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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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martes, 13 de abril de 2010

LAS NAVES DEL TIEMPO -- 3ªparte

LAS NAVES DEL TIEMPO
STEPHEN BAXTER
3ªparte
Recordando a:
H.G.WELLS
en
"LA MAQUINA DEL TIEMPO"


14

SUPERVIVIENTES

Stubbins y yo decidimos que lo mejor sería sacar a Hilary del bosque, lejos de las emisiones dañinas del carolinio, y llevarla a nuestro campamento de la playa, donde el ingenio avanzado de Nebogipfel podría encontrar una forma de hacerle la vida más confortable. Pero estaba muy claro que Hilary no tenía fuerzas para caminar más. Por tanto, improvisamos una camilla con dos ramas largas, con mis pantalones y la camisa de Stubbins atados entre ellas. Tuvimos cuidado con las ampollas y colocamos a Hilary en el cacharro. Gritó cuando la movimos, pero en cuanto la colocamos en la camilla su incomodidad se alivió.

Recorrimos el bosque de vuelta a la playa. Stubbins iba delante, y pronto pude ver que su espalda huesuda se llenaba de sudor y polvo. Caminaba torpemente por la oscuridad y las lianas y ramas bajas le pegaban en la cara; pero no se quejó, y mantuvo sus manos firmemente alrededor de los mangos de la camilla. Yo, siguiéndole en calzoncillos, agoté pronto mis fuerzas, y los músculos me empezaron a temblar. En ocasiones, me parecía imposible que pudiese levantar los pies para dar otro paso, o seguir sosteniendo la camilla. Pero, al mirar la determinación estoica de Stubbins frente a mí, luché por ocultar mi fatiga y seguir sus pasos.

Hilary yacía inconsciente, con los brazos agitándose. Se quejaba ligeramente, a medida que los ecos del dolor se abrían paso por su sistema nervioso.

Cuando llegamos a la costa, sentamos a Hilary a la sombra y Stubbins le levantó la cabeza, sosteniendo el cráneo con una sola mano, y le dio sorbos de agua. Stubbins era un hombre torpe, pero actuó con una delicadeza y sensibilidad que superaron las limitaciones naturales de su cuerpo; me parecía que ponía todo su ser en aquellos actos de gentileza para con Hilary. Stubbins me parecía fundamentalmente un hombre bueno y amable, y acepté que su cuidadosa preocupación por Hilary estaba motivada por la compasión. Pero también vi que hubiese sido imposible para Stubbins haber sobrevivido -gracias a la suerte de estar realizando un trabajo lejos del campamento cuando ocurrió el desastre- cuando todos sus compañeros habían muerto; y preveía que pasaría muchos de los días que le quedaban en actos de contrición como aquél.

Cuando terminamos de hacer todo lo que pudimos, recogimos la camilla y continuamos andando por la playa. Stubbins y yo, casi desnudos, con el cuerpo cubierto por el hollín y las cenizas del bosque en llamas, y con el cuerpo herido de Hilary Bond suspendido entre nosotros, caminamos por el suelo firme y húmedo de la orilla, con la arena fría y mojada entre los dedos y las olas saladas del mar golpeándonos las espinillas.

Cuando llegamos al pequeño campamento, Nebogipfel tomó el mando.

Stubbins intentó ayudar, pero impedía los movimientos de Nebogipfel y el Morlock se dedicó a lanzarme miradas hostiles hasta que agarré a Stubbins por el brazo y me lo llevé.

-Mira, amigo -dije-, el Morlock puede tener un aspecto un poco extraño, pero me atrevo a decir que sabe más de medicina que tú o que yo. Creo que es mejor que le dejemos vía libre durante un rato, y que él cuide a la capitana.

Stubbins cerró las grandes manos.

Finalmente tuve una idea.

-Todavía tenemos que buscar a los otros -dije- ¿Por qué no encendemos un fuego? Si empleas madera tierna y produce mucho humo, podrías crear una señal visible a muchas millas.

Stubbins aceptó la sugerencia con prontitud y se internó sin demora en el bosque. Parecía un animal torpe cargando ramas, pero me alivió haber encontrado un propósito útil para la energía que fluía de él.

Nebogipfel preparó una serie de cáscaras abiertas, colocadas sobre la arena, cada una llena con una loción láctea que había inventado. Le pidió a Stubbins la navaja; con ella, comenzó a cortar las ropas de Hilary.

Nebogipfel cogía la loción a manos llenas y, con sus suaves dedos de Morlock, trataba la carne más dañada.

Al principio Hilary, todavía inconsciente, gritaba al sufrir aquel tratamiento; pero pronto su malestar pasó, y pareció sumergirse en un sueño profundo y tranquilo.

-¿Qué es ese liquido?

-Un ungüento -dijo mientras seguía trabajando-, compuesto de leche de coco, aceite de bivalvo y plantas del bosque. -Se colocó mejor la máscara sobre la cara, y se dejó una marca de loción pegajosa-. Le aliviará el dolor de las quemaduras.

-Me impresiona tu previsión al preparar el ungüento -le dije.

-No se necesita mucha previsión -dijo fríamente- para prever tales víctimas, después de vuestra catástrofe autoinflingida de ayer.

Sentí un ramalazo de irritación al oír aquello. ¿Autoinflingida?

Ninguno de nosotros le habíamos pedido al maldito alemán que atravesase el tiempo con su bomba de carolinio.

-Vete al infierno, ¡intentaba agradecerte tus esfuerzos con esta mujer!

-Pero hubiese preferido que no trajeseis esta triste víctima de la estupidez para probar mi compasión e ingenio.

-Oh... ¡maldita sea! -A veces el Morlock era imposible; bastante inhumano, pensé.

Stubbins y yo cuidamos de la hoguera, alimentándola con madera tan verde que se resquebrajaba lanzando oleadas de humo blanco. Stubbins inició breves pero ineficaces búsquedas por el bosque; tuve que prometerle que si el fuego no producía resultado en unos pocos días, retomaríamos la expedición alrededor del centro de la explosión.

Fue al cuarto día después de la explosión cuando los demás supervivientes comenzaron a llegar a nuestra señal. Llegaban solos o en parejas, y estaban quemados y maltrechos, vestidos con los restos de los equipos de selva. Pronto Nebogipfel dirigía un hospital de campaña respetable -una fila de camastros de palmas bajo la sombra de los dipterocarpos- mientras quienes podíamos movernos ejecutábamos tareas simples de enfermería y recogíamos más víveres.

Durante un tiempo mantuvimos la esperanza de que en algún otro sitio hubiese un campamento mejor equipado que el nuestro. Yo especulaba con que Guy Gibson hubiese sobrevivido y se hubiera encargado de todo a su modo práctico y decidido.

Tuvimos una breve ráfaga de optimismo de ese estilo cuando un vehículo a motor llegó por la playa. El coche llevaba dos soldados, ambos mujeres jóvenes. Pero pronto nos decepcionamos. La dos chicas no eran sino la expedición más lejana que la Fuerza Expedicionaria había enviado desde la base: habían seguido la costa hacia el oeste, buscando la forma de ir tierra adentro.

Durante algunas semanas después del ataque mantuvimos patrullas por la playa y el interior de la selva. En ocasiones encontraban los restos de alguna pobre víctima del bombardeo. Algunos parecían haber sobrevivido durante un tiempo después de la explosión, pero debilitados por las heridas, no habían podido salvarse o pedir ayuda (Nebogipfel señaló concienzudo que debíamos recuperar todos los restos de metal, porque decía que pasaría mucho tiempo antes de que nuestra colonia residual pudiese fundirlos). Pero no encontramos más supervivientes; las dos mujeres del coche fueron las últimas en unírsenos.

Pese a todo, mantuvimos encendida la señal día y noche hasta mucho después de que se desvaneciese cualquier esperanza razonable de encontrar más supervivientes.

Finalmente, del centenar o más de miembros de la expedición, veintiún individuos -once mujeres, nueve hombres y Nebogipfel sobrevivieron al bombardeo y la tormenta de fuego. No se encontraron rastros de Guy Gibson, ni del médico.

Así que nos empleamos en el cuidado de los heridos, la recogida de los víveres necesarios para mantenernos con vida de un día para otro, y la recogida de ideas para construir una colonia para el futuro... ya que, con la destrucción de los Juggernauts, pronto tuvimos claro que no regresaríamos a nuestros siglos de origen: que aquella tierra del Paleoceno recibiría después de todo nuestros huesos.

15

UN NUEVO ASENTAMIENTO

Cuatro murieron por las quemaduras y otras heridas poco después de ser traídos al campamento. Al menos parecía que habían sufrido poco, y me pregunté si Nebogipfel no habría alterado sus improvisadas drogas para reducir el sufrimiento de aquellos infelices.

Sin embargo, me guardé esas especulaciones.

Cada pérdida cubría con un velo mortuorio nuestra pequeña colonia. Yo me sentía paralizado, como si mi alma estuviese repleta de horrores e incapaz ya de reaccionar. Observaba a los jóvenes soldados, vestidos con los restos ensangrentados de ropas militares, dedicarse a tareas deprimentes; y sabía que aquellas muertes, en medio de la miseria brutal y primitiva en la que ahora intentábamos sobrevivir, les obligaba a enfrentarse nuevamente a su propia mortalidad.

Peor todavía, después de unas pocas semanas un nuevo mal comenzó a asolar nuestras huestes diezmadas. Afectaba a algunos de los ya heridos, y; preocupantemente, a otros que parecían no haber sufrido daños por la explosión. Los síntomas eran desagradables: vómitos, hemorragias por los orificios del cuerpo y pérdida de pelo, uñas e incluso de dientes.

Nebogipfel me llevó a un lado.

-Es como temía -me susurró-. Es una enfermedad producida por la exposición a la radiación del carolinio.

-¿Alguno de nosotros está a salvo... o todos la sufriremos?

-No tenemos forma de tratarla, sólo podemos aliviar algunos de los peores síntomas. En lo que se refiere a la seguridad...

-¿Sí?

Se metió la mano bajo la máscara para frotarse los ojos.

-No hay un nivel seguro de radiactividad-dijo-. Sólo hay niveles de riesgo, de posibilidad. Puede que sobrevivamos todos... o puede que muramos todos.

Lo encontré preocupante. Ver aquellos cuerpos jóvenes, ya castigados por años de guerra, ahora destrozados sobre la arena, por la mano de un ser humano, y sólo con los cuidados inexpertos de un Morlock -un alienígena varado- para tratar sus heridas... me hacía avergonzarme de mi especie, y de mí mismo.

-Una vez, ya sabes -le dije a Nebogipfel-,creo que una parte de mí podía haber defendido que la guerra podía al final ser buena, porque podía romper las costumbres osificadas del viejo orden de las cosas, y traer el cambio al mundo. Y en una ocasión creí en el optimismo innato de la humanidad: que, después de haber presenciado tanta destrucción en una guerra como ésta, un cierto sentido común sincero prevalecería para acabar con todo eso.

Nebogipfel se frotó la cara.

-¿«Sentido común sincero»? -repitió.

-Bien, eso es lo que imaginaba -dije-. Pero no había experimentado la guerra, no de verdad. Una vez que los humanos empiezan a matarse los unos a los otros, ¡pocas cosas los detendrán hasta que los derrote el agotamiento y el desgaste! Ahora veo que la guerra no tiene sentido... ni siquiera en...

Por otro lado, le dije a Nebogipfel, me sorprendía la devoción desinteresada del puñado de supervivientes por la atención y cuidado de los otros. Ahora que nuestra situación había quedado reducida a lo mínimo -el simple dolor humano- las tensiones de clase, raza, credo y rango, que había visto en la Fuerza Expedicionaria antes del bombardeo, se habían disuelto.

¡Así contemplaba, al adoptar el punto de vista desapasionado de un Morlock, el complejo contradictorio de fuerzas y debilidades que yacían en el alma de mi especie! Los humanos son más brutales y también, en cierta forma, más angelicales que lo que me indicaban las poco profundas experiencias de las primeras cuatro décadas de mi vida.

-Es un poco tarde -le concedí-, para aprender lecciones tan profundas sobre la especie con la que he compartido el planeta durante cuarenta y tantos años. Pero así es. Creo ahora que si el hombre obtiene alguna vez la paz y la estabilidad -al menos antes de convertirse en algo nuevo como los Morlocks-, entonces la unidad de la especie tendrá que comenzar en lo más profundo: construyendo sobre los pilares más firmes -la única base posible- el apoyo instintivo del hombre a sus semejantes. -Miré a Nebogipfel-. ¿Ves adónde quiero ir? ¿Crees que tiene sentido lo que digo?

Pero el Morlock ni apoyó ni rechazó esas racionalizaciones. Simplemente me devolvió la mirada: calmada, observadora, analítica.

Perdimos tres almas más por la enfermedad de la radiación.

Otros mostraron algunos síntomas -Hilary Bond, por ejemplo, sufrió una gran pérdida de pelo- pero sobrevivieron; y otros, incluso un hombre que había estado más cerca que nadie de la explosión, no mostraron ningún efecto secundario en absoluto. Pero, me advirtió Nebogipfel, no habíamos acabado todavía con el carolinio; ya que otras enfermedades -cáncer y otros males del cuerpo- podían desarrollarse en nosotros más adelante.

Hilary Bond era el mayor oficial superviviente y, tan pronto como pudo levantarse del camastro, tomó autoritaria y tranquilamente el mando. Una disciplina militar natural comenzó a dirigir nuestro grupo -aunque muy simplificada, considerando que sólo habían sobrevivido trece miembros de la Fuerza Expedicionaria- y creo que los soldados, especialmente los más jóvenes, se tranquilizaban por la recuperación de esa estructura familiar de su mundo. El orden militar no podía durar, por supuesto. Si nuestra colonia florecía, crecía y sobrevivía más allá de esa generación, entonces una cadena de mando según líneas militares no sería ni deseable ni práctica. Pero reflexioné que por ahora era necesaria.

La mayoría de los soldados tenía esposas, padres, amigos -incluso hijos- «en casa», en el siglo veinte. Ahora debían aceptar que ninguno de ellos regresaría a casa, y, a medida que los restos del equipo se deshacían lentamente en la humedad de la jungla, los soldados comenzaron a entender que todo lo que les mantendría en el futuro sería el fruto de su trabajo e ingenio, y el apoyo de unos a otros.

Nebogipfel, todavía preocupado por los peligros de la radiación, insistió en que debíamos establecer un campamento permanente más lejos. Enviamos grupos de exploración, empleando el coche lo mejor posible mientras duró el combustible. Finalmente, nos decidimos por el delta de un ancho río, a unas cinco millas al sudoeste del campamento original de la expedición; supongo que estaba en la vecindad de Surbiton. La tierra que rodeaba nuestro valle fluvial era fértil y estaba irrigada, si decidíamos desarrollar la agricultura en el futuro.

Realizamos la migración en varias fases, ya que había que transportar a la mayoría de los heridos durante todo el camino. A1 principio empleamos el vehículo, pero pronto agotamos el combustible.

Nebogipfel insistió en que nos llevásemos el vehículo con nosotros, para que sirviese de mina de goma, vidrio, metal y otros materiales; y para su viaje final empujamos el coche como un carro por la arena, lleno de heridos y con nuestras provisiones y equipo.

Así recorrimos la playa los catorce que habíamos sobrevivido, con las ropas rotas y las heridas mal curadas. Me sorprendió pensar que si un observador desapasionado hubiese visto esa comitiva, ¡apenas podría deducir que aquella miserable banda de supervivientes eran los únicos representantes en aquella época de una especie que podría un día destruir mundos!

El lugar de nuestra nueva colonia estaba lo bastante lejos del primer campamento de la expedición para que el bosque no mostrase señales de daños. Pero todavía no podíamos olvidar el bombardeo; de noche todavía permanecía el brillo púrpura al este -Nebogipfel dijo que sería visible durante muchos años- y, agotado por el trabajo diario, a menudo me sentaba al borde del campamento, lejos de la luz y de las charlas de los demás, para contemplar cómo se elevaban las estrellas por encima de aquel volcán hecho por el hombre.

Al principio el campamento era simple: poco más que una hilera de cobertizos improvisados con ramas caídas y hojas de palma. Pero al asentarnos y una vez que el suministro de agua y comida estuvo garantizado, se estableció un programa de construcción más vigoroso. Se acordó que la primera prioridad era un salón comunal, lo bastante grande para acogernos a todos en caso de tormenta u otro desastre. Los nuevos colonos se aprestaron con ganas a construirlo. Siguieron el esquema preliminar que había desarrollado para mi propio refugio: una plataforma de madera, sostenida sobre pilotes; pero la escala era bastante más ambiciosa.

Limpiamos el campo al lado del río para que Nebogipfel pudiese dirigir el cultivo paciente de lo que un día podían ser plantaciones útiles, criadas a partir de la flora aborigen. Se construyó un primer bote -una tosca canoa- para pescar en el mar.

Capturamos, después de muchos esfuerzos, una pequeña familia de Diatryma, y los encerramos tras una valla. Aunque las bestias se escaparon varias veces, provocando el pánico en la colonia, nos decidimos a mantener y domar a los pájaros, porque era agradable la perspectiva de carne y huevos de una banda de Diatrymas domesticados, e incluso experimentamos con la posibilidad de atar un arado a uno de ellos.

Día a día, los colonos me trataban con una deferencia amable, como correspondía a mi edad -¡les concedí esa duda!- y mi amplia experiencia en el Paleoceno. Por mi parte, me encontré ejerciendo de líder de algunos de nuestros proyectos en los primeros días, gracias a mi amplia experiencia. Pero la inventiva de los jóvenes, ayudada por el entrenamiento de supervivencia en la jungla que habían recibido, les permitió superar rápidamente mi limitada comprensión; y pronto detecté una cierta diversión tolerante en su trato conmigo. Sin embargo, seguí siendo un participante entusiasta en las muchas actividades de la colonia.

Y en lo que respecta a Nebogipfel, siguió siendo, muy naturalmente, un poco un recluso en aquella sociedad de jóvenes humanos.

Una vez resueltos los problemas médicos inmediatos y con más tiempo libre, Nebogipfel se dedicó a pasar largos periodos lejos de la colonia. Visitaba nuestro viejo refugio, que todavía estaba en pie a algunas millas al noroeste por la playa; y realizaba grandes exploraciones por el bosque. No me confió cuáles eran los propósitos de aquellos viajes. Recordé el coche del tiempo que había intentado construir, y sospeché que había vuelto a un proyecto similar; pero sabía que la plattnerita de la Fuerza Expedicionaria había sido destruida en el bombardeo, por lo que no veía el sentido de continuar con ese plan. Sin embargo, no presioné a Nebogipfel sobre sus actividades, sabiendo que, de todos nosotros, él era el que estaba más solo -el más alejado de la compañía de sus semejantes- y por tanto, quizás, el más necesitado de tolerancia.

16

LA FUNDACIÓN DE PRIMER LONDRES

A pesar de las terribles calamidades que habían sufrido, los colonos eran jóvenes resistentes, y podían tener un gran estado de ánimo. Gradualmente -una vez terminadas las muertes por radiación, y una vez que quedó claro que no nos moriríamos de hambre o acabaríamos en el mar- se hizo evidente un cierto buen humor.

Una tarde, con las sombras de los dipterocarpos extendiéndose hacia el mar, Stubbins me encontró sentado, como era habitual, al borde del campamento, mirando el resplandor del cráter del bombardeo. ¡Con timidez dolorosa me preguntó -para mi sorpresa- si quería unirme a un partido de fútbol! Mis protestas de que jamás había jugado un partido no sirvieron de nada, y pronto me encontré caminando por la playa, hacia el lugar donde habían marcado un campo simple y con postes -restos de madera de la construcción del salón- que servían de portería. La «pelota» era un fruto de palmera, vacío de leche, y ocho de nosotros nos preparamos para jugar, una mezcla de hombres y mujeres.

No espero que aquella austera batalla pase a los anales de la historia deportiva. Mi contribución fue mínima, excepto poner en evidencia esa falta completa de coordinación física que había convertido mis días de escuela en un calvario. Stubbins era de lejos el mejor de nosotros. Sólo tres de los jugadores, incluyendo a Stubbins, estaban sanos por completo, y uno de ésos era yo, y me agoté por completo a los diez minutos de empezar. ¡El resto era una colección de heridas y -cómicos y patéticos- miembros amputados o artificiales! Pero pese a todo, al desarrollarse el partido y empezar a surgir las risas y los gritos de apoyo, me pareció que mis compañeros eran poco más que niños; castigados y perdidos, y ahora varados en una época antigua. Pero aun así niños.

¿Qué especie es ésta, me pregunté, que daña de tal forma a sus propios hijos?

Cuando acabó el partido, nos fuimos del campo, riéndonos y agotados. Stubbins me agradeció que me uniese a ellos.

-De nada -le dije-. Eres un buen jugador, Stubbins. Quizá debías haber sido profesional.

-Bien, lo fui de hecho -dijo melancólico-. Fui alevín con el Newcastle United... pero eso fue al principio de la guerra. Pronto, se acabó el fútbol. Oh, ha habido algunas competiciones después, ligas regionales y la Copa de Guerra, pero en los últimos cinco o seis años, incluso eso se ha acabado.

-Bien, creo que es una pena -dije-. Tienes talento, Stubbins.

Se encogió de hombros, su decepción evidente se mezclaba con su modestia natural.

-No estaba escrito.

-Pero ahora has hecho algo mucho más importante -le consolé-. Has jugado el primer partido de fútbol sobre la Tierra y metiste tres goles. -Le palmeé la espalda-. ¡Ése es un buen récord!

Al pasar el tiempo se hizo evidente -quiero decir, a ese nivel del espíritu por debajo del intelecto donde reside el verdadero conocimiento- que realmente jamás volveríamos a casa. Lentamente -supongo que inevitablemente- los lazos y relaciones del siglo veinte se volvieron lejanos, y los colonos se unieron en parejas. Esas parejas no respetaban rango, clase o raza: los cipayos, los gurkha y los ingleses formaban nuevas relaciones. Sólo Hilary Bond, con ese aire residual de mando, permaneció al margen.

Le señalé a Hilary que podía emplear su rango para realizar bodas, de la misma forma que un capitán naval une a los pasajeros en matrimonio. Agradeció amablemente la sugerencia, pero detecté escepticismo en su voz, y no discutimos más la cuestión.

Una pequeña serie de viviendas se extendió hasta el valle fluvial desde el núcleo en la costa. Hilary lo contemplaba con ojo liberal; su única regla era que -por ahora- toda vivienda debía ser visible desde otra, y que ninguna podía estar a más de una milla del salón. Los colonos aceptaron las normas.

La sabiduría de Hilary en la cuestión de los matrimonios -y mi estupidez- se hizo pronto evidente, porque un día vi a Stubbins pasear por la playa del brazo de dos mujeres. Los saludé con alegría, ¡pero no fue hasta que pasaron cuando me di cuenta de que no sabía cuál de la dos era la «mujer» de Stubbins!

Me enfrenté a Hilary y ella claramente se divertía.

-Pero -protesté-, vi a Stubbins con Sarah en el baile del granero, pero cuando llamé a su puerta la semana pasada, había otra chica...

Se rió de mí y puso sus manos llenas de cicatrices sobre mis brazos.

-Mi querido amigo -dijo-, has navegado por los mares del Espacio y el Tiempo, has cambiado muchas veces la historia; eres un genio más allá de toda duda... y aun así, ¡qué poco conoces a la gente!

Sentí vergüenza.

-¿Qué quieres decir?

-Piénsalo. -Se pasó la mano por el cráneo pelado, donde había retazos de pelo gris-. Somos trece, sin contar a tu amigo Nebogipfel. Y, de los trece, ocho son mujeres y cinco hombres. -Me miró-. Y eso es todo lo que tenemos. No hay una isla más allá del horizonte de la que puedan venir más jóvenes a desposar nuestras doncellas...

»Si hacemos matrimonios estables, si adoptamos la monogamia como sugieres, entonces nuestra pequeña sociedad pronto se desmoronaría. Ya que, está claro, ocho y cinco no se emparejan. Por lo tanto, creo que una cierta libertad es apropiada. Por el bien de todos. ¿No crees? Y además, es bueno para la «diversidad genética» sobre la que tanto nos adoctrina Nebogipfel.

Estaba sorprendido; ¡no por (lo creía sinceramente) las dificultades morales, sino por lo que tenía de calculador!

Preocupado, quise irme, y me llegó una idea. Me volví.

Pero, Hilary, yo soy uno de los cinco hombres de los que hablas.

-Por supuesto. -Estaba claro que se reía de mí.

-Pero yo... quiero decir, yo no...

Sonrió.

-Entonces quizá sea hora de que lo hagas. Sólo consigues que sea peor, ya sabes.

Me fui confundido. ¡Evidentemente, entre 1891 y 1944 la sociedad había evolucionado en formas que nunca había soñado!

Las obras del gran salón seguían a buen ritmo, y unos pocos meses después del bombardeo la parte principal de la construcción quedó terminada. Hilary Bond anunció que una ceremonia de inauguración conmemoraría la finalización de la obra. Al principio Nebogipfel fue reacio -con el análisis excesivo de los Morlocks no veía sentido a ese ejercicio-, pero le persuadí de que sería políticamente conveniente, en lo referente a sus futuras relaciones con los colonos, que asistiese.

Me lavé y afeité, y me puse tan elegante como me fue posible vestido con un par harapiento de pantalones. Nebogipfel se peinó y arregló las melenas de pelo rubio. Dada la situación práctica, muchos colonos se paseaban básicamente desnudos, con poco más que trozos de piel o tela para cubrirse. Hoy, sin embargo, vestían los restos de los uniformes, lavados y reparados en lo posible, y aunque era un desfile que no hubiese sido aceptado en Aldershot, fuimos capaces de presentarnos en un alarde de elegancia y disciplina que yo encontré entrañable.

Subimos un tramo desigual de escaleras y entramos en el interior oscuro del nuevo salón.

El suelo -aunque desigual- estaba ordenado y limpio, y el sol de la mañana entraba por las ventanas sin vidrios. Me sentí impresionado: a pesar de lo rudimentario de la arquitectura y la construcción, el lugar tenía una sensación de solidez, de deseo de permanencia.

Hilary Bond se subió a un podio improvisado con el depósito de gasolina del coche, y dejó reposar las manos sobre los anchos hombros de Stubbins. Su cara destrozada, coronada por aquellos bizarros penachos de pelo, mostraba una dignidad simple.

Nuestra nueva colonia, declaró, quedaba ahora fundada, y lista para recibir un nombre: propuso llamarla Primer Londres. Luego nos pidió que nos uniésemos a ella en una oración. Bajé la cabeza como todos y uní las manos frente a mí. Me había criado en una casa estrictamente religiosa y las palabras de Hilary me provocaban nostalgia, llevándome de vuelta a un periodo más simple de mi vida, a tiempos de certidumbre y seguridad.

Finalmente, mientras Hilary seguía hablando, simplemente y con facilidad, dejé de analizarlo todo y me permití el unirme a la simple Celebración comunal.

17

NIÑOS Y DESCENDIENTES

Los primeros frutos de las nuevas uniones llegaron durante el primer año, bajo la supervisión de Nebogipfel.

Nebogipfel inspeccionó al primer nuevo colono cuidadosamente -oí que la madre no las tenía todas consigo sobre dejar que el Morlock tocase a su bebé y protestó; pero Hilary Bond estaba allí para calmar esos temores- y finalmente anunció que el bebé era una niña perfecta, y se la devolvió a sus padres.

Con rapidez -o eso me parecía- nacieron varios niños en el lugar. Era normal ver a Stubbins llevar a su hijo en hombros para que disfrutara; y sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que hiciese que el niño le diese patadas a los bivalvos como si fuesen balones de fútbol.

Los niños eran una inmensa fuente de alegría para la colonia. Antes de los primeros nacimientos, varios de los colonos habían sufrido severos ataques de depresión, producidos por la nostalgia y la soledad. Ahora, sin embargo, había niños de los que ocuparse: niños que sólo conocerían Primer Londres como hogar, y cuya prosperidad futura proporcionaba una meta -la mayor meta de todas- a sus padres.

Y para mí, al mirar los miembros suaves e ilesos de los niños, mecidos entre las carnes llenas de cicatrices de padres que todavía eran jóvenes, era como ver que la sombra de aquella guerra terrible se levantaba al fin, una sombra desterrada por la luz abundante del Paleoceno.

Sin embargo, Nebogipfel inspeccionaba a cada recién llegado.

Finalmente, llegó un día en que no devolvió un niño a su madre. Ese nacimiento se convirtió en una oportunidad para la tristeza privada, en la que el resto no nos entrometimos; y después Nebogipfel desapareció en el bosque, para dedicarse a sus actividades secretas, durante largos días.

Nebogipfel pasaba mucho tiempo dirigiendo lo que él llamaba «grupos de estudio». Estaban abiertos a cualquiera de los colonos, aunque de hecho sólo aparecían tres o cuatro, dependiendo del interés o de otros compromisos. Nebogipfel hablaba de aspectos prácticos de vida en las condiciones del Paleoceno, como la fabricación de velas y telas a partir de ingredientes locales; incluso inventó un jabón, una pasta basta y arenosa fabricada con sosa y grasa animal. Pero también se extendía en temas de importancia más amplia: medicina, física, matemática, química, biología, y los principios del viaje en el tiempo...

Asistí a varias de esas sesiones. A pesar de la naturaleza ultraterrena de su voz y maneras, la exposición del Morlock siempre era admirablemente clara, y tenía la habilidad de saber hacer preguntas para probar la comprensión de la audiencia. Escuchándole, ¡comprendí que podía haber enseñado bastantes cosas a los profesores de las universidades británicas!

Y en lo que se refiere al contenido, se cuidaba de limitarse al lenguaje de su audiencia -al vocabulario, si no a la jerga, de 1944-, pero resumía para ellos los desarrollos principales posteriores a esa fecha. Preparaba demostraciones siempre que podía, con trozos de metal y madera, o trazaba diagramas en la arena con palos; hizo que sus «estudiantes» cubriesen todo trozo de papel que se pudo recuperar con sus conocimientos codificados.

Una noche obscura sin luna, lo discutí con él. Se había quitado la máscara, y sus ojos rojo grisáceo parecían luminosos; trabajaba con un mortero y una mano de almirez primitivos, con los que deshacía hojas de palma en un .líquido.

-Papel -dijo-. O al menos un experimento en esa dirección... ¡Debemos conseguir papel! La memoria verbal humana no es lo bastante fiel. Cuando me marche, lo perderán todo a los pocos años...

Pensé -resultó que erróneamente- que se refería al miedo, o a la expectativa, en cualquier caso, de la muerte. Me senté a su lado y cogí el mortero y la maja.

-¿Pero tiene esto sentido? Por el momento, al menos sobrevivimos. ¡Y les hablas de Mecánica Cuántica y de la teoría unificada de la tísica! ¿Qué necesidad tienen de eso?

-Ninguna -dijo-. Pero sí sus hijos... si quieren sobrevivir. Mira: según teorías aceptadas, se necesita una población de varios cientos, en cualquiera de las especies de grandes mamíferos, para tener la suficiente diversidad genética que garantice la supervivencia a largo plazo.

-Diversidad genética... Hilary lo mencionó.

-Está claro que el material humano aquí es demasiado pequeño para la viabilidad de la colonia, incluso si todo el material genético disponible entra en juego.

-¿Por lo tanto?

-Por tanto, la única posibilidad de supervivencia para estas gentes más allá de dos o tres generaciones es que obtengan rápidamente avanzados conocimientos tecnológicos. De esa forma, pueden convertirse en dueños de su destino genético: no tienen por qué tolerar las consecuencias de la endogamia, o los daños genéticos a largo plazo provocados por la radiactividad del carolinio. Ves por tanto que necesitan de la Mecánica Cuántica y de todo lo demás.

Empujé la mano de almirez.

-Sí. Pero hay una pregunta implícita... ¿debe la humanidad sobrevivir aquí, en el Paleoceno? Quiero decir, no deberíamos estar aquí... no durante los próximos cincuenta millones de años.

Me estudió.

-¿Pero cuál es la alternativa? ¿Quieres que mueran?

Recordé mi decisión de erradicar la Máquina del Tiempo antes de que fuese construida... detener la interminable fragmentación de la historia. Ahora, gracias a mis meteduras de pata, había provocado indirectamente el establecimiento de una colonia humana en el remoto pasado, ¡un asentamiento que podría provocar con seguridad la fractura más significativa de la historia! De pronto sentí que caía, era un poco como el vértigo que se siente en el viaje en el tiempo. Y sentí que la divergencia de la historia estaba más allá de mi control.

Y entonces recordé la expresión del rostro de Stubbins al contemplar a su primer hijo.

Soy un hombre, ¡no un dios! Debía dejar que me guiasen los instintos humanos, porque con seguridad era incapaz de manejar la evolución de la historia en una dirección determinada. Cada uno de nosotros, pensé, poco podía hacer para cambiar el curso de las cosas -de hecho, cualquier cosa que intentásemos probablemente sería tan incontrolable que provocaría más daño que bien- y aun así, de la misma forma, no debíamos permitir que el inmenso panorama que nos rodeaba, la inmensidad de la multiplicidad de la historia, nos superase. La perspectiva de la multiplicidad nos hacía a cada uno, y a nuestros años, diminutos, pero no nos quitaba el sentido; y cada uno de nosotros debíamos recorrer nuestras vidas con fortaleza y estoicismo, como si lo demás -el final de la humanidad, la multiplicidad sin fin- no existiese.

Fuera cual fuese su impacto cincuenta millones de años en el futuro, pensé que había una nota de salud y corrección en la colonia del Paleoceno. Por tanto, mi respuesta a la pregunta de Nebogipfel era inevitable.

-No. No, por supuesto que debemos hacer todo lo posible por ayudar a que los colonos y sus descendientes sobrevivan.

-Por tanto...

-¿Sí?

-Por tanto debo encontrar la forma de fabricar papel.

Seguí dándole al mortero y a la mano de almirez.

18

LA FIESTA Y DESPUÉS

Un día, Hilary Bond anunció que faltaba una semana para el aniversario del bombardeo y que se prepararía una fiesta para celebrar la fundación de la villa.

Los colonos se entusiasmaron con ese plan, y pronto los preparativos estuvieron muy avanzadas. Se decoró el salón con lianas e inmensas guirnaldas recogidas en el bosque, y se hicieron preparativos para matar y cocinar uno de los preciados Diatryma de la colonia.

Yo, por mi parte, busqué embudos y trozos de tubos y, en la intimidad del cobertizo, comencé algunos experimentos propios. Los colonos sentían curiosidad, y me vi obligado a dormir en el cobertizo para mantener el secreto de mi aparato improvisado. Había decidido que ya era hora de hacer un buen uso de mis conocimientos científicos, ¡aunque fuese por una vez!

El día de la fiesta llegó. Nos reunimos en el salón bajo la luz brillante de la mañana, y todos parecían emocionados por la ocasión. Una vez más se limpiaron y vistieron los restos de los uniformes, y los pequeños se vistieron con los nuevos tejidos que Nebogipfel había inventado con un tipo de algodón local, teñidos de rojo brillante y púrpura con tintes vegetales. Recorría el grupo de gente buscando a mis amigos más íntimos y de pronto hubo un ruido de ramas rotas, y un bramido profundo y chirriante.

Se oyeron gritos.

-Pristichampus... ¡es un Pristichampus! Cuidado...

Y ciertamente el bramido era el característico de aquel inmenso cocodrilo de tierra. La gente corría, y yo busqué un arma, maldiciéndome por estar tan poco preparado.

Entonces otra voz, más amable y familiar flotó en el aire.

-¡Hola! No tengáis miedo... ¡mirad!

El pánico se calmó, y se oyeron risas.

El Pristichampus -un macho orgulloso- entró majestuoso en el espacio frente al salón. Nos echamos atrás para dejarle sitio, y sus grandes patas con pezuñas dejaron marcas en el arena... ¡y sobre la espalda, con una gran sonrisa y el pelo rubio flameando bajo la luz del sol, estaba Stubbins!

Me acerqué al cocodrilo. La piel escamosa olía a carne podrida, y uno dejos fríos ojos estaba clavado en mí, siguiéndome al moverme. Stubbins me sonrió de nuevo; sostenía en las manos riendas hechas con lianas trenzadas atadas alrededor de la cabeza del Pristichampus.

-Stubbins -dije-, esto sí que es un logro.

-Sí, bien, hemos usados los Diatryma para tirar de un arado, pero esta criatura es mucho más ágil. Incluso podríamos viajar durante millas... es mejor que un caballo...

-Aun así, ten cuidado -le aconsejé-. Stubbins, si más tarde te unes a mí...

-¿Sí?

-Puede que tenga una sorpresa para ti.

Stubbins tiró de la cabeza del Pristichampus. Le costó trabajo, pero se las arregló para que la bestia diese la vuelta. La gran criatura salió del claro y volvió al bosque; los músculos de las piernas funcionaban como pistones.

Nebogipfel se unió a mí, con la cabeza casi perdida bajo un gran sombrero de ala ancha.

-Es un gran logro -le dije-. Pero, ¿ves?, apenas puede controlarlo...

-Ganará -dijo Nebogipfel-. Los humanos siempre lo hacen. -Se acercó más a mí y su pellejo blanco brilló bajo la luz del sol de la mañana-. Escúchame.

Me sorprendió ese súbito susurro incongruente.

-¿Qué? ¿Qué pasa?

-He terminado mi construcción.

¿Qué construcción?

-Me voy mañana. Si quieres unirte a mí, serás bienvenido.

Se volvió y, sin hacer el más mínimo ruido, se adentró en el bosque; en un momento el blanco de su espalda se perdió entre la oscuridad de los árboles.

Yo me quedé allí de pie, con el sol dándome en el cuello, siguiendo con la mirada al enigmático Morlock; era como si el día hubiese quedado transformado; mi mente estaba en perfecta confusión, porque lo que quería decir estaba claro.

Una mano pesada se posó en mi espalda.

-Bien -dijo Stubbins-, ¿cuál es ese gran secreto tuyo?

Me volví a él, pero durante algunos segundos me fue difícil centrarme en su cara.

-Ven conmigo -dije al final, con todo el vigor y buen humor que pude reunir.

Unos minutos más tarde, Stubbins -y el resto de los colonos levantaban cáscaras llenas hasta el borde con mi licor casero de leche de frutos.

El resto del día transcurrió en una deliciosa confusión. El licor resultó ser más que popular, ¡aunque por mi parte hubiese preferido haber podido improvisar una pipa llena de tabaco! Había mucho baile con el sonido de canciones inexpertas y manos palmeando que pretendía ser un tipo de música de 1945 que Stubbins llamaba «swing», de la que me hubiese gustado haber oído más. Hice que me cantasen The Land of the Leal, y ejecuté, con mi solemnidad habitual, uno de mis bailes improvisados, que causó gran admiración e hilaridad. El Diatryma se asó en una brocheta -la cocción llevó casi todo el día y la tarde nos encontró tirados en la arena con platos repletos de suculenta carne.

Una vez que el sol se hundió por debajo de los árboles, la fiesta se apagó rápidamente; ya que la mayoría nos habíamos acostumbrado a una existencia de amanecer a crepúsculo. Dije buenas noches una última vez y me retiré a las ruinas de mi alambique improvisado. Me senté a la entrada del cobertizo bebiendo lo que quedaba del licor, y miré la sombra del bosque adentrarse en el mar del Paleoceno. Formas oscuras corrían por las aguas: rayas, o quizá tiburones.

Pensé en mi conversación con Nebogipfel, e intenté aceptar la decisión que debía tomar.

Después de un rato oí pasos suaves y desiguales en la arena.

Me volví. Era Hilary Bond -apenas podía ver su cara con la última luz del día- y, en cierta forma, no me sorprendió verla.

Sonrió.

-¿Puedo unirme a ti? ¿Te queda algo de ese alcohol ilegal tuyo?

