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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 22 de febrero de 2012

Persiguiendo a Bukowski



           Persiguiendo  a
       Bukowski
       
1
  Cuando Aurora me abrió la puerta me entraron ganas de follar. Encontrarme inesperadamente aquel cuerpo menudito de uno setenta, envuelto en un pijama amarillo que mostraba por su abertura superior una generosa porción de peras y sonriéndome como si me conociera de toda la vida, me hizo olvidar que durante todo el camino hasta llegar al staff house de South Ealing me había estado cagando. Era la primera vez que veía a esa tía, así que aquello bien podía ser un síntoma de amor a primera vista. Nunca el cagadero me había parecido un sitio tan inhóspito como hasta ese momento y nunca Londres, villorrio con el que mantenía un tira y afloja de lo más irreconciliable, un sitio tan acogedor. En fin, allí estábamos de nuevo. Ya había perdido la cuenta de las veces que había ido a London en busca de trabajo. El problema siempre era el mismo. Siempre lo encontraba. El trabajo, quiero decir.
  La cosa siempre ocurría de la misma manera. Empezaba por un billete de avión, un vuelo plácido y aburrido, un viaje en metro, un trabajo en cualesquiera de los restaurantes u hoteles de Londres y mi renuncia al cabo de días, semanas y en algún que otro caso un par de meses. Los colegas me llamaban boomerang. Creo que no hace falta explicarlo. En cualquier caso, esta vez me había prometido a mi mismo que la cosa sería diferente. Coño, que aguantaría más tiempo antes de regresar triunfante al predio de los Borbotones. Viendo como estaba aquí el panorama laboral, lo mejor era najarse una vez más y cambiar la península por la ínsula. Tres letras de nada como quien dice.
  Los colegas, por supuesto, me prepararon una despedida a mi altura con pancarta y todo. “No vuelvas por aquí si no es para cobrar el subsidio, mamón”, rezaba. Me llegó al alma. Los muy cabrones estaban en todo. Incluso se hicieron apuestas sobre cuánto tiempo disfrutaría el pueblo inglés de mi gallarda presencia. La franja temporal oscilaba desde una semana hasta los seis meses preceptivos necesarios para hacerme acreedor al paro nuestro de cada día.
  Esa noche me beneficié a la primera tipa que se me puso por delante. Con un pie y medio en el avión tampoco era el momento de encontrar al amor de tu vida, digo yo. La chiquilla sólo tenía medio polvo pero dadas las circunstancias, mamado como estaba, tal vez eso era todo lo que podía darle. Dejé las exigencias a un lado, hice acopio de toda mi concentración y me metí adentro con todo lo que tenía. Hubiera bastado pero la tía, en plena faena, no paraba de decir una y otra vez “oh, dios mío, oh, dios mío” y aquello me cortaba el punto. Entonces interrumpí bruscamente el metesaca.
  -Oye, tía. Deja ese mal rollo de una puñetera vez, me estás poniendo de los nervios.
  -Lo siento.-dijo así como muy apurada-.No puedo.
  -¿Cómo que no puedes?. Te estoy follando, no dando una misa.
  -Es lo que digo siempre.
  -Prueba con otra cosa.-sugerí.
  -Vale.
  Lo intentó de veras, pero después de cuatro o cinco embestidas salpicadas con una serie de guarradas impronunciables sobre el tamaño de mi polla, volvía nuevamente a invocar a las más altas instancias. Cuando terminamos me preguntó mi nombre. No sé por qué, reaccioné con mala hostia, un poco paranoico creo, como si me hubiera comido un tripi chungo.
  -¿Qué es esto?, ¿un puto love story?. Olvídame.
  La pobre tía me miró como si me viera por primera vez.
  Eso había ocurrido dos noches atrás pero ahora, delante de mí, estaba Aurora, con pinta de anoréxica galopante, y lo más importante de todo, queridos, ofreciéndome un futuro prometedor. Si nunca os habéis tirado una tía que pese cincuenta quilos, ese es vuestro problema. Os lo digo en serio, es como follarse una pluma que cayera del bendito cielo. Para mí no era nada nuevo pero, qué cojones, la oportunidad la presentaban calva.
  -Hola.-me presenté-. Soy Jose. Vengo de Hispania y no creo en las putas fronteras.
  -Estás loco.-me dijo Aurora.
  Era un buen comienzo.
  -¿Dónde está el cagadero?.


2
  Para los no iniciados tengo que decir que un staff house es el lugar propiamente dicho donde duermen, comen, defecan y en algunos casos joden los trabajadores de un hotel de Londres. Por lo general suele ser un sitio apartado, situado más o menos en el quinto coño. Allí hay de todo y, además, están todos. Cuanto se dice del puto Smoke es cierto. Aquello es la pesadilla de un racista. Sin ir más lejos, nuestro glorioso edificio de proporciones victorianas acogía una nutrida representación de la ONU en un hipotético pleno donde se discutiera algo de tan poca relevancia como la extinción de las ballenas o la tala de bosques tropicales. Es decir, nos faltaban un americano de los estados juntitos, un japonés, un noruego y un ruso de los de antes. Excepto los españoles, que estábamos agrupados en el apartamento número dos, el resto de la peña se hallaba distribuida en los otro nueve apartamentos como la dirección del hotel había tenido a bien disponer tras sesudas reflexiones. Algo así como un pito, pito gorgorito.
  A mi me tocó compartir habitación con un capullo de Córdoba con el que también compartía nombre, así que a los dos días decidimos zanjar la cuestión y convertirnos en primos. El tío llevaba en el Hilton cuatro meses y se sabía todos los trucos del oficio. Hacía las camas en tiempo récord, extendiendo sábanas que eran auténticos campos de fútbol con admirable habilidad. No cabía duda, mi primo era un maestro. Básicamente, la técnica consistía en agitar con furia leviatánica los dos quilos de sábana asiéndola por uno de sus extremos. A continuación, la hijaputa se elevaba como una cometa y si tenías suerte los dobleces caían a ambos lados del colchón con precisión milimétrica. Pero claro, en los primeros tiempos esto no era muy frecuente. Tenías que desplazarte de un lado a otro de la cama, ajustando por aquí o por allá y aparecían los primeros dolores de espalda.
  Luego estaba la cuestión de quitar el polvo, pasar la aspiradora y hacer que los muebles de la habitación adoptaran una posición concreta. Por último estaba el cuarto de baño, un sitio infame donde cuatro tipos diferentes de toallas debían ser dobladas y colocadas de un modo específico, hacer que los grifos brillaran como el primer día y que un puto espejo de un metro cuadrado te devolviera tu imagen cabreada mientras te peleabas como un bellaco con gotitas de agua y manchas de jabón que se resistían ferozmente a ser borradas. Y así durante trece habitaciones al día, cinco días a la semana. Nada que un hombre no pudiera soportar.


3
  Al día siguiente conocí al resto de la panda. Un par de tronchos que llevaban en Londres algo así como un mes y una tía más ancha que alta, compañera de habitación de Aurora, que trabajaba en el departamento de room service del Hilton. Se llamaba Laura y, hasta ese día, el momento más emocionante de su vida aconteció la mañana que sirvió el desayuno a los Backstreetboys. Después de eso tuvo que cambiarse de bragas con urgencia. A las dos semanas de incorporarme fue reclutada por una ONG y se abrió hasta algún ignoto rincón de África donde, como luego supimos por carta, sucumbió a los encantos de un mandingo que la tenía como una barra de mortadela.
  Por otro lado, lo de los tronchos era comida aparte. Los dos respondían al nombre de Paco y venían del sur de Al Andalus. Uno de Algeciras, el otro de Trebujena. El tío de Algeciras fumaba canutos desde los once años, estaba fichado desde los quince, cocinaba sus propias sustancias y traficaba con ellas, y tenía sobre sus espaldas una docena de detenciones. Había estado a punto de palmarla alguna que otra vez, la más grave cuando se preparó para desayunar una infusión de opio y amanita muscaria. Tuvieron que hacerle tres lavados de estomago en urgencias. Eso sí, me dijo que en su puta vida se había picado, que no estaba loco. Habría que creerle, digo yo.
  Paquito de Trebujena era otra perla del cantábrico. Prematuramente alopécico se definía a sí mismo como “calvo pero sexy”. Su afición favorita no era leer poesía portuguesa del siglo XVI ni tampoco elucubrar sobre el destino de las pasiones perdidas para siempre jamás que Juan Sebastián había legado al más baranda de sus vástagos. No, señor. El tronco era un experto en pornografía. Entre sus logros intelectuales más notables se encontraban haber resistido la exhibición de una peli donde una titi hacía chup chup sobre una polla aproximadamente durante dos horas, o un vasto conocimiento de records olímpicos que incluían la tranca más larga o la corrida más lejana.
  Con algunas de sus historias me descojonaba de la risa. La primera que me contó versaba sobre un amigo suyo que estaba dándole por culo a la novia. La cosa había entrado pistonuda y cuando parecía que todo iba sobre ruedas el amigo de mi nuevo amigo descubrió que nuestra heroína estaba llorando y detuvo de inmediato la prospección como hubiera hecho cualquier caballero.
  -Cariño,¿qué pasa?,-preguntó alarmado-¿te duele?.
  Desde luego el hombre no estaba preparado para lo que iba a escuchar a continuación.
  -Sí, me dueeele.-gimió la titi entre sollozos-. Pero me guuuusta.
  El efecto de tamaña declaración fue fulminante. El tío se corrió como un toro con las pelotas a reventar. El mejor orgasmo de su vida, dijo.


4
  Los dos primeros días en el Hilton fueron de una auténtica coña marinera, aunque remunerados, of course. Eran los días de la “induction”, palabra terrible que en la mouth de un inglés podía significar cualquier cosa. Una tía de Irlanda, directora de recursos humanos para más señas, fue la encargada de insuflarnos en nuestros corazoncitos lo que ellos llaman el Spirit of Hilton. Algo así como un catálogo innumerable de normas a observar durante el curro, que iban desde la correcta colocación de la raya del pelo hasta el brillo reglamentario de la punta de los zapatos. Política de empresa, vamos. Afortunadamente, mi conocimiento del inglés era bastante limitado por aquellos días y logré sustraerme a la mayor parte del pastiche lavacocos que nos estaba largando la irish. A lo largo de la mañana desvié mi atención hacia derroteros más interesantes. Por ejemplo, el resto de piolines que hacían el introducing en mi nunca suficientemente valorada compañía eran un argentino, un alemán, una chinita de Beijing y una francesita de Estrasburgo. La franchute era una especie de muñequita Barbie Malibú que no había por donde cogerla pero la china, tíos, la china era canela en rama. Pedazo de cuerpo que tenía todo en su sitio y le sonreía hasta a los lápices de la mesa. Ya veis, en nuestra cultura cuando una titi te sonríe así es que está a punto, pero este no era el caso presente. Cosas raras que pasan. A pesar de todo la chorva tenía una buena media hora de contemplación extática y me dediqué a ello con una concentración digna de elogio, y fue tanta que cuando mi nombre apareció en medio de aquel despiporre lingüístico no me cosqué lo más mínimo.
  -Mal-do-na.-estaba diciendo la irish-. Jo-se...
  -Eh,¿sí?, señora...
  La profe me miró esgrimiendo una media sonrisa divertida. Tenía los ojos azules, yo también los tenía, así que estábamos empatados.
  -Te estaba preguntando,-dijo vocalizando lentamente, detalle que era de agradecer-,¿qué esperas del Hilton?.
  Aquella era una pregunta con truco. Coño, en ningún momento se me había ocurrido que tuviera que esperar nada del Hilton. Bueno sí, la panoja a fin de mes y una comida decente al mediodía pero nada más. Las cinco cabezas estaban vueltas hacia mí, expectantes, y a mí no se me ocurría qué cojones decir. Opté por hacer mutis por el foro.
  -No lo sé.-respondí encogiéndome de hombros.
  La profe no pareció ni mucho menos decepcionada con mi respuesta y rápidamente pasó a otro de los contertulios. El capullo alemán estaba preparado de sobras para responder. Casi sin tiempo para respirar soltó una serie de zarandajas sobre hacer nuevas amistades en un óptimo ambiente laboral y ¿por qué no?, ya puestos, hacer también carrera en el ramo de la hostelería. Era una respuesta cojonuda, sí señor.
  El segundo día fue algo menos soporífero. Después de que se nos impartiera un cursillo acelerado contra incendios dedicamos la jornada a visitar las nueve plantas del hotel y a conocer al personal que allí trabajaba. Una jornada nada relevante si no fuera porque pasamos de puntillas ante la habitación de Conan Doyle, respiramos efluvios de romanticismo en la suite de Wally Simpson y posé mis profanos pinreles en el dormitorio de Oscar Wilde. En las paredes, alguien había colgado unos cuantos retratos del bueno de Oscar en sus mejores tiempos. Es decir, antes de que la estupidez, la intolerancia y las deudas lo cogieran por las pelotas y lo enviaran de una patada a recorrer Europa hundido en la más cochina de las miserias. Ahora, cualquier puto analfabeto, bujarrón o no, podía pasar una noche en su suite por el módico precio de seiscientas libras.


5
   Fue a partir del día siguiente cuando empezó de verdad lo bueno. Tenías que levantarte a las siete de la mañana, asearte lo suficiente para que parecieras limpio y salir cagando leches con toda la tropa al asalto del primer metro que pasara en dirección a Picadilly Circus. En total, cuarenta y cinco minutos de nada con cara de gilipollas alucinado. Llegabas con el tiempo justo para cambiarte y tomarte un café en la cantina del staff. A continuación te pasabas por tu departamento y allí firmabas, y tu supervisora, también llamada housekeeper, te asignaba las habitaciones a currelar durante el día. Como dije antes, eran trece. No sé si os parecen muchas pero probad a hacerlo un día tras otro y luego me contáis. Allí se me exigía una disciplina espartana de la que yo había carecido toda mi vida y, creedme, no era el mejor sitio para empezar a tenerla.
  Entre las housekeepers, la que más me gustaba se llamaba María. María era una linda portuguesita de pelo negro y piel oscura y desde que la vi por primera vez supe que entre nosotros ocurriría algo tarde o temprano. Cada vez que me la encontraba en algún pasillo yo canturreaba aquello de “María, la portuguesa” y ella me sonreía con cierta intención o así me lo parecía. Perspicaz que es uno. Con todo, lo que de verdad me derretía las meninges era su acento portugués cuando después de la sonrisa decía algo parecido a “Cóumo te vau, Yose?. Y luego tú te quedabas allí y la veías alejarse meneando el culo pasillo adelante impotente y empalmado al mismo tiempo. Alguien tenía que explicarme como era posible eso.
  En fin, allí estaba yo con mi uniforme azul de corte gilipollas empujando mi carrito alpha julieto cargado hasta los topes de sábanas, toallas y demás potingues para el cuarto de baño.
  La cosa empezaba de forma suave. El primer día te endiñaban cuatro habitaciones, luego seis, después ocho y así hasta llegar a las trece. Moco de pavo como quien dice. Para entonces la única idea que te rondaba por la cabeza era la de abandonar. Mi diablillo particular me hablaba al oído y me decía: “Chaval, si haces una sola cama más acabarás herniado para toda la eternidad”. Pero entonces aparecía mi ángel de la guarda y, bueno, el tío me parecía igual de sabio: “Pero cojones, ¿has visto la cantidad de titis que hay en el personal pidiendo a gritos que le hagan un buen trabajo?”. Y no podías hacer otra cosa que claudicar. Los dos eran buena gente, los dos tenían razón pero como dicen y dicen bien, la carne es débil.
  Mis mayores problemas los tenía con el mirror del cuarto de baño. Cada vez que creía que había hecho un trabajo pistonudo aparecía mi housekeeper Pauline, una negraza enorme, y señalaba con su enorme índice y decía:
  -Allí hay una mancha.
  Y yo, intentando seguir la dirección de su finger preguntaba alucinado:
  -¿Dónde?.
  Y la tía decía:
  -Allí.
  Y yo miraba y no veía un carajo. El espejo me parecía de puta madre.
  -¿Dóoonde, señora?.
  -Aquí, joder.-explotaba la tía, y entonces se abalanzaba como una orca asesina a la caza de una pacífica ballena.
  -Aquí.-repetía señalando con su dedazo.
  Y yo, incauto de mí, acercaba mi nariz al espejo y descubría una mácula microscópica de jabón que no hubiera servido ni para iniciar el estudio del genoma humano.


6
   Bueno, y así iban pasando los días. La vida de siete de la mañana a cinco de la tarde era una pura, purita mierda. Así que cuando bajábamos del metro, de nuevo en South Ealing, mi primo, los Paquitos y yo mismo nos íbamos a un súper que había a mano derecha y allí hacíamos acopio de birras y otras menudencias espirituales.  Después, tras una ducha reparadora, nos reuníamos en la cocina del flat, nos mirábamos, sonreíamos y empezábamos a privar. Era divertido y necesario. Seguro que el tío que inventó el trabajo, inventó también el bebercio cinco minutos antes de volverse loco. Sea como fuere, al menos el colega había tenido una idea buena y allí estábamos nosotros para confirmarlo.
  Más tarde se nos unían las niñas pero sólo testimonialmente. Las tías eran hipersensibles al alcohol, o eso decían, y no aguantaban ni media pinta de cerveza. Una pena. Para entonces ya se nos había incorporado Sara, una asturiana que juraba como un camionero y tenía un culo más que interesante.
  Hablábamos de cualquier cosa que tuviera que ver con el amor, las mujeres y el sexo. Paquito de Trebujena nos contaba historias de un amigo suyo que se hacía pajas cinco veces al día porque padecía insomnio. El Algeciras proclamaba a las cuatro birras que todas las mujeres eran unas insensibles, que había llegado a Londres huyendo de tres relaciones simultáneas que estaban a punto de volverle loco. Mi primo, el más romántico de todos, nos hablaba de su novia, una azafata de la Air no sé cuantos a la que veía de pascuas a ramos. El tronco se vanagloriaba de ello. Esa es mi suerte, decía refiriéndose a los espacios interestelares que había entre polvo y polvo. Yo, en cambio, más prosaico, me limitaba a esgrimir mi teoría favorita sosteniendo contra viento y marea que el fin último de todo cuanto hacemos es follar. Para ello utilizaba la elocuencia y la oratoria, cosas que nunca se me han dado mal. Comprendedlo, después de media docena de birras me sentía como Cicerón en medio del senado y largaba como un energúmeno, no podía evitarlo. Denostaba contra la iglesia, el status laboral, la estructura familiar y todo cuanto hace infeliz a un hombre. Argumentaba yo, que en alguna parte del camino el hijoputa se había olvidado de sí mismo y ya no sabía donde estaba, ni siquiera se le ocurría meterla o tal vez pensaba que no valía la pena, que aquella raja entre los mundos que antaño le parecía la octava maravilla se había convertido en un túnel oscuro y sin salida. Y entre tanto, Aurora me miraba con una sonrisa de oreja a oreja y yo no sabía si pensaba que yo estaba loco o si era una pieza a merecer.
  Entre una cosa y otra nos daban las dos de la madrugada, y cuando nos retirábamos a dormir yo estaba convencido de que cada uno de nosotros merecía el Nóbel de la Paz.
7
  Por las mañanas, cuando sonaba el despertador, me quería morir.
  -Levanta, maricón.-me susurraba mi primo al oído-. Es la hora de la resignación.
  Entonces, haciendo esfuerzos sobrehumanos, yo entreabría un ojo y veía al hijoputa completamente vestido y repeinado, fumándose un petardo sentado en su cama. Taras de un educación deficiente. Volvía a mirar el reloj y desde el manotazo definitivo había pasado a toda leche un buen cuarto de hora.
  -Piérdete, mamón.-protestaba yo escondiendo la olla bajo la almohada-. Hazme un favor, vete al cuarto de baño y menéatela un buen rato.
  -Yo ya he bautizado el día.-decía el capullo-. Ahora te toca a ti.
 Y entonces yo me levantaba y los milagros me parecían posibles, y dando tumbos me plantaba en calzoncillos ante el lavabo, ponía la cabeza bajo el grifo, dejaba correr el agua y recitaba de memoria la lista de los reyes godos. Luego, tocaba enfrentarse al espejo por primera vez en el día. Era fascinante y aterrador. El espectáculo cuando enfocaba bien mi imagen, quiero decir. Todas aquellas venitas rojas en el blanco de los ojos eran una visión para mear y no echar gota. Parecían a punto de estallar.
 

8
   Entonces conocí a Svetlana. Fue después de una bronca con Roberta. Roberta no era una tipa, sino un gordito cuyo cargo en el staff era nada más y nada menos que el de director del departamento de housekeeping. En el Hilton todo era piramidal incluido, por supuesto, los sueldos, y se cumplía a rajatabla la primera máxima del sistema: el tío que más trabaja es el que menos cobra. Le llamábamos Roberta porque todos estábamos convencidos de que perdía aceite. No teníamos más pruebas que ciertos ademanes delatores que veían nuestros ojitos resacosos pero tampoco hacía falta más.
  Ocurrió una mañana que estaba particularmente hasta los huevos. Era la una del mediodía y aún me faltaban seis habitaciones por hacer. En todas ellas colgaba del pomo de la puerta el famoso cartelito “Do not disturb”, y la pregunta que te hacías a continuación era si todos estaban muertos, o si estaban follando, o si habían muerto mientras follaban. En cualquier caso no había nada que hacer así que para liberar tensiones te ponías a maldecir en hebreo, o en lo que podría haber sido algún tipo de dialecto africano. Estoy seguro de que en alguna parte del mundo se me habría entendido. Os juro que estaba solo, no había nadie a la vista. Cómo cojones se enteró Roberta sigue siendo un misterio.
  Un cuarto de hora más tarde, mientras comía con los compis en la cafetería, una manaza repleta de dedos gordezuelos se posó sin miramientos en uno de mis castigados hombros. Me volví. Era Roberta. Tenía cara de pocos amigos. Probablemente tenía pocos amigos.
  -¿Jose?.
  -¿Sí, Robert?.
  -Cuando acabes reúnete conmigo en la oficina. Tenemos que hablar.
  Aquí hay tomate, dijo mi primo que ya se conocía como las gastaba el puto gordo. Así que allí me fui después de tomarme un café y fumarme un cigarrillo en los vestuarios. No sabía qué coño me esperaba ni tampoco me importaba.
  Cuando entré en la oficina Roberta estaba tabaleando con sus deditos sobre el escritorio. Al verme giró sobre su silla, se ajustó las gafas y utilizó una expresión deliberada para mirarme. Yo tomé asiento y me quedé allí, devolviéndole la mirada, esperando. Evidentemente, el gordo pretendía que yo me pusiera nervioso y diera el primer paso pero le estaba saliendo el tiro por la culata. Podía apreciarlo en el color de su cara cada vez más roja. Entonces explotó y comenzó a sermonearme sobre el privilegio que para mí suponía trabajar en el Hilton. Era una oportunidad única en la vida, el Hilton era una empresa de prestigio en el mundo entero, y ese prestigio era nuestro crédito más importante, teníamos una reputación que mantener y bla, bla, bla. Atónito, soporté durante diez minutos aquella estúpida arenga sin enterarme de qué cojones iba la cosa. Cuando el gordito se desactivó no pude evitar preguntar.
  -Bueno, ¿y qué?.
  -Como que, ¿y qué?.-gritó Roberta manoteando en el aire-. Esto es el Hilton. Aquí no se pueden decir tacos y menos en español. Suenan peor.
  En eso estaba de acuerdo. Nosotros le poníamos más imaginación a la cosa. Herencias de nuestro rico acervo cultural.
  Ahora ya sabía donde estaba. Decidí jugármela.
  -No sé de qué me habla.-dije en el mayor tono de perplejidad que me fue posible.
  Creí que iba a darle un infarto.
  -No lo niegues.-rugió, señalándome con un rechoncho índice acusador-. Si no lo admites te abriré de inmediato un expediente disciplinario.
  Aquello daba un giro trágico al asunto. Si el gordito estaba dispuesto a joderme no tenía más remedio que admitir lo que fuera, incluso que, yo solito, me estaba cargando la capa de ozono a pedos. Un expediente podía suponer una semana de suspensión de empleo y sueldo, y eso era peor que estar doblando el espinazo.
  -No eran tacos.-dijo una voz temeraria.
  La mía.
  Estuve a punto de volverme para ver quién había sido el gracioso.
  -¿Cómo?.
  -Que no eran tacos. Eran versos de Neruda.
  -¿Neruda?. ¿Y ése quién es?.
  -Un tío que recita poemas en los vagones del metro. Es muy bueno.
  -¿En español?. ¿Y pretendes que me lo crea?.
  -Así es. Hay un poema donde habla de la sal de frutas, de ahí la confusión. Yo respeto mucho a todas las madres.
  Entonces se inclinó hacia delante y me miró. Tenía unas gafas de esas que aumentan el tamaño de los ojos estereoscópicamente o como coño sea. Luego se recostó en la silla y el respaldo crujió lastimeramente.
  -Intentas quedarte conmigo, ¿no es así?.
  -No.
  -Entonces, ¿qué pretendes?.
  -Nada.
  Mi actitud le desconcertaba. Nunca antes se había tropezado con alguien como yo al que todo le importaba tres pares de cojones. Decidió darse por vencido.
  -Está bien. Pero que te quede una cosa clara. Aquí no se puede hablar en español. Esto es Inglaterra.
  -Vale. ¿Puedo irme?.
  -Puedes irte.
  Y eso fue todo. Tan descojonado iba camino del ascensor que me equivoqué de planta. Tardé unos minutos en pisparme de la cosa. Di vueltas como un pollo sin cabeza buscando mi trolley que, misteriosamente, no aparecía por ninguna parte. Entonces la vi. Estaba a unos diez metros de mí cogiendo sábanas y toallas de su carrito. Una cascada de pelo rubio recogido en la nuca le caía por la espalda. Las líneas de su cuerpo, seguramente, habían sido diseñadas por dios en uno de sus ratos libres, y yo estaba allí contemplándolas como un idiota embobado.
  Entonces me miró. Su cara no era la de un ángel, ni siquiera tenía una expresión dulce pero, qué coño, nadie era perfecto. Guayabas como aquella me inspiraban sentimientos de poeta loco.
  -Hola.-saludé-.¿Eres nueva?.
  Sonrió cuando me reconoció como a un compañero de fatigas.
  -Estoy por agencia.-dijo.
  Eso de las agencias era una putada. Peña eventual, temporal y todo eso. Nunca tenías tiempo suficiente para enamorarte. Si conocías a una tía que trabajaba para una agencia y te hacía tilín, ya podías ponerte a rezar. O a iniciar las maniobras de desembarco de inmediato. En el mejor de los casos tenías unas semanas de tiempo para conquistar el estrecho del Bósforo. En el peor, un día de laborío. Recé por lo primero.
  Se llamaba Svetlana, era de Lituania y hacía un mes que vivía en Londres. No estaba sola. Se la cepillaba un tal Mijail que la acompañaba en su búsqueda de pastos más verdes. El hijoputa.
 

9
  Lo primero que hice al día siguiente fue intentar que me cambiaran a la cuarta planta.
  -¿Por qué?.-me preguntó Roberta.
  Llevaba una respuesta preparada. La única que se me había ocurrido después de hacerme una paja y estar toda la noche dándole vueltas a la almohada.
  -Estoy cansado.-dije.
  -¿Cansado?.-repitió el gordito como si no pudiera creérselo. Todavía estaba quemado del día anterior-. Cansado, ¿de qué?.
  -De hacer siempre las mismas habitaciones. Hay veces que no sé ni en que día estoy. Todos me parecen iguales. Creo que padezco stress laboral. Necesito un cambio.
  -Stress laboral. Un cambio. ¿Acaso crees que la cuarta planta tiene vistas al Támesis?.
  -No, señor. Pero tiene otras vistas.
  -¿Otras vistas?. ¿Qué quieres decir?.
  -La BBC, por ejemplo. Para mí es todo un símbolo de este gran país.
  -Ya, la BBC. Tú te traes algo entre manos.
  -Para nada, señor. Sólo intento preservar mi salud mental.
  -Tú nunca has tenido salud mental, Maldona.
  -¿Cómo dice, señor?.
  -Nada. Rellena esta solicitud y preséntala en la oficina de personal.
  Y eso hice.


10
  El Algeciras había pillado buen material. Polen de Marruecos. Casi nada. Un contacto paisano suyo se había hecho polvo la garganta tragándose más de cien huevos de hachís y había tenido la deferencia de comunicárselo. Habían hecho negocio en base a una más que buena relación calidad/precio. El costo rezumaba aceite con sólo hacer una ligera presión.
  -Lo peor fue que en el avión le entraron cagaleras y tuvo que tragárselo todo otra vez. El tío casi no puede hablar.-me comentó el mamón entre risas.
  Uno nunca pensaba demasiado por donde había pasado la mercancía mientras le daba al fumeque. Todos lo habíamos hecho alguna que otra vez.
  -Debe ser eso que dicen que la droga es mala.
  -Sí. Toma, prepáralo tú.                                                                                                            
  -Paso. Haz tú los honores.
  No me sentía con ganas de rituales y el Algeciras se las apañaba fetén. Era el único tío que conocía capaz de fabricar diez canutos idénticos en un plis plas. Su técnica era inmejorable. Tiraban de puta madre.
  Estábamos en su habitación, pertinentemente apalancados en la moqueta del suelo. Mientras fumábamos, el Algeciras puso un poco de buen hip hop español. La Mala Rodríguez al aparato y el Kamikaze haciendo los coros. Bueno, o lo que fuera que estuviera haciendo el hijoputa. El caso es que La Mala soltaba aquello de que sólo hay cabrones cobardes en este mundomierda y el Kami reforzaba la hipótesis desgañitándose a lo bestia: ¡CABRONES! ¡COBARDES!.
  -¿Sabes?.-dije repentinamente inspirado por los efluvios del moro-. Creo que tienen razón.
  -¿Quiénes?.
  -Esos dos. Piénsalo un poco, Paco. Nos pasamos la vida puteados como cabrones, explotados por el sistema y nunca nos revelamos.
  -Joder, es verdad.-dijo al cabo de unos segundos-. Es que sólo de pensarlo me entran ganas de salir y partirle la jeta a alguien.
  El Algeciras era muy dado a estas reacciones tan pimpantes. Cosas de la estatura, suponía yo. Como muchos bajitos había desarrollado una personalidad agresiva para compensar.
  Al día siguiente en el break de las diez me comunicó que mi bosquejo de soflama proletaria le había abierto poco menos que las puertas de la percepción. Como resultado, esa noche había escrito una de las páginas más gloriosas de su narrativa. Obnubilado por la prosa psicodélica de Burroughs, desde que leyó “El almuerzo desnudo” se había convertido en un zumbao del movimiento beatnik, había descubierto el placer de la escritura e inspirado por su maestro había conseguido transformar una tortilla de patatas en una masa purulenta de fécula aprisionada entre paredes de albúmina gallinácea. O algo así. Lo escribió bajo los efectos de una pirula  de largo recorrido.
  -Hay noches que escribo hasta veinte páginas, y por la mañana cuando lo leo es que no me lo puedo creer, colega.-me dijo en una ocasión.
  -Es bueno, entonces.-le decía yo.
  -Es una puta mierda. No vale ni para limpiarse el culo, ni para echarle la pota encima, ni para....
  Y así seguía durante un buen rato.


11
  Teníamos dos días libres por semana dentro de un programa de rotaciones. Podían ser alternos o seguidos y a veces se daba la circunstancia, bendita circunstancia, de que los dos días libres de una semana encajaban con un día libre del principio de la otra. Por azares del destino mi programa de rotas era el mismo que el de Aurora. Nadie más en la casa coincidía con nosotros. Al principio, pensé que aquello podía estar bien pero la mayor parte del tiempo la tía era fría como un pescado muerto. Íbamos a la National Gallery, nos apalancábamos ante los “Grandes bañistas” y entonces yo me ponía a hablarle de Cezanne y le explicaba que sin ese tío la pintura del siglo XX hubiese sido como un estanque sin patos. Daba igual. Si le hubiera dicho que el “Discóbolo” de Mirón era un monumento al voyeurismo se lo habría creído lo mismo. Era desesperante. La infalible táctica del amor intelectual no funcionaba. Por primera vez, debo decir. No conectábamos.
  Luego me enteré de que había un berzas por alguna parte que le había roto el corazón a mi pobre angelito. Y en eso andaba la tía, cerrando heridas, en plena fase de autofustigación por todo lo que pudo haber sido y no fue, cerrada a cal y canto a las llamadas de la sabia naturaleza y preguntándose qué cojones había hecho mal para que la convirtieran en la nueva Medea. Afortunadamente no tenía a mano ninguna cabeza que cortar.
  En fin, así estaban las cosas. Al menos hasta que empeoraron. Sucedió un día que me levanté más mamado que de costumbre. Antes de llegar al cuarto de baño tropecé con todo lo que dios había decidido que hubiera de por medio aquella mañana. El hijoputa siempre me lo ponía difícil. Hasta la puerta del bathroom se me resistía más que de costumbre. Empujé con todas mis fuerzas. El pestillo saltó por los aires. ¿El pestillo?. Tragué saliva. Aurora estaba en pelotas, bajo la ducha. Ni siquiera se cubrió. Estaba con los brazos a ambos lados del cuerpo. Y yo me quedé allí, anonadado, mirando su cuerpo desnudo. El bello púbico de su coño era como seda recién tejida. Sin problemas podía ver el inicio de su raja mientras mis calzoncillos apuntaban hacia Almería.
  -¿Qué coño estás mirando?.-preguntó como si encontrármela en pelotas fuera la cosa más natural del mundo.
  Aquello era algo que llevaba toda mi vida queriendo decir:
  -El tuyo, creo.
  Entonces, fue cuando se cabreó de verdad.
  -Sal de aquí inmediatamente.-gritó.
  Apenas podía reconocer mi voz.
  -No puedo.-dije.
  Y era verdad. Mis pelotas me tenían inmovilizado. Era un hombre sin voluntad. Hacía casi dos meses que no metía una de tres puntos y, bueno, ciertos mecanismos biológicos habían decidido por su cuenta que ya era el momento.
  -Gilipollas.-gritó Aurora.
  Y entonces cogió una toalla, se envolvió en ella y pasó a mi lado como un basilisco. De puro milagro, esquivé un codazo que habría dejado mi hígado para hacer paté.
  Estuvo una semana sin hablarme.


12
  Por lo general los contactos con los clientes, cuando estos se encontraban en la habitación, no pasaban más allá de un quítame allá esas sábanas, que era lo mismo que decir:”You need service?”. Si la respuesta era afirmativa, ¡bingo!. Hacías la cama en un plis plas, entrabas en el cuarto de baño a mirarte las canas en el espejo, hacías como que quitabas el polvo y si no te pedían pasar la aspiradora, en cinco minutos estabas fuera. En cualquier caso los clientes solían estar más interesados en otra clase de contactos.
  Un día, Sara topó con uno de esos capullos pajilleros cuyo talonario de cheques suele ser más grueso que su masa cerebral. Sarita entró en la habitación número tropecientos con su sonrisa más fetén, empujando un carrito cargado de viandas mañaneras y otras mariconadas. Si alguna vez ha habido alguno, aquello era sin duda un desayuno de últimas voluntades. En fin, lo que Sarita encontró allí no fue precisamente a alguien interesado en los avances de la dietética matutina. Al menos, no como podría pensarse. Como quien no quiere la cosa, el cliente, un tío de unos cuarenta y cinco años, la recibió en albornoz, la invitó a desayunar y le ofreció mil libras por un polvo. Sarita casi se atraganta con la tostada. No contento con ello, el muy capullo puso un fajo de billetes sobre la bandeja del desayuno y se quitó el albornoz dejando a la vista algo más que una empanada mental.
  Sara era una mujer de armas tomar, y a ella le iban a venir con crisis de madurez. A una descendiente astur del rey Favila, el tío ese que se había cepillado un oso con sus propias manos.
  -Me cago en tu puta madre, cabrón.-rugió-. Si no te cubres inmediatamente empezaré a gritar que me estás violando.
  El maromo se rajó como el casco del Titanic ante la visión de un cubito de hielo.
  Situaciones como ésta se daban en el Hilton con alguna frecuencia. La dirección del hotel estaba al tanto pero hacían oídos sordos a las quejas de sus empleados. ¿Qué cojones le ibas a decir a un tío que se dejaba un Potosí cada noche por el dudoso privilegio de dormir en el Hilton?. Sírvase usted mismo.
  De vez en cuando también surgían problemas entre los empleados. Otra vez la cosa sexual, ya sabéis. Había por allí un negro de dos metros llamado Jimmy que trabajaba de floor-porter. Los floor-porter eran los tíos que recorrían los pasillos empujando una enorme jaula con ruedecitas que tocaba llenar con las toallas y ropa de cama usada. Luego había que coger el ascensor de servicio, bajarla a la lavandería y vuelta a empezar. No cabía duda, Jimmy era un Sísifo de nuestro tiempo y tenía las manoplas más grandes que jamás he visto en mi vida. Yo estaba seguro de que dos de aquellos dedos de punta cuadrada eran capaces de cascar una nuez dejándola prácticamente incomestible. Con esas manos Jimmy podría haber explorado el Amazonas, escalado el Everest o haberse convertido en el sucesor de Glenn Gould, pero sus potenciales aptitudes quedaban obnubiladas por la potencia de sus cojones. Con ese cuerpo de tan elevados requerimientos el colega no pensaba en otra cosa, y lo peor de todo es que a veces se le iba la olla y llevaba a la práctica lo que estaba pensando.
  La última de Jimmy no tenía desperdicio. La víctima fue mi dulce Svetlana que tomó el mismo ascensor que el manazas en uno de sus viajes a los infiernos. Imaginároslo, aquel espacio tan reducido ocupado casi todo él por Jimmy y su jaula de trapos sucios y a escasos centímetros una doncella inocente ajena a los más lascivos pensamientos de que era objeto. Demasiado para su cuerpo. Así que el tío no se lo pensó dos veces antes de atacar, y sus zarpas saltaron hacia aquellas cosas blanditas  y tibias que tenía delante de sus narices.
  Casualmente pasaba yo por allí cuando se abrió la puerta del ascensor en la ground-floor, a tiempo de ver como una cabellera rubia pasaba a mi lado como una exhalación y al negrata del Jimmy cubriéndose una de sus mejillas de besugo con una mano. Cuando comprendí lo que había pasado le sonreí abiertamente. El negro y yo no nos tragábamos. Yo sabía que él era un hijo de puta acosador, y él sabía que yo sabía que él era un hijo de puta acosador.
  La cosa venía de atrás, de mis primeros días en el Hilton, cuando casi me rebana un pie con su carrito de los cojones. Ese día, yo solté un terapéutico “hijo de la gran puta” en mi lengua madre y, claro, desde entonces el negro me la tenía jurada y pasaba de ocuparse de la ropa que yo desalojaba de las habitaciones. Y es que para variar, en aquella torre de Babel, algunas cositas las entendíamos todos.
  Fui tras Svetlana sin perder un segundo más. Logré alcanzarla a las puertas de la cantina.
  -¿Te encuentras bien?.-le pregunté.
  Estaba a punto de romper a llorar. Pude verlo en sus ojos cuando me miró.
  -Estoy bien.-dijo ella, con voz apagada.
  Me di la vuelta mirando hacia un lado y a otro pensando qué hacer a continuación. Nunca se me había dado bien eso de consolar a la gente.
  -¿Quieres que entremos?.-dije, señalando la entrada a la cantina.
  Ella asintió casi imperceptiblemente.
  Una vez dentro, serví dos vasos de té de la maquina y le puse uno en la mano. Tenía dedos largos y finos, dedos de princesa sin reino.
  -Tómate esto.-le dije-. Siento lo que te ha ocurrido.
  -Gracias.
  -Podemos ir a la oficina a denunciarlo.-le propuse-. Te apoyaré en lo que digas.
  -No, no quiero líos.-dijo mirándome fijamente con sus ojos azul turquesa.
  Era superior a mis fuerzas. La tía allí toda afligida y yo pensando en el camino más corto para llevármela a la cama o adonde fuera. Eres un miserable, me acusó algún tipo de escrúpulo freudiano dentro de mi conciencia. Sí, le respondí, ¿y qué?. No podía evitar que se me formara un nudo en la garganta cada vez que estaba cerca de esta tía.
  -Será mejor que te lo bebas antes de que se enfríe.-dije, señalando el vaso de té.
  -Lo siento.-dijo con una sonrisa forzada-. No me gusta el té.
  -Oh, vaya.
  -No importa.-dijo levantándose del asiento-. Ahora tengo que volver al trabajo.
  -Sí, yo también.
  Al día siguiente, Jimmy lucía un aparatoso esparadrapo en un lado de su careto. Deseé que el arañazo se le infectara con el ébola o algún otro virus de efectos fulminantes.
13
  Un día una cliente, una oriental que parecía un luchador de sumo con sobrepeso me preguntó por un tal Peter. Me quedé pensando. ¿Conocía yo a algún Peter?.
  -¿Dónde está Peter?.-repitió interrumpiendo mi concentración.
  Yo había llegado tan pimpante dispuesto a cumplir con mis obligaciones contractuales y me encontraba con una maroma tocacojones de una tonelada de peso que me quería joder el día.
  -Lo siento, señora, pero no conozco a ningún Peter.
  -Sí, Peter.-insistía-. El chico que se encarga de esta habitación.
  -Señora, el chico que se encarga de esta habitación soy yo.
  -No, no puede ser. Tiene que haber un error.
  Empecé a sentirme culpable de no ser Peter. Si el tal Peter era inglés, probablemente era el único inglés que trabajaba de room attendant en todo el país.
  -No hay ningún error, señora.-dije pacientemente-. Aunque quisiera yo no podría ser Peter. Si tiene usted alguna queja del servicio llame a la oficina de personal y allí le atenderán. Mientras tanto me gustaría seguir con mi trabajo.
  -De eso nada.-dijo enérgicamente-. Usted se espera aquí mientras llamo por teléfono.
  Y allá que fue la tía y me dejó a una yarda de distancia mientras pillaba el auricular y tecleaba como una posesa. Más tarde descubrí que había estado a punto de cagarla. La susodicha era nada más y nada menos que una ejecutiva de Microsoft. Una agente secreta del puto Bill Gates, vamos.
  Lo que de todos modos no me esperaba es lo que ocurrió a continuación. Supongo que alguna vez todos habréis visto temblar un flan. Multiplicadlo por mil o por diez mil. As you like it. Es lo que yo estaba viendo en ese momento. A la gorda le estaba dando un jamacuco. Aquella enorme mole de carne, grasa y cartílagos comenzó a sacudirse como si fuera a entrar en erupción y se derrumbó entre sollozos incontenibles sobre una cama deshecha. ¿Qué coño estaba pasando?.
  A la hora del lunch, Lynne, una tía de personal a la que yo le caía bien, vete tú a saber por qué, me contó que Peter había muerto de leucemia un mes antes de que yo me incorporara a la plantilla del Hilton. Me sentí como un profanador de tumbas.


