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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 7 de octubre de 2009

EL PLANETA ERRANTE



EL PLANETA ERRANTE



Fritz Leiber







«¿Qué te parece la idea de un túnel hiperespacial?»
«Hummm... Es claramente una posibilidad.»
Un instante el espacio estaba vacío; al siguiente, lleno de naves de guerra...
Planetas. Siete en total. Armados y dotados de energía como sólo un planeta puede estar armado y dotado de energía.

Edward E. Smith, doctor en Filosofía, en Second Stage Lensmen


Tigre, tigre; ardiente resplandor
en los bosques de la noche.
¿Qué mano u ojo inmortal
pudo trazar tu aterradora simetría?
¿En qué abismos distantes o en qué cielos
ardió el fuego de tus ojos?
¿En qué horno tu cerebro...?
William Blake


Y contemplé cuando hubo abierto el sexto sello, y ¡ay! se produjo un gran terremoto y se volvió negro el Sol como un saco de pelo de cabra y se tiñó la Luna como de sangre.
Y las estrellas del cielo cayeron a tierra como caen los higos maduros de la higuera cuando un fuerte viento la sacude.
Y desaparecieron los cielos como un pergamino que se enrolla; y mudaron de sitio las montañas y las islas. [...]
E hizo sonar el tercer ángel la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella que ardía como una lámpara, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de las aguas.
Apocalipsis de San Juan


El verdadero viaje interestelar se llevó a cabo por primera vez desviando a un planeta de su órbita natural mediante una serie de impulsos producidos por cohetes debidamente situados y sincronizados; se proyectó de este modo al espacio exterior a una velocidad mucho mayor que las velocidades planetarias y estelares normales.
Luego hubo guerras como no las había habido nunca antes en nuestra galaxia. Flotas de mundos, naturales y artificiales, maniobraron entre las estrellas para sorprenderse y destruirse mutuamente con rayos de largo alcance de energía subatómica. Como las ondas de la batalla avanzaron aquí y allá por el espacio, sistemas planetarios enteros quedaron aniquilados.
Olaf Stapledon, en El hacedor de estrellas

Uno

Algunas historias de terror y de lo sobrenatural empiezan con una cara iluminada por la Luna asomada a una ventana o un viejo documento escrito con letra de patas de araña o el aullido de un perro desde páramos solitarios. Pero ésta empieza con un eclipse de Luna y cuatro nuevas fotografías astronómicas en las que se veían campos estelares y un cuerpo planetario. Sólo que... algo les había ocurrido a las estrellas.
La más vieja de las fotografías había salido del laboratorio hacía sólo siete días cuando tuvo lugar el eclipse. Provenían de tres observatorios muy distantes entre sí, y una de ellas, de un telescopio situado en un satélite. Eran inscripciones estelares de la más pura ciencia, en el polo opuesto de toda superstición; sin embargo, cada una de ellas produjo un estremecimiento de inquietud en el joven científico que las vio por primera vez.
Al mirar los puntos negros que deberían estar allí... y las volutas ligeramente oscuras que no deberían estar... tuvo una repentina sensación de extrañeza que por un momento lo emparentó con el hombre de las cavernas, con el adorador del diablo y con el cazador de brujas de la Edad Media.
Recorriendo los canales de prioridad, las cuatro fotografías llegaron juntas al Cuartel General de la Región de Los Ángeles del Proyecto Lunar de las Fuerzas Espaciales de los Estados Unidos; éste estaba ligeramente más adelantado que el proyecto lunar ruso, y muy por detrás del proyecto marciano de los soviéticos. De modo que, en el Proyecto Lunar de los Estados Unidos, la sensación de extrañeza e inquietud fue muy aguda, aunque expresada en risas sardónicas y vívida imaginación, como es habitual en los científicos cuando se enfrentan con el misterio.
Al final, las cuatro fotografías —o, más bien, aquello que anunciaban— conmovieron profundamente a todo ser humano que habitaba sobre la Tierra, a todo átomo de nuestro planeta. Abrieron profundas fisuras en el alma humana.
A miles les costó la cordura y a millones la vida. También afectaron a la Luna.
Esta historia, por lo tanto, puede comenzar en cualquier parte: con Wolf Loner, en medio del Atlántico; o Fritz Scher, en Alemania; o Richard Hillary, en Somerset; o Arab Jones, fumándose unos porros en Harlem; o Barbara Katz, contoneándose por Palm Beach con un conjunto de playa negro; o Sally Harris, a la pesca de sensaciones excitantes en los alrededores de Nueva York; o Doc Brecht, vendiendo pianos en Los Ángeles; o Charlie Fulby, que dictaba conferencias acerca de los platillos volantes; o —el general Spike Stevens, estudiando el papel de protagonista en la Fuerza Espacial de los Estados Unidos; o Rama Joan Huntington, haciendo interpretaciones del budismo; o Bagon Bung, al sur del mar de la China; o Don Merriam, en la Base Lunar de los Estados Unidos, o aun Tigran Biryuzov, en órbita alrededor de Marte. O podríamos empezar con Tigerishka o Miau o Ragnarok o el presidente de los Estados Unidos.
Pero como estaban cerca de ese primer centro de inquietud junto a Los Ángeles y también por el papel fundamental que habrían de desempeñar en la historia, empezaremos con Paul Hagbolt, un publicista empleado por el Proyecto Lunar, y con Margo Gelhom, novia de uno de los cuatro jóvenes americanos que subieron a la Base Lunar de los Estados Unidos, y con Miau, la gata de Margo, que tenía por delante una muy extraña jornada; y con las cuatro fotografías, aunque por entonces eran un extraño misterio celosamente mantenido en secreto antes que una amenaza anunciada a bombo y platillo; y con la Luna, que estaba a punto de deslizarse hacia la ambigua oscuridad teñida de penumbra de su eclipse.

Margo Gelhorn, al salir al prado, vio la Luna llena alta en el cielo. El satélite de la Tierra era tan vívidamente tridimensional como una marmórea pelota de baloncesto moteada. Su pálido matiz dorado se adecuaba a la rareza meteorológica de un balsámico atardecer en la costa del Pacífico.
—Ya está allí arriba esa perra —dijo Margo.
Paul Hagbolt, que salía en ese momento por la puerta detrás de ella, rió intranquilo.
—Realmente concibes a la Luna como a una rival.
—Rival, una mierda. Tiene a Don en su poder —dijo la chica rubia de manera rotunda—. Incluso tiene hipnotizada a Miau. —Llevaba en brazos a una tranquila gata gris, en cuyos ojos verdes la Luna se convertía en dos perlas oscurecidas.
Paul también dirigió su mirada a la Luna o, más bien, a un punto cerca de su parte superior, por encima de la sombra del Mare Imbrium. No podía divisar el cráter Platón, donde se encontraba la Base Lunar de los Estados Unidos, aunque sabía que estaba allí.
Margo dijo con amargura:
—Ya es bastante desagradable tener que mirar ese cementerio monstruoso sabiendo que Don está allí, expuesto a todos los peligros de un planeta cuya función es justamente servir de cementerio. Y ahora, para colmo, tenemos que pensar también en esa otra cosa que ha aparecido en las fotografías astronómicas . .
—¡Margo! —exclamó Paul con severidad, mirando a su alrededor con alarma—. Eso es todavía información secreta. No deberíamos hablar de ello..., no aquí.
—El Proyecto te está convirtiendo en una tía vieja. Además, no me has dicho casi nada...
—Ni eso debería haberte dicho.
—Bueno ¿de qué hablaremos entonces?
Paul dejó escapar un suspiro.
—Mira —dijo—, pensé que habíamos salido a ver el eclipse, quizá también para dar un paseo en coche...
—¡Olí, había olvidado el eclipse! La Luna se ha vuelto algo borrosa, ¿no crees? ¿Ha empezado ya?
—Así parece —dijo Paul—. Es hora del primer contacto.
—¿Qué efecto producirá el eclipse sobre Don?
—Casi ninguno. Se pondrá oscuro allí arriba por un rato. Eso es todo. Olí, sí, y la temperatura fuera de la Base Lunar descenderá 250 grados aproximadamente.
—¡Un soplo venido del séptimo círculo del infierno y dices «Eso es todo»!
—No es tan malo como parece. Mira, para empezar, la temperatura será de unos 150 grados sobre cero —explicó Paul.
—Una ola de frío siberiano elevado al cubo encima de un calor abrasador y dices «¡Qué bonito!». Y cuando pienso en ese otro horror desconocido que viene arrastrándose hacia la Luna desde el espacio exterior...
—¡Basta, Margo! —La sonrisa se borró de la cara de Paul.— Es sólo tu imaginación la que te hace hablar así.
—¿Mi imaginación? ¿Me hablaste o no me hablaste de esas cuatro fotografías estelares en las que se veía.. ?
—No te hablé de nada..., de nada que no interpretaras de modo enteramente errado. No, Margo, me niego a decir nada más sobre ese tema. Si sigo escuchando tus comentarios, me volveré loco. Entremos.
—¿Entrar? ¿Estando Don allí arriba? Observaré este eclipse en su totalidad..., desde la carretera de la costa, si dura lo bastante.
—En ese caso —dijo Paul con calma—, es mejor que te pongas algo más que esa chaqueta. Sé que ahora parece hacer calor, pero las noches de California son traicioneras.
—¿Y las noches de la Luna no lo son? Vamos, sostén a Miau.
—¿Por qué? Si piensas que voy a viajar con un gato suelto...
—¡Porque esta chaqueta es demasiado calurosa! Vamos, tómala y devuélveme a Miau. ¿Por qué no viajar con un gato? Son personas, como nosotros. ¿No es cierto, Miau?
—No lo son. Sencillamente son animales hermosos.
—Son gente. Hasta tu gran dios Heinlein admite que son ciudadanos de segunda clase, tan valiosos como los aborígenes o los campesinos árabes.
—No me interesa esa teoría, Margo. Sencillamente, me niego a viajar con una gata nerviosa en mi convertible con la capota bajada.
—Miau no es nerviosa. Es una señorita.
—¿Las hembras son serenas? ¡Mírate a ti misma!
—¿No quieres llevarla?
—¡No!

A unos cuatrocientos mil miserables kilómetros de la Tierra, la Luna iba variando de un dorado fantasmal a un bronce pálido a medida que iba acercándose lentamente a la orilla de la sombra del orbe de mayor tamaño. Sol, Tierra y Luna estaban alineándose. Era el diezmillonésimo eclipse de Luna, o una cifra semejante. Nada extraordinario, a decir verdad; sin embargo, debajo de la cómoda manta de la atmósfera de la Tierra, centenares de miles de personas estaban ya listas para observar el espectáculo desde el lado nocturno de la Tierra, que ahora se extendía sobre el Atlántico y las Américas desde el mar del Norte hasta California y desde Ghana hasta la isla de Pircaira.
Los demás planetas estaban en su mayoría al otro lado del Sol, tan alejados como gente en el otro extremo de una casa grande.
Las estrellas eran ojos helados sin dimensión alguna en la oscuridad, como distantes ventanas brillantemente iluminadas al otro extremo del océano.
La pareja formada por la Tierra y la Luna, agrupadas junto al fuego solar, estaba casi sola en un bosque negro de treinta millones de millones de kilómetros de diámetro. Una situación aterradoramente solitaria, sobre todo si uno imaginaba que algo del todo desconocido acechaba en el bosque, acercándose cada vez más, sacudiendo aquí y allí la luz de las estrellas al doblar las ramitas negras del espacio.

A lo lejos, en el Atlántico Norte, una salpicadura de espuma en los ojos despertó a Wolf Loner del frío de un sueño aterrador a tiempo para ver, por la última ventana desgarrada en un oscuro banco de nubes que iba espesándose cada vez más, la Luna cobriza al oeste. Sabía que era el eclipse lo que le daba al orbe ese aspecto borroso; sin embargo, en el destello que aún persistía de su sueño, la Luna parecía estar pidiendo auxilio desde un edificio en llamas: Diana en peligro. Las vigorosas olas negras y el viento en el hueco curvado de la vela no tardaron en mecer la barca y adormilar con ruda voz la perturbadora visión.
—La cordura es ritmo —dijo Wolf Loner en voz alta, consciente de que nadie lo escucharía en un radio de diez kilómetros o, quizá, de trescientos; esta última era la distancia a que se encontraba de Boston, según calculaba, en este crucero en solitario de este a oeste iniciado en Bristol.
Comprobó el estado de la unión entre la escota mayor y la caña del timón que mantenía el esquife de siete metros rumbo al oeste— se deslizó luego entrando con los pies por delante en la cabina, semejante a un ataúd, para echar una siesta más abrigada y prolongada.

Cinco mil kilómetros al sur del esquife, el transatlántico atómico de lujo Prince Charles corría como una meseta que se desliza por el agua hacia Georgetown y las Antillas a través de una niebla invisible de ondas de radio convergentes. En la cúpula transparente con aire acondicionado y en penumbra, unas pocas personas mayores, bostezando a esa hora tardía de la noche, observaban el eclipse, y algunas parejas jóvenes se acariciaban discretamente o se tocaban con el pie a escondidas, cosa que el calzado de moda facilitaba, mientras desde el salón de baile principal llegaba el débil retumbar, como un trueno distante, de los acordes wagnerianos del neojazz. El capitán Sithwise contó los conocidos fascistas brasileños de esa nueva especie imprevisible que figuraban en la lista de pasajeros y supuso que se planeaba una revolución.

En Coney Island, en la intensa sombra del nuevo paseo de entablado, Sally Harris, con las manos tras la nuca bajo el deslumbrante resplandor de su peinado —una explosión permanente de carga estática—, se mantenía risueñamente inmóvil mientras Jake Lesher se esforzaba por desabrochar su sostén a través de la sedosa tela negra del vestido Gimbel's Scaasi talla 8.
—Tómate tu tiempo —dijo—, pero recuerda que iremos a ver el eclipse desde lo alto del Cohete de Diez Pisos. Desde el último piso.
—Bah, ¿quién quiere quedarse mirando como un tonto una Luna que está enferma, enferma, enferma? —contestó Jake, casi jadeando—. Sal, ¿dónde diablos están los ojales y los corchetes?
—En el fondo del baúl de tu abuela —le informó ella, introduciendo un pulgar y un índice de uñas plateadas por la V de su vestido que se cerraba solo y respondía a todo deseo—. El mecanismo magnético de apertura rápida está a proa, no a popa, marinero de la Segunda Avenida —dijo, e hizo una diestra torsión—. Ahí tienes. ¿Ves por qué se llama Sostén Esfumado?
—¡Dios! —exclamó él—, son como panecillos calientes. Oh, Sal...
—Diviértete —le dijo ella sin el menor asomo de excitación, al tiempo que dilataba coquetamente las ventanas de la nariz—, pero recuerda que no te libras de llevarme a dar un paseo por la montaña rusa. Y ten la amabilidad de tratar con reverencia los artículos de panadería.

Don Guillermo Walker, esforzándose por ver a través de la densa jungla nicaragüense el brillo resinoso del lago Managua, decidió que el bombardeo de la fortaleza del presidente durante la oscuridad del eclipse había sido una idea puramente teatral, una improvisación para un tercer acto surgida de la desesperación, como la de hacer que Jean no llevara nada bajo su negligée en La decisión de Argel, recurso que, por cierto, no había salvado al drama del fracaso.
Después de todo, los eclipses no eran tan oscuros, según pudo comprobarse, y los tres reactores de combate del presidente podían aniquilar a su achacoso Seabee en cuestión de segundos, poniendo fin a la Revolución de los Mejores o, cuando menos, al autoproclamado descendiente directo del William Walker original que había sido filibustero en Nicaragua en la década de 1850.
Si lograba tirarse en paracaídas, lo capturarían. No creía que pudiera resistir la picana eléctrica, a no ser que se convirtiera en un niño de tres años.
¡Demasiada luz, demasiada luz!
—Eres una típica mala actriz secundaria —le gritó don Guillermo a la Luna bronceada—. ¡No sabes cómo hacer mutis!

A cuatro mil quinientos kilómetros al este del lugar en que se hallaban Wolf Loner y su banco de nubes, Da¡ Davies, poeta galés, vigoroso y borracho, daba las buenas noches con la mano, desde la Estación Experimental de la Energía de las Mareas de Severn, a la luna empañada que se hundía en el despejado canal de Bristol, más allá de Portishead Point, mientras la expansiva claridad del alba borraba las estrellas a sus espaldas.
—Duerme bien, Cenicienta —exclamó—. Lávate la cara ahora, pero no dejes de volver.
Richard Hillary, novelista inglés, enfermizo y sobrio, observó de modo remilgado:
—Dai, lo dices como si temieras que no lo haga.
—Hay una primera vez para todo, Ricky —replicó Dai con tono sombrío—. No nos preocupamos demasiado por la Luna.
—Tú sí que te preocupas, y mucho —le contestó Richard con aspereza—: lees un verdadero vómito de ciencia ficción.
— ¡Ah, la ciencia ficción es mi pan y mi vino...! Bueno, en cualquier caso, mi pan. Vómito..., quizás estabas pensando en el dragón Error, el vomitador de libros, de The Faerie Queene y te lo figuraste arrojando, después de todos los mohosos trastos detestables de Spenser, las obras completas de H. G. Wells, Arthur C. Clarke y Edgar Rice Burroughs.
La voz de Hillary se volvió severa.
—La ciencia ficción es tan trivial como todas las obras de arte que tratan de fenómenos en lugar de seres humanos. Tú deberías saberlo, Da¡. ¿No sois afectuosos los galeses?
—Fríos como un pez —replicó el poeta, orgulloso—. Fríos como la Luna misma, que encarna un poder mucho más grande en la vida que lo que vosotros, los anglosajones sentimentales, sacrílegos, adormilados en público, embrutecidos de humanidad, degenerados, advertiréis nunca. ——Señaló la Estación con un ademán.— ¡Energía venida de Mona!
—¡David! —explotó el novelista—. Sabes perfectamente bien que este juguete para la captación de la energía de las mareas no es más que un modo de hacer callar a la gente como yo, que está en contra de la energía nuclear por su utilización armamentista. Y por favor, no llames Mona a la Luna..., ésa es una etimología folclórica. Mona es una isla galesa, si quieres —Anglesey—, pero ¡no un planeta galés!
Dai se encogió de hombros mirando al oeste el pálido bulto de la Luna que se desvanecía.
—Mona me suena muy bien a mí, y eso es todo lo que cuenta. Toda la cultura no es más que un modo de hacer callar a la niña humanidad. Y, de cualquier modo —añadió con una sonrisa burlona—, hay hombres en la Luna.
—Sí —convino Hillary fríamente—, cuatro americanos y un número indeterminado, pero pequeño, de soviéticos. Tendríamos que haber eliminado la pobreza y el sufrimiento de la humanidad antes de derrochar millones en el espacio.
—Sin embargo, hay hombres en Mona camino de las estrellas.
—Cuatro americanos. Tengo más respeto por ese hombre de Nueva Inglaterra, Wolf Loner, que se hizo a la mar en Bristol el mes pasado en su esquife. Por lo menos no es—taba arriesgando la riqueza del mundo en su caprichosa aventura.
Dai sonrió sin apartar los ojos del oeste.
—¡Condenado sea ese Loner, ese anacronismo yanqui! Lo más probable es que se ahogue y sirva de alimento a los peces. Pero los americanos escriben buena ciencia ficción y construyen naves lunares casi tan bien como los rusos. ¡Hasta mañana, señora Mona! Vuelve con la cara sucia o limpia, pero vuelve.

Dos
A través del visor superpanorámico de su casco en forma de hongo, todavía polarizado hasta la saturación para proteger sus ojos del resplandor solar, el teniente Don Merriam, de la Fuerza Espacial de los Estados Unidos, observaba la última astilla curva del Sol, ya borroso por la atmósfera de la Tierra, que se ocultaba tras el sólido bulto del planeta madre.
Los últimos estremecimientos de luz anaranjada reproducían con pasmosa exactitud la puesta del Sol invernal a través de la negra urdimbre de árboles sin hojas medio kilómetro al oeste de la granja de Minnesota en que Don Merriam había pasado su infancia.
Girando la cabeza hacia la miniconsola que tenía a la derecha, apretó con la lengua una tecla para interrumpir la polarización. «Los pioneros en los planetas carentes de aire, serán hombres con lenguas largas y activas», había resumido el comandante Gombert. «¿Hombres rana?», había sugerido Dufresne.
Estalló la multitud de las estrellas: una noche desértica perfecta, una noche con lentejuelas. La perlada irrupción de la corona del Sol se mezclaba con la Vía Láctea.
La Tierra estaba rodeada por un resplandor rojizo —la luz del Sol refractada por la espesa atmósfera del planeta y así permanecería en tanto durara el eclipse. El aro era más brillante junto a la corteza del planeta, desvaneciéndose luego a un cuarto de diámetro de distancia, y más brillante aún a lo largo del borde izquierdo, por detrás del cual acababa de desaparecer el Sol.
Don observó sin sorpresa que nunca había visto tan negra la masa central de la Tierra. A causa del eclipse, ya no estaba bañada por el fantasmal resplandor de la luz de la Luna.
Había estado a medias agazapado en su traje inclinándose hacía atrás y sosteniéndose con un brazo para tener una clara visión de la Tierra, que estaba a mitad de camino de su cenit. Ahora, con un movimiento de muñeca bien calibrado en relación con la gravitación de la Luna, se puso de pie y miró a su alrededor.
La luz de las estrellas y el esplendor del anillo teñían de bronce la planicie de polvo gris oscuro, tan tersa que hasta un ratón podía dejar sus huellas en ella, una mezcla de piedra pómez pulverizada y óxido de hierro magnético.
En tiempos en que el Nuevo Ejército Modelo de Cromwell gobernaba Inglaterra, Hevelius le había dado a este cráter el nombre de Gran Lago Negro. Pero, aun a la brillante luz del Sol, Don no podría haber visto los muros de Platón. Esa muralla circular de ochocientos metros de altura, a unos cincuenta kilómetros hacia el este, el norte, el sur y el oeste de donde él se encontraba, estaba oculta por la curva de la superficie de la Luna, más pronunciada que la de la Tierra.
El mismo estrecho horizonte cortaba la parte inferior de la Barraca, a sólo trescientos metros de distancia. Era agradable ver esos cinco ojos de buey iluminados en el límite entre la oscura planicie y el campo estelar; y, cerca de ellos, recortada su silueta por la luz de las estrellas, los conos truncados de las tres naves cohete de la base, cada una de ellas erguida sobre sus tres patas de aterrizaje.
—¿Cómo está la oscura oscuridad? —preguntó la voz de Johannsen suavemente en su oído—. Cambio.
—Cálida y sabrosa. Suzie te envía cariños —respondió Don—. Cambio.
—¿Qué temperatura hay en el exterior?
Don miró los cuadrantes fluorescentes magnificados por debajo del visor.
—Por debajo de los 200 Kelvin —contestó, dando el equivalente absoluto de una temperatura de casi 100 grados bajo cero según la escala Fahrenheit, todavía ampliamente usada en las zonas angloparlantes de la Tierra.
—¿Funciona tu sistema de SOS?
Don tocó con la lengua una tecla y un leve gorjeo musical llenó su casco.
—Fuerte y claro, mi capitán —dijo con un floreo.
—Puedo oírlo —le aseguró Johannsen quejoso. Don lo apagó con la lengua.
—¿Has cosechado nuestras latas? —preguntó luego Johannsen refiriéndose a los pequeños recipientes sostenidos por varillas dispuestos regularmente y recogidos luego para comprobar los movimientos del polvo lunar y otros materiales, incluyendo átomos radiactivamente identificados, sembrados a diversas distancias de la Barraca.
—No he afilado todavía mi guadaña —dijo Don.
—Tómate tu tiempo —le aconsejó Johannsen con un sardónico resoplido al desconectar la comunicación. Tanto él como Don eran perfectamente conscientes de que el sembrado y la recolección de las latas era más que nada una excusa para que uno de los hombres se metiera en el traje lunar y saliera de la Barraca como medida de seguridad en los momentos de mayor peligro de temblores del suelo lunar: cuando la Tierra y el Sol atraían a la Luna desde el mismo punto, como ahora, o desde puntos opuestos, como ocurriría en el término de dos semanas. Se pensó que la tracción gravitacional desencadenaba los terremotos y, por tanto, posiblemente también los temblores lunares. La Base Lunar no había experimentado hasta el momento más que temblores muy leves: la pluma del sismógrafo anclado en la roca sólida bajo el polvo lunar que cubría la Barraca apenas se había estremecido; de cualquier modo, Gompert daba gran importancia a tener un hombre fuera durante varias horas cada quince días: en «Tierra nueva» y «Tierra llena» (o Luna llena y Luna nueva, si se atiene uno al lenguaje de Tierra, o simplemente las mareas vivas). De este modo, si lo inesperado ocurría y la Barraca se dañaba seriamente, Gompert tendría uno de sus huevos fuera del cesto.
Era sólo otra de las muchas precauciones adoptadas por la Base Lunar para preservar su seguridad. Además, procuraba una sólida comprobación regular de la eficacia de los trajes espaciales y de la capacidad del personal para trabajar asolas.
Don volvió a mirar la Tierra. El aro todavía resplandecía, aunque ahora no ofrecía un contraste tan marcado en la zona central. No le era posible aún distinguir ni un solo rasgo del oscuro círculo interior, aunque sabía que el este del Pacífico y las Américas estaban a la izquierda y los extremos occidentales de África y Europa estaban a la derecha. Pensó en la querida y ligeramente histérica Margo y en el neurótico y bueno de Paul y, a decir verdad, aun ellos parecían algo triviales en ese momento: bonitos escarabajos insignificantes que pululaban bajo la corteza de la atmósfera de la Tierra.
Miró abajo otra vez, y se vio de pie sobre una chisporroteante blancura. No blancura, literalmente, pero el efecto de nieve recién caída en Minnesota producido por la luz de las estrellas se había duplicado con diabólica precisión. El dióxido de carbono gaseoso que se filtraba continuamente a través de la piedra pómez y del óxido del suelo de Platón, había cristalizado de pronto para convertirse en copos de hielo seco que se formaban directamente sobre el suelo de polvo o que caían sobre él de manera casi instantánea.
Sonrió, sintiéndose menos inhumanamente alejado de la vida. La Luna no se había convertido en una madre para él todavía, estaba muy lejos de ello, pero empezaba a parecerse un tanto a una fría hermana mayor.

Un aire balsámico anegaba el descapotable que transportaba a Paul Hagbolt, a Margo Gelhorn y a la gata Miau a lo largo de la autopista de la costa del Pacífico. Casi a intervalos regulares una señal amarilla descolorida por el tiempo iba creciendo hasta decir con claridad ZONA DE DESLIZAMIENTOS O ZONA DE ALUDES, para desaparecer luego de los rayos de las luces delanteras. La autopista recorrería una franja por lo general estrecha entre la playa y el acantilado casi vertical de treinta metros de altura, de un material infantil desde el punto de vista geológico: cieno comprimido, arena, grava y otros sedimentos, aunque aquí y allá había rocas de mayor tamaño.
Margo, con los cabellos al viento, estaba sentada de perfil con las rodillas sobre el asiento para poder mirar la Luna de un color bronce vaporoso. Tenía la chaqueta sobre el regazo. Sobre ella estaba Miau, curvada como una rosquilla gris y profundamente dormida, o al menos fingía estarlo.
—Nos estamos acercando a Vandenberg Dos —dijo Paul—. Podríamos mirar la Luna por uno de los telescopios del Proyecto.
—¿Estará allá Morton Opperly? —preguntó Margo.
—No —contestó Paul sonriendo ligeramente—. Está en el Valle estos días, en Vandenberg Tres, haciendo el papel de maestro hechicero ante todos los demás muchachos dedicados a la teoría.
Margo se encogió de hombros y miró de soslayo hacia arriba.
—¿Cuándo va a oscurecerse la Luna? —inquirió—. Todavía parece una plancha de cobre cubierta de hollín.
Paul le explicó algo acerca del anillo resplandeciente.
—¿Cuánto dura el eclipse, de todos modos? —preguntó ella, y cuando él contestó «Dos horas», objetó—: Creí que los eclipses duraban segundos, y que por eso la gente se excitaba tanto y disparaba frenéticamente sus cámaras.
—Eso sucede en un eclipse de Sol..., y en el momento en que es total.
Margo sonrió y se apoyó en el respaldo.
—Cuéntame ahora lo de las fotografías estelares —le pidió—. Es imposible que alguien llegue a oírte desde el automóvil en marcha. Y ya no me impresionan tanto. He dejado de preocuparme por Don... El eclipse es para él sólo una manta de color bronce.
Paul vaciló.
Ella volvió a sonreír.
—Te prometo que no echaré a andar mi imaginación a toda velocidad. Sólo quiero comprenderlas.
—No puedo prometer que comprendas nada. Hasta los grandes astrónomos han quedado atónitos al verlas. Incluyendo a Opperly —dijo Paul.
—¿Y bien?
Paul hizo una maniobra para sortear grava esparcida, y luego empezó:
—Bien, por lo general pasan años antes de que las fotografías de las estrellas se distribuyan para ser examinadas, si es que se distribuyen alguna vez; pero los muchachos del Proyecto han solicitado a sus compañeros de los observatorios que les hagan llegar inmediatamente cualquier cosa inusitada que adviertan. Hemos llegado incluso a obtener esas fotografías espaciales apenas un día después de que fueran tomadas.
Margo se echó a reír.
—¿Algo así como el resultado de la final del campeonato de liga del Atlas Estelar?
—¡Exactamente! Bueno, la primera foto llegó hace una semana. Mostraba un campo estelar en el que aparecía el planeta Plutón. Pero algo había ocurrido durante la exposición: las estrellas en torno a Plutón habían desaparecido o habían cambiado de posición. No me convencí hasta que pude verlo yo mismo: había tres rasgos ondulantes muy débiles en el sitio donde las estrellas más brillantes alrededor de Plutón habían cambiado de sitio. Rasgos ondulantes negros sobre fondo blanco; en la verdadera astronomía sólo se examinan los negativos.
—Asunto para iniciados —sentenció Margo con solemnidad. Luego exclamó—: ¡Paul! ¡Había una nota esta mañana en el periódico acerca de un hombre que pretendía haber visto moverse algunas estrellas! Recuerdo el titular: LAS ESTRELLAS SE MOVIERON, AFIRMA CONDUCTOR QUE VIAJABA A CONTRAMANO.
—También yo lo leí —dijo Paul con cierta acritud—. Conducía un coche descapotable en ese momento y tuvo un accidente; tan fascinado lo tenían las estrellas, según dijo. Resultó que había estado bebiendo.
—Sí, pero la gente que viajaba con él en el coche confirmó lo que decía. Y más tarde hubo llamadas al planetario, de personas que afirmaban haber observado el mismo fenómeno.
—Lo sé. Recibimos algunas en el Proyecto Lunar —comentó Paul—. No pasa de ser la psicosis colectiva de costumbre. Mira, Margo, la fotografía de la que te hablaba fue tomada hace una semana, y era algo que sólo un poderoso telescopio podía captar. No mezclemos el asunto con los platillos voladores y disparates por el estilo. Sólo digo que obtuvimos una foto de Plutón en la que se veían tres rasgos ondulantes en lugar de estrellas. Pero entiende esto: ¡Plutón no se había desplazado en absoluto! Su imagen era un punto negro.
—¿Qué tiene eso de tan asombroso?
—Generalmente uno no se sobresalta al ver titilar la luz de las estrellas, ni siquiera cuando la imagen de algunas estrellas parece ondular. Es la atmósfera de la Tierra la que produce ese efecto, lo mismo que hace ondular las colinas un día caluroso; de hecho es eso lo que hace titilar las estrellas. Pero en este caso, lo que fuere que torcía la luz de las estrellas tenía que estar más allá de Plutón. De este lado de las estrellas, pero más allá de Plutón.
—¿A qué distancia se encuentra Plutón?
—Aproximadamente cuarenta veces la distancia que nos separa del Sol.
—¿Qué será lo que distorsiona la luz de las estrellas en el espacio?
—Eso es lo que intriga a los jefazos. Alguna especie de campo eléctrico o magnético, quizás, aunque tendrá que ser muy poderoso.
—¿Y qué pasa con las otras fotos? —insinuó Margo.
Paul guardó silencio mientras sorteaba un estruendoso camión que avanzaba delante de ellos.
—La segunda, tomada hace tres noches por nuestro astro satélite y televisada aquí abajo, fue la misma historia, sólo que el planeta esta vez era Júpiter, y que la zona de distorsión era más extensa.
—¿De modo que lo que produce la distorsión parecía haberse acercado? —sugirió Margo.
—Quizás. Entre paréntesis, las lunas de Júpiter tampoco se habían movido. La tercera foto, que vi anteayer, exhibía una zona de distorsión todavía mayor y en ella aparecía Venus. Sólo que esta vez Venus había dado un giro también..., uno muy grande.
—¿Como si la luz hubiera sufrido la distorsión desde este lado de Venus?
—Sí, entre Venus y la Tierra. Por supuesto, esta vez pudo haber sido una ondulación producida por la atmósfera, pero los muchachos no lo creen así.
Luego Paul guardó silencio.
—¿Y bien? —Lo aguijoneó Margo—. Dijiste que eran cuatro las fotografías.
—Hoy he visto la cuarta —le dijo él cauteloso—. Fue tomada anoche. Presenta zonas de distorsión aún más amplias. Esta vez se veía el borde de la Luna. Pero la imagen de nuestro satélite no había oscilado.
— ¡Paul! Eso debió de haber sido lo que vio el conductor del descapotable. Era la misma noche.
—No lo creo —dijo él—. Las estrellas alrededor de la Luna apenas pueden verse a simple vista. Además, estas observaciones de los legos no significan nada.
—Bueno —lo contradijo ella—, la verdad es que parece que algo viene arrastrándose hacia la Luna. Primero Plutón, luego Júpiter, después Venus, más y más cerca.
El camino se curvaba hacia el sur y la Luna oscuramente bronceada apareció meciéndose sobre el Pacífico, viajando junto con ellos.
—Espera un momento, Margo —protestó Paul—. A mí se me ocurrió lo mismo, de modo que le pregunté a Van Bruster acerca de la cuestión. Dice que es completamente improbable que un único campo que viajara por el espacio fuera el causante de las cuatro distorsiones. Cree que ha habido cuatro campos de torsión diferentes sin conexión alguna entre sí..., de modo que no puede haber nada que venga acercándose sigilosamente hacia la Luna. Más aún, dice que las fotos no lo sorprenden demasiado. Asegura que los astrónomos conocen desde hace años la posibilidad teórica de la existencia de campos de esa naturaleza, y ahora empiezan a aparecer pruebas de ellos, no por casualidad, sino gracias a las observaciones telescópicas amplificadas electrónicamente y a las emulsiones fotográficas ultrarrápidas que han empezado a utilizarse este año. Las distorsiones aparecen en estas fotografías pero no en las captadas mediante exposiciones prolongadas.
—¿Qué piensa Morten Opperly de las fotos? —preguntó Margo.
—Él no... No, aguarda, él fue el único que insistió en trazar el curso de las distorsiones de los campos desde Plutón hasta la Luna. ¡Pues vaya!, acabamos de pasar la carretera de Montaña de Mónica. Ése es el nuevo camino a través de las montañas que conduce a Vandenberg Tres, donde precisamente se encuentra Opperly ahora.
—¿Era recto el curso desde Plutón hasta la Luna? —inquirió Margo, resistiéndose a cambiar de tema.
—No, el zigzag más endemoniado que he visto.
—Pero, ¿dijo Opperly algo? —insistió ella.
Paul titubeó, luego contestó:
—Oh, rió y dijo algo así como: «Bueno, si la Tierra o la Luna son su blanco, se van aproximando más con cada disparo».
—¿Ves? —dijo Margo con satisfacción—. ¿Ves? ¡Sea lo que fuere, apunta a los planetas!

Barbara Katz, autotitulada Chica Aventurera y aficionada desde hacía mucho a la ciencia ficción, retrocedió por el prado para escabullirse fuera del alcance de las farolas de la calle y de la linterna del policía de Palm Beach, y se deslizó tras el denso y rugoso tronco de un palmito, antes de que el frío rayo brillante se le cruzara en el camino. Agradeció a Mentor, su dios de la ciencia ficción, que las medias de nylon que llevaba bajo su conjunto de playa negro fueran negras también: uno de los colores pastel de moda habría resultado visible aun sin la linterna. El bolso que le colgaba del hombro era negro, de las Aerolíneas del Balón Negro. No le preocupaban los brazos ni la cara: eran lo bastante oscuros como para mezclarse con la noche... y como para que la tomaran por una chica de color durante el día. Barbara estaba dispuesta a poner su granito de arena por la integración, pero aun así a veces le molestaba tostarse tanto tan pronto.
Otra carga que debían soportar valientemente los judíos, podría haberle dicho su padre, aunque éste no habría aprobado a las chicas intrépidas a la caza de millonarios en su guarida de Florida, que compartían con los caimanes. O que tales chicas llevaran un bikini dentro del bolso colgado al hombro.
La linterna del policía recorría ahora los arbustos de la acera de enfrente, de modo que siguió cruzando el prado, elástico como goma espuma. Le pareció que ésta era la casa desde la que había visto resplandecer una lente mientras nadaba a la caída de la tarde.
Mientras avanzaba, la oscuridad a su alrededor se hizo densa. Al sortear otro palmito, oyó el zumbido de un pequeño motor eléctrico, y estuvo a punto de tropezar con un traje blanco sentado ante el ocular de un gran telescopio blanco apoyado sobre un trípode igualmente blanco y apuntado hacia el cielo del oeste.
El traje se puso de pie con un tambaleo que indicaba que se ayudaba con un bastón y, desde lo alto de él, una voz musitó temblorosa:
—¿Quién hay ahí?
—Buenas noches —dijo Barbara, con la más cálida y cortés de sus maneras—. Creo que me conoce... Soy la chica que se estaba poniendo el bikini listado de negro y amarillo. ¿Puedo observar el eclipse con usted?


Tres
Paul Hagbolt miraba las alturas que tenía por delante, donde la autopista de la costa del Pacífico giraba tierra adentro y empezaba a ascender. Más allá de esa curva que se aproximaba, entre la carretera y el mar, se asomaba la meseta de cien metros de altura en la que se levantaba Vandenberg Dos, sede del Proyecto Lunar y de la más nueva base de lanzamiento y aterrizaje de los cohetes de las Fuerzas Espaciales de los Estados Unidos. Cercada por una valla de alambre luminoso y con sólo unas pocas luces de color rojo oscuro a lo largo de su cresta, que se extendía infinitamente, la base espacial se alzaba misteriosa como una torre entre la autopista y el océano divergentes: una ominosa fortaleza señorial del futuro.,
La autopista sonó de modo más hueco mientras el descapotable cruzaba un puente de hormigón sobre un riachuelo y Margo Gelhom se irguió rígida junto a él. Miau se estremeció. La mirada de la joven se dirigió atrás más allá de Paul.
—¡Eh, espera un minuto!
—¿Qué sucede? —preguntó Paul sin disminuir la marcha. La autopista había empezado a ascender.
—Casi juraría —dijo Margo mirando atrás camino abajo— que vi un cartel con las palabras «Platillo Volante» escritas en él.
—¿«Hamburguesas Platillo Volante»? —sugirió Paul—. Tienen la misma forma, ya sabes.
—No, no había un café ni nada parecido. Sólo un pequeño cartel blanco. justo antes del riachuelo. Quiero volver y echarle un vistazo.
—Pero ya casi estamos en V—2 —objetó Paul—. ¿No quieres ver la Luna a través de un telescopio mientras aún dura el eclipse? Podrás ver Platón, sólo tenemos que llegar arriba y dejar a Miau. encerrada en el coche. No se puede entrar con mascotas a Vandenberg.
—No, no quiero —protestó Margo—. Estoy harta del tratamiento remilgado que se da en el Proyecto. Más aún, abomino de toda organización que niegue que los gatos son personas.
—Muy bien, muy bien —accedió Paul riendo.
—De modo que demos en seguida la vuelta. Podremos ver mejor la Luna en esa dirección.
Paul hizo lo posible por dejar atrás el pequeño cartel blanco, pero Margo lo hizo parar a tiempo.
— ¡Allí! Donde está la farola verde. ¡Para allí!
El coche dio un barquinazo contra el borde irregular del camino. Miau se irguió, se estiró y miró a su alrededor sin gran interés.
Había un camino de tierra que descendía a la playa, a lo largo del pie del promontorio por el que la autopista había ascendido..., una protuberancia menor antes de la gran meseta de Vandenberg Dos.
A un lado del camino de tierra colgaba una vacilante lámpara de queroseno de cristal verde. Al otro lado, destacándose claramente ante las luces delanteras del descapotable, había un cartel blanco bastante pequeño. Las letras negras escritas en él, trazadas sin ninguna torpeza, decían:
POR AQUÍ SE VA AL SIMPOSIO SOBRE PLATILLOS VOLANTES.
—Esto sólo pasa en el sur de California —aseguró Paul meneando la cabeza.
—Entremos con el coche por allí y veamos lo que sucede —propuso Margo.
—¡Por nada del mundo! —protestó Paul en voz alta—. Si tú no puedes soportar Vandenberg, yo no puedo soportar a esos chiflados que se dedican a los platillos volantes.
—Pero no parecen chiflados, Paul —dijo Margo—. Tiene buen aspecto. Mira esa letra..., puro Baskerville.
Cogiendo a Miau, bajó del coche para mirar el cartel más de cerca.
—Además, no sabemos si la reunión es esta noche —le gritó él—. Probablemente fue hoy más temprano, o quizá la semana pasada. ¿Quién sabe? —También él se puso de pie.— No veo luces, ni ningún otro signo de vida.
—La lámpara verde prueba que debe ser esta noche —le gritó Margo a su vez desde donde se encontraba, junto al cartel—. Vayamos, Paul.
—La lámpara verde probablemente no tiene nada que ver con el cartel.
Margo se volvió hacia él sosteniendo en alto un dedo negro al resplandor de las luces delanteras.
—La pintura está todavía fresca —dijo.
La Luna se internó más profundamente en la sombra de la Tierra, aproximándose al punto central en que los tres astros quedarían alineados. Como siempre, la Tierra, en el medio, percibía el tironeo tenaz de los invisibles dedos gravitacionales de la Luna —y mucho menos intensamente en sus efectos, también el del Sol—, que tensaban su corteza rocosa y sus macizas entrañas, firmes como el acero, acariciando amenazadoramente el gatillo que desencadena los enormes o minúsculos terremotos y haciendo que la inmensa superficie de sus océanos y mares, golfos y canales, estrechos y estanques, lagos y bahías resonara con la lenta y variada música de las mareas, cuyas vibraciones singulares son algo más prolongadas que una noche o un día.

En las antípodas del sur de California, el atezado Bagong Bung, mientras el sudor le caía desde el manchado turbante amarillo sobre los hombros y el pecho descubiertos, le gritó a su desnudo compañero australiano que parara el motor del Machan Lumpur. Si no perdían tiempo, podrían llegar a la pequeña ensenada al sur de Do—Son antes de que la marea de tres metros pudiera levantarlos por encima del bajío, y aquí, en el golfo de Tonquín, la endemoniada marca alta llegaba sólo una vez cada veinticuatro horas. Un helicóptero patrullero podría sorprenderlos si se demoraban fuera de la ensenada antes de internarse en ella para entregar las armas y las drogas a la guerrilla anticomunista de Vietnam del Norte, para dirigirse después a Hanoi y hacer entrega del cargamento principal (también armas y drogas) a los comunistas.
Cuando las ondas producidas por la proa se aquietaron, el golfo de 400 kilómetros de anchura en torno al pequeño vapor herrumbrado resplandeció como un lago de latón fundido. Bagong Bung, escudriñando el horizonte trémulamente iluminado, con la mano apoyada en el catalejo de latón que llevaba colgando del cinturón, ni siquiera pensaba en el eclipse, que el mediodía y el globo terráqueo le ocultaban. Por lo demás, el pequeño malayo, su fatigado barco (hipotecado a banqueros chinos) y el mar tibio estaban todos cabeza abajo en relación con las Américas, y el sol que le asaba el turbante estaría tostando la planta de los pies de mil millones de occidentales si hubiera podido brillar a través del planeta que se interponía entre ellos.
Bagong Bung estaba soñando con la multitud de barcos hundidos bajo las aguas poco profundas que lo rodeaban al sur y al este, con la fortuna que obtendría de ellos cuando hubiera acumulado suficiente con este maldito contrabando como para pagar el equipo y los buceadores que necesitaba.

Don Guillermo Walker se dijo que el conjunto de luces que acababa de dejar atrás zumbando debía de ser Metapa. Pero —pues su experiencia de la navegación aérea era una mera jactancia al igual que su carrera shakesperiana europea— ¿y si era Zapata o La Libertad? Mejor, quizá: al errar por amplio margen su blanco, evitaría la tortura. El sudor le escocía en la barbilla y las mejillas. «Debería haberme afeitado la barba», se dijo. Sus captores dirían, agitando la picana en la celda humeante, que la barba probaba que él era un comunista de inspiración castrista y que sus tarjetas de la Sociedad John Birch eran una falsificación o algo todavía peor. ¡Quemadle la barba con electricidad!
—¡Maldita seas por meterme en esto, puta de ropa interior negra, perra negra, perra india! —le gritó don Guillermo a la Luna anaranjada teñida de hollín.

El Prince Charles y el esquife Endurance seguían sus caminos divergentes a través del oscuro Atlántico. La mayor parte de los que llevaban calzado de nailon se habían ido, vencidos por el sueño o llevándose unos a otros, pero el capitán estaba cumpliendo un turno en el puente. Se sentía extrañamente intranquilo. «Eso pasa por tener a esos insurrectos brasileños a bordo», se dijo. «Estos nuevos arrebatadores de imperios hacen cosas tan inexplicablemente desatinadas..., como si vivieran en el éter.»
Wolf Loner se mecía en brazos del mar, sobre una milla de agua salada. El banco de nubes bajo cuyo borde oriental el Endurance había penetrado, era vasto, arrastraba velos de niebla y se extendía hasta Edmonton y el Gran Lago de los Esclavos, y desde el norte de Boston hasta el estrecho de Hudson

Sally Harris concedió a Jake Lesher otra sesión de manoseo en una curva oscura de la Casa de los Horrores, pero:
—Eh, no me arrugues la falda... Usa la abertura de la cadera —lo reprendió.
—Qué, ¿también tus bragas se quitan magnéticamente? —preguntó Jake.
—No, sólo son Goodyear, pero también tienen un cierre oculto. ¡Despacio! Ve con cuidado...: y por amor de Dios, no me digas que son como las grandes hogazas redondas de pan casero que mamá Lesher solía hornear. Bueno, ya basta, o el Cohete cerrará antes de que podamos ver el eclipse.
—Sal, nunca antes tuviste inclinaciones astronómicas, y no nos hace ninguna falta esa excursión por el mar. Tienes la llave de la casa de Hasseltine, ¿no es así?, y él está fuera hoy. Si este rascacielos no es lo bastante alto para ti...
—Mi rascacielos esta noche es ese viaje por la costa refunfuñó ella—. ¡Ya basta, he dicho!
Se libró de sus brazos y salió corriendo dejando atrás a un grisáceo habitante de Saturno, de dos metros y medio de estatura, que asomaba por un hueco abierto en la pared con una pistola de rayos de un metro que la bañó en luz azul.

Asa Holcomb, jadeando un poco, llegó a la cima de la pequeña meseta al oeste de las Montañas de la Superstición, en Arizona. justo en ese momento las paredes de su aorta se desgarraron, y la sangre empezó a filtrarse dentro de su pecho. No hubo dolor, pero tuvo una sensación de debilidad y extrañeza, y se tendió con calma sobre la roca plana, que conservaba todavía un poco de calor del sol del día.
No estaba particularmente sobresaltado ni experimentaba demasiado miedo. Quizá esa sensación de debilidad desaparecería pronto, o quizá no. Sabía que esta pequeña escalada hasta un buen sitio para contemplar el eclipse era peligrosa. Después de todo, su madre, setenta años atrás, le había aconsejado que no trepara solo por las rocas. Doblemente peligroso, teniendo una aorta delgada como el papel. Pero hoy sí que valía la pena darse una escapada solo, escalar un poquito y examinar el cielo.
Sus ojos habían estado descansando, algo nostálgicos, sobre las luces de Mesa, pero en ese momento los levantó. Era la quincuagésima vez que veía a la Luna amortajada, pero esta noche parecía más bella que nunca en su fase de bronce, semejante a la granada que Proserpina arrancó en el jardín de los Muertos. La sensación de debilidad persistía.

Cuatro
El descapotable que transportaba a Paul Hagbolt y a Margo Gelhorn y su gata avanzaba dando suaves tumbos por un sendero de tierra, entre el acantilado desnudo a la derecha y la playa de arena a la izquierda, ambos a —un par de metros escasamente. Lejos de la gran autopista, la noche se espesaba. Los tres viajeros compartían más plenamente la solitaria oscuridad de la Luna eclipsada que ascendía por el cielo estrellado. Hasta Miau se irguió y miró hacia delante.
—Entre otras cosas, este camino probablemente conduce a la puerta trasera de Vandenberg Dos —especuló Paul—. El portón de la playa, la llaman. Por supuesto, se supone que yo debo utilizar la entrada principal, pero en un apuro... —Luego, al cabo de un momento, agregó:— Es verdaderamente gracioso: estos maniáticos dedicados a los platillos volantes celebran siempre sus reuniones en la vecindad de las bases de misiles o de las instalaciones atómicas. En la esperanza de que se les filtre un poquillo de hechizo, supongo. ¿Sabías que en un momento dado las Fuerzas Espaciales llegaron a desconfiar?
Las luces delanteras iluminaron un desprendimiento de tierra que bloqueaba más de la mitad del camino. Tenía la altura de la capota del coche, y era reciente, a juzgar por la humedad de la tierra granulada. Paul detuvo el coche.
—El fin de la excursión de los platillos —anunció alegremente.
—Pero los demás han seguido adelante —observó Margo, poniéndose nuevamente de pie—. Se pueden ver las huellas alrededor del desprendimiento.
—Muy bien —dijo Paul con burlona lobreguez—. Pero si nos quedamos atascados en la arena, tendrás que buscar tablas dejadas por el mar en la playa para poner bajo las ruedas.
Las ruedas giraron dos veces en falso, pero el descapotable no tuvo en realidad dificultad en conseguir tracción.
más adelante encontraron una cavidad poco profunda Abierta en el acantilado, en un lugar en que el camino triplicaba su anchura. Una docena de coches había utilizado el espacio adicional para aparcar uno junto al otro, con los parachoques traseros arrimados al acantilado. Entre los que habían llegado primero se incluían un sedán rojo, un microbús y un camión blanco con la parte trasera abierta.
Más allá del último coche había otra lámpara verde y un letrero escrito elegantemente: APARCAD AQUÍ Y LUEGO SEGUID LAS LUCES VERDES.
—Como la estación del metro de Times Square —exclamó Margo con deleite—. Apuesto a que hay neoyorquinos en este grupo.
—Recién llegados —convino Paul, mirando el acantilado con desconfianza mientras aparcaba junto al último coche—. No han tenido tiempo de enterarse de los deslizamientos de California.
Margo salió fuera cargando a Miau. Paul la siguió y le dio la chaqueta.
—No la necesito —le dijo ella. Él la plegó sin comentarios sobre su brazo.
La tercera lámpara verde estaba en la playa junto a un banco de alta hierba marina. La playa estaba muy nivelada. Pudieron oír por fin el siseo de pequeñas olas, pero más que insignificantes a juzgar por el sonido. Miau maulló ansiosa. Margo le habló suavemente.
Más allá de los coches, los acantilados giraban bruscamente a la derecha, y la playa nivelada los seguía tierra adentro. Paul se dio cuenta de que debían de encontrarse en la desembocadura del riachuelo que habían cruzado y vuelto a cruzar en la autopista. A cierta distancia, más allá del riachuelo, el terreno empezaba a elevarse nuevamente. Más lejos todavía, pudo ver una luz roja que parpadeaba y, mucho más abajo, el brillo de una cerca metálica. Estas pruebas de la presencia de Vandenberg le resultaron oscuramente reconfortantes.
Se dirigieron hacia el océano, dejando atrás la hierba marina, al encuentro de la cuarta luz verde, casi tan pequeña como un planeta. La arena encostrada crujía débilmente cuando ellos hundían los pies en ella. Margo cogió a Paul por el brazo.
—¿Te das cuenta de que el eclipse continúa? —susurró. Él asintió con la cabeza. Ella dijo—: Paul, ¿y si las estrellas que rodean a la Luna ondularan ahora?
Paul dijo:
—Creo que veo una luz blanca más allá de la cuarta verde. Y figuras. Y una especie de edificio bajo.
Siguieron adelante. El edificio bajo tenía el aspecto de haber sido alguna vez una gran casa de veraneo de alguien o, quizás, un pequeño club marítimo. Las ventanas estaban entabladas. Delante de la fachada que tenían a la vista había una especie de entarimado bastante grande, sin paredes ni techumbre, que seguramente había servido como pista de baile. Sobre él se había dispuesto un centenar, poco más o menos, de sillas plegables, de las que sólo estaban ocupadas unas veinte de las delanteras. Las sillas estaban colocadas mirando al mar y frente a una larga mesa, ligeramente elevada sobre lo que había sido una plataforma destinada a la orquesta. Tras la mesa estaban sentadas tres personas que recibían en la cara la luz de una lamparilla blanca, la única iluminación además de la lámpara verde a espaldas de la audiencia.
Una de las tres personas llevaba barba; otra era calva y usaba gafas; la tercera llevaba un frac con una corbata blanca y un turbante verde en la cabeza.
El Barbitas estaba hablando, pero no estaban todavía lo bastante cerca como para distinguir lo que decía.
Margo apretó el brazo de Paul.
—La del turbante es una mujer —susurró excitada.
Una pequeña figura se levantó de la arena cerca de la lámpara y se les aproximó. Se encendió una lucecita blanca y vieron que era una niña de diez años. Tenía unas hojas de papel en la mano y el índice de la otra sobre los labios. La luz blanca era la de una linterna que llevaba colgada al cuello con una cuerda. Cuando estuvo lo bastante cerca, les alcanzó las hojas susurrando:
—Tenemos que estarnos callados. Ha empezado. Tornad un programa. —Al ver a Miau, los ojos se le iluminaron.— Oh, tenéis un gato —musitó—. No creo que Ragnarok tenga inconveniente.
Después de que Margo y Paul cogieron una hoja, los condujo a un peldaño central que ascendía a la pista, y les hizo señas de que debían sentarse delante. Cuando Margo y Paul, sonriendo pero negando con la cabeza, se sentaron en la fila trasera, se encogió de hombros y empezó a alejarse.
Margo sintió que Miau se ponía rígida. La gata estaba mirando algo que yacía entre dos sillas de uno de los extremos de la primera fila.
Ragnarok era un gran perro de policía alemán.
Pasado el primero momento de crisis, Miau se distendió un poquito, aunque siguió mirando fijo sin pestañear, con las orejas hacia atrás.
La niñita se les acercó por la espalda.
—Yo soy Ann —murmuró—. La que lleva turbante es mi madre. Somos de Nueva York.
Luego volvió a su puesto de vigía junto a la lámpara verde.

El general Spike Stevens y tres de los miembros de su personal estaban sentados apiñados en un habitación en penumbra del Cuartel General de Reserva de las Fuerzas Espaciales de los Estados Unidos. Estaban observando dos grandes pantallas de televisión, una junto a la otra. Cada una de las pantallas mostraba la misma zona de la Luna oscurecida, una zona que incluía Platón. La imagen de la derecha era transmitida desde un satélite no tripulado de comunicación y observación que estaba a 37.000 kilómetros encima de la isla de Pascua, 20 grados al sur de Hawai, mientras que la de la izquierda provenía de un satélite ecuatorial similar situado sobre un punto del Atlántico junto a la costa de Brasil, donde el Prince Charles era impulsado atómicamente hacia el sur.
Con una destreza adquirida tras años de práctica, los ojos de los tres espectadores saltaban de una pantalla a la fundiendo imágenes que se habían originado a 50.000 kilómetros de distancia en el espacio. El efecto era exageradamente tridimensional y la sección de la Luna se destacaba con nitidez.
—Creo que podemos aprobar nuestro nuevo electroamplificador, aunque con reservas —dijo el general—. Yo diría que ésa es una definición adecuada del cráter, ahora que Pascua se ha librado de su reticulado. Jimmy, veamos un panorama sin ampliar de todo el sector espacial orientado hacía la Luna.
El coronel Mabel Wallingford examinó de manera solapada al general, entrelazando sus largos y fuertes dedos. Alguien le había dicho una vez que tenía manos de estranguladora, y nunca miraba al general sin recordarlo. Le producía una amarga satisfacción que Spike diera la impresión de estar tan seguro de sí mismo y tan confiado como Odín al observar los Nueve Mundos desde la torre de Hlithskjalf, en Asgard, y que, no obstante, supiera menos que ella dónde se encontraban ahora: ella, al menos, no ignoraba que estaban dentro de un radio de ochenta kilómetros de la Casa Blanca y cuando menos unos ochenta metros bajo tierra. Todos habían sido conducidos en automóviles allí y llevados hasta el ascensor encapuchados y no conocían al personal al que reemplazaban.

Arab Jones, High Bundy y Pepe Martínez absorbían su cuarta barrita de té, pasando de mano en mano el potente porro delgado y manteniendo un tiempo prolongado el humo aromático en los pulmones. Estaban sentados en cojines sobre una alfombra frente a una pequeña tienda que tenía por puerta una cortina de cuerdas con cuentas de madera; se alzaba en un tejado de Harlem, no lejos de Lenox y la calle 125. Sus miradas se buscaban entre sí con la amistosa vigilancia de los hermanos de hierba, luego se dirigieron juntas hacia la Luna eclipsada.
—Hombre, apuesto a que ella también está fumada —dijo High—. ¿Veis ese humo bronceado? Esos hombres del espacio en la Luna deben de estar colocados.
Pepe dijo:
—También nosotros estaremos allí. ¿Tienes intención de eclipsarte, Arab?
Y Arab aseguró:
—El coloque astronómico es lo máximo.

Cinco
Paul Hagbolt y Margo Gelhorn empezaron a escuchar lo que el hombre de la barba estaba diciendo:
—Las esperanzas y los miedos de un ser humano, sus más profundas preocupaciones, teñirán siempre lo que ve en los cielos, sea un aeroplano, un planeta o una nave de otro mundo, o sólo un corpúsculo de su propia sangre. Digámoslo así: todo platillo es también un signo.
La voz del Barbitas era dulce y juvenilmente intensa. Doc —el hombretón calvo de gruesas gafas— y la Aturbantoda escuchaban de manera inescrutable. (No le había llegado a Margo ni dos minutos dar a los tres conferenciantes y a varios miembros de la audiencia un mote.)
El Barbitas continuó:
—El difunto doctor Tuno, ha examinado este aspecto de la visión de platillos volantes de manera cabal en su libro: Ein Moderner Mythus von Dingen die am Himmel gesehen werden. —Su alemán era auténticamente articulado. Tradujo en seguida:— Un mito moderno de las cosas que se ven en el cielo.
—¿Quién es el Barbitas? —le preguntó Margo a Paul. Él empezó a examinar el programa, pero era inútil hacerlo en la oscuridad de la última fila.
El Barbitas prosiguió:
—El doctor Jung se interesó particularmente por los platillos con apariencia de círculo dividido en cuatro partes. Relaciona esas formas con lo que el budismo mahayana llama mandalas. Un mandala es el símbolo de la unidad psíquica: la mente individual en lucha con la insania. Suele aparecer en tiempos de gran tensión y peligro, como en la actualidad, en que el individuo está desgarrado y sacudido por el horror de la destrucción atómica, su miedo de quedar despersonalizado, de ser convertido en un soldado—esclavo más o en un consumidor—robot de una horda totalitaria, y su temor de perder por completo el contacto con su propia cultura, que va desgastándose en diez millares de difíciles especializaciones que tienen sin embargo una importancia crucial.
Paul empezó a sentir uno de sus habituales espasmos de culpa. No hacía cinco minutos había llamado a esta gente maniática de los platillos, y he aquí que el primero que escuchaba resultaba atinado y civilizado.
Un hombrecito sentado en el mismo extremo de la fila que el perro Ragnarok, se puso entonces de pie.
—Discúlpeme, profesor —dijo el Hombrecito—, pero de acuerdo con mi reloj sólo quedan quince minutos de eclipse total. Quiero recordarles a todos que mantengan la vigilancia, mientras prestan atención, desde luego, a lo que nuestros interesantes oradores tienen que decir. Rama Joan nos ha hablado de seres cósmicos capaces de seguir doce líneas de pensamiento a la vez. ¡Seguramente nosotros podremos componérnoslas con dos! Después de todo, si nos hemos reunido hoy aquí ha sido con el fin de observar los platillos menos audaces que esquivan la luz. No perdamos la preciosa oportunidad que nos queda de ver los que Ann llama los Platillos Tímidos.
Varias cabezas de la primera fila escrutaron obedientemente el espacio, girando hacia uno y otro lado y exhibiendo perfiles con la barbilla levantada.
Margo le dio con el codo a Paul.
—Cumple con tu deber —susurró gruñona mirando a su alrededor con fiereza.
—Buena caza a todos. Perdóneme, profesor —dijo el Hombrecito, y volvió a sentarse.
Pero antes de que el Barbitas pudiera continuar, recibió el desafío de un hombre de hombros anchos y brazos cruzados que se erguía alto en su silla... Margo lo bautizó el Escobillón.
—Profesor, nos ha ofrecido usted abundantes ambigüedades selectas —empezó el Escobillón—, pero me parece que se refiere a los platillos que la gente imagina. No estoy interesado en ellos, aun cuando el señor Jung lo estuviera. Sólo me interesan los verdaderos platillos, como aquel con el que conversé y en el que viajé.
Paul recobró el buen ánimo. ¡Ahora sí que empezaban a comportarse como los maniáticos de los platillos!
El Barbitas, un poco turbado ante el desafío, contestó:
—Siento mucho haber dado esa impresión. Creí haber dejado en claro que...
Doc levantó su cabeza calva e interrumpió sin más la defensa del Barbitas poniéndole una mano en el brazo, como diciendo: «Deje que sea yo el que maneje a este personaje». La Aturbantada lo miró con una ligera sonrisa y se tocó la corbata de su traje.
Doc se inclinó hacia adelante y dirigió su bóveda resplandeciente y sus brillantes gafas hacia el Escobillón, como si éste fuera una especie de insecto.
—Discúlpeme, señor —dijo con un matiz de impaciencia en la voz—, pero, según creo, usted pretende que ha visitado otros planetas en platillo volante..., planetas que la astronomía no reconoce.
—Eso es exacto —replicó el Escobillón, mostrándose una pulgada más alto en su asiento.
—Respóndame sólo a esto: ¿dónde están esos planetas?
—Oh, hay... lugares —contestó el Escobillón, ganándose algunas risas al agregar—: Los verdaderos planetas no se dejan mangonear por una caterva de astrónomos.
Sin tener en cuenta las risas, Doc continuó:
—¿Están esos planetas en el límite de lo conocido... son los planetas de otra estrella, a años luz de distancia
Su voz era amable ahora. Sus gruesas gafas parecían brillar benignas.
—No, no es así —dijo el Escobillón—. Vaya, hace sólo una semana visité Arletta y el viaje llevó sólo dos días.
Doc no se dejó distraer.
—¿Son planetas pequeñitos que se ocultan detrás de Sol o de la Luna o quizá detrás de Júpiter en una especie de eclipse permanente, como gente que se escondiera detrás de los árboles de un bosque?
—No, tampoco es eso —aseguró el Escobillón, irguiendo de nuevo los hombros, pero no obstante empezaba a haber algo defensivo en su actitud—. No se ocultan detrás de las faldas de nadie..., ellos no. Están sencillamente. allí fuera. Y son grandes, puede usted apostarlo..., tan grandes como la Tierra. He visitado seis de ellos.
—¡Vamos! —gruñó Doc—. ¿Son por casualidad planetas que se esconden en el hiperespacio y que surgen convenientemente de Pascuas a Ramos...? ¿Por ejemplo, cuando va usted a ellos de visita?
Ahora fue Doc el que se ganó las risas, aunque tampoco esta vez las tuvo en cuenta.
—Adopta usted una actitud negativa —dijo el Escobillón con tono acusador— y excesivamente teórica. Esos otros planetas están sencillamente allí fuera, le digo.
—Bien, si están allí fuera —rugió con suavidad Doc—, ¿por qué no podemos verlos? —Echó la cabeza atrás de manera triunfal o quizá fuera sólo que las gafas se le habían deslizado por la nariz hacia abajo.
Hubo una larga pausa. Luego:
—Del todo negativa —se corrigió el Escobillón con altivez—. Es una pérdida de tiempo decirle que algunos planetas tienen pantallas de invisibilidad para que la luz de las estrellas se curve a su alrededor. No tengo interés en seguir hablando con usted.
—Permitid que mi posición quede bien clara —dijo acalorado Doc dirigiéndose a la audiencia en general—. Estoy dispuesto a tomar en consideración cualquier idea..., aun la de que un planeta extraño aceche en nuestro sistema solar. Pero quiero que haya al menos alguna sugerencia de racionalidad en ella, si es que dicho planeta existe en el hiperespacio. Le concedo a Charles Fulby —hizo un ademán en dirección al Escobillón— un pequeño punto a favor por su concepción de las pantallas.
Se dejó caer en el asiento respirando victorioso. El Hombrecito aprovechó la oportunidad para salir de pronto de detrás del gran perro Ragnarok al extremo de la primera fila y decir:
—Sólo quedan diez minutos. Sé que está discusión es interesante, pero seguid observando, por favor. Recordad, somos primero y ante todo investigadores de los platillos. Los planetas voladores son como para despertar el entusiasmo, pero sólo un pequeño platillo del que todo un simposio puede dar testimonio sería un verdadero triunfo para nosotros. Gracias.

Asa Holcomb había estado dirigiendo la luz de su linterna hacia la ciudad desde la cima de la meseta cerca de las Montañas de la Superstición. Después de todo, se suponía que debía intentar salvar su vida. Pero ahora, cansado de ese deber, volvió a mirar las estrellas, brillantes como diamantes durante el eclipse total, y las nombró sin esfuerzo. Luego se perdió una vez más en la Luna a la sombra de la Tierra, allí, en primer término, como un gran emblema Hopi repujado en plata ennegrecida por el tiempo. Había siempre algo nuevo que ver en el inalterable cielo de la noche. Podía yacer allí y observar hasta el amanecer sin un sólo momento de aburrimiento. Pero la debilidad y la sensación de extrañeza eran cada vez mayores, y la roca bajo su cuerpo se había vuelto muy fría.

Pepe Martínez y High Bundy se levantaron de los cojines
y fueron arrastrados como hojas hacia la lóbrega pared de ladrillos del terrado de Harlem. Pepe dijo señalando la Luna:
—Una pitada más y luego ¡puf! Estaré allá arriba, como John Carter.
—No olvides tu traje espacial —le recomendó High.
Pepe, con aire ensoñador, continuó:
—Me llenaré los pulmones de humo de porro y viviré de eso. —Señaló las estrellas.— ¿Qué dice ese cartel de anuncios negro lleno de joyas, High?
—¡Cartel! Ésas son motos, hombre, cada una con un diamante por faro, que van a todos lados.
Arab, todavía en el cojín ante la tienda y ahora dejando caer en su gaznate unas gotas de moscatel de una delgada copa de licor, exclamó:
—¿Qué es de la noche, oh, hijos míos?
—Hermosa como una serpiente de seda, oh, papaíto mío —le aseguró Pepe.

La Luna siguió remontando la silenciosa sombra fría de la Tierra al tranquilo ritmo de sesenta kilómetros por minuto, tan irrevocablemente como la sangre que se filtraba dentro del pecho de Asa Holcomb, o los espermatozoides que agitaban la cola en los testículos de Jake Lesher, o las hormonas que emanaban de las glándulas suprarrenales de Don Guillermo, o los átomos que se partían para dar calor a las calderas del Prince Charles, o las ondículas que transportaban sus imágenes codificadas a la cueva de Spike Stevens, o la mente inconsciente de Wolf Loner que abría y cerraba sus ventanas a un ritmo que él llamaba cordura. Hacía mil millones de años que la Luna venía haciéndolo; seguiría haciéndolo mil millones de años de aquí en adelante. Algún día, decían los astrónomos, oscuras fuerzas ondeantes la llevarían tan cerca de la Tierra que las atroces mareas internas la harían añicos, convirtiéndola en algo semejante a los anillos de Saturno. Pero para eso, decían los astrónomos, faltaban todavía cien mil millones de años.

Seis
Paul Hagbolt, nervioso, codeó a Margo Gelhom para que dejara de reír, cuando una mujer de la segunda fila le preguntó a Doc en voz alta:
—¿Qué es ese hiperespacio del cual, según usted decía, podían salir planetas?
—Sí, ¿por qué no damos un sumario general al respecto —sugirió el Barbitas como conferenciante veterano volviéndose hacia Doc.
—Es un concepto que se ha dado en la física teórica y en incontables historias de ciencia ficción —empezó hablando Doc, ajustándose las gafas y pasándose las manos por la cabeza calva—. Como todos sabéis, está generalmente aceptado que la velocidad de la luz es lo más rápida que existe. Trescientos mil kilómetros por segundo suena a algo muy veloz, pero es lento como un caracol cuando se trata de las distancias entre las estrellas y dentro de las galaxias..., desanimante perspectiva para los viajeros espaciales.
»Sin embargo —continuó Doc—, es teóricamente posible que el espacio—tiempo pueda combarse o contraerse de manera tal que las partes distantes de nuestro cosmos entren en contacto en una dimensión más elevada: en el hiperespacio, que es donde entra en juego este término. O aun que cada una de las partes entre en contacto con todas las demás. Si es así, entonces es teóricamente posible realizar un viaje ultralumínico impulsándonos de algún modo fuera de nuestro universo hacia el hiperespacio para volver después al punto deseado. Por supuesto, el viaje hiperespacial sólo se ha sugerido para las naves espaciales, pero no veo la razón por la que un planeta adecuadamente equipado no pudiera emprenderlo también... teóricamente. Científicos profesionales como Bernal y filósofos como Stapledon han teorizado acerca de planetas viajeros, para no mencionar autores como Stuart y Smith.
—¡Teorías! —dijo el Escobillón con desprecio, resoplando por la nariz; y agregó sotto voce—: ¡Palabrería!
—¿Qué le parece eso? —le preguntó el Barbitas a Doc, llevando la cuestión a la plataforma con perfecta imparcialidad—. ¿Hay alguna prueba concreta de la existencia del hiperespacio o del viaje hiperespacial?
Por encima del hombro de Doc, la Aturbantada esperó la respuesta de éste mientras observaba con curiosidad al Barbitas.
—Ni el menor indicio —aseguró Doc con una sonrisa—. He intentado convencer a mis amigos astrónomos de que buscaran pruebas, pero no me toman muy en serio.
—Eso es interesante —dijo el Barbitas—. ¿Qué forma podrían adoptar esas pruebas?
—He pensado en eso —admitió Doc con deleite—. Una de las ideas que se me han ocurrido es que el impulso necesario para hacer entrar una nave en el hiperespacio y luego hacerla salir de él, podría implicar la creación de campos gravitacionales artificiales momentáneos..., campos tan intensos que alterarían de modo visible la luz de las estrellas que pasara por ese volumen de espacio. De modo que les he sugerido a mis amigos astrónomos que observaran si las estrellas ondean en las noches claras de buena visibilidad, en especial desde los telescopios instalados en los satélites, y que buscaran entre las fotografías de estrellas de corta exposición pruebas de ese mismo fenómeno: estrellas que desaparecieran brevemente, se movieran de una manera anormal, o cuya luz acusara alguna distorsión.
La mujer delgada de la segunda fila lo interrumpió:
—Leí una nota en los periódicos acerca de un hombre que vio moverse las estrellas. ¿Sería eso una prueba?
—Me temo que no —contestó Doc riendo—. ¿No estaba borracho? No debemos tomar muy en serio esos articulillos que se publican cuando no hay noticias importantes.
Paul sintió un estremecimiento en el pecho y, al mismo tiempo, Margo le agarró fuertemente el brazo.
—Paul —susurró con ansiedad—, ¿no está describiendo Doc exactamente lo que viste en esas cuatro fotografías?
—Suena parecido —contemporizó, tratando de poner en claro su propia mente—. Muy parecido. —Luego añadió, perplejo:— Utilizó la palabra «distorsión».
—Bueno, ¿qué te parece? —inquirió Margo—. ¿Ha descubierto algo ese Doc o no?
—Opperly dijo... —había empezado Paul, cuando se dio cuenta de que Doc se estaba dirigiendo a él.
—Discúlpenme ustedes dos... Lo siento, no sé sus nombres..., ¿tienen alguna contribución que hacer?
—Vaya, no. No, señor —dijo Paul de prisa—. Simplemente nos ha impresionado mucho su disertación.
Doc agitó la mano en señal de amable reconocimiento.
—Mentiroso —le susurró Margo con una sonrisa—. Estoy casi decidida a contárselo todo.
Paul no tuvo ánimos para decirle que no, lo cual fue probablemente atinado. Estaba padeciendo otro ataque de culpa, sin localización, pero agudo. Sin duda, se dijo, no podía ir repartiendo información del Proyecto..., a platillistas, por añadidura. No obstante, algo debía de funcionar mal en un sistema en el que alguien como Doc no pudiera enterarse de la existencia de esas fotografías.
Pero luego empezó a pensar en el asunto en cuestión, y una vez más se estremeció. Maldita sea, había algo diabólico en el modo en que las conjeturas de Doc encajaban con las fotografías. Miró con intranquilidad la Luna oscurecida. Las palabras de Margo resonaban tenues en su memoria: «¿Y si las estrellas que rodean a la Luna ondearan ahora?».

Los recipientes de polvo lunar que colgaban de sus delgados soportes de metal sobre la tenue película brillante de nieve de dióxido de carbono parecían los extraños frutos mecánicos de un jardín de hielo. Guiado por los rayos de luz de su casco, Don Merriam se dirigió al más próximo tan suavemente como le era posible para reducir al mínimo el vuelo del polvo contaminante. A pesar de las precauciones, algunos cristales de hielo seco formaron un arco al paso de sus botas de metal para volver a caer abruptamente, como lo hacen el polvo y la «nieve» en la Luna sin aire. Pulsó el mecanismo que sellaba el recipiente herméticamente, lo descolgó de su soporte y luego lo dejó caer en su bolsa.
—El recolector de fruta mejor pagado de este lado de Marte —se dijo equitativamente—. Y aun así estoy terminando esta tarea demasiado de prisa como para contentar al Sindicato del Zar Gompert, el Rey de la Demora.
Volvió a mirar arriba la Tierra negra dentro del anillo de bronce.
—El noventa y nueve coma nueve por ciento de ellos —se dijo— convendrían en que soy personal impuesto por el sindicato. Creen que toda exploración espacial es el mayor derroche innecesario desde las pirámides. O los ferrocarriles, quizá. ¡Almejas de aire! ¡Cangrejos tropósferos! —se sonrió—. Han oído hablar del espacio, pero todavía no creen en él. No han estado aquí afuera para ver por sí mismos que no hay ningún elefante gigante que sostenga la Tierra, o una tortuga gigante que sostenga al elefante. Si les digo planeta y «nave espacial», todavía piensan «horóscopo» y «platillo volante».
Al dirigirse al próximo soporte portador de un recipiente, su bota raspó la película de cristal, y un ligero aleteo crujiente le subió por la pierna del traje. Era un eco, venido de años atrás, de sus zuecos cantando contra la nieve endurecida de Minnesota en un día frío.

—Confírmelo, señor Kettering... —pidió Barbara Katzveo una luz blanca que relampaguea cerca de Copérnico.
Knolls Kettering III, al que las articulaciones le crujían un tanto, ocupó su lugar frente al ocular.
—Tiene razón, señorita Katz —confirmó—. Los soviéticos deben de estar experimentando con señales luminosas, supongo.
—Gracias —dijo ella—. No confío en mí misma en cuestiones lunares: sigo viendo las luces de la Ciudad de la Luna y Leyport y todos los otros sitios de ciencia ficción.
—Confidencialmente, señorita Katz, ¡también yo! Ahora hay un relampagueo rojo.
—Oh, ¿me deja verlo? Pero detesto hacer que se ponga de pie y se siente continuamente. Podría sentarme en su regazo, si no tiene inconveniente... y si el taburete lo soporta.
Knolls Kettering rió con tristeza.
—Yo no tendría inconveniente, y el taburete lo soportaría, pero me temo que el empalme de plástico que tengo en la cadera, no.
—Oh, Dios, lo siento.
—Olvídelo, señorita Katz..., somos hermanos de observación astronómica. Y no sienta lástima de mí.
—No se la tendré —le aseguró ella—. Creo que es romántico estar así remendado, como los viejos soldados que dirigen las academias espaciales en las historias de Heinlein y E. E. Smith.

Don Guillermo Walker finalmente tuvo que admitir ante sí mismo que el negro resplandor que tenía delante era agua... y más bien el lago pequeño que el grande, porque allí por fin titilaban las luces de Managua a no más de quince kilómetros de distancia. Una nueva preocupación se apoderó de él: había distribuido su tiempo con exceso de precisión. ¿Y si la Luna saliera ahora de su eclipse y lo revelara a los aviones y las ametralladoras antiaéreas del presidente, como un reflector apresurado que sorprendiera a un ayudante en mono modificando el decorado en un rincón oscuro Deseaba estar de regreso dedicado al abastecimiento de verano en las cercanías de Chicago o arengando a un grupo de políticos escindido de Birch; o tener diez años y estar montando un circo en un patio trasero en Milwaukee, desafiando a la muerte al deslizarse por un alambre oxidado tendido oblicuamente desde una altura de nueve pies.
Ese segundo recuerdo le dio coraje. Morir por un circo montado en un patio trasero... ¡morir por una ciudad bombardeada! Aceleró el motor al máximo de su velocidad y la hélice tras él batió el aire tibio algo menos débilmente.
—¡Gui-ller-mo Ge-ró-ni-mo! —aulló Don Guillermo— ¡La Loma, allá voy!

Siete
Paul Hagbolt sólo prestaba atención a medias a los oradores en la plataforma. La coincidencia entre las fotos de las estrellas y la idea de Doc acerca de planetas que viajaran por un hiperespacio lo había distraído y había puesto su imaginación a divagar. Como si un gran reloj que sólo él pudiera oír hubiera empezado a funcionar (una vez por segundo, no cinco como los relojes de pulsera y muchos relojes de resorte), se descubrió intensamente consciente del tiempo y de todo cuanto lo rodeaba: el grupo de gente apretadamente reunida, la arena nivelada, el lejano ruido de las olas más allá de los oradores, las viejas casas de tablones de la playa, las instalaciones camufladas y con las luces rojas parpadeantes de Vandenberg Dos que se levantaban por detrás de él, los acantilados más allá de las hierbas marinas y, sobre todo, la dulce noche presionando desde los extremos del espacio, volviéndolo todo minúsculo menos el globo de la Tierra y la Luna oscura y las estrellas resplandecientes.
Alguien dirigió una pregunta a Rama Joan. Ella sonrió al Barbitas con una amplia exhibición de dientes y luego miró a la audiencia recorriendo con su mirada a cada uno de sus miembros. El abultado turbante le ocultaba los cabellos, aunque tenía el mismo cutis pálido de Ann; el turbante también ponía de relieve la forma ahusada de su cara delgada. Ella también tenía el aspecto de una niña hambrienta.
Todavía sin hablar, miró el cielo y, por encima del hombro, la Luna oscura y de nuevo a la audiencia.
Luego dijo con serenidad, pero con acritud:
—¿Qué sabe realmente ninguno de nosotros de lo que hay allí fuera? Mucho menos que lo que sabría un hombre encerrado desde su nacimiento, en una celda de los millones de habitantes de Calcuta, Hong Kong, Moscú o Nueva York. Sé que muchos de vosotros creéis que existen razas adelantadas que amarán y cuidarán del hombre, pero yo juzgo la actitud de esas razas adelantadas en relación con el hombre sobre la base de la actitud del hombre en relación con las hormigas. Sobre esta base puedo deciros: hay demonios allí fuera. Demonios.
Había un sonido bajo y chirriante como si se le estuviera dando cuerda a un reloj de acero. Miau se puso rígida en los brazos de Margo, y se le erizaron los cortos pelos a lo largo del espinazo. Ragnarok había gruñido.
Rama Joan continuó:
—Entre las estrellas allí fuera, puede que haya hindúes que no matan a las vacas y aun jainitas que sacuden todo aquello sobre lo que se sientan por temor de aplastar a una hormiga y llevan una gasa en los labios para evitar tragarse un mosquito, pero ellos serán, en el mejor de los casos, raras excepciones. El resto no se preocupará por los mosquitos. Para nosotros, serán demonios.
Paul estaba abrumado por un sentimiento de extrañeza. Todo lo que lo rodeaba parecía en exceso real, aunque en el límite de la disolución, congelado, fantasmal. Miró las estrellas y la Luna en busca de apoyo, diciéndose que los cielos eran algo que no había cambiado en el curso de la historia, pero entonces la voz de un demonio en lo profundo de su mente le dijo: «Pero, ¿y si las estrellas se movieran? En las fotografías lo hicieron».

Sally Harris condujo a Jake Lesher a lo largo de la gastada plataforma de madera hasta el quinto y último coche del tren cohete. Los otros pasajeros de este viaje eran una pareja puertorriqueña de aspecto más bien tímido, sentada en el primer coche y ya asida a la barra de seguridad con las cuatro manos.
—Dios mío, Sal, las esperas que tengo que aguantar —se quejó Jake—. Y los desvíos que tengo que hacer para seguirte la corriente. El ático de Hasseltine...
—Ssst, que éste no es un desvío, chiquito querido —susurró mientras el lanzador pasó al lado de ellos apresurado para hacer la última revisión—. Ahora escucha bien: en cuanto empecemos a ascender, deslízate hacia adelante más o menos medio metro y agárrate al respaldo del asiento con la mano izquierda con tanta fuerza como puedas, porque con la otra mano vas a cogerme.
—Pero ése es el brazo que está al otro lado de ti, Sal.
—Por el momento —le dijo ella tocándolo en un sitio íntimo.
Él la miró aturdido; luego sonrió con incredulidad.
—Tú limítate a seguir las instrucciones —le dijo ella.
Con un crujido y un ruido metálico el tren empezó su empinado ascenso. A una docena de metros del techo, ella se puso de pie con ligereza, tendió su pierna en un arco resplandeciente y montó a horcajadas sobre la cintura de Jake. Con una mano lo cogió por el cuello, y con la otra dispuso de todo rápidamente.
—Jesús, Sal —dijo él jadeante—, apuesto a que haremos que la Tierra se mueva como en Por quién doblan las campanas.
— ¡Mierda la Tierra! —le dijo ella dirigiéndole desde lo alto una sonrisa de colmillos desnudos, como una valquiria, mientras el tren quedaba en suspenso para bajar en picado y el remolque se soltaba—. ¡Haré que las estrellas se muevan!

Rama Joan dijo:
—Oh, los habitantes de las estrellas nos resultarían terriblemente hermosos, imagino, y tan infinitamente fascinantes como lo es el cazador para el animal salvaje contra el que está a punto de disparar. Yo misma estoy terriblemente interesada en especular acerca de ellos..., pero para nosotros serían tan crueles y distantes como el noventa y nueve por ciento de nuestros propios dioses. ¿Y qué son los dioses de los hombres sino la imagen que éstos tienen de una raza más adelantada? Tomad el testimonio de diez mil años, si no queréis tomar el mío, y os daréis cuenta de que allí fuera..., allí arriba..., hay demonios.
Ragnarok volvió a gruñir. Miau se aplastó contra el hombro de Margo clavando en él sus uñas.
—El fin de la totalidad —sentenció el Hombrecito.
—Realmente, Rama Joan, me sorprendes —confesó Doc.
Margo dijo:
—Tranquilízate, Miau, todo va bien.
Paul miró a lo alto y vio que el borde oriental de la Luna se iluminaba, y fue como si se hubiera suspendido una condena a muerte. Supo de pronto que sus incomprensibles miedos desaparecerían con el fin del eclipse.
A media docena de diámetros lunares al este de la Luna, una patrulla de estrellas giró en apretadas y pequeñas volutas como fantasmales fuegos artificiales blancos que eruptaran buscapiés y girándulas... y desaparecieron luego.

Desde su solitaria meseta, Asa Holcomb vio ondear las estrellas cerca de la Luna, como si a través del cosmos resonara una fanfarria. Luego, un gran portón dorado y púrpura cuatro veces más ancho que la Luna se abrió allí en los cielos, apartando a uno y a otro lado la negrura; y Asa lo miró con ansia, con el corazón dilatado por la majestad y maravilla que de él emanaban, y su aorta se desgarró por completo, y murió.

Sally Harris vio moverse las estrellas mientras ella y Jake, perdiendo momentáneamente diez kilos de peso cada uno, empezaban la ascensión a la sexta cumbre del Cohete de Diez Pisos en Coney Island. En el ciego mundo egoísta de la culminación sexual, que queda exactamente en el límite entre las regiones consciente e inconsciente de la mente, supo que las estrellas eran un distrito provincial de sí misma —las Fronteras de Sally Harris—, de modo que se limitó a cloquear con voz gutural:
— ¡Lo hice, Dios, dije que lo haría y lo hice!
Y aun cuando estuvo en lo alto de la siguiente cumbre, después de una sofocante y palpitante zambullida hacia el nadir y de vuelta arriba, y vio las estrellas en movimiento reemplazadas por un disco amarillo y púrpura veinte veces más grande que la Luna y lo bastante brillante como para que se vieran las rayas finas en los hombros del traje de Jake y la cara de éste apretada entre sus pechos, se echó hacia atrás, como una valquiria, la barra de seguridad contra las nalgas y clamó triunfal hacia los cielos:
—¡Dios mío, una bonificación!

High Bundy dijo:
—¡Oh, cómo pega! Escucha, Pepe, al otro lado del mundo está ese viejo chino loco más grande que King Kong, que nos está tirando patadas, y está pintando platos dorados con granadina de modo que parezcan dos gotas que hacen el amor, y los está lanzando hacia la Luna con una torsión de muñeca a medida que los va terminando y uno de ellos ha quedado allí suspendido.
—Cuu, cuu —dijo Pepe en un arrullo—. Está iluminando todo Nueva York. Un plato relámpago.
—Yo también lo veo —dijo Arab, flotando tras ellos—. ¡Hombre, que té maravilloso!

Knolls Kettering III, con el ojo pegado al ocular en la oscuridad de Palm Beach, estaba diciendo algo pomposamente.
—El sustantivo «planeta», señorita Katz, deriva del verbo griego planasthai, errar. Originalmente significó «errante»: un cuerpo que va aquí y allá entre las estrellas fijas. —La voz se le puso tensa.— Vaya, la Luna se está iluminando y no sólo a lo largo del extremo que sale del eclipse. Sí, definitivamente. Y se ven también algunos colores.
Una mano se posó sobre su hombro de modo protector y la vocecita más tenue que hubiera oído nunca —era como si Barbara Katz se hubiera convertido en un saltamontes— dijo:
—Papá, por favor, no aparte la mirada del ocular ahora. Tiene que prepararse para una gran sorpresa.
—¿Una sorpresa? ¿De qué se trata, señorita Katz? —preguntó nervioso, aunque siguió las instrucciones.
—No estoy muy segura —continuó la voz microscópica—. Se parece a la portada de un viejo ejemplar de Amazing. Papá, creo que su Errante ha venido aquí..., sólo que los griegos no les hacían crecer tanto. Creo que es un planeta.

Paul, sobresaltado, había permanecido con los ojos cerrados dos segundos como máximo.
Cuando volvió a abrirlos, el Errante estaba allí, vertiendo luz sanguinolenta y dorada.
El Errante estaba allí, con un diámetro cuatro veces el de la Luna y más o menos a esa distancia de la Luna en el cielo, dieciséis veces la superficie de la Luna, onduladamente dividida por una curva en S invertida en mitades dorada y rojo oscuro, con un aspecto más suave que el terciopelo, pero con un borde claramente recortado y sin la menor nebulosidad.
Eso es todo lo que vio Paul como pauta visual, lo vio en un instante sin análisis alguno. Inmediatamente después se había arrojado al suelo con los hombros curvados y la cabeza escondida, lejos del Errante. Porque la primera impresión dominante era la de algo gigantesco y flameante en lo alto, algo intimidantemente macizo a punto de caer sobre la Tierra y aplastarla.
Margo, con Miau apretada contra ella, estaba en el suelo a su lado.
Por pura casualidad la mirada de Paul se dirigió al programa que sostenía en la mano. Automáticamente leyó una línea:
—Nuestro conferenciante barbudo es Ross Hunter, profesor de Sociología, Reed College, Portland, Oregón... —antes de que se diera cuenta de que estaba leyendo fácilmente a la luz del Errante.

Para Don Guillermo, que se acercaba a la colina con su montón de edificios oficiales, la mirada sobre «el palacio», la mano izquierda sobre la palanca que dejaría caer la bomba, el Errante era un avión leal nicaragüense materializado a sus espaldas, eructando un volcán entero de silenciosas balas trazadoras. Se encogió en su asiento, fijó la mirada y encogió el cuello y los hombros a la espera de los proyectiles. Éstos no llegaban... Era sádico el muy hijo de puta al prolongar de este modo la agonía.
Se dirigió al este, hacia el lago grande, de acuerdo con lo planeado, y luego se obligó a mirar hacia arriba y atrás. Vaya, la maldita cosa era sólo un gran globo de barrera, súbitamente iluminado. Pensar que con un adminículo de feria lo habían engañado y él no había dejado caer su huevo. ¡Volvería y ya les enseñaría!
En ese momento un volcán deslumbrantemente rosa entró en erupción en La Loma, y vio que su mano izquierda asía la palanca, que traía ahora arrastrando un trozo de alambre roto. Al instante, una explosión le sacudió los oídos e hizo que el aeroplano se estremeciera. Lo enderezó y automáticamente siguió vuelo hacia el lago Nicaragua.
Pero, se preguntó, ¿cómo un globo semejante podía seguir con exactitud su viejo trasto? ¿Y por qué resplandecía el paisaje entero como si las ascuas hubieran despertado en el teatro universal?

Bagong Bung, con el sol que le asaba el cerebro, apoyado en la barandilla sin pintar del puente, pero visualizando con el cerebro un barco naufragado cubierto de algas y cargado de oro a menos de veinte leguas de distancia, era del todo inconsciente y no sintió para nada la extrañeza de que el frente gravitacional de un cuerpo desconocido lo golpeara desde abajo y lo hiciera estremecer en cada uno de sus átomos. Como dio con fuerza proporcional contra el Machan Lumpur, el golfo de Tonquín y el planeta entero, la ráfaga de poder cósmico ni siquiera afectó uno de los verdes y fríos pensamientos de Bagong Bung.
Si Bagong Bung hubiera estado mirando la brújula del Machan Lumpur, habría visto que su aguja giraba frenética para luego reposar temblorosa en una nueva dirección un tanto al este del norte, pero el pequeño malayo rara vez miraba la bitácora..., conocía demasiado bien estos mares poco profundos. Y había tratado tanto tiempo con renegados y oportunistas de ambos lados, tanto el comunista como el capitalista, que aun cuando hubiera visto virar la brújula, habría creído meramente que por fin estaba manifestando su natural grado de inestabilidad política.

Wolf Loner frunció el entrecejo en su aterido sueño, mientras, a mitad de camino alrededor del mundo, la pequeña brújula del Endurance giraba y se reinstalaba al igual que la del Machan Lumpur, y algo como el dedo azul de un fuego de San Telmo se estremeció brevemente en lo alto del mástil del esquife. Wolf se agitó en sueños y estuvo a punto de despertar, pero luego siguió durmiendo.

El general Spike Stevens dijo con irritación:
—Jimmy, saca ese aparato quemado de aquí antes de que perdamos una pantalla.
—Sí, señor —respondió el capitán James Kidley—. Pero, ¿cuál de las pantallas es? Sigo viéndolo en las dos.
—Está en las dos pantallas —dijo el coronel Williard Griswold con voz ronca—. Despéjese los ojos, Spike. Está allí fuera..., tan grande como la Tierra.
—Discúlpeme, Spike —intervino el coronel Mabel Wallingford, con la sangre a toda carrera—, pero ¿no podría ser eso un problema? La Sede Uno puede transformar nuestras entradas y salidas de datos y someternos a pruebas en cualquier momento.
—Exacto —dijo el general apoderándose de la salida que ella acaba de brindarle; esto la hizo sonreír con fiereza: Spike se había asustado. Él continuó—: Si es un problema, y yo creo que lo es, nos están proponiendo un caso raro. Dentro de cinco segundos nuestras comunicaciones estarán saltando con datos de crisis simuladas. Muy bien, todo el mundo, consideraremos que es un problema.

Esforzándose por mirar arriba, Paul vio que el Errante, hasta donde él podía estimar, no se movía ni cambiaba. Ayudando a Margo al mismo tiempo, se puso de pie con trabajo, aunque todavía agachado para evitar al Errante, como se agacharía un hombre bajo un bloque de cemento colgado o se apartaría de un puño levantado.
Aparentemente, la reacción de cuerpo a tierra había sido universal. Las sillas estaban esparcidas; la gente de las primeras filas y los conferenciantes habían desaparecido.
No del todo universal, sin embargo. El Escobillón estaba erguido y decía con voz aguda y extrañamente regular:
—No os asustéis. ¿No veis que es sólo un gran globo de fuego? Fabricado en Japón, apostaría yo, por el diseño.
Una mujer bramó desde el suelo:
—¡Lo vi alzarse desde Vandenberg! ¿Por qué se ha detenido? ¡Está disparando todavía! ¿Por qué no sigue adelante?
Desde debajo de la mesa llegó el bramido todavía más fuerte de Doc:
—¡Quedaos abajo, estúpidos! ¿No sabéis que las balas de fuego atómicas son una esfera en el espacio exterior? —Luego, ya no tan fuerte: — Busca mis gafas, Rama Joan.
Ragnarok, con el rabo entre las patas, volvió en círculo hasta el centro mismo de la pista, se detuvo entre las sillas vacías, alzó el hocico hacia el Errante y empezó a aullar. Paul y Margo, avanzando hacia los demás, viraron en tomo a él.
Ann fue tras ellos.
—¿Por qué está todo el mundo tan asustado? —le preguntó a Paul alegremente—. Ése debe de ser el platillo más grande nunca visto. —Apagó la linterna que llevaba colgada sobre el pecho.— Ya no la necesitaré.
El Escobillón tomó otra vez la palabra con monotonía sin emoción y chillona:
—El globo de fuego japonés se está moviendo muy lentamente. Está pasando muy cerca, pero no os preocupéis, no va a darnos.
El Hombrecito se acercó al Escobillón, estiró la mano hacia arriba y lo sacudió por el brazo.
—¿Un globo de fuego oscurecería las estrellas hasta reducirlas a media docena? —preguntó—. ¿Haría que se distinguiera el color de nuestros coches ahí abajo? ¿Volvería Vandenberg verde e iluminaría el Pacífico hasta la isla de Santa Bárbara? ¡Maldita sea, contésteme, Charley Fulby!
El Escobillón miró a su alrededor. Luego las pupilas de sus ojos giraron hasta perderse de vista, lentamente se desmoronó contra una silla y se deslizó inerte al suelo. El Hombrecito lo miró desde lo alto pensativo y dijo:
—Sea lo que fuere, no es Arletta.
Simultáneamente, la bóveda resplandeciente y las gafas brillantes de Doc y la cara peluda de Hunter —el profesor del Reed College, al que habían bautizado como el Barbitas— se levantaron desde detrás de la mesa. Por un momento la impresión fue la de dos enanos fornidos. Luego:
—Eso no es una bola atómica —anunció—; si lo fuera, seguiría expandiéndose. Y, para empezar, habría sido endemoniadamente más brillante. —Ayudó a Rama Joan a ponerse de pie. Uno de los extremos verdes de su turbante se le había soltado. Tenía la camisa blanca arrugada.
Hunter también estaba de pie.
Ann estiró la mano y tocó a Miau.
—Su gato ronronea y mira el gran platillo —le dijo a Margo la niñita pelirroja—. Creo que quiere acariciarlo.
El Errante siguió colgado de los cielos, suave como el terciopelo y, sin embargo, fuertemente definido, incontrovertible; sus marcas roja oscura y dorada se aproximaban irregularmente al símbolo yin—yang de la brillantez y la oscuridad, lo masculino y lo femenino, el bien y el mal.
Mientras los demás se quedaban mirando e imaginando, el Hombrecito sacó una pequeña libreta del bolsillo de su pecho y trazó un cuidadoso diagrama en una de las páginas no rayadas, suavizando la línea limítrofe irregula del nuevo cuerpo celestial y señalando la sección púrpura con sombreado de líneas paralelas.
Don Merriam recogió el último recipiente e inició el camino de regreso a la Barraca. El anillo a la derecha era ahora muy brillante. En cuestión de segundos el disco del Sol empezaría a emerger, devolviendo el día caluroso a la Luna y suavizando el disco oscuro de la Tierra con la luz del Sol reflejada desde ella.
Entonces se detuvo en seco. El disco del Sol aún no había asomado, pero el de la Tierra, oscuro hacía sólo un segundo, resplandecía ahora veinte veces más brillante de lo que nunca lo viera antes. Podía distinguir claramente las dos Américas, y, sobre el borde derecho, el tenue brillo de la capa de hielo de Groenlandia.
—Mira la Tierra, Don. —La voz de Johanssen era precisa en su oído.
—Es lo que estoy haciendo yo. ¿Qué es eso?
—No lo sabemos. Una conjetura: hay una terrible explosión en algún otro sitio de la Luna. La base soviética totalmente en llamas..., todo el combustible de sus cohetes inflamado.
—Eso no produciría tanta luz, Yo. Sin embargo, quizás Ambartsumian ha inventado una bengala con una energía luminosa equivalente a veinte veces la de la Luna.
—¿Candilejas atómicas? —dijo Johannsen, riendo sombrío—. Dufresne acaba de formular la Conjetura Tres: todas las estrellas a nuestras espaldas se han convertido en novas.
—Eso podría producir este efecto —convino Don—. Pero, Yo, ¿qué es ese punto en el Atlántico?
El punto al que se refería era un sitio de brillantes amarillo y púrpura sobre las pálidas aguas.

Richard Hillary bajó la persiana junto a su asiento para protegerse del torturante sol bajo de la mañana y volvió a apoyarse cómodamente contra el respaldo mientras el clíper de Londres ganaba velocidad camino de Bath. Aquello podía considerarse placentero, comparado con el traqueteo del pequeño autobús que lo había llevado de Portishead a Bristol. Por fin sentía que su malestar iba atenuándose, como si sus intestinos, convulsionados hacía una hora, empezaran a asentarse en una suave espiral.
Y mira lo que sólo una noche en compañía de un poeta galés estimulado por la cerveza es capaz de hacer con las imágenes mentales de uno, pensó con ironía. ¡Serpientes en mi barriga, por Dios!
Dai Davies se había mostrado particularmente exuberante al despedirse, cantando a voz en cuello fragmentos de un «Adiós a Mona» que había estado improvisando en trance etílico. Los fragmentos habían estado llenos de horrorosos neologismos como «oscuraluna», «brillhombre» y, como culminación, «femenil esplendor»; y el alivio de Richard al deshacerse de Da¡ fue auténtico y profundo. Ni siquiera lo molestó, al menos por el momento, que el conductor del autobús hubiera sintonizado la radio, infligiendo a la media docena de pasajeros el neojazz americano, pretencioso como el Partido Republicano.
Suspiró silencioso, pero con sentimiento. Sí, basta de Dai por un tiempo ahora, no más ciencia ficción, no más Luna. Sí, en particular, no más luna.
Precisamente en ese momento la música cesó de repente y una voz anunció:
—Interrumpimos el programa para transmitir una extraña noticia que nos llega de los Estados Unidos.