Le indiqué con un gesto que se sentase a mi lado, y le pasé mi cáscara. La bebió con gracia.

-Ha sido un buen día -dijo.

-Gracias a ti.

-No. Gracias a todos nosotros. -Se acercó y me cogió la mano, sin avisar, y el roce de su piel fue una descarga eléctrica-. Quiero agradecerte todo lo que habéis hecho por nosotros. Tú y Nebogipfel.

-No hemos...

-Dudo que hubiésemos sobrevivido los primeros días sin vosotros. -Su voz, suave y baja, era sin embargo segura-. Y ahora, con todo lo que nos has mostrado, y todo lo que Nebogipfel nos ha enseñado... bien, creo que tenemos todas las posibilidades de edificar un nuevo mundo.

Sentí sus dedos largos y delicados en mi palma, y también podía sentir las cicatrices de las quemaduras.

-Gracias por el panegírico. Pero hablas como si nos fuésemos... -Te vas -dijo-, ¿no?

-¿Conoces los planes de Nebogipfel?

Se encogió de hombros.

-En principio.

-Entonces sabes más que yo. Por ejemplo, si ha construido el coche del tiempo, ¿de dónde ha sacado la plattnerita? Los Juggernauts fueron destruidos.

-De los restos de die Zeitmaschine, por supuesto. -Parecía divertida-. ¿No pensaste en eso? -Hizo una pausa-. Y quieres ir con Nebogipfel, ¿no?

Agité la cabeza.

-No lo sé. Sabes, a veces me siento viejo, cansado, ¡como si ya hubiese visto bastante!

Demostró su despreció ante esa idea.

-Tonterías. Mira: tú lo empezaste... -Movió la mano-. Todo esto. El viaje en el tiempo y todos los cambios que ha producido. -Miró el plácido mar-. Y ahora, éste es el mayor cambio de todos, ¿no? -Movió la cabeza-. Tuve algunos tratos con los estrategas de la DGCron, y siempre me deprimía la pequeñez de las ideas de esos tipos. Ajustar el curso de una batalla aquí, asesinar a una figura de cuarto orden allá... Si tuviese una herramienta como un Vehículo de Desplazamiento Temporal, y si supiese que la historia puede ser alterada, como lo sabemos nosotros, ¿entonces te limitarías, deberías limitarte, a metas tontas como ésas? ¿Por qué limitarte a unas pocas décadas, y juguetear con la juventud de Bismarck o el Káiser, cuando se puede ir a millones de años en el pasado como hemos hecho nosotros? Ahora, nuestros hijos tendrán cincuenta millones de años para reconstruir el mundo... Vamos a rehacer la especie humana, ¿no? -Se volvió hacia mí- Pero tú todavía no has llegado al final de todo esto. ¿Cuál crees que es el cambio definitivo? ¿Se puede ir a la Creación y comenzar de nuevo desde allí? ¿Cuánto se puede cambiar?

Recordé a Gödel y sus sueños de un Mundo Final.

-No sé hasta dónde se puede llegar -dije con sinceridad-. Ni siquiera puedo imaginarlo.

Veía su rostro enorme frente a mí, y sus ojos eran dos pozos de oscuridad en el crepúsculo.

-Entonces -dijo-, debes ir a descubrirlo. ¿No? -Se acercó más y sentí que mi mano se cerraba alrededor de la suya, y su aliento cálido contra mi mejilla.

Sentí una rigidez, una reticencia que parecía dispuesta a superar aunque fuese haciendo uso de la voluntad. Le toqué el brazo, encontré carne quemada, y tembló, como si mis dedos fuesen de hielo.

Pero luego cerró la mano alrededor de la mía y la apretó contra su brazo.

-Perdóname -dijo-. No es fácil para mí estar cerca de alguien.

-¿Por qué? ¿Por las responsabilidades de tu rango?

-No -dijo, y el tono de voz me hizo sentirme tanto y torpe-. Por la guerra. ¿Entiendes? Por todos los que ya no están... A veces es difícil dormir. Sufres ahora, no entonces, y eso es lo trágico para los que sobreviven. Sientes que no puedes olvidar y que está mal que sigas viviendo. Si rompes con los que hemos muerto / No dormiremos, aunque crezcan las amapolas / En el campo de Flanders...

Me acerqué más y ella se recostó en mí, una criatura frágil y herida.

En el último momento susurré:

-¿Por qué, Hilary? ¿Por qué ahora?

-La diversidad genética -dijo; su respiración se hacía menos profunda-. Diversidad genética...

Y pronto viajamos -no al fin de los tiempos- sino a los límites de nuestra humanidad, al lado del mar primigenio.

Cuando desperté, todavía era de noche y Hilary se había ido.

Llegué a nuestro viejo campamento a plena luz del día. Nebogipfel apenas me miró cuando entré; evidentemente estaba tan poco sorprendido por mi decisión como lo había estado Hilary.

El coche del tiempo estaba completo. Era una caja de cinco pies cuadrados, y a su alrededor vi fragmentos de un metal que me era desconocido: trozos, supuse, del Messerschmitt, recuperados por el Morlock. Había un banco, hecho con madera de dipterocarpo, y un pequeño panel de control -un conjunto primitivo de botones e interruptores- que incluía el botón azul que Nebogipfel había recuperado del primer coche del tiempo.

-Tengo algo de ropa para ti -dijo Nebogipfel. Sacó botas, una camisa y pantalones, todo en un razonable estado-. No creo que los colonos las echen de menos.

-Gracias. -Yo llevaba pantalones cortos hechos con piel de animales; me vestí con rapidez.

-¿Adónde quieres ir?

Me encogí de hombros.

-A casa. 1891.

Hizo una mueca.

-Está perdido en la multiplicidad.

-Lo sé. -Entré en la estructura-. Viajemos hacia delante, a ver qué encontramos.

Miré por última vez el mar del Paleoceno. Pensé en Stubbins y en el Diatryma domesticado, y en la luz del mar en la mañana. Y supe que allí había estado muy cerca de la felicidad, una satisfacción que me había eludido toda la vida. Pero Hilary tenía razón: no era suficiente.

Todavía sentía deseos del hogar; era una llamada que me llegaba por el río del tiempo, tan fuerte, pensaba, como el instinto que obliga a un salmón a volver a su lugar de nacimiento. Pero sabía, como había dicho Nebogipfel, que mi 1891, aquel mundo cómodo de Richmond Hill, se había perdido en la multiplicidad truncada.

Bien: si no podía volver a casa, decidí, seguiría adelante. ¡Seguiría la ruta de los cambios hasta que no pudiese continuar más adelante!

Nebogipfel me miró.

-¿Estás listo?

Pensé en Hilary. Pero no soy un hombre que tarde en despedirse.

-Estoy listo.

Nebogipfel subió también, primero con la pierna herida. Sin ceremonia, se acercó al panel y pulsó el interruptor azul.

19

LUCES EN EL CIELO

Lo último que vi fueron dos personas -hombre y mujer, desnudos- que parecían precipitarse por la playa. Una sombra cayó brevemente sobre el coche, quizá producida por alguno de los inmensos animales de aquella época; pero pronto nos movíamos demasiado rápido para distinguir esos detalles, y caímos en el tumulto incoloro del viaje en el tiempo.

El Sol pesado del Paleoceno saltó por encima del mar, e imaginé que desde el punto de vista de nuestro movimiento en el tiempo la Tierra giraba alrededor de su eje como una peonza y corría veloz como un cohete alrededor de su estrella. La Luna también era visible como un disco apresurado, ensombrecido por el parpadeo de sus fases. El camino diario del Sol se transformó en una banda de luz argentina que cabeceaba limitada por los equinoccios, y el día y la noche se fundieron en el brillo azul grisáceo del que ya he hablado.

Los dipterocarpos temblaban por el crecimiento y la muerte, y debían hacerse a un lado por el brote de plantas más jóvenes; pero la escena que nos rodeaba -el bosque, el mar suavizado por nuestro movimiento en el tiempo hasta convertirlo en una planicie cristalina- permaneció esencialmente estático, y me pregunté si, a pesar de todos los esfuerzos de Nebogipfel y míos, el hombre no había podido sobrevivir en el Paleoceno.

Entonces, inesperadamente, el bosque murió y desapareció. Era como si hubiesen retirado del suelo la manta de vegetación. Pero la tierra no estaba desnuda; tan pronto como desapareció el bosque, una confusión de marrones y grises cuadriculados -los edificios de Primer Londres en expansión- cubrió el paisaje. Los edificios fluían sobre las colinas desnudas hasta el mar, para convertirse allí en muelles y puertos. Las construcciones individuales se estremecían y morían, casi demasiado rápido para que pudiésemos seguirlas, aunque una o dos persistieron, lo suficiente -supongo que varios siglos para hacerse casi opacas, como modelos toscos. El mar perdió su color azul y mutó a una capa de gris sucio, con las olas difusas por nuestro viaje; el aire parecía estar teñido de marrón, como la niebla del Londres de 1891, lo que daba a la escena un brillo crepuscular sucio, y el aire parecía más cálido.

Era sorprendente que a medida que los siglos quedaban atrás, sin que importase el destino de los edificios individuales, la forma general de la ciudad seguía siendo la misma. Podía ver la banda del río central -el proto-Támesis- y las cicatrices de las rutas principales permanecían, en su aspecto esencial, inalteradas por el tiempo; era una perfecta demostración de cómo la geomorfología, la forma del paisaje, domina la geografía humana.

-Está claro que los colonos han sobrevivido -le dije a Nebogipfel-. Se han convertido en una raza de nuevos humanos, y rehacen su mundo.

-Sí. -Se ajustó la máscara-. Pero recuerda que viajamos a varios siglos por segundo; estamos en medio de una ciudad que ha existido durante miles de años. Dudo que quede demasiado del Primer Londres que vimos fundar.

Miré a mi alrededor lleno de curiosidad. En esos momentos, la pequeña banda de exiliados debía de estar tan lejos de aquellos nuevos humanos como los sumerios de, digamos, 1891. ¿Quedarían recuerdos, en toda aquella amplia y bulliciosa civilización, de los frágiles orígenes de la especie humana en aquel periodo remoto?

Percibí un cambio en el cielo: la luz adoptó un parpadeo verdoso. Pronto comprendí que era la Luna, que todavía navegaba alrededor de la Tierra, fundiéndose alrededor de su ciclo con demasiada rapidez, pero el rostro de la paciente acompañante estaba manchado de verde y azul, los colores de la Tierra y de la vida.

¡Una Luna como la Tierra y habitada! Estaba claro que la nueva humanidad había viajado al mundo hermano en máquinas espaciales, para transformarlo y colonizarlo. ¡Quizás existía ahora una raza de hombres lunares, tan altos y larguiruchos como los Morlocks de baja gravedad que había encontrado en el año 657.208! Por supuesto, no podía distinguir ningún detalle por el giro completo de un mes de la Luna por el cielo acelerado; y lo lamenté mucho, porque me hubiese encantado haber tenido un telescopio para ver las aguas de aquellos nuevos océanos golpear aquellos cráteres profundos y antiguos, y los bosques que se extendían por el polvo de los grandes mares. ¿Cómo sería estar en aquellas praderas rocosas, separado del lazo de la Tierra? Con cada paso en aquella gravedad menguada saldrías volando por el aire frío, con el Sol feroz e inmóvil sobre la cabeza; sería como un paisaje onírico, pensé, con todo ese brillo, y plantas menos parecidas a la flora terrestre que las cosas que había imaginado entre las rocas del fondo del mar... Bien, aquéllas eran vistas que jamás contemplaría. Con esfuerzo, dejé de hacer supuestos sobre la Luna, y centré mi atención en la situación.

Ahora había movimiento en el cielo occidental, en lo más bajo del horizonte: luces breves se encendían, lanzadas frente al cielo, y colocadas en su lugar, donde permanecían durante largos milenios, antes de apagarse y ser remplazadas por otras. Pronto hubo una multitud de aquellas chispas, y se fundieron en un puente, que cruzaba el cielo de horizonte a horizonte; en su mejor momento, conté varias docenas de luces en aquella ciudad del cielo.

Se las señalé a Nebogipfel.

-¿Son estrellas?

-No -dijo ecuánime-. La Tierra todavía gira, y las verdaderas estrellas deben ser demasiado oscuras para ser visibles. Las luces que vemos cuelgan en una posición fija sobre la Tierra...

-¿Entonces qué son? ¿Lunas artificiales?

-Quizá. Ciertamente son los hombres quienes las han colocado ahí. Los objetos puede que sean artificiales, construidos con materiales tomados de la Tierra, o de la Luna, ya que su pozo gravitatorio es menor. O puede que sean objetos naturales llevados a ese lugar alrededor de la Tierra por medio de cohetes: quizá cometas o asteroides capturados.

¡Contemplé aquellas luces alborotadas con la misma fascinación con que cualquier cavernícola hubiese mirado la luz de un cometa que pasase por encima de su cabeza!

-¿Cuál será el propósito de tales estaciones espaciales?

-Ese satélite es como una torre, fija sobre la Tierra, de veinte mil millas de alto...

Sonreí.

-¡Qué vista! Se podría uno sentar en ella y admirar la evolución del clima sobre un hemisferio.

»O la estación podría servir para transmitir mensajes telegráficos de un continente a otro. O, más radical, uno podría imaginar la transferencia de grandes industrias, manufactura pesada, o la generación de energía, a la seguridad relativa de la órbita alta.

Abrió las manos.

-Puedes observar por ti mismo la degradación del aire y el agua a nuestro alrededor. La Tierra tiene una capacidad limitada para absorber los productos de desecho de la industria, y con el desarrollo suficiente, el planeta podría hacerse inhabitable.

»Sin embargo, en órbita, los límites al crecimientos son virtualmente infinitos: piensa en la Esfera construida por mi propia especie.

La temperatura siguió subiendo, y el aire se hacía más irrespirable. El coche del tiempo improvisado por Nebogipfel era funcional, pero estaba pobremente equilibrado, y se agitaba y movía; me agarré sufriendo al banco, ya que la combinación de calor y movimiento y el vértigo normal del viaje en el tiempo me producían náuseas.

20

LA CIUDAD ORBITAL

Se produjeron más cambios en la Ciudad Orbital del ecuador. La disposición caótica de las luces se había hecho más regular. Ahora había una banda de siete u ocho estaciones, todas muy brillantes, colocadas a intervalos regulares alrededor del globo; supuse que más estaciones similares debían de estar situadas bajo el horizonte, siguiendo su marcha continua alrededor de la cintura del globo.

Entonces, unas hebras de luz, hermosas y delicadas, bajaron directas de las estaciones, acercándose como dedos inseguros a la Tierra. El movimiento era regular, y lo bastante lento para que pudiésemos seguirlo; comprendí que contemplaba unos proyectos de ingeniería colosales -proyectos que ocupaban miles de millas de espacio durante milenios- y me impresionó la dedicación y el alcance de los nuevos humanos.

Después de varios segundos, la primeras hebras habían llegado a la oscuridad neblinosa del horizonte. Entonces, una de aquellas hebras desapareció, y la estación a la que estaba sujeta se apagó como la llama de una vela en la brisa. Claramente la hebra había caído o se había soltado, y su estación de anclaje había quedado destruida. ¡Contemplé la silenciosa imagen pálida preguntándome qué inmenso desastre -y cuántos muertos- representaba! Sin embargo, en unos pocos momentos una nueva estación apareció en la posición libre girando alrededor del ecuador, y una nueva hebra surgió de ella.

-No estoy seguro de creer lo que ven mis ojos -le dije al Morlock-. ¡Me parece que intentan fijar esos cables del espacio a la Tierra!

-Supongo que eso es lo que pasa -dijo el Morlock-. Presenciamos la construcción de un Ascensor Espacial, un nexo fijo entre la superficie de la Tierra y las estaciones en órbita.

Hice una mueca ante la idea.

-¡Un Ascensor Espacial! Me encantaría subir en algo así: elevarse entre las nubes hacia la grandeza silenciosa del espacio. Pero si el ascensor tuviese paredes de vidrio, no sería un paseo agradable para los que padecen de vértigo.

-No.

Ahora vi que más líneas de luz se extendían entre las estaciones geosincrónicas. Pronto los puntos brillantes de luz estaban unidos, y las líneas se ensancharon para formar una banda brillante, tan ancha y brillante como las estaciones. De nuevo -aunque realmente no tenía ganas de acortar nuestro viaje en el tiempo- deseé poder ver más de aquella inmensa ciudad de los cielos que circundaba todo un mundo.

Los cambios de la Tierra durante el mismo periodo no eran ni de lejos tan espectaculares. De hecho, me dio la impresión de que Primer Londres se había quedado estática, incluso tal vez había sido abandonada. Algunos de los edificios habían durado tanto que casi nos parecían sólidos, aunque eran oscuros, bajos y horribles; mientras otros se desplomaban en ruinas sin ser remplazados (notamos el proceso por la aparición brutal de huecos en el complejo perfil de la ciudad). Me parecía que el aire se hacía más espeso, el paciente mar más gris, y me pregunté si la Tierra había sido finalmente abandonada, ya sea por las estrellas o, tal vez, por un refugio más aceptable bajo el suelo.

Le comenté esa posibilidad al Morlock.

-Quizá -dijo-. Pero ya han pasado más de un millón de años desde que Hilary Bond y su gente establecieron la colonia original. Hay mayor distancia evolutiva entre tú y los nuevos humanos de esta era, que entre tú y yo. Por lo tanto, todas nuestras suposiciones sobre la forma de vida de esta raza, sus motivos e incluso su composición biológica son sólo eso.

-Sí-dije lentamente-. Aun así...

-¿Sí?

Aun así el Sol todavía brilla. Por tanto la historia de estos nuevos humanos es diferente a la tuya. Aunque está claro que tienen máquinas espaciales como las vuestras, no tienen la intención de cubrir el Sol como hicisteis los Morlocks.

-Evidentemente no. -Levantó la mano pálida al cielo-. De hecho, sus intenciones parecen mucho más ambiciosas.

Me volví para ver lo que me señalaba. Vi nuevamente que la Ciudad Orbital mostraba cambios. Ahora surgían enormes conchas -irregulares, de miles de millas de ancho- alrededor de la brillante ciudad lineal, como bayas en un bastón. A medida que las conchas se terminaban salían despedidas de la Tierra, floreciendo con un fuego que iluminaba el paisaje, y desaparecían.

Desde nuestro punto de vista, el desarrollo de aquellos artefactos, desde la forma embriónica hasta la salida, ocupaba un segundo 0 menos; pero sabía que cada dosis de luz brillante debía bañar la Tierra durante décadas.

Era un espectáculo impresionante, y duró algún tiempo; varios miles de años según mis cálculos.

Las conchas eran, por supuesto, grandes naves en el espacio.

-Así que -le dije al Morlock- los hombres viajan fuera de la Tierra en esos grandes yates del espacio. ¿Pero adónde crees que van? ¿A los planetas? ¿A Marte, o Júpiter, o...?

Nebogipfel estaba sentado con la máscara orientada al cielo, y con las manos en las rodillas, y las luces de las naves jugaban con el pelo de su cara.

-No se necesitan energías tan espectaculares como ésas para viajar a distancias tan pequeñas. Con motores como ésos... creo que la ambición de los nuevos humanos es aún mayor. Creo que abandonan el sistema solar, de la misma forma que parece que han abandonado la Tierra.

Miré las naves que partían sorprendido.

-¡Qué impresionantes deben de ser los nuevos humanos! No quiero ser duro con los Morlocks, viejo amigo, ¡pero qué diferencia de ambiciones y energía! Quiero decir, una cosa es una Esfera alrededor del Sol, pero enviar a tus propios hijos a las estrellas...

-Es cierto que nuestras ambiciones se limitaban al control cuidadoso de una sola estrella, y tiene lógica, porque así se obtiene más espacio vital para la especie que por medio de miles, de millones de saltos interestelares.

-Oh, puede que sí -dije-, pero ni de lejos es tan espectacular, ¿no?

Se ajustó la máscara y miró la Tierra destruida.

-Quizá no. Pero el control de recursos finitos, incluso de la Tierra, parece que es una competencia que los nuevos humanos no poseen.

Vi que tenía razón. A medida que la luz de las naves interestelares caía sobre el mar, los restos de Primer Londres se deterioraban todavía más -las ruinas parecían burbujear, como si se licuasen- y el mar se hizo más gris y el aire más irrespirable. El calor era ya intenso, y separé la camisa del pecho, donde se me había pegado.

Nebogipfel se movió en el banco, mirando a su alrededor incómodo.

-Creo... si pasa, será rápido...

-¿El qué?

No contestó. El calor era mucho más severo que el que recordaba de la jungla del Paleoceno. Las ruinas de la ciudad, desperdigadas sobre las colinas de basura marrón, parecían temblar, haciéndose irreales.

¡Y entonces -con un resplandor tan intenso que oscureció el Sol- la ciudad estalló en llamas!

21

INESTABILIDADES

El fuego devorador nos tragó durante una fracción de segundo. Un nuevo calor -insoportable- recorrió el coche del tiempo, y grité. Pero, afortunadamente, el calor se retiró tan pronto como se apagó el incendio de la ciudad.

En aquel instante de fuego, la antigua ciudad desapareció. Primer Londres desapareció de la superficie de la Tierra, y lo que quedó fueron unos pocos salientes de cenizas y ladrillos fundidos; y aquí y allá rastros de cimientos. El suelo desnudo fue pronto colonizado por los atareados procesos de la vida una lenta vegetación cubrió las colinas y las praderas, y árboles enanos se apresuraron a seguir su ciclo en la orilla de mar--, pero el avance de esa nueva ola de vida era lento. Parecía condenada a una existencia atrofiada; porque una niebla perlífera lo cubría todo, oscureciendo el brillo paciente de la Ciudad Orbital.

-Así que Primer Londres ha quedado destruido -dije maravillado-. ¿Crees que hubo una guerra? El fuego debió de haber durado décadas, hasta que no quedó nada más que quemar.

-No fue una guerra --dijo Nebogipfel-. Pero creo que fue una catástrofe provocada por el hombre.

Ahora vi la cosa más extraña. Lo nuevos árboles dispersos morían, pero no se marchitaban siguiendo su ciclo, como los dipterocarpos que había visto antes. Más bien, los árboles se incendiaban -ardían como inmensas cerillas- y todos desaparecieron en un instante. Vi también que una gran quemadura se extendió por la hierba y arbustos, un ennegrecimiento que persistía durante las estaciones, hasta que ya no creció más hierba, y la tierra quedó desnuda y oscura.

Encima, las nubes perlíferas se hacían más gruesas y la bandas del Sol y la Luna quedaron oscurecidas.

-Creo que esas nubes son de cenizas -le dije a Nebogipfel-. Parece que la Tierra arde... Nebogipfel, ¿qué pasa?

-Es como temía -dijo-. Tus amigos derrochadores... esos nuevos humanos...

-¿Sí?

-Con su intromisión y descuido, han destruido el equilibrio vital del clima del planeta.

Temblé, porque hacía frío: era como si el calor se escapase del mundo por un desagüe intangible. Al principio agradecí aquel alivio del calor ardiente; pero aquel frío pronto se hizo insoportable.

-Atravesamos una fase de exceso de oxígeno, de una mayor presión atmosférica-dijo Nebogipfel-. Los edificios, plantas y hierbas, incluso la madera húmeda, arden espontáneamente en tales condiciones. Pero no durará mucho. Es una transición a un nuevo equilibro... Es una inestabilidad:

La temperatura caía en picado -el área adoptó el aspecto de un noviembre frío- y me apreté la camisa más cerca del cuerpo. Tuve la breve impresión de un parpadeo blanco -era la aparición estacional de la nieve y hielo de invierno- y luego el hielo y el permafrost se asentaban sobre la tierra, sin tener en cuenta las estaciones, formando una superficie dura de un blanco grisáceo que parecía permanente.

La Tierra quedó transformada. A1 oeste, al norte y al sur, los contornos de la tierra quedaban ocultos por la capa de hielo y nieve. Al este, el viejo mar del Paleoceno había retrocedido varias millas; podía ver hielo en la playa, y -lejos al norte- un blanco reflejo fijo que indicaba la presencia de icebergs. El aire estaba claro, y una vez más pude ver el Sol y la verde Luna subiendo por el cielo, pero ahora el

aire tenía ese color perlífero que se asocia con lo más profundo del invierno, justo antes de una nevada.

Nebogipfel se había inclinado sobre sí mismo, con las manos bajo los brazos y las piernas dobladas debajo. Cuando le toqué el hombro, la carne estaba helada. Era como si su esencia se hubiese retirado a lo más profundo de su cuerpo. Los pelos de la cara y pecho se habían cerrado sobre sí mismos, como las plumas de un pájaro. Sentí culpa por sus problemas, porque consideraba las heridas de Nebogipfel como mi responsabilidad, ya sea directa o indirectamente.

-Venga, Nebogipfel. Ya hemos pasado antes por periodos glaciares, fueron mucho peores que éste, y sobrevivimos. Atravesamos un milenio cada pocos segundos. Pronto pasaremos esto y volveremos a salir a la luz del Sol.

-No lo entiendes -susurró.

-¿Qué?

-Esto no es simplemente una Época Glacial. ¿No lo entiendes? Esto es cualitativamente diferente... la inestabilidad... -Cerró los ojos de nuevo.

-¿Qué quieres decir? ¿Va a durar mucho más que antes? ¿Cien mil años, medio millón? ¿Cuánto?

Pero no contestó.

Puse los brazos a mi alrededor e intenté mantenerme caliente. Las garras del frío se hundieron más profundamente en la piel de la Tierra, y aumentó el grosor del hielo, siglo tras siglo, como una marea que subiese lentamente. El cielo parecía despejarse -la luz de la banda solar parecía brillante y dura, aunque aparentemente sin calor- y supuse que el daño provocado a la delgada capa de gases vitales se estaba reparando con lentitud, ahora que el hombre ya no era una fuerza sobre la Tierra.

Aquella Ciudad Orbital todavía colgaba, brillante e inaccesible, en el cielo sobre la tierra helada, pero no había rastros de vida en la Tierra, y todavía menos de la humanidad.

¡Después de algunos millones de años de aquello empecé a sospechar la verdad!

-Nebogipfel -dije-. No va a acabar nunca... esta Edad de Hielo, ¿no?

Giró la cabeza y murmuró algo.

-¿Qué? -Acerqué el oído a su boca-. ¿Qué has dicho?

Sus ojos se habían cerrado y estaba insensible.

Agarré a Nebogipfel y lo levanté del banco. Lo deposité en el suelo de madera del coche del tiempo, luego me tendí a su lado y apreté; mi cuerpo contra el suyo. No estaba muy cómodo: el Morlock era como un frío trozo de carne contra el pecho, haciéndome sentir

aún más frío; y tuve que luchar contra los restos de mi desprecio por la raza de los Morlocks. Pero lo soporté todo, porque esperaba que mi calor corporal lo mantuviese con vida un poco más. Le hablé, y le masajeé hombros y brazos; lo hice hasta que despertó, porque creía que si le dejaba permanecer inconsciente se deslizaría sin saberlo hasta la muerte.

-Explícame esa inestabilidad climática tuya -dije.

Giró la cabeza y murmuró:

-¿Qué sentido tendría? Tus amigos nuevos humanos nos han matado...

-El sentido es que me gustaría saber qué me está matando.

Después de algo más de persuasión, el Morlock se rindió.

Me dijo que la atmósfera de la Tierra era algo dinámico. La atmósfera sólo poseía dos estados estables naturales, dijo Nebogipfel, y ninguno de los dos podía sostener vida; y el aire, si se le alteraba demasiado, caería en cualquiera de esos estados, lejos de la estrecha banda de condiciones adecuadas para la vida.

-Pero no entiendo. ¿Si la atmósfera es una mezcla inestable como sugieres, cómo es que el aire se las ha arreglado para mantenernos, como ha hecho, durante muchos millones de años?

Me dijo que la acción de la vida misma había alterado ampliamente la evolución de la atmósfera.

-Hay un equilibrio de gases atmosféricos, temperatura y presión, que es ideal para la vida. Por lo tanto la vida actúa, en grandes ciclos inconscientes, implicando miles de millones de organismos, para mantener el equilibrio.

»Pero el equilibrio es inherentemente inestable. ¿Entiendes? Es como un lápiz que se apoya sobre la punta: ese sistema se caerá con la más pequeña alteración. -Giró la cabeza-. Aprendimos que era arriesgado jugar con los ciclos de la vida, nosotros los Morlocks; aprendimos que si eliges alterar los distintos mecanismos que mantienen la estabilidad atmosférica, entonces deben ser reparados o remplazados. ¡Qué pena -dijo con dificultad- que los nuevos humanos, esos héroes tuyos capaces de viajar a las estrellas, no hayan aprendido lecciones tan simples como ésa!

-Explícame lo de las dos estabilidades, Morlock; ¡porque me parece que vamos a visitar una o la otra!

En el primero de los estados estables letales, dijo Nebogipfel, la superficie de la Tierra ardería: la atmósfera se haría tan opaca como las nubes sobre Venus, y se convertiría en una trampa de calor. Tales nubes, de millas de ancho, impedirían el paso de la mayor parte de la luz del Sol, dejando sólo un pálido brillo rojizo; desde la superficie no podría verse el Sol, ni los planetas o las estrellas. Los rayos brilla-

rían continuamente en la lóbrega atmósfera, y la superficie estaría al rojo vivo: desprovista por completo de vida.

-Ésa es una posibilidad -dije, intentado evitar mis estremecimientos-, pero comparado con este maldito frío, suena como un club de vacaciones... ¿Y el segundo de los estados estables?

-La Tierra Blanca.

Cerró los ojos, y no me habló más.

22

ABANDONO Y LLEGADA

No sé cuánto tiempo estuvimos tendidos allí, encogidos en la base del coche del tiempo, aferrándonos a lo que nos quedaba de calor corporal.

Suponía que éramos el único fragmento de vida que quedaba en el planeta, exceptuando, quizás, algún liquen resistente que colgaba de alguna roca congelada.

Me acerqué más a Nebogipfel y seguí hablándole.

-Déjame dormir-susurró.

-No -respondí, tan contundente como pude-. Los Morlocks no duermen.

-Yo sí. He pasado demasiado tiempo cerca de los humanos.

-Si duermes, morirás... Nebogipfel. Creo que debemos detener el coche.

Guardó silencio durante un rato.

-¿Por qué?

-Debemos regresar al Paleoceno. La Tierra está muerta, atrapada en el dominio de este terrible invierno, por lo que debemos regresar a un pasado más habitable.

-Es una buena idea... -tosió- exceptuando el detalle de que es imposible. No pude diseñar controles complejos para esta máquina.

-¿Qué dices?

-Que este coche del tiempo es básicamente balístico. Podía apuntar al pasado o al futuro, y durante un periodo de tiempo especificado; llegaremos a 1891 de esta historia, o a sus alrededores. Una vez apuntado y lanzado, no tengo control sobre la trayectoria.

»¿Entiendes? El coche sigue un camino en el tiempo determina-

do por las condiciones iniciales y la fuerza de la plattnerita alemana. Nos detendremos en 1891 -un 1891 helado- y no antes...

Sentí que se reducían mis temblores, pero no porque me sintiese más a gusto, sino porque, comprendí, mis propias fuerzas estaban comenzado a quedar exhaustas.

Pero quizás aquél no fuese el final, pensé: si el planeta no había sido abandonado -si los hombres fuesen a reconstruir la Tierra quizás encontrásemos un clima que pudiéramos habitar.

-¿Y el hombre? ¿Qué hay del hombre? -azucé a Nebogipfel.

Gruñó y giró los ojos cubiertos.

-¿Cómo podría sobrevivir la humanidad? El hombre ha abandonado el planeta o se ha extinguido por completo...

-¿Abandonado la Tierra? ¡Ni siquiera los Morlocks, con vuestra Esfera alrededor del Sol, llegasteis a tanto!

Me alejé de él y me levanté apoyado en los hombros para poder ver fuera del coche del . tiempo, hacia el sur. Porque era desde allí -ahora estaba seguro-, de la dirección de la Ciudad Orbital, de donde vendría cualquier esperanza.

Pero lo que vi a continuación me llenó de un miedo terrible.

El cinturón alrededor de la Tierra seguía en su lugar, las uniones entre las estaciones brillantes eran tan luminosas como siempre, pero vi que las líneas que habían anclado la ciudad al planeta habían desaparecido. Mientras me había ocupado del Morlock, los habitantes orbitales habían desmantelado los Ascensores, eliminando así su unión umbilical con la Madre Tierra.

A continuación, una luz brillante se encendió en varias de las estaciones. El resplandor se reflejó en la superficie de hielo de la Tierra, como una ristra de soles en miniatura. El anillo de metal se desplazó de su posición en el ecuador. A1 principio, esa migración era lenta; pero entonces la ciudad pareció girar sobre un eje -encendida, como una espiral de fuegos artificiales- hasta que se movió con tanta rapidez que no podía distinguir las estaciones individuales.

Luego se fue, desplazándose lejos de la Tierra hasta la invisibilidad.

El simbolismo de ese abandono era sobrecogedor y, sin el fuego de los grandes motores, la capa de hielo de la Tierra abandonada parecía más fría y más gris que antes.

Me eché en el coche.

-Es cierto -le dije a Nebogipfel.

-¿El qué?

-Que han abandonado la Tierra, la Ciudad Orbital se ha soltado y se ha ido. La historia del planeta ha terminado, Nebogipfel... ¡y también, me temo, la nuestra!

A pesar de todos mis esfuerzos, Nebogipfel cayó inconsciente, y después de un tiempo, yo no tenía fuerzas para seguir. Me acurruqué junto al Morlock, intentando proteger su cuerpo húmedo de lo peor del frío, aunque me temo que sin demasiado éxito. Sabía que, debido a nuestra velocidad por el tiempo, nuestro viaje no duraría más de treinta horas en total, ¿pero qué sucedería si la plattnerita alemana o el diseño de Nebogipfel estaban mal? Podría quedar atrapado, congelándome lentamente, en aquella dimensión atenuada para siempre, o saltar en cualquier momento al hielo eterno.

Creo que me dormí... o me desmayé.

Creí ver al Observador-la gran cabeza ancha- flotando frente a mis ojos, y más allá de su carcasa sin miembros podía ver las elusivas estrellas teñidas de verde. Intenté coger las estrellas, porque me parecían muy brillantes y cálidas; pero no podía moverme -quizá lo soñé todo- y luego el Observador desapareció.

Finalmente, con un bandazo, la potencia de la plattnerita se agotó, y el coche cayó nuevamente en la historia.

El brillo perlífero del cielo desapareció, y la luz pálida del Sol se apagó, como si le hubiesen dado a un interruptor: me encontré en las tinieblas.

Los restos de nuestro calor del Paleoceno se perdieron en el cielo. El hielo me agarró la carne -parecía que me quemaba- y no podía respirar, aunque no sabía si era por el frío o por la contaminación del aire, y sentía una gran presión en el pecho, como si me ahogase.

Sabía que no estaría consciente muchos segundos más. Decidí que al menos, antes de morir, vería aquel 1891 tan diferente de mi propio mundo. Puse los brazos debajo -ya no sentía las manos- y empujé hasta quedar medio sentado.

La Tierra yacía bajo una luz plateada, como la luz de la Luna (o al menos eso pensé al principio). El coche del tiempo estaba, como si fuese un juguete roto, en medio de una planicie de hielo antiguo. Era de noche y no había estrellas -al principio pensé que debía de haber nubes-, pero luego vi, en lo más bajo del horizonte, un trozo de Luna, y no podía entender la ausencia de estrellas; me pregunté si el frío había dañado mis ojos. El mundo hermano todavía era verde y sentí alegría: quizá todavía viviese gente allí. ¡Cuán brillante debía de ser la Tierra helada en el cielo de aquel mundo joven! Cerca del borde de la Luna brillaba una luz: no era una estrella, porque estaba demasiado cerca, quizá fuese el reflejo del Sol en un lago lunar.

Una parte de mi cerebro me obligó a preguntar por el origen de la luz plateada, porque ahora se reflejaba en la escarcha que se acumulaba en la estructura del coche del tiempo. Si la Luna seguía siendo verde, no podía ser la fuente de ese brillo élfico. ¿Qué entonces?

Con mis últimas fuerzas giré la cabeza. Y allí, en el cielo sin estrellas por encima de mi cabeza, había un disco brillante; una gasa titilante, como tejida con telas de araña, de una docena de veces el tamaño de la Luna llena.

Y, tras el coche del tiempo, aguardando pacientemente en la planicie de hielo...

No podía verlo bien; me pregunté si no me estarían fallando los ojos. Era una forma piramidal, de la altura de un hombre, pero las líneas eran difusas, como si estuviesen eternamente en movimiento.

-¿Estás vivo? -quise preguntarle a la terrible visión. Pero mi garganta estaba cerrada, mi voz congelada, y no pude plantear más preguntas.

La oscuridad se cerró a mi alrededor, y el frío retrocedió al fin.

LIBRO CINCO

La Tierra Blanca


1

CONFINAMIENTO

Abrí los ojos, o más bien tuve la sensación de que retiraban mis párpados, o que me los cortaban. Mi vista estaba borrosa, mi visión del mundo refractada; me pregunté si mis globos oculares estaban helados, quizá congelados por completo. Fijé la vista en un punto al azar en el cielo sin estrellas; en la periferia de la visión vi rastros de verde -¿quizá la Luna?-, pero no podía volverme para mirar.

No respiraba. ¡Es fácil decirlo, pero es difícil expresar la ferocidad de ese descubrimiento! Me sentí como si me hubiesen sacado de mi cuerpo; no sentía ninguno de los ruidos mecánicos -el sonido de la respiración y el corazón, el millón de pequeños dolores musculares- que forman, sigilosos, la superficie de nuestras vidas humanas. Era como si todo mi ser, toda mi identidad, se hubiese reducido a aquella mirada fija.

Deberías sentir miedo, pensé; debería haber luchado por respirar, como si me ahogase. Pero no tenía esas necesidades: me sentía adormilado, como en un sueño, como si me hubiesen transformado en un espíritu.

Fue la falta de terror, creo, lo que me convenció de que estaba muerto.

Ahora una forma se movía encima de mí, interponiéndose entre el cielo y la línea de mi mirada. Era más o menos piramidal, sin contornos claros; era como una montaña, todo en sombras, flotando encima de mí.

Por supuesto, reconocí aquella aparición: era la cosa que se había plantado frente a mí cuando yacíamos en el hielo. Ahora la máquina -porque eso pensé que era- se acercó a mí. Se desplazaba con un extraño movimiento fluido; si piensan en la arena de un reloj de arena al caer en un movimiento compuesto de granos al girarlo, tendrán una idea del efecto. Vi, en el límite de la visión, que los bordes difusos de la base de la máquina se movían sobre mi pecho y estómago. Entonces sentí una serie de picaduras -pequeños zarpazos- en el pecho y la barriga.

¡La sensibilidad había vuelto! Y con la rapidez de un disparo de rifle. Sentí unos arañazos débiles contra la piel del pecho, como si cortasen tela y la doblasen. Los pinchazos se hicieron más profundos; era como si pequeños palpos de insecto llegasen hasta el interior de la piel, infestándome. Sentí dolor, un millón de pequeños pinchazos de aguja penetrando en mi interior.

Nada de muerte. ¡Vaya con la incorporeidad! Y al comprender que seguía existiendo, volvió el miedo, instantáneamente, ¡y en un torrente brutal de productos químicos que corrían agitados por mi interior!

Ahora, la imponente sombra de la criatura montaña, desenfocada y ominosa, avanzó aún más por mi cuerpo, hacia la cabeza. ¡Pronto estaría cubierto! Quería gritar, pero no podía sentir ni la boca, ni los labios, ni el cuello.

Nunca, en todos mis viajes, me he sentido tan indefenso como en aquella ocasión. Me sentí abierto, como una rana sobre una mesa de disección.

