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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 27 de marzo de 2009

NIEBLA, HIERBA Y ARENA -- Vonda N. Mclntyre

NIEBLA, HIERBA Y ARENA

Vonda N. Mclntyre






El muchacho estaba asustado. Con suavidad, Serpiente tocó su frente que ardía. Tras ella, tres adultos se mantenían muy juntos, observando inquietos, temerosos de mostrar su interés, que sólo se adivinaba por las arrugas que cercaban sus ojos. Temían a Serpiente tanto como la muerte de su único hijo. En la oscuridad de la tienda, las temblorosas lámparas no infundían ninguna confianza.

El muchacho miraba con unos ojos tan oscuros que las pupilas no eran visibles y tan opacos que la propia Serpiente temía por su vida. Ella le acarició el cabello. Era largo y de un tono muy pálido que contrastaba con su piel oscura, seco e irregular. Si Serpiente hubiera conocido a aquella gente unos meses atrás hubiera sabido que el muchacho estaba enfermando.

—Traedme mi caja, por favor.

Los padres del chico se sorprendieron por su suave voz. Tal vez habían esperado un tono chirriante o el siseo de una serpiente que se levanta. Era la primera vez que Serpiente hablaba en su presencia. Se había limitado a contemplarlos cuando los tres fueron a observarla a distancia y le habían expuesto entre murmullos su problema; ella se había limitado a escucharles y después asintió con la cabeza cuando finalmente le pidieron su ayuda. Tal vez pensaron que era muda.

Un joven de cabellos claros le acercó su caja de cuero. La llevaba separada del cuerpo, y al entregársela hizo una inclinación, respirando profundamente y con las aletas de la nariz muy abiertas por el fuerte olor a almizcle que flotaba en el aire seco del desierto. Serpiente ya se había acostumbrado a despertar la inquietud de la gente; la había visto muchas veces.

Cuando Serpiente tendió los brazos, el joven dio un salto atrás y dejó caer la caja. Serpiente hizo un rápido movimiento y la cogió en el aire, la colocó suavemente en el suelo y miró al joven con reproche. El hombre y la mujer se le acercaron para tranquilizarle.

—Fue mordido una vez —dijo la mujer, morena y hermosa—. Estuvo a punto de morir. —Su tono no era de orgullo, sino de justificación.

—Lo siento —dijo el joven—. Es... —hizo un gesto; estaba temblando e intentando controlar las reacciones de su miedo. Serpiente miró tras de sí, pues había captado inconscientemente un movimiento. Una pequeña serpiente, delgada como el dedo de un niño, se deslizaba en torno a su cuello y mostraba su estrecha cabeza tras sus rizos cortos y negros. Probó el aire con su lengua bífida en un gesto placentero, fuera, arriba y abajo, dentro, para probar el gusto de los olores.

—Es Hierba —dijo Serpiente—. No te hará daño.

Si hubiera sido mayor, habría dado miedo; tenía un color verde pálido, pero las escamas que rodeaban su boca eran rojas, como si acabara de comerse a algún animal, despedazándolo. En realidad era mucho más limpia.

El niño sollozó, pero en seguida reprimió su llanto de dolor. Tal vez le habían dicho que Serpiente podría enfadarse si lloraba. Pero ella lo único que sentía era pena por aquella gente que rechazaba una forma tan fácil de librarse del miedo. Apartó su mirada de los adultos, sintiendo que le tuvieran miedo; pero no deseaba perder el tiempo convenciéndoles de que sus reacciones eran injustificadas.

—Todo va bien —le dijo dulcemente al pequeño—. Hierba es suave, seca y blanda, y si la dejo junto a ti para que te proteja, ni siquiera la muerte podrá aproximarse a tu lado. —Hierba se colocó en su estrecha y sucia mano, y ella se la tendió al niño— Suavemente. —El niño tocó el reptil con un dedo.

Serpiente notó el esfuerzo que tenía que hacer para un movimiento tan sencillo, pese a que el muchacho sonreía—. ¿Cómo te llamas?

El lanzó rápidamente una mirada a sus padres, y finalmente ellos asintieron.

—Stavin —murmuró. Apenas tenía fuerzas para respirar.

—Yo soy Serpiente, Stavin, y dentro de poco, por la mañana, tendré que hacerte daño. Sentirás un dolor repentino y te dolerá el cuerpo durante algunos días, pero después te encontrarás mejor.

El la miró solemnemente. Serpiente se dio cuenta de que, aunque el niño había comprendido lo que le había querido decir y sentía miedo por lo que ella tenía que hacerle, estaba menos asustado que si le hubiera mentido. El dolor debía de haberle aumentado mucho a medida que la enfermedad se agudizaba; pero parecía que los demás lo único que habían hecho era tranquilizarle, esperando que la enfermedad desapareciera o le matara rápidamente.

Serpiente colocó a Hierba sobre la almohada del muchacho y le acercó su caja. La cerradura se abrió cuando ella la tocó. Los adultos seguían sintiendo hacia ella únicamente miedo; no tenían ni tiempo ni razones para hallar ninguna confianza. La mujer era lo suficientemente mayor como para no tener ya más hijos, y Serpiente podía ver en los ojos de todos su sufrimiento, su preocupación, y que querían mucho al niño. Y así debía ser, para haberse atrevido a recurrir a ella.

Era de noche y cada vez hacía más frío. Silenciosamente, Arena salió de la caja moviendo la cabeza, moviendo la lengua, olfateando, gustando, detectando el calor de unos cuerpos.

—¿Es ésta...? —La voz del marido más viejo era baja y sabia, pero aterrorizada, y Arena sintió el miedo. Se enroscó en posición de ataque y siseó suavemente.

Serpiente habló, moviendo la mano y extendiendo el brazo. La víbora se relajó y comenzó a enroscarse en su muñeca hasta formar varias pulseras negras y marrones.

—No —respondió—. Tu hijo está demasiado enfermo para que Arena pueda ayudarle. Sé que resulta difícil, pero intentad calmaros. Esto es terrible para vosotros, pero es lo único que puedo hacer.

