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Creative Commons License Esta obra es publicada bajo una licencia Creative Commons. PELICULAS PELICULAS on line JUEGOS BEN 10 VIDEOS + DIVERTIDOS LA BELLA SUDAFRICA RINCONES DEL MUNDO COSMO ENLACES DIRECTORIO PLANETARIO CREPUSCULO CORTOS DE CINE SALIENDO DEL CINE SERIES Carro barato japon Cursos first certificate en bilbao
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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 22 de octubre de 2009

The Best of Fantasy & Science Fiction


SELECCIÓN
Autores Varios

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ÍNDICE
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Más profundo que la obscuridad - Deeper than the darkness
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La ley desconocida - The unknown law
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Sabotaje - Sabotage
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En negro de todos los colores - In black of many colors

Bumbarbum - Bumberboom
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MÁS PROFUNDO QUE LA OBSCURIDAD
Gregory Benford
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He aquí un relato extraño y aterrador, en él que una humanidad futura y evolucionada se ve enfrentada con sus miedos más ancestrales, tras la lucha tenida con unos rivales extraterrestres que han comprendido que el mayor enemigo del hombre son sus mitos y sus miedos irracionales; por ello, tienen el acierto estratégico de dirigir su ataque contra este secular talón de Aquiles.

Faltaba una hora para el turno de la mañana. Yo estaba planeando el trabajo de costumbre que podría llevar a cabo en la pantalla, a fin de que no se interpusiera con la rutina de comer, con el empleo de la pantalla por parte de los niños en las horas de estudio, y con las mejores horas para dar un paseo por los tubos.
Los niños fruncían el ceño por algún motivo, y a mí me costaba concentrarme en los cambios efectuados en los esquemas de producción desde el día anterior. Si aquéllos no se anotan por la mañana, uno continúa enviando nuevos productos a los almacenes que ya no se ocupan de ellos y las pérdidas pueden devorar la comisión de todo el día como encargado, antes de que las quejas le lleguen a uno por el canal de realimentación.
Iba a efectuar esas anotaciones cuando sonó la hora de la primera lectura de los niños, y tuve que abandonar la pantalla. Me instalé, pues, en la mesa de comedor para revisar mis notas, pero no habían transcurrido ni diez minutos cuando empezaron a gruñir.
—Papá, ¿por qué tenemos que mirar algo tan anticuado? —se quejó Romana, irguiendo la barbilla—. Ninguno de los otros cubos de este bloque tienen ya el canal escolar.
—¡Hum! —gruñó Chark—. Es muy aburrido. Todo el mundo sabe que es imposible aprender de prisa sin cintas. Nos convertiremos en rene.
—¿Rene?
—Renegados —aclaró Angela, desde la enclaustrada cocina—. Es la nueva jerga. Tendrías que contemplar más a menudo el canal de espectáculos.
Las palabras eran normales, pero el tono no tanto. Aquella mañana había probado el manual del desayuno y no le había salido bien, pero desayunar —¿o también resultaba un término caduco?— era uno de nuestros puntos flacos. Angela estaba en el umbral y me miraba con la boca apretada.
—¿No crees que ya es hora de que empieces a escuchar lo que piensan los demás, Sanjen?
—No. —Desvié la mirada y comencé a subrayar parte de mis notas.
Chark bajó el volumen de la pantalla, y el cuarto quedó en silencio. Pero no iba a salir tan fácilmente de la discusión.
—Papá… Si leyeses algunos de los artículos que te di —empezó a decir Chark, con tono mesurado y razonable—, y hablases con un consejero del centro, comprenderías por qué necesitamos las cintas. Tú mismo estuviste allí, papá, y…
—Sí —asentí—, estuve allí. Y en cambio, no estuvisteis vosotros. Creéis que todo lo que la Asamblea dice es bueno para la defensa común, pero no esperéis que yo…
Callé. No serviría de nada. No podía contarles la entraña de lo que sucedía allí…, de lo que estaba encerrado en un archivador, con las marcas coloradas de «alto secreto» en la carpeta. Y, por supuesto, hasta que arrancasen dichas marcas de lacre yo no revelaría nada.
Angela rompió su rígido silencio, y por la forma en que habló comprendí que llevaba largo tiempo deseando decirlo.
—¿Por qué les hablas así? Aún te respetarán menos si quieres convertir en un gran misterio lo que hiciste allí. Tú eras sólo un simple capitán en un convoy de rescate enviado para recoger a los supervivientes de Regeln, después de ser atacado por los quarm. Y ni siquiera conseguiste rescatar a muchos.
—Ocurrió algo. Sí, de veras, ocurrió algo…
Los niños estaban callados y quietos, como suelen hacer cuando comprenden que los mayores se han olvidado de su presencia, y quizá esté a punto de estallar una riña. Angela y yo lo notamos al mismo tiempo.
—Está bien. Hablaremos de ello más tarde —accedí.
Los niños volvieron a su lectura, gruñendo entre sí, y Angela pasó al dormitorio, probablemente con un berrinche. Era otra mella en un matrimonio ya sumamente erosionado. Hablaríamos más tarde y habría acusaciones y quejas, y yo no podría solucionar nada, ni explicar la verdad.
Pero ocurrió. Me atrapó una oleada de dureza, una amenaza, sutil y sin rostro, y la oleada me arrojó a esta playa de esterilidad espiritual. Para esperar y, mientras esperaba, para morir.

Ocurrió durante el rápido vuelo hacia el sistema de Regeln, para recoger cuanto allí quedaba antes de que volviesen los quarm.
La tripulación no se lo tomó bien. La Armada nos envió en un vuelo de rutina y equipó las naves con bastantes extras, a fin de situar al convoy en el nivel inferior de la clase de naves bélicas. Pero los hombres tardaron en reajustarse. La mayoría aún seguía inquieta respecto a los cambios introducidos. De repente, se tornaron oraku, o sea, una condición guerrera. Y no les gustaba, ni a mí tampoco, pero no podíamos protestar. Se trataba de una emergencia.
Los mantuve a todos fuera de babor, completamente ocupados, dándoles a las naves ese olor a metal de cañones, y esto los tuvo absortos por algún tiempo. Pero no tardaron en hallar tiempo suficiente para volver a estar nerviosos, dudando de todo. Al cabo de unos cuantos días, empezaron a presentarse los síntomas de costumbre: ansiedades, sentimientos de exclusión y pérdida de peso.
—Ya les dije a los de la Armada que ocurriría esto —manifesté a Tonji, mi ejecutivo—. Esos hombres no son capaces de resistir un cambio tan súbito de condiciones.
Quité el sujetador que sostenía el informe diario y lo dejé caer sobre la superficie de la mesa con un lento movimiento. Tonji parpadeó con sus ojos de simio, lánguida, pensativamente.
—Creo que reaccionan excesivamente ante el supuesto peligro. Ninguno de ellos firmó para esto. Hay que darles tiempo.
—¿Tiempo? ¿Adónde voy a llevarles? Estamos sólo a unas semanas de Regeln. Y hay un grupo inmenso, diseminado por todo el convoy. Tendremos que convencerles rápidamente.
Inconscientemente puso los labios rígidos, gesto que probablemente asociaba con la obstinación.
—Será un gran esfuerzo, cierto. Pero supongo que usted comprende que no hay otra opción.
¿Había cierta nota de reto en su voz, junto con su condescendencia habitual? Callé unos instantes antes de replicar:
—Entonces, será preciso que los oficiales superiores también asistan.
—¿Cree que será suficiente, señor?
—¡Claro que sí! No tengo todas las respuestas en mi bolsillo. Durante años, este convoy sólo ha realizado vuelos de cabotaje.
—Pero ahora nos han destinado a…
—Cambiando las normas de una nave no se cambia a los tripulantes de la misma. Y los hombres no saben qué hacer. En el grupo no reina la confianza, porque todos intuyen la incertidumbre. Nadie sabe qué le espera en Regeln. Un tripulante no sería humano si no estuviese preocupado por ello.
Miré hacia el altar kensdai de mi camarote. Sabía que perdía a menudo el dominio de mis nervios y que no dirigía la conversación en la forma necesaria. Me concentré en el acabado de la madera que enmarcaba el altar, sintiéndome como fundido con la familiaridad de la misma. Me concentré en la parte externa, no en la central, del altar.
Tonji me obsequió con una mirada de apreciación.
—Los quarm fueron detenidos en Regeln. Por eso vamos hacia allí.
—Volverán. La colonia los ahuyentó, pero les costó muchas pérdidas. Y han transcurrido ya veinticuatro días desde que se marcharon los quarm. Ya has oído las señales de superficie, las únicas que hemos captado desde que quedó destruido su satélite de enlace. La agrupación de la clave es correcta, pero la fuerza de las señales ha disminuido y la transmisión apenas existe. Eso indica que las señales son lanzadas en malas condiciones, o quienes se cuidan de ello no saben manejar los aparatos… o ambas cosas a la vez.
—¿No piensa la Armada que pueda ser una trampa? —insinuó Tonji.
Sus rasgos mongoles, amarillentos a la luz difusa de mi camarote, adquirieron una expresión fría, malévola.
—No sé… ni ellos tampoco. Pero necesitamos información respecto al equipo y las tácticas de los quarm. Se trata de una raza de ascetas individualistas, y sin que sepamos cómo, se han puesto de acuerdo para colaborar contra nosotros. Y necesitamos saber cómo.
—Los primeros incidentes…
—Exacto: sólo fueron incidentes. Ataques sueltos. La Armada nunca consiguió una información coherente en las cintas que llegaron a su poder. No hubo supervivientes.
—Pero esta vez, los colonos resistieron un ataque concentrado.
—Sí. Y tal vez haya ahora buenos informes en Regeln.
Tonji asintió, sonriente, y salió del camarote tras las debidas ceremonias. Estaba seguro de que ya estaba al corriente de lo que le había contado, mas parecía querer extraerme todos los detalles y saborearlos.
Lo cierto es que cuanto mejor resultado obtuviese la misión, cuanto mejores fueran los informes, mejor sería el futuro de Tonji. Una guerra… la primera en más de un siglo, y la primera en el espacio profundo, tiene siempre el efecto de abrir el camino que conduce a la cima. Aleja la necesidad, para un joven oficial, de que tenga que ascender por grados jerárquicos.
Cogí una carta estelar de las proximidades de Regeln para estudiarla. Los quarm habían sido como un insecto que zumbaba más allá del alcance auditivo. Esto sucedió durante muchas décadas. Sólo hubo rumores ocasionales, contactos, anécdotas. Y después, la guerra.
¿Cómo? La Seguridad no se molestó en dar explicaciones a los obscuros capitanes de convoyes, y probablemente sólo estaban enterados del asunto unos centenares de hombres. Pero hubo un boletín cuidadosamente redactado respecto a ciertas negociaciones en los mundos patrios de los quarm poco antes de empezar la guerra. El Consejo trató de establecer una relación comunal con algún fragmento de la sociedad quarmita. Tal método ya había dado excelentes resultados anteriormente con la Falange y los angras.
Sabía que en los círculos intelectuales ello era como un dogma sagrado. El sentimiento de la comunidad era el aglutinador de la cultura. Con el tiempo, la fase correcta uniría incluso a las sociedades más diferentes entre sí. En dos casos, esto ya había dado buen resultado. Y ello nos forjaba un universo. Un mundo de suaves disonancias trocadas en armonías, en tranquilos rumores de manantiales de aguas confundidas.
Ante esto, los quarm eran como un violento latigazo de rarezas. Semejantes a eremitas, ofrecían poco y aceptaban menos. La intimidad, para ellos, se extendía a todo, y nosotros todavía no poseíamos una idea clara de su aspecto físico. Sus reuniones con nosotros habían tenido lugar con muy pocos negociadores.
Y el Consejo había actuado sobre esta leve base. Tal yez se había ignorado una prohibición, o se había pasado por alto una nimiedad. Pero la equivocación fue demasiado grande para que los quarm la perdonasen; y llegaron atacando hasta el borde de la comunidad humana. Regeln fue uno de sus primeros objetivos.
—Primera llamada a sabal —sonó la voz de Tonji por el altavoz—. Me pidió que se lo recordara, señor.
Era irónico que Tonji, con todos sus antepasados del antiguo Japón, convocase una partida de sabal, dirigida por mí, un caucasiano mestizo… y yo estaba seguro de que él se daba cuenta de tal cosa. Mi madre fue una polinesia, y mi padre un espécimen realmente raro: uno de los últimos americanos puros, nacido de los descendientes de los escasos supervivientes de la Guerra del Tumulto. Lo cual me situaba por debajo de muchas castas, incluso las australianas.
Al llegar a la adolescencia, todavía nos estaba permitido socialmente llamarnos ofkaipan, término casi análogo al de negroide en los primeros tiempos de la República Americana. Pero desde entonces se habían dictado ya los edictos de armonía. Supongo que tales edictos todavía son ignorados en las islas exteriores, pero con mi condición profesional resultaría un grave quebranto del protocolo que tal palabra llegara a mis oídos. A menudo, la he visto murmurada por los labios de algún ordenanza castigado, o por un oficial incapaz de olvidarse del color de mi piel. Pero nunca en voz alta.
Suspiré y me puse de pie, casi deseando que a bordo hubiera otro de nosotros, a fin de no sufrir momentos de completa soledad como éstos. Pero mi raza es escasa en la Armada, y se halla casi extinguida en la Tierra. Saqué mis vestiduras formales para el sabal y admiré su delicado lustre antes de ponérmelas. Los sutiles rojos y violetas absorbían la atención y gastaban bromas a la vista. Estaban tejidas con el poliéster habitual, libre de lino, a fin de no arrojar al aire de la nave finas partículas de hilaza; pero habían hecho todo lo posible para darle al tejido un espesor extraordinario. Formaban parte del espectáculo, como los bailes y los cánticos. Mientras me vestía, ejecuté los pases de ritual, en tanto mis manos pasaban diagonalmente por delante de mi cuerpo, a fin de lograr emociones de totalidad, de paz. Los vagos temores que había permitido mezclarse a mis pensamientos también los sufriría la tripulación.
Cuando aparecí, cesaron los murmullos del salón de reuniones; saludé a la concurrencia y me acomodé en el exágono de hombres. Di principio a los ejercicios abdominales, sentándome muy erguido. Respiraba profunda y lentamente, en tanto ejecutaba movimientos con las manos. En lo alto del último arco conseguí ya todo el poder y, exhalando el aire fuera, descendí al foco, sintiéndome externo, kodakani.
Disminuí los juegos de las bolas, intuyendo el humor del exágono. Las bolas y las cuentas de vidrio reflejaban la luz en sus contracadencias, poniendo tonos rojizos y azulados en los muros. El familiar baile nos calmaba, por lo que movimos nuestras piernas para la contraposición, a fin de meditar. Mi cántico rítmico se debilitó lentamente en la acústica suave de la habitación. Y empezó el juego.
La primera tirada fue a través de una figura, un tripulante jugueteando con sus hojas de sabal. Escogió un párrafo de la Quest y lo presentó como apertura: Era un comienzo complicado: el Correo estaba dotado de sutilezas de carácter. El juego continuó. La silueta de nuestro problema fue trazada por los demás, mientras leían sus propias anotaciones en las hojas de la estructura del juego.
El Correo Real descendió por las colinas, y como tenia sed, hambre y fatiga, solicitó ayuda en el poblado. Era tal su misión, que la opinión que le merecieron los habitantes del pueblo, por sus costumbres, su honradez y su justicia ―no sólo hacia él sino consigo mismos― fue trasladada a la Presencia Real. Y desde allí, según se dice, al Cielo. Después fue de casa en casa…
Tras haber efectuado casi todas las anotaciones, el intrincado problema establecido mostró subtonos obscuros de miedo y temor, como era de esperar.
Repetí el rito de las cuentas de vidrio. Y dejándolas resbalar lentamente por entre mis dedos, comenzó la segunda parte del sabal: la propuesta de la solución. De nuevo el dibujo danzó entre los jugadores.
Los jugadores son dos. Y sólo es posible efectuar dos elecciones: rojo o negro. Mientras el otro jugador está escondido, al primero sólo le transmiten sus decisiones. Si ambos eligen el rojo, los dos ganan un punto; si escogen el negro, lo pierden. Mas si uno escoge el rojo y el contrario elige el negro, éste gana dos puntos y el primero pierde dos.
Gana el que colabora en espíritu, el que presiente el Total.
El sabal es infinitamente más complicado, pero contiene los mismos elementos. El problema establecido por los hombres resulta obscurecido por sutiles corrientes de angustia e inseguridad.
Pero ahora el juego volvía a mí. Contemplé la solución que se formaba en torno al exágono. Gozaba en la armonía del espíritu, indicando un leve descontento al intentar modas divergentes, rechazando la victoria personal y acercándome más a mis hombres.
—Libraos de todas las ataduras —entoné—, y llevad al descanso las diez mil cosas. El camino está despejado, pero lo buscamos muy lejos.
El talante de los ánimos cambió muy lentamente al principio, y la incertidumbre predominaba aún, pero con el ritmo de la repetición se llegó a un compromiso. La ansiedad comenzó a desaparecer. Y se debilitaron las imágenes conflictivas del juego.
Capté la elevación de los ánimos hasta su auge, salmodiando alegremente, al tiempo que dejaba el juego en reposo. Impuse el destello soñador de las bolas y las cuentas de vidrio, sintonizando gradualmente las visiones hasta vernos envueltos por la obscuridad. Luego, reinó el silencio, la quietud.
El fuego ardía y la perola de hierro cantaba en el hogar. El exágono se deshizo y salimos de allí, moviéndonos concertadamente.
El juego de nuestra nave capitana se contaba entre los mejores, pero no era suficiente para toda la misión. Ordené el sabal lo más a menudo que pude en todas las naves, esperando que nos mantuviera en la fase correcta. Yo no tenía tiempo de asistir a todos los juegos, porque nos estábamos acercando al objetivo y no se habían planeado todavía todos los detalles.
En la hora que precedió al salto, me aseguré de ser visto desde todas las partes de la nave, moviéndome confiadamente entre los tripulantes. El número de naves perdidas en un salto siempre es pequeño, pero se eleva peligrosamente en un caso como aquél, y todos lo sabían.
Terminé en el puente central para observar el proceso, aunque era virtualmente automático. Los especialistas y los tripulantes se movían con rapidez a la luz tristemente rojiza que simulaba el crepúsculo. A las veintidós horas y quince minutos antes de que las calculadoras nos dieran la señal de la caída, di la orden tradicional de continuar. Era una pura formalidad, pero en teoría la sincronización podría verse detenida incluso en el último momento. En este caso, los requerimientos de calcular el tiempo demorarían el salto en varias semanas. Las calculadoras eran la clave.
Y así fue. Convertir una nave en taquiones en el espacio real en el tiempo de un nanosegundo es un proceso increíblemente complicado. Los hombres lo inventaron, pero nunca podrían controlarlo sin la coordinación perfecta de la microelectrónica.
Contemplé los rostros inescrutables y competentes que me rodeaban en el puente. Faltaba algo más de un minuto para el salto. Todos los semblantes mostraban la tensión del momento, aunque algunos intentaban ocultarla. El proceso no era perfecto y lo sabían.
Nada se había dicho al respecto a nivel de la Armada, pero la maquinaria microelectrónica se había ido desgastando con los años. Las técnicas se perdieron gradualmente; cada vez eran más raras las naves construidas manualmente y se utilizaban semimedidas. Ello formaba parte de la lenta declinación que nuestra sociedad sufría desde mediados de siglo. Era casi de esperar.
Pero aquellos hombres apostaban sus vidas en el salto, y sabían que éste podía fallar.
Las campanillas resonaron en los corredores, indicando la proximidad del salto. Sentía a los hombres que me rodeaban en las cubiertas, casi en tinieblas, encima de las colchonetas de tatami. Aguardaban.
Hubo una cuenta audible, un momento de tensión, y cerré los ojos en el último instante.
Un arco brillante destelló delante de mis párpados, mostrando en evidencia los vasos sanguíneos, y escuché el sonido susurrante y obscuro del vacío. Se abrió un pozo ante mí y comencé a experimentar la sensación de la caída.
Luego, los fluorescentes zumbaron de nuevo y todo fue normal; se aliviaron las tensiones y los hombres sonrieron.
Observé por la mampara de proa y vi el tembloroso halo de gas que rodeaba la estrella de Regeln. A nuestra velocidad atravesaríamos aquella distancia en un día, y el pozo potencial nos conduciría directamente al sol. No había mucho tiempo que perder.
Teníamos que actuar de prisa, cortando el reborde de plasma en torno a la estrella de Regeln para disimular nuestra presencia. Si caíamos con aquel disco al rojo vivo a nuestras espaldas, gozaríamos de un buen margen de tiempo sobre cualquier sistema detector que nos estuviese buscando.
Regeln es como cualquier mundo con vida: infinitamente variado, monótonamente triste, con grandes contrastes por doquier, .indescriptible. Alberga cinturones de jungla, masas grises de montañas, ríos serpenteantes y heladas llanuras azuladas. El aire está lleno del zumbido de los insectos, el pataleo de los herbívoros, el suave chasquido de los dientes al encontrarse. Y hay vientos que ensordecen, océanos que ríen y tranquilidad al lado de la violencia. Es como cualquier otro mundo que valga el tiempo del hombre.
Pero su corteza contiene muy pocos de los elementos pesados necesarios para la construcción de una estación de caída o una base de reparaciones. Por eso quedó bajo el dominio de la sección colonizadora de la Armada. Se trasladaron todos allí rápidamente, con xenobiólogos para realizar los milagros de costumbre, a fin de tornar la atmósfera respirable.
La vida salvaje creó algunos problemas, pero durante los más de veinte años que estuvieron recreando la atmósfera, despejaron un continente, librándolo de las especies más malignas. Había, entre otros animales, un escorpión de cuatro metros que corría como una gacela. Lo vi en el zoo de la Tierra, y me estremecí.
La hora de caída nos cogió con sólo los rudimentos de una red defensiva. No había tiempo para adiestrar a los hombres, y constantemente echábamos de menos el equipo necesario. En tanto nos deslizábamos hacia el sistema de Regeln, deseé mil veces una maquinaria de vigilancia mucho mejor a la nuestra.
Pero las naves quarm no se presentaron a la vista, y ningún cohete se elevó a nuestro encuentro. Tonji quería salir de aquel sitio lo antes posible. Yo me opuse y entramos en una órbita monociclo «tajada de naranja», con el fin de echar una ojeada antes de descender, pero resultó que no había nada que ver.
Nuestra base estaba totalmente cerrada. Ningún vehículo se movía en las carreteras, ni había aparatos de vigilancia, los llamados zánganos. Yo tenía fotocopias de las defensas de la base, incluso de los agujeros de los periscopios, pero cuando la registramos no hallamos señal de que hubiera nada abierto. Esparcidas por encima de las granjas y los campos de cereales se veían unas nubes azuladas, pero nada se movía en la superficie del planeta.
No había tiempo para meditar, hacer descender sondas o jugar al gato y el ratón. Coloqué un conjunto de zánganos en el perímetro del sistema defensivo, allí donde la radiación de la estrella no ocultaría la luz de ninguna nave quarmita, aunque no podía confiar completamente en ello.
—Los patines listos, señor —me anunció Tonji.
—Bien. Que bajen los tres inmediatamente.
Los patines eran rápidos y podían manejarse usualmente en torno a las defensas manuales. Aterrizaron fácilmente y formaron una defensa triangular en el valle donde estaba instalado el cuartel general de la colonia, enterrado bajo una montaña. Cuando los patines se hubieron enfriado hasta el punto mínimo de seguridad, los patinadores sacaron los deslizadores y se alejaron, registrando las entradas disimuladas. Ninguna señal salía de la montaña. No había destellos, marcas ni signo alguno de armas.
Un piloto aterrizó cerca de la entrada principal, dispuso su equipo de radiación a más velocidad y probó las alarmas manuales montadas con propósito de emergencia cerca de la puerta abovedada. Nada.
Lo vi todo por televisión, junto con una serie de datos procedentes de las demás naves diseminadas en órbita en torno a Regeln. El piloto pidió más instrucciones desde tierra. Por el sonido de su voz comprendí que la orden que esperaba era la de volver a subir, lo antes posible, aunque no confiaba en recibirla.
Y no se la di. No podía dársela. No es posible marcharse de una colonia que está en apuros, aunque parezca una trampa.
—Que utilice sus zapadores —exclamé—. Que se acerquen todos los otros y que, no obstante, sigan vigilando todas las entradas desde las órbitas. Tardaremos bastante en abrir, pero tenemos que echar un vistazo dentro. ―Tonji asintió y empezó a dar las órdenes por código―. Añade que yo también bajaré.
Me miró sorprendido por primera vez desde que le conocía. Llamé a Matsuda y le entregué el mando temporal del convoy en órbita.
—Tonji bajará conmigo. Si los quarm se dejan ver, danos una hora para subir de nuevo. Si no volvemos, que todos abandonen el sistema. Que no se quede por aquí ninguna nave. Los aparatos valen más que nosotros.
Miré a Tonji, quien sonrió.

El descenso fue lento, puesto que estaba destinado a empujar atrás y delante de la órbita a unos terrestres. No tuve tiempo de gozar con el trayecto porque estaba escuchando los esfuerzos de la gente de tierra, empeñada en hacer volar la portalada de la base. El cielo de Regeln desaparecía con rapidez ―una mezcla cremosa de rojos y azules, como una alocada bebida tropical― y al fin llegamos al suelo.
El piloto del deslizador que me condujo a la base estaba nervioso, pero llegamos allí más de prisa de lo que creía posible. Estuve fuera de la escotilla antes de que colocaran los frenos bajo las ruedas, y el teniente a cargo del equipo se acercó a mí.
—Tuvimos que taladrar, señor —me informó, saludando—. Estamos listos para volarla.
Asentí y nos refugiamos detrás de una loma en la base de la montaña, a unos cien metros del portal. Todo estaba quieto por el momento, y pensé por primera vez que el suelo era extraño, un planeta nuevo. Con las prisas, casi había pensado que estaba en la Tierra.
La explosión fue muy violenta y los destrozos se mostraban por todas partes. Al cabo de un momento estaba ya ascendiendo con el principal equipo de hombres, antes de que se hubiera aclarado el polvo. El portal sólo estaba abierto en parte, como un reconocimiento para el ingeniero del refugio, pero conseguimos entrar.
Primero penetraron tres exploradores con linternas, que regresaron a los pocos minutos.
—Desierto en los primeros corredores —anunció uno—. Necesitamos más hombres para mantener comunicaciones de enlace.
Tonji condujo la siguiente brigada. La mayoría de los hombres de la tripulación estaba dentro antes de que advirtiesen que habían hallado a alguien. Entré entonces con tres guardias y varias lámparas. Las luces de los corredores del refugio no funcionaban, pues habían destrozado las bombillas.
Los hombres estaban apiñados a un extremo del corredor del segundo piso, y sus voces resonaban nerviosamente por aquella construcción de cemento.
—¿Encontraste algo, Tonji? —pregunté.
Se apartó de la puerta, donde había estado hablando con un hombre cuyo uniforme estaba lleno de tierra. Parecía inseguro.
—Creo que sí, señor. Según los mapas de la base que poseemos, esta puerta conduce a un gran auditorio. Pero unos cuantos metros más adentro… Bien, mire.
Crucé el umbral y me detuve. Unos pasos más allá terminaba el pasadizo y un bloque —tierra en su mayor parte, con fragmentos de muebles, tabiques destrozados y restos sin identificar— se elevaba hasta el techo.
Miré inquisitivamente a Tonji.
—Por ahí se inicia una rampa descendente. Todo el auditorio está lleno de eso… Hemos registrado los pisos inferiores, pero las puertas que dan a los corredores no se abren.
—¿Cómo llegó eso hasta aquí?
—Los pisos que rodean el auditorio están desnudos y arrancaron casi toda la estructura de los muros, hasta el lecho rocoso sobre el que construyeron la base. Alguien trajo muchas toneladas de tierra y la amontonó aquí.
Me miró por el rabillo del ojo.
—¿Qué es esto? —señalé una depresión negra y ovalada en la masa de tierra gris, a unos dos metros del suelo.
—Un agujero, evidentemente un túnel. Estuvo tapado con una manta hasta que Nathran lo descubrió. ―Señaló al individuo del uniforme manchado de tierra.
—Y pasó al interior, ¿eh? ¿Qué hay?
Tonji se pellizcó un labio con un pulgar y un índice bien manicurados.
—Un hombre. Según Nathran, muy lejos. Esto es lo único que he podido sacarle… Está aturdido. El hombre de ahí dentro sufre un ataque de histeria. No creo que podamos sacarle de ese maldito agujero. Es demasiado estrecho.
—¿Nada más? ¿Un solo hombre?
—Podría haber mucha gente ahí dentro. He oído ruidos procedentes de varios agujeros. Creo que todo este montón de tierra que llena el auditorio está agujereado con túneles. Desde la balconada he visto la entrada a varios más.
Comprobé la hora.
—Bien, vamos.
Tonji dio media vuelta en dirección a la puerta.
—No, Tonji. Por ahí.
Durante un segundo no dio crédito a mis palabras, y al fin una mirada vidriosa e impersonal modificó su expresión.
—¿Hemos de arrastrarnos los dos por ahí dentro, señor?
—Exacto. Es la única forma de averiguar algo que nos conduzca a una decisión.
Asintió y pasamos varios minutos disponiendo los detalles y estableciendo los horarios. Intenté hablar con Nathran mientras me ponía un suéter de trabajo muy ceñido. No pudo contarme gran cosa. Pareció reticente y ofuscado. Algo le había trastornado.
—Ven inmediatamente detrás de mí, Tonji.
Vaciamos cuidadosamente nuestros bolsillos, pues el pasadizo era tan estrecho que no podíamos pasar con nada que abultase. Tonji llevaba una luz. Trepé sobre el leve reborde situado delante del óvalo.
Los hombres se agrupaban en el umbral del amontonamiento. Agité una mano con falso optimismo y empecé a meter mis piernas en el agujero. Y así descendí directamente a una pesadilla.
Los muslos y los hombros me frenaban el descenso, en tanto que la fuerza de la gravedad me obligaba a bajar. Mantenía los brazos encima de mi cabeza, muy juntos, porque no tenía espacio a los costados.
Al cabo de un momento, mis pies rozaron y al fin se asentaron sobre algo sólido. Palpé a mi alrededor con las botas y por un instante pensé que estábamos en un callejón sin salida. Pero había otro agujero a un lado, casi en ángulo recto. Lentamente me retorcí hasta que logré hundirme en él hasta las rodillas. Miré hacia arriba. Sólo se hallaba a tres metros de la boca del primer agujero, aunque me parecía que había tardado largo tiempo en llegar hasta allí. Pude divisar a Tonji deslizándose lentamente detrás de mí, llevando la luz encima de su cabeza.
Me adentré por el túnel lateral, gruñendo y empezando ya a darme asco el hedor a tierra apretada y a basura. Al cabo de muy poco tiempo estuve tendido de espaldas, abriéndome paso con los tacones y avanzando con los empujones dados por las palmas de mis manos contra las paredes.
El techo del túnel me rozaba el rostro en medio de las tinieblas. Sentía que la tierra apretujada me oprimía todo el cuerpo. Mi propia respiración parecía atrapada delante de mi rostro, y oía mis jadeos amplificados.
—¿Tonji?
Oí una especie de resoplido por respuesta. Un rastro de luz iluminaba el túnel por delante, y observé una enorme roca encajada a un lado. El auditorio, probablemente, estaba lleno con una armazón de piedras que mantenía apretada la tierra.
Llegué a un espacio más ancho y pude dar la vuelta para penetrar en el siguiente agujero de cabeza. La entrada era amplia, pero el túnel se estrechaba rápidamente, y sentí que apretaba barro entre mis dedos. Las paredes me oprimían. Parte de la arcilla se había convertido en barro.
Mientras avanzaba, el frío se apoderó de mis piernas y brazos. El camino resultaba más fácil porque el pasadizo estaba ligeramente inclinado hacia abajo, pero el hedor seguía molestándome.
Me pregunté cómo era posible que un hombre entrase allí… o saliese. A cada avance, me arañaba el pecho contra los costados del túnel, despellejándome y obstaculizando mi respiración. Apenas parecía posible continuar.
Tonji gritó y le contesté. La respuesta quedó ahogada por el muro y pensé que tal vez no me hubiera oído. Podía sentir los golpes irregulares de mis manos en las paredes, y los utilizaba para medir el progreso efectuado.
Lo medía en centímetros, tal vez menos. Mis antebrazos empezaban a entumecerse por el esfuerzo.
Un dedo mío tocó la pared sin hallar nada. Tanteé cautelosamente y descubrí un súbito ensanchamiento del túnel. En el mismo instante, hubo un sonido como de roce en la noche que se abría ante mí, el sonido tal vez de algo que se arrastrara por el suelo. Se alejaba de mí. Me así firmemente de la abertura, tiré y pasé a través de ella. Rodé a un costado y me mantuve cerca de la pared. Los destellos de luz de la lámpara de Tonji mostraron un espacio pequeño y rectangular, pero completamente vacío. En el muro opuesto había una hilera de agujeros negruzcos.
Tonji pasó por la abertura, respirando trabajosamente. La luz que llevaba casi resultaba cegadora, a pesar de estar graduada en forma mortecina.
Descubrí que podía ponerme de rodillas sin chocar con la cabeza en el techo. Extendí mis entumecidas piernas y las froté para devolverles la circulación.
—Aquí no hay nada —susurró Tonji.
—Tal vez. Ilumina esos agujeros.
Jugó con la luz en la pared de enfrente.
—¡Ayyyyyy!
El alarido pareció llenar todo el espacio y logré distinguir una cabeza de cabellos sucios y enmarañados que retrocedía dentro del agujero superior.
Avancé hacia allí a gatas, pero me detuve casi inmediatamente. El suelo que se hallaba debajo de los agujeros estaba alfombrado con excrementos y broza. Tonji tragó saliva. Parecía mareado.
Al cabo de un momento volví a avanzar y mi pie hizo sonar una lata de conserva. Apenas podía divisar al hombre, muy escondido en el agujero.
—Salga… ¿Qué ha pasado?
El hombre se apretó más hacia atrás al verme avanzar. Susurró algo, gimió y apartó el rostro de la luz.
—No quiere contestar —musitó Tonji.
—Eso supongo.
Me detuve y miré a otros agujeros. El olor en aquel lado de la bóveda era intolerable. Yo no lo había observado en el túnel porque había una corriente de aire frío que soplaba desde uno de los agujeros del muro. Dicha corriente hacía circular el aire por el túnel.
—Ilumina por aquí —ordené.
Una mano humana colgaba fuera de uno de los agujeros. Habían amontonado ropas y palos en la abertura para impedir la entrada de aquella peste.
Había otros agujeros semejantes. Algunos estaban tapiados con comida, aunque parcialmente.
—¿Podemos regresar, por favor? —pidió Tonji.
Le ignoré y me acerqué más a una abertura mayor que las otras. Aquel agujero succionaba el aire. En medio del tremendo silencio, pude escuchar los débiles ecos de unos sollozos y jadeos en el interior. Se mezclaban con un zumbido monótono de desesperación.
—Trae la luz —ordené de nuevo.
Tonji vaciló un instante y luego se acercó.
—Creo que aquí hace más frío, señor.
El hombre seguía quejándose dentro de su agujero. Apreté las mandíbulas en un involuntario impulso de repulsión y mediante un gran esfuerzo de voluntad alargué la mano y le toqué. El hombre se encogió y se alejó, sollozando de miedo.
En el brazo le quedaba parte de una manga…, que mostraba el tejido azul de la Armada. Miré hacia el túnel por el que habíamos venido y calculé la dificultad de obligar a un hombre a pasar por allí.
—No podremos sacarlos de aquí —murmuré.
El frío se estaba pegando a mis miembros, y no obstante, Tonji sudaba. Contemplaba nerviosamente los agujeros, como esperando un ataque. El silencio era opresivo, pero yo oía con más claridad los sollozos que surgían de aquel amontonamiento de tierra.
Le hice una señal a Tonji y regresamos al túnel. Retrocedí a la mayor velocidad posible, con Tonji pegado a mis talones.
Aquel peso muerto de la tierra nos apretujaba con sus rígidas mandíbulas. Traté de distinguir marcas a los lados, con el fin de medir la distancia que habíamos bajado, pero empezaba a sentirme confuso y desorientado.
Tardé unos momentos en comprender que el aire empeoraba. Se agarraba a mi garganta y no absorbía bastante. Mi pecho estaba como apretado por el tornillo del túnel y mis pulmones no acababan de llenarse y saciarse de aire.
Mientras ascendía, me detuve a escuchar los sonidos de los hombres que estaban en la entrada. Nada. El largo túnel me oprimía, en tanto ejecutaba una serie de empujones rítmicos e interminables, avanzando lentamente contra la fuerza de la gravedad y los arañazos de las paredes.
La linterna de Tonji arrojaba leves destellos de luz contra los muros. Observé que éstos eran completamente lisos. ¿Cuántas personas los habían alisado? ¿Cuántas había allí dentro? Y, Dios mío, ¿por qué?
El túnel empezó a estrecharse. Sólo conseguí pasar por la abertura exhalando todo el aire de los pulmones y empujando fuertemente con los tacones. Bajar no había sido tan duro.
Llegamos a un espacio abierto que temporalmente alivió la opresión, y al frente volví a ver que los muros se estrechaban de nuevo. Empujé, di vueltas, y arañé la tierra de las paredes con todas mis energías. Sobre mi hombro se reflejó una luz y vi que el pasadizo aún se estrechaba más.
Imposible. Una mano maciza me apretujaba para aniquilarme y mi cerebro luchó frenéticamente para encontrar una escapatoria. El aire estaba positivamente viciado. Tanteé al frente y gruñí debido al esfuerzo. Las paredes se aproximaban más entre sí. Comprendí que no podía pasar.
Mi mano tocó algo, pero estaba demasiado entumecido por el frío para saber qué era.
—Luz… —conseguí susurrar.
Oí cómo Tonji daba media vuelta, respirando agitadamente, y al cabo de un momento la luz fue más brillante.
Era el pie de un hombre.
Retrocedí. Por un momento fui incapaz de pensar, con la mente llena de un terrible horror.
—Atrás —jadeé—. No podemos avanzar por aquí.
—Es por aquí… por donde… bajamos.
—No.
De repente, el aire resultó demasiado espeso para respirar. Comencé a deslizarme hacia atrás.
—¡Vamos!
Golpeé con las botas a Tonji.
—¡Atrás, Tonji! —ordené.
Aguardé y la tierra me oprimió, aprisionándome por todas partes. Sólo era barro. Pero ¿y si se producía un alud?
Tonji callaba y al cabo de un instante le oí retroceder. Desde que mi mano rozó algo había contenido la respiración, y de pronto exhalé el aire de mis pulmones, al resbalar hacia abajo. Aquel hombre no llevaba allí mucho tiempo, pero ya era bastante. El aire estaba lleno de su hedor.
Observé que estaba sudando a pesar del frío. ¿Debíamos ir por el agujero de la derecha tras dejar a aquel hombre? Tal vez de este modo penetraríamos más en el montón de tierra en lugar de salir de él.
¿Por cuánto tiempo podría seguir respirando? Sabía que Tonji se hallaba ya al borde del colapso. ¿Habíamos pasado por alto una curva, siguiendo un camino equivocado? Era difícil saber nada en aquellas espesas tinieblas.
Tenía las costillas en carne viva y me aguijoneaban cada vez que me movía. El peso de la tierra me oprimía por todas partes. Retrocedí lentamente, tratando de ordenar mis ideas. Me movía automáticamente.
Al cabo de unos momentos, mi mano izquierda dejó de tocar algo. Me detuve, pero Tonji continuó bajando, como trastornado. Escuché sus movimientos que se alejaban, parpadeando incomprensiblemente ante el agujero de mi izquierda, e intenté pensar.
—¡Espera! ¡Ya lo tengo!
Los dos, sin saber cómo, habíamos pasado por alto la curva. El aire había embotado nuestros cerebros hasta el punto de no poder fijarnos en nada sin un gran esfuerzo.
Me abrí paso por la abertura. Tonji regresó junto a mí y dirigió la luz de la linterna al frente. Gimió algo que no comprendí.
El pasadizo se ensanchó gradualmente y divisé destellos de luz al frente. Al cabo de un momento estuve de pie en el pozo vertical, y un hombre me envió una cuerda. Mis manos resbalaron varias veces por ella mientras me izaban.
Durante unos minutos estuve sentado en la entrada del túnel, aniquilado por la fatiga. Los hombres se agruparon a nuestro alrededor, y yo les miraba como si fueran unos desconocidos. Poco después, distinguí a un teniente.
—Traigan… a Jobstranikan aquí.
Jobstranikan poseía adiestramiento psicoterapéutico y, obviamente, allí tenía trabajo que hacer. Poco después me levanté y me puse el uniforme.
Fuera de la portalada aguardaba un enlace, con la nariz arrugada ante el hedor que yo ya no notaba.
—Señor, los informes de los pisos inferiores dicen que hay más agujeros. Y que en ellos también hay gente, al parecer. No ha sido tocado el centro de coordinación, ni sus cinco pisos inferiores. Creo que tienen algunas cintas dispuestas para pasar.
Me volví hacia Tonji.
—Que intenten sacar a ese hombre de ahí. Como puedan, pero sin perder tiempo. Yo estaré en el centro.