14
  Entonces llegaron las hormigas. Estábamos en Agosto y una mañana la cocina de nuestro flat apareció convertida en la fantasía de un oso hormiguero. Había hormigas por todas partes. Millones de hormigas que caminaban por sus autopistas invisibles con una determinación envidiable. Estaban en el suelo, en las paredes, sobre la encimera y su objetivo final parecía ser un vaso con coca cola que alguien había dejado olvidado sobre la mesa la noche anterior. Allí se habían congregado, alrededor del vaso, como si dentro de él se encontrara la clave del siguiente paso en su evolución. Algunas habían formado un círculo perfecto en torno a él, mientras que otras más atrevidas habían formado otro círculo perfecto en el interior del vaso. No estaba clara la función del resto de hormigas que recorrían sus caminitos en ambos sentidos como si les fuera la vida en ello. Pero todo parecía obedecer a un plan que, por supuesto, sólo ellas conocían.
  Estuvimos contemplando la escena largo rato antes de tomar una decisión. Nadie sabía qué hacer. En principio todos nos oponíamos a cometer una masacre con unos bichitos tan laboriosos que, para más inri, ni zumbaban, ni picaban ni eran desagradables a la vista.
  -Están más avanzadas que nosotros.-dijo el Algeciras.
  -Sí.-confirmó Paquito bostezando y rascándose los huevos-. Una vez lo vi en un documental. Tienen una estructura social muy superior a la nuestra.
  -Sí.-dije yo siguiéndoles la corriente-. Probablemente lleguen a Marte antes que la NASA, pero la pregunta del millón es, ¿Que cojones hacemos con ellas ahora?.
  -Tienen que venir de alguna parte.-dijo Aurora.
  Aurora llevaba un camisón transparente que quitaba el hipo. Aquel día ella y yo librábamos y en pocos minutos el marrón iba a ser sólo para nosotros.
  -Sí. La verdad esta ahí fuera.-dije. Esa mañana estaba particularmente sarcástico.
  Aurora me lanzó una mirada asesina.
  Dios, pensé, me la tiraría ahora mismo.
  -Tengo una idea.-dijo Sara de pronto.
  Y antes de que nadie pudiera detenerla se puso manos a la obra. Cogió el vaso cargado de hormigas que parecía ser el origen del mal, lo colocó en el fregadero y abrió el grifo. Entonces fue cuando se jodió de verdad el asunto. Las hormigas perdida su referencia, algunos dicen que telepática, se volvieron completamente locas. Lo que hasta ese momento eran caminitos organizados se convirtió en la carrera de los coches locos. Iban en todas las direcciones y sentidos posibles, y parecían cabreadas, muy cabreadas. En un abrir y cerrar de ojos estaban por toda la casa.
  Aurora y yo estuvimos toda la mañana combatiendo la invasión. Tratamos por todos los medios de que el ejército enemigo tuviera el menor número de bajas posibles, pero no siempre lo conseguíamos. Utilizábamos un cepillo para la ropa y una bolsa donde íbamos introduciendo las hordas de hormigas conforme iban siendo barridas. Lo hicimos lo mejor que pudimos. El resultado final fue una masa negra llena de vida que liberé en un jardín que había detrás de la casa.
  Cuando regresé, Aurora estaba sentada en la cocina, junto a la ventana. Parecía una escena de un cuadro de Munch. Una gota de sudor le corría por la sien. No pude evitarlo. Pegué mis labios a su frente y lamí aquella gota. Ella no se resistió. Aspiré su olor, besé su piel blanca con ansia y la mordí suavemente en la nuca. Aurora suspiró. Entonces la cogí en brazos y la llevé a mi cama. Allí, las yemas de mis dedos recorrieron su cuerpo hasta quedar saciadas. Señor o lo que coño seas, pensé, gracias por hacer que esto esté ocurriendo. Gracias por las hormigas.


15
  Poco después de tan fausto acontecimiento me fue aprobada la solicitud de cambio de planta. Había pasado cerca de un mes y para entonces, como me temía, Svetlana había volado. Al menos había recopilado un buen material pajero para casos de emergencia. La vida podía ser muy cruel.
   Las sesiones con Aurora continuaron, cada vez con más frecuencia. Aprovechábamos nuestros días off para hacer prácticas y, en poco tiempo, llegamos a un nivel de perfección que aburría. Supongo que me dejé llevar por mis cojones. Cuando quise darme cuenta me hallaba atrapado en una dinámica perversa que no sabía a dónde coño iba a parar.
  Uno de estos días, Aurora me enseñó una foto de Jasón. No me lo podía creer. Un patético cuatro ojos más feo que pegarle a tu madre. ¿Era eso por lo que había hecho clausura esta tía?. Si tenía alguna duda, aquello ya me terminó de confirmar que el amor además de ciego era tonto. No sé si alguien lo habrá dicho antes, pero ahí queda, por si acaso.
  Esto me planteaba dos espinosos interrogantes del tipo “¿dónde me sitúa esto a mí?”. Por un lado, en ningún momento yo había pedido tamaña muestra de confidencialidad. Por otro, bueno, ¿qué cojones significaba aquello?. Aurora me sonreía, y seguía haciéndolo mientras hacía trizas la foto del cuatro ojos.



16
  Hubo una fiesta. El cumpleaños de Leo, un argentino de esos que le cantan una oda al sol para decir que hace buen tiempo. Era sábado y desde las once de la mañana los capullos que disfrutábamos de un día libre nos lanzamos a recorrer veintisiete estaciones de metro que eran los años que cumplía el pampero. En cada una de ellas, y hasta donde alcanzaran las posibilidades de tu bolsillo, nos echábamos al coleto una pinta de birra, o media pinta, o lo que cojones quisieras tomarte para celebrarlo. Si es que había algo que celebrar, para mí todo aquello no era sino una excusa como otra cualquiera para correrme una buena juerga alcohólica. De ésas para recordar.
  Aún no me explico como no nos detuvieron. Formábamos una pandilla patética de borrachos sin rumbo. Había un tío que llevaba un mapa del metro con un itinerario marcado con cruces y que debió perder a las primeras de cambio. Era un día para llevar cruces, desde luego. Partimos de Oxford Circus y al principio, más o menos, todo fue bien. Luego, cuando íbamos por la sexta estación ya estábamos buscando  como desesperados un sitio donde mear. En la décima todo eran risas y abrazos y buscábamos como desesperados un sitio donde mear. En la decimoquinta la gente empezó a vomitar y a dormirse en los vagones. Cada vez quedábamos menos. De los veintitantos tíos que empezaron la función apenas continuaban la mitad. Era como hacer un parte de guerra. Las bajas se sucedían una tras otra. Yo intentaba animar al personal pero alguno parecía que iba a entrar en coma etílico de un momento a otro. Casi al final del recorrido éramos seis los cabrones con aguante. Para entonces, nos sentíamos como hermanos.
  A casa de Leo sólo llegamos cuatro. Eran las siete de la tarde. Y allí comenzó de verdad la fiesta. Lo primero que hice nada más llegar fue ponerme a vomitar. Pensé que no iba a acabar nunca, pero toda aquella cerveza tenía que salir por alguna parte. Mi pijo sólo no daba abasto.  Cuando salí del cuarto de baño me sentí bastante mejor. Allí estaba todo el mundo. Los compis de South Ealing y de otras latitudes, pegándose un dancing y empinando el codo. Había dos tías que se lo montaban guapamente. Me acerqué a Leo.
  -¿Qué hay de esas dos?.
  -Olvídate.-me dijo-. Esas dos están vendidas.
  Aquello me puso de mala leche. Ya se sabe, los borrachos tienen un humor bastante errático. No se me ocurrió otra cosa que ponerme a hacer el ganso y darle la barrila a las tías esas. Craso error. Un armario que hacía de novio de una de ellas vino a describirme con todo lujo de detalles lo que me pasaría si seguía por ese camino.
  -Calma y tranquilidad, compañero.-le dije plegando velas.
  Después de eso hay un considerable espacio de tiempo donde no recuerdo lo que estuve haciendo o diciendo. En algún momento, sufrí una bajada de tensión o algo por el estilo y me dormí o me desmayé. Desperté tumbado en un sofá con la cabeza apoyada en el regazo de una tía. Miré a ver. Seguramente estaba soñando. Era María, la portuguesa. Me estaba acariciando el pelo de una forma que me pareció muy erótica. Casi me empalmo. Se me ocurrió que tal vez nunca volvería a estar más cerca de su coño de lo que lo estaba en ese instante. Decidí dar señales de vida.
  -Eres bella, María.-dije.
  María posó sus hermosos ojos negros en mí. Podía oler su aliento a fresas.
  -¿Ya estás bien, Yose?.-preguntó alegremente.
  -No. Nunca estaré bien si tú no estás conmigo.
  Ella se rió. Menuda mariconada acababa de soltar.
  La fiesta seguía a nuestro alrededor. Algún gilipollas comenzó a cantar el cumpleaños feliz y hubo quien se animó a secundarlo.
  -Estás borracho.-dijo María.
  -Y tú preciosa. Podría quedarme así el resto de mi vida.
  -Eso suena muy dulce.
  -Lo digo en serio. Los primeros años los dedicaría a explorar tus ojos, luego pasaría otra buena temporada enredando con tu cabellera, te pellizcaría repetidamente la punta de la nariz y jugaría con tus orejas. Y sólo cuando fuésemos dos viejecitos besaría tus labios.
  -¿Y cuándo comeríamos?.
  -No comeríamos. El dios del amor se ocuparía de nosotros. Es un tío listo. Su supervivencia depende de que la gente enamorada no desaparezca del mapa.
  -Estás loco, Yose.
  -Bueno, supongo que sí. La vida es una locura si uno no está lo suficientemente loco. Así que creo que no voy a esperar hasta que seamos viejos para besarte.
   Me incorporé y pegué mis labios a los suyos. Tras un momento de duda ella respondió. Aquello estaba bien de verdad. Metí su carne en mi boca y entonces, por primera vez, comencé a ser consciente de lo que estaba ocurriendo. Me aparté.
  -¿Qué ocurre?.-preguntó ella.
  -Vámonos.-le dije.
  Fuimos a un hotel. Nuestra vida siempre se desarrollaba en un hotel. Siempre estábamos entrando o saliendo de uno.

 
17
  Por la mañana sentí como María abandonaba su lado de la cama. Abrí los ojos. Estaba vistiéndose junto a la ventana. La luz del amanecer recortaba su cuerpo. Eran aproximadamente las siete y media.
  -María, ¿dónde vas?.
  Ella se acercó y me pasó la mano por el pelo. Le gustaba hacer aquello y a mí, qué cosas, me gustaba que lo hiciera. Me hacía sentir como un niño.
  -Hoy tengo trabajo, Yose.
  -Mierda, no vayas. Llama y di que estás enferma.
  -No puedo hacer eso. Estaría mal.
  -Coño, el mundo está lleno de cosas que están mal. Una más no importa.
  -A mí sí.-dijo.
  Entonces me besó. Mi aliento debía saber a rayos pero aún así me dio un poco de su lengua y jugué con ella.
  -Me gustas, María.-dije.
  Ella sonrió.
  -Duérmete, Yose.
  Y me quedé solo.


18
  Cuando llegué a South Ealing Aurora no respondió a mi saludo, ni siquiera me miró. Estaba de espaldas a mí fregando unos platos y vasos del día anterior. Era domingo y hacía una bonita mañana para dar un paseo por los alrededores. Desistí de proponérselo, me senté y me puse a observarla. Por la posición de los hombros de una mujer uno podía saber con un margen mínimo de error el grado de cabreo que la poseía. Aurora tenía los hombros casi a la altura de las orejas y desde mi llegada el movimiento de sus brazos se había vuelto brusco y deliberado. Parecía estar a punto de mandarlo todo a la mierda.
  -¿Quieres un café?.-dijo de pronto.
  El tono natural de su voz no me sorprendió. Las mujeres siempre daban rodeos cuando tenían una presa a la vista. Era parte de su naturaleza. Se tomaban su tiempo.
  -Sí, ¿por qué no?.
  Encendí un cigarrillo, y en ese momento identifiqué un murmullo que había estado semioculto por el chorro del grifo desde el mismo instante que entré en la cocina. Un murmullo hirviente y amenazador. Era el borboteo de la cafetera que expulsaba chorros de vapor como un volcán a punto de entrar en erupción.
  Aurora se volvió con una taza de lava ardiente en las manos. Vi el brillo en sus ojos. Demasiado tarde. Me lanzó el café directamente a la entrepierna y yo me eché hacia un lado intentando salvar como fuera mis pelotas. Elegí el lado malo, me golpeé la cabeza contra la pared y acabé tirado en el suelo en una postura ridícula mientras gotas de café caían de la silla tamborileando sobre mi zapato. Me levanté como pude.
  -¿Qué coño pasa contigo?.-le grité.
  Entonces comenzó. Al principio sólo se movían sus labios, casi de un modo imperceptible, sin ningún sonido. Luego un susurro furioso, ronco, fue afluyendo, como si estuviera recitando un mantra que resultó ser uno de los más universales.
  -Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta....
  Nunca me lo habían dicho tantas veces seguidas. Me acerqué a ella, la cogí por las muñecas y la sacudí un poco para hacerla parar. De alguna manera estaba impresionado. Nunca hubiera imaginado que Aurora tuviera tantos cojones.
  -¿Por qué lo hiciste?.-me soltó.
  -¿El qué?.
  -Te la has follado, ¿verdad?. Tenías que hacerlo.
  -¿De qué coño estás hablando?.
  -¿Me tomas por idiota?. ¿Crees que no vi como la besabas y te ibas con ella?.
  -¿Con María?. Bueno, y eso qué importa. ¿Desde cuándo tú yo estamos juntos?. Ilumíname porque todavía no me he enterado.
  -Eres un hijo de puta insensible. Yo no le doy mi coño a cualquiera, ¿sabes?. Cuando follo con alguien no follo con nadie más.
  -Me parece muy bien. ¿Quién es el afortunado?.
  -¡Serás cabrón!.
  Y entonces rompió a llorar y se me encendió la bombilla. Coño, aquello si que era una sorpresa. Aurora estaba sufriendo un ataque de celos o, lo que podía ser aún peor si no lo mismo, estaba por mí.
  -Lo siento, nena.-dije cogiéndola por los hombros-. No quería herirte.
  -Vete al carajo.-dijo sollozando, y me miró a través de sus lagrimas.
  Lo que vi en sus ojos era suficiente para salir corriendo y no parar hasta llegar a Heathrow, pero en lugar de eso le acaricié el pelo como un gilipollas. Entonces empezó a calmarse y apoyó su cabeza en mi pecho.
  Estaba en un lío.


19 
  De vez en cuando me encontraba con Elíseo en la cafetería y teníamos charlas que a mí me parecían la mar de instructivas. Elíseo llevaba veintisiete años de cocinero en el Hilton, era de Málaga, medía metro y medio y tenía dificultades para pronunciar la erre. Lo primero que uno pensaba al verlo era “este tío parece Alfredo Landa con una peluca afro”. Lo segundo era algo parecido a “este tío no la mete ni p’atrás” . Pero ya se sabe: las apariencias engañan. Elíseo había corrido mundo para escribir su vuelta en algo más que ochenta polvos. Tenía un vástago con una inglesa en alguna parte del país y cumplía religiosamente con su manutención. Hacía como diez años que no veía al pimpollo pero tampoco le importaba. El tío era una conciencia libre, no quería más lazos que los de sus zapatos.
  En una de nuestras primeras charlas sobre la cosa sexual me interesé sobre sus preferencias.
  -¿Cuáles son las mejores, Eli?.
  -¿Las mejores?. Las indias.-respondió rotundo.
  -¿Las indias?.
  -Las indias.-se lo pensó un momento-. Y también las negras.
  -¿Las negras?.
  Como podéis ver yo hacía de eco todo el tiempo.
  -Las negras. Las negras parece que tienen un horno. La metes y te la queman.
  La verdad  es que esta revelación me dejó bastante pensativo. En cualquier caso me quedé sin saber por qué las indias eran las mejores.

  Aquella mañana yo andaba bastante perdido cuando vi al bueno de Eli en la cantina, tomándose su tradicional taza de coñac con un poco de café en una mesa del fondo. Era una oportunidad para tratar con un compadre bastante ducho en la materia.
  -Tengo un problema, viejo.-dije-. Es sobre un par de coños.
  -Siempre dan problemas, sí.-filosofó Elíseo-. Pero, ¿qué haríamos sin ellos?.
  -Sí, no quiero ni pensarlo.-admití.
  Entonces nuestras miradas se cruzaron durante un segundo y Eli me guiñó un ojo como un puto bujarrón.
  -Eh, a mí no me mires, viejo.-protesté riéndome.
  -Definitivamente es mejor no pensarlo.-convino dando un sorbo a su mejunje-. Cuéntame lo que te atribula, hijo mío.
  Se lo conté.
  -Esto me recuerda una historia que viví en Alemania cuando emigré en los sesenta. Esas alemanas follaban como perras. Sólo de recordarlo se me dispara la tensión. Mira debajo de la mesa.
  -Vete a tomar por culo, maricón. Me lo cuentas, ¿o no?.
  Las historias de Elíseo eran mejores que los documentales de la National Geographic sobre el apareamiento de los osos polares.
  -¿Cómo explicártelo?.- se ponía el hijoputa  como si se hubiera follado a la Venus de Milo-. Aquellos culos todavía me persiguen en sueños. Uno de ellos era el de la hermana de un amigo mío. Yo vivía entonces en su casa mientras trabajaba en una fábrica de conservas. Enlatábamos piñas tropicales. La jodía era fea de cojones, pero tenía un culo duro como la piedra. Y hacía todo lo que le pedías, y estaba dispuesta a todas horas, una auténtica máquina. Ya te digo, una mañana me desperté mientras me la estaba chupando. La otra tía era una empleada de la fábrica. A ésa la pillaba en los descansos. Nos escondíamos en cualquier almacén y allí, casi a diario, le daba lo suyo. A ésta tenía que taparle la boca porque gritaba como una puta endemoniada cada vez que la embestía. Un día nos metimos en una nave no muy grande llena hasta los topes de piñas. Había toda una pirámide con toda la pinta de venirse abajo de un momento a otro. Y tampoco hicimos nada por evitarlo, la verdad. Acabamos enterrados bajo un montón de piñas que me pinchaban y me arañaban el culo. Para mí fue muy incómodo, pero ella disfrutó como una perra. Daba auténticos alaridos, la condenada. Debajo de todo aquello era imposible que nadie la oyera. Yo era joven entonces y no tenía problemas de fiabilidad. Podía con todo lo que me echaran, pero todo lo bueno se acaba.
  -¿Qué pasó?.-pregunté.
  Eli se tomó su tiempo para encender un cigarrillo y ocultarlo bajo la mesa. Estaba explícitamente prohibido fumar en la cantina, pero si no había ningún jefazo a la vista todos lo hacíamos alguna vez.
  -No mucho.-continuó-. No sé cómo, se enteraron de que no tenían la exclusiva de mi polla y ninguna estaba dispuesta a compartirme, así que tuve que elegir.
  -Cojones.
  -Me quedé con la que tenía el culo más gordo.-dijo con una sonrisa triste.
  -Un mal menor.
  -Créeme. Al final el tiempo pasa y las cosas ocupan el sitio que tienen que ocupar. Hagas lo que hagas.
  Todo un filósofo este Eli.
 
 
20
  Tomar decisiones era el aspecto más jodido de la vida. Uno se levantaba y, zas, ya estaba decidiendo cosas. Algunas como mear o aliviarte las pelotas eran puro automatismo, pero otras había que pensarlas, calibrarlas, sopesarlas, considerarlas, reconsiderarlas, reflexionarlas, meditarlas y al final estabas como al principio. Entonces necesitabas un poco de ayuda extra y recurrías a la priva. Había algunas variaciones interesantes sobre el tema, pero la vuelta de tuerca la dabas cuando tenías que tomar una decisión sobre la misma priva. Tamaño dilema era posible en el minibar de las habitaciones del Hilton. Estaba bien surtido el hijoputa, con botellines de esos que dan en los aviones, tamaño David, el gnomo. Los ojos te hacían chiribitas cuando veías todo aquel bebercio al alcance de la manopla. Aparentemente, sólo tenías que alargar la mano y voila. Pero la cosa no era tan fácil. Los capitostes del Hilton había pensado en todo. Cada uno de los botellines estaba situado estratégicamente sobre un sensor que, una vez liberado del peso que lo mantenía quieto parao se disparaba, el cabronazo, como si hubiéramos entrado en defcon 1. Entonces llegaba el gran momento. Tenías quince segundos para decidir qué hacer. Los segundos pasaban a carajo sacao uno, dos, tres, cuatro y tú allí, con la botellita de marras entre los dátiles sin saber si te apetecía más un Tía María o un Ponche Caballero. Si, no convencido del todo, la volvías a colocar en su sitio antes de que expirara el plazo fatal, la cosa no pasaba a mayores pero, si decidías alegrarte el cuerpo, la señal activada continuaba su camino hasta algún ordenador donde quedaban registradas la fecha y la hora del piscolabis. Luego, todo aparecía asquerosamente detallado en la factura del cliente así que era bastante temerario jugársela a alguno. El riesgo y el canguelo posterior eran considerables. Eso sí, si el tío se limitaba a soltar la morterada y no se pispaba de la faena, miel sobre hojuelas.
  De todos modos, había un sistema infalible para expoliar el minibar y de paso burlar la vigilancia de los sensores chivatos. La cosa era bien sencilla y, probablemente, yo no era el primer lumbreras que había visto a la Virgen María. Sólo tenías que hacerte con una de las puñeteras botellitas vacía, en una papelera mismo, llenar su continente de agua e intercambiarla por una de las de pata negra antes de que pasaran los dichosos quince segundos. Luego, repetías la operación tantas veces como quisieras brindar por los miembros de la familia real británica, y ya estaba. Como robarle un caramelo a un niño. Un modo fácil de ponerse hasta los higadillos a costa de la empresa.


21
  De nuevo estaba con María. Esta vez, en la cafetería del staff. Era la primera vez que coincidíamos en un descanso después de echar el polvo del siglo. Habían pasado tres días desde entonces.  María parecía radiante. Tenía una rara cualidad. Cuando estabas con ella todo se desarrollaba de forma suave, casi perezosa.
  -No lo entiendo.-dijo de pronto.
  -¿El qué?.
  -Por qué estás aquí, haciendo este trabajo.
  -Bueno, los he tenido peores.
  -A eso me refiero.
  -No soy ambicioso. La gente se deja el alma en cosa estúpidas. Yo no soy así, eso es todo.
  Entonces, María dijo:
  -Quiero que te vengas a vivir conmigo.
  -¿Por qué?.
  -Me gusta como eres. Te considero un tío interesante.
  -Bueno, algunos de mis profesores no pensaban así. Todos creían que era un anormal.
  -Yo no.
  -Eso ya lo veo. Déjame pensarlo.
  -¿Cuánto tiempo?.
  -No lo sé.
  -¿No te gusto?.
  -Si dijera que no, estaría para que me encerraran y tiraran la llave.
  -¿Entonces?.
  -Soy yo. Nunca estoy suficientemente seguro de nada. No me gusta tomar decisiones.
  -Saldría bien.
  -Dame un beso.
  -Aquí no.
  Fuimos a la cuarta planta y entramos en una habitación desocupada. Cuando cerré la puerta nuestras dentaduras chocaron con hambre, apreté su cuerpo contra el mío y la llevé en volandas hasta la cama. Intenté levantarle la falda y bajarle las bragas pero ella me lo impidió.
  -No.-dijo-. Hoy no me apetece así.
  Entonces cogió la cabeza de mi polla, que asomaba por encima de mis calzoncillos, y se la metió en la boca.


22
  Fue por esa época cuando aparecieron en South Ealing, más bien expulsados que caídos del cielo, dos colegas de nuestro ínclito Algeciras. Una parejita, para ser justos al espíritu de la ley. Tanto uno como otro llevaban el pelo a lo rasta y piercings hasta en las pestañas. Eran novios o algo parecido y habían cruzado la frontera cargados de psicodélicos presentes para su antiguo compi de hermandad. Urko y Ana, así se llamaban. Venían para un par de días, decían, y allá que les hicimos un sitio para que los chavales pudieran retozar a sus anchas.
  -Bueno, troncos.-dijo el Algeciras frotándose las manos-. A ver, qué me habéis traído.
  Ana abrió su mochila y puso la mercancía sobre la mesa de la cocina. Parecía increíble que todo aquello pudiera caber en un coño. Esa tía no tenía fondo. Allí había costo para flipar durante una larga temporada.
  -Mierda de la mejor, Paco.-dijo Urko-. Como nos pediste.
  -Gracias, tío. Luego hacemos cuentas.
  -Dáselas a mi chorva. Ella ha hecho todo el trabajo.
  Entonces habló Paquito que había estado todo el tiempo callado con cara de estar perdiéndose algo.
  -¿Cómo habéis conseguido pasar todo esto?.-preguntó.
  Todos nos volvimos a mirarle. Incluso la pobre Ana con cara de estar pensando, ¿de dónde ha salido éste?.
  -Necesito lavarme.-dijo-. Creo que tengo un poco de irritación.
  Las niñas en ese momento no estaban en casa así que me ofrecí a acompañarla al baño. Antes de cerrar la puerta Ana había comenzado a desnudarse. Tenía un buen par de piernas.
  Volví con los tíos a la cocina y empezamos a hablar de algunas de nuestras experiencias con las drogas. Paquito era el más pionono de todos. Apenas un par de porros y poco más. Mi primo, en cambio, nos contó la historia de su primera experiencia con un tripi.
  -Creí que me moría, tíos.-decía-. Nunca en mi vida me he sentido peor. Estuve dos días hecho polvo con taquicardia y dolores de cabeza. No podía dormir y casi no podía andar. Hasta que la mierda salió de mi sangre parecía un viejo de ochenta años.
  -Te vendieron estricnina, colega.-dijo Urko.
  -¿Estricnina?.
  -Sí, mezclada con algo de anfetas. Es lo típico.
  -Vaya mierda.
  -Yo preparo unos tripis caseros que te cagas.-dijo el Algeciras-. Es una pena que no tenga aquí el material.
  -Ya podrías.-dijo Ana regresando del cuarto de baño-. Tengo el coño bien jodido.
  Venía en bragas y camiseta, y con toda naturalidad encendió un cigarrillo y se sentó con nosotros.
  -Y tú,-dijo dirigiéndose a su media naranja- ya puedes ir olvidándote de meterla una buena temporada.
  Urko le sacó la lengua. El tío tenía un tic bastante irritante con un imperdible que le cruzaba la ceja derecha. No paraba de abrirlo y cerrarlo constantemente, clic-clac, clic-clac. Yo lo miraba con ganas de preguntarle: coño, ¿para qué te hace falta eso?, pero temía herir su sensibilidad.
  Entonces alguien dijo de liarnos unos canutos de maría y nos pusimos a ello.
  La yerba estaba de puta madre. A pesar del periodo de reclusión vaginal conservaba las propiedades adecuadas. Cerrabas los ojos y flotabas. Abrías los ojos y nada te importaba. Era el estado perfecto para un tío como yo.
 

23
  La yerba y el resto del material no me ayudaban a aclararme las ideas. Con respecto a María y su propuesta, quiero decir. Siempre me las había apañado bien sin tener que vivir con una mujer. Había leído un mazo de libros, suficientes para saber que las únicas historias de amor que merecían la pena ser escritas acababan todas en tragedia. De las otras historias nadie hablaba, tal vez porque después de follar nunca ocurría nada hasta que volvías a follar. Y esa posibilidad me acojonaba.
  Una de esas mañanas que me levanté k.o. el Algeciras me dijo:
  -Tienes mala cara, chaval.
  Yo lo miré a mi vez y pensé, quién coño fue a hablar.
  -Tú mismo.-le solté.
  -Ten.-dijo dándome una pastillita de colores-. Tómate una de éstas.
  -¿Qué cojones es?.-pregunté.
  -Energía en estado puro, chaval. Tú tómatela y luego me cuentas.
  Me la tomé, pero la cosa no parecía surtir efecto. En el metro iba tan amuermado como siempre, incluso tenía más sueño del habitual a esas horas. Entonces, de un segundo para otro, todo empezó a cambiar. Miré a mi alrededor. Miré a la gente que un momento antes me resultaba tan indiferente y sentí empatía por todos ellos. Los veía leer sus periódicos, agarrar sus carteras de ejecutivo, dormir en sus asientos y pensaba, coño, después de todo hacen lo que pueden. No está tan mal. Hacen que el mundo funciones de alguna manera, al menos.
  Entonces, cuando llegamos al Hilton, me convertí en el hombre radioactivo. A las once de la mañana había arramblado con ocho habitaciones y me sentía con ganas de cantar el aria del catálogo de Leporello. La pastillita funcionaba a tutiplén. No sabía qué hacer con tanta energía. Me movía de un lado a otro como si tuviera el baile de San Vito. El subidón era de los que hacen época.
  Cuando acabé con mi faena aún tenía más ganas de marcha. Fui en busca de Aurora que estaba en la quinta planta y me puse a echarle un cable. La pobre tía iba todavía por la sexta room.
  -Se puede saber qué es lo que te pasa.-dijo al ver mi hiperactividad.
  -Un regalito del Algeciras. El hijoputa me ha dado una pirula que podría llevar al paro a la mitad de nosotros. A propósito, querida, estás como un queso. Te jodería ahora mismo.
  Aurora sonrió.
  -Ni se te ocurra.-dijo.
  Al caer la tarde, la cosa comenzó a enfriarse, y junto con el bajón físico me vino el anímico. La gente en el metro de vuelta a South Ealing me parecía tan insípida como siempre. No había esperanzas para la humanidad.
  Por la noche aún fue peor. El insomnio, que ya de por sí era una constante en mi vida, redobló sus esfuerzos para que no pudiera pegar ojo. Me levanté, cogí un libro, Obras selectas de Chinaski, y me senté en la cocina a leer un poco. Al rato, escuché movimiento en alguna parte de la casa. Estaba leyendo una historia de un tío que había matado a su mujer hasta que Ana entró en la cocina. Iba en bragas. El resto de su ropa se había quedado en la habitación. Se sentó enfrente de mí, sobre un barril de cerveza vacío al que le habíamos puesto un cojín para alivio de nuestros culos.
  -Hola.-saludó.
  -Hola.
  -¿Qué lees?.
  -Una bagatela. La historia de un tío al que le tocó la lotería y fue atropellado por un coche cuando iba a ingresar el boleto en el banco.
  -¿Y murió?.
  -No, se gastó todo el dinero en operaciones para poder recuperarse.
  -Creo que una vez escuché una historia parecida.
  -Sí, debía de ser el mismo tío.
  Entonces Ana puso sus dos pies sobre el cojín y se abrazó las rodillas. Su nueva postura  apenas dejaba nada a la imaginación. No era difícil adivinar lo que iba a venir a continuación.
  -No puedo dormir, sabes.-dijo remoloneando.
  -Bueno, yo tampoco.
  -Vamos a joder. Estoy cachonda.
  -No creo que sea buena idea.-protesté-. Tu guayabo está ahí, a la vuelta de la esquina.
  Antes de que terminara de hablar sus bragas habían caído al suelo. Llevaba el bello púbico recortado en forma de corazón. Muy romántico.
  -No te preocupes por Urko, el morazo le durará hasta mañana.-dijo sentándose en mis rodillas.
  -Espera, espera. No puedo hacerlo. Esto está lleno de gente.
  En realidad sólo estaba pensando en Aurora.
  -No haremos ruido.-dijo.
  Entonces estampó su boca contra la mía. Y fue casi como besar una cerradura. Tenía un piercing en el labio superior, otro en el inferior y una chincheta en la lengua. Me sentía extraño con todo aquello en la boca. Me detuve.
  -¿Qué pasa?.-preguntó.
  -No puedo besarte con todo eso. Pierdo la concentración.
  -Está bien.
  Primero se quitó el piercing del labio superior y luego el del inferior.
  -¿La chincheta también?.
  Hice una concesión.
  -La chincheta puede quedarse si quieres.
  Comenzamos de nuevo. Esto estaba mejor. Iba contra mis normas meterme en casa ajena, pero a esas alturas de la película la tenía como un garrote. Ana se montó a horcajadas sobre mí y empezamos a darle a la cosa. Entonces me detuve de nuevo. Algo no iba bien.
  -¿Qué pasa ahora?.
  -No lo sé. Mi polla choca con algo ahí abajo.
  -Es mi piercing de la suerte.
  -¿Tu piercing de la suerte?.
  -Sí, un hexagrama del I Ching. Me da el punto justo. ¿Quieres que me lo quité?.
  -No, será mejor que no. Creo que podré acostumbrarme.
  Y esta vez continuamos hasta el final.
  Urko y su chorva dejaron la casa tres días más tarde, y durante ese tiempo Ana no paró de pasarse la lengua por los labios cuando me miraba. Seguramente yo le daba sed.


24
  Entonces llegaron el príncipe de Qatar y su séquito. Ocurrió el mismo día que se averió la alarma de incendios en el staff house de South Ealing. Y fue como una premonición de lo que se avecinaba.
  La primera vez se disparó a las cuatro de la mañana en plena fase de sueño profundo. Creí que me iba a dar un infarto. Pegué un bote en el colchón como si me hubieran aplicado un electroshock. El puñetero chisme aullaba como un hereje torturado por la Inquisición. Cada habitación tenía su propio detector de humos con alarma incorporada así que ya os podéis imaginar como sonaba la canción. Parecía que los alemanes habían vuelto y que estábamos en un refugio antiaéreo esperando a que cayeran las bombas, pero las bombas no caían y la sirena no paraba de aullar.
  -ME CAGO EN LOS MUERTOS.-rugió el primo saltando de la cama-. OTRA VEZ ESA MIERDA.
  -¿QUÉ PASA?.
  -LA PUTA ALARMA ANTIINCENDIOS.
  -¿QUEEÉ?. NO JODAS.
  Mi tocayo ya se conocía el percal y salió al pasillo como si fuera a echar una meada nocturna. Fui con él. En la entrada del edificio había un panel de control y, en él, una lucecita roja parpadeando rabiosamente. También había una llave para desconectar la alarma. La giramos y se hizo el silencio.
  Entonces, escuchamos a un perro aullar como un desesperado por alguna parte. Le habíamos chafado el plan.
  -Ha sido en el ocho.
  -Bueno, ¿qué hacemos?.
  -¿Subimos?.
  -Subimos.
  Subimos, llamamos a la puerta y hablamos mientras esperábamos.
  -¿Quién vive aquí?.
  -Pues no lo sé, tío. Últimamente le he perdido la pista a estos mamones. No paran de entrar y salir, se buscan otra acomodación y un día ya no los guipas más.
  -Parece que no sale nadie.
  -Pues no.
  -Será mejor que nos vayamos a sobar.
  Entonces se abrió la puerta. A mi primo casi le da una lipotimia.
  -Ay, mi madre.-exclamó atragantándose.
  Allí delante teníamos una aparición de los siete cielos, un pedazo de ejemplar  de sapiente naturaleza que nos miraba con cara de sueño y encogía los ojos ante la luz de la escalera. Vestía un ligero top y cubría sus partes pudendas con unas braguitas transparentes que no cubrían absolutamente nada.
  -¿Qué ocurre?.preguntó.
  -La sirena se ha disparado aquí.-dije, cuando pude empezar a respirar.
  -¿Y?.
  -Bueno, ¿estáis todos bien?. Quiero decir, ¿hay fuego?.
  -¿Te parece a ti que aquí hay fuego?.-me preguntó la muy cachonda.
  El deseo de meterme en aquellas bragas me pudo entonces.
  -Podría haberlo si me invitas a pasar, nena.-le dije.
  Me dio con la puerta en las napias.
  -Estás hecho todo un Don Juan.-me soltó el primo.
  -Tú cállate mamón, que casi la palmas.
  A partir de aquel día la alarma se disparaba por cualquier cosa o a cualquier hora. Una simple tostada o el humo de un canuto eran suficiente pretexto para que la cabrona nos pusiera el corazón en la boca. Denunciamos la situación en el hotel pero, como era de esperar, no nos hicieron ni puto caso. No se puede fumar en las habitaciones, fue la respuesta que recibimos. Así que nos pusimos a darle vueltas al asunto. El Algeciras sugirió que cortáramos el cable y asunto zanjado.
  -Estás loco, maricón.-dijo el primo-. Un día de éstos se cuela el super por aquí y nos la cargamos.
  -Me la suda ese mamón.-soltó el Algeciras tajante.
  El supervisor era un tío que de vez en cuando se pasaba por el staff house para cerciorarse de que la cosa no se había desmadrado. Más o menos para asegurarse de que el edificio seguía aún en pie. Una vez que lo había comprobado llamaba a todas las puertas una por una.
  -¿Todo bien?.-nos preguntaba.
  -Todo bien, colega.-le respondíamos.
  Epidemiológicamente una especie a estudiar esta de los supervisores. London estaba plagado. Supervisores para cualquier cosa. Tras arduas deliberaciones, nosotros habíamos establecido dos categorías para ellos. Los subnormales, y los completamente gilipollas.
  Finalmente optamos por embozar las alarmas con pedazos de cartón y cinta adhesiva que quedaba como más civilizado. Estábamos a salvo de los detectores de humo. Pero sólo de los nuestros. Lamentablemente, el resto de flats no siguió nuestro ejemplo y los sobresaltos continuaron presentándose de forma regular. En cualquier caso, nuestro remedio casero amortiguaba en bastante los efectos de la sirena.

 Estaban el príncipe heredero y la princesa, y el hermano del príncipe y su futura, y un montón de niños correosos que salían de todas partes, y una au-pair que intentaba hacerse con ellos con juegos y canciones, y una especie de ama de llaves que se encargaba de dar órdenes a los sirvientes, y guardaespaldas que vigilaban con cara de sospechar hasta de los floreros. Y estaba yo. La comitiva se había instalado en las habitaciones 428 a 431 de mi planta. Y me había tocado la china.
  Fueron dos de las semanas más putas de mi vida. Nunca averigüé de quién cojones eran los niños, o si eran adoptados o el resultado final del último experimento de clonación de algún científico loco. Ni siquiera supe nunca cuántos eran. Todos me parecían iguales. Menos uno, al que tenía fichado. Había nacido para tocarme las pelotas. Esa era su misión en la vida. Estaba seguro de ello. Cada vez que pasaba la aspiradora, a la criatura no se le ocurría otra cosa que desenchufarla. Entonces me miraba, muerto de risa el pequeño mamón, y me decía:
  -Machine, machine.
  Para él era un juego, pero más de una vez tuve la tentación de usar el cable. Yo le decía:
  -Niñito, ¿te quieres estar quieto?.
  No servía de nada.
  -Machine, machine.
  En el dormitorio había un montón de baúles suficientes para contener  el tesoro de Alí Baba. Nunca pude acercarme a ellos lo bastante. Ni siquiera para quitarles el polvo. Había siempre alguien controlando detrás de mi oreja.
  El cuarto de baño se había convertido en un bazar del zoco. Había ropa interior colgando de los sitios más inverosímiles. Presumiblemente había sido lavada antes en la bañera. Las toallas solían estar amontonadas en el lavabo la mayor parte de ellas. Otras colgaban de la puerta o yacían empapadas en algún rincón.
  También estaba el asunto de las sábanas de la princesa. La princesa viajaba con sus propias sábanas. Nadie podía tocar las sábanas de la princesa. Las manos de infieles, tal que las mías, debían permanecer alejadas de las tentaciones del sacrilegio. Por mí perfecto. Sobre todo una mañana que atisbé un inmenso polvo descompuesto con la silueta de la isla de Madagascar en el centro de la cama.  Fue lo único positivo que saqué en esas dos semanas. Una cama menos que hacer cada día.


25
  Empecé a dormir en casa de María una o dos veces por semana. Era un apartamento cómodo, pequeño y funcional, de no más de cuarenta metros, cerca de Sloane Square. Se notaba su mano. Predominaban los colores relajantes y no había más muebles que los necesarios. Eso me gustaba. Los excesos solían guardar una relación bastante directa con algún tipo de carencia, y eso en una mujer siempre resultaba harto peliagudo. Nunca sabías por donde iban a ir los tiros.
  -Me gusta tu casa.-dije el primer día.
  -¿De verdad?.
  -Claro.-dije tumbándome en un sofá del salón.
  Estaba molido. Venía directamente del hotel y había tenido un día de perros  con los puñeteros moros.
  -Puedes darte una ducha.-dijo María desde la cocina.
  Estaba preparando la cena. De fondo sonaba un fado portugués y una voz triste hablaba de amor.
  -Si, creo que eso haré.
  Entonces fui hasta la cocina y rodeé su cintura con mis brazos. María estaba de espaldas, cortando una cebolla. La besé detrás de la oreja.
  -Eso me ha gustado.-dijo-. Vuelve a hacerlo.
  Lo hice.
  -Ahora báñate.
  Me bañé, y después cenamos y nos pegamos una buena cabalgada. Y María se durmió abrazada a mí mientras yo acariciaba su pelo negro. Se está bien aquí, pensé. Podría acostumbrarme a esto.


