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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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lunes, 16 de noviembre de 2009

STAR TREK - EL RENEGADO



Gene Deweese

El Renegado
Star Trek XXII



Prólogo

Hargemon -había utilizado el nombre durante tanto tiempo que ya no pensaba en sí mismo con otro­-levantó los ojos hacia su comandante y se echó a reír; el sonido reverberó en la atestada y espartana sala de la computadora.
-¡Así que después de todo, será la Enterprise, con el gran capitán James Tiberius Kirk sentado sobre el volcán! -El adjetivo aplicado al capitán destilaba sarcasmo.
El comandante sonrió.
-Cosas del azar. Supuse que le agradaría saberlo.
-No podríamos haber deseado un capitán de nave este­lar mejor que él. ¡Le gusta tanto ser puesto de ejemplo para los demás!
-Usted necesitará cambiar de aspecto, naturalmente, aunque sólo sea como precaución.
-Eso habría sido necesario fuera la nave que fuese. To­dos los oficiales de la flota estelar se enorgullecen de su bue­na memoria... entre otros rasgos inútiles. Pero, dadas las cir­cunstancias, necesitaré muy poco más de lo que la naturaleza ya me ha proporcionado. -Sonrió mientras se pasaba los de­dos por la tupida pero cuidadosamente recortada barba gris rojizo.
-Seré yo quien decida lo que va a necesitar y lo que no -replicó el comandante mientras la sonrisa desaparecía abruptamente de su rostro-. No permitiré que se tomen me­didas a medias, al menos en este caso. Hay demasiadas co­sas en juego. Un número excesivo de personas han trabaja­do con un ahínco sin límites para que pueda permitir que una sola ponga en peligro ese trabajo por simple descuido; o -agregó mientras entrecerraba los ojos a modo de advertencia- a causa de su ego o cualquier objetivo personal que ese hombre pueda considerar digno de conseguir.
-¡No se preocupe -le espetó Hargemon-, que yo soy tan consciente como usted de la importancia de nuestros ob­jetivos comunes! -Abarcó con un movimiento de una mano los equipos que atestaban el diminuto laboratorio-. ¡No ol­vide que soy yo quien ha invertido miles de horas en estos primitivos aparatos que ustedes llaman computadoras! Tam­bién sé perfectamente que sin mí...
-Sin usted, mis objetivos no podrán ser alcanzados. Sí, soy plenamente consciente de lo importante que es su talen­to para esta empresa. Después de todo, fui yo quien le en­contró y le reclutó. Pero, si fracasa, me veré obligado a re­considerar mi primera valoración. Simplemente, recuerde esto: yo tendré una segunda oportunidad. Usted no la ten­drá. Ahora, vaya a prepararse. Inspeccionaré los resultados cuando esté listo.
-No necesito...
-Inspeccionaré los resultados cuando esté listo -repitió el comandante con voz glacial mientras se volvía de espal­das a Hargemon y traspasaba la lisa puerta metálica que era la única salida de la sala.
« ¡Maldito bastardo santurrón! -pensó Hargemon echan­do humo-. ¡Se vuelve tan tirano como Kirk! » Pero no dijo nada en voz alta. Se limitó a mirar con ferocidad hacia la puerta, hasta que ésta acabó de cerrarse con un chasquido. Mientras se volvía nuevamente hacia la terminal, respiró pro­fundamente para calmarse. Una vez que se hubiera ocupado de Kirk, habría tiempo más que de sobras para el «coman­dante» y el resto... enormes cantidades de tiempo y múltiples oportunidades.



1

DIARIO DEL CAPITÁN, SUPLEMENTO:


Vamos de camino hacia el planeta Chyrellka para hacer, según lo expresaría el doctor McCoy, de bomberos.
Establecimos el primer contacto con los chyrellkanos hace diez años. Ellos declinaron el ingreso en la Federación, pero tras aquel encuentro inicial, el capitán Brittany Méndez, de la Exeter, señaló que Chyrellka y su colonia de Vancadia nos proporcionaban un ejemplo perfecto de cómo establecer y ad­ministrar pacíficamente una colonia.
A diferencia de las civilizaciones tecnológicas emergentes, Chyrellka ya había establecido un gobierno mundial eficaz an­tes de abandonar su propia atmósfera; y cuando sus sondas les informaron que Vancadia tenía una biosfera casi idéntica a la de su propio planeta, excepción hecha de la total ausen­cia de formas de vida más avanzadas que los primates arborícolas, se dispusieron a instalar una colonia con una lógica y una determinación vulcanianas.
Al carecer de motores de tecnología de impulso, los prime­ros viajes a Vancadia eran sin retorno. Las lanzadoras los po­nían en órbita en torno a Chyrellka, donde eran transferidos a naves interplanetarias construidas en el espacio. Luego, al llegar a Vancadia, abandonaban la órbita en naves de descen­so sin posibilidad de retorno. Pasaron casi cuarenta años an­tes que los colonizadores estuvieran en condiciones de fabri­car impulsores que les permitieran regresar a la órbita.
Desde el principio, los chyrellkanos habían planeado con­ceder la independencia a los colonizadores de Vancadia, una vez que hubiesen alcanzado la total autosuficiencia. Hace una década, el capitán Méndez observó que, puesto que la pobla­ción de Vancadia contaba con cerca de ocho millones de miem­bros, la autosuficiencia parecía estar a pocos años de distancia.
Y ahora, sin embargo, la Federación ha recibido una urgente solicitud de ayuda para que haga de mediadora en lo que el mensaje de Chyrellka describía como «una creciente disputa
virulenta entre Chyrellka y su colonia rebelde».


Con la pálida piel realzada por un cabello negro aza­bache de rizos apretados y una barba igualmente ne­gra y primorosamente recortada, el rostro del líder de Chyrellka parecía gigantesco en la pantalla principal del puente de la Enterprise. Detrás de él podían verse otras ca­ras desenfocadas.
-Bienvenidos al espacio de Chyrellka -saludó el líder-. Yo soy Kaulidren. Mi pueblo y yo apreciamos la prontitud con que su Federación ha respondido a nuestra solicitud de ayuda.
-Gracias, Kaulidren -le respondió Kirk-. Primer mi­nistro Kaulidren, ¿no es así?
La cabeza se inclinó en un movimiento de asentimiento casi imperceptible.
-Y usted es el capitán James Kirk, comandante de la USS Enterprise. ¿Estoy en lo cierto?
-Así es, primer ministro. Entraremos en órbita dentro de unos minutos, y estaremos preparados para transferirles a bordo a usted y su delegación en cuanto la Enterprise iguale la órbita con la de su nave.
-Es usted muy amable, capitán -le contestó Kaulidren mientras levantaba una mano con la palma orientada hacia afuera-, pero no, gracias. Considérelo superstición, si le pla­ce, pero me resulta inquietante la perspectiva de que los áto­mos que me componen sean prácticamente separados y trans­mitidos sin protección alguna a través del espacio para esperar que puedan volver a encajar los unos con los otros en su sala de transporte.
-Yo no lo consideraría en lo más mínimo una cuestión de supersticiones, primer ministro -replicó Kirk mientras reprimía una sonrisa al observar que el doctor McCoy, por suerte fuera del campo visual de su interlocutor, hacía una mueca para expresar su acuerdo con Kaulidren-. Le asegu­ro, sin embargo, que el transportador es perfectamente se­guro. Pero, si lo prefiere...
-Sí, lo prefiero, capitán, especialmente dado que, según tengo entendido, su nave es totalmente capaz de recibir en su interior a la mía. Confío en que no me hayan informado mal.
-Ni en lo más mínimo, primer ministro. Su nave es un poco más grande que nuestra lanzadora, pero la cubierta del hangar la alojará sin ningún problema. Nuestro rayo tractor de aterrizaje podría realizar la maniobra...
-Preferiría hacer entrar mi nave por sus propios medios, si fuera posible.
Kirk se contuvo para no fruncir el ceño.
-Es posible, sí, pero, según tengo entendido, su nave está impulsada por cohetes propulsores convencionales. Sería pe­ligroso utilizarlos en cualquier área cerrada, aunque se tra­tase de una tan grande como la cubierta del hangar.
-Mi nave está equipada con reactores de maniobra... los cuales le aseguro que no entrañan peligro alguno... y son per­fectamente adecuados para las maniobras de atraque en el espacio.
-En una gravedad cero, sí, primer ministro, pero en la cubierta del hangar, así como en todas las zonas de la Enterprise, se mantiene constantemente una gravedad de 1-g.
Kaulidren guardó silencio durante un momento.
-Gravedad artificial -comentó finalmente-. Lo había olvidado. Pero, ¿no es posible retirar temporalmente la gra­vedad en un área aislada?
-Sería más fácil emplear los rayos tractores de aterrizaje.
«O el sistema del transportador», pensó Kirk.
-Pero, ¿es posible hacerlo sin causar graves problemas a su nave?
-Es posible, sí.
«No tiene sentido discutir -pensó Kirk-. Ahorra las energías para cosas de importancia, como conseguir que el primer ministro y el representante de la oposición entre los colonizadores comiencen a mantener conversaciones.»
-Tomaré las medidas necesarias para ello.
-Gracias, capitán. Estoy ansioso por encontrarme per­sonalmente con usted para tratar nuestros problemas.
Abruptamente, la pantalla se apagó.
-Han cortado la transmisión, señor -informó la teniente Uhura antes de que le preguntaran-. ¿Quiere que intente es­tablecer contacto otra vez?
-Por el momento, no, teniente. Señor Sulu, ¿cuánto falta para el encuentro?
-Menos de cinco minutos, capitán.
Kirk pulsó uno de los botones que tenía en los brazos del asiento de mando.
-¿Señor Scott? ¿Nos ha oído?
-Sí, capitán. No puedo decir que lo apruebe, pero lo he oído.
-Estoy de su parte, Scotty, pero contentemos al primer ministro en las pequeñas cosas. A menos que haya equivoca­do mucho mis cálculos, tendremos más que suficientes de las grandes cuando comencemos.
-Sí, capitán, ya sé a qué se refiere. La cubierta del han­gar estará a gravedad cero cuando se abran las compuertas. Confío en que advertirá usted a todo el personal implicado. Dos de mis muchachos están en el muelle de la lanzadora, comprueban...
-Le dejaré a usted ese honor, señor Scott -le interrum­pió Kirk mientras se ponía de pie y se encaminaba hacia el turboascensor-. ¿Señor Spock, doctor McCoy? Por el tono del primer ministro, espera que le reciban a bordo nada me­nos que los oficiales de mayor graduación.
Diez minutos más tarde, los tres se hallaban en la galería de observación posterior, en lo alto de la cubierta del han­gar -Scotty había conseguido mantener una gravedad nor­mal en el tercio posterior de la cubierta-, mientras la nave de Chyrellka se deslizaba lentamente a través de las compuer­tas del hangar. Guiada por pequeños impulsos de los reacto­res de maniobras, la nave que entraba le recordó a Kirk nada menos que a una pulida versión más pequeña de las prime­ras lanzadoras espaciales de los Estados Unidos, que aún se conservaban limpias y brillantes en el museo de Astronáuti­ca. Incluso la insignia, siete estrellas de siete puntas sobre un fondo a rayas diagonales rojas y verdes, no era demasia­do diferente a la de aquellas históricas naves terrestres.
Cuando se aquietó el campo atmosférico contaminado que rielaba levemente, las compuertas comenzaron a cerrarse.
Pero la nave continuó su avance; el piloto no veía o ignora­ba la señal de aterrizaje que estaba pintada sobre la cubierta.
-¿Qué demonios hace? -masculló McCoy mientras la nave se deslizaba por entre las torres de control de opera­ciones de la cubierta, en dirección al ascensor de las lanzadoras-. Si se mete ahí detrás, donde todavía hay gra­vedad...
-No se preocupe, Bones -le respondió Kirk mientras miraba rápidamente a los dos alféreces que se encontraban jun­to a los controles del rayo tractor de aterrizaje-. Estamos preparados por si sucede algo así.
Pero no ocurrió... no del todo. Segundos antes que Kirk decidiera que era el momento de hacerles una señal a los al­féreces para que se hicieran cargo del aterrizaje, los reacto­res frontales despertaron finalmente a la vida y anularon el movimiento de avance.
Sin embargo la nave todavía se movía, según advirtió Kirk al cabo de un instante, aunque ahora lo hacía lateralmente. Frunció el ceño y comenzó una vez más a hacerles la señal a los alféreces, pero, antes que pudiera concluir el gesto, una última serie de impulsos detuvo completamente la nave, con una de las alas de afilada punta casi tocando la pared situa­da bajo el pasillo que llevaba a la galería de observación fron­tal. Con leves golpecitos y algunos crujidos, posó sobre la cu­bierta el tren de aterrizaje que acababa de asomar, sus llantas se hincharon ligeramente cuando Scotty restableció la gra­vedad un instante después que se posara.
En el momento en que Kirk y los otros comenzaron a ba­jar por la escala que llevaba desde la galería a la cubierta del hangar, una de las puertas de la nave se retiró hacia el interior y se deslizó suavemente a un lado. Por la abertura descendió una escalerilla y Kaulidren salió del oscuro inte­rior. Ataviado con un uniforme de color gris oscuro, no com­pletamente militar, permaneció de pie y observó en silencio a los tres oficiales que se le acercaban. Cuando llegaron a su posición, descendió rápidamente los escalones; evitó de manera inequívoca cogerse a la barandilla, como si quisiera demostrar que no le había afectado el cambio abrupto de gra­vedad cero a 1-g. Los cuatro hombres perfectamente afeita­dos que salieron tras él, vestidos con uniformes similares, pero de color más claro, no se adaptaron tan rápidamente y se aferraron a la barandilla hasta acabar de descender. Uno de ellos, que llevaba en la mano una caja metálica parecida a un maletín con lo que semejaba ser una anticuada cerra­dura electrónica, casi perdió pie en el primer escalón.
-Bienvenido a bordo de la Enterprise, prirner ministro Kaulidren -declaró Kirk, quien inclinó ligeramente la ca­beza en una especie de breve reverencia que, según sus in­formes, era la forma correcta de saludar. Kaulidren, sin em­bargo, en lugar de devolverle la reverencia, dio un paso al frente y le tendió la mano derecha.
-Estamos en una nave de la Federación -declaró sin rodeos-. Observaremos las costumbres de la Federación.
« Es costumbre de la Federación emplear los transporta­dores», pensó Kirk, pero mantuvo la sonrisa en los labios al estrechar la mano del primer ministro. El apretón, según des­cubrió, era tan firme y denotaba tanta práctica como el de cualquier almirante. Los otros cuatro ofrecieron debidamente sus manos cuando Kaulidren les presentó colectiva y anóni­mamente como sus «consejeros», pero la forma de estrechar las manos era poco acogedora e incluso incómoda.
-Mi primer oficial, el comandante Spock -anunció Kirk cuando el último de los cuatro hubo retrocedido para flan­quear a Kaulidren-, y mi oficial médico jefe, el teniente co­mandante Leonard McCoy.
Kaulídren le dio la mano a cada uno por turno, pero luego volvió a mirar a Spock.
-Es usted vulcaniano, si no me equivoco, comandante.
-Está usted en lo cierto, primer ministro -replicó Spock.
-Eso es bueno -comentó Kaulidren, asintiendo con la cabeza-. Tengo entendido que los vulcanianos son famosos por su lógica y su imparcialidad.
--Lo son -intervino Kirk, que hizo caso omiso del frun­cimiento de perplejidad que comenzaba a formarse en el en­trecejo de McCoy-. Está usted notablemente bien informa­do, primer ministro.
-Aunque hayamos preferido mantenernos independien­tes de la Federación, hemos intentado asimilar cualquier in­formación que ustedes han querido compartir con nosotros. En cualquier caso, me siento animado por la presencia del comandante Spock. Esas cualidades de lógica e imparciali­dad serán muy necesarias si queremos resolver nuestros pro­blemas actuales.
-Por supuesto, prestaré mi asistencia para cualquier cosa que me sea posible, primer ministro -le aseguró Spock. -Eso no hace falta decirlo -replicó Kaulidren, y volvió
a mirar a Kirk-. Ahora bien, me han dicho que las compu­tadoras de ustedes, duotrónicas, creo que se llaman, son capaces de recibir la información de nuestros sistemas com­parativamente primitivos.
-Con toda probabilidad, sí -le contestó Kirk-. Las duotrónicas, como seguramente sabrá, son notablemente versátiles.
-Sí -asintió Kaulidren mientras recorría la cubierta del hangar con la mirada-. Según tengo entendido, controlan literalmente la totalidad de esta nave.
-Supervisadas por la tripulación -aclaró McCoy.
-Por supuesto. Después de todo, las computadoras son meras máquinas, por complejas que sean. Requieren la cons­tante supervisión humana. Al menos eso pasa con las nues­tras, y supongo que todavía es el caso de las suyas.
-Ya lo creo que sí -respondió McCoy con un tono lo bas­tante enfático como para que una de las cejas de Spock se alzara ligeramente y Kirk le echase una mirada de soslayo.
-Muy bien -comentó Kaulidren mientras señalaba el maletín que aún tenía en la mano uno de sus consejeros-. He traído registros que documentan una pequeña parte de las atrocidades que han cometido los terroristas rebeldes. Espero que la computadora de ustedes sea capaz de verifi­car su autenticidad.
-Será capaz de verificar que los acontecimientos regis­trados sucedieron efectivamente, que no son imágenes crea­das por computadora -contestó Spock-, pero eso es todo. En cuanto a la identidad y afiliación de los implicados, no es posible hacer ninguna confirmación. En asuntos de esa índole, tendremos que apoyarnos únicamente en sus pala­bras, primer ministro.
-¿Sugiere usted...? -comenzó a preguntar Kaulidren con el ceño fruncido.
-No sugiero nada, primer ministro. Simplemente cons­tato un hecho.
El fruncimiento desapareció tan rápidamente como se ha­bía formado.
-Por supuesto. Acepte mis disculpas, comandante Spock. Me temo que mis tratos con los rebeldes, algunos de los cuales consideré amigos personales en otra época, me han predispuesto a la desconfianza. Sólo les pido que vean los documentos que he traído y escuchen lo que tengo que decirles.
Tras respirar profundamente, Kaulidren se volvió a mirar su nave por encima del hombro. Un sexto hombre -éste algunos centímetros más alto que Kaulidren y todos los demás, que llevaba un uniforme de tono más oscuro y una pis­tola extraña colgada del cinturón- había surgido de la nave y estaba de pie, firme, en lo alto de la escalerilla, justo ante la puerta que se cerraba en aquel momento.
-Espero que no se sienta ofendido, capitán, si uno de mis hombres se queda de guardia mientras estamos lejos de nues­tra nave.
-Por supuesto que no -le respondió Kirk mientras re­primía el fruncimiento que luchaba por formarse en su entrecejo-, pero le aseguro que no es necesario.
-Lo comprendo. Sin embargo, por irracional que pueda ser, me sentiré más cómodo si permanece allí.
-Como usted quiera, primer ministro. Ahora, si tiene la amabilidad de seguirnos, nos pondremos a trabajar.
«Para lo que servirá -pensó escépticamente Kirk mien­tras abría la marcha en dirección a los turboascensores-, si no confía en nosotros un poco más de lo que ha demostra­do hasta ahora. »
Minutos más tarde se encontraban sentados en torno a la mesa de la sala de conferencias. Y Spock insertaba en la computadora las cintas de datos proporcionadas por Kaulidren. Las luces del panel parpadearon cuando la computadora comenzó a analizar los aparatos de Chyrellka y adaptó sus propios circuitos de entrada para leer los datos.
-Según tengo entendido, primer ministro -comentó Kirk en tanto esperaban que se encendiera la pantalla aún en blanco-, Vancadia iba a recibir la independencia dentro de dos años, en el centésimo aniversario del primer aterri­zaje por parte de los chyrellkanos.
Kaulidren profirió un bufido.
-Perfectamente cierto. Pero no se contentaron con esperar.
-Sin embargo, según los datos que obran en poder de la Flota Estelar, no había señal alguna de conflicto cuando con­tactamos con ustedes por primera vez. En cualquier caso, nin­guna que nuestros representantes pudieran detectar.
-Es que no había ningún conflicto... entonces.
-No obstante, ahora es obvio que sí los hay. ¿Qué suce­dió en ese período de tiempo, primer ministro? ¿Cómo se de­terioraron tan rápidamente las relaciones entre ambos mundos?
Kaulidren hizo un gesto brusco hacia la ranura en la que Spock había insertado la cinta de datos.
-Está todo ahí... el terrorismo, los asesinatos, la des­trucción.
-Comprendo -insistió Kirk-, pero, ¿explica cómo co­menzó todo? ¿Por qué comenzó? Deben existir algunas razo­nes y, si queremos servirle de algo, necesitamos averiguar cuáles son.
Kaulidren frunció levemente el ceño y luego se encogió de hombros.
-Si habla usted con los «rebeldes», quizá ellos puedan explicárselo. Para mí constituye el más absoluto de los mis­terios. Como usted dice, Vancadia debía obtener su indepen­dencia dentro de dos años. Sin embargo, hace tres, aparente­mente, decidieron que la necesitaban de inmediato. Su interlocutor era un exaltado que se llama Delkondros.
-¿Dieron alguna explicación para esa repentina... impa­ciencia?
Kaulidren se encogió de hombros.
-Sólo puedo suponer que se cansaron de esperar. O que Delkondros les metió en la cabeza que no había ninguna ne­cesidad de esperar. Él no era más que uno de los veinte miem­bros del consejo en aquella época, pero es un hombre muy ambicioso -agregó con una mueca-. O, para concederle el beneficio de la duda, digamos que es muy optimista. En cual­quier caso, a las pocas semanas de convertirse en presiden­te del consejo comenzó a hacer sonar los tambores de la in­dependencia inmediata y a proferir ultrajantes acusaciones contra nuestros administradores coloniales. Luego se incli­nó abiertamente por la violencia, por más que varios de los más razonables miembros del consejo la repudiaron. No ha­bía forma de razonar con él y al final no nos quedó otra al­ternativa que declararles proscritos a él y a los miembros del consejo que permanecieron a su lado. Pasaron a la clan­destinidad, y desde entonces han dirigido una campaña te­rrorista contra nosotros.
Kaulidren se interrumpió y echó una mirada de impaciencia hacia Spock y la computadora.
-Los datos están siendo procesados, capitán –comentó Spock-. Parecen genuinos.
Kaulidren profirió un bufido.
-¡Por supuesto que son genuinos! ¿Cree que somos tan estúpidos para tratar de engañar a una computadora de nave estelar? Veamos, ¿puede sacar la grabación en la pantalla?
Spock hizo girar la pantalla de manera que pudiesen ver­la los que estaban sentados a la mesa. En ella aparecía una imagen congelada: era el interior de una habitación peque­ña que tenía un escritorio atestado de papeles, un par de si­llas de madera y varios archivadores anticuados. Aparente­mente, la cámara había sido montada en lo alto de una pared. Sentado ante el escritorio, con la espalda vuelta hacia una ventana, había un hombre de pelo entrecano vestido con una blusa y pantalones oscuros de corte holgado. Uno más joven, ataviado con ropas más claras, se encontraba de pie frente al primero, con ambas manos apoyadas sobre el escritorio. Ambos estudiaban unos papeles colocados encima de pilas de más papeles. Durante los primeros segundos la imagen se vio con mucho grano y mal definida, pero el foco se afina­ba a cada momento que pasaba.
-¿Hay algo que funciona mal? -preguntó secamente Kaulidren-. ¿Por qué no hay movimiento?
-Todavía está procesando -le explicó Kirk-. La com­putadora permanece en el primer cuadro mientras aclara el resto de las imágenes. En cuanto haya...
La imagen comenzó a moverse y la banda sonora se puso en funcionamiento.
-Ya veo -comentó Kaulidren, mientras hacía un gesto para pedir que quitaran el volumen-. Este es el primer «in­cidente» del que tenemos registro directo. Se produjeron una docena de ataques antes que pusiéramos todas nuestras ofi­cinas bajo constante vigilancia por cámara. El hombre que está detrás del escritorio... era... nuestro jefe de administra­ción para el distrito colonial del noroeste. El otro era su ayu­dante, un colono propiamente dicho, pero aparentemente le consideraban un enemigo por haberse asociado con nosotros. O simplemente le consideraron prescindible.
Kaulidren tragó con dificultad y apartó la mirada.
-Ya he visto este «incidente» demasiadas veces, capitán Kirk. La nitidez de imagen que ofrece su computadora sólo consigue hacer que me trastorne aún más.
En la pantalla, los dos hombres hablaban silenciosamen­te. De pronto, la ventana que estaba detrás del escritorio se hizo añicos. Antes de que nadie pudiese reaccionar, los tro­zos del cristal se desparramaron por la oficina y un paquete del tamaño y forma de un ladrillo golpeó contra la espalda de la persona que se encontraba detrás del escritorio. Durante una fracción de segundo los dos hombres volvieron la cabe­za hacia el objeto, el de más edad con una mueca de dolor.
Luego, sin que ninguno de los dos hubiese llegado a ver de hecho el objeto, ambos dieron un respingo y se dispusie­ron a huir.
Sólo iniciaron el movimiento. El hombre que se hallaba ante el escritorio consiguió girar en redondo y dar un solo paso largo para abalanzarse hacia la puerta. Simultáneamen­te, el que se encontraba detrás de dicho mueble se puso en pie de golpe, derribó la silla a sus espaldas e inició un salto que le habría llevado hasta lo alto del escritorio.
Entonces se produjo la explosión.
Acabó en un instante; el cuerpo del hombre de mayor edad apenas había comenzado a describir una voltereta ascendente en el aire, cuando la lente de la cámara se hizo pedazos en el momento en que algo -¿un trozo de la silla que estaba detrás del escritorio?- chocó contra él. Momentos después aparecieron unas pocas imágenes, tomadas éstas desde el pa­sillo al que daba la oficina; una media docena de personas, que aparentemente formaban un equipo de rescate, retiraba los restos del escritorio y del techo parcialmente derrumba­dos, sobre los cadáveres.
-Verá -comentó Kaulidren, mientras volvía fugazmen­te los ojos hacia la pantalla-, eso es típico de las carnice­rías causadas por los rebeldes. No hubo aviso alguno, a me­nos que uno considere a los asesinatos anteriores como un aviso de los subsiguientes. A esos dos hombres -ambos ami­gos míos, podría agregar-, no se les dio ni la más mínima oportunidad de escapar de la muerte. Sencillamente, fueron ejecutados.
-¿El resto de la información que nos ha traído es simi­lar a ésta? -le preguntó Kirk.
-Todo es documentación sobre la brutalidad de las ac­ciones de los rebeldes, sí.
-¿Y nada más?
-Si duda usted de-la autenticidad...
-No hay duda alguna sobre la autenticidad de los pro­pios acontecimientos -le interrumpió Kirk-, pero, como ya ha señalado antes el señor Spock, no existe forma de verifi­car quiénes eran las víctimas ni quienes sus asesinos. Y aun­que la hubiera, seguiría siendo igualmente válido que esos sucesos, por bárbaros y reales que sean, no nos ayudarán para nada a conseguir nuestros objetivos. Lo que nosotros necesitamos es...
-¡Pero sí le demuestra la clase de gente con la que esta­mos tratando! ¡Eso puede verlo sin ningún lugar a dudas!
Kirk reprimió un suspiro que era mezcla de compasión e irritación.
-Primer ministro Kaulidren -le dijo-, nosotros esta­mos aquí, por solicitud de su gobierno, con el fin de intentar negociar la paz entre ustedes y los rebeldes. El primer paso para lograr esa finalidad es encontrar las causas subyacen­tes del conflicto.
-Pero nosotros pensábamos que, una vez que puestos al corriente de los hechos...
-¿Que la Federación se pondría de su parte en este con­flicto?
Kaulidren parpadeó, aparentemente desconcertado por la franqueza de Kirk. Respiró profundamente.
-¡Sin duda no se pondrán ustedes de parte de unos ase­sinos y terroristas!
-Primer ministro Kaulidren... -Kirk apoyó las manos sobre la mesa, ante sí, en un gesto suplicante-. Por favor, compréndalo... no estamos aquí para ponernos absolutamen­te de parte de nadie. Hemos venido para averiguar cuanto podamos sobre la verdad, y para emplear ese conocimiento en los esfuerzos que realicemos para conseguir que cesen las hostilidades.
-Pero, capitán Kirk...
-Capitán -le interrumpió la voz de Uhura desde el intercomunicador-. Entra una transmisión de Vancadia.
Kirk miró a Kaulidren, que tenía el entrecejo fruncido por aquella interrupción.
-Pásela aquí, teniente -le dijo.
-De inmediato, señor.
Un instante después la voz de Uhura fue reemplazada por una furibunda voz masculina.
-¡...las mentiras tramadas por Kaulidren! -comenzó, ob­viamente en mitad de una frase.
-¡Yo no miento! -estalló Kaulidren, ahogando las pala­bras siguientes antes que Kirk le hiciera un gesto para indi­carle silencio.
-¡...antes que sea demasiado tarde! -acabó la voz, y lue­go hizo una pausa.
-Es una grabación, señor -se apresuró a informar Uhura-. La volveré a pasar.
-¡No deben escuchar a Kaulidren! -comenzó la voz sin preámbulo alguno-. Por muchas mentiras que les haya con­tado sobre ese llamado terrorismo, yo represento a los colo­nos y, si vuestra Federación está verdaderamente comprome­tida con la justicia, tienen que hablar con nosotros antes de emprender ningún tipo de acción. ¡Deben acudir a Vancadia y averiguar la verdad sobre las mentiras tramadas por Kaulidren! ¡Tienen que escucharnos, antes que sea demasiado tarde!
-¿Ha localizado la procedencia, teniente? -le preguntó Kirk a Uhura por el intercomunicador.
-El teniente Pritchard realiza un sondeo con los sensores, capitán.
-¿Teniente Pritchard? -le preguntó Kirk al joven oficial que se ocupaba de la terminal científica cuando Spock se en­contraba ausente del puente.
-Sí, señor, la tengo. El mensaje proviene de una peque­ña nave lanzada desde Vancadia hace apenas unos minutos. Todavía tiene los motores encendidos y está a punto de en­trar en órbita.
-Teniente Uhura, intente establecer nueva comunicación.
-Ya lo intento, pero no se trata de un mensaje subespacial. A esta distancia, pasarán al menos tres minutos antes de que podamos obtener alguna respuesta.
-Comprendido, teniente. Inténtelo de nuevo. Nos apro­ximaremos más -Kirk se volvió a mirar a Kaulidren-. Si lo desea, retrasaremos nuestra partida hasta que usted y sus hombres puedan regresar a su nave.
-¿Qué? -estalló Kaulidren-. ¿Que va a marcharse us­ted? ¡Capitán, no puedo creer que vaya a aceptar la idea de encontrarse con esos carniceros!
Kirk asintió con gesto terminante.
-Ya lo creo que acudiremos a Vancadia, primer minis­tro. Si desea permanecer a bordo de la Enterprise, puede ha­cerlo. Si no...
-¡Por supuesto que me quedaré! ¡No hay forma de sa­ber qué nuevas mentiras habrán tramado!
-Muy bien, primer ministro -replicó Kirk. Luego, mien­tras hablaba otra vez por el intercomunicador, Kirk se puso de pie-. Vamos de camino hacia el puente. Teniente Sulu, trace un curso y ponga rumbo en dirección a Vancadia.
-Pero ahí hay más datos... -comenzó a decir Kaulidren con furiosos gestos hacia la pantalla de la computadora, que ahora estaba en blanco.
-Todavía estarán ahí cuando lleguemos a Vancadia, primer ministro -le contestó Kirk.
-Como usted quiera, capitán, pero...
-¡Capitán! -interrumpió el teniente Pritchard-. ¡La nave que transmitió el mensaje acaba de ser destruida!



2

Detalles, señor Pritchard -exigió secamente Kirk, que se detuvo junto al intercomunicador mientras echaba una penetrante mirada a Kaulidren y los miembros de su séquito. Los rostros de aquellos hombres, sin embar­go, eran impenetrables.
-Había una docena de naves de mayor tamaño en órbita alrededor de Vancadia -informó Pritchard-. Dos de ellas dispararon casi simultáneamente sobre la nave mensajera cuando entraba en órbita. Había transmitido de manera con­tinuada desde el instante en que abandonó la atmósfera del planeta.
-¿Supervivientes?
-Está demasiado lejos para que los sensores detecten si los ha habido, señor, ni siquiera podemos saber si antes del ataque había forma de vida alguna a bordo de la nave y, en ese caso, su número. Las lecturas provisionales indican que la nave era demasiado pequeña para dar cabida a más de dos personas.
-Muy bien. Señor Sulu, pongámonos en camino, plena potencia de impulso.
-Sí, señor.
Kirk cerró el intercomunicador.
-Caballeros, si tienen la amabilidad de acompañarme al puente... -El capitán abrió la marcha hacia el turboascen­sor más próximo; Kaulidren y su séquito marcharon inmediatamente detrás, con Spock y McCoy en la retaguardia.
-¿Qué sabe usted de lo que acaba de suceder, primer mi­nistro? -preguntó Kirk cuando las puertas del turboascensor se cerraron tras ellos-. No parece usted demasiado sorprendido.
-No lo estoy, capitán. Supongo que la responsable fue una de nuestras naves de vigilancia. -¿Naves de vigilancia?
-Mantenemos una vigilancia constante sobre Vancadia. Los intentos por parte de los rebeldes de llevar sus activida­des terroristas hasta la propia Chyrellka han hecho que sea de vital necesidad.
-Disparar contra una nave desarmada no constituye un acto de vigilancia, primer ministro -señaló Spock.
Antes que Kaulidren pudiera responder al vulcaniano, las puertas se abrieron en el puente. Vancadia ocupaba ya la to­talidad de la pantalla delantera.
-Reducimos a un cuarto de potencia de impulso, capi­tán -informó Sulu-. Entramos en órbita estándar alrede­dor de Vancadia.
Los ojos de Kaulidren se abrieron con asombro mientras seguía a Kirk por el puente.
-¿Hemos llegado tan rápidamente a Vancadia?
-Para una nave interestelar, primer ministro, las distan­cias interplanetarias son cortas. Señor Pritchard, ¿algún in­dicio de supervivientes, ahora que tenemos la zona en el ra­dio de alcance de los sensores?
-Ninguno, señor. -Al levantar los ojos, Pritchard vio a Spock y dio un paso atrás para entregarle el puesto de la ter­minal científica mientras acababa su informe-. Pero tam­poco existe indicio alguno de que la nave estuviera tripula­da por formas de vida antes del ataque. Los análisis de restos de masa reducen nuestras anteriores estimaciones sobre el tamaño de la nave. No podía alojar más de una persona, lo más probable es que estuviera desarmada y fuera dirigida por control remoto.
-Si había alguien a bordo, capitán -intervino Uhura-, ciertamente tuvieron tiempo de recibir nuestra respuesta an­tes de la destrucción, pero no hubo acuse de recibo. La mis­ma señal se repitió hasta el final.
-¿Está completamente segura de que tuvieron tiempo su­ficiente como para replicar?
-Sí, señor. La destrucción se produjo aproximadamente un minuto después de llegarles nuestra señal.
«Cosa que no prueba absolutamente nada», pensó Kirk con ferocidad. Con el ataque de las naves de vigilancia,
un piloto solitario habría tenido otras cosas en la cabeza.
Volvió su atención hacia la pantalla principal, en la que se veía una nave, presumiblemente una de las naves de vigi­lancia de Chyrellka, que flotaba en la distancia. Era cientos de veces más grande que la lustrosa navecilla que en aque­llos momentos se hallaba en el hangar de la Enterprise, su forma angulosa y robusta estaba obviamente diseñada para no descender jamás a la atmósfera de un planeta. Los caño­nes de láser salpicaban su proa rectangular como mortales pecas geométricamente perfectas.
-Esa es una nave formidable, primer ministro -observó Kirk, y se volvió para mirar a Kaulidren-. ¿Cree usted que necesitaremos nuestros escudos?
Kaulidren pareció consternado.
-No me gustaría que esto se divulgara y llegase a oídos de los vancadianos -comenzó mientras descendía hasta el área de mando del puente para detenerse junto a Kirk-, pero los cañones láser son falsos excepto tres de ellos, y la mayor parte del casco de la nave está vacío. Hemos aprendido que cuando más formidable parece un arma, menos necesario es utilizarla.
-Pero, obviamente, éstas han sido utilizadas, primer mi­nistro -insistió Kirk-. Acabamos de ver cómo las utiliza­ban. Y los rayos láser de esa potencia, tanto da que sean tres en lugar de veintitrés, son igualmente mortales para una nave desprotegida. Volveré a preguntárselo: ¿Necesitaremos activar los escudos?
-Ciertamente, no para protegerse contra nosotros -le contestó a decir Kaulidren con tono de indignación.
-¿Sino para protegernos de los rebeldes? ¿Es eso lo que insinúa?
-Ellos intentarían cualquier cosa.
-La nave esa que acaban ustedes de destruir... ¿qué «in­tentaba»? -intervino McCoy.
-Caballeros, deben entender ustedes la situación con la que nos enfrentamos -comenzó Kaulidren con total seriedad-. Si nosotros les permitiéramos un acceso al es­pacio sin restricciones...
-Capitán -interrumpió Uhura-, recibimos una señal electromagnética procedente de la superficie del planeta. No hay señal visual.
-Pásela a los altavoces, teniente, y haga que llegue a la sala de motores. ¿Está usted ahí, señor Scott?
-Sí, capitán -le respondió la voz de Scotty por el intercomunicador.
Un instante después otra voz llenó el aire del puente; era la misma que habían oído procedente de la nave derribada.
-Llamando a la nave estelar de la Federación -comenzó, con más ansiedad que enojo esta vez; aparentemente no era una grabación-. ¿Pueden oírme?
-Podemos oírle -replicó Kirk-. Aquí el capitán James Kirk, capitán al mando de la USS Enterprise. Identifíquese.
Una confusión de voces brotó brevemente por los altavo­ces, pero la primera volvió a dejarse oír, esta vez hablaba con calma, incluso de manera deliberada.
-Soy Delkondros, presidente del Consejo de independen­cia Vancadiano. ¡En la caprichosa y no provocada destrucción de nuestra nave han visto ustedes la verdadera cara de los tiranos chyrellkanos! Si...
-¡Ustedes sabían que sería derribada! -intervino Kaulidren, colérico-. ¡La enviaron al espacio para que fuera derribada!
-¿Kaulidren? -La afectada formalidad se desvaneció en la voz de Delkondros, para ser reemplazada por una furia fría-. ¿Qué mentiras ha contado usted para que le permi­tan el acceso a bordo de una nave de la Federación?
-¡Pregúnteselo! -exigió Kaulidren-. ¡Pregúntele por qué ha lanzado al espacio una nave que sabía que iba a ser derribada!
-¡Y pregúntele a él -contestó Delkondros- por qué la han derribado! No había alarma de ninguna clase, sino sim­plemente un ataque virulento y no provocado. ¡Sus robots ase­sinos, Kaulidren, no sabían si había tripulantes a bordo o no los había! ¡Ellos nunca lo saben! ¡Y a ustedes no les importa!
-¿Y quién llevó a cabo el primer ataque? -Kaulidren ha­blaba a voz en grito-. ¿Quién habría matado a millares si no le hubiésemos detenido? ¡No culpe a Chyrellka por los resultados de su propia locura, Delkondros!
-¡Caballeros! -intervino Kirk con tono terminante-. Hemos venido hasta aquí para actuar como mediadores, no como árbitros.
-¡Pero acaba de ver usted mismo lo que las fuerzas de Kaulidren le han hecho a nuestra nave! -protestó la voz.
-Lo hemos visto -respondió Kirk-. También hemos vis­to grabaciones de lo que el primer ministro asegura que han hecho los vancadianos.
-¡Mentiras! ¡Todo mentiras! ¡Si quiere conocer la verdad, debe acudir aquí, a Vancadia! ¡Nosotros tenemos pruebas irrefutables: los cuerpos de nuestros líderes asesinados! ¡Si la ciencia médica de ustedes es tan maravillosa como nos han hecho creer, encontrarán el veneno chyrellkano todavía alojado en los tejidos de los cadáveres!
-¡No le escuche! -intervino Kaulidren-. ¡Incluso si di­cho veneno existe, es obra de ellos y no nuestra! ¡Pregúntele cómo llegó a ser elegido para el consejo, en primer lugar! ¡Cómo murió su opositor, muy convenientemente, una sema­na antes de las elecciones!
-¡Mi opositor murió, primer ministro Kaulidren, porque ustedes pensaron que yo sería más fácil de controlar, más fácil de engañar! ¡Pero se equivocaban! ¡Y, cuando se dieron cuenta del error cometido, hicieron que sus marionetas de la administración colonial intentaran matarme y, cuando eso no dio resultado, intentaron matar a todo nuestro gobierno!
-¡Ustedes mataron a su propio gobierno cuando se con­virtieron en terroristas, y después comenzaron a matarnos a nosotros!
-¡Caballeros, por favor! -exclamó Kirk, con repentina impaciencia. Por un momento había imaginado que podría formarse una cierta idea de la situación mediante el senci­llo sistema de dejar que se enfrentaran verbalmente y escu­char, pero resultaba obvio que eso no iba a suceder-. Gri­tarse acusaciones mutuamente no servirá de nada. Ahora, a menos que alguno de ustedes tenga algo más que una sarta de acusaciones contra las supuestas actuaciones por el otro bando...
-¡Muy bien, capitán Kirk! -interrumpió Delkondros con aspereza-. ¡Si duda usted de mi palabra, envíe a alguien aquí abajo! ¡Envíenos un médico! ¡Que baje a estudiar las prue­bas, que venga a examinar a aquellos de entre nosotros que hemos sobrevivido a la matanza! ¡Déjele que decida quién dice la verdad! ¡Quizá ese médico pueda incluso descubrir la fuente de los venenos! ¡O proporcionarnos el antídoto que Kaulidren se niega a compartir con nosotros!
Kirk dirigió una mirada interrogativa al doctor McCoy.
-¿Bones?
-¿Cree que ha de preguntármelo, Jim? -le contestó McCoy mientras se encaminaba hacia el turboascensor-. Estaré listo en cuanto haya recogido mi escáner y el equipo médico.
Kirk sonrió débilmente.
-Si lo desea, presidente Delkondros, el médico de nues­tra nave puede ser transferido a la superficie y... evaluar esas pruebas de las que me ha hablado. También podrá determi­nar si existe un antídoto para el veneno, o si éste puede ser sintetizado. ¿Sería eso satisfactorio para usted?
-¡Por supuesto que lo sería! ¡Lo único que queremos es una investigación honrada que conduzca a la verdad! ¡Y sal­ve vidas!
-¡Y el vulcaniano! -intervino Kaulidren-. Pregúntele a Delkondros si estaría dispuesto a aceptar un observador que se rija solamente por la lógica, no por la teatralidad emo­cional barata.
--¿Hay un vulcaniano a bordo? -crepitó la voz de Delkondros, que no ahogó del todo el divertido resoplar procedente del turboascensor al cerrarse las puertas tras McCoy.
-Mi primer oficial, el señor Spock, es medio vulcaniano -respondió suavemente Kirk.
-En ese caso, le recibiremos con mucho gusto, por su­puesto -le aseguró Delkondros-. No tenemos absolutamen­te nada que temer de la lógica ni de la imparcialidad. Muy al contrario, esas cualidades nos resultan tremendamente ne­cesarias.
Kaulidren frunció el ceño, pero no dijo nada.
-¿Señor Spock? -Kirk se volvió hacia la terminal
científica-. ¿Le importaría unirse al doctor y a mí?
-Por supuesto, capitán.
-¡Capitán! -exclamó Kaulidren con el entrecejo aún más fruncido-. ¡No irá a bajar usted con ellos!
Kirk, esta vez incapaz de reprimir el fruncimiento de su propio ceño, se volvió a mirar a Kaulidren.
-He pensado que podría acompañarles en este viaje, pri­mer ministro. ¿Existe alguna razón por la que no deba des­cender?
-Indudablemente, él teme por su seguridad, capitán -respondió la voz de Delkondros, ahora cargada de sarcas­mo en lugar de cólera-. Pero, si he de decirle la verdad, tam­bién yo preferiría que permaneciese usted a bordo de su nave... donde podrá vigilar de cerca al primer ministro. Yo, desde luego, no me fiaría de él...
-Como ustedes lo deseen, caballeros -interrumpió Kirk, cuya voz reflejaba una parte del sarcasmo del presidente-. Nada más lejos de mi intención que negarles a ambos la primera cosa en la que han estado de acuerdo desde nuestra llegada. Presidente Delkondros, le pondré en contacto con la sala del transportador. Podrá darle al oficial que está a car­go las coordenadas para la transferencia. -Kirk le hizo a Uhura un gesto de asentimiento y ella desplazó un interrup­tor en el tablero de comunicaciones-. Ahora, primer minis­tro Kaulidren...
-Capitán Kirk -le interrumpió el interpelado-, desa­consejo enérgicamente que envíe a sus hombres a la super­ficie de Vancadia.
Con el ceño fruncido, Kirk se volvió a mirar al chyrellkano.
-¿Y eso a que se debe, primer ministro? Hace apenas unos instantes parecía usted dispuesto, incluso ansioso, por que al menos Spock acudiera al planeta.
-¡Ni por un segundo pensé que Delkondros iba a acep­tar la propuesta! Pero, ahora que lo ha hecho, comprendo que debe tratarse de una trampa. Usted no ha tratado con esa gen­te, capitán. No los conoce, no sabe de qué son capaces. Por favor... debe ver el resto de las grabaciones que he traído a bordo antes de tomar la decisión de poner a sus hombres en manos de Delkondros.
Kirk negó con la cabeza.
-Los rebeldes saben que cualquier acción que empren­dan contra mis hombres será contraproducente.
-¡Son una gente completamente irracional! -estalló Kaulidren.
Los ojos de Kirk se encontraron con los de Spock y perci­bió que los pensamientos de su primer oficial eran un eco de los suyos propios: «Ahí está el cocodrilo, llamando boca­zas al sapo». Se habría echado a reír si la situación no hu­biera sido tan claramente desesperada.
-Primer ministro -comenzó Kirk... pero antes que pu­diera continuar, la voz femenina de la computadora le interrumpió.
-Alerta de intrusión -declaró con la misma carencia de emociones de siempre-. Personal no autorizado ha sido de­tectado en la sala de la computadora principal, en la cubierta ocho.

