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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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sábado, 9 de octubre de 2010

Los hijos del mañana -- Poul Anderson



Los hijos del mañana
Poul Anderson

En el telar del mundo
se urde el destino del hombre
sin que éste pueda guiarlo ni cambiarlo.
Wagner, Sigfrido

A quince kilómetros de altura, apenas se distinguía nada. La Tierra era una extensión borrosa, verde y marrón, cubierta de nubes. La inmensa bóveda de la estratosfera se prolongaba inmutable hacia las infinitas distancias siderales y, aparte de la vibración del motor, había un silencio y una serenidad que ningún hombre podía siquiera perturbar. Al observar el paisaje, Hugh Drummond divisó el Mississippi, reluciente como una espada desenvainada, y comprobó que su amplia curva concordaba con los contornos del mapa que tenía frente a él. Las montañas, el mar, el sol, el viento y la lluvia no habían cambiado. No lo habían hecho en casi un millón de años de lenta transformación, y los esfuerzos humanos habían durado poco para dejarse notar en la interminable noche de los tiempos.
Sin embargo, más allá, especialmente donde habían estado las ciudades... El solitario tripulante del solitario jet estratosférico masculló un juramento en voz baja y cargada de amargura, y sus nudillos asidos a los controles, palidecieron. Era un hombre corpulento cuyas formas, esbeltas pero demacradas, ocupaban incómodas la pequeña cabina presurizada del aparato. Todavía no había cumplido los cuarenta años y su cabello obscuro aparecía ya veteado de canas, sus hombros estaban encorvados y abatidos dentro del raído traje de vuelo, y su rostro alargado y de facciones corrientes estaba surcado de macilentas arrugas. Tenía unas profundas ojeras en torno a unos ojos hundidos de cansancio, obscuros y cargados de una intensidad que habría producido espanto en quien los mirara. Había visto demasiadas cosas, había sobrevivido demasiado y ahora empezaba a tener el mismo aspecto que la mayoría de la gente. Era un heredero de su tiempo, pensó embotadamente.
Con actos mecánicos y rutinarios procedió a comprobar el curso. Las señales orográficas seguían donde siempre y contaba con unos potentes prismáticos para ayudarse. Sin embargo, casi nunca los utilizaba. Con ellos podía ver muy bien aquellos cráteres anchos y poco profundos cuyos fondos, lisos y vítreos, reflejaban la luz solar como si fueran los ojos brillantes, inmóviles e hipnóticos de una serpiente, destacando en un paisaje desolado, quemado y absolutamente arrasado. Y todavía había regiones peores, donde la muerte era absoluta. Árboles retorcidos y agostados, nubes de arena, esqueletos esparcidos por el suelo. Incluso a veces, de noche, un ominoso resplandor azulado fluorescente. Las bombas habían sido pesadillas surgidas en alas del fuego y del horror que sacudieron el planeta con el estallido mortífero de las ciudades; sin embargo, el polvo radiactivo era peor que cualquier pesadilla.
Voló sobre pueblos y pequeñas ciudades. Algunos estaban desiertos, incapaces de mantener la vida a causa del polvo coloidal en suspensión, las epidemias o el hundimiento económico. Otros todavía parecían mantener un débil hálito de vida. Especialmente en el Medio Oeste, tenía lugar una lucha patética por volver al sistema de producción agrícola, pero los insectos y las plagas de las plantas...
Drummond se encogió de hombros. Tras casi dos años de contemplar desgracias similares en todos los rincones de un planeta lisiado y lleno de cicatrices, debería haberse acostumbrado. Los Estados Unidos habían tenido suerte. Europa, en cambio...
«El ocaso de Occidente», pensó Drummond con aire lúgubre.
Recordó que Spengler había previsto el colapso de una civilización inestable. Sin embargo, no había podido prever las bombas atómicas, las bombas de polvo radiactivo, las bombas bacteriológicas, las bombas de plagas contra los sembrados... todas las bombas, insensibles e inanimadas, que habían revoloteado como insectos sobre un mundo estremecido. Por ello, Spengler no había alcanzado a imaginar la extensión que tendría tal colapso.
Apartó deliberadamente aquellos pensamientos de su mente consciente. No quería darles más vueltas. Había vivido dos años con ellos, y le habían parecido dos eternidades. Ya no podía soportarlo más.
Fuera como fuese, ya estaba cerca de su destino. Debajo de él se extendía la capital de los Estados Unidos y puso el jet estratosférico en curso descendente, lento y atronador, en dirección a las montañas. La pequeña ciudad, semioculta en un valle de los montes Cascades, no tenía el aspecto de una capital pero, en el antiguo distrito federal, el río Potomac había anegado hasta la propia tumba de Washington. Estrictamente hablando, no había capital. Los funcionarios gubernamentales estaban esparcidos por el país, manteniendo un precario contacto mediante aviones y radios. Taylor, en Oregon, podía ser considerado tan merecedor del título de centro neurálgico de la nación como cualquier otro núcleo de ésta que estuviera poblado.
Repitió la señal identificadora por el transmisor, consciente, con una leve sensación de inquietud, de que las baterías de cohetes le estarían apuntando desde la vegetación que cubría aquellas montañas. Ahora que un avión podía significar el final de una ciudad, cualquier aparato que volase despertaba profundas sospechas. Desde luego, nadie de fuera podía saber que aquella pequeña ciudad de aspecto inocuo era tan importante. Sin embargo, nunca se podía estar seguro... La guerra no había terminado aún, oficialmente. Quizá nunca terminara, ahora que la lucha por la pura supervivencia se imponía a la necesidad de los tratados de paz.
Un transmisor óptico le envió un cauteloso mensaje: «Bien. ¿Puede tomar tierra en la calle?» El lugar indicado era un camino estrecho y polvoriento situado entre dos hileras de casas, pero Drummond era un buen piloto y el aparato permitía intentarlo. Respondió afirmativamente. Su voz había perdido casi la costumbre de hablar.
En un descenso en espiral, redujo la velocidad hasta que se encontró deslizándose contra el leve susurro del viento que envolvía el aparato. Las ruedas tocaron tierra, apretó a fondo el freno y se detuvo entre baches y vibraciones.
El silencio le sacudió como si le hubiese golpeado físicamente. El motor había dejado de rugir, el Sol caía a plomo desde un cielo color azul metálico sobre la monotonía de unas toscas viviendas «provisionales» y, bajo las montañas, la desolación parecía total. Había llegado a casa. Hugh Drummond se echó a reír con una breve carcajada gutural totalmente desprovista de humor, y abrió la cubierta corredera de la cabina.
Advirtió que realmente eran muy pocos los que le contemplaban semiocultos desde las puertas entrecerradas de las casas y desde las bocacalles laterales. Parecían bastante bien alimentados y vestidos, y muchos llevaban uniformes. Tenían aspecto de personas llenas de esperanza y de espíritu constructivo. Claro que aquélla era la nueva capital de los Estados Unidos de Norteamérica, el país más afortunado del planeta...
¡Salga, rápido!
El tono perentorio de la voz sacó a Drummond de la introspección en que le habían sumido aquellos meses de soledad. Contempló al grupo de hombres con vestimenta de mecánicos, dirigido por un hombre de aire confuso con uniforme de capitán.
Sí, por supuesto –respondió lentamente–. Quieren ocultar el avión, ¿no? Y una pista de aterrizaje normal les delataría al instante, ¿me equivoco?
¡Dese prisa y baje de ahí, maldito idiota! ¿No ve que cualquiera puede descubrirnos...?
No podrían hacerlo sin que un eficaz sistema de detección revelara su presencia, y aquí todavía mantienen tal sistema –respondió Drummond al tiempo que pasaba las piernas sobre el borde de la carlinga–. Y, de todos modos, ya no habrá más raids aéreos. La guerra ha terminado.
Me gustaría creerle pero, ¿quién es usted para saberlo? ¡Vamos, muévase!
Los hombres de los monos grasientos empujaron el avión calle abajo y Drummond les vio alejarse con una extraña sensación de vacío. Después de todo, el aparato había sido su hogar durante..., ¿durante cuánto tiempo?
El grupo detuvo el aparato frente a una casa cuya falsa fachada fue corrida a un lado. Tras ella había una rampa asfaltada descendente y Drummond alcanzó a ver una superficie inmensa al fondo, como una gran caverna. Las luces encendidas en el interior se reflejaban en varias hileras de aviones plateados.
Magnífico –reconoció–. No es que importe gran cosa, a estas alturas. Probablemente, nunca ha importado. La mayor parte de los bombardeos se realizaron con cohetes robot. ¡Bah, tanto da!
Sacó una pipa del bolsillo de la chaqueta y, al mover la solapa de ésta, brilló por un instante la insignia de coronel que llevaba cosida a ella.
¡Oh...! ¡Lo siento, señor! –exclamó el capitán–. No sabía que usted...
Está bien. Ya he perdido la costumbre de llevar el uniforme habitual. En muchos de los lugares donde he estado, los norteamericanos no somos precisamente muy populares.
Drummond apretó la picadura de tabaco en su pipa de brezo blanco, con gesto de fastidio. No le gustaba recordar las muchas veces en que había tenido que hacer uso del Colt que llevaba a la cintura, o incluso de las ametralladoras de a bordo, para salvar su vida. Aspiró una bocanada, agradecido. El humo parecía llevarse consigo una parte de la amargura que sentía.
El general Robinson ha ordenado llevarle a su presencia en cuanto llegara, coronel –dijo el capitán–. Sígame, por favor.