La marcha a través de los dos pisos siguientes fue como un viaje por el infierno. El hedor a residuos humanos era insoportable, aunque el sistema de ventilación funcionaba a pleno rendimiento. Las lámparas que habíamos bajado arrojaban unas luces distorsionadas en blanco y azul contra los muros manchados de sangre, comida y excrementos.
Los ecos de un sollozo insostenible resonaban por los planos inferiores, procedentes de lugares ocultos. Se habían escondido dentro de las paredes, aunque casi todas las bocas del túnel tenían montones monstruosos como el de arriba. No se ocultaban sólo de nosotros, ya que sus conejeras estaban rodeadas por pilas de detritos. Llevaban allí varias semanas.
Jobstranikan llegó hasta nosotros antes de haber llegado al centro.
—Es difícil, señor —observó—. Es como en las leyendas…, como el país de la locura, poseído por los diablos y los monstruos.
—¿Qué les ocurrió?
—Todo. Al principio, creí que temían todo lo que podían sentir… la luz, el movimiento, el ruido. Pero no es así. Hablan entre sí de forma incoherente. No permiten que les toquemos y lloran, gritan y luchan cuando lo intentamos.
—¿No ha podido Tonji sacar a ninguno?
—Sólo dejando a uno inconsciente de un golpe. Uno de sus hombres fue atrozmente mordido cuando trataban de extraer a rastras a aquel hombre indicado por usted. Poner algo en claro de todo esto resultará sumamente difícil.
Había un guardia fuera del centro. Por el corredor se veían fragmentos de muebles y aparatos electrónicos, pero dentro todo estaba en orden.
—La escotilla estaba cerrada electrónicamente con clave, señor —me explicó el oficial que estaba dentro—. Pero trajimos los trazadores y la abrimos. Alguien debió darse cuenta de lo que sucedía y quiso asegurarse de que nadie podría entrar aquí antes de nuestra llegada.
Me acerqué al cuadro de mandos principal. Los técnicos estaban tomando las lecturas que necesitábamos de las calculadoras del centro, trabajando con prisa febril. Le indiqué a Jobstranikan que retornara a su obligación y me volví al oficial de servicio.
—¿Han hallado algunos resultados preliminares? ¿Existe algún diario oral donde esté anotado el ataque de los quarm?
—Oral, no. Pero poseemos un escudriñador por radar —insertó un rollo en el proyector del cuadro de mandos—. Lo preparé para empezar con la primera incursión de los quarm a este sistema.
Disminuyó las luces de aquella sección del centro. Las localizaciones relativas de los demás planetas del sistema de Regeln se veían claramente. Eran, en su mayor parte, fragmentos rocosos, y era visible un pequeño punto ―una nave quarmita― en el perímetro de la pantalla, brillando con una luz roja, muy suave.
—Por lo visto, tardaron bastante en llegar hasta aquí.
El índice de proyección aumentaba. Otros puntos se juntaron al primero, formando un dibujo en cuña. Se destacó una línea azul del centro de la pantalla y se movió hacia delante, encogiéndose en un punto dado: un movimiento defensivo de Regeln.
—Por lo visto, dispararon todos los cohetes disponibles. Los quarm fueron alcanzados varias veces, pero consiguieron esquivarlos casi todos. Temo que los lanzaron demasiado pronto, y cuando nuestros exploradores estuvieron a distancia de tiro, su reserva de combustible no les permitió eludir debidamente a los quarm.
Los puntos rojizos se movían con rapidez, de manera errante, en una danza con los defensores azules. La distancia entre ambos nunca era bastante corta para permitir una probable matanza con una carga nuclear, y eventualmente los puntos azules fueron quedando atrás hasta perderse de vista. Centellearon trémulamente cuando su masa de reacción quedó agotada.
—Salvo por las naves atmosféricas, habían terminado sus defensas. Esta colonia no estaba preparada para sostener una guerra. Pero, no obstante, sucedió algo raro.
Las naves quarmitas derivaron hacia el centro de la pantalla a un paso bastante lento. Destelló un pequeño cohete, que entró en órbita en torno a Regeln, desapareciendo luego.
—Ese era el satélite de enlace. Lo cogieron y luego…
—Luego se marcharon —terminé.
Los puntos rojos retrocedían. Gradualmente adquirieron velocidad, se reagruparon y al cabo de unos minutos abandonaron la cuadrícula. La pantalla se tornó negra.
—Esto es todo cuanto tenemos. Este recorte abarca unos ocho días, aunque no podemos saber si alguien vigiló la última parte de la guerra, porque el mecanismo de grabación era automático y se detuvo al agotarse la cinta. Este centro pudo ser sellado en cualquier momento después de haber lanzado los cohetes.
—Pero nada de esto explica qué sucedió aquí. Los quarm no llegaron a Regeln, y no obstante este refugio está lleno de locos. Algo obligó a los quarm a suspender su ataque y largarse.
Miré a mi alrededor, examinando las consolas y cuadros de mando. Sentía que en algún lugar se estaba forjando una tirantez. Y la vieja sensación de cordura, de certeza de la situación, empezaba a desaparecer.
—Consiga cuantos datos y anotaciones pueda, a ser posible en cintas duplicadas —ordené, tratando de ahuyentar de mí aquella malsana sensación.
El oficial saludó y yo retrocedí por los corredores, acompañado de varios guardias. Tomé nota de bajar al centro los tubos de respiración cuanto antes y mientras tanto, contuve la mía el mayor tiempo posible entre cada inspiración.
Tomamos una ruta de regreso distinta, aunque no menos horrible. Diversos cuerpos yacían entre los escombros, la mayoría en avanzado estado de descomposición. Dos de los guardias vomitaron a causa del ambiente pútrido de los corredores. Avanzamos con la mayor rapidez posible, evitando las puertas semiabiertas por las que surgían los débiles gritos de los locos. La mayoría de los cuerpos habían sido apuñalados o golpeados bárbaramente, siendo luego abandonados a la muerte. Muchos cadáveres eran de mujeres. En ningún enfrentamiento de fuerza habrían durado mucho, ni habrían recibido ninguna consideración especial.
Cuando llegamos al perímetro, Tonji ya estaba restablecido y el aire había mejorado. Los hombres se movían por los corredores en grupos, rociando las paredes con una solución jabonosa.
—Los sistemas de conducción y drenaje de aguas siguen funcionando, de modo que decidí utilizarlos —me explicó Tonji; parecía haberse recobrado de su colapso en el túnel—. Cuando podemos, sellamos esos lugares donde viven, y lo más que pretendemos es que se conserven limpios los pasillos.
Jobstranikan llegó por un portal cercano que hacía muy poco habíamos volado.
—¿Alguna idea?
—Aún no.
Movió la cabeza y sus largos mechones mongoles se entrelazaron en su nuca. Llevaba el cabello a la moda tradicional, como la mayoría de mis oficiales. Era muy negro, como el de los soldados del Khan y el Patriarca, formando trenzas atrás, sujetas por correas. Aquella moda era vieja como las grandes llanuras del centro de Asia.
—No hallo ningún sentido en este asunto. Creo que al principio pelearon entre sí, ya que los cadáveres encontrados tienen al menos varias semanas de antigüedad. Desde entonces, se refugiaron en los agujeros construidos por ellos mismos, alimentándose con las reservas de comida que tenían a mano. Pero no quieren salir. Todos los que he visto desean hacer el menor bulto posible y quedarse en sus agujeros. Los hemos encontrado incluso dentro de alacenas, en los pozos de ventilación, hasta en…
—¿Algún mensaje para mí? —le pregunté al tripulante a cargo de las comunicaciones.
Habíamos llegado a un lugar provisional de comunicaciones. Me entregó un receptor y me puse los auriculares. Si se trataba de lo que suponía, no deseaba que nadie lo supiera hasta que yo informase. Era Matsuda.
—Nuestro zángano registra la aproximación de naves extrasolares. La trayectoria preliminar las sitúa en la órbita de Regeln.
Respiró hondamente. En cierto modo, lo estaba esperando.
—¿Cuál es su derivación Doppler? —indagué.
Calló un instante y al final respondió:
—No es suficiente para que puedan frenar en el salto a una estrella. El pectroscopio indica que van a toda velocidad. Sin embargo, no puede hacer mucho rato que han acelerado.
—Dicho de otro modo, se trata del mismo grupo que ya atacó… o no atacó Regeln la primera vez. ¿Cuánto tiempo podemos permanecer aún en la superficie de este planeta?
—Señor, las lecturas afirman que pueden ustedes estar ahí unas cinco horas, sin incurrir en más de un cinco por ciento de peligro para el convoy. ¿Pueden llevar a cabo su misión en ese tiempo?
—Lo intentaremos —respondí, y volví junto a Tonji.

Era imposible. A pesar de todos los patinadores y demás hombres, sólo salvamos a unos tres mil, o sea, solamente una pequeña fracción de la colonia. No pudimos llegar a las zonas más internas del refugio.
Pese a ello nos retrasamos bastante, y un interceptor quarmita casi nos pilló. Una explosión de fusión amarilla nos rozó cuando nos alejábamos, de forma que no pudimos ver qué hicieron los quarm en Regeln, ni supongo que lo vea ya nunca nadie, ya que el planeta se halla ahora en el centro de su territorio conquistado.
Tras varios intentos infructuosos, decidí dejar de tratar de comunicar con los nativos de Regeln, con aquellos seres enloquecidos, que se hallaban repartidos por las naves del convoy. Jobstranikan quería probar un tratamiento en ellos, mas los médicos padecían demasiado ya con su tarea de curar y remediar las heridas e infecciones, y tratar la desnutrición.
Los quarm no intentaron seguirnos fuera del sistema. Eso me pareció raro, y así se lo dije a Tonji.
—No tiene sentido —convino—. No sabemos gran cosa respecto a su sistema de vuelo, pero tenían muchas probabilidades de atraparnos. Ciertamente, hubiese valido la pena probarlo. Cuando se dispone una trampa, ¿por qué no servirse de ella por completo?
—Tal vez no se trate de esa clase de trampa —reflexioné en voz alta.
—¿Quiere decir que pueden estar esperándonos durante la travesía? —Tonji frunció el ceño—. Por el momento, estamos ya fuera del alcance detector de las naves quarmitas, y a punto de dar el salto a nuestro sistema. Y en tal caso, ya no podrán encontrarnos.
—No, no es eso. Fue… sólo una idea.
No era una idea definida. Y no obstante, algo me inquietaba. Aquella idea no cedió cuando Tonji me comunicó los resultados de Inteligencia.
—El análisis de los resultados del radar de la colonia ha terminado —manifestó—. Sin tener en cuenta lo que le ocurrió a la colonia en sí, las calculadoras poseen una opinión muy pobre de las tácticas de los quarm. Véalo.
Efectuó una proyección sobre la pantalla que se hallaba en mi camarote, y volvió a repetirse el desfile de puntos azules en la cuadrícula del radar.
—Observe esto, poco después del contacto inicial.
Los puntos azules bailaban y jugaban al moverse, efectuando un dibujo complicado de pasos opuestos y mezclados. Las naves rojas quarm retrocedían y se movían con incertidumbre.
—Los quarm poseen superioridad balística y pueden maniobrar sus naves con más ligereza. Pero observe cómo esquivan los cohetes Regeln.
Los puntos rojos retrocedían, moviéndose en forma de media luna, eludiendo de este modo por poco margen las fintas y los ataques de los azules. Se formaba la media luna, retrocedía. Una y otra vez… Los quarm empleaban siempre la misma táctica, confiando en la superioridad de su fuerza para llegar más allá del punto álgido del ataque desde Regeln. Yo no soy táctico, pero comprendí que aquello era una pérdida de tiempo y energías.
Continuaron de esa manera hasta que los interceptores se quedaron sin masa de reacción. De haber luchado contra fuerzas iguales, la batalla no habría durado ni dos minutos.
La pantalla se tornó blanca.
—¿Qué significa esto?
Tonji movió un dedo en el aire.
—Significa que los hemos atrapado. En el último año tuvieron la suerte de atacar planetas fronterizos, que no eran emplazamientos militares. No habíamos estudiado sus técnicas porque no permitieron que nadie huyese de ellos. Pero estas tácticas son como los ejemplos de un libro de texto… Si es lo mejor que saben hacer, ¡los borraremos del universo cuando nuestras flotas quieran!
Se mostró muy entusiasmado, y tenía razón. Nuestras defensas se hallaban sólidamente fundadas en los principios de la Armada, con capas intermedias de directrices tácticas, flotas con centenares de naves y promociones de mandos. Algo muy semejante a los navíos marinos de superficie de que habla la historia de la Tierra. En estas condiciones, los quarm resultaban tremendamente inferiores.
Las noticias dadas por Tonji debían de haber acallado la inquietud que yo experimentaba, y sin embargo, aumentó. Empecé a observar estallidos de rudeza entre la tripulación, signos de preocupación en sus semblantes, así como en los rostros de los oficiales, y quebrantamiento de los ánimos. El tedio de cuidar a los coloniales podía ciertamente ser la causa, en buena parte, de aquello… pues los rescatados se negaban a ser salvados y calmados, y habíamos tenido que impedirles que destrozaran el mobiliario. Lo empleaban para construir la misma clase de agujeros en que los habíamos encontrado.
Pero eso no era todo. La tripulación comenzó a dejar de asistir a las comidas, quedándose en los camarotes, sin hablar con nadie. La nave adoptó un tono tenso, callado. Naturalmente, ordené la reanudación de los juegos al momento.
Casi lo conseguimos.
Hubo charlas divisorias y nerviosismo en lugar de la serena calma de la autocontemplación, antes de que empezase el sabal, pero los ritos de apertura consiguieron suavizar la situación. Me pareció detectar una relajación que corría como una ola a través del exágono. Los músculos perdieron su envaramiento, se aclararon las conciencias y todos jugamos conjuntamente.
En el juego es corriente elegir un tema que empieza con una declaración de la virtud de la comunidad, ensayándola y analizándola, para volver luego a la configuración inicial, la posición de reposo. Anticipaba conflictos, aunque no los suficientes como para efectuar necesariamente un cambio de tema. Este se desarrolló bien al principio, hasta que llegamos al primer punto de resolución.
Uno de los tripulantes de la cubierta inferior, que había estado en las cavernas del refugio desde la primera partida de socorro, fue convocado en el juego para adoptar una decisión. Vaciló, contempló con aspecto de culpabilidad su carta y las cuentas de vidrio, y efectuó una elección que le beneficiaba a él en perjuicio de los demás jugadores.
Todo quedó en suspenso.
Intuí que todo el grupo estaba al borde del colapso nervioso. Los hombres ansiaban hallar el sentido de armonía y trataban de decidir cómo jugar cuando les llegase el turno. No es algo desconocido un mal juego en el sabal, pero en aquel instante podía ser peligroso.
Repetí los rituales de confirmación, esperando que esto les calmara… y también a mí, pero el juego siguiente fue una elección de retirada. Ninguna ganancia individual, pero el grupo tampoco se aprovechaba, y el efecto total fue pésimo. El temor comenzó a filtrarse en los jugadores.
Ahora, los juegos se sucedían rápidamente. Algunos trataban de reforzar su mensaje y arrojaban configuraciones que beneficiaban al grupo. Estaban arruinados, casi todos, y el juego empezó a resquebrajarse.
Utilicé los cánticos. Tranquilidad, separación, las palabras se elevaban y decaían. Interpenetrantes. Interconvertidas. El mosquito mordió la barra de hierro.
Mi tirada mantuvo durante unos instantes cierto respeto hacia mi posición, pero en una rápida sucesión de juegos su ventaja quedaba coartada.
Entonces vino la inundación. Se produjo una docena de tiradas, perdiendo en todas las fases. No se trataba de ganar, sino de apartarse del grupo, y era lo que hacía tan grave cualquier fallo. La retirada azota la propia estructura social.
Tomé el control del juego, destruyendo un subcomplot que nos iba arrastrando más y más. Hice una jugada moral, que había aprendido años atrás y había esperado no tener que utilizar nunca. Desdora la resolución del juego y destaca el objeto de la prueba, sin averiguar si se ha logrado el mismo. Era una pérdida clara, pero no podía hacer nada para remediarlo.
El exágono se disolvió y los hombres prorrumpieron en conversaciones, casi sobrecogidos por el pánico. Luego salieron de la estancia, empujándose entre sí, y al llegar al pasillo se separaron. Algunos me miraron torpemente y se apresuraron a desviar la mirada. Al cabo de un instante, el único sonido reinante era el silbido del sistema de ventilación y el distante taconeo de botas en cubierta.
Tonji se quedó conmigo. Parecía intrigado.
—¿Cuál crees que es el significado de todo esto? —le pregunté.
—Probablemente, esta misión ha sido excesiva para nuestras fuerzas —replicó—. Todos nos encontraremos mejor después del aterrizaje.
—No lo creo. Nuestras partidas siempre habían dado buen resultado, pero ésta se estropeó antes de llegar a la mitad. Un cambio demasiado raro y repentino.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Es algo relacionado con la misión. Dime, ¿qué porcentaje de la tripulación tiene contactos regulares con los supervivientes de Regein?
—Del modo en que se hallan repartidos en las naves nodrizas, diría que un sesenta por ciento. Todo individuo reemplazable por más de una hora en su labor tiene que ayudar a alimentarles y asearles, o prestar su asistencia a los equipos psíquicos que se ocupan del problema.
—De modo que incluso habiendo abandonado el sistema de Regein, la mayoría de nuestros muchachos siguen viéndoles.
—Sí, es inevitable. Nos dieron la orden de llevar a la Tierra a todos los que pudiéramos salvar, y eso hacemos.
—Claro —agité la mano con irritación—. Pero la partida ha fracasado esta noche a causa de esos supervivientes. Estoy seguro de ello, y aunque no pueda demostrarlo es la única explicación razonable. La tensión de colocar a los tripulantes en estado de guerra no ha sido pequeña, pero en nuestro planteamiento nos lo han permitido. Y tal tensión no explica el fracaso de la partida.
Tonji me dirigió una mirada irritada.
—Bien, entonces, ¿qué piensa?
—No lo sé.
Me enojó la pregunta porque yo lo sabía, aunque en un sentido vago, como una sensación intuitiva; y su pregunta descubría mis propios temores.
—La partida del sabal tiene algo que ver con ello. Esto, y la forma en que nuestras naves… diablos, toda nuestra sociedad ha de ser dirigida. Nosotros hacemos hincapié en la colaboración y la fase. Enseñamos que la felicidad del hombre depende del bienestar del grupo, y que ambas cosas son inseparables. Incluso en nuestros contactos con razas extrañas, hasta tropezar con los quarm, propagamos esta filosofía. Tratamos de aproximarnos a unos seres que son fundamentalmente distintos a nosotros.
—Así tiene que estar estructurada toda sociedad avanzada. Lo demás es suicidio a escala racial.
—Seguro, sí, seguro. Pero los quarm no parecen encajar en este molde. Son bastante diferentes. Trabajan casi solos y viven en ciudades, supongo, únicamente debido a causas económicas. Casi todo lo que sabemos de ellos es por deducción, porque no les gusta entrar en comunicación con otras razas, ni siquiera con los miembros de la suya. Tuvimos que extraer los datos que poseemos uno a uno.
Tonji separó las manos.
—Ese es el motivo de esta misión. Los supervivientes de Regein podrán contarnos bastantes cosas respecto a los quarm. Necesitamos tener una noción de cómo piensan.
—Por lo que hemos visto, creo que los supervivientes no podrán prestarnos ninguna clase de ayuda. Se hallan al borde del colapso, y están amenazando la seguridad de todo el convoy.
—¿Amenazando? ¿Con qué?
—Con la sublevación, el motín…, algo, no sé. Lo que sí sé es que cuando empezó el sabal la tripulación estaba en baja forma, pero todavía era fácil llegar hasta ellos. Todavía se mostraban comunicativos. Pero durante el juego la tensión aumentó. No vimos la orientación de sus pensamientos. Pero sus temores aumentaron, como acumulándose uno sobre otro. Lo sentí, como una corriente subterránea, a través de los subcomplots que formaron en una parte de la partida. Algo de lo que hacemos, y la partida es una forma de concentración, aumenta el desequilibrio que observamos en los supervivientes de Regeln.
—Pero… en las partidas nosotros duplicamos nuestra sociedad, nuestra forma de vivir… Y si esto amplía el desequilibrio…
—Exactamente —asentí con desesperación—, exactamente.
Dormí con esa idea en la cabeza, esperando, mientras dormía, que algo desenredase aquel ovillo de desesperación. Después de un desayuno solitario en mi camarote, reviví la conversación mantenida con Tonji y traté de comprender adonde me conducía mi lógica.
¿Cómo puede un hombre salir de su propia cáscara y adivinar las reacciones de unos extraños totalmente diferentes a él? Intentaba encontrar la clave al enigma de Regeln analizando todos los elementos que conocía.
Experimenté una sensación extraña en el estómago, como si se retorciera, convirtiéndose en plomo el arroz y el caldo de cultivos marinos.
Algo iba cobrando forma. Dejé que mis sentidos vagaran por la nave, entrando en contacto con los ritmos usuales de la vida, en busca de… lo otro. Había algo extraño. Y yo sabía, con una nueva certidumbre, de qué se trataba.
Cogí mi taza de té y me encaré con el altar kensdai. Su fuerte color caoba me infundió confianza. Desde el centro de mi cuerpo surgieron el poder y la resolución. Equilibré la taza en mi mano.
Y la estrellé. El salto estaba al llegar. Y yo tenía que impedir que se llevara a cabo.

Había olvidado que Tonji sería el oficial del puente durante el salto.
El joven se hallaba realizando las comprobaciones de rutina en su cuarto de vigilancia, apenas iluminado. Los hombres se movían a su alrededor de manera experta, con un quedo murmullo.
—Mi mejor saludo matutino, señor —me dijo—. Hemos llegado al punto para saltar, con su permiso, capitán.
Entonces ya era tarde, mucho más de lo que yo había calculado. Le miré fijamente.
—Permiso denegado, Tonji. Listo para una transmisión espacial.
Se produjo un silencio general en el puente.
—¿Puedo preguntar, señor, qué dirá la transmisión?
—Será una petición para llevar este convoy hacia otra zona espacial. Deseo descontaminar la expedición hasta que todo esto pueda ser desentrañado y comprendido.
Tonji no se movió.
—Sólo quedan unos instantes para el salto, señor.
—Es una orden, señor Tonji —repliqué con sequedad, otorgándole el tratamiento protocolario.
—Quizá sería preferible que usted explicara sus razones, señor.
Consulté la tablilla de aquella mañana. Mostraba una gran cantidad de enfermos, la mayor parte acompañada por la petición de quedarse en los camarotes. Todas las divisiones se hallaban faltas de hombres.
Esto concordaba con mis ideas. En muy pocos días, no podríamos pilotar las naves.
—Oiga —exclamé con impaciencia—, los quarm le han hecho algo a nuestra gente. Probablemente una psicocinta, pasada de contrabando por un agente en el sistema de comunicaciones. No sé cómo exactamente, pero a esos colonizadores les han hecho sufrir el peor de los traumas conocidos.
—¿Un agente? ¿De nuestra propia raza?
—Ya lo hemos visto en otras ocasiones, a cargo de idealistas y asesinos mercenarios. Pero lo importante es que cuando captamos a las naves quarmitas en nuestras pantallas, no intentaban falsas maniobras para engañar a los detectores ni darnos imágenes falsas. Se trataba de un problema de balística clásica, y lo único que hicimos fue abandonar Regeln. Ellos querían que huyésemos.
—Pero… fíjese en sus maniobras en el primer ataque contra Regeln, que obligó a nuestros colonizadores a refugiarse bajo tierra. Es lo único que debemos tener en cuenta. Ellos son como niños respecto a las tácticas militares. El segundo ataque fue simple, pero probablemente era todo cuanto podían hacer.
—No lo creo. No, si los quarm son la mitad de inteligentes de lo que aseguran los datos que poseemos. De acuerdo, el primer ataque condujo a los colonizadores bajo tierra. Y así tuvieron a toda la población de Regeln en un solo lugar: dentro del refugio, donde sus técnicas pudieran dar buen resultado. Lo que parecía un error fue una estratagema.
»Reflexione. El conocimiento de una especializada adaptación cultural. Por lo que sabemos, eso tal vez no sea muy útil en la clase de guerra interestelar en la que nosotros somos maestros. Pero el hecho de que los quarm no dominen ese aspecto no significa que sean inferiores a nosotros. Probablemente significa lo contrario. Regeln fue una trampa.
—Si lo fue, logramos escapar de ella —refutó Tonji.
—No, Tonji, no escapamos. Precisamente ahora estamos sirviendo de transporte muy oportuno a los supervivientes de Regeln, a quienes los quarm desean introducir en nuestros mundos.
—Pero… ¿por qué?
—Usted conoce la analogía que utilizamos en nuestras partidas. La humanidad es, ahora al menos, un organismo interdependiente. Nos esforzamos en confiar los unos en los otros debido a las complejidades de la civilización. ―Mi propia voz me sonaba extraña. Estaba cansado y una nota de desesperación se había infiltrado en mi garganta.
—Naturalmente —concedió Tonji con impaciencia—. Adelante.
—¿Se le ha ocurrido pensar que una vez admitida la sociedad como un organismo, se admite la posibilidad de enfermedades contagiosas?
—Francamente, no sé de qué habla.
—De los supervivientes. Aparentemente, son una muestra para análisis. Un elevado tanto por ciento de los miembros de la tripulación pasa varias horas diarias con ellos, y esta exposición continua es suficiente.
—Entonces, ¿por qué no se ve usted afectado? Y los hombres que no figuran en la lista de enfermos, ¿por qué no están en ella?
—Por las variaciones menores en la personalidad. Y hay algo más: lo comprobé. Algunos proceden de las islas exteriores, como yo. Somos diferentes. No crecimos con la partida. La aprendimos más tarde, en el continente. Tal vez eso debilita los efectos.
—Sí —asintió—, esto que los colonizadores padecen es diferente, pero…
—Se aferra a sus mentes. Es algo irracional. Nosotros somos el producto de nuestros antepasados, Tonji, y esos antepasados conocieron unos terrores que no podemos comprender. Recuérdelo, en Regeln hemos encontrado una nueva psicosis, una combinación de complejos. Temor a la luz, al calor, a las alturas, a los espacios abiertos. Esto último, la agorafobia, parece la más poderosa. Los quarm han creado algo terrible para nosotros, y este convoy es su transporte.
—¿El transporte de una enfermedad mental? —se burló Tonji.
—Sí. Una enfermedad desconocida por nosotros. Una amalgama de los terrores fundamentales del hombre. Nuestra sociedad colectiva posee la fuerza de una cuerda, porque cada hilaza tira del mismo modo. Pero, por el mismo motivo, en esto radica su debilidad.
Los hombres nos estaban contemplando, inmóviles. Yo podía oír el fino zumbido de las unidades de maniobra. La piel de Tonji presentaba un matiz verdoso y sus ojos me miraban de manera impersonal.
—Estamos transportando la enfermedad con nosotros, Tonji —afirmé—. Los supervivientes nos están contagiando la enfermedad, tal como la recibieron de los quarm. Han encontrado nuestro punto débil. Son ermitaños, y nos ven con mayor claridad que nosotros mismos. Nuestra interdependencia, la partida y todo lo demás, extiende la enfermedad.
Observé que mi mano apretaba convulsivamente el panel de maniobras de mi costado. Tonji seguía sin moverse.
—Detenga el salto, señor Tonji —volví a adoptar un tono de mando—, y envíe la transmisión.
Le hizo un gesto a un ayudante, y el salto quedó cancelado. Tonji permaneció un instante inmóvil, mirándome. Luego, dio un paso atrás, se puso en posición de firme y saludó. Cuando habló, lo hizo con palabras cuidadosamente elegidas, y con la vista fija en mí.
—Señor, es mi deber informarle que tendré que efectuar un reporte del oficial de servicio cuando se transmita su despacho. Invoco el artículo veintisiete.
Me quedé helado. El artículo veintisiete prevé que el oficial de servicio puede enviar una contraargumentación al despacho del comandante cuando se transmite aquél. Cuando cree que el comandante no es ya competente para llevar a cabo sus obligaciones.
—Está equivocado, señor Tonji —repliqué lentamente—. Llevar a esos supervivientes, y a la mayor parte de la tripulación, a una base aeroespacial sólo servirá para provocar una catástrofe mucho mayor de lo que se imagina.
—Le he estado observando, señor. Y no creo que esté en condiciones de adoptar una decisión racional respecto a este asunto.
—Piense, por favor: ¿qué otra explicación encuentra para lo que sucede en esta nave? Ya ha visto usted las cintas. ¿Cree que los fragmentos de información que contienen justifican correr el riesgo de su entrega? ¿Cree que alguien conseguirá una sola frase coherente de esos locos que transportamos?
Sacudió mudamente la cabeza.
Le miré a través del vacío abierto entre nosotros. Era un hombre del este, y yo representaba para él lo muerto y lo agonizante. En los relatos que ellos escribían, los ideales que mantuvieron mis antepasados eran tachados de anormalidad temporal, una alternativa de paso a la cultura comunal, de grupo.
Tal vez tuvieran razón. Pero nosotros habíamos encontrado algo nuevo, y yo sabía que ellos no lo entenderían. Tal vez lo hubieran comprendido los americanos o los europeos…, pero esas razas ya habían desaparecido.
Debí prever que la fase perdida que todos habíamos intuido adoptaría formas diferentes. Tonji eligió la ambición sobre el deber, sobre la nave.
Si la Armada le daba la razón, habría ascensos, aunque él se hubiera servido del artículo veintisiete. Y yo estaba allí, maniatado por las reglas y los precedentes. Si efectuaba un solo movimiento para silenciar a Tonji, la Armada lo tendría en cuenta en contra mía. Al haber invocado el artículo veintisiete, teníamos que movernos de acuerdo con un programa muy rígido, y nada de lo que yo hiciese podría impedirlo o revocarlo.
—Señor Tonji… Se da cuenta, ¿verdad? Cuando esto termine, uno de los dos será eliminado.
Se volvió a mirarme, y por un momento un destello de anticipación iluminó su semblante. Debía de odiarme desde mucho tiempo atrás.
—Sí, lo he pensado. Y creo saber cuál de los dos quedará en pie… ―no concluyó la frase en voz alta; la musitó muy despacio, de modo que sólo le vi mover los labios—: ofkaipan.
Tenía razón. La Armada deseaba hablar con todos los que habían entrado en contacto con los quarm, y no estaban dispuestos a atender las suspicacias y teorías del comandante de un convoy. Estuvimos volando por el espacio real una semana aguardando la decisión, y luego saltamos. El proceso fue breve.

—¿Aún no has salido a dar tu paseo? —preguntó Angela.
Su voz me sobresaltó, aunque yo había evitado que los chicos hicieran mucho ruido.
Angela estaba en la puerta de nuestro dormitorio, a unos palmos de distancia, con las arrugas de la tensión visibles en la sombra amarillenta de su rostro. Empecé a pensar que ya nunca volveríamos a estar de acuerdo en nada. En otros tiempos había sido bonita.
—Supongo que lo olvidé. ¿Vienes conmigo?
Asintió y me levanté, apartándome del rincón del desayuno, amontonando limpiamente los papeles que todavía no había revisado. Apagué la luz del corredor antes de cruzar la puerta de nuestro apartamento, y enlazamos nuestras manos automáticamente. Coloqué la palma de la mano derecha contra la pared y avanzamos lentamente. El terror me tenía sobrecogido, pero luchaba por dominarme.
—Sinceramente, no sé por qué te opones a que los niños aprendan por cintas —su voz sonaba hueca en las tinieblas. Resonaba en el cemento que nos agobiaba y nos rodeaba. Poco después añadió—: Con todos nosotros en guerra, cualquier ayuda para aumentar la educación es una bendición de Dios. Sin ello, nuestros hijos se quedarán cada vez más atrasados respecto a sus amigos.
—¿Qué amigos? Los niños ya no juegan hoy día. Para jugar se necesita espacio.
Doblamos una esquina y tropezamos con alguien que se hallaba tumbado en el suelo, sufriendo penosos espasmos. Por el sonido de su respiración, comprendí que había sufrido un ataque y no duraría mucho. Dimos un rodeo.
—Bueno, no de la misma forma que jugaban antes ―dijo ella―. Pero ahora también tienen juegos nuevos. Has de aceptar el mundo tal cual es.
—¿Aceptar estos apretujamientos? ¿Aceptar los temores que nos aplastan siempre que salimos fuera? ¿Aceptar el hecho de que un tercio de la población no pueda trabajar, y los que podemos, aun con nuestras entrañas retorcidas, debemos mantenerlos?
La mano de Angela apretó la mía convulsivamente.
—¡Sabes que nada podemos hacer! Nos hallamos en una…, una fase de evolución de la sociedad. Es necesario retirarnos, retroceder, para conseguir más adelante una fase mejor.
—Y mientras tanto, los quarm se van apoderando, uno tras otro, de nuestros sistemas. Ya nos han cortado todas las líneas de aprovisionamiento de materias primas, y no podemos detenerles. Tal vez con un poco de suerte nos apartarán de nuestras propias mentiras antes de que concluya todo esto.
—Eso que dices es totalmente irrazonable —replicó Angela fríamente—. Está de acuerdo con tus demás ideas, como no permitir que tus hijos estudien con cintas.
—No permitir que el Gobierno influya en sus ideas, querrás decir, con uno de sus esquemas para aumentar el esfuerzo bélico. Dejar que Chark posea un tapón en el cerebro, de forma que lo único que desee sea dibujar, y que no sea feliz si no dibuja… De acuerdo, esto no lo consiento. Nuestros hijos necesitarán todo el equilibrio mental que poseen para continuar vivos, como miembros de una raza derrotada, y yo no quiero robarles ese equilibrio.
Pasamos por delante de algunos apartamentos del nivel inferior, apresuradamente construidos por el Gobierno para los casos más graves. De aquellos inmundos agujeros sólo surgían sollozos y suspiros. Allí habitaban unas cosas que habían sido seres humanos, ahora enroscados como bolas, tratando desesperadamente de ahuyentar la luz, los sonidos, todas las temibles abominaciones de los espacios abiertos.
Angela se encerró en un silencio glacial, manteniendo tan sólo el roce de las puntas de sus dedos en mis manos para orientarse. Estos paseos ya no nos hacen ningún bien; supongo .que existe un límite a su valor terapéutico. He ido lo más lejos que podía. Y nuestro pequeño apartamento tiene el mayor volumen que mis sentidos pueden ya resistir.
Aun así, el mundo no es real para mí. Está lleno de mil terrores insanos: el interruptor que inopinadamente puede proyectar luz, una ventana insospechada en un muro desconocido…
Más allá de la frontera de nuestro desdichado imperio, que se va encogiendo como la famosa piel de zapa, la Armada juega a la guerra con los únicos juguetes que conoce: cañones, naves, rayos mortales…, mientras su enemigo ―¿cómo puede ser tan listo?― lucha con la mejor arma: nuestra debilidad.
Los hombres que subieron a las estrellas ahora yacen en cuevas, conducidos a ellas por los horrores que heredaron de los primeros anfibios. En la Tierra ya no me siento en mi hogar. Mi vida se desliza por pasillos obscuros, atestados de personas a las que entiendo, pero cuyos horrores odio, porque también son los míos.
Cuando lleguen, recibiré alborozado a los quarm. He estado solo demasiado tiempo.
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LA LEY DESCONOCIDA
Avram Davidson
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Que el Gobierno presuntuosamente democrático de Estados Unidos tiene mil recursos para saltarse los derechos constitucionales del individuo cuando le parece oportuno, es algo que sólo los más ingenuos desconocen. Maquiavelo ha sido el escritor político con más detractores… y más seguidores, que a menudo son los mismos que lo condenan en público.
En este relato de intrigas personales y políticas, la ironía de Davidson nos sugiere una posibilidad nada inverosímil, que, si no de derecho, de hecho se puede considerar una realidad.