3


Al volverse apresuradamente hacia la pantalla princi­pal, Kirk pasó fugazmente los ojos por los hombres de Kaulidren. No faltaba ninguno. -Computadora -dijo secamente, mientras pulsaba uno de los botones en los brazos del asiento de mando-, bloquee las puertas de acceso a la sala de la computadora principal. Seguridad, envíe un destacamento a la sala de la computa­dora principal. Alerta de intrusión.
-Aquí seguridad, sí, señor -replicó casi instantáneamen- te la voz de la teniente Shanti con su leve timbre de contralto.
-Señor Spock, pase la sala de la computadora a pantalla. -No hay manera, capitán -le contestó Spock sin levan­tar la mirada-. Los circuitos de control no responden. -Computadora -ordenó Kirk, mientras sentía que la inquietud comenzaba a roerle por dentro-, identifique al intruso.
-Humanoide desconocido -comenzó a decir la computadora, y luego quedó en silencio.
-¿Computadora?
La máquina siguió en silencio.
Kirk volvió rápidamente su mirada hacia Spock, que trabajaba con los controles de la terminal científica. -¿Están bloqueadas las puertas de acceso? -Todo indica lo contrario, capitán.
Kirk atravesó rápidamente el puente y se detuvo junto al primer oficial.
-¡Anulación, señor Spock!
El vulcaniano negó con la cabeza.
-No es posible en las condiciones actuales, capitán. Ninguno de los controles está...
Spock se interrumpió bruscamente. Un momento después los pasillos atestados de maquinaria de la sala de la compu­tadora principal aparecieron en la pantalla del puente. Es­taban vacíos. Las puertas de acceso, bloqueadas tal como se veía en la imagen, se abrieron silenciosamente pasado un instante.
-El desperfecto en el circuito de control -anunció la mo­nótona voz de la computadora- ha sido aislado y corregido.
-¿Desperfecto en el circuito de control? -preguntó Kirk con aspereza, y se volvió para mirar a Spock.
-Capitán, creo que la computadora nos dice que la aler­ta ha sido consecuencia de un desperfecto.
-Afirmativo -replicó instantáneamente la computadora.
-¿No había nadie en la sala de la computadora princi­pal? -fue la siguiente pregunta de Kirk.
-Afirmativo.
Kirk frunció el entrecejo.
-Teniente Shanti, informe de la situación.
-Salimos del turboascensor en cubierta ocho, capitán, avanzamos hacia sala de la computadora principal.
-La alerta podría haber sido una falsa alarma, teniente, pero de todas formas tenga cuidado. Informe de cualquier cosa inusual, por pequeña que sea.
-Sí, señor.
-Señor Spock, ¿algún indicio de la causa de ese desper­fecto en el circuito?
-Ninguno, capitán. Las lecturas sólo indican que se pro­dujo un conflicto entre dos equipos sensores diferentes ins­talados en el interior de la sala. Los esfuerzos realizados por la computadora para conciliar esos informes conflictivos pa­recen haber provocado que los circuitos de control no res­pondieran y ocasionado al menos el borrado parcial de las lecturas conflictivas.
«El doctor McCoy diría que eso suena muy parecido a una crisis nerviosa», pensó Kirk.
-¿Cuál era, específicamente, ese conflicto, señor Spock?
-Desconocido, capitán. Con un poco de tiempo, podría someterlo a un programa completo de diagnóstico, pero, de­bido que aparentemente se han borrado los datos, tenemos sólo una probabilidad de menos del diez coma siete por cien­to de poder aislar una causa específica del problema. Tambien existe un programa especial que yo he creado, y que po­dría incrementar esas probabilidades en una cifra indeter­minada, pero aún no ha sido sometido a prueba alguna.
Kirk asintió con la cabeza y volvió a mirar la pantalla.
-Haga lo que pueda, señor Spock.
-Por supuesto, capitán.
-Capitán. -La voz de la teniente Shanti le llegó a través del intercomunicador-. En la sala de la computadora no hay nadie y todo parece estar en orden. No obstante, uno de mis hombres informa haber oído que el turboascensor fun­cionaba.
-Computadora -dijo Kirk a toda velocidad-, imagen del interior del turboascensor.
La pantalla rieló momentáneamente, de manera poco característica, al desaparecer de ella la imagen de la sala de la computadora y ser reemplazada por el interior del turboas­censor. Estaba vacío, pero las puertas se cerraban en aquel momento, y la tripulación del puente llegó a captar un atis­bo de la cubierta del hangar, con la lanzadora chyrellkana al fondo.
-Computadora -ordenó Kirk-, imagen de la cubierta del hangar. Teniente Shanti, diríjase inmediatamente a la cu­bierta del hangar.
-Sí, señor.
En la pantalla frontal apareció la cubierta del hangar. La nave de Kaulidren tenía el mismo aspecto captado a través de las puertas del turboascensor que se cerraban. El corpu­lento guardia aún se encontraba de pie en lo alto de la esca­lerilla, sus ojos recorrían tranquila y deliberadamente la de­sierta extensión de la cubierta. A un lado estaban aparcadas las lanzadoras de la Enterprise, excepto una en la que traba­jaban los hombres de Scott, en el taller de mantenimiento de la cubierta veinte. La sala de control del rayo tractor que se hallaba en lo alto de una pared estaba vacía, porque los dos alféreces que Kirk había destinado temporalmente allí durante la maniobra de atraque habían regresado ya a sus tareas regulares.
Desde algún punto les llegó un sonido, un leve raspar de metal contra metal, pero inmediatamente fue ahogado por el siseo de las puertas del turboascensor. La teniente Shanti salió de él; su diminuta figura se veía más empequeñecida aún por los dos fornidos miembros de su destacamento, de metro ochenta de estatura. Sin embargo, la estatura de la mu­jer era engañosa: Kirk sabía que, con su destreza en las ar­tes marciales, podía enfrentarse perfectamente a cualquie­ra de los otros dos.
-Teniente Shanti -comenzó el capitán, pero fue inte­rrumpido por Kaulidren, que había permanecido insólita­mente silencioso durante toda la alerta.
-¿Qué sucede, capitán Kirk? ¿Por qué ha enviado esa gen­te a mi nave?
-Teniente Shanti -repitió Kirk por encima de las pala­bras de Kaulidren-, hemos detectado un sonido metálico en alguna parte de la cubierta del hangar, justo antes de llegar ustedes. ¿Puede ver algo que lo justifique?
-También nosotros lo hemos oído, capitán -le contestó ella-, justo en el momento de abrirse las puertas del tur­boascensor. Parecía proceder de las inmediaciones de la nave alienígena.
-Ya veo. -Kirk le lanzó otra penetrante mirada a Kaulidren mientras se volvía hacia la terminal científica-. Señor Spock, sondee el hangar en busca de formas de vida.
Spock se concentró momentáneamente en las lecturas de su terminal.
-Sólo registro el destacamento de seguridad y el centi­nela del primer ministro, capitán.
Kirk dio media vuelta para mirar la imagen de la cubier­ta del hangar y la contempló durante varios segundos.
-Teniente Shanti -ordenó finalmente-, regrese a la sala de la computadora principal. Revísela minuciosamente en busca de cualquier cosa que indique que el desperfecto no haya sido tal desperfecto.
-Sí, señor -respondió Shanti-. ¿Quiere que busque ras­tros de una verdadera intrusión, capitán?
-Correcto, teniente.
-Capitán Kirk -intervino abruptamente Kaulidren-. ¿Cree usted que verdaderamente pudo haber entrado alguien en la sala de la computadora?
-No puedo descartar esa posibilidad, primer ministro.
-Si alguien hubiera entrado en la sala de la computado­ra... ¿habría tenido esa persona acceso a las computadoras de todas las áreas de la nave, desde esa sala?
-Por supuesto. ¿Por qué?
-La grabación que yo traje a bordo, la que su primer ofi­cial introdujo en la computadora de la sala de conferencias... ¿podría haber sido... afectada por ese hipotético intruso?
Kirk reprimió la arruga que luchaba por fruncirle la fren­te y el impulso de señalarle al primer ministro que, si real­mente había un intruso a bordo de la Enterprise, todo apun­taba a que había llegado a bordo de la propia lanzadora del primer ministro.
-Si dicho intruso existiera -comenzó con el tono más sereno que pudo-, y si sabía con exactitud qué era lo que buscaba, y si tenía un conocimiento enciclopédico de la com­putadora, así como una extraordinaria destreza para hacer uso de esos conocimientos, entonces sería remotamente po­sible. Sin embargo, no hay más de dos o tres docenas de per­sonas, en el mejor de los casos, que posean ese tipo de des­treza en toda la Flota Estelar.
-¿Y no hay ninguna de esas personas a bordo de la Enterprise ?
-Sólo una, primer ministro, y puedo asegurarle que no estaba ni remotamente cerca de la sala de la computadora en el momento en que se produjo el desperfecto.
-¿Cómo puede estar tan seguro, capitán?
-Por la misma razón que también usted puede estarlo, primer ministro. El señor Spock no se ha apartado de nues­tra vista desde que usted subió a bordo.
Kaulidren le lanzó una mirada fugaz a Spock y luego pa­reció relajarse. .
-Por supuesto, capitán, le presento mis disculpas. Des­pués de lo que ha pasado en los últimos meses, es difícil no convertirse en un paranoico. Pero que yo haya llegado siquie­ra por un instante a considerar posible que mis enemigos ha­yan podido adquirir semejante conocimiento, y hallado lue­go la forma de subir a bordo de una nave estelar de la Federación con el único propósito de manipular la grabación que yo he traído, supera incluso mis más paranoicas fanta­sías. Le presento, una vez más, mis disculpas. No obstante, con respecto a la decisión de permitir que sus hombres ba­jen a la superficie...
Como si hubiera esperado aquella frase, las puertas del turboascensor se abrieron con un siseo y el doctor McCoy las traspuso y recorrió todo el puente con una sola mirada.
-Ya veo que usted y mi mitad lógica vulcaniana todavía holgazanean por aquí arriba. ¿Significa eso que le han con­vencido de lo contrario y habré de bajar yo solo?
-Tuvimos una falsa alarma en la sala de la computado­ra -le explicó Kirk-, pero ya está todo bajo control. ¿Co­rrecto, señor Spock?
-Todas las lecturas parecen normales ahora, capitán, pero... -Una contracción arrugó la frente de Spock-. No he podido determinar ni la naturaleza ni la causa exactas del desperfecto.
El doctor profirió una carcajada jadeante.
-¿Lo he oído bien, Spock? ¿Acaba de admitir que ha apa­recido algo que no puede usted hacer? ¿Y con la computado­ra, nada menos? Lamento habérmelo perdido. Bueno, ¿está listo para bajar o debo marcharme solo?
-Spock está preparado, Bones -le contestó Kirk con una ligera mueca mientras le indicaba con un gesto al teniente Pritchard que regresara a la terminal científica-, pero yo permaneceré a bordo, a petición de nuestro huésped y su co­lega de Vancadia.
-¡Capitán Kirk! -Kaulidren había ido adoptado un aire más y más tenso desde que McCoy regresó al puente-. ¡Una vez más, siento que es mi deber ponerle sobre aviso: esa gente, esos terroristas rebeldes, no son de confianza! Traiga a Delkondros a bordo de su nave si es que tiene que hacerlo, pero no...
-Tomo nota de su advertencia -le respondió Kirk-. Se­ñor Spock, doctor McCoy, si uno de ustedes tiene alguna reserva...
-No después que esa nave fuera derribada, no, no la ten­go -le interrumpió McCoy-. Bueno, ¿me acompañará us­ted, Spock, o no?
-Le acompaño, doctor -le contestó Spock mientras des­lizaba la correa del sensor portátil por encima del hombro y avanzaba hacia el turboascensor para reunirse con el médico.
Cuando las puertas se cerraron tras los dos oficiales, Kirk se volvió hacia la terminal de comunicaciones.
-Teniente Uhura, ¿puede contactar otra vez con Del­kondros?
-Sí, señor. -Los dedos de la mujer corrieron veloces por los botones del tablero-. Adelante, capitán.
-Presidente Delkondros -comenzó Kirk-, dos de mis hombres, el teniente comandante McCoy, nuestro oficial mé­dico jefe, y el comandante Spock, nuestro oficial científico, están preparados para ser transferidos a las coordenadas que usted le ha transmitido a la sala del transportador.
-Le estoy tremendamente agradecido -contestó la voz de Delkondros-. Sé sin ningún género de duda que una vez hayan visto nuestras pruebas...
-Las evaluarán con imparcialidad -le interrumpió Kirk.
-Por supuesto. Es lo único que pedimos.
Kaulidren hizo una mueca, pero guardó silencio.
Un minuto más tarde se abrió la conexión con la sala del transportador. Kirk reprimió una sonrisa al oír la voz de McCoy como telón de fondo, ininteligible, pero obviamente descontenta, que le daba a Spock un sermón sobre algo. Fue interrumpida abruptamente.
-Preparados, capitán -anunció el jefe de transportes, tras algunos segundos de vacilación.
-Proceda, señor Kyle -ordenó Kirk mientras se senta­ba en su sillón-. Pero esté preparado para sacarles de allí a la primera señal de problemas. Mantenga el transportador centrado sobre los comunicadores de ambos.
-Sí, señor. -Se produjo una pausa-. Activación -se oyó luego.
El puente quedó en silencio y Kirk, una vez más, observó a Kaulidren para intentar dilucidar qué significaba la expre­sión del barbudo rostro del primer ministro. ¿Miedo? ¿Furia?
-Ya están abajo, señor -anunció el teniente Pritchard desde la terminal científica-, en las coordenadas prescritas.
-Teniente Uhura, ¿continúa abierto el contacto con Del­kondros?
-No, señor. Cortó la comunicación cuando el señor Spock y el doctor McCoy eran transferidos.
Kirk frunció el entrecejo.
-Vuelva a establecer contacto.
-Sí, señor -replicó Uhura, mientras sus dedos corrían veloces por el panel de controles.
-Se lo advertí, capitán -comenzó a decir Kaulidren, pero Kirk le interrumpió con un gesto y se volvió en redondo para encararse con Pritchard, que se encontraba ante la terminal científica.
-Teniente...
-Hay algún tipo de escudo, capitán. Bloquea los sensores.
-Las transmisiones de radio también están bloqueadas, señor -intervino Uhura con una evidente preocupación re­flejada en su voz.
-¡Sala de transportador -dijo Kirk con sequedad-, trái­gales de vuelta a bordo, ahora!
« ¡Imposible! »
Un pensamiento destelló inútilmente en la mente de Kirk en el momento mismo en que hablaba. «¡Estos mundos es­tán al menos a cincuenta años de la invención de cualquier clase de escudo! Según los informes de la visita inicial...»
-Lo intento, señor, pero hemos perdido el contacto con sus comunicadores y...
-El escudo, sí, ya lo sé. Esté preparado para el instante en que lo bajen. Señor Pritchard, analice el escudo. ¿Puede ser neutralizado? ¿O penetrado?
-Penetrado, sí, con nuestras armas. Parece destinado a bloquear dentro del espacio normal las comunicaciones ba­sadas en la electromagnética. Ofrecería alguna resistencia a los objetos materiales como los torpedos de fotones o los rayos fásicos, pero no la suficiente para detenerlos. Incluso un disparo fásico de bajo poder podría ser capaz de...
-¿Y los rayos transportadores?
-Si pudiera aumentarse el poder...
-Yo no me arriesgaría -le interrumpió Scotty mientras atravesaba el nivel superior del puente y se detenía junto a Uhura-, excepto como último recurso. Una ligera distorsión podría resultar fatal.
-Comprendido, señor Scott. Pritchard, ha dicho que tam­bién los sensores están bloqueados. Eso significaría que el escudo tiene también un componente subespacial.
-Lo tiene, capitán, pero el componente subespacial pa­rece ser... bueno, creo que podría llamársele «accidental». Sólo un efecto colateral del campo en sí.
-¿Entonces no bloquea de hecho los sensores?
-No completamente, señor. Es algo más parecido a... la estática. Muchísimos detalles se pierden, y los que quedan probablemente no son fiables.
-¿Qué porción del planeta está afectado?
-Aproximadamente unos diez mil kilómetros cuadrados, señor.
-Es visible en la pantalla, capitán -intervino Sulu.
Kirk se volvió bruscamente para encararse con la panta­lla. Pasaban por encima del lado nocturno del planeta, pero eso tenía poco efecto sobre los sensores. En su mayor parte, aquel mundo tenía el mismo aspecto que cualquier otro pla­neta de clase M, con sus océanos, masas continentales y nu­bes... excepto un área circular emplazada en la costa denta­da de un continente que tenía la forma aproximada de un diamante y ocupaba la mitad del hemisferio meridional. Allí, a pesar de una casi total ausencia de nubes, la superficie pre­sentaba un aspecto indistinto, casi borroso y, a lo largo de más de cien kilómetros, la línea que separaba las tierras cié las aguas, que aparecía claramente delineada en otras zonas, no sólo era brumosa sino que parecía oscilar, como si se la mirara a través de una lente distorsionadora que se moviera continuamente.
-¿Tendría un mundo con el nivel tecnológico de éste la energía necesaria para crear un escudo semejante? -pregun­tó Kirk, aunque ya conocía la respuesta.
-Yo no lo creo, capitán -fue la contestación de Scott-. Para generar un escudo de ese tamaño, sólo la antimateria podría proporcionar la energía necesaria.
-Lo cual, según los informes de los exploradores de la Federación redactado hace menos de diez años, no sería téc­nicamente asequible para ninguno de los dos mundos hasta pasado un siglo.
-Sí, capitán, y aunque se tenga la energía, está el peque­ño detalle de que primero hay que saber generar un escudo. No se me ocurre cómo pueden haberlo conseguido, al me­nos no sin ayuda del exterior.
-Pensaba exactamente lo mismo, señor Scott -comentó Kirk con una mueca, cuando la imagen de su viejo amigo Tyree, el líder de los montañeses de un planeta primitivo, se inmiscuyó en su mente. También allí los nativos habían rea­lizado un gigantesco salto tecnológico en poco menos de una década. En aquel caso, la nueva tecnología había consistido en la pólvora y los fusiles de chispa, no en un escudo ener­gético de diez mil kilómetros cuadrados, pero lo inesperado e improbable de ambos avances era, en parte, comparable.
En aquel lugar, el planeta de Tyree, el «avance» había sido obra de un pequeño grupo de klingons que secretamente llevaban a cabo los «inventos», subvertían a los nativos y fomen­taban la guerra.
-Sondeo de sensores a máximo alcance, señor Pritchard -ordenó Kirk mientras se levantaba bruscamente del asiento de mando y avanzaba a grandes zancadas hasta la terminal científica-. ¡Si en este sistema solar hay alguna nave capaz de alcanzar velocidades hiperespaciales, quiero saberlo! O cualquier otra área protegida con escudos, sobre o fuera del planeta.
-Sondeo de sensores a máximo alcance, señor -le con­testó Pritchard, que se atrevió a echarle una fugaz mirada al capitán por encima del hombro.
Kirk podía percibir el nerviosismo del joven oficial y sa­bía que su presencia no hacía más que aumentarlo, pero no podía evitarlo. Las vidas de Spock y McCoy estaban en jue­go allá abajo, y no podía permitirse perder tiempo ni ener­gía para apaciguar los sentimientos de Pritchard.
Pasados unos minutos, Pritchard levantó sus ojos hacia él con expresión de disculpa.
-Lo siento, señor, pero no hay absolutamente nada. Sólo un dispositivo de camuflaje romulano podría...
Kirk negó con la cabeza.
-Dudo mucho que los romulanos estén detrás de lo que sucede aquí, sea lo que sea, señor Pritchard. A menos que hayan cambiado de manera radical, serían muchísimo más propensos a desafiar abiertamente a la Federación que a uti­lizar tácticas solapadas como la que tenemos delante. Conti­núe con el sondeo, teniente. Busque cualquier cosa que se salga de lo corriente. Cualquier cosa.
Kirk se irguió y se alejó de la terminal científica para en­cararse con Kaulidren.
-¿Qué sabe usted sobre ese escudo, primer ministro?
-¿Qué quiere usted que sepa de él? No soy científico. Pero ya le puse sobre aviso sobre la naturaleza traidora de Delkondros. Yo...
-Pero no me advirtió de la existencia de ese escudo. ¿Es algo nuevo para usted?
-No sabía que lo tuvieran, si es eso lo que me pregunta.
Hasta donde yo sé, no nunca lo habían utilizado antes. Aun­que no puedo decir que me sorprenda.
-¿Por qué no? ¿Han hecho antes de ahora cosas de este tipo?
Kaulidren asintió con vehemencia.
-¿Por qué otro motivo íbamos a necesitar mantener este mundo bajo constante vigilancia? Sus naves, incluso las más pequeñas, de un tamaño no superior a la que yo he utilizado para subir a bordo de la Enterprise, son ahora capaces no sólo de entrar en órbita alrededor de Vancadia, sino de rea­lizar el viaje hasta Chyrellka... ¡y regresar! Sus fuentes de energía...
-¡Capitán! -interrumpió Pritchard en tono alarmado-. ¡La fuerza del escudo aumenta rápidamente!
Kirk se volvió de inmediato hacia la terminal científica y estudió el visor principal. La imagen de Vancadia rielaba.
Luego la distorsión cesó y la superficie del planeta que­dó tan clara como el cristal. Virtualmente en el mismo ins­tante, la conexión con la superficie quedó restablecida. La voz de Delkondros estalló en el puente; las palabras eran pronun­ciadas con precipitación, pero tenían una claridad ominosa.
-Cualquier intento de transportar a sus hombres a bor­do ocasionará su muerte inmediata.
Los ojos de Kirk se dilataron con incredulidad. Tras tra­garse el impulso de preguntarle a aquel hombre si estaba loco, Kirk le hizo a Uhura una señal para que cortara la trans­misión desde la Enterprise.
-Sala de transporte -gritó Kirk-, centre las coordena­das sobre esos transmisores, pero active sólo cuando yo le dé la orden.
-Transportador centrado, señor. A la espera de su orden.
-Teniente Pritchard, sondeo de área con máxima resolu­ción de sensores.
-Once humanoides en el área inmediata a los comuni­cadores. Imposible determinar identidades a esta distancia. No hay indicios de armas energéticas avanzadas.
-Capitán Kirk. -La voz de Delkondros volvió a sonar-. Sé que me ha oído. ¿Ha comprendido lo que acabo de decirle?
-Sala de transportes, permanezca a la espera -dijo Kirk mientras le hacía a Uhura una señal para indicarle que vol­viera a abrir el canal.
-Le he oído, Delkondros -continuó, dirigiéndose al pre­sidente del consejo de Vancadia-, pero tengo la esperanza de no haberle comprendido correctamente. ¿Me ha dicho us­ted que mis hombres son ahora sus rehenes?
-A corto plazo, eso podría ser verdad, capitán Kirk, pero creemos que no nos queda otra elección, especialmente dado que usted ha recibido a Kaulidren a bordo de su nave. ¡Es él quien está loco! ¡Debe creerme!
-¡Me sentiría más inclinado a dar crédito a sus afirma­ciones, Delkondros, si no amenazara usted la vida de mis ofi­ciales! Déjeles en libertad y podremos hablar. Podemos trans­ferirle a usted mismo a bordo, si es eso lo que quiere. ¡Estamos dispuestos a escuchar todo lo que tenga que decir, a tomar en consideración cualquier prueba que tenga! ¡Mis hombres han bajado a su planeta para eso, para estudiar las pruebas! ¡Así que si realmente tiene las pruebas que afirma tener, déjeles en libertad y permítales evaluarlas!
-¡Eso es precisamente lo que planeo hacer! -le contes­tó Delkondros-. ¡Pero no en ese orden!
-Déjeme hablar con ellos -dijo Kirk con aspereza.
-Lo lamento, pero eso es imposible. Aunque no tenemos ningún deseo de hacerles daño, créame. Sólo si usted nos obliga...
-¡Loco! -le interrumpió Kaulidren-. ¡Ya se lo advertí, ese hombre está completamente loco!
-¡Seguridad! -gritó Kirk-, estén preparados para es­coltar a Kaulidren y a sus hombres fuera del puente cuando les dé la orden.
Los dos oficiales que se hallaban a ambos lados del tur­boascensor, avanzaron.
-¡No estoy loco, capitán, sólo desesperado! -gritó Delkondros-. ¡Con él a bordo de su nave, cómo puedo estar de otra forma! Sus mentiras...
De pronto, un manicomio de voces de otras personas brotó por los altavoces, todas gritaban al mismo tiempo y se aho­gaban las unas a las otras.
-¡¿Qué sucede?! -gritó Kirk por encima del escándalo.
Pero no obtuvo ninguna respuesta inteljgible, sólo la continuación de los gritos, y luego los ruidos producidos por co­sas que alguien derribaba y rompía.
Entonces se abrió el canal de uno de los comunicadores, que transmitía los mismos sonidos, como un eco amortigua­do, desde otro punto de la misma sala en la que se encontra­ba Delkondros. Durante un momento aumentó y disminuyó, como una antena en busca de la dirección correcta, y luego se estabilizó; de él surgió un nuevo sonido, que no era eco de los que llegaban por el otro canal; era algo que raspaba directamente contra el comunicador, como si lo arrastraran por una superficie áspera.
Y luego, la voz de Spock. Era apenas un susurro, pero la dicción precisa y el control total resultaban inconfundibles.
-Sala del transportador -dijo Spock-. Transfiéranos a bordo... ¡ahora!
-¡Hágalo! -confirmó instantáneamente Kirk mientras se volvía hacia la terminal científica-. Teniente Pritchard, siga la operación con los sensores.
-Sí, señor. Transportador activándose...
Por encima de la confusión de voces que les llegaba des­de el cuartel general de Delkondros, se oyó el sonido crepi­tante de un arma de energía. Durante un momento, el volu­men del canal del comunicador fue más alto que el otro, pero luego, abruptamente, el comunicador quedó en silencio.
-¡Disparos de láser! -exclamó Pritchard, y profirió un grito ahogado-. Ambos hombres... ¡las lecturas de sus for­mas de vida han desaparecido! ¡Deben haberles disparado!
-Transportes, transfiéralos directamente a enfermería. ¡Enfermería, llegan heridos, McCoy y Spock, daños desco­nocidos!
-¡He perdido la señal! -gritó el oficial jefe del trans­portador.
-¡Los comunicadores -intervino Pritchard-, fueron destruidos por el disparo, fuera de lo que fuese!
-¡Transportador, campo amplio al máximo! -gritó Kirk-. ¡Tráigalos a bordo!
-Trato de hacerlo, pero algo...
-¡El escudo ha sido reactivado, capitán! -exclamó Pritchard.
-¡Incremente la energía de los rayos transportadores!
-No servirá de nada, capitán -le contestó la voz del ofi­cial jefe de transportes-. El campo amplio no es bastante concentrado para permitir...
-¡La fuerza del escudo aumenta! -dijo Pritchard-. ¡Los rayos transportadores ya no tienen suficiente fuerza para pe­netrarlo, ni siquiera aunque tuviéramos comunicadores en los que centrarlos! A menos que el escudo pueda ser desac­tivado...
-La antimateria que ese escudo necesita para alimentar­se -gritó Kirk-. ¿Puede localizarla?
Pritchard pulsó apresuradamente una media docena de botones y estudió las lecturas.
-Negativo, capitán. El componente subespacial del es­cudo ha aumentado aún más que el resto. Las lecturas de los sensores no son ahora fiables ni en lo más mínimo.
-Los sondeos que realizó mientras el escudo estaba bajo... ¿le han indicado algo?
-Negativo, capitán. Si la fuente de energía emplea la antimateria, debe tener su propio escudo protector.
Kirk golpeó ambas manos abiertas sobre los brazos de su asiento, en un gesto de frustración.
-Uhura...
-Se perdió todo contacto cuando fueron destruidos los comunicadores, capitán. No he conseguido restablecerlo. No hay respuesta en las frecuencias subespaciales ni estándar.
Durante un momento no hubo más que silencio, Kirk vol­vió a mirar la pantalla frontal del puente de mando y con­templó el círculo de cien kilómetros de rielantes distorsiones que señalaba el área cubierta por el escudo. Ahora emergía más pronunciado, la distorsión era tan fuerte en al­gunos puntos que parecía translúcida.
Al capitán Kirk le dolía la garganta y sentía un vacío en el estómago.
«Impotentes -pensó con los puños apretados-. Comple­tamente impotentes a pesar de todo. Con o sin escudo, po­dríamos haber arrasado el planeta, pero no hemos podido salvar a Bones y Spock. Ni siquiera podemos traer sus cadá­veres de vuelta a bordo...»

4


-¿Se ha creído usted ese fraude? –murmuró McCoy con una sacudida de cabeza cuando se cerraron las puertas del turboascensor y que­daron fuera de la vista de Kaulidren y su sombrío séquito agrupado en el puente.
-Si me pregunta, doctor, si he creído que las declaracio­nes del primer ministro Kaulidren son completamente fie­les a la verdad, le diré que no, no lo he creído. En este punto, sin embargo, no tenemos ninguna forma práctica de estable­cer su valor de forma concluyente.
McCoy profirió un bufido.
-¿Y?
-Sólo sugiero, doctor, que sería ilógico descartarlas com­pletamente.
-Para usted tal vez sea así. En cuanto a mí, me preocu­paría más bajar a la superficie de su planeta, especialmente si él nos acompañase. El primer ministro me da más miedo que esos a los que él llama terroristas.
-No puedo estar en desacuerdo con usted, doctor. La ob­jetividad del primer ministro Kaulidren parece, efectivamen­te, disminuida por su tendencia a la emocionalidad. De todas formas, sus advertencias no pueden descartarse enteramente. Como usted mismo ha declarado con frecuen­cia, la presencia de emociones no necesariamente invalida...
-¡Si está tan preocupado, Spock, no tiene necesidad de acompañarme! ¡Todavía puedo bajar solo a la superficie!
-Yo no estoy «preocupado», doctor. Simplemente, como he dicho antes, me limito a no descartar globalmente las afir­maciones de Kaulidren, y le aconsejaría que mantuviera su mente igualmente abierta al respecto.
-Haré cualquier cosa que satisfaga su lógica vulcania­na de «mente abierta» -masculló McCoy en el momento en que se abrieron las puertas y ambos salieron al pasillo que llevaba a la sala del transportador-. Pero ese tipo no pre­tende más que agitar las cosas. Creo que hasta usted es ca­paz de comprender eso, Spock; ¡los dos vimos lo que sus «na­ves de vigilancia» le hicieron a esa nave que intentaba contactar con nosotros! Incluso aunque Delkondros sólo la haya lanzado para demostrarnos que los de Kaulidren le dispararían... bueno, el caso es que sí le dispararon, y que Delkondros estaba en lo cierto. Quienquiera que la haya derribado, no podía saber si había gente a bordo, no sin sensores. Eso debería de ser bastante concreto para que su lógica lo entendiera.
-Por supuesto, doctor -asintió Spock cuando entraban en la sala del transportador-, pero las pruebas presentadas por el ministro sobre las acciones de los colonos eran...
-¡Pruebas respecto a las cuales sólo podemos aceptar su palabra! Usted mismo dijo que no había forma de saber quiénes eran las personas de esas escenas. ¿Quién puede de­cir que las atrocidades que él nos enseñaba no eran las co­sas que los de su bando les han hecho a los colonos, y no lo contrario?
-Nadie, doctor. Sin embargo, cuando existe la posibili­dad, la lógica dicta que uno debe estar preparado para las consecuencias resultantes de que cualquiera de las dos co­sas sea la verdad.
-¡Que la zurzan a la lógica, Spock! -McCoy se detuvo junto a la base de la plataforma del transportador para mi­rar con ferocidad al vulcaniano, que ya se había colocado so­bre uno de los círculos-. No se necesita más que los senti­dos de un caballo viejo para penetrar en las intenciones de Kaulidren. ¡Por si no lo ha notado, le diré que tiene una idea bastante distorsionada de cómo funciona la Federación! Se cree que somos unos matones como él, y quiere que les ha­gamos a los colonos el mismo tipo de cosas que, según él, le han hecho estos, sólo que con creces. ¡Es evidente que no va a permitir que una nadería como la verdad se interponga en su camino para conseguir lo que quiere!
-No estoy en desacuerdo con la esencia de nada de lo que ha dicho, doctor -replicó pacientemente Spock.
-¡Le aseguro que tiene una forma muy rara de manifes­tar su acuerdo con los demás, Spock! Si...
Interrumpió la frase al oír el sonido de alguien que se aclaraba la garganta detrás de él. Era Kyle, el jefe de la sala del transportador.
-¿Preparados, caballeros?
Tras echarle una última mirada ceñuda a Spock, el doc­tor McCoy subió a la plataforma, dio media vuelta, se colo­có en el centro del círculo que estaba junto a Spock y le hizo con la cabeza un gesto de asentimiento a Kyle.
-Preparados, capitán -informó el jefe de la sala de trans­portes.
-Proceda, señor Kyle -le respondió la voz del capitán Kirk-. Pero esté preparado para sacarles de allí a la prime­ra señal de problemas. Mantenga el transportador centrado sobre sus comunicadores.
-Sí, señor -replicó Kyle-. Activación.
McCoy miró a Spock mientras sacudía la cabeza y suspi­raba al ver que el vulcaniano miraba hacia abajo, con los ojos dirigidos discretamente hacia el sensor que llevaba colgado del hombro, preparado para estudiar las lecturas del instru­mento en el instante mismo en que se materializaran en la superficie del planeta.
-¿Sólo una precaución lógica, Spock? -preguntó, pero las palabras apenas habían salido de su boca cuando el fa­miliar estremecimiento del campo del transportador desvió repentinamente la atención del médico e hizo que la concen­trara en sí mismo.
«A decir verdad -pensó mientras controlaba un estreme­cimiento-, eso de ser arrojado a través del espacio por esta condenada máquina me angustia más que la posibilidad de peligro que entrañen los colonos, e incluso Kaulidren.»
Era una de las cosas en las que podía estar perfectamen­te de acuerdo con el primer ministro. Nunca se habituaría al transportador, por muchas veces que pasara por él. La sola idea de dejar de existir durante unos pocos segundos, excep­to como patrón energético, le causaba siempre una sensación de... desamparo. Y ésta era una sensación que detestaba vis­ceralmente, en especial cuando había una máquina implica­da en el asunto.
Comenzaba a apretar los dientes cuando los rayos energéticos del transportador solidificaron sus garras sobre él y la sala se desvaneció ante sus ojos.
Cuando le soltaron y pudo volver a moverse, los múscu­los de sus mandíbulas se relajaron y dejó escapar el aliento con un inaudible suspiro de alivio. Se encontró de pie junto a Spock sobre un suelo de cemento desnudo, cerca de uno de los extremos de lo que parecía ser una gran sala de confe­rencias improvisada con dos mesas metálicas llenas de abo­lladuras puestas la una a continuación de la otra para con­seguir más espacio. Las sillas, de las que no había dos iguales, parecían restos de salas de espera y líneas de ensamblaje. Aproximadamente unos doce hombres se hallaban de pie al otro lado de la mesa, en el otro extremo del lado izquierdo de la sala, como si desearan mantener la máxima distancia posible entre ellos y el área en la que acababan de materiali­zarse Spock y McCoy. Detrás de los hombres, en una pared lisa de bloques de cemento, había una sólida puerta metáli­ca de incendios cuyos goznes eran lo único que no estaba manchado de herrumbre. En la pared que estaba a doce me­tros directamente en frente de McCoy y Spock había una puerta corredera abierta a medias, mientras que detrás de ellos, a la mitad de la distancia anterior, había otra puerta de madera, completamente cerrada y con la pintura des­conchada.
Por un momento reinó el silencio. McCoy vio por el rabi­llo del ojo que Spock levantaba los ojos abruptamente del sensor y lanzaba rápidas miradas hacia todas las puertas.
-Yo soy Delkondros -dijo el más alto y obviamente el más musculoso de los hombres mientras comenzaba a con­ducir a sus compañeros desde el extremo más alejado de la mesa en dirección a los recién llegados.
Una barba completa le ocultaba la parte inferior del ros­tro y unas pobladas cejas le sombreaban los ojos, pero tenía el cráneo completamente desnudo. Todos los hombres lleva­ban camisas y pantalones indefinidos y de color oscuro, pero Delkondros y otro de ellos, de aspecto casi tan poderoso como el presidente del consejo, llevaban también lo que parecían ser antiguas armas de proyectiles sujetas a la cintura.
-Estos hombres son todos miembros del consejo de in­dependencia.
McCoy comenzó a avanzar para saludar al hombre, pero la mano de Spock le aferró velozmente para contenerle.
-Las formalidades de nuestro encuentro deberán ser mo­mentáneamente pospuestas, presidente Delkondros -declaró Spock sin hacer caso de la feroz mirada de McCoy-. Tene­mos orden de permanecer en contacto constante con la Enterprise.
-Al menos podría esperar hasta que... -comenzó McCoy, pero Spock le interrumpió con su característica brusquedad.
-Le sugeriré que no cuestione las órdenes que tenemos, doctor McCoy -replicó Spock, que ya tenía en la mano el comunicador-. Según recordará por nuestras desventuras en Neural, el capitán no da órdenes sin tener buenas y suficientes razones para ello.
McCoy frunció el entrecejo.
-¿Neural? ¿De qué rayos habla usted, Spock?
-No obtendrá ninguna respuesta, comandante Spock -le informó Delkondros con un suspiro, mientras él y los demás se detenían a unos tres metros y medio de distancia-. Esta zona está ahora protegida por un escudo, no puede estable­cerse ninguna clase de comunicación. -Desplazó la mano hasta hacerla descansar sobre el arma de fuego, pero no la desenfundó. El otro miembro del consejo que iba armado hizo lo mismo.
Con menos disimulo, Spock miró su sensor y volvió a re­correr rápidamente la sala con los ojos.
-No hagan ninguna tontería, ninguno de los dos -les ad­virtió Delkondros.
-¿Qué cree usted que hace? -le espetó McCoy, que mi­raba con el ceño fruncido las manos que se movían en torno a las armas-. ¡Hemos bajado aquí para ayudarles!
-Sabemos que eso es lo que ha dicho su capitán, doctor McCoy, pero... -
-¡También es la verdad!
-Tal vez lo sea -admitió Delkondros-, pero, mientras Kaulidren esté a bordo de su nave para poder influir sobre él, no queremos correr riesgo alguno. Ahora, coloquen sus comunicadores sobre la mesa.
-¿Para qué? -protestó McCoy-. Creía haber entendido que de todas formas no funcionarían.
-Mientras el escudo permanezca activado, no lo harán -le contestó Delkondros, que aparentemente intentaba ha­blar con un tono de disculpa-. Pero la energía necesaria para mantener en funcionamiento el escudo es más de la que po­demos permitirnos, y no durará mucho tiempo. Ahora, por favor, caballeros, no pierdan ustedes el tiempo. Sus comuni­cadores les serán devueltos cuando hayan acabado con la mi­sión que les ha traído hasta aquí.
Durante un segundo más, el doctor McCoy miró con ex­presión ceñuda al presidente del consejo de Vancadia, luego sacudió la cabeza y profirió un suspiro de irritación. Las sos­pechas de Delkondros respecto al capitán Kirk eran estúpi­das, pero, en el caso de Kaulidren, el asunto era completa­mente distinto. El primer ministro era, obviamente, el tipo de hombre capaz de intentar absolutamente cualquier cosa. No tendría la más mínima posibilidad de éxito, por supues­to, no con Jim Kirk, y posiblemente tampoco cop ningún otro capitán de la Flota Estelar, pero Delkondros no tenía forma de saberlo; y, obviamente, no estaba dispuesto a aceptar la palabra de nadie, al menos no la de ellos. No, si Spock y él querían conseguir algo en aquel planeta, sencillamente ha­brían de ceder a las paranoicas exigencias de Delkondros.
-¡Vamos, Spock -dijo finalmente mientras depositaba su propio comunicador sobre la mesa-, acabemos de una vez con esta estupidez! ¡Así podremos ponernos a trabajar en el asunto que nos ha traído aquí!
Spock vaciló durante un momento y luego dejó su comu­nicador sobre la mesa, junto al del doctor McCoy. El médico miró entonces a Delkondros.
-Y ahora, ¿qué es eso que quiere enseñarnos?
Antes que el presidente del consejo de Vancadia pudiera contestarle, uno de los hombres que le acompañaban, un tipo de estatura baja y cuerpo delgado pero fuerte, con una bar­ba en la que comenzaban a aparecer algunas canas, avanzó velozmente para encararse con él.
-¡Esto es una locura! -estalló el hombre-. ¡No puedo permitir que continúe adelante! ¡Creo que incluso tú puedes comprender que sólo lograrás empeorar la difícil situación de Vancadia!
El presidente miró al hombre con el ceño fruncido.
-Hemos hablado de esto un centenar de veces, Tylmaurek. Pensaba que finalmente habías aceptado mis puntos de vista.
Tylmaurek, enojado, negó violentamente con la cabeza.
-¿Es que no puedes darte cuenta de lo que haces, Del­kondros? ¡Arruinas la única oportunidad que tenemos! ¡Esta gente quiere ayudarnos, pero si tú continúas con este dispa­rate, sólo conseguirás volverlos contra nosotros! ¡Pondrás las cosas de tal forma que la Federación ya no estará nunca más dispuesta a escucharnos!
-Ese hombre tiene razón -intervina McCoy, animado de pronto por la presencia de alguien que parecía tener un poco de sentido común-. Mire, yo sé cómo se siente respecto a Kaulidren, pero si nos secuestra no va a conseguir nada po­sitivo, y usted lo sabe. Con ello sólo logrará hacer que parez­ca que también ustedes defienden una causa injusta.
-¡Eso mismo es lo que yo les dije! -exclamó Tylmau­rek, casi a gritos, mientras se volvía apresuradamente hacia Spock y McCoy-. Desde el mismísimo principio les dije que debían confiar en ustedes. Que era el único camino posible. ¡A la Federación no se le puede hacer chantaje, al menos no la gente como nosotros!
Hizo una pausa para recorrer con una mirada de feroci­dad a los incómodos miembros del Consejo de Vancadia.
-¿Es que no lo podéis entender? ¿No habéis oído lo que han dicho? E incluso en caso de que mientan, ¿pensáis que esto les hará cambiar de parecer? Además, una vez que les hayamos obligado a estudiar nuestras pruebas y los ha­yamos puesto en libertad, ¿cómo tenéis planeado controlar­los? ¿O es que pensáis retenerles como rehenes por toda la eternidad?
Mientras Tylmaurek hablaba, McCoy notó que dos miem­bros del consejo -un joven de unos veinticinco años, sin bar­ba, y un hombre robusto y alto que frisaba la cincuentena­se apartaban del grupo, rodeaban la mesa y avanzaban hacia la salida de incendios del fondo de la sala.
Sin embargo, quien habló fue un hombre delgado de ca­bellos oscuros, que había permanecido con el grupo.
Tylmaurek tiene toda la razón -declaró con nerviosis­mo mientras evitaba mirar a Delkondros a los ojos-. Esta gente se ha transportado hasta aquí por su propia y libre de­cisión. Tú nos dijiste que nunca jamás se acercarían siquie­ra a nosotros, a menos que les engañáramos. Pero lo han he­cho, y ahora me parece que deberíamos confiar en su palabra.
-Además -dijo alguien que estaba en la parte de atrás del grupo-, como dice Tylmaurek, si mienten, no hay abso­lutamente nada que podamos hacer para remediarlo. Esta­mos obligados a aceptar su palabra. No nos queda ninguna otra alternativa. Estos hombres no son simplemente otro par de matones chyrellkanos.
Delkondros frunció momentáneamente el entrecejo y di­rigió sus ojos rápidamente de uno a otro rostro.
-¿Habla Tylmaurek en nombre de todos vosotros? ¿Pen­sáis todos de la misma forma?
Al principio no hubo más que un silencio inmóvil, pero luego, uno a uno, los demás miembros del consejo murmu­raron su asentimiento. Excepto el que, al igual que Delkon­dros, iba armado. Éste le echó una mirada de soslayo a Delkondros, pero guardó silencio.
-Muy bien -declaró finalmente Delkondros-, si ese es vuestro deseo, que así sea. Que las consecuencias caigan so­bre vuestras cabezas, no sobre la mía.
-¿Hará entonces que bajen el escudo? -le preguntó Spock-. ¿Nos permitirá ponernos en contacto con la Enterprise?
-Si ese es su deseo, sí.
-Lo es.
-Muy bien -respondió Delkondros mientras asentía re­signadamente con la cabeza-. Haré que bajen el escudo.
Delkondros retiró la mano de donde la había tenido has­ta entonces, cerca del arma de fuego, sacó de un bolsillo un aparato del tamaño de un comunicador y pulsó uno de los botones que tenía en la superficie.
-¡Ya era hora! -masculló McCoy mientras se disponía a avanzar hacia la mesa, pero antes que pudiera dar un solo paso la puerta que estaba directamente detrás de él y de Spock se abrió de golpe.
-¿Qué rayos...? -comenzó a decir.
Pero las palabras siguientes no llegaron a salir de los la­bios del médico de la Enterprise; sin previo aviso, Spock se volvió y se lanzó contra él, le aferró por los hombros y se zam­bulló literalmente contra el suelo junto con el médico, que quedó boqueando, en el momento en que varios disparos de rayo láser crepitaron por la puerta abierta y hendieron una media docena de veces el espacio que él y Spock habían ocupado una fracción de segundo antes. Uno de los disparos le acertó en un hombro al miembro del consejo que iba arma­do. El arma que había desenfundado cayó de los dedos in­sensibilizados. Antes que llegara a caer, un segundo disparo le dio de lleno en el pecho.
La sala se convirtió en un caos; la mayoría de los miem­bros del consejo gritaba y chillaba a un tiempo. Algunos si­guieron el ejemplo de Spock y se arrojaron al suelo, a la vez que otros se volvieron y echaron a correr hacia la puerta, y unos terceros se quedaron inmóviles por la consternación. Delkondros sacó su propia arma de la funda y saltó a un lado para alejarse del hombre herido. Durante un momento, apun­tó con su arma a los dos miembros de la tripulación de la Enterprise, pero antes que pudiera disparar, un hombre tam­baleante apareció en la puerta con una pistola de láser en la mano. Delkondros desplazó el cañón de su pistola hacia arriba y disparó al intruso, lo que produjo un sonido atrona­dor en aquel espacio cerrado. La bala -porque se trataba, en efecto, de una antigua arma de proyectiles- le dio de lle­no al hombre y lo lanzó hacia atrás; el arma de láser salió disparada de su mano y traspuso la puerta que tenía a sus espaldas antes de caer sonoramente al suelo.
Repentinamente reinó el silencio, durante un momento todos quedaron inmóviles, incluso aquellos que habían co­menzado a huir hacia la puerta opuesta. A diferencia de to­dos los demás, el rostro de Delkondros carecía de expresión; no miraba al hombre al que había disparado, ni siquiera al miembro herido del consejo, sino que contemplaba atenta­mente a Spock y McCoy con el entrecejo fruncido.
McCoy hizo caso omiso de aquella ceñuda mirada y se puso trabajosamente de pie.
-¡Haga el favor de bajar ese condenado escudo! -le es­petó a Delkondros mientras corría hacia el miembro del con­sejo que había sido alcanzado por los disparos de láser-. ¡Hemos de enviarle a nuestra enfermería... inmediatamen­te! ¡De lo contrario no tendrá ni una sola posibilidad de so­brevivir!
Se arrodilló junto al hombre caído y acercó el sensor mé­dico a las heridas.
-Todavía respira -masculló-, pero a duras penas, si su­fre un shock antes que podamos...
McCoy se interrumpió en medio de la frase, las arrugas de su entrecejo se transformaron en un fruncimiento de per­plejidad mientras desplazaba el sensor arriba y abajo y leía en la pantalla. Las lecturas eran completamente erróneas, in­cluso para un hombre tan seriamente herido como aquel. El ritmo cardíaco, las indicaciones del metabolismo básico...
Levantó bruscamente los ojos hacia el presidente del consejo.
-Delkondros, ¿quién es este hombre?
-¿Tiene eso alguna importancia, doctor? -intervino Spock, que avanzaba hacia la mesa y se apoderaba de los co­municadores mientras hablaba, sin apartar ni por un instante los ojos de Delkondros-. Lo que importa ahora es que bajen ese escudo.
-¡Ya lo creo que importa, Spock! -le espetó McCoy-. ¡A menos que todos mis instrumentos se hayan vuelto com­pletamente locos, este hombre no es en absoluto un hombre! ¡Es un klingon!
-No sea estúpido, doctor -le dijo Spock con una fuerza nada característica en él-. Ese hombre es obviamente...
-¡Ya basta, cállense los dos! -exclamó Delkondros, que profirió un fuerte suspiro-. He debido darme cuenta antes. Usted ya lo sabía, ¿no es cierto, Spock? No se moleste en ne­garlo. Le vi comprobar las lecturas de su sensor desde el mo­mento mismo en que llegaron aquí. Y, por la forma en la que se apartó usted y apartó al doctor McCoy de la línea de fue­go, es evidente que ya veía venir lo que sucedería.
De golpe, todas las acciones anteriores de Spock, la enig­mática referencia hecha a Neural, adquirieron sentido para McCoy. El vulcaniano había intentado ponerle sobre aviso, y él había sido demasiado condenadamente obtuso para captarlo, ahora...
-Pero no tiene ninguna importancia -declaró Delkon­dros mientras sacudía la cabeza con burlona tristeza-. Ahora ya lo saben. Todos lo saben.
Sus ojos recorrieron veloz y fugazmente a los otros miem­bros del consejo. Con una mano pulsó un botón del aparato de señales que todavía sujetaba. Con la otra levantó el arma para apuntar directamente a Spock. McCoy, en el mismo mo­mento en que se ponía de pie de un salto, vio el dedo de Delkondros que se tensaba sobre el gatillo.
Pero entonces, Tylmaurek, que se hallaba al lado derecho del presidente, a menos de un metro de él, le propinó un rá­pido golpe en la muñeca.
La pistola se disparó, la bala no dio por pocos centíme­tros a Spock, que se había lanzado hacia adelante, y abrió un agujero en la pared que estaba detrás de él.
Con la pistola aún aferrada en la mano, Delkondros le pro­pinó un codazo a Tylmaurek en el pecho; la fuerza del golpe levantó al hombrecillo del suelo y le hizo retroceder a trom­picones mientras luchaba para recobrar el aliento. Casi des­mayado, chocó contra McCoy y ambos cayeron al suelo en un enredo de brazos y piernas.
Antes que Delkondros pudiera volver a apuntar el arma, Spock le aferró la muñeca y forcejeó para mantener el ca­ñón apartado de su propio pecho. Dos atronadoras detona­ciones más dispararon balas que dieron contra el suelo y arrancaron mortales fragmentos de cemento que volaron en todas direcciones; luego Delkondros se colocó con un brus­co giro a espaldas de Spock y deslizó el otro brazo alrededor de su cuello, encajó el antebrazo bajo el mentón del vulca­niano y luego comenzó a apretar con una fuerza tremenda los tensos músculos de su garganta.
«¡Buen Dios, él también es un klingon! », comprendió McCoy, ya demasiado tarde, mientras luchaba para salir de debajo del peso laxo de Tylmaurek.
En tanto los pies de Spock se levantaban del suelo, lo que dejaba al vulcaniano indefenso en las férreas manos de Del­kondros, McCoy consiguió ponerse de pie y abrir su equipo médico. Después de encontrar una pistola hipodérmica, bus­có un frasco pequeño y lo abrió mientras daba la vuelta por detrás de Delkondros.
Luego se lanzó hacia adelante y presionó la pistola hipo­dérmica contra el cuello de Delkondros, lo cual la activó auto­máticamente. La pistola produjo un elocuente siseo y la ca­beza del klingon giró al intentar él encararse con McCoy. Ese movimiento permitió que los pies de Spock volvieran a to­car el suelo y le proporcionaron el punto de apoyo que había perdido, luego los dos se lanzaron repentinamente hacia un lado.
Un sonido gutural, casi un gruñido, salió de la garganta del presidente del consejo; por un instante el hombre se puso rígido, su brazo se lanzó hacia arriba y empujó la cabeza Spock bruscamente hacia atrás.
Un momento después el brazo se aflojó y cayó. El arma golpeó contra el suelo, seguida inmediatamente por el pro­pio Delkondros, que se inclinó hacia atrás y golpeó el suelo a los pies de McCoy con un ruido sordo.
-Gracias, doctor -le dijo Spock a McCoy mientras se vol­vía y echaba a correr hacia la puerta por la que había apare­cido el hombre con la pistola de láser.
Tras cerrarla de un golpe y echarle el cerrojo, dio media vuelta para encararse con el grupo de miembros del consejo que daban vueltas por la sala sin saber qué hacer, mientras McCoy avanzaba apresuradamente hacia el hombre al que había herido Delkondros.
-¿Sabe alguien desactivar el escudo del que ha habla­do Delkondros? -preguntó Spock con una voz manifies­tamente ronca a causa de la presión que había sufrido su garganta.
-Él no nos ha dicho nunca dónde están los generadores -le contestó uno de ellos, seguido por un coro de afirma­ciones-. ¡Ni siquiera sabíamos que existiera un escudo hasta que él nos expuso el plan que había trazado!
-En ese caso, será mejor que todos abandonemos este lugar lo más rápidamente posible.
-Este hombre está muerto -declaró McCoy al ponerse en pie tras realizar un apresurado examen del hombre que yacía junto a la puerta-, y es humano. ¡Pero no puedo dejar a ese otro ahí tirado, aunque sea un klingon!
-No tenemos otra alternativa, doctor -dijo apresurada­mente Spock-, si queremos tener alguna posibilidad de so­brevivir. Los dos que realmente dispararon el rayo láser an­tes de empujar a este hombre a través de la puerta también son klingons, y sin duda regresarán. El propio Delkondros es un klingon, y acaba de llamarlos. Es lógico suponer que su siguiente acción será matar a todos los que se encuentren aquí dentro, para que su presencia en este planeta continúe siendo un secreto.
Tras coger su comunicador, McCoy siguió de mala gana a Spock en dirección a la puerta del otro lado de la sala. -¡No, por aquí! ¡Todos por aquí!
Tylmaurek, aunque aún estaba sin aliento a causa del trernendo codazo que le había propinado Delkondros, se encon­traba ya de pie al otro extremo de la mesa y señalaba la sali­da de incendios. Uno de los dos hombres que anteriormente se habían alejado lentamente de los demás miembros del con­sejo manipulaba la cerradura.
Tras mirar el sensor que llevaba colgado del hombro, Spock cambió de dirección y avanzó apresuradamente hacia la puerta indicada, en el momento en que ésta se abría con un sonoro sonido raspante.
-Vamos, doctor. Sólo tenemos unos segundos.
McCoy hizo una mueca, se sujetó el comunicador al cin­turón y traspuso corriendo la puerta detrás de Spock.
-¡Si salimos de esta, Spock, quizá alguien se tome el tra­bajo de explicarme qué demonios pasa aquí!
Como los otros miembros del consejo se limitaban a dar vueltas sin ton ni son, Tylmaurek alzó la voz hasta casi un grito.
-¡Escuchadme todos! ¡Los vulcanianos no mienten! ¡To­dos habéis leído la información que el capitán Mendez nos trajo referente a la Federación! Si el señor Spock dice que Delkondros es un alienígena, un klingon, entonces podéis dar por seguro que lo es. ¡Y si dice que los klingon vienen hacia aquí para matarnos a todos, sin duda es verdad! ¡Si queréis salvar la vida, seguidme ahora mismo!
Como para subrayar aquellas palabras, algo golpeó con­tra la puerta a la que Spock había echado el cerrojo. Un mo­mento más tarde, el mortal crepitar de un disparo de láser puso en movimiento incluso a los más escépticos miembros del consejo. Aunque Tylmaurek volvió a llamarlos, todos sa­lieron disparados por la puerta del otro extremo de la sala, uno de ellos se detuvo apenas lo suficiente como para reco­ger el arma de Delkondros y echarle una mirada de negra sospecha a Tylmaurek por encima del hombro.
-¡No! -les gritó Tylmaurek, pero lo único que pudo ha­cer fue verlos marchar. Bruscamente enfurecido, después de que el último hombre desapareciera por el pasillo, Tylmaurek dio media vuelta y siguió a Spock, McCoy y a los otros dos miembros del consejo por la puerta de incendios. Se de­tuvo y forcejeó con la puerta para cerrarla.
Pero estaba atascada. Los goznes, a pesar de no estar he­rrumbrosos, habían dejado caer la puerta hasta tocar el de­sigual y resquebrajado piso de cemento. Spock, al ver que la puerta estaba atascada, se metió el comunicador en el cin­turón, la aferró con ambas manos y tiró hacia arriba. Desde la sala de conferencias, el sonido de los rayos láser con que los klingon intentaban agujerear la otra puerta se hizo más alto y menos amortiguado. Un momento después uno de los rayos la atravesó y comenzó a abrir una zanja de bordes den­tados en el suelo, apenas a unos centímetros del inconscien­te Delkondros.
Cuando los restos de la puerta saltaron y ésta se abrió, la otra, la de la salida de incendios, se cerró con un sonoro choque metálico y Tylmaurek hizo encajar el cerrojo y selló la entrada que dejaban a sus espaldas.
Se encontraron en un almacén enorme y pobremente ilu­minado, donde se amontonaban cajas de todos los tamaños que formaban corredores sombreados. Tylmaurek echó a an­dar inmediatamente por una de las naves.
-Por aquí -les dijo a los demás mientras echaba a co­rrer al trote y les hacía una señal con el brazo para indicar­les que le siguieran-. Hablaremos cuando hayamos salido de aquí y estemos a salvo. Entonces quizá podamos trazar algún plan.
Los otros le siguieron. Avanzaron por el edificio durante quizá un minuto y luego Tylmaurek se detuvo cerca de una plataforma baja de madera, una especie de muelle de carga y descarga, según advirtió McCoy. El vancadiano apoyó una llave electrónica contra el panel de una puerta pequeña que estaba junto al muelle, la abrió y salió por ella. Echó rápi­das miradas arriba y abajo de la calle oscura y desierta, tras lo cual les hizo señas para que le siguieran.
-Por allí -les indicó el otro lado de la calle sin salida, hacia un área que parecía un parque densamente poblado de árboles.
Cuando cerraba la puerta después de haber salido, un gri­to débil les llegó desde algún punto del interior del edificio, luego la detonación apagada de un arma de proyectiles y el apenas audible pero inconfundible crepitar de los rayos lá­ser. Tylmaurek dio tal respingo que casi se le cayó la llave electrónica al tratar de meterla otra vez en el bolsillo. Cuan­do dio media vuelta para echar a correr detrás de los otros, su rostro tenía una expresión implacable.
-¿Qué le dice ahora su máquina? -le preguntó a Spock, y miró con expresión ceñuda el sensor del vulcaniano mien­tras atravesaban la calle a la carrera-. ¿Sabe cuál de mis amigos ha muerto?
Al entrar en el área arbolada, Spock se detuvo y miró el sensor, después levantó los ojos nuevamente hacia Tylmau­rek y McCoy, pues el médico también le observaba con ex­presión ceñuda.
-Lo siento -declaró con tristeza-. Las únicas formas que registra ahora en esa zona son las de los klingon.

5


«Debería haber estado con ellos», pensó amargamente Kirk, cuyos ojos continuaban sin poder apartarse de los diez mil kilómetros cuadrados de rielante distorsión que desdibujaban la imagen de Vancadia en la pantalla frontal.
«¡No tendría que haber cedido a las exigencias de esos dos pendencieros egomaníacos! Si hubiéramos estado los tres ahí abajo, en lugar de sólo ellos dos...»
-¡Se lo advertí! -La rasposa voz de Kaulidren penetró a través de la insensibilizadora coraza que se había levanta­do en torno a la mente de Kirk-. ¡Le advertí que esa gente no era de fiar! ¿Comprende ya la clase de criaturas que son? ¿Va a escucharme ahora?
Kirk rechinó los dientes con una repentina cólera y dio media vuelta para encararse con el primer ministro.
-¡Le he escuchado, primer ministro, pero en todas sus advertencias no oí absolutamente nada referente al escudo que acaban de levantar!
Kaulidren meneó bruscamente la cabeza y su propia ira pareció igualar a la de Kirk.
-¿Cómo podíamos advertirle de algo sobre lo que nada sabíamos? ¡Nosotros nos hemos enterado de la existencia del escudo al mismo tiempo que ustedes! Pero seguro que no es tan poderoso... le he oído decir a su teniente Pritchard que podría ser fácilmente atravesado por sus armas.
-Primer ministro Kaulidren... -Kirk respiró profunda­mente para intentar calmarse. Cuando habló nuevamente, su voz era más tranquila y el tono más controlado-. Nosotros no hemos venido aquí para ponernos de parte de nadie. ¡Y, desde luego, le aseguro que no hemos venido para matar a
miles de personas inocentes, que es lo que conseguiríamos si disparamos a ciegas nuestras armas a través de ese escudo!
-Pero ahora que han sido asesinados sus propios hom­bres, ¿afirma usted, capitán, que esa llamada Primera Direc­triz a la que su Federación le da tanta importancia no les per­mite siquiera defenderse?
-¡Por supuesto que no! ¡Pero disparar un torpedo de fo­tones contra una ciudad inerme difícilmente se parece a lo que yo llamaría defensa! ¡Sería exactamente el mismo tipo de venganza genocida a la que se entregan los klingon!
-¿Es venganza hacer justicia cuando sus propios hom­bres han sido asesinados, capitán? -le preguntó Kaulidren-. Le aseguro, capitán, que la fuerza es el único idioma que en­tienden Delkondros y los de su calaña.
-En ese caso, habremos de enseñarles otro -fue la sen­cilla respuesta de Kirk.
-Capitán, capitán... -comenzó Kaulidren mientras sa­cudía comprensivamente la cabeza-. Supongo que debería haber sabido que no podía esperar una acción directa y de­cisiva por su parte... y me parece que no puedo culparle del todo. ¡He leído los relatos históricos que nos ha proporcio­nado la nave El Dorado, he visto muchos ejemplos de cómo tratan sus superiores a cualquiera que demuestra tener un poco de firmeza, un poco de iniciativa! Ahí tiene los casos de Geiken, de Wenzler, de Carmody...
Kirk parpadeó, sorprendido por las palabras del primer ministro. Si los nombres que acababa de pronunciar eran ver­daderamente la idea que aquel hombre tenía de los héroes, particularmente en el caso de Jason Carmody, las posibilidades de llegar a una resolución pacífica entre Chyrellka y Vancadia eran realmente muy remotas.
Carmody, recordó Kirk con una mueca mental, había es­tado al mando de la Chafee, una pequeña nave exploradora, en la época anterior al establecimiento de la zona neutral. Había hecho caso omiso de la insistencia de sus subordina­dos, que le instaban a ser más cauteloso, y se había traslada­do a la superficie de Delar Siete -un mundo primitivo emplazado a pocos parsecs* de un área de conocida actividad klingon- en sus prisas por comprobar lo que más tarde re­sultaron ser lecturas falsas de la presencia de dilitio. Él y su tripulación se encontraron en medio de una encarnizada batalla entre fuerzas respaldadas por los klingon y otra frac­ción nativa, y en lugar de transferirse inmediatamente a bor­do como exigía la primera directriz -y el liso y llano sen­tido común-, Carmody sacó su pistola de láser y se puso a disparar cuando uno de los suyos resultó herido. Mató o hirió a una docena antes que sus hombres lograran dominar­le y hacer que todo el grupo regresara a bordo de la nave. La totalidad de la tripulación de la Chafee acabó perdida más tarde en el espacio.

