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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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sábado, 12 de febrero de 2011

H. G. WELLS EL BACILO ROBADO Y OTROS INCIDENTES







H. G. WELLS






EL BACILO ROBADO Y OTROS INCIDENTES


















ÍNDICE
EL BACILO ROBADO
LA FLORACIÓN DE LA EXTRAÑA ORQUÍDEA
EN EL OBSERVATORIO ASTRONÓMICO DE AVU
LOS TRIUNFOS DE UN TAXIDERMISTA
UN NEGOCIO DE AVESTRUCES
POR LA VENTANA
LA TENTACIÓN DE HARRINGAY
EL HOMBRE QUE VOLABA
EL FABRICANTE DE DIAMANTES
LA ISLA DE AEPIORNIS
EL EXTRAORDINARIO CASO DE LOS OJOS DE DAVIDSON
EL DIOS DE LAS DINAMOS
EL ROBO EN EL PARQUE DE HAMMERPOND
LA POLILLA
EL TESORO EN EL BOSQUE








EL BACILO ROBADO


-Ésta, también, es otra preparación del famoso bacilo del cólera -explicó el bacteriólogo colocando el portaobjetos en el microscopio.
El hombre de rostro pálido miró por el microscopio. Evidente­mente no estaba acostumbrado a hacerlo, y con una mano blanca y débil tapaba el ojo libre.
-Veo muy poco -observó.
Ajuste este tornillo -indicó el bacteriólogo-, quizás el microsco­pio esté desenfocado para usted. Los ojos varían tanto... Sólo una fracción de vuelta para este lado o para el otro.
-¡Ah! Ya veo -dijo el visitante-. No hay tanto que ver después de todo. Pequeñas rayas y fragmentos rosa. De todas formas, ¡esas dimi­nutas partículas, esos meros corpúsculos, podrían multiplicarse y devastar una ciudad! ¡Es maravilloso!
Se levantó, y, retirando la preparación del microscopio, la sujetó en dirección a la ventana.
-Apenas visible -comentó mientras observaba minuciosamente la preparación. Dudó.
-¿Están vivos? ¿Son peligrosos?
-Los han matado y teñido -aseguró el bacteriólogo-. Por mi par­te me gustaría que pudiéramos matar y teñir a todos los del universo.
-Me imagino -observó el hombre pálido sonriendo levemente­ que usted no estará especialmente interesado en tener aquí a su alre­dedor microbios semejantes en vivo, en estado activo.
-Al contrario, estamos obligados a tenerlos -declaró el bacterió­logo-. Aquí, por ejemplo.
Cruzó la habitación y cogió un tubo entre unos cuantos que estaban sellados.
-Aquí está el microbio vivo. Éste es un cultivo de las auténticas bacterias de la enfermedad vivas -dudó-. Cólera embotellado, por decirlo así.
Un destello de satisfacción iluminó momentáneamente el rostro del hombre pálido.
-¡Vaya una sustancia mortal para tener en las manos! -exclamó devorando el tubito con los ojos.
El bacteriólogo observó el placer morboso en la expresión de su visitante. Este hombre que había venido a verle esa tarde con una nota de presentación de un viejo amigo le interesaba por el mismísi­mo contraste de su manera de ser. El pelo negro, largo y lacio; los ojos grises y profundos; el aspecto macilento y el aire nervioso; el vacilante pero genuino interés de su visitante constituían un novedo­so cambio frente a las flemáticas deliberaciones de los científicos corrientes con los que se relacionaba principalmente el bacteriólogo. Quizás era natural que, con un oyente evidentemente tan impresio­nable respecto de la naturaleza letal de su materia, él abordara el lado más efectivo del tema.
Continuó con el tubo en la mano pensativamente:
-Sí, aquí está la peste aprisionada. Basta con romper un tubo tan pequeño como éste en un abastecimiento de agua potable y decir a estas partículas de vida tan diminutas que no se pueden oler ni gus­tar, e incluso para verlas hay que teñirlas y examinarlas con la mayor potencia del microscopio: Adelante, creced y multiplicaos y llenad las cisternas; y la muerte, una muerte misteriosa, sin rastro, rápida, terrible, llena de dolor y de oprobio se precipitaría sobre la ciudad buscando sus víctimas de un lado para otro. Aquí apartaría al marido de su esposa y al hijo de la madre, allá al gobernante de sus deberes y al trabajador de sus quehaceres. Correría por las principales cañerías, deslizándose por las calles y escogiendo acá y allá para su castigo las casas en las que no hervían el agua. Se arrastraría hasta los pozos de los fabricantes de agua mineral, llegaría, bien lavada, a las ensaladas, y yacería dormida en los cubitos de hielo. Estaría esperando dispues­ta para que la bebieran los animales en los abrevaderos y los niños imprudentes en las fuentes públicas. Se sumergiría bajo tierra para reaparecer inesperadamente en los manantiales y pozos de mil luga­res. Una vez puesto en el abastecimiento de agua, y antes de que pudiéramos reducirlo y cogerlo de nuevo, el bacilo habría diezmado la ciudad.
Se detuvo bruscamente. Ya le habían dicho que la retórica era su debilidad.
-Pero aquí está completamente seguro, ¿sabe usted?, completa­mente seguro.
El hombre de rostro pálido movió la cabeza afirmativamente. Le brillaron los ojos. Se aclaró la garganta.
-Estos anarquistas, los muy granujas -opinó-, son imbéciles, totalmente imbéciles. Utilizar bombas cuando se pueden conseguir cosas como ésta. Vamos, me parece a mí.
Se oyó en la puerta un golpe suave, un ligerísimo toque con las uñas. El bacteriólogo la abrió.
-Un minuto, cariño -susurró su mujer.
Cuando volvió a entrar en el laboratorio, su visitante estaba mirando el reloj.
-No tenía ni i idea de que le he hecho perder una hora de su tiem­po -se excusó-. Son las cuatro menos veinte. Debería haber salido de aquí a las tres y media. Pero sus explicaciones eran realmente intere­santísimas. No, ciertamente no puedo quedarme un minuto más. Tengo una cita a las cuatro.
Salió de la habitación dando de nuevo las gracias. El bacteriólogo le acompañó hasta la puerta y luego, pensativo, regresó por el corre­dor hasta el laboratorio. Reflexionaba sobre la raza de su visitante. Desde luego no era de tipo teutónico, pero tampoco latino corriente.
-En cualquier caso un producto morboso, me temo -dijo para sí el bacteriólogo. ¡Cómo disfrutaba con esos cultivos de gérmenes patógenos! De repente se le ocurrió una idea inquietante. Se volvió hacia el portatubos que estaba junto al vaporizador e inmediatamen­te hacia la mesa del despacho. Luego se registró apresuradamente los bolsillos y a continuación se lanzó hacia la puerta.
-Quizá lo haya dejado en la mesa del vestíbulo -se dijo.
-¡Minnie! -gritó roncamente desde el vestíbulo.
-Sí, cariño -respondió una voz lejana.
-¿Tenía algo en la mano cuando hablé contigo hace un momen­to, cariño?
Pausa.
-Nada, cariño, me acuerdo muy bien.
-¡Maldita sea! -gritó el bacteriólogo abalanzándose hacia la puer­ta y bajando a la carrera las escaleras de la casa hasta la calle.
Al oír el portazo, Minnie corrió alarmada hacia la ventana. Calle abajo, un hombre delgado subía a un coche. El bacteriólogo, sin sombrero y en zapatillas, corría hacia ellos gesticulando alborotada­mente. Se le salió una zapatilla, pero no esperó por ella.
-¡Se ha vuelto loco! -dijo Minnie-. Es esa horrible ciencia suya. Y, abriendo la ventana, le habría llamado, pero en ese momento el hombre delgado miró repentinamente de soslayo y pareció tam­bién volverse loco. Señaló precipitadamente al bacteriólogo, dijo algo al cochero, cerró de un portazo, restalló el látigo, sonaron los cascos del caballo y en unos instantes el coche, ardorosamente per­seguido por el bacteriólogo, se alejaba calle arriba y desaparecía por la esquina.
Minnie, preocupada, se quedó un momento asomada a la venta­na. Luego se volvió hacia la habitación. Estaba desconcertada. Por supuesto que es un excéntrico, pensó. Pero correr por Londres, en plena temporada además, ¡en calcetines! Tuvo una idea feliz. Se puso deprisa el sombrero, cogió los zapatos de su marido, descolgó su sombrero y gabardina de los percheros del vestíbulo, salió al portal e hizo señas a un coche que morosa y oportunamente pasaba por allí.
-Lléveme calle arriba y por Havelock Crescent a ver si encontra­mos a un caballero corriendo por ahí en chaqueta de pana y sin sombrero.
-Chaqueta de pana y sin sombrero. Muy bien, señora.
Y el cochero hizo restallar el látigo inmediatamente de la manera más normal y cotidiana, como si llevara a los clientes a esa dirección todos los días.
Unos minutos más tarde, el pequeño grupo de cocheros y holga­zanes que se reúne en torno a la parada de coches de Haverstock Hill quedaba atónito ante el paso de un coche conducido furiosamente por un caballo color jengibre disparado como una bala.
Permanecieron en silencio mientras pasaba, pero cuando desapa­recía empezaron los comentarios:
-Ése era Harry Hicks. ¿Qué le habrá picado? -se preguntó el grueso caballero conocido por El Trompetas.
-Está dándole bien al látigo, sí, le está pegando a fondo -intervi­no el mozo de cuadra.
-¡Vaya! -exclamó el bueno de Tommy Byles-, aquí tenemos a otro perfecto lunático. Sonado como ninguno.
-Es el viejo George -explicó El Trompetas.-, y lleva a un lunático como decís muy bien. ¿No va gesticulando fuera del coche? Me pre­gunto si no irá tras Harry Hicks.
El grupo de la parada se animó y gritaba a coro:
-¡A por ellos, George! ¡Es una carrera! ¡Los cogerás! ¡Dale al látigo!
-Es toda una corredora esa yegua-dijo el mozo de cuadra.
-¡Que me parta un rayo! -exclamó El Trompetas.—. Ahí viene otro. ¿No se han vuelto locos esta mañana todos los coches de Hampstead?
-Esta vez es una señora -dijo el mozo de cuadra.
-Está siguiéndolo -añadió El Trompetas.
-¿Qué tiene en la mano?
-Parece una chistera.
-¡Qué jaleo tan fantástico! ¡Tres a uno por el viejo George! -gritó el mozo de cuadra-. ¡El siguiente!
Minnie pasó entre todo un estrépito de aplausos. No le gustó, pero pensaba que estaba cumpliendo con su deber, y siguió rodando por Haverstock Hill y la calle mayor de Camden Town con los ojos siempre fijos en la vivaz espalda del viejo George, que de forma tan incomprensible la separaba del haragán de su marido.
El hombre que viajaba en el primer coche iba agazapado en una esquina, con los brazos cruzados bien apretados y agarrando entre las manos el tubito que contenía tan vastas posibilidades de destruc­ción. Su estado de ánimo era una singular mezcla de temor y de exal­tación. Sobre todo temía que lo cogieran antes de poder llevar a cabo su propósito, aunque bajo este temor se ocultaba un miedo más vago, pero mayor ante lo horroroso de su crimen. En todo caso, su alborozo excedía con mucho a su miedo. Ningún anarquista antes que él había tenido esta idea suya. Ravachol, Vaillant, todas aquellas personas distinguidas cuya fama había envidiado, se hundían en la insignificancia comparadas con él. Sólo tenía que asegurarse del abastecimiento de agua y romper el tubito en un depósito. ¡Con qué brillantez lo había planeado, había falsificado la carta de presenta­ción y había conseguido entrar en el laboratorio! ¡Y qué bien había aprovechado la oportunidad! El mundo tendría por fin noticias suyas. Todas aquellas gentes que se habían mofado de él, que le habían menospreciado, preterido o encontrado su compañía inde­seable por fin tendrían que tenerle en cuenta. ¡Muerte, muerte, muerte! Siempre le habían tratado como a un hombre sin importan­cia. Todo el mundo se había confabulado para mantenerlo en la oscuridad. Ahora les enseñaría lo que es aislar a un hombre. ¿Qué calle era ésta que le resultaba tan familiar? ¡La calle de San Andrés, por supuesto! ¿Cómo iba la persecución? Estiró el cuello por encima del coche. El bacteriólogo les seguía a unas cincuenta yardas escasas. Eso estaba mal. Todavía podían alcanzarle y detenerle. Rebuscó dinero en el bolsillo y encontró medio soberano. Sacó la moneda por la trampilla del techo del coche y se la puso al cochero delante de la cara.
-Más -gritó- si conseguimos escapar.
-De acuerdo -respondió el cochero arrebatándole el dinero de la mano.
La trampilla se cerró de golpe, y el látigo golpeó el lustroso costa­do del caballo. El coche se tambaleó, y el anarquista, que estaba medio de pie debajo de la trampilla, para mantener el equilibrio apoyó en la puerta la mano con la que sujetaba el tubo de cristal. Oyó el crujido del frágil tubo y el chasquido de la mitad rota sobre el piso del coche. Cayó de espaldas sobre el asiento, maldiciendo, y miró fija y desmayadamente las dos o tres gotas de la poción que queda­ban en la puerta.
Se estremeció.
-¡Bien! Supongo que seré el primero. ¡Bah! En cualquier caso seré un mártir. Eso es algo. Pero es una muerte asquerosa a pesar de todo. ¿Será tan dolorosa como dicen?
En aquel instante tuvo una idea. Buscó a tientas entre los pies. Todavía quedaba una gotita en el extremo roto del tubo y se la bebió para asegurarse. De todos modos no fracasaría.
Entonces se le ocurrió que ya no necesitaba escapar del bacterió­logo. En la calle Wellington le dijo al cochero que parara y se apeó. Se resbaló en el peldaño, la cabeza le daba vueltas. Este veneno del cólera parecía una sustancia muy rápida. Despidió al cochero de su existencia, por decirlo así, y se quedó de pie en la acera con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando la llegada del bacteriólogo. Había algo trágico en su actitud. El sentido de la muerte inminente le confería cierta dignidad. Saludó a su perseguidor con una risa desafiante.
-¡Vive l'Anarchie! Llega demasiado tarde, amigo mío. Me lo he bebido. ¡El cólera está en la calle!
El bacteriólogo le miró desde su coche con curiosidad a través de las gafas.
-¡Se lo ha bebido usted! ¡Un anarquista! Ahora comprendo. Estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Cuando abrió la puerta del coche, como para apearse, el anarquista le rindió una dramática despedida y se dirigió apresuradamente hacia London Bridge procurando rozar su cuerpo infectado contra el mayor número de gente. El bacteriólogo estaba tan preocupado viéndole que apenas si se sorprendió con la apari­ción de Minnie sobre la acera, cargada con el sombrero, los zapatos y el abrigo.
-Has tenido una buena idea trayéndome mis cosas -dijo, y conti­nuó abstraído contemplando cómo desaparecía la figura del anar­quista.
-Sería mejor que subieras al coche -indicó, todavía mirando.
Minnie estaba ahora totalmente convencida de su locura y, bajo su responsabilidad, ordenó al cochero volver a casa.
-¿Que me ponga los zapatos? Ciertamente, cariño -respondió él al tiempo que el coche comenzaba a girar y hacía desaparecer de su vista la arrogante figura negra empequeñecida por la distancia. Entonces se le ocurrió de repente algo grotesco y se echó a reír. Lue­go observó:
-No obstante es muy serio. ¿Sabes?, ese hombre vino a casa a ver­me. Es anarquista. No, no te desmayes o no te podré contar el resto. Yo quería asombrarle, y, sin saber que era anarquista, cogí un cultivo de esa nueva especie de bacteria de la que te he hablado, esa que pro­paga y creo que produce las manchas azules en varios monos, y a lo tonto le dije que era el cólera asiático. Entonces él escapó con ella para envenenar el agua de Londres, y desde luego podía haber hecho la vida muy triste a los civilizados londinenses. Y ahora se la ha traga­do. Por supuesto no sé lo que ocurrirá, pero ya sabes que volvió azul al gato, y a los tres perritos azules a trozos, y al gorrión de un azul vivo. Pero lo que me fastidia es que tendré que repetir las molestias y los gastos para conseguirla otra vez.
»¡Que me ponga el abrigo en un día tan caluroso! ¿Por qué? ¿Por­que podríamos encontrarnos a la señora Jabber? Cariño, la señora Jabber no es una corriente de aire. ¿Y por qué tengo que ponerme el abrigo en un día de calor por culpa de la señora...? ¡Oh!, muy bien...


LA FLORACIÓN DE LA EXTRAÑA ORQUÍDEA


La compra de orquídeas siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su criterio o del vendedor o de su buena suerte, según se inclinen sus gustos. La planta puede estar moribunda o muerta, o puede que sea una compra respetable, un valor justo a cambio de su dinero, o quizá -pues ha sucedido una y otra vez- len­tamente se despliegue día tras día ante los encantados ojos del feliz comprador alguna nueva variedad, alguna nueva riqueza, una rara peculiaridad del Labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. El orgullo, la belleza y la ganancia florecen juntos en una delicada espiga verde y puede que incluso la inmortalidad. Porque el nuevo milagro de la naturaleza puede andar necesitado de un nuevo nombre específico, y ¿cuál tan conveniente como el de su descubri­dor? ¡Juangarcía! Nombres peores se han puesto.
Fue quizá la esperanza de un descubrimiento feliz de ese género la que hizo a Wedderburn asistir con tanta asiduidad a esas subastas, esa esperanza y también, quizá, el hecho de que no tenía ninguna otra cosa más interesante que hacer. Era un hombre tímido, solita­rio, bastante ineficaz, con ingresos suficientes como para mantener alejado el aguijón de la necesidad y sin la suficiente energía nerviosa que le impulsara a buscar cualquier ocupación exigente. Podía haber coleccionado sellos, monedas o traducido a Horacio o encuadernado libros o descubierto alguna nueva especie de diatomeas. Pero de hecho cultivaba orquídeas y disponía de un pequeño pero ambicioso invernadero.
-Tengo la sensación -dijo tomando el café- de que hoy me va a suceder algo.
Hablaba, igual que se movía y pensaba, despacio.
-¡Oh!, no digas eso -dijo el ama de llaves, que era también prima lejana suya. Pues suceder algo era un eufemismo que para ella sólo sig­nificaba una cosa.
-No me has entendido bien. No quiero decir nada desagrada­ble... aunque apenas si sé a lo que me refiero.
»Hoy -continuó después de una pausa-, en casa de Peter van a vender un lote de plantas procedentes de las islas Andamán y las Indias. Me acercaré a ver lo que tienen. Quizás haga una buena com­pra sin saberlo, puede que sea eso.
Le pasó la taza para que se la llenara de café por segunda vez.
-¿Es eso lo que coleccionaba ese pobre joven del que me hablaste el otro día? -preguntó su prima mientras le llenaba la taza.
-Sí -respondió, y se quedó pensativo mientras sostenía un trozo de tostada.
»Nunca me pasa nada-observó al poco tiempo, empezando a pen­sar en voz alta-. Me pregunto por qué. A otros les pasan bastantes cosas. Ahí está Harvey. Sin ir más lejos, la pasada semana, el lunes encontró seis peniques, el miércoles todos sus pollos tenían la modo­rra, el viernes su prima volvió a casa desde Australia, y el sábado se rompió el tobillo. ¡Qué torbellino de emociones comparado conmigo!
-Por mi parte preferiría pasar de tanta excitación -dijo el ama de llaves-. No puede ser bueno para uno.
-Supongo que es molesto. Con todo... ya sabes, nunca me pasa nada. De niño nunca tuve ningún accidente. Siendo adolescente nunca me enamoré. Nunca me casé... Me pregunto qué se sentirá cuando te pasa algo, algo realmente notable.
»Ese coleccionista de orquídeas sólo tenía treinta y seis, veinte años más joven que yo, cuando murió. Se había casado dos veces y divor­ciado una. Había tenido malaria cuatro veces y una vez se fracturó el fémur. En una ocasión mató a un malayo y otra le hirieron con un dardo envenenado. Finalmente lo mataron las sanguijuelas de la jun­gla. Debe de haber sido todo muy molesto, pero también debe de haber sido muy interesante, sabes, excepto quizá, las sanguijuelas.
-Estoy segura de que no fue bueno para él -dijo la señora con convicción.
-Puede que no.
Entonces Wedderburn miró su reloj.
-Las ocho y veintitrés minutos. Voy a ir en el tren de las doce menos cuarto, así que hay mucho tiempo. Creo que me pondré la chaqueta de alpaca -hace bastante calor-, el sombrero gris de fieltro y los zapatos marrones. Supongo...
Miró por la ventana al cielo sereno y al soleado jardín, y, después, nerviosamente, a la cara de su prima.
-Creo que sería mejor que llevaras el paraguas si vas a Londres -dijo con una voz que no admitía negativa-. A la vuelta tienes todo el trayecto desde la estación hasta aquí.
Cuando volvió se encontraba en un estado de suave excitación. Había hecho una compra. Era raro que lograra decidirse con la rapi­dez suficiente para comprar, pero esta vez lo había hecho.
-Hay Vandas -explicó-, un Dendrobio y algunas Palaeonophis.
Repasó las compras amorosamente al tiempo que tomaba la sopa. Estaban extendidas delante de el sobre el impoluto mantel y le estaba contando a su prima todo sobre ellas mientras se demoraba lenta­mente con la comida. Tenía la costumbre de revivir por la tarde todas sus visitas a Londres para entretenimiento propio y de ella.
-Sabía que hoy pasaría algo. Y he comprado todas esas cosas. Algunas, algunas de ellas, estoy seguro, ¿sabes?, de que algunas serán notables. No sé cómo, pero lo siento con tanta seguridad como si alguien me lo hubiera dicho. Ésta -apuntó a un marchito rizoma­- no fue identificada. Quizá sea una Palaeonophis o puede que no. Quizá sea una especie nueva o incluso un género nuevo. Fue la últi­ma que recogió el pobre Batten.
-No me gusta su aspecto -dijo el ama de llaves-. Tiene una for­ma tan fea...
-Para mí que apenas si llega a tener forma alguna.
-No me gustan esas cosas que asoman -dijo el ama de llaves.
-Mañana estará fuera en una maceta.
-Parece -continuó el ama de llaves- una araña que se hace la muerta.
Wedderburn sonrió e inspeccionó la raíz ladeando la cabeza.
-Ciertamente no es que sea un bonito pedazo de material. Pero nunca se pueden juzgar estas cosas por su apariencia cuando están secas. Desde luego puede que termine siendo una orquídea muy hermosa. ¡Qué ocupado estaré mañana! Esta noche tengo que ver exactamente lo que hago con ellas y mañana me pondré a la obra.
»Encontraron al pobre Batten, que yacía muerto o moribundo en un manglar, no recuerdo cuál -continuó de nuevo al poco rato-, con una de estas mismas orquídeas aplastadas bajo su cuerpo. Había estado enfermo durante algunos días con cierto tipo de fie­bre nativa y supongo que se desmayó. Esos manglares son muy insalubres. Dicen que las sanguijuelas de la jungla le sacaron hasta la última gota de sangre. Puede que se trate de la mismísima planta que le costó la vida.
-Eso no mejora mi opinión de ella.
-Los hombres tienen que trabajar aunque las mujeres puedan llo­rar -sentenció Wedderburn con profunda gravedad.
-¡Mira que morir lejos de todas las comodidades en un pantano! ¡Anda que enfermar de fiebre con nada que tomar más que específi­cos y quinina, y nadie a tu lado más que horribles nativos! Dicen que los nativos de las islas Andaman son unos desgraciados de lo más repugnante, y de todas formas, a duras penas pueden ser buenos enfermeros sin haber tenido la preparación necesaria. ¡Y sólo para que la gente en Inglaterra disponga de orquídeas!
-No creo que fuera agradable, pero algunos hombres parecen dis­frutar con ese tipo de cosas -continuó Wedderburn-. En todo caso los nativos de su grupo eran lo suficientemente civilizados para cui­dar toda su colección hasta que su colega, que era un ornitólogo, vol­vió del interior, aunque no conocían la especie de orquídea y la habían dejado marchitarse. Eso hace a estas plantas más interesantes.
-Las hace repugnantes. A mí me daría miedo que tuvieran restos de malaria adheridos. ¡Y sólo pensar que un cuerpo muerto ha estado extendido sobre esa cosa tan fea! No había pensado en eso antes. ¡Se acabó! Te digo que no puedo comer ni un bocado más de la cena.
-Las quitaré de la mesa si te parece y las pondré en el hueco de la ventana. Allí las puedo ver igual.
Los días siguientes estuvo, desde luego, especialmente ocupado en el pequeño invernadero lleno de vapor yendo de acá para allá con carbón vegetal, trozos de teca,, musgo y todos los demás misterios del cultivador de orquídeas. Pensaba que disfrutaba de un tiempo mara­villosamente lleno de acontecimientos. Por la tarde hablaba de las nuevas orquídeas a los amigos y una y otra vez insistía en sus expecta­tivas de algo extraño.
Varias de las Vandas y los Dendrobios fenecieron bajo sus cuida­dos, pero pronto la extraña orquídea empezó a dar señales de vida. Estaba encantado y tan pronto como lo descubrió hizo que el ama de llaves abandonara la elaboración de mermelada para verlo de inme­diato.
-Ése es un brote -explicó-, pronto habrá muchas hojas ahí, y esas cositas que salen por aquí son raicillas aéreas.
A mí me parecen deditos blancos asomándose del tejido marrón -opinó el ama de llaves-. No me gustan.
-¿Por qué no?
-No lo sé. Parecen dedos intentando agarrarte. Lo que me gusta, me gusta, y lo que no me gusta, no me gusta; no puedo remediarlo. -No lo sé seguro, pero creo que ninguna orquídea de las que conozco tiene raicillas aéreas exactamente como ésas. Desde luego pueden ser imaginaciones mías. ¿Ves que están un poco aplanadas en el extremo?
-No me gustan -dijo el ama de llaves temblando repentinamente y dándose la vuelta-. Sé que es estúpido por mi parte, y lo siento mucho especialmente porque te gustan tanto. Pero no puedo por menos de pensar en ese cadáver.
-Pero puede que no fuera esa planta en particular. Eso no fue más que una suposición mía.
El ama de llaves se encogió de hombros.
-De todas maneras, no me gustan -concluyó.
Wedderburn se sintió un poco dolido por su aversión a la planta, pero eso no le impidió hablarle de las orquídeas en general y de ésta en particular siempre que le apeteció.
-Pasan cosas tan curiosas con las orquídeas -le contó un día-... hay tantas posibilidades de sorpresa. Darwin estudió su fertilización y mostró que toda la estructura de una flor de orquídea común esta­ba ideada para que las polillas pudieran llevar el polen de una planta a otra. Bueno, pues se conocen cantidades de orquídeas cuya flor no puede ser fertilizada de esa manera. Algunos Cypripediums, por ejemplo, no hay insecto conocido que pueda fertilizarlos, y a algunos jamás se les ha encontrado semilla.
-Entonces ¿cómo forman las nuevas plantas?
-Con estolones y tubérculos y ese tipo de brotes. Eso tiene fácil explicación. El enigma está en ¿para qué sirven las flores?
»Es muy probable que mi orquídea sea algo extraordinario en ese sentido. Si es así lo estudiaré. A menudo he pensado en hacer investi­gaciones como Darwin. Pero hasta ahora no he encontrado tiempo o alguna otra cosa me lo ha impedido. ¡Me gustaría mucho que vinie­ras a verlas!
Pero ella respondió que en el invernadero de las orquídeas hacía tanto calor que le daba dolor de cabeza. Había visto la planta una vez más y las raicillas aéreas -algunas de ellas tenían ahora más de un pie de largas- desgraciadamente le habían recordado tentáculos que se alargaban para agarrar algo. Se metieron en sus sueños y crecían tras ella con una rapidez increíble. Así que había decidido con plena satisfacción no volver a ver la planta y Wedderburn tenía que admi­rar sus hojas en solitario. Tenían la forma ancha acostumbrada y eran de un verde profundo y lustroso con salpicaduras y puntos de rojo profundo en dirección a la base. No conocía ninguna otra hoja del todo igual. La planta estaba colocada en un banco bajo cerca del ter­mómetro y muy cerca había un dispositivo por medio del cual un grifo goteaba sobre las tuberías de agua caliente y mantenía el ambiente lleno de vapor. Ahora se pasaba las tardes meditando con cierta regularidad sobre la floración ya próxima de la extraña planta.
Finalmente tuvo lugar el gran acontecimiento. Tan pronto como entró en el pequeño invernadero supo que la espiga había eclosiona­do, aunque su gran Palaeonophis Lowii tapaba la esquina donde estaba su nuevo encanto. Había un olor nuevo en el aire, un perfume poderoso, de un intenso dulzor que dominaba a todos los demás de aquel pequeño invernadero abarrotado y lleno de vapor.
Nada más advertirlo se apresuró hasta la extraña orquídea, y, ¡oh, maravilla!, las verdes espigas trepadoras tenían ahora tres grandes manchas de flores de las que procedía la embriagadora dulzura. Se quedó parado ante ellas en un éxtasis de admiración.
Las flores eran blancas con vetas de dorado naranja en los pétalos, el pesado labellum estaba enrollado en una intrincada proyección y un maravilloso púrpura azulado se mezclaba allí con el oro. Vio de inmediato que se trataba de un género completamente nuevo. ¡Y la inaguantable flagrancia! ¡Qué calor hacía allí! Las flores se balancea­ban ante sus ojos.
Miraría si la temperatura estaba bien. Dio un paso hacia el termó­metro. De repente todo le pareció vacilante. Los ladrillos del suelo bailaban arriba y abajo. Luego las blancas flores, las hojas verdes detrás de ellas, todo el invernadero pareció extenderse por los costa­dos y después curvarse hacia arriba.


A las cuatro y media su prima, siguiendo la invariable costumbre, hizo el té. Pero Wedderburn no vino a tomarlo.
-Está adorando a esa horrible orquídea -se dijo a sí misma y espe­ró diez minutos-. Se le debe de haber parado el reloj. Iré a llamarlo.
Fue directa al invernadero y, abriendo la puerta, voceó su nom­bre. No hubo respuesta. Observó que el aire estaba muy enrarecido y cargado de un intenso perfume. Luego vio algo que yacía sobre los ladrillos entre las tuberías del agua caliente.
Durante un minuto quizá, se quedó inmóvil.
Él estaba tumbado con la cara hacia arriba a los pies de la extraña orquídea. Las raicillas aéreas como tentáculos ya no se balanceaban libremente en el aire sino que se habían apiñado todas juntas, una maraña de cuerdas grises, y se estiraban, tensas, con los extremos bien adheridos a su barbilla, cuello y manos.
No lo entendió. Después vio que por debajo de uno de los exul­tantes tentáculos sobre la mejilla corría un hilillo de sangre.
Con un grito inarticulado corrió hacia él y trató de apartarlo de las ventosas semejantes a sanguijuelas. Rompió bruscamente dos de los tentáculos y de ellos goteó una savia roja.
Luego el embriagador perfume de la flor hizo que le diera vueltas la cabeza. ¡Cómo se agarraban a él! Rasgó las duras cuerdas y él y la blanca florescencia flotaron a su alrededor. Sintió que se desmayaba, pero sabía que no podía permitírselo. Le dejó, rápidamente abrió la puerta más próxima y, después de jadear un momento al aire libre, tuvo una brillante inspiración. Cogió una maceta y rompió las ven­tanas del extremo del invernadero. Luego volvió a entrar. Tiró ahora con renovadas fuerzas del cuerpo inmóvil de Wedderburn y estrelló estrepitosamente contra el suelo la extraña orquídea. Ésta todavía se aferraba a su víctima con la más obstinada tenacidad. En un arrebato los arrastró hasta el aire libre.
Entonces pensó en romper las raicillas chupadoras una a una y en un minuto le había liberado y le arrastraba lejos del horror. Estaba blanco y sangraba por una docena de manchas circulares.
El hombre que hacía las chapuzas de la casa subía por el jardín asombrado por la rotura de cristales y la vio emerger arrastrando el cuerpo inanimado con manos manchadas de rojo. Por un instante pensó cosas imposibles.
-¡Trae algo de agua! -gritó ella, y su voz disipó todas sus imagina­ciones.
Cuando, con desacostumbrada celeridad, volvió con el agua, la encontró llorando de emoción y con la cabeza de Wedderburn sobre su rodilla limpiándole la sangre de la cara.
-¿Qué pasa? -dijo Wedderburn abriendo los ojos débilmente y cerrándolos de nuevo inmediatamente.
-Ve a decir a Annie que venga aquí fuera y luego ve a buscar al doctor Haddon de inmediato -le dijo al hombre tan pronto como trajo el agua, y añadió al ver que dudaba-: Te lo explicaré todo cuan­do estés de vuelta.
Pronto Wedderburn abrió de nuevo los ojos, y al verlo molesto por lo sorprendente de su situación, le explicó:
-Te desmayaste en el invernadero. -¿Y la orquídea?
-Yo me encargaré de ella.
Wedderburn había perdido mucha sangre, pero aparte de eso no tenía ninguna lesión grave. Le dieron brandy mezclado con un extracto de carne de color rosado y le subieron a su dormitorio. El ama de llaves contó fragmentariamente la increíble historia al doctor Haddon.
-Venga a ver el invernadero.
El frío aire exterior entraba por la puerta abierta y el empalagoso perfume casi se había desvanecido. La mayoría de las rotas raicillas aéreas, ya marchitas, yacían entre algunas manchas oscuras sobre los ladrillos. El tallo de la floración se rompió con la caída de la planta y las flores crecían con los bordes de los pétalos mustios y marrones. El doctor se inclinó hacia ella, pero vio que una de las raicillas aéreas todavía se movía débilmente y dudó.
A la mañana siguiente la extraña orquídea todavía estaba allí, ahora negra y putrefacta. La puerta batía intermitentemente con la brisa matinal y toda la colección de orquídeas de Wedderburn estaba reseca y postrada. Pero el propio Wedderburn en su dormitorio esta­ba radiante y dicharachero con la gloria de su extraña aventura.