—Entonces, señor, ¿usted aseguraría que Estados Unidos no proyecta ocupar ninguno de los asteroides?
—Por el momento, no hemos pensado todavía en ello. Por otra parte, no significa que en un futuro hagamos realidad esta idea. Nuestra acción política, a este respecto, continúa fluida. Todo proyecto que intentemos emprender deberá contar antes con los intereses de las otras potencias espaciales y la decisión de las Naciones Unidas.
Hubo una pausa. El presidente miró directamente a los periodistas reunidos.
—Gracias, señor presidente.
Los periodistas se pusieron de pie para aplaudir cortésmente. Luego desaparecieron de la vista al tiempo que el muro 3D se cerraba en silencio. Sonó un timbre débilmente y se encendió una luz situada en un aparato, al extremo más alejado del escritorio. El presidente lo levantó y cogió una taza del famoso té verde, que era casi como su marca de fábrica, humeante y muy caliente, tal como le gustaba. Antes de la campaña presidencial, sus consejeros le habían dicho: “En público… café”.
Sin embargo, tiempo después ocurría el delicado asunto de Brasil, seguido de otra elevación del precio del café en el mercado, a lo que hubo que añadir el golpe de estado popular en Formosa cuyo nuevo gobierno, por el momento, no tenía para vender nada más que… té verde. Formosa era popular, Rog Smith era popular, el café no lo era, y a pesar de ello Clymer continuó tomándolo. No fue esto lo que dio la victoria en las elecciones a Smith, como tampoco lo fue la sidra a Harrison casi siglo y medio antes, pero sí le ayudó.
Ahora se hallaba sentado en la intimidad de su despacho de la Casa Blanca, bebiendo lentamente su taza de té, mientras observaba cómo la pared volvía a cobrar vida, esta vez con un circuito 3D abierto. El rostro vacuo y la voz inexpresiva de Steven Senty seguía dando las noticias sin ilación.
—…Y con referencia a los comentarios del presidente respecto a la cuestión de los asteroides, se ha llegado a la conclusión de que la otra posición del gabinete, aún por nombrar, se concederá a Hartley Gordon, el director millonario del estado lunar, si bien no se ha dado todavía la confirmación oficial a esta noticia. El notable afán de Gordon por sacar al partido del hoyo en que estaba en la última campaña presidencial ya se ha olvidado. No obstante, Gordon se considera un organizador, no un administrador, y ha comunicado a sus amigos íntimos que dimitirá una vez haya solucionado el lío en que se halla actualmente el Departamento Espacial. Entre los probables sucesores se hallan el ex diplomático Charles Salem Smith… sin parentesco —el periodista sonrió, en tanto el presidente soltaba un gruñido— y el esforzado paladín del partido, J. T. MacDonald, quien renunció al antiguo puesto de su padre en la Cámara para dirigir la campaña presidencial en favor de Smith en el sudeste. Los enterados afirman que sus posibilidades son excelentes.
Roger David Smith soltó otro gruñido, seguido de una palabrota, y tomó un sorbo de té.
—Esta tarde volverá a tener lugar una tradición de poca monta, pero honrada por su antigüedad, tradición que se repite cada cuatro años, cuando tres funcionarios acudan a saludar personalmente al nuevo presidente. Las visitas personales a un presidente son cada vez más raras, debido en parte al problema de la seguridad. El peligro que las mismas representan quedó bien demostrado con el asesinato del presidente Slade, y el intento de asesinato al presidente Byers. Sin embargo, las técnicas de seguridad han mejorado por el perfeccionamiento y las mejoras introducidas en el sistema 3D. No existe ninguna base oficial para la ceremonia de esta tarde, pero a los antiguos residentes del distrito les gusta narrar el origen de esta tradición: en época de George Washington…
Smith pulsó el botón de la mesa. La pared volvió a blanquearse en tanto el presidente tomaba otro sorbo de té sin fermentar, y reflexionaba tristemente hasta qué punto odiaba la expresión “les gusta narrar”. ¿Se iluminaban los semblantes de los antiguos residentes del distrito cuando tenían la oportunidad de narrar el asunto? ¿Sonreían y buscaban la ocasión o la oportunidad, o bien…? ¡Oh, al diablo!
Consultó su reloj, comprobando que era la hora exacta. Con la yema del dedo tocó el botón de “libre” y un timbre sonó varias habitaciones más allá. Complacido y sonriente, repitió rápidamente el timbrazo tres veces más. Después frunciendo el ceño, se reprochó tal infantilismo y retiró la mano.
Roger David Smith tenía treinta y cinco años, justo la edad mínima que la Constitución fija para la presidencia, y hacía exactamente tres días y dos horas que ocupaba aquel despacho. Su rostro moreno y rugoso, marcado por las cicatrices de la metralla recibida en Sumatra, no mostraba ninguna huella de las inevitables tensiones debidas al tiempo y al lugar. El nuevo presidente aún no había nacido cuando Warren Gamaliel Harding jugaba al escondite con su amada adolescente en el guardarropa presidencial, ni cuando John Calvin Coolidge dormía la siesta durante dos horas todas las tardes en el sofá de su despacho de la Casa Blanca.
Algunos de esos recuerdos debían de aflorar a la mente del presidente, pues antes de la conferencia de prensa realizó una llamada televisiva ―sin grabar, pues se decía que el circuito presidencial no se grababa, cosa que esperaba fuera cierta―, aunque tuvo buen cuidado de que la conversación tuviera un carácter anodino. El rostro de una mujer estaba todavía en sus ojos, y una voz femenina aún en sus oídos —como estaban y estarían siempre—, y si bien el pobre Harding había tenido bastantes dificultades para esconder su amor, la publicidad que rodea incesantemente al hombre que ocupa el despacho presidencial era casi intolerable.
Smith se levantó y se situó frente a la puerta en el momento en que ésta se abría para dar paso al primer ujier que anunciaba a los visitantes. El presidente frunció ligeramente el ceño, tratando de recordar exactamente lo que su antecesor le había dicho tres días antes. Sin embargo, su rostro volvió a la normalidad, sonriendo cortésmente. Los tres funcionarios que entraron no le devolvieron la sonrisa.
Se produjo la breve y usual vacilación para acordar en qué orden debían aproximarse al presidente. Anderson, el armero federal, fue el primero: un individuo cuadrado y rubicundo, de pelo crespo y gris. Detrás entró Lovel, el sargento secretario del Congreso, que era un joven alto, flaco y pálido. Los dos lucían las mantas a cuadros que, junto con las capas cortas, estaban de moda para las ocasiones formales no excesivamente ceremoniosas. Ataviado con el color verde limón que los psicodinámicos incluían entre los matices preferidos para las ropas de trabajo, apareció Gabrielli, el preboste civil de la capital, casi un enano y moviéndose en silencio. El presidente sabía que ostentaba la Medalla del Honor por su participación en el asalto a Teluk-Betung.
Ninguno sonrió. La puerta se cerró tras ellos y, al cabo de uno o dos segundos, el silencio fue roto por el ruido de la otra puerta de la antesala al cerrarse a su vez.
—Caballeros… —dijo Roger David Smith, conservando su sonrisa dificultosamente.
Extendió la mano y los visitantes la estrecharon por riguroso turno, con una severa actitud. El presidente empezó a experimentar una definida sensación de angustia y en un rapidísimo reflejo volvió a su mente el recuerdo de otras ocasiones en que había experimentado una sensación semejante. Por ejemplo, aquella vez en que le llamó el comandante, en Sumatra, cerca del campo de arroz, aquel espantoso verano en que esperaba ser juzgado marcialmente por haberse excedido en sus órdenes, y en cambio fue felicitado por su rapidez de pensamiento. También la vez en que seis líderes del partido le visitaron en la habitación de su hotel cuando se celebró la Convención, para comunicarle ―así lo había supuesto― que no tenía la menor oportunidad de que le ofreciesen la vicepresidencia. En cambio, le rogaron que les permitiera usar su nombre como candidato al cargo presidencial. Y aun una tercera ocasión, entre las dos anteriores, cuando conoció a la mujer con la que aquella misma tarde había hablado por televisión. En aquel momento había pensado: “No le gusto”, y no obstante acabó por ser su amante.
Pero no podía ser su esposa.
—Señor presidente —expresó Anderson—, hemos venido a rogarle que acepte nuestras felicitaciones por su elección como primer magistrado de la república, y a asegurarle que, como siempre, estamos dispuestos a ayudarle en todo momento a mantener la integridad de nuestra confederación nacional.
En el silencio que siguió a esta declaración, Smith reflexionó un instante en lo extraño de la situación y cuando intentó confusamente balbucir su agradecimiento, Anderson estaba ya hablando de nuevo.
—Seremos lo más breves posible. Ya hemos efectuado esta misma declaración a otros presidentes, en épocas más felices, en épocas más desdichadas, y en épocas igual de infelices que ésta. Por mi parte, la he efectuado en cinco ocasiones. Actúo, pues, como portavoz, a causa de la antigüedad de mi cargo, ya que Lovel y Gabrielli sólo la han realizado cuatro veces.
—Realmente, no sé… —empezó a decir el presidente de Estados Unidos.
—No sabe con exactitud de qué se trata, ¿verdad, señor?
Roger David Smith movió la cabeza negativamente. El armero federal asintió, sin mostrar sorpresa.
—Salvo que… —murmuró Roger David Smith—. Sí, ahora recuerdo que, muy poco antes de salir para la inauguración, el presidente Byers me dijo… veamos… me dijo que ustedes vendrían hoy aquí para comunicarme algo. Y añadió: “Será mejor que les crea”. Sí, lo recuerdo ahora. Me quedé un tanto sorprendido, ya que tenía en aquel momento muchas cosas en la cabeza. Además, sólo sé lo que he leído en los periódicos y en las 3D. Y ello es muy poco.
Todo esto es condenadamente raro, volvió a pensar el presidente.
También reflexionó en las entrevistas programadas: el embajador de la gran ―y única restante― potencia neutral del Oriente Inferior, dos gobernadores estatales del oeste deseosos de ver qué podrían hacer para conseguir apoyo regional para el programa del presidente ―y aún más afanosos de ver cómo podían conseguir el apoyo presidencial para sus propias campañas senatoriales―; el representante de Estados Unidos en las Naciones Unidas, que, naturalmente, estaba programado antes que los gobernadores. Mas la política ha de continuar como de costumbre, sea como fuera, aunque este “sea como fuera” se refiera al condominio siempre dificultoso de la Luna, la amenaza de la guerra civil en Sudamérica extendiéndose a la América Central, la nueva huelga de las plantas de cohetes, y, como problema constante, el asunto de los asteroides. Sin embargo, su secretario de programación había concedido quince minutos a esos tres individuos. Por tanto…
—Según tengo entendido, esta tradición se inició cuando los tres primeros caballeros que les precedieron en sus respectivos cargos salvaron al presidente Washington de un intento de asesinato —recordó Smith—. Y él les prometió que los tres tendrían poder para nombrar a sus sucesores y saludar personalmente a cada presidente nuevo el tercer día de su estancia en la Casa Blanca. ¿Es así? ¿Es…?
—¿…correcto? —terminó Anderson la frase—. No del todo, señor presidente.
Smith creyó observar en el rostro del anciano una fugaz semejanza con el de su propio padre. Rápidamente, este pensamiento trajo otros: la insistencia de su padre, amable pero persistente, cuando el joven Roger Smith no aprobó en la Academia Espacial, en que asistiese a la Facultad de Leyes en vez de irse a París; luego, Sumatra, lo cual cortó en seco su carrera legal casi antes de que comenzara; la entrada en la política por medio de un club de “reformas locales”. Después, Sarra…
Durante casi diez años, todo había girado en torno a Sarra. Claro está que también de Jim, pero principalmente de Sarra. La legislatura estatal, la carrera para el asiento en la Cámara, logrando que el padre de Jim utilizase su popularidad y su influencia… ¿Y cómo le había pagado Roger David Smith el favor al viejo? Poniéndole cuernos a su hijo. Por suerte, el anciano jamás lo supo. Pero Jim sí lo sabía… Jim tenía que saberlo. Oh, no le importaba. Por tanto…
Bien, éste era Roger David Smith: el hijo de un catedrático, el hombre más joven que había pasado por la Casa Blanca. Jefferson, Jackson, Lincoln, los dos Roosevelt… y ahora Rog Smith. Y todo era gracias a Sarra. Ella habría sido una formidable presidenta, pensó Smith, y no por primera vez. Sólo que nunca lo sería, aun en el caso de ser posible: si Jim hubiera sido elegido. ¿Presidir? ¡Reinar!
Sin darse cuenta, su mirada se fijó en el mapa del nuevo asteroide que habían instalado en la oficina aquella mañana. Luces blancas para las Naciones Unidas, azules para Estados Unidos, rojas para la URSS, amarillas para los que seguían independientes y eran disputados por los americanos, naturalmente; los rusos poseían otra lista.
Su mirada volvió a posarse en Anderson, recordando su último comentario.
—¿No es del todo correcto? Sin embargo, sus cargos no pertenecen al servicio civil ni se hallan en la lista de patronaje.
Lovel, sin hablar, ladeó su alargado semblante hacia Anderson, que comprendió el gesto y asintió.
—Es exacto, señor —dijo luego—, que se nos permite tradicionalmente nombrar a nuestros sucesores. Mas no es correcto con respecto al intento de asesinato. Al menos, no es ésa toda la verdad.
Toda la verdad, continuó explicando Anderson, que estaba de pie sobre una alfombra que un embajador persa le había regalado a la señora Grover Cleveland, toda la verdad era que durante la primera administración de Washington, cuando la capital era todavía Nueva York, se presentó un enorme peligro para toda la Nación, peligro mantenido en secreto: una cábala, como la llamaron. Se trataba de una conjuración para apoderarse del poder y obligar al nuevo presidente a seguir las directrices de un grupo de hombres que, alarmados por las ideas radicales que a la sazón emanaban de Francia, deseaban un sistema de gobierno más riguroso.
Había pruebas evidentes de la conjuración que podían aportarse ante un tribunal, pero no eran tales que pudieran fundar la esperanza de que el asunto se resolvería rápida y pacíficamente.
Una demora significaría un victorioso golpe de Estado y una oligarquía como la de la República de Venecia, gobernada por los jefes de las grandes familias: la policía secreta, los calabozos y todo lo que era más odioso para una civilización amante de su libertad… o la guerra civil. La nación era joven, nueva y débil, y funcionaba gracias a una Constitución apenas puesta a prueba y bastante sospechosa. Las tropas británicas aún mantenían varias bases en territorio norteamericano, los ejércitos españoles bordeaban las fronteras occidentales y sureñas, los mares se hallaban infestados de navios franceses y los nativos, todavía poderosos, mantenían una posición de defensa.
—Jamás oí una sola palabra de tal conjuración —confesó Smith—. Y no sé si creerlo, aunque… —el recuerdo destelló en su cerebro—, ¿se refería a esto el presidente Byers, cuando me aconsejó que confiase en ustedes? Porque…
—Todo es cierto, señor —confirmó Anderson—. Había apellidos ilustres mezclados en el caso. La cábala de Conway no fue nada en comparación. Al tercer día de su toma de posesión, tres hombres le presentaron las pruebas al presidente Washington, tres hombres que habían servido a sus órdenes en la guerra de la Revolución. Uno fue el armero federal, William Dickensheet.
—Otro fue el sargento secretario del Congreso, Richard Main —añadió Lovel.
—Y el tercero fue Simon Stavers, preboste civil de la capital —finalizó Gabrielli.
El presidente Smith los miró fijamente. Apenas era posible dudar de aquellos tres hombres, conocidos y honorables, sobrios, estables y leales. Mas, con toda seguridad, no habían venido a darle una lección de historia.
—Continúen —les rogó.
—Los tres —prosiguió Anderson— discutieron el asunto toda la noche con el presidente Washington, siendo el tema principal cuál era el mejor camino a seguir. La rapidez, según se entendía en aquella época de transportes y comunicaciones lentos y difíciles, era esencial si se quería librar al país de una tiranía cuyo final nadie podría prever, o de una guerra doméstica y sangrienta. Guerras, tal vez, y quizá una invasión, una conquista y una derrota de la independencia nacional.
A pesar de la televisión, los luminiscentes y la maqueta del último modelo de nave lunar que había sobre el escritorio, Roger Smith intuyó algo de aquella noche tan lejana… en la que ya creía, sí, ya creía. Era imposible seguir dudando de aquellos tres personajes. Su arcaica fórmula de saludo, aquella lejana noche cuando el Padre de la Nación, sin duda sin su peluquín y tal vez sin sus famosos y mal encajados dientes postizos, discutió el movimiento a ejecutar y cómo efectuarlo de prisa, en tanto las velas iban goteando en sus candelabros…
El presidente Smith tenía sus propios problemas. Estados Unidos de América, en la primera administración del presidente Roger Smith, tenía sus propios problemas. Eran problemas difíciles y graves, y nadie pensaba o se atrevía siquiera a soñar con una vuelta a la normalidad.
Smith se inclinó hacia delante, interesado por aquel relato que le era totalmente desconocido sobre la primera crisis del país con la Constitución reciente.
—¿Qué decidieron? —quiso saber.
—Se realizó un contacto inmediato —repuso Anderson, sin variar el tono neutro empleado en toda la entrevista— con los miembros del Gobierno que se hallaban en la ciudad. —Hizo una pausa, en tanto sus colegas asentían lentamente, observando con atención al presidente—. Sabían quién era el jefe de la cábala, lo mismo que su paradero. También sabían que, si era eliminado, todo el plan se vendría abajo. Acordaron que el bienestar de la Nación dependía exclusivamente… exigía, más bien, dicha eliminación. Y, en consecuencia, fue eliminado.
—¿Cómo?
—La decisión designó una pistola.
Smith se volvió de espaldas y aporreó el escritorio con el puño.
—¿Intentan decirme que George Washington ordenó el asesinato de un hombre al que no podían condenar en un juicio por falta de pruebas evidentes? —gritó, y dio media vuelta para enfrentarse con ellos.
Sin embargo, no quisieron admitir la palabra asesinato. Una ejecución no era un asesinato. La ejecución de un enemigo no es asesinato en tiempo de guerra, ni la guerra dependía de una declaración formal. El bienestar de la Nación tenía que ser lo primordial en el pensamiento de un presidente y los escrúpulos particulares eran un lujo que podía pagarse demasiado caro.
—Prosigan —ordenó Smith.
—Considerando lo que sucedió luego —continuó Anderson—, ¿podía nadie dudar de que aquella decisión fue la mas indicada? Incluso en aquella época, ya resultó obvio y fuera de toda duda. También resultó obvio que ocasiones semejantes se presentarían una y otra vez. Eso era inevitable. Por lo tanto, acordaron crear una ley —añadió Anderson con el asentimiento de sus colegas—, una ley no escrita, como tampoco hay una ley escrita que justifique que un marido le de muerte al amante de su esposa. Fue una ley desconocida, desconocida salvo para muy contadas personas, o sea, únicamente los hombres que ostentaban aquellos tres cargos y sus predecesores, el presidente y los ex presidentes. Pero se trataba de una ley, pese a todo, que autorizaba a cualquier presidente a ordenar la muerte de una persona del país cuya existencia constituyese lo que más adelante se denominó “un peligro claro y actual para el bienestar de la Nación”.
—¡Dios mío! —exclamó Roger Smith. Luego, súbitamente interesado, se sobrepuso a su emoción y preguntó—: ¿Cómo diablos no mataron a Aaron Burr?
—Huyó del país demasiado pronto. Y cuando regresó ya no era peligroso.
—Entiendo. Bien…
—Claro está que hay límites —explicó el armero federal—. El presidente tiene que declararnos sus intenciones, y sólo puede usar este derecho una sola vez en cada mandato presidencial. Porque tiene que haber límites, tiene que haberlos…
Por primera vez, Anderson había levantado un poco el tono de su voz.
—Entiendo —asintió el presidente al cabo de un momento—. ¿Cuántas veces…?
—¿En la historia del país? Diecisiete. ¿Quién llevó a cabo la ejecución? Uno de nosotros. ¿Cómo es elegido? Por sorteo. ¿Algún peligro de detención? Casi ninguno. Al cabo de más de doscientos años —agregó Anderson— han sido desarrolladas ciertas técnicas muy eficaces. ¿Cuántas hubo desde que ostentamos el cargo? Una.
El presidente tragó saliva.
—¿A quién se eliminó?
—Señor, esa pregunta no tiene respuesta.
—Claro, lo siento. Bien, ¿quién de ustedes fue…?
—Y esta pregunta, señor, no se formula nunca.
Hubo un silencio.
“Será mejor que les crea”, había dicho el ex presidente Byers. ¿Existía en Byers un conocimiento más profundo, más personal, al pronunciar tales palabras? Smith apenas recordaba algo, pues la inauguración, celebrada sólo unos momentos antes, había borrado de su mente todo recuerdo excepto las palabras de recepción.
Rebuscó en su memoria. ¿Quién había muerto de repente durante la administración anterior, que pudiese achacarse a…? Sin embargo, no se le ocurrió ningún nombre. Miró el reloj instalado sobre el escritorio y comprobó que habían transcurrido quince minutos. Durante aquel tiempo podían haber ocurrido muchas cosas. Panamá invadida por los continentalistas ―“Sudamérica termina en la frontera norte de México”, afirmaban que había dicho López Cardoso, y aunque éste ya había muerto, y no podía negarlo o confirmarlo, su frase de “Un Continente, un Pueblo, una Fe, un Destino” contaba con muchos adeptos todavía―, el amistoso aunque inestable gobierno colorado del estado de Cabo Libre podía haber sido derrocado por los intransigentes blancos o negros, o tal vez otro incidente desfavorable que afectase al condominio lunar. Al parecer, nada podía afectarlo favorablemente, más aún con los conflictos de los asteroides, y había perdido quince minutos mientras toda clase de catástrofes podían desencadenarse.
—¿Tienen algo más que comunicarme? —inquirió, inclinándose hacia delante.
—Sólo que uno de nosotros estará siempre en el distrito, en caso de que… eh… se presente una necesidad inmediata… No, señor, no tenemos nada más que comunicarle.
Smith asintió. Anderson miró a sus compañeros y Gabrielli, el menos veterano de los tres en su cargo, dijo:
—Señor presidente, repetimos nuestra palabra de que, como siempre, estamos dispuestos a ayudarle a usted a mantener la integridad de nuestra confederación nacional. Y le pedimos permiso para retirarnos.
Era casi un enano y mucha gente se burlaba de su aspecto, pero el presidente sabía que ostentaba la medalla de honor del Congreso por su participación en el asalto de Teluk-Betung.
Acto seguido, llegó el embajador de la gran potencia neutral del Oriente Inferior, también lleno de recelos respecto de la política espacial americana. Con gran insistencia suplicó que Norteamérica aumentase la ayuda financiera a su país, todo ello expresado en un deficiente inglés. Cuando se marchó, llegó uno de los gobernadores de estado del oeste, un hombre torpe y tímido ―pues ni siquiera sabía el nombre del diplomático que le había precedido―, aunque con un gran conocimiento de lo que podía ofrecer y de lo que podía solicitar en el comercio político. Naturalmente, ninguno de ambos personajes estuvieron presentes personalmente en el despacho. Y después…
—¿Qué haces aquí, Jim? —preguntó el presidente, frunciendo el ceño—. El gobernador Millard era el siguiente; tú no tienes cita concedida hasta mañana por la tarde.
Smith se mostraba brusco, no porque la presencia de Jim le molestase mucho, sino porque esperaba con cansancio la entrevista con el representante de las Naciones Unidas que le acarrearía problemas que ni el cansancio ni los enfados podrían evitar. Le preocupaba no poder ver a Sarra aquella noche. Un presidente de los Estados Unidos podía vender a su país, o dejarlo a la deriva por su incompetencia, pero nunca dejar entrever que tenía una amante. Tal vez diez años atrás no hubiese habido murmuraciones, pues las costumbres se habían apartado bastante de la antigua moralidad; pero se habían producido ya un par de escándalos y el péndulo volvía a inclinarse del lado de la moral.
James Thackeray MacDonald sonrió y agitó la mano. A Smith le pareció que podía oler el familiar aroma de los cigarros de Jim, aunque esto era solamente una fantasía, pues las 3D todavía no estaban tan perfeccionadas, a pesar de todos los esfuerzos. No existía la menor posibilidad de que la presencia de Jim constituyese una amenaza física contra su persona, mas el protocolo era el protocolo.
—El día que no pueda convencer a Millard o a un centenar de imbéciles como él a cambiar sus citas conmigo, será el día en que cerraré la tienda y me iré de pesca —repuso Jim, con su acostumbrado rostro sonriente.
—¿Qué le prometiste a cambio? ¿Derechos al petróleo de la Luna?
MacDonald se echó atrás en su butaca y lanzó una sonora carcajada. Era la famosa risa MacDonald, la herencia de su famoso padre, y Roger Smith también sonrió débilmente a su pesar. Jim poseía un encanto especial; sin embargo, había algo en él que desagradaba.
—Bueno, veamos, Jim, ¿qué diablos quieres? Tengo quehacer.
J. T. MacDonald sonrió con indulgencia.
—Bien, seré breve, y luego podrás dejar a Nick Mason que te cuente su peor historia de mala suerte respecto a los rushianos y los prushianos. Está bien. Hablé con Harley Gordon hace unos minutos y me aseguró que definitivamente no conservará el cargo más de tres meses, aunque tú le ofrecieses la isla de Manhattan por un níquel. De modo que deseo saber qué opinas de concederme ahora la Subsecretaría, a fin de que pueda meterme en sus zapatos sin ninguna molestia cuando él dimita.
La débil sonrisa que animaba el rostro del presidente huyó rápidamente, siendo sustituída por varias arrugas en la frente. No era la primera vez que se había sugerido el nombramiento de MacDonald para dicho gabinete… y no precisamente por el presidente. El nombre de J. T. había estado, y seguía estando frecuentemente en la prensa a este respecto, mas las especulaciones de tal especie eran demasiado corrientes para que el presidente temiera siquiera en la real posibilidad. Había supuesto que el rumor se extinguiría por sí mismo, pero Jim parecía habérselo tomado en serio.
—¿Has consultado con Sarra? —inquirió Smith.
La pregunta pareció desagradar abiertamente a MacDonald.
—Maldita sea, Rog, no tengo por qué consultarlo absolutamente todo a Sarra. Yo poseo un cerebro propio.
—Un nombramiento para el Gabinete no es una bagatela, Jim. Yo jamás…, no, no me interrumpas, jamás te lo prometí. Ni siquiera te lo sugerí. Sé que Sarra lo mencionó, pero nunca pensé que lo dijese en serio. Ignoro cómo se filtró la mención de tu nombre, pero yo no puedo ceder a las presiones de una simple murmuración. No tienes derecho, ninguno en absoluto, a tratar una observación de Sarra como si fuese una promesa de mis labios. No quiero verme acorralado de esta suerte. La Secretaría te está vedada, aunque sea en realidad una Subsecretaría.
MacDonald seguía intentando hablar, pero el presidente se le anticipó.
—Además, en lo que a mí respecta, decidí que tú aceptarías un cargo entre mi personal particular. ¿No es así? Aprecio tu talento, Jim, especialmente en las entrevistas personales con la gente, y…
Jim se negó a aceptar el cumplido. Su actitud era la de “gracias por nada”. No intentaba convertirse en un Grover Whalen presidencial, afirmó, entregando claveles a las esposas de los dignatarios extranjeros y manejando a prominentes rotarios y pilotos espaciales exentos del Oeste Medio y llevándoles personalmente de gira por la Casa Blanca.
—Merezco algo mejor —añadió, de mal talante—. De no haber ganado las elecciones en el sudeste, no estarías aquí.
—Sí, eres estupendo para las salas llenas de humo de tabaco y bebidas, Jim, como te dije: el toque personal. Pero, escucha: ¿el sudeste? No nos engañemos; la estrategia no fue ni mía ni tuya, sino de Sarra.
MacDonald profirió una palabra corta y desagradable que hizo que Roger Smith inclinase la cabeza hacia atrás.
—Estás hablando con el presidente de Estados Unidos —le recordó, indignado.
—No, no —rió MacDonald—. Estoy hablando con el fulano que se acuesta con mi mujer.
Smith le miró fijamente, con expresión indiferente.
—Voy a cerrar —dijo después—. Lárgate.
Pero MacDonald se limitó a sacudir la cabeza.
—O hablas conmigo o hablaré con la prensa. ¿De acuerdo? —Smith continuó mirándole fijamente—. Está bien —murmuró MacDonald—. Lo que voy a hacer —añadió, inclinándose hacia atrás y sacando otro cigarro del bolsillo— es darle a Rog una pequeña lección, de balde.
Su expresión, al encender el cigarro, enarcar las cejas mirando de soslayo al iracundo hombre que le estaba viendo, y contemplar las espirales de humo que surgían del cigarro colocado entre sus labios contraídos, era la de un actor de una película de categoría B: un duro que acababa de anunciar que “esto iba a gustarle mucho”.
—Adelante —le animó Smith—. Pero recuerda que mientras tú descargas tu pecho de todo lo que contiene, el cargo que yo ostento es el más difícil del mundo, y que la tierra no se está quieta por ninguno de nosotros. Y ahora, adelante.
Jim, que había agitado ligeramente la mano ante la mención de las dificultades, asintió dando una chupada al cigarro, y al cabo de un instante empezó a decir:
—Supongo que habrás oído hablar de Charles Stewart Parnell.
—¿Parnell? ¿El irlandés?
—El mismo. El gobernante de la querida y vieja Irlanda. El de 1880, el del 90. Bien, Parnell tenía un amigo llamado capitán O'Shea…, William O'Shea. ¿Oíste hablar de él? ¿No? No importa. O'Shea le era muy útil a Parnell, actuando como su agente confidencial, cuidándose de todas sus dificultades. Por esta causa dejó languidecer su carrera política en aras de la de Parnell… Y Parnell apreciaba tal actitud. En realidad, la apreciaba tanto que decidió mantener feliz a O'Shea. Es decir, no exactamente al capitán O'Shea, sino a la señora O'Shea, a la bellísima Kitty O'Shea. Al parecer, Willie no era bastante bueno para ella. Se ignora si le faltaba una buena apariencia, o glamour, o si ella no lograba hacerle bailar a su antojo. Bien, sea como fuere, Willie carecía de lo que Smith…, oh, perdona el error, Parnell tenía.
Sonrió, elevando el labio superior y mirando al otro de reojo.
—¿Lo sabía Willie? Oh, puedes apostar la vida a que Willie lo sabía. No era tonto, y, naturalmente, lo sabía. Lo supo casi desde el principio. ¿Por qué no se opuso? —Jim consideró su propia pregunta, encogiéndose al fin de hombros—. Pudo ser por innumerables razones. Tal vez pensase que la cosa no era tan mala como aseguraba el viejo libro, o quizá Willie simpatizaba con Parnell…, quizá incluso le amase…, hum…, de modo que no le importaba. O quizá… quizá a Kitty no lograba satisfacerla ningún hombre… ¡Oh! No quiero decir sexualmente, quizá ella alentase otros deseos…, por ejemplo, poder. Y tal vez Willie opinase que, puesto que ella necesitaba otro hombre, ¿por qué no Parnell? Sí, pudo ser por innumerables razones. Por cualquiera de ellas o por todas a la vez. ¿Verdad, Rog?
Roger David Smith continuaba mirándole, sin hablar. De vez en cuando levantaba la mano y se acariciaba las pequeñas cicatrices de su rostro. MacDonald le dirigió otra mirada fugaz y reanudó su discurso.
—¿Dónde estábamos? Oh, sí… Y la canción que entonaba era: “¡Vieja Irlanda libre!”. Una patria, ¿comprendes? Casi todo es lo mismo. Gladstone lo hizo todo. Irlanda iba a tener un gobierno propio, con Parnell como primer ministro. Bien, Willie había trabajado por la causa como el primero, y creía que merecía una recompensa. Era muy modesta: un puesto en el Gabinete de Parnell. Al fin y al cabo, ¿qué importaba quién figurase al frente de aquel cargo? El verdadero trabajo siempre lo realizan los secretarios, los hombres de carrera, ganapanes a los que entusiasma cuidarse de los detalles, del papeleo, del trabajo pesado… ¿Ves a lo que me refiero, Rog?
—Sí —asintió el presidente—. Y la respuesta sigue siendo no.
Por primera vez, por el rostro de MacDonald pasó una sombra de incertidumbre.
—Ah, vamos, Rog —suplicó—. ¿Sabes una cosa? Yo no sería el peor secretario del Espacio del mundo. He seguido todo lo relacionado con ese puesto muy atentamente y he leído con atención todos esos temas. Tengo ideas que van más allá de la reorganización del sistema de archivos y la contabilidad, que es lo único que Hartley Gordon tiene en mente…, o sentarme y esperar a que los espantajos se marchen, que es en lo único en que piensa Salem Smith.
—¿Tú tienes ideas?
Asombrado por el tono del presidente, MacDonald se puso escarlata.
—Sí, yo tengo ideas —replicó—. Y otras muchas personas importantes tienen las mismas ideas…, personas cuyo apoyo necesitarás.
Sus ojos se apartaron del semblante del presidente y se posaron en un objeto del despacho, situado detrás de Smith, para luego sostener de nuevo la mirada presidencial por un instante, y al final sus ojos adoptaron una expresión tenaz, retadora.
Smith volvió la cabeza. Sí, claro, allí estaba: el mapa del asteroide con las luces blancas, azules, rojas y amarillas, recién instalado.
El presidente soltó un respingo.
―¿Qué harías, Jim? ―le preguntó―. ¿Ocuparías los asteroides? ¿Es ésta una de tus ideas?
—Sí, en efecto, lo es. Estados Unidos está atados de pies y manos en un gran nudo gordiano —explicó Jim—. ¡Sólo hay que ver el condominio de la Luna! Los rusos están muy complacidos, y a cambio de dejarlo tranquilo provocan toda clase de conflictos en todo lo que hace Estados Unidos. Eso, cuando hacemos algo… lo que ocurre muy de vez en cuando. ¿Y Marte? Estados Unidos también posee estación en Marte, una; los ingleses otra; las Naciones Unidas, dos… ¡y los rusos tienen cuatro! La suma de todas las demás. Y aun hay personas que proclaman que la única estación americana de Marte cuesta demasiado.
»En cierto sentido, tienen razón, Rog —continuó Jim, en tono confidencial, casi burlón—. Para tratarse de una dependencia climatérica, que es para lo que sirve, cuesta demasiado. Pero si ocupamos los asteroides, la estación marciana estaría más ocupada que Nueva York. Y se acabaría la huelga de los fabricantes de cohetes, también. Podríamos doblarles, triplicarles el salario… Los obreros estarían tan atareados ganando dinero que no tendrían tiempo para pensar en huelgas.
—Hum. Y… ¿cuáles ocuparías? ¿Sólo los que reclamamos? ¿También los que piden los rusos? ¿Y los que nadie quiere? ¿O tal vez todos los mundos?
Por un momento, el rostro de MacDonald pareció colgar de costado, luego transformó su rostro en una malévola expresión que parecía intentar dominarse.
—¿Cuánto tiempo soportará el pueblo americano la actual situación? —preguntó—. ¿Cuánto tiempo soportará que los rusos se apoderen de todo lo que reclaman, afirmando que lo que no reclaman es de las Naciones Unidas? ¿Dónde nos sitúa esto a nosotros? El pueblo americano…
Smith se levantó bruscamente, sobresaltando con ello a MacDonald.
—¡Ignoro quién te ha metido esas ideas en la cabeza!
—Nadie me las ha…
—Creo que puedo adivinarlo. Pero puedes decirles que se han equivocado de gato para atrapar al ratón. ¿El pueblo de América? Oye, pequeño Jimmy, el pueblo americano demostró en noviembre pasado qué quería en el gobierno, y no fue tu mano la que se apoyó sobre la Biblia hace tres días.
—Tú…
—Sí, fue la mía. Exacto. Y te diré algo más. Te lo pondré directamente ante los ojos, amigo: aunque no tuvieses estas ideas tan peligrosas, tampoco tendrías la menor probabilidad de obtener el cargo. Porque, sin Sarra, tú no vales un ardite.
Rojo de cólera, MacDonald se puso de pie, dejando caer el cigarro de la mano, gesticulando y gritando como un poseído.
—Nombrarte a ti —manifestó el presidente—, si tú no te hubieras ofrecido espontáneamente, habría significado que ella tendría el cerebro del puesto. Y yo no la necesito a ella allí. No la quiero en ese cargo.
Volvió a reinar el silencio. Fuera, la luminosidad gris de la tarde iba decayendo a medida que se encendían las luces.
—Entonces… tu respuesta es no —murmuró MacDonald.
Parecía más viejo, verdaderamente sorprendido, incluso un poco enfermo.
—Es no, Jim.
MacDonald asintió.
—Esperaré…, esperaré hasta mañana. Porque, según la “lección de historia”, también Parnell le dijo no al capitán Will O'Shea. Y luego, William pidió el divorcio, involucrando a Parnell como amante de su esposa. Se divorció, pero Parnell perdió más: lo eliminaron del partido y después falleció de un ataque al corazón. Poco después, Irlanda se ahogaba en sangre.
Calló, y dio media vuelta para marcharse sin mirar hacia atrás.
—Sin embargo, esperaré a mañana —concluyó.