*Unidad de medida del espacio interestelar, equivalente a 206.265 el radio de la órbita terrestre, o 3,26 años luz. (N. de la T)

-Lamento que piense usted de esa forma, primer minis­tro Kaulidren -le contestó Kirk-, pero eso no cambia los hechos.
-¿Hechos? ¡Los hechos son que Delkondros acaba de ase­sinar a dos de sus hombres y usted se propone no hacer nada al respecto!
-No, primer ministro -le espetó Kirk con aspereza-. ¡El verdadero hecho es que no sabemos quién los ha ase­sinado!
-¡Pero si usted ha oído a Delkondros! ¡Él le dijo que los retenía como rehenes! ¡Incluso le amenazó con hacer exac­tamente lo que ha hecho... matarlos si intentaba usted sacar­los del planeta! Sin duda, usted...
-Puede que todo eso sea cierto -le interrumpió Kirk-, pero a mí me pareció que se había entablado alguna clase de lucha en el momento en que los mataron. ¿Qué sucedería si algún otro grupo... incluso algunos de sus propios hom­bres hubieran atacado a Delkondros? Mis hombres podrían haber quedado simplemente atrapados en el fuego cruzado. O, ya que estamos en ello -agregó Kirk, que miró directa­mente a Kaulidren con el entrecejo fruncido al pasarle una nueva posibilidad por la cabeza-, no tenemos forma alguna de saber si fue realmente Delkondros quien capturó a mis hombres. ¡Por lo que yo sé, también podría haber sido uno de sus funcionarios coloniales, que se hacía pasar por Del­kondros! Todo este asunto muy bien podría ser simplemen­te una mascarada sangrienta destinada a engañarnos para conseguir que nos pongamos de parte de ustedes, e incluso que tomemos represalias contra los colonos.
-¡Estoy seguro de que no puede creer usted una cosa tan estrafalaria como esa, capitán!
« Si sus héroes son gente como Carmody, ya lo creo que puedo», pensó Kirk, pero negó de mala gana con la cabeza.
-De momento, no, aunque cuanto más nos insta usted a tomar represalias, más plausible me resulta la idea. Así pues, intente comprenderlo, primer ministro. Independien­temente de lo que usted pueda haber pensado cuando solici­tó nuestra ayuda, la Federación no se pone de parte de nadie en las disputas que le son ajenas, nunca, bajo ninguna cir­cunstancia. Nosotros no somos jueces y jurados, por muy tentadora que pueda resultar la perspectiva en la presente situación. ¡Nosotros somos, aquí y ahora, solamente media­dores, eso es lo único que somos, eso es lo único que pode­mos ser!
Kirk se volvió bruscamente hacia la terminal científica.
-Señor Pritchard, instale un programa que controle cons­tantemente ese escudo, algo que alerte tanto al puente como a la sala del transportador... y también a motores... en el mo­mento en que haya la más ligera señal de debilitamiento, el más ligero indicio de cualquier tipo de cambio.
-Sí, capitán.
-En cuanto tenga eso en funcionamiento, vuelva a los sondeos por sensor. Quiero estar enterado de todas las na­ves y todas las fuentes energéticas que haya en el sistema de Chyrellka.
-De inmediato, señor.
-Teniente Uhura, abra un canal de comunicación con la Flota Estelar. Hemos de informar de todo esto, no sólo de las muertes sino también de la existencia de ese escudo y de todas sus implicaciones.
Tras acusar recibo de la orden con voz. débil, Uhura se puso a trabajar en los controles mientras Kirk se reclinaba en su asiento y se preparaba para lo que vendría a conti
nuación.
Cuando Spock informó que los klingon eran los únicos seres vivos en la zona en la que debería de haber habido más de media docena de miembros del consejo, un turbador si­lencio se apoderó de Tylmaurek y de los otros dos, y luego el primero hizo una mueca de furia. Se volvió bruscamente y echó a andar a la carrera hacia el parque densamente ar­bolado. Los demás le siguieron sin decir nada.
Mientras corrían, McCoy sacó el comunicador que lleva­ba colgado del cinturón. La presencia de los klingon hacía aún más imperiosa la necesidad de contactar con la Enterprise, aunque ellos dos no consiguieran llegar a bordo. La pre­sencia de los klingon explicaba sin lugar a dudas que las re­laciones entre Chyrellka y Vancadia se hubieran ido al diablo en menos de diez años, pero no explicaba por qué estaban allí ni qué esperaban lograr con ello. Fuera lo que fuese, a menos que él o Spock pudieran informar a la Enterprise y a la Federación, tenían muchas probabilidades de éxito. Y siempre era una mala noticia que los klingon tuvieran éxito en algo. La última vez que se habían tomado la molestia de hacer que uno de ellos tratara de pasar por un ser humano, había sido con el fin de envenenar un cargamento de quadrotricicale que iba a ser enviado a un planeta hambriento respecto al cual abrigaban ciertos propósitos. Nadie sabía cuántas personas habrían muerto si hubiesen tenido éxito en aquel pequeño plan, pensó un furioso McCoy.
-McCoy a la Enterprise -gritó al comunicador mientras corría-. ¡McCoy a Enterprise... conteste, Enterprise!
Spock, que iba algunos pasos por delante, volvió breve­mente la cabeza y llamó al médico.
-Doctor, evidentemente el escudo continúa levantado... y es igualmente obvio que cubre un área mucho más grande que la del edificio en el que nos hallábamos. Le sugiero que concentremos nuestros esfuerzos en escapar, más que en...
McCoy cerró el comunicador con disgusto, volvió a me­terlo bruscamente en el cinturón y casi lo dejó caer en el proceso.
-¡Maldición, Spock, ya trato de escapar! ¡Soy un médi­co, no un corredor de fondo!
Todavía se hallaban en lo profundo de la zona arbolada, sin luces delante ni detrás, y el médico empezaba a quedar­se sin aliento. .
-¿Adónde vamos? -preguntó en voz alta-. ¿Y cuánto fal­ta para que lleguemos?
-Otros diez metros, más o menos -le respondió Tylmau­rek, que iba más adelante y parecía tan desfondado cómo él-, y habremos salido de aquí; llegaremos al lugar en el que he­mos dejado nuestros vehículos. -Se oyó una amarga risa en­tre jadeos-. En un principio tomamos precauciones con el fin de tener una ruta de escape por si los chyrellkanos des­cubrían dónde nos habíamos reunido y nos atacaban, pero cuando Delkondros, o como sea su nombre klingon, trazó el complot del secuestro y yo no conseguí hacerle renunciar a él, nosotros tres... -miró a los otros dos miembros del con­sejo que les acompañaban-. Bueno, los tres trazamos nues­tro propio complot. Estos dos iban a intentar distraer a Delkondros mientras yo les sacaba al exterior. Pensábamos que, una vez fuera del edificio, estaríamos libres del escudo y us­tedes podrían contactar con su nave, pero, por lo que he oído, deduzco que también en eso me había equivocado.
-Eso es lo que parece -consiguió articular McCoy mien­tras Tylmaurek volvía a hundirse en un silencio jadeante. Po­cos segundos más tarde les hizo detener a poca distancia de una línea de arbustos de hoja perenne. Más allá había lo que podría haber sido, excepto por los contornos suavemente re­dondeados de las casas y la total ausencia de curvas en el trazado, una calle residencial algo deslucida del siglo vein­tiuno de la Tierra. Incluso los postes del alumbrado, unos tubos circulares relumbrantes, no se diferenciaban mucho de los del planeta de McCoy. Sin embargo no se veía a nadie que hubiese salido a dar un paseo, aunque el tiempo, claro y seco, invitaba a hacerlo. Un solo vehículo de color gris os­curo, que se desplazaba por un sistema flotante casi silen­cioso, siseó al pasar. Cuando hubo desaparecido de la vista, Tylmaurek les hizo un gesto para que avanzaran a través de una abertura que había en la hilera de arbustos.
-El toque de queda chyrellkano no comienza hasta dentro de una hora -les comentó Tylmaurek, que empezaba a recobrar el aliento-, pero no hay necesidad de correr riesgos.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó finalmente en un tono casi plañidero el más joven de los otros dos miembros so­brevivientes del consejo-. Yo puedo enfrentarme con Delkondros y los chyrellkanos, pero esos alienígenas...
-Hay una casa -declaró Tylmaurek, y les dio una dirección-. Es otra de las precauciones que he tomado, al
igual que la ruta de escape. Nadie más conoce su existencia, ni Delkondros ni ninguno de los otros miembros del consejo, así que debería ser segura... a menos que los alienígenas tengan máquinas parecidas a estos sensores -agregó con una mirada interrogativa dirigida a Spock.
-No puedo estar seguro de ello, consejero, pero no creo que tengan nada equiparable. Y aunque lo tuviesen, es casi seguro que no podrán utilizarlo para localizar e identificar a ninguna persona en concreto.
-Eso es un alivio -replicó Tylmaurek-. Por la forma en que usted y Delkondros hablaron del asunto dentro de aquel edificio, empezaba a pensar que se trataba de magia pura, y ya tenemos bastantes problemas sin necesidad de preocuparnos por algo así. Por de pronto, Delkondros cono­ce los nombres que hemos utilizado desde que nos vimos obli­gados a pasar a la clandestinidad, y sabe también dónde vi­vimos. -Hizo una pausa, y su rostro se contorsionó con una mueca-. Debería haberle matado, ahora me doy cuenta de ello, pero ya es demasiado tarde. Doctor McCoy, ¿cuanto tiem­po pasará hasta que se despierte de eso que le ha hecho usted?
-Nunca lo había empleado antes con un klingon, así que resulta difícil determinarlo. Podría haber despertado ya, o podría pasar otra hora dormido.
-Entonces será mejor que nos demos prisa. Estaremos más seguros en esa casa hasta que decidamos qué hacer y tracemos algún plan. En cualquier caso -les dijo a los otros dos miembros del consejo-, vosotros dos tenéis familias de las que debemos encargarnos. -Hizo una pausa y volvió a mirar a los dos tripulantes de la Enterprise.
-Ustedes saben sobre los klingon más que yo. He leído acerca de ellos en las historias de la Federación que nos pro­porcionaron, pero eso es todo. ¿Qué harán ahora? ¿Intenta­rán seguirnos la pista?
-Lo que vayan a hacer dependerá de cuántos son y de los recursos disponibles -le contestó Spock-, así como de las razones que tengan para estar aquí. No obstante, una vez sepan que ustedes han escapado, es razonable pensar que acudan a sus casas y aguarden su regreso. Tampoco se­ría algo muy insólito en ellos llevarse a las familias de ustedes como rehenes, con el fin de obligarles a que se entreguen.-Y, en caso de que se entreguen -agregó McCoy con tono lúgubre-, lo más probable es que les maten a ustedes y a sus familias. Con ellos no se puede desechar ninguna posi­bilidad. La vida, incluida la de los mismos klingon, no signi­fica mucho para ellos, a menos que se trate de la suya pro­pia. Lo único que les importa es ganar; y, para un klingon, el ganador es el que continúa con vida al final de la historia.
Los dos hombres palidecieron.
-¿Es cierto que harían algo semejante? ¿Amenazar a nuestras familias? -preguntó el más joven con voz estran­gulada.
-Es perfectamente posible -le respondió Spock.
«Más que simplemente posible», pensó McCoy, que de pronto advirtió que los klingon eran más alienígenas para aquella gente que para él o Spock. La historia de Chyrellka no estaba llena de canallas como Hitler y Genghis Khan, que podrían haberles preparado para enfrentarse a seres como los klingon. Habían vivido en paz durante al menos dos si­glos, así que incluso a aquellos hombres, que acababan de ver cómo mataban a varios de sus amigos, les resultaba difí­cil creer hasta qué extremos podían llegar los klingon, capa­ces de ensañarse con personas totalmente inocentes si eso convenía a sus propósitos.
-Si yo fuera ustedes -declaró McCoy en voz baja, pero con tono apasionado-, acudiría a mi casa lo antes posible y llevaría las familias a esa casa segura de la que nos ha ha­blado Tylmaurek... antes de que Delkondros se despierte y le diga a su escuadrón de asesinos dónde viven ustedes.
-Tiene razón -confirmó Tylmaurek cuando vio que los otros dos seguían vacilantes y volvían sus rostros horroriza­dos e interrogativos hacia él-. Marchad mientras aún tenéis posibilidad de hacerlo.
Abruptamente, los dos hombres dieron media vuelta y echaron a correr por la calle en direcciones opuestas.
-Vámonos -dijo Tylmaurek, que comenzó a atravesar la calle-. Mi vehículo está a la vuelta de la esquina. -El hom­bre se estremeció-.. Cuando antes desaparezcamos de la vis­ta, mejor me sentiré.
Mientras Spock y McCoy seguían a Tylmaurek a lo largo de la calle sin aceras, el gemido de un vehículo flotante que se ponía en marcha llegó hasta ellos de la calle inmediata­mente paralela, y luego su siseo cuando se puso en movimien­to. Un instante después, el mismo sonido les llegó de la di­rección opuesta. Luego Tylmaurek pulsó la combinación del panel cerradura de un vehículo flotante color verde oscuro
y les hizo un gesto para indicarles que subieran.
Permaneció en silencio mientras el vehículo, que era aún menos ruidoso en el interior que fuera, se elevó sobre el col­chón de aire y salió disparado calle abajo. Pasados algunos segundos, Tylmaurek dirigió la mirada hacia los dos tripulantes de la Enterprise; McCoy pudo ver el dolor y la confusión que inundaban los ojos del hombre.
-Supongo que debo asumir que los klingon están aquí -comentó-. Pero, ¿por qué? ¿Qué hacen aquí?
-¡Causan problemas, obviamente! -exclamó McCoy.
-Pero, ¿qué pueden querer de nosotros? No estamos ni lejanamente próximos a su nivel tecnológico, así que es im­posible que vayan tras nuestros conocimientos. Y si lo que quieren es robar nuestras materias primas... Ni siquiera te­nemos puestos avanzados en las tres cuartas partes de las tierras de Vancadia. Podrían aterrizar en cualquier lugar de esa zona, y nosotros no llegaríamos jamás a saber que esta­ban allí, y menos aún podríamos hallar una forma de dete­nerles. -Sacudió nuevamente la cabeza-. Para tomarse tan­tísimas molestias, debe haber una razón, ¿no creen?
-Esa es una manera lógica de pensar -le respondió McCoy con una mueca-, pero yo no apostaría mi vida por ello. Al menos no juraría que tengan una razón reconocible por ninguno de nosotros. Ya lo he dicho anteriormente, y lo repito ahora: los klingon hacen cosas sin más razón que la pura terquedad klingon. Demonios, yo siempre he pensado que ese era el único motivo que tuvo aquel otro grupo para crear problemas en Neural. Después de todo, ¿qué sacaron realmente de aquello? Incluso aunque les hubieran dejado obrar en libertad, ¿qué habrían obtenido... además del pla­cer de observar cómo dos tribus hasta entonces pacíficas se masacraban mutuamente?
-Es difícil saberlo, doctor -comentó Spock cuando McCoy se retrajo en un sombrío silencio-. No obstante, fue­ran cuales fuesen los propósitos que les impulsaron en el caso de Neural, a primera vista parece que aquí siguen las mismas pautas de conducta.
Brevemente, Spock explicó, más por Tylmaurek que por McCoy, cómo los klingon habían entregado armas de fuego avanzadas a una de las tribus, y luego la habían alentado para que hiciera la guerra a la otra.
-El escudo -murmuró McCoy cuando Spock hizo una pausa-. En este caso, los klingon les han dado el escudo.
-Precisamente, doctor. Tylmaurek, ¿qué sabe usted de ese escudo? ¿Afirmó Delkondros haberlo inventado él?
Tylmaurek volvió la cabeza por encima del hombro para mirar al vulcaniano y negó con la cabeza.
-Nunca lo hizo de forma específica. No le habló a nadie de la existencia de ese escudo, al menos no me lo comentó a mí hasta que nos salió con ese descabellado plan suyo; e incluso entonces no dijo virtualmente nada al respecto, ex­cepto que estaría listo para entrar en funcionamiento «cuan­do fuera necesario».
-¿No les dio en absoluto ningún tipo de información es­pecífica, consejero? ¿Ni acerca de su tamaño? ¿Ni de su al­cance? ¿Quién construía el generador que lo alimenta? ¿Cuánta energía requería? ¿Nada en absoluto?
-Ni un sólo detalle. Pero desde que yo le dije lo que pen­saba de ese plan y comencé a intentar hacer algo para con­trarrestarlo, no hemos confiado mucho el uno en el otro. Yo no le hablé de las precauciones que estaba tomando, y él no me contó muchas cosas, aparte de la forma en que debía fun­cionar su plan.
-¿Y qué hay de lo que comentó cuando se apoderó de nuestros comunicadores? -le preguntó McCoy-. Eso de que el escudo consumía más energía de la que ustedes tenían dis­ponible, razón por la cual deberían desactivarlo dentro de poco tiempo.
-Tampoco sé absolutamente nada de eso.
-En cualquier caso, parece que mentía una vez más -co­mentó McCoy-, lo cual no es demasiado sorprendente.
Mientras hablaban McCoy y el vancadiano, Spock había vuelto a sacar su comunicador e intentado contactar con la Enterprise. Tampoco en esa ocasión tuvo éxito, pero en lu­gar de volver a colocar el aparato en su cinturón le dio la vuelta, le quitó la tapa de atrás y lo estudió durante un ins­tante. Finalmente, lo cerró, volvió a colocárselo en el cintu­rón y centró su atención en el sensor.
-Si no estoy equivocado, consejero -declaró el vulcania­no después de estudiar las lecturas durante unos instantes-, la fuente energética de esta ciudad es la fusión nuclear. La planta generadora se encuentra a unos quince kilómetros en dirección norte, ¿correcto?
Tylmaurek frunció el entrecejo, pero no apartó los ojos de la calle.
-Correcto. ¿Cómo lo ha averiguado?
-Porque aparece con bastante claridad en el sensor -le explicó Spock-. Lo que resulta intrigante es que no pue­da encontrar ni un sólo indicio de la existencia de un escudo energético de ninguna clase.
Una repentina ola de esperanza se apoderó de McCoy.
-¡Tal vez lo hayan desactivado finalmente! -murmuró mientras sacaba su comunicador del cinturón y lo abría­0 se le ha quemado un fusible. McCoy a Enterprise. McCoy a Enterprise. Adelante, Enterprise.
Pero no obtuvo respuesta.
El momentáneo júbilo le abandonó a la misma velocidad con que había hecho acto de presencia.
-Tal vez mi comunicador esté averiado -comentó, no dis­puesto aún a darse por vencido-. Spock, ¿lo ha intentado con...?
-No, doctor. Según mi sensor, funciona exactamente como corresponde a su diseño. Resulta obvio que el proble­ma está en alguna otra parte, probablemente en la Enterprise.
-¿En la Enterprise? ¿Qué puede funcionar mal ahí arriba?
-Puesto que no estoy a bordo, no puedo decírselo. Repentinamente, la mente de McCoy comenzó a funcio­nar a toda velocidad.
-Si los klingon están implicados en esto... oiga, Spock, ¿y si los klingon hubieran conseguido inventar un nuevo tipo de escudo, algo que no pudiera ser detectado por nuestros sensores?
-Por supuesto, también esa sería una posibilidad. Sin embargo, no sugiere solución alguna para nuestro problema.
-Pero, eso, al menos, nos diría que el problema tiene su origen aquí abajo y no en la Enterprise. Podríamos inten­tar alejarnos a toda velocidad. Quizá de esa forma consi­guiéramos llegar a una zona que esté fuera del alcance del escudo.
-Cosa que, en cualquier caso, deberá esperar hasta mañana -les advirtió Tylmaurek-, a menos que quieran que les detengan por violar el toque de queda.
La réplica de Spock fue interrumpida por un pitido y una luz que se puso a brillar intermitentemente en el panel de controles del vehículo flotante. Tylmaurek frunció el ceño y tendió una mano hacia el interruptor que había junto a la luz.
-¿Y ahora qué sucede? -masculló, tras lo cual se puso a explicar la situación-. Esto significa que el gobierno, el gobierno colonial chyrellkano, ha intervenido todas las transmisiones y tiene un mensaje para nosotros.
Cuando Tylmaurek acabó de hablar, un par de pantallas diminutas -una en la parte delantera, contigua a la luz que aún parpadeaba, y la otra alojada en la parte trasera del asiento de delante-, se habían encendido.
-Debe ser verdaderamente urgente -comentó Tylmau­rek con el ceño fruncido-. Habitualmente no envían señales de vídeo a los vehículos en movimiento.
Apareció un hombre de rostro anguloso, vestido con un uniforme negro en cuyas mangas se veían las tiras con los colores verde y rojo de Chyrellka.
-Es el gobernador planetario -declaró Tylmaurek con gesto de repulsión-. Se llama Ulmar.
-Ciudadanos de Vancadia -comenzó a decir el gober­nador, lo cual acentuó aún más la expresión de disgusto en el rostro de Tylmaurek-. Me dirijo hoy a ustedes para trans­mitir una información que podría significar la vida o la muer­te para ambos mundos. No obstante, puesto que no ignoro los sentimientos negativos que muchos de ustedes abrigan contra la administración colonial chyrellkana, no seré yo quien les transmita esta información. No deseo en modo alguno que se haga caso omiso del mensaje a causa de la desconfianza que inspire el mensajero. Es demasiado vital para correr ese riesgo. Por lo tanto, permitiré que dicha in­formación sea presentada por el hombre que la ha traído has­ta mí.
El gobernador hizo una pausa, miró hacia un lado y por primera vez le abandonó la fachada de serenidad que había mantenido hasta aquel momento, un destello de desapacible nerviosismo destelló en sus ojos y en un momentáneo frun­cimiento de sus labios.
Luego volvió a mirar a la cámara.
-Ciudadanos de Vancadia, el presidente del Consejo de Independencia de Vancadia.
La pantalla se oscureció durante un momento y luego se iluminó de nuevo al ser substituido el rostro del gobernador por el de Delkondros.
-Les insto a todos a que me escuchen y crean lo que voy a decirles -comenzó sin preámbulos la imagen de Delkon­dros que se veía en las dos diminutas pantallas-. He renun­ciado a mi libertad para traerles a ustedes este mensaje. Así de importante lo considero. Para conseguir que el goberna­dor Ulmar me escuchara, para lograr que me permitiese ha­cer esta transmisión, he tenido que entregarme. ¡Lo que debo decirles es tan importante, tan vital, que estoy dispuesto a pagar ese precio!
Hizo una pausa y tragó, en una buena imitación de hom­bre nervioso.
-Como ya saben todos ustedes -prosiguió-, hace algún tiempo que los chyrellkanos solicitaron la ayuda de la Federación para resolver las disputas que han surgido reciente­mente entre nuestros dos mundos. En un primer momento, yo creía profundamente que, una vez aquí, los representan­tes de la Federación escucharían realmente no sólo a los chyrellkanos, que les habían llamado, sino también a nosotros. Ahora, sin embargo, se ha hecho evidente que esa espe­ranza era absolutamente cándida, más aún que las esperan­zas de muchos de ustedes respecto a que un día Chyrellka trate a Vancadia con justicia. Pero no somos las únicas vícti­mas de esa candidez.
Hizo una pausa tras aquella digresión, como para devol­ver sus pensamientos al tema central.
-La ayuda de la Federación ha llegado. Una nave de di­cha organización ha entrado en órbita alrededor de Chyrell­ka hace apenas unas horas. No tenemos forma alguna de sa­ber qué hacen allí. Todas las comunicaciones con Chyrellka quedaron cortadas a los pocos minutos de su llegada, y ni yo ni el gobernador hemos podido restablecer el contacto. Lo que sí sabemos, no obstante, es que una nave de la Fede­ración está en órbita alrededor de Vancadia. Podría tratarse de la misma nave, pero también podría ser una segunda, aun­que eso no es importante. Lo que importa verdaderamente es que sí sabemos lo que ha hecho la tripulación de esa nave.
Hemos podido ver qué tipo de «ayuda» nos ha enviado la Fe­deración.
El rostro de Delkondros se desvaneció bruscamente y fue substituido por una imagen de la sala de la que habían hui­do Spock y McCoy con Tylmaurek y los otros dos vancadianos. El cuerpo del otro klingon miembro del consejo yacía donde había caído, pero el del hombre al que habían empu­jado al interior con la pistola de láser en la mano ya no se encontraba allí.
Pero eso no era todo. Otros siete miembros del consejo yacían dispersos por el suelo, junto con otros tres hombres a los que ni Spock ni McCoy reconocieron. Resultaba obvio que todos habían sido víctimas de disparos de láser.
-¿Cómo han llegado esos tres hasta allí? -exclamó Tylmaurek, casi ahogado.
-¿Quiénes son? -le preguntó Spock, mientras la cáma­ra se detenía en mostrar los cadáveres.
-Son chyrellkanos -replicó Tylmaurek con incredulidad-. ¡Son supervisores coloniales chyrellkanos! ¡Y dos de ellos pertenecen a la plantilla personal del gobernador!
-Esta es la ayuda que la Federación ha proporcionado a Vancadia -prosiguió Delkondros-. Seguramente recono­cerán entre los muertos a miembros tanto del consejo de in­dependencia como del personal del gobernador. Se celebra­ba una reunión, en terreno neutral, entre algunos de los miembros de nuestro consejo y unos integrantes de la plan­tilla del gobernador, personas con las que hemos mantenido contacto secreto desde que nos declararon delincuentes. Era la primera tregua auténtica entre nosotros en más de un año, se había acordado a causa de la llegada de la nave de la Fe­deración. Teníamos la esperanza, todos nosotros...
Delkondros se interrumpió y sacudió la cabeza; consiguió imitar otra vez, bastante bien, la forma en que se comporta un ser humano en momentos de tensión.
-¡Ya ni siquiera puedo recordar cuál era nuestra espe­ranza -declaró con una voz repentinamente apasionada-, pero lo que la Federación nos envió fue una banda de asesi­nos, los responsables de la matanza que acaban de ver en la pantalla! ¡Esos hombres han dejado una huella indeleble de sus rostros!
La cara de Delkondros permaneció en la pantalla duran­te algunos instantes más, luego fue reemplazada por un par de imágenes obviamente generadas por computadora, la una junto a la otra. Presumiblemente basadas en los recuerdos de Delkondros, no eran totalmente perfectas en una docena de detalles. La coloración era ligeramente más pálida, la forma de las narices, mentones y orejas estaban sutilmente distorsionadas, las expresiones eran fríamente amenazadoras.Pero eran, sin lugar a dudas, los rostros de Spock y McCoy.

6
-Tal vez sería mejor que otra nave se hiciese cargo de la misión, Jim -sugirió el almirante Brady, cuyo curtido rostro llenaba la pantalla-. Podríamos tener un reemplazo de camino dentro de veinticuatro horas.
-No, gracias, almirante, prefiero buscar yo mismo una solución.
-Ya sé que ése es su deseo, Jim, pero dadas las actuales circunstancias...
-Dadas las actuales circunstancias -le interrumpió Kirk con voz tensa-, es responsabilidad mía y absolutamente de nadie más. Si usted duda de mi capacidad para conser­var la objetividad, puede ordenarme que abandone el caso, esa será la única forma en que yo acepte marcharme.
La imagen de Brady estudió silenciosamente a Kirk du­rante varios segundos. Finalmente, asintió.
-Hubo una época en la que eso podría haber sucedido -le contestó en voz baja-, pero ha quedado atrás. Mantén­game informado. Yo notificaré lo sucedido a Sarek y Amanda, así como a la hija del comandante McCoy. ¿Cómo se llama, Jim?
-Joanna. Pero no lo haga todavía, almirante.
-¿Por qué no? ¿Prefiere hacerlo usted mismo?
-Si he de decirle la verdad, sí, lo prefiero. -Si tenía que decir toda la verdad, no podía soportar la idea de que algún otro diera aquella noticia, pero no se trataba sólo de eso-. Almirante...
-' -De qué se trata, Jim? -le preguntó Brady al ver que Kirk no continuaba-. ¿Tiene alguna duda respecto a que ha­yan muerto?
Kirk tragó.
-En realidad, no, señor, pero...
-Ya comprendo. Hasta que no vea los cadáveres, siem­pre quedará espacio para una duda razonable. Muy bien. Cuando quede satisfecho, lo notificará usted mismo a los fa­miliares. Entre tanto, ordenaré que se haga una revisión de todos los registros de contactos establecidos con mundos no pertenecientes a la Federación, en busca de pruebas de in­fluencia externa, ya sea klingon o de otro tipo.
-Existe otra prueba aquí mismo, almirante -intervino Kaulidren, que había permanecido de mala gana en silencio hasta ese momento-. Ahora que les he oído a usted y al ca­pitán Kirk hablar de esos klingon y de su táctica desorganizadora, puedo verlo con claridad.
Kirk se volvió velozmente hacia el chyrellkano.
-¿De qué pruebas habla, Kaulidren? ¿Se trata de algo diferente al escudo?
Kaulidren asintió con un enfático movimiento de cabeza.
-Usted estaba interesado en las posibles causas del ac­tual estado de relaciones entre nuestros mundos, capitán. Bueno, pues ahora le hablaré de una de las principales razo­nes que nos separó... la aparente invención por parte de los vancadianos de un motor interplanetario perfeccionado.
-Pero, ¿no habría tenido el efecto precisamente contra­rio la aparición de ese motor perfeccionado? -le preguntó Kirk con el entrecejo fruncido-. Habría hecho más fácil via­jar entre ambos planetas, habría favorecido el contacto.
-Si lo hubiéramos descubierto nosotros -le contestó el chyrellkano-, habría sucedido exactamente así. Pero no fui­mos nosotros sino los vancadianos quienes lo hicieron. O a quienes se lo entregaron esos klingon de los que hablan us­tedes. En cualquier caso, ese descubrimiento ha hecho nece­sario que apostáramos naves de vigilancia en la órbita de Vancadia.
-Explíquese mejor, primer ministro -le pidió Kirk con expresión ceñuda cuando Kaulidren hizo una pausa.
-Es bastante sencillo. Seguramente, usted sabe que no­sotros empleamos lanzadoras para entrar y salir de la órbi­ta. Todos los vuelos interplanetarios se realizan en naves construidas en la fábrica orbital de Chyrellka. Al menos así era hasta hace cuatro años, cuando alguien de Vancadia cons­truyó un tipo de motor perfeccionado. Eso les permitía llegar a Chyrellka en una sola nave, apenas más grande que nuestras propias lanzadoras. Podían hacer esa nave en cues­tión de horas, en vez de los días que necesitábamos, y aún necesitamos, para construir nuestras propias naves.
-¿Y por qué hizo eso necesarias las naves de vigilancia? -le preguntó Brady con impaciencia cuando Kaulidren vol­vió a hacer una pausa.
-Porque los vancadianos utilizaron sus naves para obs­taculizar y destruir completamente nuestra capacidad de lle­gar hasta Vancadia -le contestó un iracundo Kaulidren-. Eso ocurrió cuando Delkondros estaba dedicado a la agita­ción para conseguir la independencia instantánea, así que sólo puedo suponer que había decidido poner en marcha los medios para lograrla. Si nos aislaban físicamente de Vanca­dia, él suponía que no nos quedaría otra alternativa que de­jarles hacer lo que quisieran, y eso fue precisamente lo que trató de hacer. Primero atacó y destruyó una flota de nues­tras naves interplanetarias. Hasta ese momento, nosotros no teníamos siquiera noticia de la existencia de esas naves per­feccionadas. Y casi en el mismo momento, otra de esas na­ves atacó muestra fábrica satélite. Por pura suerte, hubo algo que falló en los nuevos motores y la nave vancadiana quedó destruida antes que pudiera causarle algo más que daños me­nores a nuestra fábrica.
-¿Y desde entonces? -preguntó Kirk.
-Desde entonces hemos conseguido recuperar el control de la situación. Obviamente, no hemos sido capaces de librar­nos del propio Delkondros, pero por lo menos hemos conse­guido que él y sus terroristas se vieran obligados a pasar a la clandestinidad. Sin embargo, hemos tenido mucha suer­te. Si Delkondros no hubiese estado demasiado ansioso por utilizar sus dos primeras naves, no sé qué habría podido lle­gar a suceder. Pero las utilizó. Era demasiado impaciente para esperar diez años a que se les concediera la indepen­dencia prometida, y demasiado impaciente para esperar a que el nuevo motor estuviese plenamente perfeccionado. Ata­có, y perdió las únicas dos naves operacionales que tenía a su disposición; antes que pudiera poner más en funciona­miento, nosotros conseguimos armar varias de nuestras na­ves y ponerlas en órbita alrededor de Vancadia. En efecto, levantamos una barrera ante él. A pesar de ello, intentó realizar otros lanzamientos en los meses siguientes, no solamente de naves de control remoto como la que vimos ayer, pero nosotros conseguimos derribarlas antes de que alcanzaran la órbita. Entonces, incluso él comprendió que le habíamos vencido y abandonó los intentos.
-¿Sabían ustedes con seguridad que las naves que de­rribaron estaban equipadas con el motor perfeccionado? ¿Y que estaban armadas?
-No podíamos estar seguros, por supuesto, no sin dis­poner de unos sensores como los que tienen ustedes. -Kau­lidren echó una mirada en dirección a la terminal científica-. Pero no podíamos correr ningún riesgo. Si hubiésemos permitido que esas naves escaparan del campo de gravedad de Vancadia, su poder y maniobrabilidad las hubiera hecho aún más extraordinariamente peligrosas. La primera destruyó media docena de nuestras propias naves antes que consiguié­ramos derribarla. Evidentemente, no podemos permitir que algo semejante vuelva a suceder.
-¿Y quién fue el responsable de la invención de ese mo­tor perfeccionado? -le preguntó Kirk.
Kaulidren meneó la cabeza con el entrecejo fruncido.
-Ellos, por supuesto, nunca nos lo han dicho. Delkondros ha llegado incluso a negar su existencia, no sólo ante noso­tros, sino ante los mismísimos vancadianos. A ellos les ha dicho que todo eso lo inventamos nosotros con el fin de po­der mantener un control más estrecho sobre los vuelos de sus lanzadoras, y para continuar negándoles la independen­cia que exigen. No obstante, nosotros hemos conseguido re­coger algunos rumores concernientes al origen del motor.
-Y esos rumores...
-Dicen que uno de los científicos de Vancadia, uno que estudió en Chyrellka hace más de una década, desarrolló la teoría en la que se ha basado ese perfeccionamiento, aunque ese supuesto inventor se mató muy convenientemente en uno de los primeros vuelos de prueba. Se dice que sus notas le sobrevivieron, y que otros han podido completar así el tra­bajo iniciado por él. Todo eso, por supuesto, sucedió mucho antes que apostáramos nuestras naves de vigilancia en la ór­bita de Vancadia, por lo que no podemos saber qué parte de la historia es verdad, si es que hay alguna cierta.
-¿Ese científico era alguien a quien usted conociera?
-No personalmente, por supuesto. En este momento ni siquiera recuerdo cómo se llamaba, pero sí tengo muy presente que examinamos el historial académico que de él te­nían en la universidad de Chyrellka, donde había estudiado.
Era casi el último de su clase en prácticamente todo. Decididamente, no era el historial académico que uno esperaría de alguien que está a punto de hacer un gran descubrimiento científico.
-Pero lo hizo -comentó Kirk cuando Kaulidren guardó silencio-, y por lo tanto ustedes suponen que con ayuda.
-Ahora que sé que esa ayuda pudo haber estado a su dis­posición, sí, lo supongo. Esa sería, en apariencia, la única explicación razonable.
-¿Le ha dado alguna pista el sondeo del sistema realiza­do con los sensores, Jim? -inquirió Brady desde el cuartel general de la Flota Estelar.
-Absolutamente nada, almirante. Aparte de la Enterprise, dentro del radio de alcance de los sensores no hay nada que sea capaz de desarrollar velocidades hiperespaciales, tampoco hay ninguna fuente energética de antimateria.
-¿Y el escudo mismo no podría ocultar alguna?
-No, almirante. El escudo evitaría que nosotros pudié­semos localizar con precisión cosas semejantes, incluso que obtuviéramos datos técnicos fiables sobre ellas, pero no blo­quea nuestros sensores hasta el punto de ocultar la existen­cia misma de un generador energético de antimateria o de un motor hiperespacial. Por ejemplo, podemos detectar un generador energético de fusión nuclear que está debajo del escudo. Lo único que no sabemos son su tamaño y emplaza­miento precisos.
-Comprendo. -Brady guardó silencio durante un mo­mento, luego asintió con un movimiento de cabeza casi imperceptible-. ¿Su evaluación, entonces, es que si bien los klingon podrían haber intervenido en estos mundos en un pasado reciente, se han retirado ya?
-O que se mantienen ocultos mientras nosotros nos en­contramos en las proximidades -agregó el capitán Kirk-. No tengo forma de saber si aún están o no presentes y acti­vos algunos klingon o, para el caso, otros alienígenas.
-Confío en que su principal prioridad será averiguarlo de una forma u otra.
-Por supuesto, almirante.
-Muy bien, Jim. Continúe adelante; y, recuerde, podrá disponer de ayuda si la considera necesaria.
-Comprendido, almirante. Gracias.
-Manténganos informados -le dijo bruscamente Brady, y un instante después la pantalla se oscureció.
Kirk se volvió a mirar a Kaulidren.
-Primer ministro Kaulidren -comenzó en voz baja-, si los klingon les han dado a los vancadianos el escudo y el mo­tor perfeccionado, puede que les hayan entregado más cosas. Podrían darles más en estos precisos instantes, incluso algo que les permitiera derribar sus llamadas naves de vigilan­cia desde la propia superficie del planeta. Así que, primer ministro, le aconsejo que nos lo cuente todo, y no solamente las supuestas actividades terroristas a las que han estado de­dicados los vancadianos. Si los klingon están realmente im­plicados en todo esto, lo que ha sucedido hasta el momento podría no ser más que el primer acto.


-Estos dos hombres son los responsables de la matanza que ustedes acaban de ver -repitió Delkondros con voz ás­pera mientras los rostros de Spock y McCoy continuaban ex­puestos en las pantallas-. Aparecieron en medio de noso­tros y se pusieron a disparar sin previa advertencia, sin motivo alguno. Yo conseguí escapar, todavía no sé exactamen­te cómo.
Delkondros hizo una pausa, como si necesitara tranquili­zarse y ordenar sus pensamientos antes de continuar; entre­tanto aparecieron otros tres rostros en la pantalla. Esta vez eran fotografías, no imágenes generadas por computadora. Tylmaurek, que aún se ocupaba de los controles del vehícu­lo flotante, profirió un grito ahogado al reconocer su propia cara y los rostros de los otros dos miembros del consejo.
-Y estos son sus colaboradores -continuó la voz de Delkondros-. ¡Los traidores que los condujeron hasta noso­tros! No sabemos cuánto hace que esos tres mantienen con­tacto con la Federación, tampoco podemos discernir qué les ofreció la Federación a cambio de la ayuda que le prestan, ni siquiera sabemos qué pretende conseguir la Federación con un comportamiento tan sanguinario como éste. Sin em
bargo, el asesinato de la mitad de los miembros del consejo, así como de varios miembros del personal del gobernador, sugiere poderosamente que tienen planeado eliminar a to­dos los líderes de ambos bandos y poner en su lugar a ma­rionetas de la Federación.
Las palabras cesaron y el rostro de Delkondros volvió a aparecer en las pantallas.
-Obviamente, su trabajo no ha concluido aún -prosiguió Delkondros con un tono de voz terrible-. Sólo puedo supo­ner que proyectan perpetrar más asesinatos, muchos más, incluidos el mío y el del propio gobernador. Por eso les trans­mito esta información. ¡¡Los asesinos todavía están aquí¡ El equipo de asesinos de la Federación y sus colaboradores con­tinúan en Vancadia, aquí, en la capital, dedicados tranquila­mente a su misión. ¡Es necesario detenerlos!
Los cinco rostros volvieron a aparecer en las pantallas.
-Estos son los cinco hombres que buscamos -repitió Delkondros-. ¡Manténganse alerta por si les ven, pero no se acerquen a ellos bajo ninguna circunstancia, si en algo valo­ran su vida! Establezcan contacto con las autoridades, ellas se encargarán de estos hombres.
Delkondros guardó silencio, pero las caras de los busca­dos permanecieron en las pantallas. Pasados algunos instan­tes, los nombres aparecieron debajo de los rostros y luego, por una estrecha franja abierta de través, pasó una versión condensada de la advertencia que Delkondros acababa de lan­zar, en la que se solicitaba que cualquiera que viese a aque­llas personas lo notificara directamente a la oficina del gobernador. Pasado otro minuto volvió a aparecer el gober­nador, y todo el proceso comenzó nuevamente desde el prin­cipio; aparentemente, era el comienzo de una interminable cadena que continuaría hasta que Spock, McCoy y sus «co­laboradores» fuesen capturados o, más probablemente, de­rribados a disparos sin previo aviso.
-Eso lo cambia absolutamente todo -declaró Tylmau­rek con voz débil-. La casa de la que les he hablado ya no será segura, después de toda esa sarta de mentiras. Segura­mente alguien me ha visto por allí, y no tendrá razón alguna para no creer...
Sacudió la cabeza con expresión de incredulidad.
-Es exactamente como dijo Valdreson: puedo enfrentar­me con los chyrellkanos, pero con esto... Oigan, Spock, doc­tor McCoy, ustedes ya se han enfrentado antes con estos klin­gon, ¿no es cierto? ¿Tienen alguna sugerencia?
-Si se refiere usted, consejero -le contestó Spock-, a si tengo alguna sugerencia concreta respecto a una línea de acción específica que pueda sacarnos del aprieto en que nos encontramos, le diré que no la tengo. Me parece que usted está en una posición mejor que la nuestra para analizar lo que sucede, puesto que un conocimiento minucioso de la gen­te de la localidad probablemente será más útil en estos mo­mentos que un conocimiento similar sobre los klingon. No obstante, yo señalaría que, si nos basamos en el relato que ha maquinado Delkondros y en las estridentes advertencias que ha proferido respecto a que los cinco debemos ser evita­dos a toda costa, es lógico deducir que uno de sus objetivos, además de capturarnos o darnos muerte, es evitar que po­damos hablar con nadie. Eso, por su parte, sugiere que teme que podamos dar a conocer la verdadera situación de Van­cadia, y que en verdad existe al menos una posibilidad de que se dé crédito a nuestras palabras.
McCoy se animó y asintió con la cabeza mientras se vol­vía para mirar a Tylmaurek.
-Yo no había pensado en el asunto exactamente de esa manera, pero Spock tiene razón. Sin embargo, lo primero que debemos hacer es desaparecer de la vista y mantenernos con vida hasta que hallemos una forma de contactar con la Enterprise, o bien hablar con alguien de aquí abajo sin que nos disparen hasta dejarnos como un colador. -Recorrió la ca­lle con la mirada; estaba vacía, a excepción de algún vehícu­lo aparcado aquí y allá. Sólo había visto otros cuatro vehí­culos en movimiento desde que habían salido del parque-. Si somos el único vehículo de la calle, será difícil mantenernos prudentemente fuera de la vista. ¿Todas las calles de la ciudad están así de vacías?
-Probablemente -le respondió Tylmaurek con un es­tremecimiento-. Y si no lo están, lo estarán dentro de unos instantes. El toque de queda que impuso el gobernador lle­va en vigencia desde hace más de un mes, cuando su hijo ma­yor fue muerto por una bomba probablemente destinada a él. Muy pocas personas se atreven siquiera a salir de sus ca­sas después de oscurecido. Debemos alejarnos de las calles
o no habrá necesidad alguna de que nos denuncien. Las patrullas nocturnas del gobernador nos detendrán sin que nadie las avise.
McCoy gimió y realizó otro intento con su comunicador.
-Será mejor que nos encuentre un refugio lo antes posi­ble, consejero -comentó mientras cerraba el comunicador-. Debe haber alguien en quien pueda confiar.
Tylmaurek negó lúgubremente con la cabeza.
-A estas alturas no sé si ese alguien todavía existe o no. Hace diez minutos podría haberles nombrado un centenar de personas, pero después de esa transmisión que acaban de hacer... Puede que tengan ustedes razón respecto a que Del­kondros teme que hablemos con alguien, pero eso no me ayu­da a imaginar con quién podríamos tener nosotros más pro­babilidades de éxito.
-Como punto de partida, consejero -comenzó a decir Spock-, ¿qué persona de autoridad conoce sobre la que pue­da estar completamente seguro que no es un klingon?
-¿Cómo quiere que lo sepa? ¡Yo ni siquiera sospechaba de Delkondros, y hace muchos años que le conozco, desde que me eligieron para formar parte del consejo!
-Existen algunos criterios lógicos que pueden aplicar­se a esa pregunta -continuó Spock-. La primera, una per­sona cuya familia aún esté con vida. Por ejemplo, ¿tiene el gobernador más familiares, aparte del hijo que le mataron?
-Dos hijos y una hija. Además de su esposa. Pero, ¿sig­nifica eso que no puede ser un klingon?
-No hay nada que pueda ser seguro al ciento por ciento, consejero, pero es un primer indicio. Otro indicio sería la for­ma en que fue elegido.
-Él no fue elegido, sino nombrado para el cargo que ocu­pa... hace aproximadamente quince años. Pero, ¿qué tiene que ver la forma en que alguien es elegido con que pueda o no pueda ser un klingon?
-Según lo que tanto Delkondros como Kaulidren le dije­ron al capitán de nuestra nave, tengo entendido que Delkon­dros fue elegido por primera vez para la presidencia del con­sejo después que su principal opositor fue asesinado.
-Pero ese asesinato lo perpetraron los chyrellkanos -ob­jetó Tylmaurek-. Los chyrellkanos han llevado a cabo una campaña de... -Tylmaurek se interrumpió con la boca abierta-. ¡Así que fue esa la forma en que lo hicieron! -exclamó con voz ronca-. ¡Presentaron a Delkondros y mataron al úni­co candidato que tenía probabilidades de vencerle en las elec­ciones!
-Las operaciones realizadas por los klingon son, proba­blemente, algo más sofisticadas -le aseguró Spock-, pero sospecho que, en esencia, eso es precisamente lo que hicie­ron. ¿Sería demasiado precipitado suponer que se han pro­ducido algunas circunstancias similares?
-¡Al menos un centenar en los últimos cinco años! -ex­clamó Tylmaurek mientras sacudía la cabeza-. De hecho, to­das esas muertes, los envenenamientos... eran la principal ra­zón por la que queríamos que ustedes acudieran a Vancadia. ¡Siempre habíamos pensado... siempre se nos había dicho... que sus responsables eran los chyrellkanos, que era la for­ma que ellos tenían de asegurarse que no resultaran elegi­das las personas que no les convenían! ¡Pero deben haber sido los klingon quienes perpetraron todos esos asesinatos! A me­nos que... ¿podrían haber hecho esos klingon una alianza con los chyrellkanos? ¿Podrían trabajar juntos? ¿Podría ser una farsa toda esa historia de que Delkondros se ha entregado al gobernador?
-Es una posibilidad que debe tomarse en consideración -admitió Spock-, particularmente a la luz de la notable ce­leridad con que se llevó a cabo la supuesta rendición de Del­kondros.
Tylmaurek parpadeó.
-Tiene usted razón. Yo mismo habría podido verlo si... si me dedicara a pensar en lugar de dejarme invadir por el pánico que me causan las mentiras que han contado sobre nosotros. No habría habido tiempo para... -Tylmaurek se in­terrumpió y sus ojos se agrandaron con alarma-. ¿Podría ser el gobernador Ulmar un klingon, después de todo?
-Cualquier cosa es posible, consejero -le contestó Spock-, pero, si consideramos otros factores, lo más proba­ble es que él, al igual que ustedes mismos, haya sido engaña­do por los klingon.
-¿Y qué hay del propio gobierno chyrellkano? -preguntó abruptamente McCoy-. ¿De Kaulidren mismo?
-Es, por supuesto, posible que también él sea un klin­gon, doctor, pero resulta altamente improbable. Sería exce
sivamente temerario, incluso para el klingon de aspecto más humano, subir a bordo de la Enterprise. El más rudimenta­rio de los sondeos de escáner podría poner de manifiesto su verdadera naturaleza, de la misma forma que la verdadera naturaleza de Delkondros se hizo instantáneamente eviden­te mediante un sencillo sensor de mano.
-Lo que a un vulcaniano le parece temerario podría te­ner perfecto sentido para un klingon, Spock -objetó McCoy-. ¡Cualquier raza que considera que el asesinato es un método aceptable, incluso un medio admirable de ascen­so profesional, es una raza que tiene los tornillos demasia­do flojos y es capaz de cualquier cosa que le beneficie!
-No puedo manifestar desacuerdo alguno con su pinto­resca metáfora, doctor -reconoció Spock, que miraba una vez más las desiertas calles por las que corría a toda veloci­dad el vehículo flotante-. No obstante, no servirá de nada para hallar una solución al aprieto en que nos encontramos ahora. Consejero, ¿ha conseguido pensar en alguien que ten­ga suficiente confianza en usted para escuchar lo que tenga­mos que decirle?
-Conozco a varias personas que casi con total seguridad no son klingon, pero después de esa transmisión... -Se inte­rrumpió y sacudió la cabeza-. Después de esa transmisión, si yo no conociera la verdad, desconfiaría hasta de mí mismo.

