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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 17 de abril de 2009

EL PROYECTO PROMETEO -- STAR TRECK/4

El proyecto Prometeo


Sondra Marshak & Myrna Culbreath




Star Trek/4




Prólogo


La presencia-de-fuego encendió el precognitor. Las nieblas del pensamiento y la corriente de los tiempos se enredaron para mostrar a cuatro pequeñas vidas que estaban junto a un fuego en una caverna de cristal.
–Ambas especies son jóvenes –dijo la presencia-de-fuego–, pero no carecen de interés. La dividida, V-Dos, pero pertenece a ambos mundos. Será la que plantee el problema:

Prometeo trajo el fuego al hombre, y como recompensa lo encadenaron a una roca para que se lo comieran los buitres. Lo que resulta inquietante es que las formas de vida inteligentes de toda la galaxia comprenden esa leyenda... tanto la acción de traer el fuego como los buitres.

–Subnivel Uno, análisis de contenido; existe una analogía entre nuestro problema de investigación y la leyenda antigua del medio mundo humano del individuo –dijo el más frío–. Subnivel Dos indica comprensión de la ironía. Subnivel Tres: ¿indica el nivel de pensamiento un posible avance del concepto del Nivel Uno?
–Improbable –respondió la presencia-de-fuego–. De todas formas, el individuo es anómalo, potencialmente fuera de los límites del sujeto radical. V-Dos es atípico. Es un híbrido. Le hemos estado siguiendo los pasos para realizar un estudio longitudinal del tiempo de vida, con un especial énfasis sobre sus insólitas conexiones cruzado con otros individuos, las cuales son poco habituales.
–¿Continuará pensando?
–Si vive.
La construcción de probabilidades futuras continuó en las nieblas del tiempo. El V más joven, de cabellos oscuros y orejas en punta, habló dentro de la caverna de cristal:

–En el hombre existen tanto el dios que tiende sus brazos hacia el fuego de las estrellas como ese rasgo oscuro que roba el fuego para hacer cadenas, le cobra un precio al que lo trae y deja sueltos a los perros de la guerra y a los buitres de la destrucción. Existen en él la grandeza... y la insensibilidad. Ninguno es único en esa dualidad, ni vuestra especie ni la mía. Cada una de las soluciones para el fallo Prometeo que ha encontrado la vida inteligente de la galaxia es, en el mejor de los casos, parcial. Es también... temporal. De todas formas, es nuestra solución.

–La construcción adelantada del nivel de pensamiento indica avance en el Nivel Uno –dijo el más frío–. Eso es insólito en estos individuos. ¿Tiene el individuo fuera-de-loslímites una denominación de individuo a individuo? –Spock de Vulcano.
–Ahora proyecta un nivel similar de construcción adelantada sobre el individuo fuera-de-los–límites radicales, V-Uno.
La proyección se agitó y cambió a otra escena. Parecía ser una primitiva nave espacial. El vulcaniano más viejo, V-Uno, habló:

–La esencia del proyecto experimental doblemente ciego es que ni los sujetos ni los experimentadores que los manipulan u observan deben saber cuáles son los sujetos que pertenecen al grupo experimental y cuáles son los controles. Es el único diseño científico que puede derrotar la susceptibilidad ilógica de los seres inteligentes a crear efectos placebo y con el inevitable engaño de sí mismos. Eso no es, sin embargo, demasiado consolador para el sujeto control que muere mientras el grupo experimental consigue la verdadera cura para el cáncer. Ni para aquellos que mueren a causa de las curas falsas. El precio del fuego siempre ha sido alto.

–V-Uno también ha demostrado previamente tener algunas posibilidades en el Nivel Uno, ¿no es cierto?
–Durante el tiempo de diez revoluciones de su planeta.
–Ahora proyecta las conexiones cruzadas atípicas de V
Dos con sus Primarios H, y el efecto del contacto con V-Uno. La pantalla se amplió para mostrar al individuo H, rubio,
más pequeño que los dos vulcanianos, aunque era una presencia claramente dominante. Detrás de él se encontraba otro varón H, de cabellos oscuros y ojos azules, cuyas vibraciones eran de apoyo, nutrientes. Ellos hablaron:

Primario H Uno: Entonces... ¿nosotros somos los sujetos?
Primario H Dos: O los controles.
V-Uno: Ambas cosas. Y los «experimentadores» hasta los que hemos llegado están tan ciegos como nosotros en lo concerniente a qué mundo sirve para qué propósito. El máximo proyecto está en otra parte... y los Proyectistas son aún desconocidos.
V-Dos: Sin embargo, los Proyectistas tienen que tener también algún punto ciego. La insensibilidad es siempre ciega. Tiene que haber algo que podamos utilizar; un tercer ciego...
Primario H Uno: ¡Spock, ha dado usted con ello! Caballeros, ¿recuerdan la historia de las ratas que entrenaban a los psicólogos...?

–La extrapolación indica un pronunciado «efecto observador» –dijo el más frío–. Los individuos han descubierto mucho del proyecto experimental y planean algo para hacerle frente. Si los individuos saben tanto, ¿no afectará eso al experimento?
–Eso ya ha sido tenido en cuenta –le respondió la presencia-de-fuego– Ningún individuo de todos los mundos experimentales y controles ha formulado todavía correctamente la pregunta del proyecto experimental: ¿existe algún error fatal en el proyecto de la vida inteligente como tal? Y, si es así, ¿puede ser separado del conjunto...?
–¿Y si estos sujetos tuviesen éxito en conseguirlo?
–Entonces será el momento de que los «psicólogos» entrevisten a las «ratas».
–Ese grupo de los pequeños es bastante interesante.
–No es un grupo. Todavía no han conocido a V-Uno.
La presencia-de-fuego se volvió hacia el Primero-de-Entre-Ellos en busca de una decisión.
–Estoy de acuerdo con el proyecto –dijo el Primero-de-Entre-Ellos–. Comienza con la prueba de destrucción.
–Está comenzada –dijo la presencia-de-fuego.

EL INDIVIDUO PRIMARIO H UNO ESTABA DESORIENTADO. OYÓ VOCES QUE TODAVÍA NO HABÍAN HABLADO. RECORDÓ EL FUTURO Y OLVIDÓ EL PASADO. SU CRITERIO OSCILABA ANTE LA PRESENTE CONSTERNACIÓN Y LA PESADILLA FUTURA. ECHÓ A CORRER... Y NO SABÍA SI CORRÍA ALEJÁNDOSE DEL PELIGRO O HACIA ÉL...

COGED AL SUJETO PRIMARIO H UNO PARA LLEVAR A CABO UN PROCESAMIENTO COMPLETO DE MENTE Y CUERPO...

La orden fue proferida, completando un modelo que ya había comenzado.

1


El capitán James T. Kirk bajó sus cuernos amenazadoramente y esquivó un helvano con cuernos de diablo que intentó cerrarle el paso. Con un solo movimiento se agachó y giró en una esquina, para quedar fuera de la vista de la cornuda muchedumbre que se había convertido en una turba.
Escaló una valla y se apretó contra el interior de un útil nicho mientras sus perseguidores pasaban de largo. Durante un largo instante no pensó que conseguiría encontrarse con Spock y el grupo que había bajado a tierra. Los elegantes trabajos de cirugía estética del doctor McCoy en los cuernos implantados tendrían que haber hecho que Helvan fuese segura para la democracia de Kirk. No había sido así.
Él llevaba los cuernos cortos de un varón helvano en la fase inactiva, no los mortales cuernos aguzados de un varón helvano en falat. El hecho de que los cuernos cortos impresionarían a cualquier humano como algo diabólico no venía al caso –sin mencionar cómo miraban a Spock, que tenía las orejas de aspecto...
El cielo de Helvan cambiaba del púrpura pálido a fantásticas nubes encendidas de rojo dorado, y parecía estar siempre en medio de una puesta de sol o aurora del doble sol. La cultura helvana estaba poco más avanzada que la Edad de Piedra, pero la mayor parte de la ciudad estaba construida con enormes placas y columnas de cristal extraídas de alguna cantera natural. El efecto era un reflejo esplendoroso rojo dorado, que con la misma facilidad podía interpretarse como una escena del mañana o una visión del infierno.
Kirk tendió una mano para coger el comunicador. De alguna manera, en aquella atmósfera de revolución, los helvanos lo habían identificado a él como a un peligro. Peor, ¿qué les estaba ocurriendo ahora a Spock, Bones y la partida de tierra?
De pronto se le ocurrió por qué había dividido sus fuerzas en aquella situación peligrosa. Entonces miró hacia arriba... y se le hizo un nudo en el estómago.

Spock esperaba el encuentro con una impaciencia casi humana. Él no había hablado de preocupación. Sin embargo, la breve pregunta que le había formulado a Kirk con respecto a la prudencia de separar el grupo de la misión en la atmósfera de revuelta callejera helvana de revolución inminente, había sido apartada a un lado con una brusquedad nada característica. Cierto, el tiempo era limitado. La desaparición de muchos planetas, especialmente incluido aquél, estaba creciendo de forma alarmante.
En otra época, Spock podría haber llevado sus argumentos más lejos. Los 2,8 años pasados con el Maestro vulcaniano, intentando borrar su mitad humana, no se habían desvanecido del todo con su regreso a la Enterprise.
No obstante, Spock debería haber insistido en lo temerario de aquella separación.
Kirk se había retrasado ya 4,5 minutos. McCoy también se demoraba. Chekov parecía estar en un estado más bien vago. Uhura había desaparecido. Y Spock estaba lejos de la total lógica del Kolinahr...

Kirk retrocedió contra la pared. Los seres que habían aparecido de la nada no eran helvanos. No pertenecían tampoco a ninguna especie conocida.
E impresionaron al almirante, que desempeñaba las funciones de capitán, James T. Kirk, posiblemente el comandante de la galaxia con más experiencia en enfrentarse a lo desconocido, como aterrorizadores en grado sumo.
No eran grandes; quizá una cabeza más bajos que él mismo. Tenían narices cónicas y cabezas sin boca de aspecto vagamente mecánico. Sin embargo, él percibió que eran seres, no robots. Cómo lo supo, no lo sabía; pero también percibió una extremada insensibilidad por parte de ellos, como si no existiera en ellos ni empatía ni sentimientos de afinidad hacia ningún ser viviente.
Dominó su terror e intentó un saludo patrón no verbal.
Uno de los sin–boca levantó un apéndice y lanzó un resplandor como de ondas caloríficas hacia él.
Aquello le cauterizó los nervios. No cayó, pero no podía moverse. Se le acercaron y lo inspeccionaron. Unos dedostentáculo duros le sondearon los oídos y la boca, y luego lo palparon como a carne de vaca selecta o a una presa viva, lo que agregó ira y desagrado al terror del capitán.
De alguna forma tuvo la sensación de que todo aquello le era familiar, como si hubiera visto fotografías de aquellas... cosas.
Supo que las desapariciones que lo habían enviado a investigar habían ido a investigarlo a él.
El noventa y nueve por ciento de los que desaparecían no regresaban. Y aquellos que lo hacían...
¡Spock!
Kirk supo que había llamado mentalmente a Spock sólo después de haberlo hecho. Spock era un telépata por tacto, pero Kirk había conseguido llegar mentalmente hasta él una o dos veces, la última vez a través de los años luz que separaban la Tierra de Vulcano, para hacer salir a Spock de su exilio vulcaniano autoimpuesto.
Una de aquellas cosas sin boca tocó la frente de Kirk y el mundo estalló.

El doctor McCoy se lanzó hacia delante y cogió a Spock cuando el vulcaniano se derrumbó repentinamente. Uhura atrapó el sensor cuando éste caía. Ambos habían llegado procedentes de distintas direcciones antes de que los ojos del vulcaniano quedasen en blanco. Chekov se acercó para ayudar a sostener el peso de Spock mientras McCoy iba en busca de su escáner médico.
Pero el vulcaniano se irguió y se apartó de ambos.
–Eso no será necesario, doctor. Estoy ileso.
–Lo que demonios diga –masculló McCoy, recorriéndolo con el escáner de todas formas–. ¿Cómo llama usted a ese comportamiento?
–Fue Jim –respondió Spock–. Una llamada de socorro. Luego... nada.
Los ojos del vulcaniano se entrecerraron a causa del dolor.
–Doctor, el capitán podría estar muerto.
–¡Podría estarlo! –exclamó McCoy. Quizá sólo McCoy conocía a ciencia cierta las muchas veces en las que él y Spock habían creído que Kirk estaba muerto–. Entonces... ¿podría no estarlo?
Spock ya estaba consultando su sensor.
–Doctor, no recibo... ninguna señal de que continúe existiendo. –Levantó la mirada–. Ni recibo lecturas de identificación. Si está herido, los helvanos lo llevarán posiblemente al hospital que ha inspeccionado usted hoy, doctor. ¿Estaba en muy malas condiciones?
McCoy lo miró fijamente.
–¿Hospital? Yo no he inspeccionado ningún hospital. Chekov y Uhura lo miraron con extrañeza.
–Doctor –dijo Uhura–, nosotros lo vimos entrando en el hospital.
Repentinamente McCoy fue invadido por una ola, una extraña sensación de horror y aversión, indefinible y aterrorizadora. Abruptamente comenzó a tomar conciencia de síntomas físicos, dolor.
Miró su cronómetro. Era mucho más tarde de lo que había creído.
–Señor Chekov –dijo McCoy–, ¿qué ocurrió durante su inspección de armamento en el Palacio de Verano de Helvan?
Vio la expresión de desconcierto –que sabía que había invadido su propio rostro instantes antes– apoderarse del rostro de Chekov, y luego de las hermosas facciones oscuras de Uhura mientras ella intentaba recordar cómo había pasado la tarde.
–Lapsus de memoria –declaró McCoy–. Los estamos teniendo todos.
–Fascinante –dijo el vulcaniano–. Posiblemente, incluso iluminador. Calculo que sólo disponemos de instantes antes de que estalle la grave violencia callejera. Debemos encontrar al capitán.
Se alejó con rapidez vulcaniana y los humanos lo siguieron trabajosamente.

2

McCoy cogió a Spock por un brazo y ordenó un alto, indicando que él, Chekov y Uhura eran sólo humanos. El vulcaniano marchaba a un paso asesino, esquivando grupos amenazadores. Habían registrado todos los sitios posibles, y algunos de los imposibles.
Spock les concedió a McCoy y los otros un momento para respirar, y luego señaló la formidable entrada del hospital helvano, donde algunos agonizaban sobre los escalones. Tendrían que buscar allí... probablemente el cadáver de Jim.
–Spock –dijo McCoy–, a pesar de que no lo recuerde, ese hospital tiene que ser un osario. Aquí están en las Edades Oscuras, cuando uno iba al hospital a morir.
Spock asintió con gravedad.
–Al menos, así era. Esos informes de cambio acelerado que vinimos a comprobar en este lugar, indican un salto de dos niveles en la escala de desarrollo cultural Richter, algo así como dos siglos en el lapso de dos años. Esperemos que ellos hayan tenido a su Pasteur.
Comenzaron a cruzar la calle, pero en ese momento estalló una conmoción desde la calleja que flanqueaba el hospital. Un grupo furioso salió violentamente, maltratando a una figura invisible que estaba en su centro.
Spock y McCoy saltaron hacia delante con la misma suposición, y entonces pudieron ver que la figura golpeada y zarandeada era Kirk. No podían ver si estaba vivo o muerto. Había perdido sus cuernos. La turba tenía un aspecto peligroso, letal, y llevaba porras, cuchillos, espadas y las nuevas culebrinas... y el cuerpo del capitán.
Las voces de los helvanos del grupo gritaban:
–¡Demonio! ¡Monstruo sin cuernos! ¡Quemadlo!
McCoy vio a Spock lanzarse al interior de la peligrosa turba con aquella fuerza vulcaniana que rara vez liberaba totalmente, arrojando a los helvanos hacia los lados como si se tratara de bolos. McCoy, Chekov y Uhura formaron una cuña de choque detrás de él.
McCoy nunca supo cómo habían pasado a través de los cuchillos y cachiporras. Vio a Spock arrancando armas de las manos a golpes con una furia de poseso que no admitía ser detenida. Y se encontró a sí mismo y a los demás embistiendo con algo de parecida naturaleza y con todas las destrezas del combate sin armas que fueron capaces de reunir. Luego llegaron hasta Kirk.
Spock cogió el cuerpo de Kirk con un brazo y se volvió para abrirse camino de salida a través de la turba.
Spock intentaría buscar un lugar en el que no pudieran ser vistos para transferirse a bordo de la nave, con el fin de no inquietar a aquella cultura ni arriesgarse a violar las Primeras Directrices de no interferencia al permitir que presenciasen el proceso de transferencia.
McCoy vio que no iban a conseguirlo. Algunos de los helvanos estaban levantando las culebrinas.
Consiguieron abrir un pequeño espacio en el interior de la turba y Spock habló por el comunicador.
–¡Enterprise, transferencia de emergencia, ahora!
Un disparo pasó junto a ellos. Luego McCoy sintió el comienzo del efecto de transferencia, que odiaba y nunca le había gustado percibir. Podía transferir sus moléculas y desparramarlas por toda la galaxia en cualquier momento... alejándolas de aquello.

McCoy tenía a Kirk en la nueva mesa principal de diagnóstico, translúcida, instalada en la enfermería de la Enterprise. La doctora Christine Chapel había amenazado con someter también a McCoy a tratamiento, y él comenzaba a darse cuenta de que había coleccionado un feo surtido de magulladuras y un corte grande en una pierna; pero tendría que conformarse temporalmente con un vendaje en aerosol.
Kirk era la víctima, y de una clase muy peculiar. Los cuernos helvanos le habían sido quitados mediante algún sofisticado proceso que no dejaba heridas. Era, en todo caso, más sofisticado que el sistema de la Federación que hubieran utilizado McCoy o Chapel. Con o sin aquel proceso acelerado de desarrollo, aquello no podía estar al alcance de los nativos de Helvan.
Además de eso, Kirk parecía haber pasado minuciosamente por algún tipo de examen físico sofisticado pero extremadamente brutal.
Tenía marcas de instrumentos y marcas rojas que parecían ser quemaduras provocadas por alguna clase de radiación.
Kirk sufría un shock profundo, y sus signos vitales eran críticamente bajos.
Spock había permanecido en la enfermería, donde se había dedicado a hacer su informe, hasta unos momentos antes, cuando lo convocaron al puente por un comunicado urgente sólo–para–los–ojos del comandante de la Flota Estelar.
En aquel momento regresaba con aspecto sombrío.
–Conseguirá superarlo, Spock –se apresuró a asegurarle McCoy–. Está respondiendo a la medicación para el shock.
Spock no le contestó, pero McCoy vio que las facciones del rostro del vulcaniano se alteraban.
Había sido allí, en la enfermería, donde Spock había salido del shock profundo después de su unión mental con Veruj, y en aquel momento en que se hallaba indefenso había cogido una mano de Kirk, captando repentinamente, a través de aquella «sensación pura», la esterilidad de la vasta y terrible lógica de Vejur, y la esterilidad del propio intento de Spock para lograr la total falta de emociones del Kolinahr.
Sin embargo, el vulcaniano que había ido en busca del Kolinahr como un antídoto para su dolor aún permanecía en él, manteniendo largos momentos de silenciosa meditación, endurecido con las disciplinas del desierto y la causa que no habían curado. Fuera la que fuese la causa que había alejado a Spock de Kirk, McCoy y la Enterprise...
Aquel extraño que había regresado con ellos no era todavía el viejo Spock de siempre, al que se le podía provocar, hacérsele bromas y diabluras, y que respondía de la mejor manera posible dentro de su propio estilo vulcaniano.
Incluso con Kirk –quizá especialmente con Kirk– había manifestado una cierta rigidez.
Pero ahora Spock tendió una mano sin pronunciar palabra, y la apoyó sobre el hombro de Kirk.
–¡Jim!
Los ojos de Kirk se abrieron, hallaron el rostro de Spock y fueron atravesados por algún horror íntimo. Dio un tremendo salto y Spock tuvo que contenerlo.
–Cosas... –Kirk pareció ahogarse y los ojos se le pusieron en blanco.
–Dígame qué es lo que recuerda –le pidió McCoy, sosteniéndolo por el otro lado.
Los ojos de Kirk enfocaron el entorno.
–Nada, Bones. Una turba me persiguió. Yo huí. Luego...nada.
–¿Llegaba tarde al encuentro? –preguntó Spock.
–Sí.
–Entonces fue en ese momento cuando recibí... su llamada –dijo Spock.
–¿Hablé por el comunicador?
–No –respondió Spock–. No por el comunicador. Kirk miró a McCoy, perplejo.
–Spock casi se desmayó cuando algo lo dejó inconsciente a usted –explicó el médico–. Dijo que había perdido la sensación de su existencia.
Kirk no hizo comentario alguno. –¿Qué más?
–Lapsus de memoria –respondió McCoy–. Todos los hemos tenido. Yo, Chekov y Uhura. Spock, no, hasta donde yo sé. Perdimos tiempo. No teníamos memoria, sino una vaga y abrumadora sensación de horror y... vergüenza.
Kirk hizo una mueca burlona.
–En eso estoy de acuerdo con usted, Bones. ¿Por qué... vergüenza?
McCoy meneó la cabeza y se encogió de hombros.
–¿Impotencia, tal vez? ¿Algo por lo que nos sentimos culpables? No lo sé. Pero, definitivamente, algo se apoderó de usted, Jim.
–¿Otra cosa que no fueran los helvanos?
–Jim, Spock lo encontró justo a tiempo de evitar que los helvanos lo quemasen... como a un demonio sin cuernos. Kirk levantó una mano para palpar los cuernos desaparecidos.
–Más limpiamente de lo que yo hubiera podido hacerlo –comentó McCoy.
Kirk consiguió esbozar el primer fantasma de una sonrisa.
–No puedo decir que vaya a echarlos de menos. De todas formas, a Spock...
Spock convocó un rastro de su antigua expresión de largo sufrimiento, pero era forzada.
–Requiere una cierta... presencia... para llevarlos con dignidad. El doctor... –Miró la cabeza de McCoy y sacudió la suya propia, desesperado.
Dentro de sí, McCoy estaba de acuerdo.
–Y yo creía que tenían un aspecto bastante gallardo –dijo–. Debería haber visto cómo miraban las mujeres a Spock.
Kirk sonrió.
–Todos los de esta nave ven siempre cómo miran las mujeres a Spock.
McCoy aprovechó aquel momento relajado.
–Eso está mejor. Ahora descanse, Jim.
Pero Kirk se puso serio y meneó la cabeza.
–Algo malo nos ha ocurrido, Bones. Incluso antes de los lapsus de memoria. Esta tripulación ha pasado mucho tiempo junta. Siguen los pasos de los demás y mantienen a los demás informados de su posición. Pero hoy no ha ocurrido así. Yo cometí un estúpido error de mando al ordenar que nos dividiéramos, permitiendo así que nos cogieran uno a uno. Nadie me lo impidió. Le pido disculpas, Spock. Usted lo intentó.
Spock asintió sombríamente.
–De forma insuficiente.
–Jim –dijo McCoy–, nosotros estuvimos separados durante casi tres años. Usted, Spock, yo, los otros... quizá hemos perdido parte de esa antigua agudeza.
Los ojos de Kirk denotaron meditación. McCoy sabía que había existido un momento en el que Kirk se preguntó si él había perdido su propia agudeza durante aquellos años en los que intentó sobrevivir a la pérdida de la nave y a todo lo que había vivido en el espacio, mientras ocupaba un puesto de oficina en el almirantazgo.
–No –pronunció finalmente Kirk–. Podría aceptar eso si no hubiéramos funcionado bien contra Veruj, y a partir de entonces. Tenemos nuestros fallos, pero este grupo de mando continúa siendo único, el mejor de la flota. –Negó con la cabeza–. No, fue algo que nos sucedió ahí abajo. Señor Spock, si pudiéramos romper el bloqueo de mi memoria, podríamos tener la llave de todo el misterio. ¿Querría intentar la fusión mental vulcaniana?
El rostro de Spock se hizo impenetrable y él no respondió de inmediato. El dolor del que había intentado escapar al someterse al Kolinahr, se volvería quizá insoportable al bajar las barreras personales que requeriría una unión mental de aquel tipo.
Entre ellos dos no había habido necesidad de unión mental durante aquellos dos años desde que Spock había tomado la decisión de marcharse a Vulcano. Hasta aquel momento, Kirk había seguido el consejo de McCoy de no mirarle la oreja a vulcaniano regalado; pero el hecho liso y llano era que, de no haber sido por la catástrofe, los tres años que habían estado separados habrían podido ser eternos.
Habían manejado la situación recurriendo a la tradición naval y al lento e invisible entretejido de viejos patrones de conducta. Kirk había respetado el nuevo espacio privado del vulcaniano, severamente establecido. Ahora tenía que preguntar.
McCoy entró en la brecha.
–Decididamente, no –respondió, antes de que el silencio de Spock pudiera hacerse más prolongado–. Apenas ha salido del shock, Jim. No tenemos ni idea de qué clase de bloqueos, barreras, compulsiones o terrores pueden haber sido implantados en su mente. El tocarlos con la fusión mental podría hacerlo caer nuevamente en un shock terminal.
Se volvió a mirar a Spock.
–Fuera, Spock. Ordenes del médico. Voy a ponerlo a dormir. No se serenará hasta que usted se marche.
–Un consejo médico sensato –dijo Spock–. Estoy de acuerdo.
—Bien, ¡ésta es la primera vez! –replicó McCoy, pero sonó un poco gastado incluso a sus propios oídos.
Había existido una época en la que Kirk no habría preguntado, en la que no tenía necesidad de hacerlo.
Spock se volvió hacia la puerta.
–Capitán, me vi obligado a transmitir un informe completo. La Flota Estelar nos ha ordenado encontrarnos con una nave rápida exploradora de la Federación. Hora estimada, quince punto cuatro.
–¿Con qué propósito?
–Para subir a bordo un pasajero que traerá órdenes selladas para nosotros.
–¿Quién? –preguntó McCoy.
Spock lo miró desde detrás de su máscara vulcaniana. –No revelado –dijo, y se marchó.

3


Kirk se despertó gritando.
Se oyó a sí mismo –un sonido consternador–, y dio un salto, debatiéndose, intentando escapar de algún horror indefinible.
Alguna fuerza terrible lo aferró y lo retuvo con firmeza. Él luchó contra ella con el poder del delirio, pero no consiguió vencerla. De pronto, reconoció aquella fuerza.
–¡ Spock!
–Aquí.
Durante un largo momento, Kirk permaneció inmóvil, mientras intentaba recapturar la esquiva sustancia de la pesadilla. Pero las siluetas nocturnas se desvanecieron todas en el metálico gusto del terror.
Permaneció flotando algún pensamiento a medio formar, y las palabras que le llegaron de él fueron: «¿Qué castigo decidís para mí?».
Pero no estaba seguro de si era él quien formulaba la pregunta, no de a quién se la hacía, porque no había hablado en voz alta.
Spock respondió.
–¿Por qué delito?
Kirk sacudió la cabeza.
–¿A quién se lo pregunta? –inquirió Spock.
«A quien he ofendido.» Parecía ser la voz de la pesadilla que hablaba silenciosamente en su mente.
Kirk se estremeció y se retrajo.
–Perdóneme, señor Spock. Yo no tenía intención de forzarlo a entregar lo que usted obviamente preferiría no dar.
El contacto mental no le será requerido, ni tampoco su presencia. Gracias. Buenas noches.
Spock no se movió. Comenzó a tender las manos para adoptar la posición correcta para establecer contacto mental.
–Mis disciplinas están a su disposición. De otra forma, no hubiese regresado de Gol.
Kirk apartó la mano.
–Spock, es cuestión sabida que usted se marchó a las montañas de Gol para borrar completamente su mitad humana, incluyendo el pueblo de su madre, sus amigos... incluso el recuerdo de sus nombres. Incluyendo el mío. Y yo fui a parar al almirantazgo. Siento haberlo llamado de vuelta y haber trastornado su prístina pureza de alma vulcaniana. Nos hubiera traído a ambos de vuelta desde cualquier otro infierno, en caso necesario. Y ambos sabemos que lo tengo aquí, en cualquier caso, como al inigualable oficial que es usted, si no por nada más. Pero no tenía por qué gustarme ese frío bastardo del Kolinahr que subió a bordo y desairó a aquellos a quienes les debía su propia vida. Esta noche volví a ver a ese bastardo, Spock. No volveré a pedirle nada más. Por nada del mundo. Puede marcharse.
El rostro del vulcaniano expresaba dureza.
–¿Qué sabe usted del alma vulcaniana, ni del coste de lo que usted ha trastornado... para mí? Yo no soy humano.
–Si yo no sé eso, ¿quién puede saberlo?
–Yo.
Kirk se calmó.
–Spock, también nosotros hemos vivido con ello. Desde el pon farr hasta las esporas. Usted me ha gritado –nos ha gritado– de vez en cuando. ¿Y qué?
Spock bajó los ojos para mirarlo.
–El peligro de que yo sea vulcaniano, almirante, por lo que a la unión mental se refiere, es para usted.
Kirk frunció el entrecejo.
–¿Qué peligro, Spock?
–El servicio ha forjado entre nosotros un vínculo demasiado frecuente, demasiado estrecho. Usted llegó hasta mí desde la Tierra a Vulcano, cuando estaba en Gol. Me alcanzó hoy mismo.
–En caso contrario estaría muerto. En ambos casos.
Spock asintió.
–Por esa razón, yo no puedo cerrarme a ese contacto, y tampoco puede hacerlo usted. Pero, en su estado sin entrenamiento, los futuros contactos entre nosotros pueden hacer que su escudo mental natural deje de ser selectivo... incapaz de protegerlo de los pensamientos de los demás o de impedir que transmita usted los suyos propios. Aparte de toda otra consideración, la posición de comandante de la Flota Estelar se convertiría en insostenible para usted.
Kirk hizo una mueca de dolor.
–Y acabo de pasar tres años demostrando cuán insostenible me resultaba cualquier otra posición. –Luego se incorporó sobre un codo–. Spock, yo no estaba bajo mi propio control, hoy. Llevo alguna clase de bomba mental alienígena de tiempo. A menos que consiga desmontarla, no soy apto para el mando en este momento.
Spock bajó la mirada hacia él y sin una palabra, con el rostro aún metido en su molde de fría ferocidad, apoyó las manos sobre el rostro de Kirk en la posición de contacto.
Kirk aferró las muñecas de Spock e intentó apartarlas, a pesar de que no ignoraba que Spock sabía cuán poderosamente deseaba y necesitaba el contacto; pero, aun así, Kirk no tenía derecho a forzar al vulcaniano a semejante intimidad. Sin embargo, las manos del vulcaniano sabían muy bien qué era lo que él necesitaba, y permanecieron inamovibles. Kirk sintió el tacto de la sonda mental, despiadada esta vez y con sabor a los cálidos vientos del desierto y las frías noches de Gol. El tacto deliberadamente frío se encontró con una resistencia casi igualmente fría por su parte.
Luego encontró la oscura masa de furor y vergüenza que aquellos días le habían dejado dentro, e incluso la fusión mental del vulcaniano pudo penetrar en aquello. El esfuerzo estalló en llamas y el capitán pudo percibir el intento de retirada del vulcaniano mientras él se hundía en la noche.

McCoy se hallaba junto a Kirk en la sala del transportador. Ambos tenían un aspecto más presentable de lo que nadie hubiera tenido derecho a esperar, pero Kirk parecía haber dormido en el infierno.
McCoy también había pasado mala noche. Hubiera sido mejor si no hubiese permitido que Spock lo relevara en el turno de vigilancia nocturna de Kirk. Pero el vulcaniano podía no dormir sin tener problemas, y McCoy no podía. Finalmente había cedido ante aquella lógica.
Aquella mañana, McCoy se enteró de que Uhura y Chekov, a quienes había tenido en observación en la enfermería, habían sufrido también terribles pesadillas.
La hipnosis alfa y todas las técnicas normales habían fracasado completamente en romper el bloqueo de la memoria de todos ellos, y Kirk confesó que la unión mental vulcaniana había sido probada también y había fracasado.
En aquel momento iban a transferir a bordo a un misterioso enviado urgente de la comandancia de la Flota Estelar cuyo nombre no había sido revelado, pero que llevaba órdenes confidenciales para la nave. Era una forma espantosa de comenzar el día.
El oficial de transporte Rand accionó los controles y Kirk, Spock y McCoy entraron en la cámara.
La imagen comenzó a formarse: un varón sólido y enorme, con las orejas... puntiagudas. Por un momento, McCoy pensó que se trataba del padre de Spock, el embajador Sarek de Vulcano. Luego el destello del transportador se solidificó en un vulcaniano igualmente poderoso pero desconocido que se parecía ligeramente a Sarek, quizá principalmente en la expresión de inalterable seguridad.
Spock ya había levantado la mano con dos dedos extendidos, señal de saludo vulcaniano, y McCoy se esforzó para hacer lo mismo.
–Larga y próspera vida –dijo Spock.
Aquel vulcaniano, al igual que Sarek, parecía estar en los últimos años del centenario, que era la flor de la vida vulcaniana, menos de la mitad de sus doscientos cincuenta años de existencia.
Tenía el aspecto del equivalente a los cuarenta humanos, unos cien años de proceso mental acelerado vulcaniano, y la edad adulta completa a sus espaldas.
–Prosperidad en el mando, Spock –saludó el vulcaniano.
Spock se puso rígido.
–Permítame que le presente al almirante, capitán al mando de la nave, Kirk.
El vulcaniano miró fijamente a Kirk e hizo caso omiso de él.
–No. Expreso mi condolencia.
–¿Por qué, señor? –exigió Kirk, mientras comenzaba a agotarse el respeto natural que sentía por los vulcanianos.
El vulcaniano bajó de la plataforma y pasó ante Kirk, tendiéndole el cubo del mensaje a Spock.
–Kirk queda relevado del mando.
Kirk dio un paso al frente para enfrentarse con el vulcaniano.
–¿Por qué autoridad? –preguntó–. ¿Quién es usted?
El vulcaniano no respondió.
–Savaj de Vulcano –dijo Spock.
Era uno de aquellos nombres que la gente pone en las listas de los diez de toda la historia a quienes querrían conocer en el cielo o el infierno. McCoy pensó que aquella leyenda vulcaniana había avanzado hacia un equivalente suyo.
Kirk retrocedió, vacilante.
–Señor, ése es un nombre que yo pondría a la altura del almirante máximo Heihachiro Nogura. No puedo creer que él o usted me releven sin causas válidas. ¿Me relevará usted personalmente?
–No. –Savaj se volvió hacia Spock–. Usted asumirá el mando de la Enterprise.
Spock le dedicó una mirada pétrea.
–Me niego a acatar la orden, S’haile Savaj.
–Regla de Siete, Spock.
–No existen pruebas.
–No hace falta ninguna. El rostro de Spock se serenó.
–Traduzca, señor Spock –pidió Kirk.
–El reglamento de la Flota Estelar más aproximado sería: «Comandante posiblemente inadecuado para el mando aunque no por propia culpa». No se trata de un castigo, ni se lo considerará una mancha en su expediente. No requiere pruebas ni juicios. Usted puede solicitar uno. Hacerlo así implicará abandonar la nave.
–Mi nave exploradora está esperando por si ésa fuera su decisión –dijo Savaj–. Se le concede la opción de permanecer a bordo con suspensión no punitiva, en calidad de primer oficial.
–Apelaré ante el almirante máximo Nogura –dijo Kirk. Savaj meneó la cabeza.
–Fue él quien le concedió la opción.
–¿Usted no lo hubiera hecho? –preguntó Kirk. –Capitán, su expediente es el de alguien que se arriesga excesivamente y depende de factores favorables fortuitos, frecuentemente en la persona de su primer oficial vulcaniano. No es para usted ningún secreto que yo más de una vez me he opuesto en los consejos de la Federación y la Flota Estelar a decisiones que en definitiva iban a su favor.
–Soy consciente de ello, señor –respondió Kirk con rigidez–. Deseaba tener la ocasión de hablar del asunto personalmente. Quizá podríamos...
McCoy se dio cuenta de que Kirk comenzaba a poner en práctica la estrategia de hacerlos–bajar–del–árbol–con–halagos, que se sabía que había intentado utilizar incluso con T'Pau de Vulcano.
–Es inútil –declaró Savaj–. No se trata de una cuestión de hechos o lógica. Ya he sido advertido de sus considerables poderes de persuasión, por T'Pau de Vulcano entre otros.
Kirk pareció incómodo. McCoy decidió aparentar insignificancia. El fingimiento de la muerte de Kirk con su fiable inyección hipnótica había sido uno de los mejores momentos de McCoy, si uno no lo contemplaba desde el punto de vista vulcaniano. T'Pau no se había sentido satisfecho.
Savaj captó la frustración de McCoy y lo miró.
–Como también he oído hablar de su afición por el fraude, doctor. Ustedes, los seres humanos, son una especie interesante. Uno se estremece al contemplar un efecto que aumentaría la natural debilidad de su especie. –Se volvió hacia Kirk–. Ése parece ser el resultado del efecto alienígena con el que se encontraron en Helvan. El excesivo riesgo que corrió ayer, por ejemplo, capitán. Es algo que está en su naturaleza, pero normalmente usted intenta controlar esa debilidad. Ayer no pudo. Sus criterios de mando podrían estar ahora afectados de forma que desconocemos. Al mando podría ser usted muy peligroso. Ni siquiera Spock podría contrarrestar sus criterios en Helvan.
Kirk se encaró directamente con Savaj.
–Ya he considerado esa posibilidad, señor. Esta nave se ha enfrentado anteriormente con situaciones en las que mis criterios de mando podían haber estado o estaban afectados. Lo conseguimos sin ayuda o interferencia externa, y sin que se me relevase del mando. Podemos hacerlo una vez más.
Spock asintió con la cabeza.
–Estoy de acuerdo con el capitán. El criterio de equilibrio que yo puedo ofrecer lo tiene él de todas formas, como si fuera suyo propio.
–Encomiable –dijo Savaj–, pero insuficiente. El mando no es asunto de un comité. No es correcto que lo ejerza una mente inferior sobre una superior.
–Un momento –interrumpió McCoy–. La Flota Estelar reconoce los talentos especiales, incluyendo los vulcanianos. De ninguna manera reconoce que una especie sea inferior o inadecuada para comandar por encima de otra. Las dotes individuales...
–¿Ha observado usted que la mente individual del señor Spock es superior, doctor?
–¿Superior a qué? –protestó McCoy–. ¿Puede calcular Spock diecisiete decimales? Ciertamente; pero en cuanto a...
–Eso será suficiente, doctor –lo interrumpió Savaj–. Señor Spock, existen algunos indicios de que los vulcanianos de entrenamiento avanzado podrían ser inmunes al efecto alienígena con el que se encontraron en Helvan. Los humanos, por su parte, no lo son. ¿Es usted, en este caso, vulcaniano, señor Spock?
–Usted no desconoce el camino vulcaniano que he escogido, S’haile Savaj.
Savaj se volvió hacia Kirk.
–Yo he consentido en la recomendación de Nogura referente a que permanezca usted a bordo por un motivo. Nogura considera que esta esfera de mando tiene una afinidad inigualable en toda la Flota Estelar. Existen algunos indicios de que esa afinidad de su grupo de mando podría ser el único detector conocido para el efecto alienígena con el que se han encontrado.
–¿Cómo? –preguntó Kirk.
–Esa afinidad hizo que fuesen insólitamente conscientes los unos de los otros; Spock detectó su desaparición, todos advirtieron los lapsus de memoria y el comportamiento extraño de los demás. Se cree que las tripulaciones de otras naves estelares se han visto afectadas y no se han dado cuenta de ello.
McCoy intervino.
–¿Está usted diciendo que otras naves estelares podrían estar siendo comandadas por capitanes que aún no lo saben? –Precisamente –respondió Savaj.
–En ese caso son muchísimo peores que Jim –concluyó McCoy–. Yo certifico que es médicamente apto para ejercer el mando.
–Desgraciadamente, doctor, su criterio médico está también en tela de juicio.
–No en esta nave –dijo Kirk–. Si es necesario, el doctor McCoy será respaldado por sus subordinados y por los míos. El señor Spock ha manifestado reticencias ante la sugerencia de que él esté al mando. ¿Cuál es su postura ante tal actitud, señor?
Savaj se encaró directamente con Kirk.
–Yo soy el hombre que se hará cargo del mando si Spock no lo hace.

4


Kirk miró de frente a Savaj durante un largo momento. –No estaba enterado de que ostentara usted el rango de comandante activo de la Flota Estelar, almirante Savaj.
–Rango vitalicio –declaró Savaj–. Eso sirve.
–¿Y si Spock asume el mando?
–Mis recientes intereses científicos incluyen factores que atañen a su misión de investigar los acelerados cambios sociales que tienen lugar en varios planetas y las misteriosas desapariciones asociadas con los mismos. La Enterprise tiene ahora la orden de utilizar esa afinidad especial existente entre los miembros del mando para seguirle la pista al efecto alienígena. Si esta misión fracasara, almirante Kirk, mis cálculos indican que la Flota Estelar no sobreviviría, ni tampoco lo haría la civilización galáctica.
Kirk se encontró luchando para darle a aquello una perspectiva adecuada. No mucho tiempo antes, él había roto todas las reglas escritas para relevar al joven capitán Will Decker del mando de la Enterprise. Era él mismo el mejor hombre para desempeñar dicha función, había argumentado.
–El señor Spock –agregó Savaj– es medio humano. Yo no tengo semejante dificultad. No está claro qué efecto puede producir la herencia mixta de Spock, ni tampoco la bien conocida afinidad que tiene con su capitán. Yo estoy aquí, entre otras cosas, para observar esa afinidad especial. No serviría de nada relevarlo a usted, Kirk, si su amistad continúa permitiéndole ejercer el mando.
Había existido una época en la que Kirk hubiera estado seguro de aquello. Con el extraño Spock, que había regresado de Vulcano, no lo estaba. Se volvió para mirar a Spock directamente a los ojos, pero los del vulcaniano eran inexpresivos y no le decían nada.
–Manda Spock o no lo hace –concluyó Savaj–. Escoja. Era inconcebible estar en aquella nave y no mandarla...
Aunque no tan inconcebible como dejar que se marchase sin él.
–Tómelo –le dijo Kirk a Spock.
Spock miró durante un momento a la alternativa: Savaj.
–Bien, tomará usted nota de mi protesta, S’haile Savaj –señaló–. Asumo el mando.
Savaj inclinó brevemente la cabeza.
–Capitán Spock.
Savaj se volvió hacia la puerta y convocó a Kirk con un gesto de «después de usted».
–Señor Kirk –indicó.

Kirk alcanzó a Spock en el corredor. Kirk había escoltado a Savaj hasta el camarote de honor y asignado a McCoy para que se encargara de todo lo que necesitara el vulcaniano para sus investigaciones.
–Bien, Spock. ¿Quién es Savaj... aparte de lo obvio?
–¿No es suficiente lo obvio?
–Es una leyenda –continuó Kirk–. Incluso como almirante de la Flota Estelar, Savaj sentó precedente. Es uno de mis propios héroes; pero su carrera en la Flota Estelar no puede abarcar más de la mitad de su vida, incluso contando los descubrimientos básicos realizados en probablemente una docena de ciencias. ¡Aparte de algunas decisiones del almirantazgo tomadas al principio de nuestra última misión de cinco años, no creo que se haya oído hablar de él en años.
Spock no hizo comentario alguno.
–Spock –protestó Kirk–, no puede uno esconder una mente como ésa durante diez años. ¿Qué sabe de Savaj a nivel personal?
Spock se detuvo junto al turboascensor.
–La vida pública del S’haile Savaj es algo del dominio general. Su intimidad es suya.
Kirk se volvió, consternado. El vulcaniano era un muro liso. Kirk hizo otro intento.
–¿Qué significa S’haile?
–Se trata de un símbolo que denota respeto. Su significado es también privado.
Kirk sintió que se le contraía la mandíbula.
–Spock, somos nosotros quienes estamos hablando. ¿O prefiere que me dirija a usted como capitán?
Spock se volvió a mirarlo. –Sí, señor Kirk, lo prefiero.
Entró en el turboascensor, y Kirk lo siguió, hirviendo por dentro.