EN EL OBSERVATORIO ASTRONÓMICO DE AVU


El observatorio de Avu, en Borneo, se alza sobre el espolón de la montaña. Al norte se eleva el viejo cráter, negra silueta nocturna con­tra el insondable azul del cielo. Desde el pequeño edificio circular con su cúpula bulbosa, las laderas descienden abruptamente inter­nándose en los negros misterios del bosque tropical que está debajo. La casita en la que viven el astrónomo y su ayudante está a unas cin­cuenta yardas del observatorio, y más allá están las chozas de los sir­vientes nativos.
Taddy, el astrónomo jefe, estaba indispuesto con una ligera fie­bre. Su ayudante, Woodhouse, se detuvo un momento contemplan­do en silencio la noche tropical antes de comenzar la solitaria vigilia. Era una noche muy serena. De vez en cuando llegaban voces y risas desde las chozas de los nativos, o se oía, procedente del misterioso interior del bosque, el grito de algún animal extraño. Insectos noc­turnos aparecían saliendo de la oscuridad de forma fantasmal y revo­loteaban en torno a su luz. Pensó, quizá, en todas las posibilidades de descubrimientos que aún existían allá abajo en la negra espesura, pues para el naturalista los bosques vírgenes de Borneo son todavía una tierra sorprendente llena de extraños problemas y medio sospe­chadas verdades. Woodhouse llevaba en la mano una pequeña linter­na cuyo resplandor amarillo contrastaba vivamente con la infinita serie de matices entre el azul lavanda y el negro con los que estaba pintado el paisaje. Tenía las manos y la cara embadurnadas de crema antimosquitos.
Incluso en estos días de fotografía celeste, los trabajos que se llevan a cabo de forma puramente temporal, y únicamente con los más pri­mitivos instrumentos además del telescopio, implican todavía una gran cantidad de observación en posturas inmóviles e incómodas. Suspiró al pensar en las fatigas que le esperaban, se estiró y entró en el observatorio.
El lector probablemente está familiarizado con la estructura de un observatorio astronómico corriente. El edificio es generalmente de forma cilíndrica, con una cubierta semiesférica y muy ligera que permite girarla desde el interior. El telescopio se apoya sobre un pilar de piedra en el centro, y un artilugio mecánico compensa el movi­miento de rotación de la Tierra posibilitando la observación conti­nua de una estrella una vez encontrada. Además de esto hay un com­pacto entramado de ruedas y tornillos en torno a su punto de apoyo, mediante el cual el astrónomo ajusta el aparato. Hay, por supuesto, una ranura en la cubierta móvil, que es la que sigue el ojo del telesco­pio en su inspección de la bóveda celeste. El observador se sienta o yace sobre un dispositivo inclinado de madera que puede dirigir, mediante ruedas, a cualquier parte del observatorio según lo requiera la posición del telescopio. En el interior es recomendable que el observatorio esté lo más oscuro posible a fin de realzar el brillo de las estrellas observadas.
La linterna brilló cuando Woodhouse se metió en su garito circu­lar y la oscuridad general retrocedió hasta las negras sombras de detrás de la gran máquina, desde donde pareció apoderarse sigilosa­mente de nuevo de todo el local cuando la luz disminuyó. La ranura mostraba un azul transparente y profundo en el que seis estrellas bri­llaban con resplandor tropical, y su luz se extendía cual pálido fulgor por el negro tubo del instrumento. Woodhouse movió la cubierta y luego, poniéndose al telescopio, giró primero una rueda y después otra, cambiando lentamente el gran cilindro a una nueva posición. A continuación miró por el rastreador, el pequeño telescopio auxiliar, movió la cubierta un poco más, hizo algunos otros ajustes y puso en marcha el mecanismo. Se quitó la chaqueta, pues la noche era muy calurosa, y puso en posición el incómodo asiento al que estaba con­denado durante las cuatro horas siguientes. Luego, con un suspiro, se resignó a la observación de los misterios del espacio.
No había ya ningún ruido en el observatorio, y la linterna se apagaba de forma constante. Fuera se oía el grito ocasional de algún animal asustado, dolorido o llamando a su pareja, y los sonidos intermitentes de los sirvientes malayos y Dyak. Pronto uno de los hombres inició una extraña salmodia en la que los otros participa­ban a intervalos. Después de esto se diría que se retiraron a dormir, pues no llegaron más ruidos en esa dirección, y la susurrante quietud se hizo más y más profunda. El mecanismo hacía un tictac constan­te. El agudo zumbido de un mosquito exploraba el lugar, y se hizo aún más agudo de indignación ante la crema de Woodhouse. Luego la linterna se apagó y todo el observatorio quedó a oscuras.
Woodhouse cambió pronto su posición cuando el lento movi­miento del telescopio le hubo llevado más allá de los límites de la comodidad.
Observaba un grupito de estrellas de la Vía Láctea, en una de las cuales su jefe había visto o creído ver una notable variación cromáti­ca. No formaba parte del trabajo ordinario para el que se había crea­do el establecimiento y por esa razón quizá Woodhouse estaba espe­cialmente interesado. Debió de olvidarse de todas las cosas terrenas. Tenía toda la atención concentrada en el gran círculo azul del campo telescópico, un círculo potenciado, al parecer, con una multitud innumerable de estrellas, y pleno de luminosidad frente a la negrura del entorno. Mientras miraba le pareció que se volvía incorpóreo, como si también él flotara en el éter del espacio. ¡Qué infinitamente remota estaba la débil mancha roja que observaba!
De repente las estrellas desaparecieron. Hubo un destello de negrura y de nuevo volvían a ser visibles.
-Qué raro -dijo Woodhouse-. Debe de haber sido un pájaro.
Sucedió lo mismo otra vez, e inmediatamente después el gran tubo vibró como si lo hubieran golpeado. A continuación la cúpula del observatorio resonó con una serie de golpes atronadores. Pareció que las estrellas se retiraban, al tiempo que el telescopio, que había quedado sin sujeción, viraba alejándose de la ranura de la cubierta.
-¡Santo Cielo! -gritó Woodhouse-. ¿Qué pasa?
Una forma negra, vaga y enorme, con algo que batía como un ala, parecía estar forcejeando en la abertura de la cubierta. Al momento la ranura estaba de nuevo despejada y la luminosa bruma de la Vía Láctea relucía cálida y brillante.
El interior de la cubierta estaba completamente negro y sólo el ruido de roces indicaba el paradero de la desconocida criatura.
Woodhouse había caído del asiento en total confusión. Estaba temblando violentamente y sudando con lo repentino del suceso. Aquella cosa, fuera lo que fuese, ¿estaba dentro o fuera? Desde luego era grande, aparte de las demás características que pudiera tener. Algo cruzó como un disparo la luz del cielo y el telescopio se balan­ceó. Él se sobresaltó y levantó el brazo. Estaba, por tanto, en el obser­vatorio con él. Aparentemente se agarraba a la cubierta. ¿Qué demo­nios era? ¿Podía verlo a él?
Quedó estupefacto durante quizás un minuto. La bestia, fuera lo que fuera, arañó el interior de la cúpula, y luego algo le aleteó casi en la cara y vio la luz de las estrellas brillar momentáneamente sobre una piel como de cuero aceitado. La botella de agua cayó de la mesita con estrépito.
La presencia de un extraño pájaro cerniéndose a pocas yardas de su rostro en la oscuridad le producía a Woodhouse una indescriptible sensación de desagrado. Cuando recobró el pensamiento decidió que debía de ser algún pájaro nocturno o un murciélago grande. Afronta­ría cualquier riesgo para ver de qué se trataba. Sacando una cerilla del bolsillo, intentó encenderla sobre el asiento del telescopio. Hubo un humeante destello de luz fosforescente, la cerilla iluminó un instante y vio una gran ala lanzarse hacia él, un brillo de pelaje color marrón grisáceo y después recibió un golpe en la cara y la cerilla se le cayó de la mano. El golpe iba dirigido a la sien y una garra le hizo un rasguño lateral hasta la mejilla. Se tambaleó y cayó, y oyó cómo se hacía peda­zos la apagada linterna. Recibió otro golpe según caía. Medio aturdi­do, sintió cómo le brotaba la sangre caliente por la cara. Instintiva­mente percibió que le atacaban a los ojos y, volviendo la cara para protegerlos, intentó meterse a gatas bajo la protección del telescopio.
Recibió otro golpe en la espalda y oyó el rasgarse de la chaqueta, luego la cosa golpeó la cubierta del observatorio. Woodhouse se escurrió como pudo entre el asiento de madera y el ocular del instru­mento, y giró el cuerpo de forma que fueran principalmente sus pies los que quedaran expuestos. Con ellos al menos podía dar patadas. Se encontraba todavía en un estado de perplejidad. La extraña bestia andaba dando golpes en la oscuridad, pero en seguida se agarró al telescopio haciendo que se balanceara y que crujiera el engranaje. Una vez aleteó junto a él y Woodhouse dio patadas como loco y sintió un cuerpo suave con los pies. Entonces estaba terriblemente asusta­do. Tenía que ser algo realmente grande para balancear el telescopio de esa manera. Durante un momento vio la silueta de una cabeza negra contra la luz de las estrellas, con unas orejas muy afiladas y erectas y una cresta entre ellas. Le pareció tan grande como un mas­tín. Luego empezó a dar gritos lo más alto que pudo pidiendo ayuda.
A los gritos, el animal respondió bajando de nuevo contra él. Al hacerlo, la mano de Woodhouse tocó algo que estaba junto a él en el suelo. Dio una patada y al instante siguiente su pierna era cogida y suje­tada por una fila de aplicados dientes. Gritó de nuevo y trató de liberar la pierna dando patadas con la otra. Entonces se dio cuenta de que tenía a mano la botella de agua rota y, cogiéndola rápidamente, forcejeó has­ta lograr una postura sedente; después, palpando en la oscuridad en dirección al pie, agarró una oreja aterciopelada, como la de un gato grande. Había cogido la botella rota por el cuello y con ella asestó un tembloroso golpe contra la cabeza de la extraña bestia. Repitió el golpe y luego la empleó como cuchillo lanzando, en la oscuridad, la parte rota del cristal contra el sitio en que juzgó que podía encontrarse la cara.
Los pequeños dientes relajaron su presión e inmediatamente Woodhouse liberó la pierna y dio fuertes patadas. Sintió la nausea­bunda sensación del pelaje y el hueso cediendo bajo su bota. El ani­mal lanzó un mordisco desgarrador al brazo y él le golpeó de nuevo en la cara, según creía, y dio contra un pelaje húmedo.
Hubo una pausa. Luego oyó el ruido de garras y el arrastrarse de un cuerpo pesado alejándose de él por el suelo del observatorio. Siguió un silencio roto sólo por su propia respiración sollozante y un ruido como de lamer. Todo estaba negro salvo el paralelogramo de luz de cielo azul con el luminoso polvo de estrellas contra el que se dibujaba ahora la silueta del telescopio. Esperó, al parecer, un tiem­po interminable.
¿Iba a volver de nuevo aquella bestia? Buscó cerillas en el bolsillo del pantalón y encontró una que le quedaba. Intentó encenderla, pero el suelo estaba húmedo y chisporroteó y se apagó. Profirió una maldición. No pudo ver dónde estaba situada la puerta. Con el for­cejeo había perdido completamente la idea de su posición. La extra­ña bestia, perturbada por el chisporroteo de la cerilla, comenzó a moverse de nuevo.
-¡Ya es hora! -gritó Woodhouse con un repentino destello de jovialidad, pero la bestia ya no venía a acosarle de nuevo. Pensó que debía de haberla herido con la botella rota. Notó un dolor sordo en el tobillo. Probablemente estaba sangrando. Se preguntó si le sostendría si trataba de ponerse de pie. Fuera, la noche estaba muy serena. No se oía un ruido de nada que se moviera. Los estúpidos durmientes no habían oído aquellas alas aporreando la cúpula, ni sus gritos. No servía de nada gastar energías en gritar. La bestia agitó las alas y él, con un sobresalto, se puso en actitud defensiva. Se dio con el codo contra el asiento, y éste cayó haciendo mucho ruido. Maldijo primero al asiento y después a la oscuridad.
De repente la zona rectangular de luz de las estrellas pareció balancearse de un lado a otro. ¿Iba a desmayarse? No le haría ningún bien. Cerró los puños y apretó los dientes para darse fuerzas. ¿Dónde se había metido la puerta? Se le ocurrió que podía saber su posición por medio de las estrellas visibles con la luz del cielo. La banda de estrellas que veía estaba en Sagitario y en dirección sur-este; la puerta estaba al norte, o ¿era al noroeste? Trató de pensar. Si conseguía abrir la puerta podría huir. Quizás el animal estuviera herido. La incerti­dumbre era terrible.
Atiende -dijo-, si no vienes tú, iré yo.
Entonces el animal empezó a trepar por el lateral del observato­rio y él vio cómo su negra silueta tapaba gradualmente la luz del cie­lo. ¿Estaba huyendo? Olvidó la puerta y observó cómo se movía y crujía la bóveda. De alguna manera, ya no se sentía ni muy asustado ni excitado. Sentía en su interior una curiosa sensación de hundi­miento. La zona de luz, perfectamente delimitada, parecía dismi­nuir cada vez más con la forma negra cruzándola. Era curioso. Comenzó a sentir mucha sed, pero no sentía inclinación por conse­guir algo de beber. Parecía como si se deslizara por un larguísimo embudo.
Tuvo una sensación ardiente en la garganta y luego se dio cuenta de que estaba a plena luz del día y que uno de los sirvientes Dyak le miraba con expresión curiosa. Después vio la parte superior del rostro de Taddy al revés. Un tipo divertido, Taddy, ¡ir por ahí de esa manera! Entonces captó mejor la situación y percibió que tenía la cabeza en la rodilla de Taddy, que le estaba dando brandy. A continuación vio el ocular del telescopio, que tenía muchas manchas rojas. Empezó a recordar.
-Has convertido el observatorio en una verdadera maraña -dijo Taddy.
El sirviente Dyak estaba batiendo un huevo en brandy. Wood­house lo tomó y se incorporó. Sintió una aguda punzada de dolor. Tenía vendado el tobillo y también el brazo y un lado de la cara. Los trozos de cristales rotos manchados de sangre yacían por el suelo, el asiento del telescopio estaba patas arriba, y junto a la pared de enfrente había un charco oscuro. La puerta estaba abierta y vio la cumbre gris de la montaña destacarse contra un brillante trasfondo de cielo azul.
-¡Puaf! -exclamó Woodhouse-. ¿Quién ha estado aquí matando terneros? Sacadme de aquí.
Entonces recordó la bestia y la lucha que había tenido con ella.
-¿Qué era -preguntó a Taddy- esa cosa con la que luché?
-Tú eres el que mejor lo sabe -respondió Taddy-. Pero, de todas formas, no te preocupes por eso ahora. Bebe algo más.
No obstante, Taddy tenía bastante curiosidad y tuvo que soportar una dura lucha entre el deber y la inclinación para mantener a Wood­house tranquilo hasta que le pusieron decentemente en la cama y hubo dormido con la copiosa dosis de extracto de carne que el consi­deró aconsejable. Después los dos juntos abordaron el asunto.
-Era -dijo Woodhouse- más parecido a un gran murciélago que a ninguna otra cosa. Tenía orejas pequeñas y afiladas, y un pelaje suave y las alas curtidas. Sus dientes eran pequeños, pero diabólica­mente afilados, y su mandíbula no podía ser muy fuerte o de lo con­trario me habría destrozado el tobillo.
-Ha estado muy cerca -intervino Taddy.
-Me pareció que golpeaba muy a su gusto con las garras. Eso es prácticamente todo lo que sé de la bestia.
Nuestra conversación fue íntima, por decirlo así, pero sin llegar a la confidencialidad.
-Los sirvientes Dyak hablan de un Gran Colugo, un Klangutang, sea lo que sea. No ataca a menudo al hombre, pero supongo que le puse nervioso. Dicen que hay Gran Colugo, Pequeño Colugo, y algo distinto que suena como zampar. Todos vuelan de noche. Por mi parte sé que por aquí hay zorros y lémures voladores, pero ninguno de ellos es muy grande.
-Hay más bestias en el cielo y en la tierra -dijo Woodhouse, y Taddy gruñó a la cita bíblica-, y más especialmente en los bosques de Borneo, de las que somos capaces de soñar en nuestras filosofías. En general, si la fauna de Borneo va a desparramar ante mí alguna más de sus novedades, preferiría que lo hiciera cuando no estuviera ocupado en el observatorio por la noche y solo.


LOS TRIUNFOS DE UN TAXIDERMISTA


He aquí algunos de los secretos de la taxidermia. Me los contó un taxidermista en estado de euforia, entre el primero y el cuarto whis­ky, cuando se ha dejado de ser cauteloso y todavía no se está borra­cho. Estábamos sentados en su guarida, exactamente en la bibliote­ca, que era a la vez sala de estar y comedor. Una cortina de cuentas la separaba, por lo que al sentido de la vista se refiere, del maloliente rincón donde ejercía su oficio.
Estaba sentado en una hamaca y, con los pies, en los que llevaba puestas, a modo de sandalias, las reliquias sagradas de un par de zapatillas, daba golpecitos a los carbones que no ardían bien o los quitaba de en medio poniéndolos sobre la chimenea, entre la crista­lería. Los pantalones, dicho sea de pasada pues no tienen nada que ver con sus triunfos, eran del más horrible amarillo de tela escocesa, de los que hacían cuando nuestros padres llevaban patillas y había miriñaques en el país. Además tenía el pelo negro, la cara rosada y los ojos de un marrón fiero, y su chaqueta consistía fundamentalmente en grasa sobre una base de pana. La pipa tenía una cazoleta de porce­lana con las Tres Gracias, y llevaba siempre las gafas torcidas de for­ma que el ojo izquierdo, pequeño y penetrante, le fulminaba a uno desde su desnudez, mientras que el derecho aparecía oscuro, engran­decido y suave a través del cristal.
Se expresaba en los siguientes términos:
-No hubo jamás un hombre que disecara como yo, Bellows, jamás. He disecado elefantes, he disecado polillas, y todo lo que he disecado parecía mejor y más animado que al natural. He disecado seres humanos, principalmente ornitólogos aficionados, aunque también disequé una vez a un negro. No, no hay ninguna ley que lo prohíba. Lo hice con todos los dedos extendidos y lo utilicé como percha para sombreros, pero ese tonto de Homersby tuvo una pelea con él una noche, ya muy tarde, y lo estropeó. Fue antes de que nacieras. Es muy difícil conseguir pieles, si no haría otro.
»Desagradable? No lo creo. A mi entender, la taxidermia es una prometedora tercera alternativa a la inhumación y a la crema­ción. La gente podría mantener a su lado a los seres queridos. Chucherías de ese tipo distribuidas por la casa harían tan buena compañía como la mayor parte de la gente, y mucho más barata. Se les podría poner mecanismos para que hicieran cosas. Por supuesto habría que barnizarlos, pero no tendrían que brillar más de lo que mucha gente brilla por naturaleza. La cabeza calva del viejo Manningtree... De todos modos, se podría hablar con ellos sin que interrumpieran. Incluso las tías. La taxidermia tiene un gran futuro por delante, ya lo verás. Están también los fósiles...
De repente se quedó en silencio.
-No, creo que no debería contarte eso -chupó pensativo la pipa-. Gracias, sí. No demasiada agua. Desde luego, se entiende que lo que te cuente ahora no saldrá de aquí. ¿Sabes que he hecho algu­nos dodos y una gran alca? ¡No! Evidentemente no eres más que un aficionado a la taxidermia. Mi querido amigo, la mitad de las gran­des alcas que hay en el mundo son tan auténticas más o menos como el pañuelo de la Verónica, como la Sagrada Túnica de Tréveris. Los hacemos con plumas de somormujo y cosas así. ¡Y también los hue­vos de la gran alca!
-¡Santo cielo!
-Sí, los hacemos de porcelana fina. Te aseguro que merece la pena. Llegan a valer... uno llegó a trescientas libras justo el otro día. Ése era realmente auténtico, según creo, pero desde luego nunca se está seguro. Es un trabajo muy fino, y posteriormente hay que enve­jecerlos porque ningún poseedor de estos preciosos huevos comete jamás la temeridad de limpiarlos. Eso es lo bonito del negocio. Incluso cuando sospechan de un huevo no les gusta examinarlo demasiado detenidamente. En el mejor de los casos es un capital tan frágil...
»No sabías que la taxidermia alcanzara semejantes cimas. Pues, amigo mío, las ha alcanzado mayores. Yo he rivalizado con las manos de la mismísima Naturaleza. Una de las grandes alcas auténticas -su voz se convirtió en un susurro-... una de las auténticas, la hice yo. »No. Tienes que estudiar ornitología y descubrirlo por ti mismo. Es más, una agrupación de comerciantes me ha planteado poblar con especímenes uno de los inexplorados islotes rocosos al norte de Islandia. Quizá lo haga... algún día. Pero en estos momentos tengo otra cosita entre manos. ¿Has oído hablar del Diornis?
»Es uno de esos grandes pájaros que se han extinguido reciente­mente en Nueva Zelanda. Comúnmente se les llama moa, justo por­que están extinguidos: no hay ningún moa vivo. ¿Comprendes? Bue­no, se conservan huesos, y en algunas marismas han aparecido incluso plumas y fragmentos secos de la piel. Pues bien, yo voy a... bueno, no hay por qué ocultarlo, voy a falsificar un moa disecado completo. Conozco a un tipo por ahí que pretenderá haberlo encon­trado en una especie de ciénaga antiséptica y dirá que lo disecó inme­diatamente porque amenazaba con hacerse pedazos. Las plumas son muy peculiares, pero he logrado un método sencillamente maravi­lloso de trucar trozos chamuscados de pluma de avestruz. Sí, ése es el nuevo olor que has notado. Sólo pueden descubrir el fraude con un microscopio y difícilmente se molestarán en hacer pedazos un boni­to espécimen para eso.
»De esta manera, como ves, aporto mi empujoncito al avance de la ciencia. Pero todo esto es pura imitación de la Naturaleza. En mi carrera profesional he hecho más que eso. La he... vencido.
Quitó los pies de la chimenea y se inclinó confidencialmente hacia mí.
-He creado pájaros -dijo en voz baja-. Pájaros nuevos. Mejoras. Pájaros jamás vistos.
En medio de un silencio impresionante recobró su postura.
-Enriquecer el universo, realmente. Algunos de los pájaros que hice eran clases nuevas de colibríes, y eran animalitos muy bonitos, aunque alguno era simplemente raro. El más raro creo que fue el Anomalopteryx Jejuna. Del latín jejunus -a -um, vacío, se llamaba así porque realmente no tenía nada, era un pájaro totalmente vacío, sal­vo el disecado. El viejo Javvers es el que lo tiene ahora, y supongo que está casi tan orgulloso de él como yo mismo. Es una obra maestra, Bellows. Tiene toda la estúpida torpeza de tu pelícano, toda la solemne falta de dignidad de tu loro, toda la desgarbada delgadez de un flamenco con todo el extravagante conflicto cromático de un pato mandarín. ¡Qué pájaro! Lo hice con los esqueletos de una cigüeña y un tucán, y un montón de plumas. Para un verdadero maestro en el arte, querido Bellows, esa clase de taxidermia es puro gozo.
»¿Que cómo se me ocurrió? De manera bastante sencilla, como ocurre con todos los grandes inventos. Uno de esos jóvenes genios que nos escriben Notas Científicas en los periódicos se hizo con un folleto alemán sobre los pájaros de Nueva Zelanda, y tradujo parte de él a base de diccionario y de sentido común -con lo poco común que es este sentido-, y se hizo un lío con el Apteryx vivo y el Anoma­lopteryx extinto. Hablaba de un pájaro de cinco pies de altura que vivía en las selvas de la Isla del Norte, raro y asustadizo, cuyos ejem­plares eran difíciles de obtener, y cosas así. Javvers, que incluso como coleccionista es una persona terriblemente ignorante, leyó esos párrafos y juró que conseguiría el ejemplar a cualquier precio. Acosó a los comerciantes con pesquisas. Eso muestra lo que puede hacer un hombre persistente, el poder de la voluntad. Ahí estaba un coleccio­nista de pájaros jurando que conseguiría un espécimen de un pájaro que no existía, que nunca había existido, y que a causa de la mismísi­ma vergüenza de su propia y blasfema inelegancia probablemente no existiría en estos momentos de haber podido impedirlo. Y lo consi­guió. Lo consiguió.
»-¿Un poco más de whisky, Bellows? -preguntó el taxidermista despertándose de una pasajera contemplación de los misterios del poder de la voluntad y de las mentes de los coleccionistas. Y una vez llenados de nuevo los vasos, procedió a contarme cómo había mon­tado la más atractiva de las sirenas, y cómo un predicador ambulante que no podía atraer a la audiencia por culpa suya la hizo pedazos en Burslem Wakes diciendo que aquello era idolatría o algo peor. Pero como la conversación de todas las partes implicadas en esta transac­ción, el creador, el presunto conservador y el destructor no es unifor­memente adecuada para la publicación, este jocoso incidente debe permanecer sin imprimir.
El lector no familiarizado con los tortuosos procedimientos de los coleccionistas puede que se incline a dudar de mi taxidermista, pero por lo que respecta a los huevos de la gran alca y los falsos pája­ros disecados me he encontrado con que tiene la confirmación de distinguidos escritores de ornitología. Y la nota sobre el pájaro de Nueva Zelanda ciertamente apareció en un periódico matinal de inmaculada reputación, pues el taxidermista tiene un ejemplar que me ha enseñado.


UN NEGOCIO DE AVESTRUCES


-Hablando de precios de aves, he visto un avestruz que costó trescientas libras -dijo el taxidermista, recordando un viaje de su juventud-. ¡Trescientas libras!
Me miró por encima de las gafas.
-Otro en cambio no lo querían ni por cuatro libras. No, no se trataba de nada extraordinario. Eran avestruces vulgares y corrientes. Algo descoloridas además a causa de la dieta. Y no había tampoco ninguna restricción especial de la demanda. Cualquiera hubiera pen­sado que cinco avestruces comprados a un indio habrían salido bara­tos. Pero el problema estaba en que uno de ellos se había tragado un diamante.
»El tipo al que se lo cogió fue Sir Mohini Padisha, un dandy tre­mendo, un figurín de Piccadilly, podríamos decir que de los pies al cuello, porque luego venía una fea cabeza negra cubierta con un enor­me turbante en el que estaba prendido el diamante. El bendito pájaro se lo llevó de un picotazo repentino, y cuando el tipo montó un escan­dalo, supongo que se dio cuenta de que había obrado mal y fue a mez­clarse con los demás para preservar el anonimato. Todo sucedió en un minuto. Yo fui uno de los primeros en llegar, y allí estaba este pagano apelando a sus dioses, y dos marineros y el encargado de las aves muriéndose de risa. Pensándolo bien, era una manera muy rara de perder una joya. El encargado no estaba allí en ese momento, así que no sabía qué avestruz había sido. Estaba completamente perdido, ya me entiende. A decir verdad, no lo sentí mucho. El muy fanfarrón había estado pavoneándose con el diamante desde que subió a bordo.
»Un suceso como ése no tarda un minuto en ir de un extremo a otro del barco. Todo el mundo hablaba de él. Padisha se retiró para ocultar sus sentimientos. A la comida-tragaba a solas con otros dos indios- el capitán trató de animarle respecto del asunto y él se puso muy excitado. Se volvió y me habló al oído. No compraría las aves, recuperaría su diamante. Exigía sus derechos como ciudadano britá­nico. Tenían que encontrar su diamante. Su postura era inamovible. Apelaría a la Cámara de los Lores. El encargado de las aves era uno de esos cabezas cuadradas a los que no se puede meter una idea nueva en la mollera. Rechazó todas las propuestas de injerencia en la vida de los animales por medio de la medicina. Sus instrucciones eran las de alimentarlos y cuidarlos así y asá, y no iba a jugarse el puesto por no alimentarlos y cuidarlos así y asá. Padisha quería un lavado de estómago... aunque no se puede hacer eso a un pájaro, ya sabe. El tal Padisha defendía cantidad de procedimientos tortuosos, como la mayoría de esos benditos bengalíes, y hablaba de derecho de embar­go sobre las aves y cosas así. Pero un abuelito que dijo que tenía un hijo abogado en Londres argumentó que lo que tragaba un pájaro se convertía ipso facto en parte del pájaro, y que por tanto la única solu­ción de Padisha estaba en una demanda por daños e incluso en ese caso pudiera ser que se demostrara culpa concurrente. No tenía nin­gún derecho para actuar sobre un avestruz que no le pertenecía. Eso molestó muchísimo a Padisha, tanto más cuanto que la mayoría de nosotros lo consideró el punto de vista razonable. No había ningún abogado a bordo para resolver el asunto, así que todos hablábamos a nuestras anchas. Por fin, después de pasar Adén, parece que Padisha aceptó la opinión general y, a título personal, se acercó al encargado para hacerle una oferta por los cinco avestruces.
»A la mañana siguiente se armó un buen lío en el desayuno. El encargado no tenía ninguna autoridad para negociar con las aves y por nada en el mundo las vendería, pero parece ser que le comentó a Padis­ha que un euroasiático llamado Potter le había hecho ya una oferta, por lo que Padisha denunció al tal Potter ante todos nosotros. Pero creo que la mayoría de nosotros pensaba que Potter había sido muy listo, y yo mismo, cuando Potter dijo que había enviado un telegrama desde Adén a Londres para comprar las aves y que tendría la respuesta en Suez, maldije vivamente la pérdida de aquella oportunidad.
»En Suez, Padisha se puso a llorar -auténticas lágrimas- cuando Potter se convirtió en el dueño de las aves y le ofreció directamente doscientas cincuenta libras por los cinco avestruces, que era más del doscientos por ciento de lo que había pagado Potter. Éste dijo que le colgaran si se deshacía de una sola pluma, que lo que quería era matarlos uno a uno hasta encontrar el diamante; pero más tarde, pensándolo mejor, se ablandó un poco. Era un jugador empederni­do, el tal Potter, un poco raro a las cartas; en cambio este tipo de negocio con premio incluido debía de sentarle como un guante. En cualquier caso propuso, como diversión, vender las aves en subasta pública, cada una de ellas por separado a personas distintas y a un precio de salida de ochenta libras por cabeza. Él se quedaría con una de las aves para probar su suerte.
»Debe saber que el diamante era muy valioso -un diminuto judío, dedicado al comercio de diamantes que viajaba con nosotros, lo había tasado en tres o cuatro mil libras cuando Padisha se lo ense­ñó-, así es que la idea de apostar con los avestruces prendió. Ahora bien, por casualidad yo había mantenido algunas conversaciones sobre temas generales con el encargado de los avestruces, y de forma totalmente casual éste había dicho que uno de los avestruces estaba enfermo, se imaginaba que de indigestión. Tenía una pluma de la cola casi totalmente blanca, señal por la que lo reconocí; de forma que, cuando al día siguiente, la subasta empezó con él, yo superé con noventa libras las ochenta y cinco que ofrecía Padisha. Me imagino que estaba demasiado seguro e impaciente con mi apuesta y alguno de los otros descubrió que yo estaba en el ajo. Entonces Padisha fue por esa ave como un lunático irresponsable. Finalmente el judío comerciante en diamantes lo consiguió por ciento setenta y cinco libras, Padisha ofreció ciento ochenta justo después de caer el marti­llo, o eso declaró Potter. En todo caso, el comerciante judío se lo quedó y allí mismo sacó una escopeta y lo mató. Potter organizó un escándalo porque, según decía, eso perjudicaría la venta de los otros tres. Padisha, por supuesto, se comportó como un idiota, pero todos estábamos muy excitados. No te cuento lo contento que estaba cuando terminó la disección sin encontrarse el diamante, más con­tento que unas pascuas. Yo mismo había llegado a ofrecer hasta cien­to cuarenta por aquel avestruz.
»El hombrecillo judío se comportó como la mayoría de los judíos y no armó ningún alboroto por su mala suerte, pero Potter desistió de seguir con la subasta hasta que se aceptara que la mercancía sólo se entregaría una vez terminada la venta. El hombrecillo judío quería demostrar que se trataba de un caso excepcional y como los argu­mentos andaban muy igualados se pospuso el asunto hasta el día siguiente. Aquella noche tuvimos una cena animada, se lo puedo asegurar, pero finalmente Potter se salió con la suya, puesto que parecía razonable que él estaría más seguro si se quedaba con todas las aves y que nosotros le debíamos cierta consideración por su com­portamiento deportivo. Y el caballero que tenía el hijo abogado dijo que había estado dándole vueltas al asunto y pensaba que era muy dudoso si, una vez abierto el pájaro y recobrado el diamante, no debería ser devuelto a su auténtico dueño. Recuerdo haber sugerido que eso caía dentro de la ley de tesoros encontrados, que realmente era lo cierto sobre el tema. Hubo una discusión muy acalorada, pero resolvimos que desde luego era estúpido matar las aves a bordo del barco. Luego el viejo caballero, extendiéndose a su gusto en la charla legal, trató de establecer que la venta era una lotería, y por tanto ile­gal, y apeló al capitán, pero Potter dijo que él vendía las aves en tanto que avestruces. Él no quería vender diamantes, decía, ni ofrecía eso como un incentivo. Las tres aves que él subastaba, según todos sus conocimientos y creencias, no contenían ningún diamante. Éste estaba en el que se había reservado, o así lo esperaba.
»De todas formas los precios subieron al día siguiente. El hecho de que ahora hubiera cuatro posibilidades en lugar de cinco originó una subida. Las benditas aves lograron una media de doscientas veintisiete libras, y, lo que es bastante extraño, Padisha no logró adjudicarse ninguna de ellas, ni una siquiera. Armó demasiado escándalo, y cuando debía estar pujando, estaba hablando de embar­gos, además Potter le trataba con cierta dureza. Un avestruz fue adju­dicado a un modesto y callado oficial, otro al hombrecillo judío y el tercero a un grupo de ingenieros. Entonces pareció que Potter de repente lamentaba haberlos vendido, y decía que había tirado por la ventana mil libras claras como el agua y que probablemente no con­seguiría nada y que siempre había sido un tonto, pero cuando fui a tener una pequeña charla con él con la idea de convencerle para que protegiera su última oportunidad, me encontré con que ya había vendido el avestruz que se había reservado a un político que iba a bordo, un tipo que había estado estudiando durante sus vacaciones los problemas sociales y la moralidad de la India. Ese último fue el avestruz de las trescientas libras. Bueno, pues desembarcaron tres de las benditas criaturas en Brindis¡, a pesar de que el viejo caballero dijo que era una violación de las regulaciones aduaneras, y Potter y Padisha también desembarcaron. El indio parecía medio loco al ver que su dichoso diamante andaba de acá para allá, por decirlo así. Seguía diciendo que conseguiría una orden judicial (lo de la orden judicial se le había metido en la cabeza) y dando su nombre y direc­ción a todos los tipos que habían comprado las aves para que supie­ran adónde tenían que enviar el diamante. Ninguno de ellos quería su nombre y dirección, y ninguno estaba dispuesto a dar los suyos propios. Le digo que hubo un buen jaleo en el andén. Todos ellos partieron en trenes diferentes. Yo continué hasta Southampton, y allí vi al último avestruz cuando desembarcaba. Era el que habían com­prado los ingenieros, y estaba de pie junto al puente en una especie de jaula con todo el aspecto de ser el marco más estúpido y zanqui­largo de un diamante valioso que se haya visto jamás... si es que era el marco del valioso diamante.
»¿Que cómo terminó? ¡Oh! Pues así. Bueno... quizá. Sí, hay una cosa más que puede arrojar alguna luz. Una semana más o menos después de desembarcar bajaba yo por Regent Street haciendo unas compras, y... ¿a quién veo hombro con hombro y pasándoselo a las mil maravillas sino a Padisha y a Potter? Si lo piensa seriamente...
»Sí. Lo he pensado. Sólo que, sabe usted, no hay duda de que el diamante era auténtico. Y Padisha era un indio eminente. He visto su nombre en los periódicos... a menudo. Pero si el avestruz tragó o no el diamante ciertamente es otro asunto, como usted dice.