26
  A los perros de South Ealing les gustaba la sirena de nuestra alarma contra incendios. Cada vez que se disparaba, pumba, se ponían todos a ladrar como desesperados. Había uno en particular, el perro de un vecino, que se paseaba a diario meneando el rabo henchido de felicidad y meando alguna de las farolas que encontraba en su itinerario. Sus favoritas. Una de ellas era justo la que había justo delante de la casa del staff. Nunca habíamos reparado mucho en él hasta que un día, después de desconchiflarse nuevamente la cosa, se quedó apostado como un guardia de Buckingham Palace ante la entrada del edificio.
  Entonces comenzó a aullar. Parecía un alma en pena.
  En ese momento eran las siete de la tarde y todos estábamos derrengados sin muchas ganas de pegar la hebra.
  Salí a ver qué coño ocurría y nada más asomar la nariz algo con rabo pasó zumbando entre mis piernas. ¿Qué fue eso?. Me volví y vi a Chester, así se llamaba el can, dirigirse presto a la puerta de nuestro apartamento. La puerta estaba abierta. Entonces se detuvo. El colega era inteligente. Sabía como las gastaba el puto ser humano. Introdujo el hocico. Se oían voces, ¿qué hacer?. Se sentó. Vamos a pensarlo.
  Chester se volvió a estudiarme. Estaba tratando de decidir si el asunto era seguro  o no. De nuevo miró hacia la puerta y luego a mí. Se rascó una oreja con una pata. ¿Estaría ahí dentro la perrita de sus amores?. ¿Esa que pedía a gritos ser poseída por un perro macho como él?. No había más que un camino para averiguarlo. Entonces entró.
  -Tenemos visita.-anuncié.
  Aurora fue la primera en verlo.
  -Chester, bonito, ven aquí.-llamó.
  Pero Chester no estaba para ñoñerías. Tenía claro a lo que había ido allí y le importaban un comino las palmaditas y las galletas de perro.
  Pasó entre nosotros y pasó de nosotros. Y se dedicó a hacer un registro rápido de todas las habitaciones. Iba de una a otra moviendo el rabo zalameramente pero Daisy no aparecía por ninguna parte. Cuando acabó la inspección somera, Chester no se dio por vencido. Ahora tocaba husmear.
  Esta operación le llevó algo más de tiempo. Había que olisquear cada rincón y cada mueble a conciencia, no dejar ni una pata de silla sin analizar, encontrar como fuera un rastro de su anhelada perrita. A veces se volvía y nos observaba con expresión interrogante e incluso amenazaba con mearse. Lo intentó un par de veces pero le bajamos la pata a tiempo.
  Finalmente, Chester agachó las orejas, nos miró con ojos tristes y se echó en el suelo de la cocina.
  Pobre Chester.


27
  Todos los primeros de mes el Algeciras se procuraba su propia oferta especial en HMV. Compre uno y llévese cinco. Por supuesto, siempre pagaba el disco compacto  más cheaper. Los otros cuatro, después de hacer desaparecer el precinto de seguridad, una liviana cinta adhesiva que se desprendía con un preciso movimiento de tu dátil, viajaban a buen recaudo en algún bolsillo de su chupa. Casi todos música de metal pesado en sus múltiples variaciones de la siderurgia.
  -Esta gente es que es tonta, Josema.-me decía riendo-. Es tan fácil que no me puedo resistir. Me traigo aquí a unos cuantos de mis colegas de Algeciras y arramblamos con todo.
  De eso yo no tenía ninguna duda. Cada vez que iba por allí, había siempre unos cuantos empleados de HMV reponiendo discos en los cajones y haciendo alguna que otra labor de contraespionaje, pero era tal la cantidad de peña que entraba allí a cualquier hora del día que resultaba imposible seguirles la pista a todos. Pan comido para el Algeciras.
  En cierta ocasión, a la salida del hotel, solicitó mi ayuda.
  -¿Para qué?.-le pregunté con la mosca detrás de la oreja-. Ya te las apañas bien tú solo.
  -Hoy no.-me respondió-. Necesito que colabores. Te lo iré explicando sobre la marcha.
  Me iba a meter en un lío, estaba seguro. No pensaba en otra cosa mientras caminábamos esquivando gente por Oxford Street hacia el HMV de Totem.
  Una vez allí nos pusimos a remolonear un rato. El Algeciras iba a lo suyo, nada por aquí, nada por allá y un disco menos que te crió. Yo, a varios metros, ejercía labores de vigilancia. Totalmente innecesarias por otra parte. La cabeza de mi colega funcionaba como una brújula enloquecida y sabía en cada momento donde estaba el norte. Lo que no acababa de entender era qué cojones hacía yo allí. Fui a preguntárselo.
  -Toma.-me dijo.
  Me puso algo en la mano, algo pegajoso y molesto al tacto. Lo miré, era un precinto de seguridad.
  -¿Qué coño quieres que haga con esto?.
  -Póntelo en la suela del zapato.
  -¿Queeé?.
  Entonces me señaló un estuche de King Crimson con cuatro discos repletos de música sacrosanta para alucinar. Aquello requería una labor de equipo. Fijo que la caja, plastificada a conciencia, contenía un chivato cabrón. Comprendí cual era mi papel y estuve de acuerdo en que merecía la pena.
  -Vale.-dije.
  Ese día, el Algeciras ni se molestó siquiera en pasar por caja para soltar unos cuantos pounds. La cosa estaba tan clara que no era cuestión de desperdiciar pasta que podíamos muy bien invertir en media docena de birras.
  El  HMV de Totem tenía el tamaño de un hangar de la RAF, y por su entrada pasaba sobrada una avioneta chula de alas niqueladas. Claro que si lo hubiera hecho la delgada línea roja hubiera estado pitando una buena media hora. El plan a seguir era sencillo. Segurata a un extremo de la puerta, no segurata en el otro. El Algeciras trincó la mercancía, yo me calcé el precinto y comenzamos a andar sincronizados. Me imaginé que lo hacíamos a cámara lenta como en esas escenas tan guays de algunas pelis americanas. Los altavoces escupían una canción del Eminem y le ponían un poco de música de la vida a nuestro intrépido latrocinio. Me concentré. En pocos segundos iba a darme de bruces contra  el segurata.
  Pisamos la línea de alarmas al mismo tiempo, y por supuesto se dispararon. Por el rabillo del ojo pude ver como el Algeciras tomaba las de Villadiego en pos de la libertad. Mientras, yo me limité a detenerme, sonreír y poner cara de “a mí que me registren”. El gilipollas de seguridad, un inglés barbilampiño con el pelo rojo, me devolvió la sonrisa. Bip, bip, bip. Son cosas que pasan, colega. Ya, ya, me prestes un momento tu jacquet. Toda para ti, colega. A ver, vuelve a pasar, por favor. Of course, man. Bip, bip, bip. El bicho sigue gritando y yo no soy el guilty, palabrita del niño Jesús. Vuelve a pasar. Las veces que tu quieras. Bip, bip, bip. No hay nada que hacer, colega, y te juro por mis muertos que no llevo nada encima, yo soy un tío legal. No te preocupes, hombre, a veces esto pasa. Será cosa de mi marcapasos, entonces. Bip, bip, bip. ¿Llevas marcapasos?. Oh, cuanto lo siento. Demasiado tarde, colega. He notado que algo saltaba por ahí dentro. Estoy a punto de espichar.
  A esas alturas, el Algeciras debía estar esperándome en la parada de Oxford Circus, muerto de risa, el cabrón.
  Esta gente de verdad es que era tonta.


28
  Dormir con María presentaba algunas contraindicaciones. La sintomatología se complicaba sobre todo con Aurora, que no paraba de decirme que si no terminaba con mi morenita del alma no joderíamos más. La primera vez pensé: coño, problema resuelto. Pero Aurora hacía esto por lo menos una vez a la semana, así que la cosa no se acababa nunca.
  En una de estas veces estaba duchándome después de una discusión, cuando Aurora entró en el cuarto de baño como un vendaval y se abrió la bata. Estaba desnuda.
  -¿Ves este coño?.-me preguntó.
  -Sí.-respondí. No tenía jabón en los ojos.
  -Míralo por última vez.
  Lo miré por última vez.
  -¿Y bien?.-pregunté.
  Aurora apretó los dientes.
  -No te librarás de mí tan fácilmente.-dijo.
  Y lo decía en serio. Cinco minutos después volvió, se me echó encima y me hizo la mejor mamada que me había hecho nunca. No había como eso para conquistar el corazón de un hombre.


29
  Pillaron al Algeciras descabezando un sueñecito. Aquella mañana, el cacho cabrón se había pasado tirando de estimulante y no tenía fuerzas ni para empujar el trolley. En esta ocasión, los efectos milagrosos se habían invertido, la gravedad tiraba de sus pelotas más de lo normal, y cuando entró en la primera habitación del día, el Algeciras no sucumbió a la tentación, no. Se desplomó sobre ella. Antes de alcanzar el colchón ya estaba roncando.
  Y tuvo mala suerte. Un par de horas después, en plena sesión de babeo reconcentrado, apareció el cliente, una lady del imperio que por poco sufre un colapso al ver sobre su cama aquel cuerpo despatarrado con la boca abierta. La tronca estaba horrorizada.
  -Oh, my god, oh, my god.
  Y no sabía para donde coño tirar. ¿Qué se hacía en estos casos?. Pensó en llamar por teléfono pero el chico emitía unos ruidos muy extraños y podía necesitar asistencia inmediata. En alguna película había visto algo sobre hacer la respiración boca a boca. Tal vez eso ayudara. Entonces miró al Algeciras y vio el charco de babas sobre la almohada. Cogió el teléfono.
  De inmediato apareció la housekeeper de la planta, una negrita culona llamada Mavis que tenía fama de mala leche entre el personal, y tras intercambiar unas cuantas frases precipitadas con la cliente se puso manos a la obra y sacudió al Algeciras sin contemplaciones. Pero mi colega no reaccionaba, continuaba serrando troncos como si tal cosa.
  Entonces Mavis, que algo debía de olerse, cogió el careto del Algeciras con total ausencia de delicadeza y levantó uno de sus párpados. Lo que vio acabó de cabrearla.
  -¿Está muerto?.-preguntó la lady.
  -No, pero lo estará.-fue la terrible respuesta.
  Entonces Mavis empezó a darle de hostias, al principio suavemente pero luego se ve que le gustó la cosa y fue como si lo hubiera hecho toda la vida.
  La bronca que se llevó el Algeciras cuando regresó del planeta de los momios fue de aupa. Roberta y unos cuantos gerifaltes del staff le formaron un auténtico consejo de guerra  que ríete tú del tribunal de Nüremberg. Mi colega parecía realmente compungido, maltratado por la vida y todo ese rollo.
  -Estoy hasta los  huevos de toda esta mierda.-me dijo a la salida.
  -¿Cómo ha ido?.-me interesé.
  -No me han despedido.-anunció-. Primero dijeron que lo harían, después que se lo pensarían, luego que no volviera a hacer nada semejante y me dieron una palmadita en el hombro,¿te imaginas?. Y si me quedo un cuarto de hora más me nombran empleado del mes. Estos putos ingleses están locos.
  -Naturaca, ¿dónde cojones van a encontrar a otros pringaos como nosotros que le den marcha a este país de la polla?. Aquí las cosas funcionan así, es ley de vida. Si no te necesitan te mandan a tomar por culo.
  -Ya ves.
  Cogimos la línea Victoria y fuimos a Brixton a pillar algo. Al Algeciras le habían dado una dirección en el hotel y decía que era de fiar. Eso esperaba. Me había pedido que lo acompañara por aquello de la seguridad y tampoco podía negarme, el maricón se portaba cada vez que pillaba.
  Durante el camino, un par de guarras se pegaron a nosotros como sardinas en una lata. El vagón iba abarrotado. Tenían buenas peras. El Algeciras no le quitaba ojo a una de ellas, y una de ellas no me quitaba el ojo a mí. Cuestión de gustos. Cuando el vagón se desalojó un poco, las peras seguían allí. La tía me miraba como si yo fuera el puto Brad Pitt. Y yo a ella como si fuera la puta Julia Roberts, pero no había nada que hacer. La compi la tenía bien engarfiada por la cintura. Eran pareja. Julia lucía un agujero en el lado derecho de la nariz donde antes había habitado un piercing y todo el tiempo, hasta que se bajaron en Stockwell, estuve preguntándome donde coño estaría ahora ese preciado trozo de metal. Stockwell.  Allí se iba el amor de mi vida.
  Cuando pisábamos territorio de The Clash, para nosotros era lo mismo que pisar tierra sagrada pero, entendámonos, había que tener un ojo en la chepa y otro abriendo camino. Ojo avizor como se decía en tiempos de mi abuelo. Dos blanquitos como nosotros con cara de despistados teníamos que saber muy bien a qué cojones íbamos a Brixton. No era el lugar más adecuado para hacer turismo, sobre todo cuando el astro rey se iba a dar el coñazo a otras tierras, a hacer que la gente abandonara sus cálidos lechos para someterse a alguna actividad infrahumana de tipo laboral.
  -¿A dónde vamos exactamente?.-pregunté.
  Mi colega me sopló el nombre de una calle pero no me enteré un pijo así que lo dejé pasar. El Algeciras presumía de tener un acento british de la hostia y se volvía  bastante hijoputa cuando alguien lo ponía en duda.
  En Brixton nos acercamos a un negro que estaba muy ocupado aguantando una esquina y le preguntamos por la calle. Conocía el sitio o nos debió ver pinta de fumetas. El mamonazo nos caló enseguida. Sonrió como si nos tuviera enfilados a punta de baldeo.
  -¿Queréis comprar algo bueno de verdad?.-nos soltó.
  -No, sólo queremos saber dónde está la calle.-respondió el Algeciras temerariamente.
  -¿Qué calle, hermano?. Esta es vuestra calle. No tenéis que ir más lejos. Yo tengo de todo.
  -Que no, colega. Que sólo estamos interesados en esa calle.-insistió el Algeciras, soltando el aire entre los dientes. Síntoma de impaciencia aquel que solía derivar en situaciones poco recomendables. Para contar anécdotas de ésas con las que todo el mundo se descojona ante una jarra de birra con los amiguetes.
  El negro se hizo el longuis, iba de tranqui. Menos mal.
  -Mirad lo que tengo aquí.-dijo.
  Se metió la mano en un bolsillo y sacó algo envuelto en un pañuelo.
  A la luz de una farola nos enseñó lo que parecía una puta roca marciana.
  -¿Qué coño es eso, kriptonita?.-pregunté yo.
  -Puto regaliz.-escupió el Algeciras-. Este mamón se quiere quedar con nosotros. Vale, colega. No te hernies, buscaremos la calle sin tu ayuda.
  -Fuck off-dijo el negro, haciendo el signo de la victoria.
  -Tu puta madre.-dijo el Algeciras.
  Mi colega echaba humo por las orejas.
  -Nos quería chulear, el cabronazo. A mí, que he crecido entre alijos.-proclamaba todo indignado mientras buscábamos la puñetera calle.
  Al final la encontramos.
  Estaba desierta. El sitio ideal para que te dieran un palo o para darlos, que todo puede ser.
  Aquella era una zona pobre, urbanizada a lo bestia, con tanta personalidad como un saco de patatas. La casa era un dúplex adosado construido a lo largo, estrecho como el ojete de un mosquito. Exactamente igual que las chorrocientas casas que lo rodeaban.
  En la puerta había un gato macho atigrado ocupado en chupar sus enormes pelotas. En cuanto nos vio se le erizó todo el pelaje y se puso a maullar como si le hubieran metido un palo por el culo. Aquello debía ser una señal o algo así. Un negro de mediana edad en camiseta de tirantes y con una lata de cerveza en la mano salió a la puerta.
  -Quieto, Caníbal. ¿Qué queréis, chicos?.
  Las uñas de Caníbal chirriaban sobre el cemento de la acera.
  -Nos han dado esta dirección.-dijo el Algeciras-. ¿Eres Dealer Goodtrip?.
  Dealer Goodtrip nos estudió unos segundos y aprobamos el examen.
  -Entrad.-dijo-. Ven aquí, Caníbal.
  Caníbal pasó a nuestro lado. Realmente eran grandes aquellas pelotas.
  Entramos en un pequeño saloncito que había a mano derecha y nos sentamos en un sofá tan parcheado que resultaba imposible decidir qué parte aún sobrevivía del tapizado original. La televisión estaba puesta y daban el “Who want to be a millionaire”. Una gorda estaba respondiendo preguntas.
  D. G. cogió un taburete y se sentó frente a nosotros. Después sacó una faca de alguna parte y la colocó sobre la mesa. Menudo bicho. Emitía destellos de pura maldad, el filo cabrón.
  Entonces D. G. sonrió por primera y última vez.
  -Es sólo para cortar la mercancía.-aclaró.
  -Ah, claro-dije yo riendo nervioso-. La coca y todo eso.
  Ninguno de los dos festejó mi divertidísimo comentario. Caníbal tampoco.
  -Hagamos negocio.-dijo el Algeciras en actitud bastante profesional.
  -Muy bien.-aceptó D. G. con un punto de desidia en la voz.
  Aquel tío parecía estar aburrido de la vida, o harto de hacer siempre lo mismo, o probablemente las dos cosas.
  -Nos han dicho que tienes buen hash.
  -Puede ser. ¿De cuánto estamos hablando?.
  Mi colega ya se había puesto las pilas y rememoraba sus tiempos de empresario en el sector del trapicheo.
  -Veamos el material primero.-dijo.
  -Está bien.
  D. G. se ausentó un minuto y volvió con un buen taco de algo envuelto en papel de aluminio.
  El Algeciras cogió el paquete, lo abrió e inspeccionó su contenido. Lo olió, lo palpó y lo sopesó como un experto.
  -Nos lo llevamos todo.-dijo cuando acabó el examen-. ¿Cuánto?.
  D. G. no mostró ningún signo de sorpresa. Los negocios son los negocios. Yo, en cambio, casi me las arreglo para caerme del sofá.
  -¿Te has vuelto loco, maricón?.-exclamé.
  -Sé lo que me hago, joder.
  -Tú mismo.
  D. G. siguió nuestro breve palique con evidentes indicios de que le importaba un carajo lo que estuviéramos hablando.
  -Quinientas libras.-dijo cuando terminamos.
  El tono de su voz era tautológico. Quería decir que quinientas libras era lo mismo que cinco veces cien.
  -Eso es demasiado, hermano. Así a ojo esto no vale más de cuatrocientas.-protestó el Algeciras.
  Entonces, descubrimos que D. G. era  hombre de pocas palabras. Ya no le quedaban más.
  -Quinientas libras.-repitió.
  El Algeciras protestó nuevamente.
  Aquello iba para largo así que me repantigué lo mejor que pude y me  puse a ver el concurso. La gorda había desaparecido. En su lugar había un gordo calvo con gafas que se enfrentaba a una peliaguda cuestión sobre la guerra del Vietnam capaz de reportarle un buen plan de pensiones. Sudaba a mares el primo. No era para menos.
  Finalmente, después de secarse el frontispicio con un pañuelo se decidió por una de las cuatro opciones.
  -¿Final answer?.-dijo el presentador.
  El gordinflas asintió.
  -Hecho.-dijo el Algeciras a mi lado.
  Lo miré, había negociado y parecía satisfecho del trato.
  -Préstame cincuenta pavos, Josema.-me dijo a continuación.
  -¿De qué me hablas, tío?.
  -Déjame la pasta, coño. Te la devuelvo en dos días.
  Casualmente había cincuenta pavos en mi cartera. Eso es mala suerte.
  El Algeciras se los entregó a D. G. que ya tenía un considerable manojo de verdes a buen recaudo.
  El gordo de la tele había dado en el clavo y tocaba a retirada, también con un buen puñado de billetes. Todo el mundo en esa habitación parecía nadar en la abundancia. Hasta Caníbal volvía a chuparse las pelotas.
  El Algeciras cogió el taco marrón de hash, lo envolvió de nuevo y lo guardó en su macuto. No había más que hacer allí.
  -Pues muy bien.-dijo.
  D. G. asintió solemnemente a modo de despedida.
  En la calle llovía ligeramente. Había luna llena. El cielo estaba blanco de nubes.
  -Bueno, ¿conseguiste un buen precio?.-pregunté, pensando en mis cincuenta machacantes.
  El Algeciras tardó en responder.
  -Quinientas putas libras.-me soltó al cabo el hijoputa.
  Lo miré incrédulo.
  -Coño, pues sí que sabes negociar.-dije.
  -Ya lo verás.-me advirtió-. Sacaré de esto el doble.


30
  Efectivamente. Sacó el doble. Durante una temporada todos los fumetas del Hilton se abastecieron de nuestra expedición a Brixton. Era una clientela fácil, nada exigente. Abundaban los tontolava que habrían caído en un efecto placebo con sólo dos gotas de inhalador nasal.
  -Directamente de Marruecos.-les vendía el Algeciras-. Me lo acaba de traer un colega. Cosa fina.
  El gancho funcionaba. Los primos caían como moscas en un panal de rica miel.
  El material no era tan bueno como para eso. Pero la mayor parte de aquellos tíos, emigrantes del este, lo más cerca que habían estado del moro era la Torre de Londres.
  Los intereses de mi préstamo me los cobré a precio de “costo”. Cada tarde, mientras duró el ladrillo, nos aplicábamos a ello en su habitación. La decoración había cambiado. Su lado de la pared estaba infestado de postales de las putas de las cabinas de teléfono.
  -Para dar un poco de ambiente.-decía mi compadre.
  -Ya, guay.
  También había un poster del Marilyn Manson.
  -¿Y eso?.
  -Es el hijoputa más feo que he encontrado.-dijo a modo de explicación-. No es que me guste ni nada de eso pero tapa un hueco en la pared. En realidad, lo que quiero hacer es empapelar toda la habitación con papel de aluminio.
  -Te freirás, colega.
  -Sí, bueno, pero molará un mazo.
  Pequeños inconvenientes de esa magnitud nunca desanimaban al Algeciras cuando se le metía alguna ocurrencia entre ceja y ceja.
  Nos quedábamos allí tumbados varias horas, charlando de cualquier cosa y fumando un canuto tras otro, dejando que el tiempo pasara mientras la noche caía lenta y triste.
  -Está bien esto de Londres,¿no te parece?.-me dijo una de esas tardes.
  -Sí, está bien.-admití-. Es un cambio.
  -Antes de venirme aquí, hace tres meses, estaba hecho polvo.-me confesó-. Me despertaba todos los días llorando y con ganas de suicidarme.
  -A todos se nos ha pasado alguna vez por la cabeza, sí.
  -Tantos depresores me estaban jodiendo el cerebro. No controlaba nada. Durante un tiempo hasta llegué a vivir con ranas.
  -¿Con ranas?.
  -Sí, cuando me echaron de una puta guarida por culpa del alquiler. Estaba sin un chavo y no tenía ni una mísera pirula que vender. Tuve que buscarme algo para pasar la noche y acabé en una casa abandonada con el techo lleno de goteras.
  -Joder.
  -Pues sí, el suelo estaba completamente inundado. Por lo menos había treinta centímetros de agua estancada. Cosa de las lluvias, supongo. El caso es que las ranas habían llegado antes que yo. Te juro que flipaba, había ranas por todas partes.
  Me eché a reír descontroladamente.
  -La casa tenía dos plantas.-continuó el Algeciras tope fabulador-. Parte de la escalera estaba hecha cisco pero aún se podía subir por ella sin problema. Lo que me encontré arriba, bueno, aquello parecía salido de un puto cuento de Hansel y Gretel.
   -Sorpréndeme.-dije casi histérico por la risa.
   -Había tres puertas.-dijo-. La primera que abrí daba a un cuarto trastero, repleto de basura inservible, enmohecida. No había ranas allí dentro pero encontré unas botas de agua que me vinieron  cojonudas.
  Entonces nos pusimos a reír como locos, ninguno de los dos pudimos aguantar la risa durante un buen rato.
  -La segunda puerta daba a la calle, Josema.-siguió el Algeciras casi ahogándose por la risa-. Un puto precipicio hacia la nada que parecía querer engullirme, de verdad, tío. Yo ya estaba convencido de que todo lo que veía era producto del ácido que me había comido esa tarde, pero cuando abrí la última puerta entonces ya no supe qué pensar.
  -¿Qué coño viste, pedazo de mamón?.
  Yo estaba que me moría.
  -Una habitación con una cama, tío.-me respondió-. Y una mesita de noche, y cuadros en las paredes, y una lámpara colgando del techo. Todo estaba limpio, no había ni rastro de polvo, y lo más extraño, la cama estaba hecha, preparada como si estuviera esperando a alguien. Tenía sábanas y mantas y no había ni rastro de agua en el suelo.
  -Cojones, una puta casa embrujada.-dije yo-. Llevabas razón.
  -Que va, hermano. Esa noche dormí de puta madre. Me importaba una mierda si me estaba revolcando en un flipe enfermizo. A la mañana siguiente todo seguía allí. Me levanté y estudié los cuadros. Eran fotos muy antiguas. Aquellas caras eran de gente que llevaba mucho tiempo criando malvas, pero por alguna extraña razón no podía mirarlas durante mucho rato, me perturbaban. Eran los auténticos habitantes de aquella casa.
  -Entonces fue cuando saliste por patas.
  -¡Qué dices!. ¿A dónde cojones iba a ir?. Estaba en la puta calle, colega. De algún modo supe que aquel era un momento básico en mi vida y todos los días yo me sentaba sobre un tablón que había al pie de la escalera y miraba a las ranas, y estudiaba sus costumbres, y estaba convencido de que algo no iba bien, pero no sabía qué. Llegué a apreciar a aquellas ranas, créeme. Ellas me ayudaron a comprenderlo.
  -¿El qué?.
  -Lo que estaba ocurriendo. Me estaba distanciando de las cosas.
  -Habías trascendido.
  -Sí, algo así. Me sentía en paz conmigo mismo. Me pasaba horas y horas sentado como un puto Buda, viendo nadar aquellos bichos, siguiendo las ondas de agua que se formaban con sus saltos. Había llegado a un punto en mi vida en que supe que algo tenía que cambiar.
  -Vaya pasada de historia que te estás currando, cabrón.-dije.
  El Algeciras sonrió.
  -Pues pasó tal como te la cuento, Josema. La vida que había llevado hasta ese momento ya no me parecía divertida. Al día siguiente me corté el pelo, lo llevaba entonces por la cintura, lo metí todo en una bolsa y lo dejé ante la puerta de una tía con la que tenía un enganche bastante chungo. Era mi modo de decirle adiós. Seguro que todavía me está buscando.
  -Sí, en “Desaparecidos sin fronteras”.
  -El resto ya lo sabes. Le pedí la pasta prestada a un colega que me debía un favor, fui a ver al calvo y me consiguió este trabajo en veinticuatro horas.
  El calvo era un inglés que había echado raíces en el Puerto de Santa María y prosperaba a costa del país que le acogía. Había montado una oficina, con secretaria incluida que acosar en caso de aburrimiento, desde la que nos pateaba el culo hacia las islas de Nelson previo pago de una cantidad suficiente para mantener su status privilegiado bajo el sol que le negaba su terruño natal. A estas alturas debía de tener alguna clase de tenebroso record guinnes en su poder. En siete años había enviado a más de tres mil pringaos a hacer camas para los ingleses.
  -Está bien.-dije, sacando un par de latas de una bolsa-. Brindemos.
  -¿Brindar?.
  -Sí, por las ranas.
  El Algeciras sonrió de oreja a oreja.
  -Sí, ¿por qué no?.-dijo.


31
  Me aplicaron el tercer grado a los cuatro meses de trabajar para el Hilton. Me llamaron a la oficina para una entrevista y allí, en el despacho de Roberta, no estaba Roberta. En su lugar me esperaba la Housekeeper Ejecutiva. Todos la conocíamos por la Terrible Dorothy. Cercana a los cuarenta, su aspecto era el de una reina alienígena a punto de aovar. Pelo rubio, ojos claros, ausencia total de emociones. Para echarse a temblar. La zorra tenía más de un polvo, pero no me la podía imaginar follando. Bastaron unas palabras para darme cuenta de que si follaba, lo hacía por prescripción facultativa.
  -Siéntese, por favor.-dijo sin levantar la vista de unos papeles que glosaban mi vida laboral. Su concentración era admirable. Tratándose de mi caso no era de extrañar.
  -Claro, señora.-dije.
  Me senté, y la muy puta aprovechó ese leve momento de distracción para hacerme una pregunta pelotuda a bocajarro.
  -¿Es usted feliz trabajando para nosotros?.
  Cojones, parece fácil responder a algo así. A todo eso de la felicidad laboral, digo. Pero bueno, cuando tienes delante a alguien que te sonríe como una piraña que además es hembra, te lo tienes que pensar. Sólo un segundo, vale. Lo necesario para analizar las dos respuestas posibles y descartar rápidamente la que piensas que  no te lleva a ninguna parte, aunque tampoco estés muy seguro de cuál de las dos es.
  -Por supuesto, señora.-respondí enfáticamente.
  Las fauces de la trampa estaban abiertas. Dijeras lo que dijeras no había escapatoria. Lo supe cuando la sonrisa pez carnívoro de la Terrible Dorothy mutó a algo tan humano como la mirada de una boa constrictor.
  -Pues no da usted muestras de ello, señor Maldona. Aquí se especifica-dijo, señalando uno de los papelotes-que tiene varias  amonestaciones por no afeitarse a diario. Y que su aspecto en ocasiones no cumple los estándares que exigimos a nuestro personal. ¿Qué tiene usted que decir?.
  -Tengo un problema, señora.-aduje sonriente, convencido de que mi justificación hubiera convencido al rey Salomón-. Mi piel es muy delicada.
  Me equivoqué, claro.
  -¿Su piel?. ¿Cree usted que en los últimos cinco años hemos conseguido tres nominaciones al mejor hotel de Londres pensando en la piel de nuestros empleados?.
  -No, claro que no, pero...
  -Señor Maldona, ¿ha comprendido usted realmente la importancia que tiene trabajar para nosotros?, ¿sabe usted dónde está trabajando?.
  -Pues sí, señora.-dije convencido-. Creo saberlo.
  -No, no lo sabe.-me contradijo en mi buena fe-. Su hoja de servicios está llena de faltas, no entiendo como aún no ha sido usted despedido. A usted no le importa el Hilton.
  Quise decirle que me importaba más mi espalda, pero hubiera sido perder el tiempo.
  -Piensa usted muy mal de mí, señora.-dije en su lugar.
  -Debe usted cambiar de actitud o prescindiremos de sus servicios. Tiene un mes de plazo.
  Esa abrumadora amenaza te impedía dormir bien más o menos durante cinco segundos. Lo del mes nos lo decían a todos, pero al final nunca echaban a nadie. ¿A quién cojones iban a poner en tu lugar?.
  -Una cosa.-dije, levantando mi índice derecho tímidamente camino de la puerta-. Si me despiden, la ley indica que debe usted avisarme con quince días de antelación, ¿verdad?.
  No respondió.
  Aquella misma tarde, me entregaron una carta en la oficina firmada por la Terrible Dorothy. La abrí y la leí.

                     Señor Maldona:
                                         Siguiendo nuestra reciente discusión, le escribo para confirmarle que debe estar bien afeitado cada día de trabajo y que, por supuesto, debe afeitarse a diario. Como le comenté en nuestra conversación, si viene usted de nuevo a trabajar sin haberse afeitado será enviado de vuelta a casa sin paga.
                                                                         Sinceramente suya,
                                                                                  Dorothy M.
                                                                                  Housekeeper Ejecutiva

  La perra no había perdido el tiempo. Seguro que había escrito la carta en cuanto abandoné el despacho. En cualquier caso, motivo de jolgorio que fue la epístola entre los compis de mi departamento. Uno de ellos, un napolitano bullanguero, propuso en medio  del descojone general, pegarla con un poco de celo a la entrada de vestuarios para disuadir a futuros infractores. Le dejé hacer.
  Al día siguiente, ya no estaba.


32
  Paquito de Trebujena, a falta de otras oportunidades, era un gran amante del cine. Pero no sólo del porno, no vayáis a creer. El menda se papeaba sin pestañear, un viernes sí y otro también, todos los estrenos que llegaban de Jolibu. Vamos, que no perdía el tiempo en averiguar para qué coño quería siete sellos Bergman ni se postulaba apologéticamente la casuística colateral de los pepinillos en vinagre en las pelis de Einsestein. A Paquito le molaba la acción pura y dura en la línea más agresiva del método Stanislavskij. Tipos como el Silvestre, que se desayunaban todos los días con media docena de explosiones y se afeitaban en seco.
  Incluso en esta clase de cine para mentes ausentes aparecían a veces misterios sin resolver. Y Paquito llevaba años pegándose cabezazos contra la carátula de una peli que contenía uno de ellos. La peli en cuestión, presentaba un elenco de actores que eran primeros espadas de la industria pero había uno de ellos que iba en plan fantasma. Su nombre aparecía en los créditos pero luego, si no estabas al loro durante la proyección, lo único que conseguías era volver a ver su nombre en los créditos finales. Paquito había repasado la peli una y otra vez con ojo clínico y mando en ristre sin pisparse de dónde estaba Wally.
  En una de nuestras charlas cinéfilas, me desnudó su alma y me expuso sin ambages la cuestión que le toqueteaba los cojones años ha.
  -Y, ¿has visto “Amor a quemarropa”?.-me preguntó tras una larga lista de pelis chungas que sólo obtuvieron mi desaprobación.
  -Cojonuda, tío. Esa sí me gusta.-le dije-. La escena esa de la rubiales cepillándose al mafioso es un puto punto.
  Paquito se entusiasmó con mi comentario digno de un crítico de “Cahiers de cinemà”.
  -Y cuando le vuelan los cojones al chuloputas,¿qué te parece?.-inquirió.
  -Fuuuá, colega. Esa todavía es mejor.-admití.
  -Una obra maestra. Te lo digo yo que he visto la película más de veinte veces.
  -Coño, te sabrás los diálogos.
  -Nah. Bueno, más o menos. Es toda esa mierda del Val Kilmer que no lo veo por ninguna parte al mamón.
  -¿Cómo?.
  -El Val Kilmer, joder.
  -¿Qué pasa con él?.
  -¿Sale o no sale?.
  -Claro que sale. Está omnipresente el hijoputa.
  -¿Seguro?.
  -Coño, ya te lo estoy diciendo.
  -Venga, ¿dónde?.
  Me eché a reír.
  -Al principio, en medio y al final.
  -Que te jodan, pedazo de cabrón.
  -Venga, tío. No te ralles.
  -¿Me lo dices o no?.
  Me lo pensé.
  -No.
  Al final me compadecí de Paquito. Después de todo el tío era un buenazo, un alma cándida de ésas de las que ya quedaban pocas.
  -Si me haces la pregunta correcta, te lo digo fijo.
  -¿La pregunta correcta?.
  Asentí.
  Paquito se concentró unos segundos y luego chasqueó los dedos.
  -¿De quién hace Val Kilmer?.
  Val Kilmer hacía de Elvis, the king. La cosa iba de que cada vez que el prota de “Amor a quemarropa” se debatía entre liarse a tiros o no con el personal, aparecía el fantasma de Elvis y aportaba su granito de arena en forma de consejos a rajatabla. Los encuentros siempre se producían  en el meadero y la única toma que nos daban del careto de Elvis, gafas de veinticuatro pulgadas aparte, era su reflejo desenfocado en el espejo del bathroom.


33
  Otro que iba de película favorita era el primo. Flipaba con Trainsppotting.
   -Será la primera película que verán mis hijos.-anunciaba con no se sabía cuantos años de antelación.
  Estábamos él, el Algeciras y yo mismo sentados en la cocina, bien entrada la noche y con una cogorza de mil demonios. Las latas de budweiser casi cubrían por completo la ventana. El Algeciras se había entretenido en colocarlas sobre la mesa, una encima de otra en un equilibrio más bien precario. Sólo dios sabía por qué no se venía abajo aquello.
   -No una de la Disney.-le dije yo para asegurarme.
   -Fijo que no.-negó todo convencido-. Esas mariconadas agilipollan a los niños.
   Mi compañero de habitación no era mal tipo, pero cuando se ponía a ello yo jamás había conocido a un tío tan compenetrado con su propia estupidez. Se llevaban de maravilla. El chaval presentaba un historial nada original cargado de expulsiones de colegios, borracheras y gamberradas. No tenía más referencias que ésas. Todas producto de una educación permisiva por parte de una familia que nadaba en pasta gansa. Sus centros emocionales estaban desquiciados, y su autoestima por los suelos. Presumiblemente había venido a Londres para poner orden en todo aquel lío. Una tarea de chinos, sobre todo cuando podías tener el último nokia y las nikes más fardantes con sólo chasquear los dedos. Elípticamente, Papi siempre estaba allí para proveer, alimentando su cuenta corriente desde la distancia.
  -Trainsppotting, una gran película.-insistía borracho como una cuba-. Deberían ponerla en los colegios, para dar ejemplo.
  -Joder, tío.-le dije-. Estás como una puta cabra. Te quitarán la custodia de los niños durante los siguientes cien años.
  -Y te denunciará una sociedad de ésas de protección del menor.-añadió el Algeciras que se hizo cargo enseguida de mi juego.
  -Sí, y nunca volverás a verlos, o tendrás que usar prismáticos porque  no podrás acercarte a ellos a menos de quinientos metros.-dije yo.
  -Les destrozarás la vida y tu chorva te abandonará. Ella siempre prefirió que los niños vieran Pocahontas.
  Con esto de la Pocahontas nos dio la risa tonta al Algeciras y a mí.
  -Basta, tíos.-gritó mi tocayo con la mirada vidriosa-. Sois dos mierdas sin cerebro. Nadie lo sabrá nunca, no hay modo de que lo sepan.
  -Ah,¿no?.-dije yo-. Y qué crees que pasará cuando uno de tus niños le cuente a sus compañeros de clase todo lo que ha aprendido viendo la tele con papá.
  -Eso, o que se ponga a esnifar el polvo de las tizas delante de todos.
  -O peor, el pegamento de los trabajos manuales.
  -Los profesores querrán saber a qué se debe la sorprendente conducta del niño y entonces te buscarán a ti y,¿qué les vas a decir entonces?.
  -Les dirá: No sé de qué me hablan, yo soy un padre ejemplar.
  -Y una mierda, te responderán. Vaya usted al hospital, su hijo se ha clavado un lápiz en el brazo. Decía que quería subir muy alto, ¿sabe usted a lo que se refería?.
  -Nunca te lo perdonará. Le quedarán secuelas para toda la vida.
  -Sí, probablemente nunca jugará al baloncesto.
  -Ni al billar.
  -Te demandará por daños y perjuicios. Aducirá crueldad mental y acabarás en el trullo rodeado de putos pederastas.
  Definitivamente se nos había ido la olla. Hacía rato que el primo protestaba a voz en grito pero nosotros ni le oíamos. Seguíamos con nuestro rollo psicótico.
  -Tíos, tíos.-gritaba a lo que daban sus pulmones-. Sois unos cabrones. Yo sólo quiero que mis hijos no caigan en la droga.
  Entonces apareció Sara con cara de querer fusilarnos a todos al amanecer, que era justo la hora a la que se levantaba cada día.
  -¿Qué cojones pasa aquí, tíos?.-dijo, apuntándonos con una mirada asesina-. Necesito dormir. ¿Sabéis lo que es eso putos gilipollas?.
  Admiré su culo una vez más.
  -Llevas razón, Sarita.-le dije-. Nos ha dado un punto chungo, perdona.
  El Algeciras se reía como un jodido subnormal, y el primo apoyaba la barbilla sobre su pecho con la mirada perdida en la punta de sus zapatos.
  -Como tenga que volver a levantarme os juro que os corto los huevos.-amenazó mi culo favorito.
  Miré el reloj. Eran las dos y media de la madrugada y el despertador de ésta tía pitaba que daba gusto a eso de las cinco.
  -No te preocupes, cariño.-le dije tope serio-. Haré que estos cabrones no vuelvan a abrir la boca.
  Contemplé el panorama. El Algeciras seguía riendo sin control y al primo le caía un hilillo de baba por la barbilla. Estaban los dos para un frenopático.
  -Bueno.-asumí, aguantando la risa yo también-. Lo intentaré al menos.
  Entonces, dios decidió que ya estaba harto de aguantar la pila de latas o que ya no tenía sentido seguir haciéndolo puesto que habíamos soliviantado al personal. El escándalo fue monumental.
  -¡Dios!.-rugió Sara-. Algún día me iré de esta casa. Estoy hasta el coño de vivir con borrachos y mamones.


34
  Una tía con dos pares de cojones ésta Sara  pero llevaba razón en todo, punto por punto. Éramos borrachos, mamones y vagos como zánganos. Tomábamos las cosas tal como venían, a ser posible sentados o tumbados, con una birra en una mano y, si había material, un peta en la otra. Rendíamos culto a Baco y a Marley que tampoco estaba tan mal. A diferencia de otros iconos más o menos sacros, estos dos no enviaban a los vecinos de su parroquia a machacar a los de la parroquia de enfrente. Como consecuencia, la indolencia, la pereza y algún que otro pecado capital se había adueñado de nuestras vidas. Pero eso sí, éramos todos unos pacifistas del copón.
  Abandonar el staff house como decía Sara siempre era una opción que estaba ahí al alcance de la manopla de algún valiente. No había ninguna razón  por la que cualquiera de nosotros no pudiera hacerlo. Nada nos retenía, ni siquiera un más que dudoso sentimiento de unidad patria. Londres te esperaba con las mandíbulas chasqueantes.
  Había sitios mucho mejores que la house de Ealing para vivir, pero también los había mucho peores. Yo había conocido gente que había mudado la piel del culo de tanto rascarse. Plagas de pulgas, chinches y otros bichitos de calibre milimétrico estaban a la orden del día.  Cuando vine a Londres las primeras veces, me tropecé con algunos sitios así. Nunca pasaba más de una o dos noches en ellos. Una semana en el mejor de los casos. En una ocasión mientras dormía me despertó un ligero cosquilleo a la altura de mi ombligo. Adormilado todavía, con mis dedos índice y pulgar, me hice con la molestia cojonera que perturbaba mi más que merecido descanso y entonces oí como el sonido de un papel de caramelo al ser arrugado. Acababa de aplastar una cucaracha.
  Encontrar una acomodación digna que estuviera bien de precio era sólo cuestión de tiempo y de suerte. Y ninguna de las dos cosas me sobraba últimamente. Estaba seguro de que nunca saldría de Ealing.
  Había otras soluciones, como compartir casa, muy similares a lo que teníamos en el staff house pero la cantidad de gastos suplementarios que tenías que asumir era tal que nunca llegabas a considerar la idea seriamente. Así que allí estábamos, sin ganas de movernos, ni siquiera de intentarlo, tocándonos los cojones. Momentos así eran los idóneos para preguntarte qué coño estabas haciendo con tu vida, o si podías hacer algo por ella, darle un sentido y cosas así. Naturalmente, pasábamos de hacerlo.