Spock tomó posesión del puente. Avanzó sin ceremonia hacia el sillón central. Los ojos de los presentes lo siguieron: la noticia lo había precedido. Él hizo caso omiso.
–¿Señor? –dijo Uhura, que quizá se cuidó bien de no darle título alguno–. Permiso a la nave exploradora de largo recorrido para partir.
–Concedido –respondió Spock–. Trace el curso para regresar a Helvan.
Kirk se sentó ante la terminal científica. Era, por supuesto, la primera terminal con la que se había familiarizado plenamente al seguir la crisis de Vejur. El centro nervioso de la nave, con sus vínculos prioritarios con las computadoras de la biblioteca y funciones de la nave, era la primera terminal que debía conocer el capitán, dado que era su obligación el conocerlas todas. Aquélla no la haría funcionar igual de bien que Spock, pero se las arreglaría en un apuro.
No había considerado aquel apuro en particular.
El doctor McCoy entró en el puente, dio un salto de sorpresa y apenas contuvo un gesto desagradable dedicado a Spock.
Kirk ya había tecleado el código de la computadora biblioteca.
–Savaj de Vulcano –leyó en voz alta–. Nombrado almirante de la Flota Estelar al entrar Vulcano en la Federación. Antecedentes vulcanianos previos, desconocidos, protegidos por la privacidad vulcaniana. Se da por supuesto que sus antecedentes previos eran proporcionados al rango recomendado y hazañas posteriores. Fue nombrado comandante de la flota del ala vulcaniana de la Flota Estelar, con responsabilidad primordial sobre naves de exploración de Vulcano, que abrió un treinta y dos por ciento de la galaxia actualmente explorada. Por derecho propio, Savaj es un científico de fama galáctica en media docena de campos. Descubrimientos médicos acreditados con millones de vidas salvadas. Enseñó en la Academia de la Flota Estelar, Vulcano, y lo más insólito, en la Tierra, cuyos cadetes lo llamaban «calzones de hierro», aunque no en su presencia. –Kirk levantó la mirada y resumió–. Honores científicos, todos los primeros premios. Menciones y medallas de la Flota Estelar, algo parecido. Sin embargo... los últimos diez años de su expediente están esencialmente en blanco.
–¿De facaciones? –sugirió Chekov desde los controles de artillería.
–Los vulcanianos, según la fidedigna información de que dispongo, no toman vacaciones –replicó Kirk. Hicieran lo que hiciesen, desde luego no se trataba de vacaciones... ni excursiones campestres–. Desde luego, no durante diez años –agregó.
–Entonces, ¿qué ha estado haciendo? –preguntó Uhura–. Señor, ¿sabe usted que ese mismo Savaj escribió el libro sobre transmisiones alienígenas, el desarrollo del primer lenguaje de código, que constituye la base principal de la traducción universal, el trabajo fundamental de mi especialidad? No existe forma alguna de que esa mente pueda permanecer diez años oculta. Y lo más importante es: ¿qué está haciendo aquí realmente?
–Yo puedo responder a eso –señaló McCoy, rompiendo el malhumorado silencio que había mantenido hasta entonces–. Está poniendo a nuestra celebrada tripulación contra los tabiques. Los somete a esa mirada escrutadora vulcaniana, inexpresiva y fija, e inmediatamente ellos sienten que han estado llevando la nave de manera desastrosa. Anda por ahí como si fuera el almirante de la Flota y seis clases de realeza.
Spock levantó la mirada por primera vez.
–Eso es aproximadamente correcto, doctor, según los patrones vulcanianos.
–Spock, usted está siempre sacándose realezas vulcanianas del sombrero. Yo sospecho que usted mismo pertenece a la realeza vulcaniana. Y no me importa mucho si Savaj lo es. Yo estoy comenzando a sentirme como un brujo.
Spock se animó.
–¿De veras, doctor?
Tenga corazón, Spock. Quítemelo de encima.
El turboascensor se abrió para dar paso a Savaj.
–Doctor –dijo Spock–, no estoy enterado de ninguna investigación que indique que la mirada escrutadora y fija conlleve detrimento alguno para la práctica de la medicina... ni de la brujería.
McCoy gimió.
–Si va a actuar usted como un aliado vulcaniano contra nosotros, señor Spock, tendrá que excusarme. Tengo que ir a cocinar una pócima... a fuego lento. –Se volvió para marcharse–. Chequeo médico, Jim. En cinco minutos.
–Habrá un cierto retraso, doctor –declaró Savaj–. Señor Kirk, he leído los informes médicos del doctor acerca de los síntomas que presentaba la partida que bajó a tierra. Hará usted ahora un chequeo de las correlaciones, períodos de rápidos cambios culturales con registros de desapariciones insólitas. Los que desaparecieron y regresaron podrían haber presentado amnesia grave acompañada de sensación de furor y vergüenza, frecuentemente con síntomas y marcas físicas de exámenes insólitos.
Kirk levantó los ojos hacia él.
–Ya he estado haciendo esas comprobaciones, almirante. Las respuestas salen ahora.

CORRELACIONES: DESAPARICIONES CON SÍNTOMAS SEMEJANTES CONOCIDAS EN MUCHOS MUNDOS. EJEMPLOS:
TIERRA, SIGLO VEINTE. LOS RELATOS CONTEMPORÁNEOS BAJO HIPNOSIS DE LOS QUE ALEGABAN HABER «CONTACTADO» SUGIEREN CONEXIÓN CON FENÓMENO «OVNI» AMPLIAMENTE EXTENDIDO. VULCANO: DESAPARICIONES...

Savaj tendió una mano y cortó el papel que salía de la impresora.
Insertó el cubo de grabación en la ranura y apareció un holograma en el tanque principal de proyección.
–Planetas que se cree afectados por el fenómeno que estamos investigando –dijo Savaj.
Se encendieron luces sobre un mapa estelar conocido. Incluían virtualmente a todos los planetas de la Federación, y abarcaban una extensión similar en los imperios klingon y romulano, además de otras áreas.
Savaj tecleó la orden para que apareciese otra proyección.
–Ésta es una línea asintótica común, que representa una función matemática que aumenta geométricamente hacia el infinito. Es bien sabido que, si bien en su siglo veinte habían ya llegado a representar gráficamente la proporción del incremento de la aceleración de los viajes tripulados, el asunto había quedado estancado durante siglos, luego evolucionó en cuestión de décadas, y al cabo de unos años después de eso llegó repentinamente a la infinidad, alrededor de la misma época en la que se traspasó, de hecho, la velocidad de la luz; logro que entonces era considerado como algo imposible.
Cambió a otra proyección –la cual mostraba dicha curva asintótica en tres dimensiones–, una composición de curvas que se disparaban todas repentinamente hacia el infinito.
–Cambios rápidos –dijo Savaj–, acompañados del estallido de violencia salvaje, cataclismos, muerte y desapariciones. Esto representa la curva reciente de muchos mundos.
Uhura miró fijamente la proyección y de pronto se inclinó hacia delante.
–Pero, si todas esas curvas aumentan hacia el infinito, sería el fin de la civilización galáctica.
Savaj asintió con la cabeza y señaló una curva.
–Ésta proyecta la tasa de mortalidad.
Spock miró el gráfico y lo interpretó.
–Pronto excedería la población total de la galaxia conocida.
Se miraron los unos a los otros y por primera vez comenzaron a aprehender la magnitud de la amenaza. La misión que habían llevado a cabo contra Vejur había salvado al planeta Tierra. Ahora la amenaza de aniquilación incluía a los klingon y los romulanos; no sólo a sus amigos, sino también a sus enemigos; todos sus planetas de origen y la totalidad de los mundos aún desconocidos que tenían para explorar. Kirk le pidió a la computadora una escala temporal. La tasa de mortalidad subía a millones en un mes... y se salía del gráfico en un año.
La galaxia de todos ellos se estaba acabando...

5


Kirk miró en la oficina de McCoy y encontró al doctor preparando dos pócimas muy apropiadas: dos gigantescas copas de brandy.
–No estoy seguro de que entre los dos, borrachos, podamos manejar a un vulcaniano sobrio, así que mejor no hablar de dos, Bones. Por lo demás, es una idea condenadamente buena.
–Es lo prescrito. ¿Qué se le ha metido dentro a Spock?
–¡Que no es humano!
–¿Qué más hay de nuevo? 0... ¿es que me he perdido algo?
–Yo debo de habérmelo perdido. –Kirk agitó una mano–. ¿Tiene algo para el dolor de cabeza?
–No para uno de esas proporciones. –McCoy lo examinó, y vio magulladuras que parecían haber aparecido, nuevas, desde el día anterior–. Jim, ¿se encuentra bien?
Kirk hizo una mueca.
–No, no me encuentro bien.
McCoy rodeó el escritorio para acercársele.
–¡Dios mío... pero si lo está reconociendo...!
Kirk lo apartó con un gesto de la mano.
–Bones, tenemos que romper mi bloqueo mental. Spock no puede ayudarme. No hay ningún error en los cálculos de Savaj. Todo esto ha estado ocurriendo durante cientos de años, quizá milenios, pero está llegando a su fin ahora. Estamos bebiendo por la finada gran galaxia.
Le entregó a McCoy un listado de la computadora. Era el informe de una desaparición que podría haber sido la del propio Kirk, incluso en los detalles del furor, la vergüenza, las marcas en el cuerpo. Estaba fechada en la Tierra, siglo veinte.
–Podría tratarse de una docena de cosas, Jim. Histeria. Alucinaciones. Sabemos que en la Tierra hubo tráfico galáctico temprano, pero nunca llegamos a resolver realmente el misterio « OVNI». No hay ninguna prueba contundente con respecto a ese tipo de informes de personas que «contactaron».
–Bones, ¿qué prueba contundente tenemos para lo que ocurrió ayer conmigo, y con usted?
McCoy le quitó de la mano a Kirk la copa de brandy intacta.
–Puedo recomendarle el pentotal.
–Que sea doble.

McCoy le administró la droga hipnótica y ajustó el sensible escáner que ayudaría a romper virtualmente cualquier bloqueo inconsciente de la voluntad del paciente.
Comenzó formulando preguntas preliminares de relajación: nombre, rango. Tras un momento de vacilación, Kirk respondió con una cierta satisfacción.
–Capitán James T. Kirk, comandante de la U.S.S. Enterprise.
Luego frunció el entrecejo como si hubiera algo más que debería haber recordado, pero lo dejó correr. Ése era él. Ése era el que siempre había querido ser.
McCoy continuó presionándolo. El hipnoescáner mostraba áreas que Kirk defendía poderosamente como parte de su intimidad, con la poco común cualidad dinámica de la mente de Kirk, que Spock había percibido hacía mucho tiempo en el vínculo mental establecido entre ambos. McCoy sabía qué eran aquellas áreas privadas, puede que quisiera saber algo más acerca de una o dos de ellas, pero no las sondeó.
Buscaba la principal masa de resistencia que constituiría el trauma reciente. Y allí estaba, como una presencia grande, gris y de mal augurio. De un tamaño peligroso.
–Está usted retrocediendo en el tiempo –murmuró McCoy–, retrocediendo a través de la noche.
La cabeza de Kirk comenzó a balancearse violentamente de un lado a otro, en un gesto de negativa.
–Más allá de la noche –dijo apresuradamente McCoy–.Está en el día de ayer por la tarde. Todo marcha bien. La multitud está agitada, pero usted va camino del encuentro...
Kirk se relajó hasta una cautelosa alerta. Su cuerpo estaba inmovilizado por la secreción natural de sustancias bioquímicas que impiden que los músculos se muevan violentamente durante los sueños. Pero McCoy–. podía percibir los rastros de movimiento, como los de un perrito que sueña que lo persiguen, la creciente furia de la multitud, el comienzo de la persecución.
–La turba... se aproxima a mí...
McCoy–. podía seguir la persecución en el rostro de Kirk; sólo el miedo común y el dominio del mismo de un hombre experimentado, nada del terror visceral del trauma. Luego hubo un momento en el que Kirk superó el peligro, se creyó a salvo...
Luego... el terror apareció. McCoy–. jamás había visto esa clase de miedo en el rostro de Kirk. Vio que Kirk intentaba dominarlo, lo conseguía, intentaba comunicarse.
–Cosas... –murmuró–. Sin boca. Sin... sentimientos de afinidad... –Luego pareció quedar congelado–. No me toquen... Basta... ¡Spock!
Repentinamente el terror atravesó el estado hipnótico, venciendo incluso las sustancias antimovimiento segregadas por el propio cuerpo. Kirk se levantó y bajó de la mesa como un demente, un animal enloquecido empujado más allá de los límites humanos del terror. Arrojó a McCoy–. contra la pared sin advertirlo siquiera, y atravesó ciegamente la enfermería, chocando contra todas las cosas. McCoy–. luchaba para conservar la conciencia, para llegar hasta una alarma...
Antes de que McCoy–. pudiera llegar al intercomunicador, las puertas se abrieron violentamente y apareció Spock, que aferró al ciego Kirk animal, deteniendo los frenéticos movimientos, sujetándolo por la fuerza.
McCoy–. vio a Savaj, que entró por la puerta, con su rostro vulcaniano impávido, inflexible, con su fuerza vulcaniana lista para prestar ayuda. Pero Spock no necesitaba que lo ayudasen.
McCoy–. entró con una jeringuilla de líquido contrahipnótico, pero, antes de que pudiera llegar hasta Kirk, la presencia de Spock se comunicó directamente. Kirk se detuvo, quedó quieto, pareció rehacerse y enfocó la mirada.
Spock hizo volver a Kirk y lo observó durante un momento; vio cordura y dejó que sus propias facciones se endurecieran hasta la indiferencia.
–Señor Kirk, ¿qué es esto de llevar a cabo un arriesgado experimento médico que implica la intervención de personal clave de la Enterprise, sin consultar al comandante de la misma?
–¡Consultar! –se encolerizó Kirk–. ¿Quién lo ha nombrado a usted Dios? –Se dio cuenta de lo que estaba haciendo, dominó un poco el estallido de cólera y vio a Savaj mirándolo con enfurecedora indiferencia. Kirk sonrió peligrosamente–. Perdóneme. –Inclinó la cabeza brevemente en dirección a Savaj–. Había olvidado quién tenía esa autoridad. –Se apartó de Spock y lo miró a los ojos–. Capitán Spock, aparte de todo lo demás, soy ahora el primer oficial y el oficial científico de esta nave. Cae dentro de mi autoridad llevar a cabo investigaciones, y es prerrogativa de McCoy–. hacer lo que considere necesario como oficial médico jefe.
Spock negó con la cabeza.
–Ya no. Las actuales circunstancias hacen que el criterio de ambos sea sospechoso. Señor Kirk, su tendencia normal a correr riesgos, a veces de una forma injustificada, podría verse aumentada por el mismo efecto que usted ha admitido que trastornó ayer su capacidad de juicio. Eso es lo que ha vuelto a hacer. Como mínimo, debería usted haber solicitado mi presencia como protección contra lo que acaba de ocurrir.
Kirk hizo una mueca, vencido por su propio sentido de la justicia.
–Le pido disculpas por eso. También a usted, Bones.
McCoy–. se encogió de hombros.
–Nunca he visto a nadie salir de la hipnosis de esa manera, Jim. Lo que le hicieron tiene que haber sido... intolerable. Seres, Spock. Decididamente contactó con alguna clase de seres. «Cosas», « sin boca», « sin sentimientos de afinidad», dijo.
Spock asintió con la cabeza, como si eso no constituyera ninguna gran sorpresa.
–¿Cómo pudo saber que tenía que entrar a la carga aquí, Spock? –preguntó McCoy–
–Es mi responsabilidad saberlo, doctor.
Si Savaj advirtió que aquello no era una respuesta, no dio señales de ello.
Spock se volvió a mirar a Kirk.
–Señor Kirk, yo no perseguí el mando, pero, si estoy al mando, estoy al mando. Una nave no puede servir a dos amos. Va usted a respetar eso o confinarse en sus dependencias.
Kirk lo miró con expresión de terquedad durante un largo momento y McCoy pensó que en él había una cólera que no cedería con presteza. Habían pasado por demasiadas cosas juntos como para que Spock le hablara en ese tono... y delante de Savaj. El mando de Kirk sobre Spock había sido categórico, pero casi siempre de mano suave.
¿Pero cuántas veces debía haber deseado Spock poder ordenarle a Kirk que no emprendiera alguna maniobra particularmente peligrosa?
Y ahora podía hacerlo.
Incluso el residente vulcaniano tenía que ser lo suficientemente humano como para disfrutar con aquello. Finalmente, Kirk asintió con la cabeza.
–Comprendido... señor.
Spock inclinó la cabeza a modo de acuse de recibo. –Si se encuentra en condiciones, puede continuar usted con el breve recorrido que el almirante Savaj está haciendo por la nave.
Kirk giró sobre los talones y salió con Savaj.

6


Kirk caminaba rígidamente junto a Savaj, más irritado consigo mismo que con Spock, lo cual era decir bastante. Ya era bastante malo que aquel vulcaniano puro hubiese visto a Kirk presa del pánico y recibiendo un rapapolvo delante de él, pero también Kirk había perdido la paciencia.
–Almirante, le pido disculpas por esa observación acerca de designar Dios a Spock.
–Mi autoridad no llega tan alto, comandante.
Kirk miró a Savaj intentando leer travesura vulcaniana, o más bien una mente literal.
–Tampoco la de Spock –aventuró Kirk, cautelosamente–, aunque en apariencia uno podría tener una discusión al respecto en algunas esferas.
El rostro del vulcaniano permaneció impasible, más difícil de leer que el del padre de Spock, Sarek, sin duda porque aquel vulcaniano puro no se había casado con la formidable madre humana de Spock, Amanda.
Kirk se encogió de hombros.
–Lo que dijo el capitán Spock acerca de solicitar su presencia como protección es muy correcto. Lamento que haya tenido usted que ver las consecuencias de esa omisión.
–Uno lamenta las consecuencias, comandante, no el que alguien las vea.
Kirk volvió a apretarle los tornillos a su temperamento.
–Sí, por supuesto. ¿Qué prefiere ver a continuación, almirante? ¿La sala de máquinas?
–La planta recreativa.
–¿La planta rec...? Desde luego. Discúlpeme... no pensé que un vulcaniano se interesase mucho por eso.
El turboascensor llegó y Kirk le informó del destino en el momento de entrar.
–Ésta es predominantemente una nave humana, comandante. El mantenimiento de sus mecanismos más significativos en condiciones operativas tiene lugar frecuentemente en esa sección, ¿no es así?
–Sí, así es. A menudo me he preguntado qué desempeñará esa función en una nave puramente vulcaniana.
Savaj se volvió a mirarlo.
–Usted tendría sustancialmente más dificultades con eso, comandante, como humano único en una nave vulcaniana, de las que Spock ha tenido aquí.
Salieron a la planta recreativa. El gran espacio abovedado estaba lleno de seres humanos y una variedad de otras especies que trabajaban casi con el mismo ahínco en sus juegos.
La mayoría de los gabinetes especiales que se adentraban en la pared a todas las alturas estaban abiertos; había absolutamente de todo, desde tiendas de especialidades hasta gabinetes de ajedrez, salas de café y salones de tertulia, además de reservados íntimos, algunos de los cuales estaban en condiciones de gravedad nula. En las áreas de actividad física, incluso el aire estaba lleno de deportistas que practicaban deportes de gravedad cero. La gran pared marítima se abría sobre una piscina de decorado que estaba llena de retozones nadadores y de un líquido que parecía agua, aunque los seres que respiraban aire no se ahogaban en él.
Todo era conversaciones, risas, cuerpos lustrosos que destellaban con la gracia de físicos bien entrenados: el aspecto de una nave feliz. Pocos conocían la gravedad del problema presente, y aunque Kirk detectó algunas miradas de curiosidad dirigidas hacia él, su tripulación parecía considerar cualquier interrupción de su mando como algo anecdótico y temporal. Hacía mucho tiempo que se habían acostumbrado a considerar a Spock como a una especie de extensión de Kirk. Algunos lo saludaron con una inclinación de cabeza y él vio la palabra «capitán» dibujarse en sus labios.
Se volvió a mirar a Savaj.
–Spock encuentra algunos placeres aquí. ¿Los consideraría un vulcaniano puro como algo... ilógico?
–Desasosegado, quizá –respondió Savaj–. Pero es que un vulcaniano no intentaría utilizarlos con ese propósito.
–¿Qué es lo que yo hallaría difícil como, digamos, su primer oficial, señor? –preguntó Kirk.
–Le aseguro, señor Kirk, que lo encontraría casi imposible.
–Especifique.
–Pulsar los botones. Calcular y prever qué hará un vulcaniano en la escuela elemental. Evitar transmitir emociones que distraerían a todo el mundo. –Savaj vio que Kirk se estaba irritando–. Y, más que nada, calcular la lógica del riesgo. Bajo mi mando, hubiera fracasado al hacerlo una sola vez.
–El señor Spock ha intentado enfrentarse con ese problema, tal vez con bastante éxito. Pero no deja de ser verdad que el riesgo constituye nuestra profesión.
–El riesgo lógico.
Kirk sonrió.
–No conozco ninguna lógica mediante la cual un pez se suba a los árboles o los hombres a las estrellas, pero mi especie lo hace... y la suya también, señor.
–¿Y es así como justifica usted el riesgo que está corriendo con Spock?
Kirk lo miró directamente.
–¿Qué riesgo?
Savaj no respondió inmediatamente. Pasado un momento, dijo:
–¿Con qué derecho mantiene a una mente superior bajo su mando, rehusando al mismo tiempo aceptar su consejo en lo que al riesgo se refiere, y exponiéndolo también a él a las consecuencias de sus propios actos?
–Es del dominio público que Spock ha tenido la posibilidad de aceptar su propio puesto de mando desde hace ya bastantes años. Se ha negado a hacerlo.
–La lealtad vulcaniana hacia un comandante es considerada una virtud cardinal.
–También lo es la lealtad, humana o vulcaniana, hacia un amigo, almirante. Sigo los consejos de Spock siempre que puedo. Y, cuando lo expongo a algún riesgo, sé al menos que hace las cosas por elección propia.
–Hace las cosas porque debe. –Savaj abandonó el tema con un gesto de la mano–. Comandante, también es del dominio público que juega usted al ajedrez. Encontraría eso muy instructivo.
Kirk inclinó brevemente la cabeza.
–Sin duda podríamos jugar con la versión para niños de escuela primaria.
Savaj se limitó a alzar levemente una ceja.
–Eso será suficiente.
Kirk había puesto un tono intencionado en la frase, e inmediatamente lamentó haberlo hecho. Podía ser cierto con excesiva facilidad.
Si uno hacía una lista de las diez mejores mentes de la galaxia, podía dar por seguro que Savaj era al menos dos de ellas. Por otra parte, Kirk jugaba al ajedrez con Spock.

En el momento en que comenzaron a instalar el tablero de ajedrez de tres dimensiones, la partida se convirtió en un acontecimiento de importancia para toda la nave. Todos los que estaban fuera de servicio fueron acudiendo imperceptiblemente. Uno de los jóvenes alféreces que estaban bajo el mando de Uhura, tenía una radio portátil por la que evidentemente tenía intención de transmitir la marcha del juego a las terminales de servicio. Habían hecho eso de vez en cuando con ocasión de alguna partida especialmente histórica entre Kirk y Spock, pero aquello era carne fresca. Probablemente la de Kirk.
Kirk vio una discreta agitación de apuestas y contraapuestas en el fondo, y le agradó ver que las opiniones no estaban sólo a favor de uno de ellos. Indudablemente se trataba de una lealtad mal entendida. Vio al jefe de ingenieros Montgomery Scott, que había estado observando a Kirk en cada ocasión que se le presentaba desde que habían salido de Helvan, apostando por él.
–No se preocupe –oyó Kirk que murmuraba un alférez–. El capitán lo vencerá por la fuerza de la psique.
–Yo no contaría con ello –susurró Yeoman Trian, mirando a Savaj–, pero haré causa común para que lo consiga.
McCoy recibió rumores sobre el desafío y entró a grandes zancadas. Se detuvo junto a Kirk y lo exploró con el escáner médico.
–Las constantes vitales aún no han llegado al nivel normal, Jim. Le aconsejo descanso.
Kirk dedicó una leve sonrisa a McCoy por ofrecerle una salida airosa, pero negó con la cabeza.
–Desasosegado, sin duda, pero el hombre no vive sólo del sosiego.
Kirk sacó blancas e hizo una apertura clásica pero sólida de peón rey, a la que obtuvo una respuesta clásica, y durante unos pocos movimientos ambos hombres desplazaron las piezas para controlar las casillas, filas y niveles clave, estudiándose el uno al otro, sacrificando ocasionalmente una pieza por otra de igual valor o por una posición aventajada.
Savaj tenía la ventaja de su mente vulcaniana, que podía calcular las alternativas como una computadora multifase. La mayoría de los vulcanianos que jugaban con seres humanos les daban al menos la ventaja de una reina, más o menos lo que un humano adulto le concedería a un niño inteligente de seis años. Kirk había sido quizá demasiado terco como para aceptar dicha ventaja de Spock, y mordió el polvo de manera rutinaria hasta que, en un determinado momento, comenzó a desarrollar ciertas ventajas psicológicas... que a veces funcionaban bien.
Aquello lo había invalidado para jugar con la mayoría de los humanos.
Spock entró en la sala: no dijo ni una palabra, pero se quedó de pie, observando.
–Peón uno reina –dijo Kirk–. Almirante, ¿le importaría definir el término «riesgo lógico»?
Había casi esperado que Savaj insistiera en que los vulcanianos puros no conversaban cuando estaban jugando al ajedrez. Pero Savaj le respondió.
–La definición para niños comienza por las exclusiones: ningún riesgo que sea innecesario, evitable, reducible por medios comunes o extraordinarios. Ejemplo: ¿cómo describiría usted un estilo de mando, señor Kirk, en el que el comandante sabe que una criatura nebulosa es letal para él y los de su especie, inofensiva para un primer oficial mejor cualificado que se halla bajo su mando, y sin embargo se enfrenta él mismo con la criatura a pesar de las firmes protestas de ese oficial?
Kirk le concedió a Savaj una puntuación también por maniobras psicológicas. ¿Cómo era que aquel vulcaniano puro había escogido, del desgraciadamente bien conocido expediente de ellos, el incidente preciso que era el ejemplo más clásico de Spock? Kirk levantó la mirada para ver el rostro de Spock. ¿Realmente corroía todavía tan profundamente aquel incidente al primer oficial vulcaniano?
–Ese primer oficial –declaró Kirk– estaba en lo correcto.
Savaj levantó los ojos, sorprendido, como si Kirk estuviera dando muestras de algo prometedor.
Spock se las arregló para mantener la ausencia de expresión en el rostro.
–Ese comandante –continuó Kirk– puede que haya tenido ciertas ideas, intuiciones o incluso corazonadas, en aquel momento, de que podría existir la necesidad de un segundo señuelo vivo, el cual sólo podía ser él mismo. Ése resultó ser el caso. No obstante, el primer oficial hubiera estado a salvo, y podría haber sido lo suficientemente rápido en el primer intento.
–Un «no obstante» no constituye la admisión de un error, señor Kirk –dijo Savaj.
Kirk movió una torre para alinearla con su reina.
–No, no lo es –concedió–. El señor Spock tenía razón, y yo estaba actuando sobre una corazonada que no fui capaz de explicar adecuadamente entonces, ni he sido capaz de hacerlo después. Aquel caso podría haber sido un error potencialmente fatal, pero yo sé que a menudo me he dejado llevar por la «sensación» subliminal de decisiones como ésa... quizá una forma de cálculo velocísimo que no puedo emplear conscientemente. Con mucha frecuencia funcionan bien.
–Hasta el día en que las probabilidades favorables fortuitas se agotan.
Kirk miró al vulcaniano a los ojos.
–Hasta ese día.
Savaj había respondido al movimiento comiendo la torre de Kirk... y dejando abierta una pequeña brecha en la crucial casilla uno rey.
–Los riesgos lógicos –dijo Savaj– deben reducir las pérdidas a lo soportable o lo inevitable.
–¿Y si las pérdidas fuesen intolerables y las probabilidades absurdas?
–Reevaluación –respondió Savaj–. Refuerzo. Rehusar el riesgo. Hacer la paz. –Miró fijamente a Kirk–. Morir si es necesario. El universo no siempre dispone el triunfo de la virtud.
–No, pero yo prefiero redisponer al universo a ese respecto siempre que me sea posible. Cambiarle el nombre al juego...
Levantó la mirada hacia Spock. Aquélla era una discusión que habían tenido hacía mucho tiempo, cuando Kirk había empleado el engaño de Corbomite contra la abrumadora fuerza de la gigantesca nave de Balok. Spock había establecido una analogía con el ajedrez: ante una fuerza abrumadora, ceder. Kirk había cambiado el juego por el póker y convencido a Balok con un farol de que era él, Kirk, quien tenía las cartas en la mano, en la forma de un arma de autodestrucción que acabaría con las naves de ambos. Spock no había vuelto jamás a conceder la derrota. Ahora estaba allí de pie, observándolos con rostro impasible.
Kirk realizó su movimiento, a través de la pequeña brecha con el alfil que tenía reservado para dicho propósito mientras distraía la atención del enemigo con una amenaza más visible.
–Jaque –dijo.
–¡Ya te dije que el capitán le ganaría por la psicología! –dijo alguna exuberante voz de la Enterprise–. Mate en una jugada.
Kirk lo vio en aquel preciso momento. Una trampa preparada para el tramposo, diseñada de forma precisa para arrastrarlo a intentar aquel movimiento, jugando con su estilo arriesgado y cambiante.
Savaj tenía un solo movimiento, y éste bloquearía el jaque de Kirk a la vez que daría jaque mate a su rey. Era la trampa más impecable y la más absoluta previsión de su forma de jugar que Kirk había visto jamás.
Tendió una mano y derribó a su rey en señal de reconocimiento.
–Gracias –dijo–. Lo he hallado tremendamente instructivo.

Pero Savaj ya estaba poniéndose de pie.
–Capitán Spock, permítame una palabra. Señor Kirk. Avanzó con ellos a través del nivel recreativo, y McCoy los siguió.
–Capitán Spock, ¿lleva usted mucho tiempo en calidad de primer oficial?
El rostro de Spock se endureció.
–La cifra es del dominio público.
Savaj hizo un gesto con la cabeza hacia un gimnasio al que se estaban acercando.
–Usted también entrena con él.
–En ocasiones –dijo Kirk.
Creyó saber adónde iría a parar Savaj, y se sintió ofendido por Spock.
–Me gustaría ver dicho entrenamiento –dijo Savaj.
Kirk miró a Spock y este último levantó una ceja. Ambos se encaminaron a los cubículos del vestuario.
Le tocó a Savaj el turno de alzar una ceja cuando ambos regresaron con las chaquetas con cinturón y calzones ajustados de la disciplina vulcaniana asumi.
–¿Un cinturón verde, señor Kirk? Es un logro considerable para un ser humano.
–Spock es un maestro considerable.
Cruzaron el brazo derecho hasta el hombro derecho del contrario, en señal de que el combate no era a muerte, luego se soltaron, hicieron una reverencia e hicieron una breve pausa para sintonizar.
Los duo–katas V'asumi eran un ejercicio y una forma de arte a base de una simulación de combate. Como tales, eran fatalmente rápidos y potencialmente letales si cualquiera de los contrincantes fallaba al adelantarse a lo que el otro iba a hacer o en asestar un golpe demostrativo apenas unos milímetros por debajo del impacto mortal.
Realizado a la perfección, un V´’asumi se convertía en casi una danza de amenaza y de perfecto control, la antigua danza de los guerreros que se habían jurado fraternidad.
No le habían dado nombre alguno cuando la aprendieron, y tampoco lo habían hecho desde que Spock regresó de Vulcano, pero, por un acuerdo implícito, es lo que iban a hacer de cara a Savaj.
Toda la tripulación que estaba fuera de servicio volvió a congregarse para observarlos.
Ambos entraron en acción.
Kirk hizo una finta y atacó. Spock lo interpretó y lo hizo volar por encima del hombro, arrojándolo gracias al propio impulso que traía; pero Kirk utilizó el mismo impulso y una tijera de piernas para hacer caer al vulcaniano sobre una rodilla. Spock se zafó de la presa de Kirk y volvió a cogerlo. Kirk le asestó un golpe de codo, desplazándolo sólo unos milímetros. En el combate, aquello hubiera clavado las costillas de un ser humano en sus pulmones, y probablemente incomodado a un vulcaniano. Spock aferró a Kirk contra su pecho, con una llave que parecía decidida a continuar hasta el invierno; él consiguió liberarse de alguna manera, se volvió y lanzó una patada alta. Spock la cogió en el aire, aprovechó su impulso y lo levantó muy alto en el aire. Era una maniobra V'asumi terminal. En un combate, Spock hubiera hecho lo que le diese la gana.
Convirtieron la llave en un vuelo de bajada. Spock le dio el impulso para que pudiera ejecutar una voltereta en el aire que le permitiera aterrizar delante de Spock. Se estrecharon las muñecas en señal de reconocimiento entre guerreros y dieron un paso atrás para inclinarse el uno ante el otro.
Se produjo un espontáneo aplauso entre los miembros de la tripulación, bastante largo y ruidoso. Kirk levantó una mano para aplacarlo y avanzó junto a Spock hasta Savaj, que mostraba un rostro pétreo.
Con un breve movimiento de cabeza, Savaj indicó «acompáñenme», y se encaminaron hacia los cubículos del vestuario a través del grupo de tripulantes. McCoy se unió a ellos.
–Pensé que nunca más volvería a ver eso –masculló McCoy.
Fuera del alcance auditivo de la tripulación, en el corredor del vestuario, Savaj se volvió hacia Spock.
–¿Llamas tú amigo a este humano, Spock? ¿Con qué derecho entonces te ablandas ante su muerte? ¿Crees que un romulano lo trataría con tanta delicadeza? –El tono formal del vulcaniano sonaba mordaz.
Spock se encaró con Savaj y entre ellos se generó algo primitivo.
–Él ha sobrevivido a los romulanos.
–Tu amigo no tiene hermanos. Su propio hermano de fuego lo condena como al primero de los salvajes. No es ningún acto de amistad.
–La práctica es V’asumi, no K’asumi. La diferencia de fuerza es insalvable.
–El V’asumi puede contener adecuadamente la fuerza, no el poder. La diferencia no es una excusa para la aceptación de algo menos que el pleno potencial. Hace siglos, se esgrimía el argumento de las diferencias insalvables contra las mujeres de esta especie.
Spock se encogió de hombros.
–Los primeros estudios realizados demostraron, en aquel caso, un aumento del potencial de fuerza de un sesenta por ciento... y posteriormente más aún.
–¿Y en qué han quedado sus estudios sobre las relaciones entre las especies, Spock? El potencial humano es limitado sólo por la aceptación de los límites. ¿Cómo puede dejar que este humano, o cualquier otro humano, entre en batalla en estas condiciones?
Spock adoptó un aspecto del que se sentiría incómodo si no se supiera cómodo, y así se sentía.
–El señor Spock ha respetado nuestras diferencias –comenzó Kirk.
Savaj consiguió adoptar una expresión grosera. Inclinó la cabeza hacia una cabina vestuario y entró en ella. Spock tecleó un código en el fabricador. La energía rieló tras la puerta translúcida, y Savaj salió al momento con una chaqueta de asumi atada con el cinturón escarlata que llevaba Spock, el rango más alto; pero Savaj tenía una delgada cadena de oro entretejida en él.
Se volvió sin decir una palabra y Spock lo siguió al gimnasio.
–Spock –murmuró McCoy con un casi susurro–, usted no tiene que hacer esto.
–Sí, doctor, tengo que hacerlo.

Spock y Savaj se situaron sobre la estera, trabaron brazos derechos, se hicieron una reverencia... y repentinamente se convirtieron en la encarnación feroz de todo lo vulcaniano. Allí vivían el desierto y el le matya.
Kirk comprendió de pronto que el cinturón verde que él había conseguido con tanto orgullo era sólo un logro de niño vulcaniano, sin duda ganado por los vulcanianos antes del juicio de Kaswan que tenía lugar a los siete años de edad.
Kirk era el niño.
Aquéllos eran los adultos.
Kirk no conseguía seguir los movimientos: golpes demoledores de huesos, pinzamientos de nervios que hubieran derribado a un buey, demostrados allí sólo hasta el punto del ligero aturdimiento de la conciencia; golpes que hubieran quebrado huesos, asestados sólo hasta un ruido sordo, que de todas formas hubieran llenado la enfermería de McCoy si se hubiera tratado de seres humanos.
Durante un instante, al otro lado de los luchadores, Kirk captó los ojos de Uhura, consternada, arrebatada, con la expresión de una cazadora de la selva. Percibió una expresión bastante similar en otros rostros: el de Rand, el de Trian.
Pero él estaba concentrado en Spock. Todos los ojos de la tripulación estaban clavados sobre Spock.
A pesar de lo bien que Kirk lo conocía, nunca lo había visto desplegar su pleno potencial vulcaniano. Una vez Kirk había visto el final de una pelea, y el de un enemigo, que había provocado aquel pleno potencial vulcaniano. Pero aquélla era una demostración de habilidades consumadas que iba mucho más allá del punto en el que un vulcaniano hubiera matado al otro en un combate a muerte.
Kirk se sorprendió preguntándose: en un combate hasta el fin entre esos dos, ¿quién viviría?
Savaj era el más viejo, de esa forma sin edad de los vulcanianos que sólo parecía hacerlo más fuerte, más fornido y plenamente desarrollado, como un roble curtido a la intemperie, ante la fortaleza más esbelta de Spock.
Por otra parte, Spock tenía aquella fuerza que no parecía provenir solamente de los músculos, sino de alguna parte del suelo... quizá de aquella indómita voluntad mediante la cual había llegado a vivir, por ser un alienígena, entre extraños.
Spock consiguió un buen derribo que sonó duramente, y por su expresión parecía que aquello le daba alguna satisfacción incluso a su mitad vulcaniana. Una satisfacción por su capitán y posiblemente su amigo, o simplemente para sí mismo.
Pero Calzones de Hierro Savaj consiguió absorberla al igual que contrarrestarla. Aquella caída hubiera dejado a un ser humano fuera de la lista de servicio durante una semana. Savaj se puso de pie con una voltereta controlada, aferró a Spock y lo derribó con una fuerza que pareció sacudir toda la cubierta.
Spock se puso de pie con bastante lentitud, y su rostro mostraba trazas de la salvaje expresión que Kirk le había visto en algunas ocasiones. No auguraba nada bueno ni siquiera para Calzones de Hierro Savaj.
–¡Jim! –murmuró McCoy–. ¿No va usted a detener esto?
–¿Cómo, Bones? Estoy abierto a cualquier sugerencia.
De hecho, su instinto le decía que diera esa orden. La dificultad que eso planteaba era que no estaba al mando. Y si lo hubiese estado, era algo así como ordenar un cese de hostilidades entre tiranosaurus Rex.
Estaba considerando la posibilidad de recurrir a algún medio paralizador...
Savaj levantó la mano para hacer la señal–del–superior de que el encuentro había concluido. Spock apretó la mandíbula, pero se irguió, se inclinó y respondió con la contraseñal.
Entonces Savaj se volvió hacia Kirk, invitándolo con una ceja. Se oyó un suave jadeo cuando la tripulación se dio cuenta de lo que aquello significaba.
Spock le hizo una imperceptible señal a Kirk: «No».
Pero aquélla era una oferta que Kirk no podía rechazar. Ni tampoco quería realmente hacerlo. Tampoco le gustaba mucho la idea de enfrentarse sobre la estera con aquel le matya después de lo que acababa de presenciar. Por otra parte, ni siquiera Savaj le daría el tratamiento de un vulcaniano puro, y él conocía una o dos llaves.
Se le ocurrió la idea de conseguir asestarle al menos un buen golpe por lo que Savaj quería saber de la misión y no decía, y por la forma en que le había hablado a Spock.
Avanzó hasta la estera. Midió a Savaj mientras se inclinaban el uno ante el otro, y decidió que aquél había sido un grave error.
Luego Savaj se movió, y ya no le cupo ninguna duda de ello.
El vulcaniano puro lo derribó con absoluta facilidad y ningún esfuerzo. Savaj amortiguó a medias la caída, le dio una mano para que se levantase, lo dejó que recobrara el equilibrio e hiciera el siguiente movimiento... y volvió a derribarlo con la misma facilidad.
No había nada de fuerza gimnástica o pleno uso de grandes dosis de fortaleza. Era mera destreza, y la simplicidad con la que un adulto reduciría a un niño o un adulto robusto a un delgado jovencito carente de entrenamiento.
Kirk no carecía de entrenamiento, pero, contra aquella destreza de un siglo de antigüedad y esa profundidad de poder, lo mismo hubiese dado.
Sintió que algo se disparaba en su interior, y aplicó la mejor llave que le había enseñado Spock para intentar un buen derribo. Se suponía que tenía que funcionar contra una fuerza superior a la propia. Arrojarse por el aire y utilizar el propio impulso físico...
Savaj lo cogió en el aire y absorbió el impulso sin dificultad ninguna y a costa del propio Kirk, como si lo hubiera interceptado un árbol. Luego Savaj lo derribó con dureza, no con su plena fuerza, pero de forma demoledora.
Durante un instante mantuvo a Kirk inmovilizado contra el suelo.
–Eso está mejor, comandante. Sincera emoción humana. Furor. ¿Le gustaría intentarlo con el sesenta por ciento? Va a necesitarla en el lugar al que nos dirigimos.
Kirk luchó contra él con todos los músculos que tenía. Savaj no movió ni una pestaña, pero, si los ojos de un vulcaniano puro podían reír, los de él lo hicieron.
Kirk dejó de luchar.
–Lo acepto –dijo por entre los dientes apretados.
Savaj se levantó con un solo movimiento y lo puso de pie.
–¿Mañana, entonces?
Kirk asintió con la cabeza. Savaj se alejó hacia los cubículos del vestuario.
Kirk se volvió hacia Spock e hizo un gesto con la cabeza en dirección a la estera.
–Ya le ha oído. Vamos allá.
Si aquél era todavía el tono de voz de alguien al mando, a él lo tenía absolutamente sin cuidado.
Spock se encogió ligeramente de hombros y obedeció. Ambos avanzaron hasta el centro de la estera. Las formas no requerían un segundo ritual de apertura. Kirk intentó una patada contra Spock. Por primera vez, Spock respondió como un vulcaniano, no con toda su fuerza, pero con más poder del que jamás había empleado con Kirk cuando estaba en sus vulcanianos cabales. Spock le hizo una llave inmovilizadora y Kirk luchó contra ella con todo lo que tenía, como si fuera a aumentar su fuerza en un sesenta por ciento en ese preciso instante.
Pero no iba a ser tan simple como todo eso. Spock mantuvo la llave hasta que eso quedó bien claro, y luego soltó a Kirk, que se volvió para mirarlo directamente a los ojos. Kirk sabía que ahora sus ojos estaban haciendo la misma acusación que había hecho Savaj.
–Mañana, señor Spock –dijo con voz terminante.
–Olvida usted su posición, señor Kirk.
El tono era vulcaniano, y la exigencia que se reflejaba en los ojos oscuros del vulcaniano, inflexible.
Kirk dominó su mal genio y bajó los ojos ligeramente en señal de reconocimiento.
–Capitán...
Sintió que la tripulación le observaba, consternada. McCoy estaba avanzando con la idea de interrumpir aquel momento de tensión.
Kirk se volvió y se marchó hacia los cubículos del vestuario, dándose cuenta de que estaba más enfadado de lo que había creído, probablemente más de lo que tenía derecho a estar. No obstante, así era como se sentía.

