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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 30 de junio de 2010

EL SONDEADOR DE TUMBAS -- James Blish

EL SONDEADOR DE TUMBAS

James Blish

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El lejano fulgor de la explosión atómica se había ya desvanecido del cielo cuando el coche de McDonough chirrió al salir de la oscura ciudad de Port Jervis y embocar la dirección norte. Marchaba a ochenta kilómetros por hora en la carretera Nacional 209, sin otras luces que las de situación y si un ciervo hubiera irrumpido en la calzada por delante de él. no habría podido verlo hasta después del impacto. Resultaba bastante difícil poder ver la cinta asfaltada de la carretera.

Pero pensaba y no por primera vez, en el viejo chiste del hombre que hacía sonar las ruedas de los trenes.

Lo había estado haciendo, según la historia, durante treinta años. Cada día de trabajo iba arriba y abajo a ambos lados de las locomotoras detenidas en los muelles y golpeaba las ruedas con un martillo; primero las ruedas motrices y luego las demás. Cada vez inclinaba la cabeza, como para escuchar algo especial en el sonido. El día de su retirada, se hallaba dando una magnífica comida a sus amigos —como correspondía a un miembro tan antiguo como él en el Montepío Ferroviario—, cuando alguien le preguntó qué es lo que había estado sondeando con aquellos martillazos durante tantos años.

El hombrecillo de nuestra historia, inclinó la cabeza como si escuchara algo, pero con toda evidencia nada pudo captar.

—Pues no lo sé —dijo con sinceridad.

«Así soy yo», pensó McDonough. «Sondeo y ausculto tumbas, no trenes. ¿Pero qué es lo que escucho?»

El cuenta-kilómetros le dijo que estaba cerca del desvío que conducía al aeropuerto y encendió las luces antideslumbrantes. Allí estaba. Al principio nada digno de verse cuando los faros barrieron toda la extensión de la polvorienta calzada, nada excepto un muro de oscuridad tan profundo como la noche, que vagamente rebordeaba al Este por las bajas y mansas colinas del valle de Neversink. Luego otro par de luces brilló tras él, en la carretera principal, traqueteando detrás del coche de McDonough, entre las nubes de polvo alzadas por su vehículo.

Hizo girar el coche para detenerlo junto a la cerca del aeropuerto y apagó las luces; el otro automóvil le imitó. En la renovada negrura fueron barridas las débiles trazas del alba sobre las colinas> como si todo el universo hubiese retrocedido una hora. Luego el amarillento ojo de una linterna asomó por la ventanilla del otro coche y se posó con fijeza en su cara. Abrió la portezuela.

—¿Martinson? —preguntó tentativamente.

—Aquí mismo —dijo la otra voz. El rayo de la linterna trazó un óvalo en el suelo—. ¿Te acompaña alguien?

—No. ¿Y a ti?

—No. Adelante y saca tu equipo. Yo abriré la cámara.

El óvalo de luz recorrió la zona de aparcamiento y se detuvo intranquilo en el candado que cerraba la trampilla del cobertizo de operaciones. McDonough encendió la luz interior de su coche, sólo lo suficiente para localizar el bulto envuelto en lona que contenía los componentes de su electroencefalógrafo. Una vez lo tuvo en sus manos lo dejó con cuidado sobre el suelo.

Acababa de cerrar la portezuela de golpe y de recoger de nuevo la carga, cuando retazos de luz comenzaron a cobrar vida dentro de la pequeña choza o cobertizo, atravesando las persianas bajas. Al mismo tiempo, cuatro coches vinieron hada el campo desde lugar opuesto, cada uno con sus luces de aparcamiento encendidas y enfilándose a cada lado de la pista de aterrizaje. No tardaría en amanecer, pero si los aviones estaban preparados para despegar antes del alba, los coches podrían iluminar la pista de despegue con sus faros delanteros.

«Somos rápidos», pensó McDonough, con orgullo. Aún cuando las Fuerzas Aéreas piensen que la Patrulla Civil Aérea es sólo un grupo de aficionados, podemos realizar una misión en el aire muy por delante de cualquier otro escuadrón de la P. C. A. de este país. «Somos muy rápidos».

Estaba recobrando ya su misión nocturna y con una rápida mirada descubrió que la manga de aire se agitaba recta por encima del negro y silencioso hangar, destacándose en el alba perlada. Las estrellas palidecían sin casi parpadear, El viento era de componente norte, procedente del valle; era ideal para el vuelo.

Pequeñas figuras cojeando corrían a través del campo desde los coches aparcados, hacia la cabaña. El escuadrón se estaba reuniendo.

—¡Mac! —gritó Martinson. desde dentro del cobertizo—. ¿Dónde estás? ¡Mete tus trastos aquí y empecemos!

McDonough cruzó la puerta y colocó sobre la mesa-mapa los componentes de su aparato para electroencefalogramas. La luz se derramaba por la pequeña habitación desde la diminuta oficina, con una timidez que parecía propia de quien se ha visto derrotada por la larga oscuridad. En la sala de reuniones la radio parpadeaba con un ojillo diminuto y rojo, pero el oficial encargado de las comunicaciones del pelotón todavía no había llegado a responder. En el despacho, la voz de Martinson sonó suave y apremiante y el teléfono le devolvió ruidos minúsculos e ininteligibles, como procedentes de un periquito que sólo supiese gritar sus parloteos indescifrables.

Luego, de pronto, apareció un ayudante en la puerta de la oficina y miró a McDonough.

—¿A qué estáis esperando? —dijo—. Mete en el Cub, de prisa, tu lector de mentes.

—¿Qué tiene de malo el Aeronca? Es más rápido.

—Agua en la gasolina; se ha helado. Tendremos que vaciar el tanque. No es tiempo apropiado para discutir —Martinson empujó, para abrir, la chirriante puerta que daba al hangar, su mano tanteó en busca del conmutador de la luz.

McDonough le siguió, sujetando con ambas manos la correa que servía para portar sus aparatos, con los codos juntos. Nada es tan condenadamente pesado como un aparato electrónico que tiene en el chasis montado un transformador, así que si esto se cuadruplicaba, puesto que son cuatro los chasis y los transformadores, la carga resulta más que pesada.

El ayudante estaba ya conduciendo la vagoneta eléctrica de servicio hacia la pista de cemento en dirección al Piper Cub.

—Instala tu aparato —dijo—. Yo lo llenaré de combustible y revisaré el aceite.

—Está bien. No creo que necesite mucha gasolina.

—¿Es que no vas a dejar de hablar? Vámonos.

McDonough bajó su carga hasta el frío suelo junto a la cabina del avión, con un breve chispazo de indignación. En la vida diaria, Martinson era impresor y no hacía otra cosa más que obedecer, no daba órdenes a nadie, ni siquiera a su esposa. Bueno, esos eran de ordinario los muchachos que dejaban que los galones se les subieran a la cabeza, aún en un grupo voluntario. Se puso a trabajar.