35
  Estaba en la cama con María compartiendo un petardo y entonces me lo preguntó.
  -¿Qué hay entre tú y esa chica de la quinta planta, Yose?.
  -¿Qué chica de la quinta planta, nena?.
  Uno no sabía cómo pero las tías siempre se enteraban de estas cosas.
  -Esa que vive en tu mismo flat, Aurora.
  -Ah, Aurora. Nada grave. Simple acoso.-dije expulsando el humo y pasándole el canuto.
  -¿Por su parte o por la tuya?.-preguntó.
  Empecé a sentirme como si estuviera pisando terreno minado.
  -Por ambas partes. Pero eso era antes de estar contigo.
  -¿Y ahora?.
  -Todo acabó, pero ella se resiste a abandonar.
  -Pobre chica.-suspiró María pasándome el petardo.
  -Te haría pedazos si se le presentara la oportunidad, nena. No la subestimes, es una auténtica fiera.
  Antes de que la cosa se liara más decidí cambiar de tercio y hacer la faena de muletas. María jadeaba como si estuviera corriendo la maratón mientras yo me afanaba en proporcionarle todo tipo de sensaciones. Cuando entré a matar, su sexo estaba abierto como una flor dispuesta para ser libada  por  mi aguijón. Fue un polvo cojonudo. Después nos dormimos.
  Por la mañana me levanté a mear y me tomé un café en la cocina. Cuando regresé al dormitorio María todavía dormía. La observé en silencio. Yo debía de estar loco. Una mujer como aquella merecía un esfuerzo más. Podía tenerla cada día con sólo desearlo. Nada me lo impedía.
  Entonces me entraron ganas de jugar un rato y me metí de nuevo bajo las sábanas. Empecé a acariciar su cuerpo desnudo, al principio de forma suave, y luego ataqué su boca. Nuestros alientos mañaneros se mezclaron en un cóctel de sabores amargos y respiraciones agitadas.
  -Buenos días, María.-dije, y después la monté sin contemplaciones.
  María gimió de placer. La mañana era su hora favorita. Según ella, no había nada como un buen polvo para empezar el día.
  Y yo, por supuesto, estaba de acuerdo.


36
  Cuando me desperté era la una y media de la tarde. María no estaba. Había una nota en su lado de la cama. La leí. Decía que había salido a hacer unas compras y me deseaba un hermoso despertar. Bueno, no había estado mal.
  Me levanté, fui a la cocina, abrí una cerveza y entonces llamaron a la puerta. Decidí no abrir pero la campanita volvió a sonar, esta vez insistentemente. Espié por la mirilla. Había una tía al otro lado. Yo estaba en gallumbos. Cogí una camiseta, me la puse y abrí la puerta.
  -Hola.-dije.
  -¿Quién eres?.-me preguntó una rubia oxigenada de unos treinta años con vaqueros gastados y mochila al hombro.
  Me quedé mirándola un segundo. Y ella me devolvió la mirada como si yo fuera la última jeta que deseaba ver en este mundo. Tenía el pelo cortado al uno, al dos o al tres en raya y un feo rictus en los labios.
  -Qué curioso.-dije-. Yo iba a preguntarte lo mismo. Igual tiene algo que ver con que yo estoy a este lado de la puerta y tú en ese otro.
  Mi comentario no le gustó. Me miró venenosamente, como si yo fuera algún tipo de enemigo con el que no había que tener piedad.
  -Corta el rollo, tío. ¿Dónde está María?.
  -María ha salido. Yo soy el jardinero, ¿qué puedo hacer por ti?.
  Definitivamente me odiaba.
  -Para empezar, echarte a un lado.-escupió-. Voy a esperarla el tiempo que haga falta.
  -Un momento. No sé quién coño eres, tía. No puedo dejarte pasar así como así.
  Entonces la pelopincho sacó una cartera de un bolsillo lateral de su mochila y extrajo una foto. Me la mostró.
  -¿Bastará con esto?.
  En la foto aparecía María con esta tía. Ambas sonreían. Alguien había escrito en una esquina de la foto un “para Susana”. También había una fecha de un año antes.
  -Está bien.-dije resignado-. Adelante.
  Aquello iba a ser la guerra. Bueno, pensé, al menos no me aburriría.
  Fuimos al salón y allí tomamos posiciones. Yo en el sofá. Ella se sentó en la moqueta del suelo, a unos metros de mí, con sus ojos a la altura de mis pelotas. Ninguno de los dos dijo una palabra durante unos minutos. Cada vez que nuestras miradas se encontraban ella apartaba la vista. Hacía años que no jugaba a eso.
  -¿Qué significas para María?.-me preguntó de pronto.
  No se lo iba a poner fácil, desde luego.
  -Pregúntaselo cuando venga.-dije-. Estará al llegar.
  Pero no se dio por vencida.
  -Y para ti, qué significa ella.
  -¿Quién eres, su madre?.
  -Me preocupo por ella, eso es todo.
  -No te creo. Tú sólo tienes aspecto de preocuparte de ti misma.
  Se echó a reír. Había algo específicamente desagradable en toda ella. Luego se levantó, fue a la cocina y volvió con una lata de refresco. Se movía por la casa con total familiaridad.
  -No me gustas.-me dijo a continuación.
  -Me rompes el corazón.-dije-. Tú a mí tampoco.
  -Quiero que lo tengas bien claro. He venido a recuperar a María y pienso quedarme.
  Me quedé pensando unos segundos lo que aquello quería decir. Demasiado tiempo.
  -María no te lo ha contado,¿verdad?.
  No dije nada.
  -Ella nunca te ha hablado de mí, no me sorprende. Siempre ha sido una timorata con su sexualidad.
  -Pues a mí no me lo parece. Te aseguro que en la cama funciona bastante bien. No tengo ninguna queja.
  Durante un momento creí que iba a lanzarse sobre mí. Estaba claro que yo era algo que se interponía entre María y sus planes de conquista, de ocupación o lo que coño fueran.
  -Aquí ya no tienes nada que hacer.-dijo con frialdad-. Eres historia.
  -Eso lo veremos.-respondí sin mucha convicción.
  -No tienes ninguna oportunidad, ¿qué crees que hará María cuando vuelva?.
  Me imaginé la escena, a María abriendo la puerta cargada con una bolsa de Sainsbury’s y encontrándonos allí, probablemente sin saber qué decir, y decidí que no quería formar parte de ella.
  Me levanté, fui al dormitorio y terminé de vestirme.
  -Será mejor que me vaya.-dije-. No quiero estropear nada.
 

  37
  Por la tarde, María me llamó a South Ealing. Allí sólo había un teléfono en las escaleras así que, por lo general, el primero que pasaba por delante solía descolgarlo y daba el toque pertinente en el flat solicitado.
  -¿Sí?.
  -Yose, soy María.
  -Hola, nena.
  -¿Estás enfadado?.
  -No.
  -Susana me lo ha contado todo.
  -Bien por Susana. Es una tocacojones de primera.
  -Le he dicho que se vaya pero no quiere irse.
  -Llama a la policía.
  -No puedo hacer eso.
  -Bueno, entonces deja que se quede.
  María suspiró.
  -Necesito verte.
  -Es tarde.
  -No importa. Iré a recogerte.
  La esperé en la estación de metro y fuimos a un pub. Bebimos cerveza y hablamos. María parecía ligeramente ansiosa.
  -¿Estás sorprendido?.-me preguntó.
  -No mucho. La homosexualidad femenina siempre me ha parecido razonable.
  -¿No te importa?.
  -No tengo problemas con eso.
  -Quiere volver.
  -Lo sé. ¿Qué vas a hacer?.
  Entonces María me contó la historia de su vida o algo así. Nada nuevo bajo el sol. Una boda, cinco años de convivencia insoportable, separación, divorcio, búsqueda de nuevos horizontes y Susana. Con ella había descubierto su homosexualidad.
  Sin problemas, podía imaginarme la escena. A la frágil María siendo sodomizada en el templo de Lesbos por la sacerdotisa Susana. Era como si de repente una mantis religiosa se hubiese vuelto loca y devorase a otra hembra.
  -Cuando me dejó hace un año pasé por una depresión.
  -Tendrías que haberlo celebrado.
  Miré a María. Sus grandes ojos oscuros estaban en otra parte, recordando.
  -Pensé que se había acabado.-dijo.
  Eran palabras elocuentes, casi una declaración.
  -No puedo competir con eso, María. No estoy en igualdad de condiciones.
  -Lo sé.
  -Volverá a dejarte.
  -No puedo hacer nada. Me tiene enganchada, no sé explicarlo.
  Bebí de mi cerveza. Sabía más amarga que un momento antes.
  -Fue idea suya que te llamara.
  -Es lógico. Quiere recuperar su posición cuanto antes.
  -Lo siento, Yose.
  -Está bien. De todos modos lo nuestro se habría acabado algún día.
  Entonces María empezó a llorar mientras me miraba. Casi me hizo sentirme culpable. De alguna forma estaba abandonándola a las fieras. No pude soportarlo. Cogí su barbilla con mi mano y sequé sus lágrimas con un pañuelo de papel.
  -Vamos.-dije-. Te acompañaré a la estación.


38
  No vi a María en dos o tres días. Solíamos encontrarnos en la oficina al comenzar la jornada, rodeados de otra gente, y entonces sólo intercambiábamos una mirada de estricto compañerismo laboral. Trabajábamos en plantas diferentes y eso, dados los últimos acontecimientos, me parecía bastante conveniente. Realmente no tenía ganas de verla, no en aquel momento. No es que estuviera particularmente jodido, pero no me iban los triángulos y tampoco quería saber nada del asunto. En situaciones así, lo mejor es poner tierra de por medio, a ser posible un continente de buen tamaño. Tarde o temprano acabas haciendo cosas que no quieres y diciendo cosas que no piensas. Y eso superaba con mucho lo que estaba dispuesto a dejarme en el camino por descargar mis pelotas con cierta regularidad.
  Una tarde, me encontré con Eli en Ponti’s, una cafetería que estaba a dos calles del Hilton.
  Eli me dirigió una sonrisa al descubrirme apoyado en la barra y se sentó a mi lado.
  -¿Qué, cómo va tu asunto?.-se interesó.
  -Mejor no quieras saberlo.-le dije sin mucho ánimo.
  -Vamos, hombre. No puede ser tan malo.
  Durante un momento consideré la posibilidad de contarle toda la historia pero no me sentía con ganas de entrar en detalles.
  -Es bastante peor.-dije lacónico.
  -Vaya, no lo sabía. ¿Sigues aún con las dos?.
  -Sólo con una, y ni siquiera estoy seguro de que sea la que tiene el culo más gordo.
  Eli se echó a reír y me dio una palmadita en el hombro.
  -Dime una cosa, viejo. ¿Cómo haces para librarte cuando sólo queda una?.
  -Cámbiate de ciudad-me dijo riendo-. O mejor, de país. Es lo que hice yo.
  Tal vez lo haga, pensé.


39
  Así que Aurora me tenía de nuevo para ella sola. Bueno, no era tan malo después de todo. Aurora tenía espíritu y carácter, cosas que yo admiraba en una tía, y sabía pelear. Otro punto a su favor. El problema era que, como toda relación que se basa en la jodienda, la cosa ya no se podía estirar mucho más.
  Le comuniqué la buena nueva con remotas esperanzas de que tal vez la ruptura con María produjera en ella un efecto dominó. No me equivoqué. Las esperanzas eran remotas.
  -¿De verdad?.-exclamó, besándome tiernamente los labios.
  -De verdad.-dije con resignación.

  Aquel día llegó Paquito contándonos una historia para no dormir.
  -No os vais a creer lo que me ha pasado.
  Estábamos todos reunidos en la cocina y nos pusimos a escucharle.
  -¿Recordáis que os dije que quería ir a investigar a un sex-shop cerca de Leiscester Square?. Bueno, pues he ido hoy, pero antes de eso estuve dando un paseo por Saint James Park. Tíos, todavía no me lo creo. Allí que me tumbo un rato en el césped a tomar el sol y entonces noto que algo me golpea en un patuco. Miro y era una nuez. Coño, pienso, ¿de dónde habrá salido?. Bueno, se le habrá caído a alguna ardilla. Así que volví a tumbarme y al rato algo vuelve a golpearme, esta vez en la pierna. Miro y era otra nuez. Entonces me mosqueo y observo detenidamente a la gente que está a mi alrededor. Pero todo el mundo parece estar a su bola, bien sentada sobre la hierba o paseando. Además, me fijo en que los árboles están demasiado lejos para que las ardillas practiquen el tiro al blanco conmigo.
  -Algún capullo.-dijo mi tocayo.
  -Sí.-continuó Paquito-. Es lo que yo pensé. Entonces un tío se me acerca a pedirme fuego, le digo que no fumo y se va, pero me da tiempo a leer lo que lleva escrito en la camiseta, algo así como “puede que tú hayas acabado con tu pasado, pero tu pasado no ha acabado contigo”.
  -¡Carajo!.-soltó el Algeciras.
  -Entonces,-siguió Paquito- me levanto y me dispongo a salir del parque. Comienzo a caminar y en esto que me vuelvo para radiografiar a un par de titis que se cruzan conmigo y veo al tío de la camiseta a unos diez o quince metros detrás de mí. Entonces no me preocupo, pero salgo del parque y el tío sigue allí. Llego a Victoria y el hijoputa se planta también en la estación. Y no sólo eso, cuando llega el tren se sube al mismo vagón que yo y cuando hago transbordo él también lo hace. Me bajo en Charing Cross bastante acojonado y me apresuro por las escaleras mecánicas pero no sirve de nada, el tío no me pierde la pista. Cuando llego a la calle me meto en la primera librería que veo. Allí lo último de lo que tengo ganas es de hojear libros pero me pongo a ello. Doy un vistazo a mi alrededor y allí está el colega, y me está mirando, y viene hacia mí y cuando estoy a punto de salir corriendo, ¿sabéis lo que me pregunta?.
  -La hora.-dijo el Algeciras, y todos nos reímos a carcajadas.
  -No, me dice:”Perdona, quiero hacerte una pregunta. ¿A ti te gustan los hombres?”. Estuve a punto de mandarlo a tomar por culo pero por todo aquello de la tolerancia y demás le dije simplemente que no me iba ese rollo. Entonces me acordé del parque.
-“¿Tú eres el de las nueces?”, le pregunté. Y el tío va y me mira como si yo, precisamente yo, estuviera loco y me dice, “¿qué nueces?”.
  A esas alturas de la historia andaba todo el mundo descojonado y cada vez que Paquito hablaba la cosa empeoraba.
  -Lo que no entiendo es por qué me lo preguntó a mí.
  -No sé, colega.-dijo el Algeciras siguiendo la juerga-. Yo de ti andaría preocupado.
  Lo cierto es que así era. Algo debía tener el chaval que gustaba a los bujarrones. Unos días más tarde tuvo un incidente similar, esta vez sin persecución a lo fugitivo. Un negro mariquita se le sentó al lado en el autobús cuando iba por Marble Arch y le hizo la misma pregunta. Imagino la cara que puso Paquito que tenía un más que consumado conocimiento sobre los atributos de esta raza. Se bajó allí mismo con la angustiosa sensación de que su culo estaba en peligro y no paró hasta llegar a Tottenham Court Road. Las palabras que el negro le gritó por la ventanilla aún le soplaban los oídos:
  -EH, TÍO, ¿ESTÁS SEGURO?.
40
  Cada mes, el Algeciras recibía desde España un par de cartones de tabaco, cortesía de un hermano suyo que traficaba con winston de pata negra cruzando el estrecho con una lanzadera tope puntera. Ese mes llegó algo más. Un sobre ligeramente abultado que contenía otro sobre transparente con lo que parecía perejil muy picadito para espolvorear aliños. Se lo enviaba su antigua chorva que, misterios de la vida, no sólo no le olvidaba sino que había descubierto su ignoto paradero.
  -Esto debe ser cosa del Urko y de la Ana.-dijo mi compadre, soltando el aire entre los dientes.
  El Algeciras me explicó que la ilustre pareja de troncos habían compartido un tiempo casa okupa en Granada con Noemi, su último amor y que el soplo debía de haber venido por ese lado.
  -Lo peor es que cualquier día de estos se cuela aquí, la muy puta.-declaró todo soliviantado.
  Entonces mi colega me enseñó una foto de la Noemi desnuda de pecho para abajo con un dragón tatuado que se enroscaba alrededor de su ombligo con bastante saña, la verdad. Parecía que se la quería comer, y no era para tanto.
  -¿Qué te parece?.-me preguntó.
  -Coño, Paco, no sabía que fueras tan romántico.-dije.
  -Daría la vida por ella, Josema.-me respondió harto serio-. Es mi niña.
  -Bueno, no nos pongamos maricones.-dije señalando la bolsa-. ¿Sabes qué es esto?.
  El Algeciras cogió la bolsa y le dio vueltas durante unos segundos entre los dedos.
  -Ni idea, tío.-dijo-. La primera vez que lo veo.
  Dentro del sobre de correos había algo más. Una hoja de instrucciones y advertencias.
   SALVIA DIVINORUM. NO DEBE SER FUMADA. ESTA APLICACIÓN ESTÁ CONTRAINDICADA.
   EN CASO DE USO INADECUADO PONER FUERA DE ALCANCE CUCHILLOS Y                     OTROS OBJETOS PUNZANTES. DE IGUAL MODO SE RECOMIENDA LA PRESENCIA DE OTRA PERSONA DURANTE EL TIEMPO QUE DUREN LOS EFECTOS DE LA INGESTA.
  -Vamos a fumárnosla, Josema.
  No había nada como un aviso de prohibición para despertar los instintos más atávicos del Algeciras.
  -¿Utilizamos la prudencia, colega?.-le pregunté innecesariamente.
  -Nasti de plasti. A jierro.-exclamó con entusiasmo.
  Los efectos de la salvia en mí fueron francamente decepcionantes. Yo había esperado algún tipo de experiencia trascendente pero lo único que conseguí fue sentir durante unos minutos que mi cuerpo encajaba a la perfección en el entorno que me rodeaba, como una pieza más de un puzzle sin sentido. Yo ya me sentía así normalmente, así que no noté mucho la diferencia.
  El Algeciras en cambio, había regresado a su infancia y había revivido la primera pelea que tuvo con los chavales del barrio marginal de su ciudad donde había adquirido tan proba formación.
  -Me guindaron las zapatillas de deportes, mis primeras zapatillas, recuerdo que eran de color rojo y que me gustaban mucho, y también que llegué a mi casa llorando.-me dijo-. Lo había olvidado por completo.
  Episodios así solían derivar en traumas desencadenantes de personalidades confusas que provocaban en el sujeto apremiantes deseos de convertirse en zapatero o limpiabotas como máxima aspiración en la vida. Pero el Algeciras decidió que el ramo del calzado no era para él y que tenía que espabilar rápido si quería hacerse respetar y sobrevivir en esa selva. Al día siguiente le arreó lo mismo al primero con el que se cruzó y se hizo con su primer par de patucos ilícitos. Fue su primer delito. Después, vinieron muchos más.
  Le propusimos la experiencia a Paquito y también al primo, todavía quedaba material de sobra, pero ninguno de ellos acogió la idea con excesivo entusiasmo. Cualquiera sabe lo que hubiera salido de aquellos dos.


41
  Entonces me dieron la más suntuosa propina de todas cuantas recibí en el Hilton, cien libras. Aluciné en colores, claro. El autor de tamaño despiporre fue el barón Von Moltke, un noble alemán que permaneció quince días en el hotel languideciendo por un amor no correspondido. Durante ese tiempo yo me había encargado de su habitación y como el barón no se levantaba hasta bien pasado el mediodía casi siempre era de las últimas. Su aspecto era el de un tío que se hubiera escapado de una novela del siglo diecinueve con mostacho y perilla a juego, y sus modales eran sumamente corteses.
  Cada día cumplía con mi ritual habitual. Hacía toc-toc en la puerta y anunciaba mi llegada al queo de housekeeping. Y allí estaba el barón, sentado junto a la ventana con una mirada triste, viendo caer la lluvia. Mi llegada de algún modo le reanimaba, y mientras yo hacía mi faena manteníamos unos minutos de charla. Al principio se interesó por mi status civil.
  -¿Estás casado, muchacho?.-me preguntó.
  -No, señor.
  -¿Y enamorado?.
  -No, señor.
  -¿Crees en el amor?
  -En parte.
  -¿En parte?.
  -En la parte física, señor.
  El barón rió entre dientes mi comentario, le caí bien y en el transcurso de los días siguientes me fue descubriendo, capítulo a capítulo, las excelencias de su amada. En cualquier caso, había un problema insoluble. Al parecer, la amada estaba emparentada con la realeza británica en la quinta o sexta rama tirando a mano derecha del árbol genealógico y no quería saber nada del barón. Cada tarde nuestro héroe acudía impertérrito a casa de su adorada con la esperanza de ser recibido pero no obtenía más que calabazas. El pobre hombre no ganaba para disgustos y cada día me lo encontraba suspirando junto a la ventana con el cristal empañado por su noble aliento.
  Se lo conté a Aurora y cometí un error.
  -¡Qué romántico!.-dijo con un suspiro.
  Coño, ahora a todo el mundo le iba a dar por suspirar.
  A partir de entonces, Aurora me preguntaba a todas horas por el barón. Yo salía del paso como podía pero ella no se daba por vencida. Incluso en la cama me preguntaba por el barón. Ocurrió sólo una vez pero fue suficiente para desinflarme la cosa a velocidad mach-1. Me la quité de encima de un empujón.
  -Se puede saber qué cojones te pasa con ese tío.-le grité-. ¿Es que no puedes hablar de otra cosa?.
  Aurora me miró estrechando las rendijas de sus ojos. Ya se había liado.
  -No, no puedo y no me da la gana. Un hombre así no merece sufrir de esa manera.
  -¿Un hombre así?. Pero, ¿de qué coño estás hablando?. Ni siquiera le conoces.
  -Sí que le conozco. Es todo lo que tú no eres.
  -Vaya, esta si que es buena.
  -Sabe tratar a las mujeres. Y lo más importante, sabe lo que es el amor.
  -Ese tío no sabe un carajo. Es un auténtico gilipollas que todavía no ha cambiado de siglo.
  -No, es un hombre con sentimientos y eso te molesta.
  -¿Sentimientos?. ¿Sabes dónde acaban todos esos sentimientos que tanto te gustan?.
  Hice una pausa estudiada.
  -Entre las piernas, nena.-solté convencido.
  -Eres un cerdo. Siempre estás soltando tu discurso de mierda.
  -Coño, es la verdad. Instinto de conservación o algo así lo llaman. Hay que follar para preservar la especie. El amor es pura química, nena. Y el barón es un hombre como todos que busca lo que yo estoy mirando en estos momentos.
  Aurora se cubrió con la sábana pero ya era demasiado tarde. La cosa había empezado a subir de nuevo y lo hacía con alegría. Nuestros ojos se encontraron. No habría capitulación sin guerra. Me abalancé sobre Aurora y conseguí rodearla por la cintura. Ella me golpeó, me mordió, pataleó con rabia pero no solté la presa. Todo era parte del juego. Rodamos por la cama de un lado a otro hasta quedar agotados y entonces la tomé.
  Estos eran, sin duda, nuestros mejores polvos.


42
  Con las cien libras del barón nos fuimos a comprar algo de ropa. Yo no estaba obligado a compartir el fabuloso estipendio con Aurora, pero siempre andaba corto de guita y nunca le había regalado nada. Quise hacerlo esta vez. Llovía ese día, así que fuimos a lo práctico. Al menos yo. Me compré una chupa negra en plan motorista fantasma. Aurora optó por unos vaqueros y ropa interior.
  -¿Qué color te gusta?.-me preguntó con una sonrisa cómplice.
  Aquello cada vez se parecía más a un matrimonio.
  -El negro.-dije.
  Me gustaba el negro en la ropa interior. En mi opinión era el color ideal para vestir un coño. Lo envolvía de misterio. Era algo primigenio, supongo. La oscuridad y la luz y todo eso.
  Más tarde fuimos a un prêt-à-manger en Oxford Street a reponer fuerzas y después de aquello terminamos dando un paseo por el parque de Saint James, frente a la choza de Isabel. Allí nos acercamos al estanque. Había patos, cisnes y pavos reales. Nos divertimos siguiendo sus maniobras. Algunos patos parecían seres humanos, luchaban como desesperados por las migajas de pan que les lanzaban los paseantes. Los cisnes y los pavos reales, en cambio, se comportaban orgullosamente. Sabían que les llegaría su momento. También parecían seres humanos. Estaban acostumbrados a los privilegios. No tendrían que aletear en el agua para participar de la fiesta. Niños acompañados de mamás protectoras les suministraban el condumio a diestro y siniestro. Me alegré por ellos. Todavía eran mejores que nosotros. Nosotros éramos los putos patos.


43
  No mucho después de eso, una tarde, mientras me cambiaba para salir pitando Roberta entró en el vestuario. Estaba sudando y jadeaba, a punto del colapso. El gordo había corrido lo suyo para llegar hasta allí antes de que me diera el piro. Cuando me vio fue directo a por mí.
  -¿Qué has hecho en la 431?.-me soltó casi ahogándose por el sofoco.
  Me quedé patedefuá. Pensé que el gordo había perdido por fin la chaveta.
  -Lo mismo que en las otras habitaciones.-respondí, alzando las cejas-. Hacer las camas, quitar el polvo, pasar la aspiradora....
  -Esto es muy grave, Maldona. Alguien ha robado un reloj en la 431.
  -¿Un reloj?.
  -Sí.
  Me encogí de hombros.
  -Yo sólo he hecho mi trabajo. Ni siquiera he visto ese reloj del que me hablas, Robert. No es asunto mío.
  El gordo se rebotó.
  -En eso te equivocas. A partir de este momento, ese reloj es asunto de todos los que trabajan en este hotel, y si consideras que a ti no te incumbe, ¿sabes lo que eso significa?.
  -¿Es una pregunta retórica?.
  La jeta de Roberta adquirió el color de un tomate maduro a punto de reventar.
  -No estás en condiciones de hacerte el gracioso, Maldona. Ha ocurrido en una de tus habitaciones. Deberías estar preocupado.
  Bocazas. Me quedé sin saber lo que significaba.
  -Bueno, yo no he sido. Sólo puedo decir eso.
  -Está bien. Tendrás que pasar un control a la salida.
  -Vale.
  -Y tendré que registrar tu taquilla.
  -Adelante.
  En mi taquilla sólo había perchas y restos de otros naufragios de tíos que habían pasado antes que yo por allí. Lápices, un paquete de chicles, algunos folletos y cosas así. Yo no me había molestado en limpiarla.
  El gordo se dio la vuelta decepcionado.
  -Muéstrame tu cartera, por favor.-dijo a continuación.
  -¿Mi cartera?.
  Con gesto de resignación y un bufido de incredulidad la saqué de mi bolsillo y abrí cada uno de sus departamentos. Había poca cosa que ver allí.
  -Oiga.-le dije-.¿Cómo puede estar seguro de que el cliente no está mintiendo?.
  Entonces Roberta me miró como si, de pronto, yo me hubiera puesto a hacer el pino.
  -El cliente siempre tiene razón.-dijo el maldito imbécil.


44
  Ni que decir tiene que el dichoso reloj no apareció jamás. Corrieron rumores de que el peluco  era un Cartier con incrustaciones de brillantes.  Otros se apuntaban a la teoría de un Rolex putamadre con antena parabólica. Total, que al final lo único de lo que todos estábamos seguros era de que no se trataba del Big Ben. El seguro del hotel se hizo cargo de la historia y aquí paz y después gloria.
  Menos para mí. De repente, los gorilas de seguridad habían reparado en mi existencia. Calvos como sapos, pulcramente uniformados, me seguían con sus ojos de mastín miópico allá  donde fuera o apareciese mi egregia figura. Cosas de la fama. Cada vez que me cruzaba con uno de ellos me entraban ganas de preguntarle por su familia. Yo hubiera preferido que las cosas entre nosotros fueran más como entre colegas o así. Yo siempre pongo de mi parte.
  -Eh, Smithy. ¿Cómo te va la vida?. ¿Has tenido algún pensamiento hoy?. Aparte de machacártela esta mañana pensado en tu vecinita de diez años, quiero decir.
  -Es difícil, muy difícil, señor. Cada vez que trato de pensar algo me duele la cabeza.
  -No lo intentes siquiera, Smithy. Podrías provocarte un aneurisma, compañero. Imagina como sería la vida sin ti, el Hilton estaría perdido, esto sería una selva.
  -Claro, claro. La verdad, bueno....siento mucho tener que preguntarle esto, señor, pero...bueno, no sabrá usted nada de un reloj que ha desaparecido de una de las habitaciones.
  -¿Qué te he dicho, Smithy?. Ahora mismo acabas de pensar. Has hecho una pregunta.
  -Cielos, es cierto.
  -No vuelvas a hacerlo. Lo primero es el Hilton.
  -Sí, señor.
  -Y ahora, ¿ves aquella puerta del fondo, la de servicio?. Mimetízate con ella y no te muevas. Hace juego con tu traje.
  -Gracias, señor. Haré como usted dice.
  -Nada, nada. Cualquier cosa por un compañero.
  ¿Serían tan comprensivos?.
  No, no lo creo. De hecho registraban mi taquilla con bastante asiduidad. Usaban para ello una llave maestra, los muy cabrones. Esta grave falta de confianza en el ser humano me afectó profundamente, lo reconozco. ¿A dónde íbamos a parar?.  ¿Qué se había hecho del sabio aforismo “una mano lava la otra” tan necesario en estos tiempos?. Y lo más importante y que ya me hacía casi perder la poca fe que me quedaba en la teoría de la evolución de las especies, ¿CÓMO COJONES PODÍAN PENSAR SIQUIERA QUE YO SERÍA TAN SOPLAPOLLAS COMO PARA DEJAR EN MI TAQUILLA ALGO QUE  ME COMPROMETIERA?.


45
  El Algeciras recibió un soplo de una fiesta que se iba a celebrar en una casa okupa. Y se portó como un colega de los de verdad invitándome a acompañarle. Acepté, of course. Tenía ganas de apreciar in situ el modus vivendi de tanta peña rallada junta.
  Eran las diez de la noche de un sábado cuando partimos en metro hacia Killburn. Íbamos cargados de antemano. Nos habíamos soplado media docena de budweiser cada uno en la cocina del flat y llevábamos una birra más, bien disimulada por aquello de la prohibición en las vías públicas, para hacer camino. Teníamos que  transbordar en Green Park y allí nos paramos a mear. Fue de esas veces que sientes verdadero alivio cuando meas. Había un maricón haciéndose una paja mientras  evacuábamos nuestro oro líquido. Luego cogimos la Bakerloo Line hacia el norte. Íbamos solos en el vagón y aprovechamos para mear nuevamente.
  Encontramos la casa después de dar unos cuantos rodeos por la zona. No fue fácil pero al final resultó que estaba bastante cerca de la parada de metro, a unos cinco minutos caminando. Era una casa grande de tres plantas que en algún momento de su pasado había servido de hostel o algo así. Entramos por una puerta lateral y accedimos directamente a la pista de baile. Estaba tan oscuro que no hubiera podido ni encontrarme el ojo del culo. Apenas un par de bombillas iluminaban el antro. En ese momento estaban probando los equipos de música. Había un tío rayando con un par de platos. El Algeciras se acercó a él y se saludaron.
  -Hey, colega. ¿Cómo te va?.-dijo.
  -Da paura, tío.-respondió el otro.
  El menda era italiano. Nos abrió un pequeño portillo por el que se accedía a una escalera que daba a los pisos superiores. La ascensión fue tortuosa. Esquivamos basura a discreción. Compresas usadas, colillas, envases de yogurt, cartones de leche vacíos, latas de conserva, envoltorios de preservativo rotos, una rata  que huyó despavorida en cuento nos vio. Allí podías encontrar cualquier cosa, excepto algo que necesitaras de verdad. Por ejemplo, un detector de mentiras. Cuando hablabas con esa gente nunca sabías si te estaban contando la última película que habían visto, el último anuncio superchulo de nike o la caída del imperio romano. Eran hijos de puta hiperbólicos. Todos eran más que todo y ninguno era menos que nada. No había forma de aclararse. Empezaban hablando de todo lo que habían hecho a lo largo de sus interesantes vidas y cuando te ponías a contar los años te faltaban al menos la mitad para cubrir ese duro periplo de vivencias inacabables.
  Pasamos ante un par de puertas abiertas a lo que parecían dormitorios. Había mantas y colchonetas de goma tiradas por el suelo.
  La cocina estaba en la segunda planta. Allí se encontraba reunida una nutrida representación de los residentes del lugar. Entre ellos el capitoste de la casa, colega de mi colega desde sus más tiernos años.
  Parecía que el Algeciras había encontrado al amor de su vida.
  -Guillermo, hermano.-gritó eufórico.
  -Paco, hostia puta.-exclamó el otro.
  Se dieron un abrazo.
  -Cuanto tiempo, hermano.
  -Sí, desde lo del año pasado con el palo que dimos en el muelle.
  -Estuvo bien.
  -Estuvo mejor que bien, Paco.
  Eso del muelle me lo aclaró el Algeciras más tarde. Se trataba de unas cajas de embalaje que habían encontrado sin vigilancia en la estiba de un barco. Un palo fácil. No me dijo lo que contenían las cajas y yo no insistí.
  Guillermo era el guaperas oficial de la casa y para realzar este don de la fortuna se había atravesado el cartílago de la oreja derecha con un genuino colmillo de jabalí.
  -Es guapo.-dijo el Algeciras.
  -Me lo compré en Ámsterdam.-informó Guillermo.
  A continuación el Algeciras me presentó.
  -Este es un colega del curro.-dijo  señalándome.
  -¿Pasa, tío?.
  -Aquí estamos.
  Sí, allí estábamos. Cerca de una decena de tíos, la mayoría de ellos se pasaban la vida pensando la forma de pillar a continuación. Aquella noche el problema estaba resuelto. Guillermo había regresado hacía poco de España con un par de botellas de agua de dos litros con suficiente ketamina diluida dentro para anestesiar a todo un zoológico. En ese momento, sobre el fuego de la cocina, se estaba produciendo la última fase de la extracción. Era sólo cuestión de verter el agua sobre una sartén químicamente pura y esperar a que se evaporara.
  -Estoy como una moto, Josema.-me dijo el Algeciras-. Hace seis meses que no me meto una raya de keta.
  -Coño, sigue así.
  -Hoy no, tío. Esta noche tengo ganas de sentirme de nuevo el hombre de goma.
  -Lo que te salga de los cojones, Paco.
  Casi todos en la cocina hablaban español, excepto un escocés alopécico con una frente que le hubiera provocado pesadillas al doctor Frankenstein. Alguien lió un supercanuto con dos papeles y nos lo fuimos pasando.
  -Así que te has convertido en un niño bueno, Paco.-dijo Guillermo irónico.
  El Algeciras sonrió entre dientes, luchando consigo mismo por mantener a flote su reputación.
  -Necesitaba un respiro, hermano.-dijo-. Pero todo se andará.
  La ketamina estaba a punto. Un fino polvo blanco residual cubría el fondo de la sartén. Guillermo cortó un trozo de papel de aluminio y volcó en él la sartén con sumo cuidado.
  A veinte pavos la raya.
  El Algeciras se ofreció a invitarme.
  -Ni de coña.-le dije-.Paso de esa mierda,¿vale?.
  -Uh, uh, tranquilo, Josema. Luego te veo, ¿eh?.
  -Eso espero, maricón.
  Salió con el resto de mamones a la búsqueda de algún sitio cómodo donde dar con sus huesos, probablemente algún dormitorio de los que vimos al subir.
  Entonces, entró en la cocina una tía seguida de tres gatos.
  -Aquí llega Catwoman.-dije abriendo los brazos.
  La tía sonrió.
  -Hola, me llamo Faina.-se presentó.
  -Soy Jose.-dije.
  Se sentó y los gatos se tumbaron a sus pies.
  -¿Son tuyos?.-le pregunté.
  -Los dos machos ya estaban aquí cuando llegué.-explicó-. La gata la traje yo.
  Me dijo el nombre de todos ellos. El macho siamés era Rosquete. El negro con la panza blanca se llamaba Cucho. La gata era gris y respondía al nombre de Txiki.
  -Vino desde Barcelona oculta en mi pecho cuando era así.
  Abrió con sus manos un hueco de unos quince centímetros que me recordó el tamaño de mi polla en erección.
  Cuarenta y cinco minutos después todavía seguía hablando de gatos.
  Entonces apareció el Algeciras, se apoyó en el quicio de la puerta y me saludó con el dedo corazón de su mano derecha.
  -¿Cómo vas, maricón?.-le pregunté.
  A duras penas consiguió llegar a una silla dando tumbos.
  -Follao, Josema.-dijo con lengua de trapo-. Pero controlo,¿eh?.
  -Sí, colega. Te veo de cojón de pato, ¿necesitas algo?.
  El Algeciras no respondió. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Luego empezó a reírse.
  -¿Dónde estás, tío?.-le pregunté.
  -Estoy aquí, Josema.-dijo riendo-. Estoy aquí y ahora. Now and here, now and here......
  Y continuó así, tarareando la canción de Queen moviendo rítmicamente las rodillas hasta que se detuvo bruscamente. Entonces,  saltó como un muelle de la silla, aguantó el tiempo suficiente  para orientarse hacia el fregadero y empezó a potar.
  -Yo nunca tomo keta.-dijo Faina-. Me desarregla el periodo.
  Lo que me faltaba, escuchar los problemas menstruales de una yonqui.
  -Yo tampoco tomo.-dije explícito-. Me la pone como una tabla.
  El Algeciras seguía vomitando. Hacía que la niña del exorcista pareciera un angelito a su lado. Era víctima de náuseas secas, se estaba ahogando el muy hijo de puta.
  -Venga, maricón. Déjalo ya.
  -Ya voy, ya voy....
  Pero su cabeza había desaparecido dentro del fregadero y no la asomaba ni para tomar aire. Fui hasta él y traté de incorporarle.
  -Déjame, deja......BROOOOAAAARRRGGGHH.
  Me eché a reír.
  -Para ya, tío, que te vas a joder la garganta.
  -No pue...BBRROOOUUAAARRRRRGGGGH.
  Lo dejé por imposible.
  Los gatos no le quitaban ojo de encima. Cada vez que mi colega potaba, echaban las orejas hacia atrás y se bufaban unos a otros. Todo esto duró diez minutos. Entonces las arcadas remitieron y el Algeciras consiguió volver a su silla.
  -¿Mejor?.-le pregunté.
  Me miró con los ojos llenos de lágrimas por el esfuerzo.
  -Nunca me había pasado nada así.-me dijo-. Estoy desentrenado.
  -Sí, para las olimpiadas. Anda, levanta y vamos abajo.
  A esas alturas, abajo ya se había montado el cotarro. La alegre muchachada abarrotaba el basement. Al otro lado de la pista se había habilitado un chill-out con butacas que parecían sacadas de un cine abandonado. También había una tarima de madera donde la peña se despatarraba a su gusto. Y frente a todo eso, una barra con dos tíos sirviendo latas de Stella Artois a un pound y medio. Uno de ellos era Guillermo.
  -¿Cómo va, Paco?.-preguntó.
  -He potado, hermano.-dijo el Algeciras.
  -Te has vuelto blando.
  Pedimos dos cervezas y echamos un vistazo por allí. O lo intentamos. La iluminación no había mejorado precisamente. A espaldas de la barra los altavoces atronaban como tambores de guerra. Nos pasamos al otro lado atraídos por los ritmos marciales y empezamos a saltar como gansos entre toda la basca. Llevábamos así un buen rato cuando se me acercó la tía de los gatos y me preguntó si quería follar. No estaba yo muy seguro de los principios higiénicos de esta tía pero por otro lado había ido allí con la idea de matar algo si se me ponía a tiro. Y bueno, allí estaba. No era la periquita de mis sueños pero para el caso podía servir. Dejé allí al Algeciras pegando botes con cara extática de felicidad.
  Fuimos a su dormitorio y por el camino me contó que era de Brasil. Pues muy bien. Yo era del puto País de Nunca Jamás.
  Pasamos de preliminares y empezamos a quitarnos los trapos a supervelocidad. Me sorprendí a mí mismo. Después de todo lo que me había soplado, mi hermano pequeño estaba la mar de alegre. Me calcé una goma que llevaba expresa para la ocasión y contemplé a la tipa a la que iba a partir en dos de un momento a otro. No había mucha carne pegada a aquellos huesos, sólo la justa.
  El choque de trenes se produjo sobre un viejo colchón de muelles que habían gemido por últimas vez hacía mucho tiempo. Rápidamente enganché el vagón y puse en marcha la maquina. Faina me buscaba la boca con su lengua pero yo la evitaba. Se trataba sólo de echar un chorromoco, no de amor. Había que hacer las cosas con propiedad, cojones. Y en ello estaba, pero notaba que algo no funcionaba como debía. Bombeaba una y otra vez pero no me acercaba a la meta. Demasiado lúpulo cervecero. Supe de inmediato que no lo iba a conseguir. Mientras, los ojos de esta tía brillaban con un cachondeo supino y flipaba con mis prestaciones. La saqué en cuanto se corrió. La tenía dura y tiesa como una cañería.
  -No te has corrido,¿verdad?.-me preguntó.
  -No.
  -Si quieres te la puedo chupar.-se ofreció-. Sé hacerlo muy bien.
  Sopesé la posibilidad.
  -No, deja, cuando estoy así no hay nada que hacer.
  Me quité la goma y la arrojé a una papelera que había en un rincón. Cuando me di la vuelta, Faina estaba manipulando una pipa de hash.
  -¿Quieres fumar?.-me preguntó.
  No sabía cómo, yo siempre me las apañaba para darle al fumeque de gorra. Cosa de mi encanto personal, supongo.
  -Vale.
  Desde la primera calada supe que estaba jodido.
  -¿Qué es esto?.-le pregunté.
  -Un poco de cuerno del diablo.
  -¿Y eso?.
  -Me lo envían de Brasil. No es ilegal, ¿sabes?.
  Me empezaba a doler la cabeza como si estuviera fumando orégano o puta nuez moscada, pero continué haciéndolo con la esperanza de que fuera un efecto pasajero. Al poco rato ya no podía más. Me levanté y me vestí.
  -¿Te vas?.-me preguntó.
  Le había dejado huella.
  -Coño, que no estamos casados.
  Mientras bajaba la escalera el dolor de cabeza se fue desplazando hacia la boca de mi estómago. Entonces, me llegó a mí el turno de potar. Mi estómago se sacudía como si estuviera siendo golpeado por un campeón mundial de los pesos pesados. Llegué a lo justo a los meaderos, típicos meaderos convencionales de toda la vida adosados a la pared donde podías disparar el chorro a discreción. Allí, vomité lo poco que todavía me quedaba por mear. Y seguí, y seguí, y seguí.......ahogándome en mi propia bilis........sintiéndome como una mierda metida en un microondas.......saliéndome por mi propia boca como un alien homicida. Cuando quise darme cuenta, me había deslizado hasta el suelo con la cabeza apoyada a un lado de la pila de mear. Me quería morir. Todo mi organismo se convulsionaba a partir de mi sistema digestivo y no tenía pinta de parar en mucho tiempo. Los espasmos eran salvajes y las náuseas iban en aumento.
  Me quedé allí como una hora tirado sin que apareciera un alma. Por lo visto nadie tenía ganas de mear, o de seguir mi ejemplo, o lo hacían en otra parte. No había otra explicación. Llegué a pensar que el mundo se había acabado y que se habían olvidado de mí.
  Pero no cayó esa breva. Dos tíos que venían a merendarse un par de rayas lejos de los ojos de la gente, vinieron a frustar mis esperanzas de un más que justo castigo divino.
  -Mira ése.-dijo uno de ellos.
  Se acercaron.
  -Tío, ¿qué te pasa?, ¿qué te has metido?.-me preguntó uno.
  Yo no podía hablar, ni siquiera balbucear.
  -¿Hablas inglés?, ¿hablas español?.-me preguntó el otro.
  Cojones, estaba yo para rellenar cuestionarios. Hice un gesto con la mano de que me dejaran en paz y cerré los ojos.
  -Vamos a llevarlo fuera.-oí que decían.
  Entre los dos consiguieron levantarme. Yo debía de pesar una tonelada por lo menos.
  -Como pesa el cabrón.-dijo uno.
  -Sí, como una puta lápida.-dijo el otro.
  Me abandonaron sobre la tarima que había visto antes en el chill-out y allí me encogí en posición fetal tratando de que el estómago no se me saliera por la boca. Al rato, tumbaron a otro tío a mi lado. Muy considerados. Este estaba peor que yo. Hablaba, pero decía que no veía un carajo. Para entonces, ya me sentía bastante mejor y empezaba a recuperar el control de mis músculos abdominales. Me senté y cuando estaba casi recuperado apareció el Algeciras.
  -¿Dónde te metes, Josema?.- me dijo-. Te estaba buscando.
  -Yo también me estaba buscando.-dije.
  -¿Cómo?.
  -Nada, cosas mías.
  Naturalmente, no iba a contarle el numerito para que se descojonara, el muy cabrón.
  Miré el reloj casio de plástico superguay que llevaba en el bolsillo y comprobé que eran las cinco menos cuarto de la madrugada.
  -Vamos a tomarnos una birra, para despejarnos.-dije yo.
  -Buena idea. Ahora me siento mejor que nunca, Josema.-me dijo el Algeciras pletórico.
  -Eso, mejor que nunca.-repetí con mala hostia.
  -Tío, estás muy raro.
  -No me hagas caso.-le dije cortante-. Se me ha quedado un polvo a punto de salir en los cojones y estoy un poco maricón.
  Pedimos las birras y nos sentamos en dos butacas que habían quedado libres. El Algeciras no paraba.
  -Pedazo de dancing me he pegado.-estaba diciendo-. Era lo que me hacía falta. Estoy como nuevo.
  La mierda que me había fumado tenía que estar afectándome la parte sádica del puto cerebro porque si no, no me explicaba las ganas que me estaban entrando de coser una cremallera en la boca de este mamón eufórico.
  Entonces, una tía aterrizó sobre las piernas del Algeciras.
  -Hola.-dijo la tía.
  El Algeciras flipaba.
  -Hola, amor de mi vida.-dijo.
  Madre de dios, pensé. Este cabrón le va a proponer matrimonio a la puta esta. Estaba claro que tenía que hacer algo si quería salir de allí esa noche.
  La miré directamente a los ojos.
  -Largo de aquí, zorra.-le grité-. Este es mi culo especial.
  La tía dio un bote como si le hubieran metido un cable de alta tensión por el ojete. Se alejó con cara horrorizada, la pobre.
  -Vete al carajo.-bramó el Algeciras dirigiéndose a mí-. ¿Qué coño crees que estás haciendo?.
  Yo me moría de risa.
  -Te quiero, Paco.-declaré descojonado-. No soporto verte con otra.
  Entonces el Algeciras explotó en una carcajada descontrolada, y así seguimos durante un buen rato, totalmente follaos, idos de la olla y zumbaos, riéndonos como calaveras en una noche de difuntos, riéndonos como colegas para siempre jamás.
  A las seis de la mañana el Algeciras me dijo de irnos, que fijo que el metro ya estaba abierto.
  -Pues venga, arreando. Vámonos de una vez de esta puta casa.-dije yo.
  Nos quedaba por delante cerca de una hora de viaje y cuando salimos a la calle hacía un frío polar. Guillermo vino todo solícito a despedirnos.
  -Tíos, ya nos veremos.-dijo.
  -Cuenta con ello, hermano.-respondió el Algeciras.
  Mientras caminábamos hacia la estación me iba acordando uno por uno de todos los dioses elementales. Temblábamos como pollitos recién salidos del cascarón.
  -Vaya rasca que hace.-se quejó el Algeciras.
  Lo obvio siempre me producía irritación.
  -Ya lo sé, cojones. ¿No ves el tembleque que tengo?.
  -Te estás rallando, tío.-me previno el maricón.
  -Sí, como el queso.-dije.
   Cuando llegamos a la estación, descubrimos que éramos las primeras víctimas de una nueva era glacial. Una reja se interponía entre nosotros y las bocanadas de aire caliente que emergían del subsuelo provenientes de la calefacción del metro. Un cartel por allí, advertía que los domingos el tránsito no se reanudaba hasta las siete y media. Consulté mi peluco. Eran las seis y diez.
  Me eché a reír. No era una risa para hacer amigos. Tenía un punto diabólico que me asustó incluso a mí.
  -Eh, Josema, tío.-gimió el Algeciras tope acojonado-. No me mires así, ¿vale?.
  Definitivamente, los efectos secundarios del cuerno del diablo se habían apoderado de mí.
  -Calla, cacho cabrón.-aullé como un súcubo de las profundidades-. Dijiste que el metro ya estaba abierto, lo dijiste, cojones.
  El Algeciras retrocedió dos pasos.
  -Me equivoqué, ¿vale?.-reconoció.
  Yo me revolvía como un tigre enjaulado a la vista de una hembra en celo.
  -Coño, cálmate.-me decía-. Podemos volver a la casa para hacer tiempo.
  -Ni hablar. Vas a morir de hipotermia, igual que yo, hijoputa.-le amenacé.
  -Estás como una chota, tío. Paso de quedarme contigo.
  Entonces me puse a reír como loco.
  -Si te vas, te perseguiré.-dije ásperamente.
  -Haz lo que quieras.-dijo, encogiéndose de hombros.
  El Algeciras se alejó hasta una plaza mariconamente ajardinada, como todas las de este país de los cojones, que estaba a unos cincuenta metros y se tumbó en un banco.
  Lo tuve en mi punto de mira como unos veinte minutos, y luego me quedé pegado a las rejas como una rémora, absorbiendo el poco calor que me llegaba de mi infierno particular.
  Pasamos todo el domingo durmiendo, como bebés en una incubadora.