McCoy siguió a Spock por el corredor del vestuario, refunfuñando.
–¿Tenía usted que calmarlo delante de toda la tripulación? ¿Se le ha subido el rango a la cabeza, Spock? ¿O son esos cuernos de diablo que no me deja quitarle? ¿Está actuando?
–No se olvide de su posición, doctor –dijo Spock, mientras abría la puerta de un cubículo.
–Capitán –dijo McCoy, nada respetuosamente–. Venga ya, Spock. Ha dicho durante años que no quería el mando. ¿Es que un vulcaniano ha mentido?
–Lo que yo quiera es irrelevante, doctor. Lo que tengo es el mando. Haga el favor de excusarme.
Entró y cerró la puerta del cubículo. McCoy oyó el suave sonido de programación y fabricación de ropas de recambio. Los colores comenzaron a cambiar detrás de la puerta translúcida.
Entonces McCoy se dio cuenta de que algún sonido era identificado como erróneo por su yo subliminal, y la forma de la tela en formación era también errónea de alguna manera.
Tendió la mano hacia el cierre externo, pero la puerta no se abrió. En el interior se oyeron golpes y un sonido sofocado. McCoy golpeó la puerta con un hombro, pero rebotó.
De pronto, Savaj apareció allí. Atravesó la puerta con un puño, y luego la arrancó.
Spock estaba desnudo, encerrado en una especie de capullo de material grueso que parecía encogerse rápidamente alrededor de todo su cuerpo, apretando velozmente su garganta y nuez de Adán, amenazando con romperle las costillas y lesionarle los órganos internos.
Savaj sacó a Spock fuera del cubículo y se puso a arrancar el material fibroso que le cubría cara y garganta.
Kirk apareció a su vez e intentó apartar aquel material, pero éste no cedía a las manos humanas, cosa que también estaba descubriendo McCoy.
La parte que arrancó Savaj de encima de la garganta y boca de Spock abrió un paso de aire, pero el resto continuaba estrujando el cuerpo. Spock no gritaba, pero aquello estaba claramente más allá de las técnicas vulcanianas del control del dolor.
Savaj lo levantó y lo metió dentro del siguiente cubículo, tras lo cual programó el fabricador para desnudar.
–Si éste también funciona mal... –comenzó Kirk.
Pero Savaj ya había pulsado los controles de activación. Los colores danzaron detrás de la puerta... vida o muerte. Savaj pulsó bruscamente el dispositivo de apertura cuando todo cesó. Spock cayó inerte en brazos de los hombres.
McCoy lo examinó con las manos desnudas. Vivo. Respiraba. No tenía nada roto que pudiera detectar al tacto. Los latidos del corazón eran ridículamente acelerados, incluso para un vulcaniano, pero McCoy no pensaba que fuese grave.
–¿Bones? –inquirió Kirk.
–Todo va bien –respondió McCoy–. Se repondrá.
Kirk asintió con la cabeza. Se había quitado la chaqueta de asumi y ahora cubría con ella el cuerpo desnudo de Spock mientras la tripulación comenzaba a llegar al sitio. Luego dedicó su atención al problema; recogió un manojo de tejido que Savaj había arrancado de alrededor de la garganta de Spock.
–Señor Scott, esto es la base cruda de tejidos del fabricador, ¿no es cierto?
Scott cogió el trozo de material.
–Sí, señor.
–Revise ese cubículo, ingeniero.
–Sí, señor.
–Scott inclinó la cabeza y abrió el panel de mandos–. No estoy seguro de cómo ha pasado, pero algo alteró el programa para que produjera directamente la base cruda sin enfriar, en lugar de un uniforme. Eso formaría una capa que resulta mortal al encogerse.
Kirk bajó los ojos hasta Spock.
–Si Spock hubiese estado solo...
–Precisamente –intervino Savaj–, si yo no hubiera, inesperadamente, estado cerca, el capitán Spock estaría muerto. Los vulcanianos somos bastante vulnerables a la asfixia y a las presiones extremas en las orejas y el cuerpo. Ninguno de los humanos de su tripulación habría tenido la fuerza necesaria como para prestarle ayuda a Spock con la presteza requerida.
Kirk asintió con la cabeza.
–Sus actos fueron oportunos y ejemplares, señor, y se lo agradezco.
–Uno no agradece los actos de necesidad, comandante. Ni los factores fortuitos. Existían todas las razones para que alguien supusiera que yo me había marchado hacía rato.
–¿Alguien? –preguntó Kirk–. ¿Está usted insinuando que alguien ha hecho esto?
–No insinúo nada. El fallo fortuito del cubículo que el capitán Spock utilizó anteriormente, y al que regresaría con casi absoluta certeza ya que había dejado grabados los códigos de transporte de sus efectos personales, parece excesivamente conveniente.
Kirk se irguió.
–No hay nadie en mi nave, almirante, capaz de atentar contra la vida del señor Spock.
Savaj lo miró a los ojos.
–Eso yo no lo sé, comandante. Y usted tampoco. Hay al menos un extraño a bordo de su nave.
–¿Usted, almirante? –Kirk casi llegó a sonreír–. ¿Quiere que lo considere a usted como sospechoso?
–Desde luego –respondió Savaj–. Estamos ante lo que o bien es un accidente inexplicable o un atentado contra la vida de Spock. Estamos investigando un efecto alienígena más inexplicable aún. Nada está fuera de sospecha.
–Miró a Kirk, que ahora sólo llevaba puestos los calzones del traje de asumi–. Usted abandonó el gimnasio hace algunos minutos, señor Kirk. ¿Por qué no se ha cambiado?
Kirk pareció consternado.
–¿Yo? ¿Matar a Spock? –Negó impotentemente con la cabeza–. Pista falsa, almirante. El hecho es –parecía un poco avergonzado– que salí a calmarme.
–El hecho es que tenía algo por lo que «calmarse». El capitán Spock utilizó dos veces su autoridad para censurarlo: una delante de mí y la otra en presencia de toda su tripulación.
Kirk desechó aquella insinuación con un encogimiento de hombros.
–Algo irritante, señor. Difícilmente letal. –Se volvió–.Señor Scott, desmonte completamente ese sistema. Averigüe qué ha ocurrido. Bones, lleve a Spock a la enfermería.
–Eso no será necesario, señor Kirk –dijo Spock, que levantó la cabeza del brazo de McCoy, donde la tenía recostada–. Estoy perfectamente bien. Despeje el corredor. Savaj puede quedarse.
–Yo no pienso moverme, capitán Spock –declaró McCoy.
–Ésa es una de sus prerrogativas, doctor. De nadie más.
Miró a Kirk y éste pareció a punto de destrozar algo, pero lo pensó mejor, se volvió rápidamente y se marchó.
Savaj pulsó un código de túnica, dejó que se formara en el cubículo vacío, la sacó de él y se la llevó a Spock. Éste se la puso para sustituir la chaqueta de asumi de Kirk que lo cubría de forma insuficiente.
Pero el vulcaniano apenas había acabado de vestirse cuando sonó la alerta roja.

7


McCoy intentó por un momento retener a Spock, pero el vulcaniano ya se había puesto de pie y avanzaba hacia el intercomunicador que había al final del corredor. Allí se encontraron con Kirk, que había sido más rápido que Spock a causa de sus viejos reflejos.
Sulu ya estaba en la pequeña pantalla.
–Aquí timón. Presencia no identificada. Nave de tipo desconocido. Tal vez no sea una nave. Aparentemente aparece y desaparece, como la piedra de una honda; quizá se halla en una interfase dimensional.
Savaj asintió con la cabeza repetidamente, como si eso le satisficiera.
–Eso los trajo.
Spock se volvió hacia él.
–¿Trajo a quién?
–A un desconocido –respondió Savaj–. Posiblemente a quienquiera que esté estudiando lo que acabamos de hacer.
Spock lo miró atentamente. Luego se volvió hacia eI intercomunicador.
–Voy hacía allí. Almirante, señor Kirk.
Spock le entregó a Kirk la chaqueta de asumi que aún tenía en la mano como se le urgiera a cubrirse, y se encaminó hacia el turboascensor. McCoy los siguió.
En el turboascensor, Spock se volvió a mirar a Savaj. –Almirante, será usted lo suficientemente considerado como para explicar si, y de qué forma, está usted utilizando esta nave para atraer a alguna presencia alienígena... sin el conocimiento previo de su comandante.
Savaj inclinó la cabeza.
–No es ortodoxo, capitán, pero sí, en esencia lo estoy haciendo. La hipótesis que estaba poniendo a prueba requería que no tuviese usted conocimiento previo.
–Especifique.
–Yo creo que la presencia a la que estamos estudiando nos está estudiando a nosotros.
–¿Científicos? –preguntó Kirk–. ¿Algún equipo de investigación alienígena?
–Experimentos –declaró Savaj–. Fuente desconocida. Propósito desconocido.
–Entonces, ¿con qué contaba para atraerlos? –preguntó Kirk.
–Señor Kirk, usted y yo jugamos al juego intelectual más combativo y territorial. Yo los azucé a usted y al capitán Spock sobre las bases de su bien conocida amistad... y con verdades irreconciliables. Organicé las cosas de forma que tres de los hombres más competitivos de la galaxia se enfrentaran en uno de los deportes de lucha más feroces. Incluso podría haber tenido un éxito superior a mis metas si el accidente del capitán Spock hubiese sido algo más grave. Pero, en todo caso, ellos han venido.
–¿Está diciendo –inquirió Jim Kirk– que han venido a estudiar... la agresión?
–Creo que eso es lo que he dicho.
–Es de una lógica intachable –dijo fríamente Spock–.Siempre que demos por sentado que ésa es la intención de los experimentadores... y que no disecan a los sujetos que presentan las características requeridas.
La mirada de Savaj era glacial.
–Ésa es otra posibilidad, capitán Spock. De todas formas, no se espera que sobrevivamos a esta misión. Sólo se espera de nosotros que salvemos la galaxia, si eso es posible.
Llegaron al puente.
La nave alienígena que flotaba en la pantalla tenía quizá veinte veces el tamaño de la Enterprise.
–Sea lo que sea lo que están ustedes haciendo, caballeros –protestó McCoy–, está funcionando.

Kirk observó cómo la nave se borraba de repente hasta desvanecerse en la nada. Todavía era detectada por los escáners de masa, pero rechazaba todos los escáners de penetración e igual hubiera dado que fuera una caja negra.
–Código lingüístico –ordenó Spock, pero todos tenían la sensación de que era algo inútil.
Kirk luchó contra una repentina recurrencia de náuseas y vergüenza. Aún estaba conmovido por la escena ocurrida en el corredor de los vestuarios, cuando Spock había estado a punto de morir. Luego algo tomó cuerpo en su interior en forma de ira; Savaj había estado jugando con ellos, tirando de los hilos que sabía que los harían sublevarse a un nivel muy profundo. Lo había conseguido. Incluso la partida de ajedrez había sido la más cruel en la que Kirk había intervenido jamás. Savaj se había encargado de que resultase vencido en todos los terrenos, ante su tripulación, y lo peor de todo era que había insinuado que Spock no había estado empleando toda su fuerza con él. No sólo en el asumi, sino también en el ajedrez. Intentó librarse de la cólera, recordando aquel momento en el corredor cuando él estuvo seguro de que el material fibroso había cumplido con su trabajo. Si Spock hubiese muerto...
Se puso de pie y avanzó hasta el sillón de mando.
–Usted no debería estar aquí, capitán Spock. No hay ninguna acción inmediata. Déjeme que me haga cargo y márchese con McCoy.
–Negativo. Innecesario.
Kirk bajó la voz.
–Spock, no juegue al hombre de hierro. Estuvo usted muy cerca de la muerte. Podría tener lesiones internas.
–Señor Kirk, haga el favor de no discutir mis órdenes. Kirk se enfureció.
–Lo haré si son «ilógicas», Spock, de la misma manera que usted discute las mías, y de manera apropiada. Y a ese respecto va usted a entrenarme a marchas forzadas y plena destreza para que alcance la máxima fuerza. Y si lo pesco empleando algo inferior a su pleno poder vulcaniano, en eso o en ajedrez, lamentará ese día.
Dijo eso con una cierta vehemencia, pero con un ligero toque del antiguo sentido del humor.
Sin embargo, de pronto vio la expresión primitiva que había destellado en los ojos de Spock contra Savaj.
–No está usted al mando –dijo Spock–, y no amenazará.
Kirk se acercó más, no estaba seguro de con qué intención, pero detrás de sus ojos había una bruma roja.
–Señor Kirk –le espetó Spock–, se recluirá usted en sus dependencias.
Kirk se detuvo, perplejo. Finalmente, recurrió a algunos retazos de disciplina.
–Sí, señor –respondió Kirk, y se volvió en redondo para abandonar el puente.
McCoy llamó y entró en las dependencias de Kirk casi antes de oír el «Adelante».
–¿Cómo llama usted a esa actitud? –preguntó McCoy.
–¿Cómo llama usted a la de Spock? –Kirk hizo un gesto con la mano para indicar que lo lamentaba–. Lo siento, Bones. Estoy nervioso. Lo que acaba de ocurrir con Spock en el puente no ayuda a nada. No debería haber discutido... pero es que no me imaginaba que Spock permitiría que el mando se le subiera a la cabeza.
–¿Por qué no? –inquirió McCoy–. Él debe de haberse desesperado con usted con bastante frecuencia. –Se le acercó con el escáner–. En realidad, ambos necesitan que les examinen la cabeza. Cosa que haré. Obtengo una lectura de grave estrés, Jim.
Kirk sonrió burlonamente y se frotó las sienes.
–Tengo dolor de cabeza. Bones, durante un segundo, en el puente, volví a experimentar nuevamente esa sensación... la de vergüenza, furor...
–Y se descargó con Spock.
–Sí –confesó sombríamente Kirk. Se volvió hacia el intercomunicador–. Puente. Capitán Spock, le presento mis disculpas, y tengo algo de lo que informar acerca del posible efecto alienígena. ¿Se me concede permiso para volver a mi puesto?
El rostro de Spock que apareció en la pantalla era la máscara vulcaniana.
–Informe.
–En el puente experimenté una repetición del efecto anterior, incluyendo culpa, furor.
Spock asintió con la cabeza.
–Fascinante. Disculpas aceptadas, señor Kirk. Su presencia no es necesaria por el momento. Permanezca en su camarote y siga el consejo médico de descansar.
Kirk comenzó a protestar, pero el vulcaniano había cortado la transmisión.
–Es un consejo médico sensato –dijo McCoy.
–Márchese de aquí, Bones.
McCoy permaneció donde estaba.
–No puede tratar esto a la ligera, Jim. Usted ha sido manipulado por unos alienígenas que le dejaron implantado un efecto lo suficientemente poderoso como para arrancarlo de un hipnoescáner y convertirlo en una furia ciega.
Kirk asintió, con seriedad.
–Ya lo sé, Bones. Pero ¿cómo puedo pillar la punta de esa madeja? ¿Existe alguna otra prueba médica que podamos intentar?
–¿No se ha metido ya en bastantes problemas con eso? –McCoy negó con la cabeza–. Hemos llegado al fondo. Si el hipnoescáner no puede romperlo, quiere decir que está enterrado tan profundamente que nada lo conseguirá. Quizá... el tiempo.
–Cosa que no tenemos.
–Es duro el universo –declaró McCoy, haciendo una mueca–. En este momento me preocupa más el asunto relacionado con Spock y Savaj. Jim, no puede usted correr por ahí intentando convertirse en un vulcaniano. No tenemos la constitución necesaria para ello.
Kirk meneó la cabeza.
–Entre nosotros, Bones, ese hijo de... Vulcano tiene razón. Es un universo duro. Nadie nos dará garantías de que se me tratará amablemente. Ni los romulanos. Ni esos «experimentadores». Si pudiera tener la mitad más de mi fuerza...
–Se rompería el cuello, o...
–Bones, Spock ha estado conteniéndose... más de lo que yo sabía, más de lo que yo hubiera podido imaginar. Ojalá pudiera pensar que sólo lo hizo con el ajedrez.
–Yo no creo eso –afirmó McCoy–. Quizá juega con usted principalmente con su mitad humana, lo que probablemente es positivo para él; pero yo he visto cómo lo vencía por la psicología. Y vi el juego que había analizado para usted, cuando los maestros máximos de la galaxia lo citaron a usted como jugador del nivel de gran maestro.
Kirk pareció apaciguarse al recordar.
–Me lleva semanas conseguirlo; uno o dos movimientos por día, si tengo suerte.
–Sin embargo, puede hacerlo. Tampoco puede calcular con dieciséis decimales en el mismo tiempo que Spock, pero él recibe sus órdenes.
Kirk sonrió.
–Bones, recuérdeme que lo cite como médico de nivel gran maestro en la modalidad de diplomacia de cabecera.
–No soy más que su viejo médico rural.
–Será mejor que se marche ahora de aquí antes de que ambos nos metamos en problemas.
–Descanse un poco, Jim.
McCoy posó una mano sobre un hombro de Kirk durante un momento, y luego salió. Una vez en el pasillo, se detuvo. De alguna manera, aquel hombro tenía un tacto sorprendentemente vulnerable. Kirk estaba entrenado, pero en aquella época era el entrenamiento suave de la carrera y la natación, más sano, pero no era el mismo aspecto de poder que sus fornidos hombros le habían conferido en otra época. McCoy no quería ni pensar en lo que le costaría a Kirk obtener ese sesenta por ciento de fuerza adicional.
Decidió tener una charla con Spock, quizá incluso con Savaj. No había forma de que Kirk pudiera y quisiera ceder, pero quizá Spock viera la luz de la sensatez.
Savaj era otra historia.

8


Durante la noche, la nave simplemente desapareció de una de las pantallas de visión exterior. Los lectores
de masa quedaron en cero, y la imagen no reapareció.
No obstante, Spock permaneció en el sillón de mando durante toda la guardia nocturna. Fue él quien vio la línea roja del sistema de soporte vital de las dependencias de invitados.
Alertó a Sulu, llamó a Scott para que se reuniera con él en las dependencias de invitados y se dirigió a toda velocidad hacia el sitio por el turboascensor.
En el corredor reinaba un frío glacial; los paneles de lectura indicaban una alta concentración de dióxido de carbono y una peligrosa cantidad de monóxido de carbono. Scott llegó, profirió un juramento y comenzó a bombear y reciclar el aire.
Spock se encaminó al único camarote ocupado; llamó, no obtuvo respuesta y se encontró con la puerta bloqueada por la cerradura interna de la computadora. Apoyó las palmas de las manos contra la puerta, introdujo las puntas de los dedos por la rendija y la forzó hasta conseguir que la cerradura saltase.
Al entrar, encontró a Savaj en un estado de ligero trance físico, con el metabolismo enlentecido, la defensa innata del cuerpo dormido contra los bruscos cambios de temperatura y presión de Vulcano. Pero aquel estado de trance no constituía una defensa contra el monóxido de carbono, al que los vulcanianos eran particularmente sensibles y ante el que no tenían defensas naturales.
Spock sacó a Savaj al pasillo y lo llevó más allá de la línea límite del frío, tras lo cual le abofeteó el rostro con fuerza para arrancarlo del letargo.
McCoy estaba allí, parpadeando para vencer el sueño e inclinado sobre Savaj para explorar su estado con el escáner. Cargó la pistola hipodérmica con un estimulante y un purficador de tóxicos y la descargó sobre uno de los brazos de Savaj.
De pronto, Kirk apareció también en el lugar.
–¿Qué ha ocurrido, Spock?
Spock levantó la mirada.
–No se le ha dado permiso para salir.
Volvió a abofetear a Savaj, y el vulcaniano aferró la muñeca de Spock y abrió los ojos.
Savaj estaba ahora completamente despierto y plenamente consciente.
–¿El soporte vital? –preguntó.
–El monóxido alcanza rápidamente niveles letales para un vulcaniano.
–Aparentemente fue un error de la computadora –declaró Scott–. No puedo comprender cómo, pero ya está arreglada.
–Regrese a las dependencias de oficiales –le ordenó Spock–, hasta que consiga comprender cómo, señor Scott. Revisión Clase Uno.
–Sí, señor. No me gusta el aspecto del aumento de monóxido de carbono.
Kirk estaba observando las lecturas.
–Éste no ha sido un fallo ordinario.
–No –confirmó Spock–, no lo es. Señor Kirk, regrese a sus dependencias. Savaj, conmigo.
El vulcaniano puro se rehízo, se puso de pie, y los dos vulcanianos se alejaron.
Kirk se volvió y se encaminó hacia su camarote. McCoy siguió a Spock y Savaj hasta la suite para oficiales, vacía, contigua al camarote de Kírk.
Savaj hizo un gesto con la cabeza.
–No necesitaré asistencia.
–Ésa es una certeza envidiable, almirante –le replicó Spock, que yo lamentablemente no comparto. Ese error de la computadora ha sido de lo más peculiar y selectivo.
–Esa idea se me ha ocurrido, capitán. Sin embargo, la ayuda sería, con toda probabilidad, superflua o inútil.
Se volvió y entró.
–Spock, no querrá usted decir que... –comenzó McCoy.
Spock se volvió a mirarlo.
–Los accidentes, como indudablemente señalará usted, ocurren, doctor. Yo los encuentro inquietantes cuando tienen lugar de forma consecutiva y ante una presencia alienígena desconocida... que incluso puede haber afectado a miembros de esta tripulación.
McCoy asintió con la cabeza.
–También yo. Y también encuentro inquietante la situación cuando una fuerza alienígena menos misteriosa le afecta a usted. Una presencia vulcaniana. Spock, está usted presionando demasiado a Jim.
–Podría ser –respondió Spock sin expresión ninguna en su rostro.
–Entonces, ¿dejará de hacerlo? –preguntó McCoy esperanzado, un poco dudoso.
–No.
–Pero ¿por qué, Spock? ¿Porque un vulcaniano puro lo tiene dominado?
–No, doctor. Porque Savaj tiene razón.
–¿En poner a Jim, y ponerlo a usted, en un aprieto delante de su tripulación? ¿Por humillar a Jim con una fuerza a la que él no puede hacer frente, y que se romperá el cuerpo intentando alcanzar?
–En salvar su vida –respondió Spock–. Una función que un vulcaniano hubiera desempeñado apropiadamente con su comandante. Yo no lo he hecho.
–No más de dos o tres docenas de veces, es lo que he podido contar. Sin tener en cuenta las crisis rutinarias.
–Los fallos se cuentan una sola vez, doctor.
Spock echó a andar. Ante la puerta de su camarote, se volvió.
–¿Se le ha ocurrido que Kirk no habría sobrevivido a ninguno de esos dos accidentes?
Entró sin agregar una palabra más.

Kirk contestó el intercomunicador. No había dormido desde el accidente de Savaj, y no había conseguido hacerlo muy bien antes del mismo, por alguna pesadilla vaga y recurrente de la que se despertaba bañado en sudor frío y no podía recordar nada.
Había estado haciendo comprobaciones con la computadora desde la terminal de su camarote, e interrogándola. Todavía seguían el curso de regreso a Helvan. La computadora no daba ninguna respuesta definida sobre cómo había ocurrido el accidente.
–Aquí Spock –dijo el intercomunicador por el altavoz–.Puede reunirse conmigo en el nivel recreativo, señor Kirk, si así lo desea. En cinco minutos.
–Así lo deseo –respondió Kirk, en algún punto entre el enojo y el perdón–. Voy hacia allí.
Se puso el traje de asumi que había llevado a su camarote, y salió.
La cubierta del área recreativa parecía densamente poblada por una multitud de tripulantes que murmuraban. No advirtieron de inmediato la presencia de Kirk, y éste tuvo la oportunidad de ver que el foco de su descontento era aparentemente la pantalla de mensajes.
Avanzó para echar un vistazo pero se encontró con un muro de cuerpos que se lo impedían. Uno de ellos resultó ser el siempre notable que pertenecía a Uhura.
–¿Qué motiva esta revolución? –preguntó por encima del hombro de ella.
Ella se volvió, sobresaltada.
–Cap... capitán –terminó con firmeza–. Me alegro de verlo, señor. No se equivoca demasiado.
Uhura se apartó un poco para permitirle ver por encima de su hombro.
En la pantalla aparecía una orden que aumentaba al doble la condición física requerida de la tripulación, firmada por Spock.
Kirk reprimió un gemido y miró a Uhura con tristeza.
–Lo siento.
Ella asintió con la cabeza.
–Le aseguro que se lo considera ampliamente culpa suya, señor.
–Gracias.
–Ahí tiene a otro candidato muy popular –señaló ella por encima del hombro izquierdo de Kirk, y éste se volvió para ver a Savaj que entraba en la sala recreativa.
Una multitud de miradas, que abarcaban desde la ligera irritación hasta el abierto antagonismo siguió al vulcaniano. Kirk se sintió incxplicablemente regocijado.
La mirada de Uhura estaba en el extremo francamente antagónico, pero advirtió que seguia los movimientos felinos del vulcaniano puro con una atención que le pareció ta percepción femenina del vulcaniano como sumamente masculino.
–Nadie consigue descifrar a ese hombre, capitán, ni siquiera yo –dijo Uhura–– Intenté hablar con él sobre si descubrimientos en comunicación, pero no conseguí absolutamente nada. Fue lo mismo CLIC' intentarlo con un árbol. –Suspiró–. El señor Dobiaus –dijo con satisfacción, refiriéndose al taniano de dos metros quince de estatura, cor cabeza bifurcada– quiere desafiar al almirante a tres derribos.
Kirk tuvo que reprimir una risita, pero consiguió una expresión más o menos seria.
–Quíteselo de la cabeza, Uhura... Gracias, pero... no, gracias.
–No veo por qué no, capitán –intervino, desde, detrás de él, Scott, que evidentemente fisgoneaba con total descaro–. El taniano es casi el único que puede conseguir igualarse incluso con un vulcaniano. Y Dobius no es muy aficionado a un vulcaniano que se ensaña con un humano valiéneose de esos músculos. Ni tampoco yo, con perdón, señor. Spock e:,: una cosa. Pero ese pescado frío...
Kirk se volvió a mirar a Scott. –El ingeniero mostraba un expresión severa, preocupada per él.
–Señor Scott, todavía no soy del todo un cero a la izquierda. Yo intentaré con él uno o dos derribos. –Se puso une mano en la nuca e hizo una mueca de tristeza–. En cuanto consiga recuperarme del último. –Luego recorrió con la vista a todos aquellos que estaban dentro del campo auditivo–. Entre tanto, les sugiero que comiencen a buscar maneras de trabajar en los nuevos niveles de fortaleza exigidos por el capitán Spock. Es muy probable que pronto comience a pone él mismo a prueba los niveles de fortaleza... si no lo hacen por él nuestros visitantes de la pasada noche.
Algunos de ellos se calmaron Él aprovechó el momento y escapó. La mayoría de ellos no sabían lo que no se apartaba de su mente: que el vulcaniano puro contra el que estaban tan resentidos por él, había estado a punto de morir durante la noche anterior, en su nave.
Savaj estaba ejercitándose en solitario; ejecutaba una disciplina exótica que se parecía un poco a los bailes cosacos, pero en cámara lenta y muchas veces más dura. Kirk sabía que hubiera sido incapaz de hacerlo aunque de ello dependiese su vida.
–Señor Kirk –dijo Savaj, desde una postura en la que tenía una rodilla completamente flexionada y la otra pierna completamente extendida y paralela al suelo.
Kirk apretó los dientes v se lanzó.
–¿Me enseñaría usted eso, señor?
Savaj levantó una ceja. Los vulcanianos eran probablemente demasiado educados como para reírsele en la cara. Savaj se levantó, apoyado todavía sobre una sola pierna, y luego le tendió las manos a Kirk.
Kirk las tomó, con alguna duda, pero firmemente.
–Repita mis movimientos –dijo Savaj.
El vulcaniano puro giró ligeramente a un lado y levantó una rodilla hasta más arriba del muslo de Kirk. Éste reprodujo el movimiento hacia el lado opuesto. Savaj se inclinó ligeramente hacia atrás, utilizando su fuerza para contrapesar a Kirk, y ambos descendieron lentamente sobre la pierna opuesta. No era que los músculos no protestaran, pero Kirk disponía de muy poco como para preocuparse de eso.
Savaj lo condujo entonces a través de unos ejercicios que no podría haber llevado a cabo solo ni con otro ser humano. Con la fuerza de Savaj y su perfecto equilibrio de contrapeso, su guía, su apoyo, su sostén, aquello estaba fuera de la fortaleza de Kirk, aunque no completamente fuera de algún límite al que podía llegar mediante la superación. Se trataba de una rutina de guerreros: poder, gracia, fortaleza, equilibrio, sincronización perfecta, coraje, resistencia, que trabajaba cada músculo y nervio, la totalidad del cuerpo, quizá el alma. De forma adecuada, los vulcanianos combinaban los diversos elementos para producir belleza.
Savaj conducía el ejercicio de manera que los movimientos más duros recayeran sobre él: lo elevaba y Kirk, con los brazos extendidos y rígidos contra los de Savaj, era levantado, pasado por encima de la cabeza del vulcaniano y descendido al interior del círculo de las muñecas cruzadas, y luego vuelto a la postura inversa. Lo hacía rodar y Kirk describía una voltereta sobre la espalda del vulcaniano. Lo cargaba y Kirk era levantado por una mano como estribo hasta los hombros del vulcaniano, y luego por encima de la cabeza de éste, sin esfuerzo alguno, y finalmente apoyado en sus propias manos sobre una mano del vulcaniano.
Savaj controlaba la coreografía de los ejercicios. Debía de estar guiando, transmitiéndole telepáticamente los movimientos a Kirk con las manos, los ojos y su propio cuerpo, a pesar de que Kirk no era consciente de ello.Él simplemente parecía saber cómo debía actuar. Pero un vulcaniano no implantaría aquel conocimiento en su mente, eso era seguro. No había tiempo para pensar en ello. Savaj describió una voltereta por encima de Kirk, permitiéndole soportar parte de su peso durante un momento, y luego finalizó con otra poderosa maniobra en la que lo levantó por el aire y lo hizo descender hasta la posición inicial.
Pasado un momento, Savaj se soltó e inclinó la cabeza levemente.
–Primera lección.
–Gracias, señor –dijo Kirk.
–Innecesario.
Kirk se dio cuenta de que habían vuelto a atraer a un grupo. Realmente no había sido consciente de ello mientras se movían. Ahora percibió una especie de sorprendida atención en los ojos que los observaban, como si hubieran visto algo extraordinario. Kirk era bastante buen gimnasta. Sabía que nunca había hecho nada parecido. Se preguntaba si lo había hecho algún ser humano.
–Señor, usted me levantaba como si yo fuera... ni siquiera un niño, sino la muñeca de un niño.
Savaj levantó una ceja.
–Debe usted darse cuenta, capitán, de que estoy físicamente capacitado para levantar a un vulcaniano puro de huesos más pesados y musculatura más densa en la gravedad mayor de Vulcano... y probablemente cargar con él acantilado arriba o sacarlo de los dientes del le matya. Usted no es nada extraordinario. La analogía con un mero juguete es algo figurativa, pero esencialmente correcta.
Kirk guardó silencio por primera vez; y fue un momento antes de darse cuenta de que había oído a Savaj llamarlo «capitán». No creía que los vulcanianos cometieran errores de esa índole.
–Pocos son los juguetes, sin embargo, que pueden interpretar y ejecutar un T’hyvaj. –El vulcaniano hizo una breve reverencia–. Ha sido un placer.
–El placer ha sido mío –dijo Kirk–. ¿Mañana?
Pero de pronto miró más allá de la multitud y vio a una figura solitaria que aguardaba sobre una estera de ejercicios: Spock.
–Si me perdona, almirante... –acabó y se encaminó hacia Spock.
–Quizá esté usted fatigado por el T’hyvaj –dijo Spock. Kirk adoptó su mejor expresión de pillo. –Absolutamente. Nunca me he sentido mejor. Estoy preparado para enfrentarme con mi parte de le matyas. –Será un le matya muy pequeño.
–Un gatito –replicó Kirk–. Eso debería ser más o menos lo correcto.
Spock meneó la cabeza.
–Que aún no haya abierto los ojos.
Kirk suspiró. Avanzó hasta el centro de la estera e hizo una reverencia. Ambos tendieron los brazos para tocar el hombro del contrario.
–¿Por qué nunca me enseñó T’hyvaj, Spock?
–No podría decirlo. Es una cosa que uno puede aprender del camino remoto.
–¿De los guerreros?
Spock asintió con la cabeza.
–De los T’hy’la, anteriores a la aurora de nuestros tiempos actuales. ¿Está preparado?
Kirk intentó despojar su mente de toda otra cosa y concentrarse en el asumi.
–Estoy preparado –respondió de acuerdo a las normas. Pero no lo estaba, o no le hubiera servido para nada el estarlo. Spock lo derribó con el mismo poco esfuerzo con que Savaj lo había levantado. Luego otra vez. Kirk comenzaba a cansarse un poco de aquella diversidad.
Entonces dedicó todo su cuerpo y mente al ejercicio, y consiguió un derribo de tijera.
Alguien lo vitoreó. El lanzó una mirada de advertencia.
Pero fue la última vez consiguió derribar a Spock. El vulcaniano comenzó a trabajar con él no para conseguir derribarlo, sino para forzarlo a la máxima resistencia y conseguir que adquiriera la máxima fortaleza.
Después de cinco minutos, se sintió como si hubiera estado intentando mover todo Vulcano; lo cual era damente la realidad. Era la técnica del árbol. Uno se imagonabo a sí mismo arraigado al planeta; quien me mueva a mí moverá mi mundo. Spock tenía una vívida imaginación.
Kirk retrocedió finalmente e hizo la señal del inferior que significaba «suficiente».
–Capitán Spock, me siento completamente vencido y minuciosamente desmoralizado. ¿Cree que podremos conseguir una cosa semejante al desayuno?
Spock alzó una ceja.
–Tiene mi permiso para regresar al puente después de haber hecho el intento.
Salió en dirección al turboascensor, con el traje de asumi aun puesto, y dejó a Kirk plantado.
Pavee Chekov había sacado una taza de café de alguna parte, y se acercó para ponerla en manos de Kirk.
–El señor Spock parece estar tomándose todo esto muy en serio, señor.
–Gracias, Pavel –respondió Kirk, pero no podía dejar pasar aquel comentario–. Dentro de unas tres horas, señor Chekov, estaremos nuevamente en órbita alrededor de Helvan. El aspecto que tiene usted, si no por nada más, justifica que se lo tome en serio. –El ruso estaba pálido, ojeroso—. ¿Qué tal ha estado durmiendo?
Chekov se encogió de hombros.
–¿Dormir? Me parece recordar que eso fue inventado por una anciana dama rusa de...
–No ha dormido.
–Ciertamente, no cuando puedo evitarlo. Y poco cuando lo hago. Las pesadillas...
–¿Puede recordarías?
–Nyet. Nada. Sólo que tengo ganas de ponerle las manos encima a alguien...
–Preséntese al doctor McCoy, señor Chekov, y sométase a un ciclo de sueño REM.* Yo se lo comunicaré al capitán Spock.
Chekov negó con la cabeza.
–Gracias, capitán, pero cuento con formar parte del grupo que baje a tierra.
–Hay tiempo, señor Chekov. De lo contrario, no estará usted en forma para hacerlo. Vaya. ––Sí, señor.
–Pavel... Yo sé cómo se siente.
Chekov sonrió y se marchó. Kirk tomó un café y una ducha sónica, y se cambió de ropa, aunque no en los cubículos cerrados, tras lo cual se encaminó hacia el puente.

* Rapid eye movement (movimiento rápido del ojo). Tipo de movimiento convulsivo de los ojos bajo los párpados cerrados que se produce durante el dormir y está asociado con los períodos en los que se sueña.
(N.de la T.)

9


Tres horas más tarde estaban en órbita alrededor de Helvan. Los mensajes y los informes del escáner de la superficie del planeta no eran alentadores. Estaba en marcha una revolución en plena escala. Las desapariciones se incrementaban. El pánico y la violencia colectiva estaban arrasando el planeta.
Kirk se marchó discretamente para que McCoy volviera a implantarle cuernos, y con lo que se encontró fue con Chapel acabando artísticamente dicha obra en McCoy.
–Bones, Spock no le ha designado a usted como parte del grupo de descenso.
McCoy bufó.
–No ha designado a nadie, ni siquiera a usted. Las cosas han sido muy precipitadas. Venga aquí.
Poco después, Kirk tenía sus cuernos. Comenzó a darle una impresión de algo ominoso el hecho de que Spock no se hubiera librado de los suyos en ningún momento.
El intercomunicador silbó. La voz de Rand llegó a través del mismo.
–El señor Spock ha alertado a la sala de transporte para que se prepare para la transferencia... en cinco minutos.
Kirk y McCoy salieron apresuradamente. Encontraron a Uhura en la sala del transportador, completamente ataviada con un equipo completo de comunicaciones. Chekov también estaba allí con un pequeño arsenal en la cintura y las armas de reglamento para los demás integrantes del grupo, con una expresión bastante ceñuda bajo sus cuernos.
Spock entró y captó la presencia de todos con una sola mirada.
Savaj entró detrás de él. Rand jadeó sonoramente. Si alguna vez habían acusado a Spock de parecer el mismísimo diablo, se habían equivocado. Era aquél el Hijo de las Tinieblas encarnado. Los cuernos no hacían más que completar la imagen, pero el rostro vulcaniano estaba tallado de leyendas, sueños, pesadillas, con su oscura majestad satánica. Si existía un rostro capaz de levantarse contra Dios, aquél era dicho rostro.
Spock miró al grupo reunido en la sala y asintió con la cabeza.
–Un celo encomiable. Gracias. De todas formas, la partida de tierra consistirá sólo en aquellos que son inmunes a la influencia. –Miró a Kirk–. Un principio de lógica y de mando que he comentado con usted en varias ocasiones. Principalmente contra la criatura nebulosa...
–Spock, ya sabe qué es lo que puede hacer con esa nube... –se contuvo en seco–. Capitán Spock, no estamos aquí para permanecer a salvo dentro de la nave, suponiendo que esto sea seguro, algo que resulta dudoso. Estamos aquí para estudiar el efecto alienígena. La inmunidad no le atrae necesariamente, mientras que nosotros obviamente sí lo hacemos. La inmunidad podría no detectarle, mientras que nuestra afinidad sí lo consiguió. Es para eso para lo que está aquí este grupo.
–Señor Kirk, no hasta que, y a menos que, se hayan agotado todas las alternativas que puedan ser exploradas por dos vulcanianos. No necesitamos detección ninguna para saber que dicha influencia está operando sobre este planeta. Usted ya la ha atraído, aunque con un éxito excesivo. Ya ha tenido su oportunidad de influir sobre usted. En cuanto a la afinidad, sólo ha servido para detectar dicho efecto. Si existe inmunidad, no hay efecto alguno que detectar.
–Ni siquiera eso está firmemente determinado, Spock. La inmunidad vulcaniana es una suposición. Y usted es medio humano.
–Eso es algo bien sabido –replicó Spock–. Al igual que lo es el hecho de que yo estoy al mando de esta nave. Para su información, señor Kirk, no se tiene constancia de ningún caso en el que alguien haya desaparecido dos veces y haya regresado. No voy a darle a eso ninguna segunda oportunidad con víctimas anteriores, ni con ninguna víctima humana hasta que el poder de Vulcano haya sido puesto a prueba contra esa influencia. Si Savaj o yo somos apresados, como vulcanianos tenemos un significativo porcentaje de probabilidades de liberarnos o de conocer la naturaleza del enemigo.
Se volvió para encararse directamente con Kirk.
–Escuche lo que voy a decirle, señor Kirk. Voy a dejarle al mando, en contra de lo que me dice mi juicio; pero voy a dejarle con órdenes estrictas, según todas las ordenanzas aplicables de la Flota Estelar. En el caso de que la partida de tierra desaparezca, se encuentre aparentemente en aprietos o no regrese, no deberá usted organizar ninguna misión de rescate, ni permitirá que nadie abandone la nave, ni hará intento alguno para rescatarnos. Si perdemos el contacto durante más de cuatro horas, deberá dar la partida de tierra por perdida y abandonar de inmediato la órbita en dirección a Vulcano, de donde no regresará sin un equipo completo de vulcanianos y bajo el mando de un comandante vulcaniano.
–Spock –dijo Kirk cautelosamente–, me está usted pidiendo que «dé por perdido» no sólo a un oficial y amigo que es invalorable para la Flota Estelar e indispensable para mí, sino también a un oficial de máximo rango de la Flota Estelar, el almirante Savaj, una de las mentes más privilegiadas de la galaxia.
–No, señor Kirk. No se lo estoy pidiendo –dijo secamente Spock–. Es la orden final obligatoria de un oficial al mando que marcha conscientemente a una misión potencialmente sin retorno. No le dejo ninguna opción ni recurso alguno a su criterio. Así lo hago constar ahora. Responderá ante la Flota Estelar; o, si yo sobreviviera, ante mí.
Se volvió y subió a la plataforma del transportador.
–O, si sobrevivo yo, ante mí –agregó Savaj.
–Activación –ordenó Spock.
Kirk no dijo nada.
Pero miró a Spock con la expresión que Spock sería capaz de interpretar como «y una porra».
Apenas pudo contenerse de decirlo en voz alta, diciéndose a sí mismo que Spock se haría transferir inmediatamente de vuelta para ajustarle las cuentas en aquel mismo momento... y relevarlo del mando.
Según estaban las cosas, Spock lo dejó en su puesto por aquella agudeza de intuición y criterio de mando que era consciente de que Kirk poseía, y que muy bien podrían ser necesarios para salvar la nave. Spock sabía muy bien que, cuando las cosas se ponían mal, el tener que responder ante la Flota Estelar no detendría a Kirk.
La mirada que McCoy le dedicó a Kirk revelaba que estaba especulando sobre si conseguiría detenerlo el tener que responder ante Spock o Savaj.
–¿Sabe una cosa, Jim? Ellos no tienen necesariamente que regirse por las regulaciones de la Flota Estelar de naturaleza humana. En eso también tienen derecho a la diversidad vulcaniana. El ala vulcaniana y el código de mando.
Kirk adoptó una expresión de tristeza.
–Podría haberse ahorrado el decir eso, Bones.
–Escúcheme, yo vi las consecuencias de la diversidad vulcaniana, ¿recuerda? T'Pring se convirtió en objeto en un segundo vulcaniano por desafiar un acuerdo matrimonial hecho por sus padres cuando ella tenía siete años. ¿Qué supone usted que hace una nave vulcaniana con un oficial que rompe un juramento hecho a la Flota Estelar cuando es adulto?
–Bones –dijo Kirk–, será mejor que vaya a conjurar un encantamiento contra la posibilidad de que tengamos que llegar a averiguarlo. ¿Realmente cree que voy a salir de aquí y dejarlos en ese planeta si se meten en problemas?
McCoy suspiró.
–Voy a sacar mi ojo de tritón. –Comenzó a volverse–.Pero, Jim, quizá Spock tenga algo de razón. Si sólo los vulcanianos pueden enfrentarse con eso... y si incluso nuestra capacidad de juicio se ve afectada...
–Incluso la mía. Lo sé, Bones. Sin embargo, continúa siendo la única capacidad de juicio que tengo.
Kirk se volvió hacia Scott, que se encontraba en los controles del transportador.
–Quiero que se los siga constantemente con un escáner de lectura vital completa.
–Sí, señor –replicó Scott–, pero ya se han metido en el meollo del asunto.
Kirk llegó hasta Scott en tres zancadas. Las dos formas de vida vulcanianas estaban rodeadas por una turba.

Spock y Savaj habían aparecido en un callejón desierto. Spock comprobó el funcionamiento de su comunicador.
Había sido un error dejar a Kirk al mando. Spock conocía bien aquella mirada.
De todas formas, no es que hubiese tenido, de hecho, mucha elección. Dado cómo era Kirk, había pocas cosas, aparte de la sedación o el encarcelamiento, que hubieran impedido que se hiciera con el mando de aquella nave si la partida de tierra se perdía. Ni tampoco había en la nave un solo tripulante que no fuese a respaldar a Kirk en el caso de que lo hiciera.
Spock había cedido ante la lógica y, a pesar de todo, había sido un error.
–Spock a la Enterprise.
No hubo respuesta. Ni una señal, constató momentáneamente Spock.
–Bloqueada –confirmó Savaj, comprobando el funcionamiento del suyo–. En cualquier caso, de poco serviría relevarlo.
Spock reprimió una irritación casi humana al verse interpretado con tanta exactitud.
–Cree que soy descuidado en el Tzaled. –No. Le he hecho una observación. –Observación recibida.
–Usted ha permitido que el juicio superior se subordinase al inferior.
–Ha sido mi comandante.
–Usted es su superior natural.
–Ese pensamiento se me ha ocurrido ocasionalmente. De todos modos, existe otro nivel en el complejo hecho que usted no ha tenido oportunidad de observar.
Savaj se encogió de hombros.
–Más razón aún para ese nivel Tzaled de lealtad hacia el comandante. En este caso, requeriría el tipo de instrucción subadulta que debe aplicarse en el caso de los niños prodigio erráticamente brillantes y peligrosos.
Spock asintió con la cabeza.
–Le encomiendo a usted, almirante, la tarea de intentar hacer eso con un humano Beethoven... o con un Kirk. Spock avanzó rápidamente hasta la boca del callejón, con Savaj inmediatamente detrás.
Lo que había sido una calle relativamente tranquila, se vio de pronto llena por una turba. Se arremolinaron en torno a ellos y los absorbieron al interior del furibundo torrente de seres cornudos.
Ambos intentaron abrirse camino hasta el borde del mismo, pero de repente la turba giró una esquina y los apretó contra una multitud de miles de seres que observaban cómo un grupo armado atacaba el Palacio de Verano. Encontraron cierto refugio junto a una columna de piedra.
Spock vio campesinos asaltando el palacio con horcas. Vio culebrinas que tan sólo unos días atrás habían sido un nuevo objeto de curiosidad; y también vio armas que se cargaban por la boca, ya bien desarrolladas. Se lanzó a la carga otro grupo que contaba con algunos integrantes que blandían armas de retrocarga con toscos cartuchos.
–Siglos de fabricación de armas –dijo Spock– comprimidos en unos cuantos días.
Savaj asintió con la cabeza.
–La revolución que está teniendo lugar aquí se ha adelantado cuatro siglos según mis cálculos, y comprime trescientos años de revolución en un lapso de semanas. Desgraciadamente se corre el grave peligro de mezclar las grandes revoluciones liberadoras de la escala Richter normal con las posteriores revoluciones autoritarias y contrarias a la vida.
–Usted ha estudiado el planeta –dijo Spock.
–Hace tres años. Estancado, precientífico... en el feudalismo temprano, sin ninguna de las semillas de estos cambios en su composición.
–Usted está hablando de experimentación sociológica –adivinó Spock.
–Sí –replicó Savaj–. Pero hay mucho más que eso.
Le indicó que ya estaba explorando con el escáner de mano de su sensor.
Spock hizo lo mismo. Razonablemente normal. Luego advirtió algo que lo hizo mirar con mayor atención.
Desde que ellos habían llegado, un ala del palacio había caído en poder de los rebeldes. Se habían izado estandartes. Un cañón. Los líderes organizaban grupos improvisados que avanzaban rápidamente hacia objetivos que surgían de forma repentina. Finalmente, Spock consiguió identificar la sensación subliminal que lo hostigaba.
Era como si ellos estuvieran observando desde una película en cámara lenta, mientras que el mundo real (le Helvan pasaba ante ellos a toda velocidad. Pero no era tanto el mundo físico el que se había acelerado.
—Tiempo... –comenzó a decir Spock–. No. ¿Tiempo psicológico?
Savaj asintió con la cabeza.
–Se trata del incremento de la velocidad de un fenómeno natural. En todos los mundos se dan períodos en los que un siglo realiza la obra de un milenio, a lo que sólo sigue la década que realiza la obra de un siglo. Pero ahora, en este y otros mundos, el año se convierte en el milenio, aunque no sin ayuda exterior.
De pronto alguien de la multitud se volvió y descubrió los extraños instrumentos que tenían en las manos; y de pronto un varón helvano con cuernos gruñó como un demente y avanzó hacia ellos. El contagio se apoderó de la multitud y una repentina ola cornuda se deslizó hacia donde estaban los dos vulcanianos.
Savaj cogió a Spock por un brazo y ambos echaron a correr. Eran las presas. Los perseguían para cazarlos. Tanto si lo sabían como si no, aquellas gentes tenían que percibir la presencia de los experimentadores, y ahora identificaban a Spock y Savaj con esa presencia. La respuesta de los helvanos fue el deseo de destrozarles la garganta.
Rodearon edificios y saltaron por encima de muros hasta que aparentemente perdieron a sus perseguidores. Savaj le había dado impulso a Spock para que subiera a lo alto de una pared de la altura de tres hombres; luego saltó para coger la mano de Spock y subir él mismo a lo alto cuando Spock tiró de él. Aquélla era quizá la primera vez, en probablemente veinte años, que Spock recibía ayuda de una fuerza igual o superior a la suya propia.
Se agacharon para ocultarse en un nicho angosto mientras un contingente de helvanos pasaba precipitadamente de largo.
–Esto ha sido, entonces, en lo que ha pasado la última década –comentó Spock.
Savaj asintió.
–He pasado en ello toda mi vida, y sin duda la última década. Comencé a detectar el fenómeno hace mucho tiempo. Existe un patrón de anormalidades que denotan algún gran proyecto. Los que lo proyectaron se mantienen en el anonimato. Esto está fuera del alcance de las capacidades de cualquier forma de vida conocida de la galaxia. Parece incluir la comparación entre muestras de diferentes planetas, sofisticados proyectos de experimentación y una voluntad suprema de pagar el precio de la sabiduría con las muertes de otras formas de vida.
–¿Para investigar qué hipótesis? –preguntó Spock.
–Lo ignoro. La intención quizá no sea malévola. Tampoco es benévola. Algunos cambios son destructivos, peligrosos; algunos pueden ser beneficiosos. El cualquier caso, la acción alienígena equivale a una total indiferencia hacia cualquier principio de no interferencia. Es la antítesis de la Primera Regla de no interferencia de nuestra Federación. La regla de los experimentadores es: intervenir siempre.
Spock lo miró fijamente.
–Pero usted tiene alguna teoría con respecto a la hipótesis de experimentación.
Los ojos de Savaj lo estudiaron.
–La tengo. De todas formas, continúa siendo tan improbable que no dispongo de pruebas lógicas en las que fundamentarla. Prefiero reservármela hasta que hayamos reunido pruebas.
–He descubierto –señaló Spock– que frecuentemente acelera el proceso de la recogida de pruebas el compartir lo que incluso los humanos considerarían como una especulación sin fundamentos.
–Nosotros no somos humanos, Spock. –Savaj consultó su sensor–. Hay una fuente de energía de 13 Mark 3 que no es compatible ni siquiera con el nuevo índice de desarrollo helvano.
Le hizo a Spock un gesto para que saliera, y Spock rodeó a las bestias de carga helvanas que estaban atadas junto al callejón.

