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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 16 de mayo de 2012

GITANO Poul Anderson


GITANO
Poul Anderson


***
Desde lejos capté una visión del Traveler cuando mi nave voló hacia el planeta. La gran nave espacial parecía un
juguete a aquella distancia, una frágil burbuja de metal y aire y energía contra el enorme telón de fondo del espacio.
Pensé en las máquinas que contenía, que silbaban, chirriaban y campaneaban muy débilmente al proseguir su
inacabable serie de servicios, convirtiendo aquel gran casco en un mundo animado. El casco estaba ahora vacío de
vida, y yo experimenté un súbito y extraño sentimiento de simpatía hacia él. Como si estuviera dotado de vida,
comprendí que el Traveler se sentía solitario.
El planeta semejaba ante mí un brillante escudo azul con blasones de nubes y continentes girando en una ilimitada
oscuridad bajo las ardientes estrellas. Habíamos llamado Puerto a aquel mundo; el puerto al final de nuestro largo
viaje, y había pocos nombres más acertados. Puerto de descanso y paz, y un cielo encima destacándose contra el
resplandor del espacio. Era bueno llegar a casa.
Registré los cielos en busca de otra breve visión del Traveler, pero no pude hallar - su pequeña silueta entre aquella
inextricable selva de estrellas. No importa que estuviera en órbita, alrededor de Puerto o anclado en él quizá para
siempre. Me concentré en hacer aterrizar la nave espacial.
La atmósfera silbaba en torno al casco. Tras un mes entre el oscuro y venenoso frío del quinto planeta, solo entre
indígenas extrahumanos, ardía generalmente en deseos de aterrizar, y conduje mi nave con una aceleración
aumentada por los rayos gravitatorios. Pero esta vez puse un poco más de cuidado, diciéndome que era preferible
llegar tarde a cenar que no llegar nunca; o quizá era aquella breve visión del Traveler la que me hizo súbitamente
reflexivo. Después de todo, habíamos pasado buenos ratos a bordo de él.
Dirigí la nave en picado hacia la península situada en la zona templada del Norte, donde estábamos establecidos la
mayoría de nosotros. El aire rasgado silbaba tras de mí cuando choqué con la compacta tierra que nos servía de
campo de aterrizaje. Había unos cuantos almacenes y tiendas de aprovisionamiento a su alrededor, largos y bajos
edificios de gruesas vigas, usados por la mayoría de los colonizadores, y un par de casas particulares a un kilómetro
aproximadamente de distancia. Lo demás era solo alta hierba agitada por el viento, jardines y rústicas alamedas,
alumbradas por un sol que irradiaba en un cielo azul. Al saltar de la nave, el fresco y vivo perfume de la tierra me
salió al encuentro y pude oír el mar, más allá del horizonte.
Tokogama estaba de guardia en el campo. Sentado en el porche de la oficina, fumaba su pipa y observaba el navegar
de las nubes sobre su cabeza, pero me saludó con la cordialidad de viejos amigos que, conociéndose uno a otro
sobradamente, no necesitan muchas palabras.
- Así que estás de jefe de puerto - le dije -. Bueno; ahora lo que tienes que hacer es dejar esa pipa maloliente y
decirme: ¡hola!
- Así es - admitió el otro cariñosamente -. Me conservan aquí solo por mi extraordinario valor ornamental.
Aquello era casi verdad. Nuestro aparato usaba el campo sin formalidad alguna y solo conservábamos en activo esta
única nave espacial. El jefe de puerto no tenía más misión que vigilar el servicio e intervenir en un improbable caso
de emergencia o disputa. Pero ninguno de los pocos cargos públicos de la colonia, capitán, oficial de
comunicaciones y los demás, requería demasiado esfuerzo en una sociedad tan sencilla como la nuestra, y se
ejercían como ocupaciones en tiempo libre por quien lo deseaba. No había compensación, salvo el derecho al primer
turno en el uso de la maquinaria de cultivo o en el alojamiento que usábamos en común.
-¿Cómo ha ido la excursión? - preguntó Tokogama.
- Regular - respondí -. Les di nuestras máquinas y ellos me llenaron los depósitos con sus metales y aleaciones. Y
me las arreglé para tomar algunas notas más sobre sus costumbres y establecer más símbolos en el código de
comunicaciones.
- Lo que significa un sillar muy importante añadido a los muros de la ciencia; pero, en vista del hecho de que eres el
único que siempre va por allí, no importa mucho.
Los negros ojos de Tokogama me miraron con curiosidad. Y añadió:
- ¿Por qué sigues haciendo estas excursiones por allá, Erling? A algunos de los otros chicos no les importaría visitar
el Quinto de cuando en cuando. Will e Yvan me hablaron de ello la semana pasada.
- No soy un cerril - repliqué -. Si ambos o cualquiera de ellos quieren un turno en la labor comercial, que aprendan
pilotaje del espacio y pueden ir. Pero, entre tanto, a mí me gusta mi trabajo y tú lo sabes. Yo fui uno de los que
votaron por continuar la búsqueda de la Tierra.
Tokogama asintió.
- Es verdad que lo fuiste, pero ya hace tres años. Incluso tú debes de haber echado aquí algunas raíces.
