los días como los programas de televisión o de radio. Y,
naturalmente, mediante todos los miles de relojes que ves alrededor. Las agujas
secundarias señalaban la cantidad de minutos de que disponían para cierta actividad
las gentes de determinada categoría, indicada por el color del reloj.
Stacey se interrumpió y señaló un reloj de esfera azul, en uno de los edificios que
daban sobre la plaza.
—Digamos, por ejemplo, que un jefe de sección que sale de la oficina a la hora
asignada, las doce, quiere almorzar, cambiar un libro en una biblioteca, comprar
aspirinas, y llamar por teléfono a su mujer. Como para todos los jefes de sección, la
zona de identidad de este hombre es azul. Mira la tarjeta de horarios de la semana, o
busca las columnas de los horarios azules en el diario, y ve que su periodo de
almuerzo para ese día es de 12:15 a 12:30. Le sobran quince minutos. Verifica
entonces el horario de la biblioteca. Hoy el código de tiempo es 3, la tercera manecilla
del reloj. Mira el reloj azul más cercano, y la tercera aguja señala y 37: tiene 23
minutos, tiempo de sobra, para llegar a la biblioteca. Echa a andar calle abajo, pero en
la primera bocacalle se encuentra con que las luces son sólo rojas y verdes y no puede
seguir. La zona ha sido destinada temporalmente para oficinistas mujeres no
calificadas, luces rojas, y trabajadoras manuales, luces verdes.
—¿Qué ocurriría si el hombre ignorara las luces?—preguntó Conrad.
—Nada inmediatamente, pero todos los relojes azules de esa zona habrían vuelto a
cero, y no lo atendería ninguna tienda, ni la biblioteca, a menos que él tuviese dinero
rojo o verde y un juego de pases falsificados para la biblioteca. De cualquier manera
para qué arriesgarse; las sanciones eran demasiado grandes y todo el sistema había
sido creado para su propia conveniencia, y la de nadie más. Entonces, ya que no
puede llegar a la biblioteca, decide ir a la farmacia. El código de tiempo para farmacias
es el 5, la quinta manecilla, la más pequeña. La manecilla señala y 54 minutos: el
hombre tiene seis minutos para buscar una farmacia y comprar lo que necesita. Luego
observa que aún le quedan cinco minutos antes del almuerzo, y decide llamar por
teléfono a su mujer. Repasa el código telefónico y ve que no han previsto ningún
periodo para llamadas personales ese día... ni el siguiente. Tendrá que esperar hasta la
noche para verla.
—¿Qué pasaría si llamara?
— No podría conseguir dinero en la caja de monedas, y aunque pudiera, su mujer,
suponiendo que fuese una secretaria, estaría ese día en una zona de tiempo roja y no
en la oficina de ella. de ahí la prohibición de llamadas telefónicas. Todo engranaba de
modo perfecto. Tu programa de horarios te decía cuándo podías encender el televisor y
cuándo había que apagarlo. Todos los aparatos eléctricos tenían fusibles, y si te salías
de los periodos programados te encontrabas con una multa considerable y una factura
de reparación. La posición económica del espectador determinaba obviamente la
elección del programa, y viceversa, de manera que no había problemas de coacción. El
programa diario enumeraba tus actividades permitidas: podías ir al peluquero, al cine,
al banco, al bar, a horas determinadas, y si ibas tenías la seguridad de que te servirían
rápida y eficientemente. Casi habían llegado al otro lado de la plaza. Frente a ellos, en
la torre, estaba la enorme esfera de reloj, dominando una constelación de doce
asistentes inmóviles.
—Había una docena de categorías socioeconómicas: azul para los gerentes y
administradores, dorado para las clases profesionales, amarillo para los oficiales
militares y los funcionarios del gobierno... a propósito, es raro que tus padres hayan
tenido ese reloj de pulsera, ya que nadie en tu familia trabajó nunca para el gobierno...
verde para los trabajadores manuales, etcétera. Pero, naturalmente, eso tenía sutiles
subdivisiones. El jefe de sección de que te hablé salía de la oficina a las doce, pero un
gerente general, con exactamente los mismos códigos de tiempo salía a las 11:45,
tenía quince minutos más, encontraba... dignidad.