Recorrieron la calle levantando con sus botas pequeñas nubes de un polvo acre. Drummond se fijó atentamente en lo que le rodeaba. Había partido de allí poco después de los dos meses de locura que habían terminado gradualmente cuando la organización de ambas partes fue colapsándose hasta el punto de no poder construir y lanzar más bombas y mantener al mismo tiempo la ley y el orden en sus respectivos territorios, que empezaban a verse asolados por el hambre y las enfermedades. Para entonces, los Estados Unidos eran un gran caos en el que habían desaparecido las ciudades. Desde que partiera en su misión, Drummond apenas había podido mantener algún contacto esporádico por radio cuando encontraba alguna instalación de largo alcance que todavía funcionase. Durante el tiempo transcurrido, se habían producido algunos progresos notables, según pudo apreciar. Todavía no podía calcular hasta dónde alcanzaban aquellos avances, pero la mera existencia de algo como una capital era una demostración suficiente.
Robinson... Las arrugas de su rostro adoptaron una expresión preocupada. No sabía quién era aquel hombre. Drummond había esperado ser recibido por el Presidente, que era quien le había enviado a su misión, junto a muchos otros... No; él era el único que había recorrido la Europa oriental y el Asia oriental. De eso estaba seguro.
Dos centinelas montaban guardia frente a lo que era, evidentemente, un almacén convertido en cuartel general. Los almacenes ya no existían. No había nada que guardar en ellos. Drummond entró en una antecámara fría y poco iluminada. Escuchó el teclear de una máquina de escribir y vio a un miembro del Cuerpo Militar Femenino concentrado en el trabajo... Emitió una exclamación y parpadeó. ¡Aquello era... era imposible! Máquinas de escribir, secretarias. .., ¿no habían desaparecido junto con el resto del mundo dos años antes? Si la era de la obscuridad se había abatido de nuevo sobre la Tierra, no parecía..., no parecía correcto que siguieran existiendo las máquinas de escribir. No se ajustaban a aquel nuevo mundo, no...
Advirtió que el capitán había abierto una puerta al fondo de la antecámara y le esperaba. Al cruzarla, Drummond se dio cuenta de lo cansado que estaba. El brazo le pesaba una tonelada cuando lo levantó para hacer el saludo militar ante el hombre que le observaba detrás del escritorio.
Descanse, descanse.
La voz de Robinson era cordial. Pese a las cinco estrellas que lucía en las hombreras, no llevaba chaqueta ni corbata y su redondeado rostro le dirigía una sonrisa. Sin embargo, tenía un aire de firmeza y seguridad. Para dirigir las cosas en estos tiempos, pensó Drummond, tenía que ser una persona muy competente.
Tome asiento, coronel Drummond –dijo el general señalando una silla próxima a la que él ocupaba.
El aviador se dejó caer sobre ella, entre escalofríos. Sus ojos inquietos recorrieron el despacho. Estaba casi tan bien provisto como cualquiera de antes de la guerra.
¡Antes de la guerra! La frase era casi como una espada que atravesaba la historia con la brutalidad de un asesinato, empañando el pasado hasta convertirlo en un vago fulgor dorado entre nubarrones negros a la deriva, inyectados de rojo. Y sólo habían transcurrido dos años. ¡Sólo dos años! Seguramente, la lucidez mental había dejado de tener sentido en un mundo sometido a tales pesadillas. Apenas dos años, y ya casi no lograba recordar a Bárbara y a los niños. Sus rostros se habían difuminado entre una marea de otros rostros, rostros hambrientos, rostros muertos, rostros humanos convertidos en animalescos por el dolor y la necesidad y el odio abrasador y corrosivo. La pena que le había embargado se había perdido entre el dolor del mundo y, en algunos aspectos, él mismo se había convertido en una máquina.
Parece usted muy cansado –observó Robinson.
Sí... Sí, señor...
Puede ahorrarse las formalidades. No me interesan. Ahora vamos a colaborar estrechamente y no tendremos tiempo para diplomacias.
Muy bien. He venido por la ruta polar. No he dormido desde... Ha sido un viaje muy duro. Sin embargo, señor, si me permite... Usted...
Drummond se detuvo a media frase, titubeante.
¿Yo? Bien, supongo que en este momento soy el Presidente. Ex oficio, pro tempore, o como quiera llamarlo. Tenga, necesita usted un buen trago –Robinson sacó de un cajón una botella y unos vasos; el líquido produjo un gorgoteo al caer en ellos, esparciendo un intenso aroma–. Es whisky de antes de la guerra. Hasta que se acabe, prefiero no empezar con los licores que hacemos ahora. Salud.
La bebida, fuerte y aromática, consiguió reanimar a Drummond. Su cuerpo agradeció el efecto que el líquido le causó en el estómago vacío. Escuchó la voz de Robinson con una nitidez surrealista.
Sí, ahora soy el jefe. Mis predecesores cometieron el error de no separarse y de viajar mucho para intentar poner en pie otra vez al país. Creo que fue así cómo enfermó el Presidente, y sé con toda seguridad que eso mismo les sucedió a otros de su séquito. Naturalmente, no había forma de organizar unas elecciones, y las fuerzas armadas eran prácticamente la única organización que todavía funcionaba, de modo que tuvimos que hacernos cargo de la responsabilidad. Berger estaba al mando, pero se pegó un tiro cuando supo que había respirado polvo radiactivo. Desde entonces, el mando ha recaído en mí. Me ha tocado esa suerte.
Entiendo –asentí; en realidad, no importaba mucho: unas cuantas docenas de muertos más no eran gran cosa, cuando más de la mitad del mundo había desaparecido–. Y..., ¿piensa seguir teniéndola?
Tal vez era una pregunta hecha con excesiva brutalidad; sin embargo, las palabras no eran bombas.
Sí –respondió Robinson, plenamente convencido–. Hemos aprendido mucho en este tiempo. Sí, tenemos mucha experiencia. Hemos repartido el ejército, lo hemos dividido en pequeños destacamentos en posiciones clave esparcidas por el país. Hemos pasado una larga temporada sin viajar salvo para auténticas emergencias y, en estos casos, con muchísimas precauciones. Con ello se han reducido bastante las epidemias. Los microorganismos estaban destinados a ser soltados sobre áreas densamente pobladas. Resultaban casi inmunes a las técnicas médicas conocidas pero, al carecer de portadores y de huéspedes, morían. Supongo que las bacterias naturales acabaron con la mayor parte. Todavía tomamos precauciones al viajar, pero ahora estamos bastante a salvo.
¿No ha regresado ninguno de los demás pilotos? Hubo muchos que, como yo, fueron enviados para ver qué había sucedido realmente en el mundo.
Volvió uno de Sudamérica. La situación allí es parecida a la nuestra, salvo que carecen de nuestra rigidez organizativa y se han deslizado más hacia la anarquía. Hasta hoy no ha vuelto nadie más.
No era sorprendente. De hecho, resultaba asombroso que hubiera regresado alguien. Drummond se había presentado voluntario después de que la bomba que había destruido Saint Louis se llevara también a su familia, en un momento en que no pensaba sobrevivir y le importaba muy poco si lo conseguía. Quizá por eso mismo se había salvado.
Ya tendrá tiempo de hacer un informe por escrito –dijo Robinson–. Ahora, dígame, en términos generales cómo están las cosas por ahí.
La guerra ha terminado –respondió Drummond encogiéndose de hombros–. Todo ha quedado arrasado. Europa ha vuelto al estado salvaje. Se encontraron cogidos entre América y Asia, y les cayeron bombas de ambos lados. No hubo muchos supervivientes, y se han transformado en animales famélicos. Rusia, por lo que he visto, está aproximadamente en la misma situación que nosotros, aunque algo peor. Naturalmente, no pude descubrir gran cosa. No conseguí llegar a China o a la India, pero en Rusia oí rumores...
No, el mundo ha quedado demasiado desintegrado para proseguir la guerra.
Entonces podemos salir al descubierto –murmuró Robinson en voz baja–. Podemos empezar en serio la reconstrucción. No creo que nunca vuelva a haber otra guerra, Drummond. Creo que el recuerdo de ésta quedará demasiado grabado en nuestra raza para que podamos olvidarla.
¿Cree usted que nos será tan fácil darla por terminada?
No, no, claro que no. Nuestra cultura ha sufrido un terrible retroceso, aunque no haya perdido la continuidad. Nunca podremos recuperarnos del todo, pero... estamos en camino de empezar a sobreponernos.
El general se puso en pie mientras consultaba su reloj.
Las seis en punto. Venga conmigo, Drummond. Vámonos a casa.
¿A casa?
Sí, se quedará conmigo. Escuche, parece usted un auténtico zombie. Necesita dormir un mes entero entre sábanas limpias, tomar comidas caseras y disfrutar de una atmósfera familiar. Mi esposa se alegrará de tenerle en casa, pues casi no vemos caras nuevas. Mientras tengamos que colaborar, quiero tenerle a mano. La escasez de hombres competentes es terrible.
Pasearon calle abajo, seguidos de un ayudante. Drummond volvía a tener conciencia de la debilidad y el dolor que atenazaban cada hueso y cada fibra de su cuerpo. Una casa..., una casa después de dos años de ciudades fantasma, de chimeneas derrumbadas sobre la nieve teñida de sangre, de frágiles cobertizos que daban cobijo al hambre y la muerte.
El avión también nos será de gran utilidad –dijo Robinson–. Los aparatos a energía atómica son más escasos de lo que antes eran las gallinas con dientes –añadió, con una risa hueca, como si acabara de hacer un chiste negro–. Le ha llevado a usted más de dos años sin necesidad de combustible. ¿Ha tenido algún otro problema?
De vez en cuando, pero he dispuesto de suficientes piezas de recambio.
No era necesario contarle a Robinson las horas y días de frenéticos trabajos con el aparato, de desesperadas improvisaciones con el estómago hambriento y las epidemias acechando a aquel que permaneciera demasiado tiempo en la zona. También había tenido problemas para conseguir comida, pese a la abundancia de recursos con que había partido. Durante el invierno había luchado por cuatro migajas, deshaciéndose de maníacos aulladores que le habrían matado por conseguir el pájaro que había acertado a abatir o por el caballo muerto que había rescatado de entre los deshechos. Había sentido repugnancia por aquel estado animalesco, y poco le habría importado personalmente si conseguían acabar con él. Pero tenía una misión, y ésta era lo único que le quedaba como objetivo en la vida. Por ello se había asido a ella con intensidad rayana en el fanatismo.