Nicholas Mason, el representante de Estados Unidos en las Naciones Unidas, con su rostro noble y ajado, agradeció al presidente que le hubiese mantenido en su puesto. Luego, en voz baja, le contó su último relato de derrotas, forcejeos, fallos mayores y victorias menores.
—En su opinión —le interrumpió el presidente—, señor embajador, ¿cuál sería el efecto de un escándalo publicado en toda la prensa, relativo a la vida íntima del presidente?
Mason intentó concentrarse en esta brusca pregunta con visible dificultad. Lentamente, levantó la vista y miró a Smith con atención.
—Apenas puedo suponer… que esta pregunta sea hipotética, señor presidente. ―Smith movió la cabeza negativamente—. ¿Podría evitarse ese escándalo de que habla? —Mason bajó aún más la voz—. ¿Sería posible? Entonces…
—Podría evitarse, pero sólo a costa del bienestar de la Nación, y probablemente acarreando peligros para su prestigio, su propio funcionamiento, y tal vez incluso su paz.
Mason levantó lentamente una mano y apoyó la palma contra su mejilla.
—Esperemos al menos que el peligro no sea tan grande. Aun así, sería cuestión de comparar los peligros con el coste. No hace falta que le diga que, en esta coyuntura, cualquier cosa que dividiese al país podría destruirlo. Y además, usted habló de prestigio nacional, cosa que no es corriente hoy día. De modo que yo… —su voz murió en un susurro.
—Supongo que podría dimitir —suspiró Smith.
Mason se irguió de repente.
—¡Ningún presidente de los Estados Unidos ha dimitido! Señor presidente, ¿ha olvidado quién le sucedería? Si pusieran al frente de la Casa Blanca al actual vicepresidente… En fin, si le nombraran jefe de una granja de aves, yo compraría inmediatamente halcones y nutrias.
Smith contrajo el semblante.
—Usted fue soldado, señor presidente —continuó Mason—. Yo no. Pero sé, como usted seguramente sabe, que existe más de una forma de ganar una batalla. Y… no necesito añadir que si en algo puedo servirle…
El presidente negó con la cabeza.
Una vez solo, se puso en pie y se acercó a los ventanales. El momento era malo. Sólo hacía tres días que se hallaba en la Casa Blanca, pero aquella tarde era fresca y resplandeciente. A pesar de todo lo que acontecía en la escena mundial, el día había estado teñido de oro. Había visto a Sarra, con el semblante resplandeciente de triunfo, ataviada con un vestido gris que a sus ojos pareció más brillante que si fuese escarlata o carmesí. El sol, ya casi oculto, irrumpió brevemente por entre las nubes, dando color a los charcos y a las húmedas paredes. Sin embargo, su propio humor era gris, más gris que en ninguna otra ocasión de su vida. La voz de Sarra resonó en sus oídos, divisó su imagen, y por primera vez no halló consuelo en ella. ¿Podría llegar a un trato con Jim en esta última fase? ¿Podría Sarra persuadirlo para que no hiciera nada? ¿Podía confiar él en Jim, si se dejaba convencer por el momento?
¿O debía concederle a Jim el cargo que ambicionaba y forzarle en algún modo a no hacer nada, dejando que todo el trabajo lo hicieran los demás por él? ¿Y depender exclusivamente del reinado presidencial a partir de este momento?
Pero, ¿le gustaría a Jim este arreglo? ¿No tendría otras “ideas” de las suyas? Suyas o de otros, no importaba: ideas políticas, planes, propósitos… Ambiciones. ¿Dónde se detendría? James Thackeray MacDonald, un politicastro de rostro rubicundo, ¡el presidente en secreto de los Estados Unidos!
Pero, ¿cómo… cómo había logrado la fuerza, el nervio? ¿Por qué…? ¿Cómo, al cabo de tantos años se había decidido a desafiar a su esposa? Salvo en aquellas fáciles lisonjas que eran tan naturales en él, había convertido la política en su campo personal. Salvo en esto, jamás había parecido tener un cerebro propio ni una ambición que no proviniesen de Sarra. ¿Por qué, al cabo de tantos años, había cambiado aquel gusano?
Durante largo tiempo, bajo la luz crepuscular que ya invadía el despacho, el presidente de Estados Unidos estuvo junto al ventanal sumido en sus pensamientos. Luego corrió las cortinas y se acercó al televisor.
Primeramente pensó que los tres hombres le formularían muchas preguntas, que exhibirían precauciones y desacuerdos disfrazados de preguntas, pero en realidad sólo le hicieron dos.
Anderson, esta vez, se mostró callado. Fue Lovel quien habló primero.
—Señor presidente, ¿ha llegado usted a la conclusión de que para mantener la integridad de nuestra confederación nacional le resulta ahora imperativo invocar la ley desconocida?
—Sí —afirmó el presidente de los Estados Unidos.
El rostro de Lovel permaneció impasible, mas de pronto se le atirantó la piel bajo los descarnados pómulos.
—¿Cuál es el nombre del hombre? —preguntó, quedamente.
Suave, casi gentilmente, el presidente le corrigió:
—Se trata de una mujer.
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SABOTAJE
Christopher Anvil
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¿De qué serviría todo el poder bélico del mundo frente a una agresión estrictamente psicológica? En este relato, análogo a Más profundo que la obscuridad y, sin embargo, casi opuesto en cuanto a su enfoque, dada su ingenua y reaccionaria confianza en los valores tradicionales, asistimos a una vieja lucha llevada a sus últimas consecuencias: indoctrinación contra propaganda subversiva. Y, al final, al lector le quedará la duda de si valía la pena que los militares terrestres “ganaran” la batalla.

El mayor Richard Martin se detuvo con una mano en la puerta del despacho del coronel Tyler. Del interior de la estancia surgían voces elevadas, coléricas. Martin miró, más allá del teniente Schmidt, a la coqueta y bien formada ―y, al momento, pálida― recepcionista del coronel. La muchacha asintió y levantó la vista al cielo, que se hallaba a varios centenares de metros más arriba, a través de capas de tierra, cemento, acero y equipo de defensa electrónico.
Martin aguardó a que se produjera una pausa en la conversación, y golpeó con los nudillos en la madera de la puerta. Del interior le llegó el sonido de una respuesta breve e iracunda.
—¡Pase!
Martin miró al teniente Schmidt, que contemplaba ansiosamente a la bella recepcionista, y le cogió del brazo.
—Sígame —gruñó, empujando la puerta del despacho del coronel.
El ambiente era tenso en el despacho. El coronel Tyler se hallaba a un lado de su escritorio, con expresión furiosa, casi de espaldas a la puerta, y asía en la mano un papel doblado. Otro coronel, con el emblema del Estado Mayor en el cuello, estaba muy enojado delante del gran mapa mural del cuarto, con un brazo extendido a fin de golpear dos grupos de pequeños emblemas que resplandecían con un color blancuzco al borde del escenario.
—El general —opinó el coronel de Estado Mayor secamente— está ansioso por localizar a esos dos Tamar desaparecidos.
El coronel Tyler miró a su alrededor, vio a Martin y se relajó visiblemente.
—Ah, ya está aquí usted. —Frunció el ceñó al ver a Schmidt y volvió a mirar a Martin en son de reproche. Gruñó—: Esta conferencia es solamente para los comandantes del equipo de combate, mayor.
—Lo sé, señor —asintió Martin—. El teniente Schmidt está aquí por otro asunto.
El coronel de Estado Mayor, que se hallaba delante del mapa dando muestras de impaciencia, habló con brusquedad:
—Que aguarde fuera el teniente, mayor.
Martin asió a Schmidt por un brazo y se dirigió al coronel Tyler:
—Se trata de un asunto de la máxima importancia, señor.
—Eso puede esperar —replicó el coronel de Estado Mayor—. Que salga.
Martin continuó asiendo el brazo de Schmidt y miró directamente al coronel Tyler. Este miró al coronel de Estado Mayor.
—Bien, ese subordinado se quedará. Veamos qué quiere.
—El general…
—¡Tonterías! ¿Cree que yo no deseo encontrar esas unidades desaparecidas? ¡Para eso no necesito sus imbéciles parrafadas!
—La situación es muy crítica y…
—¿Crítica? —rezongó el coronel Tyler—. Ha sido crítica desde que la primera nave exploradora descendió en su maldita atmósfera envenenada. Ha sido crítica desde que nuestro primer piloto se metió en una bolsa de gas y se sintió trastornado mentalmente a causa de los dolores que experimentó. ¡Crítica! ¿Cree que no era una situación crítica cuando consiguieron que el comandante de la Quinta Flota ordenara impulsar torpedos hacia su propia base? ¿No fue crítica cuando encontramos al presidente y al secretario de Defensa en el suelo, estrangulándose uno al otro, sin que ninguno fuera capaz de hablar hasta que logramos mantenerles bajo la debida protección? ¡Y éstas fueron solamente sus primeras hazañas! ¡Crítica! Si asomara sólo por unos segundos su cabeza de la bota, comprendería que la situación ha sido crítica en grado sumo desde el primer y apestoso contacto.
—¡De acuerdo! —chilló el coronel de Estado Mayor—. Pero ésta es la primera vez que entrevemos una posibilidad de echarlos de aquí. Podría ser el final de esta situación. ¿No comprende que esto plantea una cuestión totalmente diferente? ¿No ve que esta noticia…?
Los ojillos del coronel Tyler resplandecieron peligrosamente. Su rostro se tornó inexpresivo.
—Coronel, ¿no se da cuenta de que está discutiendo información clasificada en presencia de un oficial que no está autorizado a escucharla?
El coronel de Estado Mayor calló y se volvió para mirar al teniente. Martin seguía sujetándole por el brazo, y Schmidt estaba muy erguido, en posición de firme.
—Naturalmente —continuó el coronel Tyler, con el rostro desprovisto de expresión—, tendré que dar cuenta de que ha quebrantado los reglamentos y que esto ha tenido lugar delante de dos testigos. Por favor, llévese fuera sus papeles y aguarde en el antedespacho.
El coronel de Estado Mayor miró a su alrededor, contempló fijamente al teniente Schmidt y balbuceó unas palabras. Después dirigió otra mirada al coronel Tyler, quien le estaba contemplando con una expresión algo maliciosa, cogió un sobre abultado del escritorio y dobló el papel que el coronel Tyler había dejado sobre la mesa, y al fin salió.
El coronel Tyler pulsó un botón del intercomunicador.
—¿Sargento Dana?
—¿Señor? —Era la voz de la guapa chica de la recepción.
—El coronel Burnett desea esperar en el antedespacho. Estoy de acuerdo con ello.
—Sí, señor.
—Pero si por cualquier motivo se marcha, comuníquemelo inmediatamente.
—Sí, señor.
El coronel Tyler desconectó la comunicación y miró a Schmidt, posando luego sus ojos en Martin.
—Bien, mayor, ¿cuál es la causa de esta interrupción?
—Señor, creemos haber localizado las unidades enemigas desaparecidas.
El rostro de Tyler prestó inmediatamente una gran atención. Escuchó sin interrumpir las explicaciones de Martin y Schmidt. Luego cogió el teléfono, dio unas breves órdenes, devolvió el aparato a su horquilla y pulsó el botón del intercomunicador.
—Ruéguele al coronel Burnett que venga al despacho un instante.
—Sí, señor.
—Tan pronto como acabemos con esto —dijo el coronel Tyler, mirando a Martin—, deseo el resto de los detalles.
—Sí, señor.
El coronel de Estado Mayor, muy sudoroso, regresó al despacho. El coronel Tyler le contempló clínicamente, y al fin trasladó su mirada al teniente Schmidt.
—Teniente, agradecería que saliera unos momentos.
—Sí, señor.
Schmidt salió. El coronel Tyler miró a su colega de Estado Mayor.
—Tengo a tres de mis comandantes del equipo de combate en la superficie, arriesgando sus vidas por una población que ni siquiera sabe que existen. Otro de mis comandantes está en la reserva y totalmente agotado. No le convocaré a menos que el general lo ordene personal y específicamente. Bien, usted desea que todos los comandantes del equipo de combate asistan a esta conferencia. El mayor Martin estuvo en la superficie anteayer. No ha tenido una verdadera oportunidad de descansar y está sumamente atareado. De modo que pueden llamarle de un momento a otro. Pero, por ahora, está aquí. Esto es lo mejor que puedo hacer por usted, coronel, y le diré llanamente que opino que está usted perdiendo el tiempo. Ahora, siga con su maldita charla.
El coronel Burnett tragó saliva con esfuerzo, y exhibió el papel doblado que el coronel Tyler tenía en la mano cuando llegó Martin.
—Lea esto, mayor, y fírmelo al dorso.
Martin cogió el papel y leyó:
URGENTE: seis unidades de penetración Tamar siguen sin ser localizadas desde su desaparición del sector II. Tres unidades se desvanecieron de Plot hace catorce meses. Otro bloque de tres falta desde hace cinco meses. Las seis unidades continúan fuera de Plot. Las experiencias anteriores indican que está teniendo lugar, sin oposición, una penetración del enemigo en la zona vital. Se requiere a todo el personal para que, diligente y eficazmente, trate de localizar lo antes posible a esas unidades enemigas desaparecidas.
El mensaje estaba firmado por el comandante general Nardcom Strike, del primer Campo de Fuerza. En lo alto y en la parte inferior se veían las palabras: “Entregado a mano. Acuse de recibo y devolución a CGFFI”.
Martin volvió el papel del otro lado y estampó su nombre bajo la firma apresurada del coronel Tyler. Martin ya estaba familiarizado con los datos dados por el papel, de modo que, como había dicho el coronel Tyler, estaban perdiendo el tiempo.
Martin devolvió el papel al coronel Burnett. Éste estudió la firma de Martin, sacó un sobre largo de un bolsillo interior y se aclaró la garganta.
—Caballeros, este documento es… —su voz bajó de tono, como en reverencia— la última evaluación del Estado Mayor.
Martin aguardó pacientemente. El coronel Tyler miró el reloj de pared con ostensible irritación.
—Este documento —prosiguió Burnett— no debe ser leído en voz alta. No puede copiarse su contenido. La información que contiene no puede traspasarse a ninguna otra persona que no lo haya leído. Sólo podrá discutirse en condiciones de máxima seguridad, bajo plena protección y únicamente en presencia… —le tembló la voz— de los que están totalmente calificados para leerlo. Una vez leído, deben estampar las iniciales en cada página, y firmar en el dorso de la última.
Entregó el documento al coronel Tyler, el cual lo miró como persona ya familiarizada con su contenido, garabateó sus iniciales página a página, y su nombre al dorso.
El coronel Tyler le pasó el documento a Martin y concentró su mirada en el coronel Burnett.
—Tendría muchos menos quebraderos de cabeza para hacer que la gente leyera estas cosas, si tuviese algunos expertos traductores que las pusieran en un lenguaje conocido por los seres humanos.
Martin estaba estudiando la primera parte del documento.
1) El estado del conflicto existente en la actualidad entre el complejo socio-económico-militar del espacio controlado por el hombre, concentrado en el planeta Tierra, y la cultura orientada psicológicamente del planeta Tamar (Código 146-BL1-10101-97 6b A14-Ragan) se halla en estado de hostilidad, y ha entrado en una fase crucial que requiere todo el personal de vigilancia del más alto grado en consonancia con la consecución de los objetivos primitivamente asignados.
Martin volvió a leer lo anterior, sacudió la cabeza y volvió a leerlo desde el principio. Luego, más lentamente, fue leyendo todos los apartados por separado.
2) La guerra contra Tamar entra ahora en una fase crucial, en la que se requiere la máxima vigilancia.
3) Esencialmente, esta guerra es de tecnología, actúa contra una especie de consecuciones mentales que sólo pueden conseguirse con el poder del ataque y la posesión telepática.
4) Hay dos teatros de operaciones principales, muy separados entre sí. Son los planetas patrios de las dos razas opuestas. Físicamente, nosotros podemos cruzar el espacio intermedio para atacar al planeta Tamar. Y ellos pueden cruzar psicológicamente el mismo espacio para atacar a nuestro planeta. Ambos lados pueden atacarse mutuamente. Y ninguno de ambos bandos posee una defensa realmente eficaz.
5) Nuestro plan básico de guerra es como sigue:
a) Ataque: Ofensiva mediante explosivos nucleares y subnucleares al planeta Tamar.
b) Defensa: Contramedidas para neutralizar o recapturar a los individuos enviados por Tamar y colocados estratégicamente para conseguir una penetración psicológica.
6) Continuamos bajo los graves fallos siguientes:
a) Ataque: Tamar VI es un planeta gigante, de atmósfera densa y corrosiva. La naturaleza exacta de la estructura del planeta y sus habitantes sigue siendo obscura. Por esto, es difícil calcular o planear una ofensiva.
b) Defensa: Debido al coste del equipo de protección electrónico, la gran masa de la población terrestre sigue expuesta al ataque psicológico de Tamar. Pero como cada unidad de penetración de Tamar sólo puede atacar a un individuo a la vez, y como sabemos que en la Tierra existen sólo varias centenares de unidades de penetración Tamar, la población en conjunto, aunque muy expuesta, se halla a salvo de un ataque directo. Sin embargo, no se ha informado al público de este ataque para evitar el pánico, por lo que el hombre de la calle cree que la guerra está limitada a la región del planeta Tamar. Debido a este secreto, las operaciones defensivas deben ser financiadas mediante los fondos de contingencia y otros medios irregulares, lo cual las dificulta seriamente.
7) El plan básico de guerra, como se ha establecido, se apoya en el bloqueo constante del ataque tamar, confiando en que la victoria final se alcanzará mediante un ataque desencadenado contra el planeta enemigo. A tal fin, pronto quedará fortalecida la fuerza actual de las naves de combate de clase III y largo alcance que operan en Tamar VI con las poderosas naves de bombardeo planetario Revenge y Killer.
8) Debido, no obstante, a la destreza de la fuerza defensiva de las unidades de penetración de Tamar que actúan contra nuestra flota, no se espera que dicho ataque sea decisivo. Esas unidades locales de Tamar no sólo atacan al personal no protegido, sino que han aprendido a desequilibrar el equipo de computadoras electrónicas más avanzado, con resultados catastróficos. Habrá que proteger dicho equipo, o bien reemplazarlo, en lo posible, mediante equipos de calculadoras mecánicas, hidráulicas, neumáticas o de otros tipos. Esto, junto con la capacidad ya demostrada por el enemigo de superar las protecciones más potentes de nuestras naves, hace inseguro el resultado de nuestro ataque final.
9) Por tanto, se hallan en período de construcción dos ingenios de impulso interestelar, llamados respectivamente Fuse y Match. Se ha programado emplear dichos ingenios contra Tamar VI dentro de treinta y dos meses, y se espera crear una detonación subnuclear en el interior del planeta. Es dudoso que Tamar VI sobreviva a tal explosión.
10) De ahí se deduce que la actividad enemiga debería concluir hacia el final de los próximos treinta y dos meses.
11) Conociendo los poderes psicológicos de Tamar y su crueldad, es inconcebible que el enemigo se someta a la destrucción sin una resistencia hábil y extremadamente peligrosa. Es necesario, por consiguiente, mantener el mayor secreto respecto a éstas y otras medidas. Además, existen poderosas razones para precavernos contra nuevas y más refinadas medidas adoptadas por Tamar.
12) La experiencia del pasado demuestra la imposibilidad práctica de una comunicación fructífera con los habitantes de Tamar o la firma de una tregua temporal. Los análisis culturales, si bien innecesariamente inciertos, sugieren que la opinión de los de Tamar sobre el universo debe ser básicamente contraria a la de nuestra humanidad. Pero sobre este punto no poseemos ninguna referencia, por lo que es imposible lograr la mencionada tregua.
13) Debemos, por tanto, considerar los próximos treinta y dos meses como un período sumamente crítico y peligroso.
Martin estampó sus iniciales en cada página y firmó al dorso de la última. Devolvió el documento al coronel Tyler, quien se lo entregó a Burnett.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Sí.
Tyler se dirigió hacia el teléfono. El coronel de Estado Mayor parecía tremendamente inquieto.
—Ah, respecto a lo que dije antes…
—Espero que no sugerirá usted nada en contra de las ordenanzas, coronel —le cortó Tyler, con frialdad.
Burnett cerró la boca y adoptó una expresión impávida. Tyler cogió el teléfono.
—Estoy seguro de que yo no cometí… —se atropello Burnett.
Tyler dejó el aparato, pero sin apartar la mano del mismo.
—Yo no dicté las ordenanzas, pero he de vivir de acuerdo con ellas. Delante del teniente Schmidt, que no estaba autorizado para oír tales cosas, usted declaró formalmente que, por primera vez, podemos contemplar el fin de la guerra. En realidad, sé que el teniente Schmidt es de tanta confianza en este asunto como yo o el mayor Martin. Pero las ordenanzas están completamente claras.
—¡Yo le ordené al teniente que saliera! Yo…
—Usted sabía que el mayor Martin lo había traído aquí. ¿Podía inducir usted al teniente a que desobedeciera las órdenes de su superior inmediato? ¿O intentaba usted impedir que mis dos oficiales me comunicaran algo de la máxima importancia? ¿Y qué diablos hace usted ahora, tratando de impedir que dé cuenta de su falta de disciplina?
El coronel de Estado Mayor abrió la boca, la cerró y tragó saliva, atragantándose. Tyler cogió el teléfono y habló breve y serenamente.
Se produjo un forzado silencio que se prolongó unos dos minutos. Luego, hubo una llamada a la puerta.
—Adelante —invitó Tyler.
Seis agentes de la policía militar, con su uniforme inmaculado, dos de ellos provistos de ametralladoras, penetraron en el despacho y, cortésmente, se llevaron al coronel de Estado Mayor. El coronel Tyler miró a Martin.
―Haga pasar a Schmidt.
Martin salió al antedespacho y halló al teniente Schmidt hablando en voz baja y muy sonriente con la hermosa sargento Dana.
—Schmidt…
—Sí, señor. Un momento, señor.
Martin regresó al despacho. Oyó que la joven murmuraba algo y Schmidt replicaba. Luego, el teniente, muy sonriente, entró en el despacho de Martin y cerró la puerta.
El coronel Tyler estudió el semblante del teniente y se aclaró la garganta.
—Teniente, su información es muy interesante. Expóngala otra vez, con todos los detalles.
—Si, señor.
—Para empezar, usted obtuvo un pase de tres días para la superficie del planeta, ¿verdad?
—Sí, señor. Para visitar a mi… a mi chica, señor.
—¿No se mostraba muy bondadosa con usted?
—Bueno… Ella sí, pero no su madre. Yo tengo un empleo de tapadera, fingiendo ser vendedor de enciclopedias. Y la madre desea que su hija se case con alguien de más categoría.
El coronel asintió con simpatía.
—Hace mucho tiempo que conozco a la familia de Janice —prosiguió el teniente—, pero aparentemente ellos han decidido no conocerme, de forma que esta vez la madre me obsequió con una sarta de preguntas. Seguramente hubiera podido resistir el interrogatorio, pero me hallaba extenuado con el lío del campo de fuerza, y perdí el hilo de la discusión. Bien, justo en el escabel situado muy cerca del diván donde yo estaba sentado, mientras la madre me interrogaba, vi un periódico. El titular proclamaba: “Conjurada una explosión en Pennsy”. De modo que en medio de la filípica, cuando la madre me estaba diciendo lo mal que está la vida, cogí el periódico y lo empecé a leer. Bien, eso dio al traste con todo.
—Si desea que le proporcionemos otro empleo de tapadera… —sonrió Tyler.
—Gracias, señor, pero no lo juzgo preciso. Janice pudo haber impedido aquel interrogatorio de buen grado, y no obstante estuvo sentada todo el rato escuchando atentamente. Tuve la impresión de que quizá su madre me estaba interrogando por indicación suya. Algunas de sus preguntas fueron muy rudas, pero Janice no abrió la boca en mi favor ni una sola vez. Eso fue suficiente para mí.
El coronel asintió.
—¿Qué hizo usted luego?
—Me encontré en la calle, delante de la casa. Debía sentirme deprimido, pero lo cierto es que sólo me sentía hastiado. Seguía con el pase en el bolsillo sin saber qué hacer con él. Pude irme a casa, pero esto no prometía ninguna diversión. Bien, me dirigí a un quiosco de periódicos y compré el que llevaba el mencionado titular: “Conjurada una explosión en Pennsy”. Leí el artículo. Llegaron algunos estudiantes y me asaltó la idea de volver a visitar la universidad.
Schmidt frunció el ceño y el coronel se inclinó hacia delante muy interesado.
—Adelante.
—Bueno, resulta un poco difícil de explicar, señor. Ya había estado allí antes y me pareció que era como un fantasma. El lugar era el mismo, pero los rostros eran diferentes, y yo no encajaba allí. Pero esta vez no fue así.
Martin escuchaba atentamente, y el coronel se inclinó más adelante aún.
—Observó algo raro, ¿eh?
—No exactamente raro, señor. Distinto. Lo malo fue que yo me hallaba agotado y temo no haber sido demasiado observador. Lo primero que me pareció extraño fue que un estudiante al que no conocía se volviera hacia mí en plan de amistad y dijese: “Chico, no es posible soportar más, ¿eh? Además, ¿de qué sirve resistir? ¿Por qué molestarse?”
—¿Ocurrió eso cuando se dirigía usted a la universidad? —indagó el coronel.
—No, señor. Precisamente cuando me apartaba del quiosco de periódicos.
—¿Qué contestó usted?
—La observación se hallaba de acuerdo con mi humor y asentí. Pero luego me pregunté a qué se habría referido el estudiante. Por entonces íbamos ya andando hacia la universidad. Bien, repito que estaba cansado. Lo mismo que él. Apenas parecía capaz de mover los pies. Poco después, murmuró: “Quiero decir que de qué sirve”. No entendí de qué hablaba, pero como sus palabras reflejaban un poco mi estado de ánimo, repliqué: “Sé a qué te refieres”. Subimos a la colina y pronto nos dimos cuenta de que los dos íbamos a sitios diferentes. “Hasta la vista”, se despidió él. “Sí”, contesté yo.
—¿Estos fueron los únicos comentarios?
—Sí, señor. En sí mismos, poco significaban. Pero mientras ascendíamos por la colina, una media docena de estudiantes pasaron por nuestro lado, bajando. Todos parecían de mal humor, como si acabaran de recibir un puntapié en el estómago. Cuando yo entré, una joven salía por la puerta, y su expresión indicaba que había abandonado todas sus esperanzas respecto de la existencia. Bien, entré, observé el cambio de las clases y… —el teniente sacudió la cabeza—. No puedo describirlo. Pero llevaba conmigo una pequeña cámara, pues había pensado sacarle unas fotos a Janice, y en cambio saqué unas instantáneas de la universidad.
—¿Tiene la cámara aquí?
—Sí, señor. Yo… —se ruborizó levemente— creo que la he dejado en el antedespacho. Si pudiese…
—Naturalmente.
El teniente salió. El coronel miró maliciosamente a Martin, el cual sonrió sin decir nada.
Fuera se oyó una voz masculina, una risita femenina, y Schmidt reapareció con un estuche de piel. Se lo entregó al coronel, el cual extrajo la cámara, extendió los dos oculares alargando los soportes, colocó la palanquita en retroceso y miró por los oculares.
Schmidt, mirando aquello, recordó vividamente las fotos. La primera mostraba a una preciosa chica andando lentamente hacia él, delante de un grupo de estudiantes. La joven tenía una expresión muy sombría, y la cara húmeda, como por lágrimas. Pasaba por delante de tres estudiantes sin afeitar, sentados en los escalones del edificio. Era una joven magnífica. Los tres estudiantes se hallaban sentados con la cabeza entre las manos, contemplando tristemente el parque.
En la película había un sector de transparencia pálida, y luego la vista de un grupo de estudiantes de ambos sexos que deambulaban desmayadamente por el parque. A su paso dejaban caer, aquí y allí, una goma de borrar, un lápiz o una regla, sin que ninguno se molestara en recogerlo.
Otra zona transparente, y la fotografía de un estudiante de elevada estatura con una barba de tres días, afeitada en parte. Parecía como si todos los días hubiera pretendido afeitarse, abandonando el impulso poco después.
Diversas fotos presentaban escenas de la misma clase: chicos o chicas de ánimo ausente, que deambulaban solos o en grupos por el parque de la universidad.
El coronel Tyler volvió a contemplar las fotos, las dejó cuidadosamente dentro de la cámara, y miró a Schmidt.
—¿Toda la universidad estaba igual?
—Lo que yo vi, sí, señor. Me refiero a los estudiantes. No sé nada de los pedagogos o la administración.
—¿Y el resto de la población?
—El ambiente era extraño en algunos sitios, como si la gente se preguntara por qué tenían que molestarse. Pero en ningún lugar el ambiente era peor que en la universidad..
—Y los estudiantes que halló fuera del centro escolar, ¿presentaban los mismos síntomas?
—Sí, señor. Todos los que vi.
—¿Tiene alguna idea de la causa de esa tristeza?
—No, señor. Sólo que no es natural. Los de Tamar ya han atacado anteriormente las universidades por distintos procedimientos.
El coronel Tyler asintió pensativamente, devolvió la cámara al teniente y miró a Martin.
—¿Cuál es su teoría?
—Sólo que los de Tamar son los responsables de esto, señor. Ignoro cómo y por qué.
El coronel contempló el mapa mural del continente, con sus puntitos de distintos colores en el borde, representando las unidades de penetración enemigas desaparecidas y aún no localizadas.
—En cuanto al cómo —manifestó—, con seis unidades menos de las ochenta que normalmente destinan a este continente, tienen poder suficiente para causarnos graves problemas, aunque me gustaría saber cómo lo logran. —Volvió a mirar a Schmidt—. ¿Todo lo que descubrió se ve en esta película?
—Sí, señor. Entonces me pareció extraño, pero estaba bastante cansado, repito, y no intuí su significado. Volví a casa y me pasé el resto de los tres días reposando. No pensé en Tamar hasta haber dormido profundamente, y por entonces se me había terminado ya el permiso.
—En cuanto al por qué lo hacen… —reflexionó el coronel.
Sonó el teléfono. Tyler lo cogió.
—Al habla el coronel Tyler —escuchó—. Sí, entiendo. Entonces cree que merece nuestra atención, ¿eh? Sí, sí… El caso es totalmente nuevo para usted, ¿verdad? Sí, bien… Gracias, Sam. Adiós, adiós. —Soltó el aparato y sonrió—. Bien, caballeros, Reconocimiento está de acuerdo. Saben tan poco como nosotros de lo que ocurre, y no han tenido tiempo de efectuar verificaciones. Pero enviaron a un equipo con escudriñadores portátiles hace unos diez minutos, y la lectura ha llegado al final de la escala. —El coronel rió ampliamente—. Los hemos encontrado, caballeros. Y mañana les echaremos de aquí. Ahora, descansen y comprueben su equipo.

Descansar, para Martin, significaba dejar su despacho ―donde los informes oficiales se hallaban amontonados a respetable altura en la cubeta― y marcharse a su apartamento. El apartamento de Martin estaba en consonancia con las necesidades de una organización que recibía los fondos secretamente y que gastaba la mayor parte de los mismos en un costoso equipo de protección. Constaba de dormitorio, baño, una cocinita y lo que, en broma, llamaban el salón. Todo el conjunto era un cuadrado de unos seis metros de lado. El “salón” tenía unos dos metros cuadrados y estaba provisto de dos sillas de alto respaldo, una mesita de juegos plegable y un aparato de televisión alimentado con programas enlatados a través del cable.
Una persona con tendencia a la claustrofobia podía pensar muy pronto que los muros iban a emparedarlo. Las dos puertas de la estancia se abrían hacia dentro y quedaban colgadas del mismo lado de las paredes contrarias, produciendo una impresión de irrealidad. La cocinita era un poco mayor que el salón, pero estaba más atestada. El baño, en cambio, era mucho más pequeño.
La única habitación donde dos individuos podían cerrar las puertas y respirar simultáneamente sin chocar, era el dormitorio. Era bastante amplio y permitía moverse libremente por él. Daba al mismo el enrejado de la ventilación, lo que incidentalmente dejaba oír toda la noche diversos sonidos susurrados. Martin compartía aquel apartamento con Burns, su inmediato inferior, un recio capitán.
Burns se hallaba tumbado en su litera, con las manos cruzadas detrás de la nuca, los ojos cerrados, y una expresión desesperada en el semblante.
—Siempre la misma maldita cosa —murmuraba—. Estar como alocados durante seis semanas, sin recordar siquiera si estás o no de servicio, y luego Recon pierde a esos bastardos y durante las seis semanas siguientes no hay nada más que hacer que entrenarse y llenar formularios. Y de pronto… ¡blam! Recon vuelve a revivir y ¡hala! a trabajar como fieras.
—Esta vez no fue Recon, como tú les llamas —sonrió Martin—. Schmidt consiguió la noticia hace tres días, cuando estuvo de permiso.
Burns abrió los ojos.
—¿O sea que tropezó con ello por casualidad?
—Exactamente.
—¿Cómo ocurrió?
—Su chica le dejó y él vio que le sobraba mucho tiempo. Entonces se dirigió a su antigua universidad, situada en esa ciudad, y encontró algo muy raro…
Martin procedió a contar lo referente a las fotos y Burns se incorporó, frunciendo el ceño.
—Apatía, ¿eh? Pues no comprendo porqué Tamar emplea seis unidades en esto.
Martin abrió su gaveta, sacó una automática enfundada y la dejó sobre la litera.
—Tal vez no hayan empleado a las seis unidades ahí. Todavía no sabemos qué han conseguido con el asunto.
Burns asintió, se levantó y fue hacia su gaveta.
—Sigo sin ver el motivo.
—Tampoco yo —reconoció Martin—. Pero aquí están. Y deduzco que en cualquier momento pueden surgir conflictos.
Cuidadosamente, Martin sacó de la gaveta un estuche de color oliváceo con dos cables, luego un casco con un ligero abultamiento delante y una cajita blanca de plástico opaco. Lo fue dejando todo sobre la litera.
—¿De qué les sirve volver apáticos a los estudiantes de una universidad? ―continuó Burns―. ¿Y para qué? ¿De qué forma disminuirá eso nuestro rendimiento bélico? Los Tamar no poseen tantas unidades de penetración para permitirse el lujo de realizar tales actos sólo como diversión… —Frunció el ceño—. Y por otro lado, ¿cómo lo han logrado?
Martin se sentó en la litera y empezó a desmontar la pistola.
—Ahora hablas con sentido común.
—¿Cuántos estudiantes hay en esa universidad?
—Más de mil.
—¿Y todos están desalentados?
—Todos los que vio Schmidt.
—Las bolsas de gas —gruñó Burns— debieron llevarse el primer premio esta vez. Siempre intentan cierta clase de alisamiento, o un efecto multiplicador. Algo que supere el hecho de que poseemos mayor número de equipos y gente del que sus equipos de penetración pueden manejar directamente.
Cuidadosamente, Martin procedió a limpiar la pistola desmontada.
—Esta vez han conseguido el efecto multiplicador.
Burns meditó unos instantes, arrugando la frente.
—Sí, supongo que esto encaja con su método habitual. Si pueden, dominan a la gente en posiciones clave. En caso contrario, intentan conquistar o dominar a quien más adelante pueda hallarse en una posición clave. Como aquel lío de la Academia Espacial.
Martin engrasó ligeramente las distintas partes de la pistola y volvió a montarla.
—Desde su punto de vista, aquello fue ideal.
—Seguro. Dominaron a varios instructores seleccionados y les dieron falsa información que ellos, a su vez, trasladaron directamente a los futuros oficiales. Luego, al ser éstos oficiales con mando, habrían cometido terribles errores. Tuvimos suerte de descubrirlo antes de que las cosas pasaran a mayores.
Martin devolvió el arma a la pistolera.
—Sin embargo, el actual factor multiplicador es mucho peor. Aquellos cadetes a los que sabotearon, a pesar del efecto hipnótico de los de Tamar, resultaron afectados en sólo una categoría de sus conocimientos. Pero lo que han hecho ahora no creo que afecte a los conocimientos del hombre, sino más bien a su espíritu. Y cuando muere el espíritu humano, cualquier conocimiento resulta más o menos inútil.
Burns terminó de limpiar y engrasar su propia pistola y, como Martin, empezó a comprobar el funcionamiento de un pequeño interruptor situado justamente debajo del reborde de su casco.
—Sí, lo entiendo muy bien —asintió—. Pero sigo sin comprender cómo lo logran. Anteriormente, al individuo que conseguían dominar lo utilizaban directamente, dándole una orden desastrosa; o si era un instructor, por ejemplo, para impartir nociones falsas. También podían hacerle creer a un sujeto que el gas de sulfuro de hidrógeno tiene un olor terrible, pero no es venenoso. Esa es una noción falsa, pero no abate a nadie. Los de Tamar pueden enseñar falsas nociones diestramente seleccionadas. Y pueden hacerlo sin apartarse demasiado de la rutina general de una universidad. Es posible que nadie se dé cuenta. Pero… ¿cómo enseñan la apatía?
—Lo ignoro.
Frunciendo el ceño, Martin abrió el estuche blanco y sacó algo parecido a un puente dental, con dos brazos de acero inoxidable que sostenían una cápsula de un tono rojo obscuro. Se la metió en la boca, la encajó diestramente en una muela inferior, la palpó con la lengua, movió la cápsula, y la dejó reposar en la superficie de la muela. Luego, cuidadosamente, se quitó la cápsula de la boca.
—No sólo cómo la enseñan —observó—, sino cómo vuelven apáticos a todos los estudiantes de una universidad. Deben de poseer una especie de línea coordinadora de producción en masa.
Martin fue al cuarto de baño, lavó la cápsula en el grifo, la secó y volvió a meterla en la cajita. Al otro lado de la habitación Burns aún tenía la cápsula en la boca, y su rostro mostraba una expresión apenada cuando se la sacó.
Martin volvió a guardarlo todo en la gaveta excepto el estuche con los dos cables, y sacó un traje largo, de una sola pieza, color oliváceo, con guantes y botas bien forradas.
Burns cesó de mover la cápsula en su boca y entró en el cuartito de baño. Su voz llegó al dormitorio un poco amortiguada.
—Cuanto más pienso en ello, menos lo entiendo. El derrotismo se contagia, y pueden haber descubierto la forma de conjuntarlo y fortalecerlo. Pero… ¿con qué método? No hay cursillos de derrotismo.
—Naturalmente, deben de emplear otro nombre.
—¿Cuál?
—No lo he pensado todavía.
Martin se puso el traje, se subió la cremallera y abrochó cuidadosamente los dos conectores de ambos lados. Presionó un pequeño botón situado a un lado del estuche color aceituna, y dos diminutas lentes de un tono verde muy brillante aparecieron en la cajita, indicando que la batería estaba completamente cargada; luego se metió el estuche en un bolsillo del traje, conectó los dos cables a sus enchufes, cerró con la cremallera el bolsillo y procedió a abrochar los dos bloques conectores a ambos lados. En el lavabo, Burns seguía gruñendo sus opiniones respecto a los de Tamar, la guerra y lo que podría ocurrir al día siguiente.
—Tal vez mañana, a esta hora —observó Martin—, tendremos la dicha de saber que todo ha terminado.
—Ojalá no suceda lo que en el último embrollo. —Burns salió del cuarto de baño—. Lo siento, Mart. No quería hablar contigo mientras estabas forcejeando con el traje.
Martin refunfuñó y desenrolló la caperuza, que encajaba perfectamente, sin dejar visible más que dos agujeros para los ojos y otros dos para la respiración.
Cerró las cremalleras restantes, y abrochó los últimos conectores. Luego deslizó la mano enguantada a través del pecho, palpó el conmutador de presión situado bajo la tela, los finísimos cables y las diminutas unidades esferoidales que se juntaban formando una capa debajo del traje. Apretó el conmutador y miró hacia la litera adosada a la pared. Lentamente levantó la mano derecha, llevándosela sobre los ojos. No vio ni la mano ni el brazo. Sintió la presión de la mano sobre el tejido que le cubría el rostro, pero sólo vio la litera.
Dio media vuelta, alargó la mano hacia la gaveta y vio cómo el casco, aparentemente, iba hacia allá sin ningún soporte. Luego, se lo asentó firmemente en la cabeza, sintiendo cómo se juntaban y cerraban los bloques conectores del casco y la caperuza. Cerró la puerta del cuarto de baño, tanteó las puertas con los dedos a través de los guantes de su traje, y contempló cómo la puerta se cerraba sin razón visible. En la parte posterior de la puerta había un espejo de cuerpo entero.
Miró por el espejo, vio la gaveta y la litera de Burns al otro lado del cuarto, cómo Burns se ponía su traje, se subía la cremallera y cerraba los bloques; pero de sí mismo, Martin no vio nada hasta que se acercó mucho al espejo. Entonces distinguió lo único visible en él: dos puntitos negros, las pupilas de sus ojos.
Unos instantes más tarde, Burns se desvaneció y los dos hombres se comprobaron cuidadosa y mutuamente.
—De acuerdo —suspiró Martin—, nada visible.
—Lo mismo en ti.
Martin apretó el conmutador de presión. Casi al instante, Burns apareció de repente. Metódicamente ambos hombres se quitaron los cascos, los guardaron y empezaron a desconectar los bloques. Luego, colgaron los trajes en la gaveta.
Al día siguiente realizarían las mismas operaciones con la pistola, la cápsula, y otros objetos del apartamento.
—Todavía me gustaría saber —murmuró Burns—, cómo actuaron esta vez las bolsas de gas.
—La rueda del tiempo lo revela todo —sonrió Martin—. Aguarda veinticuatro horas.
—Sí —asintió Burns secamente—. Si todavía estamos aquí.