Ocho
Hunter y Doc parloteaban juntos, al tiempo que observaban al Errante. La bóveda calva de Doc tenía un misterioso fulgor magenta y la cabellera de Hunter le impedía momentáneamente ver la mitad dorada del cuerpo en el cielo.
Paul, repentinamente inundado de una osada y extraña energía, saltó a la plataforma junto a ellos y dijo en voz alta:
—Miren, tengo cierta información acerca de unas fotos de estrellas en las que se ven zonas de distorsión que confirman por completo lo que ...
—¡Calle! No tengo tiempo de escuchar a los chiflados interesados en platillos —bramó Doc no sin amabilidad, e instantáneamente prosiguió—: Ross, admito que si esa cosa está a la misma distancia que la Luna, entonces es tan grande como la Tierra. Tiene que serlo. Pero...
—Siempre que se trate de una esfera —interrumpió Hunter con brusquedad—. Podría ser plana corno un plato.
—Claro, siempre que se trate de una esfera. Pero ésa es una suposición sensata y natural, ¿no te parece? Iba a decir que si se encuentra sólo a un millar de kilómetros de distancia, tiene entonces sólo —cerró los ojos dos segundos— cincuenta y dos kilómetros de diámetro. ¿Me sigues?
—Claro —le dijo Hunter—. Triángulos similares y trece mil kilómetros divididos por 250.
Doc asintió con la cabeza tan violentamente que estuvo a punto de perder las gafas y tuvo que sujetárselas.
—Y si está sólo a un centenar de kilómetros..., ésa es aún altura suficiente como para procurar una iluminación general, aunque no de luz solar reflejada...
—Entonces sólo tiene cinco kilómetros de diámetro —terminó Hunter por él.
—Sí —convino Paul en voz muy alta—, pero en ese caso se está trasladando en una órbita de noventa minutos. Eso es cuatro grados por minuto..., lo bastante como para que lo advirtamos con suma rapidez, aun sin contar con las estrellas para juzgarlo.
—Tiene usted toda la razón —dijo Doc volviéndose hacia él como si Paul fuera ahora un viejo colega—. Cuatro grados ocupan un espacio equivalente al Cinturón de Orión. Veremos bastante pronto ese movimiento.
—Pero, ¿cómo sabes que se traslada siguiendo un tipo especial de órbita? —preguntó Hunter—. ¿Cómo podemos saber algo así?
—Es sólo otra suposición sensata y natural —contestó Doc, más bien agrio—. Al igual que suponemos que refleja la luz del Sol. De donde quiera que venga, está ahora en el espacio, de modo que suponemos que obedece a las leyes del espacio, hasta que seamos testigos de lo contrario. —Se dirigió entonces a Paul.— ¿Qué estaba usted diciendo sobre unas fotografías de estrellas?
Paul empezó a explicarlo.
Margo no había seguido a Paul a la plataforma. La gente empujaba y farfullaba a su alrededor; dos mujeres se habían arrodillado junto al Escobillón y le frotaban las muñecas; el Hombrecito buscaba algo tras las sillas, pero Margo contemplaba más allá de las dunas la fantástica estela de color amatista y topacio del Errante en las aguas del Pacífico. Se le ocurrió la fantasía de que todos los fantasmas de su pasado, o quizá era el pasado del mundo, vendrían marchando hacia ella por esa ruta enjoyada.
La cara de la Aturbantada se interpuso en la ruta de su mirada y le dijo acusadora:
—Yo la conozco... Usted es la novia de ese astronauta. Vi su fotografía en Life.
—Tienes razón, Rama Joan —dijo una mujer que vestía un jersey claro y pantalones, dirigiéndose a la Aturbantada—. Yo debo de haber visto la misma fotografía.
—Ha venido con un hombre —comentó Ann, que apareció junto a Rama Joan—. Pero son buena gente; han traído un gato. ¿Ves cómo mira fijamente el gran platillo de terciopelo, mamita?
—Sí, querida —convino Rama Joan sonriendo torcidamente—. Está viendo a los demonios. A los gatos les gustan.
—Por favor, no trate de asustarnos más de lo que estamos —dijo Margo con aspereza—. Es estúpido e infantil.
—Oh, ¿usted cree que no se trata de demonios? —preguntó Rama Joan en el tono de una conversación normal—. No se preocupe por Ann. A ella le encanta todo.
Ragnarok, escurriéndose, saltó hacia Miau con un gruñido. El Hombrecito, que todavía tanteaba bajo las sillas, gritó bruscamente:
—¡Abajo!
Margo se esforzó por sujetar a la gata y evitar sus arañazos. Rama Joan se volvió de espaldas, miró al Errante y luego a la Luna, que salía de su eclipse. El Hombrecito encontró lo que había estado buscando, y se sentó y se lo puso sobre las rodillas: algo del tamaño de un portafolio pero con esquinas más afiladas.
En la plataforma, Doc le estaba diciendo a Paul:
—Bueno, sí, esas fotos sugieren una emergencia que proviene del hiperespacio, pero... —Sus gruesas gafas aumentaban su entrecejo fruncido.— No veo cómo puedan solucionar nada aquí y ahora. Especialmente, a qué distancia se encuentra esa maldita cosa. —El entrecejo se le frunció todavía más.
Hunter le gritó a Doc:
—¡Rudolf! ¡Escúchame!
Doc esgrimió un paraguas cerrado y dijo:
—Lo siento, Ross, pero tengo otra cosa que hacer —y saltó bastante torpemente de la plataforma a la arena.
Paul se dio cuenta de lo que era esa energía que lo inundaba, pues veía ahora que se había posesionado de todo el mundo: puro alborozo.
—Pero esto es importante —prosiguió Hunter, dirigiéndose tanto a Paul como a Doc, que se había arrodillado en la arena—. Si esa cosa está a un centenar de kilómetros, se halla en el cono de sombra de la Tierra y no puede reflejar la luz del Sol. De modo que supongamos que está sólo a quince kilómetros. Ésa es una altura suficiente como para que ilumine una amplia zona. Y entonces tendría un diámetro de sólo medio kilómetro: sólo quinientos metros. Rudolf, escucha..., sé que todos nos reímos de lo que supuso el viejo Charlie Fulby: que era un globo de fuego, pero globos de más de cien metros de diámetro han alcanzado alturas de treinta kilómetros y aún más. Si suponemos que existe un globo gigantesco capaz de llevar dentro una tremenda fuente luminosa que contribuye a su elevación calentando el gas... —Se interrumpió:— Rudolf, ¿qué diablos estás haciendo ahí?
Doc había hundido profundamente en la arena el paraguas cerrado y se había puesto en cuclillas detrás de él, mirándolos a ellos por la curva de la empuñadura del paraguas. El Errante se reflejaba de manera fantástica en sus gruesos lentes.
—Estoy comprobando la órbita de esa maldita cosa —gritó Doc—. La estoy alineando con la esquina de la mesa grande y este paraguas. ¡Que nadie mueva esa mesa!
—Pues te estoy diciendo —gritó Hunter a su vez— que quizá no tenga órbita en absoluto, sino simplemente esté flotando. Te estoy diciendo —que puede que no sea nada más que un globo del tamaño de cinco campos de fútbol.
—¡Ross Hunter! —resonó la voz de Rama Joan, que acusaba un leve tono burlón. El hombre barbudo miró a su alrededor, y otro tanto hicieron los demás.
—¡Ross Hunter! —repitió Rama Joan—. Hace veinte minutos nos estaba hablando de grandes símbolos en el cielo y ahora está dispuesto a decidirse por un gran globo rojo y amarillo. ¡Oh, hijos, mirad la Luna!
Paul imitó a los que levantaron una mano para cubrir el Errante. El borde oriental de la Luna resplandecía ahora, casi una tercera parte ya fuera del eclipse, pero aun esa zona tenía manchas de colores, mientras que el margen sombreado de castaño estaba lleno de fulgores púrpuras y dorados. Incuestionablemente, la luz del Errante caía de ese lado de la Luna cuando menos tan ferozmente como sobre la Tierra.
El silencio fue interrumpido por un súbito rat-a-tat-tat. El Hombrecito había colocado sobre sus rodillas una máquina de escribir portátil y picaba en ella. A Margo ese seco ruido le sonaba tan extraño e incongruente como un zapato sobre un sarcófago en el cementerio.

El general Spike Stevens dijo con brusquedad:
—Muy bien, ya que la Sede Uno no lo coge, lo haremos nosotros. Jimmy, envía esta orden a la Base Lunar: COGED UNA NAVE Y EXPLORAD EL NUEVO PLANETA TRAS VOSOTROS. LA DISTANCIA ESTIMADA A QUE ESTÁIS ES DE CUARENTA MIL KILÓMETROS. (¡Añade allí las coordenadas espaciales con centro en la Luna!) VITAL SERVICIO DE INFORMACIÓN. ENVIÁD DATOS DIRECTAMENTE.
—Spike, las emisiones de su nave no tienen energía suficiente como para llegar a nosotros —objetó el coronel Griswold.
—Retransmitirán a través de la Base Lunar.
—No, a través del espesor de la Luna no lo harán.
Spike hizo resonar sus dedos.
—Muy bien, diles que envíen dos naves. Una para hacer un reconocimiento, la otra, al cabo de un intervalo adecuado, para retransmitir a la Base Lunar. Espera. Tienen tres naves en funcionamiento, ¿no es así? Pues bien, que dos exploren el nuevo planeta de norte a sur, y que la otra trace una órbita alrededor de la Luna como punto de vigilancia y retransmisión. Sí, Will, sé que eso les deja sólo un hombre y ninguna nave para volver, pero debemos obtener información aun cuando la base quede desguarnecida.
El coronel Mabel Wallingford, estremeciéndose en la atmósfera eléctrica del cuarto subterráneo, se preguntó repentinamente: ¿ r si no fuera un problema? En ese caso, Spike no podría manejar la situación. ¡Le habré procurado su pequeña victoria y seré testigo de cómo la pierde!

Margo Gelhorn oyó que una de las mujeres decía
—No trates de levantarte todavía, Charlie. —El Escobillón yacía en sus brazos y contemplaba al Errante con toda tranquilidad con una débil sonrisa que le jugaba en los labios.
Llevada de un impulso, Margo se inclinó sobre él. Lo mismo hizo Rama Joan, mientras se ajustaba el extremo suelto de su turbante verde.
—Ispan —dijo el hombre flaco débilmente—. Oh, Ispan, ¿cómo fue posible que no te conociera? Supongo que nunca pensé en este lado tuyo. —Luego, más fuerte:— Ispan, todo púrpura y oro. Ispan, el Planeta Imperial.
—Ispan—Hispan —murmuró el Hombrecito mientras seguía tecleando.
—Charlie Fulby, viejo mentiroso —dijo Rama Joan casi con ternura—, ¿por qué sigues insistiendo? Sabes que jamás pusiste el pie en otro planeta en toda tu vida.
A la mujer le brillaron los ojos de cólera, pero el Escobillón miró sin rencor a la del turbante verde que lo sostenía en brazos.
—Físicamente, no, eso es muy cierto, Rama —admitió—. Pero hace años que vengo visitándolos con el pensamiento. Estoy tan seguro de su realidad como lo estaba Platón de los universales o Euclides de la infinitud. Ispan y Arletta y Brima tienen por fuerza que existir, al igual que Dios, lo sé. Pero para hacer que la gente entienda, en esta era materialista, tenía que fingir que los había visitado en carne y hueso.
—¿Por qué dejas de fingir ahora? —presionó Rama Joan ligeramente, como si conociera ya la respuesta.
—Ahora nadie necesita fingir nada —dijo el Escobillón tranquilamente—. Ispan está aquí.
El Hombrecito sacó la hoja de la máquina de escribir, la sujetó a una tablilla, subió a la plataforma y golpeó la mesa para llamar la atención. Cuando logró que se callaran, leyó:
—Después del lugar, la fecha, la hora y el minuto, he puesto: NOSOTROS, LOS QUE SUSCRIBIMOS, FIEMOS VISTO UN OBJETO CIRCULAR EN EL CIELO, CERCA DE LA LUNA. SU DIÁMETRO APARENTE ERA CUATRO VECES EL DE LA LUNA. SUS DOS MITADES ERAN PÚRPURA Y AMARILLO Y SE ASEMEJABAN AL SÍMBOLO YIN—YANG O A LA IMAGEN ESPECULAR DE UN SESENTA Y NUEVE SÓLIDO. DABA BASTANTE LUZ COMO PARA LEER UN PERIÓDICO Y MANTUVO LA MISMA APARIENCIA CUANDO MENOS POR 20 MINUTOS. ¿Alguna modificación? —consultó—. Muy bien, haré circular esto para que lo firméis tal como ha sido leído. Quiero también vuestras direcciones.
Alguien gruñó, pero Doc gritó desde el puesto que ocupaba en la arena:
—¡Muy bien, Doddsy, bien pensado!
El Hombrecito presentó la tablilla a las dos mujeres que tenía más cerca. Una de ellas soltó una risa histérica, cogió la pluma y firmó.
Paul le preguntó a Doc:
—¿Ha observado ya algún movimiento?
—Ninguno del que pueda estar seguro —contestó este último, poniéndose de pie con cuidado para no alterar la .posición del paraguas clavado en la tierra—. No es nada que se encuentre en una órbita cercana. —Volvió a subir a la plataforma.— ¿Alguien tiene aquí un telescopio o prismáticos? —preguntó en voz alta, pero sin muchas esperanzas—. ¿Gemelos de ópera? —Esperó un momento más y luego se encogió de hombros.— Esto es típico —le dijo a Paul quitándose las gafas para limpiarlas y darse masaje alrededor de los ojos— ¡Qué atajo de novatos!
La cara barbada de Hunter se iluminó:
—¿Alguien tiene aquí una radio? —gritó.
—Yo tengo —dijo la mujer delgada sentada en el suelo junto al Escobillón.
—Bien, busque una emisora por la que transmitan noticias —le indicó Hunter.
—Sintonizaré KFAC...Emite música clásica con boletines regulares acerca del tránsito y algunas noticias.
—Si lo están viendo en Nueva York o en Buenos Aires, por ejemplo, sabremos que tiene que estar a gran altura —consideró Hunter.
Margo estaba examinando el Errante otra vez cuando alguien le tocó ligeramente el codo, el que no sostenía a la gata. El Hombrecito le dijo amablemente:
—Me llamo Clarence Dodd. ¿Es usted...
—Margo Gelhorn —confirmó ella—. ¿Es esa bestia enorme su perro?
—Sí, lo es —dijo él rápidamente con una sonrisa brillante—. ¿Puede firmar este documento?
—¡Oh, por favor! —dijo ella con acritud, mirando otra vez al Errante.
—Se arrepentirá —le aseguró el Hombrecito con tranquilidad—. La única vez que vi un platillo plausible, omití obtener la declaración firmada de cuatro personas que viajaban en el coche conmigo. Una semana después todos estaban diciendo que era algo diferente.
Margo se encogió de hombros; luego se dirigió al borde de la plataforma y opinó:
—Paul, creo que la mitad púrpura se está volviendo más pequeña y hay un trazo púrpura abajo, en la mitad amarilla, que no estaba allí antes.
—Tiene razón —admitieron varios.
Doc se ajustaba las gafas, que se le habían deslizado por la nariz, pero, antes de que pudiera articular palabra, Hunter estalló:
— ¡Está rotando! ¡Tiene que ser una esfera!
De pronto el Errante, que había sido plano para Paul hasta entonces, se redondeó. Había algo indeciblemente extraño en el lado oculto y totalmente desconocido, que ahora empezaba a mostrarse.
Doc levantó una mano.
—Está rotando hacia el este —aseveró—. Eso es, este lado suyo..., lo cual significa que rota de modo retrógrado en relación con la Tierra y con la mayor parte de los planetas de nuestro sistema solar.
—Dios mío, Bill, ahora recibimos lecciones de astronomía —le susurró burlonamente la mujer de gris claro al hombre que tenía a su lado.
La radio portátil de la mujer delgada empezó a funcionar muy débilmente, salvo las interferencias. La música, lo que podía oírse de ella, tenía un ritmo galopante y ondulante. Al cabo de un momento, Paul reconoció «La cabalgata de las Valquirias» de Wagner, que sonaba allí al aire libre como si la tocara una orquesta de ratones.

Don Merriam estaba a mitad de camino de vuelta a la Barraca, levantando polvo con las botas mientras se apresuraba con cuidado por la planicie luminosa, cuando la voz de Johannsen sonó clara en su oído. Se detuvo.
Johannsen estaba diciendo:
—Entiende bien esto, Don. No debes volver a la Barraca. Debes abordar la Nave Uno y prepararte para despegar solo.
Don refrenó el impulso de decir:
—Pero, Yo...
El otro aprobó su silencio con una risita y continuó:
—Sé que nunca has volado en ellas solo, salvo practicando en los simuladores, pero éstas son órdenes que vienen desde la cumbre. Dufresne ya está vistiéndose. Se te unirá en la Nave Dos. Yo estaré en la Baba Yaga Tres para transmitir a Gompert en la base, quien retransmitirá a su vez a la Sede de la Tierra. Cuando se os dé la orden, tú y Dufresne despegaréis. Tú reconocerás la mitad norte y él la sur del objeto que está detrás de la Luna emitiendo una luz amarilla y púrpura. Es difícil de creer, pero la Sede de la Tierra dice que hay un...
La voz se perdió en un voluminoso, casi subsónico, estruendo chirriante que venía de las botas de Don subiendo por sus piernas. La Luna se movió lateralmente unos treinta centímetros o más bajo los pies de Don, haciéndolo caer. Durante los dos segundos que duró la —caída, su único pensamiento activo fue levantar los brazos con los codos doblados para protegerse el casco, pero pudo ver el polvo gris que
ondeaba y se levantaba aquí y allá como una espesa alfombra bajo la que soplara una ráfaga, sostenida por la inercia, mientras la Luna sólida se movía debajo de ella.
Cayó de espaldas con un ruido hueco. El estruendo se multiplicaba, llegando de todas partes desde debajo de su traje. Gotas de polvo salpicaban a su alrededor trazando lentas parábolas. Afortunadamente, el casco no se le había roto.
—¡Yo! —y otra vez—: ¡Yo! —y con la lengua hizo sonar el silbato de la Barraca.
El resplandor púrpura y amarillo le llegó desde el borde occidental del Atlántico que baña las playas de Florida.
No hubo respuesta de la Barraca.

Nueve
Paul y Margo se pusieron en marcha tras el grupo principal de los estudiosos de platillos volantes que volvían a los coches. No podían recordar ahora quién era el que había dicho primero: «Es mejor que nos vayamos de aquí», pero una vez que las palabras fueron pronunciadas, el acuerdo y la reacción habían sido rápidos y casi unánimes. Doc había querido quedarse junto a su astrolabio formado por el paraguas y el ángulo de la mesa, e intentó convencer a un núcleo de observadores de que se quedaran con él, pero finalmente lo disuadieron.
—Rudy es soltero —le explicó Hunter a Margo, mientras unos pocos de ellos esperaban que Doc recogiera sus cosas—. Está dispuesto a pasarse la noche en pie o haciendo observaciones o practicando jugadas de ajedrez o tratando de hacer conquistas entre las coristas —gritó esto último en dirección a Doc— pero el resto de nosotros tiene familia.
Tan pronto como se propuso la idea de marcharse de allí, Paul se afanó por llegar a la sede del Proyecto Lunar. Él y Margo irían a Vandenberg Dos directamente, decidió; en realidad, había estado a punto de sugerirle que fuera hasta el portón de la playa —sería el camino más rápido cuando recordó que allí tardarían en ser admitidos.
Entonces, justo en el momento en que se ponían en marcha, entre los primeros en partir, Miau, quizás alentada al ver que a Ragnarok le ponían una correa, saltó de entre los brazos de Margo para investigar el suelo de la pista. Ann se había quedado para ser testigo de la recuperación de Miau, y Rama Joan quiso acompañar a su hija. Estas dos últimas constituían un raro espectáculo: la niñita de ojos serenos y trenzas rojizas y la varonil mujer con su traje arrugado.
Cuando Doc se acercó agitado, los seis se pusieron en marcha caminando de prisa para alcanzar a los demás.
Doc señaló con el pulgar al hombre barbudo.
—¿Ha estado ese tío minando mi reputación? —le preguntó a Margo.
—No, al contrario, el profesor Hunter ha hablado muy bien de usted —contestó ella con una sonrisa—. Tengo entendido que su nombre es Rudolf Valentino.
—No, sólo Rudolf Brecht —aclaró Doc riendo—, pero los Brecht constituyen también un clan sensual, ¡puf!
—Veo que te has olvidado el paraguas —le dijo Hunter, cogiéndolo inmediatamente por el codo—. Lo cual no significa que vaya a dejarte ir en su busca.
—No, Ross —replicó Doc—. Lo dejé allí clavado deliberadamente... Ese paraguas es ya una especie de monumento. Entre paréntesis, quiero que quede registrado que nos estamos comportando como unos tontos. Ahora tendremos que luchar con el tránsito durante toda la noche, cuando podríamos haberla empleado en fructíferas observaciones en un sitio ideal... y yo os habría convidado a todos a un almuerzo campestre.
—No estoy muy seguro en cuanto a eso del sitio ideal —empezó a decir Hunter sombrío, pero Doc le interrumpió señalando al Errante mientras seguía avanzando y preguntó—: Mirad, suponiendo que eso sea un auténtico planeta, ¿qué pensáis que son las partes amarilla y rojo oscuro? Yo voto por un desierto amarillo y océanos llenos de alga púrpuras y quelpos.
—Planicies áridas de yodo y sulfuro sublimado —arriesgó decidido Hunter.
—Con una patrulla de frontera de demonios de Maxwell para mantenerlas separadas, supongo —lo desafió Do amablemente.
Paul miró hacia arriba. La banda purpúrea era más ancha ahora, y la zona amarilla, que se trasladaba al centro era casi como un cuarto creciente.
Ann tomó la palabra:
—Creo que son océanos de aguas doradas y un espeso bosque púrpura.
—No, jovencita, tienes que atenerte a las reglas de juego —le advirtió Doc, inclinándose hacia ella al tiempo que seguía andando—, según las cuales no puedes supone nada allá arriba que no conozcas aquí abajo.
—¿Es ésa su fórmula para enfrentarse a lo desconocido señor Brecht? —le preguntó Rama Joan con trazas de risa en la voz—. ¿La aplicaría usted incluso en el caso de Rusia
—Bueno, pues a mí me parece muy buena fórmula par enfrentarme a Rusia —contestó Doc—. Oye, jovencita —siguió dirigiéndose a Ann—, dime, ¿cómo se gana el lado bueno de tu madre? Nunca le he hecho la corte a Rama todavía y la cuestión me intriga.
Ann se encogió de hombros, azotando el aire con sus trenzas rojas, y Rama Joan respondió por ella:
—No empiece por esperar sólo reflejos de usted mismo —dijo cáustica. De pronto se quitó el turbante, soltando una nube de cabellos de un rojo dorado que la hicieron aparecer por fin como madre de Ann, aunque su traje masculino resultó doblemente incongruente.
Estaban alcanzando a los demás ahora abriéndose paso entre las hierbas marinas. A Paul lo intrigaba la cantidad de gente que se alejaba del Errante con la cabeza gacha, cuando se dio cuenta de que también él seguía esa dirección. Alcanzaron al Escobillón, que caminaba delante junto a las dos mujeres que lo acompañaban. Una de ellas, la delgada, llevaba aún la radio encendida, que tocaba ahora con débil volumen el concierto en La Menor de Grieg, emparedado entre fuertes interferencias.
—Probé otras emisoras —le dijo la mujer a Hunter—, pero las interferencias eran todavía peores.
De pronto la música se interrumpió. Todos a una se detuvieron y varias de las personas que iban más adelante también lo hicieron.
La radio dijo con toda claridad:
—Éste es el boletín de Sigalert. Las autopistas de Hollywood y Santa Mónica —perdón, rectifico—, las autopistas de Hollywood, Santa Mónica y Ventura han quedado bloqueadas por el tráfico. Se les pide a los conductores que no utilicen ninguna de las autopistas hasta nuevo aviso. Por favor, permanezcan en sus casas. La aparición en el cielo no es un ataque atómico. Repetimos: no es un ataque atómico. Acabamos de hablar por teléfono con el profesor Humason Kirk, notable astrónomo de Tarzana College, y nos dice que la aparición en el cielo es incuestionablemente —ténganlo en cuenta, incuestionablemente— una nube en órbita de polvo metálico que refleja la luz del Sol. Provisionalmente identifica los polvos como oro y bronce rosáceo. El peso total del polvo no puede superar unas pocas libras, nos asegura el profesor Kirk, no puede dañar...
—¡Estúpido asno! —interrumpió Doc—. ¡Polvo! ¡Pelotas rellenas de humo!
Varias personas chistaron para que se callara, pero cuando pudieron volver a escuchar, sólo se oía el sonido del piano, que recorría ahora los paisajes de mayor virtuosismo del concierto en La Menor.

Don Merriam calculaba que debía de estar a un centenar de metros de la Barraca cuando se produjo el segundo gran temblor lunar, vertical esta vez, pero tuvo como heraldo el mismo horrible bramido chirriante, como si estuvieran siendo arrancadas las entrañas de la Luna. Le dolieron los dientes, y el metal de su traje vibró ferozmente como si en él resonara una nota de piano cósmico.
De debajo de sus botas se desprendieron trozos de Luna sólidos para quebrarse luego contra las suelas rugosas y volver a desprenderse y quebrarse otra vez. La alfombra de polvo cayó y se levantó junto con él. Aquí y allá un sinnúmero de partículas salió disparado hasta una altura de cuatro metros y más aún, y cayó luego abruptamente comparado con el polvo de la Tierra.
Las sacudidas se sucedieron. Don luchó por mantener el equilibrio como si estuviera de pie sobre un caballo encabritado, con las manos dispuestas a dirigirse al sitio que fuese necesario para compensar el peso requerido. El polvo saltarín pintaba brillantes trazos verticales —espesas pinceladas— contra los campos estelares. Un poco de sólida luz solar bañaba una vez más la planicie de Platón.
Las sacudidas cesaron. Don elevó la polarización del visor de su casco a su máximo y examinó los alrededores en busca de la Barraca. Abandonó el intento de ponerse en contacto con ellos por la radio de su traje. No podía divisar los ojos de buey, pero eso siempre era más difícil a la luz del Sol. Calculó la dirección exacta de acuerdo con las estrellas y se puso en camino. Le pareció ver los trapezoides de largas patas y resplandecientes ángulos de las dos Baba Yagas.
Un segundo temblor lunar horizontal lo arrojó de bruces. Levantó los antebrazos a tiempo para amortiguar el impacto. Este temblor paralelo al suelo fue prolongado. Hubo media docena de oleadas laterales. El lago de polvo gris de Platón ondeó hacia el horizonte. Un rocío de polvo veló y cayó. El material se comportaba en realidad más como el agua (en la Tierra) que como polvo. Los fragmentos de roca que lo atravesaban dejaban estelas de partículas. Chorros de polvo bañaban el casco de Don.
Un componente vertical se sumó al temblor horizontal. El bramido lo aturdía. El traje de Don se sacudía como una lata de estaño vacía en un mezclador de pintura.
No siguió esperando y empezó a arrastrarse hacia las naves como un escarabajo de plata cubierto de polvo. Deseaba tener las dos patas adicionales de un escarabajo.

El grupo de estudiosos de los platillos comenzó a desintegrarse en busca de sus respectivos coches, que se destacaban multicolores al pie de los acantilados pardos. El efecto general de la luz del Errante, en la que se mezclaban el violeta y el amarillo complementarios, era un blanco amarillento, salvo donde las superficies especulares, como la del agua, reflejaban su cara entera, o en los bordes de las sombras donde un color quedaba cortado.
Hunter le dijo a Paul con un cierto matiz de envidia:
—Supongo que vosotros, la gente del Proyecto Lunar, tenéis ya una comprensión más cabal de este fenómeno que nosotros. Más datos, para empezar. Telescopios desde satélites, radar y todo lo demás.
—No estoy muy seguro de eso, Ross —contestó Paul—. En el Proyecto, uno desarrolla una especie de visión como a través de un túnel.
El Hombrecito volvió a acercarse a ellos acortando la correa de Ragnarok con una mano y sosteniendo la tablilla en la otra.
—¿Me recordáis? Soy Clarence Dodd. ¿Podría ahora obtener su firma, señorita Gelhorn? —dijo con tono persuasivo tendiéndole la tablilla a Margo—. Mañana un montón de gente se dirá: «¿Por qué no habremos firmado?». Pero entonces será demasiado tarde.
Margo, luchando por contener a Miau, bramó:
—¡Oh, váyase de aquí, idiota!
—Yo te lo firmaré, Doddsy —exclamó Doc animoso—. Sólo ven aquí y no intentes provocar una guerra felino—canina.
Ann soltó una risita.
—Me gusta el señor Brecht, mamita.
La mujer pelirroja vestida de etiqueta dirigió una ligera sonrisa a la niña.
—Eso es lo que me gusta escuchar —declaró Doc—. Sigue haciéndome propaganda ante tu madre.
Paul tomó a Margo por el codo para conducirla a su coche, pero algo hizo que se detuviera y mirara arriba, al Errante. La figura amarilla bordeada de púrpura había rotado por completo y se veía ahora claramente destacada, gruesa en la base, afinándose luego y bruscamente doblada en la parte superior. Estimulaba la imaginación de Paul.

AL CABO DE UNA HORA

Clarence Dodd —o el Hombrecito, como Paul seguía llamándolo mentalmente— le pasó la correa de Ragnarok a Doc y trazó otro rápido esbozo simplificado, utilizando líneas paralelas para indicar el púrpura. Escribió bajo el dibujo: «Al cabo de una hora».
Uno de los coches, un sedán rojo, dio marcha atrás y partió luego, muy por delante de los demás.
Desde delante, la mujer delgada gritó:
—Por favor, que alguien nos ayude. Creo que Wanda tiene un ataque al corazón.
Ragnarok gimió. Miau siseó.
De pronto Paul supo qué le recordaba la figura: un dinosaurio. Un dinosaurio de largas mandíbulas erguido sobre sus gruesas patas traseras. La piel le escoció. Luego se echó a temblar y sintió en su cuerpo un débil rugido acallado.
De pequeño a Paul le había gustado estar de pie en medio del columpio de la galería, un sólido asiento mullido para tres que colgaba de cadenas en las cuatro esquinas. Le había parecido entonces una atrevida hazaña de equilibrio Ahora, de pronto, estaba de pie en ese columpio otra vez porque el terreno bajo sus pies se movía, suave pero firme mente, con un acallado sonido seco, unos pocos centímetro hacia atrás y otros tantos hacia adelante, y luego hacia atrás otra vez, y él mecía su cuerpo para mantener el equilibrio, como solía hacerlo en el columpio.
Por encima de las exclamaciones y gritos inarticulados, Hunter clamó con estridente ansiedad:
— ¡Salid de los coches!
Margo se aferró a Paul. Miau, apretado entre los dos, chilló.
La gente daba vueltas y corría. El acantilado pardo pareció hincharse; se abrían grietas por todas partes; luego se desmoronó, lentamente, según parecía, pero con un martilleo estremecedor al final. La grava golpeteaba. Una piedrecita hirió a Paul en la mejilla. Hubo una ráfaga de aire arenoso. De pronto el olor a tierra húmeda fue muy intenso.
—¡Vamos! —vociferó Hunter—. ¡Algunos han quedado atrapados sobre la cara púrpura, ahora perceptiblemente más cerca de la Luna.
¡Tyrannosaurus Rex!

La plaza Pershing es una manzana de pequeñas fue antes y verdor atildadamente acicalado que cubre un garaje municipal y un refugio atómico en el corazón de la vieja Los Ángeles, donde en los cuarteles se lee con mayor frecuencia «Su crédito es bueno» que «Your credit is good».
Esa noche los borrachines, los extravagantes y los viajeros anónimos que, junto con las peludas ardillas y las emplumadas palomas, son los más asiduos concurrentes a la plaza, tuvieron algo más excitante que observar que las barbas de los predicadores del Segundo Advenimiento y las maniáticas gesticulaciones de los harapientos conferenciantes:
Esa noche los habitantes de la plaza Pershing irrumpieron en la calle Olive por la esquina de la Cinco, donde una estatua de bronce de Beethoven mira reflexivamente el Biltmore Hotel, la colina Bunker y el Auditorio Bautista, que es uno de los principales teatros de la ciudad. Sus caras levantadas estaban iluminadas por la luz del Errante mientras miraban silenciosos hacia el sur el monstruoso signo de los cielos, pero la cara de Beethoven seguía manteniendo su ceño introspectivo bajo la sombra de su ancha frente y su mata de pelo, mientras miraba el chaleco prendido a medias y blanqueado por las deyecciones de las palomas.
Hubo una instantánea intensificación del aterrorizado silencio, quebrado repentinamente por un bramido distante. Una mujer gritó y los observadores dejaron de mirar. Por un largo momento les pareció como si el océano negro estuviera ascendiendo hacia ellos por la calle Olive en grandes olas con una cresta de espuma amarilla y violeta..., grandes olas negras que hubieran recorrido las veinte millas al norte de San Pedro a lo largo de las autopistas del puerto y Long Beach.
Luego vieron que no era agua negra sino frío asfalto, que brotaba de la calle misma cuando grandes temblores la recorrían hacia el norte. En el instante siguiente el bramido fue el de un centenar de aviones a chorro, y las olas de asfalto derribaron a los espectadores y rompieron las paredes de los edificios a su alrededor, inundando todo de piedra y concreto.
Durante un segundo una siniestra luz violeta resplandeció en las profundas cuencas de los ojos del gigantesco Beethoven de metal, que cayó luego lentamente de espaldas.

Los estudiosos de los platillos se vieron en un verdadero apuro al enfrentarse con las reverberaciones periféricas del gran terremoto de Los Ángeles—Long Beach. Después de desenterrar a medias a la mujer delgada y a otros dos, que quedaron semisepultos en sus ligeros sepulcros al borde del deslizamiento de arena, una cuenta apresurada indicó que aún había otros tres desaparecidos. Siguieron diez minutos de frenético cavar, casi exclusivamente con dos palas de hoja ancha que el Hombrecito sacó de la parte trasera de su camión, cuyas ruedas posteriores habían quedado sólidamente enterradas y cuya capota tenía una abolladura de treinta centímetros. Entonces alguien recordó el sedán rojo que se había adelantado al resto, y alguien más aseguró que era el coche en que habían llegado las tres personas que faltaban.
Mientras los cavadores recuperaban el aliento, Paul, cuyo descapotable había quedado sepultado sin esperanza alguna, explicó la conexión que tenía con el Proyecto Lunar y su intención de ir con Margo en busca del portón de la playa, y se ofreció para llevar con él a quien quisiera acompañarlo: el obvio estado de aflicción en que se encontraban garantizaba que serían admitidos.
Doc, entusiasta, apoyó esta sugerencia, pero un hombre de brazos gruesos que llevaba una cazadora de cuero y se llamaba Rivis se opuso a ella; tenía un pésimo concepto de todas las fuerzas militares y del nivel de ayuda que podía esperarse de ellas; su coche, por lo demás, sólo tenía el radiador y las ruedas anteriores cubiertos de tierra. Rivis, que tenía también cuatro criaturas preciosas, una bonita mujercita y una suegra histérica —todos ellos en Santa Bárbara—, era partidario de desembarazar su camión y marcharse a casa.
Rivis fue secundado por los propietarios de un microbús y de un camión blanco, vehículos que apenas habían sido tocados por la arena. Los dueños del camión, una guapa y atildada pareja llamada Hixon, que vestían jersey y pantalón gris claro a juego, insistieron particularmente en marcharse de prisa.
La discusión que siguió fue adquiriendo un carácter cada vez más agrio y acalorado a medida que surgían nuevos interrogantes: ¿En qué estado se hallaba la autopista de la costa del Pacífico? ¿Estaría congestionada por el tránsito y/o bloqueada por el temblor? ¿Era cierto lo que Paul pretendía? ¿Se pondrían en marcha los motores de los coches que se desenterraran? (Rivis probó hasta cierto punto poniendo en marcha el suyo, pero sólo logró que la radio del coche emitiera las más atronadoras descargas.) ¿Era auténtico el ataque al corazón de Wanda? Finalmente, ¿eran los conferenciantes y sus dudosos nuevos amigos un puñado de intelectuales con cerebros de ostra temerosos de ampollarse un poco las manos?
Al final, la mitad de los estudiosos de los platillos, la mayor parte de los cuales tenían el coche sólo ligeramente sepultado, dio su apoyo a Rivis y a los Hixon y, en un estallido de rencor, se negaron a cuidar a la mujer gorda que había padecido el ataque al corazón hasta que Paul enviara un jeep en su busca desde Vandenberg Dos.
La otra mitad se encaminó en busca del portón de la playa.

Don Guillermo Walker sabía que el Errante tenía que ser algo así como un planeta, pues él y su resplandeciente imagen en el negro lago Nicaragua lo habían seguido ya cien kilómetros hacia el sureste sin variar de posición, salvo que estaba más cerca del horizonte occidental y quizá más cerca de la Luna. Y ahora había aparecido en la cosa algo parecido a un gallo de oro dispuesto a cantar para despertar a
Simón Bolívar. Una vez intervine en Le Coq d'Or, ¿no es así?, se preguntó el bombardero solitario. No, es una ópera, o un ballet.
El resplandor general se había vuelto rosado aquí y allá a lo largo del horizonte occidental; no sabía por qué. Bordeando la larga y montañosa isla de Ometepe, vio más luces en Alta Gracia de lo que sería de esperar después de medianoche. Todo el mundo levantado y abstraído en su contemplación, boquiabiertos o precipitándose a las iglesias, supuso.
De pronto, de detrás de la ciudad salió una erupción de relumbre rojo y rocas, y por un instante pensó que había dejado caer una bomba sin saberlo. Luego se dio cuenta de que era uno de los volcanes de Ometepe que había estallado. Se dirigió hacia el este... ¡Escapar, escapar de la explosión! Esos resplandores rosados... Vaya, toda la costa del Pacífico debía de haber entrado en erupción, desde el golfo de Fonseca hasta el de Nicoya.

Don Merriam, un escarabajo castigado y de piernas dolorosamente débiles, se arrastró sobre sus brazos hasta el orgulloso mástil de magnesio de la Barraca, y vio, en el sitio donde éste debía estar, un precipicio de roca desnuda de seis metros de diámetro, con pequeñas cascadas de polvo que caían desde el borde más lejano.
Una de las naves había desaparecido junto con la Barraca; otra yacía de costado al fondo del precipicio, con dos de sus tres patas estiradas como las de una gallina muerta. Había ido casi arrastrándose bajo la tercera Baba Yaga sin verla.
Llamaban a las pequeñas naves lunares Baba Yagas porque —Dufresne había sido el primero en pensarlo— sugerían la cabaña con patas de esa bruja que aparece en canciones populares rusas y que, según las leyendas folclóricas que las sustentan, corre por la noche con esas patas. Se rumoreaba que los hombres lunares soviéticos llamaban «jeeps» a sus naves.
Pero nunca como ahora había sido tan exacta la comparación con la «cabaña ambulante», porque el continuo temblor vertical de la Luna, que Don ya casi apenas advertía, hacía que la última Baba Yaga caminara realmente sobre sus patas mientras se tambaleaba. Uno de sus pies estaba sólo a un metro del borde del precipicio y, mientras Don miraba, se acercó quince centímetros más.
Don se puso cuidadosamente en cuclillas, proporcionándose una amplia base de apoyo. Se dijo que quizá Dufresne se habría ido en la nave que faltaba, aunque no había visto el resplandor del chorro. Y Yo estaría quizá vivo, o muerto, en la nave al fondo del precipicio. Gompert...
La Baba Yaga avanzó otro paso hacia el abismo. Don dio un par de rápidas zancadas por la superficie movediza y luego se enderezó y se aferró al último peldaño de la escalerilla que colgaba del cuerpo de la nave a mitad de camino de las tres patas.
Se alzó, impulsándose sobre sus brazos, y subió hasta la escotilla, situada entre los cinco tubos en forma de trompa de chorro. La Baba Yaga se tambaleó. Don dedujo que su peso haría descender en algunos grados el centro de gravedad de la nave, lo que seguramente acortaría la longitud de sus pasos.

Diez
Sally Harris y Jake Lester estaban en uno de los vagones del metro que había sido detenido para su evacuación en la calle 42. Los embotellamientos del tránsito habían sido desesperantes, y el coche de Jake estaba aparcado en Flatbush. La policía ayudaba a los guardias a despejar los vagones del tren y a apresurar a los pasajeros a subir a la calle.
—Pero, ¿por qué?. ¿Por qué? —preguntaba Jake—. Esto me huele mal.
—Sin embargo, debería olerte bien —le dijo Sally—. Si cayeron bombas, nos estarían enviando abajo. Además, aquí estamos cerca del ático de Hugo. ¡Eso sí que es excitante, Jake!
Al emerger, encontraron Times Square atestada como nunca la vieran antes a las tres de la mañana.
Mirando al oeste por la calle 42 vieron al Errante todavía muy alto en el cielo, con la Luna tan cerca que casi se tocaban. Al sur de la calle, el borde en sombra formaba una franja de gente amarilla inmóvil y, al lado de ellos, una franja de gente púrpura. Los anuncios eléctricos brillaban en todo su esplendor, pero palidecían ante la luz de la superluna.
La plaza estaba más silenciosa que nunca, salvo por un hombre que acababa de emerger a sus espaldas gritando:
—¡Extra! ¡Leedlo todo! ¡Leedlo todo acerca del nuevo planeta!
Jake pagó un par de monedas por un ejemplar del Daily Orbit. En la primera plana del periódico sensacionalista había una imagen del Errante en llamativas tintas roja y amarilla todavía frescas y seis líneas de información que cualquiera podría haber obtenido con mirar el cielo y su propio reloj. El titular decía: EXTRAÑA ESFERA DESCONCIERTA AL HOMBRE.
—A mí no me desconcierta —dijo Sally, que estaba de excelente humor, y luego, sonriéndole a Jake—: Yo la he creado. Yo la he puesto allá arriba.
—No blasfeme, joven —la reprendió con acritud un hombre de cara larga y delgada.
—¡Ja! ¿Usted cree que no lo hice, eh?. —le preguntó—. ¡Ya se lo mostraré! —Despejó un espacio a su alrededor con los codos y le arrojó a Jake su chaqueta. Luego, apuñalando con el dedo sucesivamente al Carilargo y al Errante y haciendo resonar después los dedos mientras se mecía provocativamente, empezó a cantar con electrizante voz de contralto y melodía tomada a medias de Puerta verde y a medias de Fruto extraño:
¡Esfera extraña...! en el cielo de la tarde ...
¡Extraña luz...! que nos llega de lo alto ...

Don Merriam conectó el reactor de la Baba Yaga antes de haberse sujetado la correa y cuando las bombas de anilina y nitrato apenas habían empezado a funcionar. La razón era simple: había sentido que, en su último paso, la nave trastabillaba en el vacío.
Había hecho lo posible por ganar tiempo. Abrió un boquete en la nave, dejando que el aire escapara de ella en una fuerte ráfaga, despejando así una entrada directa para él en lugar de esperar que la esclusa de aire entre los tanques de combustible y de oxigenación se vaciara y se llenara. Alcanzó apenas a sujetar con grapas las compuertas tras de sí y a accionar con un torpe manotazo la palanca que liberaba el oxígeno, aunque sabía que el de su traje se estaba acabando, e incluso casi lo había hecho demasiado tarde.
Los reactores fríos, sin embargo, se encendieron con fuerza. Cálidas moléculas de color limón salieron disparadas por la cola de la Baba Yaga a casi tres kilómetros por segundo, y, al cabo de un momento de inmovilidad, la nave se elevó, aunque de lado más que hacia arriba, como lo hacían los viejos aeroplanos al despegar.
Quizás el error de Don fue intentar corregirla, pues era probable que el vector que seguía la nave la condujera con toda eficacia a una órbita adecuada. Pero estaba volando a ojo y no le gustaba el modo en que la blanca Luna, cruzada por hendiduras, seguía abultando en la pantalla espacial, y sabía que cuanto más pronto hiciera la corrección, menos energía sería necesaria. Por otra parte, no sabía bien cuánto combustible y oxidante le quedaban —de hecho, ignoraba en cuál de las tres naves hermanas se encontraba— y, además de todo eso, probablemente estaba del todo mareado y carente de lógica a causa de la falta de oxígeno.
De modo que, sin cuidarse de la gravedad y media que lo arrastraba, estiró un brazo —un verdadero estirón—: normalmente ésa habría sido tarea de un robot o un copiloto y dio un manotazo a las llaves para disparar los tres cohetes de combustible sólido situados a un costado de la nave.
La súbita sacudida adicional que dieron a la Baba Yaga bastó para despedirlo del asiento. Inexorablemente, pero con agónica lentitud, la palanca se le soltó de la mano y él cayó pesadamente —algo más pesadamente de lo que cabía esperar en la Luna— al suelo y el casco le dio contra la nuca dejándolo inconsciente.
Diez segundos más tarde, el retropropulsor de anilinanítrico se apagó, como sucede automáticamente en este tipo de nave cuando se suelta la palanca de mano. Los cohetes de combustible sólido habían ardido una fracción de segundo antes. La corrección había sido calculada con notable exactitud, dadas las circunstancias. La Baba Yaga se estaba remontando casi verticalmente desde la Luna, casi con suficiente energía cinética como para desprenderse de ella. Pero ahora, la suave gravedad de la Luna reducía segundo a segundo la velocidad de la nave, aunque ésta todavía se elevaba velozmente en caída libre y seguiría haciéndolo así por algún tiempo.
El casco de Don había caído junto a la compuerta apenas cerrada. Un minúsculo chorro de vapor blanco aproximadamente del tamaño de una tarjeta de visita se escapaba por una ligera hendidura abierta en el visor. A lo largo de la resquebrajadura se iba formando escarcha.

Barbara Katz le dijo a Knolls Kettering III:
—Falta menos de un minuto ahora para el contacto, papá.
Por «contacto» se refería al momento en que el Errante se superpondría a la Luna, o la Luna al Errante, o...
—Disculpe, señó' —dijo una suave voz profunda desde detrás de ellos—, pero, ¿qué sucederá cuando choquen?
Barbara se volvió. Ahora en la parte trasera de la enorme casa había algo de luz sobre la que se recortaba la silueta de un hombre alto con uniforme de chófer y la de dos mujeres que formaban un estrecho grupo. Debían de haber salido muy silenciosamente.
Junto a ella, el señor Kettering dijo con tenue exasperación:
—Os dije que fuerais a dormir hace ya horas. Sabéis que no os quiero a mi alrededor.
—Disculpe, señó' —insistió la voz—, pero todo el mundo está afuera levantado y mirándolo. Todo el mundo en Palm Beach. Por favor, señó', ¿qué sucederá cuando dé contra la Luna?
Barbara tenía tantas ganas de tomar la palabra y explicar al chófer y a las doncellas muchas cosas: que era la Luna la que avanzaba hacia el Errante, porque el montaje del telescopio, que podía orientarse electrónicamente, había sido preparado para rastrear a la Luna por el cielo, y ésta iba cinco diámetros por delante de su curso normal; que no sabían todavía a qué distancia se encontraba el Errante: para empezar, su superficie no mostraba detalles claros, salvo su borde, sólo en amarillo o rojo oscuro aterciopelados, aun con toda esa magnitud de aumento; que los cuerpos celestes por lo general no chocaban sino que trazaban una órbita uno en torno de otro.
Pero sabía que a los hombres —quizá hasta a los millonarios— les gusta dar las explicaciones científicas; además, le disgustaba meterse con la etiqueta interracial de Palm Beach.

Entonces miró a lo alto y vio que el problema se había resuelto por sí mismo.
—No han chocado —dijo— La Luna está pasando por delante del Errante —y añadió impulsiva—: Oh, papá. Realmente no creí que estuviera ahí hasta ahora.
Se oyó muy quedo que las mujeres dejaban escapar el aliento.
—¿El Errante? —preguntó suavemente el chofer.

Knolls Kettering III se hizo cargo de dar la respuesta. Dijo, un tanto estirado:

—El Errante es el nombre que la señorita Katz y yo hemos elegido para ese extraño planeta. Ahora, por favor, id a la cama.

Arab Jones gritó desde el otro lado del tejado a Pepe Martínez y a High Bundy, que bailaban el vals en estilo libre:

—¡Hombre, mirad, ahora se están apareando! La vieja Luna se dirige a ella, como el esperma a un huevo púrpura.

Los tres hermanos de hierba interraciales se habían fumado tres porros más de primera para celebrar el colocón maestro producido por la aparición del Errante y estaban altos como cometas... ¡altos como balizas de un radar orbital! Pero no tan arriba, si es que alguna vez se llega a tanto como para perder por completo la capacidad de razonar, porque Pepe exclamó:
—¡Cómo deben de estarse santiguando los atrasados mexicanos al sur de la frontera, y los pardos bailando camino de Río!
Mientras que High resumió la situación de la manera siguiente:
—¡Hombre!, lo que ocurre es esto: el colocón ha venido al mundo para quedarse en él.
Con su cara parda brillante al resplandor del Errante, Arab intervino:
—Pleguemos nuestra tienda y descendamos, hijos míos, y mezclémonos con el populacho aterrorizado.

—La Luna se ha quedado allí clavada —le dijo Hunter a Doc, refiriéndose al círculo blanco como el yeso enfrente del Errante—. De hecho, empiezo a preguntarme —recordando los triángulos similares, Rudy— si no estará a cuatro millones de kilómetros de distancia y no tendrá ciento treinta mil kilómetros de diámetro.
—Júpiter ha venido de visita, ¿eh? —bromeó Doc, y luego, inmediatamente, les preguntó a los demás—: Bien, ¿puede alguien señalarme a Júpiter en este momento en algún punto del cielo? Aunque —añadió— tengo que admitir que nunca oí que Júpiter tuviera un aspecto púrpura o una mancha amarilla con la forma de un pato gigantesco.
— ¡Un pingüino! —rectificó Ann tras ellos.
Los dos hombres formaban parte del pequeño cortejo que marchaba trabajosamente sobre la arena y las hierbas marinas hacia el portón de la playa de Vandenberg Dos. El cortejo estaba encabezado por Paul, Margo con Miau y Doc. Luego venían Hunter, el Escobillón y otros dos hombres que sostenían por sus cuatro esquinas una camilla de aluminio con las patas plegadas sobre la que reposaba Wanda —la mujer gorda—, que gruñía de vez en cuando. junto a la camilla iba la mujer delgada, pero sin su radio, que se había perdido durante el deslizamiento. Le estaba hablando a Wanda, tratando de tranquilizarla. La retaguardia estaba constituida por Rama Joan, Ann y Clarence Dodd —el Hombrecito—, que llevaba al nervioso Ragnarok con la correa.
La camilla de aluminio era otro de los artículos que salían de la furgoneta del Hombrecito como salen los objetos de la chistera de un prestidigitador a petición del público. (Margo le había preguntado si no tendría un hornillo y combustible, y él había respondido sin pestañear: «Sí, los tengo, pero no veo que tenga sentido llevarlos esta vez».)
Después de que Doc hubiera hecho su sugerencia no del todo frívola acerca de Júpiter, Rama Joan les indicó que volvieran a mirar al Errante. Habían notado ya considerables cambios durante los últimos cuarenta minutos. El pato (o el dinosaurio) tenía ahora todo el cuerpo a la izquierda del disco, con la cabeza apuntada hacia la derecha como si formara parte de un polo norte tocado de oro. En la nueva zona púrpura que iba haciéndose visible, había aparecido un gran retazo central amarillo cuya forma sugería un triángulo equilátero o una sólida D mayúscula.
—Mirad, justo detrás de la D —exclamó Rama Joan— está apareciendo un pequeño cuarto creciente. La Luna casi lo oculta.
—¡Ésa es la sombra de la Luna en el nuevo planeta! —gritó Doc excitado al cabo de unos segundos de estremecido silencio—. Y si es en algo más pequeña que la Luna, no me es posible ver la diferencia. ¡Ross, no pueden estar a más de unos pocos centenares de kilómetros de distancia! Ahora sabemos que ese planeta tiene casi exactamente el mismo tamaño que la Tierra.
—Mamita, ¿significa eso que estuvieron a punto de chocar? —cuchicheó Ann—. ¿Por qué está el señor Brecht tan contento? ¿Porque no lo hicieron?
—No exactamente, querida. Es probable que haya disfrutado del espectáculo. El señor Brecht está contento porque le gusta saber dónde están exactamente las cosas, para poder echarles mano en la oscuridad.
—El señor Brecht no puede echar mano al nuevo planeta, mamita.
—No, querida, pero puede poner sus pensamientos en él.

La mezcla de oxihelio fue llenando gradualmente la cabina de la Baba Yaga desde el tanque cuya válvula había abierto Don Merriam. Su presión selló la compuerta interna y abrió dos puertecillas en el casco de Don. En torno a la cabina se pusieron en movimiento pequeños abanicos, manteniendo el nuevo aire en movimiento a pesar de que estaba en caída libre. Don percibió con alivio que ese aire iba filtrándose en el casco, reemplazando allí el aire viciado. Sintió que las facciones le temblaban y se estremeció levemente. La respiración se le fortaleció y cayó en un profundo sueño saludable.
La Baba Yaga alcanzó la cúspide de su trayectoria, se detuvo allí un instante y empezó luego a caer hacía la Luna. Mientras caía, giraba lentamente. Cada treinta segundos, poco más o menos, su pantalla espacial miraba a la Luna, y quince segundos más tarde, a la Tierra. Mientras giraba, el traje espacial que contenía el cuerpo de Don, cubierto de una película de polvo, empezó a moverse por el suelo, rodando muy lentamente.

El Hombrecito le gritó a Paul, que iba delante:
—No es mi intención impugnar su veracidad, señor Hagbolt, pero el portón de la playa de Vandenberg Dos parece estar mucho más lejos de lo que usted nos había hecho creer. ¡Tranquilo, Ragnarok!
—Está justo delante de la luz roja parpadeante –afirmó Paul, deseando estar tan seguro por dentro como sonaba su propia voz. Añadió—: Tengo que admitir que subestimé la distancia a que se encontraba la luz.
—No te preocupes, Doddsy. Paul nos llevará allí —aseguró Doc con confianza.
Los tres se estaban preparando para reemplazar a Hunter, al Escobillón y a uno de los dos hombres en tres de las esquinas de la camilla de la mujer gorda.
—¿Cómo te sientes, Wanda? —preguntó la mujer delgada, arrodillándose en la arena junto al camastro—. Puedes tomar otra dosis de digital.
—Un poco mejor —murmuró la mujer gorda, pestañeando. Su mirada se posó entonces en el Errante—. Oh, Dios mío —gruñó, y apartó la cabeza.
La cara extraña que rotaba inexorablemente presentaba un nuevo aspecto. Los restos del dinosaurio o pingüino formaban una enorme C redonda de color amarillo en torno al borde izquierdo del planeta, mientras que la sólida D amarilla se había trasladado al centro, de modo que parecía una D inscrita dentro de una gran C. El Hombrecito hizo otro nuevo esbozo rápido, anotando simplemente debajo «Dos Horas».
—Creo que la C es un cesto de paja volcado de lado —comentó Ann—, y la D un pedazo de pastel con un glaseado de limón. ¡Y la Luna, un melón muy dulce!
—Me parece que aquí hay una que tiene mucha hambre —bromeó sonriente su madre.
—O bien puede pensarse que la D es el ojo de una gigantesca aguja púrpura —señaló rápidamente Ann.
La Serpiente Dorada se enrosca alrededor del Huevo Roto, pensó el Escobillón. Se está incubando el caos.
La Luna y su sombra habían recorrido toda la extensión del planeta. Hubo una sensación de alivio cuando entre las dos caras apareció un fragmento de cielo nocturno.
El hombre que sostenía la cuarta esquina de la camilla, un soldador de cara cuadrada llamado Ignace Wojtowicz, quizá con la intención de prolongar el descanso, dijo:
—Hay algo que no comprendo en absoluto. Si hay allí un verdadero planeta tan grande como la Tierra, ¿cómo es que no sentimos que su gravedad nos afecta? Por lo menos, debería darnos la sensación de que somos más livianos.
—Por la misma razón que no sentimos la gravedad de la Luna o del Sol —respondió rápidamente Hunter—. Además, aunque conocemos el tamaño del nuevo planeta, no tenemos idea de su masa. Claro que —agregó—, si ha llegado del hiperespacio, debe de haber habido un instante en que su campo de gravedad no existía para nosotros y luego un instante en que sí existía... Estoy suponiendo que el frente de un campo de gravedad recién creado se mueve a la velocidad de la luz... Pero aparentemente no ha habido efectos de transición.
—Que nosotros advirtamos —corrigió Doc—. Entre paréntesis, Ross, ¿qué es esa sombra de duda arrojada sobre mi teoría acerca de una emergencia desde el hiperespacio? ¿De dónde, si no, puede haber aparecido?
—Podría haberse aproximado al sistema solar camuflado o disimulado de algún modo —afirmó Hunter—. Debemos tomar en consideración todas las improbabilidades. Te respondo con tu propia filosofía, Rudy.
—Hummm —gruñó Doc, dudando—. No, creo que lo que Paul nos dijo acerca de las estrellas ondulantes en las fotografías astronómicas inclina la balanza en favor de la Hipótesis del Hiperespacio, de Brecht. Y de acuerdo con tu teoría, creo, habría tenido que disimular también su gravedad. Por cieno, creo que ya podríamos deducir algo acerca de la masa del planeta. Es ahora la una y siete minutos, hora del Pacífico —dijo, consultando su reloj de pulsera—. Han transcurrido unas dos horas desde la aparición del planeta.
—Dos horas y cinco minutos —precisó el Hombrecito.
—Eres una perla, Doddsy. Que cada cual grabe en su mente esta hora memorable; puede que algún día vuestros nietos os pregunten la hora exacta en que visteis emerger de un salto a la Señora Monstruo del hiperespacio. Pero de cualquier modo, a la una de la mañana, la Luna llena tendría que haber pasado ya por su cenit en el cielo, una hora más cerca del ocaso. juzgo que está definitivamente al este de ese punto, todavía cerca de su cenit. Unos tres o cuatro grados al este, diría... seis u ocho diámetros lunares. Lo cual significaría que la atracción gravitacional del planeta emergente ha acelerado a la Luna en su órbita. Ergo, el recién llegado no es ningún peso ligero.
— ¡Vaya! —dijo Wojtowicz apreciativamente—. ¿Qué aceleración es ésa, Doc, suponiendo que la Luna fuera un cohete?
—Pues, de un kilómetro por segundo a... —Doc vaciló y prosiguió luego, incrédulo ante sus propias cifras—: seis kilómetros por segundo.
Él y Hunter cruzaron una mirada.
—¡Vaya! —repitió Wojtowicz—. Pero, según entiendo, Doc, la Luna se mantiene en su vieja órbita, sólo que muy acelerada. Es decir, gira en una semana lo que tendría que girar en un mes, ¿no?
El istmo negro entre la Luna y el planeta se había ensanchado un poco mientras hablaban.
—Creo que sería mejor que nosotros mismos nos pusiéramos en movimiento ahora —dijo Doc de un modo extrañamente distante, inclinándose para coger la esquina que le correspondía de la camilla.
—Exacto —lo secundó Hunter bruscamente.

Grandes bombas rotatorias entraron en funcionamiento impulsando el agua hacia el lado de babor del Prince Charles para compensar el peso de los pasajeros y la tripulación, agrupados contra las barandillas y apiñados junto a los ojos de buey de estribor para observar al Errante y a la Luna, que se ponía en el Atlántico mientras el alba hacía palidecer el cielo detrás de ellos sin que nadie le prestara atención. El espesor de la atmósfera de la Tierra había convertido en rojo el púrpura del planeta, y su dorado, en naranja. Su estela a lo largo del mar en calma era espectacular.
El radiotelegrafista del transatlántico atómico informó al capitán Sithwise una cantidad de interferencias muy inusitada y en creciente aumento.

Don Guillermo Walker se las compuso para hacer aterrizar su aeroplano en el extremo sur del lago Nicaragua, cerca de la desembocadura del río San Juan, a pesar de la rotura del alerón izquierdo y la media docena de agujeros abiertos o quemados en las alas por trozos de piedra pómez al rojo. ¡Qué diablos, esa gran roca le había errado por poco!
Al volcán sobre Omepete se había unido ahora su pico hermano, el Madera, y enviaban hacia el cielo pilares gemelos de color rojizo casi a ochenta kilómetros al noroeste. Y ahora, sobrepasando cualquier expectativa en semejante noche loca de estreno, vio parpadear, a escasamente—un kilómetro y medio de distancia, las luces rojas que los hermanos Araiza habían prometido que le guiarían a la pista. ¡Caramba, qué fidelidad! Nunca acusada a otro latinoamericano de frivolidad o infidelidad.
De pronto, el reflejo del Errante en el lago negro avanzó en su dirección. Vio las siniestras formaciones en el agua, como amplios escalones que se le aproximaban. Apenas a tiempo, hizo girar el aeroplano y se dirigió hacia ellas. El viejo Seabee remontó la primera con éxito, aunque con una gran sacudida y salpicaduras. ¡Olas de un deslizamiento de tierras o de un terremoto!

Once
Doc dijo jadeando:
—No me importa lo cerca que estemos del portón. Tengo que descansar. —Dejó la esquina de la camilla en la en la rodilla arena y se quedó allí arrodillado, con un brazo y la cabeza calva inclinada, respirando trabajosamente.
—Tu mala vida te está pasando factura —bromeó Hunter con ligereza, y luego le susurró a Margo por lo bajo—: Es mejor que cuidemos del viejo macho cabrío. Por lo general hace tanto ejercicio como una salchicha de Turingia.
—Yo puedo volver a cogerla —se ofreció con ansiedad el que había llevado la esquina de Doc con anterioridad, un estudiante de escuela secundaria, de cara delgada, que ha concurrido al Simposio desde Oxnard, en compañía de Wojtowicz.
—Es mejor que todos tengamos un respiro, Harry —aconsejó este último—. Profesor... —continuó, dirigiéndose a Hunter—, me parece que la Luna disminuye otra vez de velocidad. Es como si hubiera vuelto a la normalidad.
Todos ellos, excepto la mujer gorda, examinaron la situación en el cielo occidental. Hasta Doc levantó la cabeza, sin dejar de jadear. Indiscutiblemente, el istmo negro entre el Errante y la Luna no se había ensanchado durante la última breve marcha.
—Creo que la Luna se está volviendo más pequeña —opinó Ann.
—También yo lo creo —convino el Hombrecito. Se agachó, con un brazo en torno a Ragnarok, frotando suavemente la garganta pardinegra del enorme perro—. Y, aunque esto resulta absolutamente fantástico, me parece como si la Luna se estuviera volviendo oblonga, un poco achatada en la parte superior y en la inferior, y ensanchada por los lados. Quizá sea sólo efecto de mi vista cansada, pero juraría que la Luna está adquiriendo una forma ovoide y uno de los extremos del huevo apunta al nuevo planeta.
—Sí —asintió Ann con aguda vocecilla—. Y ahora pueden ver..., oh, una delgada línea que va de la parte superior de la Luna a la inferior.
—¿Una línea? —preguntó el Hombrecito.
—Sí, como una resquebrajadura —explicó Ann.
El Huevo Roto y la Incubación, pensó el Escobillón. Ocurre tal como lo predije. Ispan—Serpiente fecunda y la Virgen Blanca da a luz.
—Confieso que no veo tal cosa —dijo el Hombrecito.
—Tiene que mirar muy atentamente —le recomendó la niña.
—Creo en tu palabra —dijo Wojtowicz—. Los niños tienen la vista muy aguda.
Doc jadeó excitado:
—Si hay allí una resquebrajadura que puede ser vista desde aquí, debe de tener kilómetros de diámetro.
Hunter dijo lenta y pesadamente, emitiendo una a una las palabras.
—Creo que la Luna está entrando en órbita en tomo al nuevo planeta... dentro del límite de Roche. —Y añadió de prisa:— Rudy, ¿los satélites sólidos se quiebran como los líquidos al entrar dentro del límite de Roche?
—No creo que nadie lo sepa realmente —respondió Doc.
—Ya lo averiguarán —aseguró el hombre barbado.
—Y nosotros averiguaremos lo que sienten las hormigas cuando alguien les pisa el hormiguero —intervino Rama Joan, con tono cáustico.
Wojtowicz: preguntó:
—¿Quebrarse... la Luna?
Margo cogió a Paul fuertemente por el brazo.
—¡Don! —gritó— ¡Dios mío, Paul, me había olvidado de Don!

El Errante apareció por primera vez a cuarenta mil kilómetros de la Luna, diez veces más cerca de ella de lo que está la Tierra. Sus efectos deformantes o productores de marcas sobre la Luna eran, por tanto, un millar de veces mas gran des que los que la Tierra ejerce sobre la Luna, pues dichos efectos varían en relación inversa al cubo de la distancia entre los cuerpos. (Si variaran en relación inversa sólo al cuadrado el Sol ejercería un efecto sobre la masa de la Tierra muchas veces mayor que el ejercido por la Luna, en lugar de ser superado por ese cuerpo pequeño en una proporción de once veces a cinco.)
Cuando la Luna entró en órbita alrededor del Errante, a una distancia de cuatro mil kilómetros, estaba cien veces más cerca de ese planeta que lo que estaba de la Tierra. Por tanto, todo su cuerpo, corteza y núcleo, estaba siendo atraído por una fuerza gravitacional un millón de veces más vigorosa.

La pantalla espacial de la Baba Yaga apuntaba hacia la Tierra cuando el suave golpeteo del traje espacial contra los muros de la cabina terminó por despertar a Don Merriam, al tiempo que él mismo rodaba sobre la curva interior de la pantalla espacial. Despertó con la cabeza despejada y listo para la acción, renovado por el oxigeno adicional. Dos estirones y un retorcimiento del cuerpo lo llevaron al asiento del piloto. Se sujetó las correas.
Apareció la Luna blanca, dentada por muros de cráteres y por algo más, aumentando visiblemente de tamaño mientras la pantalla se mecía. Luego se presentó un precipicio vertical de resplandeciente roca viva que se extendía cuesta abajo, interminablemente, según parecía, hacia la médula de la Luna. Después, una estrecha cinta de abismo negro, dividido en dos a lo largo de su extensión azabache por una hebra resplandeciente violeta, pero con un amarillo brillante en uno de sus extremos. Luego, el relumbrante e interminable muro de otro abismo se precipitaba empinado hacia abajo, hacia el mismo centro de la Luna.
La vista le indicó a Don que no estaba a más de veinticinco kilómetros sobre la superficie de la Luna, y se precipitaba ahora hacia ella aproximadamente a dos kilómetros por segundo. No había tiempo suficiente para interrumpir la caída haciendo girar la nave y alterando la propulsión con el fin de compensar la velocidad de caída.
Mientras todos esos pensamientos afluían a su mente como relámpagos, los dedos de Don manejaban las llaves de los propulsores del vernier, hasta que logró detener el lento bamboleo de la Baba Yaga, de modo que la pantalla espacial —y Don— miraron directamente el abismo.
Había una única esperanza, basada sólo en una combinación de colores. Había visto algo violeta y amarillo que resplandecía con tremendo brillo detrás de la Luna. Ahora veía una hebra violeta y amarilla que relumbraba en la negrura del núcleo de la Luna. Entonces... ¿estaba viendo aquello a través de ella? Pero, ¿era posible que la Luna se rajara como una piedrecita? Los núcleos planetarios deben fluir elásticamente, razonó, no fracturarse. Cualquier otra teoría significaba la muerte.
Los muros de la roca recién abierta se precipitaban a su encuentro. Estaban demasiado cerca del de la derecha. Un pequeño cohete alimentado con combustible sólido lanzado hacia ese lado corrigió el rumbo de la Baba Yaga, alejándola de él... e inició un bamboleo secundario que otro ajetreo de los verniers neutralizó de inmediato.
Cuando niño, Don Merriam había leído Los dioses de Marte, de Edgar Rice Burroughs. En esa novela de ciencia ficción, John Carter, el más grande espadachín de dos planetas, había escapado con sus camaradas del vasto mundo volcánico subterráneo de los Piratas Negros de Barsoom y su espantoso culto a Issus precipitándose hacia arriba con un aparato volador marciano por el estrecho pasillo de kilómetros de extensión que conducía al mundo exterior, en lugar de elevarse lenta y precavidamente mediante la fuerza ascensional de los tanques de rayos. El último habría sido el método normal y el único cuerdo, pero John Carter había encontrado la salvación para sí y sus compañeros en la velocidad cegadora, dirigiéndose verticalmente hacia una estrella visible en lo alto de aquel pozo abismal.
Quizá los dioses de Marte eran los árbitros de todas las acciones de Don Merriam en ese momento. De cualquier modo, sintió de súbito en torno a él, en la cabina de la Baba Yaga, la presencia fantasmal, con sus enjoyadas armaduras, de Xodar, el Negro renegado; de Carthoris, el misterioso Marciano Rojo; de Mata¡ Shang, el siniestro Padre de la Sagrada Thems, y de su valiente, hermosa, enamorada, infinitamente traicionera hija, Phaidor. Y lo cierto es que mientras la Baba Yaga caía a plomo, devorada por aquel abismo de imprecisos contornos de roca viva que la luz del Sol tocaba por primera vez en miles de millones de años, y mientras Don disparaba el propulsor principal de alta combustibilidad, cuyo arranque lo estampó literalmente en su asiento, y manejaba los verniers y los cohetes de combustible sólido para mantener a igual distancia el brillo de los muros de piedra y la hebra violeta y amarilla que dividía en partes iguales la cinta negra, gritó con fuerza en la cabina vacía:
—¡Sosteneos, por vuestras vidas! ¡Me lanzo en picado directamente al abismo!

Los estudiosos de platillos sintieron que la arena dejaba lugar a un trecho de dura tierra de adobe que ascendía bruscamente hacia el alto cerco de malla metálica que rodeaba la base de la meseta donde se levantaba Vandenberg Dos. Pero aquí —en dirección al mar desde el punto donde parpadeaba la luz roja en lo alto de su mástil, a treinta metros detrás del cerco y a sesenta, por lo menos, por encima de él— se abría un ancho badén a través del cerro, que suavizaba la cuesta. Por el badén corrían huellas de neumáticos y de tractores de oruga. Había un gran portón en el cerco donde cruzaba el camino y, junto al portón, incorporada al cerco, una torre de vigilancia de dos plantas. El portón es
taba cerrado y no había luz en la torre, pero la puerta pequeña en su exterior estaba abierta.
Ver esto animó considerablemente a Paul. Enderezó los hombros y su corbata. El pequeño cortejo se detuvo a quince metros del portón, y él, Margo y Doc avanzaron precedidos por sus negras sombras bordeadas de púrpura y amarillo.
Una bronca voz metálica salió por la mirilla de la puerta:
—Deténganse inmediatamente. Están a punto de invadir propiedad restringida del Gobierno de los Estados Unidos. No está permitido el paso por este portón. Vuelvan sobre sus pasos. Gracias.
—¡Oh, por todos los diablos! —explotó Doc. Desde que el joven Harry McHeath lo había reemplazado en la carga de la camilla, había recuperado su brío—. ¿Crees que somos una delegación de hombrecitos verdes? —le gritó a la mirilla—. ¿No ves que somos seres humanos?
Paul le tocó el brazo a Doc y le hizo un seña para que guardara silencio, pero siguió avanzando. Una vez junto a la puerta, explicó con voz tranquila:
—Soy Paul Hagbolt, 929—CW, JR, profesional acreditado del Proyecto Lunar con jerarquía equivalente a la de capitán. Solicito admisión para mí y once personas en apuros que me son conocidas y solicito también un medio de transporte para ellas.
Un soldado salió desde la oscuridad de la puerta a la luz del Errante. No cabía duda de que era un soldado, porque calzaba botas y llevaba un casco en la cabeza; una pistola, un cuchillo y dos granadas le colgaban del cinturón— su mano derecha empuñaba una metralleta, y fuertemente sujetos a la espalda —notó Paul con incredulidad— unos cohetes de retropropulsión.
El soldado tenía una cara impasible y se mantenía erguido con rigidez, pero la rodilla derecha le subía y le bajaba un poquito, rápida y continuamente, como si fuera a iniciar una danza nativa o, más razonablemente, como si intentara controlar un tic sin conseguirlo.
—CW y JR, ¿eh? —le dijo a Paul con desconfianza, pero también con respeto—. Veamos sus tarjetas de identificación..., señor.
Hubo un ligero olor ácido. Miau, que había estado notablemente, tranquila desde el deslizamiento de tierra, se movió un poco en los brazos de Margo, miró fijamente al soldado y siseó como una tetera.
Al alcanzarle las tarjetas al soldado, que tenía ya listas, Paul percibió un brusco estremecimiento.
Mientras el soldado examinaba las tarjetas, inclinándolas hacia delante para recibir la luz del Errante, mantenía la cara impasible, pero Doc notó que sus ojos iban y venían continuamente de las tarjetas al Errante.
Doc preguntó, a modo de conversación:
—¿Ha oído algo acerca de eso?
El soldado le miró directamente a los ojos y ladró:
—¡Sí, sabemos todo acerca de eso, y no estamos intimidados! Pero no damos ninguna información, ¿comprende?
—Sí, comprendo —musitó Doc suavemente.
El soldado levantó la vista de las tarjetas.
—Muy bien, señor Hagbolt, transmitiré su solicitud por teléfono al portón principal. —Y retrocedió hacia la puerta.
—¿Está seguro de que me ha comprendido bien? —preguntó Paul, repitiendo y ampliando su petición y mencionando el nombre de varios oficiales.
—Y el profesor Morton Opperly —añadió Margo enfáticamente.
—Y una de las personas que está con nosotros –explicó Paul— padece un ataque cardíaco. Queremos llevarla donde haya más abrigo. Y necesitaremos un poco de agua.
—No, quédense todos afuera —dijo con brusquedad el soldado, levantando unos centímetros el cañón de la metralleta mientras seguía retrocediendo—. Espere —le gritó a Paul—. Usted venga aquí. —Desde la oscuridad de la torre le alcanzó a Paul primero una manta y después un botellón con dos litros de agua.— ¡Pero no hay vasos de papel! —añadió, ahogando lo que podría haber sido una risita—. ¡No me pidan vasos de papel! —Volvió luego a la oscuridad y se oyó el ruido de marcar.
Paul volvió con su botín, dándole la manta a la mujer delgada. El agua pasó de mano en mano. Bebían directamente del botellón.
—Creo que tendremos que esperar un poquito —susurró Paul—. Estoy seguro de que es un buen tipo, aunque está bastante nervioso. Parecía dispuesto a enfrentarse solo y desarmado con el nuevo planeta.
—Miau olió lo asustado que estaba —comentó Margo.
—Bueno —filosofó Doc suavemente—, si yo hubiera estado solo cuando vi la cosa por primera vez, pero con la chatarra a mano, creo que habría apagado todas las luces, me habría envuelto en toda esa chatarra y habría temblado no poco. Nosotros nos topamos con el planeta casi en las mejores circunstancias posibles, diría yo: a la espera de ver platillos volantes, hablando del hiperespacio y todo lo demás.
—Pero si uno tiene miedo, señor Brecht –razonó Ann—, enciende todas las luces que puede.
—Sí, mi idea es pésima, jovencita —admitió Doc—, pero cuando estás tan aterrado, crees que en la oscuridad algo grande, negro y peludo no podrá ver dónde estás para atraparte.
Ann rió condescendiente.
El Hombrecito les advirtió a todos con una vocecita casi impasible y remota:
—La Luna está metiéndose tras el nuevo planeta. Está... yéndose.
Todos confirmaron lo que había dicho. Un trecho del borde de la Luna se había escondido tras el intruso púrpura y dorado.
—Dios mío...Dios mío —balbuceó Wojtowicz.
La mujer delgada empezó a sollozar temblorosa.
Rama Joan dijo:
—Dadnos coraje.
Margo dibujó con los labios la palabra «Don» y se estremeció, mientras estrechaba a Miau contra sí. Paul le puso un brazo sobre los hombros, pero ella se apartó con la cabeza gacha.
—La Luna está en una órbita muy estrecha —estimó Hunter—. No puede haber más de cinco mil kilómetros entre ambas superficies.
El Escobillón pensó: Afectada de los dolores de parto, la Virgen Blanca encuentra refugio en los vestidos de Ispan.
El Hombrecito formó un cuenco con sus manos y Rama Joan vertió en ellas agua para Ragnarok.

El coronel Mabel Wallingford acentuó cada palabra con estridencia:
—Spike, he estado hablando con el general Vandamme en persona y dice que esto no es un problema. Han dejado que manejemos gran parte de la cuestión porque nos hemos mostrado más activos. Sus órdenes han sido aprobadas y retransmitidas.
Spike Stevens, con la mirada fija en las pantallas gemelas, en las que se veía a la Luna escondiéndose tras el Errante, mordió el extremo de un cigarro y vociferó:
—Muy bien, dígale que lo pruebe.
—Jimmy, enciende la pantalla de la Sede Central —ordenó el coronel Mabel.
El general encendió su cigarro.
Una tercera pantalla se iluminó y apareció un caballero sonriente y distinguido con la cabeza calva. El general se arrancó el cigarro de la boca y se puso de pie. El coronel sintió una ola de ardiente alegría al verlo interpretar el papel de escolar culpable y diligente.
—Señor presidente... —empezó Spike.
—No formo parte de una crisis simulada, Spike —contestó el otro—, aunque es difícil creer que eso pueda haberte preocupado, considerando el modo magistral con que viene actuando tu personal.
—Oh, no tan magistral, señor —dijo el general—. Me temo que hemos perdido contacto con la Base Lunar. Ni una palabra desde hace una hora.
La cara en la pantalla asumió una expresión grave.
—Debemos estar preparados para sufrir bajas. Abandono ahora la Sede Espacial para ir al encuentro del Servicio Costero. Lo que tengo que decirte es: ¡Adelante...!, mientras dure esta... —era obvio que buscaba una de sus pulidas expresiones— emergencia astronómica.
La pantalla se oscureció.
El coronel Willard Griswold, con la mirada fija aún en las pantallas astronómicas, dijo:
—¿La Base Lunar? Diablos, Spike, si hemos perdido hasta la Luna.

Doce
Don Merriam había permanecido quince minutos dentro del cuerpo de la Luna, avanzando durante todo ese tiempo casi a tres kilómetros por segundo. Ahora la hebra violeta y amarilla, después de haberse ensanchado hasta convertirse en una cinta, seguía del mismo diámetro, lo cual no podía significar nada bueno, pero no había nada que hacer salvo lanzarse como una bala a través de la increíble grieta que dividía la Luna en un plano casi perfecto, como un diamante cortado con exactitud, y limitarse a contemplar lo que sucedía, soportando cualquier pensamiento que aquella visión originara, porque Don no estaba en condiciones de hacerse cargo del control de su mente.
Después de la primera gran sacudida, puso en funcionamiento el retropropulsor principal, que entró en actividad tras breves explosiones, dirigiendo la Baba Yaga con los verniers.
Don Merriam viajaba a través de la médula del planeta. Había pasado por su mismo centro, y hasta el momento el viaje había consistido en una sucesión de resplandores, confusión, negrura y una hebra violeta que dividía en mitades la pantalla espacial, que por trechos se volvía lechosa. A lo que se sumaban la garganta dolorida, los ojos irritados y la impresión de haberse convertido en una abeja de cristal zumbando a lo largo de una grieta de metal de kilómetros de longitud, o un príncipe encantado huyendo por un estrecho corredor de muros emponzoñados... Si llegaba a rozar una de esas paredes, ¡caería fulminado!
Hacia la mitad de la grieta había observado unas franjas negras como el hollín y un relampagueo de fuego verde, pero no pudo averiguar qué los producía.
La lechosidad que aparecía en la pantalla espacial debía ser la erosión de los fantásticos remolinos de polvo que en un momento dado estuvieron a punto de hacerle perder de vista la hebra.
Había perdido también la luz solar antes de lo esperado, y tenía que dirigir la Baba Yaga guiándose por los débiles resplandores púrpuras y dorados reflejados por el muro. Eso resultaba peligroso, porque como el amarillo era más brillante que el púrpura, sentía la tentación de mantenerse demasiado apartado de él.
Pero ahora la cinta violeta empezaba a estrecharse, y él sabía que eso significaba su perdición, peor todavía que una colisión. Su mente se vio repentinamente invadida por una visión escalofriante: las dos mitades de la Luna chocando la una contra la otra a sus espaldas, anulando por completo la luz del Sol, y luego —como una reacción en cadena, y debido a la feroz atracción mutua de sus masas en movimiento— chocando por delante de él. Aunque la tremenda onda expansiva producida por el primer choque de las mitades de la Luna avanzaría a razón de metros por segundo, mientras que él se precipitaba a kilómetros, su desplazamiento sería lo suficientemente veloz como para ganarle de mano y llegar antes que él al punto del segundo impacto, donde se estrellaría inexorablemente.
Entonces, cuando ya parecía casi haberlo alcanzado, cuando según una estimación aproximada había viajado por el interior de la Luna casi tres mil kilómetros, la cinta violeta se ennegreció por completo.
Y en me instante, como si volviera increíblemente a la vida, después de muerto, irrumpió de la oscuridad a la luz, con un inmenso cielo estrellado a su alrededor y un viejo Sol greñudo disparando todavía sus cegadoras flechas blancas.
Sólo entonces se dio cuenta de lo que tenía por delante.
Era un gran círculo redondo, tan grande como la Tierra vista desde una órbita de dos horas. Este vasto disco era radiantemente violeta y dorado a la derecha, del lado donde brillaba el Sol, pero a la izquierda era profundamente negro, salvo tres puntos de un resplandor verdoso que parecían sobrevolarlo en línea curva a corta distancia del disco.
Mientras lo contemplaba fascinado, la nítida frontera entre los hemisferios diurno y nocturno iba desplazándose suavemente hacia la derecha, al tiempo que el Sol se trasladaba lentamente hacia el horizonte violeta. Se dio cuenta de que había perdido de vista la cinta violeta en el interior de la Luna, no porque se hubieran cerrado las mandíbulas lunares, sino simplemente porque el lado nocturno del planeta que tenía delante se había desplazado, asomando su negra cara sobre el abismo en que él se encontraba.
De inmediato aceptó el hecho de que era un planeta macizo y que la Luna había entrado en una apretada órbita a su alrededor, pues sólo eso, en la medida en que le era posible razonar, podía explicar lo visto y acontecido durante las últimas tres horas: la luz que inundaba el lado nocturno de la Tierra, el resplandor sobre el Atlántico y, sobre todo, el resquebrajamiento de la Luna.
Y, más allá de toda razón, sentía dentro de él —puesto que estaba ahí afuera y mirándolo— que algo clamaba por que creyera que era un planeta.
Y allí, sólo a ochenta kilómetros por debajo de él, estaba el vasto disco de la Luna, la mitad profundamente negra y la otra mitad de un blanco resplandeciente a la luz del Sol.
Pudo comprobar dónde habían chocado verdaderamente las paredes del abismo, cerrándose tras él, por la línea de géiseres de polvo que se levantaban brillando en el vacío iluminado por el Sol, casi a lo largo de la línea nocturna de la Luna, y por el surrealista tablero de ajedrez de cuadrados irregulares que formaban las resquebrajaduras más pequeñas señaladas por géiseres menores que emanaban de las grietas. ¡Monstruosa ruptura de cascarón!
Estaba suspendido —y alejándose— sobre lo que a cada momento se parecía más a un mar de rocas en ebullición.
Luego, como no queda sumergirse —no todavía, al menos— a dos kilómetros por segundo en el hemisferio negro marcado de puntos luminosos, ahora debajo de sus retropropulsores, puso en funcionamiento el retropropulsor principal para reducir esa velocidad; pero, al examinar los indicadores del tanque, descubrió que apenas había combustible y oxidantes como para ejecutar la maniobra. Lo pondría en órbita alrededor del planeta extraño..., inclusive dentro de la apretada órbita de la Luna.
Sabía que pronto el Sol desaparecería de la vista y que la Luna en proceso de metamorfosis quedaría del todo eclipsada, mientras la Baba Yaga y la Luna se trasladaban juntas al misterioso cono de sombras... a la noche.

Fritz Scher estaba rígidamente sentado frente a su escritorio en la larga habitación del Instituto de Mareas, en Hamburgo, Alemania Occidental. Escuchaba con una diversión que tendía a la exasperación las demenciales noticias de la mañana que llegaban desde el otro lado del Atlántico. Apagó la radio con un giro de la muñeca que por poco no rompe el botón y le dijo a Hans Opfel:
—¡Esos americanos! Ya sé que su presencia es necesaria para mantener controlados a esos cerdos comunistas, pero ¡qué degradación intelectual representan para la madre patria!
Se puso de pie y se dirigió al aparato de predicción de mareas, estilizado y tan largo como la habitación. Dentro del aparato, un alambre recorría varias poleas de precisión movibles, cada una de las cuales representaba un factor de influencia sobre la marea en el punto de la hidrosfera de la Tierra para el que el aparato se adecuaba; en el extremo del alambre, una pluma trazaba sobre un tambor cubierto por papel milimetrado una curva que indicaba la marea en dicho punto hora tras hora.
En Delft tenían un aparato que lo hacía todo electrónicamente, pero ¡estaba en manos de ineficaces holandeses!
Fritz Scher dijo dramáticamente:
—¿La Luna en órbita alrededor de un planeta salido de no se sabe dónde? ¡Ja! —Dio unos golpecitos sobre el armazón del aparato junto a él de manera significativa—. ¡Aquí tenemos la Luna asegurada con clavos!

El Machan Lumpur, con la herrumbrada proa apuntada algo al sur del Sol, que se ponía sobre Vietnam del Norte, cruzó la barrera que protegía la ensenada al sur de Do—Son. Bagong Bung notó, por una característica configuración de raíces de mangle y un viejo conjunto de pilotes grises que eran ya prácticamente corno miembros de su familia, que la marca alta había subido un palmo más de lo que nunca hubiera visto aquí. ¡Un buen augurio! Pequeñas ondas recorrieron misteriosamente la ensenada. Un halcón marino chilló.

Ríchard Hillary observaba los rayos del Sol que lentamente iban enderezándose mientras el gran autobús suspendido en el aire se dirigía con gran suavidad hacia Londres. Bath había quedado muy atrás y estaban pasando por Silbury Hill.
Escuchaba distraídamente las solemnes especulaciones acerca de las disparatadas nuevas llegadas por radio sobre un platillo volante del tamaño de un planeta que millares de personas habían visto en los Estados Unidos. Realmente, la ciencia ficción estaba corrompiendo a la gente por todas partes.
Una chica de Devizes groseramente atractiva con pantalones, redecilla en el cabello y jersey, que había subido a bordo en Beckhampton, se dejó caer en el asiento delante de él e inmediatamente inició una conversación insustancial con la mujer que estaba a su lado. Se explayaba, exactamente con igual entusiasmo, sobre las noticias acerca del platillo —y el pequeño terremoto que había sacudido nerviosamente diversos puntos de Escocia— como sobre el huevo que había tomado para desayunar y la salchicha con puré que tomaría para almorzar. En honor de Edward Lear, Richard improvisó una estrofilla jocosa acerca de ella:
En Devizes había una joven señorita
cuyas ideas tenían dos tamaños solamente:
muchas de ellas cabían en una cucharita
y unas pocas alcanzaban la Luna de repente;
¡cómo le encantaba lo espacial a esa joven señorita!
Pensar en eso lo mantuvo entretenido todo el recorrido hasta Savernake Forest, donde se quedó medio adormilado

Trece
Times Square, a las cinco de la mañana, estaba todavía tan atestada como lo había estado la noche del aterrizaje en la Luna y la de la falsa guerra con Rusia. Hacía ya mucho que el tránsito se había detenido. Las calles estaban llenas de gente. El Errante, que enmascaraba ahora la mitad de la Luna, era todavía visible al final de las calles que atravesaban la ciudad, incluso de la 42, pero estaba en el cielo, su color amarillo se había dulcificado y su púrpura se había vuelto más rojo.
Por contraste, los anuncios parecían más brillantes, en especial el nuevo genio de seis pies de altura que fingía hacer juegos malabares con tres naranjas del tamaño de recipientes de 35 litros. Pero las calles ya no estaban tranquilas. Mientras que algunos se limitaban a estar allí de pie mirando fijamente hacia el oeste, la mayoría se mecía rítmicamente: no pocos se habían cogido de la mano y serpenteaban golpeando compulsivamente los pies contra el suelo, y aquí y allí jóvenes parejas bailaban salvajemente. La mayor parte de ellos tarareaba o cantaba o más bien vociferaba una canción que había ido variando con el correr de los minutos y de la que existían ya vanas versiones. La más reciente era la que cantaban en ese momento en la fuente, donde Sally Harris todavía estaba bailando. Pero esta vez tenía a su disposición el apoyo de una docena de hombres jóvenes, duros y agresivos, además del de Jake Lesher. Y la canción, tal como ella la cantaba ahora, con su voz de contralto más vibrante todavía a causa de su ronquera, decía:
¡Orbe extraño ...! en el cielo del oeste ...
¡Luz extraña ...! que brilla en lo alto ...
Visión aterradora,
pero hemos de vivir esta noche,
¡hemos de vivir al son de un nuevo compás!
¡Dorada...! como barcos cargados de tesoros. . .
¡Carmesí...! como los labios del pecado...
Pero no habrá ya junio porque la Luna se ha ido...
Sólo
un Planeta...
¡al final de la calle 42!
De súbito el canto y el baile cesaron en todas partes... porque la pista de baile había empezado a temblar. Hubo una breve sacudida. Unas pocas tejas, no muchas, y otros elementos de albañilería cayeron estrellándose ruidosamente contra las aceras. Hubo gritos... no muchos tampoco. Pero cuando el pequeño terremoto acabó, el genio de seis pies había perdido sus tres naranjas, aunque él seguía ejecutando los movimientos malabares.

Arab Jones y sus hermanos de hierba caminaban rápidos, los tres a la par, a lo largo de la calle 125, alejándose de Lenox, en dirección al lugar donde miraban todas las demás caras oscuras: hacia el oeste, donde el Errante se estaba poniendo, como una llamativa ficha de póquer —una abultada X púrpura sobre fondo anaranjado— que casi cubría la pálida pieza de oro de la Luna. Pronto la pareja celestial quedaría cubierta por los edificios del General Grant, que ponían de relieve con su alta silueta remota el aspecto pueblerino de Harlem, con sus casas de dos y tres pisos y tiendas en planta baja que bordeaban la calle 125.
Los tres hermanos de hierba iban tan colocados que su excitación sólo pudo ser acrecentada por el temblor, que había lanzado a la calle a casi todos los que no estaban ya en ella observando al Errante.
El este iba tiñéndose de rosado mientras el Sol, haciendo una pausa en las alas del horizonte antes de hacer su entrada, borraba todas las estrellas y llevaba la luz del alba a Manhattan. Pero nadie miraba en esa dirección. Nadie parecía percatarse de que era hora de marcharse y dormir, o por lo menos tratar de dormir, un poco. Las cúspides de los rascacielos del bajo Manhattan, al sur, eran una ciudad de hadas, llena de castillos, que a nadie se le ocurría contemplar.
Arab, Pepe y High hacía ya tiempo que habían dejado de intentar abrirse camino entre la silenciosa multitud absorta en la contemplación que cubría todas las aceras. caminaban por la calle, donde los coches no circulaban se apiñaba menos gente y era más fácil avanzar.
A Pepe le parecía que del planeta venía un poder que congelaba todos los motores y a la mayor parte de la gente, como esos rayos de las historietas, capaces de paralizar y ahogar motores. Se persignó.
High Bundy susurró:
—La veja Luna realmente lo va a penetrar esta vez. Da vueltas a su alrededor, decide que le gusta y después ¡adentro!
—Quizá se esconde porque tiene miedo —sugirió Arab—. Como nosotros.
—¿Miedo de qué? —preguntó High.
—Del fin del mundo —dijo Pepe Martínez, con la voz aflautada en un suave y alto aullido de lobo.
Sólo el borde del Errante asomaba sobre los edificios del General Grant, que se elevaban rápidamente a medida que los hermanos de hierba se acercaban.
—¡Venid! —gritó Arab de pronto agarrando a Pepe y High del brazo—. El mundo se acaba y yo he resuelto marcharme. Quiero alejarme de todos estos muertos con ojos de búho que esperan la trompa y la trompeta. Si un planeta va a ser aplastado, pues nosotros cogeremos otro. ¡Venid, antes de que se marche! Lo alcanzaremos junto al río y subiremos a bordo.
Los tres empezaron a correr.

Paul, Margo y sus nuevos amigos estaban sentados en la arena a quince metros del portón oscuro, cuando el segundo temblor sacudió la playa. No hizo otra cosa que columpiarlos, y no había nada que pudieran hacer por evitarlo, de modo que sólo retuvieron el aliento y se quedaron allí meciéndose. El soldado salió corriendo de la torre con su metralleta, se detuvo y, al cabo de un minuto, se metió dentro otra vez. No respondió cuando Doc le gritó animoso:
—¡Eh! ¿No fue eso algo especial?
Cinco minutos más tarde, Ann dijo:
—Mamita, ahora tengo realmente hambre.
—También yo —dijo el joven Harry McHeath.
El Hombrecito, tranquilizando diligentemente a un Ragnarok muy alterado, dijo:
—Pues sí que es gracioso. íbamos a servir café y bocadillos después del eclipse. El café estaba en cuatro termos... Lo sé porque yo los traje. Todo está aún en la playa.
Wanda se sentó en la camilla a pesar de las protestas de la mujer delgada.
—¿Qué es ese resplandor rojo a lo largo de la costa? —preguntó enfadada.
Hunter había empezado a decirle, no sin una nota de sarcasmo, que sólo era la luz del nuevo planeta, cuando vio que realmente había otra fuente luminosa: un desagradable brillo rojo, como salido de un horno, que la otra luz había enmascarado.
—Quizá sean incendios forestales —sugirió Wojtowicz sombrío.
La mujer delgada dijo:
—Oh, Dios, era lo que faltaba. Como si no tuviéramos ya dificultades suficientes.
Hunter apretó los labios. Se negó a decir: «O quizá sea que Los Ángeles está ardiendo».
El Hombrecito les llamó la atención sobre el cielo, donde el intruso púrpura y amarillo ocultaba toda la Luna.
—Tendríamos que darle un nombre al nuevo planeta —propuso—. ¿Sabéis?, es gracioso, por momentos para mí es lo más importante de la creación, pero un instante después no es más que un retazo de cielo que puedo cubrir con la mano extendida.
—¿Qué significa realmente la palabra «planeta», señor Brecht? —preguntó Ann.
—«Errante», querida —le dijo Rama Joan.
El Escobillón pensó: Ispan es conocido por un millar de nombres; sin embargo, sigue siendo Ispan.
Harry McHeath, que acababa de descubrir la mitología nórdica y los Eddas, pensó: Lunófago sería un buen nombre..., pero demasiado amenazador para la mayor parte de la gente hoy en día.
Margo pensó: Podrían llamarlo Don, y se mordió los labios, y abrazó tan fuerte a Miau, que la gata protestó; las lágrimas le rebasaron calientes los párpados inferiores.
—Errante es el nombre adecuado —dijo el Hombrecito.
La marca amarilla, que era el Huevo Roto para el Escobillón y el Ojo de una Aguja para Ann, tocaba ahora el borde del Errante desde donde ellos lo miraban. Los retazos polares amarillos permanecieron, pero ahora iba apareciendo una nueva zona amarilla en el borde derecho. En total, cuatro retazos amarillos junto al borde: norte, sur, este y oeste.
El Hombrecito cogió su cuaderno y empezó a trazar un esbozo.

TRES HORAS

—La parte púrpura forma una gran X —dijo Wejtowicz.
La cruz inclinada —dijo el Escobillón, hablando por fin en voz alta—. El círculo mellado. El círculo partido en cuatro.
—Es un mandala —aseveró Rama Joan.
—Oh, sí —dijo Wojtowicz—. Profesor, usted nos estaba hablando de eso —se dirigió a Hunter—. Símbolos psíquicos de algo insondable.
—La unidad psíquica —pontificó el hombre barbudo.
—La unidad psíquica —repitió Wojtowicz—. Eso está muy bien —dijo con realismo—. Vamos a necesitarla.
—Uno se siente agradecido frente a estas cosas, en verdad —murmuró Rama Joan.
Dos grandes ojos amarillos aparecieron atisbando por encima del bulto del gran badén sobre el que se asentaba Vandenberg Dos. Se oyó el bramido de un motor que se acercaba. Luego el jeep llegó cuesta abajo hacia el portón; sus luces delanteras recorrían frenéticas los arbustos y la tierra seca resquebrajada.
—Todo el mundo de pie —dijo Paul—. Ahora empieza la acción.

Don Merriam podía ver en la pantalla espacial de la Baba Yaga un asimétrico reloj de arena de gruesa cintura formado por las estrellas. Algunas resultaban ligeramente borrosas por las ráfagas de polvo que la pantalla espacial había recibido durante el viaje a través del centro de la Luna.
El bulto negro que se recortaba sobre el reloj de arena desde babor era la Luna, ahora totalmente eclipsada por el Vasto cuerpo recientemente aparecido.
El Errante, que se recortaba sobre el reloj de arena sideral, desde estribor, no era enteramente negro: Don veía siete puntos de pálida luz verde, cada uno de los cuales parecía tener unos quinientos kilómetros de diámetro; los más lejanos eran elipses, pero el más cercano tenía una forma casi circular. Carecían de elementos característicos, aunque a veces semejaban un pozo o un embudo fosforescente. Don no habría tenido una idea más clara del significado de aquellos pálidos puntos verdes si hubieran sido manchas de ese color en el vientre negro de una araña.
En compañía de la Luna, la Baba Yaga estaba en órbita en torno del Errante, aunque la pequeña nave iba adelantándose lentamente a su compañera, porque, estando más cerca del planeta, trazaba una órbita más veloz.
Don puso en funcionamiento el radar. La señal de retomo desde la Luna mostraba una superficie mas irregular de lo que acusaban los cráteres y las montañas, y hasta los diseños del mapa lunar habían cambiado grandemente en sólo cinco minutos: era evidente que la Luna seguía despedazándose, atormentada por sus mareas internas.
La señal sorprendentemente intensa procedente del planeta intruso indicaba una superficie esférica mate sin el menor indicio de los puntos luminosos verdes..., como si el Errante fuera liso como una bola de marfil.
¡Un planeta intruso! Algo imposible, pero allí estaba. Esforzando al máximo su mente, Don intentó recordar los fragmentos de las especulaciones que había leído y oído acerca del hiperespacio: la idea de que un cuerpo podría viajar desde allá hasta aquí sin atravesar el continuum conocido entre ambos sitios, quizás irrumpiendo o deslizándose furtivamente en algún otro continuum de dimensiones más amplias, del que nuestro universo sería sólo una superficie. Pero en toda la inmensidad de las estrellas y galaxias, ¿dónde podría estar el allá del que provenía este planeta intruso? ¿Por qué debería haber un allá en algún sitio de nuestro universo? Un continuum de una dimensión más amplia tendría una infinidad de superficies tridimensionales, cada una de ellas como un cosmos.
En el fondo de la mente de Don había sólo una voz intranquila que repetía: «La Tierra y el Sol están al otro lado del gran círculo negro moteado de verde que veo a estribor. Se pusieron hace siete minutos; saldrán dentro de veinte. Yo no he viajado por el hiperespacio, sólo a través de la Luna. No estoy en la oscuridad intergaláctica contemplando una galaxia con forma de gavilla o reloj de arena mientras siete nébulas de color verde pálido resplandecen a estribor...».
Don llevaba todavía el traje espacial, pero se quitó ahora el casco dañado y lo guardó. Debía haber uno en buen estado en la gaveta.
—Fabricar y enmendar —murmuró, pero la garganta se le cerró ante el sonido de su propia voz. Se quitó las correas que lo sujetaban al asiento del piloto y se acercó todo lo que pudo a la pantalla espacial. La cabina estaba fría y oscura, pero no puso en funcionamiento la calefacción ni encendió la luz...; es más, bajó la iluminación del panel de controles. Le parecía de máxima importancia ver tanto como fuera posible.
Se estaba adelantando a la Luna, en efecto, en su órbita interna: la gavilla de estrellas se estaba ensanchando muy lentamente a babor, al tiempo que el bulto —negro de la Luna eclipsada iba quedando atrás.
De pronto le pareció ver, sobre el resplandor cuajado de estrellas de la Vía Láctea, espectrales hebras negras que unían la parte superior del Errante —llamémosle su polo norte— con el borde delantero o nariz de la Luna. Arqueándose a través del espacio, las hebras eran tan escasamente perceptibles que, como las estrellas distantes, le era más fácil detectarlas mirando un sitio algo apartado de ellas.
Era como si, después de haber atrapado y mutilado a la Luna, el Errante estuviera tejiendo una mortaja negra a su alrededor antes de chuparla y dejarla seca.
No debió haber empezado a pensar en arañas.
La voz seguía repitiendo: «El Sol y la Tierra están más allá del bulto negro moteado de verde que veo a estribor. Yo soy Donald Barnard Merrian, teniente de las Fuerzas Espaciales de los Estados Unidos...».