—¿Te imaginas qué clase de vida llevaban aquí, fuera de unos pocos, esos treinta
millones de habitantes?
Conrad se encogió de hombros. Los relojes azules y amarillos, notó, superaban en
número a todos los otros; evidentemente las oficinas principales del gobierno habían
funcionado en la zona de la plaza.
—Muy organizada pero mejor que la vida que llevamos nosotros —contestó al fin, más
interesado en lo que veía alrededor—. Me parece mejor disponer de teléfono una hora
al día que no tenerlo jamás. Cuando algo escasea se lo reparte siempre en raciones,
¿no es así?
—Pero esta era una vida en la que escaseaba todo. ¿No te parece que más allá de
ciertos limites ya no hay las calles despejadas antes del almuerzo apresurado de los
oficinistas.
Conrad resoplo.
Stacey señaló la torre.
—Este era el Reloj Mayor, el que regulaba todos los otros. El Control Central de
Tiempo, una especie de Ministerio del Tiempo, se fue apoderando poco a poco de los
viejos edificios parlamentarios a medida que las funciones legislativas disminuían. En la
práctica, los programadores eran los gobernantes absolutos de la ciudad.
Mientras Stacey habhba Conrad miró allá arriba la batería de relojes, detenidos
irremediablemente en las 12:01. De algún modo parecía como si el Tiempo mismo
estuviese en suspenso, y a su alrededor los enormes edificios de oficinas vacilaban en
un espacio neutral entre el ayer y el mañana. Si uno pudiese al menos poner en
marcha el reloj principal, quizá los mecanismos de la ciudad despertarían también
volviendo a la vida, y unos dinámicos y bulliciosos millones la repoblarían de nuevo en
un instante.
Echaron a andar hacia el coche. Conrad miraba por encima del hombro la esfera del
reloj, los brazos gigantes en alto, señalando la hora silenciosa.
—¿Por qué se detuvo?—preguntó.
Stacey lo miró con curiosidad.
—¿No he sido bastante claro?
—¿Qué quiere decir?
Conrad apartó los ojos de las hileras de relojes que rodeaban la plaza, y miró a Stacey
arrugando el ceño.
—Parece que aquí hay dignidad de sobra. Mire esos edificios; resistirán en pie mil
años. Trate de compararlos con mi padre. De todos modos piense en la belleza del
sistema pre‡is ‡— mo un reloj.
—No era otra cosa —comentó Stacey tercamente—. La vieja metáfora de la rueda del
engranaje no fue nunca tan verdadera como aquí. Imprimían la suma total de tu
existencia en las columnas del diario, y te la mandaban por correo una vez al mes
desde el Ministerio del Tiempo.
Conrad miraba en alguna otra dirección, y Stacey continuó hablando en voz un poco
más alta.
—Naturalmente, al fin hubo una rebelión. En la vida de las sociedades industriales no
pasa más de un siglo sin que estalle una revolución y esas sucesivas revoluciones
reciben el impulso de niveles sociales cada vez más altos. En el siglo dieciocho fue el
proletariado urbano en el diecinueve las clases artesanas, en esta rebelión última el
oficinista de cuello blanco, que vivía en el diminuto y así llamado apartamento
moderno, sosteniendo mediante pirámides de créditos un sistema económico que le
negaba toda libertad de decisión o de personalidad, que lo encadenaba a un millar de
relojes... —Stacey se interrumpió.— ¿Qué pasa?
Conrad clavaba los ojos en una calle lateral. Vaciló, y luego preguntó como si no le
interesara demasiado:
—¿Cómo funcionaban esos relojes? ¿Con electricidad?
