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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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domingo, 5 de abril de 2009

STAR TREK 01 -- EL EFECTO ENTROPIA

El efecto entropía

Vonda N. McIntyre

Star Trek/1




*

Prólogo

EL capitán T. Kirk estaba tumbado en el sofá del salón de su camarote, adormilado con un libro en la mano. Las luces parpadearon y despertó abruptamente, sobresaltado por el momentáneo fallo eléctrico y la simultánea disminución del campo de gravedad de la Enterprise. Los escudos principales estaban forzados al límite máximo de su poder con el fin de proteger a la nave y su tripulación de la casi incalculable radiación de otra tormenta de rayos X.
Kirk se obligó a relajarse, pero no dejaba de sentirse incómodo, como si tuviera que estar haciendo algo. Sin embargo, no había nada que pudiera hacer. Su nave estaba en órbita alrededor de un vacío singular, el primero y único jamás descubierto, y el señor Spock estaba llevando a cabo observaciones, medidas y análisis del mismo, intentando deducir por qué había aparecido, repentina y misteriosamente, de la nada. El oficial científico de Vulcano llevaba en esa tarea casi seis semanas; ya casi había terminado.
Kirk no se sentía muy satisfecho por haber expuesto la Enterprise a la radiación, las olas gravitacionales y los pliegues y giros del espacio mismo; pero aquella tarea era sumamente urgente: aquel vacío se extendía como un carcinoma y cubría una de las principales rutas espaciales. Lo más importante, sin embargo, era que si uno de aquellos vacíos podía aparecer sin aviso previo, lo mismo podía hacer otro. Era probable que el siguiente no se limitara a entorpecer el comercio interestelar. El próximo podía surgir a la vida cerca de algún planeta habitado y borrar hasta el último ser viviente de su superficie.
Kirk miró la pantalla de su terminal de comunicación, que estaba constantemente enfocada sobre el vacío. Al describir la Enterprise un arco por encima de uno de sus polos, la tormenta energética se hacía más intensa. El polvo estelar descendía en un remolino hacia aquella rotura de la continuidad del espacio y se desintegraba para transformarse en energía. La luz que él podía ver, las longitudes de onda del espectro visible, formaban sólo una pequeñísima parte de las furiosas radiaciones que bombardeaban la nave.
Aquellas tormentas, giros y continuadas olas trastornaban a todos los miembros de la tripulación; todos se mostraban irritables y aburridos a pesar del considerable peligro en que se hallaban, pero nada podría cambiar hasta que el señor Spock no completase las observaciones.
Spock podría haber realizado aquella tarea en solitario con una nave individual, si una nave de ese tipo hubiera sido capaz de soportar la distorsión espacial provocada por aquel fenómeno, pero como no podía, el oficial científico necesitaba la Enterprise. Aun así, Spock era el único ser esencial para aquella misión. Eso era lo peor que tenía aquel trabajo: nadie tenía miedo de enfrentarse con el peligro, pero no existía forma alguna de controlarlo, luchar con él o vencerlo. No tenían nada que hacer, excepto esperar a que todo terminase.
Kirk caviló, con una vaga gratitud, que al menos podía comenzar a pensar en aquella misión en términos de horas en lugar de días o semanas. Al igual que el resto de la tripulación, se alegraría mucho cuando todo hubiese acabado.
–¿Capitán Kirk?
Kirk se estiró para abrir el canal. La imagen del fenómeno se desvaneció y en la pantalla apareció la teniente Uhura. –¿Sí, teniente?... Uhura, ¿qué ocurre?
–Estamos recibiendo una transmisión subespacial, capitán. Está codificada...
–Transmítamela. ¿Qué código tiene? –Máximo secreto, señor. Kirk se sentó bruscamente. –¡Máximo secreto!
–Sí, señor, máximo y urgente, de la colonia minera de Aleph Prime. Sólo entró una vez, y se cortó la comunicación antes de que pudiera repetirse. –Se volvió hacia sus instrumentos y transmitió la grabación a la terminal de Kirk.
–Gracias, teniente.
Las claves del código le vinieron a la memoria sin necesidad de intentar recordarlas. Estaba prohibido mantener un registro escrito de las mismas. Ni siquiera se le permitía entrarlas en la computadora de la nave con el fin de realizar una decodificación automática. Provisto de lápiz y papel, se puso a la laboriosa tarea de sustituir aquella mezcla de letras y símbolos hasta que se resolvieron en un mensaje coherente.

La teniente comandante Mandala Flynn se puso el gi de judo y colgó los pantalones y la camisa del uniforme en su taquilla. Por una vez, sus cabellos ondulados y pelirrojos no habían comenzado a zafarse del apretado nudo. Sabía que debería cortárselo. La patrulla fronteriza, su último destino, requería mucha más rudeza de apariencia y comportamiento de lo que era costumbre en la Enterprise, costumbre o, probablemente, tolerancia. Llevaba sólo dos meses a bordo, y la mayor parte de su tiempo y atención se habían centrado hasta entonces en conseguir que el equipo de seguridad volviera a adquirir algo parecido a una forma coherente. Por ese motivo, aún, no había percibido cuáles eran las limitaciones informales a bordo de la Enterprise, aunque no tenía intención de integrarse con la nave, sino que pretendía destacar. Sin embargo, quería sobresalir por su profesionalidad y competencia, no por sus excentricidades.
Se preguntaba si el señor Sulu estaría cansado del acuerdo que habían establecido medio en broma, de que ella no se cortaría el cabello pelirrojo que le llegaba hasta la cintura si él se dejaba crecer el suyo. Hasta ese momento, él había cumplido plenamente su palabra: el pelo le tocaba ya los hombros, y se estaba dejando crecer también el bigote. Sin embargo, Mandala Flynn no quería que él se sintiera atrapado por aquel trato si lo estaban hostigando e incluso burlándose de él.
Se encaminó al dojo de la nave, dando un solo paso al interior para hacer la reverencia tradicional.
Sobre la esterilla de la sala, el señor Sulu constituía un espectáculo que daba que pensar; tenía las manos unidas por detrás de la nuca, y los codos apoyados en las rodillas. En el momento en que ella entró, dejó caer las manos laxas sobre el piso.
Flynn se sentó sobre los talones, a su lado.
–¿Se encuentra bien?
Él no levantó los ojos.
–Señorita Flynn, preferiría enfrentarme a los klingon armado con una vara, que equilibrar una nave espacial en torno a un fenómeno de vacío, por no hablar del tira y afloja que existe entre los señores Spock y Scott.
–Ha sido divertido –dijo Flynn–, me refiero a eso de ir caminando inocentemente por ahí y encontrarse de pronto flotando en el aire.
El señor Sulu estiró su cuerpo y brazos hacia delante con el fin de realizar un ejercicio de yoga, y se inclinó hasta que la frente le tocó las rodillas.
–El señor Scott no cree que las fluctuaciones gravitacionales, las descargas de energía o el resto de esos problemas sean tan divertidos como usted los ve –dijo con voz amortiguada. La chaqueta acolchada de su gi se le había deslizado por encima de las orejas. Tenía el aspecto de alguien que prefería quedarse envuelto de aquella manera a salir alguna vez–. El señor Scott está convencido de que la próxima vez que pasemos por una tormenta de rayos X, la sobrecarga de los escudos hará estallar los motores. –Gruñó de dolor y se irguió lentamente–. Pero lo único que quiere el señor Spock, por supuesto, es una órbita perfectamente circular, con o sin tormentas.
Flynn asintió con compasión. No parecía que el peligro existente fuese algo con lo que uno podía enfrentarse. La responsabilidad de la ruta y, por tanto, de la seguridad de todos, descansaba casi completamente sobre los hombros del señor Sulu. Estaba sobrecargado de trabajo y soportaba una tensión excesiva.
–¿Quiere que dejemos la clase para otro día? –preguntó Flynn–. Detesto hacer interrupciones porque lo está haciendo muy bien, pero en realidad no lo perjudicará en absoluto.
–¡No! He estado esperando este momento durante todo el día. Tanto si se trata de sus clases de esgrima como de mis clases de judo, son casi las únicas cosas que me han mantenido en pie durante las últimas dos semanas.
–De acuerdo –respondió ella.
Lo tomó de la mano, se puso de pie y lo ayudó a levantarse. Después del precalentamiento muscular, Sulu, el estudiante, le hizo una reverencia a Flynn, la instructora. Luego se hicieron el uno al otro la reverencia formal entre oponentes.
En esgrima, Mandala Flynn estaba comenzando a dominar la parada seis que se llevaba a cabo con la hoja, y el señor Sulu podía atravesar fácilmente su guardia. En judo, las posiciones eran inversas. Flynn tenía el quinto dan de cinturón negro en ese arte marcial, mientras que el señor Sulu no hacía mucho que había superado la etapa de aprender a caer sin hacerse daño.
Pero aquel día, la primera vez que cayó en una voltereta de hombro, Flynn tuvo la sensación de que la postura del cuerpo era errónea. Intentó cogerlo, pero no había estado a la espera de una torpeza por parte de él. El señor Sulu cayó mal y con un golpe seco, sin rodar ni rebotar lo más mínimo. Flynn bajó los ojos hasta él mientras apretaba los puños; los ojos de su contrincante miraban al techo, carentes de expresión.
–¡Maldición! –exclamó ella–. ¿Es que se ha olvidado de todo lo que aprendió en los últimos dos meses?
Lamentó de inmediato sus palabras y ahogó su enfado. Una de las razones por las que se había decidido a someterse a la disciplina del judo era la de aprender a controlar su temperamento violento, cosa que habitualmente conseguía. Se arrodilló junto a Sulu.
–¿Se encuentra bien?
Él se levantó trabajosamente, con aspecto de sentirse incómodo.
–He cometido una estupidez.
–No tendría que haberle gritado –le dijo Flynn, que también se sentía incómoda–. Mire, esto no va a resultar. Usted está demasiado tenso y va a hacerse daño si continuamos.
Ella comenzó a frotarle la espalda y los hombros. Él profirió un gemido de protesta y los dedos de ella tropezaron con un nudo muscular.
–Pensé que había hecho un buen precalentamiento –se excusó él.
–El precalentamiento no serviría de nada.
Le hizo quitarse la casaca y tenderse boca abajo sobre la esterilla, tras lo cual se sentó a horcajadas sobre la cadera de él y comenzó a masajearle la espalda y los hombros.
Al principio el cuerpo de él se contraía cada vez que ella se dedicaba a trabajar un músculo, pero gradualmente la tensión comenzó a disminuir y él permaneció inmóvil bajo las manos de la mujer, con los ojos cerrados. Un mechón de sus negros cabellos lustrosos le cayó sobre una mejilla. A ella le hubiera gustado tender la mano para apartárselo, pero en cambio continuó con el masaje.
Cuando la ferocidad de la tensión ya había aflojado y ella comenzaba a tener calambres en las manos, le dio un suave toque en el hombro y se sentó junto a él con las piernas cruzadas. Él no se movió.
–¿Sigue vivo?
Él abrió lentamente un ojo y sonrió.
–Sólo apenas.
Flynn se echó a reír.
–Vamos –le dijo–. Lo que usted necesita es un remojón, y no que le anden tirando por todo el gimnasio durante una hora.
Pocos minutos más tarde, ambos se sumergían en las profundas aguas calientes del baño estilo japonés. Flynn se soltó los cabellos y los dejó caer alrededor de sus hombros. El agua empujaba los mechones contra la espalda de la mujer y le hacía cosquillas; el calor le aliviaba el débil dolor de la clavícula que se había roto hacía varios años. Se frotó distraídamente las cicatrices que le cruzaban hasta el hombro, las líneas de color blanco plateado que destacaban sobre su piel ligeramente morena. El hueso se había soldado adecuadamente, pero algún día tendría que pasar por terapia para que se lo regeneraran completamente. Pero eso no ocurriría de momento, porque no tenía tiempo.
Sulu se desperezó de forma exuberante.
–Tiene usted razón –comentó–. Al menos por esta vez, el remojón sin el ejercicio previo sienta de maravilla. –Le sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa.
–¿Se da cuenta –preguntó ella–, de que hace ya dos meses que nos conocemos y continuamos dirigiéndonos el uno al otro como «señor Sulu» y «señorita Flynn»? Sulu vaciló.
–Me he dado cuenta, sí, pero pensé que no era... correcto que yo comenzara con las informalidades.
Como primera oficial de seguridad, Flynn no era la superior inmediata de Sulu en ningún aspecto de la jerarquía militar. De haberlo sido, jamás se hubiera permitido la libertad de encontrarlo atractivo; pero estaba habituada a la tradición de las patrullas de frontera, en las que los miembros de la tripulación permanente eran quienes decidían cuándo invitar a los recién llegados a que les tuteasen, y en ello no intervenía el rango militar. Aquél era otro caso en el que la Enterprise se regía por unas normas militares estrictamente tradicionales. Flynn superaba a Sulu en graduación. –En ese caso, seré yo quien comience –decidió ella–.
Mis amigos me llaman Mandala. ¿Utilizas tú algún otro nombre?
Ella nunca había oído que nadie lo llamara de ninguna otra forma que Sulu.
–Habitualmente, no –respondió él–, pero... Mandala esperó durante un momento.
–¿Pero?
Él desvió los ojos de los de ella.
–Cuando digo a la gente cuál es mi nombre de pila, si saben japonés se echan a reír.
–¿Y si no saben japonés?
–Me preguntan qué significa, yo se lo digo y entonces se echan a reír.
–Yo puedo equipararme a cualquiera de los del departamento de nombres raros –le aseguró Mandala.
–Mi nombre de pila es Hikaru.
Ella no se echó a reír.
–Es un nombre muy hermoso, y adecuado. Él comenzaba a sonrojarse. –¿Sabes qué significa?
–Sin duda. Hikaru, el que brilla. Es de una novela, ¿verdad?
–Sí –respondió él, sorprendido–. Eres la única persona que conozco, aparte de mi familia inmediata, que conoce la Fábula de Genji.
Ella le miró a los ojos. Él desvió la mirada, volvió a dirigirla hacia ella y luego, de pronto, las miradas de los dos se unieron.
–¿Puedo llamarte Hikaru? –preguntó Mandala, mientras intentaba dominar las inflexiones de su voz.
Él tenía unos ojos pardos, hermosos y profundos que nunca perdían el buen humor.
–Me gustaría que lo hicieras –respondió él con dulzura.
El intercomunicador que había en la pared profirió un silbido que los sobresaltó a ambos.
–¡Señor Sulu, al puente! ¡De inmediato!
Hikaru se hundió lentamente hasta quedar completamente sumergido en el agua caliente. Un momento más tarde surgió al exterior como un delfín furioso, saltó fuera de la bañera y quedó de pie, goteando sobre los azulejos.
–¡Pueden encontrarlo a uno en cualquier parte! –gritó, cogió la toalla y pulsó el botón de respuesta del panel del intercomunicador–. ¡Voy hacia allí! –Volvió la cabeza hacia Mandala que ya había salido del agua–. Yo...
–Márchate –le dijo. El nivel de adrenalina le aumentó; el corazón le latía aceleradamente–. Ya hablaremos más tarde, que sólo Dios sabe lo que ha ocurrido.
–Santo Dios –exclamó él–. Tienes razón.
Entró apresuradamente en el vestuario, se puso los pantalones a toda velocidad y se marchó con la casaca y las botas en la mano. Mandala se vistió casi con la misma rapidez; sabía que el equipo de seguridad podría hacer muy poco si el fenómeno estaba a punto de apoderarse de la nave y engullirla, pero quería estar preparada para cualquier emergencia.

En el observatorio de la Enterprise, el señor Spock miraba pensativamente los datos que aparecían en la pantalla de la computadora. Aún no se veía nada parecido a lo que él había esperado. Quería volver a realizar los análisis preliminares, pero ya casi era el momento de obtener las lecturas de otro instrumento. Sentía el vivo deseo de obtener tantos puntos observacionales extremadamente exactos como le fuese posible.
Dado que tenía que informar a la Flota Estelar, y la Flota Estelar tenía su base en la Tierra, Spock pensaba en el fenómeno de vacío en los términos de la ciencia tradicional de la Tierra. Las teorías de Tripler y Penrose eran, de hecho, las más útiles para analizar aquel fenómeno. Hasta el momento, sin embargo, Spock no había encontrado nada que explicara la abrupta aparición del vacío. Él esperaba que se comportara de una manera singular, pero su comportamiento era aún mucho más peculiar de lo que predecía la teoría. El polvo estelar que estaba absorbiendo tendría que provocar la formación del consecuente horizonte, pero no estaba haciendo nada de eso. Si aquel fenómeno estaba creciendo en algún sentido, se expandía hacia dentro y a través de dimensiones que Spock no podía siquiera observar.
Sin embargo, Spock había descubierto algo. Las fluctuaciones de onda que caracterizaban aquel fenómeno contenían cualidades entrópicas como él jamás había visto antes, cualidades tan insólitas que le sorprendían incluso a él.
Muchos descubrimientos científicos se producen cuando el observador advierte un hecho inesperado, improbable, incluso aparentemente imposible, y continúa investigándolo en lugar de desecharlo como disparate. Spock no ignoraba eso, y nunca lo había tenido tan presente como en aquel momento.
Si el primer análisis de los datos se mantenía, los resultados provocarían olas de consternación en toda la comunidad científica, así como en el conocimiento del público. Eso sería sólo si el primer análisis se mantenía; existía la posibilidad de que él hubiese cometido un error, o que el diseño de su aparato estuviese provocando un error insospechado.
Spock se sentó ante sus instrumentos, los centró, los enfocó y comprobó su ajuste.
La Enterprise se acercaba a un agujero abierto en la esfera que rodeaba al fenómeno, una región en la que las tormentas de rayos X menguaban abruptamente, y el observador podía echar un vistazo al interior del horripilante misterio sin rasgos que deformaba el espacio, el tiempo y la razón.
Pero mientras la batería de dispositivos de Spock exploraba aquel fenómeno, la Enterprise aceleró a plena potencia de forma repentina y sin aviso previo, se abrió paso con dificultad a través de la materia y la energía en desintegración y se lanzó a través del espacio en dirección a las estrellas.
Spock se puso lentamente de pie, incapaz de creer lo que acababa de ocurrir. Durante varias semanas, la Enterprise había soportado los caóticos giros y remolinos de la dimensión espacial y ahora, cuando estaba ya casi tan próximo a finalizar sus observaciones, la totalidad de la segunda serie de mediciones había quedado destruida. Necesitaba esa comprobación para poder descartar todas las posibilidades alternativas. Las ramificaciones de lo que había descubierto eran tremendas.
Si sus conclusiones preliminares eran correctas, la supuesta vida del universo no era de miles de millones de años. Era, en todos los sentidos prácticos, inferior a un siglo.

La Enterprise volaba por el espacio interestelar a una velocidad de factor constante que forzaba tremendamente los motores ya sobrecargados de trabajo.
Por fin, el señor Sulu nos ha sacado de allí con su precisión habitual, pensó Jim Kirk, sentado en su asiento del puente mientras intentaba aparentar más calma de la que sentía. Nunca antes había respondido a una llamada de prioridad absoluta.
La puerta del turboascensor se deslizó y, por primera vez en varias semanas, el señor Spock entró en el puente. Apenas había abandonado el observatorio desde que llegaron al emplazamiento del vacío. El oficial científico descendió al nivel inferior, se detuvo junto a Kirk y simplemente le dirigió una mirada impasible.
–Señor Spock... –dijo Kirk–. He recibido una orden de prioridad absoluta. Ya sé que todavía no ha acabado su trabajo, pero la Enterprise tiene que responder. No tengo otra elección en el caso de un mensaje de ese tipo. Lo siento, señor Spock.
–Una orden de prioridad absoluta... –repitió Spock.
Su expresión no cambió, pero Kirk pensó que estaba bastante pálido. Si se tomaba en consideración el conjunto de circunstancias, no era nada sorprendente.
–¿Puede salvarse algo de los datos que ya ha obtenido? ¿Ha podido sacar alguna conclusión acerca del fenómeno? –inquirió Kirk.
Spock dirigió la vista hacia la pantalla exterior. Delante de ellos, a gran distancia, había un sol ordinario, una estrella amarilla de tipo G que los aguardaba, aún indiferenciada en el brillante campo de estrellas. Detrás de ellos quedaba el fenómeno, escondido dentro de su feroz resplandor.
–Las conclusiones preliminares son interesantes –respondió Spock, y unió las manos detrás de la espalda–. Sin embargo, sin una comprobación completa, esos datos son esencialmente inútiles.
Kirk masculló una maldición.
–Lo siento –repitió con irritación.
–No consigo ver nada de lo que usted sea responsable, capitán, ni ninguna razón lógica para que se disculpe.
Kirk suspiró. Como siempre, Spock se negaba a reaccionar ante las adversidades.
Sería un alivio si al menos una vez le asestara un puñetazo a un tabique, pensó Jim Kirk. Si esto no resulta ser verdaderamente serio, puede que tenga que encontrar algo para aporrear yo mismo.
–¿Se encuentra bien, señor Spock? –le preguntó–. Parece exhausto.
–Estoy bien, capitán.
–Puede marcharse a descansar un poco. Pasará un buen rato antes de que nos acerquemos lo suficiente a Aleph como para poder llamar a la tripulación a sus puestos. ¿Por qué no se marcha e intenta dormir un poco?
–Imposible, capitán.
–El puente puede realmente arreglárselas sin usted durante unas cuantas horas más.
–Soy consciente de eso, señor. Sin embargo, cuando comencé los análisis alteré psicofisiológicamente mi metabolismo para que me permitiera mantenerme alerta durante el curso de mis observaciones. Ahora podría hacerlo regresar al ritmo normal de veinticuatro horas, pero no me parece sensato disponerme a descansar cuando podría ser necesaria mi presencia aquí al llegar al punto de destino.
Kirk pasó por alto los tecnicismos de la declaración de su oficial científico.
–Spock, ¿me está diciendo que no ha dormido absolutamente nada en seis semanas? –preguntó.
–No, capitán.
–Bueno –dijo Kirk, aliviado–. Entonces, ¿qué es lo que me está diciendo? –preguntó después de una breve pausa.
–No se cumplirán las seis semanas estelares hasta pasado mañana.
–¡Santo Dios! ¿Es que no confiaba en nadie más para que llevara a cabo las observaciones?
–No se trataba de un problema de confianza, capitán. Los datos están influenciados por los sentidos. La diferencia existente entre la interpretación que dos individuos hacen de un mismo dato provocaría una ruptura de la curva observacional, mayor aún que el error experimental.
–¿Y no podría haber obtenido varias series y sacar el promedio de todas ellas?
Spock levantó una ceja.
–No, capitán.
Si no lo conociera, juraría que se ha puesto un par de tonos más pálido.

DIARIO DE A BORDO, FECHA ESTELAR 500I.
I:
Estamos a un día de distancia del fenómeno vacío, pero el desasosiego que se apoderó de la Enterprise y de mi tripulación durante nuestra permanencia allí no ha desaparecido. Se ha intensificado. Hemos dejado atrás un misterio sin resolver, para enfrentarnos con otro misterio del que sabemos aún menos. La orden de emergencia de prioridad absoluta prima sobre todas las demás. La Enterprise está ahora de camino hacia la colonia minera Aleph Prime, manteniendo silencio radial como lo requiere el código. Ni siquiera puedo preguntar por qué se nos obliga a desviarnos; sólo puedo especular acerca de las razones que pueden existir para una urgencia como la manifestada, y asegurarme de que mi tripulación esté preparada para enfrentarse con... ¿qué?


1

EL sol de Aleph Prime se había hecho lo suficientemente grande como para aparecer en la pantalla exterior como un disco más que como un punto. Los miembros de la tripulación estaban todos en sus puestos, esperando para enfrentarse con un peligro tan indefinido como el fenómeno vacío que ya habían dejado muy atrás. La Enterprise se acercó a la estación minera con todos los escudos levantados, los rayos fásicos a punto para disparar, los sensores extendidos al máximo. Kirk todavía no disponía de más información que la de la implacable orden, y continuaba restringido al silencio radial.
Levantó la vista hacia su oficial científico.
–El sol no tiene el aspecto de estar en inminente peligro de transformarse en una nova –comentó. Una nova incipiente era una de las poquísimas razones por las que podía enviarse un mensaje de aquel tipo–. Eso me tranquiliza un poco.
–Si tomamos en consideración su grado en la escala normal, capitán, es improbable que esa estrella se convierta en nova ahora o en el futuro previsible.
–Y las otras dos posibilidades son la invasión o el fallo crítico de un experimento –reflexionó Kirk–. No son alternativas muy atrayentes.
–Existe una última categoría –señaló Spock.
–Sí –asintió Kirk, pensativo. La razón no clasificada, no clasificada por inclasificable, un peligro que no había surgido nunca antes–. Podría ser verdaderamente interesante –agregó.
–Ya lo creo, capitán.
–¿Qué recibe a través de los sensores, señor Sulu?
–Nada insólito, capitán. Algunos transportadores de mena entre los asteroides y Aleph Prime, también algunas naves de vela...
–¡Naves de vela!
¿Gente que navegaba con los vientos solares, atravesando los campos magnéticos, que salía tranquilamente de excursión... durante una emergencia como la que aparentemente había? A Kirk le costaba trabajo creerlo.
–Sí, señor. Parece que están celebrando una carrera, aunque el curso está muy fuera de los modelos normales de tráfico.
–Demos gracias al cielo por las pequeñas mercedes –dijo Kirk con un sarcasmo considerable.
Los cientos de años pasados no habían cambiado la tradición de que las naves sin motor tenían, independientemente de su tamaño, prioridad de paso ante las naves motorizadas, aunque las naves de placer que surcaban la pantalla eran como motas de polvo comparadas con la Enterprise.
–Capitán –dijo Sulu–, tenemos a Aleph Prime al alcance de los sensores.
–Gracias, señor Sulu. ¿Puede mostrarlo en pantalla?
Sulu pulsó los controles, y el caos parecido a una joya que era la estación apareció aumentado ante ellos. Las secciones transparentes y opacas brillaron a través de un arco iris de luz de estrellas y refracciones. Kirk no había visitado nunca Aleph Prime, y no había esperado que fuera tan hermosa. Había muchísimas ciudades que no lo eran, pero aquello era como un mar de fibras de cristal que se curvaban delicadamente, conchas de radiolaria aumentadas millones de veces, y trozos de piedras semipreciosas, turquesas, ópalos, ágatas y ámbar.
–Capitán, recibimos una transmisión.
–Gracias, teniente Uhura. Oigámosla.
Quizá ahora averiguaría para qué los necesitaban. Si la estación había sufrido un ataque, era una infiltración más que una invasión, dado que Kirk no veía que les hubieran causado daño ninguno en la estructura, ni desorganización o conmoción alguna de las que eran de esperar después de un ataque. No sabía si sentir mayor o menor preocupación, pero su curiosidad había aumentado sin duda.
–No proviene de Aleph Prime, señor –advirtió Uhura–.Es de otra nave.
La segunda nave surgió describiendo una curva por debajo de la estación y, repentinamente asombrado por la perspectiva, Kirk advirtió, por comparación con el diminuto punto escarlata que era la nave, el tamaño tremendamente inmenso de Aleph Prime. Por supuesto que la estación era grande, tenía que serlo; albergaba a medio millón de seres inteligentes, tanto humanos como pertenecientes a otras formas de vida. Sulu aumentó la imagen de la nave que se les acercaba, y Kirk tuvo una breve visión de una silueta escalofriantemente familiar, pintada de forma totalmente antimilitar con los colores del águila fénix, antes de que la imagen se disolviera y apareciera el mensaje de vídeo.
–¡Hunter! –exclamó involuntariamente Kirk.
Aerfen a Enterprise –dijo la capitana de la otra nave estelar–. Adelante, Kirk, ¿eres tú?
Hizo una pausa.
–¿Capitán? –inquirió Uhura.
–Mantenga el silencio radial, teniente –ordenó el capitán, a su pesar–. Dejemos los saludos para más tarde.
La capitana de, la otra nave esperó, mirando desde la pantalla. Había cambiado con los años, desde que Kirk la vio por última vez. Las finas arrugas que tenía en los extremos de los ojos de color gris claro sólo servían para conferirle más carácter a su rostro, no para disminuir su elegancia. Todavía llevaba largo el cabello negro, y aún llevaba trenzado el mechón que le caía por la mejilla derecha hasta el hombro, atado con un tiento de cuero y una pluma escarlata. El negro estaba ahora ligeramente salpicado de gris, pero eso no hacía más que aumentar su dignidad, su gravedad.
Luego sonrió, con la sonrisa de una niña, y le hizo retroceder muchos años en la memoria, retroceder hasta la academia, hasta la competencia, la amistad y la pasión; sin embargo, la conocía lo suficiente como para detectar un rasgo de reticencia en aquella sonrisa, la reticencia que él mismo había provocado.
–Aerfen permanecerá en Aleph durante algunos días más –informó Hunter–. Llámame si tienes tiempo.
La transmisión acabó. Para entonces, la nave de Hunter había girado lo suficiente ante la faz de Aleph Prime como para presentar su flanco a la Enterprise. Sulu volvió a aumentar la imagen y la miró, extasiado.
–La capitana Hunter y la Aerfen –exclamó con tono reverente, tras lo cual se volvió para mirar a Kirk–. ¿La conoce usted, capitán?
–Nosotros... estuvimos juntos en la academia.
Kirk nunca había visto a Sulu es un estado semejante, de adoración hacia un héroe; Kirk pensó que Sulu no se hubiera sorprendido más si hubiese aparecido el mismísimo D'Artagnan, blandiendo su espada y atusándose el bigote, y le hubiese dirigido la palabra.
Y muy lejos de encontrar aquello divertido, Kirk comprendió perfectamente los sentimientos de Sulu. Él mismo experimentaba aquellos sentimientos, y con muchísima más razón.
Sulu colocó expertamente la Enterprise en órbita alrededor de la estación Aleph Prime. Con relación al sistema del sol, Aerfen circundaba Aleph en una órbita polar. En lugar de escoger un nivel vacío e insertar la nave más grande en la que viajaban en una órbita ecuatorial, Sulu empleó un poco más de tiempo y un poco más de combustible con el fin de colocar la nave en una posición que permitiera ver desde el puente a la Aerfen mientras continuara el mismo recorrido. Sulu bañó sus ojos con las lustrosas líneas de aquella nave, que era mucho más pequeña que la Enterprise, dado que era de caza. Su diseño presentaba el menor blanco posible para un enemigo que se acercara de frente, y por ello parecía ser aerodinámica. Estaba pintada de un brillante color escarlata, con puntos negros y plateados. Tenía el aspecto de un ave de presa rápida y poderosa.
Mientras le daba los toques finales a la órbita de la Enterprise, la orientación relativa de la nave caza con respecto a la estelar había variado ligeramente, de forma que se hizo visible una lista brillante en uno de los flancos de la Aerfen, donde la pintura había sido vaporizada por un arma enemiga.
–Parece que ha estado en acción –dijo en voz baja. «Y recientemente», pensó. Intuitivamente sabía que Hunter no permitiría que la nave permaneciera con un arañazo así más tiempo del absolutamente indispensable.
–¡Señor Sulu!
Sulu se sobresaltó.
–¿Sí, capitán?
Se preguntó cuántas veces Kirk le había hablado para llamar su atención, y si ahora el capitán pensaba reprocharle el gasto extra de combustible.
Kirk sonrió.
–Sólo quería felicitarle por esta maniobra orbital.
Sulu se sonrojó, pero entonces se dio cuenta de que el tono divertido de la voz del capitán estaba más que compensado por la comprensión y la aprobación.
–Gracias, capitán.
Kirk volvió a sonreír, y Sulu devolvió toda su atención a la rápida y poderosa nave caza. Sulu estaba en lo cierto; la Aerfen había entrado en acción, y no hacía demasiado tiempo. ¿Podía ser ese el motivo de que la Enterprise hubiera sido llamada de una forma tan misteriosa? ¿Lo habrían llamado como refuerzo porque Aleph Prime había sufrido un ataque? Pero eso no tenía ningún sentido; Hunter no había actuado como un comandante que está alerta, y el resto de su escuadrón no estaba a la vista. Por otra parte, la Enterprise ya había descrito una vuelta completa en torno a la estación, y Kirk aún no había–visto daño ninguno. Los sensores no captaban ninguna otra nave que concebiblemente pudiera pertenecer a un enemigo.
Kirk levantó los ojos hacia su oficial científico.
–¿Ha podido deducir usted qué es lo que está ocurriendo, señor Spock?
–Las evidencias son contradictorias, pero creo que no nos veremos inmediatamente envueltos en un conflicto armado. Es la única inferencia justificable que puedo hacer con la información de que disponemos.
–Correcto –respondió Kirk.
–Una transmisión de Aleph Prime, capitán –anunció la teniente Uhura.
La Aerfen desapareció de la pantalla. Sulu se echó hacia atrás, sobresaltado por el cambio repentino, y dejó caer los hombros con decepción.
Apareció un civil joven, delgado y de cabellos blancos.
–¡Capitán Kirk! –exclamó–. No sabe el alivio que siento al ver que ya ha llegado. Soy Ian Braithewaite, el fiscal de Aleph. ¿Puede transportarse hasta aquí de inmediato? –El funcionario hablaba con energía y apasionamiento.
–Señor Braithewaite... –comenzó a decir Kirk.
–El transmisor continúa cerrado, capitán –le informó Uhura.
–¡Abra el canal! Me ha hecho una pregunta muy concreta, y que me condenen si voy a transferir a nadie hasta Aleph hasta no saber qué ocurre.
–Sí, señor.
–¿Puede oírme, señor Braithewaite?
–Sí, capitán, por supuesto. ¿Tiene problemas con el transmisor?
–¡Problemas con...! Ustedes nos enviaron un mensaje de prioridad absoluta, y hemos estado sometidos a silencio radial. Técnicamente, estoy violando esa regla en este mismo momento. ¿Qué está ocurriendo ahí abajo?
–¿Prioridad absoluta? –Braithewaite sacudió la cabeza con incredulidad–. Capitán, lo siento, pero no puedo discutir este tema a través de los canales de radio. Son muy poco seguros. ¿Le parece una idea mejor que yo suba a su nave y hable allí con usted?
Kirk consideró la posibilidad. Ocurriera lo que ocurriese en Aleph Prime, no era una emergencia planetaria ni una invasión enemiga. Sin embargo, no quería transferir nada ni nadie al interior de la Enterprise hasta no saber qué sucedía en la estación. Comenzaba a creer que no se trataba más que de un tremendo error. Miró a Spock, pero el vulcaniano no tenía expresión ninguna en su cara. Kirk suspiró.
–No, señor Braithewaite –respondió–. Me haré transferir hasta allí dentro de unos minutos.
–Gracias, capitán –dijo el fiscal.
–Kirk fuera.
La imagen del fiscal desapareció. Sulu tocó subrepticiamente los controles y reapareció la imagen frontal de la Enterprise, con la Aerfen en pantalla.
–Bueno –comentó Kirk–. Más misterioso y más misterioso.
Miró a Spock, esperando que le dirigiera una mirada interrogativa por su mala gramática. Kirk no se sentía de humor como para intentar explicarle a un vulcaniano quién y qué era Lewis Carroll, y mucho menos un Lewis Carroll parafraseado.
Pero entonces Spock dijo, con expresión absolutamente seria:
–Curioso, señor. De lo más curioso, señor.
Kirk se echó a reír, mientras la sorpresa le permitía una repentina descarga de la tensión acumulada.
–¿Entonces, qué le parece si vamos a averiguar qué demonios condenados ocurre allí?