- ¡Ah! Claro que sí - confesé riendo. Lo cual me recuerda que tengo hambre y que, a juzgar por el sol, es la hora
local de la comida. Por tanto, voy a tomarla en casa, si Alanna sabe que he vuelto.
- No puede menos de saberlo - sonrió él -. Todo el continente sabe cuándo estás de vuelta, por el modo como rasgas
la atmósfera al volver. Ese guiso casero debe de tener una poderosa atracción magnética.
- Un olor a asado de unos cincuenta mil gauss - repuso, volviendo la cabeza mientras marchaba -. ¿Por qué no vienes
mañana a comer con nosotros?. Invitaré a los demás muchachos y celebraremos una reunión a la antigua usanza.
- Eso es precisamente lo que estaba pensando.
* * *
Saqué mi aeroplano del cobertizo y me elevé con un murmullo de aire y el zumbido de los generadores de gravedad;
pero volaba bajo, sobre los bosques y prados, vagando a una velocidad de cincuenta kilómetros por hora y
contemplando el paisaje tranquilo en el atardecer casi exento de gentes y que mostraba una extensión de tierras
surcadas por brillantes ríos. El sol poniente matizaba las hojas de los árboles y los campos de hierba con un tono de
oro fundido, un áureo resplandor que parecía llenar el frío aire como una presencia tangible; podía oír el piar y
charlar de las grandes bandadas de pájaros que se posaban en los árboles. Sí, era bueno volver al hogar.
Mi casa estaba situada al borde mismo del mar, en una escarpadura arenosa que descendía sobre el agua. Los
frondosos árboles que crecían en sus proximidades casi ocultaban la pequeña edificación de piedra y troncos, pero
sus prados y jardines llegaban lejos, y más allá de ellos estaban los campos que servían a nuestro sustento. Abajo,
junto a ~a playa, se alzaba la caseta de los botes y el pequeño muelle que yo había construido y donde sabia que
nuestra lancha de vela me aguardaba para que la sacase. Sentí de nuevo un hambre de mar casi material, excitada
por el poderoso oleaje que llegaba hasta el salvaje horizonte, por el viento fuertemente salino y el chillido de los
pájaros blancos. Tras un mes en el estéril y confinado aire de la nave espacial, aquello era como nacer de nuevo.
Aterricé ante la casa y salí del aparato. Dos cuerpecillos volaron a mis brazos: Pinar y Miguelín. Entré en la casa con
mis dos hijos subidos a mis hombros. Alanna me esperaba bajo el dintel.
Era alta, casi tan alta como yo, delgada, pelirroja y la mujer más bella del mundo. Nos dijimos pocas palabras; eran
innecesarias. Tuvimos otra cosa que hacer en los próximos minutos.
Después me senté ante un fuego saltarín, en el que pequeñas y bailarinas llamas crepitaban lanzando un oscilante
resplandor rojizo sobre la habitación. Fuera, soplaba el viento, resonaba la puerta y el mar rugía en la oscura playa,
mientras yo contaba a mis hijos mi fabuloso viaje por el espacio, que, en realidad, fue solitario, duro y monótono,
pero que en el hogar parecía una gloriosa aventura.
Los ojos de los chicos no se apartaban de mi rostro mientras hablaba, y podía sentir la ansiedad que resplandecía en
ellos. Los despeñaderos abruptos y desolados del Uno, las húmedas selvas del Dos, las montañas desiertas del
Cuatro, la gran civilización del Cinco, la amarga desolación de los mundos exteriores y, más allá de ellos, las
estrellas. Pero ahora ya estábamos en casa, sentados en una habitación sólida y seca, oyendo al viento cantar afuera.
Yo era feliz, de un modo tranquilo, ya sin la exuberancia de mis primeros regresos. Tal vez contento.
«Bien» - pensaba yo -; aquellas giras al quinto mundo se estaban haciendo rutinarias, lo mismo que la vida en
Puerto, ahora que nuestra colonia se hallaba establecida y nuestras máquinas automáticas o semiautomáticas, con su
tranquilo funcionar, habían aquietado la primera gran oleada de trabajo, peligro y más trabajo. Aquello era progreso,
aquello era lo que habíamos procurado: suprimir la necesidad, el apuro y la inseguridad que habían perturbado
nuestros días. Lo habíamos conseguido; gradualmente llegamos a una seguridad y comodidad que, sin embargo, aún
resultaban incompletas y nos desafiaban a no permanecer inactivos. Los hombres maduros no se juegan la vida
trepando a las más altas ramas de los árboles del modo que lo hacen los chiquillos; andan por el suelo, y cuando
necesitan elevarse, lo hacen, segura y cómodamente, en aeroplanos de turismo.»
- ¿Qué ocurre, Erling? - me preguntó Alanna.
- Pues nada - respondí saliendo de mi meditación súbitamente, al advertir que los chicos estaban acostados y que
mediaba la noche -. Nada, en absoluto. Estaba meditando. Creo que estoy algo cansado. Acostémonos.
- Eres muy mal embustero, Erling - replicó suavemente -. ¿En qué pensabas, en realidad?
- En nada - repuse -. Bueno; es decir, en que, al volver hoy, vi al viejo Traveler, y se me despertaron antiguos
recuerdos.