Fue en ese preciso instante cuando todos los instrumentos se mostraron de acuerdo con Savaj de Vulcano: el capitán Spock rodeó a las bestias de carga... y desapareció.
Savaj comprobó el estado de su comunicador, vio que continuaba siendo inservible y partió en la dirección energética de 13 Mark 3.

10


Kirk se volvió con repentina alarma de la pantalla de la computadora de la sala de transporte en la que estaba realizando unas comprobaciones. No hubiera sido capaz de definir la fuente de aquella sensación. Alguna percepción de la presencia de Spock parecía haberse interrumpido.
Unos minutos antes, el seguimiento de formas de vida de Scott había mostrado que Savaj y Spock eludían una persecución inmediata y alcanzaban un lugar aparentemente seguro. Los perseguidores habían sido helvanos... peligrosos pero no misteriosos. Sin embargo, Kirk había tenido una acuciante sensación de grave inquietud que parecía ir más allá del peligro inmediato.
Se le ocurrió una idea y regresó a la terminal de la computadora de la sala de transporte para realizar una comprobación más acerca del accidente ocurrido con el sistema de soporte vital de Savaj y el fallo de la computadora que había convertido el cubículo del vestuario de Spock en una trampa mortal cuyas consecuencias habían sido casi fatales. Spock había dicho que el monóxido ejercía un efecto rápidamente letal sobre los vulcanianos; Savaj, que la asfixia y la presión eran fatales. No había muchas cosas en una nave humana a las que un vulcaniano fuese gravemente vulnerable.
Esta vez, Kirk le preguntó a la computadora cuáles eran las probabilidades de que se produjeran dos accidentes semejantes por fallos fortuitos de computadora sucesivos y separados por un corto período de tiempo y que implicaran peligros particularmente letales para los dos únicos vulcanianos de a bordo. ¿Cuáles eran las probabilidades de que fueran accidentes?
–La probabilidad se aproxima a cero –respondió desapasionadamente la computadora.
Kirk sintió un escalofrío. En una nave en la que al menos cuatro seres humanos habían estado expuestos a algún tipo de efecto alienígena alterador de la mente, se habían cometido dos atentados diferentes contra los únicos dos tripulantes que podían ser inmunes a dicha influencia.
Comenzó a trabajar con un nuevo programa. «Personas capaces de realizar las alteraciones necesarias en la computadora.»
Pero fue en ese momento cuando tuvo la percepción de que había algo más inmediato que iba mal. Las piernas comenzaron a doblársele. La furia, el terror, la vergüenza, lo recorrieron: una furia más volcánica que la suya propia, y una vergüenza más profunda por experimentar terror.
–Spock –dijo Kirk en voz alta.
–No, capitán –exclamó Scott con repentina alarma–.Acabo de perderlo.
Kirk intentó captar algún sentido de la dirección de la que provenía, pero se desvaneció repentinamente en una explosión de incandescente dolor.
–Kirk a Spock –dijo Kirk por el comunicador–. Kirk a Savaj. –Nada.
–Amplíe la exploración. –Scott pulsó el botón para ampliar el mapa de coordenadas que continuaba sin señalar la presencia de ninguna forma de vida vulcaniana–. ¿Esto? –preguntó Kirk, señalando con un dedo un punto brillante que aparecía en la pantalla.
–Una fuente de energía de algún tipo, capitán –respondió Scott–. Parece que acaba de sufrir una agitación en este preciso momento.
La línea recta del avance de Savaj señalaba en la dirección de la fuente energética.
–Transfiérame ahí, con total precisión, dentro de eso. –Kirk golpeó con un dedo el punto brillante.
–Señor, no puedo hacer eso. Ya oyó lo que dijo Spock. Incluso la Flota Estelar le quitará el mando... no le ha dejado salida posible al almirante Nogura. Y si el mismo Spock regresa...
–Señor Scott, si Spock no regresa, o si Savaj no lo hace, Nogura puede coger mi mando y...
–Con su perdón, señor, si yo fuera usted me preocuparía por el señor Spock; o por ese otro.
–Y así lo hago. Transfiérame allí.
Estaba cogiendo dos pistolas fásicas.
–Está en automático –dijo Scott, haciéndole señas a un técnico para que se encargara de los controles del transportador, y cogiendo otra pistola fásica–. Yo voy con usted.
–No, señor Scott. No voy a arriesgar a nadie más ante esa influencia alienígena. Un solo hombre rápido puede tener la oportunidad de entrar y apoderarse de Spock, entrar y salir de inmediato. Si no puede transferirnos fuera de allí en tres horas y media, siga las órdenes de Spock. –Subió a la plataforma del transportador, y Scott regresó de mala gana a los controles–. Ahora, Scotty.
Scott le dirigió una mirada que acompañaba la última orden de Kirk de la misma arma de la que Kirk había acompañado las órdenes de Spock.

Kirk emergió a un lugar en el que la luz era inadecuada para sus ojos, las formas inadecuadas para su cuerpo, los gritos intolerables para sus oídos.
Las escenas eran tan espantosas, que sus ojos se negaban virtualmente a captar lo que tenían delante. Pero vio alienígenas de una especie desconocida e inexplicablemente horripilante: no tenían boca y, sin embargo, chillaban.
No. Ellos no chillaban.
Ahora podía ver humanoides desnudos, helvanos, quizá otros, sujetos a mesas con bandas metálicas. Los sin–boca les estaban haciendo a sus indefensas víctimas cosas indescriptibles, sin la menor señal por parte de los sin–boca de preocupación o siquiera conciencia del horror. Algunos de los humanoides estaban siendo meramente examinados. Otros estaban siendo cambiados. Algunos tenían fluidos cáusticos goteándoles sobre los ojos.
Lo que quizá horrorizó más a Kirk fue que tenía la seguridad de que no se trataba de sadismo. No existía ni siquiera ese poco de empatía con lo que las víctimas experimentaban. En aquellas criaturas sin boca no estaba presente ni siquiera la satisfacción de los torturadores, sino mera y absoluta indiferencia.
Experimentadores, pensó Kirk. ¿Y qué, si se trataba de eso? Un tecnico de laboratorio podía viviseccionar a un perro de laboratorio y luego irse a casa y jugar con su perro mascota.
Luego Kirk vio a Spock, con los miembros extendidos, que yacía sobre una mesa, mientras los sin–boca se inclinaban sobre él. Sus ojos miraron a Kirk con una furia incandescente.
Los sin–boca se disponían a atacar a Kirk, y él se abrió paso hacia Spock con ambas pistolas fásicas disparando el paralizador máximo. Los sin–boca eran resistentes, pero finalmente caían. Pasaban los unos por encima de los otros y continuaban acercándose. Aparecían por detrás de él.
Llegó hasta Spock y se volvió para defender al vulcaniano, haciéndolos caer a montones.
–¡T'Vareth! –gruñó Spock–. Desobediente cachorro estúpido.
Los sin–boca se estaban aproximando. Kirk intentó enviar una señal a la Enterprise. No hubo suerte.
De pronto, Spock encontró la fuerza que no había conseguido reunir por sí solo. Con un solo esfuerzo convulsivo rompió las bandas de metal que lo sujetaban y se puso de pie. Durante un largo momento se debatió dando vueltas y asestando golpes a dos manos que iban formando una pila de los sin–boca heridos a sus pies. Llegó hasta Kirk.
Lucharon hombro con hombro, a veces espalda con espalda, mientras Spock abría una brecha hacia la puerta. Kirk percibió una mueca de ferocidad en su rostro, compuesta de terror y todas las veces que ambos habían vencido antes las probabilidades de mil contra uno.
Esta vez no lo consiguieron. Nuevos refuerzos de los sinboca continuaron llegando y pasando por encima de los caídos, hasta que el vulcaniano estuvo sepultado en ellos.
Kirk se desmayó con la seguridad de que ambos habían caído en las manos del mal absoluto.

Se despertó sujeto, con el metal mordiéndole las muñecas y los tobillos. Unas manos alienígenas desapasionadas lo palpaban. Yacía boca abajo. Durante un largo instante no pudo ver nada. Luego consiguió volver la cabeza y vio a Spock, sujeto a otra mesa junto a él, consciente de todo lo que les hacían o se disponían a hacerles.
Los sin–boca estaban manejando a Kirk como si se tratara de un objeto inanimado. No. Peor. Como si fuera uno animado cuyas sensaciones careciesen de importancia. Terror, vergüenza, agonía, furor, súplica muda, inteligencia, lógica... instintivamente, sabía que nada los conmovería.
Aquélla era una insensibilidad tan profunda, que ni siquiera era consciente de ser insensible. Se había purgado de toda empatía. Kirk sabía que nunca en su vida se había sentido tan aterrorizado.
Entonces algo se desgarró en su mente y él profirió un grito. No. Eso no era verdad. Ahora conocía la fuente de la vergüenza. Ya había estado una vez en aquel lugar...

Scott bajó con McCoy y la partida armada más grande que jamás habían organizado en la Enterprise: Chekov para supervisar el despliegue de armas, Uhura, Rand y Chapel que se presentaron con un insistente contingente de voluntarios, prácticamente todos los de a bordo que no estaban inmovilizados en sus puestos de servicio. Se habían enterado de que Kirk había salido tras Spock y lo habían capturado.
Scott les había advertido que aquélla podía ser una misión suicida, y un delito digno de un consejo de guerra. Nadie pareció parpadear siquiera.
Scott no se entretuvo en discutir. Según sus últimas lecturas, en el lugar pululaban unas formas de vida alienígenas inclasificables, pero había también lecturas de humanoides, algunos de ellos en estado de agonía. Dos de aquellos humanoides eran de los suyos. Aquello era la guerra.
Ahora, las partidas armadas estaban bajando por el transportador auxiliar en grupos de seis.
Scott había llegado a la conclusión de que aquello no tenía relación con la Primera Regla. Fueran lo que fuesen aquellas bestezuelas que poblaban la instalación energética, no se trataba de helvanos y decididamente no eran primitivos. Pero sí eran salvajes. ¡Esas lecturas de dolor! El rostro de McCoy se puso blanco.
Scott le hizo una seña a su propia partida, y se arrastraron entre la maleza en dirección al campo energético de la instalación. Había metido a Kirk con un rayo transportador de precisión, pero había resultado imposible sacarlo del lugar.
Algo brotó del suelo delante de Scott... una aparición cornuda.
–Señor Scott –le dijo.
Si aquél no era el mismo diablo...
–Por aquí –dijo Savaj, y comenzó a hacerles señales a los contingentes que acababan de descender: «Rodeen por aquí, ataquen aquí, ocupen ese punto elevado, esa posición clave... ¡ahora! ».
Todo fue realizado en silencio y como si Savaj hubiera estado haciéndolo desde hacía cien años.
Lo cual, según calculó Scott, probablemente era así.
No fue hasta que cargaron, sin discusión, a las órdenes del vulcaniano, cuando a Scott se le ocurrió que aquél era un vulcaniano puro, enseñado en el absoluto de un milenio de paz.
Sin embargo, el guerrero vulcaniano ancestral había resurgido.
En el rostro del vulcaniano no había efectivamente ni paz ni pacifismo. Podría haber sido un vulcaniano colérico de los albores de los tiempos; y, a pesar de todo eso, aquella salvaje máquina de lucha continuaba siendo guiada por la gran mente de un vulcaniano. Parecieron golpear todos los puntos vulnerables de aquel lado de la instalación al mismo tiempo: los rayos fásicos penetradores de blindaje abrían brechas en las paredes, los rifles y las pistolas fásicas derribaban a los contrarios con una potencia de máxima paralización.
El vulcaniano iba a la cabeza, y con bastante frecuencia se abría paso a golpes entre los alienígenas grises, sin cuello y sin boca, apoderándose de uno y arrojándolo para derribar a otros como si de bolos se tratara.
Scott intentó hacer lo mismo. Aquellas cosas bestiales no parecían muy grandes. Aquél con el que lo intentó debía de estar atornillado al suelo. Lo alcanzó con la pistola fásica justo en el momento en que sus manos como garras se alzaban en busca de sus ojos.
Resultaba imposible no sentir que aquellas cosas eran malvadas.
Luego vio a Kirk. Las cosas con manos como garras continuaban trabajando con él, sin reaccionar ante el ataque, dando por sentado que otros se ocuparían del mismo.
A Scott se le dio vuelta el estómago. Consiguió al fin arrojar por el aire a una de aquellas cosas grises y cargo. Entonces vio a Spock, sujeto a la mesa con ligaduras dobles, que de pronto se rehacía y concentraba toda su fuerza vital en un brazo. Se cortó la piel contra las bandas metálicas y Iuego las arrancó. El brazo salió disparado hacia fuera y derribó a tres sin–boca que estaban ante la mesa en la que se hallaba Kirk. Otro movimiento, y la mano de Spock lanzó la mesa con ruedas de Kirk en dirección a Savaj, apartándola del otro sin–boca.
El vulcaniano puro se abrió paso entre los oponentes, cogió la mesa en la que yacía Kirk, rompió las bandas metálicas con las manos y cogió al semiinconsciente Kirk con un brazo, para apoyarlo seguidamente sobre unas piernas inseguras.
Más de los sin–boca entraron precipitadamente desde otra dirección, dividiendo la partida de rescate y separando a Kirk de Spock.
–¡Atrás! –ordenó Spock–. ¡Fuera! ¡Ahora!
Pero Savaj ya estaba abriéndose paso con una mano, el otro brazo aún sujetando a Kirk, mientras Scott, McCoy, Chekov y Rand formaban una cuña detrás de ellos.
Kirk sacudió la cabeza, intentando aclarársela, vio a Spock y se puso a ayudar a los demás para abrir una senda entre los atacantes. No estaba completamente restablecido pero, de alguna manera, algunos de los movimientos asumi que Scott le había visto practicar con los vulcanianos comenzaban a surgir.
Llegaron hasta Spock y Savaj arrancó las ataduras.
Scott tiró de Spock para ponerlo de pie, y prácticamente–, pudo oír la cólera vulcaniana crepitando en torno de sí.
–He dicho ¡fuera! –gritó Spock.
Y, realmente, Scott se dio cuenta de que el último avance para llegar hasta el vulcaniano los había dejado rodeados, separados de los demás por una fuerza abrumadora. No había ninguna posibilidad de que los transfirieran a la nave desde debajo del campo energético. Ahora no había forma algunao de poder salir de allí...

Kirk luchaba para recobrar la conciencia. Sabía que estaba moviéndose, luchando, en acción, y que no estaba ni consciente, ni cuerdo.
Había una profundidad de furor en él que habría aniquilado a todas las cosas sin–boca de la galaxia, habría amontonado la galaxia entera encima de ellos aunque eso lo matara a él. Arremetió para comenzar dicha labor.
Era consciente de la presencia de Savaj, que intermitentemente lo sujetaba o intentaba cubrirlo de los ataques directos.
Luego se filtró hasta Kirk a través de un nivel de cordura que aún le quedaba, ya que la partida de la Enterprise que se hallaba inmediatamente a su lado estaba completamente rodeada y su posición era bastante desesperada.
Cientos de sin–boca, algunos de los cuales utilizaban dispositivos para controlar animales, habían separado a los vulcanianos, Kirk, McCoy, Chekov, Rand, Uhura y Dobius del resto del contingente de tierra de la Enterprise.
En cuestión de minutos estarían enterrados en unas fuerzas infinitamente superiores. Vio a Spock vivo, desnudo, luchando con los sin–boca con mortal eficacia, pero sin esperanzas lógicas de escapar. Savaj también estaba vendiendo caras sus vidas, pero sin tener dudas razonables del resultado inevitable que se avecinaba.
Kirk tampoco veía salida ninguna, pero el jamás había seguido esa política. Sin pensarlo demasiado, se encontró trepando por encima de los sin–boca caldos y finalmente por encima de los hombros densamente apretados de los que estaban de pie, en dirección al punto al que tenían que llegar para abrir una brecha.
Sería arrastrado hacia abajo al cabo de un momento. Pero, al mirar hacia atrás, vio lo que algún instinto le había dicho que sería el efecto causado por sus actos. Los dos vulcanianos avanzaban como uno solo. Spock comenzó a abrirse paso entre los sin–boca con tremendos golpes de, ambas manos contra los que no podía resistir carne alguna. Savaj cogió a un sin–boca y lo utilizó como ariete. El gigantesco Dobius siguió su ejemplo. Rand apartaba de sí a los morro–cónico golpeándolos con la parte inferior de la mano. Scott encontró alguna forma de arrojarlos por el aire, y McCoy estaba realizando esfuerzos para subir por encima, en seguimiento de Kirk.
Éste no estaba seguro de si estaban más furiosos con los sin–boca o con él. Cualquiera de las dos cosas le venía bien de momento, siempre y cuando lo siguieran.
Las manos en forma de garras estaban tirando de él cuando los demás lo alcanzaron. Savaj lo empujó hacia delante por encima de la muchedumbre, y de pronto se hallaron al otro lado. Se unieron a la partida principal de la Enterprise que intentaba llegar hasta ellos, y todos corrieron en busca de la luz del día.
–Cojan a un prisionero –gritó Kirk, y vio que Dobius lo oía y aferraba a un sin–boca por el pescuezo que en verdad no tenía.
El mismo Kirk apenas se tenía en pie, pero era empujado sin ceremonias, una y otra vez, por Savaj, Spock o McCoy, que mascullaba:
–Maniobra, estúpido.
–Lo he oído –consiguió decir Kirk, sin aliento–. Para ser un médico, es usted un buen salvaje.
–Todavía no ha visto usted nada –le espetó McCoy, con tono de advertencia.
Los grupos iban siendo recogidos por el transportador mientras ellos cubrían la retaguardia.
Finalmente, el rayo los recogió a ellos, el último grupo, mientras una nueva oleada de los sin–boca afluía a la posición de la que acababan de desaparecer.
Kirk se derrumbó bruscamente con las rodillas sobre la plataforma del transportador.
Todos parecían estar encima de él: médicos, enfermeros, vulcanianos.
Alguien había traído una manta de camilla. Él se envolvió con ella y con su dignidad, lo que de esta última le quedaba, y se puso de pie. Lo consideraba un logro muy importante.
Spock estaba también de pie, no con firmeza, pero su personalidad vulcaniana estaba en condiciones de funcionamiento. Sin pensarlo, sus manos fabricaron diestramente una especie de vestimenta vulcaniana hecha a base de pliegues con una colcha ligera de enfermería, que la hicieron parecer el uniforme del día perfectamente cortado.
El pensamiento y la mirada funesta los reservaba para un humano un poco sucio que era incapaz de alcanzar semejante elegancia.
–Señor Kirk, queda usted relevado de servicio y de autoridad, pendiente de futuras medidas.
–Comprendido –consiguió responder Kirk.
–Señor Scott, expondrá usted las razones por las que no debo citar también su nombre por grave insubordinación y amotinamiento.
Kirk interrumpió a Scott.
–Fue mi responsabilidad.
–Usted no tiene responsabilidad ninguna –dijo Spock con tono glacial.
–Sus órdenes estrictas acaban en mí por cadena de mando –insistió Kirk con firmeza–. Si el señor Scott tiene algo de lo que responder, es ante mí que debe hacerlo.
Interiormente, tomó nota de eso con respecto a Scott.
Spock hizo caso omiso de él.
–Señor Scott, regrese a su puesto; queda pendiente de mi decisión. Guardias, llévense al señor Kirk a la sección de seguridad de la enfermería.
Dos guardias de seguridad vacilaron, y avanzaron luego para flanquear a Kirk.
–Llévenlo a la sala principal de la enfermería –estalló McCoy–. Maldición, Spock...
–Doctor –dijo Spock, inmovilizándolo con una mirada–, desde este momento, y retroactivamente desde el momento en que yo asumí el mando, esta nave queda bajo las reglas de mando vulcanianas.
–¿Qué reglas vulcanianas? –preguntó McCoy con tono amenazador.
–Obediencia instantánea, incondicional, indiscutible.
–Spock –dijo McCoy–, ésta es una nave de todos los mundos, bajo el código uniforme de la Flota Estelar, sujeta a la predominancia de los seres humanos y que favorece la mejor tradición naval exploradora humana.
Spock cogió a McCoy por un brazo, no con rudeza pero sí firmemente, y lo llevó hacia la puerta.
–No cuando yo estoy al mando, doctor. –McCoy bajó los ojos a la mano de Spock que le aferraba el brazo, consternado. Aquello no era algo que Spock, según su comportamiento ordinario, hubiera hecho–. Un vulcaniano comanda a la manera vulcaniana, de acuerdo con el tratado que resolvió las objeciones opuestas desde un principio por el entonces comandante de la Flota Vulcaniana respecto a formar una Federación y una Flota Estelar unidas.
–No me cite usted al entonces comandante de la Flota Vulcaniana, Spock. No lo reconocería ni aunque me tropezara con él.
–Ésa es una probabilidad clara e inmediata, doctor. –Spock hizo que McCoy rodeara a Savaj, que se encontraba en su camino.
McCoy parpadeó y le dedicó a Savaj una larga mirada. –¿Era usted el V'Kreeth?
–Eso es irrelevante para sus obligaciones, doctor –dijo suavemente Savaj.
Kirk se volvió desde el lado del guardia de seguridad que no estaba tanto guardándolo como proporcionándole apoyo. –El comandante Sombra –dijo con cierta reverencia. También McCoy conocía la leyenda. Se irguió valientemente.
–V'Kreeth Savaj, en esta nave prevalecen mis reglas en lo que a temas médicos se refiere, o me reemplazará usted como oficial médico jefe.
Savaj se limitó a mirarlo.
–En caso necesario, lo haré. Atienda al paciente.
Habían llegado a la enfermería de seguridad. Spock designó un cubículo cerrado con un escudo energético para Kirk, y otro para el prisionero alienígena de Dobius.
McCoy se disponía a protestar, pero Kirk lo cogió por un brazo y lo arrastró a través de la puerta hacia una camilla de diagnóstico.
–No voy a ponerme a discutir mientras tengo a un paciente en condiciones que desconozco –comenzó McCoy–, pero...
Savaj lo interrumpió en el «pero».
–En absoluto. Proceda.
McCoy le suministró una inyección a Kirk en un brazo antes de que éste pudiera protestar.
–Ahora necesita descanso.
McCoy se volvió y avanzó hacia Spock.
–Ahora... usted.
Los ojos del vulcaniano estaban fijos en las lecturas de los aparatos médicos que se veían por encima de la cabeza de Kirk. Pareció encontrarlas adecuadas, y seguidamente fulminó a McCoy con una mirada.
–Yo manejaré mis condiciones físicas a la manera vulcaniana, doctor. Primero, me encargaré de la nave e interrogaré al prisionero alienígena. Después de lo cual tendré a ese prisionero para responder de los cargos a la manera vulcaniana.
Spock se volvió en redondo y Savaj lo siguió al exterior.
–No necesito descansar, Bones –protestó Kirk–. Lo que necesito es un refugio antibombas.
–¿Qué cree usted que he intentado darle? Y no es que yo no tenga un par de torpedos de fotones propios para usted. Tenía que marcharse solo, ¿no es cierto? ¿Y esa última maniobra estúpida?
Kirk se encogió de hombros, con un asomo de triste disculpa. Finalmente, McCoy se le acercó y lo examinó más detenidamente al antiguo estilo del médico rural; había más poderes curativos en las manos de Leonard McCoy que en la inyección. Kirk volvió a encontrarse temblando; su cuerpo intentaba arrojar violentamente de sí una parte del efecto de aquello que le habían hecho los alienígenas, la primera y la segunda vez.
–Bones, quiero matar. No creo que nunca haya querido aniquilar, extirpar, borrar completamente ninguna clase de enemigo de la faz de la galaxia. –Luchó para no ponerse violentamente enfermo–. Ahora sí lo deseo.
McCoy miró en dirección al cubículo en el que se hallaba el alienígena capturado.
También yo.
–¿Estamos equivocados, Bones? Cien veces... no, más que eso... hemos intentado comprender a algún alienígena o enemigo... comunicarnos, cambiar su forma de pensar... e incluso la nuestra propia. Llegar a acuerdos. Establecer la paz. Vivir juntos. Ahora...
–¿Es que la vaca establece acuerdos con el carnicero? –preguntó McCoy.
Kirk se aferró una mano con otra para dejar de temblar.
–Desearía que no lo hubiera dicho precisamente así, Bones.
–También yo. Jim, duerma un poco... y será mejor que sueñe alguna manera para que las ovejas hagan la paz con un par de snarth vulcanianos.
Kirk negó con la cabeza.
–Yo seré colgado como una oveja, Borres. Esta vez ni siquiera soy inocente. Demonios, no tengo nada a lo que aferrarme. Culpable de los cargos. Y volvería a hacerlo. ¿Cómo se supone que puedo explicarles la «lógica» de eso a un par de vulcanianos empedernidos?
McCoy gruñó.
–Spock lo sabe. No es que eso vaya a hacerle ningún bien a usted. Tres años en Vulcano, más Savaj encima de él... Creo que esta vez está realmente convertido. Jim, ¿no abrió el V’Kreeth todo un cuadrante de espacio... e intentó en solitario impedir que Vulcano se uniera a la Federación cuando se estaba formando? Yo creía que debía estar ya muerto.
Kirk se encogió de hombros.
–Evidentemente, esa idea fue algo prematura, Bones. Ninguno de los expedientes de vulcanianos que posee la Flota Estelar llega hasta más allá del tratado, a causa de la privacidad vulcaniana. El expediente de Savaj comienza a partir de entonces, como almirante ya consumado. El V’Kreeth era conocido por la Federación solamente por ese nombre, el mismo nombre de su legendaria nave de exploración. Él defendía la postura de que los vulcanianos no debían prestar servicio con los seres humanos u otras especies de la Federación, porque los vulcanianos podían verse obligados a contraer compromisos morales. De ahí las naves sólo vulcanianas de la Flota Estelar, como la Intrépida. El tratado no prohibía que un vulcaniano prestara voluntariamente servicio en una nave integrada; pero Spock fue el primero en hacerlo... y ya sabe usted que su padre no le habló durante dieciocho años.
–¿Qué más le ocurrió a la Infinita Diversidad Vulcaniana en Infinitas Combinaciones? –refunfuñó McCoy.
Kirk sintió que comenzaba a sobrevenirle un nuevo desvanecimiento.
–Creo que el V'Kreeth argumentó que no existía ningún conflicto. Que no era ningún prejuicio, sino meros hechos reales, el lógico reconocimiento de las diferentes naturalezas y la superioridad natural. Sería injusto subordinar lo superior a lo inferior.
–¿Dónde hemos oído eso antes?... ¿y en cuántos campos de batalla?
Kirk asintió con la cabeza.
–La diferencia radica en que... también opuso como argumento los mil años de paz de Vulcano contra nuestro mucho más reciente salvajismo... y la posibilidad de que aún pudiéramos volver a recaer en ello. Y tenía algo de razón. Bones, ¿cómo se sentiría realmente usted si fuera Spock y pudiera darnos varias vueltas a cualquiera de nosotros, leer las mentes, controlar las emociones, curarse a sí mismo, seguir la disciplina de la paz... pero arrojarnos por el aire como a niños si le diera la gana... y a pesar de todo eso alguien le pidiera que obedeciera mis órdenes?
McCoy frunció los labios.
–Lo más importante es: ¿cómo se sintió Spock al respecto? Cosa que, y me alegro condenadamente de que así sea, ocurre durante la mayor parte del tiempo.
–Cosa que ocurría, Bones. Nunca dejó de reprocharme aquello de la maldita criatura nebulosa. ¿Qué cree usted que va a hacer con respecto a esto?
Pero Kirk sintió que los ojos se le cerraban contra su propia voluntad. Vagamente supo que McCoy le apoyaba una mano sobre un brazo y permanecía a su lado.

11


Kirk avanzaba velozmente pasillo abajo hacia las dependencias de Spock. McCoy lo había remendado lo suficiente, con un chaleco en aerosol elástico que le sujetaba algunas costillas rotas y algunas otras cosas que habían quedado fuera de su sitio. No parecía haber ninguna escayola en aerosol para el sueño roto, ni medicina alguna para las pesadillas.
Kirk había sido convocado a las dependencias del capitán, acompañado por los guardias. Éstos lo miraban con consternación, pero cumplían con su deber. McCoy marchaba resueltamente junto a su hombro derecho, no invitado por Spock, pero inamovible en su decisión.
Los miembros de seguridad llamaron a la puerta del camarote.
–K’vath –dijo la voz de Spock. La puerta se abrió y el teniente de seguridad condujo a Kirk al interior.
El camarote del vulcaniano parecía la antesala del infierno. Había sido pintado después del regreso de Spock a la Enterprise reformada y con un color rojo oscuro según las preferencias vulcanianas de Spock. La colección de armas había vuelto a ser colocada en la pared como recordatorio del salvaje pasado de Vulcano. La llama volvía a arrojar trémula luz y sombras desde la escultura que tenía un hueco para alojarla. Sobre el verdadero propósito de la escultura llameante, muy pocos eran los que se habían atrevido a interrogarlo; pero, si les hubieran dicho que la gárgola había sido puesta allí para guardar las puertas del infierno, nadie se habría sorprendido.
Ahora, con los dos vulcanianos que aún llevaban los cuernos helvanos y tenían aspecto de guardar las puertas ellos mismos, la versión vulcaniana de la pesadilla de la humanidad era completa.
Kirk avanzó y les dedicó a ambos un saludo formal a la manera vulcaniana.
Spock permaneció sentado y no se lo devolvió. Miró a Kirk como si estudiase a algún bellaco traído ante él con deshonra.
–Doctor, usted se ausentará de este proceso –dijo Spock secamente.
–Tengo derecho a estar aquí. Soy su médico... y su amigo. Y también el suyo, maldición.
Spock no dijo nada y les hizo señal a los hombres de seguridad para que escoltaran a McCoy al exterior; los guardias vacilaron por un momento.
–Según el código galáctico, tengo derecho al defensor que yo escoja –dijo Kirk–. McCoy es a quien elijo.
–Según el código vulcaniano, la lógica habla por sí misma –contradijo Spock–. Seguridad, llévense al doctor y esperen fuera.
Esta vez, el equipo de seguridad respondió a la orden directa dirigiendo una mirada de excusas a McCoy y Kirk. A una señal de Kirk, McCoy apretó los dientes y se marchó con ellos para no agravar las cosas para su amigo.
La puerta se cerró tras el médico y Kirk quedó a solas con los dos vulcanianos.
–T'vareth –dijo Spock, desapasionadamente.
Kirk resistió un impulso de mover nerviosamente los pies, como si realmente hubiera sido llamado para recibir una reconvención por parte de Spock.
–Capitán Spock, es incuestionable que yo desobedecí sus órdenes, por lo que le presento mis disculpas. Según mi criterio, se hacía nece...
–No hablará usted sin permiso.
Kirk mordió una protesta.
–¿Permiso para hablar? –preguntó.
–Denegado.
Kirk sintió que estaba a punto de perder la paciencia.
–La lógica habla por sí misma, dijo usted.
–¡Silencio!
Kirk se irguió y permaneció callado.
–La lógica habla –––repitió Spock–. La inocencia se defiende. La culpa se limita a presentarse ante la justicia.
–Incluso la culpa tiene sus razones –osó decir Kirk–.Usted estaría muerto.
Spock se levantó del asiento y pareció que iba a atravesar el escritorio.
–Mi vida era mía para arriesgarla y mía para salvarla, si resultaba posible. ¿Se le ha ocurrido pensar en lo que podríamos haber averiguado si el experimento hubiese continuado solamente conmigo, contra la bien entrenada capacidad vulcaniana para resistir y recordar?
Kirk demostró que no se le había ocurrido que, como vulcanianos, Spock y/o Savaj hubieran podido ponerse desapasionadamente en situación de ser apresados por los experimentadores, y estuvieran bastante preparados para resistir cualquier cosa que les ocurriera, posiblemente incluso la muerte, por la oportunidad de averiguar algo.
¿Y Spock, con su férrea constitución –y con las disciplinas mentales que habían vencido al trastornador mental klingon, además de las disciplinas de curación que podría haber empleado–, habría resistido lo suficiente como para averiguar algo de vital importancia? ¿Quizá para transmitírselo a Savaj?
Quizá Kirk lo había jodido todo.
Luego en su mente volvió a formarse la imagen de lo que los sin–boca estaban haciéndole y a punto de hacerle a Spock en el momento en que él entró. En algún momento, semejante sacrificio podía salvar una galaxia... o ser inevitable. No entonces.
–Usted no estaba en situación de tomar decisiones –dijo Spock.
–Ni nunca debería haberlo estado –señaló Savaj.
Los ojos de Spock parecieron endurecerse, dándole la razón.
–Su especie, a pesar de todos sus esfuerzos, nunca ha comprendido la diferencia mental que existe entre nosotros. Por respeto a esa diferencia, yo nunca he utilizado plenamente la forma de mando vulcaniana, ni siquiera cuando he quedado al mando en algunas circunstancias o por algún período de tiempo. Ahora no podemos permitirnos el lujo de tal moderación. El modo de pleno mando vulcaniano es un estado de acrecentamiento en el que un vulcaniano puede subcomputar un millar de opciones antes de que usted consiga considerar dos de ellas. Mi modo de alternativa lógica puede adelantarse en los acontecimientos de las diferentes opciones en muchos movimientos, hasta en los detalles más sutiles, mientras toma en cuenta datos adicionales, calcula con ellos hasta cualquier cantidad decimal y toma decisiones vitales, al tiempo que mantiene una conversación con los humanos y una confrontación simultánea con un comandante enemigo. Pero la forma de mando vulcaniana, una vez puesta en marcha, no puede apagarse. Ni tampoco puede ponérsele impedimentos y quedar a salvo. Un comandante en ese modo requiere obediencia instantánea, incondicional y minuciosa. Aquellos que no puedan seguir su proceso mental, tienen que seguir sus órdenes, de forma exacta. No está obligado a dar ninguna explicación. Yo no doy ninguna. Para su información, yo estoy actuando según el modo de mando vulcaniano, y así continuaré. Usted va a afrontar esa realidad.
Kirk levantó una mano.
–¿Una pregunta, señor? –dijo con voz queda.
–Una.
–¿Un vulcaniano al mando cede alguna vez... o comete siquiera algún error?
Durante un largo momento, pensó que Spock atravesaría el escritorio. Lo de «ceder» era un juego sucio. Spock nunca había vuelto a sugerir que cedieran desde aquella temprana derrota en que Kirk había tenido éxito con el farol de la Corbomite. En realidad, con frecuencia habían estudiado juntos las probabilidades, que Spock calculaba de mil contra una... a favor de los enemigos. Lo de «errores» era probablemente peor. Spock había cometido algunos muy bonitos, especialmente una o dos veces en los primeros tiempos, cuando había quedado al mando, indudablemente sin utilizar el modo de comando vulcaniano puro, pero lo suficientemente vulcaniano como para poner de uñas a los testarudos humanos. Posteriormente, Spock había cogido el tranquillo de cómo comandar a los seres humanos... extremadamente bien.
Pero aquel Spock que había regresado de Vulcano después de intentarlo todo y fracasar en la amputación de su mitad humana, no era el mismo Spock de antaño.
Ahora permanecía de pie con una deliberación controlada, con su frío rostro del Kolinahr vuelto hacia Kirk.
–Señor Kirk, ésa ya no es una pregunta que pueda usted formular. No tiene usted lealtad, ni palabra, ni siquiera el honor de conformarse por propia voluntad con servir bajo mi mando. Usted ha arriesgado su vida, la mía, la de Savaj, la nave, la tripulación y la misión, quizá incluso el destino de la galaxia. Usted se ha confesado culpable de insubordinación y motín. No está usted arrepentido. ¿Está arrepentido?
Kirk sopesó la respuesta durante un largo instante.
–Lamento haber sido incapaz de seguir sus órdenes. Es cierto que he prestado mi juramento a la disciplina de la Flota Estelar, y he dado mi consentimiento de que se hiciera usted cargo del mando. He roto esa disciplina y esa palabra, y he arriesgado todo lo que acaba usted de enumerar. Pero yo no soy vulcaniano. Y, según como soy, no podía hacer nada más.
–No está arrepentido –dijo Savaj–, y se muestra desafiante. Ninguna flota puede existir sin disciplina.
Kirk negó con la cabeza.
–Ninguna flota puede existir sin disciplina, y ningún ser pensante cuerdo puede existir sin «algunas cosas que están más allá de la disciplina del servicio».
Aquella cita continuaba siendo juego sucio. «Más allá de la disciplina del servicio» era la frase que Spock había utilizado ante Kirk con respecto al secreto de la «biología» vulcaniana, por el que Spock hubiera muerto para conservar. Spock había estado muy cerca de morir cuando el pon farr, la época mortal de apareamiento de los vulcanianos, que acometió en una ocasión en que la Enterprise había sido enviada lejos de Vulcano por la Flota Estelar, sin saber que esa orden era una sentencia de muerte para Spock. Kirk había roto el silencio vulcaniano y una orden del alto mando de la Flota Estelar para salvar la vida de Spock. Pero aquella frase se había convertido desde entonces en cierta con respecto a algunas de las órdenes de mando de Spock.
–Capitán Spock –dijo Kirk–, también usted violó una orden directa de la Flota Estelar, y violó el estricto aviso de «mantenerse apartado» del planeta Gideon, para ir en mi busca. Engañó a la Galileo Siete con sospechas acerca de mi comportamiento. Correctamente. Se arriesgó usted a la guerra galáctica con los tholianos antes que abandonar a un hombre considerado muerto, a mí, cuando estaba atrapado en la interfase espacial del sector tholiano. Aquello no fue « lógico».
–Va usted a callarse –bramó Spock. Pasado un momento, volvió a hablar con tono gélido–. Queda usted suspendido de su rango. No será visto ni oído. Permanecerá confinado en sus dependencias, bajo vigilancia.
Kirk sintió que se le contraía la mandíbula. Relevado del servicio, despojado de su autoridad... sin que se confiara en él, ni siquiera para que permaneciera confinado bajo su propia responsabilidad.
–Señor –dijo–, solicito servir en el tercer puente o la sala de máquinas en lugar del castigo de confinamiento inactivo.
–Denegado. El confinamiento no es su castigo. Será confinado mientras yo medito el castigo que recibirá, de acuerdo con el código vulcaniano vigente.
Kirk lo miró fijamente. La suspensión y el confinamiento indefinidos ya eran algo bastante malo. Un juicio de la Flota Estelar le costaría su carrera, o algo peor; pero todo lo que había visto en el planeta de Vulcano, desde el verdugo de la arena de Vulcano de matrimonio–y–desafío que castigó la cobardía con la indiferente disposición del destino de la prometida de Spock, T'Pring, que le entregó en propiedad a Stonn, hasta unas cuantas cosas más que Kirk había averiguado a lo largo de los años, le sugerían que la idea vulcaniana del castigo adecuado a su crimen sería intolerable.
En aquel momento se le ocurrió a Kirk que, en el modo de mando vulcaniano puro, Spock no encontraría el camino para sacarlo de aquel aprieto.
–Pido perdón –dijo Kirk, en lo que esperaba que fuesen en buenos modales vulcanianos.
Spock se limitó a alzar una ceja.
–Denegado. Márchese.
–Levantó la voz–. ¡Guardias!
Los miembros del equipo de seguridad entraron.
Un momento después, Kirk se volvió con precisión militar y salió del palpitante infierno sin volverse a mirar a los vulcanianos que se habían convertido en sus demonios particulares.