Lo que en realidad quería hacer Jim Kirk, ahora que ya no estaba sometido a restricciones radiales, era llamar a Hunter; pero aún no podía justificar el tomarse un rato libre. Él y Spock fueron transferidos hasta la oficina de Ian Braithewaite, instalada en las profundidades de Aleph Prime.
El hombre alto y esbelto se les acercó a grandes zancadas y estrechó la mano de Kirk con energía. Era mucho más alto que el capitán, y una media cabeza más alto que el señor Spock.
–Capitán Kirk, gracias otra vez por haber venido. –Luego miró con atención a Spock–. Y... ya nos conocemos, ¿verdad?
–No lo creo –respondió Spock.
–Este es el señor Spock, mi oficial científico y segundo en el mando de la nave.
Antes de que Kirk pudiera hacer nada para impedirlo, Braithewaite se apoderó de la mano del señor Spock y se la estrechó. Era el peor de los modales concebibles que un extraño se ofreciera a darle la mano a un vulcaniano.
Spock advirtió la incomodidad de Kirk, pero sabía que constituiría una seria violación del protocolo por su parte el no agradecer el apretón de manos, si el humano era tan ignorante. Spock soportó el contacto. Si hubiera dispuesto de unos pocos segundos de aviso, podría haberse preparado, pero ya no había tiempo disponible. Las emociones y pensamientos superficiales de Braithewaite arrasaron a Spock como una ola; pensamientos humanos normales, confusos y poderosos, con una capa de tristeza inexplicable. De la misma forma que la preparación para la comunicación telepática requería tiempo, concentración y energía, lo requerían la creación de los escudos personales que lo protegían a uno de los ecos de semejante tipo de comunicación. Spock no podía protegerse constantemente contra cualquier contacto casual; había aprendido a hacer caso omiso de ese tipo de cosas en la mayoría de los casos. Pero incluso en ellos, sus compañeros de tripulación de la Enterprise sabían que les convenía más no tocarlo.
Con la intención de pagar la descortesía con cortesía, Spock hizo todo lo posible para no tomar en cuenta aquella breve abertura al interior de los pensamientos de Braithewaite, mientras se resistía a entrar directamente para descubrir por qué habían llamado a la Enterprise hasta allí. No buscó información alguna, y entre los pensamientos que afluyeron a él no había nada de utilidad.
Spock retiró la mano mientras conseguía con éxito cerrar sus escudos mentales.
–Por favor, pasen a la oficina interior –les pidió Braithewaite–. Es un poco más segura.
Los condujo hasta la habitación siguiente.
–Lo siento, señor Spock –dijo Kirk con un susurro. Había visto cómo se tensaban los músculos de la mandíbula del oficial científico, un cambio muy ligero que se le hubiese escapado a cualquiera que no conociera extremadamente bien a Spock.
–Mantendré los escudos mentales hasta que regresemos a la nave, capitán –replicó Spock con tirantez.
Braithewaite arrastró una tercera silla al interior de la oficina para que pudieran sentarse los tres; el cubículo estaba apenas amueblado, pero atestado de expedientes, bancos de datos, pilas de casetes con copias de los datos, transcripciones y el detrito que suele haber en las oficinas escasas de personal. Braithewaite le sirvió a Kirk una bebida en un vaso de plástico (Spock declinó la oferta); el fiscal se sentó y volvió a levantarse; su campo de energía casi radiaba en torno a su persona. Dio unos pasos en una dirección, y unos pasos en la opuesta. A Kirk lo ponía nervioso.
–Habitualmente, mi trabajo es casi rutinario –comenzó–, pero durante las últimas semanas... –Se interrumpió y se frotó la cara con ambas manos–. Lo lamento, caballeros. Una amiga mía murió la pasada noche y yo no he...
Kirk se puso de pie, cogió a lan por un codo, lo llevó hasta la silla, lo hizo sentar y le dio el vaso de plástico.
–Beba un poco. Relájese. Tómese el tiempo necesario y explíqueme qué ha ocurrido.
Braithewaite respiró profunda y largamente, y comenzó a relatar con lentitud.
–Lo lamento –dijo–. No tuvo nada que ver con el motivo que ha hecho que estén ustedes aquí, pero no consigo apartar a Lee de mi mente. No parecía tan enferma como para morir, pero cuando pasé por el hospital me dijeron que padecía botulismo hipermórfico y que...
–Ya comprendo, señor Braithewaite –le aseguró Kirk–.Ya veo por qué le ha afectado tanto.
–Era la abogada de la defensa pública de Aleph. La mayoría de la gente espera que el fiscal y el defensor público sean enemigos, pero apenas si es verdad alguna vez. Existe una cierta rivalidad, pero si hay respeto no podemos evitar ser amigos.
Kirk asintió con la cabeza. Spock observaba aquel estallido emocional con desapasionamiento.
–Creo que ahora podré dominarme –aseguró Braithewaite. Consiguió esbozar una sonrisa débil y temblorosa, pero la misma se desvaneció de inmediato. Se inclinó hacia delante con una actitud apasionada y sombría–. Están ustedes aquí para hacerse cargo del caso con cuya acusación acabo de terminar. No se parece a nada con lo que me haya enfrentado antes de ahora. Todo comenzó de una forma horrible: desaparecieron diez personas, y la cosa tenía el aspecto de un juego de asesinatos secretos; pero era algo peor que eso. Resultó ser una investigación no autorizada con seres racionales.
–¿Qué tipo de investigación?
–No estoy autorizado a decirlo porque sobrepasa los límites del desarrollo de armas proscritas. De todas formas, no afecta al caso ni la condena se debió a eso. De esa forma provocaría menos publicidad, y la publicidad hubiera resultado altamente negativa. La Federación ha clasificado como información secreta todo lo referente al caso. –Sonrió de una forma que más parecía estar haciendo una mueca–. No les gusta mucho que yo sepa tanto sobre el asunto. Sabía que estaban preocupados, pero no esperaba que enviasen una nave como la Enterprise para que se llevara al prisionero a la colonia de rehabilitación número siete. Sin embargo, no cabe ninguna duda de que se trata de un transporte seguro.
–Espere un momento –dijo Kirk–. ¡Espere un momento! –Toda la compasión que sentía por Braithewaite se desvaneció. Estaba levantando la voz pero no le importaba–. ¿Es que me está queriendo decir –gritó, poniéndose de pie de un salto–, que ha desviado usted a la Enterprise, que ha desviado a una nave de línea con una tripulación de cuatrocientas treinta y cinco personas, para trasladar a un solo hombre a una distancia de un sistema solar?
Estaba inclinado sobre Braithewaite, gritándole a la cara. Se enderezó y retrocedió, controlando su estallido de cólera, aunque no lo lamentaba en lo más mínimo.
El vaso de plástico se arrugó ruidosamente en el puño apretado de Braithewaite.
–Yo no escogí la nave, capitán –le aseguró. El rostro se le había puesto casi tan pálido como sus cabellos blancos–. El Cuartel General de la Federación dijo que enviaría una nave, y cuando la Enterprise entró en la órbita número nueve, di por supuesto que ustedes venían a cumplir dicho cometido.
–La transmisión no provenía del Cuartel General de la Federación –dijo tranquilamente Spock–, no del Comando de la Flota Estelar. –Durante el relato de Braithewaite y la pataleta de Kirk, había permanecido sentado e imperturbable–. Ni siquiera provenía de una base estelar. Venía directamente de Aleph Prime y estaba codificado con la clave de prioridad absoluta que ha sido utilizado sólo cinco veces, según tengo entendido, en la pasada década estelar.
–Honradamente, no sé cómo pudo ocurrir una cosa así, señor Spock –le aseguró Braithewaite.
–Ese código está reservado para catástrofes planetarias, ataques enemigos no provocados o accidentes imprevistos en la investigación científica. En ningún caso está destinado a la prestación de ayuda en los incidentes provocados por criminales insignificantes.
El apasionamiento de cachorro de Ian Braithewaite se desvaneció para dar paso a una determinación más poderosa e iracunda.
–¡Criminales insignificantes! ¡Aparte de toda otra consideración, ese hombre es un asesino!
–Le ruego que me disculpe –le pidió Spock, exactamente con el mismo tono de voz que había empleado anteriormente–. Quizá no me he expresado con claridad.
Braithewaite asintió con vehemencia.
–No está destinado a la prestación de ayuda en los incidentes provocados por ninguna clase de criminales –se corrigió Spock–. De hecho, el uso incorrecto de ese código implica una acción criminal... como usted ya sabrá.
Kirk sonrió, a pesar de sí mismo. Spock lo negaría, pero el oficial científico estaba provocando un efecto mucho más emocional con sus frías observaciones, de lo que había conseguido Kirk gritando con todas sus fuerzas. Kirk esperaba que en alguna parte, en el fondo de la mitad humana reprimida que poseía aquel vulcaniano, Spock estuviese disfrutando de aquella venganza.
–Pero no fui yo quien utilizó ese código –le aseguró Braithewaite.
–La transmisión se originó en su oficina y llevaba su propia firma.
–Si los han desviado innecesariamente de su curso, lo lamento –dijo Braithewaite con absoluta sinceridad–. Intentaré averiguar cómo ha sucedido. Es obvio, por supuesto, que nunca deberían haberlos llamado mediante el código de prioridad absoluta.
–Bien –asintió Kirk–. Entonces, eso es todo. Ya podemos marcharnos. –Se levantó de la silla.
Braithewaite se puso en pie de un salto y se irguió ante ellos.
–Capitán, usted no comprende el problema. Aquí estamos aislados, y las naves oficiales que vienen son pocas y muy espaciadas. Simplemente, no disponemos de los medios necesarios para mantener encerrado a alguien tan despiadado, carismático e inteligente como Georges Mordreaux. Si escapase, podría desaparecer de la vista con toda facilidad; incluso podría esconderse en una nave comercial y escapar del sistema. Nada impediría que volviera a comenzar con todo esto en otra parte. ¡Ese hombre es enormemente peligroso; le hace creer a la gente que él puede hacer que se cumplan sus sueños! Es esencial que llegue a la colonia de rehabilitación antes de que consiga engañar a nadie más. Si se escapa...
–Su cuello estaría en peligro, en primer lugar –continuó Kirk.
Braithewaite se sonrojó lentamente.
–Eso no hace falta decirlo.
–Capitán –dijo Spock–, creo que deberíamos acceder al pedido del señor Braithewaite.
Consternado, Kirk se volvió a mirar a su oficial científico.
–¿Lo cree usted?
–Sí, capitán. Creo que es de vital importancia que lo hagamos.
Kirk volvió a dejarse caer en la silla.
–¡Qué demonios! –murmuró.

Ian Braithewaite quería despachar inmediatamente a su prisionero hacia la Enterprise.
–Lo lamento, señor Braithewaite –comentó Kirk–, pero no podemos hacerlo. Mi nave no está mejor preparada que Aleph para albergar a criminales peligrosos. Tendremos que hacer antes algunos preparativos.
Kirk y Spock se marcharon de la oficina del fiscal, y se encaminaron hacia el núcleo de la estación.
–¿«Preparativos», capitán? No creo que a Flynn vayan a gustarle las implicaciones críticas de esa declaración.
–Santo cielo, no le cuente que lo he dicho. No fue más que una excusa conveniente.
Kirk se dio cuenta de que difícilmente habría podido escoger una excusa menos diplomática; si Flynn se enteraba de lo que había dicho, se sentiría ofendida y con razón. Desde que ella había llegado, el equipo de seguridad había mejorado con una rapidez y una eficiencia mayores de lo que Kirk hubiera creído posible. Kirk no creía que su posición como oficial comandante de Flynn fuese a protegerlo contra la feroz lealtad que ella sentía hacia su gente; ni de su temperamento apasionado: se le descontrolaba con tal rapidez que a veces Kirk se preguntaba si realmente tenía madera de oficial.
–No tengo razón alguna para repetir las observaciones imprudentes ante la oficial Flynn –respondió Spock.
–Bien –dijo Kirk–. Bueno, nunca antes hemos estado en Aleph Prime; no veo que haya ningún mal en que nos quedemos durante un rato por aquí, con cualquier excusa.
–Lo encontrará usted sumamente fascinante. Disponen de unas pequeñas instalaciones de investigación dedicadas a la generación de cristales bioeléctricos, que podrían revolucionar la ciencia de la computación.
–Indudablemente, tengo que ver eso –comentó Kirk–.Señor Spock...
–¿Sí, capitán?
–¿Qué es lo que está ocurriendo, exactamente? Braithewaite estaba dispuesto a renunciar a nosotros y llamar a otra nave; obviamente, usted se dio cuenta de eso. Yo le seguí la corriente a usted, pero me gustaría saber cuál es exactamente la corriente que estoy siguiendo.
–Le aseguro que aprecio su confianza en lo que vale.
–Bueno –dijo Kirk, haciendo una mueca–. ¿Para qué está un capitán, si no?
–Le pido disculpas por mi aparente falta de consecuencia. Hasta que no mencionó el nombre del «malvado criminal», no tuve forma de saber que en este caso existe algo mucho más complejo que una violación de las leyes, por grave que sea esta última.
Kirk frunció el entrecejo.
–No lo recuerdo... ¿Georges Mordreaux? ¿Quién es, Spock? ¿Lo conoce usted?
–Hace muchos años, estudié física temporal en su clase. Es un físico brillante. De hecho, cuando quedó claro que no nos habían desviado para enfrentarnos con ninguna emergencia real, el único beneficio que vi en el hecho de que nos hubieran hecho venir hasta Aleph Prime fue la posibilidad de discutir mis observaciones con el doctor Mordreaux antes de repetirlas.
–Esto tiene que haberle impresionado mucho.
–¡Jim, todo este asunto es absurdo! –Spock se dominó instantáneamente, y cuando volvió a hablar era otra vez un modelo de calma vulcaniana–. Mordreaux es un ser ético. Más aún, es un físico teórico, no experimental. Siempre tuvo más tendencia a trabajar con lápiz y papel, que lo prefería incluso a las computadoras. Sin embargo, aun en el caso de que se hubiera desviado hacia el trabajo experimental, resulta absurdo pensar que pueda poner en peligro a los seres racionales de ninguna especie. Creo que es en extremo improbable que se haya convertido en un asesino demente.
–¿Usted cree poder demostrar su inocencia?
–Me gustaría tener la oportunidad de descubrir por qué está a punto de ser transportado a un centro de rehabilitación con tanta prisa y tanto secreto.
A Kirk no le gustaba mucho la idea de entrometerse en los asuntos de las autoridades civiles, pero habían sido ellos quienes, en primer lugar, se habían entrometido en las actividades de su nave, y, en segundo, él era tan consciente como Spock del hecho de que si el doctor Mordreaux iba a parar a la colonia de rehabilitación, no saldría de ella con mejoría ninguna. Puede que fuese más feliz, e indudablemente ya no causaría problemas, pero tampoco sería nunca más un físico brillante.
–De acuerdo, Spock. En todo este asunto hay algo raro. Existe la posibilidad de que a su profesor lo hayan encarcelado sin que lo merezca. Creo que al menos podemos husmear por aquí.
–Gracias, capitán.
Kirk se detuvo y sacó su comunicador.
–Kirk a la Enterprise. Teniente Uhura, levante el silencio radial.
–Aquí la Enterprise, Uhura al habla. ¿Está todo en orden, capitán?
–No me arriesgaría a decir tanto, pero no existe ninguna emergencia. Que todos estén preparados para acudir a sus puestos rápidamente. Me quedaré aquí abajo, en Aleph Prime, durante un rato más, pero puede contactar conmigo si me necesita.
–Sí, señor.
–Kirk fuera.
Dudó durante un instante y luego pensó que sería mejor transmitirle el mensaje a la oficial de seguridad de la Enterprise.
–Señor Spock, por favor, dígale a la oficial Flynn que nos advierta si el señor Braithewaite pregunta por qué razón hemos permanecido aquí abajo. Creo que un día es el máximo de tiempo que podremos justificar, pero disponga un esquema rotativo de la tripulación para que todo el mundo disponga de un poco de tiempo libre, incluyéndolo a usted, y especialmente al señor Scott; no tiene por qué pasarse todo el tiempo de espera enterrado en la sala de motores.
–De acuerdo, capitán.
–Doy por supuesto que un día en Aleph y un viaje lento hasta Rehab Siete se acomodará a sus planes.
–Admirablemente, capitán.
La espaciosa plaza producía la sensación de que uno se hallaba a cielo abierto, aunque en realidad estaba muy por debajo de la superficie de Aleph Prime. Con sus brisas suaves y cambiantes, el aroma de las flores que flotaba en el aire y la hierba que invitaba a pasear, era tan perfecta que Jim Kirk supo que no sería capaz de tolerar aquello durante mucho tiempo. Sin embargo, hasta que esos modelos perfectos se convirtieran en algo desagradable, podía disfrutar de ello como lo que era, la recreación de la superficie de un planeta hecha por alguien que nunca había caminado por un planeta vivo. Por otra parte, si resultaba que aquello no le gustaba, siempre podía encaminarse a cualquiera de los otros parques, los que habían creado los habitantes no humanos de la estación. Jim Kirk recorrió el parque casi desierto, y se preguntó si un habitante de Gamma Draconis VII no hubiera encontrado el laberinto de túneles cercano agradable durante algún tiempo, para luego llegar gradualmente a la conclusión de que estaba un poco uniformemente excavado, era sólo una pizca demasiado húmedo, apenas perceptible, y demasiado hábilmente predecible.
Entonces vio a Hunter que salía de entre las sombras de una pequeña arboleda, y se olvidó de los laberintos de túneles, de los habitantes de Gamma Draconis VII, e incluso de la balsámica brisa errática.
Hunter lo saludó con una mano y continuó avanzando hacia él.
Se detuvieron ambos a unos pocos pasos de distancia y se recorrieron con los ojos.
Hunter tenía puesto un pantalón negro de uniforme y unas botas que eran bastante reglamentarias, pero también llevaba una camisa de seda azul y un chaleco de malla plateado además de, por supuesto, la pluma roja en el pelo.
–Veo que sigues coleccionando deméritos –comentó Jim Kirk.
–Y tú continúas siendo un miembro de la armada asquerosamente reglamentario, ¿sabes? Hay cosas que no cambian jamás. –Hizo una pausa–. Y supongo que me alegro de que así sea.
Los dos se rieron de lo mismo, y luego se abrazaron estrechamente por el simple placer de volver a verse. No era como en los días pasados, y Jim lo lamentó, y se preguntó si ella también lo lamentaba. Tenía miedo de preguntar, miedo de la posibilidad de herirla o herirse a sí mismo, o de aumentar la tensión en sus relaciones, tensión que casi había acabado con las mismas en el pasado.
Volvieron a los antiguos modelos de comportamiento, con apenas un poco de embarazo, de la forma que lo hacen los viejos amigos que han pasado por momentos malos y buenos y tienen que ponerse al día después de muchos años. Caminaron durante horas por el parque, y para el momento en que regresaron al presente habían empleado alrededor de una hora para cada año de ausencia.
–Tú no recibiste orden de venir hasta Aleph, ¿verdad? –preguntó Kirk.
–No. Éste es el único lugar apartado de mi sector en el que me pintarán la Aerfen como yo quiero, sin sacar a relucir los estúpidos reglamentos; y a mi tripulación le gusta pasar aquí sus permisos. Bien sabe Dios que en este momento se lo merece. ¿Y tú?
–Es la cosa más extraña que jamás me haya ocurrido. Este tipo, Ian Braithewaite...
Hunter se echó a reír.
–¿También cayó sobre ti? ¡Quería que subiera a bordo a un criminal y lo llevara hasta Rehab Siete, en la Aerfen!
–¿Y qué le respondiste? –preguntó Jim, mientras la incomodidad comenzaba a enrojecerle el rostro.
–Para empezar, dónde podía meterse su prisionero –respondió Hunter–. Supongo que podría haber pretextado que la Aerfen se saldría completamente de la órbita si no le hacían un repaso completo, pero estaba demasiado furiosa como para presentarle alguna de esas hipocresías diplomáticas.
–También yo.
–Me preguntaba si también iría a molestarte a ti... pero, Jim, ¿qué hace una nave de línea realizando un vuelo rutinario? No me tengas en suspenso. ¿Qué le respondiste?
–Le respondí que me encargaría de la misión.
Hunter comenzó a reír y luego advirtió que él hablaba en serio.
–Bueno –reflexionó en voz alta–, ésta tiene que ser una historia mejor que cualquier invención profana. Oigámosla.
Jim le contó lo que había ocurrido, sin omitir el análisis hecho por Spock. Se alegraba de poder hablar con alguien más objetivo.
–¿Has oído hablar alguna vez de Georges Mordreaux?
–Seguro... ¡Por todos los dioses! ¿No querrás decirme que ha estado durante todo este tiempo en Aleph? ¿Es él a quien se supone que debes llevar a que le laven el cerebro?
Jim asintió con la cabeza.
–¿Qué sabes de él?
Hunter había tenido siempre un gran talento para la física, y llegó a pensar en especializarse en ese terreno; pero la vida académica era demasiado tranquila para ella, y muy pronto ganaron su gusto por la aventura y las emociones fuertes. Sin embargo, se mantenía al día con respecto a las últimas investigaciones que se realizaban en la rama que a ella le interesaba.
–Bueno –comenzó ella–, existen dos corrientes de pensamiento y apenas hay alguien que permanezca en medio. El primer grupo piensa que es el mejor científico desde Vekesh, si no desde Einstein. Oye, Jim, ¿quieres cenar en la Aerfen o prefieres que encontremos algún sitio por aquí? No sé por qué horario te riges tú, pero para mí es tarde y estoy muerta de hambre.
–Yo esperaba que vinieses a la Enterprise y me dejases enseñártela. ¿Qué piensa el otro grupo?
Ella desvió los ojos.
–Tendría que haber sabido que contigo no iba a funcionar una táctica de diversión. –Se encogió de hombros–. Sin ofender a tu señor Spock... pero el otro grupo, que es la mayoría de la gente, pensaba que Georges Mordreaux era un loco.
Jim guardó silencio durante un momento.
–¿Tanto como eso?
–Me temo que sí.
–Spock no mencionó ese detalle.
–Eso es razonable. Supongo que él tiene su propia opinión y considera que la opuesta no es más que chismorreo difamatorio. Que seguramente es como comenzó.
–¿Por qué hablas siempre de Mordreaux en tiempo pasado?
–Oh, porque pienso en él de esa forma. Hace algunos años publicó algunos artículos, y la reacción que provocaron fue... hmmm... negativa, para decirlo con suavidad. Todavía publica algo de vez en cuando, pero nadie sabía dónde estaba. Yo no tenía ni idea de que estuviese aquí.
–¿Crees que pueda ser posible que alguien haya organizado algún tipo de venganza contra él?
–No consigo imaginarme por qué alguien haría tal cosa, ni quién podría hacerla. Él ya no es un elemento importante en los círculos académicos. Por otra parte, la persecución criminal no es la forma que utilizan los profesores de física para desacreditar a sus rivales, no tiene el sabor de civilización adecuado.
–¿Qué piensas tú de él?
Ella jugó con una punta de su chaleco.
–Jim... la última vez que estudié física de forma seria fue hace quince años. Sigo estando suscrita a un par de revistas, pero en el mejor de los casos tengo unos conocimientos muy superficiales. Estoy demasiado desinformada como para pensar siquiera en una respuesta para la pregunta que me haces. Ese hombre realizó buenos trabajos en otra época, hace mucho tiempo. ¿Cómo es ahora? ¿Quién puede saberlo?
Caminaron en silencio durante un rato. Hunter tenía las manos metidas en los bolsillos.
–Lo siento. No te soy de gran ayuda, pero uno no puede saber demasiado de la personalidad de nadie a través de su trabajo.
–Ya lo sé. Supongo que me estoy aferrando a lo que puedo para intentar dilucidar el porqué de que la Enterprise haya sido escogida para esta misión. –Ya le había hablado de las observaciones que se le habían estropeado a Spock a causa de aquella marcha precipitada–. Bueno, capitana, ¿puedo ofrecerte un paseo por mi nave y una cena?
–Capitán, eso suena fantástico.
Desde el otro lado del parque, Jim oyó una voz casi imperceptible.
–¡Eh, Jim!
Leonard McCoy lo saludó alegremente desde el otro lado de la plaza, y él y su compañero avanzaron por la hierba hacia Jim y Hunter.
–¿Quién es ese?
–Es el doctor de mi nave, Leonard McCoy.
Ella lo observó mientras se acercaba.
–No parece dolerle nada.
Jim se echó a reír, y él y Hunter atravesaron juntos el césped para saludar a McCoy y a su amigo.

Spock regresó a la Enterprise, mandó llamar a la teniente comandante de seguridad, Flynn, y se puso a trabajar en un programa que le proporcionara el máximo de tiempo libre al mayor número posible de personas, como le había pedido el capitán Kirk. Antes de que hubiese acabado, la puerta del ascensor se deslizó y Flynn entró en el puente.
–¿Sí, señor Spock?
Él se volvió a mirarla.
–Teniente comandante Flynn, nuestra misión aquí requiere la intervención de su equipo de trabajo. Mañana por la mañana subirá a bordo el doctor Georges Mordreaux, al que vamos a transportar hasta la Colonia de Rehabilitación Siete.
Ella frunció ligeramente el entrecejo. Rehab Siete estaba dentro de aquel mismo sistema, casi opuesta a Aleph Prime en aquel momento, pero incluso eso significaba que la separaban de allí alrededor de dos unidades astronómicas: una distancia estúpida para una nave estelar, casi un insulto, y ella tenía que darse cuenta de eso.
–Si se tratara de un invitado de honor, no me hubiese llamado –comentó Flynn–, por lo que deduzco que estará bajo vigilancia.
–Eso es correcto. –Spock sabía que ella esperaba recibir más información, pero él no tenía nada más que decirle. Sin embargo, la declaración que el capitán Kirk había hecho ante Ian Braithewaite, de que el equipo de seguridad tendría que prepararse para la llegada del doctor Mordreaux, le venía bien para sus planes y no veía razón alguna para no hacer valer esa declaración retrospectivamente–. Tenemos órdenes terminantes, teniente comandante Flynn –le dijo–. Convierta el camarote de honor en un lugar seguro para que lo ocupe el doctor Mordreaux.
Spock esperó la catarata de preguntas y objeciones que hubiese provocado en el anterior oficial de seguridad el pedido de una acción que se saliera de lo normal, pero la nueva oficial se comportaba de una forma muy diferente.
–De acuerdo, señor Spock ––respondió–. ¿Por qué razón ha sido condenado el doctor Mordreaux?
A Spock le resultaba difícil responder, porque él no creía lo más mínimo en las acusaciones.
–Investigaciones hechas con seres racionales que están fuera de toda ética –dijo finalmente–. Y... asesinato.
–Señor Spock –comenzó cuidadosamente Flynn, con un tono que denotaba más intención de informar que de criticar–, las celdas de reclusión son considerablemente más seguras, y mi gente podría hacer un camarote allí para mañana; además, esas celdas no son mazmorras, sino sitios considerablemente cómodos.
–Soy consciente del problema de seguridad, oficial, al igual que lo es el capitán. Deposito mi confianza en su capacidad. El prisionero será confinado en el camarote de honor.
–En ese caso, convertiré el camarote en un lugar seguro, señor Spock.
–He hecho un programa de permisos para toda la tripulación excepto para su grupo. Ese asunto lo dejo a su criterio.
Ella miró la terminal, cuya pantalla mostraba la lista del personal de seguridad en espera de que se le asignara un destino a cada uno de ellos. Ella escogió a varios oficiales que tenían conocimientos de electrónica: cuatro personas, que era el máximo que podía trabajar con eficiencia en las pantallas de energía.
–Todos los demás pueden bajar a Aleph –aseguró–, ya que no hemos venido aquí por una emergencia planetaria del sistema.
–No, los demás se limitarán a transportar al doctor Mordreaux. Gracias por su cooperación, teniente comandante Flynn. Si puedo resultarle de alguna ayuda para llevar a cabo los preparativos...
–Mi gente puede arreglárselas bien, señor Spock, pero gracias, de todas formas.
Él asintió con la cabeza y la oficial de seguridad abandonó el puente.
Cuando Mandala Flynn salió del ascensor, pudo oír las exclamaciones de deleite al aparecer en las terminales de mensajes generales las listas de permisos. Ella se alegraba tanto como los demás de que una llamada de desastre se hubiese convertido en unas cuantas horas de libertad. Sin embargo, tenía que admitir que durante los dos meses que llevaba en la Enterprise, a veces había deseado que se produjera un incidente, un conflicto, algo real y no sólo las prácticas de rutina.
Podrías haberte quedado en la patrulla fronteriza, se recordó, volando de aquí para allá, de abajo arriba en el mismo plano limítrofe del espacio, librando alguna escaramuza ocasional, arriesgando tu vida y recibiendo algún disparo, hasta que te jubilases y te retiraras a alguna base estelar de una región apartada.
Sus ambiciones aspiraban a más que eso. No se contentaba con el universo conocido; lo desconocido la fascinaba. Ésa era una de las razones por las que se había aferrado a la inesperada oportunidad de ser trasladada a la Enterprise; no por la posibilidad de llevar a cabo tareas estúpidas entre los extremos de un mismo sistema, como ocurría allí, sino por la exploración, los mundos nuevos, las cosas auténticas; incluso si de vez en cuando había que pasar seis semanas mirando al interior de un fenómeno de vacío.
Flynn quería adquirir experiencia en aquella nave porque, llegado el momento, abrigaba la esperanza de llegar a capitanearla ella misma, esa u otra similar. Los límites de los mundos de la Federación eran demasiado estrechos para ella. Era una hija del espacio interestelar, se sentía cómoda en él, en armonía con él. Ella pertenecía a la vanguardia de los descubridores.
¿Y si alguna vez descubres qué es lo que estás buscando?, pensó. ¿Si alguna vez te das cuenta siquiera de qué es lo que estás buscando...? ¿Qué harás, entonces?
Apartó a un lado sus reflexiones al entrar en la sala de seguridad, donde los cuatro oficiales que había escogido la estaban aguardando.

Cuando Spock se quedó a solas, abrió un canal de comunicaciones con la estación y comenzó con su verdadera tarea, la de obtener toda la información posible acerca del pasado reciente del doctor Mordreaux.
Primero pidió a la computadora de Aleph Prime el expediente del juicio contra el doctor Mordreaux.
El pedido recibió la siguiente respuesta: NO HAY INFORMACIÓN. Ese documento tendría que estar en los archivos públicos. Spock volvió a intentarlo, agregando su decodificador de seguridad, lo cual tendría que haber sido suficiente para acceder a casi cualquier nivel de clasificación reservada. Su pedido fue rechazado.
Lo intentó con varias otras posibilidades de archivos criminales, pero no encontró nada. El servicio de noticias no daba cuenta alguna en sus índices, acerca del arresto, condena o sentencia contra el doctor Mordreaux; no encontró ninguna entrada en el listado de la estación. Spock se apartó de la terminal, y pensó en qué haría seguidamente.
Quizá el profesor había estado viviendo bajo un nombre supuesto, pero eso no explicaba su desaparición de los archivos judiciales, que hubiesen utilizado el nombre real. Spock consideró todas las posibilidades, tomó una decisión y procedió a engañar sin compasión a las computadoras de Aleph. Sus defensas eran las adecuadas para cualquier propósito ordinario –no estaban, después de todo, habituadas a habérselas con ninguna materia particularmente sensorial–, pero lo insustancial era comparable a la habilidad de Spock para atravesar dichas defensas.
Sin embargo, aun así no pudo encontrar ninguna información útil. Los registros del juicio simplemente no existían, al menos no en el banco de datos de la computadora. Quienquiera que hubiese codificado como secreto el caso del doctor Mordreaux, había realizado una tarea tremendamente eficaz. O bien los expedientes habían sido completamente borrados –cosa que constituía una violación de la constitución de la Federación–, o bien existían, pero ya no estaban al alcance de la red informativa.

Mandala se encontró con Hikaru en el gimnasio. Al verla, él sonrió y se cerró el cuello y los broches de los hombros de la chaqueta de esgrima.
–No sabía si esta lección continuaba en pie –dijo ella.
–Haría falta una alteración mucho mayor de los turnos para que yo la cancelase –le aseguró Hikaru–, pero no sabía si tú podrías asistir.
–Tendré que comprobar los escudos nuevos cuando estén listos –explicó ella–, pero hasta ese momento lo único que podría hacer sería mirar por encima de los hombros de todos y ponerlos nerviosos. Terminarán más o menos a la misma hora en que lo hagamos tú y yo. Luego bajaremos todos a Aleph para divertirnos un poco. Está en mi orden del día. ¿Quieres acompañarnos?
–Claro –respondió él–. Gracias.
Mandala le tiró un libro en diskete, que él cogió al vuelo. –¿Qué es?
–¿Qué te parecen las novelas antiguas? Me refiero a las anteriores a la Era Espacial.
–Me encantan –respondió él–. Creo que mi preferida es Los tres mosqueteros.
–A mí la que más me gusta de Dumas es El conde de Montecristo.
–¿Has leído alguna vez El Virginiano?
–Claro que sí... es muy divertido ese antiguo inglés moderno. ¿Y tú conoces La máquina del tiempo?
–Ése es bueno. ¿Frankenstein?
–Por supuesto. ¿Islandia?
–Mhm. En alguna parte he leído que tienen intención de sacar una edición facsímil inédita.
Mandala se echó a reír.
–¿Cuánto hace que están diciendo que lo harán? Sin embargo, ya me gustaría que lo hicieran.
Hikaru miró con curiosidad el diskete que ella acababa de darle; ella apuntó el objeto con el florete.
–Ése es Babel–17 –le informó–. Es uno de mis preferidos. El mejor de Delany.
–Nunca había oído hablar de él. ¿Cuándo lo publicaron? –Según el calendario antiguo, en mil novecientos sesenta y seis.
–Eso no es anterior a la Era Espacial. –Ya lo creo que sí.
–Ah, claro, tú debes de contar a partir del primer aterrizaje en la Luna. Yo comienzo con el Sputnik I. –Tradicionalista, ¿eh? Eso significa que tampoco has leído Sibyl Sue Blue. ¿Vas a rechazar libros magníficos sólo porque disentimos por doce años?
–Ni pensarlo –le aseguró Hikaru–. Muchas gracias. Mientras se dirigían al salón de prácticas, Mandala rodeó impulsivamente la cintura de Hikaru y lo estrechó con fuerza.
Él no se apartó; no del todo. Era demasiado educado como para hacer algo así; pero todo su cuerpo se puso tenso. Sorprendida, herida, intentando averiguar en qué momento había comprendido mal la situación, Mandala lo soltó y avanzó rápidamente hacia su extremo del salón.
–Mandala... –Él la alcanzó; sabía que no debía agarrarla, así que le tocó un codo–. Lo lamento –le dijo–. Yo... ¿estás enfadada conmigo?
–Te interpreté mal –respondió ella–. No hablemos del asunto. No quiero quedar como una imbécil dos veces en un mismo día.
–No me has interpretado mal –replicó él con tono suave.
–¿No? –Ella se encaró con él–. Yo pensé, ayer... –Se encogió de hombros–. Habitualmente soy bastante buena para captar las insinuaciones. Lamento haberte presionado. No puedo decir que no fuera esa mi intención, pero no tenía intención de apremiarte. Si te he hecho sentir incómodo, lo lamento.
–No lo has hecho –le aseguró él–. Me siento halagado.
–Está bien, no te preocupes. Tú has sido mucho más delicado de lo que lo hubiese sido yo en las mismas circunstancias con alguien que no me interesase.
–No se trata de que no esté interesado por ti.
A ella no se le ocurrió nada que replicar a eso. No le había dicho francamente que era el hombre más atractivo que había conocido jamás, pero él no ignoraba, después de todo, cuáles eran los sentimientos de ella. Si él la encontraba atractiva a su vez –y después del día anterior ella creía que sí–, no conseguía entender a qué se debía el comportamiento de Hikaru.
–He estado pensando en lo que ocurrió –comenzó él con voz tensa–. Es probable que me marche de esta nave. Tú ya sabes que estoy pensando en un traslado; hemos hablado de ello. ¡Eres la única persona con la que he hablado de ello!
–Por supuesto –replicó ella–. ¿Y qué? Ninguno de nosotros sabe realmente qué estará haciendo dentro de una semana, dentro de un mes...
–No sería justo para ti –señaló Hikaru.
Mandala lo miró fijamente; luchaba para evitar que el asombro puro se convirtiera en ira. Ella arrojó el florete que golpeó al otro lado del piso.
–¿Qué quieres decir con que no sería justo para mí? ¿De qué te sirve pensar eso? Has sido sincero... ¿qué más crees que puedes deberme?
Él permaneció ante ella, abatido. Mandala quería abrazarlo, quitarle una parte de aquella mirada perdida y lastimada, pero sabía que no iba a conformarse con un abrazo. Aparte de lo absurdo que resultaba intentar acariciar a alguien mientras ambos estaban vestidos con chaquetas acolchadas de esgrima y de pie en medio de un gimnasio público, ella no quería correr el riesgo de hacer que Hikaru volviera a sentirse incómodo.
–Es sólo que no creo... –Hizo una pausa y volvió a comenzar–. Parece una actitud demasiado fría la de corresponderte cuando existe la posibilidad de que me trasladen casi inmediatamente.
Mandala le cogió una mano y le acarició la palma.
–No es justo para ti –le dijo–. Hikaru, en la patrulla de fronteras nadie se compromete durante períodos largos. Es algo demasiado arriesgado, y demasiado doloroso. Solíamos decirnos el uno al otro: sólo por poco tiempo. Yo no estoy habituada a nada más que eso. Pero tú... creo que tú prefieres algo que dure mucho.
–Es mejor –respondió él, con tacto.
–Eso lo decides tú. Está bien. Te comprendo. Durante estas últimas semanas has estado bajo una tensión terrible, y esa tensión se ve aumentada porque estás pensando en hacerte trasladar fuera de la Enterprise. Creo que tienes razón al no querer hacer las cosas más difíciles para ti.
–Calculo que eso es una parte del todo.
–De acuerdo.
–Gracias.
Él la estrechó y Mandala le devolvió el abrazo hasta que ella misma comenzó a sentirse incómoda a causa de su propia respuesta. Se apartó y recogió el florete.
–Vamos... quiero recibir mi clase.
Se saludaron mutuamente con los floretes, y Hikaru se puso la máscara.
–Hikaru –dijo Mandala–, si cambias de opinión, házmelo saber. –Seguidamente se bajó la máscara y adoptó una perfecta posición en garde.
Tras varias horas de infructuoso trabajo, Spock rompió finalmente el nexo de comunicación con Aleph Prime. Había probado todas las rutas concebibles para llegar a la información que quería obtener, y todas las rutas concebibles habían acabado en un punto muerto. Ya no podía hacer nada más a bordo de la Enterprise.
Antes de apagar su terminal, sacó la lista de turnos de guardia para buscar a alguien que estuviera familiarizado con el puente y aún permaneciera a bordo de la nave. El nombre de Sulu era el primero de la lista.
Se puso a buscarlo por la nave y lo localizó en el gimnasio. Sulu apareció en la pantalla y se levantó la máscara de esgrima hasta la parte superior de la cabeza. El sudor le corría por la cara. Habitualmente, Spock encontraba que Sulu estaba entre los colegas con los que le resultaba más fácil trabajar; pero el otro aspecto del carácter del teniente, el que afloraba cuando se hallaba prisionero en lo más profundo de su vena romántica, le resultaba virtualmente incomprensible.
Sulu se secó el sudor, bajó el florete y se convirtió una vez más en el modelo de oficial subalterno de la flota estelar, serio, sensato y de mente resuelta.
–¿Sí, señor Spock?
–¿Puede interrumpir lo que está haciendo, señor Sulu? –Acabo de terminar una clase, señor. –Tengo que regresar a Aleph Prime por poco rato, y no me gustaría dejar el puente desatendido.
–Puedo estar allí dentro de diez minutos, señor Spock. –Gracias, señor Sulu, Spock fuera. Pero al tender la mano hacia los controles, vio que Sulu hacía un gesto involuntario hacia él. Spock se detuvo con la mano en el interruptor.
–¿Sí, señor Sulu? ¿Quería decirme algo más? –Señor Spock... –Sulu vaciló, y luego habló precipitadamente–. ¿Ha dicho el capitán... cree usted que es posible... que la capitana Hunter suba a bordo?
Spock miró impasiblemente a Sulu durante varios segundos.
En aquel momento, Sulu hubiera dado casi cualquier cosa por borrar lo que había dicho obedeciendo a un impulso. Spock era quizá la única persona de la tripulación de la Enterprise que no comprendería, o no podría comprender, por qué había formulado esa pregunta. Hasta donde Sulu había podido observar, la reacción más efusiva que Spock había tenido hacia alguien era el respeto, y eso de forma poco frecuente. Indudablemente, nunca había dado muestras de adorar héroe alguno. Sulu no se engañaba en lo más mínimo con respecto a sus sentimientos por Hunter: eran de adoración pura, ardiente y poco digna. Hunter había sido uno de los héroes de Sulu durante la mitad de su vida. A pesar de haber nacido en la Tierra, de que su madre era asesora agrónoma y su padre poeta, Hikaru Sulu había pasado su infancia y adolescencia en la zona fronteriza, en una sucesión de planetas colonia. El sitio en el que había pasado más tiempo había sido Ganjitsu, un planeta emplazado en el límite de la frontera, en un sector que durante mucho tiempo había sido hostigado por los renegados –los klingon declaraban ser renegados aunque, claro está, nadie les creía–, y la compasión de los piratas, que eran todos demasiado humanos. Los habitantes de Ganjitsu resistían con medios inadecuados; durante mucho tiempo se preguntaron si habrían sido olvidados o abandonados. Entonces, Hunter, una oficial muy joven que en aquel tiempo desempeñaba su primer destino como capitana, entró en el campo de batalla como un halcón de caza, hizo retroceder a los piratas hasta las manos de los klingon, y superó a los klingon mismos en su propio juego.
Sulu había visto cosas en Ganjitsu que todavía le provocaban pesadillas, pero Hunter había acabado con la realidad de pesadilla. Sulu dudaba de que pudiera hacerle entender al señor Spock qué era lo que sentía por ella, aun en el caso de que tuviera la oportunidad de explicárselo. Sin duda, había perdido para siempre la confianza del oficial científico. Sulu deseaba con todas sus fuerzas haber esperado para preguntarle por Hunter al capitán Kirk. El capitán lo comprendía.
Sin embargo, Spock no lo estaba mirando con desaprobación ni con las cejas alzadas interrogativamente.
–No tengo forma de conocer los planes de la capitana Hunter, señor Sulu –le respondió–. Sin embargo, esa posibilidad no está fuera de los límites de lo razonable. Si le hace a la Enterprise el honor de visitarla, espero que se le ofrezca la recepción debida a un oficial que cuenta con un historial tan excepcional como el de ella. Spock fuera.
Sulu observó cómo el inexpresivo y ascético rostro del oficial científico desaparecía de la pantalla, mientras deseaba que su propio asombro no se hubiera manifestado de forma demasiado evidente; al menos no se le había abierto la boca de sorpresa.
Después de tantos años, debería saber que no hay que hacer suposiciones con respecto al señor Spock, pensó Sulu.
Spock nunca dejaba de consternarlo –de formas bastante lógicas y predecibles, si daba la casualidad de que uno las mirase desde la perspectiva exactamente correcta–, precisamente en los momentos en los que Sulu creía saber con absoluta precisión cómo iba a comportarse el vulcaniano.
–Eh –dijo Mandala, que estaba detrás de él–, será mejor que te pongas en camino, Hikaru... le prometiste estar allí en diez minutos. –Ella se quitó la máscara de esgrima y se estrecharon formalmente las manos desprovistas del guantelete; ella era zurda, por lo que su mano estaba desnuda.
–¿Crees que subirá a bordo?
Mandala sonrió.
–Espero que sí. Será fantástico volver a verla. –Ella se enjugó el sudor de la cara con una manga–. ¿Sabes una cosa? Si pides que te trasladen no habría nada mejor que pudieras hacer que ir a parar al escuadrón de Hunter.
Ambos se encaminaron hacia el vestuario.
–¡El escuadrón de Hunter! –La posibilidad de servir con Hunter se parecía tanto a un sueño que él no conseguía que le sonara real–. ¡No tendría ni la más mínima probabilidad!
Mandala levantó los ojos hacia él con una expresión indescifrable. Luego aceleró el paso y avanzó delante de él. Sorprendido, Hikaru se detuvo y lo mismo hizo ella, unos cuantos pasos más adelante.
Ella respiró profundamente y dejó escapar lentamente el aire.
–¿Dónde, dónde demonios condenados adquiriste esa tremenda carga de dudas acerca de ti mismo?
–Si yo presentara la petición y ella me rechazara...
–Tienes la experiencia necesaria –le aseguró ella–. Tienes las especialidades adecuadas, y tienes esa estrella de la Academia.
–Tú no has visto mis notas –dijo Hikaru sonriendo con tristeza.
Ella se volvió en redondo para encararse con él; en sus ojos apareció una furia rápida y ardiente.
–¡A la porra con las notas! ¡Conseguiste entrar y acabar los estudios, y eso es lo único que cuenta! Ningún burócrata inferior e ignorante podría eliminarte de una lista de traslados sobre la base de que es imposible que estés cualificado para hacer algo que quieres realmente.
A aquellas alturas, Hikaru la conocía lo suficiente como para percibir el dolor que vibraba por debajo de la ira.
–¿Te ocurrió eso a ti? –le preguntó con dulzura; pero ya sabía que tenía que haber sido así. Mandala nunca había tenido oportunidad de asistir a la Academia. Tanto literaria como figurativamente hablando, había luchado para ascender desde las filas.
–Me ocurrió... varias veces –dijo finalmente–; y cada vez que ocurre me hace más daño. Eres la única persona ante la que he admitido eso alguna vez. No me gustaría que se enterara nadie más.
Él negó con la cabeza.
–Eso no ocurrirá.
–Éste es él primer destino de primera clase que me han concedido jamás, Hikaru, y sé que Kirk no me pidió a mí. Lo que pidió fue la primera persona disponible que pudiera sustituir a mi predecesor. Hubiera aceptado a cualquiera. –Sonrió con ferocidad–. A veces creo que piensa que es eso lo que le enviaron. Conseguí el puesto por pura casualidad, pero puedes apostar a que no pienso malograrlo. No pienso permitir que me detengan, con o sin estrellas de la Academia... –Se interrumpió bruscamente, como si ya hubiera dejado ver de sí misma mucho más de lo que jamás había tenido intención de hacer, y aferró por los hombros a su amigo–. Hikaru, permíteme que te dé un consejo. Nadie va a creer en ti si tú no lo haces.
¿Pero me atrevo yo a creer lo suficiente en mí como para intentar que me trasladen bajo el mando de Hunter?, se preguntó Hikaru. ¿Me atreveré a arriesgarme a que me rechacen?