- Eso sería - dijo ella, y, de pronto, suspiró.
La miré, algo alarmado, pero ya sonreía de nuevo al decir:
- Tienes razón; ya es tarde. Estaremos mejor acostados.
* * *
Al día siguiente di a los chicos un paseo en lancha. Alanna se quedó so pretexto de preparar la comida. Conocía su
opinión de que el desarrollo psíquico equilibrado de los niños requería iguales influencias paternas que maternas.
Como yo estaba fuera de casa tanto tiempo, ya en el espacio, ya con una de las expediciones que iban lentamente
cartografiando nuestro planeta, siempre que permanecía en casa, Alanna me situaba como centro de atracción.
Mi hijo Emar, de nueve años, a quien ya interesaban los microlibros que traíamos del Traveler (procedentes de la
Tierra), la miró y dijo:
- En el Sol no tendrías que guisar, madre; pondrías un cocinero automático y te vendrías con nosotros.
- Me gusta guisar - repuso ella, sonriendo -. Supongo que podríamos tener cocinero automático, ahora que ya se ha
conseguido fabricar casi todos los semirrobots, pero me gusta sacarle el jugo a la vida.
Sus ojos fueron más allá de la casa, playa abajo, a posarse sobre las soleadas e incansables aguas. La brisa marina le
despeinaba el rojo cabello, que fingía una llama bajo la sombra de los árboles.
Creo - siguió - que echarán muchas cosas de menos en el Sistema Solar. Tienen tantas que, por contraste, han
perdido algunas de las que aquí disfrutamos: casa que cuidar, tierras que no vieron nunca los hombres y el placer de
hacer algo con nuestras propias manos.
- Aquello podría gustarte si lo vivieras - indiqué -. Después de todo, por muy documentados que estemos sobre el
Sistema Solar, solo es de oídas.
- Sé que me gusta lo que aquí tenemos - respondió con un tono donde creí notar cierto desafío -. Si Sol es una
leyenda, no estoy muy segura de que me gustara la realidad. Seguro que no estaríamos mejor que en Puerto.
- Todas las pelirrojas son nacionalistas - le dije, riendo, mientras bajaba hacia la playa.
- Y todos los suecos generalizan sin razón - me replicó - cariñosa -. Debía haberme enterado antes de casarse con un
Thorkild.
Afortunadamente, señora Thorkild, no te enteraste.
Los muchachos y yo botamos el velero. Había una buena brisa, y en pocos minutos corríamos hacia el Norte,
costeando bosques y campos, aguantando la resaca de la orilla.
- Debíamos ponerle motor a la Traviesa Anita, papá - sugirió Pinar -. Supón que caiga el viento.
- Me gusta navegar a vela.. - repuse -. La probabilidad de tener que empuñar los remos aumenta la diversión.
- A mí, también - intervino Miguelín, un tanto ambiguamente.
-¿Tienen veleros en la Tierra? - preguntó Emar.
- Deben de tenerlos - respondí -, puesto que yo dibujé la Anita según un libro que trataba de ellos. Pero no creo que
hayan sido siempre iguales. Allí, el mar debe de estar siempre lleno de lanchas, la mayor parte a motor, y aeroplanos
por encima, así como ciertos edificios para poder atracar. Allí no tendrías el mar para ti solo, Emar.
- Y entonces, ¿por qué quieres seguir buscando la Tierra, cuando todos quieren quedarse aquí?
Un chico de nueve años puede hacer preguntas singularmente desconcertantes. Respondí:
- No fui yo el único que votó por proseguir buscando. Y, además, no era precisamente la Tierra, sino la búsqueda en
si, lo que me interesaba. Quería hallar nuevos planetas. Pero ahora hemos logrado una buena casa, aquí, en Puerto.
- Nunca he entendido cómo perdieron la Tierra - adujo.
- Ni tú ni nadie. El Traveler llevaba un cargamento de colonos al Alfa del Centauro (un astro próximo al Sol)
cuando aún hacía pocos años que se había descubierto el hiperimpulso y alcanzado los astros más próximos. Sea
como fuere, algo sucedió. Hubo una gran explosión de los aparatos y nos encontramos en algún sitio que no era la
galaxia, a miles de años luz de nuestra procedencia. No sé a cuánta distancia, exactamente, ya que aún no hemos
sido capaces de volver a encontrar el Sol. Pero, después de reparar la nave, invertimos más de veinte años en
buscarlo. Nunca volvimos a encontrar la patria. Hasta que decidimos establecernos en Puerto, este fue nuestro hogar.
- Yo quisiera saber cómo fue la nave a parar tan lejos.
Me encogí de hombros. Los principios del hiperimpulso son difíciles de explicar, ya que suponen la existencia de
múltiples dimensiones y de funciones discontinuas psi.