Y ahora la misión había finalizado y Drummond se daba cuenta de que no podía descansar. No se atrevía. El descanso le daría tiempo para recordar. Quizá podría encontrar alivio en la gigantesca tarea de la reconstrucción. Sólo quizá...
Hemos llegado –dijo Robinson.
Drummond parpadeó, asombrado de nuevo. Había un coche, camuflado con unos arbustos, y un chofer militar. ¡Un coche! Y en bastante buen estado, además.
Hemos vuelto a poner en funcionamiento un par de pozos de petróleo, y una pequeña refinería con algunos remiendos –explicó el general–. Nos proporciona suficiente aceite y gasolina para el tráfico que tenemos.
Subieron al asiento trasero del automóvil. El ayudante se sentó delante, con el fusil a punto. El coche empezó a rodar por el camino, montaña abajo.
¿Adonde vamos? –preguntó Drummond un tanto aturdido.
Robinson le dedicó una sonrisa.
Tiene usted a su lado –dijo–, quizás al único hombre afortunado de la Tierra. Teníamos una casita de verano en el lago Taylor, a unos kilómetros de aquí. Mi esposa estaba allí cuando estalló la guerra y se quedó, y no acudió nadie más hasta que instalé el cuartel general en el pueblo. Ahora dispongo de toda una casa para mí y para ella.
Sí. Ha tenido usted suerte –reconoció Drummond; dirigió la mirada a la ventanilla, sin llegar a ver los bosques bañados por el Sol, mientras preguntaba, con voz algo áspera–: ¿Cómo está realmente el país?
Durante un tiempo ha estado mal. Condenadamente mal. Cuando las ciudades desaparecieron, se hundió el sistema de transportes, de comunicaciones, y de distribución. De hecho, toda la economía se desintegró, aunque no en un instante. Luego llegaron el polvo y las epidemias. La gente huyó y se registraron luchas abiertas cuando las zonas seguras, ya superpobladas, se negaron a admitir más refugiados. La policía desapareció junto con las ciudades, y el ejército no podía dedicarse a patrullar. Estábamos ocupados luchando con las tropas enemigas que habían sobrevolado el Polo para invadirnos. Todavía no hemos terminado con todos ellos. Hay partidas enemigas que aún merodean por el país, convertidos en forajidos hambrientos y desesperados, y hay muchos norteamericanos que también se han pasado al bandolerismo cuando todo lo demás les ha fallado. Esa es la razón de que tengamos montada la guardia, aunque hasta ahora no hemos tenido ninguna visita.
»Las bombas de insectos y epidemias arrasaron casi por completo las cosechas, y ese invierno todo el mundo pasó hambre. Después tratamos las plagas con métodos modernos, aunque durante un tiempo apenas pudimos acercarnos a las zonas afectadas, y al año siguiente conseguimos una pequeña producción de alimentos. Naturalmente, al no contar con un sistema de distribución, no pudimos salvar a muchos. De momento, dedicarse a la agricultura todavía es un objetivo que no se puede cumplir. Tardaremos mucho en librarnos de las plagas que nos asolan. Si tuviéramos un centro de investigaciones tan bien equipado como el que las produjo... Pero estamos sobreponiéndonos. Sí, estamos ganando.
La distribución –murmuró Drummond al tiempo que se frotaba la barbilla–. ¿Y los trenes? ¿Y los vehículos con tracción animal?
Algunas líneas de ferrocarril funcionan, pero el enemigo se ocupó de rociarlas de polvo con la misma meticulosidad que nosotros empleamos en las suyas. En cuanto a los caballos y animales de tiro, casi todos fueron sacrificados el primer invierno para servir de alimento. Personalmente, sólo sé que sobreviven una docena. Los tengo en mi casa, y allí trato de criar un número suficiente para que puedan ser de utilidad. Sin embargo –sonrió irónicamente Robinson–, cuando lo hayamos conseguido, las fábricas ya volverán a tener cierto impulso.
Así pues, ahora...
Ya hemos pasado lo peor. Salvo los bandidos, el resto de la población está bastante bien controlada. La gente civilizada está correctamente alimentada y tiene algún tipo de vivienda. Tenemos talleres mecánicos, pequeñas fábricas e instalaciones suficientes para mantener equilibrado el transporte y otros mecanismos de comunicación. En este momento ya estamos en condiciones de programar una expansión, empezando por aumentar los medios con que contamos. Calculo que en unos cinco años más estaremos lo bastante asentados para levantar la ley marcial y celebrar unas elecciones generales. Nos queda un gran trabajo por delante, pero merece la pena.
El coche se detuvo para permitir que una vaca se apartara del camino. Detrás del animal trotaba un ternero. La vaca estaba delgada y sucia, y se apartó rápidamente del vehículo internándose en la espesura.
Una vaca salvaje –explicó Robinson–. La mayor parte de los animales salvajes de verdad han sido cazados durante los dos últimos años para servir de alimento, pero muchos animales de granja escaparon cuando sus propietarios murieron o huyeron, y desde entonces han estado en libertad...
Al observar la mirada fija de Drummond se detuvo. El piloto contemplaba al ternero, cuyas patas medían la mitad de lo normal.
Un mutante –explicó el general–. Encontrará muchos animales así. Es el resultado de la radiación de las zonas bombardeadas o rociadas. Incluso ha habido un montón de nacimientos humanos anormales –Robinson frunció el ceño y un aire de preocupación nubló sus ojos–. De hecho, éste va a ser uno de nuestros peores problemas.
El automóvil dejó atrás el bosque y llegó a la orilla de un pequeño lago. Estaban ante un paisaje apacible: las aguas tranquilas eran como oro fundido bajo el intenso Sol, los árboles rodeaban el perímetro del lago y, en su derredor, se alzaban las montañas. Bajo un enorme abeto se alzaba una casita, en cuyo porche se divisaba una mujer.
Era como un verano con Bárbara... Drummond soltó una maldición en voz baja y siguió a Robinson hacia el pequeño edificio. No, no era como antes. Jamás podría serlo. Jamás. Aquel lugar estaba protegido por centinelas contra posibles merodeadores y... A los pies de Drummond había una flor de extraño aspecto. Era una margarita, pero de tamaño desmesurado, de un rojo intenso y de forma irregular.
Una ardilla cuchicheaba subida a un árbol. Drummond observó que el rostro del animalito estaba tan embotado que casi parecía humano.
Llegaron al porche y Robinson presentó a Drummond a «mi esposa, Elaine». Era una mujer joven, de aspecto agradable, que contempló el rostro agotado de Drummond con un gesto compasivo. El piloto intentó no fijarse en que la mujer estaba embarazada.
Le llevaron al interior de la casa y le prepararon un baño caliente. Después cenaron, pero para entonces Drummond estaba ya vencido por el sueño y apenas advirtió que Robinson le ayudaba a acostarse.

Por fin, al término del viaje, podía relajarse, y Drummond se hundió en un estado de sopor que le imposibilitaba ser de utilidad para sí mismo o para los demás, y que se prolongó más de una semana. No obstante, resultó sorprendente lo que podía conseguirse con una buena alimentación y mucho reposo y, una noche, Robinson llegó a la casa y encontró a Drummond garabateando hojas de papel.
Estoy ordenando mis notas y esas cosas –explicó el piloto–. Supongo que en el plazo de un mes tendré preparado un informe completo de mis observaciones.
Bien, pero no tenga prisa –asintió Robinson mientras se dejaba caer sobre un sillón con aire fatigado–. El resto del mundo aguardará. Preferiría que se dedicara a esto a ratos, y que pase a formar parte de mi equipo de colaboradores como tarea principal.
Muy bien. ¿A qué quiere que me dedique?
A todo en general. La especialización ha desaparecido, pues hay muy pocos especialistas o equipos que hayan sobrevivido. Creo que su principal misión será dirigir la oficina del censo.
¿Cómo?
La oficina del censo será usted mismo, y los pocos ayudantes que pueda proporcionarle –sonrió Robinson; se inclinó hacia delante y añadió con tono sincero–: Se trata de uno de los trabajos más importantes a hacer. Deseo que haga por este país lo que ya ha hecho por la Eurasia central, pero mucho más detalladamente. Tenemos que saber cuál es la situación de la población, Drummond.
Tomó un mapa de un cajón del escritorio y lo extendió sobre éste.
Mire, aquí tenemos los Estados Unidos. He marcado en rojo las zonas que se conoce con certeza que son inhabitables –sus dedos recorrieron las manchas de color–. Hay demasiadas, y seguramente habrá otras que todavía no hemos descubierto. Esas aspas azules son los puestos avanzados del ejército –las señales mencionadas eran pocas y estaban repartidas por el territorio, cerca de los centros de reagrupamiento de la población–. No tenemos suficientes. Es todo lo que podemos hacer para controlar a la gente pacífica, que más o menos va recuperándose. Los bandidos, las tropas enemigas y los refugiados sin hogar todavía vagan sin control, ocultos entre los bosques y las tierras yermas, asaltando lo que tengan a su alcance. Esos grupos son los que extienden las epidemias. No podremos acabar con ellas hasta que todo el mundo esté asentado otra vez, y eso será difícil de conseguir. Ni siquiera tenemos soldados suficientes para iniciar la planificación de un sistema de protección al estilo feudal. Las epidemias se extienden en esas concentraciones humanas como los incendios en las praderas.