12


Spock se sentó en el sillón de mando, consultó los instrumentos de los controles del posabrazos y pulsó los botones de los circuitos que le permitirían acceder a la mayor parte de la información de su terminal científica.
Savaj se encontraba ante la misma, haciéndola funcionar casi como lo hubiera hecho el mismo Spock. El nuevo capitán no se detenía a considerar a la persona que faltaba del puente.
De pronto el voltaje crepitó alrededor de las manos de Spock y lo inmovilizó contra los controles de ambos posabrazos, contrayendo todo su cuerpo de forma que no podía soltarse. De sus manos comenzó a elevarse humo.
Apretó los dientes para defenderse de la agonía y buscó las disciplinas mentales que podían vencer la sobrecarga del cuerpo. El esfuerzo no estaba obteniendo resultados.
Borrosamente, Spock vio que Uhura y Sulu avanzaban.
–Corto la energía –gritó Chekov, pero la energía no se interrumpió.
Savaj saltó de pronto y comenzó a asestar demoledores golpes a los controles con el canto de la mano, pegando y retirándose con tanta fuerza y rapidez, que no resultó atrapado por la corriente eléctrica. Luego las manos de Savaj aferraron a Spock y el chisporroteante voltaje los dejó el uno pegado al otro. Sin embargo, el impulso de Savaj arrojó a Spock fuera de su asiento y ambos se estrellaron contra el suelo, rompiéndose así la conexión.
–McCoy al puente –llamó Uhura–. El señor Spock ha sufrido un accidente. Creo... que está muerto.
–No ha sido ningún accidente –declaró Savaj con los dientes apretados.
Spock perdió el conocimiento con la imagen del rostro de Savaj que anunciaba su propio asesinato.
McCoy vio a Kirk irrumpir en la enfermería. Había sonado la alerta de prioridad médica. El intercomunicador había anunciado la muerte de Spock, y los guardias de Kirk tenían que rendirse ante la urgencia del prisionero o ser derribados por un Kirk que no permitiría que lo detuviesen. Savaj se había reunido con McCoy en el turboascensor cuando llevaba a Spock en volandas. Éste yacía ahora sobre la mesa, inconsciente, con las manos convertidas en una masa de quemaduras. Los lectores mostraban una línea plana del gráfico cardíaco; fallo absoluto del corazón por grave shock eléctrico.
McCoy se inclinaba en aquel momento con los electrodos que podrían quizá conseguir que el corazón del vulcaniano volviera a la vida con otro golpe de electricidad.
–¡Adelante! –dijo con tono seco, y el cuerpo del vulcaniano se convulsionó con el shock.
Nada.
–¡Adelante! –Otra vez.
Una señal suave. Un vacilante salto en la línea de lectura, errático, débil. Luego una repentina serie de rápidos pitidos. Finalmente, el rápido latido cardíaco vulcaniano aumentó hasta su ritmo normal... suave, errático, discontinuo, pero existía.
McCoy le hizo un gesto breve y cauto con la cabeza a Kirk, y continuó trabajando para estabilizar a Spock.
Kirk se acercó, descansó una mano sobre uno de los hombros de Spock, atravesó a Savaj con una mirada y le espetó, con tono de mando:
–¿Qué ha ocurrido? Informe.
–Asesinato –replicó Savaj.
La cabeza de McCoy se levantó bruscamente de Spock, cuyo corazón estaba controlando. Christine Chapel dio un respingo que desvió el aerosol de vendaje que estaba aplicándole al enfermo sobre las manos.
–¿Una sacudida eléctrica? –gruñó McCoy–. ¿Cómo se convierte eso en asesinato?
–El sillón de mando... –comenzó Savaj.
–... tiene todos los interruptores de corriente que existen –acabó Kirk.
–Precisamente –continuó Savaj–. Derivar a él la energía suficiente y suprimir por computadora los interruptores vitales ha tenido que requerir una programación extremadamente compleja por parte de un experto. Alguno de los altos cargos de su tripulación, doctor, es un asesino.
–No si yo puedo evitarlo –juró McCoy.
El vulcaniano estaba todavía al borde de la muerte, pero no era la primera vez que conseguían traerlo de vuelta.
–El intento de asesinato fue llevado a cabo –declaró Savaj–. Todos los intentos normales de cortar la energía fallaron. La fortaleza humana no hubiera sido suficiente para romper el contacto por la fuerza. Si yo no hubiera estado en el puente, el asesinato se hubiera convertido en un hecho.
–Gracias, almirante –dijo Kirk.
Savaj no le respondió.
–Esa enorme cantidad de voltaje podría haberlo atrapado también a usted, almirante –comentó McCoy–. ¿No fue ése, según sus patrones, un riesgo ilógico?
–No, doctor, un riesgo calculado para obtener una ventaja proporcionada. Como ha podido ver, no me atrapó. Sin embargo, alguien resultó atrapado.
Miró a Kirk.
–¿Qué? –exclamó McCoy.
–Los conocimientos requeridos para manipular la computadora sólo están al alcance del señor Scott, Spock, yo mismo... y el señor Kirk.
–En esa lista no hay nadie –dijo cautelosamente McCoy– que no haga años que le tiene cariño a Spock. No dijo «excepto...».
–Excepto yo –completó Savaj–, hasta donde usted sabe y puede llegar a saber. Creo que habrá podido establecer, a través de la historia, que un vulcaniano puede matar por razones suficientemente lógicas.
–Su reputación científica es de salvar vidas –concedió McCoy–, pero ya anteriormente hemos creído en las reputaciones. No constituyen ninguna garantía contra los impostores, alienígenas... ni siquiera contra los hombres que han cambiado. V’Kreeth Savaj, ¿qué nos demuestra que no pueda tratarse de usted?
––Nada, doctor. Absolutamente correcto. Kirk dio un paso adelante.
–Bones, realicé una comprobación de identidad según los patrones registrados en el transportador. Él es Savaj de Vulcano. –Luego, al recordar el poder contra el que debían estar enfrentándose, agregó–: Al menos hasta donde nuestros instrumentos pueden verificarlo.
McCoy suspiró.
–Bueno, no puedo decir que lo haya dudado realmente; pero lo que es condenadamente seguro es que usted no intentó matar a Spock, Jim. Scott no lo intentó.
–Ninguno de nosotros podría haberlo intentado, Bones. Pero alguien lo hizo.
Spock respiraba ya con normalidad, y la marcha cardíaca era casi estable. El psicosoma vulcaniano estaba luchando para sobrevivir.
McCoy asintió mirando a Kirk.
–Alguien ha fracasado.
–Déjelo descansar –dijo Kirk–. Almirante Savaj, voy a asumir el mando de esta nave. No dudo de usted, pero usted es el extraño aquí, bajo una situación de ataque alienígena que implica capacidades que desconocemos. Hay un asesino suelto por mi nave. Ésta continúa siendo mi nave. Si desea presentar cargos contra mí sobre las bases de la disciplina del servicio, será libre de hacerlo... más adelante. Entre tanto, la sucesión del mando recae sobre mí en ausencia de capacidad demostrada. Ahora va usted a informarme de todo lo que sabe sobre esta misión.
–No –respondió Savaj–. No voy a hacerlo. Tengo la autoridad para reemplazarlo. Mi preocupación inmediata, de todas formas, es que su condición de principal sospechoso ha llegado ahora a una probabilidad de uno. La certeza.
–¿La certeza? –dijo Kirk–. Difícilmente. Existe, como bien ha señalado el doctor, al menos una alternativa. Usted. No sugiero que así sea, pero un efecto alienígena...
–... podría estar operando a través de usted, señor Kirk. El señor Scott no estuvo expuesto a los alienígenas. Tampoco lo he estado yo. El señor Scott ha estado a la vista de todos en los momentos críticos, mientras que usted no. El señor Spock ha sido dos veces víctima de ataques de un potencial indiscutiblemente letal. Es más: usted ha sido severamente tratado por su antiguo primer oficial, y puede esperar serlo mucho peor si sobrevive.
–Almirante –declaró Kirk–, consideraré la posibilidad de algún efecto mental alienígena, incluso en mi propia persona, porque debo hacerlo. Si usted sugiere que yo tengo motivos para asesinar a Spock, dejaré de escuchar esas ridiculeces, señor.
–Esa parte de su mente que podría tener motivos no sería lógica. Ni consciente. Ni estaría bajo su control. Yo podría sugerir dos motivos inconscientes lo bastante poderosos. Consta en su historial que su miedo más profundo es el de perder el mando.
Kirk le dirigió una mirada penetrante.
–Conoce usted ese historial extremadamente bien, señor. –Negó con la cabeza–. Yo he perdido el mando... en una ocasión durante casi tres años, y no me convertí en un frenético asesino.
–¿Ah, no? –dijo Savaj–. ¿Qué considera que fue la manipulación mediante la cual consiguió recuperar la Enterprise?
Kirk lo miró a los ojos.
–Necesaria, era necesaria. Y... no asesinato. Dígame el otro «motivo».
–Está relacionado con ése. Formaban ustedes parte de un grupo de mando y de una amistad que se hizo legendaria en la Flota y en los mundos de ambos. Ésta se rompió, no por su propia decisión, cuando Spock llevó su personalidad dividida de vuelta a Vulcano.
Kirk miró a Savaj con crudeza.
–No voy a negar lo que incluso un vulcaniano puro sospecharía que un ser humano puede sentir ante algo así, pero eso no me convertiría en un asesino.
–¿Ni siquiera cuando yo llegué a ponerlo a usted bajo el mando de él? –inquirió Savaj.
El vulcaniano se encaminó hacia la computadora, que mostraba un programa de interrogación.
–He especificado los parámetros de habilidades para alterar la computadora, momento, logística, motivo, oportunidad e influencia alienígena. –Savaj le habló a la computadora–. Computadora, dados esos parámetros, ¿quién de los que se hallan a bordo de la Enterprise pudo ser responsable de los atentados contra la vida del señor Spock... y posiblemente también contra la mía?
–Trabajando –dijo la computadora–. Considerando todos los parámetros especificados, sólo hay un sospechoso a bordo: James T. Kirk.
Savaj se volvió a mirar a Kirk.
–Según eso, la Enterprise está bajo el mando de un asesino.

13


–Computadora fuera –dijo Kirk. El aparato vaciló durante un instante, consultando sus programas básicos contrarios a su reciente conclusión. Finalmente se apagó.
Kirk se encaró con Savaj.
–Almirante, no sé qué es lo que está ocurriendo a bordo de esta nave, pero voy a detenerlo. Ya no sé si usted es parte de la solución... o del problema. Puedo concebir que alguna clase de técnica alienígena de control mental pueda forzarme a mí, o forzarlo a usted, a asesinar. No le daré a dicha técnica una sola oportunidad más.
–¿Y si le ordeno, como almirante del alto mando de la Flota Estelar, que me entregue el mando?
–Se lo entregué cuando no se trataba de la vida de Spock o la de la nave. Ahora sí que se trata de eso... y no lo haré. Soy, y lo he sido desde que usted subió a bordo, un comandante en el campo de batalla enfrentado con un posible ataque alienígena mediante la impostura o la alteración mental. Dicho comandante no está obligado a someterse a lo que aparentemente es una autoridad legítima. Puedo someterme a Spock. Con o sin la influencia alienígena, él forma parte de la afinidad que es única de esta esfera de mando. En último extremo, y me doy cuenta ahora, confiaré en esa afinidad por encima de cualquier otra cosa, incluyéndolo, con todo el respeto, a usted, señor.
–Fascinante –dijo Savaj–. De todas formas, llegamos a un callejón sin salida. Yo tampoco puedo permitir que una influencia alienígena... o un asesino... esté al mando de la nave.
–Eso no será necesario.
Era la voz de Spock, y Kirk se volvió en redondo para ver que Spock estaba aún inmerso en aquel estado curativo vulcaniano desde el cual podía, no obstante, poner atención a lo que ocurría a su alrededor.
Savaj avanzó y abofeteó a Spock, lo que hizo que, Kirk se preguntara cómo habían conseguido las meras bofetadas humanas despertar a Spock durante todos aquellos años. Era la única forma conocida de sacar a un vulcaniano del trance curativo; pero, habitualmente, un ser humano necesitaba unas cuantas bofetadas para conseguir que un vulcaniano lo notase.
El vulcaniano puro necesitó sólo una. Los ojos de Spock enfocaron de golpe, sorprendidos.
–Eso será suficiente –dijo, y se movió lentamente para incorporarse.
–Estése quieto, Spock –le espetó McCoy–. Ni siquiera usted puede volverle la espalda al hecho de que hace cinco minutos era un hombre muerto.
Spock se puso de pie. Avanzó con mucho cuidado hasta la computadora.
–Computadora, especifica el sospechoso alternativo.
–No hay alternativa viable –respondió la computadora.
–Spock –protestó McCoy–, la computadora se ha equivocado con anterioridad, incluso acerca de Jim. Usted no puede creer eso.
Spock miró tranquilamente a Spock.
–Suponga, doctor, que usted desea, a través de alteraciones mentales, hacer que un hombre sea capaz de asesinar. ¿Cómo lo haría?
McCoy se encogió de hombros.
–La hipnosis y otras técnicas comunes, por regla general, no pueden conseguir que una persona viole un código moral profundo. Sin embargo, pueden cambiar las percepciones de una persona... hacer que ésta crea que la víctima fue un atacante, un animal, un árbol, un Jack el Destripador. O pueden jugar con los niveles de emoción inconscientes profundamente soterrados de miedos, odios o afectos, mediante los cuales esa persona puede llegar a creer que la víctima merece la muerte.
–Eso es exactamente lo que S’haile Savaj ha descrito, doctor. Acerca de Kirk.
Durante un momento, McCoy pareció vencido, pero luego negó con la cabeza.
–Kirk ha dicho que confiaría en nuestra afinidad por encima de cualquier otra cosa de la galaxia. –McCoy avanzó hasta colocarse junto a Kirk–. Eso vale también para mí.
Pasado un momento, preguntó:
–¿Spock?
Spock se volvió hacia Kirk.
–Lo que yo crea no tiene peso en la pregunta de si su mente se ha visto afectada.
–¿Y si lo hubiera sido?
–En ese caso, señor Kirk –dijo Spock–, es bastante posible que esté usted intentando asesinarme.
Kirk se mantuvo muy erguido. Pasado un momento, Spock se volvió en redondo, sin pronunciar una sola palabra más, y abandonó la enfermería.

14


Kirk entró en el puente. Todos, menos el capitán Spock, se volvieron para mirarlo. El señor Dobius lo escoltaba, con órdenes de Spock de no perderlo de vista ni un momento.
La voz había corrido por la nave como pólvora. Kirk lo sabía. Todos estaban enterados. Savaj lo había acusado de asesinato; y Spock, si no lo creía, al menos no lo había defendido.
¿0... lo creía? ¿Y podía incluso ser, en algún vestíbulo del infierno, la verdad?
Kirk le había dado vueltas y más vueltas a aquello. Estaba moralmente seguro de no ser culpable de intento de asesinato... ni a ningún nivel ni por ninguna razón. Sin duda alguna, no del de Spock. De todas formas, tenía que enfrentarse con el hecho de que, si era culpable, estaría igualmente seguro de su inocencia. Si la influencia alienígena podía obligarlo a intentar un asesinato, podía hacerle olvidar lo que había hecho.
–El comandante Kirk se presenta como se le ha ordenado, capitán –dijo.
Vio miradas de compasión por todo el puente, de preocupación. Uhura, Sulu, Chekov. ¿Había alguna duda en ellos?
Spock se volvió brevemente a modo de respuesta.
–Puede ocupar su puesto, señor Kirk. Continúa estando bajo estricto arresto, pendiente de castigo. Señor Dobius, permanecerá usted cerca de él.
Spock le volvió nuevamente la espalda y Dobius permaneció de pie, imperturbable, mientras Kirk se deslizaba en el asiento del oficial científico. Al menos, independientemente de lo que Spock pensara, había sacado a Kirk de su confinamiento. ¿Para tenerlo vigilado? ¿Para poder considera– mejor cuál era el castigo más adecuado... no sólo para salvar la vida de Spock sino para matarlo a él?
Kirk necesitaba meditar, pero necesitaba todavía más averiguar qué era lo que había sucedido, detenerlo antes de que volviera a suceder. Utilizó todos los programas de investigación de la computadora que se le ocurrieron. Continuaba dando su propio nombre como resultado.
El mismo Kirk continuaba pensando en sí mismo. Sólo él sabía cuán gravemente había sido vuelto de] revés de dentro hacia fuera en algún nivel profundo durante los dos encuentros que había tenido con los alienígenas. La culpa, la vergüenza, el furor, continuaban presentes, cien veces multiplicados en aquel momento; estaban apenas por debajo de la superficie y amenazaban con tragarse lo que quedaba de su cordura.
Savaj podía tener toda la razón. A pocos hombres les estaba dado, quizá a ninguno, el tener una amistad como la que él había mantenido con Spock. Él nunca se había enfrentado al regreso de Spock desde Vulcano, excepto por un acuerdo hecho consigo mismo de no enfrentarse con el asunto hasta las raíces mismas.
Ahora bien, ¿qué podía ocurrir si alguna habilidad psicológica alienígena había llegado hasta esas mismas raíces?
¿O si el impulso de mando estaba más profundamente implantado de lo que él creía saber? ¿O si se trataba de alguna combinación, posiblemente de algo mucho más simple y elemental, como una programación inalterable para matar que tenía poco que ver con él pero dirigía sus actos?
Si cualquiera de esas cosas era verdad, ¿cómo se impediría a sí mismo matar a Spock?
Kirk se puso de pie.
–¿Me concede permiso para abandonar el puente, señor?
–¿Con qué propósito?
–Personal.
–Concedido. Señor Dobius, no debe perderlo de vista.
–Sí, capitán.

Kirk consideró el problema del señor Dobius. El taniano medía más de dos metros quince centímetros de estatura, tenía unos hombros casi un cincuenta por ciento más anchos que los de Kirk, y estaba en excelente forma, todo lo cual indudablemente había tomado en consideración Spock. Con su entrenamiento vulcaniano de asumi, incluso a pesar de su cinturón verde, un Kirk decidido no habría tenido demasiado problema con cualquier otro miembro no vulcaniano de la nave.
Kirk se detuvo en el exterior de la enfermería de seguridad.
–Señor Dobius, usted trajo a ese prisionero a la nave por mí y bajo mis órdenes. Considero que eso lo convierte en nuestro. ¿Estaba usted presente cuando Spock y el almirante Savaj intentaron interrogarlo?
–Sí, señor.
–¿Qué averiguaron?
–Perdóneme, señor –dijo Dobius con voz queda–. No estoy seguro de que esta situación sea ética.
Kirk sonrió.
–Eso hace que seamos dos los que no estamos seguros, señor Dobius. Sin embargo, si el almirante Savaj está en lo cierto y yo he sido transformado en asesino, o un arma asesina apuntada hacia el capitán Spock, y quizá hacia Savaj e incluso otros, entonces mi última alternativa es tirarme desde algún sitio alto o dilucidar el problema. Presumiblemente, usted intentará impedirme lo primero. Yo propongo que lo mejor es ayudarme en lo segundo.
Dobius lo miró con cautela.
–¿Dejándolo que interrogue al prisionero?
–Es una excelente sugerencia, señor Dobius.
Finalmente, Dobius inclinó su cabeza bifurcada.
–Señor, esta nave no ha reconocido jamás división alguna entre usted y el señor... el capitán Spock. No tengo orden de discutir nada con usted, ni impedirle que actúe como primer oficial y oficial científico. Pero debo permanecer a su lado.
–Gracias, señor Dobius.
Kirk había atravesado la puerta del campo energético antes de que las palabras se desvanecieran en el aire.
Aquella cosa continuaba siendo desagradable y aterrorizadora, y la odió en cuanto le puso los ojos encima. Pero en aquel momento el alienígena era el prisionero y estaba solo. Se hallaba de pie en el extremo opuesto y los miraba a ambos sin ninguna expresión que fueran capaces de interpretar.
–El capitán Spock y el almirante Savaj no averiguaron casi nada –dijo Dobius–. Está vivo, no se trata de un mecanismo, probablemente se comunica mediante algún sistema no verbal, pero aparentemente no tiene poderes telepáticos ni empatía. Posee eficaces escudos mentales y no permite que nadie penetre. Puede que entienda lo que estamos diciendo a través del traductor universal, pero no ha respondido.
Kirk encendió el traductor universal de la celda principal de seguridad.
–Yo he sido su prisionero. Ahora usted es el mío.
El sin–boca lo miró y retrocedió ligeramente, acercándose más al rincón y alejándose de la mesa de diagnóstico. Quizá leyó el furor en los ojos de Kirk, a quien le hubiera gustado devolverle los favores prestados... o sea, atarlo a la mesa. Quizá había juzgado a Kirk según su propia naturaleza y temía que así fuese a hacerlo.
Kirk asintió con la cabeza.
–Sí. Si yo fuera usted, lo tendría ahora atado ahí encima, gritando... o haciendo lo que sea que hace cuando tiene que gritar. –Avanzó hacia él, amenazadoramente–. Veamos qué es lo que hace..
Se produjo una agitación involuntaria y Kirk tuvo un atisbo de rojo detrás de la membrana nictitante de la abombada frente del sin–boca.
El traductor universal leyó un modelo visual y emitió casi un grito.
–Así que gritas, después de todo –dijo Kirk–. También lo hacen las rosas, ¿sabes? ¿O no lo sabes? ¿Es posible que no sepas cuánto dolor causáis?
La membrana se agitó para mostrar un azul que se convertía en un destello verde.
–Pequeñas vidas –descifró el traductor–. Necesario.
La membrana ascendió y esta vez apareció una imagen. El sin–boca con otros sin–boca, dos de ellos pequeños, y otra forma de vida, a la que el sin–boca sostenía en sus brazos rematados por garras con todas las posibles muestras de afecto. La imagen se disolvió en color abstracto.
–Es mi tarea... Yo sirvo... No obtengo ningún placer del grito de las rosas... Yo quiero a las pequeñas vidas mías.
–Todos los guardias de los campos de concentración podrían decir lo mismo –dijo fríamente Kirk–, y lo hacían. Todos los que alguna vez trincharon a un ser vivo tenían algún perro mascota o vida pequeña suya. ¿A quién sirves?
–Nosotros sólo servimos. Hacemos tareas. Informamos. No tenemos que saber cómo funcionan tareas de los otros. Eso estropearía el estudio.
–¿Quién está realizando el estudio?
El sin–boca casi se encogió de hombros, a pesar de que carecía de la anatomía requerida para hacerlo.
–Ellos estudian. Nosotros servimos. Ustedes... realizan. Si es necesario, ustedes mueren.
–Ya no será así –dijo Kirk–. Tú vas a decirme cómo llegar hasta esos estudiosos, y yo haré el servicio y tú podrás intentarlo con la muerte.
La imagen del sin–boca en casa apareció nuevamente.
–No me interesa –dijo Kirk–. Tus pequeñas vidas son necesarias para mis propósitos.
El sin–boca retrocedió y se apretó contra el rincón. Kirk le hizo a Dobius un gesto para que se acercara.
El sin–boca mostró un mapa estelar, identificable tras un momento como el sistema helvano; luego Helvan, un mapa del planeta, la ciudad principal, la instalación alienígena, luego una senda tortuosa que atravesaba los cañones protegidos por el campo energético hasta la montaña solitaria que se elevaba por encima de la ciudad.
Durante un momento, Kirk captó la visión de una gran nave que descendía por el cráter del antiguo volcán; luego, un impreciso atisbo de formas alienígenas confusas... tal vez humanoides. Quizá el sin–boca no se había preocupado por mirarlos de cerca.
–Enséñamelo otra vez –dijo Kirk–. El sendero.
Esta vez utilizó un truco vulcaniano de concentración que Spock había intentado enseñarle una vez, para grabar la senda en su memoria; pero continuaba sin tener una imagen clara del enemigo que estaba al final de la misma.
Al menos sabía que había alguien detrás de aquellos sinboca. Ya no sentía hacia ellos aquel odio abrasador, sino mero desprecio y repugnancia sorda. Ahora era a los que estaban detrás, a los planificadores, a quienes quería borrar de la faz de la galaxia.
–¿No me... darán algún servicio? –parpadeó el sin–boca.
Kirk resistió el impulso de decirle que jamás había tenido intención de hacerlo. Podrían tener necesidad de volver a interrogarlo; y al menos podía sufrir la ansiedad por lo que él y los de su especie habían hecho a él y a los suyos.
–No en este momento –le respondió Kirk–. Si continúas cooperando, quizá escoja para ti algún servicio al que sobrevivas.
Lo miró durante un momento, imaginándoselo a él y a los de su especie, todos los millones o billones de ellos, y todo el trabajo que habían realizado tal vez durante siglos o milenios.
Lo que le habían hecho a él, multiplicado y aumentado, estaba representado todo en aquel pequeño funcionario del mal.
Salió y consiguió llegar a sus dependencias antes de sentirse violentamente enfermo.
15


Se oyó un golpe en la puerta, perentorio y exigente, en nada parecido a la llamada habitual. Kirk se rehízo, le dirigió una rápida mirada a Dobius y fue a encararse con aquella música.
–Entren.
La música era vulcaniana, un dueto para dos nubes de tormenta: Spock y Savaj. De alguna manera, McCoy había conseguido acompañarlos. Entraron todos en las habitaciones de Kirk.
–Señor Kirk –dijo Spock–, ha abandonado usted su puesto por razones personales y ha utilizado esa excusa para interrogar al prisionero sin consultar ni obtener el consentimiento de su oficial superior.
Kirk se irguió.
–Dije que mis razones eran personales, y así era. Me tomo como algo muy personal lo que los de la especie del prisionero me hicieron; y soy yo, personalmente, si el almirante Savaj está en lo cierto, quien lo matará a usted a menos que resolvamos este problema. Antes de llegar a eso, puedo llegar a hacer muchas más cosas que un interrogatorio sin consultar con nadie, lo que está dentro de mis derechos porque usted me ha restituido en mi puesto.
Spock negó con la cabeza.
–Dejamos claro que, para cualquier procedimiento peligroso que implicara la influencia alienígena, usted contaría con mi presencia a modo de protección. Agregaré esto cuando evalúe las consecuencias de peso.
–Tenía al señor Dobius –dijo Spock.
Spock le lanzó una mirada a Dobius que debería haberlo marchitado como a la hierba.
–Ya comprendo.
–Ésas eran mis únicas órdenes, señor –dijo Dobius.
Spock asintió con la cabeza.
–En el futuro, especificaré. –Dio el asunto por zanjado y se volvió a mirar nuevamente a Kirk–. Informe.
–El prisionero es... nada más que lo que podríamos llamar un técnico de laboratorio. Un simple experimentador principiante que les inyecta células cancerosas a los animales. Él... adora a sus pequeños sin–boca y su perro mascota, y está bastante dispuesto a utilizar nuestras pequeñas vidas para sus más importantes propósitos. Se limita a seguir órdenes. No le preocupa cuánto dolor cause. Tiene «su tarea». Es alguien que meramente «sirve»... –Kirk se interrumpió. Aquellos argumentos habían sido esgrimidos antes... por miembros de su propia especie. Los argumentos no hacían que los sin–boca, o la propia especie de Kirk, fuesen menos culpables, pero la peor culpa estaba en otra parte–. Ese alienígena no es a quién o lo que tenemos que encontrar.
–Los diseñadores –dijo Savaj.
Todos se volvieron a mirarlo.
–Siempre ha habido, necesariamente, alguien o algo detrás de estos experimentadores –dijo Savaj–. La esencia del proyecto experimental doblemente ciego es que ni los sujetos ni los experimentadores deben saber cuáles son los sujetos que pertenecen al grupo experimental y cuáles los controles. Es el único diseño científico el que puede derrotar la susceptibilidad ilógica de los seres inteligentes a crear efectos placebo, con el inevitable engaño de sí mismos.
–¿Incluso los vulcanianos? –preguntó McCoy.
Savaj no pareció complacido.
–La lógica los protege. No anula el modelo del mecanismo. Los seres humanos intentaron eliminar los efectos placebo. Los vulcanianos los convirtieron en la base de la medicina. Ambas soluciones continúan haciendo necesario el sistema doblemente ciego de experimentación. La necesidad, sin embargo, no es demasiado consoladora para el sujeto control que muere mientras el grupo experimental consigue la verdadera cura para el cáncer. Ni para aquellos que mueren a causa de las curas falsas. El precio del fuego siempre ha sido alto.
–Entonces... ¿nosotros somos los sujetos? –dijo Kirk.
–O los controles –agregó McCoy.
–Ambas cosas –dijo Savaj–. Y los «experimentadores» hasta los que hemos llegado están tan ciegos como nosotros en lo concerniente a qué mundos sirven o para qué propósito. El máximo proyecto está en otra parte... y los proyectistas son aún desconocidos.
–Tal vez no –dijo Spock–. Señor Kirk, ¿cómo consiguió obtener este conocimiento del «experimentador»?
Kirk sonrió ligeramente.
–Me temo que le transmití la impresión de que la rata estaba a punto de devolverle los favores recibidos.
–Farol –dijo Spock.
Kirk asintió.
–Funcionó... porque él lo hubiera hecho si hubiera estado en mi lugar.
Spock lo miró con interés.
–Creo que acaba de decir algo interesante, señor Kirk. Los proyectistas tienen que tener también algún punto ciego. La insensibilidad es siempre ciega. Tiene que haber algo que podamos utilizar, un tercer ciego...
–¡Spock, ha dado usted con ello! Caballeros, ¿recuerdan la historia de las ratas que entrenaban a los psicólogos...?
Al fin todo se había aclarado. Spock no se enteraría nunca de que Kirk había considerado la posibilidad de marcharse solo y abordar el asunto por su cuenta, como Spock lo había hecho con Vejur. Aparte de que el vulcaniano se lo tenía bien merecido, al menos hubiera apartado a Spock de la amenaza de acabar asesinado por Kirk.
Sin embargo, posiblemente había puesto a prueba su suerte con Spock demasiado frecuentemente. Tampoco había muchas probabilidades de que en Helvan consiguiera llegar en solitario a averiguar algo, así que para qué hablar de lo factible de que regresara para informar.
–Supongamos –dijo finalmente– que intentamos atraer la atención lo suficiente como para que nos saquen del laberinto.
–¿Para hacer qué? –preguntó McCoy–. ¿Discutir? ¿Disecarnos? A los animales que atraen demasiado la atención en mi laboratorio, no les va demasiado bien.
–Ya lo sé, Bones. Estoy proponiendo que nos utilicemos a nosotros mismos como señuelo para atraer a unos seres de los que no sabemos nada excepto que son increíblemente poderosos y están dispuestos a pagar el precio del conocimiento... con las muertes de otros seres vivos.
Durante un largo momento permanecieron todos en silencio; quizá incluso los vulcanianos pensaban que aquello era el más profundo de los terrores.
–Yo iré –dijo finalmente Spock–. Savaj y yo.
Kirk negó con la cabeza.
–Soy yo quien conoce la ruta. Es una impresión visual que intenté captar mediante nemotecnia vulcanizan, pero que tendré que recordar sobre la marcha. No estoy seguro de poder transmitirla, ni siquiera por unión mental. Pero, incluso en el caso de que pudiera, no estoy dispuesto a hacerlo, y usted no me forzaría. Iré yo.
–El señor Dobius también estaba presente y está mejor dotado para los peligros planetarios.
–Con todos los debidos respetos, señor –dijo Dobius–. Estoy dispuesto a ello, pero no podemos estar seguros de que lo que yo vi sea lo mismo que vio el señor Kirk... ni tampoco de que yo sea capaz de reconstruirlo.
–Spock –dijo Kirk–, tenemos que ir. Tengo la sospecha de que, quienquiera que esté organizando todo esto, puede tener interés en uno o varios de nosotros, o en nuestra especial combinación. Algo se ha tomado muchas molestias para o bien hacer que yo atentase contra su vida, o para hacer que pareciese que lo había hecho. La única alternativa posible es Savaj, o la acción directa por algún medio desconocido. No puedo permitir que se marche solo con Savaj; y si alguien se ha tomado el trabajo de ponernos a prueba con la sospecha, la duda, el asesinato... es posible que quieran continuar con la prueba, escogernos...
–Jim tiene razón –dijo McCoy–. La prueba somos nosotros. Voy a buscar mi equipo médico.
–No estará imaginando que usted va a venir con nosotros, doctor.
–Spock, nadie que se encamine a una misión peligrosa abandonará esta nave sin su oficial médico jefe mientras yo esté en el puesto.
Durante un momento Kirk había visto en los ojos de Spock la mirada del modo de mando vulcaniano, considerando y descartando opciones. Era cruel pero implacablemente lógico, incluso contra la propia resistencia poderosa del vulcaniano.
–Usted ha dicho que los diseñadores podrían estar estudiando, entre otras cosas, la afinidad que existe entre nosotros. –Asintió con la cabeza–. Me someto a ese punto. La partida de tierra consistirá en mi propia persona, Savaj, Kirk y el doctor McCoy.

Recogieron los equipos y fueron transferidos a la entrada camuflada del cañón protegido por un campo energético que, según el sin–boca, llevaba al único camino que él conocía para llegar hasta el complejo que tenían los diseñadores debajo de la gran montaña.
Kirk cerró los ojos e intentó recordar la imagen correcta. Los abrió y avanzó hacia la entrada oculta; la encontró.
Spock abrió la marcha por una asombrosa serie de cañones entrecruzados, los riscos espejados de treinta mil metros de alto y que tenían el mismo aspecto en todas las direcciones.
–Ojalá –dijo plañideramente McCoy– no hubiera usted llamado a esto laberinto.

Spock se apartó silenciosamente, como si apenas pudiera tolerar la presencia de Kirk, y no habló, a menos que fuese para dar una orden áspera. De vez en cuando McCoy intentaba algún gruñido o refunfuño normal con la intención de aligerar la atmósfera. En una ocasión, Kirk le respondió con una réplica normal. Fue respondida con un silencio tan glacial por parte de ambos vulcanianos, especialmente de Spock, que Kirk se deprimió y por una vez permaneció en silencio y muy pensativo.
No había que dar vueltas al hecho de que en aquella ocasión la había armado realmente buena. En un intento de ser justo, intentó ponerse en la posición del capitán Spock. ¿Qué habría hecho Kirk si su primer oficial hubiera actuado contra sus directas y estrictas órdenes, inmiscuyéndose en sus planes cuidadosamente trazados, incluso a pesar de que dichos planes incluyeran altas probabilidades de que él muriese, arriesgando nave y misión con un acto de amotinamiento flagrante y, después de haber sido amenazado con un castigo completo, posiblemente hubiera realizado un atentado contra su vida? Y posiblemente peor que eso: si hubiera cometido nuevamente una peligrosa y no autorizada violación de autoridad al interrogar a un prisionero.
Si bien Spock le había dejado ahora en libertad a fin de que cumpliera con un deber esencial, estaba dejando claro que Kirk todavía tendría que responder ante él.

16


La puesta de sol teñía con llamas los destellantes riscos de cristal de treinta mil metros de altura. Hubiera sido una de las atracciones turísticas más espectaculares de la galaxia, el infierno de Helvan, reflejándose en incandescentes capas de llamas, altos como un rascacielos y reflejándose los unos a los otros como los interminables corredores de una sala de espejos.
Era pasmoso, cegador y más caluroso que las puertas del Hades, tal como se le oyó protestar a McCoy.
También provocaba una confusión absoluta. Las imágenes mentales de Kirk no tenían sentido alguno en aquel infierno de llamas sobre llamas. Creía que había escogido el cañón central correcto cuando comenzaron a andar. Abrigaba la esperanza de que todavía no hubieran llegado al primer desvío importante. Más allá de eso, no estaba seguro. El fondo del cañón estaba lleno de cristales rotos, como una cascada de diamantes a través de la que crecían grandes árboles negros y plateados. Aquí y allá, alguno de esos árboles crecía sobre alguna repisa del risco, y parecía un cuadro japonés pintado sobre un llameante espejo.
Kirk y McCoy respiraban pesadamente en el calor y la alta gravedad. La diferencia gravitacional no había sido más que una molestia secundaria, hasta que comenzaron a subir bajo su influencia. Ahora era algo que agotaba lentamente a los dos seres humanos. Para los vulcanianos era un refrescante retozo. ¿Retozaban los vulcanianos? En realidad, subían con aquella facilidad con la que ni siquiera advertían el esfuerzo, ofreciéndole de vez en cuando una mano o un poco de impulso a un humano.
Luego, casi como si alguien hubiese accionado un interruptor, el sol se hundió con decisión tras los riscos de treinta mil metros de altura y cayó la oscuridad. En los últimos rayos de luz, unos demonios cornudos surgieron de un salto y les arrojaron esquirlas de cristal de dos metros.
Spock y Savaj se unieron delante de Kirk y McCoy, bloquearon una parte de la andanada de las lanzas de espejo con sus mochilas y apartaron otras hacia los lados con golpes de asumi. Los atacantes, según pudo ver Kirk, tenían que ser helvanos más atrasados que los de las ciudades, todavía en la Edad de Piedra.
–Atrás –ordenó Spock, y el grupo retrocedió subiendo por un sendero. Spock y Savaj intercambiaron una mirada y apoyaron a la vez los hombros contra un enorme saliente. Empujaron al mismo tiempo y el saliente se rompió por el extremo y cayó a toda velocidad por el abrupto sendero, dispersando a los atacantes, que saltaron para apartarse del peligro.
Cuando el polvo de cristal se posó, los atacantes parecieron desanimados. Se reunieron al final del sendero, y luego se alejaron.
Eso fue virtualmente lo último que pudieron ver los humanos de la partida de la Enterprise. La noche se hizo tan negra como la tinta.
Kirk sintió más que vio a Spock que se alejaba risco arriba, con pie tan seguro como el de un cruce entre cabra montesa y gato. Luego sintió una mano en un codo. Savaj lo condujo sendero arriba y se detuvo para recoger a McCoy.
Encontraron a Spock explorando una gran caverna de cristal. El interior despedía una luz tenue. Allí también había grandes superficies lisas de cristal espejado orientadas en diversos ángulos, convirtiendo al cuarteto en filas de series de vulcanianos y seres humanos.
–Doy por supuesto que su imagen mental no funcionará en la oscuridad, señor Kirk. Tampoco es prudente avanzar por la oscuridad cuando se sufren ataques... o con seres humanos que carecen de visión nocturna. Pasaremos aquí la noche.
Spock y la miríada de sus imágenes reflejadas se alejaron hacia el interior de la caverna.
Sacaron sus aparejos de campamento, instalaron un campo energético en la boca de la caverna, el cual también bloquearía la luz del luego y disiparía el humo. Savaj entró un árbol seco plateado que encontró en alguna parte antes de que activaran el escudo. Lo cargó sobre un hombro como si se tratara de una rama. Desde lejos había parecido un árbol enano, pero su tamaño real sugería que tenía aspiraciones de llegar a la talla de un pino de California. Savaj lo transportó cómodamente y arrancó algunas ramas con las manos para iniciar el fuego. Spock regresó finalmente con los brazos cargados de algo que se parecía a champiñones azules. Kirk vio que analizaba con el sensor hasta el último alcaloide, asentía satisfecho y los asaba sobre palitos en el fuego que había encendido Savaj. Kirk percibió que cierta sensación primitiva de las batallas compartidas y ganadas que reinaba en torno al fuego de los guerreros había alcanzado incluso a los vulcanianos.
Las ofensas no estaban olvidadas, pero la atmósfera glacial se había derretido ligeramente. Kirk preparó café y McCoy hizo bastante aspaviento por un par de cortes que Kirk había recibido en un brazo durante el fugaz encuentro con los nativos.
Finalmente se encontraron sentados ante lo que resultaron ser unos champiñones azules asados sorprendentemente deliciosos, café caliente y una momentánea, aunque falsa, seguridad. Kirk continuaba siendo agudamente consciente del literal y figurativo laberinto en el que se hallaban; la sensación de estar atrapada de la impotente rata cuyos atrevidos movimientos destinados a dominar su destino la llevarían, en el mejor de los casos, al corazón del infierno. De todas formas, había peores caminos para llegar a ese destino que el de pasar un momento de respiro, junto a aquel fuego, con amigos.
––¿Sabe una cosa? –dijo McCoy–. Podría llegar a habituarme a tener un par de vulcanianos por el campamento.
Kirk profirió una risilla ahogada.
–Secundo la moción, Bones. Usted y yo tendríamos raciones enlatadas, calor enlatado y una fría comodidad... eso siempre y cuando nuestros huesos no estuvieran esparcidos en algún punto, camino abajo.
Savaj pareció ligeramente sorprendido, como si por un instante no fuera capaz de entender de qué estaban hablando los humanos.
–No ha ocurrido nada insólito –dijo el vulcaniano puro.
Kirk rió entre dientes.
–No, por supuesto, almirante. Nada insólito; pero, a menos que esté muy equivocado, señor, usted también ha disfrutado de ese «nada insólito». Para usted, nosotros los humanos somos algo así como una molestia, hacemos surgir sus capacidades naturales de una manera que tiene que resultar gratificante. Usted ha disfrutado con ello, V’Kreeth Savaj.
Savaj pareció consultar alguna calculadora interna.
–Yo no definiría el estado como una emoción, pero es verdad que existe cierta utilización placentera de la propia capacidad. –Frunció el entrecejo ante la sonrisa de Kirk–. Al igual que una seria y frecuente irritación.
Kirk se estiró, apoyándose en un codo, sobre uno de los sacos de dormir tendidos en el suelo.
–No lo dudo. ¿Sabe?, el abismo que se abre entre los vulcanianos y los seres humanos es muy estrecho, pero... es muy profundo. –Miró a Spock–. Yo lo conozco, Spock, como no conozco a nadie en la galaxia, y la mitad de su sangre es de mi sangre, especie de mi especie, tan humana como lo soy yo. Sin embargo, alguna parte del fondo de ese abismo continúa siendo un misterio. Los diseñadores. –Miró a Savaj–.¿Qué pasará si el abismo existente entre nosotros y ellos es realmente el mismo que hay entre el hombre y la rata?
–Esa es la pregunta, señor Kirk, con la que he vivido... durante diez años –respondió Savaj.
–Cuando los psicólogos estaban estudiando a las ratas, señor –dijo Kirk–, en mi planeta o el suyo... ¿había algo que hubieran podido aprender interrogando a la rata?
Savaj miró a Kirk atentamente.
–Durante estos diez años, comandante, mi absoluta meta y centro ha sido comunicarme con los diseñadores que haya.
Kirk estudió al vulcaniano.
–Usted ha estado intentando que lo escogieran y lo sacaran de la jaula desde mucho tiempo antes del que yo he sugerido, ¿no es así?
–Mucho más. Desde que comencé a sospechar qué es lo que están estudiando los diseñadores. –¿Qué es...?
–Es el defecto Prometeo, comandante. El fallo en el diseño de la vida inteligente que a la larga podría aniquilarla, y también a nosotros.
–Usted dijo –intervino McCoy– que estaban estudiando la agresión.
Savaj asintió con la cabeza.
–Ése es el fallo de la maquinaria, doctor. Toda la vida inteligente corpórea parece conservar la agresión como una parte integral de su estructura. Sin embargo, en algún momento la inteligencia desarrolla necesariamente el poder para destruirse a sí misma y todo lo que toca... sin perder nunca la agresión que perteneció una vez al animal desarmado.
McCoy asintió.
–Nadie ha podido vencer nunca del todo ese rasgo... ni siquiera los habitantes de Sargon. Ellos sobrevivieron a su primera crisis atómica y quizá hasta un millón de años después sembraron la galaxia con sus descendientes, lo que quizá nos incluye a nosotros, y continúan destruyéndose los unos a los otros mediante la guerra. Nosotros hemos conocido... no sé a cuántos otros. La guerra de computadoras de quinientos años... Pero quizá la respuesta no es otra que la que Jim les dio a aquellas gentes. Sí, tenemos los instintos del asesino, pero no vamos a matar hoy.
Savaj asintió.
–Admirable, doctor. Vulcano dio esa respuesta hace un millar de años. Ha terminado virtualmente con los asesinatos. No ha acabado con el problema. Yo lo traduzco para ustedes como el problema Prometeo. Los vulcanianos tenían una leyenda similar... al igual que la mayoría de las especies. El señor Spock lo comprenderá en los términos de ustedes.
El rostro de Spock tenía una expresión abstracta –que en nada se parecía a ninguna que Kirk le hubiera visto antes–, como si estuviera escuchando algo que no se oía.
–Prometeo llevó el fuego al hombre –dijo Spock–, y, como castigo, los dioses lo encadenaron a una roca para que se lo comieran los buitres. Lo que resulta inquietante es que las formas de vida inteligentes de toda la galaxia comprenden esa leyenda... tanto la acción de llevar el fuego como los buitres.
Spock removió el fuego con un palo, miró las brasas y levantó los ojos para fijarlos en Kirk.
–En el hombre existen tanto el dios que tiende sus brazos hacia el fuego de las estrellas como ese rasgo oscuro que roba el fuego para hacer cadenas, le cobra un precio al que lo trae y deja sueltos a los perros de la guerra y a los buitres de la destrucción. Existen en él la grandeza... y la insensibilidad.
Sus ojos examinaron a Kirk como si en él pudieran leer algún enigma.
–Ninguno es único en esa dualidad, ni su especie ni la mía. Cada una de las soluciones para el fallo Prometeo que ha encontrado la vida inteligente de la galaxia es, en el mejor de los casos, parcial. Es también... temporal.
Levantó los ojos para mirar a través de la boca de la caverna, en la dirección en la que la invisible montaña alienígena se erguía, aguardándolos.
–De todas formas –concluyó Spock–, es nuestra solución.
Kirk siguió los ojos de Spock hacia la silenciosa montaña donde los diseñadores meditaban la decisión final que tomarían respecto a ellos. Se dio cuenta de que estaba temblando. Era a causa del frío de la noche, se dijo, o el esfuerzo físico del día; pero el peso de la vergüenza y el terror volvieron a caer sobre él con una fuerza demoledora. La incógnita de Prometeo era más antigua que el hombre; pero, si los diseñadores continuaban estudiándola aún al final del mundo, cuando ellos eran lo que las ratas a los hombres, ¿qué esperanza quedaba entonces?
¿Y qué protestas estarían dispuestos a escuchar de boca de las ratas?
Él se había puesto a sí mismo, a sus mejores amigos, y quizá a la última esperanza de la vida inteligente de aquella galaxia, en las manos de Zeus; y las cadenas y los buitres estaban al alcance de la mano.
Savaj de Vulcano se inclinó y programó el saco de dormir de Kirk para que se cerrara en torno a él.
–Yo me quedaré de guardia –dijo Savaj–. Sea lo que sea lo que le hayan hecho, no deberá temer con respecto a lo que vaya a hacer esta noche.