Ninguno en la nave - y cuantos tenían conocimientos de Física se habían exprimido los sesos tras el problema - pudo
descubrir qué catástrofe había aniquilado para ellos el espacio-tiempo. Las especulaciones habían abarcado incluso
la curvatura del espacio, cualquiera que fuere la extensión de tal concepto (puntos de discontinuidad infinita, campos
adimensionales (¡y quién sabe cuántas cosas!). Si hubiéramos podido descubrir lo sucedido y regular adecuadamente
el fenómeno que nos habría sobrevenido por un ciego accidente, la galaxia hubiera sido nuestra. Mientras así no
fuese, estábamos limitados a seudovelocidades de un par de años luz, y el cosmos se mofaba de nosotros con su
inmensidad. Pero ¿cómo explicar esto a un niño de nueve años? Respondí, simplemente:
- Si yo supiera eso, sería más sabio que nadie, Emar. Y no lo soy.
* * *
- Quiero ir a nadar - dijo Míguelin.
- Claro - asentí y esa era nuestra idea, ¿no? Anclaremos en la próxima bahía.
- Quiero ir a nadar a la Cueva del Aterrizaje Espacial.
Intenté oponerme; pero Emar se puso de parte de su hermano. Era solo a pocos kilómetros más arriba, y su amplia y
abrigada extensión, su dilatada playa y la selva inmediata lo hacían ideal para semejante expedición. Después de
todo, no había motivo para oponerse, salvo por la fama del lugar.
Suspiré y accedí. Iríamos allá.
Pasamos un buen rato nadando y divirtiéndonos, jugando a la pelota, paseando por la arena y volviendo a nadar. Era
bueno tenderse de nuevo al sol, con el frío y húmedo viento que soplaba del mar y murmuraba entre los árboles; y,
para los chicos, aquella atracción colmaba la jornada. Pero yo tenía que luchar contra aquella novelería. Yo no era
ya un chico que jugará a los astronautas y cosas por el estilo; era el adulto con todas sus responsabilidades.
La comunidad del Traveler había votado, por abrumadora mayoría, establecerse en Puerto, y no había nada que
decir.
Y aquí, medio ocultas entre la alta hierba, medio enterradas en la arena, estaban las señales inequívocas de algo que
habíamos dejado a un lado.
No eran muchas cosas. Unos botes de plástico para alimentos, un par de herramientas rotas de rara forma, algunos
recambios sueltos. Lo bastante para indicar que hacía tiempo, unos diez años, un grupo de astronautas había
aterrizado allí, acampado cierto tiempo, hecho algunas reparaciones y reemprendido el viaje.
No eran del quinto planeta. Aquellos indígenas nunca habían abandonado su mundo, y ni aun con los auxilios
técnicos que les estábamos proporcionando a cambio de sus metales serían capaces de hacerlo, ya que las presiones
que necesitaban para respirar eran demasiado grandes.
No venían tampoco de Sol ni aun de un mundo colonizado, pues no solo eran aquellos restos totalmente distintos de
nuestro equipo, sino que las noticias de un planeta como Puerto, casi gemelo a la Tierra, pero sin una raza indígena
inteligente, habrían atraído a él multitud de aventureros. Así, pues, en algún sitio de la galaxia alguien había
dominado el hiperimpulso y estaba explorando el espacio.
«Como estuvimos haciendo nosotros»
Hice cuanto pude por mostrarme cariñoso al regreso a casa, y creo que lo conseguí, a pesar de la desenfrenada y
romántica charla de Emar sobre aquellos desconocidos. Mas, entre tanto, no podía dejar de recordar.
En veinte años de vuelos espaciales se pueden ver muchísimos mundos y adquirir muchas experiencias. Habíamos
sido casi como dioses, mariposeando de astro en astro, explorando, comerciando, aprendiendo, interviniendo una y
otra vez en los destinos de los indígenas; habíamos luchado, sufrido, reído y admirado silenciosamente. Para la
mayor parte de nosotros, el hambre de nuestro hogar, la aventurada y poco esperanzadora búsqueda, había
ensombrecido aquel panorama de mundos que ahora rememoraba. Pero, frente al cosmos, yo había disfrutado cada
minuto en ello.
Caía en un mal humor inconsolable en cuanto metimos la Traviesa Anita en su embarcadero. Los chicos corrían
hacia la casa delante de mí, pero yo los seguí lentamente. Alanna se reunió conmigo en la puerta.
- Mejor será que os arregléis enseguida - indicó -. Los invitados estarán aquí dentro de un minuto.
- ¡Muy bien!
Ella me miró largamente y apoyó su mano en mi brazo. Bajo los largos y deslumbradores rayos del sol poniente>
sus ojos me parecieron más brillantes que nunca, y me pregunté si no había lágrimas en ellos. Murmuró tranquila:
- Estuvisteis en la Cueva.
- Los chicos quisieron ir - repuse -. Es un buen sitio.
- Erling...
Y se detuvo.
Me quedé contemplando lo hermosa que era; recordé el modo de mirarme la primera vez que la había besado.
Habíamos recorrido aquellos lugares explorando aquel pequeño mundo y negociando con los indígenas nuestros
víveres. El cielo se había oscurecido mientras un sol moribundo lanzaba su escasa y pálida luz sobre la azulosa
nieve. Todo estaba tranquilo, completamente tranquilo. El aire era como vivo fuego en nuestras fosas nasales, y el
cabello de Alanna, la única cosa que tenía color en aquel blanco horizonte que se destacaba entre la escarcha. Hacía
muchísimo tiempo ya, pero nada había cambiado entre nosotros desde entonces.