En aquel momento final, sentí que algo se movía sobre mi mano. Sentía en ella un frío indefinido, un roce de pelos: era la mano de Nebogipfel que sostenía la mía. Me pregunté si estaba tendido a mi lado, mientras se realizaba aquella horrorosa vivisección. Traté de cerrar los dedos, pero no podía mover ni un músculo.

La sombra piramidal me llegó a la cara, y el amigable trozo de cielo quedó oscurecido. Sentí agujas que se me clavaban en el cuello, mejillas, barbilla y frente. Sentí un pinchazo -un picor insoportable- en la superficie de los ojos. Deseé desviar la mirada, cerrar los ojos; pero no podía: ¡era la tortura más exquisita que puedo imaginar!

Entonces, con aquel fuego intenso que penetraba incluso en mis globos oculares, mi último eslabón de conciencia se rompió.

Cuando desperté, el retorno no tuvo ninguno de los atributos de pesadilla de la primera vez. Desperté al mundo a través de una capa de sueños bañados por el sol: navegaba por visiones fragmentarias de arena, bosques y océanos; gusté una vez más bivalvos salados y duros; y yací con Hilary Bond en el calor y la oscuridad.

Así, lentamente, me llegó el despertar.

Yacía sobre una superficie dura. Mi espalda, que respondía con una punzada cuando intentaba moverme, era muy real; como lo eran las piernas abiertas, los brazos y los dedos, el ruido mecánico del aire por los agujeros de la nariz y el pulso de la sangre en las venas. Yacía en la oscuridad -completa y absoluta-, pero aquel hecho, que antes me hubiese aterrorizado, ahora me parecía accesorio, porque de nuevo estaba vivo, rodeado por el murmullo mecánico de mi cuerpo. ¡Sentí alivio, puro e intenso, y dejé escapar un grito de alegría!

Me senté. Cuando puse las manos en el suelo encontré allí partículas gruesas, como si una capa de arena cubriese una superficie más dura. Aunque sólo llevaba la camisa, los pantalones y las botas sentía calor. Seguía en la más completa oscuridad; pero los ecos de aquel grito tonto regresaron a mis oídos y tuve la sensación de estar en un lugar cerrado.

Volví la cabeza de un lado a otro buscando una ventana o puerta; pero fue inútil. Sin embargo, percibí una presión en la cabeza -algo sujeto a la nariz- y cuando levanté las manos para investigar encontré allí una gafas pesadas en las que el vidrio formaba una sola pieza con la montura.

Probé aquel dispositivo... y la habitación se llenó de luz brillante.

Al principio me deslumbró, y cerré los ojos todo lo que pude. Me quité las gafas y descubrí que la luz desaparecía dejándome nuevamente en las tinieblas. Y cuando me volví a colocar las gafas, la luz regresó.

No fue un gran esfuerzo para mi ingenio entender que la oscuridad era la realidad; y que la luz era producida para mí por las gafas, que había activado sin querer. Aquellas lentes eran equivalentes a las gafas de Nebogipfel, que el pobre Morlock había perdido en la tormenta del Paleoceno.

Los ojos se ajustaron a la oscuridad; me puse en pie y me investigué. Estaba entero y parecía sano; no pude encontrar en manos y brazos rastros de la acción difusa de la criatura piramidal sobre la piel. Sin embargo, noté una serie de marcas blancas en la tela de la camisa y pantalones; cuando las repasé con los dedos, encontré costuras onduladas, como si hubiesen intentado reparar las ropas de forma algo burda.

Me encontraba en una cámara de unos doce pies de ancho y otros tantos de alto; hasta aquel momento era la habitación más extraña que había visitado en todos mis viajes por el tiempo. Para imaginarla, deben comenzar con una habitación de hotel de finales del siglo diecinueve. Pero la habitación no tenía la estructura rectangular común en mi época; al contrario, era un cono redondo, algo similar a una tienda. No había puerta, ni mobiliario de ningún tipo. El suelo estaba recubierto de una capa uniforme de arena, en la que podía ver las marcas del lugar donde había dormido.

En las paredes había un papel chillón -un invento púrpura y abarrotado- y lo que parecían marcos de ventana flanqueados por cortinas gruesas. Pero los marcos no tenían vidrio sino paneles cubiertos por el mismo papel.

No había fuentes de luz en la habitación. En su lugar, un brillo difuso y continuo inundaba el aire, como la luz en un día nuboso. Ya me había convencido de que la luz que veía era producto de las gafas más que algo físico. El techo era una confusión barroca, decorado con pinturas increíbles. Aquí y allá en la cascada barroca podía distinguir fragmentos de formas humanas, pero tan confusos y distorsionados que no podía seguirlos: no era grotesco, sino más bien torpe y desorientado, como si el artista hubiese tenido la habilidad de un Miguel Ángel pero la visión de un niño retrasado. Y así era: ¡los elementos, supongo, de una habitación de hotel barata de mi época transformados por aquella peculiar geometría en un producto onírico!

Caminé un poco y las botas apretaron la arena. No encontré uniones en las paredes, ni rastros de puertas. En un lado de la habitación había un cubículo, de unos tres pies de lado, hecho de porcelana blanca. Cuando dejé la arena y entré en la plataforma de porcelana, inesperadamente salió vapor silbando de unos agujeros en las paredes. Me eché atrás, sorprendido, y los chorros se apagaron; el vapor bailaba alrededor de mi rostro.

Encontré una serie de tazones en la arena. Tenían el ancho de una mano y eran bajos, como platos. Algunos de los tazones contenían agua y los otros, trozos de comida: alimentos simples, como fruta, nueces, bayas y cosas por el estilo, pero nada que pudiese reconocer de inmediato. Sediento, vacié un par de tazones. Los encontré difíciles de manejar; al ser bajos, tenían tendencia a derramarme el contenido sobre la barbilla, y se parecían tanto a una taza, pensé, como los platos que uno utiliza para dar de beber al gato o al perro. Mordisqueé un poco de la comida; el sabor de la fruta era soso pero aceptable.

Al terminar tenía los dedos manchados, y miré a mi alrededor buscando un lavabo o un baño. Por supuesto, no los había; recurrí al contenido de otro de los tazones para lavarme, y me sequé la cara con una esquina de la camisa.

Probé las ventanas falsas, y salté sin éxito intentado alcanzar el techo; la superficie de paredes y suelo era tan suave como la de un huevo pero irrompible. Cavé en la arena y descubrí que llegaba hasta unas nueve pulgadas de profundidad; debajo había un mosaico de fragmentos de colores brillantes, como de estilo romano, pero, al igual que el techo, el mosaico no representaba ningún retrato o escena que pudiese reconocer, sino que era más bien un conjunto inconexo de diseños.

Estaba solo, y no venía ningún sonido de más allá de las paredes: de hecho, no había sonidos en mi universo, exceptuando el ruido de mi propia respiración, los latidos de mi corazón, ¡los mismo sonidos a los que había dado la bienvenida con tanto vigor poco antes!

Después de un rato, ciertas necesidades humanas se manifestaron. Resistí aquellas presiones todo lo que pude, pero al final me vi obligado a cavar hoyos en la arena para hacer mis necesidades.

A1 cubrir uno de aquellos hoyos sentí una vergüenza extraordinaria. ¡Me pregunté qué pensarían los viajeros estelares de aquel lejano 1891 de semejante representación!

Cuando me cansé, me senté en la arena con la espalda contra la pared. Al principio me dejé las gafas puestas, pero la iluminación era demasiado brillante para descansar, por lo que me las quité y las tuve en la mano mientras dormía.

Así comenzó mi estancia en aquella extraña habitación. Al desvanecerse mis temores iniciales, me asaltó un impaciente aburrimiento. Estaba prisionero de forma similar a mi estancia en la Prisión de Luz de los Morlocks, y había salido de allí sin deseos de repetir la experiencia. Llegué a sentir que cualquier cosa, incluso un peligro, sería preferible a permanecer en aquella prisión aburrida y sin sentido. Mi exilio en el Paleoceno -a cincuenta millones de años del periódico más cercano- creo que me había curado del impulso hacia la lectura; pero aun así, en ocasiones creí que me volvería loco por falta de alguien con quien hablar.

Los tazones de agua y comida se rellenaban cada vez que dormía. Nunca descubrí el mecanismo que lo permitía. No encontré señales de una máquina similar a la de los Morlocks; pero tampoco vi que rellenase los tazones alguien parecido a un mayordomo. En una ocasión, para experimentar, dormí con un tazón enterrado bajo el cuerpo. Cuando me levanté, descubrí que volvía a estar lleno de agua, como si de un milagro se tratase.

Llegué a la conclusión preliminar de que, por algún medio, una máquina sutil construía el contenido en los mismos tazones, ya sea a partir de sustancias en los tazones o tomando materiales del aire. Pensé -¡aunque no deseaba seguir investigando!- que mis desechos enterrados eran desmantelados por el mismo mecanismo discreto. Era una imagen extraña y no muy agradable.

2

EXPERIMENTOS Y REFLEXIONES

Después de tres o cuatro días sentí que debía lavarme adecuadamente. Como ya he dicho, no había nada que pareciese un baño, y no me resultaba satisfactoria la limpieza gatuna que podía realizar con los tazones de agua. Deseaba un baño o, mejor aún, un chapuzón en el mar del Paleoceno.

Me llevó un tiempo -pueden considerarme tonto en este asunto- volver a pensar en el cubículo de porcelana ,del que he hablado, y que había ignorado desde la primera vez que exploré de forma preliminar la cámara. Volví a acercarme a él, y coloqué un pie cauteloso en la base de porcelana. Una vez más, salió vapor de las paredes.

De pronto lo entendí. En un rapto de entusiasmo, me quité ropa y botas (me quedé con la gafas) y me metí en el pequeño cubículo. El vapor onduló a mi alrededor; el sudor comenzó y el vaho se pegó a las gafas. Había supuesto que el vapor ocuparía toda la habitación convirtiéndola en una sauna, pero se mantuvo en el área del cubículo, sin duda debido a un sistema basado en diferencias en la presión del aire.

Después de todo, aquél era mi baño: no era como los de mi época, ¿pero por qué debería serlo? Mi casa de Petersham Road se había perdido en una historia diferente. Recordé que los romanos, por ejemplo, no sabían nada de jabones y detergentes; se habían visto obligados a recurrir a ese tipo de métodos para quitarse la suciedad de los poros. Y el poder limpiador del vapor quedó demostrado en mi caso, aunque, al no tener los rascadores de los romanos, me vi obligado a usar las uñas para quitarme la roña acumulada en la piel.

Cuando salí de la sauna busqué una forma de secarme ya que no tenía toalla. Consideré, no demasiado convencido, utilizar la ropa; luego, inspirado, pensé en la arena. Descubrí que aquel material, aunque me raspaba la piel, eliminaba muy bien la humedad.

Mi experiencia con la sauna me obligó a algunas reflexiones. ¿Cómo había podido tener una mente tan estrecha que me había llevado tanto tiempo deducir la función de un artefacto tan obvio? Después de todo, en mi propia época había habido muchas zonas del mundo que no conocían los placeres de la fontanería moderna y la porcelana, de hecho, muchos distritos de Londres, si uno se creía los reportajes más atormentados del Pall Mall Gazette.

Estaba claro que los desconocidos hombres de las estrellas de aquella época se habían tomado mucho trabajo para proveerme de una habitación que me pudiese agradar. Después de todo, ahora estaba en una historia radicalmente diferente; quizá lo extraño de la cámara -la falta de facilidades sanitarias reconocibles, la comida inusual, y demás- no era tan importante o raro como me parecía.

Se me habían proporcionado los elementos de una habitación de hotel de mi propia época, pero estaban complementados con arreglos sanitarios que parecían pertenecer a la época precristiana; y en lo que se refiere a la comida, los platos de nueces y frutas que se suponía debía comer eran más adecuados para mis remotos ancestros recolectores de fruta, digamos de cuarenta mil años antes de mi nacimiento.

¡Era una mezcla, una confusión de fragmentos de épocas dispares! Pero creía percibir una estructura en todo aquello.

Pensé en la distancia que me separaba de los habitantes de aquel mundo. Desde la fundación de Primer Londres se habían sucedido cincuenta millones de años de desarrollos, más de cien veces la distancia evolutiva entre el Morlock y yo. En distancias tan inimaginables, el tiempo queda comprimido -de la misma forma que los estratos sedimentarios se apretan los unos sobre los otros debido al peso de los depósitos superiores- hasta que el intervalo entre julio César y yo, o incluso entre el primer representante de genero Homo que caminó sobre la Tierra y yo -que desde mi punto de vista parecía tan inmenso- se hacía prácticamente inexistente.

Considerando todo eso, pensé, mis invisibles anfitriones habían hecho un trabajo muy bueno intentando descubrir qué condiciones me serían más cómodas.

En cualquier caso, ¡parecía que mis expectativas, después de todas mis experiencias, todavía estaban ancladas en mi propio siglo, y en una parte minúscula del globo! Una idea humillante -una prueba de mi pequeñez de espíritu-, y dediqué algo de tiempo, reacio, a la meditación interior. Pero no soy por naturaleza un hombre reflexivo y pronto me encontré nuevamente irritado por las condiciones de mi encierro. ¡Aunque parezca desagradecido, quería recuperar la libertad! Aunque no veía forma de conseguirlo.

Creo que permanecí en la prisión durante quince días. Cuando llegó la libertad, fue tan rápida como inesperada.

Desperté en la oscuridad.

Me senté sin las gafas. A1 principio no sabía exactamente qué me había molestado, y entonces lo oí: un sonido suave, un respirar lejano, tranquilo. Era el más sutil de los ruidos -casi inaudible- y sabía que si se hubiese producido en las calles de Richmond en las primeras horas de la mañana no me habría alterado en absoluto. Pero allí mis sentidos habían incrementado su sensibilidad a causa de mi larga soledad, durante quince días no había oído ningún sonido que no produjese yo mismo, exceptuando el silbido suave del baño de vapor. Me planté las gafas en la cara. La luz inundó mis ojos y parpadeé impaciente por ver.

Las gafas me mostraron un brillo suave, como de luz de luna, que penetraba en la habitación. Había una puerta abierta en la pared de la celda. Tenía forma de losange, con el umbral a unas seis pulgadas del suelo, y cortaba una de las falsas ventanas.

Me puse en pie, me encajé la camisa -me había acostumbrado a dormir utilizándola como almohada- y atravesé el quicio. La respiración suave aumentó de volumen y -superpuesta a ella, como el sonido de un arroyo en la brisa- oí una voz líquida: ¡un sonido casi humano, una voz que reconocí al instante!

La puerta llevaba a otra cámara, de igual tamaño y forma que la mía. Pero allí no había falsas ventanas, ni torpes intentos de decoración, ni arena en el suelo; en su lugar, las paredes estaban desnudas, de un color gris metálico apagado, y había varias ventanas, cubiertas; y una puerta con manilla. No había muebles, y en la habitación dominaba un único artefacto inmenso: era la máquina piramidal (o una idéntica) que había visto por última vez cuando comenzó a caminar sobre mi cuerpo. Ya he dicho que tenía la altura de un hombre y una base en proporción; la superficie visible era metálica, pero de una estructura cambiante y compleja. Si imaginan una forma piramidal de seis pies de alto cubierta por un montón difuso de hormigas metálicas, entonces tendrán la esencia del artefacto.

Pero aquella monstruosidad apenas me llamó la atención; porque de pie ante ella, y parecía que mirando el interior de la pirámide con algún tipo de dispositivo ocular, estaba Nebogipfel.

Me eché adelante, y extendí los brazos con placer. Pero el Morlock se limitó a quedarse de pie, paciente, y no reaccionó ante mi presencia.

-Nebogipfel-dije-, no sabes lo feliz que me siento de haberte encontrado. Creía que me volvería loco, ¡loco de soledad!

Vi que uno de sus ojos -el dañado- estaba cubierto por un dispositivo ocular; el tubo se extendía hacia la pirámide, mezclándose con el cuerpo del objeto, y el conjunto se movía con el minúsculo movimiento como de hormigas que caracterizaba a la pirámide. Lo miré con algo de repulsión, porque no me gustaría que me hubiesen colocado un dispositivo así en mi ojo.

El otro ojo desnudo de Nebogipfel, grande y rojo grisáceo, giró hacia mí.

-De hecho, fui yo el que te encontró a ti, y pedí verte. Y cualquiera que sea tu estado mental, al menos veo que estás bien -dijo-. ¿ Las partes congeladas, cómo van?

Me quedé confundido.

-¿Qué partes congeladas? -Me palpé la piel, pero sabía muy bien que estaba ileso.

-Entonces han hecho un buen trabajo -dijo Nebogipfel.

-¿Quiénes?

-Los Constructores Universales.

Con eso supuse que se refería a la máquina piramidal y a sus primos.

Noté lo recto de su postura y lo bien peinado que llevaba el pelo. Comprendí que bajo aquella luz lunar no necesitaba gafas, como las necesitaba yo, para poder ver; estaba claro que las habitaciones se habían diseñado con sus necesidades en mente más que las mías.

-Tienes buen aspecto, Morlock -dije entusiasta-. Tienes la pierna recta, y el brazo también.

-Los Constructores se las han arreglado para reparar la mayoría de mis heridas. Francamente, ahora estoy tan bien como cuando subí por primera vez a tu Máquina del Tiempo.

-Todo menos el ojo -dije con pena, porque me refería al ojo que había destrozado con mi miedo y furia-. Supongo que esos Constructores tuyos no pudieron salvarlo.

-¿Mi ojo? -Parecía sorprendido. Separó su cara del aparato acular; el tubo se separó del rostro con un ruido suave y orgánico, y se metió en el interior metálico de la pirámide-. En absoluto -dijo-. Elegí que me lo reconstruyesen de esta forma. Tiene ciertas ventajas, aunque admito que tuve dificultades para explicar mis deseos a los Constructores...

Se volvió hacia mí. La cuenca era un agujero vacío. Los restos del ojo habían sido extraídos, y parecía como si hubiesen abierto el hueso y profundizado el hueco. En la cuenca brillaba un metal húmedo y tembloroso.

3

EL CONSTRUCTOR UNIVERSAL

En contraste con mi celda espartana, a Nebogipfel le habían dado una verdadera suite. Había cuatro habitaciones, cada una tan grande como la mía y de forma aproximadamente cónica, con ventanas y puertas, que nuestros anfitriones no habían considerado necesario ponerme a mí: ¡estaba claro que tenían en mejor consideración su intelecto que el mío!

Destacaba la misma falta de mobiliario que yo había padecido, aunque los Morlocks tienen necesidades más simples, y no era una incongruencia tan grande para Nebogipfel. Sin embargo, en una habitación encontré un objeto estrafalario: un artefacto en forma de mesa de unos doce pies de largo y seis de ancho, todo bordeado de una sustancia verde brillante. La mesa era aproximadamente rectangular, aunque los bordes tenían forma irregular; una única bola -blanca, de algún material denso- estaba en la superficie. Cuando la empujé, la bola rodó bien, aunque sin tapete se movía libre y caramboleó en los bordes con satisfactoria solidez.

Intenté descubrir algún sentido profundo en aquel artefacto; ¡pero por muchas vueltas que le daba -y como habrán deducido por mi descripción- no era más que una mesa de billar! Al principio especulé con que se tratase de otro eco distorsionado de una habitación de hotel del siglo diecinueve, pero si así era se trataba de una elección muy extraña, y al no tener tacos y con una sola bola era poco probable que se tratase de un desafío deportivo.

Confundido, dejé la mesa y probé las puertas y las ventanas. Las puertas funcionaban con pomos, para agarrarlos y girarlos, pero llevaban a otras habitaciones de la misma suite o a mi cámara original; no había salida al mundo exterior. Descubrí, sin embargo, que los paneles que cubrían las ventanas transparentes podían levantarse, y por primera vez pude inspeccionar aquel nuevo 1891, aquella Tierra Blanca.

¡Me encontraba a unos mil pies del suelo! Parecía que estábamos en lo más alto de una inmensa torre cilíndrica, cuyo perfil veía descender por debajo de mí. Todo lo que vi reafirmó mi primera impresión, justo antes de que el frío me derrotase, cuando di mi último vistazo desde el coche del tiempo: se trataba de un mundo eternamente hundido en el hielo. El cielo era de color bronce de cañón, y la tierra cubierta por el hielo era de un blanco grisáceo como el de los huesos descubiertos, sin rastro de los atractivos tonos azules qué a veces se aprecian en los campos nevados. Al mirar, pude ver cuán terriblemente estable era realmente aquel mundo, exactamente como lo había descrito Nebogipfel: la luz del día se reflejaba feroz sobre el manto de hielo agrietado que cubría la tierra, y la blancura que cubría el mundo devolvía el calor del Sol al espacio. La pobre Tierra estaba muerta, atrapada en lo más profundo de aquel pozo de hielo, una estabilidad climática absoluta, eterna, la estabilidad definitiva de la muerte.

Vi Constructores aquí y allá -con la misma forma que el que teníamos en la habitación de Nebogipfel- sobre el paisaje helado. Cada Constructor estaba siempre solo, simplemente allí como un monumento deforme, una mancha de gris acero frente al blanco óseo del hielo. ¡Nunca los vi moverse!

Era como si se limitasen a aparecer en el lugar donde estaban, formándose, quizá, del aire (después descubrí que esa evaluación preliminar no estaba lejos de la verdad).

La Tierra estaba muerta, pero había signos de inteligencia. Más edificios grandes -como el nuestro- moteaban el paisaje. Tenían formas geométricas simples: cilindros, conos y cubos. Desde mi punto de vista privilegiado podía ver el sur y el oeste, y desde mi atalaya podía contemplar los grandes edificios esparcidos hasta Battersea, Fulham, Mitcham y más allá. Por lo que podía ver, estaban espaciados de media a una milla de distancia; y todo el conjunto -los campos de hielo, los Constructores mudos, los edificios anónimos y dispersos se conjuraba para crear un Londres terrible e inhumano.

Volví con Nebogipfel, que todavía estaba de pie frente al Constructor. El pellejo metálico del objeto se arrugaba y brillaba, como si fuese la superficie de un estanque lleno de peces metálicos que nadaban bajo su superficie, y luego una protuberancia -un tubo de unas pocas pulgadas de ancho- salió de la piel, brillando con la misma textura metálica que la pirámide, y se acercó al ojo de Nebogipfel.

Lo reconocí, por supuesto; era el regreso del dispositivo ocular que había visto antes. En un momento se encajaría en el cráneo de Nebogipfel.

Caminé alrededor del Constructor. Como ya he dicho, era en apariencia un montón de escoria fundida; en cierta forma estaba animado y era móvil, porque lo había visto, o a otro similar, arrastrarse sobre mi propio cuerpo.

Pero no podía imaginar su utilidad. Al examinarlo más de cerca, vi que su superficie estaba cubierta de pelos metálicos: cilios, como limaduras de hierro, que se contoneaban en el aire, activos e inteligentes. Y tuve la sensación exasperante y dolorosa de que había más niveles de detalle que escapaban a mi vista avejentada. La textura de la superficie móvil era simultáneamente fascinante y repulsiva: mecánica, pero con algo parecido a la vida. No me tentaba tocarlo -no podía soportar la idea de que aquellos cilios retorcidos tocasen mi piel- y no tenía instrumentos para investigar. Sin medios para realizar un examen más profundo, no podía acometer un estudio de la estructura interna de la pirámide.

Noté cierto grado de actividad en el borde inferior de la pirámide. Al agacharme, vi que pequeñas comunidades de cilios metálicos -del tamaño de hormigas, o más pequeños- dejaban continuamente el Constructor.

Por lo general, los trozos caídos parecía que se disolvían al tocar el suelo; sin duda, se dividían en componentes demasiado pequeños para verlos; pero en ocasiones observé que los trozos del Constructor se alejaban más y más por el suelo, nuevamente como hormigas, hacia un destino desconocido. De forma similar, grupos de cilios surgían del suelo, trepaban por las faldas del Constructor y se unían a su sustancia, ¡como si siempre hubiesen sido parte de él!

Le comenté todo eso a Nebogipfel.

-Es sorprendente -dije-, pero no es difícil imaginar lo que pasa. Los componentes del Constructor se unen y se separan por sí mismos. Corren por el suelo, e incluso, por lo que sé o puedo ver, vuelan por el aire. Los trozos sueltos deben de morir, de alguna forma, si son defectuosos, o unirse al cuerpo brillante de otro desafortunado Constructor.

»Maldita sea -dije-, el planeta debe de estar cubierto por una capa delgada de esos cilios sueltos, ¡retorciéndose aquí y allá! Y, pasado un tiempo, quizás un siglo, no debe quedar nada del cuerpo original de la bestia que aquí vemos. ¡Todos sus fragmentos, sus análogos de pelo y dientes y ojos, se habrán ido a visitar a los vecinos!

-No es un diseño exclusivo -dijo Nebogipfel-. En tu cuerpo, y en el mío, las células mueren y son remplazadas continuamente.

-Quizá, pero aun así, ¿qué significa decir que este Constructor de aquí es un individuo? Es decir: si compro un cepillo, y cambio el mango y la cabeza, ¿me queda el mismo cepillo?

El ojo rojo grisáceo del Morlock se volvió hacia la pirámide, y el tubo de metal se hundió en el agujero con un sonido líquido.

-Este Constructor no es una máquina única, como un coche -respondió-. Está compuesta, construida, a partir de millones de submáquinas... miembros, si quieres. Están distribuidas de forma jerárquica, emanando de un tronco central por medio de ramas y capilares, al igual que un arbusto. Los miembros más pequeños, en la periferia, son demasiado diminutos para que puedas verlos: funcionan a un nivel molecular o atómico.

-¿Pero para qué -pregunté- sirven esos miembros de insecto? Uno puede mover átomos y moléculas, pero ¿por qué? Es un asunto tedioso e improductivo.

-Al contrario -dijo cansado-. Si puedes hacer ingeniería al nivel más fundamental de la materia, y si tienes tiempo y paciencia suficientes, puedes hacerlo todo. -Me miró-. Sin la ingeniería molecular de los Constructores, tú y yo ni siquiera hubiésemos sobrevivido a nuestro primer encuentro con la Tierra Blanca.

-¿Qué quieres decir?

-La «cirugía» que han realizado con nosotros -dijo Nebogipfel- fue a nivel celular, al nivel al que se produjeron los daños de la congelación.

Nebogipfel me describió, con detalles horrorosos, cómo por el frío que habíamos encontrado, las paredes de mis células (y las suyas) habían estallado por la congelación y la expansión de su contenido... y ninguna cirugía que yo conociese podría haber salvado nuestras vidas.

En su lugar, los microscópicos miembros exteriores del Constructor se habían separado del cuerpo principal y habían atravesado mi sistema dañado, realizando reparaciones en las células congeladas a nivel molecular. Cuando llegaron al otro lado -hablando crudamente- habían salido de mi cuerpo y se habían reunido con su padre.

Yo había sido reconstruido, de dentro hacia fuera, por medio de un ejército burbujeante de hormigas de metal. Lo mismo que Nebogipfel.

Me recorrió un escalofrío y sentí más frío que en ningún momento desde mi rescate.

Me rasqué el brazo, casi involuntariamente, como si quisiese arrancar aquella infección tecnológica.

-Pero esa invasión es monstruosa -protesté-. La idea de esos pequeños trabajadores atareados, atravesando la sustancia de mi cuerpo...

-Supongo que hubieses preferido el brutal escalpelo romo de un cirujano de tu época.

-Quizá no, pero...

-Te recuerdo que, en contraste, tú no fuiste capaz de arreglar un hueso roto sin dejarme tullido.

-Pero eso es diferente. ¡Yo no soy médico!

-¿Crees que esta criatura lo es? De cualquier forma, si hubieses preferido morir, sin duda podrán arreglarlo.

-Por supuesto que no. -Pero me rasqué la piel, ¡y supe que pasaría mucho tiempo antes de que volviese a sentirme cómodo con mi cuerpo reconstruido! Pensé en algo que me alivió-. Al menos -dije-, esos miembros del Constructor son simplemente mecánicos.

-¿Qué quieres decir?

-Que no están vivos. Si lo estuviesen...

Liberó el rostro del Constructor y me miró con el agujero de su cara lleno de cilios de metal.

-No, te equivocas. Esas estructuras están vivas.

-¿Qué?

-Según cualquier definición razonable de la palabra. Pueden reproducirse. Pueden manipular el mundo exterior, creando condiciones locales de mayor orden. Tienen estados internos que pueden cambiar independientemente de los estímulos externos; tienen recuerdos que pueden consultarse a voluntad... Ésas son todas características de la Vida, y la Mente. Los Constructores están vivos, y son conscientes... tan conscientes como tú o yo. De hecho, más.

Ahora estaba confuso.

-Pero eso es imposible. -Señalé el dispositivo piramidal-. Esto es una máquina. Ha sido fabricada.

-Ya he encontrado antes los límites de tu imaginación -dijo severo-. ¿Por qué habría de construirse un trabajador mecánico con las limitaciones del diseño humano? Con la vida mecánica...

¿Vida?

-... uno es libre de explorar otras morfologías... otras formas.

Levanté una ceja al Constructor.

-¡La morfología de un seto de alheñas, por ejemplo!

-Y además -dijo-, te fabricó a ti. ¿Eso te hace menos vivo?

¡Aquello se estaba convirtiendo en un debate demasiado metafísico para mí! Caminé alrededor del Constructor.

-Pero si está vivo y es consciente... ¿es una persona? ¿O varias personas? ¿Tiene un nombre? ¿Un alma?

Nebogipfel se volvió hacia el Constructor una vez más y dejó que el dispositivo ocular se acurrucase en su cara.

-¿Un alma? Éste es tu descendiente. También lo soy yo, por un camino histórico diferente. ¿Tengo yo un alma? ¿La tienes tú?

Dejó de mirarme, y observó el corazón del Constructor.

4

LA SALA DE BILLAR

Más tarde, Nebogipfel se unió a mí, en la cámara que yo consideraba como la sala de billar. Comió de un plato que contenía comida parecida al queso.

Yo me senté, bastante malhumorado, en el borde de la mesa de billar, moviendo la única bola por la superficie. La bola iba a mostrar un comportamiento anómalo. Yo apuntaba a una de las troneras al otro lado de la mesa; la mayoría de las veces acertaba, y daba la vuelta para recuperarla de la redecilla. Pero en ocasiones, el camino de la bola quedaba alterado. Se producía un temblor en medio de la superficie vacía -la bola se meneaba, de forma extraña y con demasiada rapidez para poder seguirla- y entonces, normalmente, la bola seguía hacia el destino que yo quería. Sin embargo, en ocasiones, la bola se desviaba de forma pronunciada del camino que yo pretendía, ¡y en una ocasión, incluso volvió de la casi invisible perturbación a mi mano!

-Nebogipfel, ¿viste eso? Es de lo más extraño -dije-. No parece haber ninguna obstrucción en medio de la mesa. Aun así, la mitad de las veces algo impide el paso de la bola. -Lo probé un par de veces para que lo viera, y lo contempló con aire distraído.

-Bien, de cualquier forma me alegro de no jugar aquí -dije-. Conozco a un par de amigos que se pegarían por discrepancias como éstas. -Cansado de mis juegos ociosos, dejé la bola quieta en medio de la mesa-. Me pregunto cuáles eran los motivos de los Constructores al colocar esta mesa aquí. Es decir, es el único mueble sustancial, a menos que uno cuente al Constructor de ahí... Me pregunto si se supone que es una mesa de snooker o billar.

A Nebogipfel pareció divertirle mi pregunta.

-¿Hay alguna diferencia?

-¡Por supuesto! A pesar de su popularidad, el snooker es sólo un juego de tiros, un entretenimiento adecuado para los aburridos oficiales del Ejército en la India que lo inventaron, pero carece de la ciencia del billar, desde mi punto de vista...

Y entonces -miraba mientras sucedía- una segunda bola de billar saltó espontáneamente fuera de una de las troneras y comenzó a rodar, recta, hacia la bola quieta en el centro de la mesa.

Me incliné para ver mejor.

-¿Qué demonios pasa aquí? -La bola se movía muy lentamente, y pude distinguir detalles de su superficie. Mi bola ya no era lisa y blanca; después de los diversos experimentos, su superficie estaba llena de arañazos bastante evidentes. Y la nueva bola estaba igualmente marcada.

La recién llegada golpeó la bola estacionaria con un golpe sólido; la nueva bola se detuvo por el impacto y mi bola corrió por la mesa.

-¿Sabes? -le dije a Nebogipfel-, si no supiese la verdad, juraría que esa bola, la que acaba de salir de ninguna parte, es la misma que la primera. -Él se acercó un poco, y le señalé las marcas características-. ¿Ves eso? Reconocería esos arañazos en la oscuridad... Las bolas son idénticas.

-Entonces -dijo el Morlock con calma-, quizá sean la misma bola.

Ahora mi bola, empujada, chocó con un borde de la mesa y rebotó; era tal la geometría no regular de la mesa que ahora volvía en dirección a la tronera de la que había salido la segunda bola.

-¿Pero cómo puede ser eso? Es decir, supongo que una Máquina del Tiempo podría producir dos copias del mismo objeto en el mismo lugar, ¡piensa en Moses y yo!, pero no veo aquí ningún artefacto para viajar en el tiempo. ¿Y cuál sería el propósito?

La bola original había perdido la mayor parte de su impulso con los impactos, y apenas se arrastraba cuando llegó a la tronera; pero se metió en el agujero y desapareció.

Nos quedamos con la copia de la bola que había surgido tan misteriosamente de la tronera. La cogí y la examiné de cerca. Por lo que podía ver era una copia idéntica de nuestra bola. Y cuando comprobé la tronera, ¡estaba vacía! La bola original había desaparecido, como si no hubiese existido nunca.

-¡Bien! -le dije a Nebogipfel-. Esta mesa es más ingeniosa de lo que había imaginado. ¿Qué crees que ha sucedido? ¿Crees que esto es lo que sucede durante las trayectorias alteradas, esos movimientos que te mostré antes?

Nebogipfel no contestó inmediatamente, pero -después de eso dedicó una parte importante de su tiempo, conmigo, a los acertijos de la extraña mesa de billar. En lo que a mí respecta, intenté examinar la mesa misma, esperando encontrar algún dispositivo escondido, pero no descubrí nada, nada de trucos, nada de trampillas escondidas que pudiesen tragar y vomitar bolas. Además, de haber habido trucos de magia tan crudos, ¡todavía tendría que encontrar una explicación para la aparente identidad de la bola «vieja y la «nueva!

Lo que me llamó la atención -aunque no tenía explicación en aquel momento- era el extraño brillo verdoso de las troneras. ¡Maldita sea!, el brillo me recordaba a la plattnerita.

Nebogipfel me contó lo que había descubierto sobre los Constructores.

Nuestro silencioso amigo en el salón de Nebogipfel era, o eso parecía, un miembro de una amplia especie: los Constructores habitaban la Tierra, los planetas transformados e incluso las estrellas.

Me dijo:

-Debes desechar tus prejuicios y mirar a estas criaturas con mente abierta. No son como los humanos.

-Eso lo acepto.

-No -insistió-, no creo que puedas. Para empezar, no debes imaginar que los Constructores son personalidades individuales, de la misma forma que tú o yo. ¡No son hombres recubiertos de metal! Son algo cualitativamente diferente.

-¿Por qué? ¿Porque están hechos de partes intercambiables?

-En parte. Dos Constructores podrían fluir uno en el otro, uniéndose como si fuesen dos gotas de líquido para formar un solo ser, y luego dividirse con facilidad para volver a ser dos. ¡Sería imposible, e inútil; descubrir el origen de este o aquel componente!

Al oír eso, pude entender por qué nunca veía a los Constructores moverse por el paisaje helado del exterior. No necesitaban desplazar el peso de sus grandes cuerpos torpes (exceptuando necesidades especiales, como cuando nos habían reparado a Nebogipfel y a mí). Bastaba con que el Constructor se separase en los componente moleculares que Nebogipfel había descrito. Los componentes podían arrastrarse por el hielo ¡como un ejército de gusanos!

Nebogipfel continuó:

-Pero hay más detalles de la conciencia de los Constructores. Los Constructores viven en un mundo que apenas podemos imaginar, habitan un Mar, si quieres, un Mar de Información.

Nebogipfel describió cómo, por medio de conexiones fonográficas y de otro tipo, los Constructores Universales estaban unidos unos con otros, y utilizaban esas conexiones para hablar unos con otros constantemente. La Información -y la conciencia y una comprensión más profunda-- fluía fuera de la mente mecánica de cada Constructor, y cada uno recibía noticias e interpretaciones de cada uno de sus hermanos, incluso de aquellos en las más remotas estrellas.

De hecho, me dijo Nebogipfel, tan rápida y completa era la forma de comunicación de los Constructores que no era realmente similar al habla humana.

-Pero tú has hablado con ellos. Te las has arreglado para obtener información de ellos. ¿Cómo?

-Imitando su forma de interactuar-dijo Nebogipfel. Se tocó la cuenca vacía cauteloso-. Tuve que hacer este sacrificio. -Su ojo natural brilló.

Resultó que Nebogipfel había buscado la forma de sumergir su cerebro en el Mar de Información del que me había hablado. A través de la cuenca podía absorber Información directamente del Mar, sin que tuviese que pasar por el habla normal.

Me sentí temblar, al pensar en aquella invasión de la oscuridad cómoda del cráneo.

-¿Y crees que valió la pena? -le pregunté-. ¿Sacrificar un ojo?

-Oh, sí. Y más aún...

»Mira... ¿puedes ver cómo es para los Constructores? -me preguntó-. Son un orden vital diferente, no por compartir en un nivel puramente físico, sino también por compartir sus experiencias.

»¿Puedes imaginar cómo es existir en un medio como el Mar de Información?

Pensé. Recordé los seminarios de la Royal Society -aquellas estimulantes discusiones cuando una nueva idea era arrojada al grupo, y tres docenas de mentes ágiles batallaban con ella, deformándola y mejorándola en el proceso- o incluso algunas de mis cenas de los jueves por la noche, cuando, con la ayuda de una cantidad adecuada de vino, el ritmo de las ideas era tan intenso y rápido que era difícil decir dónde había dejado de hablar un hombre y había comenzado otro.

-Sí. -Nebogipfel me cortó cuando relaté esto último-. Sí, eso es exactamente. ¿Lo entiendes? Pero con los Constructores Universales esas conversaciones se producen continuamente... y a la velocidad de la luz, con pensamientos que pasan directamente de una mente a otra.

»Y en ese miasma de comunicación, ¿quién puede decir dónde termina la conciencia de uno y dónde comienza la de otro? ¿Es ésta mi idea, mi recuerdo, o son tuyos? ¿Lo entiendes? ¿Ves las implicaciones?

Sobre la Tierra -y quizás en cada mundo habitado- debe de haber inmensas Mentes centrales, compuestas de millones de Constructores, unidos para formar una gran entidad divina, que mantenía la conciencia de la especie. De hecho, me dijo Nebogipfel, la misma especie era consciente.

De nuevo sentí que nos adentrábamos demasiado en la metafísica.

-Todo esto es muy fascinante -dije-, y puede que sea como dices; pero quizá deberíamos volver a ocuparnos de los detalles prácticos de nuestra situación. ¿Qué tiene eso que ver contigo o conmigo? -Me volví hacia el Constructor que brillaba en medio de la habitación-. ¿Qué hay de él? -dije-. Todo eso sobre la conciencia y demás está muy bien... ¿pero qué quiere él? ¿Por qué está aquí? ¿Por qué nos salvó la vida? Y ¿qué quiere de nosotros ahora? ¿O es que esos hombres mecánicos trabajan juntos, como abejas en un panal, unidos por las Mentes comunes de que me hablas, por lo que nos enfrentamos a una especie con metas comunes a todos?