7


Tras pasar dos horas con Kaulidren en la sala de reu­niones de la Enterprise, Kirk estuvo seguro de que los klingon se hallaban implicados en los sucesos de Vancadia.
Pero creer era una cosa y demostrarlo, otra muy distinta. La mera existencia de unos avances tecnológicos anormales, aunque fuesen de gran importancia, no probaba que esos ade­lantos fuesen el resultado de una interferencia externa, y mu­cho menos el resultado de una interferencia específica de los klingon. Existían cosas como los genios propios de un pla­neta; y el repentino estallido de hostilidades entre fraccio­nes anteriormente amigas no era en modo alguno prueba de una injerencia exterior. Varios milenios de historia de la Tie­rra y de docenas de otros mundos de clase-M habían demos­trado, miles y miles de veces, que los seres en apariencia in­teligentes eran capaces de trabarse en lucha a todos los niveles, desde el interpersonal al interplanetario, sin la más mínima ayuda externa.
E incluso aunque hubiera pruebas...
Con una mueca, James Kirk recordó la conclusión pro­fundamente insatisfactoria del asunto de Neural. Pese a las buenas intenciones que tenía, la Federación, por necesidad, descendió al nivel de los klingon y había entregado a los mon­tañeses el mismo tipo de armas que los klingon les habían dado a sus enemigos.
No podía permitirse que en Vancadia sucediera nada re­motamente similar a aquello, con los niveles tecnológicos existentes, por muy deseoso que estuviera Kaulidren de tener en sus manos algo que estuviera a la altura o superara lo que ya les habían entregado a los vancadianos.
-Ustedes no tienen por qué darnos las armas -insistió Kaulidren-, sino sólo la información. Nosotros podríamos hacer el resto.
-Imposible -replicó Kirk con tono intransigente-. El resultado siempre sería el mismo en cualquiera de los dos casos.
-¡El resultado sería -le contestó Kaulidren con voz iracunda- que nosotros tendríamos al menos tina oportu­nidad de sobrevivir! Si no están dispuestos a protegernos ni siquiera ahora... -hizo una pausa y sacudió la cabeza-. Pues­to que esos klingon suyos les han dado a los vancadianos el escudo y los motores perfeccionados -prosiguió-, ¿qué les impedirá entregarles los rayos fásicos, o los torpedos de fotones?
-Probablemente muy pocas cosas -admitió Kirk-, siempre que los vancadianos estén dispuestos a aceptar y uti­lizar cosas semejantes.
Kaulidren profirió un bufido.
-¿Y por qué no iban a estarlo? ¿Quién, en su sano juicio, rechazaría un poder de ese tipo si se lo ofrecieran?
-¡Alguien que no lo necesitara! -le espetó Kirk.
-¿Sugiere, capitán Kirk, que la situación en que nos en­contramos es culpa nuestra? ¡Permítame recordarle que lo primero que hicieron los vancadianos con sus motores per­feccionados fue atacarnos a nosotros! ¡Sin el más mínimo motivo!
-Eso lo comprendo. Sin embargo, ellos deben haber pen­sado que tenían uno.
-¡Por supuesto que lo pensaban! ¡La independencia in­mediata! ¡Ya se lo comenté en el preciso instante en que subí a bordo de su nave! ¡Delkondros acababa de ser elegido para formar parte del consejo, y esa fue su forma de ascender! ¡De convertirse en presidente! Es evidente que esos klin­gon suyos tuvieron que llegar hasta él. ¡Obviamente, estaba dispuesto a hacer virtualmente cualquier cosa para ganar esas elecciones! ¡No me sorprendería lo más mínimo saber que fue él el responsable de la muerte de su principal opo­sitor en aquellas elecciones, ese hombre de cuyo asesinato nos acusa a nosotros! ¡El hombre cuya muerte él mismo uti­lizó en su campaña para despertar sentimientos contra no­sotros!
Kaulidren, jadeante, hizo una pausa para calmarse antes de proseguir.
-Si esos klingon de ustedes acechaban por los alrede­dores, si escuchaban nuestras comunicaciones y nuestras transmisiones, eso era lo único que les hacía falta saber. De­bieron captar inmediatamente que Delkondros era un obje­tivo perfecto para sus propósitos. Lo único que necesitaban hacer era proporcionarle el motor. Y, una vez que él le hu­biese puesto las manos encima, lo único que necesitaba ha­cer... lo único que hizo, de hecho, fue fabricar algunas men­tiras acerca de nosotros. Nos culpó de media docena de tumultos que probablemente inició él mismo. Nos culpó de una muerte tras otra, la mayoría de las cuales fueron o bien accidentes o bien obra suya. ¡Luego hizo correr rumores so­bre nuestro cambio de opinión y nuestro abandono de la pro­mesa de concederles la independencia en la fecha acordada! Finalmente, presentó ese motor perfeccionado que según us­ted le entregaron los klingon y dijo: «¡Aquí lo tenéis! ¡Esto nos proporcionará la independencia, pero no dentro de diez años ni dentro de cien, sino ahora mismo! ».
-Si eso es lo que sucedió, primer ministro -le dijo Kirk-, hay mayores razones todavía para no darles a usted y su mundo las mismas armas que tienen los vancadianos. Hemos de detener este proceso... esta escalada, ¡no encen­der la mecha que la haría estallar en una guerra abierta!
-Después de lo que ese demente les ha hecho a sus hom­bres, ¿todavía puede hablar así?
Kirk se tragó el dolor que momentáneamente le aferró la garganta ante el recuerdo. '
-En primer lugar -le explicó al otro con deliberada lentitud-, todavía no sabemos qué sucedió realmente ahí abajo. Incluso sin tener en cuenta que los klingon estén in­volucrados, cualquier cosa es posible. Y con los klingon de por medio... probablemente con uno o más de ellos en el pla­neta en este preciso momento... lo que les sucedió a mis hom­bres fue directa o indirectamente obra de esos klingon. In­cluso aunque concedamos que Delkondros era una persona idónea para que los klingon le corrompieran, o que ya esta­ba corrompido y que los klingon sólo le convirtieron en al­guien más poderoso, ¿qué hay de todos los demás habitan­tes de] planeta? Seguramente no pretenderá usted que todos los vancadianos... todos esos vancadianos que morirían si no­sotros les entregáramos a ustedes las armas que quieren... merecen morir.
-¡Por supuesto que no! ¡Pero, si se trata de elegir entre sus muertes y las de nuestra propia gente, le aseguro que no voy a escoger las de los nuestros! ¡Y le aseguro que las cosas llegarán a ese extremo si Delkondros recibe más ayuda, si obtiene rayos fásicos y torpedos de fotones para instalarlos en las naves que los klingon ya le han entregado! ¡Con los rayos fásicos podría derribar nuestras naves de vigilancia, lo único que les mantiene recluidos en Vancadia! ¡Con un sólo torpedo de fotones podría destruir la estación de manufac­tura que tenemos en órbita! ¡Con unos pocos más podría des­truir nuestro mundo!
Kirk sacudió tristemente la cabeza.
-Ninguno de los mundos debe ser destruido, primer mi­nistro. En lugar de intentar enfrentarnos a los klingon con las armas de la Federación, hemos de procurar enfrentarnos a ellos con la verdad.
-¿Y cómo se propone usted hacer llegar esa verdad a los habitantes de Vancadia? ¡El escudo continúa levantado, y ellos se niegan a mantener comunicaciones con nosotros des­de que asesinaron a sus hombres! -Bruscamente, Kaulidren se levantó de la silla que ocupaba ante la mesa de la sala de reuniones-. Resulta obvio que carece de sentido hablar más de este asunto, capitán. Insisto, por tanto, en que me permi­ta regresar a Chyrellka. Ya he permanecido apartado de mi gobierno demasiado tiempo.
Kirk le miró con expresión severa.
-¿Está tan ansioso por arriesgar las vidas de los demás que no va a hacer ni el más mínimo esfuerzo por salvarlas?
-Ya he hecho ese esfuerzo. Usted también ha hecho un esfuerzo, que ya ha costado dos vidas. Haga más esfuerzos y pierda más vidas durante todo el tiempo que le plazca, pero hágalo sin mí. ¡Le exijo que me devuelva a mi mundo!
La expresión ceñuda de Kirk se agravó momentáneamen­te, pero luego suspiró.
-Muy bien, primer ministro. Continuaremos con nues­tra labor mediadora lo mejor que podamos, sin usted. Ten­dremos una lanzadora preparada para transportarles a us­ted y a sus consejeros en cuanto estén dispuestos a partir.
-¿Una lanzadora? Pero, mi propia nave...
-... Es incapaz de cubrir la distancia entre este punto y Chyrellka sin ayuda, y en este momento yo no estoy dispues­to a sacar a la Enterprise de la órbita de Vancadia con el único propósito de transportarle. Le será entregada más tarde, una vez que hayamos resuelto la situación en este planeta. Entre tanto, puede recoger de su nave cualquier cosa que necesite.
-¡Capitán! ¡Esto es inaceptable! ¡Le exijo...!
-Lo siento, primer ministro, pero, por el momento, la Enterprise permanecerá en órbita alrededor de Vancadia.
-¿Y cuánto tiempo tiene intención de mantener esta ob­servación inútil, capitán? Si se niega usted a emplear las ar­mas de que dispone, no logro comprender qué resultados es­pera obtener.
-Por el momento, insistiré para abrir las comunicacio­nes con Delkondros o cualquier otra persona de Vancadia con la que podamos contactar. Y espero que el escudo se desac­tive, o que nosotros encontremos alguna forma de neutrali­zarlo con el fin de poder hacer un sondeo fiable del planeta con los sensores de la nave.
Durante un largo momento, Kaulidren permaneció fren­te a Kirk con el rostro contraído. Luego, bruscamente, dio media vuelta y salió a zancadas de la sala de reuniones, con su silencioso cortejo de consejeros detrás de él. Kirk hizo un gesto hacia el alférez de seguridad que estaba junto a la puerta.
-El alférez Carlucci les escoltará.
-¡Podemos encontrar el camino hasta la cubierta del han­gar sin su ayuda! -le espetó Kaulidren.
-Como usted quiera, primer ministro.
Un instante después la puerta se cerró tras ellos con un siseo.
-Seguridad del hangar -llamó Kirk por el intercomu­nicador.
-Sí, capitán -le respondió instantáneamente la voz de la teniente Shanti.
-El primer ministro y sus hombres van de camino ha­cia ahí. Recogerán lo que necesiten de su propia nave y lo llevarán a una de las lanzadoras, que les transportará hasta Chyrellka. Proporcióneles toda la ayuda que necesiten.
-Por supuesto, capitán.
-Designe a dos de sus subordinados para que se hagan cargo de la lanzadora, teniente. Uno para pilotarla Y el otro para... observarlos.
-Sí, señor. Brickston y Spencer.
Kirk asintió para sí, de acuerdo con la elección. Brickston tenía una memoria casi fotográfica, y Spencer superaba fácilmente en fuerza al corpulento guardia de Kaulidren que aún se encontraba tieso como una estatua en lo alto de la escalerilla de su nave.
-Manténgame informado, teniente. Ahora voy hacia el puente.
-Sí, señor.
Las puertas del turboascensor apenas se habían abierto sobre el puente con su siseo característico cuando la emo­cionada voz del teniente Pritchard anunció:
-¡Capitán! ¡Han bajado el escudo!
'-¡Sala de transporte! -exclamó Kirk instantáneannente por el intercomunicador, pero antes que hubiera acabado de pronunciar las palabras, Kyle estaba en el intercomu­nicador.
-Preparado, capitán, pero... -una breve pausa y luego un suspiro audible-. Pero no hay nada en lo que pueda cen­trar el transportador.
-¡Teniente Pritchard! -exclamó Kirk mientras avanza­ba rápidamente hacia el sillón de mando-. Los sensores...
-Están sondeando, señor, pero no hay nada en las coor­denadas de la transferencia original, no obtengo absoluta­mente ninguna lectura de formas de vida. Los comunicado­res no aparecen por ninguna parte.
Kirk asintió con la cabeza v se dejó caer lentamente en el asiento, mientras sus ojos recorrían la imagen repentina­mente hostil del planeta que se veía en la pantalla frontal.
Independientemente de lo que le dijera la lógica, perci­bía que no había renunciado del todo a la esperanza... hasta aquel preciso instante. Había admitido eso cuando le pidió al almirante Brady que retrasara la notificación de las bajas a sus familiares. Mientras el escudo estaba activado, no de­jaba de existir la posibilidad, por pequeña que fuese, de que Spock y Bones estuvieran al otro lado, sin la posibilidad de ser detectados y aún con vida.
Pero esa posibilidad ya no existía.
-Señor... -Era Uhura la que hablaba detrás de él, Kirk captó la emoción en la voz de la mujer antes de volverse y ver que tenía los ojos húmedos-. No hay actividad ninguna en las frecuencias subespaciales normales.
Kirk asintió con la cabeza mientras luchaba para mante­ner su propia compostura. Aquel no era el momento. Spock se habría sentido ofendido por cualquier fallo de la eficien­cia causado por las emociones humanas, aunque esas emo­ciones fuesen el resultado de su propia muerte y la de McCoy...
-¿Hay algún indicio del generador que alimenta el es­cudo, teniente Pritchard? -preguntó Kirk tras aclararse la garganta. Su propia voz le sonaba forzada.
-Nada detectable, señor.
-¿No hay ninguna zona pequeña que todavía esté protegida? ¿Particularmente en los puntos cercanos al centro del escudo anterior?
-No, señor, nada. Ni siquiera hay señales residuales del uso de grandes cantidades de energía; no se aprecia ningún indicio de la presencia de antimateria. Las únicas grandes fuentes energéticas que hay en el área protegida por el escu­do son un par de estaciones que reciben poder transmitido desde dos satélites orbitales de energía solar, y una planta de fusión nuclear que se encuentra a varios kilómetros al nor­te de las coordenadas a las que fueron transferidos el señor Spock y el doctor McCoy, pero en ningún caso cercanas al centro del área.
-¿Esa planta puede haber generado la energía que ali­mentaba el escudo que hemos visto?
-No durante tanto tiempo como permaneció activado el escudo, señor.
-Teniente, ¿intenta decirme que el escudo que ha cubierto un área de diez mil kilómetros cuadrados no puede haber existido, que es una ilusión?
-Yo... -Pritchard pareció momentáneamente confundi­do, pero luego se rehízo y se encogió de hombros con gesto de impotencia-. No, señor. Lo que sucede es que... nuestros sensores no nos proporcionan explicación alguna de ese fe­nómeno.
«No la emprenda con el chiquillo, Jim.» Kirk casi pudo oír a McCoy reprenderle con esa frase. Consiguió sonreír débilmente y le hizo a Pritchard un gesto de asentimiento con la cabeza.
-De todas formas, continúe la búsqueda. -Hizo girar nuevamente el asiento de mando-. Teniente Uhura, ¿capta alguna transmisión local, alguna comunicación entre los pro­pios vancadianos?
-Ninguna, señor. Hay un monitor que las busca de manera constante, pero la totalidad del planeta parece guardar un absoluto silencio radial.
«Spock y McCoy cayeron en un agujero -pensó Kirk-, y ahora han cerrado el agujero sobre ellos.» Pulsó un botón del asiento de mando.
-Teniente Shanti, ¿está Kaulidren todavía en la cubierta del hangar?
-Sí, señor. En este momento él y sus hombres se dispo­nen a subir a bordo de la lanzadora.
-Deténgale. Quiero hablar con él.
-Sí, señor.
Tras un breve momento de silencio, la irritada voz de Kau­lidren resonó en el intercomunicador.
-¿Y ahora qué quiere, capitán? ¿Es que nos niega el de­recho a regresar a nuestro mundo? ' -El escudo ha sido desactivado -le dijo Kirk, que pasó por alto la colérica pregunta-. Es un escudo que, según las lecturas de nuestros sensores, Vancadia no puede haber sido capaz de crear, con o sin ayuda de los klingon. Además de eso, la totalidad de las comunicaciones radiales del planeta han sido cerradas. ¿Tiene usted alguna explicación? ¿Algu­na especulación?
-Ninguna que no hayamos discutido ya largo y tendido, capitán. Si la presencia de los klingon no sirve de explica­ción para las observaciones realizadas por ustedes, yo no ten­go ninguna idea mejor. Y ahora, ¿me permite regresar a Chyrellka o no?
-Dentro de un instante, primer ministro. -Kirk cerró el canal de comunicación con la lanzadora-. Teniente Uhu­ra, vuelva a contactar con la Flota Estelar.
-Sí, señor.
-Ingeniería... Scotty, ¿ha oído eso?
-¿Lo del escudo que no puede existir? Sí, capitán, lo he oído perfectamente.
-¿Alguna teoría? ¿Algún otro dato sobre ese escudo? ¿Sus necesidades energéticas?
-Al menos unas diez veces más de lo que puede propor­cionarles esa estación de energía nuclear, incluso durante un corto período de tiempo. Como usted ya ha dicho, no puede existir, pero existe.
Kirk cerró fuertemente los ojos con frustración.
-¿Dónde nos deja eso, Scotty? ¿En que existe la verda­dera fuente energética, pero está oculta tras otro escudo? ¿Con un escudo más sofisticado aún que los de los klingon? ¿Un escudo que nuestros sensores no pueden detectar?
Kirk calló. El pensamiento de las lecturas erróneas de los sensores le recordó el fallo de funcionamiento sufrido por la computadora, que había causado aquella falsa alarma de intrusión poco después que Kaulidren y su grupo llegaran a bordo de la Enterprise. Según Spock, había sido el resulta­do de dos lecturas mutuamente contradictorias realizadas por dos equipos sensores diferentes.
-Haga un repaso completo de los sensores, señor Scott -le pidió al ingeniero.
-¿Señor? -inquirió la voz de Scott-. ¿Está usted segu­ro? Eso nos llevará casi...
-Hágalo, Scotty -le espetó Kirk con impaciencia­-. Haga de ello una prioridad.
-Sí, capitán. Le mantendré informado.
-Teniente Uhura, ¿ha contactado ya con la Flota Estelar? -No, capitán -le respondió ella con la frente arrugada de perplejidad-. No obtengo respuesta en ninguna de las frecuencias estándar. ¿Quiere que lo intente en la banda de emergencia?
-Primero haga una comprobación de los equipos -le contestó Kirk, cuya intranquilidad aumentaba un punto más.
-Ya ha concluido la comprobación, señor. No se detecta ningún problema de funcionamiento.
-Comprendo. -Volvió los ojos hacia Pritchard, que con­tinuaba ante la terminal científica, y se volvió hacia Uhura-. Muy bien, teniente, inténtelo en la banda de emergencia.
-Sí, señor.
-Teniente Pritchard, Spock dijo que tenía un programa que ya estaba listo para ponerlo en funcionamiento, algo cu­yas probabilidades de identificar con precisión qué había provocado el aparente desperfecto del funcionamiento de la computadora superaban el diez por ciento de los programas corrientes. Búsquelo y póngalo en funcionamiento.
-El señor Spock dejó iniciado el proceso de revisión an­tes de bajar al planeta, capitán. -Pritchard hizo una pausa y se inclinó sobre las lecturas-. No hemos obtenido ningún resultado concluyente. Sólo confirma el primer diagnóstico general. El problema se originó como resultado de un con­flicto surgido entre las lecturas de dos sensores diferentes. No hay ningún indicio de cuáles fueron esas lecturas ni del motivo causante del conflicto.
-¿Hay alguna otra prueba a la que pueda someterse la computadora, teniente?
-Ninguna con los programas estándar, señor. -Pritchard vaciló durante un momento; sus ojos se encontraron con los de Kirk y luego los bajó-. Tengo entendido que al señor Spock se le habían ocurrido algunas ideas para realizar mo­dificaciones especiales en su propio programa con el fin de aumentar su capacidad para diagnosticar problemas de este tipo, en los que una parte o todas las grabaciones de las lec­turas causantes del conflicto han sido borradas, pero, hasta donde yo sé, nunca se llegaron a realizar esas modificaciones.
«Y, ahora, ya nunca se harán, -no pudo evitar decirse mentalmente Kirk-, a menos que consigamos otro oficial científico que esté a la altura de Spock.» No era una pers­pectiva muy probable.
-La Flota Estelar no responde a la llamada de emergen­cia, capitán -informó Uhura-. Vuelvo a intentarlo.
-Procure contactar con otras naves que estén dentro de nuestro radio de alcance. El almirante dijo que había como mínimo una a menos de un día de distancia.
-Sí, capitán. -Diestramente, los dedos de Uhura corrie­ron por el panel que tenía ante sí-. No hay respuesta -anunció pasado un momento.
Las arrugas del entrecejo de Kirk se hicieron más pro­fundas, su inquietud aumentó más aún.
-Vuelva a intentarlo, teniente. Y, teniente Pritchard...
-Capitán -le interrumpió Uhura con una voz mezcla de sorpresa y alivio-. La Flota Estelar nos llama.
-¡En pantalla!
-Sí, señor.
Vancadia desapareció de la pantalla y un instante después fue reemplazada por un remolino abstracto y caótico. Aque­llo duró varios segundos, hasta que finalmente se resolvió en una imagen rielante y borrosa del almirante Brady.
-Enterprise -comenzó a decir la imagen sin más preám­bulo-, aquí el almirante Brady desde el cuartel general de la Flota Estelar. Sabemos que han intentado hablar con no­sotros, pero hay algo que ha interferido sus señales subes­paciales y, aparentemente, nuestras respuestas. Utilizamos la energía de emergencia para impulsar temporalmente nues­tra señal, esperamos que les llegue. Aún no hemos podido determinar si la interferencia es un fenómeno natural o ar­tificial. En cualquier caso, la revisión preliminar de las gra­baciones de nuestros contactos con mundos no pertenecien­tes a la Federación en el sector de Chyrellka han revelado efectivamente una posible influencia externa. No hay nada concluyente, pero, según nuestra experiencia pasada, es muy probable que los klingon estén implicados en este caso.
La imagen onduló y estuvo a punto de desaparecer. Cuan­do volvió a afirmarse, Brady todavía hablaba.
-... una campaña organizada que nosotros no hemos con­seguido determinar. -Hizo una pausa-. Sin embargo, si esa campaña existe realmente, parece bastante probable que el sistema de Chyrellka sea objeto de la misma. No obstante, es usted quien está en el escenario de los acontecimientos, Jim. Usted podrá juzgar mejor que yo, su interpretación de la Primera Directriz según se aplicaría a una posible interferencia klingon es, por lo menos, tan válida como la mía.
Trato de decirle, Jim, que tenemos una confianza absoluta en su criterio para tomar decisiones, sean cuáles sean. Usted ya lo sabe. No pensamos ponerle en tela de juicio por un asunto de esta importancia, en el que posiblemente se vea comprometida la seguridad de la Federación.
La imagen comenzó a ondular una vez más.
-La interferencia subespacial parece empeorar todavía más. Buena suerte, Jim.
Y desapareció en una colorida explosión de electricidad estática.
-Hemos perdido la señal, capitán -confirmó Uhura.
-Intente establecer contacto de nuevo -le espetó Kirk-, y no lo deje.
-Sí, señor.
Kirk permaneció momentáneamente en silencio, mientras los chisporroteos desaparecían y eran reemplazados por la imagen de Vancadia. Aún no había ningún indicio de la reac­tivación del escudo.
-Señor Pritchard, haga otro sondeo con los sensores... -le ordenó Kirk al oficial-, pero esta vez hacia afuera.
-¿Hacia afuera, señor?
-Hay algo que interfiere en las señales de salida y en­trada con la Flota Estelar. Quiero saber con seguridad si el escudo ha sido realmente desactivado... o si podrían haberlo expandido, ampliado hasta el punto de encerrar a todo el pla­neta, y también a la Enterprise. Puede que parezca imposi­ble -continuó, más para sí, pensando en voz alta-, pero se­gún las lecturas de sus sensores, el escudo de la superficie del planeta era, en sí mismo imposible. Puesto que ya te­nemos una imposibilidad confirmada, será mejor que com­probemos la existencia de una segunda.
-Sí, capitán.
Pritchard pulsó las órdenes necesarias a toda velocidad y observó las lecturas resultantes.
-No hay nada dentro del radio de alcance de los senso­res, capitán -declaró tras unos segundos-. No hay campo energético de ninguna clase, excepto los asociados normal­mente con los planetas y las estrellas.
-¿Y no hay nada fuera de lo corriente en esas lecturas?
-No, señor. Todo es normal dentro del radio de alcance.
-¡Capitán Kirk! -exclamó la voz de Kaulidren desde el intercomunicador-. ¡Mis consejeros y yo aún esperamos!
-Supongo que también han escuchado.
-¡Así es, y lo que hemos oído no hace más que aumentar nuestra ansiedad por obtener licencia para regresar a Chyrellka antes que esos problemas de funcionamiento... o ese sabotaje... se extienda al sistema de motores de su nave y nosotros nos quedemos varados en órbita alrededor de Van­cadia! ¡Puede que usted desee pasar aquí el resto de sus días, pero puedo asegurarle que yo no!
A punto de hacer rechinar los dientes, Kirk refrenó su cólera.
-Muy bien, primer ministro -le contestó con voz tensa.. La situación crecientemente impredecible hacía que no sesintiera inclinado a enviar a ninguno de sus tripulantes en una travesía del sistema a bordo de la lanzadora-. Suban a bordo de su propia nave. Nosotros les devolveremos a la órbita en torno a Chyrellka.
Tras cortar la comunicación con la cubierta del hangar, se volvió bruscamente hacia el timón.
-Llévenos a Chyrellka, señor Sulu, máximo impulso, y luego tráiganos de vuelta aquí.


Cuando el coche flotante abandonó las desiertas calles de la ciudad y se puso a atravesar la igualmente desierta zona universitaria, el doctor Leonard McCoy empezó a creer que, después de todo, quizás conseguirían llegar al punto de des­tino que Tylmaurek había seleccionado finalmente.
-Durante el período de emergencia sólo están permiti­das las clases diurnas -les explicó Tylmaurek con nervio­sismo mientras el vehículo flotante se deslizaba silenciosa­mente por el liso terreno ajardinado que mediaba entre los altos edificios de varias plantas. A excepción de una sola ca­lle de superficie dura que acababa en el equivalente vancadiano del edificio de administración, no había nada previsto para vehículos rodados; sólo unas pistas flanqueadas por ar­bustos por las cuales podían pasar, sin demasiadas dificul­tades, los coches flotantes.
McCoy miró a Spock cuando el vulcaniano realizó un úl­timo infructuoso intento de contactar con la Enterprise a tra­vés del comunicador. McCoy mismo lo había intentado me­dia docena de veces, con igual falta de resultados positivos. En el momento en que Tylmaurek condujo el vehículo a tra­vés de la entrada de un área de aparcamiento subterránea que aparentemente abarcaba el subsuelo de la mayor parte del recinto universitario, Spock guardó silencio y volvió a co­locar el comunicador en el cinturón.
-¿Todavía no hay suerte, Spock?
-Ninguna, doctor -le respondió el vulcaniano; una ceja alzada constituyó el único indicio de que encontraba la pre­gunta de McCoy no tanto retórica como ilógica e innecesaria.
-Será mejor que utilicemos las escaleras -comentó Tylmaurek mientras dejaba el coche flotante en el primer es­pacio libre que había encontrado-. Tendremos menos probabilidades de encontrarnos con alguien y nos resultará más fácil escondernos si eso sucede.
-Espere un momento, consejero -le advirtió Spock cuando Tylmaurek comenzaba a abrir la puerta del vehículo.
-¿Qué sucede?
-Dos formas de vida humanoide se aproximan por la iz­quierda -le contestó el vulcaniano cuando levantó los ojos del sensor.
Tylmaurek se agachó y espió nerviosamente en la direc­ción indicada.
-Probablemente no sean más que unos estudiantes que se marchan a casa -comentó en voz baja, pasado un momento-. La mitad de la facultad vive en este edificio y, desde que fueron canceladas las clases nocturnas oficiales, algunos profesores imparten clases informales en sus depen­dencias personales. Es la única hora libre que tienen muchos estudiantes que trabajan.
En la nave contigua se puso en marcha el motor de un vehículo flotante y éste partió, con un ruido mucho mayor a los que habían oído hasta aquel momento. Pasados Linos minutos, todo quedó en absoluto silencio.
-¿Viene alguien más hacia aquí? -preguntó Tylmaurek con una voz insegura-. Ya ha pasado la hora del comienzo del toque de queda, así que no debería salir nadie más, pero...
-No se acerca nadie, consejero. Tampoco -agregó Spock- puedo detectar ningún klingon en el interior del edificio.
-Después de esa transmisión -comentó McCoy con una mueca-, debemos preocuparnos de mucha más gente que los klingon. Tylmaurek, ¿piensa usted que ese profesor Rohgan es la única persona en la que puede confiar? ¿No hay nadie más, alguien que viva en una zona menos poblada? Es­tos uniformes y nuestras orejas no son precisamente el tipo de cosas que pueden pasar inadvertidas.
-Lo siento de veras -le respondió Tylmaurek, que tragó con dificultad-, pero me parece que es la mejor apuesta que Podemos hacer. Mi actual situación es idéntica a la que él vivió hace cinco años -continuó.
Mientras el consejero hablaba, McCoy comenzó a preguntarse con inquietud si aquel hombre se sentía tan inseguro como parecía, si no hablaría simplemente para convencerse a sí mismo de haber tomado la decisión más correcta.
-Era miembro del consejo cuando éste era un organis­mo legítimamente electo, antes que nos declararan ilegales -prosiguió Tylmaurek-. Cuando Delkondros decidió intentar la consecución de nuestra independencia mediante el ata­que a la fábrica orbital de Chyrellka, Rohgan y una media docena más de miembros presentaron la dimisión. Tylmau­rek frunció el entrecejo-. Puede que incluso les comunica­se a los chyrellkanos el ataque planeado por Delkondros, no lo sé. Puede que ese fuese el motivo de su fracaso. En todo caso, Roghan comprendió hace ya cinco años quién era Delkondros y se retiró del consejo. No he hablado con él desde que el consejo fue declarado ilegal, pero ahora...
Hizo una pausa y volvió a sacudir la cabeza.
-Es sólo una sensación, pero pienso que él es la única persona capaz de escucharme antes de disparar contra mí o entregarme a las autoridades. Y sólo él puede llegar hasta alguna persona que ocupe un cargo de autoridad para reve­larle la verdad acerca de Delkondros. Eso, claro está, si hay alguien en un puesto de autoridad que no sea un klingon. -Hizo una pausa con el ceño fruncido-. Ahora que pienso en ello, me sorprende que Delkondros no haya incluido a Rohgan en su lista negra de colaboracionistas. Cuando el consejo fue declarado ilegal, después que los chyrellkanos destruyeran nuestras naves, Delkondros quería matarle, pero los demás conseguimos convencerle que sería contraproducente, si no algo peor.
-En efecto, ese hombre parece nuestra mejor apuesta -comentó McCoy cuando Tylmaurek guardó silencio, con una voz que pretendía alentar-. Y ahora pongámonos en marcha antes que Spock intente hacernos cambiar de opinión, o que nos atrapen.
-¿Por qué iba yo a querer hacerles cambiar de opinión, doctor? Creo efectivamente que el contacto con el profesor Rohgan nos ofrece una de las mejores probabilidades de supervivencia en las actuales circunstancias.
Los ojos de McCoy se agrandaron.
-¿Se basa en la «sensación» de Tylmaurek, Spock?
-Por supuesto que no, doctor. Mi acuerdo se basa en el resto de lo que Tylmaurek acaba de contarnos. No obstante, me veo obligado a señalar que, en la situación en la que nos hallamos, las mejores probabilidades no son en absoluto unas probabilidades buenas.
-¡Y se ponen peor cada segundo que permanecemos aquí sentados comentándolas! -Abruptamente, McCoy abrió la puerta de un empujón y salió del vehículo.
Tras otra rápida comprobación de las lecturas del sensor, Spock y Tylmaurek le siguieron y segundos más tarde los tres se internaban por una escalera cerrada, a unos doce metros de donde habían dejado el vehículo flotante.
-El vestíbulo está vacío -declaró Spock cuando llega­ron al cuarto piso. Poco después los tres se hallaron en un corredor espartano, ante una puerta lisa de color marrón.
-¿Rohgan está solo, señor Spock? -le preguntó Tylmau­rek al vulcaniano.
-Si quiere saber, consejero, si hay una sola persona al otro lado de esta puerta -precisó Spock mientras levanta­ba los ojos del sensor que llevaba colgado al hombro-, la respuesta es sí. Si esa persona es o no el hombre al que us­ted llama Rohgan, es algo que no tengo forma alguna de sa­ber. Las lecturas indican, sin embargo, que ese hombre no es un klingon, que pesa aproximadamente noventa kilos, que tiene el perfil fisiológico correspondiente a un ser humano terrícola de aproximadamente sesenta años de edad, y que en este momento se encuentra extremadamente agitado.
Tylmaurek parpadeó y miró el sensor.
-Supongo que esa cosa no podrá decirle el porqué de esa agitación.
-No, consejero, pero la lógica sugiere que su estado emo­cional está relacionado con la aseveración transmitida por Delkondros referente a que su mundo está, en efecto, bajo un ataque de la Federación. Usted mismo se encuentra en un estado similar.
-Si ustedes dos han acabado ya de discutir sobre sus res­pectivos estados emocionales... -les interrumpió McCoy con un gesto hacia la puerta.
Tylmaurek asintió con la cabeza y llamó brevemente.
La puerta se abrió casi de inmediato y en ella apareció un hombre alto y esbelto, de cabello blanco y ralo. Llevaba el mismo tipo de camisa suelta que vestía Tylmaurek, pero con una prenda por encima, probablemente el equivalen­te vancadiano del jersey. Sus ojos se agrandaron al ver a Tylmaurek. Un instante después, cuando echó una mirada ha­cia un lado y vio a Spock y McCoy, retrocedió con un respin­go involuntario.
McCoy se tensó, preparado para echar a correr, pero en­tonces, abruptamente, una débil sonrisa apareció en el ros­tro del maduro profesor.
-Ah -comentó en voz baja-. El escuadrón asesino de la Federación y uno de los colaboracionistas traidores. Entiende, rápido, antes que les vea algún ciudadano leal.

8


-Todos los sensores comprobados, funcionamiento al ciento por ciento, capitán -anunció la voz de Scott -T por el intercomunicador mientras Sulu hacía virar la Enterprise, la dirigía hacia Vancadia y volvía a imprimirle máximo impulso.
-Lo mismo ocurre con los equipos de comunicaciones, capitán -dijo Uhura, un instante después--. Pero no hemos obtenido más respuesta de la Flota Estelar, ni por los cana­les corrientes ni por la banda de emergencia.
Kirk dejó escapar el aire con un suspiro de frustración. Los percances iban en aumento. Según las pruebas realiza­das, todos los sistemas de la Enterprise funcionaban a pleno rendimiento, o casi; sin embargo, en muchos aspectos pare­cía que la nave hubiera caído fuera del universo conocido. No podían ponerse en contacto con el cuartel general de la Flota Estelar ni con ninguna otra nave que estuviera en el espacio. Los millares de señales electromagnéticas que an­teriormente habían captado tanto de Chyrellka como de Vancadia, no existían ya. Los sensores no captaban otra cosa que las radiaciones de los tendidos energéticos y cosas así... pero ninguna señal modulada, ni de radio, ni de televisión, abso­lutamente nada.
Cada vez se hacía más poderosa la sensación de que el escudo no había sido puesto alrededor de Vancadia ni de la totalidad del sistema chyrellkano, sino en torno a la propia Enterprise, de no ser porque los sensores, que podían detec­tar los campos magnéticos de ambos planetas y del propio sol, no conseguían captar escudo alguno. Tal vez si enviaba una lanzadora fuera de la nave y comparaba las lecturas de sus sensores con las de la Enterprise...
-¡Capitán! Lo han vuelto a activar.
La voz del teniente Pritchard interrumpió las especulaciones de Kirk sobre lo imposible. Al volver velozmente los ojos hacia la pantalla frontal, el capitán de la Enterprise vio que tenía un imposible más para incluir en aquella ecuación. Efectivamente, el escudo había sido reactivado, pero si an­tes su elusivo temblor cubría un círculo de aproximadamente cien kilómetros de diámetro, ahora abarcaba un área que do­blaba por lo menos esa extensión.
Además, en lugar de un débil rielar indefinido, destellaba con una transparencia sólida.


McCoy no advirtió que había permanecido con la respi­ración contenida hasta que el profesor Rohgan cerró apre­suradamente la puerta tras ellos y se volvió para mirarlos; la sonrisa había desaparecido de su rostro, en el que sólo se reflejaba tensión.
-Supongo, Tylmaurek -comenzó a decir Rohgan-, que existe una explicación razonable para lo que Delkondros aca­ba de afirmar en esa transmisión.
-¡Mentiras, absolutamente todo! -declaró Tylmaurek atropelladamente.
-¿No han sido asesinados nuestros amigos? -La espe­ranza brillaba en los ojos de Rohgan.
Por un momento reinó un silencio absoluto. McCoy pudo ver cómo temblaba la mandíbula inferior de Tylmaurek con el regreso del dolor, mientras el hombre negaba con la cabeza.
-No -le contestó con voz quebrada-, los asesinatos fue­ron reales. -Tras tragarse la indecisión, continuó-. Yo no presencié sus muertes, pero sé casi con seguridad que real­mente los mataron. Vi a Delkondros asesinar a otro hombre, pero no a uno de los miembros del...
-¿Afirmas que Delkondros es un asesino? -le interrum­pió Rohgan-. ¿Estás completamente seguro? ¡No creía que ni siquiera él pudiese estar tan loco!
Tylmaurek profirió un bufido, un resoplido seco y amargo.
-Él lo hizo, o les ordenó a otros que lo hicieran, pero no fue por locura. -Miró a McCoy y Spock-. Al menos no por ninguna clase de locura normal.
Luego comenzó a explicárselo todo. Mientras Tylmaurek hablaba, los ojos de Rohgan se agrandaron primero y luego se entrecerraron. De vez en cuando miraba a Spock y McCoy, como si quisiera verificar en las expresiones de sus caras la verdad de lo que contaba Tylmaurek.
Cuando éste concluyó, Rohgan dejó escapar la respiración en un suspiro explosivo.
-¿Lo que tú crees, entonces, es que Delkondros no es el paranoico excesivamente ambicioso que yo siempre he su­puesto que era, sino un alienígena asesino?
-Ya sé que parece algo descabellado, profesor -comenzó McCoy cuando Tylmaurek pareció no hallar respuesta-, pero...
-Muy al contrario, doctor... McCoy, ¿verdad? Muy al con­trario, es la primera explicación razonable del comportamien­to de Delkondros que he oído en los últimos años. Y resulta casi un alivio para mi propia conciencia. Desde que marché del consejo, he tenido muchísimo tiempo para preguntarme si, de no haberlo hecho, hubiera podido influir sobre él para que siguiera una línea de acción menos desastrosa que la aplicada. No obstante, según lo que ustedes dicen, creo que nadie lo podría haber conseguido. Sus palabras y sus actos han estado todos conscientemente dirigidos a separar nues­tros dos mundos, a provocar toda la discordia posible. Pero, ¿por qué? ¿Qué razones pueden tener esos alienígenas para querer trastornar nuestros pequeños mundos?
McCoy profirió un bufido reprimido.
-Es parte de su misión en esta vida. Se dedican a eso.
-Aún así... -Rohgan dejó la frase sin terminar-. Pero estamos desperdiciando un tiempo muy valioso -declaró, y se volvió bruscamente hacia Spock, recorrió una vez más con los ojos al vulcaniano, sus orejas, el delicado matiz ver­de cobrizo de su piel; luego bajó los ojos hasta el sensor que continuaba colgado del hombro de Spock-. ¿Puede usted de­tectar con ese aparato a los alienígenas, independientemen­te de su apariencia externa? ¿Y a una distancia razonable? ¿Es eso lo que debo deducir?
-A estos alienígenas en particular, profesor -le respon­dió Spock-. Pero no a todos.
-¿Es que hay algún otro tipo implicado en esto?
-No que yo sepa, profesor.
Rohgan respiró profundamente.
-En ese caso, suponiendo que todo lo dicho por Tylmaurek sea verdad, quizá yo pueda conseguir ponerles en contacto con su nave. Incluso tal vez pueda disponer las cosas de forma que se les traslade a la propia nave.
Una ola de esperanza invadió a McCoy y le aceleró el rit­mo cardíaco, pero un instante después, como un golpe físi­co, le acometió brutalmente la sospecha de que aquel hom­bre trataba forzosamente de engañarles. Era sencillamente demasiado bueno para ser cierto que la primera persona a la que les había llevado Tylmaurek, además de no intentar disparar contra ellos o entregarles, tuviera una forma de po­der contactar con la Enterprise.
-¿Cómo? -le preguntó McCoy con sequedad-. Nosotros tenemos comunicadores de la Flota Estelar, y no podemos ponernos en contacto con la nave.
-Es una larga historia, ahora no tenemos tiempo para explicaciones -le respondió Rohgan-. Baste decir que un grupo de nosotros hemos trabajado en un plan propio. Ahora...
Rohgan se interrumpió y profirió un grito ahogado cuan­do un sonido como el de una sirena llenó la habitación.
-Otro boletín -anunció con voz temblorosa a causa del repentino sobresalto.
Se volvió para activar la pantalla que estaba empotrada en la pared. Al encenderse, la bandera chyrellkana llenó la pantalla y pasados apenas unos instantes fue reemplazada por el rostro del gobernador.
Pero no se trataba de su imagen en directo, sino obvia­mente de una imagen fija, una fotografía.
Entonces comenzó a hablar una voz que no era ni la del gobernador ni la de Delkondros.
-La oficina colonial de Vancadia lamenta anunciar que el gobernador Ulmar y el presidente del consejo Delkondros han muerto a manos del grupo asesino de la Federación.
Con esas palabras, la fotografía del gobernador desapa­reció y fue substituida por las mismas imágenes de Spock, McCoy y Tylmaurek que habían sido utilizadas en la emisión anterior.
-Hace apenas unos minutos -prosiguió la voz-, por me­dio de alguna tecnología de la Federación, desconocida por nosotros, estos tres individuos consiguieron eludir los dispositivos de seguridad del gobernador, asesinaron al gober­nador Ulmar y al presidente del consejo Delkondros y esca­paron después. Si alguien ve...
Rohgan apagó la pantalla. McCoy vio que tenía la cara blanca como el yeso, y se preguntó si no estaría a punto de desmayarse. Sin embargo, dio media vuelta, se precipitó ha­cia la puerta y la abrió de golpe.
-¡Vengan conmigo, rápido! Les explicaré todo por el camino.
-Espere, profesor.
Era Spock quien acababa de hablar. McCoy volvió la ca­beza y vio que su compañero estaba concentrado en las lec­turas del sensor. El vulcaniano lo había consultado cada po­cos segundos desde que entraron en la habitación, pero en aquel momento estudiaba las lecturas sin levantar los ojos de ellas y desplazaba ligeramente el instrumento.
-Hay tres formas de vida que acaban de penetrar en el edificio -prosiguió Spock-, en la planta del aparcamiento. Las lecturas indican que dos de esas formas de vida son hu­manas, pero la tercera es un klingon y lleva un arma energé­tica similar a las pistolas de láser que fueron utilizadas en los anteriores atentados contra nuestras vidas.
McCoy le lanzó a Rohgan una mirada acusadora. ¡Efecti­vamente, era una trampa!
-¿Qué hizo usted, profesor? -le espetó-. ¿Pulsó algu­na alarma cuando entramos aquí?
-No, doctor -le contestó Spock, sin apartar los ojos del sensor-. Según las reacciones fisiológicas del profesor, está tan sobresaltado como usted mismo, probablemente más to­davía. Pero si vamos a marcharnos de aquí, caballeros, yo su­geriría que lo hiciésemos ahora mismo. Los recién llegados están a punto de entrar en el ascensor.
Rohgan, que se había quedado inmóvil al oír la adverten­cia de Spock, se lanzó ahora al exterior y echó a correr por el pasillo.
-Podemos bajar por las escaleras. Mi...
-Sólo el klingon y uno de los seres humanos han entra­do en el ascensor -le previno Spock-. El segundo ser hu­mano parece regresar a las proximidades del vehículo que los ha traído hasta aquí; desde él, según creo, se ve claramente la entrada a la escalera.
Rohgan se detuvo con un estremecimiento ante la puerta de la escalera y se recostó contra ella sacudiendo la cabeza.
-¿Estamos atrapados, entonces?
-No necesariamente -exclamó McCoy, al recordar cómo había conseguido escapar de Delkondros. Continuaba sin confiar plenamente en Rohgan, pero aquel hombre era deci­didamente preferible a lo que subía en el ascensor-. Spock -dijo agitadamente mientras rebuscaba en su maletín mé­dico-, todavía me quedan un par de dosis en la pistola hi­podérmica.
-Comprendido, doctor -le contestó Spock, que continua­ba con los ojos fijos en el sensor-. Profesor, creo que nues­tra mejor oportunidad reside en que se coloque usted direc­tamente ante las puertas del ascensor, al otro lado del pasillo. Atraiga la atención de esos dos cuando se abran las puertas.
-¿Qué...?
-Consejero, permanezca fuera de la vista -le ordenó Spock con un gesto de la mano que tenía libre-. Doctor, el klingon está a la izquierda.
Con la pistola hipodérmica en la mano, McCoy corrió ha­cia el lado izquierdo del ascensor y se apoyó de espaldas con­tra la pared. Spock, tras cambiar el sensor a la mano izquier­da, se apostó contra la pared del lado derecho.
-Segundo piso -anunció Spock, contando en voz baja-. Tercero y...
El runrún del ascensor cesó. Spock cerró y soltó el sen­sor, que quedó colgado de la correa que tenía sobre el hom­bro. Durante un momento sólo hubo silencio, excepto el con­tinuo tragar nervioso de Rohgan.
Las puertas se abrieron hacia los lados.
El ser humano pareció sobresaltarse al ver a Rohgan de pie a menos de dos metros de él. Tendió la mano hacia el arma de proyectiles que llevaba en el cinturón, semejante a la empleada por Delkondros en el edificio del que habían huido.
El klingon, con un aspecto tan humano como el que pre­sentaba Delkondros, ya tenía la pistola de láser en una mano y su brazo colgaba laxamente a un lado. Se puso rígido, lue­go sonrió y comenzó a levantar el arma en el momento en que ambos salían del ascensor.
Con el brazo derecho estirado, Spock se apartó de la pa­red. Cuando el ser humano y el klingon empezaron a volver la cabeza hacia el movimiento percibido en la periferia de su campo visual, los dedos de Spock se cerraron sobre los nervios del cuello del hombre. Simultáneamente, McCoy ade­lantó la mano en la que tenía la pistola hipodérmica y la hizo entrar en sólido contacto con el cuello del klingon.
El pinzamiento nervioso derribó instantáneamente al ser humano, pero el klingon tuvo tiempo de reconocer al vulca­niano, y habría tenido la posibilidad de acabar de levantar el arma y disparar, de no haber tendido Spock una mano por encima del hombre que estaba en el suelo para aferrar el bra­zo del klingon y obligarle a que lo bajase, con lo cual el dis­paro de láser dio inofensivamente en el piso. Antes que el sor­prendido klingon pudiera poner en juego su fuerza contra la mano de Spock que le sujetaba, la inyección, aplicada a pocos centímetros del cerebro, hizo efecto. Con un rostro que comenzaba a manifestar cólera, el klingon cayó, inconsciente.
En el momento en que el klingon chocaba contra el sue­lo, Tylmaurek se lanzó hacia adelante y le arrebató la pistola de láser de la mano.
-Si hubiera hecho lo mismo con Delkondros... -comenzó a decir, pero Spock le aferró la muñeca y desvió fácilmente el cañón del arma que apuntaba al klingon. Tylmaurek lu­chó momentáneamente, pero luego cedió y dejó que la pisto­la de láser colgara flojamente en sus dedos. A pesar de sus iracundas palabras, parecía casi aliviado porque Spock le hu­biese detenido a tiempo.
-Si vamos a regresar a la Enterprise -declaró Spock-, este klingon será una prueba valiosa. -Luego se volvió a mi­rar a Rohgan-. ¿Tenemos que ir muy lejos, profesor?
-Aproximadamente a unos doscientos kilómetros -re­plicó el hombre, que tragaba nerviosamente mientras apar­taba los ojos del klingon caído y de la quemadura de láser, a pocos centímetros de sus propios pies-. Pero no veo cómo vamos a poder conseguirlo ahora. El toque de queda... el bo­letín que mostraba las caras de ustedes tres...
-¿Tendríamos más posibilidades si utilizáramos el vehí­culo en el que estos tres han llegado hasta aquí?
-Probablemente, pero...
-En ese caso, trataremos de apoderarnos de él. -Spock se volvió a mirar a McCoy-. Doctor, al parecer Delkondros se despertó bastante pronto de la dosis que le administró usted anteriormente. ¿Tiene algo capaz de mantener a este inconsciente más tiempo?
McCoy asintió con la cabeza. Ya había cambiado la carga de la pistola hipodérmica.
-Esto no le habría hecho efecto con tanta rapidez -ex­plicó, mientras la aplicaba al cuello del klingon caído-, pero le mantendrá dormido al menos diez veces más tiempo.
Spock se inclinó, recogió al klingon, se lo echó con facili­dad al hombro y se encaminó de vuelta a las habitaciones privadas del profesor Rohgan.
-Haga lo mismo con el humano -le pidió a McCoy- y tráigalo.
Diestramente, el médico de la Enterprise volvió a cambiar la carga de la pistola hipodérmica, esta vez por algo más ade­cuado para el metabolismo de un ser humano, lo aplicó en el cuello del hombre, y observó cómo Tylmaurek y Rohgan lo levantaban y seguían a Spock y su carga klingon al inte­rior de las dependencias del profesor.
Menos de dos minutos después habían vuelto a salir y ba­jaban en el ascensor; el klingon yacía en el suelo y Tylmaurek llevaba puesto el uniforme holgado de color gris del hu­mano que había subido con el alienígena. Se detuvieron en la planta baja, donde McCoy y Rohgan salieron mientras Spock recogía al klingon y lo depositaba en los brazos ex­tendidos de Tylmaurek. El hombre gimió bajo el peso que Spock acababa de colocar en sus brazos, luego el vulcania­no retrocedió apresuradamente y se reunió fuera del ascen­sor con los otros dos. Antes que las puertas del ascensor se hubieran cerrado ante el sobrecargado Tylmaurek, los tres bajaban ya por las escaleras. Al llegar a la planta del apar­camiento, Spock abrió la puerta lo suficiente para dejar ape­nas una rendija y permanecieron allí al acecho.
A los pocos segundos, el ruido de las puertas del ascen­sor que se abrieron con un sonido raspante anunciaron la llegada de Tylmaurek. Este puso buen cuidado en mantener el rostro apartado del coche en el que sabía que aguarda­ba el segundo hombre y salió tambaleándose del ascensor con el klingon aún sujeto entre los brazos. Dado que apenas era capaz de aguantar el peso, no tuvo necesidad de fingir un andar inseguro al salir dando traspiés ni al dejar que se le doblaran las rodillas cuando intentó depositar al klingon suavemente sobre el suelo. Con el rostro aún desviado, le hizo gestos de urgencia al otro para que acudiera en su ayuda.
Tras un tenso instante, la puerta del coche flotante se abrió y el segundo hombre saltó al exterior y se acercó a la carrera.
-¿Qué demonios...? -comenzó a decir, pero en aquel mo­mento la mano de Spock salió disparada por la rendija re­pentinamente ensanchada. El hombre cayó tan rápidamente como lo había hecho su compañero, cuatro pisos más arri­ba. McCoy pasó junto a Spock y le aplicó otra dosis de som­nífero; luego los dos vancadianos se encargaron de depositar al hombre dentro del vehículo de Tylmaurek.
-Si alguien le encuentra ahí dentro -comentó Tylmau­rek con una sonrisa cansada-, no creo que me proporcione más líos de los que ya tengo.
Un minuto más tarde metieron al klingon en el maletero de su propio coche flotante mientras Rohgan, que intentaba recobrar la calma, se familiarizaba con los controles del ve­hículo. Pasado otro minuto lo sacó del área de aparcamiento hacia el desierto recinto universitario.
-Ahora que nos hemos quitado este problema de en me­dio -dijo McCoy mientras desandaban el camino por el que Tylmaurek les había llevado un rato antes-, ¿le importaría explicar cómo va a conseguir llevarnos hasta la Enterprise? La última vez que reparé en ello, los coches flotantes no con­seguían del todo ponerse en órbita.
-Y siguen sin poder hacerlo, doctor -le contestó Roh­gan con una sonrisa nerviosa-, aunque después de todo lo que ustedes me han contado esta noche acerca de los aliení­genas y sus maquinaciones, no me sorprendería lo contra­rio. No. Tenemos una nave que, espero, será capaz de conse­guirlo.
McCoy frunció el entrecejo con escepticismo en el débil fulgor de las luces callejeras.
-¿Y qué sucederá con Kaulidren y sus naves de vigilancia?
-Nuestra nave es capaz de evitarlas -replicó Rohgan. Tragó dificultosamente, con un sonido claramente audible, como si realizara un constante esfuerzo para mantener su muy delicada calma-. Al menos eso es lo que me han asegu­rado. Sin embargo, cada vez me parece más obvio que no existen plenas garantías; hay demasiadas incertidumbres, la me­nor de las cuales no es precisamente que ese mismísimo dis­positivo que le permite a nuestra nave eludir la guardia de Kaulidren muy bien podría ser otro «regalo» de esos klingon de ustedes.
McCoy puso los ojos en blanco y miró a Spock, que pare­cía absorber la información con su habitual impasibilidad estoica.
-Eso es lo que yo llamaría un verdadero monumento de incertidumbre, profesor.
-Obviamente. No obstante, dadas las presentes circuns­tancias, no veo más alternativa que intentarlo, ¿no le pare­ce? Según todo lo que yo sé, es la única posibilidad que tie­nen de escapar del escudo y contactar con su nave, si es el escudo lo que realmente bloquea las comunicaciones.
-Puede que así sea -replicó McCoy-, pero usted ha di­cho que deberemos recorrer un par de cientos de kilómetros. ¿Por qué no nos lo explica todo... sin pasar por alto cómo us­ted, entre todos los habitantes de Vancadia, tiene casualmen­te acceso al único artefacto de este planeta que cuenta con alguna posibilidad de eludir las naves de vigilancia de Kaulidren?
-Sí, profesor Rohgan -agregó Tylmaurek, en cuya voz había aparecido repentinamente una nota de suspicacia-. Me gustaría oír esa explicación.
Rohgan parpadeó y le lanzó una mirada sorprendida a Tylmaurek. McCoy pensó que, o bien estaba genuinamente sorprendido ante la sospecha que de pronto había detectado en los demás, o bien era un actor excelente.
Finalmente, Rohgan asintió con la cabeza.
-Muy bien, caballeros -les dijo-, pero les advierto que es una larga historia.


Tras su dimisión como miembro del consejo, Rohgan ha­bía mantenido contacto secreto con los ingenieros que tra­bajaban en el motor perfeccionado, la mayoría de los cuales estaban de acuerdo con él y se oponían a que fuera utilizado para atacar la fábrica orbital de Chyrellka. Unas pocas se­manas después de su fracaso, Delkondros les había puesto a trabajar en un nuevo conjunto de «notas», supuestamente dejadas por el mismo genio misteriosamente fallecido cuyos borradores anteriores les habían conducido a la creación del motor perfeccionado. El grupo de notas describía un escu­do que permitiría a cualquier nave que se hallase encerrada en él pasar sin ser detectada junto a las naves de vigilancia de Kaulidren.
Delkondros, para horror de los ingenieros, no sólo man­tenía en secreto la existencia de ese escudo ante los demás miembros del consejo, sino que planeaba utilizarlo para ul­timar la labor en la que había fracasado la primera vez. Ha­bía conseguido mantener una de las naves oculta a los ojos de los chyrellkanos cuando las otras tres fueron destruidas, y proyectaba utilizarla, con el escudo, para destruir la fábri­ca orbital.
En lugar de transmitirles esa información a los chyrell­kanos, como habían hecho cuando se preparaba el primer ataque, Rohgan y los ingenieros, junto con varios de los anti­guos miembros del consejo que habían dimitido al mismo tiempo que él, trazaron sus propios planes. Los ingenieros le entregaron a Delkondros informes falsos que indicaban unos avances mucho más lentos de los que en realidad ha­cían. Hasta donde sabía Delkondros, pasaría aún un año o más hasta que el primer escudo prototipo estuviese construi­do e instalado. En realidad, ya había sido construido, insta­lado y puesto a prueba.
-Nuestro plan original -continuó Rohgan- era que un grupo de nosotros sacara la nave del planeta, la hiciera pa­sar sin ser detectada junto a las naves de vigilancia y conti­nuara hasta entrar en órbita alrededor de Chyrellka. Una vez allí, desactivaríamos el escudo, dejaríamos que los chyrellkanos nos viesen y anunciaríamos nuestras intencio­nes pacíficas para demostrarles, de una vez por todas, que nosotros no deseábamos la guerra, que éramos dignos de con­fianza.
Rohgan hizo una pausa y sacudió la cabeza.
-Ya sé que parece una ingenuidad, pero para nosotros era infinitamente mejor que el intento de asesinar a todos aquellos chyrellkanos de la fábrica orbital, como pretendía Delkondros. Y, si los chyrellkanos se mostraban de acuerdo con nosotros, esperábamos que reaccionaran de forma similar.
-McCoy meneó la cabeza. Se sentía inclinado a creer en lo que decía aquel hombre.
-La mayoría de la gente debería ser igual de ingenua -comentó, excepto quizá cuando se enfrentan con los klin­gon-. Pero, esa nave... ¿dice usted que está preparada para partir?
Rohgan asintió con la cabeza.
-Estábamos casi a punto de lanzarla cuando nos comu­nicaron que la nave de ustedes venía de camino hacia aquí. Eso cambió nuestros planes. Sabíamos que los chyrellkanos les llenarían la cabeza de mentiras, por lo que decidimos pro­ceder al lanzamiento lo antes posible, después de la llegada de su nave. Básicamente, íbamos a actuar según lo planea­do, con la diferencia de que le diríamos a la Federación lo que habíamos pensado comunicarles a los chyrellkanos.
-Y luego, esta noche, Delkondros hizo esa emisión -con­cluyó el doctor McCoy.
-Precisamente -asintió Rohgan-. No teníamos ningu­na razón para no creérnosla, así que cuando Delkondros nos contó lo que ustedes habían hecho y nos mostró los cadáve­res de personas a las que todos conocíamos, sólo pudimos suponer que o bien la Federación era tan siniestra como esos klingon de los que hablan ustedes, o que Kaulidren les ha­bía convencido para que se pusieran de su parte. Y que si nos acercábamos a la nave de ustedes, seríamos sencillamen­te destruidos.
»Pero todos los que debían ir en esa misión ya se habían reunido en la nave. El lanzamiento debía realizarse esta mis­ma noche, así que los que íbamos a quedarnos aquí hemos intentado ponernos en contacto con los de la nave para dete­ner el lanzamiento. Sin embargo, las comunicaciones han quedado interrumpidas, no sabemos por qué. Algunos de los nuestros salieron hacia la nave hace algunas horas, con la esperanza de llegar a tiempo para impedirles partir. De he­cho, hacia allí iban los dos que ustedes vieron salir del edifi­cio cuando llegaron. No obstante; ahora que conocemos la verdad podremos continuar adelante con el lanzamiento. Y ustedes tres podrán ir a bordo. La nave les llevará más allá del escudo, donde podrán utilizar los comunicadores para ponerse en contacto con su nave e informar de la situación aquí abajo.
McCoy hizo una mueca cuando Rohgan guardó silencio, mientras el coche flotante corría por las calles desiertas. Con­fiaba en que Rohgan creyera en cada una de las palabras que acababa de pronunciar y que no les tendiera intencionada­mente una trampa; pero aún así, en el mejor de los casos era muy improbable que consiguiera sacarles al espacio para po­der contactar con la Enterprise. Era mucho más probable que Delkondros y los demás klingon hubieran estado desde el principio al corriente de la pequeña conspiración existente entre el profesor y los ingenieros. Todo lo cual significaba que, si él y Spock acompañaban a Rohgan hasta la nave, lo más previsible es que acabaran directamente en manos del enemigo.
A pesar de ello, por mucho que se estrujaba el cerebro, no conseguía pensar en una sola maldita cosa que les diera mayores posibilidades de llegar siquiera a ver nuevamente la Enterprise.