- ¿Eh? ¿Qué pasa? - anticipé yo.
Su voz me llegó muy rápidamente y muy baja para que los chicos no pudieran oírla.
- Erling, ¿eres realmente feliz aquí?
- Pues... - y al decirlo sentí como un choque casi físico, de sorpresa - claro que lo soy, querida; esa es una pregunta
tonta.
- ¿O lo es la respuesta?
Sonrió con los labios cerrados.
- Pasamos unos ratos agradables en el Traveler. Aun aquellos que protestaban más en aquella ocasión admiten que
ahora son dichosos por haber olvidado algo de la aglomeración, del peligro y del apuro. Pero tú... a veces creo que el
Traveler era tu vida.
- Me gustaba la nave, claro.
Y al decirlo sentí como una necesidad desesperada de defenderme.
- Después de todo, allí nací y allí me crié, y nunca conocí realmente otra cosa. Nuestras visitas planetarias eran tan
cortas y siempre a mundos tan distintos de la Tierra... A ti también te gustaba.
- Claro; era divertido rondar en torno a la galaxia, sin saber nunca lo que podía esperarnos al día siguiente. Pero una
mujer necesita un hogar. Y oye; Erling: muchísimos de tu misma edad, que tampoco habían conocido otra cosa, la
odiaban.
- Yo tenía suerte. Como oficial, disfrutaba de mejor alojamiento, más independencia, y también hay algo propio de
la categoría que, para mí, significaba más que para la generalidad. Pero ¡por el cosmos, Alanna! No creas ahora...
- No creo nada, Erling. Pero en la nave no estabas tan abstraído, tan propenso a soñar despierto; no pasabas sentado
todo el día en el mismo sitio; siempre trabajabas en algo.
Se mordió los labios.
- Entiéndeme bien, Erling; no me cabe duda de que siempre te estás repitiendo lo feliz que eres. Podrías ir a la
tumba, aquí en Puerto, creyendo que habías llevado una vida estupenda. Pero a veces me pregunto...
- Bueno, mira... - empecé.
- No, no; no hables más. Entra y arréglate; los invitados están a punto de llegar.
Entré con la cabeza hecha un torbellino. Mecánicamente me aseé y me puse mi traje de tarde. Cuando salí de la
alcoba, los primeros invitados estaban ya esperando. Allí vi a Angus MacTeague, el viejo primer contramaestre del
Traveler, que fue capitán en el breve tiempo que medió entre la muerte de Kane y nuestra arribada a Puerto.
También estaba mi hermano Gustavo, con quien tenía poca afinidad, salvo nuestro mutuo cariño. Hideyoshi
Tokogama, Iván Petroff, Manuel Ortega y otros dos que llegaron pocos minutos más tarde. Alanna se hizo cargo de
las esposas y los niños, y yo serví bebidas a todos.
Durante un rato se habló de asuntos locales. Estábamos dispersos en una zona muy extensa, y como no se producían
aún bastantes telepantallas para todas las casas, nuestra comunicación se limitaba al viaje directo en avión. Una
granizada en la granja de Gustavo, una ligera avería en el vehículo de la factoría regentada por Ortega, el proyecto
Petroff de crear una flota pesquera semiautomática: pequeñas murmuraciones... Pronto estuvo la comida en la mesa.
Gustavo se entusiasmó con el asado.
- ¿De qué es? - preguntó.
- De un animal indígena que maté el otro día - respondí -. Ungulado, pardo rojizo, cuernos planos y anchos...
- ¡Ah, si! He intentado domesticarlos. Tuve una suerte regular con algunos de esos glusglus.
- ¿Eh?
Y Petroff se le quedó mirando sin comprender.
- Es una especie del lugar - aclaró, riendo, Gustav -. Tenía que llamarlos de algún modo, y los llamé así por el ruido
que hacen.
- En el Traveler no teníamos de esto - dijo Ortega, sirviéndose otro pedazo de carne.
- Nunca creí que allí fuera mala la comida - protesté.
- No; comíamos verduras y frutas hidropónicas, carnes sintéticas y lo que encontrábamos en los diferentes planetas -
admitió Ortega -. Pero aquello no siempre estaba bueno. Las hidropónicas, sobre todo, no tenían el aroma del género
que se cría en la Tierra.
- Eso es cosa de la imaginación - dijo Petroff -. Puedo demostrarlo.
- Demuestres lo que demuestres, los hechos subsisten - replicó Ortega, mirándome -. Pero había sus
compensaciones.
- No las suficientes - murmuró Gustav -. Prefiero mi casa en Puerto.
- Estás siendo injusto con el Traveler - repliqué -. Solo estaba destinado a transportar unas cincuenta personas en un
corto viaje. Cuando perdió su ruta, hace veinte años, y una nueva generación quedó confinada en él, con sus padres,
no es maravilla que se amontonara la gente. Su tripulación mínima es de diez personas. Treinta (unos quince
matrimonios con sus hijos) pueden viajar en él cómoda y seguramente, con habitaciones separadas para todos.
- Y, después.. .- murmuró Tokogama con cierto temor -, nos pasamos más de veinte años luchando, sufriendo y
soportando la monotonía y la desesperanza, en búsqueda de la Tierra... Cuando en todo momento, en cualquiera de
los cien planetas afines a la Tierra, hubiéramos podido hallar... esto.