Al día siguiente, el coronel dio un breve discurso a su tropa antes de subir a la superficie.
—Caballeros, hoy tenemos que enfrentarnos con la clase más mortífera de ataque rastrero. Y no obstante, parece relativamente inofensivo. En esta situación existe un peligro que hemos subestimado y no podemos sufrir ninguna derrota. Creo que lo más conveniente es que repasemos brevemente nuestras experiencias anteriores, a fin de estudiar esta situación en su verdadera perspectiva.
Hizo una pausa y miró a Martin.
—Mayor, analice brevemente un ataque típico del enemigo.
Martin reflexionó velozmente.
—Su ataque típico consta de cinco fases. Aparentemente, la primera es un reconocimiento psicológico de fuerzas para decidir las tácticas futuras y comprobar la resistencia de varios puntos clave; para nosotros, tales puntos clave son algunos individuos que, de algún modo, gozan de posiciones sensibles. La segunda fase del ataque es el asalto psicológico para dominar un punto clave elegido. Su forma de lograrlo es un secreto; desde nuestro punto de vista, el individuo atacado experimenta presiones y molestias, tensiones y gran depresión.
Martin se aclaró la garganta antes de continuar.
—Si el individuo rechaza las sensaciones, si las elimina victoriosamente de su mente, si se niega a ceder, el ataque final fracasa o no se lleva ya a cabo. Aparentemente, el enemigo padece cierta lesión psíquica en el proceso, porque después de un ataque infructuoso hemos observado una disminución en las actividades enemigas. Pero si el ataque psicológico tiene éxito, se apoderan del punto clave. El individuo se resquebraja y a partir de entonces el enemigo controla sus acciones. Este control constituye la tercera fase en la que, si se trata de un funcionario gubernamental, adopta decisiones equivocadas, firma documentos fatales, y recomienda cursos de acción erróneos. Si es un profesor, implanta en los cerebros de sus alumnos falsas nociones y enseñanzas nocivas. Estos daños se ven reforzados por el efecto casi hipnótico de la personalidad, no del individuo en sí, sino de la entidad que posee el dominio psicológico.
»La cuarta fase del ataque es el efecto producio por las malas enseñanzas o las decisiones equivocadas, que al amontonarse nos dan la alarma, si antes no hemos observado nada anómalo, enterándonos de algo que ocurre. La quinta fase es la retirada. Nosotros poseemos todo el dominio de este planeta, y evidentemente somos muchos más que ellos. Utilizando técnicas avanzadas de electrónica podemos contrarrestar los ataques enemigos. Éstos inmediatamente se retiran, dejándonos en posesión del punto clave. Tras una breve espera, vuelven a atacar sobre otro punto clave, o sea, contra otro individuo. Mientras tanto, nosotros tenemos que rehabilitar al primer individuo y reparar todo el daño.
»En cualquier momento pueden producirse veinte ataques enemigos simultáneos en el mismo sector, excepto cuando han sufrido un rechazo, en cuya ocasión el número de ataques desciende a la mitad. De estos ataques, algunos nos pasan desapercibidos. El enemigo confía mucho en el disimulo y la ocultación, y a menudo tenemos que reconstruir después la secuencia de acontecimientos.
—Muy bien —aprobó el coronel. Se volvió hacia Burns—. Capitán, ¿cómo reconocen a un punto clave dominado, al individuo que se ha rendido a ellos?
—De dos maneras, señor. Primero, por la serie de incidentes perjudiciales causados todos por el mismo individuo. Accidentes industriales, por ejemplo, debidos a los estudiantes de un mismo profesor. Segundo, por una cualidad peculiar que incita a hablar al individuo cuando explica sus falsas nociones.
—Exacto. Bien, otra pregunta. Martin, ¿hacia dónde van dirigidos dichos ataques? ¿Cuál es el objetivo del enemigo?
—Los primeros ataques —dijo Martin, frunciendo el ceño—, los hacían aparentemente al azar, como los golpes dados por una persona provista de un látigo contra otra en una habitación a obscuras. Pero pronto los dirigieron contra los funcionarios clave del Gobierno, los legisladores y los oficiales de alto rango del Mando Espacial. Luego, los ataques se concentraron contra nuestra tecnología… directamente al principio, atacando a los jefes industriales y a los especialistas tecnológicos, y después indirectamente: a los estudiantes dedicados a estudios industriales. En cuanto al último ataque… —Martin meneó la cabeza—, parece estar dirigido contra todo un cuerpo estudiantil. Aunque, francamente, no entiendo cuál es su objetivo.
—Lo que nuestros enemigos están intentando —asintió el coronel— es encontrar un punto débil decisivo. Pero, como es de esperar, las posiciones clave en el gobierno, la industria y las fuerzas armadas las ocupan usualmente personas acostumbradas a sufrir presiones y dispuestas a resistirlas. Tras los relativamente pocos individuos que han sido dominados, descubiertos y sustituidos, el enemigo ensaya un nuevo plan de ataque. Dirigiéndose contra las universidades conseguirán un efecto multiplicador, aparte de ser un ataque mucho más fácil, aunque los resultados sean lentos en el tiempo. A los nuevos licenciados pocas veces se les concede, de buenas a primeras, cargos de gran importancia. Y las falsas nociones que se les imparten pueden dar como resultado algunos incidentes industriales molestos, de relativa importancia, que, de un modo u otro, sirven para descalificar a sus autores. Por tanto, es necesaria una nueva táctica. Lo que ahora trata de hacer el enemigo es atontar emocionalmente a todo un cuerpo estudiantil. Los golpes anteriores fueron apuntados contra el gobierno y la industria; este último ha sido apuntado contra las emociones de un numeroso grupo de personas.
El coronel hizo una pausa y Martin, por los murmullos de la estancia, comprendió que muchos habían comprendido el significado de la situación.
—Las actitudes —continuó el coronel— son contagiosas. Y básicas. Si a un hombre se le arrebata una herramienta de la mano, encontrará otra. Si un jefe le traiciona, buscará otro. Si le falla la tecnología, hará las reparaciones debidas. Pero si a un hombre se le quitan todas sus ilusiones, haciendo que todo le dé igual… —El coronel dirigió una mirada en torno suyo—. Bien, caballeros, ésta es una batalla que no podemos perder.
Ya en la superficie, Martin y los demás se dispersaron por el parque universitario, como una red invisible de ojos que vigilaban todas las clases y los despachos administrativos, unidos por pequeños transmisores de corto alcance colocados en sus gargantas y receptores en sus oídos. Escuchaban y vigilaban atentamente, hasta que la voz de un sargento llamado Cain resonó en el oído de Martin.
—Mayor, creo que lo he descubierto.
—¿Dónde?
—En el aula veinticuatro del edificio de Estudios Sociales.
Martin situó mentalmente el edificio en el mapa que había estudiado durante el trayecto a la superficie.
—De acuerdo. ¿Qué ocurre allí?
—Dan una conferencia sobre psicología elemental, señor, pero con todos los síntomas del ataque. La voz del conferenciante penetra directamente en los cerebros de los estudiantes. Lo que dice la voz resulta sumamente vulgar, tonto, improcedente. Y hay que luchar contra la voz, lo cual resulta difícil.
—Sí, ahí debe ser. Iremos hacia allá.
La voz del coronel resonó en el oído de Martin.
—Mayor Carney, disponga a sus hombres en posiciones que controlen el edificio de Sociales. Si el tipo intenta huir, lo marcaremos con una píldora de tinta. Usted dispondrá el accidente.
—Sí, señor —respondió la ávida voz del mayor Carney—. Lo atraparemos, señor.
—Mayor Martin, usted seguirá vigilando el resto de los edificios, pero llevará a su escuadra delante del edificio de Sociales. Creo que solucionar este asunto será extremadamente difícil. El sargento Cain saldrá tan pronto como se abra la puerta y aguardará junto a la misma. Usted, el capitán Burns y yo nos cuidaremos del caso.
La puerta del aula veinticuatro del edificio de Estudios Sociales se abrió como si estuviera mal cerrada y el viento la hubiera empujado. El coronel, Martin y Burns aguardaron la cuenta de tres y penetraron allí rápidamente, asiendo cada uno el hombro del agente invisible que iba delante.
A la derecha había hileras de estudiantes sentados. A la izquierda una enorme pizarra y una puerta cerrada. Cerca de esa puerta había un escritorio, y en el extremo más alejado del mismo se hallaba un individuo con expresión omnisciente y una voz que demostraba una mezcla especial de queja, alegría y triunfo.
El coronel, Martin y Burns se apartaron a un lado cuando el profesor dejó de hablar y miró a través del aula, y luego fue con paso decidido a cerrar la puerta de entrada. Cuando el instructor estuvo en la puerta, el coronel abrió camino hacia la parte trasera del escritorio, en el rincón opuesto de la habitación, donde los tres hombres se situaron de espaldas a la pared lateral, a la espera.
El instructor volvió a su escritorio.
Martin examinó brevemente el aula. Todos los alumnos mostraban una expresión embotada, un aspecto terrible, de cansancio o hastío. Muchos parecían hallarse en un trance cataléptico y estaban sentados completamente inmóviles, con la mirada dirigida al frente. El instructor retrocedió, contempló fugazmente unas cifras mal trazadas con tiza en la pizarra, y se enfrentó nuevamente con la clase. Su voz se alzó en un zumbido, como el de la avispa a punto de picar.
:—Ahora —manifestó—, resumiremos nuestras conclusiones.
Se volvió hacia la pizarra y con trazos decididos dibujó un par de toscas líneas horizontales, una encima de la otra. Con la mano levantada, hizo una pausa, y después con un rápido movimiento del brazo trazó el dibujo de otra línea descentrada en forma de huevo, entre las dos primeras. Encima de la línea superior garabateó una serie de signos de restar. Sus movimientos eran bruscos y exagerados, pero Martin observó que nadie de la clase sonreía ni cambiaba de expresión.
El instructor se volvió hacia los alumnos.
—Ésta es la situación humana básica. Aquí tenemos —golpeó el óvalo con la tiza— el ego. Y aquí —golpeó la línea superior—, la repulsión. Aquí —indicó la línea inferior—, la atracción. ¿Y el resultado? —Con trazos rápidos dibujó una flecha que apuntaba hacia abajo—. El ego baja. El ego es impulsado por la repulsión, y absorbido por la atracción. El ego carece de voluntad. No existe la voluntad. Sólo el deseo. El deseo está enraizado en el subconsciente. Nosotros no sabemos nada del subconsciente. Por tanto, el deseo que determina nuestros actos es una fuerza externa, no sujeta a nuestro control. Nosotros no controlamos el deseo. Es el deseo el que nos controla a nosotros. El hombre es una marioneta. El hombre debe alejar de sí toda hipocresía y admitir su falta de voluntad, su falta de alma, su condición inerme. Sólo existe el deseo y nada más que el deseo, el deseo, el deseo, sea de codicia, de lujuria…
La modulante voz se elevaba y bajaba de intensidad, haciendo impacto en cada individuo con un choque que se podía oír, y Martin tuvo la sensación de que se hallaba emparedado dentro de una habitación retorcida, donde todos los muebles estaban volcados, las paredes y el techo se juntaban en ángulos inverosímiles y las ventanas eran de vidrios distorsionados. Estaba asomado a un mundo de locura.
La voz del coronel, lenta y clara, sonó en sus oídos:
—Martin, sáquenle de aquí.
Martin presionó su lengua contra la base de la cápsula hincada junto a un diente inferior. Sintió cómo se elevaba la cápsula, encajando lisamente en el diente superior. Dio un paso al frente.
La voz susurrante proseguía, pero cuando Martin se detuvo a un metro del rostro ligeramente abotargado y cubierto con una película de sudor, y cuando levantó la mano hasta el borde de su casco, apenas tuvo conciencia de la voz. Martin apretó los dientes, sintió cómo se aplastaba la cápsula, se tragó el líquido acre y helado, y echó hacia atrás la palanquita que estaba colocada dentro del borde de su gran casco. Después, concentró toda su mente y su conciencia en el hombre que tenía delante.
Cómo o cuándo sucedió, Martin no lo supo, pero bruscamente tuvo conciencia del cambio de visión. Vio la clase delante de él en vez de a un costado, oyó el aparente cambio en el tono de voz, divisó la leve luminosidad, y pudo ver a través de unos órganos visuales nuevos, diferentes.
A un lado percibió un crujido de cuero y telas.
La voz continuó:
—…ninguna individualidad, y sólo complejidades. La psicología es una ciencia que se desmorona por sí misma, ya que no existe la psique. La psique es una ficción, el alma es una…
Luego, la voz calló de repente, como si aguardara nuevas órdenes.
Martin sintió una presión tranquilizadora en el hombro. Algo le rozó y oyó el rumor apenas perceptible de dos hombres que se llevaban a un tercero.
Martin, mirando a través del desconocido aparato visual, consideró brevemente el susto reservado a la personalidad a la que habían dado la orden de propagar una filosofía tan infecciosa. Naturalmente, lo “rehabilitarían”. Pensó lo que sentiría el individuo cuando, al volver en sí hallara que ocupaba un cuerpo extraño, con el cursillo tan difícil aguardándole. Tendría que hacer un enorme acopio de fuerza de voluntad y superar cualquier clase de obstáculo, sólo para escapar al dolor de la agonía. Tendría que construir lentamente el nervio y la determinación, mediante un ensayo, un fallo, una capa de agonía tras otra, hasta que su personalidad tuviese fuerzas suficientes para vencer el obstáculo final. Esto, a su vez, significaría que era ya bastante fuerte para protegerse contra otro ataque psicológico, y entonces se le podría confiar su antiguo empleo. La personalidad sufriría la amnesia de los incidentes del cursillo, pero le quedarían los reflejos y las actitudes. A Martin, que ya lo había pasado varias veces durante su adiestramiento, no le hubiera gustado la idea de empezar el cursillo con la noción de que el poder de la voluntad y el alma eran mitos innecesarios.
La puerta de la clase se abrió, como si estuviera mal cerrada y una ráfaga de viento la hubiese abierto. Martin aguardó un momento y cerró la puerta.
La clase continuaba inmóvil en sus asientos, esperando que la voz reanudase la conferencia. Martin volvió a la tarima y consideró brevemente el problema. El punto clave estaba en trance de ser rehabilitado, pero había que reparar los daños causados. Lo cual significaba un leve cambio en la presentación.
Examinó a los alumnos, se inclinó hacia delante y concentró en el problema toda su atención. Obediente, la voz resonó con energía. Las trivialidades empezaron a surgir.
—…Sí, la psique es una ficción. Un fantasma. Algo imaginario. Una reliquia del pasado, de las teorías antaño vigentes, algo divertido, pero vago, indemostrable, anticientífico. —Por todas partes, los lápices empezaron a tomar notas, y Martin intuyó la atención del auditorio concentrada en él—. Sí, una simple construcción de mentes precientíficas. Un mito. Una teoría. Sin demostración, aunque útil a sus creyentes. —Los lápices seguían garabateando notas—. Lo mismo que no se ha demostrado la existencia de la voluntad, tampoco se ha demostrado la de un Ser Supremo… pero atención: tampoco ha quedado indemostrada. Estos conceptos son precientíficos, como lo es el sol, y el sol no ha quedado indemostrado. El sol existe.
Los lápices continuaban escribiendo, y los pocos que no tomaban notas, seguían mirándole con la vista muy concentrada. Martin tuvo la impresión de que estaba alimentando a una calculadora con fragmentos de conocimiento, y que la máquina los aceptaba y acabaría actuando de acuerdo con los mismos.
Martin rebuscó en su memoria la primera parte de la conferencia, tratando de rechazar las ideas que le habían hecho pensar que se hallaba en un aula retorcida.
—Sí, el ego es impulsado por la repulsión y absorbido por la atracción. Pero la conciencia esencial del hombre no es el ego psicológico. El ego carece de voluntad. Pero la conciencia del hombre sí tiene voluntad. La voluntad no existe, porque la voluntad no es un objeto. Y no obstante, la voluntad existe.
Cuidadosamente, concentrándose en cada idea por separado, Martin fue repasando la larga lista, extrayendo conclusiones distintas, a fin de contrarrestar las del instructor. Tensamente, fue exponiendo sus ideas.
—El hombre es una marioneta. Su cuerpo se halla dominado por unas cuerdas llamadas nervios. Su cerebro es una máquina calculadora, formada de protoplasma. Visto así, el hombre posee complejidad y no individualidad. Y no obstante, el cuerpo y el cerebro no lo son todo. ¿Cuál es el observador que considera al cuerpo y al cerebro? La idea de un alma es anticuada, sin demostración precientífica, pero tampoco ha quedado indemostrada. Si hay una marioneta, movida por hilos, ¿qué es lo que mueve dichos hilos? ¿Qué explica ciertos cambios felices en el potencial eléctrico que controla la máquina de nuestro cuerpo y la calculadora de nuestro cerebro?
Incansablemente, fue destruyendo todos los anteriores asertos, en tanto el tiempo se iba alargando, y Martin seguía sudando, y los lápices iban tomando notas.
—…A medida que la psicología se convierte en una ciencia, ya no es psicología, pues la psique no existe para los actuales instrumentos de la ciencia. Lo que la ciencia no observa, no es posible archivarlo ni estudiarlo. Pero la psicología aún no ha salido de su infancia. Sus conclusiones son meros ensayos, no finalidades. Su falla en la observación no desaprueba la existencia de la cosa no observada. Un hombre con instrumentos inadecuados puede no detectar una estrella particular, pero la estrella sí está allí. El fallo estriba en el método, no en la estrella…
En algún momento de su discurso, Martin intuyó un cambio. Los lápices tomaban notas obedientemente, las miradas todavía estaban mal enfocadas, pero el aspecto de apatía había desaparecido. Martin comprendió que acababa de desterrar los fundamentos de las anteriores enseñanzas.
Empezó a hablar con más libertad, imponiendo a los alumnos la creencia en un alma, en una voluntad, en un carácter, y en el poder del hombre para luchar y eventualmente dominar los obstáculos. Sabía que, al terminar, ningún profesor de psicología reconocería aquella clase. Pero eso no le importaba. Una ojeada al reloj le dijo que sólo le quedaban unos minutos, pero el auditorio escuchaba atentamente y los lápices escribían con rapidez, y a medida que la manecilla del segundero se iba juntando con la de las horas, un recuerdo le advirtió a Martin que aquella clase debía concluir de una manera especial.
—Bien —manifestó, variando ligeramente el procedimiento—, pronto sonará la campana y todos os sentiréis totalmente despiertos. Saldréis de aquí conscientes de que poseéis un criterio, un poder de elección y una voluntad. Cuando suene la campana, estaréis completamente despiertos, frescos, llenos de energía.
El segundero se alineó con la otra manecilla del reloj. En el pasillo resonó una campana alegremente. Los alumnos se estremecieron, se levantaron y estallaron en un clamor de sonidos y energías. Apresuradamente, el alumnado corrió al pasillo.
Empapado en sudor, Martin se inclinó contra el escritorio. Ahora había que dejar que la explosión de energía se contagiara a los demás. Que la fe y la determinación compitiesen con la apatía, y a ver qué sucedía.
Martin sentía el alivio del que ve el éxito al alcance de la mano.
A su espalda resonó el leve chasquido de un pestillo. Martin recordó la puerta que estaba próxima al escritorio. Dio media vuelta.
Un hombre bien ataviado, de ojos penetrantes, estaba en el umbral, mirando directamente a los ojos de Martin. El joven comprendió que era el director del departamento.
Los dos hombres intercambiaron sendas miradas. El director del departamento no dijo nada, pero su intensa mirada y el sentimiento de una personalidad poderosa y dominante comenzó a dejarse sentir. Bruscamente, Martin experimentó una breve sensación de temor. Allí había un destello fugaz de miedo.
Podía ocurrirle algo siniestro.
La idea se afirmó poco después en su cerebro. El temor se cerró en torno suyo como una cadena de hierro. El corazón empezó a latirle tumultuosamente. Sintió humedad en las palmas de las manos, y las piernas débiles y temblorosas.
El director del departamento sonrió y dio un paso al frente.
En algún lugar en el interior de Martin, hubo la sensación del impacto de un objeto macizo al golpear contra un acantilado de granito. Se produjo la sensación de una tremenda sacudida… pero no ocurrió nada.
Martin siguió mirando fijamente los intensos ojos, enfocando su propia vista en la débil luz que parecía brillar en el interior de aquellos ojos.
Brevemente, una idea asaltó su cerebro: ¿Había sufrido esta entidad, fuera cual fuese, el equivalente del cursillo de rehabilitación a la inversa? ¿Se había visto impulsada a llamar en su ayuda la voluntad y los nervios un millar de veces, o a volver hacia atrás penosamente desde el principio, y volver a rehacer todo el camino? ¿Cuál era el límite de su resistencia?
Martin avanzó, concentrando su mirada en la lucecita débil, muy profunda en aquellos ojos.
De nuevo, experimentó la sensación de un choque mental. Durante un largo momento no ocurrió nada. Luego, se produjo una concesión lenta, pesada.
La luz no se movió en los ojos. Pero la sensación de ataque se debilitó y al fin cesó.
El director del departamento sacudió bruscamente la cabeza y retrocedió. Por un instante, Martin estuvo seguro de haber vencido. Cuando tuvo la certeza de ello, comprendió que se hallaba desequilibrado mentalmente. Volvió a experimentar la sensación de temor. La cadena de hierro imaginaria estaba aún fuertemente apretada contra su pecho.
El director del departamento levantó de nuevo la mirada, siempre con intensa luz en sus ojos. Miró directamente a las pupilas de Martin.
Esta vez, la sacudida y el choque fueron más fuertes. La habitación temblaba a su alrededor.
Martin comprendió que se hallaba sometido a dos presiones a la vez. Una, del hombre que tenía delante, la otra desde lejos. Con un esfuerzo violento de su voluntad, luchó para mantenerse consciente. De nuevo, no ocurrió nada. Pero esta vez la ansiedad aumentó, cada vez más fuerte.
Se oyó de pronto un crujido de telas. Martin, con la mirada acuosa, aunque todavía fija en el hombre que tenía delante, comprendió vagamente que ninguno de los dos se había movido.
De nuevo, se oyó un arrastre de pies.
La presión aumentó hasta que Martin vio a través de un halo rojo. La sangre martilleaba en sus oídos, y no podía respirar. A través de un mar de agonías, luchó para estar despierto.
Luego, algo se rompió.
La sensación de presión descendió hasta una fracción de la primitiva, y luego trató de reafirmarse. Martin respiró hondamente y su visión se aclaró. Rompió la ilusoria cadena de hierro y apartó de sí toda la masa de pensamientos que luchaba por conquistar su cerebro.
Ante él, el director del departamento se tambaleó. Martin le miró fijamente, sin saber qué había ocurrido. Luego observó el cambio en los ojos, como si una personalidad diferente hubiese entrado en el cuerpo.
Hubo una breve compresión de la tela en su manga, cerca del hombro del director del departamento, como si una mano invisible le asiera de manera tranquilizadora.
Martin intuyó que cuando el coronel planeaba un ataque, lo planeaba muy bien. Después de haber agotado al enemigo, el coronel actuaba. Sonrió. Las bolsas de gas habían perdido el tiempo. Y la cosa aún no había terminado.
La razón de su rápido progreso original estaba ya muy clara.
Controlando la fuente del conocimiento psicológico supuestamente válido, el enemigo había conquistado una oportunidad para sabotear la formación de cada estudiante en el curso regular de su educación. Luego, mediante la fuerza combinada de sus erróneas creencias, los individuos saboteaban inconscientemente a otros, aumentando así los efectos.
Con algún tiempo más, la catástrofe habría tenido unos límites insospechados. Pero ahora, utilizando sus propias técnicas, sería posible construir exactamente las actitudes opuestas a las que el enemigo pretendía. Mientras tanto, los instructores previamente apresados tendrían que pasar por el cursillo de rehabilitación. Regresarían con amnesia, pero continuarían fijas en ellos las actitudes y los reflejos. Cuando el último milagro de la hechicería electrónica hubiese devuelto a cada uno de ellos nuevamente su personalidad, el daño quedaría borrado.
Martin apoyó los nudillos sobre la mesa y se enfrentó con los nuevos alumnos que iban llenando la clase. Bruscamente, pensó por un momento en el espadachín de las historias antiguas, y en aquella clase de batallas totalmente diferentes, y miró a su alrededor con una sensación de extrañeza ante el ambiente sosegado, pacífico y armónico. Luego, sacudió la cabeza.
Esto era diferente.
Aunque igual de mortal.
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EN NEGRO DE TODOS LOS COLORES
Neil Shapiro
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Una noción que la SF plantea a menudo es la de que la telepatía, en un mundo atormentado como el nuestro, distaría mucho de ser una ventaja. Esta es la historia —en la que el aficionado al género detectará fácilmente la influencia de Cordwainer Smith— de una joven e hipersensible telépata, aislada en su urna espacial, que un día se rebela contra su angustioso confinamiento.

Se llamaba Cinnabar y giraba en órbita geoestacionaria a trescientas millas sobre un profundo océano. Dormía como había dormido durante cien años. Pero no aguardaba besos, ni a un príncipe, ni esperaba vivir feliz después. Le bastaba saber que sólo debía vivir cuando era necesario. Pero ni siquiera esto la hacía feliz —a la sazón, nada lo hubiese logrado—, aunque le hacía más llevaderas las horas en que despertaba el saber que el sueño, como breves asaltos de muerte, la esperaba como un bálsamo curativo, consolador.
Estaba muy hermosa en su sueño. Sus largas trenzas color castaño estaban dispuestas artísticamente de modo que parecían vivas y ondeadas por el viento. Tenía las piernas delicadas, bellamente cruzadas, y cuidadosamente descubiertas. Sus mejillas estaban enrojecidas y sus manos permanecían cruzadas sobre el pecho. Flotaba, en su sueño, en una cripta transparente; era como si su belleza irradiase en torno suyo. Al principio, el Instituto pretendió encerrarla en un ataúd grueso y opaco, bajo tres escotillas bien cerradas, cuya combinación sólo ellos conocieran. Luego, en cambio, se decidieron por esta exhibición giratoria, rotativa. Tal vez hubiera sido distinto de ser ella fea. Pero de haber sido fea, o sólo pasable, seguramente no se habría podido contar ninguna historia suya.
Estaba condenada a ser exhibida, a ser utilizada; a ser simplemente Cinnabar.
¿Condenada? Sí, condenada, ciertamente es ésta la palabra.
La gente que estaba enterada de su existencia, que contaba con ella para sus planes, tenía una leyenda respecto a la joven. O tal vez sólo fuese un chiste verde. Decían que un día las estrellas volarían hacia su ataúd para despertarla, y que sería violada por el Sol. Pero esto era sólo una broma; a la gente le encanta hablar poéticamente, aunque sea sobre algo que no debe mencionarse.
Cuando el capitán estelar Lync Harley la despertó, Cinnabar llevaba durmiendo al menos cien años. Es posible que de haber sabido que volverían a necesitarla, hubiese escogido o buscado una muerte permanente. Una de las pocas cosas que le impedían enloquecer era la creencia de que en alguna ocasión podría dormirse sin que la necesitaran, y ya no despertaría jamás. Quizá fuese sólo una idea suya, engañándose en beneficio ajeno. Aunque también pudiera ser que no estuviera totalmente en sus cabales.
Lync Harley, no obstante, era un hombre muy cuerdo. Tenía que serlo, pues la cordura era la principal calificación para su labor. No es posible que un capitán estelar esté.loco; no, si se le quiere volver a ver después del primer lanzamiento.
Sus servidores robots, que formaban su tripulación, despertaron a Cinnabar con la aplicación de sesenta drogas y veinte aparatos, y después la llevaron al camarote del capitán. Se asegura que Cinnabar vertió cuatro lágrimas cuando comprendió que estaba despierta, y no pronunció una sola palabra en muchas horas. Pero esto no es seguro, pues la noticia procede de un robot de muy escasa confianza. Aun así, todavía se discute en el Instituto respecto a las causas y los efectos, y también sobre la propia Cinnabar. Pero ni siquiera las discusiones presagian acuerdo o creencia, en uno u otro sentido.
Cinnabar se sentó delicadamente en la butaca tapizada, situada delante del escritorio del capitán estelar Harley. No habló ni sonrió. Pero tampoco le desairó; lo cierto es que raras veces sonreía. Hay que ponerse en su lugar: sabiendo que de nuevo iban a utilizarla ¿cómo podría sonreír?
Lync se dio cuenta de que era muy hermosa. Pero esto no influyó en él; había visto y amado a más chicas bellas de las que podía recordar. Para él, en aquel momento, Cinnabar apenas era algo más que un instrumento.
—¿Sabes? Eres casi una leyenda —dijo el capitán estelar, con tono casual.
Cinnabar le miró desde su asiento, dejando de contemplar sus manos cruzadas sobre la falda.
—Lo sé —asintió—. ¿Qué versión prefiere? ¿La que afirma que estoy loca o la que dice que sólo estoy enferma? ¿O quizá le gusta más aquella en que se asegura que soy la reencarnación de la Virgen María, aunque sin hijos?
Harley se sonrojó, pues no estaba acostumbrado a los sarcasmos.
—No he pensado mucho en el asunto —replicó—. Claro que sé muy poco de ti, aunque haya leído las explicaciones científicas.
—¿Científicas? — repitió ella.
—Sí, claro. Tus genes. ―Harley se preguntó vagamente si volvía a enrojecer.
—Genes… —repitió Cinnabar—. Claro, los genes. —Se echó a reír, y su risa sonó penetrante aunque armoniosa—. Los genes… —susurró más para sí que para Harley—. “Doble, doble, telaraña y agorero; arde el fuego y hierve el caldero”.
Ahora había una sonrisa en su rostro. Lync no supo qué contestar y por tanto ignoró la observación.
—Eres una telépata —dijo en cambio—. La, única, la primera, tal vez la última.
Ella volvió a interrumpirle.
—Telépata… —La risa volvió a alegrar su voz. Pero Harley no logró adivinar si se burlaba de él o de sí misma—. “Telépata, ojo de lagartija y pata de rana; ala de murciélago y lengua de perro”.
Harley estaba confuso y lo dio a entender. Peor aún, comprendió que lo había dado a entender con su expresión. Eso le puso aún más nervioso. La joven murmuraba tonterías. Y él no creía en tonterías.
—Shakespeare —aclaró ella—. Macbeth. ¿Cómo son tus manos, capitán?
—¿Te encuentras bien? —inquirió él—. Puedo poner a tu servicio la enfermería de la nave. Me dijeron que tú estarías…
Calló de repente y le pulsó un párpado.
—Estaría… ¿cómo? —preguntó ella suavemente.
Lync trató de dominarse.
—Un poco inquieta…, nerviosa tal vez.
—Nada puede enervarme —negó ella. Ya no reía; lo mismo podía no haber reído nunca—. Porque todo puede herirme. Si tu vida es fuego, las llamas no pueden ya quemarte ni los calderos escaldarte.
Calló un instante, y a él no le gustó su silencio.
—Dime —le preguntó Harley—. ¿Qué se siente, siendo como eres tú?
Cinnabar pareció sorprendida y lo demostró, como hacía con todas sus emociones.
—Eres el primero que me hace esta pregunta, de modo que te contestaré. Me siento mal, muy mal. He leído los libros antiguos y preferiría el infierno a mi vida actual. Puedo explorar en las mentes y todas son iguales.
Tenía los ojos apartados de Lync, y eran como luces azules.
—Es como vivir con un millón de aves cantoras. Cada canto individual es bello a veces, ya en tono alto, ya en tono bajo. Pero en conjunto, todos a la vez, resultan muy penosos de soportar.
—¿Y mi mente?
A Lync le sorprendió su propia pregunta. Sin embargo, le parecía importante saber qué clase de canción estaba entonando.
—Tú tienes el sabor de la muerte y el temor. Tu mente es como un estigma. Pero yo puedo estar contigo durante un corto período sin volverme más loca de lo que estoy. Sólo cuando hay mucha gente me siento morir. Por favor… —su voz era casi inaudible—, ¿no podríamos hablar de otra cosa?
Harley buscó las palabras.
—Se supone que he de instruirte —dijo al fin.
—Entonces instrúyeme, capitán. Todos tenemos que seguir tus órdenes. A veces, no obstante, me gustaría convencerme de que soy más importante que una serie de órdenes. Incluso las más capitales.
El capitán Harley veía que la joven se hallaba terriblemente desconsolada y que prefería estar sola. Pero, pensó él, una vez dadas sus instrucciones, ella desaparecería por el resto del viaje. Al menos, hasta que la necesitaran.
—Nos han destinado a entrar en contacto con una raza casi humanoide en Beta Lira III. Mejor dicho, te han destinado a ti. Y me han ordenado que te ayude.
—¿Cómo son? —quiso saber ella.
—Altos y delgados. Sus rasgos faciales no son tan prominentes como los nuestros, y no llevan ropas.
—Pero… ¿cómo son? —insistió Cinnabar, subrayando la última palabra.
Parecía más animada, interesada, como un cincel puede estarlo en un bloque de mármol. O el mármol se deja tallar o se le destruye.
—Bien…, según los relatos de los exploradores, tienen dos civilizaciones viables, que existen paralelamente. Una está altamente mecanizada, con todos los trucos y trampas que eso implica. La otra es más natural; todas las ciudades se hallan construidas al lado de un bosque. Por lo visto, dichos seres pasan la primera mitad de su vida en las ciudades, y la otra mitad en el bosque. Sí, una idea bastante idílica.
—¿Por qué me necesitan, capitán?
Tal vez fuese una simple pregunta, pero ella la pronunció como una acusación. Si lo es, pensó Harley, es porque se imagina que la he escogido por mi propia iniciativa.
—Se niegan a entrar en contacto. Han asesinado a todos los equipos regulares de contacto que les hemos enviado. Es la raza más xenófoba y salvaje que hemos encontrado. Pero una parte de ella está a punto de descubrir un impulso estelar propio; por consiguiente, hemos de ponernos en contacto con ellos y obligarles a ingresar en el Instituto de los Mundos.
Las últimas palabras fueron pronunciadas con un sonsonete, como si estuviera recitando mecánicamente un informe oficial.
—No los han asesinado, capitán —replicó ella—, sólo los han matado. Los humanoides de las distintas especies no pueden asesinarse entre sí. —De pronto, su voz se tornó dura—. Bien, voy a retirarme. Ya hablaremos más tarde.
Se dirigió a la puerta y, al pronunciar las últimas palabras, la cerró tras de sí.

De acuerdo con su costumbre, Cinnabar empezó a trabar conversación con algunos de los robots complementarios de la nave espacial. Naturalmente, no esperaba que los robots se mostraran fríos, lógicos, reservados y despegados, pues con ella siempre eran cálidos y emocionales, le hablaban y la consolaban. Esto habría asombrado a sus constructores, pero Cinnabar lo daba ya por descontado.
Habló con uno de los robots más viejos, cuya superficie metálica ya no relucía. Se llamaba Cuatro, número bajo y distinguido.
Cinnabar gozaba rodeada de robots, particularmente con los que eran como Cuatro. Sus pensamientos eran como diminutos cubitos de hielo que recorriesen su cuerpo, enfriándolo de sus fuegos.
—No entiendo —murmuró Cuatro— por qué no subes tres cubiertas, atraviesas dos pasillos, entras en el lavabo principal y te abres las venas.
—No lo entenderías —repuso ella gentilmente—. Soy capaz de engañarme, diciéndome que la vida tiene algún significado.
—Sin embargo —replicó Cuatro—, si no puedes vivir entre los de tu propia raza, ¿por qué vivir?
Cinnabar se agachó y recogió un pequeño robot limpiasuelos. Este chirrió y engarzó sus largos sensores, semejantes a patas, en torno a las muñecas de la joven. Intentó acariciarle el brazo, como una gatita que le lamiese la cara.
—Hay varias razones —continuó Cinnabar, volviendo a dejar el robot limpiasuelos en el piso—, y además puedo vivir; lo he demostrado. Tengo mucho más de cien años, y eso constituye todo un récord.
Cuatro volvió a exhibir la lógica inherente a su carácter:
—Eso no cuenta; has estado durmiendo más de cien años.
—Si fueses telépata como yo, sabrías lo que digo. Si de más de cien años he estado despierta veinte, ¿cuál es la diferencia? Para una telépata, veinte años son más que cien. Soy vieja y lo sé. Los viejos empiezan a temer a la muerte. Esta idea ha hecho presa en mí y a veces sé que preferiría el fuego y la muerte a la nada. Pero nunca cuando siento arder el fuego en mi interior.
Durante un momento, Cuatro calló. Era obvio que intentaba pensar con ideas profundas, distintas a las de los robots.
—¿Puedes leer mi mente, Cinnabar? —preguntó al fin con voz metálica.
—Sí.
—¿Es tan terrible para ti como las de tu raza?
—Sólo en los momentos como éste, en que tratas de pensar como los hombres. En las demás ocasiones, tus pensamientos son claros, como tornillos pulimentados y engranajes relucientes.
—Lo siento —se disculpó Cuatro—, no volverá a ocurrir. A veces me pregunto si poseo una mente.
—¿Qué clase de hombre es el capitán? —quiso saber de pronto Cinnabar.
—Según el modelo de los capitanes, éste es más meticuloso que algunos y menos que otros. ¿Por qué lo preguntas?
La joven apartó de sus piernas los diminutos robots y contestó:
—Porque, en mis más de cien años de vida, no he conocido a otro como él. Sus pensamientos, aunque penosos y flamígeros, poseen una nueva dimensión.
—Cuando duermes —inquirió Cuatro—, ¿has tenido algún sueño aislado?
—No lo sé. ¿Y qué importa eso?
—Prefiero no decirlo. Tal vez esté calculando erróneamente. Pero yo jamás he observado nada raro en nuestro capitán.
—Supongo que tampoco yo. Pero al cabo de tanto tiempo, tengo derecho a albergar esperanzas. Tal vez sea diferente y yo pueda vivir con él. Quizá sus pensamientos no quemen tan profunda y dolorosamente como los de otros. —Su voz cambió de un tono voluntarioso a un humor macabro—. Incluso podría darme un motivo para estarle agradecida: podría matarme.
—A veces —concluyó Cuatro— tu falta de lógica emocional es casi calculable.