Tuvo que molestar a Bruma para que saliera fuera. Serpiente sacudió la caja dos veces, notó la vibración, y súbitamente una cobra albina apareció en la tienda. Se movía rápidamente, pero parecía no tener fin. Se movía hacia delante y hacia atrás. Se oyó un penetrante silbido. Su cabeza estaba a un metro sobre el suelo, mostrando su amplio hocico. Tras ella, los adultos lanzaron suspiros sofocados, como si se sintieran físicamente agredidos ante la visión de Bruma. Serpiente ignoró a las personas y habló a la gran cobra, centrando su atención en sus palabras:

—Ah, tú. Furiosa criatura. Échate. Esta vez te toca a ti ganarte la comida. Habla a este niño y tócale. Se llama Stavin.

Lentamente, Bruma se relajó y permitió que Serpiente la tocara. Serpiente la agarró firmemente por detrás de la cabeza, obligándola a mirar a Stavin. Los ojos plateados de la cobra reflejaron la luz amarillenta de la lámpara.

—Stavin —dijo Serpiente—, Bruma se encontrará contigo ahora. Te prometo que esta vez te tocará suavemente.

Sin embargo, Stavin tembló cuando Bruma tocó su delgado pecho. Serpiente no había soltado la cabeza de la cobra, pero permitió que su cuerpo se deslizara hacia el del muchacho. La cobra tenía de largo cuatro veces la altura del muchacho. Se curvó en blancas ondulaciones sobre su abdomen, extendiéndose, dirigiendo su cabeza hacia la cara del muchacho, tratando de eludir las manos de Serpiente. Bruma encontró la asustada mirada de Stavin con sus ojos sin párpados. Serpiente le permitió acercarse un poco más. Bruma sacó la lengua para tocar al niño. El marido más joven lanzó un aterrorizado gemido que cortó inmediatamente. Al oírlo, Stavin retrocedió y Bruma se echó hacia atrás abriendo la boca y poniendo sus dientes al descubierto, mientras se oía claramente el aire salir de su garganta. Serpiente se puso en cuclillas, expulsando su propio aliento, a veces, en otros sitios, los lugareños podían permanecer mientras ella trabajaba.

—Tenéis que salir —dijo con amabilidad—. Es peligroso asustar a Bruma.

—No quiero...

—Lo siento. Tenéis que esperar fuera.

Tal vez el marido más joven, o incluso la mujer, hubieran puesto sus indefendibles objeciones y hubiesen formulado preguntas incontestables, pero el hombre mayor les tomó de la mano y les condujo fuera.

—Necesito un animalito —dijo Serpiente mientras salían—. Ha de tener pelo y ha de estar vivo.

—Podemos encontrar uno —dijo el hombre mayor, y los tres padres se adentraron en la brillante noche. Serpiente oyó sus pasos sobre la arena.

Serpiente sostuvo a Bruma en su regazo y la fue tranquilizando. La cobra se fue enroscando en su estrecha cintura, buscando su calor. El hambre hacía que Bruma estuviera más nerviosa de lo habitual, y estaba hambrienta, como también lo estaba Serpiente. Mientras atravesaban la negra arena del desierto habían encontrado agua suficiente, pero las trampas de Serpiente no dieron resultado. Era verano, hacía mucho calor y la mayoría de los animalillos peludos que Arena y Bruma comían estaban estivando. Cuando las serpientes no tenían su comida habitual, Serpiente ayunaba también.

Comprobó con tristeza que Stavin estaba ahora más asustado.

—Siento haber tenido que enviar a tus padres fuera —dijo—. Volverán pronto.

Sus ojos se humedecieron, pero contuvo las lágrimas.

—Me dijeron que hiciera lo que tú me dijeras.

—Hubiera preferido que llorases si fueras capaz de ello —dijo Serpiente—. No es una cosa tan terrible. —Pero Stavin parecía no comprender y Serpiente no le presionó. Sabía que aquella gente aprendía por sí misma a resistir las dificultades negándose a llorar, negándose a reír. Se negaban a sí mismos el consuelo y se permitían poca alegría, pero sobrevivían.

Bruma se había calmado. Serpiente se la desenroscó de la cintura y la colocó junto a Stavin. Mientras la cobra se movía, Serpiente guiaba su cabeza, notando la tensión de sus músculos.

—Va a tocarte con la lengua —le dijo a Stavin.

Puede que te produzca comezón, pero no te herirá. Ella huele con la lengua, lo mismo que tú lo haces con la nariz.

—¿Con la lengua?

Serpiente asintió, sonriendo, y Bruma sacó la lengua para acariciar el pecho de Stavin. Este no desvió el cuerpo; en su mirada se vio la alegría de saber que había superado el miedo. Permaneció tumbado tranquilamente mientras Bruma le paseaba la lengua por el pecho, los ojos y la boca.

—Está probando la enfermedad —dijo Serpiente. Bruma dejó de mostrar oposición a la mano que la sujetaba y echó para atrás la cabeza. Serpiente se sentó sobre sus talones y dejó a la cobra, que ascendió por su brazo y se tendió sobre sus hombros.

—Duérmete, Stavin —dijo Serpiente—. Intenta confiar en mí, e intenta no tener miedo al mañana.

Stavin la miró durante unos segundos, buscando confianza en los pálidos ojos de Serpiente.

—¿Dejarás que Hierba vigile? A ella le sorprendió la pregunta, o más bien, la aceptación que había tras ella. Apartó su cabello de la frente y sonrió.

—Pues claro. —Cogió a Hierba—. Tú mirarás a este niño y le cuidarás. —La serpiente permanecía quieta en su mano, con los ojos resplandecientes. Luego se puso suavemente sobre la almohada de Stavin—. Ahora duérmete.

Stavin cerró los ojos y la vida pareció escaparse de él. La alteración resultó tan grande que Serpiente se inclinó para tocarle; luego vio que respiraba, aunque lentamente. Le cubrió con una manta y se levantó. El cambio brusco de posición la mareó, y se tambaleó. Sobre sus hombros, Bruma se tensó.

Los ojos de Serpiente se hicieron incisivos y su visión se agudizó. El sonido que había imaginado oír se aproximaba. Tenía que luchar contra el hambre y el cansancio. Se inclinó lentamente y cogió la caja de cuero. Bruma le tocó el pecho con la punta de la lengua.

Abrió la cortina de la tienda y se tranquilizó al ver que todavía era de noche. Podía soportar el calor, pero el brillo del sol la penetraba, quemándola. La luna debía de estar llena; aunque las nubes lo oscurecían todo, difundían una luz que ponía el cielo gris por todo el horizonte. Más allá de las tiendas, grupos de sombras informes se proyectaban en el suelo. Allí, junto al borde del desierto, había suficiente agua para que creciera la vegetación, proporcionando sombra y alimento a los seres vivos. La oscura arena, que durante el día cegaba con sus destellos, parecía ahora una suave capa de ceniza. Serpiente salió de la tienda, y la ilusión de suavidad desapareció; sus botas se hundieron en los ásperos granos de arena.