Bárbara Katz, de espaldas al otro océano que rodea a América, a cinco mil kilómetros al este de los estudiosos de platillos, veía el mandala como una rueda de carreta con rayos de color púrpura. La enorme rueda parecía haber hecho un cuarto de giro al rozar el planeta el horizonte.
—Vaya, papá, es como si el Errante estuviera aplanándose —dijo, sintiéndose a la vez angustiada y desesperada porque no podría ver la próxima faz del Errante, ni tampoco cuando la Luna saliera de detrás de él. Pero todo aparecería en la televisión. ¿Aparecería en realidad? ¿Habrá todavía televisión?, se preguntó, mirando a su alrededor incrédula. En todas partes el cielo palidecía por el alba, que no llegaría a la costa del Pacífico hasta tres horas más tarde.
La voz de Knolls Kettering III sonó detrás de Bárbara con un tono mortecino que ella no le había oído jamás:
—Estoy muy cansado... Por favor...
Alcanzó a cogerle el brazo cuando él, vacilante, apoyó casi todo el peso de su cuerpo contra ella, lo cual no era demasiado. Dentro del traje blanco, su cuerpo parecía el armazón curvado y parduzco de un insecto, mientras que su cara tenía mejillas tan huecas y estaba tan surcada de arrugas como la de una abuela india. Bárbara se sintió casi desconcertada, pero luego se recordó a sí misma que él era su millonario privado, al que debía preservar y proteger. Lo asió mas delicadamente por el hombro, como si fuera un objeto muy frágil.
La negra de mayor edad, vestida como la más joven, de gris perla con cuello y puños blancos, vino agitada y lo sostuvo por el otro lado. Esto pareció irritarlo hasta tal punto que lo hizo volver en sí.
—Hester —dijo, apartándose de ella para apoyarse en Bárbara—. Hace ya horas que os dije a ti, a Benjy y a Helen que os fuerais a dormir.
—¡Ja! —rió ella suavemente—. ¡Como si fuéramos a dejarlo jugar con ese telescopio en la oscuridad! Ahora trate de manejar su propio peso con mucho cuidado, señor K. El plástico que lleva en la cadera se cansa de trabajar toda la noche, se rompe con facilidad.
—El plástico no puede cansarse, Hester —arguyó él con aire de fatiga.
— ¡Ja! No es, tan fuerte como usted, señor K —dijo ella, tratando de evitar la discusión. Dirigió por encima de él una mirada interrogativa a Bárbara, que asintió firmemente con la cabeza. juntas lo condujeron a través de la espesa y bien cuidada alfombra de césped, lo ayudaron a subir tres inmaculados peldaños de cemento y atravesaron una enorme y helada cocina con antiguas instalaciones de níquel que a Bárbara le pareció la inmensa cocina de un hotel.
A mitad de camino de una ancha escalinata, él las hizo detener. Quizá la vasta sala oscura y fresca al pie de la escalinata lo había devuelto a la noche, porque dijo:
—Señorita Katz, todo cuerpo celeste que se ve erecto en lo alto del cielo, parece aplanarse cuando sale y cuando se pone. También eso vale para las constelaciones. A menudo he pensado...
—Venga, ahora, señor K, necesita descansar —dijo Heser, pero él sacudió frenéticamente el brazo que ella sostenía e insistió:
—A menudo he pensado que la respuesta al enigma de la Esfinge de qué es lo que anda sobre cuatro pies a la mañana, sobre dos a mediodía y sobre tres al caer la tarde, no es el hombre, sino la constelación de Orión, que precede en el cielo a la estrella del Perro, cuya salida señalaba la inundación del Nilo.
Su voz tembló al pronunciar las últimas palabras. Dejó caer la cabeza y permitió nuevamente que lo ayudaran a subir. Barbara, sintiendo su peso en el brazo —mayor que el que dejaba a cargo de Hester, advirtió complacida—, pensó: Creo que entiendo por qué piensas en tres pies al caer la tarde, papá..., o en cuatro.
Lo acostaron en una gran cama en un dormitorio oscuro más grande aún que la cocina. Hester sacó algo de la almohada y lo metió en un cajón; luego cambió de opinión y permitió que Barbara lo viera.
Era una muñeca de cabellos negros de unos veinticinco centímetros vestida con ropa interior de encaje negra, con medias y largos guantes también negros.
Knolls Kettering III farfulló:
—Por mediodía, entiéndase medianoche.
Hester apartó la mirada de la muñeca para contemplar el conjunto de playa, las medias y los cabellos negros de Barbara, y sonrió.
Barbara no habría podido evitar devolverle la sonrisa aun cuando lo hubiera intentado.

Catorce
Paul Hagbolt miró de frente al mayor Buford Humphreys a través del portón de la playa de Vandenberg Dos. Margo se mantuvo a su lado con Miau en sus brazos. Los tres estudiosos de platillos estaban agolpados a su alrededor. Los bordes de todas sus sombras moteaban de púrpura y de oro el enrejado plateado del portón.
También había motas doradas y purpúreas sobre el Pacífico, a sus espaldas, donde el Errante, todavía bastante alto en el cielo, había empezado a descender hacia el plácido océano. Todavía mostraba la cara que Rama Joan había llamado el mandala, aunque ahora la parte amarilla occidental crecía y la oriental menguaba a medida que la esfera rotaba. Proyectaba un intenso crepúsculo a través del paisaje costero, cubierto de malezas, y convertía el cielo en un encerado gris en el que sólo se vislumbraban cinco o seis estrellas.
El jeep que había traído al mayor Humphreys al badén todavía gruñía desde lo alto y miraba fijamente con sus innecesarias luces delanteras. Uno de los dos soldados que lo acompañaban estaba sentado al volante, el otro estaba de pie a su lado. El guardia armado del portón estaba fuera del cerco, en la oscura puerta de la torre. Tenía la mirada fija en el mayor. Su metralleta estaba oculta en la sombra, salvo un aro púrpura que brillaba en el cañón.
El mayor Humphreys tenía los ojos pensativos y la boca arqueada hacia abajo de un maestro de escuela, pero en ese momento su expresión dominante era la misma que la del soldado de guardia: tensa, pero con una tensión que intentaba enmascarar el miedo.
Paul, con su suave cara agradable algo firme por la responsabilidad que sentía, dijo:
—Esperaba que fuera usted, mayor. Esto evita un montón de dificultades.
—Tiene suerte, porque no vine por usted —respondió el mayor Humphreys con aspereza, y luego añadió de prisa—: Unos pocos de la sección de Los Ángeles lograron escapar antes de que desapareciera la autopista de la costa. Esperamos que el resto pueda llegar por la carretera de montaña de Mónica o por Oxnard. O los traeremos en helicóptero, especialmente a los del Centro Tecnológico de California. Pasadena padeció lo suyo con el segundo temblor. —Se refrenó, con el entrecejo fruncido y sacudiendo la cabeza como si estuviera irritado por haber dicho tanto. Luego continuó por encima de la ráfaga de exclamaciones de los platillistas:— Bueno, Paul, no dispongo de toda la noche..., de hecho, no tengo ni un minuto. ¿Por qué ha venido por el portón de la playa? Reconozco a la señorita Gelhorn, por supuesto... —Hizo una breve inclinación de cabeza a Margo.— Pero, ¿quiénes son los demás? —Su mirada recorrió a los estudiosos de los platillos, deteniéndose dubitativa ante la barba castaña de Ross Hunter.
Paul vaciló.
Doc, que parecía un Sócrates moderno de cara larga con su cráneo calvo y sus gruesas gafas, se aclaró la garganta y se dispuso a arriesgarlo todo diciendo con voz grave: «Somos empleados de la sección del señor Hagbolt». Sospechaba que ése era uno de los momentos en que es esencial una mentira piadosa.
Pero Doc había vacilado una fracción de segundo de más. El Hombrecito, abriéndose camino hasta la primera fila, junto a él, clavó en el mayor una mirada benigna. Una sonrisa confiada anidó bajo el cepillo de su bigote cuando dijo con una desenvoltura propia de un abogado:
—Yo soy secretario y todos somos miembros de importancia de la Asociación de Estudiantes de Meteoros y OVNI del Sur de California. Estábamos celebrando un simposio acerca del eclipse en la casa de fin de semana de los Rodgers, después de haber obtenido una autorización de los propietarios, aunque no era estrictamente necesaria, y la aprobación de su cuartel general.
Doc gruñó de manera casi audible.
El mayor Humphreys adoptó una actitud rígida.
—¿De modo que son chiflados dedicados a los platillos volantes?
—Correcto —contestó dulcemente el Hombrecito—. Pero por favor, no chiflados: estudiosos. —Su brazo izquierdo fue arrastrado hacia atrás y se balanceó sobre los talones, pues Ragnarok, inquieto, tiraba de la traílla.
—Estudiosos —repitió como un eco dubitativo el mayor Humphreys, mirándolos de arriba abajo, como si, pensó Paul, fuera a pedirles la tarjeta de inscripción en la universidad.
Paul explicó con gravedad:
—Sus coches quedaron sepultados por el deslizamiento de tierra junto con el mío, mayor. Difícilmente la señorita Gelhorn. y yo estaríamos aquí sin su ayuda. No tienen dónde ir. Una de ellos tiene un ataque cardíaco, y hay también una niña.
La mirada del mayor Humphreys vaciló ante Rama Joan, que estaba de pie detrás de Hunter. Ella avanzó un paso, sorteándolo, y se exhibió de cuerpo entero: sus cabellos de color rojo dorado hasta los hombros y su frac; luego sonó gravemente e hizo una pequeña reverencia. Ann, con sus trenzas rojizo—doradas, a juego, se puso a su lado. Parecían tan extrañamente hermosas y tan insultantemente perversas como una ilustración de Aubrey Bearsdley para «El libro Amarillo».
—Yo soy la niña —explicó con serenidad Ann.
—Ya lo veo —dijo el mayor Humphreys, asintiendo de prisa con la cabeza. Luego se volvió—. Mira, Paul —agregó apresurado—. Lo siento, pero Vandenberg Dos no puede acoger a las víctimas del terremoto. Esa cuestión ha sido ya examinada y decidida. Sabes perfectamente que nuestro trabajo es de vital importancia, y una situación de emergencia sólo vuelve más severas las medidas de seguridad.
—Disculpe —interrumpió Wojtowicz—, ¿quiere decir entonces que los temblores fueron realmente importantes en el condado de Los Ángeles?
—Puede ver los incendios, ¿no es así? —le contestó con brusquedad el mayor Humphreys—. No, no puedo contestar preguntas. Entre en la torre, Paul. Usted también, señorita Gelhorn..., sola.
—Pero estas personas no son refugiados corrientes, mayor —protestó Paul—. Serán útiles. Ya han llegado a algunas conclusiones interesantes acerca del Errante.
Tan pronto como hubo pronunciado esta última palabra, la faz dorada y púrpura, momentáneamente olvidada, dominó nuevamente los pensamientos de todos.
Los dedos del mayor Humphreys se aferraron a la tela metálica al acercar su cara a la de Paul. Con una voz en la que la desconfianza, la curiosidad y el miedo se mezclaban extrañamente, preguntó:
—¿El Errante? ¿De dónde sacó ese nombre? ¿Qué sabe usted del... cuerpo?
—¿Cuerpo? —interrumpió Doc, exasperado—. Cualquier tonto puede ver ya que es un planeta. En este momento la Luna está en órbita por detrás de él.
—Nosotros no somos responsables, si eso es lo que está pensando —aclaró por su parte Rama, con ligereza—. No hemos conjurado su presencia.
—Sí, y no sabemos tampoco dónde estaba sepultado el cuerpo antes —agregó Doc con viveza—. Aunque algunos de nosotros sospechamos que hay un cementerio en el hiperespacio.
Hunter le dio una patada disimuladamente.
—«Errante» es simplemente un nombre que le dimos porque significa «planeta» —intervino con intención de calmar al mayor.
—Errante sirve por el momento, aunque el verdadero nombre sea Ispan. —La voz del Escobillón resonó hueca desde donde su cara angular, ojerosa y con las mejillas hundidas, sobresalía en la sombra por encima del hombro del Barbitas. Añadió:— Es probable que los sabios imperiales se hayan puesto ya en contacto con Washington.
Los hombros del mayor Humphreys se contrajeron como si algo le hubiera picado. Dijo cortante:
—Entiendo. —Luego, a Paul:— Venga. Y la señorita Gelhorn..., sin el gato.
—¿Quiere decir que rechaza a esta gente? —preguntó Paul—. ¿A pesar de que respondo por ella? ¿Estando una mortalmente enferma?
—El profesor Opperly tendrá algo que decir sobre su conducta, mayor, no me cabe duda —dijo Margo con aspereza.
—¿Dónde está ese caso cardíaco? —preguntó el mayor Humphreys, y la rodilla le empezó a saltar como había saltado la del guardia.
Paul miré, a su alrededor en busca de la camilla, pero entonces el considerable bulto de Wanda se abrió camino hasta quedar entre Hunter y Rama Joan.
—Soy yo —anunció dándose importancia.
Doc volvió a gruñir. Wojtowicz miró a la mujer gorda con reproche, frotándose el hombro que había sufrido el peso de una de las esquinas de la camilla.
El mayor Humphreys exhaló ruidosamente por la nariz.
—Venid..., sólo vosotros dos —les dijo a Margo y a Paul, y se volvió hacia el jeep.
—Mejor que le hagáis caso —le susurró Hunter a Margo— antes de que cambie de opinión. Es lo mejor para ti y para Paul.
—¿Sin Miau? —se quejó Margo.
—Nosotros te la cuidaremos —le aseguró Ann.
Esto último produjo su efecto en la agitada incertidumbre de Paul. Quizá fuera puro sentimentalismo dejar que una gata y la irreflexiva generosidad de una niña decidieran de qué lado se inclinaba la balanza. Pero:
—¡No iré! —se oyó gritar.
Con una voz que intentó que sonara irascible, el mayor Humphreys gritó a su vez:
—No seas melodramático, Paul. No tienes opción. No puedes abandonar el Proyecto.
El brazo libre de Margo rodeó a Paul con un apretón de aliento. Doc le murmuró en el oído:
—Espero que sepa lo que está haciendo.
Paul vociferó:
—¡Mierda que no puedo!
El mayor Humphreys se encogió de hombros y subió al jeep. El guardia cerró la puerta de la torre tras él y se dirigió hacia los doce que estaban frente al portón.
—Circulen —ordenó nervioso, meneando el cañón de su metralleta. Un alambre pesado que salía de su mano izquierda se arqueaba por detrás de él: los controles de sus cohetes.
Salvo el Hombrecito, todos retrocedieron ante la ametralladora; incluso Ragnarok, pues su amo había soltado la traílla mientras miraba a través del cerco con escandalizado asombro.
—¡Mayor! —gritó—. ¡Su conducta es vergonzosa e inhumana, y procuraré que mi opinión quede registrada! Sepa usted que yo pago mis impuestos, señor. ¡Mi dinero presta apoyo a instituciones como Vandenberg Dos y paga los salarios de los funcionarios públicos como usted, vistan uniforme o no, por mucho latón que luzcan esos uniformes! Tenga a bien reconsiderar...
El guardia avanzó hacia él. Era evidente que quería que todo este problema desapareciera de su vista antes de volver a quedarse solo. Dijo con un rechinar de dientes:
—¡Usted, calle y circule! —y con el costado del cañón empujó ligeramente al Hombrecito.
Con un gruñido como el de un mecanismo de relojería que pierde el control, Ragnarok se precipitó desde detrás del grupo, con la traílla suelta, y se lanzó a la garganta del guardia.
Los cohetes del guardia florecieron —como si le hubiera crecido un par de piernas adicional de brillante color anaranjado— y se levantó en el aire. Al hacerlo, hizo una notable demostración de puntería metiendo cuatro proyectiles en el cuerpo de su atacante. El gran perro policía alemán cayó para ya no volver a moverse.
El grupo echó a correr y luego se detuvo.
Sobrevolando el cerco, el guardia se dejó caer en tierra del otro lado mientras hacía funcionar brevemente sus cohetes para amortiguar el aterrizaje.
El Hombrecito se dejó caer de rodillas junto al cuerpo de su perro.
—¿Ragnarok? —Hizo una pausa con incertidumbre. Luego:— Vaya, está muerto. —Había un profundo desconcierto en su voz.
Wojtowicz cogió la camilla de aluminio y avanzó corriendo con ella.
—Es demasiado tarde. Ya no podemos hacer nada —murmuró el Hombrecito.
—No puede dejarle aquí —dijo Wojtowicz.
Cargaron el perro muerto sobre la camilla. El brillo del Errante era suficiente como para que se advirtiera el color de la sangre.
Margo le pidió a Paul que sostuviera a Miau, y quitándose la chaqueta la tendió sobre Ragnarok. El Hombrecito hizo una muda señal de agradecimiento con la cabeza.
Luego el pequeño cortejo recorrió de vuelta el camino por donde había venido, a través del crepúsculo manchado de púrpura y oro.
El joven Harry McHeath señaló hacia el mar.
—Mirad —dijo—. Hay allí un cachito blanco. La Luna está saliendo desde detrás del Errante.

Donald Merriam. se estremeció al ver que las ligeras hebras negras que unían la nariz de la Luna a la parte superior del Errante adquirían la coloración blanca de un hueso; era posible verlas ahora con mayor facilidad y recordaban más que nunca una telaraña.
Luego la nariz de la Luna también adquirió ese mismo color óseo: un pequeño cuarto creciente blanco que se alargaba velozmente para luego aplanarse. Las hebras blancas salían de la nariz de la Luna y se arqueaban luego hacia arriba.
Había en el cuarto creciente algo profundamente perturbador: mientras crecía, parecía volverse muy convexo, como si la Luna estuviera tomando la forma oblonga de una pelota de rugby. Pero este borde excesivamente convexo no aparecía liso contra el espacio negro tachonado de estrellas, sino algo rugoso. También tenía ese aspecto el límite entre la Luna negra y el cuarto creciente. Y había profundas resquebrajaduras en la superficie del cuarto creciente, como si la Luna estuviera representada en un mosaico bizantino.
De pronto, un resplandor blanco irrumpió deslumbrante desde estribor hacia la punta de la Baba Yaga. Los reflejos venidos desde el borde de babor de la pantalla espacial. casi cegaron a Don.
Cerró los ojos y buscó a tientas un par de gafas polarizadas, y se las puso regulándolas al máximo de su capacidad. Luego, mediante un doble resoplido de los cohetes del vernier hizo virar la nave a estribor.
Allí, recién salido desde detrás del Errante, estaba el deslumbrante disco del Sol junto al círculo oscuro de la Tierra: una moneda blanca de calor junto a un dólar teñido de hollín. Como la Luna y las hebras, la Baba Yaga había completado su primer pasaje tras el Errante y volvía a salir a la luz del Sol.
Don reajustó los cristales de las gafas para bloquear el destello enceguecedor del Sol y luego redujo la polarización hasta poder ver el lado nocturno de la Tierra a la luz del Errante. El tercio oriental de América del Norte había entrado ya en zona diurna. Toda América del Sur había desaparecido. El resto del globo era el océano Pacífico, excepto donde empezaba a verse Nueva Zelanda en el borde inferior de la izquierda: allí estaría cayendo la noche.
Don se asombró al ver cuánto confortaba su corazón volver a ver, la Tierra: no estaba perdido al otro lado del cosmos, sino ¡sólo a medio millón de kilómetros de distancia!

Los neozelandeses y los polinesios abandonaron corriendo las mesas y las esteras donde estaban cenando para ver el prodigio que se levantaba con la caída de la tarde. Muchos de ellos supusieron que el Errante debía de ser la Luna monstruosamente desfigurada —lo más probable por experimentos atómicos americanos o soviéticos fuera de control— y que el púrpura y el oro eran la aureola de una explosión nuclear que había alcanzado la Luna. Transcurrieron horas de discusión antes de que se convencieran de que no era así. Pero la mayor parte de los habitantes de Australia, Asia, Europa y África seguían aún dedicados a sus tareas cotidianas, en una feliz y despreocupada ignorancia de la presencia del Errante, excepto por la noticia de un frenético fenómeno americano publicado en los periódicos, que bien podía clasificarse junto al fárrago de noticias sobre los senadores, las estrellas de cine, el fundamentalismo religioso y la Coca—Cola. Los más perspicaces pensaban: Eso no es más que publicidad para una nueva película de horror o... —¡ya lo tengo! — un pretexto para presentar nuevas exigencias a China y a Rusia. No se veía conexión —salvo unos pocos psicólogos en extremo sutiles— entre las enloquecidas historias acerca de la Luna y los informes, de rotunda veracidad, por cierto, acerca de los desastres ocasionados por los terremotos.
El océano Atlántico estaba también en el lado diurno de la Tierra, pero ésa era una historia diferente, pues la mayoría de los vehículos que seguían sus vías marítimas o aéreas regulares habían visto al Errante durante las últimas horas de la noche. Éstos intentaban desesperadamente encontrar noticias en las ondas perturbadas por interferencias y trataban de hacer llegar informes y solicitudes de instrucciones a los propietarios y las autoridades marítimas. Unos pocos se dirigieron a los puertos más próximos. Otros, con notable prudencia, se dirigieron a mar abierto.
El Prince Charles sufrió una transición drástica. Un grupo de insurrectos brasileños fascistas, con la ayuda de dos oficiales de origen portugués, tomaron el control del gran transatlántico de lujo. El capitán Sithwise fue hecho prisionero en su propia cabina. Los planes de los insurrectos habían sido brillantemente concebidos, pero probablemente jamás habrían tenido éxito sin la excitación producida por la «emergencia astronómica». Con un sentimiento que era casi de temerosa veneración, advirtieron que, a expensas de seis hombres muertos de un tiro y tres heridos entre los suyos, habían tomado el control no sólo de un barco tan grande como un hotel de veraneo, sino también de dos reactores atómicos.
Wolf Loner desayunó cómodamente y se dispuso luego a llevar a cabo sus pequeñas tareas matinales en el Endurance, que iba rumbo al oeste bajo una capa de nubes. Sus pensamientos se centraban en las grandes regularidades de la naturaleza, ocultas por la vida moderna.
Don Guillermo Walker se precipitaba en la lancha de los Araiza fuera del lago Nicaragua y entraba en el río San Juan, dejando atrás el pueblo de San Carlos, al tiempo que el amanecer enrojecía la jungla. Ahora que el Errante había abandonado el cielo, Don Guillermo sentía menos inclinación a pensar en volcanes y terremotos y se mostraba más proclive a regodearse en su exitoso bombardeo de la fortaleza del presidente desde el pequeño aeroplano que ahora descansaba en el fondo del lago. ¡Sic semper todos los izquierdistas! ¡Por fin se había graduado realmente en la melindrosa Sociedad John Birch! Cuando menos, así lo consideraba Don Guillermo.
Se golpeó el pecho y exclamó:
—¡Yo soy un hombre!
Uno de los hermanos Araiza, que fruncía el entrecejo ante el sol naciente, asintió con la cabeza y dijo:
—Sí —pero sin gran entusiasmo, como si ser un hombre no fuera para tanto, después de todo.

Quince
Paul Hagbolt tuvo que confesarse a si mismo que andar por la arena resulta fatigoso, aun cuando uno lo haga con nuevos amigos y bajo un cielo iluminado por un nuevo planeta. El regocijo que le había producido ser capaz de desafiar al mayor Humphreys y al Proyecto Lunar se había desvanecido al poco rato, y esta agotadora caminata por la playa le parecía particularmente falta de objetivo y deprimente.
—Uno se siente solo, ¿no es así? —dijo suavemente Rama Joan—, cuando se renuncia al gran protector y se opta por la propia suerte —y la de su chica— con un puñado de chiflados para asistir al funeral de un perro.
Iban al final de la procesión, muy por detrás de la camilla que llevaban Clarence Dodd y Wojtowicz.
Paul no pudo evitar reírse.
—Es usted franca —dijo—. Aunque Margo no es mi chica..., quiero decir, los sentimientos corren todos por mi cuenta. En realidad, somos sólo amigos.
Rama Joan lo miró con sagacidad.
—¿Y qué? Un hombre puede desperdiciar su vida entera en una amistad, Paul.
Paul asintió, desdichado.
—La misma Margo me lo ha dicho —dijo—. Pretende que yo me conformo haciendo de gallina clueca a su alrededor e intentando alejar a los demás hombres de su lado. Salvo a Don, por supuesto... Y piensa que el interés que siente por él es más que fraternal, aun cuando yo no lo sepa.
Rama Joan se encogió de hombros.
—Podría ser, supongo. La estructura que formáis tú, Margo y Don no parece natural.
—No, es perfectamente natural a su modo —le aseguró él con una especie de lóbrega satisfacción—. Los tres fuimos a la escuela secundaria y a la universidad juntos. Nos interesábamos por la ciencia y otras cosas. Armonizábamos. Luego él se dedicó a la ingeniería y la astronáutica, mientras que yo me dediqué al periodismo y al trabajo de relaciones públicas y Margo al arte. Pero estábamos dispuestos a seguir juntos, de modo que cuando Don ingresó en el Proyecto Lunar, también nosotros nos las compusimos para hacerlo. Yo, al menos, lo hice. Por aquel entonces, Margo había decidido que él le gustaba un poquito más que yo —o que lo amaba, sea eso lo que fuere— y se comprometieron. De modo que eso quedó solucionado... Quizá simplemente porque nuestra sociedad no mira con buenos ojos las situaciones triangulares. Luego Don partió a la Luna. Nosotros permanecimos en la Tierra. Eso es todo, hasta esta noche, en la que parezco haber quedado incorporado a vuestra gente.
—Quizá porque te faltaba una explosión. Bien, yo sí puedo decirte por qué estoy aquí —continuó la pelirroja—. Podría estar a salvo en Manhattan, como esposa de un ejecutivo de empresa publicitaria: Ann asistiendo a una escuela de lujo, yo pronunciando ocasionalmente una conferencia sobre misticismo en un club femenino. En cambio, me he divorciado, complemento una pequeña herencia con lo que me pagan por las conferencias e invisto el misticismo con toda clase de atuendos carnavalescos. —Señaló la corbata blanca y la levita emitiendo una risa despreciativa.— «Protesta masculina», suelen decirme mis amigas. «No, sólo protesta humana», les contesto yo. Quería poder decir las cosas en las que realmente creo y decirlas hasta el fondo..., cosas que sólo a mí me pertenecían. Quería que Ann tuviera una verdadera madre, no sólo una estadística bien vestida.
—Pero ¿crees realmente en las cosas que dices? —preguntó Paul—. Budismo, creo, ese tipo de cosas.
—No creo en ellas tanto como me gustaría, pero creo en ellas tanto como puedo —le dijo—. La certeza es un lujo. Si uno dice las cosas con placer y colorido, al menos es un individuo. Y aun si se las falsea un poco, uno sigue siendo uno mismo; y si se insiste, quizás algún día se obtenga un trocito de verdad..., como lo hizo Charlie Fulby cuando nos dijo que conocía esos planetas suyos no por haber viajado en platillo volante, sino por intuición.
—Es paranoico —murmuró Paul mirando al Escobillón, que marchaba junto a la camilla con Wanda a su derecha y la mujer delgada a su izquierda—. Esas dos mujeres ¿son sus discípulas, sus mecenas o qué?
—Estoy segura de que es algo paranoico —dijo Rama Joan— pero seguramente tú no eres de los que piensan que la gente cuerda tiene el monopolio de la verdad ¿o me equivoco? No, creo que son sus esposas... Se crió en el seno de una secta en la que el matrimonio es una cosa... un poco complicada. Oh, Paul, nos encuentras gente alarmante, ¿no es cierto?
—En realidad, no —protestó él—. Pero siempre resulta más tranquilizador moverse con la mayoría.
—Y con el dinero y el poder —convino Rama Joan—. Bueno, anímate..., la mayoría y los chiflados se pasan gran parte de¡ tiempo haciendo lo mismo: satisfaciendo necesidades básicas. Estamos todos volviendo al pabellón en la playa simplemente porque pensamos que allí habrá café y bocadillos.
A la cabeza de la procesión, Hunter le estaba diciendo a Margo Gelhorn aproximadamente lo mismo:
—Empecé a asistir a las reuniones sobre platillos volantes porque tenía la idea de llevar a cabo un estudio sociológico —le confesó—. Iba a toda clase de encuentros: los de los que están a la vanguardia en materia de contactos extraterrestres, como Charlie Fulby, los de los que se consideran a sí mismos gente seria, los de los que están en término medio y los que son un poco una mezcla de todos, como este grupo. Quería analizar ese síndrome social y escribir algunos artículos sobre él, pero al cabo de un tiempo tuve que admitir que seguía asistiendo porque quedé enganchado.
—¿Por qué, profesor Hunter? —preguntó Margo apretando a Miau contra sí. Tenía frío sin la chaqueta, y la gata estaba como una botella de agua caliente—. ¿El platillismo lo hace sentir bohemio y diferente, como el hecho de llevar barba?
—Llámame Ross. No, no lo creo, aunque sospecho que la vanidad desempeña su papel en la cuestión. —Se tocó la barba.— No, fue simplemente porque encontré gente que estaba dispuesta a perseguir un objetivo, sentía verdadero entusiasmo por lo que hacía y se entregaba a ello desinteresadamente... Y eso ya no es muy común en nuestra cultura, donde predominan el dinero, los negocios y la situación social, y donde a uno no le permiten brindarse a nadie pero está en cambio casi obligado a venderse a todo el mundo. Por eso resolví hacer mi propia contribución: las conferencias y las intervenciones en las mesas redondas. Ahora me dedico tanto al platillismo como Doc, que se mata vendiendo pianos —es un as en ello— para poder dividir el resto de su tiempo entre el platillismo, el ajedrez y una que otra juerguilla.
—Pero Doc es soltero, mientras... que tú, según creo, dejaste entrever que tenías una familia, Ross —señaló Margo no sin cierta malicia.
—Oh, sí —admitió él casi a desgana—. Allá en Portland hay una señora Hunter y dos niños que piensan que papá pasa demasiado tiempo con los chiflados de los platillos, teniendo en cuenta los muy pocos artículos que ha logrado publicar sobre el asunto y el daño que esto ha ocasionado a su reputación académica.
Pensó añadir: «Y en este momento estarán todavía levantados preguntándose por que papá no está en casa justamente la noche en que el cielo ofrece un aspecto interesante y los platillos cobran realidad», pero se dio cuenta de que habían llegado a la casa de la playa con su vieja pista de baile. Vio que todavía estaba encendida allí la lámpara verde, y junto a ella una silla con un pequeño montón de programas que no habían sido usados, y allí estaban muy en desorden (¿cuándo reclamaría Doddsy el depósito que habían hecho por ellas en la Funeraria Polaca de Oxnard?). Había además un abrigo que alguien había olvidado, plegado sobre una de las sillas, y la larga mesa de los conferenciantes y, bajo ella, unas cajas de cartón que habían dejado en su apresuramiento. Y a unos pocos metros, clavado en la arena, el gran paraguas plegado que Doc había utilizado como parte de un rústico astrolabio cuando comprobó por primera vez el movimiento del Errante.
Cuando Ross vio estas cosas recortadas sobre el Pacífico espectralmente tranquilo y manchado de púrpura y oro, sintió una gran oleada inesperada de afecto, de nostalgia y de alivio, y de pronto se dio cuenta de por qué, después de haber sido rechazados por un deslizamiento de tierra, un cerco de acero y un mayor burócrata, habían caminado trabajosamente de vuelta a este sitio.
Era simplemente que para ellos significaba el hogar, el sitio en que habían estado juntos a salvo y donde habían sido testigos de los cambios habidos en el cielo, y cada uno de ellos sabía en la más profundo de su corazón que aquél podía ser quizá el último hogar que algunos de ellos tendrían.
Sin prisa, Wanda, la mujer delgada y el joven Harry McHeath fueron a buscar las cajas bajo la mesa.
Wojtowicz y el Hombrecito depositaron en tierra la camilla, que llevaba ahora el cuerpo de Ragnarok, amortajado a medias con la chaqueta de Margo.
Wojtowicz miró a su alrededor, luego señaló el paraguas y dijo con voz firme:
—No sé por qué, pero creo que ése debería ser el sitio adecuado..., quiero decir, si no tiene usted inconveniente —añadió dirigiéndose a Doc, que había caminado en silencio durante todo el camino desde Vandenberg Dos junto al Hombrecito.
—No, me enorgullecería —le respondió Doc con voz ronca.
Levantaron la camilla, y Doc recuperó su paraguas. Entonces Wojtowicz cogió una pala de debajo del colchón que había sobre la camilla y empezó a cavar.
La mujer gorda, que había alcanzado a ver la maniobra de Wojtowicz, dijo:
—No es de extrañar que haya sentido que algo se me clavaba en el costado durante todo el tiempo.
Wojtowicz hizo una pausa en su trabajo para contestarle:
—Tendría que estar enormemente agradecida de haber disfrutado de un viaje gratis mientras pensaba que padecía un ataque al corazón.
—Mire —replicó Wanda, elevando la voz con enfado—, cuando sufro un ataque al corazón es algo grave, no cabe duda de ello. Pero cuando el ataque se me ha pasado, se me ha pasado.
—Está bien —gruñó Wojtowicz por encima del hombro.
La pala hacía un ruido apagado y limpio mientras él cavaba. La mujer delgada y Harry McHeath limpiaron de arena algunas copas y las dispusieron sobre la mesa. Los demás observaban cómo la Luna emergía desde detrás del Errante, que parecía aplanarse mientras iba hundiéndose en el Pacífico.
La Luna parecía cónica..., aplastada. Y en lugar de las manchas lisas y uniformes de los «mares» sobre su superficie, había unos ligeros rastros de líneas de sombra, que aquí y allá reflejaban pálidamente los colores del Errante. El efecto era horripilante: sugería un saco de huevos de araña.
Un nacimiento con fórceps, pensó el Escobillón. La Virgen Blanca, fecundada por Ispan, se pare a sí misma con dolor... r &be parirse a sí misma una y otra vez en continuo tormento. No me había percatado de ello.
Margo pensó: Lamento haberla llamado perra. Don...
—Su joven amigo estaba allí arriba, ¿no es cierto? —le susurró Rama Joan a Paul—. Ella podría convertirse ahora en tu chica, Paul.
Wojtowicz se enderezó.
—Esto es todo lo profundo que podemos cavar —le dijo con voz ronca al Hombrecito—. Si seguimos, nos toparemos con agua.
Se volvieron hacia la camilla. Clarence Dodd desprendió la traílla del pesado collar y levantó un poco la chaqueta que cubría el cuerpo de Ragnarok, interrogando a Margo con la mirada, pero ésta negó silenciosamente con la cabeza. Dirigiéndole la mueca de una sonrisa, él volvió a dejar caer la chaqueta. Clarence Dodd, Wojtowicz y Doc depositaron al perro amortajado en su tumba, tan poco profunda. Miau se incorporó en los brazos de Margo y miró con curiosidad.
Sobre el Pacífico, el Errante flotaba de una manera muy extraña, como si un punto ciego adquiriera repentinamente colores fulgurantes, y su silueta esférica parecía aún más perfecta al lado de la borrosa y mutilada masa de luna emergente. La parte occidental de color amarillo había rotado hasta perderse de vista, de modo que la cara que el disco mostraba se había vuelto tripartita; pero la impresión que producía, con los dos gruesos brazos orientales de la cruz púrpura que se extendían por arriba y por abajo de la gran parte amarilla oriental, era la de la cabeza de una bestia púrpura con las mandíbulas abiertas.
El Lobo Fenris, pensó Harry McHeath. r ahora parece que estuviera devorando la Luna, que girando a su alrededor ha ido a colocarse exactamente frente a sus mandíbulas.
—Parece un perro enorme dispuesto a morder —dijo Ann pensativa—. Mamita, ¿crees que los dioses han puesto a Ragnarok allá arriba, como solían poner a los héroes griegos y a las ninfas en las estrellas?
—Sí, creo que eso es lo que ha ocurrido, querida —le dijo Rama Joan.
El Hombrecito cogió automáticamente su cuaderno y su pluma y echó una mirada perpleja sobre la siguiente página en blanco. Margo le pidió a Paul que sostuviera la gata unos minutos, tomó lo que el Hombrecito tenía en las manos y le trazó un croquis del Errante, imitando su estilo esquemático.
CUATRO HORAS

La serpiente se atraganta con el huevo, pensó el Escobillón. ¿O será quizá que los caminos se bifurcan?
Wojtowicz echó rápidamente con la pala primero la arena seca y luego la húmeda en la tumba. Doc cogió la traílla de manos del Hombrecito y rodeó fuertemente con ella el mango de su paraguas, dejándola fijada allí. Cuando Wojtowicz hubo alisado la arena con la pala y dado un paso atrás, Doc hundió profundamente el paraguas en el centro de la tumba improvisada.
—Mira, Doddsy —dijo rodeando con el brazo los hombros del Hombrecito—. Tiene una marca recordatoria ahora. Una especie de caduceo.
Desde la plataforma, la mujer delgada anunció:
—¡Venid todos a beberlo! ¡El café está caliente!

Donald Merriam estaba otra vez sumido en la oscuridad. La Baba Yaga había quedado de nuevo eclipsada, y en esta ocasión por la Luna, que en ese momento pasaba frente al Errante. La pequeña nave lunar cayó entre los dos cuerpos. Seguía adelantándose a la luna, pero todavía no la había dejado atrás.
La luz directa del Sol había calentado rápidamente la cabina, pero antes de que el calor fuera desagradablemente excesivo, la Luna se había interpuesto entre la Baba Yaga y el Sol.
La oscuridad de este eclipse no era tan pronunciada como la del primero, pues estaba penetrada por el violeta y el amarillo del Errante que el Sol reflejaba. La luz del Errante revelaba el continuo bullir de rocas en la superficie de la Luna, que tenía el aspecto de un mar tormentoso visto desde un avión a la luz de la Luna llena.
A esta altura encima del planeta —dos mil quinientos kilómetros, de acuerdo con lo indicado por el radar—, Don sólo podía ver una quinta parte de su disco. Al pasar sobre la faz llamada en la Tierra la X, el Disco Mellado, la Rueda, la Cruz de San Andrés y el Mandala, sólo veía la parte amarilla occidental y un borde a su alrededor que se ensanchaba por delante; la parte oriental y los dos puntos polares amarillos no le eran visibles, ocultos por la curva del Errante.
Al ver la parte amarilla, que emergía del lado nocturno del Errante a través de la línea de la salida del Sol, Don tuvo la confirmación de que el planeta rotaba y que sus partes superior e inferior eran sus polos, siendo su eje aproximadamente paralelo al de la Tierra.
Al controlar la velocidad con que emergía el punto, Don estimó que el período de rotación del Errante era de seis horas: un «día» tenía sólo la cuarta parte de la duración del de la Tierra. Y rotaba en la misma dirección mientras él y la Luna se trasladaban en sus órbitas de dos horas; los rasgos de la superficie del planeta los seguían, pero quedaban atrás muy rápidamente.
Los puntos de resplandor verdoso del lado nocturno del Errante no parecían mostrarse jamás sobre el lado diurno; eran quizás una especie de fosforescencia visible sólo en la oscuridad. Tampoco, al menos dentro de lo que recordaba, había habido distinción entre las zonas violeta y amarilla en el lado nocturno; según parecía, era necesaria la luz del Sol para que ella se notara.
La mitad de la gran parte amarilla estaba ocupada por la sombra de la Luna, oscura, indudablemente elíptica y adoptando cada vez más esa forma. Mientras Don la examinaba, advirtió un círculo de un fantasmal verde pálido que empezaba a introducirse por su borde delantero; evidente mente, los puntos verdes existían en toda la superficie del Errante, aunque sólo eran invisibles a la luz del Sol.
De pronto, cobró conciencia de la evidente extrañeza de su situación: una insignificancia entre una ciruela negra y un pomelo rosa, los tres girando libres en el espacio.
Se imagino cuando niño en la cocina de la granja de Minnesota, mientras la primera oscuridad del crepúsculo presionaba sobre los cristales de la ventana, y él, Donnie, decía:
—Mamá, he encontrado un profundo agujero negro en el bosque, y sé que por fuerza tiene que llegar al otro extremo de la Tierra porque vi una estrella que titilaba en el fondo. Me asusté y, mamá, sé que no me creerás esto, pero al venir corriendo a casa ¡vi un planeta amarillo y púrpura tras el granero!
Se sacudió de encima ese pseudorrecuerdo. Por extraña que fuera esa situación, quedaba empequeñecida ante el hecho real de haber vivido un mes en la Luna y haberla atravesado en una nave espacial.
Dirigió su atención a las hebras blancas que colgaban de la nariz de la Luna. Hizo girar la nave para poder seguir con la mirada contra las estrellas el curso curvo de las hebras, que divergían al principio y comenzaban luego a converger otra vez mientras se desvanecían hacia el norte sobre el horizonte violeta del Errante.
Bien, si las hebras blancas ataban de algún modo la Luna al Errante, era obvio que debían estar sujetas al polo de éste. Unidas a un punto del ecuador del Errante, se estirarían y se romperían, o se enredarían alrededor del planeta, pues la Luna rotaba tres veces más de prisa que éste.
¡Atadas! ¡Enredadas! Las estaba concibiendo como verdaderas hebras, como si el Errante y la Luna fueran dos ornamentos de un árbol de Navidad.
De cualquier modo, las hebras blancas tenían que ser algo concreto.
Las siguió de vuelta a lo largo de su curso hasta la nariz de la Luna. La Baba Yaga estaba ahora delante de la Luna, pero se hallaba todavía a su sombra porque las dos empezaban a esconderse otra vez tras el Errante: la negra línea de la puesta de sol que había visto por primera vez a través del abismo abierto en la Luna estaba de nuevo a la vista, cortando el horizonte violeta.
La nariz de la Luna estaba en la sombra, con su superficie de un bronce oscuro y bullente. Don cogió de un estante un par de binoculares con lentes de gran aumento y los enfocó cuidadosamente.
En la nariz bullente de la Luna había una docena de enormes pozos cónicos. La superficie interior de estos pozos giraba velozmente en el sentido de las agujas del reloj, como si fueran remolinos dentro de una roca fracturada.
Cada una de las delgadas hebras blancas, que adquirían un color bronce oscuro al penetrar en la sombra de la Luna, llegaba al fondo de cada pozo, al centro mismo de su remolino, y se mantenía girando en un pequeño circuito, al compás del remolino. Las hebras se espesaban un tanto al avanzar hacia sus inquietas raíces. Parecían trombas marinas o el brote de un tomado.
Alrededor de cada pozo había tres o cuatro puntos de color violeta brillante o limón. Don había visto dos o tres puntos semejantes a lo largo de los filamentos. Se le ocurrió que quizá fueran grandes naves espaciales, presumiblemente del Errante, que tal vez generaban alguna especie de campos gravitacionales o de momentos cinéticos.
Por consiguiente, la conclusión que podía extraerse de los pozos con remolinos y los ligamentos que se les unían era clara: de algún modo la sustancia de la Luna, en forma de polvo y grava y quizá rocas de menor tamaño, estaba siendo succionada y llevada a través del espacio hacia el polo norte del Errante.

Arab, Pepe y High estaban sobre el Hudson compartiendo un porro, dispuestos a arrojarlo al agua pálida cubierta de una untuosa película si alguien se acercaba.
Pero nadie lo hizo. La ciudad estaba extrañamente silenciosa, a pesar de que eran ya casi la seis de la mañana. De modo que High tiró de un capirotazo la colilla, ahora reducida a un centímetro, y Arab encendió otro porro y se lo pasaron en círculo.
Su llegada al río, después de haber cortado camino por el norte dejando atrás los edificios del General Grant y pasando por el paseo arbolado de Henry Hudson, había resultado decepcionante. Sencillamente al oeste no había nada, sólo el cielo pálido, los malecones distantes, el muelle y el extremo sur de los acantilados.
—Ha desaparecido de algún modo —decidió High—. Quizá sencillamente se puso. —Rió. Su mirada se dirigió al sur, hacia la tumba del General Grant.— ¿Qué piensa usted, general?
—El río parece crecido, almirante —juzgó Arab, frunciendo el entrecejo mientras prendía un tercer porro para todos.
—Por cierto que sí —convino High—. ¡Mira cómo baña ese desembarcadero!
—Eso no es un desembarcadero —protestó Arab despectivo—. Es una barcaza hundida.
—Es lo mismo, el agua tiene tres metros más de altura que cuando vinimos.
— ¡Estás loco!
—Sé dónde ha desaparecido, además —exclamó Pepe de pronto—. Esa cosa grande, púrpura y dorada es un aparato anfibio..., ¡una combinación de globo con submarino! Se ha sumergido. Por eso el río está crecido. Está metida allí abajo, resplandeciendo en la oscuridad húmeda.
Mientras el delicioso horror de la fantástica idea estremecía todavía a sus compañeros, Pepe se llevó las manos con los dedos extendidos a las mejillas y volvió a gritar precipitadamente:
—¡No, esperad! No es eso. Es una explosión atómica congelada. Iniciaron la explosión y luego helaron la bola de fuego. Flota por ahí como un relámpago esférico, primero sobre el río, luego debajo. Cuando se descongele, la ciudad saldrá disparada: ¡uisst! ¡Mirad allí!
El Sol rojo resplandecía desde la hilera de ventanas a lo largo del río, tan bajas que parecían formar parte del agua. De pronto, el pretendido horror se hizo para todos ellos espantosamente real: el miedo súbito que ningún fumador de hierba puede evitar del todo.
—¡Vamos! —El alarido de Arab llegó apenas al nivel de un susurro.
Se volvieron y corrieron de regreso a Harlem.

Jake Lesher hizo una mueca de desprecio con los labios cuando advirtió que la multitud comenzaba a dispersarse.
Con la puesta del Errante y la aparición de la luz grisácea de la mañana, la excitación en Times Square había ido mermando. Los escombros del temblor de tierra parecían ahora meramente desperdicios desparramados: simplemente una demolición más en Manhattan.
Con incredulidad, como si fueran algo salido de una extravagante comedia musical, recordó la canción de Sal y la multitud que danzaba bajo la vasta inundación de luz púrpura y ámbar. Relajó entonces la mueca de sus labios y los ojos se le agrandaron un poco, pero dejó de mirar al sentir que los primeros filamentos de un sueño le rozaban los bordes de la imaginación..., de un sueño o de un plan, pues ambas cosas se encontraban muy próximas en el universo de Jake.
Sally Harris, desde atrás, enlazó con su brazo como una serpiente el de él. Al hacerlo girar, le susurró rápidamente en el oído:
—Vamos, salgamos de aquí antes de que esos otros lobos me encuentren. Son sólo cuatro manzanas.
—No debes sobresaltarme de ese modo, Sal —se quejó Jake—. Estaba concibiendo una idea de esas que valen una fortuna. ¿Adónde vamos?
—Acababas de decir que ya nada podría sobresaltarte. Te llevamos a desayunar al ático de Hugo Hasseltine..., yo y la llavecita que tengo. Después de ese temblor, cuanto más arriba esté, más segura voy a sentirme.
—Será mayor la distancia desde la que caigas —señaló Jake.
—Sí, pero al menos no me caerá nada encima. Ven, planearás mejor con el estómago lleno.
Arriba, en el cielo, asomaba un color rosado.

Dieciséis
Doc emitió un gruñido de satisfacción y dijo:
—No me vendría mal otro bocadillo.
—Pensamos que sería mejor guardar la mitad —le dijo la mujer delgada con tono de disculpa desde el otro extremo de la mesa.
—En realidad, fue idea mía —reconoció el joven Harry McHeath, medio avergonzado.
—Y buena, probablemente —admitió Doc—. Directamente extraída de Los Robinsones suizos. ¿Alguien querría echar un trago de whisky escocés? —Sacó del bolsillo izquierdo de su chaqueta una botella de un cuarto de litro. La mujer gorda no pudo reprimir un sonido de desaprobación que emitió por la nariz.
—Es mejor que lo reserves para los casos de emergencia, Rudy —dijo Ross Hunter con calma.
Doc suspiró resignadamente y guardó la botella.
—Supongo que la Comisión de Seguridad Pública no prohibirá también una segunda taza de café —refunfuñó.
Harry McHeath sacudió la cabeza con nerviosismo y se apresuró a servirle una taza a Doc y luego a varios de los demás.
—Rudolf —dijo Rama Joan—, siglos atrás te preguntabas por qué tenía esos colores el Errante. —Tenía a Ann acostada sobre dos sillas junto a ella, envuelta en el abrigo que alguien había dejado olvidado y con el muslo de su madre como almohada. Rama Joan estaba mirando al Errante. El color púrpura había ido ganando terreno hacia la izquierda y rodeaba ahora completamente a la zona amarilla oriental, destruyendo así la ilusión de las mandíbulas. Las dos partes polares amarillas reducían su extensión a medida que desaparecían de la vista al rotar el Errante. En realidad, el aspecto que ofrecía ahora era casi el de un enorme blanco de color púrpura con un gran ojo amarillo de toro en el centro. Entretanto, la Luna, que estaba terminando de cruzar por segunda vez frente a la faz del Errante, girando siempre hacia el oeste, había adquirido ostensiblemente la forma de un rombo cuya superficie semejaba la pata extendida de un palmípedo ligeramente resquebrajada.
—No creo en absoluto que esos rasgos sean obra de la naturaleza —prosiguió Rama Joan—. Pienso que se trata sencillamente de... una decoración. —Hizo una pausa. Si esos seres son capaces de trasladar su planeta a través del hiperespacio, bien pueden darle una apariencia que consideren artística y distintiva. Los cavernícolas no pintaban el exterior de sus viviendas, pero nosotros sí.
—¿Sabes?, eso sí que me gusta —le dijo Doc, chasqueando los labios—. Un planeta bitonal. De ese modo se impresiona a los vecinos de la galaxia de al lado.
Wojtowicz y Harry McHeath emitieron una risita nerviosa. El Escobillón pensó: «Aunque no lo quieran, están empezando a reconocer la gloria de Ispan ». En voz baja, pero temblorosa de tensión, Hunter dijo:
—Si estuvieran tan adelantados, creo que no utilizarían planetas naturales para eso. Los diseñarían y los construirían a partir de cero. ¡Dios, esto parece una locura! —terminó de prisa.
—Al contrario —le aseguró Doc—. El hecho de que utilicen el volumen entero de un planeta demuestra que son muchísimo más eficientes. Pueden disponer así de dormitorios, salones, talleres donde instalar generadores de campo, y hasta almacenes en la misma médula del planeta. Claro que eso requeriría vigas y pilotes de apuntalamientos de una resistencia formidable...
—No si se dispone de una fuerza antigravitacional —replicó Rama Joan.
—Vaya —dijo Wojtowicz con tono inexpresivo.
—Qué inteligente eres, mamita —observó Anna, soñolienta.
—Si se anula la gravedad de un planeta en rotación —alegó Hunter—, es preciso mantenerlo muy bien cohesionado: de lo contrario, la fuerza centrífuga lo desgarraría.
—No —arguyó Doc—. La masa y el impulso desaparecerán simultáneamente.
Paul se aclaró la garganta. Sentado junto a Margo, se había quitado la chaqueta para ponérsela a ella sobre los hombros. En ese momento tuvo también la intención de rodearle los hombros con el brazo, tal vez sólo con el propósito práctico de recuperar parte de su propio calor corporal; pero, por alguna razón, hasta el momento no lo había hecho.
—Si esos seres estuvieran tan adelantados —inquirió—, ¿no se cuidarían también de no dañar ni molestar a ninguno de los planetas a los que se acercaran? —Se quedó pensativo unos segundos y añadió con incertidumbre:— Supongo que estoy postulando la existencia de una Federación Galáctica benigna, o como queráis llamarla.
—Junta de Bienestar Cósmico —sugirió Doc, en un tono ligeramente burlón.
—No, tiene usted toda la razón, joven —dijo autoritaria la mujer gorda, mientras la delgada, con los labios fruncidos, asentía con la cabeza—: La ley fundamental de los platillistas es no dañar ninguna especie de vida, sino nutrirlas y protegerlas a todas.
—Pero, ¿es ésa la ley fundamental de la General Motors? —quiso saber Hunter—. ¿O la del general Mao?
Rama Joan sonrió irónicamente y le preguntó a Paul:
—Cuando haces un viaje en automóvil, ¿qué precauciones especiales adoptas para no atropellar perros o gatos? ¿Todos los hormigueros están señalados en tu jardín?
—Todavía empeñada en tu teoría de los demonios, ¿no es así? —observó Doc.
Rama Joan se encogió de hombros.
—Puede que los demonios no sean sino seres centrados en sus objetivos, que ahora quizá choquen con los vuestros.
—¿Entonces el mal no es más que un accidente de tránsito?
—Tal vez. Recuerda que hay conductores descuidados, y hasta conductores que utilizan sus coches como un medio de expresión.
—¿Aunque el coche sea un planeta? —preguntó Paul.
Rama Joan asintió con la cabeza.
—Humm. Cada vez que siento la necesidad de expresarme, termino completamente desnudo —declaró Doc, sonriendo maliciosamente.
Margo, con las manos entrelazadas alrededor de Miau, que dormía en su falda, intervino con aspereza:
Cuando yo conduzco, puedo ver un gato en la acera con tres calles de antelación. Los gatos también son personas. Ése es el motivo por el que jamás podría haber entrado en Vandenberg, aunque se hubieran mostrado más amables en otros aspectos.
—Pero, ¿las personas se comportan siempre como personas? —le preguntó Hunter con una sonrisa.
—De eso no estoy muy segura —admitió ella, frunciendo la nariz.
La mujer gorda emitió un resoplido de desdén. Rama Joan le dijo gentilmente a Margo:
—Espero que cuando las cosas se vuelvan..., bueno..., más duras, no lamentes haber dejado atrás Vandenberg para acompañarnos. Tuviste tu oportunidad, lo sabes.
Wojtowicz dio un salto.
—¡Mirad! —exclamó.
Señalaba hacia un punto, más allá de la arena, donde un par de faros subían y bajaban. Y ahora les llegaba claramente el gruñido creciente de un motor.
—Paul, parece que el mayor Humphreys ha cambiado de idea y ahora envía a alguien en tu busca —aventuró Hunter.
—Pero no viene en la dirección adecuada —objetó Doc.
—Sí, viene de la autopista, y está sorteando el deslizamiento —dijo Wojtowicz.
Los faros giraron, parecieron parpadear un instante y luego se hicieron más brillantes. Su resplandor hacía difícil ver el coche, a pesar de la luz del crepúsculo.
Margo dijo:
—Quedarán atascados, quienesquiera que sean.
—No si mantienen la velocidad —dijo Wojtowicz.
El coche se acercó como si fuera a atropellar la plataforma y luego viró y se detuvo a unos quince metros de distancia. Sus faros se apagaron.
— ¡Es el camión de Hixon! —gritó el Hombrecito.
—Y allí está la señora Hixon —dijo Doc, cuando una figura vestida con pantalones de color pálido y jersey se dejó caer de la parte trasera del camión y corrió hacia ellos.
Wojtowicz, Ross Hunter y Harry McHeath se acercaron rápidamente al camión. Cuando la señora Hixon pasó junto a ellos, gritó:
—Ayudad a Bill a asistir a Ray Hanks. Ray se ha roto una pierna —y subió a la plataforma.
Horas antes, esa misma tarde, la señora Hixon tenía la apariencia de una mujer verdaderamente guapa y elegante; pero ahora tenía las manos, la cara, los pantalones y el jersey sucios de tierra, el cabello se le había soltado y le colgaba enmarañado, la boca se le había puesto tensa y tenía una mirada fija. Había sangre en su barbilla. Tan pronto como dejó de moverse, empezó a temblar.
—La autopista está bloqueada en ambas direcciones —Jadeó—. Perdimos a los demás. Creo que han muerto. Creo que el mundo entero ha sido aplastado. Dios mío, ¿tenéis algo de beber?
Doc le dijo a Hunter:
—Tú me lo advertiste. —Sacó su botellita de whisky, vertió una medida doble en una taza de café vacía e iba a añadirle agua. Ella se la arrebató antes de que pudiera hacerlo, se la bebió ansiosa y luego se estremeció. Doc le pasó firmemente el brazo por los hombros.— Ahora cuéntenos punto por punto lo que ha ocurrido desde el principio —le pidió.
Ella asintió con la cabeza y cerró los ojos un momento. —Desenterramos tres coches. El de Rivis, nuestro camión y el microbús de Wentcher. Los otros estaban muy profundamente enterrados, pero los que logramos recuperar bastaban para acomodarnos todos en ellos fácilmente. En el camión íbamos sólo Bill, Ray y yo. Cuando llegamos a la autopista no había tránsito. Eso debió habernos servido de advertencia, pero nos pareció que era una maravilla. ¡Dios! Rivis se dirigió al norte. Nosotros nos pusimos en marcha hacia Los Ángeles tras el microbús. La radio del coche captaba sólo dos emisoras a través de las interferencias. Sólo fragmentos. Sólo hablaban del gran terremoto de Los Ángeles: haced esto, haced lo otro, no hagáis aquello. Tuvimos que evitar pequeños desmoronamientos y caídas de rocas. Ningún coche había aparecido todavía. El microbús se nos había adelantado bastante. Estábamos en un lugar en el que no había playa, sólo un acantilado que caía al mar.
»De pronto, la carretera se alzó..., así de sencillo, sin advertencia previa. ¡Cielos! Hizo mecer el coche como si fuera un bote. La portezuela se abrió de golpe y Ray Hanks salió disparado. Yo me cogí de Bill. Él fue arrojado contra el respaldo del asiento mientras intentaba aplicar el freno. Los acantilados se venían abajo. Una roca del tamaño de una habitación cayó delante de nosotros y abrió en el camino un bache de tres metros de ancho. Recuerdo que me mordí la lengua. Bill consiguió por fin detener el coche. Felizmente, también la carretera dejó de elevarse. El polvo me ahogaba, pero entonces, a través de éste, llegó un enorme salpicón de agua desde donde la roca había dado contra el mar. Tenía en la boca sabor a sal y a sangre y a polvo, y sentía mi cabeza como si estuviera a punto de estallar.
»Hubo entonces una quietud espantosa. Teníamos al frente la carretera enteramente bloqueada. Había un montón enorme de tierra delante mismo del parachoques. No sé si hubiéramos podido descender la pendiente, pero íbamos a intentarlo, pues no sabíamos si el microbús había quedado sepultado o se había marchado o qué había sucedido con él. Entonces se produjo un desmoronamiento secundario. Un peñasco del tamaño de un león no me dio por un poquito así. Otro sencillamente explotó. Bill me hizo volver a subir al coche en tanto él caminaba a través de los nuevos desprendimientos indicándome cómo dirigir las ruedas, mientras yo retrocedía evitando rocas y subiendo montículos. Entretanto, Bill tosía y maldecía ese nuevo planeta.
»Alguien más estaba vociferando maldiciones... dirigidas a nosotros. Era Ray. Lo habíamos olvidado. Tenía la pierna rota por encima de la rodilla, pero lo subimos al coche tendido en una lona. Yo me quedé a su lado. Bill pudo girar el coche, y volvimos atrás.
»Los pequeños deslizamientos eran más grandes, pero pudimos sortearlos. Pensamos que encontraríamos coches ahora, pero todavía no había ninguno. Bill se detuvo junto a un teléfono caminero, pero no funcionaba, y la luz del interior de la cabina se apagó mientras él intentaba obtener comunicación. La radio emitía ahora sólo interferencias. ¡La única palabra que parecía poder captarse era fuego! Ray y yo le chillábamos continuamente a Bill para que condujera más despacio o más de prisa.
»Tomamos hacia aquí por el desvío, pero al cabo de quinientos metros otro deslizamiento volvió a bloquearnos el camino: ni un alma a la vista, ni una luz, salvo la de esa cosa maldita de allá arriba. Volvimos aquí. No había otro sitio donde ir.
La señora Hixon respiró profundamente. Doc le preguntó:
—¿Y los pequeños senderos entre las montañas de Santa Mónica? Específicamente, ¿qué pasó con la carretera de montaña de Mónica?
—¿Los pequeños senderos? —La señora Hixon lo miró desconcertada y luego se echó a reír y a llorar a la vez:— ¡Maldito idiota, esas montañas han desaparecido como si hubieran sido de mantequilla! —Ya no pudo seguir controlando la risa.
Doc le tapó la boca con la mano. Por un momento, ella luchó frenéticamente, luego dejó caer la cabeza. Wanda y la mujer delgada asumieron la tarea de Doc e hicieron bajar a la señora Hixon de la plataforma. Rama Joan las siguió, después de pedirle a Margo que la reemplazara en el papel de almohada para Ann, que estaba atenta como un ratón.
Paul le dijo a Doc:
—Me pregunto por qué no había otros coches atrapados en ese trecho de la autopista. No parece natural.
—Probablemente dejaron atrás los primeros deslizamientos menores —opinó Doc—. Los mismos deslizamientos habrán desanimado a los coches que intentaron entrar en ese trecho. Además, a pesar de todo lo que ella dice, creo que quizá algunos escaparon por la carretera de montaña de Mónica.
Hunter llamó desde lejos:
—Venid aquí todos, muchachos, y traed la camilla. Tenemos que sacar a Ray del camión, así podremos ir en él algunos de nosotros en busca de nuestros coches.

Temblorosos y sin aliento, con las piernas algo vacilantes por la frenética carrera frente a los edificios del General Grant, desiertos y silenciosos como un mausoleo, Arab, Pepe y High entraron por el este a la calle 125 con la tranquilizadora sensación de haber penetrado en el vestíbulo de su amistoso y familiar hogar afrolatino.
Pero las aceras, atestadas dos horas atrás, estaban ahora vacías. Sólo un desparramo de vasos y bolsas de papel aplastados, botellas de gaseosa vacías y botellines de cuarto de litro daba testimonio de la multitud desaparecida. No había coches que avanzaran por la calle, aunque aquí y allá había algunos, vacíos, aparcados sin orden ni concierto; de los tubos de escape de dos de ellos todavía seguían saliendo chorros intermitentes de gases azules.
Los hermanos de hierba tuvieron que fruncir el entrecejo para protegerse del sol cuando escudriñaron el este, pero, según les fue posible comprobar, la misma deserción reinaba a lo largo de la calle transversal que cruzaba el corazón de Harlem.
Los únicos sonidos, al principio, además de sus propios pasos y los resoplidos de los motores, eran las sepulcrales peroratas de radios invisibles, que sonaban horriblemente solemnes por su tono; pero las palabras resultaban ininteligibles a causa de las interferencias y la distancia... y ahogadas por las nerviosas e igualmente ininteligibles llamadas mutuas de sirenas y bocinas distantes.
—¿Dónde está todo el mundo? —susurró High.
—Un ataque atómico —afirmó Pepe—. Rusia ha lanzado superbombas. Todo el mundo está agazapado en el fondo de sus sótanos. Tenemos que llegar al nuestro. —Luego, con una voz a la que había retornado el fantasma del aullido de un lobo, gritó:— ¡La bola de fuego está saliendo del río!
—¡No! —lo contradijo Arab suavemente—. Mientras estábamos junto al río, advino la Resurrección y se marchó.
Los viejos predicadores tenían razón después de todo. Todo el mundo arrebatado..., sin tiempo de apagar los motores ni las radios. Somos los únicos que quedamos.
Se cogieron de las manos y comenzaron a caminar de puntillas para mitigar el sonido de sus pasos mientras seguían adelante.

Sally Harris y Jake Lesher salieron de puntillas de la pequeña caja revestida de aluminio que los había subido las tres últimas plantas. Ante sus ojos había una densa penumbra surcada por un par de potentes rayos de luz que iluminaban un piano de cola. Bajo los pies tenían una gruesa alfombra.
Sally no pudo evitar lanzar un silbido de admiración. Con un susurro, la puerta a sus espaldas se deslizó de costado, pero Sally la atrapó y la bloqueó con una mesita sobre la que había una bandeja de plata.
—¿Qué intentas hacer? —le preguntó Jake.
—No lo sé —dijo ella—. Oiremos el portero electrónico si alguien más quiere entrar. Ven.
—Espera un minuto —dijo Jake—. ¿Estás segura de que Hasseltine no está en casa?
Sally se encogió de hombros.
—Echaré un vistazo mientras tú haces una incursión por la nevera. Por favor, no toques el dinero. Ven, ¿no tienes en la tripa un agujero del tamaño de una rosquilla?
Como un ratón con un amigo, lo condujo a la cocina.

Dai Davies escuchaba con maligno deleite las misteriosas informaciones acerca del Errante que llegaban por radio al pequeño bar de la costa de Severn, cerca de Portishead, donde había ido después de una siesta de dos horas para tomar su ración de bebida de última hora de la mañana. De vez en cuando entretejía las informaciones con los más absurdos y disparatados detalles que su imaginación le dictaba, para ilustración y regocijo de sus desagradecidos compañeros de borrachera:
—Púrpura y ámbar enfermizo, ¿eh? ¡Es un gran anuncio americano escrito en las estrellas, muchachos, de zumo de uva y cerveza desnaturalizada!
O bien:
—¡Es un superglobo santo de los soviéticos, chicos, enviado para que explote sobre la renegada Chicago y esparza sobre la patria yanqui ejemplares, adornados con piedras preciosas, del sagrado Manifiesto de Marx!
Las informaciones llegaban por un cable atlántico, decía el irónico locutor: tormentas magnéticas extraordinariamente violentas habían desordenado las ondas de radio en el oeste. Da¡ deseó fervientemente que Dick Hillary estuviera todavía con él. Este adorable disparate era lo adecuado para hacer que ese hombre que tanto odiaba los viajes espaciales y la ficción espacial se estremeciera; además, sena una mejor audiencia para el raro ingenio de un poeta galés que estos indiferentes habitantes de Somerset.
Pero cuando, dos grandes tragos más tarde, los informes radiofónicos empezaron a incluir la mención de una Luna quebrada y cautiva —el locutor se mostraba más irónico aún, aunque ahora había en su voz una nota de nerviosismo, casi de histeria—, el estado de ánimo de Da¡ cambió bruscamente, y hubo mucha más emoción alcohólica que ingenio en su voz cuando gritó:
—¡Esos malditos yanquis! ¡Robarnos nuestra Luna! ¿No saben que Mona pertenece a Gales? Y si le hacen daño, cruzaremos el mar a nado y nos llevaremos la isla de Manhattan desde la Batería hasta las Puertas del Infierno, ¿verdad que lo haremos, mis camaradas?
Lo que recibió varias respuestas:
—¡Calla, estúpido, no dejas escuchar lo que está diciendo!

—¡Maldito charlatán galés!
—Boliche, diría yo.
—Ya basta para usted, está borracho —esto último del dueño del bar.
—¡Cobardes somersetianos! —replicó Dai a voces, cogiendo un jarro y blandiéndolo como si fuera una manopla—. Si no me seguís, yo mismo lucharé con vosotros, desde lo alto de las Colinas de Mendip hasta abajo.
La puerta se abrió bruscamente y una figura semejante a un espantajo de ojos blancos, con mono y un sombrero para lluvia de ala ancha, se enfrentó a ellos recortada contra la niebla luminosa de afuera.
—¿Dicen algo en la radio o en la tele acerca de las mareas? —le preguntó la aparición al dueño del bar—. Faltan dos horas para la marea baja y el canal está menguando como no lo he visto nunca, ni siquiera durante el equinoccio de primavera, cuando sopla un vendaval desde el este. Venid, comprobadlo vosotros mismos. ¡A este ritmo se podrá ir andando hasta el País de Gales a mediodía y una hora después de que el canal se haya casi secado.
—¡Bravo! —gritó Dai a voz en cuello, dejando que el dueño del bar le retirara el jarro e inclinándose con los hombros caídos sobre la barra mientras los demás hacían ademán de encaminarse hacia la puerta—. En ese caso, iré andando los ocho kilómetros de regreso a Gales derecho a través de las arenas del Severn y me libraré de vosotros, pandilla de cobardes somersetianos. ¡Por Dios, juro que lo haré!
—No sé quién será el que se librará —refunfuñó uno en voz alta, mientras que un bromista quisquilloso señaló:
—Si ése es su objetivo, debe atravesar en diagonal hacia el este, utilizando los terrenos galeses y Usk Patch como pasarelas, si gusta..., y más del doble de ocho kilómetros. Directamente enfrente de aquí, amigo, está Monmouth, no Gales.
—Monmouth es todavía galés para mí, y maldita sea la Unión de 1535 —respondió Da¡, apoyando el mentón sobre la barra—. Oh, id todos a mirar como tontos ese prodigio acuático. Sé que los yanquis, después de haber roto y encadenado la Luna, han empezado además a robar el océano.

El general Spike Stevens ordenó enérgicamente.
— ¡Ponte en contacto con el enlace de Pascua, Jimmy! Diles que ahora hasta su imagen está volviéndose borrosa.
Los observadores del cuarto subterráneo estaban agrupados frente a la pantalla de la derecha, sin tener en cuenta la otra, que desde hacía una hora no era otra cosa que un rectángulo con un revoltijo de interferencias visuales.
La imagen que enviaba el satélite suspendido sobre la isla de Pascua mostraba la faz del Errante transformada ahora en un enorme blanco, con la Luna escondiéndose tras él, pero tanto aquél como ésta comenzaron a moverse caprichosamente y parecieron a punto de saltar de la pantalla cuando ésta se vio de repente invadida por una ráfaga de distorsión electrónica.
—Lo he estado intentando, general, pero no logro establecer contacto con ellos —respondió el capitán James Kidley—. La radio y la onda corta han desaparecido. La ultracorta lo está haciendo ahora... En realidad, está desapareciendo toda clase de comunicación que no sea la establecida por cable subterráneo o por guía de ondas. Y aun ésas...
—¡Pero somos un cuartel general!
—Lo siento, general, pero ...
—¡Ponme en contacto con el cuartel general de la Zona Uno!
—General, es precisamente con ellos con los que no...
Hubo una fuerte vibración en el suelo y se oyó un crujido ensordecedor. Las luces parpadearon, se apagaron y volvieron a encenderse. La habitación subterránea se estremeció. Algunos trozos del revestimiento de las paredes y del techo se desprendieron y se estrellaron en el suelo. Una vez más, las luces se apagaron..., todas, salvo el pálido resplandor de la pantalla de la isla de Pascua.
Repentinamente, la ondulante imagen astronómica en la pantalla fue reemplazada por la silueta de la cabeza de un gran felino, con orejas tiesas y mandíbulas sonrientes. Era como si en ese satélite no tripulado, suspendido a cuarenta mil kilómetros sobre el Pacífico, un tigre negro se hubiera puesto a curiosear en el otro extremo del telescopio. La imagen se mantuvo fija durante unos segundos; luego se distorsionó y finalmente la pantalla se quedó en blanco.
—¡Por Dios! ¿Qué ha sido eso? —chilló el general en la oscuridad.
—¿También usted lo vio? —preguntó el coronel Mabel Wallingford, enmarcando su interrogación en una risa entre histérica y jubilosa.
—¡Cállese, cállese, perra estúpida! —aulló el general Jimmy?
—Fue una distorsión casual. —La voz del joven llegó temblorosa a través de la oscuridad.— El efecto de la mancha de tinta. No pudo haber sido...
—¡Silencio! —les gritó a los tres el coronel Willard Griswold—. ¡Escuchad!
Todos lo oyeron: el sonido de agua chorreando y salpicando.

A bordo del Prince Charles se tenía especial conciencia de la inoperancia de las ondas de radio.
Tanto los insurrectos, que ahora controlaban el transatlántico do lujo, como los miembros leales de la tripulación, utilizando equipos de radioaficionado, intentaban infructuosamente despachar mensajes acerca del gran coup: el primer grupo, a sus líderes revolucionarios; el otro, a la armada británica. Y Wolf Loner, cinco mil kilómetros al norte, pensaba qué bueno era estar sin periódicos ni radio. Es más, deseaba que él y su esquife no llegaran a Boston tan de prisa.

El campo magnético del Errante, mucho más fuerte que el de la Tierra, irrumpía a través del espacio tan velozmente como su campo gravitacional, afectando casi de modo instantáneo los instrumentos sensibles a él. Pero además de esta influencia magnética que todo lo penetraba, había otras emanaciones extrañas que fluían en línea recta del Errante y chocaban contra la superficie de la Tierra que se encontraba frente a él. Rasgaban los cinturones de Van Allen y derramaban chaparrones de protones y electrones sobre la Tierra.
Estas poderosas emanaciones rectilíneas se intensificaron cuando la Luna entró en órbita alrededor del Errante y empezó a resquebrajarse. La ionización y otros efectos más sutiles que produjeron tuvieron como resultado más perceptible una alteración rapidísima de la estratosfera y de la atmósfera más baja de la Tierra que imposibilitó toda forma de comunicación electromagnética.
Mientras la Primera Noche del Errante se dirigía hacia el oeste alrededor del mundo o, más bien, mientras el mundo giraba hacia el este a su encuentro, este envenenamiento del cielo radial se expandió por todo el globo contribuyendo con mucho a la niebla de catástrofe que impedía toda comunicación entre los países, entre las ciudades y, en definitiva, entre las mentes.

Diecisiete
Mientras el singular equipo médico constituido por Doc, Rama Joan y el Escobillón se preparaba para curar la pierna fracturada de Ray Hank, Clarence Dodd condujo al resto de los hombres en una expedición al sitio en que habían quedado sepultados los coches. Cuando tres o cuatro de ellos empujaron el camión para que se pusiera en marcha, éste avanzó con bastante facilidad sobre la arena, pero tendió a detenerse cuando todos intentaron subir a él, de modo que Hixon, el Hombrecito y el joven Harry McHeath fueron los motorizados, mientras que Paul, Hunter y Wojtowicz tuvieron que resignarse a seguirlos caminando trabajosamente sobre la arena.
Cuando estaba a mitad de camino del lugar, McHeath pasó a la carrera junto a ellos con tablillas y vendas recogidas en el botiquín de primeros auxilios de Doddsy.
—¡No te canses tanto, muchacho —gritó Wojtowicz.
—El muchacho exagera —le dijo a Paul—. Soy responsable de él ante sus tías, aunque no son más que un par de viejas presumidas.
Después de la pequeña expedición, ayudaron a Doddsy y a Bill Hixon a descargar de la parte trasera de la furgoneta, libre de arena, y a cargar en el camión un formidable conjunto de artículos prácticos que incluía latas de alimentos y de algo que tenía el aspecto de cerveza, mantas, dos chaquetas de cuero, una pequeña tienda, briquetas de carbón, queroseno, un hornillo... y unos gemelos de campaña de unas siete potencias que utilizaron inmediatamente para observar al Errante, pero las lentes sólo expandieron el púrpura y el oro; sin embargo, las resquebrajaduras en la superficie de la Luna, aplastada y elipsoide, que desaparecía ahora en su segunda vuelta, se hicieron escalofriantemente anchas.
Luego, del coche de Doddsy salieron dos machetes (Paul se rió para sus adentros de lo romántico que resultaba aquello) y dos rifles del ejército con municiones. Por último, tres latas de veinte litros y un trozo de manguera que utilizaron como sifón para extraer gasolina de los depósitos de los coches sepultados y llenar el del camión y guardar una reserva de cincuenta litros.
Wojtowicz. se echó al hombro uno de los rifles y anunció, jocoso:
—¡Eh, mirad, estoy de vuelta en el servicio! Adelante... ¡march! Tengo algo de payaso —le explicó a Paul.
El camión cargado, aunque lento donde la arena estaba más suelta, hizo el viaje de regreso con bastante eficacia. Al llegar, Hixon, maniobró para aparcarlo, haciéndole dar un giro espectacular como el de una canoa automóvil, hasta dejar la compuerta de la cola pegada a la elevada plataforma. Al ver esos tesoros, Doc comentó:
—Doddsy, veo que hay aquí de todo para situaciones de emergencia, excepto bebidas alcohólicas fuertes... o flojas, para el caso —añadió, sacudiendo la cabeza incrédulo al mirar el rótulo en una lata de cerveza.
—Tengo una amplia reserva de barbitúricos y Dexedrina —le replicó el Hombrecito.
—No es lo mismo —se lamentó Doc—. Nunca fui partidario de los calmantes. Ahora, si hubiera mescalina, por ejemplo, o peyote, o siquiera unos pocos porros de marihuana...
Los ojos de Wanda brillaron coléricos. Harry McHeath rió nerviosamente y Wojtowicz; dijo solemnemente, con una mirada de advertencia a Doc:
—Está bromeando, muchacho.
Doc sonrió y le pidió a la mujer delgada:
—Empieza el último café caliente, Ida. Los Hixon aún no lo han bebido, ni tampoco han comido bocadillos, y a todos nos vendría bien un trago y un bocado. Ahora que sabemos que Doddsy tiene café en polvo, no hay razón para atesorarlo. Además, necesitaremos la jarra para recoger agua del depósito de la casa de la playa. La he examinado y es potable. Quizá algunos penséis que no soy más que un maníaco del C2H5OH, pero en realidad, ocasionalmente, dirijo también algún pensamiento al H2O.
La idea de tomar un café fue aprobada unánimemente. Todo el mundo estaba cansado y contento de sentarse o recostarse sobre la plataforma, lejos de la granulosa arena. En medio de ellos, sobre la camilla, estaba Ray Hanks con su pierna envuelta y vendada como un pedazo de cañería de desagüe, según Wojtowicz. Pero el herido descansaba bastante reposado después de habérsele suministrado una dosis del resto del whisky de Doc..., mientras el Escobillón le administraba un ligero «toque curativo» en la cadera.
Ida sirvió primero a los Hixon, sentados ahora juntos, él con el brazo alrededor de ella. Se miraron entre sí y entrechocaron las tazas con mucha solemnidad. Eso dio el tono a la reunión. Había algo solemne en todos ellos al empezar a sorber las últimas escasas tazas de café legítimo. Tal como había adivinado Hunter antes, cada cual a su manera sentía que ese sitio era su hogar y temía el momento de tener que abandonarlo. Aquí, en la playa, no había colinas que pudieran desmoronarse, ni edificios que se desplomaran e incendiaran, ni cañerías de gas que se rompieran y estallaran en ardientes llamaradas amarillas, ni cables que se desprendieran y chisporrotearan de manera cegadora. (En verdad, la casa de la playa estaba medio ladeada ahora, con un muro derribado por el temblor, pero era baja y estaba a oscuras y tableteada, de modo que era posible no tenerla en cuenta.) No había extraños que controlaran sus actos ni víctimas que demandaran su ayuda. Las interferencias ahogaban los mensajes de catástrofes, de lo que debía hacerse y lo que no debía hacerse, las directrices de la policía, la Cruz Roja y la Defensa Civil, que debían de estar inundando ahora las emisoras de radio.
Era agradable limitarse a soñar con quedarse allí, en aquella pequeña y acogedora colonia en la playa..., quedarse tranquilamente allí contemplando al Errante, que avanzaba sobre el océano, y a la Luna, una vez más eclipsada tras ese planeta que parecía ahora la cabeza púrpura de un toro embistiendo. La mitad del punto amarillo que semejaba el centro de un blanco estaba ya fuera de vista, mientras que, un poco más abajo, otro círculo amarillo, esta vez más grande, estaba comenzando a asomar. Por casualidad, o quizás intencionalmente, dos pequeños óvalos amarillos hacían las veces de ojos. Doddsy dejó a un lado la taza de café para dibujarlo.
CINCO HORAS

—El toro —dijo Margo.
—La cabeza de un pulpo —rectificó Rama Joan—. Exactamente así los dibujaban los cretenses en sus vasos.
—Pero tendremos que marcharnos de aquí..., y antes de tres o cuatro horas —dijo de pronto Doc, como si despertara del sueño general inexpresado de quedarse para siempre en la playa—. La marea.
Hunter lo miró con el entrecejo fruncido en señal de advertencia y Doc se apresuró a añadir:
—Ahora, que nadie me interprete mal: no estamos en peligro en este mismo momento; de hecho, todo lo contrario. El intervalo de pleamar aquí es de unas diez horas, lo que significa que una marea baja se produce unas cuatro horas después de que la Luna alcanza su cenit. En otras palabras, en una hora, más o menos, la marea habrá llegado a su punto más bajo. ¿Veis lo lejos que está la línea en que rompen las olas? Eso nos deja amplio margen para descansar..., cosa que por mi parte tengo toda la intención de hacer.
—Pero, ¿qué quiere decir, Doc, con eso de la marea? —preguntó Wojtowicz.
Hunter volvió a fruncir el entrecejo y sacudió ligeramente la cabeza.
—No, Ross —dijo Doc, dirigiéndose a él—, creo que es mejor que los enfrentemos con la situación cuando hay todavía un respiro. —Luego, volviéndose a Wojtowicz:— Sabes, por supuesto, que la Luna —la masa de la Luna— es la causa principal de las mareas. Bueno, pues ahora tenemos al Errante allá arriba. Está aproximadamente en el mismo sitio de la Luna, de modo que es lógico suponer que las mareas seguirán aproximadamente las mismas pautas generales que antes.
—Ah, bueno —dijo Wojtowicz—. Por un momento me asustó.
Pero casi todos estaban mirando a Doc ahora, y ninguno de ellos sonreía. Él suspiró antes de continuar:
—Sin embargo, a juzgar por la manera en que ha capturado a la Luna, el Errante debe de tener una masa poco más o menos como la de la Tierra... En otras palabras, una masa ochenta veces mayor que la de la Luna.
Hubo un silencio bastante prolongado. La palabra «Ochenta» flotaba en el aire como una roca gris que crecía y se volvía más sólida con cada segundo que transcurría. Sólo el Escobillón y sus dos mujeres parecían estar ausentes del problema. Hunter fruncía preocupado el entrecejo, observando las reacciones. Rama Joan, que había vuelto otra vez a poner su falda como almohada bajo la cabeza de su hija dormida, le sonrió de pronto a Doc con calidez. La señora Hixon hizo un gesto con las manos como si fuera a pedir ansiosamente una explicación. Pero su marido se las cogió en el aire y se las llevó de nuevo a la falda, la abrazó más fuertemente y le hizo un serio ademán a Doc con la cabeza. También Paul le hizo un gesto muy significativo y rodeó luego a Margo con sus brazos. El Hombrecito se metió la libreta en el bolsillo y se cruzó de brazos.
Doc les devolvió la mirada con una sonrisa algo apenada y pensativa. Fue el joven Harry McHeath quien finalmente lo tradujo en palabras:
—¿Quiere decir, señor Brecht, que aunque las mareas se producirán aproximadamente a la misma hora y seguirán las mismas pautas generales... serán ochenta veces más grandes?
— ¡Él no ha dicho eso! —intervino Hunter acaloradamente—. Rudy, no estás teniendo en cuenta la época de las mareas. De todos modos, contamos todavía con un día entero de plazo. Además, las mareas constituyen un fenómeno de resonancia: pasaría mucho tiempo antes de que las ondas de las mareas oceánicas empezaran a vibrar con una amplitud mayor.
—Puede que eso sea cierto —admitió Doc—. Además, esos fenómenos, aunque tengan una magnitud ochenta veces mayor, contarán con los efectos de desbordamiento, que operarán como factor moderador. Sin embargo —prosiguió con más firmeza—, ese planeta bitonal está allí, y al parecer no tiene intenciones de variar su masa. Habéis visto lo que le ha hecho a la Luna. Así tarden siete horas o una semana, las aguas altas están en camino, y cuando lleguen me sentiré más seguro si tengo un par de montañas bajo mis pies. Ésa es la razón por la que pregunté acerca de la carretera de Montaña de Mónica —les explicó a los Hixon—. No obstante —continuó, casi a gritos para contener la nerviosa oleada de conversaciones que se iniciaba—, antes de hacer un esfuerzo, un hombre debe concentrar sus fuerzas..., que es lo que voy a hacer ahora, precisamente. Si alguien quiere malgastar energía con parloteos, adelante. A mí no va a fastidiarme.
Y se tendió sobre cuatro sillas, se puso un brazo sobre los ojos y en seguida emitió un gran ronquido teatral.

Don Merriam, que trazaba su segunda órbita tras el Errante, pensó de pronto en la amenaza que constituía para la Tierra la mísera presencia física del extraño planeta. Vaya, habría terremotos —posiblemente— y gigantescas mareas oceánicas —sin duda, aunque no sabía cuánto tardarían en formarse— y quizá..., bueno, no creía que el Errante pudiera quebrar la Tierra a esa distancia, pero de cualquier modo deseó poder verla en ese mismo momento con sus binoculares para serenarse.
Era su deber enviar una advertencia a la Tierra, o, cuando menos, intentarlo, por desesperanzado que pudiera parecer el intento. Encendió la radio de la Baba Yaga y empezó a transmitir y a escuchar, alternativamente. En una ocasión le pareció oír el principio de una respuesta, pero luego ésta se desvaneció.
Se preguntó si algo allí abajo en ese hemisferio negro moteado de verde podría estar escuchando.

En la isla de Manhattan, Arab Jones y sus hermanos de hierba les llevaban casi el doble de ventaja en luz diurna a los estudiosos de los platillos, que se hallaban todavía en la noche, pues la línea del alba en ese momento marchaba hacia el oeste a la altura de las montañas Rocosas, a su acostumbrada velocidad de mil doscientos kilómetros por hora, llevando consigo no sólo un rosado amanecer sino también los buitres que planeaban sobre la meseta en que yacía Asa Holcomb.
En algún sitio cerca de la plaza Roosevelt, Arab señaló los techos y gritó:
—¡Allí están!
High y Pepe miraron. Los tejados bajos estaban repletos .de gente, lo que explicaba en parte el misterio de la desierta calle 125. Algunos los miraban y unos pocos les hacían señales urgentes y los llamaban.
Pero era imposible entender qué decían por el fuerte resoplido de un taxi abandonado, aparcado oblicuamente tan cerca de ellos que High se aferró a una de sus puertas abiertas para afirmarse.
—Están locos si creen que de ese modo escaparán de las bombas —dijo Pepe atisbando hacia arriba—. Las bombas caen del espacio, no suben abriéndose camino entre las rocas desde el viejo Pellucidar.
—¿Estás seguro? —preguntó High—. Quizás esa bola de fuego está abriéndose camino por el túnel desde el río.
—¡Están todos esperando la gloriosa bola de fuego! —gritó Arab a alaridos, extendiendo los brazos para abarcar los tejados—. ¡Están ya todos muertos! ¡Como Manator! ¡Son figuras de un museo de cera en los tejados! ¡Toda Nueva York!
De pronto, la placentera sensación de temor que había querido crear con esa última visión se convirtió en auténtico terror, y la idea de que todas esas oscuras momias vivientes los espiaban desde arriba, les tendían una emboscada y finalmente los invitaban a acercarse para hacerlos caer en la trampa, se hizo absolutamente intolerable.
—¡Marchémonos de aquí! —chilló High. Se agachó y entró en cuclillas en la parte delantera del taxi—. ¡No me quedo ni un segundo más!
Arab y Pepe subieron a la parte trasera. El taxi arrancó tan violentamente que las portezuelas se cerraron de un golpe y Arab y Pepe quedaron estampados contra el frío y suave tapizado de los asientos, mientras High se dirigía hacia el oeste ganando velocidad a medida que sorteaba los coches abandonados.
El caos producido en las diversas secciones de los departamentos de policía y de bomberos de la ciudad de Nueva York, que desbarató los prolijos y prudentes preparativos para casos de catástrofe en la metrópoli, fue consecuencia de una serie de factores: informes exagerados acerca de la magnitud de la marea en Hell Gate y del daño ocasionado por el temblor en el Centro Médico del norte de Broadway, directivas confusas emitidas por una computadora dañada por el agua en el centro subterráneo del nuevo sistema de coordinación interdepartamental, y falsas noticias acerca de disturbios en los alrededores de los campos de polo.
Pero el nerviosismo también intervino en el asunto: el miedo liso y llano operaba de común acuerdo con la frenética necesidad de salir disparado y desempeñar de algún modo el papel de héroe.
Todo fue como si el Errante estuviera volviendo finalmente verdadera la vieja superstición según la cual la Luna vierte rayos de locura sobre la Tierra. En todo el hemisferio occidental —de Buenos Aires a Boston, de Valparaíso a Vancouver— se sucedieron las mismas frenéticas salidas sin el menor sentido.

High Bundy apretaba el acelerador a tres manzanas de Lenox, cuando él, Pepe y Arab oyeron venir las sirenas. Al principio no supieron de dónde venían— sólo sabían que se acercaban porque las oían cada vez más fuertes.
Entonces el taxi cruzó la Octava Avenida, y así que el ronco lamento iba en crescendo, vieron que a menos de dos manzanas de distancia cargaban hacia ellos dos coches patrulla a la par y, según parecía por el resplandor de luces rojas, algunos más detrás.
High aceleró todavía más. El sonido de las sirenas debió haber menguado durante un par de segundos cuando unos edificios se interpusieron entre el taxi y los coches de la policía. Pero no lo hizo. Se volvió aún más fuerte.
En la esquina siguiente, y en medio de la calle, había un viejo automóvil destartalado. High intentó pasar junto a él por la derecha. Un coche celular y uno de bomberos se lanzaron con gran estruendo por la Séptima Avenida desde el sur y viraron bruscamente bordeando al viejo coche por ambos lados. High puso los pies en el suelo y mantuvo la dirección, evitando a duras penas chocar con partes traseras, y alcanzó a cruzar la Séptima Avenida escasamente unos centímetros por delante de un gran camión de bomberos que venía bamboleándose detrás de los otros dos, apenas a un cuerpo de distancia. Pepe atisbó la gran capota roja y la cara con grandes ojos abiertos del conductor y se tapó los ojos con las manos, tan cerca lo tenían.
El taxi no había llegado todavía a la mitad de la calle siguiente cuando la intersección delante de ellos se llenó de otros coches rojos y negros que se precipitaban hacia el norte por Lenox. El sonido de las sirenas por detrás y por delante hacía temblar los sesos.
Si los hermanos de hierba no hubieran estado tan llenos de marihuana, quizá se habrían dado cuenta de que este despliegue enloquecedor de coches de policía y de camiones de bomberos desde el sur de Manhattan no tenía nada que ver con ellos personalmente y que los feroces vehículos no estaban convergiendo en la calle 125, sino que continuaban su loca carrera hacia el norte.
Pero los hermanos de hierba estaban demasiado «colocados», y los invadía la paranoia de que eran perseguidos por la policía. Pepe creía que serían los chivos expiatorios de un intento de destruir Manhattan con bombas ocultas en maletas: los registrarían en busca de bolas de fuego y serían condenados al encontrar como prueba un encendedor Zippo.
Arab estaba persuadido de que el propósito de la policía era llevarlos cogidos por las cuatro extremidades hasta el tejado más próximo y dejarlos allí atados entre las sonrientes momias de cera.
High simplemente creía que los habían detectado fumando hierba junto al río..., probablemente por telepatía. Frenó el taxi poco antes de llegar a Lenox. Lo abandonaron.
La entrada del metro bostezaba con la oscura invitación de una cueva o una caverna, prometiendo la ansiada seguridad que los aterrorizados animales imploraban. Había una valla blanca que la bloqueaba a medias, pero la traspusieron precipitadamente y bajaron ruidosamente las escaleras.
La casilla de venta de fichas estaba vacía. Saltaron por encima de los molinetes. Un tren, con la luces encendidas y las puertas abiertas, esperaba su horario de partida. Pero no había nadie en él.
La estación estaba iluminada, pero no vieron a nadie por ningún lado, ni en esa plataforma ni en la de enfrente.
El tren vacío ronroneaba suave e insistentemente; pero cuando dejaron de oírse las sirenas, no hubo otro sonido.

Dieciocho
A pesar de los objetivos morales de los ronquidos de Doc, nadie más, excepto Rama Joan, intentó seguir su ejemplo, y al cabo de media hora, más o menos, el mismo Doc levantó la cabeza, apoyándola en su brazo doblado, con el fin de intervenir en la conversación que Hunter y Paul mantenían acerca de las trayectorias que la Tierra y el Errante seguirían en el espacio, cada uno con respecto al otro.
—Lo tengo todo calculado en mi cabeza..., de manera aproximada, por supuesto —les dijo Doc—. Como suponemos que tienen masas equivalentes, es fácil deducir que rotarán alrededor de un punto equidistante de ambos en un mes con una duración de unos diecinueve días.
—Más breve, sin duda —objetó Paul—. Si hasta podemos ver con nuestros propios ojos la velocidad a que se mueve el Errante. —Señaló el sitio en que el extraño planeta, marrón y anaranjado claro ahora, descendía inclinado hacia el océano, con el frente atravesado por la amarillenta y mellada punta de lanza de la Luna, que lo hería casi desde abajo.
Doc soltó una risita.
—Ese movimiento es precisamente el de la Tierra que gira, el mismo que nos hace creer que es el Sol el que sale cuando amanece. —Luego, cuando Paul hizo una mueca de irritación ante su propia estupidez, Doc añadió:— Es un error bastante natural: yo todavía sigo cometiéndolo a menudo. ¡Ésa es una de las tantas cosas que heredé de mis antepasados cavernícolas, junto con los huesos caudales! ¡Hombre, mira qué lejos se ha retirado el mar! Ross, me temo que los efectos sobre las mareas se están manifestando antes de lo que esperábamos.
Paul, tratando de retomar el hilo de la conversación, se imaginó esas mareas que, ochenta veces más altas, significarían también otras que serían ochenta veces más bajas ¡a intervalos de seis horas en casi todos los lugares!
—Entre paréntesis —añadió Doc—, nos llevará unos diez días entrar en esa órbita de diecinueve días, pues la aceleración de la Tierra es sólo de un milímetro y medio por segundo. La de la Luna, también con respecto al Errante, debe de haber sido de unos ciento veinte centímetros por segundo, de manera acumulativa, por supuesto.
Paul sintió que una brisa helada que soplaba de tierra se le enroscaba en el cuello. Le levantó las solapas a su chaqueta, que Margo le había devuelto cuando el Hombrecito le prestó a ella una de las de cuero. A pesar de ello, había metido a Miau dentro de la chaqueta para calentarse, mientras miraba fijamente la lisa extensión de la playa.
—Mira cómo brilla la luz sobre la arena húmeda —le dijo a Paul—. Como si hubieran descargado a paladas unos camiones de amatistas y topacios.
—Sst —la acalló la mujer gorda, que estaba junto a ella—. Él está recibiendo mensajes.
Al otro lado de Wanda, el Escobillón, con la barbilla en el puño, casi en la pose de «El Pensador», miraba al Errante como si éste lo hubiera hipnotizado.
—El Emperador dice: «No se le hará daño a Terra» —declaró monótonamente el Escobillón, con voz de trance—. «Sus aguas turbulentas serán apaciguadas; sus océanos, retirados de sus costas.»
—Un planeta lleno de Reyes Canutos —murmuró suavemente Doc.
—Sería conveniente que su emperador se pusiera de vez en cuando al tanto de lo que sucede, por lo menos a tiempo para impedir los terremotos —bramó cáusticamente la señora Hixon. Su marido le puso con delicadeza una mano sobre el brazo y le susurró algo. Ella sacudió los hombros, pero ya no tuvo nuevas salidas.
Rama Joan abrió los ojos.
—¿Cómo van tus especulaciones ahora, Rudolf? —le preguntó desafiante a Doc—. ¿Ángeles o demonios?
—Esperaré hasta que alguno vuele lo bastante cerca como para ver si tienen alas emplumadas o membranosas —replicó él.
Luego, dándose cuenta de que no necesariamente había hecho una broma, le echó una rápida ojeada al Errante con un estremecimiento sarcástico. Finalmente, se irguió, se desperezó y examinó la plataforma.
—¡Ah!, veo que habéis cargado el camión mientras yo dormitaba —comentó jovialmente—. Eso fue muy considerado. No olvidasteis siquiera las jarras de agua. Supongo que eso debo agradecértelo a ti, Doddsy. —Y, dirigiéndose a Hunter, preguntó amablemente:— ¿Cómo se encuentra Ray Hanks?
—Apenas despertó cuando cargamos la camilla en el camión y la sujetamos a los lados. Lo cubrí con una manta.
De pronto, comenzó a oírse un zumbido en el aire.
Todos se mantuvieron muy quietos. Algunos miraron aprensivamente en dirección al Errante, como si pensaran que algo podría venir de allí. En ese momento, Harry McHeath exclamó excitado:
—Es un helicóptero de Vandenberg... Creo que...
Cuando se inclinó hacia el mar, comprobaron que se trataba de un helicóptero de observación reglamentario. El aparato giró y se aproximó a lo largo de la playa, volando a no más de quince metros de altura. De pronto viró hacia ellos y se mantuvo suspendido sobre sus cabezas. El zumbido se convirtió en rugido. Las ráfagas que descendían de las paletas de su hélice desparramaron los programas que no habían sido utilizados, que formaron un blanco remolino revoloteante.
—¿Está tratando de aterrizar sobre nosotros ese maldito idiota? —preguntó Doc, agachándose y torciendo la cabeza para mirar hacia arriba, como todos los demás.
A través del rugido, se escuchó entonces un vozarrón que gritaba:
—¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
—¡Vaya! ¡Los muy hijos de puta! —bramó Doc, de modo que se perdió lo que dijo la voz poco después—. Parece que no quedaron satisfechos con cerrarnos la puerta en la cara. ¡Ahora también nos ordenan que abandonemos el vecindario! —Junto a él, el Hombrecito se irguió y sacudió el puño con ferocidad.
—¡Salid de la playa! —ordenó por última vez el vozarrón mientras el helicóptero se inclinaba y seguía su camino a lo largo de la costa.
—¡Eh, Doc! —gritó Wojtowicz, cogiendo por el hombro al otro, más corpulento—. ¡Quizás estén tratando de advertirnos algo sobre las mareas!
—Pero eso no se producirá hasta dentro de seis horas, por lo menos...
Doc no pudo terminar la frase: era evidente que el rugido no se había ido junto con el helicóptero, y el agua brotaba en una docena de sitios entre las resquebrajaduras de las tablas del piso.
Alrededor de la plataforma se había formado un pálido cenagal espumeante. La ola había llegado mientras sus miradas estaban centradas en el helicóptero, y el rugido de éste había enmascarado el de la ola.
—Pero... —comenzó a decir Doc, atónito, convertido él ahora también en una especie de rey Canuto.
—¡No son mareas, sino tsunami! —le gritó Hunter—. ¡Olas producidas por terremotos!
Doc se golpeó la frente con la palma de la mano.
Con un siseo de arena y un hueco sonido de grava, el agua retrocedió dejando atrás un fantasmal rastro de espuma.
—¡Viene otra! —gritó Paul, observando con horror un pálido muro distante—. ¡Poned en marcha el camión!
Los Hixon ya estaban sentados en el asiento delantero. El motor tosió y quedó paralizado. El motor de arranque lanzó un gemido. Hunter, Doddsy, Doc y Harry McHeath bajaron de un salto y se prepararon para empujar a ambos lados del camión. Rama Joan llevó a Ann casi a rastras a través de la plataforma, la empujó dentro del camión y le dio una bofetada cuando la niña intentó volver atrás.
—Quédate allí y sostente —rugió.
Wanda intentó seguir a Ann, pero Wojtowicz la cogió en un abrazo de oso y le dijo:
— ¡Esta vez no, gordita!
Paul levantó y trató de asegurar la compuerta trasera del camión. El motor comenzó a carraspear. Wojtowicz arrojó a Wanda hacia atrás y corrió a ayudar a Paul a empujar la compuerta trasera, pero los dos cayeron rodando sobre las tablas de la plataforma en cuanto el camión, con una sacudida repentina, avanzó poco más o menos medio metro. Las llantas traseras chirriaron al girar sobre la arena húmeda. Los hombres que estaban detrás del camión volvieron a empujar: otra sacudida hacia adelante, una breve vacilación, un nuevo impulso, y por fin el camión salió disparado, con la compuerta trasera suelta y balanceando en el aire y con sus luces traseras brillando sobre la espuma congelada que le mordisqueaba los talones.
La segunda ola, bastante grande, barrió una esquina de la p plataforma, sacudiéndola un poquito; por las resquebrajaduras brotaba agua como si fueran un sistema de riego. Mientras retrocedía, Paul ayudaba a Margo, con Miau en brazos, a caminar por las tablas resbaladizas. Él se detuvo en el borde de la plataforma y miró a los demás a su alrededor y a los hombres que luchaban por ponerse de pie en medio del agua poco profunda.
—¡Venid! ¡Rápido, antes de que llegue la tercera! —gritó, y se lanzó con Margo hacia adelante, guiando a todos en la carrera tras el camión.

Arab, Pepe y High suponían que un diluvio azul de policías se derramaría tras ellos en la estación de metro de Lenox y la calle 125, de modo que se escondieron en el retrete. Arab estaba dispuesto a arrojar los porros restantes al water, y High, a tirar de la cadena mientras Pepe escuchaba a la puerta. No era un plan demasiado inteligente, pero lo hicieron casi por instinto.
Pero nadie más intentó entrar. No oyeron pasos ni gritos de policías alrededor; de hecho, no oyeron nada en absoluto—. No tardaron en salir.
La estación vacía era como una casa habitada por fantasmas, de modo que por un rato se quedaron por allí merodeando. Pepe intentó sacar unas chocolatinas de una máquina, pero ésta se atascó. Le dio un golpe, pero lo desanimó el ruido. Se metieron en la parte trasera del tren vacío, que estaba estacionado en dirección del centro comercial, y lo atravesaron caminando hasta la parte delantera. Allí Arab cogió una palanca por un instante y luego la bajó. Como las puertas empezaron a cerrarse, volvió a subirla de prisa. Movió otra palanca y el zumbido se hizo más fuerte y el tren pareció ponerse en tensión, de modo que también volvió atrás esa palanca.
—Es mejor no meterse con eso —dijo, sonriéndose.
Examinaron el doble túnel negro a través de la puerta del frente, esperando que un tren llegara desde el otro lado, pero no hubo ninguno que lo hiciera.
Cuanto más tiempo permanecía vacía la estación, más convencidos quedaban de que aquél era un mundo privado propio. Como se sentían ya los ricos propietarios de ese mundo, encendieron tres porros más y se los fumaron en la plataforma del maquinista.
Finalmente, Arab dijo:
—¿Qué crees que ha ocurrido realmente, High?
High frunció el entrecejo, concentrado.
—Los rusos desembarcan en la Batería desde submarinos atómicos. Derrotan a la poli en la Batalla de Union Square. La poli retrocede hacia el norte, librando un pequeño combate de distracción para cubrir la retirada. Los rusos avanzan. Mis órdenes del día: quedaos escondidos aquí abajo, tíos, y haceos los sordos y los mudos.
Arab asintió con la cabeza. ——Y tú, Pepe?
¡Fue esa bola de fuego! Emergió a la superficie en la
Batería y se disgregó sin explotar. Luego avanzó flotando se trataba de gas venenoso por las calles. La gente creyó que so, por eso se subieron a los tejados, pero en realidad no es otra cosa que humo de la felicidad, una mezcla de hierba y esencia de amapolas. Como la gente tiene terror de inhalarlo, todo el mundo morirá de asfixia menos nosotros, claro. ¿Y cuál es tu versión, Arab?
Una brisa cálida empezó a soplar desde el túnel que tenían delante. Llegaba cargada de olor a metro: metal, tierra seca, aire viciado y un toque de electricidad.
—Vamos, Arab, tú empezaste esto —lo aguijoneó Pepe.
—Muy bien, ya lo tengo —dijo Arab—. El río creció, lo vimos. Pues siguió creciendo. Fue el agua y no otra cosa lo que cubrió la Batería, se desbordó, trepó por la costa y se di rigió al norte. ¡Como en el diluvio de Noé! Se le dijo a la gente que subiera a los tejados y se convirtieron en estatuas de sal. Despejaron los sótanos y los subterráneos. La poli huyó. Los bomberos prepararon las mangueras, pero el agua es una cosa contra la que no pueden luchar. También ellos huyeron. Ahora el agua avanza y sigue avanzando. Eh, eso está bien! —aprobó High—. Es realista.
La brisa sopló un poco más fuerte y también se intensificó el olor a metro, pero ahora con este último se mezclaba un raro hedor.
En el túnel, muy a lo lejos, hubo un resplandor azul.
—Viene un tren —dijo Pepe.
Hubo otro relampagueo azul, y otro. La brisa se convirtió en viento, y ahora el hedor extraño se volvió claro: era el olor que se percibe junto al río. Y había un bramido que se hacía cada vez más alto.
—¡Un tren oscuro viene por ambas vías! —chilló Arab. Los relámpagos azules se acercaban cada vez más, se volvían más y más brillantes. El viento salobre y agrio era ya una tempestad; volaban papeles y polvo; el rugido parecía ahora el de mil leones.
Por un momento, cogidos de la mano en la plataforma, lo vieron claro: el espumoso frente manchado con suciedad que avanzaba sobre una llamarada azul.