«Tenemos que saber con precisión cuánta gente ha sobrevivido: la mitad de la población, un tercio, una cuarta parte, lo que sea. Tenemos que saber dónde están y cómo consiguen alimentos, para poner en marcha un sistema equitativo de distribución. Tenemos que localizar todas las tiendas, laboratorios y bibliotecas de ciudades pequeñas que todavía se sostengan en pie, y rescatar sus inapreciables contenidos antes de que nos los quiten los saqueadores o las condiciones atmosféricas. Tenemos que localizar a médicos e ingenieros y otros profesionales y ponerlos a trabajar en la reconstrucción. Hemos de encontrar a los bandidos y detenerlos. Tenemos que... Bueno, podría seguir indefinidamente. Una vez tengamos toda esta información, podremos poner en marcha un plan maestro para la redistribución de la población, la agricultura, la industria y demás, del modo más eficaz posible, para devolver el país a una autoridad y a una policía civiles, para abrir canales regulares de transporte y comunicación... En una palabra, para poner otra vez en pie al país.
Le entiendo –asintió Drummond–. Hasta ahora, ha tenido preferencia la mera supervivencia y el aprovechamiento de lo que ha quedado a salvo. Ahora, estamos en situación de empezar a expandirnos si sabemos dónde y cómo realizar esta expansión.
Exacto –asintió Robinson con una mueca, mientras liaba un cigarrillo–. No queda mucho tabaco. Y el que tengo es inmundo. ¡Señor, esa guerra ha sido una locura!
Todas las guerras lo son –añadió Drummond, desapasionadamente–, pero la tecnología había avanzado hasta el punto de proporcionarnos la navaja con que nosotros mismos podíamos rebanarnos el cuello. Hasta ahora, lo máximo que hacíamos era darnos golpes de cabeza contra los muros. Escuche, Robinson, no podemos volver a los viejos tiempos. Tenemos que iniciar un nuevo camino, un camino cuerdo y razonable.
Sí. Y eso me recuerda... –Robinson dirigió una mirada a la cocina: pudieron oír el alegre ruido de los platos y llegó hasta ellos el aroma de la comida, que les hizo la boca agua; el general bajó la voz–: Deseo decirle a usted algo ahora mismo, pero no quisiera que Elaine se enterara. No..., no es cuestión de preocuparla. ¿Ha visto ya los potros de la cuadra, Drummond?
Sí, los vi el otro día. Esos potros...
Aja. El año pasado nacieron cinco potros de once yeguas. Dos de ellos eran tan deformes que murieron al cabo de una semanas, y otro no resistió más que unos meses. De los dos restantes, uno tiene las pezuñas partidas y casi carece de dientes. El quinto parece normal, de momento. Sólo uno de once, Drummond.
¿Esos caballos estaban cerca de alguna zona radiactiva?
Debían de estarlo. Fueron capturados en distintas partes y traídos aquí. El semental, según me han dicho, fue capturado cerca de donde estaba Portland. Sin embargo, si hubiera sido el único en tener genes mutantes, difícilmente habrían aparecido deformaciones en la primera generación, ¿no es así? He llegado a la conclusión de que casi todas las mutaciones son causadas por genes recesivos mendelianos. Y si hubiera alguno dominante, habría aparecido en todos los potros, pero ninguno de los cinco tenía el menor parecido con los restantes.
Hum... No sé gran cosa de genética, pero conozco bien las radiaciones intensas y sé que éstas, así como las partículas de carga secundaria que producen, provocarán muchas mutaciones. Sin embargo, los seres mutantes no son muy abundantes y tienden a concentrarse en ciertos grupos característicos...
Eso de que no había muchos era antes... –de pronto, Robinson había adoptado una expresión extraña, una mirada fría y cargada de temor–. ¿No se ha fijado en los animales y las plantas? Hay menos que antes y... bueno, no he llevado la cuenta, pero la mitad de los que he visto o matado tenían algún defecto, interna o
externamente.

Drummond dio una profunda chupada a la pipa. Necesitaba algo a lo que asirse en aquella nueva tormenta de locura. En voz muy baja, susurró:
En el curso de biología que hice en la universidad nos dijeron que la gran mayoría de las mutaciones son inviables. Hay muchas más posibilidades de que no salga nada que de lo contrario. La radiación puede matar a un animal o producir en él cambios genéticos de diverso grado. Pueden aparecer mutaciones tan virulentas y mortíferas que el afectado no llegue a nacer, o muera pronto. Pueden producirse factores desfavorables de todo tipo, en grado mayor o menor, o meros cambios al azar que no tengan mucha importancia en ningún sentido. O incluso puede haber algunos casos, muy pocos, en que la mutación resulte en realidad favorable. Sin embargo, tampoco puede decirse realmente que estos mutantes sean miembros auténticos de la especie. Además, las mutaciones favorables suelen cobrarse su precio en la pérdida parcial o total de alguna otra función.
En efecto –asintió gravemente Robinson–. Uno de los objetivos del censo será intentar localizar a todos y cada uno de los especialistas en genética aún supervivientes y hacerlos venir aquí. Pero su auténtica misión, la que sólo usted y un par de colaboradores deben conocer, la tarea principal por encima de cualquier otra consideración, será encontrar mutantes humanos.
Drummond sintió que se le secaba la garganta.
¿Han habido muchos casos? –preguntó en un susurro.
Sí, pero no sabemos cuántos ni dónde. Sólo conocemos los de personas que vivían cerca de los puestos militares o que han mantenido algún tipo de relación habitual con nosotros, y eso apenas alcanza a unos miles de individuos. Entre éstos, la tasa de natalidad ha descendido a menos de la mitad de la anterior a la guerra, y más de la mitad de los nacimientos producidos son anormales.
¡Más de la mitad...!
En efecto. Naturalmente, los muy diferentes mueren pronto o son llevados a una institución que hemos establecido en las montañas Alleghenies. Sin embargo, ¿qué podemos hacer con las formas viables si sus padres todavía los quieren? Los niños y niñas con órganos deformes o abortados, o que carecen de ellos, y aquellos que tienen la estructura interna deformada, los que nacen con cola o en condiciones aún peores... Bueno, a todos estos les espera una vida muy dura, pero en general pueden sobrevivir. Y perpetuarse...
E incluso los que parecen normales pueden tener una tara que pase inadvertida, o una característica que no aparezca hasta dentro de muchos años. Hasta puede que los niños normales sean portadores de genes recesivos y los transmitan... ¡Señor! –la exclamación era mitad plegaria, mitad blasfemia–. ¿Cómo puede haber sucedido? No toda la gente estaba en las zonas que sufrieron los bombardeos atómicos.
Quizá tenga razón, aunque muchos de los supervivientes escaparon de la periferia de las ciudades. Sin embargo, durante el primer año después de la catástrofe todo el mundo vagaba de un lugar a otro, y fueron muchos los que se acercaron sin saberlo a las zonas de radiación caliente. Además, estaba el maldito polvo radiactivo que llenaba el aire. Ese polvo tiene una vida media muy prolongada, y seguirá siendo un peligro durante décadas. Por otra parte, como era lógico esperar en una cultura que se derrumba, la promiscuidad ha sido muy corriente. Y todavía sigue siéndolo. En resumen, los cambios genéticos se han extendido por todas partes.
Sigo sin comprender por qué han alcanzado un grado tan alto. Incluso aquí...
Yo tampoco entiendo por qué han aparecido mutaciones aquí. Supongo que gran parte de la flora y fauna locales han llegado de otras partes. Esta zona es segura y la región contaminada más próxima está a quinientos kilómetros, con altas cadenas montañosas por medio que sirven de protección. Deben de haber muchas otras zonas aisladas en condiciones similares de relativa normalidad. Tenemos que localizarlas, pero en el resto del territorio...
La sopa ya está a punto –anunció Elaine, apareciendo por la puerta de la cocina con un carrito cargado de comida, en dirección al comedor.
Los hombres se pusieron en pie. Drummond miró a Robinson con aire abatido y musitó con voz monocorde:
Está bien. Recogeré la información que me pide. Haremos un mapa de las regiones con mutaciones y de las zonas sanas, comprobaremos la situación de la población y de los recursos y, por último, reuniremos los demás datos que desea. ¿Qué se propone hacer entonces?
Me gustaría saberlo –respondió Robinson, abatido–. Me gustaría saberlo.

El invierno proseguía hacia el norte con toda lentitud, bajo un inmenso cielo grisáceo que parecía helado, casi sólido, sobre las blancas llanuras salpicadas de pequeños oteros. Los últimos tres inviernos habían llegado pronto y se habían prolongado mucho. El polvo, la substancia coloidal de las bombas, permanecía suspendido en la atmósfera y había reducido la radiación solar que alcanzaba la superficie del planeta a unos mínimos casi mortales. Se habían producido algunos terremotos en zonas del mundo geológicamente inestables, causados por bombas dirigidas conscientemente a provocarlos. Media California había desaparecido cuando una de aquellas bombas saboteadoras dio lugar a un gigantesco movimiento de tierras en la falla de San Andrés. Y ello produjo, además, una nueva polvareda radiactiva.
«Era el invierno perpetuo –pensaba Drummond con desánimo–. La maldición mencionada en la profería. Pero no, todavía sobrevivían, aunque quizá no como verdaderos seres humanos...» La mayoría de los grupos instalados en la zona se habían trasladado al sur, donde la superpoblación había convertido el hambre, las enfermedades y las luchas intestinas en aspectos normales de la vida cotidiana. Quienes habían permanecido en las tierras altas y habían tenido suerte con las cosechas asoladas por las plagas, estaban en mejor situación.
El jet estratosférico de Drummond se deslizó sobre los cráteres y las ruinas ennegrecidas de las Ciudades Gemelas. La radiactividad era todavía tan acusada que fundía la nieve, y el hueco formado por las explosiones era como la cuenca vacía del ojo de una calavera. El piloto suspiró, pero cada vez se sentía más acostumbrado a un mundo yermo y desolado. Eran tantas las zonas en aquel estado... Ahora sólo importaba la lucha agónica por la vida.