—La mayoria. Unos pocos mecánicamente. ¿Por qué?
—Me preguntaba. .. cómo los mantendrían a todos en marcha.
Conrad se demoró detrás de Stacey, consultando la hora en el reloj de pulsera y
echando una mirada hacia la izquierda. Había veinte o treinta relojes suspendidos en
los edificios a lo largo de la calle lateral, exactamente iguales a todos los que habían
visto esa tarde.
¡Excepto que uno de ellos funcionaba!
El reloj estaba montado en el centro de un pórtico de cristal negro, encima de la
entrada de un edificio a mano derecha, a unos quince metros de distancia; tenía
aproximadamente cincuenta centímetros de diámetro, y la esfera era de un azul
descolorido. Las agujas de este reloj señalaban las 3:15, h hora correcta. Conrad casi
le había mencionado a Stacey esta aparente coincidencia cuando de pronto vio que la
aguja de los minutos saltaba de una marca a la siguiente. Sin duda alguien había vuelto
a poner en marcha el reloj; aunque hubiese estado funcionando con una batería
inagotable, no era posible que después de treinta y siete anos continuara señalando la
hora con tanta exactitud.
Siguió caminando detrás de Stacey, que decía: —Cada revolución tiene un símbolo de
opresión...
El reloj estaba casi fuera del alcance de la vista de Conrad. Iba a agacharse para
atarse los cordones de un zapato cuando vio que la aguja de los minutos se sacudía
hacia abajo, dejando levemente la horizontal.
Conrad siguió a Stacey hacia el coche, sin molestarse ya en escucharlo. Cuando
estaban a unos diez metros, dio media vuelta y echó a correr cruzando rápidamente la
calle rumbo al edificio más cercano.
—¡Newman!—oyó que Stacey le gritaba—. ¡Vuelve aquí!
Conrad llegó a la acera y corrió entre las enormes columnas de cemento que sostenían
el edificio. Se detuvo un instante detrás del hueco de un ascensor, y vio que Stacey
subía apresuradamente al coche. El motor tosió y rugió, y Conrad corrió otra vez por
debajo del edificio hasta un pasadizo que llevaba de vuelta a la calle lateral. Allá atrás
el coche se puso en marcha, tomó velocidad, y se oyó el golpe de una portezuela.
Cuando Conrad entró en la calle lateral, el coche apareció doblando la plaza, treinta
metros detrás. Stacey se desvió de la calzada, subió bruscamente a la acera, y aceleró
frenando y haciendo eses, tocando la bocina, tratando de amedrentar a Conrad.
Conrad saltó a un lado, casi cayendo sobre la capota del coche, se lanzó a una
escalera estrecha que llevaba al primer piso, y subió corriendo los escalones hasta un
pequeño descanso que terminaba en unas puertas altas de vidrio. Del otro lado de
esas puertas vio un balcón ancho que rodeaba el edificio. Una escalera de incendios
zigzagueaba hacia el techo, interrumpiéndose en el quinto piso en una cafetería que se
extendía sobre la calle hasta el edificio de oficinas de enfrente.
Los pasos de Stacey resonaban ahora allá abajo, en la acera. Las puertas de vidrio
estaban cerradas con llave. Conrad arrancó un extintor de la pared, y tiró el pesado
cilindro contra el centro de la puerta. El vidrio se desprendió y cayó en una cascada
repentina, destrozándose en el suelo enlosado y salpicando los escalones. Conrad se
metió por la abertura, salió al balcón y comenzó a trepar por la escalera de incendios.
Había llegado al tercer piso cuando vio a Stacey allá abajo, estirando el cuello y
mirando hacia arriba. Sosteniéndose con una y otra mano, Conrad subió los dos pisos
siguientes, saltó sobre un torniquete metálico trabado y entró en el patio abierto de la
cafetería. Las mesas y las sillas estaban volcadas, entre restos astillados de escritorios
arrojados desde los pisos superiores.