9


Kirk contempló con expresión ceñuda la pantalla y el ahora casi opaco escudo que se extendía sobre más de veinte mil kilómetros cuadrados en la superficie de Vancadia.
-¿Pueden aún penetrarlo los objetos físicos, teniente Pritcharro? -preguntó Kirk.
-No puedo decírselo con seguridad, capitán, puesto que ahora bloquea casi completamente nuestros sensores, pero todo indica que sí podrían hacerlo.
Kirk pulsó uno de los botones en los brazos de su asiento.
-Señor Scott -dijo cuando el jefe de ingenieros respon­dió a la llamada-. Voy a enviar una lanzadora ahí abajo. Es­coja la más fiable de todas y luego, entre usted y el teniente Pritchard, pongan en funcionamiento un programa automático que la lleve hasta un punto inmediatamente por debajo del escudo. Veamos si podemos determinar la naturaleza del mismo, su fuente energética y alguna manera de eludirlo o desactivarlo.
-Sí, capitán. Me reuniré con el teniente en el muelle de las lanzadoras.
-Dos minutos, Scotty. El teniente ya va de camino hacia allí.
Con el ceño aún fruncido, Kirk se volvió hacia la panta­lla frontal. Parecía como si la potencia del escudo hubiese aumentado durante los segundos que había mantenido los ojos apartados de él.
Hargemon sonrió con infinita satisfacción al contemplar la Enterprise, indefensa, en la pantalla que tenía delante. La pequeña estación repetidora, firmemente anclada a la nave estelar mediante su rayo tractor de un kilómetro de largo,
funcionaba a la perfección. Si lo deseara, podría hacer en aquel preciso instante que la Enterprise entrara en un desli­zamiento irreversible que la conduciría a la destrucción. Kirk no sería capaz de detenerla. Spock no sería capaz de dete­nerla. Sin duda alguna, quienquiera que en aquellos momen­tos se hallara a cargo de la terminal científica, no sería ca­paz de detenerla. Sólo Spock, si todavía estuviese a bordo, tendría alguna probabilidad de detectar el problema y evi­tar la destrucción.
Y quizá ni siquiera Spock podría conseguirlo, pensó con una leve punzada de pesar. Era una desgracia que el vulca­niano no pudiera tener la oportunidad de intentarlo. Había sentido la tentación de concedérsela, pero el comandante se había negado de lleno. Y él debía admitir, que por una vez el comandante tenía razón.
Sin embargo, el turno de Hargemon llegaría muy pronto.
El comandante le había dado a aquel proyecto el nombre de prueba, y también en eso había tenido razón, aunque qui­zá no del todo en el sentido que él creía.
Con una sonrisa, Hargemon pensó en el acorazado klin­gon que llegaría a toda velocidad a recogerles cuando él, el comandante y los demás hubieran concluido su trabajo en el sistema chyrellkano. Aquel sería un buen objetivo para su propia «prueba». La computadora de ese crucero sería un juego de niños comparada con la que había a bordo de la Enterprise. Podría conseguir que hiciera toda clase de mone­rías computerizadas en cuestión de semanas. Incluso aquel idiota de Kelgar que el comandante le había endilgado sería capaz de engañar a esa primitiva colección de microcircui­tos, ahora que había observado a Hargemon y, presumible­mente, había aprendido de él.
Su atención volvió bruscamente a la pantalla. ¡La escoti­lla de lanzadoras de la Enterprise se abría! ¿Qué demonios pensaba Kirk que podría conseguir enviando una lanzadora al exterior de la nave?
Durante un momento, una sensación de fracaso le aferró el estómago. ¿Habría adivinado Kirk la verdad? ¿No habría sido suficiente con quitar de en medio a Spock?
Pero, no; eso no tenía importancia. Incluso aunque Kirk hubiera captado las líneas generales de lo que sucedía, in­cluso si enviaba esa lanzadora para comprobar su teoría, nunca sería capaz de dilucidar los detalles específicos. Sólo Spock, que a veces parecía vivir en una simbiosis virtual con la computadora, podría conseguir algo semejante... al menos en el tiempo que le quedaba a la Enterprise.
A pesar de todo, no tenía sentido correr ni siquiera ese mínimo riesgo.
Sus dedos corrieron por el teclado que él mismo había diseñado. Hargemon cursó una serie de órdenes y observó mientras una a una pasaban por la parte inferior de la pan­talla y eran confirmadas. Las órdenes verbales habrían sido más eficientes, pero los sistemas klingon que se había visto obligado a adaptar para sus propósitos no disponían de esa capacidad, al menos no con el grado de precisión y fiabili­dad que él necesitaba.
Cuando la última de las órdenes fue repetida en la panta­lla, las compuertas de la lanzadora comenzaron a cerrarse. Se echó a reír mientras imaginaba la cara del piloto de la lanzadora, y luego la de Kirk cuando la información llegara hasta el puente. ¡El capitán estaría fuera de sí! Era un hom­bre que vivía para controlar -a hombres y máquinas por igual-, y el control se le escapaba de las manos, camino del caos.
Un pitido de la pantalla le indicó que alguien había in­tentado abrir manualmente las compuertas, Hargemon vol­vió a reír. Era casi demasiado malo que Kirk debiera morir junto a todos los demás. Habría resultado más satisfactorio encararse con él, contarle con toda precisión qué había su­cedido... y por qué.
Otro pitido. Otro intento de apertura manual. Esta vez pro­venía de la sala de ingeniería, probablemente realizado por Scott.
Durante varios segundos no sucedió nada más. Luego, toda una serie de órdenes y respuestas codificadas, cada una de las cuales era fácilmente reconocible por sus ojos exper­tos, pasaron rápidamente por la pantalla.
Más pruebas, aunque esta vez no de los sensores sino de los circuitos de control, de las desviaciones, e incluso de par­tes de la computadora.
Aunque, por supuesto, no de las partes que tenían impor­tancia. Esas partes estaban...
Con el ceño fruncido, siguió una de las series de datos que atravesó la pantalla. No la reconocía. ¿Sería el substitu­to de Spock mejor de lo que él había creído? ¿Habría here­dado uno de los programas detectores de problemas de Spock y lo utilizaba ahora?
Pero, no, aquella hilera de datos no indicaba una prueba. Se trataba de una respuesta... una respuesta que acababa de dar la computadora.
Una respuesta que la computadora no debería haber dado, advirtió con inquietud.
El fruncimiento del entrecejo se hizo más profundo y aguardó hasta que la serie hubo concluido. Las pruebas ha­bían acabado, al menos por el momento. Para garantizar que no volvieran a comenzar mientras él realizaba las suyas pro­pias, tecleó una sola orden y luego procedió a enviar mensa­jes que destellaron en la pantalla.
Así continuó durante cinco minutos; sus ojos sondeaban las fórmulas, las reconocían y las descartaban, las recono­cían y las descartaban.
Hasta que...
¿Qué era aquello? Le recorrió un escalofrío. ¿Había co­metido un error? Después de tantos meses de trabajo, ¿era posible que hubiera pasado por alto algo tan obvio? Miró el teclado con expresión ceñuda. Con control verbal, algo se­mejante nunca habría podido suceder. ¿Estaría la totalidad de aquel proyecto a punto de desmoronares sobre su cabeza a causa de la primitiva tecnología de los klingon?
¡Pero, no! Al repasarlo una vez más, comprobó que no se trataba de un error, no podía ser un error. Era algo dema­siado complejo para que pudiera deberse a un simple error de teclado al hacer el programa.
Pero, si no se trataba de un error, ¿qué era? ¿Y cómo se había metido allí?
El escalofrío de aprensión desapareció, para ser reempla­zado por una colérica determinación de llegar al fondo de aquel misterio. ¿Habría cambiado Kelgar cosas sin su expresa autorización? Si lo había hecho...
Aquella bien podía ser la oportunidad que había espera­do, pensó abruptamente Hargemon, una oportunidad para quitarse de encima a Kelgar. Si Kelgar, en la errónea creencia de comprender aquellos intrincados programas, había to­mado la decisión de cambiarlos, era casi seguro que hubiese liado algo. Y, si había una cosa que el comandante no estaba en absoluto dispuesto a tolerar, era que alguien se pu­siera a liar las cosas. Al igual que Kirk, el comandante des­cargaba todo el peso de su poder cuando las cosas no salían bien.
Una débil sonrisa pasó por los labios de Hargemon. El comandante se había puesto completamente lívido cuando les había llegado desde Vancadia el mensaje que daba cuenta de la fuga de Spock y McCoy. Alguien había cometido un error y alguien iba a pagar por ello.
Kelgar había cometido un error allí, con la computado­ra, y con un poco de suerte sería el propio Kelgar quien pa­garía por ello. En el peor de los casos, ya no sería el ayudan­te incompetente y entrometido perro guardián que se había visto obligado a soportar durante los últimos seis meses. Pue­de que otro ocupara su lugar, pero eso no sucedería de in­mediato, al menos no hasta que los planes de Hargemon es­tuvieran bien encaminados.
Así, pues, ¿qué era exactamente lo que había hecho Kel­gar? O, más probablemente, ¿qué había tratado de hacer? Con una débil sonrisa, Hargemon se puso a teclear metódicamen­te órdenes y preguntas.
Lentamente, a medida que las respuestas comenzaron a aparecer en la pantalla, la sonrisa del hombre desapareció. Fuera lo que fuese lo que Kelgar había hecho, era muchísimo más complejo de lo imaginado por Hargemon. Aquel cambio había estado alojado en el corazón mismo de su progra­ma y afectaba a cada aspecto de éste.
Y estaba muy bien escondido, advirtió con sobresalto. Si no hubiera logrado identificar aquella respuesta anormal cuando corría por la pantalla, jamás habría logrado encon­trarlo. De mala gana, aumentó un punto la estimación que había realizado sobre la competencia de Kelgar. Aquello no era obra del chapucero por el que había tomado al klingon. Era el trabajo de alguien que, klingon o no klingon, sabía con total precisión lo que hacía.
Era obra de alguien que, comprendió Hargemon con un nuevo escalofrío, sabía de computadoras tanto como él mis­mo... al menos de aquella computadora en particular. Pero, aún así, ¿qué efectos tendría aquel cambio?
Más preguntas, más órdenes, más respuestas que corrían veloces por la parte inferior de la pantalla. Hasta que...
-¡Así que se trata de eso! -Las palabras salieron espontáneamente de sus labios.
Los cambios no tendrían efecto alguno... mientras la computadora de la Enterprise dispusiera de su plena alimentación y estuviera en funcionamiento.
Pero cuando se apagara a causa de la completa pérdida de alimentación, como sucedería dentro de poco, y su conte­nido fuese leído por otra computadora...
-Ya veo que lo ha descubierto -dijo la rasposa voz de Kelgar procedente de ninguna parte, e instantes después su rostro reemplazó los datos en la pantalla.
En aquel preciso instante, Hargemon oyó algo a sus es­paldas... un siseo y luego un chasquido. Se volvió bruscamen­te y vio que la única puerta de salida de la sala se había des­lizado... encerrándole definitivamente en el interior.
-¿Qué demonio cree que...?
-Si quiere que le diga la verdad, Hargemon -continuó Kelgar sin prestar atención a los inútiles intentos que reali­zaba el otro para hablar-, no me sorprende en lo más míni­mo y, desde luego, puedo asegurarle que no me decepciona. Ya le había dicho al comandante que muy probablemente lo descubriría.
-¿Está enterado el comandante de esto?
-Por supuesto. Todo fue idea suya. Al igual que lo fue la alarma destinada a alertarnos cuando usted descubriese los cambios efectuados.
Hargémon se puso bruscamente en pie, dio media vuelta y empujó la puerta. No consiguió moverla.
-No podrá moverla -le advirtió la imagen.
-¿Por qué?
-Porque no podíamos saber cómo reaccionaría usted. Después de todo, la destrucción de una nave comandada por un hombre al que usted detesta es una cosa. Pero la destruc­ción de toda la Flota Estelar es otra muy distinta. Incluso un traidor como usted podría no estar dispuesto a llegar tan lejos.
De pronto, mientras contemplaba nuevamente el sonriente rostro burlón del klingon, la situación adquirió una claridad absoluta ante los ojos de Hargemon. Kelgar, según la mejor tradición klingon, se disponía a asesinar a su superior in­mediato. Por supuesto, presentaría la situación bajo un as­pecto diferente ante el comandante, pero el comandante la aceptaría y...
El comandante sería asimismo asesinado muy pronto y el mérito de haber puesto de rodillas a la totalidad de la Fe­deración iría a parar a un verdadero klingon.
-¡Imbécil! -le espetó Hargemon-. ¡En lo que yo he he­cho hay mucho más de lo que usted podría llegar nunca a imaginar! ¡Si cree que lo único que se precisa es conseguir que mi programa infecte las computadoras que intentarán reconstruir la memoria de la computadora de la Enterprise, ha sido usted muchísimo más chapucero de lo que yo creía!
-Eso ya lo veremos, Hargemon, eso ya lo veremos. O, me­jor dicho, yo lo veré. Pero pienso concederle un momento para que pueda apreciar mi hábil trabajo y tal vez revisar la valo­ración que había hecho de mis capacidades.
En aquel momento el mundo de Hargemon, que ya pre­sentaba un mal aspecto, acabó de desmoronarse. De pronto, el hombre comprendió que, tanto si Kelgar conseguía tener éxito en sus planes a largo plazo como si no, indudablemen­te lo tendría el cumplimiento de su primer paso: el asesina­to de su superior inmediato, el propio Hargemon. También comprendió que su única esperanza de supervivencia, por pobre que fuese, residía en la mismísima nave y tripulación cuya destrucción había proyectado durante meses.
Sus dedos volaron por el teclado y escribieron las órde­nes, antes que Kelgar pudiera advertir lo que hacía y le de­tuviera.
Pero nada sucedió. Donde debían correr por la pantalla las series de datos, sólo se veía la imagen de Kelgar.
-¿Lo ve? -comentó Kelgar-. El comandante y yo tenía­mos toda la razón al no confiar en usted. Si no hubiera ins­talado esos bloqueos para evitar que enviase usted el código de reinicialización a la Enterprise, habría destruido todo el proyecto antes que pudiéramos siquiera darle buen comienzo.
La imagen de Kelgar desapareció abruptamente. Volvió a verse la Enterprise, con las compuertas de la lanzadora firmemente cerradas.
La mente de Hargemon corría a toda velocidad. Kelga" entraría por la puerta que tenía a sus espaldas dentro de un minuto, posiblemente menos.
Visualizó lo que había en la pantalla un momento antes de cerrarse la puerta y comenzó a teclear órdenes. Por pri­mera vez se alegró de tener una entrada de teclado. Si hubie­se sido una computadora activada por la voz, no habría teni­do la más mínima posibilidad, pues todo estaría ahora codificado para obedecer a las voces de Kelgar o del comandante, y nada que él pudiese hacer conseguiría abrirla puerta. Pero con un teclado, y su recuerdo de los datas que figuaraban en la pantalla momentos antes de cerrarse, había por lo menos una posibilidad.
Las órdenes y las respuestas corrieron por la pantalla, hasta que...
¡Allí estaba, la configuración exacta que incluía la orden bloqueadora de la entrada!
Tecleó otra orden.
La puerta se abrió. Todavía no estaba muerto del todo.
Hargemon se volvió hacia la puerta... y se detuvo. Era posible que lograra llegar hasta la lanzadora antes que Kelgar le diera alcance. Incluso puede que consiguiera salir con la lanzadora.
Pero lo único que necesitaría hacer Kelgar entonces se­ría regresar a la sala de control, emplazar la nave tras él y derribarle. Nunca conseguiría llegar a la superficie de Van­cadia, como no fuera en átomos separados.
Hasta que...
Se volvió rápidamente hacia la computadora y tecleó una serie de comandos a la velocidad del rayo. El corazón le dio un salto al advertir que en ese sector no había sido colocado bloqueo alguno. El sistema de navegación de la nave estaba completamente abierto.
Otra serie de órdenes, una media docena de pulsaciones más, y Hargemon salió a escape de la sala sin esperar a que las confirmaciones apareciesen en la pantalla.
Diez segundos más tarde había traspuesto la puerta que conducía al pequeño muelle de la lanzadora. Tras pulsar la secuencia de apertura de la puerta para casos de emergen­cia en el teclado de combinación del panel de controles in­mediato a la lanzadora restante, se lanzó al interior y cerró la escotilla.
La compuerta del hangar se abrió hacia arriba y el aire salió precipitadamente al espacio. Estaba a salvo, al menos por el momento. Afortunadamente, allí no había ningún cam­po de contención de la atmósfera como el que tenían a bor­do de la Enterprise. Kelgar no podría entrar en aquella cu­bierta hasta que la lanzadora no hubiese salido y la puerta se cerrara tras ella.
Pero Kelgar no perdería el tiempo hasta que eso sucedie­ra. Seguramente habría oído o visto abrirse y cerrarse la puerta interior que comunicaba con el muelle de la lanzado­ra y ya estaría de camino hacia la sala de control principal, impaciente a la espera de disparar contra la lanzadora, tan­to como había ansiado disparar contra el propio Hargemon en de la sala de la computadora.
Tras hacerse con los controles, lanzó la pequeña nave a través de las compuertas en cuanto tuvo espacio suficiente para hacerla pasar, segundos antes que se abriese del todo.
Sin volverse a mirar a sus espaldas para ver si las órde­nes que le había dado a la computadora en el último minuto habían surtido efecto, aplicó plena potencia y aceleró hacia el lado nocturno de la superficie del planeta. Más tarde ya tendría tiempo de sobras para preocuparse de su punto es­pecífico de destino y de la forma de encontrar a Spock y McCoy.
Primero debía ponerse fuera del radio de alcance de Kel­gar... y rápido.

10

-¡Ha de haber alguna explicación para esto!
Kirk se paseaba por el puente con aire de frustración. En la pantalla frontal estaba la su­perficie de Vancadia, como lo había estado durante la última media hora; el escudo cubría invariablemente más de veinte mil kilómetros cuadrados y aumentaba a ritmo regu­lar su opacidad. En la cubierta del hangar, las compuertas hacían testarudamente caso omiso de todas las órdenes de apertura dadas por la computadora y de todos los intentos de abrirla manualmente, incluidos los que el comandante Scott había realizado personalmente sobre el terreno. En la terminal de comunicaciones, la teniente Uhura había reali­zado todas las comprobaciones conocidas por la Flota Este­lar y unas cuantas que ella misma había inventado sobre la marcha, pero seguían sin recibir respuesta alguna del cuar­tel general de la Flota Estelar o de cualquiera de las naves de la Federación desde que se había interrumpido el último mensaje del almirante Brady.
-Sí, capitán, siempre existe alguna clase de explicación -asintió Scott mientras se retiraba de la terminal científi­ca ante la que él y el teniente Pritchard habían intentado desenmarañar uno de los programas especiales creados por Spock-, pero si me lo pregunta a mí...
-¡Eso es precisamente lo que hago, preguntárselo, Scotty, así que si tiene alguna idea, por remota que sea, por favor, cuéntemela!
-Sí, capitán, sólo quería decirle que no puedo evitar pre­guntarme si no nos habremos tropezado con otro Organia.
Kirk hizo una mueca mental, pero no dejó entrever indi­cio externo ninguno. La misma idea había pasado fugazmente por su cabeza cada vez que aparecía uno de aquellos acontecimientos nuevos e inexplicables, pero se había negado a darle crédito. Habría sido algo carente de sentido. Si verdadera­mente se habían encontrado con otro grupo o entidad que tuviese poderes mentales o tecnológicos siquiera remotamen­te cercanos a los que poseían los organianos, todas las probabilidades apuntaban a que la Enterprise se hallaba inde­fensa. La primera -y hasta entonces única- vez en que tropezaron con los organianos había sido durante otro conflicto con los klingon, recordó con inquietud, un conflicto que sin la intervención de los organianos habría acabado en una guerra a gran escala. Los organianos, en cualquier caso, cuan­do finalmente perdieron la paciencia con ambos bandos, ha­bían dejado inoperativas simultáneamente todas las naves de la Federación y de los klingon en la totalidad de la gala­xia. Interrumpir las conexiones subespaciales con el cuartel general de la Flota Espacial sería comparativamente un juego de niños para alguien con esos poderes.
Las similitudes de la situación en que se hallaban en ese momento resultaban obvias, pero era igualmente obvio que, mientras no lo supieran con toda seguridad, deberían supo­ner exactamente lo contrario. Dar por sentado que un superpoder benevolente como los organianos controlaba la situación podría ser fatal si esa suposición resultaba errónea. Hasta que se demostrara lo contrario, si es que podía ser de­mostrado, debían pensar que la raíz de sus problemas resi­día en un fenómeno hasta el momento inexplicable, en algo que los propios klingon... o algún nuevo aliado de los klin­gon... habían conseguido inventar.
Al objeto de asegurar su propia supervivencia, debían dar por supuesto que, fuera lo que fuese lo que sucedía, era algo que, si conseguían desentrañar la verdad, podrían combatir o contrarrestar.
-Todo es posible, Scotty -asintió bruscamente el capi­tán Kirk-, pero no nos echemos aún al suelo ni nos haga­mos los muertos, por si acaso se trata de alguna otra cosa, algo a lo que podamos hacer frente. Veamos, ¿qué tal les va a usted y al teniente Pritchard con el análisis de ese progra­ma de Spock?
No iba a conseguirlo.
El sabotaje de última hora en el sistema de navegación no le había dado tiempo suficiente. Una vez más, había cometido el error de subestimar a Kelgar. El klingon debía haber advertido casi instantáneamente que el sistema no funcionaba como debía. Probablemente sólo había necesitado otro instante para detectar la causa: un sabotaje de última hora perpetrado por Hargemon.
En total, sólo había pasado poco más de un minuto hasta que Kelgar consiguiera estabilizar la nave, hacer que relocalizara el sistema de coordenadas correcto, y salir disparado con ella tras la lanzadora que huía.
El primer disparo erró por casi un kilómetro, su energía se transformó inofensivamente en luz al llegar a la atmósfe­ra que estaba a lo lejos, delante de él; pero Hargemon sabía que los yerros no continuarían. El sistema de navegación de la nave, al que había centrado durante un breve período de tiempo en un falso sistema de coordenadas que estaba a no­venta grados del correcto, aún no había acabado de realinearse. Una vez que lo hubiese hecho, en cuanto hubiera acabado de ajustarse -dentro de unos treinta segundos a lo sumo-, su radio de error quedaría reducido a poco más que el diá­metro de la lanzadora en la que había escapado. E incluso si no lo conseguía, en un minuto más -o dos, con mucha suerte-, se acercaría tanto la nave persecutora que Kelgar podría realizar los disparos con los controles manuales.
Otro rayo de energía hendió la atmósfera casi exactamente delante de él. Esta vez el error había sido de unos doce me­tros como máximo. El realineamiento estaba casi concluido.
Abruptamente, Hargemon puso en picado la lanzadora y la hizo descender verticalmente. No aterrizaría dentro de un radio de cien kilómetros alrededor del sitio que había pla­neado, pero eso carecía de importancia. La única posibilidad que le quedaba para poder sobrevivir era entrar en la atmós­fera antes que Kelgar se acercara demasiado. La nave del klin­gon no podía entrar en la atmósfera, al menos no demasia­do, y los rayos de sus armas de energía, diseñadas para el vacío del espacio, se verían amortiguados y disipados.
Pero entonces, justo en el momento en que concluía que ni siquiera aquella maniobra iba a salvarle la vida, una de las gigantescas naves de vigilancia apareció en lo alto de su pantalla. La esperanza le invadió y su mente recorrió veloz los códigos que le habían permitido tener acceso a los con­troles de aquella nave. Pero, en el preciso instante en que la primera de las secuencias comenzaba a formarse y sus de­dos salían disparados para teclear la primera de las claves, la esperanza le abandonó. Aquellos códigos sólo podían ser
transmitidos por la computadora que estaba a bordo de la nave principal, aquella con la que Kelgar se acercaba. Con tiempo, él podría haber hallado la manera de burlar las pro­tecciones que bloqueaban las señales de todas las fuentes me­nos de una, apoderarse de los controles de los cañones de láser y volverlos contra Kelgar, pero no tenía tiempo.
No, la única conexión directa entre la lanzadora y las na­ves de vigilancia era la que podía utilizarse para detonar las cargas de antimateria instaladas en todas ellas.
-Sólo para jugar sobre seguro -había comentado el comandante-. No quiero que una de esas asesinas intente derribarme a mí si algo sale mal y decide no reconocer el código de mi salvoconducto.
Era obvio que Kelgar no sentía más que desprecio ante semejantes precauciones «humanas» , pero no había dicho ab­solutamente nada. Y ahora...
Otro rayo de energía pasó junto a la lanzadora.
Sin vacilación, Hargemon realizó un deslizamiento de lado y luego describió una curva ascendente; los motores acentuaron la fuerza propia de la maniobra y le aplastaron contra el asiento del piloto, apenas acolchado. Hargemon po­día oír la propia lanzadora, que protestaba con crujidos y pequeños restallidos metálicos. Los bordes de su campo visual se nublaron cuando aceleró más la fuerza ascendente de la pequeña nave... y luego la redujo.
Repentinamente volvió a encontrarse en una caída libre. En la pantalla que tenía directamente delante se veía la mo­nolítica proa de la nave de vigilancia, con sus cañones de lá­ser operativos presumiblemente orientada hacia él. Pero sa­bía que no iban a dispararle, al menos mientras la lanzadora mantuviese a la vista el código de salvoconducto. Por un ins­tante le pasó por la cabeza la idea de apagarlo. Si Kelgar es­taba directamente detrás de él...
Pero, no. Lo que deseaba era una oportunidad de super­vivencia, no la posibilidad de hacer que Kelgar pereciese junto con él. La posición que ocupaba en aquel momento, justo entre Kelgar y la nave de vigilancia, le proporcionaba un instante de respiro. Kelgar no iba a dispararle mientras estu­viera en la línea de tiro de los cañones de láser. Con o sin el código del salvoconducto, la nave de vigilancia contesta­ría a los disparos si creía que era atacada.
En el último instante, Hargemon se desvió hacia un lado, pasó a toda velocidad junto a la nave de vigilancia, a una dis­tancia de menos de cien metros, y luego volvió a alinearse con ella, tras la gigantesca unidad de cohetes de la parte tra­sera. Si no quedaba completamente oculto a los sensores de manufactura klingon que tenía la nave de Kelgar, al menos su imagen se confundiría con la nave de vigilancia.
Envió el código de detonación.
Detrás de él, el campo de contención del vacío de la anti­materia quedó deshecho. En cuestión de milésimas de segun­do, la materia normal que lo rodeaba se cerró sobre él, y tanto la materia como la antimateria se convirtieron en energía pura. Como un torpedo de fotones en miniatura, la detona­ción deshizo la nave de vigilancia con una llamarada de ca­lor y luz mil veces más poderosa que cualquier cosa de la que fueran capaces los cañones láser de la nave misma. Los sensores traseros de la lanzadora de Hargemon ardieron y dejaron de funcionar, la pequeña nave corcoveó y amenazó entrar en barrena.
Tras recuperar el control de la lanzadora, el hombre vol­vió a dirigir el morro de la pequeña nave hacia abajo, para descender directamente a la atmósfera. Al menos ahora ten­dría una oportunidad... varias oportunidades. Si la explosión se había producido en el momento en que pasaba la nave de Kelgar, eso sería lo mejor de todo. Tanto Kelgar como la nave habrían desaparecido ya, vaporizados en una bola de fuego de multimillones de grados. Un poco antes, y la explosión habría quemado los sensores frontales de Kelgar, como había quemado los traseros de la lanzadora. Un poco antes toda­vía y, aunque la nave de Kelgar no hubiese sufrido absoluta­mente ningún daño, era posible que le hubiera perdido en la explosión, o pensara que ésta le había destruido.
Lo sabría dentro de un minuto, cuando su lanzadora pe­netrara en la atmósfera de Vancadia... si es que llegaba a penetrar en aquella atmósfera.

11


Habían visto sólo tres vehículos en movimiento por la ciudad, todos ellos coches flotantes del gobierno, como el que ellos conducían. Uno de ellos llevaba dentro un grupo de tres, entre los que había un klingon, los otros sólo transportaban seres que el sensor de Spock había identificado como completamente humanos. Ninguno de ellos prestó la más mínima atención al vehículo robado, pero el coche en el que iba el klingon, según advirtió Rohgan con inquietud, arrancó ante la casa de uno de sus compañeros de conspiración, otro de los hombres que Tylmaurek recordaba del consejo anterior a la aparición de Delkondros.
-Deben saber algo -comentó Rohgan con una nerviosa arruga en la frente-, pero es obvio que no lo saben todo si van a casa de personas que llevan más de un día a bordo de la nave.
-Quizá -le contestó Tylmaurek con un tono de optimismo que no sentía- simplemente visitan a las personas que yo conozco, las personas a las que han pensado que podría recurrir en busca de ayuda. Tal vez por eso fueron a la vi­vienda de usted.
Rohgan asintió con la cabeza.
-Sólo puedo esperar que así sea.
Cuando dejaron la ciudad a sus espaldas, todos, menos Spock, profirieron un suspiro de alivio. Incluso McCoy, aun­que no bajó la guardia, se permitió pensar que, quizá, no les recibiría un ejército de klingons cuando llegaran a la nave.
Ahora tenían ante ellos la carretera, todavía más desier­ta que las calles de la ciudad. La única luz que había era el pálido fulgor de la más pequeña de las dos lunas de Vancadia, velada ocasionalmente por tenues nubes altas. No podía verse por ninguna parte ni una sola luz artificial. Era como si la totalidad del planeta se hubiera apagado para pa­sar la noche.
-Esto no ha sido siempre así -comentó Rohgan cuando las últimas y escasas luces de la ciudad desaparecieron tras ellos-. Sólo espero que, cuando esos klingon de ustedes ha­yan continuado su camino, la vida regresará.
Durante los siguientes cien kilómetros -colinas suave­mente onduladas y tierras cultivadas que a McCoy le recor­daban su Georgia natal- los dos vancadianos intentaron determinar el momento aproximado en que habían llegado por primera vez los klingon al sistema chyrellkano. Finalmente decidieron que el plazo más probable había sido unos dos meses después del contacto inicial establecido por la Fede­ración, y ni Spock ni McCoy estuvieron en desacuerdo. Los primeros rumores referentes a la repentina oposición de los chyrellkanos a conceder la independencia a Vancadia en el momento fijado habían comenzado a correr por aquella épo­ca, y la primera «oportuna» muerte de un candidato políti­co se había producido tan sólo dos meses más tarde. La pri­mera vez que alguien oyó hablar de Delkondros fue un año después de esa muerte, para ese entonces Chyrellka tenía un nuevo primer ministro llamado Kaulidren, casi histéricamente antivancadiano. Se apresuró a cerrar el férreo puño de Chyrellka sobre la colonia, le arrebató el poder al gobierno vancadiano electo y se lo entregó a los supervisores chyrellkanos, como el gobernador Ulmar.
Entonces había comenzado toda una serie de muertes... muertes obviamente violentas, como las documentadas en la grabación que Kaulidren había llevado a bordo de la Enterprise. Chyrellka había respondido con un número masivo de arrestos.
-A veces se tomaban la molestia de fabricar las pruebas -comentó amargamente Tylmaurek-, pero otras, no.
La gota que había colmado el vaso fue el inoportuno intento realizado por Delkondros de destruir no sólo la flota espacial chyrellkana, sino la capacidad del planeta para construir una nueva. A partir de ese instante, los chyrellkanos se transformaron en un ejército de ocupación, por más que una enorme mayoría de los vancadianos, como Rohgan, esta­ban horrorizados tanto por el ataque de Delkondros como por la matanza de los chyrellkanos residentes en el planeta.
-Cuando se mira en retrospectiva -comentó Rohgan en un momento dado-, resulta obvio que la mayoría de los pro­blemas eran intencionadamente provocados por un grupo re­lativamente pequeño. Un grupo muy despiadado, dispuesto a matar de forma indiscriminada para conseguir sus fines. Nosotros, y me refiero tanto a los chyrellkanos como a los vancadianos, no somos así. Chyrellka ya se vio envuelta en una guerra hace mucho tiempo, pero el planeta durante dos­cientos años ha estado en paz, y tenía un gobierno a nivel mundial mucho antes de la colonización de Vancadia. No obs­tante, esos años de paz nos han hecho muy ingenuos. Noso­tros creíamos en lo que nos decían Delkondros y otros como él. Sencillamente, nunca se nos ocurrió pensar...
Se interrumpió en un suspiro y todos continuaron en si­lencio durante varios kilómetros.
Poco después la carretera describió un giro cerrado a la izquierda, el aroma del mar -más penetrante, más limpio que el de la Tierra, pero en nada diferente- llegó hasta los hombres. Minutos más tarde aparecieron ante ellos, a lo le­jos, algunas luces artificiales, además de unas pocas doce­nas de casas aisladas, las primeras que habían visto desde que salieron de la ciudad. Unas torres esqueléticas, que pa­recían versiones en miniatura de la media docena de ram­pas de lanzamiento que aún conservaba el Parque Espacial Kennedy, se encumbraban hacia el cielo nocturno por encima de todo lo que las circundaba. El sensor de Spock detec­tó una concentración de formas de vida dispersas en un área de varios kilómetros cuadrados, y quizá un centenar de ellas reunidas en la proximidad inmediata a las torres.
-Este es ahora nuestro único puerto espacial -les ex­plicó Tylmaurek, sin esperar a las preguntas--. Está fuertemente vigilado y, si puede darse crédito a los rumores, lo utilizan principalmente para evacuar a los civiles clryrellkanos y reemplazarlos por soldados.
-El vancadiano sacudió la cabeza-. Hace diez años, apenas había soldados. Teníamos media docena de puertos espaciales como éste, que cada día nos traían centenares de nuevos colonos, e incluso algunos turistas. Delkondros y los klingon han destruido todo eso.
-¿Está por ahí su nave? -inquirió McCoy inquieto.
Rohgan negó con la cabeza.
-Esas torres son para Los lanzamientos ordinarios de las lanzadoras. Afortunadamente, nuestra nave no necesita todo ese apoyo. Con los motores que tiene, puede despegar casi desde cualquier parte.
Lentamente, Rohgan giró a la derecha y dirigió el coche flotante hacia una abertura que había entre los arbustos que en aquella zona flanqueaban la carretera. Simultáneamen­te, aumentó la energía que alimentaba los motores y McCoy oyó que el siseo de estos se incrementaba al entrar la máqui­na en su modo todo-terreno y elevarse varios centímetros más sobre el suelo. Después, durante varios minutos, ese fue el único sonido que les rodeó, en tanto Rohgan les conducía por un bosque parecido a un parque, cubierto de hierba y con algún sendero ocasional, a las claras poco transitado en las últimas semanas. Estaban cerca de la cima de una colina y Rohgan maniobraba cuidadosamente entre los árboles cuan­do Spock, que no había quitado ojo del sensor, levantó la mirada.
-Supongo, profesor -comentó el vulcaniano-, que la nave de la que nos ha hablado se encuentra aproximadamente cincuenta y siete grados a la derecha de la dirección que se­guimos en este momento.
Rohgan lanzó una rápida mirada al oficial científico de la Enterprise.
-¿Cómo se ha enterado de eso?
-Detecto una concentración de antimateria en ese pun­to, y doy por supuesto que se trata de la fuente de alimenta­ción de su nave. Todas las lanzadoras, que ahora tenemos de­trás de nosotros, parecen procesar energía nuclear de bajo nivel para alimentar sus motores.
-¿Antimateria? -McCoy suspiró-. Ya se ha ido al infier­no la última esperanza de que ese motor, o cualquier otra cosa, pueda ser un legítimo invento vancadiano. Esa antima­teria ha de proceder forzosamente de los klingon. -Luego miró a Rohgan y Tylmaurek-. A menos que Vancadia tenga los medios necesarios para producir grandes cantidades de antimateria...
Rohgan, nuevamente, negó con la cabeza.
-No; que yo sepa no los tiene. Según tengo entendido, en los laboratorios de Chyrellka han creado pequeñas cantidades de ella, destinadas a la experimentación científica, pero nunca he conocido en detalle ninguno de los llamados inven­tos de Delkondros.
-Tampoco yo -agregó Tylmaurek-. Siempre que pre­guntaba algo...
-Unidad diecisiete -dijo una voz envuelta en parásitos de electricidad estática, desde algún punto del vehículo-, por favor, conteste.
Spock consultó inmediatamente su sensor.
-La señal procede de la dirección en que se encuentra la ciudad -declaró.
-Supongo que este trasto en el que viajamos es la uni­dad diecisiete -reflexionó McCoy, que miró a los dos vancadianos mientras la llamada se repetía-. ¿No puede ninguno de ustedes fingirse uno de sus tripulantes?
-Yo sugeriría que no lo hicieran, caballeros -les advir­tió Spock-, a menos que conozcan los nombres de los ocu­pantes de los que espera respuesta el que llama.
-Pero si no respondemos... -comenzó McCoy.
-Si no respondemos, doctor, sus sospechas aumentarán. Si contestamos incorrectamente, esas sospechas quedarán completamente confirmadas.
La solicitud de respuesta continuó durante más de un mi­nuto. Cuando finalmente cesó, Spock todavía estudiaba su sensor.
Pasados unos segundos, levantó los ojos.
-Detenga el vehículo, profesor.
-¿Qué? ¿Por qué tengo que...?
-El subterfugio que hemos intentado poner en práctica ha fracasado. Aproximadamente cinco segundos después que la solicitud de respuesta se interrumpiese, un dispositivo electrónico de nuestro coche comenzó a transmitir una se­ñal identificativa. Sólo puedo suponer que su función es con­ducir a las autoridades hasta este vehículo.
McCoy hizo una mueca mientras el coche flotante ami­noraba la marcha y se posaba sobre el suelo. Estaban cerca de la cima de la colina y los árboles comenzaban a ralear.
-¿No puede usted buscar ese dispositivo, Spock, y qui­tarlo del coche? -preguntó.
-Ya lo he localizado, doctor -le contestó Spock-. No obstante, dudo que pueda llegar a quitarlo del coche sin las herramientas adecuadas. Está aproximadamente unos veinticinco centímetros directamente detrás del propio dispositivo de comunicación y el sensor no detecta forma alguna de llegar hasta él. Es un diseño muy efectivo... muy proba­blemente estudiado para evitar los robos como el que hemos perpetrado nosotros.
-¡Esos condenados klingon paranoicos -masculló Mc­Coy- piensan en todo!
-Ya casi hemos llegado a la nave -declaró Rohgan-. Si nos movemos con rapidez, podremos estar en ella antes que puedan enviar a nadie a perseguirnos. Después de todo, es­tamos a casi doscientos kilómetros de la ciudad.
Spock efectuó durante varios segundos un sondeo con el sensor de la zona que tenían ante sí.
-Puede que eso sea cierto, profesor -comentó finalmen­te-, pero sospecho que tendremos algunas dificultades para llegar hasta la nave.
-¿Qué? ¿Por qué íbamos a tener problemas...?
-Ahora mismo, por las formas de vida que detecto en las inmediaciones, calculo que estamos muy cerca del emplaza­miento de su nave, profesor, pero dos de las formas de vida que se encuentran en la proximidad inmediata a la antima­teria corresponden a klingons.
¡Lo había conseguido! ¡Iba a sobrevivir, a pesar de todo!
La atmósfera, que había abordado con un ángulo más in­clinado del que la lanzadora había sido diseñada para sopor­tar, se cerró alrededor de Hargemon como una manta de lla­mas generadas por la fricción, le arrancó los sensores delanteros y le dejó totalmente ciego hasta que el envolvente capullo de aire recalentado no se enfriara para volverse trans­parente. Incluso entonces estaría limitado a lo que sus pro­pios ojos, poco técnicos, pero tremendamente fiables, pudie­ran ver a través del puesto de observación de emergencia.
¡Pero todavía estaba vivo! Aquello era, pensó con una re­pentina carcajada silenciosa, al menos un principio.
El puesto de observación perdió finalmente su mortaja de llamas, y un trozo de la superficie del planeta apareció en la estrecha abertura, apenas visible a la pálida luz de la única luna que lo iluminaba. Todavía descendía demasiado en picado, advirtió bruscamente. Tras levantar el morro de la lanzadora un grado más, luego dos, se inclinó hacia el pues­to de observación en un intento de obtener una vista más amplia.
El corazón le dio un vuelco cuando detectó, varios kiló­metros a su derecha, las luces del complejo de las lanzado­ras. La suerte no le había dado la espalda. La otra nave, aque­lla a la que debía llegar si quería tener la oportunidad de salir del planeta, si quería tener la posibilidad de vengarse alguna vez del comandante, estaba sólo una docena de kiló­metros tierra adentro, y otra docena hacia el sur. Al menos estaba en la zona correcta... un milagro, si se consideraba el método que había empleado para descender; aunque también distaba mucho de encontrarse a salvo. Aquella otra nave no estaría convenientemente encendida y, con los sensores inu­tilizados, Hargemon ya no tendría la posibilidad de dirigir­se hacia su fuente de antimateria.
Y aunque pudiera hacerlo, tampoco tendría posibilidad alguna de aterrizar allí mismo. No se atrevía a utilizar los ruinosos restos de la pista de aterrizaje, con casi cien años de antigüedad. Era probable que los klingon que el coman­dante mantenía de guardia en el lugar, aún no hubieran reci­bido noticia de lo sucedido entre él y Kelgar, pero, a pesar de ello, su suspicacia y paranoia innatas serían más que su­ficientes para impulsarles de inmediato a ponerse en con­tacto con el comandante si una lanzadora inesperada y fue­ra de programa llegaba dando tumbos y la mano derecha del comandante, el hombre que supuestamente debía estar a mi­les de kilómetros controlando la Enterprise, salía a trompi­cones de ella y exigía con insistencia suicida subir a bordo de aquella nave.
Y, además, era realmente muy posible que llegase dema­siado tarde, que la nave ya hubiese sido lanzada al espacio.
No obstante, no tenía sentido considerar siquiera unas po­sibilidades tan horrendas. Si la nave ya había sido lanzada, él se quedaría varado para siempre en aquel...
La lanzadora dio un salto que casi le tiró del asiento. Abruptamente, su mente volvió a concentrarse solamente en la supervivencia. ¿Qué demonios funcionaba mal ahora?
Tras pulsar los controles, descubrió inmediatamente qué había sucedido. Su entrada en la atmósfera había dañado algo más que los sensores. La diminuta computadora que hacía
funcionar esos sensores, además de los controles de la lan­zadora, había quedado también inutilizada; algunos de sus circuitos clave probablemente se habían sobrecargado por un efecto de retroalimentación antes que los sensores mis­mos pasaran a mejor vida. ¡Condenados diseños klingon!
Tras aferrar los controles manuales, comprobó que el di­seño klingon aún no había dejado de amargarle la vida. Aque­llos controles manuales estaban pensados para la fuerza de los klingon, no para la de un simple ser humano. Podía mo­verlos, aunque no con la velocidad ni la destreza que necesi­taría en una situación como aquella, donde una fracción de segundo podría constituir toda la diferencia entre la vida y la muerte.
Mientras sus ojos se esforzaban por detectar puntos de referencia familiares a la tenue luz de la luna, lanzó silenciosas imprecaciones y volvió a luchar con los controles. Todavía luchaba con ellos un minuto más tarde, cuando el sue­lo pareció saltar repentinamente para interponerse en su camino y un gigantesco árbol -que se parecía notablemen­te a un sauce, según insistía en señalar un rincón de su mente- lanzó sus ramas ante él y derribó la lanzadora contra el suelo.