Dio una pasada sobre el siniestro resplandor de las ruinas y sobrevoló a baja altura los campos sin fin. Restos chamuscados de casas de campo, esqueletos de ciudades fantasma, tierras agostadas por el polvo... Sin embargo, había oído hablar a algunos viajeros acerca de una comunidad bastante poderosa cerca de la frontera canadiense, y ahora su principal interés era encontrarla.
Durante los seis meses anteriores se había ocupado de muchos asuntos. Había tenido que planificar un método de investigación, organizar a sus escasos ayudantes sobrecargados de trabajo hasta formar un equipo eficaz, y emprender la larga búsqueda.
No había podido cubrir todo el país. El intento habría resultado baldío. Los contados aviones de que disponían habían recorrido zonas escogidas más o menos al azar, en un intento de tener una muestra representativa de cuáles podían ser las condiciones en el conjunto del territorio. Se había internado en las zonas sin control, en las montañas, las llanuras y los bosques, y había establecido contacto con sus escasos moradores, esparcidos y desmoralizados.
Al final, aquel había sido el trabajo más laborioso de todos. La mayoría se había mostrado patéticamente contenta de ver algún símbolo de la ley y el orden y de lo que ahora parecían paradisíacos «viejos tiempos». De vez en cuando surgía algún problema o algún peligro al encontrarse grupos descontentos, temerosos o manifiestamente hostiles a todo intento de recomponer un gobierno al que asociaban con el desastre. En una ocasión, incluso, habían sostenido una batalla en toda regla con un grupo de bandidos trashumantes. Sin embargo, el trabajo había seguido adelante y, por fin, los preliminares estaban casi ultimados.
Los preliminares... Ahora venía una tarea aún más compleja: determinar exactamente cómo estaban los asuntos que el país entero se hallaba en condiciones de emprender de inmediato. Sin embargo, Drummond disponía de datos suficientes para realizar una extrapolación fiable. Junto con su equipo, había recopilado la mayor parte de los datos básicos y había empezado a relacionarlos. Tenía cuadernos y más cuadernos de informaciones obtenidas mediante preguntas, observaciones, indagaciones y demás medios disponibles. Y en las líneas perfiladas a grandes rasgos, con el mismo crudo realismo, se contenía la verdad.
«Bueno, sólo este sitio más y me vuelvo a casa –pensó Drummond por enésima vez; su cerebro estaba cayendo en una rutina, trazando el mismo círculo terrible una y otra vez, sin encontrar salida–. A Robinson no le gustará lo que he de decirle, pero las cosas son así –fúnebre, lentamente, añadió–: ¡Ah, Bárbara! Quizás haya sido mejor que tú y los niños desaparecierais entonces. Una muerte rápida, limpia, sin daros ni tiempo a sentirla. Esto ya no es un mundo, y jamás volverá a ser el nuestro.»
Divisó el lugar que buscaba, un grupo de edificios junto a las orillas heladas del Lago de los Bosques. El avión descendió hacia el blanco suelo. Lo que había oído contar de aquella población no era demasiado alentador, pero Drummond confiaba en salir bien. De todos modos, los demás tenían todos sus datos, así que poco importaba.
Cuando se posó en el claro a la entrada del pueblo, utilizando los patines del aparato, la mayor parte de los habitantes le estaban esperando. Bajo la mortecina luz del anochecer parecían un grupo de desharrapados medio salvajes, vestidos torpemente con los restos de telas y cuero que tenían a mano. Los hombres, barbudos y recelosos, iban armados con porras y cuchillos, e incluso algunas armas de fuego. Cuando Drummond salió del avión, estuvo muy atento a no aproximar las manos a las cartucheras de sus propias armas automáticas.
Hola –dijo–. Vengo como amigo.
Será mejor para ti –gruñó el corpulento jefe–. ¿Quién eres, de dónde vienes y por qué?
En primer lugar –se apresuró a mentir Drummond sin levantar el tono de voz–, quiero decirte que hay otro hombre con un avión como éste que sabe dónde estoy. Si no regreso a determinada hora, vendrá aquí con bombas. Pero no tenemos intención de causar daño o interferencias. Sólo se trata de una especie de visita social. Soy Hugh Drummond, del ejército de los Estados Unidos.
El grupo digirió la información lentamente. Evidentemente, no eran amigos del gobierno, pero sentían demasiado temor al avión y al armamento para mostrarse abiertamente hostiles. El jefe escupió.
¿Cuánto tiempo te quedarás?
Sólo esta noche, si no me rechazáis. Pagaré por quedarme –añadió mientras alzaba una bolsita–. En tabaco.
Los ojos de los hombres brillaron, y el jefe respondió.
Te quedarás conmigo. Vamos.
Drummond le entregó el obsequio y avanzó con el grupo. No le gustaba desprenderse de aquellos lujos sin precio a cambio de nada, pero el trabajo era más importante. Y el jefe parecía un poco ablandado por la fragante picadura, que husmeaba ávidamente.
Hace tiempo que sólo fumo cortezas y hierbas –le confió–Terrible.
Peor aún –asintió Drummond.
Se subió el cuello de la chaqueta y le recorrió un escalofrío. El viento que empezaba a levantarse era terriblemente frío.
¿Por qué has venido aquí? –preguntó una voz.
Sólo deseo saber cómo están las cosas. Hemos puesto en marcha otra vez el gobierno y empezamos a arreglar algunos asuntos. Pero ahora tenemos que saber dónde está la gente, qué necesidades hay, y cosas así.
No queremos saber nada de gobiernos –murmuró una mujer–. Ellos provocaron todo esto.
¡Oh, vamos! Nosotros no pedimos ser atacados.
Drummond cruzó mentalmente los dedos. Ni sabía ni le importaba de quién había sido la culpa. Ambas partes, al permitir que su mutuo temor y sus fricciones les condujeran a la histeria. De hecho, no estaba seguro de que no hubieran sido los Estados Unidos los primeros en lanzar los cohetes, por orden de algunos funcionarios agresivos o llevados por el pánico. No quedaba nadie vivo que reconociera saberlo.
Ha sido el castigo de Dios por los pecados de nuestros dirigentes –insistió la mujer–. Las epidemias, la muerte a sangre y fuego, ¿no está todo eso profetizado en la Biblia? ¿No estarnos viviendo los últimos días del mundo?
Quizá.
Drummond se alegró de detenerse por fin ante una gran cabaña de techo bajo. Las discusiones religiosas eran ahora un tema delicado y, rodeado de un montón de gente, podían convertirse en dinamita.

Penetraron en la construcción que pese a contar con muy pocos muebles resultaba bastante confortable. Además del jefe, entró con Drummond un puñado de hombres más. Pese a todas las suspicacias, sentían curiosidad, y un forastero llegado en avión era, en esos días, todo un acontecimiento.
Drummond observó discretamente toda la estancia, fijándose en los detalles. Había tres mujeres, lo que indicaba un retorno al concubinato, algo que sólo cabía esperar en tiempos de escasez de hombres y de dominio del más fuerte. Los ornamentos y útiles, las herramientas y armas de buena calidad, todo ello confirmaba los relatos que había escuchado. No estaba exactamente en una ciudad de bandidos, pero era evidente que sus moradores se dedicaban a asaltar a los viajeros y a hacer incursiones a otros lugares cuando la necesidad agobiaba, y que habían consolidado una especie de dominio sobre el territorio circundante. Aquella era también una característica frecuente.
En el suelo había una perra con su camada. Sólo tenía tres cachorros, uno de los cuales era calvo, a otro le faltaban las orejas y el tercero tenía más dedos de los debidos en las patas. Entre los niños presentes, de ojos abiertos como platos, había varios de dos años o menos, y todos, casi sin excepción apreciable, tenían también rasgos diferentes.
Drummond suspiró profundamente y tomó asiento. En cierto modo, aquello confirmaba las sospechas que durante tanto tiempo había albergado. Encontrar mutaciones en aquel rincón, uno de los más alejados de donde había caído la destrucción atómica, era la última evidencia que necesitaba.
Tenía que mostrarse amistoso o no lograría descubrir gran cosa acerca de la población, producción de alimentos y demás datos que necesitaba saber. Con una sonrisa forzada sobre sus labios tensos, sacó de la chaqueta una botella.
Whisky de antes de la guerra –anunció–. ¿Quién quiere un trago?
¡Todos! –rugieron las voces de una docena de los presentes.
La botella pasó de mano en mano mientras los hombres maldecían, se daban manotazos e intentaban asirla. Drummond pensó, irónicamente, que el alcohol casero de la ciudad debía de ser terrible.
El jefe gritó una orden, y una de las mujeres se puso a revolver ante la primitiva cocina.
Te preparará algo de comer –le dijo a Drummond con entusiasmo–. Yo me llamo Sam Buckman.
Encantado de conocerte, Sam –dijo Drummond al tiempo que estrechaba la peluda mano de su interlocutor.
Tenía que demostrar que no era uno de aquellos enclenques de ciudad, farsantes y embaucadores.
¿Cómo está el resto del país? –preguntó atinadamente uno del grupo–. Hace tanto tiempo que no salimos de aquí...
No os habéis perdido gran cosa –respondió Drummond entre mordisco y mordisco: la comida era bastante buena; hizo una breve descripción de la situación y, al terminar, añadió–: Aquí estáis mejor que la mayoría.
Sí, quizá –replicó Sam Buckman mesándose la barba–. Lo que daría por una hoja de afeitar... Pero no ha sido fácil sobrevivir. El primer año no lo pasamos mejor que los demás. Yo soy granjero. El primer invierno guardé unos cuantos granos de maíz y de cebada en el bolsillo, aunque estábamos pasando hambre. Un grupo de refugiados hambrientos asaltó mi casa, pero escapé y llegué hasta aquí. El año siguiente me instalé en una de las granjas vacías y empecé de nuevo.