POR LA VENTANA


Una vez compuestas sus piernas llevaron a Bailey al estudio y le pusieron en una camilla delante de la ventana abierta. Allí yacía, vivo, aunque con fiebre hasta la cintura y, más abajo, dos cilindros de pura momia envueltos en blancos vendajes. Intentó leer, hasta trató de escribir un poco, pero la mayor parte del tiempo miraba por la ventana.
Había pensado en la ventana como algo alegre para empezar, pero ahora daba gracias a Dios por ella muchas veces al día. Dentro, la habitación era oscura y gris, y en la luz reflejada el deterioro de los muebles quedaba claramente de manifiesto. Tenía la medicina y el agua en la mesita, junto a desperdicios tales como las desnudas rami­llas de un racimo de uvas o las cenizas de un cigarro puro en un plati­to verde o un periódico vespertino del día anterior. La vista exterior estaba inundada de luz y por la esquina llegaba la cabeza de la acacia, y a los pies la parte superior de la barandilla del balcón de hierro for­jado. En primer término estaba la ondulante plata del río, nunca quieta, y que sin embargo nunca cansa. Más allá, el cañaveral de la orilla, una amplia extensión de praderas, y luego una línea oscura de árboles que terminaba en un grupo de álamos en el distante recodo del río, y, más alta detrás de ellos, una torre cuadrada de iglesia.
Durante todo el santo día había cosas pasando río arriba y abajo. Ahora era una fila de barcazas a las que la corriente bajaba hacia Lon­dres, cargadas de cal o de barriles de cerveza; luego una lancha de vapor expulsando densas masas de humo negro y perturbando toda la anchura del río con largas, ondulantes olas; después una impetuo­sa lancha eléctrica; a continuación un barco cargado de turistas; un solitario bote de un remero o uno de cuatro remeros procedente de algún club de remo. Quizás el río estaba más tranquilo de madruga­da y ya avanzada la noche. Una noche con luz de luna unos bajaron con la corriente cantando y tocando la cítara, que sonaba muy bien al otro lado del agua.
En pocos días Bailey empezó a reconocer algunas embarcaciones, en una semana se sabía la historia íntima de media docena. La lancha Luzón, de la empresa Fitzggibon, dos millas más arriba, pasaba apre­suradamente hasta tres o cuatro veces al día, muy llamativa con su colorido rojo azulado y amarillo y con sus dos ayudantes orientales; y, un día, para gran diversión de Bailey, el barco-vivienda, Emperador de Púrpura, se detuvo fuera y desayunaron con la familiaridad más desvergonzada. Después, una tarde, el capitán de una lenta barcaza empezó una bronca con su mujer según entraban en el área de visión por la izquierda, y la había llevado hasta la violencia personal antes de desaparecer detrás del marco de la ventana por la derecha. Bailey consideraba todo eso como un entretenimiento montado para dis­traer su enfermedad y aplaudía todos los incidentes más conmove­dores. La señora Green, cuando entraba a infrecuentes intervalos con las comidas, le sorprendía batiendo las palmas o llorando silen­ciosamente. ¡Más, más! Pero los actores del río tenían otras cosas que hacer y su más, más pasaba inadvertido.
-Nunca hubiera pensado que me tomaría tanto interés en cosas que no me conciernen -dijo Bailey a Wilderspin, quien acostumbra­ba entrar a su manera, nerviosa y amable, para tratar de consolar al enfermo dejándole hablar.
»Pensaba que esta capacidad de ocio era distintiva de los niños pequeños y de las señoras mayores. Pero son sólo las circunstan­cias. Yo simplemente no puedo trabajar y las cosas tienen que seguir su curso, es inútil impacientarse y luchar. Así que aquí estoy tumbado y tan divertido como un crío con una carraca con este río y sus asuntos. A veces, desde luego, se pone un poco aburrido, pero no a menudo. Daría cualquier cosa, Wilderspin, por un hun­dimiento, nada más que uno, una sola vez. Cabezas nadando y una lancha de vapor al rescate y un tipo o alguien sacado con un biche­ro... ¡Ahí va la lancha de Fitzgibbon! Tienen un bichero nuevo, ya veo, y el negrito todavía tiene morriña. Creo que no está muy bien, Wilderspin. Lleva así dos o tres días, sentado de forma malhumorada y meditando sobre el batir del agua. No es saludable para él estar siempre mirando fijamente a la espuma que sale de la popa.
Observaron al pequeño vapor que cruzaba apresuradamente la parte del río iluminada por el sol, sufrir una momentánea ocultación a causa de la acacia y escurrirse fuera de la vista tras el oscuro marco de la ventana.
-Estoy consiguiendo un ojo maravilloso para los detalles -dijo Bailey-. Distinguí ese bichero nuevo inmediatamente. El otro negro es un personajillo divertido. Con el bichero viejo nunca solía pavo­nearse de esa manera.
-¿Son malayos, no? -intervino Wilderspin.
-No sé -respondió Bailey-. Pensaba que toda esa clase de mari­neros se llamaban Lascar o marineros indios.
Luego empezó a contar a Wilderspin lo que sabía de los asuntos privados del barco-vivienda Emperador de Púrpura.
-Es curioso -dijo- cómo esa gente viene de los cuatro puntos cardinales, de Oxford y Windsor, de Asia y África, y se juntan y pasan ante la ventana sólo para entretenerme. Anteayer un hombre salió flotando del infinito, cogió enfrente un cangrejo perfecto, perdió y recuperó un cráneo y desapareció de nuevo. Probable­mente no vuelva a entrar más en mi vida. Por lo que a mí se refiere ha vivido y ha tenido sus pequeños problemas, quizá treinta, quizá cuarenta años en la tierra sólo para hacer el ridículo durante tres minutos delante de mi ventana. Algo maravilloso, Wilderspin, si lo piensas.
-Sí -corroboró Wilderspin-, ¿verdad?
Un día o dos después de esto, Bailey tuvo una mañana brillante. Desde luego, hacia el final del asunto se volvió casi tan excitante como pudiera serlo cualquier espectáculo visto desde una ventana. Comenzaremos, no obstante, por el principio.
Bailey estaba completamente solo en la casa, pues su ama de lla­ves había ido a la ciudad, a tres millas de distancia, a pagar recibos y la criada tenía su día libre. La mañana empezó aburrida. Una canoa subió hacia las nueve y media y más tarde bajó una barca cargada de hombres de acampada. Pero fueron cosas puramente marginales. La situación se alegró en torno a las diez.
Empezó con algo blanco que revoloteaba en la lejana distancia, donde los tres álamos señalaban el recodo del río.
-Pañuelo -dijo Bailey cuando lo vio-. No. ¡Demasiado grande! Bandera, quizá.
Sin embargo no era una bandera porque andaba saltando por allá.
-Hombre vestido de blanco corriendo deprisa hacia aquí -dijo Bailey-. ¡Eso sí que es suerte! Pero para traje es muy amplio.
Entonces sucedió algo especial. Hubo un minúsculo brillo rosado entre los oscuros árboles a lo lejos y una pequeña humareda de color gris pálido que empezó a difuminarse y desaparecer en dirección este. El hombre de blanco saltó y continuó corriendo. Pronto llegó el ruido del disparo.
-¡Qué diablos! -exclamó Bailey-, parece como si alguien le estu­viera disparando.
Se irguió rígido y fijó atentamente la mirada. La figura blanca venía por el sendero a través del trigo.
-¡Que me cuelguen si no es uno de esos negros de Fitzgibbon! -dijo Bailey-. Me pregunto por qué sigue moviendo el brazo.
Entonces otras tres figuras se hicieron claramente visibles desta­cando contra el oscuro fondo de los árboles.
En la orilla opuesta un hombre que caminaba hacía su entrada bruscamente en el cuadro. Tenía una barba negra y vestía pantalo­nes de franela, un cinturón rojo y un amplio sombrero gris de fiel­tro. Andaba inclinándose muchísimo hacia adelante y balanceando las manos. Detrás de él se podía ver el barrido de la hierba que hacía la soga de remolque de la barca que estaba arrastrando. Miraba atentamente la figura blanca que atravesaba precipitadamente el trigo. De repente se detuvo. Luego Bailey pudo ver que, con un ges­to peculiar, empezaba a tirar de la soga de remolque mano sobre mano. Más allá del agua se podían oír las voces de la gente en la todavía invisible barca.
-¿Detrás de qué andas, Hagshot? -preguntó alguien.
El individuo del cinturón rojo gritó algo que era inaudible y con­tinuó tirando de la soga al tiempo que por encima del hombro mira­ba la figura blanca que avanzaba. Bajó a la orilla y la soga hizo un sendero entre las cañas y azotaba el agua entre tirón y tirón.
Luego pudo ver únicamente la proa de la barca con el palo de remolque y un hombre alto y rubio que estaba en pie tratando de ver por encima de la orilla. La barca chocó inesperadamente entre las cañas y el hombre alto y rubio desapareció de repente habiendo caí­do aparentemente hacia atrás en la parte invisible de la barca. Hubo una maldición y carcajadas confusas. Hagshot no se rió, sino que sal­tó deprisa a la barca y desatracó. Bruscamente, la barca desapareció del área de visión de Bailey.
Pero todavía se la oía. La melodía de las voces sugería que sus ocu­pantes estaban ocupados en decirse unos a otros lo que tenían que hacer.
La figura que corría se estaba acercando a la orilla. Bailey pudo ver ahora claramente que era uno de los orientales de Fitzgibbon y empezó a darse cuenta de lo que podía ser el objeto sinuoso que lle­vaba en la mano. Otros tres hombres seguían al primero por el trigo y el más adelantado llevaba lo que con toda probabilidad era el fusil. Estaban quizás a doscientas yardas o más detrás del malayo.
-Se trata de una caza del hombre, ¡por todos los santos! -exclamó Bailey.
El malayo se detuvo un momento a inspeccionar la orilla por la derecha. Luego abandonó el sendero y, atravesando por el trigo, desapareció en aquella dirección. Los tres perseguidores hicieron lo mismo y, después de un breve intervalo, sus cabezas y brazos gesticu­lantes también desaparecieron del campo de visión de Bailey.
Bailey se olvidó de sí mismo tanto que hasta llegó a jurar.
-¡Justo ahora que las cosas se estaban poniendo interesantes!
Algo parecido al chillido de una mujer llegó por el aire. Luego, gritos, un aullido, un golpe sordo fuera en el balcón que le hizo dar un salto a Bailey y después el sonido de un fusil.
-Esto es muy duro para un inválido -dijo Bailey.
Pero aún iba a suceder más en este cuadro, muchísimo más. El malayo reapareció corriendo ahora por la orilla corriente arriba. Su zancada era más rápida y más corta que antes. Estaba amenazando a alguien que iba delante con el horrible cris que llevaba. El filo -observó Bailey- era romo, no brillaba como debía hacerlo el acero.
Después venía el hombre alto y rubio blandiendo un bichero y tras él otros tres hombres vestidos de marineros corriendo torpemente con remos. El hombre del sombrero gris y el cinturón rojo no estaba con ellos. Después de un intervalo los tres hombres con el fusil rea­parecieron todavía en el trigo, pero ahora cerca de la orilla. Surgieron por el sendero de remolcar y se apresuraron detrás de los otros. La orilla opuesta quedó en blanco y desolada otra vez. La habitación del enfermo fue deshonrada con más tacos.
-Daría mi vida por conocer el final de todo esto -dijo Bailey.
Hubo gritos confusos corriente arriba. Una vez pareció que se acercaban, pero le decepcionaron. Bailey seguía sentado y gruñía. Estaba todavía refunfuñando cuando sus ojos captaron algo negro y redondo entre las olas.
-¡Hola! -exclamó.
Miró con atención y vio dos cuerpos negros de forma triangular echando espuma de vez en cuando a aproximadamente una yarda delante de aquello. Estaba todavía dudoso sobre cuándo aparecería de nuevo a larvista la pequeña banda de perseguidores y empezó a apuntar a ese objeto flotante. Estaban hablando con ansiedad. Luego el hombre del fusil apuntó.
-Está nadando por el río, ¡cielos! -exclamó Bailey.
El malayo miró hacia atrás, vio el fusil y se sumergió. Salió tan cerca de la orilla de Bailey que una de las barras del balcón le ocultó un momento. Cuando emergió, el hombre del fusil disparó. El mala­yo siguió adelante sin parar. Bailey podía ver ahora el pelo húmedo sobre su frente y el cris entre los dientes, y al poco quedaba oculto por el balcón. Esto le pareció a Bailey un error insufrible. Ahora había perdido al hombre para siempre, eso fue lo que pensó. ¿Por qué el muy bruto no podía haberse dejado coger decentemente en la orilla opuesta o ser alcanzado en el agua?
-Es peor que Edwin Drood1 -criticó Bailey.
Más allá del río, también, las cosas se habían puesto completa­mente en blanco. Los siete hombres habían ido de nuevo corriente abajo, probablemente por la barca para seguirle cruzando el río. Bailey escuchó y esperó. Hubo silencio
-Seguramente no termina así -reflexionó Bailey.
Pasaron cinco, diez minutos. Luego un remolcador con dos bar­cazas subió corriente arriba. La actitud de sus hombres era la de aquellos que no ven nada destacable ni en la tierra ni en el agua ni en el cielo. Claramente todo el asunto había salido del campo de visión del río. Probablemente la caza se había internado en los bosques de hayas de detrás de la casa.
-¡Maldita sea! -exclamó Bailey-. Otra vez el continuará, y esta vez sin ninguna posibilidad de continuación. Esto es maltratar a un enfermo.
Oyó un paso en la escalera detrás de él y, mirando alrededor, vio la puerta abierta. La señora Green entró y se sentó, jadeando. Toda­vía tenía puesto el sombrero, el monedero en la mano y la cestita marrón en el brazo.
-¡Oh, menos mal! -exclamó, dejando a Bailey que imaginara el resto.
-Tómese un poco de whisky con agua, señora Green, y cuénte­melo todo -dijo Bailey.
Con unos sorbitos, la señora empezó a recuperar sus capacidades explicativas.
Una de esas criaturas negras de Fitzgibbon se había vuelto loca y andaba corriendo por ahí con un gran cuchillo, matando a la gente. Había matado a un mozo de caballos, acuchillado a un mayordomo y casi le corta el brazo a un caballero que daba un paseo en barca.
-Corriendo alocadamente con un cris -dijo Bailey-. Pensé que de eso era de lo que se trataba.
Y estaba escondido en el bosque cuando ella lo atravesó viniendo de la ciudad.
-¿Qué? ¿La persiguió? -preguntó Bailey con cierto tono de rego­cijo en la voz.
-No, eso fue lo horrible -explicó la señora Green. Había atrave­sado completamente el bosque y no supo que estaba allí. Fue única­mente al encontrarse en los arbustos con el joven Fitzgibbon cargado con su fusil cuando se enteró por primera vez.
Aparentemente, lo que molestaba a la señora Green era la emo­cionante oportunidad perdida. Estaba, sin embargo, decidida a aprovechar al máximo lo que le quedaba.
-¡Pensar que él estaba allí todo el tiempo! -repitió una y otra vez.
Bailey lo soportó con bastante paciencia durante unos diez minu­tos. Finalmente consideró aconsejable imponerse.
-Es la una y veinte, señora Green, ano cree que es hora de que me traiga algo de comer?
Eso puso a la señora Green de rodillas.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó-. Oh, señor, no me haga salir de esta habitación hasta que sepa que lo han cogido. Puede que haya entra­do en la casa, señor. Pudiera estar arrastrándose, arrastrándose con ese cuchillo suyo por el comedor en este mismísimo...
Se interrumpió súbitamente y miró aterrada por encima de él hacia la ventana. Se quedó con la boca abierta. Bailey volvió brusca­mente la cabeza.
Durante medio segundo las cosas parecieron estar como estaban. Allí estaba el árbol, el balcón, el río reluciente, la distante torre de la iglesia. Luego observó que la acacia estaba desplazada aproximada­mente un pie hacia la derecha y que se estremecía y las hojas susurra­ban. El árbol fue agitado violentamente y se oyó un intenso jadeo.
Al momento siguiente una mano morena y peluda había hecho aparición y agarraba las barandillas del balcón, y a continuación la cara del malayo estaba mirando a través de ellas al hombre en la camilla. Su expresión era una mueca desagradable a causa del cris que tenía entre los dientes, y sangraba por una fea herida en la meji­lla. El pelo húmedo, pero secándose, le sobresalía como cuernos de la cabeza. Estaba desnudo salvo por los empapados pantalones pegados al cuerpo. El primer impulso de Bailey fue saltar de la cama, pero las piernas le recordaron que eso era imposible.
Utilizando el balcón y el árbol, el hombre se elevó lentamente hasta que se hizo visible para la señora Green. Con un grito de ahogo ésta se dirigió a la puerta y manipuló torpemente el manillar. Bailey pensó con rapidez y agarró un frasco de medicinas en cada mano. Uno salió volando y se hizo pedazos contra la acacia. Silenciosa y deliberadamente, manteniendo los brillantes ojos fijos en Bailey, el malayo se subió al balcón. Bailey, agarrando todavía el segundo fras­co, pero con una sensación de náusea y desastre en el alma, vio cómo primero una pierna y después la otra superaban la barandilla.
La impresión que tenía Bailey era de que el malayo había tardado en torno a una hora en pasar la segunda pierna por encima de la barandilla. El periodo que transcurrió hasta que la posición de senta­do cambiara a posición erecta parecía enorme -días, semanas, quizás un año o así. Sin embargo, Bailey no tenía una impresión clara de nada que se le pasara por la cabeza durante ese vasto periodo, excepto una vaga sorpresa ante su incapacidad para lanzar el segundo frasco de medicinas. De repente el malayo miró por encima del hombro. Sonó el disparo de un fusil. Estiró los brazos y cayó sobre la camilla. La señora Green inició un chillido tétrico que parecía que se iba a prolongar con toda probabilidad hasta el día del juicio final. Bailey miró al cuerpo moreno con el omóplato perforado que se retorcía de dolor entre sus piernas, manchando y empapando rápidamente los impecables vendajes. Luego miró al largo cris con rayas rojizas en la hoja que yacía sobre el suelo a una pulgada de los temblorosos dedos morenos. Después a la señora Green, que había pegado la espalda contra la puerta y miraba fijamente al cuerpo y chillaba en racheados arranques como si fuera a despertar a los muertos. Y entonces un último y convulsivo esfuerzo agitó el cuerpo.
El malayo agarró el cris, intentó levantarse con la mano izquierda y se desplomó. Luego levantó la cabeza, miró un momento fijamen­te a la señora Green y, retorciendo la cara hacia atrás, miró a Bailey. Con un jadeante quejido, el moribundo logró asir las ropas de la cama con la mano inutilizada y, mediante un violento esfuerzo que produjo un daño extraordinario a Bailey en las piernas, se retorció lateralmente en dirección a la que debía ser su última víctima. Entonces algo pareció desatarse en la mente de Bailey y éste estrelló el segundo frasco con todas sus fuerzas contra la cara del malayo. El cris cayó pesadamente al suelo.
-Cuidado con esas piernas -dijo Báiley cuando el joven Fitzgib­bon y uno de la tripulación del barco le quitaron el cuerpo de encima.
El joven Fitzgibbon tenía la cara muy pálida.
-No quería matarlo -se lamentó.
-Tanto da-dijo Bailey.


LA TENTACIÓN DE HARRINGAY


Es completamente imposible decir si esto sucedió en realidad. Depende enteramente de la palabra de R. M. Harringay, que es artista.
Siguiendo su versión del asunto, la narración dispone que Harrin­gay entró en su estudio hacia las diez para ver lo que podía hacer con la cabeza en la que había estado trabajando el día anterior. La cabeza en cuestión era la de un organillero italiano y Harringay pensó, pero no estaba seguro, que el título sería el de Vigilia. Hasta ahí es franco y su narrativa tiene la impronta de la verdad. Había visto al hombre ansioso por unos peniques y con la celeridad que sugiere el genio le hizo entrar de inmediato.
-Arrodíllate. Mira arriba a esa repisa, como si esperaras peniques -dijo Harringay-. No sonrías. No quiero pintar tus encías. Pon aspecto desgraciado.
Ahora, después de una noche de descanso, el cuadro parecía deci­didamente insatisfactorio.
-Es un buen trabajo -dijo Harringay-, esa pizca en el cuello... Pero...
Paseó por el estudio y miró el cuadro desde distintos puntos. Luego dijo una palabra malvada. El texto original reproduce esa palabra.
-Pintura -dice que dijo-, justo la pintura de un organillero, un puro retrato. Si fuera un organillero vivo no me importaría. Pero en cierto modo nunca hago cosas que tengan vida. Me pregunto si ten­dré mal la imaginación. Éste también tiene un aire auténtico. Tiene mal la imaginación.
»¡El toque creador! ¡Coger un lienzo y pigmentos y hacer un hombre -como fue hecho Adán de ocre rojo! ¡Pero esto! Si te lo encontraras caminando por las calles sabrías que no era más que un producto de taller. Hasta los niños dirían que lo lleven a enmarcar a Garnome. Un toquecito... Bueno... No servirá tal como está.
Fue hasta las persianas y comenzó a bajarlas. Estaban hechas de holanda azul con los rodillos de enrollar al fondo de la ventana, así es que se bajaban para tener más luz. Recogió de su mesa la paleta, los pinceles y el bastón. Luego volvió al cuadro y puso una pizca de marrón en la comisura de la boca y de ahí trasladó su atención a la pupila del ojo. Después decidió que la barbilla era un pelo demasia­do imperturbable para una Vigilia. Al poco posó los utensilios y, encendiendo una pipa, inspeccionó los avances de la obra.
-Que me cuelguen si no se está burlando de mí -comentó Harringay, y todavía cree que se burlaba.
Desde luego la viveza de la figura había aumentado, pero casi nada en la dirección que él quería. No había duda sobre la burla.
-¡Vigilia del descreído! -lo tituló Harringay-. ¡Un tanto sutil e ingenioso! Pero la ceja izquierda no es lo bastante cínica.
Fue a retocar la ceja y añadió un poco al lóbulo de la oreja para sugerir materialismo. Otras consideraciones siguieron.
-La Vigilia se acabó, me temo -opinó Harringay-. ¿Por qué no Mefistófeles? Pero eso es demasiado corriente. Un amigo del Dogo, no tan sórdido. La armadura no servirá, no obstante. Demasiado Camelot. ¿Qué tal una túnica escarlata y llamarlo Uno del Sacro Colegio? Tiene humor eso, y una clara comprensión de la historia medieval italiana.
»Siempre puede ser Benvenuto Cellini -continuó Harringay- con una ingeniosa sugerencia de una copa de oro en una esquina. Pero eso apenas si iría con el color de la piel.
Se describe a sí mismo hablando sin parar de esta manera para dominar una inexplicable y desagradable sensación de miedo. Aquello estaba adquiriendo ciertamente cualquier cosa menos una expresión agradable. Sin embargo no era menos cierto que se estaba volviendo un ser con mucha más vida que antes, si bien siniestra; con mucho, estaba más vivo que nada de lo que había pintado anteriormente.
-Llamémoslo Retrato de un caballero -prosiguió Harringay-. Cierto caballero.
»No valdrá -decidió Harringay manteniendo todavía el ánimo-. Es eso que llaman mal gusto. Esa burla tendrá que manifestarse. Hecho eso y con un poco más de fuego en el ojo -hasta ahora no me había dado cuenta de lo cálido del ojo- y podría representar ¿qué tal Peregrino apasionado? Pero esa cara diabólica no servirá... No a este lado del Canal.
»Cierta imprecisión valdrá -dijo-, las cejas demasiado oblicuas probablemente.
Así que bajó más la persiana para conseguir una luz mejor y retor­nó a la paleta y los pinceles.
El rostro del lienzo parecía animado por un espíritu propio. Le fue imposible descubrir de dónde le venía la expresión demoníaca. Había que experimentar. Las cejas... A duras penas pueden ser las cejas. Pero las alteró. No, no mejoraba, de hecho, en todo caso una pizca más satánico. ¿La comisura de la boca? ¡Bah! Más que nunca impúdica... y ahora, retocada, era siniestramente macabra... ¿El ojo, entonces? ¡Catástrofe! ¡Había cargado el pincel de bermellón en vez de marrón, y sin embargo estaba seguro de que era marrón! El ojo ahora parecía haberse metido en su cuenca y le escrutaba con visión de fuego en una ráfaga de pasión; posiblemente con algo del valor que da el pánico pasó el pincel lleno de rojo brillante por todo el cuadro. Entonces ocurrió algo muy curioso, extrañísimo ciertamente -si es que ocurrió.
El endemoniado italiano que tenía delante cerró los dos ojos, frunció los labios y se quitó el color de la cara con la mano.
Luego el ojo rojo se abrió de nuevo con un sonido como el de separar los labios y el rostro sonrió.
-Eso fue un tanto precipitado por tu parte -dijo el cuadro.
Harringay asegura que ahora que lo peor había sucedido, había recuperado el dominio de sí mismo. Tenía la secreta convicción de que los demonios eran criaturas razonables.
-Entonces, ¿por qué no paras de moverte -dijo Harringay­háciendo muecas y todo eso, burlándote y bizqueando de soslayo mientras te estaba pintando?
-Yo no me muevo -respondió el cuadro.
-Sí lo haces -aseguró Harringay.
-Eres tú -insistió el cuadro.
-Yo no soy -negó Harringay.
-Eres tú -reiteró el cuadro-. ¡No! No te pongas a embadurnarme de pintura otra vez, porque es verdad. Has estado intentando conse­guir por casualidad una expresión para mi rostro toda la mañana. Realmente no tienes ni la menor idea de lo que tu cuadro debería representar.
-Sí la tengo -afirmó Harringay.
-No la tienes -aseguró el cuadro-. Nunca la tienes con tus cua­dros. Siempre comienzas con el más vago de los presentimientos sobre lo que vas a hacer, va a ser algo bello -estás seguro de eso-, y devoto quizá, o trágico, pero aparte de eso todo es experimento y suerte. ¡Mi querido amigo! ¿No creerás que se puede pintar un cua­dro de esa manera?
En este momento hay que recordar que de lo que sigue no tene­mos más que la palabra de Harringay.
-Pintaré un cuadro exactamente como me parezca -dijo Harrin­gay con calma.
Esto pareció desconcertar un poco al cuadro.
-No puedes pintar un cuadro sin inspiración -subrayó.
-Pero yo tenía una inspiración para éste.
-¡Inspiración! -se burló la sardónica figura-. ¡Una fantasía que surgió al ver a un organillero mirando a una ventana! ¡Vigilia! ¡Ja, ja! Empezaste a pintar con la esperanza de que se te ocurriera algo, eso es lo que hiciste. Y cuando te vi manos a la obra vine. Quiero charlar contigo.
»Charlar de arte, contigo -continuó el cuadro-. Es un mal asun­to, holgazán. No se qué te pasa, pero no pareces capaz de poner el alma en ello. Sabes demasiado. Eso estorba. En medio de tus entu­siasmos te preguntas si no han hecho antes algo como eso. Y..
-Escucha -dijo Harringay, que había esperado algo mejor que crítica del diablo-. ¿Me vas a hablar de técnicas a mí?
Cargó de pintura el pincel del doce de pelo de cerdo.
-El verdadero artista -explicó el cuadro- es siempre un hombre ignorante. Un artista que teoriza sobre su trabajo ya no es artista sino crítico. Wagner... ¡Oye! ¿Para qué es la pintura roja?
-Te voy a despintar -dijo Harringay-. No quiero oír todas esas tonterías. Si piensas que sólo porque soy un artista voy a hablar de técnicas contigo cometes un gran error.
-Un minuto -exclamó el cuadro evidentemente alarmado-. Quiero hacerte una oferta, una oferta auténtica. Lo que digo es ver­dad. Te falta inspiración. Bueno. Sin duda has oído hablar de la Catedral de Colonia y del Puente del Diablo y...
-Tonterías -recalcó Harringay-. ¿Te crees que quiero ir a la per­dición simplemente por el placer de pintar un buen cuadro y conse­guir que lo seleccionen? ¡Vamos, anda!
La sangre le hervía. El peligro no hacía más que impulsarle a la acción, según dice, así que plantó un brochazo de bermellón en la boca de la criatura. El italiano farfulló y trató de limpiársela, a todas luces terriblemente sorprendido. Y entonces, según Harringay, comenzó una memorable pelea, Harringay salpicando con la pintura roja y el cuadro moviéndose y limpiándola tan rápido como él la ponía.
-Dos obras maestras -ofrecía el diablo-. Dos indiscutibles obras maestras por el alma de un artista de Chelsea. ¿Trato hecho?
Harringay respondió con la brocha de pintar.
Durante algunos minutos no se oyó más que los movimientos del pincel y el farfullar y las exclamaciones del italiano. Muchos de los golpes los recibió en el brazo y en la mano, aunque Harringay venció su guardia con bastante frecuencia. Pronto la pintura de la paleta se acabó y los dos antagonistas se quedaron sin aliento mirándose el uno al otro. El cuadro estaba tan embadurnado de rojo que parecía como si hubiera estado dando vueltas en un matadero, jadeaba dolo­rosamente y estaba muy incómodo con la pintura húmeda chorreán­dole por el cuello. Así todo el primer asalto estuvo en conjunto a su favor.
-Piénsalo -dijo aferrándose resueltamente a su punto-, dos obras de arte supremas... en diferentes estilos. Cada una equivalente a la catedral...
-Ya lo sé -dijo Harringay, y salió precipitadamente del estudio dirigiéndose por el pasillo hacia el tocador de su mujer.
Al minuto siguiente estaba de vuelta con una gran lata de esmalte -color de huevo de gorrión de seto se llamaba exactamente- y un pin­cel. Al verlo, el diablo artístico con el ojo rojo empezó a gritar:
-Tres obras maestras, obras maestras definitivas.
Harringay proporcionó el segundo brochazo al diablo y continuó con un tiro al ojo. Hubo un confuso rugido: «Cuatro obras maes­tras», y ruido de escupir.
Pero Harringay tenía ahora la ventaja y estaba decidido a mante­nerla. Con rápidos y osados golpes continuó pintando el lienzo que se retorcía hasta que finalmente era un campo uniforme de brillante color gorrión de seto. Una vez la boca reapareció y llegó hasta: «Cinco obras...», antes de que la llenara de barniz, y, cerca ya del final, el ojo rojo se abrió y le lanzó una mirada feroz e indignada. Pero por fin no quedó nada salvo un reluciente panel de barniz secándose. Durante un ratito una leve agitación bajo la superficie lo arrugó ligeramente aquí y allá, pero pronto incluso eso desapareció y el cuadro estuvo perfectamente quieto.
Entonces Harringay-según su propia relación- encendió la pipa, se sentó, miró atentamente el cuadro barnizado y trató de compren­der claramente lo sucedido. Luego se dio una vuelta por detrás del cuadro para ver si la parte posterior tenía algo destacable. Fue enton­ces cuando empezó a lamentar no haber fotografiado al diablo antes de pintarlo.
Ésta es la historia de Harringay, no la mía. La apoya con un pequeño lienzo (24 por 20) barnizado de un verde pálido, y con vio­lentas aseveraciones. También es verdad que nunca ha pintado una obra maestra y en opinión de sus amigos íntimos probablemente no lo haga nunca.