Spock se hizo transferir nuevamente a Aleph Prime. La cárcel de la ciudad estaba emplazada en un pasillo corto cercano a la sección gubernamental; tenía aspecto de ser utilizada apenas y estar muy descuidada. Las paredes de plástico estaban rayadas y dañadas de diversas formas; en algunos sitios, los graffiti penetraban tan profundamente que la pared de piedra de asteroide de la estación primitiva asomaba desde detrás. Las paredes habían sido arregladas una y otra vez, en colores ligeramente distintos, lo que había dado como resultado un complejo modelo de capas de superficies desportilladas y parcialmente reemplazadas.
En el escritorio de recepción, haraganeaba una guardia de seguridad. Spock no hizo ningún comentario cuando ella dejó apresuradamente a un lado su computadora de bolsillo; no sentía interés ninguno por las actividades que ella llevase a cabo durante su turno de guardia, tanto si se trataba de leer alguna de esas tonterías de ficción con las que los humanos malgastaban tanto tiempo, o de jugar con una máquina.
–¿Puedo hacer algo por usted?
–Soy Spock, primer oficial de la U.S.S. Enterprise. He venido para entrevistar al doctor Mordreaux antes de que lo llevemos a bordo de nuestra nave.
Ella frunció el entrecejo.
–¿Mordreaux...? El nombre me suena familiar, pero no creo que lo tengamos aquí. –Miró el sensor de recepción y dirigió su voz hacia el aparato–. ¿Está detenido Georges Mordreaux?
–No tenemos a nadie con ese nombre –respondió el sensor.
–Lo lamento –dijo la guardia–. No pensaba que tuviéramos planeado enviar a nadie fuera de la estación. Hemos realizado la habitual detención de pendencieros. Ayer fue el día de pago.
–Tiene que haberse cometido algún error –señaló Spock–. Los expedientes del juicio contra el doctor Mordreaux no están disponibles en los archivos públicos. Quizá se encuentre aquí pero se haya perdido ese documento.
–¡Ya recuerdo dónde oí ese nombre! –dijo ella–. Lo arrestaron por asesinato; pero su abogada invocó el derecho a la privacidad y por eso impidieron el acceso de la prensa y retiraron el expediente de circulación. Ella alegaba demencia.
–Entonces está aquí.
–No. Si lo condenaron según ese alegato, no estará aquí sino en el hospital; pero puede buscarlo, si lo desea.
Le hizo un gesto hacia una hilera de pantallas, una por celda, lo que le permitía la visión de toda el ala de la cárcel. Spock no vio a nadie que se pareciera a su antiguo profesor, así que siguió el consejo de la guardia y se encaminó hacia el hospital.

–Sí, se encuentra aquí –fue la respuesta del enfermero de guardia a la pregunta que le formuló Spock–. Pero entrevistarlo le resultará una tarea difícil.
–¿Qué dificultad existe?
–Sufre una grave depresión. Lo han puesto bajo terapia pero aún no saben cuál es exactamente la correcta dosificación. No está muy coherente.
–Desearía hablar con él –insistió Spock.
–Supongo que no habrá problema, pero trate de no perturbarlo. –El enfermero comprobó la identidad de Spock, y luego lo condujo pasillo abajo y abrió una puerta que estaba cerrada con llave–. Yo vigilaré por la pantalla –le aseguró.
–Es innecesario que lo haga.
–Quizá sí, pero es mi trabajo. –Luego dejó entrar a Spock.
La celda hospitalaria tenía el aspecto de una habitación barata de un hotel de media categoría en un mundo marginal. Tenía una cama, sillones, un dispensador de alimentos e incluso una terminal de computadora, aunque el tablero de control de esta última estaba limitado a los comandos más simples para proporcionar entretenimiento e información al usuario. Los carceleros de Mordreaux no corrían el más mínimo riesgo de que él pudiera abrirse paso hasta los programas de la computadora de la ciudad y utilizar sus conocimientos en la materia para ponerse en libertad.
El profesor yacía en la cama, con los brazos tendidos a lo largo del cuerpo y los ojos completamente abiertos. Era un hombre de mediana estatura y aún tenía una constitución enjuta; no había perdido la costumbre de dejarse crecer el cabello en forma de halo aplanado, aunque ahora era de color gris. Sus luminosos ojos marrones ya no brillaban con la emoción del descubrimiento; ahora expresaban angustia y desesperación.
–¿Doctor Mordreaux?
El profesor no respondió; ni siquiera parpadearon sus ojos.
¿Catavinos provocada por la tensión?, se preguntó Spock. ¿Trance meditativo? No, tenían que ser las drogas, por supuesto.
Spock había realizado algunos de sus trabajos superiores de física en Makropyros, una de las mejores universidades de la Federación. El doctor Mordreaux trabajaba allí como profesor de investigación, pero cada año impartía clases a un solo seminario muy reducido y selecto. El año en que había asistido Spock, el doctor Mordreaux aceptó sólo a quince estudiantes a los que había llevado hasta el límite con su exigencia y los retos que les presentaba.
El doctor Mordreaux había alcanzado el pináculo en su carrera en época muy temprana y, lo que significaba más aún, había permanecido en él; sus artículos dejaban frecuentemente pasmados a sus colegas, y se le concedían honores con monótona regularidad.
–Profesor Mordreaux, tengo que hablar con usted.
Durante un largo momento el doctor Mordreaux no respondió pero, finalmente, profirió un sonido ronco y desagradable que a Spock le costó varios minutos identificar como una risa. Recordaba la risa del doctor Mordreaux de muchos años antes: había estado llena de placer y deleite; era casi suficiente para conseguir que un joven vulcaniano intentara comprender el humor y la alegría.
Al igual que tantas otras cosas en él, su risa había cambiado.
–¿Por qué ha venido a Aleph Prime, señor Spock?
El doctor Mordreaux presionó las palmas de las manos sobre la cama y se impulsó hasta quedar sentado. –No pensaba que me reconocería usted, profesor.
–Le recuerdo.
–La nave en la que sirvo fue llamada para que lo llevara a usted a bordo.
Spock se detuvo, porque unas enormes lágrimas comenzaron a descender lentamente por las mejillas del doctor Mordreaux.
–Para llevarme a la prisión –dijo–. Para rehabilitarme.
–¿Qué ocurrió, profesor? Yo encuentro que los cargos que hay contra usted son improbables en el mejor de los casos.
Mordreaux volvió a tenderse en la cama, encogido en posición fetal, y se puso a llorar y reír con aquella extraña risa ronca, ambas cosas a un tiempo.
–Márchese –le pidió–. Márchese y déjeme en paz; ya le he dicho antes que sólo pretendía ayudar a la gente. Lo único que hice fue lo que ellos querían. Por favor, márchese.
–Profesor –explicó Spock–, he venido hasta aquí para intentar ayudarlo. Por favor, coopere conmigo.
–Usted quiere traicionarme, como todos los demás. Usted quiere traicionarme y hacer que yo traicione a mis amigos. ¡No lo haré, se lo aseguro! ¡Márchese!
La puerta se abrió y el enfermero entró apresuradamente.
–El doctor viene hacia aquí –le dijo a Spock–. Tendrá usted que marcharse. Ya le dije que carecía de coherencia. –Sacó a Spock de la habitación a toda prisa.
Spock no protestó porque ya no podía hacer nada más en aquel sitio. Cuando abandonó el hospital, meditaba cuidadosamente sobre lo que había dicho el profesor. Contenía poca información, ¿pero a qué se refería con aquello de traicionar a sus amigos? ¿Podía ser probable que hubiese experimentado con seres racionales y éstos resultaran dañados o incluso murieran? En su propia locura, ¿era posible que el profesor estuviera negando, dentro de su mente, unos hechos que habían tenido realmente lugar? ¿Qué había querido decir con que sólo tenía intención de ayudar a la gente?
Spock no tenía respuestas. No habría más remedio que esperar hasta que el doctor Mordreaux subiera a bordo de la Enterprise; tendría que limitarse a abrigar la esperanza de que el doctor recuperara la razón antes de que fuese demasiado tarde.
El oficial científico sacó su comunicador, pero luego cambió de opinión acerca de regresar inmediatamente a la nave. No había razón lógica alguna para que aquel viaje a Aleph Prime se malgastara del todo. Guardó nuevamente el comunicador y se encaminó hacia otra zona de la estación.
Cuando Jim Kirk se disponía a llamar a la Enterprise, la luz de llamada se encendió de forma tan inesperada que él casi dejó caer el comunicador.
–Muy oportuno –le comentó a Hunter con una sonrisa–. Pero tengo que reconocer que me dejaron tranquilo durante toda la tarde.
Hunter se tensó automáticamente. La Aerfen no la llamaba nunca cuando estaba fuera de la nave, excepto en casos de grave emergencia: prácticamente todos los integrantes de su tripulación eran capaces de tomar el mando cuando ella estaba ausente. Ella se había asegurado de que así fuese, ya que las misiones de la Aerfen la exponían a bajas por sorpresa en cualquier momento. A cierto nivel, Hunter era constantemente consciente de eso y, por extensión, de su propia mortalidad. Por el bien de su nave, no podía permitirse el lujo de ser indispensable. Estaba lo suficientemente segura de su capacidad de mando como para entregarle a su gente más responsabilidad de la que era estrictamente esencial, o incluso estrictamente permitida. La última ocasión en la que la Flota Estelar le había llamado la atención, fue por enseñarle a un nuevo alférez, con talento pero sin las apropiadas credenciales de entrenamiento formal, a pilotar la Aerfen a velocidad de hiperespacio.
El resultado de todo aquello era que el comunicador de Hunter apenas si sonaba alguna vez cuando ella bajaba a algún planeta; al oír la señal del de Jim, dio inconscientemente por supuesto que se trataba de una emergencia. Puede que necesitara ayuda, y sus reflejos se prepararon para la acción.
–Aquí Kirk –dijo él.
Hunter recordó el día en que se habían conocido.
Él era tan atildado y elegante, pensó, y yo... yo prácticamente tenía aún polvo entre los dedos de los pies.
Se habían mirado el uno al otro con igual desdén.
–Capitán –sonó una voz en el comunicador de Jim–. Tengo algunos equipos y piezas para la Enterprise, pero me hace falta su firma antes de transferirlo todo a bordo.
–¿Qué clase de equipos, señor Spock?
–Bioelectrónicos, señor.
–¿Para qué?
–Para incorporarlos a mis aparatos con el fin de realizar unas observaciones especiales del fenómeno de vacío.
–Oh –dijo Kirk–. De acuerdo. ¿Dónde se encuentra?
–En la estación de generación de cristales, sección cero–9 de Aleph Prime.
–¿Me necesita realmente allí en este momento, señor Spock?
–Es bastante importante, capitán.
Jim miró a Hunter e hizo una mueca. Ella se encogió de hombros para expresar su comprensión y volvió a relajarse. No había emergencias a la vista.
–De acuerdo, señor Spock. Nos veremos allí dentro de unos minutos. –Cerró el comunicador–. Lo lamento –le aseguró a Hunter–, pero Spock trabajó tan duramente en esas condenadas observaciones, sólo para que se las estropeáramos en cuestión de segundos, que lo menos que puedo hacer es contentarlo si quiere agregar equipos a los que ya tiene.
–Lo comprendo –le respondió ella–. No hay ningún problema.
–No nos llevará demasiado tiempo...
–Jim, no te preocupes –le pidió ella–. Subiré a la Aerfen para encargarme de un par de cosas, y luego me transferiré directamente a la Enterprise.
–Perfecto –respondió él–. Nos veremos allí dentro de un rato.
Ella le dio las indicaciones necesarias para que pudiera llegar al punto de encuentro con Spock –el armatoste de modelo volumétrico esférico de Aleph no era tan fácil de recorrer como parecía; además, ella conocía un buen atajo–, y lo observó mientras él se alejaba por la hierba.
Hunter sacó el comunicador.
–Hunter a la Aerfen. Por favor, transfiéreme a bordo, Ilya.
Mientras esperaba a que el rayo la recogiera, Hunter retrocedió a otros momentos de aquella tarde. Le alegraba volver a ver a Jim aunque, como siempre, la sorprendía un poco que su amistad resistiera a pesar de las diferencias que había entre ambos, diferencias que habían sido obvias desde el momento de su primer encuentro en el mismo pelotón de primer curso de la Academia. Jim era un alumno brillante que encajaba socialmente con aquella cualidad que le confería su mundo originario cosmopolita; Hunter tuvo problemas incluso antes de llegar; era una hija de colonia que poseía una arrogancia hosca, defensiva y orgullosa, que se hacía llamar por un solo nombre y se negaba a registrar ningún otro.
Al comandante de ellos, un estudiante de los cursos más avanzados (cuyo nombre cambió de Friendly,* que era ridículo, a Frenzy,* que tenía un cierto sentido, después de todo), le molestó la tradición familiar de Hunter en relación a los nombres y, además, la pluma que ella llevaba siempre en el cabello. Por la libertad de religión, ella tenía derecho a eso, pero él le ordenó que se la quitara. Ella se negó, y él la acusó de no llevar el uniforme reglamentario y por demostrar desprecio hacia un oficial superior.

(Friendly,* :Cordial. (N. De la T.)
(Frenzy,** : Frenesí,delirio. (N. De la T.)

Ella había sentido la tentación de declararse culpable de la segunda acusación.
Entre los integrantes del pueblo de Hunter, los abogados no eran una figura habitual, y ella no tenía intención ninguna de implicar a nadie más en sus problemas con la jerarquía militar. Sin embargo, el tribunal militar no sería convocado si no existía un abogado defensor. Para disgusto de Hunter, Jim T. Kirk se presentó voluntario para dicha tarea.
Hunter lo había catalogado definitivamente como al mismo tipo de pedante pagado de sí mismo que era el comandante del pelotón; Kirk reafirmó la opinión que ella tenía de él con la primera palabra que dijo.
–Creo que está cometiendo un grave error –le dijo–. Pienso que, probablemente, Frenzy cancelará el juicio si usted se disculpa ante él.
–¡Disculparme! ¿Por qué?
Él dirigió una mirada a la trenza negra de ella y a la pluma de color escarlata con punta negra que llevaba atada al final de la misma.
–Escúcheme –le advirtió–. Si Frenzy agrega la mentira a los demás cargos, estará usted acabada.
–¿Mentira? –gritó ella.
Se puso en pie de un salto y se inclinó por encima de la mesa, presionando las palmas contra la superficie para evitar que se le convirtieran en puños.
–Nadie –declaró en voz baja–, nadie en todo el mundo ni en toda mi vida, me ha acusado jamás de mentir; y en este preciso momento necesito una buena razón, muy rápida, para no arrojarlo a usted contra la pared.
Él tendió una mano hacia la pluma. Ella se retiró y se echó el cabello hacia atrás para que la trenza quedara al otro lado de su hombro.
–¡No toque eso!
–Ya sé que usted no cree que yo esté de su lado –le dijo él–, pero lo estoy. De verdad que lo estoy. Anoche llevé a cabo algunas lecturas y sé qué significa la pluma. Es lo último de una serie de pruebas que sólo muy poca gente ha conseguido completar. No quiero decir que usted no lo haya hecho... pero esa pluma no es auténtica. Por importante que resulte, sería mejor que accediera a quitársela hasta que consiga una de verdad, porque si el tribunal se entera de que ha hecho usted todo este aspaviento por algo que no tiene ningún significado intrínseco, no dudarán en condenarla.
Hunter frunció el entrecejo.
–¿De dónde demonios ha sacado la idea de que no es auténtica?
Sacó un texto de su maletín, lo deslizó al interior de un lector, y seleccionó una página desde el teclado.
–De eso –dijo, señalando la imagen de un águila fénix que planeaba en el viento, tan hermosa que Hunter tuvo que luchar contra una ola de añoranza. Jim Kirk tocó la punta blanca de una de las plumas de las alas–. Y de eso. –Luego seleccionó la foto de una mujer joven que apareció en la pantalla. Hunter parpadeó con sorpresa. Era su tía abuela, perfectamente reconocible. A esa edad había sido casi tan elegante y digna como cuando ya tenía más de ochenta, edad a la que la había conocido Hunter. Kirk tocó la pluma de la fotografía: era larga como una mano, y tenía la punta blanca.
–¿Comprende a qué me refiero? –le dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia la pluma que llevaba ella, la cual, aunque era roja, tenía la punta negra y apenas el largo del dedo pulgar de la muchacha, además de una forma diferente.
–O usted tiene un libro malo, o se le escaparon algunos detalles de la lectura –le replicó ella–. Cuando uno lleva una de esas plumas, el significado no es otro que el de que las águilas le han aceptado a uno como a un ser adulto racional.
Tecleó los controles e hizo aparecer en pantalla la primera imagen, tras lo cual pasó un dedo por el pecho del águila, que parecía de un rojo más oscuro por tener las plumas acabadas en una punta negra.
–Lo que yo llevo es una pluma del pecho. Significa... es muy complicado explicar todo lo que significa. Las águilas me han aceptado como amiga.
Kirk la miró.
–¿Esa pluma se la dio una de las águilas? –Parecía bastante asombrado.
Hunter frunció nuevamente el entrecejo.
–Así es... por todos los dioses, ¿qué pensaba que era? ¿Un trofeo? –Sentía repulsión ante la idea de hacerle daño a uno de aquellos seres magníficos, nobles, feroces y completamente alienígenas–. Son tan inteligentes como nosotros, si no más.
Kirk se sentó lentamente.
–Creo que ahora comprendo –le dijo–. Le ruego que me disculpe. Saqué conclusiones precipitadas y me he equivocado. ¿Aceptará mis disculpas?
Hunter asintió bruscamente con la cabeza, pero el desagrado que sentía por él comenzaba a ceder, porque también ella había sacado conclusiones precipitadas, y también se había equivocado.
Al día siguiente, ante el tribunal militar reunido para juzgar a Hunter, el comandante del pelotón destruyó su credibilidad ante los superiores de forma lenta pero segura e irrevocable. La libertad religiosa era un tema delicado en la Flota Estelar. Estaban sometidos a ella sobre unas bases teóricas pero, en la práctica, resultaba un tema de difícil regulación. Aparte del disparatado número de creencias que existían en la galaxia, los rituales iban desde los virtualmente inexistentes hasta los más extraños y grotescos. Por todo ello, cuando un estudiante soberbio no graduado, que ejercía por primera vez un cargo de mando menor, demostraba ser culpable de atosigar a un panteísta cuyo único rompimiento de las ordenanzas consistía en llevar una pluma en el pelo, el mando manifestaba poca o ninguna simpatía hacia él.
Aunque a menudo hubiera conseguido zafarse con esa excusa, Hunter nunca reclamó la exención religiosa para el resto de sus acciones disidentes. Lograba actuar como creía que debía hacerlo y como lo deseaba, mediante una combinación de movimientos rápidos, la absoluta indiferencia hacia los deméritos, y la solidez, pureza e irrefutable excelencia de sus actuaciones.
Dejó a un lado los recuerdos al materializarse en la plataforma transportadora de su propia nave. El primer oficial artillero la saludó con un movimiento de cabeza y se apartó los largos cabellos de la frente.
–Hola, Ilya –saludó Hunter–. ¿Todo en calma?
–No tengo queja ninguna –respondió él, con su voz brusca, controlada; pero luego, cuando pasaron por el puesto de observación de popa, agregó–: excepto una.
–¿Cuál?
–Hunter, me gustaría que esa condenada nave monstruosa se retirara de nuestra cola. Me pone muy nervioso.
Hunter miró por el puesto de observación a la Enterprise, que orbitaba la estación detrás de ellos y un poco más arriba. Se echó a reír.
–Ilya Nicolaievich, ellos están de nuestro lado.

2

A Sulu no le resultaba realmente imposible imaginarse como comandante de la Enterprise, y no de un mero oficial de alto rango que comandara por casualidad una tripulación de veinte personas. Mandala Flynn fue transferida a la estación con los últimos cuatro oficiales de seguridad, para cumplir la promesa de invitarlos a cenar. Sulu abrigaba la esperanza de poder reunirse más tarde con ella.
En el puente en penumbra, se deslizó en el asiento del capitán y miró por la pantalla exterior. La nave estaba orientada de manera que, con respecto al campo gravitatorio de la nave, Aleph Prime quedaba por encima de sus cabezas; era como un gigantesco árbol de Navidad adornado que pasaba rápidamente, para los ojos de Sulu, a causa del movimiento orbital de la nave; y más allá, enmarcado por el espacio y las estrellas multicolores, la Aerfen permanecía suspendida. Aerfen, Minerva, la Atenea de los ojos grises, la diosa defensora de la batalla.
–«De la misma forma, Palas Atenea bajó destellando en dirección a la tierra» –citó Sulu en voz alta.
–Hunter a Enterprise. Pido autorización para subir a bordo.
Sulu se sobresaltó, sintió que la sangre le afluía al rostro, pero recordó que era imposible que ella le hubiese oído citar a Homero en voz alta en el puente de una nave estelar; nadie podría haberlo oído, porque estaba completamente solo.
–Aquí Enterprise, Sulu al habla, autorización concedida, por supuesto, capitana.
Sulu buscó apresuradamente a alguien que lo sustituyera, y corrió a la sala de transporte.
Hunter se materializó en la plataforma. Instintivamente, Sulu supo que ella desdeñaría las efusiones. Cuando descendió, él estrechó la mano que ella le tendía y pronunció su nombre como respuesta a la presentación de ella; pero también le hizo una reverencia, apenas perceptible, que quizá constituyera una violación del protocolo de la Flota Estelar, pero una muestra de respeto según su tradición familiar. Ella no era en absoluto como él había esperado; mentalmente se había formado la idea de una semidiosa o gigante abrumadora, y sintió alivio porque el aspecto físico de la mujer no fuese como él lo había imaginado. Tenía una mano dura y firme, con algunos callos en la palma, y una cicatriz larga y abultada que le recorría el reverso y desaparecía debajo del puño de la camisa, a la altura de la muñeca. El chaleco plateado le hacía brillar los hombros como si llevara una armadura.
–Señor Sulu –dijo ella–, me alegro de conocerlo. Jim me habló de usted con muchísima consideración.
A Sulu no se le ocurrió nada que replicar a aquello; estaba demasiado sorprendido y halagado.
–Gracias –respondió finalmente con voz débil–. El capitán Kirk no ha regresado todavía de Aleph Prime, capitana Hunter. ¿Quiere que la acompañe hasta la sala de oficiales?
–Eso no estaría mal, señor Sulu.
Ambos entraron en el ascensor, descendieron y bajaron por un largo corredor. La Enterprise parecía desierta, encantada, con un aspecto completamente surrealista; toda la tripulación se había marchado de permiso y las luces estaban bajas.
–En este preciso momento no está con sus mejores galas –se disculpó Sulu.
–No importa –le replicó Hunter–. Una nave como esta no necesita estar demasiado engalanada.
Hablaron de la Aerfen y de la Enterprise hasta que llegaron a la sala de oficiales. Sulu le ofreció un refresco o un vaso de vino, cosas que ella declinó; acabaron ambos tomando café, sentados junto a una portilla de observación que les proporcionaba una vista del espacio profundo, mientras continuaban hablando de naves.
–Es una fea raya la que tiene la Aerfen en el flanco –comentó Sulu–. Espero que no hayan corrido demasiado peligro.
Hunter desvió la mirada.
–La nave, no –dijo–, pero perdí a dos buenos tripulantes en la lucha.
–Capitana... lo siento, no sabía que...
–¿Cómo iba a saberlo, señor Sulu? Nadie se presenta voluntario para estos destinos en particular, sin ser consciente de los riesgos.
De pronto, pareció muy humana y cansada, y la admiración que Sulu le profesaba aumentó. Con el fin de llenar el silencio, y porque no sabía qué decir, se levantó y volvió a llenar las tazas.
–¿De dónde es usted, señor Sulu? –preguntó ella cuando él regresó. Sólo una ligera tensión de la voz la traicionaba–. Me da la impresión de que tendría que ser capaz de identificar su acento, pero es tan débil que no lo consigo.
–No se trata tanto de que sea débil, sino que es una mezcla absoluta. Viví en muchísimos sitios diferentes cuando era niño, pero donde más tiempo pasé fue en Shinpai. –Utilizó el nombre coloquial sin pensarlo siquiera.
–¡Shinpai! –exclamó sorprendida Hunter–. ¿Ganjitsu? He estado allí.
–Sí, señora –respondió Sulu–. Ya lo sé. Lo recuerdo. Ninguno de sus habitantes lo olvidará durante mucho tiempo. –Entonces le tocó a él el turno de desviar la mirada; no había tenido intención ninguna de contarle nada de sí mismo ni de hablarle de la deuda que él y muchas otras personas tenían con ella, y ahora se daba cuenta de por qué.
Me temo que me dirá que aquello no fue nada, pensó. Me temo que se encogerá de hombros y se reirá de mí.
–Gracias, señor Sulu.
Él volvió lentamente los ojos hacia ella. Las sombras que le cruzaban el rostro oscurecían sus ojos grises.
–En esta carrera, como usted ya sabrá, uno a veces llega a sentir que todo lo que uno hace, los conflictos, los amigos que pierde... que todo eso es para la gloria de un conjunto de normas y reglas sin rostro y sin sentido; y eso no es lo que importa. Eso importa un comino. La importancia surge cuando uno sabe que todo el trabajo le ha servido a alguien para algo.
–Ya lo creo que sirvió –le aseguró Sulu–. No piense jamás que no sirvió para nada.
Jim Kirk tuvo que soltar primero las incómodas cajas de cristales bioeléctricos antes de poder sacar el comunicador.
–¿No podría al menos haber enviado estas cajas, señor Spock? –preguntó.
–Por supuesto, capitán, pero pensé que no desearía usted permanecer en Aleph Prime durante varios días más.
Kirk masculló algo inarticulado y abrió el comunicador con un golpe de muñeca.
–Kirk a la Enterprise.
–Aquí la Enterprise. Sulu al habla, capitán.
–El señor Spock y yo estamos preparados para ser transferidos a bordo, señor Sulu.
Pocos minutos después, Kirk, Spock y las surtidas cajas de material se materializaron en la plataforma. Kirk descendió para saludar a Hunter, que había acompañado a Sulu hasta la sala de transporte.
–Veo que ya has conocido al señor Sulu –señaló Kirk–. Éste es el señor Spock, mi primer oficial.
–Señor Spock –dijo ella, haciendo un gesto con la cabeza–. Es agradable conocerlo después de haber oído hablar de usted durante tantos años.
–Me siento honrado –respondió Spock.
Kirk advirtió que Sulu avanzaba lentamente, y creyó que también de mala gana, en dirección a la puerta.
–Señor Sulu –lo llamó, dejándose llevar por un impulso–. ¿Ha cenado usted ya?
–¿Cenado? –preguntó Sulu, sorprendido ante aquella pregunta insólita–. Capitán, me temo que mi cuerpo perdió la noción del tiempo alrededor del momento en que comenzó la sexta semana de órbita en torno al fenómeno de vacío, y no sabría qué nombre darle a la última comida que he tomado.
Kirk rió entre dientes.
–Ya sé cómo se siente. Voy a llevar a la capitana Hunter a recorrer la nave, y después ella, el señor Spock y yo vamos a cenar en la cubierta de observación. Hunter, quiero que conozcas a mis oficiales. ¿Le importaría, señor Sulu, ver quién más está a bordo y reunirse con nosotros para cenar?
–Me encantaría –respondió Sulu–. Gracias, capitán.
Cuando Kirk, Hunter y Spock recogieron los nuevos equipos y se marcharon de la sala de transporte, Sulu corrió a los controles y abrió un canal de comunicación con Aleph Prime.
–Sulu a Flynn, adelante, comandante.
La pausa se hizo tan larga que él comenzó a preocuparse; estaba a punto de repetir la llamada cuando se oyó la voz de Mandala.
–Aquí Flynn.
–Mandala...
–Hikaru, ¿hay alguien más contigo? –le preguntó, antes de que él pudiera hablarle de la invitación. –No, estoy solo.
–Perfecto. Transfiérenos a bordo; tengo a dos de los míos aquí.
Él percibió la urgencia de la voz de ella, así que los buscó rápidamente y accionó el rayo.
Observó con asombro mientras se materializaban en la plataforma tres figuras despeinadas. Mandala estaba acompañada por dos de los miembros más asombrosos de las fuerzas de seguridad de la Enterprise. Snnanagfashtalli se parecía más a un leopardo bípedo con un manto de color marrón, escarlata y crema. Todos la llamaban Gruñido, pero nunca delante de ella. Apareció agachada, apoyada en las cuatro extremidades, con los colmillos escarlata desnudos, y sus ojos marrones estaban dilatados y reflejaban la luz como rayos de exploración. Tenía las orejas echadas hacia atrás y pegadas al cráneo, y el pelo erizado desde el cuello hasta el extremo de su larga cola manchada, que presentaba el aspecto de un cepillo.
–¡Tenemos que regresar! –gruñó–. ¡Tenía los ojos puestos en una garganta tierna!
Mandala Flynn se echó a reír. Tenía los cabellos sueltos y convertidos en una melena revuelta. El pelo rojo, los brillantes ojos verdes y la piel ligeramente bronceada le conferían el aspecto de un animal tan ágil, salvaje y feroz como Gruñido.
–Esa garganta tierna tuvo los malos modales de llamar al personal de seguridad de Aleph, y ése es el motivo por el que nos marchamos de allí.
Mandala parecía más feliz de lo que Sulu la había visto jamás desde que llegó a bordo de la Enterprise.
El tercer miembro del grupo, Jenniver Aristides, permanecía mirando hacia el piso con los hombros caídos. Medía dos metros y medio, tenía huesos grandes y densos, y parecía tener más capas de músculos de las que poseían los seres humanos, cosa que era bastante probable. Era humana, pero había sido creada por ingeniería genética para vivir en planetas de alta gravedad.
Mandala se le acercó, y Gruñido se frotó contra ella por el otro lado.
–Vamos, Jenniver –le dijo Mandala con dulzura.
Levantó el brazo para coger la mano de la gigantesca mujer y la hizo bajar de la plataforma. Jenniver levantó los ojos, y sus ojos plateados enmarcados por su piel gris acero brillaron con lágrimas contenidas.
–Yo no quería pelear –aseguró Jenniver.
–Ya lo sé. No fue culpa tuya. Se hubieran merecido que les aplastaras la cabeza o que Snnanagfashtalli hubiera desgarrado uno o dos rostros.
–No debo enfadarme porque alguien diga que soy fea.
–Pues yo, sí –dijo Gruñido.
–Pero yo río quiero que te metas en problemas.
–Estoy familiarizada con los problemas. –La voz de Gruñido era un ronroneo.
–No tendrá problemas, ¿verdad? ¿Y usted tampoco, comandante? ¿Se enfadará el capitán? Fue culpa mía.
–¡Basta, Jenniver! No te preocupes. Yo estaba allí y vi lo que ocurrió. Vete a dormir un poco y no te preocupes. Especialmente no te preocupes con respecto a Kirk.
Gruñido cogió a Jenniver de la mano.
–Vamos, amiga mía.
Ambas se marcharon de la sala de transporte.
–¿Qué ha ocurrido? –preguntó Hikaru.
–Unos malos bichos pensaron que sería muy divertido humillar a Jenniver, Gruñido se sintió ofendida por lo que dijeron, y en ese momento llegué yo –explicó Mandala–.Gracias por transferirnos a bordo.
–Os metisteis en una pelea.
–Hikaru –respondió Mandala riendo–, ¿tengo aspecto de haber dado un paseo tranquilo?
–¿Estás herida?
–No, y tampoco no les hicimos mucho daño a nuestros contrarios. Para eso hace falta mucha destreza, te lo aseguro.
Él miró en la dirección por la que se habían marchado las dos oficiales de seguridad.
–No me gustaría estar en su pellejo cuando el capitán Kirk se entere de lo ocurrido. Va a ponerse como una fiera.
Mandala le dirigió una mirada penetrante, entrecerrando sus violentos ojos verdes.
–Si Kirk tiene algún problema con respecto a la forma en que yo actué, puede arreglarlo conmigo. –La furia estaba tan cerca de la superficie que Hikaru apenas podía reconocer a su amiga–. Pero si hay algún castigo que aplicar entre la gente de seguridad, ésa es mi tarea.
Su ira se desvaneció abruptamente y ella volvió a reír. Se recogió el cabello con las manos a la altura de la nuca y volvió a dejarlo suelto. Hikaru cerró los ojos durante un momento, a punto de llamarse estúpido por rechazarla, independientemente de cuán corto fuese el período de tiempo del que pudieran disponer.
–¡Oh, dioses! –exclamó Mandala–. Realmente, necesitaba esto. –Miró en la dirección por la que se habían marchado Gruñido y Jenniver, con expresión meditabunda–. ¿Sabes?, a pesar del aspecto que tiene, Jenniver posee un temperamento muy dulce. Incluso pienso que es un poco tímida. Me pregunto si es feliz en el equipo de seguridad.
–¿Estás segura de que te encuentras bien?
–Sí. Por cierto, ¿por qué me has llamado? ¿Has quedado finalmente libre? ¿Quieres que regresemos a Aleph?
–¿Has cenado ya?
–No, me llevé a mi gente a cenar, pero yo te estaba esperando a ti.
–Perfecto –dijo él–. Tenemos una oferta aún mejor.

Kirk hubiera preferido darle a Hunter la bienvenida a bordo de la Enterprise con una recepción de la oficialidad en pleno; su propio sentido de la justicia luchaba con su deseo de enseñar su nave y su gente con las mejores galas. La justicia ganó finalmente; no hizo regresar a bordo a ninguno de los otros oficiales que se hallaban en Aleph, pero cuando hizo entrar a Hunter en la cubierta de observación vacía, con las luces bajas para que todo el campo de estrellas brillara en la totalidad de los ciento ochenta grados de la cúpula, no pudo mantener su decepción. Él y su vieja amiga permanecieron juntos, mirando la profundidad de las estrellas, sin hablar, sin necesidad de hacerlo; sin embargo, Jim pensaba en todo lo que quería decirle a Hunter, en todo lo que debería decirle. Casi se volvió hacia ella y pronunció su nombre, el nombre de sueño que sólo él y la familia de ella conocían, el nombre por el que no la había llamado desde la última ocasión en que hicieron el amor.
La puerta se deslizó para abrirse; Jim respiró larga y profundamente, y dejó escapar el aire con lentitud mientras sentía una mezcla de pesar y alivio, mientras Spock entraba en la cubierta de observación seguido de Sulu y la teniente comandante Flynn. El momento mágico desapareció.
–¡Mandala! –exclamó Hunter–. ¡No sabía que estuvieses en la Enterprise!
–Hola, Hunter. Estar aquí es también un poco sorprendente para mí.
–Dice que quiere mi puesto –dijo Jim, sin pensarlo.
A Flynn le subieron los colores a la cara, pero Hunter se echó a reír con deleite.
–En ese caso, tendrás que recomendarla para un puesto mejor, si es que quieres conservar esta nave para ti.
Aquélla fue la primera vez en que Jim comprendió lo que le había dicho Mandala cuando él la interrogó acerca de los planes que tenía para su carrera, en la recepción que le dispensó cuando llegó a bordo. Ella lo había mirado realmente a los ojos y le había dicho: «Yo quiero su puesto». Lo que le estaba diciendo era que esperaba que se la tomase muy en serio, independientemente de sus dudas acerca de que ella tuviera la experiencia y la educación adecuadas para desempeñar la tarea que le había encomendado; pero él la había interpretado de forma completamente equivocada.
Flynn le sonrió a Hunter.
Ésta es la primera vez que la veo sonreír, pensó Jim. Una sonrisa auténtica, no una mueca irónica. Creo que será mejor que vuelva a evaluar a esta oficial.
Hunter y Mandala se abrazaron con la cómoda familiaridad de las tradiciones menos formales de las patrullas de frontera.
–Ya veo que no tengo que hacer más presentaciones –comentó Jim–. ¿Cuándo servisteis juntas?
La sonrisa de Flynn se desvaneció y a su rostro regresó el habitual aire de vigilancia. Jim se preguntó con inquietud si la impulsiva excusa que le había dado a Ian Braithewaite, que al equipo de seguridad le llevaría veinticuatro horas prepararse para recibir al prisionero, no habría llegado a los oídos de su nueva oficial de seguridad. Sabía que era imposible que la información hubiera salido de Spock, pero podría haberle llegado por otros circuitos, a través del mismo Braithewaite.
Déme otra oportunidad, señorita Flynn, pensó Kirk. Yo no sabía si usted podría funcionar aquí. Ha necesitado una corriente interna de ferocidad para llegar tan lejos como lo ha hecho, y no sabía si podría mantenerla bajo control. Todavía no lo sé, pero es usted una oficial muy capaz, el equipo de seguridad está adquiriendo forma por primera vez en todo un año, y la última cosa de la galaxia que querría hacer sería contrariarla.
–Mi escuadrón y la flota de Mandala volaron unidos durante algún tiempo –le explicó Hunter–. Cerca de la frontera de Orión.
–Aquello se puso muy difícil, según todos los informes –comentó Jim.
A partir de allí, la conversación se centró en los viejos tiempos y los recuerdos, e incluso Spock se soltó lo suficiente como para relatar una extraña historia de los primeros tiempos de su carrera en la Flota Estelar. Para sorpresa y alivio de Kirk, Mandala Flynn comenzó también a relajar su rígida reserva. Sólo Sulu se mantuvo al margen de la conversación, pero no parecía sentir que lo dejaban a un lado. Al contrario, parecía más que contento sólo con escuchar. Jim Kirk sonrió para sí. Había pasado por unos pocos minutos de arrepentimiento, un arrepentimiento completamente egoísta, después de la impulsiva invitación que les había hecho a los demás para que se reunieran con él y con Hunter, pero ahora se alegraba de haberlo hecho.