Drummond dudaba de que dicha granja hubiese estado abandonada, pero no dijo nada. La lucha por la supervivencia obviaba muchas consideraciones.
Después llegaron otros y se instalaron aquí –añadió el jefe con aire evocador–. Ahora trabajamos juntos en los campos. Tenemos que hacerlo, porque un hombre solo no puede sobrevivir sin ayuda entre tantas plagas y epidemias, con las cosechas llenas de plantas enfermas o anormales y con los bandidos merodeando por las cercanías. Pero de estos últimos no hay muchos, aunque el invierno pasado derrotamos a un grupo de soldados enemigos.
Al mencionar el hecho, el jefe hizo un gesto de orgullo. Sin embargo, Drummond no se sentía especialmente impresionado. Un puñado de guerrilleros famélicos y muertos de frío, perdidos y confusos en territorio enemigo y extraño, sin esperanza de volver a casa siquiera, no constituía un adversario formidable.
Ahora las cosas van mejor –continuó Buckman–. Estamos levantando cabeza –hizo un gesto de frustración y un palpable abatimiento se extendió por la estancia–: Si no fuera por los nacimientos...
Sí, los nacimientos, los recién nacidos. Incluso el ganado y las plantas –era un anciano quien hablaba ahora, con una mirada vidriosa próxima a la locura–. Es la marca de la bestia. Satanás anda suelto por el mundo y...
¡Silencio!
Enorme, visiblemente encolerizado, Buckman se levantó de su silla y asió al anciano por su huesuda garganta.
¡Cállate o te aplasto esa boca mentirosa que tienes! Ningún hijo mío va a estar marcado por el diablo.
¡Ni los míos...! ¡Ni los míos...!
El rumor de las voces recorrió la choza, lóbrego y cargado de temor.
¡Es el castigo divino, yo os lo aseguro –chilló de nuevo la mujer que antes había protestado por la presencia de Drummond–. El fin del mundo se acerca. Preparaos para la segunda venida de...
¡Cállate tú también, Mag Schmidt! –gritó Buckman, todavía en pie con el cuerpo inclinado hacia delante, los brazos separados del cuerpo y balanceándose a los costados, los puños cerrados y los ojillos enrojecidos recorrieron la estancia con aire enfurecido–. Cállate y mantén la boca cerrada. Sigo siendo el jefe aquí, y si no te gusta, puedes largarte. Sigo sin creerme que ese crío tuyo deforme se cayera al lago por accidente...
La mujer enmudeció, con los labios apretados. Un tenso silencio invadió la estancia y uno de los pequeños empezó a llorar. La criatura tenía dos cabezas.
Lenta y pesadamente, Buckman se volvió hacia Drummond, que permanecía inmóvil, sentado contra la pared.
¿Lo ves? –exclamó el jefe–. ¿Ves lo que sucede? Quizá sea una maldición divina. Quizás el mundo se esté terminando, no lo sé. Lo único que sé es que hay pocos niños, y la mayoría de ellos deformes. ¿Seguirán así las cosas? ¿Todos nuestros hijos serán monstruos? ¿Tenemos que..., que matarlos y esperar a que nos nazcan hijos verdaderamente humanos? ¿Qué significa todo esto? ¿Qué debemos hacer?
Drummond se levantó. Sobre sus hombros sentía un peso terrible, de siglos, y le invadió la pesadumbre –absoluta y tremenda– de haber visto aquellas muestras de pánico y de haber escuchado demasiadas veces aquellas preguntas desesperadas. Sí, demasiadas...
No, no los matéis –respondió–. Eso sería un asesinato de la peor clase y, de cualquier modo, no serviría de nada. Eso es consecuencia de las bombas y no se puede hacer nada por evitarlo. Seguid teniendo hijos aunque sean así, e intentad acostumbraros a ellos.

Con el jet estratosférico a energía atómica, Minnesota no quedaba lejos de Oregon, y Drummond tomó tierra en Taylor a mediodía de la jornada siguiente. Esta vez no se dio prisas en poner el aparato a cubierto. Arriba, en la montaña, había una extensión de tierra apisonada donde lentamente iba levantándose un nuevo aeródromo. Los hombres empezaban a superar su terror al cielo. Ahora había otro temor que afrontar, uno del que no había escapatoria posible.
Drummond avanzó lentamente por la calle helada hasta la oficina central. Hacía un frío entumecedor, una helada intensa y prolongada que se colaba entre las ropas hasta la carne y los huesos. En el interior no se estaba mucho mejor, pues los sistemas de calefacción no eran todavía más que pobres improvisaciones.
¡Ya ha regresado! –exclamó Robinson al recibirle en la antecámara, repentinamente galvanizado por la impaciencia: tenía un aspecto ajado, mucho más delgado y nervioso, como si tuviera diez años más; sin embargo, irradiaba una gran expectación–. ¿Qué tal? ¿Cómo están las cosas?
Drummond sostuvo en alto un abultado cuaderno de notas.
Está todo aquí –dijo con aire abatido–. Aquí están todos los datos que precisamos. Todavía no he podido estudiarlos a fondo, pero el cuadro general es bastante simple.
Robinson posó una mano sobre el hombro del piloto y le hizo pasar al despacho. Drummond notó que al general le temblaba la mano pero tomó asiento y aceptó una copa antes de volver al tema.
Ha hecho usted un buen trabajo –dijo el jefe calurosamente–. Cuando el país vuelva a estar organizado, procuraré que le den una medalla por ello. Los hombres de los demás aparatos no han regresado todavía.
No, tardarán bastante en recoger los datos. El trabajo no estará terminado hasta dentro de varios años. Yo sólo he podido formarme una idea general, pero es suficiente. Sí, suficiente...
La mirada de Drummond volvió a fijarse en el vacío, Robinson sintió un escalofrío ante aquella mirada vaga e indefinida. Con un susurro, preguntó por fin:
¿Es..., es mala?
La peor. Físicamente, el país empieza a recuperarse. En cambio, biológicamente, hemos llegado a una encrucijada y hemos tomado el ramal equivocado.
¿A qué se refiere? ¿De qué está hablando?
Drummond le dio entonces los datos directamente, en toda su crudeza, como en un ataque a la bayoneta.
El índice de natalidad no llega a la mitad que el anterior a la guerra, y aproximadamente un setenta y cinco por ciento de todos los nacidos son mutantes, de los cuales dos terceras partes son viables y, presumiblemente, fértiles. Naturalmente, aquí no se cuentan las características que puedan tener una maduración posterior, ni las indetectables en una inspección visual, ni los genes mutantes recesivos que puedan ser transmitidos por cigotos de apariencia normal. Ésta es la situación en todas partes. No existen lugares que estén a salvo de ella.
Entiendo –dijo Robinson al cabo de un largo instante; asintió como si hubiera recibido un golpe directo y no se hubiera dado todavía plena cuenta de ello–. Entiendo. Y eso se debe...
La razón es evidente –le ayudó Drummond.
Sí, claro: el movimiento de la gente por zonas radiactivas.
No, de ningún modo. Eso sólo explicaría algunos casos. El resto...
No importa –le interrumpió Robinson–. Los hechos están ahí, y eso basta. Tenemos que decidir qué hacemos al respecto.
Y rápidamente –añadió Drummond–. Nuestra cultura está naufragando. Al menos, hemos preservado nuestra continuidad histórica, pero incluso eso está desapareciendo ahora. La gente se volverá loca cuando vea que, parto tras parto, los niños salen monstruosos. Piense en el temor a lo desconocido, que paralizará todas las mentes, todavía aturdidas por la guerra y sus consecuencias inmediatas. Piense en la frustración de la paternidad, quizás el instinto más básico que poseemos. Vamos hacia el infanticidio, el abandono, el desespero... Un verdadero cáncer en la raíz de la sociedad. Tenemos que actuar pronto.
¿Cómo? ¿Cómo? –exclamó Robinson con la mirada fija y aturdida.
No lo sé. Usted es el jefe. Quizás una campaña educativa, aunque eso parece difícil de poner en práctica. O quizás acelerando el programa de reintegración del país. No lo sé...
Drummond cargó su pipa. Se le estaban terminando las últimas reservas de tabaco, pero prefería algunas bocanadas profundas a muchas chupadas cortas.
Naturalmente –murmuró con aire pensativo–, esta situación no significa, probablemente, el final de las cosas. No podremos saberlo hasta dentro de una generación o más, pero imagino que los mutantes podrán incorporarse a la sociedad. Será mejor que así sea, pues superarán en número a los humanos. Lo que es seguro es que, si dejamos que las cosas se desarrollen sin intervenir, no hay modo de saber cómo terminarán. La situación no tiene precedentes. Podemos terminar en una cultura de variaciones especializadas, lo cual sería muy malo desde el punto de vista evolutivo. Se producirían luchas entre los distintos tipos de mutantes, o enfrentamientos con los humanos. El cruce genético daría lugar a seres aún más monstruosos, en especial cuando empezasen a asomar los recesivos acumulados. Mire, Robinson: si queremos tener algo que decir en lo que va a suceder durante los próximos siglos, tenemos que actuar rápidamente. De lo contrario, será como una bola de nieve fuera de todo control.
Sí, sí, tenemos que actuar en seguida, y con dureza –asintió Robinson al tiempo que se enderezaba en su asiento con ademán resuelto, aunque con la mirada todavía aturdida–. Estamos bien organizados. Tenemos los hombres, las armas y la organización suficientes. No podrán oponernos resistencia.
Las emociones entumecidas de Drummond se agitaron, recorridas por un terrible escalofrío de temor.
¿De qué está usted hablando? –soltó.
Del exterminio racial. Todos los mutantes y sus padres deberán ser esterilizados donde y cuando sean detectados.
¿Se ha vuelto loco, Robinson?