Nebogipfel se frotó la cara. Caminó hacia el Constructor, miró por el dispositivo ocular, y fue recompensado a los pocos minutos por una extrusión, del interior del cuerpo brillante del Constructor, de un plato de aquella comida como queso que tanto había visto en el siglo natal de Nebogipfel. Miré con asco mientras Nebogipfel cogía el plato y mordía la comida regurgitada. Realmente no era más horrible que la extrusión de materiales del Suelo de la Esfera de los Morlocks, pero había algo en la mezcla líquida de Vida y Máquina en el Constructor que me repugnaba. ¡Evité pensar, con determinación, sobre el origen de mi propia comida y agua!

-No podemos decir que los Constructores estén unidos -decía Nebogipfel-. Están conectados. Pero no comparten un propósito común... de la misma forma que lo hacen, digamos, los distintos componentes de tu propia personalidad.

-¿Pero por qué no? Eso sería razonable. Con comunicación perfecta y continua no tiene que haber comprensión, ni conflicto.

-Pero no funciona así. La totalidad del universo mental de los Constructores es demasiado grande. -Se refirió nuevamente al Mar de Información, y describió cómo estructuras de pensamientos y especulaciones, complejas, cambiantes y efímeras, iban y venían, surgiendo de las materias primas de aquel océano mental-. Esas estructuras son análogas a las teorías científicas de tu propia época... siempre puestas en duda por nuevos descubrimientos y las especulaciones de nuevos pensadores. El mundo de la comprensión no es estático...

»Además, recuerda a tu amigo Kurt Gödel, que nos enseñó que ningún cuerpo de conocimientos codificados puede ser completo.

»El Mar de Información es inestable. Las hipótesis e intenciones que surgen de él son complejas y tienen muchos aspectos; rara vez hay unanimidad completa entre los Constructores sobre un tema. Es como un debate continuo; y dentro de ese debate pueden surgir facciones: agrupamientos de cuasindividuos, que se unen alrededor de algún esquema. Se podría decir que los Constructores están unidos en sus deseos de aumentar los conocimientos de la especie, pero no en lo que se refiere a los medios para conseguirlo. De hecho, en general puede decirse que cuanto más avanzada es la capacidad mental, parece que surgen más facciones, porque el mundo aparece más complejo...

»Y así, progresa la raza.

Recordé lo que Barnes Wallis me había dicho de los nuevos modos del debate parlamentario, en 1938, donde la oposición había sido prohibida esencialmente como una actividad criminal, ¡una desviación de energía de la aproximación correcta y evidente a las cosas! Pero si lo que Nebogipfel decía era cierto, no puede haber una respuesta universalmente correcta a una pregunta dada: como los Constructores habían aprendido, ¡puntos de vista múltiples son una característica necesaria del universo en que nos encontrábamos!

Nebogipfel masticó pacientemente el queso; cuando acabó, volvió a meter el plato en la sustancia del Constructor, donde fue absorbido; supuse que era reconfortante para él, ya que se trataba de un proceso muy similar al del Suelo de su Esfera de origen.

5

LA TIERRA BLANCA

Pasé muchas horas solo, o en compañía de Nebogipfel, en las ventanas del apartamento.

No vi muestras de vida animal o vegetal sobre la superficie de la Tierra Blanca. Por lo que veía, estábamos aislados en una pequeña burbuja de luz y calor, sobre una inmensa torre; y durante todo el tiempo que estuvimos allí, jamás abandonamos aquella burbuja.

De noche, el cielo más allá de nuestras ventanas era generalmente claro, con sólo unos ligeros cirros en lo más alto de la atmósfera letal. Pero, a pesar de aquella claridad -todavía no podía entenderlo-, no había estrellas, o mejor, muy pocas, un puñado comparadas con la multitud que una vez había brillado sobre la Tierra. Ya me había dado cuenta de ello a mi llegada allí, pero creo que lo había achacado al frío o a la desorientación. Confirmarlo, ahora que estaba caliente y tenía la cabeza despejada, era preocupante; quizás era la cosa más extraña de aquel nuevo mundo.

La Luna -aquel paciente planeta compañero- todavía giraba alrededor de la Tierra, atravesando sus fases con regularidad inmemorial; pero sus antiguas planicies seguían manchadas de verde. La luz de la Luna ya no tenía el color frío de la plata, sino que bañaba el paisaje de la Tierra Blanca con el más moderado de los brillos verdes, devolviendo a la Tierra un eco de la vegetación que una vez ella había disfrutado, y que ahora estaba atrapada bajo el hielo inmisericorde.

Observé de nuevo el resplandor, como si fuese una estrella cautiva, que brillaba en el cuerno más oriental de la Luna. Mis primeras ideas habían sido que veía el reflejo del Sol en algún lago lunar, pero el brillo era tan constante que al final decidí que debía de ser intencionado. Imaginé que era un espejo -una construcción artificial-, quizá sobre alguna montaña lunar y diseñado de tal forma que su reflejo siempre caía sobre la Tierra. En lo que a su propósito se refiere, especulé que podría datar de la época en que la degradación de las condiciones atmosféricas en el Planeta Madre todavía no era tal como para expulsar a los hombres de la Tierra, pero, quizás, eran tan duras que habían provocado el colapso de cualquier cultura superviviente.

Imaginé hombres lunares: Selenitas, como podríamos llamarlos, descendientes de la humanidad. Los Selenitas debían de haber observado el progreso letal de los grandes fuegos que se desataron sobre la corteza llena de oxígeno de la Tierra. Los Selenitas habían sabido que los hombres todavía habitaban sobre la Tierra, pero eran hombres que habían perdido la civilización; hombres que vivían como salvajes, incluso como animales, deslizándose a algún estado prerracional. Quizás a ellos también les impactó el colapso de la Tierra; es posible que la sociedad Selenita no pudiese sobrevivir sin provisiones de la Madre Tierra.

Los Selenitas llorarían a sus primos del mundo materno, pero no podían llegar hasta ellos... y por lo tanto intentaron mandar una señal. Construyeron un inmenso espejo, que debía de tener media milla de ancho, o más, para ser visible a través de distancias interplanetarias.

Puede que los Selenitas tuviesen un fin más ambicioso en mente que simplemente inspirar desde los cielos. Por ejemplo, podrían haber enviado -haciendo parpadear el espejo con algún equivalente del código Morse- algunas instrucciones sobre cosechas o ingeniería -el secreto perdido de la máquina de vapor, quizás-, algo, de cualquier forma, más útil que simples mensajes de buena suerte.

Pero al final no sirvió de nada. Al final, el puño de la glaciación cubrió el planeta. Y el gran espejo lunar fue abandonado, y los hombres desaparecieron de la faz de la Tierra.

Ésas, de todos modos, eran mis especulaciones, mientras miraba por las ventanas de la torre; no tenía forma de saber si tenía razón -porque Nebogipfel era incapaz de leer aquella nueva historia de la humanidad con tanto detalle-, pero de cualquier forma el brillo de aquel espejo aislado en la Luna se convirtió para mí en el símbolo más elocuente del colapso de la humanidad.

La característica más sorprendente del cielo nocturno no era, sin embargo, la Luna, ni siquiera la ausencia de estrellas: era el disco en forma de red de varias docenas de veces el tamaño de la Luna que vi nada más llegar. Aquella estructura era extraordinariamente compleja y estaba en movimiento. Piensen quizás en una tela de araña iluminada por detrás, con las gotas de rocío brillando y corriendo por la superficie; ahora imaginen cientos de pequeñas arañas arrastrándose por esa superficie, su lento movimiento invisible, trabajando obviamente para reforzar y extender la estructura, ¡y ahora coloquen su visión a través de muchas millas de espacio interplanetario!, y tendrán algo de lo que vi.

Podía ver el disco mejor en las primeras horas de la mañana -quizás a las tres-, y en aquellos momentos podía distinguir los hilos fantasmales de luz -tenues y delgados- que subían desde el lado más lejano de la Tierra a través de la atmósfera hasta el disco.

Discutí esas cosas con Nebogipfel.

-Es bastante extraordinario... como si esos rayos formasen una especie de jarcia que sujetase el disco a la Tierra; ¡por lo que todo el conjunto es como una vela que remolca la Tierra por el espacio sobre un viento espectral!

-Tu lenguaje es pintoresco -dijo-, pero captura algo del sabor de la empresa.

-¿Qué quieres decir?

-Que es una vela -dijo-. Pero no remolca la Tierra: más bien, la Tierra da una base para el viento que guía la vela.

Nebogipfel me describió aquel tipo nuevo de yate espacial. Se construía en el espacio, dijo, ya que era demasiado frágil para levantarlo desde la Tierra.

La vela consistía, esencialmente, en un espejo; y el «viento» que la llenaba era luz: porque las partículas de luz que caen sobre la superficie especular producen una fuerza impulsiva, de la misma forma que las moléculas de aire que forman la brisa.

-El «viento» proviene de rayos de luz coherente, generados por proyectores terrestres tan anchos como una ciudad -dijo-. Son esos rayos los que has visto como «hilos» que unen el planeta a la vela. La presión de la luz es pequeña pero insistente, y es extraordinariamente eficiente en la transferencia de momento, especialmente cuando se acerca uno a la velocidad de la luz.

Él suponía que los Constructores no viajarían en tales naves como entidades discretas, como lo habían hecho los pasajeros de los grandes barcos de mi época. En. su lugar, los Constructores se desmontarían y dejarían que sus componentes corriesen por la nave y se uniesen a ella. Al llegar al destino, se reemsamblarían como Constructores individuales, en la forma más eficiente para los mundos que encontrasen allí.

-¿Pero cuál crees que es el destino del yate espacial? ¿La Luna, o uno de los planetas... o...?

En la forma lacónica y desdramatizada de los Morlocks, Nebogipfel dijo:

-No. Las estrellas.

6

EL GENERADOR DE MULTIPLICIDAD

Nebogipfel continuó sus experimentos con la mesa de billar. Repetidamente la bola encontraba la algarabía que había observado en el centro de la mesa, y varias veces creí ver bolas de billar -más copias de la original- que aparecían del aire e interferían en la trayectoria de la primera. En ocasiones la bola emergía de aquellas colisiones y continuaba con el camino que habría seguido a pesar de los choques; sin embargo, en ocasiones se desviaba en trayectorias muy diferentes, y -una o dos veces- observamos el tipo de incidente que describí antes, en el que una bola estacionaria recibía un golpe que la sacaba de su posición, sin mi intervención o la de Nebogipfel.

Todo aquello era un juego muy entretenido -y estaba claro que había algo raro en ello-, pero no podía entenderlo aunque me fuese la vida en ello, a pesar de los rastros de plattnerita en las troneras. Mi única observación era que cuanto más lentamente viajaba la bola, más probable era que se desviase de su trayectoria.

Sin embargo, el Morlock se emocionaba cada vez más con aquello. Se sumergía en el interior del paciente Constructor, hundiéndose una vez más en el Mar de Información, y salía con algún nuevo fragmento de conocimiento que había pescado -murmuraba para sí en el dialecto obscuro y líquido de su pueblo- y se apresuraba de vuelta hacia la mesa de billar para probar los nuevos datos.

AL fin, estuvo preparado para compartir sus hipótesis conmigo; me sacó del baño de vapor. Me sequé con la camisa y corrí tras él hasta la sala de billar; sus pequeños pies tamborileaban en el duro suelo. No recordaba haberlo visto tan emocionado.

-Creo que entiendo para qué sirve esta mesa -dijo sin respiración.

=¿Sí?

-Es... ¿cómo puedo expresarlo?... es sólo una demostración, poco

más que un juguete... pero es un Generador de Multiplicidad. ¿Entiendes?

Levanté las manos.

-Me temo que no entiendo nada.

-A estas alturas ya estás muy familiarizado con la idea de la multiplicidad de la historia...

-Debería; es la base de la explicación de las historias divergentes que hemos visitado.

En todo momento, en todo acontecimiento (resumí), la historia se bifurca. La sombra de una mariposa puede caer aquí o allí; la bala de un asesino puede rozar sin apenas causar daño, o alojarse en el corazón de un rey... Para cada resultado posible de cada suceso hay una versión nueva de la historia.

-Todas esas historias son reales -dije- y, si lo he entendido bien, corren en paralelo unas con las otras, en alguna Cuarta Dimensión, como las páginas de un libro.

Muy bien. Y entiendes también que la acción de una Máquina del Tiempo, incluyendo tu primer prototipo, es producir bifurcaciones más amplias, generar nuevas historias... algunas de ellas imposibles sin la intervención de la máquina. ¡Como ésta! -Movió la mano alrededor-. Sin tu máquina, que comenzó toda la serie de sucesos, los humanos jamás hubiesen podido ser transportados al Paleoceno. Ahora no deberíamos estar sentados sobre cincuenta millones de años de modificación inteligente del cosmos.

-Eso lo entiendo -dije perdiendo la paciencia-. ¿Pero qué tiene todo eso que ver con la mesa?

-Mira. -Dejó que la bola corriese por la mesa-. Aquí está la bola. Debemos imaginar muchas historias, un ramillete de ellas, rodeando la bola en todo momento. Por supuesto, la historia más probable es la que contiene la trayectoria clásica. Pero otras historias, vecinas pero muy divergentes, existen en paralelo. Incluso es posible, aunque muy improbable, que en una de esas historias la agitación térmica de las moléculas de la bola hagan que salte en el aire y te golpee en el ojo.

-Muy bien.

-Ahora... -Recorrió con el dedo el borde de una de la troneras más cercana-: Esta incrustación verde es una pista.

-Es plattnerita.

-Sí. Las troneras actúan como Máquinas del Tiempo en miniatura... limitadas en campo de acción y tamaño, pero muy efectivas. Y, como ya sabemos por experiencia, cuando opera una Máquina del Tiempo, cuando los objetos viajan al pasado o al futuro para econtrarse con ellos mismos, la cadena de causa y efecto puede ser alterada, y las historias crecen como hierba ....

Me recordó el extraño incidente que había presenciado con la bola estacionaria.

-Puede que ése sea el ejemplo más claro de lo que digo. La bola estaba en la mesa: podemos llamarla nuestra bola. Entonces una copia de la bola salió de una tronera, y desplazó nuestra bola. Nuestra bola corrió hacia el borde, rebotó y cayó en la tronera, dejando la copia quieta en la mesa, en la misma posición que la original.

»Entonces -dijo Nebogipfel lentamente-, nuestra bola retrocedió en el tiempo, ¿entiendes?, y salió de la tronera en el pasado...

-Y procedió a desplazarse a sí misma, y a ocupar su propio lugar. -Miré la mesa de aspecto inocente-. Maldita sea, Nebogipfel, ¡ahora lo entiendo! Después de todo era la misma bola. Estaba feliz sobre la mesa, ¡pero debido a las posibilidades anómalas del viaje en el tiempo, pudo hacer un bucle en el tiempo y golpearse a sí misma!

-Eso es -dijo el Morlock.

-¿Pero qué hizo que la bola se moviese en primer lugar? Ninguno de nosotros la empujó hacia la tronera.

-No era necesario un «empujón» -dijo Nebogipfel-. En presencia de Máquinas del Tiempo, y ése es el propósito real de la demostración, debes abandonar tus viejas ideas sobre la causalidad. ¡Las cosas no son tan simples! La colisión con la copia no era sino una de las posibilidades de la bola, que la mesa demostró para nosotros. ¿Lo ves? En presencia de una Máquina del Tiempo, la causalidad queda tan tocada que incluso una bola estacionaria queda rodeada por un número infinito de extrañas posibilidades. Tu pregunta sobre «cómo empezó» no tiene sentido: es un bucle causal cerrado, no hubo primera causa.

-Puede ser -dije-, pero mira: todavía tengo reparos sobre este asunto. Volvamos a las dos bolas en la mesa, o mejor, a la bola real y su copia. De pronto, ¡hay dos veces más materia presente que antes! ¿De dónde ha aparecido?

Me miró.

-Te preocupa la violación del principio de conservación, la aparición o desaparición de masa.

-Exactamente.

-No noté que te preocupases igualmente cuando viajaste en el tiempo para encontrarte con tu yo más joven. Porque en ese caso había tanta, ¡o más!, violación de cualquier principio de conservación.

-Aun así -dije resistiéndose a ser dirigido-, la objeción es valida, ¿no?

-En cierta forma -dijo-. Pero sólo en el sentido estrecho de una sola historia.

-Los Constructores Universales han estado estudiando las paradojas del viaje en el tiempo durante siglos -dijo-. O mejor, las paradojas aparentes. Y han formulado un tipo de ley de conservación que funciona en las dimensiones superiores de la multiplicidad de historias.

Comienza con un objeto, como tú. En un momento dado, sumas una copia de ti mismo que puede estar ausente porque has viajado al pasado o al futuro, y luego restas cualquier copia doblemente presente porque uno de vosotros ha viajado al pasado. Entonces descubrirás que la suma global es constante. Realmente sólo hay uno de vosotros, sin que importe cuántas veces viajes arriba y abajo por el tiempo. Por tanto hay una conservación, en cierta forma, aunque, en cualquier momento dado de una historia determinada, puede parecer que se violan las leyes de conservación, porque de pronto hay dos de vosotros, o ninguno.

Pensándolo lo entendí.

-Sólo hay paradoja si restringes tu análisis a una sola historia -señalé-. La paradoja desaparece si piensas en términos de multiplicidad.

-Exactamente. De la misma forma se resuelven los problemas de causalidad en la estructura mayor de la multiplicidad.

»El poder de esta mesa -me dijo- es que permite demostrarnos esas extraordinarias posibilidades... es capaz de utilizar la tecnología de la Máquina del Tiempo para mostrarnos la posibilidad... no, la existencia, de múltiples historias divergentes a nivel macroscópico. De hecho, puede seleccionar historias determinadas que sean de interés: ha sido diseñada con sutileza.

Me contó más cosas de las leyes de los Constructores sobre la multiplicidad.

-Se pueden imaginar situaciones -dijo- en las que la multiplicidad de historias es cero, uno o muchas. Es cero si la historia es imposible, si no es autoconsistente. Una multiplicidad igual a uno es la situación imaginada por vuestros primeros filósofos, quizá de la generación de Newton, en la que los sucesos seguían un único curso en cada punto del tiempo, consistentes e inamovibles.

Comprendí que describía mi visión original -¡e ingenua!- de la historia, como si fuese una inmensa habitación, mas o menos fija, a través de la que podía vagar a voluntad mi Máquina del Tiempo.

-Un curso «peligroso» para un objeto, como tú o la bola de billar, es aquel que puede alcanzar una Máquina del Tiempo -dijo.

-Bien, eso está claro -dije-. Es evidente que he estado produciendo nuevas historias a derecha e izquierda desde el momento en que conecté la Máquina del Tiempo. ¡Ciertamente peligroso!

-Sí, y a medida que la máquina, y sus sucesoras, penetran más y

más profundamente en el pasado, la multiplicidad generada tiende al infinito, y la divergencia entre las nuevas versiones de la historia se hace mayor.

-Pero -dije algo frustrado- volviendo al tema, ¿cuál es el propósito de la mesa? ¿Por qué nos la han dado los Constructores? ¿Qué intentan decirnos?

-No lo sé -dijo-. Todavía no. Es difícil... el Mar de Información es amplio, y hay muchos grupos entre los Constructores. No me ofrecen la información libremente, ¿me entiendes? Tengo que coger lo que puedo, entenderlo lo mejor posible y construir una interpretación de esa forma... creo que hay una facción que tiene un plan, un proyecto inmenso, cuyo propósito apenas puedo entender.

-¿Cuál es la naturaleza de ese proyecto?

Nebogipfel contestó.

-Mira: sabemos que hay muchas,-quizás un número infinito, de historias que surgen de cada suceso. Imagínate a ti mismo en dos historias cercanas, separadas, digamos, por los detalles del rebote de la bola de billar. Ahora: ¿podrían esas dos copias de ti comunicarse la una con la otra?

Pensé en eso.

-Ya lo hemos hablado antes. No veo cómo. Una Máquina del Tiempo me llevaría arriba y abajo por una sola rama histórica. Si viajo al pasado para cambiar el rebote de la bola, entonces esperarías viajar al futuro y observar diferencias, porque si la máquina produce una bifurcación tiende a seguir la historia nueva. No -dije con confianza-. Esas dos versiones de mí no podrían comunicarse.

-¿Ni siquiera si te permito cualquier máquina concebible o dispositivo de medida?

-No. Habría dos copias de esos dispositivos, cada una tan desconectada de su gemelo como yo.

-Muy bien. Ésa es una posición lógica y razonable. Se basa en la suposición implícita de que dos historias, después de separase, no se afectan de ninguna forma. Desde el punto de vista técnico, estás dando por supuesto que los operadores mecano-cuánticos son lineales... Pero -y ahora la emoción volvió a su voz- resulta que es posible que exista una forma de hablar con la otra historia... si, en un nivel fundamental, el universo y sus gemelos permanecen unidos. Si existe una cantidad, por pequeña que sea, de no linealidad en los operadores cuánticos, casi demasiado pequeña para detectarla...

-¿Entonces la comunicación sería posible?

-He visto cómo lo hacen... en el Mar, quiero decir... los Constructores lo han conseguido, pero sólo a una escala experimental muy pequeña.

Nebogipfel me describió lo que llamaba un «fonógrafo Everett». -... en honor al científico del siglo veinte, de tu historia, que soñó por primera vez con esa idea. Por supuesto, los Constructores lo llaman de otra forma, pero no es fácil de traducir al inglés.

Las no linealidades de las que hablaba Nebogipfel actuaban en los niveles más sutiles.

-Debes imaginar que realizas una medida, quizá del spin de un átomo. -Describió una interacción no lineal entre el spin del átomo y su campo magnético-. El universo se divide en dos, por supuesto, dependiendo del resultado del experimento. Entonces, después del experimento, dejas que el átomo atraviese tu campo no lineal. Ése es el operador cuántico anómalo que mencioné. Resulta que entonces puedes arreglarlo todo de forma que tu acción en una historia dependa de la decisión tomada en la segunda historia...

Continuó describiendo los detalles del tema, incluyendo los aspectos técnicos de lo que llamaba un «dispositivo Stern-Gerlach», pero lo dejé pasar; me preocupaba simplemente entender lo fundamental.

-Por tanto -le interrumpí-, ¿es posible? ¿Me dices que los Constructores han inventado esos dispositivos de comunicación entre historias? ¿Es la mesa uno de ellos? -Comencé a sentirme excitado por la idea. Toda esa cháchara sobre bolas de billar y átomos rotatorios estaba muy bien; pero si podía hablar, por medio del fonógrafo Everett, con mis «yoes» en otras historias, quizás en mi hogar de Richmond en 1891...

Pero Nebogipfel me desilusionó.

-No -dijo-. Todavía no: La mesa utiliza el efecto no lineal, pero sólo para... ah... destacar historias en particular. Al menos muestra alguna selección, algún control sobre el proceso, pero... Los efectos son tan pequeños... Y la evolución temporal elimina las no linealidades.

-Sí -dije con impaciencia-, ¿pero qué crees tú? ¿Al colocar esta mesa aquí, el Constructor intenta decirnos que ese tema, la no linealidad y la comunicación entre historias, es importante para nosotros?

-Quizá -dijo Nebogipfel-. Pero ciertamente es importante para él.

7

LOS HEREDEROS MECÁNICOS DEL HOMBRE

Nebogipfel reconstruyó algo de la historia de la humanidad en los últimos cincuenta millones de años. Me advirtió que la mayor parte eran conclusiones provisionales: un edificio de especulaciones sostenido sobre unos pocos hechos ciertos que había podido recuperar del Mar de Información.

Probablemente había habido varias olas de colonización estelar por parte del hombre y sus descendientes, dijo Nebogipfel. Durante nuestro viaje en el tiempo habíamos presenciado el lanzamiento de una generación de esas naves desde la Ciudad Orbital.

-No es difícil construir una nave interestelar -dijo-, si se tiene paciencia. Supongo que tus amigos de 1944 en el Paleoceno podían haber diseñado un vehículo así sólo un siglo o dos después de nuestra partida. Se necesita una unidad de propulsión, un cohete químico, de iones o láser; o quizás una vela solar del tipo que hemos visto. Y hay estrategias para emplear los recursos del sistema solar para huir del Sol. Podrías, por ejemplo, ir hacia Júpiter y utilizar la masa del planeta para impulsar la nave estelar hacia el Sol. Con un impulso en el perihelio, podrías conseguir fácilmente la velocidad de escape del Sol.

-¿Y entonces estarías libre del sistema solar?

-En el otro lado, se necesitaría invertir el proceso, emplear los pozos gravitatorios de estrellas y planetas para acomodarse al nuevo sistema. Puede llevar decenas, cientos de miles de años completar el viaje. Así de grandes son los abismos entre las estrellas.

-¿Mil siglos? ¿Quién podría sobrevivir durante tanto tiempo? ¿Qué nave? Sólo las provisiones...

-No lo has entendido -dijo-. No se enviarían humanos. La nave sería un autómata. Una máquina con habilidades manipulativas y una inteligencia de al menos nivel humano. La tarea de la máquina sería explotar los recursos del sistema estelar de destino, utilizando los planetas, los cometas, los asteroides, el polvo y todo lo que pudiese encontrar para construir una colonia.

-Los «autómatas» -comenté- suenan muy parecidos a los Constructores Universales.

No contestó.

-Puedo ver la lógica de enviar una máquina para recoger información. Pero más allá de eso, ¿qué sentido tiene? ¿Qué sentido tiene una colonia sin humanos?

--Pero esa máquina podría construir cualquier cosa si tiene tiempo y recursos suficientes -dijo el Morlock-. Con síntesis celular y tecnología de matrices artificiales, podría incluso construir humanos para habitar la nueva colonia. ¿Entiendes?

Protesté -porque la idea me parecía antinatural y horrenda-, ¡hasta que recordé, con vacilación, que yo había visto una vez la «construcción» de un Morlock de esa misma forma!

Nebogipfel continuó.

-Pero la tarea más importante de la sonda sería construir más copias de sí misma. Se las propulsaría, por ejemplo, con gases tomados de las estrellas, y se las enviaría a otros sistemas estelares.

»Y así, lenta pero segura, se realizaría la colonización de la Galaxia.

-Pero aun así requeriría mucho tiempo. Diez mil años para llegar a la estrella más cercana que está a unos años luz...

-Cuatro.

-Y la galaxia misma...

-Tiene cien mil años luz de diámetro. Sería lento. La migración a través de la galaxia sería como la expansión de las moléculas de gas en el vacío -dijo-. Al menos, al principio. Pero entonces las colonias comenzarían a interaccionar unas con otras. ¿Entiendes? Se podrían formar imperios que abarcasen las estrellas. Otros grupos se opondrían al imperio. La difusión se reduciría... pero continuaría inexorablemente. Por medio de las técnicas que te he descrito se necesitarían diez millones de años para completar la colonización de la Galaxia, pero podría hacerse. Y, como sería imposible cambiar las órdenes de una sonda una vez lanzada, se haría. Debe haberse completado ya, cincuenta millones de años después de la formación de Primer Londres.

»Creo que las primeras generaciones de Constructores se construyeron con limitaciones antropocéntricas en sus mentes. Fueron construidos para servir al hombre. Pero aquellos Constructores no eran simplemente dispositivos mecánicos, eran entidades conscientes. Y cuando partieron a la galaxia, explorando mundos jamás soñados por el hombre y rediseñándose a sí mismos, pronto superaron la comprensión de la humanidad y rompieron las limitaciones de sus creadores... Las máquinas se liberaron.

-Gran Scott -dije-. Supongo que los militares de esa época remota no se tomarían la idea muy bien.

-Sí. Hubo guerras... Los datos son fragmentarios. De cualquier forma, sólo podía haber un vencedor en un conflicto así.

-¿Y qué hay de los hombres? ¿Cómo se tomaron todo eso?

-Algunos bien, otros mal. -Nebogipfel giró un poco la cabeza y torció el ojo-. ¿Qué crees? Los humanos son una especie diversa, con muchas metas fragmentarias, incluso en tu época; imagina cuán diversas se hicieron las cosas cuando la gente se extendió por cientos, miles de sistemas estelares. Los Constructores, también, se dividieron rápidamente. Como especie son más unificados de lo que nunca lo fueron los humanos, por razón de su naturaleza física, pero debido a la cantidad de información mucho mayor a la que tienen acceso sus metas son mucho más complejas y variadas.

Pero, a través de aquellos conflictos, pensaba Nebogipfel, la lenta conquista de las estrellas había continuado.

Nebogipfel me dijo que el lanzamiento de la primera nave estelar había marcado la mayor desviación que hubiésemos presenciado hasta ahora de la historia original.

-Los hombres... tus amigos, los nuevos humanos... lo han cambiado todo en el mundo, incluso a una escala geológica y cósmica. Me pregunto si lo entiendes...

-Bien, debería. He atravesado ese intervalo contigo, de camino al Paleoceno y de vuelta..

-Pero entonces viajábamos por una historia sin inteligencia. Mira. Te he hablado de la migración interestelar. Si a la Mente se le da la oportunidad de actuar a esas escalas...

-He visto lo que le ha hecho a la Tierra.

-Más que eso, ¡más que un único planeta! La actividad paciente de la Mente puede alterar incluso la misma estructura del universo -susurró-, si se le da tiempo suficiente... incluso nosotros apenas estábamos a medio millón de años de las llanuras de África, y habíamos capturado un sol...

»Mira el cielo -dijo-. ¿Dónde están las estrellas? Apenas queda una estrella desnuda en el cielo. Recuerda que esto es 1891, o sus alrededores: no puede haber ninguna razón cosmológica para la desaparición de las estrellas, si lo comparamos con el cielo de tu Richmond.

»Con mis ojos acostumbrados a la oscuridad, puedo ver un poco más que tú. Y te digo que hay un conjunto de puntos rojizos ahí: es radiación infrarroja, calor.

Entonces lo entendí, casi como un golpe físico.

-Es cierto -dije-. Es cierto... Tu hipótesis de conquista galáctica. La prueba es evidente, ¡en el mismo cielo! La estrellas deben de estar cubiertas, casi todas ellas; por conchas artificiales, como la Esfera de los Morlocks. -Miré el cielo vacío-. Buen Dios, Nebogipfel; ¡los seres humanos, y sus máquinas, han alterado el mismo cielo!

-Era inevitable que así sucediese una vez que se lanzó el primer Constructor. ¿Entiendes?

Miré al cielo oscurecido sintiendo el peso del asombro. No era la naturaleza alterada del cielo lo que me sorprendía, ¡sino la noción de que todo aquello -absolutamente todo, hasta el rincón más lejano

de la galaxia- había surgido cuando hice añicos la historia con la Máquina del Tiempo!

-Veo que los hombres han abandonado la Tierra -dije-. La inestabilidad climática nos la ha vedado. Pero en algún lugar... -agité la mano- en algún lugar debe de haber hombres y mujeres, ¡en esos hogares dispersos!

-No -dijo-. Recuerda que los Constructores lo ven todo; lo saben todo. Y no he visto hombres como tú. Oh, aquí y allá podrías encontrar criaturas biológicas que descienden del hombre, pero tan distintas de tu forma como yo. ¿Y me considerarías tú un hombre? Y las formas biológicas son en su mayoría degeneradas...

-¿No hay verdaderos hombres?

-Hay descendientes del hombre por todas partes. Pero en ningún lugar encontrarás una criatura más relacionada contigo que, digamos, una ballena o un elefante...

Cité lo que recordaba de Charles Darwin:

-«A juzgar por el pasado, podemos suponer con seguridad que ninguna especie viva transmitirá su forma inalterada al distante futuro... »

-Darwin tenía razón-dijo Nebogipfel con suavidad.

Esa idea -¡que de tu tipo eres el único en la galaxia!- es difícil de aceptar, y guardé silencio, mirando las estrellas cubiertas. ¿Estaba cada uno de esos globos tan densamente poblado como la Esfera de Nebogipfel? Mi fértil imaginación comenzó a poblar aquellos enormes mundos-edificios con los descendientes de los verdaderos hombres, con hombres peces, hombres pájaro, hombres de fuego y hielo, y me pregunté qué relatos se contarían si un Gulliver inmortal pudiese viajar de mundo en mundo, visitando a todos los distintos descendientes de la humanidad.

-Puede que el hombre se haya extinguido -dijo Nebogipfel-. Toda especie biológica se extingue en una escala de tiempo suficiente. Pero los Constructores no pueden extinguirse. ¿Entiendes eso? Con los Constructores la esencia de la raza no está en la forma, biológica o de otro tipo, está en la Información que la raza ha acumulado y almacenado. Y eso es inmortal. Una vez que una raza se ha entregado a Hijos así, de metal e Información, no puede desaparecer. ¿Lo entiendes?

Me volví hacia el paisaje de la Tierra Blanca más allá de la ventana. Lo entendía muy bien, lo entendía todo ¡demasiado bien!

Los hombres habían lanzado aquellos obreros mecánicos a las estrellas, para encontrar nuevos mundos y construir colonias. Imaginé aquella nao de luz saliendo de una Tierra que se había hecho demasiado pequeña, avanzando brillante hacia el cielo, más y más pequeña

hasta que el azul se la tragase... Había un millón de historias perdidas, pensé, de cómo los hombres habían aprendido a soportar las extrañas gravedades, los gases no familiares y los rigores del espacio.

Era una migración de las que hacen época -cambió la naturaleza del cosmos-, pero su lanzamiento era, tal vez, un último esfuerzo, un espasmo antes del colapso de la civilización en el Mundo Madre. Frente a la desintegración de la atmósfera, los hombre de la Tierra se debilitaron, se marchitaron -para probarlo tenemos la evidencia del patético espejo en la Luna-y, al final, murieron.

Pero entonces, mucho más tarde, regresaron a la Tierra desierta las máquinas de colonización que había enviado el hombre, o sus descendientes, los Constructores Universales, enormemente sofisticados. Los Constructores eran descendientes del hombre, en cierta forma, y aun así habían ido más allá de los límites de lo que los hombres podían hacer; y habían desechado al viejo Adán, y todos los restos de bestias y reptiles que acechaban en su cuerpo y espíritu.

¡Vi todo eso! La Tierra había sido repoblada; y no por el hombre sino por los Herederos Mecánicos del Hombre, que habían vuelto, cambiados, de las estrellas.

Y todo eso -todo eso- se había producido a partir de la pequeña colonia fundada en el Paleoceno. Pensé que Hilary había previsto algo así: la reestructuración del cosmos se había producido a partir del pequeño y frágil grupo de doce personas, aquella insignificante semilla plantada a cincuenta millones de años de profundidad.

8

UNA PROPUESTA

El tiempo transcurría lentamente en aquel lugar resguardado y extraño.

Por su parte, Nebogipfel parecía bastante feliz con nuestra situación. Pasaba la mayor parte del día con el rostro contra la piel titilante del Constructor Universal, sumergido en el Mar de Información. Tenía poco tiempo, o paciencia, para mí; le representaba claramente un esfuerzo -una pérdida- apartarse de aquella rica vena de conocimientos antiguos y enfrentarse a mi ignorancia, e incluso más a mi primitivo deseo de compañía.

Me dediqué a haraganear, sin rumbo, por el apartamento. Mascaba la comida; usaba el baño de vapor; jugaba con la mesa de multiplicidad; miraba por las ventanas una Tierra que se me había hecho tan inhóspita como la superficie de Júpiter.

¡No tenía nada que hacer! Y estaba en ese ánimo de futilidad porque me encontraba tan lejos de mi hogar y mi propia gente que no veía cómo podría vivir. Comencé a caer a profundidades mayores de depresión.

Entonces, un día, Nebogipfel vino a verme con lo que él llamaba una propuesta.

Estábamos en la habitación donde se sentaba nuestro amigo el Constructor, tan rechoncho y plácido como siempre. Nebogipfel, como de costumbre, estaba conectado al Constructor por el tubo de cilios brillantes.

-Tienes que entender el fondo de todo el asunto -dijo, y rotó el ojo natural para poder mirarme-. Para empezar, debes comprender que las metas de los Constructores son muy diferentes de las de tu especie o la mía.

-Eso lo entiendo -dije-. Las diferencias físicas por sí solas...

-Va más allá de eso.

Generalmente, cuando empezábamos un debate de ese tipo -conmigo en el papel de Ignoramus-, Nebogipfel mostraba signos de impaciencia, los deseos de un salmón por regresar a las profundidades del Mar de Información. Sin embargo, esta vez habló con paciencia y cuidado, y comprendí que quería dejar bien claro lo que tenía que decir.

Comencé a sentirme incómodo. ¡Era evidente que el Morlock creía que tenía que convencerme de algo!

Siguió discutiendo las metas de los Constructores.

-Una especie no puede sobrevivir por mucho tiempo si sigue cargando con el peso de las antiguas motivaciones que tú soportas. Note ofendas.

-En absoluto -dije seco.

-Por supuesto, me refiero a la territorialidad, la agresión, la resolución violenta de las disputas... Planes imperialistas y cosas por el estilo se hacen inimaginables cuando la tecnología se desarrolla más allá de cierto punto. Con armas del poder de la bomba de carolinio de die Zeitmaschine, u otras peores, las cosas deben cambiar. Un hombre de tu misma época dijo que la invención de las armas atómicas lo había cambiado todo menos la forma de pensar de la humanidad.

-No puedo discutir tu tesis -dije-, porque parece que, como dices, los límites de la humanidad, los vestigios del viejo Adán, fueron al final suficientes para provocar nuestra caída... ¿Pero cuáles son las metas de tus superhombres mentales, los Constructores?

Vaciló.

-En cierto sentido, una especie, considerada como un todo, no tiene metas. ¿Los hombres de tu época tenían metas en común, aparte de respirar, comer y reproducirse?

Lancé un gruñido.

-Metas compartidas con el más pequeño de los bacilos.

-Pero, a pesar de su complejidad, uno puede, creo, clasificar las metas de una especie, dependiendo de su estado de desarrollo y de los recursos que consecuentemente precisa.

Una civilización preindustrial, dijo Nebogipfel -y pensé en Inglaterra durante la Edad Media-, necesita materias primas: para comer, vestirse, mantenerse caliente y demás.

Pero una vez que la industria se ha desarrollado, los materiales pueden sustituirse, para acomodarse a las limitaciones de un recurso particular.

Ese estado podría describir mi propio siglo, y vi que se podrían considerar, en un sentido genérico, las actividades de la humanidad en esa época terrible como guiadas en su mayoría por la competición por esos dos recursos clave: mano de obra y capital.

-Pero hay una fase más allá de la industrial -dijo Nebogipfel-. Es la Postindustrial. Mi propia especie había llegado a ese estadio, a tu llegada ya llevábamos en él buena parte de medio millón de años, pero es una fase sin fin.

-Dime en qué consiste. Si el capital y el trabajo ya no son los determinantes de la evolución social...

-No lo son, porque la información puede compensar su falta. ¿Lo entiendes? Así, el Suelo transmutador de la Esfera, por medio del conocimiento investido en su estructura, podía compensar cualquier limitación de recursos, más allá de la energía fundamental...

-¿Y lo que dices es que esos Constructores, dada su fragmentación en una miríada de facciones complejas, buscan, en su base, más conocimientos?

-La información, su recogida, interpretación y archivo, es la meta definitiva de toda vida inteligente. -Me miró sombrío-. Nosotros entendimos eso, y habíamos comenzado a emplear los recursos del sistema solar para ese fin; los hombres del siglo diecinueve apenas habíais comenzado a acercaron a tientas a entender esa idea.

-Muy bien -dije-. Por tanto, debemos preguntar ¿qué limita la acumulación de información? -Miré las estrellas cubiertas-. Me parece que los Constructores Universales ya han vallado la mayor parte de la galaxia.

-Y hay más galaxias más allá -dijo Nebogipfel-. Un millón de millones de sistemas estelares tan grandes como éste.