Más tarde, aquella misma noche, Sulu se encontraba sentado en la oscuridad de su camarote, mordiéndose distraídamente la uña de un dedo pulgar. Le gustaba la Enterprise.
Sus amigos se hallaban allí; sus compañeros de tripulación lo respetaban y sus superiores apreciaban ocasionalmente su trabajo; admiraba al capitán, y si decidía quedarse podría admitir ante sí mismo que estaba desesperadamente enamorado de Mandala Flynn.
Sin embargo, pensó, sin embargo... ¿qué pasaría con todas las ambiciones que tenía hasta entonces? Nada de todo lo que he estado pensando durante los últimos seis meses ha cambiado. Mi historial no es hasta ahora lo suficientemente bueno como para darme la oportunidad de obtener una capitanía. Tendré que correr más riesgos que los que he corrido hasta ahora en toda mi vida.
¿Y qué hay de Mandala?
Sabía que si renunciaba a sus ambiciones por ella, Mandala no lo comprendería y comenzaría a despreciarlo. Si continuaban siendo amigos, o se convertían en amantes, no podría ser sobre unas bases de culpa o abnegación por parte de ninguno de los dos.
Si continuaba adelante con sus proyectos, sin duda correría riesgos. Aparte de los extremos peligros físicos a los que estaría expuesto presentándose como voluntario, si pedía que lo trasladaran a un escuadrón de combate –la Aerfen sería su ideal–, y aunque el capitán Kirk no se interpondría en su camino, cosa de la cual estaba casi completamente seguro, no tenía razón alguna para creer que Hunter aceptaría su petición. Y si ella no lo aceptaba, si finalmente ningún comandante de escuadrón lo hacía y él se quedaba en la Enterprise, las cosas ya no volverían a ser iguales para él en aquella nave.

Jim y Hunter se encaminaron juntos hasta la sala de transporte.
–He disfrutado mucho de este día, Jim –le aseguró ella–. Ha sido bueno volver a verte.
–Lamento que tengamos que marcharnos tan pronto –le dijo Kirk–, pero no existe ninguna razón por la que no podamos detenernos en Aleph al regresar.
–Yo ya me habré marchado para entonces –le explicó ella–. La frontera es inestable y mi escuadrón está escaso de fuerzas. No puedo permitirme mantener a la nave capitana alejada de las líneas durante más tiempo del estrictamente necesario. Al igual que es probable que tenga que marcharme con la Aerfen sin el personal necesario. –Meneó la cabeza, mirando al piso–. No sé cómo voy a reemplazar a esas dos personas, Jim –dijo.
No había nada que él pudiera decirle. Sabía lo que se sentía al perder miembros de la tripulación, amigos, y no había nada que nadie pudiera decir.
Llegaron a la sala de transporte y Jim entró las coordenadas de la nave de Hunter.
–Bueno.
El único momento embarazoso llegó entonces, cuando no sentían deseos de despedirse. Se abrazaron estrechamente. Jim se había guardado durante demasiado tiempo lo que quería decirle. Temía que fuese ya demasiado tarde para expresarlo, no por el tiempo pasado ese día, sino por los años transcurridos. Enterró la cara en la curva que quedaba entre el cuello y el hombro de ella; el aroma de su cabello le trajo recuerdos tan poderosos que tenía miedo de levantar la vista, miedo de intentar hablar.
–Jim –le pidió Hunter–, no lo hagas. Por favor, no lo hagas.
Ella se apartó de Jim. –Hunter...
–Adiós, Jim.
Hunter subió a la plataforma.
–Adiós –susurró él.
Ella asintió con la cabeza para indicarle que estaba preparada. Él tocó los controles y ella desapareció entre chisporroteos.

A Jim Kirk le llevó algún tiempo recuperar la compostura. Cuando lo consiguió, se encaminó directamente hacia su camarote, con la esperanza de no encontrarse con nadie por el camino. Se sentía agotado tanto física como emocionalmente. Por primera vez se sentía resignado con respecto a la misión de transporte de la Enterprise; casi agradecido por ello.
Hunter tenía razón, pensó. Aquél sería un vuelo rutinario, y quizá sea eso lo que necesitamos todos en este preciso momento.
Entró en su camarote, oscuro y silencioso. Era el único lugar de la nave en el que podía comenzar a relajarse, y no había estado ni cerca de él desde hacía casi veinticuatro horas. El agotamiento comenzaba a apoderarse de él. Se quitó la parte superior del uniforme y la arrojó descuidadamente dentro del reciclador.
La luz de comunicación de su terminal brillaba con un resplandor verde. Maldijo por lo bajo. Un mensaje de código verde no era nunca urgente, pero sabía que no sería capaz de dormirse hasta saber de qué se trataba. Pulsó la tecla de entrada.
La voz grabada del señor Sulu pedía una reunión formal.
Eso resultaba extraño. La última reunión formal que Kirk había mantenido con un miembro de su tripulación había tenido lugar hacía tanto tiempo que ni siquiera podía recordar cuándo se había producido. Nunca había celebrado una con Sulu. Se enorgullecía de ser tan accesible que las reuniones formales resultaban innecesarias.
Llevado por la curiosidad, respondió a la llamada de Sulu: si el oficial timonel estaba durmiendo, no atentaría contra su deseo de privacidad; sin embargo, Sulu apareció en la pantalla de inmediato, cosa que no sorprendió del todo al capitán; estaba completamente despierto, aunque parecía cansado y tenso. Ahora que lo pensaba, Kirk se dio cuenta de que Sulu no había tenido oportunidad de aprovechar los permisos para bajar a Aleph Prime. Por una u otra circunstancia, había estado más o menos de guardia desde la llegada a la estación, además de hacer un turno extra para sacar la Enterprise de la órbita en torno al fenómeno de vacío.
Le exijo demasiado, pensó Kirk. Su competencia es tan poco ostentosa, están tan disfrazada por su sentido del humor, que no reconozco realmente lo duramente que trabaja ni la estupenda labor que realiza. ¡Oh, Dios...! Me pregunto si no tendría otros planes para esta noche pero interpretó mi invitación como una orden.
–Sí, señor Sulu –dijo Kirk–. He recibido su mensaje. ¿Va todo bien? Pienso que quizá le debo una disculpa.
La expresión de Sulu cambió al asombro total.
–¿Una disculpa, capitán? ¿Por qué motivo?
–Esta noche no pretendía darle una orden. Tengo la sensación de que pensaba hacer otras cosas, y yo arruiné sus planes.
–¡No, señor! –se apresuró a decir Sulu–. Yo tenía el temor de que nos hubiéramos comportado todos de manera egoísta, si usted y la capitana Hunter preferían una mayor privacidad...
–En absoluto. Bueno, me alegro de haber aclarado ese punto. Le veré por la mañana.
–Capitán...
–¿Sí, señor Sulu?
–No era de eso de lo que quería hablar con usted.
Kirk comenzó a preguntar si lo que fuese no podía esperar hasta que ambos hubiesen dormido un poco, pero algo que percibió en los gestos de Sulu lo detuvo.
Además, pensó Kirk, ¿no es esta una oportunidad perfecta para hacerle saber cuán valioso es para la nave? ¿Y para mí? Bien merece eso un poco de tiempo; y él no tiene aspecto de poder dormir pacíficamente; algo lo preocupa de verdad.
–¿Por qué no viene hasta mi camarote, señor Sulu? Podríamos hablar con una copa de brandy en la mano. –Gracias, capitán.

Entonces le tocó el turno a Kirk de manifestar el más absoluto asombro.
–¿Un traslado? –preguntó–. ¿Por qué? ¿Adónde? ¿Qué es lo que ha ocurrido para que se sienta usted a disgusto en la Enterprise?
–¡Estoy muy a gusto aquí, capitán! –Sulu rodeó la copa de brandy con ambas manos. Por encima de todo, quería hacerle comprender a Kirk por qué debía dar aquel paso. El aroma del brandy, casi tan embriagador como el licor mismo, se enroscó en torno a su rostro–. Capitán, tengo un historial muy poco excepcional.
–¡Su historial es ejemplar, señor Sulu!
Sulu volvió a comenzar.
–Servir en la Enterprise es algo que brillaría en el historial de cualquiera. Es lo único que destaca en el mío... y creo que es algo que obtuve por pura suerte.
–¿Ah, sí? ––preguntó Kirk–. ¿Cree usted que yo escojo a los miembros de mi tripulación por azar?
Sulu se ruborizó al darse cuenta de la carencia de diplomacia de esa observación suya.
–No, señor, por supuesto que no; pero no comprendo por qué me escogió a mí. Mis notas académicas estaban muy por debajo de la media... –Se interrumpió, porque la decepción que se había causado a sí mismo por su trabajo en la Academia de la Flota Estelar era un dolor que nunca desaparecía.
–Yo no fijé mi atención en las notas que había acumulado –le respondió Kirk–. Desplazarse de un lado a otro como hizo su familia, tenía obligatoriamente que hacer que usted estuviese mucho peor preparado que la mayoría de los cadetes. Por ese motivo, cada vez que usted se enfrentaba con una asignatura nueva, comenzaba muy cerca del final de la clase.
Sulu no levantó los ojos; se sentía incómodo porque así había ocurrido.
–Pero luego –continuó Kirk–, mejoraba cada vez más hasta que llegaba a dominar completamente la asignatura. Ésa es la idea que tengo de un buen oficial en potencia, señor Sulu.
–Gracias, capitán...
–No he conseguido convencerlo, ¿verdad?
–Yo tengo que vivir con mi historial, señor. Independientemente de lo que usted haya visto detrás del mismo...
–¿Su próximo capitán puede que no lo viese?
Sulu asintió con la cabeza.
–Creo que se está subestimando.
–¡No, señor! Lo lamento, señor, pero creo que por primera vez no lo estoy haciendo. Adoro esta nave, y ése es el problema. Sería tan fácil quedarse... pero si mi nombre apareciera en un par de listas de promoción, sería ascendido de inmediato, y llegado el momento podría obtener un puesto de capitán. Sin embargo, a menos que consiga distinguir de alguna manera, a menos que obtenga toda la experiencia posible en todas las ramas posibles de la Flota Estelar, nunca podré aspirar a nada más que una barcaza de las líneas de suministro, o un tranquilo puesto marginal en cualquier parte.
Kirk vaciló; Sulu se preguntó si el capitán intentaría alentarlo, o trataría de convencerlo de que no comprendía cómo funcionaba la Flota Estelar ni en qué dirección era probable que evolucionara su carrera.
Kirk miró su copa.
–No hay nada de vergonzoso en una capitanía tranquila. Sulu bebió un sorbo de brandy para concederse un poco de tiempo.
–Capitán, abandonar esta vida sin vergüenza es algo importante para mí. Es necesario... pero no suficiente. Observar las actividades diplomáticas ha sido algo educativo de por sí, y no hubiera querido perderme nuestras exploraciones; pero sin algo más, mi carrera acabará en punto muerto dentro de nada.
Observó ansiosamente el rostro de Kirk, intentando leer su expresión. Finalmente, Kirk levantó los ojos y en su voz advirtió una cierta frialdad.
–Nunca pensé que Hunter fuera a robarme la tripulación... ¿es a la Aerfen a la nave que quiere que lo trasladen?
–¡Sí, señor... pero la capitana Hunter no me ha dicho nada de esto! Hace mucho tiempo que pienso en el asunto. Mis preferencias de destino eran inicialmente las de servir en un escuadrón de cómbate, y me destinaron a esta nave porque la petición de la Enterprise estaba por encima de cualquier otra. –No estaba seguro de la conveniencia de admitir semejante cosa ante el capitán Kirk, pero era la verdad–.Discutí esa posibilidad con una persona de a bordo que es amiga mía, pero por lo demás es usted el único con el que he hablado del tema. –Hablar antes con Hunter era algo que carecía de toda ética, y Sulu se sentía herido por que el capitán lo creyera capaz de hacerlo–. Sé que ella ha perdido a dos miembros de su tripulación, pero no me hago ilusiones; sé que tiene que haber una lista de espera de voluntarios que quieren servir en la Aerfen. Ni siquiera sé cuáles son los requisitos que es necesario cumplir, ni si seré la persona adecuada para cumplirlos. No tengo forma de saber cómo reaccionará ella ante mi petición, incluso en el caso de que usted lo aprobase. –Se inclinó hacia delante con expresión seria–. Señor, antes nunca le he mentido, y no voy a comenzar ahora. Puede preguntarle a la capitana Hunter si he hablado con ella de este asunto... ella tampoco me parece a mí el tipo de persona que mentiría.
Sulu no podía saber, a través de la expresión lejana e introspectiva del capitán, cómo iba a reaccionar en aquel momento. Quizá sólo estaba intentando mantener el enojo bajo control.
–Señor Sulu –le dijo–, ¿qué ocurriría si ella no aceptara su candidatura o si la Flota Estelar ya hubiese designado a dos nuevas personas?
–Capitán Kirk... esto es algo que tengo que intentar, tanto si se trata del escuadrón de la capitana Hunter como de cualquier otro.
Por primera vez desde que Sulu había entrado en el camarote, Kirk sonrió. Sulu nunca se había sentido tan agradecido en toda su vida por ver esa expresión en el rostro de nadie.
–Tampoco sé yo cómo responderá Hunter a su petición, señor Sulu –le replicó–; pero si la rechaza pasará mucho tiempo antes de que encuentre a alguien ni la mitad de bueno que usted.

El proceso fue más rápido de lo que Sulu jamás imaginó posible. Se le concedió de inmediato un traslado temporal a la Aerfen. Al principio se preguntó si no lo habrían aceptado por desesperación, dado que la Aerfen estaba escasa de tripulación. Era posible que Hunter no lo quisiera realmente a bordo de su nave, pero Kirk le aseguró, y la capitana Hunter hizo otro tanto a su manera, que se le había aceptado tanto por sus méritos pasados como potenciales, y que el traslado sería permanente en cuanto la orden atravesara los retorcidos caminos de la maquinaria burocrática. Así pues, a la hora seiscientos, apenas cinco horas después de que hubiera mantenido aquella reunión privada con Kirk, se hallaba de pie en medio de su habitación vacía con una bolsa de lona y una caja pequeña llenas con sus pertenencias a los pies, y su sable antiguo en la mano.
Con todo aquello a cuestas, salió del camarote, caminó silenciosamente pasillo abajo y dio unos suaves golpes en la puerta de Mandala. La respuesta fue casi instantánea.
–¡Adelante!
La cerradura se abrió y él entró en el camarote a oscuras.
–¿Qué ocurre?
Mandala ya tenía la camisa de manga larga del uniforme por encima de la cabeza, pues daba por supuesto que se había producido una emergencia en la cual ella resultaba necesaria.
–Tranquila –le dijo Hikaru–. Sólo soy yo.
Ella lo miró desde el cuello de la camisa en la que se hallaba prisionera. Le cubría la parte inferior del rostro como una máscara, y le había soltado mechones de pelo que le caían por la frente.
–Ah, hola –lo saludó–. No parece que hayas venido a buscarme para que te ayude a rechazar una invasión. –Se quitó nuevamente la camisa, la arrojó en una silla en la que descansaban sus pantalones, e hizo un gesto con la mano para aumentar un punto las luces.
Los reflejos dorados de sus cabellos rojos destellaron. Cuando estaba de servicio, nunca llevaba los cabellos así, en una melena ondulada que le enmarcaba el rostro y los hombros, y le caía hasta la cintura. En realidad, Hikaru pensaba que era una de las poquísimas personas de a bordo que jamás la había visto con el pelo suelto.
La sonrisa de Mandala desapareció.
–Pero, por otra parte, tienes aspecto de que algo va mal. ¿De qué se trata, Hikaru? Siéntate.
Él se sentó en el borde de la cama, y ella flexionó las rodillas por debajo de las mantas y las rodeó con los brazos.
–Vamos –dijo ella con dulzura–. Dime qué ocurre.
–Lo he hecho –respondió él–. He pedido el traslado al escuadrón de Hunter.
–¡Ella te ha aceptado! –exclamó Mandala con deleite. Él asintió con la cabeza.
–Deberías estar dando saltos de alegría –le aseguró–.
¡Es perfecto para ti!
–Estoy comenzando a preguntarme si no habré cometido un error. No sé si debería pensarlo mejor.
–Hikaru, la Enterprise es un buen destino, pero no te has equivocado al creer que necesitas una experiencia más amplia.
–No estaba pensando en el aspecto profesional, sino en el personal.
Ella desvió los ojos, luego los volvió hacia él, lo miró directamente a los ojos y le cogió una mano.
–¿Te das cuenta a qué me refería –le señaló–, cuando hablaba de apegarse demasiado a alguien?
–Lo lamento –dijo él–. Ya sé cómo te sientes. No tenía intención de hablar de eso. Sólo he venido a despedirme y a regalarte mi sable, que excede al equipaje permitido.
Mandala aceptó el sable con la dignidad debida al mismo; se trataba de una pieza muy antigua y finamente trabajada.
–Gracias –le respondió.
Inclinó la cabeza, apoyó el rostro sobre las rodillas y él creyó que estaba llorando.
–Mandala, eh, lo siento...
Ella sacudió violentamente la cabeza sin levantar la cara, y lo aferró por una muñeca para interrumpir las disculpas. Cuando levantó el rostro, él vio que reía con tanta fuerza que se le saltaban las lágrimas.
–No –le contradijo Mandala–. Soy yo quien lo lamenta. No me estoy riendo del sable, sólo que, bueno, si fuera lo suficientemente rápida para improvisar te daría... –Miró en torno de sí–. ¡Ah, ya lo tengo!
Se quitó el grueso anillo del dedo del corazón de la mano derecha. Era un círculo de formación natural de una piedra parecida al rubí, con un color tan similar al de los cabellos de Mandala que incluso poseía los mismos reflejos dorados. Ella siempre lo llevaba puesto, salvo en los momentos en los que practicaba judo. Lo deslizó en el dedo meñique de Hikaru.
Mientras luchaba para conseguir que la ascendieran a teniente comandante, una de las cosas que Mandala había estudiado era psicología, incluida la historia de la misma. Mientras sonreía, le habló a Hikaru de las teorías sobre símbolos y sexo que se habían elaborado hacía algunos siglos: espadas y fundas, cerraduras y llaves. Cuando ella acabó, Hikaru rió con ella de las pintorescas ideas de una era pasada.
Se miraron el uno al otro con expresión seria.
–¿Lo que has dicho antes, lo pensabas de verdad...?
–Raramente digo algo que no piense –respondió Mandala–. ¿Has cambiado de opinión?
–Yo... no lo sé.
–No te pondría las cosas más fáciles, pero me gustaría que así fuese.
–Comencé a enamorarme de ti desde el día en que subiste a bordo –le aseguró Hikaru–. Pero me marcho...
Ella le apoyó las manos sobre los hombros.
–Si cambias de parecer, eso tampoco me pondrá las cosas más fáciles a mí. Yo también te amo, Hikaru, tanto como me he resistido a ello, y no sé qué es lo que lamentaremos más, si hacer el amor... o no hacerlo.
Mandala le acarició una mejilla, el borde de la mandíbula, el hueco de la garganta. Él se inclinó hacia ella y la mujer le respondió con un beso dulce mientras le recorría la espalda con las manos.
–No puedes imaginarte con cuánta frecuencia he deseado hacer esto –susurró Mandala.
Le desabotonó la camisa del uniforme y se la quitó por encima de la cabeza, tras lo cual le acarició los lados del torso. Le observó mientras se quitaba las botas y los pantalones, y una vez más admiró el compacto cuerpo de atleta de su amigo. Levantó las mantas para que se tendiera a su lado, y al tenderse él y volverse hacia ella, le acarició un muslo hasta llegar a la cadera, la cintura. Los dedos de Mandala recorrían la piel de Hikaru formando círculos, y lo hizo estremecerse. Él le cubrió el rostro con besos leves y cálidos, la acarició, enredó sus manos en la melena de cabellos rojos y le besó la cicatriz del hombro como si quisiera alejar de ella todo el dolor que representaba. Mandala se inclinó sobre él y dejó que sus cabellos ondulados cayeran sobre los hombros de él. Al principio con cautela, luego de forma juguetona y finalmente arrastrados por el placer, se amaron el uno al otro.

Jim Kirk se hallaba sentado en el salón de oficiales; rodeaba una taza de café con las manos. Estaba deprimido.
La puerta se abrió, deslizándose hacia un lado, y el doctor McCoy entró con paso decidido.
–Buenos días, Jim –dijo alegremente, con su acento sureño más marcado que de costumbre, como le ocurría habitualmente cuando se encontraba bajo los efectos de varias copas o de una resaca.
Kirk no sabía a cuál de las dos cosas se debía, y no estaba de humor para soportar ninguna de las dos.
–¡Vaya noche! –Se sirvió una taza de café y se sentó delante de Kirk–. ¡Vaya noche! ¿También lo fue para usted? Tiene aspecto de sentirse como yo.
–Sí –respondió Kirk, aunque no lo estaba escuchando realmente–. Fue una noche bastante fuerte.
Había pasado la mayor parte de la misma sentado ante el comunicador subespacial, intentando conseguir que el traslado de Sulu fuese efectivo, y ahora comenzaba a creer que había cometido un serio error. Si él no hubiera sido tan eficiente, quizá Sulu hubiese cambiado de opinión.
–Ya lo suponía –le dijo McCoy–. Espero que se haya divertido tanto como yo.
–¿Divertirme tanto como...?
Kirk retrocedió en su memoria para meditar sobre lo que acababa de decirle McCoy, y se dio cuenta de que dado que el doctor acababa de regresar de Aleph en aquel preciso instante, no tenía forma de saber lo que había ocurrido con Sulu. De hecho, Kirk no le había visto ni el pelo a McCoy desde que se había encontrado con él y con su amigo veterinario en el parque de Aleph, el día anterior.
–Bones, ¿de qué está hablando?
–Bueno... admito que me había tomado unas copas cuando tropecé con usted ayer, pero usted no fue demasiado sutil.
Kirk lo miró fijamente.
–Jim, amigo mío, parecía realmente feliz. No sé cuándo lo he visto con mejor aspecto. En fin, verá, si fuera más constante en ciertas cosas, no le haría el más mínimo daño...
Kirk no soportaba los momentos en los que McCoy se ponía con ese humor soldadesco, especialmente a esas horas de la mañana.
–... y, la verdad, es un auténtico placer verlo con una vieja amiga.
Kirk comprendió cuáles eran las conclusiones que había sacado McCoy. Por alguna razón, aquello lo irritó aunque, para ser sincero, McCoy no tenía ninguna razón concreta para pensar otra cosa. Además, ¿por qué tenía que importarle a Kirk lo que pensase McCoy de su amistad con Hunter? Realmente, no era asunto de nadie excepto de ellos dos.
–Se ha hecho una idea equivocada, Bones –le dijo Kirk.
McCoy adoptó el tono de chanza mediante el cual, con demasiada frecuencia, los dos hombres evitaban discutir de nada que fuese realmente importante.
–Bueno, Don Juan T. Kirk, Casanova de las rutas espaciales...
–¡Cállese!
McCoy lo miró con sobresalto y abandonó el tono de broma al darse cuenta de que todo lo que había dicho hasta aquel momento de la mañana estaba tan próximo al perfecto error como podía estarlo lo que inventara un imperfecto ser humano.
–Jim –dijo quedamente con una voz de la que había desaparecido todo rastro de humorística camaradería–. Lo siento. Sabía que usted y ella se habían visto con mucha frecuencia en otra época, y simplemente di por supuesto que... No pretendía hacerle recordar nada doloroso.
Kirk negó con la cabeza.
–No es culpa suya. Ni siquiera es una conclusión injusta, dado mi habitual comportamiento.
–¿Quiere que hablemos de ello? ¿O prefiere que me marche todo lo cabizbajo que merezco, con la boca cerrada?
–Hunter y yo somos amigos. Ella es una de las mejores amistades que tengo. En otra época fuimos amantes, pero ya no. Ella es miembro de una familia de parejas...
–Ah. Bueno, eso lo explica.
–No, no lo hace. Ni siquiera comienza a explicarlo.
–Jim, en este momento estoy comenzando a sentirme confuso.
–Las familias de parejas no se basan habitualmente en relaciones exclusivas. La suya, desde luego no lo es. Creo que actualmente cuenta con nueve personas... nueve adultos, quiero decir. Cuatro o cinco de ellos tienen carreras como la de Hunter, cosa que los mantiene alejados durante la mayor parte del tiempo, pero como el grupo es más grande, los niños gozan de una cierta estabilidad. Conocí a la hija de Hunter hace algunos años...
Al principio no se había llevado demasiado bien con ella; no estaba habituado a tener niños a su alrededor. Al fin se había dado cuenta de que ella se sentía insultada por sus modales protectores, y que lo despreciaba por ello. En cuanto comenzó a tratarla como a un ser humano racional, comenzaron a desarrollar una relación cautelosa.
–¡Su hija! –exclamó McCoy, sorprendido.
Nunca había pensado en Hunter de otra forma que no fuese su encarnación de oficial de la Flota Estelar, y estaba casi tan sorprendido como se hubiera sentido si el mismo Jim Kirk se pusiera a contarle historias de los hijos que tenía en casa.
–No ocurre con demasiada frecuencia que uno conozca a alguien de quien ha estado casi a punto de ser el padre –señaló Kirk.
McCoy bebió un largo trago de su taza y deseó que tuviera algo más fuerte dentro.
–Estuve a punto de unirme al grupo familiar de Hunter, Bones. Después de encontrarme con ellos unas cuantas veces... me invitaron a hacerlo en tres diferentes ocasiones a lo largo de cuatro años. Me sentía cómodo entre ellos. Todos me caían bien. Creo... creo que podría haberlos querido a todos. –Se interrumpió y no continuó hasta al cabo de varios segundos. Cuando lo hizo, su voz era muy queda–. Pensé que no estaba preparado para dar un paso tan importante. Continué rechazando la invitación. Quizá era cierto que no estaba preparado. Tal vez no lo estaría ni siquiera ahora. A lo mejor tomé la decisión correcta; pero a veces todavía pienso que ese rechazo fue el error más grande que he cometido en toda mi vida.
–Nunca es demasiado tarde para corregir un error.
–No estoy de acuerdo con usted en este caso –le aseguró Kirk–, pero de todas formas no volvieron a pedírmelo después de que yo comenzara a preguntarme si no debería haber aceptado.
–Podría pedírselo usted a ellos.
Kirk negó con la cabeza.
–No funciona de esa manera. Sería de tan mala educación, que casi tendrían que decirme que no.
–Pero si la relación de pareja no es exclusiva, y usted y ella continúan siendo amigos...
–Eso es lo que yo pensé durante mucho tiempo. Después de la primera vez en que me lo pidieron, yo creí que nada había cambiado. Hunter y yo estuvimos tan estrechamente unidos durante tanto tiempo... Pero ella estaba creciendo y yo continuaba tratando toda la relación como nada más que un juego. El juego está bien hasta un cierto punto, y es el motivo por el que las relaciones de pareja no son exclusivas; pero en el caso de Hunter y yo... especialmente después de la segunda invitación para que entrara a formar parte de la familia de parejas... fue como si yo estuviera queriendo tomarle el pelo desde el principio, como si yo quisiera llegar hasta ese punto, pero no más lejos como para confiar en ella, y sin embargo esperase que ella confiara plenamente en mí.
Hunter llegó incluso a decirme su nombre de sueño. ¿Sabe qué significa eso?
–No, creo que no.
–Tampoco yo lo sabía entonces. Resulta difícil de explicar, pero es algo más profundo incluso que confiarle a alguien la propia vida.
Kirk hizo una pausa y McCoy esperó a que continuara; no ignoraba lo difícil que le resultaba a Jim hablar de cosas tan personales.
–Entre nosotros hubieron muchos malos entendidos graves –explicó Jim–. Tantos que me sorprendió cuando me invitaron por tercera vez; y cuando rechacé la invitación por tercera vez consecutiva, ella se sorprendió... y se sintió herida. Creo que entonces casi dejó de confiar del todo en mí. Probablemente haya sido algo bueno que la enviaran a ella en una dirección y a mí en otra, y no volviéramos a vernos durante un par de años.
McCoy estaba descubriendo una faceta de su amigo que rara vez percibía, y se dio cuenta de que con demasiada frecuencia permitía que la superficie clara y cordial escondiera sus sentimientos más profundos. Kirk no permitía casi nunca que nadie atisbara siquiera un dolor personal suyo; y había aprendido bastante de Spock en el arte de ocultarlos, a pesar de que le tomaba el pelo al vulcaniano en lo referente a que en el fondo era realmente humano. A decir verdad, Kirk era más profundamente humano debajo de su apariencia de lo que le gustaba reconocer. McCoy deseaba poder decirle algo que lo ayudase en aquel momento.
Kirk respiró profundamente y exhaló el aire rápida y bruscamente.
–Jim –comenzó McCoy, mientras abrigaba la esperanza de no estar forzando excesivamente ni siquiera la amistad que los unía–, ¿no podría decirle a Hunter lo que acaba de decirme a mí... respecto a que piensa que ha cometido un error? Eso no sería lo mismo que pedir la entrada en la familia de parejas, ¿verdad?
–No lo sé. Lo he pensado, pero ya no sé si ella querría oír siquiera hablar de ello. ¿Por qué iba a quererlo? E incluso en el caso de que lo quisiera, la pondría en una situación incómoda. ¿Qué ocurriría si el resto del grupo dice que no? Bones, ¿qué ocurriría si dijeran que sí y yo me acobardara en el último momento? No constituiría otra cosa que un insulto deliberado. Es lo único a lo que no creo que pudiera sobrevivir nuestra amistad. No otra vez.
–Pero usted no cambia habitualmente una opinión una vez que se la ha formado. –Esto es diferente. –¿Por qué?
Kirk se encogió de hombros. –Simplemente, es así.

Hora estelar mil. Sulu depositó su bolsa de lona y la caja de objetos diversos sobre una de las plataformas de transporte, y luego se volvió hacia todos sus amigos. Aparentemente, la noticia de su traslado había corrido de forma casi inmediata, y por primera vez se sintió satisfecho de la red de rumores tremendamente eficaz de la nave. Él no hubiera dispuesto del tiempo necesario para encontrar a todos sus amigos, y mucho menos a sus conocidos; pero allí estaban todos, amontonados en la sala de transporte para desearle buena suerte: los miembros del primer curso de esgrima; Pavel Chekov, Janice Rand y Christine Chapel; la anciana yogui de la Enterprise, Beatrice Smith; el capitán Kirk, el doctor McCoy y Uhura. Incluso Spock estaba presente. Mientras Sulu se despedía de todos ellos, tuvo una repentina sensación de aprensión, el convencimiento de que había algo tremendamente erróneo en lo que estaba ocurriendo a pesar de que él lo había deseado, y que el péndulo volvería dentro de muy poco con una fuerza y una velocidad suficientes como para destruirlo. Se sacudió de encima aquella sensación de ansiedad incomprensible; por otra parte, él nunca había tenido una experiencia profética antes de aquel momento, y sus poderes extrasensoriales no superaban la media humana.
No le estrechó la mano al señor Spock, como lo hizo en el caso del capitán Kirk, y ciertamente no lo abrazó como a Uhura y luego al doctor McCoy. En cambio, Sulu le hizo una solemne reverencia al oficial científico, que levantó la mano con el gesto vulcaniano equivalente.
–Larga y próspera vida, señor Sulu –le dijo.
–Gracias, señor Spock.
Luego Sulu se volvió.
–Mandala...
Ella lo rodeó con los brazos.
–Estábamos en lo cierto, Hikaru –le aseguró con una voz tan baja que nadie más podía oír–, pero ni siquiera eso hace que las cosas sean más fáciles.
–No –respondió él.
Se le nubló la vista; se sentía incómodo porque las lágrimas le llenaban los ojos.
–Cuídate –le pidió ella.
–Tú también.
Se volvió abruptamente y saltó sobre la plataforma del transportador. No podía soportar permanecer en brazos de Mandala en un sitio tan público como aquél. Ambos ya se habían despedido en privado.
Ella levantó una mano para despedirse de él. Sulu le correspondió, y luego miró a Spock, que se hallaba detrás de los controles, y asintió con la cabeza. La vibrante frialdad del rayo lo envolvió, y Sulu desapareció ante los ojos de los demás.
Tras la marcha de Sulu, la sala de transporte fue vaciándose lentamente. La atmósfera era de depresión general, a la que Mandala Flynn era mucho más sensible de lo habitual. Se sacudió mentalmente y se obligó a concentrar la atención en su trabajo. El prisionero llegaría a bordo en cosa de minutos. Se sentía intranquila con respecto a toda aquella misión, y sabía que estaba ocurriendo algo insólito. El capitán y el oficial científico sabían de qué se trataba, pero ninguno de los dos le había hecho confidencias.
«No están para replicar,/Ni para razonar por qué,/Están para hacer y dejarse matar»: Flynn recitó mentalmente aquellos versos con el mismo tono cínico con que los había escrito Tennyson, no con la aprobación disparatada u obediencia ciega que se había incrustado en ellos y se hacía más y más gruesa con el paso de los siglos.
Cuanto más supiera de la misión, mejor podría llevarla a su fin; nunca se había encontrado con una excepción de esa máxima. Pero los altos oficiales de la Enterprise no la conocían lo suficiente como para saber hasta qué punto podían confiar en ella, y se preguntaba si el capitán Kirk se fiaría alguna vez. Hasta el momento no había dado muestras de querer hacerlo.
Sin más explicación, le había dicho lisa y llanamente que no creía que la misión de transporte del prisionero fuese a representar un reto demasiado grande, pero le había pedido que dispusiera una fuerza de seguridad que resultase impresionante; y estaba claro que no había lugar a discusión con el señor Spock en relación con el uso del camarote de honor. Así pues, el inexplicable señor Mordreaux sería llevado bajo estrecha vigilancia desde la plataforma de transporte hasta el camarote... pero después de eso, Flynn no podría confiarse demasiado, ni siquiera manteniendo una vigilancia de veinticuatro horas, ni a pesar de la nueva puerta de seguridad instalada en la habitación y los escudos energéticos que la rodeaban.
¿Quién está organizando un espectáculo para quién?, se preguntó Flynn. ¿Quién está engañando a quién?, y, lo que es aún más importante, ¿por qué?
Kirk la miró.
–Estamos casi a punto de recibir al prisionero, teniente comandante Flynn.
–Sí, señor. El destacamento estará aquí a las 1015, hora estelar, como ordenó usted. –Ya oía los pasos de su gente en el corredor.
Cuando el grupo entró, Mandala no pudo reprimir una sonrisa. Esperaba que no se sintieran ridículos, pero sabían por qué habían sido escogidos; ella había creído que sería mejor informarlos de lo poco que sabía. Cada uno de los cinco miembros del equipo llevaba un rifle fásico, pero dicha arma palidecía ante el aspecto físico de los oficiales de seguridad.
Beranardi al Auriga, el segundo al mando, medía más de dos metros de estatura, y era robusto y compacto como la materia concentrada; tenía piel negra, ojos de fuego, una espesa barba roja y un cabello del color de las llamas que abarcaba todos los tonos del rojo, el naranja y el dorado.
Neon, a pesar de sus escamas iridiscentes y la larga cola dentada como la de un estegosaurio, se parecía más a un tiranosaurius rex de tamaño medio. Los seres humanos a menudo pensaban en ella en los mismos términos que lo harían con un dinosaurio: fuerte y peligrosa pero lenta y estúpida. Sin embargo, era tan rápida como la electricidad, y las facetas de su coeficiente intelectual que la Flota Estelar había podido medir, comenzaban en 200 y subían a partir de allí.
Obviamente, también Snnanagfashtalli y Jenniver Aristides habían sido escogidas para formar parte del equipo. Jenniver era incluso más alta que Barry al Auriga, y parecía una estatua de acero. Al principio, Flynn había pensado que Aristides era la criatura humana más grotescamente fea que jamás había visto, pero al cabo de unas semanas comenzó a tener la sensación de que aquella mujer poseía una belleza extraña, pétrea, escultural.
Snnanagfashtalli era el único miembro realmente violento del grupo. Después de verla en acción el día anterior, Flynn había decidido designarla sólo para misiones en las que estaba segura de que no ocurriría nada, o cuando estuviera segura de que sucedería algo. Gruñido no atacaba sin razón, y atacaba con ferocidad cuando tenía un motivo para hacerlo, pero no servía para situaciones de término medio que requirieran contención y disciplina, porque no poseía ninguna de las dos cosas. En circunstancias extremas tenía más tendencia a utilizar los colmillos que la pistola fásica.
Máximo Alisaunder Arrunja, el último miembro de aquel destacamento, tenía la habilidad de mezclarse con las multitudes. Se trataba de un hombre de mediana edad, cabellos grises y rostro anguloso. Cuando decidía no mezclarse, emanaba de él el aura más escalofriante que Flynn había percibido en su vida. Ella lo había visto intervenir en una incipiente pelea a puñetazos de puño entre dos miembros irritables de la tripulación; no tuvo que ponerle un dedo encima a ninguno de los dos, y ni siquiera le hizo falta amenazarlos. Se sometieron a causa de puro terror irracional hacia lo que fuese capaz de hacer.
Flynn le echó una mirada rápida al capitán Kirk.
–Espero que el destacamento de seguridad sea adecuado, señor.
–Sí, teniente comandante Flynn –respondió él con una expresión tan impasible en el rostro que ella supo que la valoración que había hecho de la situación no estaba muy lejos de la realidad.
Flynn desvió la mirada hacia al Auriga.
–¿Todo preparado, Barry? –Sí, señora –respondió él.
Luego, pasados unos segundos, Jenniver Aristides dijo:
–En caso de que estemos esperando a una tropa de klingons.
Apenas sonrió. Max se echó a reír, un sonido que parecía un gruñido, Neon produjo un ruido extraño como de campanillas chinas, Barry profirió una risilla sofocada, y Gruñido miró de uno a otro rostro mientras gruñía bajo con la garganta, y se preguntaba si era de ella de quien estaban riéndose. Además de carecer de contención y disciplina, Gruñido no tenía sentido del humor alguno.
–Os aprecio a todos muchísimo –dijo Flynn.
Gruñido levantó las orejas, bajó el pelo del lomo y se deslizó silenciosamente hasta su posición junto al transportador.
–Capitán Kirk –dijo Spock en un tono al que Flynn hubiera catalogado como de angustia si alguien se lo hubiera preguntado–. Capitán Kirk, el doctor Mordreaux es un anciano académico. Este... este... comando de choque de guerrilla es completamente innecesario.
–Vamos, señor Spock... queremos que Tan Braithewaite vea que lo tomamos en serio, ¿no es cierto?
La mirada de Spock fue de Kirk a Flynn y recorrió todo el equipo. Luego miró al techo durante un largo rato.
–Como usted quiera, capitán.
En el transportador se encendió la luz que indicaba que al otro lado estaba todo preparado, y un momento más tarde el prisionero y el fiscal jefe de Aleph Prime se materializaron ante ellos. El quinteto de Flynn preparó los rifles fásicos para disparar, y ella deslizó lentamente la mano hasta la culata de su pistola fásica enfundada.
¡Vaya... está drogado!, pensó Flynn en cuanto Mordreaux se solidificó. La expresión ausente y la mirada perdida no daban lugar a otra interpretación. Además, el prisionero llevaba esposas de energía en las muñecas, y un juego de grilletes de resistencia de inercia que le permitía caminar, pero lo detendría de inmediato y lo derribaría si conseguía sobreponerse a las drogas el tiempo suficiente como para echar a correr. Era algo tan anticuado como unas cadenas de hierro, igualmente innecesario y humillante. Flynn miró a Spock, pero el rostro del oficial científico permanecía impasible; aparentemente había descargado toda su capacidad emocional sobre la fuerza de choque de guerrilla.
Braithewaite saltó de la plataforma, inspeccionó el equipo de seguridad y le hizo un gesto de asentimiento a Kirk.
–Fantástico –le dijo–. ¿Dónde está la celda?
–Señor Braithewaite –respondió Kirk–, voy a sacar la Enterprise inmediatamente de la órbita en torno a Aleph Prime. No hay tiempo para que usted vaya a echar un vistazo, ni existe necesidad alguna.
–Pero capitán... yo iré con usted hasta Rehab Siete.
–Eso es imposible.
–Son las órdenes, capitán.
Le entregó a Kirk un formulario de transmisión subespacial. Kirk lo examinó con el entrecejo fruncido.
–Nosotros no podremos traerlo de vuelta, y como usted mismo ha señalado, no hay por aquí muchas naves oficiales.
–Ya lo sé, capitán –le respondió Ian Braithewaite. Su expresión se hizo sombría y meditabunda–. Después de lo ocurrido... el juicio, y Lee, y... Bueno, necesito pasar algún tiempo solo. Para pensar en algunas cosas. He contratado una nave individual; regresaré en una nave de vela. –Bajó los ojos hasta Kirk–. Haré todo lo que pueda para mantenerme fuera de su vista hasta que lleguemos a Rehab Siete, y no tendrá que preocuparse por mí una vez hayamos llegado.
Se apresuró a seguir al equipo de seguridad y a su prisionero. Kirk se detuvo durante un instante; se sentía bastante perplejo de que alguien le dijese que no se preocupara por alguien que tenía la intención de atravesar todo el sistema solar en una nave de vela, sin motor, pequeña y frágil, completamente en solitario. Mientras meneaba la cabeza, siguió a los demás fuera de la sala de transporte.
Jim Kirk regresó a su camarote y se dejó caer en una silla, demasiado cansado como para desplazarse siquiera hasta la cama. No había dormido absolutamente nada durante treinta y seis horas; había perdido al mejor oficial de navegación que la nave había tenido en toda su existencia; su oficial científico, con el fin de salvar algunos de los resultados de las observaciones del fenómeno de vacío, alguna explicación posible para su existencia, había ocupado la mayor parte del tiempo de la computadora en formular ecuaciones que nadie más podía leer, así que para qué hablar de entenderlas; y Scott acababa de comenzar a exigir con irritación la parte del tiempo de la computadora que correspondía a los trabajos de ingeniería. Un lunático brillante o un genio calumniado –probablemente ambas cosas–, estaba detenido en el camarote de honor, y su implacable perro guardián se había instalado cerca de él. La nave volaba rechinando como una reliquia; los motores hiperespaciales necesitaban un reposo completo, y ni siquiera los motores de propulsión funcionaban de forma demasiado fiable.
Una de las razones por las que Kirk se sentía tan agotado, era que la animación de Ian Braithewaite no disminuía. Hubiera resultado más fácil de manejar si hubiese sido una persona despreciable, pero sólo era joven, inexperto, simpático... y ambicioso.
Kirk lamentaba en aquel momento no haberle explicado a la teniente comandante Flynn qué ocurría exactamente... aunque obviamente, ella sabía que no era algo que estuviera del todo dentro de lo normal. Cuando Kirk pretextó exceso de trabajo e intentó persuadir a Ian de que permaneciera en su camarote, el fiscal había acechado a Flynn para que le enseñara las medidas de seguridad adoptadas. Kirk esperaba que ella fuese lo suficientemente perspicaz como para continuar con la farsa que habían preparado. Creía que sí lo era, pero ahora lo averiguaría con toda seguridad.
Kirk no podía apartar su pensamiento de la conversación que había mantenido con el doctor McCoy aquella misma mañana. Una parte de él deseaba que nunca hubiese tenido lugar; no era habitual en él hacer confidencias de aquel tipo, y en las raras ocasiones en las que eso sucedía siempre se sentía incómodo posteriormente.
Condenación, pensó, pero precisamente era eso de lo que habían hablado. Leonard McCoy y Hunter son los mejores amigos que tengo, y ni siquiera consigo sincerarme con ninguno de los dos.
Es absurdo. He cambiado mi vida por una fachada de total independencia que sé que está llena de agujeros, incluso cuando intento mantenerla ante mí mismo. Ya no merece la pena... si es que alguna vez la mereció.
Si Spock consigue limpiar de culpa a Mordreaux, tendremos que llevarlo de vuelta a Aleph Prime. Incluso en el caso de que no lo consiga, la Enterprise necesitará muchísimas reparaciones antes de que podamos siquiera comenzar a pensar en que Spock reinicie sus observaciones, y los astilleros de reparación más próximos están en Aleph. Si Hunter se ha marchado ya, puedo alquilar una nave de alta velocidad y encaminarme hacia el sitio en el que tenga la base su escuadrón. Necesito volver a verla. Necesito hablar con ella... hablar con ella de verdad, esta vez. Bones tiene razón: incluso en el caso de que eso no consiga cambiar nada, tengo que decirle que estaba equivocado.