Drummond saltó de su silla, asió a Robinson de los hombros con el escritorio de por medio y le dio una sacudida.
¿Cómo se le ocurre? ¡Es..., es imposible! ¡Provocaríamos una revuelta, una guerra civil, el colapso final!
¡Si empezamos ahora mismo, no! –en la frente del general aparecieron unas pequeñas perlas de sudor–. Esto no me complace más que a usted, pero debe hacerse o la raza humana estará condenada. Si hay más mutantes que nacimientos normales... –se puso en pie, jadeando–. He pensado mucho en esto. Sus datos no hacen sino confirmar mis sospechas. Esto rompe todos los esquemas, ¿no lo entiende? La evolución ha seguido su curso lentamente. La vida no está diseñada para afrontar un cambio tan repentino. A menos que logremos salvar la descendencia humana intacta, ésta será absorbida y la diferenciación continuará hasta que la humanidad sea una colección de monstruosidades, probablemente estériles entre sí. O... también podría haber un puñado de genes recesivos letales. Extendidos a grandes segmentos de población, podrían acumularse sin ser reconocidos hasta que casi todo el mundo los poseyera y, entonces, surgieran en todos a la vez. Eso nos borraría de la faz de la Tierra. Ya ha sucedido anteriormente en ratas y otras especies. Si eliminamos la descendencia mutante ahora, todavía podemos salvar la raza. No hay necesidad de ser crueles. Tenemos técnicas rápidas e indoloras para la esterilización, que no trastornan el equilibrio endocrino. Pero tenemos que hacerlo... –su voz se alzó hasta convertirse en un grito quebrado–. ¡Tenemos que hacerlo!
Drummond le golpeó con la mano abierta, secamente. El general emitió un jadeo, se sentó y empezó a sollozar. Aquello fue quizá lo más horrible de todo.
¡Se ha vuelto loco! –dijo el piloto–. Se le han aflojado los tornillos de tanto darle vueltas a las cosas estos seis últimos meses, sin saber qué sucedía y sin posibilidades de actuar. Ha perdido totalmente la perspectiva.
»No podemos usar la violencia. En primer lugar, rompería definitiva e irreparablemente nuestra cultura, ya resquebrajada y tambaleante, abocándola a una salvaje lucha final. Y ni siquiera ganaríamos. Nos superan en número y no podríamos gobernar un continente, y mucho menos un planeta. Y recuerde lo que una vez dijimos acerca de abandonar la antigua manera de hacer las cosas a lo salvaje, que nunca significa una solución real a ningún problema. De lo contrario, olvidaríamos una lección que nos han pasado por las narices hace apenas tres años. Volveríamos al bestialismo, a la extinción definitiva.
»Y, de todos modos –prosiguió Drummond en voz muy baja–, no serviría de nada. Seguirían naciendo mutantes. El veneno está en todas partes. Padres normales, en algún momento de su descendencia darán lugar a hijos mutantes. Tenemos que aceptar este hecho, y vivir con él. La nueva raza humana tendrá que vivir con ello.
Robinson levantó la cabeza de entre sus manos. Tenía una expresión descompuesta, pálida y envejecida, pero había recuperado la calma.
Lo siento. Yo... Me he ofuscado. Tiene razón. He estado pensando en esto, preocupándome, interrogándome, viviéndolo y respirándolo, dándole vueltas durante las noches de insomnio, y soñando en ello cuando por fin caigo dormido. Sí..., comprendo su punto de vista, y tiene usted razón.
Está bien. Supongo que ha estado bajo una tensión terrible. Tres años sin descanso, con la responsabilidad de llevar una nación y, ahora, esto... Todo el mundo tiene derecho a estar un poco alterado, pero ya encontraremos una solución.
Sí, claro.
Robinson sirvió dos copas y apuró la suya de un trago. Se puso a andar de un lado a otro de la sala y a oleadas fue recuperando su capacidad, tomando fuerzas y confianza.
Veamos... La solución es la eugenesia, por supuesto. Si trabajamos a fondo, podemos tener la nación organizada dentro de diez años. Luego..., bueno, supongo que no podremos evitar que los mutantes se reproduzcan, pero desde luego estaremos en posición de aprobar leyes que protejan a los humanos y que estimulen su propagación. Dado que las mutaciones profundas resultarán probablemente estériles, y que la mayoría de mutantes estarán disminuidos física o mentalmente en alguna medida, los humanos estarán en situación dominante en todo el planeta dentro de pocas generaciones.
Drummond frunció el ceño, preocupado. Le resultaba extraño que Robinson se mostrara tan irrazonable. Por alguna razón, el general tenía un punto ciego en lo referente a aquel problema, el más básico para la recuperación de la sociedad humana. Lentamente, replicó:
Eso tampoco funcionaría. En primer lugar, resultaría muy difícil de imponer y hacer cumplir. En segundo lugar, estamos repitiendo la vieja idea del Herrenvolk. Los mutantes son inferiores, y deben ser mantenidos en su lugar; para conseguir tal cosa, sobre todo cuando se trata de una mayoría, sería preciso establecer un estado totalitario y policial. En tercer lugar, tampoco eso funcionaría, pues el resto del mundo, casi sin excepciones, carece de tal control y seguirá en tal situación durante un largo período, generaciones quizá. Mucho antes, los mutantes, en número, dominarán en todas partes y, si nos acusan de haber maltratado a los de su clase en nuestro país, mejor será que corramos a ocultarnos de ellos.
Su imaginación corre demasiado, Drummond. ¿Cómo puede saber que los cientos o miles de tipos de mutantes se pondrán a trabajar juntos? El parecido entre los distintos grupos será aún menor que el que puedan guardar con los humanos. Puede que un grupo se lance contra el otro.
Quizá, pero eso sería también un retroceso al viejo camino de la traición y la violencia, el sendero al Infierno. Según creo, si denominamos a todo aquel que no sea del todo humano «mutante», como si formara una clase separada, éste se convencerá de que existe tal separación y, en consecuencia, actuará en contra de los que se autocalifiquen de «humanos». No: el único camino a la cordura y a la supervivencia pasa por el abandono de todo prejuicio clasista y toda discriminación racial, y por actuar con cada ser humano, mutante o no, como un individuo normal. Todos somos... bueno, terrícolas, y cualquier subclasificación resulta mortífera. Tenemos que convivir todos juntos, y hacerlo en las mejores condiciones posibles.
Sí... Sí, también tiene razón en esto.
De todos modos, repito que cualquier intento en el sentido que usted apuntaba resultaría inútil. Toda la Tierra está infectada por la mutación, y seguirá estándolo durante una larga temporada. Incluso los seres humanos menos contaminados seguirán produciendo hijos mutantes.
Sí, es cierto. Lo mejor que puede hacerse es reunir a todos los seres humanos menos afectados en alguna de las escasas zonas seguras que quedan. Eso significará una población humana reducida, pero humana.
Le repito que es imposible –insistió Drummond–. No existe ningún lugar seguro. Ninguno.
Robinson dejó de caminar de un lado a otro y fijó la mirada en Drummond con aire de antagonismo casi físico.
¿De veras? –dijo casi en un gruñido–. ¿Por qué?
Drummond se lo repitió, y añadió, incrédulo:
Seguramente ya lo sabía usted. Sus físicos deben de haber medido las cantidades de contaminación. Sus doctores e ingenieros, y ese experto en genética que le traje... Evidentemente, ese hombre debe de haberle expuesto mucha de la información sobre datos biológicos que ahora se niega a aceptar de mis labios. Todos deben de haberle dicho lo mismo que yo.
Robinson siguió moviendo la cabeza en gesto de negativa, obstinadamente.
No puede ser. No es razonable. La concentración de elementos contaminantes no puede ser tan grande.
No sea usted tan estúpido, general. Sólo tiene que echar un vistazo a su alrededor. Las plantas, los animales... ¿Acaso no ha habido ningún nacimiento en Taylor en estos últimos tiempos?
No. Esta sigue siendo una ciudad de hombres, aunque empieza a haber mujeres y hay algunos bebés en camino... –de pronto, un gesto crispado de desesperación contrajo las facciones del rostro de Robinson–. Elaine está a punto de dar a luz. La he llevado al hospital. Nuestros otros hijos murieron con las epidemias, ¿se da usted cuenta? El que va a nacer es todo lo que nos queda, y queremos que crezca en un mundo libre de ansias y temores, en un mundo de paz y cordura donde pueda jugar y reír y convertirse en hombre, y no en una bestia hambrienta refugiada en una cueva. Nosotros desapareceremos. Somos la generación antigua, la que destruyó su mundo. Ahora depende de nosotros empezar su reconstrucción para retirarnos después y dejar que nuestros hijos lo posean. El futuro es de ellos, y nosotros tenemos que dejarles el mundo en condiciones para que puedan aprovecharlo.
Drummond permaneció durante unos instantes inmóvil, paralizado por una repentina intuición: por fin comprendía por qué el general se encontraba tan alterado, y sentía lástima por él. Una extraña sensación de conmiseración hizo cambiar los rasgos de su rostro hundido y huesudo.
Sí –musitó–, le comprendo, general. Esa es la razón de que esté volcándose en construir un mundo sano y normal. Es por eso que casi se ha vuelto loco al conocer el alcance de esta amenaza. Es por eso que no alcanzaba a comprender siquiera la cuestión básica...
Drummond asió al general de una mano y le condujo hacia la puerta.
Vamos –dijo–. Vayamos a ver cómo está su esposa. Quizá podamos encontrar algunas flores por el camino.

El frío y el silencio les asaltaron calle abajo. Bajo sus pies crujía la nieve, sucia ya del polvo y el humo de la ciudad. Sin embargo, sobre sus cabezas, el cielo aparecía increíblemente limpio y azul. El aliento que escapaba de sus bocas y narices formaba un vaho blanquecino. El sonido de los hombres atareados en la reconstrucción se perdía débilmente entre las grandes montañas.