- Por lo menos - apuntó MacTeague - la mitad del tiempo nos lo pasábamos mirando a la derecha de la galaxia.
Sabíamos que Sol no estaba cerca, por lo que no había posibilidad de ser aplastados, y apenas nos parecieron
familiares las constelaciones, pensamos que éramos capaces de dar con el camino de vuelta - y encogiéndose de
hombros, añadió -: Pero el espacio es, sencillamente, demasiado grande y la información de nuestras tablas
astronáuticas demasiado pequeña.
- Los viajes estelares estaban aún en su infancia cuando iniciamos el nuestro. Un error en ellas, no más que del uno
por ciento, pudo desviarnos varios años luz en el recorrido de unos centenares de pársecs. La galaxia está plagada de
soles tipo GO, que, estadísticamente, es casi seguro que tienen un aspecto tan parecido al Sol terrestre como para
volver loco a un observador poco experto. Si nuestras tablas hubiesen dado las posiciones relativas a S Doradus, por
ejemplo, hubiésemos encontrado el camino con bastante facilidad. Pero empleaban a Sirio como punto de referencia,
y no pudimos dar con Sirio en aquel enjambre de estrellas. No pudimos hacer sino saltar de una en otra, entre las que
podían ser el Sol, y descubrir que no lo eran; seguir adelante con el morboso miedo de que nos estábamos alejando
de él cada vez más, aunque quizá lo teníamos delante de los ojos, oculto por alguna oscura nebulosa. Al fin lo
dejamos por imposible.
- Pero aún hay más - insistió Tokogama -. Todo eso se comprobó, como saben ustedes. Pero estaba por medio el
capitán Kane y su tremenda personalidad, su voluntad rectora de triunfo; y todos teníamos que fiar, más o menos
ciegamente, en él. Mientras vivió, ninguno de nosotros llegó a admitir por completo la posibilidad del fracaso.
Cuando murió, todo pareció derrumbarse de repente.
Asentí sombríamente, recordando aquellos terribles días que siguieron a la revolucionaria tentativa de Seymour para
ocupar el poder, haciéndonos sentir lo cansados que estábamos; la llegada a este astro, que podía haberlo resuelto
todo, con un desenlace feliz, si hubiera pertenecido al sistema solar; el descanso en Puerto, descanso que se había de
convertir en permanencia.
- Algo más nos mantuvo en marcha todos aquellos años - dijo Ortega tranquilamente -. Hubo un elemento entre la
joven generación que gustaba de vagar. El voto de permanencia aquí no fue unánime.
- Ya lo sé - dijo MacTeague. Su serena mirada quedó fija, pensativamente, en mí -. A menudo me pregunto, Erling,
por qué algunos de ustedes no cogen la nave y visitan los próximos astros, solo para ver lo que hay en ellos.
- No serviría de nada - advertí suavemente -. Solo haría aumentar nuestra comezón viajera y siempre habría más
astros que visitar.
- Pero ¿por qué? - Gustavo trabucaba las palabras -. ¿Por qué iba a querer nadie dedicarse a estrellear por ahí? Yo,
por mi parte, he puesto los pies en tierra, en una tierra mía propia; en mi hogar. Estoy construyendo, plantando y
viéndolo hacerse realidad ante mis ojos; y ahí quedará para mis hijos y los hijos de mis hijos. Hay aquí aire y viento,
lluvia, mar, bosques y montañas... ¡Cosmos! ¿Quién quiere más? ¿Quién lo cambiaría por ir sentado en un estéril
tanque de metal, corriendo de astro en astro, sin hogar ni esperanza.
Nadie - contesté yo apresuradamente -. Solo estaba tratando de llevar...
La más insustancial de las existencias - interrumpió alguien -. Ser, simplemente, un... espectador del Universo.
- No, exactamente - dijo Tokogama -. Hay mucho en la que hicimos que alguien tenía que hacer. Extendimos los
beneficios de la civilización a gran número de sitios, trazamos algunos mapas estelares extensos, y, si volvemos a
ver terrícolas alguna vez, encontrarán útiles nuestras tablas y observaciones. Sí; somos vagabundos; ¿y qué? ¿Le
censura usted a un pájaro el no tener cascos?
- Ahora los pájaros los tienen - dije yo - andan por la tierra - lancé una mirada a Alanna - y les gustan.
La conversación se iba poniendo al rojo. La orienté por vías más seguras hasta que nos dirigimos al cuarto de estar.
Con el café y el tabaco empezó de nuevo.
Comenzamos rememorando los pasados tiempos; los planetas que habíamos visto, las hazañas realizadas. ~.
Mundos, soles y lunas que remolineaban en un primitivo y oscuro espacio, constelado de estrellas, figuraron en
nuestra charla; razas extrañas, ciudades extranjeras, magnificencia solitaria de montañas, llanuras y mares, el
enorme universo ante nosotros... ¡Por todos los dioses, que habíamos ido lejos!