-Por lo tanto, es posible que incluso ahora las grandes naves a vela de los Constructores vaguen, como semilla de dientes de dragón, hacia lo que esté más allá de la galaxia... quizás, al final, los Constructores puedan conquistar todo este universo material, y dedicarlo al almacenamiento y clasificación de información tal y como lo describes. El universo se convertiría en una gran biblioteca, la mayor imaginable, infinita en profundidad y amplitud...

-Ciertamente es un gran proyecto y, sí, la mayor parte de las energías de los Constructores se dedica a esa meta: a estudiar las formas en que la inteligencia pueda sobrevivir en el futuro remoto, cuando la Mente ocupe todo el universo, y cuando todas las estrellas hayan muerto, y los planetas se hayan separado de sus soles... y la misma materia comience a desintegrarse.

»Pero te equivocas: el universo no es infinito. Y por tanto no es suficiente. No para algunas facciones de los Constructores. ¿Ves? Este universo está limitado por el Espacio y el Tiempo; comenzó en un punto determinado del pasado, y deberá terminar con la desintegración final de la materia, en el final definitivo del tiempo...

»Algunos Constructores, un grupo, no están preparados para aceptar esa finitud -dijo Nebogipfel-. No pueden aprobar ninguna limitación del conocimiento. ¡Un universo finito no es suficiente para ellos! Y se preparan para hacer algo al respecto.

Eso me produjo un escalofrío -temor puro y sin adulterar- por el cuero cabelludo. Miré las estrellas escondidas. Ésa era una especie que ya era inmortal, que había conquistado una galaxia, que absorbería un universo, ¿cómo podían sus ambiciones ser aún mayores?

Y me pregunté, tenebroso, ¿cómo podría afectarnos a nosotros?

Nebogipfel, todavía unido al dispositivo ocular, se rozó la cara con el revés de la mano, de la misma forma que un gato, limpiándose restos de comida del pelo y la barbilla.

-No entiendo todavía por completo su plan -dijo-. Tiene algo que ver con la plattnerita y el viaje en el tiempo y, creo, con el concepto de multiplicidad de la historia. Los datos son complejos, tan brillantes...

Pensé que ésa era una palabra extraordinaria para que él la usara; por primera vez pensé en el coraje y la fuerza intelectual que debía emplear el Morlock para descender al Mar de Información de los Constructores, para enfrentarse a ese océano de deslumbrantes ideas.

-Se está construyendo una flota de Naves, enormes Máquinas del Tiempo -continuó-, mucho más allá de las posibilidades de tu siglo o el mío. Con ellas, los Constructores intentan, creo, penetrar en el pasado, el pasado profundo.

-¿Cuánto? ¿Más allá del Paleoceno?

Me miró con calma.

-Oh, mucho más allá.

-Bien. ¿Y qué pasa con nosotros, Nebogipfel? ¿Cuál es esa «propuesta» que tienes?

-Nuestro anfitrión, el Constructor que está aquí con nosotros, pertenece a esa facción. Pudo detectar nuestra aproximación en el tiempo. No puedo darte detalles; están muy avanzados. Pudieron sentir nuestra llegada, en el tosco coche del tiempo, desde el Paleoceno. Y por tanto, estaba allí para darnos la bienvenida.

El Constructor había podido seguir nuestro avance hacia la superficie del tiempo ¡como si fuésemos tímidos peces de aguas profundas!

-Bien, agradezco que estuviese allí. Después de todo, si no nos hubiese recibido y nos hubiese curado con cirugía molecular, estaríamos tan muertos como clavos.

-Es cierto.

-¿Y ahora?

Separó la cara del dispositivo ocular del Constructor; se soltó con un ruido obsceno.

-Creo -dijo lentamente- que entienden tu importancia; el hecho de que tu invención inicial propagara los cambios, la explosión de multiplicidad que condujo a todo esto.

-¿Qué quieres decir?

-Creo que saben quién eres. Y quieren que viajemos con ellos, en sus grandes Naves, a los límites del Inicio del Tiempo.

9

OPCIONES E INTROSPECCIONES

Viajar a los comienzos del Tiempo... ¡Mi alma se acobardaba ante esa idea!

Puede que me consideren un cobarde por tener esa reacción. Bien, tal vez lo fuese. Pero deben recordar que ya había tenido una visión de uno de los extremos del tiempo -su amargo final- en una de las historias que había investigado: la primera, donde había presenciado la muerte del Sol sobre una playa desolada. Recordaba, también, mi náusea, incomodidad y confusión; y que sólo el miedo aún mayor a yacer indefenso en la oscuridad me había impulsado a subir nuevamente a la Máquina del Tiempo y lanzarme de vuelta al pasado.

Sabía que lo que encontrase en el amanecer de las cosas sería muy diferente -¡de forma inimaginable!-,pero era el recuerdo de ese terror y debilidad lo que me hacía vacilar.

Soy humano -¡y estoy muy orgulloso de serlo!-, pero mis experiencias extraordinarias, me atrevo a decir que distintas de las de cualquier hombre de mi generación, me habían hecho comprender las limitaciones del alma humana, o, de cualquier forma, de mi alma. Podía enfrentarme a los descendientes del hombre, como los Morlocks, y podía enfrentarme con justicia con monstruosidades prehistóricas como el Pristichampus. Y, cuando se trataba de un mero ejercicio intelectual -en el confort de salón de los linneanos- podía concebir el ir más lejos: habría podido debatir durante horas sobre la finitud del tiempo, o las ideas de von Helmholtz sobre la inevitable muerte térmica del universo.

Pero, es la verdad, encontraba la realidad mucho más desalentadora.

¡Sin embargo, la alternativa era escasamente atractiva! Siempre he sido un hombre de acción -¡me gusta agarrar las cosas!-, pero allí estaba, protegido en manos de criaturas metálicas tan avanzadas que ni siquiera podían concebir hablar conmigo, de la misma forma que yo ni pensaría en mantener una conversación espiritual con un frasco de bacilos. No había nada que yo pudiese hacer allí, en la Tierra Blanca, porque los Constructores Universales lo habían hecho todo.

¡Muchas veces deseé haber ignorado la invitación de Nebogipfel y haberme quedado en el Paleoceno! Allí formaba parte de una sociedad que crecía desarrollándose, y mis habilidades e intelecto -así como mi fuerza física- podían haber jugado un papel importante en la supervivencia y desarrollo de la humanidad en aquella época hospitalaria. Encontré que mis pensamientos, ya dirigidos hacia dentro, se volvían hacia Weena, hacia el mundo de 802.701 d.C. al que había viajado por primera vez en el tiempo, y al que había querido volver, sólo para salirme de ruta en la primera bifurcación de la historia. Si las cosas hubiesen sido diferentes, pensé -si me hubiese comportado de otra forma la primera vez, quizás habría podido salvar a Weena de las llamas, incluso a costa de mi salud o de mi vida. O, si hubiese sobrevivido a eso, quizás habría podido marcar una diferencia en aquella historia desdichada, haciendo de alguna forma que los Elois y los Morlocks se enfrentasen a su degradación común.

Por supuesto, no había hecho nada de eso; tan pronto como recuperé la Máquina del Tiempo corrí de vuelta a casa. Y ahora me veía obligado a aceptarlo, porque debido a la incesante generación de historias nunca podría volver al 802.701 d.C. o a mi propia época.

¡Parecía que mi errar nómada había terminado allí, en aquellas pocas habitaciones sin sentido! Por lo visto, los Constructores me mantendrían con vida mientras mi cuerpo pudiese funcionar. Dado que siempre he sido robusto, suponía que podía aspirar a varias décadas más de vida; si Nebogipfel tenía razón sobre la habilidades submoleculares de los Constructores, ¡quizás (así especulaba Nebogipfel para mi sorpresa) pudiesen detener, o invertir, los procesos de envejecimiento de mi cuerpo!

Pero parecía que siempre estaría falto de compañía, exceptuando mi relación desigual con un Morlock que ya era mi superior intelectual, y que con su inmersión continua en el Mar de Información pronto pasaría a preocupaciones más allá de mi comprensión.

Entonces, me encaraba con una vida larga y cómoda, pero sería la vida de un animal de zoológico, enjaulado en aquellas pocas habitaciones, sin nada importante que hacer. Era un futuro que se había convertido en un túnel, cerrado y sin fin...

Pero, por otra parte, sabía que aceptar el plan de los Constructores era algo que podría destruir por completo mi intelecto.

Confié esas dudas a Nebogipfel.

-Comprendo tus temores, y aplaudo tu honestidad al enfrentarte a tus debilidades. Has aprendido muchas cosas sobre ti mismo, desde la primera vez que nos encontramos...

-¡Deja de halagarme, Nebogipfel!

-No tienes que decidirte ahora.

-¿Qué quieres decir?

Nebogipfel me describió la inmensa amplitud tecnológica del proyecto de los Constructores.

Para impulsar las Naves se tendrían que preparar vastas cantidades de plattnerita.

-Los Constructores trabajan a grandes escalas de tiempo -dijo el Morlock-. Pero, aun así, este proyecto es ambicioso. Según las propias estimaciones de los Constructores (y esto es vago, porque los Constructores no planean de la misma forma que los humanos; más bien se limitan a construir, de forma cooperativa, incrementa) y con dedicación completa, del mismo modo que las termitas) pasará otro millón de años antes de que las Naves estén listas.

-¿Un millón de años...? ¡Los Constructores deben de ser realmente pacientes para crear esquemas a esa escala!

Mi imaginación quedó atrapada por la ambición de todo aquello, ¡tanto me sorprendían las cifras! Considerar un proyecto a escala geológica, y prepararse para enviar naves al origen del tiempo. Le dije a Nebogipfel que el asombro me dominada, una sensación casi mística.

Nebogipfel me dedicó una mirada algo escéptica.

-Muy bien -dijo-. Pero debemos intentar ser prácticos.

Dijo que había conseguido que trajesen el improvisado coche del tiempo; así como herramientas, materiales, y un suministro de plattnerita...

Entendí inmediatamente su intención.

-¿Sugieres que nos metamos en el coche del tiempo y saltemos un millón de años, mientras que los pacientes Constructores completan el desarrollo de las Naves?

-¿Por qué no? No tenemos otra forma de llegar al lanzamiento de las Naves. Los Constructores pueden ser funcionalmente inmortales, pero nosotros no lo somos.

-Bien, ¡no sé!, parece... Es decir, ¿pueden los Constructores estar seguros de cumplir el programa de construcción, a tiempo y como lo han planeado, en un intervalo tan inmenso? En mi época, la especie humana sólo tenía una décima parte de esa edad.

-Debes recordar -dijo Nebogipfel-, que los Constructores no son humanos. Son, realmente, una especie inmortal. Pueden formarse cúmulos de conciencia que vuelve a disolverse en el Mar, pero la continuidad de la acumulación de Información, y la constancia de su propósito, es inalterable...

»De cualquier forma -dijo mirándome-, ¿qué perderías? Si viajas en el tiempo y descubres que los Constructores, después de todo, se cansaron antes de terminar las Naves, ¿qué?

-Bien, podríamos morir, por ejemplo. ¿Qué pasa si dentro de unos lejanos millones de años no hay ningún Constructor para recibirnos y atender nuestras necesidades?

-¿Y qué? -repitió el Morlock-. ¿Miras en tu corazón y estás realmente contento... -movió una mano para señalar el pequeño apartamento- de vivir así durante el resto de tu vida?

No contesté; pero creo que leyó la respuesta en mi cara.

-Además...

-¿Sí?

-Una vez construido, es posible que elijamos emplear el coche del tiempo para viajar en otra dirección.

-¿Qué quieres decir?

-Nos darán mucha plattnerita... podríamos incluso, si quieres, regresar al Paleoceno.

Miré furtivo a mi alrededor, sintiéndome como un criminal conspirador.

-Nebogipfel, ¿y si los Constructores te oyen decir esas cosas?

-¿Y qué si lo hacen? No somos prisioneros. Los Constructores nos consideran interesantes... y creen que tú deberías acompañar las Naves en su viaje final, por tu importancia histórica y causal. Pero no nos obligarían, ni nos mantendrían aquí si nuestra tristeza fuese tan profunda que no pudiésemos sobrevivir.

-¿Y tú? -le pregunté con cuidado- ¿Tú qué quieres hacer?

-No he tomado una decisión -me respondió-. Mi preocupación principal ahora es abrir tantas posibilidades de futuro como me sea posible.

Aquélla era una actitud muy adecuada, y así -¡acabadas ya las introspecciones!- estuve de acuerdo con Nebogipfel en que debíamos empezar a reconstruir el coche del tiempo. Nos enfrascamos en una conversación detallada sobre los materiales y herramientas que precisaríamos.

10

PREPARATIVOS

El Constructor trajo el coche temporal del hielo. Para hacerlo, se dividió en cuatro subpirámides pequeñas, y colocó cada una de las máquinas hijas bajo cada esquina de la carrocería del coche. Las máquinas hijas se desplazaban con un movimiento fluido como de aceite -piensen en la forma en que avanza una duna, grano a grano, bajo la influencia del viento-, y vi que hilos migratorios de cilios de metal conectaban las máquinas hijas entre sí a medida que avanzaba la extraña procesión.

Cuando los restos del coche estuvieron en el centro de la habitación, las máquinas hijas se reunieron para formar el Constructor padre una vez más; fluyeron hacia arriba y unas sobre otras, como si se fundiesen. Lo encontré una visión fascinante, aunque repulsiva; pero pronto Nebogipfel se unió feliz al dispositivo ocular sin aprensión.

La subestructura esencial del coche del tiempo provenía del esqueleto del Vehículo de Desplazamiento Temporal de 1938, pero su superestructura -que era sólo unos pocos paneles como paredes y suelo- había sido improvisada por Nebogipfel, a partir de los restos de los Juggernauts bombardeados y die Zeitmaschine. Los sencillos controles tenían un origen similar. La mayoría, ahora gastados o rotos. Así, además de remplazar la plattnerita, estaba claro que tendríamos que realizar un gran trabajo de renovación en el coche.

Contribuí con mucho trabajo manual, bajo las órdenes de Nebogipfel. AL principio me disgustó aquella situación, pero era Nebogipfel quien tenía acceso al Mar de Información y por tanto a la sabiduría acumulada de los Constructores; y era él quien podía especificar al Constructor qué materiales necesitábamos: una tubería de tal y tal diámetro, con un trozo de eso o aquello; y demás.

El Constructor producía la materia prima que necesitábamos de la forma usual; se limitaba a expulsar el material por su piel. Parece que no le costaba nada, excepto una pérdida de material; pero eso pronto se compensaba por un flujo mayor de los cilios migratorios que le mantenían.

Me resultaba difícil confiar en los resultados de aquel proceso. Había visitado fundiciones durante la fabricación de los componentes de mi propia Máquina del Tiempo y otros dispositivos anteriores: había visto el hierro fundido correr de los hornos a los convertidores Bessemer, para oxidarse y mezclarse con arrabio y carbono... En comparación, ¡me resultaba difícil poner mi fe en algo vomitado por un montículo informe y brillante!

Por supuesto, el Morlock me señaló la estupidez de ese prejuicio.

-La transmutación subatómica que puede realizar el Constructor es un proceso mucho más refinado que la complicación de fundir, mezclar y forjar que describes; un proceso que suena como si no hubiese variado desde que salisteis de la cavernas.

-Quizá -dije-, pero aun así... ¡Es la invisibilidad del proceso! -Cogí una llave; como todas las herramientas que habíamos especificado, aquélla había sido vomitada por el Constructor pocos momentos después de que Nebogipfel la pidiese, y era un objeto liso y sin fisuras, ni uniones, tornillos o marcas de molde-. Cuando la levanté, esperaba a medias que estuviese caliente, o que chorrease ácidos gástricos, o que estuviese cubierta con los horribles cilios de hierro...

Nebogipfel sacudió la cabeza, en un gesto de burla consciente.

-¡Eres tan intolerante con otras formas de hacer las cosas que no sean las habituales para ti!

A pesar de mis reservas, me vi obligado a permitir que el Constructor nos facilitase más equipos y materiales. Razonaba que el viaje nos llevaría unas treinta horas si volvíamos hacia el Paleoceno, pero no más de treinta minutos si realizábamos el salto limitado al futuro de las Naves del Tiempo. Por tanto, decidido a estar preparado esta vez, llené el coche con suficiente agua y comida para algunos días, para cubrir todas la posibilidades; y pedí que nos diesen ropas gruesas y calientes para los dos. Aun así, me sentía incómodo al ponerme al abrigo grueso que el Constructor me había hecho sobre los restos de la camisa de jungla; el abrigo era plateado, de tela inidentificable y muy acolchado.

-¡No parece natural -me quejé a Nebogipfel- vestir algo que ha sido vomitado de esa forma!

-Tus reservas se me están empezando a hacer tediosas -respondió el Morlock-. Está claro que tienes un terror morboso al cuerpo y sus funciones. Está claro no sólo por tu respuesta irracional ante las habilidades ensambladoras del Constructor, sino también por tu primera reacción a los Morlocks.:.

-No entiendo lo que quieres decir -le respondí sorprendido.

-Repetidamente me has descrito tu encuentro con aquellos «primos» míos empleando términos asociados con el cuerpo: analogías fecales, dedos como gusanos y demás.

-Así que afirmas... espera un minuto... ¿Dices que, al temer a los Morlocks y a los productos de los Constructores, temo mi propia biología?

Sin aviso, me acercó los dedos a la cara; la palidez de la piel desnuda de su palma, el aspecto gusanil de los dedos, ¡todo me resultaba horrible, por supuesto, como siempre!, y no pude evitar echarme atrás.

Claramente el Morlock pensaba que había demostrado su argumento; y recordé también la anterior conexión entre mi terror ante las obscuras bases subterráneas de los Morlocks y mis temores infantiles ante los agujeros de ventilación en el suelo de la casa de mis padres.

Ni que decir tiene que me sentía incómodo ante el brusco análisis de Nebogipfel: ¡el pensar que mis reacciones a las cosas estaban gobernadas, no por la fuerza de mi intelecto como yo suponía, sino por esas extrañas facetas ocultas de mi naturaleza!

-Creo -concluí con toda la dignidad que pude reunir-, ¡que hay cosas que es mejor callar! -Y acabé con la conversación.

El coche del tiempo terminado tenía un diseño muy tosco: sólo una caja de metal, abierta por arriba, sin pintar y no muy bien acabada. Pero los controles estaban a mucha distancia de los mecanismos limitados que Nebogipfel había podido fabricar con los materiales disponibles en el Paleoceno -incluso había indicadores cronométricos, aunque escritos a mano- y tendríamos tanta libertad de movimiento en el tiempo como con mi primera máquina.

Mientras trabajaba y se acercaba el día en que habíamos decidido partir, mis temores e incertidumbres aumentaban. Sabía que jamás podría volver a casa, pero si me iba de allí con Nebogipfel, al futuro o al pasado, podría llegar a lugares tan extraños que no podría sobrevivir ni en mente ni en cuerpo. Podía, lo sabía, estar acercándome al fin de mi vida; y un terror humano y tranquilo se apoderó de mí.

Al final lo terminamos. Nebogipfel se sentó en el asiento. Lo había cubierto con la tela plateada y acolchada del Constructor. Llevaba gafas nuevas. Se parecía un poco a un niño pequeño preparado para el invierno, al menos hasta que apreciabas el pelo que le caía por la cara, y la luminosidad de los ojos tras las gafas azules que llevaba.

Me senté a su lado, y comprobé por última vez el contenido del coche.

¡En ese momento -en un sorprendente segundo mientras estábamos sentados en el coche- las paredes del apartamento se hicieron, en silencio, de vidrio! A nuestro alrededor, visibles a uravés de las paredes trasparentes de la habitación, las terribles planicies de la Tierra Blanca se extendían en la distancia, teñidas de rojo por la puesta de sol. Los cilios del Constructor -una vez más a petición de Nebogipfel- habían reestructurado el material de las paredes de la cámara donde estaba el coche del tiempo. Seguiríamos necesitando protección del clima salvaje de la Tierra Blanca; pero queríamos poder ver el mundo a medida que avanzásemos.

Aunque la temperatura del aire permanecía inalterada, sentí inmediatamente más frío; temblé y me apreté el abrigo.

-Creo que estamos listos -dijo Nebogipfel.

-Listos -asentí-, menos por una cosa, ¡nuestra decisión! ¿Viajamos al futuro hasta las Naves terminadas o...?

-Creo que la decisión te corresponde -dijo. Pero había, quiero pensarlo, algo de simpatía en su extraña expresión.

Los temores todavía permanecían en mi interior, ¡ya que, exceptuando aquellas primeras horas desesperadas cuando perdí a Moses, nunca he sido un hombre que buscase la muerte! Sabía que mi decisión podía acabar con mi vida. Aun así...

-No creo que tenga demasiadas posibilidades -le dije a Nebogipfel-. No podemos quedarnos aquí.

-No -dijo-. Tú y yo somos exiliados. Creo que sólo nos queda continuar... hasta el final.

-Sí -dije-. Parece que hasta el final del tiempo mismo... ¡Bien! Que así sea, Nebogipfel. Que así sea.

Nebogipfel empujó las palancas del coche -sentí que se me aceleraba la respiración y que la sangre me palpitaba en las sienes- y caímos en la confusión gris del viaje en el tiempo.

11

ADELANTE EN EL TIEMPO

Una vez más el Sol corrió como un cohete por el cielo, y la Luna, todavía verde, se apresuraba en sus fases, ya que los meses transcurrían con mayor velocidad que los latidos del corazón; pronto, la velocidad de ambos orbes se había incrementado tanto que se transformaron en las bandas de luz uniformes que ya he descrito, y el cielo adoptó el gris acero que resultaba de la mezcla de las noches y los días. A nuestro alrededor, claramente visible desde nuestra posición elevada, las capas de hielo de la Tierra Blanca se extendían a lo lejos sobre el horizonte, inalteradas ante el paso de los años, mostrando sólo una superficie brillante difuminada por la rapidez de nuestro paso.

Me hubiese gustado ver aquellos magníficos veleros interestelares surcar el espacio; pero la rotación de la Tierra me hacía imposible distinguir las frágiles naves, y tan pronto como comenzamos el viaje en el tiempo se hicieron invisibles.

Segundos después de la partida -desde nuestro punto de vista- el apartamento fue demolido. Se desvaneció a nuestro alrededor como el rocío, para dejar nuestra ampolla transparente aislada en el techo de la torre. Pensé en el extraño, pero cómodo, conjunto de habitaciones -con el baño de vapor, el ridículo papel pintado, la peculiar mesa de billar y todo lo demás-; todo había quedado fundido nuevamente en la informidad general y el apartamento, no siendo ya necesario, había sido reducido a un sueño: ¡un recuerdo platónico en la imaginación de metal de los Constructores Universales!

Sin embargo, nuestro paciente Constructor no nos abandonó. Desde mi punto de vista acelerado vi que parecía descansar allí, a unas pocas yardas de nosotros -una pirámide rechoncha, el movimiento de los cilios difuminado por nuestro paso a través del tiempo-, y entonces saltaba, abruptamente, allá, para permanecer durante unos pocos segundos, y así continuamente. Como un segundo para nosotros duraba siglos en el mundo más allá del coche del tiempo, calculé que el Constructor permanecía frente a nosotros, inmóvil, durante miles de años en cada ocasión.

Se lo comenté a Nebogipfel.

-Imagínalo, ¡si puedes! Ser inmortal es una cosa, pero estar tan dedicado a una sola obra... Es como un caballero solitario que preserva su Grial, mientras las eras históricas y las breves preocupaciones de los hombres vuelan a su lado.

Como ya he dicho, los edificios cercanos al nuestro eran torres situadas a una distancia de dos o tres millas por todo el valle del Támesis. En las semanas que habíamos pasado en el apartamento no había visto cambios en las torres, ni siquiera una puerta que se abriese. Sin embargo, ahora, gracias a la percepción acelerada, vi evoluciones lentas que recorrían la superficie de los edificios. A la estructura cilíndrica de Hammersmith se le hinchó la cara de espejo, como si fuese atacada por una enfermedad metálica, antes de ajustarse a una nueva forma de protuberancias angulares y acanaladuras. ¡Otra torre, cerca de Fulham, desapareció por completo! Estaba allí en un momento y al siguiente ya no, sin que quedase siquiera la sombra de los cimientos en el suelo para señalar dónde había estado, ya que el hielo se cerró sobre la tierra expuesta con demasiada rapidez.

Aquella evolución fluida seguía todo el rato. Comprendí que el ritmo de cambio en aquel nuevo Londres debía medirse en siglos -en lugar de los años en que se habían transformado secciones de mi propio Londres-, pero sin embargo había cambios.

Se lo comenté a Nebogipfel.

-Sólo podemos especular sobre los propósitos de esa reconstrucción -dijo-. Quizás el cambio de apariencia externa indica un cambio en la utilización interior. Pero los procesos lentos del deterioro siguen actuando incluso aquí. E incluso es posible que ocasionalmente se produzcan incidentes más espectaculares, como la caída de un meteorito.

-¡Estoy seguro de que inteligencias tan vastas como estos Constructores podrían tener en cuenta incidentes como la caída de un meteoro! Siguiendo las rocas al acercarse con telescopios y tal vez empleando las naves a cohetes y a velas para enviar lejos los objetos.

-Hasta cierto punto. Pero el sistema solar es un lugar caótico y azaroso -dijo Nebogipfel-. No puedes estar seguro de eliminar por completo todas la calamidades, sin que importen los recursos disponibles, y sin que importen tampoco los planes y la vigilancia... Por lo tanto, hasta los Constructores deben en ocasiones reconstruir, incluso la torre que habitamos.

-¿Qué quieres decir?

-Piénsalo -dijo Nebogipfel-. ¿Estás caliente? ¿Te sientes muy a gusto?

Como he dicho, la exposición aparente a las llanuras de la Tierra Blanca, resguardado sólo por la bóveda invisible de los Constructores; me había dejado tiritando de frío; pero sabía que ésa sólo podía ser una reacción interna.

-Me siento bien.

-Por supuesto. Yo también. Y, ya que llevamos viajando algo así como un cuarto de hora, sabemos que estas condiciones han persistido en este edificio durante más de medio millón de años.

-Pero -dije, siguiendo su línea de razonamiento- esta torre está tan expuesta a la depredación del tiempo como cualquier otra... por tanto nuestro Constructor debe de estar reparando el lugar continuamente, para que pueda seguir sirviéndonos.

-Sí. De otra forma, es seguro que la bóveda que nos protege se habría fracturado y desplomado hace mucho tiempo.

Por supuesto, Nebogipfel tenía razón -era otra muestra de la extraordinaria rectitud de propósito de los Constructores-, pero no me hacía sentirme más cómodo.

Miré a mi alrededor, hacia el suelo; sentí que la torre se había hecho tan insustancial como un nido de termitas, continuamente excavada y reconstruida por los Constructores Universales, ¡y sentí vértigo!

Percibí un cambio en la luz. El paisaje glacial se extendía a nuestro alrededor aparentemente inalterado; pero me parecía que el hielo estaba iluminado con una luz más oscura.

Las bandas del Sol y la Luna, difuminadas e indistintas por su movimiento precesional, todavía cabeceaban en el cielo; pero -aunque la Luna parecía que todavía brillaba con el verde violento de la vegetación transplantada- parecía que el Sol atravesaba un ciclo de cambio.

-Tengo la impresión -señalé- de que el Sol parpadea. Varía su brillo, en una escala de siglos o más.

-Creo que tienes razón.

Ahora estaba seguro de que era esa incertidumbre de la luz la que provocaba esa ilusión extraña y desorientadora sobre el paisaje helado. Si se ponen cerca de una ventana, con la mano frente a la cara y los dedos extendidos, al mover la mano adelante y atrás frente a los ojos se tendría quizás un fenómeno similar al que describo.

-Maldito parpadeo -protesté-, parece que se mete dentro de los ojos, que altera el ritmo de la mente...

-Pero mira la luz -dijo Nebogipfel-. Obsérvala. Cambia de nuevo.

Me centré en ello, y recibí la recompensa de observar un nuevo aspecto de extraño comportamiento del Sol. Tenía un cierto verdor, sólo en unos momentos, cuando veía un verde pálido recorrer el camino celestial del Sol, pero aun así real.

Ahora que sabía que el verde estaba presente, podía detectar un destello esmeralda sobre las colinas heladas y los edificios de Londres.

Era una visión conmovedora, como un recuerdo de la vida que había desaparecido de aquellas colinas.

Nebogipfel dijo:

-Creo que el parpadeo y los destellos verdes están relacionados... -El Sol, dijo, es la mayor fuente de energía y materia del sistema solar. Los Morlocks mismos lo habían explotado para construir la Esfera-. Ahora, creo, los Constructores Universales también hurgan en ese gran cuerpo: extraen del Sol las materias primas que necesitan...

-Plattnerita -dije, emocionándome-. Eso son los destellos verdes, ¿no? Los Constructores extraen plattnerita del Sol.

-O emplean sus habilidades alquímicas para convertir la materia y la energía solar en plattnerita, que en realidad es lo mismo.

Para que el brillo de la plattnerita nos fuese visible, decía Nebogipfel, los Constructores debían de estar formando grandes acumulaciones del material en la estrella. Cuando estaban completas, las acumulaciones se llevaban a los lugares de construcción en alguna esquina del sistema solar; y comenzaba la creación de nuevas acumulaciones. El parpadeo que veíamos debía de representar la formación y desmantelamiento acelerado de aquellos grandes trozos de plattnerita.

-Es extraordinario. -Dejé escapar en un suspiro-. ¡Los Constructores deben de estar sacando del Sol trozos que se comparan con la masa de los mayores planetas! Ensombrece incluso la construcción de vuestra gran Esfera, Nebogipfel.

-Sabemos que los Constructores no carecen de ambición.

Ahora me pareció que el parpadeo del paciente Sol se hacía menos pronunciado, como si los Constructores se acercaran al final de la extracción. Podía ver más manchas verdes características de la plattnerita en el cielo, pero ahora estaban separadas de la banda del Sol: en su lugar, se precipitaban por el firmamento como falsas lunas. Comprendí que aquéllas eran estructuras de plattnerita -enormes edificios espaciales construidos con la sustancia- situadas en una lenta órbita alrededor de la Tierra.

La cambiante luz de la plattnerita se reflejaba en la piel de nuestro paciente Constructor, ¡que permaneció con nosotros mientras el cielo sufría aquellos cambios extraordinarios!

Nebogipfel consultó los indicadores cronométricos.

-Hemos atravesado casi ochocientos mil años... creo que es tiempo suficiente. -Tiró de las palancas y el coche del tiempo dio unos bandazos, mostrando así la incomodidad habitual del viaje en el tiempo, y además de luchar contra el temor y el asombro, también tuve que luchar contra las náuseas.

Inmediatamente el Constructor desapareció de mi vista. Grité

-¡no pude evitarlo!- y me agarré al banco del coche del tiempo. Creo que nunca me había sentido tan perdido y solo como en aquel momento en que nuestro fiel acompañante durante ochocientos mil años nos abandonó -o eso parecía- de pronto en un mundo extraño.

El cabeceo de la banda del Sol se suavizó y desapareció; en segundos percibí el cambio de luz que marca el paso de la noche al día, y el cielo perdió su tono gris luminoso.

Ahora la luz verde de la plattnerita llenaba el aire a mi alrededor; estaba por completo alrededor de nuestra bóveda, y oscurecía las impasibles planicies de la Tierra Blanca con su parpadeo lechoso.

El aleteo de días y noches se redujo a un latido más lento que mi pulso. Justo en el último instante, vi fugazmente -no fue más que un vistazo- un campo de estrellas que se abría paso a través de la superficie de las cosas, brillante y cercano; y vi fugazmente varios cráneos inmensos y enormes ojos humanos. Entonces Nebogipfel tiró por completo de las palancas -el coche se detuvo- y salimos a la historia, y la multitud de Observadores se desvaneció; y quedamos bajo una inundación de luz verde.

¡Estábamos inmersos en una Nave de plattnerita!

12

LA NAVE

Yo, el Morlock, los mecanismos y aparejos del pequeño coche del tiempo, todo estaba bañado por el brillo esmeralda de la plattnerita, que nos rodeaba por completo. No tenía ni idea del verdadero tamaño de la Nave; de hecho, tenía dificultades para orientarme en su interior. No era como una nave de mi siglo, ya que no tenía una subestructura bien definida, con paredes y paneles para dividir las secciones internas, el compartimiento de los motores y el resto. En su lugar, deben imaginar una red: un conjunto de nodos y filamentos que brillaban con el color de la plattnerita, arrojada a nuestro alrededor por algún pescador invisible, por lo que Nebogipfel y yo estábamos encerrados en una inmensa red de barras y curvas de luz.

La red no se extendía hasta el coche del tiempo: parecía que se detenía a la distancia a la que había estado nuestro domo. Todavía podía respirar con comodidad, y no sentía más frío que antes. La protección ambiental del domo todavía debía de estar ahí, de alguna forma; y pensé que el domo todavía estaba presente, porque veía un reflejo lejano en la superficie superior, pero tan incierta y variable era la luz de la plattnerita que no podía estar seguro.

Tampoco podía distinguir el suelo debajo del coche del tiempo. La red parecía que se extendía debajo de nosotros, dentro de la estructura del edificio. Sin embargo, no entendía cómo aquella redecilla endeble podía soportar la masa del coche del tiempo, y sentí una punzada súbita de vértigo. Dejé a un lado con determinación esa reacción primitiva. La situación era extraordinaria, pero deseaba portarme bien -¡sobre todo si aquellos iban a ser los últimos momentos de mi vida!- y no me importaba gastar energía en aliviar el desconcierto del mono asustado de mi interior, que temía caerse de un árbol verde brillante.

Estudié la red a nuestro alrededor. Los filamentos principales parecían tener el grosor de mi índice, aunque su brillo era tan intenso que me era difícil estar seguro de si su grosor no sería un efecto óptico. Esos filamentos rodeaban células de más o menos un pie de ancho, de forma irregular: por lo que pude ver, dos células no compartían una forma similar. Filamentos más delgados atravesaban las células principales, formando estructuras complejas de subcélulas; y aquellas subcélulas eran divididas a su vez por filamentos más delgados, y así sucesivamente, hasta el límite de mi visión. Me recordó los cilios que cubrían la capa exterior de un Constructor.

En los nodos donde se encontraban los filamentos primarios brillaban puntos de luz, tan desafiantemente verdes como el resto; esos puntos no permanecían en reposo, sino que migraban por los filamentos, o explotaban en pequeños fogonazos silenciosos. Deben imaginar esos pequeños movimientos en acción por toda la red, por lo que todo el conjunto estaba iluminado por un brillo cambiante y suave y por la evolución continua de la estructura y la luz.

Tenía una impresión de fragilidad -era como estar cubierto por una capa de tela de araña-, pero el conjunto tenía una cierta cualidad orgánica, y estaba convencido de que si extendía la mano y abría un agujero en la estructura, ésta pronto se repararía a sí misma.

Y en toda la Nave, ya deben imaginarlo, había una sensación extraña y contingente producida por la plattnerita: la sensación de que la Nave no estaba inmersa sólidamente en el mundo de las cosas, la sensación de que era insustancial y temporal.

La estructura estaba lo suficientemente abierta para ver el delgado casco de la Nave y el mundo exterior. Las colinas y los anónimos edificios del Londres de los Constructores todavía estaban ahí, y en el hielo eterno no había rastros de alteración. Era de noche y el ciclo estaba limpio; la Luna, un medialuna plateada, navegaba en lo alto entre las estrellas ausentes...

Y, moviéndose por entre el cielo desolado de la Tierra abandonada, vi más Naves de plattnerita. Tenían forma lenticular, eran inmensas, y sugerían la misma estructura reticular que nos encerraba a Nebogipfel y a mí. Luces más pequeñas, como estrellas cautivas, brillaban y se agitaban en los complejos interiores. El hielo de la Tierra Blanca estaba bañado por completo por el resplandor de la plattnerita; las Naves eran como inmensas nubes silenciosas que navegaban demasiado cerca del suelo.

Nebogipfel me estudió. La plattnerita le daba un lustre verde al pelo que cubría su cuerpo.

-¿Estás bien? ¿Pareces un poco turbado?

Tuve que reírme.

-Tienes talento para subestimar las cosas, Morlock. ¿Turbado? Yo diría que sí...

Me giré en el asiento, busqué detrás de mí, y encontré un tazón lleno de las nueces y frutas desconocidas que los Constructores nos habían dado. Enterré los dedos en la comida y me llené la boca con ella; encontré que la acción simple y animal de comer era una agradable distracción de las cosas sorprendentes y apenas comprensibles que me rodeaban. Me pregunté, de hecho, si aquélla no sería la última comida que tomaría, ¡la última cena sobre la Tierra!

-Creo que esperaba que el Constructor estuviese aquí para recibirnos.

-Pero creo que sí está aquí-dijo Nebogipfel. Levantó la mano y la luz esmeralda brilló en sus dedos pálidos-. Las Naves están claramente diseñadas según los mismos principios arquitectónicos que los Constructores. Creo que podemos decir que «nuestro» Constructor todavía está aquí: pero ahora su conciencia está representada por algún conjunto de esos puntos de luz, dentro de esta red de plattnerita. Y la Nave está con seguridad conectada con el Mar de Información; de hecho, quizá podemos decir que es un nuevo Constructor Universal en sí misma. La Nave está viva... tan viva como los Constructores.

»Pero como está hecha de plattnerita, esta Nave debe ser mucho más. -Me miró, con un único ojo profundo y negro tras las gafas-. ¿Entiendes? Si esto es vida, es un nuevo tipo de vida. Vida de plattnerita. La primera que no está atada, como el resto, al lento giro de los engranajes de la historia. Y fue construida aquí, con nosotros como foco... La Nave está aquí por nosotros, para llevarnos, como prometió el Constructor. Él está aquí.

Por supuesto, Nebogipfel tenía razón; y ahora me preguntaba, con algo de autoconciencia nerviosa, ¿cuántas de esas otras Naves que recorrían el cielo sin estrellas de la Tierra como enormes animales, estaban aquí abajo, de alguna forma, por nuestra presencia?

Pero al mirar el cielo cubierto de plattnerita otra observación me sorprendió.

-Nebogipfel, ¡mira la Luna!

El Morlock se volvió; vi que la luz verde que jugueteaba con el pelo de su cara estaba ahora resaltada de plata.

Mi observación era elemental: la Luna había perdido su delicioso verdor. El color de la vida que había llegado de la Tierra para cubrirla, durante todos esos millones de años, se había marchitado, exponiendo el blanco óseo de las arenosas montañas y mares. Ahora el satélite en su palidez mortal era indistinguible de la Luna de mi época, exceptuando quizás el brillo más intenso de la cara oscura: había una vieja Luna más vívida acunada en los brazos de la Nueva Luna, y sabía que aquella iluminación mayor debía ser achacada, solamente, al incremento del brillo de la Tierra cubierta de hielo, que debía brillar en los cielos sin aire de la Luna como un segundo sol.

-Debe de haber sido la variación forzada del Sol -especuló Nebogipfel-. El proyecto de plattnerita de los Constructores... tal vez alteró finalmente el equilibrio vital.

-¿Sabes? -dije con algo de amargura-, creo que, después de todo lo que he visto y oído, me confortaba algo la persistencia de esa porción de verde terrestre en lo alto del cielo. El pensar que en algún lugar, no imposiblemente lejos, todavía podía persistir un fragmento de la Tierra que recordaba: que podía haber una improbable jungla de baja gravedad por la que todavía caminaban los hijos del hombre... Pero ahora sólo puede haber ruinas y huellas en esa terrible superficie, para acompañar las que cubren el cadáver de la Tierra.

Y en ese momento, mientras me sentía tan llorón, sonó algo como un disparo, ¡y nuestra cubierta protectora se fracturó como una cáscara de huevo!

Vi una serie de fracturas -un delta complejo- que se extendía por la superficie del domo.

Incluso mientras miraba, un trozo pequeño del domo, no mayor que mi mano, se soltó y cayó en el aire, deslizándose como un copo de nieve.