¿No podríamos emigrar a otro planeta, verdad? –preguntó Robinson, para responderse a sí mismo de inmediato–: No, claro. Carecemos de la organización y los recursos suficientes para colonizarlos inmediatamente. Tendremos que conformarnos con la Tierra. Apenas un puñado de lugares seguros, pues debe de haber alguno más, aparte de éste, para albergar a los verdaderos seres humanos hasta que el período de las mutaciones termine. Sí, podemos hacerlo.
No hay lugares seguros –insistió Drummond–. E, incluso si los hubiera, los mutantes nos superarían en número. ¿Tiene ese experto en genética alguna idea de cómo terminará todo esto, desde el punto de vista biológico?
Lo desconoce. Su especialidad científica estaba en mantillas. No puede hacer sino alguna elucubración con cierta base. Nada más.
Comprendo. De todos modos, nuestro problema es aprender a vivir con los mutantes, aceptarlos a todos como..., como terrícolas, sea cual sea su aspecto. Tenemos que dejar de pensar en que haya habido jamás una época regida por la violencia y la connivencia. Ahora tenemos que edificar una cultura basada en la cordura individual. Resulta curioso –musitó Drummond– que las virtudes menos prácticas, la tolerancia, la ayuda mutua y la generosidad, se hayan convertido en necesidades fundamentales para la mera supervivencia. Supongo que siempre fue así, pero nos ha hecho falta que muriera la mitad de la humanidad y que se pusiera término a una era biológica para que comprendamos una realidad tan sencilla. La labor que nos espera es terrible. Tenemos apenas unas generaciones para intentar borrar medio millón de años de brutalidad y violencia, de superstición y de prejuicios. Si no lo conseguimos, la humanidad está perdida. Pero tenemos que intentarlo.
De camino, encontraron algunas flores cultivadas en la maceta de una casa. Robinson las compró con el tabaco que le quedaba. Cuando llegaron al hospital, el general estaba sudando y las gotitas de su rostro se congelaban mientras avanzaba.
El hospital estaba instalado en el mayor edificio de la ciudad, y parecía bastante bien equipado. Una enfermera les recibió a la entrada.
Precisamente iba a mandar alguien a buscarle, general Robinson –dijo la mujer–. El parto ya está próximo.
¿Cómo..., cómo está mi mujer?
De momento, muy bien. Aguarden aquí un momento, por favor.
Drummond tomó asiento y contempló con mirada demacrada el nervioso deambular de Robinson. ¡Pobre hombre! «¿Por qué será que los hombres cuyas esposas están a punto de dar a luz suelen parecer tan graciosos a los ojos de los demás? Es como reírse de alguien sometido a tortura. Me acuerdo, Bárbara, me acuerdo muy bien», pensó Drummond.
Tienen un poco de anestesia –murmuró el general–. Elaine no ha sido nunca demasiado fuerte y...
No le sucederá nada –le consoló Drummond, mientras añadía para sí: «Lo que me preocupa es lo que vendrá después».
Sí... Sí..., pero, ¿cuánto tiempo durará esto?
Depende. Tranquilícese –con cierta pena, Drummond hizo un sacrificio por aquel hombre al que apreciaba; llenó su pipa y se la pasó al general–. Vamos, necesita fumar un poco.
Gracias –murmuró Robinson, aspirando una profunda bocanada.
Los minutos pasaron lentamente y Drummond se preguntó vagamente qué haría cuando sucediera lo que esperaba. En realidad, no tenía por qué pasar necesariamente, pero las probabilidades eran absolutamente contrarias a que la solución fuera favorable. Él no era psicólogo, y por ello creyó preferible dejar que las cosas sucedieran tal como tenían que suceder.
La espera llegó a su término. En la salita apareció un doctor con aspecto de sumo sacerdote, todo vestido de blanco. Robinson se puso en pie frente a él, inmóvil.
Es usted un hombre valiente –dijo el doctor; su rostro, liberado de la mascarilla, era serio y tenso–. Necesitará valor para asumir los hechos.
¿Elaine... ? –gimió Robinson, con una voz apenas humana.
Su esposa se encuentra bien, pero el niño...
Una enfermera trajo la diminuta forma envuelta en ropas. Era un varón que lloraba intensamente. Sus extremidades eran como tentáculos de goma terminados en unos dedos carentes de huesos.
Robinson lo contempló y algo escapó de su ser en aquel mismo instante. Cuando alzó la cabeza, su rostro era el de un cadáver.
Tiene usted suerte –dijo Drummond, convencido de tal cosa después de haber visto a tantos otros mutantes–. Después de todo, si consigue utilizar esas manos podrá sobrevivir bastante bien. Incluso tendrá ventajas en ciertos tipos de trabajos. En realidad, no es una deformidad. Si no hay nada más que eso, tiene usted un hijo sano.
Si no hay nada más... Con los mutantes, nunca se sabe.
Es cierto, pero deben tener coraje, tanto usted como Elaine. Juntos, pueden superar este mal trago.
Por un instante, Drummond sintió una absoluta tristeza personal. Sin embargo, continuó hablando, quizá para ocultar o superar aquel vacío:
Ahora comprendo por qué no se hada usted cargo del problema. No quería aceptarlo. Era un bloqueo psicológico que le llevaba a suprimir una realidad que le resultaba inaceptable. Ese niño es realmente el centro de su vida y no podía volcar en él la cruda realidad que le indicaban los datos disponibles. Por eso rechazaba subconscientemente cualquier tipo de pensamiento racional sobre el tema.
»Ahora, se puede dar cuenta de que todo es cierto. No existe ningún lugar seguro en todo el planeta. La tremenda incidencia de nacimientos mutantes en esta primera generación ya debería habérselo hecho comprender hace mucho tiempo. La mayor parte de estas nuevas características son recesivas, lo cual significa que ambos progenitores deben poseerlas para que aparezcan en el cigoto. Sin embargo, los cambios genéticos se producen al azar, salvo por la tendencia a caer en algunos tipos fundamentales, como en el caso de los tréboles de cuatro hojas. Calcule la inmensidad de cambios que deben de haberse producido para que apenas un par de años después aparezcan características tan diversas entre nuestros descendientes. Piense en la infinidad de genes recesivos que se mantendrán en el código genético hasta que se unan a otros genes recesivos y den lugar a la aparición de una mutación determinada. Tendremos que correr el riesgo de que se acumulen características realmente mortíferas. Jamás las conoceremos, hasta que ya sea demasiado tarde.
El polvo...
Sí, el polvo radiactivo. Es una substancia coloidal, y a ella cabe añadir los incontables elementos coloidales radiactivos que se habrán formado con el estallido de las bombas, más el polvo ordinario que adquiere formas isotópicas inestables en la proximidad de los cráteres. Y probablemente también habrá una gran acumulación de gases radiactivos. El veneno ya se ha extendido por todo el mundo, llevado por el viento y las corrientes de aire. Los coloidales pueden permanecer suspendidos en la atmósfera indefinidamente.
»La concentración no es suficiente para acabar con la vida, aunque un médico me ha informado que estamos muy cerca del punto límite y que probablemente habrá un gran número de cánceres. Sin embargo, lo importante es que la contaminación está en todas partes. Cada vez que respiramos, cada migaja que comemos y cada gota que bebemos, cada centímetro que pisamos, contiene ese polvo. Está en la estratosfera, en la superficie y, probablemente, incluso a bastante profundidad. Sólo podríamos escapar de él encerrándonos en bóvedas dotadas de aire acondicionado y colocándonos trajes espaciales cada vez que saliéramos de ellas, y eso resulta imposible bajo las condiciones actuales.
»Antes, las mutaciones eran escasas porque una partícula cargada tenía que encontrarse muy cerca de un gene y tenía que actuar aprisa antes de que su efecto electromagnético produjera cambios fisicoquímicos y, a continuación, ese cromosoma en particular tenía que entrar a formar parte de la reproducción. Ahora, en cambio, las partículas cargadas están en todas partes y los rayos gamma producen continuamente cantidades aún mayores. Incluso si la concentración fuera más baja, las posibilidades se inclinan a que cualquier organismo posea una cantidad tal de genes afectados que cualquiera de ellos dé lugar a un mutante. Incluso existen grandes posibilidades de que los genes recesivos se encuentren en la primera generación, como hemos visto. No hay nadie a salvo ni existen lugares seguros.
El experto en genética cree que pueden sobrevivir algunos seres humanos sin mutaciones genéticas.
Algunos, es probable. Después de todo, la radiactividad no está demasiado concentrada y está reduciéndose día a día, pero tardará cincuenta o cien años en reducirse a cifras no significativas, y para entonces los genes puros estarán limitados a una pequeñísima minoría. Y todavía habrá que contar entonces con los recesivos que no hayan aparecido, y que estarán esperando a que se presenten las condiciones favorables.
Tenía usted razón. Jamás tendríamos que haber creado la ciencia. Ella fue la responsable del ocaso de la raza humana.
Yo nunca he dicho tal cosa. Fue la propia raza humana la que provocó su autodestrucción mediante el mal uso de la ciencia. Nuestra cultura era en todo científica, salvo en su base psicológica. Ahora depende de nosotros mismos adoptar este último y difícil paso. Si lo hacemos, quizá la raza pueda sobrevivir todavía.
Drummond acompañó con un empujoncito a Robinson hacia la puerta interior de la sala de maternidad.
Está usted agotado, abatido y a punto de renunciar –murmuró–. Entre y reconforte a Elaine. Transmítale mis mejores deseos. Después, tómese un buen descanso antes de volver al trabajo. Sigo pensando que ese hijo suyo será un muchacho sano.
Con gestos mecánicos, el Presidente de facto de los Estados Unidos abandonó la sala. Hugh Drummond permaneció un instante con la mirada fija en él y después salió a la calle.
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