Contemplamos llamas azules, como las del Infierno, que hacían resaltar las desnudas cimas de un planeta, cuyo gran
Sol ocupaba casi todo su horizonte; navegamos con una banda de afortunados piratas, sobre un mar rojo como la
sangre recién vertida, hacia las grotescas torres de una fortaleza más antigua que la misma Historia. Habíamos visto
vivos colores y esplendentes metales de un torneo en Drangor y la inmensidad acerada de las ciudades continentales
de Alcán. Habíamos hablado de filosofía con un gran cefalópodo en uno de esos mundos, y fuimos atacados a tiros
por los extraños y bellos habitantes de otro. Nos consideraron dioses de un planeta al libertar a sus naturales de una
plaga que los diezmaba, y concurrimos, como humildes estudiantes, a las aulas y bibliotecas de otro astro. Habíamos
estado a punto de morir, a causa de una tormenta de metano ocurrida en un planeta alejado de su sol, sintiendo
entonces lo que vale la vida, y nos habíamos tendido en las playas paradisíacas de Luanha oyendo la maravillosa
canción del mar; y cabalgamos sobre centauroides que conversaban con nosotros, mientras nos encaminábamos a la
aérea ciudad de sus alados enemigos...
Más que las aventuras, salvajemente románticas - que, después de todo, habían sido hechos harto turbios y
sangrientos -, gustábamos de recordar los lugares; una fogosa puesta de sol en Hralfar; un gran río oscuro, que
surcaba la selva lluviosa de Atlang; un desierto pintado en Thyvari; el esplendoroso disco del Nuevo Júpiter, que se
hinchaba ante nuestros ojos, el frío, la inmensidad, crueldad, vacío, horror y maravilla del propio espacio abierto. Y
en nuestro reducido corrillo de vagabundos incorregibles reinaba la camaradería, el tranquilizador conocimiento
tácito de tener amigos que serían leales, un sentimiento de pertenecerles, como ellos nos pertenecían, sentimiento
que en Gustavo solo se perfeccionó a su llegada entre nosotros, y que ahora parecía que todos lo habíamos perdido.
Perdido, sí; ¿por qué no confesarlo? No nos veíamos ya con demasiada frecuencia, por hallarnos todos ocupados y
esparcidos con exceso, y cuando nos reuníamos, las charlas resultaban, a menudo, algo incoherentes. Pero aquello
no podía evitarse...
La reunión acabó tarde aquella noche. Alanna y yo vimos a nuestros invitados marchar en sus aviones. Cuando el
último vehículo desapareció en el cielo, echamos una ojeada en torno nuestro. La noche era tranquila y fría bajo un
alto y estrellado firmamento en el que se elevaba la luna, cuya luz espejeaba a nuestra vista iluminando el rocío
nocturno a nuestros pies, y danzaba incansable sobre el mar, tendiendo en la tierra un velo de plata. Miré a Alanna,
que contemplaba absorta el oscuro paisaje, como si no lo hubiese visto antes o creyera no volverlo a ver nunca.
La luz de la luna jugueteaba en sus rojos cabellos. Parecía pensar: «¿Qué pasaría si nunca volviese a ver los espacios
abiertos? ¿Qué, si me siento aquí hasta que muera?» Al fin, habló, muy despacio, como si tuviese que dar forma a
cada palabra aislada.
- Comienzo a comprenderlo. Sí, ¡estoy completamente segura!
- Segura, ¿de qué? - pregunté.
- No te hagas el tonto. Ya sabes lo que quiero decir: tú, Manuel, Juan, Hideyosi y los otros que estaban aquí (salvo
Angus y Gus, desde luego, y quizá poquisimos más), no pertenecéis a Puerto. Ninguno de vosotros.
- ¿Cómo es eso?
- Mira; de un hombre nacido y crecido en una ciudad, con una vida acomodada en ella, no se espera que la abandone
de pronto. Quizá nunca. Viviría entre sus paisanos toda su vida, preguntándose vagamente por qué no se sentía del
todo feliz.
- Nosotros... ¡No empieces ahora de nuevo, querida! - balbucí.
-¿Por qué no? Después de todo, Erling, es propia de campesinos la vida - que llevamos aquí. Más o menos
mecanizada, claro es, pero enraizada en el suelo, pegada a él, con rústica solidez y fuerza, con perspectivas
lugareñas. Pero si una nave terrestre tocase aquí mañana, no creo que ni veinte de nosotros quisieran partir en ella.
Pero tú, Erling, tú y tus amigos, crecisteis en la nave y lograsteis una satisfactoria adaptación a ella. Habéis pasado
vagando los años de vuestra formación, y ahora sois cosmopolitas. Para vosotros, una cordillera siempre
representará algo más de lo que en si es debido a lo que hay tras ella. No os basta un horizonte, después de haber
avizorado tantos como hay en el Universo. ¿Encontrar la Tierra? Pero ¡si tú mismo admites que no te importa el no
encontrarla nunca! Lo que tú sientes es el gusto de la exploración. Tú eres un gitano, Erling, y ningún gitano se liga
para siempre a sitio alguno.
Estuvimos largo rato, solos, bajo la fría y tranquila luz de la luna, solos y callados. Cuando, al fin, la miré, estaba
tratando de no llorar, pero le temblaban los labios y las lágrimas titilaban en sus ojos. Cuando hablé, el alma se me
arrancaba con las palabras. Dije:
- Tienes razón, Alanna... Temo que estás en lo cierto. Pero ¿qué le vamos a hacer?