Y más allá del domo fracturado los filamentos de plattnerita de la Nave se extendían, creciendo, hacia Nebogipfel y hacia mí.

-Nebogipfel, ¿qué sucede? Sin el domo, ¿moriremos? -Me encontraba en un estado febril y eléctrico, en el que cada terminación nerviosa estaba henchida de sospecha y temor.

-Debes intentar no tener miedo -dijo Nebogipfel.

Con un gesto simple y sorprendente me agarró la mano con sus delgados dedos de Morlock, y la sostuvo como un adulto sostendría la de un niño.

Era la primera vez que sentía el tacto de sus dedos fríos desde aquellos terribles momentos en que el Constructor me había reconstruido, y un eco distante de nuestro compañerismo en el Paleoceno volvió para confortarme en medio del hielo de la Tierra Blanca. Me temo que grité, destrozado por el temor, y me hundí más en el asiento, deseando escapar; mientras los dedos débiles de Nebogipfel se agarraban a los míos.

El domo se fracturó aún más, y oí una lluvia suave al caer los fragmentos sobre el coche del tiempo. Los filamentos de plattnerita penetraron todavía más en el domo, con los nódulos de luz corriendo por ellos.

-Nos llevan con ellos, los Constructores, esos seres de plattnerita, hacia el amanecer del tiempo, y quizá más allá... pero no así. -Nebogipfel indicó su propio cuerpo frágil-. No podríamos sobrevivir ni por un minuto... ¿Lo entiendes?

Los tentáculos de plattnerita me palparon la cabeza, la frente y los hombros; me agaché, para evitar el frío contacto.

-Quieres decir -dije- que tenemos que volvernos como ellos. Como los Constructores... ¡debemos rendirnos al toque de esos cilios de plattnerita! ¿Por qué no me advertiste?

-¿Te hubiese ayudado? Es la única forma. Tu miedo es natural; pero debes dominarlo, sólo un momento más, y entonces... entonces serás libre...

Podía sentir el peso helado de los hilos de plattnerita sobre muslos y hombros. Intenté mantenerme quieto y entonces sentí uno de esos cables vivientes moviéndose por mi frente; podía sentir claramente el roce de los cilios contra mi carne, y no pude evitar gritar y luchar contra aquel peso suave, pero ya me era imposible levantarme del asiento.

Ahora estaba inmerso en el verde y mi visión del mundo exterior -de la Luna, los campos de hielo de la Tierra e incluso de la estructura de la Nave- estaba oscurecida. Los nodos cuasianimados y variables de luz pasaban por encima de mi cuerpo deslumbrándome. El tazón de frutas se salió de entre los dedos y chocó contra el suelo del coche; pero incluso el ruido de la caída pronto se apagó, al apagarse mis sentidos.

Hubo un temblor final en el domo, una lluvia de fragmentos a mi alrededor. Había un punto frío en mi frente, el aliento distante del invierno, y luego sólo sentí el frío de los dedos de Nebogipfel; ¡era todo lo que podía percibir, exceptuando el roce omnipresente y líquido de la plattnerita! Imaginé que los cilios se soltaban y -como ya habían hecho antes- se introducían en los resquicios de mi cuerpo. Tan rápida fue la invasión de luz que ya no podía mover ni un dedo, ni tampoco gritar -estaba quieto como en una camisa de fuerza-, y los tentáculos se abrieron paso a la fuerza por entre mis labios, como gusanos, y dentro de mi boca, para disolverse contra la lengua; y sentí una presión fría en la superficie de los ojos...

Estaba perdido, incorpóreo, inmerso en la luz esmeralda.


LIBRO SEIS

Las Naves del Tiempo


1

PARTIDA

Me encontraba fuera del espacio y el tiempo.

No era como el sueño, porque incluso durante el sueño el cerebro está activo, en funcionamiento, ordenando su carga de información y recuerdos; incluso durante el sueño, creo, uno permanece consciente, consciente de su propio yo y de su continua existencia.

Aquel intervalo, aquel hechizo intemporal, no era así. Era más bien como si la red de plattnerita me hubiese, sutil y silenciosamente, desmontado. Yo simplemente no estaba allí; y los fragmentos de mi personalidad, las astillas de mi memoria, habían sido separadas y diseminadas por el inmenso e invisible Mar de Información que tanto le gustaba a Nebogipfel .

... Y entonces -¡lo más misterioso de todo!- me encontré nuevamente allí -no puedo ser más claro-; no era exactamente como despertarse, sino como si me hubiesen conectado, de la misma forma que se enciende una lámpara eléctrica. En un momento, nada; al siguiente, consciencia plena y escalofriante.

Podía ver otra vez. Tenía una visión clara del mundo, del casco verde de la Nave del Tiempo a mi alrededor y del brillo óseo de la Tierra más allá.

¡Era la existencia una vez más! Y un pánico profundo, un horror ante el intervalo de ausencia se abrió paso por mi sistema. Nunca he temido al infierno sino a la no existencia. De hecho, tiempo antes había decidido que recibiría con agrado cualquier agonía que Lucifer reservase para los incrédulos inteligentes, ¡si esos dolores me servían corno prueba de que mi conciencia todavía existía!

Pero no se me permitió rumiar mis inquietudes, porque recibí la extraordinaria sensación de elevarme. Sentí una fuerza creciente sobre mí, como si un enorme imán me impulsase hacia arriba. El tirón aumentó -yo era como un átomo por el que luchasen fuerzas monstruosas- y luego de pronto la tensión se resolvió. Volé hacia arriba, sintiéndome exactamente como si fuese nuevamente un niño pequeño levantado por las manos fuertes y seguras de mi padre; entonces había tenido la misma sensación de ligereza, la sensación de volar. La estructura de la Nave del Tiempo se levantó conmigo, por lo que era como estar en el centro de un globo inmenso y verde que se levantaba desde el suelo.

Miré abajo, o al menos lo intenté; no podía sentir la cabeza o el cuello, pero mi campo de visión se inclinó hacia abajo. Pueden imaginar que la Nave que me rodeaba tenía la forma de un barco de vapor pero enormemente ampliado -su quilla debía de tener millas de largo- y sin embargo flotaba por el paisaje con la facilidad de una nube. Podía ver el paisaje del exterior a través de las zonas abiertas en la estructura de la Nave, y ahora veía el coche del tiempo justo debajo de nosotros. Aunque mi visión estaba interrumpida por las chispas cambiantes de la Nave, creí ver dos cuerpos en el coche, un hombre y una figura más pequeña, que caían al suelo, ya inmóviles por el frío.

Mi visión era extraña, no tenía foco: o mejor, carecía de un punto central de observación. Cuando miras algo, digamos una taza de té; lo ves, y ése es básicamente el centro de tu mundo, con todo lo demás relegado a la periferia de la visión. Pero ahora mi mundo no tenía centro, o periferia. Lo veía todo, hielo, Naves, coche del tiempo. ¡Era como si todo fuese centro, o todo periferia, simultáneamente! Era desorientador y muy confuso.

Parecía que tenía la cabeza y el estómago paralizados, sin sentir nada. Podía ver, de acuerdo; pero no podía sentir nada de la cara, del cuello, de la posición del cuerpo, nada exceptuando un toque ligero casi fantasmal: los dedos de Nebogipfel todavía alrededor de los míos. Eso me confortó en cierta forma, ¡era bueno saber que al menos él estaba allí conmigo!

Pensé que estaba muerto, pero recordé que había pensado lo mismo antes, cuando fui absorbido y reconstruido por el Constructor Universal. No sabía lo que sería de mí ahora.

La Nave comenzó a elevarse de nuevo, ahora mucho más rápidamente. El coche del tiempo y la torre sobre la que se apoyaba desaparecieron. Me elevé una milla, dos millas, diez millas por encima de la superficie; el mapa completo de aquel Londres disperso apareció debajo de mí, visible a través de las chispas de la Nave del Tiempo.

Seguíamos elevándonos-debíamos de viajar más rápido que una bala de cañón-, pero no oía las ráfagas del aire, no sentía el viento en la cara: me sentía seguro, con esa sensación infantil de ligereza que ya he mencionado. El círculo del escenario de debajo se hizo más ancho, y los detalles de edificios y campos de hielo se difuminaron, palidecieron y se hicieron indistinguibles. Un cielo gris luminoso se mezclaba más y más con el blanco frío del hielo. A medida que el velo de atmósfera que me separaba del espacio exterior se hacía más delgado, el cielo nocturno, que había tenido un color gris hierro, se llenó de tonos más profundos y ricos.

Ahora estábamos a tanta altura que la curvatura del planeta se manifestó -era como si Londres fuese el punto más alto de una inmensa colina- y podía distinguir la forma de la pobre Gran Bretaña, atrapada en el mar helado.

Seguía sin tener manos ni pies, sin estómago o boca. Me parecía que me habían separado de pronto de la materia y veía las cosas con cierta serenidad.

Y seguíamos subiendo -sabía que ya estábamos muy por encima de la atmósfera- y las planicies heladas mutaron en el paisaje para convertirse en la superficie de un mundo esférico que giraba, blanco y sereno -y muy muerto-, por debajo de mí. Más allá de la brillante Tierra había más Naves del Tiempo, cientos de ellas, veía ahora, grandes, de brillo verde, naves lenticulares de millas de largo, formando una armada no definida que navegaba por el espacio, y su luz se reflejaba en el hielo arrugado que cubría la Tierra.

Oí que me llamaban: o mejor, no era oír, sino una conciencia llegada por algún medio que no querría explicar de buena gana. Intenté volverme, pero mi visión rotó.

¿Nebogipfel? ¿Eres tú?

Sí. Estoy aquí. ¿Estás bien?

Nebogipfel... no puedo verte.

Yo a ti tampoco. Pero eso no importa. ¿Sientes mi mano?

Sí.

Ahora la Tierra se hizo a un lado, y nuestra Nave se movió conjuntamente con sus compañeras. Pronto las Naves del Tiempo nos rodearon en una formación que llenaba muchas millas del espacio interplanetario; era como estar en medio de un grupo de grandes ballenas brillantes. La luz de la plattnerita era brillante, pero aun así parecía irreal, como si se reflejase en un plano invisible; de nuevo tuve esa sensación de contingencia en las Naves, como si no perteneciesen del todo a aquella realidad, o a cualquier otra.

Nebogipfel, ¿qué nos pasa? ¿Adónde nos llevan?

Amablemente me respondió:

Ya conoces la respuesta. Vamos a viajar atrás en el tiempo... de vuelta a su limite, a su corazón más profundo y oculto.

Empezaremos pronto?

Ya hemos comenzado. Mira las estrellas.

Me volví -o sentí que lo hacía- para dejar la Tierra Blanca a mi espalda, y lo vi.

Por todo el cielo, las estrellas aparecían.

2

LA TIERRA RETROCEDE

Al viajar al pasado, las flotas de colonización de la Tierra volvían a su punto de origen, y se desmantelaban los cambios que el hombre había provocado en mundos y estrellas. Y a medida que la ola de civilización y cultura se retiraba, las Esferas que ocultaban las estrellas desaparecían una a una. Miré maravillado cómo las viejas constelaciones se reunían como candelabros. Sirio y Orión brillaban tan espléndidas como en cualquier noche de invierno; la Estrella Polar estaba sobre mi cabeza y podía distinguir el aspecto de sartén de la Osa Mayor. Muy por debajo de mí, más allá de la curvatura de la Tierra, había extrañas agrupaciones de estrellas que nunca había visto desde Inglaterra: no conocía las constelaciones de las antípodas tan bien como para reconocerlas todas, pero podía distinguir la brutal forma de cuchillo de la Cruz del Sur, las manchas brillantes que eran las Nubes de Magallanes y aquellos dos gemelos luminosos, Alfa y Beta Centauri.

Y ahora, al sumergirnos más en el pasado, las estrellas comenzaron a desplazarse por el cielo. En pocos momentos, me pareció, las constelaciones familiares desaparecieron, a medida que el movimiento propio de las estrellas -demasiado lento para distinguirlo en una vida humana- se hizo visible ante mi perspectiva cósmica.

Le comenté ese nuevo fenómeno a Nebogipfel.

Sí. Y mira la Tierra.

Miré. La máscara de glaciación que había desfigurado aquel globo querido y exhausto se retiraba. Vi cómo el blanco retrocedía hacia los polos, en grandes pulsos, exponiendo el marrón y azul de la tierra y el mar que estaban debajo.

De pronto, el hielo había desaparecido -desterrado a los polos- y el mundo giraba lentamente debajo de nosotros, con los conocidos continentes restaurados. Pero la Tierra estaba cubierta de

nubes; y las nubes estaban manchadas de colores imposibles, marrones, púrpuras, naranjas. Las costas estaban cercadas con luz y grandes ciudades brillaban en el corazón de cada continente: Vi que incluso había grandes ciudades flotantes en medio de los océanos. Pero el aire estaba tan enrarecido que en aquellas grandes ciudades -si alguien se atrevía a ir por la superficie- estaba claro que tenían que llevar máscaras y filtros para poder respirar.

Es evidente que presenciamos los últimos días de la modificación de la Tierra por los nuevos hombres, dije. Debemos estar recorriendo millones de años a cada minuto...

Sí.

Entonces, ¿por qué no vemos la Tierra girar como una peonza alrededor de su eje, o correr alrededor del Sol?

Todo lo que vemos es una reconstrucción, dijo Nebogipfel. Es algo similar a una proyección, basada en las observaciones que llegan al Mar de Información a medida que viajamos: esa parte del Mar que transportan las Naves. Fenómenos como la rotación de la Tierra son suprimidos.

Nebogipfel, ¿qué soy yo? ¿Sigo siendo un hombre?

Todavía eres tú mismo, dijo con firmeza. La única diferencia es que ahora la maquinaria que te mantiene no está hecha de carne y hueso, sino de constructor en el Mar de Información... Tienes miembros, no de nervios y sangre, sino de conocimientos.

Parecía que su voz flotaba en el espacio, alrededor mío; había perdido la sensación reconfortante de su mano en la mía, y ya no sabía si estaba cerca, aunque tenía la sensación de que la «cercanía» ya no era una idea relevante, porque tampoco tenía una idea clara de dónde estaba «yo». Sabía que aquello en que me hubiese convertido ya no era un punto de conciencia mirando desde una caverna de huesos.

El aire de la Tierra se aclaró. Por todo el planeta, con prontitud sorprendente, las luces de las ciudades se apagaron y murieron y pronto la mano del hombre no dejó marca sobre la Tierra.

Hubo ráfagas de vulcanismo, grandes chorros que arrojaban nubes de cenizas que cubrían el mundo -o, mejor, al retroceder en el tiempo las nubes penetraban en las perforaciones volcánicas- y me parecía que los continentes se desplazaban lejos de las posiciones que ocupaban en los mapas escolares. En las grandes praderas del hemisferio norte parecía haber una lucha -lenta, milenaria- entre dos tipos de vegetación: por un lado, el pasto verde marrón y los bosques de hoja caduca que bordeaban los continentes en el límite de la capa de hielo; y por el otro lado, el verde virulento de la jungla tropical. Durante un momento ganó la jungla y con un gesto barrió hacia el norte desde el ecuador, hasta que cubrió la tierra desde los trópicos, hasta Europa y Norteamérica. Incluso Groenlandia fue, durante un momento, verde. Entonces, con la misma rapidez con que había conquistado la Tierra, la gran jungla retrocedió de nuevo a su fortaleza ecuatorial, y tonos más pálidos de verde y marrón ocuparon los continentes del norte.

La deriva de los continentes se hizo más pronunciada. Y a medida que los continentes entraban en distintas regiones climáticas cambiaban también los colores de la vida, por lo que grandes bandas de verde y marrón cubrían las tierras desgraciadas. Erupciones volcánicas enormes y devastadoras moteaban aquel vals geológico.

Ahora los continentes se unieron -era como ver un rompecabezas que se reunía- para formar una sola masa inmensa que ocupaba medio globo. El interior de aquel gran campo pronto se convirtió en un desierto.

Ya hemos alcanzado trescientos millones de años en el pasado..., dijo Nebogipfel. No hay mamíferos, ni aves, e incluso los reptiles apenas han nacido.

No tenía ni idea de que fuese tan grácil, como un ballet rocoso, respondí. ¡Los geólogos de mi época tenían todavía tanto por entender! Es como si todo el planeta estuviese vivo y en evolución.

Ahora el gran continente se dividió en tres grandes masas. Ya no podía distinguir las formas familiares de las tierras de mi época, porque los continentes giraban como platos en una mesa pulida. Cuando se rompió el inmenso desierto central el clima se hizo más variado, y pude ver una serie de mares poco profundos que franjeaban las tierras:

Nebogipfel habló:

Ahora los anfibios vuelven a los mares y sus miembros primarios se desvanecen. Pero en la Tierra todavía hay insectos y otros invertebrados: milpiés, ácaros, arañas y escorpiones...

No es un lugar muy agradable, señalé.

También hay libélulas gigantes y otras maravillas. El mundo no carece de belleza.

Ahora la Tierra empezaba a perder la capa verde, y un marrón óseo quedó al descubierto al retirase la marea de vida, y supuse que pasábamos más allá de la aparición sobre la Tierra de las primeras plantas con hojas. Pronto, la superficie de la Tierra se convirtió en una máscara informe de marrón y azul cenagoso. Sabía que la vida persistía en los mares, pero allí también se estaba simplificando, con filos enteros que desaparecían en las entrañas de la historia: primero los peces, luego los moluscos, y ahora las esponjas, las medusas y los gusanos... AL final, comprendí, sólo un alga verde y delgada -que trabajaba para convertir la luz del Sol en oxígeno- sería lo que quedase en los mares oscuros. La tierra era rocosa y estéril, y la atmósfera se hizo más densa, manchada de amarillo y marrón por los gases venenosos. Grandes fuegos surgieron sobre la Tierra, simultáneamente. Nubes densas enmascaraban el globo y los mares retrocedían como charcos secos. Pero las nubes no persistieron durante mucho tiempo. La atmósfera se hizo más delgada, luego bastante escasa, hasta que desapareció por completo. La corteza expuesta brilló con un rojo uniforme, menos las grandes heridas naranjas que se abrían y cerraban como bocas. No había mares, ni diferencia entre el océano y la tierra: sólo una corteza interminable y castigada sobre la que flotaban las Naves del Tiempo, observadoras y gráciles.

Luego el brillo de la corteza creció en intensidad -hasta ser un resplandor intolerable- y, con una explosión de fragmentos ardientes, ¡la joven Tierra se sacudió en su eje, tembló y voló en pedazos!

Fue como si algunos de esos fragmentos volaran a través de mí. La rocas brillantes se abrieron paso por mi conciencia, y se perdieron en el espacio. ¡Y entonces acabó! Ahora sólo quedaba el Sol... y un disco de escombros y gas, sin forma, girando en remolino alrededor de la estrella luminosa.

Una onda atravesó la nube de Naves del Tiempo, como si la fusión invertida de la Tierra hubiese producido un impacto físico en aquella armada suelta.

Ésta es una época extraña, Nebogipfel, dije.

Mira a tu alrededor...

Lo hice, y vi que, por todo el cielo, había varias estrellas -quizás una docena- que incrementaban su brillo. Ahora las estrellas estaban en una especie de formación, una estructura dispersa por el cielo, aunque tan distante que sólo se mostraban como puntos. Espirales de gas parecían reunirse para formar una nube, extendida por el cielo y que envolvía aquella colección de estrellas.

Ésas son las verdaderas compañeras del Sol, dijo Nebogipfel. Sus hermanas, si te gusta más: las estrellas que compartieron la nube originaria del Sol. Una vez formaban un cúmulo tan brillante y cercano como las Pléyades... pero la gravedad no pudo mantenerlas juntas y antes del nacimiento de la Tierra se separaron.

Una de las jóvenes estrellas llameó directamente sobre mi cabeza. Se expandió, para hacerse de pronto tan grande como para tener disco, pero haciéndose más roja y apagada... hasta que finalmente murió, y cl brillo de esa parte de la nube también murió.

Ahora otra estrella, casi diametralmente opuesta a la posición de la primera, atravesó el mismo ciclo: la llamarada, seguida de la expansión en un brillante disco carmesí, y después la extinción.

Todo ese drama magnífico, deben imaginarlo, se ejecutaba contra un fondo de absoluto silencio.

Estamos presenciando el nacimiento de las estrellas, dije, pero a inversa.

Sí. Las estrellas embrionarias encienden las nubes de gases donde nacen -esas nebulosas son un espectáculo maravilloso-, pero después de la ignición estelar, los gases más ligeros escapan del calor, dejando solamente los materiales más pesados...

Materiales que se condensan para formar mundos, dije.

Sí.

Y entonces -¡tan pronto!- le tocó al Sol. Se produjo la llamarada incierta de luz blanca amarillenta, un resplandor que se reflejó en las proas de plattnerita de las Naves del Tiempo, y luego se hinchó hasta convertirse en un globo inmenso que engulló momentáneamente la armada de Naves del Tiempo en una nube de luz carmesí... y entonces, al final, se dispersó en el vacío general.

Las Naves estaban colgadas en la súbita oscuridad. Las últimas compañeras del Sol llamearon, se hincharon y murieron; y nos quedamos en una nube de hidrógeno frío e inerte que reflejaba el resplandor verde de la plattnerita.

Sólo las estrellas remotas marcaban el cielo y vi que pronto resplandecían y llameaban, para desaparecer a su vez. Pronto los cielos se oscurecieron, y supuse que existían menos y menos estrellas.

Súbitamente, un nuevo tipo de estrella brilló en el cielo. Había un buen montón: docenas de ellas estaban lo bastante cerca para mostrar un disco, y la luz de esas nuevas estrellas era, estoy seguro, lo suficientemente brillante para leer el periódico con ella, ¡aunque no estaba en posición de intentar semejante experimento!

Maldita sea, Nebogipfel, ¡qué visión más increíble! La astronomía hubiese sido un poco diferente bajo un cielo como éste, ¿no?

Ésta es la primerísima generación de estrellas. Son las únicas luces en todo el nuevo cosmos... Cada una de esas estrellas tiene una masa cientos de miles de veces superior a la del Sol, pero queman su combustible a un ritmo prodigioso, su esperanza de vida es de unos pocos millones de años.

Y de hecho, mientras hablaba, vi que las estrellas se expandían, enrojecían y se dispersaban, como inmensos globos sobrecalentados.

Pronto acabó; y el cielo estuvo oscuro de nuevo. Negro, exceptuando el brillo verde de las Naves del Tiempo, que avanzaban, firmes y decididas, hacia el pasado.

3

EL LÍMITE DEL ESPACIO Y EL TIEMPO

Un nuevo resplandor uniforme comenzó a llenar el espacio a mi alrededor. Me pregunté si en aquella era primigenia no brillaría una generación anterior de estrellas, una generación no concebida por Nebogipfel y los Constructores con los que se comunicaba. Pero pronto vi que el resplandor no provenía de un conjunto de fuentes puntuales, como estrellas; en su lugar, se trataba de una luz que parecía brillar, a mi alrededor, como si proviniese de la misma estructura del espacio, aunque aquí y allá el resplandor estaba manchado al brillar de forma más intensa, supuse, por materia protoestelar. La luz era de un carmesí profundo -me recordaba a una puesta de sol a través de las nubes-, pero se incrementó y recorrió la familiar escala de los colores del espectro, desde el naranja, amarillo, azul, hasta el violeta.

Vi que la flota de Naves del Tiempo se había acercado; eran balsas de alambres verdes, recortadas contra el vacío deslumbrante, que se reunían por necesidad. Unos tentáculos -cuerdas de plattnerita- se abrían paso por el vacío brillante entre las Naves, y se conectaban con las terminaciones asimiladas en las estructuras complejas de las Naves. Pronto toda la armada estaba unida por una especie de red de cilios.

Incluso en esta época remota, me dijo Nebogipfel, el universo tiene una estructura. Las galaxias por nacer están presentes como agrupaciones de gas frío, atrapado en pozos gravitacionales... Pero la estructura implosiones, contrayéndose a medida que viajamos hasta su límite.

Entonces es como una explosión invertida, le propuse a Nebogipfel. Metralla cósmica que se colapsa hasta el lugar de la explosión. Al final, toda la materia del universo estará contenida en un solo punto, un centro arbitrario de las cosas, y será como si un gran sol hubiese nacido en medio de un espacio infinito y vacío.

No. Es más sutil que eso...

Me recordó la torsión de los ejes del Espacio y el Tiempo, la distorsión que estaba detrás del principio del viaje en el tiempo.

El giro de ejes se produce ahora a nuestro alrededor, dijo. Al viajar al pasado, no es que la materia y la energía converjan en un volumen fijo, como moscas que se reúnen en el centro de una habitación vacía... Más bien, el espacio en sí mismo se está doblando, comprimiéndose. Retorciéndose como un globo deshinchado, o como un trozo de papel arrugado con la mano.

Seguí la descripción, pero me llenó de asombro y temor, ¡porque no podía entender cómo la vida o la Mente podrían sobrevivir a ese plegamiento!

La luz universal se hizo más intensa, y trepó por la escala espectral hasta un violeta intenso con sorprendente velocidad. En aquel mar de hidrógeno giraban grupos y remolinos como llamas en un horno; las Naves del Tiempo, unidas por las cuerdas, apenas eran visibles como siluetas lúgubres contra el resplandor desigual. AL final el cielo era tan brillante que sólo tuve la impresión de blancura; era como mirar el Sol.

Hubo una conmoción silenciosa -sentí como si hubiese oído un golpe de platillos-, la luz me anegó como un líquido invasor y caí en una especie de ceguera blanca. Estaba inmerso en la más brillante de las luces, una luz que parecía penetrar en todo mi ser. Ya no podía distinguir aquellos grupos, ni tampoco ver las Naves del Tiempo. ¡Ni siquiera la mía!

Llamé a Nebogipfel.

No puedo ver. La luz...

Su voz sonó pequeña y tranquila en el clamor de luz.

Hemos alcanzado la época de Dispersión Final... El espacio en todos sus puntos está ahora tan caliente como la superficie del Sol, y está repleto de materia cargada eléctricamente. El universo ya no es transparente, como lo será en nuestra época...

Entendía por qué las Naves se habían unido con aquellas cuerdas de material de Constructor, porque estaba claro que ninguna señal podía viajar por entre aquel resplandor. El resplandor se hizo todavía más intenso, hasta que estuve seguro de que había superado el límite de visibilidad normal del ojo humano, ¡y no es que un hombre hubiese podido durar al menos un momento en aquel resplandeciente horno cósmico!

Era como si estuviese colgado, solo, en medio de aquella inmensidad. Si los Constructores estaban allí, no los percibía. Mi sentido del paso del tiempo se fragmentó hasta desaparecer; no sabía si presenciaba sucesos a escala de siglos o segundos, o si contemplaba la evolución de estrellas o átomos. Antes de penetrar en aquella mezcla final de luz había conservado cierta sensación de lugar -sabía dónde era arriba y abajo-, de cerca y lejos... El mundo a mi alrededor había estado estructurado como una gran habitación, en la cual yo flotaba. Pero ahora, en la época de la dispersión final, todo eso desapareció. Era una mota de conciencia, flotando en la superficie de un gran río que corría hacía su fuente, y sólo podía dejar que la corriente me llevase a donde quisiera.

La mezcla de radiación se hizo más caliente -era de una intensidad insoportable- y vi que la materia del universo, la materia que algún día formaría las estrellas, los planetas y mi propio cuerpo abandonado, no era sino una fina capa de solidez, un contaminante en aquel remolino hirviente de luz y estrellas. Al fin -me pareció que podía verlo- incluso los núcleos de los átomos se dividieron ante la presión de aquella insoportable luz. El espacio se llenó de una mezcla de partículas todavía más elementales, que se combinaban y recombinaban a mi alrededor en una confusión compleja y microscópica.

Estamos cerca del límite, susurró Nebogipfel. El principio mismo del tiempo... pero no debes imaginar que estamos solos: nuestra historia -este joven universo brillante- no es sino una entre un número infinito que han surgido de ese límite; al retroceder todos los miembros de la multiplicidad convergen hacia ese momento, hacia ese límite, como aves en picado.

Pero todavía continuó la contracción, todavía aumentaba la temperatura, todavía crecía la densidad de materia y energía; y ahora incluso esos fragmentos finales de radiación y materia fueron absorbidos en el cuerpo del espacio y el tiempo, con toda su energía almacenada en la tensión de aquella gran torsión.

Hasta que, al final...

La última partícula brillante se alejó de mí suavemente, y el resplandor de radiación se intensificó hasta una cierta invisibilidad.

Ahora, sólo una luz blanca grisácea llenaba mi conciencia; pero eso es una metáfora, porque sabía que la que ahora experimentaba no era la luz de la física, sino el brillo imaginado por Platón, la luz que está por debajo de la conciencia, la luz frente a la cual la materia, los sucesos y las mentes no son sino sombras.

Hemos alcanzado la Nuclearización, susurró Nebogipfel. El espacio y el tiempo están tan retorcidos que son indistinguibles. Aquí no hay física... no hay estructura. Uno no puede señalar y decir: eso es allí, a tal distancia; y yo estoy aquí. No hay medida, ni observación... Todo es uno. Y, de la misma forma que nuestra historia se ha encogido hasta un punto, también ha convergido la multiplicidad de historias. El mismo límite está desapareciendo -¿lo entiendes?- perdido en las infinitas posibilidades de la multiplicidad colapsada...

Y entonces hubo un solo pulso, muy brillante, de luz: verde de plattnerita.

4

LOS DISPOSITIVOS DE NO LINEALIDAD

La multiplicidad unida tembló. Me sentí retorcido -estirado y alterado- como si el gran río de causalidad que me llevaba se hubiese hecho turbulento y hostil.

¿Nebogipfel...?

¡Son los Constructores! Los Constructores... Su voz sonaba plácida, exultante.

El movimiento se apagó. El resplandor verde desapareció, dejándome inmerso una vez más en el blanco grisáceo de aquel momento de Creación. Entonces surgió una luz nueva y completamente blanca, pero permaneció sólo un momento; y luego vi que la energía y la materia se condensaban como rocío al separarse el Espacio y el Tiempo.

Viajaba una vez más hacia el futuro, lejos del límite. Había sido colocado en una nueva historia que se extendía desde la Nuclearización. El resplandor del universo seguía siendo brillante, varios órdenes de magnitud más brillante que el centro del Sol.

Las Naves del Tiempo ya no me acompañaban -quizá sus formas físicas no habían podido sobrevivir el viaje a través de la Nuclearización- y la red de plattnerita había desaparecido. Pero no estaba solo: a mi alrededor -como copos de nieve atrapados en el resplandor de una lámpara- había motas del verde de la plattnerita que se agitaban y balanceaban. Sabía que aquéllas eran las conciencias elementales de los Constructores, y me pregunté si Nebogipfel se encontraba entre aquella multitud incorpórea y de hecho si yo también aparecía a los demás como un punto en movimiento.

¿Se había invertido mi viaje en el tiempo? ¿Iba a nadar una vez más corriente arriba por la historia hasta mi propia era?

¿Nebogipfel? ¿Puedes oírme?

Estoy aquí.

¿Qué sucede? ¿Viajamos otra vez en el tiempo?

No, dijo. Todavía tenía aquella nota de exultación -de triunfo en su voz incorpórea.

¿Entonces qué? ¿Qué nos sucede?

¿No lo ves? ¿No puedes entenderlo? Atravesamos la Nuclearización. Alcanzamos el límite. Y...

¿Sí?

Piensa en la multiplicidad como una superficie, dijo. Toda la multiplicidad es lisa, cerrada, monótona, un globo. Y las historias son como líneas de longitud, dibujadas entre los polos de la esfera.

Y en las Naves del Tiempo llegamos a un polo.

Sí, al punto donde se unen todas las líneas de longitud. Y, en ese preciso instante de posibilidades infinitas, los Constructores han activado los dispositivos de no linealidad... Los Constructores han viajado a través de las historias, dijo. Ellos y nosotros hemos seguido trayectorias de Tiempo Imaginario, trayectorias garabateadas perpendicularmente en la superficie del globo de multiplicidad, hasta que hemos llegado a esta nueva historia...

Ahora la nube de Constructores -me pareció que había millones- se dispersaba, como fragmentos de fuegos artificiales. Era como si intentasen llenar el joven vacío con la luz y la conciencia que habían traído de un cosmos diferente. Y al desarrollarse el nuevo universo, el resplandor crepuscular de la creación se convirtió en una inmensa oscuridad.

Era el resultado final -la conclusión lógica- de mi propio interés superficial en las propiedades de la luz y la distorsión del Espacio y el Tiempo que las acompañan. Todo aquello, comprendía, incluso el colapso del universo y su gran progresión a través de diversas historias, todo, había surgido inevitablemente de mis experimentos, de mi primera y querida máquina de cuarzo y cobre...

Yo había provocado aquello: el paso de la mente entre universos.

¿Pero adónde hemos venido? ¿Qué historia es ésta? ¿Es como la nuestra?

No, dijo Nebogipfel. No, no es como la nuestra.

¿Podremos vivir aquí?

No lo sé... no la eligieron para nosotros. Recuerda que los Constructores han buscado, dijo, un universo -de entre la inmensidad de posibilidades que da la multiplicidad-, un universo óptimo para ellos.

Sí. ¿Pero qué significa «óptimo» para un Constructor? Conjuré imágenes vagas de cielo, paz, seguridad, belleza, luz. Pero sabía que esas fantasías eran irremediablemente antropomórficas.

Ahora vi que surgía una nueva luz de la oscuridad que nos rodeaba. Al principio creí que se trataba del regreso del brillo al comienzo del tiempo, pero era demasiado suave, demasiado insistente, para ser eso; era más bien como luz de estrellas.

Los Constructores no son hombres, dijo el Morlock. Pero son los herederos de la humanidad. Y la audacia de lo que han conseguido es asombrosa. Entre todas las incontables posibilidades, los Constructores han buscado ese universo -el único- que es infinitamente grande, y eterno: donde el límite del comienzo del tiempo se encuentra en el infinito pasado.

Hemos viajado más allá de la Nuclearización, al límite mismo del Espacio y el Tiempo. Y dedos de mono han tocado la singularidad que se encuentra allí, ¡y la han empujado hacia atrás!

La luz estelar emergía ahora de la oscuridad a mi alrededor; las estrellas se encendían por todas partes, y pronto el cielo ardió, tan brillante en todos sus puntos como la superficie del Sol.

5

LA VISIÓN FINAL

¡Un universo infinito!

Se puede mirar, a través de las nubes de humo de Londres, las estrellas que marcan el cielo catedralicio; es todo tan inmenso, tan inalterable, que es fácil suponer que el cosmos es algo sin fin y que ha existido por siempre.

Pero eso no puede ser. Y sólo tienes que hacerte una pregunta de sentido común -¿por qué es oscuro el cielo nocturno?- para comprender la razón.

Si tienes un universo infinito, con estrellas y galaxias dispersas en un vacío sin fin, entonces no importa en qué dirección mires, tus ojos encontrarían el rayo de luz de una estrella. El cielo nocturno brillaría en todas partes con la misma intensidad que el Sol...

Los Constructores habían desafiado la misma oscuridad del cielo.

Mis impresiones tenían una dureza diamantina: no había contornos suaves, ni atmósfera, nada más que el brillo infinito producido por la multitud de puntos y motas de luz. Aquí y allá creí encontrar estructuras y características reconocibles -constelaciones de estrellas más brillantes frente al fondo general-, pero el efecto total era tan deslumbrante que no podía encontrar una misma formación dos veces.

Las chispas de luz de plattnerita que me acompañaban -los Constructores, con Nebogipfel entre ellos- se alejaron de mí, por arriba y abajo, como fragmentos esmeralda de un sueño. Me dejaron aislado. No sentí ni miedo ni incomodidad. El movimiento que había sentido en el momento de la no linealidad había desaparecido, dejándome sin sensación de lugar, tiempo o duración...

Pero entonces -después de un intervalo que no pude medir- percibí que no estaba solo.

La forma surgió contra la luz de las estrellas, como si hubiesen colocado una lámina de linterna mágica frente a mí. Comenzó siendo una simple sombra contra el brillo universal -al principio ni siquiera estaba seguro de que hubiese algo ahí, exceptuando las proyecciones de mi imaginación desesperada-, pero finalmente ganó una cierta solidez.

Era una bola, aparentemente de carne, colgando en el espacio, al igual que yo, sin soporte. Estimé que estaba a ocho o diez pies de mí (donde y como estuviese yo) y quizá tenía cuatro pies de ancho. Le colgaban tentáculos. Oí un sonido suave y burbujeante. Tenía un pico de carne, no tenía agujeros de la nariz, y dos enormes párpados se recogían como cortinas para revelar ojos -¡ojos humanos!- que se fijaron en mí.

Por supuesto, lo reconocí; era una de las criaturas que había denominado Observadores, aquellas enigmáticas visiones que me visitaban durante mis viajes en el tiempo.

La cosa se deslizó hacia mí. Tenía los tentáculos en alto, y vi que los dedos eran articulados y formaban dos grupos, como manos alargadas y distorsionadas. Los tentáculos no eran lacios y sin hueso, como los de un calamar, sino que tenían múltiples articulaciones y parecía que acababan en uñas o pezuñas, de hecho, se parecían bastante a dedos.

Fue como si me cogiese. Nada de esto puede ser real -pensé desesperadamente- porque yo ya no era real, ¿no? Yo era un punto de conciencia; no había nada de mí que pudiese ser cogido de esa forma...

Y sin embargo me sentí acunado por él, extrañamente seguro.

El Observador aparecía inmenso ante mí. Su piel era suave y estaba cubierta de un vello fino; los ojos eran inmensos -de color azul cielo-, con toda la hermosa complejidad de los ojos humanos, e incluso ahora podía olerlo; emitía un ligero aroma animal, como de leche, pensé. Me sorprendió cuán humano era. Eso puede que les parezca extraño, pero allí -tan cerca de la bestia, y suspendido en medio de aquella inmensidad sin estructura- sus puntos en común con la forma humana eran más impresionantes que sus increíbles diferencias. Me convencí de que era humano: quizá tremendamente distorsionado por el paso del tiempo evolutivo, pero de alguna forma cercano a mí.

Pronto el Observador me soltó, y sentí que flotaba alejándome.

Parpadeó; oí el lento susurro de sus párpados. Recorrió con la vista el cielo uniforme, como si buscase algo. Con el más suave de los murmullos, se alejó de mí. Se volvió al hacerlo y los tentáculos colgaron tras él.

Durante un momento sentí una punzada de pánico -porque no tenía deseos de quedar varado otra vez con mi única compañía en la desolada Perfección óptima-, pero de repente me deslicé tras el Observador. Lo hice sin querer, como una hoja de otoño que es arrastrada por las ruedas de un carruaje.

Ya he mencionado aquellas posibles constelaciones que había visto, brillando en el fondo cubierto de luz del espacio infinito. En aquel momento me parecía que un grupo de estrellas, frente a nosotros, se estaba dispersando, como una bandada de pájaros; mientras que otro detrás de mí (podía variar mi punto de vista) se contraía.

¿Puede ser así?, me pregunté. ¿Puede ser que esté viajando a una velocidad tan enorme que incluso las estrellas mismas se mueven por el campo visual, como postes frente a un tren?

De pronto vinieron volando multitud de partículas de roca, brillando como el polvo bajo la luz; se arremolinaban a mi alrededor, y se perdían de nuevo detrás de mí. Exceptuando ese montón de polvo, no vi planetas, o cualquier otro objeto rocoso, en todo el tiempo que permanecí en la Historia óptima, y me pregunté si el gran calor y la radiación intensa evitarían la formación de planetas a partir de los fragmentos generales.

El universo corría a mi lado más y más rápido, motas apresuradas contra el brillo general.

Las estrellas se hicieron más intensas, y pasaron de ser puntos a ser globos que se precipitaban contra mí, para desvanecerse en un momento a mi espalda.