EL HOMBRE QUE VOLABA


El etnólogo miró pensativo a la pluma de bhimaj.
-Parecía que no les gustaba nada separarse de ella -dijo.
-Es sagrada para los jefes -explicó el teniente-, lo mismo que la seda amarilla, ya sabe, lo es para el Emperador de China.
El etnólogo no respondió. Dudó. Luego, abordando bruscamen­te el tema, preguntó:
-¿Qué diablos es ese cuento increíble que cuentan de un hombre que vuela?
El teniente sonrió levemente.
-¿Qué le contaron?
-Veo -indicó el etnólogo- que está al tanto de su fama.
El teniente lió un cigarrillo.
-No me importa oírla una vez más. ¿Cómo anda en la actualidad?
-Es tan condenadamente infantil -exclamó el etnólogo ya irrita­do-. ¿Cómo hizo que se la tragaran?
El teniente no respondió sino que se repantigó en su silla plega­ble, todavía sonriendo.
Aquí me tiene, recorro cuatrocientas millas lejos de mis asuntos para recoger lo que queda del folklore de esta gente antes de que sean completamente desmoralizados por los misioneros y los militares, y todo lo que encuentro son montones de leyendas imposibles sobre un esmirriado y pelirrojo teniente de infantería. Cómo es invulnerable, cómo salta por encima de los elefantes, cómo vuela. Ésta es la más penosa de todas. Un viejo caballero describía sus alas, decía que tenían un plumaje negro y que no eran tan largas como una mula. Dijo que le veía a usted a menudo a la luz de la luna flotando sobre los picos de las montañas en dirección al país de Shendu, ¡maldita sea, hombre!
El teniente se rió alegremente.
-Continúe -dijo-, continúe.
El etnólogo lo hizo. Al final se enfadó.
-Manipular de esa manera a estas sencillas criaturas de las monta­ñas. ¿Cómo pudo decidirse a hacerlo, hombre?
-Lo siento -explicó el teniente-, pero en realidad me lo impu­sieron. Le puedo asegurar que me vi obligado a hacerlo. Y enton­ces yo no tenía la más remota idea de cómo se lo tomaría la imagi­nación de los Chin. O la curiosidad. Sólo puedo alegar que fue indiscreción y no maldad lo que me hizo reemplazar el folklore por una nueva leyenda. Pero como usted parece ofendido intentaré explicarle el asunto. Fue en la época de la penúltima expedición a Lushai. Walter pensó que esa gente a la que ha estado usted visi­tando era amistosa. Así que con una ligera confianza en mi capaci­dad para cuidar de mí mismo me envió desfiladero arriba, catorce millas de desfiladero, con tres de los hombres del condado de Derby y media docena de cipayos, dos mulas y su bendición para ver cuál era el sentir popular en esa aldea que usted visitó. Una fuerza de diez, sin contar las mulas, catorce millas, ¡y en medio de una guerra! ¿Vio usted la carretera?
-¡Carretera! -exclamó el etnólogo.
-Ahora está mejor que entonces. Cuando subimos tuvimos que vadear el río una milla donde el valle se estrecha, con una buena corriente espumando en torno a nuestras rodillas y las piedras res­baladizas como el hielo. Fue allí donde se me cayó el rifle. Posterior­mente los zapadores volaron el acantilado con dinamita e hicieron el cómodo camino por el que vino usted. Luego, abajo, donde apa­recen esos altos acantilados, tuvimos que andar esquivando por el río, yo diría que lo cruzamos una docena de veces en un par de millas.
»Llegamos a la vista del lugar a la mañana siguiente temprano. Ya sabe cómo está situada sobre un espolón a mitad de camino entre dos montañas, y cuando empezamos a comprender la maldad de la aparente tranquilidad con la que la aldea yacía a la luz del sol nos paramos a pensar.
»Entonces nos dispararon un pedazo de ídolo de latón limado justo para darnos la bienvenida. Bajó bufando por la ladera a nuestra derecha, donde están los cantos; no me alcanzó el hombro por una pulgada o así, y aplastó a la mula que llevaba todas las provisiones y utensilios. Nunca jamás oí tan mortal estruendo. A consecuencia de eso nos percatamos de la presencia de unos cuantos caballeros que llevaban mosquetes, vestidos con algo parecido a guardapolvos a cuadros, que se movían disimuladamente por el desfiladero entre la aldea y la cresta de la montaña por el este.
»-¡De frente! -ordené-. No demasiado juntos.
»Y con esa expresión de ánimo mi expedición de diez hombres se recuperó y se puso en marcha a buen trote para bajar por el valle de nuevo en esta dirección. No esperamos a rescatar nada de lo que transportaba la mula muerta, pero mantuvimos con nosotros a la segunda mula -transportaba mi tienda y otras tonterías- por un sen­timiento de camaradería.
»Así terminó la batalla: ignominiosamente. Mirando hacia atrás vi el valle salpicado de vencedores que gritaban y disparaban hacia nosotros. Pero nadie resultó herido. Estos Chins y sus esco­petas no son nada buenos excepto cuando disparan sentados. Se sientan, colocan y vuelven a colocar sobre una piedra, apuntando durante horas, y cuando disparan corriendo lo hacen principal­mente por efectos teatrales. Hooker, uno de los hombres del con­dado de Derby, se encaprichó bastante con el rifle y se quedó detrás medio minuto para probar su suerte cuando volvíamos el recodo. Pero no logró nada.
»No soy Jenofonte para montar una historia increíble sobre mi ejército en retirada. Tuvimos que contener al enemigo dos veces a lo largo de las dos millas siguientes cuando se puso a hostigarnos un poco, intercambiando disparos con él, pero fue un asunto bas­tante monótono -principalmente fuertes jadeos-, hasta que llega­mos cerca del sitio donde las montañas se juntan en dirección al río y aplastan el valle convirtiéndolo en desfiladero. Y allí tuvimos mucha suerte en vislumbrar media docena de cabezas redondas que venían sesgadamente por la montaña a nuestra izquierda -es decir, el este- y casi en paralelo con nosotros. Al verlos mandé hacer alto.
»-Escuchad -dije a Hooker y a los otros ingleses-, ¿qué hacemos ahora? -y apunté a las cabezas.
»-Como que no soy negro que nos decapitarán -dijo uno de los hombres.
»-Lo harán -corroboró otro-. ¿Conoces la costumbre de los Chin, Jorge?
»-Allí donde se estrecha el río -interviene Hooker- pueden dis­pararnos a cada uno de nosotros a cincuenta yardas. Seguir bajando es un suicidio.
»Miré a la montaña a nuestra derecha. Se volvía más inclinada valle abajo, pero todavía parecía escalable. Y todos los Chin que habíamos visto hasta entonces estaban del otro lado de la corriente.
»-Escalar o pararse, no hay más -dice uno de los cipayos.
»Así que comenzamos a ascender montaña arriba serpenteando. Algo que muy débilmente sugería un camino subía oblicuamente hasta la cara de la montaña y eso fue lo que seguimos. Pronto apare­cieron a la vista algunos Chin valle arriba y oí algunos disparos. Des­pués vi que uno de los cipayos estaba sentado a unas treinta yardas por debajo de nosotros. Simplemente se había sentado sin decir palabra, aparentemente con el deseo de no darnos ninguna molestia. Entonces ordené hacer alto de nuevo. Le dije a Hooker que intentara otro dis­paro y volví atrás, encontrando al hombre herido en una pierna. Car­gué con él y lo llevé hasta ponerlo sobre la mula ya muy bien cargada con la tienda y otras cosas que no tuvimos tiempo de retirar. Cuando alcancé a los otros, Hooker tenía en la mano su Martini vacío, sonreía y apuntaba a un punto negro e inmóvil valle arriba. Todos los demás Chins estaban tras las piedras o habían vuelto junto al recodo.
»-Quinientas yardas -dice Hooker-, como me llamo Hooker, y juraría que le he dado en la cabeza.
»Le dije que fuera a repetirlo otra vez, y con eso continuamos de nuevo. Ahora la ladera se iba poniendo cada vez más empinada y, según subíamos, el camino que seguíamos se convertía cada vez más en un saliente. Finalmente no había más que acantilado por encima y por debajo de nosotros.
»A pesar de todo es la mejor carretera que he visto en el país de Chin Lushai -dije para animar a los hombres, aunque estaba temien­do lo que se nos venía encima.
»Y en pocos minutos el camino dobló en torno a una esquina del acantilado. Entonces, punto final. El saliente llegaba a su fin.
»Tan pronto como comprendió la situación, uno de los hom­bres del condado de Derby empezó a jurar por la trampa en la que habíamos caído. Los cipayos se detuvieron tranquilamente. Hoo­ker gruñó, recargó el rifle y volvió al recodo. Luego dos de los cipa­yos ayudaron a su camarada a bajar y empezaron a descargar la mula.
»Ahora bien, cuando di en mirar a mi alrededor empecé a pen­sar que después de todo no habíamos tenido tan mala suerte. Está­bamos en un saliente de quizás unas diez yardas en lo más ancho. Por encima el acantilado sobresalía de forma que no nos podían disparar desde arriba, y por debajo había un precipicio cortado a pico de quizá dos o trescientos pies. Tumbados éramos invisibles para cualquiera a lo largo del desfiladero. La única entrada era por el saliente y en él un solo hombre valía tanto como una multitud. Estábamos en un fuerte natural con una sola desventaja, la de que nuestra única provisión contra el hambre y la sed consistía en una mula viva. De todas formas nos hallábamos, como máximo, a ocho o nueve millas de la expedición principal, y sin duda pasados uno o dos días enviarían por nosotros si no volvíamos.
-Después de un día o así...
El teniente hizo una pausa
-¿Ha tenido sed alguna vez?
-No de esa clase -respondió el etnólogo.
-Ejem... Nos pasamos todo el día, la noche y el día siguiente sólo con una nada de rocío que escurrimos de nuestras ropas y de la tien­da. Y por debajo de nosotros el río ríe que te ríe alrededor de una roca en medio de la corriente. Nunca conocí tamaña ausencia de incidentes y tanta cantidad de sensaciones. A juzgar por el movi­miento que veíamos el sol podía estar todavía cumpliendo la orden de Josué y ardía como un horno cercano. Por la tarde del primer día uno de los hombres de Derby dijo algo -nadie oyó qué- y marchó por el recodo del acantilado. Oímos disparos, y cuando Hooker miró por la esquina había desaparecido. Y por la mañana el cipayo con la pierna herida deliraba y saltó o cayó por el acantilado. Luego cogimos la mula y le disparamos. Dando sus últimos forcejeos tuvo necesariamente que ir por el acantilado también, con lo que queda­mos ocho de nosotros.
»Podíamos ver el cuerpo del cipayo allá abajo con la cabeza en el agua. Yacía con la cara boca abajo y por lo que pude colegir apenas si tenía alguna fractura. Por mucho que los Chin codiciaran su cabeza, tuvieron la sensatez de dejarlo solo hasta que llegara la oscuridad.
»Al principio hablábamos de las posibilidades que había de que el cuerpo principal de la expedición oyera los disparos y especulábamos sobre cuándo empezarían a echarnos de menos y todo eso, pero al llegar la tarde habíamos agotado el tema. Los cipayos jugaban entre ellos a juegos con piedrecitas y después contaban historias. La noche fue bastante fría. El segundo día nadie hablaba. Teníamos los labios negros y las gargantas ardientes, y estábamos tumbados por el salien­te mirándonos fijamente unos a otros. Quizá daba lo mismo que nos guardáramos nuestros pensamientos. Uno de los soldados británi­cos, sirviéndose de un trozo de caliza, empezó a escribir en la roca alguna tontería blasfema sobre sus últimas voluntades, hasta que lo paré. Cuando miré por el borde al valle y vi el río haciendo rizos casi estuve tentado de seguir al cipayo. Parecía algo agradable y deseable lanzarse abajo por el aire con algo de beber al fondo, o en todo caso no más sed. No obstante recordé a tiempo que yo era el oficial al mando y mi deber de dar ejemplo y todo eso me apartó de semejante locura.
»Sin embargo, pensar en eso me trajo una idea a la cabeza. Me levanté y miré la tienda y sus cuerdas, y me pregunté por qué no se me había ocurrido antes. Luego me acerqué a ver de nuevo el acantilado. Esta vez la altura parecía mayor y la postura del cipayo bastante más dolorosa. Pero era eso o nada. Y, resumiendo, descendí en para­caídas.
»Hice con la tienda un gran círculo de lona, de unas tres veces el tamaño de ese mantel, abrí un agujero en el centro y até ocho cuer­das a su alrededor convergiendo en el medio para montar un paracaídas. Los demás, que estaban tumbados por allí, me miraban como si se tratara de una nueva clase de delirio. Luego expliqué mi idea a los dos soldados británicos y cómo pensaba hacerlo, y tan pronto como el breve crepúsculo se oscureció dando paso a la noche, me arriesgué. Ellos lo sostuvieron en alto y yo di una carrera por todo el ancho del saliente. El artilugio se llenó de aire como una vela, pero he de confe­sar que en el borde tuve miedo y me detuve. Tan pronto como me detuve, me avergoncé de mí mismo -como si estuviera delante de soldados rasos- y volví a intentarlo de nuevo. Allá salté esta vez -recuerdo que con una especie de sollozo-, completamente en el aire con la gran vela blanca llena de viento por encima de mí. Debo de haber pensado a un ritmo terrible. Me pareció que pasaba mucho tiempo hasta que estuve seguro de que el artefacto tenía la intención de mantener la estabilidad. Al principio se escoró lateralmente. Lue­go observé la cara de la roca, que parecía como si me pasara flotando y yo estuviera inmóvil. Entonces miré abajo y vi en la oscuridad el río y el cipayo muerto precipitándose hacia mí. Pero en la confusa luz vi también a tres Chin aparentemente pasmados al verme, y que al cipayo le habían decapitado. Ante eso deseé volverme de nuevo.
»Luego mi bota estaba en la boca de uno de ellos, y en un instante el y yo éramos un montón con la lona que caía aleteando encima de nosotros. Me imagino que le machaqué el cerebro con el pie. No esperaba otra cosa de los demás sino que me rompieran a mí la cris­ma, pero los pobres infieles no habían oído hablar nunca de Baldwin y huyeron sin que nadie les pudiera contener.
»Forcejeando, salí de la maraña del Chin muerto y de la lona, y miré a mi alrededor. A unos diez pasos yacía la cabeza del cipayo mirando fijamente a la luz de la luna. Entonces vi el agua y fui a beber. No había ni un ruido en el mundo salvo por las pisadas de los Chins que huían, un débil grito desde arriba y el gluglú del agua. Tan pronto como hube bebido todo lo que me cabía me puse en marcha río abajo.
»Eso prácticamente termina la explicación de la historia del hom­bre que volaba. No encontré un alma en las ocho millas de camino. Llegué al campamento de Walter a las diez, y el tonto de nacimiento del centinela tuvo la cara de dispararme cuando aparecí saliendo de la oscuridad a la carrera. Tan pronto como logré meter en el duro cráneo de Winter mi historia, unos cincuenta hombres se pusieron en camino valle arriba para ahuyentar a los Chin y bajar a nuestros hombres. En cuanto a mí, tenía demasiada sed como para provocarla yéndome con ellos.
»Usted ha oído las historias increíbles que los Chin han hecho con esto. Alas tan grandes como una mula, ¿eh? ¡Y plumas negras! ¡El alegre teniente pájaro! Bueno, bueno...
El teniente meditó alegremente un momento. Luego añadió:
-Difícilmente lo creería usted, pero cuando llegaron por fin a la cresta se encontraron con que dos cipayos más habían saltado al vacío.
-¿Los demás estaban bien? -preguntó el etnólogo.
-Sí -respondió el teniente-, los demás estaban bien, aunque un poco sedientos, ya sabe.
Y al recordarlo se sirvió otro whisky con soda.


EL FABRICANTE DE DIAMANTES


Ciertos asuntos me habían retenido en la calle Chancery hasta las nueve de la noche, y después, un incipiente dolor de cabeza me quitó las ganas tanto de divertirme como de seguir trabajando. Todo el esca­so cielo que los altos acantilados de ese estrecho desfiladero de tráfico dejaban visible hablaba de una noche serena, así que me decidí a cami­nar hasta el Embankment a descansar la vista y refrescar la cabeza con­templando las abigarradas luces del río. La noche es, sin comparación, el momento más esplendoroso de este lugar. Una piadosa oscuridad oculta la suciedad de las aguas, y las luces de este momento de transi­ción -rojo, naranja brillante, amarillo de gas, blanco eléctrico- se des­pliegan en vagos contornos con todos los matices posibles entre el gris y el púrpura intenso. Por los arcos del puente de Waterloo cien puntos de luz señalan la curva del Embankment, y sobre su parapeto se levan­tan las torres de Westminster, cálido gris contra la fría luz de las estre­llas. El negro río discurre prácticamente sin un rizo que rompa su silencio y altere las reflexiones de las luces que flotan en su superficie.
-Una noche calurosa -dijo una voz a mi lado.
Volví la cabeza y vi el perfil de un hombre apoyado sobre el para­peto junto a mí. Tenía un rostro fino, no carente de atractivo, aun­que bastante delgado y pálido; y el cuello del abrigo, levantado y ajustado alrededor de la garganta, definía su posición social con la precisión de un uniforme. Pensé que si le contestaba me vería en el compromiso de pagarle la cama y el desayuno.
Lo miré con curiosidad. ¿Tendría algo que contarme que valiera el dinero, o sería el vulgar incapaz... incapaz de contar su propia his­toria? Cierto aire de inteligencia en la mirada y en la frente, y un labio inferior algo tembloroso me decidieron a responderle.
-Muy calurosa -respondí yo-, pero no demasiado aquí donde estamos.
-No -dijo todavía mirando al agua-, se está bastante bien aquí... ahora mismo.
-Es agradable -continuó tras una pausa- encontrar un lugar tan tranquilo como éste en Londres. Después de estar todo el día bre­gando en los negocios, tratando de salir adelante, enfrentándose a las obligaciones y esquivando los peligros, no sé qué haría uno si no fue­ra por estos pacíficos rincones.
Separaba las frases con prolongadas pausas.
-Usted debe de conocer un poco el pesado quehacer mundano, o no estaría aquí. Pero dudo que tenga la cabeza y los pies tan dolori­dos como yo... ¡Bah! A veces dudo que tanto esfuerzo merezca la pena. Siento impulsos de tirarlo todo por la ventana -nombre, riqueza y posición- y dedicarme a un oficio modesto. Pero sé que si abandonara mi ambición, a pesar de lo mal que me trata, no me que­darían más que remordimientos para el resto de mi vida.
Se calló. Yo lo miraba asombrado. Si alguna vez había visto a un hombre desesperadamente apurado de dinero ése era precisamente el que tenía delante de mí. Andrajoso y sucio, sin afeitar y despeinado, parecía como si hubiera estado abandonado una semana en un basu­rero. Y me hablaba a mí de las enojosas preocupaciones de un gran negocio. Casi suelto una carcajada. O estaba loco o bromeaba ridícu­lamente con su propia pobreza.
-Aunque los objetivos y los puestos elevados -respondí- tengan los inconvenientes y la ansiedad del trabajo duro, también tienen sus compensaciones. La influencia, el poder para hacer el bien y ayudar a los más débiles y pobres que nosotros, y hasta se siente cierta gratifi­cación en lucir...
Dadas las circunstancias, mi insinuación era de muy mal gusto. Hablé espoleado por el contraste entre su aspecto y su lenguaje. Me pesó incluso cuando lo estaba diciendo. Volvió hacia mí un rostro ojeroso, pero sereno, y comentó:
-Me he olvidado de mí mismo. Por supuesto que usted no lo entendería.
Me estuvo calibrando durante unos instantes.
-Sin duda es muy absurdo. Aunque se lo cuente usted no me creerá, así que no corro muchos riesgos haciéndolo. Y será un alivio contárselo a alguien. Realmente tengo entre manos un gran negocio, un negocio muy grande. Pero hay problemas ahora mismo. El hecho es que fabrico diamantes.
-Me imagino -intervine yo- que está en el paro en este momento.
-Estoy harto de que no me crean -respondió impaciente, y de repente, desabotonando el miserable abrigo, sacó una pequeña bolsa de lona que le colgaba de un cordón alrededor del cuello. Extrajo de la bolsa una piedra de color marrón.
-No sé si tiene los conocimientos suficientes como para saber lo que es.
Me lo pasó.
Pues bien, hacía más o menos un año había dedicado mi tiempo libre a conseguir un diploma de ciencias en Londres, así que tengo algunas nociones de física y mineralogía. Aquello semejaba un dia­mante sin cortar, del tipo más oscuro, aunque demasiado grande, porque tenía casi el mismo tamaño que el extremo de mi pulgar. Lo cogí y vi que tenía la forma de un octaedro regular, con las caras talla­das características del más precioso de los minerales. Saqué mi navaja e intenté rayarlo, pero fue en vano. Inclinándome hacia adelante en dirección a la farola de gas, lo probé sobre el cristal de mi reloj y logré hacer una raya blanca con la mayor facilidad. Miré a mi interlocutor con creciente curiosidad.
-Ciertamente es bastante parecido a un diamante. Pero, de serlo de verdad, es un diamante gigante. ¿Dónde lo consiguió?
-Le digo que lo fabriqué -contestó-. Devuélvamelo.
Volvió a ponerlo en la bolsa rápidamente y abotonó la chaqueta.
-Se lo venderé por cien libras -murmuró de repente con impa­ciencia.
Eso me hizo volver a sospechar. Después de todo, aquello podía ser simplemente un trozo de esa sustancia casi igual de dura, el corin­dón, que accidentalmente tiene una forma similar a la del diamante. O si realmente era un diamante, ¿cómo se había hecho con él y por qué lo vendía por cien libras?
Nos miramos a los ojos. Parecía impaciente, pero con una impa­ciencia honrada. En aquel momento creí de verdad que lo que trataba de vender era un diamante. Sin embargo, yo soy pobre. Cien libras dejarían un visible agujero en mi economía y nadie en su sano juicio compraría un diamante a la luz de una farola a un vagabundo andra­joso fiándose únicamente de su garantía personal. De todas formas, un diamante de aquel tamaño evocaba una visión de muchos miles de libras. Luego pensé que una piedra semejante a duras penas podía existir sin que fuera mencionada en todos los libros de gemas, y de nuevo recordé las historias de contrabando y robo de los mineros de El Cabo. Dejé a un lado la cuestión de la compra.
-¿Cómo lo consiguió? -pregunté.
-Lo fabriqué.
Yo había oído hablar de Moissan, pero sabía que sus diamantes artificiales eran muy pequeños. Negué con la cabeza.
-Usted parece que sabe algo de esto. Le contaré algo sobre mí. Quizá después mejore su opinión sobre la compra.
Se volvió dando la espalda al río y metió las manos en los bol­sillos. Suspiró.
-Se que no me creerá... Los diamantes -comenzó, y al hablar su voz iba perdiendo el desmayado tono del vagabundo y adqui­riendo la dicción fácil del hombre educado- se fabrican echando una mezcla de carbón en un fundente adecuado y a la presión conveniente; el carbón cristaliza entonces no en grafito o polvo de carbón, sino en pequeños diamantes. Todo eso lo saben los químicos desde hace años, pero ninguno ha dado todavía exacta­mente con el fundente correcto en el que fundir el carbón, o con la presión adecuada para obtener los mejores resultados. Por con­siguiente los diamantes fabricados por químicos son pequeños y oscuros, y sin valor como joyas. Pues bien, yo, sabe usted, he dedicado toda mi vida a este problema... le he sacrificado toda mi vida.
»Comencé a trabajar en todo lo referente a la fabricación de dia­mantes cuando tenía diecisiete años, y ahora tengo treinta y dos. Me pareció que la tarea podría absorber el pensamiento y las energías de un hombre durante diez o incluso veinte años, pero, aun así, el esfuerzo todavía habría valido la pena. Suponga que alguien diera por fin con el procedimiento correcto, antes de que se conociera el secreto y de que los diamantes fueran tan corrientes como el cartón: habría hecho millones. ¡Millones!
Hizo una pausa y buscó mi comprensión. Le brillaron los ojos con avidez.
-Y pensar -dijo- que estoy a punto de conseguirlo, y aquí me tie­ne usted.
»A los veintiún años -prosiguió- tenía mil libras y pensé que esa cantidad completada con algunas clases sería suficiente para mante­ner mis investigaciones. Pasé un año o dos estudiando, principal­mente en Berlín, y luego continué por mi cuenta. El problema esta­ba en el secreto. Ya sabe, si alguna vez hubiera dado a conocer lo que estaba haciendo, mi creencia en la viabilidad de la idea podría haber espoleado a otros hombres, y no me considero un genio de tanta categoría como para estar seguro de llegar el primero en caso de una carrera por el descubrimiento. Y ya sabe lo importante que era, si de verdad quería amasar una gran cantidad de dinero, que la gente no supiera que se trataba de un proceso artificial y capaz de producir diamantes por toneladas. Así que tuve que trabajar completamente solo. Al principio tenía un pequeño laboratorio, pero cuando empe­cé a quedarme sin recursos tuve que realizar mis experimentos en una miserable habitación sin amueblar en Kentish Town, donde ter­miné durmiendo en un colchón de paja sobre el suelo entre todos mis aparatos. El dinero se evaporó sin más. Yo me lo escatimaba todo excepto los instrumentos científicos. Intenté mantener la situación con algunas clases, pero no soy un profesor muy bueno, no tengo diploma universitario, ni muchos conocimientos excepto en quími­ca, y me encontré con que tenía que dedicar mucho trabajo y mucho tiempo a cambio de muy poco dinero. Pero conseguí acercarme cada vez más a la solución. Hace tres años que resolví el problema de la composición del fundente, y me aproximé mucho al de la presión poniendo este fundente mío y cierta mezcla de carbón dentro de un cañón completamente cerrado, lo llené de agua, lo sellé bien y lo calenté.
Se detuvo.
-Bastante arriesgado -le dije.
-Sí. Estalló, hizo pedazos todas las ventanas y gran parte de mis aparatos, pero conseguí una especie de polvo de diamantes a pesar de todo. Estudiando el problema de cómo conseguir una fuerte presión sobre la mezcla fundida que había de cristalizar en diamantes, me encontré con unas investigaciones de Daubre en el Laboratoire des Poudres et Salpétres de París. Hacía estallar dinamita en un cilindro de acero bien atornillado y demasiado fuerte para reventar, y me enteré de que de este modo podía pulverizar rocas convirtiéndolas en un limo no muy distinto al de los yacimientos sudafricanos en los que se encuentran los diamantes. Constituyó un golpe tremendo para mis recursos, pero logré que, siguiendo su modelo, me hicieran un cilindro de acero para mis objetivos. Puse dentro del cilindro todo el material y los explosivos, encendí un buen fuego en el fogón, coloqué dentro el cilindro y... me fui a dar un paseo.
No pude por menos de reírme de su forma realista y desconside­rada de actuar.
-¿No pensó que podía volar la casa? ¿Había más gente en el edi­ficio?
-Era una cuestión de interés científico -dijo finalmente-. En el piso de abajo vivía la familia de un vendedor ambulante, en la habi­tación de detrás de la mía un escritor que pedía dinero por carta y dos vendedoras de flores en el piso de arriba. Quizá fue un poco des­cuidado. Pero posiblemente algunos estaban fuera.
-Cuando volví el cilindro estaba exactamente donde lo había deja­do, entre carbones ardiendo al rojo blanco. El explosivo no lo había reventado. Por consiguiente tenía que enfrentarme a otro problema. Como usted sabe, el tiempo es un elemento importante en la cristali­zación. Si se precipita el proceso los cristales son pequeños, sólo mediante una acción prolongada se consigue cierto tamaño. Decidí dejar enfriar el aparato durante dos años, disminuyendo lentamente la temperatura durante ese tiempo. Por entonces mi dinero se había agotado ya, y teniendo que atender un gran fuego, la renta de mi habitación y mi propia hambre apenas si me quedaba un penique.
»Difícilmente podría contarle todas las chapuzas a las que he teni­do que dedicarme mientras fabricaba los diamantes. He vendido periódicos, cuidado de caballos, abierto las puertas de los coches. Estuve muchas semanas poniendo direcciones en sobres. Fui ayudan­te de un hombre que tenía una carreta, y yo hacía un lado de la calle mientras él hacía el otro. En una ocasión no me salió nada durante toda la semana y mendigué. ¡Qué semana aquélla! Un día el fuego se estaba apagando y yo no había comido nada en todo el día, y un hombrecillo que sacaba a pasear a su pequeña me dio seis peniques... para lucirse. ¡Gracias a Dios por la vanidad! ¡Cómo olían los puestos de pescado frito! Pero fui y me lo gasté todo en carbón, y puse el fogón al rojo vivo de nuevo, y luego... bueno, el hambre nos atonta.
»Por fin, hace tres semanas, dejé que el fuego se apagara. Cogí el cilindro y lo desatornillé cuando estaba todavía tan caliente que me quemó las manos, saqué la desmenuzada masa semejante a la lava raspando con un cincel y la pulvericé a martillazos sobre una placa de hierro. Encontré tres diamantes grandes y cinco pequeños. Mien­tras martilleaba en el suelo se abrió la puerta y entró mi vecino, el escritor de cartas pidiendo dinero. Estaba borracho como de cos­tumbre.
»-¡Narquista! -farfulló.
»-Estás borracho -le dije.
»-Sinvergüenza destructor -exclamó.
»-Vete con tu padre -le respondí, queriendo decir al diablo.
»-No importa-contestó.
»Me hizo un guiño socarrón y soltó un hipo. Apoyado sobre la puerta, con el otro ojo contra el marco, comenzó a farfullar que había estado fisgando en mi habitación y que había ido a la policía aquella mañana, y que ellos habían anotado todas sus palabras, como si fueran perlas, dijo.
»Entonces me di cuenta de repente de que estaba en un aprieto. O contaba a los policías mi secreto y todo se sabría, o pasaría por anarquista. Así que me acerqué a mi vecino, lo cogí por el cuello y lo zarandeé un poco; luego recogí mis diamantes y me largué. Los periódicos de la tarde llamaban a mi cuchitril la fábrica de bombas de Kentish Town. Y ahora no puedo desprenderme de los diamantes ni por amor ni por dinero.
»Cuando voy a los joyeros respetables me dicen que espere, y en voz baja mandan al dependiente a buscar a la policía; yo entonces digo que no puedo esperar. Descubrí a uno que recogía cosas roba­das, y sencillamente agarró el que le di y me dijo que si lo quería ten­dría que llevarle a juicio. Ahora voy por ahí con varios cientos de miles de libras en diamantes alrededor del cuello y sin cobijo ni comida. Usted es la primera persona a la que he contado mi secreto. Pero me gusta su cara y estoy muy apurado.
Me miró a los ojos.
-Sería una locura -le dije- comprarle un diamante en estas cir­cunstancias. Además yo no voy por ahí con cientos de libras en el bolsillo. Sin embargo, me inclino más bien a creer en su historia. Si le parece bien, haré lo siguiente: venga mañana a mi oficina...
-¡Usted cree que soy un ladrón! -dijo con viveza-. Usted se lo dirá a la policía. No voy a meterme en una trampa.
-De alguna forma estoy seguro de que usted no es un ladrón. Aquí tiene mi tarjeta. Cójala de todas formas. No tiene que presen­tarse a una cita. Venga cuando quiera.
Cogió la tarjeta con mis mejores promesas de buena voluntad.
-Pienselo mejor y venga -le dije.
Movió dubitativamente la cabeza.
-Algún día le devolveré la media corona con intereses, unos inte­reses tales que le dejarán boquiabierto -me dijo.
-De todas formas, ¿guardará el secreto?... No me siga.
Cruzó la calle y se dirigió en la oscuridad hacia los pequeños pel­daños que, bajo el arco, llevan a la calle de Essex. Dejé que se fuera. Y fue la última vez que lo vi.
Posteriormente recibí dos cartas suyas pidiéndome que le enviara billetes de banco, nada de cheques, a ciertas direcciones. Yo sopesé el asunto e hice lo que consideré más prudente. Una vez vino a casa cuando estaba fuera. Mi hijo lo describió como un hombre delgado, sucio, harapiento y con una tos horrible. No dejó ningún mensaje. En lo que a mi historia concierne, ése fue el punto final. Nunca más volví a tener noticias suyas. A veces me pregunto qué habrá sido de él. ¿Era un monomaniaco ingenioso, un fraudulento comerciante de bisute­ría, o había fabricado realmente los diamantes como aseguraba? Esto último es lo suficientemente creíble como para hacerme pensar a veces que he perdido la oportunidad más brillante de mi vida. Quizás esté muerto y sus diamantes tirados por ahí... Uno, repito, era casi tan grande como mi pulgar. Quizás aún esté intentando vender los dia­mantes. También es posible que vuelva todavía triunfante a la socie­dad y, al pasar por mi casa con la serena altivez sagrada de los ricos y famosos, me reproche en silencio mi falta de valor. A veces pienso que al menos podía haber arriesgado cinco libras.