17


Spock se despertó de su sueño de primer nivel y vio a Kirk moviéndose entre las sombras. En la mano llevaba una larga y letal astilla cristalina, y una expresión en el rostro que denunciaba una lucha mortal. Estaba avanzando hacia Spock, o hacia la espalda desprotegida de Savaj de Vulcano, que se hallaba de pie cerca de Spock, mirando al exterior por la boca de la caverna. O quizá una parte del humano estaba meramente avanzando hacia la boca de la caverna y en dirección al borde del precipicio.
Spock se levantó, pero Savaj era plenamente consciente de lo que ocurría y ya se estaba moviendo. En un momento tuvo sujeto a Kirk y le quitó la esquirla de la mano. Kirk luchó con la furia de un demente, y la fuerza de la locura amenazaba con destrozarle contra la fortaleza del vulcaniano.
Spock avanzó y apoyó las manos sobre las sienes de Kirk. El establecer más contactos mentales era peligroso, pero no tanto como lo que estaba sucediendo. Spock lo hizo de forma momentánea, la señal de identificación, sin palabras, para decir meramente: «Estoy aquí».
Kirk tendió las manos hacia la garganta de Spock.
Luego, lentamente, se relajó. Finalmente se quedó quieto. Abrió los ojos.
–¿Spock?
–Aquí.
Kirk abrió la mano, cortada por la fuerza con que aferraba los restos de la esquirla de cristal. Cayó al suelo, donde se hizo pedazos. De pronto, apareció McCoy y tomó posesión de la mano herida.
–¿He... he intentado matarlo, Spock? –––preguntó Kirk.
–No –dijo Spock con firmeza–. Algo que le hicieron lo ha dirigido contra mí... y podría haber tenido éxito en hacer que simplemente se arrojara por el precipicio. Es una prueba. Deberíamos haber sabido que fue una prueba durante todo el tiempo.
Se volvió hacia la montaña, apenas visible a la luz de la fría aurora, por encima del barranco.
–Ha fracasado –dijo, como si hablara con alguien que no estaba presente–. No sospecho de él, y no podréis utilizarlo. Eso que no podéis entender es más fuerte que cualquier cuña que hayáis intentado introducir entre ambos. Nosotros, los dos y todos, mantenemos esa afinidad contra vosotros.
Apoyó una mano sobre un brazo de Kirk y la otra sobre McCoy, y le hizo un gesto con la cabeza a Savaj, que todavía sujetaba ligeramente a Kirk por un hombro.
–¿Queréis estudiar eso... ante nuestros ojos? –preguntó Spock a la montaña.
Kirk sintió como si algo manara del contacto de los dos vulcanianos, para rodearlos con una protección, una unidad. Un verso de un poema muy antiguo le vino a la cabeza. «Y nosotros, todos nosotros, estamos contra ti, oh Dios más alto... »
No era Dios a quien desafiaban, pero la temeridad era de una magnitud del mismo orden.
–Es algo terrible el caer en las manos de un Dios viviente... o en las del mal supremo al final del mundo.
El risco de cristal rieló. Luego Kirk se dio cuenta de que eran ellos quienes estaban disolviéndose en algún efecto desconocido. Bueno, ellos habían pedido que los recogieran...
Salieron a un corredor espejado que hubiera podido alojar a Dios... y a gigantes de la Tierra. No, no era exactamente espejado. Las paredes eran algún tipo de holograma en profundidad, donde sus imágenes eran proyectadas en tres dimensiones y en una infinita serie de reflejos que disminuían de tamaño y desaparecían en el infinito. El corredor mismo se extendía hasta un punto de la perspectiva que desaparecía a lo lejos.
Era imponentemente hermoso –requería una técnica que no habría podido ser igualada en toda la galaxia conocida–, y Kirk tuvo la sensación de que sólo era una jaula de laboratorio desnuda perteneciente a los diseñadores.
¿Dónde estaban esos diseñadores? ¿Y estaban construidos en una escala proporcional a aquellas paredes de tres mil metros de altura? ¿O bien se tendería hacia él un brazo de tres mil metros con una mano en el extremo, para cogerlo?
–¿De quién fue esta brillante idea? –murmuró McCoy, intentando suavizar el pasmo... o el terror.
–Nuestra, doctor –dijo Spock, echando a andar en una dirección que parecía tan buena como cualquier otra–. Parece haber sido tomada con un poco de precipitación.
–¿Dónde estamos? –preguntó ahora McCoy–. ¿En esa montaña?
–Posiblemente –respondió Savaj–. Si es que estamos en Helvan o en cualquier dimensión ordinaria.
Kirk le dirigió una pregunta con la mirada.
Savaj se encogió de hombros.
–Desde la época de los fenómenos OVNI de su planeta, la nave de estos seres no pareció seguir las leyes normales de la física. Tengo la hipótesis de que viajan por dimensiones alternativas de la realidad con la misma sencillez con que nosotros viajamos entre las estrellas. Podríamos estar en un puesto avanzado de Helvan... o en alguna parte completamente diferente.
Y, pensó Kirk, en cualquier caso mucho más allá del alcance de la Enterprise, o cualquier tipo de socorro.
–¿Qué concepto tendrá una rata de ser llevada a un laboratorio? –preguntó McCoy.
Kirk giró la cabeza y vio que el rostro de Leonard McCoy estaba gris. Finalmente se le ocurrió que no había pensado bien en qué aspecto tendría aquello desde el punto de vista de un médico. Se había avanzado mucho en la humanización del trato que los seres humanos les daban a los animales en los laboratorios de medicina; y, sin embargo, a veces todavía era tarea de McCoy, a veces, el averiguar qué hacía que algún pequeño organismo alienígena actuara... quizá para salvar la vida de un hombre o la de la nave. El médico sabía perfectamente bien que se estaban ofreciendo para que los pusieran bajo un microscopio en portaobjetos.
Kirk se acercó más a McCoy. No había muchas cosas más que pudiera hacer. Sentía que su propio rostro estaba blanco.
–Alégrese, Bones. Quizá sólo se trate de psicólogos.
McCoy asintió amargamente.
–Seguro. Por eso le ataron a usted a la mesa.
Spock, investigando las superficies de los hologramas con las manos, encontró uno que sus manos pudieron atravesar. Se reunieron ante un segmento que no parecía diferente del resto, pero que reflejaba sus imágenes sólidas hasta el infinito. Sin embargo, Spock los agrupó detrás de sí y entró directamente en el sólido Spock, que avanzó a su encuentro. Fue como si los dos Spocks se disolvieran en alguna línea que se expandía por la superficie en la que se encontraron. La línea se estremeció como una pequeña ondulación de mercurio.
–¡Vamos! –dijo Kirk, y se precipitó repentinamente hacia su propia imagen junto al vulcaniano, temeroso de que aquello fuese una puerta dimensional hacia alguna parte completamente distinta, y que pudieran por tanto quedar separados. Aún tenía aferrado un brazo de McCoy y sintió que Savaj sujetaba de pronto a McCoy por detrás. Se requería un esfuerzo de lógica para correr a estrellarse con la propia imagen de aspecto sólido, pero no colisionó con ella, sino que experimentó tan sólo una rara sensación disolvente que lo atravesó. Estaba en el plano de disolución antes de que Spock hubiese desaparecido completamente.
Entonces Spock lo cogió y tiró de ellos como si se tratara de las cuentas de una sarta; pero Kirk tenía la viva sensación de que, si él no hubiera avanzado antes de que se cerrara la membrana del espejo, hubieran quedado separados de Spock.
Vio la misma sospecha en los ojos del vulcaniano.
–En el futuro, cuando se dé cualquier coyuntura semejante, mantengan el contacto físico –ordenó Spock.
Se hallaban en una cámara que parecía hecha de oro batido, lo que incluía el espacio por el que habían atravesado y que ahora demostró ser una pared sólida. El recinto era pequeño; el techo, de oro, estaba a una altura tres veces más elevada que la estatura de los hombres.
Investigaron cada centímetro de las paredes a su alcance. Nada. Kirk se volvió y se encontró con que Savaj le ofrecía una mano a modo de estribo. Kirk apoyó un pie en la misma y subió primero sobre los hombros de Savaj, pero el techo de oro estaba mucho más arriba. Savaj elevó a Kirk hasta el máximo de sus brazos completamente extendidos, pero todavía le faltaban un par de metros para alcanzarlo. Savaj lo bajó un poco y luego se levantó de forma que pudiera proporcionarle un buen impulso cuando Kirk saltara. Estaba preparado para rebotar contra el techo, pero saltó como si sus manos fueran a aferrarse a la parte superior de la pared. Así lo hicieron.
Se izó hasta sentarse en lo alto del muro, teniendo buen cuidado de no atravesar el techo completamente. Desde la parte superior tenía un tacto sólido, pero, si permanecía así, podía aún inclinarse y atravesarlo. En la parte superior se veía una gran extensión de jardines de cristal, aparentemente al aire libre, con un cielo purpúreo pálido... y aquellos árboles negros y plateados.
Se inclinó para atravesar el techo con la cabeza.
–Suban. Ha llegado el Edén.
–Me trae sin cuidado que sea el paraíso –dijo McCoy–.Yo soy un médico, no un gimnasta.
En realidad, no parecía nada fácil. McCoy era bastante activo, pero no tenía el tipo de entrenamiento requerido para aquella proeza, y alguien iba a ser el último. Kirk dudaba de que ni siquiera un vulcaniano pudiera coger una mano tendida desde arriba, si saltaba desde el suelo mismo.
–Adelante –dijo McCoy–. Al menos podré darle impulso a alguien. Déjenme aquí.
Kirk comenzó a pasar una pierna por encima de la pared, hacia el interior del recinto.
Savaj no le prestó atención a ninguno de ellos, sino que se limitó a hacerle a Spock un gesto de asentimiento con la cabeza. Spock tomó impulso para subir a las manos del vulcaniano puro, y fue impulsado hacia arriba por el otro mientras ponía su propio impulso en el salto. Spock llegó junto a Kirk, se aferró a la parte superior del muro y se izó. Luego realizó una maniobra mediante la cual se sujetó con una sola pierna y se dejó colgar hacia abajo hasta casi la plena longitud de su cuerpo. Desde ese punto pudo aferrar una muñeca de Spock cuando Savaj lo levantó en alto. Spock izó a McCoy con la misma facilidad con que se había cogido a Kirk al final de su salto y lo había sacado de la mazmorra en la que unos alienígenas de otra galaxia se les habían presentado con la apariencia de Sylvia y Korob. Spock elevó a McCoy a una altura aún mayor que aquélla, hasta que Kirk consiguió cogerlo y acomodarlo en lo alto del muro. Sin embargo, Kirk continuaba pensando que Savaj no lo conseguiría.
Estaba equivocado. Vio que Savaj retrocedía, reunía toda su concentración mental vulcaniana y tomaba impulso a la carrera para saltar hacia la mano de Spock. Kirk había leído que algunos famosos bailarines del pasado y el presente –Nijinski, T'Vreet– parecían saltar más alto y permanecer más tiempo en el aire de lo que la física permitía. No lo había visto en la práctica. Hasta aquel momento. Savaj pareció recorrer los últimos centímetros más por levitación que por cualquier otra cosa.
Spock lo cogió por las puntas de los dedos. Esa vez no fue ninguna broma para Spock el levantar el peso de un vulcaniano puro. Los músculos de Spock se ondularon y se anudaron, y Kirk se inclinó para intentar sujetarlo. Luego Savaj alcanzó la cima de la pared y se acomodó en la misma, tras lo cual ayudó a Spock a subir nuevamente a ella.
Finalmente el techo se cerró detrás de ellos, mientras los cuatro recuperaban el aliento sobre la alfombra de cristal, con diamantes en los cabellos.
Kirk oyó el sonido de una risa argentina detrás de sí.
–Caballeros –dijo–, pueden ustedes proseguir. Yo, personalmente, he llegado hasta el fondo.

18


–Así es, ha llegado –dijo Spock, mirando por encima del hombro de Kirk–. Tenemos compañía.
Pero Kirk no estaba seguro de si quería decir que estaba en compañía de la locura o en la de alguien que se les acercaba. Se volvió poniéndose de rodillas, pronto a incorporarse sobre los pies y encararse con lo que fuera.
Bueno, casi con lo que fuera. Se dio cuenta entonces de que había estado preparado para monstruos, monstruosidades, gigantes, dioses, demonios, el equivalente local de los organianos, cualquiera de las formas de vida con las que se había encontrado y con las que no... o con sus descendientes de un millón de años después.
Para lo que no estaba preparado era para una humanoide femenina perfectamente normal.
Se puso lentamente de pie. No, no era normal. Tampoco era humana; pero era lo suficientemente afín como para que le fueran aplicables sus antiguos patrones de belleza y reaccionara ante ella toda su bioquímica. Era alta, esbelta y exótica, con una musculatura suave que modelaba unas curvas que él podía apreciar. Parecía vestida principalmente con una ilusión que podría haber sido plumas plateadas destellando en un campo energético. Sin embargo, sus orejas también estaban acabadas en punta, lo que les confería un aspecto casi alado, no como las vulcanianas, pero con una gracia equiparable; y que se perdían entre hilos de plata que podrían haber sido cabellos, plumas, auténtico metal, o las tres cosas a la vez.
Kirk no podía distinguir qué parte era realmente ella y cuál era artificio, ni tampoco le importaba. Captó los ojos de Spock, que mostraban la mirada resignada del vulcaniano que observa una reacción predecible –una sarta de nombres que se adentraban en el pasado hasta cerca de diez: Sylvia, Deela, Kalinda y todas las otras–, y leyó el consentimiento implícito del capitán Spock para intentar el gambito predecible. Kirk avanzó hacia ella con la mejor de sus sonrisas, confiando al menos en aquel idioma común, y esperando lo mejor del traductor que tenía implantado.
–Hola. ¿La han traído aquí al igual que a nosotros?
Ella lo recorrió con la mirada.
–Yo estoy aquí.
Kirk rió entre dientes.
–No lo he dudado ni por un momento.
–Luego se puso serio–. Somos extraños aquí. ¿Quién habita en este lugar?
–Ustedes, a partir de ahora. Él negó con la cabeza.
–No, a menos que seamos prisioneros. Sólo deseamos comunicarnos con los que trastornan nuestros mundos. ¿Los conoce usted?
Ella hizo un ligero movimiento con sus manos de dedos largos.
–Hasta donde puede conocérseles.
Él tendió un brazo para asir una de aquellas manos y ella se lo permitió. En la muñeca llevaba una tenue escultura de plumas de plata, pero, si se trataba de un adorno o de los vestigios de un ruiseñor, Kirk era incapaz de saberlo.
–Espero... que no esté sola aquí –dijo él. Ella retiró la mano.
–No, no lo estoy.
–¿Tiene usted un nombre?
–Puede llamarme Belén.
–Belén. Tiene el sonido de las campanillas de plata. Kirk volvió a oír aquella risa argentina.
–No, no lo tiene.
–¿Es usted una cautiva en este lugar? –preguntó él.
Ella adoptó un aire de contención y se limitó a mirarlo.
–No, pequeño, no lo soy.
Kirk sintió que sus ojos se abrían desmesuradamente, pero supo que hacía un buen rato que sentía que la consternación iba apoderándose lentamente de él. Hizo que las piernas se resistieran a soportar su peso. Estaba viendo a los sinboca y sus mesas con bandas metálicas, y aquella visión de plata encumbrándose por encima de él con su risa de azogue.
–Usted es la captora –dijo Kirk.
–Pues no –replicó ella desde su continente de indiferencia–. Vosotros nunca habéis sido libres.
–¿Qué es usted, entonces? –inquirió él con voz ronca.
–Yo proyecto el porvenir –respondió suavemente ella–. Tengo que seleccionar sujetos de resolución limitada, o quizá suavizarlos para poder tener dominio sobre ellos.
–¿Y es eso lo que está haciendo ahora? ¿Suavizar?
Ella hizo con la mano un gesto que él interpretó como «Está fuera de tu comprensión. Al menos hasta donde podría ser expresado en términos que creyeras comprender».
–Lo que yo comprendo –dijo Kirk–, es que yo y mi gente hemos sido manipulados, controlados mentalmente, sometidos a dolor físico y abusos mentales, empujados hasta el límite del asesinato o el suicidio. Nuestros mundos han sido empujados a la revolución, la guerra, el caos y la destrucción inminente. Se nos metió en un laberinto y se nos hizo actuar para la diversión o edificación de usted. ¿Y ahora quiere suavizarnos?
–No, pequeño. Ya lo he hecho. Vuestra actuación ante los problemas elementales ha sido satisfactoria. Dais muestras de comunicación sustancial y cohesión. Tú no llegaste realmente a matar, aunque insististe muchísimo en conseguirlo. Siempre había algún pequeño margen para escapar, aunque en nada más que la resistente psicología y las tendencias a salvar a los demás de los dos sujetos V. Hacia el final, tu propia resistencia fue... interesante. Parece existir una capacidad para los lazos de afinidad personal de una resistencia bastante sorprendente ante la tentación, el estrés y la desconfianza. –Ella lo miró y en sus ojos negro–plateados había una expresión atenta que estaba captando algún nivel de Kirk que él no había tenido intención de transmitir–. Dicha capacidad también podría ser interesante.
–Recuérdeme que se lo demuestre alguna vez... si puedo pasar por alto el hecho de que usted me programó para matar a mi amigo y... mi capitán. Por no mencionar al almirante Savaj, cuyo historial y nombre honraría si me pidieran que escogiera tres nombres en toda una galaxia.
Los ojos negro–plateados se oscurecieron hasta el negro absoluto.
–Cálmese usted. Las vidas pequeñas no emplean ese tono de reprimenda.
Kirk se mantuvo firme.
–No deseo pelearme con usted. He venido a decirle que mi vida es tan preciosa para mí como la suya lo es para usted. Yo siento el dolor intensamente. Si una rosa puede gritar, ¿cuánto más no podrá hacerlo un ser vivo inteligente que siente, respira y ama? Yo amo, quiero. Escojo a las personas con las que tengo afinidades y cuido de ellas. Defiendo lo que es mío: mi vida, mis amigos, mis mundos. Sea lo que sea usted, si es capaz de hacer todo esto, es capaz de conocer mi dolor. Vengo a pedirle que me deje a mí y a los míos tranquilos... a todos los mundos de mi galaxia en los que toca y tuerce nuestras vidas.
Los ojos volvieron a salpicarse de plateado.
–Pequeño, ¿realmente supones que será tan sencillo? Ella abrió las manos, en señal de comprensión, y se encogió de hombros.
–Cuando los ojos suplicantes se levantaron hacia ti desde alguna jaula, pequeño, suplicándote por sus aún más pequeñas vidas, ¿te contuviste tú?
Kirk apretó los dientes. Aquél era un punto candente que había estado llagándole algo en el fondo de la mente desde que los habían instalado en la pesadilla de ser enjaulados ellos mismos. Las manos de ellos no estaban limpias. Las suyas propias no lo estaban.
–No –respondió él–. No siempre; pero nosotros intentamos no causar dolores innecesarios. Y no utilizamos jamás las vidas de seres inteligentes.
Ella lo miró con una ligera sorpresa.
–Tampoco nosotros lo hacemos.
Él se quedó mirándola fijamente.
–¿No creen ustedes que seamos inteligentes? Ustedes nos han estudiado dentro de nuestra nave.
–Los castores de tu planeta, pequeño, construyen casitas y presas. Vuestros chimpancés aprenden a utilizar símbolos para comunicarse. Los snarth de Vulcano y los delfines terrícolas tienen un idioma propio. Sienten. Aman. Han sido cazados, domesticados, entrenados, se ha experimentado con ellos; y se los han comido. ¿Es que tú nunca comes carne, pequeño?
–La mayor parte de todo eso –replicó Kirk con tono tirante– ocurrió hace siglos.
Ella entrecruzó las manos. Parecía un gesto de negación.
–Un momento en el tiempo. Tampoco habéis acabado enteramente con ello. Nosotros no obtenemos placer ninguno con vuestro dolor. Estamos bastante familiarizados con vuestras capacidades. El hecho de que tengan algún parecido marginal con las nuestras propias es lo que os convierte en útiles para nosotros. Pero existe menos distancia entre vosotros y la analogía que empleaste, la de la rata, de la que hay entre vosotros y nosotros; y, tal como fue siempre vuestro argumento, y aún lo es... nuestras propias vidas están en juego.
–¿Cómo? –preguntó Kirk, pero ella ya se había vuelto.
–Sígueme, pequeño.
Él permaneció inmóvil durante un momento.
–¿Y si no lo hago?
Ella se volvió a mirarlo con los ojos tan negros como el espacio que entonces destellaban con alguna chispa fría. Repentinamente, él sintió que le corría fuego por todos y cada uno de los nervios. Se dominó, intentando no gritar. Luego cayó al suelo. El efecto se interrumpió, pero sintió que algo ocurría detrás de él. Giró la cabeza y vio que McCoy se derrumbaba, mientras que los dos vulcanianos se trababan en una férrea resistencia contra aquel poder y, sin embargo, no conseguían vencerlo.
–¡Basta! –gritó.
–Repítelo. Cambia de tono.
Él respiró profundamente.
–Basta, por favor.
Ella interrumpió la influencia y Spock avanzó para levantar a McCoy del suelo y lo sostuvo mientras intentaba afirmarse sobre los pies. Kirk se levantó por sus propios medios, apenas.
–Seguidme.
Ella no dijo «por favor», y ellos se pusieron a discutir.

19


Kirk retrocedió hasta donde Spock y Savaj estaban ayudando a McCoy, con la esperanza de quedar fuera del alcance auditivo o el alcance del traductor de la diseñadora Belén.
Continuaba siendo asombrosamente hermosa, una escultura de carne y plata que ahora avanzaba como una diosa delante de ellos. Y él sólo experimentó una especie de horror frío. En nada ayudó que una parte de ese horror le fuese inspirado por sí mismo. Aquélla era también la herencia de su propia especie: la utilización de las vidas; y si bien entonces eran mejores con respecto a eso de lo que lo era el hombre de Neanderthal, Genghis Jan o el coronel Green, todavía les quedaba un largo camino por recorrer. Tampoco tenía una respuesta que pudiera aplicar a todos los casos, pero sabía que su respuesta sería la respuesta de la diseñadora.
–¿Bones? –dijo.
McCoy rechinó los dientes.
–Todavía me quedan unos cuantos sanos.* Estoy bien, Jim.
Kirk asintió con la cabeza y miró tristemente a Spock para aludir a su fracaso con Belén.
–Se lo conoce como dar calabazas, capitán Spock. Lo siento.
Spock se limitó a asentir con la cabeza.
Fue Savaj quien replicó.
–Creo que la expresión adecuada, señor Kirk, se relaciona con la imposibilidad de salir victorioso en fa totalidad de los casos.

* Bones, en inglés, significa «huesos». (N. de la T)

–No se puede ganar siempre –tradujo McCoy–. Por supuesto, se reconoce que lo ha intentado.
Kirk le lanzó una mirada que decía: «Más tarde será para usted», pero bajó la voz y le habló a Spock.
–Será mejor que usted y Savaj se encarguen del siguiente intento, Spock. Al menos ustedes son vegetarianos.
Su voz sonaba amarga, incluso a sus propios oídos.
–Uno desearía que lo mismo pudiera decirse de los diseñadores –dijo Spock.
Kirk le dedicó una mirada penetrante.
–No pensará usted que ellos...
–Lo ignoro. Creo que no. De todas formas, los diseñadores podrían no hacer ciertas distinciones entre las diferentes clases de pequeños animales tan claras como nosotros desearíamos. Desde el punto de vista ético, sin embargo, no supongo que constituya una gran diferencia para una pequeña vida el propósito con el que se utilice su existencia.
Kirk hizo una mueca de dolor.
–Supongo que no.
Pero el pensamiento de para qué podrían ser utilizados, no lo abandonó. Quizá sí constituiría alguna diferencia.
Belén se volvió y se detuvo en un bosquecillo de árboles plateados. Kirk avanzó, rápido, pues no quería que McCoy sufriera por sus pecados. Ella estaba esperando, no con demasiada paciencia.
El grupo de árboles plateados se inclinaba desde las raíces y se dividía en forma de nave, que acababa en una impresionante entrada bastante sencilla y funcional que parecía haber salido de un arco iris.
–Todo lo que hay aquí –le dijo Kirk a Belén–, parece tener un propósito, siendo a la vez exquisitamente hermoso.
Él levantó los ojos hacia ella, intentando aún, suponía él, continuar con su táctica.
Los párpados de pestañas de plata se levantaron lentamente.
–¿Cómo podría ser de otro modo? –Le hizo señas para que atravesara la puerta. Él cedió y avanzó pasando junto a ella–. A usted se le admite sin alteración ninguna –dijo ella desde detrás de Kirk.
Se volvió rápidamente, pero en el rostro de ella no vio otra cosa que lisonjera contemplación. Él pensó que no le gustaría responder por la expresión de su propio rostro. ¿Lo había llamado ella hermoso?
Luego un pensamiento hizo que lo recorriera un escalofrío, y estuvo a punto de preguntarle si quería decir que también los otros podían entrar sin... alteración ninguna. Mordió la pregunta, para no darle ideas, y comenzó a avanzar nuevamente, dando por sentado que así era. Sin embargo, ella lo detuvo y se volvió a mirar a los otros. ¿Le estaba leyendo los pensamientos? Kirk intentó dejar de pensar.
Ella recorrió a los otros con los ojos, como si los examinara adecuadamente por primera vez. Savaj. Spock. Pero Kirk no tenía muchas dudas de la impresión que aquellos dos causarían en una mujer de casi cualquier especie. Ella se acercó a McCoy y le levantó la cara cogiéndolo suavemente por el mentón. McCoy la miró firmemente a los ojos, pero no tenía buen aspecto.
–Necesita cuidados –dijo ella.
–Yo cuidaré de él –se apresuró a decir Spock. Ella levantó las manos.
–Encárguese de que no sufra, o tendré que ocuparme yo de él.
La mujer se volvió a mirar a Kirk.
–Mi amigo –dijo él cautelosamente– es un médico muy diestro... un hombre sabio y un sanador natural. Es esencial para mí. Para todos nosotros.
–Dejad que se cure él mismo –dijo ella–. Las enfermedades se contagian. No puedo tener pequeñas vidas enfermas. Aparte de eso, todos serviréis, a la manera de cada uno. Ella los condujo a través de la puerta.

Spock no tuvo dificultades, como científico, en reconocer la instalación típica de un laboratorio. Los cubos de proyección de hologramas ostentaban el letrero de «experimento en desarrollo», en lo que parecía ser un número infinitamente grande de mundos. Los holocubos disminuían en la distancia hasta desaparecer. Algunos de los más cercanos mostraban escenas que Spock pudo identificar como de mundos determinados: Helvan. Andor con su piel azul y cuernos–antenas blancos. Varios mundos Tallarite con sus rostros porcinos. Los diminutos dragones alados de Jar–lee. Rigel IV. Tierra. Vulcano. Los mundos centrales de los romulanos. El interior de una nave klingon. Una colonia Gorn. Y unas cuarenta especies más a las que pudo identificar a primera vista.
Había siete imágenes del interior de la Enterprise, incluyendo al profundamente preocupado Scott, que se hallaba en el puente de mando.
Los holocubos eran controlados por equipos automáticos. Detrás de los mismos había hábitats en los que muchas especies se posaban, nadaban, volaban, se arrastraban o se proporcionaban desconsoladamente calor animal las unas a las otras a la manera de los enjaulados. En una de las jaulas se estaba produciendo una pelea. Una pantalla insonorizadora bajó sobre la misma para interrumpir la molestia de la violenta reyerta.
Spock volvió su concentración hacia dentro y llevó a cabo el dominio–ante–lo–inevitable. Daba por descontado que Savaj lo había hecho antes que él y con mayor precisión. No obstante, continuaba escapando del vulcaniano puro un residuo de contaminación psíquica.
Belén profirió una llamada alta y musical, una parte de la cual quedaría seguramente fuera del campo auditivo humano.
Dos diseñadores hombres aparecieron desde la parte posterior del laboratorio, y otro atravesó el recinto, ocupado en otros asuntos. Parecían los complementos masculinos de Belén, humanoides, espléndidamente formados, con la clásica definición muscular de los varones, los cabellos como plumas, negros en uno y dorado pálido en el otro. Vestían, si ello era posible, menos atuendos que Belén; principalmente se trataba de un campo energético alrededor de las caderas y que además servía como cinturón para herramientas, armas y otros pertrechos. Pero de los atributos varoniles habituales en los humanoides, o realmente en los mamíferos, Spock no pudo percibir ninguna señal definida, probablemente oculta por el ilusorio cinturón o quizá a causa de alguna disposición interna protectora.
Los dos varones levantaron la mirada, pero prestaron poca atención a los sujetos de Belén. Le dedicaron un informal gesto de saludo y continuaron adelante.
–¿Estás lo bastante seguro con respecto a la escala temporal? –preguntó el de cabellos dorados, ligeramente más bajo que el otro.
–No cabe duda. El índice de incremento del peligro ha aumentado... geométricamente.
–¿Los Otros...?
–Sus estudios no han llegado a ninguna conclusión más definitiva que la de los nuestros. La proyección de los resultados continúa siendo la misma: aniquilación de Nome.
El cerebro vulcaniano de Spock tradujo las posibilidades que le ofrecía el traductor sobre el concepto en cuestión en un solo concepto: Nome. El Todo. Si se trataba de una definición correcta o si los diseñadores podían estar refiriéndose a la Unidad del Todo, no lo sabía.
–Mirad –dijo Belén–. Los sujetos V-Uno y V-Dos, y las dos conexiones H.
Al menos, así fue como lo tradujo Spock.
Los dos varones se volvieron con un tenue interés.
–¿Cuál es V-Uno? –preguntó el de cabellos oscuros. Belén lo señaló.
–Su sonido de llamada es Savaj, Trath.
Trath se acercó para inspeccionar a Savaj. Eran casi de la misma talla y realmente podrían haber sido, muy aproximadamente, cortados por el mismo molde. Quizá no solamente a nivel físico. Se inspeccionaron el uno al otro con la mirada de los machos que controlan su territorio, desde la jungla a la Flota Estelar, pasando por los laboratorios.
La mirada de Trath era quizá la de quien inspecciona a un toro de primera o a un magnífico animal de pelea. No, era bastante más que eso, según vio Spock.
–¿Es éste el que observaba a los observadores? –inquirió Trath.
Belén afirmó con las manos.
–Interrógalo como habíamos dicho... vacíale el cerebro si fuera necesario. Luego hazlo con los otros.
–Trath tomo una nota en la grabadora que llevaba al cinturón.
–¿Puede permitirse eso? –preguntó Savaj–. ¿Malgastar las vidas de los únicos que han detectado su experimento?
Trath levantó la mirada con sorpresa.
–Dado que ya lo sé, ¿qué más podrías decirme? –Miró el pequeño grupo de sujetos con mayor atención durante un instante–. No malgastes mi tiempo. Has atraído una ligera atención durante un breve período de algunos de tus años y décadas a causa de cierto comportamiento insólito o representación de cierta solución planetaria parcial. Tú, especialmente, te saliste de la caja y apareciste en emplazamientos inapropiados pero astutamente escogidos, con demasiada frecuencia. Constituye una hazaña bastante admirable en un sujeto; pero no es más que una pequeña onda en el charco de la eternidad. Yo estoy preocupado por el destino de una totalidad que tú eres incapaz de concebir. Contribuirás con lo que tengas para ofrecer. No me hables de vuestras vidas.
Se volvió, olvidándose de ellos sin dedicarles más palabras ni pensamientos, como un científico dedicado a una guerra contra alguna epidemia fulminante de cáncer que está a punto de acabar con su especie. ¿Qué le importaban a él las ratas y los conejos, ni siquiera los snarth?
–¿Por qué escogen los sujetos regresar a las zonas peligrosas? –preguntó Savaj con absoluta claridad en la voz.
Trath se detuvo en mitad de un paso y se volvió para mirar a Savaj.
–¿Es posible –continuó el vulcaniano– que la grandeza no pueda existir sin la violencia?
–¿Quién te ha metido semejantes preguntas en la cabeza? –inquirió Trath, amenazadoramente.
–Yo lo he hecho –respondió Savaj–. Nosotros hemos formulado esas preguntas. –Señaló a Kirk–. Están implícitas en el más antiguo mito del fuego del mundo de estos humanos. –Luego indicó a Spock con un movimiento de cabeza–.Este otro, criado para el mundo de ellos y nacido para el mío, salió a las estrellas para investigar la dualidad de su herencia, y de su alma, en la zona de peligro... y grandeza. Este otro –hizo un gesto hacia McCoy– es un curador nato que escogió luchar contra la muerte en la zona de batalla. Estos tres juntos podrían ser una lección que ni yo ni mi mundo hemos conseguido aún aprender plenamente. Si es así... tampoco lo han conseguido ustedes. Ustedes no han comprendido la afinidad que existe entre ellos. La hallaron digna de estudio; e incluso podría llevar hacia la solución del dilema Prometeo.
–¿La Pregunta Final? –tradujo el diseñador de cabellos dorados.
Trath miró muy atentamente a Savaj, a Kirk, Spock y McCoy. Spock comprendió que en aquel momento los enviaría a pasar por el proceso de vaciado cerebral, a realizar alguna clase de prueba y pasar por un interrogatorio destinado a resolver el enigma que la rata había propuesto de forma tan inesperada.
–Los vaciados de cerebro –señaló Spock–, por regla general, son inadecuados y ampliamente ineficaces contra mi especie.
Se cuidó bien de no decir cuál de las especies.
Trath se volvió a mirarlo, quizá advirtiendo ese detalle. –Los nuestros son eficaces. Concedo, en este caso, alguna posibilidad de sutileza ineficaz.
–Se volvió para mirar a Belén–. Tenlos preparados. Tráelos cuando te lo diga. Dio media vuelta y se alejó con el de cabellos dorados.
–¿Preparados para qué? –preguntó McCoy con un susurro.
Kirk lo cogió por un brazo.
–No creo que le gustara saberlo.
Belén los depositó sin ceremonias en una jaula y se marchó.

20


Kirk se volvió a mirar a Savaj.
–¿Qué es lo que ha conseguido, señor? Afortunadamente, el vulcaniano no pretendió fingir que no entendía.
–Creo que tienen ustedes un dicho, comandante. «Primero hay que atraer la atención.»
Kirk se sentó en un lugar un poco elevado del suelo, dejándose caer con cierta flojedad. Pasó algún tiempo antes de que los vulcanianos se dieran cuenta de que reía.
–¡Sí señor! –dijo Kirk cuando pudo hablar–. Eso es lo que ha hecho. Pero, ¿qué demonios le dijo para conseguirlo?
Savaj lo observó con solemnidad.
–Le formulé la pregunta por la que los psicólogos tuvieron que interrogar a la rata. Es, en realidad, la pregunta más importante formulada por los mismísimos primeros estudios de ratas en el mundo de usted, y nunca ha sido resuelta de verdad. Tampoco hemos tenido éxito nosotros al preguntárselo a la rata.
–¿Se refiere –preguntó McCoy– a por qué las ratas vuelven a la Cocina del Infierno?
Savaj miró a McCoy.
–No estoy familiarizado con ese término, doctor, pero creo que usted me ha comprendido.
Kirk miró interrogativamente al médico.
–Se trata de viejos estudios –respondió McCoy con voz cansada–. Los experimentos descubrieron una mayor agresión en las ratas que vivían en condiciones de agolpamiento; el equivalente en las ratas de las ciudades humanas, tugurios, áreas de crimen, distritos peligrosos: la Cocina del Infierno. El comportamiento normal, decente y ordenado de las ratas se quebró. Había violaciones, asesinatos, luchas entre bandas, un alto nivel de excitación nerviosa, una exacerbación del comportamiento sexual, mucho más peligro y un consternador aumento del índice de mortalidad.
Kirk asintió.
–Eso ha sido empleado como argumento en favor de la descentralización, incluso en el caso del espacio por persona de una nave estelar. Pero... ¿y eso de la Cocina del Infierno?
–El argumento decisivo fue –dijo McCoy– que, una vez que se les había dado la oportunidad de probar la buena vida y la vida de peligro, cuando se les daba a escoger, las ratas volvían corriendo a vivir, o morir, en la Cocina del Infierno. No escogían la vida pacífica y segura.
Entonces, Kirk recordó; había sido una rareza científica pasajera que lo había sorprendido también a él, aunque nunca la había oído expresar con la vívida metáfora de la Cocina del infierno, los más duros tugurios de la ciudad de Nueva York de los siglos diecinueve y veinte.
–Los estudios han sido muy repetidos desde entonces –agregó Spock–, con muchas formas de vida en la mayor parte de los mundos. Incluyendo, aparentemente, a la mayoría de los, por otra parte, seres inteligentes.
Kirk miró a los dos vulcanianos.
–¿Está usted diciendo, señor, que correremos todos hacia la emoción... incluso hacia la agresión y la muerte?
–Comandante –respondió Savaj–, en su tiempo libre es usted capitán de una nave estelar.
Kirk gimió.
–Yo no lo diría exactamente de esa forma.
–Era una especie de cumplido.
Kirk lo miró con cautela.
–Corríjame si me equivoco, señor. ¿Estoy oyendo a un vulcaniano decir que el síndrome de agresión podría tener alguna utilidad o ser incluso necesario? ¿Y que incluso podría ser esencial para la grandeza?
Savaj miró al exterior de la jaula durante un prolongado instante y luego volvió los ojos hacia Kirk.
–Está usted escuchando a un vulcaniano considerar esa posibilidad, muy a su pesar y al final de más de diez décadas de creencia personal y diez siglos de creencia racial en el sentido contrario. Por lógica debo considerarlo, a pesar de que mi resistencia es poderosa y de que mi vida ha estado dedicada a impedir que los vulcanianos volvieran a aprender los atractivos y los peligros de lo que el doctor ha llamado la Cocina del Infierno. Los vulcanianos somos una especie demasiado peligrosa si nos descontrolamos.
–¡Dios mío! –exclamó McCoy.
Savaj negó con la cabeza.
–Si es cierto que la grandeza no puede ser separada de la agresión, entonces ciertamente no hay ningún proyecto benevolente en el universo, doctor. Ni tampoco sobrevivirá éste mucho tiempo, dado que, si ése es verdaderamente el caso, todas las especies inteligentes corpóreas deberán escoger, en definitiva, entre la mediocridad... y la destrucción.
–Usted cree –dijo Kirk– que los diseñadores han llegado a esa última elección.
–Creo –respondió Savaj– que ellos han previsto la llegada de eso. Y que por primera vez una especie inteligente ha concebido el proyecto de Prometeo de intentar robarle el fuego de esa respuesta a los dioses o a los buitres de la destrucción.
–¿Y si no lo consiguen? –preguntó quedamente Kirk.
–En ese caso ellos, y algunas otras especies multidimensionales que hayan llegado a ese punto, derrumbarán el mundo sobre las cabezas de todos.
Permanecieron sentados en silencio durante un largo rato. Kirk visualizó el vasto e intrincado mosaico de un experimento destinado a resolver aquella pregunta, una teoría de campo general para la vida inteligente de una galaxia, quizá una escala universal. Y equilibrado en alguna parte estaba el poder suficiente como para destruir la totalidad del todo.
Más de una vez, cuando la Tierra era aún el todo para todos los de la especie de Kirk, la humanidad había llegado a tener esa capacidad de destruir aquel Todo: la primera crisis atómica, la bomba de neutrones y las armas del día del juicio final, patógenos biológicos, químicos capaces de matar al planeta. En cada coyuntura crítica, dos o más superratas ataviadas con traje, túnica o campos de fuerza, enseñaban los dientes y blandían lanzas que entonces podían matar a un mundo. Y en alguna parte de las más primitivas había un bosquimano que nunca había oído hablar de ninguna de esas super–ratas y sólo quería hacer que su matorral fuese seguro para su pequeña democracia: su esposa, sus hijos, sus amigos, sus mascotas y su nave estelar. Si las super–ratas hubieran ido a experimentar con el bosquimano, diciendo que con ello podrían salvar al mundo, el bosquimano habría puesto objeciones. Sin embargo, si las super–ratas hubieran volado el mundo en pedazos, él habría estallado con él, sin haber oído hablar nunca de las super–ratas ni del problema.
–Es un análisis admirable, pequeño sujeto –dijo una voz detrás de él.
Kirk giró la cabeza, sin estar seguro de si se trataba de un comentario sobre las palabras de Savaj o de sus propios pensamientos.
Belén estaba allí, pero no era ella quien había hablado. Con ella estaba otra diseñadora.
Si Belén le había parecido hermosa, aquélla le produjo la impresión de que era peligrosa. Si el fuego hubiera sido mutado en una mujer, aquélla era indudablemente la mujer que habría resultado. En su cabeza había una cabellera de hilos de fuego, de plumas–cabello de cobre–bronce bruñido, y llevaba adornos ilusorios corporales o plumaje a juego. Sus ojos eran oscuras sombras que se tornasolaban con llamas de bronce–oro; pero el auténtico fuego era interior. Él podría haberse calentado las manos ante él... o habérselas quemado.
Él sintió que se ruborizaba al sospechar que ella podía leer exactamente el resurgir de un viejo interés para el cual no había tenido mucho tiempo últimamente. Peor aún, Belén probablemente podía también leerlo... y eso le dio la impresión de que no era meramente peligroso, sino posiblemente fatal.
La mujer–llama rió por lo bajo.
–¿Lo ves? El sujeto está bastante dispuesto a vender el alma, o el cuerpo, por sus amigos o su nave. Incluso me atrevería a señalar que parece recurrentemente ansioso por hacerlo.
Belén hizo un gesto con las manos que le quitaba importancia al asunto.
–Es un hecho bien conocido de su historial, Flaem. Parece innecesario que lo obligues a demostrarlo una vez más.
Flaem; al menos el sonido del nombre se aproximaba a eso, pero la mente de Kirk lo traducía inevitable y persistentemente como Flame *



Ella posó sus abrasadores ojos sobre él, y los ojos rieron.
–Un buen científico siempre aprovecha las oportunidades de observar directamente las posibles diferencias sutiles de comportamiento. Incluso Trath ha decretado un período de sutileza para estos sujetos.
–¿Consideras que tu comportamiento es sutil? –preguntó Belén con su voz más argentina.
Flaem se echó a reír.
–Son los sujetos quienes tienen que demostrar sutileza. –Luego miró a Kirk con indiferente aprecio–. Has tenido la osadía de venir hasta nosotros y el descaro de condenarnos por utilizar vidas... ¿y ahora tienes el valor de considerar el ponerte a discutir con nosotros?
Kirk se sintió sustancialmente desanimado y más que un poco desmoralizado, pero esperó que no se lo estuviera demostrando a la mujer–llama.
–Yo no soy muy sutil –dijo para desarmarla–. Yo soy el bosquimano con mi pequeña familia, mi mascota koala y mi primitiva nave estelar; pero lo que tengo es mío. Pueden ustedes destruirlo, pero no toleraré verles jugar con ello. Si quieren obtener cooperación alguna por mi parte, me la pedirán... con buenas maneras.
La mujer–llama alzó una ceja plumosa.
–Habla con bastante temple. Interesante.
–Siempre lo hace –aseguró Belén.
–¿Le has enseñado buenos modales?
–Ha aprendido la vergüenza. Ya lo sabes.
La mano de Flaem hizo un gesto de afirmación.
–Es necesario bastante más que la vergüenza. –Miró más allá de Kirk, a McCoy–. Tu compañero de jaula no está bien. Será mejor que lo examine.
–¡No! –se apresuró a decir Kirk–. Mis otros compañeros de jaula lo están atendiendo. Sólo necesita un poco de descanso. –Miró a Flaem directamente–. Quizá podríamos continuar con esta conversación en otra parte durante un rato.
Los ojos de ella rieron.
–Podemos continuarla. –Dirigió las plumas de su muñeca hacia algo y el campo de fuerza de la parte anterior de la jaula se abrió–. ¿Lo ves? –le señaló a Belén–. La respuesta del sujeto es casi refleja.
Belén lo miró a él y más allá de él, hacia McCoy, con ojos plateados que parecían expresar algo de una ética común a la de Kirk.
–¿Qué esperabas? –dijo con voz queda–. Defiende a los suyos.
–Espero que venga... –dijo Flaem.
Kirk resistió un impulso que poco tenía que ver con la caballerosidad o la cordura, y mucho más en común con la agresión. No se volvió a mirar a Spock o Savaj porque no quería ver lo que los rostros vulcanianos tenían que decir al respecto de aquello. McCoy comenzó a decir:
–¡Jim! –pero aparentemente acallaron su voz.
Kirk se encogió mentalmente de hombros. Podía haber destinos peores. Si podía superar el estar furioso como todos los demonios. Marchó escoltado entre las dos mujeres, y mantuvo un ojo alerta para ver qué posibilidades tenían, la disposición del lugar, posibles rutas de huida, armas, cualquier cosa. Ya que estaban allí, deseaba con toda el alma al menos una vía de salida concebible. Si para nada más, al menos para McCoy. No podía dejar de recordar el rostro gris del médico, que aún intentaba limar con bromas los filos del miedo del resto de ellos. Pero McCoy había pasado anteriormente por un infierno alienígena similar la primera vez que también Kirk pasó por él, y desde entonces no había tenido un solo momento de paz. Kirk tenía que darle al menos una o dos horas, y a Spock y Savaj alguna oportunidad para que lo ayudaran a recuperarse; en caso contrario, los diseñadores, con un especial instinto infalible para con los animales débiles, o incluso con el equivocado intento de ética humana por parte de Belén, podían concebir la idea de acabar con los sufrimientos del médico. La diseñadora que marchaba a su lado lo sabía demasiado bien. Lo había utilizado sin vacilaciones para obligar a Kirk a hacer lo que ella quería.
Se dio cuenta de que Flaem le dirigía una mirada especulativa, pero él no sentía ningún interés. Llegaron a lo que parecía ser un área de vida cotidiana. No fue capaz de identificar el mobiliario: aquello que él había tomado por una cama era probablemente una mesa y posiblemente una pecera energética.
–Muy bien –dijo Flaem–. No veo ninguna necesidad para demorar durante más tiempo la demostración de capacidad.
Belén estaba de pie y parecía más firmemente arraigada que un árbol de plata.
–No funciona precisamente de esa manera –respondió Kirk.
Flaem le dirigió una mirada divertida.
–Por supuesto que sí. Vamos, pequeño. No debes sentirte incómodo. Tú no tienes secretos para mí.
Kirk recordó los hologramas que mostraban imágenes del interior de la Enterprise, incluyendo su camarote y los registros pasados de su diario de viaje. Intentó reprimir ese pensamiento. Luego se le ocurrió que era mucho peor que eso. Aquellos períodos en blanco, cuando los sin–boca lo apresaron... Era posible, era seguro que ella había estado observando aquello, mirando una y otra vez las grabaciones, o incluso mirando en aquel preciso momento, en el lugar mismo en que ocurría, dirigiendo los actos de los sin–boca; quizá lo había traído a aquel lugar en el que ahora se hallaba y lo había devuelto con causas adicionales para sentir un furor que él era incapaz de recordar.
Ella se acercó a él, leyó su consternación y aquello le resultó divertido. A él no le divertía. Estaba más cerca de lo que jamás había estado de llegar a querer matar a una mujer.
Y los ojos de ella continuaban burlándose de él, tomándole el pelo, desafiándolo. Cocina del Infierno, pensó, sin lógica ni contexto que lo justificara. Entonces le sonrió.
–Hablemos del asunto –le dijo.