El capitán Harley, en su consejo de guerra, no pareció estar tan obsesionado con su culpabilidad como con su inocencia. Su defensa, o la carencia de ella, no fue el más fructífero de sus empeños, y ante la misma se produjeron diversas reacciones. Como dijera Vanessa Insoul, comandante del Instituto de los Mundos:
—El hombre era un animal. No necesitaba órdenes; necesitaba una ética personal. Y resultaría ridículo insinuar siquiera que la falta no es del hombre. Pues no podría achacarse a nada ni a nadie más.
Sobre esto, no obstante, hubo diversidad de opiniones, como la expresada aquel mismo día por una tal madame Jousey, también comandante del Instituto, que nunca dejó de creer que:
—Harley actuó de acuerdo con unos impulsos y deseos que pueden hallarse en cualquier hombre, aunque sean comprendidos por muy pocos. Que le hayamos procesado es algo peor que una injusticia. Es una parodia. Claro que también lo es el universo…
Sea cual fuere la opinión más correcta, la historia sigue siendo la misma, cambiando solamente la moraleja. Aunque no es completamente imposible que una misma historia tenga dos moralejas diferentes; lo cual resulta a veces muy interesante.
Pero todo esto sólo concierne de manera periférica a lo que estaba sucediendo en las regiones del espacio cercanas al Cisne, donde las estrellas no tienen nombres conocidos, y de donde todavía no existen mapas completos. Era un lugar adecuado para el primer movimiento, no fuera de toda civilización completamente, pero tampoco en el centro de ella.
Harley invitó a Cinnabar a compartir con él su cena en el camarote, para lo cual no existe una explicación lógica. El capitán sabía, o debía haber sabido, cuáles son los peligros de la confraternización. No podía saber adónde le conduciría esa acción, pero esto es una pobre excusa. Hay que achacarle culpas a Cinnabar de aceptar la invitación, pues se conocía mejor que nadie. Pero ahora las recriminaciones ya no sirven de nada.
Lync estaba sentado a un extremo de la larga mesa, y Cinnabar al otro. Como un rey y una reina medievales, ninguno de los dos confiaba en que el otro no envenenara la comida, pero no deseaban comer solos.
—¿Qué has hecho todo el día? —se interesó Lync.
—He hablado con los robots —respondió Cinnabar—. En esta clase de viajes suelen ser muy amables. Y en esta nave hay, en particular, uno que me ha parecido de los mejores ejemplares de su especie. Un poco frío al principio, pero he acabado por conocerle desde el primer tornillo al último engranaje, como podría conocerle todo aquel que deseara perder el tiempo en ello.
Harley sonrió.
—No creo que el esfuerzo valga la recompensa.
Cinnabar atrajo hacia sí la bandeja con las manzanas y mordió una lentamente. Sentía la mente del capitán a su alrededor como una cálida presencia. Para ella era una nueva experiencia, aunque también sabía que pronto cambiaría, y volvería a sentirse chamuscada.
—Los hallo tranquilizantes —explicó—. No tienen ideas, en realidad, sino algo diferente. Sí, son… distintos.
El capitán volvió a llenar su copa de vino. Parecía estudiar el reflejo de la superficie del líquido.
—Supongo que los robots son más fáciles para ti que los humanos.
La joven tomó estas palabras como una pregunta.
—Sí, en efecto. En esta nave hay veintidós robots. Si tuviese a mi alrededor igual número de personas me volvería casi loca.
—Podrías soportar a una sola, ¿verdad? Soportar y comprender sus pensamientos…
En cierto sentido, esta pregunta la pilló desprevenida. La joven comprendía la dirección general de los pensamientos del capitán, pero había esperado que no los proclamara abiertamente, puesto que no sabía qué debería contestar. Leer en las mentes, o mejor aún, conocer los pensamientos de los demás, no siempre le procuraba la respuesta más acertada. Y como había pasado casi toda su vida durmiendo, nunca había podido desarrollar el arte del disimulo hasta las magníficas alturas de la mayoría de individuos.
—Sí, puedo soportar a una. Por favor, no tomes esto personalmente, capitán. En el pasado descubrí que los hombres del espacio poseen una mente más fresca, más limpia. Pero tú sigues siendo humano.
Harley se puso en pie y se dirigió hacia ella. Se situó detrás de la joven, colocando levemente las manos sobre sus hombros.
—¿Humano? —repitió.
—Si ahora pudieras leer en tu propia mente, sabrías a qué me refiero —repuso ella.
—¿Por qué?
—Por favor, déjame tranquila. He de retirarme de nuevo. Esto ha durado demasiado. Sí, demasiado. Siempre ha sido así y siempre lo será. Disculpa.
Cinnabar se levantó y Lync apartó las manos de sus hombros. Parecía enfadado.
—¿Cenarás conmigo mañana por la noche? —quiso saber.
—No lo sé. Tal vez… o tal vez no. Quizá mañana ya estemos muertos. Podemos chocar con una estrella.
—No tendremos tanta suerte. Mañana estaremos vivos y más próximos a nuestro objetivo. Aunque quizá también la comida sea mejor.
—Quizá —asintió ella, marchándose del camarote.

A la tarde siguiente, Cinnabar aún no había decidido si cenaría o no con el capitán. En realidad, lo que debatía consigo misma no era si mostrarse o no cortés, sino si debía situarse en un plano de dolor. De haber sido sólo cuestión de cortesía, no habría cenado con el capitán. Lo contrario a la cortesía es el instinto. Lo primero se aprende y Cinnabar, claro está, no lo había aprendido.
Fue en busca de Cuatro para pedirle consejo.
—No sé si debo aceptar la invitación o rechazarla —le dijo al robot―. Si la acepto, ello me causará dolor, y si la rechazo se lo causaré a él.
Cuatro reflexionó largamente, proceso que le llevó una milésima de segundo.
—Depende de cuál sea tu instinto dominante —respondió—, si el de la propia conservación o el gregarismo.
—Exacto. Y no sé cuál es más importante. En realidad, no me importa mucho el instinto de conservación. Pero ignoro si me gusta lo suficiente la gente como para decidirme por el gregarismo.
—¿Hasta qué punto te gusta la gente? —preguntó el robot.
En su calidad de máquina era muy importante para él clasificar y reunir datos, archivándolos en su banda de memoria. Por tanto, no era, por su parte, una verdadera pregunta.
—Bueno, me gusta en teoría, pero en la práctica no tanto —contestó Cinnabar, lenta y deliberadamente.
—Tendrás que decidir por ti misma. No poseo suficientes datos para calcularlo por ti. El capitán puede desear tu presencia en su mesa por diversos motivos. Puede querer hablar contigo, escucharte, vigilarte, molestarte, o cualquier combinación de aproximadamente trescientas cuarenta y una acciones.
—Oh, maldición… —se quejó Cinnabar, pero con distinción—. No sé qué hacer. —Volvió a hablar medio en susurros—. “Cuan mezquinos, rancios, llanos e inútiles me parecen todos los usos de este mundo”. Eso es de Shakespeare. Hamlet.
—Dime —se mostró intrigado Cuatro—, ¿quién es ese Shakespeare al que continuamente estás citando? Al principio pensé que sería algún viejo comandante del Instituto, pero el índice central no contiene ninguna referencia respecto a él.
—¿Ninguna referencia? —se extrañó Cinnabar.
—Sí a sus obras, pero no al hombre.
—Oh. Fue un escritor muy popular en los tiempos antiguos.
—No sabía que fueras estudiante de historia.
—No lo soy.
—Entonces, ¿por qué has leído sus obras? —preguntó Cuatro, con voz debidamente modulada para expresar una curiosidad razonable.
Cinnabar calló y respondió de modo muy distinto a lo que cabía esperar de la pregunta:
—Somos iguales. Los dos estamos atrapados en las mentes de los demás, en sus emociones. Ambos andamos por el mismo laberinto.
—Ya —asintió Cuatro—. A veces lo siento por ti. Y si no lo siento, mis circuitos quedan un poco alterados, al menos.
Cinnabar colocó sus delgados brazos sobre las placas que formaban los hombros del robot.
—Cuatro, no sé qué haría sin ti y los de tu raza. ¿Con quién podría hablar? Seguramente te resulto muy pesada y molesta.
—¿Pesada? —Cuatro imitó una carcajada humana. Fue una buena imitación—. Al contrario. “Por ser tu esclavo, ¿qué puedo hacer sino atender las horas y los tiempos de tus deseos?”. Shakespeare, mi querida Cinnabar. Soneto cincuenta y siete.

Finalmente, la muchacha decidió aceptar la invitación del capitán. En aquel momento, hubiera sido mucho mejor para ambos que la nave se hubiese hundido en el negro corazón de una estrella de neutrones. Aunque esto no es más que una opinión y los demás pueden no estar de acuerdo.
—Adelante —invitó Lync, y ella se sentó en el extremo de la mesa. Torpe, tímidamente—. ¿Por qué no te acercas? —preguntó Lync, frunciendo el ceño—. Estar más próxima a mí no afectaría tu condición, ¿verdad?
—No. —La joven se afirmó más en su sitio—. No quiero. Como dije, puedo resistir los pensamientos de una sola persona.
—Dime —quiso saber Lync—, ¿qué piensas de las estrellas?
—Que están muy quietas en la lejanía —repuso ella—. A veces tengo sueños cortos cuando duermo. Sueño que estoy despierta, pero que sigo flotando entre ellas. Luego se transforman en diamantes helados y brillantes, diseminados a mi alrededor como granos de arena, de preciosa arena. Las veo en mi sueño girando siempre a mi alrededor, arrojando chispazos de colores contra las paredes de mi encierro de cristal. Pero ese sueño nunca termina dichosamente. Las estrellas giran demasiado de prisa, demasiado tiempo, y los colores se cambian en fuego líquido que avanza hacia mí y me baña en su calor. Yo… —miró fijamente el plato de comida que tenía delante—. Lo siento, capitán. No quise desvariar. Ya me dominaré.
—No, así estás muy bien. Nadie puede dominarse hablando de las estrellas, y aún menos mientras viaja entre ellas. Sí, también a mí me afectan las estrellas, a pesar de conocerlas desde hace mucho tiempo. Son silenciosas y misteriosas; pero yo no veo fuego en ellas. No me permiten averiguar nada de ellas. A veces… —su voz sonó forzada y sus ojos abandonaron los de la muchacha—, a veces pienso que soy un hombre solitario.
—¿Solitario?
—Sí, en cierto modo. Tú y yo somos opuestos. En medio de una multitud, tú estás incómoda al sentirte apretujada por todas partes. Pero en medio de una muchedumbre yo no siento a nadie. Por mucha gente que me rodee.
—En realidad, el resultado es igual para ambos —filosofó ella—. Debes de ser un hombre muy resistente, ya que al menos sigues con vida. Nunca duermes durante años y años de un tirón. Esto debe de ser horrible, me refiero a no disponer de una escapatoria.
—No soy resistente ni fuerte —rechazó él—. De nosotros dos, probablemente tú seas la más favorecida. Yo sólo sigo viviendo, sin hacer nunca más que lo que ya hice antes.
—Es raro —reflexionó ella—. Cuando hablas así, tu mente parece casi musical y se funde con la mía. Esto no me había ocurrido nunca. Y no sé qué pensar.
Sus ojos se encontraron un breve instante, y luego se apartaron de nuevo.
—Bien, vamos a comer. La comida se está enfriando.
—Sí —asintió Cinnabar—, se está enfriando.
La nave era del modelo más nuevo. Poseía cierta belleza, aunque tenía la forma de una lombriz ciega. Sinuosamente larga, sin parte delantera ni trasera, se abría paso hacia las estrellas a una velocidad relativamente lenta, como una verdadera lombriz.
Como una lombriz molesta, que ingiere y excreta la tierra a su alrededor, la nave se movía por el universo, curvando y formando el entorno. Cambiándolo, enriqueciéndolo, viviendo de sus energías, succionando la mayor parte de las mismas que hallaba al frente, y dejando atrás los restos.
En la lombriz había un ojo, un ojo ciego.
En el morro de la nave se hallaba el salón, su ojo ciego. Donde el casco de la nave era como de cristal, al principio de la zona donde siempre cambiaba el universo, donde siempre estaba siendo remodelado, donde la velocidad de la luz quedaba transformada de un sueño a un avance de tortuga. Donde las estrellas parecían bailar.
Butacas muelles y divanes blandos tapizaban el interior del ojo, tres o cuatro a lo largo de cada pared del salón. Lync y Cinnabar se sentaron juntos en un diván. La nave avanzaba hacia las estrellas, distorsionándolas, transformándolas a su paso. Las luces multicolores de las estrellas se reflejaban en sus ojos.
—Los pensamientos… —meditó Cinnabar—. Los colores son como deberían ser los pensamientos, aunque jamás lo son.
—A veces —repuso Lync— pienso que así es como son realmente las estrellas, y que el hombre las cambia en su mente a fin de poder comprender sus imágenes.
Cinnabar miró la mano del capitán, que se apoyaba ligeramente en su brazo. Luego, volvió la mirada hacia el espectáculo de las curvadas estrellas.
—Tus pensamientos —murmuró— se hallan próximos a esto —indicó las estrellas, los fuegos artificiales, las espirales—. O es que yo estoy sintonizada contigo.
Lync se volvió hacia ella y sonrió. Su rostro arrojaba una sombra sobre Cinnabar, de modo que los colores no la iluminaban.
—Creo que yo tengo una inteligencia propia —la voz de Lync era baja, pero vibrante—. No sé leer los pensamientos, pero sí puedo ver tu mente. Y le echo la culpa —con el gesto señaló el universo— a esto.
Cuando ella habló, su voz sonó dura y apartó la cara para no tenerla ya debajo de la de él.
—No bromees con esto. Tú ignoras cómo es.
El capitán abandonó el diván y presionó las palmas de sus manos contra una sección del cristal. Era como si intentara retener todos los colores que iluminaban el exterior de la nave.
—Tus pensamientos —musitó ella, inciertamente, moviendo las manos a ritmos diferentes— no lo pregonan. Pero no importa que lo digas o no. La respuesta es no, no puedo hacerlo de ningún modo.
—Tengo que preguntarlo —dio media vuelta, de cara a Cinnabar, viendo su perfil contra los colores—. Al menos, tengo que intentarlo.
La joven se apartó de él, de las estrellas, y ocultó el rostro entre las manos.
—No quiero escucharlo, por favor.
—Tú y yo tenemos todo el universo por delante. No tenemos que ir a Beta Lira III, ni a cualquier otro lugar donde puedan utilizarte. Yo sé cuan penoso es esto para ti. Oh, no puedes rechazarme, sería una locura.
—Entonces, estamos locos. No puedo huir, Lync. Jamás aprendí a huir. Oh, ya es demasiado tarde para aprender.
Le miró con expresión atormentada, suplicante. Lync pasó una mano como acariciando el cristal, dejando en el mismo un reguero de humedad.
—Puedo obligarte, claro. La nave aún está bajo mi mando. Puedo ponerla en la dirección que quiera.
Por las mejillas de Cinnabar iban resbalando las lágrimas. A la luz de las estrellas relucían como diamantes multifacéticos, de muchos colores, de mucha luz.
—No, Lync. No sigas. No resultaría bien, no podría resultar bien. Lo sé.
Lync se apoyó en la pared de cristal. El reflejo de los galones dorados de sus charreteras ascendía hacia su semblante, como unas manos fantasmales, macabras.
—No te obligaría, aunque pudiera —replicó—. Escúchame, para nosotros sólo queda un camino: el mío. Si esperamos demasiado, no se nos presentará otra oportunidad. Y volverán a utilizarte. Mientras duermas, yo envejeceré y moriré.
La joven se enderezó en su asiento, muy apretada contra el diván. Tenía los ojos cerrados. Las danzantes luces multicolores sólo encontraban sus párpados.
—Estoy ciega —murmuró, y nuevas lágrimas resbalaron por debajo de sus párpados—. Ellos me han hecho así. Y yo he de seguir viviendo como siempre. Nunca hice otra cosa. Tus pensamientos son como la seda contra la piel, pero a mí me aguarda un destino mucho peor. Un destino que no puedo eludir. No espero que lo entiendas, pero has de respetarlo. Sin embargo, no olvides nunca que yo desearía irme contigo. Oh, sí, lo quiero…, pero no puedo.
Cuando Lync habló fue como si no creyera en nada: ni en lo que había oído, ni en lo que había visto, ni en todo el universo de luz.
—No, te obligaré —repitió—. Te encerraré entre las mamparas de esta nave y te llevaré a un lugar de vida, a nuestra vida.
—No lo harás —replicó Cinnabar. Había abierto ya los ojos y los tenía secos—. No puedes.
Fuera, a cada lado del gusano, las luces danzaban y ardían. Las estrellas se superponían como llamas líquidas, como hielo fundido, como tierra inundada. Lync rodeó con un brazo la cabeza de la muchacha y se inclinó hacia ella. Se encontraron sus ojos, sus labios, sus cuerpos.
—No puedes —murmuró ella, suavemente—. Conozco demasiado bien tu mente. Tus pensamientos son excesivamente cristalinos, blandos, azules y humanos. Obrarás según tu deber.
Lync se sentía como una marioneta bailando al extremo de un cordel. Lo sentía sin saberlo.
—De acuerdo —se doblegó—. Seguramente tienes razón. No podemos huir, ni siquiera juntos. De lo contrario, iríamos demasiado lejos, demasiado aprisa, demasiado tiempo. Nos extraviaríamos cuando cayera uno de nosotros.
Volvió a besarla. La joven sentía la mente de Lync como arropándola por completo.
—Pronto todo habrá concluido —susurró ella—, demasiado pronto. Lo sé, puedo asegurarlo.
—No —refutó él—. Estaremos juntos tanto tiempo como queramos, como lo necesitemos.
—Sí, estaremos juntos nuestro tiempo —asintió ella—. Si el tiempo lo permite.
La miró a los ojos y éstos reflejaron todos los colores del amanecer.

Beta Lira III. El nombre surgía de la lengua; las letras parecían dispuestas para ser pronunciadas: Beta Lira III, con una ignorancia interna. Relacionada en el efemérides como semejante a la Tierra, lo cual era una buena broma. Semejante a la Tierra sólo significaba que el suelo, el cielo, los árboles, los animales, los insectos y el clima no se unían en una colmena de mentalidades para matarte conscientemente. Pero cada cosa intentaba hacerlo por separado. La supervivencia era difícil, pero al fin y al cabo, ¿cuántos podrían sobrevivir en la Tierra, sin la ventaja de sus controles ambientales?
Esto ya era malo en sí, pero además estaban los nativos. Los nativos pueden poseer toda clase de prácticas para recibir a los visitantes extraños, y algunas pueden ser fatales. Y la tarea de Cinnabar consistía en descender al planeta y entrar en contacto con ellos. Ya sabemos qué le parecía su labor. Cuando se utiliza un instrumento con mucha intensidad durante largo tiempo, poco antes de que se rompa ya sólo puede servir para esta tarea. Si es sensible, incluso puede desear ser utilizado.
Lync se quedó en la nave, siguiendo una órbita circular a cien millas por encima de Beta Lira III. Cinnabar descendió con una nave espacial a la superficie del planeta para comenzar a instaurar los primeros canales de comunicación entre dos razas, como cortesía de todos los buenos genes que ella poseía. Aterrizó entre una de las selvas y una de las ciudades, cosa que le pareció lo más lógico. Aguardó.
Nada.
Luego, decidió que ya era hora. Y gritó mentalmente. Era telépata, pero también sabía hablar con el cerebro. Nunca había intentado mantener esto en secreto ante Lync, aunque tampoco había hallado motivo alguno para mencionarlo. Y, naturalmente, él no se lo había preguntado.
Si alguien dice: “Soy telépata”, la respuesta natural, la respuesta usual es: “Demuéstralo. Lee en mi mente”. ¿Cuántas personas le dirían a un telépata: “Demuéstralo; dime algo”? No muchas. La gente sólo suele vivir con una serie de ideas en la cabeza.
―¡Amigo! ¡Amigo! ¡Amigo! —gritaba Cinnabar, mentalmente—. ¡Ven! ¡Habla! ¡Amigo!
Símbolos cortos, no palabras, sólo ideas.
La otra parte de su cerebro iba escudriñando a su alrededor, sin el menor esfuerzo por su parte. Sentía su mente girando y retorciéndose, dispuesta para recibir otros pensamientos, otros seres. Había algo fuera, un pensamiento interrogador, asiéndose a los tentáculos hallados en su propia mente.
“¡Amigo!”, pensó Cinnabar. Se concentraba para transmitir sus pensamientos en la misma frecuencia, en la misma banda sonora, en la misma longitud de onda, que su otra parte de cerebro estaba recibiendo. Finalmente, lo consiguió. Su mente, ambas partes de su mente se inclinaron como una hoja bajo la luz del sol.
Obtuvo una respuesta. Borrosa, mal comprendida. Pero inmediatamente intuyó que algo andaba mal, que había algo que jamás había encontrado, que jamás se había atrevido a esperar. ¿Qué era lo que andaba mal?
La respuesta se hizo más fuerte, con voces múltiples. Era como si se viera reforzada una y otra vez. Resonaba en su interior. Distante, pero en su interior.
¿Algo andaba mal? Cinnabar sonrió y se rió. Trató de forzar hasta los últimos límites de su poder.
―¡Aquí! —gritó mentalmente, aun riendo—. ¡Aquí!
La nave continuaba dando vueltas. Lync estaba en los mandos. La risa de Cinnabar llenó el cuarto de máquinas, surgiendo por un altavoz de la pared. Lync se volvió, molesto al oír que se abría la escotilla a sus espaldas. Era Cuatro.
—¿Qué haces en el puente de mando? —se encolerizó el capitán—. No te he enviado a buscar. ¿Se te ha estropeado la maquinaria?
Cuatro parecía inseguro de sí mismo, cosa extraña en un robot. Giró sobre sí mismo, como un hombre o un león enjaulados.
—No, todos mis circuitos están intactos. Tengo que comunicarle una sugerencia.
—Los robots no formulan sugerencias —le recordó Lync.
Cuatro continuó hablando, ignorando la observación del capitán.
—Sácala de allí. Envíame a buscarla o ve tú mismo. Algo anda mal. Tengo un presentimiento.
—Quedas relevado de tus obligaciones. Márchate a tu depósito y quédate allí durante toda la travesía. Funcionas mal.
—No seas tonto —le espetó Cuatro, llena su voz de parásitos espaciales—, y baja cuando aún es tiempo.
—Vete, es una orden —le dijo Lync, duramente.
—Lo siento —se disculpó Cuatro—, he obrado sin lógica. Naturalmente, debe ser por culpa de mis circuitos. Y no obstante…, no obstante…
Dio media vuelta y se marchó.
Lync volvió a ocuparse de los mandos. “Veinticuatro horas”, pensó. Veinticuatro horas y sus órdenes eran reunirse con ella, pues entonces ya se habría establecido el primer contacto.
Le pareció un día muy largo. Sí, un día muy largo.

Llevaban taparrabos azules y dorados. Eran humanoides.
“Amigos”, pensó Cinnabar. Y su mundo cambió.
Los humanoides formaban un intrincado dibujo a su alrededor. De pronto, sus cuerpos se convirtieron en los diseños de una matriz mayor, agitando los brazos en un movimiento de saludo, otro de poesía, y un tercero de danza.
Cinnabar escuchaba la música de la danza. Las emociones, extrañas pero familiares, surgían en torno a ella suave, muy suavemente. Sentía como su mente iba hacia la de ellos y se fundía con el conjunto. Tendió los brazos hacia ellos, y cuando el baile y las mentes lo exigieron, empezó a girar levantando muy arriba los brazos, agitándolos sinuosamente por encima de su cabeza. Bailaba como una bailarina sobre hielo, como Diana en la selva. Bailaba, bailaba. Bailaba.
―Estoy en casa —murmuró—. Estoy en casa.
Bailaba más de prisa, cada vez más de prisa. El viento azotaba las ramas de los árboles más cercanos, y el movimiento de sus hojas quedaba embellecido y acentuado por la danza. Una de las hojas cayó de una rama y flotó hasta situarse sobre la cabellera de Cinnabar, que ondeaba al aire, donde se convirtió en una mancha de color castaño, azotada a través del aire estremecido.
Una mente la tocaba, distraídamente, y ella contestaba. Otra mente y otra. Todas eran iguales y todas eran distintas. Formaban parte de ella, y ella de ellos.
—Telépatas —exclamó Cinnabar, mientras reía y bailaba—. Todos sois telépatas y ya no estoy sola.
Gritaba, reía, cantaba y lloraba. Y bailaba, con su cuerpo bien dominado, adulado, por una mente, por una colmena de mentes; y formaba parte de una mente. Formaba parte de la danza.
Al cabo de un tiempo ―¿años?― la danza aminoró, y los bailarines empezaron a marcharse hacia el bosque. Hasta Cinnabar llegaron pensamientos tranquilizadores; sabía que volverían. Que no la abandonarían, como tampoco ella les abandonaría.
Pronto volvió a estar sola. Se sintió presa de la reacción, y se estremeció bajo el aire fresco de la noche. El agotamiento la hizo caer de rodillas, e inclinó la frente contra el tronco de un árbol.
El comunicador zumbó en sus oídos. Hasta ella llegó la voz de Lync, lejana, distorsionada por la distancia y la transmisión.
—¿Qué ha ocurrido? No has informado. ¿Estás bien? No debía reunirme contigo hasta dentro de una hora, pero si me necesitas llegaré en quince minutos.
—Todo va bien —replicó Cinnabar—. He establecido contacto. Sí, contacto.
—¿Qué anda mal?
—No voy a regresar, Lync. Nunca. —Su voz sonó firme.
—¿Qué?
—Son como yo, Lync. Telépatas, toda la raza. Nunca más volveré a sentirme sola.
—No me había dado cuenta de que estuvieras sola —murmuró el capitán.
—Lync… Disculpa, estoy cansada. No quise decir eso. Naturalmente, tú estarás aquí conmigo. Juntos. Será maravilloso. Juntos.
—Bajaré de inmediato. Te tengo situada, no abandones ese sitio. No temas, todo irá bien.
—Lync, no pasa nada. Todo va bien. No tenemos que huir. ¿Lo entiendes, Lync?
No hubo respuesta. Ella se recostó en un árbol y cerró los ojos. Pensaba que él pronto estaría a su lado y podría explicárselo todo. Y esta idea la consoló y la ayudó a dormirse.
Soñó que bailaba.

Hacía una semana que Lync se había reunido con ella. En ese tiempo habían instalado un tosco refugio, un cobertizo de troncos y ramajes, empezando a comprender que ahora vivían por sí solos, a su libre albedrío, que el futuro era exclusivamente suyo.
Eran felices y ésta era una experiencia nueva y única para ambos. Cinnabar había dejado de ser una joven bella y trastornada, había madurado y se había convertido en una mujer plena y deliciosa. Su facultad de leer las emociones se había transformado de una tortura personal en una maravilla interpersonal. Leía los humores buenos y malos de Lync y planeaba sus acciones para complacerle. Ya que si él estaba contento, ¿cómo podía ella sentirse de otra forma?
Pero siempre se producía la misma discusión, la misma preocupación, que flotaba en su mente.
—Creo —murmuró Lync en una ocasión, cuando los soles al ponerse iban transformando lentamente la selva en oro—, creo que deberíamos ir en su busca, salir a su encuentro.
La joven siempre fingía inocencia ante esta cuestión, por muchas veces que la hubiese contestado previamente.
—¿A quiénes, Lync?
Estaba contemplando la puesta del sol, con el semblante bañado en color dorado.
—A tus nativos —repuso él y añadió, razonando—: Si hemos de convivir con ellos, en su mundo, debiéramos al menos conocerlos ya. Si son como dijiste, ya saben que ambos estamos aquí, y por tanto, deberían haberse presentado.
—Lo saben. Y vendrán a su debido tiempo.
Lync se volvió hacia ella, y por un momento, mientras los tonos dorados jugaban en su cara, se imaginó que volvían a estar en el salón de la nave espacial, viajando entre las estrellas. Pero no era más que el crepúsculo, y aquella sensación de déjá vu pronto le abandonó.
—Sí, a su debido tiempo, pero estoy preocupado. —En su voz había incertidumbre—. Al fin y al cabo, me adiestré para las preocupaciones Y esa clase de lección es difícil de olvidar, aunque jamás haga falta.
Pero, reflexionó, estaba con Cinnabar, y no debía preocuparse. Y ante este pensamiento, una sonrisa fugaz pasó por las facciones de la joven. Él le sonrió en respuesta, y ambos se durmieron.

La muchacha se despertó y vio el baile.
Las figuras giraban a su alrededor. Docenas y más docenas, todas moviéndose juntas con sus ritmos naturales, distintos de los terrestres. Sonrió y se incorporó. Buscó a Lync, pero los bailarines se lo ocultaban, agitándose delante y detrás de ella. Sus emociones la inundaban, penetrando tumultuosamente en su mente. La danza estaba de nuevo controlada, y se entregó a ella alegremente. Cada vez se aceleraba más el ritmo, con pasos más difíciles e intrincados, pero el cuerpo de Cinnabar se movía graciosamente y era controlado con seguridad por los pensamientos y directrices de los demás.
A su alrededor se formó un corro de bailarines, y ella empezó a girar en medio como el eje central. El corro se ensanchaba, y la circunferencia giraba lentamente. La joven no tardó en poder atisbar por entre los resquicios que dejaban los bailarines al separase cada vez más.
Ahora ya podía ver con claridad.
Cinnabar chilló horrorizada ante lo que vio y, fútilmente, trató de romper el corro que la aprisionaba y correr al lado de Lync. Éste se hallaba rodeado por una docena de nativos. Pero no iban ataviados con las ropas arbóreas de los bailarines, sino que lucían prendas extrañas y llevaban lo que obviamente eran armas.
Ella le llamó, pero no consiguió oír su respuesta. El corro que rodeaba a Lync se estrechaba cada vez más, pero no era un corro de bailarines. Y no obstante, la danza continuaba en torno a la muchacha.
Cinnabar rió y comprendió que la amenazaba el histerismo. Bien, poseía un arma: su mente.
―¡Alto! ―gritó con el pensamiento a su alrededor.
Sin embargo, todos continuaron bailando, y el corro en torno a Lync siguió estrechándose.
De pronto, Cinnabar percibió los pensamientos de los bailarines; no podían compartir con ella las palabras, pero la emoción era clara. Una sensación de pesar, de tremendo dolor, y por debajo, unos cimientos de necesidad.
Cinnabar cayó de hinojos; ondas de agonía la desgarraban, ondas rojas y penosas, aunque familiares. Y por debajo de tanto dolor, ella podía leer lo que estaban haciendo. Le dirigían sus propios pensamientos, devolviéndoselos, los mismos pensamientos que ella les había proyectado. Y junto con su propia mente había otra superpuesta. Otra mente que ella estaba obligada a transmitirles.
Sus colores la desgarraban como cuchillos dentro de su cráneo. La náusea y el miedo la hicieron caer al suelo, junto con una verdad que no podía afrontar. Pero ya disminuirían el alud de pensamientos; tenían que explicarse.
Rojo por codicia. Negro por miedo. Amarillo por lascivia. Carmesí por odio. Verde por engaño.
Y con todo ello, el dolor de saber. Tenía los ojos arrasados en llanto y su cara estaba contraída en unas líneas musculares de suma dureza. Su mente estaba cerrada a la frecuencia extraña y se negaba a continuar. Intentaba retroceder como al borde de un abismo, pero la gravedad la empujaba irresistiblemente hacia delante.
Podía oír a Lync, como en sueños, los sueños de un mundo sin dolor. Él le gritaba que se marchara, que corriera, que se salvara. Esto le pareció terriblemente gracioso y se echó a reír, sin darse cuenta de que estaba llorando. La tierra se apretaba contra ella, y el cielo pesaba sobre su espalda. En su interior, presionando para reventarle el cráneo, todo era codicia, odio, deseo y miedo. No el suyo, pues es posible vivir con el miedo propio. Éste estaba amplificado y multiplicado hasta llegar a tal nivel que el dolor se convertía en otra cosa, en algo muy parecido a la muerte.
Estaba sola; el baile se había trasladado al otro lado del claro. Enderezó la cabeza, pero no pudo ver a Lync; los pasos de baile se lo ocultaban. A cada segundo, la sensación de agonía dentro de su mente llegaba a un nivel más alto. Sabía que había llegado su hora, su destino. Comenzó a arrastrarse. Cada centímetro que avanzaba era un penoso viaje; cada piedra que la arañaba, una corona de espinas.
El cuchillo que Lync usara para cortar madera la llamaba como una estrella. Lo asió, pero no pudo sentirlo en su mano. Levantó el cuchillo y lo hundió profundamente, muy profundamente, en su pecho. El bosque, los árboles, los nativos y el cielo giraron vertiginosamente. En el centro de aquel mundo caleidoscópico estaba Lync. El dolor cesó cuando la blancura de la nada se abatió sobre ella.

Cinnabar despertó y sintió a Lync muy cerca. Leyó en su mente y lo atrajo hacia sí. Abrió luego los ojos y se sorprendió al observar cuan débil se sentía.
La voz de Lync apenas era más fuerte que el suave chirrido de la fuerza impulsora de la nave.
—No hables —murmuró.
Estaban de nuevo en el salón, pero las persianas estaban corridas y polarizadas, y el rostro del capitán sólo resplandecía a la luz de una lámpara, que irradiaba una luz tan blanca como la de la luna.
—Tengo que hablar.
El dolor había abandonado ya su mente y sólo lo sentía en su cuerpo. Pero era un alivio sentir un dolor que podía comprender.
—No —objetó Lync—. Dentro de cuatro días estaremos de regreso y necesitarás todas tus energías.
—Querían matarte —susurró ella—, y tenían que hacerlo. Podían oír mi mente, y parte de mi mente siempre escucha a la tuya.
—No lo entiendo.
La joven se esforzó por hablar. Empezaba a temer al silencio.
—Te escuchaban a través de mí. Yo me había unido a su mente colmena. Mi propia mente había escudriñado en las suyas, formando un puente que ni siquiera yo podía hacer saltar. Tu mente no hubiera podido hacerlo; tú… tú no posees este don. Aun así, no habrían logrado enterarse de tus ideas en sus mentes, pero yo había invadido sus pensamientos. Y parte de mi mente siempre escucha a la tuya. No puedo impedirlo.
—Tú me amabas —asintió Lync, comprendiendo que hablaba en tiempo pasado.
—Sí, es cierto. Te amo. —La joven había cerrado los ojos y le resultaba más fácil hablar—. Un error. Lo olvidé. Olvidé lo que eras, lo que éramos los dos. No podía, o no quería saberlo. Por mi mente, ellos escuchaban la tuya y me enseñaron lo que era para ellos. Yo tenía que impedir que mi mente leyera en la tuya. Ellos podían leer en la mía, pero no en la tuya, y yo estaba entre los dos. Sí, tenía que hacerlo.
Trató de abrir los ojos para mirarle a la cara, pero no pudo. Podía sentir el sueño ante ella.
—Tenía que quitarme de en medio. Tenia que ganar tiempo.
—Tiempo… —repitió Lync. Su mano asió las suyas—. Tiempo…
—Lync —murmuró la muchacha—, se preguntaban si alguien como yo podía retener un aspecto humano. Diles que no, que fracasé.
—Fue un éxito —afirmó él—, pero les diré que fue un fracaso. No comprenderían este éxito.
Se inclinó hacia ella y la obligó a abrir los ojos, tratando de sonreír.
—Él todavía estaba más ciego que yo —observó Cinnabar.
Se asombró al ver que aún podía reír.
—Oh, no, no —exclamó Lync.
Cinnabar sintió como la otra mano del joven le acariciaba la frente.
—“No permitas que el casamiento de dos mentes verdaderas admita los impedimentos” —citó ella—. Oh, estaba equivocada, Lync. El amor debe cambiar, debe cambiar tanto al que ama como al que es amado. ―Por un momento, su voz melodiosa resonó fuerte y segura―. Recuerda, Lync, cómo he cambiado con el amor. Recuerda, por encima de todo, que así fue nuestro casamiento. Recuérdalo.
Sintió los brazos de Lync a su alrededor y encontró en ellos un gran alivio. Sabía que podía dormir, que él la comprendía.
Por unos minutos, Lync estuvo sentado inmóvil al lado de la muchacha. Luego se puso de pie y silenciosa, lentamente, abrió las persianas del salón. Las estrellas resplandecían y su luz tembló sobre ella como velas, como gemas, como amantes.
Él le sostuvo la mano y contempló las estrellas. Durante largo tiempo permaneció allí sentado. Finalmente, cuando una estrella arrojó unas gotitas de color carmesí a través de un fondo de blanco purísimo, Lync lo supo y lo entendió.
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BUMBARBUM
Avram Davidson
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Una de las líneas favoritas de Davidson consiste en plantear una situación de características medievalizantes en un futuro post atómico, lo que da pie a que los mitos, las supersticiones y el clima de capa y espada coexistan con las reminiscencias de una antigua tecnología, a menudo identificadas con la magia. Nuestro hipotético lector habitual recordará El fiero dragón, aparecido en la 5ª Selección.
En este divertido cuento, no exento de moraleja, asistimos a las andanzas de un joven y audaz mutante que un día encontró un cañón y reinventó la guerra fría.