LA ISLA DE ÆIORNIS


El hombre de la cicatriz en la cara se inclinó sobre la mesa y miró mi fardo.
-¿Orquídeas? -preguntó.
-Unas cuantas -respondí.
-¿Cypripedios? -continuó.
-Principalmente.
-¿Alguno nuevo? Yo pensaba que no. Hice esas islas hace veinti­cinco... veintisiete años. Si encuentra usted algo nuevo aquí, bueno, entonces es novísimo. No dejé gran cosa.
-No soy coleccionista-aclaré.
-Entonces era joven -continuó-. ¡Cielos, cómo solía volar por ahí!
Parecía estar tomándome la medida.
-Estuve en las Indias Occidentales dos años y en Brasil siete. Lue­go fui a Madagascar.
-Conozco de nombre a algunos exploradores -expliqué previen­do una historia increíble-. ¿Para quién recogía usted?
-Para Dawson. ¿Ha oído alguna vez el nombre de Butcher?
Butcher... Butcher... El nombre parecía vagamente presente en mi memoria. Entonces recordé: Butcher contra Dawson.
-¡Anda! -exclamé yo-, usted es el hombre que los demandó por el sueldo de cuatro años... naufragó y arribó a una isla desierta...
-Servidor -dijo el hombre de la cicatriz haciendo una inclina­ción-. Un caso divertido, ¿verdad? Ahí estaba yo, ganando una pequeña fortuna en esa isla, no haciendo tampoco nada para ganarla, y ellos completamente incapaces de avisarme. A menudo solía divertirme pensando en eso mientras estaba allí. Hice cálculos sobre ello -grandes-, por todo el bendito atolón con figuras decorativas.
-¿Cómo ocurrió?
-Bueno... ¿Ha oído hablar del Æpiornis?
-Bastante. Andrews me contaba de una nueva especie en la que estaba trabajando hace sólo un mes o así. Justo antes de embarcarme. Consiguieron, según parece, un fémur de casi una yarda de largo. ¡Un monstruo debió de ser el animal!
-Le creo -dijo el hombre de la cicatriz-. Era realmente un mons­truo. El ave gigantesca de Simbad no era más que una leyenda sobre ellos. Pero ¿cuándo encontraron esos huesos?
-Hace unos tres o cuatro años, en el 91 creo. ¿Por qué?
-¿Cómo que por qué? Porque fui yo el que los encontró... ¡Cielos! Hace casi veinte años. Si Dawson no se hubiera comportado estúpi­damente sobre ese sueldo podían haber hecho un buen negocio con ellos. No pude evitar que el infernal bote se fuera a la deriva.
Hizo una pausa.
-Supongo que es el mismo sitio. Una especie de ciénaga a unas noventa millas al norte de Antananarivo. ¿Lo conoce acaso? Hay que ir por la costa en barca. ¿No lo recordará usted por casualidad, quizá?
-No. Creo que Andrews dijo algo sobre una ciénaga.
-Debe de ser la misma. Está en la costa este. Y de todas formas hay algo en el agua que impide que las cosas se descompongan. Huele como a creosota. Me recordó a Trinidad. ¿Siguen consi­guiendo huevos? Algunos de los que yo encontré medían pie y medio de largo. La ciénaga lo rodea todo alrededor, sabe, y deja aislado este trozo. La mayor parte es sal, también. Bueno... ¡Qué mal lo pasé! Los encontré totalmente por casualidad. íbamos bus­cando huevos, yo y los dos nativos, en una de esas extrañas canoas, todos apretujados, y encontramos los huesos al mismo tiempo. Teníamos una tienda y provisiones para cuatro días, y acampamos en uno de los sitios más firmes. Pensar en ello me trae a la memoria aquel extraño olor a brea incluso ahora. Es un trabajo curioso. Se va sondeando el barro con barras de hierro, sabe. Generalmente el huevo termina hecho pedazos. Me pregun­to cuánto tiempo hace que vivieron realmente estos Æpiornis. Los misioneros dicen que los nativos tienen leyendas de cuando estaban vivos, aunque yo jamás oí esas historias2. Pero, desde lue­go, los huevos que conseguimos estaban tan frescos como si los acabaran de poner. ¡Frescos! Al llevarlos a la canoa, uno de mis negros dejó caer uno contra una roca y se hizo pedazos. ¡Qué paliza le di al desgraciado! Pero el huevo era fresco como recién puesto, ni siquiera olía, y su madre llevaba muerta los últimos cuatrocientos años, quizá. Dijo que un ciempiés le había mordi­do. Pero voy a contar la historia seguida. Nos había llevado todo el día cavar en el fango para conseguir esos huevos enteros y está­bamos todos embadurnados de ese bestial barro negro, y natural­mente yo estaba cabreado. Por lo que yo sabía eran los únicos huevos que se habían sacado, y además enteros. Posteriormente fui a ver los que tienen en el Museo de Historia Natural de Lon­dres. Todos ellos estaban rotos y pegados como un mosaico y con fragmentos que faltaban. Los míos era perfectos, y yo tenía la intención de abrirlos cuando estuviera de vuelta. Naturalmente me molestó que el estúpido inútil dejara caer tres horas de trabajo por culpa de un ciempiés. Le golpeé bastante.
El hombre de la cicatriz sacó una pipa de arcilla. Yo puse mi peta­ca delante de él y llenó la pipa distraídamente.
-¿Qué pasó con los otros? ¿Los trajo a casa? No recuerdo...
-Ésa es la parte curiosa de la historia. Tenía otros tres. Huevos absolutamente frescos. Bueno, los pusimos en el bote y luego yo subí a la tienda a hacer algo de café, dejando a mis dos infieles abajo en la playa, uno tonteando con la picadura y el otro ayudándole. Nunca se me ocurrió que el desgraciado se aprovecharía de la posi­ción especial en que me encontraba para montar una bronca. Pero supongo que el veneno del ciempiés y las patadas que le había dado le habían trastornado -siempre fue un tipo pendenciero- y persua­dió al otro.
»Recuerdo que estaba sentado, fumando e hirviendo el agua en una lámpara de alcohol que solía llevar en estas expediciones. Casualmente admiraba la ciénaga en la puesta de sol. Estaba toda negra y rojo sangre a rayas, una hermosa vista. Y más allá la tierra se elevaba gris y brumosa hasta las montañas, y el cielo detrás de ellas estaba rojo como boca de horno. Y cincuenta yardas a mis espaldas estaban estos benditos paganos -sin pensar para nada en la tranquila aura de las cosas- conspirando para marcharse con la barca y dejar­me completamente solo con provisiones para tres días, una tienda de lona y nada de beber en absoluto salvo un pequeño barril de agua. Oí una especie de alarido detrás de mí, y allá estaban en esa especie de canoa -no era propiamente una barca- y, quizás a veinte yardas de tierra. Me di cuenta de lo que pasaba al instante. Tenía la escopeta en la tienda, y además no tenía balas, sólo perdigones para patos salva­jes. Ellos lo sabían. Pero tenía un pequeño revólver en el bolsillo y lo saqué al tiempo que bajaba corriendo a la playa.
»-Volved -grité yo, blandiendo el revólver.
»-Me chapurrearon algo, y el que había roto el huevo se burló. Apunté al otro porque no estaba herido y llevaba el remo, y fallé. Se rieron. Pero yo no estaba vencido. Sabía que tenía que mantener la calma. Lo intenté de nuevo y le hice saltar con el golpe. Esa vez no se rió. La tercera le alcancé en la cabeza y se fue por la borda, y el remo con él. Fue un bonito disparo con suerte para un revólver. Calculo que serían cincuenta yardas. Se hundió directamente. No sé si le di o simplemente se aturdió y se ahogó. Luego empecé a gri­tar al otro que volviera, pero él se acurrucó en la canoa y no quiso contestar. Así que disparé mi revólver contra él, pero no conseguí alcanzarle.
»Le digo que me sentí como un completo idiota. Allí estaba yo en esa podrida playa negra, toda una ciénaga plana a mis espaldas y el mar liso, frío tras la puesta de sol, y sólo esta negra canoa deslizándo­se a la deriva hacia alta mar. Le digo que maldije a Dawson y a Jam­rach y a los museos y a todo eso por igual. Me desgañité diciéndole al negro que volviera hasta que mi voz se convirtió en un chillido.
»No había otra solución que nadar tras él y arriesgarme con los tiburones. Así que abrí la navaja, me la puse en la boca, me quité la ropa y entré vadeando. Tan pronto como estuve en el agua perdí de vista a la canoa, pero tomé el rumbo que juzgué adecuado para inter­ceptarla. Esperaba que el hombre que iba en ella estuviera demasiado mal para dirigirla y que seguiría a la deriva en la misma dirección. Pronto apareció de nuevo en el horizonte en dirección suroeste. El resplandor del crepúsculo se había extinguido ya completamente y avanzaba la oscuridad de la noche. Las estrellas hacían su aparición en el azul. Nadé como un campeón aunque pronto empezaron a dolerme los brazos y las piernas.
»A pesar de todo, cuando casi todas las estrellas habían salido ya, llegué hasta él. Según oscurecía empecé a ver todo tipo de cosas res­plandecientes en el agua, fosforescencias, ¿sabe? A veces me daban mareos. Apenas si podía distinguir las estrellas de las fosforescencias, y si nadaba hacia adelante o hacia atrás. La canoa era negra como el pecado y los rizos del agua bajo la proa parecían fuego líquido. Natu­ralmente fui muy cauteloso para subirme a ella. Ante todo estaba ansioso por ver lo que tramaba. Parecía estar acurrucado hecho un ovillo en la proa y la popa estaba toda fuera del agua. La canoa seguía girando alrededor lentamente al tiempo que derivaba, como bailan­do una especie de vals, ¿sabe? Fui hasta la popa y tiré de ella hacia abajo esperando que despertara. Luego empecé a subirme con la navaja en la mano y preparado para un ataque. Pero no se movió. Así que allí me senté, en la popa de la pequeña canoa a la deriva por un mar calmo y fosforescente, y con todas las estrellas encima de mí, esperando que sucediera algo.
»Después de mucho tiempo le llamé por su nombre, pero no res­pondió. Yo estaba demasiado cansado para arriesgarme a llegar has­ta donde estaba él. Así que allá seguimos sentados. Creo que me quedé dormido dos o tres veces. Cuando llegó la aurora vi que esta­ba tan muerto como un clavo, todo hinchado y color púrpura. Mis tres huevos y los huesos yacían en medio de la canoa, y el barrilillo de agua, algo de café y las galletas envueltas en un ejemplar del Argus del Cabo estaban a sus pies, y una lata de alcohol metílico debajo de él. No había ningún remo, ni de hecho nada que pudiera emplear como tal a no ser la lata de alcohol, por lo que decidí seguir a la deriva hasta que me recogieran. Le inspeccioné, establecí un veredicto contra la serpiente, escorpión o ciempiés desconocido y lo envié por la borda. Después tomé un trago de agua y unas galletas y eché un vistazo alrededor. Supongo que alguien en una posición baja como estaba yo no ve muy lejos, de todos modos Madagascar no se veía por ninguna parte, ni tampoco rastro de tierra. Vi una vela que iba en dirección suroeste, parecía una goleta, pero nunca llegué a ver el casco. Pronto el sol estuvo alto en el cielo y empezó a caer sobre mí. ¡Cielos! Casi me hacía hervir el cerebro. Traté de mojar la cabeza en el mar, pero después de un rato me fijé por casualidad en el Argus del Cabo, me tumbé en la canoa y lo extendí sobre mí. ¡Qué maravillosos son los periódicos! Nunca había leído uno de cabo a rabo, pero es curioso las cosas que hace uno cuando está solo como lo estaba yo. Supongo que leí ese bendito Argus del Cabo atrasado veinte veces. La pez de la canoa simplemente humeaba con el calor y estalló en grandes ampollas.
»Estuve a la deriva diez días -prosiguió el hombre de la cicatriz-. Es poca cosa cuando se cuenta, ¿verdad? Cada día como el anterior. Excepto de madrugada y ya avanzada la tarde nunca mantuve una vigilancia constante, tan infernal era el resplandor. No vi una vela hasta pasados los tres primeros días, y las que vi no me hicieron caso. Hacia la sexta noche un barco pasó apenas a media milla de mí con todas las luces encendidas y las portillas abiertas, parecía una gran luciérnaga. Había música a bordo. Me puse en pie y voceé y chillé. El segundo día abrí uno de los huevos de Æpiornis, quité el extremo de la cáscara raspándola poco a poco y lo probé y me alegré al compro­bar que era lo bastante bueno para comer. Un poco fuerte -no malo, quiero decir-, pero con algo del sabor de los huevos de pato. Había una especie de mancha circular, de unas seis pulgadas, en un lado de la yema, y con rayas de sangre y una mancha blanca como una esca­lera que me pareció extraña, pero no entendí lo que significaba en aquel momento, y no estaba para quisquillosidades.
»El huevo me duró tres días con galletas y un trago de agua. Mas­qué granos de café también... vigorizante sustancia. El segundo hue­vo lo abrí hacia el octavo día, y me escamó.
El hombre de la cicatriz hizo una pausa.
-Sí -dijo-, estaba empollando. Me atrevería a decir que lo encuentra difícil de creer. Yo no lo creía ni con la cosa delante de mí. Ahí había estado el huevo, hundido en ese frío lodo negro, quizá trescientos años. Pero no cabía error. Allí estaba -¿cómo se llama?- el embrión con su gran cabeza y la espalda curvada y el corazón latien­do bajo la garganta y la yema apergaminada y grandes membranas extendiéndose dentro de la cáscara y por toda la yema. Y allí estaba yo incubando los huevos del mayor de todos los pájaros extinguidos en una pequeña canoa en medio del océano índico. ¡Si el viejo Daw­son lo hubiera sabido! Eso merecía el sueldo de cuatro años. ¿Qué piensa usted? A pesar de todo tuve que comerme esa maravilla com­pletamente, hasta la última pizca, antes de avistar el arrecife y algu­nos de los bocados fueron bestialmente desagradables. No comí el tercero. Lo levanté y miré al trasluz, pero la cáscara era demasiado gruesa para sacar ninguna idea de lo que pudiera estar ocurriendo dentro, y aunque yo me imaginé que oía latir la sangre, podía haber sido el ruido de mis propias orejas, como ocurre cuando se escucha el sonido de una concha.
»Entonces apareció el atolón. Surgió con la salida del sol, como si dijéramos, de repente junto a mí. Me deslicé directamente hacia él hasta que estuve a una media milla de la costa, no más, y luego la corriente dio un giro y tuve que remar todo lo que pude con las manos y los trozos de cáscara de Æpiornis para alcanzar la playa. A pesar de todo llegué. No era más que un atolón corriente de unas cua­tro millas a la redonda con unos cuantos árboles, un manantial en un sitio y la laguna llena de peces de colores. Llevé a tierra el huevo y lo puse en un buen sitio, muy por encima de la línea de las olas, y al sol para darle todas las oportunidades que pudiera, subí la canoa hasta un sitio seguro y anduve por allí explorando. Es extraño lo aburrido que es un atolón. Tan pronto como encontré un manantial, todo el interés pareció desvanecerse. Cuando era niño pensaba que nada podía ser más bello o más aventurero que la peripecia de Robinson Crusoe, pero ese lugar era tan monótono como un libro de sermones. Anduve por allí en busca de cosas comestibles y en general pensando, pero le digo que me aburrí mortalmente antes de que terminara .el primer día. Una muestra de la suerte que tengo es que el mismísimo día que desembarqué cambió el tiempo. Una tormenta pasó hacia el norte rozando levemente la isla con una de sus alas, y por la noche cayó un aguacero torrencial y azotó un viento que bramaba. No se había nece­sitado mucho, ya sabe, para volcar aquella canoa. Yo dormía bajo la canoa y el huevo estaba afortunadamente en la arena, más arriba en la playa, y lo primero que recuerdo fue un sonido como de cien guijarros golpeando el bote al mismo tiempo y una avalancha de agua sobre mi cuerpo. Había estado soñando con Antananarivo y me erguí y apelé a Intoshi para preguntarle qué demonios pasaba y arañé la silla donde solían estar las cerillas. Entonces recordé dónde estaba. Había unas olas fosforescentes y encrespadas que se enroscaban como si quisieran tragarme, y todo lo demás de la noche tan negro como un pozo. El aire simplemente rugía. Las nubes parecían estar sobre la cabeza de uno y la lluvia caía como si el cielo se estuviera hundiendo y estuvie­ran achicando las aguas por encima del firmamento. Una gran ola vino retorciéndose hacia mí como una serpiente de fuego y yo salí dis­parado.
»Luego pensé en la canoa y bajé corriendo hasta ella al tiempo que el agua se retiraba de nuevo silbando, pero había desaparecido. Me pregunté entonces por el huevo y fui a tientas hasta él. Estaba perfectamente y fuera del alcance de las olas más furiosas, así que me senté junto a el y le abracé para tener compañía. ¡Cielos! ¡Qué noche aquélla!
»La tormenta cesó antes de la mañana. Cuando llegó la aurora no quedaba ni un jirón de nube en el cielo y por toda la playa había trozos de tabla esparcidos, que constituían el desarticulado esquele­to, por así decirlo, de mi canoa. No obstante, eso me dio algo que hacer, pues aprovechando que dos de los árboles estaban juntos improvisé una especie de refugio contra tormentas con esos vesti­gios. Y ese día el pollo rompió el cascarón. Rompió el cascarón, oiga, cuando tenía puesta la cabeza en él a modo de almohada y estaba dormido. Oí un golpazo y sentí una sacudida y me erguí, y ahí estaba el extremo del huevo picoteado y una extraña cabecita marrón que me miraba. ¡Cielos! -exclamé-. ¡Bienvenido! Y con alguna pequeña dificultad salió.
»Al principio era un tipo simpático y amistoso del tamaño de una gallina pequeña, muy similar a la mayoría de los otros pájaros jóve­nes, sólo que más grande. Tenía para empezar un plumaje color cas­taño sucio con una especie de roña que se desprendió muy pronto y apenas si disponía de plumas -una especie de plumón. Difícilmente puedo expresar lo contento que estaba de verlo. Le digo a usted que Robinson Crusoe no cuenta ni la mitad de su soledad. Pero aquí tenía una compañía interesante. Me miró, parpadeó desde la parte delantera hacia atrás como hacen las gallinas, pió y empezó a pico­tear por allí de inmediato como si salir del cascarón con trescientos años de retraso fuera cosa de nada.
»-¡Encantado de verte, Viernes! -digo yo-. Pues, naturalmente, tan pronto como descubrí el huevo empollado en la canoa había deci­dido que si alguna vez salía del cascarón tenía que llamarse Viernes. Estaba un poco preocupado por su comida. Así que de inmediato le di un trozo de pescado crudo. Lo comió y abrió el pico por más. Me alegré de ello, pues en aquellas circunstancias, de haber sido mínima­mente caprichoso, habría tenido que comérmelo después de todo.
»Le sorprendería lo interesante que era aquel pollo de Æpiornis. Me siguió desde el mismo principio. Solía quedarse á mi lado mien­tras pescaba en la laguna y compartíamos todo lo que cogía. Y era sensato también. Había unas cosas verdes, verrugosas y repugnantes, parecidas a pepinillos en vinagre, que solían yacer por la playa; probó una de ellas y no le sentó bien. Nunca volvió siquiera a mirarlas.
»Y creció. Casi se podía verle crecer. Y, como nunca fui muy sociable, sus maneras tranquilas, amistosas, me iban como un guan­te. Durante casi dos años fuimos todo lo felices que podíamos serlo en aquella isla. No me preocupaban los negocios porque sabía que mi sueldo se estaba amontonando en la empresa Dawson. Veíamos alguna vela de vez en cuando, pero nadie se acercó jamás a nosotros. Yo me divertía, también, decorando la isla con diseños hechos con erizos de mar y caprichosas conchas de diferentes tipos. Puse ISLA ÆPIORNIS en letras grandes por todo el lugar, de forma casi igual a la que hacen con piedras de colores en las estaciones del ferrocarril de las zonas rurales, y cálculos matemáticos y dibujos de varios tipos. Solía estar tumbado viendo al bendito pájaro dar vueltas por ahí con paso majestuoso y crecer y crecer, y pensar en cómo podía ganarme la vida con él mostrándole por ahí si algún día me sacaban de allí. Después de mudar empezó a ponerse hermoso, con cresta y una bar­ba azul y muchas plumas verdes en la parte posterior. Entonces solía preguntarme si Dawson tendría algún derecho sobre él o no. Cuan­do había tormenta y en la estación de las lluvias, nos poníamos cómodamente al abrigo del refugio que había hecho con la vieja canoa y acostumbraba contarle mentiras sobre mis amigos en casa. Después de una tormenta solíamos ir a dar una vuelta juntos por la isla para ver si había habido algún naufragio. Era una especie de idi­lio, se podía decir. Sólo con que hubiera tenido algo de tabaco habría sido simplemente como el cielo.
»Fue hacia el final del segundo año cuando nuestro pequeño paraíso se vino abajo. Viernes tenía por entonces unos catorce pies de alto, con una cabeza grande y ancha como el extremo de una piqueta, y dos enormes ojos oscuros con los bordes amarillos, colocados juntos como los de un hombre, no mirando cada uno a su lado como los de una gallina. Su plumaje era fino, nada del esti­lo de medio luto de las avestruces, más parecido al de un casuario por lo que a color y textura se refiere. Y entonces empezó a poner­se arrogante y a darse aires y mostrar señales de un horrible tempe­ramento...
»Finalmente llegó un momento en que había tenido poca suerte pescando y empezó a dar vueltas a mi alrededor de forma extraña y pensativa. Pensé que quizás había estado comiendo pepinillos mari­nos o algo, pero realmente no era más que descontento por su parte. Yo también tenía hambre, y cuando por fin pesqué un pez lo quería para mí. Aquella mañana los dos andábamos de mal humor. Lo pico­teó y lo cogió, y yo le di un golpe en la cabeza para que lo soltara, a lo que se lanzó contra mí. ¡Cielos!...
»Me hizo esto en la cara -indicó su cicatriz-. Luego me dio pata­das. Era como un caballo de tiro. Me levanté y, viendo que no había terminado conmigo, salí zumbando protegiéndome la cara con los brazos. Pero él corría con aquellas desgarbadas patas suyas más rápi­do que un caballo de carreras y seguía propinándome patadas como mazas y picándome la parte posterior de la cabeza con su cabeza de piqueta. Me dirigí a la laguna y me sumergí hasta el cuello. Él se detuvo ante el agua, porque odiaba que se le mojaran las patas. Empezó a hacer un canto, algo parecido al pavo real, pero más ron­co. Comenzó a pavonearse playa arriba y abajo. Admito que me sentí pequeño al ver a este bendito fósil señoreando por allí. Y tenía la cabeza y la cara todas sangrando, y bueno... el cuerpo como una jalea de magulladuras.
»Decidí cruzar a nado la laguna y dejarle solo un rato, hasta que el asunto se calmara. Trepé a la palmera más alta y me senté allí pensan­do en todo ello. No creo que me sintiera tan dolido por nada ni antes ni después. Era la brutal ingratitud de la criatura. Había sido más que un hermano para él. Le incubé, le eduqué. ¡Un gran pájaro desgarba­do y anticuado! Y yo un ser humano, heredero de siglos y todo eso.
»Después de un rato pensé que él mismo empezaría a ver las cosas de esa manera y a sentirse un poco apesadumbrado por su conducta. Creí que, quizá, si cogía unos buenos peces, y de inmediato me llega­ba hasta él de forma casual y se los ofrecía, pudiera ser que se com­portara sensatamente. Me llevó algún tiempo aprender lo implacable y pendenciero que puede ser un pájaro extinguido. ¡Maldad!
»No le contaré todos los pequeños trucos que intenté para con­vencerle de nuevo. Sencillamente no puedo. Me pone la cara roja de vergüenza incluso ahora pensar en los desaires y golpes que recibí por culpa de esta curiosidad infernal. Probé con la violencia. Le lancé trozos de coral desde una distancia segura, pero no hizo más que tra­gárselos. Le arrojé mi navaja abierta y casi la pierdo, aunque era muy grande para que la tragara. Intenté matarlo de hambre y dejé de pes­car, pero se aficionó a picotear por la playa con marea baja en busca de gusanos, y con eso iba tirando. La mitad del tiempo la pasaba en la laguna con agua hasta el cuello y el resto subido a las palmeras. Una de ellas apenas si era lo suficientemente alta y cuando me cogió subido a ella disfrutó a sus anchas con mis pantorrillas. Se hizo inso­portable. No sé si ha intentado alguna vez dormir subido a una pal­mera. A mí me produjo las pesadillas más horribles. Piense también en lo vergonzoso de todo ello. Ahí estaba ese animal extinguido andando por mi isla sin objetivo alguno con cara de duque malhu­morado, y a mí no se me permitía ni siquiera poner la planta del pie en el lugar. Solía llorar de hastío y vejación. Le dije sin rodeos que no estaba dispuesto a que me persiguiera por una isla desierta un maldi­to anacronismo. Le dije que fuera a picotear a un navegante de su misma época. Pero lo único que hizo fue darme con el pico. ¡El gran pajarraco, todo cuello y piernas!
»No me gustaría decir cuánto se prolongó esa situación. Le habría matado antes si hubiera sabido cómo hacerlo. No obstante, por fin di con una manera de liquidarle. Es un ardid empleado en Sudamé­rica. Uní todas las cuerdas de pescar con tallos de algas y cosas, consi­guiendo un cordel fuerte de unas doce yardas de largo o más, y até a los extremos dos trozos de roca de coral. Me llevó cierto tiempo hacerlo, porque una y otra vez tenía que meterme en la laguna o subirme a un árbol, según me diera. Lo hice girar con rapidez sobre mi cabeza y luego lo solté contra el. La primera vez fallé, pero la siguiente el cordel se agarró perfectamente a sus patas y se enrolló a ellas una y otra vez. Cayó. Hice el lanzamiento desde la laguna con agua hasta la cintura, y tan pronto como cayó estaba fuera del agua cortándole el cuello con la navaja...
»No me gusta pensar en eso ni siquiera ahora. Me sentí como un asesino mientras estaba haciéndolo, a pesar de que estaba rabioso contra el. Cuando estuve de pie sobre él y lo vi sangrando sobre la blanca arena con las largas y hermosas patas y su largo cuello retor­ciéndose en la última agonía... ¡Bah!
»Después de esa tragedia la soledad me invadió como una maldi­ción. ¡Dios mío! No puede imaginarse lo que echaba de menos a aquel pájaro. Me senté junto a su cadáver y le lloré y me estremecí al contemplar aquel desolado y silencioso arrecife. Pensé en el alegre pajarillo que había sido cuando nació y en las mil agradables trave­suras que había hecho antes de torcerse. Pensé que si únicamente le hubiera herido podría haberle cuidado y llegar así a un mejor entendimiento. Si hubiera tenido medios para cavar la roca de coral le habría enterrado. Le sentía exactamente igual que si fuera huma­no. Estando así las cosas no podía pensar en comérmelo, de modo que lo puse en la laguna y los pececillos dieron buena cuenta de él. Ni siquiera guardé las plumas. Luego, un buen día, a un tipo que hacía un crucero en yate le dio por echar un vistazo a ver si mi ato­lón existía todavía.
»Llegó justo en el momento preciso, porque ya estaba completa­mente harto de aquella desolación y sólo dudaba si terminar mis días adentrándome en el mar o tumbándome de espaldas sobre aquellas cosas verdes.
»Vendí los huesos a un hombre llamado Winslow, un negociante cerca del Museo Británico, y él dice que se los vendió al viejo Havers. Parece ser que Havers no se enteró de que eran de un tamaño extra y fue únicamente después de su muerte cuando atrajeron la atención. Los llamaron Æpiornis. ¿Qué era eso?
-Æpiornis vastus -respondí yo-. Es curioso, pero eso mismo me contó un amigo mío. Cuando encontraron un Æpiornis con un fémur de una yarda de largo creyeron que habían alcanzado el tope de la escala y le llamaron Æpiornis maximus. Después alguien se pre­sentó con otro fémur de cuatro pies y seis pulgadas o más y lo llamaron Æpiornis titan. Luego encontraron su Æpiornis vastus en la colección del viejo Havers cuando murió, y a continuación apareció un vastis­simus.
-Eso mismo me contaba Winslow -dijo el hombre de la cica­triz-. Piensa que como consigan algún Æpiornis más habrá cierta marejada científica que hará estallar algún vaso sanguíneo. Pero, en general, fue algo extraño para sucederle a alguien, ¿verdad?