Sally Harris y Jake Lesher comían huevos revueltos y caviar de una fuente de plata colocada sobre una llama azul y de un cuenco de cristal puesto en hielo.
—Vaya, estamos a bastante altura —dijo Sally mirando a través del patio del ático—. Todo lo que puedo ver es el Empire State, el RCA, el Chrysler, la Torre de Sesenta Muros... y ese punto pequeño, ¿es el Waldorf Astoria?
—Cuarenta pisos antes de que cambiáramos al ascensor privado de Hasseltine —le dijo Jake mientras ponía caviar con una cuchara sobre una rosquilla de pan tostada—. Los he contado.
Sally llevó su café a la balaustrada tubular cromada e inclinándose temerariamente se asomó para mirar hacia abajo.
— ¡Vaya, la gente parece caramelitos! —le gritó a Jake a sus espaldas—. Están corriendo, no sé por qué. Jake, una vez te pregunté para qué son esas bocas de agua que sobresalen de los edificios. Yo creía que eran para apagar los incendios de los coches o para mantener a raya las manifestaciones de los obreros del vestido.
—No, son para lavar las aceras por la mañana —le explicó él, mientras se servía una taza de café de una alta y esbelta cafetera con la lucecita roja en la base.
Ella asintió con la cabeza.
—Así me parecía... Pues las están utilizando ahora.
—No, lo hacen a las cuatro de la mañana. Y ahora son las ocho. —Perdió la mirada en el horizonte. Le pareció que aquella idea tan rentable que había tenido en Times Square le volvía otra vez.
—Bueno, quizá, pero todo parece estar empapado.
Siguió observando un rato más, y luego insistió:
—¿Ahora qué? Sal, estoy tratando de concentrarme.
—Tienes razón, el agua no viene de esas pequeñas bocas de agua. Sale de las estaciones del metro.
Jake saltó y cayó al suelo con un golpe en los talones que lo sacudió dolorosamente. El suelo había saltado también. El edificio rugió y se estremeció... y volvió a estremecerse. Jake batió el aire con los brazos y se asió de la balaustrada cromada, donde Sally se mecía y chillaba hasta sobrepasar el bramido. Calles abajo, su taza de café y grandes escamas de piedra formaban precisas salpicaduras planas.
Las sacudidas y el bramido se apaciguaron. Sally se inclinó y señaló directamente hacia la base del edificio en que se hallaban, de donde en ese momento salía algo que tenía el aspecto de una ancha cinta negra.
—¡Mira! —chilló—. ¡Humo! Oh, Jake, ¿no es apasionante? —preguntó, mientras él la arrancaba a tirones de la balaustrada—. ¡Esto tendría que servimos para hacer una comedia!
Aun en el caos del momento, Jake fue capaz de darse cuenta de que ésa era la valiosa idea que venía buscando a tientas.
Detrás de ellos, la luz roja en la base de la cafetera se apagó, y el resplandor anaranjado de la tostadora se desvaneció.

Los estudiosos de los platillos habían logrado escapar de otras tres grandes olas producidas por terremotos, que fueron más espuma que agua —falsas hasta la coronilla—, y habían llegado por fin a la arena seca, donde se detuvieron, casi agotadas. El Escobillón e Ida arrastraban entre los dos a la otra mujer para alcanzar a los demás, cuando las olas encrespadas verdaderamente grandes empezaron a perseguirlos a todos.
Arriba, más adelante, las estribaciones redondeadas de las montañas de Santa Mónica, oscuras y pesadas, se perfilaban amenazantes contra un cielo que había empezado a ponerse gris con la llegada del alba. Más cerca, pero todavía muy lejos, las luces en movimiento del camión seguían alejándose.
Hixon había tomado la vía más directa para alejarse del mar, a mitad de camino entre la colina de Vandenberg y los acantilados desmoronados que habían sepultado los coches. Los demás habían seguido al camión. Esto había sido atinado: cualquier otro camino los habría conducido oblicuamente hacia las olas sobre una playa aún más baja; la dificultad radicaba en que incluso ese camino por el que conducían no era más que arena y terreno arenoso llano durante un largo trecho: el lecho de un río seco.
A sus espaldas, el Errante rozaba ya el borde del océano. El curvado rombo de la Luna cruzaba su cara frontal una vez más. Ahora el Errante mostraba nuevamente una faz de yin—yang, aunque esta vez algo inclinada; Doc, jadeando, pensó: Vaya, a esto hemos llegado. El planeta ha completado una rotación: un día de seis horas. Entonces, algo negro, cuadrado y reticulado se alzó ante su vista, ocultando la cara del Errante.
Era la plataforma sobre la que habían celebrado el simposio, arrancada y levantada en el aire por la segunda de aquellas enormes oleadas.
Sólo entonces oyó el bramido.
SEIS HORAS

Los demás habían empezado a correr, y él se lanzó a la carrera tras ellos con el corazón atormentado por miles de pequeñas agujas.
Luego..., bueno, fue como si en una única, terrible, instantánea arremetida el Errante hubiera saltado a un millón de kilómetros desde el cielo y hubiera quedado suspendido sobre sus cabezas, ocultado todo el firmamento, excepto un borde circular del horizonte gris.
Aquello bastó para paralizarlos, a pesar de los horrores que, como pálidos restos de naufragio, se abalanzaban rugiendo sobre ellos desde la playa.
Hunter fue el primero en calcular correctamente las distancias y las dimensiones, y pensó: Vaya, es sencillamente (¡Dios mío, sencillamente!) un platillo volante de diez metros de diámetro, flotando a una docena de metros sobre nosotros y decorado con un yin—yang violeta y oro.
Y echó a correr otra vez.
La primera y la más pequeña de las inmensas oleadas los cubrió de espuma y quedó luego rebullendo alrededor de sus rodillas. Aunque sus mentes y sus sentidos estaban casi totalmente absorbidos por aquello que se hallaba todavía suspendido sobre ellos, sus cuerpos respondieron al ataque material. Todos bregaban por sostenerse en los demás, y hubo un nervioso revuelo de manos que se aferraban a brazos resbalosos, cinturas mojadas o abrigos empapados. Wanda se hundió y Wejtowicz se zambulló en su busca.
Margo le clavó las uñas en el cuello a Paul y le gritó en el oído:
—¡Miau! ¡Coge a Miau! —y con la otra mano señaló un punto a pocos metros de él. Paul vio la cola y las orejas de la gata que desaparecían en la espuma sucia, y se lanzó tras ella manoteando como un loco. Esto impidió que se enterara de lo que sucedió un instante después.
En el centro del platillo se abrió una luminosa portilla rosada de dos metros de diámetro de la que se descolgó, exactamente sobre sus cabezas, con dos miembros que terminaban en garras, una puntiaguda cola prensil y una piel verde y violeta...
— ¡Un demonio! —gritó Ida—. ¡Ya lo dijo ella! ¡Son demonios!
—¡Un tigre! —chilló Harry McHeath. Doc lo oyó y su mente lanzó, con la despreocupada confianza con que se arroja un par de dados certeros, el pensamiento: ¡Dios mío, la segunda página del suplemento dominical de Buck Rogers! ¡Los Hombres Tigre de Marte!
—¡Emperadora! —exclamó el Escobillón, doblando las heladas rodillas y sintiendo en las ventanillas de la nariz, inundadas por el hedor inmundo del mar, el hálito de un perfume celestial...
Unos grandes ojos violeta de negras pupilas les echaron un vistazo muy fugaz, con la actitud desdeñosa de un espectador desaprensivo.
La segunda oleada gigantesca estaba a menos de treinta metros de distancia. La plataforma cabalgaba sobre ella como una tabla de surfing, rodeada de sillas que flotaban desparramadas. Detrás, medio destartalada, la casa de la playa venía también cabalgando sobre las olas.
Una garra verde se estiró y apuntó hacia el mar con una pistola gris de cañón cónico, y, barriendo velozmente el aire a derecha e izquierda, abarcó un amplio sector en abanico. No se advirtieron resplandores ni fogonazos, pero la gran ola, absorbiéndose y disolviéndose, se hundió casi repentinamente. La plataforma resbaló sobre ella y cayó de lado. La casa de la playa, completamente destruida, viró hacia Vandenberg. Una confusa sensación de peligro y amenaza sobrecogió a todos. Cuando por fin la segunda oleada llegó hasta ellos, había perdido por completo el empuje avasallador de la primera y el agua les llegaba escasamente a los muslos.
La pistola gris seguía moviéndose en abanico sobre sus cabezas.
Una gran ráfaga de viento los azotó, y Doc perdió el equilibrio y comenzó a trastabillar. Rama Joan se volvió hacia él y lo ayudó a incorporarse.
La cabeza y los hombros de Paul emergieron de la espuma. Sostenía sobre el hombro a Miau, mojada como una rata.
El viento seguía soplando.
El ser que colgaba del borde de la portilla rosada pareció extenderse casi hasta lo imposible, transformándose en una curva verde con barras de color violeta que se estiraba hacia Paul.
La pistola gris cayó, y Margo alcanzó a cogerla.
Garras de color gris violáceo atraparon a Paul por el hombro, y él y Miau fueron levantados por algo más que mera fuerza muscular humana, y metidos dentro de la portilla rosada. Margo, Doc y Rama Joan, que se prestaban apoyo mutuamente, no perdieron un solo detalle.
El ser verde y violeta se metió de un solo movimiento en el platillo detrás de Paul y la gata.
Luego, sin transición visible, el platillo estaba a centenares de metros sobre sus cabezas, no más grande que la Luna, con la portilla convertida en un gran punto pálido.
Margo se metió la pistola dentro de la chaqueta.
El viento que venía de tierra se calmó.
El punto parpadeó y el platillo desapareció de la vista.
Entonces todos, cogidos de la mano, se esforzaron por avanzar hacia la playa con el agua hasta las rodillas que los absorbía mar adentro.

Bagong Bung conducía el Machan Lumpur fuera de la ensenada hinchada por la marea, al sur de Do—Son, feliz por haber entregado ya —aunque con una desagradable demora— un cargamento de diversos artículos de contrabando, cuando vio, al anochecer, que el Errante ascendía desde el golfo de Tonquín bordeado de nubes, en el mismo momento en que —a casi medio planeta de distancia— los estudiosos de los platillos, después de haber escapado de las tsunami, observaban su último vestigio que se hundía en el Pacífico. Para Bagong Bung el yin—yang era un familiar símbolo chino que a él le gustaba concebir como las Dos Ballenas, pero la Luna deformada —a la que dirigió rápidamente sus gemelos de latón— le pareció ahora una enorme bolsa de diamantes ligeramente amarillentos.
De modo que para Bagong Bung, el Errante, elevándose donde sólo la Luna debía haberlo hecho, no era tanto una intromisión asombrosa cuanto una promesa de buena suerte, un estimulante sobrenatural. Los diamantes lo hacían pensar en los barcos hundidos, cargados de tesoros, ocultos bajo el mar poco profundo que lo rodeaba. Instantánea e irrevocablemente, decidió que al día siguiente, cuando amaneciera y bajara la marea, se reservaría tiempo —para una zambullida, por lo menos, en el sitio donde él suponía que se había producido el naufragio del Sumatra Queen.
—Sube, Cobber—Hume —llamó por el herrumbroso tubo acústico a su maquinista australiano—. Nos espera una gran fortuna. No, no puedo decírtelo. Sube y luego verás. ¡Oh, ya lo verás!

Diecinueve
Paul Hagbolt se sintió sumergido en un mar que exhalaba tibieza, dulces y exquisitos aromas y alegres colores pastel entre los que predominaba el rosa, aunque aquí y allá había brillantes secciones verdes.
Al principio no pudo saber con absoluta certeza si le habían metido dentro de un vehículo. Tuvo más bien la impresión de que lo habían trasladado casi instantáneamente a otro plano de la existencia, a otro sitio del universo..., que tenía algo de jungla y de dormitorio a la vez.
Apenas había visto el platillo. Mientras éste flotaba en el aire sobre la playa, él pasó la mayor parte del tiempo atragantándose y revolcándose en la sucia agua salada, manteniendo a Miau estrechada en sus brazos. Cuando sintió que los levantaban, lo primero que se le ocurrió fue que otra ola los había arrollado y los llevaba cabalgando sobre su cresta.
Había tres cosas que recordaba fugaz pero vívidamente: primero, una enorme y afilada cara de felino de color verdoso y purpúreo; luego, dos ojos con increíbles iris de cinco pétalos alrededor de negras pupilas como estrellas de cinco puntas; por último, una larga garra delgada del tamaño de una mano, con una estrecha planta añil y cuatro crueles uñas córneas, curvas y translúcidas, de color violeta grisáceo... Tenía la impresión de que se las habían clavado en el cuello de su chaqueta, y quizá también en el suyo propio, cuando lo empujaron para apresurarlo.
Un instante después, flotaba girando suavemente en aquel cálido mar rosado con dulce aroma de flores y salpicado de verde.
De pronto, en ese mar se abrió un orificio oscuro, y vio a través de él a Margo, hundida hasta los muslos en el agua sucia y espumosa, que miraba hacia arriba, observándolo, y sostenía en la mano algo metálico de color gris, y junto a ella, a Doc, chorreando espuma, y a Rama Joan, salpicada de arena y con los rojizos cabellos dorados húmedos y pegajosos. Luego empezaron a reducirse a una velocidad increíble, como si se hubiera interpuesto un telescopio al revés. No obstante, fue entonces cuando Paul empezó a creer que se encontraba en el platillo que él había visto de modo tan incongruente... y que ahora debía de estar elevándose más vertiginosamente que una granada de mortero, pero sin la menor sensación de aceleración. Finalmente, el orificio se cerró sobre una confusa turbulencia rosada... aunque en realidad... ¡sí, eran unas extrañas flores de color rosa!
Una palabra se le presentó súbitamente en la mente: antigravedad. Si este vehículo llevaba su propio campo de gravedad nula —posiblemente, también inercia nula—, eso explicaría la ausencia de toda fuerza G perceptible, y también que él mismo estuviera flotando, empapado, rodeado de flotantes gotas redondas que él salpicaba, respirando ese aire perfumado en aquella redonda habitación aplanada forrada de flores vivas.
Unas uñas se le clavaron en la mano izquierda como los aguijones de una docena de avispas: era Miau, que se sentía aterrada por las bruscas sacudidas y resentida por el baño forzado en agua de mar, y había resuelto desahogarse exageradamente con él. En el súbito dolor padecido, Paul arrojó lejos de sí a la gata empapada, que salió disparada girando por el aire y se desvaneció en una lluvia de pétalos amarillos y rosados en un lecho de flores.
En el instante siguiente fue asido desde atrás y echado bruscamente de espaldas sobre una superficie dura y tersa que apareció no se sabe cómo en algún lugar de aquella espesa jungla floral que todo lo invadía. Lo que más lo aterró fue que la cosa que le serpenteó alrededor del cuello —un miembro liso y brillante, firme pero elástico, de piel verde rayada de violeta— tenía dos codos.
Con una velocidad tan pasmosa que ni siquiera le permitió ver claramente qué le hacía, esa especie de felino verde y violeta le hizo extender rápidamente las muñecas y los tobillos y estuvo ocupado con ellos una fracción de segundo. Las uñas grises verdosas de las garras lo asían sin dañarlo; sólo en una ocasión llegó a sentir algo más que el roce de una serpiente. Luego la extraña criatura se separó de su lado y se zambulló en el lecho de flores detrás de Miau. Una larga cola verde con anillos violeta, de suave piel sedosa y forma ahusada, desapareció tras una nueva explosión de pétalos.
Intentó incorporarse, pero descubrió que sólo podía mover la cabeza. Aunque todavía en gravedad nula, de algún modo habían logrado sujetarlo apretadamente a esa superficie, como pudo comprobarlo gráficamente un instante después cuando miró hacia arriba y vio a no más de tres metros sobre él (o debajo, o al costado: ya no sabía cómo considerarlo, siendo nula la gravedad) su propia imagen reflejada, con los brazos y las piernas extendidos, manchado de arena, pálido, que lo miraba frenético, repetida por una docena de reflejos cada vez menos claros de la misma imagen ridícula y desgarradora.
Comenzó a reconocer la forma interior y la decoración del platillo. Más de la mitad de las flores que había visto eran reflejos. El cielo raso y el suelo eran espejos planos y redondos de seis metros de diámetro que se enfrentaban a una distancia de dos metros y medio. Él yacía con los brazos y las piernas extendidos cerca del centro de uno de ellos. El espacio entre los bordes de los dos espejos estaba totalmente cubierto de exóticas flores de gruesos pétalos, grandes y pequeñas, de color amarillo pálido, celeste, violeta, magenta, pero en su mayoría rosa o rojo rosado. Flores vivas, según parecía, porque había hojas con forma de hoz, de espada, de saetas, y también algunas ramas retorcidas. Probablemente constituían su almacén hidropónico, o lo que fuere, que llenaba gran parte del borde exterior ahusado del platillo.
Pero el anillo de sección triangular del borde no podía estar enteramente lleno de vegetación, porque más allá de sus pies encadenados, bajo una especie de enramada, alcanzó a distinguir un tablero de controles de color gris brillante: al menos eso fue lo que pareció aquella superficie plana con tersas protuberancias plateadas y formas geométricas. Giró la cabeza hacia ambos lados y vio que, un poco más allá de donde llegaban sus brazos fuertemente estirados, había otros dos tableros similares. Cada uno de ellos ocupaba un ángulo de un triángulo equilátero inscrito en el platillo, pero todos estaban semiocultos en la exuberante selva floral. Paul no pudo evitar pensar en esas mujeres modernas y con un cierto sentido de la decoración que viven en apartamentos pequeños y disimulan el calefactor, el telé fono, el equipo de música y otros aparatos electrodomésticos tras un primoroso detalle estético.
Todo estaba bañado de una brillante, cálida luz marítima que venía... no sabía de dónde. Un invisible sol interior..., algo muy misterioso.
Más misteriosa aún e infinitamente más personal fue la sensación que tuvo luego: la de que su mente estaba siendo invadida y que sus recuerdos y conocimientos eran registra dos como si se tratara de una baraja. Recordó aquello tan trillado: que un hombre a punto de ahogarse revive su vi da en unos pocos segundos, y se preguntó si eso resultaría válido también si uno se ahoga en un mar de flores... o e crucificado por un tigre antes de ser destrozado y devorado.
Las sensaciones de su mente se sucedían tan de prisa que solo podía verlas u oírlas de manera muy borrosa. Eran sus propias posesiones mentales; sin embargo, era incapaz de tomar nota de ellas mientras pasaban fugazmente y se desvanecían: ¡una humillación definitiva! Las pocas imágenes que pudo captar hacia el final de este «registro de aduana» mental manifestaban una estrambótica preocupación por los zoológicos y los ballets.
Miró a su alrededor, pero no vio el menor vestigio de le criatura atigrada o de Miau. El sol invisible seguía brillando. Las flores estaban mortalmente inmóviles, exhalando sus perfumes.

Donald Merriam estaba a mitad de camino en su tercer pasaje a través de la sombra del Errante. A su derecha estaba el lado nocturno moteado de verde del extraño planeta, que aún le recordaba la parte inferior del abdomen de una araña. Tenía al frente un haz de estrellas y a su izquierda el elipsoide negro cada vez más aplanado de la Luna, con las hebras negras semejantes a una telaraña que partían de su nariz contra un fondo densamente resplandeciente. Empezaba a sentir cansancio y frío y dejó de intentar ponerse en contacto por radio.
En la cara del Errante, apareció un mortecino punto amarillento, en lo alto, cerca del haz de estrellas. Rápidamente se convirtió en un trazo amarillo, horizontal con respecto a la posición de Don; luego en un trazo doble con una pequeña extensión negra en el medio, como las novedosas y populares luces delanteras fluorescentes de los coches; por último en dos husos amarillentos que crecían de tamaño.
Sólo entonces se dio cuenta de que aquello no era una especie de mancha en la superficie del Errante, sino algo material —o dos cosas— que se dirigían directamente hacia la Baba Yaga. Se estremeció y parpadeó, y, sin que advirtiera la menor desaceleración gradual, vio que los dos husos amarillos se detenían y quedaban inmóviles a cada uno de los lados de la Baba Yaga, tan cerca, que el marco de la pantalla espacial cortó el extremo en forma de daga de los dos husos.
Tuvo la impresión de que se trataba de dos naves espaciales con forma de platillo de entre diez y quince metros de diámetro y tres o cuatro metros de altura. Al menos, hizo esfuerzos por mantener en su cerebro esa impresión, pues se resistía a creer que fueran... animales.
La estimación que había hecho de sus formas quedó confirmada cuando, sin relampagueo visible de propulsores, se inclinaron hacia él y se convirtieron en dos círculos amarillos, uno con un triángulo violeta inscrito en él y el otro con una V violeta, cuyos extremos se estiraban desde el centro hacia el borde.
Sintió que su cuerpo, cubierto con el traje espacial, era suavemente empujado hacia atrás, mientras la Baba Yaga era transportada hacia adelante entre sus dos escoltas —ya empezaba a considerarlos así— hasta que sólo quedaron los extremos delanteros de sus bordes en la pantalla espacial. En adelante mantuvieron su posición con suma precisión, como si hubieran introducido en su pequeña nave espacial —y de algún modo también dentro de su cuerpo— una extraña sensación.
Sólo entonces advirtió que los pálidos puntos verdes que había visto sobre la superficie del Errante pululaban ahora en la negra esfera del planeta como miles de pequeños insectos fosforescentes.
Después vio que el haz de estrellas se ensanchaba, mientras que el elipsoide negro de la Luna se reducía considerablemente.
Según sus cálculos, sus escoltas estaban conduciendo la Baba Yaga a unos cien kilómetros por segundo. Y sin embargo, no percibía el efecto ni siquiera de un átomo de fuerzas G, que deberían haberlo aplastado en realidad contra el muro de la nave, o mejor dicho, ¡haberlo hecho pasar a través de él!
En ningún momento durante las últimas horas, ni siquiera en ocasión de su pasaje a través de la Luna, había pensado: Esto tiene que ser una alucinación. Lo pensó ahora. La aceleración y el precio que se pagaba por ella en combustible y tensiones G constituían la médula de su conocimiento profesional. Lo que les estaba ocurriendo ahora a su cuerpo y a la Baba Yaga no era sólo una monstruosa intromisión de lo desconocido: sencillamente, contradecía todo lo que él sabía acerca de vuelos espaciales y sus férreas limitaciones. De diez kilómetros por segundo, con relación al Errante, a mil perpendicularmente al curso inicial, sin siquiera sentirlo, incluso sin el menor indicio de que se hubiera puesto en funcionamiento algún propulsor principal, aunque éste no fuera capaz de producir más calor que el que emitía una de aquellas lejanas estrellas azules... Eso no era meramente extraño, ¡era imposible!
Sin embargo, allá abajo, las manchas verdes seguían escabulléndose de la vista por debajo, mientras arriba, el haz de estrellas seguía ensanchándose. Y, de pronto, la Baba Yaga irrumpió a la luz del Sol por encima del Errante. El resplandor reflejado le hirió los ojos desde la izquierda del marco de la pantalla espacial y el borde amarillo de su escolta de babor. Entrecerró los ojos, buscó a tientas las gafas polarizadas, se las puso y luego abrió los ojos y miró.
La Baba Yaga, siempre entre sus dos escoltas, ascendía aún alrededor del Errante a una velocidad fantástica. La pantalla espacial giró un poco hacia la derecha y, mirando por encima de la parte superior del planeta, Don pudo ver la Tierra, casi toda, ahora, constituida por el océano Pacífico, y el resplandeciente sol blanco, que todavía le hería los ojos a través de las gafas.
Debajo de él, la superficie planetaria estaba en su etapa nocturna. A lo lejos, se veía un cuarto creciente del lado diurno, amarillo en su mayoría, pero con el extremo más alejado violeta.
Curvándose por encima de su cabeza y alrededor de él, destacándose contra el espacio cuajado de estrellas, flotaban todavía las hebras blancas que salían de la nariz de la Luna. Pero dos de ellas eran más gruesas ahora: ya no parecían hebras, sino cuerdas.
Frente a Don, las hebras se arqueaban hacia abajo y convergían en el polo norte del Errante. Una vez allí, muy cerca unas de otras pero todavía separadas, más o menos una docena en total, parecían simplemente unirse a la superficie aterciopelada del planeta, unas sobre la faz diurna, otras sobre la nocturna. Parecían extraños viñedos sin hojas que brotaran de la parte superior del Errante. Precisamente hacia ese lugar enfilaban ahora la Baba Yaga y sus escoltas.
Entonces, cuando parecía que en el instante siguiente pasarían zumbando junto a los tallos cada vez más gruesos o se estrellarían contra ellos, las más fuertes convicciones de Don acerca, de los vuelos espaciales fueron puestas otra vez en tela de juicio: la Baba Yaga y sus escoltas perdieron la mayor parte de su velocidad prácticamente en un segundo y viraron simultáneamente en línea recta hacia abajo, hacia el sitio negro y amarillo en el que arraigaban los tallos.
O sus escoltas contaban con algún tipo de energía que les permitía vencer el principio de inercia, posibilidad de la que todo el mundo se burla salvo los autores de ciencia ficción, o él estaba sufriendo una alucinación, o...
Se volvió hacia el panel de control e intentó establecer su posición mediante el radar. Para su sorpresa, obtuvo un eco casi instantáneo.
Estaban a unos quinientos kilómetros de la superficie del planeta y se acercaban a ella a una velocidad de quince kilómetros por segundo.
Automáticamente, preparó los verniers para invertir la dirección de la Baba Yaga para poder así frenar con el resto de combustible del propulsor general de que pudiera disponer todavía.
Pero los propulsores del vernier no movieron a la Baba Yaga. Su pantalla espacial seguía enfrentando al planeta, allá abajo. Y sólo entonces se dio cuenta de que caían a plomo casi paralelamente al lado diurno de una de las hebras que, tras haberse convertido en cuerdas, mostraban ahora el aspecto de gruesos tallos. Ésta parecía enorme con sus casi dos kilómetros de ancho, y su pálida mole cubría una cuarta parte de la pantalla espacial.
En fantástica perspectiva, como un exagerado pilar de Frank Lloyd Wright, grueso en el techo y fino en la base, se estrechaba casi hasta transformarse en un punto en el lugar en que tocaba el lado nocturno del planeta, muy cerca de la línea divisoria del día.
Y al mirar tan cerca la superficie del pilar, Don pudo ver que no era verdaderamente lisa, sino que estaba formada por un material suave lleno de trozos irregulares, sin duda, pensó, mezcla de roca y polvo lunares que estaba siendo absorbida desde los remolinos producidos en los pozos de la nariz de la Luna.
Los trozos descendían lentamente junto a él, como un tren que avanza algo más rápido a lo largo de unas vías paralelas.
Pero eso significaba que las rocas del pilar se precipitaban hacia abajo a la misma velocidad que la Baba Yaga, a quince kilómetros por segundo. ¿Por qué no estallaba en una tremenda lluvia de rocas al chocar contra el Errante?
De pronto, las rocas del pilar empezaron a descender más de prisa a su lado, hasta que el pilar entero adquirió una textura pulida y uniforme, como si el tren paralelo se hubiera convertido en un expreso.
O el pilar había acelerado, o...
Volvió a observar el radar. La altura de la Baba Yaga y sus escoltas se había reducido a cincuenta kilómetros, pero ahora se acercaban a la superficie a una velocidad de sólo un kilómetro y medio por segundo.
Su segunda suposición fue la acertada: habían disminuido de velocidad.
Pero ésa era toda la reducción, según mostraba el radar. Utilizó los últimos veinte segundos para examinar la superficie de abajo en busca de detalles. Pero no había ninguno: ninguna luz en el lado nocturno, nada más que una aterciopelada planicie de color limón en el lado diurno. El pilar que transportaba la mezcla de roca y polvo mantenía su anchura imponente junto a ellos.
«Me quedan pocos segundos», pensó Don cuando se precipitaron a la sombra del Errante. Se quitó las gafas. Los bordes conductores de sus escoltas aparecieron con la misma fosforescencia de color limón que habían mostrado tras el planeta. Por un instante creyó verlos allá abajo, reflejados mortecinamente sobre la superficie negra. Se preparó para sufrir el choque, y junto con él la extinción.
Entonces, repentinamente, la negra superficie del planeta se esfumó y, como si la Baba Yaga y sus escoltas hubieran atravesado ilesos el cielo raso de una gigantesca habitación brillantemente iluminada, Don vio allá abajo, muy a lo lejos, una nueva superficie.
Debía de estar muy distante, porque el pilar de rocas lunares que se precipitaba hacia abajo junto a la Baba Yaga, muy abultado todavía, se estrechaba casi hasta convertirse en un punto en el lugar en que hacía contacto con la superficie y, por un fantástico efecto de perspectiva, se transformaba de pilar en triángulo de roca lunar.
Una inferencia parecía clara. Toda la superficie del Errante que había visto hasta ese momento —que había reflejado la luz del Sol y el radar con tanta fidelidad, que había sido amarilla y violeta del lado diurno y negra con manchas fosforescentes verdes del lado nocturno—, no era más que una película, una película tan delgada e insustancial que una frágil nave espacial, como la Baba Yaga, podía irrumpir a través de ella a dos kilómetros por segundo sin sufrir el menor choque o daño, una película que hacía las veces de techo y disimulaba la luz diurna artificial y la verdadera vida del Errante, una película extendida en todas direcciones y suspendida a unos treinta kilómetros sobre la verdadera superficie del planeta..., si es que lo que veía ahora desde lo alto era la verdadera superficie del planeta, y no una nueva ilusión.
Si la complejidad y la solidez en todos los aspectos constituían los únicos elementos de juicio para reconocerla, aquélla tenía que ser la verdadera superficie del planeta. Debajo de él, llenando la pantalla espacial, se extendía una vasta planicie suavemente iluminada, resplandeciente de lagos o, al menos, de retazos de algo que tenía un tenue color turquesa; una planicie moteada de oscuros pozos circulares que titilaban en la profundidad, de dos kilómetros o más de diámetro; una planicie que, además, estaba atestada de toda clase de objetos enormes de todos los colores y formas geométricas imaginables: conos, cubos, cilindros, espirales, hemisferios, zigurats, esferas con lóbulos múltiples... Don no pudo reconocer ninguno de esos objetos, salvo como volúmenes abstractos.
¿Edificios gigantescos, máquinas, vehículos, formas artísticas puras? Podrían haber sido cualquiera de esas cosas o todas ellas.
Se le ocurrieron de pronto varias comparaciones. El arte japonés del arreglo de rocas en una escala gigantesca. Cubiertas de libros de ciencia ficción en las que se ve un suelo interminable cubierto de esculturas abstractas semivivas.
Luego sus pensamientos se remontaron muy atrás, donde se mezclaban recuerdos y pseudorrecuerdos de su más tierna infancia, y recordó cuando lo llevaban de visita a la casa de su abuela, en Minneapolis, y aquel olor acre y seco de la sala con un cielo raso muy alto, y cuando lo alzaban para que mirara —pero sin tocar— aquella vieja estantería cubierta de cosas que, según supuso después, deberían ser conchillas de ciprés, monedas chinas, pisapapeles, especímenes de rocas pulidos, flores de plástico..., puras chucherías de múltiples especies, que para el pequeño Don Merriam habían sido totalmente extrañas y carentes de significado, aunque fascinantes.
Ahora era otra vez un niño pequeño.
Aquí y allí, entre él y la planicie, aunque no directamente abajo, flotaban pequeñas nubes oscuras de forma irregular, cada una de las cuales sostenía, como nidos de huevos multicolores, un conjunto de grandes globos resplandecientes que lanzaban a lo alto luces de todos los tintes.
Estas nubes, que pasaban junto a él subiendo vertiginosamente, le recordaron que la Baba Yaga, apenas disminuida su velocidad, se acercaba a la superficie de abajo, grandiosamente atestada. La parte visible de la planicie se reducía rápidamente y las hermosas formas inidentificables iban volviéndose cada vez más grandes. Pero él ya no sentía miedo: el choque con la película había agotado toda su capacidad para sentirlo.
La Baba Yaga y sus escoltas se dirigían a un punto a mitad de camino entre dos grandes pozos que estaban tan cerca entre sí que al principio parecían tocarse tangencialmente. El pilar de roca se hundía en uno de estos pozos. El otro exhibía ese fondo oscuro pero titilante que parecía característico de todos los pozos abiertos.
Por fin, el margen entre los pozos se hizo más ancho y se convirtió en una cinta plateada. Una de las escoltas voló tan cerca del pilar de rocas descendente que pareció que iba a posarse en él.
Un instante después, sin que mediara el menor choque o sacudida, con la imposible sensación de estar volando en sueños, la Baba Yaga se detuvo en seco y quedó suspendida a apenas tres metros sobre el opaco pavimento plateado, tan cerca de él, en realidad, que Don pudo ver algunos diseños trazados sobre su superficie: un complejo arabesco arremolinado con bandas de jeroglíficos.
Todavía ingrávido, revoloteó sobre la pantalla espacial y observó a través de ella con grandes ojos saltones, como un pez contra el vidrio de su acuario.
Luego, como si un par de sus verniers se hubieran puesto en funcionamiento o una mano gigantesca la hubiera cogido, la Baba Yaga empezó a ponerse en posición vertical. Don se agarró al asiento del piloto para sostenerse.
El movimiento terminó a mitad de camino, cuando el propulsor principal de la nave apuntó directamente hacia abajo, contra el pavimento. Entonces, gradualmente, un campo gravitatorio se apoderó de él y de la nave. Oyó tres ligeros golpes secos y, simultáneamente, tres suaves sacudidas al asentarse las tres patas de su nave. Don se aferró con más fuerza al asiento porque sintió que su peso aumentaba hasta llegar a ser, según pudo juzgar después de haber pasado un mes en la Luna, aproximadamente el que había tenido en la Tierra. Al llegar a ese punto, su peso dejó de aumentar.
Pero advirtió todas estas cosas tan sólo con una fracción de su mente, porque la mayor parte de su atención estaba absorbida por la imagen que la pantalla espacial le ofrecía ahora del cielo del Errante; la parte inferior de la película a través de la cual había irrumpido hacía cuarenta segundos.
Entre él y ella, las pequeñas nubes oscuras —más oscuras ahora, pues ya no podía ver los huevos resplandecientes a los que servían de nido— desfilaban continuamente, como esas nubecillas que atraviesan los desiertos del sureste norteamericano, obligadas a retener su lluvia por el empuje constante del viento del oeste. Sin embargo, en ningún momento llegaron a oscurecer más de la octava parte del cielo. Tampoco el pilar de rocas que se ahusaba ahora hacia arriba con su triángulo invertido hasta un punto tan alto como el cielo mismo, oscurecía más de otra octava parte.
Ese cielo no era violeta pálido ni amarillo ni negro en punto alguno; tampoco había estrellas en él. Mostraba en cambio un lento giro de miles de colores oscuros: era un crepuscular cielo tormentoso atravesado por un gigantesco arco iris que variaba permanentemente su curva y sus colores. Tenía la armonía, la grandeza y la amenaza de una perpetua sinfonía de colores; sin embargo, parecía algo natural, algo que prometía incesantes variaciones vitales. Don no pudo saber con certeza si su luz provenía primordialmente de sí mismo, o era un reflejo de la que arrojaban hacia arriba los globos ahora ocultos en las nubes, o venía de alguna otra fuente indirecta. Ofrecía un aspecto parecido al efecto jaspeado que produce una película de aceite sobre el agua, o al frenesí pictórico de un cuadro como «La noche estrellada», de Van Gogh, o, más aún, al del intenso y chispeante centelleo de colores que se agita en nuestra imaginación cuando nos tapamos y apresamos los párpados con las manos.
Tenía todavía en la mente esta última imagen, que parecía haberlo introducido en otra mente aún más vasta, cuando oyó un ruidito chirriante que le heló la sangre. Miró hacia abajo lo bastante de prisa como para ver que la última de las grapas de la escotilla se desenganchaba por sí misma y que la escotilla misma se levantaba sola, mostrándole la escalera vacía que descendía desde su asidero hasta el pavimento plateado, que lo esperaba, también vacío, allá abajo.
Luego una voz, extrañamente dulce y lisonjera, le dijo en un inglés al que apenas se le notaba un ligero acento:
—¡Venga! ¡Quítese el traje espacial y descienda!

En Australia, Indonesia, las Filipinas, Japón y el este de China y Siberia era ahora de noche. El Errante, visto a menudo al principio como un yin—yang o un mandala, hacía vibrar cuerdas religiosas y místicas en millones de mentes. Y las voces del Lejano Oriente se sumaban a las de algunos americanos que intentaban advertirles a los viejos y escépticos continentes occidentales —la médula cultural del mundo— sobre lo que verían al caer la noche.

Veinte
Paul Hagbolt estaba ya bastante cansado de sus ataduras, pero, sobre todo, muy aburrido de su propio reflejo con los brazos y las piernas extendidos; el sol invisible le había secado la frente por completo, cuando sorprendió dos crípticas caras gatunas que lo atisbaban desde un rincón del lecho de flores, junto al panel de control, más allá de sus pies. Una era la de Miau; la otra, tan grande como la suya propia. Se acercaron flotando desde la penumbra, y los cuerpos que seguían a las caras se movían con una gracia tan sinuosa que apenas agitaron un solo pétalo rosa o una sola rama verde, hasta que emergieron por completo del mar de flores; luego, sin volver a echarle una sola mirada, quedaron suspendidas y enfrentadas en el aire, de modo que él las veía de perfil.
El ser atigrado sostenía a Miau frente a él, acunando a la pequeña gata gris sobre una garra extendida y un delgado antebrazo secundario verde. Paul se dio cuenta de que el segundo codo que tanto lo había aterrado era simplemente la muñeca normal en todo felino encima de los alargados huesos de la palma que constituyen un antebrazo secundario sobre la garra.
La piel de Miau estaba ahora seca y había adquirido un aspecto plumoso. La gata de Margo estaba ahora echada sobre su lomo, fantásticamente repantigada, a sus anchas, con la cola gris que colgaba de una muñeca estriada de violeta y mirando gravemente los grandes ojos de pétalos violetas de su captor... o, más bien, de su nuevo amigo, a juzgar por las apariencias.
Aquellos dos seres parecían realmente una madre con su bebé.
Los sentimientos que ahora les despertaba esa criatura atigrada, la imagen misma que tenía de ella, iban sufriendo rápidos cambios mientras la observaba en reposo: por primera vez, concibió la idea de referirse a ese ser llamándolo «ella», suposición basada en la aparente ausencia de órganos sexuales externos, con excepción de dos modestas tetillas de color añil rojizo en lo alto de su pecho verde.
Su cuerpo era demasiado corto y sus extremidades demasiado largas para ser un felino. En realidad, se parecía más al llamado leopardo cazador africano que a cualquier otro felino terrestre, aunque era considerablemente más grande: tenía casi el tamaño de un ser humano. Las proporciones generales también eran más humanas que felinas. Paul supuso que en un lugar sometido a la fuerza de gravedad, habría sido por lo menos tanto bípeda como cuadrúpeda.
La piel de su garganta, su pecho, su abdomen y la parte interior de sus miembros era verde; el resto era verde con rayas violeta.
Tenía la cabeza con las orejas erguidas, como la de cualquier felino, pero con una frente más alta y más amplia, lo cual acrecentaba la triangularidad de toda la cara, que era, no obstante, del todo felina, aun el hocico de color añil y los pálidos bigotes. Aquí la piel era violeta, salvo la máscara verde sobre los ojos.
A pesar de sus antebrazos secundarios, las finas garras parecían exactamente manos..., manos de tres dedos con un pulgar que se les oponía. Las uñas, que no se veían, eran presumiblemente envainadas y retráctiles.
La cola verde con rayas violeta se arqueaba graciosamente sobre una pata trasera medio plegada.
Paul tuvo la súbita impresión de que todo aquello —¡aun la cola! — se parecía muchísimo a una mujer alta y esbelta, vestida con un traje de piel muy ajustado para algún fantástico ballet gatuno. Cuando pensó en eso, experimentó una repentina punzada en el pecho.
Y justo en ese momento, la criatura atigrada empezó a hablar en inglés —un inglés telegráfico y con exótico acento, pero inglés al fin—, aunque no se dirigía a él, sino a Miau.
Era todo tan «imposible», que Paul escuchaba como si se tratara de un sueño.
—Ven, pequeña —dijo la criatura atigrada, frunciendo sólo los cinco centímetros centrales de sus labios morados—. Ahora, amigas. No hacer falta timidez.
Miau siguió mirándola grave, complacidamente.
—Tú y yo, misma raza —continuó diciendo la criatura atigrada en tono acariciante—. Tú calma ahora, puedo sentir. Habla, pues. Haz pregunta.
Se produjo una pausa en la que Paul se sintió a punto de comprender el fantástico malentendido que había empezado a tener lugar. Luego la criatura atigrada dijo:
—¡Tímida! ¿Quieres nombres de fachada? Conozco el tuyo. ¿El mío? ¡Tigerishka! Nombre inventado especialmente para ti. Tú creerme tigre terrible, también hermosos dedos de bailarina. Nombres de bailarinas terminar siempre «—enska, —skaya, —ishka». ¡Tigerishka!
Entonces Paul entendió. Era el supererror de un superser. Tigerishka le había estado leyendo los pensamientos hasta tal punto que había aprendido su lengua en segundos, pero durante todo el tiempo se los había atribuido a su pariente felina: Miau.
Al mismo tiempo, descubrió por qué había sentido aquella inquietante punzada: simple deseo masculino por un ser de sexo femenino excitantemente atractivo.
Tigerishka debió de haber captado también ese pensamiento, porque agitó un dedo con una yema de color añil ante Miau en un gesto de fingido reproche y dijo:
—Yo provocarte sentimientos pícaros, ¿eh, pequeña? Pero tú, francamente, no tener edad para eso... ¡y las dos somos chicas! Ven ahora, habla..., Paul...
En ese momento, la presumiblemente horrenda verdad debió de habérsele hecho evidente, porque volvió lentamente la cabeza para mirar al verdadero Paul, mientras hacía pie firmemente en el suelo con sus patas traseras. Un instante después, atravesó de un salto la cabina y se cernió sobre él con las garras extendidas como dagas y los labios morados retraídos, dejando al descubierto unos caninos agudos como agujas de cuatro centímetros en la mandíbula superior. Todavía sostenía a Miau, que no parecía demasiado sobresaltada por la súbita actividad.
Más allá de la curva de su hombro verde se veía el reflejo de su lomo y de la cara del propio Paul, desencajada de terror.
—¡So... mono! —rugió Tigerishka. Lanzó la cabeza de grandes mandíbulas hacia abajo, y Paul, rígido de pánico, sólo atinó a parpadear enloquecido. Luego, pronunciando lentamente las palabras, como si le hablara a un campesino analfabeto, la extraña criatura dijo—: Me tratas... como a una..., como a una bestia..., como ¿a una mascota? —El horrorizado desprecio con que dijo la última palabra era glacial.
Todo lo que Paul pudo hacer en el frenético terror que lo embargaba fue recurrir a algo que Margo estaba siempre diciendo, y farfulló:
—¡No! ¡No! ¡Los gatos son personas!

Don Merriam había estado junto al borde del Gran Cañón del Colorado, en la Tierra. Había mirado también sobre el borde de la Grieta de Leibnitz, cerca del polo sur de la Luna. Nunca —excepto cuando había conducido a la Baba Yaga a través de la Luna, pero por cierto jamás sobre tierra firme— había atisbado dentro de algo tan profundo como el pozo circular de dos kilómetros de diámetro que bostezaba sólo a dos docenas de pasos por el pavimento plateado desde donde estaba la Baba Yaga con la escalera colgando entre sus tres patas.
¿Qué profundidad tenía? ¿Diez kilómetros? ¿Cuarenta? ¿Ochocientos? Su diámetro parecía mantenerse indefinidamente. Pero allá abajo, muy lejos, como si su oquedad fuera una copia en negativo del sólido pilar descendente de rocas lunares, se estrechaba hasta convertirse en un minúsculo circulito borroso, apenas algo más que un punto... Sin embargo, Don sabía que aquello era sólo la consecuencia de las leyes de la perspectiva y de las limitaciones de su capacidad visual.
Jugó con la idea de que ese pozo iba derecho a través del centro hasta el otro lado del planeta, de modo que, si saltaba dentro, jamás tocaría el fondo, sino que caería a unos seis mil kilómetros, más o menos: caída muy fatigosa que le tomaría veinte horas, por lo menos —si las velocidades terminales en la atmósfera de este planeta eran como las de la Tierra—, casi el tiempo suficiente para morir de sed... Y finalmente, quizá después de algunas reverberaciones de caída invertida y reinvertida, se detendría en el aire en el centro del planeta y nadaría lentamente hacia la pared del pozo, como había nadado, en caída libre, a través del aire en la cabina de la Baba Yaga.
Claro que la presión del aire allí abajo, a seis mil kilómetros de profundidad, sería más que suficiente para aplastarlo —¡quizá bastante para volver monoatómico el oxígeno!—; pero ellos, sin duda, tendrían modos de compensarlo, modos de volver el aire tan fluido o tan denso como les fuera necesario en las distintas profundidades.
Se dio cuenta de que estaba especulando demasiado con lo que parecían capaces de hacer, y esa capacidad que les atribuía crecía sin cesar a medida que continuaba observando y meditando, aunque todavía no había visto a uno solo de ellos.
El falso recuerdo de su infancia se le presentó nuevamente, el recuerdo del pozo que atravesaba la Tierra encontrado en los fondos de la granja de su familia. También ahora miraba este otro pozo y escudriñaba su fondo en busca de una estrella o, más bien, de algún indicio del día que seguramente debía de brillar allá abajo, en las antípodas, a más de quince mil kilómetros, cautivo bajo la película de cielo abovedado. Pero aunque la buscaba, sabía que era una imposibilidad visual y, de cualquier modo, tampoco resultaba algo factible por la multitud de luces que resplandecían, relampagueaban y titilaban desde los lados del pozo en cada una de sus plantas.
Porque lo más extraño y anormal de aquel pozo era sencillamente la ausencia de todo elemento natural: no era algo que se pudiera encontrar naturalmente en una roca o se pudiera practicar en ella —de hecho, no había indicios de roca en parte alguna—, sino una estructura artificial con un volumen interior habitable que se prolongaba infinitamente, planta tras planta, hacia abajo. Éstas comenzaban después de un espacio en blanco de unos treinta metros, más o menos, situado en la parte superior, y se sucedían luego ininterrumpidamente.
Hubiera podido contar centenares de esas plantas, estaba seguro, antes de que empezaran a volverse borrosas y a confundirse unas con otras, como consecuencia, una vez más, de las limitaciones de su visión. Sin embargo, a juzgar por las que había cerca de la parte superior, eran muy altas y espaciosas, y sugerían un estilo de vida más magnificente y de más alto nivel quizá que el humano, a pesar de la sensación de claustrofobia que a Don le producía semejante infinidad de habitaciones y corredores subterráneos.
Hurgando en su memoria, sólo pudo rescatar algunas imágenes —bastante poco apropiadas, por cierto— comparables con aquella. La de los patios interiores rodeados de una maraña interminable de balcones y escaleras de incendio de ciertas grandes tiendas y edificios de oficinas, o la del reducido cuadrado de luz de una claraboya, encajonado por las estanterías de una vasta y antigua biblioteca en la que aún no se había impuesto el uso del microfilm.
Le pareció que, muy abajo, alcanzaba a ver pequeñas naves aéreas que atravesaban el pozo y que quizá lo recorrían de arriba abajo, como perezosos insectos, y algunas de ellas parecían también titilar como luciérnagas.
Como deseaba mirar más profundamente dentro del pozo, se inclinó sobre la barandilla lisa y plateada que circundaba su parte superior cogiéndola firmemente con las manos. Hasta ese simple detalle de lo que lo rodeaba era extraordinario y mostraba claramente el poder de la capacidad de aquellos seres, porque la barandilla carecía de apoyo. Estaba formada por un par de delgados aros de plata de unos dos mil metros de diámetro, suspendidos uno sobre otro sobre el margen del pozo a sesenta centímetros y a algo más de un metro, respectivamente. Al menos, si había soportes invisibles, todavía no había tocado ni tropezado con ninguno. Sólo podía ver un par de centenares de metros de los aros en ambas direcciones; más allá se desvanecían como las líneas de telégrafo. Sin embargo, suponía que rodeaban el pozo por completo.
Pero con tantos signos de su presencia allá abajo y tantas pruebas de su poderío industrial por todas partes, de su ciencia y su tecnología, tan cerca de la magia, ¿dónde estaban? ¿Por qué lo habían dejado tanto tiempo solo?
Le volvió la espalda al pozo y miró inquieto a su alrededor, pero en ninguna parte, ni sobre el pavimento plateado ni alrededor de aquellas estructuras geométricas enteramente lisas y sin ventanas, pudo ver siquiera una figura viviente, o por lo menos cualquier figura que pudiera considerar viviente: humanoide, animal o lo que fuere.
Los dos platillos volantes y amarillos de centro abultado todavía estaban suspendidos enigmáticamente a unos cuatro metros del pavimento, como en el momento en que les había dado la espalda, y en el medio, inmóvil, la Baba Yaga permanecía exactamente como la había dejado. Esto es lo que había ocurrido hasta ese momento: cuando la voz le había hablado en ese inglés ligeramente incorrecto y extrañamente estremecedor, él se había quitado de prisa el traje espacial, casi con ansiedad, y había descendido sin demora de la Baba Yaga, pero no había habido nadie allí fuera. Después de esperar unos minutos al pie de la escalera se había dirigido al pozo junto al cual quedó subyugado.
Ahora empezaba a preguntarse si la voz no habría sido una mera ilusión auditiva. Era irrazonable pensar que un alienígena pudiera hablar inglés sin ninguna conversación previa. ¿O es que podía...? Pensó qué podía resultar imposible para seres de esa capacidad.
Inspiró hondamente. Al menos el aire resultaba bastante real.
El silencio era profundo, pero cuando se mantuvo inmóvil, se distendió, cerró los ojos y dejó escapar el aliento suavemente, le pareció oír un remoto, apagado y débil rumor. ¿Era la circulación de la sangre del planeta extraño? ¿O la de su propia sangre? O quizás el rumor proviniera del pilar de rocas lunares que descendían al otro pozo, no mucho más allá de la Baba Yaga y los platillos invisiblemente suspendidos de lo que él estaba frente a ellos.
El pilar gris, que ocupaba íntegramente la tercera parte de su horizonte, pero que se ahusaba rápidamente hasta reducirse casi a un punto a la altura del cielo, parecía a primera vista una montaña sólida, salvo que él sabía que se precipitaba ininterrumpidamente en el pozo a una velocidad lo bastante grande como para hacer que las partículas y los fragmentos que lo componían resultaran imperceptibles individualmente: presumiblemente a esos quince kilómetros por segundo que había calculado encima de la película, sobre el cielo que techaba la atmósfera.
Mientras observaba el pilar, empezó a advertir lentos cambios en su perfil: abultamientos y canales que se formaban lentamente y que mantenían su forma durante algunos segundos para adoptar luego otra nueva configuración. Le recordaron los grotescos abultamientos y acanalamientos que adopta la corriente salida de un grifo, tan persistentes a veces, que parecen estar constituidos de cristal sólido en lugar de agua fluida.
Pero ¿cómo podía moverse eso a semejante velocidad supersónica —¡dos segundos desde el cielo hasta el suelo! a través del aire palpable —el aire que, por fuerza, lo sabía, tenía que estar allí, puesto que lo estaba respirando— sin crear una feroz y tumultuosa tormenta de polvo y remolinos, sin un bramido como el de una docena de cohetes en su primera etapa o una veintena de Niágaras?
Ellos debían de haber creado, vaya a saber cómo, utilizando tal vez un campo inimaginable, un túnel de vacío sin muros, al igual que sin duda debieron crear —ahora que pensaba en ello — vacíos tubulares semejantes a través de los cuales pudieran viajar la Baba Yaga y sus escoltas después de irrumpir por la película del cielo... e incluso antes de eso, a través del delgado plasma y los micrometeoritos del espacio.
Siguió mirando fijamente hacia arriba la fantástica perspectiva que ofrecía el pilar gris. ¿Cuánto podría continuar todavía esta monstruosa transferencia? ¿Cuánto duraría la Luna, convertida ya en un pálido elipsoide de cascajos que se dispersaban en anillo, a este ritmo de reducción? ¿Cuánta materia lunar quedaría aún fuera del Errante?
Desde el sector de su cerebro instruido en ingeniería y geometría surgió casi de inmediato la primera respuesta aproximativa: semejante corriente de rocas, trasladándose a quince kilómetros por segundo, tardaría ocho mil días en transportar la sustancia total de la Luna. Sólo había visto una docena de corrientes de roca.
Pero ellos podrían acelerar las corrientes, y quizás hubiera otro conjunto de ellas en el polo sur del Errante, y hasta era probable que se estuvieran creando otras. Apartando la mirada del pilar, comprobó que había tres más a lo lejos: parecían grandes brotes de agua gris que montaran hacia el cielo.
El cielo era ahora una sinfonía de azules, verdes y marrones oscuros que se arremolinaban lentamente como un gran río de márgenes invisibles, austero y amenazador. Miró entonces las estructuras más lejanas que rodeaban el pavimento plateado vacío excepto donde se encontraban los pozos; dejó vagar su mirada en tomo a ese círculo de volúmenes monstruosos, multiformes, de matices pastel, y le pareció que algunas de aquellas estructuras, las más distantes, habían cambiado de posición y de forma —y en algunos casos, hasta se habían acercado— desde la última vez que las había examinado.
La idea de que grandes edificios —o lo que fueren— pudieran desplazarse cuando no había otros indicios de vida, lo perturbó muchísimo. Volvió al pozo, junto a la barandilla plateada, para examinar los niveles superiores casi con desesperación, en busca de signos de alguna actividad en menor escala. Intentó ver las plantas superiores inmediatamente debajo de él, o cerca a cada uno de los lados, pero el labio plateado sobre el que estaba parado sobresalía varios metros del borde del pozo, como un alero, y le cortaba la visión. De modo que dirigió rápidamente la mirada hacia las ventanas y los balcones más altos del frente, y al cabo de un rato le pareció que distinguía unas figuritas que se movían en ellos, pero a casi dos mil metros de distancia, no era fácil estar seguro de ello, y, de cualquier modo, los ojos le empezaban a lagrimear y a escocerle. Se estaba preguntando si se atrevería a volver a la cabina en busca de sus binoculares, cuando una voz, con tono amable pero firme, dijo tras él:
— ¡Ven!
Don se volvió muy lentamente. Algo más alto que él, a no más de seis metros de distancia, erguido con el garbo y la arrogancia de un torero, estaba un bípedo esbelto, sedoso, de color negro con manchas rojas cuya forma oscilaba entre la de un felino y la de un antropoide. Parecía un leopardo cazador africano de frente elevada, algo más grande que un puma y erguido como un hombre o como un tigre rampante de piel negra estriada de rojo que llevara un turbante negro y una estrecha mascarilla roja; el turbante era la zona frontal y temporal sobreabultada de la cabeza, que se destacaba de manera nada felina. La cola se alzaba como una lanza roja por detrás de la espalda. Las orejas eran puntiagudas. Con algo que asemejaba una flor en torno de las pupilas, los ojos, grandes, tenían un mirar sereno.
Moviendo apenas sus pequeños pies uno junto al otro, aunque con la elegancia de un bailarín, extendió un brazo con cuatro dedos en un gesto de invitación. Los delgados labios de aquella máscara negra se entreabrieron, mostrando unos caninos agudos como agujas, y repitieron suavemente:
—Ven.
Lentamente, como en un sueño, Don avanzó hacia la criatura. Cuando estuvo cerca, ella hizo un movimiento con la cabeza, y la sección de pavimento sobre la que estaban —una sección circular plateada de unos tres metros de diámetro— empezó a hundirse muy lentamente dentro del cuerpo del Errante. La criatura extendió uno de sus brazos y lo apoyó delicadamente sobre los hombros de Don, que no pudo evitar la imagen de Fausto y Mefistófeles descendiendo a los Infiernos. Fausto quiso poseer todo el conocimiento. Con sus espejos mágicos, Mefistófeles le permitió vislumbrar el universo. Pero, ¿qué recurso mágico es capaz de otorgar una cabal comprensión de todo lo que se ve?
Apenas habían descendido hasta la altura de las rodillas, cuando estalló un vivo resplandor en el cielo. De pronto, más allá de la Baba Yaga, estaban suspendidos un tercer platillo y una nave tan parecida a la suya que Don sintió que se le hacía un nudo en la garganta y pensó automáticamente en Dufresne. Pero luego advirtió algunas pequeñas diferencias en la estructura y alcanzó a ver la estrella roja de los soviéticos.
La imagen quedó interrumpida por la curva plateada del pavimento, mientras la plataforma continuaba su descenso.

Veintiuno
Aunque muy pocos seres humanos tuvieron un contacto directo, escalofriante y aterrador con el Errante y sus habitantes, y aunque un número algo mayor logró estudiarlo con el ojo amplificador y mensurador de la ciencia, la gran mayoría de la humanidad sólo conoció al recién llegado planeta de vista y por las destrucciones que causó. La primera cuota de destrucción fue volcánica y distrófica. Las mareas o las tensiones impuestas por ellas en la corteza sólida de la Tierra produjeron sus efectos más rápidamente que las de la capa oceánica.
A las seis horas de la aparición del Errante, casi había cesado ya la gran actividad registrada a todo lo largo del gran cinturón sísmico que circunda el océano Pacífico, que, extendiéndose por la costa norte del Mediterráneo, había llegado hasta el corazón de Asia. Los continentes se rasgaron y las ciudades, sacudidas brutalmente, se habían desmoronado. Los volcanes, incandescentes y convulsionados, escupieron mares de lava envueltos en llamaradas descomunales. Hasta hubo algunos que explotaron. Se produjeron temblores en puntos tan distantes como Alaska y la Antártida, muchos de ellos bajo el mar. Grandes tsunami atravesaron los océanos, monstruosas y largas hinchazones, convertidas en gigantescos puños acuáticos al llegar a las orillas. Sus víctimas ascendieron a cientos de miles.
No obstante, hubo muchas zonas, incluso cerca del mar, en que toda esta ruina y destrucción fue sólo un rumor o un titular en los periódicos, o quizá una voz en la radio durante esas horas de gracia antes de que el Errante atisbara sobre el horizonte y envenenara el cielo de las ondas radiales.

Richard Hillary había dormitado durante la mayor parte del viaje por Berks, ni siquiera recordaba haber pasado por Reading, y sólo ahora empezaba a despertar lentamente mientras el autobús cruzaba por primera vez el Támesis algo más allá de la Maidenhead. Se dijo que no era tanto la caminata de la noche anterior lo que lo había cansado —era un gran andarín— como los desvaríos literarios de Da¡ Davies.
Era cerca de mediodía, y el autobús se aproximaba al canal de mareas del Támesis y al oscuro y neblinoso bulto de Londres. Richard subió la cortinilla e inició una melancólica aunque agradable meditación sobre los efectos del industrialismo, la superpoblación y el exceso de obras de construcción.
—Se lo ha venido perdiendo, compañero —dijo un hombre bajo con sombrero de hongo que ocupaba el asiento del lado.
Resumió complacido ante el requerimiento cortés pero tibio de Richard. Durante las últimas seis horas había habido un considerable número de terremotos en todo el mundo —según parecía, un sismólogo, después de contar los picos registrados en su cilindro, había decretado: «¡Absolutamente sin precedentes!»— y, como consecuencia, era probable que las olas producidas por esos temblores alcanzaran incluso las costas británicas: ya se habían lanzado advertencias a las embarcaciones pequeñas y algunas zonas costeras bajas estaban siendo evacuadas. Varios científicos, presumiblemente en busca de sensacionalismo, habían hecho declaraciones acerca de las «mareas gigantescas» que se producirían, pero las autoridades responsables habían rechazado severamente estas exageraciones. La gente con mentalidad de corrector de galeradas señaló gozosa que confundir tsunami con mareas era un viejo error popular.
Por fin, el bullicio provocado por los terremotos había desalojado de los noticiarios al platillo gigante americano. No obstante, para equilibrar esa victoria, Rusia estaba haciendo ruidosas protestas acerca de un misterioso ataque, felizmente rechazado, contra su preciosa base lunar.
No por primera vez, Richard reflexionó que la tan ufana «industria de las comunicaciones» de esta época había procurado a la gente y a las naciones el medio de asustar y de aburrir simultáneamente a sí mismos y a los demás. No comunicó a su compañero de asiento esta consideración— en cambio, se volvió hacia la ventanilla mientras el autobús disminuía la velocidad al entrar en Brentford, y examinó la ciudad con ojos de novelista. Casi de inmediato fue recompensado con un espectáculo humano que podría describirse como «carrera de fontaneros« contó tres pequeños coches con la insignia de esa profesión y cinco hombres con cajas de herramientas o grandes llaves de tuerca que iban de prisa de un sitio a otro. Se sonrió pensando que invariablemente el exceso de construcciones tiene sus propios trastornos digestivos.
El autobús se detuvo no lejos del mercado y la confluencia del canalizado Bent con el Támesis. Dos mujeres subieron y una de ellas le decía a la otra:
—Sí, acabo de llamar a mamá, que está en Kew espantosamente alterada. Dice que el prado está inundado.
Entonces, repentinamente, brotó un enorme caudal de aguas pardas de las bocas de alcantarilla de la calle, y una corriente igualmente sucia salió de la entrada de varios edificios.
El hecho produjo en Richard un peculiar espanto, porque en un nivel casi por debajo del pensamiento consciente, vio aquello como si las enfermas casas sobrealimentadas estuvieran evacuando, con entera independencia de la gente que las habitaba, el producto de su indisposición. Diarrea arquitectónica. En ningún momento se le ocurrió pensar que a menudo el primer indicio de una inundación es el desborde de las cloacas.
Varias personas pasaron corriendo precipitadamente junto al autobús, y detrás de ellas, pegada a sus talones, una oleada de agua más limpia que iba de un bordillo al otro, quizá de unos quince centímetros de profundidad, que bajaba por la calle limpiando la suciedad.
Por fuerza tenía que venir desde el Támesis. El limpio Támesis, el «Sweete Themmes» de Spenser.

La segunda y más grande cuota de destrucción por parte del Errante fue la inundación de casi las tres cuartas partes de la superficie de la Tierra por los mares. Esta película de agua puede resultar insignificante desde el punto de vista cósmico, pero para los habitantes de la Tierra ha sido siempre una especie de infinitud, de distancia, de profundidad y de poder. Y siempre ha tenido sus dioses: Dagon, Num, Nodens, Ran, Rigi, Neptuno, Poseidón... Y las mareas son la música de los mares.
El arpa de los mares, que Diana, la diosa lunar, rasguea con arrebatada solemnidad, es tañida con manos de agua salada de kilómetros de profundidad, centenares de kilómetros de anchura, millares de kilómetros de largo.
A través de las vastas extensiones de los océanos Pacífico e Indico se tienden las cuerdas bajas: desde las Filipinas hasta Chile, desde Alaska hasta Colombia, desde la Antártida hasta California, desde Arabia hasta Australia, desde Basutolandia a Tasmania. Aquí resuenan las notas profundas, algunas de cuyas vibraciones duran un día entero.
El Atlántico provee la voz media, cantabile. Aquí el tempo es más rápido y más regular, y la medida es la mitad de un día: las familiares mareas semicotidianas de la historia occidental. Las bandas de mayor vibración vinculan Terranova con Brasil, Groenlandia con España, Sudáfrica con la Antártida.
Donde las cuerdas se cruzan, suelen atenuarse entre sí como en los nudos de las mareas cerca de Noruega y las islas de Barlovento, y en Tahití, donde sólo el Sol controla las pequeñas mareas: el tañido del distante Apolo es más débil que el de Diana, y produce siempre las mareas altas a mediodía y medianoche, y las bajas al anochecer y al alba.
Los ecos y contraecos en las bahías, los estuarios, los estrechos y los mares mediterráneos proporcionan los agudos del arpa oceánica. Estas cuerdas más cortas son a menudo más vigorosas e intensas, del mismo modo en que un violín domina a un violonchelo: las altas mareas de Fundy y el estuario de Severn, del norte de Francia y el estrecho de Magallanes, de los mares de Arabia e Irlanda.
Tocadas por los suaves dedos de la Luna, las bandas del agua vibran gentilmente: treinta o cincuenta centímetros arriba y abajo, un metro y medio, tres metros, rara vez seis, más raramente todavía por encima de esa marca.
Pero ahora el arpa de los mares había sido arrebatada de manos de Diana y Apolo, y era tañida por dedos ochenta veces más fuertes. Durante el primer día después de la aparición del Errante las mareas subieron y bajaron de cinco a quince veces más de lo normal y, durante el segundo, de diez a veinticinco, respondiendo velozmente el agua al enérgico tañido del Errante. Las mareas de dos metros se volvieron mareas de veinte; las de diez metros, de cien... y aún más.
Las mareas gigantescas seguían por lo general las viejas pautas: un arpista diferente, pero la misma arpa. Tahití fue sólo una de las muchas zonas de la Tierra —no todas ellas muy tierra adentro— que no fueron afectadas por la presencia del Errante. En esa isla apenas se tuvo conciencia de él, —salvo como un reluciente espectáculo astronómico.
Las costas contienen a los mares con murallas que las mismas mareas ayudan a levantar. En pocos sitios se enfrentan los mares con largas extensiones de tierra llana donde cada día la marea puede dar zancadas de kilómetros tierra adentro y luego regresar: los Países Bajos y el norte de Alemania, unas pocas playas y marismas saladas, el noroeste de África.
Pero hay muchas costas de unos pocos centímetros o unos pocos metros por encima del nivel del océano. Allí las mareas multiplicadas levantadas por el Errante avanzaron diez, veinte, cincuenta y más kilómetros tierra adentro. Las grandes masas de agua se enfrentaban a veces con estrechos valles, y la presión que ello creaba les imprimía un avance más veloz y destructivo, con sus cabeceras y crestas coronadas de escombros, su interior repleto de tierra y arena, y su fondo que arrastraba una arolladora avalancha retumbante de piedras y rocas que rodaban y entrechocaban triturándolo todo a su paso. En otros sitios, en cambio, la invasión de la marea fue silenciosa como la muerte.
En los puntos de bruscas mareas y costas abruptas pero no muy altas —como Fundy, el canal de Brístol, los estuarios del Sena, el Támesis y el Fuchun— se produjeron desbordes: grandes hongos de agua que manaban como fuentes sobre la tierra en todas direcciones.
Las plataformas continentales poco profundas fueron barridas por el drenaje de las mareas bajas, y sus arenas fueron lanzadas como cascadas en los abismos oceánicos. Aparecieron arrecifes e islas que hasta entonces habían estado profundamente sumergidos; otros fueron cubiertos de modo igualmente profundo. Los mares de aguas bajas y los golfos como el Pérsico quedaban en seco una o dos veces al día. Se hacía cada vez más hondo el fondo de canales y estrechos, mientras que las aguas cubrían los istmos bajos cuando el mar los invadía y atravesaba sobre ellos. Provincias y hasta países enteros vieron sus campos más fértiles envenenados por la sal, sus rebaños y manadas arrastrados por las corrientes, sus casas y ciudades devastadas y sus grandes puertos anegados.
A pesar de la confusión provocada por la catástrofe y de lo repentino del ataque astronómico, se llevaron a cabo prodigios de rescate: un millar de Dunquerques, un centenar de millares de valientes improvisaciones. Las organizaciones especializadas en desastres, como los guardacostas y la Cruz Roja, funcionaron de manera meritoria; y algunos de los preparativos organizados para catástrofes atómicas de otra especie resultaron sumamente útiles.
Sin embargo, murieron millones.
Algunos vieron venir el desastre, fueron capaces de huir, y lo hicieron. Otros, aun en las zonas más afectadas, no pudieron hacerlo.

Dai Davies avanzaba a grandes zancadas por las arenas del fondo, totalmente cubiertas de inmundicias, del estuario de Severn a través de la ligera niebla que iba disipándose, con la furiosa energía y concentración de un borracho en la cima de sus capacidades alcohólicas. Tenía la ropa y las manos enlodadas por haber resbalado y caído dos veces, sólo para ponerse de pie nuevamente y seguir adelante casi sin el menor impedimento. De vez en cuando miraba atrás y corregía la dirección cuando veía que sus pisadas viraban. Y de vez en cuando se echaba un trago mesurado de una botella chata sin interrumpir la marcha.
Hacía ya mucho que la costa de Somerset se había desvanecido, con excepción del vago bulto, a través de la niebla todavía levantada, de estructuras industriales marítimas río arriba cerca de Avonmouth. Hacía ya mucho que se habían desvanecido las insinceras voces de aliento y los despreocupados consejos —«¡Vuelve, galés bobo, que vas a ahogarte! »— de los compañeros del bar que había conocido esa mañana.
De vez en cuando murmuraba para sí:
—Ocho kilómetros hasta Gales a través de las arenas, desde mediodía hasta las dos, mientras dura la marea menguante —agregando ocasionalmente maldiciones como—: ¡Somersetianos sin corazón! ¡Haré que se avergüencen! ¡Condenados yanquis, ladrones de la Luna! —y algunos fragmentos de su poema Adiós a Mona, compuesto a medias— «Hermana Mona, en tu esquife de meteoros... Resplandeciente muchacha, vieja como Fomalhaut... Que peinas con blancos dedos mis estanques... Que te llevas y me devuelves mis agua...»
De pronto, oyó un bramido remoto. Un helicóptero apareció como un fantasma, dirigiéndose río abajo, pero el bramido persistió. Da¡ cruzó una depresión particularmente lodosa en la que los zapatos se le hundieron y tuvo que arrancarlos del barro con un ruido apagado. Decidió que debía de ser el canal de Severn y que ahora debía de estar subiendo a la gran extensión arenosa del fondo que se conoce como los Terrenos Galeses.
Pero el bramido se hizo más fuerte; pudo caminar más fácilmente porque las arenas habían comenzado a descender nuevamente; el último velo de la niebla se desvaneció; y de pronto su camino quedó bloqueado por un rápido y turbio río de más de cien metros de ancho que se precipitaba en ondas con crestas de espuma y devoraba codicioso las orillas arenosas a cada lado.
Se detuvo estupefacto. Sencillamente no se le había ocurrido que, por mucho que bajara la marea, el Severn era un río y por fuerza tendría que seguir manando. Y ahora se dio cuenta de que no podía haber cruzado más de la cuarta parte del canal.
Corriente arriba podía ver una joroba blanca que se empinaba y caía luego en... ¡Pero claro!, era el punto en que el Avon se volcaba en el río de mayor caudal.
Dio un salto atrás justo en el momento en que un largo trecho de orilla se desmoronaba casi a sus pies. No obstante, se quitó valientemente la chaqueta, pues nadar parecía lo adecuado, deteniéndose en medio de la acción para echar mano de la botella. Una viga negra arrancada con listones clavados en ella avanzaba corriente abajo, cortante como una gran cuchilla afilada. Se llevó la botella a los labios. Estaba vacía.
Se estremeció y tembló. Se vio de pronto como una hormiga con las ambiciones de un Napoleón. El miedo se apoderó de él.
Miró hacia atrás. Sus huellas se habían derretido hasta convertirse en huecos y abolladuras casi indiscernibles. Y había un brillo acuoso sobre las arenas que no había visto antes allí. La marea había vuelto.
Arrojó la botella y empezó a correr siguiendo sus huellas de regreso antes de que se desvanecieran por completo. Los pies se le hundían ahora más profundamente que al venir.

Jake Lesher giró una y otra vez la llave de luz, aunque tenía pruebas suficientes de que la corriente eléctrica habla quedado interrumpida. Examinó el ascensor en la penumbra de la sala. La jaula había descendido unos quince centímetros durante el último temblor y ahora se ladeaba un poco. Sus planchas de aluminio tenían un aspecto rugoso en las sombras. Le pareció ver que del interior de la jaula salía una maraña de hilos negros y retrocedió a la lúgubre luz solar del patio.
—Ahora sale más humo y veo algunas llamas —gritó Sally Harris desde el sitio en el que estaba asomada a la balaustrada—. Las llamas trepan por el edificio, y la gente las mira desde las ventanas de enfrente, pero el agua sube más rápido..., creo. Es una carrera. Vaya, Jake, ésta es una inundación como la de la Biblia, y el ático de Hugo es nuestra Arca de Noé. Ésa es la idea sobre la que constituiremos nuestra obra. También utilizaremos el fuego.
Él la cogió y la sacudió.
—¡Esto es real, pequeña estúpida! Somos nosotros los que nos freiremos.
—Pero, Jake —protestó ella—, siempre es preciso contar con una situación real para crear una obra. Lo he leído en algún sitio.

En toda la Tierra, los sentidos y las mentes de muchísima gente se habían negado a reconocer los últimos cambios en las mareas. Los de tierra adentro tendían a dudar de— lo que sus ojos no podían ver, o a reducirlo a un mínimo, y muchos de ellos jamás habían visto el mar. Los hombres en alta mar, sin tierra a la vista no podían percibir la magnitud de la marea que crecía bajo ellos —apenas lograban distinguir las olas producidas por los temblores de tierra, mucho más reducidas—, de modo que no advertían si la marea sobre la que sus barcos se trasladaban estaba sólo unos pocos centímetros o varias docenas de metros más alta de lo que debería estar o, el hueco de las mareas, proporcionalmente más bajo.
Los insurrectos que se habían apoderado del Prince Charles estaban tan ocupados en dominar las cuestiones internas del gran transatlántico atómico, tratando con los pasajeros y lidiando con parte de la tripulación que intentaba revertir la situación y recuperar posiciones, que consideraron necesario elegir a cuatro de ellos para que cumplieran la función de capitán con igualdad de poderes. Transcurrieron horas antes de que esta junta revolucionaria desviara el rumbo del barco, que se dirigía al cabo San Roque, hacía Río, donde sus líderes, según se suponía, habrían depuesto al gobierno la noche anterior; algo que no podía confirmarse por la carencia total de comunicaciones por radio. La urgente petición del capitán Sithwise, prisionero en su camarote, de que se dirigiera a toda máquina al nudo central de mareas junto a las islas de Barlovento fue acogida con burlas y risotadas por los insurrectos, para quienes se trataba de una treta obvia para acercarse a los barcos de la armada británica.
Wolf Loner alcanzó a ver el gran banco de nubes que se acercaba en torno al Endurance, hasta que el esquife navegó casi en medio de la niebla. En ese minúsculo cosmos, centrado en su barco, de agua y borrosa blancura, le volvieron las antiguas fantasías de que todo el resto del mundo se había desvanecido con excepción de este sitio, o que quizás hubiera estallado una guerra atómica y las ciudades estallaban como trozos de carbón en el fuego, o que una plaga de gérmenes virulentos artificialmente cultivados estaba invadiendo todos los continentes y que él sería el único superviviente al desembarcar en Boston. Sonrió despreocupadamente.
—Prepárense para enfrentarse con los átomos —dijo.
Pero muchas mentes se cerraban ante los hechos que venían a llamar a la puerta. En el Instituto de Mareas, en Hamburgo, Fritz Scher interpretaba satisfactoriamente para él, y casi también para Hans Opfel, cada lectura de las mareas marcadamente divergente que iba llegando. O bien había un precedente para la nueva lectura —una cota similar se había registrado en el mismo sitio cuarenta o cuatrocientos años atrás— o el caudal de las aguas había aumentado debido a una tormenta que los meteorólogos cegatos no habían advertido; o alguien de reconocida ineficiencia había leído erróneamente los instrumentos; o alguien de reconocidas simpatías comunistas había mentido.
—Tú espera —le dijo Fritz sonriente a Hans Opfel cuando éste le señaló la pila creciente de informes acerca del Errante y la destrucción de la Luna—. Tú sólo espera. Cuando llegue la noche, la vieja Luna jubilosa estará allá arriba sola... y ¡riéndose de ti! —Se inclinó ligeramente sobre la lustrosa máquina de previsión de mareas y la palmeó cariñosamente, casi abrazándola.— Tú si que sabes lo necios que son, ¿no es cierto? —murmuró con voz de escolar enamorado.
Otras mentes aceptaban la situación.

Barbara Katz limpió los últimos restos de huevo y salchicha con un pedacito de panqueque de mantequilla empapado en una solución al uno por ciento de jarabe de arce, empujó la taza de café a través de la amplia mesa de la cocina hacia Hester y expresó con un suspiro su satisfacción y su agradecimiento. Afuera los pájaros trinaban a la luz del sol. El viejo reloj de péndulo indicaba las ocho treinta en números romanos. Bajo el reloj colgaba un gran calendario en que se veía un panorama de la región pantanosa de Florida.
Hester le dirigió una amplia sonrisa a Barbara mientras le servía una taza más de ese maravilloso café fuerte y dijo:
—Parece más natural y sano, ahora que el viejo KKK consiguió una verdadera noviecita en lugar de esa muñeca.
Helen, la mujer de color mas joven, soltó una risita y luego apartó la mirada con malicia y embarazo, pero Barbara entró en su juego.
—Creo que las llaman muñecas Barbie —observó—. Bueno, da la casualidad que mi nombre es Barbara también..., Barbara Katz.
Hester rió de buena gana y Helen ahogó más risitas.
¿Por qué lo llamáis el viejo KKK? —preguntó Barbara.
—Su segundo nombre es Kelsey —explicó Hester—. Knolls Kelsey Kettering III. Usted es Katz, la cuarta K. —Y empezó a reír de nuevo.
Hubo un largo y suave crujido.
—Cierra la puerta corredera, Benjy —dijo Lester dejando de reír bruscamente, pero el negro no se movió. Se quedó en medio de la puerta con su camisa blanca y sus pantalones de color gris plateado que tenían listas de color gris oscuro a lo largo de las costuras. Había un gran copo de algodón en lo alto de la puerta corredera: un moderno fetiche blanco contra las moscas.
—Tenemos la marea más monstruosamente baja nunca vista —les informó con gravedad—. La gente se echa a andar derecho como si pudiera llegar a la Gran Bahama sin mojarse siquiera los tobillos. ¡Algunos hasta recogen pescado fresco en sus cestos.,
Bárbara se irguió en su asiento, dejó en la mesa la taza de café e hizo resonar los dedos.
—Otros dicen que la televisión no funciona... ni tampoco la radio —añadió Benjy mirándola, al igual que Hester y Helen.
—¿Sabes a qué hora exactamente baja la marea? —preguntó Bárbara resuelta.
—A las siete treinta, más o menos —contestó Benjy sin titubear—. Hace una hora. Está todo en el dorso de las hojas de ese calendario.
—Arranca la de arriba —dijo ella—. ¿Qué clase de automóvil tiene el señor K?
—Sólo los dos Rolls —respondió él—. Una limusina y un sedán.
—Prepara el sedán para un largo viaje —le dijo con brusquedad—. Toda la gasolina que pueda cargar... ¡cógela de la limusina! Necesitaremos mantas también, y todas las medicinas del señor K, y montones de alimentos, y más de este café en jarras térmicas... ¡y un par de botellas de agua de mesa que hay en el rincón!
La miraron fijamente, fascinados. Su excitación era contagiosa, pero estaban desconcertados.
—¿Por qué, mi niña? —preguntó Hester. Helen empezó a soltar risitas otra vez.
Bárbara los miró con un aspecto impresionante, luego dijo:
—Porque se avecina la marea alta. ¡Tan alta como ésta es baja..., más alta todavía!
—¿Eso es por el... Errante? —preguntó Berjy, alcanzándole la hoja que le había pedido.
Ella asintió con la cabeza y examinó el dorso de la hoja.
—El señor K tiene un telescopio más pequeño. ¿Dónde puede estar?
—¿Un telescopio? —preguntó con sonriente incredulidad—. Pues ¿para qué...? ¡Oh, claro! La astronomía es lo que usted y el señor K tienen en común. Pues creo que lo ha puesto, ese con el que espía a las chicas, en la sala de armas.
—¿Sala de armas? —preguntó Bárbara con los ojos brillantes—. ¿Y dinero en efectivo?
—Estará en alguna de las cajas de seguridad —dijo Hester frunciendo el entrecejo.

Veintidós
Los estudiosos de los platillos empezaban por fin a sentirse vivos otra vez después de su remojada y agotadora carrera con las olas. Los hombres habían hecho un fuego con las maderas arrastradas por el mar junto a la autopista vacía cerca del puente de hormigón en el extremo de la aguada, y todos estaban secándose junto a él, lo cual hizo necesario un amistoso intercambio de ropas, mantas secas y otros artículos diversos traídos del camión.
Rama Joan cortó las piernas de los pantalones de su frac, manchado de sal, y los transformó en unos bermudas, arrancó despiadadamente las colas y las mangas de la levita, reemplazó la blanca corbata estropeada por el pañuelo verde del turbante y se recogió los cabellos en una cola de caballo. Ann y Doc se quedaron mirándola admirados.
Todos parecían bastante abatidos. Margo notó que Ross Hunter tenía un aspecto más atildado que los demás hombres, y luego se dio cuenta de que era porque la mayoría de ellos tenía la barba algo crecida en las mejillas y el mentón, y él sencillamente llevaba todavía la barba que lo había convertido en el Barbitas.
A medida que el cielo fue poniéndose azul y brillante, los ánimos fueron recuperándose y se hizo difícil creer que todo lo ocurrido la noche anterior había pasado realmente, y que un planeta violeta y dorado estaba en ese momento aterrando a Japón, Australia y las otras islas de la mitad del planeta cubierto por el océano Pacífico.
Pero podían ver el monstruoso deslizamiento que bloqueaba la carretera a no más de doscientos metros hacia el norte, mientras Doc señalaba las ruinas de la casa de la playa y la plataforma apoyada contra el resplandeciente cerco de Vandenberg Dos, a poco más de dos kilómetros de distancia.
—Sin embargo —dijo—, el escepticismo de la humanidad acerca de sus propias experiencias crece como los hongos. ¿Qué te parece otra declaración jurada para que todos la firmemos, Doddsy?
—Estoy llevando un diario de los acontecimientos en tinta a prueba de agua —contestó el Hombrecito con viveza—. Puede ser revisado en cualquier momento. —Cogió la libreta de notas y pasó sus páginas lentamente para subrayar esa aseveración.— Si el recuerdo que tenga alguien de lo acontecido difiere del mío, de buen grado tomaré nota de ello... con tal que ponga sus iniciales junto a la divergencia.
Wejtowicz, que miraba por encima del hombro del Hombrecito, dijo:
—Eh, Doddsy, algunos de los bocetos que hiciste del Errante no me parecen correctos.
—Eliminé los detalles y tracé sólo un diagrama —admitió el Hombrecito—. No obstante, tomé los bocetos... del natural. Pero si quieres hacer algún dibujo de memoria del nuevo planeta, ¡y ponerle tus iniciales!, eres libre de hacerlo.
—Yo no. No soy ningún artista —se disculpó Wojtowicz sonriendo.
—Podrás comprobarlo esta noche, Wojtowicz —dijo Doc.
—Por Dios, ¡no me lo recuerdes! —dijo el otro, tapándose los ojos con las manos y fingiendo tambalearse.
Sólo el Escobillón seguía en actitud de desdicha, sentado aparte en la ancha barandilla del puente y mirando ansiosamente hacia el borde del mar donde se había puesto el Errante.
—Lo ha escogido a él —musitaba asombrado—. Yo tenía fe y, sin embargo, fui desdeñado. Él fue llevado en el platillo.
—No importa, Charlie —le dijo Wanda, apoyando su mano regordeta en el hombro delgado de él—. Quizá no era la Emperatriz, sino sólo su doncella, que se confundió.
—¿Sabéis?, fue verdaderamente extraño ese platillo que se lanzó sobre nosotros —les decía Wojtowicz a los demás—. Sólo una cosa... ¿Estáis seguros de que habéis visto a Paul desaparecer dentro de él? No me gusta decir esto, pero pudo simplemente haber sido absorbido por el mar, como casi nos sucedió a varios de nosotros.
Doc, Rama Joan y Hunter aseguraron que lo habían visto con sus propios ojos.
—Creo que estaba más interesada en la gata que en Paul —comentó Rama Joan.
—¿Por qué? —preguntó el Hombrecito—. ¿Y por qué supone que era de sexo femenino?
Rama Joan se encogió de hombros.
—Es difícil de explicar, señor Dodd. Salvo que parecía una gata, aunque no vi órganos sexuales externos.
—Tampoco yo —confirmó Doc—, aunque no diré que en ese momento los buscara con lujuriosa avidez.
—¿Cree que el platillo tenía en realidad algún impulso anti—inercia, como los bergenholms de E. E. Smith o algo parecido? —le preguntó Harry McHeath a Doc.
—Debía tenerlo, creo, a juzgar por el modo en que saltaba de un sitio al otro. En un caso como éste, la ciencia ficción es nuestra única guía. Por otra parte...
Margo aprovechó que todos estaban inmersos en la conversación para desaparecer entre los arbustos en la dirección que las demás mujeres habían tomado antes en sus viajes al lavabo. Trepó a una pequeña cuesta junto a la aguada y subió a un saliente de tierra sembrado de piedras a unos cinco metros sobre la playa.
Miró a su alrededor para comprobar que nadie la estuviera observando. Sacó entonces de debajo de su chaqueta de piel la pistola gris que había caído del platillo. Era la primera oportunidad que tenía para examinarla de cerca. Mantenerla escondida mientras había puesto sus ropas a secar había sido un fastidioso problema.
Era de color gris, sin lustre, de aluminio, o de magnesio por su escaso peso, y suavemente estilizada. No había ningún agujero en la punta de su cañón ahusado por el que pudiera salir algo material. Frente al gatillo había un botón oval. La culata parecía especialmente diseñada para ser asida por dos dedos y un pulgar que se les opusiera. En la cara izquierda de la culata, sobre el lado opuesto al de la palma de su mano derecha, con que la sostenía, había una estrecha franja vertical que ocupaba casi cinco octavas partes de largo de la culata, de un violeta refulgente, semejante a un pequeño nicho para termómetro.
Empuñó el arma como si fuera a ensayar un disparo. justo más allá del cañón vio una piedra de medio metro de ancho en el extremo del saliente. El corazón empezó a latirle agitado. Apuntó con la pistola la piedra y presionó el gatillo, pero no sucedió nada. Presionó algo más fuerte y, de pronto, sin que percibiera el menor culatazo, la piedra saltó, y junto con ella un trozo del saliente de un metro de ancho, para caer casi sin ruido sobre la arena a unos treinta metros de distancia, aunque parte de la arena se levantó allí en el aire para depositarse luego algo más lejos. Una brisa breve sopló detrás de ella, mientras rodaba cuesta abajo un poco de grava.
Aspiró profundamente y tragó saliva. Luego sonrió. La columna violeta no parecía haberse acortado mucho, si es que había cambiado en realidad. Volvió a guardar la pistola dentro de la chaqueta y ajustó un poco más sus cinturón. Un reflexivo ceño reemplazó la sonrisa.
Volvió a descender la pendiente y vio entonces que allí, al otro lado, estaba Hunter. Los rayos del sol que bañaban las colinas destacaban algunos pelos de color cobre entremezclados con los castaños de sus patillas.
—¡Profesor Hunter! —exclamó ella—. No creí que fuera usted así.
—¿Así cómo? —preguntó él, quizá sonriendo, pero la barba hacía difícil comprobarlo.
—Pues, de los que siguen a una chica cuando ésta atiende una necesidad privada.
Simplemente se quedó mirándola y ella se alisó el pelo rubio.
—¿No está usted acostumbrada al franco interés de los hombres? ¿De carácter sexual o algún otro? —preguntó él imperturbable. Pero agregó con rapidez—: El hecho es que me pareció oír un pequeño deslizamiento de tierra.
—Una roca rodó hasta la playa —dijo ella pasando a su lado—, pero el ruido no pudo haber llegado tan lejos.
—Llegó hasta mí —dijo él mirando la saliente junto a ella—. ¿Por qué no se quita esa chaqueta? Está haciendo calor.
—Yo podría concebir métodos de aproximación más sutiles —le dijo ella con algo de acritud.
—También yo —le aseguró él.
—Supongo que sí —convino ella al cabo de un momento. Luego, deteniéndose al pie del saliente—: Ross, nómbreme a un científico importante, un físico preferentemente, con el calibre de un Premio Nóbel, que tenga un hondo conocimiento de lo humano... Con integridad moral, pero también con penetración y caridad.
—Ésa es toda una pregunta —dijo él—. Bueno, está Drummond, está Stendhal, aunque difícilmente pueda decirse que sea un físico, y Rosenzweig... y, por supuesto, está Morton Opperly.
—Ése es el nombre que quería que dijera.

Dai Davies golpeó a la puerta acristalada del pequeño pub cerca de Portishead. Las rodillas le daban la una contra la otra; tenía la cara pálida y verdosa; el pelo, lacio, se le pegaba en mechones negros; la ropa, empapada; y si no estaba enteramente cubierto de barro después de haber caído tantas veces, era sólo porque el agua se lo había limpiado mientras nadaba el último centenar de metros en su camino de regreso por el canal de Brístol.
Borracho y desfalleciente, sentía que la última reserva de sus fuerzas lo abandonaba: sabía bien que si hubiera tenido que dar otra docena de brazadas desesperadas y de convulsivas patadas, nunca habría ganado la orilla, fuera por fin de la violenta y espumosa ola de la marea que subía por el Severn. ¡Tenía necesidad de alcohol, etanol, espíritu de vino...!, como un hombre desangrado necesita una transfusión.
Por alguna razón los inmundos somersetianos habían cerrado la puerta con llave y se habían escondido..., sin duda sólo para contrariarlo por mera crueldad mezquina, por antipatía a Gales y por desprecio a la poesía, porque a estas horas el local debería estar abierto. Por Cristo doliente, ¡los demandaría por haber cerrado el establecimiento! Apretó la cara contra los pequeños vidrios emplomados para espiarlos escondidos en sus agujeros de cobardía, pero la taberna en sombras estaba vacía y con las luces apagadas.
Retrocedió golpeándose el pecho con los brazos para entrar en calor, chillando con voz ronca de un lado al otro del camino:
—¿Dónde estáis todos? ¡Salid! ¡Qué alguien salga!
Pero no apareció ni un alma, ni una puerta se abrió en ninguna casa, ni siquiera una pálida cara femenina desamorada atisbó por una ventana. Estaba totalmente solo.
Volvió temblando a la puerta del pub, cogió el marco con ambas manos para ayudarse a mantener el equilibrio, se las compuso para levantar una pierna acalambrada y dio una breve patada convulsiva con el talón. Tres vidrios se rompieron y cayeron dentro. Bajó la pierna, luego se agachó junto a la puerta, metió el brazo hasta el hombro y buscó a tientas, encontró el pomo y lo movió. La puerta se abrió y entró tropezando tras recuperar el brazo de la red de plomo retorcido y cristal roto— luego avanzó cuatro pasos hacia la barra, y se quedó estremecido en medio de la habitación, a punto de caer desmayado.
Mientras estaba allí temblando jadeante, y sus ojos se iban acostumbrando a la penumbra, hubo en él un súbito cambio que lo volvió pletórico. De pronto, estar completamente solo en aquel momento era la cosa más maravillosa del mundo; era la culminación de un sueño MUY, muy viejo.
No prestó atención al ligero bramido que se oía a sus espaldas, ni miró una sola vez por encima del hombro, a través de la puerta rota, el canal de Brístol, que iba llenándose de sucia agua espumosa llena de desperdicios. Sólo tenía ojos para las botellas de color ámbar y verdosas, con hechizantes rótulos, alineadas en la repisa tras la barra. Eran para él como libros atesorados, fuentes de toda sabiduría, amigos de la soledad, una adorable biblioteca que podía ser degustada y saboreada eternamente y de la que nunca sería posible cansarse.
Se acercó a ellos con cariñosa solicitud, con una amplia sonrisa, y empezó a leer suave y melodiosamente los títulos de sus dorsos:
—Old Smuggler..., de Richard Blackmore. Teachers, de C. P. Snow. The Black and the White, de Stendhal. White Horse, de G. K. Chesterton...

El general Spike Stevens chapoteó por la fría agua salada, dejando atrás el hueco del ascensor por el que entraba el agua cada vez con más fuerza haciendo gruñir la puerta de metal. Una linterna que llevaba sujeta con correas al pecho brilló sobre el agua, que le llegaba hasta los muslos, y luego iluminó una pared cubierta de imágenes de batallas históricas. Otras tres linternas venían tras él, «...como si fuéramos malditos ladrones nocturnos de comedia musical», había dicho el coronel Griswold.
El general tanteó la pared, hundió los dedos a través del papel y abrió de un tirón desgarrando el papel, una puerta de un metro cuadrado, que ocultaba un espacio poco profundo que sólo tenía una palanca de color negro.
—Entendedlo —dijo con rapidez—, sólo conozco la puerta que conduce a la salida de emergencia. No sé adónde sale, como tampoco lo sabéis vosotros, porque no debo tener conocimiento de dónde nos encontramos... y no lo tengo. Esperemos que lleve a una especie de torre, porque sabemos que estamos a unos sesenta metros bajo tierra y que por algún motivo todo está cubierto de agua salada allí arriba. ¿Entendido? Muy bien, voy a abrirla.
Giró y bajó la palanca. El coronel Mabel Wallingford estaba justo a sus espaldas, el coronel Griswold y el capitán Kidley unos pocos centímetros más atrás.
La palanca se movió unos milímetros y quedó atascada. El general se colgó de ella con las dos manos, hasta que estuvo hundido en el agua sólo hasta las rodillas. El coronel Wallingford se estiró, puso sus manos sobre las del general y sumó su peso al de éste colgándose a su vez de la palanca.
Griswold gritó:
—¡Esperad! Si está atascada, significa...
La palanca bajó unos veinte centímetros. A un metro de ella, el empapelado se desgarró en ángulo recto al abrirse una puerta de sesenta centímetros de ancho y un metro y medio de alto, y una oleada de agua negra salió arrollando al capitán Kidley y al coronel Griswold... El coronel Mabel Wallingford vio hundirse más y más la linterna de este último.
El chorro de agua seguía saliendo como una sólida masa espesa, arrollando los pies de Wallingford y el general Stevens. Ambos se aferraron desesperadamente a la palanca.

Veintitrés
Margo y Clarence Dodd apoyaban los codos sobre la barandilla superior del puente de hormigón, mirando las colinas y especulando sobre el cielo de humo diluido que avanzaba desde el sur y teñía el sol de rojo, dando a la luz una ominosa tonalidad de bronce. Ella estaba allí sobre todo para escapar de Ross Hunter.
—Quizá sólo sean incendios de malezas en los desfiladeros y las montañas —di o el Hombrecito—. Pero me temo que es más que eso, señorita Gelhorn. ¿Usted vive en Los Ángeles?
—Alquilo una cabaña en Santa Mónica. Viene a ser lo mismo.
—¿Tiene familia allí?
—No, soy sola.
—Ésa es una suerte, en este caso por lo menos. Me temo que, a no ser que llueva...
—Mire —dijo ella, mirado hacia abajo—. ¡Hay agua ahora en la marisma! ¿No significa eso que está lloviendo tierra adentro?
Pero justo en ese momento, con un triunfal toque de bocina, el camión de Hixon regresaba de una gira de reconocimiento por la costa, seguido de un pequeño y macizo ómnibus escolar de color amarillo. Los dos vehículos se detuvieron en el puente. Wojtowicz bajó del autobús. Llevaba uno de los rifles del ejército. Doc venía tras él, pero se detuvo en el escalón de bajada, que constituía una adecuada tribuna.
—Me complace anunciar que he encontrado medios de transporte —anunció con voz fuerte y jovial—. Insistí en examinar la carretera de montaña de Mónica y allí, en un pequeño valle a no más de cien metros de la autopista, descubrí este autobús encantador a punto de empezar sus deberes cotidianos, que hoy será ¡el de llevarnos a todos! Está cargado de gasolina y tiene una buena provisión de sandwidches de mantequilla de cacahuete y jalea y leche fluorizada. Preparaos para partir dentro de cinco minutos. —Bajó y se acercó a la capota amarilla.— Doddsy, no es agua de lluvia lo que hay en la marisma, es agua salada de la marea... Mira al otro lado del puente y verás que se extiende como una sábana resplandeciente hasta la China. En tiempos como éstos, puede suceder cualquier cosa. Tú tienes el otro rifle, Doddsy..., ve con los Hixon. Ida irá contigo para que cuide de Ray Hanks. Yo me haré cargo del autobús.
—Señor Brecht —dijo Margo—. ¿Tiene intenciones de llevarnos por la carretera de montaña de Mónica hasta el valle?
—Parte del camino, de cualquier forma. Hasta la altura de seiscientos metros, si puedo. Después... —Se encogió de hombros.
—Señor Brecht —siguió diciendo ella—. Vandenberg Tres está al otro extremo de la carretera de montaña. En las laderas, en realidad. Morton Opperly está allí, a cargo de la parte final, puramente científica, del Proyecto Lunar. Creo que tendríamos que intentar ponernos en contacto con él.
—Vaya, no es una mala idea —dijo Doc—. Quizá tenga más tino que el militar de V—2 y mire con buenos ojos la llegada de algunos refuerzos en buen estado de salud. Es una idea saludable la de reunimos en torno a los más importantes científicos en esta situación pararreal. Pero, sabe Dios si llegaremos alguna vez al V—3, o si Opperly estará allí cuando lo logremos —añadió, encogiéndose nuevamente de hombros.
—Eso no importa —dijo Margo—. Todo lo que le pido es que si hay una posibilidad de ponernos en contacto con él, me ayude a conseguirlo. Tengo una razón especial muy importante, pero no puedo explicársela ahora.
Doc la miró con astucia, y luego sonrió.
—Sin la menor duda —prometió cuando Hunter y algunos de los otros lo rodearon con otras preguntas y sugerencias.
Margo subió al autobús de inmediato y ocupó el asiento junto al del conductor. Era un viejo ceñudo con una mandíbula tan hundida que ella se preguntó si tendría dientes.
—Es muy amable de su parte ayudarnos de este modo —observó ella.
—¿Qué me dice usted? —contestó él volviéndose para mirarla incrédulo, luciendo unos incisivos amarillentos y mellados y unas pocas muelas empastadas y ennegrecidas—. Fue él —prosiguió, señalando con el pulgar a Doc quien me habló de esa marea de que esperaba fuera ciento cincuenta metros que me ahogaría si no subía a las colinas tan de prisa como pudiera. Lo describió muy vívidamente. Y luego me dijo que no tendría que esforzarme mucho para decidir si os llevaría o no a todos vosotros, pues tenía un tío armado con un rifle que me ayudaría a resolver la cuestión. ¿Amable de mi parte? No tenía alternativa. Además —añadió—, un gran deslizamiento ha bloqueado mi camino habitual hacia el sur. Lo mismo da que me una a un puñado de locos.
Margo se echó a reír cohibida.
—Ya se acostumbrará a nosotros —dijo.
En ese momento el Escobillón subió al autobús, volviéndose para gritarle a Doc:
—Muy bien, Wanda y yo viajaremos en este artefacto, pero me niego categóricamente a beber leche contaminada con radiaciones y veneno para ratas.
El conductor miró a Margo.
—Quizá —dijo con acritud.
El resto subió también al autobús. Hunter se había sentado junto a Margo mientras ésta conversaba con el conductor. Ella le hizo sitio ostentosamente, pero él ni la miró. Doc, de pie en la puerta, contaba las cabezas.
—¡Todos presentes! —anunció. Se asomó y le gritó al camión—: Muy bien, en marcha. ¡Invertir el curso y seguir en línea a toda marcha!
El autobús escolar giró sobre el puente, y el camión tras él. Margo notó que el agua en la marisma había ascendido un metro. Una pequeña ola llegó espumosa y barrió su superficie. La playa en la que había caído la piedra contra la que ella había disparado también estaba anegada. La noche anterior, el camino se encontraba a más de un kilómetro del océano, pero ahora sólo un centenar de metros lo separaba de las olas.
Doc se acomodó en el punto estratégico que se había reservado, frente a Hunter y detrás de la puerta. Extendió una pierna sobre el asiento vacío que tenía al lado.
—Vamos a la carretera de montaña de Mónica —le dijo al conductor—. Mantenga el vehículo tranquilamente a unos cincuenta kilómetros por hora y preste mucha atención a las rocas. Tenemos por delante apenas unos seis kilómetros de autopista..., tiempo suficiente para esquivar al señor Pacífico, si se le da por engordar. Recuerden que las mareas de la costa del Pacífico son mixtas. Afortunadamente, esta mañana tenemos la baja alta. McHeath... —llamó por encima del hombro—, tú eres nuestro oficial de enlace. Vigila el camión. El resto de vosotros, no os agolpéis del lado del mar. Quiero que este autobús esté bien equilibrado cuando empecemos el ascenso colina arriba. Estamos muy por delante de la marea..., no hay peligro.
—A no ser que tengamos unas cuantas más... —empezó Margo, pero se contuvo. Estuvo a punto de decir «olas provocadas por temblores» o «tsunami».
Hunter le dirigió una resplandeciente sonrisa.
—Eso está muy bien; no lo diga —le susurró. Luego, en una voz no mucho más alta, por encima de ella, a Doc
¿De dónde sacaste esa cifra de ciento cincuenta metros, Ruddy?
—Más o menos unas ochenta veces la altura media de las mareas de Los Ángeles, que son de dos metros —contestó Doc—. Espero sinceramente que este cálculo sea bastante exagerado, pero es necesario hacer una evaluación estimativa. Oh, una vida sobre las ondas del océano, una casa rodante en las profundidades, tralalá—lará—lará, tralará—lará—lará...
Margo se estremeció ante esa voz ronca «que cantaba para elevar los ánimos» —aunque su eficacia real todavía estaba por verse— y deseó que fuera la de Paul. Luego juntó sus manos, entrelazando los dedos y examinó el respaldo del asiento del conductor. Parecía recién fregado, pero pudo distinguir las leyendas: «Ozzie es un apestoso», «Jo—Ann lleva postizos» y «Pop tiene 13 dientes».
A pesar de la confianza que había querido impartir Doc, todos vigilaban muy nerviosos el avance de las aguas y examinaban con preocupación el neblinoso horizonte. Una creciente tensión invadía la atmósfera del autobús mientras se dirigía con un continuo traqueteo hacia el sur. Margo sintió que la tensión se relajaba un poco cuando superaron la escarpada subida y dejaron atrás las dos bandas negras del camino de doble carril... Pero casi inmediatamente volvió a imperar el clima de tensión cuando la gente miró hacia adelante y vio que el camino estaba ahora amenazado por los aludes y desprendimientos rocosos. Instantáneamente relampagueó en la memoria de Margo la vívida frase de la señora Hixon: «Esas montañas se han revuelto como si fueran un guisado». Pero el primer tramo, al menos, que ascendía por una colina de suave pendiente, parecía despejado y suave.
—El camión gira tierra adentro tras de nosotros, señor Brecht —dijo desde atrás una voz disciplinada como la de un soldado.
—Gracias, McHeath —contestó Doc. Luego, se dirigió a Hunter y a Margo con sonriente entusiasmo y lo bastante fuerte como para que todos pudieran oírlo—: Confío mucho en la carretera de montaña de Mónica. No se habló mucho de ella en la prensa, pero en realidad constituye un adelanto revolucionario en la construcción de caminos.
—Eh, Doc —exclamó Wojtowicz—, si este camino estuviera despejado hasta el valle, tendría que haber tránsito.
—Estás agudo esta mañana, Wojtowicz —convino Doc—, pero sólo necesitamos que la carretera de montaña esté despejada los cinco primeros kilómetros... Eso nos permitirá llegar a más de doscientos metros de altura. No tenemos por que preocuparnos por los otros treinta y cinco kilómetros. Es más, quizás hasta nos convenga que esté bloqueado en algún lugar más adelante.
—Te entiendo, Doc: tendríamos que luchar contra cincuenta millones de coches.
—El cielo se está poniendo muy negro allá delante, mamita —trinó Ann. Ella y Rama Joan estaban sentadas detrás de Doc—. Parece una gran pluma de humo.
—Estamos entre el agua y el fuego —anunció el Escobillón; algo del tono de ensueño le había vuelto a la voz—. Pero tened buen ánimo; Ispan volverá.
—Mucho me temo que lo haga —le dijo Hunter a Margo sotto voce. Y luego agregó en el mismo tono, mirándole fijamente la chaqueta de piel, que ella llevaba cerrada con la cremallera hasta el cuello—: ¿Tendría inconveniente en mostrarme el objeto que la mujer—gato dejó caer del platillo? Vi que lo cogía, ¿sabe?, y creo que lo probó esta mañana. ¿Funcionó?
Ella no le respondió.
—Guárdeselo, si eso hace que se sienta más segura. Oí las preguntas que le formuló a Doc, y de buen grado lo apruebo. De otro modo, se lo quitaría ahora mismo.
Margo siguió sin mirarlo. «Quizá se haya peinado la barba, pero este tío tiene un olor a sudor que tumba», pensó.
El autobús llegó a la cima de la primera colina, cogió una lenta curva descendente y luego inició el ascenso de otra más empinada. Todavía no se divisaban derrumbes ni desmoronamientos.
Doc dijo en voz alta:
—La carretera de montaña de Mónica corre casi paralela a la cima de la sierra y está construida con un material similar al asfalto muy rico en largas cadenas moleculares. Por consiguiente, es muy resistente a las tensiones y casi insensible a las torsiones. Me enteré de ello metiendo las narices en algunas revistas de ingeniería. ¡Ja! ¡Confiad siempre en un genio polifacético, os lo digo yo!
—Un charlatán polifacético —murmuró alguien desde los asientos traseros.
Doc miró a su alrededor con una dura sonrisa, y finalmente detuvo su recelosa mirada en Rama Joan.
—Hemos ganado ya unos cien metros de altura —anunció.
El autobús giró y corrió a lo largo de una segunda cima ofreciéndoles un último panorama de la Autopista de la Costa. Estaba cubierta de agua. Las olas rompían contra las laderas, bañando la maleza y los arbustos.