A lo largo de la estrecha calzada, señalada de trecho en trecho por mojones de piedras blanqueadas, iba un joven con expresión de curiosidad y paso mesurado, y algo en su escarcela dejaba gotear un líquido rojo. El paisaje presentaba jardines y prados cercados, y árboles cargados de frutos. El balido de los corderos se oía débilmente. La boca ―bastante ancha― del joven se contrajo un poco al reflexionar en qué podía producir una tierra como aquélla… y al preguntarse quién sería su dueño.
Al doblar un recodo se halló ante una casita de madera. Un anciano que atisbaba desde la puerta con ojos llorosos profirió una exclamación de sobresalto al ver quién era aquel cuyos pasos en el camino le habían arrancado de su cama. Y sus piernas delgadas estaban temblando.
—La Fortuna te favorezca, señor —dijo el joven, mostrando sus manos vacías—. Busco la oportunidad de hallar un lugar donde hacer fuego para asar un par de liebres que la diosa me ha enviado como desayuno.
El viejo sacudió la cabeza y su corta barba.
—Las liebres, jovencito, no deben asarse sobre el fuego solamente. Hay que guisarlas en una buena cazuela con zanahorias, cebollas, un ajo y una hoja de laurel, cuando menos.
Con un suspiro y una sonrisa, tras encogerse de hombros, el joven repuso:
—Hablas con la misma agudeza y sabiduría que mi padre, que (no he de ocultarte nada) es el Gran Señor de la Herencia de la Tierra de Qanaras, un territorio no desprovisto por completo del favor de la fortuna, aunque no sea ya el poderoso reino que fue antes del Gran Cambio de Genes. Y mi nombre es Mallian, hijo de Labio Leporino.
El anciano asintió y tragó saliva con dificultad.
—Este lugar, por el cual te permito ir y venir a voluntad, es pobre en todo menos en cazuelas, fuego y plantas aromáticas. Este lugar es mío, se llama Roñan, y a mí me llaman asimismo Roñan. Oh, sí, tengo otro nombre; pero debido a mi edad y falta de salud perdonarás que no lo pronuncie, y menos aún que pueda oírlo alguien mal dispuesto, que lo pueda utilizar para arrojar sobre mí una maldición.
»Bien, un poco más allá se halla el pozo donde podrás llenar la marmita. Bien, bien… ¿Y quién ignora… hum… el pasado y la fama actual de la Tierra de Qanaras, ese país diligente y digno en el que indudablemente florece la maestría de una medicina geográfica, la medicina del arte y la destreza manual, y asimismo la medicina de la magia y otras artes curativas? Vaya, vaya… Agua, jovencito. Las liebres ya están muertas y no necesitan ser ahogadas.
El guiso de las liebres resultó sabroso y dulce, y Roñan mojó unos mendrugos en la salsa, diciendo que aquello le serviría de almuerzo.
—¡Ah, ah! —exclamó el viejo, eructando de placer—. ¡Cuan mejores son las liebres en la cazuela, con zanahorias, que estar entre ellas por los campos! Bien, ¿qué te trae por aquí, mi joven amigo —inquirió, en tanto hurgaba sus dientes para extraer una brizna de carne—, a este pequeño enclave que es esta Sección, a la que no puede denominarse apropiadamente territorio, y bajo la protección benéfica de ellos, los Reyes de los Enanos? ¿Eh, qué? Hum… hum…
Hizo girar sus ojos glaucos hacia su invitado, y luego de pronto, los apartó. Mallian lanzó una exclamación y se llevó una mano hacia su escarcela, gesto que no escapó a la mirada penetrante del viejo Roñan, con toda su tonta pantomima.
—¡Debí comprenderlo! —gruñó Mallian, juntando sus espesas cejas—. Esos mojones de piedras encaladas… Son señales de los Bandidos, ¿verdad?
El anciano hizo girar sus ojos y meneó la cabeza tristemente.
—De nada sirve emplear expresiones peyorativas, jovencito. Nosotros no les llamamos bandidos, oh, no. ¡Les llamamos los Reyes de los Enanos! —parpadeó, y le cayó una lágrima—. Y les estamos agradecidos por su benevolencia, oh, sí… —curvó las comisuras de su vieja boca en una expresión burlona—. Permitimos que los Enanos nos llamen humorísticamente “Alfileres”. ¿Pero “bandidos”? Hum, hum… No, señor, no hay que emplear esa palabra.
Siguió rezongando respecto a los Enanos y su lealtad, mientras su rostro componía toda clase de muecas y visajes que se burlaban de sus propias palabras. De pronto se oyó a lo lejos un rumor confuso y distante, al que siguió un completo silencio por parte del viejo, que abrió mucho su fea boca.
Hasta haber salido a la luz del día no oyeron cómo el rumor se resolvía en una serie de gritos y aullidos, en un continuo zumbido. El viejo Roñan empezó a temblar y a murmurar; permanecía casi pegado a su visitante, como si hubiera observado que éste poseía unas manos y unos hombros muy grandes, y que era joven y extremadamente fuerte.
—La Fortuna no permita que haya tropas extranjeras en esta Sección —musitó—. No hay que permitir ningún ultraje, pues yo pago mis impuestos y levas, pese a ser un simple Alfiler. Sube a aquella colina, jovencito, y mira cuál es la causa de este alboroto… sin exponerte indebidamente, aunque desees verlo todo.
Mallian fue hacia la loma, a la que subió por entre fragantes acacias y los sumac reptilianos y espinosos; al llegar a la cumbre atisbo por entre la maleza y pudo distinguir toda la tierra, compuesta por campos vallados y herbazales.
Pero más cerca, en el camino, distinguió algo sin precedentes, por lo que se quedó boquiabierto y se tironeó de los últimos pelos de su barba partida, gruñendo de asombro. Dio media vuelta, y haciendo bocina con las manos, gritó:
—¡Sube!
Giró de nuevo para espiar, sin prestar atención a los jadeos y silbidos del anciano.
Desde la escondida curva de otra colina, y por lo que Mallian pensó era la famosa Calzada Ancha que conducía a través de todas las Marismas Erst, venía una procesión que recordaba en cierto modo a los grupos de peregrinos o a tribus diezmadas huyendo del hambre, la peste o el saqueo: hombres, mujeres y niños vestidos con harapos ―los que los tenían―, unos a pie, otros montados, aunque casi todos atados a una cosa inmensa y tubular, como un cañón concebido por una imaginación desenfrenada, que corría encima de unas gigantescas ruedas de metal, cuyos ejes y bordes eran tan gruesos como un hombre… Algunos llevaban arnés y andaban muy agachados, con el fin de tirar con mayor fuerza; otros remaban con enormes remos colocados entre los ejes de las ruedas, con el fin de hacerlas girar, o empujaban las ruedas por los bordes, o el cuerpo mismo de la enorme máquina… Otros aún empujaban con la espalda.
La tremenda máquina rodaba, chirriaba, gruñía y seguía rodando, y de vez en cuando la multitud chillaba, gritaba, aullaba, y el viento enviaba su hedor al rostro de Mallian.
—En nombre de la Fortuna, ¿qué es esto? —preguntó al viejo Roñan, alargando un brazo para ayudarle a izarse en la cumbre.
El viejo miró hacia abajo y gimió, apretándose sus demacradas mejillas con las manos.
—¿Qué es esto? —repitió Mallian, sacudiéndole.
Roñan abrió los brazos.
—¡Juggernaut! —exclamó—. ¡Juggernaut! ¡Bumbarbum!
El viejo Roñan estaba sumamente asustado, y lo único que podía hacer era volver a su casita y soltar la paloma cuya llegada a la jaula oportuna no sólo informaría al Rey Enano local de que algo malo pasaba en su reino, sino que también le daría una idea aproximada del lugar donde el mal ocurría. Pero el anciano se negó a ejecutar esta tarea él solo, y no soltó la mano de Mallian hasta que hubieron regresado a la casita y soltado la paloma.
—Por favor, quédate conmigo, jovencito —suplicó, con el rostro bañado en lágrimas—. Al menos hasta que lleguen los Guardias Seccionales y lo solucionen todo.
Pero la última cosa que Mallian deseaba era una entrevista con un guardia fronterizo de los Bandidos. Se puso en pie y sacudió la cabeza.
—Quédate, quédate, por favor. Tengo pollos ahumados, cerveza negra y blanca, miel y frutos secos —dijo, enumerando los atractivos de su vivienda.
Pero se vio interrumpido de una forma que nunca había sospechado: Mallian enseñó los dientes con una sonrisa que separó ligeramente su barba castaña.
—Bien, bien… No está mal todo eso para quien ha pregonado antes su pobreza y casi me obliga a envidiar a los habitantes de esta Sección. Y como recompensa por haberte acompañado de nuevo hasta tu casa, sin hablar del trabajo que me he tomado al subir a la colina para espiar desde allí en favor tuyo, llena rápidamente mi escarcela con todos los pollos ahumados que quepan. Luego, podrás llenar también los huecos sobrantes con tus frutos secos. No, no, ni una palabra más. Soy demasiado modesto para apreciar los cumplidos que podrías dirigirme con el fin de solicitar mi presencia aquí. Tal vez podrás convencerme de que acepte un frasco lleno de cerveza negra, y la miel la guardarás hasta mejor ocasión.
»La Fortuna te favorezca, señor Roñan… Ah, otro favor podemos aún hacernos mutuamente. Tú no necesitas comunicar a tus Enanos mi presencia o paso por aquí; a mi vez, yo no les informaré, a menos que me detengan, claro está, hum…, hum…, de tus traidoras muecas y las repeticiones de la palabra “bandido”. Que el sol brille sobre ti, y anule la sombra del Juggernaut Bumbarbum.
Y riendo fuertemente, dejó al anciano como lo había encontrado ―lloroso y alarmado― y continuó su camino. Volvía hacia la colina cuando se acordó que no había formulado su pregunta. Frunció el ceño y se retorció las guías del bigote pensando en una posible vuelta a casa de Roñan, pero finalmente se decidió en contra.
—Un hombre tan anciano no puede disponer de ninguna medicina —murmuró—. Y menos aún saber nada de un asunto tan importante. Pero recordaré sus palabras sobre la máquina de vapor que bombea y seca la Marisma Erst, ya que si no se trata de una simple fantasía del viejo… ¡y hay que ver cómo se tragó media liebre!…, esta medicina puede significar la presencia de más. Hum, hum…, ya veremos.
El camino estaba surcado por las enormes rodadas dejadas por el cañón. En medio de montones de basura yacía un hombre que había interpuesto sin querer su cuello entre una rueda y la tierra, y un niño que gemía y miró suplicante a Mallian, aunque no intentó dar un solo paso. El hombre y el niño eran tan iguales como la forma de sus bocas, con un pelo rubio tan pálido o tan blanco como el de la Gente de la Luna; igualmente pálidos los ojos, muy pequeños, y la misma expresión de idiotismo en sus bocas. Un padre idiota y un hijo idiota, fue la impresión de Mallian. Y tras preguntarse cómo se habrían unido a la muchedumbre del cañón, prosiguió su camino.

El día era caluroso y la cerveza no tardó en agotarse. Mallian iba a beber por última vez, cuando oyó un rumor en el camino y miró rápidamente en busca de refugio. Pero la tierra era lisa en la longitud de muchos brazos a cada lado de la calzada.
—¡Maldición! —murmuró, llevando una mano al cinto en busca de su honda y las piedras.
De pronto, pensó que podía esconderse detrás de un álamo y echó a correr rápidamente. Divisó una zanja detrás del árbol y se arrojó dentro; se irguió un poco y con el rumor de cascos que llegaban por la senda, distinguió al mismo tiempo las monturas.
Eran dos caballitos de grueso vientre, pertenecientes a los Bandidos, descripción que igual podía aplicarse a los dos jinetes enanos cuyas cortas piernas se ajustaban a los flancos de los caballos. Cabezas grandes, espaldas anchas, barbas que hubieran llegado hasta el ombligo, pero que ahora ondeaban al viento; rostros ni hoscos ni alarmados, aunque sí tensos y decididos. Los Bandidos iban al galope. A la espalda llevaban las vainas de sus espadas, muy al alcance de la mano. No miraban a los lados ni hablaban, y al cabo de un instante habían desaparecido.
La encrucijada, cuando llegó a ella, hervía de gente.
—¡Se lo han llevado todo! ¡Todo lo que había comestible en mi casa! —chillaba una mujer, señalando los estantes vacíos a través de la puerta abierta.
—¿Llevado? —gritó otra—. Yo no aguardé a que se lo llevasen… ¡Les entregué toda la comida que tenía!
—Bien hecho, muy prudente —aprobó un hombre., secándose de la frente un sudor procedente más de la agitación que del calor reinante—. La comida puede comprarse, incluso crece y pasta… Es decir, la comida puede reemplazarse. Pero ¿cómo reemplazar la destrucción que causarían los Custodios del Bumbarbum si disparasen una sola vez? ¡Seguro que destruirían casas y personas sin distinción!
Un cuarto individuo, probablemente alguien de importancia en la comunidad por su aspecto y modales, añadió con tono sobrio, al tiempo que se palmoteaba la pechera de su túnica:
—Todo eso es cierto, pero como lo que se halla amenazado es toda la comunidad y la propiedad de esta Sección, no debe ser tratado individualmente. Por suerte, como hemos visto, nuestros protectores han sido alertados. Ya han pasado dos de sus guardias que, sin duda, están llegando a una solución con la Dotación del Cañón. También es una suerte —continuó mirando a su alrededor y consiguiendo la aprobación de los presentes— que las exigencias de la Dotación del Bumbarbum sean tan modestas…, buscando sólo comida, y no mujeres, poder o dominación, ¿no? Hum… Pues, ¿quién podría resistirse ante esa tremenda y destructora máquina?
Alguien musitó que todo iría mejor si las exigencias de la Dotación no se limitasen a la comida, sino que incluyesen también agua, jabón y una muda al menos. Ante estas palabras sonaron varias carcajadas. El magnate, no obstante, apretó los labios y su expresión fue de claro desacuerdo.
—Eso no es digno —desaprobó—. La gente educada sabe que las costumbres difieren entre pueblos distintos, y nosotros no debemos ofender a la Dotación del Bumbarbum con comentarios jocosos. Por mi parte, mientras se retiren de esta Sección, no me importa que se bañen o no. Hum…
Se vio claramente que había hablado en nombre de la mayoría, y la gente empezó a dispersarse lentamente para ocuparse de sus asuntos, confiando en que los agentes de los Enanos tratarían en su nombre un caso que tanto les preocupaba y amenazaba. Mallian se aproximó al magnate y le saludó, a lo que el otro correspondió con un gesto de leve sorpresa y condescendencia.
—¿Adonde y de dónde viene, joven extranjero? —inquirió—. ¿Y por qué?
—Ah, señor —suspiró Mal—, tus preguntas no sólo resumen la cuestión, sino que has puesto el dedo en la llaga. De dónde, tiene fácil respuesta: de la tierra de Qanaras, un territorio afligido y de gentes perplejas. En cuanto a dónde, aún no lo sé. Sólo puedo responder que voy vagando en busca de una medicina que me dé una respuesta. Y finalmente, comprendo que ya has entendido el porqué. Mas antes de hablar de esto, me gustaría preguntarte respecto a un asunto actual. Sé paciente con mi ignorancia y dime qué es Bumbarbum o Juggernaut, como he oído que se llama también, y quiénes forman su Dotación.
El semblante del magnate reflejó un conflicto entre la adulación de los cumplidos de Mal y la inquietud por la perspectiva de verse envuelto en problemas. Mas la reunión de algunos ociosos que buscaban una diversión gratis le decidió.
—Los asuntos importantes —murmuró, con tono solemne y levantando la barbilla de modo que se retrajesen sus papadas— no pueden discutirse donde la gente pueda reírse de un inofensivo visitante. Ven conmigo, joven, y no tengas escrúpulos en apartarme ligeramente de mis muchos e importantes asuntos para informarte.
Y mientras caminaban lentamente por la aldea, le explicó que Bumbarbum era una máquina o aparato de gran tamaño y potencia, fundado en los principios de una medicina sólo conocida por la Dotación. Podía lanzar grandes balas a enormes distancias, acompañadas ―o así decían― de fuegos mortales e infernales, y terribles estruendos. De dónde lo habían sacado, o por qué y quién había construido la máquina, era algo que sólo sabía la Dotación y, naturalmente, no lo revelarían.
—Basta con saber que ellos poseen el secreto de esta medicina y que llevan la máquina adonde van, dependiendo para su sustento de la buena voluntad de los pueblos que atraviesan, sin tener que ofrecer una exhibición de su poder, que resultaría penosa en extremo. Así, joven, he contestado a tu pregunta.
»En cuanto a tus problemas… Hum, hum… Lamento mucho que mis deberes cívicos y comerciales no me permitan escucharlos. Y muy a pesar mío, me contentaré con decirte que ninguna nación bajo la protección benéfica de los Reyes de los Enanos puede estar afligida o perpleja. Y ahora, ¡ay!, debo dejarte. ¡Que la Fortuna te favorezca!
Se alejó rápidamente hacia una morada cuyos olores de cocina indicaban que al menos un hogar tenía aún bastante comida para aplacar la cólera de la Dotación del Bumbarbum.
—Que el sol brille sobre ti —respondió Mal, tristemente, ya que se había enterado de muy poco; en realidad, eran cosas que ya había deducido por sí mismo.
Mas al reflexionar sobre los posibles usos del Bumbarbum se le ocurrió que en el mismo se hallaba una respuesta a su pregunta, aunque no en la forma que anteriormente había pensado.
Dejó la aldea a sus espaldas y continuó andando por la célebre Calzada Ancha, viendo en la misma las huellas del paso de los caballos de los Enanos, y las rodadas dejadas por el enorme Bumbarbum. Sonrió y apretó el paso.

La situación en la frontera era quizá más frágil que tensa. De modo que, preocupados con sus asuntos, no observaron la aproximación de Mallian. El joven oyó una babel de voces roncas desde lejos y divisó el inmenso hocico de Bumbarbum elevado por detrás de un pequeño altozano. A cada lado del camino se veían los mojones que indicaban el dominio de los Enanos, y más allá otro símbolo consistente en dos largos ejes de madera pintados de rojo. Los extremos estaban clavados en el suelo, y los postes inclinados hasta cruzarse brevemente. La vista de los dos Enanos le obligó a detenerse un momento y a considerar la posibilidad de esconderse… Mas iban a pie, con los caballos trabados a cierta distancia, y su territorio llegaba allí a su final, aunque Mallian no sabía qué podían significar los dos maderos rojos como símbolo del nuevo territorio.
Tampoco había visto nunca unos hombres como los que estaban conversando con los Bandidos. No llevaban calzones, camisa y túnica, tan comunes en todas partes, sino unas prendas muy ajustadas, que se prolongaban en una especie de caperuza o gorro sobre la cabeza, con una especie de orejas simuladas. Sobre las ingles llevaban un pedazo de tela. Dichas prendas no eran de aspecto tosco como la lana ni tenían, según le pareció, la textura del lino, sino que mostraban una atractiva suavidad, con cierto brillo y resplandor, y ondulaban apenas se movía un músculo.
—Oh, nosotros estamos inmensamente agradecidos a los Reyes de los Enanos —decía uno, en un tono que indicaba muy poca gratitud.
Los rayos del sol se filtraban a través de las ramas de los árboles, haciendo destellar los emblemas bordados en las túnicas de los Enanos.
—Les estamos muy agradecidos —el hombre mostró más expresividad en el saludo que en su cara— por enviarnos esos huéspedes tan deseables. ¡Oh, muy buenos huéspedes, sí!
Un segundo individuo añadió, con la mirada triste y los ojos bajos:
—Nuestro afecto no tardará en llegar a vosotros, de parte de nuestros Amos; no temáis.
—Se marcharán, ya os lo hemos dicho —repuso uno de los Enanos, encogiéndose de hombros―. Y ¿quién puede retener lo que se aleja? Además, ¿quién puede discutir con Bumbarbum?
El otro Enano, al oír o quizá al presentir la proximidad de alguien detrás de él, miró hacia atrás y vio a Mal. Cogió a su camarada por el brazo y le hizo dar media vuelta.
—Oye, Rafflin, ¿te acuerdas de ese tipo?
Rafflin frunció las cejas agusanadas y asintió.
—Oh, sí… Sí, y creo, Gorlin, que es el mismo con quien ya hablamos. ¡Alto, joven, en nombre de los Reyes!
—Os equivocáis —respondió Mal, dando un leve rodeo—. Un caso de identificación errónea. Además, el nombre de vuestros Reyes nada significa para mí, pues jamás fui su siervo, y finalmente…
—¡Alto! ¡Alto!
—Finalmente —continuó Mallian, llegando a la altura de los extranjeros— no estoy en este instante ni en vuestra Sección ni en vuestro Territorio, ¡Por tanto, os desafío, Bandidos y granujas!
Y les miró con desprecio, separando mucho las piernas.
Los Enanos gruñeron su rabia y simultáneamente echaron mano a sus espadas, avanzando con sus torcidas piernas; mas los guardias del otro lado de la frontera dieron unos pasos al frente y les contemplaron con gran hostilidad. Los Enanos se detuvieron.
—De acuerdo —murmuró Rafflin, al cabo—. No invocaremos la doctrina de la persecución. Pero puedes estar seguro, Alfiler —lanzó el adjetivo al rostro inmóvil de Mallian—, puedes estar seguro, lo mismo que vosotros, Alfileres también, que nos quejaremos contra vosotros por haber dado albergue a un maligno, un enemigo, un rufián, un fugitivo, un ladrón y un ofensor de nuestros Reyes, sus Coronas y sus Cetros; y exigiremos y obtendremos sin duda su devolución.
Mallian les sacó la lengua y separó aún más las piernas.
—Exigidlo, pues —les soltó otro de los guardias—. De este modo, obtendréis su devolución… y con la suya, la devolución de Bumbarbum y su Dotación.
Los Enanos no contestaron y se marcharon en busca de sus caballos. Uno de ellos, no obstante, dio media vuelta y blandió el índice hacia Mal.
—En cuanto a ti, bribón —declaró rotundamente—, si estuvieras instruido en la medicina de la historia, comprenderías, o sabrías, que la forma corporal original de los Enanos es la de toda la humanidad. Nosotros sólo experimentamos lástima por los que descendéis de aquellos mal formados y dolientes que provienen del Gran Cambio de Genes.
Dio otra media vuelta y ambos callaron. Los caballejos emprendieron un trote regular, acabando por ser en el camino sólo dos motas de polvo danzando bajo los rayos del sol.
Mallian volvió la cabeza y vio que los extranjeros le miraban inexpresivamente. Llevó la mano al pecho y sacó de la bolsa la carta de declaraciones. Luego la entregó… al aire, ya que nadie hizo el gesto de cogerla.
—¿Nadie desea examinar el pase que me entregaron en mi territorio natal, o mejor en su gobierno? —preguntó con perplejidad.
—Nadie quiere saber nada —bostezó uno, meneando la cabeza—. Esas ceremonias están sólo reservadas para propósitos oficiales, no para meros proletarios o profugitivos.
Picado por tanta indiferencia, Mallian exclamó que él precisamente había llegado hasta allí con tales propósitos oficiales. Los extranjeros sonrieron con cierto desdén.
—Estas pretensiones son por el momento y en las actuales circunstancias, bastante divertidas —replicaron—. Pero no servirán de nada, bárbaro; no servirán de nada. Los que llegan con propósitos oficiales a esta tierra del Estado Elver, del cual somos la defensa externa e interna, lo hacen con pompa apropiada. Ellos, por un lado, visten con telas vistosas, como todos nosotros… Hum… hum… Por otro lado, montan caballos de pelo sedoso, adornados con muchos bordados y sedas, lo mismo que todo su cortejo, que es numeroso. Y, finalmente, vienen con multitud de donativos, cuya distribución realizan los miembros de nuestra guardia.
Mallian bajó la mirada y se mordió los labios.
—Sin embargo —declaró—, a mí me han otorgado esta carta de declaraciones para que se me ceda el paso, y el hecho de que no hayáis intentado siquiera detenerme, no justifica que no queráis leerla. Y como no quiero que os molestéis leyéndola, lo haré yo mismo. A veces me han felicitado por mi buena voz de lector, y no dudo que los gallardos guardias de Elver querrán hacer lo mismo; además, así sabréis cuál es el propósito de mi viaje, y con ello tal vez conmueva vuestros cerebros para que busquéis entre sus recuerdos el de una medicina que pueda albergar luz y esperanza.
Procedió entonces a leer el pase, o carta de declaraciones, como ya había hecho con los pseudomorfos y la Gente de la Luna.
—Ah, bien —exclamó uno, sorbiendo por la nariz—. Es interesante y atrayente como el problema de cualquier barbudo, y aunque no dudo que las medicinas de nuestros Amos contienen una respuesta, no es más que la mota de una mosca en comparación con nuestro problema. Tras esto, hemos de movernos y considerar alguna acción que, con toda seguridad, se nos exigirá adoptar.
Echaron a andar, pero de pronto se detuvieron de nuevo para reflexionar. Mallian iba con ellos. Más abajo había habido, evidentemente, una casa, situada estratégicamente en vista de los intentos de la Dotación del Bumbarbum de pasar con su potente arma por el camino de más arriba. Había desaparecido del camino y las señales de su desaparición las había tragado la lisera, y antes de descansar, había aplastado concienzudamente la casa, cuyos fragmentos se hallaban desmañadamente transformados en fogatas. Los arneses colgaban vacíos, y las riendas yacían olvidadas en tierra. La Dotación descansaba o comía. Y, según se podía ver, se dedicaba a otras ocupaciones.
—¡Escandaloso! —exclamó Mallian—. ¡Atroz!
—Lo mismo podríamos escandalizarnos ante unos gatos o unos perros —dijo uno de los guardias de Elver, encogiéndose de hombros.
—¡Pero los perros y los gatos no son humanos! —protestó Mallian.
—¿Lo son ésos? —preguntó el guardia de Elver, levantando desdeñosamente el labio superior.
Sin prestar gran atención a esta respuesta, Mal permitió que su cerebro reflexionase sobre cierta idea que se le había ocurrido poco antes. Cautelosamente, empezó a sacar a relucir el asunto.
—Me siento tan abrumado por vuestra amabilidad al ofrecerme refugio contra esos Enanos —expresó—, que apenas puedo daros las gracias de manera adecuada. Pero…
—De nada, de nada —murmuró el Elver, rascándose el codo. De pronto, como si se diera cuenta de lo que hacía, retrocedió de la lisera con una maldición, frunciendo el ceño—. ¡Que el tétanos caiga sobre esos malditos cerdos! Deben de tener pulgas tan grandes como ratones… o peor. Me marcho a hervir agua y escaldar mi cuerpo y mis ropas.
—Bien hecho, Naccanath —murmuró otro de los guardias de Elver—. Y cuando te pregunten cómo procediste para librar al Estado de esta terrible amenaza, contesta: “Me bañé”.
Vacilante, Naccanath murmuró algo y continuó rascándose. Mallian volvió a hablar en el silencio reinante.
—Bien, ahora que puedo respirar libremente, a salvo de la persecución de los Bandidos, y conozco no sólo que soy libre, sino también la prudencia de los que…
Entre la Dotación de abajo estalló una riña, que pronto quedó zanjada.
—Ah… sólo lo ha aporreado —exclamó un guardia de Elver— Creí que se lo comería; no me habría sorprendido en absoluto.
—¿Qué necesidad tienen de comerse unos a otros, cuando todo el mundo les proporciona comida y caza? —comentó otro con desdén en la voz, oliendo una flor para contrarrestar la peste procedente de más abajo—. En realidad —su rostro se iluminó más—, ¿no sería ésta una posible solución? A saber: entregarles simplemente una ración de vituallas, privándoles del incentivo de abandonar su posición actual. Convertirlos en ciudadanos nuestros y tenerlos bajo vigilancia, sin que constituyesen ya una amenaza ni un posible peligro…
Tras reflexionar unos instantes, los demás sacudieron la cabeza.
—Se reproducen, Durraneth —explicó otro—, a tal velocidad que pronto nos arruinarían. Además, la experiencia demuestra que los nómadas no se nacionalizan.
Todos suspiraron, se mordieron los labios y sus desdichados suspiros hicieron ondular de maravillosa manera sus ricas telas, aunque Mallian apenas reparó en ello.
—De los que con su tolerancia indudablemente me han salvado la vida… —continuó Mallian, resueltamente… y algo más alto.
Los guardias de Elver se volvieron, prestando más atención a sus palabras.
—¿Qué quieres decir, profugitivo? —preguntó el llamado Durraneth, con una frialdad en su tono que sólo cabía esperar de un individuo cuya proposición ya había sido rechazada.
Apenas había concluido cuando apareció una cabeza por encima de la lisera, de rostro vacuo y sucio, mirándoles con la boca abierta, cuando ellos retrocedieron con molesta precaución.
—¿Capi? —preguntó—. ¿Capi Mog?
Le distrajo un grito de más abajo, de modo que dio media vuelta, soltó la piedra a la que se agarraba, resbaló y no reapareció.
—Lo que quiero decir, gallardos guardias de Elver, es esto: deseo hacer una consulta a cambio de la cual ofrezco un servicio. Deseo consultaros si podría inquirir de vuestros Amos dónde hay una medicina que solucione los problemas de mi tierra de Qanaras, y a cambio os libraré para siempre, a vosotros y a vuestro Estado de Elver, de Bumbarbum y su Dotación.
La sombra verdosa se tornó azul, cuando un arrendajo pasó persiguiendo a chillidos a otro por entre los árboles. Los guardias examinaron atentamente al joven.
—Bien —observó Naccanath—, creo que este acuerdo sería beneficioso para todos y sin detrimento para nadie. Sin embargo, me siento inclinado a preguntar, no por suspicacia, hum…, sino por curiosidad e interés, ¿cómo te propones lograrlo?
Los dedos de Mallian acariciaron la punta derecha y luego la izquierda de su corta barba, sonriendo desdeñosamente.
—Revelar esto antes de firmar el acuerdo sería incumplir las tradiciones de todo negocio. Digo esto, no por suspicacia, hum, hum…, sino porque me educaron tradicionalmente y no deseo echar ninguna mancha sobre mi crianza, apartándome un solo ápice de lo establecido.
Al cabo de otra pausa, Durraneth dijo, frunciendo el ceño:
—¿Sería poco tradicional que indicases por qué ruta intentas irte, junto con ellos, y cuál sería tu destino?
Mallian dijo que no lo sería. La lógica indicaba la marcha por la ruta más corta ―y no la que conducía a la Sección dominada por los Reyes de los Enanos―, fuera del Estado de Elver, y para demostrar su buena voluntad en el asunto se fiaría del consejo de los guardias sobre la mejor ruta a seguir ―junto con un mapa, tal vez―; y en cuanto a su destino… Hum…, hum… Bien.
—De hecho, soy un montañés, y también un solitario. No obstante, en mis antecedentes no hay nada de eremita; admiro también la proximidad de buenas tierras bajas y de ciudades agradables, a las que se puede descender convenientemente para comprar mercancías con el producto de los montes. Y por tanto…
Durraneth se aclaró la garganta y miró de soslayo a sus compañeros.
—Y por tanto, dime si te he comprendido debidamente, Mallian, hijo de Labio Leporino…, y por tanto, tú deseas información respecto a un lugar fuera del Estado de Elver, situado sobre una montaña que mire hacia tierras bajas y ciudades agradables, o tal vez una sola ciudad. ¿Es así?
Mal admitió francamente que aquella conjetura era correcta.
—Al menos, una buena ciudad —murmuró—, aunque serían preferibles dos o tres.

El Cuerpo de Guardia tenía un aspecto sumamente aseado que Mallian, en comparación con el familiar desorden de Qanaras y la opulencia de los Enanos, halló un poco fría. Había muchos aparatos curiosos e interesantes, lo mismo que toda una estantería repleta de libros, cosa que le impresionó en sumo grado.
—Donde hay muchos libros hay mucha medicina… —citó con reverencia.
Los guardias de Elver asintieron a estas palabras y empezaron a extender sobre la mesa varios mapas, hablando en voz baja entre sí, sin pensar en que era ya mediodía y hora de comer, falta de atención por parte suya que sólo podía motejarse de descortés. Por tanto, Mallian no se recató de dedicarse a sus pollos ahumados y a las frutas secas de su escarcela, previamente llenada por Roñan.
—Atiende a esto, profugitivo —le llamó Naccanath.
Pero el joven replicó que no temía que la gente de Elver le maldijese mediante alguna medicina ignorada. Él era Mallian, hijo de Labio Leporino, Alto Señor de la Herencia del Territorio de Qanaras, y añadió:
—Por el momento, sólo como.
Enarcó las cejas y empezó a masticar.

Todas las provisiones de la Dotación se habían agotado, y ahora estaban sentados o tendidos, roncando, rascándose o simplemente mirando en torno, cuando Mal se les acercó. Estaba casi entre ellos antes de que levantasen la vista. Y se hallaba a su lado antes de que alguno pensara que tal vez no fuese aquel su lugar. Pero cuando empezó a dar una vuelta en torno a la enorme máquina, empezaron a sentirse preocupados. La vista de Bumbarbum desde cerca resultó para Mal lo bastante interesante como para desterrar cualquier otro pensamiento por la proximidad de su Dotación. El mismo rostro de idiotismo repetido casi hasta la saciedad, el mismo cabello cano y los mismos ojos azules y vacuos, ¿qué significaba todo ello?
Aquella subdesarrollada Dotación que custodiaba la máquina no podía haberla creado. Jamás habría podido ajustar aquellas inmensas ruedas de madera, reforzadas con hierro y con rebordes de llantas anchas. No habría podido hallar jamás aquel tubo gigantesco, ni haberlo fundido, con las figuras de bestias y monstruos grabadas en él; jamás habrían logrado idear aquel cañón en forma de rostro barbudo con labios fruncidos, como silbando, ni el rostro más adornado y amedrentador con que terminaba el otro extremo del tubo, con la boca distendida en un grito enorme…, una boca ahora callada, aunque amenazase con algo más que con el silencio.
La Dotación callaba. Su trastorno parecía más el de un gallinero que el de un hormiguero, corriendo y chillando; de pronto, tres se arrojaron sobre Mallian, aunque con aspecto alarmado. Resultaba evidente que había sido cosa accidental.
Mientras corrían alrededor suyo, gritaban y aullaban algo que en los oídos poco adiestrados de Mallian se resolvió en la misma palabra, sin el menor significado, que ya había oído antes proferida por uno de ellos, no como una pregunta, sino como un llamamiento de auxilio.
—¡Capi Mog! ¡Capi Mog! ¡Capi Mog!
Mientras tanto, Mal continuó con su paseo y su examen. La enorme máquina estaba equipada con grandes cajas, todas cerradas. Iba a inspeccionarlo todo más atentamente cuando alguien chilló muy cerca y, en el mismo instante, algo le golpeó entre los omóplatos. Mallian dio un paso al lado antes de girar sobre sí mismo, y la vista de su rostro fue un perfecto disuasorio para el que evidentemente había tirado la piedra y ahora bailaba una especie de danza colérica con otro pedrusco en la mano. Tenía los brazos tremendamente largos y muy gruesos; el pecho y el tronco parecían un barril; no había cuello visible y el ancho rostro estaba iluminado por el furor.
—¡Fuera de aquí! —gritó, aunque con más cautela que en su primer chillido—. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡No lo toques! ¡Te matará! ¡Te cortará la garganta!
Los otros de la Dotación, hombres y mujeres, haciendo acopio de valor a la vista de su defensor, empezaron a reunirse detrás del joven, apretando los puños.
—¡Te cortará la garganta! ¡Fuera! ¡No lo toques…! ¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum!
Los demás aprobaban esos sentimientos, y al instante empezaron a gritar la palabra que era para ellos más familiar:
—¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum!
Mallian no se movió, dejándoles aullar, pensando que ya se cansarían. Para ellos era ya un objeto familiar, y como vieron que no se movía ni hablaba, pronto les cansó y, uno a uno, según creyó ver Mallian, se fueron dejando vencer por cierta emoción, demasiado débil para ser asombro, perplejidad o algo semejante. No sabían por qué estaban allí y por qué gritaban tanto. Y así, primero de uno en uno, y después en grupo, dejaron de gritar y se apartaron.
No les imitó el primero, el que había arrojado la piedra contra Mallian. No era más inteligente que los demás, pero tampoco era más idiota. Sabía que Mal no tenía nada que hacer junto a la enorme máquina y estaba decidido a apartarle de allí. Sin hacer caso de la defección de sus compañeros, dio un paso al frente, se afianzó los caídos calzones y amenazó con las manos.
—Te lo he dicho: ¡fuera! —chilló—. ¡Ponte debajo y te matará! ¡Vete!
—¿Quién eres tú? —indagó Mal.
El rostro del hombre expresó su enorme extrañeza. Evidentemente, nunca había oído semejante pregunta, por lo que le produjo un asombro inmenso comprender que su identidad no era universalmente conocida.
—¿Quién soy yo? —repitió al cabo de un momento—. ¡Soy Capi Mog! ¡Mog! ¡Mog! ¡Capi Mog! ¡Capi de Bumbarbum y su Dotación! Yo soy…
Mallian permitió que su semblante registrase cierta mezcla de comprensión, asombro, impresionabilidad y desprecio.
—¡Oh, eres el capitán Mog!
El capitán asintió con un gruñido, se acarició el estómago, y se mostró muy contento con el efecto causado.
—Soy el capitán Mog —afirmó—, el que…
—Perdón, señor; perdón, capitán. —Mallian se inclinó y enseñó las palmas de sus manos—. Ignoraba que…
El hombre asintió y casi sonrió, llegando a emitir un gruñido de contento, como una risita, sumamente grotesco. Miró de lado a lado y se secó la boca con el dorso de su peluda mano. De pronto, Mallian dio un salto hacia delante y le pegó una patada a un lado de la cabeza, haciéndole caer como un árbol tronchado.
Algunos de la Dotación observaron lo acontecido y su detención en seco hizo que otros cesaran también en sus paseos. Pronto formaron todos un círculo en torno a los dos contendientes, aunque sin intención de intervenir. Algunos gruñeron y hasta chillaron contra Mallian, enseñando los dientes y escupiendo. Uno o dos llegaron a buscar un arma, mas lo que inmediatamente captaron sus miradas fue una hogaza de pan, y en el mismo instante estuvieron enzarzados en una discusión idiota para proseguir con su audaz gesto de buscar un arma.
Mog yacía de costado, con los ojos abiertos, el ceño fruncido. De pronto, rodó sobre sus codos y miró a Mallian y a los componentes de la Dotación. Se humedeció los labios.
—¡Te cortará la garganta! —repitió, sin pasión verdadera—. ¡Te matará! ¡Vete! —Miró en torno suyo, como deseando que sus palabras tuviesen confirmación, pero no vio más que a sus boquiabiertos seguidores y la gran máquina. Entonces, volvió los brazos hacia ella—. ¡Bumbarbum! —gritó como un aviso—. ¡Bumbarbum! ¡Haz tu maldito y ensordecedor ruido! ¡Déjale muerto!
Sus pálidas pupilas vieron con alivio que Mal, convencido aparentemente por tal amenaza, había empezado a alejarse, y el capitán retrocedió un poco para dejarle pasar. Pero Mal repitió el salto y volvió a patearle. Esta vez el capitán estuvo en tierra mucho más tiempo, y cuando se incorporó ya no se dirigió a Mal. Se llevó las manos a la cintura, echó atrás la cabeza y chilló. Las palabras en sí no tenían ningún significado para el joven, pero su efecto fue inmediato. La Dotación dejó su lugar y corrió hacia la máquina, cada cual a punto de empujarla.
Mog respiró hondamente y gritó:
—¡Adelante ya…!
Todos se inclinaron, hundiendo los pies en el suelo, y gimieron.
—¡Bumbarbum! —chillaban.
—¡Bumbarbum!
La madera quedó levantada.
—¡Bumbarbum!
Los calzos fueron apartados.
—¡Bum…bar…bum!
La poderosa máquina tembló y se movió. Las enormes ruedas giraron, dejando caer tierra y hierbas. Giraron. Giraron lentamente. Pero giraron.
Bumbarbum empezó a avanzar.