46
  Estábamos a finales de octubre y mi tocayo recibió una carta de su novia, Caridad. La misiva iba de sorpresa. Más o menos venía a decirle que en pocos días aterrizaría por allí y plantaría sus reales durante una semana en nuestra casa de los horrores. Eso sólo significaba una cosa, que tendría que dar con mis huesos en la habitación de los Pacos y dormir en el suelo metido en un saco como un puto homeless. Maldita la gracia, pero cualquiera le decía a mi primo que nones después de la vida de anacoreta que llevaba el hombre. Así que me fui haciendo a la idea pero puse una condición sine qua non. En mi cama no se follaba. El tío me dijo que tranqui y, bueno, a esperar el día fatídico.
  No tuvimos que esperar mucho en todo caso. Dos días después Caridad ya estaba con nosotros. Tenía un buen culo, un gran culo, era lo mejor que tenía. Yo había viajado con azafatas reventonas que te cagas y, en esos casos, tenías que ponerte a contar las nubes para no ir al servicio cada media hora a aliviarte la tensión. Caridad no era de esta clase, pero tenía el culo bien apuntalado.
  A la mañana siguiente me levanté completamente agarrotado. Dudaba de que algún hueso siguiera en su sitio. Tenía peor jeta que de costumbre y me dolían hasta los zapatos. Aquellos mamones no habían parado de roncar en toda la noche. Se relevaban y a veces hacían duetos. Prácticamente no había pegado ojo.
  La segunda noche, cuando la única idea que me venía a la cabeza era asfixiarlos con la almohada, descubrí por pura casualidad la forma de hacerlos callar, al menos momentáneamente. Chasqueé la lengua desesperado y entonces se hizo el silencio. Eureka. Mis células grises y cabreadas se pusieron a coser y a cantar y en un periquete establecieron la relación euclidiana coexistente entre ambos hechos. Yo hacía:
  -tsch,tsch,tch....
  Y los mamones paraban unos minutos. Así que pensaba, bueno, a ver si en una de estas me duermo. Y cuando parecía que por fin lo iba a conseguir, un murmullo en forma de horrible estertor se filtraba poco a poco en mi cerebro y se apoderaba de todo él. Entonces lo volvías a intentar.
  -tsch, tsch, tsch...
  Se lo dejé claro al hijoputa ese:
  -Eh, tío. Esta me la cobro.
  -Dios te lo pagará, primo.
  -Que te follen.
  El cabrón tenía el aspecto que tenemos todos después de joder y dormir toda la noche pegados a un culo caliente. Aquella mañana había llamado al Hilton diciendo que estaba enfermo y se había tomado el día libre.
  A esas  horas, Aurora y yo solíamos estar engrasando la maquinaria para echar el primero del día, así que por primera vez en mucho tiempo mis pelotas también iban a tener día libre en uno de mis días libres. O eso creía yo, porque la tía me sonrió maliciosamente. Aquello me preocupó.
  Estábamos los cuatro desayunando, sentados alrededor de la mesa de la cocina cuando sentí que algo me hurgaba en la bragueta. No era difícil adivinar de qué se trataba. Los finos deditos de Aurora habían bajado la cremallera de mi pantalón y estaban jugando con la cosa pellizcando aquí y allá, hábilmente, elevándola a los cielos con pequeñas descargas eléctricas. Luego hizo presa en ella y empezó a tocar la zambomba. Aquella tía estaba loca. Yo me las veía y me las deseaba para poner mi cara de gilipollas habitual pero tanto esfuerzo cantaba demasiado.
  -Eh, tío. Tienes mala cara.
  -¿Ummmmmmh?. No, que va. Estoy bien, estoy bien.....
  Y Aurora con el manubrio dale que te pego. La miré y la tía, con su mano libre, se estaba comiendo una tostada untada de mermelada como quien no quiere la cosa. Debía de tener una muñeca de oro porque el resto de su brazo no daba señales de vida. Intenté concentrarme en algo aburrido, pero mi vida era de todo menos eso. Los desastres nunca son aburridos. Así que opté por una solución drástica y, cuando mis pelotas estaban a punto de reventar, retorcí la mano de Aurora que a su vez me retorció la picha en noventa grados. Fue horrible, pero conseguí mi objetivo. Aurora volvía a tener dos manos y yo era libre para subirme la cremallera. Lo hice apresuradamente, demasiado, y cometí un error de cálculo. Los que hayan pasado por algo así ya saben de qué estoy hablando. Estos accidentes ocurren. La gente siempre se descojona cuando oye hablar de ellos. Mal hecho. Cuando uno siente como esos pequeños dientecitos se cierran sobre una parte de la parte más íntima de tu masculinidad, os aseguro que no te entran ganas de reír. Nunca se sabe como puede acabar la cosa.
  El primer paso consistía en armarte de valor para mirar. Porque tenías que armarte de valor. Pero tampoco te  podías tomar todo el día, así que no demoré en exceso la terrible visión. Era una buena mordedura, vive dios. Me había pillado sus buenos tres centímetros aunque, por suerte, no era una zona vital. Un poco de piel libre de aparato circulatorio a media asta más o menos. Suspiré aliviado, pero no mucho. Como era de esperar mi subterránea actividad había levantado ciertas suspicacias.
  -Eh, tío. ¿Qué estás haciendo?.-preguntó mi tocayo.
  -Nada.-dije saliendo a toda pastilla hacia el cuarto de baño.
  Atranqué la puerta. Ya sólo me quedaba una cosa por hacer y no quería ni pensar en ella. Era el momento del acabose, del todo o nada. Había que bajar la cremallera. Antes de acción tan temeraria tomé mis precauciones. Friccioné la zona con agua y jabón e hice un par de tímidos intentos a ver que tal iba. No iba muy bien. La hija de puta no había mordido en hueso precisamente. Todo lo contrario, lo había hecho a conciencia. Entonces decidí esperar unos minutos a que el jabón y el agua hicieran su trabajo. Probablemente la mejor decisión de mi vida. Cuando lo volví a intentar, para mi alivio y regocijo, todos aquellos dientecitos de piraña, uno a uno, fueron desprendiéndose de mi maltratado miembro viril. Y casi al mismo tiempo me derrumbé en el suelo, empapado en sudor, sin acabar de creérmelo todavía.


47
  Entonces, Paquito recibió por correo un vídeo porno. Un colega suyo, pornógrafo como él, se había bajado de internet una peli guarra de teenagers niponas y se había acordado de que tenía un amigo del alma por aquí arriba. La carátula prometía. Titis de ojos rasgados a tutiplén montándoselo en una orgía lésbica. Se nos hizo la boca agua, pero de pronto nos dimos cuenta de que no teníamos reproductor de vídeo ni nada parecido. Nuestro gozo en un pozo. Nos pusimos a darle vueltas al asunto, a ver si alguien conocía a alguien que conocía a alguien que tuviera en su poder aquel lujo asiático.
 En ese momento Sara pasó por la cocina donde estábamos reunidos y vio la cinta sobre la mesa.
  -Tíos, sois unos guarros.-dijo.
  Los cuatro asentimos al mismo tiempo y continuamos a lo nuestro. Pero fue inútil. Nadie conocía a nadie.
  Entonces Paquito dijo:
  -Eh, tíos. ¿Conocéis la historia de la tía que se coló en urgencias con una botella de coca cola metida en el coño?.
  -Bah, eso es muy viejo, Paquito.-dije yo-. Cuéntanos algo más original, joder.
  -Sí.-me apoyaron los otros-. Suéltanos una historia de las tuyas.
  Entonces Paquito de Trebujena nos regaló con un nuevo relato de otro amigo suyo que confraternizaba con la cosa sexual de un modo aberrante. Al amigo de Paquito, llamémosle Pagismundo, sólo le ponían las preñadas, y la historia iba de los problemas que tenía el mamón para hacérselo con hembras en semejante estado. No era fácil, no. Al tío le gustaba que estuvieran de seis meses mínimo, lo cual complicaba el asunto en exceso. Según Paquito, cuando Pagismundo veía a una embarazada por la calle se le ponían las pupilas como platos y el rabo enhiesto, como a un perro perdiguero. Estaba enfermo, el colega, pero se buscaba la vida en su tema. Mayormente, montándoselo con vídeos de primera que compraba por correspondencia. Muy confidencial todo, tanto que en correos ya se habían pispado de la jugada con semejante alarde de discreción delatora. Los empleados tenían más que calados los embalajes con alto contenido en testosterona. Una caja de cartón reciclado, una pegatina con la dirección del penitente y a tomar por culo.
  El amigo de Paquito, trabajaba como guardia de seguridad en un centro comercial. Menudo elemento. Yo no le hubiera confiado ni mis papeles del culo. Pero ya se sabe, en esta sociedad nuestra, la gente aberrada suele pasar bastante más desapercibida que la gente normal. Luego pasa lo que pasa y todo el mundo se sorprende cuando uno de sus maravillosos vecinos manda a su parienta al otro barrio. Eran la pareja perfecta, dicen entonces. Todavía no nos lo explicamos. Cojones.
  Como era de esperar, un día, a nuestro segurata, le abrieron la cabeza. Fue de la forma más tonta y, a la vez, más poética posible. Tarde o temprano tenía que ocurrir. Y bueno, ocurrió diez minutos después de que el retorcido baranda vislumbrara a la embarazada más apetitosa que había visto en su vida. Iba acompañada de una niña de unos cuatro años y por un marido que parecía un armario empotrado. Demasiado riesgo, pero el defensor de nuestra seguridad centrocomercial se escudaba en su regio uniforme y en una más que persuasiva porra al cinto. Nunca había tenido problemas, ¿por qué coño iban a empezar ahora?.
  El caso es que empezaron. A la niñita de unos cuatro años le pareció que eso de subir y bajar por las escaleras mecánicas era la cosa más diver que había hecho en su vida. Probablemente lo era, y su mami no iba a cortarle el punto a la criatura. Cogidas de la mano subían y bajaban una y otra vez. Pero no lo hacían solas.  Pagismundo tenía todo el rato la nariz pegada al culo de la señora en estado de gracia y se relamía pensando en echarle un grumo de los de aquí te espero. Tan absorto iba con su rollo que no se coscó del cabreo creciente del marido que observaba la escena desde el taburete de un Mcdonalds hincándole con saña los caninos a una hamburguesa poco hecha. El hombre aguantó hasta que sus carrillos se volvieron púrpuras, y entonces enfiló hacia la escalera mecánica poniéndose con los brazos en jarras al final de la ascensión. Si Pagismundo hubiera mirado hacia arriba un segundo, seguro que hubiera pensado que estaba escalando el Himalaya y que allí arriba, en la cima, le esperaba el yeti, el hombre de las nieves. Pero el colega iba a lo suyo y, claro, se encontró de improviso con la fornida manopla del iracundo marido en plena zona pectoral.
  -Eh, tú. ¿Qué ocurre contigo, hijo de puta?. ¿Te gustan las niñas?.
  Pagismundo se quedó de una pieza.  ¿De qué estaba hablando este tío?. ¿Confundirle a él con un pedófilo cuando llevaba toda su vida siendo un preñómano de inclinación, dedicación y corazón?. Fue lo único que le dio tiempo a pensar porque la parada en seco y el hecho de que sus pinreles aún no hubieran abandonado del todo la cinta metálica, se combinaron para producir un efecto cómico que ni en las pelis de Harol Lloyd.
  Pagismundo, perdido el equilibrio, comenzó a trastabillarse y a agitar frenéticamente los brazos en el aire, y durante un instante dio la impresión de que lo iba a conseguir. Luego, su cuerpo, abandonado a las irresistibles leyes de la física, no pudo soportarlo más e inició un duro periplo escaleras abajo. Ante el asombro de todos, Pagismundo rodaba y rodaba y parecía que nunca iba a terminar de hacerlo. Por cada metro de hostia que se pegaba, la dichosa escalera se comía en un santiamén la mitad de la distancia. Fue una larga caída, voto a bríos. El morrazo que se dio el soplapollas era de cerrar los ojos y volver la jeta.
  Acabó con una brecha en la cabeza y con la mano derecha, la de las pajas, hecha cisco. Se la había fracturado por no se sabía cuantos sitios y es que, a veces, uno tenía la impresión de que dios existía y que, además, el hijoputa tenía un fino sentido del humor.


48
  Cada dos meses o así, nos impartían una especie de cursillo contra incendios. En el Hilton andaban particularmente acongojados con la cosa del fuego. Le tenían un pánico cerval. No en vano, en poco más de un siglo, el hotel había quedado reducido a carbonilla en varias ocasiones.
  De nuevo Bárbara, la irish de la “induction”, estaba al frente del cotarro. Nos congregaron a mogollón de peña del personal de planta en una sala de reuniones y allí tuvimos que manducarnos, durante un par de horitas, un discurso soporífero donde se pasó revista exhaustivamente a todas las reglas, normas y procedimientos habituales en caso de fuego. Fue terriblemente aburrido. Yo tenía muy claro que en una situación así lo único sensato que podía hacerse era poner  pies en polvorosa. Pero claro, no era esa la respuesta que se esperaba de ti. Si eras consecuente contigo mismo la profe arrugaba el ceño y te reprendía como a un niño malo. Eso sí, si mentías como un bellaco que era lo mismo que responder adecuadamente, te llovían literalmente los caramelos. Era como volver a tus años de preescolar.
  Entonces, la irish desplegó en la pared una pantalla corrediza y puso en marcha un proyector de transparencias. Cogió una hoja de papel y la puso bajo el foco de luz. Sobre la pantalla apareció un plano de una de las plantas del Hilton. Me era tan familiar que podría haberlo dibujado hasta con los ojos cerrados.
  -A ver, Maldona, tú mismo.-dijo la tía cogiendo una vara de señalar.
  -¿Sí, señora?.
  La irish me miró con sus ojos azules, yo la miré con los míos. Luego golpeó secamente la pantalla con la punta de la batuta mientras me formulaba la pregunta. Sonó como un disparo.
  -¿Qué es lo primero que tenemos que hacer en una emergencia?.
  Cojones, hacía cinco minutos me sabía la respuesta correcta de carrerilla, pero ahora dudaba. No estaba seguro si debía inclinarme por poner al personal a salvo o hacer el imbécil con el primer extintor que tuviera a mano. Finalmente, opté por lo de las vidas humanas. Esa era una respuesta pistonuda con la que siempre quedabas fetén.
  -Muy bien.-aprobó la profe-. ¿Y después?.
  Entonces respondí lo de hacer el imbécil con el extintor.
  -Magnífico. Así es como hay que actuar siempre. Ante todo nunca debemos perder la calma.-concluyó, y me lanzó un puñado de caramelos a quemarropa.
  Cogí uno de café con mala leche, y me puse a fabricar saliva y a pasar lista a la cantidad de sandeces que tenía que soportar un tío legal para sobrevivir en este mundo absurdo, injusto y putero.


49
  Justo cuando ya me había acostumbrado a Aurora y me veía envejeciendo a su lado sin más alternativa, la vida, el destino o lo que coño sea me dio un merecido descanso.
  Una tarde, Aurora recibió por teléfono malas noticias desde España.
  -¿Qué pasa, nena?.-le pregunté al ver su cara descompuesta.
  -Mi abuela, que se está muriendo.
  -Vaya, nena. Lo siento.-dije rodeando sus hombros con mi brazo.
  Entonces empezó a llorar estremeciéndose de pies a cabeza. Cada sollozo venía acompañado de un hipido que salía del fondo de su pecho. Intenté calmarla y fui a la cocina por un vaso de agua.
  -Toma, bebe.
  Con mano temblorosa dio unos sorbos al vaso y luego me abrazó. Continuó llorando, llenándome el jersey de pequeñas perlas saladas, mientras yo la acariciaba sintiendo temblar su cuerpo.
  -Tengo que ir.-anunció, recuperando la calma repentinamente.
  -Claro, nena. Tienes que hacerlo.-dije apoyándola.
  -Pero te sentirás solo.
  -Serán solamente unos días. Podré soportarlo.
  -Te llamaré todas las tardes.
  -Está bien.
  -¿Me quieres?.
  -Claro, nena. Tú eres mi chica.-dije mordiéndole una oreja.
  Al día siguiente la acompañé al aeropuerto. Aurora estaba que se moría y se agarraba a mí como una lapa. Cualquiera hubiera dicho que el que se iba era yo.
  Fue una despedida intensa e inacabable. Lo menos se despidió de mí veinte veces. Renovamos juramentos de amor, promesas, votos y sólo faltó el pasaporte. Pero finalmente desapareció por la puerta de embarque, y entonces me sentí libre por primera vez en mucho tiempo.


50
  Uno de los días que Aurora estuvo en España, me encontré con María en la entrada de personal. Eran las ocho de la mañana y yo iba completamente zombi. Después de la noche anterior, en que le dimos al bebistrajo de lo lindo, sentía la cabeza como un alfiletero con todas esas punzaditas distribuyéndose cruel y sistemáticamente por mi cuero cabelludo. No vi a María hasta que prácticamente estuve encima de ella.
  -Yose.
  Tardé en reaccionar.
  -Hola, María.
  No supe que más decir.
  -Te invito a un café.
  Nos sentamos en la cafetería del staff, cada uno sujetando con la mano un vaso de plástico que contenía un líquido no excesivamente caliente. Miré a María. No parecía la misma. Había perdido algo, o algo había cambiado en ese tiempo. Tenía diez años más que yo. Nunca los había aparentado. Ahora, de golpe, estaban en su cara. Y ya no reflejaba esa luz que me atraía. Sus ojos, de algún modo, se habían apagado.
  -¿Sigues con Susana?.-le pregunté.
  María evitó mi mirada. Sabía lo que yo estaba pensando.
  -No lo sé.-respondió-. Se fue hace una semana y no he vuelto a saber nada de ella.
  -No te preocupes, volverá.
  -No quiero que vuelva.-dijo, más como una súplica que como un deseo.
  Se pasó la mano por el pelo. Lo tenía más corto. Demasiado corto.
  -¿Qué ha pasado con tu pelo?.-pregunté casi irritado.
  María no respondió. No era necesario. La tocacojones de Susana hacía y deshacía a su antojo. Era el síndrome de la lesbiana dominante.
  -Y tú, ¿cómo estás?.
  -Ahora estoy con Aurora.
  -¿La quieres?.
  -No.
  -La he visto bien. No es una mujer para ti.
  -Es sólo temporal.
  -Podríamos volver a estar juntos.
  -No es una buena idea, María. Prefiero esperar. No sabemos qué pasa con Susana.
  -No quiero volver a verla.
  -Lo sé. Pero no puedes controlarlo.
  Entonces María me invitó a cenar en su casa esa noche. Estaba sola. Se sentía sola. La hubiera jodido bien si me hubiera negado así que acepté.
  Tuve todo el día la impresión de haber dado un paso falso. Yo nunca había amado a María pero había sentido algo parecido a eso. Era lo más cerca que había estado en mi vida de amar a una mujer. Ahora, ese sentimiento ya no estaba.
  En su casa, esta impresión se hizo todavía más evidente. Sentí la familiaridad de cada objeto, de cada mueble. Todo estaba en su sitio, todo era lo mismo, pero ya nada era igual. Faltaba algo de María en todo aquello. Era triste.
  Después de cenar nos fuimos a la cama. Desde el principio ambos sabíamos que acabaríamos allí. Eran las últimas migajas de lo que quedaba entre nosotros. Las últimas caricias, los últimos besos. Me hubiera sentido mal de cualquier manera, así que mezclé mi amargura con su dolor y nos amamos como dos seres hambrientos y desamparados. Luego ya no volvimos a tocarnos. Me levanté y fui a la cocina por una cerveza. Desde allí pude oírla sollozar.
  Puta vida, pensé.


51
  Aurora me llamaba todas las tardes como prometió. De eso no me podía escapar, pero bien mirado significaba que una confortable morterada de kilómetros se interponía entre nosotros. Al parecer la abuela, una anciana de noventa años, tardaba más de lo previsto en estirar la pata. Tenía un cáncer en alguna parte, pero el hijo de puta no terminaba de darle la puntilla. Hasta que un día lo hizo, claro. La abuela iba colocada de morfina hasta las cejas cuando la espichó. Menudo viaje debió pegarse. Seguro que se montó una fiesta en el túnel y todo. Goodbye cruel world.
  Después de los funerales, Aurora regresó. Se habían acabado mis vacaciones. Seis días y siete noches. No había estado mal.
  Fui a recibirla al aeropuerto. Aurora estaba más guapa. La proximidad de la muerte le había sentado bien.
  -Te he echado de menos.-dijo abrazándome.
  Como si no lo supiera.
  -Yo también, nena.-mentí.
  Luego la besé. Fue un acto espontáneo, casi reflejo, del que no tuve conciencia hasta sentir el sabor de sus labios. Ella me correspondió, alargando el momento. De algún modo, mi cuerpo había reaccionado a los viejos estímulos por su cuenta, y esto era algo que no había pasado desapercibido para Aurora. Las tías tenían un sexto sentido para reconocer de inmediato la autenticidad de un gesto de esta naturaleza.
  -Oye,¿qué te pasa?.-me preguntó Aurora sonriendo con los ojos.
  -Nada.-respondí-. Debo de estar haciéndome viejo.




52
  Entre los floor-porter, había tíos ligones como Leo o trincones como Jimmy. También los había subnormales. El más subnormal de todos era Kevin, un escocés que cubría el cupo de personal por minusvalía obligado por la ley y que  no tenía nada que ver con la imaginería de Welsh, un pobre idiota que nos mendigaba las revistas guarras que nos agenciábamos en las habitaciones de salida.
  -¿Hustler, Playboy, Only men?.-nos suplicaba el puto pajillero retrasado cuando nos encontraba en la cantina.
  -Nada hoy para ti.-le soltábamos haciéndole sufrir.
  Kevin iba por los cuarenta más o menos, pero en alguna parte del camino su mente se había puesto a saltar a la pata coja, y el resto de su cuerpo había corrido la maratón. Ese era el problema. En la sección de chiflados de cualquiera de los departamentos del Hilton no había ningún otro como él. No tenía rival. Aún así, su coeficiente de inteligencia daba para hacer su trabajo con eficiencia.
  Una vez al mes, por lo menos, Kevin anunciaba el fin del mundo. Y no se limitaba sólo a decírselo a todo hijo de vecino con el que se encontraba, sino que además imprimía sus vaticinios apocalípticos con todo lujo de detalles y luego los colocaba en el tablón de personal entre las ofertas de alquiler de habitaciones y el nombramiento de empleado del mes. Nada de lo que preocuparse. Los gerifaltes estaban al loro, pero le daban barra libre. Kevin era el prototipo de empleado ideal. Suficientemente loco para trabajar allí, pero no lo suficientemente cuerdo para cuestionarse siquiera la posibilidad de darse el piro.
  Ese mes tocaba le teoría del meteorito con mala leche que venía dispuesto a pegársela contra nosotros porque, ironías de la Vía Láctea, nos habíamos puesto en su trayectoria. Según Kevin, después del considerable tortazo, los océanos se alzarían encolerizados y nos engullirían a todos como figuritas de una sopa de letras. En esto yo estaba de parte del meteorito y, por supuesto, de los océanos.
  Profecías anteriores como la invasión extraterrestre o la guerra nuclear no habían funcionado, pero esto no desanimaba a Kevin que siempre argüía algún razonamiento de última hora para justificar la ausencia de la hecatombe prometida. Por lo general, el razonamiento siempre era el mismo, era él quien solía salvar el mundo por medio de asombrosos poderes mentales que aseguraba tener. Kevin me decía que no podía permitirse permanecer sentado sin hacer nada mientras el planeta se iba al carajo. Yo le decía que el planeta hacía mucho tiempo que se estaba yendo al carajo con o sin su ayuda. Entonces, Kevin suspiraba, sonreía bobaliconamente y me explicaba que algún día sus poderes no bastarían para hacer frente a las amenazas del espacio exterior.
  Bien, por lo visto, ese momento fatídico parecía a punto de llegar y la humanidad estaba perdida. Me lo confesó una mañana, mientras introducía en su jaula mis toallas y ropa de cama usada.
  -Mis poderes no son suficientes.-dijo.
  -¿Para qué?.-le pregunté.
  -Para desviar el meteorito. Lo intento una y otra vez pero se acerca demasiado rápido.
  -Vamos, Kevin.- le animaba yo-. Estoy seguro de que puedes conseguirlo. Para un tío como tú, que ha detenido una invasión extraterrestre, un meteorito debe ser moco de pavo.
  -Lo sé.-me dijo-. Pero estoy cansado de salvar al mundo. Demasiada responsabilidad.
  -De eso nada, Kevin. No nos puedes fallar ahora. Mira, te diré lo que haremos. Si salvas el mundo una vez más, te prometo que mañana te traigo un vídeo con un montón de tías guarras.
  -¿Una película de lesbianas?.-exclamó ilusionado, los ojos  haciéndole chiribitas.
  -Ahá. Toda para ti.
  -Está bien.-dijo, sacando pecho con la determinación de un superhéroe-. Haré pedazos ese meteorito.
  Esa noche le birlé la cinta a Paquito.
  Kevin babeaba de felicidad cuando se la entregué al día siguiente.
  El mundo estaba a salvo.


53
  Una mañana, hacia las nueve, después de cumplir con el trámite de hacer toc-toc y anunciar mi llegada, abrí la puerta de la 438 dispuesto a malgastar irresponsablemente mis menguadas fuerzas en la segunda room del día. Tenía resaca y apenas había dormido. Más o menos como siempre. Así que, por supuesto, no estaba preparado para lo que me esperaba al otro lado de la puerta.
  La 438 era una habitación doble con dos camas individuales. Una de ellas estaba deshecha en el sentido más concluyente de la palabra. Parecía deshecha por alguien que me odiaba. En la otra, se encontraba sentada una mujer rubia, de unos cuarenta años, bastante atractiva. Estaba con los brazos cruzados bajo sus pechos desnudos, recostada sobre dos almohadones. Al verme, descruzó los brazos y comprobé la firmeza de sus tetas. No cedieron ni un milímetro.
  -Hola.-dijo.
  -Hola.-dije yo, dando un paso atrás-. Puedo volver en otro momento, señora.
  -No, no te vayas. Este es un buen momento.
  Entonces se destapó y salió de la cama. Estaba en pelotas. La parte de abajo era tan buena como la de arriba. Buen culo, buenas piernas y un coño de auténtico bello rubio.
  -¿Te gusto?.-me preguntó.
  Asentí soltando el aire,¿qué otra cosa podía hacer?.
  -Cierra la puerta.-ordenó.
  Cerré la puerta, pero me preocupaba la otra cama.
  -¿Quién ha dormido ahí?.-le pregunté.
  -Mi marido.
  -¿Su...?. Un momento,¿dónde está ahora?.
  -En una reunión de negocios.-dijo lánguidamente-. Nunca tiene tiempo para mí.
  Menudo imbécil, pensé sin saber lo que pensaba.
  Minutos más tarde lo comprendí. Comprendí al sufrido marido y comprendí la batalla que se había librado en la otra cama la noche anterior. La tía era una verdadera ninfómana, la muy guarra. En cuanto me tuvo dentro, rodeó mi cintura férreamente con sus piernas, me aprisionó la polla con los músculos vaginales y comenzó a exprimirme como a un limón. Señor, pensé, estoy atrapado entre los anillos de una pitón. Yo pataleaba intentando participar de la fiesta, pero no conseguía gran cosa. Al rato, me conformaba con poder seguir respirando, así que puse toda mi concentración en correrme cuanto antes. Tenía la certeza de que era la única forma de liberarme de su presa.
  No me equivoqué. En cuanto me corrí, la fulana perdió todo interés en mí. Me apartó casi con displicencia, como haría una serpiente si le dieran para cenar un roedor fiambre.
  Entonces dijo:
  -Muchacho, mientras me ducho puedes hacer las camas.
  Miré las camas. Ahora las dos parecían deshechas por alguien que me odiaba.
  Me acomodé los cojones y me subí los pantalones.
  -Sí, señora.-dije.


54
  Tras mi desliz o lo que fuera en el aeropuerto, mi relación con Aurora entró en una  fase bucólica, casi relamida. Yo tenía la impresión de haber cedido en algo y no terminaba de sentirme a gusto conmigo mismo y con la nueva situación. Ya nunca discutíamos, para Aurora todo estaba bien, no cuestionaba absolutamente nada de lo que yo decía o hacía y me estaba aburriendo, la verdad. No me acostumbraba a tanta paz.
  Un día, después de echar un polvo, tuvimos una discusión como en los buenos viejos tiempos
  -Tenemos que hacer planes.-dijo Aurora.
  Yo estaba encendiendo el petardo post-coito.
  -¿Planes?, ¿qué planes?.-dije pegando una calada.
  -Pues los que hace todo el mundo. Irnos a vivir juntos, por ejemplo.
  Casi me trago el humo.
  -Ya vivimos juntos, nena.-dije, en un esfuerzo inútil por zanjar la cuestión.
  -Sabes lo que quiero decir. Tú y yo solos.
  Era el momento de parar aquello. Si continuaba hablando le pondría fecha a la boda en menos de cinco minutos.
  Respiré hondo y me lancé de cabeza a lo desconocido.
  -Nena...
  -¿Qué?.
  -Tengo que decirte una cosa.
  -¿Sí?.
  -Vi a María cuando estabas en Valladolid.
  -¿Cómo que viste a María?. ¿Dónde la viste?.
  -Bueno, nos encontramos en el hotel y luego ella me invitó a cenar a su casa.
  -¿Y fuiste?.
  -Tuve que hacerlo. Está otra vez sola. Se sentía mal.
  -Que se joda esa guarra. No quiero que vuelvas a tener nada que ver con ella y no quiero que...
  Aurora se detuvo en seco. Acababa de llegar al punto en el que yo quería ponerla.
  -No te la follarías,¿verdad?.
  No respondí.
  Aurora aulló. Fue un grito iracundo y ronco. Luego, saltó de la cama, agarró lo primero que encontró y me lo tiró.
  Vi venir el zapato pero, por desgracia, yo no tenía los poderes de Kevin. Me golpeó de lleno, justo debajo del ojo izquierdo.
  -Oh, mierda.-grité, llevándome la mano a la cara-. Me has dado.
  -Pues te jodes, te jodes, te jodes.....
  Y no era el eco.
  Fui al cuarto de baño y me miré en el espejo. Aquello estaba empezando a inflamarse y a adquirir un tono violáceo no muy recomendable. Me apliqué un poco de hielo pero no sirvió de mucho. No podía hacer otra cosa que resignarme a vivir una temporada con un ojo a la funerala.
  Al día siguiente, en el Hilton, todo el mundo me preguntaba qué me había pasado en el ojo.
  -Me golpeé con un yunque.-decía yo.
  -¿Con un yunque?.
  -Sí, con un yunque.-repetía con cara de pocos amigos.
  Después de eso ya no insistían.


55
  Aunque no estaba estipulado en ninguna parte del contrato, a la firma del mismo te daban a entender que a los seis meses de trabajo podías solicitar un cambio a room service y hacer con ello que tu vida fuera considerablemente más agradable. Yo todavía no conocía a nadie que lo hubiera conseguido. Mi primo, el hombre, llevaba en el Hilton cerca de un año y cada mes intentaba con fútil empeño que fuera atendida su justa reclamación.
  -Estos cabrones no me hacen ni puto caso.-se quejaba amargamente.
  -No te ralles, tío. Piensa que aún te quedan más oportunidades.-le decía yo, animándole-. Según Kevin todavía faltan un par de meses para el diluvio universal.
  Bueno, había llegado mi turno de intentarlo. Me lo tomé como un ejercicio de autoafirmación, reforzamiento de personalidad y toda esa mierda de loquero. Respira profundo, pisa fuerte y hazle saber al mundo que todavía estás ahí. Tu espalda te lo recuerda constantemente.
   Fui a hablar con Roberta a su oficina.
  -Vengo a solicitar un cambio a room service.-le solté sin más preámbulos.
  Roberta se me quedó mirando por encima de sus gafas, puso su cara habitual de no creerse lo que estaba oyendo y sin decir una palabra fue hasta un archivador y sacó mi expediente. Luego volvió a sentarse e hizo como que lo estudiaba. Sabía de sobras lo que había allí, el perro inglés.
  -Imposible.-dijo complacido al cabo de un rato-. Tienes cerca de una docena de  amonestaciones disciplinarias y el computo general de tus entrevistas con la directora de personal es, cuando menos, de difícil calificación.
  Aquella puta de la Dorothy.
  Sonreí. De todos modos no lo hubiera conseguido.
  -Está bien, sin problemas.-dije-. Sólo tenía ganas de charlar un rato.
  Roberta sonrió.
  -Nunca cambiarás, ¿verdad?.
  Estaba expansivo el gordo.
  -Siéntate un momento, por favor.-me pidió.
  ¿En qué clase de lío me había metido ahora?.
  Me senté.
  -Me caes bien, Maldona.-declaró Roberta con afectada condescendencia-. Pero ¿sabes?, un día de estos esa estúpida arrogancia tuya te traerá dificultades mayores de las que tienes con nosotros.
  -Bueno, cuando entré aquí no pensé que iban a hacerme un test de Rorschach, ¿dónde están las láminas?.-pregunté.
  -¿Un test de qué?.
  -De Rorschach. Sirve para evaluar perfiles psicológicos y desenterrar traumas de personalidad.
  Roberta sonrió de nuevo. Con respecto a mí nunca estaba seguro de nada. No sabía si yo hablaba en serio o me inventaba lo que decía. Con gesto displicente hizo crujir los nudillos y a continuación, colocando su rechoncho antebrazo sobre la mesa, me miró de hito en hito.
  -¿Sabes cuál es tu problema?.-preguntó.
  Me encogí de hombros.
  -No sabía que tuviera un problema.
  -Lo tienes.-me aseguró-. Trabajar en el Hilton es una oportunidad por la que muchos pagarían, y tú la estás desaprovechando.
  -Eso se me da bastante bien.-dije-. Llevo haciéndolo toda mi vida y no me puedo quejar, la verdad.
  El gordo tenía ganas de hacer de mi padre.
  -Es ahí donde te equivocas.-dijo-. No es esa la actitud. Yo empecé como tú, haciendo camas, y mira adonde he llegado.
  Bueno, por lo menos había llegado hasta el sillón. Eso no podía negarlo.
  -Está bien, está bien.-dije apresuradamente-. Tomo nota. Cambiaré de actitud.
  Cualquier cosa con tal de que se acabara aquel coñazo.
  -Eso espero.-dijo uniendo sus palmas regordetas-. Me alegra que hayas tomado esa decisión. Por cierto, ¿qué te ha pasado en el ojo?.
  -Me golpeé con un yunque.
  -¿Con un yunque?.
  -Sí, con un yunque.