Llegaron voces del cobertizo y luego Andy Persons, el oficial comandante, vino saltando por el alféizar, seguido por dos cadetes de ojos soñolientos.

—¿Qué pasa? —gritó—, ¿Eres tú, Martinson?

—Soy yo. Uno de vosotros, cadetes, traedme ese bidón. Andy. abre las puertas, ¿eh? Hay un bombardero ruso al norte de nosotros, en algún lugar cerca de Howells. Parte de una expedición cuyo objetivo era Shenectady.

—¿Lo derribaron?

—No, tiraron demasiado alto, por encima..., alcanzaron, sin embargo, a un Kingston. En el campo Stewart les dieron, mientras volvían para reagruparse, derribando a ese aparato en su primera pasada. Se supone que nosotros...

El resto de la respuesta del ayudante se perdió a causa de un creciente y atronador rugido, como si todos estuviesen de pie bajo un enorme puente de hierro por el que cruzasen a la vez los trenes del mundo. Las boquillas de diecinueve metros de los reactores soplaban en la noche por encima del campo, otro escuadrón venido del campo Stewart para vengar la agonía de hidrógeno nuclear que quedó de lo que fue Kingston.

Con la cabeza aún dentro de la cabina del avión, McDonough escuchó como traspuesto. Al igual que la mayoría de los oficiales de la P. C. A. no era demasiado viejo para ser un piloto de reactores, tenía lentos los reflejos, su vista no sobrepasaba el mínimo, los músculos del vientre eran demasiado suaves para soportar las vueltas a cinco veces la gravedad; por esto, de vez en cuando pensaba en lo que sería tripular uno de esos cohetes voladores, cruzando el firmamento a casi cuatro mil kilómetros por hora dejando una estela de vapores de querosén o verse seguido a lo largo del campo a toda velocidad por la doble ola del frente supersónico, en donde estallaba el estampido que se produce al cruzar la barrera del sonido. Era una doble acción casi tan bonita como el pilotar aquella catarata unipersonal de energía que constituía un avión cohete de combate.

El ruido creció hasta que parecía seguro que los invisibles reactores fueran a estrellarse directamente a través del hangar, disminuyendo luego de manera natural.

—¿Las órdenes de siempre? —gritó Persons, por debajo del rugido decreciente—, Encontrar el avión, sondear a los supervivientes, recoger los cerebros de los cadáveres? ¿Qué otra cosa más? ¿Va a venir otro?

—Nadie —contestó Martinson, bajando por la escalerilla y apartándolo del aparato—. El escuadrón de Middletown no ha sido desmovilizado; Montgomery no tiene ni un aparato; Newburgh carece ahora de campo.

—Walter tiene el Grupo L-16...

—Les quitaron el tren de aterrizaje la semana pasada —dijo Martinson, con sombría satisfacción—, Como siempre, es cosa nuestra. Mac, ¿tienes ya tus herramientas instaladas dentro?

—Aguarda un momento —dijo MacDonough—. Walter ya se habrá colocado las gafas, encasquetados el casco y el detector amplificador, mientras que la fuente de energía de electroencefalógrafo estaba asegurada en sus soportes de la plataforma de detrás del asiento posterior del Cub. La «redecilla del pelo» —la red flexible de electrodos que se encasquetaría en la cabeza de cualquier hombre muerto cuyo cráneo hubiese resistido el choque del bombardeo— iba conectada a ellos y colgaba por debajo del asiento de sus pinzas especiales, los cables unidos para impedir que se enredasen con los cables también de control del aparato. Nada quedaba por hacer ahora, sino asegurar el analizador de frecuencias, que era la más pesada de las unidades y que tenía que ser dejada caer delante del patín de cola trasero de manera que su peso no enfilase el vuelo. Si el aparato no tuviese que ser revisado después de cada despegue, podía haber sido dejado en el avión... pero el caso era opuesto por completo.

—Está bien —dije, sacando la cabeza de la cabina. Temblaba ligeramente. Aquellas expediciones para sondear tumbas destrozaban los nervios. No importaba cuanto adiestramiento en el arte de leer la mente de un muerto pudiese tener el operante, cada experiencia era distinta y no se podía repetir comparándola con la de los cadáveres almacenados largo tiempo en el laboratorio. El cerebro recién muerto es un infierno, casi por definición.

—Bien —dijo Persons—. Martinson, pilotarás tú. Mac, mantente a la escucha; vamos a aprovisionar el Airoknocker y despegar sobre las diez si nos es posible. En cualquier caso os comunicaremos las marcaciones que consigamos de las fuerzas Aéreas tan de prisa como nos lleguen. Martinson, reaprovisiónate en Montgomery si es preciso; no pierdas tiempo viniendo aquí. ¿Entendido?

—Roger —dijo Martinson, instalándose en el asiento delantero y ajustándose el cinturón de seguridad. McDonough colocó su pie apresuradamente en el estribo y saltó al asiento posterior.

—¡Cadetes! —ordenó Persons—. ¡Fuera calzos! ¡Rodando!

Por regla general Persons en persona hacía el peor trabajo de alzar y oscilar la cola. El Cub saltó de la antepista y se metió en la hierba bajo la brillante mañana.

—¡Corten! —gritó el cadete del morro—. ¡Gas! ¡Frenos!

—Corto, frenos —repitió Martinson—. ¿Mas a dónde? ¿Tienes alguna idea?

Mientras McDonough pensaba en ello, el cadete echó la hélice hacia atrás cuatro vueltas.

—¡Frenos! ¡Contacto!

—Probemos en torno al túnel Otisville. Si han sido derribados por encima de los Howells, han tenido muchas posibilidades de caer en el lado de aquella montaña.

Martinson asintió y alzó la mano enguantada por encima de la cabeza.

—¡Contacto! —gritó y dio al interruptor. El cadete impulsó la hélice y el motor rugió; a la izquierda de McDonough, la válvula de mariposa duplicada se deslizó hacia delante un poco mientras el piloto retenía el motor. McDonough cerró la cabina y luego el avión comenzó a rodar hacia el borde lejano e impreciso del campo de hierba.

El firmamento se hizo más brillante. Habían partido de nuevo, a sondear en la tumba de otro hombre y a preguntar a la apagada voz interior pidiéndole que legase cuantos recuerdos le habían quedado sin decir, en el momento de su muerte.

La Patrulla Civil Aérea es y ha sido desde 1941 auxiliar de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, su actividad ha sido la patrulla costera y el trabajo de rescate marino. Para 1954 —cuando sus efectivos se componían de más de ochenta mil hombres y mujeres, quince mil de ellos con título de piloto— la Fuerza Aérea tuvo el valor suficiente como para designar a la P. C. A. como su arma de Inteligencia Aérea, con la misión de localizar a los derribados aviones enemigos y enviar por radio información de importancia militar.