Las puertas que daban al restaurante techado estaban abiertas, y en el suelo había un
charco grande de agua. Conrad lo atravesó chapoteando, se acercó a una ventana, y
apartando una vieja planta de plástico miró hacia la calle. Stacey, parecía, había
abandonado h persecución.
Conrad cruzó el restaurante, saltó sobre el mostrador y salió por una ventana a la
terraza abierta que se extendía sobre la calle. Más allá de la baranda vio la plaza, la
línea doble de marcas de neumáticos que trazaban una curva y entraban en la calle.
Casi había cruzado hasta el balcón de enfrente cuando un disparo rugió en el aire.
Hubo un tintineo agudo de vidrios que caían y el sonido de la explosión se alejó
retumbando entre los desfiladeros vacíos.
Durante unos pocos segundos sintió pánico. Retrocedió alejándose de la peligrosa
barandilla, los tímpanos entumecidos, la cabeza levantada, mirando las enormes
masas rectangulares que se alzaban a los lados, las hileras interminables de ventanas
como los ojos facetados de unos insectos gigantescos. De modo que Stacey había
estado armado ¡quizá era miembro de la Policia del Tiempo!
Caminando a gatas, Conrad se escabulló por la terraza se deslizó entre los torniquetes
y avanzó hacia una ventana entreabierta en el balcón.
Trepó por la abertura y se perdió rápidamente en el edificio.
Conrad se detuvo al fin en una oficina, en la esquina del sexto piso. Tenía la cafetería
directamente debajo, y enfrente la escalera que había utilizado para subir.
Durante toda la tarde Stacey fue y vino por las calles adyacentes, unas veces
moviéndose en silencio, con el motor apagado, otras pasando a toda velocidad. En dos
ocasiones disparó al aire, deteniendo luego el coche y llamando a Conrad, las palabras
perdidas entre los ecos que rodaban de una calle a otra. A menudo seguía el contorno
de la acera, y daba vuelta bajo los edificios, como si esperase que Conrad brotara de
pronto detrás de una escalera mecánica.
Por último pareció alejarse definitivamente, y Conrad volvió la atención al reloj del
pórtico. El reloj había avanzado hasta las 6:45, casi exactamente la hora que señalaba
su propio reloj. Conrad lo ajustó a esa hora, que consideró correcta, y luego se sentó a
esperar a que apareciese la persona que había puesto en marcha el reloj. Los otros
treinta o cuarenta relojes que veía alrededor continuaban inmóviles en las 12:01.
Durante cinco minutos dejó su puesto, tomó con la mano un poco de agua del charco
de la cafetería, trató de olvidar que tenía hambre, y poco después de medianoche se
durmió en un rincón detrás del escritorio.
Cuando despertó a ha mañana siguiente, el sol inundaba la oficina. Conrad se puso de
pie y se sacudió el polvo, dio media vuelta y se encontró con un hombre pequeño y
canoso que llevaba un remendado traje de lana y lo miraba con ojos penetrantes. En la
curva del brazo apoyaba un arma grande, de cañón negro, los percutores
amenazadoramente amartillados.
El hombre puso en el suelo una regla de acero con la que evidentemente había
golpeado un armario, y esperó a que Conrad se repusiese.
—¿Qué haces aquí?—preguntó en seguida con voz enojada.
Conrad vio que en los bolsillos del hombre abultaban unos objetos angulosos que le
estiraban hacia abajo los lados de la chaqueta.
—Yo... este... —Conrad buscó algo que decir. Por algún motivo estaba seguro de que
este hombrecito era quien daba cuerda a los relojes. De pronto decidió que nada tenía
que perder si confesaba la verdad y dijo abruptamente:— Vi el reloj funcionando. Allá
abajo, a la izquierda. Quiero ayudarlo a usted a ponerlos otra vez en marcha.
El viejo lo miró astutamente. Tenía una cara vigilante de pájaro, y dos pliegues debajo
de la barbilla, como un gallo.