La familia de Stavin esperaba, muy juntos, entre las oscuras tiendas que formaban un sendero que había sido limpiado de arbustos. La miraban en silencio, con esperanza en los ojos pero sin expresión en la cara. Una mujer algo más joven que la madre de Stavin estaba sentada con ellos. Vestía, como todos ellos, con una larga túnica suelta, pero llevaba el único adorno que Serpiente había visto entre aquella gente: un círculo de cuero que pendía de su cuello por medio de una tira también de cuero. Ella y el marido más viejo tenían fuertes similitudes: rostro anguloso, pómulos altos, cabello blanco, ojos castaño oscuro, mejor adaptados para vivir al sol. A sus Pies, en el suelo, un pequeño animal negro daba saltos esporádicos dentro de una jaula, y de vez en cuando lanzaba un grito agudo pero débil.

—Stavin está durmiendo —dijo Serpiente—. No le molestéis ahora, pero acudid junto a él si se despierta.

La mujer y el marido joven se levantaron y se metieron en la tienda, pero el más viejo se detuvo junto a ella.

—¿Puedes ayudarle?

—Espero que podamos. El tumor está avanzando, pero parece sólido. —Su propia voz le sonaba extraña, como si estuviera mintiendo—. Bruma estará preparada por la mañana. —Sintió la necesidad de decirle más cosas para tranquilizarle, pero no se le ocurrió ninguna.

—Mi hermana desea hablar contigo —dijo él, y tras aquella presentación, las dejó solas, sin añadir, para vanagloriarse, que aquella mujer era la jefa de su grupo. Serpiente se volvió para mirarle de nuevo, pero ya la cortina de la tienda había caído. Se sentía cada vez más cansada, y sobre sus hombros Bruma era, por primera vez, un peso excesivo.

—¿Te encuentras bien?

Serpiente se volvió. La mujer avanzó hacia ella con una elegancia natural que procedía de su avanzado estado de gestación. Serpiente tuvo que levantar la cabeza para mirarla. Tenía finas líneas en los extremos de los ojos, como si a veces riera en secreto. Sonrió, pero con gesto preocupado.

—Pareces muy cansada. ¿Quieres que ordene que te preparen una cama?

—Ahora no —contestó Serpiente—, todavía no. No dormiré hasta después.

La jefa examinó su cara y Serpiente se sintió unida a ella por la responsabilidad que compartían.

—Comprendo, al menos así lo creo. Si hay algo que pueda hacer por ti... ¿Necesitas ayuda en tus preparaciones?

Serpiente se dio cuenta de que tenía que hacer frente a simples preguntas como si fueran problemas complejos. Les dio vueltas en su cabeza cansada, los examinó, los diseccionó y finalmente murmuró sus conclusiones:

—Mi caballo necesita comida y agua...

—Ya nos hemos encargado de eso.

—Y yo necesito a alguien que me ayude a manejar a Bruma. Alguien fuerte. Pero lo más importante es que no tenga miedo.

La jefa asintió.

—Te ayudaría yo misma —dijo, sonriendo de nuevo ligeramente—. Pero estoy un poco cansada. Encontraré a alguien.

—Gracias.

Sombría de nuevo, la mujer inclinó la cabeza y se dirigió lentamente a un pequeño grupo de tiendas. Serpiente la contempló mientras se marchaba, admirando su gracia. En comparación se sentía pequeña, joven y harapienta.

Arena comenzó a desenroscarse de su muñeca. Notando el movimiento de sus escamas, se precipitó para cogerla antes de que cayera al suelo. La mitad superior del cuerpo de Arena sobresalía de sus manos; sacó la lengua, mirando al pequeño animal, sintiendo el calor de su cuerpo, olfateando su miedo.

—Sé que estás hambrienta —dijo Serpiente—, pero éste no es para ti. —Puso a Arena en la caja, se quitó a Bruma de la espalda y le permitió que se acercara al animal.

El animalillo volvió a gritar y a saltar cuando la difusa sombra de Serpiente pasó sobre él. Ella se inclinó y lo cogió. La rápida serie de gritos aterrorizados disminuyó hasta detenerse cuando ella lo agarró. Finalmente se quedó quieto, respirando con dificultad, exhausto, mirándola con sus ojos amarillos. Tenía las patas largas y las orejas puntiagudas, y su nariz se retorcía al sentir el olor de la serpiente. Su suave piel negra estaba marcada por las cuerdas de la red.

—Siento tener que tomar tu vida —dijo Serpiente—. Pero después ya no tendrás miedo y no voy a hacerte daño. —Cerró la mano cuidadosamente en torno a él y rompió su espina dorsal en la base del cráneo. El animalito pareció luchar brevemente, pero ya estaba casi muerto. Se convulsionó. Sus patas se encogieron contra su cuerpo y sus dedos se retorcieron. Incluso ahora parecía mirarla. Ella sacó su cuerpo de la red.

Luego extrajo un pequeño pomo del bolsillo de su cinturón, abrió la boca del animal y vertió dentro una gota del preparado que contenía el pomo. Rápidamente, llamó a Bruma. La cobra se acercó lentamente, deslizándose por la granulosa arena. Sus escamas lechosas captaron la tenue luz. Olió al animal, se le acercó y lo tocó con la lengua. Durante un momento, Serpiente temió que rechazara la comida muerta, pero el cuerpo estaba todavía caliente, se retorcía aún y la cobra estaba demasiado hambrienta.

—Alimento para ti —le dijo Serpiente a la cobra, pues su solicitud para con ella era ya una costumbre—. Calmará tu apetito. —Bruma olfateó el animal, retrocedió y luego se lanzó sobre él, clavando sus dientes en aquel pequeño cuerpo, y luego mordió de nuevo, bombeando su acumulación de veneno. Luego lo soltó para volver a cogerlo mejor, y lo engulló. Apenas tuvo que distender la garganta. Cuando Bruma quedó quieta, asimilando el animal, Serpiente se sentó junto a ella y esperó.

Oyó pasos en la áspera arena.

—Me han enviado para ayudarte.