56
  Después de lo que el Hilton nos chorizaba por la habitación y de comprar el bono mensual del metro había poco más de trescientas libras en mi cuenta para tirar el resto del mes. Llevaba en Londres siete meses siendo exprimido como un limón y no tenía más tela que cuando aterricé. Cero pelotero. Hacer overtime era una posibilidad que aparecía de vez en cuando en alguna de mis peores pesadillas. En la otra pesadilla, la de vigilia, sólo estaba el Hilton. 
  Llevaba unos días pensándomelo, lo del overtime, desde que Eli me habló de una vacante en un restaurante italiano que había cerca de Liverpool Street. La vacante era de kitchen-porter. Tres noches por semana, setenta y cinco pavos. Nada que no hubiera hecho ya en otras ocasiones. Era lo mismo que trabajar a tiempo parcial en un infierno de pompas de jabón, agua sucia y basura. Decidí aceptar y fui en busca de Eli.
  -Está bien. Dame la dirección.
  -¿Estás seguro?. No creo que ese trabajo te guste.
  -Ningún trabajo me gusta. Además, ya lo he hecho otras veces.
  -¿Y ese ojo?.
  -Mujeres.
  Eli me dio la dirección y a la salida del Hilton pillé la Central Line.
  En el restaurante, uno de los cocineros me instruyó sobre cuáles iban a ser mis nuevas obligaciones. Básicamente, la cosa iba de pelar patatas en cantidades industriales y de fregotear cacharrería, vajilla y cubiertos por un tubo.
  -Puedes empezar por ahí.-me dijo displicentemente, señalando un par de sacos de veinticinco kilos de fécula, feculorum.- O por ahí.
  La alternativa era igual de horrible. Una pila informe de cacharros que parecía una obra del Oldenburg más disparatado.
  Empecé por las patatas, nunca me había gustado el arte abstracto. Descubrí que las había de distintas clases y tamaños, y que cada una de ellas estaba destinada a un uso diferente. Hasta ese momento de mi vida lo único que había hecho con ellas era comérmelas. Y desde que estaba en el Hilton todavía más. El ingrediente básico de todo cuanto comíamos allí era la patata. Y la receta más variada, Patata a la Tutiplén.
  El primer paso consistía en lavarlas en una maquina que un genio se entretuvo en inventar precisamente para eso, luego raspabas la piel con un pelador y finalmente las depositabas en un barreño con agua para que no cogieran mal color. Así una y otra vez. Estoy seguro de que a lo largo de la tarde conseguí  pelar la patata perfecta. Pero este sería un logro que nunca sería reconocido por la humanidad. Cada saco me costó unos tres cuartos de hora aproximadamente.
  El fregoteo debía ser más de lo mismo. Había mogollón de ollas y perolas con suficiente capacidad para meter dentro de cada una de ellas una docena de balas de cañón; y también bandejas, tazas, vasos, platos, cubiertos, todo ello en diversos tamaños y cantidades; y también había una maquina donde introducirlo todo una vez estuviera bien enjabonado. Allí dentro, el agua, en sus estados líquido y gaseoso, remataba la faena y ya sólo quedaba secar y poner cada cosa en su sitio. Fácil, en teoría.
  Entonces empezaron las complicaciones. La pila de fregar estaba atascada. Horrible presagio. Allí, en aquella agua nefanda y maloliente flotaban trozos de comida inidentificables. Ni un forense habría sabido qué cojones era aquello. Cada vez que usaba el desatascador, nuevos pedazos viscosos y ennegrecidos salían a la superficie seguidos de un inefectivo glú-glú-glú que moría rápidamente en el intento.
  -Eh, tío. Esto no funciona.-le dije al cocinero enarbolando la chupona sobre aquellas aguas procelosas.
  -Pásate a esa pila de allí.-me dijo por encima del hombro.
  La pila “de allí” tenía el tamaño de la piscina del increíble hombre menguante. Y lo peor es que estaba a unos diez metros de la washing-machine. Diez metros de suelo encharcado. Toda la cocina estaba encharcada. ¿De dónde coño salía todo ese agua?.
  Mis primeros viajes hasta la maquina con un montón de platos resbaladizos entre las manos fueron zozobrantes. Caminaba sobre las aguas, de eso no había duda. Es una sensación rara esa. Angustiosa por demás. Plas, plas, plas. Con cada paso que das piensas que la vas a cagar, sobre todo cuando calzas zapatos con suela de goma específicas para la ocasión. Plas, plas, plas. Me pregunté si lo que había en la pila obturada eran tal vez los restos del último kitchen-porter que había resbalado fatalmente y luego, para hacer desaparecer su cadáver había sido pasado por la trituradora de basura. Lamentablemente, deduje con astucia, la trituradora se comunicaba con el desagüe de la pila y no sólo habían ido a parar allí algunos cachos del fiambre sino que además, tan exigente actividad había provocado un escape en alguna parte de la cañería. Me parecía una explicación con bastante sentido para todo lo que ocurría en aquella cocina.
  Poco después probé con otra teoría homicida y me reafirmé en mis sospechas. Fue cuando tuve que sacar una bolsa de basura a un patio trasero. Era imposible levantarla del suelo, tuve que llevarla a rastras.
  Entonces, cuando ya le había cogido el ritmo a la cosa y andaba sumido en mis meditaciones más sombrías, la washing-machine pegó un petardazo, luego el motor del cacharro intentó continuar unos segundos por su cuenta como un ciclista sin cadena y finalmente dijo hasta aquí hemos llegado.
  -Hostia puta.-gritó el cocinero-. ¿Qué pasa ahora?.
  Yo acababa de llegar, así que no dije nada.
  Los otros dos tíos que estaban de ayudantes se pusieron a hablar en italiano y uno de ellos se acercó a inspeccionar el chisme. Un olor a cuerno quemado se había propagado rápidamente por toda la cocina.
  -Lo siento, tío.-me dijo después de echar un rápido vistazo-. Tendrás que hacer todo el fregado a mano.
  -Cojonudo.
  Aquello era lo que me faltaba para redondear el día. Si hubiera tirado una moneda al aire seguro que hubiera caído de canto. En lugar de eso, me giré enfrentando mi destino más inmediato y contemplé toda aquella montaña de cacharros con creciente cabreo. Tuve la impresión de que si estornudaba se me vendría encima como un alud.
  A la media hora de escoñarse el invento el mogollón de cacharros apenas había disminuido. El proceso se había ralentizado tanto en aquella pila minúscula que estuve en un tris de mandarlo todo a la mierda más de una vez. Llegó un momento, cuando los cocineros acabaron su faena, en que me quedé solo en la cocina con todo aquello por delante. Me sentí como el último gran gilipollas.
  Entonces vino a hacerme una visita el tío que había revisado la washing.
  -Que dice el jefe que si te queda mucho.-me dijo.
  Hice un gesto significativo con alguna parte de mi cara, o con toda ella, de estar hasta los cojones.
  -Míralo tú mismo.-le dije.
  Se fue.
  Al cuarto de hora volvió.
  -Que dice el jefe que si vas a terminar pronto.
  Empecé a irritarme.
  -Hago lo que puedo, colega, ¿no te parece?.
  Se fue.
  A los diez minutos regresó.
  -Que dice el jefe....
  Entonces exploté.
  -Sí, sí. Ya sé lo que dice el jefe, y ¿sabes lo que te digo yo?. Me importa una mierda lo que diga el jefe.
  -Es que vamos a cerrar el restaurante en quince minutos.
  -Pues muy bien, colega. Mi jornada acaba a las once.
  Se fue.
  Volvió a los cinco minutos.
  -Que dice el jefe que lo dejes.-dijo antes de que yo pudiera interrumpirle.
  -Todavía no son las once.
  -No importa.
  -Bueno.
  Fui a los vestuarios, una pequeña habitación que servía como almacén y estaba hasta los topes de cajas de bebidas, y dejé allí el delantal y los guantes. Por fin descubrí al habitante del lugar. Había un comedero y un cagadero para gatos cuando fui a por el delantal y los guantes, pero entonces no vi a gato alguno por ninguna parte. Estaba en un rincón en sombras, era de pelo negro y sus ojos amarillos me miraban como fuego cuajado.
  El jefe, un tío con cara de sicario siciliano que llevaba un traje negro para acentuar esta impresión, me esperaba a la salida. Sin mediar palabra me entregó un billete de veinte libras y otro de cinco.
  -Y esto, ¿por qué?.-le pregunté.
  -No es necesario que vengas el próximo día.-me respondió.
  -¿Qué ocurre?, ¿no le parece bien mi trabajo?.
  -Muy lento.
  -¿Cómo?.
  -Piano, piano. Trabajas piano, piano.
  -Piano, piano.-repetí sin poder creerme lo que oía.
  -Ya te llamaremos de nuevo si te necesitamos, ¿tienes teléfono?.
  -Búscame en las páginas amarillas.-le dije, y me largué.
  Lo hice hasta contento. Me había librado de una pesadilla. Cuando llegué a Liverpool Street me puse a correr, como el día que me salté la puta mili por excedente de cupo.
  -Unos mamones estos italianos.-le dije a Eli cuando me lo encontré.
  -Ya te advertí que ese trabajo no te gustaría.-me dijo.


57
  Y entonces volvió Svetlana y me compliqué la vida un poco más. Era una cosa de control, supongo. Yo eso no lo llevaba demasiado bien. Cada vez que escuchaba a alguien decir que tenía control sobre su vida, me daba la risa tonta. Por lo general, quienes de esto presumían, eran capullos reprimidos que necesitaban orientarse con una brújula cada vez que iban a mear. No digamos ya lo otro. Desde mi más tierna pubertad había aprendido que eso del control era una ilusión efímera, que las dependencias de cualquier clase creaban puntos débiles y que por alguna parte había una mano negra dispuesta a explotarlos del modo más jodido posible.
  Una vez, tres de mis colegas iban por las tierras de Boabdil, el de la llorera, enfilando el horizonte a toda leche puestos hasta las cejas, cuando un perro abandonado por algún cabrón hijo de la gran puta se cruzó  en medio de la carretera. En un gesto loable lograron esquivar al chucho, pero en la maniobra el buga se empotró contra un mercancías que venía de frente. Dos de mis colegas pasaron a mejor vida o eso dicen, que nunca se sabe. El otro quedó para el arrastre, perdió una pierna y un ojo, pero el tío seguía conservando los dos cojones y adoptó el chucho sin rencor. Desde entonces el animal no se separa de él ni un momento. Como decía el bueno de Eli, hagas lo que hagas la vida siempre te espera con paciencia bíblica para ponerte en tu sitio.
  Le tiré los tejos a Svetlana. No esperaba conseguir gran cosa, pero como sucede en casos así uno obtiene bastante cuando sus perspectivas son más bien humildes. Resultó que la tía me recordaba y que yo le gustaba y todo eso. La vida me sonreía por una vez y sin que sirva de precedente.
  Empleé mi táctica más expeditiva. Yo nunca he tenido mucha paciencia con las tías. Siempre he pensado que el mundo está lleno y que no merece la pena que ninguna te haga esperar. Cuando caminábamos por el pasillo de mi planta, después de coincidir en el break de las tres de la tarde, la cogí del brazo y la empujé hacia una de mis habitaciones de salida.
  -¿Qué haces?.-me preguntó fingiendo asombro.
  No era muy buena actriz.
  -¿Tú qué crees?.-dije, dándole toda mi lengua.
  Ella la aceptó. Luego le subí la falda del uniforme, le eché las bragas a un lado y empecé a comerle el coño. Uno de los más bonitos que había visto en mi vida, todo hay que decirlo. Y olía mejor que un campo sembrado de vainilla, su orquídea. Le hice un trabajo de puta madre. Podrían haber repicado las campanas celestiales en mi honor. A Svetli le temblaban las piernas y parecía incapaz de sostenerse mientras yo me dedicaba a regalarle a mis sentidos manjar tan exquisito.
  Por lo visto, su matrimonio con el Mijail había sido de conveniencias. Se trataba de un acuerdo contra natura en el que el capullo había aportado un pasaporte británico por parte de padre, y mi dulce Svetlana había puesto su dulce palmito por parte de una herencia genética bien sabia, pardiez. Un pelín desproporcionado me parecía a mí, pero todo sea por el estado del bienestar. En cualquier caso, el Miguelito se reveló como un inútil de la cosa sexual. Svetlana era mucha mujer para semejante híbrido, y el colega no le duraba más de un minuto o dos entre las piernas. La pobre llevaba años sin saber lo que era una buena corrida y se sentía atracada cada vez que el hijoputa le entraba por derecho. Quiero decir que era como atracar un banco y salir por patas, sólo que en este caso el Miguelito hacía un depósito seminal saltándose a la torera a todos los de la puta fila. El mamón no tenía más aguante. Claro que a la vista de semejante hembra estaba yo por darle la razón al panoli.
  Como decía, en diez minutos de acometidas frenéticas, Svetli se me corrió dos veces. Ya tenía ganas, ya. La tía me pegaba la boca a la oreja y no paraba de hablar en lituano. Yo no entendía ni jota, pero molaba mogollón. Allí que me iba yo en plan traductor de lenguas del este y me imaginaba las burradas más despiporrantes que imaginar se puedan. Cuando estaba a punto de correrse, Svetli tenía la flipante costumbre de hacer suya mi boca y verter dentro, generosamente, sus estertores de placer. Ambrosía pura, tíos.
  Así que a partir de aquel momento se me abrieron las puertas del paraíso, pero es bien sabido que todos los paraísos tienen sus serpientes, algunas trabajando a jornada completa, y este era el caso de Miguelito que todas las tardes, a eso de las cinco, esperaba como un clavo a su mujercita en la salida de personal. Eso sí, durante las dos semanas que duró la suplencia de Svetli se la llevaba bien follada, el cabronazo.




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  Desde el incidente con el zapato volador había evitado hacérmelo con Aurora. Los días libres ella me acechaba y remoloneaba a mi alrededor como una gata en celo, buscando caña, pero yo le daba largas. Había decidido de una vez por todas poner las putas cosas en su sitio. Ya se podía ir preparando para un largo invierno nuclear porque se me había metido en los cojones no darle pábulo durante una buena temporada. No era una cuestión de resentimiento y tal, sino de puros y simples principios paralelográmicos. Poner tierra de por medio entre lados opuestos y toda esa mandanga. Era la única forma de poder cortar el bacalao a mi gusto. El proyectil de Aurora por poco me hace almirante de la mar océana con parche y todo, y no iba a tirar esa ventaja por la borda a las primeras de cambio. Tenía que interpretar el papel de doliente afligido y alimentar su sentimiento de culpa poniéndola a pan y agua. Una putada, ya lo sé. Pero los tíos son los tíos y las tías son las tías, y así va el mundo y así son las cosas. Y nadie va a tirar de la manta a mitad de la película.


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  Así que me convertí en el puto amo, y en esto que llegaron las navidades. En el flat hubo desbandada general. Siempre era lo mismo. Todo el mundo, venga a desbarrar durante todo el año que si qué coñazo, que si toda aquella mierda era apología del consumismo, que si qué deprimente y qué decadente y toda esa milonga, pero cuando sonaba el pistoletazo de salida todo hijo de vecino salía disparado detrás del culo del niño Jesús como si fuera el suyo propio. Se reunían con sus respectivas familias y daban de lado a los auténticos colegas de armas y del alma. Para el caso, el Algeciras y yo mismo que adolecíamos de tales afectos debido a circunstancias varias de la vida. Nada irreparable ni de lo que lamentarse, por otra parte. Ambos, hacía mucho tiempo que habíamos abandonado el nido y nos buscábamos la vida picoteando donde podíamos. Hijos de puta desarraigados que éramos.
  La queli, pues, se quedó para nosotros dos solitos, y al principio la cosa se nos hizo un poco rara. Sin las niñas meneando el culo y los primos dando la brasa había más espacio para holgazanear y tirar de priva. A ello nos poníamos cada tarde mientras intercambiábamos nuestras historias de cronopios y de famas. Y en una de estas, el Algeciras me habló de cuando lo trincaron con un buen cargamento de ketamina a cuestas. Fue la última vez que lo detuvo la pasma, antes de pegarse el bote hasta las islas.
  A lo largo de una provechosa vida de trapicheos y otros delitos de menor fuste, el Algeciras las había recibido de todos los colores y en los sitios adecuados. En la comisaría era algo así como una especie de hijo pródigo reincidente al que todo el mundo le había soplado alguna que otra vez la oreja. Y ya se sabe, el roce hace el cariño, aunque el Algeciras no estaba muy de acuerdo en esto. Comprensible. Había por allí un tal sargento García que tenía las manos del Jimmy pero en blanco, así que imaginaos los chuletones de buey que, en tiempos, se tragó mi compadre.
  El sargento García conocía al Algeciras desde que a los quince añitos el baranda se pringara los dátiles en tinta china que te cagas. No era la mejor forma de comenzar una amistad pero el divino pastor lo tenía así dispuesto, para qué darle más vueltas. El caso es que a fuerza de verse por mor de la sagacidad policial, el tal García se había convertido en un padre putativo o algo así. Los últimos avistamientos del Algeciras por territorio madero eran siempre saludados por el sargento de una manera muy molona para los tiempos que corren:
  -Pero Paco, coño.-decía el sargen-.¿Otra vez por aquí?.
  Pero el Algeciras se había endurecido con los años. El hijoputa era duro como un ostión, no había quien lo abriera.
  -Me cogieron con más de medio kilo de keta encima, Josema.-me dijo.
  -Ya.
  Entonces, el Algeciras me contó los pormenores de su última entrevista con su papi, papito.
  -Paco,¿qué coño es esto?.-decía el sargento García que no se jipaba de la clase de costo que le estaba hinchando las narices por momentos.
  Como dije, a mi colega no había quien carajo lo abriera,
  -Dímelo tú.-respondía con la coña irreverente que años de experiencia le habían dado en el manejo de la pasma.
  -No me toques los cojones, Paco.-bramaba el sargen-.¿Qué coño es esto?.
  -Dímelo tú.-repetía el Algeciras como si la cosa no fuera con él.
  Total, que al final, después de unos cuantos qué-coño-es-esto-dímelo-tú más, la cosa desembocaba en el laboratorio de los maderos para el análisis y tal, y resultaba que la susodicha sustancia era ketamina y que la ketamina de los cojones no estaba prohibida por la ley legal, que era cosa como de veterinaria y que cualquier mangui podía sacarla a pasear sin menoscabo de su presión arterial. Tuvieron que devolverle el material requisado. Punto para el Algeciras que por primera vez en su puta vida se salía de rositas en un mogollón con la pasma.


60
  La noche de fin de año nos lo montamos a lo grande con unas cuantas pirulas de primera que el cachondo de Urko nos había enviado, vía correo de la reina, subrepticiamente camufladas en un tubo de lacacitos. Un diseño chulo de algún laboratorio holandés, seguro. Detallazo de su parte. Ahora andaba con su chorva por tierras de tulipanes y quesos, decía, entrando a saco en los lupanares de toma pan y moja que Ámsterdam ofrecía a todos los buenos adictos a las sustancias prohibidas. Estos rubiales sí que saben, decía, han montado aquí el puto paraíso. Tú mismo, colega.
  Después de ponernos a tono nos fuimos por ahí a chufar por los portales y acabamos en un club del Soho, en plena apoteosis, atiborrándonos los soplillos de mierda tecno, house y otras aberraciones de igual naturaleza bastarda. Me sacaba de quicio. Cuando veías toda aquella movida bajo el influjo de semejante soniquete para encefalogramas planos, te entraban ganas de empezar a patear culos y mandar a todos esos mamones al Albert Hall a escuchar al puto Mozart. Pero bueno, no se puede tener todo y siempre estaremos de acuerdo en que antros de tal calado son más afines al espíritu del bebercio y la sana jodienda que cosas sagradas como el Bayreuther.
  Entonces nos pusimos a controlar al personal.
  -Pásame una.-dije.
  Como buen colega, el Algeciras me acompañó en el brindis y nos echamos al coleto una nueva pirula por banda, para que la cosa no perdiera fuelle, vaya. Luego, ejercité los músculos del pescuezo y le pegué una visual periférica al género. Detecté un par de titis en la barra, con bastante buena pinta.
  -¿Qué te parecen?.-le pregunté al Algeciras.
  -Molonas.-respondió.
  Así que nos acercamos, precedidos por el espíritu de las navidades pasadas y la mejor de nuestras sonrisas pero cuando alcanzamos el objetivo una de ellas se nos encaró con una mala uva que te cagas.
  -Largaos, pasmaos.-nos soltó-. ¿Es que no veis que estoy con mi novia?.
  -Paz y amor, nena.-dije echando el ancla. Conocía el truco. Cuando querían espantar moscones, las tías invertían sus tendencias sexuales en un parpadeo. Funcionaba con los meapilas-. Aquí mi dilecto compañero y yo sólo os queremos invitar a una copa, ¿hace?.
  -Bueno.-dijeron.
  Nos presentamos, nos sentamos a una mesa en la zona chill-out y bebimos. Las dos dijeron llamarse Kate. Las dos eran autóctonas de esas blanquitas como el arroz con leche y estaban bastante potables. A mí me ponían esa clase de titis.
  Entonces, el Algeciras tiró de pastillas y les ofreció una ronda, y le dimos al palique un buen rato. Las capullas no eran tan duras como pretendían pero, joder, resultó que eran bolleras de verdad. Cuando les llegó el subidón acoplaron sus putas bocas lamecoños, empezaron a intercambiar fluidos y pasaron de nosotros. Se nos puso cara de gilipollas estreñido, claro. Y no mucho después también se nos puso como un ladrillo cuando vimos como se sobaban las tetas y salían disparadas hacia el servicio de ladys a terminar de montárselo.
  -Putas lesbianas.-bufó el Algeciras-. Están por todas partes.
  -Qué me vas a contar a mí, tronco.
  -A este paso van a acabar con la especie, cojones.
  -Seguro. Será mejor que ampliemos horizontes, colega. Esas dos ya no vuelven.
  -Lástima de costo desperdiciado.
  -Y que lo digas.
  Pero las periquitas volvieron, contra todo pronóstico, después de satisfacer sus apremiantes necesidades. Miré a mi compadre.
  -¿Tienes algún prejuicio al respecto, colega?.-le pregunté.
  -No, que va, hermano. Que se prepare una de estas guarras. Se la voy a meter doblada.
  -¿De qué habláis?.-preguntaron las inglesitas que no se jipaban un pijo de nuestra lengua vernácula.
  -Creíamos que lo vuestro era broma.-dije así como muy sorprendido.
  Las muy guarras echaron unas risitas. Estaban follás en los dos sentidos. La mercancía se les había subido a la chepa de un modo brutal. Y es que el material de Urko era bueno de cojones.
  -Bueno, también nos gustan los tíos.-dijo una de las Kate, pasando un brazo por los hombros de su íntima cherry con una sonrisa medio idiota.
  -Sí.-corroboró la otra Kate-. También nos gusta hacerlo así.
  Dijo “así” como si la caña tradicional fuera una forma de apareamiento extraterrestre.
  El Algeciras me hizo una señal como diciendo estas-dos-ya-están-en-su-puto-punto. Ciertamente, parecían a buen recaudo. Para asegurar nos apalancamos con un poco de yerba. Fue el descoloque total. A las tías les entró la risa tonta y nosotros empezamos a meter mano de lo lindo. Mayormente, nos concentramos en lo pectoral. Todo maniobras de guante blanco y eso. Las tías se dejaban hacer que daba gusto. Mientras me amorraba a los libidinosos labios de mi Kate, escuchaba al Algeciras repetir una y otra vez “putas bolleras, putas bolleras”. Y es que a todos se nos había  ido un poco la olla. Teníamos un cuelgue del carajo la vela.
  Al final, estábamos tan pasados que nos quedamos como gilipollas mirando la puta bola de los espejitos mientras el “Lust for life” de Iggy sonaba a todo trapo. Parecía que no se acababa nunca.


61
  Durante ese tiempo, en el Hilton no ocurrió gran cosa. Lo más reseñable fue la llegada al hotel de Claudia Schiffer, la modelo top por excelencia. No se hablaba de otra cosa. Los tíos del staff iban salidos como locomotoras, los muy cabrones. Parecía que no habían visto una mujer en su vida.
  Y me tocó a mí encargarme de su habitación. La tía siliconosa ésta sólo estuvo en el hotel dos noches pero para mí fue un puto martirio. Me llovían las peticiones de los trapitos interiores de la Schiffer. El más lanzado de todos los soplapollas era un compatriota de la colega, llamado Christian, que estaba dispuesto a pagarme cien libras si me agenciaba para él un sujetador de la ínclita. Le tomé la palabra. Cuando me hizo la oferta no me lo pensé ni medio segundo. Ese día, lo primero que hice al salir del curro fue plantarme en una tienda de lencería presto a hacerme con un buen par de alforjas para el cabeza cuadrada.
  Me atendió una chica hindú. Le dije lo que quería.
  -¿Qué talla?.-me preguntó.
  Coño, no había pensado en eso. Entonces, casualidades de la vida, vi por allí un anuncio de la Claudia en paños menores.
  -Quiero uno como ése.-dije, satisfecho de haber resuelto el problema.
  -Sí, pero de qué talla.-insistió.
  -Exactamente como ése.-dije señalando el cartel-. Mi novia tiene las tetas igual que la Schiffer.
  La tía sonrió de un modo extraño. Cojones, me preocupó que pudiera pensar que yo era un puto  fetichista.
  Esa noche, dormí con el sujetador haciéndome pantalla en los huevos. Fue un poco incómodo, pero había que conseguir que la cosa adquiriera denominación de origen. No se me ocurrió otra forma. La solera no flotaba en el aire precisamente.
  Al día siguiente, previo pago de los cien machacantes, le entregué a Christian la prenda prebenda. Nada más hacerlo, el colega hundió su cara en ella y aspiró, honda, profundamente, el olor de mis pelotas.
  -Huele de puta madre.-dijo.
  -A mí me lo vas a contar, tronco.
  Había sacado un beneficio de setenta libras.
 

62
  Los desertores de la causa fueron regresando de uno en uno. Habían dilapidado sus días libres acumulados confraternizando con los seres queridos y ahora los mamones sensibleros tenían que bregar como galeotes una buena temporada antes de volver a disfrutar de un asueto prolongado. Yo, aún disponía de las dos semanas de vacaciones que me correspondían por arrimar el hombro durante seis meses, pero no sabía qué coño hacer con ellas. Había pensado en un tour de la cosa cultural por Oxford y otros villorrios pero no terminaba de decidirme. Tirar para el patio de abajo tampoco me seducía particularmente.
  Ese era siempre mi puto problema. Nunca me entusiasmaba con nada. Todo me importaba una puñetera boñiga de vaca. Veías a la gente haciendo planes, empapados en adrenalina de puro deseo, ilusionados como verdaderos hijos de puta y a mí todo eso me la traía floja. No participaba del cotarro más de lo necesario. Una deficiencia de carácter, vamos. A veces me imaginaba largando con un loquero sobre el tema.
  -Siéntese, muchacho. ¿Qué le trae por aquí?.
  -Pues verá, doctor. Mi problema es que todo me importa un pijo.
  -¿Un pijo?. No le entiendo.
  -Bueno, es lo mismo que un carajo, doctor.
  -Comprendo. Prosiga, por favor.
  -Es toda esa gente que veo por la calle, doctor. Creo que ellos están equivocados y yo no.
  -¿Qué quiere decir, muchacho?.
  -Bueno, siempre los observo ir de un lado para otro y nunca parecen llegar a ninguna parte. Y además...
  -¿Sí?.
  -Utilizan una jerga muy extraña, doctor. Palabras como amor, dios o guerra que no significan nada para mí.
  -Entiendo.
  -Y cada vez tengo más problemas de comunicación, como si no habláramos el mismo idioma.
  -Ya.
  -¿Es una deficiencia de carácter, doctor?.
  -Es más que eso, muchacho. Va usted contracorriente. ¿Por qué cojones no se comporta como todo el mundo y se deja de toda esa monserga existencialista?.
  -Es lo que trataba de explicarle, doctor. He descubierto que no hay nada por lo que merezca la pena entusiasmarse.
  Entonces el doctor resoplaba, rebasado el límite de su paciencia y pulsaba un timbre.
  -Es usted un elemento muy nocivo y peligroso para el sistema, ¿lo sabía?.
  Yo me encogía de hombros, y entonces dos gorilas con brazos como jamones derribaban la puerta y me embutían en una camisa de fuerza.
  Así acababan siempre mis encuentros con el loquero. Inevitablemente.


63
  Justo cuando algo lo más razonablemente posible parecido a la paz se había instalado en nuestras vidas el Algeciras recibió una carta de su ex anunciándole su inminente llegada. El colega estaba que se subía por las paredes. No lo hubiera frenado ni un quarterback de la Superbowl.
  -Va a venir.-repetía una y otra vez histérico perdido-.Va a venir.
  A todo esto, nadie se aclaraba si se congratulaba con la noticia o por el contrario se estaba cabreando por momentos, porque lo que todos veíamos era a un tío pegando botes con los carrillos hinchados y los ojos desorbitados.
  -Eh, cálmate, Paco.-le dije yo-. Tampoco está tan mal que venga, ¿no?.
  Se detuvo en seco y me miró asombrado.
  -¿Mal?.-exclamó-. Es de puta madre, Josema. Que venga, que venga, juá, juá, juá....
  Estaba zumbao, el cabrón. ¿Qué cojones estaría pasando por ese melón que tenía por cabeza?.
  -Le voy a partir el culo.-reveló entonces.
  Las dos niñas estaban delante pero a estas alturas de la convivencia todos conocíamos lo ilustrativo que podía ser nuestro amigo cuando se lo proponía.
  -Desde luego, sabes como conquistar a una dama, Paco.-dije.
  -¿Una dama?.-repitió incrédulo-. ¿Te acuerdas de Guillermo, mi hermano?.
  -Sí, nunca le olvidaré.
  -Pues nos la follamos juntos.
  -Pues que bien.
  -Después de ese día comprenderás que lo considere un hermano.
  -Ya, hay razones de peso para eso, sí.
  En ese momento, entró el primo en la cocina.
  -¿De qué habláis, tíos?.-preguntó.
  -La Noemi, que va a venir.-dijo el Algeciras sonriente hasta el frenesí.
  -Y quién coño es la Noemi, tronco. Estaba tratando de dormir un rato y me has despertado con tus gritos.
  -Es mi chorva.
  -No sabía que tuvieras.
  -Yo tampoco. Pensé que se había acabado, pero no me olvida.
  -Pues felicidades, hombre.
  Entonces, el Algeciras empezó a contar la historia de cuando se cortó los pelos y decidí darme un garbeo por Ealing Broadway, a diez minutos escasos de donde vivíamos. Aurora vino detrás. Yo caminaba rápido pero ella se las apañó para ponerse a mi altura y seguir mi paso.
  -¿A dónde vas?.-me preguntó.
  -Estoy dando un paseo, ¿no lo ves?.-dije cortante.
  Caminamos en silencio como cinco minutos.
  -Tenemos que arreglar lo nuestro.-dijo entonces.
  No respondí. Aurora llevaba varios días buscando la oportunidad de estar a solas conmigo y yo se la había puesto en bandeja. Últimamente, cuando teníamos día libre yo me levantaba temprano y me largaba al centro a dar de comer a las palomas entre otras cosas. Me sentaba en un parque cualquiera a jamarme un paquete de patatas y me llovían bichos de todas partes. Al final, ellos comían más que yo.
  -Lo siento.-dijo-. Me comporté como una tonta.
  -Me da igual.
  -No puedes hacerme esto. Yo te quiero.
  -Yo a ti no.
  -Sé que no lo dices en serio.
  -Piensa lo que quieras.
  Para entonces, ya habíamos llegado a Ealing Broadway y la noche había cerrado filas junto a una pálida luna que parecía una sonrisa burlona dirigida a mí. Me detuve irritado.
  -Pasa de mí, ¿vale?.
  -No. Quiero que hablemos.
  Me resigné.
  -Está bien, hablemos.
  -Aquí no.-dijo-. Vamos a tomar algo.
  Siempre era lo mismo con las tías. Si les concedías algo, la cosa nunca quedaba ahí.
  Fuimos a un pub, nos sentamos a una mesa y pedimos cerveza. Yo no tenía mucho que decir. En realidad, no tenía nada que decir. Me sentía indiferente, apartado del mundo y todo eso. Indolente con la vida misma. Hubiera jurado sobre las auténticas tablas de la ley que esta tía no me iba a atrapar otra vez.
  Entonces, Aurora sacó un paquete de cigarrillos de su bolso y me ofreció uno. Iba a aceptarlo cuando tuve la impresión de que ella dejaba caer el paquete al suelo.
  -¿Puedes recogerlo, por favor?.-me pidió.
  Di un bufido, me agaché por debajo de la mesa y cuando lo hice Aurora abrió las piernas. Me mostró su coño en todo su esplendor. Esa noche vestía una falda azul a la altura de las rodillas y nada se interponía entre mi mirada alucinada y su raja aterciopelada.
  -¿No lo echas de menos?.-oí que me preguntaba.
  Tragué saliva y de paso casi me trago la lengua.
  De nuevo estaba atrapado, condenado. Había caído en la trampa como un colegial.
  Como no podía ser de otro modo, acabamos follando como locos. Fuimos a un cine donde reponían Blade Runner. Siempre recordaré al replicante rubiales cuando largaba todo ese rollo de las naves en llamas ardiendo más allá de Orión. Aurora botaba sobre mis piernas ejerciendo funciones de modelo básico de placer.