12


Cuando oyó a Spock anunciar que había klingons en el campo de lanzamiento, todos los recelos de McCoy regresaron al galope. Rohgan, si no estaba aliado con Delkondros y los otros klingon, como mínimo habían sido engañado por ellos. En cualquiera de los dos casos, las acti­vidades «secretas» del grupo de Rohgan, formado por inge­nieros y ex miembros del consejo, había sido un libro abier­to para Delkondros, y él y Spock nunca tendrían una sola oportunidad de escapar.
-No parece que hayan sido muy buenos en mantener su secreto, después de todo, profesor Rohgan -comentó el mé­dico con expresión ceñuda.
-Si tomamos en consideración todas las circunstancias que hemos puesto al descubierto, doctor -intervino Spock serenamente-, ese fallo no es ni sorprendente ni digno de culpa. En cualquier caso, nos resultará más provechoso de­dicar nuestras energías a planificar una línea de acción fu­tura que a recriminar las acciones pasadas.
McCoy volvió momentáneamente su rostro ceñudo hacia Spock, y luego sacudió la cabeza.
-Supongo que tiene usted razón -replicó-, pero temo que me he quedado completamente sin ideas, y casi sin in­yecciones que puedan poner fuera de combate a los klingon -agregó con unos golpecitos sobre su maletín médico.
-Si pudiéramos encontrar otro vehículo, uno que no ten­ga ese dispositivo de llamada... -comenzó a decir Rohgan.
-¡Fue usted quien dijo que tendríamos más posibilida­des de escapar en este coche! -le espetó Tylmaurek-. Si hu­biéramos cogido el mío...
-Profesor Rohgan -le interrumpió Spock-, ¿está usted familiarizado con la disposición física del arca de lanza­miento?
Tras un breve silencio, Rohgan se volvió en su asiento para mirar a Spock.
-Hasta cierto punto, sí.
-En ese caso, si yo señalara con total precisión el lugar en el que se encuentran los klingon, ¿podría usted llevarnos a pie hasta la proximidad inmediata de la nave, dando un ro­deo para evitarlos?
-Creo que podría hacerlo, sí.
-¿Y hay alguien, entre los que se encuentran cerca de la nave, en quien usted pueda confiar? ¿Alguien que no vaya a dar la alarma en el momento en que nos acerquemos a él?
-Varios, de eso estoy seguro, aunque probablemente se­ría mejor que yo dispusiera de uno o dos minutos para ha­blar a solas con ellos antes de aparecer ustedes.
-Por supuesto, profesor. Sin embargo, podría suceder que no pudiéramos permitirnos ese lujo. Si...
Algo destelló en el cielo nocturno, un punto brillante que eclipsó momentáneamente el pálido fulgor de la única luna, con una luz que rivalizaba con la de un sol pequeño.
-¡La nave! -exclamó Rohgan con un grito ahogado, mientras se volvía bruscamente para contemplar la luz que se apagaba-. ¡Han destruido la nave!
-No, profesor -le contestó Spock casi instantáneamen­te-. El combustible de antimateria de su nave continúa en tierra, intacto. La fuente de esa descarga se ha producido... -Hizo una pausa para estudiar los datos que aparecían en el sensor-, fuera del alcance de este instrumento para po­der localizarla con total precisión, pero una radiación de esa naturaleza sólo puede crearla una explosión de antimateria.
-¿Torpedos de fotones? -preguntó McCoy, cuya voz se había vuelto repentinamente insegura.
-No, doctor- Ha sido mucho más pequeño que cualquie­ra de los artefactos que tiene la Enterprise.
-Pero una nave klingon podría...
-Es una posibilidad, doctor. -El vulcaniano todavía es­tudiaba los datos del sensor-. Una nave pequeña acaba de entrar en el radio de alcance, su trayectoria de descenso hace pensar que proviene de las inmediaciones de la liberación de energía.
-¿Klingon?
-Las lecturas indican, efectivamente, tecnología klingon. No obstante, el único ocupante de la nave es completamente humano.
McCoy meneó la cabeza.
-¿Qué rayos sucede? ¿Tylmaurek? ¿Profesor Rohgan?
-¡Si eso tiene que ver con sus klingon -le contestó Rohgan-, usted debería saberlo mucho mejor que cualquiera de nosotros dos!
-Si continúa con su presente trayectoria -anunció Spock, que levantó la mirada del sensor-, descenderá a muy poca distancia de aquí.
-¿Aterrizará? -preguntó McCoy al vulcaniano-. ¿O se estrellará?
-No es posible determinarlo en este preciso instante. Aparentemente, el piloto tiene un cierto control sobre la lan­zadora, pero desconozco si posee el suficiente para aterrizar sano y salvo. En cualquier caso, sin embargo, yo sugeriría que investigásemos esa lanzadora antes de encaminarnos ha­cia el campo de lanzamiento.
-Spock, ¿ha perdido usted su juicio de orejas puntiagu­das? ¡Lo que debemos hacer es correr hacia esa nave... aho­ra mismo! ¡Si esa cosa aterriza en algún lugar de las proxi­midades, nos proporcionará una distracción! ¡Por lo que a eso respecta, la explosión que acaba de producirse ya nos la ha proporcionado, y deberíamos aprovecharnos de ello!
-Eso carece de lógica, doctor. En primer lugar, es posi­ble que la explosión, más que distraer a los klingon y a los posibles aliados que tengan por las inmediaciones, les haya alertado aún más. En segundo lugar, es igualmente posible que ellos sepan qué causó esa emisión de energía, si es que no son responsables de ella, y que por lo tanto no les haya distraído en absoluto. Finalmente, hablar con el piloto o, en caso de no poder hacerlo, la simple inspección de la nave o de sus despojos, podría proporcionarnos información de vi­tal importancia.
McCoy puso los ojos en blanco.
-La información nunca está de más, Spock, ya lo sé, ya lo sé. Pero hay momentos en los que uno debe dejar de reco­ger información y actuar.
-Por supuesto, doctor, y eso es lo que haremos, en cuanto hayamos aprovechado esta oportunidad aparentemente accidental. -Luego volvió su atención hacia el sensor.
-Profesor Rohgan -dijo el vulcaniano tras un instante-, diríjase usted hacia un punto que está aproximadamente a unos diez grados a la derecha del campo de lanzamiento.
-¿Es allí donde descenderá? -le preguntó Tylmaurek.
-Allí es donde el presente curso que sigue la nave, algo errático, indica que tocará el suelo. Yo le sugeriría, profesor, que no perdamos más tiempo en conversaciones.
-Por fin nos ponemos de acuerdo en algo -masculló McCoy mientras Rohgan ponía en funcionamiento el coche flotante y lo conducía en la dirección indicada por Spock.
Cinco minutos más tarde, cuando coronaban una nueva colina, una línea de pequeños destellos apareció en la capa baja del cielo, lo que en apariencia confirmaba las lecturas del sensor del vulcaniano.
-Ese aparato no tiene aspecto de ir a realizar precisa­mente lo que yo llamaría un aterrizaje perfecto -comentó McCoy, e hizo una mueca de dolor cuando los destellos de­saparecieron tras la colina siguiente.
-Tal vez no, doctor -asintió Spock pasados algunos segundos-, pero el piloto ha sobrevivido, aunque no sin le­siones.
La nave, según vieron menos de cinco minutos después, era pequeña y utilitaria, claramente construida para llevar un solo ocupante. Se había precipitado sobre las ramas del árbol más grande de la ladera de la colina. Eso era, de he­cho, lo que le había evitado sufrir daños aún mayores cuan­do llegó al suelo, en mitad de la ladera. La puerta había sal­tado hacia afuera y colgaba a un lado.
-El piloto está inconsciente -comentó Spock cuando Rohgan detuvo el vehículo flotante a una docena de metros de la nave.
McCoy echó una nerviosa mirada al campo de lanzamien­to mientras salían del coche.
-¿Qué hay de esos klingon que ha detectado? ¿Vienen también a examinar esta cosa?
-No creo que tengan intención de hacerlo, doctor. Den­tro del radio de alcance del sensor, ninguno se ha movido des­de que los detectamos por primera vez.
Precedidos por McCoy y Spock, que estudiaba constantemente los datos del sensor para comprobar si el motor de la nave o su fuente de alimentación se desplazaban hacia la explosión, todos corrieron hacia la nave caída. McCoy, con la mano sobre el sensor médico, fue el primero en llegar y echar una mirada al interior.
-¡Spock! ¡Écheme una mano! ¡Este hombre pertenece a la Flota Estelar!
-¿A la Flota Estelar, doctor?
-¡Lleva puesto un uniforme de alférez! ¡Ahora, haga el favor de echarme una mano! Saquémosle de ahí dentro para que pueda hacer algo por él.
Mientras Spock se detenía para abrir más la puerta a viva fuerza, McCoy intentó obtener algunas lecturas más. Final­mente, la puerta quedó abierta y resultó posible entrar en el aparato. Tras hacerle a McCoy un gesto para indicarle que se apartara a un lado, Spock se inclinó en el interior y consi­guió extraer al piloto del asiento, que se había inclinado ha­cia adelante pero no se había soltado del todo de las fijacio­nes que lo sujetaban al suelo. El piloto tenía la mitad de la cara cubierta de sangre, por el lado en que había chocado contra el puesto de observación.
Cuando Spock lo levantó, el piloto gimió suavemente.
-Parece un poco mayor para ser un alférez -masculló McCoy al ver el cabello gris muy corto mientras Spock de­positaba al hombre sobre el suelo irregular, a unos pocos me­tros de la nave estrellada. Tras acuclillarse, McCoy comenzó a pasar el sensor de su escáner médico por encima del hombre.
-Eso se debe, doctor -le contestó Spock en voz baja-, a que en otra época fue un teniente comandante.
-¿Qué? -le preguntó McCoy, que levantó los ojos hacia el vulcaniano con el entrecejo arrugado-. ¿Puede saberse de qué demonios habla, Spock?
-Es una larga historia, doctor. Lo que importa ahora es su estado. ¿Tiene heridas graves?
Con expresión aún ceñuda, McCoy volvió a concentrarse en el hombre que estaba tendido en el suelo.
-No tiene nada roto -declaró después de trabajar du­rante unos cuantos segundos más con el sensor médico-, milagrosamente. Muchas contusiones, algunos cortes claros en la cabeza y una conmoción menor.
-¿Cuándo podrá recobrar el conocimiento, doctor?
-Dentro de muy poco, Spock, si lo tuviera en la enferme­ría de la Enterprise. Pero, aquí, sería mucho más seguro de­jar que saliera de ella por sí solo. La mezcla de conmociones con medicamentos y equipos médicos muy limitados no es...
-Lo comprendo, doctor, pero sospecho que este hombre podría tener las respuestas a unas cuantas preguntas de gran importancia, respuestas que supuestamente podrían aumen­tar nuestras probabilidades de regresar sanos y salvos a la Enterprise.
McCoy guardó silencio durante un momento mientras mi­raba nuevamente la pantalla del sensor y volvía los ojos ha­cia el vulcaniano. A pesar del perpetuo desacuerdo aparente que existía entre él y Spock, McCoy nunca había consegui­do, ni siquiera en las más acaloradas de las discusiones man­tenidas con él, dudar de los conocimientos ni de la inteligen­cia del vulcaniano, ni tampoco de sus intuiciones.
-De acuerdo, Spock -respondió finalmente-. Sé que nunca se muestra usted enigmático sin una razón de peso. Concédame un minuto y veré qué puedo hacer.
Sacó del maletín médico un algodón hiperabsorbente y enjugó apresuradamente la sangre que comenzaba a secar­se alrededor de las heridas de la cabeza del hombre. Cubría las áreas con una combinación germicida cicatrizante y coa­gulante contenida en un aplicador atomizador cuando Spock levantó los ojos del sensor y recorrió brevemente con la mi­rada el paisaje circundante.
-¿Podemos trasladarlo sin peligro, doctor?
-Siempre que no le demos golpes en la cabeza. Pero yo creía que usted deseaba que le despertase.
-Ha surgido un asunto más urgente, doctor. Los klingon que detecté anteriormente cerca del campo de lanzamiento vienen hacia aquí, aparentemente en un par de coches flo­tantes. Cada uno de ellos lleva un arma energética y va acom­pañado por otras tres formas de vida que registro como humanas.
McCoy hizo una mueca, pero no se sorprendió. Aquella era una prueba más de que los klingon estaban mucho me­jor informados, mucho mejor coordinados de lo que había creído el profesor Rohgan. Cuando la señal del coche flotan­te robado había llegado finalmente a su destino y los klingon de la ciudad habían advertido que estaba cerca del campo de lanzamiento, probablemente habían contactado con los compañeros que montaban guardia en la pista y les habían enviado a detener a los ladrones.
O, más probablemente, a matarlos.
-¿De cuánto tiempo disponemos? -preguntó McCoy con voz tensa.
-A la velocidad que avanzan en este momento, aproxima­damente de tres coma cinco minutos.
McCoy hizo una mueca mientras terminaba de aplicar el cicatrizante-coagulante y devolvía el aplicador a su maletín médico. Cuando el médico se puso en pie, Spock deslizó la correa del sensor del hombro y le entregó el aparato a McCoy.
-Yo lo llevaré hasta el vehículo -dijo Spock mientras se acuclillaba y deslizaba los brazos por debajo de la espalda y piernas del hombre.
Sin ningún esfuerzo aparente, Spock se irguió nuevamente y apoyó con gran cuidado la cabeza del hombre contra su hombro. Tras depositarlo sentado en el centro del asiento tra­sero del vehículo flotante, entró él mismo y le hizo un gesto a McCoy para indicarle que se sentara al otro lado con el fin de que entre los dos pudieran prestarle apoyo al hombre in­consciente. Rohgan y Tylmaurek ya se encontraban en el asiento delantero y observaban a Spock con aire aprensivo.
McCoy, que todavía seguía la pista de los klingon a tra­vés del sensor de Spock, entró.
-Parece que intentan atacarnos por sorpresa -comentó mientras le devolvía el aparato al vulcaniano-. Se han se­parado y se aproximan por ambos lados.
Spock estudió las lecturas de la pantalla del sensor du­rante apenas un segundo.
-Profesor Rohgan -dijo luego-, ¿cuánto tiempo hace falta para activar la nave y hacerla despegar?
-Realizar las comprobaciones de rutina requerirá...
-Limite su estimación a las comprobaciones esencial­mente necesarias para un despegue de emergencia, profesor.
Los ojos de Rohgan se agrandaron en la casi total os­curidad.
-Eso llevaría tan sólo un minuto, quizá menos.
Spock volvió a mirar el sensor y luego sus ojos se diri­gieron a derecha e izquierda.
-Los dos coches flotantes aparecerán por encima de aquella elevación -hizo un gesto hacia el sitio indicado­y desde el otro lado de aquella arboleda aproximadamente dentro de un minuto. Le sugiero que tome la ruta más direc­ta posible hacia la nave... si piensa que puede confiar en sus compañeros de conspiración para que acepten con rapidez lo que les diga de palabra y nos ayuden.
-Ya no sé realmente qué pensar -le aseguró Rohgan mientras se pasaba nerviosamente la lengua por los labios. Sus ojos lanzaron miradas fugaces a un lado y otro, hacia los puntos por los cuales Spock había dicho que aparecerían los klingon en cualquier momento. Dejó escapar la respira­ción con un suspiro resoplante-. Pero tampoco veo otra al­ternativa.
El suave y perezoso siseo del vehículo flotante aumentó bruscamente de volumen. McCoy estabilizó al hombre incons­ciente cuando el vehículo entró de golpe en su modalidad todo-terreno y se balanceó momentáneamente antes de re­cuperar el equilibrio y comenzar a correr colina arriba.
-Los dos vehículos klingon han variado su curso para adaptarse al nuestro, profesor -advirtió Spock un instante después-. Aparentemente pueden seguirle la pista a nues­tro vehículo gracias a la señal electrónica.
-No puedo decir que eso me sorprenda, Spock -mas­culló McCoy, pero el vulcaniano pareció no darse cuenta de las palabras pronunciadas porque levantaba el sensor para sondear lo que había más adelante.
-¿Qué tamaño tiene su nave, profesor? -preguntó el vul­caniano un instante más tarde mientras sus cejas se alzaban imperceptiblemente-. ¿Cuántos pasajeros pueden viajar en ella?
-No lo sé con total precisión. La construyeron a partir de una de las lanzadoras originales, que tiene asientos para cuarenta personas. Pero el acolchado estaba tan deteriora­do que nos vimos obligados a retirar los asientos y acolchar simplemente el suelo y las paredes. Al menos eso es lo que me contaron. También me dijeron que no podría haber más de veinte de nosotros a bordo cuando despegara.
Un momento después coronaron la colina y comenzaron a descender. Los ojos de McCoy se agrandaron ante la esce­na que se extendía ante ellos. Incluso a la luz tenue de la luna solitaria, podía ver la totalidad del valle de un kilómetro de anchura, con su fondo casi perfectamente liso y su largo -de unos diez kilómetros- casi perfectamente recto. En el centro había una pista de aterrizaje abandonada desde ha­cía mucho tiempo, no muy diferente de las que habían utili­zado las primeras lanzadoras de la Tierra. A ambos lados ha­bía centenares de edificios ruinosos, todos ellos parecían prefabricados, que iban desde gigantescos hangares y fábri­cas hasta lo que alguna vez debían haber sido viviendas. En una colina del otro lado del valle había un complejo de do­cenas de antenas de acumuladores de energía, cada una de ellas medía decenas de metros de ancho. En otra época, era casi seguro que habían estado orientadas hacia el satélite so­lar que orbitaba el planeta a la altura del ecuador, pero en este momento sólo unas pocas de ellas apuntaban en esa di­rección. La mayoría estaban combadas, todas tenían una capa de herrumbre por encima y algunas habían caído del todo.
En un extremo de la pista, casi directamente ante ellos, había una nave en todo semejante a una gigantesca versión más robusta de las antiguas lanzadoras de la Tierra, excep­to porque las bocas de los cohetes habían sido reemplaza­das por motores de impulso.
La puerta que había en uno de los flancos estaba abierta y una rampa improvisada conducía hasta ella. Una fila de hombres y mujeres subían por aquella escalerilla.
-¡Dios mío! -jadeó Rohgan-. ¡Hablando de oportuni­dad! ¡Se preparan para despegar! -Sacudió la cabeza-. Pero no deberían hacerlo, si la gente que enviamos para advertir­les después de la transmisión de Delkondros...
-Registro la presencia de cincuenta formas de vida, den­tro de la nave y a punto de entrar en ella -declaró Spock, que levantó los ojos de la pantalla del sensor.
-Eso significa que virtualmente todos están aquí, inclui­dos los que acudieron a advertir a los que habían llegado an­teriormente -afirmó Rohgan-. ¿Qué demonios sucede?
-Eso es lo que me gustaría saber -comentó McCoy con irritación. Al mirar hacia atrás, vio que los dos coches flo­tantes que les perseguían, aparecían en ese momento en lo alto de la colina y comenzaban a descender la ladera del va­lle tras ellos-. Pero, sea lo que sea, no tiene buen aspecto.
El médico de la Enterprise hizo una mueca cuando Rohgan aceleró el coche flotante a su máxima velocidad ladera abajo. Independienternente de lo que supieran o planearan hacer los klingon, llegar a la nave era la única verdadera es­peranza que les quedaba a él y a Spock. La señal electrónica hacía imposible una huida en el vehículo flotante. Y, si lo abandonaban, los klingon que les perseguían en los coches estarían sobre ellos en cuestión de segundos, y no tenían si­quiera una pistola fásica con la que defenderse.
De pronto se hallaron entre los edificios. McCoy gimió cuando Rohgan deslizó el coche flotante entre dos hangares cuyo ruinoso estado era aún más evidente a aquella corta dis­tancia. Delante de ellos, el último de los pasajeros había lle­gado a lo alto de la escalerilla. Se detuvo en la puerta y se volvió a mirar atrás, sorprendido por el ruido del vehículo que se aproximaba. Tras ellos, los dos coches flotantes de los klingon parecían haber aminorado la velocidad y se desliza­ban por otra larga avenida, más ancha que la imposiblemen­te estrecha calle escogida por Rohgan.
El vehículo de los fugitivos se detuvo y se posó en el sue­lo a escasos metros del pie de la escalerilla. Rohgan y Tylmau­rek salieron de él inmediatamente, el primero agitó los bra­zos en dirección al hombre que se hallaba en lo alto.
-¡Es Jarlok! -les dijo por encima del hombro a McCoy y los demás-. ¡Es uno de los que enviamos para que advir­tiera de lo sucedido!
-¡Rohgan! -le gritó el hombre que se encontraba en lo alto de la escalerilla-. ¿Qué hace usted aquí? El último men­saje que nos envió...
-¡Era una mentira! -fue la respuesta que le gritó Rohgan-. ¡Yo no he enviado ningún mensaje desde que us­tedes mismos salieron de mi apartamento!
-Entonces, ¿por qué...?
-;Se lo explicaré más tarde! ¡Por el momento, por favor, ha de confiar en mil ¡Tenemos que subir a bordo e iniciar de inmediato el lanzamiento!
-Pero la transmisión del gobernador decía que Tylmau­rek... -Jarlok se interrumpió bruscamente y sus ojos se agrandaron al ver a Spock y McCoy que salían del vehículo; Spock con el hombre herido en los brazos y McCoy nueva­mente con el sensor colgado del hombro-. ¿Es usted prisio­nero de ellos?
-¡Ni mucho menos!
Rohgan y Tylmaurek habían alcanzado ya el pie de la es­calerilla y comenzaban a ascender por ella.
-¡Esa transmisión no era más que una mentira! ¡Virtual­mente todo lo que ha oído esta noche, y una gran parte de lo que nos han contado en los últimos años, ha sido mentira!
Ya en lo alto, Rohgan aferró al hombre por un brazo, mien­tras Tylmaurek permanecía un paso más atrás con un aspecto aún más incómodo que el de Jarlok.
-¡Le aseguro que existe una explicación -le dijo Roh­gan con tono de urgencia-, pero, a menos que despeguemos inmediatamente, yo no viviré lo bastante para contarla! ¡Cual­quier cosa que haya oído usted esta noche acerca de la Fede­ración, Jarlok, es probablemente una mentira! ¡Lo que im­porta en este momento, porque la vida y la muerte nos importa a todos nosotros, es que todos subamos a esta nave y despeguemos antes que esos... -Hizo un gesto hacia atrás, en dirección a los coches que se aproximaban- puedan de­tenernos!
-Pero es que solamente el procedimiento de compro­bación...
-¡Puede reducirse! -le espetó Rohgan-. ¡Debe ser re­ducido!
Durante un largo momento los ojos de Jarlok parecieron buscar la verdad en los de Rohgan. Luego, abruptamente, cuando Spock llegaba al pie de la escalerilla, el hombre re­trocedió y desapareció en el interior de la nave.
Rohgan se apartó rápidamente a un lado e hizo gestos a los otros para que entraran. Spock, a pesar de la carga que llevaba en los brazos, subió los escalones de dos en dos. McCoy, a tan sólo un segundo detrás de él, se detuvo brusca­mente al recordar de pronto que el klingon, la «prueba» de Spock, continuaba metido en el maletero del coche flotante. Pero ya no había tiempo de ir a buscarlo y, además, por la forma en que marchaban las cosas, iban a tener todas las pruebas que necesitasen. Tras lanzarle una última mirada al vehículo, McCoy se precipitó al interior de la nave.
El interior era una cabina desierta, anticuada y parecida a una barraca, con una especie de fino acolchado en el piso y las paredes. Muchas de las personas ya se encontraban ten­didas en el suelo y estaban aferradas a unos asideros improvisados, mientras que otras se tendían en ese momento. En la parte delantera había un mamparo con una puerta abier­ta, tras la cual estaba el área del piloto. El hombre con el que había dialogado Rohgan se encontraba justo al otro lado y hablaba muy seriamente con el que ocupaba el asiento del piloto.
Cuando Spock depositó al hombre inconsciente sobre el suelo escasamente acolchado, Rohgan cerró la puerta exte­rior. La mayoría de las personas observaban a Spock y a McCoy con abierta curiosidad, y tres o cuatro con algo bas­tante parecido al miedo.
McCoy hizo una mueca al mirar una vez más la pantalla del sensor, antes de devolvérselo a Spock. Los klingon ya no corrían tras ellos. Habían detenido los vehículos flotantes a unos buenos cien metros de la nave y permanecían en su in­terior; presumiblemente observaban, informaban y pedían nuevas instrucciones.
-¡Rohgan! -gritó uno de los pasajeros mientras sus ojos saltaban nerviosamente de Tylmaurek a los tres hombres ves­tidos con el uniforme de la Flota Estelar y al propio Rohgan-. ¿Por qué ha traído a estos... a estos asesinos hasta aquí?
Rohgan se apartó bruscamente de la puerta, ahora sóli­damente cerrada.
-La transmisión era una mentira! -declaró en voz alta-.¡Fue el propio Delkondros quien mató a esos hombres, no Tylmaurek ni ninguno de los integrantes de ese llamado es­cuadrón asesino!
Una docena de voces se pusieron a gritar al mismo tiem­po, cada una de ellas ahogaba con sus gritos a las demás. Roh­gan levantó rápidamente ambas manos por encima de la cabeza.
-Por el momento -gritó para hacerse oír por encima de todas las demás voces, hubo de repetir las palabras tres o cuatro veces hasta que los otros guardaron silencio-, por el momento van a tener que confiar en mí. Ya sé que a algu­nos de ustedes les va a costar creer que Delkondros sea un asesino, pero es la verdad, y aún hay cosas peores, muchísi­mo peores. Aunque, en este preciso instante, lo más impor­tante es que nosotros y estos tres hombres de la Federación, de la nave estelar Enterprise, salgamos al espacio. Si lo con­seguimos, habrá tiempo para dar todas las explicaciones de¡ caso y...
-¡No, profesor Rohgan, eso no es suficiente! -intervino una nueva voz. El piloto, un hombre rubio casi tan delgado como un esqueleto, se había levantado de su asiento y esta­ba de pie en la puerta, mirando a Rohgan con el ceño frunci­do-. Hemos recibido una orden diferente tras otra durante las últimas horas... de usted mismo entre otros... y ahora lle­ga a toda prisa, en el último momento, con tres personas de las que sus mensajeros nos dijeron hace apenas unos minu­tos que eran asesinos a sangre fría. Yo no voy a...
-¡No son asesinos! -le interrumpió Rohgan, casi a gri­tos-. ¡Apenas consiguieron escapar ellos mismos con vida! ¡Las transmisiones del gobierno eran mentira! Por favor, tie­ne que...
La nave se estremeció y les redujo a todos a un repentino silencio. El piloto se volvió rápidamente hacia los controles.
El asiento que acababa de abandonar continuaba vacío, pero la secuencia de luces en los paneles de control destellaban. Las cartas y cálculos pasaban rápidamente por la pantalla.
Sin decir una sola palabra, el piloto volvió a sentarse y se puso a tocar los controles.
Las luces continuaron su baile de encendidos y apagados y los mensajes se sucedieron en la pantalla.
La nave volvió a estremecerse... y luego comenzó a moverse.
El piloto volvió la cabeza y miró a Rohgan con expresión iracunda.
-¿Otra de sus sorpresas, profesor? -le preguntó con una especie de gruñido.
Rohgan dirigió miradas atemorizadas hacia Spock y McCoy.
-¿Qué sucede? ¿Me han mentido?
Spock se había puesto a estudiar su sensor en el preciso instante en que los motores de la nave habían despertado a la vida. En aquel momento levantó los ojos.
-Su nave está siendo controlada remotamente por seña­les enviadas desde algún punto del espacio que queda fuera del alcance de este instrumento.
Rohgan y el piloto contemplaron fijamente al vulcaniano. La nave aceleraba ahora bruscamente y obligaba a todos los que no estaban tendidos sobre el suelo a aferrarse a los asideros que había en las paredes.
-¡Eso es imposible! -protestó el piloto-. Esta nave no tiene incorporados receptores de control remoto.
-No obstante, caballeros, eso es lo que sucede.
-¡Esa nave de ustedes... la Enterprise, es la culpable! -No, caballeros, la Enterprise no dispone de ese tipo de capacidades.
-¿Pero no desea usted en ocasiones que los tenga, señor Spock?
Aquella nueva voz hizo que todos dieran un respingo y se pusieran a buscar con los ojos algún altavoz, hasta que al­guien advirtió que procedía de algún punto próximo al panel de controles de la nave.
El piloto se volvió rápidamente y comenzó a accionar botones y palancas en un intento de acallar aquella voz. Mientras lo intentaba, la nave despegó y viró bruscamente hacia el cielo.
-¿Quién es usted? -preguntó, y se dejó caer en el asiento-. ¿Qué nos está haciendo?
Spock levantó los ojos del sensor.
-La voz procede de la misma fuente que las señales que controlan la nave -declaró.
-Muy bien, señor Spock -replicó burlonamente la voz-.¿Sería una osadía por mi parte suponer que también ha deducido usted mi identidad?
-La del personaje que representa actualmente, sí, primer ministro Kaulidren. -Un nuevo estallido de voces indignadas siguió a las palabras de Spock, pero todos guardaron si­lencio cuando el vulcaniano volvió a hablar-. No obstante, todavía no he podido determinar su verdadera identidad. -No me gustaría que muriese usted sin conocerla, señor Spock. Soy Carmody, Jason Carmody.
Spock guardó silencio durante un momento.
-Comienzan a aclararse ciertos aspectos de esta situación, teniente comandante Carmody. La Flota Estelar siempre había supuesto que le habían dado muerte o le habían hecho prisionero los klingon.
-Suponía que esa información estaría grabada en sus bancos de datos, señor Spock; y es correcta. Fui hecho prisionero por los klingon después de salir de Delar Siete, junto con la mayor parte de los tripulantes de la Chafee, pero, dado que yo ya era un prisionero encerrado en el calabozo de una nave estelar de la Federación, los klingon sintieron curiosidad, como es natural. Al final, llegamos a un punto de coincicencia, podría decirse. Desde entonces he progresado bastante, mucho más de lo que hubiera conseguido as­cender en la Federación, ¿no le parece?
-Es muy comprensible que, contrariamente a lo que le sucedió con la Federación, la filosofía klingon le resulte más afín a la suya propia. Según recuerdo, las pruebas que se ha­brían presentado ante el consejo de guerra que iba a juzgar­le, todas avaladas por testigos presenciales pertenecientes a su propia tripulación, habrían tenido como resultado casi inevitable su condena por la violación premeditada de la Pri­mera Directriz.
-Sin duda alguna, habría sido así. -La voz de Carmody se hizo más áspera-. La Flota Estelar nunca comprendería, nunca aceptaría las razones que tuve para hacer lo que hice en Delar... pero hice lo adecuado. En cierto sentido, lamenté profundamente no disponer de la oportunidad para presen­tar oficialmente mi punto de vista sobre el caso, las razones que tuve. -Se oyó un suspiro burlón-. Es una auténtica lás­tima que mis tímidos amigos de la Flota Estelar tampoco lle­guen a conocer nunca la verdad sobre este episodio. Pero, de otro modo, se frustrarían sus objetivos, ¿no le parece, se­ñor Spock? No obstante, que usted me identifique como el responsable de sus próximas muertes, por no hablar de la muerte inminente y la caída en desgracia del capitán Kirk y la destrucción de la Enterprise, así como, eventualmente, la de toda la Federación, ayudará a aliviar la decepción que siento.
Otra docena de voces irrumpieron en torno a Spock... eran voces interrogativas y asustadas.
-Usted se lo explicará a los demás, ¿no es cierto, señor Spock? -continuó Carmody-. Quiero decir, todo lo que sea capaz de deducir lógicamente. Yo mismo les haría los hono­res, pero tengo entre manos otros asuntos que debo atender, particularmente ahora que nos hemos visto obligados a des­hacernos de mi ayudante en todo esto, el teniente comandante Finney.
«¡Finney! » Instintivamente, McCoy comenzó a volverse hacia el hombre herido, pero casi al instante sintió la férrea mano de Spock que le impedía moverse.
-¡Spock! ¿Qué demonios?
-¿Qué ha hecho el señor Finney para merecer su mala voluntad? -inquirió Spock con una voz insólitamente alta para ahogar las protestas de McCoy.
-No dispongo de todos los detalles, señor Spock -con­testó la voz con una sonrisa perceptible-. Baste decir que, al igual que la propia Flota Estelar, no tenía un estómago bastante resistente para tomar decisiones duras llegado el momento. Si tengo oportunidad de volver a hablar con us­ted, como espero que sucederá, puede que le explique algo más, pero, a decir verdad, dudo que vaya a hacerlo. Y si lo hago... no voy a mentirle y decirle «larga y próspera vida». No, me limitaré a decirle adiós. Adiós, señor Spock, doctor McCoy. Nunca sabrán lo placentero que me ha resultado ha­cer negocios con ustedes y ese santurrón capitán suyo, so­bre el que el señor Finney me ha contado tantas cosas.
La voz guardó abruptamente silencio y la conexión que­dó aparentemente cortada.
-Parece que ahora podemos hablar sin miedo a que nos escuchen -anunció Spock tras echar una fugaz mirada a la pantalla del sensor.
-¡Así que a eso se refería usted, Spock! -exclamó McCoy mientras se volvía; luego se aferró a uno de los asideros fija­dos en el suelo para no perder el equilibrio y se inclinó so­bre el hombre que habían subido a bordo-. « En otra época fue un teniente comandante» ¡Este es Finney! ¡Usted le re­conoció de inmediato! Por supuesto, debe haber escapado an­tes de concluir el tratamiento siquiátrico. Pero, ¿qué quiso decir Kaulidren... Carmody... con eso de deshacerse de...?
Las palabras de McCoy fueron interrumpidas por el gri­to ahogado que profirieron una docena de gargantas.
Alarmado, levantó la cara, con la boca aún medio abier­ta, mientras sus ojos seguían la mirada de los demás hacia la pantalla de la cabina del piloto. Los mensajes que antes pasaban por ella habían desaparecido.
En su lugar, McCoy vio el amenazador bulto de una nave de vigilancia que se aproximaba, con sus baterías de caño­nes de láser apuntadas hacia ellos.

13


-Los mismos resultados, capitán. -El teniente Pritchard levantó los ojos de las lecturas en la terminal científica-. El programa confirma la existen­cia de lecturas anormales por parte de los sensores, pero no puedo identificarlas ni determinar su naturaleza. Sé que pa­rece una locura, señor, pero es como si la computadora le escondiese deliberadamente esa información al programa. Si el señor Spock estuviera aquí, él podría...
-¡Pero el señor Spock no está aquí, señor Pritchard! -le espetó Kirk-. ¿Hay alguna otra cosa que podamos hacer los que todavía estamos a bordo de la nave?
Pritchard se puso rojo ante aquella contestación, pero no protestó. De todas las personas que había a bordo, él sabía que el capitán Kirk era quien más sentía la pérdida de Spock... y el que menos se atrevía a demostrarlo.
-Puedo intentar modificar el programa ahora que ha aca­bado el análisis -le respondió-, pero no puedo garantizar cuáles serán los resultados sin disponer de información so­bre las intenciones del diseñador del programa. No sabemos qué perseguía él con esas operaciones específicas, ni que es­peraba averiguar con los resultados. Ni siquiera sabemos si este programa, en la forma que tiene actualmente, hace de verdad lo que el diseñador pretendía. Todavía trabajaba en ese programa cuando... -La voz de Pritchard se apagó, y el joven mostró un aire de incomodidad.
Kirk guardó silencio durante un momento, sus facciones se suavizaron a medida que el fruncimiento del entrecejo de­saparecía.
-Comprendido, señor Pritchard -le respondió-. Haga todo lo que pueda. -Desvió el rostro de la terminal científica y pulsó el botón de comunicación con ingeniería-. Señor Scott, ¿ha habido suerte con los sensores desde su extremo?
-Ni la más mínima, capitán. Las unidades que hemos quitado y reemplazado han sido desmontadas casi hasta el nivel molecular, y todas las pruebas indican que funcionan perfectamente. Sea cual sea el problema, no está en los sen­sores... no en estos sensores, por lo menos.
-¿Y las compuertas del muelle de las lanzadoras?
-Dos de mis hombres trabajan para conseguir que po­damos abrirlas sencillamente a mano, sin siquiera la fuerza hidráulica. No va a resultar fácil, capitán. Ya sabe, el tama­ño de esas compuertas... no han sido diseñadas para algo así.
-Comprendido, Scotty. Continúe en ello. Teniente Uhura, ¿ha conseguido...?
-Nada, capitán. Los circuitos dan unos resultados de fun­cionamiento al ciento por ciento, independientemente de las condiciones a las que los someta. Simplemente, no nos llega ninguna clase de señal, ni estándar ni subespacial.
-Capitán -intervino el teniente Sulu-, hay una nave que acaba de traspasar el escudo.
Kirk se volvió apresuradamente hacia la pantalla.
-¡Detalles, señor Pritchard! ¡Potencia, formas de vida, absolutamente todo!
-¡Parece tener una forma rudimentaria de impulso, ca­pitán, pero eso es completamente imposible!
-Debe de ser el motor perfeccionado del que nos habló Kaulidren -comentó Kirk, mientras el fruncimiento volvía a su frente. Incluso el más básico de los motores de impulso era más potente, y tecnológicamente más avanzado, que los motores de energía nuclear-. ¿Cómo está alimentado ese mo­tor, teniente?
-Con una pequeña unidad de antimateria, señor.
-¿Antimateria? ¿No me había dicho antes que el sondeo realizado anteriormente con los sensores no detectaba nin­gún indicio de antimateria?
Pritchard parpadeó como si acabara de recordarlo en aquel preciso instante.
-Así fue, y esa cantidad debería haber bastado para po­der detectarla.
Kirk hizo una mueca.
-Otra imposibilidad, en este caso una que ni siquiera podría explicar una interferencia ajena al planeta. ¿Hacia dónde se dirige la nave, teniente?
-Su actual trayectoria la llevará hasta una órbita inme­diatamente superior a la de las naves de vigilancia, pero con un motor de impulso podría ir a cualquier parte del sistema solar.
-¿Formas de vida?
-Aproximadamente... -comenzó a decir Pritchard, pero se interrumpió mientras sus ojos se desviaban rápidamente hacia las lecturas apropiadas.
-¿Sucede algo malo, teniente?
-No lo sé, señor -replicó Pritchard pasado un instante. Rápidamente le pidió a la computadora que volviera a pre­sentar en la pantalla una serie de lecturas anteriores-. No hay ninguna forma de vida -continuó, y luego frunció el en­trecejo-. Pero he apreciado que había formas de vida a bor­do cuando la nave acababa de atravesar el escudo, varias for­mas de vida.
Kirk se acercó a la terminal científica y se detuvo detrás del teniente.
-¿Y ahora nada?
-Así es, señor. He pedido a la computadora que volviera a presentar en pantalla las primeras lecturas, las que yo creía que indicaban la presencia de formas de vida... y fíjese -agre­gó, señalando la pantalla-, puede verlo usted mismo. Nada.
-Justo al revés que lo de la antimateria, que no estaba, ahora sí.
Pritchard tragó.
-Sí, señor.
-Las formas de vida que cree haber visto... ¿Le pareció que eran humanas? ¿Klingon?
-Yo... no lo sé. Humanas, creo, pero sólo las vi durante un instante, de reojo, así que quizá solamente supuse que lo eran... Pero si realmente no están allí, carece de importancia.
-Tal vez sí, y tal vez no. ¿El programa de diagnóstico del señor Spock continúa en funcionamiento?
-Sí, señor. Lo he modificado para que analice constan­temente la actividad de la computadora. -Mientras habla­ba, Pritchard tecleó el código y sacó en pantalla los resulta­dos del diagnóstico-. Presenta básicamente lo mismo que desde el principio, capitán. Insiste en que hay lecturas anormales por parte de los sensores, pero sigue sin poder identi­ficarlas o localizarlas.
-Como si la computadora escondiese deliberadamente cierta información al programa... ¿no es eso lo que dijo usted antes, teniente?
-Sí, señor, pero...
-Si eso fuera verdad, la computadora también podría ocultar la existencia de formas de vida a bordo de esa nave.
-Supongo que sí, señor, pero eso no tiene sentido.
-Virtualmente nada de lo que ha sucedido desde que en­tramos en el sistema chyrellkano ha tenido sentido, teniente, así que ese no es un criterio válido en este caso. Por el momento, será mejor que dé por supuesto esa posibilidad. Luego intente imaginar cómo puede hacerse una cosa así.
-Básicamente, señor, habría que reprogramar probablemente la totalidad de la computadora.
-Cualquier cosa de esa magnitud debería dejar rastros... enormes huellas fangosas, diría yo.
-Normalmente, sí, señor, pero alguien verdaderamente bueno...
-Podría borrar sus huellas con una perfección casi to­tal. Alguien como el señor Spock. Comprendido, señor Prit­chard. Y haría falta alguien como el señor Spock para en­contrar los pocos rastros que hubiesen sido pasados por alto.
-Sí, señor.
-Haga todo lo que pueda en su ausencia. Y, ya que esta­mos en ello, ¿cómo guían esa nave, si no hay un piloto a bor­do? ¿Por control remoto?
-No, señor, no hay indicio alguno de señales externas de control. Debe seguir un curso preprogramado.
-¿Armas?
-Ninguna, señor.
-En ese caso, la nave de vigilancia la destruirá con toda seguridad.
-Si funcionan como ha dicho el primer ministro Kauli­dren, sí.
Pritchard estudiaba las lecturas mientras hablaba, y aho­ra sus ojos se agrandaron por la sorpresa.
-¡Capitán! ¡Sí que tiene armas! Podría haber jurado...
-¿Qué clase de armas?
-Cinco cañones láser, señor. ¡Pero antes no estaban allí!
-¿Como la antimateria y las formas de vida?
-Sí, señor, pero respecto a las lecturas de las formas de vida es probable que yo cometiera un error, y la cantidad de antimateria era lo bastante pequeña para que los senso­res la hubieran pasado por alto en los sondeos realizados has­ta ahora. ¡Sin embargo, esas armas han sido detectadas con tanta claridad que yo no puedo haberlas ignorado!
-¿Resultado de otra lectura «anormal» de los sensores, teniente? ¿Ha comprobado las grabaciones de las lecturas originales?
-Lo hago en este momento, señor. -Los dedos del joven oficial corrían por el teclado. Al cambiar los datos de la pan­talla, el teniente negó con la cabeza-. Estaban allí, señor, desde el mismo principio.
-Según las grabaciones de la computadora, señor Prit­chard, según las grabaciones de la computadora. -El débil destello de una idea comenzó a formarse en la mente del capitán-. Por el momento, concentre todas sus energías en trabajar con el programa de diagnóstico. Pida toda la ayuda que necesite. -Luego Kirk se volvió hacia la terminal de co­municaciones.
-Teniente Uhura, ¿es correcto suponer que esa nueva nave no intenta hablar con nosotros?
-No efectúa ninguna transmisión, señor, y no responde a nuestras llamadas.
-Capitán -intervino Sulu-, parece que dos de las na­ves de vigilancia chyrellkanas han localizado la nave. Se desplazan para interceptarla.
-Señor Pritchard, ¿resistirían nuestros escudos ante los rayos láser de los cañones de las naves de vigilancia y los de la nave que acaba de aparecer... si es que estos últimos existen?
-Indefinidamente, señor; si es correcta la lectura que ha­cen los sensores de la energía que tienen esas armas. Kirk hizo una mueca.
-No tengo más remedio que dar algo por sentado. Acti­ve los escudos, señor Sulu, y colóquenos directamente entre las llamadas naves de vigilancia y la que asciende. Me gus­taría echarle una mirada desde más cerca, antes que la vue­len en pedazos.
-Sí, señor. Escudos activados. Velocidad de impulso.
La Enterprise salió disparada hacia adelante, en un cur­so descendente hacia la periferia de la atmósfera del plane­ta, mientras la nave que subía por ella brillaba en la panta­lla frontal. Luego, cuando pasó por encima de aquélla, se detuvo tras describir un amplio arco, se estabilizó directa­mente frente al pequeño aparato e igualó su velocidad con la de éste.
Momentos más tarde apareció en la pantalla la nave de vigilancia más cercana, que se precipitaba directamente so­bre ellos.
-Los sensores indican que los cañones de láser están ar­mados y listos para disparar -informó Pritchard.
Mientras el teniente hablaba, dos rayos salieron dispara­dos de la nave que se les aproximaba; la energía de estos se disipó contra los escudos de la Enterprise en una abrasado­ra lista de fuego.
-Los escudos resisten, capitán -informó Sulu-, pero la otra nave de vigilancia se aproxima por el lado contrario. Pue­de que hayamos de retroceder y...
Sulu se interrumpió en seco. Casi simultáneamente ce­saron los disparos de láser y la nave de vigilancia permane­ció en punto muerto durante un momento; luego dirigió su proa rectangular hacia arriba para dirigirse aparentemente hacia su órbita normal.
-¡Capitán! -dijo Sulu con una voz cargada de sorpre­sa-. ¡La nave ha desaparecido!
-¿Qué ha pasado? -preguntó precipitadamente Kirk-.¿La ha derribado la otra nave de vigilancia?
-No, señor, no ha sido derribada. Simplemente... ha de­saparecido. Se ha desvanecido.
-¿Es que tiene su propio escudo? ¿Uno como el que hay en el planeta?
-No, señor. Simplemente ha desaparecido. Como si... -Sulu hizo una pausa y lanzó una fugaz mirada a Kirk por encima del hombro-. La única vez que he visto algo seme­jante, señor, fue cuando vi camuflarse una nave romulana.


A McCoy se le heló el corazón al observar la gigantesca nave de vigilancia que se agrandaba en la pantalla de la ca­bina. Rohgan se hallaba de pie junto al piloto, que había re­gresado a su asiento y trataba de conseguir que los controles le respondieran. Todos los ojos estaban fijos en la nave de vigilancia, excepto los de Spock, que permanecían cons­tantemente atentos a la pantalla de su sensor.
-¿Se ha activado el dispositivo que supuestamente de­bería protegernos? -preguntó bruscamente Rohgan.
El piloto negó con la cabeza y volvió a su tarea.
-¡No lo sé! No hay nada que responda a nuestros con­troles; si está activado ha sido obra de quienquiera que nos manipule. -Se volvió hacia Spock y McCoy-. ¿Están uste­des aliados con Kaulidren? ¿Es por eso que están aquí?
-¡Sí, también a mí me gustaría saberlo! -exclamó Rohgan, que había dado la vuelta para encararse asimismo con ellos-. Yo creí sus palabras respecto a todas esas cosas, así como a Tylmaurek, pero ahora... -Lanzó una mirada de aprensión a la nave de vigilancia que había en la pantalla-. ¿Están a punto de hacernos volar por los aires? ¿Es eso lo que ha querido decir Kaulidren cuando afirmó ser el respon­sable de nuestras muertes?
-Yo no lo creo así -le contestó Spock en voz baja-, aun­que supongo que pronto seremos destruidos de una u otra forma, a menos que consigamos averiguar con toda precisión qué planea hacer el hombre al que ustedes conocen como Kaulidren.
-Sea quien sea -declaró Rohgan-, parecía creer que us­ted ya lo sabía, señor Spock. Y se mostraba complacido, no preocupado.
-Sé un poco y sospecho más -admitió Spock-, pero no bastante para salvar nuestras vidas. Nuestra única probabi­lidad realista de supervivencia...
Se interrumpió abruptamente y desplazó la mirada del sensor a la pantalla.
-Una nave, probablemente una nave estelar de la Fede­ración, posiblemente la Enterprise, acaba de entrar en el ra­dio de alcance del sensor -anunció mientras sacaba el co­municador que llevaba sujeto al cinturón.
En el momento en que lo abría, la propia Enterprise apa­reció en la pantalla, bloqueando a medias la nave de vigilan­cia que se aproximaba. McCoy había sacado su comunica­dor un instante después, pero ni él ni Spock consiguieron obtener respuesta alguna.
-¿Qué rayos sucede? -exclamó McCoy con irritación mientras sacudía el comunicador como si quisiera obligar­le a cooperar por la fuerza- ¡Ese escudo no puede bloquear ahora nuestras comunicaciones!
-Y no lo hace, doctor -replicó Spock mientras volvía a mirar el sensor-. Los escudos de la Enterprise están activa­dos, pero eso no...
Volvió a interrumpirse cuando los escudos de la Enterprise se encendieron bajo los repentinos disparos de láser de la nave de vigilancia, pero al cabo de pocos segundos los disparos cesaron.
Después, la nave de vigilancia se reorientó rápidamente y comenzó a subir a toda velocidad hacia la órbita más alta que había ocupado anteriormente.
-Tal vez si se acercaran lo bastante... -murmuró McCoy mientras devolvía su atención al comunicador.
-No creo que podamos contar con eso, doctor -comentó Spock con los ojos aún clavados en la pantalla donde tam­bién la Enterprise disminuía rápidamente de tamaño-. Pa­rece que también ellos regresan a la órbita estándar.
-¡Eso es una locura! ¡Acaban de salvarnos el pellejo en el momento en que esa cosa intentó hacernos volar en peda­zos! Usted lo ha visto tan bien como yo.
-Yo vi que la nave de vigilancia disparaba, doctor, y vi que los escudos de la Enterprise desviaban esos disparos. Nada indica que supieran que nos encontramos a bordo. De hecho, su comportamiento en estos momentos denota que ig­noran nuestra presencia.
-Eso es una locura más grande todavía, Spock. ¡Deben saber que estamos aquí! ¡Incluso en el caso de que nuestros comunicadores estén de alguna forma bloqueados, los sen­sores de la nave han de detectarnos! A esta distancia, inclu­so han podido ver que hay un vulcaniano a bordo, así, pues, ¿por qué...?
La pantalla se iluminó con una luz brillante, mucho más brillante que el destello de los rayos láser sobre los escudos de la Enterprise. La mayoría de los tripulantes de la peque­ña nave profirieron un grito ahogado y todos los ojos se vol­vieron rápidamente hacia la pantalla.
-¡Nos dispara otra vez! -dijo alguien casi en un grito, y de pronto se produjo un absoluto silencio.
-No dispara -declaró Spock, que levantó una vez más los ojos del sensor-. La nave de vigilancia más cercana sim­plemente ha sido destruida por una explosión de antimateria.
McCoy renunció bruscamente a intentar darle algún sen­tido a nada de lo que sucedía y se puso a sacudir la cabeza. Luego sus ojos bajaron hasta el hombre herido, y aún incons­ciente, que habían llevado a bordo.
-¿Como la explosión que tuvo lugar justo antes de bajar este amigo nuestro a la superficie? -preguntó McCoy con el entrecejo fruncido por una nueva perplejidad-. ¿Hay algo que las esté derribando, Spock, o qué?
-Las explosiones han sido bastante similares, doctor -le contestó Spock mientras volvía a mirar el sensor-, pero yo sospecho que no las han derribado. Otra nave del mismo tipo acaba de entrar en el radio de alcance de mi sensor, también contiene una pequeña cantidad de antimateria. La energía que alimenta los motores de la nave, sin embargo, proviene de la fusión nuclear. La antimateria no forma parte de nin­gún dispositivo generador de energía, está aislada en un cam­po de contención sencillo. Es lógico suponer que la primera nave llevaba una carga similar y que el campo de contención fue roto por algún medio que desconocemos.
-¿Y para qué rayos iba a llevar una nave un pedazo de antimateria por ahí, si no la utiliza como fuente energética... ni como arma?
-No dispongo de datos suficientes para sacar una con­clusión lógica, doctor. Sin embargo... -Spock volvió a inte­rrumpirse y sus cejas se arquearon ligeramente cuando otra cosa entró en el radio de alcance de su sensor-. Ahora dis­pongo de nuevos datos, doctor. La nave de vigilancia que tene­mos detrás acaba de ser destruida por una explosión idéntica a la anterior. En este caso fue precedida por una señal simi­lar a las que controlan la nave a bordo de la cual viajamos.
-¿Lo cual significa qué, Spock? -le apremió impacien­te McCoy cuando el vulcaniano guardó un momentáneo si­lencio.
-Según todas las apariencias, doctor, la antimateria cum­plía las funciones de un mecanismo de autodestrucción que podía ser activado desde lejos.
-¿Significa eso -intervino Rohgan- que la antimateria de esta nave puede ser detonada de la misma manera?
-Eso es bastante dudoso, profesor, aunque no imposible. La antimateria que tenemos aquí forma parte del motor, no es un objeto aislado con una función discernible. La perso­na a la que deberíamos preguntárselo es al ex comandante Finney, aquí presente, doctor.
-Revivirlo para que luego se nos muera en las manos no servirá de nada -le espetó McCoy.
-En ese caso, haga todo lo posible para que no se nos muera, doctor. Tengo plena confianza en sus capacidades.
Durante los cinco minutos siguientes el sensor de Spock detectó otros dos estallidos de energía provocados por explo­siones de antimateria, pero McCoy, concentrado en el hom­bre herido, apenas las advirtió.
Finney, había dicho Kaulidren... Carmody... ahora que lo contemplaba con mayor atención, McCoy supo que era la pura verdad. Incluso adivinó cómo se las había ingeniado Spock para reconocerle inmediatamente, a pesar de los cam­bios sufridos. Todo su cabello pelirrojo, excepto un ligero to­que, había sido reemplazado por pelo gris. La mitad inferior de su rostro estaba cubierta por una barba entrecana muy corta.
Pero los ojos no habían cambiado. Había una expresión torturada en ellos cuando le había encontrado escondido en la Enterprise, tras el fracaso de su complot para fingir su pro­pia muerte y manipular luego la computadora de la nave, de forma que apareciera una grabación falsa en sus registros donde constara que el capitán había dado la orden de emer­gencia que supuestamente había provocado esa muerte. En aquel momento, aun con los ojos cerrados e inconsciente, su rostro reflejaba aquella misma expresión torturada, como si su reacción ante las injusticias que en su imaginación amon­tonaban sobre él sus superiores, desde la mismísima época en la academia de la Flota Estelar, se hubiera convertido fi­nalmente en una parte inseparable de sus rasgos.


El hombre, que incluso en aquel momento pensaba en sí mismo como Hargemon, se encontró repentinamente despierto. Instintivamente, hizo un gesto defensivo, mientras las úl­timas imágenes de la lanzadora que se estrellaba pasaban velozmente ante sus ojos. De sus labios escapó un grito con­tenido, pues hasta ese gesto insignificante le produjo un do­loroso latido en la cabeza.
«Dónde demonios... »
Se aclaró su visión y volvió a proferir un grito ahogado al encontrarse con el rostro del doctor Leonard McCoy, que le contemplaba con su habitual expresión ceñuda. Detrás de él estaba el comandante Spock.
Y Rohgan, y media docena de los integrantes del grupo manipulado por el comandante.
Y por encima de él...
Con un sobresalto, reconoció finalmente el lugar en el que se hallaba... ¡la lanzadora! ¡Y por la sensación que tenía y los sonidos que percibía, ya estaban en camino! Si habían llegado demasiado lejos...
Volvió bruscamente los ojos hacia los dos tripulantes de la Enterprise.
-¿A qué distancia estamos de Vancadia?
-Aparentemente hemos alcanzado ya la órbita, señor Fin­ney -le respondió Spock en voz baja-, pero no se ha dete­nido la aceleración.
Ante aquella respuesta, Finney dejó escapar la respira­ción con un sonoro suspiro y se relajó, dejando que su cuer­po se aflojara sobre el suelo escasamente acolchado.
-En ese caso, tenemos tiempo de sobra. -Sus ojos vol­vieron a fijarse en Spock y McCoy-. Puede que en este ins­tante no me crean, pero les aseguro que me alegro mucho de verles a los dos.
-A estas alturas, Finney -le contestó McCoy-, ¿por qué habría de creer cualquier cosa que dijera usted? ¿Cómo de­monios consiguió...?
-Ya tendremos tiempo más tarde para ponernos al día respecto a los viejos tiempos -le interrumpió Finney mien­tras la antigua amargura afloraba a su voz. Con ostentosas muecas de dolor, consiguió levantarse trabajosamente y se puso, tambaleándose, de pie-. Es decir, lo tendremos des­pués que yo haya realizado ciertas transmisiones. Doctor, ¿tendría la amabilidad de prestarme su transmisor?
El fruncimiento del entrecejo de McCoy se hizo más profundo.
-¿Por qué rayos habría de hacer una cosa semejante? ¿Qué...?

Finney le tendió la mano con la palma hacia arriba.
-Porque, si no lo hace, me veré obligado a utilizar el sis­tema de comunicaciones de esta nave, que sin duda ha sido intervenido. Y si no hago esa llamada, y pronto, esta nave y todos los que están en ella serán vaporizados.

14


Kirk corrió hacia la terminal científica.
-Informe, señor Pritchard.
-La nave ya no aparece registrada en ninguno de nuestros sensores, capitán.
-¿Ha seguido la pauta propia de nave que activa su dis­positivo de camuflaje? ¿O se trata de algo diferente? Señor Sulu, llévenos de vuelta a la órbita estándar. No quiero que tengamos una colisión accidental con eso, sea lo que sea.
-Sí, señor.
Mientras la Enterprise se retiraba de vuelta a su anterior órbita, Pritchard ordenó que aparecieran en pantalla las se­ries de lecturas realizadas por los sensores, las estudió bre­vemente, comenzó a hablar y, tras detenerse, le pidió a la com­putadora otra serie de datos.
-Computadora, realice una comparación detallada en­tre estas dos series de lecturas.
-Las dos series son idénticas -replicó la monótona voz femenina de la computadora, instantes después.
Pritchard le lanzó una mirada al capitán y luego se vol­vió nuevamente hacia la pantalla.
-Repita la comparación -le pidió pasado un momento-. Puesto que las naves de esos dos incidentes difieren tremendamente en lo que a masa y volumen se refiere, parece improbable que las lecturas puedan ser completamente idénticas.
-Las dos series de lecturas son idénticas -repitió la computadora.
Pritchard se volvió a mirar a Kirk.
-Ya lo ha oído, capitán -comentó con inquietud-. He­mos comparado las lecturas tomadas durante los instantes que la nave tardó en desaparecer con unas lecturas simila­res recogidas cuando una nave romulana activaba su dispositivo de camuflaje. Deberían haberse registrado al menos algunas diferencias.
-Estoy de acuerdo, teniente -replicó Kirk pensativo-. En ningún caso dos acontecimientos del tipo que sea deberían producir dos conjuntos de datos idénticos. Pero, si to­mamos en consideración los problemas que tenemos con los sensores, ¿podemos confiar en las lecturas tomadas ac­tualmente?
Pritchard tragó con dificultad.
-No lo sé, capitán. -Miró nerviosamente las lecturas y luego volvió los ojos hacia Kirk-. El programa del coman­dante Spock sólo indica que hay lecturas anormales. No ha confirmado que ninguna lectura específica, ni ningún con­junto de lecturas, sean verdaderamente erróneos.
-Comprendido, señor Pritchard. Señor Scott...
-¡Capitán! -le interrumpió Sulu-. ¡Han disparado con­tra una de las naves de vigilancia!
Kirk se volvió bruscamente hacia la pantalla frontal.
-¡Máximo aumento!
-Sí, señor.
Durante un momento la pantalla estuvo totalmente cu­bierta por la imagen de una de las naves de vigilancia de as­pecto amenazador, con un agujero de bordes fundidos en el lugar en que había estado uno de los falsos cañones de láser. Después desapareció, la pantalla se encendió con la sobrecarga del estallido y luego disminuyó el aumento has­ta que sólo quedó en su centro un diminuto sol que se apagaba.
-Origen del disparo -ordenó Kirk.
-Es imposible localizar el origen, capitán -informó Sulu-. Pero podría asociarse con un disparo de láser de la nave que acaba de camuflarse.
-¿Me dice que ha disparado sin desactivar el dispositi­vo de camuflaje? ¡Eso es imposible!
-Sería imposible para una nave que utilizara el disposi­tivo romulano, capitán -reconoció Sulu-, pero no sabemos si ese es el caso.
-Capitán -anunció Pritchard-, los sensores han vuel­to a detectar la presencia de la nave.
-No aparece en la pantalla, teniente -le contestó Kirk-. Señor Sulu, compruebe las coordenadas.
-Sí, capitán. -Se produjo una pausa de no más de un segundo-. Coordenadas comprobadas. Sigue sin haber señal...
Abruptamente, la nave desaparecida volvió a hacerse vi­sible, pero no rieló hasta hacerse sólida, como sucedía cuando una nave romulana desactivaba su dispositivo de camuflaje, sino que apareció de manera repentina, como si se hubiese alzado un telón.
-Ha vuelto -comentó Sulu, con la perplejidad claramen­te reflejada en su voz-. Aparentemente sigue un curso de in­tersección con la segunda nave de vigilancia.
Mientras Sulu hablaba, la nave desapareció de la panta­lla una vez más. Un minuto más tarde reapareció, detrás y por encima de la nave de vigilancia. La nave más grande ape­nas había comenzado a volverse para apuntar a la atacante con sus propios cañones de láser cuando estalló y desapare­ció. Momentos más tarde la nave atacante desapareció una vez más.
Una a una, las restantes naves de vigilancia siguieron la suerte de las dos primeras. Una consiguió efectuar un dis­paro, pero fue a parar a más de un kilómetro del blanco pre­visto. Al menos, observó Kirk con el entrecejo fruncido, la nave atacante desactivaba el dispositivo de camuflaje cada vez que disparaba. Aquella primera vez, los aparentes dispa­ros realizados mientras conservaba el camuflaje habían sido seguramente resultado de los problemas todavía sin especi­ficar en los sensores de la propia Enterprise; un pensamien­to que resultaba casi tan inquietante como la posibilidad de que la nave pudiera realmente disparar sus armas mientras mantenía activado el dispositivo de camuflaje.
-Capitán -informó Uhura-, capto una señal. Sólo audi­tiva, electromagnética corriente, no subespacial.
-Pásela a los altavoces, teniente.
Los dedos de la oficial de comunicaciones corrieron apre­suradamente por los controles, un instante después la voz del primer ministro Kaulidren, débil y plagada de sonidos de fon­do, llenó el puente de mando de la nave.
-¿... sucede? Repito, capitán Kirk, ¿qué sucede? ¡Los da­tos que recibimos indican que las naves de vigilancia son ata­cadas y destruidas por una nave o naves que no pueden detectar! ¿Es esto obra suya, capitán? ¿Se ha pasado usted al bando de los terroristas? ¡Exijo que me explique qué sucede!
Kirk reprimió un gemido.
-El primer ministro no es precisamente la persona que yo hubiera elegido para establecer comunicación, pero al me­nos está fuera de la Enterprise. Señor Sulu, llévenos hasta una órbita estándar alrededor de Chyrellka, para que podamos entablar una conversación bilateral y ver si el primer ministro tiene alguna idea nueva.


La mitad de los tripulantes de la lanzadora hablaban a un tiempo, en respuesta al inesperado anuncio de Finney de su pronta vaporización. Mientras Rohgan procuraba resta­blecer algo parecido a la calma, Spock intentaba una vez más ponerse en contacto con la Enterprise a través de su comunicador.
-Sigue sin haber respuesta, señor Finney -declaró. -¡Por supuesto que no la hay! -le contestó Finney, colérico-. Necesita el código correcto... mi código.
« Es muy propio del vulcaniano -pensó-, dar una y otra vez con la cabeza contra una roca en lugar de pedir ayuda.» -¿Un código para hacer qué, señor Finney? -Déme el comunicador y se lo demostraré. Spock lo estudió en silencio durante varios segundos. -El señor Carmody -comentó finalmente- cree que se han... «deshecho de usted», fueron sus palabras, si mal no recuerdo.
Finney se tensó. Si su comandante se llegaba a enterar de que estaba vivo...
-¿Cuándo habló usted con... con el comandante? -Poco antes de recobrar usted el conocimiento. -No le habrá dicho que yo estaba vivo, ¿verdad? -No, me pareció mejor no darle más información de la que ya tenía.
Finney dejó escapar el aliento con un resoplido de alivio y sonrió débil y amargamente.
-De todas formas, habría de haber supuesto que no lo había hecho. En caso contrario, probablemente ya habríamos sido vaporizados. Al comandante no le gusta correr ries­gos innecesarios. Ahora, por favor, déme un comunicador. O, si continúa sin confiar en mí, puedo darle el código para que lo utilice usted mismo. De todas formas, los intervalos con los que se transmiten los dígitos son una parte impor­tante del código, e igualmente importante es la voz que lo dicte.
Spock permaneció en silencio durante unos pocos segun­dos más, sin dejar de estudiar a Finney. Finalmente le entre­gó el comunicador.
-¡Spock! -McCoy miraba al vulcaniano con expresión ceñuda. Los ojos de Finney se agrandaron de sorpresa.
-Proceda, señor Finney -le dijo Spock.
Finney asintió con la cabeza.
-Usted siempre ha sabido cuando puede depositar su confianza en algo, señor Spock -reconoció de mala gana-, ya sea una persona o una computadora.
Tras abrir el comunicador, comenzó a pronunciar, lenta y deliberadamente, una serie aparentemente aleatoria de nú­meros y letras.
Después de más de veinte dígitos, se detuvo. Y esperó.
Repentinamente sintió un nudo en el estómago. ¿Habría cambiado Kelgar el código? Pero, ¿por qué iba a hacerlo? ¿no habían sido más que suficientes todas las otras trampas? ¿Por qué cambiar el propio código, cuando ya había elimi­nado todos los medios por los que ese código podía ser enviado?
A menos que...
Una docena de escenas pasaron fugazmente por la men­te de Finney. Kelgar tenía previsto aislarle desde el princi­pio y había cambiado los códigos hacía mucho tiempo.
O el comandante tenía desde el primer momento la in­tención de traicionarle, en cuanto Finney hubiese acabado de diseñar el programa, lo hubiera instalado y ya no fuera necesario.
O bien, durante la huida, Kelgar no se había dejado en­gañar por la explosión de la nave de vigilancia, aunque no había querido que el comandante supiera que había permi­tido que Finney escapara, razón por la cual le había dicho que se «había deshecho» de él, y luego había cambiado el código para impedir que Finney, asimismo, pudiera cambiar los planes.
Fueran cuales fuesen las razones...
Reprimió el temblor que amenazaba con apoderarse de él y comenzó nuevamente toda la secuencia.