—¿De qué manera?—preguntó.
Conrad replicó débilmente:
—Buscaría una llave en algún sitio.
El viejo frunció el ceño.
—¿Una llave? No serviría de mucho.
Parecía que estuviese tranquilizándose, poco a poco; sacudió los bolsillos y hubo un
apagado sonido metálico.
No hablaron durante un rato. Al fin a Conrad se le ocurrió una idea, y descubrió la
muñeca.
—Tengo un reloj—dijo—. Son las 7:45.
—A ver. —El viejo se adelantó, sacudió enérgicamente la muñeca de Conrad, examinó
la estera amarilla.—Movado Supermatic —murmuró entre dientes—. Serie CTC.
—Dio un paso atrás, bajando la escopeta, como tratando de saber de una vez por
todas quién era Conrad.—Muy bien —dijo al fin—. Veamos. Tal vez necesites un
desayuno.
Salieron del edificio y echaron a andar rápidamente calle abajo.
—La gente viene aquí a veces—dijo el viejo—. Turistas y policías. Observé tu huida
ayer, tuviste suerte de que no te mataran. —Caminaban haciendo eses por las calles
vacias, el viejo delante esquivando columnas y escaleras, las manos rígidas a los
lados, sosteniéndose los bolsillos. Conrad les echó una mirada de reojo y vio que
estaban repletos de llaves, grandes y herrumbrosas, de distintas formas.
—Supongo que ese era el reloj de tu padre —comentó el viejo.
—De mi abuelo —corrigió Conrad. Recordó el discurso de Stacey, y agregó—: Lo
mataron en la plaza.
.EI viejo arrugó el ceño comprensivamente, y durante un momento le sostuvo el brazo a
Conrad.
Se detuvieron debajo de un edificio exactamente igual a todos los demás y que en otra
época había sido un banco. El viejo miró con atención alrededor, observando las altas
paredes de los acantilados. Luego caminó delante subiendo por una escalera mecánica
detenida.
El viejo vivía en el segundo piso, detrás de un laberinto de rejas de acero y puertas de
seguridad: un amplio taller, con un hornillo y una hamaca en el centro. Sobre treinta o
cuarenta mesas en lo que antes había sido una sala de mecanografía, Conrad vio una
enorme colección de relojes, todos en proceso de reparación. rodeados de estantes
altos cargados de repuestos, en bandejas cuidadosamente rotuladas: escapes,
trinquetes, ruedas dentadas, apenas reconocibles bajo la herrumbre.
El hombre llevó a Conrad hasta un gráfico que había en una pared, y señaló el total
que aparecía junto a una columna de fechas.
—Mira esto. Hay ahora doscientos setenta y ocho funcionando continuamente. Me
alegra de veras que hayas venido. Me lleva la mitad del tiempo tenerlos a todos con
cuerda.
Le preparó un desayuno a Conrad y le contó algo de si mismo. Se llamaba Marshall. En
una época había trabajado en el Control Central de Tiempo como programador, había
sobrevivido a la rebelión y a la Policía del Tiempo, y diez años después había vuelto a
la ciudad. Al principio de cada mes iba en bicicleta hasta uno de los pueblos de la
periferia a cobrar la pensión y abastecerse. El resto del tiempo lo pasaba dando cuerda
a un número cada vez mayor de relojes en funcionamiento y buscando otros que
pudiese desarmar y reparar.
—En todos estos años la lluvia no les ha hecho ningún bien —explic6—, y con los
eléctricos no se puede hacer nada.
Conrad caminó entre los escritorios, tocando con cautela los relojes desarmados,
esparcidos alrededor como las células nerviosas de un inmenso e inimaginable robot.
Se sentía excitado y al mismo tiempo curiosamente tranquilo, como un hombre que ha
arriesgado toda su vida al movimiento de una rueda y está esperando que gire.
—¿Cómo sabe que todos marcan la misma hora? —le dijo a Marshall, pensando por
qué la pregunta le parecería tan importante.