EL EXTRAORDINARIO CASO DE LOS OJOS DE DAVIDSON


El transitorio extravío mental de Sidney Davidson, notable ya de por sí, es todavía más extraordinario si hemos de dar crédito a la explicación de Wade. Ésta nos hace soñar con las más raras posibili­dades de intercomunicación del futuro, con pasar cinco minutos intercalares al otro lado del mundo, con ser observados hasta en nuestros actos más secretos por insospechados ojos. Por casualidad yo fui el testigo inmediato del acceso de Davidson, por tanto, natu­ralmente me corresponde a mí poner la historia por escrito.
Cuando digo que fui el testigo inmediato de su acceso quiero decir que fui el primero en aparecer en escena. El caso ocurrió en la Escuela Técnica de Harlow, que está nada más pasar el arco de High­gate. Davidson estaba solo en el laboratorio grande cuando sucedió. Yo me encontraba en una habitación más pequeña, donde están las balanzas, terminando de escribir unas notas. La tormenta, desde lue­go, había alterado completamente mi trabajo. Fue precisamente des­pués de uno de los truenos más estrepitosos cuando creí oír una rotura de cristales en la otra habitación. Dejé de escribir y me volví para escuchar. Durante un rato no oí nada. El granizo repicaba estruendosamente sobre el tejado de zinc ondulado. Luego sonó otro ruido, la rotura de algo... esta vez no había duda. Habían tirado de los estantes algo pesado. Me incorporé al instante y fui a abrir la puerta que daba al laboratorio grande.
Me sorprendió oír un tipo de risa muy peculiar, y vi a Davidson tambaleándose en medio de la habitación, con el rostro como des­lumbrado. Mi primera impresión fue que estaba borracho. No advirtió mi presencia. Trató de agarrar algo invisible que estaba a una yarda delante de él. Alargó despacio la mano, dubitativamente, y después la cerró sin haber cogido nada.
-¿Qué ha pasado? -se preguntó-. ¡Por el gran Scott! -gritó.
La historia sucedió hace tres o cuatro años, cuando todo el mun­do juraba por ese personaje. Luego empezó a levantar los pies torpe­mente, como si pensara que los tenía pegados al suelo.
-¡Davidson! -grité-. ¿Qué te pasa?
Se volvió hacia mí y miró alrededor para localizarme. Me miró, me miró de arriba abajo y a ambos lados, pero sin la menor señal de verme.
-Olas -dijo-, y una goleta extraordinariamente nítida. juraría que era la voz de Bellows. ¡Hola! -gritó de repente con todas sus fuerzas.
Pensé que estaba tramando alguna broma. Entonces vi, esparci­dos a sus pies, los destrozados restos de nuestro mejor electrómetro.
-¿Qué pasa? -exclamé-. ¡Has hecho pedazos el electrómetro!
-¡Otra vez Bellows! -dijo-. Los amigos marcharon, si mis manos han desaparecido. Algo sobre electrómetros. ¿Por dónde andas, Bellows?
De repente vino hacia mí tambaleándose.
-Condenado material, se corta como la mantequilla -comentó. Avanzó directamente contra el banco y retrocedió.
-¡Qué golpe! No tiene nada que ver con la mantequilla -explicó mientras se tambaleaba.
Yo estaba mosqueado.
-Davidson -le pregunté-, ¿qué diablos te pasa?
Miró a su alrededor por todas partes.
Juraría que era Bellows. ¿Por qué no das la cara como un hom­bre, Bellows?
Se me ocurrió que debía de haberse quedado ciego de repente. Di la vuelta a la mesa y le puse la mano en el brazo. Jamás en toda mi vida vi un hombre tan alarmado. Se separó de mí bruscamente, adoptando una actitud defensiva, con la cara descompuesta por el terror.
-¡Dios mío! -gritó-. ¿Qué ha sido eso?
-Soy yo, Bellows. ¡Maldita sea, Davidson!
Dio un salto cuando le respondí y miró fijamente, ¿cómo lo diría?, a través de mí. Comenzó a hablar, no a mí, sino consigo mismo.
-Aquí, a plena luz del día en una playa abierta. Ni un sitio donde esconderse -miró a su alrededor desesperadamente-. ¡Aquí! Ya no se me ve.
De repente se volvió y fue a darse de bruces contra el electroimán grande, con tanta fuerza que, como descubrimos después, se hizo serias magulladuras en los hombros y la mandíbula. Al hacerlo retro­cedió un paso y gritó casi sollozando:
-¡Santo cielo! ¿Qué me ha pasado?
Estaba de pie, pálido de terror y temblando violentamente, con el brazo derecho apretando el izquierdo en la parte golpeada contra el imán.
Por entonces yo estaba excitado y bastante asustado.
-Davidson -le dije-, no temas.
Mi voz le sorprendió, pero no tan exageradamente como antes. Repetí las palabras en el tono más claro y firme que pude.
-Bellows -preguntó-, ¿eres tú?
-¿No ves que soy yo?
Se rió.
-No puedo verme ni siquiera a mí mismo. ¿Dónde diablos estamos?
-Aquí -le respondí-, en el laboratorio.
-¡El laboratorio! -exclamó en tono perplejo llevándose la mano a la frente-. Estaba en el laboratorio hasta que brilló aquel relámpago, pero que me cuelguen si estoy allí ahora. ¿Qué barco es ése?
-No hay ningún barco -le dije-, sé razonable, amigo.
-¡Ningún barco! -repitió, y pareció olvidarse sin más de mi negativa.
-Supongo -dijo despacio- que estamos los dos muertos. Pero lo extraño es que me siento exactamente igual que si tuviera un cuerpo. Uno no se acostumbra de inmediato, me imagino. El viejo barco fue alcanzado por el rayo, supongo. Algo muy rápido, ¿eh, Bellows?
-No digas tonterías. Estás tan vivo como el que más. Estás en el laboratorio diciendo disparates. Acabas de hacer pedazos un electró­metro nuevo. No te envidio cuando llegue Boyce.
Apartó de mí la mirada y la fijó en los diagramas de criohidratos.
-Debo de estar sordo -dijo-; han disparado un cañón, porque ahí va la nubecilla de humo y yo no he oído ni un ruido.
Le puse de nuevo la mano en el hombro y esta vez se alarmó menos.
-Parece que tenemos una especie de cuerpos invisibles -comen­tó-. ¡Por Júpiter! Hay un bote que viene por detrás del promontorio. Esto es casi como la vida anterior, después de todo, aunque en un cli­ma diferente.
Le sacudí el brazo.
-¡Davidson -grité-, despierta!
Fue entonces cuando entró Boyce. Tan pronto como habló, Davidson exclamó:
-El viejo Boyce, ¡muerto también! ¡Qué divertido!
Me apresuré a explicar que Davidson estaba en una especie de trance sonámbulo y Boyce se interesó al instante. Los dos hicimos lo que pudimos para sacarle de aquel estado singular. Él respondía a nuestras preguntas y, a su vez, nos hacía otras, pero su atención pare­cía dominada por la alucinación sobre una playa y un barco. Seguía interpolando observaciones referentes a un bote y a los pescantes, y a las velas henchidas por el viento. Oírle decir cosas semejantes en aquel oscuro laboratorio le hacía a uno sentirse raro.
Estaba ciego y desvalido. Tuvimos que caminar con el por el pasi­llo, sujetándolo a cada lado hasta el despacho de Boyce, y mientras Boyce charlaba allí con el, bromeando sobre la idea del barco, yo fui por el corredor a pedir al viejo Wade que viniera a verlo. La voz de nuestro decano le serenó un poco, pero no mucho. Le preguntó dón­de tenía las manos, y por qué tenía que caminar con tierra hasta la cin­tura. Wade reflexionó sobre él durante un buen rato -ya sabéis cómo frunce el ceño-, y luego le hizo tocar el sofá llevándole las manos.
-Es un sofá -dijo Wade-. El sofá del despacho del profesor Boy­ce. Relleno con crines de caballo.
Davidson lo palpó, se extrañó, y a continuación respondió que podía sentirlo perfectamente, pero que no podía verlo.
-¿Qué ves? -preguntó Wade.
Davidson dijo que no podía ver más que cantidad de arena y con­chas rotas. Wade le dio a tocar otras cosas, diciéndole lo que eran y observándolo atentamente.
-El barco tiene el casco casi hundido -dijo al poco Davidson sin venir a cuento.
-No te preocupes por el barco -le dijo Wade-. Escúchame, Davidson, ¿sabes lo que significa alucinación?
-Más bien -respondió Davidson.
-Bueno, pues todo lo que ves son alucinaciones.
-Teorías del obispo Berkeley -observó Davidson.
-No me malinterpretes -explicó Wade-. Estás vivo y en el despa­cho de Boyce. Pero algo les ha sucedido a tus ojos. No puedes ver, puedes sentir y oír, pero no ver. ¿Me sigues?
-A mí me parece que veo demasiado -Davidson se frotó los ojos con los nudillos de la mano-. ¿Y bien? -preguntó.
-Eso es todo. No dejes que te aturda. Aquí Bellows y yo te llevare­mos a casa en un taxi.
-Un momento -dijo Davidson pensativo-. Ayúdeme a sentarme -continuó de inmediato-; y ahora, siento molestarle, pero ¿quiere repetírmelo todo otra vez?
Wade se lo repitió con mucha paciencia. Davidson cerró los ojos y apretó las manos contra la frente.
-Sí -dijo-. Es verdad. Ahora, con los ojos cerrados, sé que tiene razón. Éste eres tú, Bellows, que estás sentado junto a mí en el sofá. Estoy en Inglaterra de nuevo. Y estamos a oscuras.
Luego abrió los ojos.
-Y ahí -continuó- está justo saliendo el sol, y las vergas del barco, y un mar ondulante y un par de pájaros volando. Nunca vi algo tan real. Y estoy sentado en un banco de arena cubierto hasta el cuello.
Se inclinó hacia adelante tapándose la cara con las manos. Des­pués abrió los ojos de nuevo.
-¡Tenebroso mar y salida del sol! ¡Y sin embargo estoy sentado en un sofá en el despacho del viejo Boyce! ¡Que Dios me ayude!
Ése fue sólo el comienzo, pues la extraña afección de los ojos de Davidson continuó sin remitir durante tres semanas. Era mucho peor que estar ciego. Se encontraba absolutamente desvalido: había que darle de comer como a un pájaro recién salido del casca­rón, ayudarle a caminar y desvestirlo. Si intentaba moverse trope­zaba contra las cosas o se daba contra las paredes o las puertas. Pasado un día más o menos se acostumbró a oír nuestras voces sin vernos, y de buena gana admitía que estaba en casa y que Wade tenía razón en lo que le había dicho. Mi hermana, con la que esta­ba prometido, insistía en venir a verlo, y todos los días se pasaba horas sentada mientras el hablaba de aquella playa suya. Estrechar su mano parecía darle un gran consuelo. Contaba que cuando sali­mos de la escuela en dirección a su casa -él vivía en Hampstead-, le pareció como si lo estuviéramos llevando por una montaña de arena -todo estaba completamente oscuro hasta que emergió de nuevo-, y atravesando rocas, árboles y obstáculos sólidos, y cuan­do le subieron a su habitación estaba aturdido y casi frenético de miedo a caerse, porque subir al piso de arriba era como levantarlo treinta o cuarenta pies por encima de las rocas de su isla imagina­ria. Repetía una y otra vez que rompería todos los huevos. Al final hubo que bajarlo a la sala de consulta de su padre y acostarlo en un sofá que había allí.
Describía la isla como un lugar desértico en su conjunto, con muy poca vegetación, excepto algo de turba, y llena de rocas desnu­das. Había multitud de pingüinos, lo que hacía las rocas más blancas y desagradables a la vista. El mar estaba encrespado a menudo, y una vez hubo una tormenta y él se resguardó y gritaba a los relámpagos silenciosos. Una o dos veces las focas se detuvieron en la playa, pero sólo durante los dos o tres primeros días. Dijo que resultaba muy divertida la manera en que los pingüinos solían moverse atravesán­dolo, y cómo él parecía estar entre ellos sin molestarlos.
Recuerdo algo raro que sucedió cuando le entraron unas ganas desesperadas de fumar. Le pusimos una pipa en las manos, casi se saca un ojo con ella, y la encendió. Pero no le sabía a nada. Desde entonces he descubierto que a mí me ocurre lo mismo, no sé si se tra­ta de un caso habitual, y es que no disfruto del tabaco en absoluto si no veo el humo.
Pero el aspecto más curioso de su alucinación se presentó cuando Wade mandó sacarle en una silla de ruedas para que respirase aire puro. Los Davidson alquilaron una silla y consiguieron que aquel criado suyo, sordo y obstinado, Widgery, se hiciera cargo de ella. Widgery tenía ideas muy particulares sobre las expediciones saluda­bles. Mi hermana, que había estado en casa de los Dog, se los encon­tró en Camden Town, en dirección a King's Cross; Widgery trotando complacientemente y Davidson visiblemente angustiado, intentan­do, a su manera ciega y débil, atraer la atención de Widgery.
Se echó realmente a llorar cuando mi hermana le habló.
-¡Oh, sácame de esta oscuridad horrible! -gritó buscando a tien­tas su mano-. Tengo que librarme de ella o moriré.
Fue completamente incapaz de explicar lo que pasaba, pero mi hermana decidió que debía volver a casa, y al poco tiempo, según subían la cuesta hacia Hampstead, parecía que la sensación de horror le iba desapareciendo. Dijo que era bueno ver las estrellas de nuevo, aunque entonces era casi mediodía y el cielo deslumbraba.
-Parecía -me contó después- como si me estuvieran llevando irresistiblemente hacia el agua. Al principio no estaba muy alarma­do. Por supuesto que allí era de noche, una noche maravillosa.
-¿Por supuesto? -le pregunté, porque me sorprendió una afirma­ción tan rara.
-Por supuesto -contestó-. Siempre es de noche allí cuando aquí es de día... Bueno, nos metimos directamente en el agua que estaba en calma y brillaba a la luz de la luna, sólo una ligera ondulación que parecía hacerse más débil y más plana cuando entramos. La superfi­cie brillaba como la piel, debajo podría estar el espacio vacío por más que sabía que no era verdad. Muy despacio, puesto que entraba al través, el agua me llegó a los ojos. Luego me sumergí y la piel pareció romperse y cicatrizar de nuevo en torno a los ojos. La luna dio un quiebro allá en el cielo y se volvió verde y borrosa, y los peces, que brillaban débilmente, se precipitaban a mi alrededor, y también cosas que parecían estar hechas de cristal luminoso, y atravesé una maraña de algas marinas que resplandecían con un brillo graso. De esta forma me fui adentrando en el mar, y las estrellas desaparecieron una a una, y la luna se tornó más verde y oscura, y las algas marinas cambiaron a un luminoso color rojo púrpura. Todo era tenue y mis­terioso, y parecía que todas las cosas temblaban. Y mientras tanto podía oír los chirridos de la silla de ruedas, y las pisadas de la gente que pasaba y a un vendedor de periódicos voceando a lo lejos el espe­cial de la revista Pall Mall.
Continué sumergiéndome más y más en las profundidades mari­nas. A mi alrededor la oscuridad se volvió negra como la tinta, ni un rayo de luz celeste penetraba aquellas tinieblas, y las cosas fosfores­centes brillaban cada vez más. Las serpentinas ramas de las algas más profundas flameaban como las llamas de lámparas de alcohol. Los peces venían hacia mí con la mirada fija y la boca abierta, y se metían dentro de mí y me atravesaban. Jamás había imaginado peces seme­jantes. Tenían líneas de fuego a lo largo de los costados como si los hubieran marcado con un lápiz luminoso. Y había una cosa horrible que nadaba hacia atrás con muchos brazos que se enroscaban. Y lue­go, dirigiéndose hacia mí muy despacio a través de la oscuridad, vi una brumosa masa de luz que al acercarse resultó ser una multitud de peces que forcejeaban y se lanzaban sobre algo que flotaba. Me dirigí directamente hacia ello y pronto vi, en medio del tumulto y a la luz de los peces, un trozo de mástil astillado flotando ominoso sobre mí, un oscuro casco de barco ladeándose, y unas formas con luz fosfores­cente que se agitaban y contorsionaban cuando los peces las mor­dían. Fue entonces cuando comencé a intentar atraer la atención de Widgery. El horror me sobrecogió. ¡Uf? ¡Me habría metido directa­mente en esas cosas medio comidas de no llegar tu hermana! Les habían hecho grandes agujeros, Bellows, y mejor no pensarlo. ¡Pero fue horrible!
Durante tres semanas permaneció Davidson en este singular esta­do, viendo lo que entonces nosotros imaginábamos un mundo total­mente fantasmagórico, y completamente ciego para el mundo que le rodeaba. Luego, un martes, cuando fui a verlo, me encontré en el pasillo al viejo Davidson.
-¡Puede ver su pulgar! -me dijo en pleno arrebato el buen señor que forcejeaba para ponerse el abrigo-. ¡Puede ver su pulgar, Bellows! -repitió con lágrimas en los ojos-. El muchacho se pondrá bien.
Me apresuré a ver a Davidson. Tenía un librito delante de la cara y estaba mirándolo y riéndose levemente.
-Es sorprendente -dijo-. Hay como un parche puesto allí -apuntó con el dedo-. Estoy como de costumbre sobre las rocas, y los pingüinos están tambaleándose y aleteando como siempre, y ha estado apareciendo una ballena de vez en cuando, pero se ha puesto demasiado oscuro para divisarla. Sin embargo pon algo allí, y lo veo, de veras que lo veo. Está muy borroso y con fisuras en algunas partes, pero a pesar de todo lo veo, como un tenue espectro de sí mismo. Lo descubrí esta tarde cuando me estaban vistiendo. Es como un aguje­ro en este mundo fantástico. Pon tu mano junto a la mía. No, ahí no. ¡Ah, sí, la veo! ¡La base del pulgar y un poco del puño de la camisa! Parece el fantasma de un trozo de tu mano asomándose en el oscuro cielo. Justo a su lado está saliendo un grupo de estrellas como una cruz.
Desde este momento Davidson comenzó a sanar. Su relato del cambio, como la descripción de su alucinación, era extrañamente convincente. Por los parches de su campo de visión el mundo fan­tástico se fue debilitando y transparentándose, por decirlo así, y a través de estas brechas traslúcidas comenzó a ver borrosamente el mundo real en torno suyo. Los parches aumentaron en cantidad y tamaño, se juntaron y extendieron hasta que sólo quedaron acá y allá algunos puntos ciegos en su vista. Podía levantarse y moverse, comer sin ayuda otra vez, leer, fumar y comportarse de nuevo como un ciudadano normal. Al principio le resultaba muy confuso tener estos dos cuadros sobreponiéndose el uno al otro como las vistas cambiantes de un foco, pero muy pronto comenzó a distinguir lo real de lo ilusorio.
Cuando empezó a sanar estaba contento de verdad y no parecía más que impaciente por completar su curación haciendo ejercicio y tomando tónicos. Pero al tiempo que aquella extraña isla suya empe­zó a desvanecerse él se volvió extrañamente interesado en ella. Espe­cialmente deseaba bajar de nuevo a las profundidades marinas y se pasaba la mitad del tiempo deambulando por las partes bajas de Londres, intentando encontrar el barco naufragado que había visto a la deriva. El resplandor de la auténtica luz del día muy pronto le impresionó tan vivamente que borró todos los rastros de su mundo visionario, aunque, por la noche, en su habitación a oscuras, todavía podía ver las blancas rocas de la isla batidas por el agua y a los torpes pingüinos tambaleándose de acá para allá. Pero incluso estas imáge­nes se debilitaron cada vez más, y, por fin, poco después de casarse con mi hermana, las vio por última vez. Y ahora tengo que contar lo más extraño de todo. Unos dos años después de la curación cené con los Davidson, y, terminada la cena, se presentó un hombre llamado Atkins. Es teniente de la marina y una persona agradable y hablado­ra. Tenía una relación de amistad con mi cuñado y pronto la tuvo conmigo. Resultó que estaba prometido con la prima de Davidson y casualmente sacó una especie de cartera con fotografías para ense­ñarnos un retrato nuevo de su novia.
-Y por cierto -dijo- aquí está el viejo Fulmar.
Davidson lo miró de pasada. Luego, de repente, se le iluminó la cara:
-¡Cielos! -exclamó-, casi podría jurar...
-¿Qué? -preguntó Atkins
-Que había visto ese barco antes.
-No sé cómo lo has podido ver. No ha salido de los mares del sur en seis años y antes...
-Pero... -comenzó Davidson y siguió-. Sí, ése es el barco con el que soñé. Estoy seguro de que es el barco con el que soñé. Estaba junto a una isla de pingüinos y disparó un cañón.
-¡Dios mío! -exclamó Atkins, que ya estaba enterado de los deta­lles de la alucinación-, ¿cómo diantres podías soñar con eso?
Luego, poco a poco, nos fuimos enterando de que el mismísimo día del acceso de Davidson el Fulmar había estado frente a un islote al sur de la Isla de las Antípodas. Un bote había desembarcado durante la noche para conseguir huevos de pingüino, se había retra­sado y, habiendo estallado una tormenta, la tripulación del bote había decidido esperar hasta la mañana para retornar al barco. Atkins había sido uno de ellos y corroboró, palabra por palabra, las descrip­ciones que Davidson había hecho de la isla y del bote. No nos cabe la menor duda de que Davidson ha visto realmente el lugar. De alguna forma indescriptible, mientras iba de acá para allá en Londres, su vis­ta se movía paralelamente de acá para allá en esa isla distante. El cómo es absolutamente un misterio.
Esto completa la extraordinaria historia de los ojos de Davidson. Quizás es el caso mejor autentificado que existe de verdadera visión a distancia. No sé de ninguna explicación excepto la que ha lanzado el profesor Wade. Pero su teoría implica la cuarta dimensión, y una disertación sobre tipos teóricos de espacio. Hablar de una torsión en el espacio me parece una tontería, quizá se deba a que no soy mate­mático. Cuando dije que nada alteraría el hecho de que el lugar está a ocho mil millas, respondió que dos puntos pueden estar a una yarda de distancia en una hoja de papel y, sin embargo, se los puede juntar doblando el papel. El lector quizá comprenda este argumento, yo ciertamente no. Su idea parece consistir en que Davidson, al incli­narse entre los polos del gran electroimán, recibió una sacudida extraordinaria en sus elementos retinales a través del repentino cam­bio en el campo de fuerza debido al rayo.
En consecuencia, piensa que quizá sea posible vivir visualmente en una parte del mundo, mientras se vive corporalmente en otra. Hasta ha realizado algunos experimentos para apoyar sus puntos de vista, pero hasta ahora sólo ha conseguido dejar ciegos a unos cuan­tos perros. Creo que ése es el único resultado de su trabajo, aunque hace algunas semanas que no lo veo. Últimamente he estado tan ocupado con el trabajo relacionado con la instalación de Saint Pan­cras que no he tenido oportunidad de visitarlo. Pero toda su teoría me parece fantástica. Los hechos concernientes a Davidson van por otros derroteros completamente diferentes, y personalmente puedo atestiguar la exactitud de cada uno de los detalles que he referido.


EL DIOS DE LAS DINAMOS


El encargado jefe de las tres dinamos que zumbaban y rechinaban en Camberwell para mantener en marcha el ferrocarril eléctrico pro­cedía del condado de York, y se llamaba James Holroyd. Era un elec­tricista práctico, pero aficionado al whisky, un bruto pelirrojo y pesado con una dentadura irregular. Dudaba de la existencia de Dios, pero aceptaba el ciclo de Carrot y había leído a Shakespeare, encontrándolo flojo en química. Su ayudante procedía del misterio­so Este y se llamaba Azuma-zi. Pero Holroyd le llamaba Pooh-ba. A Holroyd le gustaban los ayudantes negros porque soportaban las patadas -una costumbre de Holroyd-, y no fisgaban en la maquina­ria ni trataban de aprender su funcionamiento. Holroyd nunca fue plenamente consciente de algunas raras potencialidades de la mente negra al entrar en contacto con la quintaesencia de nuestra civiliza­ción, aunque justo al final de su vida alcanzara a atisbarlas.
Describir a Azuma-zi sobrepasaba cualquier etnología. Era, qui­zá, más negroide que otra cosa, aunque tenía el pelo rizado más que apelmazado, y su nariz disponía de caballete. Además tenía la piel más morena que negra y el blanco de sus ojos era de color amarillo. Los anchos pómulos y el estrecho mentón daban a su rostro la for­ma de una V viperina. También tenía la cabeza ancha en la parte posterior y baja y angosta en la frente, como si le hubieran embuti­do el cerebro a la inversa que a un europeo. Bajo de estatura, su inglés era todavía más reducido que su altura. Al hablar producía numerosos ruidos extraños sin valor comercial conocido, y sus esca­sas palabras estaban esculpidas y vaciadas en grotescos gestos herál­dicos. Holroyd intentó aclarar sus creencias religiosas y, especial­mente después del whisky, le sermoneaba contra la superstición y los misioneros. Azuma-zi, sin embargo, evadía la discusión sobre sus dioses aunque por ello recibiera buenos puntapiés.
Azuma-zi, vestido con blanca pero insuficiente indumentaria, había venido a Londres en la bodega del Lord Clive procedente de los Estrechos y aun de más allá. Ya en su juventud había oído hablar de la grandeza y las riquezas de Londres, donde todas las mujeres son blancas y rubias, y hasta los mendigos callejeros son blancos. Así que había llegado, con unas monedas de oro recién ganadas en los bolsi­llos, para adorar en el santuario de la civilización. El día de su llegada era sombrío: el cielo estaba cubierto y una llovizna movida por el viento se filtraba hasta las calles grasientas, pero él se sumergió teme­rariamente en los deleites de Shadwell. Civilizado sólo en el vestido, con la salud destrozada, sin dinero y prácticamente una bestia si exceptuamos lo más elemental, pronto se vio obligado a trabajar para James Holroyd y a soportar sus malos tratos en el cobertizo de las dinamos de Camberwell. Y para James Holroyd los malos tratos eran una muestra de cariño.
En Camberwell había tres dinamos con sus motores. Las dos que estaban desde el principio eran máquinas pequeñas. La mayor era nueva. Las máquinas pequeñas hacían un ruido razonable, sus correas zumbaban sobre los tambores, de vez en cuando las escobillas ronroneaban sordamente y el aire rugía constante entre los polos, uhuu, uhuu, uhuu. Una tenía las sujeciones sueltas y hacía vibrar el cobertizo. Pero la dinamo grande ahogaba todos estos pequeños rui­dos con el continuo zumbido de su cilindro de hierro que, de alguna manera, hacía zumbar parte de la estructura metálica. El lugar hacía tambalear las cabezas de los visitantes con el sordo, monótono y constante latido de las máquinas, la rotación de las grandes ruedas, los giros de la válvula de bola, las ocasionales expulsiones del vapor, y, sobre todo, la nota profunda, incesante, como de rompeolas, de la gran dinamo. Este último ruido era un defecto desde el punto de vis­ta de la ingeniería, pero Azuma-zi lo atribuía al poder y orgullo del monstruo.
Si fuera posible, haríamos que el lector estuviera escuchando los ruidos de ese cobertizo en cada una de estas páginas, contaríamos toda nuestra historia al compás de semejante acompañamiento. Era como una corriente constante de estrépito en la que el oído distinguía primero un ruido y después otro; se podía oír el intermitente resoplar, jadear y bullir de las máquinas de vapor, la succión y el gol­pe seco de los pistones, el sordo zumbido del aire entre los radios de las grandes ruedas motrices, el restallar de las correas de cuero al ten­sarse y aflojarse, el irritante bullicio de las dinamos, y, sobre todos los demás, inaudible a veces, como si el oído se cansara de ella para vol­ver de nuevo furtivamente a los sentidos, estaba la nota de trombón de la gran máquina. Al pisar, el suelo nunca parecía firme y seguro, sino que temblaba y trepidaba. El lugar desorientaba y aturdía lo suficiente como para reducir los pensamientos de cualquiera a extra­ños zigzags. Y en los tres meses que duraba la gran huelga de los mecánicos ni Holroyd, que era un esquirol, ni Azuma-zi, que era un simple negro, habían salido de aquel agitado remolino, sino que dor­mían y comían en la pequeña garita de madera situada entre el cobertizo y los portones de entrada.
Holroyd hizo una disertación teológica sobre la gran máquina poco después de llegar Azuma-zi. Tenía que gritar para hacerse oír: -Mira eso -decía Holroyd-. ¿Dónde está tu ídolo pagano que pueda igualársele?
Y Azuma-zi miraba. Durante unos momentos la voz de Holroyd fue inaudible, luego Azuma-zi oyó:
-Mata cien hombres. Doce por ciento mejores que los corrientes -dijo Holroyd-, y eso es algo muy parecido a un dios.
Holroyd estaba orgulloso de su gran dinamo, y habló tanto a Azuma-zi de su tamaño y potencia que Dios sabe qué extrañas representaciones mentales desataron dentro del negro y rizoso cráneo su conversación y el estruendo incesante. Explicó del modo más gráfico la aproximadamente docena de maneras con las que la máquina podía matar a un hombre, y una vez le dio un buen susto como muestra. Desde entonces, en los descansos del trabajo -un tra­bajo pesado puesto que no sólo hacia el suyo, sino la mayor parte del de Holroyd-, Azuma-zi se sentaba a observar la gran máquina. De vez en cuando las escobillas chispeaban y lanzaban destellos azula­dos, lo que hacía proferir maldiciones a Holroyd, pero todo lo demás era tan suave y rítmico como la respiración. La rueda de transmisión corría zumbando sobre el eje, y siempre a las espaldas del que miraba se oía el complaciente golpe sordo del pistón. Así es que la máquina pasaba todo el día en ese ligero y amplio cobertizo, siendo atendida por él y por Holroyd. No se hallaba aprisionada ni esclavizada para mover un barco como las otras máquinas que conocía -simples demonios cautivos del salomón británico-, sino que ésta estaba entronizada. Azuma-zi despreciaba por la pura fuerza del contraste las dos dinamos más pequeñas, y a la grande la bautizó secretamente con el título de Dios de las dinamos. Las pequeñas eran inquietas e irregulares, pero la grande era segura. ¡Qué grande era! ¡Qué fácil y sereno su funcionamiento! Mayor y más sosegada incluso que los budas que había visto en Rangún, y además no inmóvil, sino ¡viva! Las grandes bobinas negras giraban, giraban, giraban, los anillos daban vueltas bajo las escobillas y la profunda nota de su muelle for­talecía el conjunto. Esto afectó misteriosamente a Azuma-zi.
Azuma-zi no amaba el trabajo. Cuando Holroyd se marchaba a convencer al mozo del patio para que le trajera whisky, se sentaba por allí a observar al Dios de las dinamos, aunque su puesto no esta­ba en el cobertizo de la dinamo, sino detrás de las máquinas, y, ade­más, si Holroyd le pillaba remoloneando le golpeaba con una vara de grueso alambre de cobre. Se acercaba al coloso y se quedaba allí de pie mirando la gran correa de cuero que corría por encima. La correa tenía un parche negro y a él, por alguna razón, le gustaba contemplar en medio de todo aquel estruendo cómo volvía el parche una y otra vez. Extraños pensamientos bailaban al compás de aquella rotación. Los científicos nos cuentan que los salvajes atribuyen almas a las rocas y a los árboles, y una máquina es algo mil veces más vivo que una roca o un árbol. Azuma-zi era todavía prácticamente un salvaje, la civilización no había calado más allá de las baratas vestimentas, las magulladuras y las manos y la cara tiznadas de carbón. Su padre antes que él había adorado a un meteorito y quizá la sangre de sus parientes había salpicado las grandes ruedas del carro de Krishna.
Aprovechaba todas las oportunidades que le daba Holroyd para tocar y manejar la gran dinamo que le fascinaba. La pulía y limpiaba hasta que las partes metálicas deslumbraban con el sol, y, al hacerlo, experimentaba una misteriosa sensación de servicio. Solía acercarse a la máquina para tocar las bobinas suavemente. Los dioses que había adorado estaban todos muy lejos. Las gentes de Londres escondían a sus dioses.
Al fin sus oscuros sentimientos se fueron aclarando, convirtién­dose en ideas primero y en actos después. Una mañana, al entrar en el rugiente cobertizo, saludó reverentemente al Dios de las dinamos y después, cuando Holroyd estaba fuera, se acercó a la atronadora máquina para susurrarle que él era su servidor, y pedirle que tuviera piedad de él y lo librara de Holroyd. En ese momento un raro rayo de luz entró por el arco del trepidante cobertizo y el Dios de las dina­mos, que giraba y rugía, parecía radiante con el dorado resplandor. Azuma-zi supo entonces que sus servicios eran del agrado de su Señor. Desde aquel momento ya no se sintió tan solo, porque verda­deramente había estado muy solo en Londres hasta entonces. Inclu­so después de terminado su trabajo, lo que no sucedía a menudo, vagaba por el cobertizo.
La próxima vez que Holroyd lo maltrató, Azuma-zi se fue inme­diatamente a rezar al Dios de las dinamos:
-Contempla a tu siervo maltratado, ¡oh Dios mío!
Y el airado zumbido de la maquinaria pareció responderle. Des­pués dio en creer que cada vez que Holroyd entraba en el cobertizo una nota diferente se incorporaba al sonido de la dinamo.
-Mi Señor aguarda el momento oportuno -se decía-. La iniqui­dad del necio no es todavía completa.
Y vigilaba a la espera del ajuste final. Un día había muestras de cortocircuito y Holroyd, al hacer una revisión imprudente -era por la tarde-, recibió una sacudida bastante fuerte. Azuma-zi, que estaba detrás de la máquina, le vio saltar y maldecir a la pecadora bobina.
-Ya está avisado -se dijo Azuma-zi-. Ciertamente mi Señor es muy paciente.
Al principio Holroyd había iniciado a su negro en aquellos aspectos elementales del funcionamiento de la dinamo que le per­mitieran hacerse cargo del cobertizo temporalmente durante su ausencia. Pero cuando observó el comportamiento de Azuma-zi con el monstruo empezó a sospechar. Se dio cuenta veladamente de que su ayudante tramaba algo, y relacionándole con la utilización de aceite en las bobinas que había dañado al barniz protector en una parte, dictó la siguiente orden voceada sobre el ruido de la maquinaria:
-¡No te acerques más a la dinamo grande, Pooh-bah, o te desuello vivo!
Además, precisamente porque a Azuma-zi le gustaba estar junto a la gran máquina, era de puro sentido común el mantenerlo alejado de ella.
Azuma-zi obedeció entonces, pero más tarde Holroyd le sorpren­dió haciendo reverencias al Dios de las dinamos, así que le dobló el brazo y lo pateó cuando se volvió para marcharse. Tan pronto como Azuma-zi estuvo detrás de la máquina con la mirada fija en la espal­da del odiado Holroyd, los ruidos de la maquinaria adoptaron nue­vos ritmos y sonaban como cuatro palabras de su idioma nativo.
Es difícil decir con cierta exactitud qué es la locura, pero me ima­gino que Azuma-zi estaba loco. Los ruidos y las rotaciones incesantes del cobertizo de las dinamos quizás habían revuelto completamente sus pocos conocimientos y sus muchas supersticiones produciendo finalmente una especie de delirio. En cualquier caso, cuando en medio de ese frenesí vislumbró la idea de hacer con Holroyd un sacrificio humano a la dinamo-ídolo, le invadió un tumultuoso y extraño regocijo.
Esa noche los dos hombres con sus negras sombras estaban solos en el cobertizo que, iluminado con una gran lámpara, centelleaba trémulos destellos rojizos. Las sombras oscurecían la parte posterior de las dinamos, así que las bolas reguladoras de las máquinas iban de la luz a las tinieblas y los pistones golpeaban estrepitosa y regular­mente. El mundo exterior, visto desde el extremo abierto del coberti­zo, parecía increíblemente incierto y remoto. Parecía, también, abso­lutamente silencioso, puesto que el estruendo de la maquinaria ahogaba todo sonido exterior. A lo lejos quedaba la negra valla del patio, y tras ella las casas grises y borrosas, y encima el profundo cielo azul y las diminutas y pálidas estrellas. De repente Azuma-zi cruzó el centro del cobertizo sobre el que se desplazaban las correas de cuero y se metió en la sombra de la gran dinamo. Holroyd oyó un chasqui­do, y el giro del inducido cambió.
-¿Qué diablos estás haciendo con ese interruptor? -gritó sor­prendido-. ¿No te había dicho...?
Luego vio la resuelta expresión en la mirada de Azuma-zi cuando el asiático salió de la sombra y avanzó hacia él.
A continuación los dos hombres peleaban ferozmente delante de la gran dinamo.
-¡Tú, idiota, cabeza de café! -jadeó Holroyd con la mano del negro en la garganta-. ¡Aparta esos anillos de contacto!
Al instante una zancadilla le tambaleaba de espaldas sobre el Dios de las dinamos. Instintivamente retiró las manos de su antagonista para protegerse de la máquina.
El mensajero enviado a toda prisa desde la planta para averiguar lo que había sucedido en el cobertizo de las dinamos se encontró a Azuma-zi en la caseta del portero junto a la entrada. Azuma-zi inten­taba explicar algo, pero el mensajero no lograba sacar nada en claro del incoherente inglés del negro y continuó apresuradamente hasta el cobertizo. Las máquinas estaban todas funcionando ruidosamente y nada parecía desajustado. Se apreciaba, no obstante, un peculiar olor a pelo chamuscado. Luego vio una gran masa arrugada, de aspecto extraño, que colgaba de la parte delantera de la gran dinamo, y, al acercarse, reconoció los deformados restos de Holroyd.
El hombre miró fijamente y dudó un momento. Luego vio la cara y cerró los ojos convulsivamente, dándose la vuelta antes de abrirlos de nuevo para no volver a ver a Holroyd, y salió del cobertizo en busca de asesoramiento y ayuda.
Cuando Azuma-zi vio morir a Holroyd atrapado por la gran dinamo, las consecuencias de su acto le alarmaron algo. Sin embargo sentía un gozo extraño y sabía que el Dios de las dinamos tenía pues­ta en él su predilección. Cuando encontró al hombre que venía de la planta ya tenía el plan decidido, y el director técnico, que llegó rápi­damente al lugar de los hechos, sacó precipitadamente la conclusión obvia de suicidio. Este experto apenas si reparó en Azuma-zi excepto para hacerle unas preguntas.
-¿Vio a Holroyd suicidarse?
Azuma-zi explicó que había estado fuera de allí, en el fogón de la máquina, hasta que notó un ruido diferente en las dinamos. No fue un examen difícil al no estar influido por la sospecha.
Los deformados restos de Holroyd, que el electricista retiró de la máquina, fueron rápidamente cubiertos por el portero con un man­tel manchado de café. Alguien tuvo la feliz ocurrencia de ir a buscar un médico. Lo que realmente preocupaba al experto era poner de nuevo en funcionamiento la máquina, pues siete u ocho trenes esta­ban parados en medio de los sofocantes túneles del ferrocarril eléctri­co. Así que hizo volver rápidamente al fogón a Azuma-zi, que estaba respondiendo o equivocando las preguntas de la gente que por auto­ridad o atrevimiento había entrado en el cobertizo. Por supuesto una muchedumbre se congregó a las puertas del patio -en Londres, por razones desconocidas, siempre hay una multitud rondando durante un día o dos junto al escenario de una muerte repentina-, dos o tres reporteros se colaron de alguna forma en el cobertizo, y uno llegó hasta Azuma-zi, pero el experto, que era también periodista aficio­nado, los sacó de allí.
Luego se llevaron el cadáver, y el interés de la gente desapareció con él. Azuma-zi permaneció inmóvil y silencioso junto a su fogón viendo una y otra vez entre los carbones una figura que se retorcía violenta­mente y luego se quedaba quieta. Una hora después del asesinato cual­quiera que entrara en el cobertizo tendría la impresión de que allí nun­ca había pasado nada extraordinario. Poco después, fisgando desde su rincón, el negro veía al Dios de las dinamos girar y rotar junto a sus hermanos menores, y las ruedas motoras se movían con fuerza y los pistones de vapor golpeaban con su ruido acostumbrado, exactamen­te igual que al comienzo de la noche. Después de todo, desde el punto de vista mecánico había sido un incidente de lo más insignificante, la simple desviación de una corriente. Pero ahora la sólida corpulencia de Holroyd estaba reemplazada por la delgada figura y la escasa som­bra del director técnico que iba y venía por la línea de luz sobre el suelo trepidante debajo de las correas entre los motores y las dinamos.
-¿No he servido a mi Señor? -susurró Azuma-zi desde la oscuri­dad, y la nota de la gran dinamo sonó plena y clara.
Mientras contemplaba el gran mecanismo rotatorio, la extraña fascinación que ejercía sobre él, un tanto paralizada desde la muerte de Holroyd, volvía a adquirir toda su fuerza. Jamás había visto Azu­ma-zi a un hombre asesinado tan rápida y despiadadamente. La gran máquina rugiente había aniquilado a su víctima sin vacilar un segun­do en su golpear incesante. Ciertamente era un gran dios.
El director técnico, ajeno a los pensamientos de Azuma-zi, estaba de pie dándole la espalda. Su sombra se proyectaba sobre los pies del monstruo.
¿Estaba el Dios de las dinamos todavía hambriento? Su servidor estaba dispuesto.
Azuma-zi dio un cauteloso paso hacia adelante, luego se detuvo. El director técnico de repente dejó de escribir, caminó por el coberti­zo hasta el final de las dinamos y comenzó a examinar las escobillas.
Azuma-zi dudó un momento y luego se deslizó silenciosamente hasta la sombra junto al interruptor. Allí esperó. Al poco tiempo se podían oír los pasos del director técnico que volvía. Se detuvo en el mismo sitio que antes sin advertir al fogonero, agazapado a tres metros de distancia. Entonces la gran dinamo silbó de repente, y al instante, Azuma-zi se abalanzaba sobre él desde la oscuridad.
El director técnico se vio agarrado y empujado hacia la gran dina­mo. Pateando con las rodillas y forzando con las manos la cabeza de su antagonista, logró liberar la cintura y evitar la máquina con un balanceo. Luego el negro lo cogió de nuevo, poniéndole la cabeza rizada contra el pecho, y estuvieron tambaleándose y jadeando durante lo que pareció un siglo. A continuación el director técnico se sintió impelido a colocar una oreja negra entre sus dientes y morder furiosamente. El negro dio un grito espantoso.
Rodaron por el suelo, y el negro, que aparentemente se había zafado de la maldad de los dientes o desprendido de una oreja -el director técnico no sabía en aquel momento cuál de las dos-, intentó estrangularlo. El director técnico estaba haciendo vanos esfuerzos para coger algo con las manos y dar puntapiés, cuando se oyó el grato sonido de rápidos pasos sobre el suelo. Al momento Azuma-zi lo dejó y se precipitó hacia la gran dinamo. Hubo un chisporroteo en medio del ruido.
El empleado de la empresa que había entrado se quedó mirando cómo Azuma-zi cogía con sus manos los terminales al descubierto, sufría una horrible convulsión y luego colgaba inmóvil de la máqui­na con la cara violentamente deformada.
-Me alegro muchísimo de que llegaras cuando lo hiciste -dijo el director técnico todavía sentado en el suelo.
Miró a la figura aún palpitante.
-No es una muerte agradable, aparentemente, pero es rápida.
El empleado todavía miraba fijamente el cadáver. Era un hombre de comprensión lenta.
Hubo una pausa.
El director técnico se puso en pie torpemente. Se pasó los dedos por el cuello con cuidado y movió la cabeza varias veces.
-¡Pobre Holroyd! Ahora comprendo.
Luego, casi mecánicamente, se dirigió al interruptor que estaba en la oscuridad y volvió de nuevo la corriente al circuito del ferroca­rril. Al hacerlo, el cuerpo chamuscado se soltó de la máquina y cayó de cara hacia adelante. El cilindro de la dinamo rugió alto y claro, y el inducido batió el aire.
Así terminó prematuramente el culto al Dios de las dinamos, qui­zá la más efímera de todas las religiones. A pesar de su brevedad tam­bién pudo vanagloriarse de al menos un martirio y un sacrificio humano.