Búsqueda Aérea, es primariamente, caída de aviones que pueden volar bajos y despacio. La inteligencia Aérea requiere velocidad, puesto que la clase de información que puede ofrecer un siniestro enemigo quizá no sirva ya dentro de pocas horas. Los aviones de la P. C. A., en su mayoría de un solo motor, modelos de aparatos particulares, ya habían demostrado ser ideales instrumentos aéreos para la búsqueda; la red de radio de la P. C. A., con sus seis mil quinientas estaciones móviles y fijas, era más que suficientemente rápida para conseguir información y conducirla a donde fuese necesario, mientras aún esta información tenía actualidad.

Pero el enemigo esperado, después de todo, era Rusia; ¿y cuántos civiles, incluso aquellos que sabían volar, navegar y operar un rayo transmisor, podían preguntar algo inteligente y sagaz en ruso, y es más, comprender la respuesta?

Fue el rápido y asombroso desarrollo de los métodos eléctricos para sondear el cerebro, lo que proporcionó la solución en particular el perfeccionamiento, durante la década del cincuenta al sesenta, de rápidos estímulos encaminados a refrescar la memoria visual. Bruscamente, los técnicos de electroencefalogramas ya no necesitaron utilizar el lenguaje para sondear el cerebro en busca de imágenes visuales y leerlas; ni siquiera era preciso que supiesen que no funcionaban sus aparatos, permitiendo con eso dejar tranquilo su cerebro. Unos cuantos momentos de parpadeo en los ojos del sujeto, en una frecuencia elegida según una tabla y las imágenes vendrían en oleadas hasta las gafas fotoscópicas del operador, la frecuencia escogida sin el más ligero conocimiento básico de electrofisiología, como una mujer escogiendo ingredientes de cocina, aún ignorando exactamente el por qué hacía eso, bastaba; la química no tenía nada que ver con la elección.

Fue aquel descubrimiento de ingeniería lo que hizo que se instalasen sondeadores de tumbas en los asientos posteriores de los aviones de la P. C. A. cuando comenzó la guerra... porque las imágenes que se producían en las gafas fotoscópicas no paraban ni cuando el cerebro se hubiese muerto.

El mundo al alba, como vio McDonough desde una altura de novecientos metros, era un universo de largas formas esculpidas, casi tan móviles y tridimensionales como un panorama lunar cerca del fin de la luz del día. El aire estaba muy quieto y el Cub ronroneaba tan gentil a través de la bruma azulada como una abeja, ganando altura sobre el suelo en una serie de amplios círculos. En la última vuelta, el avión giró hacia el sur por encima de una granja propiedad de alguien a quien conoció Martinson, un hombre que estaba labrando su terreno desde el asiento de su tractor, y Martinson osciló las alas del aparato para saludarle recibiendo un ademán parecido al agitarse la antena de un insecto. Todo era engañosamente normal.

Entonces el horizonte subió por debajo del morro del Cub y Martinson se vio saliendo del valle. Un lago pasaba por debajo de ellos, moteado de islas y con pardas barracas de Camp Cejwin, una vez campamento veraniego para niños, pero ahora lleno de soldados durmiendo. Martinson continuó hacia el sur. faldeando por Jervis, hasta que McDonough fue capaz de captar la línea principal del ferrocarril Erie, yendo hacia el noreste en dirección a Otisville y Howells. La montaña a través de la que el río Otisville corría, era ya visible como una masa humeante a lo lejos, a la izquierda del amanecer.

McDonough puso la radio, que respondió con un balbuceo rítmico; el motor del Cub no estaba adecuadamente protegido por dispositivos antiparasitarios. Al fondo, la voz del oficial les llamaba:

—Hugonote a L-4. Hugonote a L-4.

Aquí L-4. Te oímos, Andy, nos dirigimos hacia Otisville. Aquí arriba está tan liso como el vidrio. Todavía nada que informar.

—Te oímos débil pero claro. Estamos aprovisionando gasolina al Airoknocker. Lo seguiremos tan de prisa como sea posible. Todavía no hay marcaciones nuevas de las Fuerzas Aéreas. Si vienen, o si captáis algo, llamadnos en seguida. Corto.

—L-4 Hugonote. Nos perdimos la última frase Andy. Parásitos del motor. Nos perdimos la última frase. Por favor, repítela.

—Está bien, Mac. Si veis al bombardero, avisarnos en seguida. ¿Entendido? Cambio.

—Entendido, Andy. L-4 Hugonote, cambio y corto.

—Cambio y corto.

La trinchera del ferrocarril por debajo de ellos describía un amplio arco y se separaba en dos, engañosamente. Una de las líneas había sido abandonada años atrás, pero aún quedaban las vías instaladas y hubiera sido imposible a un forastero, saber desde el aire si estaba o no en explotación; el terreno desde un avión resulta engañoso al menos que conozcas perfectamente sus características. Martinson, sin embargo, conocía tan bien como McDonough cual de los dos ramales estaba fuera de uso así condujo al Cub en un giro ascendente hacia la montaña.

Las franjas rectangulares de terreno cultivado quedaron atrás, salpicadas de puntitos minúsculos que eran vacas. Aparentemente tan inmóviles como juguetes.

Al cabo de un rato la engañosa línea de ferrocarril giró bruscamente hacia el este, entrando en unos bosques enteramente verdes y no volviendo a salir jamás. La montaña se hizo mayor, con la bruma matinal alzándose en la ladera más próxima, como si todo el bosque estuviese hirviendo violentamente.

Martinson volvió la cabeza para mirar por el rabillo del ojo el asiento trasero, pero McDonough denegó con un gesto. No había posibilidad alguna de que el bombardero que se estrelló estuviese en aquella ladera cubierta por un farallón rocoso e imponente.

Martinson se encogió de hombros y echó hacia atrás la palanca de mando. El avión ascendió hacia el firmamento, pasó los mil doscientos metros y llegó a los mil quinientos. El lago Hawthorne pareció circular por debajo de las gruesas gomas de los neumáticos del Cub, como un zafiro irregular incrustado en el color verde pomelo de la montaña. El altímetro siguió ascendiendo despacio en su esfera; Martinson no corría ningún riesgo de ser arrollado por la corriente de succión del otro lado de la colina. A mil ochocientos metros echó hacia atrás la palanca y liberó el avión, luego descorrió el techo de la cabina y se asomó para mirar abajo.

Pero no se veía signo de ningún avión derribado en aquel lado de la montaña.

Turbado, McDonough alzó la aleta superior de la cabina del lado derecho, se ajustó al asiento sujetándose con el cinturón de seguridad para resistir mejor la corriente de aire y sacó la cabeza recibiendo el chorro de viento producido por la velocidad y la altura. No había nada que ver en el suelo. Directamente debajo, el borde cortado a cuchillo del acantilado del que salían las vías del ferrocarril que de nuevo derivaba despacio, alejándose de la cueva del Cub; justo a menos de dos dedos, había la caja de fósforos que era el apeadero de Otisville. Una especie de salero cerca de la caja de cerillas, representaba el depósito del agua y, después unos granitos parecidos a los de pimienta, venían a ser una pequeña multitud de personas esperando, aunque el próximo tren que se detendría en Otisville tendría que ser el Erie núm. 6.