Era un hombre joven, pese a tener canas en sus cabellos. Era más alto que Serpiente y no carente de atractivo. Tenía los ojos oscuros y sus agudas facciones estaban más acentuadas por el hecho de que llevara los cabellos recogidos en la nuca. Tenía una expresión neutra.

—¿Tienes miedo?

—Haré lo que me digas.

Aunque sus formas estaban ocultas bajo su amplia túnica, se veía que tenía las manos fuertes.

—Entonces sujeta su cuerpo y no dejes que te sorprenda.

Bruma comenzaba a escapar a los efectos de la droga que Serpiente había puesto en el animalillo. Los ojos de la cobra miraban sin ver.

—Si muerde...

—¡Sujétala, rápido!

El joven se apresuró, pero no fue lo suficientemente rápido. Bruma se retorció y le golpeó en la cara con la cola. El retrocedió, tan sorprendido como dolorido. Serpiente sujetó fuertemente a la cobra por detrás de la cabeza y luchó por dominar también el resto de su cuerpo. Bruma no era constrictora, pero su cuerpo era suave, largo y fuerte. Silbó fuertemente. Mientras Serpiente luchaba con ella, logró Presionar en sus glándulas y obligarla a expulsar las últimas gotas de veneno. Estas colgaron de los dientes de Bruma durante un momento, reflectando la luz como si fueran joyas; luego la violencia de las convulsiones de la serpiente hizo que se perdieran en la sombra. Serpiente siguió luchando con la cobra, ayudada por la arena, que obstaculizaba los movimientos del reptil. Serpiente notó que el joven estaba detrás de ella asiendo el cuerpo y la cola del animal. La lucha cesó bruscamente y Bruma quedó quieta entre sus manos.

—Lo siento...

—Sujétala —dijo Serpiente—. Tenemos toda la noche.



Durante la segunda convulsión de Bruma, el joven la sujetó firmemente y fue una buena ayuda. Luego Serpiente respondió a la pregunta que antes le formulara:

—Si está haciendo veneno y te muerde, lo más probable es que mueras. Incluso ahora, su mordisco te pondría enfermo. Pero a no ser que hagas alguna tontería, si logra morder me morderá a mí.

—En poco beneficiaría a mi primo si te murieras o agonizaras.

—No me has comprendido. Bruma no puede matarme. —Ella levantó la mano para que él pudiera ver las blancas cicatrices de desgarrones y mordiscos. El los miró, la miró después a ella durante unos momentos a los ojos y finalmente desvió la mirada.

El brillante punto de luz entre las nubes por donde ésta se filtraba se fue corriendo hacia el oeste en el cielo; sostenían a la cobra como si fuera un niño. Serpiente se dio cuenta de que estaba dormitando, pero Bruma movió la cabeza en un intento de escapar y la joven se despertó bruscamente.

—No debo dormirme —le dijo al hombre—. Háblame. ¿Cómo te llamas?

Igual que Stavin, el joven dudó. Parecía tener miedo de ella, o de algo.

—Mi pueblo —dijo— piensa que no es conveniente decir el nombre a los extranjeros.

—Si pensabais que era una bruja no debíais haber pedido mi ayuda. No conozco ningún tipo de magia.

—No es superstición —dijo él—. Al menos, no como tú piensas. No tenemos miedo de ser embrujados.

—No puedo aprender todas las costumbres de todos los pueblos de la Tierra, de modo que sigo con las mías. Y mi costumbre es la de dirigirme a aquellos con los que trabajo por su nombre. —Mirándole, Serpiente trató de captar su expresión con aquella escasa luz.

—Nuestras familias conocen nuestros nombres y nosotros se lo decimos a aquellos con los que queremos casarnos.

Serpiente reflexionó acerca de aquella costumbre y pensó que se adaptaría muy mal a ella.

—¿Y a nadie más? ¿Nunca?

—Bueno..., un amigo puede conocer nuestro nombre.

—Ah —dijo Serpiente—, ya comprendo. Yo todavía soy una desconocida, y tal vez una enemiga.

—Un amigo conocería mi nombre —dijo el joven de nuevo—. No pretendo ofenderte, pero eres tú la que me malinterpreta. Un conocido no es un amigo. Nosotros valoramos mucho la amistad.

—En esta tierra debe ser fácil decir rápidamente si merece la pena llamar a una persona «amigo».

—Nosotros apenas entablamos amistades. La amistad es una gran cosa.

—Suena como si fuera algo temible.

El meditó aquella posibilidad.

—Tal vez lo que tememos es traicionar la amistad. Eso sí que es algo terrorífico.

—¿Nadie te ha traicionado?

El la miró hoscamente, como si ella hubiera excedido los límites de la propiedad.

—No —contestó, y su voz fue tan dura como su cara—. Ningún amigo. No tengo a nadie a quien llamar amigo.

Su reacción sorprendió a Serpiente.

—Eso es muy triste —dijo ella, y luego permaneció en silencio, tratando de entender los extremos a los que podía llegar la gente para cerrarse tanto, comparando su soledad obligada con la de aquellos que la habían elegido—. Llámame Serpiente —dijo ella finalmente— si puedes pronunciarlo. Decir mi nombre no te ata a nada.

Pareció que el joven iba a hablar; tal vez pensó que la había ofendido, o tal vez que debía seguir manteniendo sus costumbres. Pero Bruma comenzó a retorcerse en sus manos y tuvieron que sujetarla para que no les hiciera daño. La cobra tuvo unas convulsiones más violentas que nunca. Se agitó en las manos de Serpiente y casi logró desasirse. Intentó liberar su cabeza, pero Serpiente la sujetaba muy fuerte. Abrió la boca y siseó, pero de sus dientes no surgió veneno.

Enroscó la cola en torno a la cintura del joven. Este comenzó a desasirse de sus anillos.

—No es constrictora —dijo Serpiente—. No te hará daño. Déjala...

Pero fue demasiado tarde; Bruma se relajó súbitamente y el joven perdió el equilibrio. Su cola, libre, trazó dibujos sobre la arena. Serpiente comenzó a luchar sola con ella mientras el joven trataba de sujetarla. Comenzó a separarse de las manos de Serpiente y ésta cayó sobre la arena; Bruma se alzó sobre ella y abrió la boca furiosa, siseando. Entonces el joven logró asirla justo por detrás de la cabeza. Bruma se revolvió contra él, pero Serpiente logró cogerla también. Juntos lograron controlarla de nuevo. Súbitamente, la cobra se quedó inmóvil y cayó rígida entre ellos. Ambos estaban sudando. El joven estaba pálido y Serpiente temblaba.