3

EL jefe de máquinas Montgomery Scott bajó por el pasillo a marcha de apisonadora mientras mascullaba imprecaciones en un oscuro dialecto escocés. Seis semanas de trabajo para nada, seis semanas de trabajo que tendrían que repetirse en su totalidad, o más probablemente abandonar la labor si podía ser interrumpida a sólo dos días del final... y por una razón tan estúpida como aquélla. Desde el mismo momento en que habían recibido aquel misterioso mensaje de emergencia que los había apartado de su misión, lo único que había oído era: «Pobre señor Spock, pobre señor Spock, tanto trabajo para nada».
¿Y qué había del pobre señor Scott?, se preguntaba Scott. Mantener los motores con un funcionamiento estable en las proximidades de un fenómeno de vacío no era precisamente una fiesta, y él había pasado en esa labor el mismo tiempo que Spock había dedicado a su tarea. Los motores habían soportado una presión espantosa, y la misión de Scott era la de asegurarse de que no fallaran; si se hubieran parado durante la corrección orbital, la misión hubiese terminado de forma instantánea... o habría durado mucho más que seis semanas, dependiendo desde qué punto de vista se considerara el asunto.
Desde el exterior, se habría observado que la Enterprise caía hacia aquel desorden del espacio, se hacía menos clara y más borrosa, y acababa por desaparecer. Desde el interior de la nave, la tripulación hubiera visto que el espacio mismo desaparecía, luego volvía a aparecer... eso si uno contaba con que la nave realizara dicho tránsito de una sola pieza, más que en piezas sueltas; pero hubiera sido el espacio de otro lugar y otro tiempo, y las posibilidades de que la Enterprise pudiera regresar a casa habrían estado tan próximas al cero como para resultar incalculables.
Los motores eran una de las principales causas del mal humor de Scott. Mientras que toda la tripulación de la nave, o tantos como para que el número perdiera importancia, había recibido un día de permiso para bajar a Aleph Prime, Scott –en lugar de relajarse en el mejor lugar de aquel punto espacial para pasar el permiso–, había dedicado la mayor parte del mismo a la caza de piezas para luego llevarlas a bordo. Eso era sólo el comienzo del trabajo; todavía tenía que reemplazar las piezas en los motores hiperespaciales desconectados. Estaba lejos de sentirse cómodo con sólo los motores de propulsión en condiciones de trasladar la Enterprise por el espacio. Pero no podían hacer que la nave entrase en dique, en Aleph; no, tenían que cumplir una misión. ¡Misión, bah!
Además, estaba el tema de Sulu. Era cierto que Scott y Sulu no tenían una relación particularmente estrecha, pero hacía muchos años que conocía al oficial de navegación y resultaba tremendamente molesto reaparecer después de una lucha sostenida de seis horas con los generadores energéticos, y encontrarse con que Sulu no sólo se había marchado sin dedicarle siquiera un «me–alegro–de–haberlo–conocido», sino que absolutamente todo el mundo sabía que se había ido excepto él.
Pasó por delante de la sala de transporte, y luego se detuvo. Creyó ver un chisporroteo de luz, como si alguien estuviese utilizando la unidad de transferencia. Aquello era imposible, por supuesto; estaban demasiado lejos de todas partes como para transferir a nadie a bordo por medio del rayo. A pesar de todo, Scott regresó sobre sus pasos.
Spock estaba de pie en medio de la sala, como si acabara de materializarse en la plataforma; descendió de ella y avanzó dos o tres pasos antes de parar; tenía los hombros caídos y parecía a punto de derrumbarse.
–¿Señor Spock?
Spock quedó inmóvil durante no más de un segundo, luego se enderezó y se volvió serenamente hacia el ingeniero jefe. –Señor Scott. Debería haberlo... esperado.
–¿Me llamó usted? ¿Se encuentra bien? ¿Ocurre algo con el transportador?
Sin duda, alguien se había olvidado de que lo arreglara, a pesar de que era una de sus responsabilidades. Daba la impresión de que en aquellos días nadie pensaba que Scott sirviera para algo.
–Sencillamente noté algunas fluctuaciones menores de potencia, señor Scott –le explicó el oficial científico–. Podrían convertirse en motivo de quejas.
–Puedo volver y ayudarle –dijo Scott–, en cuanto haya informado al capitán Kirk del estado de los motores.
Frunció el entrecejo. Spock, que nunca daba muestras de tensión, parecía ojeroso y cansado, mucho más cansado de lo que se sentía el mismo Scott. Así que todo el mundo, humanos, super humanos, vulcanianos e incluso Spock, tenían un límite, después de todo.
–Es innecesario –respondió Spock–. El trabajo está casi acabado.
El oficial científico no se movió. Scott permaneció en la puerta durante un momento más, luego giró sobre los talones y dejó a Spock solo. Después de todos los años que llevaba trabajando con él, no debería sentirse ofendido si Spock no daba las gracias por una oferta de ayuda que no había pedido y que no necesitaba; pero ese día, Scott estaba de un humor que hacía que se sintiera ofendido casi por cualquier cosa.
Cuando el ingeniero jefe se acercó al turboascensor, un civil lo alcanzó a la carrera; no había duda de que se trataba de una de las personas que habían recogido en Aleph. Como Kirk no le había hecho confidencia alguna a Scott, éste había dado por supuesto que se les había encomendado una tarea vital y esencialmente secreta. Había supuesto que trabajaban sobre las bases de que cada uno supiera lo estrictamente necesario. Esas suposiciones habían sido falsas, el mensaje era trivial, y Scott había permanecido en la ignorancia simplemente porque, como siempre, nadie se molestaba en explicarle qué estaba ocurriendo.
Scott saludó al civil con la cabeza cuando ambos entraron en el ascensor; hubiera deseado estar solo porque se sentía con más ganas de ser gruñón en privado que hosco en público.
–¡Esperen!
Scott volvió a abrir la puerta y el capitán entró. Parecía descansado, y tenía el uniforme limpio; Scott, por otra parte, había pasado en la sala de motores las seis horas transcurridas desde la salida de Aleph, y se sentía sucio.
–Hola, Scotty –lo saludó el capitán Kirk.
–Capitán –fue la corta respuesta de Scott.
De pronto se le ocurrió que el civil tenía que haber sido casi la última persona que había utilizado el transportador, ' la persona que Spock acababa de insinuar que podía quejarse.
–Señor –dijo Scott, abruptamente–, ¿podría describirme qué sintió cuando fue transportado a bordo por el rayo? Eso podría ayudarme a encontrar el fallo.
El civil pareció sorprendido.
–Disculpe, señor –continuó Scott–. Soy el jefe ingeniero de la nave. Me llamo Scott.
–¡Santo Dios, Scotty! –exclamó Kirk–. ¿Es que también el transportador está averiado?
–El transportador de la nave funcionaba bien, por lo que yo sé –le aseguró el civil, y sonrió–. Yo suponía que tenía que mejorar un poco la forma de uno.
Las puertas se abrieron y los tres entraron en el puente.
–No sé qué es lo que le ocurre, capitán –respondió Scott–. El señor Spock acaba de decirme hace un instante...
Se detuvo en seco y le falló la voz mientras miraba con absoluto asombro hacia el puesto del oficial científico. Allí, en el lugar habitual, Spock estaba inclinado sobre su terminal de la computadora.
El capitán Kirk y el civil bajaron al nivel inferior del puente, donde la teniente comandante Flynn los esperaba recostada contra la barandilla. Scott los siguió, pero no podía apartar la mirada de Spock y tropezó en los escalones. Flynn lo aferró por un brazo y lo ayudó a recobrar el equilibrio.
–¿Se encuentra bien?
–Sí –respondió él, molesto, y se libró de la mano de ella.
Kirk ocupó su asiento y se volvió hacia Scott.
–¿Qué malas noticias hay de los motores, Scotty?
–Los motores no están en muy buenas condiciones, capitán. En Aleph conseguí la mayor parte de las piezas que necesitábamos, y puedo hacer que todo funcione bien, siempre y cuando no exijamos mucho de los motores hiperespaciales, cuando vuelvan a funcionar. Será mejor que nos mantengamos por debajo de la velocidad lumínica hasta que hayamos conseguido que le hagan un repaso a fondo...
Su voz se apagó cuando Spock descendió para escuchar la conversación.
–¿Qué ocurre, Scotty? –preguntó Kirk.
–Bueno, en realidad no es nada serio, capitán... pero, señor Spock, ¿cómo consiguió llegar al puente antes que yo? Vine hasta aquí directamente desde la sala de transporte.
Spock levantó una ceja.
–¿La sala de transporte, señor Scott? Yo he permanecido en el puente desde que se marchó el señor Sulu; hace varias horas que no me acerco siquiera a la sala de transporte.
–Pero si allí me dijo que había algo que no funcionaba bien en el transportador.
–No tengo conocimiento de ninguna avería.
–Me dijo que había notado unas fluctuaciones de energía, señor Spock, y que ya casi había terminado de arreglarlo; pero lo que no entiendo es cómo consiguió llegar aquí arriba antes que yo.
Entre los oficiales más jóvenes, había uno o dos inveterados practicantes de bromas pesadas, pero Spock nunca se involucraría en semejantes frivolidades ni cooperaría con ellas.
Scott sacudió la cabeza como si quisiera dispersar la bruma de cansancio y confusión que lo rodeaba. Todo estaría mucho más claro si él no se sintiese tan cansado...
–Señor Scott, he permanecido en el puente durante bastante rato.
–¡Pero yo acabo de verlo... acabo de hablar con usted!
Spock no dijo nada pero volvió a levantar la ceja.
–¡Yo lo vi allí!
–Scotty –dijo Kirk–, ¿cuánto tiempo permaneció fuera de la nave, anoche?
Scott se volvió hacia el capitán.
–¡Eso no es justo, capitán! ¡Yo no disfruté de ningún permiso... no hice nada más que trabajar en los motores!
–Pero se suponía que debería haberse tomado un descanso en Aleph –dijo Kirk, en un tono mucho más aplacador– Scotty, todos estamos cansados, hemos estado todos bajo niucha tensión durante demasiado tiempo. Estoy seguro de que tiene que existir una explicación lógica para lo que usted vio...
–¿Está usted diciendo que sufro alucinaciones, capitán? ¡El señor Spock que vi en la sala de transporte no era más producto de una alucinación que el que veo ahora!
–No estoy diciendo nada parecido. Lo que digo es que quiero que usted descanse. Hablaremos más tarde de esto, si es necesario.
La expresión del rostro de Kirk prohibía cualquier otro comentario. Scott vaciló, pero estaba claro que se lo excluiría de futuras conversaciones. Spock lo miraba inquisitivamente, pero no dio ninguna explicación para su peculiar comportamiento.
Bueno, pensó Scott con la irritación de generaciones de oficiales de bajo rango a los que mantienen en la ignorancia la burocracia, los altos mandos y sus propios superiores inmediatos: Bueno, así que están ocurriendo cosas insólitas, después de todo; esto no es simple rutina; este no es un mero viaje de transporte. Sin duda me enteraré de los detalles en un momento u otro, y quizá llegue incluso a averiguar la verdad por mí mismo, sin esperar a que nadie se digne a explicármelo.
Se marchó del puente con la plena seguridad de que el oficial científico lo seguía con la mirada, suponiendo que incluso en ese momento Kirk le estaba diciendo a Spock, en voz baja, con admiración y respeto:
–Bueno, no podemos ocultarle nada a Scott durante mucho tiempo, ¿verdad?
E imaginaba que Spock respondía:
–No, capitán; posee facultades deductivas de un poder insólito para un ser humano.
Scott entró en el ascensor y se encaminó a su camarote con el deseo de darse una ducha –una ducha de agua caliente–, y la copa que se había negado a sí mismo algunas horas antes. Luego, tenía la intención de dormir unas cuantas horas.
Continuaba sin comprender cómo había hecho Spock para adelantársele y llegar de la sala de transporte al puente antes que él; porque eso era lo que había hecho, tanto si lo reconocía como si no.

En el puente, a Kirk le hubiera gustado preguntarle a Spock cuál era la causa de toda aquella escena con Scott,
pero tenía que volver su atención inmediatamente hacia Tan Braithewaite.
–Capitán Kirk... ¿estamos realmente viajando a velocidad infralumínica?
Kirk suspiró.
–Señor Braithewaite, Rehab Siete está tan cerca de Aleph, hablando en términos relativos, que si viajáramos a velocidad hiperespacial nos pasaríamos de largo. Someteríamos a los motores a una tensión mucho mayor a la del punto de peligro si les aplicáramos una aceleración y desaceleración tan inmediatas entre sí.
–Espere, capitán. Yo no estaba poniendo objeciones... Nunca antes había estado en una nave estelar, y me alegro de poder hacerlo ahora. Sin embargo, había abrigado la esperanza de sentir cómo era eso de viajar a velocidad hiperespacial –respondió, anhelante.
Kirk comenzaba a encontrar sumamente difícil mantener la irritación que le producía lan Braithewaite.
–Bueno, nunca se sabe qué oportunidades pueden surgir –le replicó a Ian–. Pero vayamos a lo que nos ha reunido. Usted pidió verme para discutir la seguridad, y pensé que la teniente comandante Flynn debía estar presente.
Flynn había guardado silencio; en aquel momento avanzó y se unió al grupo.
Ian sacó una hoja de papel plegado del bolsillo.
–Esto llegó mientras usted estaba durmiendo, capitán –explicó mientras se la entregaba.
Kirk la leyó: otro ciudadano de Aleph había enfermado de botulismo hipermórfico.
–¿Cree que Aleph pueda necesitar las instalaciones médicas de mi nave como refuerzo? ¿Está pensando que podría tratarse de una epidemia?
–Casi desearía pensar eso –respondió Ian–, pero dado que mi amiga Lee era la abogada defensora del doctor Mordreaux, y fue el juez Desmoulins quien se encargó del caso, no tengo más remedio que pensar que podría haber sido algo deliberado.
–¿Que alguien lo haya envenenado?
–No tengo ninguna prueba, pero creo que al menos es una posibilidad.
–¿Por qué?
–Es un punto sobre el que no he conseguido especular, pero la coincidencia me pone muy nervioso; y me asusta. La posibilidad que más me preocupa es la de que alguien esté intentando poner en libertad al doctor Mordreaux. Creo que deberíamos aumentar las medidas de seguridad.
–Ian –dijo Kirk con tono de tolerancia–, le aseguro que comprendo qué es lo que le inquieta, pero está usted perfectamente a salvo en la Enterprise, y la teniente comandante Flynn tiene al doctor Mordreaux bien seguro en sus manos. –Miró a Flynn en busca de confirmación, y ella evitó sus ojos–. ¿Teniente comandante Flynn?
Ella le miró directamente a los ojos con su mirada verde cristalina.
–Yo preferiría discutir de la seguridad delante de menos público, capitán.
–Ah –dijo Kirk, y comprendió que ella esperaba que captase una indirecta, que no estaba del todo conforme con las disposiciones de seguridad, de la misma forma que él había contado con que Flynn captara las indirectas suyas desde el comienzo de aquella misión–. Bien. De acuerdo. Pero, después de todo, el doctor Mordreaux es un hombre anciano...
–Teniente comandante Flynn –intervino Braithewaite–, el doctor Mordreaux es tanto mi responsabilidad como la suya, y no creo que sea justo que se me excluya de las discusiones a su respecto. Capitán Kirk...
–¡Kirk!
Braithewaite habló al mismo tiempo que sonó el chillido; por un instante, Flynn pensó que había sido él quien había gritado el nombre de Kirk.
–¡Usted me destruyó, Kirk! ¡Merece la muerte!
Consternados, todos se volvieron.
El doctor Mordreaux, con los ojos enloquecidos, se erguía en la entrada del puente. Blandía una pistola pesada, de aspecto peligroso, y con el cañón les hizo a Flynn y Braithewaite gesto de que se apartaran.
–Ustedes dos, fuera de mi camino.
–Doctor Mordreaux –le dijo Braithewaite–, no empeore las cosas, por su propio bien...
Con la hipersensitividad de la subida de adrenalina, Flynn vio que la pistola estaba apuntada hacia Braithewaite mientras éste avanzaba hacia Mordreaux. Pensó: «Erróneo, erróneo, es justo la cosa más errónea que puede hacerse, valiente pero estúpido, malditos aficionados...». Cuando se levantó el percutor, ella ya se había lanzado hacia delante. Su impulso empujó a Braithewaite fuera de la línea de fuego y la llevó a ella hasta el nivel superior del puente. Un segundo más de vacilación por parte de Mordreaux, y le aferraría la muñeca con una mano, un segundo más... Maldito fuera Kirk por no decirle qué era lo que estaba ocurriendo, maldito fuera por hacer que todo pareciese trivial; si no lo hubiera hecho ella habría mantenido su pistola fásica encendida y al diablo con las normas. Un instante más.
La pistola se disparó.
La explosión del sonido la sorprendió más que el aplastante golpe que la arrojó sobre la cubierta.
Jim Kirk se puso en pie de un salto. La pistola disparó una segunda vez, y el sonido atravesó el desorden cacofónico del puente. La bala penetró en su cuerpo y lo envolvió en una bruma de dolor brillante como una nova.
Mordreaux retrocedió hasta el ascensor y las puertas se cerraron un momento antes de que Spock llegara hasta ellas. El oficial científico no malgastó tiempo en intentar abrirlas por la fuerza. Saltó escaleras abajo, pasó junto a la teniente comandante Flynn que se estaba poniendo trabajosamente de pie, y le dio un manotazo al interruptor de llamada.
–¡Doctor McCoy, preséntese de inmediato en el puente! ¡Equipo de emergencia, emergencia nueve!
Spock se arrodilló junto a Kirk.
–Jim...
El puente estaba hecho un caos en torno a ellos. La sangre había salpicado la cubierta y los tabiques, y brillaba en las luminosas pantallas de datos. La teniente comandante de seguridad, con una mano apretada contra el hombro herido, dio crispadas órdenes a través de su intercomunicador con el fin de organizar sus fuerzas para la captura de Mordreaux. La sangre le goteaba por entre los dedos y salpicaba el piso junto a Spock, como una lluvia.
La segunda bala había alcanzado a Kirk en pleno pecho. La sangre le salía a borbotones con cada latido del corazón. Afortunadamente, eso significaba que su corazón todavía estaba latiendo.
–Spock... –Kirk se forzó a atravesar la masa de luz escarlata, hasta conseguir atravesarla lo suficiente para ver lo que había al otro lado.
–Quédese quieto, Jim. El doctor McCoy viene de camino. Spock intentó detener la hemorragia. Jim profirió un grito y buscó a tientas la muñeca de la mano de Spock.
–No –musitó–. Por favor...
Sentía que la sangre le burbujeaba en los pulmones. La herida era demasiado profunda, demasiado seria como para reducirla por presión directa. Spock abandonó aquel esfuerzo inútil que sólo provocaba dolor. Jim se sintió suavemente levantado, suavemente soportado, y la sensación de ahogo disminuyó de forma perceptible.
–¿Está herido alguien más? ¿Mandala...?
–Estoy bien, capitán. –Comenzó a subir los escalones. –¡Teniente Flynn! –la llamó Spock sin levantar la mirada.
–¿Qué?
–No llame el ascensor... el doctor McCoy no debe ser retrasado.
Ella necesitaba bajar para ayudar a su gente; necesitaba hacerlo, era algo instintivo; pero Spock tenía razón. Se quedó esperando, balanceándose como presa de un mareo.
–Mandala, déjame ayudarte.
Las amables manos de Uhura la ayudaron a volverse y avanzar algunos pasos antes de que ella protestase.
–No, no puedo.
–Mandala...
–Uhura –susurró la otra–. Uhura, si me siento no estoy segura de que luego pueda ser capaz de ponerme nuevamente en pie.
–Teniente Uhura –ordenó Spock con tono terminante–, vuelva a llamar al doctor McCoy.
Spock no quería mover a Jim sin contar con una camilla, pero si esta última y McCoy no llegaban en treinta segundos más, pensaba llevar él mismo a Jim Kirk a la enfermería.
–¿Qué ha ocurrido, Spock? –susurró Jim–. Se suponía que éste tenía que ser... un viaje de rutina. –En sus labios apareció una espuma de color rosa claro. La bala le había perforado un pulmón; respiraba de manera irregular, y cuando intentaba respirar profundamente el dolor lo torturaba.
–No lo sé, Jim. Por favor, no hable.
Jim comenzaba a ser víctima de un shock, y ya no había tiempo que perder.
La puerta se abrió y McCoy entró en el puente.
–¿Qué ha ocurrido? Oh, Dios mío... –Vio primero a Flynn y se encaminó hacia ella.
–No se trata de mí –le dijo ella–. Es el capitán.
Él vaciló sólo durante un momento, pero advirtió que la sangre que le cubría la camisa del uniforme, y le salpicaba la cara, las manos y los cabellos, provenía de una herida no crítica que tenía en la parte alta del hombro; se apresuró a acercarse a Jim.
Flynn entró en el ascensor y las puertas se cerraron detrás de ella.
McCoy se arrodilló junto a Jim.
–Tómeselo con calma, Jim, muchacho –lo tranquilizó–.Lo tendremos en la enfermería dentro de tan poco...
Kirk nunca había sido tan consciente de su propio pulso como en aquel momento, que le latía como una tempestad de truenos por todo el cuerpo.
–Bones... Yo...
–¡Silencio!
–Tenía usted razón... en lo que hablamos... iba a decirle a Hunter...
–Todavía tendrá la oportunidad de hacerlo. Cállese. ¿Qué forma de hablar es esa?
McCoy pasó un detector anatómico por encima del cuerpo de Kirk. El corazón de Jim estaba ileso, pero la arteria estaba seriamente rota. El sensor le dijo que había un pulmón perforado, pero eso resultaba obvio sin información mecánica alguna. Lo esencial era suministrarle oxígeno lo antes posible, y luego conectarlo al reemplazador de fluidos con un portador de hemoglobina; estaba sangrando con tal profusión que el peligro principal lo constituía la falta de oxígeno.
–¿Dónde está el equipo de emergencia? –preguntó Spock con voz tensa.
–Viene de camino –respondió McCoy para defender a su gente, aunque él mismo estaba furioso porque aún no hubiesen llegado. Sin embargo, ya sabía que podía salvar a Jim Kirk.
–Se pondrá bien, Jim –––le dijo, esta vez sinceramente.
Pero había algo más, una señal de peligro en el detector anatómico. McCoy pensó inmediatamente en veneno, pero los datos pertenecían a una serie incorrecta. Nunca antes había visto nada parecido a aquella señal.
–¿Qué demonios...?
Jim pensó que tenía sangre en los ojos. Una nube resplandeciente cruzó ante su vista.
–No puedo ver –dijo, y tendió los brazos a ciegas.
Spock le cogió la mano, se la estrechó con fuerza, y abrió deliberadamente los escudos emocionales _y mentales que había construido durante todo el tiempo que llevaba asociado con los seres humanos.
–Se pondrá bien, Jim –le aseguró.
Apoyó la mano derecha sobre la sien de Jim para completar el circuito telepático místico que lo unía a su amigo. Lo invadieron el dolor, el miedo y el arrepentimiento, que él los aceptó de buena gana y sintió que su amigo se sentía más aliviado.
–Mi fuerza para la suya –susurró en una voz tan baja que nadie podía oírla, las palabras hipnóticamente recordatorias de las técnicas que estaba empleando––. Mi fuerza para la suya, mi voluntad para la suya.
McCoy vio que los párpados de Spock se cerraban y los ojos se le ponían en blanco hasta que sólo quedó visible una zona de la esclerótica con forma de luna creciente; pero no podía ponerle atención a lo que estaba haciendo el vulcaniano. Las puertas del ascensor se abrieron y entró corriendo el grupo de emergencia con equipos de soporte vital.
–¡Vengan aquí! –gritó McCoy.
Los otros se apresuraron a obedecerle.
Lo conectaron a la unidad de soporte vital, y el oxígeno inundó el cuerpo de Jim. Sus nervios, hasta entonces carentes del gas vital, transmitieron nuevas agonías a su cuerpo. Jadeó, y la sangre comenzó a ahogarlo. Los largos dedos de Spock le aferraban una mano. El dolor disminuyó en grado infinitesimal, pero su visión desapareció en la casi absoluta oscuridad.
–¿Spock?
–Estoy aquí, Jim.
La mano de su amigo se apoyaba suavemente contra la sien y el lado de la cara. Jim era capaz de sentir la proximidad, la fuerza que lo mantenía con vida. Ya no podía ver, ni siquiera a nivel mental, pero de otra forma a la que no podía dar nombre, sentía la precisión de los pensamientos de Spock, cuyo orden estaba alterado por su propio dolor y miedo.
Jim Kirk sabía que iba a morir, y que Spock lo seguiría a lo largo de la espiral en aceleración hasta que hubiera caído ya demasiado profundamente como para regresar. De buena gana escogería morir para intentar salvar la vida de Kirk.
También al capitán James Kirk le quedaba una elección.
–Spock... –susurró–, cuide bien... de mi nave.
Temía haber esperado demasiado, pero el miedo le daba la fuerza necesaria. Arrancó su mano de la de Spock _y rompió el contacto; renegó de la fuerza y la voluntad de Spock y se entregó a la agonía, la desesperación y la muerte.
La resonancia física de la descarga emocional arrojó a Spock hacia atrás. Su cuerpo chocó contra la barandilla y cayó al suelo, laxo. Permaneció quieto mientras recuperaba fuerzas. Sentía la cubierta fría contra un flanco de la cara y las manos extendidas. Los ecos de las heridas de Jim Kirk se desvanecieron lentamente. Spock abrió los ojos y vio una niebla gris. Parpadeó una y otra vez: la membrana nictitante se deslizó sobre el iris y finalmente pudo ver. Spock se puso trabajosamente de pie, luchando para ocultar sus reacciones.
El cuerpo de Jim yacía ahora en la camilla de la unidad de emergencia, conectado al fluido y al respirador; respiraba, pero por lo demás estaba inmóvil. Sus ojos... sus ojos, completamente abiertos, estaban cubiertos por una capa de color gris plata.
–Doctor McCoy...
–Ahora no, Spock.
Spock sentía que el cuerpo se le estremecía. Tenía los puños cerrados.
McCoy y parte de su equipo de emergencia hicieron flotar la camilla hasta el interior del ascensor, mientras que dos de los sanitarios permanecieron en el puente para llevar a la enfermería a Braithewaite, que había quedado inconsciente a causa de la caída.
El cuerpo del capitán estaba vivo; a partir de ese momento podrían mantenerlo vivo indefinidamente.
Pero Spock había sentido morir a Jim Kirk.
Mandala Flynn estaba apoyada contra la pared posterior del ascensor, con los ojos cerrados, mientras identificaba mentalmente los daños que había sufrido su cuerpo. La bala había hecho un recorrido diagonal desde la clavícula izquierda, atravesado hasta la espalda y descendido, para alojarse finalmente contra las costillas inferiores como un trozo de plomo fundido. Hasta donde ella podía percibir, la bala le había atravesado el cuerpo sin causarle ningún daño grave, pero tenía la clavícula fracturada, una vez más; sabía cuál era la sensación.
Profirió una imprecación. La bala le había entrado casi exactamente por el mismo sitio por el que le había penetrado la metralla dos años antes. Ahora tendría que malgastar dos meses en terapia; el rompecabezas de trozos de hueso ya no recuperaría la resistencia original.
La presión sanguínea le estaba bajando; tenía que imponer su voluntad sobre su cuerpo para no sufrir un shock. Las técnicas de bio–retroalimentación estaban funcionando. Hasta el momento, había conseguido incluso reducir el dolor, o la mayor parte del mismo, por el sistema de enviarlo a un nivel inferior de la consciencia.
Era plenamente consciente de que no podría mantenerse en pie durante mucho tiempo más. Había perdido demasiada sangre, e incluso a pesar del biocontrol, el cuerpo humano tenía unos límites que ella ya casi había alcanzado.
Las puertas del ascensor se abrieron ante un corredor vacío.
¡Debería haber guardias en todos los niveles! La furia se apoderó de Mandala, la furia y la vergüenza, porque independientemente de lo grave o levemente que estuviera herido el capitán, la responsabilidad era sólo de ella. Incluso si nadie hubiese resultado herido, el prisionero había escapado. No existía excusa alguna para eso; pensaba que su dominio del mando de las fuerzas de seguridad era competente, incluso sobresaliente. Había visto cómo la moral se construía a partir de la nada, pero ahora allí estaba, como una farsante manifiesta.
Enfréntate a ello, Flynn, se dijo salvajemente; podrían haber reemplazado a tu predecesor con una roca, y la moral hubiese subido de todas formas. Eso no te convierte en alguien apto para el liderazgo. Deberían degradarte a alférez,
que es lo que te corresponde. Siempre tuvieron razón con respecto a ti.
Un lunático armado con una pistola estaba suelto por la nave, y no había ni un solo guardia junto a las condenadas puertas del ascensor.
Entró en el pasillo. Tenía los pies insensibles, como dormidos, y tenía las rodillas como de algodón, raras.
¿Es esto el shock?, se preguntó desconcertada. No son los síntomas del shock. ¿Qué diablos está ocurriendo?
Avanzó unos cuantos pasos. El camarote de Mordreaux estaba justo al girar el recodo. Modelos lingüísticos acerca de cerrar los establos cuando los caballos ya se habían escapado surgieron en su mente junto con la habitual incertidumbre que le provocaba no saber qué aspecto tenía un caballo... o un establo... Se obligó a fijar su atención nuevamente en el entorno. Si su gente no estaba junto al ascensor, el camarote de Mordreaux era un lugar tan bueno como cualquier otro para comenzar a buscarla.
¿Podría ser aquel un asalto planeado?, se preguntó. ¿Estaría Braithewaite en lo cierto? ¿Habrían apresado y eliminado a todos los miembros de las fuerzas de seguridad, uno a uno, con la intención de libertar a Mordreaux? En términos logísticos, no tenía sentido asaltar a una nave espacial en lugar de a las insignificantes fuerzas de seguridad de Aleph Prime. Allí, una fuerza atacante tendría que conseguir moverse por la nave sin ser detectada por los sensores de la nave; esa fuerza tendría que subir a bordo de la Enterprise sin disparar los sistemas de alarma, lo cual requería varias redundancias, y hubiera tenido que hacer su trabajo demasiado rápidamente, de una forma demasiado perfecta como para que no quedara nadie que pudiera accionar una alarma.
Mandala Flynn dio un traspié y cayó de rodillas, pero no sintió nada. Tenía dormidas las piernas casi hasta la cadera. Dirigió una mirada estúpida hacia abajo. Eso no servía para nada. De alguna manera, consiguió ponerse nuevamente de pie.
Un asalto de aquel tipo no tenía sentido en términos humanos; en términos humanos era imposible; pero ella había aprendido –una de las primeras lecciones que había aprendido en su vida–, que la consciencia humana pertenecía a un grupo minoritario, y que limitarse a pensar en términos humanos era la forma más rápida de demostrar que uno era imbécil.
Todavía no había visto a nadie. Podía llamarlos por el intercomunicador, pero estaba demasiado furiosa como para hablar con ninguno de sus subordinados de una forma que no fuese cara a cara y, a decir verdad, no creía poder levantar la mano izquierda. Ese brazo había perdido toda la fuerza y la sensibilidad.
Giró en el recodo del pasillo.
Allí, ante el camarote de Mordreaux, varios de sus subordinados se agitaban, confusos.
–¿Qué demonios está ocurriendo? –les gritó, con una voz suficientemente potente como para que la oyeran–. Mordreaux está suelto y vosotros estáis aquí como... como...
Beranardi al Auriga, que estaba inclinado para mirar a través de la ventanilla de observación de la nueva puerta de seguridad del camarote de honor, se irguió. Era cabeza y hombros más alto que su superior. Vio la sangre que le corría por entre los dedos y por el brazo y el flanco.
–Mandala... Teniente comandante, ¿qué...? Permítame que la ayude...
–¡Responde a mi pregunta! –Flynn apenas podía sentir el calor de su propia sangre. El dolor había desaparecido.
–Mordreaux está allí dentro, teniente –respondió al Auriga. Abrió la cerradura de la puerta para que ella pudiese mirar al interior, cosa que hizo.
Tendido sobre el lecho, apoyado sobre un codo como si acabaran de despertarlo, Mordreaux les dirigió una mirada turbia.
–¿Qué ocurre? –preguntó–. ¿A qué se debe toda esta conmoción?
–Neon –dijo Mandala–, ¿ascensor, puerta, guardias?
–Comandante –respondió Neon con su voz argentina–,
prisionero, celda, Neon, intersección; alarma.
–¿Qué...?
La confusión de Flynn no era debida a que no hubiese comprendido el insólito inglés de Neon. Neon acababa de decirle que no sólo Mordreaux estaba en la celda, sino que Neon estaba allí de guardia cuando había sonado la alarma.
–Prisionero, separación, puente –dijo Neon.
Flynn sacudió la cabeza para intentar aclarar su mente
del creciente aturdimiento. Todas las posibilidades del mundo pasaron velozmente por su consciente. Un duplicado androide. Clones. Clones, demonios, quizá Mordreaux tenía un hermano gemelo.
–Barry, haz que todo el mundo... todo el mundo permanezca levantado durante la guardia nocturna... y regístrad la nave. Dobla la guardia aquí, y pon una guardia en la lanzadera, y en las compuertas de descompresión y, maldición, también en la sala del transportador. –Boqueó; sentía que le faltaba la respiración y estaba mareada–. Mordreaux acaba de disparar contra el capitán en el puente... y si no era Mordreaux era alguien que causaba la misma condenada impresión. Asegúrate de notificarle a todo el mundo que va armado.
–Sí, comandante.
–¿Dónde está Jenniver? –preguntó Flynn. Aquélla debería haber sido su primera pregunta; tenía que estar sufriendo un shock. La vista se le nubló durante un momento. Cerró los ojos y los mantuvo así–. Se supone que Jenniver debía estar de servicio en este turno. ¿Dónde está? –Abrió nuevamente los ojos pero su vista no era clara.
–Enfermería –dijo Neon.
–Estoy bien –le espetó Flynn, a sabiendas de que no lo estaba.
–Jenniver, enfermería, enferma, intersección –dijo pacientemente Neon–. Mandala, enfermería, intersección; instante.
Flynn asintió. Neon hablaba con precisión, a pesar de que la única parte de su discurso que relacionaba entre su lengua natal y el inglés eran los sustantivos. Si Jenniver hubiera resultado herida en un intento de fuga, eso es lo que Neon le habría dicho. Pero se había enfermado y estaba en la enfermería. Neon pensaba que también a ella había que llevarla allí rápidamente. Estaba en lo cierto.
–Instante –repitió Neon.
Flynn volvió a cerrar los ojos. Sintió que perdía el equilibrio e intentó aferrarse a algo. Intentó levantar el brazo izquierdo, pero éste sólo se movió débilmente; la mano no le funcionaba en absoluto. El dolor le atravesó los hombros y la espalda, para desvanecerse en la insensibilidad del pecho y el abdomen; tropezó con la pared con un estremecimiento, y comenzó a deslizarse hacia el piso.
Necesito ambas manos, pensó confusamente. Eso es. La mano derecha no se le movía.
Sobresaltada, abrió los ojos y miró hacia abajo mientras intentaba ver con claridad.
Gimió.
Unas delicadas fibras plateadas, que destellaban a través de una niebla gris, le entrelazaban los dedos como si fueran de seda, atándoselos al hombro herido. Presa del pánico, arrancó la mano. Las fibras se estiraron, rompieron y enredaron entre sí como las cuerdas de un instrumento musical. Los extremos rotos se retorcieron por la superficie de la camisa, y las hebras sueltas se le apretaron en torno a la mano.
Neon avanzó en dirección a ella, emitiendo un ruido agudo e interrogativo.
–¡No te acerques! –Flynn sentía cómo aquellas fibras crecían en su interior y se retorcían, enroscándose como una tela de araña en torno a su espina dorsal. Neon y Barry se acercaron a ella para intentar ayudarla–. ¡Neon, Mandala, separación, separación! ¡Barry, no dejes que nadie me toque sin un traje de cuarentena!
La mandíbula y la lengua comenzaron a insensibilizársele al subir las hebras plateadas hasta su cerebro. Luchó para pronunciar algunas palabras. Las rodillas le fallaron y cayó hacia delante y de lado, aunque apenas percibió el impacto. Una película de zarcillos había crecido hasta cegarla.
Ahora sabía qué tipo de arma había utilizado Mordreaux.
–Rápido... –susurró–. Barry... dile a McCoy... tela de araña... capitán Kirk...
Las hebras alcanzaron la consciencia de Mandala Flynn y la destrozaron.