EL ROBO EN EL PARQUE DE HAMMERPOND


Es un punto controvertido si el robo en domicilios ha de conside­rarse un deporte, un oficio o un arte. Para oficio la técnica es muy poco rigurosa, y sus pretensiones de que se lo considere un arte están viciadas por el elemento mercenario que determina sus triunfos. En general lo más apropiado parece ser clasificarlo como deporte, un deporte para el que en la actualidad todavía no se han formulado las reglas y cuyos premios se distribuyen de una manera extremadamen­te informal. Fue esta informalidad del robo domiciliario lo que llevó a la lamentable extinción de dos prometedores novatos en el parque de Hammerpond.
Los premios ofrecidos en este asunto consistían principalmente en diamantes y otros diversos objetos personales propiedad de la recién casada Lady Aveling. Dicha señora, como recordará el lector, era la hija única de la señora Montague Pangs, la famosa anfitriona. Su enlace matrimonial con Lord Aveling fue extensamente anunciado en los periódicos, así como la cantidad y calidad de los regalos de boda, y el hecho de que la luna de miel la iban a pasar en Hammerpond. El anuncio de estos valiosos premios creó una gran sensación en el pequeño círculo cuyo líder indiscutible era el señor Teddy Watkins y se decidió que, acompañado por un ayudante debidamente cualifica­do, visitaría la aldea de Hammerpond en plan profesional.
Siendo como era hombre de natural retraído y modesto, el señor Watkins decidió realizar la visita de incógnito y, tras considerar debi­damente las condiciones de la empresa, escogió el papel de pintor de paisajes y el nada comprometido apellido de Smith. Precedió a su ayudante, quien, según se decidió, no se le uniría hasta la última tar­de de su estancia en Hammerpond.
Ahora bien, el pueblecito de Hammerpond es uno de los rinco­nes más bellos de Sussex. Todavía sobreviven muchas casas con tejado de paja; la iglesia, construida en pedernal y con la alta aguja de la torre anidando bajo la colina es una de las más finas y menos restauradas del país, y los bosques de hayas y junglas de helecho por los que discurre la carretera hasta la gran mansión son espe­cialmente ricos en lo que los artistas y fotógrafos vulgares llaman estampitas. De forma que cuando llegó el señor Watkins con dos lienzos vírgenes, un caballete flamante, una caja de pintura, baúl de viaje, una ingeniosa escalerilla construida por secciones -siguiendo el modelo del difunto y llorado maestro Charles Pea­ce-, palanca y rollos de alambre se encontró con que le daban la bienvenida con efusión y cierta curiosidad media docena de otros hermanos del pincel. Esto convirtió en inesperadamente plausible el disfraz que había escogido, pero le obligó a soportar una canti­dad considerable de conversación estética para la que estaba muy mal preparado.
-¿Ha hecho muchas exposiciones? -preguntó el joven Porson en el bar Coches y Caballos, donde el señor Watkins acumulaba hábil­mente información local la noche de su llegada.
-Muy pocas -respondió Watkins-, sólo alguna que otra.
-¿En la Academia?
-En su momento. Y en el Palacio de Cristal.
-¿Le colgaron bien? -preguntó Porson.
-No diga tonterías -dijo el señor Watkins-. Eso no me gusta.
-Quería decir si le pusieron los cuadros en un buen sitio.
-¿Qué insinúa? -preguntó suspicaz el señor Watkins-. Se diría que estaba tratando de averiguar si me habían puesto a la sombra.
Porson había sido criado por unas tías y, a pesar de ser artista, era un joven educado. No sabía lo que significaba ser puesto a la sombra, pero pensó que lo mejor era indicar que no pretendía nada de eso. Como la cuestión de colgar parecía un punto doloroso para el señor Watkins, trató de desviar un poco la conversación.
-¿Hace usted pintura figurativa?3
-No, nunca se me dieron los números -respondió el señor Wat­kins-. Mi señora, la señora Smith, quiero decir, se encarga de todo eso.
-¡Ella pinta también! -exclamó Porson-. Eso es bastante divertido.
-Mucho -opinó el señor Watkins, aunque realmente no lo pen­saba, y, sintiendo que la conversación se le estaba yendo un poco de las manos, añadió-: He venido aquí para pintar la mansión de Ham­merpond a la luz de la luna.
-¡Hombre! -exclamó Porson-, es una idea bastante novedosa.
-Sí -aseguró el señor Watkins-. Me pareció una idea bastante buena cuando se me ocurrió. Espero empezar mañana por la noche.
-¿Qué? No pretenderá pintar al aire libre de noche.
-Sí, eso es lo que pretendo no obstante.
-Pero ¿cómo verá el lienzo?
-Con una maldita linterna de policía... -comenzó el señor Wat­kins respondiendo demasiado rápidamente a la pregunta, y luego, dándose cuenta de ello, le pidió a voces otro vaso de cerveza a la señorita Durgan.
-Voy a utilizar algo llamado linterna oscura-le dijo a Porson.
-Pero ahora estamos a punto de luna nueva -objetó Porson-. No habrá luna.
-En cualquier caso la mansión estará allí. Yo voy, ya sabe, a pintar primero la casa y después la luna.
-¡Oh! -exclamó Porson demasiado sorprendido para continuar la conversación.
-Aseguran -intervino el viejo Durgan, el dueño del bar, que había mantenido un respetuoso silencio durante la conversación téc­nica- que hay no menos de tres policías procedentes de Haze1worth de servicio en la mansión a causa de las joyas de la tal Lady Aveling. Uno de ellos le ganó cuatro chelines y seis peniques al segundo mayordomo a cara o cruz.
Al día siguiente hacia el crepúsculo el señor Watkins, lienzo vir­gen, caballete y una caja muy considerable con otros utensilios en la mano, caminó por el agradable sendero a través de los bosques de hayas hacia el parque de Hammerpond y clavó su aparato en una posición que dominaba la mansión. Allí fue observado por el señor Raphael Sant, que volvía de un estudio de las canteras de creta cru­zando el parque. Habiéndole picado la curiosidad lo que Porson relataba del recién llegado, se dio la vuelta con la idea de discutir el arte nocturno.
El señor Watkins aparentemente no se dio cuenta de su llegada. Acababa de terminar una conversación amistosa con el mayordo­mo de Lady Hammerpond y aquel sujeto se alejaba rodeado de los tres perros favoritos una vez cumplida la obligación que tenía de pasearlos después de la cena. El señor Watkins estaba mezclando colores con aire de gran concentración. Sant, acercándose más, quedó sorprendido al ver que el color en cuestión era un verde esmeralda tan fuerte y brillante como es posible imaginar. Habien­do cultivado una extrema sensibilidad al color desde su más tem­prana edad, expulsó el aire bruscamente entre los dientes tan pron­to como vislumbró esa mezcla. El señor Watkins se volvió. Parecía molesto.
-¿Qué diablos va a hacer usted con ese verde brutal? -preguntó Sant.
El señor Watkins comprendió que su celo en aparecer ocupado a los ojos del mayordomo evidentemente le había traicionado hacién­dole cometer algún error técnico. Miró a Sant y dudó.
-Perdone mi rudeza-dijo Sant-, pero realmente ese verde es dema­siado sorprendente. Me conmocionó. ¿Qué pretende hacer con él?
El señor Watkins hacía acopio de fuerzas. Sólo una actitud deci­dida podía salvar la situación.
-Si viene aquí a interrumpir mi trabajo -dijo-, le voy a pintar la cara con él.
Sant se retiró, pues tenía sentido del humor y era hombre pacífi­co. Bajando el monte se encontró con Porson y Wainwright.
-Una de dos, ese hombre es un genio o un lunático peligroso -explicó-, subid aunque sólo sea a ver su color verde.
Y continuó su camino, el semblante iluminado por la agradable premonición de una animada refriega en torno a un caballete al ano­checer y el derramamiento de mucha pintura verde.
Pero con Porson y Wainwright el señor Watkins fue menos agre­sivo y les explicó que el verde estaba pensado para ser la primera capa del cuadro. Se trataba, según admitió en respuesta a una observa­ción, de un método absolutamente nuevo, inventado por el mismo. Pero a continuación se hizo más reticente, explicó que no iba a contar a todo el que pasara el secreto de su propio y particular estilo y añadió algunos comentarios sobre la bajeza de alguna gente que remoloneaba por allí para enterarse de los trucos que podía de los maestros, lo que inmediatamente le alivió de su compañía.
El anochecer se hizo más oscuro, primero apareció una estrella y después otra. Las cornejas de los altos árboles a la izquierda de la mansión hacía tiempo que habían caído en soporífero silencio, la mansión misma había perdido todos los detalles de su arquitectura convirtiéndose en un contorno gris oscuro, y entonces las ventanas del salón lucieron brillantes, se iluminó la galería de las plantas y aquí y allá amarilleó alguna que otra ventana de dormitorio.
Si alguien se hubiera acercado al caballete en el parque lo habría encontrado abandonado. Una palabra breve y grosera en un verde brillante manchaba la pureza del lienzo. El señor Watkins estaba ocupado en los arbustos con su ayudante, que se le había unido directamente desde la carretera. El señor Watkins tendía a autofeli­citarse por el ingenioso ardid que había empleado para transportar su aparato descaradamente a la vista de todos justo hasta el teatro de operaciones.
-Ése es el vestidor -explicó a su ayudante-, y tan pronto como la doncella se lleve la vela y baje a cenar haremos una visita. ¡Caramba! ¡Qué bonita está la mansión a la luz de las estrellas y con todas las ven­tanas y luces! Que me aspen, Jim, si ahora no me gustaría ser un pin­tor de ésos. Encárgate de poner el alambre cruzando el sendero desde la lavandería. Se acercó cautelosamente a la mansión hasta que estuvo bajo la ventana del vestidor y comenzó a ensamblar la escalera plega­ble. Era un profesional demasiado experimentado para sentir ningu­na excitación desacostumbrada. Jim estaba explorando el salón de fumar. De repente, muy cerca del señor Watkins, en los arbustos, hubo un choque violento y una maldición sofocada. Alguien había tropezado con el alambre que su ayudante acababa de poner. Oyó pies que corrían por el sendero de grava de más allá. El señor Watkins, como todo buen artista, era particularmente tímido, y sin poder con­tenerse dejó caer la escalera plegable y empezó a correr prudentemen­te por los arbustos. Era confusamente consciente de que dos personas venían pisándole los talones y creyó que distinguía el contorno de su ayudante delante de él. En otro instante había saltado el bajo muro de piedra que deslindaba los arbustos y estaba en parque abierto. Dos golpes secos sobre el césped siguieron a su propio salto.
Se trataba de una ceñida persecución en la oscuridad a través de los árboles. El señor Watkins, de constitución ágil y bien entrenado, ganó, golpe a golpe, a la figura que jadeaba trabajosamente por delan­te. Ninguno habló, pero como el señor Watkins se puso deprisa a su lado, le sobrevino un escrúpulo de duda terrible. El otro hombre vol­vió la cabeza al mismo tiempo y profirió una exclamación de sorpresa.
-No es Jim -pensó el señor Watkins, y simultáneamente el extra­ño se lanzó, como si dijéramos, a las rodillas de Watkins y directa­mente estaban luchando a brazo partido los dos juntos en el suelo.
-Échame una mano, Bill -gritó el extraño cuando llegó el tercer hombre.
Y Bill lo hizo, de hecho, con las dos manos y recalcando con algu­nos pies. El cuarto hombre, presumiblemente Jim, al parecer se había dado la vuelta y dirigido en una dirección diferente. En cual­quier caso no se unió al trío.
La memoria del señor Watkins sobre los incidentes ocurridos en los dos minutos siguientes es extremadamente vaga. Se acuerda oscu­ramente de tener el pulgar en la comisura de la boca del primer hom­bre y de que, sintiendo ansiedad por su seguridad y durante unos segundos al menos, mantuvo contra el suelo la cabeza del caballero que respondía al nombre de Bill agarrándole por el cuello. También fue pateado en gran número de sitios diferentes aparentemente por una ingente multitud. Después el caballero que no era Bill logró poner la rodilla bajo el diafragma de Watkins y trató de doblarle sobre ella.
Cuando sus sensaciones se hicieron menos confusas estaba senta­do sobre el césped y ocho o diez hombres -la noche era oscura y esta­ba demasiado confuso para contar- estaban de pie a su alrededor, aparentemente esperando a que se recuperara. Tristemente llegó a la conclusión de que había sido capturado y probablemente habría hecho algunas reflexiones filosóficas sobre la veleidad de la fortuna si sus sensaciones internas no le hubieran quitado las ganas de hablar.
Rápidamente observó que no tenía las manos esposadas y luego le pusieron en ellas un frasco de brandy. Esto le emocionó un poco -era una amabilidad tan inesperada.
-Está volviendo en sí -dijo una voz que se imaginó pertenecía al segundo lacayo de Hammerpond.
-Los tenemos, señor, a los dos -dijo el mayordomo de Hammer­pond, el hombre que le había ofrecido el frasco-. Gracias a usted.
Nadie respondió a esta observación. Sin embargo no llegó a com­prender cómo se la aplicaban a el.
-Está bastante aturdido -dijo una voz extraña-, el bribón casi lo mata.
El señor Teddy Watkins decidió seguir bastante aturdido hasta comprender mejor la situación. Se percató de que dos de las negras figuras que le rodeaban estaban en pie una junto a la otra con aire abatido y había algo en la posición de los hombros que sugirió a sus experimentados ojos que tenían las manos atadas. ¡Dos! Se irguió con la rapidez del rayo. Vació el pequeño frasco y se tambaleó hasta ponerse en pie con la ayuda de unas manos serviciales. Hubo un murmullo de simpatía.
-Deme la mano, señor, deme la mano -dijo una de las figuras junto a él-. Permítame que me presente. Tengo una gran deuda con usted. Eran las joyas de mi mujer, Lady Aveling, las que atrajeron a estos dos bribones a la mansión.
-Encantado de conocer a su excelencia-dijo Teddy Watkins.
-Supongo que vio a los bribones dirigiéndose a los arbustos y cayó sobre ellos.
-Eso es exactamente lo que pasó -dijo el señor Watkins.
-Debería usted haber esperado a que entraran por la ventana -explicó Lord Aveling-. Lo habrían tenido mucho peor si de hecho hubieran cometido el robo. Y tuvo suerte de que dos policías estuvie­ran fuera junto a la verja y les siguieran a ustedes tres. Dudo que usted solo hubiera podido apresar a los dos, aunque fue condenada­mente valiente por su parte de todas formas.
-Sí, debí haber pensado en todo eso -dijo el señor Watkins-, pero no se puede pensar en todo.
-Desde luego que no -asintió Lord Aveling-. Siento que le hayan magullado un poco -añadió.
La partida se dirigía ahora hacia la mansión.
-Cojea bastante. ¿Puedo ofrecerle mi brazo?
Y en lugar de acceder a la mansión de Hammerpond por la ventana del vestidor, el señor Watkins entró en ella-ligeramente intoxicado y ahora propenso de nuevo a la alegría- del brazo de un auténtico par del reino de carne y hueso y por la puerta principal.
-¡Esto -pensó el señor Watkins- es robar con estilo!
Los bribones, vistos a la luz de gas, demostraron ser puros aficionados locales, desconocidos para el señor Watkins. Les bajaron a la despensa, siendo allí vigilados por tres policías, dos guardas con las escopetas cargadas, el mayordomo, un mozo de cuadra y un carretero, hasta que el amanecer permitió su traslado a la comisaría de policía de Hazelworth. Al señor Watkins le obsequiaron en el salón. Le dedicaron todo un sofá y no quisieron ni oír hablar de su vuelta al pueblo esa noche. Lady Aveling estaba segura de que era brillantemente original y expuso su idea de que Turner era otro tipo semejante, tosco, medio borracho, de mirada profunda e ingenioso. Alguien trajo una notable escalerilla plegable que había sido recogida en los arbustos y le mostró cómo se ensamblaba. También le descri­bieron cómo se habían encontrado alambres en los arbustos, eviden­temente colocados allí para hacer caer a perseguidores incautos. Había tenido suerte de haberse librado de esas trampas. Y le enseña­ron las joyas.
El señor Watkins tuvo el sentido común de no hablar demasiado y ante cualquier dificultad en la conversación se refugiaba en sus dolores internos. Al final la rigidez de espalda y el bostezo se apode­raron de él. De repente todo el mundo cayó en la cuenta de que era una vergüenza tenerle allí hablando después de la refriega, así que se retiró temprano a su habitación, la habitacioncita roja contigua a la suite de Lord Aveling.


La aurora encontró un caballete abandonado que soportaba un lienzo con una inscripción verde en el parque de Hammerpond y encontró la mansión de Hammerpond alborotada. Pero si encontró al señor Watkins y a los diamantes de Lady Aveling no comunicó la información a la policía.