Dai Davies, con la negligente indiferencia que podría sentir un poético hijo de Poseidón en el estudio de su padre, observó el ancho y gris canal de Brístol, que resplandecía aquí y allá como el acero a la luz plateada del Sol poniente que se filtraba entre la niebla mientras el agua ascendía centímetro a centímetro por la pendiente cubierta de malezas al otro lado del camino, frente al pub.
La última vez que había mirado, había visto dos cargueros y un barco de pasajeros que batallaban rudamente canal abajo contra la inundación. Ahora habían desaparecido, dejando sólo esparcidos algunos despojos y un pequeño bote lejano que no merecían la menor atención.
Minutos antes había sintonizado la radio y escuchado las informaciones que había transmitido un pobre locutor con la garganta seca por la tensión acerca de unas mareas monstruosas producidas, según repetía con machacona insistencia el mismo locutor, por una ristra de terremotos en cadena que habían sacudido la corteza de la Tierra durante las últimas doce horas. A estas noticias habían seguido unas enérgicas y desesperadas instrucciones dirigidas a los barcos, autobuses y trenes para que hicieran esto, aquello y hasta cosas imposibles; y por último, unas órdenes tan histéricas y frenéticas como confusas, impartidas esta vez a toda Inglaterra para que se trasladara en masa, según entendió Dai, a algún otro sitio, preferentemente a la cima del monte Snowdon.
Decidió que debían de haber sido las primeras cuotas de estas frenéticas advertencias las que habían hecho poner pies en polvorosa a todos esos cobardes somersetianos —¡dejando tras sí, de modo tan miserable, todas esas bebidas alcohólicas!— y se dejó ganar por la fantasía de Disney por un rato, bailando de un sitio a otro mientras cantaba en voz muy alta:
—¿Quién le teme a la gran ola feroz? ¡Por cierto no Da¡!
Pero en ese momento, tras un relampagueo verdoso, las luces se apagaron y la radio dejó de transmitir. Buscó velas para dar un poco de animación al sitio y fijó siete de ellas con su propia cera blanca caliente artísticamente inclinadas a lo largo de la barra.
Se volvió hacia ellas y todas goteaban bellamente, con sus llamas vacilantes, como siete doncellas de plata y de oro, reflejando su resplandor en todos los libros atildadamente rotulados de color verde y ámbar.
Veamos, pensó mientras pasaba lentamente ante las flamígeras doncellas, ha transcurrido más de un día desde que hojeé Old Bushmílls de Thomas Hardy, pero algunos de los cantos Vat 69 de Ezra Pound verdaderamente me tientan. ¿Qué he de elegir hoy? O quizá. .. ¡sí! ¡Un estímulo extranjero: Kirchwasser de Heinrich Reine!

El general Spike Stevens y el coronel Mab yacían uno junto a la otra a unos cincuenta centímetros más o menos del cielo raso de hormigón, sobre la parte superior de un armario de metal del tamaño de un catre. Ella había perdido la linterna, pero él todavía conservaba la suya sujeta con correas sobre el pecho. Brillaba sobre la quieta superficie negra del agua, allí, a sólo quince centímetros del techo del armario.
Ellos también permanecían muy quietos. La cabeza les zumbaba a causa de la presión del aire, que se había vuelto cálido por la misma compresión.
No había nada que mirar a lo largo de la parte superior de la pared o en el cielo raso, salvo el pequeño enrejado del tubo de ventilación más allá de la cabeza del coronel Mab.
La voz del general sonó extrañamente ronca, aunque distante:
—No entiendo cómo con esta presión no se va el aire por ahí —señaló el tubo de ventilación— y luego, finis. Debe de haberse obstruido... Quizá se haya disparado una válvula antirradiactiva.
El coronel sacudió la cabeza. Yacía de espaldas, mirando por encima de sus cejas.
—No es fácil verlo al principio —dijo suavemente—, pero el tubo de ventilación está lleno de agua. Puede vérsela apareciendo apenas por la rejilla del tubo. Forma como una cuadrícula de pequeñas almohadas negras o yemas de grandes dedos negros. La presión del agua desde arriba y desde abajo se equilibra..., por el momento, al menos, y en tanto las superficies del enrejado no se perturben.
—Está viendo visiones —le dijo el general—. Ésa es una idea equivocada de la hidrostática. La presión sobre el agua que tenemos abajo, por fuerza tiene que ser mayor. Tendría que desalojar el aire.
—Quizás el hueco del ascensor no esté del todo lleno todavía —contestó el coronel Mab encogiéndose de hombros—. Pero no estoy viendo visiones.
Estiró el brazo y metió un dedo en el agujero más cercano de la rejilla del tubo de ventilación. Cuando lo retiró, un chorro grueso como un cigarro brotó por el agujero y cayó ruidosamente sobre el agua de abajo como si fuera un elefante vaciando su vejiga.
El general la cogió por el hombro.
—Maldita perra estúpida —rugió. Luego le miró la cara y deslizó sus dedos dentro del escote con la intención de desgarrárselo—. Sí —dijo con aspereza mientras asentía con la cabeza—. Le guste o no.
Vaciló y luego dijo a modo de disculpa, aunque con terquedad:
—No tenemos dónde refugiarnos, salvo el uno en el otro.
Ella sonrió, mostrándole los dientes.
—Hagámoslo bien, desvergonzado hijo de puta —murmuró, entrecerrando los ojos—. Estamos acabados —agregó reflexiva, marcando cada sílaba como si estuviera pisando sobre piedras—, pero si pudiéramos alcanzar el orgasmo justo en el instante de ahogarnos... Tendremos que esperar hasta que el agua nos cubra..., No debe ser demasiado pronto...
—¡Por Dios que ha acertado, Mab! —dijo en voz alta el general, sonriéndole desde arriba como una calavera.
Ella frunció el entrecejo.
—No del todo —dijo, elevando un poco la voz como para que él pudiera oírla sobre el borboteo de los brotes de agua..., que ahora eran tres—. Hay algo más. Pero para empezar, basta; en lo otro pensaré al cabo de un rato.
Se desabotonó la chaqueta y la falda empapadas y se desprendió el sostén. La linterna sujeta al pecho del general enfocó sus pechos. Él la penetró y emprendieron la consabida tarea.
—Despacio, viejo bastardo —protestó ella.
Cuando él la estrechó contra sí, la linterna se oprimió contra su pecho inundando sus senos con un cálido resplandor rojizo.
El agua llegó a dos dedos del techo del armario, e hicieron una pausa.
—Como ratas en una trampa —comentó ella con tono divertido.
—Tiene usted una buena cola, señora Rata. Siempre pensé que era lesbiana.
—Lo soy —admitió—, pero eso no es todo lo que soy.
—Con respecto a ese tigre negro que creímos ver...
—Que vimos —aseguró ella. Luego la cara se le iluminó con una sonrisa—. La muerte por estrangulación es muy tranquila —dijo. Metió la mano en el agua, como si estuviera recostada en una canoa... y, por un momento, lo estuvo—. eso es de La duquesa de Malfi, general. El duque Ferdinando. Bonito, ¿no cree? —Cuando él frunció el entrecejo, pensativo, ella agregó, sonriendo todavía tranquilamente.— He leído en más de una ocasión que los ahorcados siempre llegan al orgasmo al morir... y la estrangulación es como el ahorcamiento. No sé si ocurre lo mismo con las mujeres, pero podría ser, y mi sexo tendría que tener la posibilidad de comprobarlo. Además, le ahorraríamos trabajo al agua, y si pudiéramos hacer que las tres cosas ocurrieran juntas... ¿Le produce placer matar a una mujer, general? Soy lesbiana, general, y me he acostado con chicas que usted nunca ha conseguido. ¿Recuerda la pequeña pelirroja del Departamento de Estadística a la que siempre le temblaba el párpado izquierdo cuando usted le gritaba?
Justo en ese momento el agua llegó al techo del armario. La rejilla del tubo de ventilación se desprendió violentamente y comenzó un espasmódico sollozo inorgánico producido, alternadamente, por el chorro de agua que salía del tubo y la bocanada de aire que subía por él. El armario se sacudió, y el general y el coronel Mab se pusieron nuevamente en acción.
—No apretaré muy fuerte al principio, maldita zorra corruptora de muchachas —le gritó él en el oído—. Recordaré que usted es la mujer.
—¿Lo cree usted? —le gritó ella a su vez, y sus manos de largos dedos fuertes de estrangulador subieron entre los brazos de él y le aferraron el cuello como una tenaza.

Veinticuatro
Las articulaciones y los músculos empezaban a dolerle a Paul Hagbolt después de tanto tiempo en esa postura de estrella de mar, a pesar del alivio que le procuraba la ausencia de gravedad. Pensó quejarse moderadamente al respecto, pero de nada le valió. Después de haber superado el primer terror que le produjo Tigerishka, había dado expresión a sus quejas y empezado a formular muchas preguntas. Pero ella sólo había dicho:
—Parloteo de monos.
Y le había pasado sobre los labios una seca pata aterciopelada que le había provocado una especie de parálisis en la garganta y en la cara por debajo de la nariz, como si le hubiera puesto una mordaza invisible.
Por lo menos, los dolores apartaban su pensamiento de las humillaciones sufridas. Después de haber descubierto que la mente primitiva en el platillo pertenecía a Paul y no a Miau, Tigerishka había vuelto a pasar revista a sus pensamientos, pero esta vez con despectiva rapidez. Luego, con no menos prisa, lo había despojado de sus ropas húmedas, quitándole momentáneamente un grillo invisible, ora del tobillo ora de la muñeca, para facilitar el proceso. Después lo había sometido a una fría inspección anatómica, con tanta indiferencia como si se hubiera tratado de un cadáver. Finalmente —¡coronación de todas las indignidades!—, le había puesto sobre los genitales un par de dispositivos sanitarios.
De ellos salían tubos serpenteantes que iban a parar al mismo panel gris plateado al que, a través de una portezuela brevemente dilatada, ella había arrojado sus ropas húmedas. Paul le dio el nombre de Panel de los Desperdicios.
En el calor de la cabina, era más confortable estar desnudo, aunque la comodidad no anulaba la humillación.
Después de atender las tareas desagradables que Paul requería, Tigerishka había procedido a ocuparse de sus propias actividades. Primero se había acicalado a si misma y a Miau, utilizando no sólo una lengua larga y puntiaguda más parecida a la de una rana que a la de un gato, sino también dos peines de plata que esgrimía igualmente bien con cualquiera de sus cuatro patas y con su cola prensil. Mientras se peinaba rítmicamente, entonaba una música discordante y extraña, componiéndoselas de algún modo para emitir tres voces de manera simultánea. Los pelos que habían quedado en los peines fueron a parar, por supuesto, al Panel de los Desperdicios.
Luego, con la sublime, o simplemente hórrida, indiferencia felina ante el mundo en agonía que pasaba bajo sus patas —porque, como sospechaba Paul, el platillo debía estar volando todavía sobre el sur de California o sobre algún otro lugar de la Tierra—, le había dado de comer a Miau. Del segundo de los tres paneles —Paul le dio el nombre de Panel de Alimentación— había sacado un gordo gusano de color rojo oscuro que le dio a Paul la desagradable impresión de que era sintético más que natural. Se retorcía justo lo suficiente como para provocar gran interés por parte de Miau, que jugó con él un rato mientras Tigerishka observaba, antes de masticarlo lentamente con signos de gran satisfacción.
Después Tigerishka se había dirigido al tercer panel, que Paul bautizó como Panel de Control, y se había enfrascado en lo que Paul supuso que sería su tarea regular: la de observación.
La primera vez que el espejo que tenía delante se había vuelto transparente, Paul no había podido menos que agradecer que hubieran tenido la precaución de instalarle dispositivos sanitarios.
Poco más o menos ochocientos metros debajo de él bullía y se agitaba un encrespado mar gris del que emergía una solitaria isla rocosa y en el que se mecía un largo buque cisterna con la proa bañada por verdes aguas.
La transparencia de la pared que tenía enfrente era perfecta. Sintió como si estuviera a punto de caer a través del gran anillo de flores para sumergirse en aquel torbellino. Pero entonces, repentinamente, la pared transparente volvió a convertirse en espejo.
Lo mismo sucedió media docena de veces en rápida sucesión, pero en cada oportunidad variaban considerablemente las alturas de observación. Siempre con el estómago contraído, se veía algunas veces suspendido sobre el mar, otras sobre costas o granjas. En una ocasión le pareció reconocer el extremo norte del valle de San Fernando, con una sección de las montañas de Santa Mónica, pero no estaba seguro de ello.
Sin embargo, con el panorama siguiente no podía haber error. Estaban por lo menos a diez kilómetros de altura, pero casi todo el vano de la ventana, de unos ocho metros de lado, estaba ocupado por una ciudad iluminada por el Sol, limitada en un costado por el mar, en otros dos por las montañas, y extendida libremente sobre el cuarto.
La ciudad estaba atravesada por seis pinceladas paralelas que empezaban muy cerca del mar, de color bermellón brillante, pero que iban tiñéndose progresivamente con el negro parduzco de un humo denso a medida que se aproximaban a las montañas de tierra adentro.
Era Los Ángeles en llamas. Esta vez el platillo quedó suspendido lo bastante bajo como para que Paul pudiera identificar los principales focos del incendio: Santa Ana, Long Beach, Torrance, Inglewood, el Centro Cívico de Los Ángeles y Santa Mónica; las últimas llamas lamían las laderas del sur de las montañas de Santa Mónica a través de Beverly Hills y Hollywood.
La pequeña casa de Margo en Santa Mónica y su propio apartamento habían desaparecido, según parecía.
La altura sólo le permitía adivinar el deambular de hormigas de los automóviles y el apiñamiento de los rojos escarabajos rectangulares de los coches de bomberos.
La línea de la costa sur parecía tener algo que no correspondía. En algunos sitios, el Pacífico había avanzado demasiado tierra adentro.
Paul sintió que se ahogaba, y sólo entonces se dio cuenta de que había intentado gritarle a Tigerishka a través de la mordaza invisible, que hiciera algo que pusiera remedio a aquello.
Ella no le dirigió una mirada siquiera, pero se volvió del panel de control y se agachó sobre el suelo invisible mirando fijamente hacia el sureste y el mar.
Debajo de ellos, a unos tres kilómetros, un espeso manto de nubes de color gris, del que colgaba una especie de oscuro faldón, avanzaba velozmente sobre la costa alterada. El faldón oscuro rozó el incendio de Long Beach, volviendo blanco su humo... ¡Era lluvia! ¡Lluvia muy densa!
Paul se quedó mirando cómo se extinguían las llamas al paso del manto de nubes y de pronto vio brillar el plateado y bermellón de dos aviones militares que avanzaban hacia él. Unos hilillos de humo salieron de sus alas, y pudo ver los cuatro cohetes en línea recta hacia el platillo, cada vez más grandes a medida que se acercaban.
Fue como si, instantáneamente, Los Ángeles hubiera caído unos treinta kilómetros. El panorama se amplió unas treinta veces.
Paul vio más trazos de humo, minúsculos ahora debido a la altura, desde la costa hasta Bakerfield. Luego la pared se nubló otra vez, no para convertirse en un espejo, sino para cobrar el color verde de una mesa de billar, presumiblemente sólo para variar.

Tigerishka metió una larga garra entre las flores y recuperó a Miau. Apretó contra sí a la pequeña gatita y, dándole la espalda a Paul, dijo en voz alta:
—Vaya, salvar para él su ciudad de monos. Llevar platillo grande sobre mar. Hacer lluvia. Agradecer mal. Ayudar mono y mono disparar.
Miau se agitó como si prefiriera volver a trepar por las flores, pero Tigerishka le lamió la cara con su lengua puntiaguda, y la gatita se estremeció deleitada.
—No gustamos, ¿verdad? —siguió diciendo Tigerishka mirando de soslayo a Paul, con una voz que era a medias ronroneo y a medias una risa cruel—. ¡Monos! ¡Cobardes, charlatanes, gregarios... sin individualidad, sin estilo!
Paul sentía ganas de estrangularla con las manos cerradas sobre la piel verde de su esbelto cuello. Sí, quería cerrar sus manos sobre ese cuello y...
Tigerishka apretó más a Miau contra sí y musitó:
—Huele. Emite olores también con su pensamiento.
Paul recordó con desconsuelo cómo había creído que Margo lo tiranizaba. Pero eso había sido antes de conocer a Tigerishka

Don Merriam estaba sentado al borde de una cama que era como un extenso cojín elástico, dentro de una pequeña habitación con paredes de suave color sedante.
Junto a sus rodillas tenía una mesa baja sobre la que había una copa transparente y una jarra llena de agua, y también un plato transparente lleno de pequeños cubos blancos de superficie rugosa y consistencia esponjosa. Había bebido sediento de la primera, pero sólo mordisqueó de manera experimental uno de los últimos, aunque olían y sabían de modo muy semejante al pan.
Los únicos detalles restantes de la habitación eran un inodoro tapado y una zona de medio metro cuadrado, en una de las esquinas, donde caía una tranquila lluvia sin salpicar ni invadir el resto del espacio. Todavía no había entrado a la ducha, aunque se había desnudado hasta quedar sólo con la ropa interior.
El nivel de la temperatura, la humedad y la iluminación se adecuaba de tal modo a sus necesidades físicas, que la habitación era casi una prolongación de su cuerpo.
Antes de que la puerta corredera, del mismo color de la pared, se deslizara para cerrarse tras su anfitrión o captor, el erguido tigre negro y rojo le había dicho:
—Bebe. Come. Alíviate y refréscate. Descansa.
Habían sido sus únicas palabras desde que llamara a Don. Durante el breve descenso en la plataforma del ascensor y luego la corta caminata a lo largo de un estrecho corredor, la criatura se había mantenido en silencio.
Don sintió alivio cuando lo dejó a solas; sin embargo, estaba irritado contra sí mismo por su temor y su timidez, que le habían impedido formular preguntas; ahora casi deseaba que la criatura volviera.
Ése era sólo uno de los muchos sentimientos contradictorios que abrigaba: cansancio—intranquilidad, seguridad—alienación, el deseo de dar expresión a sus pensamientos y la necesidad de guardárselos, el ánimo de enfrentarse a su situación y el impulso a escapar refugiándose en ilusiones.
Era fácil concebir este sitio como una pequeña habitación de hospital. O como un pequeño camarote en un gran transatlántico. Bueno, ¿qué era un planeta sino una especie de barca que se traslada por el espacio? Por lo menos, este planeta, con sus infinitas cubiertas...
El cansancio predominó; las luces menguaron; se extendió cuan largo era sobre la cama, pero al mismo tiempo, la mente se le volvió vívidamente activa y empezó a charlar..., aunque de un modo bastante ordenado.
El efecto, que se parecía bastante al del pentotal de sodio, era casi agradable. Al menos, neutralizaba su ansiedad.
Se le ocurrió que ellos le estaban invadiendo la mente, que se la estaban examinando, pero no le importó.
Era fascinante observar cómo recordaba sus pensamientos, sus conocimientos y sus experiencias, que se disponían en hileras y desfilaban después como si pasaran delante de algún examinador central.
Por fin esos elementos mentales empezaron a moverse tan velozmente que le resultó imposible seguirlos; pero aun eso estaba bien, porque la borrosidad que producían era una oscuridad cálida, tierna, envolvente, hipnotizante.

Veinticinco
Los desastres producidos por las monstruosas mareas que el Errante había provocado en todo el mundo eran innumerables.
Las corrientes, en estrechos como los de Dover, Florida, Malaca y Juan de Fuca, eran demasiado fuertes como para que los barcos pudieran enfrentarse a ellas. Los botes pequeños eran tragados como pequeños fragmentos en el canal de un molino.
Los altos puentes, especialmente construidos para afrontar con firmeza los más fuertes vientos, se vieron puestos a prueba por las aguas. Se convirtieron en verdaderas barreras para los barcos, que comenzaron a apilarse contra ellos y los derribaron.
Los buques anclados destruyeron los muelles, cortaron sus amarras y fueron a parar a las calles de los puertos, reclinados contra los muros de los rascacielos.
Los barcos faros se desprendieron de sus fuertes cadenas o fueron hundidos por ellas. Los faros quedaron inundados. El de Eddystone siguió brillando durante horas después de haberse hundido.
Los enormes témpanos de las costas de Siberia y Alaska se soltaron y fueron derretidos por el agua salada. En América y en Rusia los misiles atómicos quedaron anegados en sus silos. (Un periódico llegó a sugerir que se emplearan bombas atómicas para hacer retroceder las aguas.) Las líneas de alta tensión se desprendieron, para reaparecer seis horas más tarde mezcladas con restos de naufragios.
Las pequeñas mareas del Mediterráneo llegaron a ser tan grandes que provocaron desastres similares en magnitud a los que sufren regularmente los puertos oceánicos situados en un nivel bajo cuando a un huracán se suma la marea lunar alta.
El agua dulce del Mississippi se extendió como una delgada película sobre la marca salada que, remontando el delta, venía desde el Golfo para inundar las calles de Nueva Orleans.
Los hermanos Araiza y Don Guillermo Walker encontraron un fenómeno similar en el San Juan. Al anochecer, el río invirtió su corriente, se desbordó a ambos lados invadiendo la jungla y sus aguas cobraron un gusto salobre. Aparecieron restos de naufragios que flotaban corriente arriba. Maldijeron con asombro —los latinos con cierta reverencia, el yanqui de manera teatral, inspirándose quizás en El Rey Lear— y remontaron con la lancha la corriente hacia el lago Nicaragua.
Las poblaciones de los grandes puertos encontraron refugio en las colinas de tierra adentro o —con mayor riesgo— en las plantas superiores de los edificios altos, donde se libraban espantosas guerras en escala reducida por la obtención de espacio vital. Los puentes aéreos llevaron a cabo algunos rescates al azar. Gente heroica, o meramente terca o incrédula, permaneció en el puesto que su deber le señalaba. Uno de ellos fue Fritz Scher, que se quedó toda la noche en el Instituto de Mareas. Hans Opfel, desafiando las calles inundadas de Hamburgo, se fue a cenar, prometiendo volver con una Bratwurst con pan de centeno y dos botellas de cerveza, pero jamás lo hizo..., arrollado por las aguas de su propio sentido de la conservación.
De modo que Fritz no tenía a nadie a quien dirigir sus burlas cuando la marea bajó durante las horas de la noche. y más tarde, alrededor de medianoche, sólo contaba con el aparato predictor de mareas para compartir sus especulaciones acerca de por qué la marea había bajado tanto, según los pocos informes que todavía se filtraban. Pero eso más bien lo complacía, pues su devoto. afecto por la larga y esbelta máquina estaba volviéndose físico. Trasladó su escritorio junto a ella, para poder tocarla constantemente. De vez en cuando iba hasta una ventana y miraba afuera por un instante, pero había una espesa cobertura de nubes, de modo que su incredulidad con respecto al Errante no fue sometida a ninguna prueba crucial.
Muchos de los que huían de las mareas se topaban con as dificultades, que los hacían olvidar la amenaza de las aguas A mediodía, hora del Pacífico, el autobús escolar y el camión que trasladaban a los estudiosos de los platillos corrían una carrera contra los incendios. Por delante, muros de llamas ascendían de prisa por la cuesta a lo largo de la cual cruzaba la espina dorsal de las montañas de Santa Mónica.

Barbara Katz contemplaba la pequeña ola de proa que formaba la rueda delantera izquierda del Rolls Royce y que cruzaba en ángulo la carretera para morir entre las largas espadas verdes de las juncias, mientras Benjy mantenía tercamente la velocidad a cincuenta kilómetros por hora de modo enloquecedor y monótono. Como capitana del coche, al menos según ella lo estimaba, debía ir sentada en el asiento delantero, pero Barbara sintió que era más vital mantenerse en contacto directo con su millonario, de modo que iba detrás de Benjy, sentada a la izquierda del viejo KKK. A la derecha de éste iba Hester, que había mandado a Helen adelante, con Benjy y una pila de maletas.
El sol empezaba a dar sobre la parte delantera del coche desde lo alto del cielo mientras ellos viajaban proa al oeste a través de la región pantanosa. Las ventanillas estaban herméticamente cerradas del lado de Barbara y hacía calor. Sabía que el lago Okeechobee debía encontrarse en algún sitio a la derecha y al norte, pero todo lo que podía ver era la infinita extensión verde de juncias, interrumpida aquí y allá por oscuros grupos fúnebres de cipreses, y adelante, como si fuera un espejo, el largo corredor de agua que cubría el camino con una profundidad nunca menor de tres centímetros ni mayor de diez... hasta el momento.
—Por cierto, tiene razón sobre esa marea alta, señorita Barbara —dijo con suavidad y animación Benjy desde delante—. Allí viene. Nunca oí que avanzara tanto.
—Calla, Benjy —advirtió Hester—. El señor K todavía duerme.
Bárbara deseaba estar tan segura de su propia sabiduría como parecía estarlo Benjy. Consultó uno de los dos relojes que el viejo KKK llevaba sujetos a su muñeca —dos y diez era su promedio— y la hora de la segunda marea alta de ese día en Palm Beach, según figuraba en el dorso del calendario, era la una y cuarenta y cinco de la tarde. Pero una marea alta que avanzara tierra adentro, ¿no tardaría más que en la costa? Así sucedía en el caso de los ríos, según creía recordar. No sabía ni de cerca lo bastante, se dijo.
Un coche descubierto, que corría casi al doble de velocidad, pasó rugiendo y derramó un diluvio sobre el Rolls Royce. Avanzó con ímpetu, creando una tempestad en el espejo de agua. Había cuatro hombres en él.
—Uno más de esos que se lanzan a toda velocidad —protestó Hester.
—Huyyy... Es una suerte que estemos sanforizados —exclamó Benjy—. He sanforizado este autobús con montones de grasa amarilla —explicó. Helen soltó una risita.
El encuentro despertó al viejo KKK, que miró a Barbara con ojuelos estriados de rojo y bordes arrugados que a ella le parecieron despiertos por primera vez ese día. Había pasado por los preparativos de la partida, y por la partida misma, en una especie de estupor que había alarmado a Barbara, pero no a Hester.
—No ha completado sus horas de sueño. Ya se encontrará bien —le había dicho Hester.
El viejo KKK se incorporó con energía.
—Telefonee al aeropuerto, señorita Katz. Necesitamos dos billetes para Denver en el primer vuelo que salga. Triple gratificación para los empleados de las reservas, el piloto y la línea aérea. Denver está a dos mil metros de altura, fuera ,del alcance de cualquier marea, y tengo amigos allí.
Ella lo miró asustada; luego, simplemente, le señaló los alrededores.
—Oh, sí, ahora empiezo a recordar —dijo pesadamente al cabo de un instante—. Pero, ¿por qué no pensó en el aire, señorita Katz? —se quejó, mirando el bolso negro de las Líneas Aéreas Black Ball que ella llevaba sobre las rodillas.
—Esto me lo ha prestado una amiga. Vengo viajando a dedo desde el Bronx. No vuelo mucho —confesó miserablemente sintiéndose aún más miserable por dentro. Iba a rescatar tan brillantemente a su millonario y —deslumbrada por un Rolls Royce— había descuidado el modo más evidente de hacerlo. Dios de los cielos, ¿por qué no había pensado como una millonaria?
Una sección de su mente que había quedado libre de la miseria se preguntaba si el viejo KKK no había incurrido en un desliz al mencionar sólo dos billetes. Seguramente había querido decir cinco... Vaya, se dirigía a Hester, a Helen y a Benjy como si fueran sus hijos.
—¿Trajimos por lo menos algo de dinero con nosotros? —le preguntó él secamente.
—Oh, sí, señor Kettering, sacamos todo de las cajas de seguridad —dijo para tranquilizarlo, obteniendo un cierto consuelo al palpar el espesor de los fajos de billetes a través del bolso de colgar al hombro.
La velocidad del Rolls Royce disminuía. El último coche que los había dejado atrás había derrapado y tenía una de sus cubiertas medio sumergida. Los cuatro hombres que viajaban en él, hundidos hasta los tobillos, bloqueaban el camino y agitaban los brazos.
El espectáculo la dejó paralizada.
— ¡No disminuyas la velocidad! —gritó, cogiendo el respaldo del asiento de Benjy—. ¡Sigue de largo!
Benjy disminuyó algo más la marcha.
—Haz lo que te dice la señorita Katz —le ordenó el viejo KKK, con una aspereza que lo hizo toser al pronunciar la siguiente palabra—: ¡Rápido!
Barbara vio que la cabeza de Benjy se le hundía entre los hombros e imaginó que entrecerraba los ojos al apretar el acelerador.
Los cuatro hombres aguardaron hasta que estuvieron a dos coches de distancia; luego saltaron a un lado, chillando furiosos. No había sido una simulación demasiado exitosa.
Ella miró atrás y vio que uno de ellos forcejeaba con otro que había sacado una pistola.
Quizá me he equivocado, pensó.
¿Me he equivocado? ¡Mierda!

Dai Davis estaba sentado sobre la barra observando cómo sus velas—doncellas derramaban sus últimas lágrimas blancas y su leche virginal antes de arrojar sus pabilos negros a los estanques de cera y ahogarse. Gwen y Lucy se habían marchado ya, y en ese momento lo hacía Gwyneth. Era una doble pérdida porque tenía necesidad de su simple calor y su luz: el Sol se había puesto y un despejado pero intenso anochecer invadía el gran prado de aguas grises que era todo lo que podía ver a través de los cristales de las ventanas y de la puerta. Hasta último momento había albergado la esperanza de ver algunas luces que titilaran desde Gales pero no había visto ninguna.
La marea de Severn estaba entrando en el pub desde hacía ya un buen rato, y ahora estaba tan alta que él se había visto obligado a recoger los pies. Dos escobas, una fregona, un cubo, una caja de cigarros y algunos leños flotaban moviéndose lentamente en círculo. Había pensado fugazmente en huir, y se había metido en los bolsillos un par de botellas ante cualquier eventualidad; pero recordó que este era el terreno más alto que había en los alrededores, y las velas habían sido cálidas y adorables, y además había ingerido más alcohol, lo sabía, que el suficiente para impedirle andar derecho por algún tiempo.
De cualquier modo, lo mejor era jugar a ser el rey Canuto sobre el ataúd de un cocodrilo. Cinco centímetros más y el agua se detendría y se retiraría, decidió de pronto... y en voz alta le ordenó al agua que se marchara.
Después de todo, a la una, o algo más tarde, había habido marea baja, de modo que ahora debía haber marea alta, o casi..., si es que esta enloquecida inundación salada obedecía a alguna de las viejas reglas.
Anhelo profundamente el quinto que tenía abierto en la mano: una importación americana, Taberna de Kentucky, de Erskine Caldwell... y vio que Eliza se estremecía y se desvanecía para alzarse después, inesperadamente azul y brillante.
Las ventanas, con su redecilla de plomo, presionaron hacia adentro bajo el peso creciente de la marea. El agua entró a borbotones por el boquete que Da¡ había abierto de una patada en la puerta. Luego sintió inequívocamente que la barra bajo él se movía un poquillo... De hecho, el edificio entero se había movido. Bebió un gran trago cálido de la botella y gritó jocoso:
— ¡Por una vez es el pub el que se tambalea y no Dai!.
Pero un instante después lo invadió una gran seriedad, y supo por fin lo que estaba ocurriendo y gritó con frenético orgullo:
—¡Muere, Davies![1] ¡Muere! Merece tu nombre. Pero muere animoso. Muere con una botella de whisky en la mano, llevando a flote a tu amor de vuelta a Cardiff. Pero... —Y luego, dominando por una vez los agudos celos que le inspiraba Dylan Thomas:— No entres sereno en la bondad de esa noche. ¡Rabia, rabia contra la agonía de la luz!
Y en ese momento, justo cuando Eliza se extinguía y la última luz perlada parecía morir sobre toda la planicie gris del Severn, hubo una fuerte llamada en la puerta, una pesada, lenta, autoritaria llamada triple.
Se apoderó de él un miedo sobrenatural que le dio fuerzas para moverse en contra del whisky, dejarse caer en el agua helada, andar a través de ella hundido hasta los muslos y abrir la puerta de un tirón. Allí fuera, apretado contra el marco de la puerta por la marea, vio a la luz agonizante de Mary, Jane y Leonie, un largo y oscuro esquife vacío.
Volvió andando con dificultad hasta la barra, pues el agua lo sostenía pero también le impedía el paso, y cogió tres nuevas botellas que llevó bajo el brazo izquierdo y, camino de regreso, rescató también las dos escobas que flotaban.
El esquife estaba esperando. Tiró dentro de él las escobas, puso las botellas cuidadosamente y luego tendió la parte superior del cuerpo a través del bote, asiéndose de la borda del otro lado. Estuvo entonces a punto de perder el conocimiento, pero sintió el agua fría en la ingle y saltó torpemente. Se retorció y tironeó hasta que estuvo dentro del bote boca abajo sobre la madera húmeda. Entonces sí perdió el conocimiento. Su última patada dio contra el marco de la puerta y de ese modo el esquife se puso en movimiento y se alejó.

Richard Hillary caminaba trabajosamente en el crepúsculo agonizante, a mil metros del camino, que estaba repleto de coches. Éstos avanzaban lentamente, en filas de tres carriles con los parachoques casi tocándose, de modo que no quedaba el menor espacio para transitar en dirección contraria. Inútil intentar ser recogido, pues los coches iban llenos de gente, y, si por casualidad había un espacio vacío, sería inmediatamente ocupado por alguien en una situación mas apurada o, sencillamente, por alguien que estuviera más cerca del camino. Además, Richard avanzaba casi tan de prisa como los coches y más aún que la mayor parte de los peatones.
Los coches, la gente de a pie y él estaban todos en algún sitio más allá de Uxbridge, avanzando hacia el noroeste. Había sido un alivio que el sol deslumbrante se hubiera puesto, aunque cada signo del paso del tiempo aceleraba momentáneamente a los peatones y reducía la distancia que separaba a cada coche.
Richard nunca había sido testigo de semejante desastre revolucionario, ni en su vida ni en el flujo de acontecimientos que se desenvolvían a su alrededor —ni siquiera durante las incursiones de bombardeos aéreos que recordaba de su infancia—, y todo en el curso de seis horas. Primero, el autobús que dobló hacia el norte para escapar de la pequeña calle inundada en Brentford... El conductor mudo ante las protestas de los pasajeros, excepto las reiteradas palabras: «¡órdenes de las autoridades de Tránsito!»... Informes radiofónicos acerca de una inundación más grande en el núcleo de Londres, del platillo volador americano visto en Nueva Zelanda y Australia, y llamado planeta... La radio enmudecida por los ruidos parásitos cuando alguien había empezado a recitar una lista de «directivas a los civiles».. La gente que se preguntaba frenética cómo ponerse en contacto con sus familiares, y el sentimiento, que lo hería y lo aliviaba a la vez, de que en su caso no tenía a nadie que le importara demasiado. Luego el autobús que se detuvo frente al West Middlesex Hospital para cumplir con la orden de evacuar a los pacientes..., más protestas, sin la menor consecuencia.. ., el consejo de que se avanzara hacia e noroeste a pie, «lejos del agua»..., la resistencia a creer..., la breve caminata sin rumbo fijo por los terrenos de una nueva universidad en construcción..., coches repletos de pálidos refugiados que venían en creciente número desde el este..., el helicóptero que arrojaba toneladas de hojas de papel..., una, con la tinta fresca todavía, que decía sólo: »WESTERN MIDDLESEX, TRASLADARSE A CHILTERN HILLS. SE ESPERA ALTA MAREA DOS HORAS DESPUÉS DE MEDIANOCHE». Finalmente, la unión con la caravana rumbo al noroeste que crecía más y más, hasta volverse parte de una multitud estupefacta que avanzaba trabajosamente.
Richard estimó que haría unas dos horas que venía andando. Estaba cansado; tenía la barbilla hundida en el pecho, la mirada fija en las botas enlodadas. Había claros signos de una inundación reciente en una extensión baja que acababan de dejar atrás: charcos turbios y plantas aplastadas. No tenía idea de dónde se encontraba exactamente, salvo que había dejado bien atrás a Uxbridge y que había cruzado el Colne y el Gran Canal y que podía ver colinas muy a la distancia por delante.
El atardecer estaba extrañamente brillante. Estuvo a punto de tropezar con un grupo de gente que se había detenido y miraba atrás por sobre su cabeza. Se volvió para ver 19 que estaba mirando, y allí, navegando bajo en el cielo del este vio por fin el agente del desastre, casi tan grande como suele parecemos la Luna en los sueños. Era casi todo él amarillo, pero con una ancha barra púrpura que bajaba por medio y de los extremos de la barra salían dos brazos púrpura que juntos formaban una curva dibujando finalmente una gran D. Pensó: D de daño, D de desastre, D de destrucción. La cosa debía de ser un planeta, pero no resultaba hermoso..., sino una aterradora insignia como la que podría verse en una fábrica de bombas.
Se descubrió pensando cuán segura había girado la Tierra en su soledad durante millones de años, como una casa en la que jamás hubiera entrado un extraño, y cuán precario sin embargo había sido siempre su aislamiento. La gente se vuelve excéntrica, egoísta y esclava de las costumbres cuando se queda sola durante mucho tiempo, reflexionó.
Pero, ¿por qué, se preguntó con enfado, cuando hay finalmente una intromisión asesina venida desde los extremos del universo, sólo tiene el aspecto de un barato anuncio chillón en una cartelera circular?
Se le ocurrió entonces pensar: D de Dai. Recordó que las mareas en Avonmouth tienen un alcance vertical de quince metros con luna llena, y se preguntó fugazmente cuál sería la situación en que se encontraba su amigo.

Dai Davies recuperó la conciencia con un frío espantoso y mordiendo madera. Se las compuso para apoyar los codos sobre la madera —como sintió que se mecía, comprendió que se trataba del banco de remeros central— y levantar la cabeza, que dejó descansar sobre las manos. Por encima de la borda vio sólo la oscura planicie del hinchado canal de Brístol con unas pocas lucecitas distantes que quizá fueran Monmouth o Glamorgan o Somerset, o luces de botes, aunque era difícil distinguirlas de las mortecinas estrellas esparcidas.
Sintió el frío cilindro de una botella contra el pecho. Le quitó el tapón y se echó un trago de whisky. No le dio calor en absoluto, pero pareció inyectarle algo más de vida. La botella se le deslizó de la mano y se derramó con gorgoteos sobre las tracas. La mente no le funcionaba bien todavía. El único pensamiento cabal que lograba identificar en ella era que buena parte de Gales debía estar allí, hundida debajo de él, incluido el Centro Experimental de Energía de las
Mareas de Severn. La primera parte de ese pensamiento le recordó fragmentos de poesías de Dylan Thomas que musitó del modo más inconexo:
—Sólo los cencerros de las ovejas, profundamente sumergidos, yacen ahogados en el fondo junto a las campanas de las iglesias..., cada campo sagrado es un oscuro bajío..., Bajo las estrellas de Gales, ¡clamad, multitudes de arcas! (Esquife—arca. Noé solo.) A través de las tierras sepultadas bajo el agua... ¡Ahó, viejo zorro con patas de mar...! ¡Dai Ratón! (¡Muere!)... Ahora florece la inundación.
A intervalos regulares el esquife se sacudía. Da¡ centró laboriosamente la mente en el pensamiento de que las pequeñas olas bajas quizá fueran las ondulaciones agonizantes de las olas encrespadas del Atlántico que ascendían por Brístol en contra de la marea invertida. Pero, ¿qué era lo que teñía sus pequeñas crestas de borgoña y cerveza, de sangre y oro?
Entonces la sacudida regular del esquife lo hizo girar y vio, alzado en el este, el bulto púrpura del Errante con un dragón dorado enroscado. Flotando ante el dragón había ,un escudo dorado triangular. Empezaba a hacerse visible ante este globo extraño un gordo huso granular de color blanco, como el resplandeciente capullo de alguna gran mariposa nocturna. Le vinieron fugaces recuerdos de las locas noticias dadas por los yanquis y, quizá, la asociación de ideas de mariposa nocturna, mariposa nocturna/luna, Luna, le indicó que el huso era la misma Luna a la que él y Dic Hillary le habían dado las buenas noches hacía quince horas.
Sin hablar e inmóvil se sumergió en la imagen que tenía delante tanto como pudo soportarlo. Luego, cuando el frío lo hizo estremecer convulsivamente y el esquife se alejó de la imagen moviéndose más ligero ahora y las sacudidas se volvieron más fuertes, encontró la botella casi vacía y tomó de ella un trago. Se irguió trabajosamente hasta que quedó sentado en el banco de remeros; encontró las dos escobas y las puso en los toletes, y empezó a remar.
Sobrio, o sólo vigorosamente borracho después del descanso, podría haberse librado del apuro en que se encontraba, aunque la marea había empezado a menguar de prisa y se encontraba más cerca del canal de Severn, que de la costa de Somerset. Pero él solo remaba lo bastante con sus escobas como para mantener el esquife en dirección del mar y hacia el oeste, de modo que pudiera contemplar el prodigio celeste. Y mientras miraba, musitaba y canturreaba:
—Mona, querida Luna..., tienes un hombre nuevo, ya lo veo..., un feroz emperador que ha venido para abrasar el mundo con agua..., has sido violada y rota, Mona mía, pero estás más hermosa que nunca, tejiendo una nueva forma con los hilos de tu tragedia... ¿Es un anillo blanco lo que quieres ser? Yo soy todavía tu poeta, el poeta de la Luna, solo... Soy un Solitario, un nuevo Solitario, un Solitario Galés, no Wolf, que se dirige a América remando esta noche sólo para contemplarte..., mientras la campana de Lutine dobla incesantemente en Lloyds por los barcos y las ciudades anegados, hasta que la marea también la acalle y sólo resuene un débil campaneo por el mundo bajo las profundidades del mar...
La olas encrespadas se hicieron más grandes con espumas vinosas y doradas. Si en algún momento se hubiera vuelto para mirar hacia adelante, habría descubierto que se estaba produciendo un feo viraje de las aguas, con altas olas de espumas enjoyadas.

Bagong Bung, pequeñito junto a su alto maquinista australiano, miraba la chimenea, agujereada por la herrumbre y festoneada de algas, que se levantaba intermitentemente de las aguas chisporroteantes, cincuenta metros más allá de la proa del Machan Lumpur, mientras el Errante se ponía sobre Vietnam y el sol se alzaba sobre Hainan.
Una vivaz corriente llevó por delante la afiligranada chimenea y pasó espumosa a través de sus agujeros, empujando también el Machan Lumpur, de modo que el pequeño vapor tuvo que hacer girar la hélice de continuo sólo para mantener su posición mientras el golfo de Tonquín seguía vaciándose en el mar de la China.
Desde el sur venía un sordo bramido, como el estruendo de un avión a reacción. Los dos hombres del Machan Lumpur apenas lo notaron. No tenían modo de saber que traía la nueva de la explosión del islote volcánico de Krakatoa, en el estrecho de Sonda, hacía dos horas y media.
Y ahora el puente de la embarcación hundida, lleno de coloridas incrustaciones, empezó a hacerse visible y la corriente disminuyó su empuje. Cuando el resto de la embarcación emergió del agua, Bagong Bung supo con certidumbre que era el Sumatra Queen.
Entonces el pequeño malayo cayó de rodillas y se inclinó hacia el oeste, donde estaban el Errante y, de modo coincidente, la Meca, y dijo con suavidad:
—Terima kasi, bagus kuning dan ungu! —Después de haber expresado su agradecimiento al hacedor de milagros amarillo y púrpura, se puso vivazmente de pie y con un juguetón ademán señorial de la mano gritó alegremente:¡Nuestro destino es ese barco cargado de tesoros, oh, Cobber-Hume, baik sobat, y lo abordaremos como reyes! ¡Por fin, mi buen amigo, el Machan Lumpur es de verdad el Tigre del Lodo!

Sally Harris se apoyó al atardecer contra la balaustrada del ático y suspiró.
Al oeste, las últimas llamaradas del crepúsculo se mezclaban con las del petróleo que salía de los tanques rotos por la inundación, y que flotaba y ardía sobre el agua salada que inundaba jersey City. Por el este, el Errante salía mostrando su faz de dinosaurio.
—¿Qué ocurre, Sal? —preguntó Jake desde donde estaba bebiendo brandy y probando diversos quesos—. No me digas que ha estallado de nuevo el incendio.
—No, parece que está casi extinguido. El agua ha llegado hasta la mitad y sigue subiendo.
—¿Es eso lo que te preocupa?
—No lo sé, Jake —contestó ella distraída—. He visto iglesias que se derrumbaban. Nunca me enteré de que había tantas. La de San Patricio y la Epifanía, la de Cristo y San Bartolo, la de Gracia y el Templo de los Actores, y la Santa María Virgen y el Calvario, donde iniciaron la organización de Alcohólicos Anónimos, y Todas las Almas y la de San Marcos, en el Bouwerie, y B'nai Jeshurun y la Pequeña Iglesia a la vuelta de la esquina y...
—Eh, no puedes verlas a todas desde allí —protestó Jake—. No puedes ver ni la mitad de ellas.
—No, pero las veo con los ojos de la mente.
—¡Pues saca entonces la mente de la basura! —ordenó él—. Eh, mira, Sal, King Kong se ha subido a nuestro planeta y está llegando al Empire State. ¿Qué te parece esto como chiste absurdo? Quizá pueda incluirlo en la comedia.
—¡Apuesto a que puedes! —dijo ella con un renacido entusiasmo en la voz—. Eh, ¿has terminado mi canción sobre el Arca de Noé?
—Todavía no. Por Dios, Sal, tengo que relajarme un poco después del incendio.
—Te has relajado medio quinto. Pon tu mente a trabajar.

Veintiséis
Doc gritó:
—¡Afuera todo el mundo para estirar los músculos y responder a las llamadas de la Naturaleza! —imponiendo una nota rudamente alegre en su aspereza—. Wojtowicz, parece que finalmente hemos encontrado el bloqueo del camino que tú habías deducido.
Los estudiosos de los platillos salieron ansiosamente, aunque quejándose, al fresco aire húmedo de las alturas. Una extraña luz verdosa venía del sol poniente: el consenso científico fue que era consecuencia de la ceniza volcánica que ya había alcanzado la estratosfera, aunque el Escobillón consideraba que existían auras planetarias.
Era evidente que habían pasado no pocas penurias durante el día que acababa de terminar y que los efectos de la falta de sueño de la noche anterior se manifestaban vengativos.
La pintura amarilla del autobús escolar y el esmalte blanco del camión exhibían destacadas franjas negras donde habían pasado rozando los arbustos incendiados. Había un pesado vendaje en la mano derecha de Clarence Dodd, en la que el Hombrecito había sufrido una seria quemadura mientras sostenía una lona para proteger a Ray Hanks, a Ida y a sí mismo de las llamas que pasaban zumbando a su lado.
Hunter lanzó una maldición cuando estuvo a punto de caer del autobús al tropezar con dos palas que alguien había dejado en el pasillo después de cavar fatigosamente arena y grava para nivelar una extensión combada en la carretera de montaña de Mónica, lo bastante como para que dos coches pudieran pasar por ella. Las metió debajo de los asientos con una nueva maldición.
Varios de los viajeros parecían estar empapados, y las marcas negras dejadas por las llamas en el autobús y el camión estaban acanaladas por la fuerte lluvia que había llegado a través de las montañas de Santa Mónica en olas de color gris acero desde el oeste diez minutos después que ellos le hubieran ganado la carrera al incendio. La oscura cortina de nubes todavía cubría el este, aunque el oeste se estaba aclarando en algunos sitios.
Habían penetrado casi treinta kilómetros en las montañas y estaban ascendiendo a la última cumbre antes del descenso al valle, a Vandenberg Tres y a la ruta 101, que iba hacia el norte, desde Los Ángeles hacia Santa Bárbara y San Francisco.
Había partes húmedas en el impermeable prestado que Doc se había echado sobre los hombros, como una capa militar, mientras conducía a los demás— Rama Joan y Margo iban detrás de él.
A esta altura, la carretera de montaña atravesaba una grada a medias natural, a medias abierta con explosivos en una gran cuesta de roca viva, que desde la cumbre de la colina coronada de piedras a cincuenta metros a su derecha, descendía en ángulo de treinta grados y luego, después de la grada que sostenía el camino, seguía descendiendo en un ángulo ligeramente mayor por una docena de metros aproximadamente, para lanzarse después hacia abajo en brusca pendiente, sin que hubiera nada visible más allá de ella, salvo la ladera de otra pequeña montaña a quinientos metros de distancia.
La terrible cuesta de roca gris estaba moteada de líquenes de color verde pálido, anaranjado, azul humo y negro, y estaba cortada y perforada por zanjas de bordes lisos y boquetes, algunos de ellos con rocas que alcanzaban el tamaño de una camioneta.
Una de las más grandes de estas últimas estaba en medio del camino, profundamente atascada. Un fragmento libre de líquenes, justo por encima, mostraba el sitio del que se había despeñado, presumiblemente, por uno de los temblores.
—Pues sí que hemos encontrado el bloqueo esperado —exclamó Wojtowicz; desde atrás—. ¡Es una perra!
Justo enfrente de la roca había un Corvette para cuatro personas vuelto del revés. Rojo como un lápiz de labios, recién lavado por la lluvia, daba un toque de color al paisaje sombrío. Pero no había nadie a la vista y el animoso saludo de Doc:
—¿Hay alguien allí? —Sólo recibió la respuesta del eco.
Ida se acercó corriendo hasta donde estaba Doc.
—Señor Brecht, Ray Hank hoy ya no podrá seguir viajando. Lo hemos levantado un poco, apoyándolo sobre los hombros porque eso lo alivia un poco, según dice, pero padece dolores continuos y tiene fiebre muy alta.
Doc circundó la capota roja y se paró en seco, irguiéndose y retrocediendo como si unas tenacillas invisibles lo hubieran levantado veinte centímetros por los hombros. Volvió hacia los que estaban tras él una cara más verdosa que la luz del sol y extendió un brazo diciendo:
—Quedaos donde estáis. Que nadie se acerque.
Se quitó el impermeable y cubrió con él algo que yacía más allá del coche.
Con un agudo gemido estremecido Ida se desplomó sobre el asfalto sin más ruido.
Doc se volvió hacia ellos otra vez, apoyándose en el coche para sostenerse y pasándose una mano temblorosa por la frente. Con dificultad, en tensas emisiones sucesivas, como si estuviera luchando contra el impulso de vomitar, dijo:
—Es una mujer joven. No murió de manera natural. Fue desnudada y torturada. ¿Recordáis el caso de la Dalia Negra? Igual.
Margo estaba medio doblada sobre sí, también dominada por las náuseas. Había llegado a atisbar, antes que el pálido impermeable la cubriera, la máscara exangüe de una cara con las mejillas tajadas, de modo que la boca parecía extenderse de oreja a oreja.
Rama Joan, apretando la cabeza de Ann contra su cintura, pero de puntillas para poder ver hacia delante, dijo:
—Hay dos sedanes al otro lado de la roca. No veo a nadie en ellos.
El Hombrecito avanzó y se puso tras ella.
—¿Dónde está tu fusil, Doddsy? —le preguntó Doc.
—Pues no puedo manejarlo con esta mano —contestó el otro—. Todo lo que puedo hacer es garrapatear algunas notas en mi diario. Lo dejé en el camión.
—Yo tengo el mío —dijo Wojtowicz. Tropezó al intentar pasar de prisa entre la gente amontonada, pero evitó caerse apoyando la culata del fusil contra el asfalto. Cuando recobró el equilibrio, sostuvo un momento el arma por el cañón, como si fuera el cayado de un peregrino.
En el mismo momento, una voz, muy cerca, pronunció con aspereza las trilladas palabras:
—No os mováis. Estáis cercados. No mováis un dedo a menos que queráis morir.
Un hombre había salido desde detrás de una roca en lo alto del camino, y otros dos desde detrás de otra algo más abajo. Estos dos empujaron a Wojtowicz mientras el otro hacía girar en abanico, a derecha e izquierda, los dos revólveres con que estaba armado. Sus cabezas estaban completamente cubiertas con máscaras de seda roja que tenían sólo pequeños agujeros para los ojos. El hombre que estaba en lo alto del camino llevaba puesto un elegante sombrero negro de fieltro, tipo universitario, era esbelto e iba atildadamente vestido, pero a pesar de todo eso no tenía un aspecto juvenil, sino más bien el de un hombre de edad madura poco resignado al paso de los años.
Estaba ahora descendiendo de prisa y con paso seguro. Sus ojos, como sus revólveres, recorrían incesantemente el grupo de viajeros.
—Fue una feliz conjetura esa de la Dalia Negra —dijo con rapidez, pero con extremada claridad, pronunciando cada palabra con melindrosa precisión—. Ésa fue la obra maestra de mi juventud. Esta vez todo ocurrirá más placenteramente, y con una posibilidad de supervivencia para cada uno de vosotros, si el hombre del fusil lo deja caer ahora. —La mano de Wojtowicz se abrió y el fusil osciló extrañamente durante un segundo antes de empezar a caer. Y si todos los hombres se apartan de las mujeres y retroceden un poquito colina abajo, de modo que...
Unos pequeños fragmentos se desprendieron de la roca que bloqueaba el camino, a un metro y medio del hombre de sombrero negro y máscara roja. Casi simultáneamente se oyó un zing-spat-zing, e inmediatamente el estampido de un rifle tras ellos. Ray Hanks había logrado efectuar un disparo desde su camilla en el camión.
Wojtowicz cogió de prisa su rifle caído y disparó desde la altura de la cadera a los dos hombres enmascarados. Casi al mismo tiempo los dos descargaron su rifles y Wojtowicz cayó.
Para entonces Margo había sacado la pistola gris de la Chaqueta. Apunto con ella al Sombrero Negro y apretó el gatillo. El hombre se vio arrojado de espaldas contra la roca con un ruido crujiente. Estiró los brazos como un crucificado y sus revólveres dispararon simultáneamente a ambos lados. La roca apenas osciló un poco.
Alguien lanzó un chillido feroz, exultante.
Wejtowicz disparó una vez más desde el suelo y los hombres volvieron a contestar el fuego con sus rifles. Margo entonces los apuntó con la pistola y ellos salieron volando hacia atrás dando volteretas en el aire, mientras los rifles saltaban a los lados girando como molinillos. Uno de los hombres se estrelló contra una piedra, antes de que ambos sobrepasaran una docena de metros el borde del acantilado y desaparecieran de la vista.
Doc, que era el que estaba más cerca de la línea de fuego de Margo, cayó lentamente hacia adelante desde la roca, danzó con los brazos extendidos como si ejecutara un paso de ballet, dio tres pasos cuesta abajo y se las compuso a frenarse con los pies apoyados contra una roca de diez centímetros de altura.
Sombrero Negro cayó lentamente hacia adelante desde la roca, revelando una mancha roja donde su cabeza había dado contra ella. Margo corrió hacia él apuntándolo con la pistola y sencillamente lo barrió cuesta abajo y fuera del acantilado en pos de sus secuaces, en compañía de tres pequeñas piedras.
—Henter corrió hacia Margo, le arrebató la pistola con una mano, y le quitó el dedo del gatillo con la otra gritándole en la cara:
—¡Soy yo!
Sólo entonces dejó ella de gritar su alarido de asesina para dirigirle una jadeante sonrisa demoníaca:
—Ajá.
El Escobillón corrió hacia Ida.
Harry McHeath se arrodilló junto a Wojtowicz, que estaba diciendo:
—¡Oh, Dios, oh! Diablos, muchacho, tenía intención de dejarme caer después del primer disparo, de cualquier modo. Sólo me rozaron el hombro..., creo. Es mejor que miremos.
Doc se acercó corriendo a Margo y a Hunter, preguntando:
—Dios mío, ¿qué diablos es esa pistola? Tenía el brazo en el borde del rayo y fue como si estuviera arrojando el martillo y me hubiera olvidado de soltarlo.
Margo le dijo rápidamente a Hunter:
—No te preocupes, no se ha quedado sin energía
Todavía está cargada a medias... ¿Ves la línea violeta, allí?
—Deja que... —dijo Doc, y se puso rígido de pronto y miró a su alrededor—. ¡McHeath —gritó—, tráeme el arma de Wojtowicz, Rama Joan, cuida de Wojtowicz, Hixon, trae el arma de Hank... si ese héroe tiene a bien entregarla. Ross, devuelve a Margo su pistola. Sabe cómo usarla. Margo, tú y yo iremos a hacer una incursión de reconocimiento por esta zona hasta estar seguros de que ya no hay en ella alimañas. Ponte a mi izquierda y dispara contra cualquiera que esté armado y no sea uno de nosotros, pero ten cuidado con el modo en que diriges ese rayo.
Margo, que se había puesto muy pálida, empezó a son reír nuevamente y se colocó donde Doc le había indicado, agachándose hasta quedar casi en cuclillas. Wanda; que se había acercado para ayudar al Escobillón a reanimar a Ida, miró a Margo y se apartó de ella con un estremecimiento.
El Hombrecito dijo pensativo:
—Creo realmente que era el asesino de la Dalia Negra, pero ahora probablemente no sabremos nunca cuál era su aspecto. Quizá podríamos haberlo reconocido.
Wojtowicz, haciendo un gesto de dolor cuando Rama Joan le arrancó la camisa ensangrentada del hombro con los dientes, le gritó a Doddsy:
—¡Oh, chifladuras!
Rama Joan se limpió la sangre de los labios con la lengua y dijo tranquilamente:
—Vaya a buscar su equipo de primeros auxilios, señor Dodd.
Doc cogió la escopeta que McHeath le ofrecía, puso un nuevo cartucho en la recámara y empezó a ascender la esta diciéndole a Margo:
—Venga mientras haya todavía luz. Tenemos que asegurarnos de que nuestro campamento está en un sitio seguro.

Barbara Katz contuvo un gesto de disgusto cuando el corpulento policía metió la cabeza y la linterna por la ventanilla trasera del sedán y preguntó en voz alta, aunque con calma:
—¿Vosotros, negros, robasteis este coche?
Ella empezó a hablar rápidamente, asumiendo el papel de secretaria—dama de compañía de Knolls Kelsey Kettering III, mientras deslizaba su mano sobre el marco de la ventanilla para atraer la atención del policía sobre el billete de cien dólares que tenía en ella, pero él seguía recorriendo sus caras con la luz de la linterna. Cuando dio sobre la de KKK, Barbara descubrió con un estremecimiento que, cubierta por una red de arrugas, se parecía bastante a la de un negro viejo. Y se había sumido nuevamente en un estado de estupor: el calor había sido excesivo para él. Pero entonces los pequeños ojos azul pálido se abrieron y una voz cascada, aunque arrogante, ordenó:
—¡Deje de encandilarme con esa maldita luz, so estúpido de uniforme azul!
Esto pareció satisfacer al policía, porque apagó la linterna y Barbara sintió que el billete se le deslizaba suavemente de los dedos. Sacó la cabeza de la ventanilla y dijo con buen humor:
—Muy bien, creo que ahora podéis seguir adelante. Pero decidme una cosa, ¿de qué estáis huyendo? Todo el mundo habla de altas mareas, pero no sopla ningún huracán. La gente de un par de automóviles hablaron de algo que venía desde Cuba. Estáis huyendo todos como conejos. No tiene sentido.
Barbara sacó la cabeza por la ventanilla:
—Son las mareas —insistió—. El nuevo planeta es el que las produce. —Miró atrás hacia el este por el camino que acababan de recorrer y vio al Errante que salía púrpura con una monstruosa forma amarilla en la faz. El huso resplandeciente de la Luna deformada, uno de sus extremos en escorzo por la curva de órbita, podría haber sido un saco que el monstruo estuviera cargando.
—Oh, eso —dijo el policía con una sonrisa en su carota—. Eso es algo que está allá arriba en los cielos. No interesa. Yo me refiero a lo que sucede aquí en la Tierra.
—Pero lo que va a su alrededor es la Luna, que está rompiéndose —argumentó ella.
—Ésa no es la forma de la Luna —le explicó él pacientemente—. La Luna está en algún otro sitio.
—Pero es ese nuevo planeta el que está produciendo esas altas mareas —insistió ella—. La primera no fue tan grave, pero las próximas serán más altas. No hay sitio en Florida que tenga más de cien metros de altura. Es probable que quede completamente sumergida.
Él tendió las manos como si invocara el testimonio de la balsámica fragancia de la noche, que olía a azahares, y rió con tolerancia.
—Estoy intentando prevenirlo —prosiguió Barbara—. Ese planeta es un signo de condenación.
Él siguió riendo. De pronto ella se sintió ganada por una súbita ira.
—Bueno, si no está ocurriendo nada importante —preguntó—, ¿por qué detiene todos los coches?
La sonrisa se desvaneció.
—Estamos manteniendo el orden en Citrus Center —dijo él con aspereza dirigiéndose hacia el siguiente coche en la fila—. Dígale a su muchacho que siga adelante antes de que cambie de idea. Su patrón debería tener el tino de no dejar que una chica de color hable en su nombre. Vosotros los negros que habéis recibido educación universitaria sois los peores. Intentan inculcaros ciencia, pero lo mezcláis todo con vuestras enloquecidas supersticiones africanas.
Siguieron hacia el norte en silencio mientras el Errante ascendía lentamente y el huso de la Luna lo cruzaba, y el monstruo se transformó en una gigantesca D purpúrea.
Knolls KeIsey Kettering III empezó a jadear. Hester dijo:
—Tenemos que encontrarle una cama. Tiene que estirarse.
Benjy disminuyó la marcha para leer un cartel.
—«Fin de terreno pantanoso. Zona de terrenos altos.» —De pronto sé puso a reír de modo estrepitoso. —¡Eso de los terrenos altos por suerte suena bien!
—Pero, ¿serán lo suficientemente altos? —se preguntó Barbara.

Richard Hillary se despertó temblando y dolorido. Había apartado, en sueños, la paja que lo cubría. Y a través de la paja que tenía debajo, muy aplastada, había ascendido el frío del suelo. Arriba, el planeta extraño resplandecía y había rotado hasta ofrecer nuevamente su D desconsoladora. Recordó algunas de las otras caras que había mostrado, igualmente feas, más semejantes a signos o juegos psicológicos que a formaciones naturales: a veces, una X de centro hinchado; otras, el ojo amarillo de un gran toro en un blanco de polígono de tiro de color púrpura. Sin embargo, ahora parecía más un verdadero globo que un cartel chato de forma circular. Y había allí una belleza emparentada con la del «Pájaro en el espacio», de Brancusi, en su semianillo blanco curvado. ¿Era posible que fuera aquello la Luna, como un caminante fatigado se lo había asegurado? Era imposible, sin duda. Sin embargo, la Luna había atravesado todo el cielo la noche antes y ¿dónde podía encontrarse ahora?
Se sentó, rodeándose a sí mismo con los brazos para darse calor, abotonándose el cuello de la chaqueta y subiéndose la solapa. El montón de paja con el que se había hecho la cama la noche anterior había ahora desaparecido por entero, y donde habían estado algo así como una docena de camaradas cuando se había acostado hacía dos horas, había veintenas de pequeños montículos de paja, cada uno de los cuales cubría a uno o más durmientes. Con cuánto silencio se habían acercado, acallándose quizá los unos a los otros, mientras recogían la paja e intentaban volverla mullida: pasajeros que habían llegado tarde a un hostal donde sólo se dormía. Envidió a los que, acurrucados en pareja, compartían su calor, y recordó con suma nostalgia a la joven de Devizes que le había parecido tan estúpida en aquel momento. Recordó también su salchicha con puré.
Miró hacia la granja donde había comprado un pequeño cuenco de sopa la noche anterior y había pagado la paja. Las luces estaban todavía encendidas, pero las ventanas estaban iluminadas de un modo irregular. Se dio cuenta con tranquilo asombro de que eso era consecuencia de que la gente que estaba afuera se apiñaba contra las paredes como abejas en busca de calor. Seguramente muchos de los que llegaron tarde padecieron hambre; la comida debió de haberse consumido como la paja. ¿O quizá la mujer del granjero estaría horneando pan? Aspiró el aire, pero sólo percibió un olor salobre. ¿Había abierto un barril de carne salada? Estaba divagando como un necio, se dijo.
A pesar de la multitud de nuevos durmientes, no parecía que siguiera llegando nueva gente. Y el camino más allá del portón, atestado de tránsito ruidoso cuando se había ido a dormir, estaba ahora silencioso y vacío.
Se puso de pie y miró hacia el este. El valle a través del cual había venido andando trabajosamente estaba ahora cubierto por una oscura niebla plateada que ascendía lentamente por las laderas de la colina sobre la que él ahora se encontraba.
La niebla tenía una cima notablemente aplanada y brillaba con un color acerado.
Vio dos luces, roja la una, verde la otra, que se movían misteriosamente en medio de ella, muy juntas entre sí.
Se dio cuenta de que eran las luces de una barca, y que lo que creyó que era niebla eran densas aguas tranquilas. El extremo de la alta marea.

Veintisiete
Doc y Margo exploraron la cuesta rocosa hasta su cima y luego el camino, hasta unos doscientos metros más allá de la roca que lo bloqueaba, sin encontrar rasgos de vida humana, aunque perturbaron la paz de cuatro lagartos y un halcón. Delante, el valle, entre las dos últimas laderas de las montañas, estaba totalmente oscurecido. Sólo había en él cenizas húmedas y esqueletos carbonizados de robles achaparrados. Presumiblemente había sido presa de un voraz incendio unas pocas horas antes, lo cual contribuía a explicar por que nadie más había escogido esa ruta.
Clarence Dodd y Harry McHeath se unieron voluntariamente a la expedición de reconocimiento haciéndola de ese modo más veloz. El último fue hasta el borde del precipicio e informó que descendía unos ciento cincuenta metros en una escarpada pendiente hasta una base rocosa y una cuesta sembrada de piedras y cubierta de malezas.
No apareció ninguno de los revólveres de Sombrero Negro, despeñados quizá por el precipicio o perdidos entre las hendiduras de las rocas.
Más allá de la roca, los dos sedanes tenían todavía sus llaves de contacto, que Doc se metió en el bolsillo. Doddsy apuntó los nombres que aparecían en los documentos de identificación ayudándose de la linterna para complementar la luz verdosa del día ya menguante, preguntándose si uno sería el del sádico de la Dalia Negra. Presumiblemente Sombrero Negro y sus acólitos habrían venido en los sedanes, y la Muchacha sola, desde la otra dirección, en el Corvette rojo —un encuentro puramente casual en el camino bloqueado— y entonces, probablemente antes de la lluvia, mientras las llamas todavía rugían en el este, constituyendo el telón de fondo adecuadamente infernal... Pero de nada servía pensar en ello ahora.
Entretanto, Ross Hunter y los Hixon cosían con cuerdas el cuerpo de la joven asesinada dentro del impermeable de Doc y la más pequeña de las lonas del camión. El bulto de color oliva parduzco fue arrastrado unos treinta metros hasta la cuesta rocosa y metido en un boquete del tamaño de un ataúd que el joven McHeath había encontrado. Clavada con alfileres en la lona dejaron una breve narración, escrita con la tinta indeleble, de las circunstancias de su muerte y, con un signo de interrogación, el nombre y la dirección de la mujer, encontrados en la documentación del registro del Corvette. El Escobillón pronunció una oración fúnebre breve y singular, signándose después con una cruz que terminaba con la curva de Isis trazada con un dedo sobre la frente.
Entonces todos empezaron a sentirse un poco mejor, aunque, al menguar el horror y la excitación, se hizo también evidente que estaban medio muertos de cansancio y que ese sitio debía convertirse en su campamento. Se hicieron preparativos para dormir, casi todos ellos en el autobús escolar y, por cierto, allí dormirían los dos hombres heridos, pues hacía ya frío y haría mucho más todavía antes de¡ amanecer. A Hixon le preocupaba que otras rocas se desprendieran de la cuesta en caso de que hubiera un temblor, pero Doc observó que habían permanecido en su sitio—durante un par de esos preciosos terremotos y que, de cualquier manera, la gravedad del Errante probablemente había ya provocado durante las primeras horas después de su aparición la mayor parte de los temblores que desencadenaría.
Doc decidió que dos personas montarían guardia durante la noche, bien envueltas en mantas, en una cavidad natural abierta en las rocas que formaba una especie de bajo bastión; estaba a dos terceras partes del camino cuesta arriba de la ladera y casi directamente sobre la roca que bloqueaba la ruta. Estarían armadas con uno de los rifles y la pistola gris de Margo. Doddsy y McHeath se harían cargo de la vigilancia hasta medianoche, Ross Hunter y Margo, desde las doce hasta las dos y media, él mismo y Rama Joan, desde las dos y media hasta el amanecer. Hixon tendría el otro rifle y dormitaría en el asiento del conductor del autobús. Las mujeres que prestaran servicio de centinelas dormirían con Ann en la cabina del camión. Wanda hizo un comentario acerca de que los servicios de vigilancia implicaban un principio coeducacional y Doc replicó con una salada respuesta.
Encendieron un pequeño hornillo con carbón. Calentaron en él agua para el café soluble. Prepararon la cena con eso y la leche y los bocadillos de mantequilla de cacahuete y a que trajeron del autobús.
Margo pensó que no podría tragar esa viscosa y dulzona comida de niños, pero después del primer bocado, comprobó que estaba hambrienta, y se comió tres, junto con un tazón de cafe au lait. Se sentía con la cabeza ligera y borracha y se le presentaba de vez en cuando la feliz visión de los sádicos con capuchones rojos, empujados a la muerte por su pistola, y decía a todo el mundo con que se topaba lo que pensaba.
Se encontró con el Escobillón detrás del autobús y le preguntó a quemarropa:
—Señor Fulby, ¿es cierto que está usted casado a la vez con Ida y con Wanda?
Él, sin ofenderse, asintió con su cabeza estrecha y grisácea, y contestó:
—Sí, por cierto, ante nuestros ojos ellas son ambas mis esposas y yo el que gana el pan para ellas. Ha sido una relación francamente enriquecedora. Me casé originalmente con Wanda para la glorificación del cuerpo —era una estrella de Baby Wampas— y con Ida para la exaltación del espíritu. Las cosas ahora, claro, son un poco diferentes.
El ceñudo conductor del autobús, que había oído la mayor parte de la conversación, se apartó resoplando por la nariz.
—¿Celoso, papá? —le preguntó Margo con una especie de malicia amistosa.

Tigerishka terminó de dar de comer a Miau. por tercera vez y miró a Paul. Luego, con lo que él supuso que era un encogimiento deliberadamente humano y burlón de esos adorables hombros verdes barrados de violeta que tenían más movimiento y agilidad que los de cualquier estrella de tenis o bailarín hindú, se dirigió al Panel de Alimentos y nadó después hacia él con un pequeño equipo en una garra y dos tubos estrechos que arrastraba tras de sí. Revoloteó sobre él mirándolo de arriba abajo, como si momentáneamente dudara si meterle por la fuerza la comida por la garganta, a través de una vena o por vía rectal.
La garganta ahora le dolía de sed, combinándose con su dolor muscular general, y había empezado a sentir la cabeza muy ligera, aunque probablemente más por la fatiga producida por las nuevas experiencias que por el hambre. Era plenamente consciente de la infeliz irritación que le producía el cambio de Tigerishka. Mientras Miau comía, la gran felina había estado bailando: veloces piruetas rítmicas y saltos mortales y volteretas entre el cielo raso y el suelo del platillo, tomando impulso desde uno y otro sucesivamente Al mismo tiempo, una música extraña había llenado el platillo, y su misteriosa luz solar había latido siguiendo el compás.
Tigerishka. se daba cuenta Paul ahora, bailaba a la perfección en puntas de pie debido a su propia anatomía, pues sus pies eran en realidad sólo dedos —digitígrada, no plantígrada— y su talón, la articulación de la pierna sobre ellos, correspondía al codo inferior de su antebrazo.
La danza lo había cautivado por completo, haciéndole olvidar todos sus dolores y tribulaciones.
Ahora la encantadora bailarina se había transformado otra vez en la enfermera impersonalmente sádica: una odiosa transformación.
De modo que a pesar de la sed, sacudió tristemente la cabeza e intentó apretar sus entumecidos labios, que sentía hinchados. Luego enarcó las cejas y levantó solemnemente cara hacia ella con la única expresión de demanda que su mente pudo concebir, aunque era muy consciente de cuánto debía de parecerse a un mono amordazado y maniatado que solicita ser puesto en libertad.
Ella le sonrió sin despegar sus largos labios, otra imitación burlona de un gesto humano, estaba seguro, y siguió contemplándolo.
Era otra vez de noche, lo sabía, y hacía ya doce horas completas que estaba en el platillo, porque tampoco en la última observación había habido error posible: San Francisco, hundiéndose en la tarde, pero mostrando las manchas negras y las humaredas de los incendios extinguidos por las lluvias, y también un montón de barcos que se apiñaban en el Golden Gate. Luego el platillo se había inclinado y él había visto al Errante que salía por el este con su faz de mandala y un anillo resplandeciente asimétrico alrededor que, tras unos pocos segundos de frenético pensamiento, llegó a convencerse de que lo más probable es que fuera la Luna destrozada.
Tigerishka le rozó la muñeca derecha con el dorso de su garra verde y volvió a sentarse. Él se dio cuenta, con incrédulo asombro, de que su brazo derecho estaba libre. Movió los dedos, plegó y desplegó el codo con menos dolor del que había previsto y empezó luego a llevarse los dedos a los labios, pero se detuvo a mitad de camino.
Si se tocaba simplemente los labios, ella podría interpretar que deseaba ser alimentado mediante tubos por esa vía.
Se llevó los dedos a la frente y luego con un suave movimiento los dejó caer a los labios y los tendió hacia las puntiagudas orejas de ella. Con continuada inspiración, los dirigió hacia su hocico y luego los llevó hacia sus propios oídos.
—Sí, querer hablar —interpretó ella—. Mono gata mucho cotilleo, ¿eh? —Sacudió lentamente su cara verde de un lado a otro.— ¡No! Todas preguntas de charlatán... ¡una, diez, cinco mil! Conozco monos.
Sus expectativas se desmoronaron. Al mismo tiempo, se le ocurrió, con curiosa certidumbre, que podría haberle dicho eso en un inglés gramaticalmente perfecto, pero con toda deliberación decidía no hacerlo, de modo muy semejante al de un europeo brillante capaz de hablar cualquier lengua de manera impecable, pero que se aferra a su acento y a sus primeras construcciones provisionales para poner de relieve su individualidad exótica y también para hacer una crítica sutil de las arbitrarias formas de la pronunciación inglesa y la multitud de tontas palabrejas auxiliares a que recurre.
—Sin embargo... —contemporizó Tigerishka—, hay cosas que diré. —Luego, con la velocidad de una mecanógrafa y con un ligero canturreo, como si le resultara muy aburrido, prosiguió:— Provengo de cultura galáctica superior. Lee mentes, emite pensamientos, navega hiperespacio, vive siempre si lo decide, amplía soles..., toda esa clase de cosas. ¡Apariencia animal! Reanuda formas atávicas. Hace cerebros pequeños, pero en realidad enormes (¡psicofisiosubmicrominiaturización! Permanecemos superiores). ¿No lo crees? Escucha, pues. Plantas ingieren materia inorgánica: ¡son superiores! Animales comen plantas: son superiores. Felinos comen carne fresca: ¡somos muy superiores! Monos intentan comer todo: ¡un asco!
Luego sin la menor pausa:
—Errante navega hiperespacio. Sí, fotos estelares. Lo sé. Necesita combustible..., mucha materia para convertidores. Vuestra Luna buena leña. Aplastar, pulverizar, dragar. Cargamos combustible, luego partimos. No es preciso que los monos se alarmen.
Después de que se detuvo, Paul siguió hirviendo de furor durante cinco minutos enteros, tanto lo habían afectado esas desalmadas simplificaciones. Luego se le ocurrió que no había nada en el mundo que él pudiera hacer para ponerle remedio. Aspiró lenta y profundamente, intentando serenar sus facciones, con la esperanza de que no estuvieran ya muy enrojecidas. Luego apretó la mano fuertemente contra la boca y la separó de ella con fuerza como si dijera: «Ya basta de mordazas».
Pensó que realmente no tenía sentido todo ese juego gestual, pues ella debía de conocer sus pensamientos, pero inmediatamente se le ocurrió también que ése era justamente el sentido, que se trataba de un juego. A los gatos les encanta jugar; les gusta jugar con víctimas indefensas; y en eso Tigerishka no parecía una excepción.
Lo confirmó sonriendo, mientras negaba lentamente con la cabeza... Sonriendo y frunciendo los labios superiores de modo que sus cinco cerdosos bigotes trazaron pequeños círculos.
Adoptó otra medida. Repitió el gesto de «Ya basta de mordazas», pero lo siguió sin demora de otro, llevándose la mano a la boca como si sostuviera un vaso e inclinándola como si bebiera. Finalmente, apoyó el dedo índice sobre el centro de sus labios.
Las pupilas en forma de estrella de Tigerishka se estrecharon hasta reducirse a un punto mientras lo miraba fijamente a los ojos.
—Si te dejo boca para beber, ¿no hablas?
Paul asintió solemnemente con la cabeza.
Ella cogió de su equipo un frasco blanco flexible, con capacidad para medio litro más o menos, y lo sostuvo junto a sus labios.
—Yo aprieto suavemente, tú chupas —dijo, y rozó con el dorso de su otra garra la mejilla y el mentón. Sintió que recuperaba inmediatamente la sensibilidad en esas zonas y, al mismo tiempo, que una fresca bebida procuraba alivio a su garganta seca y dolorida. Al cabo de un momento recuperó el sentido del gusto: leche. Leche con un ligero dejo a
almizcle. Se preguntó si sería felina o sintética, si sena asimilable para un ser humano o no, pero decidió que debía confiar en el juicio de Tigerishka
Cuando se le alivió la urgencia inmediata de la sed, levantó el brazo para hacerse cargo de la tarea de apretar el frasco.
Ella no rechazó el gesto ni tampoco soltó de inmediato el frasco, de modo que por un momento él sintió a través del borde de los dedos y la mano el terciopelo de sus patas y la seda elástica de su piel y, por debajo de ésta, la dura curva de las uñas envainadas. Luego ella retiró la pata diciendo tan solo:
—Suavemente, recuerda.
Cuando el frasco quedó aplastado, él se lo devolvió añadiendo inintencionalmente:
—Gracias.
Pero antes de que la palabra hubiera podido ser emitida, su pata le había golpeado ligeramente los labios y estaba otra vez amordazado.
Se preguntó abatido si la mordaza sería una cuestión de mera sugestión, alguna película impalpable o alguna impregnación electroforética instantánea de los tejidos —¡cataforesis la llamaban de ordinario los médicos!— o vaya uno a saber qué, pero un letargo que le confundía los pensamientos iba ganándole rápidamente el cuerpo y la mente. ¿Consecuencia de la fatiga o de alguna droga? También era demasiado difícil pensar en eso.
Adormilado, se dio cuenta de que el invisible sol interior del platillo se había desvanecido en un crepúsculo. A través de la niebla del sueño, sintió el roce liberador de la piel de Tigerishka contra la muñeca y el tobillo izquierdos, de modo que sólo tenía todavía inmovilizado el tobillo derecho.
Se encogió hasta adoptar una posición uterina y se hundió aún más en el sueño.
Lo último de lo que tuvo conciencia fue el tono neutral con que Tigerishka le dijo:
—noches, mono.

Veintiocho
El Errante le mostraba a la Tierra su faz de yin—yang por quinta vez. Un día entero había estado suspendido en el cielo nocturno. Para los meteorólogos de la Estación de Observación Internacional del Polo Sur, profundamente sumido en la ininterrumpida noche del hemisferio sur, el Errante había trazado un círculo entero en el cielo desprovisto de sol, manteniendo siempre la misma distancia por encima del helado horizonte, y estaba ahora suspendido una vez más donde había aparecido por primera vez, sobre la cordillera de la reina Maud y la tierra de Marie Byrd. Grandes auroras verdes surgían de las nieves y resplandecían en torno a él.
El planeta extraño estimuló con nueva fuerza algunas viejas creencias sobrenaturales y muchas clases de manías.
En la India, que hasta el momento había escapado a los más grandes temblores y había sufrido mínimos daños provocados por las mareas, era venerado por vastas congregaciones en ritos que duraban toda la noche. Algunos lo identificaban como el planeta invisible Ketu, por fin vomitado por la serpiente. Los brahmanes lo contemplaban serenamente y sugirieron que podría indicar el alba de una nueva kalpa.
En Sudáfrica se convirtió en el estandarte de una sangrienta y exitosa revolución contra los bóers.
En los países protestantes se apresuraron a consultar el Apocalipsis en miles de Biblias nunca leídas antes o ni siquiera abiertas.
En Roma, el nuevo papa, un jesuita con formación astronómica, combatió la interpretación supersticiosa de los acontecimientos, mientras los paparazzi adquirían películas y lentes especiales para sus cámaras que les permitieran captar estrellas de cine y otros notables haciendo algún ademán ante el Errante o con el Errante como fondo... mientras Ostia luchaba contra la inundación y las nuevas mareas mediterráneas remontaban el Tíber.
En Egipto, una criatura felinoide que descendió de un platillo volador fue identificada como la diosa benigna Bast por un teósofo británico expatriado y se reanudó el culto de la veneración de los gatos. De acuerdo con el teósofo, el Errante mismo era el gemelo destructivo de Bast: Sekhet, el Ojo de Ra.
Hubo un extraño eco de ese suceso en París, donde dos felinoides, repitiendo el error de Tigerishka, devolvieron la libertad en los zoológicos a todos los tigres, los leones, los leopardos y otros grandes felinos. Algunas de las bestias aparecieron en los cafés de la Rive Gauche. Una liberación semejante tuvo lugar en el Tiergarten de Berlín, donde los animales estaban amenazados por las inundaciones.
Es extraño, muy extraño pensar que Don Merriam estuviera durmiendo cómodamente en su pequeña cabina a bordo del Errante al igual que Paul dormía con igual profundidad a bordo del platillo de Tigerishka,
Mientras el Errante provocaba pánico y ataques de locura, su súbita aparición y las catástrofes que la acompañaban actuaban en otros casos como una especie de terapia de choque. Había literalmente irrupciones de cordura en las secciones destinadas a los locos violentos en los hospitales mentales. Ver que lo imposible se volvía real, y sobre todo que las enfermeras y los médicos quedaran aterrados por ello, satisfacía alguna profunda necesidad de los psicóticos. Y las neurosis y psicosis privadas se volvían triviales para quienes las padecían, frente a tal alteración cósmica.
A otros el Errante los dotaba de una capacidad de último momento para afrontar la verdad, o para luchar contra ella. Mientras Fritz Scher, ahora sumergido hasta la cintura en agua salada, miraba por la ventana del Instituto de Mareas de Hamburgo en dirección al alba, las nubes se alzaron un poco hacia el oeste como una cortina corrida a medias, y, por debajo de ellas, el Errante lo miró resplandeciente en plena cara. Las cosas se clarificaron por fin en su mente al tiempo que una nueva oleada de agua lo derribó y lo arrancó de la ventana. Mientras se aferraba inútilmente de las lisas paredes del aparato predictor de las mareas y la oleada lo arrastraba junto con ella, empleó su último aliento para gritar una y otra vez:
—¡Multiplicadlo todo por ochenta!

Barbara Katz sintió que la cama se movía un poco sobre sus ruedecillas bajo ella, al tiempo que la habitación del tercer piso de su hotel se mecía junto con el edificio que la sostenía. Dominó el impulso de dar un salto y se apretó más contra el viejo KKK; luego estiró la mano por sobre él hacia Helen, tendida al otro lado. Hacía una hora el viejo había padecido un ataque de convulsiones ocasionadas por el frío. Durante la tarde lo había atormentado el calor, pero ahora, con las aguas glaciales del Atlántico que bañaban Florida, era el frío lo que lo hacía sufrir.
Benjy, de pie junto a la ventana, con una cara fantasmal por efecto de la luz del Errante, informó:
—El agua llega a las ventanas del primer piso y nos persigue decidida. Allí pasa una casa de veraneo. ¿Oís cómo nos golpea? Parece quebradiza.
—Métete en tu cama, Benjy, y descansa un poco —gritó Hester desde su rincón—. Si este sitio tiene que desaparecer, pues desaparecerá. Si el agua golpea para entrar, no puedes decirle: «¡Quédate afuera!».
—Yo no tengo tu serenidad, Hes —dijo Benjy—. Debí haberme quedado con el coche para asegurarme de que lo dejaran en lo alto del montículo. El agua debe de estar muy cerca de él ahora.
— ¡Es mejor que no lo hayan movido! —exclamó Barbara suavemente, pero con vívida convicción, por encima del hombro—. Ese sitio para aparcar forma parte de los cinco mil que estamos pagando por esta habitación.
Desde el otro lado del viejo KKK, Helen dijo con un fantasma de su risita:
—Me pregunto si esos cicateros se habrán acordado de subir la caja del dinero. De otro modo será arrastrada... ¡como nada!
—Silencio —dijo Hester—. Benjy, métete en la cama.
—¿Qué atractivo hay en ello? —preguntó pensativo—. Helen tiene que dormir con el viejo, contribuir a que entre en calor. Y ese pancake de maquillaje y polvo que la señorita Barbara me puso en la cara me escuece.
—Deja de quejarte, moreno —le dijo Hester—. Helen y yo pasamos como enfermeras, pero tú necesitas aclararte un poco. No que parezcas blanco, pero sólo para justificarte. Indica que intentas complacer. Con eso y un billete de mil dólares, puedes ir donde quieras.
Benjy dijo con la luz pálida en los ojos ahora que los había levantado:
—El viejo Errante tiene una vez más el monstruo encima. Gira rápido.
La habitación se tambaleó. Las estructuras crujieron. Benjy anunció:
—El agua ha subido otro palmo. Me parece que los ángulos están cambiando.
Helen se irguió:
—¿No os parece que deberíamos...? —empezó con voz tensa y susurrante.
—¡Silencio! —ordenó Hester decidida—. Todo el mundo debe callarse ahora y quedarse acostado. Estamos disfrutando cinco mil dólares. Benjy, avísame cuando el agua te haya llegado al cuello... ¡y no antes! Buenas noches.
En la oscuridad, Barbara pensó en la carrera de Sebring, a un kilómetro de distancia, y en todos esos motores perfectamente calibrados, en sus fosos, bajo el agua salada, con su gasolina esparcida. ¿O habían sido lo bastante listos como para dirigirse al norte donde estarían seguros, toda una manada roja, azul, verde, amarilla y plateada? Imaginó las embarcaciones con el motor fuera de borda empeñadas en la carrera de Sebring. Imaginó los cohetes anegados, un centenar de kilómetros más allá de Cabo Kennedy.
El viejo KKK gruñó ligeramente y farfulló algo. Barbara le acarició la cara rugosa, que parecía hecha de papel, pero él siguió farfullando. Los dedos, que mantenía junto al pecho como quien reza, se le movían un poco. Ella tanteó el pie del lecho y encontró la muñeca con ropa interior de encaje negro y se la puso en las manos. El viejo pareció tranquilizarse. Ella sonrió.
La habitación volvió a tambalearse.

Sally Harris se había puesto una túnica de noche incrustada de perlas que había encontrado en el muy interesante guardarropa en la habitación contigua a la del señor Hasseltine. Jake había adornado su silueta con un traje de sarga azul oscuro que le sobraba un poco por todas partes, y le daba el aspecto de un antiguo petimetre[2]. Estaban sentados frente al gran piano de cola, sobre el que había unas copas chatas y dos botellas de champaña.
La habitación estaba iluminada por veintitrés velas —todas las que Sally había podido encontrar— y dos linternas. Oscuros cortinajes cubrían las ventanas hasta el ascensor y especialmente las puertas vidrieras que daban al patio.
El silencio se filtraba por los cortinajes oscuros, congelando las llamas de las velas, presionándoles las gargantas y los corazones. Pero los dedos de Jake bajaron al teclado e hicieron retroceder el silencio con la ondulada irrupción de una introducción. Sally se puso de pie, meciéndose un poco y cantó fuerte y con toda claridad:
Oh, yo soy la Chica del Arca de Noé
y tú eres mi viejo Rey Inundación.
Nuestro amor no es tan grande como el océano libre,
como el monte Ararat o un árbol de habichuelas...
¡Encontraste un ático para mí en medio de la mar!
Nuestro amor es algo muy grande.
Mientras Jake tocaba el acompañamiento improvisado con la mano izquierda, le alcanzó a Sally una hoja de papel.
—Prueba la segunda estrofa —dijo.
Ella la examinó con gran formalidad.
—Vaya, tiene algunas palabras muy locas. ¿Y cómo canto las manchas de tinta?
—Encontré lo que llamas «palabras muy locas» en una «lista de objetos celestiales extraordinarios», en uno de los grandes libros de tu amigo intelectual. Tenemos que mantener el motivo astronómico para que combine con el nuevo planeta.
—Planeta salpiqueta. Si no fuera por Hugo te estarías ahogando. Me pregunto dónde estará Hugo ahora. Muy bien, Jake, tócalo. —Y cantó con la hoja pegada a la nariz:
Oh, yo soy la Chica del Arca de No¿ y tú eres mi viejo Rey Tormenta. Nuestro amor no es sólo tan grande como el Sol, Orión o Messier—31... ¡Me lanzaste en un rascacielos privado, querido mío! Nuestro amor es algo muy grande.
Jake le dirigió una sonrisa resplandeciente:
—¡Tenemos un verdadero éxito entre manos, nena! ¡Un verdadero incendio!
—Eso está muy bien —le dijo Sally, tendiendo una mano para coger su copa—. Porque lo más probable es que lo representemos en un teatro muy húmedo.

Richard Hillary sentía un extraño alborozo mientras avanzaba con paso elástico hacia el oeste junto al camino que Olía a sal, a cierta distancia al sur de Islip. Varados en la hierba, cubierta por una película de lodo que había sido arrastrada por la marca, veía en ese momento dos peces plateados y una pequeña y verde langosta de mar que se arrastraba débilmente por un paño negro empapado que pudo haber sido una túnica universitaria. Mirando hacia el sur, podía ver algunas de las torres grises de Oxford y distinguía claramente la marca parda de la marea a la mitad de su altura. Retuvo el aliento, levantó las manos y su siguiente paso se convirtió casi en un salto al imaginar que nadaba frenéticamente por las aguas del mar del Norte o el mar de Irlanda, que habían estado aquí unas cinco o seis horas atrás.
Reconvirtió el salto nuevamente en paso con una risa de burla, manteniendo su alborozo. A veces, por supuesto, la lobreguez de los contrastes que de continuo presentaban los objetos flotantes que habían quedado varados, era algo excesivamente aterrador, especialmente cuando se trataba de cadáveres empapados o cuerpos de caballos o de perros. Aquí su regla, y aparentemente la de la gente que andaba con él, era: «Si no se mueven, aparta rápido la mirada de ellos». Tuvo que recurrir a esa regla muchas veces durante el último kilómetro recorrido. Hasta el momento, ninguna de las húmedas formas despatarradas se había movido.
Richard había tenido la suerte de que un coche lo recogiera y lo llevara casi todo el camino desde el campo donde había dormido, en el lejano extremo de las colinas de Chiltern. Se había puesto en marcha por la noche, inmediatamente después de haber visto el este inundado detrás de sí, y una pareja lo había levantado en un Bentley que venía de Letchworth, en East Anglian Heights. Se habían empeñado ansiosamente en rescatar a su hijo, que se encontraba en Oxford. No habían visto mucho de la inundación y tendían a restarle importancia. Habían convidado a Richard un bocadillo. Al cabo de un rato muchos otros coches habían aparecido y la marcha se había vuelto lenta y, cuando finalmente habían logrado descender resbalando de continuo a la pantanosa planicie de Oxford para encontrarse en un barroso embotellamiento de tránsito, Richard se lo agradeció y se despidió. Daba la impresión de que el embotellamiento duraría mucho tiempo, y él no podía soportar la expresión atónita, ofendida y desconcertada en las caras de la pareja.

Uno debe tener un objetivo, se decía ahora mientras andaba de prisa en medio de un montón de compañeros de marcha, junto a otra doble fila de coches dispersos que avanzaban lentamente hacia el oeste. Cruzaron el Cherwell por un puente atestado, apenas medio metro por encima de la espumosa inundación. Se preguntó cuán salada estaría el agua, pero no se detuvo a probarla.
Se preguntó también si aquí la inundación de anoche habría venido desde el estuario del Támesis o desde un centenar de kilómetros más abajo, desde el Wash, a través de los marjales rugiente sobre las tierras altas entre Daventry y Bicester, o precipitándose entre los huecos en los Cotswolds de la costa oeste, donde las mareas normales tienen un alcance de diez metros. Pero semejantes especulaciones en nada contribuían para procurarle un plan. El sol estaba volviéndose muy caluroso a sus espaldas.
Se oyó un bajo y pesado tamborileo y la multitud a su alrededor se apiñó aún más contra el camino cuando un pequeño helicóptero se dispuso a aterrizar a cincuenta metros a distancia. El piloto, una mujer con un embarrado uniforme de enfermera, bajó de un salto y corrió hacia la única figura viviente que no había huido del ruido y la ráfaga descendente del aparato: otra mujer joven, sentada en el barro con un bebé en los brazos. Cogió el bebé, la ayudó a ponerse de pie, la condujo de prisa al helicóptero y la hizo subir a bordo. Luego, sin dar respuesta a las múltiples preguntas que se le formulaban a gritos, ella misma subió al aparato y despegó.
Richard sacudió la cabeza casi irritado y siguió andando. Ser testigo de esas cosas hacia que se sintiera terriblemente solo, y tampoco contribuía a procurarse un plan.
Al cabo de un rato, sin embargo, había formulado uno. Llegaría a los Cotswolds antes de la próxima marea alta, se cobijaría allí arriba mientras durara, cruzaría la planicie del Severn por Tewkesbury hasta las colinas de Malvern durante la próxima marea baja, y finalmente se dirigiría, mediante el mismo proceso escalonado, hasta las Black Mountains de Gales, a las que ni siquiera las más altas mareas podrían llegar.
Por supuesto, sería más atinado volver a las Chilterns o buscar las alturas moderadas al este de Islip, pero, se dijo, uno debe dejar sitio a las multitudes que deben de estar todavía presionando hacia el oeste, desde Londres. Además, detestaba la idea de detenerse en parte alguna, aun en una altura aparentemente segura, y la de esperar y la de pensar. Eso era intolerable: uno debía mantenerse en movimiento, mantenerse en movimiento. Y uno siempre siente que debe ser leal a la medida que acaba de adoptar.
Contó finalmente su plan Cotswolds—Malvern Hills Black Mountains a otros dos hombres que venían caminando a su lado por el camino. El primero dijo que era del todo impracticable, los devaneos de un loco; el segundo dijo que podría salvar a media Inglaterra y que debería comunicarse con las autoridades competentes sin demora (este hombre hizo frenéticas señales con su bastón a un helicóptero que pasaba).
A Richard le desagradaron los dos, especialmente el segundo, y se adelantó rápidamente dejándolos discutir vociferantes y enfadados entre sí. Repentinamente, todo el alborozo que había sentido desapareció y se dio cuenta de que tanto su plan como sus razonamientos no eran sino la más pura racionalización del impulso de precipitarse hacia el oeste, que de por sí no tenía más sentido que la multitudinaria huida de los conejillos de Noruega a través de Escandinavia al encuentro del Atlántico y la muerte. En verdad, se preguntó, la gran impresión sufrida y la desorientación, en si mismo y en los que lo rodeaban, ¿no podrían haberlos despojado de las capas de pensamiento civilizado y puesto al desnudo algún nódulo cerebral primitivo que respondiera sólo al mismo llamado que escuchaban los conejillos de Noruega?
Siguió apresurándose, sin embargo, acercándose al camino en busca de un puesto vacío o al menos un sitio apretado en uno de los vehículos más veloces. Después de todo, propio de un conejillo de Noruega o no, su tonto plan era todo lo que tenía y acababa de recordar la objeción más convincente que le hiciera el primer hombre: que hasta los Cotswolds había unos buenos treinta kilómetros.

Cuando la marea matinal ascendió por el canal de Brístol y por el Severn, arrastrando barcos naufragados, almiares destrozados, boyas arrancadas de sus anclas, postes telegráficos con alambres a la rastra, casas derrumbadas y cadáveres, más alta esta vez que la de la noche precedente, Dai Davies retornó con ella, pasando por Glarnorgan y Monmouth, girando y retorciéndose como el marinero fenicio ahogado de T. S. Eliot, un satisfecho galés, poético hasta el fin, a doce metros de profundidad.