Marshall hizo un gesto, irritado.
—No puedo estar seguro, ¿pero qué importa? El reloj exacto no existe. Lo que más se
le acerca es el reloj que se ha detenido. Aunque uno nunca sabe cuándo, dos veces al
día es absolutamente exacto.
Conrad fue hasta la ventana, y señaló el enorme reloj, visible en un hueco entre los
techos.
—Si pudiésemos ponerlo en marcha... De ese modo quizá funcionasen también todos
los otros.
—Imposible. Dinamitaron el mecanismo. Sólo el martillo está intacto. De cualquier
manera los circuitos eléctricos de esos relojes se arruinaron hace mucho. Seria
necesario un ejército de ingenieros para repararlos.
Conrad asintió, y volvió a mirar el gráfico. Notó que Marshall parecía haberse
extraviado a lo largo de los años: las fechas de finalización de los trabajos tenían un
error de siete años y medio. Ociosamente, Conrad reflexionó acerca del significado de
esa ironía, pero decidió no comentarle nada a Marshall.
Durante tres meses Conrad vivió con el viejo, siguiéndolo a pie cuando el otro hacia su
ronda en bicicleta, llevando la escalera de mano y el maletín repleto de llaves con las
que Marshall daba cuerda a los relojes, ayudándolo a desarmar los mecanismos
recuperables y a trasladarlos de vuelta al taller. El día entero, y a veces la mitad de la
noche, trabajaban juntos, corrigiendo los movimientos, poniendo otra vez en marcha los
relojes, y devolviéndolos a los sitios originales.
Todo ese tiempo, sin embargo, la mente de Conrad no pensaba en otra cosa que el
enorme reloj de la torre que dominaba la plaza. Una vez al día lograba escabullirse
hasta los arruinados edificios del Tiempo. Como había dicho Marshall, ni el reloj ni sus
doce satélites volverían a funcionar La caja del mecanismo parecía la sala de máquinas
de un barco hundido, una maraña herrumbrada de rotores y volantes retorcidos por
alguna explosión Todas las semanas Conrad subía la larga escalera hasta la última
plataforma, a setenta metros de altura, y miraba a través del campanario las azoteas de
los bloques de oficinas que se extendían hasta el horizonte. Los martillos descansaban
contra las llaves en largas hileras, allá abajo. Una vez se le ocurrió patear una llave de
los agudos, y una campanada sorda atravesó la plaza.
El sonido trajo extraños ecos a la mente de Conrad.
Lentamente comenzó a reparar el mecanismo del campanario, instaló nuevos circuitos
eléctricos en los martillos y los sistemas de poleas, arrastrando cables hasta la cima de
la torre, desarmando los tornos en la sala de máquinas y renovándoles los embragues.
El y Marshall nunca discutían las tareas del otro. Como animales que obedecen a un
instinto, trabajaban incansablemente, no sabiendo muy bien por qué. Cuando Conrad le
dijo un día al viejo que pensaba irse y continuar el trabajo en otro sector de la ciudad,
Marshall estuvo de acuerdo inmediatamente, le dio todas las herramientas que le
sobraban y se despidió de él
Seis meses más tarde, casi puntualmente, las campanadas del enorme reloj resonaron
sobre los techos de la ciudad, dando las horas, las medias horas, los cuartos de hora,
anunciando constantemente el paso del día A cincuenta kilómetros de distancia, en los
pueblos suburbanos, la gente se detuvo en las calles y en las puertas de las casas,
escuchando los ecos borrosos y fantasmagóricos que venían de los largos corredores
de edificios en el lejano horizonte, contando involuntariamente las pausadas
secuencias finales que decían la hora Las personas mayores se susurraron unas a
otras:
—Las cuatro, ¿o fueron las cinco? Han vuelto a poner en marcha el reloj Parece
extraño luego de tantos años.