LA POLILLA


Probablemente haya oído hablar de Hapley, no WT Hapley, el hijo, sino el célebre Hapley, el Hapley de Periplaneta Haplüa, Hapley el entomólogo.
Si así es, conocerá al menos la gran enemistad entre Hapley y el profesor Pawkins, aunque algunas de sus consecuencias sean nuevas para usted. Para aquellos que no están al tanto serán necesarias dos o tres palabras de explicación que el lector perezoso puede repasar de un vistazo si así se lo pide su indolencia.
Es sorprendente lo ampliamente extendida que está la ignorancia de asuntos de tantísima importancia como esta enemistad Hapley-Paw­kins. Lo mismo sucede con esas controversias que hacen época, esas que han convulsionado a la Sociedad Geográfica, son, lo creo de veras, casi completamente desconocidas fuera de los socios que constituyen esa institución. He oído a hombres bastante cultos referirse a las gran­des escenas de esas reuniones como riñas de sacristía. Sin embargo, el gran odio entre los geólogos ingleses y escoceses ha durado ya medio siglo y ha dejado profundas y abundantes marcas en el cuerpo de la ciencia. Y este asunto entre Hapley y Pawkins, aunque quizás una cues­tión más personal, levantó pasiones tan profundas, incluso más pro­fundas. El hombre de la calle no tiene ni idea del celo que anima a un investigador científico, la furia de contradicción que se puede provocar en él. Es una nueva forma del odium teologicum. Hay hombres, por ejemplo, que estarían contentos de quemar a Sir Ray Lankaster en Smithfield por su tratamiento de los Moluscos en la Enciclopedia Británica. Esa fantástica extensión de los cefalópodos para cubrir los Pteropodos... Pero me estoy desviando de Hapley y Pawkins. Esta enemistad comenzó hace muchos años con una revisión de los Microlepidópteros -sean lo que sean- por Pawkins, en la que extinguió una nueva especie creada por Hapley. Hapley, que siempre fue peleón, respondió con una mordaz denuncia de toda la clasificación de Paw­kins4. Pawkins, en su Réplica5, sugirió que el microscopio de Hapley era tan defectuoso como su capacidad de observación y le llamaba entrometido irresponsable -Hapley en esa época no era catedrático. En su contestación6 Hapley hablaba de torpes coleccionistas y describía, como por error, la revisión de Pawkins como un milagro de ineptitud. Era la guerra a cuchillo. Sin embargo apenas si interesaría al lector entrar en los detalles de la disputa entre estos dos grandes hombres y cómo la ruptura entre ellos se fue haciendo más profunda hasta que partiendo de los microlepidopteros estuvieron en guerra en cualquier cuestión abierta en entomología. Hubo ocasiones memorables. A veces las reuniones de la Real Sociedad de Entomología se parecían más que nada al Congreso de los Diputados. En conjunto creo que Pawkins estaba más cerca de la verdad que Hapley. Pero Hapley era muy hábil con su retórica, tenía un talento para ridiculizar raro en un hombre de ciencia, estaba dotado de una gran energía y tenía una aguda suscepti­bilidad para la ofensa en el asunto de las especies extinguidas, mientras que Pawkins era un hombre de presencia aburrida, monótono al hablar, de constitución no muy distinta a un barril de agua, excesiva­mente escrupuloso con los testimonios y se sospecha que intermediario en los nombramientos para puestos en los museos. Así que los jóvenes se agruparon en torno a Hapley y le aplaudieron. Fue una gran lucha, cruel desde el principio, y que llegó finalmente a un antagonismo implacable. Los sucesivos giros de la fortuna con ventajas primero para uno y después para el otro, con Hapley atormentado por algún éxito de Pawkins o Pawkins ensombrecido por Hapley, pertenecen más bien a la historia de la entomología que a esta narración.
Pero en 1891 Pawkins, que que no había estado bien de salud durante algún tiempo, publicó un trabajo sobre el mesoblasto de la polilla Cabeza de Muerte. Lo que pueda ser el mesoblasto no importa un pito a esta historia. Pero el trabajo estaba muy por debajo de su nivel habitual y le dio a Hapley la oportunidad que había codiciado durante años. Debe de haber trabajado día y noche para explotar la situación al máximo. En una elaborada crítica le hizo trizas. Se puede uno imaginar su desordenado pelo negro y sus raros ojos oscuros echando chispas al tiempo que atacaba a su antagonista. Y Pawkins dio una respuesta titubeante, ineficaz, con dolorosos intervalos de silencio, y, con todo, maligna. No hubo error sobre su voluntad de herir a Hapley ni en su incapacidad para hacerlo. Pero pocos de los que le oyeron -yo estuve ausente de la reunión- se dieron cuenta de lo enfermo que estaba el hombre.
Hapley derribó a su adversario y quiso acabar con él. Continuó con un ataque brutal a Pawkins en forma de disertación sobre la evo­lución de las polillas en general, un estudio que daba pruebas de una extraordinaria cantidad de trabajo, redactado en un tono violenta­mente polémico. Debe de haber cubierto el rostro de Pawkins de vergüenza y confusión. No dejaba escapatoria, era asesino en la argu­mentación y absolutamente despectivo en el tono, algo horrible para los últimos años de la carrera profesional de alguien.
El mundo de los entomólogos esperó expectante la réplica de Paw­kins. Éste intentaría dar una, porque Pawkins siempre había estado dispuesto a pelear. Cuando llegó les sorprendió. Pues la réplica de Pawkins fue coger la gripe, que se convirtió en neumonía, y murió.
Fue quizá la réplica más eficaz que podía hacer en aquellas circuns­tancias, y en gran manera cambió la corriente de sentimiento contra Hapley. La misma gente que había jaleado con la mayor alegría a aquellos gladiadores se puso seria ante las consecuencias. No cabía ninguna duda razonable de que el enojo de la derrota había contribui­do a la muerte de Pawkins. Incluso las controversias científicas tenían un límite, decía la gente seria. Otro ataque demoledor estaba ya en prensa y apareció el día antes del funeral. No creo que Hapley hiciera nada por pararlo. La gente recordó cómo Hapley había acosado a su rival y olvidó sus defectos. La sátira mordaz compagina mal con las cenizas frescas. El asunto provocó comentarios en la prensa diaria. Eso fue lo que me hizo pensar que probablemente usted hubiera oído hablar de Hapley y de la controversia. Pero, como ya he observado, los profesionales de la ciencia viven absortos en un mundo propio. Me atrevería a decir que la mitad de la gente que va por Piccadilly a la Aca­demia cada año no sabría indicarle la sede de las sabias instituciones. Muchos incluso piensan que la investigación es una especie de jaula de familia feliz en la que toda clase de hombres viven juntos en paz.
En su interior, Hapley no pudo perdonar a Pawkins por morirse. En primer lugar era un mezquino ardid para escapar a la absoluta pulverización que le tenía preparada, y en segundo lugar dejó un extraño vacío en la mente de Hapley. Durante veinte años había tra­bajado mucho, a veces hasta altas horas de la noche y los siete días de la semana con microscopio, bisturí, red de recogida de insectos y pluma casi exclusivamente con referencia a Pawkins. La reputación europea que había ganado había llegado como un incidente de esa gran antipatía. Había conseguido llegar gradualmente a un clímax en esta última controversia. Había matado a Pawkins, pero también había dejado fuera de juego, por decirlo así, a Hapley, y su médico le aconsejó que abandonara el trabajo durante algún tiempo y descan­sara. Así que Hapley se fue a un pueblecito tranquilo de Kent y pen­só día y noche en Pawkins y en las cosas buenas que ya era imposible decir sobre él.
Finalmente Hapley empezó a darse cuenta de en qué dirección iban sus preocupaciones. Decidió luchar contra ellas y comenzó intentando leer novelas. Pero no podía quitarse de la cabeza a Paw­kins, con la cara pálida y en su último discurso -cada frase del cual era una hermosa oportunidad para Hapley. Se dedicó a la ficción, pero encontró que no le decía nada. Leyó Island Nights Entertainments7 hasta que su sentido de la causalidad quedó conmocionado sin poder­lo remediar de ninguna manera por Bottle Imp. Luego pasó a Kipling y observó que no probaba nada además de ser irreverente y vulgar. Los científicos tienen sus limitaciones. Entonces desgraciadamente probó con Inner House, de Besant, y el capítulo inicial le hizo pensar de inmediato en las sociedades científicas y en Pawkins.
Así que Hapley se dedicó al ajedrez y lo encontró algo más tranquilizador. Pronto dominó los movimientos, las principales tácticas y los cierres más frecuentes y empezó a ganar al Vicario. Pero entonces los contornos cilíndricos del rey que tenía enfrente empezaron a asemejarse a Pawkins de pie, hablando con voz entre­cortada e ineficaz contra el jaque mate, y Hapley decidió dejar de jugar al ajedrez.
Quizás el estudio de alguna nueva rama de las ciencias fuera, después de todo, una diversión mejor. El mejor descanso es el cam­bio de ocupación. Hapley decidió enfrascarse en las diatomeas e hizo que le trajeran de Londres uno de sus microscopios más pequeños y la monografía de Halibut. Pensó que quizá si pudiera establecer una vigorosa controversia con Halibut, sería capaz de empezar una vida nueva y olvidarse de Pawkins. Y muy pronto estaba trabajando duro a su enérgico estilo habitual en esos microscópicos moradores de las charcas de las cunetas.
Fue al tercer día dedicado a las diatomeas cuando Hapley tuvo conciencia de una nueva adición a la fauna local. Estaba trabajando tarde en el microscopio y la única luz en la habitación era la de la bri­llante lamparita con la forma especial de pantalla verde. Como todos los experimentados microscopistas, mantenía los dos ojos abiertos. Es la única forma de evitar fatiga excesiva. Tenía un ojo sobre el ins­trumento y delante de él, brillante y diferenciado, estaba el campo circular del microscopio a través del cual se movía lentamente una diatomea marrón. Con el otro ojo Hapley veía, por decirlo así, sin ver. Sólo era vagamente consciente del lateral metálico del instru­mento, la parte iluminada del mantel, una hoja de notas, el pie de la lámpara y más allá la oscurecida habitación. De repente su atención se deslizó de un ojo al otro. El mantel era de un material llamado por los tenderos «de tapicería» y de colores bastante brillantes. El dibujo estaba en oro con una pequeña cantidad de carmesí y azul pálido sobre un fondo grisáceo. En algún punto el dibujo parecía desplaza­do y había en ese punto un movimiento de vibración de los colores.
Hapley echó bruscamente hacia atrás la cabeza y miró con los dos ojos. Se quedó con la boca abierta de asombro.
¡Era una polilla o mariposa grande con las alas extendidas al estilo de una mariposa!
Era raro que estuviera en la habitación, pues las ventanas estaban cerradas. Raro que no hubiera atraído su atención cuando revolotea­ba hacia su posición actual. Raro que hiciera juego con el mantel. Todavía más raro para él, Hapley, el gran entomólogo que le fuera completamente desconocida. No había error. Gateaba lentamente hacia el pie de la lámpara.
-Un nuevo género. ¡Cielos! Y en Inglaterra -exclamó Hapley mirando fijamente.
Entonces pensó súbitamente en Pawkins. Nada le habría enlo­quecido más a Pawkins... Pero Pawkins estaba muerto.
Algo en torno a la cabeza y el cuerpo del insecto le sugería extraordinariamente a Pawkins, igual que había pasado con el rey del ajedrez.
-¡Maldito Pawkins! -dijo Hapley-, pero tengo que cogerlo. Y buscando a su alrededor algún medio de capturar la polilla, se levan­tó despacio de la silla. De repente el insecto se elevó, golpeó el borde de la pantalla -Hapley oyó el «ping»- y se desvaneció en la sombra.
En un momento Hapley había quitado la pantalla de un man­doble, de manera que toda la habitación estaba iluminada. La cosa había desaparecido, pero pronto su experimentado ojo la detectó sobre el papel de la pared junto a la puerta. Fue hacia ella utilizan­do la pantalla para capturarla. Sin embargo, antes de que estuviera a la distancia adecuada para descargar el golpe, se había elevado y estaba revoloteando por la habitación. Voló, como las de su espe­cie, con repentinas arrancadas y giros que parecían esfumarse por aquí y reaparecer por allá. Una vez Hapley golpeó y falló, y des­pués otra. La tercera vez dio al microscopio. El instrumento se balanceó, golpeó y tiró la lámpara y cayó ruidosamente al suelo. La lámpara cayó sobre la mesa, y, afortunadamente, se apagó. Hapley quedó a oscuras. Con un sobresalto, sintió a la extraña polilla cho­cando contra su cara.
Era enloquecedor. No tenía luz. Si abría la puerta de la habita­ción el insecto se escaparía. En la oscuridad vio con toda claridad a Pawkins riéndose de él. Pawkins siempre había tenido una risa hipócrita. Juró furiosamente y dio un pisotón contra el suelo. Sona­ron tímidos golpes a la puerta. Luego ésta se abrió muy despacio, aproximadamente un pie quizá. El alarmado rostro de la patrona apareció tras la llama rosa de la vela. Llevaba puesto un gorro de dormir sobre el pelo gris y cierta prenda color púrpura sobre los hombros.
-¿Qué fue ese espantoso golpe? -preguntó-. ¿Se ha...?
La extraña polilla apreció revoloteando por el resquicio de la puerta.
-¡Cierre la puerta! -gritó Hapley, y bruscamente se abalanzó sobre ella.
La puerta se cerró con un rápido portazo. Hapley se quedó solo en la oscuridad. Luego en la pausa oyó a la patrona subir corriendo las escaleras, cerrar la puerta con llave, arrastrar algo pesado por la habitación y ponerlo contra ella.
Hapley se dio cuenta de que su conducta y su aspecto habían sido extraordinarios y alarmantes.
-¡Maldita polilla! ¡Maldito Pawkins!
No obstante era una pena perder ahora la polilla. Fue a tientas al vestíbulo y encontró las cerillas después de mandar su sombrero al suelo con un ruido como el de un tambor. Con la vela encendida volvió a la sala de estar. No se veía polilla alguna. Sin embargo, una vez pareció por un momento que la cosa estaba revoloteando en tor­no a su cabeza. De manera totalmente repentina, Hapley decidió dejar la polilla e irse a la cama. Pero estaba excitado. Toda la santa noche el sueño fue interrumpido por pesadillas de la polilla, Pawkins y la patrona. Durante la noche se levantó de la cama dos veces y metió la cabeza en agua fría.
Una cosa tenía clara. Su patrona no podría entender nada de la polilla, especialmente dado que había fracasado en su captura. Nadie más que un entomólogo entendería bien cómo se sentía. Probable­mente estaba aterrorizada por su comportamiento, y sin embargo no veía cómo podía explicárselo. Decidió no decir nada más sobre los sucesos de la última noche. Después del desayuno la vio en el jardín y decidió salir a hablar con ella para tranquilizarla. Le habló de habas, patatas, abejas, orugas y el precio de la fruta. Ella respondió a su manera habitual, pero le miró algo sospechosamente y siguió caminando al tiempo que él avanzaba de forma que siempre había una mata de flores o una hilera de habas o algo de ese tipo entre ellos. Después de un rato comenzó a sentirse particularmente irritado por esto, y para ocultar su vejación entró en casa y pronto salió a dar un paseo.
La polilla o mariposa, arrastrando un extraño sabor a Pawkins con ella, siguió entrometiéndose en ese paseo, aunque hizo todo lo que pudo para mantener la mente alejada de ella. Una vez la vio con toda claridad, con las alas aplastadas contra el viejo muro de piedra que corre por el límite oeste del parque, pero al acercarse a él observó que se trataba sólo de dos trozos de liquen gris y amarillo.
-Esto -dijo Hapley- es lo contrario del mimetismo. En lugar de una mariposa con aspecto de piedra, he aquí una piedra que se pare­ce a una mariposa.
Una vez algo saltó y revoloteó alrededor de su cabeza, pero mediante un esfuerzo de la voluntad se quitó de nuevo esa impresión del pensa­miento. Por la tarde Hapley hizo una visita al Vicario y discutió con él de cuestiones teológicas. Estaban sentados en la pequeña pérgola cubierta de brezo y fumaban mientras discutían.
-Mire esa polilla -indicó Hapley bruscamente apuntando al bor­de de la mesa de madera.
-¿Dónde? -preguntó el Vicario.
-¿No ve una polilla sobre el borde de la mesa, allí? -inquirió Hapley.
-Desde luego que no -respondió el Vicario.
Hapley quedó como partido por un rayo. Jadeó. El vicario le miraba fijamente. Estaba claro que el hombre no veía nada.
-El ojo de la fe no es mejor que el ojo de la ciencia -dijo Hapley con torpeza.
-No comprendo su punto de vista -intervino el vicario pensando que era parte de la discusión.
Esa noche Hapley encontró la polilla gateando por la colcha. Se sentó en el borde de la cama en mangas de camisa y razonó consigo mismo. ¿Era una pura alucinación? Él sabía que estaba durmiendo y luchaba por su cordura con la misma silenciosa energía que anterior­mente había desplegado con Pawkins. Los hábitos mentales son tan persistentes que él sentía como si todavía se tratara de la lucha con Pawkins. Conocía bien la Psicología. Sabía que semejantes ilusiones visuales ciertamente aparecen como resultado de tensiones mentales. Pero la cuestión estaba en que él no sólo vio la polilla, la había oído cuando tocó el borde de la pantalla y después cuando golpeó contra la pared, y había sentido que le golpeaba la cara en la oscuridad.
La miró. No era en absoluto como un sueño, sino perfectamente clara y con aspecto sólido a la luz de la vela. Vio el peludo cuerpo, las cortas antenas plumosas, las articuladas patas, incluso un sitio donde el plumón estaba borrado por el ala. Repentinamente se sintió furio­so contra sí mismo por tener miedo de un pequeño insecto.
La patrona había hecho dormir a la sirvienta con ella esa noche porque tenía miedo de estar sola. Además había cerrado la puerta con llave y puesto la cómoda contra ella. Escuchaban y hablaban en susurros después de ir a la cama, pero no ocurrió nada que las alar­mara. Hacia las once se habían aventurado a apagar la vela y las dos se habían quedado dormidas. Despertaron con un sobresalto y se irguieron en la cama escuchando en la oscuridad.
Entonces oyeron ruido de zapatillas que iban de acá para allá en la habitación de Hapley. Cayó una silla y hubo un violento raspado de la pared. Luego un adorno de porcelana de la chimenea se hizo peda­zos contra el guardafuego. De repente la puerta de la habitación se abrió y le oyeron en el descanso. Se pegaron la una a la otra, escu­chando. Parecía que estaba bailando en la escalera. Ya bajaba tres o cuatro peldaños rápidamente ya los subía de nuevo, luego bajaba apresuradamente hasta el vestíbulo. Oyeron caer al paragüero y rom­perse el montante de la puerta. Después el cerrojo saltó y sonó el rui­do de la cadena. Estaba abriendo la puerta.
Corrieron a la ventana. Era una noche gris y oscura. Una lámina casi continua de acuosas nubes cruzaba la luna y el seto y los árboles de delante de la casa destacaban en negro contra la carretera pálida. Vie­ron a Hapley con aspecto de fantasma en camisa y pantalones blancos corriendo de acá para allá en la carretera dando golpes al aire. Ya se paraba, ya se lanzaba rápidamente contra algo invisible, ya se movía sobre ello con sigilosas zancadas. Finalmente desapareció de la vista carretera arriba hacia la colina. Luego, mientras discutían quién debía bajar a cerrar la puerta con llave, volvió. Caminaba muy deprisa, entró directamente en la casa, cerró la puerta con cuidado y subió tranquila­mente a su dormitorio. Entonces todo quedó en silencio.
-Señora Colville -dijo Hapley bajando la escalera a la mañana siguiente-, espero no haberla alarmado anoche.
-Ni que lo diga -respondió la señora Colville.
-El hecho es que soy sonámbulo y durante las últimas dos noches he estado sin mi medicina para dormir. No hay nada de que alarmar­se realmente. Siento haber hecho tanto el ridículo. Cruzaré la colina hasta Shoreham para conseguir la medicina que me haga dormir bien. Debí haberlo hecho ayer.
Pero a medio camino por la colina, junto a las canteras de creta, la polilla se le presentó de nuevo a Hapley. Éste continuó, tratando de mantener el pensamiento concentrado en problemas de ajedrez, pero no servía de nada. El insecto le revoloteó en la cara y el le lanzó un golpe con el sombrero en defensa propia. Luego, la rabia, la vieja rabia, la rabia que había sentido contra Pawkins, le dominó de nue­vo. Siguió saltando y atacando al insecto que se movía en remolinos. Súbitamente pisó en el aire y cayó de bruces.
Hubo un vacío en sus sensaciones y Hapley se encontró sentado sobre un montón de pedernales delante del comienzo de los pozos de yeso con una pierna torcida debajo de él. La extraña polilla estaba todavía revoloteando en torno a su cabeza. La golpeó con la mano y volviendo la cabeza vio a dos hombres que se le acercaban. Uno era el médico del pueblo. A Hapley le pareció buena suerte. Después le vino a la cabeza con extraordinaria viveza que nadie sería capaz de ver la extraña polilla jamás excepto él y que le interesaba mantener silencio sobre ella.
No obstante, aquella noche, ya tarde, después de componerle la pierna rota, estaba febril y se olvidó de dominarse. Yacía tumbado en la cama y empezó a recorrer la habitación con la vista para ver si la polilla estaba todavía por allí. Intentó no hacerlo, pero sin resultado alguno. Pronto la avistó descansando muy cerca de su mano, junto a la lámpara de noche, sobre el mantel verde. Las alas temblaban. Con un brusco arrebato de ira la golpeó con el puño y la enfermera se des­pertó con un chillido. Había fallado.
-Esa polilla -dijo y añadió luego-. Imaginaciones mías. ¡Nada!
Todo el tiempo pudo ver con entera claridad que el insecto anda­ba por la cornisa y cruzaba lanzado la habitación, y también pudo ver que la enfermera no veía nada y le miraba de forma extraña. Tenía que controlarse, sabía que estaba perdido si no se controlaba. Pero a medida que avanzaba la noche le subió la fiebre y el mismísi­mo terror que tenía de ver la polilla le hizo verla. Hacia las cinco, jus­to cuando la aurora estaba gris, trató de levantarse de la cama para cogerla a pesar de que la pierna le ardía de dolor. La enfermera tuvo que forcejear con él.
Por culpa de ello le ataron a la cama. En esa situación la polilla se tornó más osada y una vez la sintió posándosele en el pelo. Entonces, como golpeó violentamente con los brazos, se los ataron también. A continuación la polilla vino a gatear por su rostro y Hapley juró, gri­tó, les suplicó en vano que se la quitaran de encima.
El médico era un imbécil, un médico de cabecera que acababa de licenciarse y completamente ignorante en psicología. Y sencillamen­te decía que no había ninguna polilla. De haber tenido algo de inge­nio quizás hubiera podido todavía salvar a Hapley de su destino aceptando su alucinación y tapándole la cara con una gasa como suplicaba que le hicieran. Pero, como digo, el médico era un zopenco y hasta que se curó la pierna a Hapley le mantuvieron atado a la cama con la polilla imaginaria gateando sobre él. Nunca le abandonó cuando estaba despierto y en sus sueños creció hasta convertirse en un monstruo. Cuando estaba despierto anhelaba dormir y del sueño se despertaba gritando.
Así que ahora Hapley pasa el resto de sus días en una habitación acolchada obsesionado por una polilla que nadie más puede ver. El médico del asilo lo llama alucinación, pero Hapley cuando se encuentra mejor de ánimo y puede hablar dice que es el fantasma de Pawkins, y consecuentemente un espécimen único que merece la pena capturar.


EL TESORO EN EL BOSQUE


La canoa estaba acercándose ahora a tierra firme. La bahía se abría, y un intervalo en el blanco oleaje del arrecife indicaba el lugar por donde el pequeño río desembocaba en el mar. La zona de verde más espesa y profunda del bosque virgen delataba su curso bajando desde la distante ladera montañosa. Aquí el bosque casi llegaba hasta la pla­ya. A lo lejos se levantaban las montañas de textura oscura y semejan­tes a nubes, como si fueran olas repentinamente heladas. El mar estaba en calma salvo por un oleaje casi imperceptible. El cielo resplandecía. El hombre del pequeño remo tallado a mano se detuvo.
-Debe de estar en algún sitio por aquí.
Puso el remo en la embarcación y estiró los brazos directamente delante de él. El otro hombre había estado en la parte delantera de la canoa escudriñando minuciosamente el terreno. Tenía en su rodilla una cuartilla de papel amarillento.
Ven a ver esto, Evans.
Los dos hablaban bajo y tenían los labios duros y secos. El que se llamaba Evans vino tambaleándose por la canoa hasta que pudo mirar por encima del hombro de su compañero. El papel tenía el aspecto de un tosco mapa. De tanto doblarlo estaba tan arrugado y gastado que se rompió, y el otro hombre sostuvo los descoloridos fragmentos por donde se habían roto. Sólo se podía descifrar de forma borrosa, a lápiz casi borrado, el contorno de la bahía.
Aquí -dijo Evans- está el arrecife, y aquí está el hueco -deslizó la uña del pulgar por el dibujo-. Esta línea curva y torcida es el río. ¡Qué bien me vendría un trago ahora! Y esta estrella es el sitio.
-¿Ves esta línea de puntos? -dijo el que tenía el mapa-. Es una línea recta y va desde la abertura en el arrecife hasta un grupo de palmeras. La estrella está justo donde corta al río. Tenemos que sena­lar el sitio cuando entremos en la laguna.
-Es extraño -comentó Evans tras una pausa-. ¿Para qué están estas pequeñas marcas aquí abajo? Parece el plano de una casa o algo así, pero no tengo ni idea de qué puedan significar todas esas rayitas por aquí y por ahí. ¿En qué está escrito?
-En chino -dijo el hombre con el mapa.
-Por supuesto. Era chino -recordó Evans.
-Todos eran chinos -subrayó el del mapa.
Los dos se sentaron durante unos minutos clavando la vista en tierra mientras la canoa se movía suavemente a la deriva. Luego Evans miró hacia el remo.
-Es tu turno con el remo, Hooker-le dijo.
Su compañero plegó tranquilamente el mapa, lo puso en el bolsi­llo, pasó a Evans con cuidado y comenzó a remar. Sus movimientos eran lánguidos, como los de alguien casi sin fuerzas.
Evans estaba sentado con los ojos medio cerrados observando el espumoso rompeolas de coral que se aproximaba cada vez más. El cielo estaba ahora como un horno porque el sol se hallaba cerca del cenit. Aunque estaban tan cerca del tesoro no sentía la exaltación que habían previsto.
La intensa excitación de la lucha por el plano y el largo viaje noc­turno desde el continente en la canoa sin provisiones -para usar su propia expresión- le habían quitado toda la emoción. Había intenta­do levantar la moral pensando en los lingotes de los que habían hablado los chinos, pero su mente no se concentraba en ello y volvía tercamente a la idea de agua dulce haciendo rizos en la superficie del río y a la casi insoportable sequedad de los labios y la garganta. El rít­mico batir del mar sobre el arrecife se hacía ahora audible y le pro­porcionaba un sonido agradable en los oídos; el agua batía el costado de la canoa y el remo goteaba entre cada golpe. Al poco empezó a quedarse adormilado.
Era todavía borrosamente consciente de la isla, pero una extraña textura onírica se entremezclaba con sus sensaciones. Una vez más vol­vía a la noche en que el y Hooker habían descubierto el secreto del chi­no. Vio los árboles iluminados por la luna, la pequeña hoguera ardien­do y las negras figuras de los tres chinos, plateados de un lado por la luz de la luna y dorados por el otro con el resplandor de la hoguera, y les oyó hablar en el inglés chapurreado en China, pues venían de dis­tintas provincias. Hooker fue el primero en captar la marcha de la con­versación y le había hecho escuchar. Algunos fragmentos de la conver­sación eran inaudibles y otros incomprensibles. Un galeón español procedente de las Filipinas desesperadamente encallado y su tesoro enterrado hasta que pudieran volver por el era el trasfondo de la histo­ria; la tripulación del naufragio diezmada por la enfermedad, una pelea o así y la necesidad de disciplina y finalmente la vuelta a los bar­cos sin que nunca más se volviera a oír hablar de ellos. Después Chang-hi, hacía de eso sólo un año, vagando por la playa se había topado por casualidad con los lingotes escondidos durante doscientos años, había desertado de su junco, y los había vuelto a enterrar con infinito esfuerzo él solo, pero con mucha seguridad. Puso mucho énfasis en lo de la seguridad, era un secreto exclusivamente suyo. Aho­ra lo que quería era ayuda para volver y exhumar los lingotes. Pronto apareció el pequeño mapa y las voces se apagaron. Una buena historia para que la oyeran dos desocupados calaveras británicos.
El sueño de Evans pasó al momento en que tenía la coleta de Chang-hi entre las manos. La vida de un chino apenas si es sagrada como la de un europeo. La astuta carita de Chang-hi, primero penetrante y furiosa como una serpiente espantada, y después terri­ble, traicionera y miserable, se destacó abrumadoramente en el sue­ño. Al final Chang-hi había puesto una sonrisa burlona, la mueca más incomprensible y sobrecogedora. Bruscamente las cosas se pusieron muy desagradables, como sucede a veces en los sueños. Chang-hi farfulló y lo amenazó. Vio en el sueño montones y mon­tones de oro y a Chang-hi interponiéndose y luchando por retener­lo en su poder. Cogió a Chang-hi por la coleta, ¡qué grande era el bruto amarillo! ¡Y cómo luchaba y se reía! ¡Y además seguía crecien­do y creciendo! Luego los relucientes montones de oro se convirtie­ron en un horno rugiente, y un enorme diablo de un sorprendente parecido con Chang-hi pero con un inmenso rabo negro comenzó a echar carbón. Le quemaron la boca horriblemente. Otro diablo gri­taba su nombre: ¡Evans! ¡Evans!, dormilón; o ¿era Hooker? Se des­pertó. Estaban en la boca de la laguna.
Ahí están las tres palmeras. Tiene que estar en línea con esa mata de arbustos -dijo su compañero-. Fíjate bien. Si vamos hasta esos arbustos y luego nos metemos en el bosque en línea recta desde aquí daremos con ello cuando lleguemos al río.
Ya podían ver dónde se abría la boca del río. Al verla, Evans revivió.
-¡Date prisa, hombre! -exclamó-, o por los cielos que tendré que beber agua del mar.
Se mordió la mano y miró al destello de plata entre las rocas y la verde espesura. Pronto se volvió casi furioso hacia Hooker.
-Dame el remo -le dijo.
Y de ese modo alcanzaron la boca del río. Un poco más arriba Hooker cogió un poco de agua en el hueco de la mano, la probó y la escupió. Algo más arriba aún lo intentó de nuevo.
-Ésta servirá.
Y empezaron a beber con ansia.
-Maldita sea -dijo Evans bruscamente-. Esto es demasiado len­to. Se inclinó peligrosamente por la parte delantera de la canoa y comenzó a sorber el agua directamente con los labios.
Pronto terminaron de beber, y, acercando la canoa a una pequeña cala, estuvieron a punto de desembarcar entre la maraña de plantas que daba a la orilla.
-Tendremos dificultad en abrirnos paso a través de la maleza has­ta la playa para encontrar nuestros arbustos y seguir la línea hasta el sitio -observó Evans.
-Sería mejor que rodeáramos remando.
Así que volvieron a meterse en el río y remaron de nuevo hasta el mar, y por la costa hasta el lugar donde crecía la mata de arbustos. Aquí desembarcaron, arrastraron la ligera canoa hasta lo alto de la playa y luego subieron hacia el borde de la jungla hasta que pudieron ver la apertura en el arrecife y los arbustos en línea recta. Evans había sacado de la canoa una herramienta de los nativos. Tenía forma de L, y la pieza transversal estaba armada con una piedra pulida. Hooker llevaba el remo.
-Ahora es todo recto en esta dirección -dijo-. Tenemos que abrirnos camino por aquí hasta que demos con el río. Luego tendre­mos que explorar el terreno.
Se abrieron camino por una tupida maraña de cañas, anchas frondas, árboles jóvenes. Al principio el camino era muy pesado, pero rápidamente los árboles se hicieron más grandes y, bajo ellos, el suelo se aclaró. La sombra fresca sustituyó gradual e insensible­mente al ardor del sol. Por fin los árboles se convirtieron en enor­mes pilares que, muy por encima de sus cabezas, sostenían un ver­doso dosel. Flores blancas y apagadas colgaban de sus tallos y enredaderas como sogas se deslizaban de árbol a árbol. La sombra se hizo más tupida. En el suelo hongos llenos de manchas y de incrus­taciones de color marrón rojizo se hicieron frecuentes. A Evans le dio un escalofrío.
-Después del fuego de fuera esto parece hasta frío.
-Espero que estemos manteniendo la línea recta -dijo Hooker. Pronto vieron muy por delante un hueco en la sombría oscuridad por donde blancos haces de calurosa luz solar penetraban en el bos­que. Había también hierba de un verde vivo y flores de colores. Lue­go oyeron el ruido del agua.
Aquí está el río. Debemos de estar ya cerca-dijo Hooker.
La vegetación era espesa junto a la orilla del río. Grandes plantas, todavía sin clasificar, crecían entre las raíces de los gigantescos árbo­les y extendían rosetas de enormes abanicos verdes hacia las franjas de cielo. Muchas flores y una enredadera de reluciente follaje se aga­rraban a los expuestos tallos. Sobre las aguas de la amplia y tranquila laguna que los buscadores de tesoros estaban ahora contemplando flotaban grandes hojas ovales y una flor como de cera de color blanco rosado no muy distinta a un nenúfar. Más allá, a medida que el río daba una curva alejándose de ellos el agua de repente espumeaba y se volvía ruidosa en un rápido.
-¿Qué pasa? dijo Evans.
-Nos hemos desviado algo de la línea recta -dijo Hooker-. Era de esperar.
Se volvió a mirar las frescas sombras oscuras del silencioso bosque que yacía tras ellos.
-Si andamos un poco por el río, arriba y abajo, deberíamos encontrar algo.
-Tú dijiste... -empezó Evans.
-Él dijo que había un montón de piedras -dijo Hooker.
Los dos hombres se miraron un momento.
-Intentémoslo primero corriente abajo -dijo Evans.
Avanzaron despacio mirando con avidez a su alrededor. De repente Evans se detuvo.
-¿Qué diablos es eso?
Hooker siguió su dedo con la vista.
-Algo azul.
Se había hecho visible cuando coronaron la cima de una suave protuberancia del terreno. Luego comenzó a distinguir qué era. Avanzó bruscamente con apresurados pasos hasta que pudo ver el cuerpo al que pertenecía aquella lánguida mano y el brazo. Apretó la herramienta con el puño. Era la figura de un chino que yacía boca abajo. El abandono de la postura era inconfundible. Los dos hom­bres se juntaron más el uno al otro y se quedaron mirando en silen­cio al ominoso cuerpo muerto. Yacía en un claro entre los árboles. Al lado estaba una pala del tipo chino y más lejos había un diseminado montón de piedras junto a un hoyo recientemente excavado.
-Alguien ha estado aquí antes -dijo Hooker aclarando la garganta.
Luego Evans empezó a jurar, a despotricar y a dar patadas contra el suelo. Hooker se puso blanco, pero no dijo nada. Avanzó hacia el cuerpo postrado. Vio que tenía el cuello hinchado y de color púrpu­ra, y las manos y los tobillos tumefactos.
-¡Puafl -exclamó.
Se volvió bruscamente y fue hacia la excavación. Dio un grito de sorpresa. Voceó a Evans que le seguía despacio.
-¡Tonto! No pasa nada. Todavía está aquí.
Luego se volvió de nuevo a mirar al chino muerto y otra vez al hoyo. Evans se apresuró hacia el hoyo. Ya medio desenterradas por el condenado infeliz yacían junto a ellos unas cuantas deslustradas barras amarillas. Se agachó sobre el hoyo y, limpiando el suelo con las manos desnudas, precipitadamente sacó una de las pesadas masas. Al hacerlo un pequeño espino se le clavó en la mano. Sacó el delicado pincho con los dedos y levantó el lingote.
-Sólo el oro o el plomo pueden pesar así -dijo exultante.
Hooker estaba todavía pasmado mirando al chino muerto.
-Se adelantó a sus amigos -dijo por fin-. Vino aquí solo y alguna serpiente venenosa lo picó. Me pregunto cómo encontró el sitio.
Evans estaba de pie con el lingote en las manos. ¿Qué importaba un chino muerto?
-Tendremos que llevar esto al continente poco a poco y enterrar­lo allí durante un tiempo. ¿Cómo lo trasportaremos hasta la canoa?
Se quitó la chaqueta, la extendió en el suelo y echó en ella dos o tres lingotes. Pronto dio con otro pequeño espino que le había perfo­rado la piel.
-Esto es todo lo que podemos llevar -dijo, y luego, con un extra­ño ataque de irritación, preguntó-: ¿Qué miras?
Hooker se volvió hacia él.
-No soporto... el cadáver -hizo un asentimiento con la cabeza hacia el cuerpo muerto-. Se parece tanto a...
-¡Tonterías! -respondió Evans-. Todos los chinos son iguales.
Hooker le miró a la cara.
-En todo caso voy a enterrarlo antes de echarte una mano con...
-No seas tonto, Hooker. Deja que esa masa corrupta siga su curso.
Hooker dudó y luego miró minuciosamente al pardo suelo a su alrededor.
-No se por qué, pero me da miedo.
-La cuestión es qué hacemos con estos lingotes. ¿Los volvemos a enterrar por aquí o nos los llevamos en la canoa al otro lado del estrecho?
Hooker pensó. Su pasmada mirada vagó por los altos troncos arbóreos ascendiendo hasta el remoto dosel verde iluminado por el sol sobre sus cabezas. De nuevo le dieron escalofríos cuando volvió los ojos a la figura del chino. Miró inquisitivamente a las profundi­dades grises entre los árboles.
-¿Qué te pasa, Hooker? -exclamó Evans-. ¿Has perdido el juicio?
-En todo caso saquemos el oro de aquí -respondió Hooker.
Cogió la chaqueta por la parte del cuello, Evans sujetó el lado opuesto y levantaron el peso.
-¿Por dónde? -preguntó Evans-. ¿A la canoa?
-Es extraño -observó Evans cuando apenas habían avanzado unos cuantos pasos-, pero todavía me duelen los brazos de remar. ¡Maldita sea! ¡Cómo me duelen! Tengo que descansar.
Bajaron la chaqueta hasta el suelo. Evans tenía la cara blanca y gotitas de sudor le afloraban en la frente.
-Es sofocante, de todas formas, aquí en el bosque -y a continua­ción, cambiando bruscamente a una ira irracional, exclamó-: ¿Para qué vamos a esperar aquí todo el día? ¡Echa una mano, hombre! Des­de que viste al chino no has hecho más que perder el tiempo.
Hooker estaba mirando atentamente al rostro de su compañero. Ayudó a levantar la chaqueta sobre la que iban los lingotes y avanza­ron en silencio unas cien yardas quizá. Evans empezó a respirar con dificultad.
-¿Te ha comido la lengua el gato?
-¿Qué te pasa? -replicó Hooker.
Evans tropezó y luego con una brusca maldición tiró la chaqueta. Estuvo un momento de pie mirando a Hooker, y después dando un gemido se llevó las manos a la garganta.
-No te acerques a mí -dijo, yendo a apoyarse contra un árbol. Luego con voz más segura-: Estaré mejor en un minuto.
Pronto la fuerza con la que asía el tronco le falló y se deslizó lenta­mente tronco abajo hasta que no fue más que un montón informe a los pies del árbol. Tenía los puños apretados convulsivamente. El rostro se le desfiguraba con el dolor. Hooker se le acercó.
-No me toques. No me toques -dijo Evans con voz ahogada-. Vuelve a poner el oro encima de la chaqueta.
-¿No puedo ayudarte? -preguntó Hooker.
-Vuelve a poner el oro encima de la chaqueta.
Cuando Hooker cogió los lingotes sintió una pequeña picadura en el pulpejo del pulgar. Se miró la mano y vio un espino delgado de quizá unas dos pulgadas de largo. Evans dio un grito desarticulado y se volvió del otro lado. Hooker se quedó con la boca abierta. Miró al espino un momento con los ojos como platos. Luego miró a Evans que ahora estaba hecho un ovillo sobre el suelo con la espalda contra­yéndose y extendiéndose espasmódicamente. Después miró por los troncos de los árboles y el entramado de los tallos de las enredaderas hasta donde todavía se podía ver claramente en la penumbra oscura y gris el cuerpo del chino vestido de azul. Pensó en las rayitas en la esquina del mapa y en un momento comprendió.
-¡Dios me ayude! -exclamó.
Los espinos eran similares a esos que los Dyak envenenan y uti­lizan en sus cerbatanas. Ahora comprendía lo que significaba el convencimiento de Chang-hi respecto de la seguridad de su teso­ro. Ahora comprendía la mueca de su rostro.
-¡Evans! -gritó.
Pero Evans estaba ahora mudo e inmóvil salvo por las horribles contracturas espasmódicas de sus miembros. Un profundo silencio se cernió sobre el bosque. Luego Hooker empezó a chupar furiosa­mente la pequeña mancha amarilla en el pulpejo del pulgar. ¡A chu­par por su vida! Pronto sintió un dolor extraño como de agujetas en los hombros y los brazos, y doblaba los dedos con dificultad. Enton­ces se dio cuenta de que chupar no serviría de nada. Bruscamente se detuvo, y, sentándose junto al montón de lingotes con las manos en la barbilla y los codos en las rodillas, miró al cuerpo de su compañe­ro, deformado, pero que todavía se movía. Le vino de nuevo a la mente la mueca de Chang-hi. El dolor sordo se extendió hacia la gar­ganta y lentamente se hizo más intenso. Muy por encima de él una débil brisa agitó el verde dosel y los pétalos blancos de alguna flor desconocida bajaron flotando por la penumbra.


1 El misterio de Edwin Drood. Novela de misterio que Dickens dejó inacabada a su muerte. El final ha sido objeto de numerosas especulaciones.
2 No se sabe de ningún europeo que haya visto un Æpiornis vivo, con la dudosa excepción de Macer, quien visitó Madagascar en 1745.- H.G.W
3 Juego de palabras. Figure significa figura y también número. (N. del T.)
4 Observaciones sobre una reciente recensión de los Microlepidópteros, Boletín Tri­mestral, Real Sociedad de Entomología, 1863.
5 Réplica a ciertas observaciones... Ibid., 1864.
6 Ulteriores observaciones... Ibid.
7 Obra de Stevenson. (N. del T.)
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