Tocó el hombro de Martinson. El ayudante echó la cabeza atrás y gritó:

—¿Qué?

—Ribera derecha. Algo ocurre en torno a la estación de Otisville. Baja un poco.

El ayudante disminuyó la abertura de la mariposa del carburador y echó hacia delante la palanca. El avión, planeando, comenzó a resbalar despacio a lo largo de la zona que quedaba a la derecha del ferrocarril.

—No puedo bajar demasiado aquí —dijo—. Si nos pilla la corriente de succión, nos estrellaremos contra la montaña.

—Lo sé. Sigue unos cuatro o cinco kilómetros y vuelve como si fuésemos a aterrizar. Entonces podrás trepar gracias a esa corriente de succión. Quiero ver lo que ocurre ahí abajo.

Martinson se encogió de hombros y abrió de nuevo la mariposa de aire. El Cub trepó en busca de mayor altura, luego dio media vuelta sobre Howells en busca de un hipotético campo de aterrizaje.

El avión entró en vuelo normal y McDonough asomó el cuello. A los pocos momentos fue capaz de ver lo que ocurría abajo. La montaña desde este lado era aguda y escarpada; un bombardero averiado no hubiera podido sobrepasarla. De noche, por otra parte, la boca del túnel del ferrocarril estaba señalada por tres lados, por las luces de la estación a la izquierda, el letrero de neón de la taberna que se alzaba en el borde del acantilado de Otisville (población, tres mil habitantes... Ciudad con mínima de altura y saludable) y a la derecha por la propia señal ordinaria del Erie. El radar hubiese mostrado el resto: el sendero verde e irregular de la zanja que conducía directamente a aquel fondo de saco de las luces, la más imprecisa de contornos que hay en la montaña. Todos estos signos significarían siempre en cualquier idioma «túnel».

El piloto del bombardero había corrido el mayor de todos los riesgos posibles: se le vio deslizándose a lo largo del camino derecho, con la esperanza de meter su fuselaje limpiamente dentro del túnel, dejando atrás sus alas, con sus motores peligrosos y sus tanques de combustible. Era una locura absoluta, pero eso es lo que había hecho.

Y, milagro de los milagros, lo logró. McDonough podía ver ahora las alas, empotradas en dos perfiles bidimensionales por encima de las pilastras del túnel. Habían golpeado con tanta fuerza que su combustible debió evaporarse al instante; por lo menos, no había allí rastro de fuego. Ni tampoco de ningún fuselaje.

El cuerpo del bombardero estaría dentro de la montaña, probablemente a mitad de camino o más allá del túnel de casi dos kilómetros de longitud. Era inconcebible que pudiese quedar algo de él; pero si tuvo lugar un milagro, también eran posible dos.

No era de extrañar que la pequeña estación de Otisville se viese salpicada de gente curiosa.

—L-4 Hugonote. L-4 Hugonote. Andy, ¿Estás ahí?

—Te oímos, Mac. Adelante.

—Hemos encontrado tu bombardero. Está dentro del túnel de Otisville. Cambio.

—Llamamos a L-4. Has perdido el juicio.

—Da igual, el caso es que está ahí dentro. Vamos a tratar de aterrizar. Envíanos el equipo en cuanto puedas. Corto.

—Hugonote L-4 No seas idiota de remate, Mac, ahí no puedes aterrizar.

—Corto —dijo McDonough. Tocó al hombro de Martinson y apremiante gesticuló hacia abajo.

—¿Quieres aterrizar? —dijo Martinson—. ¿Por qué no lo dijiste? Nunca lograremos bajar en una pasada como la que estarnos haciendo —aclaró el ruido del motor con un breve giro de la mariposa e hizo que el Cub ascendiese bruscamente. Se dejó resbalar sobre una de sus alas y todo el universo empezó a girar de manera alocada.

Martinson estaba perdiendo altura. McDonough cerró los ojos y apretó las mandíbulas.

El drástico pilotaje de Martinson les condujo a un áspero aterrizaje, en la carretera que conducía a la estación de Otisville, a poco menos de dos kilómetros de la montaña. La gente dejó la boca del túnel para apiñarse en torno al aeroplano en el momento en que se detuvo, pero unas cuantas preguntas convencieron a McDonough que los de Otisville sabían muy poco. Algunos oyeron un «terrible ruido» a primeras horas de la madrugada y con el alba descubrieron el brillante metal que formaba una especie de capa a ambos lados del túnel. No, no hubo humo, ni nadie dio señal alguna dentro del túnel. No se podía ver ahora el otro extremo, pues algo estaba bloqueándolo.

—La señal es roja a este lado —dijo McDonough, pensativo, mientras ayudaba a su compañero a sujetar y trabar el aparato—. Tú solías dirigir los semáforos del Eire en Port, ¿verdad, Marty? Si pudieses llamar a la estación principal, quizá podíamos conseguir que iniciases la exploración desde el otro extremo del túnel.

—Si hay los restos de una catástrofe, el túnel queda bloqueado automáticamente.

—Claro. Pero es que tenemos que entrar. No quiero que el núm. 6 se nos venga encima.

Martinson asintió y se metieron en la estación de ferrocarril. McDonough curioseó. Había, como siempre, una vagoneta motorizada, aparcada fuera de las vías, al otro lado de los muelles. Muchos voluntarios se ofrecieron para ponerla en funcionamiento y varios tipos corpulentos cogieron las palancas mecánicas del motor y las hicieron funcionar. Sacando sus propios aparatos del avión y poniéndolos en la vagoneta, trabajo delicado para el que rechazó toda ayuda, McDonough perdió algo de tiempo. El material era tan delicado, que no quiso dejarlo en manos inexpertas y no importaba que el propio McDonough fuese en neurofisiología tan paleto como los demás habitantes de Otisville; por lo menos sabía interpretar las tablas de colinización.

—Está bien —dijo Martinson, uniéndoseles—, El túnel está bloqueado por ambos extremos. Hablé con Ralph en la central; estaba que hervía... dice que ha perdido ya cuatro trenes y que otro debe llegar de Buffalo dentro de cuarenta y cuatro minutos. Chillamos un poco. ¿Vamos ahora?

—En seguida.

Martinson sacó su automática y se instaló en cuclillas delante de la vagoneta. El cochecillo brincó y empezó a deslizarse hacia el túnel. Los espectadores murmuraron y sacudieron sus cabezas, con entendimiento.

Dentro, el túnel estaba completamente oscuro, sin una luz, con una humedad que se filtraba a través de la chaqueta de McDonough y de sus gruesos pantalones. El aire estaba en calma, emanando un olor rancio y metálico. Hasta allí, sin embargo, no se percibía nada del penetrante aroma combustible cosa que McDonough esperaba. Descubrió, de pronto, que de nuevo volvía a temblar, aunque no sabía realmente para que necesitaría el equipo de electroencefalográfico.