15


Finalmente, el primer ministro apareció en la pantalla frontal de la Enterprise. Su habitual séquito, según ad­virtió Kirk, no se veía por ninguna párte. -¿Tiene alguna idea, primer ministro -comenzó Kirk, antes que Kaulidren tuviera la más mínima oportunidad de hablar-, de por qué no hemos podido ponernos en contacto con nadie, ni por ondas de radio corrientes ni a través del subespacio, desde que usted se marchó de la Enterprise?
Kaulidren parpadeó.
-Si consideramos la velocidad a la que fallaban sus equi­pos antes que me permitiera abandonar su nave, lo que aca­ba de decirme no me sorprende. ¡Sin embargo, sus peque­ñas dificultades no me preocupan en este momento, capitán Kirk! Según todos los indicios, nuestras naves de vigilancia han sido destruidas o inutilizadas. ¡Sólo puedo suponer que Delkondros ha obtenido nueva ayuda de esos klingon de ustedes y en este preciso instante está de camino hacia aquí para completar la destrucción que comenzó hace cuatro años! ¡Exijo saber qué va a hacer usted al respecto!
-¿Qué querría usted que hiciéramos?
-Dios mío, capitán, ¿es que no resulta evidente? ¿Qué más necesita usted? ¡Seguro que esa llamada Primera Direc­triz no le obliga a permanecer de brazos cruzados mientras millares de personas indefensas son asesinadas! ¡Particular­mente, cuando es obvio que esos klingon de ustedes están involucrados e incluso tal vez son directamente responsables! ¡Yo oí que su almirante Brady le decía que tenía usted autoridad para... para hacer cualquier cosa que creyera necesa­ria! ¡Bueno, pues en este momento es necesario que esa nave sea detenida! Es prácticamente seguro que ahora mismo viene de camino hacia Chyrellka. ¡Si el motor que tiene es similar al de las naves que fueron destruidas durante el primer ataque que nos dirigieron, podría estar aquí dentro de po­cas horas! Su objetivo, su primer blanco, será indudablemen­te el mismo que entonces: la fábrica orbital que construye nuestras naves interplanetarias. ¡En ella hay millares de per­sonas, tanto los trabajadores como sus familias y más... mi­llares de personas morirán si no hace usted algo inmedia­tamente!
-En ese caso, le sugiero que comience la evacuación sin pérdida de tiempo, primer ministro.
-¿Evacuación? ¡Imposible! ¡Con nuestras lanzadoras, nos llevará días hacer algo semejante, no horas!
-Nosotros les ayudaremos. Haga que todos los habitan­tes de la fábrica satélite se reúnan en grupos, y proporcióne­nos a nosotros sus coordenadas y las coordenadas de los lu­gares a los que deban ser transferidos; los transportadores de la Enterprise podrán hacer el trabajo en el tiempo que nos queda.
-¿Transportadores? ¿Esas máquinas que le deshacen a uno y luego vuelven a rehacerle? No creo que...
-¿Prefiere que mueran?
-¡Lo que preferiría es que eliminara usted la amenaza que se cierne sobre ellos!
-Si todo lo demás fracasa...
-¡Si éste es un ejemplo de cómo ayuda la Federación a sus miembros, capitán, puedo entender por qué han sido tan pocos los que han tomado la decisión de ingresar en ella! ¡Aun en caso que la evacuación sea un éxito, la fábrica saté­lite será destruida!
-Primer ministro, las coordenadas...
-¡Como usted quiera!
El rostro de Kaulidren se contorsionó con una colérica mueca de desprecio mientras desaparecía bruscamente de la pantalla. Un instante después era reemplazada por uno de sus consejeros habitualmente silenciosos.
-Los pondré en contacto con Bardak -declaró el hombre con aire rígido-. Es el director del satélite. Podrán ex­plicarle a él lo que necesitan.
También él desapareció casi tan bruscamente como lo ha­bía hecho Kaulidren.
Tras realizar un tercer intento con el comunicador, Fin­ney tragó nervioso y levantó los ojos hacia Spock y los de­más que le rodeaban.
-No funciona.
-Tal vez, señor Finney -dijo Spock sin hacer caso del despectivo resoplido del doctor McCoy-, debería usted to­marse el tiempo necesario para explicarnos la situación. Una vez que sepamos lo que usted, el ex comandante Carmody y un número desconocido de klingons han intentado conseguir aquí, en el sistema chyrellkano, tendremos la posibilidad de encontrar una solución para nuestro actual proble­ma, la cual no le resulta clara a usted.
-No existe solución posible si han cambiado el código -declaró Finney, que sacudió la cabeza mientras la familiar expresión de torturada desesperanza volvía a sus ojos-. Sen­cillamente no hay forma alguna de averiguar el nuevo. Y, sin ese código, no hay forma de evitar lo que está a punto de suceder.
-¿Y qué rayos está a punto de suceder, Finney? -le pre­guntó McCoy con aspereza-. ¿Y dentro de cuánto? ¡Y, ya que estamos en ello, no me molestaría lo más mínimo saber por qué va a suceder! ¡A ninguno de nosotros nos molestaría lo más mínimo saber por qué estamos a punto de morir!
Finney hizo una mueca de dolor ante las palabras de McCoy. A través de los párpados bajos vio a los otros, doce­nas de ellos, que le miraban fijamente con unos ojos llenos de miedo e ira. Durante un instante los rostros dieron vuel­tas ante él, anónimos y distantes, extraños todos, incluso los de la docena de hombres que conocía desde hacía tres años.
Hasta que...
Sin previo aviso, una de aquellas caras, una entre la me­dia docena de mujeres jóvenes que estaban a bordo, saltó ha­cia él. Era imposible, pero...
-¿Jamie?
El nombre de su hija escapó de sus labios en un ronco susurro por la garganta repentinamente contraída. Durante un confuso momento la lanzadora desapareció a su alrede­dor y volvió a verse a bordo de la Enterprise hacía tantos años, el sabotaje completado, su venganza a punto de cum­plirse cuando la nave de Kirk comenzase a caer catastrófi­camente de su órbita.
Y entonces había descubierto que Jamie estaba a bordo, llevada hasta la nave por Kirk para que fuese destruida. Y ahora, de alguna forma, aquel hombre la había llevado has­ta aquella lanzadora... aquella...
Sacudió violentamente la cabeza para alejar de sí a toda velocidad aquel rostro imaginado junto con las otras doce­nas de caras. Cerró fuertemente los ojos para protegerse del repentino vértigo que se había apoderado de él.
Varias manos le aferraron por los hombros para impedir que cayera sobre la cubierta, que parecía oscilar bajo sus pies.
-¡Finney! ¿Se encuentra bien?
Era la voz ronca del doctor McCoy que le hería los oídos.
Con temor, abrió los ojos. El rostro del médico estaba a pocos centímetros del suyo propio y le contemplaba con ex­presión ceñuda. Los otros volvían a estar distantes, quietos, en vez de cambiar y ondular como en una pesadilla de vigilia.
El rostro que por un instante había imaginado pertene­ciente a su hija, no se parecía en nada al de Jamie. Había sido una alucinación, se dijo, surgida de aquellas otras pe­sadillas que nunca le habían abandonado del todo.
Pero era la hija de alguien, pensó de pronto, y ese pensa­miento hizo que le invadiera una sensación de realidad que le envolvió más apretadamente de lo que lo había hecho la momentánea alucinación, mucho más que nada en su vida durante muchos años. ¡Todos los que estaban allí, todas esas personas de cuya muerte inminente él era responsable, eran la hija o el hijo o la hermana o el hermano de alguien!
Todas aquellas caras pertenecían a personas reales. Ya ha­bían dejado de ser simples nombres y números de un plan, del juego de venganza que él y el comandante habían traza­do. Excepto a Kirk y los otros enemigos a bordo de la Enterprise, nunca había visto personalmente a ninguna de las per­sonas anónimas atrapadas en su plan, nunca había tenido que mirarlas a los ojos y...
Tragó con dificultad y levantó la mirada, pero volvió a evi­tar los ojos del doctor McCoy.
-De una forma u otra -comenzó a decir-, en algún mo­mento de las próximas horas, la Enterprise destruirá esta nave, probablemente con sus baterías fásicas, posiblemente con un torpedo de fotones.
-¡Eso es una locura! -le espetó McCoy-. ¡Jim nunca dispararía contra una nave desarmada llena de gente!
-Es que él no sabrá que está desarmada, y tampoco sa­brá que hay alguien a bordo.
-¡Eso es una locura todavía más grande! Los sensores de la Enterprise pueden detectar los microorganismos que digieren lo que usted ha comido. ¿Cómo es posible que lle­guen a pasar por alto...?
El médico se interrumpió al recordar cómo, apenas unos minutos antes, la Enterprise se había acercado a pocos kiló­metros de ellos y actuado como si no existieran.
-Los sensores no pasarán nada por alto -le respondió Finney-, pero la computadora no transmitirá a la tripula­ción la información que recojan.
-¿Cómo rayos ha podido...?
McCoy volvió a interrumpirse, ahora, al recordar una vez más la anterior ocasión en la que Finney y el capitán se ha­bían enfrentado, lo comprendió todo.
-¡Usted ha manipulado la computadora! ¡De la misma forma que lo hizo cuando quería condenar a Jim a un conse­jo de guerra! Pero ¿cuándo...? ¿Cómo...?
Finney sacó un objeto del tamaño de una moneda del lu­gar en que había estado firmemente sujeto a su cinturón y se lo tendió al vulcaniano.
-Deje que su sensor le eche una mirada a esto, coman­dante Spock.
-Emite un código que puede ser captado por la compu­tadora -declaró Spock pasados unos segundos-. Supongo que la programación de la computadora ha sido modificada para reconocer este código.
-Lo llevé a cabo hace apenas unas horas, cuando Kauli­dren... Carmody, quiero decir... supongo que deberé acostum­brarme a llamarle así, aunque no será por mucho tiempo... cuando Carmody llegó a bordo de la Enterprise. Yo estaba en la lanzadora que le llevó a bordo, con este uniforme. Ese es el motivo por el que él se negó a utilizar el transportador, la razón por la cual insistió en realizar él mismo la manio­bra de entrada, a fin de poder aparcar la nave cerca de la pared del hangar para proporcionarme una mejor oportuni­dad de salir y entrar sin que nadie me viera. Cuando el guar­dia que Carmody dejó en la lanzadora me hizo una señal para
indicar que el terreno estaba libre, me deslicé al exterior y me encaminé directamente hacia la sala de la computadora. Conocía muy bien el camino. Llevaba el programa en un car­tucho de datos, por lo que me llevó sólo unos segundos introducirlo. Parte del programa, por supuesto, incluía la ins­trucción para que la computadora pasara por alto la exis­tencia de cualquiera que llevase este dispositivo encima. Los sensores detectarían mi presencia, pero la computadora, en el instante mismo en que recibiera la señal que radia este dispositivo, haría caso omiso de mi existencia y ni siquiera grabaría esa información en los bancos de datos.
-¿Y por eso la computadora no le hará saber a nadie que estamos a bordo de esta nave? -le preguntó McCoy.
-No. Eso era sólo para mi propio uso mientras perma­neciera dentro de la Enterprise, sometido a la influencia de los sensores internos. Mi programa no tiene control ningu­no sobre ellos. Esto simplemente me permitió salir de la sala de la computadora y regresar a la lanzadora. Es la informa­ción de los sensores externos, del sistema de armamento, de todos los sistemas que le permiten a la tripulación interactuar con el universo exterior a la Enterprise, lo que está controlado por el programa principal que yo introduje en la computadora. Y, a su vez, ese programa está controlado y vigilado, por la computadora de la nave de Kaulidren... de Carmody, y por el operador de esa computadora. Dejamos un pequeño dispositivo de control anclado a la Enterprise mediante un rayo tractor. Actúa como estación repetidora entre la Enterprise y la nave de Carmody. En realidad, lo que la computa­dora de la Enterprise le muestra a su tripulación es lo que la otra computadora y su operador quieren que les muestre. En todo momento, la computadora de la Enterprise grabará, como lo hace siempre, todo lo que sucede en realidad, como los disparos que derribarán a esta lanzadora en la que nos encontramos. No quedará registro alguno de la estación re­petidora, por supuesto, y cuando todo esto haya acabado, po­dremos... Carmody podrá ordenar las grabaciones a su gus­to, hasta que a cualquiera con medio cerebro le resulte natural que el asesinato de los dos amigos íntimos y compa­ñeros de oficialidad desquició al capitán Kirk y le impulsó a exceder todos los límites de la Primera Directriz para cal­mar su sed de venganza.
-En ese caso, señor Finney, el doctor McCoy estaba en lo cierto -observó Spock- al sugerir que había manipula­do usted la computadora de la Enterprise de una forma si­milar a la que empleó cuando fingió su propia muerte e in­tentó que culparan al capitán Kirk por ello. ¿Fue esa la otra razón que le impulsó a apartarnos al doctor McCoy y a mí de la nave, para evitar que reconociéramos las pautas de lo que pasaba?
Finney casi sonrió.
-En su caso, señor Spock, sí. Carmody temía que la his­toria se repitiera, y probablemente estuviera en lo cierto. Era usted el único de esa gabarra que tenía alguna posibilidad de deducir qué sucedía en realidad.
-No subestime al capitán Kirk, señor Finney -le advir­tió el vulcaniano.
Finney meneó la cabeza.
-Oh, es posible que llegue a percibir que algo anda mal, particularmente ahora que no soy yo quien controla las co­sas, pero no va a tener posibilidad de hacer absolutamente nada al respecto. Kelgar...
Hizo una pausa y sonrió con la boca torcida.
-Kelgar es probablemente quien controla en estos mo­mentos la computadora. Yo le subestimé en el pasado, senci­llamente porque es un klingon, pero ahora ya no lo sé. A mí me hizo una zancadilla con bastante facilidad, me dio una puñalada por la espalda. En cualquier caso, incluso si Kirk llega a comprender lo que ocurre, no podrá hacer nada para solucionarlo, no sin reprogramar virtualmente la totalidad de la computadora. O sin tropezarse por casualidad con el código exacto que iniciará el programa que devolverá a la computadora su funcionamiento normal. No, esta vez no hay absolutamente nada que él pueda hacer. Este no es un pe­queño programa sencillo como el que utilicé en la ocasión anterior. He trabajado en él durante casi dos años. Creo que ni yo mismo podría encontrarlo de no saber con toda preci­sión dónde y cómo buscar. E, incluso en caso que lo descu­briese, ciertamente no podría deshacer sus efectos en el tiem­po que resta, no sin disponer del código.
-Pero, ¿por qué, Finney? -estalló McCoy-. ¿Qué rayos pretendía conseguir usted, por el amor de Dios?
Finney volvió a hacer una mueca dolorosa. «Parecía una idea tan buena en su momento», fue la vieja frase hecha que le pasó por la cabeza. Pero ahora, cuando se veía obligado a pensar en ello, rodeado por aquellas futuras víctimas, ya no se sentía tan seguro. El comandante... Carmody... se ha­bía mostrado convincente y, visto retrospectivamente, bas­tante poco sincero.
-Kirk es quien hizo que le encerraran -le había dicho Carmody-, él habría matado a su hija sin pestañear siquie­ra, sólo para salvar su preciosa Enterprise. Y la Flota Este­lar le respaldó, le dio unas palmadas en la espalda por ha­berle traicionado a usted, en aquella época y en el pasado. Simplemente piense en mi pequeño plan como en una for­ma de devolverles la pelota a los dos, a Kirk y a su preciosa Flota Estelar. Y lo haremos precisamente con el principio rec­tor de sus vidas, su magnífica Primera Directriz.
Saber que iba a trabajar con klingons, que el propio Carmody se había convertido esencialmente en un klingon al mando de un grupo de soldados y científicos klingon, no ha­bía bastado para disuadirle, en el estado en que se encontra­ba entonces.
-Las capacidades son lo que cuenta para nosotros -le había asegurado Carmody-, las capacidades y la lealtad, no ser esclavos de millones de ordenanzas insignificantes, ni de la llamada Primera Directriz, que le atan las manos a un ca­pitán de nave estelar y no permiten que la Federación deje de estar arrodillada y se convierta en una potencia verdade­ramente digna de reconocimiento... como el propio imperio klingon.
Y, finalmente:
-¿Qué les debe usted a la Federación o a la Flota Este­lar, señor Finney? ¡Usted era un oficial mejor que cualquie­ra de los que formaban parte de ella, pero acabó en el mon­tón de los marginados! Conmigo, con los klingon, usted encontrará reconocimiento a sus contribuciones, no la baja del servicio por motivos psiquiátricos y las humillaciones de la terapia obligatoria, y todo por hacer lo que cualquier klingon honorable haría, por buscar la justicia según sus pro­pias convicciones.
Y después, una vez que le hubieron trasladado al siste­ma chyrellkano y le asignaron la identidad de Hargemon, Finney se había dedicado exclusivamente al programa, absolutamente fuera de contacto con todo el mundo, excepto Carmody y Kelgar, además de algunos pocos klingon. Había de­dicado todo su tiempo mental al programa, a su elaboración, su perfeccionamiento, lo comprobó una y otra vez, hasta que finalmente...
-El plan original -dijo abruptamente Finney- era ha­cer que Kirk, o el capitán de cualquier nave que respondiera a la solicitud de ayuda como mediador, disparara contra una nave desarmada, que disparara contra esta nave en la que ahora nos encontramos; y eso es lo que las grabaciones de la computadora de la Enterprise demostrarán que hizo Kirk. La Flota Estelar se verá humillada, pero lo más importante es que en el futuro irán con una cautela aún mayor para pro­curar no volver a violar la Primera Directriz. Según la opi­nión de Carmody, eso le dará una gran ventaja a los klingon. Hará que la Federación se muestre más cautelosa, más te­merosa que hasta ahora de correr riesgos, y eso la hará per­fectamente vulnerable a un desafío por parte de los klingon... un desafío que Carmody tenía planeado dirigir él mismo.
-¿Y por qué decidió usted echarse atrás, entonces? -le preguntó McCoy con desprecio-. ¿Es que cambió repenti­namente de idea?
Finney negó con la cabeza.
-Ojalá pudiera decir que lo hice, pero...
Con el rostro contorsionado por una mueca de ironía, prosiguió con la explicación de cómo había descubierto los cam­bios realizados por Kelgar, o por Kelgar y Carmody de co­mún acuerdo.
-Ellos creían que ya no me necesitaban, así que pasé a ser prescindible. Cuando descubrí lo que habían hecho, me condené sin remedio. Pero también advertí -se apresuró a agregar- que, a causa de esos cambios realizados en mi pro­grama, cuando otra nave estelar acudiese a investigar lo su­cedido e intentara rescatar las grabaciones de la computa­dora de la Enterprise, ese programa sería recogido junto con el resto de la información y transmitiría a cualquier compu­tadora en la que lo insertaran todo lo que llevaba dentro. En cuestión de pocos años, podría estar absolutamente en to­das las computadoras de la Flota Estelar.
-Momento en que -Spock continuó el razonamiento cuando Finney guardó silencio- las naves klingon podrían penetrar en el espacio de la Federación cuando quisieran, puesto que controlarían lo que las naves de la Federación cap­taran y las destruirían a su voluntad.
Con la cabeza baja, Finney asintió.
-No veo qué puede detenerles a estas alturas.

16


Con un aspecto muy parecido al de una gigantesca co­lonia O'Neil, la fábrica satélite de Chyrellka llenó la pantalla frontal de la Enterprise.
-¿Cuántas personas hay, señor Pritchard? –preguntó Kirk.
Aproximadamente nueve mil, capitán. Casi todas están ya reunidas en las coordenadas especificadas.
-Deberemos transferirlas a la superficie del planeta con la misma velocidad con que las traeremos a bordo... la nave no podrá dar cabida a tanta gente. Inicie el transporte, ofi­cial -ordenó Kirk-. Yo me encargaré de ver qué podemos hacer con los rezagados.
-Sí, capitán -le respondió por el intercomunicador la voz del oficial que se encontraba en la sala de controles del transportador de carga.
-Capitán -intervino Uhura-, el director Bardak está...
-A pantalla, teniente.
Un instante más tarde, el calvo oficial reemplazó la ima­gen del satélite.
-¿Qué sucede, señor Bardak?
El director tragó con nerviosismo.
-Lo lamento, capitán, pero aún quedan algunos que se niegan a cooperar. Ellos dicen... dicen que prefieren los peli­gros de los terroristas a los de su transportador.
Kirk reprimió una mueca.
-Sabíamos que había algunos rezagados, pero no que permanecían por voluntad propia lejos de las coordenadas. Vuelva a insistir.
-Lo haré, pero... ¿no hay alguna forma de que usted pue­da recogerlos de todos modos?
-Necesitamos las coordenadas precisas en las que se en­cuentran, con el fin de poder centrar el transportador sobre ellos. Sin esos datos... aún quedaría una posibilidad, Bardak. Si tuviéramos tiempo suficiente, podríamos transferir algu­nos de nuestros tripulantes a las coordenadas cercanas, con comunicadores extra. ¿Cree que su gente se resistiría física­mente a mis tripulantes?
-No lo sé con total seguridad, capitán, pero sospecho que al menos algunos de ellos sí lo harían. Incluso los que se han reunido aquí abajo, como han pedido, están nerviosos. Todos hemos tenido noticia de los problemas de funcionamiento o sabotaje que sufre su nave, así que aquellos de nosotros que normalmente no se preocuparían en lo más mínimo por la experiencia de ser transportados...
-Lo comprendo, señor director, pero, si el primer minis­tro Kaulidren está en lo cierto, la alternativa que tienen es una muerte prácticamente segura.
-Ya lo sé. Les he explicado eso a todos los que están aquí, pero no es suficiente para ellos.
Kirk suspiró.
-¿Qué me dice de sus propias lanzadoras? Una vez que yo haya sacado de ahí a todos los demás, ¿podrían esas lan­zadoras transportar a los rezagados?
-Por supuesto, capitán, pero no hay ninguna necesidad de esperar. Nuestras lanzadoras...
-No -le interrumpió Kirk-. Según lo que dicen usted y Kaulidren, si las lanzadoras comenzaran a sacar gente del satélite, todos los demás querrían marchar por ese mismo medio y tendríamos que recomenzar el proceso de persua­sión desde el principio. Mantenga sus lanzadoras a la espe­ra, pero...
-¡Capitán! -irrumpió la penetrante voz del jefe de la sala del transportador-. ¿Ha comprobado usted si nos han dado correctamente las coordenadas en las que se encuentra la gente que hemos de transportar?
-Coinciden perfectamente con las lecturas de nuestros sensores... ¿no es así, señor Pritchard?
-Así es, capitán.
-Entonces es el transportador el que no funciona bien, señor. No puedo centrarlo en nadie. En esas coordenadas, mis instrumentos sólo detectan un espacio vacío.
-¿Ha comprobado...?
-¡He comprobado absolutamente todo lo que puede com­probarse sin desmontar completamente el sistema del trans­portador, capitán!
-Señor Scott...
-Sí, capitán -respondió instantáneamente la acongoja­da voz del ingeniero-, dos de mis hombres van hacia allí.
-Gracias, señor Scott, pero también quería un informe sobre el estado de los generadores de nuestros escudos.
-Todos operan al ciento por ciento, capitán. Al menos has­ta donde yo sé.
-No parece usted demasiado seguro, Scotty.
-Así es, capitán, no lo estoy. ¿Lo estaría usted? ¡Hace diez horas no habría creído que nada de esto fuese posible, por no hablar de todo al mismo tiempo!
-Comprendido. Sé que sigue usted con el asunto. Kirk se volvió a mirar la pantalla, en la que todavía se veía el rostro de Bardak.
-¿Qué sucede, capitán? -preguntó abruptamente el di­rector cuando los ojos de Kirk se encontraron con los suyos-. He oído algo respecto a que las coordenadas...
-¿Es posible que nos hayan transmitido las coordenadas erróneas del punto de reunión?
-No veo cómo. Acabo de comprobarlas otra vez y...
-Notifique a su gente que al parecer no podremos trans­portarlos a la superficie. Dígales que permanezcan a la es­pera, que no abandonen las coordenadas, por si lográramos solucionar el problema. Entre tanto, la Enterprise se acerca­rá más al satélite y extenderá sus escudos para englobarlo completamente.
«Siempre y cuando el sistema de dirección no falle tam­bién -pensó Kirk sin poder evitarlo-, «y en lugar de eso nos estrellemos contra el satélite.»
Todos los tripulantes permanecieron en silencio durante varios segundos, una vez que Finney acabó de relatar su hui­da de la nave de Carmody.
-¿Cuán detallado fue el análisis que realizó usted y que le llevó a descubrir los cambios introducidos por Kelgar en su programa, señor Finney? -le preguntó el vulcaniano.
-Muy, muy detallado. De otra forma, no habría podido descubrir ninguna anomalía.
-Si alguien cambió su código antes de ese momento, di­cho cambio ha debido estar incluido en su análisis, ¿no es verdad?
-Sí, supongo que sí, pero...
-Y el propio código podría ser determinado a partir de ese análisis que usted llevó a cabo.
-Tal vez sí, si tuviéramos aquí la grabación completa del análisis. -Finney negó con la cabeza mientras una amarga mueca le torcía los labios-. No tuve tiempo suficiente para imprimir un listado y llevármelo.
-Quizá no, señor Finney, pero, según lo que nos ha con­tado, usted no apartó sus ojos de la pantalla mientras duró el análisis.
-¡Por supuesto! En caso contrario...
-En ese caso, lo único que nos hace falta es acceder al recuerdo de lo que observó entonces.
Finney parpadeó y luego negó con la cabeza.
-Mi memoria es buena, pero no tanto. Es usted quien tie­ne una memoria fotográfica, no yo.
-Usted fue capaz de reconstruir la secuencia de datos que le permitió hallar la orden que abrió la puerta y posibi­litó su huida.
-¡Eso sucedió sólo segundos después de verla, no horas más tarde! ¡Y además tenía la computadora para trabajar, para reconstruir la secuencia y cambiarla hasta que conse­guí obtener la correcta!
-Lo cual, según lo que acaba de decirnos, lo consiguió en cuestión de segundos.
Finney profirió una risa áspera y carente de humor.
-Realmente no tenía ninguna alternativa en aquel mo­mento, señor Spock.
-Y tampoco la tiene ahora, señor Finney, si es que desea sobrevivir. Si desea que sobreviva la Federación.
-¡Si desea sobrevivir treinta segundos más, señor Fin­ney, o como demonios quiera que se llame usted, y olvídese de las próximas horas -le espetó un hombre fornido de me­diana edad mientras se le acercaba a una distancia amena­zadoramente corta-, hará lo que le digan que haga! ¡Ahora!
Durante los diez minutos siguientes, Finney estrujó su me­moria, pero sin éxito alguno. Cuanto más intentaba concentrarse, cuanto más ahínco ponía en reconstruir mentalmen­te las imágenes velozmente cambiantes de la pantalla de la computadora, más parecían alejarse de él esas imágenes.
-No resultará -se lamentó al fin, y se dejó caer pesada­mente-. No puedo recordarlo.
-Se lo he advertido... -comenzó a decir el hombre for­nido, pero, antes que pudiese continuar, Spock se interpuso entre los dos y contuvo con facilidad al que avanzaba.
-Existe otra posibilidad -declaró el vulcaniano mien­tras se volvía a mirar a Finney-. Señor Finney, usted está familiarizado con las disciplinas mentales vulcanianas.
-Estoy enterado de su existencia, sí, pero no sé qué son, al menos no con exactitud; y desde luego no podría apren­derlas en las próximas dos horas, aunque resultase concebi­ble que me ayudaran a recordar esos datos.
-No pretendo que haga algo semejante, señor Finney. Lo que sugiero es que, con la cooperación de usted, sus recuer­dos podrían resultar directamente accesibles para mí. En­tre los dos podríamos conseguirlo.
McCoy, con expresión ceñuda, se volvió a mirar a Spock.
-¿Habla usted de fusión mental... con este tipo?
-¿Le negaría usted el tratamiento médico, doctor?
-Por supuesto que no, por tentador que pudiera resul­tarme hacerlo, pero...
-No se preocupe usted, doctor McCoy. La experiencia no es nunca agradable en sí misma, así que poco añade la natu­raleza del compañero del momento y no puede permitirse, en ningún caso, que ésta me impida realizar los esfuerzos que requiere un asunto tan urgente e importante como éste.
Spock se volvió para mirar a Finney.
-Señor Finney, le pido que no se resista.
Finney retrocedió.
-Ya he oído hablar de ese truco telepático que emplea usted. Lo que quiere hacer es... meterse dentro de mi mente.
-Se trata de algo más complejo que eso, señor Finney, pero puede pensar en el proceso en esos términos, si le pla­ce. Nuestras mentes, si yo tengo éxito, se fundirán la una con la otra. Nuestros pensamientos, en condiciones ideales, no podrán diferenciarse, como si nuestras mentes fuesen una sola.
La voz de Spock era tan serena y racional como siempre; su expresión igualmente reservada, pero al observar McCoy el rostro del vulcaniano pudo ver en sus ojos -o creyó verlo­un atisbo del sufrimiento que se le avecinaba. La fusión mental implicaba una mezcla absoluta de la psique, del yo de dos personas; era una rotura de las barreras levantadas a lo lar­go de toda una vida.
Finney tragó sonoramente.
-¿No hay nada más que pueda usted intentar?
-¡Si lo hubiera, ya lo habríamos intentado! -le contes­tó McCoy con irritación, y luego le hizo un gesto al hombre fornido que había amenazado a Finney. Los dos se coloca­ron a ambos lados de éste, que lanzó miradas a uno y al otro y luego, tras respirar profundamente, cerró los ojos y espe­ró; la piel empapada en sudor se estremeció de pronto con una dolorosa hipersensibilidad que hizo que la tela del uni­forme pareciera de lija.
Incapaz de evitar completamente los temblores de su cuerpo, que se rebelaba con cada fibra, Finney aguardó in­defenso la invasión de su mente. Todos los sonidos parecie­ron desvanecerse, excepto el raspar de las suelas de las bo­tas de Spock cuando avanzó hacia él, el sonido de la respiración del vulcaniano cuando se detuvo a pocos centí­metros de distancia y el latir desesperado de su propio cora­zón que hacía golpear su pecho contra la tela que lo cubría.
El sonido de la respiración de Spock se detuvo un mo­mento, luego siguió una inspiración profunda... y el contac­to de una palma sobre su frente, los dedos del vulcaniano que le aferraban las sienes y la coronilla.
Al principio no hubo nada más que el contacto físico, y Finney pensó: «No funciona. Estoy a salvo. Todos moriremos, pero yo estoy a salvo».
Durante lo que parecieron minutos, la misma frase se re­pitió una y otra vez como una letanía, mientras el corazón de Finney proseguía con sus acelerados latidos y la piel per­manecía dolorida bajo el tacto de lija del uniforme que la cubría.
Pero después, sin previo aviso, una ola de tristeza le inva­dió completamente, una tristeza tan intensa que por debajo de sus párpados cerrados comenzaron a manar lágrimas.
«¡No me pertenece! -gritó su mente-. ¡No me pertenece! »
Pero un instante más tarde supo que sí le pertenecía. En aquel momento le pertenecía, era algo con lo que él había vivido, algo que había controlado y contenido durante la ma­yor parte de su vida adulta, y ahora se preguntaba cómo ha­bía podido hacerlo sin que su mente se rompiera en mil pe­dazos de dolor. Pero su mente sí que se había hecho añicos cuando su hija...
¡No! Esa era otra mente, otra angustia, una que él no ha­bía podido controlar ni contener, aunque en aquel preciso momento advertía que en realidad era algo trivial, compara­da con esa otra tristeza que acababa de salir de la nada para empaparlo con su dolor, aunque ahora se transformaban en dos cosas indistinguibles, a medida que la traición de Kirk se convertía en amistad y lealtad de toda una vida y después, una fracción de segundo más tarde, una nueva revelación del rostro del traidor/amigo -la imagen común en ambos dolores- comenzó a girar ante él y precipitó sus pensamientos en una mezcla caleidoscópica de odio y lealtad, y fue incapaz de concentrarse en nada más hasta que Kirk pareció es­tar físicamente ante él, a punto de traicionarle/ofrecerle su amistad una vez más.
Al echarse hacia atrás, sintió que los dedos de Spock le aferraban las sienes con más fuerza. Incapaz de zafarse, sólo pudo permanecer de pie y aguantar la experiencia, mientras se maravillaba ante la intensidad de aquellas sensaciones hasta que, finalmente...
Una voz.
Desde el interior del doble dolor le llegó una voz que ha­blaba lentamente, con precisión, y calmaba de alguna forma todo aquel dolor, que se elevaba por encima del mismo, mien­tras él se hundía más en sus profundidades. Con paciencia y estoicismo infinitos, comenzó a guiarle hacia atrás desde el momento presente, lo hizo retroceder hasta su repentino despertar, el choque de la lanzadora, la destrucción de la nave de vigilancia, la huida de la nave del comandante, el descu­brimiento de...
« ¡Ahí está! », dijo en silencio la voz que surgió del ondeante mar de dolor, la imagen de la pantalla de la computadora, tras sus párpados aún cerrados. « ¡Ahí está lo que buscamos! »

17


Entrar en el camarote de Spock era como salir del transportador en un mundo alienígena. El brusco cambio de temperatura al calor desértico arrancó un involuntario grito ahogado de la garganta de Kirk, la som­bría iluminación de tonalidad rojiza le hizo imaginarse mo­mentáneamente que una película transparente de sangre le velaba la visión. Habitualmente, en atención a la comodidad de sus visitantes, Spock mantenía en sus dependencias unas condiciones más afines a las del planeta Tierra, pero duran­te los últimos días a bordo, mientras intentaba conseguir que germinaran unas semillas de una planta vulcaniana semejante a los cactos...
En aquellas condiciones de «normalidad vulcaniana», pensó Kirk mientras la puerta se cerraba a sus espaldas con un siseo, la habitación proporcionaba una visión de la autén­tica naturaleza de Spock, más que cualquier cosa que él hu­biese visto antes. Más que su lógica vulcaniana, más que su hábito de dormir con los ojos completamente abiertos, más que sus orejas puntiagudas y el color verde de su sangre, aquella habitación hacía que Kirk adquiriera consciencia de los orígenes no humanos de su primer oficial, de su verda­dera condición de alienígena.
Pero también le recordaba su fortaleza y su dedicación, no sólo a Jim Kirk sino a la Flota Estelar y la Federación. Para Spock, el puente de mando, la totalidad de la Enterprise -excepto aquel refugio raras veces utilizado por él-, ha­bía sido un mundo alienígena, con luces duras y excesiva­mente brillantes, temperaturas gélidas, con habitantes ilógicos y frecuentemente salvajes.
Y sin embargo, con plena consciencia del entorno físico y psicológico que debería soportar, había escogido estar en él. Y había permanecido fiel, tanto a esa elección como a sí mismo, a pesar de las presiones externas e internas que le impulsaban a hacer lo contrario. La presión constante para que «fuera más humano», a la que el propio Kirk había con­tribuido con frecuencia. La presión, imposible de mitigar, aunque no expresada con palabras, para que siguiera el ca­mino vulcaniano, un camino que Sarek había trazado para el único hijo que tenía con Amanda. Habría sido tremendamente más sencillo, muchísimo menos doloroso, tanto físi­ca como emocionalmente, haberse sometido a los deseos de Sarek.
Pero Spock no lo había hecho. Había elegido permanecer en la Flota Estelar y arriesgó su vida en innumerables oca­siones para servirla. Incluso había arriesgado su honor, algo que para él tenía más importancia que su propia vida, pero menos que la lealtad hacia quienes le eran leales. Cosas to­das ellas que había demostrado más allá de cualquier duda en numerosas circunstancias, pero nunca con mayor clari­dad que en aquel viaje final a Talos IV con su amigo y mentor, Christopher Pike.
Con el rostro contorsionado por una mueca, Kirk se enjugó el sudor de la frente y los ojos. ¿Por qué demonios ha­bía acudido allí? En aquella habitación no había nada que pudiera ayudarles en la apurada situación en que se halla­ban. Fuera cual fuese el programa de diagnóstico con el que Spock hubiese experimentado en la terminal de su camaro­te, sería accesible desde el puente o desde cualquiera de los centenares de otras terminales que había por toda la nave.
Y los especiales conocimientos de Spock, la afinidad casi simbiótica que tenía con la computadora... eso ciertamente no estaría allí. Aquello había desaparecido con Spock. No era algo que uno pudiese esperar que fuera «absorbido» de su entorno anterior, por mucho que Kirk lo desease posible. Se trataba de algo que Spock había desarrollado durante déca­das de disciplina vulcaniana y negación del propio yo. No era algo que él pudiese dejarle como «herencia» a otra persona, ni siquiera algo que pudiese enseñarle, excepto en su forma más rudimentaria.
No, debía regresar al puente, cuya situación aparecía re­flejada en las pantallas constantemente analizada en las in­contables lecturas. No tenía absolutamente ninguna razón para estar allí, sudando su pesar... ¿su sensación de culpabi­lidad... por no haber investigado más a fondo antes de per­mitir que Spock y Bones descendieran a la superficie de Vancadia? Lo único que habría hecho falta, según comprendía ahora, eran unas pocas preguntas correctas. Puede que no hubiera conseguido enterarse de la existencia del escudo, pero al menos habría podido tener noticia de los otros in­ventos, e intuir la posible intervención de fuerzas ajenas a aquel planeta.
-¡Capitán! -Aquella sola palabra estalló a través del in­tercomunicador e hizo añicos los pensamientos de Kirk.
-Aquí Kirk -replicó rápidamente-. ¿Qué sucede?
-¡La nave rebelde acaba de desactivar el dispositivo de camuflaje, capitán -exclamó la voz de Sulu-, y se desplaza en una línea de intersección con el satélite! ¡Sólo quedan treinta minutos para que el satélite esté en el radio de alcan­ce de los cañones de láser de la nave!
-Mantenga nuestros escudos a la máxima potencia, se­ñor Sulu. Señor Pritchard, obtenga una segunda lectura de las armas mientras aún tenemos oportunidad de hacerlo. Compruebe si se ha producido algún cambio desde la últi­ma vez.
-Ya lo he hecho, señor -le respondió instantáneamente la voz del teniente Pritchard-. Las lecturas de las armas no se han modificado; aún no he recogido indicio alguno de for­mas de vida.
-Las formas de vida desaparecidas. Efectúe más son­deos, teniente, y no deje de hacer funcionar el programa de diagnóstico del señor Spock.
-Sí, señor.
-Capitán -intervino la voz de Uhura-, el primer mi­nistro...
-Quiere volver a pedirme que destroce la nave en peda­citos -le contestó secamente Kirk-. Dígale que, a menos que disponga de alguna información nueva, hablaré con él cuan­do tenga tiempo para hacerlo.
Tras soltar el botón del intercomunicador a mitad del acu­se de recibo de Uhura, el capitán de la Enterprise parpadeó cuando se abrieron las puertas del camarote y las luces del corredor, de un brillo excesivo tras los minutos pasados en la habitación de Spock, casi le cegaron. Mientras corría ha­cia el turboascensor, el escalofrío espiritual de momentos antes se hizo repentina e incómodamente real porque el aire del pasillo, veinte grados más frío, le evaporaba la humedad de la piel.
-¿Qué sucede, doctor? -preguntó Rohgan. El vancadiano se hallaba al lado, prácticamente encima mismo, de Spock y Finney, que se encontraban sentados en dos de los asientos de la cabina del piloto, uno frente al otro, silenciosos y aparentemente ajenos a lo que les rodeaba. Ya llevaban en ese estado casi una hora, mientras las manos del vulcaniano rodeaban la cabeza de Finney-. ¿Cuándo sabremos si eso dará resultado?
Aunque Rohgan intentaba ocultarla, en la voz del científico había una nota de ansiedad que a McCoy no le gustó. Si Rohgan perdía los estribos y se dejaba invadir por el pánico, arrastraría consigo a toda la tripulación de la lanzado­ra. Era lo último que necesitaban en aquel momento.
-Escuche, profesor -comenzó McCoy, que le tomó del brazo y le alejó de los dos hombres sentados-. Spock conse­guirá obtener la información que necesitamos... hace falta tiempo para penetrar profundamente en la mente de un hom­bre, eso es todo. Lo principal que nosotros tenemos que ha­cer ahora -se llevó un dedo a los labios y simultáneamente bajó la voz- es asegurarnos de no romper la fusión mental que realizan.
«Por supuesto -pensó McCoy-, el volumen con que ha­blemos probablemente no afectará en lo más mínimo esa fu­sión mental, pero al menos ayudará a que Rohgan conserve la calma.»
Rohgan asintió con la cabeza.
-Lo comprendo, doctor McCoy. Pero es muy frustrante permanecer inactivo, impotente, sin poder hacer nada.
McCoy simpatizaba con los sentimientos del profesor. A lo largo de su carrera se había visto forzado a esperar mien­tras tenía lugar aquel mismo proceso... y, a decir verdad, en aquel instante esperaba que a Kirk se le ocurriera algo casi tanto como contaba con que Spock tuviese éxito. Nunca an­tes había sabido que el vulcaniano pudiera conseguir extraer una información tan específica mediante una fusión mental.
-¡En ese caso, no nos quedemos inactivos, impotentes, mientras se acerca nuestra muerte! -gritó de pronto una de las pasajeras, una mujer de estatura baja y expresión apa­sionada-. Intentemos hacernos nosotros mismos con el con­trol de la nave, hagámosla virar...
-¿Con todas las trampas que probablemente nos han puesto los klingon? -la interrumpió McCoy con una sacu­dida de la cabeza-. No lo conseguiríamos. Sólo moriríamos más rápido.
-¡Debe haber algo que podamos hacer! -exclamó otro pasajero con frustración.
-Ya han oído al doctor McCoy -intervino Rohgan-. Nuestra mejor posibilidad, nuestra única posibilidad, es aguardar a que el señor Spock consiga localizar la informa­ción que necesitamos.
-¡Yo digo que hemos de arriesgarnos y tratar de recupe­rar el control de la nave! -insistió la mujer-. De todas for­mas, ¿quién sabe si esta gente de la Federación es de fiar?
-¿Qué otra elección nos queda? -le preguntó el profe­sor mientras avanzaba hasta que las puntas de sus pies casi tocaron las de la pasajera rebelde-. ¡Escuchaos a vosotros mismos! ¿Habéis olvidado que somos científicos, que la ra­zón misma de la existencia de esta nave es la de prevenir el tipo de riñas a las que estáis ahora entregados?
La mujer permaneció inmóvil durante un momento y miró con ferocidad, primero a Rohgan y luego a McCoy. Finalmente asintió con un movimiento de cabeza y se retiró a la zona de la tripulación, junto con el grupo que se había reunido de­trás de ella.
McCoy le dirigió a Rohgan una mirada de gratitud.
-Gracias. Considero muy probable que me haya salvado la vida una vez más.
-A su disposición, doctor -replicó Rohgan mientras se­ñalaba a Spock y Finney con un gesto de la cabeza. Cuando habló esta vez, no intentó disimular su preocupación-. Sólo espero que su amigo pueda devolverme el favor.


Durante lo que a Finney le parecieron horas, la imagen de la pantalla de la computadora onduló ante él, demasiado borrosa a causa del recién descubierto dolor como para que pudiese verla con claridad, pero fijada allí por aquella otra mente que, cuando intentaba examinarla, era de alguna ma­nera la suya propia. Las líneas de códigos también danza­ban y describían piruetas en la periferia de su cerebro: re­cuerdos de proyectos similares, el trabajo de toda una vida pasada...
Durante todo ese tiempo, la voz no dejaba de insistir, le instaba a ignorar la intensidad terrible de aquel dolor, a mi­rar más detenidamente la imagen que tenía ante sí, a recor­dar lo que había visto. Implacable, lógica, la voz insistía una y otra vez, sin detenerse nunca, sin hacer siquiera una pausa.
Hasta que...
Abruptamente, la imagen se aclaró. Una parte de su men­te, de la mente de ellos, pudo, finalmente, enfocarla y le re­cordó que si él no se concentraba, si no extraía significado alguno de la rielante pantalla de símbolos, él, así como todos los que estaban a bordo de la nave junto con él, morirían.
Pero reparó en que aquella era una imagen de la pantalla en un momento cercano al final del análisis. Si la informa­ción necesaria para reconstruir el código de acceso alterado estaba en alguna parte del análisis, se encontraría al princi­pio, no al final, y luego sintió que él mismo asentía ante aquel pensamiento.
La pantalla previa; era allí donde había descubierto final­mente la naturaleza de los cambios que Kelgar había introducido en el programa, y sintió que otra parte de sí mismo asentía nuevamente, como si leyera por encima de su hom­bro, no a través de sus propios ojos.
Lentamente, una imagen por vez, él/ellos retrocedieron, cada una de las imágenes era aparentemente más nítida que la anterior. Un fragmento aquí, una línea allá... Kelgar había escondido bien los cambios, había mantenido el código den­tro de la máxima simplicidad posible para que una mirada casual no percibiera alteración ninguna. Finalmente, consi­guieron toda la información necesaria.
Pero debía ser extraída, interpretada y reconstruida. Se­ría como rescatar un puñado de palabras de una hoja de pa­pel escrito mediante un sistema de análisis en el cual las pa­labras eran uno de los cien elementos analizados: la forma en que las formas de las letras estaban complejamente en­tretejidas con el contenido químico de la tinta de cada letra,
la forma en que esa tinta reaccionaba al contacto con el pa­pel, el grosor y la textura de la superficie del papel, y otros incontables detalles.
Pero la información estaba allí, debía estar. Lenta y meti­culosamente, él... ellos... comenzaron el proceso de extracción.

18


Una vez comprobado todo lo que podía comprobarse, Kirk le indicó a Uhura con un gesto que pasara a Kaulidren a la pantalla frontal del puente. -¡En el nombre de Dios, capitán! ¿Puede saberse a qué
espera? -casi le gritó la imagen a Kirk en el preciso momento en que apareció ante él.
-Tenemos a su satélite en el interior de nuestros escudos deflectores, primer ministro. Resistirán indefinidamente los rayos láser de la nave que se aproxima.
-Pero, ¿qué sucederá si fallan? ¡Su llamado transporta­dor ha fallado ya! ¡Su radio subespacial también ha fallado! ¡Y sabe Dios qué más ha fallado y usted no se ha moles­tado en comunicarme! Si quieren arriesgar sus propias vidas confiando en sus evidentemente poco fiables artilugios de la Federación, es asunto suyo, pero ahora arriesgan también nuestras vidas. Capitán, hay más de nueve mil hombres, mu­jeres y niños en ese satélite, y usted mismo ha dicho que en esa nave rebelde no había nada excepto armas... ¡armas que acabarán con todas esas vidas, a menos que usted detenga la nave, ahora!
-Lo tendremos presente, primer ministro.
-¡Haga algo más que tenerlo presente, capitán! ¡Haga algo al respecto! ¡Antes de que sea demasiado tarde!
-Haré lo que pueda, primer ministro -le contestó Kirk mientras le indicaba silenciosamente a Uhura que cortara la conexión. Cuando el rostro del primer ministro desapare­ció de la pantalla, Kirk pulsó el botón de comunicación con ingeniería.
-Señor Scott, ¿ha conseguido algún progreso... en algo?
-Nada que pueda detectarse, capitán -le respondió la voz del comandante Scott, auténticamente furibunda-. ¡He­mos desmontado completamente otra docena de sensores, pero no hay en ninguno de ellos ni una sola condenada ave­ría! Mis hombres han examinado el transportador de carga hasta donde es posible sin desmontarlo pieza por pieza, pero los resultados revelan que está en un estado tan perfecto como los sensores. ¡La única pequeña dificultad es que no sirve para transportar absolutamente nada!
Kirk guardó silencio durante un momento.
-No comience a desmontar el transportador, Scotty, al menos no de momento. Y no reemplace ningún otro sensor.
-Sí, capitán, pero qué...
-Es obvio que no llegaremos a ninguna parte con la com­probación de los sistemas después de su fallo, así que comen­cemos por comprobarlos antes que dejen de funcionar. Re­vise todo lo que pueda, tan minuciosamente como le sea posible... los escudos, los motores de impulso, los motores hiperespaciales, absolutamente todo. Si falla alguna otra cosa, y si usted la observa en el momento en que falle, quizá pueda averiguar algo.
-Sí, capitán, tal vez tenga usted razón, pero yo no apos­taría nada por ello.
«Todavía piensa que podría deberse a la influencia de los organianos», pensó Kirk, pero lo único que dijo fue:
-Si hay alguna cosa que pueda averiguarse, Scotty, us­ted es el único adecuado para averiguarla.
Al volverse hacia la pantalla frontal, Kirk advirtió que la nave que se aproximaba ya era visible en su centro.
-¿Algún indicio de por qué ha decidido desactivar el dis­positivo de camuflaje ahora, señor Pritchard, en lugar de es­perar hasta que tuviese al satélite en el radio de alcance de los cañones láser? ¿Sobrecarga energética? ¿Alguna clase de fallo?
-Nada, capitán. Pero las lecturas realizadas por los sen­sores en el momento de desactivarse el dispositivo de camu­flaje eran idénticas a las anteriores... e idénticas a las de la nave romulana recogidas hace algunos años.
-¿Y el programa de diagnóstico del señor Spock? ¿Toda­vía informa de anomalías indefinidas e ilocalizables?
-Sí, señor. -Pritchard se inclinó hacia adelante para es­tudiar las lecturas que cambiaban constantemente-. No se detiene nunca. He realizado un par de modificaciones me­nores en el programa, pero...
Pritchard se tensó bruscamente.
-¡Capitán! ¡Una serie completamente nueva... están por todas partes!
-¿Se refiere a lecturas anómalas de los sensores?
-¡Sí, señor, docenas de ellas! Pero el programa continúa sin poder...
-¡Capitán! -interrumpió Sulu con una exclamación-. ¡Los escudos fallan!
Kirk se volvió rápidamente hacia la pantalla frontal. -¿Qué ha sucedido, señor Sulu? ¿Lo ha provocado algo que haya hecho esa nave?
-No hay ninguna relación obvia, señor. -Los dedos de Sulu pulsaron una serie de controles mientras sus ojos re­gistraban los resultados-. ¡Sencillamente... fallan! ¡Por mu­cha energía que derivo hacia ellos, los escudos continúan de­cayendo!
-¡Scotty! Los escudos...
-Sí, capitán, ya lo sé. ¡La energía todavía entra en esos generadores, no puedo encontrar nada que funcione mal en ellos, pero los escudos decaen!
-¿Cuánto tiempo falta para que queden completamente desactivados?
-A este paso, no más de cinco minutos.
-Haga lo que pueda, señor Scott. Señor Pritchard, esas lecturas anómalas... han coincidido con el comienzo del fa­llo en los escudos, ¿no es así?
-Eso es lo que parece, capitán, pero ahora han descen­dido hasta.... bueno, hasta un nivel en el que ya he comenza­do a pensar como nivel de fondo «normal».
-¿Ha podido detectar alguna pauta? ¿Cualquier cosa?
-Sólo que se produjo una inundación de ellas, todas al mismo tiempo, señor; y cuando el programa dio marcha atrás para analizarlas... -Pritchard sacudió la cabeza con un ges­to de frustración-. Lo mismo que hemos hablado antes, se­ñor. La única pauta es que todo discurre como si la propia computadora le ocultase deliberadamente información al programa. Y en el caso presente... bueno, ya sé que quizá sea una analogía equívoca, pero casi podríamos decir que el pro­grama captó esa nueva sarta de anomalías por el rabillo del
ojo mientras tenía la atención centrada en otra cosa, y cuan­do se volvió para mirarlas directamente, las anomalías ha­bían desaparecido. Todas las comprobaciones dieron resul­tados de perfecto funcionamiento.
-Pero los escudos se desactivan a nuestro alrededor.
-Correcto, señor, los escudos se desactivan.
-Eso no puede ser una coincidencia -exclamó Kirk­Señor Scott, ¿vio usted algo desde su terminal de ingeniería, cualquier cosa, cuando comenzó esto?
-Ni una sola, capitán. Ninguno de los monitores parpa­deó siquiera. Y todavía no lo han hecho. Según todo lo que puedo ver desde aquí abajo, los generadores producen la mis­ma energía que antes. Incluso más, ahora que el señor Sulu intenta compensar los escudos.
Kirk sacudió la cabeza con frustración.
-Lo que me dice usted, señor Scott, es lo mismo que me asegura el señor Pritchard... se trata de un imposible, pero que de todas formas ocurre.
-Sí, capitán, yo mismo no podría haberlo expresado mejor.
«Imposible -volvió a resonar el pensamiento en la cabe­za de Kirk-, pero de todas formas está sucediendo.»
Y entonces, al parecer procedente de la nada, le llegó un segundo pensamiento: «Tan imposible como lo sucedido aquella otra vez, en que el registro de la computadora demos­traba que yo había lanzado el compartimento de Finney mien­tras estábamos en alerta amarilla, si bien yo sabía perfecta­mente que lo había hecho cuando entramos en estado de alerta roja».
Repentinamente, todo encajó en su sitio.
-¿Capitán?
-Ante el timón, Sulu volvió la cabeza y miró fijamente a Kirk con expresión intrigada-.
¿Ha dicho algo?
Kirk contempló la pantalla frontal, las incontables pan­tallas controladas por la computadora que había por todo el puente y que destellaban y cambiaban rápidamente sus mensajes sobre el estado de todos los sistemas de la Enterprise.
Mensajes en los que ya no podía confiar, advirtió de pronto.
-Está usted completamente en lo cierto, lo he hecho, se­ñor Sulu -replicó el capitán mientras se levantaba del asien­to de mando.
Aquella era la única explicación -aparte de los organia­nos de Scotty- que tenía sentido. El escudo planetario, los repetidos fallos de los sistemas, las lecturas «anómalas» de los sensores detectados por el programa de diagnósti­co de Spock, pero que no podía localizar con precisión... todo eso eran «alucinaciones» provocadas por algo que le habían hecho a la computadora. Algo que todavía le hacían a la com­putadora.
Las lecturas de los sensores recogidas en el momento en que la nave se había «camuflado»... eran idénticas a las to­madas durante el incidente romulano porque con casi total seguridad eran las mismas lecturas, extraídas de la propia memoria de la computadora y entradas nuevamente a tra­vés de los circuitos de los sensores.
Las lecturas de los sensores habían dicho en un princi­pio que sí había formas de vida a bordo de la nave, y luego dijeron que no las había; primero que no llevaba armas, y luego que sí las llevaba... esas cosas no habían sido más que «deslices» que habían llegado a su conocimiento porque Prit­chard estaba suficientemente alerta para captarlos antes de ser corregidos.
Incluso aquella última y peculiar comunicación del almi­rante Brady, plagada de interferencias, podría haber sido fabricada por la computadora.
Y la imposibilidad de abrir las compuertas del hangar de las lanzadoras, eso era lo que más sentido le daba a todo el asunto. Los sensores de una lanzadora, a los que no afec­taba la computadora principal, verían las cosas con su ver­dadero aspecto, sin alteraciones, algo que no podía permitir quien estuviera detrás de todo aquello. Pero, ¿quién...?
Todo el proceso había comenzado con la supuestamente falsa alarma en la sala de la computadora principal, sólo mi­nutos después de que Kaulidren y su séquito llegaran a bor­do de la Enterprise en su propia lanzadora. Sin embargo, aho­ra comprendía que no había sido una falsa alarma. Hubo un intruso en aquella sala, llevado a bordo por el mismísimo Kaulidren, con casi total seguridad, y con casi total seguri­dad aquel intruso había saboteado la computadora.
Lo que significaba que también Kaulidren y los chyrellkanos estaban implicados en el complot, no sólo los vancadianos. Por otra parte, era posible, después de todo, que los vancadianos no estuviesen involucrados. Aquellos mensajes de Delkondros, las incendiarias pruebas de Kaulidren, ya no podía confiarse en la validez de nada de eso.
-Teniente Uhura -declaró Kirk mientras se encamina­ba hacia el turboascensor-, queda usted al mando. Señor Sulu, venga conmigo.


Finalmente, el último fragmento del código emergió de la rielante masa de símbolos extraída de la memoria de Finney, y Spock lo agregó a los demás. El vulcaniano estaba impresionado por la sofisticación de los cambios realizados por el programador klingon; en circunstancias diferentes, le ha­bría resultado placentero hablar con Kelgar sobre esos cam­bios. En aquel momento, no obstante, tenía unas preocupa­ciones mucho más urgentes. A lo largo de toda la fusión mental, había tenido que proteger a Finney y evitar que la mente de él/ellos fuese consumida no sólo por las propias emociones destrozadas de Finney, sino también por aquellas que el propio Spock había controlado y reprimido durante décadas. De éstas, las que inevitablemente habían sido pues­tas en libertad en la invasión de Finney, experimentadas por la mente temporalmente compuesta por ambos, habían te­nido sobre la porción de aquella mente que pertenecía a Fin­ney unos efectos aún peores que las emociones propias del terrícola.
Spock comenzó a retirarse cautelosamente, pero mientras lo hacía sintió que unos estremecimientos nuevos recorrían la otra mente. Cuando el apoyo del vulcaniano hubiese desa­parecido, las defensas normales de Finney, apenas adecua­das para enfrentarse con su propia carga sin el auxilio del autoengaño, podrían hacerse trizas como una cáscara de hue­vo bajo el peso de lo que había absorbido, no sólo los recuer­dos de Spock, sino también el punto de vista objetivo que se había visto obligado adoptar frente a su propia historia, la historia de un comportamiento dañino e irracional.
Debería retirarse lentamente, muy lentamente, debería procurar llevarse consigo todo lo que pudiera de aquellos re­cuerdos y darle a Finney una parte del tiempo mental para...
Pero no tenía tiempo. Desgraciadamente para Finney, no tenía tiempo.
Tras prepararse para lo peor, mientras intentaba apunta­lar lo mejor posible las defensas mentales de Finney, se dis­puso a retirarse de la fusión mental.