Spock se forzó para no someterse a las reacciones de su cuerpo ante lo que acababa de ocurrir. Aunque comprendía el concepto humano del alma y el espíritu, sus conceptos de lo que hacía que una criatura fuese racional e inteligente eran completamente vulcanianos, demasiado sutiles y complejos como para explicarlos en términos humanos o en cualquiera de los idiomas de la humanidad; pero había entrado en contacto con aquel concepto de una forma más profunda e íntima de lo que nunca había llegado a sondear una mente humana, y había observado, no, sentido morir hasta el último destello de aquél. Si Jim no hubiese roto la conexión hipnótica y le hubiera devuelto a Spock la voluntad y la fuerza que él había intentado canalizar hacia su amigo, Spock también hubiera estado en estado de coma y con el cerebro dañado bajo los tiernos y brutales cuidados de los equipos vitales del doctor McCoy.
–Señor Spock, ¿qué ha ocurrido? Por favor, déjeme ayudarlo. ––Uhura se acercó a él, sin tender el brazo para tocarlo pero ofreciéndole una mano medio levantada. Spock sabía que ella no lo tocaría sin su permiso.
Pavel Chekov estaba inclinado sobre los mandos, llorando de forma incontrolada a causa del shock psicológico y el alivio ya que, al igual que los otros humanos que estaban en el puente, Chekov también pensaba que el capitán Kirk viviría.
Las emociones que rodeaban a Spock eran tan fuertes que podía percibirlas sin valerse del contacto físico, y en su presente estado de debilidad necesitaba alejarse de todos ellos. No podía pensar con lógica en aquellas condiciones, y en aquel momento era esencial que alguien lo hiciese. Había que hacer un enorme montón de cosas.
A pesar de que las lágrimas corrían lenta y regularmente por el rostro de Uhura, la teniente no parecía darse cuenta de ello; su aspecto exterior era de una calma más grande que la que sentía el mismo Spock.
–Teniente... –Se interrumpió. Tenía la voz tan ronca como si hubiese estado gritando. Volvió a comenzar–. Necesito su ayuda. Llame a la teniente comandante Flynn y ordénele que vaya inmediatamente a la enfermería bajo mi autoridad. Existen razones para pensar que ha resultado más seriamente herida de lo que ella cree. No debe esperar más tiempo.
–Sí, señor –respondió ella. Cuando la luz de todos los canales se encendió con el color que indicaba que estaban abiertos, volvió a mirar a Spock–. Pero ¿y usted, señor Spock?
–Yo no he sufrido ningún daño físico –respondió Spock.
Necesitó hasta la última reserva de la fuerza que le quedaba para subir los escalones sin caer. Detrás de sí, oyó que Uhura llamaba a Mandala Flynn.
–Teniente, está aquí abajo –exclamó la voz de Beranardi al Auriga con un deje de histeria–. Delante de la celda del doctor Mordreaux. Se ha caído, pero nos ordenó que no la tocásemos. ¡Le han disparado con una bala de tela de araña, maldición, Uhura, y ella cree que lo mismo ocurrió con el capitán Kirk!
Spock le asestó una manotada a los controles del turboascensor. En el momento en que se cerraba la puerta, todos los miembros de la tripulación que estaban en el puente lo miraron con consternación, horror y sorpresa aterrorizada.
El ascensor bajó y los dejó a todos atrás. Spock se recostó pesadamente contra la pared del ascensor, mientras luchaba para controlar su cuerpo tembloroso. Una tela de araña; tendría que haberse dado cuenta desde el principio, pero aquella arma era tan peculiarmente humana en su brutalidad que él nunca había podido concebir que alguien la utilizase.
Ya lejos de los otros miembros de la tripulación, consiguió finalmente calmarse. Cuando las puertas del ascensor volvieron a abrirse, él salió con un paso tan seguro como si no hubiese pasado ni un instante por aquel estado de semiinconsciencia.
Al volver el recodo del pasillo y acercarse al camarote del doctor Mordreaux, Spock vio que Beranardi al Auriga pulsaba los controles de un intercomunicador.
–¡Dónde demonios está el equipo técnico de medicina!
A aquellas alturas, la sección médica debía de haber recibido ya las noticias de la tela de araña, pensó Spock. En la enfermería reinaría el caos.
Con la luz destellando en las escamas de su cuerpo, Neon estaba agachada por encima de Mandala Flynn como si pudiera protegerla con la ferocidad. Spock se arrodilló junto al cuerpo desplomado de la teniente comandante de seguridad. Cuando estaba viva, había dado la impresión de una competencia y un poder físicos absolutos; se trataba de una impresión correcta, pero era debida a sus habilidades y su confianza más que a su tamaño. Era una mujer menuda y delgada; al escapar de ella la vida, se había puesto de manifiesto la delicadeza de sus huesos y la transparencia de su piel de color marrón claro. Parecía muy frágil.
–No lo haga... –le dijo al Auriga a Spock cuando él tendió una mano hacia Mandala–. Ella ha dicho que no la tocaran.
–Yo no estoy bajo la autoridad de la teniente comandante Flynn –respondió Spock.
Spock extendió despacio un brazo hacia ella, pero vaciló. Tenía las manos cubiertas con la sangre de Jim Kirk. Spock pasó suavemente los dedos por la sien de Mandala Flynn. La herida que la mujer tenía en el hombro continuaba sangrando lentamente; cada célula de su cuerpo por separado mantenía aún una apariencia de vida; pero comprobó que no tenía pulso, y Spock no recibió ni la más ligera señal del cerebro.
Los ojos, que habían sido de una insólita tonalidad de verde, se habían convertido en un sedoso gris. Spock había visto que la misma película comenzaba a formarse sobre los ojos de Jim Kirk cuando lo sacaban del puente.
–El peligro ya ha pasado –anunció Spock. Levantó los ojos y sostuvo la mirada de cada uno de los oficiales de seguridad–. La tela ha dejado de crecer. La teniente comandante Flynn ha muerto.
Barry al Auriga se volvió de espaldas; Neon emitió un ronco gruñido sordo. Spock se preguntó si se vería obligado a defender al doctor Mordreaux.
Neon se sentó sobre las ancas.
–Venganza –susurró, pensativa–. Deber –agregó luego en voz más alta–. Lealtad, juramento, deber.
Spock se puso de pie.
–¿Dónde han capturado al doctor Mordreaux? –le preguntó al segundo de Flynn.
–No lo hemos hecho –respondió al Auriga con tono apagado. Lentamente y de mala gana, volvió a encararse con Spock–. Él estaba aquí. Estaba encerrado. Mandala... la teniente comandante Flynn nos ordenó que registráramos la nave, en busca de un doble.
Spock levantó una ceja.
–Un doble...
Antes de tomar en consideración esa posibilidad improbable, tenía que investigar la de un fallo en el sistema de seguridad.
–¿Quién estaba de guardia?
–Neon. Era el turno de Jenniver Aristides, pero ella está en la enfermería... señor Spock, lo lamento, pero todavía no sé realmente qué fue lo que ocurrió. Acabo de enterarme de que se sintió enferma, pero consideré que era más importante comenzar con la búsqueda.
–Perfecto. ¿Qué otras órdenes ha dado usted?
Barry al Auriga respiró profundamente.
–Que doblen la guardia. Lo que yo quiero es lo que quiso desde el principio la propia teniente comandante Flynn... cambiar al prisionero a una celda de seguridad. ¿Continúan en vigor las órdenes de mantenerlo en este camarote? ¿Se encuentra el capitán en condiciones de dar órdenes?
–No, teniente, no lo está, pero ésas eran órdenes mías y continúan en vigor.
–Después de lo que ha ocurrido... –El resentimiento se hizo manifiesto en la voz de al Auriga.
–El capitán comprendió mi razonamiento al respecto –respondió Spock, demasiado consciente de que su razonamiento había demostrado ser imperfecto.
–Esto es una locura, señor Spock. Si se ha escapado antes, quizá pueda volver a hacerlo a pesar de la doble guardia. Podría recuperar el arma del sitio en el que la esconde. La descripción de que disponemos indica una semiautomática de doce disparos, así que todavía le quedan diez de esos condenados proyectiles... en alguna parte.
–Las órdenes continúan en pie, señor al Auriga.
Oyó pisadas y se volvió a mirar por encima del hombro, antes de que el sonido estuviera al alcance del oído humano. Un técnico médico apareció por el recodo del pasillo, corriendo pesadamente. Parecía agitado y aturdido. Su bata estaba manchada de sangre.
Abrió torpemente su maletín médico antes incluso de detenerse junto al cuerpo de Mandala Flynn. Tras arrodillarse, buscó el pulso de la mujer y levantó unos ojos consternados.
–¡Por el amor de Dios, no se queden ahí parados! –Sacó del maletín un estimulante cardíaco y comenzó la reanimación. –
Spock lo apartó suave pero firmemente de Flynn.
–No hay necesidad –le aseguró–. No hay razón para hacerlo. Está muerta.
–¡Señor Spock...!
–Mírele los ojos.
El técnico hizo lo que le pedían, pero fue al Auriga quien profirió un grito ahogado.
–Ésa es la misma apariencia... –El técnico miró a Spock a los ojos–. Ésa es la misma apariencia que tienen los ojos del capitán. El doctor McCoy lo está operando en este preciso momento.
Spock le volvió deliberadamente la espalda al técnico. No quería pensar en que Jim Kirk estaba siendo mutilado aún más en un inútil intento de salvarle la vida.
Unos golpes los sobresaltaron a todos.
–¡Déjenme salir!, ¿me oyen? –gritó el doctor Mordreaux, golpeando nuevamente la puerta–. ¡Yo no he hecho nada! ¿De qué se me acusa esta vez? ¡Les digo que estuve aquí mismo desde que me subieron a bordo de esta maldita nave!
Barry al Auriga se volvió lentamente hacia la puerta cerrada, con el cuerpo tenso de ira. Spock esperó, para ver qué haría el oficial de seguridad; esperó para ver si el hombre de ojos escarlata podía controlarse lo suficiente como para ocupar el puesto de Mandala Flynn. De pronto, al Auriga se encogió de hombros aunque con las manos apretadas en sendos puños, y luego se relajó gradualmente. Se volvió hacia el técnico médico, que estaba de pie junto al cuerpo de Flynn, con actitud de impotencia.
–¿Tiene algún sedante para darle?
–¡No! –dijo Spock con tono tajante.
Los otros dos hombres lo miraron fijamente. Neon, haciendo caso omiso de todos ellos, sacó la camilla del compartimento correspondiente del maletín médico abandonado, y emprendió la tarea de desplegarla.
–Señor Spock –comenzó al Auriga–, no puedo interrogarlo si está en estado histérico.
–El doctor Mordreaux ha estado bajo la influencia de una cantidad excesiva de drogas que le fueron administradas por una cantidad de razones excesivamente endebles antes de que comenzara este viaje –respondió Spock–. A menos que se le permita recuperarse de los efectos de todas ellas, no oiremos jamás una historia coherente de sus labios. La teniente comandante Flynn ordenó un registro de la nave, ¿no es así?
–Sí –replicó al Auriga.
–En tal caso, quizá debería proceder a efectuarla.
–Ya ha comenzado –aseguró el oficial de seguridad. Luego profirió una imprecación en voz muy baja–. Y tenemos que encontrar esa condenada arma.
–Ya habrán, por supuesto, registrado al doctor Mordreaux.
Barry al Auriga pareció congelado.
–¡Oh, dioses míos! No creo que nadie lo haya hecho. ¿Neon...?
–Prisionero, seguridades, separación –dijo Neon. Alisó la camilla arrugada hasta convertirla en una lámina plateada plana y la empujó hacia abajo hasta que casi tocó la cubierta–. Corredor, camarote, separación.
–Ninguno de nosotros se ha acercado a él. La teniente comandante Flynn iba a registrarlo, creo, pero...
–Será mejor que lo hagamos ahora –decidió Spock–.Desbloquee la puerta y apártese de ella.
Mientras al Auriga desbloqueaba la puerta, Neon subió a Mandala Flynn sobre la camilla y luego la hizo flotar, junto con su carga, hasta la altura de la cintura. Se acercó al técnico médico que cogió el mando de dirección, y se quedó inmóvil mirándola con expresión ausente.
–Llévela a estasis hasta que hayamos leído su testamento –dijo Spock–. Neon: Neon, puerta, cubrir.
El técnico médico se apartó; Neon inclinó la cabeza en señal de asentimiento y se desplazó hacia un lado de la puerta, donde se preparó para saltar al interior del camarote y prestar su ayuda si era necesario.
–Doctor Mordreaux –llamó Spock en un tono de voz lo suficientemente alto como para que el otro pudiese oírlo–, por favor, cálmese. Voy a entrar para hablar con usted.
El aporreo de la puerta cesó.
–¿Señor Spock? ¿Es usted, señor Spock? ¡Gracias, dioses, una persona racional en lugar de todos estos estúpidos militares burócratas!
Spock empujó la puerta para abrirla. Estaba preparado para moverse con cada fibra de fuerza y velocidad para impedir que fuese disparado otro proyectil de telaraña; pero el doctor Mordreaux permaneció completamente inmóvil en el centro del camarote, con los brazos extendidos y rígidos. Cuando vio a Spock, sus ojos se abrieron enormemente, pero no se movió.
–Señor Spock, ¿qué ha ocurrido?
Spock se miró la camisa y las manos manchadas de sangre, pero no le respondió.
–Tengo que registrarle, doctor Mordreaux.
–Adelante –respondió Mordreaux con un tono de resignación en que resonaba una cierta ironía–. Estoy adquiriendo mucha práctica en seguir el protocolo.
Spock lo registró rápidamente.
–Está desarmado.
Barry al Auriga registró el camarote con su sensor.
–Señor Spock, ¿qué es lo que se supone que he hecho? –Acaban de dispararle al capitán Kirk.
–¿Qué? ¿Y sospecha usted de mí?
–Hubieron varios testigos.
–Están mintiendo. Están mintiendo exactamente igual que todos los otros que han mentido con respecto a mí. Yo no le he hecho daño a nadie. No he hecho nada. Lo único que he hecho en toda mi vida ha sido ayudar a mis amigos a realizar sus sueños.
Por muy perjudicial que pudiese ser la verdad, si Spock se la guardaba para sí, el profesor no volvería a tener nunca una razón válida para confiar en él.
–Señor... yo, soy uno de los testigos del ataque. –Le tendió las manos ensangrentadas.
Mordreaux lo miró fijamente, anonadado.
–¡Usted...! Por favor, señor Spock, ¿cómo puede usted creer eso de mí?
–Aquí dentro no hay arma alguna –anunció al Auriga, apagando en sensor–. Tiene que haberse deshecho de ella.
Tengo que ayudar en el registro, señor Spock. Creo que será mejor que salga aquí fuera hasta que pueda disponer otra guardia.
–No hace falta que se preocupe por mi seguridad.
–Señor Spock...
–Si es necesario, convertiré eso en una orden, señor al Auriga.
El oficial de seguridad le dirigió una feroz mirada momentánea, y luego se encogió bruscamente de hombros. –Lo que usted diga.
Spock y el doctor Mordreaux se quedaron solos.
–Ciertamente, me resulta difícil creer que usted haya asesinado a mi capitán ––le aseguró Spock–. Sin embargo, tengo la prueba de mis propios ojos.
–No era yo –afirmó el doctor Mordreaux–. Tiene que haber sido... un impostor. Alguien que intenta inculparme.
–Doctor Mordreaux, ¿qué razón tendría nadie para intentar acumular ahora cargos contra usted? Ya lo han sentenciado a ser recluido en una colonia de rehabilitación. No existe una pena más severa que esa.
–Sólo la muerte –dijo Mordreaux, y emitió una risilla ahogada–. No queda nada más que la muerte, y eso es lo que han planeado para mí. –De la risa histérica pasó a las lágrimas, y cayó llorando sobre la cama.
–¡Doctor Mordreaux! –exclamó Spock.
Cogió a Mordreaux por la pechera de la camisa y lo puso de pie. La otra mano de Spock estaba apretada en un puño.
Mordreaux sollozaba cubriéndose el rostro con las manos.
–No puedo evitarlo, lo siento, no puedo evitarlo.
Spock aflojó los dedos, impresionado por sus propios actos. Había sido presa del impulso nervioso de golpear al profesor.
–Doctor Mordreaux, en este momento no puedo permanecer aquí por más tiempo. Por favor, trate de calmarse.
–No soy yo –dijo Mordreaux a través de las lágrimas–. No soy yo, son las drogas las que hacen que me comporte de esta forma. Por favor, no vuelva a drogarme.
–No –le aseguró Spock–. Basta de drogas. –Bajó la mirada hasta el hombre al que había respetado durante tanto tiempo y que ahora se estremecía y lloraba totalmente fuera de control–. Regresaré cuando pueda.
Dejó a Mordreaux en el camarote y volvió a cerrar bien la puerta tras de sí. Neon reactivó los escudos energéticos.

4

Consultorio del doctor McCoy.
La placa con su nombre que descansaba sobre el escritorio estaba medio girada a causa de un golpe; Leonard McCoy la miró sin verla mientras la misma le devolvía la mirada, burlándose de él con las mismísimas letras de su título profesional. El bronce y el plástico valían tanto como su competencia. Vertió whisky en el vaso que acababa de vaciar; era un buen bourbon de Kentucky, no esa porquería de bebida alienígena que todos los demás tripulantes de la nave sacaban de vaya Dios a saber dónde, se la bebían y luego intercambiaban historias de resaca. Resultaba asombroso la enorme cantidad de especies supuestamente inteligentes que escogieran voluntariamente un auténtico veneno, el etanol, como droga de recreo; realmente asombroso que tantos tipos de sistemas biológicos diferentes reaccionaran de forma similar ante él. Incluso había visto a Spock borracho en una ocasión, aunque el vulcaniano se negaba a hablar de aquel incidente. No tenía importancia. Spock no era más divertido cuando estaba borracho de lo que lo era en estado de sobriedad.
Había acabado una vez más con la bebida del vaso. Creía que acababa de llenarlo. No importaba. Volvió a verter licor dentro del mismo. Las cosas que llegaba a beber la gente, incluso el horroroso brandy preferido por Jim...
Desde su garganta subió un suave sonido de dolor y tristeza. Se suponía que el bourbon tenía que hacerlo olvidar lo que había ocurrido, no obligarlo a recordar lo que había visto, oído, sentido, el recuerdo de aquel sedoso brillo gris sobre los ojos abiertos de Jim Kirk...
Desde el exterior de su despacho le llegaban los tonos y armonías del sistema de soporte vital de la unidad de cuarentena de cuidados intensivos. Se puso de pie de mala gana y se encaminó con paso inseguro a mirar las pantallas del sistema de soporte vital.
El crecimiento de la tela mecánica se había detenido; las fibras moleculares ya no continuaban retorciéndose más y más en el cerebro de Jim. McCoy había unido la arteria cortada y cerrado la herida del pulmón perforado; incluso había inducido la regeneración en el corte quirúrgico para que cicatrizara sin dejar marcas.
Sin embargo, el escáner presentaba unas señales tremendamente engañosas. Evidenciaban una respiración normal, pero era el respirador el que obligaba al aire a penetrar en los pulmones de Jim; su cuerpo no hacía movimiento ninguno por sí mismo. Los latidos del corazón de Kirk continuaban siendo regulares, pero la ausencia de señales en la pantalla paralela demostraba que el corazón se contraía a causa de la naturaleza del músculo mismo, y no como respuesta a un impulso nervioso. Los nervios estaban destruidos. Incluso el nudo seno–auricular y el nódulo aurículo–ventricular habían sido penetrados por las hebras y destrozados.
La química sanguínea parecía normal, pero era una normalidad inducida cuyas lecturas se mostraban completamente estables y no cambiaban nunca. El PH y los electrolitos, el azúcar de la sangre y la hemoglobina eran todos estabilizados por una parte extraordinariamente sensible del equipo. En un ser humano normal, sano y vivo, las lecturas estarían todas por encima de la escala media, reaccionarían ante todo, desde la forma de respirar y el hambre hasta las variaciones del humor, la observación y la imaginación.
McCoy procuraba mantener los ojos apartados de aquellas máquinas. Mientras no las mirara, podría continuar engañándose. Todavía tenía el vaso medio lleno en la mano. Lo vació y sintió una ola de esperanza, y la repentina certidumbre de que si volvía a mirar, se encontraría alguna prueba de que el cerebro de Jim había sobrevivido y que su dueño viviría y podría recuperarse.
Se volvió hacia la última y más importante pantalla.
Todas las líneas de onda cerebral eran planas, tan planas como un muerto, solían decir en la facultad de Medicina, con aquel cinismo autoprotector de los jóvenes que todavía no se han acostumbrado a la muerte. Alfa, beta, delta, zeta, y todas las ondas menores hasta omega; todas las señales que podían dar indicios de vida indicaban que Jim estaba muerto.
La tela estaba completa y había dejado de crecer por sí misma. No había nada que McCoy o cualquier otro pudiera hacer para detenerla. Así era como la habían diseñado. Los proyectiles de telaraña estaban prohibidos en todos los mundos de la Federación. Las armas que las disparaban eran sólo armas terroristas; mataban con seguridad y certeza y causaban una muerte lenta y horrible.
¿Había alguna muerte bella?, se preguntó McCoy. ¿Es menos segura la muerte causada por el rayo fásico? Es muerte de todas formas, tanto si uno desaparece de la existencia con un destello o si se disuelve lentamente en la entropía universal a pesar de los recursos de la medicina moderna.
Las hebras se ramificaban exponencialmente a lo largo de los axones y dendritas, subían por la médula espinal e invadían el cerebro. Las moléculas neurofílicas metalo–orgánicas se concentraban en el cerebelo, y tenían una afinidad tan grande con el nervio óptico que tras invadir y destruir la retina continuaban creciendo alrededor del ojo, por encima de la esclerótica y el iris, hasta dejar los párpados inmóviles y permanentemente abiertos.
Jim Kirk miraba al techo con sus ojos muertos de color gris sedoso.
McCoy entró nuevamente en su consultorio y se sirvió otra copa. Con las lágrimas calientes que le caían por las mejillas, se derrumbó en su silla mientras aferraba el vaso como si la frialdad del mismo pudiera proporcionarle algún consuelo para el ciego dolor vociferante que sentía.
–Doctor McCoy...
McCoy se sacudió bruscamente, sobresaltado por la silenciosa aparición de Spock en la puerta del despacho. Un poco de bourbon que saltó fuera del vaso y le salpicó la mano, le refrescó la piel al evaporarse el alcohol. Con actitud desafiante, bebió el poco de licor que quedaba y depositó la copa con un golpe.
–¿Qué quiere, Spock?
Spock lo miró con expresión impasible.
–Creo que debe usted de saber por qué he venido.
–No, no lo sé. Tendrá que decírmelo usted.
Spock salió del consultorio y se detuvo, cruzado de brazos, ante la unidad de cuarentena. Pasado un momento, el médico se levantó de mala gana y lo siguió.
–Doctor McCoy, el capitán está muerto.
–Eso no es lo que dicen mis máquinas –respondió McCoy con sarcasmo, y de pronto le vino a la memoria un fugaz recuerdo de Jim Kirk riendo y preguntando: « Bones, ¿desde cuándo ha depositado confianza alguna en sus máquinas?».
–Eso es precisamente lo que dicen sus máquinas.
Los hombros de McCoy cayeron.
–Spock, la vida es algo más que unas señales eléctricas.
Quizá, de alguna manera...
–Su cerebro está muerto, doctor McCoy.
McCoy se tensó; no quería estar de acuerdo con lo que decía Spock, por mucho que él mismo supiese que era verdad. Por algún motivo, su consciencia enturbiada por el alcohol insistía en que mientras él creyese que Jim podía recuperarse, la posibilidad era tan buena como si fuese real.
–Yo estuve en su mente hasta un momento antes de que muriera –declaró Spock–. Doctor, yo lo sentí morirse. ¿Sabe usted cómo funcionan las telarañas? Las hebras se enroscan a lo largo de las fibras nerviosas. Cuando aprietan, cortan las conexiones entre las neuronas. Cortan las neuronas mismas.
–He estudiado medicina militar, Spock. Más que usted. Incluso más que usted.
–El cerebelo del capitán está destrozado. No hay esperanza de recuperación.
–Spock...
–El cuerpo que queda es una cáscara vacía. No está más vivo que un clon sin cerebro, a la espera de que su dueño lo utilice para que le reemplacen órganos.
McCoy se lanzó hacia delante, lanzando su puño en un golpe desmañado de boxeo.
–¡Maldito sea, Spock! Maldito sea, maldito sea...
Spock le agarró la mano con toda facilidad. McCoy continuó intentando golpearlo, pero no consiguió vencer la fuerza del oficial científico.
–Doctor McCoy, usted sabe que tengo razón. McCoy se derrumbó, vencido.
–No puede mantenerlo así por más tiempo. Usted hizo lo que pudo para salvarlo, pero desde el mismo momento en que fue herido, nada podía salvarlo. Su fracaso no constituye una vergüenza para usted, a menos que continúe con esta farsa de vida. Déjelo marchar, doctor, se lo ruego. Déjelo marchar.
El vulcaniano hablaba con un penetrante apasionamiento. McCoy levantó los ojos hacia él, y Spock se volvió mientras luchaba por ocultar los poderosos sentimientos de dolor y desesperación que habían estado peligrosamente cerca de abrumarlo.
–Sí, señor Spock –reconoció McCoy–, usted tiene razón.
Abrió la puerta de la cámara de cuarentena. El aire siseó al pasar por su lado y entrar en la sala de presión negativa, y él entró. Spock lo seguía. McCoy examinó una vez más los equipos de soporte vital, pero sabía de sobras que no debía esperar cambio alguno. Las señales continuaban siendo planas e incoloras; todos los receptores emitían el mismo tono continuado.
McCoy apartó un mechón de cabellos de la frente de Jim. Apenas podía soportar mirar el rostro de su amigo, a causa del aspecto de los ojos.
Se puso a trabajar de forma deliberadamente precisa. Una vez que hubo tomado la decisión, sus manos se movieron con firmeza, sin que las afectara el licor que él había ingerido. Retiró las agujas de los brazos de Jim, e inmediatamente las señales comenzaron a variar sus armonías. Los tonos del oxígeno bajaron, los del dióxido de carbono subieron; ya nada filtraba al interior de aquel cuerpo los productos de la actividad metabólica. Las señales se deterioraron desde una armonía perfecta a acordes menores, para transformarse luego en una disonancia absoluta. McCoy quitó las conexiones que hubieran vuelto a poner en marcha el corazón de Jim cuando inevitablemente se parase. Finalmente, con los dientes apretados, el doctor McCoy desconectó el respirador.
El corazón de Jim Kirk continuó latiendo, porque hubiera continuado latiendo incluso si se lo hubieran arrancado del pecho; el músculo se contrae rítmicamente hasta que las células pierden la sincronía, el corazón entra en estado de fibrilación, y las células mueren una por una.
Pero el reflejo respiratorio requiere un impulso nervioso. Cuando McCoy apagó el respirador, el cuerpo de Jim no hizo el más mínimo intento de respirar. Después de la última exhalación involuntaria, no hubo lucha alguna y eso, mucho más que las pruebas que le presentaban las máquinas, las capacidades persuasivas de Spock, o su propia certeza intelectual, convenció finalmente a McCoy de que toda chispa o susurro de vida había abandonado a su amigo.
Todas las señales vitales se estabilizaron en cero, y los tonos se silenciaron.
El médico cubrió con la sábana cl rostro de Jim, sus muertos ojos grises.
McCoy se quebró. Lo sacudieron los sollozos y él se tambaleó, repentinamente consciente de la enorme cantidad de alcohol que había ingerido. Estuvo a punto de caer, pero Spock lo cogió y lo sostuvo en la cosa más cercana a un abrazo que podía soportar el vulcaniano.
–Oh, Dios, Spock, ¿cómo pudo ocurrir esto?
Spock aferró a McCoy cuando se caía, y lo levantó con facilidad. La sensación de pérdida y culpa se manifestaban tan intensamente en Spock que él no podía negar su existencia; lo único que podía hacer era evitar que afloraran a su exterior. Aquello no disminuía la vergüenza que sentía por dentro. Su rostro recobró la compostura, llevó a McCoy hasta uno de los cubículos y lo tendió sobre una cama. Le quitó las botas y aflojó los broches de la camisa manchada de sudor, lo cubrió con una manta y bajó la intensidad de las luces. Después, al recordar la única ocasión humillante y accidental en la que él mismo se había embriagado, Spock decidió quedarse junto a McCoy, hasta asegurarse de que el médico no había ingerido etanol suficiente como para poner en peligro su propia vida. Spock se sentó en una silla cercana a la cama de McCoy, y descansó la frente sobre una mano.

Spock ignoraba tanto como McCoy el hecho de que alguien los había observado. Al otro lado de la unidad de cuarentena, en un cubículo que tenía la cortina medio descorrida, Ian Braithewaite había visto todo lo ocurrido. Estaba profundamente sedado; se había fracturado el cráneo a la altura de la línea de crecimiento del cabello y tenía una grave conmoción provocada por la caída sufrida en el puente; sentía un dolor de cabeza feroz, y veía doble y cuádruple.
Al principio no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, y luego pensó que debía tratarse de una alucinación o un sueño. Cuando se dio cuenta, con incredulidad, de que estaba observando algo real, intentó luchar para levantarse, pero los sensores le inyectaron más sedantes. Mientras las pantallas de soporte vital que estaban junto al capitán se apagaban una a una, sintió que él mismo perdía la consciencia. Intentó gritar, hacer que McCoy y Spock se detuvieran, pero no podía moverse. Sólo pudo observar con impotencia mientras el señor Spock y el doctor McCoy discutían y esperaban luego a que Jim Kirk muriese.
Ian cayó en la total inconsciencia, convencido de que nunca volvería a despertarse, pero consciente de qué era lo que acababa de ver.

Spock, se puso bruscamente de pie. Había estado a punto de dormirse. Si se dormía en aquel momento, resultaría difícil despertarlo durante al menos unos cuantos días. Durante cuánto tiempo más podría resistir la creciente necesidad de descanso, era algo de lo que no estaba seguro, pero no le quedaba elección. Ante sí tenía demasiadas obligaciones como para permitirse un descanso.
¿Pero qué era lo que le había impedido dormirse? Miró al doctor McCoy, pero éste dormía profundamente y no manifestaba inquietud alguna.
En el espacio de luces bajas de la sala principal de la enfermería, la luz que llegaba desde la unidad de cuarentena estaba parcialmente bloqueada; fue la sombra que caía sobre él la que había llamado su atención.
Jenniver Aristides, la oficial de seguridad que se había puesto enferma cuando estaba de guardia ante el camarote del doctor Mordreaux, miraba a través de los cristales a las máquinas silenciosas, los sensores mudos y el cuerpo cubierto del capitán. La luz brillaba al reflejarse en ella mientras dos lágrimas bajaban de sus ojos plateados por sus mejillas gris acero, y sus dedos se aferraban al antepecho de la ventana.
Christine Chapel atravesó apresuradamente la sala.
–Alférez Aristides, no debería estar levantada.
–El capitán está muerto –dijo Aristides con voz suave.
Chapel vaciló.
–Ya lo sé –le respondió–. Ya lo sé. Por favor, regrese a su cama o se pondrá gravemente enferma.
–No puedo quedarme. Me necesitan.
Chapel se puso delante de Aristides para bloquearle la salida al pasillo. Aristides esperó pacientemente con sus enormes manos colgando laxas a los lados, sin manifestar agresividad alguna. El contraste entre ambas mujeres era tan marcado, que un observador que no estuviese familiarizado con sus antecedentes hubiera encontrado difícil creer que pertenecían a la misma especie. La enfermera Chapel era una mujer alta, fuerte y elegante, pero junto a la granítica solidez de Aristides, parecía tan traslúcida y delicada como los jinetes del viento que vivían por encima de los desiertos altos de Vulcano, demasiado frágil como para tocar siquiera el suelo.
Spock se puso de pie y se acercó silenciosamente a Aristides. Era el único ser humano de a bordo de la Enterprise que igualaba a Spock en lo que a la fuerza física se refería. Hacía algo más que igualarlo. Él y Chapel juntos no hubieran podido detener a la oficial de seguridad si ella hubiese decidido continuar adelante.
–Alférez –le dijo–, cuando esté aquí debe obedecer las órdenes del personal médico.
–Ya estoy recuperada –le respondió ella–. Tengo deberes que cumplir.
–El doctor McCoy la dio de baja en el servicio durante por lo menos una semana –aseguró Chapel.
Miró a Spock, que estaba detrás de Aristides, aliviada y agradecida, al menos por el apoyo moral; ella debía de ser tan consciente como él de que Aristides podía hacer lo que quisiera. Spock se preguntó si con ella tendría efecto un pinzamiento de nervio, si su mano podría abarcar el enorme trapecio de la mujer, y si el nervio mismo estaría lo suficientemente cerca de la superficie como para resultar accesible.
–Debería haber hablado del honor –explicó Aristides–. Me queda un poco de honor.
–Aquí nadie pone su honor en tela de juicio –replicó Spock.
Aristides no respondió.
–¿Qué es lo que la puso enferma? –le preguntó Spock a Chapel–. ¿Corre peligro de recaer?
Chapel parpadeó y se pasó una mano por los ojos mientras buscaba en su memoria un punto de las horas pasadas, que le daba la impresión de que habían sido días.
–Botulismo hipermórfico –respondió.
–Tremendamente insólito.
Spock, al igual que Kirk, había dado por supuesto que los dos colegas de lan Braithewaite habían sido contagiados por una fuente común de Aleph Prime, ¿pero cómo era posible que también Aristides hubiese contraído la enfermedad? Ni en Aleph Prime ni en la Enterprise se había producido una ola de envenenamiento alimenticio. Por el contrario, el único punto que las víctimas tenían en común era Mordreaux.
–Estoy recuperada –insistió Aristides–. No puedo permanecer aquí. Al menos, permítanme que me marche a mi habitación.
Spock levantó interrogativamente una ceja.
–¿Existe alguna objeción médica para eso?
–No es una buena idea.
–Por favor –susurró Aristides–. Se lo ruego.
Una expresión de lástima suavizó el rostro de Chapel. Tendió un brazo para tocar la banda de plástico y metal de la muñeca izquierda de Jenniver, pero la oficial de seguridad retrocedió como si... ¿como si Chapel pudiera golpearla? Eso no tenía sentido. Quizá, simplemente no le gustaba que la tocasen.
–Jenniver –dijo Chapel–, ¿me promete que no se quitará el sensor? De esa forma, si se encontrara mal, sabríamos dónde está y podríamos ir en su ayuda.
–Si me hace falta ayuda en algún momento, el sensor sonará.
Eso no era una respuesta, pensó Spock. Ha hecho una afirmación pero no ha prometido nada.
–Sí, sonará. Supongo que no hay problema en que se quede en su camarote –respondió Chapel, que sí interpretó la frase como una respuesta–. En este momento, lo que más necesita es descansar.
Jenniver Aristides inclinó la cabeza en señal de gratitud, y Christine Chapel se apartó para que pudiera salir. La oficial de seguridad se encaminó pasillo abajo caminando trabajosamente, giró en el recodo del pasillo y desapareció de la vista.
Chapel la observó marcharse, luego entró en la enfermería, avanzó unos pasos y se detuvo.
–Espero haber hecho lo correcto.
Spock quería volver a comprobar el estado del doctor McCoy, pero al volverse Chapel tendió una mano y le rozó la manga con los dedos. Spock volvió a encararse con ella, esperando una manifestación emocional de alguna clase que él se negaría a comprender.
–Señor Spock –le dijo ella con bastante compostura–, alguien debería informar a la tripulación de lo que ha sucedido. No es justo dejar que lo averigüen por los rumores, o de la forma que lo ha hecho Jenniver. Que lo he hecho yo. Ahora, está usted al mando. Si no puede... si prefiere no hacerlo, debe pedirle a alguien que informe en su lugar.
Spock vaciló durante un momento y luego asintió con la cabeza.
–Tiene razón –replicó. Le resultaba difícil admitir que había fallado, o al menos había tenido un descuido, con respecto a su primer deber para con la nave y la tripulación; hubiera hecho un correcto uso de su autoridad en caso de reprender a Chapel por hablar fuera de lugar, pero ella tenía razón–. En efecto, tiene razón. No lo retrasaré por más tiempo.
Ella asintió rápidamente sin dar muestras de satisfacción, y lo dejó solo, para desaparecer en las profundidades en sombras de salas llenas de máquinas, medicinas y conocimientos que eran, en aquel momento, de muy poca utilidad.
Detrás de Spock, McCoy gimió. Spock regresó al cubículo porque, si el alcohol había puesto enfermo al médico, éste necesitaría ayuda. Spock hizo aumentar las luces a un nivel ligeramente superior.
McCoy se echó los brazos sobre los ojos.
–Baje eso –murmuró, pronunciando las palabras de forma tan indistinta que Spock apenas pudo comprenderlas. La intensidad de la luz no constituía diferencia alguna para Spock; podía ver en lo que para el ojo humano hubiese parecido una oscuridad total. Accedió a la petición de McCoy.
–Doctor, ¿puede oírme?
La respuesta de McCoy fue completamente incomprensible.
–Doctor McCoy, tengo que volver a mis obligaciones.
–He tenido un sueño –dijo McCoy, pronunciando cada palabra con absoluta claridad.
Spock se enderezó. Podía dejar al médico solo. –Spock... he soñado con el tiempo.
–Vuelva a dormirse, doctor. Se encontrará bien por la mañana.
McCoy rió entre dientes, cínica y entrecortadamente. –Usted lo cree así, ¿verdad?
Se frotó la cara con ambas manos. Las arrugas se le habían profundizado desde el día anterior, y tenía los ojos enrojecidos e hinchados. Miró a Spock con los párpados entre cerrados, como si el vulcaniano estuviera a plena luz. –Ya sé qué es lo que tenemos que hacer –afirmó.
–Sí –dijo Spock–. Tengo que informar al resto de la tripulación de la Enterprise de lo que ha sucedido.
–¡No!
–Hay que hacerlo, doctor.
–Tiempo, Spock, tiempo. Lo hemos hecho antes... podemos hacerlo otra vez.
Spock no respondió. Sabía qué era lo que estaba a punto de decir McCoy. Él mismo había pensado en esa posibilidad, y la había rechazado de inmediato. Carecía de ética y era amoral; además, si ciertas hipótesis eran correctas, era, finalmente, algo tan destructivo que lo convertía en un imposible. –Tenemos que arreglar los motores y regresar al pasado. Podemos regresar. ¡Podemos regresar y salvar la vida de Jim!
–No, doctor McCoy, no podemos.
–¡Por el amor de Dios, Spock! ¡Usted sabe que es posible! Spock se preguntó cuánta lógica lograría atravesar el estado altamente emotivo de McCoy. Quizá ninguna, pero tendría que intentar hacérselo comprender.
–Sí. Sería posible regresar en el tiempo. Incluso puede que fuese posible evitar lo que ha ocurrido, pero la tensión provocada por ese acto nuestro distorsionaría el mismísimo espacio–tiempo.
McCoy sacudió la cabeza, como para apartar las palabras de Spock sin siquiera intentar comprenderlas.
–Salvaríamos la vida de Jim.
–Haríamos más daño del que estaríamos intentando reparar.
–¡Lo hemos hecho antes! Lo hicimos para ayudar a otras personas... ¿por qué no podemos hacerlo para ayudar a nuestro amigo?
–Doctor McCoy... en las otras ocasiones nos vimos obligados a intervenir en el curso de los acontecimientos... y no siempre ayudamos a otras personas... lo hicimos para hacer que la continuidad regresara a la línea de máxima probabilidad. No para desviarla.
–¿Y qué?
–Lo hicimos para evitar que el futuro cambiase. En esta ocasión, si cambiamos el pasado, cambiaremos también el futuro.
–Pero aquél era un futuro que ya había tenido lugar. Nosotros vivíamos en él. En este momento, para nosotros el futuro aún no ha ocurrido.
–Eso es lo que nos dirían las personas cuyas vidas se vieron afectadas en ese pasado.
–Me está diciendo que el futuro está irrevocablemente determinado... que nada de lo que hacemos constituye diferencia alguna porque no puede constituirla.
–Yo no estoy diciendo tal cosa. Lo que estoy diciendo es que existen unos caminos de máxima probabilidad que no pueden ser detenidos y recomenzados a nuestro antojo. Hacer eso crearía una discontinuidad... un fenómeno de vacío, si lo prefiere, cuyos efectos y destructividad potenciales no serían en nada diferentes del fenómeno que orbitábamos hace algunos días. Podría arrastrarnos a nuestra propia destrucción. ¿Es eso lo que usted desea para el futuro?
–¡En este mismo momento no me importa el futuro! Estamos viviendo en el presente. ¿Qué importancia puede tener si algo que hacemos ahora lo cambia, o lo hace algo que hagamos unas horas más atrás?
–Ya lo creo que tiene importancia. Eso está implícito en todas las teorías presentadas acerca del funcionamiento del tiempo, desde las extrapolaciones vulcanianas de hace un milenio, pasando por las derivaciones de la relatividad general elaboradas en la Tierra en el siglo veintiuno, hasta llegar al último trabajo publicado recientemente por el doctor Mordreaux.
McCoy lo miró fijamente.
–¡Mordreaux! ¡Me está citando su trabajo para demostrarme que no podemos deshacer el crimen que él cometió! –En efecto, eso es verdad. McCoy se puso en pie de un salto.
–Váyase al infierno. Usted no es el único de la nave que conoce lo relativo al efecto látigo. Voy a ir a buscar a Scotty y... Spock lo detuvo poniéndole una mano sobre el hombro, y McCoy sintió que un escalofrío le bajaba por la columna al apretarle Spock suavemente el nervio situado en la conjunción entre el cuello y el hombro.
–No deseo incapacitarlo, doctor McCoy. En las condiciones en que se encuentra, resultaría peligroso. Pero lo haré si me veo obligado a ello.
–No puede mantenerme inconsciente o encerrado para siempre...
–No, no puedo.
–¿Y cómo piensa detenerme, entonces?
–Esta noche lo confinaré en su camarote si es necesario. No puedo exagerar los peligros de lo que usted tiene enmente.
–¿Y después de esta noche?
–Espero que por la mañana se encuentre usted en un estado más receptivo al razonamiento.
–No cuente con ello.
–Doctor McCoy, le prohibo que siga por ese camino. McCoy se volvió bruscamente y se encaró con Spock, hecho una furia.
–Y usted cree que puede darme órdenes, a mí, ¿no es cierto? ¿Porque ahora es el capitán? ¡Usted nunca será el capitán de esta nave!
Su voz era un grito ronco aguardentoso, y sólo la ira impedía que cayera.
Spock retrocedió un paso y recobró la postura.
–Doctor McCoy, le pido que me dé su palabra como oficial de la Flota Estelar, de que esta noche no llevará a cabo el acto con el que acaba de amenazarme.
–Spock no verbalizó su propia amenaza.
McCoy lo miró con ferocidad y luego se relajó bruscamente.
–Claro. Esta noche no haré nada. Le doy mi palabra. ¿Qué más me da? –Se echó a reír con unas carcajadas que sonaban como el acero golpeado–. ¡Dispongo de todo el tiempo del mundo! –Se volvió y entró en la enfermería–. ¿Qué ha ocurrido con mi botella?