—¡Te fijaste en esas alas! —dijo Martinson, de pronto y lo bastante alto para ser oído por encima del zumbar del motor. Los ecos distorsionaron su voz hasta hacerla casi irreconocible.

—¿Fijarme? ¿Qué tenían?

—Demasiado cortas para ser alas de bombardero. Además, carecían de motores.

McDonough juró en silencio. No haberse fijado en un detalle tan evidente como aquel, era un signo seguro de que estaba más asustado de lo que pensaba.

—¿Algo más?

—Bueno, no creo que fuesen de aluminio; demasiado duras. Quizá titanio, o acero inoxidable. ¿De todas maneras, que tenemos aquí? «Sabes» que los rusos no pueden enviar tan lejos a un avión de combate.

Aquello era indiscutible. Y tampoco había respuesta a la cuestión que entrañaba... es decir, todavía no.

McDonough sacó la linterna de su cinturón. Tras ellos, la blanca apertura de la boca del túnel no parecía mayor que una moneda de níquel y las dos líneas brillantes mellizas de los raíles no parecían tener cincuenta kilómetros de longitud. Delante, la linterna no revelaba nada, excepto las recortadas paredes del túnel, ahumadas y cubiertas de polvo.

Luego hubo allí un resplandor fugitivo y azulado. McDonough ajustó el motor para que marchase lo más aprisa posible. La vagoneta, trepó con dificultad a través de la densa negrura. El batir de su motor parecía penoso.

El resplandor se hizo más próximo. Nada se movía en su torno. Era metal, reflejando la luz de su linterna. Martinson encendió la suya y enfocó al conjunto extraño.

La vagoneta se detuvo y un profundo silencio abarcó todo, excepto el leve gotear de agua en el piso del túnel.

—Es un cohete —susurró Martinson. Su linterna recorrió la ridícula e inadecuada cola que tenían delante. Estaba relativamente averiada—. Considerando la velocidad en que iba. Debió golpear con una furia inconcebible, mayor que una bala de cañón. Se explicaría que estuviera más destrozada aún.

Con precaución bajaron de la vagoneta y se acercaron al cuerpo malamente dentado del aparato. Había claras señales en forma de costurón donde estuvieron las alas, pero los tocones en donde se sujetaron aún estaban como si el metal mismo hubiese cedido del impacto, antes que cediesen las junturas. Eso significaba una construcción sólida y concienzuda, recordó McDonough vagamente. El navío descansaba ahora ásperamente, en el centro del túnel y las vías del ferrocarril habían cedido bajo su peso. En el fuselaje no habían marcas ni identificación, excepto una estrella roja en el morro; o mejor dicho, un asterisco rojo.

La luz de Martinson recorrió la estrella durante un momento, pero el ayudante no hizo el menor comentario. Siguió examinando el morro, con McDonough siguiéndole.

En el otro lado del navío estaba la herida de muerte; una pequeña rasgadura irregular en el metal, no lejos de la cola. Algunas de las barras metálicas estaban parcialmente fundidas. Martinson tocó una.

—Defensa antiaérea —murmuró—. Cortó sus tuberías de combustible. Por fortuna no estalló.

—¿Cómo vamos a entrar? —dijo McDonough, nervioso—. La cabina ni siquiera se rajó. Y no podemos deslizamos a través de ese agujero.

Martinson meditó en ello. Luego se inclinó para examinar la lesión del pellejo del navío, aspiró profundamente y gritó con voz de trueno:

—¡Eh, ahí dentro! ¡Abran!

Costó largo tiempo que murieran los ecos. McDonough estaba paralizado de puro miedo. Alguna de aquellas voces distorsionadas por el chocar contra las piedras del túnel podía haber sido una respuesta. Finalmente, sin embargo, volvió a aposentarse el silencio.

—Así que está muerto —dijo Martinson. con sentido práctico—. Apostaría a que incluso todos los huesos de los pies se le han roto. Mac, mete tu redecilla para el pelo ahí dentro y mira si puedes captar algo.

—Ni... ni por asomo. No puedo pescar nada a menos que los electrodos toquen su... cráneo.

—Pruébalo de todas formas y luego salgamos de aquí y dejemos que se hagan cargo los expertos.

De todas maneras ya me he formado la idea de que se trata de un misil. Tiene tan poco daño que aún podría ponerse en marcha.

McDonough había estado reprimiendo aquella noción desde que vio por primera vez el cohete. El intento por conservar intacto el fuselaje, con la pericia en el pilotar que entrañaba y el evidente parabrisas de la cabina, todo argüía en contra; pero incluso la ¡mera posibilidad era en cierto modo doblemente terrible, aquí bajo la montaña, que si se hubiera hallado al descubierto. Con tan enorme masa de rocas gravitando sobre él y las calcinadoras energías solares, esperando quizá ser liberadas por las toberas de aquel lado.

No, no; era un avión de combate y el piloto podría estar vivo aún quién sabe por qué milagro. Casi echó a correr en busca de la redecilla electrónica que estaba en la vagoneta. La metió con sus cables por el desgarrón del costado, producido por el proyectil antiaéreo y con el pulgar accionó el interruptor.

Las gafas Walter no hicieron al mundo interior del túnel más oscuro de lo que era en realidad, pero el saber que ahora no podría ver ningún rayo de luz, aunque apareciera por alguna parte —digamos el fulgor infinito de la fisión del hidrógeno— incrementó la presión de la negrura en su cerebro, allá en la vagoneta, el analizador de frecuencia comenzó a emitir sus pitidos regulares y sin significado alguno, escrutando las posibles bandas corticales de emisión en orden de la mayor o menor probabilidad: Primero, la banda de 0,5 a 3,5 ciclos por segundo, la onda delta, la última actividad detectable del cerebro antes de la muerte; luego la banda de 4 a 7 c. p. s., el canal theta, las ondas emisoras del placer que seguían funcionando incluso durante el sueño; el ritmo alfa, emisor visual, de 8 a 13 c, p. s.; el ritmo beta de 14 a 30 c. p. s. con el espejo de las tensiones del cálculo consciente, no muy por debajo del nivel del verdadero pensamiento; la banda gamma, donde...

Las gafas se iluminaron.

«...Y aún los corderitos color azul cielo están pastando en el campo rojo bajo los irisados picachos y bajo el vuelo de los pájaros color verde guisante...”

McDonough se levantó las gafas con un movimiento rápido y un respingo y miró frenético a la negrura, ahora inundada de imágenes residuales en colores contrastantes, fundiéndose de manera gradual, mientras los bastoncillos y conos de su retina cedían la energía que absorbieron de la escena de las gafas. Curiosamente, supo en seguida de dónde había venido la voz: era su madre leyéndole, el día de Nochebuena, un cuento titulado «Las Navidades de un niño en Gales». No había pensado en aquello desde hacía más de veinticinco años, pero la escena en las gafas topoescópicas, lo evocó de manera irresistible.