Veintinueve
Margo y Hunter, cada uno envuelto en una manta, ocupaban el nicho de piedra que les servía de puesto de vigilancia y que McHeath y Doddsy habían limpiado y secado del agua de lluvia que lo humedecía. Sobre ellos, hacia el oeste, titilaban las estrellas entre nubes esparcidas, pero la mitad superior y oriental del cielo estaba todavía espesamente encapotada. Bajo ellos un estrecho cono de luz brillaba sobre los sedanes cerrados y a lo largo del camino hacia el valle. Como Doddsy tenía varios repuestos de pilas para su gran linterna, a Doc se le había ocurrido la idea de ponerla sobre la roca que bloqueaba el camino.
—Quien esté de guardia podrá ver así más fácilmente a cualquiera que venga a merodear desde el valle —había dicho—. Puede que quieran investigar la luz, y, si son amistosos, probablemente darán voces. Pero no disparéis contra ellos sólo porque se acerquen en silencio. Apuntadles y dadles la orden de detenerse primero. Y no despertéis a todo el campamento sólo porque tengamos un visitante. Pero despertadme a mí.
Ahora Hunter y Margo estaban fumando, lo cual echaba por tierra la idea de Doc de crear una perfecta emboscada, aunque no del todo, habían decidido. El pequeño resplandor anaranjado al inhalar Margo, le iluminaba la cara de mejillas hundidas y el pelo dorado, peinado hacia atrás, lacio y pesado después de habérsele empapado de agua salada la noche anterior.
—Pareces una valquiria, Margo —dijo suavemente Hunter con voz profunda.
Ella sacó la pistola gris de debajo de la manta y la sostuvo alta contra el pecho, de modo que resplandeció al brillo breve del cigarrillo.
—Así es como me siento —susurró feliz—. No me gustó nada que los demás tocaran esta pistola, aunque las cosas que Doddsy advirtió fueron interesantes.
Cuando a él y a McHeath les había tocado ser centinelas, el Hombrecito había examinado la pistola con su pequeña linterna y con una lupa de bolsillo de ocho aumentos, y había descubierto una fina escala a lo largo del marcador de la carga violeta.
—Fue hecha para seres con una vista más aguda que la nuestra,—dedujo.
Descubrió también algo que Margo no había advertido: una minúscula palanca oculta sobre la computadora; su estrecho extremo apuntaba hacia una escala circular igualmente fina, cerca del cañón. Nadie había tenido una idea muy firme sobre la función de esta palanca, y se decidió no experimentar con ella.
—Me pregunto en cuántos planetas habrá matado —susurró Margo.
—Sí —dijo Hunter—, pareces una valquiria vestal cuidado de la llama sagrada del arma. —Se le acercó un poco más, y ella alcanzó a percibir el olor de su sudor.
—Ssst... ¿has oído algo?
Ella respiraba de prisa. Apagaron sus cigarrillos y esperaron tensos, inspeccionándolo todo con la mirada. Hunter se arrastró hasta la cresta del peñasco por un camino que había memorizado antes y desde allí examinó los alrededores, aunque del otro lado el peñasco descendía diez metros a pico.
El campamento en torno al autobús y el camión esta en silencio y no había señal alguna de movimientos extraños, aunque el susurro del viento les recordó la tumba en cueva, a cinco metros de distancia. Al cabo de un rato, acomodaron como antes y encendieron otro cigarrillo.
—¿Sabes, Margo? —prosiguió Hunter donde se había interrumpido—, creo que haber matado a esos hombres hizo recuperar la vida. Te ha despertado, quizá por primera vez. Una experiencia fundamental es capaz de producir ese efecto.
Ella asintió, concentrada en una profunda sonrisa interior.
—Todo me parece el doble de real ahora –susurró— como si la realidad estuviera hecha de un material más sólido y, sin embargo, pudiera ver más a su alrededor y dentro de ella, especialmente los cuerpos de la gente. Es maravilloso.
—Te vuelve hermosa —dijo él, cogiéndole una muñeca—. Más hermosa. Hermosa valquiria vestal.
—Vamos, Ross —murmuró ella solemnemente—, cual quiera diría que estás tratando de conquistarme.
—Así es, en efecto —dijo él afirmando algo más mano en la muñeca de ella.
—Tienes una esposa y dos niños en Oregón —murmuró ella apartándose, pero no lo bastante como para liberarse.
—Ellos no interesan —dijo él—, aunque estoy continuamente preocupado por ellos. Pero estamos viviendo al día ahora, casi diría al segundo. Cualquier hora puede ser la última. Margo, deja que te bese.
—Sólo te conozco desde ayer, Ross. Eres varios años mayor que yo...
—Diez, a lo sumo —dijo él, respirando pesadamente—. Margo, las viejas normas y consignas ya no cuentan. Como dijo Rudy, esto es la pararrealidad...
En ese momento, un viento que soplaba muy arriba desgarró las nubes, y vieron al Errante con su faz de mandala junto a la Luna, que tejía una resplandeciente media faja a su alrededor. La maravilla de la esfera violeta marcada de oro se apoderó de ellos, pero, al cabo de unos pocos segundos, Ross Hunter puso su otro brazo alrededor de Margo y la atrajo hacia él. Ella se apartó y señaló hacia arriba.
—Tengo un joven amigo allí arriba —dijo—. Estaba apostado en ese..., en ese revoltijo de diamantes. Pero quizá se escapo; quizás está en el Errante ahora.
—Lo sé —dijo Hunter mirándola sólo a la cara, que ahora, a la luz del Errante, no necesitaba cigarrillos para quedar iluminada—. Hasta he leído acerca de vuestro romance en una revista, Me pareció que tenías un aspecto desagradablemente altivo y que sonreías presuntuosa, como si te hiciera falta que la vida se apoderara de ti y ser dominada por un hombre.
—¿Por ti, quieres decir? Y además está Paul –siguió ella apresuradamente—, arrebatado por un platillo; sólo Dios sabe dónde está ahora. Está loco por mí, pero totalmente paralizado por dentro. Quizá lo que le esté sucediendo ahora lo libere.
—No me importa ninguno de los dos —dijo Hunter, irguiéndose sobre sus rodillas junto a ella y sujetándola por los hombros—. No tengo ningún escrúpulo que me impida tomar ventajas de las dificultades inmediatas con que se enfrentan hombres más jóvenes que están locos por ti. Eres hermosa, y el que te obtenga primero, gana. Además, te conozco mejor que ellos, conozco a la valquiria despierta de cabellos dorados, y estoy más loco por ti que ellos. Nada cuenta, salvo tú y yo. Oh, Margo...
—¡No! —dijo ella con dureza, poniéndose de pronto de pie y desembarazándose de sus brazos—. Me alegro de que estés loco por mí, pero no te necesito, no me hace falta ese tú—y—yo. Vivir sola en la nueva realidad me es más que suficiente; ése es todo el estímulo que deseo; me pone en funcionamiento de manera cabal. ¿Lo comprendes?
Después de respirar dos veces profundamente, él admitió:
—Muy bien, supongo que no tengo otro remedio. Es mejor que llevemos a cabo otra inspección cuidadosa ahora que disponemos de toda esta luz. Hazte cargo de la parte occidental. Que tu vista se acostumbre a ella.
Después de transcurrido poco más o menos un minuto de estar espalda contra espalda, él empezó a hablar tranquilamente sin volverse.
—Concediendo que estés totalmente absorbida por ti misma ahora, dudo que hayas estado nunca verdaderamente enamorada. A Paul lo tiranizabas y lo explotabas.. —, eso era evidente. Supongo que manejabas a... ¿cómo se llamaba?, oh, sí, Don, halagando su virilidad.
—Interesante —murmuró Margo.
—No, no creo que ninguno de esos dos jóvenes llegue a resultar un verdadero rival —prosiguió Hunter—. Morton Opperly constituye un peligro mucho más serio, porque representa una figura paterna: un mago siniestramente hermoso que, ¡apuesto a que lo has soñado alguna vez!, algún día se llevará a nuestra joven valquiria a su lóbrego castillo en la Tierra de las Altas Matemáticas. Un incesto con matices einsteinianos.
—Muy interesante —comentó ella—. Parece haber un muy débil resplandor general en el este. Quizá es la autopista.
Cinco minutos más y Hunter irrumpió, aparentemente del modo más espontáneo, con:
—Dios, hace frío. Creo que convendría que nos acurrucáramos juntos según el viejo estilo puritano...
—No, no, soldado —se opuso ella—. Hacer el amor no es cosa que armonice con montar guardia.
—Au contraire, combinan de manera magnífica. Uno cobra una vida intensa, se vuelve consciente de todo.
—He dicho que no, Ross.
—No estaba intentando una nueva táctica —protestó él—, sencillamente intentaba ser práctico. Me estoy congelando.
—Entonces envuélvete bien en la manta —sugirió ella—. Yo no necesito calefactor. —Le sonrió directa. En este mismo momento estoy caliente como el mente. fuego desde el cuello hasta la punta de los dedos de los pies. E intensamente viva. Yo sola, sin compañía alguna. —Eres realmente una perra —dijo él pensativo. —Sí, en efecto lo soy —convino ella con una feliz sonrisa presuntuosa—. Y ahora me iré de exploración, primero camino abajo, quince metros más allá de los sedanes. Me llevaré el rifle. Tú te quedarás aquí con la pistola y... me cubres.
—Perra —repitió él con amargura mientras ella bajaba cuesta transversalmente.
Una nube estaba amortajando al Errante cuando despertaron a Doc para el cambio de guardia. Gruñó un par de veces por precaución mientras intentaba desentumecer sus articulaciones rígidas y luego se sintió más animado.
—Tengo que renovar las pilas de la linterna —observó—. Las tengo en el bolsillo. Debí haber dado la vuelta a uno de los sedanes y utilizar sus luces delanteras. No puedo hacerlo ahora..., despertaría a la gente.
Cuando Margo ocupó el sitio de Rama Joan en la cama del camión, el Errante había salido otra vez, mostrando las mandíbulas. Ann estaba despierta. Desde el horror descubierto por la tarde, la niña, que «lo amaba todo», había estado muy pensativa. Ahora Margo se preguntaba qué estaría pensando mientras esos grandes ojos la miraban a ella, una ululante asesina. Pero:
—¿Por qué tiene que irse mamita? —fue todo lo que Ann preguntó de manera más bien temblorosa.
—Margo le explicó la necesidad de tener que montar guardia.
—Creo que a mamita le gusta estar con el señor Brecht —comentó Ann de manera dolida.
—Mira al Errante, querida —sugirió Margo—. ¿Ves?; la Luna se está convirtiendo en un anillo. Ha roto su capullo y está extendiendo sus alas.
—Sí, es hermoso, ¿no es cierto? —dijo Ann con una voz que por fin había recuperado cierta nota de ensoñación—. Bosques purpúreos y mares dorados... Hola, Ragnarok.
En el autobús, la señora Hixon se inclinó hacia adelante desde el asiento de detrás del conductor y le dijo al señor Hixon en el oído:
—Bill, ¿y si esta gente descubre que no estamos verdaderamente casados?
Él le susurró a su vez:
—Nena, no creo que les importe un comino.
La señora Hixon suspiró.
—Sin embargo, es una especie de distinción ser la única pareja normalmente casada de todo el grupo.

Paul se despertó tan solo en el espacio negro como un ángel vagabundo, según le pareció..., tan por encima de la Tierra que las estrellas brillaban más densas sobre el horizonte negro, curvado como una guadaña, como nunca las había visto antes, ni siquiera en el desierto. Sin embargo se sentía tan confortable y fresco, y la transición del sueño al estado de vigilia había sido tan gradual, que no experimentaba el menor miedo. Además, había una invisible superficie vítrea y cálida que podía tocar. Lo protegía de toda la aspereza del espacio, y su pie derecho estaba sujeto a ella de modo reconfortante. Se entregó por completo al grandioso panorama.
Se encontraba en la noche por lo menos a un centenar de kilómetros encima de Arizona, decidió, y mirando hacia el oeste, porque podía ver toda California del Sur y el rincón noroeste de México, con inclusión del cuello de la península de la Baja California y, más allá todavía, el Pacífico. No había modo de confundir el trazado.
Podía ver las luces de San Diego —al menos cierto resplandor urbano donde debería estar San Diego— y se dio cuenta de que estaba dando en silencio las gracias a Dios por ello, de modo trivial, pero sincero.
No había nubes. El Errante estaba suspendido en el oeste exhibiendo su faz con cara de toro rodeada por la Luna desgarrada. Su luz violeta y dorada chisporroteaba sobre el Pacífico en una amplia estela que avanzaba directamente hacia él, y también centelleaba sobre el extremo norte del golfo de California, de modo que todas las costas estaban agudamente definidas.
Las zonas de tierra sólo reflejaban un difuso resplandor amarillento, como una luz lunar multiplicada, pero mucho más mortecino que el mar centelleante.
Pero luego vio, con un sentimiento de confuso pero creciente horror, que el golfo de California se extendía un centenar de kilómetros más de lo que debía por el noroeste, en una brillante lengua que se estrechaba primero para ensancharse después. No había tampoco modo de equivocar esa alteración del trazado.
Fuera por causa de los temblores o de las altas mareas o de ambas cosas a la vez, las aguas saladas del golfo habían irrumpido en las tierras por debajo del nivel del mar alrededor del valle Imperial y dentro de él y también el mar de Salton, y se extendían hacia Palm Springs. Recordaba que uno de los pueblos que allí había, bastante grande, se llamaba Brawley, y otro Vulcano...
El espacio se convirtió en una pared rosada delante de sus narices y una voz neutral dijo:
—'días, mono.
Parpadeando, Paul se volvió con lentitud, acomodando su pie derecho en el grillo invisible que lo sujetaba. Tigerishka estaba flotando inclinada sobre el panel de control, como si estuviera sentada en un columpio invisible. Miau se aferraba a su falda, lavando industriosamente las rodillas verdes del gran felino con su pequeña lengua rosa.
Paul tragó saliva y luego se llevó los dedos a los labios dubitativo. La mordaza había desaparecido.
Tigerishka le sonrió.
—Dormiste siete horas —le informó gratuitamente—. ¿Mejor?
Paul se aclaró la garganta, pero luego sólo cerró los labios y la miró. No le devolvió la sonrisa.
—Ajá, aprendimos una poca sabiduría —ronroneó Tigerishka—. Mono no parlotea, nos llevaremos mejor. Muy bien, pero habla ahora.
Paul mantuvo la boca cerrada.
—No estés malhumorado, Paul —indicó Tigerishka—. Sé que eres civilizado de acuerdo con tus luces, pero te ato, te amordazo, te llamo «mono» para darte una pequeña lección: que no eres tan importante de acuerdo con el plan general de las cosas, que otros pueden tratarte como tú tratas a animales potencialmente superiores, a Miau por ejemplo. También lo hago para brindarte la experiencia de nacimiento de la que estás tan necesitado, según lo advertiría cualquier psicólogo.
Paul la miró algo más prolongadamente y negó lentamente con la cabeza.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Tigerishka con aspereza—. ¿Cuál crees que es mi razón?
Pronunciando cada sílaba con tanta claridad y cuidado como si estuviera dictando una clase de lenguaje, Paul dijo:
—Me dices que tienes una mente muy superior a la mía, y en muchos aspectos debo admitirlo; sin embargo, ayer, durante veinte minutos por lo menos, confundiste mis pensamientos con los de esa encantadora bestezuela, aunque carente de habla y de cultura, que tienes en la falda. De que volcaste en mí tu irritación por haber cometido ese estúpido error.
—¡Eso es mentira, no he hecho semejante cosa! —contestó Tigerishka en un inglés inmaculado tan bueno como el de él. Se puso rígida, sus uñas salieron a relucir y Miau dejó de lamerla. Luego se controló, se distendió sensual y rió. Un delicioso movimiento de desdén pasó ondulante por sus hombros barrados de violeta—. Tienes razón —admitió—. Ésa es en pequeña parte mi razón. Hay pocas especies felinas en el cosmos; dejé que las esperanzas me ganaran. Lo notaste, mono astuto.
—De cualquier modo, cometiste el error, y fue un error muy grueso —le dijo él tranquilamente—. ¿Cómo pudiste suponer que un animal pequeño como Miau pudiera tener un cerebro pensante?
—Lo creí miniaturizado —respondió ella rápidamente—. Podría haber comprobado que no era así si hubiera recurrido a la clarividencia, pero estaba utilizando la telepatía. —Acarició a Miau.— ¿Alguna otra inquisición de mono?
Paul aguardó un momento otra vez, y luego dijo:
—Tú pretendes pertenecer a una cultura galáctica supercivilizada; no obstante, exhibís una xenofobia fantástica. Yo diría que un verdadero ciudadano galáctico debería ser capaz de ponerse en contacto con seres inteligentes de toda clase: moradores del mar, aracnoides y coleopteroides posiblemente, seres alados, lobos y otros carnívoros como tú misma y, sí, también simios.
Tigerishka pareció sobresaltarse un poco cuando él dijo «lobos y otros carnívoros», pero lo resolvió bonitamente diciendo:
—La de los simios es con mucho la peor de esas especies, Paul. —Y añadió secamente:— Además, el cosmos no es tan dulce y amable como crees. —Había empezado a acariciar a Miau rítmicamente, masajeando los omóplatos de la gatita.
—Me inclino a convenir en ello —comentó Paul—. Pretendéis ser casi omniscientes y tener gran consideración por la vida, al menos te jactaste de haber salvado dos ciudades antropoides del fuego; sin embargo, cuando deshicisteis nuestra Luna para obtener combustible, no tuvisteis en cuenta la presencia en ella de seres humanos, entre ellos mi mejor amigo.
—Es una verdadera pena, Paul —expresó sus condolencias Tigerishka con frescura—. Pero están en un planeta sin aire, tienen naves. Se escapan.
—Sí, por lo menos podemos tener la esperanza de que Don y los demás hayan escapado —convino Paul con igual frescura—, pero ¡no creo que siquiera supierais que estaban allí! No creo que cuando surgisteis del hiperespacio tuvierais idea de que este planeta estuviera habitado por seres inteligentes. O, si lo sabíais, no os importaba.
Tigerishka seguía pareciendo serena, pero estaba acariciando a Miau a un ritmo veloz, como una mujer nerviosa podría estar aspirando con mayor intensidad su cigarrillo.
—También en cuanto a eso tienes algo de razón, Paul —admitió—. Son difíciles las cosas en el hiperespacio: tormentas, etcétera. Extrema necesidad de combustible. Nos sentimos mal cuando salimos de él, en verdad. Además, la última inspección galáctica no indicaba vida inteligente aquí, sólo una promesa de raza felina. —Y frunció la nariz ante él al tiempo que dejaba de acariciar a Miau para darle un par de palmadas.
Sin tener en cuenta esta humorada, Paul continuó:
—He aquí otro detalle incidental en vuestra prisa insensible y torpe: cuando rescataste a Miau de las olas provocadas por el temblor, y también a mí, suponiendo erradamente que era la bestia de carga de la gata, dejaste a una veintena de preciosos seres humanos, incluyendo a mi novia, librados a su suerte: hundirse o nadar.
—¡Ésa es una gran mentira, Paul! —protestó Tigerishka—. Eliminé las olas en su beneficio; quedaron a salvo. Hasta he perdido mi pistola de impulsión.
—¿Otro error superfelino? —le devolvió Paul la pelota—. Bueno, por lo menos éste fue motivado por la generosidad, de modo que lo pasaremos por alto. Pero...
Paul se interrumpió cuando cobró súbitamente conciencia de lo ridículo de la situación. Aquí estaba él, desnudo y con un pie engrillado, arrastrando los tubos de un dispositivo sanitario, haciendo el papel de fiscal ante la más fantástica «Madame X» que haya flotado nunca sobre el banquillo de los acusados.
La más fantásticamente adorable, además, añadió intranquilo para sí.
¿O era todo esto, se preguntó, la vieja situación racial del mono que azuza al leopardo?
Pero luego recordó Brawley y Vulcano.
—De modo que ahora tienes una novia, ¿no es así? —dijo Tigerishka con malicia—. ¿Es eso verdad? ¿Lo sabe Margo? Y además pretendes ser justo... ¿Te parece que lo eres con Don?
Él desdeñó esas mezquinas divagaciones con cierta dignidad. Había un intenso sentimiento en su voz cuando dijo:
—Pero la más aplastante denuncia contra vuestra jactanciosa cultura superior y vuestra gran sensibilidad es el modo en que los seres humanos están muriendo bajo este platillo en este mismo instante por causa de la distorsión que el Errante ha producido en nuestro campo de gravedad, todo porque necesitabais combustible y no os tomasteis el tiempo requerido para encontrar una fuente apropiada, como las lunas de Júpiter o Saturno. Concedo que habéis apagado algunos incendios, pero sólo después que centenares, más probablemente, millares perecieran en las llamas y en los temblores que las iniciaron. Y ahora ciudades enteras están siendo anegadas por las inundaciones que habéis provocado. Si esto continúa...
—¡Calla, mono! —rugió Tigerishka, sacando a relucir las uñas y tocando con las patas traseras el panel de control. Miau se apartó de ella de un salto—. Mira, Paul —continuó, haciendo esfuerzos por contenerse—, ¡nunca me jacté de ser humanitaria, monitaria o cosmotaria! Cultura felina cruel en algunos aspectos. ¡Otras culturas también crueles! Muerte parte de vida. Algunos siempre sufren. Renovación de combustible está en el curso normal de las cosas. Sencillamente...
Se interrumpió frunciendo el entrecejo ante el dedo con el que Paul la señalaba, porque éste acababa de ver lo que, según creía, era la terrible significación del intento aparentemente honesto de Tigerishka de defenderse a si misma y a los suyos.
—No te creo —dijo resonante—. Tigerishka, pienso que vuestra torpe prisa, la falta de exploraciones y preparativos adecuados y, sobre todo, los improvisados y tardíos esfuerzos por poner remedio al daño que habéis provocado, demuestran que os precipitasteis a la acción impulsados por algo que teméis profundamente.
Con un agudo rugido, Tigerishka se lanzó sobre él, lo empujó contra la pared con una de las garras frontales en tomo al cuello y amenazándole la cara con la otra como si fuera un rastrillo con cuatro dientes.
—Ésa es una condenada mentira, Paul Hagbolt! —dijo en un inmaculado inglés—. ¡Exijo que la retires de inmediato!
Él recobró el aliento. Luego negó con la cabeza.
—No —dijo Paul sonriéndole, aunque de los ojos le manaban lágrimas brillantes—. Estáis mortalmente asustados.

Don Guillermo mataba mosquitos a manotazos y miraba fijamente los tejados de las casas inundadas, rojos a la luz del alba, mientras la lancha volvía al lago Nicaragua. Durante la noche la corriente del río San Juan había remontado su curso una vez más, oponiendo mucha resistencia a la lancha, y ahora resultaba claro que eso había sido consecuencia de que el lago mismo se había elevado unos cinco metros o más todavía..., aunque era difícil saber por qué había ocurrido eso.
También el cielo planteaba un misterio. Hacia el este estaba claro, el Sol disparaba ya sus cálidos rayos, pero hacia el oeste se levantaba un espeso muro de nubes blancas desde la franja de tierra entre el lago y el Pacífico, tan hacia el norte y hacia el sur como era posible abarcar con la vista.
Aunque la noche previa a la anterior Don Guillermo había sido testigo de erupciones volcánicas, no se le ocurrió que aquí, como en muchos otros sitios, el océano Pacífico estaba bordeado ahora por una cortina de vapor, donde el agua salada se filtraba en las grietas volcánicas.
Preguntó por qué la lancha se dirigía hacia el norte, y los hermanos Araiza le informaron que iban hacia el lago, a su casa, en Granada. Algo áspero y cortante en sus voces lo disuadió de objetar esta decisión.
No le impidió, sin embargo, emprender algo más tarde una exposición —no la primera que les ofrecía, por lo demás— de cómo, hacía algo más de cien años, su tatarabuelo había desembarcado en Nicaragua con la sola compañía de cincuenta y ocho yanquis audaces, y no tardaron en tomar por asalto exitosamente la misma Granada.

Bagong Bung observaba cómo el Sol, que salía para Don Guillermo, se ponía en el golfo de Tonquín, ahora tan voluminoso como encogido había estado doce horas antes, de modo que parecía abarcar Vietnam del Norte. Pensó en la caja fuerte que guardaba en la cabina y que ahora contenía una pequeña bolsa de guineas, cóndores y morocotas de oro, y otras dos más grandes con monedas de plata: el modesto botín del Sumatra Queen. Tocó el pañuelo de seda amarilla que llevaba atado alrededor de la cabeza al modo de los piratas y, mirando socarrón a Cobber—Hume, dijo:
—Hola, hola, ¿eh?, baik sobat?
—Y una botella de ron —afirmó el alto australiano—. Y también una pipa de opio para ti, ya que tu religión te lo permite.
Bagong Bung sonrió, pero luego la cara se le puso grave y dijo suave y concentradamente:
—Pagi dan ayer surut!
¡La mañana y la marea baja! En verdad, apenas podía soportar la idea de que era necesario esperarlas. Hacía ya tiempo que había decidido qué naufragio intentaría explorar entonces: el barco español casi legendario Lobo de Oro. ¡El Tigre del Lodo establecería un trato con el Lobo de Oro!

La primera idea que cruzó por la mente de Bárbara Katz ante la pistola de doble cañón que apuntaba por la ventanilla del conductor, cerca de los hombros caídos de Benjy, fue que se trataba de uno más de aquellos fastidiosos elementos que integraban la extraña inmundicia flotante que venían sorteando y esquivando durante las tres primeras horas desde que irrumpiera el día. Terreno arenoso, mucho terreno arenoso; hojas y frondas y juncias apelotonadas; arbustos y pequeños árboles arrancados de raíz; coches y maquinarias de granja arruinados; animales y personas.
—¡No te detengas!
Muertos; alambres, que podían resultar demoníacos, sobre todo si eran de púa —tuvieron que colocar tablones sobre un cerco arrancado y nivelado para que el Rolls pudiera cruzarlo sin pincharse los neumáticos—; flores empapadas aplastadas aquí y allá, incluido un abundante número de flores de pascua de color escarlata; casas y cobertizos, fragmentarios algunos y otros casi intactos...
Tuvieron que hacer un rodeo por un camino lateral para sortear un grupo monstruoso de ellos. Todo humeaba al calor, como si del terreno brotara una niebla que se disipara rápidamente. Por supuesto, también había habido gente con vida, aunque no mucha, y toda ella actuaba aturdida o desvalida y se atenía a aquello de lo que se ocupaba, como transportar casas a terreno firme, subir tablones a, árboles altos o dirigirse a diversos sitios en coche o a caballo. En una ocasión, un pequeño avión pasó por sobre sus cabezas tronando fuerte y arrogante.
La segunda idea de Barbara ante el doble cañón de la pistola fue que ésa era la desagradable emergencia que venía esperando desde un principio y, gracias a Dios, tenía el revólver calibre 38 de cañón corto en la mano derecha, bajo el muslo, junto al viejo KKK y, si le era preciso, esperaba poder sacarlo y disparar por la ventanilla; aunque de nada serviría, pues con eso sólo lograría que Benjy y Hester quedaran reducidos a pedazos en el asiento delantero, aun cuando el motor del Rolls seguía funcionando suavemente. Si sólo tuvieran unos pocos segundos de ventaja...
Su tercera idea ante la pistola fue preguntarse si sus cartuchos no estarían húmedos, puesto que el arma presentaba manchas de herrumbre reciente; en ese caso la balanza del poder se inclinaría de su lado y no le haría falta disparar, sólo amenazar... Pero eso eran sólo conjeturas.
La voz que venía de detrás de la pistola tenía un dejo a holgazanería, aunque también resultaba amenazante, como si se tratara de la de un moscardón que diera una y otra vez contra el cristal de la ventanilla del sedán.
—Éste es un punto de inspección. Estamos cobrando el peaje. ¿Qué estabais haciendo...?
—Estábamos cambiando un neumático —dijo Barbara con aspereza .
—... allá en Trilby? —terminó la voz zumbona.
De modo que ése, pensó ella, era el nombre del miserable villorrio aplastado, cuya retorcida calle principal llena de despojos habían estado recorriendo en zigzag hacía veinte minutos. ¡Debieron haberlo llamado Svengali! En voz alta, dijo rápidamente:
—Veníamos de Palm Beach. Podemos pagar el peaje...
Pero mientras metía la mano izquierda en la cartera negra sobre la falda, dos nervudos brazos rojizos pasaron por la ventanilla y cogieron la cartera. Una mano callosa le levantó la barbilla y le echó la cabeza hacia atrás. Por un segundo, miró colérica una delgada cara de pescado mal afeitada y dominó el impulso de meterle una bala o morderle la mano. Los brazos salieron por donde habían entrado, llevándose la cartera, y la voz tras ellos dijo:
—Eh, el viejo debe de ser uno de esos millonarios de Palm Beach. Hay montones de billetes aquí.
—Está muy enfermo —explicó Barbara—. En estado de coma. Estamos intentando llevarlo a...
—Uno de esos millonarios —la interrumpió la voz zumbona— que vienen aquí a mandar y le pagan a las negras el salario de un hombre blanco y después se escapan como gallinas cuando el Señor nos pone a prueba. Cogeremos el dinero para los Fondos del jubileo y nos llevaremos a las dos chicas negras... Con ellas la colina resultará más cómoda. ¡Vosotras dos, salid, rápido!, o vuestro amarillento chófer no tardará en lucir un pintoresco agujero en las costillas.
Y apoyó el cañón de la pistola en el costado de Benjy.
Ahora, pensó Barbara, pero cuando empezó a echar mano al revólver, sintió que los dedos del viejo KKK le cogían como garras la mano que empuñaba el arma, con sorprendente fuerza, y se la sujetaba. El viejo se aclaró la garganta, carraspeando, y en el instante siguiente dijo con la voz más alta que se le hubiera oído jamás, una voz que sonaba imperiosa:
—¿Oí que un necio de cuello rojo cuestionaba el color de mi hijo Benjy? ¡Creí por tus palabras que los de aquí erais sureños y no tortugas alimentadas por barro!
Hubo un murmullo afuera, enfadado, pero dubitativo. La pistola se alejó de Benjy. Entonces el viejo KKK, con las facciones fruncidas como las de un viejo buitre, miró a los hombres vestidos de mono y entonó de modo portentoso:
—¿Cuándo termina la Noche Negra?
Lentamente, casi como si las palabras le fueran extraídas en contra de su voluntad, el de la voz zumbona replicó:
—Con el alba del jubileo Blanco.
—¡Aleluya! —respondió el viejo KKK—. Transmitid al Gran Gallo de la ciudad de Dade los saludos del Gran Gallo del condado de Dade. Benjamín, me complacería que prosiguieras la marcha.
El coche avanzó diez centímetros, veinte, cuarenta... y estaba cobrando ya velocidad cuando Hester exclamó:
—¡Esquiva ese tronco, Benjy! —y el Rolls viró abruptamente y luego una vez más antes de lanzarse velozmente a la carrera. Benjy reía a carcajadas festejando el feliz final de la escena, sólo que esta vez había una cierta histeria en su voz, y finalmente estalló jadeante:
—¡El viejo KKK ha hecho honor a su nombre! —Miró atrás.— ¡Discúlpame..., papá!
—No puede oírte, Benjy —dijo Hester—. Se ha desvanecido otra vez. El esfuerzo lo ha agotado.
Helen miró hacia atrás con los ojos muy abiertos:
—Nunca sospeché que hubiera sido del Ku-Klux-Klan.
—Tendrías que estar agradecida por ello —añadió Hester.

Treinta
Doc se hizo cargo de la tarea de levantar el campamento sobre la cuesta rocosa mientras el alba, al principio verde claro, iba cambiando de color, pasando por un gris ceniciento, a un amarillo limón. Actuaba con un misterio tan arbitrario que habría sido aún más irritante si no hubiera sido por el ánimo sarcástico con que lo hacía. En particular, se negó a discutir cuál sería su próximo objetivo o el problema del camino bloqueado por la roca hasta que no se hubieran organizado para la partida.
Redujo en una tercera par—te la ración del desayuno que Ida y McHeath le presentaron para su aprobación, prescribió penicilina para el arrebolado y agitado Ray Hanks, una vez que éste recordó que no era alérgico a ella, y respondió con un breve gesto de negación cuando Hixon le sugirió que le dieran al campamento el carácter de permanente y organizaran partidas para ir en busca de provisiones.
Registraron los dos sedanes y encontraron en la guantera del primero un revólver cargado calibre 32, y en su asiento trasero, un sombrero negro. Doc se apropió de ambos objetos, y, acomodándose el sombrero de una palmada sobre su calva, dijo con una dura sonrisa:
—Me va bien.
Wejtowicz, con la mano izquierda en el cinturón, para aliviar el hombro vendado, protestó:
—No lleves eso, Doc, traerá mala suerte.
Y el Escobillón agregó con tono sombrío:
—No me gustaría contaminar mi cabeza con partículas del aura de un asesino sádico.
—Y yo no quiero que el sol queme la mía más de lo que ya lo está —le respondió Doc riendo—. Puedo soportar la caspa de un asesino.
El primer sedán resopló y ronroneó de inmediato cuando Doc puso la llave de contacto y tocó el acelerador para ponerlo a prueba, pero la batería del segundo parecía haber dejado de funcionar. Doc se negó a dejar que Wojtowicz examinara nada bajo el capó, pero en cuanto se le quitó la gasolina y el aceite, soltó el freno de mano, giró bruscamente el volante y ordenó a los demás que lo ayudaran a empujarlo fuera del camino y despeñarlo cuesta abajo.
Salió fuera del borde raspando y rebotando, y cinco segundos después llegó hasta ellos el estruendo del choque, acompañado por el aleteo de tres buitres que huyeron espantados. Doc hizo resonar los dedos y murmuró:
—Por cierto, no era mi intención interrumpir su desayuno, si era el que pienso.
La señora Hixon lo oyó e hizo una mueca de asco.
Luego Doc probó el Corvette rojo, poniéndolo en marcha una y otra vez, con las ruedas al borde del camino.
—Buen trabajo —dijo al bajar del coche—. Me lo quedo. Cuando estaban terminando el desayuno, reunió a Hunter, Rama Joan, Margo y Clarence Dodd y los llevó consigo tras el camión.
—Bueno, ¿qué os parece? —los consultó—. ¿Seguimos hacia el valle o cortamos por Mulholland e intentamos llegar a Cornell o a Malibú Heights? Tengo que mantener este equipo en movimiento o perderé el ánimo.
—Si nos decidimos por el valle, ¿cómo evitaremos el bloqueo del lamino? —preguntó el Hombrecito.
—Postergaremos esa cuestión, Doddsy —le dijo Doc—. Primero lo principal.
—Algunos de nosotros podríamos tomar el sedán y explorar el valle —sugirió Hunter.
Doc sacudió la cabeza enérgicamente.
—No, no podemos permitirnos el lujo de dividir este equipo. Es demasiado pequeño.
—Conozco a algunos artistas en Malibú... —empezó a decir Rama Joan a modo de prueba.
—Y yo conozco a algunos en Cape Cod —la interrumpió Doc con una sonrisa y un guiño—. Probablemente se están dirigiendo a nado a Plymouth Rock.
—Pero, estaba por decir —prosiguió Rama Joan con un gesto de disculpa— que voto por el valle.
—¿Alguien sabe qué altura tiene el valle? —preguntó el Hombrecito—. Podría inundarse con el agua que baja de las montañas que lo rodean.
—Lo averiguaremos —respondió Doc, encogiéndose de hombros.
—Tiene que ser el valle —intervino Margo—. Vandenberg Tres está al pie de la carretera de montaña. Y creo que todos sabéis que quiero dar la pistola de inercia a Morton Opperly.
Doc los miró a todos.
—El valle, pues —sentenció—. Creo, sin embargo —le dijo a Margo—, que pistola de impulsión es un nombre más adecuado.
—Pero la roca... —empezó a decir el Hombrecito.
Doc le impuso silencio levantando la palma de la mano.
—Venid —les dijo a todos, y dejó atrás el camión y el autobús dirigiéndose a la roca.
Mientras lo seguían, Bill Hixon preguntó en un tono en el que se mezclaban la ironía y la hostilidad:
—Bien, doctor, ¿su comité ejecutivo ha decidido ya las futuras tareas que tenemos hoy por delante?
—Seguiremos hacia el valle —replicó Doc agriamente—, donde nos reabasteceremos y nos pondremos en contacto con científicos responsables del Proyecto Lunar. ¿Alguna objeción?
Sin esperar siquiera una respuesta, comenzó a subir la cuesta e hizo señas a Margo de que lo siguiera.
—Vi la roca —explicó— cuando estampaste a ese pistolero contra ella. Apunta desde aquí y mantén el gatillo apretado tres segundos. Apuesto a que saldría rodando. ¡Salid de adelante, todo el mundo!
Margo sacó la pistola de impulsión de la chaqueta y luego, súbitamente, se volvió y se la entregó a Hunter.
—Hazlo tú —le dijo, encantada al comprobar que ya no necesitaba esa gran pistola para tener la sensación de seguridad y excitación. Efectivamente, ella misma era ahora la gran pistola en la que podía confiar y con la que tenía que experimentar. Vio también con satisfacción cómo brillaba con agria codicia la ojerosa mirada de Hunter.
Éste se agachó y tomó firmemente la pistola con ambas manos. Aunque le habían dicho ya que no producía el menor culatazo, rehusaba creerlo. Todos sus músculos se tensaron. Con el rabillo del ojo vio que Doc hacía una señal, y apretó el gatillo.
Cualquiera que fuese el campo o la fuerza que la pistola generara, su acción era acumulativa, como si la roca tuviera que absorberlo y saturarse de él para que surtiera efecto. Al principio la gran roca se mantuvo inmóvil, el tiempo suficiente como para que Hixon dijera:
—Mirad, no se...
Pero en ese instante el lado más próximo a Hunter empezó a levantarse, primero lentamente, luego más de prisa.
— ¡Se está moviendo! —gritó McHeath.
Finalmente la enorme piedra se desmoronó. Hunter quitó el dedo del gatillo y la roca rodó por la cuesta con tremendo estrépito, estrellándose una y otra vez y girando algo más rápido de lo que debería hacerlo un canto rodado.
Toda la cuesta rocosa se sacudió. Algunos se cogieron de lo que tenían más cerca.
Con un aplastante golpe final, el monstruo pasó sobre el borde, del que se llevó un buen bocado de piedra.
El Hombrecito dijo en voz alta, sacando la libreta de notas:
—Ésa es la más asombrosa demostración de imposibilidad física que yo haya...
Un fuerte golpe seco le ahogó la voz. La cuesta volvió a vibrar cuando la enorme roca llegó al fondo del precipicio.
Hunter consultó la escala en la pistola y dijo:
—Queda todavía una tercera parte de la carga.
Doc examinó el sitio donde había estado la roca. Había quedado un hueco liso de medio metro en el asfalto, más profundo del lado de la cuesta, donde la sustancia negra había sido aplastada y formaba un labio que se unía suavemente a la roca. De pronto Doc movió la cabeza en señal de aprobación.
—No estoy seguro —dijo Hunter bajando por la cuesta—. Un resbalón de lado...
Pero Doc ya volvía a grandes zancadas al Corvette rojo.
Dos de los tres buitres —presumiblemente eran los mismos— subieron volando desde las profundidades, alejándose del camino. Pero al remontar el vuelo se toparon con un gran helicóptero militar que había venido zumbando desde el valle sin que nadie lo advirtiera debido a la tensión vivida en los últimos minutos. Las aves giraron raudamente frente al aparato y regresaron.
Hixon estaba señalando el helicóptero con su rifle, pero Doc lo detuvo con un gesto.
—No, nosotros mismos nos cuidaremos. De todos modos, han estado viéndonos, y si lo que hemos hecho con esa roca no los ha convencido, nada en el mundo podrá hacerlo.
El helicóptero se alejó de prisa en dirección al mar.
Doc subió al Corvette rojo y gritó:
—¡Despejad el camino! —y cruzó el hueco dejado por la roca con sólo unos leves barquinazos, mientras los dos buitres pasaban sobre el camino, a sólo quince metros de altura, y desaparecían tras la colina.
Doc detuvo el Corvette justo más allá del sedán.
—¡Que todos salgan del autobús, y traedlo aquí! —gritó. Luego a Hunter, Margo y Rama Joan, que habían venido tras él—: Yo abriré la marcha en el Corvette. Luego el orden será: sedán, autobús, camión. Tú ven conmigo, Joan, pero es mejor que Ann vaya en el autobús. Tú conduce el sedán, Ross. Sería preferible que lo hicieras girar ahora. Margo, guarda la pistola de impulsión y viaja con él. Si tenemos dificultades, tú serás nuestra artillería pesada, pero espera mis órdenes. Doddsy, tendríamos que tener un rifle de retaguardia en la parte trasera del camión, pero tienes la mano todavía mala.
—Harry McHeath sabe manejar el rifle —dijo el Hombrecito— y es responsable.
Doc asintió con la cabeza.
—Dile que ha sido ascendido —dijo—. Hixón puede llevar el otro rifle.
El conductor, Pop, puso reparos en cruzar el hueco dejado por la roca con el autobús.
—Los neumáticos traseros son viejos —explicó—. Están resbaladizos de tan gastados. Es probable que se deslice de costado cuando caiga en ese agujero...
Pero Doc volvía ya a grandes pasos. Subió al autobús y lo hizo cruzar el hueco de un modo impecable, sin dar un solo barquinazo más que el Corvette.
Hixon hizo pasar el camión al otro lado. Luego trasladaron a Ray Hanks en su camilla y, ante su febril insistencia, fue cargado nuevamente en la parte trasera del camión y no en el autobús. Allí se le unieron Ida y el joven McHeath, muy serio con su rifle.
Cuando el autobús estuvo cargado, Doc le dijo a Clarence Dodd:
—Está a tu mando... y arrea a Pop.
Al acercarse al Corvette, encontró a Ann sentada en medio del asiento delantero, junto a su madre. Plantó los puños en las caderas, luego sonrió, se encogió de hombros, subió y empuñó el volante.
—Hola, mi noviecita —dijo y le despeinó el pelo. Ella se apartó de él y se acercó un poco más a su madre.
Doc puso en marcha el motor, luego se puso de pie y miró atrás.
—¡Escuchad esto! —gritó hacia el sedán, el autobús y el camión—. ¡Seguid a intervalos de veinte metros! Quiero hacerlo con calma. Tres bocinazos que yo toque significa ¡despacio! Cuatro significa ¡deteneos! Cinco que toquéis cual
quiera de vosotros significa que estáis en dificultades. ¿Entendido?
»Pues ¡adelante!

La gente de la Tierra reaccionó de muy diversas maneras frente a las catástrofes provocadas por el Errante, según lo que le dictara su propia necesidad.
Una segunda Nueva York esquelética compuesta de ,refugiados, tiendas, hospitales de emergencia y helipuertos de auxilio creció en los condados de Putnam y Dutchess y al otro lado del río, en las prolongaciones sureñas de los Catskills.
En Chicago, unas pocas personas fueron caminando hasta el lago Michigan para contemplar con mediano asombro la marea de un metro y comentarse unas a otras que jamás se habían enterado de que hubiera excedido los diez centímetros. Levantaban brevemente la vista para observar la hilera de aeroplanos que volaban hacia el este desde Meigs Field para unirse a algún servicio de auxilio aéreo. Tras ellos, el tránsito tronaba a lo largo de Outer Drive, indiferente y casi tan denso como cualquier otro día.
En Siberia, las aguas de las mareas invadieron una planta de bombas atómicas y provocaron una gran explosión seguida de un escape radiactivo. Un par de horas más tarde miles de seres humanos evacuaban penosamente la zona huyendo de los efectos de una nube letal.
De los atolones del Pacífico, que iban quedando uno tras otro sepultados bajo las aguas, partían largas canoas en forzosos viajes de descubrimiento que se convirtieron en el eco de los de sus aventureros antepasados.
Wolf Loner navegaba confiado hacia Boston, basándose en meras suposiciones. Se preguntó con placidez por qué motivo durante la noche anterior había resplandecido la Luna de una manera tan deslumbrante y poco usual a través de esas nubes impregnadas con un ligero y misterioso tinte violeta.
El Prince Charles se mantuvo cerca de la costa de Brasil mientras se dirigía hacia el sur alimentado con energía atómica. Los cuatro capitanes insurrectos que lo gobernaban no hicieron caso de las advertencias del capitán Sithwise de que se mantuvieran alejados de la desembocadura del Amazonas.

Paul Hagbolt examinaba el norte de Europa desde una altura de ochocientos kilómetros. Estaba clara, iluminada por el Sol, salvo que una ancha capa de nubes se arrastraba por el Atlántico hacia Irlanda.
Inmediatamente debajo de él estaba el mar del Norte, como la página de un atlas ante la curiosa mirada de un escolar, de un mortecino color gris, excepto donde el Sol producía un irritante resplandor en la esquina del estrecho de Dover.
Las islas Británicas, la mitad austral de Escandinavia y Alemania del Norte y los Países Bajos constituían tres páginas más del atlas situadas a la izquierda, a la derecha y abajo.
Escocia y Noruega tenían el aspecto que correspondía, pero la parte sur de Suecia, como un ancho pendiente, estaba entremezclada con el gris del Báltico.
Bajo una esquelética Dinamarca, una ancha cimitarra de agua con el filo cortante de la hoja orientado hacia el sur, cruzaba los Países Bajos y el norte de Alemania. Paul pensó: Oh, bueno, ésta no es la primera vez que se inunda Holanda.
Ahora Inglaterra: también estaba cubierta de un encaje gris, y algo le había dado un gran bocado a la costa este. ¿El Támesis? ¿El... Humber? Paul se sintió culpable de que su mente no diera al momento la respuesta exacta, pero la geografía no había sido nunca su fuerte. ¿Por qué no Le Tigerishka en mi inconsciente y me lo dice?, se preguntó mezquinamente, mirando hacia donde estaba ella acicalándose con un peine de plata y con su propia lengua a la vez.
Las acusaciones de Paul y las feroces reacciones de Tigerishka ante ellas habían acabado de un modo decepcionante. Ella había bajado sus garras amenazadoras, le había vuelto la espalda y se había pasado la hora siguiente frente al panel de control, a veces manipulando los controles plateados, pero la mayor parte del tiempo permaneció sentada inmóvil. Luego había empezado una nueva serie de maniobras y observaciones.
En mitad de las tareas, se había interrumpido para liberarlo, sin comentarios, del último grillo que le sujetaba el tobillo y de las conexiones sanitarias. Luego le había explicado sucinta e impersonalmente, pero una vez más en inglés de monos, las reglas básicas para manejar su cuerpo cuando la gravedad es nula, y el manejo de los Paneles de Desperdicios y Alimentos. Finalmente había vuelto a su faena dejando a Paul con la sensación de ser un intruso en una oficina extremadamente sofisticada. Había comido de prisa un almuerzo de pequeños bizcochos de proteínas, tragándolos con agua, casi como si se tratara de píldoras. Todavía los sentía pesados en el estómago.
Las observaciones de la Tierra habían resultado frenéticamente excitantes en un principio, pero luego, casi en seguida, se habían vuelto aburridas.
Trató de pensar en Margo, en el mundo, en el sur de California. y en Don, al otro lado de la Tierra, en la Luna destrozada —que quizá habría huido en la nave lunar—, pero tenía la imaginación agotada.
Centró de nuevo su atención en las observaciones, haciendo un gran esfuerzo para sustraerla de la imagen de Tigerishka, perturbadoramente deliciosa mientras se acicalaba, y volcándola en el atlas vivo extendido por debajo del suelo transparente del platillo, con sus esparcidos asideros invisibles en dos de los cuales tenía ahora metidos un dedo del pie y otro de la mano.
Veamos, ese fragmento de Inglaterra podría ser algo que llamaban el Wash, que estaba conectado con algo llamado las Fenlands... Suspiró.
—¿Te sientes apenado por tu planeta, Paul? —le preguntó Tigerishka—. ¿Por el sufrimiento de la gente y todo lo demás?
Él se encogió de hombros y sacudió la cabeza.
—Es demasiado —dijo—. He perdido los sentimientos.
—¿Querrías ver las cosas más de cerca? —preguntó ella, cobrando un impulso y acercándose a él.
—¿De qué serviría? —dijo él.
—Entonces, te sientes apenado por algo más pequeño, Paul, algo más cerca de ti —le dijo—. ¿La chica? ¿Te sientes mal por ella?
Él hizo una mueca.
—No lo sé. Margo no es mi chica, en realidad.
—Entonces te sientes mal por lo que tienes más cerca: tú mismo —le informó Tigerishka deteniendo su impulso junto a él. Apoyó una pata aterciopelada sobre su hombro desnudo—. Pobre Paul —ronroneó—. Totalmente confundido. Pobre, pobre Paul.
Él, enfadado, movió el hombro fuera del alcance del excitante contacto, aventándola con las manos para mantenerla apartada.
—No me trates como a un animalito indispuesto ——exigió enfadado—. No me trates como a un monito enfermo. ¡Trátame como a un hombre!
Ella le sonrió con los bigotes hacia atrás sobre las mejillas violeta y las negras pupilas reducidas a un punto, y apuntándole al corazón con un antebrazo violeta grisáceo, dijo:
—¡Bang!
Al cabo de un instante él rió tristemente y admitió:
—Está bien, Tigerishka, supongo que para ti soy una especie de animal inferior, pero en ese caso examina mi mente y dime qué es lo que no funciona bien en mí. ¿Por qué estoy tan confundido?
Las pupilas se le expandieron hasta convertirse en estrellas: negras estrellas arácnidas en un cielo violeta.
—Vaya, Paul —dijo con gravedad—, desde que me obligaste a tratarte como a un ser inteligente, primitivo pero inteligente, ya no ha sido sencillo para mí penetrar profundamente en tu mente. Ahora no se trata tan sólo de pedirte permiso. Pero he llegado a algunas conclusiones acerca de ti, y, si quieres, te las diré.
Él asintió con la cabeza.
—Prosigue.
—Paul —dijo ella—, te ofende que te traten como a un animalito, pero así es como tratas tú a la gente que te rodea. Te apartas y observas sus payasadas con tolerante comprensión y cuidas, atiendes y mimas a los que amas: Margo, Don, tu madre, varios más. Llamas a eso amistad, pero es sólo un paternalismo protector y absorbente. Una gata decente no les haría eso a sus propios gatitos.
»Te mantienes apartado y te observas más de lo que resulta agradable. Vives en un círculo cerrado en el que tu Otro yo te observa permanentemente, y tu tercer yo observa a su vez al segundo, y así sucesivamente. ¡Mira! —Con un movimiento convirtió las ventanas en espejos. Puso el antebrazo entre el ojo derecho de él y sus imágenes reflejadas, lo que de algún modo impedía ver exactamente los bordes de las primeras seis.— ¿Ves? —dijo—. Cada una observa la que tiene delante. Todos los animales inteligentes se observan a sí mismos, lo sé. Pero tú vives demasiado sumido en tus reflexiones, Paul. Es mejor vivir más delante del espejo y menos como un mirón. De ese modo se adquiere coraje. ¡No vivas s siendo el Observador Número Seis!
»Además, crees que los demás son tus observadores. Te apartas de ellos y luego criticas. Pero no lo son. También ellos tienen observadores que los observan sólo a ellos.
»También debes amarte más a ti mismo, de lo contrario, nadie podrá gustarte.
»Otra cosa de ti —terminó, recayendo en el habla de monos—, reflejos de lucha bastante pobres. Como danza. Como sexo. Poca práctica. Eso es todo.
—Sé que tienes razón —dijo Paul vacilante con voz baja y tensa—. Intentaré cambiar, pero...
—¡No pensando en ti! ¡Mira! Uno de nuestros grandes platillos salva una de vuestras ciudades.
El cielorraso y el suelo se volvieron transparentes otra vez. Estaban descendiendo en una veloz línea oblicua hacia una especie de enramado oscuro unido a una tenue malla en damero de cuyo centro salían una suerte de arcos marrones que terminaban en un borde circular igualmente marrón que iba derivando al gris azulado. Muy arriba, sobre el centro de los arcos, estaba suspendido un platillo dorado y violeta que, consideró, tenía que ser enorme a juzgar por el banco de nubes que se interponía entre ellos.
La red en damero se hizo más grande: eran calles. Y los cuadrados eran manzanas de edificios.
Los arcos marrones eran grandes surtidores de agua cargada de cieno que estaba siendo extraída de la ciudad.
Reconoció, por haberlos visto en fotografías, los grandes edificios de Elektrosila y el Instituto de Energética, el teatro Kirov, de color azul verdoso, la plaza de los Decembristas. El enramado oscuro era el delta del Neva, y la ciudad misma, Leningrado.
—¿Ves? Salvamos a vuestras amadas ciudades —dijo Tigerishka con complacencia—. La máquina de impulsión del gran platillo extrae sólo el agua. Una máquina muy lista.
De pronto el platillo descendió tanto que pudo ver el empedrado, una alcantarilla sepultada en el barro y los cuerpos despatarrados de una mujer y una niñita teñidos de gris por el lodo. Pero fueron tapados casi inmediatamente por una ola baja de color castaño, de cuya sucia espuma salían un brazo gris y una cara barbada gris y sin vida.
—¿Salvarlas? —preguntó Paul incrédulo—. Sí, después de haberos despachado unos millones... ¡y si el rescate no es peor que el desastre! Tigerishka, ¿cómo habéis podido hacer naufragar nuestro mundo sólo para obtener combustible algo más de prisa? ¿Qué os dio tanto miedo que haya podido empujaros a hacerlo?
—¡Paul, deja a un lado ese tema! —siseó ella, rabiosa.

Richard Hillary iba renqueando velozmente, un punto sin dimensión en la página del atlas de Inglaterra que Paul había estado examinando; pero, a pesar de ello, un hombre vivo, aunque jadeante y asustado. Sudaba profusamente; el sol le daba en la cara, y cada dos pasos hacía un gesto de dolor.
Como el equivalente pedestre de un coche veloz en una gran autopista, Richard se había adelantado al grupo que venía detrás, pero no había alcanzado todavía al que iba delante, si es que había alguno. La última señal que había visto señalaba, muy oportunamente, estaba seguro, la cercanía del matadero menor.
Esforzándose por ver delante, advirtió que al cabo de unos cien metros el camino empezaba a ensancharse poco a poco y a ascender serpenteante por una colina cubierta de bosques.
Pero al mirar atrás, sus ojos deslumbrados por el sol sólo pudieron ver un enloquecido conjunto de sábanas y serpientes de agua.
La serpiente más gruesa era el camino por el que caminaba y que ahora, de pronto, empezaba a inundarse, pues la zanja que tenía a la izquierda estaba desbordándose. Apenas unos centímetros, sin embargo, bastaban para desanimarlo.
A la derecha había un campo de cebada, rodeado de un cerco, algo más elevado que el camino y que ascendía directamente hacia la cima de la colina. Trepó el cerco sin preocuparse de los desgarrones producidos por el alambrado de púas, y se puso otra vez en camino a través del ondeante verdor. Con un súbito aleteo sobrecogedor, un cuervo emergió delante de él y levantó vuelo graznando con ronca desaprobación. Aunque Richard tenía ahora las piernas acalambradas, apresuró el paso.
Oyó el retumbar de un trueno distante. Sólo que éste no era de los truenos que mueren murmurando a la distancia, sino de los que se hacen más y más altos. Richard no creyó que pudiera hacerlo, pero echó a correr, a correr a la velocidad máxima de que era capaz, colina arriba. Sintió detrás de él el rumor de conejos en desbandada, y al darse vuelta pudo ver una docena de formas blancas saltarinas.
Alcanzó a ver con el rabillo del ojo que unas oscuras barreras espumosas, remolineantes, persecutorias, comenzaban a cercarlo. El trueno se convirtió en el de una docena de trenes expresos. En un momento dado, una espuma amarillenta se enroscó en torno a sus tobillos, y casi inmediatamente después pareció que una ola salida del polvo lo dejaría aislado.
Sin embargo, logró llegar a la cima y las aguas no alcanzaron ese nivel. Lentamente, el trueno empezó a apagarse.
Mientras estaba allí jadeando tembloroso, sintiendo como si le hubieran pateado el abdomen, salió de detrás de los árboles, delante de él, un hombre de espaldas rectas, pequeño, ya mayor, armado de una escopeta.
—¡Alto, señor! —gritó la aparición apuntándole—. De lo contrario, dispararé.
La aparición estaba vestida con polainas pardas, pantalones grises y un jersey lila. En su cara estrecha, arrugada, de ojos acuosos, había una expresión de la más severa desaprobación.
Richard se detuvo, aunque sólo fuera porque estaba tan cabal y dolorosamente falto de aliento. El trueno se acalló por completo mientras el agua turbia se nivelaba algo más abajo en la colina.
—¡Hable! —gritó la aparición—. ¿Qué le hace pensar que tiene derecho a pisotear mi cebada? ¿Y cómo hizo para que entrara toda esa agua?
Finalmente, recobrando algo de aliento, Richard trazó con los labios una grave sonrisa y dijo:
—No lo he hecho deliberadamente, créame.

Sally Harris, con el sol de la mañana que se reflejaba en las hebras de oro de su bikini, miraba hacia abajo desde la balaustrada y de vez en cuando hacía algún comentario en voz alta.
Cake Lesher estaba sentado junto a una taza de café negro en el que flameaba casi invisible whisky irlandés, e inhalaba un largo cigarro verdoso. Ocasionalmente, fruncía el entrecejo. Una libreta de notas estaba abiertas en dos páginas en blanco junto al café.
—El agua está diez plantas más alta que la última vez —comentó Sally—. Los techos están llenos de gente y hay dos o tres personas en cada una de las ventanas que puedo ver. Algunos están en las cornisas. Tenemos suerte de que en nuestro rascacielos haya habido un incendio y que el ascensor se haya estropeado. Alguien está mostrando el puño... ¿Por qué a mí, qué le he hecho yo? Otro se está zambullendo... ¡ay, se dio de panza! La corriente es feroz..., está arrastrando a una lancha de policía. ¡Usted, deje de apuntarme con su bastón! Hay madres y niños y...
Hubo un zumbido y un ruido sordo, y el metal cromado tubular de la balaustrada resonó a todo lo largo. Sally lo soltó como si algo la hubiera picado y se volvió.
— ¡Alguien me ha disparado! —anunció indignada.
—Ven aquí, nena —le indicó Cake La gente siempre tiene envidia del tío que está arriba. O de la tía.

Treinta y uno
Los estudiosos de los platillos oyeron cuatro bocinazos que venían flotando por el aire cargados de los vapores densos y acres de la tierra quemada..., y que hedía más que nunca des e que soplaba el cálido viento húmedo del sureste. Arriba el Sol ardía, pero había una gran capa de nubes negras al sur.
Hunter detuvo el sedán tras el Corvette, que se había subido a una elevación; el camino pasaba entre dos columnas de piedra naturales de cinco metros de altura.
Doc estaba de pie en el asiento, examinando el terreno por delante. Tenía en parte el aspecto de un pirata, con el ala del sombrero negro echada hacia atrás en la nunca; pero de frente, bruscamente doblada hacia arriba. Extendió la mano derecha y Rama Joan puso en ella los gemelos de campaña. Reanudó el examen utilizando el instrumento de siete aumentos. También Rama Joan y Ann se pusieron de pie.
Hunter detuvo el motor del sedán, puso el freno y, cuando el autobús escolar llegó tras él, tercero en la fila, junto con Margo bajó del coche y los dos avanzaron de prisa para poder ver también ellos.
Frente a ellos una cuesta descendía unos cuatrocientos metros en suaves ondulaciones hasta una zanja y se elevaba luego otra vez, aunque no a tanta altura.
La cuesta era negra a la derecha y de un color pardo verdoso polvoriento a la izquierda. La carretera de montaña de Mónica descendía por ella en rítmicas curvas, cruzando y volviendo a cruzar la línea de demarcación entre la sección quemada y la no quemada.
Hacia el fondo, casi en la línea de demarcación, pasaba junto a tres edificios blancos rodeados por un amplio espacio cubierto de grava y un alto cerco de alambre tejido. Luego la ruta se unía a la ancha superficie plana que iba en una y otra dirección, casi nivelada, hasta perderse de vista tras las colinas.
Por el centro del llano, siguiendo su contorno, se extendía lo que por un largo momento pareció exactamente una serpiente de kilómetros de largo, algo aplastada y escamosa. Las escamas, que se extendían en filas de brillantes bordes de ocho o nueve en fondo, eran en su mayoría azules, castañas, crema y negras, aunque aquí y allá había una verde o roja. A juzgar por sus costados resplandecientes, el vientre de la serpiente era plateado.
Wojtowicz se les acercó y dijo:
—¡Caracoles! Hemos llegado. Eso es. ¡Vaya!
La serpiente escamosa era la Ruta 101, atestada de coches. El borde resplandeciente era el cerco de alambre tejido de la carretera.
Doc dijo con voz ronca:
—Quiero hablar con Doddsy y McHeath.
—Ve a buscarlos, Ann —dijo Rama Joan.
La niñita pasó sobre la falda de su madre y bajó del coche de un salto.
Tan pronto como la mirada de Hunter y de Margo dejó de ser panorámica y empezó a demorarse, los detalles destruyeron la ilusión de la serpiente. En muchos sitios los coches habían sido conducidos al borde o contra el cerco. Algunos de éstos tenían el capó levantado y toques de blanco en los costados; Hunter se dio cuenta de que debían de ser toallas, camisas, bufandas y grandes pañuelos: «peticiones de auxilio» antes de que el embotellamiento se hiciera insuperable.
En varios puntos las escamas de la serpiente estaban retorcidas y alteradas: coches accidentados al intentar volver por donde habían venido, ora cruzando la medianera o por el borde.
Algunos vehículos habían sido lanzados contra el cerco de alambre con el propósito de abrirse camino a través de él. Uno de estos intentos había tenido éxito: el cerco estaba derribado, pero poco más allá el camino volvía a bloquearse con coches volcados delante de la cuneta y aplastados, varios de ellos montados unos sobre otros.
Aquí y allá unos pocos coches se movían todavía dando convulsivas sacudidas hacia atrás y hacia adelante alternativamente. El olor rancio de los vapores de escape se mezclaba con el hedor a quemado que venía en el viento húmedo del sur.
Hunter pensó cómo habría sido el espectáculo por la noche durante las últimas etapas del movimiento general: cinco mil coches a la vista, diez mil luces delanteras meciéndose y parpadeando, diez mil parachoques que se rozaban y se golpeaban y se desgarraban, algunos policías que iban de un lado a otro a gran velocidad tratando de mantener senderos despejados que incesantemente se acortaban y se estrechaban, cinco mil motores eructando gases de escape, bocinas... Y unos cien mil coches más entre este lugar y Los Ángeles.
Oyó que el Escobillón decía:
—Es el valle de los huesos secos. Señor de los Platillos, socórrelos.
Desde el coche detrás de él, Rama Joan dijo suavemente:
—Hasta un hacedor del mal ve felicidad en tanto su mala acción no madure; pero cuando su mala acción madura...
El más grande y peor de los choques se había producido donde la carretera de montaña de Mónica convergía con la Ruta 101, más allá de los tres edificios blancos: un centenar de coches, aproximadamente, volcados en todas direcciones, varios panza arriba, otros hundidos en la cuneta y las tres docenas más cercanas quemadas y ennegrecidas; a Hunter se le ocurrió que quizá estuviera contemplando la fuente del incendio forestal.
Sólo después de mirar los coches durante un buen rato (un instante increíblemente interminable), él y Margo empezaron a ver a la gente. Era como si la ley universal obligara a la visión a descender por etapas de magnitud
¡Gente! Tres o cuatro por coche, por lo menos. Muchos todavía sentados en ellos, por Dios. Otros de pie o andando en pequeños grupos, unos pocos de pie o sentados en coberturas de coches de tela o tapizados. A la izquierda, más allá del terreno quemado, mucha gente había trepado al cerco y había establecido un campamento de mantas y toallas de playa— sin embargo, muy pocos parecían haberse alejado de la autopista donde estaban sus vehículos, si en realidad había alguno que lo hubiera hecho; quizá se imaginaban que el embotellamiento se solucionaría de algún modo en pocas horas más. Y no era mucho lo que andaban: se mantenían a la sombra.
Hunter recordó un viejo chiste: Angelenos, que utilizaba un coche hasta para visitar a la gente de la acera de enfrente, se había olvidado de caminar. Uno de esos chistes que apenas son poco más que la realidad sin retoques.
A la izquierda de la salida de la carretera de montaña de Mónica y la acumulación provocada por el choque, una nidada de coches de la policía negros y blancos se agrupaba en una extensión despejada del borde, en el semicírculo de un campamento de trenes de carga. Este laager[3] montaba guardia junto a una abertura en el cerco del ancho de un coche, aparentemente abierta con tijeras de podar. Media docena de agentes de policía estaba dentro de él y en ese momento uno de ellos partía en motocicleta por la abertura, girando inmediatamente y acelerando hacia el norte por la parte llana de fuera del cerco. Unas pocas personas salieron de sus campamentos y parecieron saludarlo, pero él siguió
Y, adelante, y ellos se quedaron allí mientras la estela de polvo que dejaba tras de sí se ensanchaba y se rizaba a su alrededor.
A la derecha, donde cada vez se alzaba más en el aire la gran capa de nubes negras, había menos campamentos, pero más gente al aire libre, gente delgada que andaba de prisa, en su mayoría agitando las manos, saltando, agrupándose, dispersándose, volviéndose a reunir. Y era desde esta dirección desde donde parecían venir, muy distantes y quedos, el graznido, el chillido y el tamborileo acompasado del jazz.
Entre los dos grupos de gente que se comportaban de manera tan diferente, había una extensión de cien metros, donde se incluía la salida de la carretera de montaña, donde no había nadie en absoluto, ni siquiera sentado en los coches, salvo unos diez cuerpos tendidos aquí y allá en el suelo. Hunter se preguntó por qué habrían decidido yacer al sol ardiente antes de que se le ocurriera pensar que estaban muertos.
Tuvo conciencia marginal de sus camaradas del autobús escolar y el camión también reunidos alrededor del Corvette. Oyó entonces que unos pasos se acercaban y que el Hombrecito decía:
—Mirad la capa de nubes. Nunca oí que semejante viento cargado de humedad soplara desde el sureste en el sur de California.
McHeath contestó:
—Quizás el océano ha irrumpido y ha llenado el mar Salton y otros sitios bajos, señor Dodd. Y, ¡oh, Dios!, quizá con mareas de un centenar de kilómetros de altura, la evaporación será muy abundante.
Hunter seguía contemplando la abrumadora escena que tenía delante.
Tres de los individuos delgados y activos se acercaron a la tierra de nadie haciendo piruetas y corriendo. Uno de ellos, por sus movimientos, podría estar cargando una botella y bebiendo de ella. Se habían acercado sesenta metros cuando del campamento de coches de la policía se oyó el ruido de un disparo. Uno de los tres hombres cayó... Era difícil a esa distancia saber si permanecía inmóvil o se retorcía. Los otros dos se lanzaron por encima de la línea más cercana de coches detenidos y se escondieron.
Hunter rodeó los hombros de Margo con firmeza. —Dios mío, Doc, ¿qué está ocurriendo?
—Sí, por amor de Dios, dinos qué ves por los gemelos —intervino Wojtowicz—. Parece una guerra.
—Lo es —les informó Doc con viveza—. Ahora escuchad lo que os digo todos los que queráis hacerlo —prosiguió en voz alta mientras seguía mirando por los gemelos—, porque no voy a decirlo dos veces y no habrá tiempo para que nadie más mire a través de esto. Es una guerra o una gran escaramuza, de todos modos, entre un montón de jóvenes y la gente mayor... o, mejor dicho, la policía ayudada por unas pocas personas mayores, pero la mayoría permanece neutral o, por lo menos, resulta inútil. Una muchachada contra la policía que protege a las familias. Esto parece el Día del Niño.
»La mayor parte de aquellos delgaditos son adolescentes. Están bebiendo..., puedo ver un camión cargado de bebidas alcohólicas abierto y los muchachos están sacando botellas de él. Han formado una banda de jazz en un espacio despejado. Hay peleas... con navajas y a puñetazos. Una pandilla está rompiendo las ventanillas de los coches con barras de acero y meten el cuerpo dentro de los autos sin que uno pueda concebir un motivo cuerdo para ello.
Doc censuró en su narración los crudos acoplamientos que estaban teniendo lugar dentro de los coches —para obtener sombra más que intimidad, según parecía—, las dos chicas que bailaban desnudas cerca de la banda de jazz, las desenfrenadas palizas y los actos de terror, y —en la otra dirección— el grupo que abría el radiador de un coche y bebía ansiosamente... Bueno, era de esperar que el agua no contuviera demasiados aditivos.
—Pero no toda la violencia está dirigida contra los coches —prosiguió—. Hay un grupo que se acerca cauteloso entre los coches vacíos hacia el campamento de la policía. Unos pocos tienen rifles; los demás, botellas.
»Creo que la policía les ha tendido una pequeña emboscada de su lado. De cualquier modo, veo a dos o tres de ellos agachados tras los coches en medio del embotellamiento.
»Pero antes de que empiece la batalla, nos iremos de aquí de vuelta a Mulholland —prosiguió, elevando un poco más la voz. Le pasó los gemelos a Rama Joan y se volvió hacia los que lo escuchaban—. ¡Doddsy! ¡McHeath! Decidles a Pop y a Hixon que hagan girar sus coches... Hay espacio para hacerlo y . . .
—¿Estás pidiéndonos que demos la vuelta y huyamos? —preguntó Hixon casi gritando desde el sitio en que se encontraba, con el rifle en la mano, más allá del Escobillón—. ¿Cuando podríamos cambiar fácilmente el curso de las cosas con esa pistola de gravedad? Mira, yo mismo he sido policía. Tenemos que ayudarlos.
—¡No! —contestó Doc con dureza—. Tenemos que protegernos y entregar la pistola de impulsión a algún grupo científico responsable... y debemos intentar hacerlo antes de que se le termine la carga. ¿Cuánta le queda todavía, Margo?
—Poco más o menos una tercera parte —dijo ella, examinando la línea violeta.
—¿Ves? —siguió diciéndole Doc a Hixon—. Sólo se pueden disparar con ella cuatro o cinco grandes descargas, cuando mucho. Hay miles de esos maníacos en la Ruta 101. Si intervenimos, convertiremos una pequeña gresca en una batalla gigantesca. Lo que sucede allá abajo es espantoso, lo admito, pero es algo que viene ocurriendo en todo el mundo en este momento, y no podemos permitirnos el lujo de perdernos en ello... ¡Sería como echar un cubo de agua sobre una ciudad que arde! ¡No, volveremos atrás! Regresa a tu camión y hazlo girar, Hixon. . .
—¡Espera un minuto, Doc! —Esta vez era Margo la que interrumpió con voz resonante. Avanzó frente al Corvette. Allí abajo está Vandenberg Tres —dijo señalando con la pistola de impulsión los tres edificios blancos—. Puede que Morton Opperly esté todavía allí. Tenemos que comprobarlo.
—¡Hay sólo una probabilidad entre cincuenta! —vociferó Doc—. ¡Peor aún, entre quinientas! Deben de habérselo llevado en helicóptero..., quizá en el que vimos esta mañana. ¡No!
—He visto gente moviéndose dentro —mintió Margo—. Conviniste en que nuestra intención era darle a él esta pistola. Tenemos qué comprobarlo.
Doc sacudió la cabeza.
—¡No! Sería correr un riesgo desatinado por casi nada.
Margo sonrió.
—Yo soy la que tiene la pistola —dijo, sosteniéndola contra el pecho—, y la llevaré abajo aunque tenga que ir caminando.
—¡Así se habla! —exclamó Hixon excitado.
—Muy bien, señorita Corazón de Hierro, entonces, escúchame —dijo Doc inclinándose hacia ella—. Baja si quieres allí con esa pistola, caminando o en coche, si lo prefieres, pero si algún francotirador chiflado te dispara o eres atacada por tres lados a la vez, y en vez de Opperly quienes reciben el arma son esos maniáticos, no te quejes. Compréndelo, el arma tiene que quedarse aquí.
»Pero te haré una proposición, señorita Gelhorn. Baja allí sin la pistola —yo te daré mi revólver— y trae a Opperly, o averigua si se encuentra allí y haremos el trato con él. ¿Qué te parece?
Margo miró a Hunter.
—¿Me llevas?
Él asintió con la cabeza y fue en busca del sedán. Ella se acercó al Corvette y le tendió la pistola a Doc.
—Trato hecho.
Doc le dio su revólver y tomó la pistola. Hunter puso en marcha el sedán y lo condujo junto al coche rojo.
—Eh, yo también voy —dijo Hixon, avanzado hacia el coche.
—¿Quieres que vaya? —preguntó Doc. Margo asintió con la cabeza. Él le preguntó a Hixon—: ¿Prometes ayudarlos a encontrar a Opperly?
Hixon asintió con la cabeza, mascullando:
—Quienquiera que sea.
—Muy bien entonces, pero ya no podemos dejar ir a nadie más. ¡Basta de voluntarios! —le ladró casi en la cara a McHeath, que se acercaba ansioso—. Dame tu rifle —le dijo al muchacho—. Sube a esas rocas allá atrás —señaló el lugar de más fácil acceso— y vigila que nadie se nos acerque por los flancos... ¡ni siquiera la policía!
Hixon se metió en la parte trasera del sedán y Margo subió junto a Hunter. Doc bajó de un salto y apoyó un codo sobre la ventanilla junto a la que ella iba sentada.
—Esperad un segundo —dijo examinando la autopista embotellada nuevamente justo cuando empezaban las actividades.
Una docena de figuras se asomaron desde atrás de los coches que estaban cerca del campamento de la policía, y arrojaron algunos objetos. Sonaron varios disparos y dos o tres hombres cayeron. Algunos proyectiles dieron contra los coches de la policía, que estallaron en llamas.
—Cócteles Molotov —susurró Hixon mordiéndose el labio.
—Ahora es un buen momento... —indicó Doc—. Tienen otras cosas en que pensar. —Y metió la cabeza por la ventanilla para gruñirles a los tres:— Tengo una cosa que deciros: ¡Volved, hijos de puta!
Barbara Katz estaba en lo más alto de las ramas extendidas, pálidas, semejantes a peldaños, implantadas en ángulo recto, de un magnolio seco; el sol le calentaba implacable las espaldas desde el oeste; observaba el este bajo el cielo azul a la espera de que el Atlántico volviera a subir desde Dayton Beach y el lago George sobre el istmo de Florida. De vez en cuando intentaba estudiar las cifras que figuraban en la carta de las mareas con marcados pliegues oscuros y manchada de sudor que Benjy había arrancado ayer por la mañana para ella del calendario, aunque sabía que sus predicciones ya no eran de aplicación exacta, si es que podían aplicarse en alguna medida. Pero había habido marea alta la noche anterior a las tres de la mañana, de modo que debería haber otra aproximadamente al promediar la tarde.
En las ramas que había debajo de ella, el viejo KKK estaba atado a su asiento con tiras de mantas alrededor del gran tronco, que lo escudaba un tanto del sol. Hester estaba sentada junto a él, sosteniéndole la cabeza que se le caía e intentando que su posición fuera lo más cómoda posible. Cerca, Helen y Benjy ocupaban su sitio. Benjy tenía la cuerda con la que había izado al viejo y otras cosas.
En sus uniformes sucios y desgarrados de color gris claro, los tres negros parecían pájaros de plata, desgarbados y mojados, con cresta parda posados allí en el enorme árbol casi deshojado.
El árbol crecía en un pequeño montículo, cubierto a medias por la sección expuesta de sus propias espesas raíces grises, en el que ahora estaba aparcado el Rolls salpicado de barro.
Al sur del montículo se extendía un pequeño cementerio; sus cabeceras de madera estaban cubiertas de arena y algunas habían sido derribadas y yacían envueltas en juncias y otras inmundicias traídas por la última marea alta. Al pie del cementerio había una pequeña iglesia de madera otrora pintada de blanco. Había sido arrastrada unos cuatro metros desde los ladrillos de los cimientos, y sus esquinas estaban torcidas, aunque no quebradas. La marca marrón de la marea subía por las paredes unos dos metros y medio, casi hasta las letras negras ya descascaradas aunque pintadas recientemente sobre la puerta, que decían IGLESIA DE JESÚS SALVADOR.
Barbara cerró los ojos apretadamente varias veces con rapidez. Le parecía que varios retazos del cielo azul hubieran descendido a la tierra llana de color pardo verdoso del este, algo semejante a los reflejos acuosos que se ven a lo lejos sobre una ruta de bituminoso un día ardientemente caluroso. Los retazos azules crecieron y se entremezclaron. Ya sin tener conciencia de su pestañeo, Barbara observaba con una intensidad que se aproximaba al estado de trance. Un segundo se sumaba al otro, y un minuto al siguiente, ininterrumpidamente, como si el tiempo se hubiera detenido o como si algo en ella permaneciera inmóvil de modo que ya no podía ni oír sus latidos.
Tampoco —tan atenta estaba al extraño fenómeno de que el cielo inundara la Tierra— oía el bramido más y más fuerte que venía del este ni las aterradas y pavorosas exclamaciones de las tres grandes aves implumes que tenía debajo, ni siquiera sintió el estremecimiento del árbol cuando las aguas lo rodearon y Helen dio un alarido.
Pero sí le pareció que la Tierra entera se inclinaba y se deslizaba hacia el cielo cuando ese azul descendió vertiginosamente, y ella se vio empujada hacia atrás, y habría caído si un cuerpo no se hubiera interpuesto y un fuerte brazo no la hubiera rodeado impidiéndolo.
—Sosténgase, señorita Barbara —le estaba gritando Benjy en el oído—. Observa tan ensimismada que se va a caer.
Ella miró a su alrededor la planicie de agua. Florida había desaparecido. La Iglesia de Jesús Salvador estaba flotando dada vuelta, con sus ocho patitas retorcidas al aire.
Volvió a mirar abajo. El magnolio, hundido hasta la mitad de su altura, era un solitario refugio en mitad del mar. Pensó en el Rolls Royce y soltó una risita.
—No sé nada de eso, señorita Barbara —dijo Benjy adivinando—. Quité la batería y la transmisión y algunas otras piezas. Otras las engrasé bastante... Quizás eso sirva de algo. Tapé el depósito de gasolina por ambos extremos, y también el del aceite. Cuando la marea baje, quizá marche otra vez, aunque me sorprendería.
El árbol se dobló ante el empuje del agua y luego se enderezó otra vez. Helen chilló. Hester la sujetó y Benjy lanzó una carcajada y le dijo a Barbara:
—Pero todavía tengo esperanzas..., aunque pocas.

Treinta y dos
Ross Hunter, conduciendo prudentemente pero de prisa, hizo doblar el sedán por la última curva. Ahora el camino se extendía recto a lo largo del alto cerco de alambre tejido de Vandenberg Tres.
Hunter no disminuyó la marcha.
—Malo —dijo—. Intentaré pasar por un portón que le dé cabida al coche.
—Apresúrate —le instó Hixon desde el asiento de atrás. De pronto, el paisaje se volvió espectral. La gran capa de nubes había ocultado el Sol. Tronó varias veces y, a través de los truenos, se oyeron unos disparos. Un coche de policía salió del laager en llamas a través de un boquete abierto en el cerco de la autopista, se lanzó cuesta abajo por una pequeña pendiente y se dirigió en dirección a ellos, dando barquinazos y rebotando junto al borde del conjunto de coches chocados y quemados al pie de la carretera de montaña de Mónica. Acudió un segundo coche de la policía con la parte trasera hacia delante, pero dando marcha atrás de prisa, y siguió al primero.
Hunter disminuyó la marcha. Había un portón ancho con una garita de guardia vacía. El portón estaba abierto. Se lanzó por él al tiempo que un tercer coche de la policía, éste circulando hacia adelante, huyó del laager.
Hunter aceleró el sedán por la polvorienta grava gris hacia una amplia puerta negra en el más grande de los tres edificios blancos.
Más allá de ellos, Margo vio a lo lejos a unos adolescentes que trepaban el cerco y se empeñaban en pasar por un pequeño agujero abierto en él. Hunter se acercó al edificio. Hixon y Margo bajaron del coche. Había tres escalones de hormigón, una galería estrecha y luego la puerta doble de color negro con un papel blanco adherido a ella.
Hixon y Margo subieron los tres escalones a la carrera. Ella probó la puerta. Estaba cerrada con llave. Hixon la golpeó con la culata de su fusil y gritó:
—¡Abrid!
Hunter empezó a hacer girar el sedán.
El primer coche de la policía llegó chirriando por el portón y se dirigió hacia ellos. A través de las nubes de polvo que el primero había levantado, llegó el segundo todavía marcha atrás.
Hixon corrió hacia la ventana más próxima y la rompió con la culata del rifle y luego quitó a golpes los grandes colmillos de cristal que habían quedado.
Con un chillido de frenos, un estrépito de—resortes y un deslizamiento de tres metros, el primer coche de la policía se detuvo junto al sedán. Dos oficiales salieron de un salto con la cara sucia de hollín y los ojos desorbitados. Uno de ellos esgrimía una metralleta.
—¡Dejad caer las armas, todos vosotros! —chilló. El otro amenazó a Hunter.
—¡Salga de ese coche!
Hixon, apartando del policía el cañón de su rifle, gritó:
—¡Eh, estamos de vuestra parte!
El oficial dejó escapar un par de tiros al aire que agujerearon el estuco encima de la cabeza de Hixon. Éste dejó caer su rifle.
Margo sostenía la pistola detrás de sí.
Hunter salió del coche y subió los escalones con las manos a la altura de los hombros.
El coche de la policía que respaldaba al primero se acercó. De él salieron más oficiales. El tercer coche de la policía se acercó, quedándose fuera del portón.
Algo cayó a través de la ventanilla del sedán y rebotó en el asiento. Algo más se estrelló contra el parabrisas del primer coche de la policía y unas llamas siseantes salieron disparadas en una explosión azul amarillenta.
El policía disparó hacia el lado del edificio desde donde habían venido los cócteles Molotov. Dos de los tres rifles invisibles devolvieron el fuego.
Margo estaba mirando el papelito blanco adherido a la puerta negra. Lo arrancó y lo estrujó en la mano.
El conductor del primer coche de la policía se lanzó fuera protegiéndose la cara de las llamas con el brazo. También había llamas dentro del sedán.
Hunter, con las manos todavía en alto, se acercó a Margo y a Hixon.
El cóctel Molotov que había caído sin romperse en el sedán, explotó. Por las cuatro ventanillas salieron grandes llamaradas de color azul amarillento.
—Corramos allá —dijo Hunter—, al pequeño portón que vimos primero.
Así lo hicieron. La policía no les disparó. Los .oficiales estaban ya agrupándose tras el segundo coche. Los truenos retumbaron otra vez, mucho más fuerte ahora.
Margo, Hunter y Hixon pasaron corriendo junto al último edificio blanco en el momento en que salía de atrás de él un puñado de adolescentes. Margo sintió la ráfaga frené tica de sus ánimos exasperados que la sacudía como un viento electrizado y, por un momento, estuvo de su parte. Entonces hubo un gran estampido, un trozo de grava saltó delante de Hunter, y Margo se dio cuenta de que uno de los muchachos estaba disparando. Agitaban botellas, cuchillos `y, uno de ellos, un revólver. Faltaban más de cincuenta metros todavía para llegar al pequeño portón.
Los adolescentes se dirigían a ellos ululando y gritando. Una muchacha les arrojó una botella.
Mientras corría, Margo les disparó tres veces con el revólver, pero no le dio a ninguno. Al hacer el tercer disparo, tropezó y cayó rodando sobre la grava. Una botella que ha oían arrojado cayó junto a ella y se rompió. Levantó las manos para protegerse la cara de las llamas, pero sólo sintió olor a whisky.
Hunter la ayudó a ponerse de pie de un tirón y siguieron corriendo. Más adelante, Hixon señalaba algo y chillaba.
Los adolescentes ya no los perseguían directamente, pero poco más o menos una docena de ellos se precipitaron a la pequeña puerta para cerrarles el paso.
Margo y Hunter vieron lo que señalaba Hixon: un brillante coche rojo con un sombrero negro al volante que venía velozmente por la carretera de montaña de Mónica; sus llantas chirriaban en las curvas.
Los adolescentes les habían bloqueado la puerta, pero ellos seguían todavía corriendo hacia ella.
El Corvette se detuvo con un movimiento brusco frente a la puerta. Rama Joan se puso de pie junto al conductor y apuntó con una mano teñida de gris a los adolescentes. Polvo y grava volaron ante los ojos frenéticos de éstos, que salieron disparados, vacilantes, estremecidos, cayendo despedidos hacia atrás como si hubieran sido atrapados por un huracán; el cerco se combó hacia adentro.
Doc se puso de pie junto a Rama Joan y les gritó a Margo y a los dos hombres:
—¡Venid! ¡Deprisa!
Atravesaron corriendo el pequeño portón y se apiñaron en el pequeño asiento trasero del Corvette. Doc giró el volante bruscamente y dio la vuelta.
Vieron el segundo coche de la policía, que había escapado de Vandenberg Tres y que volvía dando barquinazos en torno del conjunto de coches quemados.
Pero el tercer coche de la policía venía directamente hacia ellos por la carretera de montaña de Mónica, a lo largo del cerco.
Rama Joan lo apuntó con la pistola de impulsión. Hixon gritó:
—¡No lo haga! Son policías.
El coche de la policía pareció frenar, sólo que sus ocupantes no fueron lanzados hacia adelante, sino hacia atrás. El coche entero empezó a deslizarse hacia atrás. Rama Joan dejó de apuntar con la pistola.
El Corvette bramaba colina arriba. Hunter protestó: —No tan rápido, Doc.
—Esto no es nada —replicó Doc—. ¿No me has visto bajar? —Pero disminuyó la marcha un poco.
—¡Por cierto que te vimos! —dijo Hixon con una risa ahogada—. ¡Sin duda lo has hecho mover, capitán!
El coche que Rama Joan había detenido había dado la vuelta y los dos vehículos policiales se dirigían hacia el norte a lo largo de la planicie fuera del cerco de la autopista. Las llamas en el laager abandonado ondeaban y se retorcían más altas. El fuego se había extendido a otros coches.
Hunter resopló por la nariz y dijo:
—Ése fue el último disparate heroico y sin el menor sentido en el que intervendré. —Y miró a Margo con el entrecejo fruncido.
Retumbó un trueno. Cayeron una o dos gotas de lluvia. Margo se sacó del seno una pequeña bola de papel y la desarrugó.
—¿Disparate? —dijo, dirigiéndole una sonrisa a Hunter y sosteniendo el papel entre Doc y Rama Joan, pero de manera que Hunter también pudiera verlo.
El mensaje escrito con grandes letras garrapateadas decía: «Van Bruster, Comstock, y todos los demás: Nos llevan en helicóptero a Vandenberg Dos. Unios a nosotros por la carretera de montaña de Mónica. ¡Suerte!».
Estaba firmado: «Opperly».
Una gran gota de lluvia cayó sobre el papel. La lluvia era negra.
Don Guillermo Walker y los hermanos Araiza estaban a mitad de camino del lago Nicaragua. Pronto la lancha se oiría desde los alrededores de la isla de Ometepe. Los dos volcanes de la isla lanzaban negras columnas de humo que brillaban rojas en la base, aun a la intensa luz del Sol, que llegaba a través de una amplia brecha abierta en la cortina de vapor suspendida en el oeste. La brecha debería haber mostrado los pueblos de La Virgen y Rivas en el istmo de Rivas, entre el lago Nicaragua y el Pacífico, pero en cambio sólo se veía agua, que se extendía indefinidamente.
Los Araiza habían suministrado la información de que las mareas normales a lo largo de la costa del Pacífico, junto a Brito y San Juan del Sur, al otro lado del istmo, alcanzaban poco más o menos cinco metros.
La conclusión era increíble y, sin embargo, inequívoca. Las mareas multiplicadas por el Errante fluían por encima del istmo uniendo el Pacífico con el lago Nicaragua. Era la razón por la que el nivel del lago había ascendido y sus aguas sabían ahora a sal. Donde otrora los coches de color cielo de la Compañía de Transportes de Accesorios de Cornelius Vanderbilt habían llevado a los Fortyniners que soñaban con oro y su equipaje de océano a océano, desde la bahía de la Virgen a San Juan del Sur, se extendían ahora las aguas azules del mar de la Paz. El canal de Nicaragua, con el que tantos hombres soñaron, se estaba convirtiendo en realidad dos veces al día.
Un resplandor rojo apareció a mitad de la altura del cono de Madera, densamente cubierto de vegetación. Casi inmediatamente quedó rodeado de un humo pálido. Luego el resplandor rojo empezó a prolongarse hacia abajo, seguido por el humo. Lava al rojo debió de haber irrumpido por el cráter y seguramente avanzaría hacia el lago.
La lancha siguió adelante. Don Guillermo se preguntó por qué estarían tan calmas las aguas a su alrededor. No pensó particularmente en la increíble presión que deberían estar ejerciendo sobre todo ese trecho de la costa, ni tampoco vio nada ominoso en la ausencia de la cortina de vapor, aunque, si hubiera pensado en ello, habría supuesto que el vapor estaba generándose muy abajo todavía.
No hubo ningún motivo aparente, pero de pronto los tres hombres se miraron entre sí.
Don Guillermo se aplastó un mosquito contra el cuello. Un grueso brote de agua surgió como un grano gris en la plácida superficie líquida, en dirección al ahora inundado istmo de Rivas y, sin el menor sonido, en tres segundos creció hasta convertirse en un hongo de agua de ochocientos metros de altura y mil quinientos de ancho.
Algo que había vuelto opaca la brillante superficie del agua avanzaba desde el hongo hacia la lancha.
Los tres hombres se quedaron mirando estupefactos.
La onda expansiva de la explosión les perforó los tímpanos y los derribó de espaldas en la lancha.
Don Guillermo alcanzó a ver la gran ladera vertical del agua cargada de vapor antes de que se los tragara a él y a sus camaradas en la lancha. Parecía estar densamente cubierta por todas partes de una vegetación acuosa de frondas entretejidas como un encaje de un gris mortecino. Pensó: Maldito brezal Allá voy a unirme con Macbeth, junto a la vieja bruja.
También el istmo de Rivas desapareció. El canal de Nicaragua se convirtió en una realidad permanente.

Treinta y tres
Don Merriam había comido y dormido una vez más en su pequeña cabina a bordo del Errante, cuando despertó con una sensación de gran claridad interior. Contemplaba tranquilamente el cielo raso de color neutro que iba iluminándose.
No sentía la cama debajo de sí y apenas tenía conciencia de su cuerpo; los pequeños mensajes nerviosos de tacto y tensión estaban reducidos a un mínimo. En la medida en que le era posible advertirlo, estaba tendido de espaldas y con los brazos relajados a los lados.
De pronto lo asaltó una ilimitada curiosidad por la gran nave en la que era pasajero involuntario. Todo su ser estaba anegado del anhelo de conocer o, si eso era imposible, al menos de ver. Esta sensación era extremadamente intensa y, sin embargo, no sentía el menor impulso por satisfacerla con movimientos, gestos o tensiones musculares.
Sin previa advertencia, el cielo raso descendió rápidamente hacia él.
Intentó arrojarse de la cama, pero el único resultado fue que giró muy lentamente y vio que el zócalo de la pared y el chapoteo de la ducha en el suelo estaban a dos metros hacia abajo de donde él se encontraba.
El cielo raso no se había movido. Era él quien estaba flotando en el aire, primero de espaldas, ahora boca abajo, a medio metro del cielo raso.
Tenía la barbilla apuntando hacia adelante y la cabeza echada hacia atrás, aunque sin ninguna sensación de tensión, de modo que su mirada se dirigía directamente hacia adelante, como la punta de una lanza. No podía ver parte alguna de la cama por debajo de él, aunque lo intentó, porque quería comprobar si podía ver su cuerpo allí tendido..., si era un cuerpo real o el cuerpo en un sueño.
Tampoco podía llevar las manos adelante para mirárselas. O había perdido la capacidad de sentir y mover sus brazos, o ya no los tenía.
No sabía si poseía un cuerpo real allí arriba o era un cuerpo soñado, o si sólo era un punto de vista levitado con un cuerpo imaginado por detrás.
Una pequeña prueba de esto último: no parecía poder ver en la periferia de su visión los borrosos márgenes de la nariz, la frente y las mejillas, que ordinariamente uno ve sin tener en cuenta. Pero quizá eso fuera consecuencia de que su mirada estaba tan decididamente dirigida hacia adelante.
De pronto empezó a moverse de prisa en esa dirección, directamente hacia la pared. Cerró los ojos —podía hacer eso o, cuando menos, interrumpir la visión momentánea mente— y cuando volvió a abrirlos, aunque no había habido choque alguno ni la menor sensación de resistencia, estaba volando rápidamente a lo largo de un corredor plateado en el que había grabados arabescos y jeroglíficos. El corredor desembocó casi de inmediato en uno de los grandes pozos o chimeneas y, con una súbita precipitación de entusiasmo, se zambulló en él.
De este modo empezó para Don Merriam una experiencia que podría haber sido un simple sueño ordinario, o un sueño inducido en él por sus captores—anfitriones, o una vivencia extrasensorial clarividente que se le hacía presente en forma de vuelo onírico, o aun —y así es como él lo sentía una experiencia en la que su cuerpo se hubiera vuelto perfectamente permeable a todas las paredes y el aire y otras clases de obstáculos mediante una física y una química desconocidas, e inmune a la gravedad y a todas las demás fuerzas ordinarias, y fuera llevado y traído, a medias involuntariamente, aunque hasta cierto punto guiado por la ardiente curiosidad de su mente, en un maravilloso viaje de ensueño.
O quizá, se le ocurrió, todo esto estaba teniendo lugar en un único instante, fuera del tiempo.
Don Merriam no sabía cuál de éstas, o quizás otra inimaginada, era la base de su experiencia. Sólo podía volar, caer a plomo y ver.
Al principio sus movimientos se limitaban a corredores vacíos o pozos. Si había seres, máquinas ambulantes o pequeñas naves en ellos, quedaban reducidos a la invisibilidad por la velocidad de su paso. La regla era que por unos instantes él viajaba casi a la velocidad de la luz, según parecía, sólo consciente de la forma y la disposición generales de los sitios por donde pasaba; luego flotaba más bien lentamente por un breve espacio, capaz de examinar todo lo que lo rodeaba; después se precipitaba otra vez, en parte involuntariamente, en parte obedeciendo al imperioso impulso de ver algo más. Este proceso se repitió interminablemente, aunque sin fatiga ni aburrimiento, como si el tiempo fuera ilimitadamente elástico.
Gradualmente se fue afirmando en su mente una imagen tridimensional del Errante, del todo artificial, un globo de plantas dentro de otro —cincuenta mil de ellos por lo menos—, atravesados todos por un vasto sistema arterial de corredores como una dilatada esponja de plata. Muchos de los pozos atravesaban de lado a lado el planeta, intersecándose en su centro en un inmenso globo vacío que tenía un oscuro cielo propio con luces diseminadas como estrellas entre los boquetes de mil metros de ancho de los pozos, con su oscuridad y sus luces suavemente resplandecientes.
Pero aunque su imaginación se henchía deleitada con la captación cada vez más cabal de la estructura del Errante, un rasgo del planeta lo abrumaba y empezó luego a asustarlo, más por sus implicaciones que por su simple naturaleza: la piel de treinta metros de espesor, de metal oscuro, que era su techo, con una película de plata —el terreno en el que la Baba Yaga y la nave lunar soviética habían aterrizado—, y los círculos de mil metros de diámetro de metal igualmente espeso sobre las bocas de los pozos, que sellaban el planeta como una fortaleza.
Reforzando este aspecto ominoso, había conjuntos de bobinas que rodeaban algunos de los pozos que atravesaban el planeta, como si a veces sirvieran como monstruosos aceleradores lineales.
Retrocediendo ante esa desanimante cobertura blindada, Don se encontró nuevamente en el eje de la inmensidad central cuajada de estrellas. Quizá sólo tuviera treinta kilómetros de diámetro, pero ahora parecía un universo, y percibió la presencia de seres invisibles a su alrededor, nieblas de pensamiento impalpables que vivían en las frías profundidades del espacio intergaláctico, y esto generó en él un miedo súbito aún más intenso que el que le había producido la piel defensiva del planeta.
Fue quizá este miedo más intenso el que dio alas a su visión en su segunda exploración del Errante. Ya no se atuvo a los corredores, sino que se lanzó sin vacilar a través de una pared tras otra, consciente de las más gruesas de ellas, sólo como un parpadeo fugaz de su visión mientras se precipitaba atravesando habitaciones y más habitaciones. Y ahora, cuando hacía una pausa, la hacía siempre cerca de seres vivientes. Éstos no pertenecían a una única especie, sino a varias.
Aunque los felinoides o gente gatuna, como su conductor, constituían una gran minoría entre la tripulación del Errante, especialmente cerca de la superficie del planeta, había seres que parecían el producto final de casi cada línea de la evolución terrestre y de otras líneas no terrestres además: caballos con grandes cabezas y órganos de manipulación situados en los cascos; arañas gigantes de ojos plácidos cuyas articulaciones palpitaban con un flujo sanguíneo enérgicamente bombeado; serpientes dotadas de tentáculos prensiles grandes y pequeños; lagartos humanoides de escamas brillantes y coloridas crestas; seres con forma y movimientos de ruedas anchas con un cerebro central que rotaba en dirección contraria y un sensorio; calamares terrestres que se erguían orgullosos sobre tres o seis tentáculos; y seres aparentemente inspirados en criaturas míticas como el basilisco o la arpía. A estos últimos, Don los encontró en lo más profundo del planeta, volando de un lado a otro en una habitación como una pajarera gigantesca. En esta habitación, tan grande que ocupaba varias plantas —un mundo interior—, crecían esbeltos árboles de múltiples ramas con pequeñas hojas, y estaban iluminadas por una docena de grandes lámparas flotantes como soles.
Algunos de los lagos de color turquesa que había atisbado desde la Baba Yaga eran tan profundos como anchos y en ellos moraban ballenas de grandes ojos y, presumiblemente, vasto cerebro, con brazos como cables que terminaban en filamentos a modo de dedos. Y junto a las ballenas nadaban otros seres marinos de rostro móvil, aparentemente inteligentes.
Don quería detenerse y estudiar a todos estos seres, observar sus acciones en detalle, pero siempre la urgencia de ver una forma de vida aún más misteriosa o maravillosa era más fuerte, con el resultado de que sus pausas eran apenas más prolongadas que cuando había estado recorriendo a toda prisa las avenidas vacías. En ningún caso pareció que los seres que observaba tenían conciencia de su presencia.
Ninguna de las formas de vida parecía mantener una intimidad racial: había habido unas pocas gentes gatunas empeñadas en una conversación amistosa con pequeñas harpías en su mundo pajarero, y había habido arañas gigantes, con translúcidos trajes submarinos, que remaban con sus patas en los profundos lagos de las ballenas.
Le empezó a parecer increíble que la variedad y el número de seres que estaba observando pudieran tener cabida en un planeta del tamaño de la Tierra, pero luego ad virtió que, con sus cubiertas, el Errante tenía 15.000 veces la superficie de la Tierra.
A pesar de su número y variedad, la mayor parte de los seres que había observado tan brevemente parecían estar afanosamente ocupados. Aun los inmóviles habían parecido absortos en el trabajo: cogitaciones fundamentales. Había una omnipresente sensación de crisis.
De vez en cuando, quizá por un error en la planificación del vuelo, o quizá por procurarse un descanso, Don se detenía en una habitación sin ocupantes vivientes: grandes tanques que estaban llenándose de rocas lunares; salas con silenciosas maquinarias resplandecientes y cañerías por las que fluían líquidos de diferentes colores; cuartos en los que crecían extrañas vegetaciones iluminadas por lámparas solares, sólo que quizá éstas fueran plantas inteligentes; habitaciones con suaves estructuras geométricas que parecían encontrarse al borde de la vida, como las que estaban en la superficie del Errante; cuartos esféricos llenos de la pura, cruda, llameante materia del Sol, aunque no lo quemaba ni lo enceguecía
Ocasionalmente vio seres protoplasmáticos aparentemente artificiales que ejecutaban trabajos físicos, como amebas gigantes cuyas columnas manipulatorias y órganos de los sentidos variaban de acuerdo con las tareas que desempeñaban. En otros sitios trabajaban robots de metal con la estructura de arañas, seres rodados y muchas otras formas de vida..., aunque algunos de estos robots parecían estar verdaderamente vivos, como también lo parecían ciertas grandes estructuras como gigantescos cerebros electrónicos. Sus muros transparentes mostraban jaleas oscuras en las que resplandecían entremezcladas líneas plateadas más delgadas que cabellos, como si cultivaran nervios y células cerebrales de acuerdo con sus necesidades
Cuanto más grande la variedad de vida inteligente que Don vio, tanto más sensible se hizo a su presencia. Ahora, al hacer una pausa en el globo central cuajado de estrellas, le pareció que en él nadaban seres neblinosos de ligero color violeta y forma continuadamente cambiante: frías criaturas de la oscuridad más allá de las estrellas. Y una vez que subió brevemente a la cubierta superior, vio una de las grandes formas abstractas coloreadas que se partía como un huevo y esparcía una horda de seres.
Sin embargo, cuanto más sensible se volvía a la presencia de vida inteligente, más lo atormentaba la convicción de que había a su alrededor otras de formas que estaban más allá de su capacidad de percepción, como si el Errante tuviera más fantasmas a bordo que el número total de sus tripulantes.
Se detuvo en una habitación profundamente silenciosa con muchos balcones y una infinidad de cajas con pequeños cajones, semejante a la sala de ficheros de una biblioteca. Conexiones como filamentos iban desde los cajones hasta unos instrumentos visuales que sugerían grandes microscopios, y le pareció a Don que se llevaban a cabo viajes a lo largo de esa multiplicidad de telarañas, y se le ocurrió que microbios y virus serviles clasificaban y ordenaban allí para su examen moléculas sobre las que se había grabado el total conocimiento de las razas y las historias de los mundos. Todo el pensamiento y la cultura de la Tierra, se dijo, cabría fácilmente en uno solo de esos pequeños cajones. Era casi como si rozara aquí el concepto de la eternidad universal y omnicomprensiva que se llama a veces Dios.
Desde esa habitación pasó bruscamente a otra de mayor actividad, llena de paneles de comando, mapas, cartas, pantallas y tanques destinados a la visión tridimensional. Dentro de uno de estos últimos había escenas de catástrofes siempre cambiantes: paisajes y ciudades desgarrados por terremotos, destruidos por el fuego, inundados por grandes olas y el silencioso ascenso del agua. Observó excitado por un rato y pronto se dio cuenta con horror de que era su propio planeta Tierra, que sufría mutilaciones provocadas por la masa del Errante..., el Errante que activa o desactiva la gravedad de acuerdo con la conveniencia de sus propósitos.
Quería quedarse allí y mirar, o así lo creyó, pero en cambio fue irresistiblemente transportado a través de varias paredes hasta una cámara que era un gran tanque visual oscuro con caras extrañas a su alrededor, algunas con dos ojos, otras con tres, otras en fin con ocho. En el tanque estaban suspendidos modelos de la Tierra y el Errante y un arqueado cuarto de anillo que eran los restos de la Luna. Aquí y allá, apiñándose en su mayoría cerca de los dos planetas, había puntos luminosos de color violeta y amarillo que, supuso, eran naves espaciales.
Los globos de mayor tamaño estaban separados por la distancia correcta —unas treinta veces su diámetro— y Don no supo si eran réplicas o proyecciones tridimensionales. La ilusión creada era de tanta calidad que sintió que se estaba deslizando por el espacio, con extrañas caras alienígenas en lugar de las constelaciones.
Luego, sin advertencia previa, otros planetas verdes, grises, dorados, algunos de una configuración tan rara como la del Errante, empezaron a aparecer de a uno o de a dos. Brillantes centellas se trasladaban con extraña lentitud entre ellos: radiación que avanzaba a 300.000 kilómetros por segundo, pero reducida a la debida escala. Había minúsculas explosiones. Naves espaciales que eran un punto luminoso se trasladaban en formación de combate. Luego todos los planetas, menos la Tierra, empezaron a moverse rápidamente de un sitio a otro como si estuvieran maniobrando en una batalla.
Pero no se enteró nunca del resultado de ese encuentro, porque las fuerzas que lo arrastraban a través del Errante se ejercieron con mayor intensidad todavía, como si se estuviera acercando al final de su viaje. Por primera vez sintió la punzada de la fatiga.
Las tres habitaciones siguientes por las que fue llevado apresuradamente fueron otros tantos tanques visuales con el fondo de una aterciopelada negrura, con excepción de las caras extrañas de los observadores. La primera mostraba una lente en la que se arremolinaban puntos brillantes y conjuntos de luces, seguramente una galaxia, quizá la Vía Láctea.
La segunda habitación contenía un gran enjambre de focos de luces pequeñas, suaves, esféricas, apartadas las unas de las otras por una distancia algo mayor que el propio diámetro. Había algo extraño en el espacio de este tanque: parecía curvarse sobre sí mismo de una manera misteriosa, de modo que, mientras él se movía allí, todo cambiaba más de lo debido. Justo antes de que fuera llevado más adelante, Don supuso que estaba viendo el cosmos entero de islas estelares: la totalidad, el universo.
Su imaginación empezó a errar soñolienta, independientemente de lo que veía. Por su mente desfilaban frases: El planeta artificial..., el ombligo del cosmos..., el cerebro central..., el libro del pasado..., el útero y el zigoto del futuro..., trascendente como Dios, sin ser, sin embargo, Dios...
Volvió en sí, o a su punto de vista alado, con un sobresalto, para cobrar conciencia de que estaba mirando un gran tanque visual negro en el que el cosmos que acababa de ver —se lo reconocía por su forma misteriosamente retorcida— era sólo un pequeño foco de luz pálida que flotaba solitario. Entonces otros focos más fantasmales, de otras formas y matices, empezaron a aparecer y desvanecerse, algunos veloces como un ígneo relámpago, otros demorándose un tanto. Don se preguntó soñoliento si éstos eran otros universos conocidos por los habitantes del Errante. O quizá sólo universos supuestos..., buscados..., había algo de hipotético en su carácter fantasmal y su rápido desvanecimiento..., y las estrellas y las galaxias y los universos son en verdad algo tan irreal, no más que confusos puntos de luz que nadan ante los ojos de uno antes de quedarse dormido ...
Entonces, el único cosmos brillante empezó a caer, y fue lanzado como una hoja en un remolino, y él se preguntó soñoliento cuál sería la causa de ello, pues seguramente el universo debía contar con una base firme... Y los cosmos fantasmales empezaron a arremolinarse también, hipotéticamente...
La última habitación que Don atravesó lo sobrecogió brevemente, despertándolo como ninguna otra imagen lo hubiera hecho, y parecía haber una moraleja en ella, aun que su mente cansada no podría haberla expresado en palabras. Era una habitación inmensa, semejante a un mundo, parecida a la de las harpías, con un cielo rojo como las llamaradas de un alto horno que se arqueaba sobre una estepa moteada de rocas y grupos de árboles. Pequeños animales con cascos más delicados que los ciervos, armados de un único cuerno delgado, pastaban quisquillosos. Aves de plumaje de color rubí y topacio y esmeralda con elaboradas crestas y barbas volaban bajo, posándose con frecuencia entre las altas hierbas y en las ramas de los árboles como si buscaran semillas y frutas.
Repentinamente, tres pájaros levantaron vuelo desde la hierba y el grupo más cercano de unicornios se quedó temblorosamente inmóvil olisqueando el aire y mirando alrededor con temor; luego se alejaron a grandes saltos. Simultáneamente, de atrás de una roca salió un felinoide castaño con franjas grises que, por lo demás, se parecía al guía de Don. Corrió tras los unicornios con sus largas piernas relampagueantes, se arrojó sobre el último, lo volcó sobre el suelo en la mitad del salto, lo cogió por el pecho y el cuello y hundió en él las mandíbulas en busca de la garganta.
Un pájaro color topacio pasó volando junto al tronco más cercano y de allí saltó. otro felinoide de piel verde, hembra a juzgar por su menor tamaño, y de contornos ligeramente diferentes. Saltó con la gracia volátil y la elevación casi increíble de una bailarina de ballet que ejecutara un grand jeté. Su largo brazo relampagueó y rozó apenas el pájaro, pero las tres largas uñas le desgarraron profundamente el pecho. Cogiéndolo por la cresta con la otra garra, se lo llevó a los labios y le mordió con habilidad el emplumado cuello.
Había sangre en sus opacos labios de color oliva y en uno de los largos colmillos blancos cuando miró a través de las plumas amarillas directamente a Don con sus grandes ojos semejantes a flores con iris de color jade. Puede que haya sido una coincidencia, pero él sintió que lo veía. Y cuando succionó la sangre, con el cielo rojo también como la sangre por detrás, sonreía.
Luego le sobrevino un cansancio demoledor y las cosas se volvieron confusas y de matices neutros, y Don se dio cuenta de que estaba flotando una vez más en su pequeña cabina. Intentó mirar hacia abajo para ver su cama, pero tampoco ahora logró hacerlo. En el instante siguiente estaba tendido en ella. Sintió su suave contacto desde los dedos de los pies hasta la cabeza en el momento en que toda visión se desvaneció y su sensación de ser mecido se apagó en oscuridad y descanso.