—Puede ordenar que se detengan, capitán Mog —murmuró Mal.
El otro le miró.
—¿Detenerse? ¿Aquí?
La expresión de Mog mostraba inseguridad. Mal apuntó con el gesto. Luego movió ligeramente los pies, como disponiéndose a saltar. Mog se agachó, gritó y se cubrió la cabeza con las manos. Retrocedió apresuradamente. Las ruedas del cañón dejaron de girar y la Dotación soltó los arneses, tumbándose todos en tierra, como perros.
El guardia Naccanath preguntó, acercándose con sus compañeros:
—No te propondrás dejarlos aquí, ¿verdad?
—No por más tiempo del necesario para concertar nuestro trato. Vosotros tenéis que darme una información… o mejor dos, y también un mapa.
Los finos labios de Naccanath se entreabrieron en su rostro bien afeitado. Desenrolló algo que llevaba en las manos.
—Entonces escucha, Mallian, hijo de Labio Leporino, Alto Señor de la Herencia de Qanaras. Este es un mapa dibujado sobre lino, y nosotros hemos señalado con rojo algunos lugares útiles para ti. Aquí está nuestro Cuerpo de Guardia fronterizo. Luego, este camino. Sigue la dirección de mi dedo. Este camino se bifurca aquí, aquí y aquí…
»El ramal derecho conduce a nuestra capital, donde con toda seguridad nuestros Amos podrán responder a tu pregunta, mas no vayas hacia allá, pues has de seguir el ramal de la izquierda, que lleva, como está bien claro, al Gran Repecho y a todo el territorio Nor. Fíjate cómo hemos señalado, asimismo, varias montañas; algunas contemplan a menos de una legua las tierras bajas, y al menos dos ciudades prósperas.
Mallian frunció los labios reflexionando, asintió, siguió las líneas indicadas con sus peludos dedos, tan distintos del suave índice de Naccanath, el cual, interrogado respecto a los productos que producía la tierra de Nor, y cómo era su gente, respondió que aquel territorio producía muchos y buenos cerdos, pellejos y caballos, así como cereales y madera, si bien la gente era de carácter más bien huraño.
—Aunque no dudo que estarán dispuestos a negociar contigo —concluyó.
—Ni yo —asintió Mallian, complacido. Alargó la mano pidiendo el mapa, pero no se lo entregaron—. Vamos, vamos, señor de Elver —continuó, en son de reproche—, no creerás que mi cerebro se ha aprendido ya de memoria este plano, ¿verdad? Y a menos que nos quedemos aquí más tiempo, ni yo ni mis nuevos compañeros podríamos estar seguros de saber salir del Estado de Elver tan de prisa como quisiéramos.
Naccanath enrolló el mapa y lo introdujo dentro de un tubo de cuero.
—Podéis estar seguros de ello —objetó—, porque tanto yo como Durraneth os acompañaremos hasta el Repecho. Lo contrario sería poco hospitalario.
Mallian se aclaró la garganta y evitó la mirada del otro.
—Me siento abrumado por tanta cortesía, mas siendo así… ¡Capi Mog! ¡Adelante!
Tomó asiento con gran solemnidad sobre las cajas fijadas a la máquina, y ya en marcha la procesión se distrajo abriendo algunas cajas. En una encontró unos puñados de una sustancia triturada, y en la otra sólo un libro ajado. Encogiéndose de hombros, empezó a volver sus polvorientas páginas, leyéndolo. De pronto echó una mirada preñada de sospechas sobre la pareja de guardias de Elver. Mas los dos, absortos aparentemente en sus propios pensamientos, no se fijaron en él, y continuaron cabalgando en silencio, montados en sus flacos caballos.
Mallian gruñó y volvió una hoja.

El boticario de la primera población por la que pasaron levantó las manos al cielo cuando entró Mallian.
—No tengo provisiones para vosotros —murmuró temblando, aunque con voz petulante—. Al no tener esposa ni criada, como en los figones. Además, las melazas y los confites de mis estanterías son tremendamente amargos, aunque una cantidad bien medida jamás hace daño, cuando uno es de disposición estreñida. Mas, ¿qué puede a él importarle esto? —añadió, como para sí, en voz más baja—. No sólo lo sé yo, sino cualquiera, que todos esos cañoneros son gente cerrada, como perros, en virtud de no haber criado ni engendrado fuera de su raza durante generaciones. Sin embargo, poseen la medicina del estruendo mortal, y esto me obliga a preguntar dulcemente: ¿qué deseáis, señor?
—Dieciséis medidas y media de carbón triturado… —contestó Mallian—, para empezar… Medidas grandes, las más grandes que tengas.
El boticario dejó caer el labio inferior.
—Hum, hum… Esto bastaría para echar todos los vientos de los estómagos de un pequeño ejército, aunque con toda seguridad es un ejército pequeño el que… —La nuez de su garganta subió y bajó súbitamente en un ataque de terror—. ¡Oh, Amo, no prestéis atención a mis comentarios! —suplicó—. Ya comprendo la falsedad de mis conjeturas. Carbón, dieciseis medidas y media… ¡Inmediatamente, Amo, inmediatamente!
Trabajó afanosamente entre un barril y unas balanzas, mirando de vez en cuando a Mallian con temor y asombro. Por fin, preguntó:
—¿Qué más pedisteis, Amo? ¿Dijisteis catorce medidas y media de azufre? Oh, esto me encanta, pero debo declarar que el azufre no goza del favor actual para las fumigaciones. Hoy día prefieren el asafétida como ingrediente para arrojar los demonios y miasmas, así como… ¡Hum! Observa cómo me arrepiento de haberte hecho esta observación. Azufre…
La tercera sustancia también le causó gran inquietud, y se mordió los labios y frunció el ceño.
—Nitro nevoso, mi Amo… Perdona el pobre entendimiento de mi cerebro y la pobreza de mi tienda, mas… ¡Alto! Me abjuro a mí mismo, Amo y Señor. El nombre de nitro nevoso es otro nombre dado a lo que denominan piedra salina o salitre, ¿verdad? Dentro de un momento lo miraré en mi léxico… Ah, sí, sí… Mi conjetura fue correcta. Sesenta y nueve grandes medidas de salitre, más correctamente llamado nitro nevoso… Caramba, esto agotará mis reservas, mas no importa. Las salazones tendrán que aguardar un poco a tener escabeches. No conozco el uso ni los preparativos de este trío de carbón, azufre y salitre. ¿Debo triturarlo todo en mi mortero?
—Oh, no —se apresuró a decir Mallian—. Esto es… Hum… Esto merece un poco de reflexión.
Se tironeó de la barbilla y contempló por debajo de sus espesas cejas al boticario, un hombrecillo bajo y flaco, de edad indefinida. Había cosas que él estaba acostumbrado a hacer y que en cambio Mallian jamás había hecho; además, había dicho una frase que el joven deseaba volver a oír más despacio. Y cuanto más la consideraba, más le gustaba esta idea. Al fin se aclaró la garganta y habló:
—Señor boticario, ¿podría venderse rápidamente, con cierto beneficio, vuestra tienda?
El boticario miró hacia fuera con ojos temerosos. Luego, acercó más sus resecos labios a las orejas, tostadas por el sol, de Mallian.
—En el Estado de Elver no se puede vender ninguna tienda con beneficio —susurró—. Los cobradores de impuestos pululan como bestias de rapiña. ¿Por qué lo preguntas? Ni siquiera hay tienda alguna que dé beneficios. ¿Por qué, Amo mío, lo preguntas? ¿Qué es para ti, Amo, un comercio fijo? Tú pasas, Amo, con tu gigante máquina del trueno, te provees de vituallas y sigues hasta otra población. No necesitas revisar ni beneficios, ni reservas ni ventas… Ni impuestos. Entonces, ¿por qué lo preguntas?
La tienda ofrecía un buen aspecto, aunque las estanterías no estaban muy surtidas. Mallian había tenido suerte al conseguir los artículos que necesitaba.
—La Compañía Libre de Cañoneros… —calló al observar la mirada de incomprensión del boticario—. Bueno, Bumbarbum…
—Oh, sí, Amo, Bumbarbum…
—La Compañía Libre de Cañoneros necesita los servicios de un hombre letrado y responsable, versado en la medicina de la historia y, naturalmente, en farmacia. Y yo me pregunto…
El boticario ejecutó una genuflexión y besó las manos y las rodillas de Mallian. Luego cerró la tienda y depositó las llaves en casa del cirujano local. Aquella noche, mientras la Dotación dormía y roncaba, y los guardias de Elver acampaban desdeñosamente aparte con las cabezas apoyadas en las sillas de montar, él y el boticario conversaron largo y tendido, y en voz baja, delante de un fuego medio apagado, en tanto las indiferentes estrellas palpitaban en el cielo.
—No —dijo el boticario, cuyo nombre era Zembac Pix—. No, Amo y Señor, no he estudiado especialmente esta materia. Durante toda mi vida, Bumbarbum, o Juggernaut, ha sido sólo una palabra. Con ella asustaban las madres a los niños traviesos. En las crónicas se hallan referencias a Bumbarbum. Pero nadie sabe cuándo apareció. Ni quién lo inventó. Yo era muy joven cuando lo vi por primera vez; la mayoría huyó en busca de comida, mas yo me acerqué cuanto pude. Por esto, creo que nadie, aparte de mí, se fijó en que su tropa apenas era un poco más inteligente que los idiotas.
»Mog no era el capitán entonces. No sé cómo se llamaba, pues ha pasado mucho tiempo y mi mente está llena de recetas y recibos de impuestos. Bien, hum, hum… No, aquel capitán no era tan idiota. Creo, incluso, que era más inteligente que éste. Digamos que era subnormal. Y se marcharon. No sé cómo. Antes de ésta, los he visto dos veces más. Y he oído hablar de ellos más de dos veces. Una cosa se dice en su favor: que, al revés que otros bandidos armados, jamás raptan ni violan ninguna mujer. Tampoco aceptan ni secuestran jóvenes reclutas.
»No comprendo claramente el motivo de su idiotismo. Pero el resultado está claro: desde quién sabe cuánto tiempo, no han recibido genes recientes, nuevos, frescos. Y todos los fallos y flaquezas que poseían entre sí se han multiplicado, elevado al cuadrado, al cubo, para emplear la lengua de la medicina llamada matemáticas. Así, sólo conservan sus costumbres idiotas, que se transmiten entre sí. Igualmente idiota es el resto del mundo que les teme y les entrega comida. No sé qué antigüedad tendrá el libro que has encontrado… tal vez un siglo, me atrevo a decir. Y no trata sólo del cañón, ni de la medicina sola, ni del gran ruido o la destrucción que produce… No… Sino de esas tres sustancias, mezcladas, humedecidas, secas, trituradas y espolvoreadas. ¡Por todo mi ser, que no es poco lo que has descubierto!
Mallian escupió en el fuego. Luego alargó el brazo en la obscuridad y gentilmente cogió a Zembac Pix por el cuello.
—Tienes que recordar aquel pronombre —murmuró, sintiendo la nuez de la garganta bajando y subiendo—. Yo. No tú. Yo. No nosotros. Yo… Por fortuna, Mallian, hijo de Labio Leporino, es de carácter confiado.
Soltó su presa.
—Por fortuna… —tremoló Zembac Pix.
—Tengo grandes planes. Grandes necesidades. Y puedo ofrecer grandes recompensas. Tú, boticario, puedes llegar a ser Consejero de los Consejeros de los Reyes. Por tanto, sé virtuoso. Y muy cauteloso.
Miró fijamente los ojos de su interlocutor, relucientes y rojizos a la luz del fuego. Y los vio moverse cuando el boticario asintió.

Se hallaban sobre el borde del acantilado. Más allá se extendía el Repecho o Espolón, ancho e irregular, con algunas aldeas y casuchas; y al otro lado se hallaban las ruinas, torpemente, casualmente amontonadas. Mallian escupió fuertemente.
—No será fácil cruzar —musitó—. Sin embargo, distingo una senda… y por ahí cruzaremos. No obstante…
Hizo una pausa tan larga que Durraneth y Naccanath se movieron con inquietud, inquietud que se comunicó a los demás habitantes del Estado de Elver que habían venido de la cercana ciudad para ser testigos de la llegada y la partida de los cañoneros.
—No obstante, ¿qué? —se aventuró a preguntar Naccanath, recordando tal vez la picadura de la pulga, por lo que había refrenado a su caballo bastante aparte de Bumbarbum y su Dotación.
La marcha no había seguido ningún horario rígido. La Dotación se despertaba cuando el sol ya estaba alto, mas no estaba preparada para trabajar al momento, por lo que primero comían, a fin de acallar las peticiones casi pitónicas de sus descansos posdigestivos. Naccanath había insinuado que era preciso ir más de prisa; Mallian había, con menos urgencia, transmitido dicha insinuación al capitán Mog, y éste había maldecido, empujado y pateado… consiguiendo unos instantes de paso más apretado… mas sólo unos instantes. A intervalos.
—Al decir no obstante —continuó Mallian lentamente—, quiero decir que he de hacer algo antes de realizar el cruce.
Le dio una orden a Mog, el cual la repitió en voz más alta. Mog nada sabía de la petición de Mallian, nada del problema que se alzaba tras la pregunta del joven. Sólo sabía que si Mallian le ordenaba algo y no lo cumplía, le pateaba en la cabeza. Varias veces había intentado zafarse a este trato, pero la única forma de lograrlo, al parecer, era obedecer con rapidez.
Lenta, erráticamente, por consiguiente, Bumbarbum empezó a girar y su gran boca apuntó hacia el Espolón. Otra orden, y la maciza máquina quedó libre de sus maderos. Ahora descansaba ya en tierra. Naccanath se aclaró la garganta, miró a Durraneth, y éste le devolvió la mirada.
—¿Cuál, y fíjate en la extrema cortesía con que te formulo la pregunta, cuál es tu intención, hijo de Labio Leporino?
Mallian se acarició las puntas de su doble barba.
—Mi intención es disparar el cañón.
Los jinetes retrocedieron, uno, dos o tres pasos, como de común acuerdo.
—¿Disparar…, disparar a Bumbarbum?
—Algunos lo llaman así. Otros prefieren llamarlo Juggernaut.
—Sé que esto hace muchísimo tiempo que no se hace —exclamó uno de los del Estado de Elver, aclarándose la garganta un par de veces.
—Más razón para hacerlo ahora. La Dotación necesita práctica y nadie puede oponerse a los daños que causemos al Espolón.
—¿El Espolón? —replicó Naccanath rápidamente—. No nos interesa el Espolón… Todavía nos hallamos en territorio de Elver y considero los posibles daños que pueden causarse en el mismo…, incluyendo, y la consideración no es pequeña, a nosotros mismos. ¿Sería mucho que aguardases a estar ya en el Espolón?
—Oh, no. Deseo calcular un tema llamado alcance…, un tema arcano de matemáticas, muy importante para mí… y en particular la trayectoria calculada desde una elevación del terreno, como una montaña o una colina.
Los Elver se consultaron apresuradamente entre sí, y después suplicaron a Mallian que demorase sus cálculos hasta que ellos se hubiesen alejado bastante del lugar. Mallian frunció el ceño, asintió brevemente con impaciencia, y todos huyeron tan de prisa, que los dos Elver desaparecieron con mayor premura que cuando Mallian se escondió de los Enanos en la zanja.
—Temen el ruido fatal —declaró a Zembac Pix, con una perversa sonrisa—. Lo cual está muy bien. Cuanto menos vean, tanto mejor. Bien, ahora hay que aplicar la pólvora triturada, como dice el libro. Sostén firmemente el crisol, Zembac Pix. Así…, suavemente…, así…, así.
Mallian asió el ariete y trató de seguir las directrices del libro, de modo que la pólvora quedase en el fondo del cañón, no excesivamente apretada, pues en tal caso no ardería debidamente. Luego, ya satisfecho, ordenó que se ejecutase el disparo. Mog y sus satélites avanzaron con la gran piedra redonda… la elevaron… y la dejaron caer. El responsable de tal caída chilló por sus pies primero, aplastados por la enorme piedra, y luego chilló por sus costillas cuando Mog le vapuleo. Al fin, la piedra cayó dentro del cañón.
Luego, la fina pólvora fue colocada en un reguero a lo largo de la muesca hasta el extremo del cañón.
—Y ahora ¿qué? —preguntó Mallian.
Pix consultó el libro.
—Ahora se dispara —dijo—. ¡Capi Mog, una antorcha encendida!
Los hombres de la Dotación parecían inseguros. Sus recuerdos de otros disparos eran sumamente débiles, si llegaban a tenerlos, y no por el tiempo transcurrido sino por la torpeza de sus mentes. Habían procreado por el cañón, vivido con y para él, y sólo poseían aquella enorme máquina. Jamás la habían disparado, habían olvidado cómo fabricar su combustible, y tal vez lo habían olvidado todo excepto algunas leyendas y retazos de cuentos que les servían de historia. Estaban excitados. Inquietos. Algo nuevo se había introducido en sus vidas. Uno de ellos, que había contemplado la carga del cañón, habló en nombre de todos.
—Bumbarbum… Bumbarbum come.
Zembac Pix cogió la tea encendida y murmuró, antes de entregársela a Mallian:
—Permanece cuidadosamente de pie, como indica el libro; de lo contrario el cañón te aplastará…
Mas el joven, impaciente, arrebató la antorcha y la arrojó al reguero de pólvora. Ésta silbó y se desvaneció. Luego, con un clamor semejante al trueno del dios de la guerra, la tremenda boca vomitó llamas y humo. La máquina saltó como herida, cayó de nuevo y se aquietó. Obscuridad, densa obscuridad, y un hedor malvado les rodeó a todos. Gradualmente, la obscuridad se fue despejando. Se contemplaron todos mutuamente.
—…con el retroceso —finalizó Zembac Pix.
La Dotación se incorporó del suelo lentamente, con sus rostros idiotas iluminados por el terror, el susto y el gozo. La ocasión requería unas palabras. Y las encontraron… o al menos una:
—¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum!
Saltaban y gritaban estruendosamente, en un terrible clamoreo.
—¡Bumbarbum!
—¡Bumbarbum!
—¡Bumbarbum!
Zembac Pix señaló hacia el Espolón.
—El disparo parece haber excavado una trinchera en aquella colina. ¡Ah…! Hum, hum…
—Ya lo veo…, sí. Supongo que había una hilera de casas. ¡Ja, ja!
—¡Casas de Elver!
—¡Casas de Bandidos!
—¡Ja, ja, ja!
Algo atrajo su atención. Algo relucía en la trinchera, ahora que las nubes se disipaban y el sol aparecía…, algo que parecía haber desviado levemente el tiro de la gran piedra. Discutieron qué sería, y acordaron que, fuera lo que fuese, podía esperar.
—Capi Mog…, ¡adelante!
—De frente…, ¡marchen!
Poco después vieron a los de Elver descendiendo por otro sendero que les permitía alejarse del gran cañón y su Dotación: una fila de jinetes de Elver y detrás los guardias y, cabalgando en la grupa, un hombre con un azadón.
—Curioso —comentó Mallian.
—Muy curioso, Amo y Señor —añadió Zembac Pix. Pero cuando estuvieron más cerca, aquello aún resultó más curioso.
—Observa, Mallian, hijo de Labio Leporino —exclamó Naccanath, con un gesto y un tono extraños—; fíjate lo que ha puesto al descubierto la monstruosa voz de Bumbarbum.
Sí, era una visión. La colina estaba excavada bajo la superficie del nivel general del terreno. En su interior se hallaba una imagen inmensa, con un brazo enhiesto y una corona o halo sobre la cabeza, de la que surgían una serie de grandes espinos, al menos de la longitud de un hombre, o el doble. Por lo que era dable ver, llevaba una túnica muy rara. Con un matiz desconocido de azul verdoso, casi negro.
—¿Qué es? —inquirió Mallian con voz asustada.
—¿Quién lo sabe? —se encogieron de hombros los de Elver—. Parece hueca…
Y Naccanath y Durraneth tenían algo más que decir.
—¿Recuerdas, príncipe de Qanaras —empezó el primero, y Mallian observó que lo habían elevado de rango, aunque su rostro no expresó la menor satisfacción—, recuerdas lo que dijo el guardia Enano? Lo que dijeron todos, claro… Que antes del Gran Cambio de Genes, ¡todos los hombres tenían la estatura enana!
—Lo recuerdo —asintió Mallian—. ¿Y qué?
—Esta gran imagen está hueca —continuó lentamente Durraneth—. Y en su interior hay pasadizos. Pero los espacios parecen excesivamente pequeños. ¿Supones…?
—¿He de suponer que existe una posible verdad sobre la absurda declaración de los Bandidos? ¡Jamás! En realidad, esa estatua gigantesca demuestra que la forma original de la humanidad fue una raza de gigantes…
Durraneth asintió lentamente. Luego su mirada pasó de la enorme estatua al gran cañón y volvió a posarse en la primera.
—Quisiera… —vaciló, y agregó—: quisiera saber qué tiene en la mano. Oh, claro está, no sabía que tuviera nada en la mano. Tiene un brazo; por tanto, debía tener una mano… Bien, esto no tiene importancia; es sólo una fantasía sin racionalidad alguna.
Pero Mallian tenía que formular una pregunta. Señaló al hoyo, detrás de un árbol caído, donde cuatro habitantes de Elver estaban contemplando la recién hallada maravilla, y un quinto estaba sobre su rostro. En el reborde había una caja de aspecto extraño, de donde salían unos cables que descendían por el cuerpo de la estatua.
—¿Qué es aquello? —indagó.
—Un aparato —Durraneth se encogió de hombros—. Simula una corriente magnética. Realmente no nos dice nada, salvo que toda la figura parece de metal. ¡Toda! Oh, es increíble… No, supongo que tienes razón. Me refiero a la estatura original del hombre. Por lo tanto, el asunto sigue igual que antes… —Durante unos momentos estuvo meditando y al fin añadió—: Cuando estés dispuesto, Príncipe, para formular tu pregunta, yo estaré dispuesto para ayudarte a encontrar la respuesta. No te detengas demasiado entre la gente bárbara y retrasada de Nor. Adiós. Que el sol brille sobre ti.

La gente bárbara y retrasada de Nor había sido en su mayor parte advertida por el estrépito del único disparo de Bumbarbum y, también, por la vista de la máquina al ser transportada por la Senda Trans-Espolón, por lo que todos huyeron hacia las amontonadas ruinas donde apenas era posible seguirles. Se llevaron consigo gran parte de sus alimentos, pero la Dotación sabía saquear de modo maravilloso y experimentado; con sus narices perrunas pronto husmearon la comida, y en un santiamén la devoraron.
Mallian no deseaba ir hacia las ruinas, detrás de la gente. Consultó el mapa. Naccanath todavía llevaba el tubo de cuero, pero Mallian tenía el mapa, sabiéndolo el otro o no. Luego consultó a Zembac Pix.
—He pensado que sería conveniente pedir caballos a los de Elver. Indudablemente, podríamos adiestrarlos para arrastrar el cañón.
El boticario frunció las cejas y sonrió astutamente.
—Los caballos vendrán más tarde —murmuró—. Los caballos… y otras muchas cosas.
Primero había que instalar a Bumbarbum en una colina. Tras lo cual vendrían los víveres, no rapiñados con rapidez para ser devorados al punto, sino obtenidos con eficacia y convenientemente distribuidos. ¿Y eficientemente consumidos? No todos. La palabra clave era “excedente”. Excedente de comodidad representaba comercio, lo cual quería decir riqueza y poder. Para empezar, una zona de granjas y poblaciones. El poder establecido significaba un punto de apoyo muy firme. Y con un punto de apoyo bien establecido, bien asentado, ¿qué no podría obtenerse?
Pero no había que correr. Dejando a Zembac Pix a cargo del cañón y su Dotación, Mallian se marchó a explorar el territorio, con interés especial por las montañas. La primera a la que trepó dominaba excelentes prados llanos y herbosos, y al menos cuatro poblaciones, todas prósperas, pero las sendas que llevaban a la montaña eran estrechas y no admitirían la inmensa mole de Bumbarbum. Ensancharlas sería cuestión de varios meses. No podía elegir aquel emplazamiento. La segunda montaña tenía un fácil acceso, pero sólo miraba a una población, no tan próspera en apariencia. Mallian suspiró, y continuó su camino. La tercera montaña estaba bien situada, mas terminaba en pico rocoso y escarpado, donde sólo podían habitar algunas aves. Una cuarta…
Una quinta…
Tal vez fue la séptima, la montaña que le pareció ideal en todos los aspectos menos en uno. Había una pendiente en un ángulo poco inclinado, y la cima era ancha y llana, con suficientes árboles para dar la sombra requerida, pero no molestarían los movimientos del cañón. Desde la cumbre, Mallian divisó una gran extensión de tierra y muchos huertos frutales, así como las techumbres de diversas ciudades. Había pasado por dos de ellas, observando con aprobación los signos de productividad y riqueza, y una tercera le pareció lo bastante grande para suponer lo mismo. La montaña resultaba tan tentadora desde arriba como lo fuera desde abajo; por consiguiente, el joven rodeó su circunferencia a pesar de la dificultad debida al barro ya seco de sus pies y piernas. Pero al pie de la montaña, al otro lado del único camino posible, se extendía un infranqueable barrizal y no había ningún riachuelo de poco fondo, pese a que Mallian lo buscó prolijamente. Barro, barro pegajoso, y Bumbarbum no podría pasar por allí. Mallian suspiró y deshizo su camino.
Cuando llegó allí había un hombre en el agua, con los calzones echados sobre la espalda y la camisa arremangada desvergonzadamente hasta las costillas, que acababa de pescar un pececillo con un tridente.
—La Fortuna te favorezca —saludó Mallian.
—Hum… —respondió el pescador.
—La Fortuna te favorezca —repitió el joven, un poco más alto y con cierto enojo.
—Por aquí no decimos “La Fortuna te favorezca”.
—Oh… Entonces, ¿qué decís?
—Decimos “hum”.
—Oh, bien. Entonces… Hum.
—Hum…
Y el hombre ensartó otro pez, y otro; luego los desventró y los metió en una bolsa. Había construido una fogata en la orilla, y dejó allí su pesca para ir en busca de más.
—¿Prefieres el pescado ahumado al fresco?
—No, no —negó el interrogado—. Pero el ahumado se conserva y el fresco no. ¿Eres tonto? Mira aquel barro seco. Y el del otro lado. Pesco mientras hay agua. Pero pronto se agotará y habrá que esperar las lluvias.
Mallian se preguntó por qué no habría pensado antes en ello.
—Gracias, señor —dijo sinceramente—. Y ahora, dime, ¿qué dicen por aquí como adiós?
El hombre contemplaba fijamente el agua.
—Decimos “hum”.
Mallian suspiró.
—Hum…
—Hum… —respondió el pescador. Se rascó el ombligo y apareció otro pez.

—¿Qué gobierno tenéis por aquí? —preguntó a un individuo que llevaba un caballo de carga, cuando pasó por la ciudad más próxima.
—Ninguno. Ni queremos ninguno. La Tierra de Nor no tiene gobierno por definición.
—Ya. Gracias. Hum… —se despidió Mallian.
—Hum… —replicó el arriero.
Mallian acompañó al gran cañón todo el camino, pero envió por delante a Zembac Pix para que esparciese la noticia de que otros territorios y sus gobiernos —lo mismo podía tratarse de los Reyes de los Enanos que de los Amos del Estado de Elver—, envidiando la condición sin gobierno de Nor, habían decidido enviar ejércitos, tropas, espías y otros medios de ataque, con el intento de establecer allí un gobierno para el pueblo. Pero que la Compañía Libre de Cañoneros, al enterarse del plan demoníaco, había acudido por su libre albedrío en defensa de la Tierra de Nor, con un arma más útil que mil espadas, o sea, el gran cañón Bumbarbum. Zembac Pix anduvo por todos los caminos y ciudades de la región, acampando no obstante con Mallian, Mog y la Dotación cuando descansaban.
—¿Esparciste la noticia?
—Con suma diligencia, Amo y Señor.
—¿Y qué expresiones y comentarios has oído?
El boticario pareció vacilar.
—En su mayor parte, no hubo cambio de expresión ni otro comentario que un gruñido: “hum”
Malliam meditó y al final enarcó las cejas.
—Has dicho “en su mayor parte”…
—La verdad exacta de mi declaración, Amo y Señor. Hubo una excepción, un individuo de aspecto cansado y filosofante que tiene una hostería para la distribución del licor de malta. —Zembac Pix se humedeció los labios ligeramente, esbozando una sonrisa—. Su comentario fue que la Tierra de Nor carece de gobierno por definición, por lo que no es posible gobernarla de acuerdo con las leyes de la lógica, una cosa que no es lo que no es, sino que es lo que es; por lo que hablar de gobernar la Tierra de Nor es como hablar de mover lo inamovible, o sea, una necedad. Y dijo otras muchas palabras, sólo para resumir lo dicho anteriormente.
Mallian no contestó, pero tras una pausa sacudió la cabeza. Luego, se incorporó.
—Capitán Mog, ¡adelante!
El capitán Mog se puso en pie.
—De frente, ¡marchen!
La Dotación se levantó y todos se situaron en sus respectivos puestos.
—¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum!
Las grandes ruedas retemblaron.
—¡Bumbarbum!
Las grandes ruedas se movieron.
—¡Bumbarbum!
Las grandes ruedas giraron.
El cañón empezó a traquetear por las polvorientas sendas. No alcanzaron la base de la montaña en un día, ni en dos ni en tres. Pero cuando llegaron, ya se había evaporado casi toda el agua del pantano, dejando un fondo de barro duro, secado por el sol. Eligieron varios árboles caídos y los descortezaron, para fabricar calzos y frenos. Y cuando el arroyuelo se hubo convertido en un hilillo de agua, iniciaron la ascensión. Todos gritaban, todos cantaban, todos gruñían rítmicamente, todos empujaban. Empujaban, apretaban, nivelaban. De vez en cuando pasaban una cuerda en torno a un corpulento tronco; de vez en cuando dejaban descansar el cañón sobre los maderos, y todos jadeaban, hasta que volvían a gritar todos a una:
—¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum! ¡Bumbarbum!
Pur fin llegaron a la cumbre, colocaron el cañón en el lugar más ventajoso y lo dejaron libre de maderos.
—Ahora —exclamó Mallian—, a componer y distribuir una proclama.
Zembac Pix le ayudó a redactarla, diciendo en la misma que la Compañía Libre de Cañoneros había ya emprendido la ardua tarea de defender al territorio Nor contra las fuerzas hostiles y extranjeras que intentaban establecer un gobierno en dicha región. Y que a fin de compensar a dicha Compañía Libre, y para sustentarla adecuadamente y garantizar su postura defensiva, estaba dispuesta a aceptar contribuciones voluntarias. Cada ciudad era la responsable de recolectar los donativos de sus habitantes, y sí alguna no efectuaba ninguna colecta ni entregaba donativo alguno, ello revelaría que secretamente apoyaba la tiranía extranjera pro-gobierno. Y en ese caso, la Compañía Libre se vería en la triste obligación de bombardear tal ciudad.
—¿Cómo firmamos? —preguntó Mallian, muy complacido por unas frases tan ingeniosas y justas.
—Yo, Amo y Señor, sugeriría un sucinto “Mallian, General Comandante”.
—Hum…, hum… Muy bien. Pero, ¿no recuerdas que los guardias de Elver me llamaron Príncipe? No quiero que pienses que me dejo lisonjear demasiado por los títulos. Por tanto, ¿qué te parece “Mallian, Príncipe”, sencillamente?
Zembac Pix mordisqueó el extremo de su pluma.
—Excelente sugerencia, Gran Señor. Consecuente. En principio, nunca hay que mostrarse demasiado humilde.
Sopló una brisa procedente del terreno inferior, llevando en su seno un olor de marranos, pieles, caballos y otros ricos productos de la tierra. Las facciones de Mallian se iluminaron con una sonrisa.
—Sí, me dejaré convencer —asintió—. Sea así. Ahora, haz copias que se colocarán en las plazas públicas, y proclamas para las encrucijadas. Tú puedes acompañar al primer convoy de tributos… digo, de donativos.
Zembac Pix declaró que ello le complacería en extremo. Descendió. Ascendió. Transcurrió algún tiempo.
—¡Maldito y engañador boticario! —se enfureció Mallian—. ¿Qué hacías? ¿Dónde has estado? ¿Cómo has tardado tanto? ¿Dónde están los donativos voluntarios de víveres, de bebida, de materias primas, de productos comerciales y de artículos manufacturados? ¿Robaste en el patio de un baratillero ese inmundo animal que seguramente llamarás caballo? ¡Contesta! ¡Responde! ¡Y dame buena cuenta de todo, o te pondré debajo de la máquina Juggernaut para que te aplaste!
Zembac Pix bajó delicadamente del lomo del rocinante, que lucía una manta atada con una cuerda a modo de silla de montar, y momentáneamente padeció una súbita contracción de la glotis que le impidió hablar, y hasta pudo ser responsable de la vacilación de su paso. En los brazos llevaba amorosamente un barrilito que contenía alguna materia líquida.
—Amo y Señor —murmuró—, con la máxima diligencia he cumplido tus instrucciones al pie de la letra, ya fueran órdenes terminantes o sobreentendidas. He comprado materiales de escribir, he ejecutado copias claras con la caligrafía más exquisita. Incluso me había guardado una muestra cuya sola vista te convencería; mas, ¡ay!, al volver aquí me vi obligado, con gran pesar por mi parte, a emplearla en algo excesivamente grosero para decirlo entre nosotros…, hum, hum…, aunque incluso los reyes tengan necesidad de ello para vivir.
»Bien, he colocado las copias en todos los lugares públicos y proclamado tu mensaje en las encrucijadas en todas las esquinas. Además, he entrado en todos los figones y tabernas y otros locales de esparcimiento para propalar el asunto. Comprenderás entonces con qué incredulidad y con qué pesar lastimero debo manifestarte que, lejos de apresurarse a contribuir al meritorio sostenimiento de la Compañía Libre de Cañoneros, se han apresurado a confeccionar bolitas de cera y algodón con que taponarse los oídos, para ahorrarles, dijeron, el horrible ruido y la tortura de oír disparar a Bumbarbum… Ah, la presencia de este barrilito de licor no significa, Amo y Señor, que un solo contribuyente se haya dignado efectuar un donativo voluntario, sino sólo mi habilidad en un juego de destreza en el que me vi obligado a participar, pues me amenazaron con muchos males y perjuicios si me negaba.
Hubo un prolongado silencio. Luego, Zembac Pix, suspirando profundamente, vertió una ración no escasa del licor del barrilito en una copa de cuero y se la ofreció a Mallian. Y en honor a la verdad, no olía mal. La brisa soplaba sobre la montaña, y los miembros de la Dotación dormitaban o mataban piojos; el sol calentaba.
—Pensar en tanta ingratitud… —rezongó Mallian poco después.
Zembac Pix se dedicó a pensar en la ingratitud. Más tarde, casi se sorprendieron al ver que estaban sosteniendo las ruedas del cañón, contemplando las tierras reprobas de abajo.
—En memoria de mi padre no debo deshonrar su nombre y su estación, quebrantando mi palabra. ¿No estás de acuerdo?
—Completamente, Amo y Señor.
—Dije que la contumacia merecería un bombardeo. —Mallian eructó ligeramente al pronunciar las vocales de la última palabra—. Y eso he de hacer.
Ambos estuvieron acordes en ello, aunque hubo una ligera diferencia de opinión respecto a si la ciudad más cercana se hallaba a doscientas longitudes o a trescientas… y también sobre si la distancia de alcance de Bumbarbum cubriría trescientas longitudes o sólo doscientas. Llegaron a la conclusión de que era mejor emplear más fuerza de la necesaria, en lugar de menos de la precisa, y que la carga debía ser un tercio más pesada que la usada antes. Además, según el mismo principio, cargaron el cañón con doble cantidad de pólvora.
—Y ahora, primera actuación —sonrió Zembac Pix.
—Un momento —le contuvo Mallian—. La última vez estábamos demasiado cerca para ser testigos del momento del disparo. Me gustaría verlo bien esta vez y que mis ojos no quedasen empañados por el humo.
El boticario asintió y sonrió.
—Te comprendo perfectamente. Haré el reguero más largo… Deja que utilice esta longitud de madera como plano inclinado. Excelente…, excelente… ¡La pólvora se mantiene en su lugar, sin resbalar! Bien…, bien…, bien… Hum, hum… Creo que he utilizado el resto de la pólvora.
Su rostro era tan lastimero que Mallian se echó a reír.
—No importa, no importa. Fabricaremos más. ¿No contiene aquel libro la receta? ¿Dónde está la tea? Aquí… ¡Ja, ja! Oye cómo silba… Bien, se os ha llamado bárbara y retrasada, gente de Nor; pues bien, aquí tenéis mi requisitoria para…
Todos los truenos del cielo, todos sus relámpagos y centellas estallaron sobre ellos, con mil lenguas de fuego y cortinas de humo. La tierra tembló como un moribundo, e instantáneamente todos fueron arrojados al suelo. Los pájaros huyeron chillando sobre sus cabezas. Y todos yacieron ensordecidos y atontados durante varios segundos.
—¡No oigo nada! —refunfuñó Mallian, al ver que Zembac Pix movía los labios—. ¡No oigo nada!
—No he hablado… jOh, piedad, hadas malignas! ¿Dónde está Bumbarbum?
La Dotación, levantándose ya del suelo, gritando, gimiendo, vociferó la misma pregunta:
—¿Bumbarbum? ¿Bumbarbum? ¿Bumbarbum? ¿Bumbarbum?
Algunos fragmentos de metal retorcido y una rueda destrozada era todo lo que quedaba del gran cañón, del arma más útil que mil espadas. Mallian sintió subir un sollozo por su garganta. Todos sus planes, todos sus esfuerzos… malogrados, destruidos en un solo instante. Luchó para recobrar el dominio de sí mismo.
—El tiempo y la falta de uso —reflexionó en voz alta— habrán corroído el cañón. No importa. Lograremos fundir otro.
Zembac Pix asintió y murmuró entre lágrimas:
—Y prepararemos más pólvora. Cuatro medidas y media de azufre, para treinta y un tercio de…
—Te equivocas. Sé muy bien que eran veinticinco y un quinto de azufre, para seis y un octavo de nitro nevoso… ¿O eran once y una décima de…? Oh, consultaremos el libro.
Pero de aquella única obra en la que se hallaban transcritos los secretos sobre el arte de la artillería, sólo quedaba una hoja chamuscada, en la que podía leerse solamente la frase “carga excesiva”. Hubo otro silencio, mucho más largo, roto sólo por las idiotas e inconsolables ululaciones de la Dotación.
—Perfectamente —exclamó Mallian con tono distinto—. Claramente, esa máquina representaba una simple teoría y, tal como hemos visto, no tenía ningún valor práctico. Mas lo que veo es que el caballo está ileso, por lo que me propongo montarlo rápidamente y abrirme camino por entre los bosques hacia la frontera más cercana de esta tierra de bárbaros y retrasados, pues ya no creo en sus humores.
—¡Oh, de acuerdo, Amo y Señor! ¡De acuerdo! —declaró Zembac Pix, siguiéndole y subiendo a la grupa del caballo—. Pero… hay otra cuestión. ¿Y la Dotación? ¿Hemos de convencerla de que nos siga?
Mallian hizo dar media vuelta al caballo.
—Creo que no. Muy pronto, sus panzas los llevarán a las despensas y hornos de la gente de aquí, y no nos detendremos para verlo. Tengo la firme convicción de que han nacido los unos para los otros
Picó espuelas y Zembac Pix se tambaleó en la grupa. Y, cabalgando, descendieron de la montaña.
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