La teniente Uhura estaba sentada en su terminal del puente, a punto de gritar.
Teniente Uhura, se dijo. Recuerda eso. Recuerda eso en todo momento.
Sabía perfectamente bien que ni gritaría ni buscaría nada para arrojarle a Pavel Chekov, aunque deseaba poder hacer ambas cosas. Al incrementar la tensión de las últimas horas, el nervioso ruso se distraía mediante el sistema de alternar murmullos en su incomprensible idioma natal, con silbidos tan desafinados que no debía de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Uhura tenía un oído perfecto; los silbidos de Chekov eran monótonos. A Uhura le sonaban como el constante raspar de unas uñas sobre una pizarra.
Uhura también sabía que su irritación por los hábitos nerviosos de Chekov era su manera de intentar no preocuparse más por el capitán. El doctor McCoy no había emitido ningún informe desde el momento inmediatamente posterior a la operación quirúrgica, y eso había ocurrido varias horas antes. No sabía si pensar en el silencio como en una señal de esperanza o de algo siniestro.
No se trataba tanto de que Chekov silbara media frase de la tonada una y otra vez, ni siquiera de que la silbara en un tono erróneo para esa música, pero cuanto más continuaba, más monótonas se hacían las notas.
Spock no había regresado, y Uhura no había tenido noticias suyas a través de los canales de comunicación de la nave desde el momento en que abandonó el puente. Tampoco había sabido nada de Mandala Flynn. Tenía que hallarse en la enfermería, porque Beranardi al Auriga estaba coordinando la búsqueda de un cómplice del agresor.
Uhura se estremeció. Las telarañas eran poco más que un rumor para ella; había nacido en la Tierra, donde hacía años que no existía el terrorismo. Sabía qué era lo que podían hacer las telarañas; sin embargo, daba por supuesto que los rumores eran exagerados. El capitán Kirk y Mandala Flynn estaban ambos en la enfermería, quizá gravemente heridos, pero se recuperarían. Uhura estaba segura de ello. Después de todo, Mandala se había marchado de allí por su propio pie, así que difícilménte podía estar herida de muerte.
Pavel llegó a una nota particularmente discordante, y Uhura le dirigió una mirada de fastidio.
Las puertas del turboascensor se abrieron y Pavel Chekov dejó de silbar.
Spock entró en el puente, y Uhura supo de inmediato, mientras sentía que la invadía una abrumadora ola de desesperación, que todo había salido terriblemente mal.
Sin pronunciar una sola palabra, Spock descendió hasta el nivel inferior del puente. Se detuvo durante un instante y luego se sentó en el sillón del capitán.
Uhura apretó sus largos dedos. Experimentó el impulso irracional de ponerse en pie de un salto y huir de su puesto hacia algún lugar en el que no tuviese que oír lo que Spock estaba a punto de anunciarles.
Pero Spock acababa de abrir los circuitos de llamada de emergencia: cuando hablara, todos los que estaban a bordo de la Enterprise lo oirían. No se podía huir a ninguna parte. Pavel se había girado; también él percibía el desastre y su rostro había palidecido hasta una tonalidad enfermiza.
El silencio y la tensión aumentaron.
Spock cerró los ojos de párpados caídos, los abrió nuevamente y los fijó delante de sí.
–Les habla el comandante Spock.
En muy raras ocasiones se refería a sí mismo por su rango, pensó Uhura, sino sólo por su posición, oficial científico, primer oficial...
–Es mi deber comunicarles que hace pocos minutos, James T. Kirk, capitán de la Enterprise, nave de la Flota Estelar, ha muerto. Recibió una herida fatal. No recuperó el conocimiento después de ser sacado del puente. No sufrió dolor alguno a partir de ese momento.
Uhura se retiró todo lo que pudo al interior de su propia mente, para dejar que las palabras se deslizaran por encima de su consciencia y resbalaran sobre la lisa superficie brillante con la que se había cubierto para defenderse del dolor. Aquella información tendría que penetrar muy lentamente; por el momento, ella era incapaz de aceptarla.
–En su intento por defender al capitán, la teniente comandante de seguridad Mandala Flynn fue herida de muerte. Murió en el cumplimiento de su deber.
Spock hizo una pausa, mientras buscaba alguna de las palabras de consuelo que le resultaban ajenas, para transmitírsela a la tripulación. No encontró ninguna. Cerró los circuitos; el interruptor produjo un chasquido terminante.
–¿EL capitán... está muerto? –Pavel Chekov formuló la pregunta con un tono de voz bajo e incrédulo.
–Sí, señor Chekov.
–Pero... ¿qué vamos a hacer?
–Continuaremos adelante con nuestra misión –respondió Spock–. Teniente Uhura...
Ella le dirigió una mirada inexpresiva, y finalmente le respondió como si hubiera tenido que recorrer una larga distancia para oír lo que decía.
–¿Sí, señor Spock?
–Notifique lo ocurrido a la Flota Estelar... y a las autoridades civiles. El señor al Auriga seguramente deseará tomarnos declaración dentro de las próximas horas. Todos nosotros tendremos que hacer lo posible para informarle de lo ocurrido con absoluta exactitud.
–Sí, señor –respondió ella con voz apagada.

Sulu entró silenciosamente en el minúsculo camarote que compartía con el oficial de artillería, Ilya Nikolaievich. Tenía la mitad del tamaño de su camarote privado a bordo de la Enterprise. Quizá llegaría un momento en el que encontraría desagradable compartir la habitación, pero en aquel preciso momento el entusiasmo que sentía por estar a bordo de la Aerfen era impenetrable. Además, durante las jornadas normales, él e Ilya Nikolaievich estarían de guardia a horas diferentes y cada uno dispondría de la habitación en solitario durante al menos unas cuantas horas por día.
Hacía años que Sulu no se sentía tan bien ni tan cansado como en aquel momento. Había trabajado durante dieciocho horas sin apenas interrupciones de descanso, mientras volvía a familiarizarse con el armamento que llevaba la Aerfen y sus naves hermanas, armas que dependían de la precisión y la sutileza, más que de la fuerza bruta, como ocurría con las de la Enterprise. Estaba contento de su pulso por las marcas que había alcanzado en las prácticas, aunque en absoluto satisfecho, y no se sentiría plenamente feliz hasta que no alcanzase o superase las marcas de los otros oficiales artilleros de la nave. La rivalidad era de carácter cordial, pero no por eso dejaba de ser rivalidad.
Ilya dormía tan tranquilo como un niño. Cuando estaba despierto, su rostro escultural de mandíbula cuadrada manifestaba rasgos de sospecha, vigilancia e incluso crueldad. Le enseñó a Sulu todos los mecanismos y procedimientos con eficacia, franqueza y neutralidad, sin demostrar ni resentimiento ni entusiasmo hacia su colega. Los otros miembros de la tripulación le llamaban Ilyushka, pero como él no invitó a Sulu a llamarlo por ese diminutivo, Sulu se ciñó cuidadosamente al nombre de pila y el apellido. Sulu sabía que tendría que demostrar ante todo el mundo su valía: ante Hunter, por supuesto, y quizá especialmente ante IIya Nikolaievich.
Ilya era más bajo que Sulu, pero de una constitución similar; compacto y bien proporcionado, delgado pero musculoso. El espeso cabello lacio y rubio le caía sobre la frente casi hasta las cejas, y más abajo de la clavícula por la parte de atrás. A Sulu le hacía pensar en Spock, por el tremendo control que ejercía sobre sí mismo. En aquel momento, su rostro no era menos sombrío de lo que lo había sido horas antes, pero la tensión había desaparecido de él. Era un ser humano: lo único que tenía de vulcaniano lo había incorporado deliberadamente a su carácter.
Sulu se quitó la camisa, y luego se sentó para despojarse de las botas. Estaban bastante apretadas, y cuando tiró de una de ellas, la mano le resbaló; la bota se le escapó de entre los dedos. Se lanzó hacia delante para cogerla, consciente de que no lo conseguiría, e hizo una mueca de dolor cuando el estampido rompió el silencio de la nave al chocar contra el piso.
Ilya saltó de su cama y se agachó, con un cuchillo brillándole en la mano derecha. Sulu se quedó inmóvil, inclinado hacia delante y con una mano todavía tendida hacia la bota.
–Lo siento –dijo, incómodo, mientras sentía que la sangre le afluía a las mejillas.
Ilya se irguió, con el entrecejo fruncido, y bajó el cuchillo.
–No se preocupe –replicó–. Debería habérselo advertido. Pasé dos años en las líneas de combate, durante las escaramuzas de la frontera de Orión. –Volvió a guardar el cuchillo debajo de la almohada–. Pero, por favor, no me toque cuando esté dormido, ni se me acerque por detrás sin avisarme. ¿Me comprende? Reacciono de forma refleja y podría herirlo.
–Lo recordaré –le aseguró Sulu.
Ilya asintió con la cabeza. La túnica rusa de cuello alto y larga hasta el muslo se abría por encima del fajín, y dejaba al descubierto una cicatriz que bajaba por el pecho y le cruzaba el abdomen. Sulu no pudo evitar mirarla fijamente, e Ilya advirtió la mirada y se encogió de hombros.
–Un recuerdo –dijo, volvió a meterse en la cama y se durmió sin decir una sola palabra más.
Sulu acabó de desvestirse y se metió en su propia cama de la forma más silenciosa que pudo. Se desperezó, se frotó la nuca y cerró los ojos durante unos minutos; pero no quería dormirse todavía. Bajó el lector que estaba empotrado en la pared de forma que quedara suspendido sobre su regazo. Ni siquiera había tenido tiempo para programarlo con su voz, y de todas formas no tenía manera de hablar con una computadora cuando otra persona estaba intentando dormir en el mismo camarote. Pulsó una tecla para sacar a pantalla los esquemas de la Aerfen. Estudió durante varias horas para memorizar los planos y tomar nota de las diferencias existentes entre aquella nave y las otras del mismo escuadrón.
Mientras leía, hacía girar y girar el anillo de rubí de Mandala en torno a su dedo una y otra vez. La echaba de menos. Todavía no había comenzado a echar de menos la Enterprise, y eso lo asombraba; pero, oh, sí, echaba de menos a Mandala Flynn. Constantemente ocurrían cosas de las que quería hablarle, y continuamente pensaba: « Durante su clase de esgrima, o durante la mía de judo», o «Cuando la vea más tarde... » y luego recordaba que al menos por el momento, esos ratos, los ratos que pasaban juntos, habían terminado.
Finalmente, alrededor de casi veinticuatro horas después de subir a bordo de la nave de la capitana Hunter, se quedó profundamente dormido con la pálida luz de la pantalla de lectura reflejada sobre el rostro.

El comandante Spock descendió por el amplio corredor de la nave que ahora era la suya. No era un ser carente de ambición, pero sus ambiciones apuntaban en una dirección diferente que la de capitanear una nave cuya tripulación estaba básicamente compuesta por seres humanos a menudo incomprensibles. McCoy tenía razón: él era de hecho, si no de título, el capitán de la Enterprise. Desempeñaría sus funciones lo mejor que le fuese posible durante todo el tiempo que tuviera que hacerlo; pero pediría el traslado, como oficial científico, a otra nave lo antes posible. Nunca le pasó por la mente que pudiera quedarse en la Enterprise; ni siquiera se le ocurrió que la actitud más lógica fuese permanecer en la Enterprise bajo el mando de otro capitán. Con la muerte de Jim Kirk, también aquella parte de la vida de Spock había llegado a su final, y él no le encontraba sentido a luchar para prolongarla.
Intentó dilucidar qué había ocurrido, y cómo, pero fracasó completamente. Incluso los cursos de pensamiento razonable acababan en una paradoja o una imposibilidad. No se había encontrado ni la más mínima prueba de la existencia de un cómplice, ni parecía posible que uno hubiese podido acceder a bordo de la nave y escapado posteriormente. La contradicción de aquello era que Mordreaux no podía haber escapado de su camarote sin ayuda, aunque aparentemente lo había hecho. Los informes médicos acerca de Jenniver Aristides eran muy peculiares. Había estado tan seriamente enferma, que Spock rechazó la posibilidad de que ella hubiese puesto en libertad a Mordreaux, y luego tomado veneno para encubrir su culpa. Sin embargo, podría haber sido una conspiradora traicionada. Eso parecía estar dentro de los límites de la posibilidad, si no de la probabilidad.
No se había encontrado el arma, y era seguro que nadie se había deshecho de ella: en el análisis del sistema de reciclaje no se había encontrado ninguna cantidad anómala de elementos insólitos.
¿Había conseguido el misterioso cómplice, o incluso el mismo doctor Mordreaux, alcanzar una de las compuertas de compartimento estanco antes de que todas las salidas fuesen puestas bajo vigilancia? En ese caso, el arma podría haber sido absorbida por el espacio hasta perderse en él. O quizá había sido lanzada a la nada mediante el rayo transportador, y ahora se esparcía, irrecuperable, por todo el volumen del espacio. Aquélla comenzaba a parecer la única conclusión lógica. Sin embargo, Mordreaux en persona no había dispuesto del tiempo necesario para llevar a cabo dicha tarea. Spock ni siquiera podía pensar que había tenido tiempo suficiente para hacer lo que le habían visto hacer.
Spock estaba llegando lentamente y de mala gana a la conclusión de que un miembro de la tripulación había organizado y quizá llevado a cabo aquel crimen absolutamente injustificado.
¿Pero podía confiar en aquella conclusión? Tenía la prueba de sus propias observaciones para demostrar que Mordreaux había cometido el asesinato; pero también tenía la prueba de sus propias observaciones y lo que debían haber sido conclusiones razonables para hacerlo creer que Mordreaux no era un hombre violento: y también esa conclusión parecía falsa.
Lo que había ocurrido en la Enterprise presentaba ciertas inquietantes similitudes con lo que Spock había descubierto implícito en sus observaciones del fenómeno de vacío. El análisis había parecido indicar que la entropía aumentaba a una velocidad mucho mayor de la que debería; que, de hecho, el ritmo mismo de incremento estaba aumentando. A Spock le resultaba extremadamente difícil creer en los resultados, tanto era así que si se hubiera permitido a sí mismo sentir alivio o enfado cuando llegaron las órdenes que interrumpieron su misión, el alivio hubiera superado a la ira. Necesitaba tiempo para revisar nuevamente sus aparatos, para determinar si los resultados estaban meramente originados en un fallo.
Los sucesos de la Enterprise tenían esa misma inquietante aura de error, de acontecimientos que no deberían haber sucedido, y que en realidad no podían haber ocurrido de la forma que parecían haberlo hecho.
De la misma forma que no podía llegar a una determinación final con respecto a los resultados de la entropía sin disponer de más datos, no podía comprender lo sucedido durante las últimas horas sin disponer de mayor información. Spock observaría, haría preguntas y observaría antes de intentar sacar otras conclusiones. Cualquier otro plan seria fútil.
Se enteraría de qué era lo que había ocurrido y por qué; averiguaría la causa de todo ello.
El idioma de Vulcano no contenía ninguna palabra que correspondiera a <.coincidencia:>.
–¡Señor Spock!
Spock se volvió en la dirección del grito. Snnanafashtalli brincaba por el corredor en dirección a él sobre sus cuatro extremidades. Los miembros peludos de la tripulación no tenían obligación de llevar los uniformes de reglamento diseñados para humanoides; Gruñido llevaba unas correas de cuero cruzadas con la insignia de la Enterprise, el comunicador y el soporte de la pistola de rayos fásicos. Se detuvo de forma silenciosa y suave que consiguieron sus músculos ondulando bajo la piel moteada de marrón y escarlata. Tenía los largos dedos enroscados en la postura de carrera, y flexionó las manos con las garras extendidas.
–Por favor, sígame. Existe una gran causa de aprensión.
Spock levantó una ceja. Gruñido hablaba un vulcaniano fluido, con apenas trazas de acento extranjero, y sin ninguno de los ceceos que deformaban su inglés corriente. Los sonidos sibilantes del vulcaniano eran pronunciados de forma muy diferente.
–¿Qué ocurre? –preguntó él, también en vulcaniano.
–La amiga Jenniver. La enfermedad le ha... trastornado la mente. El desorden está en su interior y a su alrededor, y ella sólo ve un sendero para su honor.
Spock no veía ninguna razón en absoluto para creer que Gruñido no comprendiera el significado de aquella frase.
Gruñido cambió al inglés.
–Está desesperada, señor Spock. –Aquello no podía expresarse en vulcaniano si no se recurría a palabras arcaicas–. Sólo desea morir.
–Lléveme hasta ella –pidió Spock–. Rápido.

Jenniver Aristides miró un cuadro de su planeta natal. Colgaba de la pared como si se tratara de una ventana. La había pintado ella misma, en una época en la que se sentía sola y llena de añoranza, débil e incompetente. La pintura no era un talento muy admirado en su mundo de origen, y a veces ella sentía desprecio de sí misma por entregarse a esa actividad; pero aquella escena, un paisaje, le proporcionaba un poco de consuelo. Casi había decidido pintar los pastos detrás del caballo, con los ponnies que salían a pastar después de las labores diarias. Sin embargo, eso hubiera sido desesperantemente sentimental, y el cuadro hubiera resultado estático; en la pintura, las poderosas criaturas de veinticuatro palmos de altura que comían dos toneladas métricas cada una, nunca hubieran levantado las orejas, agitado las melenas ni galopado hacia la lejana cerca entrechocando los cascos como un grupo de potros jóvenes. Así era como le gustaba recordarlos, y no congelados en el tiempo. Necesitaba un cuadro que pudiera hacerle creer que era la realidad.
La puerta de su camarote se abrió. Ella oyó el sonido que hacía pero no volvió la cabeza. Aparte de Jenniver, sólo Snnanagfashtalli podía abrir la puerta, y ella se alegraba de poder ver a su amiga por última vez, aunque no para decirle adiós. Si lo hacía, Fashtall intentaría detenerla. Tendió rápidamente una mano, cogió y escondió los restos del sensor médico aplastado. Había prometido que sólo si necesitaba ayuda, el sensor sonaría. A partir de ese momento no emitiría señal alguna, y ella no necesitaba ayuda ninguna para lo que tenía que hacer.
–Alférez Aristides.
–La voz no era la de Fashtall; pertenecía al oficial científico, al primer oficial... al capitán–. ¿Me permite entrar?
Snnanagfashtalli se acercó a ella por la espalda y frotó su mejilla contra la sien de Jenniver a modo de saludo entre amigas. El pelaje color crema y marrón se deslizó suavemente sobre el cabello áspero, corto y castaño de Jenniver.
–Si lo desea... –respondió ella.
No se trataba de una invitación; no la obligaba a nada ni estaba siquiera, estrictamente hablando, dentro de los límites de la cortesía. Debería de haberse puesto de pie, saludar, responder de alguna manera a la presencia de él, si no a su superioridad de rango; pero no podía siquiera reunir las pocas fuerzas necesarias para moverse en una gravedad normal terrestre. No deseaba ofender a Spock. Muy por el contrario, él era una de las pocas personas de a bordo a las que admiraba de verdad.
A pesar de que Mandala Flynn la había tratado amablemente, no con el desprecio que lo había hecho el teniente comandante de seguridad anterior, Jenniver la había temido por la violencia reprimida que había en ella y, paradójicamente, por su comparativa fragilidad física. Por una cuestión de deber, Jenniver había respetado al capitán Kirk de la misma forma despegada que empleaba para mantenerse apartada de la mayoría de los seres de tipo humano que al mirarla una y otra vez intentaban ocultar la repulsión que sentían hacia ella, no lo conseguían y se sentían profundamente incómodos en su presencia. En cuanto a Snnanagfashtalli, sentía por ella lo que jamás había sentido antes por ningún otro ser en toda su vida. Quizá se trataba de gratitud por la amistad y la consideración que le prodigaba; quizá fuera cariño; pero como ella nunca había sentido cariño por nadie ni lo había recibido, no lo sabía verdaderamente. No podía preguntárselo a Fashtall, y no conocía lo suficientemente bien a nadie más como para preguntárselo. Si formulaba esa pregunta y los otros se reían de ella, la humillación sería abrumadora.
Pero admiraba a Spock. Siempre sentía que podía volverse torpemente –aunque no era, de hecho, torpe–, e inadvertidamente destrozar a cualquier otro ser humano, o de tipo humano de la nave; pero Spock poseía una fortaleza flexible que le daba seguridad. Nunca se preocupaba por la posibilidad de lastimarlo por error a.causa de algún paso un tanto irreflexivo; y él era la única criatura humanoide que no sentía repugnancia hacia ella. Le resultaba indiferente, y aquella reacción era un alivio tan grande para ella que podía sentirse cómoda en su presencia.
–¿Se siente bien, ahora?
Ella vaciló, pero le dio una respuesta. No importaba lo que dijese; él no podría detenerla. Ella esperaba que tuviese la cortesía de no intentarlo.
–No. –No pensaba mentir a una pregunta directa–. Me siento avergonzada y deshonrada. He fracasado, de la misma forma que siempre he fracasado en todo.
–Alférez Aristides, ¿se da usted cuenta de que estuvo a punto de morir? ¿De que cualquier otro miembro de la tripulación hubiese muerto sin duda, demasiado rápidamente como para hacer sonar la alarma?
–El resultado fue el mismo. Me desmayé... tuve que haberme desmayado porque, de otra forma, ¿cómo podría haber escapado el prisionero? El capitán y la teniente comandante están muertos. No debería haberme puesto enferma. Mi pueblo no contrae enfermedades. Hubiera sido mejor haber muerto.
–Vuelvo a repetirte que la gente de tu pueblo exige demasiado de sí misma –gruñó Fashtall.
Jenniver le dio unas palmaditas a las manos de largos dedos de Fashtall, que estaba curvada y relajada sobre su hombro.
–No se exigen más de lo que pueden dar todos los otros. Lo único que ocurre es que yo no puedo responder.
Spock se acercó y se sentó delante de ella.
–No comprendo lo que está diciendo.
–Señor Spock, las semillas que cultiva y cosecha mi pueblo están tan cargadas de metales pesados, que un solo bocado de nuestro pan mataría a un miembro de cualquier especie natural conocida. Somos inmunes a todas las plagas humanas conocidas, y a casi todas las toxinas; ¿y el médico me dice que estoy enferma de envenenamiento alimenticio? –Rió amargamente–. Eso no es más que otra prueba de que soy una reversión biológica inservible, suspendida en algún punto entre la verdadera humanidad y la verdadera mutación.
–El suicidio no me parece que sea una manera creativa de solucionar sus problemas.
–Abandoné mi mundo natal porque no era adecuada para vivir en él. Las razones son diferentes en el caso presente, pero continúo siendo inadecuada. Soy medio humana y los mundos no tienen un lugar para mí. –Desvió la mirada–.Usted no puede comprenderlo.
–¿Cree que no? –preguntó Spock–. También yo soy medio humano.
Jenniver volvió a reír.
–Ja. ¿De verdad no ve ninguna diferencia entre nosotros dos? –preguntó.
Él tenía la educación suficiente como para no empeorar las cosas con una respuesta.
–No me cabe duda de que a veces le han hecho sentir incómodo, o de que ha sido el blanco de odios –dijo Jenniver–, pero he visto cómo lo miran los demás tripulantes de esta nave, y cómo me miran a mí. Me he dado cuenta de que usted no necesita amigos, pero si decide buscarlos, esos amigos lo estarán esperando. Admiro su independencia, pero no puedo imitarla. Yo ansío tener amigos, pero mi propia especie huye de mí. Me hubiese vuelto loca de no ser por Snnanagfashtalli. –Suspiró–. Hice todo lo que pude para llevar a cabo una tarea para la que no estoy preparada ni lo estaré jamás. Sabía que, inevitablemente, fracasaría. ¿Pero cree que puedo soportar la vergüenza del fracaso con la excusa de una enfermedad que me afectó sólo a mí?
–No se trató de una epidemia –le aseguró Spock–. Estrictamente hablando, no fue ni siquiera una enfermedad.
–No servirá de nada seguirme la corriente, señor Spock. También estoy cansada de eso.
–Lo sospeché cuando la enfermera Chapel me dijo que sólo usted había resultado afectada de entre toda la tripulación. A pesar de la virulencia de la toxina de Clostridium botulinum hipermórfica, tiene que haber ingerido una dosis masiva para que afectara... una dosis demasiado grande como para que pudiera administrársela de una forma que no fuese pura. Un análisis de los resultados de las pruebas han confirmado mis sospechas.
–¿Qué está diciendo?
–Que está usted envenenada.
Snnanagfashtalli profirió un ronco gruñido.
–Alguien intentó matarla, casi lo consiguió, y hubiera tenido éxito con cualquier otro miembro de la tripulación, incluido yo. Creo que ese mismo ser envenenó a otros dos ciudadanos de Aleph Prime de la misma manera y dispuso la muerte del capitán Kirk. Todavía no puedo dar por supuesto que la teniente comandante Flynn fuese un blanco planeado.
–Dioses míos. –Jenniver parpadeó lentamente varias veces, y sus gruesas pestañas castañas le acariciaron las mejillas. Fashtall la acarició suavemente.
–¿Quién ha hecho esto? –Las pardas pupilas diagonales de Fashtall se dilataron ante la perspectiva de una caza.
–¿Y por qué? –preguntó Jenniver.
–No lo sé –respondió Spock–. No conozco la respuesta a ninguna de esas dos preguntas. El doctor Mordreaux fue cuidadosamente registrado con los sensores cuando subió a bordo, y no llevaba nada encima... ciertamente ningún arma o cápsulas de veneno.
–Difícilmente permitiría que un prisionero me diese una cápsula de veneno, de cualquier forma –aseguró JenniverMi competencia llega al menos hasta ese punto.
–Sin duda –comentó Spock–. Alférez, cuando estaba de guardia, o poco antes, ¿sintió usted algún pinchazo o sensación del mismo tipo, de carácter punzante?
–¿Como la de un dardo, quiere decir? No, pero de todas formas sería imposible que la sintiera. Mi sistema nervioso no está diseñado para responder a esa clase de estímulo.
Los traumas físicos graves eran el único tipo de lesión que podría amenazar la vida de alguien como ella, y ése era el único tipo de dolor que estaba preparada para sentir.
–Ya veo. –Spock reflexionó acerca de lo que acababa de decir, y la miró directamente a los ojos–. ¿Recuerda usted haber perdido el conocimiento?
–No –respondió ella rápidamente y desvió los ojos–.Pero tiene que haber sucedido así.
–Según el señor al Auriga, la encontraron, apenas consciente, recostada contra la puerta. Eso indicaría que, incluso en el caso de que usted se hubiese desmayado, el doctor Mordreaux hubiera encontrado serias dificultades para salir.
–Ésa era mi intención, pero obviamente me equivoqué. Consiguió salir. Usted mismo lo vio.
–Yo creía que eso era verdad; pero si él no pudo haber huido del camarote, tiene que existir alguna otra explicación.
–Ojalá pudiera decirme qué fue, entonces.
Spock se puso de pie.
–¿Comprende ahora que usted no es responsable de lo que ocurrió? Sucediera lo que sucediese, no puede culpársela a usted.
Jenniver intentaba desesperadamente creerle, pero era difícil, demasiado difícil...
–No debería de haberme puesto enferma –afirmó, ya que aquello continuaba siendo verdad.
Snnanagfashtalli gruñó, con un aullido de frustración. –¡Ahora no se hará daño a sí misma! –afirmó–. ¡Si lo hace, le desgarraré la garganta!
Jenniver y Spock se volvieron a mirar a Snnanagfashtalli, que les devolvió una mirada feroz sin rastro ninguno de ironía. Con una repentina sensación de alivio, Jenniver estalló en carcajadas y abrazó a su amiga.
–De acuerdo. Todo irá bien, ahora.
Spock se encaminó hacia la puerta, la abrió y luego se volvió brevemente.
–Alférez –dijo–, por favor, satisfaga mi curiosidad. ¿No pidió usted este cargo de seguridad?
–No –respondió ella–. Intenté que me trasladaran a otro cuerpo. Hasta hace poco, mi petición siempre fue denegada, y no había reunido el coraje suficiente como para pedírselo a la teniente comandante Flynn.
–¿Qué puesto deseaba usted?
–Uno de botánica. No sería exactamente lo mismo que arar rocas con un tiro de cuatro ponnies, pero es lo más aproximado que puedo hacer sin regresar a mi planeta. –Hizo una pausa–. No quiero regresar a casa.
Spock asintió con la cabeza. La comprendía.
En cuanto hubiese acabado aquella crisis, él mismo pondría en marcha su traslado. Cerró la puerta tras de sí y dejó solas a las dos amigas.

5

EL doctor McCoy se despertó con la peor resaca que había tenido en toda su vida. Debería de haber tomado algún medicamento para ello la noche anterior, pero había estado demasiado borracho, demasiado distraído... y creía en el anacrónico precepto moral de que uno debía pagar sus excesos. Sin embargo, cuando se levantó tuvo que correr inmediatamente al lavabo; las náuseas persistieron hasta que le quedó el estómago vacío, los ojos le lloraban profusamente y la garganta le ardía a causa del ácido de la bilis. Tras abandonar el intento de disciplinar su cuerpo, tomó una píldora antináusea y dos aspirinas, y bebió un vaso de fluido isotónico que le ayudaría a rehidratarse. El sabor del fluido era tan asqueroso que estuvo a punto de vomitar otra vez.
McCoy suspiró, y se lavó la cara. Tenía los ojos ribeteados de rojo e inyectados en sangre; parecía que aún estaba llorando.
Quizá acabaré siendo un viejo alcohólico tirado en un callejón de algún planeta fronterizo dejado de la mano de Dios, pensó. Lo único que me falta es una barba de tres días...
En aquel momento, advirtió con disgusto que el modelo de hoja de afeitar que él utilizaba se había gastado completamente; no había seguido el programa de duplicados. A pesar de que las patillas no le habían crecido lo suficiente como para conferirle una apariencia todavía más disoluta, el resto de la cara resultaba irritante y rasposo.
Salió con pasos pesados del cubículo en el que había dormido –debes ser más preciso, se dijo: en el que había yacido inconsciente–, y regresó a su propio camarote. Fracasó al intentar mantener los ojos apartados, y vio que la unidad de cuarentena estaba vacía, las máquinas apagadas y arrimadas nuevamente contra la pared. Alguien –quizá Spock, o más probablemente Christine Chapel–, había conservado la sensatez la noche anterior mucho mejor que él. El cuerpo de Jim había sido trasladado a la sala de estasis.
McCoy se lavó, afeitó, se aplicó más inhibidor del crecimiento en las patillas, y se vistió con ropa limpia. Se sentía incómodo por la forma en que había actuado desde la muerte de Jim... no, desde mucho antes, desde que se había negado a creer en las pruebas que le suministraban sus máquinas al igual que sus propios conocimientos médicos y experiencia. En el momento en el que Uhura retransmitió la horrible información referente a las telarañas, McCoy supo que no podría salvar a Jim, pero algún impulso abrumador lo había obligado a intentar llevar a cabo una proeza sobrehumana. ¿La motivación de ello había sido el cariño, o meramente la testarudez y el orgullo? Ahora no importaba; había fracasado.
También estaba avergonzado por la forma en que había tratado a Spock. Lo peor del caso era que, incluso si se disculpaba como tenía intención de hacer, nunca estaría seguro de que Spock había comprendido cuán triste se sentía, de la misma forma que no sabría si lo había apenado en primer lugar.
La conversación que mantuvieron era muy vívida en su mente. Casi hubiera preferido perder la memoria. Pero, en aquel caso, recordaba la noche anterior con la claridad surrealista de un sueño.
Era un absurdo lo que él había insistido en que hicieran. A la luz del día, sobrio, cuando la primera acometida de dolor e incomprensión disminuía a un sordo latido de pérdida y tristeza, McCoy se dio cuenta de que su idea era un imposible. La había visto como un sueño porque era un sueño.
Spock lo sabía. Las excusas que le había presentado, las explicaciones dadas por él, eran más bien paja tecnológica, un disfraz de la verdadera razón por la que se negaba a hacer nada. Sabía, en el fondo de sus entrañas, que McCoy lo comprendía ahora, que jugar con el destino era un error. Quizá era cierto que la muerte de Jim le había afectado menos profundamente que a McCoy... quizá su despegada aceptación de las circunstancias le permitía ver con más claridad; pero a lo que se llegaba era a que la muerte no era un estado antinatural; podía retrasársela, pero no negarla; no podían regresar, como los niños que cuentan una historia, para arreglar las cosas de manera que todo saliese bien y todo el mundo viviera feliz por siempre jamás.
McCoy volvió a suspirar. Tenía trabajo por hacer que había descuidado durante demasiado tiempo. Pero en cuanto terminara iría a buscar a Spock y admitiría ante el vulcaniano que tenía razón.
–Un golpe en la puerta despertó a Sulu. Permaneció tendido, mirando al techo, durante varios segundos, preguntándose dónde estaba. No era la Enterprise...
Entonces lo recordó. Miró al otro lado del camarote, y vio la cama de Ilya, revuelta y vacía.
La puerta se abrió silenciosamente, y la luz del corredor penetró a través de la fina rendija.
–¿Señor Sulu?
Se levantó sobre los codos, parpadeando. Más allá de la línea de luz no podía distinguir más que sombras. –¿Sí...? ¿Qué...? ¿Quién es? –Se sentía tan cansado y aturdido que la cabeza le daba vueltas.
–Soy Hunter. Tengo que hablar con usted. –Su voz sonaba áspera y tensa.
Sulu empujó la pantalla para empotrarla nuevamente en la pared, donde obedientemente se apagó hasta quedar negra. Buscó a tientas el interruptor de la luz y aumentó la intensidad de la iluminación del camarote al tiempo que se subía las mantas hasta el pecho.
–¿Sí, señora? Entre.
Ella caminó lenta y reticentemente hasta los pies de la cama. Llevaba el cabello suelto, sin trenzar.
–Acabo de recibir una transmisión subespacial –dijo–. De la Enterprise. Son... unas noticias terriblemente malas.
Se pasó una mano por los ojos, como si eso pudiera apartarle el dolor.
Sulu apretó las manos con tanta fuerza que el anillo de Mandala se le clavó en la carne.
–¿De qué se trata? ¿Qué ha ocurrido?
Ella se sentó sobre el extremo inferior de la cama. –No existe una forma fácil de decirle esto. Jim Kirk ha sido asesinado.
Estupefacto, la escuchó mientras ella le relataba lo sucedido, aunque las palabras eran poco más que sonidos inconexos para él. ¿El capitán Kirk, muerto? Eso no era posible. Lo envolvió un remolino de imágenes, de la amabilidad que James Kirk le había demostrado, de todo lo que el capitán le había enseñado, de las muchas veces que Kirk le había salvado la vida.
Yo hubiera estado allí, pensó Sulu. Hubiera estado en el puente cuando ocurrió, e incluso podría haber hecho algo. Podría haber sido capaz de impedirlo.
–Yo soy la oficial de más alto rango de la Flota Estelar que se halla en el sector –dijo Hunter. La voz estuvo a punto de fallarle; se interrumpió, respiró profundamente y recobró el control de sí misma–. Mi deber es el de investigar las muertes de Jim Kirk y Mandala Flynn. No voy a...
Sulu levantó la cabeza, incrédulo, mientras un dolor frío lo invadía lentamente.
–¿Mandala? –susurró–. ¿Mandala está muerta?
La voz de la capitana Hunter se apagó. Sulu la miraba fijamente, temblando de forma incontrolada, con el rostro gris a causa de aquel segundo golpe, quizá el más devastador.
–Oh, dioses –dijo Hunter–. Oh, dioses, lo siento. No me di cuenta de que...
–No podía saberlo –le replicó Sulu–. Prácticamente nadie lo sabía. –Bajó la mirada hasta sus manos, que nada podían hacer ya. El anillo de rubí parecía tan opaco como la roca. Ahora, no podía hacer absolutamente nada–. Nosotros lo mantuvimos en secreto. –Si hubiera estado allí, quizá podría haber hecho algo–. No ha sido culpa suya.
Pero quizá lo fue mía, pensó. Quizá fue culpa mía.
–Me marcho a la Enterprise dentro de una hora –le informó la capitana Hunter–. Tengo una nave de transporte de dos asientos. La otra plaza es suya si la quiere.
Se levantó apresuradamente y se marchó. Pasado el tiempo, Sulu nunca supo si se había marchado porque estaba a punto de llorar, o porque era él quien lo estaba.