64
  Entre el anuncio y la llegada definitiva de Noemi, se produjeron algunos acontecimientos relevantes en la casa. Amén de que Sara hizo las maletas y dijo ahí os quedáis, mamones, el más importante, sin necesidad de hacer un referéndum a mano alzada, todos estábamos de acuerdo en que había sido la ruptura del primo con su novieta, la azafata. Anduvo el hombre penando días y días. La tronca lo había traicionado telefónicamente y eso todavía sentaba peor. Fue una falta de delicadeza por su parte, hay que reconocerlo. Hacerle una jugada semejante a un tipo tan frágil como mi primo sólo estaba al alcance de una mente criminal sin escrúpulos. Y es que la titi, a pesar de no ser un pimpollo repollo, había tenido suficiente seso para no morder el cebo pecuniario familiar. Que lo siento, que no podemos seguir así y que la distancia es el olvido. Lo de siempre.
  Las tías iban o venían y, bueno, allí se habían agrupado de golpe unos cuantos ejemplos. Yo volvía a follarme a Aurora; el Algeciras esperaba con la lengua fuera a follarse a la Noemi; el primo languidecía en su abandono y otros como Paquito utilizaban el cinco contra uno y no se complicaban la vida.
  El Algeciras y yo intentamos ayudar al chaval poniendo todo de nuestra parte. Íbamos a la habitación y allí nos lo encontrábamos, tendido en la cama, con la mirada perdida en algún punto del techo esperando descubrir Arcadia. Le hablábamos de que la vida seguía y del valle de lágrimas y de cosas así.
  -Me quiero morir, tíos.-nos decía en tono fúnebre.
  -Venga, hombre, no será para tanto.
  -Eso, seguro.-dijo rotundo el Algeciras-. Tías como esa las hay a patadas, que te lo digo yo.
  -Además, lo único que se podía salvar de ella era el culo, primo.
  -Estoy de acuerdo. El resto no era gran cosa.
  Pero ni por esas. El tío se nos iba como un abuelete con alzheimer. Había que hacer algo y pronto. La solución, como siempre, vino de la mano de los caprichos del destino. Nos enteramos por una flyer que encontramos en el suelo de los vestuarios del Hilton de que el siguiente fin de semana se celebraba una rave en alguna parte de Blackhorse, al noreste de Londres, y el Algeciras y yo convinimos en que algo así era lo más apropiado para sacar a este tío de su letargo de oso cavernario. Faltaban aún tres días y durante ese tiempo estuvimos convenciendo a nuestro colega de que necesitaba abrirse a los cuatro vientos y de que un coño, al fin y al cabo, sólo era un coño. Que nunca podría ser más de uno al mismo tiempo y que en la variedad estaba el gusto. Fue un trabajo de Hércules, pero al final parece que el tío empezó a reaccionar. Al menos, ya parpadeaba cuando se entregaba introspectivamente a la contemplación del techo.
  La rave coincidía con la llegada de Noemi ese mismo weekend. El Algeciras consultó horarios y consideró que no había motivos de alarma. La juerga comenzaba la noche del viernes y Noemi invadía el imperio británico a eso de las tres de la tarde del sábado. Tiempo más que suficiente para ensalzar los valores de la amistad.
  Y allí nos fuimos, como cuatro jinetes del Apocalipsis salidos de una tienda de disfraces en tiempos de saldo. Sólo el Algeciras y yo sabíamos lo que era una rave. A los otros dos tuvimos que explicarle que la cosa iba de alcohol, sexo y drogas mayormente. Paquito se mostró entusiasmado, el primo dijo que su vida ya no tenía sentido y que lo mismo le daba que lo enviaran a China a empaquetar raciones de arroz, y nosotros dijimos para ya, cabrón. A follar, que el mundo se va a acabar.
  Antes de partir, Aurora me preguntó a dónde íbamos los cuatro con esa mirada canina. Cojones, que se lo iba a decir.
  -Cosas de tíos.-respondí.
  -¿Cosas de tíos?.-repitió.
  -Así es, cariño. No me esperes levantada, llegaré tarde.
  Aurora apretó los dientes y no dijo nada. Las últimas noches habíamos dormido juntos. Exactamente desde que Sara se dio el piro. Habían sido noches intensas, recuperando el tiempo perdido a lo bestia y por la mañana quien más y quien menos nos miraba como si hubiéramos perpetrado un incesto o algo peor. El Algeciras en cambio, me dedicaba una sonrisa socarrona y tenía que pararle los pies al hijoputa cuando me pedía detalles. Lo que no sabía, nadie en la casa lo sabía, era que llevaba meses follándomela. Siempre me decía que Aurora estaba como un queso y que haría lo que fuera con tal de poder someterla a una serie de vejaciones sin nombre, que ya se encargaría él de ponérselos luego.
  En fin, que a eso de las once p.m. del viernes cogimos la Picadilly y luego la Victoria sin mucha idea de lo que iba a pasar. Y mejor así. De estos mamones no podía fiarme demasiado en una situación normal visitando por ejemplo un club, así que si nos  metíamos en medio de la marabunta de una fiesta salvaje donde tus sentidos dilatados por todo tipo de estímulos y sustancias te empujaban a un lado,  se multiplicaban por mil y tomaban el descontrol, no quería ni pensarlo.
  Cuando nos bajamos en Blackhorse, le echamos un vistazo a la flyer. Había un planito muy bien detallado con flechitas y todo, impreso en la hoja. Hubiera sido un juego de niños de no ser porque el Algeciras se empecinó en desplazar el campo magnético del planeta hacia donde le salió de los cojones.
  -Que no es por aquí Paco, joder.-le decía yo.
  -Que sí, Josema.-me respondía convencido de la hostia-. Fíjate en esta flecha, si esto es el norte y estoy seguro de que lo es, vamos bien.
  -Lo que tu digas.
  Media hora después estábamos de vuelta en la estación de metro, protegiéndonos de la rasca infame que amenazaba con licuarnos a todos la sangre de nuestros cuerpos serranos.
  -Yo me quiero ir para casa, tíos.-dijo el primo.
  La reacción del Algeciras no se hizo esperar.
  -Que te lo has creído, tontolculo.-aulló cogiendo al primo por los pantacas-. Hoy tú vas a mojar, por mis muertos.
  Entonces, el Algeciras me pasó la flyer y sonriendo con su sonrisa especial de ¿no te parece que soy the best?, me dijo:
  -Guíanos, Moisés.
  Hijo de puta zumbao de mierda. A veces me entraban ganas de partirle los dientes con un ladrillo, pero después de contar hasta diez me convencía de que este cabrón era un colega, un buen colega y que no merecía los postreros tejemanejes torturadores de un odontólogo forrado por demás hasta las entretelas. Que su dentadura ratonil viviera por siempre y que fuera objeto de estudio por parte de algún mutante del siglo XXV. El hijoputa cabezón se volvería loco analizando los residuos dentarios de mi colega. Llegaría a conclusiones nefandas, tales como que los machos sapiens del siglo XX teníamos una tendencia malsana a meter la lengua en la vagina de nuestras hembras.
  -Está bien.-dije-. Seguidme, mamones.
  La salida del metro en Blackhorse era una especie de encrucijada. Dos carreteras se cruzaban en línea recta señalando los puntos cardinales como en una clase de Barrio Sésamo. No era necesario ser un ingeniero de caminos. Un cuarto de hora más tarde llegábamos al punto “g”. Claro que ninguno de nosotros contaba con un eslabón perdido con músculos como melones en la entrada del punto ése.
  -¿Tenéis invitación?.-nos preguntó.
  Le enseñamos la flyer tope ingenuos pensando que con eso serviría.
  -Eso no es una invitación.-dijo sonriendo despectivo-. Tenéis que apoquinar. Quince pavos por cabeza.
  Apoquinamos. La rave se celebraba en un pabellón deportivo en desuso. No era una mala localización, no señor. Había una providencial distancia con las casas más cercanas. Los organizadores del evento se lo sabían hacer. Guapa la fiesta, en todo caso. Aquello estaba lleno de peña a rebosar, todos empirulados o a punto de estarlo siguiendo un buen ritmo de garage en aquellos momentos. Algún lumbreras había puesto a funcionar la megafonía del pabellón para expandir las ondas hertzianas a la velocidad del sonido propiamente dicho.
  Al Algeciras se le salían los ojos.
  -Vaya sitio más enrollado, ¿eh?.-me dijo.
  -No está mal, sí.-reconocí.
  Fuimos hasta las gradas y nos sentamos en la cuarta o quinta fila mirando las evoluciones del ambiente. Siempre era bueno racionalizar un poco las cosas antes de meterte hasta las trancas en semejante vorágine.
  -No aguanto más.-dijo de pronto el Algeciras-. Voy a buscar algo de material. Venga, aflojando uno de veinte cada uno. 
  Se perdió entre el mogollón con los cuatro retratos de Isabel y volvió al rato con una bolsita que contenía diez o doce pirulas dentro. Me parecieron demasiadas por ese precio. Eran de color rosa, como las grageas infantiles.
  El Algeciras nos pasó un éxtasis a cada uno.
  -¿Son buenos?.-le pregunté.
  -Del sesenta por ciento.-me respondió.
  -¿Quién te los ha vendido?.
  -Lola.
  -¿Lola?.
  -Sí, una gallega que trapichea en Londres desde hace unos años. Me ha dicho que está hasta el coño de raves.
  Había más gente sentada en las gradas, cada uno con su rollo particular. Después de la ingestión, Paquito y el primo se habían vuelto de espaldas mirando hacia arriba, alucinando con la boca abierta. Seguí sus miradas de carnero degollado y me encontré con una pareja de heterosexuales, desde luego en ese momento lo eran, que echaban humo por la calentura de sus químicas desatadas. La tía le estaba haciendo una mamada de campeonato a su partenaire.
  -No puedo correrme.-oí que se quejaba el maricón.
  -Córrete, córrete.-pedía, suplicaba la otra cada vez que se tomaba un intervalo para respirar.
  -Qué pasote.-dijo Paquito.
  -Yo lo flipo.-dijo el primo.
  -Siempre es lo mismo.-dijo el Algeciras sentando cátedra-. Con el éxtasis todo el mundo come coños y come pollas.
  Me eché a reír.
  -Bueno, chavales,-dije dirigiéndome a Paquito y a mi tocayo-. Aquí el maestro ya os ha instruido,  ya sabéis lo que tenéis que hacer, pero no os atragantéis.
  Después de soltar esta chorrada me sumergí de cabeza en medio de la muchedumbre rallada, rallado yo mismo. Los principios activos del éxtasis comenzaban a hacerme mella. Sentía una necesidad maricona de querer a todo el mundo; de entrar en contacto con mis sentimientos que nunca estaban cuando los necesitaba, los muy cabrones; de poder follarme a una tía cualquiera o sólo de fundirme con ella en un abrazo de hermandad. No me hacía falta más. Pero quisieron los dioses que me tropezara con Enriqueta. Se veía que tenían ganas de reírse un rato. Enriqueta era tonta como un zapato, tenía cintura de avispa pero sus curvas de cintura para abajo eran los bocetos de un Modigliani desencadenado. Caderas anchas como ojivas góticas.
  -¿De dónde eres?.-me preguntó, mientras hacíamos la rueda como moros en La Meca.
  -De Andalucía, cariño, ¿y tú?.
  -Yo, de Alicante. ¿De qué parte de Andalucía eres?.
  -De donde se acaba el mundo, cariño.
  Entonces, las circunstancias hicieron que sus tetas se aplastaran contra mí. Fue una sensación agradable, sus glándulas mamarias estaban bien desarrolladas.
  -Oye, esto me ha gustado, ¿qué tal si intimamos un poco más?.
  -Bueno.
  Nos alejamos hacia las gradas que seguían siendo el lugar más desahogado y empecé a meterle mano y a morderle los labios con saña. Escupí dentro de su boca y ella se tragó mi saliva con fruición. Por debajo de su falda su coño estaba chorreando y mis dedos resbalaban enloquecidos por cada uno de  sus agujeros. Me sentía poseído, sensibilizado como si me fuera la vida en ello. Lamí su cara de pez globo con hambre, en lo que podría haber sido un acto de amor de no encontrarme completamente follao. Enriqueta jadeaba ruidosamente y se agarraba con las dos manos a mi paquete. Llegué a sentirme realmente oprimido y para evitar daños colaterales liberé mi muñeco que saltó como un muelle de una caja sorpresa.
  -¡Vaya pedazo de polla que tienes!.-exclamó.
  -Ya me lo decía mi madre, ya.
  La cabalgada fue épica. La zorra ésta era multiorgásmica pero a mí me ocurría como siempre cuando intentaba follar colocado. No había forma de que pudiera correrme. Los biorritmos naturales de mi cuerpo alzaban las cejas cada vez que los alteraba artificialmente y se ponían a pensar qué hacer a continuación. No, definitivamente el éxtasis y otras mierdas semejantes sólo me servían para sacar a paseo mi capacidad de empatía en el mejor de los casos. El resto del tiempo, mientras duraban los efectos, me sentía como un lancero de los Tercios de Flandes poniendo picas en follalandia y haciendo favores a todas las tías que me salían al paso.
  -¿Qué te pasa?.-me preguntó Enriqueta al ver mi estado reflexivo.
  -Nada, que me aburro, tía. No me mola mucho esto, sabes.
  Entonces Enriqueta descabalgó y empezó a lamer y a sorber mi herramienta gruñendo como una cerda empalada. Seguí sus maniobras con cierto estupor. Su lengua subía y bajaba libidinosamente por mi miembro limpiando los restos de su fluido vaginal. Concluí que ya tenía bastante de esto por el momento.
  -Vale, está bien.-dije poniendo punto y final.
  Pero Enriqueta no me oía o no quería hacerlo. Entonces la engulló toda de golpe y algo se disparó dentro de mí. Algo realmente bueno. Di gracias al cielo por aquellos segundos de eternidad. Mientras me corría en su boca sentí algo parecido a una puñetera fusión religiosa con el Todo.
  -Pues muchas gracias, tía.-dije, preparando una retirada elegante cuando me hube rehecho de la positiva impresión-. Ya nos veremos.
  Pero al parecer Enriqueta continuaba sin oír muy bien o se había hecho sus propios planes acerca de mí. Me siguió por todo el graderío mientras yo iba sorteando a la peña y sus circunstancias varias, desplazándome hacia el lugar donde había visto a mis colegas por última vez.
  Allí, sólo estaba el primo. De los otros dos no había ni rastro.
  De un vistazo capté que mi tocayo no estaba precisamente lo que se dice en su mejor momento. Había entrado en un truculento rollo depre y todo lo de su ruptura se le había venido encima, desbordándolo. Una lata de birra colgaba de su mano inane sin ser muy consciente de ella. De la lata, creo. Por una vez me alegré de tener a una tía a mi lado. Aquellos dos seguro que harían buenas migas. Los presenté y fui en busca de los otros, a ver qué cojones estaban haciendo. No es que me sintiera responsable ni nada de eso. Todo lo contrario. Que les dieran por el culo a esos mamones, eso al menos me habría parecido más normal que lo que me encontré a la vuelta de la esquina como si dijéramos. Tuve que frotarme los ojos más de una vez para creerme lo que estaba viendo. El Algeciras, mi colega, mi primo, mi hermano se estaba dando de morros a conciencia con otro tío. Y lo hacían a tornillo limpio, como dos mariposones totalmente entregados. Era una escena muy extraña. Me quedé parado unos segundos, como si el tiempo se hubiera detenido. Cosas así te hacían pensar en que todos teníamos oscuros secretos que sepultar cinco metros bajo tierra. En una ocasión, el Algeciras me dijo que le gustaba ver pelis de maricones.
  -Lamento interrumpir.-grité en medio de la bulla, rodeado de toda la pesca, intentando hacerme oír-. Disculpa.
  Pero nada.
  Probé con unos golpecitos poco delicados en el hombro del sarasa.
  Pero tampoco.
  Entonces, cogí del cuello al Algeciras y tiré de él. El otro casi le arrancó la lengua, y luego me miró desconcertado. Era un rubiales rapadito con pinta de nenaza.
  -¿Qué coño miras?.-le espeté-. A tomar por culo, macho-man.
  Me volví hacia el Algeciras y cogí su cara con mis manos. Me dedicó una sonrisa idiota. El cabrón se había pasado como siete pueblos. Podría haber estado besando una farola y no se hubiera enterado. Lo llevé hasta donde estaban el primo y la Enri, muy animados ambos, de palique y tal. Senté al Algeciras entre los dos y registré sus bolsillos. Sólo encontré una pirula, el resto había volado vete tú a saber dónde. Me la eché al coleto antes de que este hijoputa descubriera que todavía quedaba material y entrara en coma.
  -¿Qué pasha, Joshema?.-me preguntó con su característica lengua de trapo.
  -Te has pasado, Paco.-le respondí circunspecto.
  El Algeciras se echó a reír sin control alguno. Decidí dejar que se recuperara antes de ajustarle las cuentas.
  -¿Qué le pasa a éste?.-preguntó Enriqueta.
  -Lo que a todos, cariño, que vive en un mundo sin amor.
  Entonces me acordé de Paquito. Juro que llegué a sentirme como un vigilante de la playa. Me lancé de nuevo a aquel mar de cuerpos y cabezas abriéndome paso en medio del sofocante calor y notando como el éxtasis me estallaba dentro una vez más. La primera oleada fue demoledora. Durante un segundo me creí Dios. Cerré los ojos y abrí los brazos poseído por el chunda-chunda infernal que bajaba desde los cielos y me recorría de pies a cabeza. Me dejé llevar, qué cojones. Era como visitar la ciudad de la llama que canta, formar parte de algo grande de verdad, sentir que sentía, sentir que no moriría sin haber vivido. Alguien me abrazó y dimos vueltas cogidos de las manos como dos girasoles. Era perfecto. Era perfecta. Era una tía rubia que brillaba como el mismo sol. Me abandoné del todo.
  -Te he estado esperando.-escuché que me decía al oído.
  No me lo podía creer. Allí, en mis manos, unidos por palmas sudorosas tenía a una diosa.
  -¿Cómo te llamas?.-le pregunté.
  -Sharon.-susurró mirándome a los ojos.
  Unimos nuestras mejillas. Nada importaba excepto nosotros. El puto mundo se podría haber acabado en ese mismo instante. Lo hubiera celebrado. Todo el amor de esta tierra desolada era mío. Se hallaba cautivo en aquel cuerpo de mujer, y aquella mujer era mía. Un puro algoritmo matemático. Con eso estaba todo dicho. No había más que hablar.
  Fue una bonita fantasía mientras duró. Efímera, casi sin palabras. Un último tango químico en Londres, deslizándonos por toboganes de sensibilidad sintética. Yo te importo. Tú me importas. Recemos juntos para que esto sea verdad. Dentro de quince minutos. Dentro de mil años.
  Permanecimos media hora abrazados, meciéndonos al ritmo de nuestros corazones dilatados. Luego, nos separamos y nunca más volvimos a vernos.
  Encontré a Paquito sin muchas dificultades. Sólo le había faltado marcar su rastro con miguitas de pan o tirar del hilo de Ariadna. Estaba a cuatro patas lamiendo las pantorrillas de una sílfide negra que se contoneaba a su alrededor dejándose querer. La peña, que había hecho corro, se descojonaba con las evoluciones de mi colega. Desde luego, no era yo el que iba a sacarle de allí. Probablemente estaba reviviendo alguna escena memorable de una de sus pelis sados favoritas.
  Me volví con los otros.
  El Algeciras ya había espabilado. Se estaba fumando un canuto y me lo pasó cuando me senté a su lado.
  -Mátalo.-me dijo.
  -¿Cómo vas?.
  -Sin problemas.
  -Te estabas morreando con un tío, Paco.-le dije.
  -Venga ya.-protestó débilmente.
  Le repliqué con la mirada.
  -Coño, pues no noté la diferencia.-admitió-. Era lo mismo que con una tía.
  -Sí, tú dales ideas a algunos.
  Consulté mi reloj. Dios, ¿adónde se había ido el tiempo?. Eran las siete de la mañana. Momento de salir por patas, colegí. El primo y Enriqueta habían unido sus cabezas en un sopor moliente. Ojalá estuvieran intercambiando mensajes de paz y amor, pensé, como esos dos mierdas del John y la Yoko. Los necesitaban. Ambos estaban perdidos en un mundo despiadado que no conocía de dudas ni de inseguridades.
  Faltaba Paquito, en todo caso.
  Apareció media hora después, del brazo de la beldad negra a la que había estado lamiendo los entrededos de los pies.
  -He mandado mi virginidad a tomar por culo.-gritó.
  -Cojones, ya era hora.-le dije-. Tantas pajas iban a volverte loco.
  -Ha sido total.
  -Durante diez segundos siempre lo es, Paquito.
  Nos despedimos de Enriqueta en la estación. Ella trabajaba por allí cerca, de au pair.
  -¿Puedo acompañaros?.-nos preguntó-. Hoy tengo el día libre.
  -Mejor que no, cariño. Tú eres un ángel y nosotros vamos al infierno.
  -¿Al infierno?.
  -A Brixton.-le mentí.
  Entonces me inventé el nombre de una calle y se lo di.
  En el metro, nos quedamos dormidos los cuatro y despertamos en Heathrow.


65
   El aeropuerto. No era la primera vez que volvíamos a la vida allí, las otras veces ocurría cuando nos quedábamos sopa después de una esforzada jornada haciendo labores de tontolava en el Hilton, pero aquel día la sensación que tuve fue particularmente premonitoria de algo. No sabía de qué y, la verdad, tampoco quería saberlo. Todos mis instintos más primarios, los de supervivencia se desgañitaban, me gritaban que saliera disparado en sentido contrario a las primeras de cambio. No veía yo dónde estaba el problema, sobre todo cuando el tren iba a echar a andar de un momento a otro. Eran las once de la mañana. Las puertas estaban a punto de cerrarse y en veinticinco minutos estaría de vuelta en casita pertinentemente acomodado en supina posición para el reposo del guerrero.
  Entonces, el Algeciras me dijo:
  -Josema, yo me quedo a esperar a la Noemi, ¿qué tal si le haces compañía a un colega?.
  Dios mío, pensé, dile que no, dile que estás cansado, que te duele la cabeza, que sé yo, cualquier cosa. No te dejes atrapar. Cierra los ojos. Haz como que no has oído nada. Solté un suspiro, pensando en lo afortunado que sería si me encontrara lejos de allí. Me incorporé.
  -Está bien, vamos.
  Las puertas empezaron a pitar justo cuando pisamos el andén y luego se cerraron inexorables como dos cuchillas de guillotina cortando hambrientas el aire. No era mi día de suerte, y no es que hubiera tenido muchos últimamente. Estaba llegando a un punto en que las cosas sucedían por sí solas. Era como ver una película. Los acontecimientos parecían tener vida propia, y aunque formabas parte de ellos en algún momento te ponías a observar y comprendías que detrás del absurdo había un titiritero loco moviendo los hilos. Mientras no me tocara los cojones más de lo debido, pensé, por mí podía comprarse una fábrica textil con empleados y todo.
  Fuimos hasta la terminal uno y allí nos tomamos un café en el Mcdonalds. Estaba asqueroso, pero caliente y nos sentó bien.
  -Nunca creí que llegaría este día.-dijo el Algeciras.
  Yo tampoco, pensé.
  -Vas a flipar con la Noemi.-continuó.
  -Seguro.-admití-. Si está la mitad de loca que tú eso ya será demasiado.
  Se echó a reír.
  -Como una puta cabra.-reconoció-. Cuando estábamos juntos me decía que nunca había conocido a nadie como yo, ja, ja, ja.... qué se puede esperar de alguien que me acusa de algo así.
  -Almas gemelas.
  -Estaba hasta los cojones de ella, me hacía la vida imposible, me quería para ella sola, ¿te imaginas?.
  -Bueno, ¿y qué es lo que ha cambiado?.
  -Pues no lo sé, tío. Supongo que nada. Ha pasado el tiempo, a ver qué pasa.
  Estuvimos fumando una buena media hora en la zona minúscula que Heathrow tenía reservada para el vicio de respirar aire enriquecido con nicotina y alquitrán. No era como en otros aeropuertos. Allí, la palabra arrinconado adquiría una nueva dimensión. Era como más parecido a una reclusión voluntaria el tiempo que desearas en una nube de humo que asombrosamente permanecía estática dentro de sus límites.
  Frente a la zona de fumeque había una tienda Whitestone. Decidimos echar un vistazo. El Algeciras se fue directamente a la sección de revistas guarras. Fiel a su costumbre, chorizó un DVD que venía adosado en un número especial de Hardcore U. K.
  -¿De qué es?.-le pregunté.
  -De lesbianas gordas como elefantes.-me respondió.
  Me desesperé.
  -Coño, ¿para qué quieres eso, Paco?.
  -Son las mejores, Josema.-dijo entusiasta-. Dan verdadero morbo, son de pata negra, como más auténticas, ¿eh?.
  -Ya, y ¿dónde vas a ver esa mierda?.
  El Algeciras reflexionó un momento.
  -Pues no había pensado en eso, pero bueno, ya lo tengo, ¿no?.
  -Sí, claro. Muy práctico.
  Entre una cosa y otra el reloj avanzaba con ciertos auspicios poco halagüeños. No se me quitaba el mal palpito, se acrecentaba con el paso de los minutos. Por el contrario, el Algeciras no cabía en sí de gozo y lo celebraba metiéndose entre pecho y espalda todos los CDs que encontraba a su paso por las estanterías.
  Consultamos el panel de llegadas. Marcaba las tres y cuarto. Todavía quedaba media hora y la empleamos en perdernos de nuevo entre las nieblas de Avalón.
  Y por fin llegó el gran momento.
  Fue mucho peor de lo que me temía.
  La gente empezó a salir por la puerta de desembarque y el Algeciras dijo:
  -Ahí viene.
  Miré fijamente. Sí, debía ser aquello. Era delgada como una espátula, con el pelo casi por la cintura y caminaba demasiado rápido.
  -¿Anda siempre así?.-pregunté.
  Noemi cortaba el aire a la velocidad de un tiburón que huele la sangre. Llevaba una maleta en una mano y una bolsa en la otra.
  -Esa bolsa creo que la conozco.-dijo el Algeciras.
  Me concentré en la bolsa. Desde una distancia de diez metros, que Noemi se iba a merendar en un santiamén, pude ver que se trataba de una bolsa de papel marrón con asas de cuerda. Parecía inofensiva.
  El Algeciras abrió los brazos ebrio de felicidad dispuesto a fundirse en el más romántico de los abrazos y justo en ese momento recibió el impacto de la bolsa en  los putos morros. Los pelos salieron disparados en todas direcciones, y él mismo cayó de espaldas cuan corto era. El DVD de las gordas también salió disparado por el suelo y fue a parar a los pies de un guardia de seguridad que pasaba por allí.
  -¿Algún problema?.-preguntó, arqueando significativamente la ceja derecha.
  -No, nada. A mi colega, que se le ha caído el pelo.-dije, recogiendo el DVD apresuradamente.
  Joder, y era cierto. Había pelos por todas partes, rastas de pelo broncíneo y mugriento de muchos años sin lavar y amarillento de tanto planchar. Tenían la apariencia de algas secadas al sol. Se podría haber rellenado un buen almohadón con todo aquello.
  Mucha gente se había detenido a contemplar la escena. Al Algeciras apoyado sobre sus codos en el suelo, ciertamente patidifuso, y a la Noemi irguiéndose sobre él con el gesto de una cariátide de una tonelada a punto de derrumbarse y aplastarlo con su peso.
  -Esto para que aprendas, hijo de puta.-le gritó-. Vuelve a hacerme lo mismo y cocinaré una tortilla con tus huevos y después te la haré tragar.
  Jesús, pensé. Como a alguien le dé por registrar a la zorra ésta no volvemos a ver la luz del sol.
  -¿Qué ha dicho?.-me preguntó el de seguridad.
  Suspiré.
  -Que se alegra mucho de verlo después de tanto tiempo, y que los tres hijos que tienen en común están todos bien en casa de su madre.
  Por un segundo temí haberme pasado, pero el guardia parecía sumamente interesado en la situación y continuaba de palique.
  -Y por qué no se levanta.
  -Debe ser de la emoción.-dije-. Se quieren a matar.
  Cojones, ¿por qué no se levantaba?. Ahora había empezado a sonreír de un modo inconfundible. El hijoputa estaba enamorado. Entonces se incorporó y enrolló uno de sus tentáculos a la cintura de la Noemi. Parecía que se querían follar allí mismo. Se estaban dando un morreo lujurioso de los de verdad. Un cachondo del público comenzó a aplaudir para festejar la efemérides y el resto se animó que no veas. Fue como en el final de una peli de mi prima Julia.
  Me eché a reír.
  -Casi me hacen llorar.-me dijo el guardia de seguridad-. ¿No es genial el amor?.
  -Claro, hombre. Lo que tú digas.


66
  Cuando llegamos a Ealing, cosa que temí nunca fuera a suceder, teníamos nueva inquilina. Una alemana, una auténtica frau recién salida de la trinchera aria. Era grande como un armario de siete puertas, la jodía. Por mucho que la miraba no veía nada aprovechable, pero no todo en la vida es eso, joder. O casi. El Hilton se había pasado por el forro de los cojones la sana costumbre de endilgarnos un paisano para completar el elenco. Para el caso era lo mismo. Toda nuestra sagaz planificación familiar ultrameditada durante horas inacabables ya no servía para nada, así que tuvimos que improvisar. Se acabaron las noches de pasión. Paquito se vino a hacernos compañía al primo y a mí, y el Algeciras y su chorva se quedaron para ellos solitos, tal como estaba previsto, con el nidito de amor que empezaron a rentabilizar de inmediato. Se oían los gritos desde la cocina.
  Ilga, la alemana, que en ese momento se estaba preparando una infusión en el microondas con unas hierbas que servían, según confesión, para adelgazar nos miraba a los otros tres, que estábamos echando unas partidas de póker a una libra la ronda, y nos sonreía.
  -¿Qué coño mira ésta?.-dijo el primo mosqueado.
  -Creo que le gustas, colega.-dije yo-. Hoy el amor está desbocado, es tu oportunidad.
  -Vete a tomar por culo.
  -Conozco una historia de una gorda.-dijo Paquito.
  -Ahora no, Paquito, que nos estamos jugando los cuartos. Dame tres.
  Gané esa ronda y las dos siguientes. Después perdí cuatro seguidas. Al final, libra más libra menos, nuestro caudal siempre era el mismo.
  Entonces, el Algeciras entró en la cocina. Iba en gallumbos y chorros de sudor le caían por todo el cuerpo. Empezó a trastear bajo el fregadero buscando una botella que luego empezó a llenar con agua.
  -No puedo más.-resopló-. Es una vampira, una tigresa, la muy puta me está secando.
  Desapareció con la botella llena y  al rato volvimos a escuchar los gritos.
  -A ver cuándo se acaba esto.-dijo mi tocayo.
  Tan perspicaz comentario me dio una idea para sacar pasta fácil. Claro que yo jugaba con ventaja.
  -No les echo más de tres días juntos.-dije-. Se admiten apuestas.
  -Yo paso.-soltó Paquito-. Por mí como si se quiere quedar tres meses.
  -Coño, eres tú el que va a dormir en el suelo.
  -Joder, es verdad. No había pensado en eso.
  Miré al primo.
  -No sé, tío.-dudaba-. ¿Cuánto?.
  -Veinte pavos, primo. ¿Qué es eso para ti?.
  Después de formalizar la apuesta con Paquito como testigo me fui a la habitación a tumbarme un rato. Estaba molido. Llevaba allí cinco minutos repasando los highlights de la noche anterior cuando Aurora entró en la habitación y se sentó a mi lado en la cama. Ni se lo pensó antes de meterme los dedos en la boca.
  -¿Dónde has estado?.-preguntó.
  -Ya sabes, por ahí.-dije vagamente.
  Puse mi mano en su cintura. Eso le gustó. Bueno, para eso la puse.
  -Esta noche te echaré de menos.-dijo a continuación.
  -Escríbeme una postal.
  -Vete a la mierda.
  Aurora me apartó la mano y se levantó.
  -Cuando hablas así no te soporto.
  -Cuando hablo cómo.
  -Como un gilipollas.
  -Perdóname por no recitarte sonetos, cariño.
  -A veces me pregunto qué he visto en ti.
  -Bueno, consuélate pensando que yo tampoco veo nada en mí, y que está muy claro que sí encuentro interesantes puntos de vista en ti.
  Esta discusión me la sabía de memoria. Ahora venía aquello de “siempre hacemos lo que tú quieres”.
  -Siempre hacemos lo que tú quieres.
  A lo que yo invariablemente respondía:
  -Pide el divorcio. Alega maltrato psicológico.
  Entonces Aurora se ponía a sollozar de impotencia, también invariablemente. Hasta ese día.
  Me miró fijamente, mostrándome su afilado perfil, antes de soltar su ominosa sentencia.
  -Si las cosas no cambian, esto se acabó.
  Lo dijo con una determinación que hasta ese momento yo desconocía en Aurora. Y me dio que pensar. No era su típica amenaza de ida y vuelta. Ella tenía veintisiete años. Yo estaba casi en la treintena. Era posible que Aurora hubiera crecido y yo no. Fue lo que me golpeó la conciencia como una sobredosis de fenobarbital. Londres es uno de los peores sitios del mundo para que alguien te importe. No tienes tiempo para eso. Todos estamos de paso y no se fraguan allí lazos para toda la vida, ni siquiera para el siguiente fin de semana. De un modo u otro sabemos que a nadie le importa nadie pero nos sonreímos mientras lo pensamos y hacemos como que somos colegas. Juramentos de tíos que decían que iban a la muerte con su vecino había estado yo presente en unos cuantos. Un par de horas más tarde, en el apogeo de la misma fiesta el mismo tío me contaba lo cabrón que era ese cabrón, pero que cohabitaban en la misma queli y, bueno, tenían que soportarse. Nadie se engañaba, ni esperaba gran cosa del prójimo más allá de compartir algunos momentos de ebriedad y cuelgue. Esa era la primera ley de la humanística londinense. Tengo un trato, lo mío para mi saco.
  Aurora era una excepción. Yo le importaba de verdad. Sus palabras no eran sólo un ultimátum sino también una elucidación de intenciones rotundamente inequívoca. Me había pasado una patata ardiendo y yo no llevaba guantes. Nunca pensé que los fuera a necesitar y de repente me encontraba con que mis manos se estaban quemando. Eso quería decir que ella no me era indiferente del único modo que siempre había temido. Pero otra cosa es que estuviera dispuesto a reconocérselo.
  Entonces abrí la boca:
  -Déjame en paz, ¿quieres?.


67
  Aurora me había tocado en la línea de flotación. Ahora, cuando la miraba, podía apreciar los cambios que se habían producido en ella en el último año. Se había convertido en una linda mujer. Había ganado algunos kilos y su cuerpo se lo había agradecido redondeándose de un modo glorioso y dotándola de un aire más que definitivo. Cojones, parecía hasta más alta y mi lengua ya tenía bastante trabajo sin necesidad de añadir más centímetros. En cualquier caso, aquella mañana de domingo, cuando la casa se desalojó, me sentía inspirado y fui directamente a su habitación en busca de las promesas que mis sentidos apenas habían entrevisto como en un sueño de dudosa autenticidad.
  Abrí la puerta sin llamar.
  Aurora estaba de espaldas, de cara a la ventana, leyendo un libro de Huxley que yo le había recomendado. Se volvió con una sonrisa delatora. Los ojos le brillaban.
  -Quítate la ropa.-me dijo.
  Me quité el pijama y lo tiré sobre la cama de Ilga. Había un socavón bastante pronunciado en el colchón.
  Entonces tuve una idea.
  -Quiero ver como te acaricias.-dije de pie al borde de su cama.
  -Está bien.-accedió ella sin apartar la mirada de mis ojos ni un segundo.
  Se sacudió el edredón con las piernas y empezó a hacerlo. Aurora siempre dormía desnuda. Sus bonitas manos de largos dedos estaban acariciando sus pechos y a mí comenzaba a faltarme el aire. Luego bajaron por su cintura hasta sus muslos y  en ese momento abrió las piernas. Creí que mi polla iba a salir disparada del cuerpo.
  -Métete el dedo.-le pedí ansioso.
  Pude oírme resollando como si fuera otra persona.
  Aurora lo hizo y también cerró los ojos. Su dedo corazón entraba y salía de su coño cada vez más rápido.
  -¿Qué sientes?.-conseguí articular con la voz completamente rota.
  -Placer.-gimió ella.
  Entonces ya no pude más y me tumbé a su lado, lamiendo y mordiendo todo su cuerpo como si fuera la última vez que iba a beneficiarme a una tía en esta vida. Lo hacía con una extraña adoración y sensibilidad, sin dejar ningún recoveco por explorar. Su olor saturaba mis fosas nasales, enloqueciéndome. Fui consciente de que mas que follándomela estaba haciéndole el amor. Y no me disgustaba. Era una sensación nueva para mí. Me alimentaba de ella. Y me importaba un carajo correrme. Todo cuanto deseaba era prolongar eternamente aquel estado de embriaguez febril, deleitándome en cada segundo. Entonces Aurora cogió mi verga y, después de apretarla intensamente unas cuantas veces con su mano, la condujo hacia su raja. Me deslicé plácidamente. Se estaba muy bien allí dentro. No era como las otras veces. Parecía algo místico. Mis movimientos en el interior de su vagina eran suaves, casi perezosos y ambos disfrutábamos con ello. Estirábamos el tiempo, empapados en sudor y cada vez que mi polla la penetraba nuevamente hasta el fondo, era como estar cerca de la gloria. Y definitivamente, cuando nos corrimos al mismo tiempo fue como tocarla con los dedos. Aurora había sentido lo mismo que yo. Estaba en sus ojos y en toda su cara.
  Permanecimos abrazados unos segundos, exhaustos.
  -Te quiero.-me dijo Aurora.
  Yo no respondí nada, pero la besé en la frente y sentí en mis labios su sabor salado.
  Al rato me puse los pantalones del pijama y fui a mear. Iba casi lelo y me sobresalté cuando me encontré con Noemi en la puerta del cuarto de baño. Noemi estaba en pelotas, sin complejos.
  -Creí que no estabas en casa.-le dije, reprimiendo mi deseo de investigar de cuello para abajo.
  Ella me miró sorprendida.
  -Eres tú.-exclamó de pronto.
  -Pues sí, soy yo.
  De eso, al menos, estaba seguro.
  -Ana me habló de ti.
  -¿Qué?.
  -Tú fuiste el que te follaste a Ana. Tienes esa horrible marca de vacuna en el hombro.
  -Mucha gente la tiene.
  -No así. Me dijo que parecía un enorme clítoris.
  Me eché a reír.
  -Ojalá, nena. Estaría todo el día frotándolo.


68
  Al día siguiente, el Hilton andaba revuelto como un gallinero. Teníamos cotilleo del bueno. Habían pillado a dos tías de room service haciendo la coyunda en el vestuario de féminas y la dirección del hotel las había invitado gentilmente a continuar sus menesterosos quehaceres en cualquier otra parte del terruño isabelino. Explícitamente, en la puta calle. Y todo por culpa de una hormona de más aquí o allá que se había descontrolado en pleno laborío.
  Después de comentar el asunto estrella del día, durante el almuerzo en la cantina, el Algeciras nos dijo a los otros tres:
  -Ese cabrón del Jarly me ha tocado los cojones esta mañana.
  El Hurley pertenecía a otra de ésas curiosas especies inglesas, injustificable por demás en su razón de existir, y que para nada estaba en peligro de extinción: la de los manager. En realidad su apellido era Davidson, pero le llamábamos Hurley por aquello de hacer un juego de palabras con el apelativo de las motos guapas que asolaron algunos de los estados del país más analfabeto del mundo en los sesenta. Podríamos haberle llamado cualquier otra cosa peor, pero Hurley nos gustaba y además era fácil de pronunciar. Por supuesto, la imagen de este mamón era la más alejada posible de la de un Ángel del Infierno. Estos tíos lo hubieran corrido a cadenazos de saber que semejante imbécil trajeado tenía en usufructo uno de los nombres de sus legendarias máquinas.
  -¿Qué ha pasado?.-preguntó Paquito.
  -Me ha obligado a afeitarme, tíos.-dijo el Algeciras con el tono de quien ha sufrido una humillación.
  -Te has bajado los pantalones.-le reprochó el primo.
  El Algeciras se mosqueó.
  -De eso nada, maricón. Tú hubieras hecho lo mismo.
  -Bueno, vale.-intervine yo-. ¿Cómo fue?.
  -Esta mañana me lo crucé en mi planta, nos saludamos, good morning, y todo bien pensaba yo, pero entonces el Jarly se llevó su puta mano a su careto de mierda señalando mi barba de un día. Yo le dije que vale y que tomorrow, pero el hijo de puta volvió a los cinco minutos con un kit de afeitado de esos con los que timamos a los mamones que se hospedan aquí.
  -Hay que joderse.
  -Ya sabéis como son esas cuchillas, no cortan ni el aire, hasta un muerto protestaría....
  -No sigas, Paco. Me estás dando grima, tronco.
  -Le dije que yo no me afeitaba con eso.
  Entonces hizo una pausa, como esperando a que alguno de nosotros hiciera algún comentario. Algo aprobatorio sobre tener cojones, o plantar cara, imagino. Pero nadie dijo nada.
  -Me respondió que o me afeitaba o me mandaba para casa.
  -Coño, lo mismo que me soltó la Terrible Dorothy. Deberíamos inspeccionar el reglamento para conocer nuestros derechos.
  -Así que tuve que afeitarme. Me he cortado por lo menos en media docena de sitios.
  Señaló unos cuantos puntos de su jeta pero salvo en uno de ellos, cerca del labio superior, no podía considerarse que al Algeciras lo hubiera afeitado el barbero de Elm Street.
  -No está tan mal.-dije-. Has hecho maravillas con la maquinita.
  -Veinte minutos me llevó afeitarme. Si las tortugas se afeitaran supongo que lo harían así. Algún día le meteré fuego a este puto hotel.
  Aquella noche cogimos una borrachera salvaje. Fue después de que el Algeciras y la Noemi formaran un cristo monumental. Gané la apuesta, claro. Con todo lo que se dijeron aquellos dos se podría haber escrito la segunda parte de Guerra y Paz. O por lo menos la que hablaba de la guerra. Desde la cocina oíamos nítidamente los aullidos de Noemi y la voz enronquecida del Algeciras que pugnaba por hacerse oír por encima de los decibelios de su chorva. Era realmente alucinante. Teníamos la impresión de que allí dentro se estaba desarrollando un exorcismo. Hasta Ilga, la alemana, que se estaba preparando su infusión adelgazante después de zamparse medio pollo asado ayudándose con una lata de cerveza, nos miraba sonriendo entrecortadamente con cara de estar pensando que todos los españoles estábamos locos. La pobre no se enteraba de nada. Una turista potencial que perdíamos para Jerez o Mallorca.
  La cosa acabó como siempre. Con alguien dando un portazo, en este caso la Noemi, llevando una maleta a medio cerrar en una mano, y un silencio que respiraba como un ser vivo haciéndose un hueco entre nosotros como un ocupante más de la casa.
  Un minuto después, el Algeciras entró en la cocina, nos miró y se sentó cabizbajo en el barril de cerveza. Parecía de verdad afectado.
  -¿Cómo va, Paco?.-le pregunté.
  -Vamos a comprar unas birras.-me dijo.
  -Muy bien.
  Salimos a la calle y caminamos hasta la tienda de nuestro Apu particular, uno de tantos indios que monopolizaban los pequeños comercios en Londres. Apu lucía un tupé salvajemente  poblado y nos mostraba dos filas de dientes amarillentos cada vez que nos veía aparecer, que era casi cada día. Negocio seguro.
  El Algeciras se fue directamente al refrigerador y abrió la puerta. Empezó a sacar una budweiser tras otra y me las fue pasando hasta dejar un departamento vacío. Yo las iba colocando sobre el mostrador.
  -¿Cuántas van?.-me preguntó.
  Las conté.
  -Trece.
  -Mal número.
  -Quitamos una y listo.
  -No, mejor añadimos siete.
  Añadimos siete. Iba a ser una larga noche. Las palmas de Apu echaban humo cuando le soltamos el papiro de veinte.
  Camino de vuelta, el Algeciras me pidió que nos sentáramos un rato. Nos alejamos de la carretera y fuimos a parar a un pequeño cementerio abandonado que había por allí cerca. Apenas cien metros cuadrados de tumbas escalonadas sin apretujones. Buscamos respaldo contra un par de lápidas, cogimos una lata cada uno y empezamos a beber. Desde donde estábamos nos llegaba el zumbido de los coches sobre el pavimento. Era un sonido relajante, apropiado para la ocasión, una especie de puente entre el mundo de los muertos y el de los idiotas del que veníamos. Me volví un momento tratando de averiguar el nombre del fiambre sobre el que había aposentado mi regio culo, pero no se veía gran cosa. Probé a seguir con los dedos las líneas del epitafio, pero no me pispé de nada. O estaba escrito en árabe o las inclemencias del clima se lo habían cargado.
  Di un largo sorbo a mi lata. Al menos trasegué la mitad. Qué extraño, pensé, espatarrados sobre dos tumbas en medio de la noche, pero con absoluta naturalidad. Y por qué no, un cementerio, películas aparte, era el sitio más tranquilo del mundo. Los dos teníamos claro que tu abuela no iba a aparecer por allí con un cuchillo de carnicero arrastrándose como un marine. Todos los hijos de puta  que podías encontrar en lugares así, ya estaban muertos. El tiempo hacía su trabajo derribándonos como bolos con admirable eficiencia, y lo hacía cada día, pero no lo suficientemente rápido para que el panorama se aclarara un poco.
  -Se está bien aquí.-dijo el Algeciras como leyendo mis pensamientos.
  Su voz me llegaba incorpórea desde la tumba que había elegido a un metro de distancia.
  Lié un par de cigarrillos, los encendí y le pasé uno. Me pregunté qué pasaría si se aventurase por allí casualmente un observador circunstancial y nos encontrase en semejante trance. Probablemente nos tomaría por una pareja de espectros que habían salido a tomar el aire bajo los argentinos rayos de la luna lunera. El humo del tabaco haría el resto. Me puse a pensar en el susto que se llevaría el muy cabrón y me eché a reír. Paz para los vivos. Paz para los muertos. Es una sensación singular la de estar sentado sobre una tumba a medianoche. No hay nada que lo justifique. Aquel cementerio estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
  -Bueno....-dije-. ¿Qué vas a hacer?.
  -¿Hacer?.
  -Me refiero a Noemi.
  -Creo que voy a mear.-dijo el Algeciras.
  Se levantó y empezó a mear detrás de la lápida.
  -Coño.-exclamé-. Estoy viendo algo nuevo. Estoy seguro de que esta es la primera vez que alguien se mea en los muertos.
  -No me hables de esa puta, ¿entendido?.-dijo tomando asiento otra vez y abriendo una lata.
  -Como quieras.
  Cogí otra budweiser y esperé.
  -No sé qué cojones pasa con las tías.-dijo al fin-. Están todas locas.
  No había mucho que decir a eso. Hasta Platón hubiera estado de acuerdo de no haber sido maricón. De lo contrario, probablemente nunca hubiéramos oído hablar de Sócrates.
  -Ahora me sale con que quiere quedarse en Londres a vivir conmigo. Dice que no puede pensar en estar con otro tío que no sea yo.
  -Eso es amor, Paco.
  -Y una mierda. Eso es pisarme los huevos. Sólo tengo veintitrés años, ¿qué coño pretende?.
  Hizo una pausa para beber.
  -Creo que se ha ido a Killburn, a la casa okupa.
  -Allí está Guillermo, tu hermano.
  -Sí, siempre me ha dicho que Noemi le gustaba. Bueno, ya sabes...
  -Sí, lo sé. Se lo has puesto a huevo.
  -No me importa.
  -No lo parece.
  -De todos modos  nunca lo reconocería, así que hablemos de otra cosa.
  Nos soplamos unas cuantas cervezas más y luego emprendimos el camino de regreso. Aquella noche no dormimos. Nos quedamos en la cocina a beber en silencio y a las siete de la mañana cogimos la Picadilly con el resto de la gente. Ese día fue como si el hotel se me cayera encima.


69
  Número emblemático éste. Sirve para todos. Maricas, lesbianas y heterosexuales. Una panacea matemática más importante para la historia de  la humanidad que el hallazgo del número pi o el de Avogadro por poner sólo un par de ejemplos. Después de todo, si prescindíamos del envoltorio, no éramos más que agua mezclada con un ejercito de sustancias químicas ingobernables. Cada uno se fabricaba su propio cocktail y lo bautizaba como le salía de los cojones. El mío se llamaba Aurora Borealis. O algo así, nunca he sido muy bueno en latín. La vieja septuagenaria que me atormentaba con La guerra de las Galias me daba sueño. Nunca conseguí entender qué interés tenía la peña de hace dos mil años en invadir nada ni en civilizar a nadie. Para qué. Hoy día el mundo no sería muy distinto, tal vez incluso mejor, y fijo que yo estaría aquí con el mismo careto y apechugando con las mismas circunstancias gassetianas. Aurora, quiero decir. A lo peor me encontraba de pronto hablando alemán, o inglés una vez más, pero con la certeza de que ella también estaría cerca de mí. Ineludiblemente.
  Aurora, pues.