Nos elevamos y flotamos sobre el plano de una galaxia; era una gigantesca espiral de estrellas cuyos distintos colores brillaban, pálidos y deslucidos, contra el fondo de blancura general. Pero pronto incluso ese inmenso sistema se perdió debajo de mí, ahora convertido en un disco luminoso y giratorio, y al final fue una diminuta mancha de luz incierta, perdida en medio de millones de manchas parecidas.

Y durante todo aquel sorprendente vuelo -deben imaginarlo- tenía ante mí la imagen de los hombros redondos y oscuros del Observador, mientras se balanceaba delante de mí por entre aquella marea de luz, imperturbable ante el paisaje estelar que atravesábamos.

Pensé en las veces que había observado a aquella criatura y sus compañeros. Tenía aquel distante eco de murmullos durante mis primeras expediciones en el tiempo, y entonces mi primera imagen clara de un Observador cuando, bajo la luz del Sol moribundo del futuro, había visto cómo saltaba irregularmente algo parecido a una pelota de fútbol que brillaba por el agua. En ese momento lo consideré un ciudadano de aquel mundo condenado. Más tarde, había tenido aquellas visiones -entrevistas a través del brillo verde de la plattnerita- de Observadores flotando en la máquina mientras yo viajaba en el tiempo.

Ahora sabía que durante mi breve y espectacular carrera como viajero del tiempo había sido seguido -estudiado- por los Observadores.

Los Observadores debían de ser capaces de seguir a voluntad las líneas de Tiempo Imaginario, para atravesar a voluntad las infinitas historias de la multiplicidad con la facilidad con que un buque de vapor atraviesa una corriente; los Observadores habían tomado el tosco dispositivo explosivo de no linealidad creado por los Constructores y lo habían desarrollado hasta la perfección.

Ahora atravesábamos un vacío inmenso -un agujero en el espacio- con paredes formadas por filamentos y planos, hojas de luz compuestas de galaxias y nubes de estrellas sueltas. Incluso allí, a millones dé años luz de la nebulosa estelar más cercana, persistía el baño general de radiación y el cielo a mi alrededor estaba lleno de luz. Y, más allá de las burdas paredes de aquella cavidad, podía distinguir una estructura mayor: podía ver que «mi» vacío era uno entre muchos en un campo mayor de sistemas estelares. Era como si el universo estuviese lleno de algo parecido a la espuma, con burbujas en una masa de brillante material estelar.

Pronto pude apreciar una cierta regularidad extraña en la espuma. Por ejemplo, a un lado el vacío estaba marcado por el plano de una galaxia. Ese plano, de materia mantenida unida con tanta densidad que resplandecía de forma significativamente más brillante que el fondo general, estaba tan claramente definido -tan plano y extenso- que en mi mente se formó la idea de que no se trataba de una situación natural.

Ahora miré con más cuidado. Aquí creí que podía ver otro plano -limpio y bien definido- y allá distinguir una especie de lanza de luz, completamente rectilínea, que parecía cubrir el espacio de lado a lado-, y más allá de nuevo vi un vacío, pero de forma cilíndrica muy bien definida...

El Observador corría ahora frente a mí, sus grupos de tentáculos estaban bañados por la luz de las estrellas y sus ojos estaban abiertos y fijos en mí.

Artificial. La palabra era ineludible; comprendí que la conclusión era tan evidente que tenía que haberlo pensado antes, ¡si no fuese por la escala monstruosa de todo aquello! La Historia óptima era un producto de ingeniería -y aquel artificio debía de ser lo que el Observador quería que entendiese con aquel inmenso viaje.

Recordé las viejas predicciones de que un universo infinito tendería a un colapso gravitatorio desastroso; era otra de las razones por las que nuestro cosmos no podía ser, lógicamente, infinito. Porque, de la misma forma que la Tierra y los otros planetas se habían formado a partir de agrupamientos en la turbulenta nube de escombros alrededor del nuevo Sol, habría remolinos en la nube todavía mayor de galaxias que poblaban la Historia óptima, remolinos en los que estrellas y galaxias caerían a una escala inmensa.

Pero era evidente que los Observadores cuidaban la evolución de su cosmos para evitar catástrofes de ese tipo. Habían aprendido que el Espacio y el Tiempo eran en sí mismos entidades dinámicas y ajustables. Los Observadores manipulaban la torsión, el colapso, la rotación y corte del Espacio y del Tiempo en sí mismos, para conseguir el objetivo de un cosmos estable.

Por supuesto, esa cuidadosa supervisión no podía terminar nunca, si el universo debía permanecer viable, y, pensé, si el universo era eterno, tampoco tendría comienzo. Esa idea me inquietó brevemente: era una paradoja, un ciclo causal. Debía existir la vida para que pudiera producir las condiciones necesarias para que existiera vida aquí...

¡Pero pronto me deshice de esas confusiones! Estaba siendo, comprendí, demasiado parroquial en mis razonamientos: no permitía que las cosas fuesen infinitas. Ya que este universo era infinitamente antiguo -y la vida había existido en él durante un periodo de tiempo infinitamente largo-, el ciclo benigno en que la vida mantenía las condiciones de su propia supervivencia no había comenzado nunca. La vida existía en él porque el universo era viable; y el universo era viable porque la vida existía para hacer que lo fuese... y así indefinidamente, una regresión infinita, sin comienzo, ¡y sin paradoja!

Con arrogancia me sentí divertido ante mi propia confusión. ¡Claramente me llevaría algo de tiempo comprender el significado del Infinito y la Eternidad!

6

EL TRIUNFO DE LA MENTE

El Observador se detuvo y giró en el espacio como un globo de carne. Los enormes ojos se fijaron en mí, oscuros, inmensos, el resplandor del cielo repleto de luz se reflejaba en sus pupilas como platos; al fin, parecía, mi mundo estaba ocupado por completo por aquella mirada inmensa que excluía todo lo demás -incluso el cielo ardiente.

Pero entonces el Observador pareció derretirse. La dispersión de lejanas constelaciones, la estructura galáctica espumosa e incluso el resplandor del cielo ardiente desaparecieron de mi vista o, mejor, era consciente de que esas cosas eran un aspecto de la realidad, pero sólo en la superficie.

Si imaginan que enfocan la vista en un panel de vidrio frente a ustedes, y luego deliberadamente relajan los músculos de los ojos, para fijarse en el paisaje que hay más allá, el polvo sobre el panel desaparece de la conciencia; así entenderán el efecto que intento describir.

Pero, por supuesto, mi cambio de percepción no estaba producido por algo tan físico como un tirón de los músculos oculares y el cambio de perspectiva era algo mas que un cambio en la profundidad de foco.

Vi -creo- la estructura interna de la naturaleza.

Vi átomos: puntos de luz, como pequeñas estrellas que llenaban el espacio en una estructura que se extendía a mi alrededor sin fin. Lo vi con la misma claridad con que un médico puede examinar las costillas debajo de la piel del pecho. Los átomos burbujeaban y brillaban; giraban alrededor de su eje, y estaban unidos por una red compleja de rayos de luz, o eso me parecía; comprendía que debía de estar viendo una representación gráfica de las fuerzas eléctrica, magnética, gravitatoria y alguna otra. Era como si el universo estuviese lleno de una maquinaria de relojería atómica y, me di cuenta, el conjunto era dinámico, con la estructura de uniones y átomos continuamente fluyendo.

Se me hizo inmediatamente claro el significado de aquella extraña visión, porque percibí la misma regularidad que había observado entre las galaxias y las estrellas. Podía ver -en cada voluta de gas, en cada átomo perdido- sentido y estructura. Había un propósito en la orientación de cada átomo, la dirección de su spin, y la unión entre él y sus vecinos. Era como si el universo, todo él, se hubiese convertido en una biblioteca, para almacenar la sabiduría colectiva de aquella variante antigua de la humanidad; cada trozo de materia, hasta el último vestigio, era catalogado y explotado... ¡Justo como Nebogipfel había predicho como meta final de la inteligencia!

Pero aquello era más que una biblioteca -más que la recopilación pasiva de datos polvorientos-, porque había una sensación de vida, de insistencia, a mi alrededor. Era como si la conciencia estuviese distribuida a través de aquella extensa estructuración de materia.

¡La Mente llenaba aquel universo, rezumando incluso hasta su misma estructura! Me parecía que podía ver pensamiento y conciencia moverse en grandes mareas por aquella estructura universal de hechos. Me maravillaba la escala de. aquello y no podía concebir su carácter ilimitado. En comparación, mi propia especie se había limitado a la manipulación de la capa externa de un planeta insignificante, y los Morlocks a su Esfera; e incluso los Constructores sólo habían tenido una galaxia, un sistema estelar, entre millones...

Allí, sin embargo, la Mente lo tenía todo: un infinito.

Ahora al fin entendí -lo vi por mí mismo- el sentido y el propósito de la vida eterna e infinita.

El universo era infinitamente antiguo e infinitamente grande; y la Mente, también, era infinitamente antigua. La Mente había conquistado el centro de la materia y las fuerzas, y había almacenado una cantidad infinita de información.

La Mente era omnisciente, omnipotente y omnipresente. Los Constructores, gracias a su valiente desafío a los comienzos del tiempo, habían conseguido su ideal. Habían trascendido lo finito y colonizado el infinito.

Los átomos y las fuerzas se retiraron al fondo de mi atención inmediata y mis ojos se llenaron una vez más con la luz interminable y las estructuras estelares de aquel cosmos. El Observador que me acompañaba se había ido y yo flotaba solo, como una especie de punto de vista incorpóreo que giraba lentamente.

La luz de las estrellas me rodeaba, profunda y sin fin. Sentí la pequeñez de las cosas, de mí, de lo irrelevante de mis pequeñas preocupaciones. Comprendí que en un universo infinito y eterno no hay centro; no hay ni principio ni final. Cada suceso, cada punto, acaba siendo idéntico a cualquier otro debido al interminable escenario en el que está... En un universo infinito yo era infinitesimal.

Nunca he sido un entusiasta de la poesía, pero recordé unos versos de Shelley: de cómo la vida, al igual que una bóveda multicolor / mancha la luz blanca de la Eternidad... y seguía en ese tono. Bien, ya había acabado la vida para mí; la cubierta del cuerpo, la vanas ilusiones de la materia misma, todo me lo habían quitado y estaba inmerso, quizá para siempre, en la luz blanca de la que hablaba Shelley.

Durante un rato sentí una paz peculiar. Cuando presencié por primera vez el impacto de la Máquina del Tiempo en la historia había llegado a creer que mi invento era un dispositivo de la más absoluta maldad, por su destrucción y distorsión arbitraria de las historias: porque eliminaba millones de almas humanas por nacer, simplemente con el más leve movimiento de las palancas. Pero ahora, al fin, comprendí que la Máquina del Tiempo no había destruido historias: no, las había creado. Todas las historias posibles existen en la multiplicidad, unas al lado de otras en un catálogo eterno de lo-que-puede-ser. Cada historia posible, con su carga de mente, amor y esperanza, existe en algún lugar de la multiplicidad.

Pero lo que me emocionaba no era la realidad de la Multiplicidad sino lo que significaba para el destino de la humanidad.

El hombre -siempre me lo había parecido desde que leí a Darwin por primera vez- había estado atrapado en un conflicto: entre las aspiraciones de su alma, que eran de una arrogancia sin límite, y la base física de su naturaleza, que, al final, era lo que le sostenía. Creía haber visto, en los Eloi, cómo la mano muerta de la evolución -el legado de la bestia que llevamos dentro- destruía finalmente los sueños del hombre, y convertía su posesión de la Tierra en poco más que un breve y glorioso brillo del intelecto.

Ese conflicto, implícito en la forma humana, se había instalado, creo, como un conflicto en mi propia mente. Sí, Nebogipfel había tenido razón al decir que siento desprecio por el cuerpo; bien, ¡quizá mi comprensión de ese conflicto de millones de años era su causa! Había virado, en mis opiniones y argumentos, entre una desesperación triste, un desprecio de la cárcel bestial de nuestra mente, hasta un utopismo amable y algo tonto, el sueño de que algún día nuestras cabezas se despertarían, de un delirio en masa, y estableceríamos una sociedad fundada en los principios de la lógica, la justicia evidente y la ciencia.

Pero ahora, el descubrimiento -o construcción- y colonización de aquella historia final lo había cambiado tildo. Aquí, el hombre había superado finalmente sus orígenes y la degradación de la selección natural; aquí, no habría retorno al olvido de aquel mar primigenio y estúpido del que habíamos salido: en su lugar, el futuro se había hecho infinito, una escalada de historias sin final.

Sentí que había salido, finalmente, de la oscuridad de la desesperación evolutiva a la luz de la sabiduría infinita.

7

EMERGENCIA

¡Pero -si me han seguido hasta aquí puede que no les sorprenda leerlo- aquel estado de ánimo, una especie de aceptación tranquila, no persistió durante mucho tiempo!

Me dediqué a mirar a mi alrededor. Me esforzaba por escuchar, por ver cualquier detalle, la más pequeña mancha en la bóveda de luz que me rodeaba; pero durante un rato no hubo nada sino silencio infinito y un brillo intolerable.

Me había convertido en una mota incorpórea, presumiblemente inmortal, y me habían colocado en el mayor de los objetos artificiales: un universo cuyas fuerzas y partículas estaban dedicadas por completo a la Mente. Era magnífico, pero también terrible, inhumano y estremecedor, y cierto desaliento deprimente se apoderó de mí.

¿Había dejado de ser para pasar a algo que no era ni ser ni no ser? Bien, si así era -y esto es lo que había descubierto- todavía no tenía la paz eterna. Todavía tenía el alma de un hombre, con toda su carga de curiosidad y sed de acción que siempre han sido parte de la naturaleza humana. Soy demasiado occidental, ¡y pronto me harté de aquel intervalo de contemplación incorpórea!

Entonces, después de un intervalo sin medida, descubrí que el brillo del cielo no era absoluto. Había una especie de neblina en el límite de mi campo visual, un oscurecimiento sutil.

Creo que esperé durante épocas geológicas, y durante esa larga espera la neblina se hizo más evidente: era una especie de círculo alrededor de mi campo visual, como si mirase a través del agujero en una cueva. Y entonces, en medio de aquella apertura cavernosa y espectral, distinguí una nube irregular, una mancha frente al brillo general; vi una colección de barras y discos, todos indistintos, colocados como fantasmas sobre las estrellas. En una esquina había un cilindro de color verde puro.

Sentí una impaciencia apasionada. ¿Qué era aquella irrupción de sombras en el mediodía interminable de la Historia óptima?

La caverna que me rodeaba se hizo más clara; me pregunté si sería algún recuerdo emergente del Paleoceno. Y en lo que se refiere a la fantasmagórica colección de barras y discos, tuve la impresión de que había visto aquel conjunto antes: me eran tan familiares como mis propias manos, pero en aquel contexto transformado no podía reconocerlos...

Y luego me llegó el entendimiento. Las barras y otros componentes eran mi Máquina del Tiempo; las líneas que oscurecían aquella constelación eran las barras de cobre que constituían la estructura fundamental del dispositivo; y aquellos discos coronados de galaxias debían de ser los indicadores cronométricos. ¡Se trataba de mi máquina original, que yo había creído perdida, desmantelada, y finalmente destruida durante el ataque alemán sobre Londres en 1938!

El ensamblaje de la visión continuó deprisa. La barras de cobre brillaban, vi que había algo de polvo en las esferas de los indicadores cronométricos y que las agujas giraban. Reconocí el brillo verde de la plattnerita que impregnaba el cuarzo dopado que formaba la estructura inferior. Miré abajo y distinguí dos cilindros anchos, gordos y oscuros: ¡eran mis piernas, vestidas con el equipo de jungla!, y aquellos objetos pálidos, peludos y complejos debían de ser mis manos, que descansaban sobre las palancas de control de la máquina.

Y ahora, finalmente, comprendí el sentido de la «caverna» alrededor de mi campo visual. Era el borde de mis ojos, nariz y mejillas en mi campo visual: una vez más miraba desde la más oscura de las cavernas, mi propio cráneo.

Sentí como si me colocasen en mi cuerpo. Dedos y piernas se conectaron por sí solos a mi conciencia. Podía sentir la palancas, frías y firmes, en las manos, y sentí una punzada de sudor en la frente. Era un poco, supongo, como recuperarse de la inconsciencia del cloroformo; lenta y sutilmente volvía a ser yo. Y entonces sentí un balanceo y la sensación de vértigo del viaje en el tiempo.

Más allá de la Máquina del Tiempo sólo había oscuridad -no podía distinguir nada del mundo-, pero podía sentir, porque sus bandazos se reducían, que la máquina se detenía. Miré a mi alrededor -recibí la recompensa del peso de un cráneo cargado sobre el tallo del cuello; después de mi estado incorpóreo parecía como si girase una pieza de artillería-, pero sólo quedaban trazos de la Historia óptima: un cúmulo de galaxias allí, y allá un fragmento de luz estelar. En los últimos instantes, antes de que se cercenase definitivamente mi lazo intangible, vi de nuevo el rostro redondo y solemne del Observador, con sus enormes ojos pensativos.

Luego todo desapareció y fui nuevamente yo por completo; ¡y sentí una descarga de felicidad salvaje y primitiva!

La Máquina del Tiempo se detuvo. Se desplomó a un lado y yo fui lanzado de cabeza contra la oscuridad más absoluta.

Hubo un sonido de trueno en mis oídos. La lluvia dura y firme golpeaba con fuerza brutal sobre mi cabeza y la camisa. En un momento quedé empapado. ¡Vaya una bienvenida a la corporalidad!, pensé.

Me hallaba en un trozo de césped empapado frente a la máquina caída. Estaba muy oscuro. Me pareció que me encontraba en un pequeño jardín rodeado de arbustos con hojas que bailaban bajo la lluvia. Las gotas rebotadas flotaban en una pequeña nube sobre la máquina. Cerca de mí oí el murmullo del agua, y de la lluvia golpeando en la masa de líquido.

Me puse en pie y miré a mi alrededor. Había un edificio cerca, visible sólo como una silueta contra el cielo gris carbón. Noté un ligero brillo verde que provenía de la parte de abajo de la máquina volcada. Vi que venía de un frasco, un cilindro de vidrio de unas seis pulgadas de alto: era una botella de medicina graduada de ocho onzas normal y corriente. Evidentemente la habían colocado en la estructura de la máquina, pero ahora se había caído.

Recogí el frasco. El resplandor verde provenía de un polvo en su interior: era plattnerita.

Gritaron mi nombre.

Me volví sorprendido. La voz había sonado suave, casi enmascarada por el silbido de la lluvia sobre la hierba.

Había una figura a unos diez pies de mí: baja, casi infantil, pero con la cabeza y la espalda cubiertas de pelo largo y desmadejado que la lluvia mantenía completamente pegado a la carne pálida. Tenía los enormes ojos rojo grisáceo fijos en mí.

-¿Nebogipfel...?

Y entonces un circuito se cerró en mi cerebro desconcertado.

Me volví y examiné una vez más la silueta del edificio. Allí estaba el balcón de hierro, allá la cocina del comedor con una pequeña ventana entreabierta, y la forma del laboratorio...

Era mi hogar; la máquina me había depositado en el jardín inclinado de la parte de atrás, entre la casa y el Támesis. Había vuelto -¡después de todo!- a Richmond.

8

SE CIERRA UN CÍRCULO

Una vez más --como ya lo habíamos hecho, muchos ciclos de la historia antes- Nebogipfel y yo caminamos por Petersham Road hacia mi casa. La lluvia golpeaba el empedrado. La oscuridad era casi completa; de hecho, la única luz provenía del frasco de plattnerita,

que brillaba como una débil bombilla eléctrica arrojando sombras lóbregas sobre el rostro de Nebogipfel.

Rocé con los dedos el metal delicado y familiar de la verja que rodeaba la casa. Allí tenía algo que no creía volver a ver: la falsa fachada, los pilares del porche, los rectángulos oscuros de las ventanas.

-Vuelves a tener los dos ojos -le comenté a Nebogipfel en un susurro.

Miró su cuerpo renovado, extendiendo las palmas de forma que la carne pálida brilló bajo la luz de la plattnerita.

-No necesito prótesis -dijo-. Ya no. Ahora que he sido reconstruido... al igual que tú.

Puse las manos contra el pecho. La tela de la camisa era tosca, basta al tacto, y los huesos se notaban duros bajo la piel. Parecía muy sólido. Y todavía me sentía como yo, es decir, conservaba una continuidad de la conciencia, un único y brillante camino de recuerdos, que me llevaba desde aquel enredo de historias hasta los días simples de mi niñez. Pero yo no podía ser el mismo hombre, me habían desmontado y reconstruido en la Historia óptima. Me pregunté cuánto de aquel resplandeciente universo permanecía en mí.

-Nebogipfel, ¿recuerdas mucho de lo que pasó allí, cuando atravesamos el límite al comienzo del tiempo, el cielo brillante y lo demás?

-Todo. -Sus ojos estaban oscuros-. ¿Tú no?

-No estoy seguro -dije-. Todo parece un sueño, ahora, especialmente aquí, bajo la fría lluvia de Inglaterra.

-Pero la Historia óptima es la realidad -susurró-. Todo esto... -señaló con la mano el inocente Richmond- estas historias parciales subóptimas... esto es el sueño.

Levanté el frasco de plattnerita. Era un bote de medicina vulgar, con un tapón de goma; ni que decir tiene que no sabía de dónde había salido o cómo había acabado entre la estructura de la máquina.

-Bien, esto sí que es real -dije-. Realmente es una solución muy hermosa, ¿no? Como cerrar un círculo. -Avancé hacia la puerta-. Creo que es mejor que te quedes atrás, para que no te vea, antes de llamar.

Se echó hacia atrás, hacia las sombras del porche, y pronto fue invisible.

Tiré del llamador.

Dentro de la casa oí una puerta que se abría, un grito suave -«¡Ya voy! »- y luego pasos pesados e impacientes en la escalera. Una llave sonó en la cerradura, y la puerta se abrió con un crujido.

Una vela, sostenida sobre un candelabro de bronce, se lanzó contra mí a través de la puerta; el rostro de un hombre joven, ancho y redondo, salió fuera, con los ojos recién abiertos. Tenía veintitrés o veinticuatro años, y llevaba una bata vieja y deshilachada sobre un camisón arrugado; el cabello, de un marrón ratonil, le sobresalía a los lados de su cabeza ancha.

-¿Sí? -me soltó-. Son más de las tres de la mañana, ¿sabe...?

No sabía con seguridad lo que iba a decirle, pero ahora que el momento había llegado las palabras se me escaparon por completo. Una vez más sufrí el extraño e incómodo impacto del reconocimiento. No creo que un hombre de mi siglo se hubiese podido acostumbrar jamás a encontrarse consigo mismo, no importa cuántas veces lo hiciese, y ahora todo un conjunto de sentimientos venían a hacerlo aún más conmovedor. Porque aquél ya no era sólo una versión más joven de mí mismo: era también un antecesor directo de Moses. Era como enfrentarse cara a cara con un hermano más joven que había creído perdido.

Estudió de nuevo mi cara, ahora suspicaz.

-¿Qué demonios quiere? No hago tratos con vendedores ambulantes, incluso si ésta fuese una hora apropiada para ello.

-No -dije con amabilidad-. No, sé que no lo hace.

-Oh, lo sabe, ¿no? -Comenzó a cerrar la puerta, pero vio algo en mi cara, lo noté en su mirada, un lejano reconocimiento-. Creo que es mejor que me diga qué quiere.

Con torpeza, le mostré el frasco de medicina con la plattnerita.

-Esto es para usted.

Sus cejas se elevaron al ver el frasco de brillo verde.

-¿Qué es?

-Es... -¿Cómo podía explicárselo?-. Es una muestra. Para usted.

-¿Una muestra de qué?

-No lo sé -mentí-. Me gustaría que usted lo descubriese.

Parecía sentir curiosidad, pero todavía vacilaba; y entonces cierta tozudez le llenó el rostro.

-¿Descubrir qué?

Comencé a irritarme con esas preguntas tontas.

-Maldita sea, hombre... ¿no tiene usted iniciativa? Haga algunas pruebas...

-No estoy seguro de que me guste su tono -dijo envarado-. ¿Qué tipo de pruebas?

-¡Oh! -Me pasé la mano por el pelo mojado; semejante pomposidad no encajaba bien en un hombre tan joven-. Es un nuevo mineral, ¡eso ya lo puede ver!

Frunció el ceño, todavía más suspicaz.

Me incliné y dejé el frasco en los escalones.

-Lo dejaré aquí. Puede examinarlo cuando quiera, y sé que querrá hacerlo. No quiero malgastar su tiempo. -Me volví y comencé a recorrer el camino, mis pasos sonaban fuertes aun a pesar de la lluvia.

Cuando miré atrás vi que había recogido el frasco y su resplandor verde suavizó las sombras que producía la vela en su rostro. Gritó:

-Pero su nombre...

Sentí un impulso.

-Es Plattner-dije.

¿Plattner? ¿Le conozco?

-Plattner -repetí desesperado, y busqué una mentira más detallada en los oscuros recovecos de mi cerebro-. Gottfried Plattner...*

Fue como si lo dijese otra persona, pero tan pronto como las palabras salieron de mi boca supe que tenían algo de inevitables.

Ya estaba; ¡el círculo se había cerrado!

Siguió llamándome, pero caminé resuelto colina abajo.

Nebogipfel me esperaba en la parte de atrás de la casa, cerca de la Máquina del Tiempo.

-Ya está hecho -le dije.

Una primera muestra de la mañana se filtraba por el cielo cubierto y podía ver al Morlock como una silueta granulosa: tenía las manos unidas a la espalda y el pelo pegado contra el cuerpo. Los ojos eran enormes estanques rojos.

-No vas muy adecuadamente vestido -le dije amable-. En esta lluvia...

-Apenas importa.

-¿Qué harás ahora?

-¿Qué harás tú?

Como respuesta me incliné y levanté la Máquina del Tiempo. Giró chirriando como una vieja cama y se posó en el césped con un ruido seco.

Recorrí la estructura de la máquina con la mano; había musgo y trozos de hierba pegados a las barras de cuarzo y al asiento, y un carril estaba muy doblado.

-Puedes volver a casa, ¿sabes? -dijo-. A 1891. Está claro que los Observadores nos han traído de vuelta a tu historia original, la versión primera de las cosas. Sólo tienes que viajar hacia delante unos pocos años.

Consideré esa idea. En cierta forma hubiese sido cómodo regresar a esa época acogedora, y a mi conjunto de posesiones, compañeros y logros.

Y hubiese disfrutado otra vez de la compañía de algunos de mis viejos compinches, Filby y el resto. Pero...

-Tengo un amigo en 1891 -le dije a Nebogipfel (pensaba en el Escritor)-. Es sólo un joven. Un tipo extraño en cierta forma, muy intenso, y sin embargo tenía una forma de mirar las cosas...

»Parecía ver más allá de la superficie de todo, más allá del Aquí y Ahora que nos obsesiona a todos, y percibir los cambios, las tendencias, las corrientes profundas que nos conectan con el pasado y el futuro. Creo que sabía lo pequeña que es la humanidad frente al tiempo evolutivo; y creo que eso le hacía sentirse impaciente con el mundo en el que estaba atrapado, con los interminables y lentos procesos de la sociedad, incluso con su propia y enfermiza naturaleza humana.

»Era como un extraño en su propio tiempo -concluí-. Y, si yo volviese, así es como me sentiría. Fuera del tiempo. Porque, no importa cuán sólido parezca el mundo, siempre sabré que miles de universos, diferentes en un grado pequeño o grande, se apilan a mi alrededor, fuera de mi alcance.

»Supongo que me he convertido en un monstruo... Mis amigos tendrán que considerarme perdido en el tiempo y tendrán que llorarme como deseen.

Al hablar había tomado mi decisión.

-Todavía tengo una vocación. Todavía no he terminado lo que empecé cuando viajé en el tiempo después de mi primera visita. Aquí se ha cerrado un círculo, pero otro sigue abierto, colgando como un hueso roto, en el lejano futuro...

-Lo entiendo -dijo el Morlock.

Subí al asiento de la máquina.

-Pero ¿qué hay de ti, Nebogipfel? ¿Vendrás conmigo? Puedo imaginar un papel para ti allí, y no quiero dejarte varado aquí.

-Gracias, pero no. No me quedaré aquí mucho tiempo.

-¿Adónde irás?

Levantó el rostro. La lluvia se detenía, pero una fina niebla de gotas todavía cubría el cielo y caía contra las grandes córneas de sus ojos.

-Yo también veo el cierre de círculos -dijo-. Pero siento curiosidad por lo que hay más allá de los círculos...

-¿Qué quieres decir?

-Si hubieses vuelto aquí y hubieses disparado contra tu yo más joven, bien, no habría habido contradicción causal: en su lugar, habrías creado una nueva historia, una variante nueva en la multiplicidad, en la que mueres joven a manos de un extraño.

-Eso lo tengo claro ahora. No hay paradoja posible dentro de una única historia, debido a la existencia de la multiplicidad.

-Pero -continuó el Morlock con calma- los Observadores te han traído aquí para que te entregases la plattnerita a ti mismo, para que iniciases la secuencia de sucesos que llevó al desarrollo de la primera Máquina del Tiempo y a la creación de la multiplicidad. Por tanto hay un cierre mayor, el de la multiplicidad en sí misma.

Vi adónde iba.

-Hay un cierto bucle causal cerrado después de todo -dije-, una serpiente que se muerde su propia cola... ¡La multiplicidad no podría haberse producido sino fuese por la existencia de la multiplicidad en primer lugar!

Nebogipfel dijo que los Observadores creían que la resolución de esa Paradoja Final requería la existencia de más multiplicidades: ¡una multiplicidad de multiplicidades!

-El orden superior es lógicamente necesario para resolver el bucle causal -dijo Nebogipfel-, de la misma forma que nuestra multiplicidad era necesaria para resolver las paradojas de una única historia.

-Pero ¡maldita sea, Nebogipfel! Mi mente se tambalea ante esa idea. Colectividades paralelas de universos; ¿es posible?

-Más que posible -dijo-. Y los Observadores tienen la intención de viajar allí. -Agachó la cabeza. El amanecer ya era muy brillante y podía ver que la carne pálida alrededor de sus ojos se arrugaba incómoda-. Y me llevarán con ellos. No puedo concebir una aventura mayor... ¿Puedes tú?

Sentado en el asiento de la máquina di un último vistazo a mi alrededor, al amanecer normal en algún momento del siglo diecinueve. Las casas, llenas de personas durmiendo, destacaban a todo lo largo de Petersham Road; olía el aroma de la hierba, y en algún lugar una puerta se cerró de golpe, y algún lechero o cartero comenzaba su jornada.

Sabía que nunca volvería a recorrer ese camino.

-Nebogipfel, cuando lleguéis a esa multiplicidad mayor, ¿entonces qué?

-Hay muchos órdenes de infinito -dijo Nebogipfel con calma; la lluvia le caía por los contornos de la cara-. Es como una jerarquía de estructuras universales... y de ambiciones. -Su voz conservaba el borboteo suave de los Morlocks, una entonación extraña, pero también estaba llena de maravilla-. Los Constructores podían haber poseído un universo; pero eso no era suficiente. Por tanto desafiaron la finitud, y tocaron los límites del tiempo, los atravesaron y permitieron que la Mente colonizase y habitase los muchos universos de la multiplicidad. Pero, para los Observadores de la Historia óptima, ni siquiera eso es suficiente; y buscan formas de ir más allá, hacia mayores órdenes del infinito...

-¿Y si triunfan? ¿Descansarán?

-No hay descanso. No hay límite. No hay final para el más allá, ningún límite que la vida y la Mente no puedan desafiar y atravesar.

Mi mano se tensó sobre las palancas de la máquina, y toda la masa rechoncha tembló como una rama al viento.

-Nebogipfel, yo...

Levantó la mano.

-Vete -dijo.

Tragué aire, agarré la palanca de arranque con ambas manos, y partí con un ruido sordo.


LIBRO SIETE

Día 292.495.940


1

EL VALLE DEL TÁMESIS

Las manecillas de los indicadores cronométricos giraban como remolinos. El Sol se convirtió en una raya de fuego, luego se transformó en un arco brillante, con la Luna convertida en una banda giratoria y fluctuante. Los árboles recorrían las estaciones, casi demasiado rápido para percibirlo. El cielo adoptó un hermoso azul profundo, como un crepúsculo de verano, con las nubes felizmente invisibles.

La forma borrosa de mi casa pronto desapareció. El paisaje se hizo vago, y una vez más la arquitectura espléndida de la Era de las Grandes Edificaciones cubrió como una marea Richmond Hill. No vi ninguna de las peculiaridades que habían caracterizado la construcción de la historia de Nebogipfel: la eliminación de la rotación de la Tierra, la construcción de la Esfera alrededor del Sol, y otras. Observé que la capa de verde profundo fluía por la colina y permanecía allí sin ser interrumpida por el invierno; y supe que había alcanzado la feliz época futura en que el clima cálido había regresado a Gran Bretaña; era una vez más como el Paleoceno, pensé con algo de nostalgia.

Tuve los ojos abiertos en espera de los Observadores, pero no los vi. Los Observadores -aquellas mentes inmensas e inimaginables, producto de los grandes arrecifes del intelecto que habitan la Historia óptima- ya habían acabado conmigo, y tenía mi destino en mis propias manos. Sentí satisfacción por eso y -con el recuento de días superando ya los doscientos cincuenta mil- tiré cuidadosamente de la palanca de parada.

Di un último vistazo a la Luna mientras ésta recorría sus fases menguando hasta la oscuridad. Recordé que me había separado de Weena en la última excursión al Palacio de Porcelana Verde, justo antes de lo que los Elois llamaban las Noches Negras: la oscuridad durante la Luna nueva, cuando los Morlocks surgían e imponían su voluntad sobre los Elois. ¡Qué tonto había sido!, pensaba ahora, cuán impetuoso e irreflexivo -qué poco cuidadoso había sido con la pobre Weena- al haber emprendido esa expedición en un momento tan peligroso.

Bien, pensé, algo siniestro, ahora había regresado; y estaba decidido a enmendar los errores de mi pasado, o morir en el intento.

Con un bandazo, la máquina salió del tumulto gris, y la luz del sol me bañó, pesada, cálida y directa. Los indicadores cronométricos se detuvieron: era el día 292.495.940, el día exacto, en el año 802.701 d.C., en el que había perdido a Weena.

Me senté en la colina familiar. La luz del sol era brillante, y tuve que protegerme los ojos. Como había activado la máquina en el jardín trasero de la casa en lugar del laboratorio, me encontraba unas veinte yardas más abajo del pequeño campo de rododendros que cuando llegué allí por primera vez. A mi espalda, un poco más alto en la colina, vi la forma familiar de la Esfinge Blanca, con su inescrutable media sonrisa congelada para siempre. La base de bronce seguía cubierta de verdín, aunque aquí y allá podía ver las huellas de mis inútiles intentos de penetrar en la cámara interior, para recuperar la Máquina del Tiempo robada: había aplastado las incrustaciones, y la hierba estaba rota y cortada por donde los Morlocks habían arrastrado la máquina hacia el pedestal.

Comprendí con sorpresa que la máquina robada seguía todavía allí. Me era extraño pensar que otra máquina estaba en la oscuridad de la cámara a pocas yardas de mí, ¡mientras yo estaba sentado en una copia, perfecta en todos sus detalles, que brillaba sobre la hierba!

Quité y me guardé las palancas de control, y bajé. Por el ángulo del Sol, juzgué que debían de ser las tres de la tarde, y el aire era cálido y húmedo.

Para tener una mejor visión de todo, caminé hacia el sudeste durante una media milla, hacia la cumbre de lo que había sido Richmond Hill. En mis días la hilera de casas había estado allí, con esas caras fachadas y las amplias vistas del río y los campos al este; ahora, un grupo disperso de árboles había ocupado la cima de la colina -no había ni rastro del conjunto y supuse que incluso los cimientos de las casas debían de haber sido destruidos por la acción de las raíces de los árboles-, pero aun así, al igual que en 1891, el campo se extendía de forma muy atractiva hacia el sur y el este.

Allí había un banco, del metal amarillo que había visto antes; estaba corroído por un óxido rojo, y los brazos tenían forma de animales de algún mito olvidado. Una ortiga, con grandes hojas teñidas hermosamente de marrón, había trepado por el asiento, pero la aparté -no tenia espinas- y me senté, porque tenía calor y estaba sudando.

El Sol estaba bajo en el cielo, hacia el oeste, y su luz se reflejaba en la arquitectura dispersa y en las manchas de agua que moteaban el paisaje verde. El vaho del calor cubría toda la tierra. El tiempo y la paciente evolución geológica habían metamorfoseado el paisaje de mi época; pero podía reconocer varias características, aunque alteradas, y había todavía una belleza ensoñadora en el «incomparable valle del Támesis» del poeta. La banda plateada del río estaba algo alejada de mí; como ya he dicho antes, el Támesis había cortado un recodo de su curso y ahora fluía directamente de Hampton a Kew. Y había profundizado su valle; por eso Richmond estaba ahora en lo alto de un lado de un ancho valle, quizás a una milla del agua. Creí reconocer lo que había sido la isla Glover como una especie de montículo arbolado en el centro del antiguo lecho del río. Petersham Meadows conservaba la mayor parte de su aspecto moderno; pero ahora estaba muy por encima del nivel del río, e imaginaba que la zona debía de ser mucho menos pantanosa que en mis días.

Los grandes edificios de esta era moteaban el paisaje, con sus intrincados pretiles y altas columnas, elegantes y abandonadas; había agujas de huesos arquitectónicos a los lados cubiertos de verde de la colina. Quizás a una milla de mí vi aquel enorme edificio, una masa de granito y aluminio, al que había trepado en mi primer día. Aquí y allá enormes figuras, tan hermosas y enigmáticas como la Esfinge, levantaban la cabeza del verde general y por todas partes vi las cúpulas y chimeneas que eran la firma de los Morlocks. Las enormes flores de esos últimos días estaban por todas partes, con sus resplandecientes pétalos blancos y sus brillantes hojas. No por primera vez, aquel paisaje, con esas flores hermosas y extraordinarias, las pagodas y cúpulas acurrucadas por entre la vegetación, me recordaron a los Reales Jardines Botánicos de Kew de mi época; era un Kew que había cubierto Inglaterra, y se había desarrollado salvaje y sin cuidados.

En el horizonte había un gran edificio que no había notado antes. Casi se perdía en la niebla del noreste, en la dirección del moderno Windsor; pero estaba demasiado lejos y apagado por la distancia para distinguir detalles. Me prometí que algún día iría de exploración hasta Windsor porque seguro que, si algo de mi época había sobrevivido a la evolución y al abandono de los milenios, sería la reliquia de una torre normanda.

Me volví y vi que el paisaje se extendía en la dirección de Banstead, y distinguí un conjunto de bosquecillos y colinas, con el brillo del agua aquí y allá, que me eran familiares de mis primeras exploraciones. Y era en aquella dirección -quizás a una distancia de dieciocho o veinte millas- donde se encontraba el Palacio de Porcelana Verde. Mirando en aquella dirección creí distinguir la punta de los pináculos de la estructura; pero mis ojos no son lo que eran y no estaba seguro.

Había ido hasta el Palacio, con Weena, en busca de armas y otras provisiones con las que luchar contra los Morlocks. De hecho, ¡si recordaba bien, yo -mi primer yo- debía de estar recorriendo en ese preciso momento el interior de las pulidas paredes verdes!