—¿Qué pasa? —preguntó Martinson—. ¿Conseguiste algo? ¿Estás enfermo?

—No —murmuró McDonough—. No es nada.

—Entonces, déjalo. ¿Haces cada día tanto ruido por nada? Mi tío Crosby lo hacía; pero es que él padecía de asma.

Poco a poco, McDonough volvió a bajar las gafas. La escena volvió, aún con los mismos colores imposibles y casi inmóvil por completo. Ahora que era capaz de volverla a mirar, sin embargo, vio que los animales azulados no eran corderos; tenían mayor tamaño y caras como las de los gatitos. Tampoco los enormemente grandes pájaros de tan lentos movimientos, eran en realidad verdaderos pájaros, excepto que todos parecían estar volando... en improbables rumbos rectos, con lentos y matemáticos aleteos de sus alas tan poco semejantes a las alas corrientes; en torno a ellos había algo con calidad vegetal. El campo rojo era sólo un confuso manchón, oscureciéndose bajo las patas de los azulados animales de rostros enormes y gatunos.

En cuanto al cielo, apenas parecía haberlo en absoluto; estaba todo blanco, como si fuera de papel.

—Vamos —murmuró Martinson, su voz destilando irritación y fastidio—, ¿Qué sentido tiene quedarnos más tiempo en este agujero? ¿Acaso estás buscando pescar una pulmonía? Con toda esta humedad...

McDonough no se dio prisa en responder.

—Hay... hay algo vivo ahí dentro —dijo al cabo de unos segundos.

—Ni pensarlo —contestó Martinson. Su voz era perceptiblemente más rasgada—. Estás soñando.

Tú mismo dijiste que no podías captar nada sin que...

—Sé lo que me hago —insistió McDonough, contemplando la escena de las gafas—. Hay un cerebro vivo ahí dentro. Algo que nadie tocó jamás. Es potente... ningún cerebro de los que describen los libros habría podido emitir así. No es humano.

—Con más motivos pues, debemos llamar a las Fuerzas Aéreas y marcharnos. De todas maneras no podemos entrar ahí dentro. ¿Qué has querido decir con que no es humano? Es un rojo, eso es todo.

—No, no lo es —dijo sencillamente McDonough. Ahora que pensaba saber lo que habían encontrado, dejó de temblar. Aún estaba aterrorizado, pero era una clase distinta de terror: el miedo de un hombre que por último ha obtenido una idea clara de lo que se le enfrenta—. Los seres humanos simplemente no emiten de este modo. En especial cuando están muriéndose. Y no se acuerdan de enormes corderos azules con cabeza de gato, ni de hierba roja o cielo blanco. Ni aún cuando vengan de la U.R.S.S. Sea lo que fuere, lo que hay ahí dentro viene de cualquier otro lugar.

—Has leído demasiado. ¿Qué me dices de la estrella del morro?

McDonough aspiró una profunda bocanada de aire.

—¿Qué hay en ella? —preguntó calmoso—. No es la insignia de la Fuerza Aérea Roja. Ya vi que te había llamado la atención. Ninguna aviación del mundo tiene por emblema, que yo sepa, un asterisco. No es ninguna estrella. Es simplemente lo que es.

—¿Un asterisco? —repuso Martinson colérico.

—No, Marty. Pienso que es una estrella. Un símbolo de una verdadera estrella. Las fuerzas aéreas nos han derribado una nave espacial —se alzó las gafas y con cuidado retiró la redecilla de electrodos del agujero abierto en el fuselaje.

—Y —dijo con cuidado—, el piloto, cualquier cosa que sea, sigue con vida... y pensando en su patria, esté donde esté esa patria.

Aunque las Fuerzas Aéreas habían sido debidamente advertidas por la red de radio del sorprendente descubrimiento de McDonough, iba a necesitarse tiempo para llevar a un equipo técnico a Otisville. Era preciso, aún teniendo en cuenta el material que se necesitaba teóricamente para ello. La fuente más próxima de adelantado equipo electroencefalográfico de las Fuerzas Aéreas, estaba precisamente en los aledaños de Newburgh, en Stewart Field, y tendría que ser llevado hasta Otisville en camión; ningún aparato de las Fuerzas Aéreas era lo bastante lento como para repetir el aterrizaje de Martinson sobre la carretera.

Durante varias horas, por tanto, McDonough pudo hacer lo que quiso con su presa. Después de unos cuantos apremios, Martinson logró que el factor de Erie enviase un soplete oxiacetilénico a Port Jervis, a su lado del túnel, a bordo de una locomotora Diesel. Persons, que había llegado subsiguientemente en el Aeronca, era partidario de probar el soplete inmediatamente, pero McDonough se veía restringido por un débil recuerdo de experimentos con magnesio en la Universidad, un metal muy parecido a aquel. Convenció al oficial de que primero probase el soplete en los restos de las alas.

Las alas no se quemaron. Llevaron el soplete al interior del túnel y Persons se puso a trabajar con él, engrandeciendo el agujero del obús.

—¿Aún está vivo eso? —preguntó Persons, cortando afanosamente.

—Eso creo —dijo McDonough, apartando los ojos del fulgor de la llama del soplete—. He estado aplicando ahí los electrodos una vez cada cinco minutos. Esencialmente conseguí la misma imagen. Pero se debilita cada vez con mayor rapidez.

—¿Crees que llegaremos hasta él antes de que muera?

—No lo sé. Ni siquiera estoy seguro de desearlo. Persons meditó en aquello, alzando el soplete del metal. Entonces dijo:

—Creo que has conseguido algo con eso. Quizá sea mejor probar el mecanismo y ver qué es lo que yo pienso.

—No —contestó McDonough—. No está sintonizado a ti.

—Ordenes, Mac. Déjame probarlo. Pásamelo.

—No es eso, Andy. Sabes bien que no me opondría a ti; tú creaste este pelotón. Pero es peligroso. ¿Quieres tener un ataque epiléptico? Las probabilidades son nueve a cinco de que lo sufrirías.

—Oh —exclamó Persons—. Está bien. El espectáculo es tuyo —y prosiguió con el soplete.

Al cabo de un rato, McDonough dijo con tono remoto e inexpresivo:

—Basta ya. Creo que en cuanto se enfríe podré pasar por ahí.

—Probablemente —dijo Martinson—. ¿Suponte que no hay pasillo entre la cola y el morro? Lo más probable es que haya una mampara refractaria y eso sí que no nos sería posible cortar con el soplete.

—Lo más seguro —asintió McDonough—. De todas maneras tampoco se podría acercar la llama a los depósitos de combustible.

—Entonces de que va...

—Si esas gentes piensan de manera parecida a nosotros, habrá alguna clase de mecanismo de escape... algo que dispare la cápsula del piloto lejos del navío. Quizá pueda llegar hasta ahí.

—¿Y dispararla ¡aquí dentro? —dijo Persons—. Harías que la cabina se estrellara contra el techo del túnel. Eso mataría al piloto con toda seguridad.