—Disponemos de algún tiempo para descansar —dijo Serpiente. Le miró y se dio cuenta de que tenía una línea oscura sobre la mejilla, en el lugar en donde Bruma le había golpeado con la cola—. Tienes una herida. Pero no dejará cicatriz.

—Si fuera cierto que las serpientes muerden con la cola, tú estarías sujetando la cabeza y la cola y yo sería de poca utilidad.

—Esta noche necesitaba que alguien me mantuviera despierta, tanto si tuviera que ayudarme con Bruma como si no. —Luchar con la cobra producía adrenalina, pero ahora el cansancio y el hambre le habían vuelto con más violencia.

—Serpiente...

—¿Sí?

El sonrió, un poco azorado.

—Probaba la pronunciación.

—Está muy bien.

—¿Cuánto tiempo cuesta atravesar el desierto?

—No mucho. Demasiado. Seis días.

—¿Cómo sobreviviste?

—Hay agua. Viajaba de noche, excepto ayer, que no pude encontrar una sombra.

—¿Llevabas contigo la comida?

Ella se estremeció.

—Un poco. —Y deseó que él no le hablase más de comida.

—¿Qué hay al otro lado?

—Más arena, más arbustos y un poco más de agua. Unos cuantos grupos de personas, comerciantes, la estación donde yo nací y donde me eduqué. Y más lejos aún, una montaña con una ciudad interior.

—Me gustaría ver una ciudad. Tal vez algún día.

—El desierto se puede cruzar.

El no dijo nada, pero los recuerdos de Serpiente de cuando dejó su hogar eran lo suficientemente recientes como para que ella pudiera imaginar sus pensamientos.

Se produjeron las siguientes series de convulsiones, mucho antes de lo que Serpiente había esperado. Por su severidad pudo deducir algo del estado de la enfermedad de Stavin, y deseó que ya fuera de mañana. Si tenían que perderle, prefería haber hecho antes todo lo posible, y luego trataría de olvidar. La cobra se hubiera golpeado contra la arena hasta matarse de no haber sido porque Serpiente y el joven la tenían bien sujeta. Bruscamente se puso rígida, con la boca abierta y la lengua bífida colgándole fuera.

Dejó de respirar.

—Sujétala —dijo Serpiente—. Sujétale la cabeza. Rápido, cógela, y si se despierta, corre. ¡Cógela! Ahora no te atacará, ya sólo puede herirte por accidente. El no dudó más que un momento, y luego asió a Bruma tras la cabeza. Serpiente echó a correr, hundiendo los pies en la arena, hacia el borde del círculo de tiendas donde aún crecían los matorrales. Rompió algunas ramas secas, que arañaron sus laceradas manos. Se dio cuenta de la presencia de una masa de víboras, tan feas que parecían deformes, anidadas junto a un manojo de vegetación seca; sisearon, pero ella las ignoró. Encontró una caña estrecha y la tomó. Las manos le sangraban por profundas heridas.

Volvió junto a la cobra, le obligó a abrir la boca y empujó el tubo dentro de su garganta, a través del conducto de aire que Bruma tenía en la base de su lengua. Luego se acercó, se puso el otro extremo del tubo en la boca y sopló con cuidado en los pulmones de Bruma.

En aquel momento se dio cuenta de muchas cosas; de las manos del joven sujetando a la cobra como ella le había pedido; su respiración, primero una exhalación de sorpresa, luego de rabia; la arena lacerándole los codos allí donde se apoyaba; el olor empalagoso del líquido que segregaban los dientes de Bruma; su propio azoramiento, pensó exhausta, que ella rechazaba por necesidad y por voluntad.

Serpiente respiró una y otra vez hasta que Bruma cogió el ritmo y continuó sin ayuda.

Serpiente se sentó de nuevo sobre los tobillos.

—Creo que se pondrá bien —dijo—. Así lo espero, al menos. —Se pasó el dorso de la mano por la frente; aquel roce le produjo dolor. Retiró la mano y el dolor se esparció por sus huesos, subiendo por el brazo, la espalda, a través del pecho, envolviendo su corazón. Perdió el equilibrio. Intentó agarrarse, pero se movió con demasiada lentitud, le entró náuseas y vértigo y la tierra pareció desaparecer bajo sus pies y quedó perdida en la oscuridad sin poder asirse a nada.

Sintió la arena en el pecho y en las palmas de las manos, pero era suave.

—Serpiente, ¿estás bien?

Pensó que la pregunta había sido dirigida a otro, pero al tiempo se dio cuenta de que no había allí ningún otro a quien dirigírsela, nadie que respondiera a su nombre. Sintió unas manos que la cogían con suavidad; hubiera deseado responder, pero estaba demasiado cansada. Necesitaba dormir más, de modo que las apartó. Pero las manos sostenían su cabeza, le ponían cuero seco en los labios y vertían agua en su garganta. Ella tosió.

Se incorporó sobre un codo. Cuando su vista se aclaró se dio cuenta de que estaba temblando. Se sentía como la primera vez que le había mordido una serpiente, antes de que su inmunidad se hubiera desarrollado completamente. El joven se inclinó sobre ella, con su cantimplora en la mano. Detrás de él, Bruma se arrastró hacia la oscuridad. Serpiente se olvidó de su dolor.

—¡Bruma! —Golpeó el suelo. El joven dio un salto y se volvió asustado; la serpiente se irguió, y su cabeza quedó a la altura de los ojos de Serpiente, mirando encolerizada y dispuesta a atacar. Formaba una sinuosa línea blanca que se recortaba contra la oscuridad. Serpiente se obligó a sí misma a levantarse, sintiendo como si estuviera intentando hacerse con el control de un cuerpo que no conocía. Estuvo a punto de caer de nuevo, pero logró levantarse.

—No debes cazar ahora —dijo—. Tienes otro trabajo que cumplir. —Levantó su mano derecha, imitando los movimientos de la cobra. La mano le dolía. Serpiente tenía miedo, no de ser mordida, sino de que Bruma perdiera el contenido de sus sacos de veneno—. Ven aquí —dijo—. Ven aquí y apaga tu cólera. —Notó que la sangre corría por sus dedos y el miedo que sentía por Stavin se intensificó—. ¿Me has mordido, criatura? —Pero el dolor era otro: el veneno debería haberla atontado, y el nuevo suero solamente...