A unas diez millas se interponía una barrera entre el Palacio y yo: un nudo de bosque negro. Incluso bajo la luz del día, formaba una mancha obscura y siniestra de al menos una milla de ancho. Llevando a Weena, seguro que había atravesado aquel bosque la primera vez, porque habíamos esperado la luz del día para recorrerlo; pero la segunda vez, en nuestro regreso del Palacio (¡esa misma noche!) dejaría que mi impaciencia y fatiga me obnubilasen. Decidido a volver a la Esfinge lo antes posible, y ponerme a trabajar para recuperar la máquina, me introduciría en el bosque en la obscuridad -y me dormiría- y los Morlocks nos atacarían y se llevarían a Weena.

Sabía que había tenido suerte de escapar con vida de esa estupidez; y en lo que se refería a la pobre Weena...

Pero ahora dejé a un lado esos pensamientos vergonzosos, porque estaba allí, me recordé a mí mismo, para enmendarlo.

Tenía tiempo de llegar al bosque antes del anochecer. Por supuesto, no tenía armas, pero mi propósito no era enfrentarme a los Morlocks -ya había abandonado ese impulso- sino simplemente rescatar a Weena. Y para eso, pensaba, no necesitaría armas más poderosas que mi intelecto y mis puños.

2

UNA CAMINATA

La Máquina del Tiempo parecía muy expuesta en la colina con el cobre y el níquel brillando y -aunque no tenía intención de emplearla de nuevo- decidí esconderla. Había un bosquecillo cerca, y arrastré la máquina hasta allí y la cubrí con ramas y hojas. Eso requirió algo de esfuerzo -la máquina era abultada-; me dejó sudoroso, y los carriles marcaron senderos profundos en el césped por donde la había arrastrado.

Descansé unos minutos, y entonces, decidido, emprendí el camino en dirección a Banstead.

Había recorrido apenas cien yardas cuando oí voces. Por un momento me sorprendí, pensando -a pesar de la luz del día- que podrían ser Morlocks. Pero las voces eran muy humanas y hablaban el idioma simple característico de los Elois. Un grupo de cinco o seis de aquellas pequeñas gentes salió de un bosquecillo por un camino que llevaba a la Esfinge. Me sorprendió de nuevo cuán pequeños y ligeros eran, no mayores que un niño de mi época, ya fuesen masculinos o femeninos, y vestidos con aquellas simples túnicas y unas sandalias púrpura.

Las similitudes con mi primera llegada a aquella época me resultaron evidentes; porque me había encontrado por casualidad con un grupo similar de Elois. Recordé que se me habían aproximado sin miedo -más bien con curiosidad- y se habían reído y hablado conmigo.

Sin embargo, ahora venían circunspectos; de hecho, creo que algo temerosos. Abrí las manos y sonreí, intentando dar a entender que no iba a hacerles daño; pero conocía muy bien la causa de su nueva disposición de ánimo: ya habían visto el errático y peligroso comportamiento de mi anterior yo, especialmente cuando estuve desquiciado después de perder la Máquina del Tiempo. ¡Los Elois tenían derecho a ser cuidadosos!

No los forcé y los Elois pasaron a mi lado, subiendo por la colina hacia los rododendros; tan pronto como me dejaron atrás retomaron su conversación.

Me encaminé por el campo hacia el bosque. Por todas partes veía los pozos que llevaban al mundo subterráneo de los Morlocks, y que emitían, si me acercaba lo suficiente para oírlo, el implacable ritmo de sus grandes máquinas. La frente y el pecho se me llenaron de sudor -porque el día era caluroso, a pesar de que el sol de la tarde se ocultaba- y sentí que la respiración se me hacía pesada.

Con mi inmersión en aquel mundo, parecía que también se despertaban mis emociones. Weena, a pesar de ser una criatura limitada, había mostrado afecto, la única criatura de todo ese mundo de 802.701 que lo había hecho; y su pérdida me había causado la tristeza más absoluta. Pero cuando relaté mis aventuras a mis compañeros, al lado del brillo familiar de la chimenea en 1891, la tristeza se había tornado en una pálida sombra de sí misma; Weena se había convertido en la memoria de un sueño, en algo irreal.

Bien, ahora estaba allí una vez más, recorriendo los campos familiares, y toda la tristeza primitiva regresó -como si nunca se hubiese ido e impulsaba mis pasos.

Mientras caminaba sentí mucha hambre. Me di cuenta de que no recordaba la última vez que había comido -debió de ser antes de que Nebogipfel y yo partiésemos de la Tierra Blanca-, aunque, especulaba, mejor sería decir que aquel cuerpo no había comido, si había sido reconstruido por los Observadores como daba a entender Nebogipfel. Bien, a pesar de las precisiones filosóficas, el hambre hacía resonar mis tripas y el calor empezaba a hacer mella en mí. Pasé cerca de un salón comedor -un gran edificio gris de piedra tallada -y me desvié de mi ruta.

Entré por un portal tallado, con su ornamentación muy maltratada por el tiempo y destrozada. En su interior encontré una única cámara grande cuyo suelo estaba formado por los bloques del metal duro y blanco que había visto antes, marcado por los suaves pies de innumerables generaciones de Elois. Planchas de piedra pulida formaban las mesas, y había montones de fruta; y alrededor de las mesas había pequeños grupos de Elois, con sus hermosas túnicas, comiendo y molestándose unos a otros como pájaros enjaulados.

Me quedé de pie con mi digno equipo de jungla. Aquella reliquia del Paleoceno estaba bastante fuera de lugar en medio de aquella belleza iluminada por el sol, ¡y consideré que los Observadores podrían haberme vestido de forma más elegante! Un grupo de Elois se acercó a mí y se apretujaron a mi alrededor. Sentí las pequeñas manos sobre mí, como tentáculos suaves, tirando de mi camisa. Las caras tenían las bocas pequeñas, las barbillas marcadas y las pequeñas orejas características de su raza, pero parecía que eran un conjunto distinto de aquellos que había encontrado cerca de la esfinge; aquellos pequeños seres no tenían una gran memoria y por tanto no tenían miedo de mí.

Había vuelto para rescatar a uno de ellos, no para cometer los actos bárbaros que habían desfigurado mi anterior visita; así que me rendí a su inspección con buen humor y manos abiertas.

Me dirigí a las mesas, seguido por una pequeña manada de Elois. Encontré un montón de fresas hipertrofiadas y me las metí en la boca; y no tardé mucho en encontrar varias muestras de la fruta blanca de cáscara triangular que había sido mi favorita en mi anterior viaje. Recogí un montón que consideré suficiente, encontré la esquina más oscura y me senté a comer, rodeado por una pared de Elois curiosos.

Sonreí a los Elois dándoles la bienvenida e intenté recordar los fragmentos de su sencilla lengua que había aprendido antes. Al hablar sus caras se acercaron a mí con los ojos dilatados en la oscuridad y los labios abiertos como los de los niños. Me relajé. Creo que era la facilidad del encuentro, la humanidad básica, lo que entonces penetró en mí: ¡recientemente había sufrido demasiadas experiencias extrañas e inhumanas! Los Elois no eran humanos, lo sabía -a su modo me eran tan extraños como los Morlocks-, pero eran una buena imitación.

Me pareció que sólo cerré los ojos.

Desperté sobresaltado. ¡Había oscurecido! Había menos Elois cerca de mí y sus ojos amables e incondicionales parecían brillar en las tinieblas.

Me levanté asustado. Las cáscaras de las frutas y las flores cayeron de mi cuerpo, donde habían sido colocadas por los juguetones Elois. Corrí por la cámara principal. Ahora estaba muy llena de Elois, y dormían en pequeños grupos sobre el suelo de metal. Salí por fin por la puerta a la luz del día...

¡O más bien a lo poco que quedaba dé la luz del día! Mirando frenético a mi alrededor, vi que apenas era visible una fracción de Sol -apenas una uña, apoyada en el horizonte occidental-, y al este vi un único planeta brillante, quizá Venus.

Grité y alcé los brazos al cielo. Después de toda mi determinación interna de que arreglaría las tonterías impetuosas del pasado, ¡me había dormido durante una tarde, del todo indolente!

Fui al sendero que había seguido y me dirigí al bosque. ¡Vaya con mi plan de llegar antes del anochecer! A medida que el ocaso se cerraba a mi alrededor, vi fantasmas blancuzcos y grises en el límite de mi visión. Me volví ante cada una de las apariciones, pero huían manteniéndose fuera de mi alcance.

Las formas eran, por supuesto, Morlocks -los brutales y astutos Morlocks de aquella historia- y me seguían con las silenciosas habilidades cazadoras que poseían. Mi decisión anterior de que no iba a necesitar un arma para aquella expedición me comenzó a parecer una tontería, y me dije que tan pronto como llegase al bosque buscaría una rama caída o algo similar que me pudiese servir como maza.

3

EN LAS TINIEBLAS

Tropecé varias veces en el terreno desigual, y me habría torcido el tobillo, creo, si no hubiese sido por las botas militares.

Para cuando llegué al bosque ya era completamente de noche.

Examiné la extensión malsana y húmeda de bosque oscuro. La futilidad de mi meta se me hizo evidente. Recordé que me había parecido que me rodeaba una gran cantidad de Morlocks: ¿cómo iba a encontrar al puñado malévolo que se había llevado a Weena?

Pensé en meterme en el bosque -recordaba, más o menos, el camino que había seguido la primera vez- y encontrarme con mi otro yo y Weena. Pero comprendí inmediatamente la estupidez de la idea. Para empezar, porque me había perdido durante mi enfrentamiento con los Morlocks y había acabado huyendo por el bosque más o menos al azar. Y además, no tenía protección: en la oscuridad del bosque sería muy vulnerable. Sin duda armaría una buena escabechina con algunos de ellos antes de que me redujesen, pero me acabarían reduciendo, sin duda; y de cualquier forma esa batalla no era mi objetivo.

Por eso, retrocedí un cuarto de milla hasta que llegué a un altozano que miraba al bosque.

La oscuridad me rodeaba y las estrellas emergieron en toda su gloria. Como ya había hecho una vez antes, me distraje buscando rastros de las viejas constelaciones, pero el gradual movimiento propio de las estrellas había distorsionado las imágenes familiares. Aun así, el planeta que había notado antes brillaba sobre mí, tan fiel como un verdadero amigo.

La última vez que había estudiado el cielo alterado, tenía a Weena a mi lado, envuelta en mi chaqueta para darse calor, y habíamos descansado de noche mientras nos dirigíamos al Palacio de Porcelana Verde.

Recordaba mis pensamientos de entonces: había reflexionado sobre la pequeñez de la vida terrenal, en comparación con la migración milenaria de las estrellas, y me había invadido, brevemente, un triste aislamiento al admirar la grandeza del tiempo por encima de las inquietudes terrenales.

Pero ahora, me parecía, ya había acabado con eso. Había tenido perspectivas más que suficientes de infinitos y eternidades; me sentía impaciente y tenso. Era, y siempre lo había sido, nada más que un hombre, y me había sumergido por completo de nuevo en las preocupaciones cotidianas de la humanidad. Ahora sólo mis proyectos personales llenaban mi mente.

Aparté la vista de las remotas estrellas insondables y la dirigí al bosque que tenía frente a mí. Y un suave resplandor rosa comenzó a extenderse por el horizonte sudoccidental. Me puse en pie y di unos pasos de baile, tal era mi júbilo. ¡Era la confirmación dé que después de todas mis aventuras había terminado en el día correcto, de entre todos los posibles días, en ese siglo remoto! Porque el resplandor era el fuego del bosque, un fuego que yo mismo había empezado con descuidada despreocupación.

Luché por recordar qué había pasado a continuación en aquella noche fatídica, la secuencia exacta...

El fuego que había encendido era una cosa nueva y maravillosa para Weena, y había querido jugar con las llamas rojas; me vi obligado a retenerla para que no se arrojase en la luz líquida. Luego la cogí -a pesar de sus esfuerzos- y nos internamos en el bosque con la luz del fuego señalando el camino.

Pronto dejamos atrás el resplandor de las llamas, y caminamos en la oscuridad interrumpida únicamente por pedazos de cielo azul entrevistos entre las ramas. No pasó mucho tiempo en aquella oleosa oscuridad antes de que oyese el sonido de pies pequeños, el suave arrullo de voces a nuestro alrededor; recuerdo un tirón en la chaqueta y luego en la manga.

Había dejado a Weena en el suelo para buscar las cerillas, y hubo una lucha a la altura de mis rodillas porque los Morlocks, como insectos persistentes, habían caído sobre su pobre cuerpo. Encendí una cerilla, cuando se iluminó su cabeza vi una fila de blancas caras de Morlock, iluminadas como por un flash, todas vueltas hacia mí con sus ojos rojo grisáceo, y entonces, en segundos, huyeron.

Había decidido encender otro fuego y esperar la mañana. Había encendido alcanfor y lo había colocado en el suelo. Había arrancado ramas secas de los árboles, y había encendido un fuego de madera verde...

Me puse de puntillas, e intenté mirar a lo más alto del bosque. Deben imaginarme en medio de aquella oscuridad, bajo un cielo sin Luna, y el fuego que se extendía en la parte más alejada del bosque como única iluminación.

Allá -¡lo tenía!- una línea de humo se enredaba en el aire, formando una silueta estrecha contra el brillo de fondo. Ése debía ser el sitio donde había decidido establecer el campamento. Estaba a cierta distancia -quizás a unas dos millas hacia el este, en lo más profundo del bosque-, y sin pensármelo más me metí en el bosque.

Durante un rato no oí nada más que el sonido de las ramitas al romperse bajo mis pies y el rugido remoto y somnoliento del incendio. La oscuridad sólo estaba truncada por el resplandor del incendio, y por fragmentos de cielo azul profundo sobre mi cabeza. Sólo podía ver las raíces y troncos que me rodeaban como siluetas y tropecé varias veces. Luego oí pasos a mis alrededor, tan suaves como la lluvia, y el extraño murmullo que es la voz de los Morlocks. Sentí un tirón en la manga, algo en el cinturón y dedos en el cuello.

Lancé los brazos a mi alrededor. Golpeé carne y hueso y mis asaltantes cayeron; pero sabía que el alivio sería temporal. Y, por supuesto, los pasos me envolvieron de nuevo a los pocos segundos y tuve que avanzar a través de una especie de lluvia de toques, de pezuñas frías y atrevidos y agudos pellizcos, de enormes ojos rojos que me rodeaban.

Era el regreso a mi peor pesadilla, ¡a la terrible oscuridad que había temido toda mi vida! Pero persistí y no me atacaron, al menos no abiertamente. Podía detectar que los Morlocks se movían cada vez con mayor rapidez a medida que el resplandor remoto incrementaba su brillo.

Y entonces, de pronto, olí algo en el aire: era débil, y casi se perdía en el humo...

Eran vapores de alcanfor.

Debía de estar a unas yardas del lugar donde los Morlocks nos habían atacado a mí y a Weena mientras dormíamos, ¡el lugar donde había luchado y había perdido a Weena!

Me encontré con un gran grupo de Morlocks, una acumulación apenas visible entre los árboles. Se arrastraban unos sobre otros como gusanos, deseosos de unirse a la pelea o la comilona, formando una masa que no recordaba haber visto antes. En medio vi que un hombre luchaba. Quedaba oculto por la masa de Morlocks, y le cogieron el cuello, pelos y brazos, y cayó a tierra. Pero entonces vi un brazo surgir de la confusión sosteniendo una barra de hierro -recordé que la había arrancado de una máquina en el Palacio de Porcelana Verde-, y la blandió vigorosamente contra los Morlocks. Se alejaron de él brevemente y pudo hacerse fuerte contra los árboles. El cabello le sobresalía alrededor de la cabeza ancha, y llevaba en los pies sólo calcetines rotos y manchados de sangre. Los Morlocks, frenéticos, se le echaron encima otra vez, y él agitó la barra de hierro y oí el sonido sordo de las caras de Morlock al romperse.

Durante un momento pensé en ayudarle; pero sabía que era innecesario. Sobreviviría para salir tambaleándose del bosque -solo y llorando a Weena- y recuperaría la Máquina del Tiempo de manos de los Morlocks. Permanecí en la sombra de los árboles, y estoy seguro de que no me vio...

Pero comprendí que Weena ya había desaparecido: ¡en ese momento del conflicto, ya la había perdido a manos de los Morlocks!

Me giré desesperado. Una vez más había perdido la concentración. ¿Había fallado ya? ¿La había perdido de nuevo?

Para entonces el temor de los Morlocks al incendio se había asentado del todo, y huían en una riada del resplandor, con las espaldas peludas y encorvadas manchadas de rojo. Entonces vi una hilera de Morlocks, cuatro, avanzando por entre los árboles lejos del fuego

Llevaban algo: algo inconsciente, pálido, fláccido, con rastros de blanco y oro...

Rugí y me lancé por entre el follaje. Las cuatro cabezas de los Morlocks giraron hasta que sus ojos rojos estuvieron fijos en mí; entonces levanté el puño y lo lancé contra ellos.

No fue una gran pelea. Los Morlocks dejaron su preciosa carga; se enfrentaron a mí pero les distraía el brillo creciente a sus espaldas. Un pequeño bruto cerró los dientes en mi muñeca, pero le golpeé en la cara, sintiendo el choque de huesos, y a los pocos segundos me soltó; y los cuatro huyeron.

Me incliné y recogí a Weena del suelo -la pobre criatura era tan ligera como una muñeca- y mi corazón casi se rompe al ver su estado. El vestido estaba roto y manchado, la cara y el pelo dorado estaban cubiertos por cenizas y humo, y pensé que había sufrido una quemadura en una mejilla. Noté también los alfilerazos de dientes de Morlock en la carne suave del cuello y en los antebrazos.

Estaba inconsciente y no sabía si respiraba; pensé que incluso podía estar muerta.

Con Weena en los brazos, corrí por el bosque.

En la oscuridad llena de humo no podía ver; había un incendio que ofrecía un resplandor rojo y amarillo, pero convertía el bosque en un lugar de sombras cambiantes que engañaban al ojo. Varias veces choqué con los árboles, o tropecé en algún relieve del terreno; y me temo que Weena sufrió varios golpes en el proceso.

Estábamos en medio de una corriente de Morlocks, que huían del fuego con tanto vigor como yo. Sus espaldas peludas brillaban rojas bajo las llamas, y sus ojos eran discos de claro sufrimiento. Corrían por el bosque, chocando con los árboles y golpeándose los unos a los otros con sus pequeños puños; o se arrastraban por el suelo, gimiendo, buscando alivio ilusorio del calor y la luz. Cuando chocaban conmigo, les golpeaba y les daba patadas para mantenerlos alejados; pero estaba claro que, al estar ciegos, no eran una gran amenaza para mí y después de un rato descubrí que era muy fácil mantenerlos lejos.

Ahora que me había acostumbrado a la dignidad tranquila de Nebogipfel, la naturaleza bestial de esos Morlocks primitivos, con sus mandíbulas caídas, el pelo sucio y revuelto y la postura inclinada -algunos incluso corrían arrastrando las manos por el suelo-, era muy desoladora.

De pronto llegamos al límite del bosque; salí de los últimos árboles y me encontré corriendo por un prado.

Tomé grandes bocanadas de aire y me volví para mirar el bosque en llamas. El humo subía, formando una columna que llegaba al cielo, oscureciendo las estrellas; y vi, en el corazón del bosque, enormes llamas -de cientos de pies de alto- que se erguían como edificios.

Los Morlocks seguían huyendo del resplandor, pero en menor número; los que salían del bosque estaban desaliñados y heridos.

Di la vuelta, y caminé a través de hierba larga y dura. Al principio sentía un calor intenso en la espalda; pero después de una milla se había reducido, y el resplandor carmesí del incendio se convirtió en un brillo más débil. Después de eso ya no vimos más Morlocks.

Atravesé una colina, y en el valle tras ella llegué a un lugar que había visitado antes. Había acacias, varios dormitorios y una estatua -incompleta y rota- que me había recordado a un fauno. Caminé hacia el interior del valle, y acunado en sus recodos encontré un riachuelo que recordaba. Su superficie, turbulenta y desigual, reflejaba la luz de las estrellas. Me senté en la orilla y dejé cuidadosamente a Weena en el suelo. El agua era fría y corría rápida. Me arranqué una tira de la camisa y la mojé en el agua; con ella limpié la pobre cara de Weena, y dejé caer algo de agua en su boca.

Así, con la cabeza de Weena acunada en mi regazo, me senté durante el resto de la Noche Negra.

Por la mañana lo vi salir del bosque quemado en un estado deplorable. Su rostro estaba pálido como el de un fantasma y tenía cortes sin curar en la cara, la chaqueta llena de polvo y sucia, una cojera peor que la de un vagabundo cansado y los pies sangrantes envueltos en hierbas. Sentí compasión -o quizá vergüenza- al verlo así: ¿era realmente yo?, me pregunté. ¿Me había mostrado de esa forma a mis amigos, a mi regreso después de mi primera aventura?

De nuevo sentí el impulso de ofrecerle ayuda; pero sabía que no la necesitaba. Mi otro yo dormiría su cansancio en el brillante día y después, al llegar la noche, volvería a la Esfinge Blanca para recuperar la Máquina del Tiempo.

Finalmente -después de una última lucha contra los Morlocks se iría, en un torbellino atenuado.

Me quedé con Weena en el río, y la cuidé mientras el sol trepaba por el cielo, y recé para que despertase.


Epílogo

Los primeros días fueron los peores, porque llegué aquí desprovisto de herramientas.

Al principio me vi obligado a vivir con los Elois. Compartía los frutos que les traían los Morlocks y las ruinas que utilizaban como dormitorios.

Cuando la luna se desvaneció y comenzó la nueva secuencia de Noches Negras, ¡me sorprendió la audacia con que los Morlocks salían de sus cavernas y asaltaban su ganado humano! Me atrincheré a la entrada de una de las casas de dormir, con trozos de hierro y piedras como armas, y de esa forma pude resistir; pero no pude mantenerlos a todos fuera -los Morlocks llegaban como sabandijas, en lugar de luchar en la forma organizada de los humanos-, y además sólo podía defender un dormitorio entre los cientos que salpicaban el Valle del Támesis.

Aquellas horas tenebrosas, de terror y desesperación sin parangón para los indefensos Elois, son más terribles que cualquier otro de mis recuerdos. Aun así, con la llegada del día, la oscuridad desaparecía de las pequeñas mentes de los Elois y se aprestaban a jugar y reír con entusiasmo como si los Morlocks no existiesen.

Me decidí a cambiar todo aquello: porque ésa -con el rescate de Weena- había sido mi intención al regresar aquí.

He explorado los alrededores más ampliamente. ¡Debía de haber sido un buen espectáculo el verme recorrer las colinas, con una barba salvaje y espectacular, la cabeza quemada por el sol, y mi cuerpo de mayor tamaño envuelto en ropas de Eloi! Por supuesto, no hay transportes y no hay bestias de carga para llevarme, y sólo los restos de las botas de 1944 me protegen los pies. Pero he llegado tan lejos como Hounslow y Staines al oeste, Barnet al norte y Epsom y Leatherhead al sur; y hacia el este, he seguido el nuevo curso del Támesis hasta Woolwich.

En todas partes he encontrado la misma imagen: el paisaje verde con las ruinas dispersas, los salones y casas de los Elois, y por todas partes el ominoso moteado de los pozos de los Morlocks. Puede que en Francia o Escocia la imagen sea muy diferente, pero no lo creo. Todo este país, y más allá, está infestado de Morlocks y sus laberintos subterráneos.

Por eso he tenido que desechar mi primer plan, que era partir con los Elois lejos del alcance de los Morlocks: ahora sé que los Elois no pueden escapar de los Morlocks, y viceversa, ya que la dependencia de los Morlocks respecto de los Elois, aunque menos repelente para mí, es igualmente degradante para el espíritu de los subhombres nocturnos.

He comenzado, lentamente, a buscar otras formas de vivir.

Me decidí a residir permanentemente en el Palacio de Porcelana Verde. Ése había sido uno de mis planes en mi visita anterior porque, aunque no había visto rastros de actividades Morlock en él, el antiguo museo con sus grandes salas y su construcción robusta me parecía una fortaleza tan buena como la mejor que hubiera podido encontrar para defenderme de la astucia y destreza escaladora de los Morlocks. Tenía esperanzas de que muchos de los artefactos y reliquias conservados allí pudieran serme útiles en el futuro. ¡Y además, algo de este abandonado monumento al intelecto, con sus fósiles abandonados y bibliotecas desmenuzadas, ha capturado mi imaginación! Era como un gigantesco barco del pasado, la quilla rota contra los arrecifes del tiempo; y yo era un náufrago de origen similar, un Crusoe de la antigüedad.

Repetí y amplié mi exploración de las salas y cámaras cavernosas del Palacio. Me establecí, como base, en el Sala de Mineralogía que había encontrado en mi primera visita, con las muestras bien conservadas pero inútiles de más minerales de los que podía nombrar. Esta cámara es algo más pequeña que algunas de las otras y por tanto algo más segura. Cuando barrí el polvo y encendí un fuego me pareció casi como mi hogar. Desde entonces, apuntalando las cerraduras rotas de las puertas y arreglando las grietas de las paredes, he extendido mi fortaleza a salas adyacentes. Mientras exploraba la galería de paleontología, con esos enormes e inútiles huesos de brontosaurios, me encontré con una colección de huesos tirados y dispersos por el suelo, evidentemente por los juguetones Elois, que al principio no pude reconocer; pero cuando reuní más o menos los esqueletos, creí que pertenecían a un caballo, un perro, un buey y, creo; un zorro, últimas reliquias de animales comunes de mi propia Inglaterra desaparecida. Pero los huesos estaban demasiado dispersos y rotos y mis conocimientos anatómicos son demasiado imprecisos para estar seguro de haberlos identificado bien.

También regresé a la galería inclinada y pobremente iluminada que contiene los grandes cadáveres de enormes máquinas, porque me ha servido de mina para herramientas improvisadas de todo tipo, y no sólo armas, como fue mi primer uso de ellas. Empleé algo de tiempo en una máquina que tiene el aspecto de una dinamo eléctrica, porque su estado no era demasiado ruinoso, y atesoraba fantasías de ponerla en marcha y encender algunos de los globos rotos que cuelgan del techo de la cámara. ¡Calculaba que el brillo de la luz eléctrica y el ruido de la dinamo harían, al menos, que los Morlocks saliesen huyendo!, pero no tenía combustible ni lubricante y, además, las piezas pequeñas estaban corroídas; por lo tanto he abandonado el proyecto.

En el curso de mi exploración del palacio llegué hasta una exposición que me atrajo. Estaba cerca de la galería con el pequeño modelo de una mina que había visto antes y parecía ser el modelo de una ciudad. El diorama era muy detallado y era tan grande que llenaba casi toda la cámara, y todo el conjunto estaba protegido por una especie de pirámide de vidrio, de la que tuve que retirar siglos de polvo para poder ver. La ciudad se había construido claramente en el futuro lejano, pero incluso el modelo eran tan antiguo aquí, en esta época crepuscular, que los brillantes colores se habían apagado por efecto de la luz filtrada por el polvo. Imaginaba que la ciudad debía de ser la descendiente de Londres, porque creí descubrir la morfología característica del Támesis representada por una banda de vidrio que serpenteaba por el corazón del diorama. Pero era un Londres muy transformado de la ciudad de mi época. Estaba dominado por siete u ocho enormes palacios de cristal -si piensan en el Palacio de Cristal enormemente expandido y retorcido varias veces, tendrán algo parecido- y aquellos palacios habían estado unidos por una especie de piel de cristal que cubría toda la ciudad. No tenía el aspecto sombrío de la Bóveda de Londres en 1938, porque aquel techo inmenso me parecía que servía para atrapar y amplificar la luz del sol, y había hileras de luces eléctricas distribuidas por la ciudad, aunque ninguna de aquellas diminutas bombillas funcionaba en el modelo. Había un bosque de inmensos molinos sobre el techo -aunque las aspas ya no giraban-- y aparecían aquí y allá grandes plataformas sobre las que flotaban versiones de juguete de máquinas voladoras. Aquellas máquinas tenían un aspecto parecido a grandes libélulas, con grandes velas flotando sobre ellas, y góndolas con hileras de gentecillas sentadas bajo ellas.

Sí, ¡gente!, mujeres y hombres, no muy distintos a mí. Porque esa ciudad evidentemente provenía de una época no tan imposiblemente lejana de la mía, por lo que la mano roma de la evolución no había alterado a la humanidad.

Grandes carreteras cubrían el paisaje, uniendo ese Londres del futuro con otras ciudades del país, o eso suponía. Aquellas carreteras estaban cubiertas de vastos mecanismos: monociclos que transportaban cada uno una veintena de personas, enormes carros de transporte que parecían no llevar conductores y debían de estar dirigidos mecánicamente, etc. No había detalles para representar el campo entre las carreteras, sólo una superficie uniformemente gris.

Todo el diseño era tan inmenso -era como un enorme edificio que imagino que podía haber alojado a veinte o treinta millones de personas, en comparación con los meros cuatro millones del Londres de mi época. La mayor parte del modelo no tenía ni paredes ni techos, y podía ver pequeñas figuras que representaban a la población, ocupando docenas de niveles de la ciudad. En los niveles superiores aquellos habitantes estaban vestidos con una variedad de diseños llamativos, con capas escarlata, sombreros tan espectaculares y poco prácticos como crestas de gallos y otros por el estilo. Aquellos niveles superiores parecían lugares de gran confort y lujo, siendo una especie de mosaico de muchos pisos de tiendas, parques, bibliotecas, casas suntuosas y demás.

Pero en la base de la ciudad -en los pisos bajos y sótanos, para entendernos- las cosas eran muy diferentes. Allí se asentaban grandes máquinas, y conductos, tuberías y cables de diez o veinte pies de diámetro (a escala completa) corrían por los techos. Había muñecos, pero estaban vestidos uniformemente con una especie de ropas azules, y sus dependencias personales parecían estar limitadas a salones comunales para dormir y comer. Me parecía que aquellos trabajadores de los pisos bajos apenas debían de recibir, en el orden general de las cosas, la luz que bañaba las vidas de las gentes superiores.

El modelo era antiguo y estaba lejos de ser perfecto, en una esquina la pirámide se había roto, y el modelo había quedado destruido hasta ser irreconocible, y en otro lado las figuritas y las máquinas habían caído o se habían roto por culpa de las pequeñas perturbaciones a lo largo del tiempo. En un sitio, las figuras vestidas de azul habían sido colocadas en pequeños círculos y figuras, seguramente por los dedos juguetones de los Elois, pero aun así la ciudad de juguete ha sido una fuente de continua fascinación para mí, porque sus gentes y aparatos están lo suficientemente cerca de los míos para que me intriguen, y he pasado largas horas descubriendo nuevos detalles sobre su construcción.

Me parece que esa visión del futuro podría representar una especie de estado intermedio en el desarrollo del terrible orden de las cosas en que me encontraba. Allí tenía un punto en el tiempo en donde la separación de la humanidad en superior e inferior era en gran parte un constructo social, y todavía no había comenzado a influir en la evolución de la especie en sí misma. La ciudad era una estructura magnífica y hermosa, ¡pero -si había llevado al mundo de Elois y Morlocks- era un monumento a la más colosal estupidez por parte de la humanidad!

El Palacio de Porcelana Verde está situado en una colina alta cubierta de hierba, pero hay prados cercanos bien irrigados. Desmantelé la Máquina del Tiempo, y recorrí el palacio en busca de materiales, y así inventé azadas y rastrillos simples. Abrí la tierra en los prados cercanos al palacio, y planté semillas de las frutas Morlock.

Persuadí a los Elois para que se uniesen a mí en esa empresa. Al principio eran voluntariosos -pensaban que era un nuevo juego pero perdieron el entusiasmo cuando los mantuve realizando tareas repetitivas durante largas horas; y tuve algunos escrúpulos cuando vi sus túnicas manchadas de tierra y aquellas hermosas caras ovales llenas de lágrimas de frustración. Pero me mantuve firme, y cuando las cosas se hacían demasiado monótonas los alegraba con juegos y bailes, y torpes interpretaciones de The Land of the Leal, y lo que recordaba de la música «swing» de 1944 -que les gustaba mucho-, y poco a poco volvieron.

Los ciclos de cosecha no pueden predecirse en esta época que carece de estaciones y no tuve que esperar más que unos pocos meses antes de que las primeras cañas y plantas diesen frutos. Cuando se los mostré a los Elois, mi placer sólo provocaba incertidumbre en las pequeñas caras, porque los frutos de mis primeros pobres esfuerzos no podían competir en sabor y riqueza con los que les proporcionaban los Morlocks, pero yo podía ver la importancia de aquellos alimentos más allá de su tamaño y sabor: porque con esa primera cosecha había comenzado a separar a los Elois de los Morlocks.

He encontrado a suficientes Elois con las aptitudes adecuadas para establecer cierto número de granjas pequeñas, arriba y abajo por el valle del Támesis. Por lo tanto, ahora, por primera vez en incontables milenios, hay grupos de Elois que pueden subsistir independientemente de los Morlocks.

En ocasiones me desespero y siento que no estoy enseñando sino modificando el instinto de animales inteligentes; pero al menos es un comienzo. Y trabajo con los Elois más receptivos para extender su vocabulario, para enriquecer su curiosidad; ¡pretendo despertar las mentes!

Pero sé que provocar y excitar a los Elois de esa forma no es suficiente; porque los Elois no están solos en esta tierra tardía. Y si continúan mis reformas entre los Elois, el equilibrio, aunque malsano, entre Elois y Morlocks se perderá. Y los Morlocks reaccionarán inevitablemente.

Me parece que una nueva guerra entre esas especies posthumanas sería desastrosa, porque no puedo imaginar cómo podrían sobrevivir mis precarias iniciativas agrícolas al asalto diligente de los Morlocks. ¡Y debo expulsar de mi mente cualquier noción anticuada de lealtad a un bando o a otro! Como hombre de mi tiempo, mis simpatías se encuentran naturalmente con los Elois, porque ellos parecen humanos, y mi actividad con ellos ha sido placentera y productiva. De hecho, tengo que esforzarme para recordar que esas pequeñas gentes no son humanos; ¡creo que si viese ahora a un hombre de mi siglo, me sorprendería su altura, masa y torpeza!.

Pero ni los Elois ni los Morlocks son humanos -ambos son posthumanos-, a pesar de mis viejos prejuicios. Debo encontrar una forma de negociar con la raza subterránea, para trabajar con ellos como lo he hecho con los Elois. Sé que los Morlocks tienen cierta inteligencia: he visto sus grandes máquinas subterráneas, y recuerdo que, cuando la habían capturado, limpiaron y engrasaron la Máquina del Tiempo. Podría ser que, bajo su asquerosa superficie, los Morlocks tengan un instinto que esté más cerca de las actividades ingenieriles de mi propia época que los pasivos y bovinos Elois.

Sé bien -¡Nebogipfel me lo demostró!- que gran parte de mi terror a los Morlocks es instintivo y proviene de un complejo de experiencias, pesadillas y temores en el interior de mi propia alma, irrelevante en este lugar. He tenido ese temor a la oscuridad y a los lugares subterráneos desde que era un niño; está ese temor del cuerpo y su corrupción que Nebogipfel diagnosticó -un temor que puede que comparta, creo, con muchos en mi época- y además soy lo bastante honesto para reconocer que soy un hombre de mi clase social, y que por tanto he tenido poca relación con los trabajadores de mi época, y que en mi ignorancia he desarrollado, me temo, cierta desatención y miedo. ¡Y todos esos fragmentos de pesadilla se amplifican, cientos de veces, en mis reacciones hacia los Morlocks! Pero esa tosquedad del alma no es digna de mí, de mi gente, o de la memoria de Nebogipfel. Estoy decidido a dejar a un lado esas tinieblas interiores, y pensar en esos Morlocks no como monstruos, sino como Nebogipfels en potencia.

Éste es un mundo rico y no hay necesidad de que los restos de la humanidad se alimenten los unos de los otros de esa forma tan terrible que han desarrollado. La luz de la inteligencia se ha reducido, en esta historia, pero no se ha extinguido. Los Elois conservan fragmentos del lenguaje humano, y los Morlocks sus evidentes conocimientos mecánicos.

Sueño con que, antes de morir, encenderé un nuevo fuego de la razón sobre esas brasas.

¡Sí! Es un sueño noble y un adecuado legado para mí.

Encontré estos trozos de papel explorando una cripta bajo el Palacio de Porcelana Verde. Estas páginas han sido preservadas al haber sido almacenadas en un empaquetamiento cerrado sin aire. No me ha sido difícil improvisar un plumín con trozos de metal, y tinta a partir de tintes vegetales; y para escribir, he vuelto a mi asiento favorito de metal amarillo situado en la cumbre de Richmond Hill, a menos de media milla de mi antiguo hogar. Mientras escribo, tengo el valle del Támesis para hacerme compañía: esa tierra hermosa cuya evolución he contemplado a lo largo de las edades geológicas.

El viaje en el tiempo ha terminado para mí.. Hace tiempo que lo he aceptado. Como ya he dicho, he desmantelado la máquina, y las piezas me han servido como arados y otros dispositivos, más útiles que una Máquina del Tiempo (he conservado las dos palancas blancas, están a mi lado, sobre el asiento, mientras escribo). Sin embargo, aunque he quedado satisfecho con mis proyectos, mi falta de oportunidades para transmitir a mis contemporáneos mis descubrimientos y observaciones y cualquier relato de mis aventuras, me ha irritado. ¡Quizá se trate sólo de vanidad! Pero ahora estas páginas me han dado una oportunidad de arreglarlo.

Para preservar estas frágiles páginas de la destrucción, las sellaré de nuevo en su empaquetamiento original, y luego las colocaré en un contenedor que he construido con el cuarzo dopado de plattnerita de la Máquina del Tiempo. Luego enterraré el contenedor lo más profundo que pueda.

No tengo forma segura de transmitir mi relato al pasado o al futuro -y menos aún a otra historia- y puede que estas palabras se pudran bajo tierra. Pero me parece que el recubrimiento de plattnerita le dará al paquete la mejor oportunidad de ser detectado por cualquier viajero de la multiplicidad; y puede que por alguna azarosa corriente del río del tiempo, mis palabras puedan encontrar el camino de vuelta a mi propio siglo.

De cualquier forma, ¡es lo mejor que puedo hacer!, y ahora que me he decidido por ese curso de acción experimento cierta satisfacción.

Completaré y sellaré mi relato antes de partir para el mundo inferior, porque reconozco que mi expedición al mundo de los Morlocks no carece de peligros, un viaje del que puede que no regrese. Pero es una tarea que no puedo retrasar más; ya he pasado de los cincuenta años, ¡y pronto puede que ni siquiera pueda descender por los pozos!

Me comprometo aquí a añadir, a mi regreso, un apéndice a esta monografía: un resumen de mis aventuras subterráneas.

Es tarde. Estoy listo para el descenso.

¿Cómo dice el poeta? «Si las puertas de la percepción estuviesen limpias, todo aparecería al hombre como es, infinito», o algo parecido. Me perdonarán si cito mal porque aquí no tengo libros de consulta... He visto el infinito y lo eterno. Nunca he perdido la visión de aquellos universos vecinos yaciendo unos junto a otros en ese paisaje iluminado por el sol, más juntos que las hojas de un libro; y tampoco he olvidado el brillo estelar de la Historia óptima, que creo que habitará siempre en mi alma.

Pero ninguna de esas grandes visiones representa para mí ni la mitad de aquellos momentos fugaces de ternura que han iluminado la oscuridad de mi vida solitaria. He disfrutado de la lealtad y paciencia de Nebogipfel, la amistad de Moses y el calor humano de Hilary Bond; y ninguno de mis logros o aventuras -ni la visión del tiempo, ni el paisaje estelar infinito- perdurará en mi corazón tanto tiempo como el momento, en aquella primera brillante mañana después de mi regreso aquí, cuando me senté al lado del río y lavé el rostro de diamante de Weena, y su pecho se elevó al fin y tosió, y sus hermosos ojos se abrieron por primera vez y vi que estaba viva; y al reconocerme sus labios se separaron en una sonrisa de alegría.

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