—No si la desarmo. Podría quitar la carga del mecanismo, entonces al dispararla lo único que haría sería abrirse; entonces nos sería fácil quitar el parabrisas y entrar. Os pasaré la carga a vosotros aquí afuera; manejadla con cuidado. Dame tu linterna, Marty, la mía está casi agotada.

Silenciosamente, Martinson le entregó la linterna. Dudó un momento, escuchando el gotear del agua como fondo. Luego, aspirando una bocanada profunda de aire, dijo:

—Bueno. Allá va.

Trepó introduciéndose por la estrecha abertura.

El bosque de tuberías, cables y bombas ante él era profundamente desconocido en cada detalle, pero familiar en su principio general. Los seres humanos, dedicados a la tarea de ajustar un motor cohete, lo hubiesen montado de esta forma general. McDonough hurgó con el rayo de luz, buscando un pasaje lo bastante grande para que pudiese deslizarse.

No parecía haber tal pasillo, pero sin embargo, siguió adelante, forzándose por cruzar cada abertura que se le presentaba, sin importarle lo pequeña o angosta que fuere. El sentimiento de encontrarse atrapado era terrible. Si llegaba a un callejón sin salida, nunca sería capaz de arrastrarse y volver a salir de aquella selva de tuberías...

Se dio en la cabeza contra un saliente agudo de una especie de tejadillo metálico y el material resonó huecamente. Montado en alguna especie, vacío, o casi vacío. ¿Oxígeno? No» a menos que el material se hubiese evaporado hacía tiempo; la parte exterior del tanque no estaba más fría que cualquiera de las otras superficies que había tocado. Quizá un propulsor a nitrógeno comprimido... algo así.

Entre el tanque y lo que tomó por el interior del casco, había un camino libre y bajo, lo bastante alto para que él se deslizase a su través si volvía la cabeza a los lados. Habían soportes ocasionales y viguetas de cable que se retorcían en su torno, pero el nuevo camino resultaba algo mejor del recorrido, allá atrás en el compartimiento de las máquinas. Luego, su cabeza se alzó en un espacio ligeramente mayor, hecho de paredes que se curvaban suavemente una contra otra: la parte delantera del tanque, se imaginó, opuesta al suelo de la cápsula del piloto y al vientre del casco. Entre cápsula y casco, arriba, bastante alto, se veía la curvatura exterior de un tubo, grande en diámetro, pero muy corto; estaba incrustado de motores, bombas pequeñas y cables.

¿Una escotilla de aire? Con certeza eso parecía. De ser así. el dispositivo del mecanismo de escape podía haber funcionado en absoluto, si es que existía, alguna vez.

Encontrando que podía alzar los hombros lo bastante para descansar sobre los codos, estudió el cableado. El mayor de los conductores, el más grueso, salía de la cápsula del piloto; eso debería ser la conducción de energía, preparada para activar todo el dispositivo cuando el piloto diese el conmutador. De ser así, podría ser cortocircuitada... siempre y cuando las baterías conservasen algo de electricidad aún.

Logró sacar del cinturón las grandes mordazas y se arrastró hacia delante hasta una posición en la que podía utilizarlas, con considerable esfuerzo.

Cerró sus afiladas mandíbulas de acero en torno al cable y apretó con todas sus fuerzas. Las mordazas se cerraron despacio y sus dientes mordieron el material.

Hubo un profundo zumbido creciente como si todas las bombas y los motores comenzasen a rechinar y funcionar. Desde allá de donde había venido oyó un apagado y lejano asombro.

Volvió a guardarse las mordazas en el cinturón y avanzó hacia delante, alzando la espalda hasta casi convertirse en una pelota. Mediante pequeños movimientos cuidadosos, como los producidos por un niño al nacer, logró darse la vuelta en aquel espacio angosto, atestado y curvo y conseguir que su cabeza y hombros estuviesen de nuevo en dirección al tanque, esta vez boca arriba. Tuvo que seguir la luz de la linterna, de modo que su progreso de vuelta a través de la profunda oscuridad fue tan ciego como el de un topo; pero por fin lo logró.

El túnel, una vez estuvo en él de nuevo, parecía milagrosamente espacioso... casi ¡como el volar.

—Esa maldita puerta se abrió hacia arriba, sola —estaba diciendo Martinson—. Me dejó verde de miedo. ¿Qué hiciste... dijiste «ábrete sésamo» o algo por el estilo?

—Sí —dijo McDonough. Volvió a coger su red de electrodos de la vagoneta y se dirigió hacia la entreabierta escotilla de aire. La puerta había bloqueado la mayor parte del resto del túnel, pero la abertura era lo suficientemente amplia.

No se parecía mucho a ninguna escotilla hermética de aire. Como él había visto desde el interior, era demasiado pequeña para albergar a un hombre; probablemente había sido diseñada para moderar la presión de caída entre el interior y el exterior, sin prevenir absolutamente tal caída. Sólo la puerta externa tenía la adecuada pesadez de arca de aire. La interior, abierta, no era sino un estrecho anillo de aferradas hojas, maquinadas para formar un acabado estilo Johannson, tan fino que simplemente por la cohesión molecular resultaba todo hermético... un diafragma estilo fotográfico altamente perfeccionado. McDonough se preguntó vagamente, cómo el agujerito del tamaño de la punta de un alfiler en el centro del diafragma, se cerraba cuando el iris estuviese también cerrado por completo, pero su conocimiento de ingeniería fracasó por entero allí; pudo salir con nada mejor que una misión del piloto, tapando aquel agujero con una porción de goma de mascar.

Olisqueó el aire húmedo y frío. Nada. Si el piloto había respirado algún aire extraño anormal de la tierra, ya se había disipado sin rastro en el tubo del túnel. Apuntó con su luz al interior de la cabina.

Los instrumentos estaban destrozados más allá de toda esperanza, excepto unos cuantos de los lados de la cápsula. El piloto los había destrozado... o mejor, sus alrededores fueron los que hicieron el trabajo.

Ante él, a la luz de la linterna, había un tanque pesado y transparente de un fluido erizado, dominando el verde y el castaño, con una figura flotando dentro. Había sido el tanque lo que se soltó de sus sujeciones, destrozando el resto del compartimiento. El piloto quedaba perfectamente encerrado en lo que parecía como un traje ordinario antigravedad, dentro del aceite; mangueras flexibles conectadas a botellas en el techo, le proporcionaban su atmósfera, cualquiera que esta fuese. Las mangueras no estaban rotas, pero algo dentro del traje gravitacional sí; una línea de suaves burbujas se alzaba en las proximidades del cuello del piloto.

Apretó el electrodo de electroencefalógrafo, de la red del aparato contra el tanque y miró por las gafas Walter. El cordero con rostro de gatito estaba aún allí, aunque había cambiado de posición; pero casi todo el color se había desvanecido de la escena. McDonough gruñó involuntariamente. Había ahora una atmósfera en torno a la imagen que le golpeó con un mazazo, de sentimiento intenso de opresión, de infinita pena...