—No —susurró el joven tras ella. Bruma se calmó. Los reflejos de un largo adiestramiento funcionaron. Serpiente actuó rápidamente con su mano derecha y cogió a Bruma. La cobra se debatió durante un momento, pero después se calmó.

—Endiablado animal —dijo Serpiente—. Debería darte vergüenza. —Se volvió y dejó que Bruma se le enroscara por el brazo y le trepara hasta los hombros, donde quedó quieta como la línea del borde de una capa invisible.

—¿No me ha mordido?

—No —contestó el joven. En su voz había miedo contenido—. Parecías estar muriéndote, parecía que agonizabas, y tu brazo se cubrió de rojo. Cuando despertaste... —Hizo un gesto señalando su mano—. Debe de haber sido una víbora de los matorrales.

Serpiente recordó el nido de reptiles que había encontrado entre los matorrales y tocó la sangre de su mano. La limpió y apareció la doble herida de una mordedura de serpiente. La herida no tenía muy buen aspecto.

—Necesito limpiármela —dijo—. Me reprocho este descuido. —El dolor disminuía, aunque le recorría el brazo en oleadas, pero ya no le abrasaba. Se levantó y miró al joven, a las cosas que la rodeaban—. Sujetaste muy bien y valerosamente a Bruma —le dijo—. Te lo agradezco.

El bajó la mirada y casi le hizo una reverencia. Se levantó y se aproximó a ella. Serpiente puso suavemente su mano sobre el cuello de Bruma para que no se asustara.

—Sería para mí un gran honor —dijo el joven— si quisieras llamarme Arevin.

—Me encantará hacerlo.

Serpiente se arrodilló y sujetó el cuerpo de Bruma mientras ésta se introducía en su caja. Al cabo de poco tiempo, cuando Bruma se hubiera estabilizado, al amanecer, podrían ir junto a Stavin.

La punta de la blanca cola de Bruma desapareció de la vista. Serpiente cerró la caja e intentó levantarse, en vano. Todavía no había superado los efectos del veneno. La carne que rodeaba la herida estaba roja, pero la hemorragia se había detenido. Permaneció allí insegura, mirándose la mano, pensando en lo que tenía que hacer para curarse, esta vez ella misma.

—Deja que te ayude. Por favor.

Le tocó el hombro y la ayudó a levantarse.

—Lo siento —dijo ella—. Necesito tanto descansar...

—Deja que lave tu mano —dijo Arevin—. Luego podrás dormir. Dime cuándo debo despertarte...

—Todavía no puedo dormir. —Ella se esforzó por reponerse, se irguió y arregló los oscuros rizos de los cortos cabellos que le caían sobre la frente—. Ahora me encuentro bien. ¿Tienes un poco de agua?

Arevin se abrió la túnica. Debajo llevaba un traje de lana y un cinturón de cuero con bolsillos del mismo material. Su cuerpo estaba bien formado, sus piernas eran largas y musculosas. El color de su piel era un poco más claro que el de su bronceada cara. Sacó un recipiente con agua y se acercó a la mano de Serpiente.

—No, Arevin. Si el veneno penetrara, aunque sólo fuera una pequeña cantidad, podría infectarte.

Ella se sentó y vertió un poco de agua sobre la herida. El agua cayó rosada sobre el suelo y desapareció, sin dejar siquiera una mancha visible. La herida sangró un poco más, pero ya dolía menos. El veneno había sido contrarrestado.

—No comprendo —dijo Arevin— cómo no te sucede nada. A mi hermana menor la mordió una víbora de los matorrales. —Se interrumpió, ahogado por la pena—. No pudimos hacer nada para salvarla..., ni siquiera aminorar su dolor.

Serpiente le devolvió la cantimplora, extrajo un pequeño frasquito de uno de los bolsillos de su cinturón y vertió parte de su contenido en la mordedura.

—Es parte de nuestra preparación —dijo ella—. Trabajamos con muchos tipos de serpientes y tenemos que ser inmunes a la mayor cantidad posible de ellas. —Se estremeció—. El proceso es tedioso y algo doloroso. —Cerró el puño. El líquido se había secado. Se acercó a Arevin y tocó su lastimada mejilla—. Sí... —Esparció un poco del contenido del frasco por ella—. Esto te ayudará a curarte.

—Si no puedes dormir —dijo Arevin— podrás al menos descansar.

—Sí —convino ella—. Durante un rato. Serpiente se sentó cerca de Arevin y se apoyó en él, mientras contemplaban cómo el sol teñía de rojo y dorado las nubes. El simple contacto físico con otro ser humano le proporcionó placer, aunque no se sintió satisfecha. En otro momento, en otro lugar, ella habría hecho algo más. Pero allí, en aquel momento, no.

Cuando la luz del sol tiñó el horizonte, Serpiente se levantó y sacó a Bruma de la caja. La cobra salió lentamente y trepó hasta la espalda de Serpiente. Esta, junto con Arevin, se dirigió hacia el pequeño grupo de tiendas.

Los padres de Stavin la esperaban fuera, junto a la entrada de la tienda. Se mantenían en un grupo compacto, defensivo y silencioso. Por un momento Serpiente pensó que habían decidido echarla. Luego, con un miedo que hacía que sintiera como si le hubieran aplicado un hierro candente sobre la boca, preguntó si Stavin había muerto. Ellos negaron con la cabeza y la llevaron al interior.

Stavin estaba en la misma posición que le dejara la noche anterior, todavía dormido. Los adultos la siguieron con la mirada y pudo oler el miedo. Bruma sacó la lengua, poniéndose inquieta por el peligro que aquello implicaba.

—Sé que querríais quedaros —dijo Serpiente—. Sé que querríais ayudar, si pudierais, pero no hay nada que nadie, salvo yo, pueda hacer. Por favor, volved afuera.

Se miraron entre sí y luego a Arevin, y ella pensó por un momento que iban a negarse. Serpiente deseaba dormir.

—Vamos, primos —dijo Arevin—. Estamos en sus manos. —Apartó la lona de la entrada de la tienda y les instó a salir. Serpiente se lo agradeció con la mirada y él casi sonrió. Luego se volvió hacia Stavin y se arrodilló junto a él.

—Stavin... —Le tocó la frente; estaba muy caliente. Se dio cuenta de que tenía la mano más firme que antes. Aquel ligero toque despertó al muchacho—. Ya ha llegado el momento —dijo Serpiente.