70
  Londres es una zorra ladinamente generosa. Su característica básica es la hospitalidad. Nunca dice no. Nos admite a todos en su seno sin hacer preguntas, exhibe sus seductores encantos de zona uno, nos conquista como a un adolescente que va a meterla por primera vez y todo parece indicar que estar allí es el polvo ideal. Pero mamá London tiene tanta o más paciencia que el cobrador del frac. Nunca te permite abandonar sus dominios sin pagar un tributo. A veces es tu espalda. Otras, tu paciencia. Otras, casi tu alma en caso de que tengas. Siempre te deja con vida, pero te chupa hasta la última gota. Tu polla se queda flácida y tu coño seco como el de una puta después de un fin de semana. Nunca te olvida mientras la pisas. Sabe que estás ahí. Tiene conciencia telúrica y no se le escapa nada. Sonríe complacidamente cuando, a diario, los aeropuertos vomitan carretones de humanidad que inyectan vida en sus viejas arterias. No son mis súbditos, son mis clientes, piensa. Y tiene razón. Todos sucumbimos como maricones ante un tarro de vaselina. Cuando lo descubres es demasiado tarde. Sientes que la posibilidad de volver atrás es pura utopía. Algo se ha quedado en el camino.
  Una vez, Margaret, una housekeeper nigeriana loca con la que tenía mis mejores peleas, me dijo que la vida en Londres era dura. Sabía de lo que hablaba. Ella había pasado por lo mismo que yo, por lo mismo que todos. Si querías permanecer allí más tiempo del que te concedía una agencia de viajes que programaba hasta tus desayunos, tenías que buscarte la vida. Y eso no era fácil. No dependía de tener un trabajo estable o una acomodación decente. Tenía más que ver con la vida misma en todos sus expansivos sentidos. No sé cómo explicarlo, tuvieras lo que tuvieras la conciencia de que te faltaba algo siempre estaba ahí. Podía verlo reflejado en la cara de todos y en la mía misma cada mañana. Comprendías que éramos seres nacidos para el dolor. Que todo lo que experimentamos es dolor. Que somos lo que sentimos. A veces, dolor enloquecido que no sabe hacia dónde va, que cada amanecer cuando se mira en el espejo se engaña a sí mismo pensando: coño, no me va tan mal. Todavía puedo soportarlo. Un día más. Esa es la mentira de Londres. Llega un momento en que estás tan hastiado que pierdes cualquier asomo de sensibilidad cuando te levantas cada día a las siete de la mañana como un autómata. Te entregas. Pierdes la visión. Y luego qué. Te queda trepar. En eso no es diferente de cualquier otra ciudad. Sólo que no es la tuya. Faltaba arraigo, en todo caso. Después de un año en Londres, tenías la sensación de que llevabas allí toda tu vida. Lo sabías todo de ella, cómo respiraba, cómo latía su corazón, cómo cerraba los ojos a las tres y media de una tarde de noviembre. Era hermosa cuando dormía, pero sabías que nunca sería tuya. No se puede pagar una puta de lujo con setecientas libras al mes.


71
  Pasaron cuatro o cinco días sin rastro de Noemi. Eso no quería decir mucho. Hay tornados que tardan menos de cinco minutos en manifestarse. Una bolsa de aire por aquí, otra por allá, un vientecillo racheado de doscientos kilómetros por hora que penetra amigablemente entre ambas y ya está liada. Esa era la imagen mental que me hacía de Noemi. De todos formas, las bolsas que ella utilizaba no eran de aire precisamente.
  Apareció una tarde, a la salida del Hilton. Estaba sentada en el primero de los tres escalones de una casapuerta, al otro lado de la calle. Parecía pequeña y desvalida. Su largo cabello le caía sobre las rodillas lánguidamente. Tenía ese aire desaliñado y perdido que había visto otras veces en algunas fotos de reportajes de guerra. Una impresión falsa, por supuesto. Noemi era el conflicto, no la víctima.
  -Ahí tienes a tu chorva.-le dije al Algeciras.
  -Cojones.-exclamó.
  Luego cruzó la calle. Cuatro metros que podían significar cualquier cosa con Noemí al otro lado del asfalto. El resto seguimos adelante, hacia Ponti’s, donde pedimos una cerveza para espantar los fantasmas de una jornada más.
  -Tengo que daros una noticia.-dijo el primo cuando nos sentamos a una mesa-. Cuando acabe este mes lo dejo.
  -Estás de coña.-dijo Paquito.
  -Para nada.-afirmó rotundo mi tocayo-. Estoy cansado de este país de la polla.
  -Haces bien.-dije yo-. Tú te lo puedes permitir.
  -¿Qué quieres decir?.
  -Nada, colega. Te prepararemos una despedida por todo lo alto. Ya pensaremos algo para que nunca nos olvides.
  -Mantendremos el contacto, ¿no, tíos?.
  -Claro, hombre.
  -Cuenta con ello.-dijo Paquito dando una palmada en el hombro del primo.
  Entonces llegó el Algeciras. Traía esa mirada torva que yo tan bien conocía.
  -¿Novedades?.-le pregunté.
  -Está en Killburn.-dijo secamente.
  No era el momento para hacer más preguntas.
  Cuando llegamos a South Ealing fui a ver a Aurora. Esa mañana se había quedado en cama con algo de fiebre. Un constipado sin importancia, pensaba yo. Lo que me encontré era algo muy distinto. Estaba pálida y ojerosa. Me dijo que había vomitado varias veces a lo largo del día.
  -Necesitas un médico.-le propuse.
  -No, mañana estaré bien.
  Un terrible pensamiento pasó por mi mente haciéndola zozobrar como una piragua al borde de una catarata.
  -¿No estarás....?.
  Aurora trató de lograr una sonrisa cargada de significados que acrecentara mis apuros.
  -¿Te gustaría?.
  -No, dios mío. Creo que me suicidaría. Ya es bastante terrible que yo esté en este mundo.
  -No para mí.
  -No sabes lo que dices. Si tuvieras un mínimo de sentido común saldrías huyendo de mi lado.
  Aurora me atrajo hacia sí y me besó suavemente. Sus labios estaban secos y ásperos.
  -No huiré.-me susurró al oído.
  -Lo sé, preciosa.
  En ese momento, Ilga entró en la habitación, nos saludó, se quitó un impermeable que parecía una caseta de campaña y lo colgó de una percha.
  -Creo que deberías comer algo.-le dije a Aurora.
  -No tengo hambre. No quiero comer nada.
  -Algo de beber, entonces. Has perdido mucho líquido.
  -Vale, una infusión.
  -¿De las de ésta?.-pregunté, señalando a Ilga.
  Aurora se echó a reír.
  -No, tonto.-exclamó fingiendo golpearme-. Una infusión de camomila.
  -Muy bien.
  Fui a la cocina a prepararla. Allí se encontraba el Algeciras. Volvía a estar taciturno y ocupaba sus manos en hacer un solitario tras otro. Cogí un vaso, lo llené a medias de agua y lo metí en el microondas. Calculé un par de minutos a máxima potencia. Mientras esperaba, me puse a observar el movimiento de cartas sobre la mesa. Bastaron unos segundos para comprender que mi colega no estaba jugando a nada. Amontonaba bloques de naipes sin ningún sentido y cuando colocaba la última carta se quedaba paralizado mirando el resultado como si hubiera descubierto un mensaje oculto en los dibujos.
  -Maldita puta.-oí que mascullaba para sí.
  Tomé asiento frente a él, decidido a experimentar con alguna terapia de shock recurrente. Le arranqué el manojo de cartas de las manos que fue lo único que se me ocurrió.
  -¿Qué coño pasa ahora, Paco?.-le solté sin darle tiempo a reaccionar.
  En ese instante, el microondas empezó a enviar señales de aviso. Su llamada, tres timbrazos bien pronunciados, me recordó la campana de un ring. Allí no se iba a librar ningún combate, aunque por un momento lo pareció cuando el Algeciras me fulminó con una mirada airada que estaba cerca de la locura absoluta. Se la sostuve sin problemas. Sus cambios erráticos de humor eran para mí tan fáciles de leer como los míos propios. En una de nuestras primeras conversaciones ya me informó de que sus constantes devaneos con sustancias interesantes le habían fundido medio cerebelo y que no le hiciera mucho caso si la cosa se ponía chunga con él de por medio. Bueno, eso hacía. Digamos que había aprendido a manejarme con cierta habilidad entre las turbias aguas de la convivencia.
  -Déjame, Josema.-dijo recuperando el control.
  -No hasta que me lo cuentes.
  -No quiero contarlo, cojones.
  -Soy tu colega, maricón, así que venga, desembucha que no tengo todo el día.
  -No.
  -Estás loco, tío. Esa puta te ha jodido bien.
  -No hables así de Noemi.
  -Joder, qué más da. Es una zorra como otra cualquiera.
  -Me estás cabreando, Josema.-me advirtió mirándome iracundo.
  Me levanté fingiendo indiferencia.
  -Tú mismo, Paco. Machácatela con la tapa del water si lo prefieres.
  Saqué el vaso del microondas y probé el agua. Todavía estaba caliente. Busqué un sobre de camomila en el mueble de las provisiones y luego lo introduje en el agua. Estaba removiéndolo cuando el Algeciras habló de nuevo.
  -Lo siento, tío.-se excusó.
  -No pasa nada.-dije, sentándome otra vez con la infusión en la mano-.¿Qué le ocurre a mi niño?.
  Entonces me contó las últimas inquietantes vicisitudes en la vida de su chorva. No estaba yo muy seguro de que Nelson nos hubiera borrado de los mares en la batalla de Trafalgar con Noemi al mando de la Armada Invencible. En apenas cinco días había confraternizado carnalmente con el guaperas de Guillermo, tal como estaba cantado, y, de postre, se había enrollado con un camello con el que además había contraído una deuda del copón. Pavo arriba, pavo abajo, unos trescientos. Eso sí, mi colega el Algeciras seguía siendo el único tío sobre la faz de la tierra merecedor de sus pensamientos más omnímodamente  platónicos. Menos daba una piedra, digo yo.
  -Ahora yo tengo que hacerme cargo de la deuda.-me confesó.
  -¡Qué cojones!.
  -Pues sí, no tengo más remedio. Sigue siendo mi niña.
  -Que te compre quien te entienda, Paco. Te juro que no me entero de nada.
  -Más o menos nuestra relación siempre ha sido así, Josema.-explicó-. Siendo justos, no puedo pedirle que no haga lo que yo haría.
  -Joder, ¿no te importa que se cepille a otros tíos?.
  -Esa no es la cuestión. Si yo no quiero estar con ella, tiene todo el derecho a vivir como le dé la gana.
  -Eso me parece bien, pero resulta evidente que te afecta.
  -¿El qué?.
  -Que se pula a otros tíos, qué va a ser.
  -¡Pero de qué me hablas!. Lo que me preocupa son los trescientos billetes que no sé de dónde cojones voy a sacarlos.
  Cuando entré en la habitación llevando la infusión de camomila, Aurora dormía plácidamente. Dejé el vaso sobre la mesita de noche y la arropé con mimo maternal.


72
  Al día siguiente, Aurora se encontraba bastante mejor, pero no lo suficiente para someterse de inmediato al yugo de la maldición del paraíso. Antes de irme, le tomé la temperatura, le preparé algo para desayunar y la convencí de tomarse el resto de la semana libre. Necesitaba descansar.
  En el hotel, nos enteramos de que en tres días se nos venía encima una huelga de metro. Situación horribilis ésta para una ciudad como Londres, donde a diario millones de personas se desplazaban por sus agujeros de gusano sumidos en la inconsciente futilidad de sus vidas laborales. Maremagnum habíamos. Y además de escala Richter. La mayor parte de la gente que le daba marcha a la zona uno se alejaba de ella en proporción a los dígitos de su cuenta corriente. Una solución parcial eran los autobuses. Insuficiente a todas luces. Demasiado pocos y demasiado lentos para los damnificados que vivíamos más allá de las verdes praderas de la zona dos. Ya ese mismo día, los periódicos describían en sus ediciones algunos itinerarios que te podías manducar a pie, del tipo: desde Marble Arch, cruzando Hyde Park hasta South Kensington Street quince minutillos de nada, ¿a que nunca se te había ocurrido, buen ciudadano colaborador y responsable?. Optimistas que eran los panfletos. Todo fuera por no colapsar el coño de la vieja puta.
  En la oficina nos hicieron una oferta irrechazable. En un día como ese tenías argumentos más que definitivos para no acudir a currelar. Y nadie en su sano juicio te lo iba a reprochar. Incluso Roberta tenía el suficiente seso para aceptar una negativa. Ninguno de nosotros estaba dispuesto a formar parte de colas interminables durante horas interminables para regresar a South Ealing, así que hizo lo único que podía hacer y nos ofreció pasar la noche en el hotel. El Hilton nos necesitaba, pero cómo llegar hasta él era asunto nuestro. Aceptamos. Sencillamente, ese día tendríamos que madrugar un poco más.


73
  Aquella noche tuve una pesadilla. O algo parecido a eso. Ya no tenía muy claro qué era peor, si la realidad cotidiana y palpable o el más alarmante de mis sueños. El caso es que allí estaba de nuevo. Mi loquero privado. Esta vez iba vestido de cura, el cabrón.
  -¿Otra vez usted por aquí, muchacho?.-me dijo.
  -Yo mismo, ¿algún problema?.
  -No, hijo mío. Todos somos hijos de Dios.
  -Eso mismo pensaba.
  -Dime, hijo mío.
  -Estoy hasta los cojones, padre.
  -¿De qué, hijo mío?.
  -De la justicia divina, padre. No la entiendo. Hace que los buenos parezcamos malos, y los malos, buenos. ¿Cómo se come eso?.
  -¿Tú crees que eres bueno, hijo mío?.
  -Creo que sí, padre. Yo sólo jodo en carne.
  -Entonces estamos hablando de los designios del Señor. Ya leí en alguna parte, no recuerdo dónde, que eran inescrutables. Ni siquiera yo los entiendo.
  -Dedíquese a otra cosa entonces, cojones.
  -Ja, ja, ja. ¿Pero qué dices, chaval?. Menudo chollo he encontrado. De aquí no me saca ni Scotland Yard.
  -Tu puta madre.
  -¿Cómo dices, muchacho?.
  -Nada, padre. No he podido contenerme y he hecho una alabanza a los corpúsculos de las margaritas en primavera.
  -Eso está muy bien, hijo mío.
  -Entretanto, me gustaría saber de qué coño va todo esto. Quiero decir, padre, que no termino de aclararme con esto de la vida. No le encuentro sentido y mucho menos qué cojones hago aquí.
  -Creo que tengo la solución, hijo mío.
  -¿De verdad, padre?.
  -Pues sí, querido muchacho, tengo aquí una baraja del tarot que nos vendrá de perlas.
  -¿El tarot?. ¿No va eso contra todas las enseñanzas cristianas, padre?.
  -Es pura superstición, hijo mío, pero llevamos siglos traficando con eso y no me negarás que funciona.
  -Cojones, ya lo creo.
  -Entonces, comencemos. Hay otras almas confundidas que me esperan y no tengo tiempo que perder. Te echaré una tirada kármica. Necesitamos averiguar qué carta rige tu vida.
  -Adelante, estoy dispuesto.
  -Me gusta tu actitud, muchacho. Una sola carta puede decidir todo tu futuro. Veamos, extenderé cinco filas de siete cartas.
  -Estoy impaciente, padre.
  -Oh, Oh.
  -¿Qué ocurre, padre?.
  -No sé, hijo mío. Aquí las cartas dicen que no tienes futuro.
  -Dígame algo que no sepa.
  -¿No te preocupa?.
  -No.
  -Entonces haré una lectura más atenta. Creo que tu alma está en peligro. ¡Oh, Dios mío!.
  -¿Sí?.
  -La carta central, la que rige tu vida es un arcano.
  -¿Un arcano?.
  -Nada menos que El Loco, hijo mío.
  -Joder, ¿significa que estoy loco?.
  -Ja, ja, ja. No, querido muchacho. Significa que tendrás problemas hasta el día que te reúnas con el Creador.
  -¡Coño!. Como todo el mundo, ¿no?.
  -Tu caso es especial, hijo mío. Tienes una tendencia enfermiza a caminar por el filo de la navaja.
  -¿Qué me cuenta, padre?. Si ni siquiera me gusta afeitarme.
  -Se prudente, querido muchacho, y vigila, vigila siempre. Nunca se sabe. Ahora debo irme. Adiós.
  Entonces, me desperté.


74
  Quedaban dos días para la huelga y no  parábamos de hablar de ello. Era como estar haciendo preparativos para una guerra. Nos habían dicho que nos iban a meter a los cuatro en una habitación doble con dos camas supletorias, pero nadie discutió sobre quienes iban a dar con sus huesos en los potros de tortura. Ni siquiera lo echamos a suerte. Sabíamos de sobra que esa noche no nos empiltrábamos ni de coña. Estábamos decididos a pasarlo en grande y para empezar nos hicimos con un par de botellas de tequila que el Algeciras puso bien a salvo en su taquilla. Increíblemente, de todos nosotros, era el hijoputa que tenía el expediente más limpio, y por lo tanto presentaba menos riesgo de  registro sorpresa. Aunque de ordinario con tu dinero puedes hacer lo que te salga de las pelotas, con aquella gente nunca se sabía. Podían requisarnos el bebistrajo y dejarnos tirados en un momento de tanta sensibilidad como aquel.
  Como suele decirse, algo se respiraba en el ambiente. Algo monstruoso que engordaba por momentos, nutriéndose de todo un año de cansancio, de hartazgo, de resentimiento. Todo eso salía ahora disparado hacia la superficie, imparable. No sé en qué momento se nos escapó la situación de las manos pero, sin necesidad de que ninguno de mis colegas se acogiera a la quinta enmienda, saltaba a la vista que todos íbamos por esos días bastante rallados. Y cojones, no habíamos tomado nada. Era la sed de revancha, de desquite, la que aceleraba nuestro torrente sanguíneo como si hubiéramos ingerido adrenalina directamente de una glándula. Si alguno de nosotros hubiera preguntado si estábamos todos de acuerdo, nadie se hubiera cuestionado sobre qué coño había que estar de acuerdo. El plan se forjó por sí solo. Luego vinieron los detalles y mientras cada uno aportaba los suyos nos comportábamos como animales rabiosos. La decisión estaba tomada. Todo había terminado. Y lo sabíamos.
  Iba a ser nuestra noche especial. La última vez que los cuatro estaríamos juntos.
 

75
  Aurora presintió que algo ocurría. Era muy inteligente. Nos miraba uno por uno y podía ver en su rostro de pájaro núbil las conclusiones a las que llegaba sobre cada uno de nosotros. Eran conclusiones certeras, sin margen de error, sobre gente que no había aprendido o no aceptaba vivir en un mundo con reglas.
  El primo: un baranda sin recursos ni formación incapaz incluso de hacerse con una parienta a golpe de cash, circunstancia ésta que para no ofender al sexo pretendidamente débil me limitaré a decir que suele funcionar en un porcentaje bastante alto de los casos. No hay nada como el olor de los verdes para vencer las resistencias más numantinas.
  Paquito: un tipo bisoño que presentaba un cuadro repleto de síntomas inconfundibles. Vivía obsesionado con el sexo a niveles de erudición. Su historial, de haber caído en manos de Freud, hubiera provocado una exhaustiva revisión de La interpretación de los sueños. Afortunadamente, no fue así. Con el psicoanálisis ya teníamos más que suficiente.
  El Algeciras: un cabrón  con un innegable cierto encanto. Se había buscado la vida cruzando más fronteras de las que podías encontrar en un mapamundi. Y había sobrevivido. Estaba completamente chalado, pero lo llevaba bien.
  Yo mismo: no quiero hablar de mí. Como dijo Sartre, el demonio son los otros. Que opinen ellos.
  Más o menos, esa era la información que contendrían nuestros expedientes a modo de introducción. Someramente, claro. La realidad, como siempre, cuando se explicita sobremanera suele ser bastante más prosaica.
  Aurora sabía todo esto, pero de repente había descubierto en nosotros un extraño vínculo que no estaba antes. Una especie de alianza instinto-primitivo de la que ella se sentía fuera. Y, por supuesto, no estaba nada de acuerdo.
  -Estáis planeando algo, y quiero saber qué es.-me dijo en un tono imperioso que hubiera reblandecido una piedra.
  Intenté mi sonrisa más candorosa, con un resultado definitivamente pobre. Nunca era menos convincente que cuando necesitaba serlo.
  -¿Cómo?.
  -Antes le oí decir a Paco algo sobre pegarle fuego al hotel.
  -Cariño, ya sabes como es. No hay que hacerle mucho caso.
  -No quiero que te metas en líos.
  -Nada de líos. Contigo ya tengo suficiente.
  La besé en la mejilla y pareció aceptar mis palabras.
  Sus ojos decían lo contrario.


76
  El jueves por la tarde fuimos a conseguir todo lo necesario para el día siguiente. En el Hilton se iban a acordar de nosotros durante una larga e indeleble temporada. Fijo que sí. Probablemente soltarían a una jauría de maderos en nuestra búsqueda, a rastrear nuestra pista con sus hocicos de sabueso inglés y, para el caso, cada uno ya tenía decidido qué iba a hacer con su culo después de aquella noche de autos. Paquito y el primo tenían un vuelo urgente a las ocho de la mañana con destino patrio. El Algeciras se iba para Killburn, a la casa okupada, a tirarse de cabeza en el ambiente fatalista del que había conseguido salir a duras penas y que lo perseguía como un destino implacable. Y yo, a estas alturas, todavía no sabía dónde cojones me iba a meter. Me sentía extrañamente calmado y frío. Lo bueno de no tener futuro, pensaba, es que tampoco tienes de qué preocuparte. Las consecuencias de lo que hagas son fácilmente asumibles cuando ni siquiera debes responder ante ti mismo, porque tú serías la última persona a la que pedirías cuentas por tus acciones. La otra cara de la moneda es, tal vez, el exceso de indiferencia hacia todo, al que esto te lleva. Es liberador, pero igualmente contraproducente. Nada se hace lo suficientemente importante para fijar tu atención y tus ojos pasan sobre las cosas sin apenas acariciarlas. Se hacen evanescentes. Llegas a la conclusión de que la realidad es un mal viaje inducido por los vapores desinhibidores  de una droga muy pasada, y simplemente vas por ahí haciendo lo que crees que debes hacer aunque eso suponga meterte sin parpadear en un asunto del que podías salir muy malparado si la cagabas.
  También pensaba en el resto de españoles que trabajaban en el Hilton, una variopinta representación de nuestras más selectas comunidades. ¿Qué ocurriría con ellos después de esa noche?. ¿De qué modo les afectaría?. ¿Qué ocurriría con Aurora?.
  Pero nada de todo esto importaba realmente. Una vez que se inició, nunca hubo dudas en el proceso. Yo estaba sorprendido por la resolución de estos tíos. Paradójicamente, nunca los había visto tan centrados en algo. Con sólo mencionar el plan se meaban de risa por la pata abajo, y ninguno parecía albergar resquicio alguno de canguis. No éramos más que cuatro gamberros a punto de perpetrar nuestra mayor gamberrada, pero nos veíamos a nosotros mismos como héroes de tragedia griega embarcados en una disparatada empresa encomendada por un dios olímpico pasado de anfetas. Íbamos a reclamar un poco de más que justa fama en el salón anónimo de los tíos y tías que durante años se habían dejado media espalda y alguna que otra costilla flotante haciendo camas y limpiando cuartos de baño para Isabel por un sueldo que sólo te permitía tirar hacia ninguna parte. Abrigábamos incluso la esperanza de que la noticia saliera publicada  en algún libelo de prensa amarilla inglesa. ¿Por qué no?. La información no destacaría excesivamente entre la del perro que nació con tres cabezas y la de los últimos círculos aparecidos en los campos de trigo.
  Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto.
  Mejor que lo hagan ahora.


77
  No hay duda. La suerte es importante siempre, estés donde estés, hagas lo que hagas. Y aquel día, durante veinticuatro horas sin interrupción, la tuvimos por arrobas. De cuello para arriba todo nos delataba. Una sonrisa lupina, alimentada por el invierno de nuestro descontento; fosas nasales que venteaban el olor de la presa; ojos vidriosos, desenfocados que escrutaban hacia dentro de tu cabeza esperando el momento, el semáforo en verde. Por fortuna, raramente nos miraban a los ojos. Lo hacían de cuello para abajo y veían sólo nuestros uniformes perfectamente acoplados a siluetas familiares. Como moldes de cera. Entonces nos daban una hoja marcada con trece habitaciones. Casi siempre las mismas. Número arriba, número abajo, nunca nada cambiaba en nuestro horizonte. Día tras día, acometíamos una rutina inhumana que hubiera soliviantado al fundador del estoicismo en su momento más feble. Nosotros ya habíamos sobrepasado ese umbral y la vista de la que disfrutábamos desde allí nos parecía la de una playa virgen. Nosotros íbamos a violar esa playa, a pisotearla, íbamos a hacerla pedazos, derramaríamos una puta marea negra en su vientre inmaculado.
  Nos levantamos a las cinco de la mañana. Apenas habíamos dormido. Horas antes estuvimos preparando el equipaje que nos íbamos a llevar. Sólo lo indispensable. Nada de maletas. Una mochila a la espalda y la cartera llena con los ahorros que cada uno tenía. Muchas cosas se quedaron atrás en ese momento. No sólo ropa, zapatos, libros, discos. Inesperadamente, también sentimientos, estados de ánimo. Habíamos pasado buenos ratos en aquella casa. Durante un año había sido algo a lo que llamar hogar. El sitio donde el azar nos había reunido, donde había conocido a Aurora.
  Antes de irnos fui a verla por última vez. Abrí la puerta con sumo cuidado y me acerqué hasta su cama. Dormía profundamente. Su respiración suave ponía el contrapunto a los ronquidos de barítono asmático de Ilga. Pobre niña. Aquello era lo mejor para los dos, sobre todo para ella. Con el tiempo lo comprendería. La besé tenuemente en la frente y me llevé su olor conmigo.
  Los otros me esperaban en la calle. No hacía más frío que de costumbre pero no pude reprimir un ligero estremecimiento.
  -En marcha, tíos.-dije.
  Durante el camino hasta Ealing Broadway nadie habló una palabra. Allí debíamos coger el primer autobús. A mitad de camino, otro. En el mejor de los casos, un par de horas de carretera para abrir boca. Nada que ver con los cuarenta minutos que empleábamos viajando en metro.
  En la parada ya había gente haciendo cola, pero no tanta como esperábamos. Habíamos sido oportunamente previsores. El mogollón vendría más tarde.
  Eran las siete y veinte cuando nos bajamos en Oxford Street. La calle estaba irreconocible y gris como un cadáver. Había gente caminando por ella, como si lo hubieran estado haciendo durante toda la noche yendo de un extremo a otro. Todas las tiendas y grandes almacenes cerrados, desprovistos aún de su falso encanto especulador. Vacío y nada, eso era todo.
  Nos dábamos cuenta de que cualquiera de nuestros pasos eran los últimos coletazos de una rutina que agonizaba. Todo lo hacíamos por última vez. Acceder al hotel por la puerta de servicio, vestirnos con el uniforme, tomarnos un café en la cantina mientras esperábamos para firmar en la oficina......un día más, sólo que no era un día más.
  Tuve problemas para introducir mi mochila en la taquilla. Empujaba como en mis mejores faenas, pero no había holgura suficiente.
  -Déjame a mí.-dijo el Algeciras al reparar en mis improductivos esfuerzos.
  Antes de que pudiera detenerle, le arreó una patada a la mochila que, con un chasquido seco, encajó en la taquilla como si pensara quedarse allí para el resto de su vida.
  -Solucionado.-exclamó satisfecho el cabrón.
  Como dije, el día transcurrió sin mayores problemas. Cada habitación que hacía era como dejar atrás un eslabón de una pesada cadena. Una tras otro me fui desprendiendo de ellos. Eran los trece últimos que aún permanecían unidos de los más de tres mil que habían sido en su inicio. Tres mil camas. Tres mil baños. Dios, había sobrevivido a eso sin volverme loco. Tenía la impresión de que había  estado sometido durante un año a una prueba continuada de deprivación sensorial en una cámara de aislamiento. Y que la prueba había fracasado. Yo no estaba lo suficientemente vivo o lo suficientemente muerto para funcionar dentro del sistema, para dar resultados fiables. Lo único que había sacado en claro era que cualquier cosa que pudiera hacer para sobrevivir después de pasar por el Hilton me parecería pálida e insignificante. Ninguna sería como esta mierda. Nunca más.
  A las cinco de la tarde estábamos sentados en la cantina, todavía con el uniforme puesto. Había alivio en la cara de todos. Y sonrisas cansadas.
  -Se ha acabado.-dijo el Algeciras dando un largo suspiro.
  -Sí.
  -Tíos, no me lo puedo creer. De verdad se terminó.-exclamó Paquito-. No volveré a hacer una cama más en  mi puta vida.
  -Me apunto a eso.-resopló el primo quemado a tope-. Me cago en los muertos de este país.
  Nos quedamos a esperar la cena. Dormir una noche en el Hilton conllevaba sus privilegios. Aunque nada de cocina francesa, por supuesto. Todo menos cualquier cosa que un paladar educado pudiera siquiera soportar. Normalmente, los restos del mediodía y  una nueva remesa de patatas, fritas en humeante grasa vegetal. Todo ello convenientemente regado con cuantos vasos de líquido elemento, cortesía de la casa, quisieras regalarte.
  Comimos algo por eso de reponer fuerzas y luego fuimos a la oficina. La habitación que nos asignaron era la 114. Nos dieron una llave maestra de la planta y nos dijeron donde estaban las camas supletorias.
  -Sí, sí. Ahora vamos.-respondimos enfáticamente.
  Tras la cristalera pude ver a Roberta, enfrascado en varios documentos sobre la mesa de su despacho. Levantó la cabeza y me sonrió al verme. Le devolví la sonrisa. Quería que me recordara así cuando su gordo culo pegara un bote de la cama el sábado por la mañana. Tendría el auricular del teléfono en la manopla y probablemente no creería lo que le estaban contando.
  Después, pasamos por el vestuario, nos cambiamos rápidamente y cogimos los útiles de trabajo. Lo llevábamos todo en dos bolsas, junto con las botellas de tequila. Decidimos subir por las escaleras, y nada más entrar en la habitación abrimos las ventanas, unimos las dos camas, nos tumbamos sobre ellas y empezamos a beber usando los vasos del minibar.
  -¡Mierda puta!.-murmuró el Algeciras.
  -¿Qué pasa?.-dije yo.
  -Hemos olvidado los limones, tío. Me gusta beber esta mierda con el puto limón.
  -Baja a la cocina y pídelos.
  -De eso nada, joder. Me harían preguntas. Querrían saber para qué los necesito.
  -¿Y qué?. Diles la verdad.
  -Eso sería poner en peligro el plan, ¿no te parece?.
  -Sí, claro.
  Entonces Paquito encendió la tele con el mando a distancia. La BBC estaba retransmitiendo las incidencias de la huelga de metro. Las cámaras filmaban riadas humanas caminando o bien formando colas de cientos de personas desesperadas esperando inútilmente en las paradas. Los autobuses no daban abasto y la mayor parte de ellos pasaban ante las multitudes sin detenerse, repletos hasta los topes. Un helicóptero nos mostró una panorámica aérea de Oxford Street. El color rojo de los autobuses predominaba en toda la calle. En ese momento había por lo menos cincuenta y avanzaban muy lentamente. Aquellos conductores eran unos verdaderos artistas. Yo les tenía cierta admiración. Hay que pasar por allí un día normal para saber de qué hablo y entonces es cuando puedes hacerte una idea aproximada de la situación que estábamos viendo, de la habilidad que se requería para desplazar esos trastos de dos pisos por semejante cacao. Las calles continuarían así durante  horas.
  -De la que nos hemos librado, troncos.-murmuró el primo.
  Encendimos cigarrillos y seguimos bebiendo.
  Al rato, Paquito dijo:
  -Tíos, hay una cosa que llevo todo el año queriendo hacer.
  Esperó a que alguno de nosotros le preguntara qué, pero tuvo que rendirse. Sabíamos de sobra lo que era. No había parado en todo el año de hablar de lo mismo.
  -Meterme en el canal porno del cable.-dijo, como si fuera la primera vez.
  -Bien, cojones, hazlo.-le dijimos a coro-. Hazlo de una puta vez. No te prives. Dale caña. Paga Mr. Hilton.
  Luego nos echamos a reír.
  Paquito manipuló unos instantes el mando a distancia hasta acceder a los canales de pago y en la pantalla apareció un menú interactivo con los títulos del mes. Tres de ellos estaban dedicados al arte y ensayo de la carne humana. Seleccionó “Indianaco Jones en busca de la guarra perdida”.
  -Esta peli es todo un clásico, tíos.-exclamó exhultante.
  Nos pusimos a verla. El argumento de la película giraba en torno a los problemas que tenía Indianaco para empalmarse y sobre su desesperada búsqueda en pos de la guarra perdida, la única zorra que podía ayudarle a conseguirlo. Mientras tanto, se dedicaba a emplear su larga picha lacia a modo de látigo para apartar a cuantos enemigos le salían al paso.
  Me cansé pronto.
  Fui hasta el minibar y lo abrí. Allí dentro había tarros de frutos secos, pequeñas cajas de bombones y demás memeces para aliviar la gazuza.
  -¿Alguien tiene hambre?.-pregunté.
  Silencio.
  Me volví.
  Paralizados. Los tres estaban paralizados.
  -Cojones.
  -Vaya.
  -Nunca se me hubiera ocurrido.
  Eché un vistazo a la caja tonta. Dos lesbianas se estaban haciendo cosas increíbles la una a la otra, ante la mirada inconmovible de Indianaco que, látigo en mano, no sucumbía a sus lascivas insinuaciones.
  -¿Dónde está la guarra?.-gritaba amenazante, a punto de usar su arma.
  Cuando acabamos con el tequila empezamos a meterle mano al minibar. Primero los botellines de budweiser. Había sólo media docena y cayeron en un abrir y cerrar de ojos. Después, las botellitas del tío David.
  Los sensores se disparaban a la velocidad de una Uzi en manos de un asesino de masas.
  A las once de la noche todos estábamos borrachos perdidos. Habíamos acabado con las existencias. Lo único que nos quedaba por beber era el agua de los floreros. Era el momento de parar. Lo comprendí cuando el Algeciras comenzó a dar botes sobre los colchones.
  -Tíos.-aullaba, agitando los brazos hacia el techo-. Vamos a entrar en la puta historia del Hilton. Vamos a ser tan grandes como Oscar Wilde.
  Yo trataba de calmarle.
  -Sí, seguro. Baja de ahí, Paco. Vas a joderlo todo. Llamarás la atención y harás que vengan los de seguridad.
  El Algeciras se detuvo y me dedicó su sonrisa más encantadora, como si todo lo que yo le había dicho fuese la verdad en pelotas.
  -Lo que tú digas, Josema. Eres mi hermano. Te quiero, tío.
  Después de eso llegó el momento de potar. Algo estrictamente necesario si queríamos llevar a cabo nuestra misión. Lo hicimos civilizadamente. Por turnos. Al menos conseguíamos llegar hasta el cuarto de baño. Luego, cada uno se lo montó como pudo. Yo fui el último. Qué asco, Señor. Había vómitos por todas partes. Estos mamones ni siquiera habían conseguido acertar con el lavabo. Una bocanada de aquel olor nauseabundo fue suficiente para hacer que mi estómago se contrajera como un acordeón. Expulsé hasta la última gota de bilis.
  Salí de allí todo indignado, después de limpiarme las babas con una toalla virginal.
  -Sois unos cerdos, tíos.-exclamé-. Ahí dentro no se puede vomitar como es debido.
  Se echaron  a reír, los muy cabrones. Y yo con ellos.

  A las dos de la madrugada, el Algeciras y yo estábamos tomando el aire, apoyados en el alféizar de las ventanas.
  -¿Todo bien, Paco?.-le pregunté.
  -Supongo que sí, Josema.-me respondió-. A partir de mañana no sé lo que pasará.
  -Cuídate, maricón. No te me conviertas en un puto vegetal.
  Me miró sin esperanza.
  -Lo intentaré.-dijo.
  -No lo intentes, joder.-le recriminé-. Simplemente hazlo.
  -No es tan fácil, Josema. A veces las circunstancias te pueden.
  -Lo sé.-dije.
  A la hora de la verdad todo el mundo estaba despejado. Llevábamos días esperando ese momento. Qué cojones. Hasta muertos nos hubiéramos levantado. Eran las cuatro de la madrugada cuando sacamos los botes de spray de las bolsas.
  -¿Verdaderamente nos importa lo que vamos a hacer?.-pregunté entonces.
  -No.-respondió terminante el primo-. Pero joderá a los ingleses.
  -Sobre todo a estos ingleses.-apuntó Paquito.
  No era muy coherente. No asumíamos el espíritu, el sentido ibérico-tribal de lo que íbamos a llevar a cabo.  Dar vivas por un país idiota y miserable que nos obligaba a buscarnos la vida en otra parte. Sólo un pretexto, palabras vacuas en  el disparador de nuestros sprays. Eso es lo que eran. Nos habíamos decantado por ellas porque nos parecieron las más impactantes y, por supuesto, sangrantes para el momento de confusión que estremecería los cimientos del Hilton apenas en unas horas. Nada más.
  -Entonces estamos de acuerdo.-dije, todavía perplejo por el convencimiento de aquellos tíos.
  -Sangre fría, hermanos.-apuntilló el Algeciras-. A jierro.
  -Joder, sí.
  -Venga, coño. Empecemos de una puta vez.
  Con una de las sábanas nos fabricamos, ayudados por dos botes de spray rojo y amarillo, una bandera constitucional, aunque el hecho de que lo fuera nos importaba una mierda. La gente del cono sur, tan aficionada a cantar el himno de sus respectivas repúblicas bananeras se asombraban cuando les decíamos que nos la sudaba sabernos la letra del nuestro. No lo entendían. Si hubieran estado allí en ese momento lo hubieran entendido menos. Nos hubieran tomado por patriotas auténticos.
  El Hilton tenía nueve plantas. Tomamos la decisión de dejar la nuestra impoluta y repartirnos las otras ocho. Lo echamos a suertes. A mí me tocaron las dos últimas. Un plus de dificultad en caso de problemas.
  -Hagamos una prueba primero.-dijo el Algeciras.
  -Eso me lo pido.-saltó el primo-. Yo he hecho más camas que nadie.
  Estuvimos de acuerdo.
  El primo cogió uno de los dos botes de spray negro que tenía asignados y empezó a escribir en una de las paredes. Con grandes letras, tal como habíamos convenido: ¡VIVA ESPAÑA!.
  Se volvió sonriente.
  -No está mal, ¿verdad?.
  -Picasso no lo hubiera hecho mejor, primo.
  Todo fue como la seda. No apareció un alma mientras nos aplicamos con encomio frenético a las diligencias previstas. Habíamos calculado la operación con precisión helvética. Durante el siguiente cuarto de hora embadurnamos todos los pasillos del Hilton con vivas a España. Incontables vivas a España. La consigna era no dejar ni una sola tira de papel sin mácula. Espejos, cuadros y puertas tampoco se salvaron. Aquello le costaría al hotel una pasta. Miles de libras. Sin contar las explicaciones que tendrían que dar a los bellos durmientes que se pulían en una noche nuestro sueldo de un mes. Y la consiguiente pérdida de prestigio o lo que fuera si el caso se aireaba, como esperábamos. Todo eso cuando acabaran de asimilarlo, claro. Se preguntarían por qué había ocurrido. Ni siquiera nosotros lo sabíamos. Había docenas de razones, y una por una ninguna nos parecía de suficiente envergadura. Tal vez, todas juntas. Pero de todos modos, ¿qué cojones importaba?. No necesitábamos justificarnos. Simplemente lo hicimos. Nada de basura moralista para terminar.
  De nuevo en la habitación, colgamos de una de las ventanas nuestra bandera casera y salimos por patas. No nos llevó más de un par de minutos bajar a los vestuarios, recoger el equipaje e iniciar la huída a toda pastilla por la puerta de servicio.
  Era una noche ideal para escribir un poema sobre las estrellas que brillan por su ausencia en el cielo de Londres, pero no teníamos tiempo para imaginar que estaban allí, vigilándonos, como si les importara algo lo que estaba ocurriendo a años luz de distancia. Caminamos apresuradamente, bajamos por Regent Street hasta Picadilly y allí Paquito y el primo consiguieron un taxi que los llevaría a Heathrow. Nos despedimos.
  -Suerte, tíos. Ya nos veremos.-dijeron.
  -Seguro, capullos.
  -No os pongáis nerviosos en el aeropuerto. Podríais levantar sospechas.
  Se echaron a reír y agitaron la mano mientras el taxi se alejaba.
  Sólo quedábamos el Algeciras y yo.
  -Bueno, tío....-empecé.
  -Nada de mariconadas, Josema.-dijo evitando mi mirada-. No me gustan las despedidas.
  -Está bien.
  -Bien.
  Pasaron unos segundos.
  -Algún día escribiré sobre todo esto, Paco.
  Sonrió.
  -Sácame guapo.
  -Lo haré.
  Chocamos nuestros puños.
  -Vale, maricón. Folla todo lo que puedas.
  -Tú también.
  Entonces me fui caminando hacia Victoria, dispuesto a subirme al primer autobús que saliera en cualquier dirección.
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