—Marty —dijo con aspereza—. Veremos si podemos sacar ese tanque del fondo sea como sea —volvió a retroceder al túnel.

—¿Por qué? Si tiene heridas internas...

—El traje tiene una abertura. Está llenándose de ese aceite del fondo. Si no sacamos el tanque se ahogará.

—De acuerdo. ¿Sigues aún pensando que es un hombre de Marte, Mac?

—No lo sé. Es demasiado pequeño para ser un hombre, eso lo puedes ver tú mismo. Y los recuerdos no san recuerdos humanos. Eso es cuanto sé. ¿Podremos vaciar el tanque en algún lugar?

—No es necesario —dijo la voz de Persons, distorsionada por los ecos, desde el interior de la escotilla de aire. Los reflejos de su linterna aparecieron por la abertura como fantasmas—. Acabo de encontrar una especie de dispositivo de engranaje. Caballeros, arremánguense los pantalones.

Pero el aceite no salió del navío. Evidentemente se almacenó en algún lugar dentro del casco, para ser bombeado de nuevo al recinto del piloto cuando se necesitase de él otra vez.

Costó largo rato. El silencio vino con una inundación al ocupar el interior del túnel.

—Ese truco de la suspensión en aceite es estupendo —susurró Martinson—. Le sirve de amortiguador como el agua a los peces. Aún recibe descargas de energía, pero sin masas... como un hombre en caída libre.

McDonough pensó, pero sin decir palabra. Estaba tratando de imaginarse lo que podía significar la misión multicolorista del piloto. Algo en ella le acuciaba. Era errónea. ¿Por qué un piloto gravemente herido y aún inconsciente, se preocupaba únicamente de recordar los campos de su patria? ¿Por qué no trataba de salvarse a sí mismo en vez de pensar en eso..., tan ingeniosamente como trató de salvar a un navío? Aún poseía energía eléctrica y en aquel amasijo de destrozados aparatos que sólo él era capaz de recordar, debía haber dispositivos que aún esperaban que los hiciese funcionar.

Pero ya había renunciado, aunque sabía que se moría.

¿Lo sabía? El aura emocional sugería un conocimiento de las cosas desesperadamente equívoco, sin embargo, había verdadera desesperación, no había frenesí, apenas nada de miedo... casi como si el piloto no supiese lo que era una muerte, o, sabiéndolo, estaba seguro de que a él no podría ocurrirle. La mente inmensamente poderosa y moribunda dentro del traje antigravital, parecía curiosamente despreocupada y pasiva, como si aguardase el rescate con una confianza suprema... tan suprema, que incluso podía permitirse el lujo de soñar nostálgica y desgraciadamente en su propio hogar, suspendido en el aceite, pero sin tener verdadero miedo.

¡Y sin embargo se estaba muriendo!.

Apretando los dientes, McDonough entró por la escotilla de aire y trató de sondear los desvanecidos pensamientos en una frecuencia mayor. Pero no había simplemente nada que oír o ver, aunque con un cerebro tan fuerte, era lógico que lo viese a tan escasa distancia. Y era peculiar, también, que el sueño visual nunca ¡cambiase. La corriente de pensamientos, la mente poderosa humana es desconcertantemente rápida; cuesta semanas de análisis realizados por especialistas, antes de que salga a luz su sistema especial. Este cerebro, por otra parte, había estado aferrándose tenaz a este único pensamiento —complicado de por sí— por un mínimo de dos horas. Una creación verdaderamente del tipo semi idiota... siendo emitida con toda la potencia de un súper genio.

En los libros, nada suministró a McDonough detalles de algún precedente de aquello.

La figura vestida estaba ahora derrumbada contra un lado del tanque vacío y las sombras dentro de las gafas toposcópicas, de pronto, comenzaron a verse distorsionadas con regulares nubarrones retorcidos: hondas de dolor. Una prueba a nivel theta de hondas, lo confirmó; el cerebro desconocido respondía al dolor con terribles espasmos de rabia, verdaderas explosiones, tan fuertes e incontroladas que McDonough no pudo soportarlas más que un segundo. Su mano temblaba tan fuerte que apenas pudo volver a sintonizar la frecuencia gamma.

—Deberíamos haber dejado ahí el aceite —susurró—. Le hemos movido demasiado. Las heridas internas van a matarle dentro de pocos minutos.

—Tú mismo dijiste que no pedíamos evitar que se ahogara —contestó Persons con su sentido práctico—. Mira, hay una costura en ese tanque que parece como un sello de torsión. Si la rompemos, se abrirá como una ostra. Entonces podremos sacarle.

Mientras hablaba, el vacío tanque se partió en dos mitades como un molusco. El piloto yacía retorcido y derrumbado en el fondo, como un muñeco, su traje reluciendo a la luz de la linterna del suboficial.

—Ayúdame. Por los hombros, es bastante fácil. Así; levanta. Despacio, ahora.

Con torpeza, McDonough ayudó. Era verdad que el aceite podía haber ahogado a la frágil y lastimera figura, pero eso tampoco era de ninguna ayuda. La cosa salió de la cabina como una marioneta a la que han cortado todos los hilos. Martinson fue quien cortó el último de ellos: Los tubos flexibles que le mantenían conectado al navío. Los tres lo colocaron en el suelo, despatarrado, como si no tuviese huesos.

...Y AUN EL CORDERO PASTANDO EN EL CAMPO ROJO, CON SU COLOR AZUL CIELO... precisamente igual que McDonough lo había visto.

¡Un libro en colores!

Eso es lo que era la escena. Por eso estaban los colores equivocados así como las referencias de tamaño. Claro que los animales como el carnero no se parecen mucho a los corderos, que el piloto no pudo haber visto jamás a no ser en dibujos. Claro que las cabezas de los corderos parecían como cabezas de gatitos; todo el mundo ha visto gatitos. Claro que el cerebro era potente fuera de toda proporción a esta supervivencia y a su conocimiento de la muerte; era el cerebro de un genio, pero un genio sin experiencia. Y claro, así la URSS podía enviar un cohete hasta los Estados Unidos en un viaje únicamente de ida.

El casco de aquel ser cayó rodando hasta la cuneta en la que discurría el agua condensada en las paredes del túnel. Martinson carraspeó y comenzó a jurar en voz baja, rechinante y monótona. Andy Persons no dijo nada, pero su luz, mientras la enfocó a la cabeza del piloto, tembló de furia.

McDonough, su fantasía de espacionaves destruida, volvió a la vagoneta y a patadas convirtió su sondeador de tumbas en piezas pequeñas y dobladas. Todo su corazón era una caldera humeante de compasión y pena.

Jamás volvería a sondear otra tumba.

La ruda cabeza, en el suelo del túnel, estaba soñando su último sueño sacado de un libro de papel de colores, y correspondía a una niña pequeña, de apenas ocho años de edad.

FIN

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