- ¿Hacer? - y rió con extraña y desolada risa -.Es muy sencillo. La respuesta está allá arriba, girando en el cielo.
Coge el Traveler, reúne una tripulación que sienta como tú, ¡y adelante siempre!
- Pero... ¿y tú? ¿Y los niños? Nuestra casa de aquí...
- ¿No lo ves?
Y su risa sonó estrepitosa, despertando un débil eco en la noche.
- ¿No lo ves? ¡Quiero irme contigo también!
Y, casi en mis brazos, repitió:
- ¡Quiero ir contigo también!
* * *
De nada serviría narrar las largas discusiones, las conformidades a contrapelo, los lentos preparativos... hasta que
triunfamos. Dieciséis parejas con una docena de chiquillos estábamos ansiosos de partir.
Transcurrió un año antes de estar listos. Nuestro último año en Puerto. Hasta entonces no había comprendido nunca
cuánto amaba aquel planeta. Estuve a punto de desistir.
«Pero ¡el espacio, el Universo abierto ante nosotros y la nave resucitada!...»
Dejamos en la colonia una serie completa de planos para el caso, improbable, de que los que quedaban quisieran
alguna vez construir una nave espacial por si mismos y un par de lanchas espaciales, así como reproducir todos los
importantes instrumentos mecánicos que el Traveler se llevaba.
Trazaríamos tablas astronáuticas - al menos oficialmente - y, en teoría, podíamos regresar al cabo de algún tiempo.
Pero sabíamos que no volveríamos nunca. Nuestros hijos proseguirían el viaje después de nosotros, y tras ellos los
suyos, creando una civilización enteramente nueva, desarraigada, pero tremendamente viva, que crecería entre las
estrellas. Los que se cansaran de ella, siempre podrían colonizar un planeta y esparcir la especie humana por la
galaxia.
Cuando nuestros descendientes fuesen muchos, construirían nuevas naves, hasta crear una flota, una ciudad móvil,
que vagaría de astro en astro. Sería una cultura autóctona, fundada sobre lo mejor de cada raza y que se esparciría
por los mundos, representando el torrente sanguíneo de una civilización interestelar que estaba gestándose
lentamente en el Universo.
Con el paso de los días y los meses, mis muchachos se impacientaban aún más que yo por partir. Yo sonreía un
poco. En aquellos instantes, ellos solo pensaban en las aventuras que ocurrirían en románticos planetas y en las
grandes hazañas que llevarían a cabo. Bien; si así era, vivirían existencias memorables, pero pronto habrían de
aprender que la paciencia y la perseverancia eran imprescindibles y que existían el afán, el sufrimiento, el peligro...
¡y la vida!
Alanna me tenía un poco perplejo. Estando yo a su lado, se me mostraba alegre, más alegre que nunca la viera. Pero
con frecuencia salía a dar largos paseos, sola, por la playa, por los bosques moteados de sol, o se absorbía ante un
jardín cuyas flores jamás cosecharía. Bueno; así era, y yo estaba harto preocupado, por mi trabajo, para pensar
demasiado en ello.
Por fin llegó el momento y embarcamos para un largo viaje, que aún no ha concluido y espero que nunca cesará.
La noche antes invitamos a Angus y Gustavo a una fiesta de despedida, con el extraño sentimiento de decirles adiós
a sabiendas de que nunca volveríamos a verlos ni a saber de ellos. Era algo casi fúnebre.
Cuando estuvimos solos, por la mañana, corrimos en nuestra lancha hacia el lugar donde habíamos de reunirnos con
nuestros compañeros de viaje; desde allí pasaríamos al Traveler Aún no podía yo convencerme de que era el capitán
de la gran nave que fue hasta entonces, mi mundo; no me parecía real. Subí a ella despacio, invadida mi mente por la
súbita conciencia de mi responsabilidad.
Alanna tocó mi brazo, diciéndome:
- Mira en torno tuyo, Erling. Mira esta tierra nuestra que no volverás a ver.
Me sustraje a mi ensoñación y paseé la mirada por el horizonte. Era temprano; la hierba, aún húmeda, brillaba al
nuevo sol El mar bailaba cabrilleando más allá de los rojizos árboles, voceando su vieja canción a la hermosa tierra
verde, y el viento que desde él soplaba era cortante, agudo y estimulador de vida. Las hierbas del campo se
estremecían al aire, en largas olas verdes, y allá arriba, en lo alto, cantaban los pájaros.
- Es... muy hermosa - dije.
- Sí - me respondió Alanna con voz apenas audible -. Sí, lo es. Vamos, Erling.
Subimos al aparato y sesgamos, cielo arriba. Los chicos me rodearon tumultuosos, mirando hacia adelante en espera
de la primera vista del campo de aterrizaje, sin prestar atención a las selvas, prados y brillantes ríos que se
deslizaban bajo nosotros.
Alanna se sentó detrás de mí, mirando a tierra. Su brillante cabeza estaba inclinada, por lo que no pude verle el
rostro, y aunque quise saber lo que pensaba, por alguna extraña razón, no me atreví a preguntárselo.
FIN
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