Treinta y cuatro
Doc tocó la bocina cuatro veces y detuvo el Corvette cerca de la cuesta rocosa donde habían acampado la noche antes. Hixon estaba atrás ahora, conduciendo el camión. En el Corvette, Ann ocupaba el lugar entre Doc y su madre, mientras que Margo y Hunter iban sentados tras ellos.
Los cinco habían estado charlando con buen ánimo, a pesar de que, o justamente quizá porque, tenían la cara manchada de negro y la ropa húmeda y sucia por la extraña lluvia oscura y caliente, que acababa de parar, y que, decidieron, podría ser consecuencia de la ceniza volcánica venida de México y otros puntos del sur.
—O el mantillo marino puesto a descubierto por las mareas bajas —ofreció Doc como segunda explicación—. Tiene un dejo salobre.
El cielo era una frenética masa de oscuras nubes bajas enjaezadas de brillante luz plateada.
—Todos afuera —ordenó Doc alegremente—. Ross, ve corriendo adelante y comprueba si hay agua en la hondonada. Quiero llegar al otro lado antes de que me dé miedo. Hunter obedeció. Margo fue con él.
El camión se detuvo detrás del Corvette y, detrás del camión, el autobús escolar, más estriado de negro que nunca. Doc le gritó a Hixon:
—Di a tus pasajeros que bajen antes de hacer cruzar los vehículos como lo hicimos esta mañana. ¡McHeath! Comunica el recado a Doddsy y dile que eche rápido a su gente del autobús. No queremos perder más tiempo aquí del que sea necesario. Luego apostate junto al autobús y vigila el camino detrás de nosotros.
Ann se apretó contra Doc y dijo con entusiasmo:
—Deja que me quede en el coche contigo. No tengo miedo de que nos caigamos.
—Eso sería grandioso, tesoro, pero tu madre diría que estoy tentando a Kali —dijo Doc abrazando a la niña y frotando su mejilla tiznada contra la de ella. Rama Joan le son rió complacida mientras se llevaba de un brazo a su hijita que reía.
—No hay agua en la hondonada —gritó Hunter. En ese momento dio un resbalón y cayó sentado—. Aunque está condenadamente resbaladiza —especificó mientras se ponía de pie; Margo le sonrió tiernamente—. Está película de ceniza húmeda es muy traicionera.
La sonrisa de Rama Joan se desvaneció. Junto al Corvette, le susurró a Doc con ansiedad:
—¿No podríamos rellenar la hondonada con piedras y tierra, o al menos limpiarla?
Él se inclinó hacia ella y le respondió en voz baja y rápida.
—Mira, querida, esos chicos borrachos y asesinos con seguirán algún coche de un momento a otro y vendrán ululando por la playa. No tenemos un minuto que perder.
Se sentó en el coche, hizo sonar una vez la bocina y encendió el motor.
—¡Allá voy! —advirtió.
Condujo velozmente y el Corvette fue traqueteando a lo largo de la hondonada sin un solo deslizamiento lateral. Lo aparcó bien adelante y luego volvió al galope donde Rama Joan, Margo y Hunter estaban de pie sobre la hondonada. Ann había vuelto junto al autobús y charlaba con McHeath, admirando su rifle.
—Vaya desengaño después de tanta excitación —dijo Doc—. Supongo que a la vejez me estoy volviendo un gallina. —Hunter y Margo rieron. Rama Joan sonrió con incertidumbre.
Ida llamó desde el costado del camión con voz aguda:
—¡Señor Brecht! Ray Hanks no quiere que vuelvan a bajarlo.
Doc miró a los que lo rodeaban, se encogió de hombros y dijo:
—Así se ahorrará tiempo —y gritó—: ¡Muy bien, que corra el riesgo! ¡Ven con el camión, Hixon!
El camión arrancó también de prisa. Sólo cuando pasó traqueteando junto a ellos vieron que la señora Hixon estaba atrás, inclinada sobre Hank, y se agarraba a ambos lados de la camilla.
Los pasajeros del autobús escolar se acercaron caminando trabajosamente: el Escobillón, Wanda —e Ida con ellos—, pero no Wojtowicz, que se había detenido junto a McHeath y Ann; finalmente Clarence Dodd y Pop, que discutían; este último protestaba.
Doc se echó sobre la frente el sombrero negro y se dirigió a ellos con paso vivo.
—¡Ya lo sé, ya lo sé! —dijo cuando Pop abría ante él su boca de mala dentadura—. Los neumáticos traseros están más gastados que nunca..., etcétera, etcétera. Déjaselo a Rudy, el Experto en Carreras.
—También falta uno de los cilindros —le gritó Pop, pero Doc siguió andando hacia el autobús.
Clarence Dodd tomó nota de las caras ennegrecidas de Margo y los demás.
—Ese chaparrón habría hecho las delicias del Fuerte Charles —dijo sonriendo—. Todos tenéis el aspecto de estar preparados para un funeral indio.
Margo pensó por primera vez desde la noche anterior en la chica torturada que yacía en su tumba en la cuesta. Rama Joan volvió hacia el autobús escolar tras Doc. Ann la saludó con la mano desde donde estaba junto a él.
—¡Hola, mamita!
Rama Joan se detuvo y le contestó el saludo dubitativa. Ann soltó una risita y McHeath y Wojtowicz rieron de algo que Doc dijo al subir al autobús. El motor tosió, recobrando la vida, y arrancó luego acelerando primero pero vacilando después.
Pop murmuró:
—A veces se resiste a cambiar a segunda.
El autobús entró muy lentamente en la hondonada. Sus ruedas delanteras vacilaron y su extremo trasero empezó a deslizarse rápidamente de lado. Doc aceleró el motor. Las llantas traseras gimieron contra la roca cubierta de cieno negro. Doc cortó la transmisión de las ruedas y frenó. El autobús se deslizó hacia atrás cuesta abajo.
McHeath puso el rifle en manos de Wojtowicz y corrió por las rocas hacia el autobús; sus pies pasaban volando sobre baches y pequeños montículos.
El autobús vaciló, luego se detuvo a la vera del precipicio de ciento cincuenta metros con una rueda delantera contra una pequeña roca en un bache. Vieron a Doc que intentaba salir del asiento inclinado hacia atrás, apoyándose en el suelo oblicuo y cogiendo la palanca que abría la portezuela delantera.
Hunter cogió de pronto a Margo por el hombro, metió la mano en su chaqueta y sacó la pistola de impulsión. McHeath estaba casi junto al autobús y él mismo cerca del borde del precipicio. Wojtowicz se preguntó qué pensaba el muchacho que podría hacer; quizá, supuso, afirmarse y ofrecer su mano para sostener a Doc cuando éste saltara a la resbaladiza cuesta.
Doc logró abrir la puerta y sacó la cabeza por ella. Entonces la piedrecita saltó del bache y las ruedas traseras del autobús se deslizaron sobre el borde, el suelo se inclinó aún más en contra del esfuerzo por escapar de Doc y la parte inferior del vehículo chirrió con aspereza contra el labio de roca al deslizarse lentamente sobre él.
Hunter apretó la pequeña palanca oculta en la parte superior de la culata de la pistola gris entre el índice y el pulgar y la hizo girar de modo que la flecha no apuntara hacia el cañón, sino en dirección contraria.
Doc había sacado la parte superior de su cuerpo por la portezuela, cuando el autobús perdió el equilibrio mandándolo de nuevo sobre sus talones por la portezuela. Cuando el autobús salió lanzado con él adentro, miró a sus amigos que habían quedado arriba en la cuesta, se quitó el sombrero negro y lo sacudió en el aire, saludándolos con él.
Hunter lo apuntó con la pistola de impulsión y apretó el botón. La cara de Doc desapareció de la vista y también su brazo extendido, pero el sombrero negro volvió deslizándose en el aire por sobre el borde de roca y junto con él una fría brisa.
McHeath se arrojó sobre el borde aferrándose de un saliente con pie, rodilla, codo y mano, y miró hacia arriba.
La cuesta vibró ligeramente bajo los pies y llegó ahuecado el sonido del violento choque.
La brisa fría sopló más fuerte. El sombrero negro navegó directamente hacia Hunter y quedó colgado del cañón de la pistola de impulsión. Una pequeña piedra empezó a rodar cuesta arriba tras él. Hunter dejó de presionar el botón con el dedo y agachó la cabeza. La pequeña piedra invirtió el camino andado y rodó cuesta abajo rebotando.
McHeath dijo con voz ronca que terminó quebrándose: —Se ha ido. Cayó. Lo vi darse contra el fondo. Luego el autobús lo arrolló.
—Sólo un segundo antes... —murmuró Hunter. Clarence Dodd le dijo:
—¿Ha girado la flecha ciento ochenta grados e invirtió la impulsión? —Y cuando Hunter asintió pesadamente con la cabeza, el Hombrecito comentó:— Bueno, era lógico.
Hunter arrancó el sombrero negro del cañón, como si fuera a arrojarlo al suelo y pisotearlo. Pero luego se limitó a sostenerlo en la mano y mirarlo.
Hubo un pequeño ruido sordo cuando la piedrecita dio contra el suelo a ciento cincuenta metros de profundidad y el sonido ascendió. En la meseta arrasada por el sol, en Arizona, como si fuera una torre parsi del silencio, los buitres arrancaban los últimos filamentos de carne de la cara de Asa Holcomb, dejando enteramente desnudos los hermosos huesos rojos sonrientes.
Paul Hagbolt descansaba ligeramente sobre la cálida, suave y fiable ventana que abarcaba la mitad del platillo de Tigerishka. Contemplaba la capa de hielo del norte de la Tierra, que estaba quebrándose; la blanca corteza de agua congelada era levantada y se desmoronaba por efecto de las grandes mareas que venían entrando y saliendo por el mar de Groenlandia, la bahía de Baffin y el estrecho de Bering. Casi toda la zona ártica estaba fuera de la sombra al inclinarse el hemisferio norte en estío hacia el Sol.
El interior del platillo estaba a oscuras, pero alguna luz se reflejaba dentro de él del hielo cubierto de nieve que titilaba en puntos destacados dondequiera los planos de hielo se inclinaban como para reflejar la luz del sol directamente: estrellas en un cielo blanco.
Tigerishka también estaba tendida sobre la ventana, a unos pocos centímetros de Paul. Estaba acariciando a Miau, pero ahora la gatita se apartó de la aterciopelada mano de tres dedos y, apoyando sus patas traseras contra el hombro de piel verde y franjas violetas, saltó por encima de Paul dentro del banco de flores que estaba al otro lado de él..., presumiblemente para volver a explorarlo al misterioso crepúsculo producido por el hielo. Miau se había adaptado velozmente a la libre caída y se deleitaba abriéndose camino a través de las plantas a lo largo de las espesas enredaderas; de vez en cuando su carita asomaba de entre las hojas y las flores exhibiendo una sonrisa gatuna.
Tigerishka emitió un rápido sonido canturreado que se parecía más bien a un suspiro. Se le ocurrió a Paul que quizá los hubiera llevado a ese lugar para evitar el pensamiento acusador de toda la gente que estaba muriendo allá abajo en la Tierra mientras la contemplaban. Casi estuvo tentado de empezar a decirle que había, o que hasta ayer había habido, una estación meteorológica rusa en el Polo Norte, pero decidió que ella podía leerle el pensamiento si quería.
Sin advertencia previa, el platillo empezó a elevarse muy velozmente. Primero la capa de hielo, luego la Tierra entera, empezaron a reducir su tamaño velozmente.
Paul reprimió sus reacciones. La actuación excesivamente emotiva no era una conducta que los felinos admiraran y ya sabía que Tigerishka era capaz de operar el panel de control sin tocarlo, sin mirarlo siquiera.
Aparecieron estrellas por todas partes. Mientras la Tierra seguía disminuyendo de tamaño, el Errante empezó a hacerse visible. También él tenía en cierto modo una capa polar, asimétrica y de color amarillo sobre fondo violeta, pero con un cuello amarillo que salía de ella: el cuello del dinosaurio. Desde aquí la forma amarilla parecía un hacha de guerra.
Ascendían en ángulo recto en relación con la luz del Sol: ésta no llegaba directamente al platillo. Abajo, los dos planetas empezaban a exhibir media faz, el Errante con el cuarto creciente de los fragmentos de la Luna del lado que daba al Sol.
A medida que la luz del hielo iba desvaneciéndose, la oscuridad en el platillo aumentaba. Cuando los planetas finalmente dejaron de reducirse, se habían convertido en dos pequeñas medias lunas, casi indistinguibles, no muy apartada la una de la otra, sobre el campo estrellado, muy poco familiar para Paul, que se ve desde el hemisferio sur.
Sin gran sorpresa, se dio cuenta de que el platillo había ascendido varios millones de kilómetros en menos de un minuto: velocidad que no estaba muy por debajo de la luz.
El efecto fue como si él y Tigerishka, caminando a través de una ciudad, se hubieran refugiado en un gran parque sin iluminar y estuvieran ahora contemplando las luces de la ciudad a través de varios acres de pardos y bosques a oscuras. Al cabo de un momento, la sensación de soledad se hizo muy intensa.
Tigerishka preguntó tranquilamente:
—¿Te sientes como Dios? ¿La Tierra es un escabel para tus pies?
—No lo sé. ¿Podría acaso cambiar el pasado? Si alguien hubiera muerto, ¿podría devolverle la vida?
Tigerishka no respondió, pero le pareció a Paul que negaba con la cabeza en la oscuridad.
Hubo un momento de silencio. Luego Tigerishka emitió de nuevo el breve sonido melódico que se parecía a un suspiro.
—¿Paul? —llamó luego suavemente.
—¿Sí? —inquirió él con tranquilidad.
—Somos malvados —dijo ella, más suavemente todavía, pero con rapidez—: Hemos dañado tu planeta de un modo horrible. Tenemos miedo.
Prosiguió esta vez no de modo muy distinto al de una niña pequeña que confiesa una mala acción:
—Vuestra generación perdida, vuestros refugiados húngaros, vuestros anarquistas, vuestros satanistas, vuestros beats, vuestros ángeles caídos, vuestros reincidentes, vuestros delincuentes juveniles..., a todos ellos nos parecemos. Corriendo, corriendo, corriendo, siempre corriendo. Cada uno de nuestros pasos resuena hueco sobre el pavimento planetario bajo la fría luz callejera de las estrellas: mil millones de años luz.
Él sabía que estaba escogiendo las palabras, los conceptos y las imágenes de su mente y, sin embargo, su mente no lo percibía en absoluto.
—El Errante —continuó Tigerishka— es el coche en el que escapamos, nuestro vehículo de huida: ¡una nave de Dunkerque muy moderna y elegante! ¡Cincuenta mil cubiertas destinadas a la diversión y los juegos! ¡Cielos para todos los gustos! ¡Puestas de sol a pedido! ¡Gravedad, corriente fría o caliente en cada uno de los compartimientos privados..., pro o anti, a tu gusto! La Estrella de los renegados. ¡El Arca de Satán!
Y ahora la suya era la voz de una niña más crecida, que ocultaba la culpa con el desafío y con imágenes sensacionales escogidas con deliberada agudeza. Prosiguió:
—¡Oh, qué elegante Planeta de los Condenados! Pintamos el aire que nos cubre para ganar intimidad. Eso los escandalizó en la chabola solar en la que estábamos suspendidos. Esos descoloridos conformistas pensaron que debíamos tener algo malo que ocultar tras nuestro hechizo bitonal. Bueno, ¡pues lo teníamos!
—El Planeta Pintado —murmuró Paul intentando ponerse a la par de su estado de ánimo..., y usar por lo menos una imagen antes de que ella lo hiciera.
Ella le respondió de inmediato:
—Como vuestro desierto, sí. Y vuestras salvajes mujeres pintadas, ¿no es así? Violeta y amarillo, como el alba de un desierto. Hasta pintamos los buques del Errante para que hagan juego: lanchas más grandes que transatlánticos, esquifes como éste. ¡Oh, somos la cima de la moda, somos, somos los pasajeros del Arca de Satán, la hueste maligna, los ángeles de la resistencia!
Le dirigió una sonrisa fugaz frunciendo el hocico, pero volvió a mirar las estrellas afuera y las dos medias lunas abajo y la voz se le hizo más grave, aunque no del todo.
—El Errante navega por el verdadero vacío: el hiperespacio. ¿Quieres un camino escabroso, un mar cruel, una tormenta que hace que un huracán parezca una brisa, el frente de una nova, el resplandor de una cerilla? ¡Prueba el vacío! Informe como el caos, hostil a toda vida. Sin luz, sin átomos siquiera, sin energía a la que nosotras, las superbestias, podamos recurrir... ¡hasta ahora! Es como arenas movedizas a través de las cuales es preciso abrir un túnel, como un desierto asesino sin agua que uno debe cruzar para llegar a una estrella con palmeras. Es como un negro hervor maligno que es al espacio lo que el inconsciente es a la conciencia. Callejas a las que no llega nunca el alumbrado, sin salida y retorcidas, llenas de muerte mugrienta... u oscuras y frías aguas aceitosas bajo los muelles, irritadas por gigantescas olas. ¡El Sargazo de las Naves Estelares! ¡El Cementerio de los Planetas Perdidos! ¡Oh, un mar extremadamente deleitable para el Arca de Satán, que da a sus ángeles náuseas y pesadillas, el llameante, congelante, informe Mar del Infierno!
»Todo ese universo nuestro con un portal de estrellas —el cosmos que tú imaginas fundado en una roca, tan firme como Dios— cabalga en la incesante tormenta del hiperespacio como un pedazo de papel en las ráfagas de un remolino. Y el Errante sólo navega en el puño del viento que sostiene el pedazo de papel. Somos marineros tímidos, siempre nos mantenemos cerca de la costa.
Paul miró las solitarias estrellas afuera, esparcidas al azar, y se preguntó por qué siempre había aceptado tan fácilmente que representaban el orden.
—Lo que se necesita para irrumpir en el vacío —continuó Tigerishka— es la energía de mil millones de pilas de fisión..., y para salir de él, más energía aún, la capacidad más fantásticamente sutil y además, suerte. ¡El Errante come lunas en el desayuno y asteroides como aperitivo! O, más bien, son devorados por el vacío por el que navega el Errante, ese tragaldabas de neutrinos..., comida arrojada a los lobos hiperespaciales para comprar nuestro peaje.
»No lleva tiempo viajar por el hiperespacio, salvo los momentos de lanzamiento y de llegada —continuó Tigerishka—, pero ¡oh, el ingenio que exige localizar el puerto, las esperas antes de irrumpir de nuevo al mundo! Como abrirse camino hacia una costa desconocida en medio de la más espesa niebla. En el hiperespacio hay signos del espacio que tenemos aquí..., sombras de los soles, de los planetas y de las lunas, del polvo, de los gases y del vacío..., pero son mucho más difíciles de leer que el radar en un cielo colmado de rastros, que los desconocidos jeroglíficos borrados por la humedad y el lodo en una caverna tan antigua como la mitad del tiempo.
»Terminamos este último viaje maltrechos y agotados, hambrientos de masa y luz solar. Nuestro aislamiento del hiperespacio crudo había quedado reducido a cero; por poco no perdimos nuestro cielo y nuestra atmósfera; nadie podía aventurarse a la cubierta superior, salvo los gigantes inorgánicos que moran allí: las mentes de cristal que son como colinas coloreadas.
»Por ello hicimos dos salidas en falso a vuestro sistema, cada una de las cuales consumió algunas leguas cúbicas de combustible de las que no podíamos disponer, pero debimos cancelarlas a ambas porque los signos no eran los correctos o los vectores estaban errados; los lugares de salida no estaban lo bastante cerca de vuestro Sol o de una luna que nos conviniera por entero.
Paul intervino automáticamente:
—¿Sólo dos salidas en falso? Hubo cuatro fotografías de campos estelares alterados.
—Cuatro fotografías, pero sólo dos salidas en falso: una cerca de Plutón, la otra cerca de Venus —afirmó ella con aspereza—. No me interrumpas, Paul. Finalmente logramos salir cerca de vuestra Luna, pues el alineamiento del eclipse constituía una sombra perfecta. Salimos a la superficie del mar del hiperespacio. Pero no teníamos fuerza suficiente por entonces. Vaya, si hubiéramos tenido que batallar, apenas podríamos haber anulado la gravedad del Errante para maniobrar.
—¡Tigerishka! —protestó Paul—. ¿Quieres decir que podríais haber anulado el campo gravitacional del Errante de modo que no provocara temblores y enormes mareas en la Tierra y no lo habéis hecho?
—¡Yo no soy el capitán del Errante! —exclamó ella con un rugido—. Además, teníamos que contar con plena gravedad para atrapar y quebrantar vuestra Luna, ¿no lo comprendes? Y aun en las más graves emergencias debíamos conservar una reserva general de combustible para poder librar la batalla... ¡Eso es evidente, sin duda!
—Pero Tigerishka, comparadas con las del Errante, las fuerzas espaciales y las armas atómicas del mundo no son más que una broma. ¿Qué batalla sería posible...?
—Paul, te he dicho una vez que tenemos miedo. —Hubo un oscuro relampagueo violeta en sus iris de pétalos cuando apartó la mirada de él— El Errante no es el único planeta de largo alcance que hay en el universo

Treinta y cinco
Hunter se detuvo para mirar por última vez la cuesta antes de seguir adelante. Luego siguió caminando, pasó junto al camión y llegó hasta el Corvette, en el que ocupó su sitio tras el volante. Rama Joan y Margo estaban junto a él. Todos los demás se hallaban ya a bordo: Ann y Wanda en el Corvette, los Hixon e Ida en la cabina del camión, los cinco hombres restantes apiñados en la parte trasera del camión con Ray Hanks. A Hunter no le gustaba esa distribución, pero nada le parecía bien desde la muerte de Doc: todo le resultaba frío, duro, desmañado, incómodo, tal como él se sentía interiormente.
No había querido hacerse cargo del mando; había intentado cedérselo a Doddsy, pero Hixon lo había mirado fijamente y había dicho:
—Creo que Doc te habría elegido a ti. Y eso lo decidió.
Detestaba adoptar decisiones definitivas, como la de rechazar la sugerencia de Hixon de utilizar la pistola de impulsión con el fin de mover algunas rocas que bloquearan el camino; a eso había respondido que sólo quedaba una octava parte de la carga en la pistola, si la escala violeta significaba lo que creían. O dictaminar si debían ir a Mulholland o retroceder hasta Vandenberg Dos; esa decisión la postergó hasta que llegara el momento oportuno... y luego tuvo que aguantar la crítica que privadamente le hizo Margo, que daba por descontado que seguirían buscando a Morton Opperly, especialmente ahora que habían recibido su nota donde decía que se dirigían a Vandenberg Dos. Margo le dijo a Hunter que debía haber terminado con toda disidencia poniendo esto bien en claro desde el principio.
Apenas habían pronunciado una palabra sobre Doc, aunque eso sólo ponía de relieve la lobreguez que imperaba entre ellos. Hunter le había preguntado a Wojtowicz qué era lo último que había dicho Doc, que tanto los hiciera reír, y Wojtowicz había contestado:
—Le pedí nuevamente que se quitara el sombrero, que le daría mala suerte, y él me dijo: «Wojtowicz, cuando seas tan calvo como yo y no puedas ya ocultarlo, sabrás que ésa es la peor de las suertes».
El Escobillón, que alcanzó a oír lo que decían, sacudió con tristeza la cabeza y dijo:
—También yo lo previne en contra de ese sombrero —y luego agregó algo que sonaba como—: El pecado de orgullo.
Estas últimas palabras del Escobillón motivaron un reproche de Wojtowicz, pero Doddsy intentó suavizar las cosas diciendo:
—Estoy seguro de que Charles Fulby se refería a la hubris: especie de elevado optimismo con que contaban algunos de los grandes héroes griegos, que despertaba los celos de los dioses, quienes, por tanto, los destruían.
Wojtowicz contestó furioso:
—Griegos o no, no me importa, ¡nadie va a decir nada en contra de Doc!
Ahora Hunter miraba ese mismo sombrero negro que había llevado todo el tiempo arrugado en la mano, y pensó en Doc, allá abajo, junto con los tres asesinos, todos una misma carne para los buitres.
—Dios —susurró con amargura—, ni siquiera le dejamos un recordatorio como el que él le dejó al estúpido perro de Doddsy.
Pensó en clavar el sombrero en algún sitio, pero eso era del todo desacertado. Alisó el ala y, cuando hubo una pausa en la brisa, lo arrojó al aire. Por un momento creyó que cae ría en el borde —¡qué inepto lo haría parecer!—, pero siguió planeando hasta desaparecer cuesta abajo.
Rama Joan le apretó fuertemente el brazo y también a Margo, al otro lado. Tenía la cara y los cabellos rojos todavía sucios de negro, y su frac parecía ahora el de un payaso vagabundo.
—Dios sabe que no es un monumento recordatorio —dijo en voz baja y ronca—, pero Doc me folló aquí anoche.
A Hunter se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡El viejo buitre fornicador! —dijo con la voz ahogada. A lo lejos, muy débilmente, se oyó el quejido de un motor. Parecía venir de la autopista.
—¿Ha oído eso, señor Hunter? —preguntó el joven McHeath, agachado en la parte trasera del camión con el rifle pronto. Hunter recordó que Doc había dicho que esos «borrachos muchachos asesinos» volverían.
Los tres se dirigieron corriendo al Corvette. Mientras él se sentaba tras el volante, Margo en la parte trasera y Rama Joan en la delantera al otro lado de Ann, pensó: Doc habría caminado. ¿Lo habría hecho en verdad? Cuando menos, habría dicha algo.
Puso en marcha el motor, hizo luego girar el coche y levantó el brazo derecho.
—Si vienen coches detrás de nosotros, pásame —le gritó a Hixon—. De ese modo podremos utilizar la pistola de impulsión. ¡Si nos apuntan, disparad contra ellos! Muy bien, todo el mundo, ¡allá vamos!
No fue muy bueno, pensó mientras ponía el coche en marcha, pero habrá que contentarse con eso.

Richard Hillary conoció a Vera Carlisle en el momento en que la chica estaba sentada en el barro, en Tewkesbury, y lloraba silenciosamente.
Estar sentado en el barro estaba convirtiéndose en el modo apropiado de trabar conocimiento con la gente, reflexionó Richard, y, a decir verdad, era al menos bastante mejor que encontrarla yaciendo boca abajo sobre él.
Estaba tan agazapada como un ratón y lloraba tan silenciosamente en una calleja lateral, que probablemente no la habría visto si la noche no hubiera estado tan clara todavía dos horas después de haberse puesto el sol. Sólo llevaba una pequeña radio de transistores que tenía cogida como a un bebé.
Durante las pasadas treinta y seis horas, Richard había sido testigo de varios rescates y reuniones y numerosas nuevas amistades, y se daba cuenta ahora de que él mismo tenía grandes deseos de trabar una nueva amistad. Ansiaba con todas sus fuerzas que nadie más hubiera oído los acallados sollozos de esta chica, o que nadie más se acercara antes de que sus lágrimas hubieran sido enjugadas y se hubieran hecho los primeros ademanes de camaradería.
Mientras se le acercaba, pensaba en el frío que hacía y en lo abrigadas que le habían parecido las parejas que habían dormido anoche bajo la paja; y pensaba también en que éste era el fin del mundo o, cuando menos,.una muy buena imitación de él; sin embargo, al mismo tiempo, le pareció que esos pensamientos no describían del todo sus actuales motivos.
Le ofreció el pan fresco que había guardado del frugal reparto de hogazas caídas de un helicóptero cerca de Cleeve, pero resultó que el principal padecimiento de Vera era la sed. Conseguir agua en las zonas recientemente inundadas no era tarea sencilla, pues todos los recipientes, los pozos y las fuentes habían sido anegados de agua salada. Algunas cañerías contenían agua dulce, pero sólo se encontraban por azar.
Recordó que dos manzanas atrás había visto que estaban saqueando un pub, y mientras volvían, dejando atrás algunas casas de maderas y un hotel llamado Royal Hop Pole marcados por la altura de la marea, descubrió otro de los padecimientos de la muchacha: había perdido un tacón, y, además, los zapatos estrechos y puntiagudos que llevaba no eran los más adecuados para andar.
Había toda una cola de saqueadores frente al pub. Oh, nosotros los británicos, respetuosos de la ley, pensó Richard, formamos cola hasta para saquear.
Recordó una zapatería que no estaba lejos y decididamente irrumpió en ella —lo cual no le fue difícil, pues la marea lo había ya hecho antes que él—, y logró encontrar en un cajón húmedo y hediondo un par de zapatillas de tenis para Vera y unos calcetines gruesos para los dos. Todos los artículos estaban empapados, por supuesto, pero eso no tenía gran importancia.
Por entonces, la cola era ya más corta y él y Vera no tardaron en recibir una botella de cerveza cada uno y un pequeño frasco de ron para los dos, bajo la dura mirada vigilante de un hombre musculoso, que podría quizá ser el propietario; aunque, si lo era, no lo dijo.
Afuera, un hombre gordo señalaba calle abajo gritando:
—¡Ah, allí está ese bastardo!
Era el Errante, que salía exhibiendo su faz con la X borrosa y rodeado de modo casi simétrico por los fragmentos blancos de la Luna.
Vera lo miró por un momento, luego apretó los labios y apartó la mirada. Richard sintió que lo invadía una ola de aprobación ante la reacción de la muchacha. Ella tendió tímidamente el codo y él se lo cogió con firmeza y la escoltó calle abajo en la dirección que él había escogido originalmente, caminando despacio en un principio mientras bebían la cerveza y masticaban un poco de pan. Él no le dijo nada acerca de su plan, referente a las colinas de Malvern. Había tiempo suficiente para eso cuando cruzaran el rugiente Severn por el viejo puente de hierro de Telford..., si no había sido arrastrado.
Vera encendió su radio de transistores y giraron el dial entero sin que escucharan otra cosa que un sonido semejante al del tocino cuando se fríe. Richard tenía ganas de decirle que la tirara, pero en cambio le preguntó cómo le quedaba el nuevo calzado, a lo cual ella contestó con una sonrisa:
—Sencillamente, celestial.
Sólo una hora antes, Richard había estado andando solitario en medio de una multitud y pensando en todos los millones o veintenas de millones de muertos recientes que debía de haber en todo el mundo, y preguntándose si en realidad tenía alguna importancia.
Había pensado: ¿Necesita el mundo tanta gente? Consideremos la multitud que me rodea: aventada por la inundación y, sin embargo, la mayoría no son sino estúpidos estereotipos de los que el mundo muy bien puede pasarse sin ellos. ¿Cuánta gente hace falta para sustentar una cultura razonablemente rica? ¿No son más que un desperdicio? J no son millones de estereotipos un precio demasiado alto por unas pocas excepciones? ¿No hay algo definitivamente grosero en el concepto de una humanidad multiplicada sin límite ni plan, quizá para emigrar finalmente como ratas multitudinarias a las estrellas? ¿Ha importado tanto alguna vez tener tanta gente, excepto a la gente? ¡El mundo necesita y merece esta selección!
Pero ahora pensaba que si una persona más hubiera sido cobrada por ella, esa persona podría haber sido Vera. En teoría, había habido decenas de centenares de Veras, su ponía, pero sólo una donde Richard Hillary podría haberla encontrado. La ciñó un poco más y siguió caminando.

Treinta y seis
Paul Hagbolt miraba hacia abajo la oscuridad sin fondo, como si la ventana circular sobre la que descansaba fuera la pared de cristal de un gran acuario, y las estrellas y los pequeños semicírculos de la Tierra y el Errante, una misteriosa luminiscencia marina; o como si el círculo transparente fuera el portaobjetos de un microscopio, y las estrellas, infusorios romboidales.
Hubo un ligero crujido y luego un maullidito: Miau, que avanzaba sin peso entre las flores y anunciaba algún descubrimiento a Tigerishka.
Recostado junto a Paul, el felino de mayor tamaño dijo:
—Como la humanidad es joven, piensas que el universo lo es también. Pero es viejo, viejo, viejo. Mañana y mañana. . ., paso menudo..., la última sílaba del tiempo..., un cuento contado por un idiota... ¡sí!
»Piensas que el espacio está vacío, pero está lleno. Tu propio sistema solar es uno de los pocos sitios prístinos que quedan, como un pequeño terreno baldío lleno de plantas silvestres olvidado por los conductores en el corazón de una vasta y antigua ciudad que se ha desbordado sobre el campo circundante.
»En la galaxia donde el Errante entró en órbita por primera vez, los planetas se distribuyen tan densamente alrededor de cada uno de los soles, que amortajan su luz y hacen del espacio una chabola, y de la galaxia, una ciudad bullente. "Donde un rayo de sol se escapa, situamos un planeta", así se jactan nuestros ingenieros. O amarran un campo para recobrar la luz del sol.
»Decenas de millares de planetas alrededor de cada sol, que se perturban entre sí con diez mil mareas, de modo que la armonización de éstas constituye la mitad de nuestra ingeniería civil. Los planetas se siguen entre sí tan de cerca en la misma órbita, que constituyen collares elípticos de los que cada perla es un mundo. ¿Conoces esos nidos de filigranas que vuestros chinos tallan en marfil, de modo que uno mira y mira para hallar el centro y termina con la sensación de que hay una pequeña porción de infinito encerrada allí dentro? Ése es el aspecto de nuestros sistemas solares en casi todas partes.
»No os habéis enterado todavía de esta noticia por la lentitud de tortuga con que viaja la luz. Si pudierais esperar mil millones de años, veríais oscurecerse las galaxias, no por la muerte de las estrellas, sino por el ocultamiento y el avaricioso atesoramiento de su luz por los propietarios de las estrellas.
»Casi todos los planetas que amortajan las estrellas, salvo un minúsculo resto, son artificiales. Miles de millones de billones de soles muertos y lunas frías y gigantes de gas planetario han sido minados para obtener el material con que construirlos: vuestras pirámides de Egipto multiplicadas por una infinidad. A lo largo de todo el universo los planetas naturales son tan raros como los pensamientos jóvenes.
»Vuestra propia galaxia, la Vía Láctea, no es una excepción. Los soles sofocados por los planetas son los que sobre todo constituyen la oscura nube central que desconcierta a vuestros astrónomos.
»Un estanque puede llenarse de infusorios casi tan de prisa como la charca formada por el agua de una zanja. Un continente puede llenarse de conejos casi tan rápido como un solo campo. Toda la vida inteligente puede expandirse hasta los extremos del universo —esos extremos que se encuentran en todas partes—, tan rápido como llega a la madurez en un único planeta.
»Los planetas de un billón de soles pueden llenarse de constructores de naves espaciales como los de uno solo. Diez millones de billones de galaxias pueden ser afectados por el escozor del pensamiento —¡esa gran pandemia! tan prontamente como una.
»La vida inteligente se expande más de prisa que la peste. Y la ciencia se desarrolla de modo tan incontrolable como el cáncer. En todo planeta donde no hay disturbios naturales, la vida se arrastra y se agita durante miles de millones de años; luego, de la noche a la mañana, el florecimiento, la rápida eclosión, a través de las grandes distancias negras, de las semillas que crecen como la maleza dondequiera que caigan, y luego la explosión de sus semillas sigue y sigue... hasta los extremos curvados del universo.
»El drama se produce cuando se topan con otras formas de vida: sorpresas, momentos de pronunciada maravilla. Y luego, bien pronto por cierto, sobreviene el ennui.
»El charco de agua de la zanja en el que ayer nadaban s pocas amebas, está lleno de densa vida estremecida..., también el estanque. Las algas resplandecen como joyas. Luego, muy pronto, el estanque se empaña. —Señaló con la garra las estrellas densamente distribuidas—. Esos diamantes que ves allí son mentiras. Los soles que enviaban esas brillantes luces están ahora amortajados.
Tigerishka apartó su hocico ahusado de la ventana cuajada de estrellas y le habló a Paul directamente.
—El universo está repleto, Paul. La vida inteligente pulula por todas partes, sus planetas oscurecen a las estrellas, sus ingenieros utilizan con audacia la energía de los soles para—constituir el medio ambiente de la mente, reduciendo la materia a energía para obtener más forma, más estructura, más intelecto. El Verbo —para llamar de algún modo a la mente— avanza, y pronto no habrá otra cosa que el Verbo. El universo, con todas sus vastas extensiones y magníficas zonas íntimas, se convierte en una chabola, empieza a morir de un exceso de intelecto —aunque ellos son capaces de advertirlo—, al igual que una bahía de aguas bajas iluminada por el Sol puede morir por exceso de vida.
»La inmortalidad se logra quebrando los límites de la mente individual en dirección al futuro. Tu mundo, Paul, es una de las pocas islas de muerte que quedan en el mar de vida por siempre perdurable.
»Con el viaje hiperespacial y la comunicación psiónica, los extremos del universo se encuentran más cerca entre sí que los planetas de vuestro sistema solar. Las galaxias, arrojadas a tanta distancia las unas de las otras, están más centralizadas que los países de vuestro mundo, más aún que los cincuenta y un Estados de tu país. Y los asuntos del cosmos están ordenados por un gobierno democrático más benigno y más terrible que el de cualquier dios imaginado.
»Puede que vuestras propias concepciones primitivas del cielo —y especialmente la actitud ambigua que tenéis respecto a él: el cielo es a la vez una gran maravilla y un aburrimiento mortal— sean meramente una intuición acertada de ese gobierno.
»Bienestar y seguridad son su santo y seña. Es conservador, regido por los viejos, que son por todas partes la gran mayoría desde el logro de la inmortalidad. Es concienzudo, paciente, justo, piadoso —¡pero sólo con los débiles!— e infinitamente terco. Sólo sus archivos, grabados en moléculas, ocupan los planetas artificiales de dos conjuntos de estrellas. Su meta principal es recordar y atesorar —¡pero sólo como memoria!— todo lo ocurrido.
»Toda raza mínimamente inteligente, respetable, responsable, puede esperar con confianza recibir apoyo para su forma de vida. Siempre está en contra del gasto de energía para cualesquiera propósitos, excepto la conservación y la seguridad: se opone a la exploración del hiperespacio o aun a su utilización, excepto para el transporte de su policía. Su mayor temor es que algo pueda dañar o, en suma, desorganizar el universo, pues ahora que —con excepción del hiperespacio— ya no es posible concebir la seguridad en el infinito y lo inexplorado, ha surgido un cósmico miedo mortal.
»Sin embargo, como hasta los inmortales deben reproducirse, aunque no sea en un índice mínimo, para mantener la ilusión de que se mantienen todavía verdaderamente vivos, el gobierno debe encontrar continuamente espacio para los nuevos seres. Pronto vendrán en busca de vuestro espacio, Paul. Ha habido un cambio en la política en relación con el resto de los mundos salvajes. Deben ser integrados en la supercultura cósmica. Cuidadosa, reflexivamente y con bondad..., pero lo harán, y probablemente dentro de los próximos doscientos años, de acuerdo con vuestra medida. Y no será un proceso lento... Una vez que empiece, todos los mundos salvajes serán ocupados e integrados en el término de décadas.
»Para reducir su política a una única enunciación, el objetivo del gobierno cósmico es conservar la inteligencia hasta que el cosmos muera. Hubo un tiempo en que esto significaba "para siempre", pero ahora comprendemos que significa hasta que la mente alcance su máximo, hasta que toda la materia que existe se modele para el servicio y el sustento de la inteligencia, hasta que la entropía se invierta y alcance el máximo grado dentro de los límites de este universo.
»Ellos consideran esto como la culminación del período de prosperidad y felicidad. Nosotros lo consideramos la muerte.
»Mi gente son los Rebeldes: las razas más jóvenes, razas como la mía, que evolucionaron a partir de depredadores solitarios, que han vivido más cerca de la muerte y valora ron más el estilo que la seguridad, la libertad más que el bienestar; razas con un apasionado matiz sádico; o fríamente científicas, que valoran el conocimiento casi más que la vida.
»Ponemos el desarrollo por encima de la inmortalidad, la aventura por encima del bienestar. Los grandes riesgos y peligros no nos perturban.
»Queremos viajar de manera más sustancial en el tiempo. No sólo observar, sino cambiar el pasado, volverlo más pleno, revitalizar a los incontables muertos, vivir una docena —¡un centenar!— de presentes y no sólo uno, volver al principio y reedificar.
»También exploraremos el futuro, no sólo para asegurarnos de que habrá allí un confortable fuego agonizando en el hogar: la inteligencia en su último lecho y moribunda. ¡Crearíamos otro cosmos para vivir en él!
»Queremos recorrer la mente de manera más cabal: ese plano indefinidamente plegado con los matices de un arco iris dentro de nuestro cráneo. Aunque la telepatía y los fenómenos psíquicos son algo cotidiano, no sabemos todavía si hay otros mundos al otro lado de la oscuridad interior colectiva... Y cómo visitarlos es un sueño al que nadie se ha atrevido.
»Nosotros cambiaríamos todo eso: exploraríamos los reinos del espíritu como si fueran continentes extraños, navegaríamos por ellos como por el espacio, descubriríamos si todas nuestras mentes descansan como pequeñas conchas tornasoladas en la costa del mismo mar negro e inconsciente batido por las tormentas. También queremos máquinas que vuelvan reales los pensamientos: otra pequeña tarea que nadie ha llevado a cabo.
»Pero sobre todo abriríamos el hiperespacio. No sólo lo utilizaríamos para rápidos viajes costeros navegando sólo sus bordes perturbados por las marejadas y manteniendo siempre a la vista, aunque débilmente, las costas y los cabos de nuestro propio cosmos particular, sino que además navegaríamos audazmente más allá del bajío universal hasta lo profundo desconocido con sus tormentas más vastas. Ésa es una tarea para galaxias, no para planetas —uno o un centenar—, pero correremos el riesgo si es preciso.
»Creemos que incontables cosmos, además del nuestro, cabalgan en el arremolinado vacío del hiperespacio: cien mil millones de billones de fragmentos en el tornado, mil millones de billones de copos de nieve en la tormenta. Éstos no son cosmos como el nuestro, según creemos, sino constituidos por diferentes partículas básicas..., o ni siquiera partículas, sino continuidades siempre cambiantes. Mundos de solidez o boquetes abiertos en ella. Mundos sin luz. Mundos en que la luz se mueve tan despacio como la palabra hablada o tan veloz como el pensamiento. Mundos en los que se forman fragmentos de materia a partir del pensamiento, al igual que aquí la mente parece formarse a partir de moléculas.
»Mundos sin muros divisorios entre mente y mente, y mundos más aprisionados aún que el nuestro en una celda. Mundos donde el pensamiento es real, y cada bestia, un dios. Un universo fluido —con planetas como burbujas— y mundos que se ramifican en el tiempo como poderosas enredaderas.
»Mundos en los que el espacio está entrecruzado de telarañas en lugar de estar cuajado de estrellas: cosmos de enredaderas o caminos. Un cosmos con cuerpos sólidos, pero sin gravedad, mundos con más dimensiones que el nuestro y con menos aún, mundos en que cada una de las leyes básicas difiera: una escala cromática de cosmos, un espectro de la creación.
»Y si no encontramos mundos en el hiperespacio, ¡pues entonces los crearemos! Crearemos la partícula monstruosa que dé nacimiento a un cosmos, y que estalle a su vez de este cosmos como de una crisálida, aun cuando ese cosmos quede destruido.
»Eso en cuanto a nuestros objetivos más amplios. Los menores: una pantalla para todo cuanto hacemos. Intimidad para nuestro planeta y nuestros pensamientos. Las armas que puedan hacernos falta. Libre investigación, tan secreta como podamos desearla. ¡Nada de inspecciones! El derecho de llevar nuestro planeta donde se nos antoje, aunque no haya órbita que nos aguarde. Vivir entre las estrellas si uno así lo decide, o afuera, en la fría intemperie sin sol, quemando las hierbas de los prados de hidrógeno... o en las profundidades espaciales oceánicas, más allá de las islas que constituyen las galaxias. El derecho de viajar siempre por el hiperespacio, reservado ahora sólo al gobierno y a la policía. El derecho a correr un riesgo, el derecho a sufrir. El derecho a ser desatinado, el derecho a morir.
»Estos objetivos le son odiosos al gobierno, que valora cada ratón asustado y cada gorrión que cae tanto como un fogoso tigre irritado. El gobierno quiere una estación de policía que parpadee azul junto a cada sol, un poli que marque el compás alrededor de cada planeta, coches patrulleros que recorran la oscuridad interestelar... empañando por todas partes la cristalina luz de las estrellas diamantinas.
»Hace milenios el gobierno empezó a roer nuestras libertades..., nosotros éramos los Rebeldes, los Recalcitrantes, los No Domesticados. Nos reunimos en un planeta propio, ganamos cierto prestigio y poderes, mantuvimos nuestras pantallas, vivimos nuestra propia vida. Parecíamos estar ganando terreno..., sólo para descubrir que nos habíamos convertido en un único blanco fácil para la policía.
»Hace un siglo fuimos procesados. Se hizo pronto evidente que el caso se volvería en nuestra contra: nada de intimidad, nada de investigación secreta, nada de viajes hiperespaciales, ninguna oportunidad de resolver los problemas del universo por cuenta propia.
»Rendirnos o . . . ¿morir? Decidimos cortar por lo sano y huir.
»Desde entonces hemos padecido una persecución incesante. Los Sabuesos del Cielo tras nuestra pista: un planeta perseguido incansablemente por otros planetas. No hay sitio seguro en todo el cosmos para nosotros. No hay desierto interior lo bastante distante en todas las galaxias, salvo la tormenta hiperespacial de la que no tenemos dominio: el huracán de la realidad.
»Piensa que el mar es el hiperespacio; su superficie, el universo que conocemos; sus barcos, los planetas; nosotros, un submarino.
»Afloramos a la superficie cerca de algún sol solitario a cuyo alrededor no haya todavía órbitas artificiales. Entonces ellos aparecen y nosotros nos hundimos otra vez. A veces permanecemos demasiado tiempo y tenemos que librar una batalla antes de desvanecernos en la cruel oscuridad del vacío. ¡Hemos volado tres soles sólo por divertirnos! Esas novas están en galaxias distantes. Puede que hasta hayamos destruido un planeta; no podemos tener la seguridad.
»A veces nuestros fríos perseguidores hacen una tregua, tratan de disuadirnos por un tiempo y nos hacen ofrecimientos antes de apuntarnos con sus bombas y rayos mortíferos..., en la esperanza de que veamos el arco voltaico de su razonamiento que resplandece siempre sobre el patio de la prisión cósmica.
»Dos veces lo hemos arriesgado todo para encontrar otro cosmos... Cortamos amarras en el hiperespacio y navegamos a ciegas. Pero por algún desvío en las ráfagas del hiperespacio fuimos devueltos a este mismo universo: un bosque de espinos encantado alrededor de un castillo, o un túnel que termina, por algún truco del espacio, dentro del mismo patio de la prisión en que fue excavado.
»Somos el Planeta Vanderdecken del Cosmos, siempre de gira caballeresca alrededor del universo, pero por detrás llega la incesante persecución a lo largo de las retorcidas curvas del hiperespacio.
»Tratamos de mantener nuestras normas, pero terminamos por aflojar. ¡No era necesario que dañáramos a tu planeta, Paul! O así lo creo, no puedo estar segura, en realidad... Pero sólo soy una sirvienta del Errante. Sin embargo, aunque no pueda estar segura, te diré esto: Espero que antes de que podamos dañar una sola criatura más, nos zambullamos para siempre en la tormenta oscura. Dicen que la tercera vez, uno se ahoga... ¡Que así sea!
La voz le cambió y gritó alterada:
—Oh, Paul, vamos cargados de todos estos hermosos sueños y, sin embargo, todo lo que logramos es hacer daño a la gente. ¿Te extraña que nos estemos enamorando de la muerte?
Tigerishka se interrumpió. Al cabo de un momento, con voz neutra, aunque tensa como si se hubiera retraído dentro de sí misma, dijo:
—Vaya, ya se lo he dicho todo al mono. El mono puede sentirse superior al felino, si lo desea.
Con extremada quietud, Paul aspiró y exhaló una prolongada bocanada de aire. El corazón le palpitaba. En otro momento, quizás habría cuestionado la historia de Tigerishka y su comprensión de ella, pero ahora estaba allí presente, tal como ella se la había contado, como si las estrellas debajo de él fueran su celebración..., una inscripción en diamantes que sólo contara lo que ella había dicho.
Esta fantástica morada en la cumbre se parecía tanto al punto de vista que podría tener en su sueño, a lo que con ligereza se llama «el ojo de la mente», que a Paul le era difícil saber si estaba viviendo sólo en su fantasía o en el entero cosmos estrellado; por una vez, la imaginación y la realidad estaban inseparablemente unidas.
Apartando los hombros de la gran ventana cálida con menos esfuerzo del que exige exhalar un suspiro, miró de soslayo la fantástica figura a su lado, cuya silueta, más que nunca, parecía la de una esbelta mujer vestida para interpretar una gata en un ballet. Tenía los miembros traseros estirados y los antebrazos plegados para apoyar en ellos la barbilla, de modo que su cabeza estaba echada hacia atrás, y él le veía entonces perfiladas en negro la nariz respingada, la altura de la frente y sus orejas agudas como la punta de una lanza. La cola se le arqueaba a sus espaldas y su punta se estremecía en un lento ritmo sobre las estrellas. Parecía una esbelta esfinge negra.
—Tigerishka —dijo él suavemente—, hubo una vez un mono de cabellos largos que vivió hambriento y murió joven. Su nombre era Franz Schubert. Escribió cientos de canciones para monos: baladas antropoides y lamentos simiescos. Una de ellas tenía letra de un mono completamente olvidado que se llamaba Schmidt von Lübeck. Esa canción para monos me da ahora la impresión de haber sido escrita para ti y para tu gente. Al menos, lleva el nombre de vuestro planeta, Der Wanderer, «El Errante». Te la cantaré...
Empezó:
—Ich komme von Gebirge her... No —dijo interrumpiéndose—, deja que lo traduzca a mi lengua y que le cambie algunas imágenes para que se adecue mejor, sin alterar los versos fundamentales ni su temple de ánimo.
Las palabras y las frases que buscaba se presentaron sin esfuerzo.
Oyó un suave lamento susurrado con entonación exacta, en más de una voz, y se dio cuenta de que Tigerishka captaba el acompañamiento de piano de su mente y lo reproducía con un toque de soledad y desamparo que jamás podría lograr un piano.
Al cabo del sexto compás, Paul entró:
Vengo solitario desde las estrellas,
el camino se bifurca, los abismos se lamentan.
Errando sigo adelante, rara vez estoy alegre,
y sin cesar me pregunto: «¿ Cuáles el camino?».
Todo el espacio está a oscuras, los soles están fríos,
Las flores están pálidas y la vida es vieja.
Rara es la palabra que no sea ruido...
En todas partes soy extranjero.
¿Dónde estás tú, mundo que es el mío?
Anhelado y buscado, jamás conocido;
el cosmos, verde como la esperanza;
una cuesta florecida, tendida hacia las estrellas;
el mundo donde todos mis amigos pueden andar,
mis muertos erguirse sin estar blancos como el yeso,
el universo que habla mi lengua. . .
¿dónde estás?
Errando sigo adelante, rara vez estoy alegre,
y sin cesar me pregunto: «¿Cuál es el camino?».
Una fantasmal respuesta viene del espacio:
«Allí donde no estás... ése es tu sitio».
Cuando hubo cantado el último verso, Tigerishka tarareó el acompañamiento hasta el final, y suspirando dijo suavemente.
—Eso somos nosotros, es cierto. Ese mono Schubert. . . debió de haber tenido un gatito en su interior; y también ese mono Schmidt. Tú tienes un gato dentro, Paul...
Él miró por un momento la esbelta figura rodeada de estrellas a su lado y luego tendió una mano, también rodeada de estrellas, y se la apoyó en el hombro. No sintió tensión alguna, ni el menor signo de enfado bajo el pelaje ligeramente caliente, seco, corto. Al cabo de un momento, aunque no era nada que hubiera planeado conscientemente —quizá el pelaje le estaba dando indicios a sus dedos—, empezó a rascar gentilmente el espacio curvo entre el hombro y el cuello, exactamente como lo habría hecho con Miau.
Por un rato, ella no se movió, aunque a él le pareció que sus músculos se distendían bajo el pelaje. Luego percibió el ligero murmullo de un ronroneo apenas respirado —sólo un aleteo de sonido— y ella inclinó la cabeza sobre su mano de modo tal que la oreja le rozó la muñeca. Paul trasladó la caricia a la nuca, y ella levantó la cabeza moviéndola de un lado a otro con un ronroneo más profundo. Luego giró el cuerpo un cuarto de vuelta, alejándose de él, y durante un momento Paul pensó que le diría que dejara de hacer aquello, pero de pronto descubrió que quería ser acariciada bajo la barbilla. Y entonces sintió que un dedo sedoso le presionaba la nuca y le bajaba suavemente por el cuerpo, y se dio cuenta de que era la punta de la cola que lo estaba acariciando.
—¿Tigerishka? —murmuró.
—Sí, Paul... —contestó ella débilmente. Con un ligero movimiento del codo y la rodilla contra la cálida transparencia, se apretó contra ella y sus brazos se encontraron al rededor de su esbelta espalda aterciopelada, mientras la punta de la cola continuaba acariciándolo; sintió sobre su espina dorsal las suaves patas apoyadas ligeramente con sólo una fantasmal sugerencia de las uñas. Oyó a Miau que maullaba plañidera.
—Está celosa... —murmuró Tigerishka con una ligera risa, mientras su mejilla rozaba la de él. Paul sintió la áspera lengua estrecha que le tocaba suavemente la oreja y empezaba a frotarle la nuca.
Hasta ese momento, él había hecho todo con suma gravedad, como si cada gesto hubiera formado parte de un ritual que debía ejecutar con corrección, sin excitarse; pero ahora, confiadamente unido a esta fantástica Venus felina, por cierto que se excitó, y las imágenes empezaron a inundarle la mente, y se dejó ir por completo, aunque, extrañamente, sin perder el control. Porque las imágenes se le presentaban con un raro orden, como cuando su mente había sido examinada por primera vez por Tigerishka, pero ahora aparecían con la suficiente lentitud como para que él pudiera verlas todas claramente y de manera cabal. Eran imágenes de hombres, mujeres y animales. Eran imágenes de amor erótico, violaciones, torturas y muertes... Pero se dio cuenta de que aun las muertes y las torturas tenían por fin sólo subrayar la intensidad de los contactos, la exquisita violación de todos los tabúes corporales, la perfección del apareamiento; aran el decorado inferior de las actividades de dos cuerpos. Estas imágenes alternaban regularmente con símbolos que llenaban la mente como elaboradas joyas y esmaltes refinados, o formas significativas en un caleidoscopio de rica brillantez. Al cabo de un largo rato los símbolos empezaron a dominar las imágenes; empezaron a palpitar como grandes tambores, a estremecerse y resonar como grandes címbalos; tuvo la sensación de todo el universo alrededor, de lanzarse en todas direcciones, de extenderse hacia la totalidad en una gran serie de olas sucesivas que se formaban y menguaban y avanzaban entre las estrellas hasta la aterciopelada oscuridad.
Al cabo de un rato él volvió flotando lentamente de la infinita suavidad de ese negro lecho sin fondo, y hubo estrellas nuevamente, y Tigerishka se irguió sobre él, de modo que, muy débilmente, a la luz de las estrellas, vio el violeta de los pétalos de su iris y el verde broncíneo de sus mejillas y las fresas de sus labios entreabiertos, indiferente a que se le vieran los relucientes colmillos blancos mientras recitaba:
Pobrecillo mono, vuelves a estar enfermo esta noche.
¿Te ha dado fiebre la aguda charla estremecida?
¿Fue un león en sueños el que te dio susto semejante?
¿Y fue la serpiente Miedo la que salió del lodazal?
Toses, gimes, oigo tus dientecillos entrechocar.
Qué son esas palabras que musitas mientras te agitas?
¿Guerra, tortura, culpa, venganza, crimen, asesinato, odio?
Te acariciaré la frente, pobrecillo mono. . ., estás enfadado.
Animales mucho más sabios bajo más viejas estrellas
han padecido tu mal y visto negadas sus esperanzas, buscado a Dios,
luchado contra el Destino, golpeado contra las ramas,
y como tú, pobrecillo mono, algún día murieron.
La rama se mece en el viento, la noche es profunda.
Mira las estrellas, pobrecillo mono, y duerme.
—Tigerishka —se asombró Paul con soñoliento desconcierto—, empecé a escribir ese poema hace años, pero sólo conseguí escribir tres versos. ¿Has tú...?
—No —dijo ella suavemente—, tú mismo lo terminaste. Lo encontré allí en la oscuridad, detrás de tus ojos, tirado en un rincón. Descansa, ahora, Paul. Descansa...

Treinta y siete
Cuando los estudiosos de los platillos llegaron a la encrucijada, las circunstancias le resolvieron a Hunter el problema de escoger qué ruta seguir. La entrada a Mulholland estaba bloqueada por tres bruñidos coches de lujo de moderno diseño, aunque totalmente cubiertos de barro. Sus ocupantes los habían abandonado y estaban reunidos para discutir probablemente qué dirección tomar en la carretera de montaña de Mónica. Aunque algo embarrados como sus coches, tenían también un pulido aspecto de cosa de lujo: gente de Malibú probablemente.
De modo que ir a Mulholland llevaría tiempo, y Hunter consideraba que su pequeña caravana de dos vehículos no lo tenía en abundancia como para perderlo, pues los coches que los perseguían desde el valle y la Ruta 101, después de haberse demorado en una barahúnda invernal de aceleraciones y bocinazos, estaban por fin alcanzándolos.
La carretera de montaña de Mónica recorría allí un kilómetro entre las alturas centrales ennegrecidas por los incendios de las montañas de Santa Mónica. El Corvette y el camión apenas habían recorrido la mitad de la ruta cuando dos coches deportivos atestados giraron por la última curva, y tras ellos aparecieron otros más. Hunter disminuyó la marcha del Corvette e hizo señas al camión de que se adelantara. Hixon recordó las instrucciones y pasó con el motor rugiente a su lado. Hunter alcanzó a ver las caras ceñudas de los hombres que viajaban en la parte trasera del camión: Fulby, Pop, Doddsy y Wojtowicz... y McHeath, agachado con el último rifle que les quedaba.
Las mujeres que iban en el coche con Hunter guardaban un tenso silencio. Ann, junto a él, abrazaba fuertemente a su madre.
Hunter tuvo otra visión fugaz de caras, esta vez las de la gente de Malibú, de pie junto a sus coches caros, con aspecto sorprendido y más bien apenado, como si dijeran: «¡Qué malos modales, pasar así a nuestro lado sin siquiera hacer un saludo con la mano, y en estos tiempos catastróficos en los que mantenerse unidos es un mandamiento!».
Hunter no les deseaba precisamente nada malo, pero sí tenía esperanzas de que distrajeran y demoraran un poco el enloquecido tránsito que venía persiguiéndolos desde el valle. Cuando oyó los frenos tras él y luego un disparo, los labios se le estiraron en una mueca que expresaba a medias satisfacción y a medias culpa.
El camión de Hixon estaba desapareciendo por la primera de una serie de curvas cerradas ascendentes que Hunter recordaba por el viaje del día anterior. Frunció el entre cejo y se esforzó por ver adelante, con el Sol poniente verde blancuzco en los ojos, y empezó a buscar una cierta configuración del camino que también recordaba del día anterior.
La encontró en la segunda de las curvas: un montón de grandes piedras en el interior de una curva en forma de U. Se detuvo bruscamente algo más lejos y bajó del coche de un salto.
—¡La pistola de impulsión! —le gritó a Margo. La cogió y trepó por la empinada cuesta carbonizada que aún olía a quemado, hasta que estuvo detrás de las piedras. Las apuntó con la pistola y disparó. Durante los dos primeros segundos tuvo miedo de que no se movieran y que la última carga se hubiera perdido inútilmente, pero luego rodaron rozándose` y entrechocándose y se despeñaron ruidosas cuesta abajo hasta golpear por fin pesadamente con un ruido sordo sobre el asfalto.
Se abalanzó tras ellas y miró hacia abajo a través del polvo que subía para ver si era necesario un nuevo disparo de ajuste, pero bloqueaban el camino perfectamente.
Desde arriba llegaron lejanos aplausos y al levantar la vista vio el camión que avanzaba por un sendero dos vueltas cerradas más arriba. Volvió corriendo al coche. Antes de arrojarle la pistola gris a Margo, examinó velozmente la escala en la empuñadura y vio que en ella había aún algo de violeta. Al poner el coche en marcha, oyó el chirrido de unos frenos detrás de ellos y gritos de furia. Ann dijo:
—Esa gente ahora no podrá utilizar este camino, ¿no es cierto?
—Nadie podrá utilizarlo, querida —le contestó Rama Joan.
—O así lo esperamos al menos —intervino Margo, algo sarcástica, desde el asiento trasero—. ¿Fue un buen trabajo, Ross?
—Una verdadera barrera de orilla a orilla —aseguró él, cortante—. Será necesario recurrir a una grúa para mover dos de esas rocas.
Ann insistió:
—Me refiero a esa bonita gente parada al lado de sus coches junto a la que pasamos.
—Tenían su propio camino, aquel por donde vinieron —dijo Hunter con aspereza—. Tuvieron la oportunidad de la vuelta y utilizarlo para irse. Si no lo hicieron, bueno, ¡fueron unos malditos tontos esos ricos hijos de puta!
Ann se apartó de él, acercándose más a su madre. Se maldijo a sí mismo interiormente por desahogar sus sentimientos con una niña. Doc no había sido así.
—El profesor Hunter hizo absolutamente lo correcto, Ann —intervino Wanda con complacida seguridad desde el otro asiento trasero—. Un hombre siempre tiene que pensar primero en las mujeres que están a su cargo y en su seguridad.
Rama Joan le dijo suavemente a Ann:
—Los dioses siempre tuvieron el problema de cómo utilizar sus armas mágicas, querida. Figura en todos los mitos. Hunter, con los ojos que le ardían fijos en el camino serpenteante, tuvo deseos de decirles a las dos que se callaran, pero se las compuso para no hacerlo.
Transcurrieron por lo menos unos veinte minutos antes de que alcanzaran al camión. Hixon se había detenido junto a otro camino lateral.
—Dice «A Vandenberg» —gritó, señalando un cartel que había más adelante, cuando llegó a su lado el Corvette—. Supongo que es más directo a Vandenberg a través de las colinas. Como creo que vamos allí en busca de ese tal Opperly y todo eso, deberíamos cogerlo, según pienso. Así nos ahorramos esos kilómetros a lo largo de la autopista costera.
Hunter se puso de pie en el asiento. El camino lateral parecía estar bien, al menos su primera parte estaba asfaltada como aquel por el que venían avanzando. Pensó durante un par de segundos.
En ese momento, un sonido grave pero suave como un suspiro llegó hasta ellos desde el sureste. Ninguno de los estudiosos de los platillos tenía el diccionario que lo habría traducido como la desaparición, tres horas y media antes, del istmo de Rivas, de Don Guillermo Walker, y de José y Miguel Araiza.
Hunter negó con la cabeza y dijo en voz alta:
—No, seguiremos por la carretera de montaña de Mónica. Pasamos por ella ayer y sabemos perfectamente que está en buen estado... No hay derrumbes ni nada de eso. Un nuevo camino es una incógnita.
—¿Sí? —comentó Hixon—. Veo que finalmente has seguido mi consejo y utilizaste la pistola de impulsión para bloquear a esos chiflados.
—Sí, lo hice —fue todo lo que se le ocurrió decir a Hunter, y no lo dijo de buen grado.
—Y además está la marea, como me lo recordó Doddsy —siguió diciendo Hixon—. En la autopista costera tendremos que preocuparnos por ella.
—Si llegamos antes de la puesta de sol, no habrá problemas. La marea baja es a las cinco de la tarde —le dijo Hunter—. Es decir, si las mareas se atienen al viejo ritmo, como venían haciéndolo hasta ayer.
—Sí..., sí —dijo Hixon.
—Dondequiera que lleguemos a la costa, tendremos que afrontar las mareas —respondió Hunter. Tenía ya los nervios de punta—. Vamos, pongámonos en camino —ordenó—. Yo tomaré la delantera desde aquí.
Se sentó y condujo a lo largo de la carretera de montaña de Mónica. Al cabo de un rato, Margo dijo como para consolarlo:
—Hixon te está siguiendo.
—¡Que se cuide mucho de no hacerlo! —le dijo él.
Durante cuarenta horas el Errante había estado provocando mareas más y más altas, no sólo en la corteza y los mares de la Tierra, sino también en su atmósfera: una marea de calor cuatro veces mayor que la diaria producida por el calentamiento del aire por el Sol. También los volcanes y la evaporación de las zonas de las mareas desusadamente acrecentadas habían contribuido a la alteración sin precedentes del estado del tiempo durante el día siguiente. En el aire perturbado se estaban produciendo vorágines. Se preparaban tormentas. En el Caribe, frente a las Célebes y en los mares del sur de la China se estaba levantando un viento como jamás se había observado antes en la Tierra.
El Prince Charles avanzaba audaz impulsado atómicamente hacia el sureste junto al puerto de Cayena. Con su oscura silueta recortada sobre una salvaje puesta de Sol, el cabo de Orange le indicaba al gran barco que estaba pasando junto a la desembocadura del río Oyapock y acercándose a la del Amazonas. El capitán envió mensajes a los cuatro capitanes insurrectos rogándoles que se dirigieran mar adentro, hacia el sur del Atlántico. Los mensajes fueron desoídos.
En una de las zonas no castigadas por los vientos del Errante, Wolf Loner intentaba divisar a través de la cubierta de nubes gris el Race Point o el cabo Ann, o siquiera el parpadeo T-E A-M-O del faro del arrecife de Minot o el sobrio relampagueo doble de seis segundos del faro de Graves en el puerto exterior de Boston. Sabía que debía de estar acercándose al fin de su viaje, pero había observado basuras y extraños despojos que pasaban flotando junto al Endurance: no sabía que estuviera tan cerca de Boston. Sin embargo, no había otra cosa que hacer que mantener la vigilancia y seguir navegando.

Barbara Katz cogió el pequeño telescopio y subió a lo alto del Rolls para examinar los alrededores sobre las copas de los bosques de mangles que se extendían a cada lado del estrecho camino atestado de despojos dejados por la marea. Sólo se podía ver un último destello amarillento de la puesta de Sol, reflejado por las nubes que avanzaban rápidamente empujadas por un frío viento que soplaba desde el sureste. El tiempo había cambiado completamente en los últimos veinte minutos.
Hester asomó la cabeza desde la parte trasera y susurró: —Deje de hacer ruido allí arriba, señorita Barbara. Está perturbando la poca vida que le queda al señor K.
Helen estaba agachada alcanzándole herramientas a Benjy, que se hallaba bajo la parte trasera del coche tratando de librar la parte interior de la rueda izquierda de un largo trozo de alambre que de algún modo había atrapado y se le había enrollado alrededor, una vuelta tras otra, y que sólo había sido advertido cuando la rueda quedó atascada.
Benjy salió arrastrándose de espaldas y se puso en cuclillas junto a Helen. Después de respirar hondo y haber descansado la cabeza en las manos un ratito, la sacudió y dijo:
—No sé si podré quitarlo. No tengo las pinzas adecuadas y el alambre es muy sólido. Debe de haber dado doscientas vueltas alrededor de la rueda.
Para Barbara, que examinaba los alrededores desde el techo e intentaba mover los pies tan poco como le fuera posible al afirmarse contra el viento, lo asombroso era que Benjy hubiera logrado hacer marchar el coche después de haber estado éste anegado, y que hubiera podido avanzar durante una hora hacia el norte resbalando, salpicando, petardeando, antes de que se presentara esta nueva dificultad. Hester se asomó para decir con dureza:
—Será mejor que lo quites, Benjy. Ésta es la región más baja en la que hayamos estado, y esos arbolitos retorcidos no sirven para anidar.
—Hes, no creo que pueda. No en menos de dos o tres horas, de cualquier modo.
—¡Eh! —llamó Barbara con voz excitada—. ¡Camino abajo, a no más de un kilómetro, veo sobre la copa de los árboles un triángulo blanco! ¡Creo que estamos salvados!
—¿De qué puede servirnos un triángulo blanco, muchacha? —preguntó Hester.
—Benjy —dijo Barbara—, ¿crees que podría hacer una camilla para el señor K y cargarlo un kilómetro?
—Bueno —le contestó él—, creo que todo lo demás ya lo he hecho.
Bagong Bung estaba hundido hasta las pantorrillas en un fondo barroso que apestaba a pescado y cavaba frenético con una corta pala de infantería. De vez en cuando dejaba la pala y escarbaba en el lodo en busca de algo pequeño y recubierto de limo que arrojaba sin previa inspección a una bolsa de tela y seguía luego cavando.
Tenía ronchas producidas por medusas en las piernas y su mano izquierda estaba dolorosamente hinchada tras haber sido atrapada por una concha, pero no prestaba atención a estas lastimaduras, aunque de vez en cuando se detenía un momento para golpear rencoroso con la pala algún gusano de aspecto siniestro o apartar algún cangrejo verde que se acercara demasiado.
Estaba cavando casi en el centro de un rombo de agudos extremos de veinte metros de largo por seis de ancho, intermitentemente bordeado de negra madera podrida en la que había incrustadas conchas y corales. No podía ser el Lobo de Oro, pero por cierto parecían ser los restos de un barco muy antiguo.
A quince metros, Cobber—Hume estaba inclinado sobre la tapa de una escotilla del Machan Lumpur trabajando furiosamente con un inflador de bicicleta. El inflador estaba conectado a una balsa salvavidas de brillante color naranja de la que sólo una cuarta parte estaba llena de aire. Dos pequeños cilindros anaranjados arrojados a un lado contenían el gas que debía haber inflado la balsa sin esfuerzo, pero que no lo había hecho.
Otros quince metros más lejos, el Machan Lumpur yacía de lado mostrando su fondo lamentablemente herrumbrado y cubierto de algas.
El Sol que acababa de salir proyectaba de modo intermitente la sombra grotescamente alta de los dos hombres y el pequeño vapor sobre el fondo abandonado por la marea del golfo de Tonquín, e iluminaba al Errante, que se ponía por el oeste mostrando la faz de cabeza de toro que Bagong Bung llamaba besar sapi: «gran vaca».
Nubes desgarradas se dirigían hacia el norte con frenética velocidad, empujadas por un viento que gemía en torno al derrumbado Tigre del Lodo. Una súbita ráfaga cogió a Cobber—Hume por sorpresa y lo hizo trastabillar y resbalar en la plataforma no demasiado estable sobre la que estaba bombeando.
Bagong Bung hizo una pausa, con los codos apoyados en las rodillas, y jadeó para recobrar el aliento. Luego se gritó a sí mismo «Lekas, lekas! de modo recriminatorio y empezó a cavar otra vez. Su pala sacó un ángulo de hierro forjado, carcomido por el mar, que pudo haber pertenecido a un armario; eso le sirvió de estímulo para trabajar aún más de prisa.
Cobber—Hume gritó con severidad:
—Es mejor que dejes de revolver estiércol en busca de botín, sobat, y traigas algo de comida y agua fresca del Lumpy o me vengas a echar una mano con este maldito inflador. Cuando llegue la marea se comportará como una perra asquerosa y el viento la traerá más de prisa, y entonces todos los lobos de oro del mundo no nos servirán de nada... ¡ni siquiera un dingo de platino!
Pero todo lo que Bagong Bung respondió fue «Lekas, lekas!
El pequeño malayo cavaba y escarbaba, el gran australiano bombeaba, las densas nubes iban más de prisa entre la Tierra y el Sol, que acababa de salir, y el viento silbaba con fuerza.
Barbara Katz gritó por encima del viento:
—¡Allí está!
El mismo relámpago que iluminó las ramas de los mangles dando latigazos contra las veloces nubes oscuras también reveló el triángulo blanco de la proa de un velero que sobresalía por lo menos cinco metros entre dos de los árboles que crecían a su alrededor.
Barbara cambió el pesado termo a la mano izquierda, pasó la gran linterna a la derecha y la encendió mientras avanzaba hacia los árboles bajo la proa. Se veía la profunda quilla encajada entre las ramas inferiores de tres de los mangles.
Benjy depositó a KKK, envuelto en su manta, sobre el camino.
Hester y Helen dejaron las maletas en el suelo y se arrodillaron ansiosas junto al viejo.
Benjy alcanzó a Barbara. Estaba jadeando.
—Ilumínelo. El casco —logró decir.
Se abrieron camino entre la maleza, iluminando con la linterna un lado de la quilla y luego el otro. Barbara logró leer el nombre del barco: Albatros.
—No parece tener ningún agujero —dijo Benjy al cabo de un rato, hablándole a Barbara cerca del oído—. Aunque supongo que el mástil debe de haberse quebrado y sólo ha de quedarle un pedazo, de lo contrario lo habríamos visto. Creo que flotará con la marea. Quizás esté demasiado encajado, aunque no lo creo. Puedo trepar a las ramas y luego tengo esto para ayudarla a subir. —Tocó la cuerda que llevaba enrollada sobre el pecho.
El viento amainó un poco y Benjy aprovechó para formar una bocina con las manos en torno a la boca y gritar:
—¿Hay alguien a bordo?
El viento se mantuvo en silencio un par de segundos más, y cuando volvió a soplar con fuerza, Benjy dijo:
—Me parece oír un gemido, diferente al del viento.
—También yo —contestó Barbara, que trataba de convencerse de que los dientes le castañeteaban por el frío. Dirigió la luz de la linterna directamente hacia arriba—. ¡Oh, Dios mío!
Asomada sobre la borda de la embarcación, en el centro del haz de la linterna, había una pequeña cara blanca furiosa con la boca abierta de par en par.
—¡Es un niñito! —exclamó Benjy.
—Prepárate para cogerlo, Benjy —dijo Barbara.
—¡Es un bebé! —chilló Helen, que venía tras ellos. Le hizo una señal con la mano a la pequeña cara llorosa—. ¡Quédate allí arriba, pequeño! No te caigas. ¡Ya vamos!

Sally Harris y Jake Lesher se encogían ante las ráfagas producidas por los grandes rotores que les batían la ropa y los hacían entrecerrar los ojos y que agitaban salvajemente la llama que habían encendido con carbón en la bandeja de la parrilla como señal de SOS.
Había anochecido, pero estaba claro, y los rayos dorados y purpúreos del Errante, que mostraba la faz de dinosaurio, titilaban en las ondas negras que estaban casi al mismo nivel que el patio del ático y, ocasionalmente, arrojaban espuma sobre él, pero el viento producido por los rotores la rechazaban.
El gran helicóptero ocultaba el cielo gris sobre sus cabezas, y sus rotores recortaban círculos oscuros en él.
Una blanca escalera de cuerda bajó serpenteante hacia ellos y una voz estentórea gritó:
—¡Sólo tengo espacio para uno más!
Jake asió la escalera con una mano y trató de coger a Sally con la otra, pero las llamas estaban ya alcanzándolos, y cuando Sally intentó esquivarlas, derribó la bandeja de la parrilla delante de ella. El combustible caliente siseó al dar contra el agua y se elevó una cortina de humo ardiente y enceguecedor que la hizo retroceder. Un instante después todas las llamas habían desaparecido, pero la escalera empezó a arrastrar a Jake. Él se volvió y aferró el último peldaño con ambas manos y se dejó izar. Sus pies rozaron el suelo del patio. Un instante después se soltó y cayó hecho una pelota junto a la balaustrada mientras las ondas espumosas lamían a su alrededor.
El helicóptero descendió violentamente. Las ondas se agitaron ante los rotores, que casi las tocaron. La escalera cayó del helicóptero y flotó en el agua como el esqueleto de un ciempiés gigante. El helicóptero se elevó y partió sin una palabra más.
Jake se puso de pie y miró cómo iban disminuyendo sus lucecitas en el cielo.
Sally se le acercó por detrás. —¿Por qué te soltaste, Jake?
—Tenía miedo de golpearme las espinillas contra la balaustrada —contestó disgustado consigo mismo—. No pude evitarlo.
Ella lo abrazó fuerte.

Treinta y ocho
Cuando Hunter iba conduciendo lentamente el Corvette colina abajo hasta la próxima antes de entrar a la autopista costera, el Sol esmeralda se ponía sobre el horizonte acuoso, pero todavía brillaba lo bastante como para iluminar lo que parecía una nueva playa de unos mil metros que se extendía más allá de la vieja hasta el borde del mar en calma. Les sonrió a los demás a su alrededor sin que sus nervios se vieran afectados por el espectral aspecto que les daba la cara iluminada de verde. Tuvo el infantil impulso de gritarle a Hixon que venía detrás en el camión: «¿Qué te dije? ¡Nunca estuvo más baja la marea, o casi! ¡Di en el clavo!».
—Mira, mamita —dijo Ann—, una vid que crece en medio del camino.
No podía ser eso, Hunter lo sabía, pero debía de ser alguna especie de restos vegetales, quizá una rama desgarrada por la tormenta de la noche anterior y llevada allí por el viento. Se oyó un ligero ruido, como si las ruedas del Corvette hubieran aplastado algo sobre el camino. El coche se deslizó un poco y luego se enderezó, disminuyendo la marcha. Hunter lo hizo todo automáticamente, pues, como los demás, tenía la atención centrada en el extraordinario descenso que había experimentado el mar. Un kilómetro parecía ahora una gruesa subestimación. Se sintió en un principio asombrado, luego fascinado y por último sencillamente espantado.
El descenso por la colina hizo que la puesta de Sol resultara más veloz. La luz verdosa se volvió lóbrega. Aunque el mar se hallaba muy lejos, su olor resultaba fuerte y hediondo. No soplaba viento y, con excepción del ruido de los dos motores, reinaba un silencio general. No pasaban coches por la autopista costera, observó para sí..., y sólo entonces se dio cuenta de que la parte estúpida de su mente había estado esperándolos.
Empezaron a descender la última colina. Una vez más el coche resbaló una fracción de terreno, y en esta ocasión Hunter cambió a primera cuando lo enderezó.
—No recuerdo esa casa en ruinas —dijo Rama Joan pensativa.
—Y yo no recuerdo ese viejo bote allí fuera en el campo —dijo a su vez Margo desde el asiento de atrás.
Hubo un súbito chillido.
—Mirad esas aves blancas que picotean en la ladera —observó Wanda con voz aguda—. Vaya, creo que son gaviotas.
—Aquí viene otra vid —informó Ann—. No, dos. Oh, y un pez.
Al oír esa palabra el horror se apoderó de Hunter y la escena a su alrededor se convirtió en una pesadilla, aunque por el momento no sabía del todo por qué... Había algo espantosamente obvio que su mente se negaba a reconocer. Hixon estaba tocando la bocina detrás de él. ¿Querría adelantarlo el muy necio? Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro bocinazos significaban algo, pero no recordaba qué, porque ahora se daba cuenta de que el horror provenía de la ilusión de que estaban viajando bajo el mar: el silencio, la lóbrega luz verdosa, el camino negro que iba convirtiéndose imperceptiblemente en una suave cuesta legamosa, el hedor a pescado («¡y un pez!»), las algas que estallaban al pasar entre las dos «vides»...
Cuatro significa detenerse, había dicho Doc. Instantáneamente, pero con suma cautela, Hunter frenó. Al principio, el coche disminuyó apenas la velocidad. Luego, gradual mente, fue deteniéndose, girando sobre sí mismo a pesar del esfuerzo de Hunter por mantener el control desde el volante, y si se detuvo finalmente fue porque sus ruedas encallaron en unos montículos de lodo formados sobre la suave película cenagosa de unos tres centímetros de espesor en que se había convertido el camino.
Miró la ruta hacia atrás, simplemente porque el coche había dado casi una vuelta entera, y vio el camión, verde a los últimos rayos de sol, detenido a poco más o menos quince metros atrás. Las manos le temblaban sobre el volante y el corazón le palpitaba de prisa.
Fue Rama Joan la que expresó en palabras lo espantosamente obvio. Dijo de modo bastante natural:
—Debemos de haber dejado atrás la línea de la marea alta hace ya cuatrocientos metros.
Eso era lo que le ponía en tensión los músculos y le hacía latir el corazón, advirtió Hunter —y al advertirlo, empezó a calmarse—: sencillamente la idea de que una gran masa de agua salada de varios metros de altura lo había cubierto todo allí hacía sólo seis horas y se había retirado dejando vestigios de su vida, de su terreno y de sus despojos marinos, la misma agua salada que estaría de nuevo allí dentro de otras seis horas; la idea de que las mareas de unos pocos centímetros descendían ahora por debajo de las plataformas submarinas continentales y volverían a precipitarse otra vez hasta cubrir los pies de las montañas.
Las mujeres lo estaban tomando con una calma incomprensible, pensó. Le habría parecido más natural que se hubiesen puesto a gritar.
Hixon, Doddsy, Wojtowicz y McHeath habían bajado del camión y estaban acercándose. Caminaban de manera extraña: con las piernas rígidas y los codos hacia afuera. Aunque, claro, el camino cubierto de una capa de barro debía de estar muy resbaloso.
Hixon y Doddsy se detuvieron a su lado mientras los demás siguieron adelante. El Hombrecito dijo mirando hacia el mar:
—Es... —y las palabras, evidentemente, le faltaron.
El último fragmento de sol verde desapareció tras el horizonte, pero todo el cielo permaneció de ese mismo color: pálido como una ola transparente hacia el oeste, oscuro como un bosque hacia el este.
Se oía un latido rítmico, y Hunter se dio cuenta de que el motor del Corvette todavía seguía funcionando. Giró la llave de contacto y apagó el motor.
Sólo entonces advirtió que todos los demás debían de estar tan atónitos como lo estaba él.
Un par de minutos más tarde, todos estaban reponiéndose del sobresalto. Casi todos habían abandonado los coches y se mantenían erguidos con cautela sobre el lodo.
Wojtowicz y McHeath caminaban con dificultad colina arriba. Los pantalones de este último estaban cubiertos de barro y sus zapatos no eran más que grumos de cieno.
—No es posible conducir un coche por allí, señor Hunter —dijo animoso—. Hay treinta centímetros de espesor en la autopista.
Wojtowicz asintió enfático con la cabeza.
—El muchacho avanzó más que yo —afirmó—. Miren su aspecto.
—Y todo eso ha sido depositado en sólo tres mareas altas —dijo el Hombrecito sacudiendo la cabeza—. Asombroso.
—No hay nada que podamos hacer... —murmuró Hunter con amargura—. Tendremos que volver y coger ese otro camino con el cartel que indicaba que conducía a Vandenberg. —Miró a Hixon.— Tenías razón.
Hixon hizo una señal de asentimiento y examinó las ruedas embarradas del Corvette.
—Creo que puedo sacarte de esto —dijo—. Tengo una cuerda de remolque, y donde me he detenido la capa de lodo es mucho más delgada y está casi seca. Cuento con una tracción bastante buena. Y tengo cadenas si las necesito.
—No quiero ser un pájaro de mal agüero —dijo el Hombrecito—, pero cuando volvamos corremos el riesgo de toparnos con esos jóvenes imbéciles del valle.
Hixon se encogió de hombros.
—Ése es uno de los riesgos que tenemos que correr. No hay otro camino. Esperemos que el bloqueo que les interpuso Ross los haya detenido y se hayan dirigido a Malibú. Iré en busca de la cuerda de remolque.
Margo le dijo a Hunter:
—Hay sólo seis kilómetros hasta Vandenberg. ¿No podríamos ir caminando? Aun teniendo en cuenta el barro, no nos llevaría más de unas pocas horas.
Hunter le dijo en un áspero susurro:
—Usa la cabeza. En menos de unas pocas horas la autopista costera estará bajo las aguas. Aun este sitio estará a quince metros de profundidad o más.
—Oh, me estoy poniendo estúpida —suspiró Margo con cansancio—. Me gustaría... —Pero no dijo qué.
Él preguntó, más bien con amargura:
—¿Ya no resulta tan divertido vivir en la nueva realidad librada a ti misma?
Ella lo miró.
—No, Ross —dijo—, ya no lo es.
El Hombrecito interrumpió:
—Y cuando se trate de andar, debemos recordar que tenemos que cargar a Ray Hanks. No me gusta su estado, Ross. Le he dado todos los barbitúricos que debía, según creo. Se quedó dormido tan pronto como el camión se detuvo, pero probablemente se despierte cuando arranque otra vez. Sufre fuertes dolores.
En ese momento, Pop se acercó renqueando.
—Señor Hunter —dijo—, ya no puedo soportar seguir viajando en la parte trasera del camión. Estoy molido.
Hunter estaba por responderle con dureza cuando Ida dijo:
—Puede ocupar mi sitio en la cabina. Vosotros los hombres no sabéis cómo cuidar del señor Hanks y, de cualquier modo, ése es mi trabajo.
Hixon arrojó el extremo de la cuerda de remolque. —Átala a la parte delantera —le indicó a Hunter—. ¿Crees que puedes hacerlo?
—Yo lo haré —dijo Wojtowicz, cogiéndola primero. —Me imagino que el Corvette se está quedando sin gasolina —le dijo el Hombrecito a Hunter.
—Así es, señor Dodd —gritó Ann junto a su madre—. Estaba mirando la aguja e indica vacío.
—Iré en busca de una de las latas de reserva —dijo el Hombrecito.
Hunter asintió con la cabeza. Se sentía a la vez furioso e impotente. Todo el mundo lo reemplazaba. Doc habría encontrado algo gracioso que decir en esta situación, pero él no era Doc. Miró a Margo, que a su vez miraba el mar distante, y sintió un torvo deseo.
Sally Harris y Jake Lesher, envueltos en una manta, se sostenían cogidos por los codos para contar con más seguridad en el reborde bajo del tejado del ático. A medio metro del alero, hacia abajo, las ondas brillaban ricamente con los reflejos del Errante, en su faz de ojo de aguja, que Jake llamaba alternativamente la Mano que Aprieta —por la Serpiente Enrollada— y Pastel en el Cielo —por el Huevo Roto.
—Y pensamos que podríamos hacer una comedia con esto —dijo Sally suavemente.
—Sí —repitió Jake como un eco—, pensamos que podríamos montar un espectáculo colosal. Pero estábamos pensando todavía puertas adentro.
Sally miró a su alrededor las aguas negras sobre Manhattan y las pocas torres que ahora asomaban aquí y allá. —Imagina, algunas tienen todavía la luz encendida —comentó.
—Motores de gas en los terrados —explicó Jake—. O quizá baterías.
—¿Cuál es ése allí abajo? —preguntó Sally—. ¿El edificio Singer o el Irving Trust?
—¿Qué puede importar?
—Pero quiero recordar exactamente... O por lo menos saber exactamente, si no me es posible recordar.
—Olvídalo, Sal. Mira, he traído una botella de Napoleón. ¿Qué te parece un trago?
—Eres un encanto —dijo ella, tocándole la mano fría ligeramente con la suya, que no estaba más caliente. Y luego cantó muy suavemente, como para no perturbar las ondas que venían subiendo:
Oh, yo soy la chica del Arca de Noé y tú eres mi Náufrago Rey..
Nuestro amor no es tan grande como un guiño ni un solo pelo de un visón de plata...
Pero te has quedado conmigo y me diste un trago; nuestro amor es algo muy grande.
Richard Hillary y Vera Carlisle yacían a cierta distancia el uno del otro sobre el heno verde que habían encontrado en un pequeño establo en lo alto de las colinas Malvern. Richard pensaba inquieto: Anoche paja, hoy heno. Paja, sin semilla y seca, para la muerte. Heno, agrio y dulce, para la vida.
El Errante brillaba sobre ellos desde el oeste, una vez más con la faz de la X borrosa. El planeta se estaba volviendo tan espantosamente familiar como la faz de un reloj. Unos tres cuartos de hora atrás, Vera había dicho: «Mira, son las D y media».
No hacía frío. Soplaba una brisa casi cálida desde el suroeste: espectral, falta de naturalidad, inquietante.
Bien se habría podido pensar que presenciar cómo penetraba el Severn como un taladro en el valle, empujado por la marea, como un muro blanco desmoronado por la ruptura del octavo sello del Apocalipsis, fatigaría por completo los sentidos. Pero, como lo estaba comprobando Richard ahora, no es así como se comportan los sentidos. Esperar lo casi inimaginable sólo los vuelve más agudamente vívidos.
O quizás era sólo que estaban los dos demasiado fatigados, demasiado doloridos por las toxinas del cansancio como para poder dormir.
Vera le había contado antes su historia. Una mecanógrafa londinense que había sido rescatada del techo de un edificio de oficinas durante la segunda marea alta y había llegado al valle del Severn en un pequeño bote de motor navegando por las altas mareas, mientras Richard caminaba penosamente y viajaba a dedo por las barrosas mareas bajas, sólo para encontrarse varado en el borde de la oleada cerca de Deerhurst; ella era la única entre los que venían en el bote que había sobrevivido, según creía.
Hacía un momento, Richard le había pedido que contara su historia con mayores detalles, pero ella había protestado que estaba demasiado cansada. Después de escuchar los ruidos parásitos de la radio de transistores por un rato, Richard había dicho:
—Tira eso.
No lo hizo, pero la apagó. Ahora estaba diciendo suavemente:
—Oh, nunca dormiré, nunca. Mi mente se acelera más y más...
Richard giró sobre sí y le puso suavemente el brazo en torno a la cintura con su cara sobre la de ella, luego vaciló.
—Adelante —dijo ella mirándolo con una sonrisa extrañamente amarga—. ¿O tienes píldoras para dormir?
Richard pensó por un momento, luego dijo de manera más bien formal:
—Aunque las tuviera, preferiría toda la vida seguir despierto contigo.
Ella soltó una risita.
—Eres tan rígido —dijo.
Él la atrajo hacia sí y la besó. Ella tenía el cuerpo tenso y ajeno.
—Vera —dijo él. Luego la abrazó decidido—. Como mote cariñoso te llamaré Veronal.
Ella volvió a soltar una risita; más se reía de él que por la broma, pensó Richard, pero el cuerpo de ella se distendió. De pronto sus dedos se le hundieron en la espalda.
—Adelante, pruébame —le susurró en el oído con voz ronca—. Soy un somnífero fuerte, muy fuerte.

Barbara Katz se había sentido al principio deprimida al ver lo baja y estrecha que era la única cabina del Albatros, pero ahora se alegraba de que tuviera esas dimensiones, porque significaba que habría siempre una superficie de donde sostenerse cuando el barco se meciera o cabeceara más de lo esperado. Y el hecho de que el techo, ligeramente arqueado, fuera tan bajo, de algún modo lo hacía parecer más seguro, ya que una ola sólida daba contra él de manera ensordecedora.
La cabina estaba totalmente a oscuras, salvo cuando un relámpago resplandecía a través de los cuatro minúsculos ojos de buey o cuando Barbara utilizaba la linterna.
El viejo KKK yacía atado dentro de una manta sobre una de las pequeñas literas; Hester estaba a su cabecera con el bebé desconocido en brazos. Helen se había tendido en la otra litera lamentándose y vomitando por efecto del mareo, mientras Barbara se apretaba contra el pie de esa litera, como Hester lo hacía enfrente de ella. De vez en cuando Barbara palpaba a través de una trampa abierta en el tablado del suelo para comprobar si había agua. Hasta el momento no había sido mucha la que había entrado.
El Albatros había casi zozobrado antes de que la marea precipitada hacia el oeste lo hubiera liberado de los mangles que lo sujetaban. Luego, un árbol más alto por poco no lo tumba. Después había sido más bien divertido, hasta que las olas de la tormenta se hicieran tan altas y tan salvajes que todos, salvo Benjy, se habían visto obligados a bajar a la cabina.
Después de un prolongado silencio —es decir, después de escuchar prolongadamente nada más que el llanto del bebé, el crujir de los maderos, y las olas y el viento que daban contra el barco—, Barbara preguntó:
—¿Cómo está el señor K, Hester?
—Murió hace un ratito, señorita Barbara —replicó la otra—. Calla, ahora, niño, ya te has bebido tu leche enlatada.
Barbara digirió la información. Al cabo de un momento, dijo:
—Hester, quizá deberías envolverlo en algo y ponerlo adelante, hay sitio bastante; y tú deberías tenderte en esa litera.
—No, señorita Barbara —replicó Hester muy decidida—. No queremos correr el riesgo de que la cadera se le vuelva a romper o algo por el estilo. Se encuentra en buen estado, ahora, salvo que está muerto, y si lo dejamos yacer en paz, seguirá así. De ese modo tendremos la prueba de que cuidamos de él tanto como fue posible.
Helen se sobresaltó gritando:
—¡Oh, Dios, hay un muerto en la cabina! ¡Tengo que salir de aquí!
—¡Quédate acostada, negra loca! —ordenó Hester—. ¡Señorita Barbara, sujétela!
No hubo necesidad. Un nuevo acceso de mareo pudo con ella. Un momento después, los movimientos del Albatros dejaron de ser tan violentos. Las aguas ya no atronaron sobre el techo de la cabina.
—Le llevaré un poco de café a Benjy —dijo Barbara. —No, no lo haga, señorita Barbara.
—Sí, lo haré.
Cuando abrió cautelosamente la pequeña compuerta en la parte trasera de la cabina y asomó la cabeza, vio a Benjy arrodillado, con las piernas abiertas tras la pequeña rueda. Con su faz de cabeza de toro, el Errante brillaba a través de un desgarrón en las nubes.
Barbara salió arrastrándose. El viento la empujaba desde la proa, pero podía soportarlo, de modo que cerró de nuevo la compuerta, y siguió arrastrándose hacia Benjy.
Él sorbió el café del pequeño termo que le había llevado y se lo agradeció con un movimiento de cabeza.
Ella miró a su alrededor por sobre la carlinga. El Errante, que se desvanecía de nuevo tras las nubes, sólo mostraba con sus últimas luces las olas que, por cierto, se veían cada vez más altas.
—Creí que se estaba calmando —le gritó a Benjy por encima del viento.
Él le señaló la proa.
—Encontré un colchón —le gritó él a su vez—, y le até el extremo de una cuerda y el otro a la punta delantera de este bote, y lo arrojé sobre la borda. Sostiene el bote, de modo que éste cabecea ante el viento y las olas, pero se mantiene. Barbara recordó el nombre que tenía eso: ancla.
—¿Dónde crees que estamos, Benjy? —gritó.
La carcajada que soltó galopó en el viento.
—¡No sé si estamos en el Atlántico, en el Golfo o dónde, señorita Barbara, pero seguimos estando en la superficie!

Sally Harris y Jake Lesher bajaron del tejado del ático. A pesar de la actividad, estaban temblando de frío. Más allá de la balaustrada, el nivel de las ondas estaba bajando a un ritmo casi visible.
Sally miró la sala a la luz del Errante con su faz de mandíbulas abiertas, que ella llamaba Rin-Tin-Tin.
—Está todo hecho un desbarajuste —dijo—. Los muebles están tirados por todos lados. El piano está patas arriba. La alfombra negra ha quedado completamente arrugada, y todos esos cortinajes negros empapados parecen los de una morgue por la que hubiera pasado una tormenta. Ven, busquemos madera que haya dejado la marea o velas o algo con qué hacer fuego. Me estoy congelando.