21


Savaj se concentró para convocar el poder curativo necesario para un curador humano. En la vida de un vulcaniano había tiempo para el aprendizaje de muchas disciplinas, aunque no tantas como a Savaj le hubiera gustado. Para alguien cuyos pasos se encaminaban hacia las estrellas, la disciplina de curar formas de vida heridas o debilitadas era una de las primeras necesidades.
Spock, cuando aún era muy joven, tenía ya un cierto don de curación, según había percibido Savaj. El contacto de Spock calmaba a su viejo amigo McCoy y Savaj percibió que, en ese refugio de paz que Spock constituía para él, no mantenían ninguna reticente pretensión de que alguna vez hubiera sido diferente.
–¡Jim! –dijo McCoy–. Spock... esa cuatrialarma de incendios femenina lo meterá en una vaciadora de cerebros con la misma facilidad con que lo mira.
–Lo sé, Leonard. Creo que él confía, por el momento, en que prefiera mirarlo.
McCoy sonrió débilmente.
–Bueno, nos ha sacado de más de una olla de agua hirviente... o celda de prisión, que es lo mismo..., arrojando algunas pelotas fuera de campo. Ojalá no pensase que esas dos son tan adelantadas que podrían simplemente darle unas palmaditas en la cabeza.
–Prescindiendo del adelanto –señaló objetivamente Savaj–, no parecía que fuera ésa la parte anatómica a la que podrían darle palmaditas. –Miró a Spock–. Ni parece usted preocupado por los medios que empleará su amigo ni qué venderá para comprar tiempo.
Spock se limitó a mirarlo.
–Eso es verdad, S’haile. No más de lo que él lo estaría, dado el motivo por el que compra ese tiempo. –Posó una mano sobre la frente de McCoy–. Bien, Leonard, debe usted concentrarse en eso.
Los ojos de McCoy adoptaron un aire grave.
–Lo sé, Spock. Él cree que se ha acabado para mí, a no ser que suceda algún milagro y alguna diversión de la atención muy espectacular. –Cerró los ojos durante un momento–. Puede que él tenga razón, Spock. Estoy pensando en todos esos millones y billones de vidas.
–Todavía detendremos a los diseñadores, doctor –le aseguró Spock–. No puedo ofrecerle pruebas lógicas de ello, pero estamos comprometidos en el proceso.
–Spock, yo no me refiero a ellos. Me refiero a nosotros. Billones de pequeñas vidas. Sólo en las investigaciones. Cuando los antiviviseccionistas intentaron detener la investigación practicada en animales vivos en el siglo diecinueve, se trataba de quizá un millar de animales en el mundo. Recuerdo las cifras de veinte años antes del año dos mil. Eran cien mil animales de laboratorio por año solamente en lo que entonces era Estados Unidos, los que eran enfermados por inducción, asfixiados, envenenados, golpeados, escaldados, cegados, expuestos a radiactividad, aplastados... hasta la muerte. Y el ochenta y cinco por ciento de todo eso era llevado a cabo sin ningún tipo de anestesia. Una buena parte de todo eso era para investigaciones crueles, repetitivas, cuyas respuestas eran conocidas ya. Y no se acababa ahí. Comida. Pieles. Y una crueldad incalculable para con nuestra propia especie. Spock, quizá realmente hay un fallo en el mecanismo, en nosotros, en todos nosotros... un fallo fatal. La inhumanidad... Yo también he hecho esas cosas, Spock. Con mis propias manos.
McCoy levantó sus manos de cirujano, que estaban temblando. Spock las cubrió con una de las suyas.
–En esas manos no hay otra cosa, doctor, que el antídoto para el fallo contra el que estamos luchando. No estoy seguro de qué respuesta encontraremos, pero sé que requiere la supervivencia de usted. –Spock hizo una pausa momentánea y agregó, en voz baja–: Y también yo necesito que sobreviva.
McCoy lo miró con sorpresa.
–Vaya una mano izquierda que tiene usted, capitán Spock.
Savaj también le dirigió a Spock una mirada penetrante.
–En realidad, su comportamiento reciente es virtualmente un catálogo de la influencia humana sobre un vulcaniano, hasta el punto de liberar una cierta agresión y otras emociones. Quizá sería mejor que me dejara a mí atender al doctor.
Spock no hizo ningún comentario, pero permitió que el otro lo reemplazara.
–En todo caso, doctor –comenzó Savaj–, sus predecesores estaban entonces enfrentándose con un índice de casos de cáncer que aumentó, en cuestión de décadas, de un número irrelevante a tres de cada cuatro personas. Aumentaría hasta uno de cada dos, en ciertos lugares uno de cada uno, antes de que las investigaciones del medio ambiente y médicas, algunas realizadas con animales, invirtieran esa tendencia. El incremento de otras enfermedades era también epidémico. Ciertas tendencias medioambientales, si no se las hubiera detectado a través de animales y otras investigaciones, hubieran convertido rápidamente a su planeta en un lugar inhabitable para la forma de vida de ustedes y todas las demás. Y todas esas pequeñas vidas hubieran muerto con ustedes a centenares de trillones. Lo mismo es cierto en el caso de la mayor parte de los mundos en un determinado momento. Ésa es la posición actual de los diseñadores. Y si ellos desaparecen, desaparecemos también nosotros. Nosotros debemos, por lógica, ofrecerles algún otro argumento que el del dolor de los ratones... cuando sus hijos están muriendo.
–Almirante Savaj –dijo McCoy–, la estricta prohibición de los vulcanianos está contra el causar sufrimiento y muerte, incluso aunque se trate de la más inferior de las formas de vida, ni aunque se trate de planetas conflictivos.
Savaj asintió con la cabeza.
–Se trata de un lujo muy reciente, doctor, ganado a un alto precio. El primer derecho de las especies es el de la supervivencia; y ésa es su prioridad en este momento.
–Savaj apoyó una mano sobre el rostro de McCoy–. Si me permite... –murmuró, y, sin perturbar los niveles superiores de la conciencia, se deslizó hasta el cerebro para activar los químicos analgésicos propios del mismo.
Los seres humanos había descubierto dichos químicos en la raíz de los efectos placebo, y los habían llamado endorfinas. Los vulcanianos también habían identificado los endoquímicos internos similares contra el shock, el estrés, contra ciertos aspectos de los químicos mortales específicos del cuerpo mismo. De ahí, los doscientos cincuenta años de vida normales en ellos, que quizá aún pudieran extenderse más.
Existía un límite riguroso en lo que podía hacer una conciencia por otra en ese sentido. Básicamente se trataba de un proceso autocurativo, aprendido a algún precio; pero lo que los vulcanianos podían hacer por los seres humanos, Savaj lo hizo por aquel sanador cuya valentía lo había llevado más allá de sus capacidades.
Los seres humanos eran naves frágiles. Ni él ni el otro, Kirk, le parecían a Savaj lo bastante grandes ni lo bastante robustos como para llevar el peso de lo que él les había visto hacer o soportar. Su especie tenía muchos fallos, como la desobediencia intencionada. Era excesivamente confiada en su complacencia por ponerse en manos extrañas. Podía trastornar incluso a la firme lógica de una especie más desarrollada... y creía presuntuosamente que trastornaría incluso a los vulcanianos, quizá a los diseñadores. Estaba bastante dispuesta a saltar fuera de la jaula para caer en el fuego.
Savaj vio las líneas de aquel rostro humano suavizarse hasta quedar él dormido bajo sus manos. Luego se levantó y se reunió con Spock para examinar por decimocuarta vez el campo energético que los tenía prisioneros.

22


Kirk observó que Flaem apagaba la holopantalla que mostraba a Spock, Savaj y McCoy. Ella se desperezó lánguidamente.
Tus compañeros de jaula tienen también interesantes atributos.
–Sí.
Dijo aquello con un tono ligeramente ausente, como si estuviera concentrado en volver a descubrir que las plumas pueden hacer cosquillas. Podían. Pero, básicamente, continuaba enfermo de preocupación. McCoy no estaba todavía a salvo por lo que respectaba a los diseñadores. Kirk esperaba que Trath enviara a buscar a Spock, Savaj o al mismo Kirk en cualquier momento para vaciarles el cerebro o cualquier otra cosa.
Y no estaba muy seguro de haber avanzado mucho allí; ciertamente, no había conseguido nada que lo protegiera a él y a su pequeña familia. Se notaba un poco estúpido.
Ella se sentía divertida, se sentía satisfecha de él; y tenía alrededor de mil años de edad. Quizá diez veces eso. Quizá ninguna edad que él pudiera concebir. El cuerpo cubierto de llameantes plumas, el rostro magníficamente esculpido, carecían de edad. Podrían haber tenido treinta años en los términos de Kirk. Pero lo habían visto todo, conocido todo, un millar de millares de veces. Ella tenía razón. Él no tenía secretos para ella. Nunca los había tenido.
–Dilo en voz alta, pequeño. Tus pensamientos son bastante frágiles.
Se dio cuenta de que volvía a sentir calor, y sabía que era inútil, peor que peligroso, mentirle a aquella mujer.
–Me siento incómodo.
–¿Por qué?
–Usted ha conocido probablemente un millar de dimensiones, ha viajado por ellas como yo entre las estrellas. ¿Cuántos puertos habrá conocido, y cuántas formas de vida, grandes y pequeñas? En ocasiones, he conocido a personas para las que todo era nuevo, pero para usted debe de ser todo viejo.
Ella se puso de pie y lo arrastró tras de sí hasta lo que quizá era una ventana. O tal vez era meramente un holograma. Quizá una cosa completamente distinta. Parecía abrirse a un cielo que no era de color púrpura pálido, sino del de los plumosos cabellos de la mujer. Las nubes eran doradas. Las agujas de los edificios de lo que podría ser una ciudad de aquel mundo se elevaban al cielo de fuego como espirales de arco iris y cristal. Unas brillantes alas elevaban diminutas siluetas hacia el cielo. No eran las alas cubiertas de plumas con las que podrían haber nacido los remotos ancestros de aquella mujer, sino alas nacidas de la mente, que podían llevar a sus diseñadores a alturas no alcanzadas aún, y, más allá de ellas, a dimensiones todavía desconocidas, al problema que continuaban sin resolver al final del mundo.
–El hogar –dijo él, no como una pregunta.
Ella asintió con la cabeza.
–Por el momento, el Todo es nuestro hogar. Pero así comienza.
–Y está amenazado. ¿Por quién?
–No lo sabrías, ni tampoco importa. Los Otros que amenazan están... muy en el final del principio y de todas las cosas. Si vosotros no sois peores que nosotros, ellos no son mejores. Ellos también comparten el defecto que el espécimen V-Uno ha definido como Prometeo. –Se volvió a mirarlo con bastante indiferencia–. Tiene bastante razón, ¿sabes?, aunque sea un espécimen. El primer derecho de una especie es la supervivencia.
–La trastorna a usted hacerles esto a las pequeñas vidas –adivinó Kirk.
Los ojos de llama se endurecieron.
–No. No me trastorna. Por todo el universo están las vidas que defiendo, las de mi propia especie y mis niños que se convertirán en seres magníficos. Quizá incluyendo a los tuyos. Y bajo nuestros pies, al igual que bajo los tuyos, están todas las vidas diminutas cuya presencia no estamos equipados para advertir, y las pequeñas vidas a las que les sonreiríamos... si pudiéramos. A veces lo hacemos. Incluso, mientras apresuramos un proceso natural en un sitio, provocamos un cataclismo en otro, sembramos un jardín en el de más allá. Y si bien algunos resultan heridos, nosotros continuamos defendiendo incluso sus vidas contra el fin, que sería definitivo.
Ella le tocó una sien a Kirk.
–Tú has pensado' en el bosquimano. ¿Querrías que dejáramos tranquila a tu pequeña familia hasta el día en que se consuma en la llama de una fuerza que tú jamás has concebido?
Él consideró la pregunta durante un prolongado instante.
–No acepto que ésa sea la única alternativa. Por lo que soy, desearía tener la oportunidad de conocer el problema, estudiarlo, aprender, crecer... hasta que quizá entre todos pudiéramos apartar vuestros dedos del botón del día del juicio final.
Ella lo miró con expresión divertida.
–No careces de temeridad, pequeño. Es eso lo que constituye tu juventud.
Kirk asintió con la cabeza.
–Inexperiencia. Turbulencia. Descortesía. Incredulidad.
La juventud tiene su precio... y su utilidad.
–Sí –concedió ella–. Puede volver a transformar todo lo que fue viejo en algo nuevo.
Ella se inclinó y rozó los labios de él con los suyos. –No creo que pudieras ser capaz de eso –declaró–, y no cambia nada.
Le volvió la espalda y contempló su mundo de origen.
–Preséntate a Belén, que está fuera; ella te llevará ante Trath.
–Flaem –dijo él, pero ella no lo miró–. ¿Podría verme en la vaciadora de cerebros? ¿Ahora?
Entonces ella dio media vuelta, pero su expresión no estaba dedicada a él.
–Lo que yo haga, puedo hacerlo. Si convierto en mi mascota a un animal de laboratorio, yo pago el precio, pero no le eximo, ni me eximo yo, de la realidad.
–Querrá decir –replicó Kirk– que él paga el precio. Comenzó a volverse para salir, pero ella lo aferró por un brazo y lo giró para que mirara la pantalla. Los voladores de brillantes alas que se veían en el cielo del mundo de origen ardían en llamas, uno tras otro, y la ciudad arco iris comenzaba a quemarse. Luego, la totalidad del mundo se disolvía en el fuego.
Kirk miró a Flaem con horror.
–Eso no está ocurriendo –dijo con rigidez–. ¿Es una proyección del pensamiento? ¿Una ilustración? ¿Una visión? ¿No es... historia?
Ahora ella tenía el aspecto de una figura apostada con la espada de fuego al este del Edén.
–Historia futura –respondió–. Las previsiones varían muy poco, a menos que consiga cambiarse el principio de raíz. ¿Me pides que considere tu una y única vida en contra de eso?
Él contempló el inquietante vacío que sería el final del principio de ella.
–Si se tratara sólo de mi vida, y eso consiguiera impedirlo... La he ofrecido algunas veces, aunque no alegremente, por menos que eso. Pero no se trata solamente de mi vida, y ustedes no las han pedido, sino que se han apoderado de ellas.
Los ojos de llama se encendieron con enfado.
–Fuera de mi presencia.
Él dio media vuelta y se marchó.

Kirk encontró a Belén esperándolo en la sala exterior. Repentinamente, él se dio cuenta de que ella podía, por supuesto, leer su consternación y su ira... y que conocía la causa de ambas cosas. Peor aún, posiblemente ella podía leer todo lo que él había dicho y hecho. ¿Y cuánto tiempo era capaz de abarcar?
–¿No existe entre sus gentes el concepto de intimidad? –dijo él, y luego se dio cuenta de que estaba descargando en ella su consternación y su ira cuando ella le había demostrado una actitud principalmente ética.
–Tienen el concepto de la no entrada benigna en el espacio personal defendido de los iguales. ¿Consideran las pequeñas vidas que ellas tienen espacios personales defendidos?
Él suspiró.
–Lo intentamos. Entre mi pueblo, lo que ocurre entre una mujer y un hombre es llevado a cabo la mayoría de las veces en un espacio defendido.
Ella lo miró sorprendida.
–Eso eliminaría muchas opciones y la mayoría de las apreciaciones estéticas.
Él observó su plumosa frescura y finalmente le sonrió. –¿Sabe que tiene razón? Lamento haberle hablado de malos modos. Algo que no podía detener me había desequilibrado. ¿Podemos caminar un poco y hablar?
–Tengo un límite de tiempo –le respondió ella.
–¿Para llevarme ante Trath? Ella hizo un gesto afirmativo con las manos.
–¿Y hasta entonces? –preguntó él con voz muy queda. Ella giró y lo condujo a un enorme jardín interior, con los receptáculos íntimos cobijados por las plantas exóticas de alguna galaxia.
–Belén –comenzó él–, comienzo a darme cuenta de que tu especie sufre su propia desesperación; pero ¿no existe nadie entre los diseñadores que se sienta trastornado por el uso de las pequeñas vidas? ¿No hay nadie que proponga otra opción?
Ella se hallaba junto a él bajo una suave cascada de flores flotantes. Diminutos y exóticos seres vivos adornados con pétalos descendieron sobre los cabellos y las plumas de ellos.
–Tal vez no exista prácticamente nadie que no se sienta trastornado a algún nivel. Incluso los comedores de carne de tu propio mundo evitan el matadero. Muchos no harían con sus propias manos lo que debe hacerse para obtener carne, pieles, plumas, conocimiento. Algunos no lo harían ni siquiera por el conocimiento que significaría la vida para su especie. Nosotros... hemos escogido hacerlo.
Había un débil acento de vacilación en el « nosotros», que Kirk percibió.
–¿Lo ha escogido usted por sí misma? Ella alzó la cabeza.
–Yo no he escogido lo contrario, no de manera irrevocable.
–Entonces existe una opción.
Algo pareció liberarse en ella, y él vio de pronto un destello de acero tras la plata.
–Yo he propuesto una. Algunos la han aceptado, pero es una opción poco acogida y tiene poca utilidad a menos que exista un acuerdo unánime.
–¿Quién está en contra suya?
–¿A la cabeza? Tú la has conocido.
–Flaem. ¿Es eso parte de la razón que la hizo venir a buscarme?
–No eres lerdo, ¿verdad? –Ella tendió una mano y quitó un grupo de flores del antebrazo de Kirk–. Quizá deseaba recordarme de una manera vívida que nosotros somos vidas corpóreas... de carne y hueso.
Kirk sonrió.
–Nunca lo he dudado.
–Luego advirtió la expresión de los ojos de ella–. ¿Hay alguna pregunta?
–Ésa es la pregunta, pequeño. Para nosotros. En definitiva, quizá también para vosotros. ¿Sabes de alguna forma de vida que hayas conocido que consiguiera resolver el problema Prometeo?
Kirk lo pensó detenidamente. Los vulcanianos... si no se contaba con las luchas a muerte en la arena de matrimonio o desafío, y siempre estaba presente aquel nivel de peligrosidad que debía ser controlado para que no los controlara a ellos. ¿Y contaba alguien con el nivel de dolor que había llevado a Spock a Vulcano durante tres años para intentar extirparse la mitad de su vida? No. Los vulcanianos, no. Era un esfuerzo terrible y magnífico para encontrar una solución, pero continuaba siendo parcial. ¿Los seres humanos? Menos todavía. A pesar de que la sensación suya interna, indudablemente ilógica e indefendible, era que la absoluta terquedad de su propia especie, a pesar de su historial de atrocidades, le permitiría finalmente salir del paso sin saber muy bien cómo. La especie humana, desafiando a la lógica, había salido de las aguas a la tierra, subido del cielo a las estrellas, y de éstas llegaría al viaje dimensional, y algún día dentro de quizá un millón de años conseguiría incluso solucionar, en compañía del extraño hermano alienígena que hubiera recogido por el camino, el problema Prometeo.
Pero él no sabía cómo. Ni tampoco conocía a ninguna especie que lo hubiese hecho. Así que eso fue lo que dijo.
–No conozco ninguna solución que yo pudiera querer imitar.
–Aferró repentinamente la muñeca de la mano que ella tenía sobre el brazo de él y la apretó con fuerza–. Los organianos –dijo–. ¿No habéis pensado en la solución de los organianos? Seres de energía, sin cuerpos, sin pasiones... Se interrumpió.
–¿Tan terrible es entonces? –dijo ella, pero, en los ojos de la mujer, él vio que ella conocía el pleno significado de aquella opción–. Ésos a los que tú llamas organianos, y otras formas de vida como ellos, han tenido miles de años de paz invariable, una especie de vida... sin que fuera a costa de ningún ser viviente ni dependiera de la misericordia de nadie. –Ella lo miró directamente a los ojos–. A menos que consigamos resolver el problema Prometeo dentro de un lapso que es para nosotros un momento, ésa dejará de ser una opción ética y se transformará en nuestra única posibilidad de supervivencia. Es más, será la única posibilidad de supervivencia para todas vuestras pequeñas vidas y para el universo mismo. Sin embargo, quizá ni siquiera nuestra decisión conseguirá salvaros de los Otros.
Él bajó los ojos a la mano de ella que tenía en la suya, la fina muñeca plumosa, la delicada fuerza, la ética, casi escrita en la mano, que evitaría tomar ella misma la vida de nadie, aun a costa de la extinción propia.
Supo que tenía que alentarla, lanzar todo el peso de que dispusiera tras su solitaria lucha en favor de la solución moral. Tenía que hacerlo por la supervivencia de los suyos. Si los diseñadores seguían el camino de los organianos, presumiblemente practicarían una no intervención igualmente benigna. Y podrían pasar un millón de años antes de que otro conflicto entre especies que conservaban el cuerpo se hiciera tan poderoso como para destruir el Todo.
No obstante, todo su cuerpo y su alma se rebelaban ante aquella solución, y veía que a ella le sucedía otro tanto.
Levantó la muñeca hasta sus labios y la besó. Quizá ella desconfiaría de lo que le había entregado a Flaem, o de la razón por la que lo había hecho, pero tenía que realizar algún acto de agradecimiento por la lucha que ella estaba librando, y por lo mucho que perdería si la ganaba.
Finalmente ya no le importó que ella desconfiase. Le inclinó el rostro hacia arriba hasta que sobre el mismo cayeron algunas flores de sus propios cabellos, y le besó la boca.
Durante un momento, ella se tensó con la resolución de su compromiso; pero ella era una casa dividida contra sí misma, y lo sabía tan bien como él. Los labios de ella se relajaron y una caricia de su mente, ligera, plumosa, se deslizó sobre la de él. «Continúa siendo el único camino.» Las palabras no eran palabras, sino una tristeza, un pájaro que lamenta la imposibilidad de volar, que llora la muerte del vuelo en las llamas.
« No es un camino para nosotros.» Él intentó referirse con eso no solamente al varón y la mujer, sino a la salida de las aguas a la tierra, la subida a las estrellas, el ilimitado afán. Era una pasión que él sabía que la mujer debía compartir si su especie había abordado el problema Prometeo.
Pasó algún tiempo antes de que él percibiera una presencia detrás de sí.

Kirk se quedó pasmado durante un momento. Había dado por supuesto que Belén sabría si alguien se acercaba. Los diseñadores parecían saberlo casi todo, incluso conocer el futuro. ¿Existía algún motivo por el que Belén pudiese querer que aquella escena fuese presenciada?
Se separó de ella con todo el aplomo que fue capaz de reunir dadas las circunstancias, y se volvió para encararse con la nueva presencia.
Era Flaem. También estaba Trath. Kirk no sabía en ese momento a cuál de los dos le hubiera gustado menos ver en aquel lugar. Sospechaba que la combinación de ambos era fatal, quizá literal e inmediatamente.
Algo en los cobrizos ojos de Flaem sugería un toque de envidia. Eso, de todas formas, no podía ser correcto. ¿Celos de un espécimen? ¿Incluso de una mascota?
Kirk inclinó solemnemente la cabeza a modo de saludo.
–Flaem. S’haile Trath.
En el profundo ceño fruncido de Trath apareció una pincelada de interés.
–Esa pequeña designación que acompaña al nombre no puede traducirse. Tengo la sensación de que su significado es... de respeto.
–Se trata de un antiguo título de respeto vulcaniano. S’haile. Es todo cuanto sé de él, excepto la talla del hombre que lo ostenta. Me da la impresión de que usted tiene una talla y un peso de mando similares en este lugar.
–Te refieres al sujeto V-Uno. Interesante. ¿Te atribuyes el derecho a llamarme por un título de respeto que me compara con un animal de laboratorio? ¿O estás simplemente intentando distraerme del hecho de que un animal ha tocado a una mujer de mi especie?
–Más bien abrigaba la esperanza de distraerlo –replicó Kirk.
Durante un instante hubo un destello en los negros ojos de Trath. ¿Denotaba diversión? No. Era indudable que no se sentía divertido.
–¿Está prohibido? –inquirió inocentemente Kirk.
–No está contemplado. –Trath desvió los ojos hacia Belén–. ¿Vas a explicarme cuál es la investigación que requiere el principio de disolución del cuerpo para abrazar a una pequeña vida?
Belén se mantuvo firme.
–No se trataba de ninguna investigación.
–Entonces era locura –declaró Trath–. Un científico puede acariciar a un conejo, pero no se lo lleva a su casa. Belén miró a Flaem.
–Ni a su cama. No. Eso es bastante cierto.
–Los hábitos reflejos de un espécimen largamente estudiado son un objeto de estudio apropiado –declaró secamente Flaem.
–Eso es lo que tú comenzaste –dijo Belén–, no lo que terminaste. Tú no estabas respondiendo ante él como ante una pequeña vida. Respondiste ante él como ante un hombre... un varón de talla afín a la tuya, incluso a pesar del abismo de un millón de años que te separa de él.
–Quizá eso es lo que tú estabas haciendo, Belén –replicó Flaem, pero Kirk vio algo en los llameantes ojos que había sido alcanzado por la declaración de la otra.
–Sí –dijo Belén con firmeza–, lo era.
Flaem se echó a reír.
–Me gustaría ver cuán preparada estás para renunciar a tu cuerpo.
–Lo cual era, tal vez, tu objetivo, Flaem. Yo nunca he afirmado estar preparada... sino que me sentía meramente compelida a hacerlo. Eso no ha cambiado. Nosotros consumimos vidas. Incluso estos pequeños, con sus propias flaquezas, nos declaran culpables; pero ellos no utilizan actualmente vidas de talla moral y sentido de la ética. Esta pequeña vida expuso su argumento contra mi postura con su propio cuerpo, aunque sabía perfectamente que eso iba en contra de sus intereses.
Los otros guardaron silencio durante un momento, y miraron a Kirk como si lo inspeccionaran con una cierta atención.
Flaem hizo un signo de negación.
–Expuso un argumento bastante similar ante mí, que iba bastante a favor de sus propios intereses. No confundas los reflejos de un conejo con la talla moral.
–Eso es más que suficiente –dijo Trath–. Los reflejos no están en tela de juicio. No los de él ni los vuestros. –Miró a Belén y Flaem sin demostrar mucha complacencia–. El sujeto será adecuadamente examinado.
Se volvió a mirar a Kirk.
–Ven.

23


Kirk siguió a Trath.
El diseñador principal le recordaba a alguien a quien conocía bien. Había pensado que se trataba de Savaj, o que quizá ambos compartían alguna cualidad esencial de algún otro. ¿Zares? ¿Noguera? Algo de todos ellos quizá, pero también algo de otros que dedicaron su vida a luchar contra lo desconocido. No todos los que compartían esa cualidad habían sido amigos suyos. Uno, quizá el más grande de todos, estaba ahora abandonado para siempre en un planeta inaccesible. En aquel momento... deseaba poder contar con la mente de Monee para enfrentarse a aquel enigma.
–Existen mentes en esta galaxia –dijo Kirk mientras avanzaban– que son superiores a la mía. Más viejas. Más inteligentes. Más resistentes. Más controladas. Hay algunas que han dominado lo que yo no podría ni intentar. Hay algunas que podrían dominarme a mí... e incluso quizá desafiarlo a usted, a algún nivel. He conocido a una o dos. Conozco al menos una que podría intentar enfrentarse con un problema de la envergadura del Prometeo. Yo no puedo llegar hasta él ahora, pero ustedes sí pueden hacerlo. ¿Han consultado con alguien de la galaxia?
Trath lo miró como si leyera más allá de las palabras.
–No te dejes engañar por las apariencias, sujeto. Conservamos el cuerpo, el tamaño, la forma, después de algunos eones de experimentación, por algunas de las razones que tú le expusiste a Belén, y a alguien más, a tu manera elemental. Pero estamos tanto más allá de tu contemporáneo más avanzado como él lo está de un gatito nonato.
–Yo no estaría tan seguro de eso, S’haile –dijo Kirk–. Yo he conocido enemigos a los que consideré seres de talla moral. No considero que sea una señal de talla o adelanto el no tener en cuenta la posibilidad de aprender del enemigo... ni siquiera del gatito. En ocasiones he aprendido algo del uno o del otro... incluso del cachorro de gato recién nacido. La vida nueva no ha aprendido aún qué es imposible.
Trath se detuvo ante una puerta y se volvió a mirarlo.
–Ése es su defecto, no su virtud.
–Entonces, ¿por qué sacarlo de la caja?
Los negros ojos lo evaluaron durante un instante.
–Cuando uno agota las posibilidades, comienza con los imposibles.
–¿Qué puede ser imposible para su nivel de adelanto? –preguntó Kirk–. Incluso los vulcanianos, que son todavía jóvenes con respecto a la especie de usted, han renunciado a la utilización de vidas sensibles... y controlan la agresión. ¿Por qué ustedes no?
–Los vulcanianos –respondió Trath– se mantienen alejados de la Cocina del Infierno. ¿Supones que no intentamos eso hace ya mucho tiempo? Fue un vulcaniano quien te planteó la pregunta sobre la grandeza... y el medio vulcaniano quien te ha seguido por toda la Cocina del Infierno.
Indicó una puerta y le hizo a Kirk un gesto para que entrara.
Kirk vio un complejo laboratorio privado en el que Trath parecía estar asombrosamente en su casa. Los proyectores holográficos controlaban incontables experimentos; y había equipos sofisticados que incluían, sin duda, el vaciador de cerebros. Las argumentaciones civilizadas abandonaron a Kirk, y éste supo qué era lo que Trath despertaba en su interior: el deseo de matar.

Spock observó a la mujer con cierta atención. Quizá hubiera sido más prudente el intento de llamar mentalmente al pájaro de plata.
Belén era, al menos, una vibración simpática.
De una manera curiosa, Spock sentía alguna afinidad personal con la llama viviente. Quizá experimentaba un sentimiento de compañerismo como científico, o quizá como un guerrero moderno y algo reticente que, no obstante, había escogido defender lo que él defendía. O posiblemente veía en ella a alguien que también había desarrollado cierto gusto por el fuego de la Cocina del Infierno. Era el defecto de Spock, el que lo había dividido hasta el fondo de su alma; y finalmente, incluso los tres años que había dedicado al intento de extirparlo, habían demostrado ser totalmente fútiles.
–Flaem –dijo Spock–, el científico que tiene intención de sacrificar a un animal de laboratorio no se lo lleva a casa y le da de comer de su mano, no habla con él ni intenta reconfortarlo si está desconsolado. Y eso es lo que usted ha hecho, como mínimo. La conjetura que yo establezco de eso es que, al igual que otros antes de usted, ha visto también el valor de un ser en particular, a pesar de lo grande que pueda ser el abismo que la separa de él, y le ha tendido la mano por encima del mismo. A él. Él morirá a menos que su mano se levante para protegerlo.
Ella lo observó con sus llameantes ojos y no profirió palabra alguna.
–Entonces... déjeme ir hasta él.
–¿Imaginas que tú serás capaz de protegerlo en este lugar?
–No –respondió Spock–. Pero puedo unirme a él.
–¿En la muerte?
–La alternativa está en sus manos. Yo no tengo ninguna.
–¿Consideras que él es responsabilidad tuya?
–Sí, yo soy responsable. A él lo considero mi amigo.
–Empleó la palabra vulcaniana que significaba más que eso: T’hy’la. Hermano.
El traductor de ella o su pensamiento traducirían todas las connotaciones. Savaj oiría la palabra vulcaniana.
Ella se limitó a mirarlo con los ojos del color del fuego del infierno humano. Luego abrió la jaula.
Kirk luchó para atravesar las capas de fuego superpuestas: el furor, la vergüenza, nuevamente la impotencia, el deseo de aniquilar a la especie de Trath. Se maldijo por estúpido. ¿Había supuesto acaso que, por el hecho de ser capaz de hablar en algún tipo de idioma con un diseñador, no lo utilizarían para sus fines?
Incluso los pobres chimpancés condenados, que primero aprendieron a hablar por signos, habían hablado de sus sentimientos, de su dolor, de su duelo por la muerte de uno de sus pequeños. Habían sido oídos. Y nadie había cancelado el experimento.
Luchó para salir de las llamas. ¿Le quedaba algo de mente? ¿Le importaba eso a alguien?
¿Cómo había sobrevivido su especie al odio que debían transmitir contra ellos sus billones de indefensas víctimas, las de su propia naturaleza y todas las demás?
Salió violentamente de aquello mediante algún salvaje esfuerzo. Un odio de aquella magnitud corroería el alma. Se cuajaría en la atmósfera psíquica; y si llegaba hasta los vulcanianos cuando ellos no tenían el poder de llegar hasta él... Kirk se interrumpió y abrió los ojos. Trath lo estaba soltando del suave campo que lo sujetaba y quitándole los electrodos de las sienes. Se le aflojaron las piernas y hubiera caído, pero el diseñador lo tendió sobre una especie de camilla. Kirk se apartó del contacto y luchó para ser capaz de incorporarse.
Había conseguido apoyarse sobre las rodillas cuando entraron Spock y Savaj. Él luchó para no traicionar su llegada con los ojos. La espalda de Trath estaba vuelta hacia ellos, y los vulcanianos avanzaban con el silencio y el sigilo del snarth del desierto.
–Habrás observado –le señaló Trath a Kirk– con cuánta facilidad puede bajarse el umbral de la agresión. Tú deseas matarme, ¿no es verdad?
–Devotamente –respondió Kirk, conteniendo sus ojos e intentando contener toda su atención–. ¿Esperaba otra cosa?
–Espero exactamente lo que obtengo –le respondió Trath–. Así lo dispongo. Sujetos V, llegáis a tiempo.
Spock saltó sobre él, pero Trath le propinó un golpe indiferente que lo arrojó hacia atrás. Luego se volvió con el ligero campo de estasis en la mano. Spock y Savaj fueron detenidos, congelados.
Flaem entró con McCoy y Kirk advirtió que Spock le echaba una mirada que debería haberla fulminado en el acto.
–Como has ordenado –le dijo a Trath.
Belén entró tras ella sin hacer ningún comentario.
McCoy se acercó a Kirk y nadie lo detuvo, como si no consideraran que fuera necesario prestarle atención.
–¡Jim! –murmuró.
Kirk le hizo un gesto para indicarle que guardara silencio.
–No les dé información, Bones.
–Se puso de pie. Trath se volvió a mirarlo. –Hay sólo una cosa que queremos.
–¿Qué? –preguntó Kirk.
–A ti.
Kirk lo miró amargamente.
–Me tienen.
–Eso es cierto. Quiero conservarte para un propósito al que no le sirve la mera posesión. Has demostrado ser un espécimen excepcional. Tu historial de mando, en los términos de tu propia especie, es singular. Eres también el foco de esa afinidad que no se rompió con la prueba-de-destrucción. Eres el primer sujeto que ha conseguido que lo escojan por propia elección. Tus registros mentales son interesantes, y has causado un inesperado, aunque modesto, efecto sobre ciertas personas de aquí. Servirás como muestra de esta galaxia... una muestra pequeña pero selecta.
–¿Quiere decir –preguntó Kirk– que dejará tranquilos a los demás? ¿A mis amigos? ¿A mi nave?
–Sujeto –replicó Trath–, quiero decir a tu galaxia.
Kirk se enderezó lentamente.
–¿Para siempre? –preguntó–. ¿Libres y tranquilos? ¿Sin experimentos, sin experimentadores? ¿Sin sembrar jardines? ¿Simplemente en paz?
–Tenemos otros lugares en los que trabajar. Tu pequeña familia podrá estar a salvo mientras resista el Todo... hasta que nosotros muramos y salgamos victoriosos.
–O quizá –intervino Flaem–, si tus amigos regresan y dan la voz de alarma, será tu especie la que resuelva la Pregunta Final.
Kirk miró nuevamente a Trath.
–¿Cómo puedo saber que estarán a salvo?
–No estás en posición de negociar ni hacer preguntas.
Te ofrezco una sola opción, una sola vez.
Kirk reconoció el tono terminante, y no tenía elección.
Abrió la boca para hablar.
–Señor Kirk, no hable usted –ordenó Spock con firmeza. Kirk lo miró, desgarrado. En realidad, no había, por primera vez, nada que él deseara más que obedecerle. Excepto... –Spock –le dijo–, no puedo no hacerlo.
–Usted no va a responder.
–Spock se volvió muy lentamente dentro del campo de estasis para enfrentarse con Trath–. Usted está al mando, usted tiene que reconocer las responsabilidades del mando. Él no es libre de entregar su vida. La política de él ha sido siempre la de entregar vidas por la defensa, pero ni una sola vida como tributo. Ni yo compraré la libertad con su vida.
–¿Ni siquiera la libertad de la galaxia, señor Spock? –preguntó Trath.
–Ni siquiera la del universo –le respondió el vulcaniano–. Ya se ha intentado... ese apaciguamiento del mal. La línea se traza en una sola vida o no se traza en absoluto.
Kirk oyó su propio argumento que volvía a él por boca de Spock.
–Spock –le dijo–, es un precio muy pequeño, incluso para las vidas que están en esta habitación, así que ¿para qué hablar de la galaxia? Nadie puede ofrecer la vida de otro como rehén, pero cada uno puede ofrecer la propia.
–No cuando se halla bajo mi mando –respondió aquél con firmeza–. Trath, seré yo quien se quede con usted.
–Usted no me serviría.
–Fui yo –interrumpió Savaj– quien trajo la Enterprise hasta las manos de ustedes para hacerlos salir con esa afinidad única existente entre ellos, y que yo sabía que tendrían que estudiar. La responsabilidad es mía.
Los ojos de Kirk se mantuvieron fijos en los del vulcaniano durante un largo instante. Así que aquél había sido su plan desde el principio. Había utilizado fríamente una afinidad que según sus ideas de V’Kreeth no debería haber existido jamás; y ahora todos ellos pagarían por su decisión.
–Si alguna vida se pierde, será la mía –dijo Savaj–. Yo la ofrezco.
–Inaceptable –respondió Trath.
–Fui yo quien descubrió el propósito de ustedes.
Trath se encogió de hombros.
–Interesante, pero inútil. Su elección como vulcaniano, si no por propia decisión, ha sido la de eludir la tentación del mal. Han construido una paz aislada. Es correcto. Es moral. Y su especie se salva de la esterilidad sólo por una espléndida y terrible tenacidad que, afortunadamente, a veces supera su lógica. Por desgracia, también rompe en definitiva la supresión de la agresividad de ustedes de manera explosiva, momento en el que se enfrentan con una confrontación de lo esencial. No, V’Kreeth, usted no nos sirve.
–Entonces –dijo Savaj–, tendré que exigirle al capitán Spock que ceda ante la oferta que el señor Kirk hace de sí mismo como rehén en favor de la galaxia.

24


Kirk vio que Spock se volvía hacia Savaj en el campo de estasis con un esfuerzo que daba la impresión de que fuera a romper algo. Yo soy el comandante en el campo de batalla –le dijo–. Eso es inaceptable para mí.
–No existe ninguna otra alternativa lógica –insistió Savaj–. Somos impotentes para luchar, resistir, escapar... o informar. Abandonamos a la Federación que hemos jurado defender, y a la galaxia indefensa e ignorante de su destrucción. Si el experimento continúa adelante, esta galaxia morirá mucho antes de la destrucción del Todo. Una gran parte de ella en el plazo de días, semanas, meses. Billones y trillones de vidas de nuestras propias especies y de las otras morirán. No tenemos ese derecho. El señor Kirk no tiene derecho a oponerse a sus órdenes, ni nosotros el de ordenarle que se sacrifique, pero debe usted acceder a su oferta.
–S'haile –dijo Spock–, estoy en modo de mando. Según mi estimación, su lógica es correcta, pero su premisa errónea. Yo declaro una oposición inamovible.
Tenía el sonido de una fórmula vulcaniana y ése fue el efecto que pareció tener sobre Savaj.
–Ka–vi–fe –dijo, en un tono que Kirk no había oído desde el día de la arena de Vulcano.
–Ka–vi–fe –respondió Spock en el mismo tono vulcaniano de voz.
Trath hizo girar un control del proyector del campo de estasis. Los dos vulcanianos quedaron inmovilizados en una postura desafiante.
Fue entonces cuando Kirk comprendió que el campo de estasis debía de incluir también alguna influencia que despojaba del barniz de civilización, que bajaba algún umbral de agresividad.
Los dos vulcanianos eran inalterablemente irreconciliables en aquel tema, pero ¿hubieran llegado, por sí solos, al punto del enfrentamiento físico? No. Algo que Trath les había hecho, había liberado en ellos la repetición de un antiguo código que todavía podía ser utilizado en los vulcanianos para hacer aflorar el instinto que conservaban desde los tiempos del comienzo.
–Libérelos –dijo Kirk–. He dejado bien clara mi posición. Transfiéralos a la Enterprise y déjenme verlos con claridad. Me quedaré con ustedes.
Trath negó con la cabeza.
–No es tan simple, sujeto. Quiero que veas que incluso la solución vulcaniana se rompe cuando está en juego lo esencial.
–Bajo el control mental de usted –le espetó Kirk–. Eso no demuestra nada.
Trath hizo un gesto hacia el transmisor del campo de estasis.
–No es más que un modesto anulador de inhibiciones y acelerador de impulsos. No crea el efecto, simplemente lo hace aflorar.
–Si conseguimos que no aflore –le respondió Kirk–, es cuanto nos hace falta. Un alcohólico sobrio sigue siendo un alcohólico. Simplemente no bebe... o no mata... hoy. No puede decirse que la cura ha fracasado si usted lo empuja a ello obligándolo a tragarse un vaso de bebida.
–Sujeto Kirk –dijo Trath–, el universo está construido para obligarnos a tragar la bebida de la agresión a la mayoría de los sobrios. La estimulación, la excitación nerviosa, la intensificación de la sensualidad, el riesgo... ¿no lo ha sabido usted siempre? La Cocina del Infierno provoca adicción.