19


Bajo la cubierta del hangar, en medio de la maquina­ria que controlaba las compuertas, una docena de hombres se esforzaban con las palancas improvisa­das que les había proporcionado Scott. Cortadas todas las conexiones con la computadora, la fuerza muscular y las pa­lancas eran lo único con lo que podían contar.
Desde la galería de observación del fondo, inmediatamen­te delante de una puerta de salida que se mantenía abierta mediante una cuña, Kirk y el comandante Scott observaban en silencio cómo las compuertas del hangar se abrían lenta­mente, a razón de un centímetro por vez. Sulu estaba senta­do ante los controles de una lanzadora, preparado para salir en cuanto las compuertas se hubiesen abierto bastante para permitirle el paso. La teniente Shanti se encontraba en una segunda lanzadora que estaba inmediatamente detrás de la primera. Una vez que Sulu hubiese salido, la teniente haría avanzar su propia lanzadora, la anclaría en el límite interior del campo de contención atmosférica y aguardaría con la ra­dio sintonizada en la misma frecuencia, raramente utiliza­da, que tenía programada Sulu. Quienquiera que controlase la computadora, podría presumiblemente oír cualquier trans­misión normal entre la lanzadora que estaba fuera y la Enterprise, pero no podría, o al menos así lo esperaban, escu­char las comunicaciones establecidas entre las dos lanzadoras. Aún así, a Sulu le habían ordenado que sólo uti­lizase la conexión para transmitir mensajes de rutina. Ha­bían acordado una serie de señales para indicar descubri­mientos de tipo específico: si los escudos estaban todavía realmente activados y se mantenían constantes, si había o no armas o formas de vida a bordo de la nave que se aproximaba, si detectaba la presencia de alguna nave que no fuese captada por los sensores de la Enterprise. Fuera de esos da­tos, si descubría cualquier cosa que pudiese estar directa­mente relacionada con el estado de la computadora, debería regresar e informar personalmente del hallazgo.
-No sabemos ni con qué ni con quien nos enfrentamos en este momento -había dicho Kirk mientras les daba las órdenes pertinentes a Sulu, Shanti y algunos otros en una sección aislada de la sala de ingeniería, que Scotty conside­raba libre de cualquier cosa que pudiese servir de puesto de escucha a quienquiera que controlase la computadora-, así que correremos sólo los riesgos absolutamente necesarios. Si descubre ahí fuera cualquier cosa que pueda darnos al­guna ventaja, no se arriesgue a transmitirla por radio. Si des­cubrieran que estamos sobre su pista, si supieran cuál es nuestro próximo movimiento, probablemente conseguirían contrarrestarlo.
-Otros diez centímetros, teniente -le informó Scott a Sulu a través del comunicador que tenía en la mano, sinto­nizado en otra frecuencia que suponía segura.
El único acuse de recibo fue que la lanzadora se elevó de la cubierta y se centró con más precisión todavía que antes ante la abertura de las compuertas.
De pronto, el aire de la abertura rieló.
-¡Se abre, señor Sulu! -exclamó Kirk, aunque que sa­bía que Sulu acababa de ver rielar el aire con sus propios ojos-. Buena suerte.
Los ojos de Scott se agrandaron ligeramente. Miró a Kirk, pero no dijo una sola palabra. Hasta entonces, no había acep­tado plenamente que las anomalías de funcionamiento eran provocadas por alguien, pero el fallo del campo de conten­ción atmosférica en aquel preciso momento, aparentemente un esfuerzo de último momento destinado a impedir que la lanzadora saliese al espacio, no podía deberse a una coinci­dencia. Ambos hombres dieron un paso atrás en dirección a la puerta que tenían a sus espaldas. El estremecimiento del aire aumentó y adquirió un momentáneo brillo irisado, como el aceite en la superficie del agua.
Luego, desapareció abruptamente. En aquel mismo ins­tante, el aire comenzó a salir precipitadamente de la cubier­ta del hangar, tiró de la lanzadora y amenazó con desplazar­la hacia un lado y encajarla brutalmente en la abertura aún demasiado pequeña.
Desde todas partes de la cubierta del hangar les llegó el sonido de las salidas que se cerraban y sellaban, respuesta automática al fallo del campo de contención atmosférica. Kirk y Scott dieron media vuelta y, directamente encarados con el aire que se precipitaba al exterior, entraron trabajo­samente por la puerta que tenían inmediatamente detrás, la única que aún no se había cerrado. Cuando atravesaron la entrada, Kirk quitó de una patada la cuña que la mantenía abierta mientras Scott pulsaba un control y la cerraba ma­nualmente, al tiempo que se aseguraba que Sulu y Shanti pu­dieran abrirla desde la cubierta del hangar si resultara ne­cesario. En todas las demás puertas, una docena de sus hombres hacían lo mismo.
-Lo ha conseguido, señor -informó la voz de Shanti, con su ligero acento, a través del comunicador-. Ha rascado un poco la pintura, pero lo ha conseguido.
-Gracias, teniente -le contestó Kirk mientras él y Scott se encaminaban hacia el turboascensor.
-Capitán Kirk -dijo la voz de Uhura a través del intercomunicador-, el primer ministro Kaulidren quiere ha­blar con usted.
Kirk y Scott intercambiaron miradas.
-¡Qué agradable sorpresa! -murmuró el capitán-. Dí­gale que voy camino del puente, teniente -replicó en voz alta.
Cuando Scott salió del turboascensor en el nivel de inge­niería, Kirk se limitó a asentir con la cabeza y a pronunciar sin voz las siguientes palabras:
-A la espera, Scotty.
En el puente, el rostro de Kaulidren ocupaba toda la pan­talla. Estaba más furioso si cabe, y Uhura pareció aliviada al poder devolverle el mando a Kirk y regresar a su termi­nal de comunicaciones.
-¿Dónde ha estado, capitán? -comenzó Kaulidren en cuando Kirk entró en el campo visual de la pantalla-. ¡Esa nave terrorista tendrá a nuestro satélite dentro del radio de alcance de sus armas en pocos minutos!
-No hay por qué preocuparse, primer ministro Kaulidren -le respondió Kirk con tono seco-. Nuestros escudos man­tendrán a salvo al satélite.
El rostro de Kaulidren quedó momentáneamente con­gelado.
-¿Todavía funcionan, entonces? -Por supuesto.
El primer ministro guardó silencio durante varios segun­dos; su furia no parecía disminuir.
-En ese caso -dijo finalmente-, ¿debo entender que se niega usted a disparar contra la nave terrorista que se apro­xima a nuestro planeta?
-Hasta que hayamos aclarado... ciertas discrepancias, así es, primer ministro.
-¿Discrepancias? ¿Y qué se supone que significa eso, ca­pitán? ¿O es la terminología empleada por la Flota Estelar para referirse a las anomalías de funcionamiento?
-En este caso, podría ser así -declaró Kirk con una nota de reticencia en su voz-. De todas formas, no hay ninguna razón para que usted se preocupe mientras...
-¿Qué discrepancias, capitán? ¿Qué anomalías de fun­cionamiento? ¡Exijo que las ponga en mi conocimiento! ¡Esto no es ningún juego! ¡Ahora mismo hay nueve mil vidas en peligro! Dígame, ¿qué me oculta?
Kirk miró a Pritchard; el teniente, junto con Uhura, Sulu, Chekov y una docena de personas, había asistido a una u otra de las apresuradas sesiones informativas celebradas por Kirk y Scott.
-¿Hay algo nuevo acerca de esas lecturas anómalas, te­niente?
-Nada, señor.
-¿Y todavía está seguro de lo que vio usted inicialmente?
-Seguro, señor.
Kirk se volvió hacia la imagen de Kaulidren.
-Tenemos razones para creer, primer ministro -comenzó a decir lentamente, con un tono más reticente aún en su voz-, que podría haber varios pasajeros en la nave que se aproxima.
-¡Usted dijo que sus sensores le habían informado que no estaba tripulada! ¿O es precisamente ese el problema de funcionamiento que podría sufrir su nave?
-Lo único que sé, primer ministro, es que las lecturas iniciales de los sensores indicaban que sí había formas de vida a bordo, varias docenas de ellas. Las lecturas subsiguien­tes indicaron que no había ninguna, pero...
-¡Capitán! ¡Hay millares de formas de vida en ese saté­lite que la nave está a punto de destruir! ¡Incluso aunque efec­tivamente haya algunas personas en esa nave, son sin duda unos terroristas! ¡Incluso podrían ser esos klingon suyos que se ocultan tras alguna clase de escudo desconocido para us­ted! ¡Ya ha visto lo que les han hecho a las naves de vigilan­cia... todas fueron completamente destruidas! ¡Y los miem­bros de su propia tripulación... capitán, esa gente ha matado a dos miembros de su propia tripulación!
-Comprendo perfectamente todo eso, primer ministro, pero hasta que hayamos podido aclarar todas estas discre­pancias...
-¡Usted se limitará sencillamente a dejar que maten a mi gente! ¿Es eso lo que me dice, Kirk?
-Por supuesto que no. Vamos a mantener al satélite a sal­vo dentro de nuestros escudos todo el tiempo que tardemos en hacer las comprobaciones.
Se produjo un momento de silencio.
-¿Afirma usted, Kirk -dijo finalmente Kaulidren-, que los escudos funcionan perfectamente bien? ¿En este preciso instante?
-Eso ya se lo he dicho, primer ministro -replicó Kirk con aspereza.
Otro silencio. Luego, de manera repentina, el furioso en­trecejo fruncido de Kaulidren desapareció. El primer minis­tro se echó a reír.
-Así pues, Kirk -declaró-, sabe usted más de lo que reconoce ante mí.
-¿Cómo dice usted, primer ministro?
-Dejémonos de juegos, Kirk.
-Es usted quien acaba de decir, y con bastante vehemen­cia, según recuerdo, que esto no era un juego, que las vidas de nueve mil personas de su planeta estaban en peligro.
-Muy cierto. Permítame que se lo diga de otra manera. -Los ojos de Kaulidren quedaron reducidos a dos líneas a causa de la sonrisa paternalista que apareció en su rostro-. Sus escudos no funcionan, capitán Kirk. Ya hace bastante rato que no funcionan. Usted lo sabe. También lo sé yo. Pero voy a decirle algo que usted no sabe: esos escudos no comen­zarán a funcionar de repente, por muchas cosas que hagan su jefe de ingenieros y sus torpes subordinados.
Kirk frunció teatralmente el ceño.
-¿De qué demonios habla usted, primer ministro? ¿Y dónde ha obtenido ese supuesto conocimiento sobre los es­cudos de la Enterprise?
-Por favor, Kirk, no se haga el idiota. Los dos sabemos que no va bien con su personalidad. No sé cuánto ha conse­guido adivinar, pero sé que es mucho más de lo que quiere hacerme creer. Aunque no lo bastante para salvarse a usted mismo y a su tripulación.
-¿Salvarnos? ¿De qué?
-De caer en desgracia, por mencionar una de las cosas; y de la muerte, por supuesto.
-¿Nos amenaza usted, primer ministro? Creo que no hace falta recordarle que está tratando con una nave estelar de la Federación.
-Sé perfectamente con qué... y con quién... trato, Kirk. Usted, por su parte... pero, mire, para que estemos en un pla­no de igualdad, por decirlo de manera convencional, permí­tame que me presente: Carmody, comandante Jason Carmody, antiguamente de la Flota Estelar y actualmente al servicio de una organización más afín con mi manera de pen­sar. «Esos klingon suyos», para ser más preciso.
« ¡Carmody! »
Sin saber cómo, Kirk consiguió no reaccionar externa­mente ante aquel nombre. Hasta el momento había dado por supuesto que el primer ministro no era más que un chyrellkano ingenuo que trabajaba con los klingon, pero, al descubrir repentinamente que en lugar de eso era un oficial renegado de la Flota Estelar, la mente de Kirk se puso a funcionar a toda velocidad. Que los klingon hubieran descubierto por sí solos la forma de sabotear la computadora de la Enterprise no había sido algo fácil de creer. Pero que Carmody lo hu­biera averiguado...
Pero, por encima de todo, el propósito de aquella masca­rada increíblemente elaborada comenzaba a adquirir de pronto, una especie de significado perverso. Carmody, con la ayuda de los klingon, llevaba a cabo su venganza sobre la Fe­deración por el arresto al que le habían reducido sus pro­pios tripulantes, por el consejo de guerra que se había pre­parado para juzgarle. Se vengaba por el sistema de intentar que un capitán de nave estelar violase la Primera Directriz,
exactamente igual que lo había hecho Carmody, sólo que a una escala más gigantesca.
Con la esperanza de que su rostro no hubiera denuncia­do los pensamientos que pasaban aceleradamente por su ce­rebro, Kirk abrió los ojos con perplejidad.
-¿No es usted chyrellkano?
-Todavía se hace el idiota, Kirk. Estoy decepcionado. Su primer oficial, el señor Spock, me advirtió que no debía sub­estimarle, pero estos estúpidos fingimientos suyos lo hacen cada vez más difícil.
Esta vez, Kirk no se molestó en ocultar la genuina reac­ción que se apoderó de él.
-¿Spock? ¿Cuándo ha visto usted a Spock?
-No le he visto, solamente he hablado con él. -Carmody hizo una pausa deliberada-. Un poco después que él y el doc­tor McCoy subieran a bordo de la nave que yo le he incitado a derribar... la nave que sin remedio derribará usted dentro de pocos minutos.
Kirk se tragó la mezcla de emociones que repentinamen­te comenzó a agitarse en su interior y frunció el entrecejo.
-¡Ahora sé que está usted loco, Kaulidren, o comoquie­ra que se llame en realidad! El comandante Spock y el te­niente comandante McCoy resultaron los dos muertos...
-Ese era nuestro plan -le interrumpió Carmody-, pero demostraron ser superiores a las capacidades de sus supues­tos ejecutores. Por supuesto, no permitiré que conserven la vida durante mucho tiempo, pero, si debo decirle la verdad, casi me alegra que hayan conseguido escapar, particularmen­te dado que acabaron donde lo han hecho... con un poco de ayuda por mi parte. Le aseguro que me place mucho saber que será usted... o al menos su Enterprise... la que de hecho perpetrará el asesinato.
«¡Spock y McCoy estaban vivos! » Kirk apenas pudo evi­tar que una sonrisa aflorara a sus labios... pero debía hacer­lo, al menos de momento, con el fin de tener una oportuni­dad para salvarlos. Profirió un resoplido despectivo.
-Permítame aclarar, esto, primer ministro. ¿Cree usted que, después de todo lo que acaba de admitir, podrá conven­cerme para que dispare contra esa nave?
-Por supuesto que no, Kirk, y usted lo sabe. De verdad, su estupidez intencionada comienza a resultarme tediosa.
«No más a usted que a mí -pensó Kirk-, pero hasta que le haya concedido a Sulu el tiempo suficiente y haya averiguado todo lo posible sobre usted...»
-En ese caso, instrúyame, primer ministro -le pidió Kirk con el mismo tono despectivo y escéptico-. Usted piensa obligarme a matar a mis mejores amigos, le aseguro que me gustaría mucho saber cómo va a conseguirlo.
Carmody sonrió con falsa expresión de lástima.
-Así que ese es su juego, ¿verdad? Usted piensa que, si yo le cuento mis planes, podrá sacarse un as de la manga y conseguirá detenerme. Muy bien, se lo contaré, aunque creo que usted ya lo ha adivinado. Lo haré igual que he desactiva­do sus escudos, igual que evité que transportara a todos los tripulantes del satélite. Para expresarlo de la manera más sen­cilla y fácil de comprender, capitán Kirk, yo controlo su com­putadora y por tanto tengo el control de su nave, y no hay absolutamente nada que usted pueda hacer para impedirlo.
-¡No apueste nada por eso! ¡Señor Scott! ¡Ciérrelo!
-Sí, capitán -replicó instantáneamente la voz de Scotty, y en aquel preciso instante todas las pantallas, todas las lec­turas del puente, se apagaron.
Y volvieron a encenderse.
La risa de Carmody llenó el aire del puente.
Tras la accidentada salida de la lanzadora, el teniente Sulu comprobó rápida y eficientemente todos los sistemas de la navecilla mientras sondeaba al mismo tiempo la vecindad in­mediata de la Enterprise.
Los escudos estaban efectivamente desactivados, según demostraban los escáners.
Y allí...
En la sombra del gigantesco satélite fábrica de Chyrellka, que empequeñecía por comparación a la Enterprise, flotaba un objeto más pequeño que una lanzadora de un solo tripulante, unido a la Enterprise mediante un fino rayo trac­tor. ¿Sería eso lo que dominaba a la computadora?
¡Sí! Incluso con los escáners de la lanzadora, Sulu podía detectar la constante corriente de datos que fluía en ambas direcciones entre el objeto y la Enterprise. Por un momento pensó en arremeter contra el objeto, aunque el impacto da­ñara también a la lanzadora. El dispositivo de campo de emergencia con efecto traje espacial le mantendría con vida hasta que la Enterprise, con la computadora otra vez en fun­cionamiento normal, pudiera llevarle al interior. Y, aunque eso no fuera posible, una sola vida era un precio bajo a cam­bio de...
Pero de pronto advirtió que había algo más. Una segun­da corriente de datos que fluía entre aquel objeto y alguna otra cosa, algo que se hallaba fuera del radio de alcance de los escáners de la lanzadora. Aquel objeto diminuto era, evi­dentemente, una estación repetidora. Posiblemente se trata­ba de una conexión vital, pero era igualmente posible que fuese una mera comodidad. Aun cuando consiguiera destruir­la por completo, quienquiera que estuviese en el otro extre­mo de aquel flujo de datos se enteraría de lo sucedido. En ese caso, según todas las probabilidades, se limitaría a apro­ximarse más y hacerse cargo directamente de la situación, supliendo de esa forma la carencia de la estación repetido­ra. Y Sulu no le serviría para nada a la Enterprise en el inte­rior de una lanzadora inutilizada.
No. Como último recurso siempre podría intentar el cho­que con el objeto, pero, por el momento, era más importante recoger información. La nave que Kaulidren quería que destruyeran estaba todavía a más de veinte minutos de distan­cia, y averiguar la verdadera naturaleza de la misma era una de sus principales prioridades. Kirk ya sabría que los escu­dos estaban desactivados, puesto que la ausencia de una se­ñal específica enviada a la teniente Shanti le habría informado de ello.
Primero, un sondeo de la nave que se aproximaba y luego, según lo que descubriera, o bien regresaría a la Enterprise con la información o saldría en persecución de aquel flujo de datos para ver lo que podía averiguar.
Tras orientar la lanzadora, Sulu le aplicó máximo impulso.

20


Tiene algún otro as oculto en la manga, capitán? -le preguntó Carmody a Kirk, con una arrogante te sonrisa fija en los labios.
-¡Le aseguro que si es así -le espetó Kirk- usted será el primero en saberlo!
-De eso no me cabe la menor duda pero, dadas las cir­cunstancias, ¿no hay nada más que quiera saber? Hace tan sólo un momento estaba usted lleno de preguntas. No me diga que su curiosidad ha quedado satisfecha tan fácilmente.
-Se nota que le encanta refocilarse, así que hágalo mien­tras tiene la oportunidad.
Carmody se encogió de hombros.
-A decir verdad, sí que me encanta, pero, si se hallara usted en mi lugar, ¿no le sucedería lo mismo, de ofrecérsele una oportunidad tan perfecta como esta? Lo único que la­mento, ahora que he llegado a conocerle tan bien en estas últimas horas, es que va a disponer usted de muy poco tiem­po para apreciar la situación global. Sin embargo, el resto de la Flota Estelar tendrá más tiempo para hacerlo, eso pue­do asegurárselo; tal vez tendrán hasta dos años. Según mi estimación, eso es lo que hará falta para infectar todas las computadoras de la Flota Estelar. Durante todo ese tiempo usted será recordado como el capitán que mancilló la Fede­ración al violar la Primera Directriz de una forma aún más terrible que yo. Habrá usted disparado contra una nave de­sarmada y llena de emisarios de paz, y, lo peor de todo, la habrá destruido.
-¿Planea usted tomar represalias contra la totalidad de la Flota Estelar? -le interrumpió Kirk-. ¡No creo que pue­da usted suponer que ese «virus» suyo podrá pasar inadvertido, y por tanto no ser eliminado, durante todo ese tiempo dentro de tantas naves!
-Por supuesto que sí, capitán. Estoy seguro de ello. Esta no ha sido más que una operación de prueba y, a pesar de algunos problemas menores, los cuales, por supuesto, serán corregidos, ha constituido un éxito absoluto. En el futuro, ni siquiera un programa como el creado por su señor Spock no­tará que hay algo fuera de lo normal. Y una vez que todo esté en su lugar... -Carmody hizo una pausa mientras su sonri­sa se hacía aún más ancha-. Como dice un viejo refrán muy extendido por toda la Tierra, capitán, será como pescar pe­ces en un barril.
-Si cree usted que va a conseguir salirse con la suya en todo esto...
-Sé que voy a conseguirlo, capitán. Y usted lo sabrá den­tro de aproximadamente tres minutos, cuando sus cañones fásicos comiencen a disparar. Ahora, espero que me discul­pará; hay otras cosas que requieren mi atención.
La imagen de Carmody desapareció abruptamente para ser reemplazada por la de la nave que se aproximaba, con los cañones de los rayos láser claramente visibles en la proa.
Pero un instante después habían desaparecido los caño­nes y la proa aparecía lisa y sin aberturas. Un instante más, y la nave se presentó bajo una forma completamente distin­ta a la que había tenido hasta aquel momento, con un tama­ño que era la cuarta parte del anterior. Si bien Kirk había esperado algo así, no dejó de resultarle inquietante. Se ten­só, a la espera del siguiente indicio. No se atrevía a precipi­tarse, no se atrevía a jugar con excesiva premura la única car­ta que le quedaba.
-¡Capitán! -gritó el alférez Sparer, que substituía a Sulu en el timón-. ¡Todas las baterías fásicas se orientan hacia la nave que se aproxima! ¡Nada de lo que yo hago causa efecto alguno!
-Muy bien, pues -dijo mientras una sonrisa comenzaba a formarse en sus labios-. ¡Ahora, señor Scott!
No obtuvo respuesta ninguna, pero, un instante más tarde, cuando actuaron Scotty y una docena de sus hombres apostados en puntos clave de toda la Enterprise, las pantallas y luces indicadoras del puente se apagaron.
Y esta vez no volvieron a encenderse.
Spock se tambaleó momentáneamente al completar la re­tirada mental y apartó sus manos de la frente de Finney. El terrícola profirió un grito ahogado y habría caído de no ha­berle sujetado McCoy por los hombros.
-La información, Spock... ¿la ha conseguido? -preguntó McCoy sin apartar los ojos de Finney.
-Creo que sí, doctor. -Se sacó rápidamente el comuni­cador del cinturón y lo abrió mientras observaba a McCoy, que depositaba a Finney suavemente sobre el suelo-. Afor­tunadamente el código nuevo no parece estar unido a ningu­na voz específica.
Luego, poco a poco, extrajo los números de su propia me­moria y los pronunció en voz alta a través del comunicador, mientras McCoy y los demás le observaban y esperaban ten­sos. En la pantalla que se encontraba por encima del asien­to del piloto, el punto que se veía en el centro se había defi­nido finalmente como un cilindro diminuto, una visión de juguete del satélite de Chyrellka. Otro punto cercano a la misma todavía era simplemente eso... un punto, no identificable como una nave, aunque todos daban por supuesto que se tra­taba de la Enterprise.
Finalmente, tras pronunciar más de dos docenas de nú­meros, Spock guardó silencio.
Durante al menos medio minuto reinó un silencio abso­luto, excepto por la respiración de los cincuenta pasajeros y los crujidos y gemidos de la nave que continuaba someti­da a las insólitas tensiones de los motores de impulso recien­temente instalados en ella.
-¿Hay algo que funcione mal, Spock? -preguntó final­mente McCoy al vulcaniano.
-La computadora de la Enterprise no responde.
-¡Hasta ahí puedo conjeturar yo solo, Spock! ¿Tiene al­guna idea de por qué no responde? ¿Es posible que haya equi­vocado uno de los números? ¿Que lo haya dicho en la secuen­cia incorrecta? ¿Estamos fuera del radio de alcance del comunicador?
Spock permaneció en silencio un instante más, mientras observaba las imágenes que se ampliaban gradualmente en la pantalla de la cabina del piloto.
-Es posible que estemos fuera del radio de alcance. Re­petiré la secuencia.
Y así lo hizo, y no una vez sino media docena de veces mientras las imágenes continuaban aumentando de tamaño, aunque no tan rápidamente como antes. Era obvio que la nave en la que viajaban aminoraba la velocidad para encontrarse con el satélite.
A aquellas alturas McCoy había conseguido reanimar a Finney y, si bien no había podido devolverle a la normali­dad, sí le había proporcionado un mediano estado de cons­ciencia.
-¿Tiene usted alguna idea? -le preguntó McCoy con ex­presión ceñuda mientras el ex oficial de la Flota Estelar se ponía de pie con poca estabilidad.
Finney sacudió la cabeza, no a modo de respuesta nega­tiva sino más bien para aclarársela.
-¿Respecto a qué? ¿Qué ha sucedido?
-Ese nuevo código que Spock ha extraído de su mente -le contestó McCoy- no funciona.
Finney pareció quedarse en blanco durante un momento, como si a las palabras les costara ese tiempo atravesar las barreras que su mente atribulada había levantado. Luego hizo una mueca.
-A eso tenía miedo yo -replicó.
-¿A qué? -inquirió McCoy con irritación-. Vamos, Finney, si sabía usted que ese código no servía...
-Yo no sabía nada de nada -le contestó él con tono defensivo-. Simplemente pienso que si Kelgar supo... o sospechó siquiera, que yo había sobrevivido a la explosión de la nave de vigilancia, es posible que haya vuelto a cambiar­lo. O si alguno de ustedes -prosiguió con una voz que de pronto había adquirido un tono acusador-, le dijo al coman­dante algo que le hizo suponer mi presencia aquí...
-¡Nosotros no hemos hecho tal cosa! -le espetó McCoy.
-El intento de buscar culpables no sirve para nada, doc­tor. Por el momento, sugiero que uno de nosotros transmita incesantemente ese código por si hay alguna otra explicación para la falta de éxito hasta el momento.
McCoy volvió su rostro ceñudo hacia Spock.
-Quizá debería usted volver ahí dentro y comprobarlo por segunda vez. ¿No es posible que su imperfecta mitad hu­mana haya pasado algo por alto?
-Absolutamente todo es posible, doctor. No obstante...
-¿Qué es eso?
El hombre fornido que había ayudado a McCoy a intimi­dar a Finney para que permitiese la fusión mental señalaba hacia la pantalla de la cabina del piloto.
McCoy se volvió velozmente hacia ella y su expresión ce­ñuda se transformó en una ancha sonrisa cuando sus ojos enfocaron la imagen.
-¡Una lanzadora! -exclamó con regocijo, y le lanzó una desdeñosa mirada a Finney mientras abría su propio comunicador-. ¡Lanzadora, aquí el doctor McCoy! ¿Qué de­monios sucede? ¿Puede hacer llegar usted un mensaje a la Enterprise?
Se produjo un largo silencio mientras la lanzadora aminoraba hasta detenerse en mitad de la pantalla, bloqueando enteramente la imagen del lejano satélite.
-¡Lanzadora! -repitió McCoy-. ¡Conteste, demonios! Se volvió bruscamente para encararse con Finney. -No hace falta ese código para contactar con una lanza­dora, ¿no es cierto?
Finney negó con la cabeza.
-No. Sólo está afectada la computadora de la Enterprise. Las lanzadoras están...
-¿Doctor McCoy? -les llegó la sorprendida voz de Sulu a través del comunicador-. ¿Es realmente usted?
-¡Por supuesto que soy yo! ¿Sulu, es usted?
-Sí, doctor, pero... ¿está Spock con usted?
-¡Sí, teniente! Oiga, Sulu, puede usted enviar un mensaje...
-Si es realmente el doctor McCoy, ¿cómo se llama su hija? -le preguntó Sulu.
-Demonios, Sulu, no pierda el tiempo...
-Por varias razones, doctor, debo verificar su identidad. Por favor, dígame el nombre de su hija.
-¡Joanna! ¿Y ahora, qué...?
-Pero esa información podría haber sido extraída de la computadora de la Enterprise -comentó Sulu, como si aca­bara de caer en ello-. Lo siento, necesito alguna otra cosa... doctor McCoy, la vez en que usted, Scotty y yo arrastramos al señor Spock a aquellas boleras antiguas en la Base Este­lar Dos... ¿recuerda de qué le acusó usted?
-¿Cómo demonios quiere que me acuerde de eso? ¡Es algo que sucedió hace muchos años, y yo le he acusado ab­solutamente de todo lo que puede acusarse a alguien!
-Si eso facilita las cosas, señor Sulu -le respondió Spock a través de su propio comunicador-, ese incidente tuvo lugar en la Base Estelar Uno, no en la Dos, y el doctor McCoy me acusó de haber derribado sólo siete de los diez bolos de forma deliberada con la primera bola, para que la segunda fuese un reto aún mayor. Por alguna razón que no acabo de comprender, aquella acusación le pareció de lo más divertida a usted. Y ahora, si ya está satisfecho respecto a nuestras identidades, tenemos un mensaje urgente que debe ser comunicado a la computadora de la Enterprise. No he­mos conseguido establecer contacto a través de nuestros co­municadores.
-Eso probablemente se deba a que la computadora está desactivada. Al menos, supongo que en este momento lo está. -De la voz de Sulu había desaparecido toda suspicacia, reemplazada ahora por una mezcla de alivio y ansiedad-. El capitán sospecha que la totalidad del sistema ha sido sa­boteado.
-El capitán está en lo cierto, señor Sulu -le interrum­pió el vulcaniano-, pero ahora tenemos un código que po­dría permitirnos invertir los efectos de ese sabotaje, si pu­diera volver a encenderse la computadora. De todas formas, necesitamos establecer contacto con la Enterprise antes de poder transmitirle el código a la computadora.
Se produjo un sorprendido silencio, y luego Sulu dijo:
-Déme ese código, señor Spock, y yo regresaré con él a la Enterprise y se lo entregaré al capitán. Hemos estableci­do una conexión especial para comunicarnos.
-¿No puede realizar la transmisión desde aquí?
-Podría, pero tememos que quienquiera que controle la computadora pueda oírlo, a pesar de todas las precauciones que hemos tomado. Si ellos me oyeran cuando le transmitie­ra el código al capitán, puede que consiguieran hacer algu­na otra cosa para impedirle que lo utilizara.
-Señor Finney, ¿es posible eso? -preguntó el vulcania­no, mientras se volvía a mirar al hombre.
Finney tragó con nerviosismo.
-Es posible, sí. Si el comandante o Kelgar supiesen que la computadora está a punto de ser encendida y que el código de acceso será introducido inmediatamente después, existe una secuencia de aborto que puede entrar en la computa­dora antes que el código haya sido completamente transmi­tido. No hay forma de bloquear esa secuencia. Le devolverá al capitán el control de la computadora, pero la transforma­rá en algo esencialmente inservible porque le borrará toda la memoria y los programas contenidos en ella. A menos que -agregó, y apartó los ojos de los de Spock-, Kelgar haya cambiado también eso.
-Gracias, señor Finney. Señor Sulu, ¿está preparado para recibir el código de acceso?
-Preparado, señor Spock -replicó Sulu con una risa nerviosa-. Tal vez, entre usted y yo, conseguiremos derribar los tres bolos restantes con la segunda bola.

21


El comandante Montgomery Scott, que había estado inclinado sobre un enredo de cables en la parte tra­sera de la terminal de comunicaciones, se enderezó y se secó el sudor de la frente con el reverso de una mano mientras con la palma de la otra le daba unos golpecitos a la estructura de la terminal. Cuando los sistemas de soporte vital funcionaban sin apoyo computerizado, la temperatura de toda la nave aumentaba tres o cuatro grados, mientras que el lugar en el que él se encontraba, el corredor de servicio que circunvalaba el puente por detrás de las terminales, es­taba por lo menos a quince grados más.
-Con eso debería bastarte, muchacha -le dijo a la máquina-. Al menos tendrás alimentación, aunque no dis­pongas de la computadora para que te sintonice esos pocos miles de frecuencias.
-Gracias, señor Scott -le respondió la voz de Uhura, amortiguada por la masa de la terminal que los separaba.
-Buen trabajo, Scotty -le dijo Kirk, que se asomó por la abertura improvisada junto al turboascensor, de donde habían quitado una de las placas inferiores de la pared-. Sanderson acaba de informar sobre su trabajo por el intercomunicador, hace progresos con las conexiones de los motores de impulso.
-Sí, capitán, pero en el caso de los motores hiperespa­ciales vamos a tardar bastante tiempo. -Sacudía la cabeza mientras avanzaba por el corredor de acceso y entraba en el extrañamente silencioso puente de mando. Todos los soni­dos normalmente asociados con el interminable control que ejercía la computadora sobre virtualmente todos los siste­mas de la nave no se oían desde que Scott y una docena de sus hombres habían arrancado simultáneamente todos los cables de alimentación primaria y retroalimentación-. Sin la computadora para que equilibre la antimateria...
De pronto, un centenar de luces y pantallas se encendie­ron. Uhura retiró convulsivamente la mano como si la hu­biesen quemado los controles que manipulaba para fijar manualmente las coordenadas correctas que por fin les pon­drían en contacto con el cuartel general de la Flota Estelar. Los demás se tensaron y dirigieron sus ojos de una a otra pantalla con la esperanza de descubrir algún indicio que les informara de lo que sucedía.
Scott sacó apresuradamente el comunicador del cinturón mientras volvía a entrar corriendo en el pasillo de acceso.
-¡Todos los puestos, informen!
Para cuando ya había circundado la mitad del puente y comenzaba a bajar por la escalerilla hacia los niveles infe­riores, las respuestas ya habían puesto en su conocimiento dónde estaba el problema.
-Teniente Diaz -le dijo a uno de los hombres que él y el capitán tenían apostados en cada nivel-. El señor Claybourne, del nivel diecinueve, no ha acusado recibo.
-Voy hacia allí, comandante -le respondió una voz pro­funda mientras Scott llegaba al nivel tres y bajaba a toda ve­locidad.
Lo único que podía hacer Kirk en el puente era observar, impotente, mientras los instrumentos volvían a la vida. Aquel intento serio de desactivar manualmente la computadora no se mostraba más eficaz que el falso intento realizado ante­riormente por él y Scotty. La única esperanza que les queda­ba era que Scott y sus hombres pudieran encontrar la cone­xión energética que evidentemente había restablecido Carmody... y anularla por segunda vez.
-¡Capitán! -La voz del alférez Sparer se alzó por enci­ma de todas las demás desde el control del timón-. El sis­tema de navegación vuelve a operar. Nos quedan tres minu­tos hasta que haya completado la orientación y la alineación. Las baterías fásicas se cargan al máximo. No obtengo res­puesta a ninguno de los controles.
-Vuelva a intentarlo, alférez; inténtenlo todos. ¡Si no con­seguimos encontrar algo que funcione, Spock y McCoy esta­rán realmente muertos!
-Capitán. -La voz de Scott, sin aliento y ahogada a me­dias por el eco de las botas del hombre sobre la escalerilla, estalló a través del comunicador de Kirk-. Diaz me infor­ma que el área en la que se encuentra Claybourne está sellada. Le están aplicando un rayo fásico a la puerta. ¿De cuánto tiempo disponemos?
-De dos minutos y medio, Scotty, si tenemos suerte.
Sin acuse de recibo, el comunicador se apagó.
Un instante después volvió a encenderse con un sonido crepitante.
-Aquí Shanti, capitán. Comunicado del teniente Sulu. Voy a pasárselo directamente a usted.
Los sonidos de la electricidad estática lo ahogaron todo durante un momento, y luego volvió a oírse la voz de Shanti.
-Adelante, teniente.
-¡Capitán! -La voz de Sulu, tensa como un alambre de acero, le llegó inmediatamente a Kirk-. No hay tiempo para explicaciones. Haga lo que yo le diga con total precisión y... ¡Maldición! ¡Permanezca a la espera, volveré si puedo!
Y la voz desapareció.
-¡Sulu! ¡Shanti! ¿Qué...?
Del comunicador brotó un sonido de raspar metálico e inmediatamente la Enterprise se estremeció cuando algo cho­có contra ella; carentes del control de los sensores, nadie a bordo de la gran nave de la Federación podía saber si se tra­taba de materia o energía.
Finney lo había adivinado correctamente, advirtió Sulu cuando la Enterprise estuvo dentro del radio de alcance de la lanzadora. Una segunda nave, completamente equipada con tecnología klingon, flotaba a menos de un kilómetro por debajo de la nave estelar. Un rayo transportador de alcance limitado descendía en aquel momento con destino a alguna parte en el interior del segundo casco de la Enterprise. Al­guien, ya fuera Carmody o aquel klingon Kelgar, estaba allí dentro e intentaba restablecer la energía que alimentaba la computadora con el fin de recuperar el control de la nave de la Flota Estelar.
Mientras contemplaba aquella escena, la frustración de Sulu iba en aumento. Nunca tendría tiempo suficiente para entrar en la Enterprise y entregarle el código de acceso al capitán. La lanzadora avanzaba ya al límite de sus posibilidades, no le quedaba ni una pizca más de impulso a la que recurrir. No había más elección que correr el riesgo y con­tactar a través del enlace radial establecido con Shanti.
-Teniente Shanti -llamó tras activar el transmisor de la lanzadora-, póngame en contacto con el capitán. No hay tiempo para explicaciones.
-¿Teniente Sulu?
-¡Sí! ¡Ahora póngame en contacto con el capitán!
-Sí, señor.
Tras desacelerar a máxima propulsión, Sulu contempló la Enterprise, que crecía hasta llenar la pantalla de la lan­zadora.
De la radio manó un estallido de electricidad estática, y luego...
-Adelante, teniente.
-¡Capitán! No hay tiempo para explicaciones. Haga lo que yo le diga con total precisión y...
Sulu se interrumpió al ver en una de las pantallas de la lanzadora que la nave klingon se reorientaba a toda velocidad. Dentro de pocos segundos sus armas le apuntarían di­rectamente a él.
-¡Maldición! ¡Permanezca a la espera, volveré si puedo!
Era evidente que no dispondría del tiempo necesario para enviar la totalidad del código de acceso, y probablemente tampoco tendría tiempo para llegar hasta la Enterprise, de­finitivamente no, si se acercaba a ella con un mínimo de pre­cauciones. Tras desviarse bruscamente hacia arriba y a la derecha, Sulu aceleró esta vez en lugar de desacelerar. La otra nave estaba por debajo y más adelante que la Enterprise. Si conseguía elevarse bastante, tal vez tendría la oportunidad de realizar el acercamiento final en una línea que quedara oculta a la otra nave por el casco secundario, pero incluso eso le concedería tan sólo unos pocos segundos suplemen­tarios. Ahora bien, si los hombres de Scotty habían conse­guido abrir las compuertas apenas un poco más...
Pero no lo habían logrado, según pudo ver Sulu en la pan­talla. La lanzadora de Shanti aún estaba anclada sobre la cu­bierta, justo al otro lado de la abertura, que en aquel momen­to sólo era unos cuantos centímetros más ancha que la lanzadora misma.
Tras describir otra curva, Sulu quedó orientado directa­mente hacia la abertura. No había tiempo para advertirle a Shanti que debía salir de allí. Tendría que penetrar por la parte superior, por encima de la lanzadora aparcada.
El destello de un disparo fásico le distrajo por un instan­te, pero el rayo fue a parar lejos del blanco al que iba dirigi­do, pues la nave atacante quedó justo en aquel momento eclip­sada por el casco secundario de la Enterprise; aparentemente no realizaba movimiento alguno para volver a avistar la lan­zadora. Aunque, si intentaba mantener el rayo transportador enfocado en lo que hubiese transferido al interior de la Enterprise, comprendió Sulu mientras se apoderaba de él una ola de esperanza, no podía moverse por ningún motivo, no sin arriesgarse a perder el enfoque y verse obligada a recu­perarlo; y si los klingon se veían tan apremiados por el tiem­po como él mismo...
Tras concentrarse enteramente en la abertura hacia la que avanzaba a toda velocidad y que cada vez parecía más estre­cha, Sulu volvió a desacelerar el motor de impulso a plena propulsión mientras desviaba ligeramente el morro de la lan­zadora hacia la derecha, luego hacia la izquierda y...
Con un horrendo rechinar de metal contra metal, mucho más poderoso que el que había producido al trasponer la compuerta, quince minutos antes, consiguió entrar con los motores de impulso palpitando y se esforzó por hacer todo lo posible para detener lo que en la práctica era un misil del tamaño de una lanzadora. Se produjo un golpe demoledor cuando la navecilla de Sulu golpeó la cubierta y rebotó, otro cuando volvió a caer mientras la lanzadora parecía co­rrer aún más aceleradamente dentro de aquel lugar cerrado que en el espacio abierto.
Hubo un nuevo choque devastador cuando el morro de la nave se estrelló contra la pared del fondo de la cubierta del hangar, lo que arrojó a Sulu contra los controles con una fuerza arrolladora. El oficial pudo oír de inmediato el siseo del aire que escapaba a través de una rotura que había su­frido el casco en alguna parte del fuselaje, pero no se tomó la molestia de buscarla y apenas si tomó nota de su exis­tencia.
Tras inspirar profundamente, activó el dispositivo de cam­po de emergencia con efecto traje espacial mediante los con­troles que tenía en el cinturón y, al mismo tiempo, se puso de pie y pulsó el botón de apertura de la lanzadora. El luminoso halo del campo energético arrojaba un fulgor suave sobre todo lo que le rodeaba y le concedería los segundos que le hacían falta.
Pero la puerta...
Volvió a pulsar el botón de apertura, pero la puerta no se movió. ¡Estaba atascada! ¡Toda la estructura de la lanza­dora debía haber quedado dañada a causa del impacto!
Tras pulsar el botón por tercera vez, descargó simultánea­mente un golpe con el hombro sobre la puerta, un golpe en el que puso toda su fuerza de persona delgada pero poderosa.
Y otra vez.
Por último, la puerta cedió con un sonido rechinante, un instante más tarde la presión de la atmósfera del interior de la lanzadora completó el trabajo: la puerta salió literalmen­te disparada y la ráfaga de aire que escapó al exterior estu­vo a punto de derribar al propio Sulu.
Tras recobrar el equilibrio, se deslizó apresuradamente por la estrecha abertura y corrió hacia la puerta más cerca­na, en la pared posterior del hangar. Si Scotty había conse­guido sellar manualmente la puerta en lugar de permitir que lo hiciese la computadora, él podría anular ese cierre desde aquel compartimento carente de aire. Si no...
Tras pulsar el interruptor de anulación para casos de emergencia, aferró la palanca que salió de la pared, a la al­tura de la puerta. Accionó la palanca de arriba abajo hasta que apareció apenas una estrecha abertura, luego soltó la pa­lanca y metió los dedos en aquella grieta que ahora estaba inundada por el aire que escapaba del interior.
¡Pero no podía moverla! ¡Ni siquiera con toda su fuerza, aumentada por la adrenalina que le inundaba, conseguía mo­verla! Iba a tener que...
De pronto, otro par de manos, también envueltas en un campo energético de efecto traje espacial, se unieron a las de él...
¡La teniente Shanti! Sulu no la había oído cuando atrave­saba corriendo la cubierta del hangar, pero allí estaba, con los tendones de las manos a la vista por la tensión que le pro­ducía al unir sus fuerzas con las de él y...
Con un raspar metálico, la puerta se abrió trabajosamente otros preciosos centímetros.
Mientras Shanti aún forcejaba con la puerta, Sulu, cuyo uniforme se raspó hasta casi desgarrarse, pasó apretadamente a través del estrecho espacio que dejaba libre.
Ya en el interior, sin preocuparse por el aire que escapa­ba al vacío, corrió hacia el intercomunicador más próximo.

22


-Falta un minuto para que el alineamiento esté com­pletado, capitán -informó Sparer desde los contro­les del timón-. Continúa sin producirse respuesta alguna a los controles.
Kirk asintió con la cabeza para indicar que lo había oído. Su mente corría a toda velocidad. Debían haberle pasado por la cabeza un millar de soluciones durante los últimos dos minutos, pero todas y cada una de ellas requerían que al me­nos una parte de la computadora estuviese bajo su control. La única posibilidad remotamente realista que les quedaba era que Scotty o el teniente Diaz consiguieran entrar en aque­lla zona sellada y arrancar la conexión que evidentemente había restablecido alguien. ¿Sería alguien que había perma­necido en la nave durante todo el tiempo? ¿Alguien que ha­bía subido a bordo con Carmody y había permanecido en la nave, a la espera que llegara el momento crítico para actuar?
-Acabo de atravesar la primera puerta -tronó la voz de Diaz filtrada a través de los comunicadores-, pero hay al me­nos una más antes que...
-¡Capitán! -La voz de Sulu irrumpió en el puente, no desde el comunicador de Kirk sino a través del sistema de intercomunicación de la nave, uno de los pocos sistemas que funcionaba casi tan bien sin la computadora como con ella.
-¿Sulu? -exclamó Kirk-. ¿Qué...?
-¡No hay tiempo, capitán -le interrumpió Sulu con un tono tan cortante como una navaja-, no hay tiempo! Entre la siguiente secuencia directamente en la computadora, sin errores, sin interrupciones. ¿Está preparado?
Tras vacilar sólo una fracción de segundo, Kirk corrió ha­cia la terminal científica.
-Hágalo, señor Pritchard. Adelante, señor Sulu.
Acto seguido, Sulu comenzó, sólo hizo una pausa cuando Pritchard se retrasó momentáneamente respecto al dictado regular pero veloz del oficial de rasgos orientales. En la pan­talla frontal, la nave que se aproximaba adquiría un aspecto cada vez más indefenso a cada segundo que pasaba. Sparer observaba el realineamiento del sistema de navegación y realizaba una silenciosa cuenta atrás, pronunciando sin voz los números para que Kirk, que le miraba, recibiera el mensaje. Otras lecturas informaron que las baterías fásicas estaban plenamente cargadas y dirigidas hacia la nave que se apro­ximaba, sólo faltaba que fijasen el blanco y recibiesen la or­den de disparar, cosas que llegarían cuando el realineamiento estuviese completado.
El comunicador de Kirk volvió a activarse con un chas­quido; otro mensaje de Diaz o Scott, pero el capitán se apre­suró a bajar el volumen y se alejó de la terminal científica. Estaba a punto de susurrar una orden de espera en el comu­nicador, cuando Sulu acabó de dictar la secuencia.
-Eso es todo -comentó, y la tensión que se manifesta­ba en su voz aumentó aún más-. ¿Se produce algún cambio?
Sin aguardar la respuesta, Sulu continuó.
-¡Levanten los escudos, a mínimo de dispersión! Hay una nave klingon unos pocos centenares de metros por debajo de nosotros, al menos lo estaba cuando yo entré. En este mo­mento podría estar más cerca. Acaban de transferir a alguien al interior de la cubierta secundaria de la Enterprise y...
-¡Capitán! -interrumpió bruscamente la voz de Sparer mientras sus dedos corrían por los controles-. ¡Hemos re­cobrado el control de la nave! ¡Órdenes de disparar cancela­das, escudos... subiendo, a mínima dispersión!
-¡Scotty! ¡Señor Diaz! -gritó Kirk por el intercomuni­cador-. ¡No procedan a la desconexión! ¡Volvemos a estar en perfecto funcionamiento!
Un suspiro de alivio fue la respuesta que le llegó a través del diminuto altavoz.
-Sí, capitán, las puertas acaban de abrirse.
-Permanezcan en el exterior, los dos. Quienquiera que haya vuelto a conectar la computadora podría estar todavía dentro de la sala, y probablemente es peligroso.
-No, capitán -le interrumpió Pritchard-. Los sensores muestran una forma de vida, una forma de vida klingon, que en este momento es transportada a la nave de la que nos ha hablado el señor Sulu.
-De acuerdo, Scotty, eche un vistazo, pero tenga cuida­do de todas formas.
-Sí, capitán.
-La nave klingon se aleja, capitán -informó Sparer-. Plena potencia de impulso.
-¡No la pierda, alférez! Carmody debe responder a mu­chísimas preguntas.
-Sí, capitán. Preparado rayo tractor.
-¿Dispone esa nave de motores hiperespaciales, señor Pritchard?
-No lo sé, capitán, pero... -Pritchard se interrumpió al aparecer unas lecturas nuevas-. Hay una nave con motores hiperespaciales que sale en este momento del radio de alcan­ce de los sensores, más allá de Vancadia, a factor hiperespacial ocho, por lo menos.
-¿Dirección?
-Hacia la frontera más cercana del imperio klingon.
-Comuníquese con todas las naves que pueda, teniente Uhura -ordenó Kirk-. Si pudiéramos interceptarla dentro del territorio de la Federación...
-Transmiten una señal subespacial desde las proximidades de la nave klingon -comenzó a decir Pritchard, pero se interrumpió bruscamente mientras sus dedos corrían por los controles con una destreza casi igual a la de Spock-. Los generadores de antimateria de la nave de Carmody se sobre­cargan intencionadamente, capitán. Entrarán en su punto crí­tico en cualquier momento.
Pritchard apenas había acabado de pronunciar aquella advertencia cuando la nave que huía desapareció en una bri­llante llamarada que dejó la pantalla frontal de la Enterprise completamente en blanco.
En el puente reinó un silencio absoluto mientras la pan­talla volvía a la normalidad y, finalmente, aparecía en ella la nube de partículas que se disipaba, lo que quedaba de Car­mody y su nave de manufactura klingon.
-No es más que una conjetura -comentó Kirk con ex­presión ceñuda-, pero yo diría que no querían que le pusié­ramos la mano encima al señor Carmody.
Al oír el siseo de las puertas del turboascensor, Kirk se volvió de espaldas a la pantalla y al curtido rostro del almi­rante Brady. No pudo evitar que le asomara a los labios una sonrisa al ver a Spock entrar elegantemente en el puente, se­guido por un ceñudo doctor McCoy.
-Ha tardado usted bastante en decidirse a permitir que nos transfirieran a bordo... -McCoy calló en mitad de la fra­se al ver el rostro del almirante Brady en la pantalla frontal.
-Yo también me alegro de verle a usted, Bones -declaró Kirk tras controlar la sonrisa-. Ya conoce usted al almirante.
-Bienvenidos de vuelta a bordo, doctor McCoy, coman­dante Spock -y luego volvió a hablar apresuradamente, con un deje de disculpa en la voz-. Espero que comprenderá que esa demora era necesaria. El capitán Kirk quería estar to­talmente seguro de la limpieza de la computadora y descar­tar cualquier sorpresa en los circuitos que controlan las ope­raciones del transportador.
-Es una precaución lógica, capitán -reconoció Spock cuando McCoy pareció no hallar palabras para responder a aquello-. Pero no interrumpa los procedimientos formales porque nosotros hayamos vuelto a la vida.
-Por supuesto -repuso Brady, que pareció momentánea­mente descontento por aquel intercambio de palabras-. Como iba diciendo, no hemos encontrado ni rastro de la nave klingon. Suponemos que cambió de rumbo en cuanto estu­vo fuera del radio de alcance de los sensores de la Enterprise y consiguió zafarse de la búsqueda de que era objeto. -Sa­cudió la cabeza-. Dado que sólo había dos naves en el área, no debe haberles resultado difícil conseguirlo.
-Es indudable que habían planeado muy bien la huida -comentó Kirk, que, tras echarles una mirada a Spock y McCoy, prosiguió-. Todo indica que retrasaron la partida hasta que estuvieron seguros del fracaso de Carmody. Delkondros y al menos una docena de otros, que podrían o no haber sido klingons y que se hacían pasar por seres humanos, desaparecieron poco después que fuesen destruidas las naves de vigilancia. Suponemos que se trató de una evacua­ción. En cualquier caso, es evidente que los klingon no te­nían planeado darle a Carmody una segunda oportunidad, al igual que él no iba a hacerlo con Finney.
Brady asintió con la cabeza.
-Incluso aunque hubiera tenido éxito, apostaría a que habrían hallado la manera de librarse de él. Puesto que se mostró tan dispuesto a traicionar a la Federación, ¿cómo po­dían confiar en que no lo haría con el imperio?
-Eso puede decirlo con toda seguridad -intervino McCoy-. Según Finney, Carmody trabajaba para sí mismo y absolutamente para nadie más. -El médico profirió un bufido-. Encajaba perfectamente con la forma de hacer las cosas de los klingon. Opinaba que el sistema que tienen de «ascenso mediante el asesinato» era sencillamente excelen­te, y no habría vacilado ni un segundo en utilizarlo él mismo.
-¿Llegaremos alguna vez a comprender a los klingon? -preguntó retóricamente el almirante Brady mientras me­neaba la cabeza-. ¿O a los humanos como Carmody, ya que estamos en ello? Pero, Jim, ¿considera probable que los klingon se hayan llevado una copia del programa de Finney?
-Yo diría que eso es virtualmente una certidumbre, al­mirante, pero dudo que intenten utilizarlo. Para empezar, es­cucharon absolutamente todo lo que sucedía hasta el segundo en que partieron, razón por la cual ya sabrán que instalare­mos protecciones contra ese programa o cualquier otro de características similares. Aunque intentaran utilizarlo, aho­ra nosotros estaremos a la espera, dado que, Finney ha visto por fin el error de su forma de actuar y prestará a la Flota Estelar toda la ayuda que pueda para proporcionarle esas protecciones, incluso durante el período en que reciba la te­rapia que le hace falta.
Brady asintió enfáticamente con la cabeza.
-Esta vez, la seguridad de nuestras instalaciones psiquiá­tricas será un poco más severa. Ah, una cosa, Jim, antes de abandonar el sistema chyrellkano... asegúrese bien que la verdad de lo sucedido circule ampliamente en ambos mundos.
-Eso no constituirá ningún problema, almirante -inter­vino Spock-. Mientras nos encontrábamos en la nave vancadiana, a la espera de ser transferidos a bordo de la Enterprise, el profesor Rohgan y el consejero Tylmaurek se ofrecieron para trabajar en colaboración con nosotros. Los dos dan por seguro que los pueblos de ambos planetas se mostrarán más propensos a razonar, ahora que la interven­ción de los klingon ha cesado.
-Creo que así será -agregó McCoy-. En cuanto se en­teraron de lo que sucedía, todos los tripulantes de la lanza­dora se mostraron dispuestos a olvidar y perdonar. La im­presión que me dio el profesor Rohgan es que estaba preparado para comenzar a impulsar a estas gentes a ingre­sar en la Federación en cuanto regresara a la superficie de Vancadia.
-Excelente, doctor McCoy. Todos han realizado un tra­bajo excelente, capitán, comandante Spock. Manténgannos informados.
Al desvanecerse de la pantalla la imagen del almirante Brady, Kirk volvió a encararse con Spock y McCoy.
-Ustedes dos me han dado un susto de muerte -declaró mientras a sus labios asomaba una débil aproximación de la sonrisa que les había recibido cuando entraron en el puen­te-. Realmente les agradecería que no volvieran a hacerlo.
-Nos esforzaremos por evitar una repetición de este in­cidente -replicó solemnemente Spock.
-Tampoco yo puedo decir que me gustaría repetirlo -di­jo McCoy, y luego agregó con una sacudida de la cabeza-. ¿Pero sabe qué es lo que resulta verdaderamente aterrador, Jim? Esa gente estuvo a punto de conseguir que su treta fun­cionase. Probablemente lo habrían conseguido si se hubie­ran limitado a confiar los unos en los otros, en lugar de apu­ñalarse por la espalda a la primera oportunidad que se les presentaba.
-Eso es muy improbable, doctor -comentó Spock sin levantarlos ojos de las lecturas de la terminal científica ha­cia la que se había vuelto en cuanto el almirante había ce­rrado la comunicación.
-Ah, ¿y mediante qué bola de cristal lo sabe usted, Spock?
-No es necesario disponer de una bola de cristal, doc­tor, ni de ninguno de los otros artilugios que emplean los charlatanes. Se trata de simple lógica. Me sorprende que us­ted tampoco sea capaz de verlo.
-Para usted, resolver mentalmente una ecuación de seis dimensiones constituye un simple ejercicio de lógica, Spock. ¿Qué le parece si nos lo explica a nosotros, meros humanos, que tenemos problemas para mantener tres dimensiones en su sitio?
-Como usted quiera, doctor -respondió Spock, y se vol­vió para mirarle-. Es simplemente que, si las personas son propensas a confiar las unas en las otras, no sienten, en prin­cipio, ni el deseo ni las razones que las impulsen a trazar un plan semejante.
McCoy profirió un resoplido.
-Y si los cerdos tuvieran alas, volarían.
Spock arqueó una ceja casi imperceptiblemente.
-¿Debo suponer que ese es uno de sus aforismos huma­nos, doctor, que implica que los seres humanos, como espe­cie, no son dignos de confianza?
McCoy se encogió de hombros y sus ojos recorrieron rá­pidamente el puente, de Kirk a Spock y el resto de los tripu­lantes.
-Creo que mejoramos, señor Spock... al menos un poco aquí y otro poco allá. -Su expresión se volvió más anima­da-. Bajo su experta guía, por supuesto.
-Es gratificante comprobar que finalmente reconoce usted mis contribuciones, doctor -le contestó Spock mientras volvía su atención hacia los instrumentos de la terminal cien­tífica.
Kirk se echó a reír en tanto contemplaba momentánea­mente el rostro del vulcaniano en busca de un atisbo de son­risa que no consiguió descubrir.
-Adelante a factor hiperespacial tres, señor Sulu -dijo-. Sáquenos de aquí.


FIN


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