El parpadeó, saliendo de sus sueños de niño, y la miró, reconociéndola poco a poco. No parecía asustado, lo cual agradeció Serpiente. Por alguna razón que no podía identificar, se sentía incómoda.

—¿Me va a doler?

—¿Te duele ahora?

El vaciló, apartó la mirada y luego volvió a ponerla sobre ella.

—Sí.

—Puede que te duela un poco más. Pero espero que no. ¿Estás preparado?

—¿Puede quedarse conmigo Hierba?

—Claro que sí —contestó ella.

Y entonces se dio cuenta de lo que no iba bien.

—Volveré en un momento. —Su voz había cambiado tanto que el niño se asustó. Ella salió de la tienda, caminando lenta, tranquilamente, conteniéndose a cada paso. Fuera, los padres mostraban con sus expresiones el temor que sentían.

—¿Dónde está Hierba? —Arevin, que le daba la espalda, se sorprendió por el tono de su voz. El marido más joven lanzó un extraño sonido y apartó su vista de ella.

—Estábamos asustados —dijo el marido más viejo—. Pensábamos que podría morder al niño.

—Creí que lo haría. Fui yo. Se le subió a la cara y vi sus dientes... —La mujer puso las manos en los hombros del marido más joven y él ya no dijo nada más.

—¿Dónde está? —Hubiera deseado gritar, pero no lo hizo.

Ellos le tendieron una pequeña bolsa abierta. Serpiente la cogió y miró dentro.

Allí estaba Hierba, casi partida en dos, temblando. Se revolvió una vez y sacó la lengua. Serpiente profirió un sonido demasiado sordo para haber sido un grito. Esperaba que sus movimientos fueran solamente reflejos, pero la sacó lo más cuidadosamente que pudo. Se inclinó y tocó con los labios las suaves escamas verdes que tenía tras la cabeza. Luego la mordió rápida y agudamente en la base del cráneo. La sangre manó fría y salada a su boca. Si no estaba ya muerta, la había matado instantáneamente.

Miró a los padres, y a Arevin. Todos estaban pálidos, pero no sentía dolor alguno por su miedo.

—Un ser tan pequeño —dijo—. Un ser tan pequeño, que sólo proporcionaba placer y sueños. —Les miró un instante más y regresó a la tienda.

—Espera... —Oyó la voz del marido más viejo que se le acercaba. Luego le tocó en el hombro, pero ella apartó su mano—. Te daremos todo lo que desees —dijo—, pero deja al niño.

Ella le replicó, dominada por la furia:

—¿Crees que mataría a Stavin por la estupidez de sus padres? —Pareció que él iba a detenerla por la fuerza, pero ella hundió su hombro en su estómago y se dirigió a la tienda. Ya dentro, dio una patada a la caja. Colérica por aquel brusco despertar, Arena reptó fuera. Cuando el marido más joven y la mujer intentaron entrar, Arena silbó y siseó con una violencia que jamás antes había visto Serpiente. Ni siquiera se molestó en mirar tras ella. Escondió la cabeza entre los brazos y comenzó a llorar, procurando que Stavin no la viera. Luego se arrodilló junto a él.

—¿Qué sucede? —preguntó él, que oía voces y carreras fuera de la tienda.

—Nada, Stavin —dijo Serpiente—. ¿Sabías que vinimos cruzando el desierto?

—No —contestó él, sorprendido.

—Hacía mucho calor y ninguna de nosotras tenía qué comer. Hierba está cazando ahora. Tenía mucha hambre. ¿Me perdonarás y me dejarás comenzar? Yo estaré aquí todo el tiempo.

El estaba muy cansado. No parecía muy de acuerdo, pero no tenía fuerzas para discutir.

—Bueno. —Su voz manaba como arena entre los dedos.

Serpiente se quitó a Bruma de los hombros y apartó la manta que cubría el pequeño cuerpo de Stavin. El tumor estaba en la caja torácica y le había deformado y afectado sus órganos vitales, tomando el alimento que el niño ingería para su propio crecimiento, envenenándole con sus desechos. Sujetándole la cabeza, Serpiente dejó que Bruma se le acercara, tocándole y probándole. Tenía que impedir que la cobra atacara; estaba agitada. Los ruidos de Arena la excitaban. Serpiente trató de tranquilizarla; las respuestas adecuadas resultantes del adiestramiento comenzaron a producirse, superando los instintos naturales. Bruma se detuvo cuando su lengua se posó sobre el tumor y Serpiente la dejó.

La cobra se irguió, y atacó y mordió como muerden las cobras, contrayendo sus anillos, relajándolos, volviendo a morder, sujetando a su presa. Stavin gritó, pero no se movió. Serpiente le estaba sujetando.

Bruma introdujo el contenido de sus sacos de veneno en el niño y le dejó. Luego se irguió, miró a su alrededor y se deslizó marcando una línea perfecta hacia su caja.

—Ya está, Stavin.

—¿Voy a morirme ahora?

—No —dijo Serpiente—. Ahora no. Y espero que no mueras en muchos años. —Extrajo un frasquito de polvos del bolsillo de su cinturón—. Abre la boca. —Él obedeció y Serpiente extendió su contenido por la lengua—. Esto disminuirá el dolor. —Acto seguido le limpió la sangre de las heridas que le había hecho la cobra. Luego le dio la espalda.

—Serpiente, ¿te vas?

—No me iré sin decirte adiós. Te lo prometo.

El niño se tumbó otra vez, cerró los ojos y dejó que la droga hiciera efecto.

Arena estaba enroscada tranquila. Serpiente dio una patada contra el suelo para llamarla. El reptil se dirigió hacia ella y le permitió que la encerrara en la caja. Serpiente oyó ruidos fuera de la tienda. Los padres de Stavin y las personas que habían venido para ayudarlos abrieron la lona que cubría la entrada y penetraron en el interior.

Serpiente dejó su caja de cuero.

—Ya está.

Arevin estaba entre ellos, pero no llevaba ningún arma en las manos.

—Serpiente... —dijo con rabia, piedad, confusión, y Serpiente no hubiera podido decir qué era lo que sentía. Entonces él se volvió. La madre de Stavin estaba junto a él. Arevin la tomó por los hombros—. Sin ella, él hubiera muerto. Pase lo que pase ahora, él hubiera muerto.

Ella le apartó las manos.