Y durante todo él día se detenían a escuchar los cuartos y las medias horas que les
llegaban desde muchos kilómetros, una voz que salía de la infancia y les recordaba el
mundo exacto del pasado. Comenzaron a ajustar los medidores de tiempo a las
campanadas, y de noche, antes de dormir, escuchaban la larga cuenta de medianoche,
y al despertar oían de nuevo los tañidos en el aire claro y tenue de la mañana.
Algunos fueron al cuartel de la policía y preguntaron si podían devolverles los relojes.
Luego de la sentencia, veinte años por el asesinato de Stacey y cinco por catorce
delitos según las Leyes del Tiempo, llevaron a Newman a las celdas del sótano del
tribunal. Había esperado la sentencia y cuando el juez lo invitó a hablar no hizo ningún
comentario. Luego de aguardar el proceso todo un año, la tarde en la sala del tribunal
no era más que una tregua momentánea.
No hizo ningún esfuerzo por defenderse de la acusación de haber matado a Stacey, en
parte para proteger a Marshall, que podría así continuar su obra sin ser molestado, y en
parte porque se sentía indirectamente responsable de la muerte del policía. El cuerpo
de Stacey, con el cráneo fracturado por una caída de veinte o treinta pisos, había sido
descubierto en el asiento trasero de su coche en un garaje subterráneo no lejos de la
plaza. Presumiblemente Marshall había descubierto a Stacey merodeando por el lugar
y se había encargado de él. Newman recordaba que un día Marshall había
desaparecido del todo, y durante el resto de la semana había estado curiosamente
irascible.
Al viejo lo había visto por última vez en los tres dias finales antes de la llegada de la
policía. Todas las mañanas, cuando las campanadas retumbaban sobre la plaza, la
figura diminuta caminaba ágilmente por la plaza hacia Newman saludando con la
mano, mirando la torre, la cabeza descubierta, sin mostrar ningún temor.
Ahora Newman se enfrentaba con el problema de cómo inventar un reloj que seria para
él como una carta de navegación durante los veinte años próximos. Sus temores
crecieron cuando al día siguiente lo llevaron al bloque de celdas que albergaba a los
presos de condenas largas: al pasar por delante de la celda para ver al
superintendente, notó que la ventana daba a un pequeño pozo de ventilación. Se
estrujó el cerebro mientras se cuadraba durante la homilía del superintendente,
preguntándose cómo podría conservar la cordura. A menos que contase los segundos
los 86.400 de cada día, no veía ninguna forma posible de precisar el tiempo.
Ya en la celda, se dejó caer flojamente en el camastro, demasiado cansado para
desempaquetar las pocas cosas que le habían permitido traer. Una breve inspección le
confirmó la inutilidad del pozo de ventilación. Un foco potente instalado allá arriba
ocultaba la luz del sol que se deslizaba a través de una reja de acero, a quince metros
por encima de la celda.
Se tendió en la cama y examinó el cielo raso. En el centro había una lámpara
empotrada; una segunda lámpara, sorprendentemente, parecía haber sido adaptada a
la celda. Esta última estaba en la pared, a pocos centímetros por encima de su cabeza.
Vio el cuenco protector de llnnC VPintiCinC~ centimPtrr c ~1P ~ 'imPtr~
Contento, tendido en la cama, la cabeza sobre una manta enrollada a los pies,
Newman miraba el reloj. Parecía en perfecto estado, y las agujas avanzaban dando
saltos rígidos de medio minuto. Durante una hora, luego que se hubo ido el guardián, lo
observó sin interrupción, luego comenzó a ordenar la celda, echando miradas al reloj
por encima del hombro cada pocos minutos, como para asegurarse de que todavía
estaba allí, y aún funcionaba correctamente. Le divertía de veras la ironía de la
situación, la inversión total de la justicia, aunque le costara veinte años de vida.
Dos semanas más tarde seguía riéndose de lo absurdo de toda la situación, cuando de
pronto y por vez primera advirtió el sonido, el monótono y exasperante tictac.
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