Trath pulsó un botón del transmisor y él, los vulcanianos, las dos mujeres diseñadoras y McCoy desaparecieron del laboratorio.
Kirk miró a su alrededor, consternado. ¿Era aquél el principio de su solitario cautiverio? ¿La aceptación de su oferta? ¿Había Trath transferido a los otros cautivos a la Enterprise, y a las dos mujeres y a sí mismo a otras tareas, y dejado a Kirk para volver a ocuparse de él en los ratos libres? ¿O simplemente había dispuesto de los dos vulcanianos y de McCoy? Sería lo bastante sencillo mostrarle a Kirk una ilusión o nada en absoluto.
Kirk sintió que la desolación se apoderaba de él. Una cosa era tomar la decisión que era necesario adoptar, y otra muy diferente vivir con ella durante toda la vida.
Se interrumpió a sí mismo y se puso en movimiento.
Todavía se suponía que todas las cajas tenían una salida.
Inspeccionó las diversas proyecciones de hologramas en busca de cualquier cosa de utilidad. Las imágenes de la Enterprise continuaban sin cambiar. Los proyectores de hologramas no tenían controles visibles, pero al final de la nave había una proyección parecida a una ventana y tenía el aspecto de una imagen futura de las dependencias de Flaem.
Se acercó a la misma. Tampoco tenía controles a la vista. Intentó concentrar sus pensamientos, buscando a Spock, Savaj, McCoy. Concentrándose en el futuro. ¿Sobrevivirían? ¿Había alguna forma de sacarlos de allí? ¿Cómo?
De pronto vio aparecer el cañón espejado con sus riscos de treinta mil metros de altura, su cascada de diamantes y su tracería de árboles de plata. Parecía ser el extremo inferior del cañón, por el que habían entrado procedentes del infierno ordinario de Helvan.
Se vio a sí mismo. Él estaba dándole apoyo a Spock, casi llevándolo en brazos, y parecía que lo había estado haciendo así durante mucho tiempo. Savaj estaba detrás de ellos, pero Kirk no sabía por qué no estaba ayudando a Spock. McCoy avanzaba con la mirada vidriosa, pero avanzaba. Kirk podía sentir su propio júbilo exhausto. Unos pocos pasos más...
Luego la imagen se nubló, onduló y desapareció. Nada que él pudiera hacer la traería de vuelta, pero le había mostrado una posibilidad. A pesar de toda su sofisticación, los diseñadores tenían que tener algún punto ciego.
El laboratorio comenzó a rielar ante sus ojos y Kirk reconoció la sensación del transportador de los diseñadores. ¿Adónde lo llevaba Trath?

25


Kirk se encontró junto a Trath en medio de un grupo de diseñadores que miraban al interior de un tanquecirco que contenía... ¿qué? Los dos vulcanianos se erguían dentro, inmóviles, vestidos con trajes de asumi, pero ambos con un tamaño del cincuenta por ciento superior al normal.
–¿Qué les han hecho? –preguntó Kirk.
Trath se volvió lentamente para mirarlo.
–Debes pensar en ello como en una especie de pantógrafo aumentador del tamaño. La versión primitiva podía agrandar o reducir un dibujo. El nuestro puede agrandar un cuerpo y hacer modificaciones significativas en el mismo, del tipo de una especie de armadura. No es una auténtica armadura, sino una mera protección de las partes vitales. El cuerpo continúa sintiendo el golpe, puede resultar dañado, pero todos los huesos y tejidos son reforzados de forma que el daño suele ser reparable.
Kirk se dio cuenta de que estaba mirando a Trath con horror.
–Es un juego, sujeto Kirk; el juego fundamental para el que todos los juegos agresivos y territoriales de tu especie son un pobre sustituto. Se cree que proporcionan una válvula de escape para la agresividad reprimida, aunque también pueden estimular el gusto por la misma. Ésta es una batalla a muerte... habitualmente sin que se produzca la muerte misma o alguna incapacitación permanente.
–Sáquelos de ahí –dijo Kirk.
–No.
–No seré yo la causa de esto. Sáquelos de ahí o retiraré mi oferta.
–Tu oferta fue muy amable –dijo Trath–, pero necésaria sólo para que la oyeran ellos. Yo no necesito tu consentimiento. Es suficiente con la posesión.
–Entonces, ¿no pensaba respetar el trato?
–Aunque te parezca raro, lo hubiera hecho, y lo haré, aunque por mis propias razones.
–En ese caso, mi oferta sigue en pie si los saca de ahí.
Trath hizo un gesto negativo.
–Deseo ver esto. Deseo que tú lo veas.
–¿Por qué? –preguntó amargamente Kirk–. De todas formas, puede usted verlo todo, saberlo todo con antelación. En este mismo momento no sé por qué necesitan experimentar. Usted debe de saber qué resultará de cada cosa.
–No –respondió Trath–. Ésa no es la verdadera naturaleza de la precognición. Puede predecir con mucha exactitud lo que entra dentro del concepto de lo posible de aquel que prevé; pero cada ser vivo tiene un fallo en sus propios patrones de fe, pensamiento, reflejos, expectativas. Si su patrón de fe no es correcto, no puede vivir.
–¿Está diciendo que todos tenemos puntos ciegos... incluido usted?
Trath lo miró con una expresión peculiar, como si acabara de descubrir algo sorprendente. Luego hizo un gesto afirmativo.
–Hemos urdido el modelo experimental de ciegos–sobreciegos, sujeto, precisamente en un esfuerzo por vencer nuestros propios puntos ciegos. Por regla general, un hombre, o una especie, preferirá morir antes de permitir que se demuestre que está equivocado. Nosotros buscamos derrotar ese proceso.
Kirk intentó dominar el furor, que no podía apartar de sí, para concentrarse en cierto respeto reticente por el intelecto que percibía en aquel hombre.
–Con eso puedo estar de acuerdo, con el principio al menos. Déjelos marchar y me uniré con ustedes en ese esfuerzo. No en la utilización de vidas, pero sí en el intento de romper ese esquema.
–Debes ver todo el esquema.
Trath accionó un interruptor y los vulcanianos quedaron libres de la inmovilidad a que los sometía el campo de estasis. Parecieron retornar las cosas desde el momento del desafío, cuando desaparecieron del laboratorio. Hicieron la señal asumi del combate a muerte.
–¡Spock! –gritó Kirk–. ¡Savaj! Se trata de una prueba. ¡No les den esa satisfacción!
Pero se dio cuenta de que estaban más allá de la posibilidad de oír o hablar. Los dos vulcanianos se lanzaron uno contra otro como dos furibundos guerreros de los albores de los tiempos... o de su ocaso.
McCoy se sacudió de encima la mano de Belén que lo sostenía y avanzó rápidamente por entre los diseñadores hasta el borde del tanque, deteniéndose junto a Jim. Aferró a Kirk por un brazo y apenas consiguió contener el acto que había adivinado. Kirk había iniciado el movimiento para saltar al interior del tanque entre los dos colosos vulcanianos. McCoy sabía que se habría quitado de encima a cualquier otro, pero se detuvo por el médico.
–Si pudiera servir para algo, saltaría yo mismo –le aseguró McCoy–. Ni siquiera lo reconocerían, Jim.
–Spock sí podría reconocerme.
–Lo partirían a usted por la mitad.
Luego ya no pudieron hablar. Los vulcanianos se habían trabado en lucha y no se trataba de la práctica de asumi de golpes controlados y demostración de habilidades. Era lo que Kirk había denominado como K ásumi: la disciplina de lucha más mortal de la galaxia conocida. Su forma más elevada sólo podía ser utilizada contra alguien que tuviera el mismo entrenamiento. De cualquier forma, era letal; y, dada la fuerza vulcaniana, incluso aplicada contra la resistencia vulcaniana, cualquier golpe por sí solo podía resultar fatal. En condiciones normales lo habría sido, probablemente en un lapso de segundos. Un golpe asestado con el canto de la mano en la garganta, una mano disparada contra el plexo solar, un golpe asestado con la parte inferior de la mano que habría clavado el hueso nasal en el cerebro... Como médico, McCoy conocía las consecuencias de incluso las destrezas de combate humanas, sin nombre..., mejor de lo que le hubiese gustado.
Nunca había querido ver una lucha entre vulcanianos; pero aquello era una especie de terrible apoteosis de todos los combates. Allí no había nada relacionado con las naves estelares. Aquello era un choque original y remoto entre dos machos primitivos por el territorio, el dominio o lo que fuera. Quizá la necesidad estaba en el choque mismo. Aquello era la Cocina del infierno sobre ruedas; y ni siquiera contenía la misericordia de la eventual incapacidad del cuerpo para resistirlo.
–¡Basta! –le gruñó McCoy a Trath–. Van a matarse el no al otro. ¿Es que no sabe que esos dos no abandonarán?
–Sí.
McCoy vio que el tamaño y la fuerza de Savaj hablaban contra la fortaleza más esbelta de Spock. El vulcaniano puro y mayor en edad tenía cien años de entrenamiento. Estaba empujando a Spock hacia atrás contra el límite del tanque. La espalda de Spock estaba contra la pared.
Entonces Spock reaccionó. McCoy no sabía de dónde había sacado la fuerza, pero la obtuvo. Fue la reacción de un hombre que no tiene posibilidad ninguna de ganar pero no puede, por nada del mundo, perder.
Aquello estaba matando a ambos vulcanianos, que ahora medían tres metros. Hacían estremecerse el tanque. Se acometían con una fuerza descomunal. Ni siquiera la armadura del pantógrafo era ya protección suficiente.
De pronto, Kirk se escapó de la mano de McCoy que lo aferraba y saltó por encima del borde del tanque. Fue demasiado rápido como para que ni siquiera Trath pudiera detenerlo.
–¡Jim! –chilló McCoy.
Pero vio que, con absoluta deliberación, Kirk se arrojaba entre los dos colosos vulcanianos.
Los dos percibieron solamente alguna presencia inesperada, y Savaj inició el gesto de apartarlo con un brazo... con una violencia más propia de la garra de un oso kodiak. Le acertó a Kirk con un golpe oblicuo en las costillas y McCoy pensó en huesos rotos. Jim rodó por las diamantinas arenas y luego, de alguna manera, consiguió incorporarse y se interpuso entre ambos.
Entonces MeCoy lo vio. La única posibilidad de Kirk entre aquellos dos luchadores acorazados era la de comunicar su presencia viva, su vulnerabilidad. Si el instinto podía funcionar en contra de la vida, también podía hacerlo en favor de ésta. Si existía una afinidad de especies entre ellos, a pesar del abismo que pudiera separarlos, incluso los grandes toros luchadores podrían detenerse durante un momento para proteger al pequeño; y, si así lo hacían, aunque sólo fuera por un instante, los magníficos cerebros vulcanianos podrían superar la ceguera sanguinaria del instinto y recordar una nave estelar y mil años de paz.
McCoy vio que los dos vulcanianos se detenían, atónitos. La influencia mental alienígena era profunda. Continuaban profundamente concentrados en la modalidad de matar; y, con lo que les quedaba de mente propia, eran incapaces de vencer el problema que había entre ellos.
McCoy vio que finalmente los ojos de Savaj se fijaban en Kirk. Eran los ojos de un almirante de la Flota Estelar comprometido en la defensa de la galaxia; y en alguna parte detrás de aquellos ojos había un patrón de cien años de advertencias de mantenerse alejado de la Cocina, un millar de años de paz comprados a ese precio. En alguna parte estaba el V’Kreeth con su lucha de cien años por la paz, enfrentado con aquella auténtica amenaza para la misma; y en la superficie, arrastrado hasta ella, estaba el fallo Prometeo en el mismo hombre que lo había detectado.
Pero aquél era un vulcaniano; y aquél era el hombre que había detectado el Diseño Prometeo.
McCoy vio un esfuerzo por dominarse tan poderoso, que pensó que había roto todas las amarras psíquicas que el vulcaniano puro pudiera haber tenido alguna vez. Aquellas cosas que le habían visto aprender a Spock a lo largo de una década e intentar desaprender en Gol, afloraron ahora en Savaj. Tenía una mano sobre un hombro de Spock, olvidada, y se cerró con fuerza hasta que incluso los huesos acorazados amenazaron con romperse. Pero la otra mano del vulcaniano, que descansaba sobre un hombro de Kirk, no se cerró para romper los huesos humanos.
McCoy vio que Spock también luchaba por dominarse, pero esta vez no era la lucha por el Kolinahr, sino la lucha para abarcar dos mundos. Fuera lo que fuese lo que Spock había aprendido en diez años, afloró ahora en él, no sólo la parte de Vulcano. Spock permaneció en silencio, sosteniéndose apenas sobre los pies, pero sin rendirse.
Los ojos de Savaj miraron finalmente a Kirk con absoluta cordura. Luego levantó la vista a lo alto del tanque, hacia Trath.
–No. Lo que se le haga al más pequeño de nosotros se nos hace a todos. Lo que se le haga al mejor no será consentido. No lo entregamos.
Trath lo miró desde lo alto.
–Tampoco yo lo entregaré.
Pulsó un control y Savaj se desplomó lentamente sobre las rodillas en las diamantinas arenas del tanque. Spock cayó como si lo hubieran desnucado.
Luego McCoy sintió el efecto disolvente y se encontró de vuelta en una jaula... una jaula separada.

Finalmente, Kirk fue arrojado dentro de una jaula como un animal usado. Había una silueta oscura que yacía enroscada en el rincón más oscuro de la misma.
Kirk se arrastró hasta la misma, intentando que las costillas rotas no se le movieran, sin estar todavía seguro de si se trataba de uno de los suyos. Si se trataba de Spock, vivo y en forma, de alguna manera, Kirk tendría que enfrentarse con un buen concierto de recriminaciones a causa de sus dos últimas maniobras. Había hecho la oferta cuando se le ordenó que no lo hiciera; y no sabía qué nombre darle a la acción de saltar al interior del tanque. Peor aún, no sabía qué nombre le daría Spock. Estaba acumulando un expediente bastante nutrido de amotinamiento. Él no lo hubiera pasado por alto y no esperaba que Spock lo hiciera, pero en aquel momento no estaba dispuesto a escuchar aquella música de improperios. Se había enfrentado con Trath. Ya tenía bastante.
Pero lo que le producía escalofríos era el temor a encontrar a Spock o Savaj muertos. Tocó un hombro en la oscuridad y percibió el poder y la solidez de Savaj. Vivo. Vuelto a su tamaño normal. Kirk lo sacudió. No estaba inconsciente, pero a Kirk le dio la impresión de que se hallaba en algún estado de shock. Se trataba, quizá, de la consecuencia de la respuesta de Trath a la actitud desafiante de Savaj. ¿O se trataba, en parte, del shock psíquico del esfuerzo que había realizado: el desafío no solamente de Trath, sino de sus propios patrones?
Tenía conciencia de la presencia de Kirk, pero no respondía a ella. Kirk inició el gesto de apoyarle una mano sobre un hombro, pero la retiró. El vulcaniano puro no querría que lo hiciera. Kirk había impuesto ya bastante sus necesidades.
–Está usted herido –dijo Savaj.
–Estoy vivo. –Intentó hablar con un tono que no sentía, pero la tensión afloró a su voz. Lo intentó nuevamente–. Estoy lo suficientemente bien, señor. Mejor de lo que podría esperar.
La voz de Savaj era de cansancio.
–Señor Kirk, tiene usted el don de la comprensión. Le hizo sitio a Kirk a su lado y se recostó contra la pared.

Kirk oyó un sonido en la jaula. Antes de que pudiera identificarlo o moverse, alguien se inclinó sobre él en la oscuridad. Él levantó la mirada. Una mano le tapó la boca, una mano fuerte pero suave. Un rayo de luz débil destelló sobre algo plateado y Kirk percibió el suave perfume de la piel que conocía.
Era Belén.
El vulcaniano había comenzado a moverse y Kirk lo detuvo con una mano. Belén le hizo un gesto a Kirk de que guardara silencio, le destapó la boca y por un momento la rozó con sus labios. Luego se incorporó y lo levantó para ponerlo de pie. Él le hizo señas al vulcaniano para que se levantara y la dejó que los guiara de una a otra oscuridad.
Pensó en la expresión del rostro de Spock cuando estaban en el laboratorio de Trath, al descubrir que Flaem había pretendido que quería ayudarlos sólo para entregar a los dos vulcanianos en las manos de Trath. Aquello podía ser otro truco, trampa, prueba. ¡Estaba tan infernalmente cansado de pruebas!
Pero él correría el riesgo por el mismo motivo por el que lo correría Spock: era el único juego disponible. Para él existía la persistente esperanza de que la esperanza fuese real, de que la ética que él había percibido e intentado avivar en Belén hubiera realmente venido en ayuda de ellos. Aunque sólo fuera el gesto de un niño que corre a esconder una oveja que tiene por mascota para salvarla de su fatal destino...
Ella abrió el campo energético de otra celda. Kirk entró a tientas y finalmente encontró y silenció a McCoy. Luego halló lo que estaba debajo de las manos de éste: Spock. No necesitaba oír el susurro casi inaudible de McCoy:
–Está en muy mal estado, Jim.
Podía sentir los daños sufridos por el vulcaniano; la estructura más delicada de Spock había sufrido mucho más que la del otro antes de que él y Savaj consiguieran dominar la influencia externa. Spock parecía sufrir alguna clase de shock, y Savaj apenas se tenía sobre los pies.
Kirk se arrodilló y levantó al vulcaniano inconsciente. Sus propias costillas parecieron ceder y sintió que se le hinchaban las venas de la frente. Spock era más pesado de lo que hubiera sido un ser humano de la misma constitución, y Kirk pensó que él, en el estado en que se encontraba, no debería ser capaz de levantar aquel peso del suelo. Eso, no obstante, no tuvo nada que ver con el hecho de que lo consiguiera.
Luego se pusieron en marcha con Belén a través del laboratorio a oscuras y entraron en una especie de túnel. También allí reinaba la oscuridad y se comunicaban entre sí básicamente por contacto físico. Kirk recordaría cada paso de aquel recorrido como una pesadilla. McCoy intentó ayudarlo, pero aquél era realmente un trabajo para una sola persona y McCoy era incapaz de realizarlo por sí solo. Savaj guardaba silencio y parecía retraído.
Finalmente Belén abrió una puerta y salieron a la luz bajo el cielo púrpura pálido. Kirk medio cayó sobre un montículo de cristal roto y se tomó un momento para descansar del peso de Spock. La puerta se cerró con Belén en el interior, y él vio que se hallaban debajo de un saliente de alguna nave enorme, quizá la que habían visto en el espacio cerca del planeta. Llenaba todo el cráter del vasto volcán, y por todas partes radiaban del núcleo riscos de cristal de decenas de miles de metros de altura.
Kirk se detuvo durante un momento, desesperanzado. No había forma posible de que consiguieran hallar el camino a través del laberinto desde el extremo opuesto y llegar hasta la abertura por la que habían entrado. No tenían forma de comunicarse con la Enterprise.
Y si conseguían, de alguna forma, hallar el camino correcto, los diseñadores saldrían a perseguirlos en cualquier momento con todo su conocimiento y todo su poder. 11 no podía conseguirlo todo por su sola voluntad. Quizá los vulcanianos tenían razón y había un momento en el que uno simplemente se veía superado y debía ser lo suficientemente inteligente como para reconocerlo. Sentía que no podía ponerse de pie, y desde luego no con el peso que tenía que transportar.
Pero lo hizo. Estaba dispuesto a emprender la marcha por cualquier cañón hasta que cayera rendido o los apresaran.
Vio que Savaj señalaba una dirección. Kirk la aceptó. Lo que los vulcanianos podían calcular a partir de las posiciones astronómicas o algún tipo de oscura orientación relacionada con los campos magnéticos de un planeta, él no quería ni saberlo. Se precipitaron al interior del cañón y comenzaron a avanzar.

–Jim –dijo McCoy–, no puede usted seguir a este paso.
Kirk se limitó a mover la cabeza.
Algo cedió bajo sus pies y se encontró resbalando en un alud de cristales por una larga cuesta, hacia el borde del precipicio. No podía escapar de él.
De pronto, algo los aferró tanto a él como a Spock, y se dio cuenta de que era Savaj. El vulcaniano los estaba arrastrando lentamente hacia el borde del alud. Finalmente, se aferró a un árbol de plata y los detuvo sobre una repisa. A McCoy sólo lo había cogido la periferia del alud, el cual lo trajo hasta muy cerca de los demás.
Kirk vio que los ojos de Spock se abrían. Ni siquiera intentó explicarle qué estaban haciendo en aquel lugar, y Spock tampoco lo preguntó. Se incorporó e intentó ponerse de pie. Kirk calzó uno de sus hombros debajo de la axila del vulcaniano y lo ayudó a bajar al suelo del cañón. Estaba ayudando a Spock cuando reconoció el interior del cañón de cristal inmediato a la entrada por la que habían penetrado en él desde el infierno ordinario de Helvan.
Kirk reconoció de pronto la sensación de dejá vu. Se trataba de la escena que había visto en la pantalla precognitiva del laboratorio de Trath.
Miró a Spock.
–¡Estamos libres y en casa, Spock!
Spock era ya capaz de mantenerse solo de pie, y él lo dejó durante un instante para subirse a una roca que estaba junto al barranco.
–¡Es la entrada!
Avanzó para correr la lámina de cristal con un contrapeso que la cerraba desde el interior.
–¡Deténgase, señor Kirk!
Era Spock. Algo del tono de la voz hirió a Kirk como un cuchillo. Hizo una pausa, pero a la espalda tenía la plena certeza de que los diseñadores podían estar tras su pista. Al otro lado de la lámina, a apenas unos metros de distancia, la Enterprise estaría a la espera de la aparición de sus señales vitales y podría transferirlos a bordo, donde al menos podrían informar.
Y si Trath venía a buscarlos entonces, quizá sólo reclamaría a Kirk. Podía existir incluso una leve esperanza de que Belén hubiera conseguido algo que los dejaría a todos en libertad... si avanzaban en aquel momento.
Spock no podía conocer todos los factores. Tampoco podía conocer la intención que Kirk tenía de regresar, si debía hacerlo, para hacer que Trath cumpliera con su parte del trato.
La mano de Kirk estaba sobre el contrapeso y comenzó a hacerlo descender.
–¡Se detendrá ahora mismo! –dijo Spock, y Kirk oyó a todo Vulcano detrás de aquella voz.
Si salían al exterior, tendría que enfrentarse con eso. También vio lo mismo en el rostro de Savaj, detrás del de Spock: toda la Flota Estelar y todo Vulcano en un solo paquete; sin embargo, Kirk tenía que hacer lo que tenía que hacer.
Su mano se inmovilizó sobre el contrapeso y tuvo la sensación de que abría un paréntesis en el cual tenía tiempo y eternidad para reconocer su propio patrón, el defecto que había en él, su propio punto ciego.
Ni una sola vez durante toda aquella aventura había aceptado el mando de Spock. Tampoco veía cómo habría podido ni podría hacerlo. El vulcaniano habría estado muerto, casi con toda seguridad moriría ahora, cuando un desafío más podría salvarlo a él y quizá a la galaxia. Vio los años durante los que Spock había salido de su caja vulcaniana para someterse al mando de Kirk, incluso a pesar de su magnífico cerebro vulcaniano, incluso cuando Kirk le ordenaba salir de una nave que se estaba desintegrando y él mismo se quedaba atrás... o se encaminaba a enfrentarse con la criatura nebulosa. Ni siquiera una vez, ni en lo que era esencial para un vulcaniano, había Kirk abandonado realmente el peso del mando y sometido su voluntad, correcta o incorrectamente, al criterio de Spock. ¿Había sido el conocimiento de que Kirk estaba metido en aquella caja lo que en parte había hecho que Spock se marchase a Vulcano? Tarde o temprano, alguna de sus impetuosas temeridades acabaría por conseguir que mataran a uno de ellos o a ambos; y si Kirk no conseguía salir de aquella caja, ¿cómo podía esperar que Spock saliera de la suya, o lo hiciera Savaj... o incluso los diseñadores?
Sin embargo, Spock lo había conseguido. Y Savaj también. Kirk dejó que la lámina de cristal volviera a deslizarse a su sitio, bajó de la roca y se encaró con Spock.
–Sí, capitán –le dijo.

Spock vio que el aire comenzaba a rielar y supo qué era aquello a lo que los había condenado la decisión tomada por él. Puede que hubieran hecho mejor corriendo el riesgo en el infierno. Todavía le asombraba que Kirk no lo hubiese hecho.
Spock avanzó y se encaró con Trath. Estaba en modo de mando aumentado en aquel momento, y las vibraciones de la resistencia de Kirk ya no lo estorbaban. Extraía fuerza de su interior y del exterior.
Los diseñadores rielaron hasta solidificarse: Trath, flanqueado por Flaem, Belén y su colega de cabellos dorados, además de un pequeño grupo que permanecía detrás de ellos.
–El problema –le dijo Spock a Trath– ha sido resuelto. El señor Kirk está bajo mi mando. No voy a entregarlo.
Trath se volvió a mirar a Kirk.
–Usted ha nacido para ejercer el mando, igual que yo, y es responsable del destino de una galaxia, al igual que yo lo soy de un universo. Está usted intentando romper el patrón que está metido en sus huesos. No funcionará. Usted no está bajo su mando. Usted debe cumplir con su palabra, y yo cumpliré con la mía.
Kirk avanzó hasta colocarse junto a Spock.
–Es cierto que llevo ese patrón metido en los huesos, al igual que lo está el fallo Prometeo, en mí y en usted. No estamos bajo el mando de nuestros huesos, ni tampoco de nuestros instintos ni de ninguna predestinación inalterable. Nosotros estamos al mando. Nosotros rompemos los patrones. Vemos a través de nuestros puntos ciegos. Robamos el fuego de los dioses... sólo para descubrir que nosotros somos dioses; y, si también somos buitres, ése es nuestro crimen, nuestra adicción, nuestro infortunio..., pero no es inalterable.
Trath negó con la cabeza.
–Todos nosotros vivimos en la Cocina del Infierno, sujeto Kirk, y nos gusta estar allí... y eso es indivisible de nuestra grandeza. No hay ninguna salida de ese dilema que no sea el rendirse... la muerte lenta del espíritu.
–O la del cuerpo –dijo Belén con voz muy queda.
Flaem levantó la cabeza.
–Prefiero el fuego.
–Si ésa fuera la alternativa, tal vez –dijo Spock–. Yo hablo como alguien que ha intentado tanto el camino del fuego como la renuncia del mismo. –Negó con la cabeza–. El diseño del mecanismo no está construido para la retirada. No existe salida alguna que no sea la de avanzar.
–Estoy de acuerdo, sujeto V-Dos –dijo Trath–. Yo no trabajo con la metafísica ni la misericordia. Estoy trabado en una lucha contra un cáncer que consumirá al universo; y, a pesar de que encuentro vuestras pequeñas vidas atractivas en algunos sentidos, son las vidas de nuestros niños las que me preocupan. Utilizaré lo que tenga que utilizar. No existe una respuesta práctica para eso. Si debo cargar con el peso moral de la necesidad, cargaré con él.
–Pero –intervino Kirk bruscamente– el fallo de su diseño es un fallo práctico. –El rostro de Kirk tenía la expresión de alguien que acaba de hacer un descubrimiento–. Almirante Savaj –dijo–, ¿por qué no se utiliza la vida animal en Vulcano? ¿Es un asunto de moralidad?
–Los vulcanianos no hacen distinciones entre lo moral y lo práctico, comandante –respondió Savaj–; pero la razón por la que no utilizamos seres vivos no es de orden moral, sino de necesidad. No existe gran virtud en esa necesidad. Cuando conseguimos dominar una parte de nuestra propia agresión, fuimos capaces de advertir que el dolor, el furor, el sufrimiento de los animales utilizados, contaminaban la atmósfera psíquica y nos reinfectaban con las pasiones de la Cocina del Infierno. No podemos vivir en la Cocina del Infierno. No como los seres en los que nos hemos convertido los vulcanianos, a un precio bastante considerable.
–Si no puedes soportar el calor, manténte alejado de la Cocina del Infierno –murmuró McCoy–. Por eso, usted no quería que los vulcanianos sirvieran en naves humanas, ¿no es cierto? No a causa de la superioridad o la moralidad...
–Muy astuto, doctor –replicó Savaj–. Era, de todas formas, por las tres cosas. Además de una cierta preocupación por la fragilidad de otras especies. Los vulcanianos soportan el calor extremadamente bien. Simplemente se convierten en parte del infierno.
McCoy asintió con la cabeza.
–Y la galaxia inmediata no puede permitirse ese lujo.
–Tampoco puede permitírselo el universo –le dijo Kirk a Trath–. ¿Es que no lo ve? Ése es el fallo de su diseño. El fallo práctico. La insensibilidad crea insensibilidad. Cuando uno encierra a las otras vidas en categorías: nosotros y los otros, diseñadores y pequeñas vidas, cosa que nosotros solíamos hacer con blancos y negros, esta o aquella religión, vulcanianos o seres humanos, seres inteligentes o animales, es precisamente entonces cuando uno puede matar. Si alguna vez puede llegar a sentir que el otro es uno mismo, una parte del ser, lo necesario para uno mismo, el sentido de la unidad del Todo, entonces no puede hacerlo. Esa unidad existe, tanto si ustedes lo saben como si no, y el dolor que ustedes causan regresa para aumentar la brecha de insensibilidad en ustedes mismos. No pueden curar el fallo Prometeo aumentándolo en ustedes con la utilización de otras vidas.
Trath frunció el entrecejo.
–¿Está diciendo que avivamos el fuego de la Cocina del Infierno para nuestra propia destrucción?
–No creo que les quede el millón de años o lo que sea que les quede en su escala temporal, a menos que acaben con eso.
–Incluso aunque eso fuera verdad, sujeto, no podemos renunciar a la búsqueda de la grandeza.
–No –consintió Kirk. Luego se volvió a mirar a Savaj–.Ésa fue la preocupación de ustedes en Vulcano.
Savaj asintió con la cabeza.
–Dábamos el precio por bien pagado, o al menos necesario para nuestra supervivencia; y, sin embargo, había una grandiosidad, una pasión, quizá una poesía en el estilo de vida ancestral. La costumbre de los guerreros hermanos. La música de los pioneros. Las tragedias y los éxtasis. Hay algo que Spock no pudo encontrar en Vulcano y que encontró en las estrellas.
–Lo que yo encontré –dijo Spock–, no es solamente la Cocina del Infierno. Ni tampoco es algo que esté perdido para Vulcano. También usted ha seguido la senda de las estrellas, así como mi padre a su modo y otros al suyo; y cada uno de nosotros ha encontrado algo que buscaba o alguna afinidad que al final escogeríamos por encima de la paz o el vernos libres del dolor.
–S’haile Savaj –dijo Kirk–, hoy rompió usted con el patrón de toda una vida. Vulcano no carece de grandeza.
Savaj se volvió a mirarlo e inclinó brevemente la cabeza.
–Tampoco la Tierra.
Kirk miró a Trath.
–Esa tiene que ser la respuesta. La búsqueda, el afán, los lazos personales, la afinidad que vinieron a estudiar... todos esos instintos que van en favor de la vida, no contra ella. Podemos oponer todas esas cosas al fallo Prometeo, e incluso utilizar el fallo mismo para impulsarnos hacia las estrellas, las dimensiones. Puede impulsarnos hacia el mando y el dominio y el poder de destrozar obstáculos... pero no carne. Quizá está incluso en la raíz de la amistad. Los animales que no tienen choques individuales de agresividad no forman lazos afectivos individuales. Sin embargo, incluso ellos saben cuándo deben someterse, y, por regla general, no matan.
Kirk avanzó un paso hacia Trath.
–Puede haber emociones suficientes en el universo sin necesidad de recurrir a la Cocina del Infierno; y también la suficiente grandeza. Puede que cada pequeño paso destinado a bajar el nivel de violencia que se alimenta de sí misma, sea finalmente la respuesta, incluso para los perros de la guerra y los buitres de la destrucción.
Kirk le tendió una mano a Trath.
Éste lo miró como si fuera un cachorro de perro que le estaba ofreciendo establecer la paz.
–Supongamos que eso fuera verdad, sujeto. No supongo que la brecha de insensibilidad vaya a ampliarse por el estudio de una pequeña vida. Una capaz de concebir semejante argumento es digna de estudios más profundos. ¿Entregarías tu pequeña vida para bajar el nivel de violencia en tu galaxia?
Kirk miró a Spock.
–Continúa siendo un interrogante. ¿Tengo permiso para hacerlo, señor?
–No, señor Kirk, no lo tiene.
Kirk volvió a mirar a Trath.
–Mi palabra nunca fue mía y no podía otorgársela. Estoy bajo su mando.
Por primera vez, Trath sonrió. Fue más bien amarga, aquella sonrisa, como si se burlara no de sí mismo, sino de todo un patrón que de pronto se había desmoronado a su alrededor.
–Sujeto Kirk –dijo–, existe una inocencia que puede hacer que todo vuelva a ser nuevo. La vida nueva no sabe qué es imposible... y eso podría incluso ser una virtud. Uno de los objetivos de este estudio inmediato era el de determinar si tu nave y los seres diferentes que sois vosotros, como una especie de microcosmos de esta galaxia, teníais o podíais desarrollar una afinidad única y la capacidad para romper patrones. Nosotros reconocemos que el punto ciego fundamental es la incapacidad para romper los patrones en los que uno ha invertido toda una vida... o quizá incluso las vidas de billones.
–Ustedes dispusieron las cosas para que viniéramos hasta aquí, ¿no es cierto? –preguntó Kirk–. Hasta contar incluso con la presencia del mismo Savaj.
–¿La única mente que fue capaz de detectar nuestro proyecto? Por supuesto. ¿Cómo podíamos dejar de estudiar eso? Le permitimos seleccionar lo que, según su propia opinión, era la mejor prueba del problema Prometeo: vosotros mismos.
–¿Y el cambio de mando? –preguntó Kirk.
–Era esencial, sujeto Kirk. Ése era tu propio patrón.
–¿Y si no lo hubiera roto?
–En ese caso hubieras sido de muy poco interés. Te hubiera cogido, para que no escaparas a las consecuencias de tus actos, y hubiera cerrado el experimento de esta galaxia.
–¿En esta galaxia? –preguntó McCoy.
–No, de –le respondió Trath. –Eso era lo que creía haber oído ––dijo McCoy, mostrándose intranquilo.
–Pero hemos cambiado –intervino Kirk–. Spock, Savaj, McCoy, incluso Belén. Quizá incluso Flaem... si es cierto que por un momento me vio usted como algo más que una pequeña vida; y si incluso las pequeñas vidas pueden cambiar, y hasta los diseñadores, ¿qué es lo que continúa siendo imposible?
Se acercó a Flaem y Belén, y por un momento Spock pudo percibir que estaba pensando sus despedidas desde el otro lado del abismo de lo que sí continuaba siendo imposible. De todas formas, el imposible había existido para ellos y no sería olvidado.
–En cualquier caso –dijo Kirk suavemente–, hemos roto juntos esos patrones.
Spock avanzó para fijar sus ojos en los de Trath.
–La ceguera no es una condición de un hombre o una especie. Uno puede ver más lejos, a veces, a través de los ojos de otros. Uno puede aprender de aquellos que están luchando para nacer. Cambien sus patrones. Pónganle un fin a la insensibilidad, una oportunidad... antes de que precipite la fatalidad de todos ustedes.
–Sujeto Spock –dijo Trath–, nosotros somos muy viejos y tú eres muy joven. Tú has señalado un fallo práctico que nosotros no consideramos lo suficiente. Todavía está por ver si es, en verdad, un fallo insuperable de nuestro proyecto. Pero tu amigo ha adivinado correctamente el porqué de que hayamos acelerado el experimento. Nuestras pruebas más recientes demuestran que no tenemos ni ese millón de años. En verdad, existe más unidad entre vosotros y nosotros de la que podrías imaginar. En nuestro curso presente, el final del Todo estaba calculado para un momento dentro de vuestra vida. La solución de Belén, o el fuego, eran las alternativas inmediatas. O bien un nuevo diseño experimental. Pero os concederé esto. Durante un tiempo intentaremos el experimento, sobre nosotros mismos, de cicatrizar la brecha de insensibilidad; y, por haber sugerido dicho experimento, dejaré en paz a tu amigo... y a tu galaxia.

–¿Les importaría observar las consecuencias? –preguntó Trath, pasado un momento en el cual las silenciosas despedidas mentales parecieron romper ciertas categorías.
Trath se volvió y señaló con una mano hacia la entrada del cañón. La lámina de cristal comenzó a levantarse. El risco de treinta mil metros que estaba encima de la misma comenzó a resquebrajarse, cayendo en letales esquirlas. El cañón comenzó a resquebrajarse por el centro. Trath tocó un control y los diseñadores comenzaron a rielar y desaparecieron.
Kirk miró a Spock, consternado. Si hubiera desobedecido, habría provocado la destrucción de todos ellos.
Spock se encogió de hombros.
–El patrón de ellos siempre fue, señor Kirk, el de tener laberintos dentro de laberintos, trampas dentro de trampas... y una cierta– finalidad para sus pruebas.
Las ondulaciones del transportador de los diseñadores comenzaron a formarse alrededor de ellos cuando los riscos de cristal de todo el cañón de desmoronaban en un cataclismo. La nave de los diseñadores se elevó por encima del grupo, dispuesta a partir.
Spock sintió que su conciencia se disolvía... y volvía a adquirir forma en el puente de la Enterprise.

26


Kirk vio los consternados rostros de la tripulación del puente y se dio cuenta de que la partida de tierra era un grupo bastante desarrapado. Spock y Savaj estaban casi desnudos, y lo poco que llevaban puesto era indudablemente el peor de los atuendos; en cuando a McCoy y el mismo Kirk, no guardaban ningún parecido con oficiales de alto rango.
–Bueno –dijo Kirk–, capitán Spock, he visto comandar de peor forma una misión; en numerosas ocasiones.
–También yo –replicó Spock–. Incluyendo una cierta usurpación del mando durante esta última. –Se volvió para recorrer a Kirk con los ojos–. Señor Kirk, hay un asunto pendiente entre usted y yo.
–No lo he apartado de mi mente ni por un momento, señor.
Kirk se puso firme y se encaró con los vulcanianos. De hecho, él había hecho lo imperdonable y los vulcanianos no eran famosos por su capacidad para perdonar. No tenía ni la más remota idea de cuál sería la pena vulcaniana; y el hecho de que, a última hora, hubiera enmendado su conducta, no lo llevaría muy lejos. Spock le diría, y con toda razón, que había arriesgado varias veces su vida, las vidas de los demás y la misión al desobedecer las órdenes dadas por su capitán.
–Es una obligación bajo el código de mando vulcaniano –dijo Spock–, y está, por lo demás, fuera del alcance de mi revocación. Es una cuestión bien sabida por la Flota Estelar y las autoridades vulcanianas: cualquiera de las dos o ambas pueden actuar según sus propias iniciativas.
La Flota Estelar podía, como mínimo, someterlo a un consejo de guerra y darle un destino en tierra. Lo que las autoridades vulcanianas o los vulcanianos allí presentes podían llegar a hacer, no le resultaba grato de contemplar; y ninguno de ellos iba a reconocer los patrones como una defensa, ni la rotura final de los mismos como un atenuante.
–Por supuesto –señaló Savaj, meditabundo–, el intento de asesinar a un oficial superior o al almirante al mando es, en algunos sentidos, más grave que el amotinamiento.
Kirk parpadeó.
–Pero eso fue bajo la influencia... –Se interrumpió–. En realidad –continuó, mirando a Savaj–, se ha sabido que las influencias alienígenas han provocado un profundo efecto en las tripulaciones de las naves estelares, hasta el punto de incluir muchas formas de conducta aberrante. Asesinato. Quizá incluso amotinamiento.
–Existen algunos precedentes –dijo Savaj– de no enjuiciamiento del comportamiento aberrante causado por influencias alienígenas... esporas, virus y cosas parecidas. –Sostuvo la mirada de Kirk–. Si no estoy equivocado, eso incluyó hasta el motín y la agresión física de un oficial superior antes de este viaje.
Kirk se frotó la mandíbula con gesto ausente. Habían pasado algunos años y su mandíbula aún recordaba la bofetada vulcaniana que lo había arrojado por encima de una mesa; y otra ocasión en la que Kirk había azuzado a Spock para conseguir que expulsara las esporas y el vulcaniano había atravesado la pared por un puñetazo dirigido contra Kirk.
–Sí –dijo Spock–, así fue.
No agregó que Kirk lo había aceptado y no había emprendido ninguna acción contra él.
Spock miró a Kirk y este último vio que el enojo del otro no se había disipado; pero se estaba convirtiendo en algo más personal.
Spock inclinó el torso y pulsó un botón del asiento de mando.
–Diario del capitán. Judicial. Se toma nota del hecho de que algunos miembros de la esfera de mando han estado bajo influencia mental alienígena que los hizo actuar de formas imposibles para su personalidad y patrones habituales. Dichas manifestaciones incluyen influencia para que intentaran asesinar, y uno puede lógicamente suponer que también incluyeron insubordinación y amotinamiento. No está contemplada ninguna acción oficial contra tales lapsus, siempre y cuando no vuelvan a repetirse.
Apagó la grabadora y se volvió a mirar a Kirk.
–¿Queda eso entendido, señor Kirk?
–Perfectamente, capitán.
Se puso firme y dejó que el alivio y la gratitud afloraran a su rostro. No era algo que Spock tuviese obligación de hacer, y ambos sabían que no era totalmente verdad; pero serviría.
–En cuanto al asunto que hay entre nosotros –dijo Spock en un tono que dejaba bien claro que no lo dejaría salir fácilmente del aprieto–, creo que puede resolverse en privado.
–Sí, señor.
–Cuando se haya recuperado lo suficiente, establecerá un programa de doble entrenamiento y se encontrará conmigo para practicar asumi... y ajedrez.
–Sí, capitán Spock. Spock no sonrió.
–Siendo así, señor Kirk, y dado que los diseñadores se han marchado, le devuelvo a usted el mando de la Enterprise.
–¿Qué? –exclamó Kirk.
–Creo que me ha oído bien, capitán Kirk.
–Sí, señor Spock.
Kirk miró a Savaj.
–No tengo ninguna objeción, capitán. Creo que la experiencia fue saludable; pero también he percibido ese otro nivel superior del que habló el señor Spock, mediante el cual usted puede desempeñar el papel de comandante de él, tal y como lo hace.
Kirk interrogó a Spock con la mirada.
–También yo tengo mi patrón, capitán ––declaró el vulcaniano–, y, a pesar de que ocasionalmente he desesperado de usted, debo reconocer que tiene sus buenos momentos. Recordaré siempre ése en el que rompió usted su propio patrón; pero prefiero, en el puente, aquél que establecimos hace mucho tiempo.
Le hizo un gesto a Kirk en dirección al asiento central.
Kirk se encontró sonriendo, un poco tembloroso también, y se sentó en el sillón indicado.
Bones McCoy se balanceó sobre los talones junto al hombro izquierdo de Kirk.
–Bueno, esto es lo que debe ser. ¿Calcula que los diseñadores mantendrán su promesa, Jim?
–Calculo –respondió Kirk– que, uno de los días de ese millón de años, nosotros obtendremos el resultado de ese experimento... si antes no hemos resuelto nosotros mismos el problema. –Se retrepó en el asiento–. Y quizá ya lo hayamos hecho, sobre unas bases diarias, un día por vez.
Miró a Savaj. Todos los allí presentes pertenecían a especies difíciles y peligrosas. Sus soluciones eran parciales y pasajeras y no siempre todo lo cuidadosas con las vidas grandes y pequeñas como podrían ser; pero él pensaba que las mismas iban desgastando lentamente la insensibilidad y las categorías que los separaban.
No olvidaría con presteza el haber servido bajo las órdenes de Spock... y Savaj de Vulcano.
–Adelante, factor hiperespacial cuatro –dijo.
Algo pareció volver a encajar en su sitio cuando oyó la voz de Sulu.
–Sí, capitán.

FIN


Epílogo

¿Los observas en la pantalla precognitiva? –preguntó la presencia-de-fuego.
–Con poca claridad –respondió la más fría–. Es difícil predecir a aquellos que son capaces de invertir patrones.
–Es, sin embargo, fascinante –dijo la de llamas–. No creo que la promesa haya dicho nada acerca del derecho de hacer visitas...


Glosario de términos vulcanianos


ASUMI: Deporte/danza de combate vulcaniano.
K'ASUMI: Modalidad total y letal del asumi No se practica nunca, excepto en los combates a muerte.
KAVIFE: Desafío. Varía gramaticalmente para referirse a la forma y el objeto del desafío.
KOLINAHR: Disciplina vulcaniana avanzada destinada a lograr la lógica absoluta mediante la eliminación de las emociones.
K’VATH: Adelante, vamos, prosiga.
LE MATYA: Felino reptil gigantesco del desierto (aproximadamente el tyrannosaurus rex de Vulcano, pero más rápido e inteligente), que posee garras y colmillos venenosos.
S’HAILE: Título de profundo respeto para designar el conocimiento de un alto nivel de logros personales y la presencia superior a la que uno debe rendirle el homenaje debido. La traducción terrícola más aproximada sería la de realeza, con la que no se nace sino que se consigue; de hecho, la que se hace a sí misma. En ese sentido podría ser traducida como «señor» en boca de quien lo emplea como un igual, y« mi señor» cuando lo utiliza alguien de otro nivel.
SNARTH: Mamífero predador de Vulcano, casi inteligente.
T’HY’LA: Amigo, hermano, amante.
T’HYVAJ: Enérgico ejercicio de asumi de tipo espejo, desarrollado por primera vez por los antiguos guerreros hermanos de Vulcano.
T’VARETH: Cachorro indisciplinado, cría desobediente y subnormal de una especie indeseable. No es un término cariñoso.
TZALED: El máximo nivel de lealtad vulcaniana, en el que uno se hace responsable del bienestar del otro incluso a pesar de las protestas de éste.
V'ASUMI: La práctica deportiva del asumi, en la que la fuerza puede ser contenida al enfrentarse contra un oponente más débil, pero la velocidad y la destreza deben ser empleadas para entrenar al otro, hasta su máximo potencial.
V’KREETH: Nombre de una nave vulcaniana y título dado a su comandante por los seres humanos.
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