—Podía haber vivido. Podía habérsele pasado. Nosotros... —No pudo seguir hablando y se echó a llorar.

Serpiente vio cómo la gente la rodeaba. Arevin dio un paso hacia ella y luego se detuvo. Serpiente pudo darse cuenta de que él deseaba que ella se defendiera a sí misma.

—¿No puede ninguno de vosotros llorar? —preguntó—. ¿No puede ninguno llorar por mí y mi desesperación, o por ellos y su culpa, o por las cosas pequeñas y su dolor? —Sintió que las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

No la comprendieron; les ofendió su llanto. Se retiraron un poco, pues todavía la temían, pero siguieron dispuestos a atacar. Ella ya no necesitaba fingir calma.

—Ah, locos. —Su voz era frágil—. Stavin...

La luz de la entrada les sorprendió.

—Dejadme paso.

Las personas que había frente a Serpiente se hicieron a un lado para dejar paso a su jefa. Esta se detuvo frente a Serpiente, ignorando la caja que había en el suelo y que casi tocó con el pie—. ¿Va a vivir Stavin? —Su voz era serena, tranquila y amable.

—No puedo estar segura —contestó Serpiente—. Pero creo que vivirá.

—Dejadnos. —Entonces la gente comprendió las palabras de Serpiente como antes lo había hecho su jefa; se miraron entre sí y bajaron las armas; finalmente, uno a uno fueron saliendo de la tienda. Arevin se quedó dentro. Serpiente sintió que la fuerza que se extrae del peligro la abandonaba. Sus rodillas cedieron. Cayó sobre la caja con la cara entre las manos. La mujer más vieja se arrodilló delante de ella antes de que Serpiente pudiera darse cuenta de lo que sucedía o prevenirla.

—Gracias —dijo—. Gracias. Lo siento tanto... —Rodeó a Serpiente con los brazos y la atrajo hacia sí; entonces Arevin se arrodilló junto a ellas y abrazó a Serpiente también. Serpiente comenzó a temblar de nuevo y ellos la sostuvieron mientras lloraba.



Más tarde quedó dormida, exhausta, en la tienda junto con Stavin, mientras le sostenía la mano. La gente había cazado pequeños animales para Arena y Bruma. Le habían dado comida y agua suficiente para que se bañara, aunque esto último debía haber agotado sus reservas.

Cuando se despertó, Arevin estaba durmiendo junto a ella, con la túnica abierta y un rastro de sudor sobre el pecho y el estómago. La severidad de su expresión se había desvanecido con el sueño; ahora parecía exhausto y vulnerable. Serpiente fue a despertarle, pero se detuvo, movió la cabeza y se giró hacia Stavin.

Observó el tumor y comprobó que había comenzado a disolverse, agonizante, pues el veneno de Bruma lo había afectado. En medio de su tristeza, Serpiente experimentó una cierta alegría. Retiró el suave y pálido cabello de Stavin de su cara.

—Me gustaría no tener que volver a mentirte, pequeño —susurró—, pero tengo que partir en seguida. No puedo permanecer aquí. —Hubiera deseado dormir otros tres días para acabar de sobreponerse a los efectos del veneno de la víbora de los matorrales, pero podría dormir en cualquier otro lugar—. ¿Stavin?

El se despertó a medias.

—Ya no me duele —dijo.

—Me alegro.

—Gracias...

—Adiós, Stavin. ¿Recordarás después que te desperté y te dije adiós?

—Adiós —dijo él, soñoliento—. Adiós, Serpiente. Adiós, Hierba. —Y cerró los ojos.

Serpiente cogió la caja y se quedó mirando a Arevin. El siguió durmiendo. Entre triste y aliviada, salió de la tienda.

Fuera, el campamento estaba cálido y tranquilo. Encontró a su pony rodeado de comida y agua. Cantimploras de piel nuevas y llenas estaban colocadas en el suelo junto a la silla de montar y sobre ésta habían puesto ropas apropiadas para el desierto, pese a que Serpiente se había negado a que le pagaran de ninguna forma. El pony atigrado se acercó a ella. Serpiente lo acarició entre las orejas, le colocó la silla y dispuso su equipo sobre su lomo. Tomándolo por las riendas lo dirigió hacia el oeste, al camino por donde había venido.

—Serpiente...

Ella respiró profundamente y se volvió a mirar a Arevin. Estaba de cara al sol y tenía el rostro encendido. Llevaba el cabello suelto sobre los hombros, lo que le dulcificaba la cara.

—¿Has de marcharte?

—Sí.

—Esperaba que no te irías antes de... Esperaba que te quedases algún tiempo...

—Si las cosas hubieran sido diferentes, me hubiera quedado.

—Estaban asustados...

—Les dije que Hierba no les haría daño, pero vieron sus colmillos y no sabían que lo único que podía provocar eran sueños y un buen morir.

—¿Pero no puedes perdonarlos?

—No puedo afrontar su culpa. Lo que hicieron fue por culpa mía, Arevin. No los comprendí hasta que fue demasiado tarde.

—Tú misma dijiste que no podías conocer las costumbres y los miedos de todos.

—Me siento mutilada —dijo ella—. Sin Hierba no podré ayudar a la gente. Debo regresar a mi casa y enfrentarme a mis profesores, y espero que ellos perdonen mi estupidez. No conceden a casi nadie el nombre que yo llevo, pero a mí me lo dieron..., y ahora se sentirán decepcionados.

—Deja que vaya contigo.

Ella lo deseaba; vaciló, y se reprochó a sí misma aquella debilidad.

—Ellos se quedarán con Bruma y con Arena y a mí me echarán. Y puede que a ti te echaran también. Quédate aquí, Arevin.

—No importa.

—Sí importa. Al cabo de un tiempo terminaríamos odiándonos. Yo no te conozco, y tú no me conoces. Necesitamos calma, tranquilidad y tiempo para comprendernos bien.

El avanzó hacia ella y la rodeó con los brazos, y así permanecieron durante un rato. Cuando Arevin levantó la cabeza, había lágrimas en sus ojos.

—Vuelve, por favor —le rogó—. Pase lo que pase, vuelve.

—Lo intentaré —dijo Serpiente—. La próxima primavera, cuando se detengan los vientos, espérame. Si no he regresado, olvídame. Donde yo esté, si vivo, te olvidaré.

—Te buscaré —dijo Arevin, y no quiso prometer nada más.

Serpiente puso en marcha su caballo y comenzó a cruzar el desierto.

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