Treinta y nueve
El Errante se puso su máscara de yin—yang por tercera vez. Durante dos días enteros había atormentado a la Tierra con fuego, inundaciones y temblores, y ahora lo hacía con tormentas. Bagong Bung dejó caer la pala, cogió el saco embarrado y se zambulló para llegar a tiempo a la balsa salvavidas anaranjada, que se escapaba nadando sobre la cresta de espuma de una ola. Cobber—Hume se cogió de él. Los cuatro capitanes insurrectos del Prince Charles, aterrados por los vientos huracanados que venían desde el este a través de la noche oscura, como diez mil aviones invisibles que zumbaran muy cerca de ellos, y por los altos regimientos de olas que marchaban bajo los vientos como granaderos negros, dirigieron el gran transatlántico atómico en busca de protección a una de las desembocaduras del Amazonas. Las olas empezaron a romper contra el Albatros otra vez, a pesar de su ancla marina. Un viento helado comenzó a soplar con fuertes ráfagas por el patio del ático, rizando los charcos de agua que allí había, y Sally Harris y Jake Lesher retrocedieron otra vez hacia la sala empapada. Wolf Loner vio dos cadáveres que pasaban flotando entre los despojos cada vez más abundantes.

El Corvette y el camión de los estudiosos de los platillos, con las luces delanteras como vigías, avanzaban a lo largo de la carretera de montaña, que tenía letreros sucesivos que indicaban el camino a Vandenberg Dos. Ya en dos ocasiones los apretados pasajeros, en su mayoría, habían tenido que desenredarse y bajar para traspalar y levantar deslizamientos de rocas y grava no lo bastante grandes como para que se justificara gastar la última carga de la pistola de impulsión. En cualquier momento podía aparecer un alud ante los rayos vigilantes de las luces delanteras del Corvette. Sobre las ruedas traseras del camión resonaban rítmicas cadenas.
La brisa del este que venía por sobre las montañas a sus espaldas era tibia..., afortunadamente para los que iban exhaustos y a la intemperie, con excepción de Hixon y Pop, que iban en la cabina del camión.
Salvo el de los motores y las ruedas, el único ruido que se oía era un sordo bramido rítmico y siseante que venía de adelante.
El Errante había salido dos horas después de la puesta del Sol y ahora rodaba sobre las mismas montañas del este en el cielo de color gris pizarra; su cálida luz vinosa y do rada creaba la ilusión de que era la fuente de la amistosa brisa. Ya no era del todo esférico, sin embargo, sino ligeramente giboso, como la Luna dos días después de estar llena. Un estrecho cuarto creciente negro cortaba el borde de su mitad purpúrea en su faz de yin—yang como si, imitando los movimientos de la Luna que había destruido, se dirigiera hacia el este alrededor de la Tierra o, más bien, alrededor de un punto entre los dos planetas. Rodeando flojamente su ecuador como una faja formada por un lazo cuajado de diamantes, el anillo de los fragmentos de la Luna resplandecían y chisporroteaban.
El camino ascendía ahora suavemente hacia un amplio collado cuyas laderas se elevaban en lisas cuestas de tierra hasta una cima baja, plana y rocosa. El Corvette llegó a la cumbre del collado, se dirigió a la derecha y se detuvo haciendo sonar cuatro rápidos bocinazos y apagando las luces. El camión llegó junto a él a la izquierda e hizo lo mismo.
Casi todos los miembros de la partida habían tenido ocasión, en un momento u otro de sus vidas, de mirar la niebla o una baja capa de nubes desde lo alto de una montaña o un avión, y ver los picos de las montañas alzarse desde ella, maravillándose de cuán plana es y cuánto se extiende. Ahora las mismas personas tuvieron durante un segundo o dos o tres la ilusión de que estaban siendo testigos del mismo espectáculo otra vez, a la Luna del Errante.
Este ilusorio océano de nubes nocturno empezaba a cincuenta metros escasos más allá y no a más de una docena de metros bajo ellos, y se extendía hasta el horizonte del oeste siguiendo de cerca a cada lado los contornos de las colinas. Había sólo una isla baja y plana, pero tan grande que se prolongaba hasta perderse de vista más allá de las oscuras laderas de las colinas hacia el norte. Desde las islas brillaban escasas luces rojas y blancas, y la luz del Errante revelaba dos conjuntos de edificios bajos y de muros y tejados de color pálido. Y ya desde los primeros momentos en que estuvieron mirando, hubo un ligero zumbido y un par de lucecitas rojas y verdes que llegaban oblicuas desde el sur: un avión acababa de aterrizar en la isla. Un estrecho de cuatrocientos metros separaba la isla de la tierra firme. Entonces la ilusión se desvaneció y uno por uno los estudiosos de los platillos fueron dándose cuenta de que no era un océano de nubes lo que se extendía hasta el horizonte, sino un océano salado, no agua en estado gaseoso, sino líquido, cuyas olas rompían rítmicamente contra la ladera de la colina y el camino descendente a cincuenta metros adelante; que la isla era Vandenberg Dos, y que el estrecho que había en el medio cubría, entre otras cosas, la autopista costera del Pacífico, donde giraba tierra adentro desde la base de las Fuerzas Espaciales, hogar del Proyecto Lunar..., de Morton Opperly y el mayor Buford Humphreys, de Paul Hagbolt y Donald Merriam, aunque estos dos últimos estaban ahora en otro sitio.
Al volante del Corvette, Hunter sintió en el hombro izquierdo unos dedos que se posaron ligeramente al principio, pero que luego apretaron con fuerza. Puso su mano derecha sobre esa mano, giró la cabeza y miró la cara de Margo —los rubios cabellos tirantes, los largos labios, las hambrientas mejillas, los ojos oscuros— y ella lo miró a su vez sin expresión alguna.
Sin apartar la mano de la suya, les gritó a los del camión:
—Acamparemos aquí, junto al mar. Cuando baje la marea, entraremos a Vandenberg Dos.
Don Merriam miraba por el hueco del ascensor el círculo de cielo que giraba armoniosamente al compás de la tormenta rojinegra, como si se hubieran elegido los colores para que hicieran juego con su guía, de pie silenciosamente a su lado.
El círculo crecía lentamente, luego con rapidez. Por fin, el ascensor se detuvo y su piso formó una vez más parte integral del pavimento plateado con grabados.
Nada parecía haber cambiado. El pilar de roca lunar que se precipitaba veloz todavía se elevaba como una torre gris que cuadruplicaba en altura al Everest. Más allá del pavimento vacío, las grandes estructuras plásticas se agazapaban en la distancia como un ejército de esculturas abstractas. El pozo bostezaba con sus barandillas de plata sin sostén.
Entonces Don vio que sólo un platillo —decorado con el signo de yin—yang violeta y amarillo— revoloteaba junto a la Baba Yaga. Su nave espacial resplandecía como si hubiera sido recién bruñida, y en lugar de la escalera, colgaba debajo de la cabina un tubo de metal, grueso como un hombre, que parecía estar enchufado a la superficie del Errante.
Más allá de la Baba Yaga, la nave espacial rusa también resplandecía como recién bruñida, y un tubo similar de metal, de aspecto extensible, salía de su cabina, que estaba emplazada cerca de la parte anterior.
El felinoide rozó ligeramente el hombro de Don y dijo en su acariciante inglés mal pronunciado:
—Te llevamos junto a un amigo terrestre. Tu nave ha sido provista de combustible y ajustada, y va con nosotros, pero navegarás en la mía primero. Habrá una transferencia en el espacio. No tengas miedo.
Paul Hagbolt despertó con un sobresalto. Tigerishka rugía a su lado:
—¡Despierta! Vístete. ¡Tenemos un visitante!
El respingo que dio al despertar lo apartó un metro de la ventana contra la que había estado descansando, de modo que por el momento todo lo que pudo hacer fue tantear impotente en la gravedad nula mientras intentaba quitarse el sueño de los ojos y la mente.
El sol interior estaba encendido otra vez, y de nuevo las ventanas eran de color uniformemente rosa, creando con las flores el efecto de un invernadero combinado con un boudoir.
Tigerishka estaba arrancando algunos objetos plegados por una puerta abierta en el Panel de Desechos. Procedió luego a arrojárselos a él.
—¡Vístete, mono!
Uno de ellos se le enganchó en una de sus garras y ella lo desgarró furiosa y lo arrojó después detrás de los otros. Paul, o más bien su cuerpo, interceptó los objetos sin dificultad, pues habían sido lanzados con buena puntería. Eran sus ropas, bien lavadas, con fresco olor a algodón y a otras telas, aunque los pantalones no tenían raya. Los tomó torpemente y dijo con voz todavía soñolienta:
—Pero, Tigerishka. . .
—¡Te ayudaré, mono estúpido!
Se le acercó de prisa y, cogiendo la camisa, intentó meterle un pie por la manga.
—¿Qué ha sucedido, Tigerishka? —preguntó él sin ayudarla—. Después de anoche...
—¡No me menciones nunca lo de anoche, mono! —rugió ella. La camisa se rompió y ella intentó meterle el pie en la próxima prenda que cogió, que resultó ser la chaqueta.
—Pero estás actuando como si estuvieras enfadada y avergonzada por lo de anoche —protestó él, sin tener en cuenta todavía sus esfuerzos por vestirlo.
Ella dejó de hacer lo que estaba intentando, lo cogió por los hombros mientras estaban allí flotando y miró colérica con sus ojos violetas los de él.
—¡Avergonzada! —repitió vibrante. Luego, muy fríamente—: Paul, ¿has masturbado alguna vez a un animal inferior?
Él se quedó mirándola a su vez como un estúpido, sintiendo que los músculos se le ponían tensos, especialmente los del cuello.
—¡No adoptes esa actitud de desconcierto! —le ordenó ella irritada—. Sucede continuamente en tu planeta. De un modo u otro lo hacéis con el fin de obtener semen de los toros y los sementales para emplearlo en la inseminación artificial... ¡y en otros casos!
Él preguntó sin alterarse:
—¿Quieres decir que lo que ocurrió anoche no fue una verdadera unión?
Ella siseó al oír eso, exactamente como un gato, y dijo con aspereza:
—¡Una verdadera unión hubiera hecho trizas tus frágiles genitales de antropoide! Fui una tonta, estaba aburrida, tuve lástima de ti. Eso fue todo.
Por un momento, Paul vio con claridad que una superbestia, a su nivel, puede padecer neurosis al igual que los antropoides parlantes, puede sufrir ataques de irrealidad, hacer lo incorrecto, aburrirse, malgastar el tiempo y los sentimientos. Se dio cuenta de qué solo y confuso debió de haber estado para pretender amar a un felino como si fuera una mujer, imaginar una pasión erótica por Miau...
Pero en ese momento, Tigerishka le aplicó una cachetada con una de sus patas y rugió:
—No sueñes, mono. ¡Vístete!
El frágil puente de entendimiento que su intuición había estado construyendo se desmoronó, aunque esto no se hizo evidente en seguida en la superficie, porque siguió siempre sin alterarse:
—¿Quieres decir que eso fue todo lo que significó la experiencia de anoche para ti? ¿Mostrarse amable con el animal doméstico?
Ella dijo con firmeza:
—Mis sentimientos de anoche fueron, en un noventa por ciento, lástima por ti y aburrimiento personal.
—¿Y el diez por ciento restante? —insistió él. Ella apartó de él sus grandes ojos.
—No lo sé, Paul. Sencillamente no lo sé —dijo muy tensa al tiempo que cogía su chaqueta otra vez—,. Oh, vístete tú mismo —siseó exasperada, y se dirigió al panel de control—. Pero hazlo de prisa. Nuestro vigilante ya está casi en la puerta.
Paul no hizo caso de eso. Una ardiente malicia estaba inundando su fría desdicha. Lentamente, se quitó la manga de la chaqueta del pie y dijo con tranquilidad:
—Me parece que lo de anoche empezó tratándote yo a ti como a un animalito doméstico, rascándote bajo el cuello y acariciándote el pelaje, y tú recibiste todo eso con avidez, respondiste como...
El suelo rosa se elevó y lo derribó, haciéndole doler la espina dorsal. Ella dijo:
—He puesto la gravedad que es normal en la Tierra para que pudieras vestirte. Oh, si tuvieras idea de lo que significa estar encerrada de este modo con un repulsivo cuerpo lampiño y una mente inferior, y tener que fatigar la garganta para emitir estúpidos sonidos...
Ahora, por fin, él había empezado a poner atención a sus ropas, aunque sin prisa, localizando los calzoncillos y los pantalones y extendiéndolos para ponérselos. Pero al mismo tiempo su malicia estaba en busca de algo —cualquier cosa, no importaba qué— para devolverle el golpe. Lo encontró bastante de prisa.
—Tigerishka —dijo lentamente, sintiéndose desacostumbradamente pesado pero muy cómodo al sentarse en el aterciopelado suelo rosa para ponerse los calzoncillos y al estirarse para coger sus pantalones—, te jactas de que nunca se te escapa un ardid mental. Por cierto, tu mente funciona mucho más de prisa que la mía. Presumiblemente, posees memoria eidética de todo lo que sucede a tu alrededor..., incluso de lo que espías en mi mente. Sin embargo, anoche, cuando mencioné las cuatro fotografías fundamentales de las estrellas que yo había visto —fotografías de un planeta que hacía una salida en falso del hiperespacio, ahora me doy cuenta—, me aseguraste que sólo pudo haber habido dos campos alterados, el primero cerca de Plutón y el segundo cerca de Venus.
»Bien, sea lo que fuere lo que piensas, hubo otros dos campos alterados, otras dos salidas en falso. —A estas alturas, sintió que ella estaba penetrando en su mente. No obstante, continuó:— Fueron la segunda y la cuarta de una serie, y en ellas aparecían Júpiter y la Luna.
Su respuesta más bien lo sorprendió. Dijo bruscamente:
—Tienes razón. Tendré que cotejarlo con el Errante sin demora. Podría ser... aquello de lo que tenemos miedo. —Se volvió rápidamente hacia el panel de control. Estaba ahora erguida sobre sus patas traseras, sujeta a la misma gravedad que Paul.— ¡Ve, dale la bienvenida a nuestro visitante!
Se abrió el orificio que servía de boca de acceso en el centro del piso rosa y por él ascendió, sin ver a Paul, un hombre vestido con el uniforme de las Fuerzas Espaciales de los Estados Unidos. Apoyó pesadamente los codos contra los bordes cuando el campo de gravedad artificial lo afectó, pero evidentemente no lo sobresaltó demasiado, pues alzó rápidamente el resto del cuerpo y entró al platillo.
Paul, que apenas se había puesto la camisa, también se puso apresuradamente de pie, y logró ver muy fugazmente el interior de un ancho tubo de metal corrugado antes de que volviera a cerrarse la boca de acceso.
El recién llegado, después de mirar a Tigerishka, dirigió la mirada a su alrededor.
—¡Don!
–¡Paul!
—Creí que te habías perdido en la Luna. ¿Cómo...?
—Y yo creí que tú estarías... no sé dónde. Pero ahora...
Los dos guardaron un torpe silencio, esperando que el otro empezara. Entonces Paul se dio cuenta de que Don lo estaba mirando de arriba abajo con curiosidad. Apresuradamente, se cerró la cremallera de los pantalones y se abotonó la camisa.
Don miró a Tigerishka durante un buen rato. Luego miró las flores y los demás elementos que había en el lugar. Su mirada recayó otra vez en Paul. Levantó las cejas, extendió las manos desvalido y sonrió con el aire de quien dice: «No interesa que el sistema solar se esté haciendo pedazos y estemos en un campo de gravedad imposible en un imposible platillo volante en medio del espacio... ¡Esto es tan gracioso como una farsa de alcoba!».
Paul se dio cuenta de que estaba ruborizándose. Se sintió furioso consigo mismo.
Tigerishka los miró desde el panel de control el tiempo suficiente como para decir rápidamente:
—¡Saludos, Donald Barnard Merriam! Por favor, disculpa al mono, se avergüenza de su desnudez. Pero supongo que también tú estás avergonzado. Realmente, ¡deberíais intentar usar un pelaje!

Cuarenta
Para los estudiosos de los platillos eran las dinosaurio y cuarto, como habría dicho Ann, pero estaba dormida. Por consiguiente, el Errante estaba poco más o menos una hora y quince minutos más alto en el cielo que cuando el Corvette y el camión habían ascendido uno al lado del otro al collado para contemplar la marea alta. Ahora ya habían cenado, se habían lavado y vendado los rasguños y las raspaduras que se habían hecho al quitar las rocas del camino, y más de la mitad de los estudiosos de los platillos estaban durmiendo dentro de los dos vehículos o a su alrededor, envueltos, a pesar de la relativa tibieza de la noche, en chaquetas, mantas y los bordes de la gran lona.
Tres figuras intimaban todavía alrededor del hornillo, donde hervía agua para el café: Pop, plegado sobre sí como una cochinilla de humedad y tocándose la dentadura por debajo de las mejillas apergaminadas con tanta solemnidad y acritud como si Dios fuera un dentista y él se dispusiera a demandarlo por incompetencia profesional; el Escobillón, sentado con las piernas cruzadas en la variante más fácil de la posición de loto —tobillo derecho sobre rodilla izquierda, rodilla derecha sobre tobillo izquierdo— y mirando al dinosaurio que rotaba hacia el este sobre el Errante, como si esa bestia dorada, que ahora tenía un aspecto más bien fálico, fuera el ombligo del cosmos; y el Hombrecito, en cuclillas y apuntando los acontecimientos y las observaciones del día en su libreta de notas a la luz del Errante.
Hunter, que tenía cogida la mano de Margo mientras ella caminaba a su lado, se detuvo junto al Hombrecito, le tocó el hombro y le dijo tranquilamente:
—Doddsy, la señorita Gelhorn y yo subiremos a la cima por el camino. Si se presenta alguna emergencia seria: cinco bocinazos.
El Hombrecito lo miró y asintió con la cabeza.
Desde atrás del hornillo, Pop miró la manta que Margo llevaba y luego apartó la mirada y dejó escapar a través de los labios un feo silbidito despectivo entre cínico y desaprobador.
El Escobillón abandonó su contemplación para mirar a Pop.
—Cállese —le dijo con suavidad y calma. Luego miró a Hunter y a Margo y, por sobre ellos, al Errante, y una sonrisa apareció en su cara fanática y abstraída, y con el índice derecho se trazó sobre la rodilla derecha pequeños arcos de Isis y dijo:
—Las lluvias de Ispan bendigan vuestro amor.
El Hombrecito se inclinó sobre su libreta de notas. Tenía los labios apretados como para ocultar una sonrisa o quizás ahogar una carcajada.
Hunter y Margo cruzaron el camino. Ann y su madre estaban acostadas envueltas en mantas más allá de la sombra del camión, y a Hunter le pareció que Rama Joan les sonreía con los ojos abiertos, pero cuando se acercó vio que los tenía cerrados. En ese momento advirtió con el rabillo del ojo la presencia de una alta figura erguida en la sombra del camión. Tenía a oscuras hasta la cara, sombreada por el ala de un sombrero negro doblada hacia abajo.
Un estremecimiento le recorrió a Hunter la columna vertebral, porque estaba seguro de que era Doc. Quería que Doc hablara y mostrara su cara, pero la figura sólo alzó las manos hasta el sombrero, se lo hundió todavía más en la cabeza y retrocedió, metiéndose entre las sombras.
En ese instante, Hunter sintió que los dedos de Margo apretaban fuertemente los suyos, y miró directamente entre las sombras del camión, pero la figura ya no estaba allí.
Siguieron andando sin comentar nada entre sí acerca de lo que habían visto. La hierba silvestre crujía ligeramente bajo sus pies mientras ascendían la cuesta bajo el gris mediodía de la medianoche del Errante. Tenían aguda conciencia del mar que estaba invadiendo las colinas —la marea alta, en su máximo, a quince metros de distancia; sus olas batían ya las laderas de las colinas—, y del Errante que invadía el cielo o, más bien, el espacio de la Tierra, trayendo consigo su propio cielo oscuro y perlado, de una extrañeza que invadía la vida de toda la humanidad, de la Tierra entera.
Se dirigieron a un bajo saliente de piedra y de allí a otro, y delante de ellos encontraron una roca gris rectangular cuya parte superior era plana, tan grande como el ataúd de un gigante. Margo tendió la manta sobre ella y se arrodillaron uno frente a otro. Se miraron intensamente sin sonreír o, si sus labios sonrieron en alguna medida, lo hicieron con crueldad, de manera devoradora. Los silencios entre las ondas de la marea se llenaban del rítmico latido de su sangre, más fuerte que el continuo estallido de las olas del mismo mar. Las colinas parecían responder como un eco a esos latidos y casi ceder moviéndose a su compás y el cielo parecía resonar. Margo abrió la cremallera de su chaqueta y puso junto a ella la pistola de impulsión, llevó las manos al cuello y empezó a desabotonarse la blusa, pero Hunter la reemplazó en esa tarea, y ella le recorrió el brazo con los dedos de la mano derecha hasta la barba, y se la cogió en el puño agarrando los pelos gruesos y hundiéndole los nudillos en la garganta. Entonces el tiempo pareció detenerse o, más bien, perder su urgencia de movimiento orientado; se convirtió en un espacio abierto en el que uno podía permanecer en lugar de un bajo corredor estrecho por el que uno estaba obligado a transitar. El mar y las rocas y las colinas y el cielo y el frío aire circundante y el amplio planeta en lo alto cobraron todos vida cada cual a su manera, convirtiéndose en las instalaciones de la habitación que constituye la mente o —mejor aún— en la mente que se prolongaba para abarcarlas a todas. Cuanta más conciencia cobraban recíprocamente de sus cuerpos, más, y no menos, intensa era la conciencia que cobraban de todo lo que los rodeaba, de lo más grande y lo más pequeño, hasta de la minúscula marca violeta, apenas de unos tres milímetros de longitud, de la escala en la empuñadura de la pistola de impulsión..., y tenían conciencia de las cosas invisibles, tanto como de las visibles, de los muertos tanto como de los vivos. Sus cuerpos y los cielos eran uno, el Sol devorador cortejaba al oscuro cuarto creciente lunar y era por fin recibido por él. Llevaban dentro las crecidas mareas punitivas y el mar con su inmensidad y sus tormentas y, por cierto, su calma. El tiempo se ensanchaba con paso silencioso, por una vez sin entonar el hechizo de la muerte, sino integrando la muerte con la vida.

Arriba, la dorada bestia fálica que se trasladaba al este a través del púrpura oscuro se convirtió en el dorso de la serpiente dorada enrollada alrededor del huevo roto, en la próxima cara horaria del Errante —la serpiente hembra que contiende con el productor de la simiente, lo estrecha y finalmente lo aplasta— mientras alrededor del gran planeta intruso los fragmentos de la Luna resplandecían y danzaban, semejante a millones de espermatozoides, una danza de súplica, de rivalidad, de ferocidad alrededor del óvulo.
Don Merriam había contado brevemente a Paul Hagbolt sus experiencias en el espacio y a bordo del Errante. Todo parecía confirmar gran parte de lo que Tigerishka le había contado a Paul, e hizo que reviviera en él el estado de ánimo que ella le había inducido con su narración, aunque estaba todavía afectado y ofendido por su posterior cambio de sentimientos. Ahora le estaba contando a Don lo que les había ocurrido a él y a Margo la noche de la aparición del Errante —en el simposio sobre platillos volantes y junto al portón de Vandenberg y entre las olas levantadas por los temblores—, cuando Tigerishka interrumpió con brusquedad.
—¡Basta de charla, por favor! Tengo algunas preguntas que formularos.
Estaba erguida junto al panel de control enramado; presumiblemente, había estado en silencioso contacto con sus superiores. Paul y Don estaban sentados en el suelo rosado, al otro lado del cual Miau efectuaba sus esporádicas salidas, haciendo piruetas, de los bancos de flores, evidentemente muy intrigada o, cuando menos, estimulada por la imitación de la gravedad terrestre.
—¿Habéis sido vosotros dos, seres, bien tratados aquí y durante los contactos que tuvisteis con mi gente? ¿Donald Merriam?
Él se quedó mirándola, pensando en cuánto se parecía, salvo por el color del pelaje, a la felinoide que había visto atrapar a un pájaro de color topacio y beber su sangre con la actitud de una bailarina que toma un bocado después de la función en el teatro.
—Después que huí de la Luna, gracias enteramente a mis propios esfuerzos, que yo sepa, fui cogido por dos de vuestras naves, escoltado hasta el Errante, mantenido en una habitación confortable durante dos días aparentemente, y traído aquí. Nadie habló mucho conmigo. Creo que mi mente fue vuelta del revés e inspeccionada. En una visión onírica se me mostraron muchas cosas. Eso es poco más o menos todo.
—Gracias. Ahora tú, Paul Hagbolt, ¿has sido bien tratado?
—Bueno... —empezó él, sonriendo interrogativamente.
—Un simple sí o no será suficiente —dijo ella severamente.
—Pues entonces..., sí.
—Gracias. Pregunta número dos: ¿Habéis sido testigos de que vuestro pueblo de la Tierra ha recibido auxilio en varias ocasiones frente a las dificultades provocadas por las mareas?
Paul dijo:
—Vi las cosas que me mostraste sobre Los Ángeles, San Francisco y Leningrado: incendios apagados por lluvias y mareas invertidas por algún campo de repulsión.
Don dijo a su vez:
—Creo que vi imágenes televisadas de lo mismo en una habitación enorme del Errante durante el tiempo que soñé o fui verdadero testigo en estado de vigilia.
—Fue un auténtico testimonio —le aseguró ella—. Pregunta...
—Tigerishka —interrumpió Paul—, ¿tiene todo esto algo que ver con las dos fotografías de las estrellas que no corresponden con las salidas en falso que hizo el Errante del hiperespacio? ¿Tenéis miedo de que los que os persiguen os alcancen y preparáis una defensa de vuestras acciones aquí? Don lo miró sorprendido —Paul no le había contado nada hasta el momento acerca de la historia de Tigerishka, pero ella simplemente dijo:
—Deja dé parlotear, mono..., quiero decir, ser. Sí, es posible. Pero, pregunta número tres: En la medida en que estéis enterados de ello, ¿vuestros compañeros han sufrido por causa del Errante?
Don dijo con aspereza:
—Mis tres compañeros de la Base Lunar murieron cuando la Luna fue destruida.
Ella hizo un breve movimiento de cabeza y dijo:
—Puede que uno de ellos haya sobrevivido..., lo estamos comprobando. ¿Paul Hagbolt?
—Justamente le estaba hablando a Don acerca de eso, Tigerishka. Margo y la gente de los platillos se encontraban bien cuando los vi por última vez..., quiero decir, por lo menos estaban vivos, aunque en medio de las olas levantadas por los temblores que vosotros intentasteis disminuir. Pero eso fue hace dos días.
—Están todavía con vida —aseguró Tigerishka. Los ojos violeta le resplandecieron y sus labios dibujaron una sonrisa humanoide cuando agregó—: He estado vigilándolos..., vosotros los mortales nunca os dais cuenta de cuánto se preocupan los dioses por vosotros: todo lo que veis son las inundaciones y los terremotos. Sin embargo, no os pediré que aceptéis mi palabra: ¡os lo mostraré! Poneos de pie, por
favor, los dos. Os enviaré a la Tierra para que lo veáis por vosotros mismos.
—¿Quieres decir en la Baba Yaga? —preguntó Don mientras obedecían—. Como estoy seguro de que lo sabes, está acoplada a este platillo por un tubo espacial y se me dio a entender que yo..., es decir, que nosotros ahora, Paul y yo, podríamos utilizarla para volver a la Tierra. Creo que la Baba Yaga puede lograrlo si nos dejan sobre la atmósfera sin velocidad orbital como para que...
—No, no, no —interrumpió ella—. Más tarde haréis eso..., dentro de una hora o dos, digamos, y en el centro espacial de vuestro Vandenberg Dos, que está sólo a ochocientos kilómetros debajo de nosotros ahora, entre paréntesis... Pero ahora os enviaré allí de un modo mucho más veloz. ¡Poneos frente al panel de control! ¡Permaneced juntos!
Don comentó con una risa algo torva:
—Es como si fuera a sacarnos una radiografía. Tigerishka dijo:
—Eso es poco más o menos lo que voy a hacer.
La luz solar dentro del platillo empezó a menguar. Miau, como si se oliera alguna diversión, salió haciendo piruetas de las flores y se restregó contra sus tobillos. Siguiendo un impulso, Paul cogió en brazos a la gatita.
Margo y Hunter se habían vestido, habían doblado las mantas y habían empezado a caminar cuesta abajo cogidos por el brazo, estrechamente unidos entre sí y con el cosmos a la luz que los invadía después de haber hecho el amor, cuando oyeron una voz que llamaba débilmente:
—¡Margo! ¡Margo!
Debajo de ellos, al pie de la cuesta, se extendía el campamento alrededor de los dos coches. Nadie se movía en él. La luz del Errante, que descendía desde su faz de huevo con la serpiente, mostraba figuras tapadas y acostadas. La sombra proyectada por el camión había disminuido de tamaño al haberse elevado el Errante en el cielo, pero estaba todavía allí.
La voz, sin embargo, no parecía venir del campamento, sino del aire.
Miraron al mar, y éste se había retirado diez metros o más, dejando una ancha franja de la ladera oscurecida hasta donde había llegado la marea alta. El agua que había ahora entre ellos y Vandenberg Dos se parecía a un río con islotes aquí y allá. Levantaron la mirada y, contra el cielo gris oscuro, vieron las figuras ligeramente luminosas de dos hombres que descendían por el aire, erguidos y, sin embargo, con los pies inmóviles. Las figuras descendían de manera oblicua, velozmente y sin peso, y desaparecieron tras la ladera de la colina, a mitad de camino entre ellos y el campamento.
Hunter y Margo se cogieron fuertemente entre sí, helados de terror y con la piel de gallina, porque los dos recordaron la figura que habían visto a la sombra del camión, y habían creído que una de las figuras sin peso era la de Doc, y la visión completa, otra manifestación fantasmal o continuación de la primera, aunque más pronunciada.
Esperaron unos segundos y al no ocurrir nada más, avanzaron unos pasos más cuesta abajo. Margo miró hacia adelante y retuvo el aliento con horror, retrocediendo dos pasos súbitamente, como ante una serpiente, arrastrando a Hunter consigo.
En el suelo, delante de ellos, emergían las cabezas de dos hombres, con el cuerpo oculto por la tierra hasta los hombros. Las facciones resultaban borrosas, aunque una de las neblinosas caras le resultó familiar a Hunter. Los cuellos y los hombros identificaban a una de las figuras como un astronauta uniformado y, a la otra —la que le era familiar—, como un civil. Se le ocurrió a Hunter de pronto cómo se parecía eso al encuentro de Ulises con los espíritus de los muertos en los Infiernos; estos dos espíritus no habían sido convocados por la sangre caliente derramada de un toro, sino por la propia sangre palpitante y la de Margo cuando habían hecho el amor.
Entonces las dos figuras se alzaron del suelo, no por sus propios medios, pues no movieron manos ni pies, sino levantados por un poder exterior a ellos, hasta que sus pies tocaron la superficie del terreno, pero no como si estuvieran de pie sobre él, sino como si se hubieran quedado allí flotando, frente a Hunter y a Margo, a dos metros de distancia. Entonces lo que estaba borroso se enfocó y Margo exclamó con voz estrangulada:
—¡Don! ¡Paul! —aunque se cogió de Hunter más fuerte al pronunciarlo; también él reconoció la segunda figura. La figura de Paul sonrió y abrió los labios, y una voz que se sincronizaba perfectamente con sus movimientos, pero que no venía de la garganta, dijo:
—Hola, Margo y profesor... Disculpe mi falta de memoria. No somos fantasmas. Esto es simplemente una forma avanzada de comunicación.
De manera similar, la figura de Don dijo:
—Paul y yo te estamos hablando desde un pequeño platillo en el espacio, entre vosotros y el Errante, pero más cerca de la Tierra. Es maravilloso verte, Margo, querida.
—Así es —convino Paul—. Me refiero a lo de estar en el platillo. Es el mismo que me recogió. Mira... —levantó algo que tenía en las manos—. ¡Aquí está Miau!
La gatita permaneció quieta un instante, luego sus labios se echaron hacia atrás, emitió un siseo y se desvaneció en la oscuridad con un remolino producido por sus propias patitas.
La figura de Paul frunció el entrecejo, se llevó una mano a los labios y se la chupó; luego explicó:
—Está excitada. Es todo un poquito extraño para ella.
Margo soltó a Hunter, extendió los brazos y avanzó tendiendo una mano hacia Paul, pero llevando la otra a la mejilla de Don y levantando la cara para besarlo.
Pero la mano atravesó la mejilla y, con un pequeño jadeo nervioso —no tanto provocado por el miedo, sino por la exasperación que le producía su propio nerviosismo—, Margo volvió junto a Hunter.
—Somos sólo imágenes tridimensionales —explicó Paul con una sonrisa burlona—. El tacto no se transmite en este sistema. Aquí, en el platillo, vemos vuestras dos imágenes, aunque no siempre juntas en el platillo, especialmente cuando estaban entrando en foco. Resulta algo bastante extraño, si me perdona que así lo diga, profesor...
—Me llamo Ross Hunter —dijo él, logrando por fin hablar.
Don le dijo a Margo:
—Lamento ser tan insustancial que ni siquiera puedo recibir un beso, querida. Ya lo compensaré cuando realmente te vea. Entre paréntesis, he estado en el Errante.
—Y yo he estado hablando con una de sus criaturas —intervino Paul—. Es toda una persona... Tendrías que verla. Quiere que nosotros...
Hunter interrumpió:
—Usted ha estado en el Errante, usted ha estado hablando con ellos... ¿Quiénes son? ¿Qué están haciendo? ¿Qué quieren?
Paul dijo:
—No tenemos tiempo de intentar contestar preguntas de ese tipo. Como iba a decir, nuestra..., bueno, nuestra captora... quiere que nos aseguremos de que habéis sobrevivido a las mareas y que estáis todos a salvo. Ésa es la mitad del motivo de esta... visita.
—Estamos a salvo —dijo débilmente Margo—, en la medida en que uno pueda estarlo en la Tierra.
—Toda nuestra partida ha sobrevivido hasta ahora —detalló Barbitas—, con excepción de Rudolph Brecht, que murió en un accidente en la montaña.
—¿Brecht? —preguntó Paul dubitativo, frunciendo el entrecejo.
—¿No lo recuerdas? Lo llamábamos Doc —le explicó Margo.
—Pues claro —dijo Paul—, y llamábamos a ese ridículo viejo chiflado el Escobillón, y al profesor Hunter, Barbitas. Discúlpeme, profesor.
—Por supuesto —dijo Hunter con impaciencia—. ¿Cuál es el otro motivo de esta visita?
—Haceros saber que si todo va bien —explicó Don—, aterrizaremos en Vandenberg Dos dentro de unas pocas horas, probablemente, en mi nave espacial.
—Don, por lo menos, lo hará —añadió Paul—. Ahora tenemos que quedarnos allá arriba en el espacio. Quizás el Errante esté en peligro, se está preparando una situación de emergencia.
—¿El Errante, en peligro? —repitió Margo incrédula, casi sarcástica—. ¿Se está preparando una situación de emergencia? ¿Qué nombre le das a lo que viene sucediendo desde hace dos días?
Hunter se dirigió a Don:
—Estamos a la vista de Vandenberg Dos, como sabe, y tenemos planeado ir allí tan pronto como podamos.
—Estamos tratando de encontrar a Morton Opperly —intervino Margo automáticamente.
Don le dijo a Hunter:
—Eso está bien. Si le lleváis noticias de mí, os será más fácil entrar. Dígale a Oppie que el Errante tiene aceleradores lineales de diez mil kilómetros de largo y un ciclotrón de ese diámetro. ¡Eso debería convencerlo de algo! Me vendría bien que estuvieran enterados de mi intención de aterrizar de antemano. —Miró a Margo.— Entonces podré besarte de manera adecuada, querida.
Margo lo miró a su vez, y dijo:
—Y yo te besaré a ti, Don. Pero quiero que sepas que las cosas han cambiado. Yo he cambiado —y se acercó más a Hunter para indicarle a qué se refería.
Hunter frunció el entrecejo y apretó los labios sobre los dientes, pero luego la rodeó fuertemente con el brazo y dijo escuetamente:
—Así es, en efecto.
Antes de que Don pudiera decir nada, si es que iba a hacerlo, el terreno se volvió de pronto rojo brillante, se desvaneció, y se volvió rojo otra vez. Lo mismo estaba ocurriendo con todo el paisaje: relampagueaba rojo, luego oscurecía y de nuevo enrojecía, como rítmicos y silenciosos fogonazos. Hunter y Margo miraron hacia arriba e inmediatamente apartaron la mirada de los enceguecedores resplandores rojos que se encendían y se apagaban en los polos norte y sur del Errante, enrojeciendo rítmicamente sus capas polares y todo el cielo de la Tierra. Nunca en sus vidas habían visto nada semejante a esas fuentes brillantes de luz monocromática.
—El momento de emergencia ha llegado —dijo la imagen de Paul; la luz roja la atravesaba volviéndola aún más irreal—. Tendremos que interrumpir esta conversación.
La imagen de Don agregó:
—El Errante está llamando a sus naves. Hunter dijo vigorosamente:
—Lo comunicaremos en Vandenberg Dos. Os veremos allí. Oppie: aceleradores lineales de diez mil kilómetros y un ciclotrón de ese diámetro. ¡Buena suerte!
Pero las dos imágenes habían ya desaparecido. No se desvanecieron ni se trasladaron, sencillamente se apagaron. Hunter y Margo miraron hacia abajo la ladera de la colina iluminada de rojo. Hasta las olas estaban rojas, como la espuma de un mar de lava. El campamento estaba en movimiento: se agrupaban, señalaban.
Pero uno de sus miembros estaba más cerca. Desde detrás de una roca, a unos cinco metros de distancia, el Escobillón los miraba interrogativo, con envidia; a la luz roja que rítmicamente le bañaba la cara se veía en sus ojos un hambre insaciable

Cuarenta y uno
Sus telescopios les mostraban la situación astronómica con bastante claridad —la captura y la destrucción de la Luna, los extraños diseños sobre la superficie del Errante—, pero eso era todo.
No sólo la alerta roja era claramente visible para Tigran, sino también sus ecos visuales rojo oscuro que llegaban desde el lado nocturno de la Tierra. Empezó a anotar: Krasniya molniya...», y se interrumpió luego para golpearse las mejillas con los nudillos con frenética curiosidad frustrada, y a pensar: ¡Relámpago rojo! ¡Madre de Lenin! ¡Sangre de Marx! ¿ Y después, qué? ¿ Y después, qué?
A cien millones de kilómetros de la Tierra, el astronauta Tigran Biryuzov podía ver la alerta roja claramente mientras él y sus cinco camaradas trazaban una órbita alrededor de Marte en las tres naves de la Primera Expedición del Pueblo Soviético. Para Tigran, la Tierra y el Errante eran dos brillantes planetas tan distantes el uno del otro como dos estrellas vecinas de las Pléyades. Aun en el espacio sin aire, sus formas de cuarto creciente no eran del todo evidentes a simple vista para el astronauta comunista.
Las comunicaciones por radio con su nación habían quedado interrumpidas desde la aparición del Errante, y durante dos días los seis hombres habían estado bastante desconcertados, pues no sabían lo que ocurría en la siguiente órbita en dirección del Sol. El proyectado descenso sobre la superficie de Marte, que debería haber tenido lugar diez horas atrás, se había postergado.
Los estudiosos de los platillos tenían muchas preguntas que hacer acerca de la conversación exasperantemente limitada sostenida con Paul y Don. Cuando Hunter y Margo hubieron terminado de contestarlas, la alerta roja había cesado de relumbrar, y la marea, en rápida retirada, había dejado al descubierto gran parte del camino a Vandenberg, y hasta una extensión de la autopista costera del Pacífico.

Hixon lo resumió todo señalando el Errante con el pulgar.
—De modo que tienen platillos, lo que ya sabíamos. Y tienen pistolas de energía que pueden disparar rayos capaces de deshacer montañas y tal vez también horadar planetas. Y tienen una TV tridimensional mucho mejor que la nuestra, lo cual tiene sentido. Pero, según se supone, están en peligro, lo cual no lo tiene. ¿Por qué habrían ellos de estar en peligro?
—Quizá otro planeta los persigue —dijo Ann. —Cualquier cosa menos eso, Annie, por favor —protestó Wojtowicz—. Un planeta extraño es todo lo que puedo soportar.
En ese momento el paisaje se iluminó, y Clarence Dodd, que era el único de ellos que estaba mirando hacia el este, emitió un único sonido estrangulado, como si hubiera in tentado gritar y el grito se le hubiera atragantado, retrocedió y al mismo tiempo señaló con la mano el este por encima de las montañas. Allí suspendida, entre el Errante y el aserrado horizonte oriental, había una forma gibosa con un diámetro que casi doblaba el del planeta, de un color gris acero brillante con excepción de una parte clara resplandeciente a mitad de camino entre su extremo redondeado y su otro extremo más aplanado.
Margo pensó: Ahora el cielo está demasiado pesado..., tiene que caer.
El Escobillón pensó: clamó una voz como la de una trompeta, y habló, y el Cordero abrió otro sello... y otro... y otro. .. y otro...
Wojtowicz exclamó:
—Dios mío, Ann tenía razón. Es otro planeta.
—Y es más grande —agregó la señora Hixon.
—Pero no es redondo —protestó Hixon, casi enfadado.
—Sí, lo es —lo contradijo Hunter—, sólo que está parcialmente en sombra, más que el Errante. Está tan en sombra como lo estaría la Luna si todavía existiera.
—Está a una distancia del Errante de por lo menos siete veces el diámetro de este último —calculó el Hombrecito, tan rápidamente recuperado de la primera impresión que ya estaba sacando su libreta de notas—. Eso son quince grados. Una hora. —Destapó su pluma y consultó el reloj. —La parte iluminada es el reflejo del Sol.
—Su superficie debe de ser como la de un espejo opaco —dijo Rama Joan.
—No me gusta el nuevo planeta, mamita —protestó Ann—. El Errante es nuestro amigo, todo dorado y hermoso, pero éste tiene una armadura.
Rama Joan apretó la cabeza de la niña contra su cintura, pero mantuvo la mirada sobre el nuevo planeta mientras decía con voz cantarina.
—Creo que los dioses están en guerra. El demonio desconocido ha venido a luchar contra el demonio que conocemos.
El Hombrecito, que ya estaba tomando notas, dijo ansioso:
—Llamémoslo el Extraño... Es un nombre bastante bueno.
El joven McHeath pensó: O podría llamarlo Lobo... No, eso podría confundirse con las Mandíbulas.
La señora Hixon les gritó:
—¡Oh, por amor de Dios, ahorradnos la poesía! Un nuevo planeta significa más mareas, más temblores de tierra, más Dios sabe qué.
Durante todo ese tiempo, Ray Hanks había estado llamando quejoso desde el camión:
—¿De qué estáis hablando? No puedo verlo desde aquí. Que alguien me lo diga. ¿Qué es?
El joven Harry McHeath estaba pensando en lo afortunado que era el estar allí y estar vivo, qué maravilloso era haber nacido para ser testigo de todas estas cosas, qué miserables eran todos los que se las perdían. De modo que era natural que la queja de Ray Hanks le llegara. Subió de un salto a la parte trasera del camión, cogió un espejo y lo puso de modo tal que Hanks pudiera ver en él el reflejo del Extraño.
Wanda, Ida y el Escobillón habían estado juntos de pie. Ahora Wanda se sentó simplemente en el suelo donde estaba, puso la cara entre las manos y sollozó en voz alta:
—Esto es demasiado. Creo que me va a dar otro ataque al corazón.
Pero Ida dio unos golpecitos al Escobillón en el hombro.
—¿Qué es, Charlie? ¿Cuál es su verdadero nombre? ¡ Explícamelo!
El Escobillón miraba fijamente al Extraño con una expresión torturada y dijo finalmente con una voz que, aunque sonaba derrotada, tenía un extraño matiz de alivio:
—No lo sé, Ida. Sencillamente, no lo sé. El universo es más grande que mi mente.
En ese instante, dos líneas brillantes salieron de los costados del Extraño y se dirigieron hacia el Errante en el tiempo que un reloj pulsera tarda en marcar un segundo, una por delante y la otra por detrás, y siguieron luego, según parecía, más lentamente a través del cielo gris, tan rectas como si hubieran sido trazadas con una regla y luminosa tinta azul. Pero cuando la línea azul pasó frente al Errante hubo una erupción de blancos destellos de una claridad casi enceguecedora.
Una de las líneas partía del lado oscuro del Extraño tiñendo ligeramente el cuarto creciente negro de azul y revelando su forma y la esfericidad de su cuerpo entero.
—Jesús, es una guerra. —Una vez más, Wojtowicz fue el más rápido en reaccionar verbalmente.
—Rayos láser —dijo el Hombrecito—. Rayos de luz sólida. Pero tan grandes..., es casi increíble.
—Y sólo estamos viéndolos de lado —intervino Hunter con espantado asombro—, el filtrado. Supón que hubiera que mirarlos de frente. ¡Un millón de soles!
—Un centenar, de cualquier modo —dijo el Hombrecito—. Si uno de esos rayos apuntara sólo un instante la Tierra...
El azul y el acero despertaron una intuición en la mente de Hixon.
—Os diré una cosa —dijo excitado—: ¡el nuevo planeta es la policía! Ha venido a arrestar al Errante por perturbarnos.
—Bill, estás loco —le chilló la señora Hixon—. Pronto estarás diciendo que son ángeles.
—¡Espero que luchen! ¡Espero que se destruyan entre sí! —chilló Pop con voz aguda y todo el cuerpo tembloroso mientras les mostraba el puño—. ¡Espero que se quemen el uno al otro hasta las tripas!
—Por cierto que yo no —dijo Wojtowicz, trazando un pequeño círculo extraño al andar mientras miraba el cielo—. ¿Qué impediría entonces que fuéramos alcanzados? ¿Le gustaría que se librara una batalla en el patio trasero de su casa? ¿Le gustara ser un pato posado a la espera de una bala perdida?
Hunter dijo con rapidez:
—No creo que el rayo cercano le esté dando al Errante. Creo que le está dando al anillo de la Luna, y desintegra los fragmentos que toca.
—Eso es exacto —dijo el Hombrecito con naturalidad—. Esos rayos que encierran al Errante como un paréntesis me parecen disparos de amenaza.
Hixon lo oyó.
—Lo que dije, un arresto —señaló con ansiedad—. Ya sabéis, « ¡No os mováis o disparo a matar!».
Los brillantes rayos azules se extinguieron en sus fuentes y fueron apagándose en toda su extensión tan velozmente como habían aparecido. Dejaron tras sí dos imágenes consecutivas de color amarillo trazadas sobre el cielo gris, pero trasladándose con los ojos que las miraban. Sin embargo, los dos rayos azules originales, aunque acortándose y desvaneciéndose de prisa, todavía podían verse avanzar más allá del Errante como azules gusanos rectos hacia la infinitud gris.
Hixon dijo:
—Dios mío, creí que esto no terminaría nunca. Deben de haber disparado durante dos minutos.
—Diez y siete segundos —le informó el Hombrecito; acababa de consultar su reloj de pulsera—. Es un hecho comprobado que en una crisis la estimación del tiempo varía ampliamente, y es posible que los testigos no estén de acuerdo casi en nada. Eso es algo que nosotros debemos vigilar.
—Eso es cierto, Doddsy, no tenemos que perder la cabeza —convino Wojtowicz, trazando ahora el círculo casi a saltitos, con la voz alegre—. Siguen dándonos una sorpresa tras otra, y todo lo que podemos hacer es recibirlas. ¡Uiii jo! Es como un frente de guerra..., como sentarse a presenciar un bombardeo.
Como si la palabra «bombardeo» hubiera apretado un gatillo, de alrededor de ellos llegó un bramido apagado, y luego una vibración y poco después el camino bajo sus pies empezó a estremecerse. Los resortes bajo el Corvette y el camión gimieron y gruñeron. Ray Hanks se quejo de dolor y McHeath, todavía parado a su lado, tuvo que sostenerse del costado del camión para no salir disparado.
A un observador circunstancial le habría parecido que todos se habían unido a la extraña danza circular de Wojtowicz, con paso vacilante. Una de las mujeres gritó, pero la señora Hixon lanzó juramentos obscenos y Ann exclamó:
—¡Mamita, las rocas están saltando!
Margo oyó eso y miró cuesta arriba, al sitio en el que ella y Hunter habían estado, y vio piedras que caían en fantásticos saltos..., entre ellas, pensó, el gigantesco ataúd sobre el que habían extendido la manta. Sin que la extraña ráfaga de culpa que la recorrió la demorara, sacó la pistola de impulsión de su chaqueta y se afirmó con la otra contra el Corvette; pero no había estabilidad allí, sino un estremecimiento mayor. Las piedras avanzaban. Hunter vio lo que ella estaba haciendo y saltó a su lado gritándole:
—¿La flecha apunta hacia el cañón?
Ella gritó a su vez:
—¡Sí! —Y cuando las piedras convergían como grises bestias saltarinas, apuntó la pistola de impulsión en medio de ellas y, esforzándose por mantenerse en pie, bajó el dedo sobre el gatillo.
Mientras los temblores iban disminuyendo, las piedras redujeron también la velocidad de su frenético descenso aplastante y parecieron transformarse en grandes almohadas grises, rodando en lugar de saltar, para quedar finalmente inmóviles junto al camino, casi a los pies de Margo; el ataúd del gigante estaba al borde de donde había estado la sombra del camión.
Hunter le apartó el dedo del gatillo y miró la escala de la empuñadura. Ya no había violeta.
Recorrió con la vista los cuatrocientos metros de la carretera de montaña hasta la autopista costera y, milagrosamente, no parecía haber nuevos deslizamientos. El agua había desaparecido por completo, aunque remolineaba salvaje a la distancia. Del otro lado de la autopista resplandecía brillante el cerco de alambre tejido que guardaba el pie de Vandenberg, mientras que del otro lado de la desembocadura de la carretera de montaña se destacaba el gran portón.
Arriba brillaban el Errante y el Extraño; el primero entraba en la faz de las tres manchas —la etapa de media hora entre el huevo y la serpiente y el mandala—; el segundo, tan fríamente sereno como si su gravedad no tuviera nada que ver con el terremoto recién desencadenado.
En el vibrante silencio, Ida se estaba lamentando:
—Oh, mi tobillo.
Wojtowicz preguntó con voz burlona:
—¿Qué hacemos ahora? ¿Cuál es el siguiente número del espectáculo?
La señora Hixon le dijo con un rugido:
—¡No hay nada que hacer, payaso! ¡Éste es el fin! Hunter empujó a Margo dentro del Corvette y después entró él; luego se puso de pie detrás del volante y tocó la bocina para llamar la atención. Dijo en voz alta:
—¡Meteos en los coches! Arrojad vuestras cosas en la parte trasera del camión si queréis, pero apuraos. Nos dirigimos a Vandenberg.

El Extraño dio a muchos que lo vieron la sensación a que Wanda y la señora Hixon prestaron voz: «Esto es demasiado. Éste es el fin». Entre estos pesimistas, los de inclinación más científica observaron que el Extraño estaba lo bastante cerca del Errante —sólo a unos sesenta kilómetros si estuviera a la misma distancia de la Tierra— como para que su gravedad aumentara en amplia medida las grandes mareas que el Errante había provocado, en lugar de compensarlas.
Pero muchos otros se sintieron infantilmente encantados con el nuevo planeta de color acero y los excitantes rayos que disparaba. Por un rato, por lo menos, el espectáculo astronómico los distrajo de sus preocupaciones, sus dificultades y hasta de sus problemas de vida o muerte. En el mar azotado por la tormenta, en algún sitio cerca de Florida (horizontal, no verticalmente), Barbara Katz le gritó desde la popa del Albatros al espíritu del viejo KKK:
—¡Excitantes Historias de Maravilla! ¡Oh, es hermoso!
Y Benjy le gritó a ella solemnemente:
—¡Es por cierto una maravilla, señorita Barbara!

—Vaya, este segundo acto tardó mucho en llegar —protestó Jake Lesher ante Sally Harris mientras estaban sentados juntos en el patio del ático, ambos envueltos en una manta húmeda y abrigados con un «Amigo del Cazador» y con guantes de protección para esquiadores que habían encontrado entre las pertenencias del señor Hasseltine—. Si nuestra comedia no se mueve más de prisa, morirá en Filadelfia.
En un observatorio astronómico de Los Andes todavía en pie, el astrónomo francés Pierre Rambouillet—Lacepéde, de setenta años de edad, se frotó con deleite los dedos color marfil oscuro y después cogió papel y lápiz. ¡Por fin, un ejemplo que constituye un verdadero desafío del Problema de los Tres Cuerpos!
Sin embargo, otros, en el lado nocturno de la Tierra, no veían al Extraño por causa de las nubes u otros impedimentos. Algunos ni siquiera habían visto todavía al Errante. Wolf Loner vislumbraba un ligero color amarillento a través de la capa de nubes que se había resuelto en la niebla. Al acercarse más, vio que era una lámpara de queroseno puesta unos pocos metros por encima del agua en una alta ventana de piedra con la parte superior redondeada. Cuando el Endurance se hubo acercado más todavía, vio la estrecha pared amarillenta de piedra y el chapitel oscuro que se levantaba sobre ella, y reconoció el sitio porque había trepado a él más de una vez, pero no podía creerles a sus propios ojos. Giró la caña del timón y soltó la escota mayor, y el Endurance dio suavemente contra el estrecho techo bajo la ventana. La vela se batió ociosa; no había corriente en el agua alrededor de la estructura de piedra. Recogió la cuerda de amarre, saltó al techo y pasó a través de la ventana poniendo a un lado cuidadosamente la lámpara y miró a su alrededor. Entonces ya no le fue posible dudar: se encontraba en el campanario de la vieja iglesia del Norte. De pie frente a él, con la espalda contra la pared como si quisiera desaparecer dentro de ella, estaba una niña de cabellos oscuros y aspecto de italiana, de unos doce años quizá, que lo miraba fijamente castañeteando los dientes. No respondió a las preguntas que él le formulara, aun cuando las hizo medio en italiano y medio en español, salvo negando con la cabeza, y puede que eso hubiera sido sólo un mero temblor. De modo que al cabo de un rato, sosteniendo todavía la cuerda de amarre, se le acercó, y aunque ella intentó apartarse, la cogió suavemente, aunque con firmeza, y la condujo hacia la ventana, volviendo a poner la lámpara cuidadosamente en el antepecho, y subió con ella al Endurance; la hizo entrar a medias en la estrecha cabina y la envolvió en una manta. Advirtió que el agua venía ahora avanzando poco a poco desde la dirección en que había llegado navegando con el esquife. De modo que con un pensativo movimiento de cabeza hacia donde debería estar Copps Burying Ground, hizo virar el Endurance y, aprovechando la marea que bajaba, partió del extremo norte de Boston mar adentro.
Con diabólica precisión involuntaria, los cuatro capitanes insurrectos dirigieron el Prince Charles al Pororoca. La subida de la marea del Amazonas es normalmente una cascada de cinco metros de altura que va contra corriente a veinticinco kilómetros por hora con un bramido que puede oírse a mil quinientos metros de distancia. Ahora era un montículo que hervía furiosamente, tan alto como la mitad de la eslora del Prince Charles, y que arrastraba a esa gran ciudad flotante —una isla de Manhattan en miniatura— inclinada hacia adelante en un ángulo de veinte grados, corriente arriba por el más poderoso de los ríos, aumentado ahora por el Errante y por el Extraño a la vez. Alrededor, el huracán rugía junto con el Pororoca y sus olas acrecentaban la subida de la marea. Hacia el este, la tormenta ocultaba por completo el alba. Adelante, hacia el oeste, había un desierto de oscuridad y nubes desgarradas. En ese momento el capitán Sithwise llegó al puente —el contragolpe no había encontrado la menor oposición durante el cataclismo—, cogió el timón y empezó a enviar órdenes a las salas de motores atómicos. Al principio condujo el barco guiado por el ángulo y el resplandor del Pororoca, pero luego —como se curvaba a estribor brillante y firmemente hasta perderse tras las nubes espectrales— empezó a depender en parte de los globos del Extraño por arriba y del Errante por abajo, que servían como faros.

Paul y Don contemplaban al pálido Extraño y al Errante ceñido por la Luna a través del cielo raso transparente del platillo de Tigerishka, a ochocientos kilómetros sobre Vandenberg Dos.
El campo de gravedad artificial estaba todavía activado, de modo que yacían despatarrados sobre el suelo del platillo. También éste se había vuelto transparente. A través de él podían ver, a la luz del Sol reflejada por los dos planetas que habían surgido del hiperespacio, la oscura extensión del sur de California, aquí y allí invadido por la opaca plata del mar; a través de la otra mitad del suelo tenían la imagen relativamente brillante del mismo océano Pacífico, aunque tanto el mar como la tierra se percibían borrosamente tras las capas de la atmósfera terrestre.
Pero en esta imagen había un obstáculo. Desde la puerta, ahora invisible, en el centro del suelo transparente, el grueso gusano del tubo espacial se extendía hacia un lado donde presumiblemente estaba colgada la Baba Yaga fuera del campo visual. La luz reflejada del Extraño y del Errante, que pasaba a través de dos rígidas transparencias, resplandecía en el metal acanalado dentro y fuera del tubo, mostrando dos de los sostenes interiores con los cuales un ser en caída libre podía impulsarse a través del tubo.
Tanto Paul como Don evitaban mirar hacia abajo. Aunque Tigerishka les había asegurado que el campo de gravedad artificial sólo operaba dentro del platillo, las profundidades que se extendían debajo resultaban decididamente poco fiables.
Tenían la misma imagen del Extraño y del Errante que los que se estaban acercando a Vandenberg, salvo que para Paul y Don los dos planetas eran mucho más brillantes y tenían como fondo no el cielo gris pizarra, sino el negro del espacio cuajado de estrellas.
El panorama era extraño, impresionante, pero «magnífico», sin embargo; no obstante, como conocían, aunque parcial y fragmentariamente, la situación subyacente, Paul y Don no podían dejar de experimentar sobre todo una creciente tensión. Sobre ellos estaban suspendidos el Perseguido y el Perseguidor, la Rebelión y la Autoridad, la Aventura y la Restricción..., suspendidos en la inmovilidad de una tregua incierta, mientras las dos faces se observaban y se medían entre sí.
El triángulo amarillo en la faz de ojo de aguja púrpura del Errante y la luz solar destacada en el círculo más grande, giboso y acerado del Extraño eran dos ojos que se miraban fijamente a la espera de que el otro se desviara.
La tensión era mortal, agotadora. Hacía que Don y Paul, a pesar del apoyo que representaba su mutua presencia, desearan desaparecer de la vista, hundirse más y más abajo, a través de las capas de la atmósfera de la Tierra y de su rocosa carne materna, hasta un útero oscuro. Ni siquiera la ansiedad que cualquier mirada experimentaría por ser testigo de semejantes maravillas compensaba en ellos este impulso.
Paul preguntó con una voz casi infantil:
—Tigerishka, ¿por qué no has vuelto al Errante? Hace ya mucho que resplandeció la alerta roja. Todas las demás naves deben de haber ido allí.
Desde la envolvente oscuridad junto al panel de control, donde ni un rayo de luz del Errante o del Extraño la alcanzaba, Tigerishka contestó:
—No es todavía la hora.
En un tono casi quejoso, Don preguntó:
—¿No sería mejor que Paul y yo subiéramos a bordo de la Baba Yaga? Puedo manejar la caída frenada a través de la atmósfera, pues no es preciso anular la velocidad orbital, pero será difícil, y si tenemos que esperar mucho...
—¡Tampoco es hora de eso todavía! —exclamó Tigerishka—. Hay algo que quiero pediros primero. Fuisteis salvados del espacio y las olas. Tenéis una deuda con el Errante.
Se inclinó hacia adelante fuera de la oscuridad, de modo que el violeta y el verde de su cara y su pecho, verticalmente sombreados a la altura de los ojos, las mejillas y el cuello, resultaron visibles a la luz del planeta.
—Del mismo modo que os envié a la Tierra —empezó de modo suave aunque penetrante—, os enviaré ahora al Extraño para que deis testimonio a favor del Errante. Poneos en el centro, uno al lado del otro, y miradme.
—¿Quieres decir que debemos abogar por vosotros? —preguntó Paul mientras él y Don obedecían de manera casi automática—. ¿Decir que vuestras naves hicieron todo lo posible por salvar a los seres humanos y sus viviendas? Recuerda, he visto también un montón de catástrofes que no fueron evitadas..., en realidad, más que rescates.
—Sencillamente, contaréis vuestras historias... La verdad, tal como la conocéis —dijo Tigerishka echando atrás la cabeza de modo que sus ojos violeta resplandecieron—. Cogeos de la mano ahora y no os mováis. Oscureceré el platillo por completo. Los rayos que os barran serán negros. Éste será un viaje más real para vosotros que el que hicisteis a la Tierra. Vuestros cuerpos no abandonarán el platillo, pero parecerá que lo hacen. ¡Quedaos inmóviles!
Las estrellas se oscurecieron, la Tierra se volvió negra, las chispas gemelas de color violeta de los ojos de Tigerishka se apagaron. Luego fue como si un remolino abriera una gran puerta en la oscuridad, y Don y Paul giraron en el espacio casi con la velocidad del pensamiento —un segundo, dos— y se encontraron cogidos de la mano en el centro de una vasta llanura aparentemente ilimitada, plana como el desierto de sal junto al Great Salt Lake, sólo que todo resplandecía con un color gris plateado y hacía un calor tórrido que sin embargo no se sentía.
—Creí que parecería redondo —comentó Paul, mientras se decía a sí mismo que se encontraba todavía en el platillo, pero sin creerlo.
—El Planeta Perseguidor es más grande que la Tierra, recuérdalo —le contestó Don—, y no puedes ver la curvatura de la Tierra cuando estás en su superficie. —Estaba recordando el cercano horizonte de la Luna, pero pensando sobre todo en cuán indistinguible era esta experiencia del viaje onírico que había llevado a cabo por el Errante y preguntándose si no podría habérselo conseguido de la misma manera.
Los cielos eran un hemisferio horadado de estrellas y tocado con el resplandor de margen indistinto del Sol. A unos pocos diámetros del Sol, la Tierra se destacaba oscura, bordeada de un cuarto creciente azulado. En el horizonte acerado flotaba el Errante, elevado a medias, cinco veces más ancho que la Tierra ahora, enorme, pero con el gran ojo amarillo cortado en dos por la línea plateada del horizonte, de modo que parecía mirar ahora más ferozmente, casi estrechar los párpados.
—Creí que seríamos proyectados dentro —dijo Paul señalando el resplandeciente suelo de metal a sus pies...
—Parece que aun a las imágenes las detienen para someterlas a una inspección de aduanas —se burló Don. —Bueno, si somos ondas radiales, también transportamos nuestras conciencias.
—No lo olvides: estamos en el platillo todavía.
—Pero entonces, ¿qué instrumento ve esto aquí afuera y transmite la imagen al platillo? —quiso saber Paul. Don hizo una señal de negación con la cabeza.
Un relámpago blanco surgió de la llanura de metal y estalló entre ellos y el hemisferio violeta y amarillo del Errante. Se desvaneció inmediatamente, pero luego hubo dos relámpagos algo más lejos.
Paul pensó: La lucha ha comenzado.
—¡Meteoritos! —exclamó Don—. Y no hay atmósfera que los detenga.
En ese instante cayeron a través del suelo acerado a la oscuridad. Fue sólo un relámpago negro, apenas un instante, y casi en seguida se hallaron suspendidos en el centro de un enorme salón esférico de luz mortecina cuyos muros estaban tapizados de grandes ojos que atisbaban.
Ésa fue la primera impresión. La segunda fue que los losanges adornados con diseños no eran ojos en realidad, sino oscuras ventanillas circulares, profusamente coloreadas. No obstante, Paul y Don tenían ahora la inquietante sensación de que toda clase de ojos los atisbaban como pupilas desde esas ventanas.
Tanto Don como Paul tuvieron recuerdos esencialmente idénticos: los enviaban al despacho del director de la escuela primaria.
Don y Paul no estaban solos en la vasta cámara. Flotando amontonados con ellos, allí, en el centro de la esfera, había por lo menos un centenar de otros seres humanos, o de sus imágenes tridimensionales: una increíble multitud. Gente de todas las razas, uniformes de países africanos y asiáticos, dos de las Fuerzas Espaciales rusas, un maorí intensamente moreno, un árabe de capucha blanca, un culi casi desnudo, una mujer envuelta en pieles, y muchos otros de los que sólo podían ver fragmentos debido a las otras siluetas que se interponían.
Un rayo de luz plateada, delgado como una aguja, salió de una de las ventanillas y recorrió brevemente el otro extremo de la multitud —las ventanillas, entretanto, parpadeaban como si fueran ojos observadores—, y de pronto alguien empezó a hablar con rapidez, aunque muy serenamente, desde el punto en que la aguja de plata, al parecer, había tocado a la multitud. Al oír la voz, Don sintió un estremecimiento instantáneo, pues la reconocía.
—Mi nombre es Gilbert Dufresne, teniente de las Fuerzas Espaciales de los Estados Unidos. Apostado en la Luna, la dejé en una nave individual para explorar el planeta extranjero justo cuando empezaron los temblores lunares. Según me es posible suponer, mis tres compañeros murieron durante las erupciones.
»Empecé a volar en órbita alrededor de la Luna de este a oeste y no tardé en avistar tres enormes naves espaciales en forma de rueda. Rayos tractores de alguna especie, según pude juzgar, se apoderaron de mí y de mi embarcación y nos llevaron dentro de una de las naves. Allí me encontré con varios seres extraños. Fui interrogado, creo, por una especie de barrido mental y se satisficieron mis necesidades físicas. Más tarde fui llevado al puente o la sentina de control de la nave, donde se me permitió observar sus operaciones.
»Había abandonado la Luna y estaba volando sobre la ciudad de Londres, que estaba inundada por una marea alta. Rayos provenientes de algún tipo de campo de fuerza hicieron retroceder el agua. Se me pidió que entrara en una pequeña nave en compañía de tres seres extraños. Esta nave descendió y revoloteó cerca del tejado de un edificio que reconocí como el Museo Británico. Entré a una planta superior con uno de los seres extraños. Allí lo vi revivir a cinco hombres que estaban muertos. Volvimos a penetrar en la pequeña nave y, al cabo de varios episodios similares, volvimos a la gran nave madrina.
»Desde Londres nos trasladamos al sur de Portugal, donde la ciudad de Lisboa había sido destruida por un gran terremoto. Allí vi...
Mientras Dufresne seguía hablando, Paul (que no lo conocía personalmente aunque había oído hablar de él) empezó a tener la sensación de que, por veraces que pudieran ser las palabras pronunciadas, carecían no obstante de sentido, de utilidad: mera charla al margen de grandes acontecimientos que implacablemente seguían su propio camino. Las ventanillas que atisbaban parecían mirar de soslayo con cinismo o estar recubiertas de una película de frío aburrimiento reptil. El director de la escuela primaria estaba oyendo la historia penosamente sincera sin escucharla.
Aparentemente, esta sensación de Paul fue una intuición válida, porque, sin la menor señal de advertencia previa, la escena se desvaneció y fue reemplazada al instante por el pequeño interior brillantemente iluminado del platillo familiar, con el piso y el cielo raso verdes ahora. Tigerishka dijo desde el panel de control plateado y bordeado de flores:
—Es inútil. Nuestra defensa ha sido rechazada. Meteos en vuestra nave e id a vuestro planeta. ¡De prisa! Me separaré de vosotros tan pronto como estéis en la Baba Yaga. Gracias por vuestra ayuda. Adiós y buena suerte, Don Merriam. Adiós, Paul Hagbolt.
Se elevó un círculo del suelo verde. Sin pronunciar una sola palabra, Don entró en el boquete de cabeza y empezó a arrastrarse por el tubo.
Paul miró a Tigerishka.
—De prisa —repitió ella.
Miau se acercó tímidamente. Paul se agachó y, cuando la gatita miró a Tigerishka, la cogió con un súbito movimiento. Mientras avanzaba hacia el boquete, alisó el erizado pelaje gris. Su mano se hizo más lenta a mitad de la caricia y se volvió.
—No me marcho —dijo.
—Tienes que hacerlo, Paul —dijo Tigerishka—. La Tierra es tu hogar. De prisa.
—Renuncio a la Tierra y a mi raza —contestó él—. Quiero quedarme contigo. —Miau se retorció en sus manos tratando de escapar, pero él la sostuvo con mayor firmeza.
—Por favor, vete en seguida, Paul —dijo Tigerishka, mirándolo por fin y avanzando hacia él. Sus ojos estaban fijos en los de él—. Ya no puede haber relación ninguna entre nosotros.
—Pero yo me quedaré contigo, ¿lo oyes? —Su voz era tan alta y enfadada, que Miau quedó aterrada y le clavó las uñas para librarse. Él la sostuvo con firmeza y continuó: Como tu animalito doméstico, si así debe ser. Pero me quedo.
Tigerishka lo miró fijamente.
—Ni siquiera como mi animalito doméstico —dijo—. No hay separación suficiente entre nuestras mentes para eso... ¡Oh, vete, estúpido!
—Tigerishka —dijo él con voz ronca, mirándole los ojos violeta—, el noventa por ciento de lo que sentiste anoche era piedad y aburrimiento. ¿Qué era el diez por ciento restante?
Lo miró colérica, como si estuviera frenética de exasperación. De pronto, moviéndose con una velocidad vertiginosa, le arrancó a Miau de las manos y le golpeó con fuerza la cara. Las puntas de las tres uñas de color violeta pálido estaban teñidas de rojo brillante cuando retiró la pata de su cara.
—¡Eso! —rugió, mostrando los colmillos.
Él retrocedió un paso, luego otro, y un instante después se metió en el tubo. La gravedad artificial por encima de él lo empujó hacia adentro en caída libre. Al mirar hacia arriba vio la máscara rugiente de Tigerishka. La sangre le manaba de la mejilla y caía en gotas rojas sobre el interior de plata acanalado del tubo. Luego la trampa verde se cerró.

Cuarenta y dos
Los estudiosos de los platillos entraron en Vandenberg Dos sin impedimentos ni fanfarrias, y de manera enteramente desprovista de romanticismo, como obreros del turno de medianoche que llegaran a su fábrica.
No había nadie junto al cerco de alambre que hasta muy poco antes había estado bajo varios metros de agua salada, nadie junto al gran portón que estaba abierto —nada digno de mención, en realidad, salvo quince centímetros de lodo hediondo—, de modo que entraron directamente, la mayoría de ellos fuera de los coches, para aligerarlos, e iniciaron la subida de la rampa hacia la meseta.
Hunter conducía el Corvette. Wanda se había esforzado para adoptar con su cuerpo la incómoda forma del pequeño asiento trasero, ocupándolo totalmente, y yacía allí respirando con dificultad. Ni siquiera Wojtowicz había sido capaz de disuadirla de padecer este nuevo ataque al corazón.
La señora Hixon conducía el camión porque Bill Hixon quería observar el cielo, donde el Errante, en su faz de mandala, y el Extraño enmarcaban ahora el cenit..., y porque todo eso a ella le importaba un comino, como lo repitió en más de una ocasión. Estaba sola en la cabina: Pop había intentado ir a su lado, pero ella le dijo directamente que olía peor que el lodo, que era el camión de Bill y que ella no lo aguantaría.
En la parte trasera del camión iban Ray Hanks e Ida, que cuidaba a la vez la pierna rota de él y su propio tobillo hinchado. No creía en los somníferos, de modo que se su ministraba a sí misma y a Ray, que protestaba débilmente, grandes cantidades de aspirinas.
—Mastíquelas —le decía—. El sabor amargo hace olvidar las preocupaciones.
Los demás iban caminando. Ya tres veces algunos de ellos habían tenido que empujar el camión para que pudiera pasar por ciertos sitios difíciles, y dos veces el camión había tenido que empujar el Corvette para ayudarlo a salir de lugares donde sus ruedas quedaban girando en falso. Todo el mundo estaba untado de lodo; sus zapatos eran grandes terrones del barro; y las ruedas del camión estaban tan enlodadas que sus cadenas no tintineaban.
Hubo una onda azul en la luz mezclada casi sin sombras de los dos planetas que bañaba el paisaje cenagoso. Harry McHeath, mejor dotado que la mayoría de ellos, por su juventud, para prestar atención a dos cosas a la vez, exclamó:
—¡Ha empezado otra vez! ¡Ahora lo están haciendo los dos!
Cuatro brillantes rayos azules, derechos como si hubieran sido trazados con una regla y delgados como cuerdas, cruzaron el cielo gris desde el Extraño hasta el Errante. Pero ahora, en lugar de disparar más allá de él, convergían. No obstante, no dieron contra el Errante, sino que se detuvieron a un pelo de distancia, y fueron arrojados hacia atrás en cuatro débiles abanicos semicirculares de color blanco azulado.
—Deben de estar chocando contra algún tipo de campo —conjeturó el Hombrecito.
Tres rayos violetas disparados desde el Errante fueron igualmente interceptados. Entre los dos planetas se entrecruzaron rayos azules y violetas formando unas curiosas figuras geométricas.
—¡Ésta sí que es buena! —chilló Hixon con ferocidad. Wojtowicz estaba mirando tan abstraído que dio un paso fuera de la rampa. Con el rabillo del ojo, McHeath le vio caer y desaparecer y se precipitó corriendo.
—Estoy bien, muchacho, es sólo que he resbalado un poco... Mira, puedo alcanzarte —contestó Wojtowicz al grito ansioso de McHeath, para darle ánimos—. Sólo dame una mano para ayudarme a subir, así no tengo que dejar de mirar.
Hixon gritó hacia el camión:
—Tendrías que estar aquí fuera para ver esto, nena... ¡Es asombroso!
Desde dentro del camión, la señora Hixon gritó a su vez:
—¡Mira tú por mí los fuegos artificiales, muchachito..., yo estoy conduciendo el camión! —Y le tocó la bocina malhumorada al Corvette, que parecía estar deteniéndose.
Pero Hunter estaba sólo reduciendo un poco la velocidad. Les había echado un par de rápidas miradas a los dos planetas contendientes, y le pareció todavía más urgente llevar a toda esta gente a la base de las Fuerzas Espaciales mientras la excitación durara y quizá mientras ella los distrajera. Tenía que hacer eso y entregar también la pistola de impulsión ya agotada; había llegado a compartir la obsesión de Margo acerca de este último punto. Ella, que caminaba a la izquierda del capó, seguía sustentando la misma opinión y el mismo estado de ánimo.
De modo que Hunter exclamó:
—¡Venid todos! Aquí doblamos a la derecha. ¡No sigáis andando hasta el final! —Y dirigió el coche hacia la meseta. Allí, por fin, encontraron a miembros del personal: tres soldados que bien podrían haber estado de guardia a juzgar por las tres armas apoyadas contra la pared de la casilla de hojalata, pero que estaban ahora en cuclillas, inquietos, observando la batalla interplanetaria. Uno de ellos estaba haciendo resonar sus dedos.
Cuando el camión llegó a la cima de la meseta tras el Corvette, y los dos coches casi se habían detenido, Margo se dirigió rápidamente hacia los soldados, que le daban la espalda.
Arriba, tres líneas azules más y otras dos violeta se sumaron a la contienda de rayos láser, complicando la vistosa geometría espacial.
Margo le tocó el hombro al soldado que tenía más cerca y, como no dio muestras de reacción alguna, se lo sacudió. Él volvió hacia ella una agitada cara sudorosa.
—¿Dónde está el profesor Morton Opperly? —preguntó Margo—. ¿Dónde están los científicos?
—Cristo, no lo sé —le dijo él—. Los melenudos están por algún lado, allá arriba. —Hizo un vago ademán hacia el interior del edificio.— ¡No me moleste, señora! —Se dio la vuelta, miró nuevamente al cielo y le dio un golpecito a uno de sus compañeros en el hombro.
—¡Tony! —gritó—. ¡Te juego dos apuestas más a que el Viejo Dorado le da la gran paliza al Bala de Cañón!
—¡Estás chalado!
(A cuatro mil kilómetros al este, Jake Lesher abrazó a Sally Harris y le dijo jadeante: «Oh, Sal, si hubiera podido aceptar apuestas sobre esto!».)
Margo siguió adelante. La señora Hixon volvió a tocar la bocina. Hunter condujo lentamente, siguiendo a Margo. Les gritó con aspereza a todos los que estaban cerca de los dos coches:
—Seguid circulando. Vigilad y caminad.
Unos proyectores se encendieron e iluminaron las paredes blancas, sobre las que se recortaron las siluetas inmóviles de un grupo de hombres que miraban fijamente el cielo.
Dos rayos azules más relampaguearon, no exactamente desde el Extraño, sino desde puntos situados a la mitad de su diámetro de distancia: enormes naves de guerra espacia les, quizás. Uno de los nuevos rayos se dirigió punzante como una aguja hacia el Errante. Hubo una salpicadura incandescente en el borde del extremo norte amarillo del mandala, y cuando la deslumbrante luz blanca se desvaneció, había un largo boquete negro en la piel dorada y purpúrea del Errante.
La voz de Ann, que el sentimiento de la tragedia volvía muy aguda, cortó el aire:
—¡Mamita, le están haciendo daño al Errante! ¡Los odio!
Pop, tropezando por el camino y mostrando su puño una vez más, bramó regocijado:
—¡Fríelos, oh, fríelos! ¡Adelante! ¡Mataos todos! Súbitamente, los nueve rayos azules que se batían cerca del Errante se extendieron generando una mortaja hemisférica de color celeste que escudaba a medias el planeta: una especie de cortina de niebla a través de la cual sus caracteres amarillo y violeta se percibían borrosos. Los rayos violeta se desvanecieron.
—Los están ahogando —chilló Hixon—. ¡Es el fin!
—No, creo que el Errante está levantando una nueva especie de pantalla defensiva —lo contradijo el Hombrecito. De la superficie acerada del Extraño surgieron cuatro puntos de enceguecedora luz blanca.
—¡Son explosiones de misiles! —conjeturó McHeath—. ¡El Errante devuelve el golpe!
El Escobillón, respirando pesadamente y apoyándose contra el camión mientras iba andando a su lado, gritó entonces en un llamamiento de angustia:
—Pero, ¿qué debemos entender de todo esto? ¿El odio y la muerte rigen el cosmos aun entre los más elevados?
Rama Joan, con la mirada fija en el cielo mientras llevaba a Ann a su lado, le respondió con la voz clara de una campana:
—Los dioses malgastan lo que la naturaleza recoge, examinan las maravillas y las arrojan a la nada. ¡Ésa es la razón por la que son dioses! Os dije que eran demonios.
Ann dijo con voz cargada de reproche:
—Oh, mamita.
Fieles a la conjetura de McHeath, los cinco puntos blancos habían crecido hasta convertirse en pálidos hemisferios de frentes de explosión, a través de los cuales la superficie del Extraño se veía inalterada.
Hixon dijo:
—Yo no sé nada de demonios, pero sé ahora que siempre habrá guerra. —Agitó una mano hacia el cenit.— ¿Qué más prueba podéis pedir que ésa?
La señora Hixon gritó desde el camión:
—Ahora sí dices cosas con sentido, Bill, ¿y de qué sirve?
El Escobillón dijo jadeante:
—Pero cuando los más encumbrados... y los más sabios... ¿No hay cura posible?
La imaginación del joven McHeath se encendió con la tragedia de esa pregunta, y por un momento se vio a sí mismo en una nave espacial individual casi todopoderosa, en mitad de camino entre el Errante y el Extraño, parando los proyectiles con que se atacaban mutuamente y, de algún modo, devolviéndoles la cordura.
El Hombrecito dijo, no en voz alta sino casi como si se lo dijera a sí mismo:
—Quizá la cura tenga siempre que venir de abajo. Y seguir viniendo de abajo. Por nunca jamás.
Pero Wojtowicz lo oyó, y sin apartar la mirada del cielo preguntó:
—¿Qué quiere decir «de abajo», Doddsy? ¿No de nosotros?
El Hombrecito lo miró.
—Sí, Wojtowicz —dijo, ahogando una risa por lo ridículo del asunto—, de pobres tíos miserables como tú y como yo.
Wojtowicz sacudió la cabeza.
—Vaya —dijo riendo—. Estoy estupefacto. Avanzando continuamente, los coches y los caminantes habían llegado casi a las paredes iluminadas por los reflectores. Un joven en camiseta pasó corriendo junto a Margo, se acercó a un mayor y le gritó en el oído.
—Opperly dice que apaguéis esos malditos reflectores. ¡Están estropeando las observaciones!
Hunter, al oír eso, no pudo dejar de pensar en Arquímedes, cuando le dijo al soldado enemigo que estaba pisando el diagrama que había trazado en la arena: «¡No estropees mi círculo!».
El soldado de la leyenda había matado a Arquímedes, pero este mayor asintió violentamente con la cabeza y se volvió. Hunter reconoció a Buford Humphreys, a quien había visto hacía dos noches. Al mismo tiempo, Humphreys lo vio a él, vio a Rama Joan y a Ann, vio a todos los «chiflados de los platillos» a los que no había dejado entrar en Vandenberg. Miró con ojos desmesuradamente abiertos y después, con un encogimiento de hombros de incomprensión y una rápida mirada al cielo, salió corriendo y gritando:
—¡Maldita sea, cabo, apague esos reflectores!
Entretanto, Margo había cogido al joven por la camiseta antes de que pudiera marcharse.
—¡Llévanos ante el profesor Opperly! —ordenó—. Tenemos que presentar un informe. Mira, tengo una nota de él.
—Muy bien —convino él, sin mirar la hoja de papel sucia y arrugada—. Seguidme. —Señaló los coches.— ¡Pero apagad esas luces!
Las luces del Corvette y del camión parpadearon un instante antes de que la pared blanca se oscureciera, pero Margo no soltó al joven. Su camiseta pálida hacía que a Hunter no le fuera difícil seguirlos. Más allá de ellos, Hunter veía ahora la forma inequívoca de pantallas de radar y el cilindro blanco de un telescopio de campo.
Arriba, los rayos azules relampagueaban en toda su extensión y la cortina de niebla alrededor del Errante se desvaneció para ser reemplazada al instante por un centenar de puntos de luz blanca de punzante brillantez.
Pero en el mismo momento en que McHeath, que miraba atentamente, exclamaba: «¡Un globo de implosión!», se vio que el Errante se había desplazado dos veces su diámetro cielo arriba, con la perturbadora sensación de que los cimientos del universo temblaban. El globo de implosión cobró brillo mientras las explosiones blancas que se habían producido al otro lado del Errante se intensificaban. El globo tenía ahora un ancho cuello rugoso en el mismo sitio de donde había huido el Errante segundos antes.
—Han perdido la inercia por completo..., el planeta entero —exclamó Clarence Dodd.
Media docena de boquetes habían rasgado la piel del Errante, negros pero con un pálido resplandor rojizo en sus profundidades centrales: tantos que el mandala era apenas identificable.
Tangencialmente desde el deteriorado costado del planeta salía hacia el Extraño un rayo violeta más grueso y muchísimo más brillante que todos los precedentes.
Pero antes de llegar a mitad de camino hacia el Extraño, éste se trasladó tan velozmente como uno de sus rayos —una verdadera acometida de rinoceronte en el cielo que destruía toda sensación de estabilidad— hasta una posición próxima al Errante. Ni siquiera los separaba una extensión del diámetro de la Luna.
El Errante se desvaneció en el espacio.
Una andanada azul proveniente del Extraño pareció hundirse en el espacio que hasta ese instante había ocupado el Errante.
—¡Maldita sea, lo han volado en pedazos! —gritó Pop extasiado.
—No, ya había desaparecido una milésima de segundo antes —lo contradijo el Hombrecito—. ¡Hay que saber observar!
El Extraño, con su superficie acerada sin boquetes, aunque estriada de cicatrices pardas y verdosas, estuvo suspendido tres, cuatro, cinco segundos, y luego se desvaneció también... Se apagó como una gran bombilla eléctrica cuyos filamentos fueran de luz solar.
Las líneas de los rayos láser azules y del único violeta de mayor espesor comenzaron a divergir, desvaneciéndose y acortándose, pero manteniéndose siempre rectas, mientras que el perlado globo de implosión del que había escapado el Errante iba empalideciendo progresivamente y expandiéndose, hasta transformarse en una imagen fantasmal.
—El Errante escapó al hiperespacio —dijo McHeath. —Quizá, pero está ya perdido —dijo Hixon—. Habría sido hecho pedazos, y al Extraño ha salido tras él. Está perdido.
—No podemos estar seguros —dijo Hunter—. Tal vez siga escapando para siempre. —Y añadió para sí: Como el Holandés Errante.
—Ni siquiera podemos estar seguros de que se hayan marchado —dijo Wojtowicz con una risotada nerviosa—. Quizá sólo hayan saltado al otro lado de la Tierra.
—Eso es cierto —dijo el Hombrecito—, pero ni siquiera hemos visto hacia dónde iban... Sencillamente, desaparecieron. Y tengo la sensación...
Sólo entonces, cuando las imágenes consecutivas de color amarillo y anaranjado brillante se desvanecieron en sus retinas, se dieron cuenta los estudiosos de los platillos, uno por uno, de que estaban todos completamente inmóviles en una oscuridad total. Hunter, que había apagado el motor del Corvette, oyó que atrás se apagaba también el del camión. De a dos, de a tres, las estrellas empezaron a titilar en los negros cielos: las viejas estrellas familiares que el cielo color pizarra había ocultado durante tres noches.
Don y Paul miraban por la pantalla espacial de la Baba Yaga los campos estelares vacíos y los rayos láser azules y violetas que se extendían rectos hacia el infinito.
Los dos estaban sujetos con correas. Paul sostenía un pañuelo enrojecido contra la mejilla. Don vigilaba la medición de la temperatura de la piel y la imagen verdosa en el radar de popa del sur de California y el Pacífico, por debajo de ellos. Aunque tenían que recorrer todavía gran parte de la atmósfera terrestre, ya habían frenado una vez, sobre todo para asegurarse de que la retropropulsión principal funcionaría.
—Pues bien, se han ido —dijo Don.
—A la tormenta —completó Paul el pensamiento—. El Errante era una nave naufragada.
—Nada que pueda elevarse al hiperespacio es una nave naufragada le aseguró Don muy animadamente. Las estrellas empezaron a trasladarse por la pantalla, y él disparó un vernier o dos; la nave logró estabilizarse.
—Quizás el Errante se haya ido a la deriva a otro cosmos —musitó Paul pensativo—. Quizá sea ése el método: no intentes esforzarte, limítate a ir a la deriva como una nave naufragada con las corrientes hiperespaciales, sométete a la tormenta.
Don lo miró atentamente.
—Te ha contado bastante, ¿eh? Me pregunto si habrá llegado a bordo a tiempo.
—Pues claro —dijo Paul brevemente—. Creo que aun esas pequeñas naves pueden trasladarse tan rápido como la luz, o más todavía.
—Vaya arañazo el que te ha dado —observó Don impensadamente; luego agregó apresurado—: Yo no he tenido ningún romance allá arriba. —Tanteó los vernieres nuevamente y frunció el entrecejo al ver la temperatura de la piel. Continuó vivamente:— Y no creo que tenga tampoco ninguno allá abajo. Margo se refirió muy en serio a ese tal Hunter, según creo.
Paul se encogió de hombros.
—¿Qué puede importarte? Siempre has preferido la soledad a la gente. No pretendo ofenderte... El gusto por uno mismo es el principio de todo amor.
Una vez más, Don le dirigió una rápida mirada.
—Apuesto a que tú amabas a Margo más que yo —dijo—. Creo que siempre lo he sabido.
—Claro que la amaba —dijo Paul con tristeza—. Se enfadará porque he perdido a Miau.
Don rió.
—Las cosas que verá esa gata. —Luego su voz cambió.— Tú también querías ir con Tigerishka, ¿no es cierto? Te quedaste atrás para pedírselo.
Paul asintió con la cabeza.
—Y no me quiso bajo ninguna condición. Cuando le pregunté qué sentía por mí, me hizo esto. —Se apretó la mejilla con el pañuelo ensangrentado.
Don volvió a reír.
—Eres un hombre hambriento de castigo, ¿verdad? No sé, Paul, pero si estuviera enamorado de una señora—gata, ese arañazo me convencería de que ella me ama a su vez. Cógete fuerte de esa barra... ¡Allá vamos! ¡A las cataratas del Niágara!
Los estudiosos de los platillos estaban en plena oscuridad bajo un techo de estrellas. Luego, tan cerca que por un momento pareció que se encontraban en una habitación, se encendió una pequeña luz que mostraba una mesa atestada y tras ella un hombre de edad indefinida, delgado, con facciones afiladas como las de un faraón. Margo se le acercó siguiendo al joven de camiseta, y Hunter bajó del coche y fue tras ella.
El hombre tras la mesa miró a un lado. Alguien allí dijo:
—Los campos magnéticos de los dos planetas han desaparecido, Oppie. Hemos vuelto a la normalidad en la Tierra.
Margo dijo en voz alta:
—Profesor Opperly, hace dos días que lo venimos buscando. Tengo aquí una pistola que ha caído de un platillo. Provoca impulso en las cosas. Pensamos que deberíamos confiársela. Desdichadamente, mientras veníamos aquí hemos gastado toda su carga.
Él le echó una rápida mirada a la cara y luego dirigió su atención a la pistola gris que ella estaba sacando de la chaqueta. Los labios se le afinaron en una pequeña sonrisa desagradable.
—A mí me parece algo comprado en una juguetería de baratijas —dijo con animación. Luego, volviéndose una vez más al hombre a su lado—: ¿Y el cielo radial, Denison? ¿Se está despejando o...?
Margo había hecho girar rápidamente la flecha sobre la parte superior del cañón de la pistola; luego apuntó con ella a la mesa y apretó el gatillo. Tanto Opperly como el joven
de la camiseta iniciaron un movimiento para detenerla, pero se detuvieron. Algunos papeles volaron hacia la pistola y, junto con ellos, tres grapadoras y un lápiz de metal que había estado sujetando unos papeles. Durante un segundo, todo se mantuvo adherido al cañón de la pistola, y luego cayó.
—Debe de ser electroestática —dijo el joven de la camiseta, con curiosidad, mientras miraba los papeles que caían revoloteando al suelo.
—Opera también sobre metales —señaló el que había sido llamado Denison, observando las grapadoras que caían—. ¿Inducción?
—¡Tiró de mi mano! Lo sentí claramente —dijo el mismo Opperly extendiendo los dedos de la mano. Volvió a mirar a Margo—. ¿Dijo que había caído de un platillo realmente?
Ella sonrió al alcanzársela.
—También le traemos un mensaje del teniente Donald Merriam, de las Fuerzas Espaciales —dijo Hunter—. Aterrizará aquí...
Opperly se había vuelto hacia otra persona que estaba a su lado.
—¿No había un tal Merriam entre los que se perdieron en la Base Lunar?
—No se ha perdido —interrumpió Margo—. Escapó en una de las naves lunares. Ha estado en el nuevo planeta. Intentará aterrizar aquí... Quizá ya esté llegando.
—Y tenía un mensaje especial para usted, profesor Opperly —añadió Hunter—. El nuevo planeta tiene aceleradores lineales de la longitud del radio de la Tierra y un ciclotrón equivalente al de la circunferencia de la Tierra.
Opperly sonrió.
—Acabamos de tener una demostración de eso, ¿no os parece?
Ninguno de ellos notó que una estrella tardía se encendía muy cerca de Marte. Un rayo láser escapado había dado contra Deimos, la minúscula luna de Marte, calentándola al rojo..., ante la mirada estupefacta de Tigran Biryuzov y sus camaradas.
Opperly dejó la pistola gris y sorteó el escritorio.
—Venid conmigo, por favor —les dijo a Margo y a Hunter—. Debemos avisar al campo de aterrizaje sobre esa posibilidad.
—Aguarde un minuto —dijo Margo—. ¿Va a dejar aquí la pistola de impulso?
—Oh —dijo Opperly a modo de disculpa—. Es mejor que usted la cuide por mí.

Richard Hillary y Vera Carlisle caminaban lentamente por un caminito que doblaba hacia el sur cerca de los picos de las colinas de Malvern. Una vez más, había otros caminantes con ellos, que moteaban el caminito.
Habían descubierto que ni siquiera el sexo y la camaradería puede apaciguar el impulso del conejillo de Noruega, al menos durante el día. Richard estaba pensando una vez más en las Montañas Negras. Quizá fuera posible llegar a ellas sin abandonar los terrenos altos.
El sol de la mañana estaba oculto por una capa de nubes grises que había venido del oeste cuando el Errante se ponía faltando un cuarto para su faz D. En ese momento había tenido lugar un extraño fenómeno. Cuando el Errante se desvaneció entre la cortina de nubes, pareció haber renacido, totalmente plateado y mayor que sí mismo, una hora por sobre su punto de fuga. Hubo especulaciones acerca de si éste era un espejismo del Errante o un segundo planeta extraño. Luego el espejismo o el planeta extraño desapareció entre las nubes.
Vera se detuvo y encendió su radio de transistores. Richard se detuvo junto a ella con un suspiro de resignación. Dos caminantes que iban cerca se habían detenido también por curiosidad.
Vera giró lentamente el dial. No había ruidos. Subió el volumen al máximo y giró el dial nuevamente. Todavía solo silencio.
—Quizá esté estropeada, señorita —sugirió una de las personas que se habían detenido.
—Las has gastado —dijo Richard con poca simpatía—. Y me parece bien.
Entonces se oyó la voz, baja y lejana en un principio, pero luego, cuando ella la sintonizó, clara y alta en el silencio techado de gris de las colinas:
—Repetimos: Un informe, cablegrafiado desde Toronto y confirmado por Buenos Aires y Nueva Zelanda, afirma definitivamente que los dos planetas extraños han desaparecido tal como aparecieron. Esto no significa el fin inmediato de las reverberaciones de las mareas, pero...
Siguieron escuchando. La gente que iba y venía por el camino comenzó a agruparse junto a ellos.

Bagong Bung decidió que las aguas habían descendido lo bastante como para que hubiera seguridad, de modo que sacó de debajo de él el abultado saco de tela sobre el que había estado sentado para protegerlo; también sacó las bolsitas de monedas encontradas en el Sumatra Queen. Abrió el saco para que Cobber—Hume pudiera ver su contenido.
Las aguas agitadas habían limpiado de barro la balsa salvavidas anaranjada y también los pequeños objetos guardados en el saco. Junto con trozos de coral, piedrecillas y conchas, se veía el resplandor oscuro del oro viejo y las pequeñas llamas oscuras de tres —¡no, cuatro!— rubíes.

Wolf Loner dejó de darle sopa a la niña italiana, porque ella se había dado vuelta para contemplar el borde del Sol que asomaba sobre el Atlántico gris.
—Il sole —murmuró.
Tocó la madera del Endurance.
— Una nave.
Puso la mano sobre la muñeca de la que sostenía la cuchara, y lo miró a la cara.
—Noi siamo qui.
—Sí, estamos aquí —dijo él.

El capitán Sithwise miraba desde lo alto del puente del Prince Charles las leguas de jungla verde recubiertas de una película de lodo que empezaba a largar vapor a la baja luz roja del sol.
El sobrecargo dijo:
—Si obtenemos una interferencia a partir de las bajas a la vista, señor, tenemos que vérnoslas con ochocientos miembros quebrados y cuatrocientos cráneos fracturados. El primer oficial dijo:
—Brasil cuenta para sí con la médula de una ciudad atómica en medio de la jungla. Supongo que así podría terminar a la larga, señor, aunque constituiría todo un caso ante las Cortes internacionales.
El capitán Sithwise asintió, pero siguió examinando el extraño mar verde en el que su barco había encontrado asilo.

Barbara Katz miró las aguas azules alrededor del Albatros. Apenas una ola de cada diez tenía todavía una cresta blanca. El Sol salía sobre una costa de palmeras quebradas y enlodadas que no llegaban a alzarse a tres mil metros de distancia. Hester estaba sentada en la escalera con el bebé en brazos.
—Benjy —dijo Barbara—. Hay una habitación adicional abajo, y mantas, de cualquier modo, si no hay lona. ¿Crees que podríais levantar un pequeño mástil y navegar y...?
—Sí, señorita Barbara, estoy seguro de que sí —le dijo él. Se estiró y bostezó ruidosamente sacando pecho al sol—. Pero esta vez me tomaré antes un pequeño descanso.

Sally Harris le dijo a Jake Lesher:
—Oh, Dios, ahora toda la excitación se ha acabado. Jesús, Sal, ¿nunca tienes ganas de dormir? —protestó Jake.
—¿Quién podría dormir ahora? —preguntó ella—. Empecemos a intentar comunicarnos por señales. O mejor aún, ahora que tenemos todo el material, ¡empecemos realmente a trabajar en la comedia!

Pierre Rambouillet—Lacepéde abandonó afligido sus cálculos acerca de los tres cuerpos, que nunca podrían ser plenamente verificados, y prestó atención a François Michaud.
El joven astrónomo dijo con entusiasmo:
—¡Lo hemos determinado sin la menor posibilidad de duda! ¡El día sideral ha quedado prolongado tres segundos al año! ¡Los planetas intrusos han ejercido un efecto mensurable en la Tierra!

Margo y Hunter estaban en la oscuridad cogidos del brazo en el borde del campo de aterrizaje, hacia el extremo norte de la meseta de Vandenberg Dos.
—¿Te preocupa el encuentro con Don y Paul? —le preguntó él en un susurro—. No tendría que preguntártelo, claro, cuando todos estamos en la duda de si podrán lograrlo.
—No —le dijo ella poniendo su otra mano sobre la de él—. Me alegraré de saludarlos. Te tengo a ti.
Así es, en efecto, reflexionó él no del todo feliz. Y ahora tenía que acomodar su vida a la conquista que había hecho. ¿Podría abandonar a Wilma y a los niños? No del todo estaba seguro.
Entonces, se le ocurrió otra cosa.
—Y ahora tienes a Morton Opperly —susurró. Margo sonrió.
—¿Qué quieres decir con eso, Ross?
—Nada en particular, creo.
Alrededor de ellos se habían reunido los demás estudiosos de los platillos. El camión y el Corvette estaban estacionados detrás.
A un lado estaban Opperly y unos pocos miembros de su sección. Un instante antes la torre había informado que se había hecho contacto por radio con la Baba Yaga.
Sobre sus cabezas, las viejas estrellas familiares del cielo del norte se extendían entre las dos constelaciones de Escorpión y la Osa Mayor, pero alta hacia el oeste había una distribución de nuevas estrellas en forma de huso, algunas mortecinas, otras más brillantes que Sirio: los restos chisporroteantes de la Luna.
—Resultará raro no tener ya Luna —dijo Hixon.
—Un centenar de dioses borrados de la mitología de un plumazo —observó Rama Joan.
—Lamento más haber perdido al Errante —dijo Ann con su vocecita aguda—. Oh, espero que se hayan escapado.
—No sólo los dioses de la Luna se han marchado —dijo el Escobillón, lóbrego.
—No importa, Charlie —dijo Wanda—. Has visto suceder grandes cosas. Todas tus predicciones...
—Todos mis sueños —la corrigió él. Frunció el entrecejo, pero le estrechó la mano.
Hunter dijo:
—Se nos devolverán dos dioses por cada uno que hayamos perdido. Eso es lo que yo predigo.
—No me importa un comino que la Luna haya desaparecido. Nunca ha hecho nada por mí —gruñó Pop.
—¿Ni siquiera persuadió a una chica bonita, Pop? —le preguntó Margo.
McHeath dijo, como si acabara de caer en la cuenta:
—Ya no más Luna..., ya no más mareas.
—Sí, todavía tendremos las mareas solares —lo corrigió el Hombrecito—. Pequeñas, por supuesto, como las que tienen en Tahití.
—Me pregunto qué pasará con lo que queda de la Luna —dijo Margo mirando hacia el oeste—. ¿Seguirá girando como un anillo?
Opperly la oyó y dijo como explicación:
—No, ahora que su centro de gravitación se ha ido con el Errante, los fragmentos se esparcirán a la velocidad que tenían en órbita... Poco más o menos diez kilómetros por segundo. Algunos de ellos chocarán con la atmósfera de la Tierra aproximadamente dentro de diez horas. Habrá una lluvia de meteoros, pero no demasiado destructiva, imagino. El anillo está en un plano que pasa por sobre nuestro Polo Norte. La mayor parte de los fragmentos pasará de largo. Muchos de ellos seguirán una larga órbita elíptica alrededor de la Tierra.
—Vaya —observó Wojtowicz con animación—, es como tener de nuevo entre nosotros a Doc para explicar las cosas.
—¿Quién es Doc? —preguntó Opperly.
El grupo guardó silencio por un momento. Luego Rama Joan dijo:
—Oh..., un hombre.
En ese momento un resplandor amarillo brilló en el cenit y se convirtió en una llama color limón que apuntaba y caía hacia la Tierra. Hubo un bramido débil que iba aumentando de volumen, como el que sale de un hogar cuando todos los leños prenden fuego. La Baba Yaga descendió mientras sus chorros amarillos se extinguían, en un perfecto aterrizaje.

FIN
[1] Dai, nombre de pila del personaje, se pronuncia igual que die, 'morir'. (N. del traductor.)
[2] Zooty looking. Un traje zoot es un antiguo traje de petimetre con la chaqueta hasta las rodillas y pantalones anchos en las caderas y ajustados en los tobillos. (N. del T.)
[3] Un campamento formado por carromatos colocados en círculo en Sudáfrica. (N. del t.)
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