Max Arrunja desbloqueó la puerta del camarote del doctor Mordreaux para que entrara el señor Spock, sin más comentarios que los de puro civismo; el segundo miembro de la doble guardia se limitó a permanecer de pie junto a la puerta y mirar fijamente delante de sí. Spock no intentó hablar con ella, ni le pidió que le dirigiese la palabra. La división de seguridad había perdido a una dirigente respetada, alguien que había producido sobre sus vidas un efecto mucho más directo que el capitán Kirk, alguien que había reemplazado a un superior poco satisfactorio no con mera competencia, sino con una capacidad de liderazgo que merecía admiración. Hasta un cierto punto, ellos culpaban a Spock por su muerte, y él tenía muy pocas pruebas de que estuviesen equivocados.
Llamó a la puerta e interpretó la murmurada respuesta como un permiso para entrar. En la penumbra del interior, el profesor estaba enroscado sobre la cama y cubierto con las mantas.
–¿Profesor Mordreaux? Una pausa.
–¿Qué quiere, señor Spock?
–Le dije, señor, que regresaría cuando hubiese tenido tiempo para recuperarse de los efectos de las drogas que le administraron en Aleph Prime.
–En este momento, no estoy seguro de que las drogas fuesen una idea tan mala.
–Doctor Mordreaux, no hay tiempo para la autocompasión. Tengo que saber lo que ocurrió, tanto aquí como en la estación.
–Lo hice yo –dijo Mordreaux. Se sentó lentamente y se volvió hacia el vulcaniano, haciendo un gesto con la mano para que las luces aumentaran su potencia.
Spock se sentó delante de él, y esperó a que continuase. El oficial científico no confiaba en sí mismo lo suficiente como para hablar; se dio cuenta de que había esperado una negación que él pudiese creer, y alguna otra explicación que no fuese la de que el maestro, al que más había respetado durante toda una vida de búsqueda de conocimiento, había asesinado a Jim Kirk.
–Tengo que haberlo hecho, creo –continuó Mordreaux–.
Me pregunto qué fue lo que me llevó a hacerlo.
Apareció un rayo de esperanza.
–Profesor Mordreaux, si estaba trastornado hasta el punto de...
–No lo hice ahora, señor Spock. Todavía no me han vuelto loco; y a pesar de esa farsa de juicio, nunca he matado a nadie.
–Señor, acaba de decirme que usted cometió el crimen.
Mordreaux lo miró y se echó a reír. Su vida contenía algo de la vida que había tenido en el pasado, pero también estaba cargada de autodesaprobación.
–Lo siento –dijo–. Di por supuesto que estaba al día de mis trabajos, incluso de los últimos. Supongo que eran demasiado inauditos, incluso para usted.
–Por el contrario, doctor Mordreaux, mi terminal informativa está programada para buscar su nombre. He encontrado sus trabajos enormemente fascinantes. –Sacudió la cabeza–. Nunca debió de abandonar la Makropyrios; su investigación se hubiera mantenido en pie ante cualquier crítica.
El doctor Mordreaux rió entre dientes.
–Ya se ha mantenido en pie ante las críticas. Ha conseguido seguidores, los pocos que saben. Creen con mucho ahínco que están destruyendo el trabajo. Me están destruyendo a mí también, por lo que a eso respecta.
Spock le miró fijamente, mientras el significado comenzaba a aclararse lentamente. El doctor Mordreaux había dicho en dos ocasiones que su trabajo estaba destinado a hacer realidad los sueños de sus amigos; acababa de decir que debía de haber asesinado al capitán Kirk, pero que no lo había hecho ahora...
–¡No puede ser que esté queriendo decirme que puso en práctica sus trabajos teóricos de física temporal! –A pesar de sí mismo, el vulcaniano estaba impresionado.
–Por supuesto que lo hice. ¿Por qué no hacerlo?
–Por consideraciones éticas, por no mencionar el peligro. Las paradojas...
–Las pruebas teóricas no eran suficiente... Tenía que demostrar esos principios. Podía continuar publicando artículos durante toda mi vida, pero la revista Journal ya no los aceptaba, y si no eran impresos, mis monografías no obtenían más atención que las de algunos de esos pseudocientíficos trepadores. Habría sido mejor que me hiciera socio de alguna de las ridículas ramas de la Sociedad de la Tierra Plana.
–Hubiera hecho mejor decidiéndose por eso –le replicó Spock–. Al menos, en ese caso el único peligro era el existente para su propia cordura.
–No comprendo sus objeciones –le aseguró el doctor Mordreaux–. Nadie resultó herido. Los amigos que hice en Aleph Prime me rogaron que llevara a cabo una aplicación práctica.
–Así que usted cumplió con sus deseos. Los envió al pasado, y por eso lo condenaron por experimentación carente de ética.
El doctor Mordreaux se encogió de hombros.
–Sí. Estuve trabajando en los desplazamientos temporales, sólo para demostrar que eran posibles. Estoy un poco cansado de que se rían de mí; pero mis amigos no se reían de mí. Muy por el contrario, se sentían intrigados. Muchos de ellos incluso me ayudaron, sobre todo uno que se dio cuenta de que mi rayo transmisor temporal era, esencialmente, un transportador reajustado... y reajustó un transportador para mí. Eso aceleró mi trabajo un año o más.
–¡Doctor Mordreaux, existe una diferencia cualitativa entre una pequeña demostración llevada a cabo con objetos inanimados, y el envío de seres humanos a otras épocas temporales para siempre!
–Sí, supongo que tiene usted razón; pero creo que me hubiese metido en los mismos problemas tanto si hubiese trabajado con gente como si no.
–¿Por qué lo hizo?
–Porque esas personas eran mis amigos, y fueron muy persuasivos. Señor Spock, ¿no existe otra época y lugar en los que le gustaría vivir, mejores que el presente?
–No, profesor.
–¡Dígame la verdad!
–Doctor, como usted ya sabe, yo soy un híbrido. Las técnicas de cruce entre dos especies altamente evolucionadas, con orígenes evolutivos diferentes, se perfeccionaron sólo unos pocos años antes de mi nacimiento. Yo ni siquiera existiría en un tiempo previo.
–No me venga con sus historias vulcanianas. Sabe perfectamente qué es lo que quiero decir. No importa. El presente puede parecerle una utopía, pero le aseguro que virtualmente todos los seres humanos que llegan a confiar en uno lo suficiente como para hablarle de sus esperanzas y sueños, le manifestarán un deseo profundamente arraigado de vivir en otra época, la convicción de que de alguna forma están fuera de lugar y en realidad pertenecen a otra época que son incapaces de alcanzar.
–Muy romántico –replicó secamente Spock, mientras recordaba la fascinación que sentía el señor Sulu por una cultura de la Tierra extinguida hacía ya mucho tiempo, en la que si él hubiese aparecido, lo más probable hubiera sido que sus miembros lo consideraran un bárbaro pagano, y hubiera podido contar con las extáticas elecciones de morir envenenado por una herida de espada o a causa de la peste negra.
–Las personas a las que envié al pasado fueron las primeras que creyeron en mí después de mucho, mucho tiempo, señor Spock. Difícilmente podía decirles que tenía la única cosa del universo que deseaban, y negarme a dársela.
–Tiene que regresar y traerlos de vuelta.
–¡Me niego de plano!
–Respeto su lealtad para con sus amigos, profesor, pero su futuro..., esencialmente su vida, está en juego. Si de verdad son amigos suyos, no lo abandonarán a un castigo que ellos mismos podrían evitarle.
–Quizá no –replicó el doctor Mordreaux–, pero por otra parte, con esa aseveración, usted está poniendo a prueba de una forma muy severa incluso la amistad. De todas formas, ni siquiera el traerlos de vuelta me haría ningún bien a mí. No me juzgaron por experimentar con seres inteligentes, no realmente, aunque fue por eso por lo que me condenaron. Mis demostraciones hicieron que el pánico se apoderara de alguien, un alto personaje de la Federación; las autoridades volverían a encontrar una u otra forma de silenciarme.
–Pero los otros factores...
–Tomé en cuenta los cambios históricos, por supuesto; pero las probabilidades de provocar algún cambio significativo se acercan mucho al cero, en el séptimo lugar de los decimales.
–Pero, señor, si trajera usted de vuelta a sus amigos a su propio tiempo, evitaría llamar la atención de las autoridades, y nada de esto ocurriría.
El doctor Mordreaux volvió a reír.
–Ahora es usted quien está hablando de cambiar los acontecimientos del pasado. Usted no está hablando de recuperar a mis amigos, está hablando de regresar hasta al punto de evitar que se marchen en primer lugar. ¿Qué ha ocurrido con sus altos principios éticos?
–Profesor, la contradicción que usted está intentando señalarme es un sofisma.
–No voy a traerlos de vuelta. ¡Eso es lo único que me pidieron, que no los trajera de vuelta!
Spock se daba cuenta de que el doctor Mordreaux perdería muy pronto la paciencia si la conversación continuaba por el mismo camino, así que, por el momento, abandonó el intento de persuadirlo para que cambiara el curso de sus propios actos.
–Dejando a un lado el tiempo pretérito –comenzó a decir Spock–, supone que fue una versión futura de usted mismo la que asesinó al capitán Kirk.
–No sé por qué iba a hacerlo, pero es la única explicación que se me ocurre. Me preocupa que pueda llegar a cambiar tanto. Tenía la impresión de que la rehabilitación lo convertía a uno en alguien absolutamente carente de violencia; pero, sí, no veo ninguna otra explicación para ese caso. A menos, claro está, que piense usted que me convertí en niebla y me filtré al exterior de esta celda a través de los intersticios moleculares.
–La oficial de seguridad que estaba de guardia allí fuera fue envenenada. Debido a su metabolismo, no es fatalmente susceptible a la toxina, pero obviamente la intención era que muriese. Si eso hubiese ocurrido, se habría dado por supuesto que usted había escapado, y regresado luego al interior de la celda. Alguien tenía la intención de que lo culpasen por la muerte del capitán.
–¿Por qué iba a inculparme a mí mismo? –preguntó el doctor Mordreaux, hablando más para sí mismo que para Spock.
–La pregunta más básica aún sería la de por qué querría usted asesinar al capitán Kirk.
El doctor Mordreaux meneó la cabeza.
–No me había encontrado nunca con él, antes del día de ayer, así que tiene que deberse a algo que vaya a ocurrir en el futuro.
–El capitán Kirk está muerto, doctor Mordreaux. No afectará al futuro de nadie.
–Me refiero a algo que hizo en el futuro en que no fue asesinado... –La voz del profesor se apagó.
–Yo poseo experiencia empírica en lo que a los viajes temporales se refiere –le explicó Spock–. Esta nave se ha visto complicada en numerosos incidentes que podrían haber desbaratado el futuro de nuestra civilización en el mejor de los casos... y existen pruebas de que el daño potencial es algo mucho más básico. En todos los casos anteriores, fuimos capaces de evitar esa desorganización. Profesor, éste es otro de esos incidentes. Creo que debe usted reparar el daño causado en la continuidad temporal, o sufrir las consecuencias de esas alteraciones.
Mordreaux lo miró fijamente durante un rato.
–Usted lo que quiere es evitar que mi yo futuro asesine a Jim Kirk.
–Ése sería el efecto, sí; pero... –Spock se interrumpió. Quizá fuese mejor que, por el momento, el doctor Mordreaux creyera que sus motivaciones eran completamente egoístas.
–No puedo decir que me guste la idea de que yo mismo... incluso un yo que aún no existe... asesine a alguien, señor Spock.
–Entonces, tenemos que trabajar juntos para alcanzar nuestras finalidades.
El doctor Mordreaux se echó a reír de repente.
–Señor Spock... ¿Se da cuenta de que esta conversación en sí misma podría ser suficiente como para cambiar mis actos futuros? Quizá...
Se miraron fijamente durante varios segundos.
Nada cambió.
Los recuerdos de Spock permanecieron sin alteración; el capitán continuaba muerto.
El doctor Mordreaux se encogió de hombros.
–Bueno, no era más que una idea. –Miró a Spock con una repentina expresión de desconfianza–. Quiero que me haga una promesa antes de acceder a ayudarlo.
–¿Qué clase de promesa?
–No debe impedir que mis amigos regresen al pasado o se queden en él.
Spock meditó durante unos instantes aquella oferta. ¿Sería suficiente la reparación de la corriente temporal sin tener que cambiar los planes de aquellas personas? ¿O sería simplemente un esfuerzo inacabado y finalmente fútil? Dudaba de que pudiera reconciliar sus propios análisis de los efectos con los del doctor Mordreaux. En los niveles más altos de cualquier rama de la ciencia, no importa cuán precisa fuese, había siempre espacio para la duda, el conflicto y las filosofías contradictorias; obviamente, el doctor Mordreaux disentía de la opinión de que los desplazamientos temporales tuvieran un efecto dañino que fuera duradero.
Pero Spock creía que sí lo tenían, y tenía que intentar reparar el daño.
–Le ofreceré un compromiso, profesor. –¿Cuál?
–Me reservo el derecho de intentar convencerlo de que sus actos deben ser deshechos, aunque sólo sea para rescatarlo del destino al que usted mismo se ha condenado.
–¿Quiere que suprima deliberadamente mi propio trabajo?
–Desearía que pudiera persuadirse a sí mismo para utilizarlo de forma más responsable.
–¡Si lo utilizara de cualquier manera, volvería a hallarme de camino a la colonia de Rehab! No es lo que haga con mi creación lo que les asusta, sino el hecho de que exista en sí mismo. Su potencial como arma es prácticamente inimaginable. Tengo la opción de este destino y la reivindicación de mi trabajo ante unas pocas personas, o la de vivir como un imbécil desacreditado en la mente de todo el mundo. ¡Ya ve cuál es la que he escogido! ¿Acepta mis condiciones o nos olvidamos de todo este asunto?
Spock respiró profundamente; estaba ofreciendo su honor a cambio de riesgos muy elevados. –Cumpliré con sus deseos.
–Existen muy pocos seres en el universo en los que yo confiaría hasta este punto, ¿sabe? Especialmente ahora.
–Valoro su confianza, señor –le dijo Spock, con absoluta falta de sinceridad.
El doctor Mordreaux asintió con la cabeza.
Spock pasó otra media hora en el camarote de honor, mientras el profesor le describía el funcionamiento general del equipo temporal. A medida que Spock descubría lo simple que era el aparato en principio, más y más intrigado se sentía con respecto a él y al hecho de que nadie lo hubiese descubierto antes, aunque sólo fuese por pura casualidad.
Sin embargo, quizá alguien sí lo había hecho... y simplemente utilizado con muchísimo más secreto.

Ian Braithewaite entró en la sala de máquinas de la Enterprise. Había nacido en Aleph Prime y nunca había visto nada más. Intervenía en carreras de nave de vela como aficionado; sus técnicas para cambiar de los campos magnéticos a los vientos solares, o las de correr libremente ante una tormenta de iones hacia el espacio interestelar, eran comparables con las de cualquiera de Aleph. Pero las naves que había conducido, las más rápidas, frágiles, peligrosas y emocionantes, carecían completamente de motores. Ninguna de aquellas naves podía compararse con la Enterprise.
Sólo estaban funcionando los motores de propulsión. ¡Imaginaba qué se sentiría cuando los motores hiperespaciales iban a plena potencia! Las vibraciones sonaban en una frecuencia demasiado baja como para ser percibida por el oído humano, pero podía sentirlas. El latido le subía por las piernas hasta el tronco, y lo recorría hasta las puntas de los dedos. La Enterprise dependía de su determinación, y él no tenía la más mínima intención de que una nave como aquélla cayera en manos de traidores.
–¿Se ha extraviado?
Recientemente, Montgomery Scott había pasado más de una noche en vela, y la tensión de los días pasados se imponía incluso a su agotamiento. Aquél era un miembro de la tripulación que le había sido leal a su capitán; Ian estaba seguro de ello.
–Necesito hablar con usted, señor Scott.
–¿Sobre qué? –preguntó Scott.
–¡Esta nave es magnífica! –exclamó de pronto, incapaz de contener la admiración que sentía.
–Ah, sí –respondió Scott con indiferencia–. Lo es.
–Señor Scott...
–Señor... hemos pasado malos momentos. Técnicamente, usted no debería estar aquí... yo no soy de los que respetan las regulaciones estúpidas, pero en este momento no puedo llevarlo a recorrer todo esto.
–Señor Scott, no soy tan insensible como para pedirle un recorrido turístico después de lo que ha ocurrido. De lo que tengo que hablarle, es precisamente de lo sucedido.
Scott frunció el entrecejo.
–Venga conmigo –lo invitó finalmente–. Podemos hablar en mi oficina.
Señor Scott estuvo muy cerca de decirle que si no hubiese sido por él, nada de aquello hubiese ocurrido jamás; pero el fiscal parecía muy serio, tan inquietantemente apasionado que Scott sintió que debía acceder, aunque sólo fuese para averiguar, por una vez, qué estaba ocurriendo. Había intentado comprender los sucesos de las últimas veinticuatro horas y fracasado completamente; las únicas explicaciones que se le ocurrían llegaban a conclusiones que no podía aceptar no creer.
La oficina de la sala de máquinas era apenas un cubículo con espacio para un par de sillas, una terminal de computadora y apenas alguna cosa más. Scott quitó de una de las sillas una pila desordenada de fino papel de impresora, y lo depositó en el suelo, para que Braithewaite pudiera sentarse; luego apartó otra silla de la terminal y la giró, para sentarse él.
–Habitualmente, esto no está tan desordenado –dijo, con tono de disculpa.
–Eso no tiene ninguna importancia –le aseguró Braithewaite–. Señor Scott, estoy capacitado como investigador y tengo la firme decisión de apresar a las personas que mataron al capitán.
–¿Personas? –exclamó Scott–. Pero si la nave fue registrada de arriba abajo, y no encontraron a nadie que pudiera haber ayudado al doctor Mordreaux... a ningún cómplice.
–No encontraron a nadie a bordo que no perteneciese a la tripulación.
Scott le dirigió una fría mirada fija.
–¿Está usted diciendo que uno de nosotros ayudó a asesinar al capitán? ¿Quiere decir eso que soy sospechoso?
–¿Qué...? ¡No, al contrario! Estoy aquí porque me parece que es usted una de las pocas personas de la nave en quien puedo confiar absolutamente.
–¿Por qué?
–Señor Scott... al igual que usted, yo vi al señor Spock donde se suponía que no estaba. Lo vi en un sitio en el que no podía estar.
–No le comprendo.
–De alguna manera, él estaba en Aleph Prime antes de que llegase la Enterprise. No me pregunte cómo era posible, pero allí estaba. Yo lo vi. Él lo niega.
–Pero, eso es...
–¿Imposible? ¿De la misma forma que ayer era imposible que estuviese en la sala de transporte y en el puente al mismo tiempo?
–¡Sin duda... no pensará usted que el señor Spock está complicado en la muerte del capitán!
–Pienso que está ocurriendo algo extremadamente peculiar. Usted tropezó con ello, al igual que yo. Si el capitán Kirk le hubiera prestado atención a usted ayer, es posible que todavía estuviese vivo. Señor Scott, no pretendo dar a entender que comprendo lo ocurrido, todavía no. Lo único que tengo son sospechas, y no quiero darlas a conocer. Sin pruebas, no serían más que calumnias y, lo más importante, las sospechas son difíciles de desmentir una vez lanzadas.
–Oh, sí, eso es cierto –concedió Scott, impresionado a su pesar, porque él había sido incapaz de hablar con nadie acerca de sus preocupaciones por ese mismo motivo, aunque abrigase la esperanza de que los demás le dieran alguna razón simple e innegable que le demostrara que estaba equivocado–; y es difícil apartarlas de la propia mente... –Se interrumpió, porque no quería decir nada más, y deseaba no haber dicho lo anterior.
La frase inacabada atormentaba a Ian, pero era demasiado pronto para intentar averiguar más acerca de la misma. En cambio, hizo una pregunta que aparentemente cambiaba de tema, pero en realidad no lo hacía.
–Señor Scott, ¿le dio en algún momento el señor Spock alguna explicación de su presencia en la sala de transporte? ¿Alguna razón, por insignificante que fuese?
–Usted oyó todo lo que me dijo acerca del asunto; y justo después de eso, el capitán Kirk...
–Sí, claro. –Ian se frotó las sienes; el dolor de cabeza no se le había pasado del todo en ningún momento, y ahora comenzaba a intensificarse.
–¿Se encuentra bien? ¿Quiere un vaso de agua?
–Sí, por favor. –Braithewaite parpadeó para tratar de disipar la doble visión. Cerró apretadamente los ojos durante un momento; así se sentía mejor. Se preguntaba cuáles serían los primeros síntomas del botulismo hipermórfico. Scott le entregó un vaso con agua y él lo bebió con avidez.
–No tiene aspecto de encontrarse nada bien –le dijo Scott.
–No me siento demasiado bien, pero estoy trastornado y furioso y eso lo empeora aún más. Señor Scott, ¿puede trasladarse con el rayo a una persona desde un punto a otro dentro de la Enterprise?
–Bueno... podría trasladarse desde un punto determinado hasta la sala de transporte, y luego a otro lugar del interior de la nave. Tendría que materializarse en la plataforma entre los dos puntos. Sería una cosa de haraganes y un gasto desmesurado de energía. Un derroche muy grande.
–Pero podría hacerse.
–Sí.
–Señor Scott, supongamos que el doctor Mordreaux fue trasladado al exterior de su celda por el rayo transportador...
La expresión del ingeniero no se alteró mientras Ian hablaba, pero se puso involuntariamente blanco como un muerto.
–La posibilidad existe, ¿no es cierto? –Bueno...
–¿Sus objeciones son...?
–El camarote tenía escudos energéticos, las alarmas estaban conectadas, y si alguien lo hubiese intentado, lo hubiéramos sabido; además, no sería posible atravesar un campo energético con el rayo transportador.
–Los escudos tienen que haber sido instalados en torno al camarote específicamente para el viaje. Puede que no fuesen completamente seguros; o quizá el rayo entró por la parte superior, y alguien apagó las alarmas.
–Eso sería muy complicado de llevar a cabo.
–¿Pero podría hacerse?
–Quizá. Pero sólo podrían hacerlo muy pocas personas. Ian esperó.
–Podría haberlo hecho yo. –¿Sólo usted?
–El señor Spock...
Braithewaite se disponía a hablar, pero Scott estaba negando con la cabeza.
–No –dijo–. Esto es un disparate. No es posible.
Braithewaite se frotó los nudillos con frustración. Aquello había parecido tan practicable... trasladar a Mordreaux con el rayo fuera de la celda, y luego transferirlo al turboascensor vacío, detenido en el puente; hubiera salido, disparado contra el capitán, y vuelto a entrar en el ascensor. Su cómplice lo hubiera trasladado nuevamente a la sala de transporte, y seguidamente a la celda. Pero a menos que Scott estuviese encubriendo a alguien –e Tan no creía que lo estuviese haciendo–, su habilidad hubiera tenido que distar mucho de un conocimiento aproximado pero impreciso.
–No –continuó Scott–. Eso no es lo que ocurrió, precisamente. –Hizo una pausa y respiró profundamente–. Los escudos energéticos están diseñados para bloquear cualquier rayo transportador, y resulta imposible atravesarlos, independientemente del poder de que se disponga. –Miró a Ian con un aire resignado y de traición–. Alguien que conozca muy bien los sistemas de seguridad de esta nave, que sepa cómo están interrelacionados, interrumpió el paso de corriente de las alarmas y los escudos durante un instante y luego, antes de que ninguna de las dos pudiera recuperarse, cosa que pueden tardar unos segundos en hacer, pudo realizar la transferencia con el rayo. Puede haberlo hecho varias veces, y es probable que nadie lo advirtiese.
–¿Quién hubiera sido capaz de llevar a cabo esa operación?
–El capitán hubiese podido hacerlo, o la teniente comandante de seguridad. Yo podría haberlo hecho.
–La teniente comandante de seguridad. Eso es interesante. –Le habían dicho que Flynn era ambiciosa, pero tenía una educación pobre y además era una persona sin nacionalidad; no le daba la impresión de que tuviese la posibilidad de ascender mucho más. Sus sospechas se incrementaron–. ¿Alguien más, señor Scott?
–0... el señor Spock –respondió Scott de mala gana, demasiado consciente de lo que aquello significaba después del incidente ocurrido con el oficial científico.
–Puede que alguien más haya aprendido a hacerlo, de alguna manera –dijo abruptamente.
–Pero usted vio al señor Spock en la sala de transporte pocos minutos antes de que tuviese lugar el ataque, y él negó haber estado allí.
–Sí –replicó tristemente Scott–. No puedo creerlo... No podría creerlo si no hubiese visto al señor Spock con mis propios ojos, y no hubiera hablado con él. –Cuando se hallaba, como en ese momento, bajo una fuerte tensión, su acento escocés se hacía más marcado–. No puedo creerlo. Tiene que haber otra explicación. Tiene que haberla.
Ian Braithewaite se miró las manos de largos dedos. No era suficiente; sería mejor conseguir más pruebas, más testigos.
–Señor Scott, será mejor que no hablemos de esto con nadie más, al menos por el momento. Todo es demasiado circunstancial y, por supuesto, está usted en lo cierto. Podría existir otra explicación. Es posible que se trate de un terrible error. –Se interrumpió en seco.
–Yo no creo eso. ¿Usted sí?
–Ojalá lo creyera. –Le dio una suave palmada en el hombro a Scott, y se dispuso a salir.
–Señor Braithewaite –dijo Scott, con voz un poco demasiado alta.
Braithewaite se volvió.
–Existe otra explicación, ¿sabe?
–Dígame cuál es, por favor.
–Que yo esté intentando dirigir las sospechas hacia el señor Spock para protegerme y desviarlas de mí. Braithewaite lo miró durante varios segundos. –Señor Scott, espero que si alguna vez me hallo en una posición incómoda, tenga cerca un amigo que sea la mitad de leal que usted.
En la oficina de archivos, el doctor McCoy le pidió a la computadora los testamentos de James T. Kirk y Mandala Flynn.
El testamento de Flynn era un documento frío e impersonal, escrito, que ni siquiera estaba grabado en cinta auditiva, guardado en la memoria de la nave en forma de facsímil. En él no constaba más que la suma que había destinado a su velatorio –McCoy consiguió sonreír ligeramente ante aquello, porque su propio testamento destinaba una pequeña parte de sus bienes para el mismo propósito–, y que la enterraran en un planeta, no importaba cuál siempre que fuese un mundo con vida.
El testamento de Flynn era insólito, porque no legaba nada ni mencionaba a nadie. Medio por accidente, la mayoría de los tripulantes de una nave adquirían recuerdos de los lugares que habían visitado, como objetos exóticos alienígenas que querían conservar o regalárselos a amigos y familiares cuando regresaran a casa. Sin embargo, según los archivos de a bordo, la teniente comandante de seguridad había llegado con muy pocas cosas personales y, según su expediente personal, no sólo carecía de parientes vivos sino que tampoco tenía un planeta de origen oficial. Había nacido en el espacio profundo, a medio camino entre dos sistemas solares periféricos; ninguno de sus padres era nativo de ninguno de los dos. Pertenecían a la tripulación de una nave comercial, la Mitra, que navegaba bajo bandera de conveniencia; la madre de Flynn había sido evacuada durante su infancia de un planeta que ahora estaba desierto, perteneciente a la zona de nadie que quedaba entre la Federación y el espacio romulano; el padre había nacido en una colonia artificial que había acabado en bancarrota y desbandada general. Pocos años después de que Flynn se enrolara en la Flota Estelar, la nave comercial con toda su tripulación, toda su familia, fueron destruidos, víctimas de un accidente o una traición, y jamás se encontró rastro de ellos.
Había que retroceder al menos dos generaciones en la genealogía de Mandala Flynn para encontrar un mundo que pudiese reclamarla como suya, algún pariente que pudiera reconocerla; ella, por su parte, no se había molestado en hacer tal cosa. Aunque lo hubiese hecho, su clasificación hubiese continuado siendo la de persona sin nacionalidad; una ciudadana de ninguna parte, con el consiguiente prejuicio y sospecha que se les prodigaba a los que no tenían un mundo natal verdadero y –según dirían algunos–, tampoco verdaderas lealtades.
La mayoría de los tripulantes de las naves preferían la cremación o la sepultura en el espacio, pero a causa de los antecedentes de Flynn, a McCoy no le resultó sorprendente que deseara regresar a la tierra, cualquiera que fuese.
McCoy dejó que el testamento de Flynn se desvaneciera de la pantalla, y se acorazó mentalmente para leer el de Jim.
Como la mayoría de la gente, Jim Kirk había grabado su testamento directamente en una celda de memoria permanente. Podía ser enmendado por codicilo o destruido, pero el texto principal permanecería inalterable.
Jim apareció en la pantalla. A McCoy le escocían los ojos y él parpadeó rápidamente, porque era como si su amigo estuviera en la habitación contigua, hablando con él, y no muerto y frío.
Leyó unos papeles para dar a conocer las formalidades legales y las pruebas de identidad, así como la distribución clara y precisa de sus bienes. Le dejaba toda su herencia a su sobrino huérfano, Peter, hijo de su hermano, y nombraba un administrador hasta que el niño llegara a la mayoría de edad. Luego levantó la mirada directamente a la grabadora de memoria, directamente a los ojos de McCoy, y sonrió.
–Hola, Bones –dijo–. Si estás mirando esto, es porque estoy muerto o tan cerca de estarlo que ya no constituye diferencia alguna para mí. Ya sabes que no creo en las intervenciones heroicas para preservar la vida cuando el cerebro ha muerto, pero lo repito para que tengas una grabación legal de mi deseo de morir tan dignamente como sea posible.
La sonrisa se desvaneció abruptamente, y miró a la grabadora con más intensidad, lo que reforzó la extraña sensación que McCoy tenía de que Jim estaba realmente al otro lado de la fibra óptica.
–Leonard –continuó Jim–, hasta ahora jamás me había abierto lo suficiente como para decirte cuánto te valoro como amigo. Si he continuado sin decírtelo desde este momento hasta el de mi muerte, te pido disculpas. Espero que puedas perdonarme; espero que comprendas lo difícil que me resulta decir cosas de esa naturaleza. –Volvió a sonreír–. Y pensar que yo le tomo el pelo a Spock acerca de su carencia de emociones... cuando él admite al menos que ése es su ideal.
–Gracias por tu amistad –dijo simplemente Jim. Hizo una pausa momentánea, y acabó con las instrucciones que requiere un testamento. McCoy apenas oyó las últimas líneas del discurso; apenas podía ver el rostro de Jim. Sin sentir vergüenza alguna, dejó que las lágrimas le resbalaran mejillas abajo.
–Prefiero la cremación al entierro en el espacio –continuó Jim–. No me atrae mucho la idea de flotar momificado por el vacío durante los próximos miles de milenios. Prefiero ser quemado en el corazón de los motores de mi nave.
–Suponía que escogería el fuego –comentó Spock al ennegrecerse la pantalla.
McCoy se volvió, sobresaltado, enjugándose las lágrimas del rostro con una manga.
–¿Cuánto tiempo hace que está usted aquí? –preguntó enfadado, olvidando que le debía una disculpa a Spock.
–Apenas unos cuantos segundos –respondió suavemente Spock–. Pero hace un rato considerablemente más largo que lo estoy buscando, doctor McCoy. Tengo que hablar con usted en absoluto secreto. He descubierto algo importante. Me gustaría reanudar la conversación de anoche. ¿La recuerda usted?
–Sí –respondió McCoy, mitigando la irritación que había manifestado–. Tengo que pedirle disculpas. Estaba equivocado con respecto a la sugerencia que le hice, y también lo estaba con respecto a otras cosas que le dije. Lo lamento, señor Spock.
–No es necesaria disculpa alguna, doctor McCoy.
–¡Maldición, Spock! –exclamó McCoy–. ¡Al menos déme la oportunidad de excusarme dignamente, aun a pesar de que no le importe a usted cuán estúpidamente me comportara!
–Muy por el contrario, doctor McCoy. Aunque es verdad que sus impulsos fueron el resultado del exceso de emotividad, también es cierto que eran correctos. Señalaban el camino correcto a seguir... en realidad, indicaban un camino que es absolutamente esencial. Tenemos que impedir que el doctor Mordreaux asesine al capitán Kirk.
McCoy estudió el rostro de Spock en busca de alguna señal de locura. Su expresión era tan controlada como siempre; ¿pero había un cierto destello obsesivo en sus ojos?
Quizá los vulcanianos se volvían locos de la misma forma en que hacían todo lo demás, serenamente y con una absoluta carencia de emociones. ¿Traer a Jim de vuelta a la vida? McCoy tropezó con el territorio vacío de la pérdida que la muerte del amigo había creado en su mente. Siempre sentiría dolor cuando rozara los afilados bordes de aquella desesperación, pero los vacíos que había más allá se estaban llenando de recuerdos. McCoy había comenzado a aceptar la muerte de Jim, pero completar el proceso sería una tarea larga y ardua, y no creía que pudiese soportar que los locos planes de Spock le arrastraran a un lado y otro de] umbral que separaba la aceptación de la negación. El hecho de que fuese el mismo McCoy quien los sugiriera en primer lugar, hacía que aquellos planes fuesen menos tolerables, no más.
–Señor Spock, anoche me volví ligeramente loco. Sí no le hice daño, me alegro de ello, porque sin duda lo intenté. Me avergüenzo de mí mismo por ello. No podía aceptar el haber fracasado tan completamente, cuando la persona a la que le fallé era mi más íntimo amigo.
–No comprendo qué conexión existe entre su estado emocional de la pasada noche, y la tarea que debemos llevar a cabo.
–No tenemos ninguna tarea por delante, excepto la de sepultar a nuestros muertos y llorarlos.
–Doctor McCoy...
–¡No! Si yo puedo admitir que anoche estaba un poco fuera de mis cabales, usted puede admitir la posibilidad de que su juicio pueda simplemente ser ligeramente poco fiable en este preciso momento.
–Mi juicio está intacto. No me afectan los acontecimientos que a usted le han causado tanta aflicción.
McCoy no quería pelearse con Spock; ni siquiera se sentía en condiciones de obligarlo a reconocer que le importaba el hecho de que Jim estuviese muerto. La irritación que sentía no era suficientemente fuerte como para sobreponerse al tremendo letargo que se había apoderado de él. Le volvió la espalda.
–Por favor, márchese, Spock –le pidió. Déjeme en paz, pensó. Déjeme llorar en paz.
Se abrazó como si tuviera frío; sentía frío; un frío helado que había descendido con el silencio. Spock permaneció callado durante tanto tiempo, que McCoy llegó a creer que se había marchado tan silenciosa y sigilosamente como había llegado. El médico se volvió.
El sobresalto fue muy violento, al encontrarse con que Spock no se había movido del sitio, y lo miraba pacientemente.
–¿Querrá escucharme ahora, doctor McCoy?
McCoy suspiró, al darse cuenta de que no tendría un momento de paz hasta haber escuchado lo que Spock quería decirle. Se encogió de hombros con resignación.
Spock aceptó el gesto como uno de consentimiento. –El doctor Mordreaux no debería haber matado al capitán –declaró Spock.
McCoy estaba a la defensiva. –Soy bien consciente de eso.
Se había destrozado los nervios en el intento de pensaren cosas que hubiera podido hacer de forma diferente, cualquier procedimiento que hubiera salvado la vida de Jim. No se le había ocurrido nada. Quizá ahora Spock le hablaría de algún oscuro trabajo que debería haber leído, alguna monografía sin traducir acerca del tratamiento adecuado para la telaraña...
–No lo digo con intención de criticarle, doctor McCoy. Lo que quiero decir es que dentro del curso normal de probabilidades, no afectado por acontecimientos anacrónicos, James Kirk no hubiera muerto durante el día de ayer. En realidad, el doctor Mordreaux no hubiera aparecido en el puente.
El entrecejo fruncido de McCoy se hizo más profundo.
–¿Qué demonios está intentando decirme? ¿A qué se refiere con eso de «acontecimientos anacrónicos»?
–Las drogas que dieron al doctor Mordreaux para convertirlo en alguien manejable e incoherente han perdido ya su efecto. Esta mañana estuve hablando con él. Ahora sé en qué estaba trabajando, solo, en Aleph Prime. Sé por qué detuvieron su trabajo.
Molesto por el aparente cambio de tema, McCoy no replicó. Permanecería allí sentado hasta que Spock terminase, pero no tenía intención ninguna de manifestar entusiasmo por una conferencia sobre la investigación armamentística.
–Se había puesto a trabajar sobre sus monografías acerca del desplazamiento temporal, las que causaron tremendas controversias, e intentado llevar a la práctica las teorías expuestas en ellas. Lo consiguió.
McCoy, que lo había estado escuchando con indiferencia en el mejor de los casos, se irguió de pronto y repasó lo que acababa de decirle Spock, traduciendo los tecnicismos a lenguaje corriente.
–Desplazamiento temporal. Movimiento a través del tiempo. ¿Se refiere a... viajes por el tiempo?
–Eso es lo que acabo de decir.
–¿Así que tiene intención de utilizar sus teorías llevadas a la práctica para regresar al día de ayer y salvar la vida de Jim? No veo por qué su plan es en nada diferente, o más ético, que el que sugería yo.
–Sus efectos son muy poco diferentes, y sólo los diferencian las intenciones y los motivos. Sus motivaciones eran las de salvarle la vida al capitán. Las mías son las de detener al doctor Mordreaux.
–Discúlpeme, Spock, si no soy capaz de apreciar unos matices éticos tan sutiles como ésos. –El tono de McCoy se había hecho sarcástico.
–No existe sutileza alguna en todo esto, pero no le he suministrado la información suficiente como para que comprenda mi lógica.
McCoy se preparó de mala gana para escuchar un largo discurso, pero a medida que Spock le relataba lo que había averiguado durante las últimas horas, el médico se sintió más y más interesado a su pesar. No podía negar que Jenniver Aristides podría haber sido deliberadamente envenenada, y podía comprender perfectamente las razones que tenía Spock para convencerse de que Mordreaux no podía haber escapado de la celda, en primer lugar, y mucho menos regresar a ella a pesar del caos general de aquellos momentos. McCoy estaba menos convencido de que el arma representase un misterio; por muy minuciosamente que se hubiese registrado la nave, por muy sensibles que fuesen los instrumentos empleados para ello, por muy cerrada que fuese la red de seguridad, alguien que tuviera la inteligencia suficiente podría haber escondido el arma o hacerla desaparecer.
McCoy continuó escuchando, y finalmente se dio cuenta de hacia dónde llevaban las explicaciones del oficial científico.
–Spock –dijo cuando el otro acabó–, ¿me está diciendo que Jim no fue asesinado por el Georges Mordreaux que tenemos bajo custodia en la Enterprise... sino que lo hizo otro Georges Mordreaux. ¡Uno del futuro!?
–Exactamente, doctor McCoy. Es la única explicación que encaja en los parámetros del incidente. Es lo que cree el mismo doctor Mordreaux. Dado que él tenía la información necesaria para volver... para regresar aquí... en el tiempo; es además la explicación más simple.
–¡La más simple!
–Ciertamente.
–¿Más simple que la existencia de un cómplice?
–Un cómplice que apareció de la nada, tenía exactamente el mismo aspecto de Mordreaux, hizo referencia a un incidente que no había ocurrido... sí... y desapareció sin dejar rastro.
–Alguien de la nave que tenía motivos para odiar a Jim... alguien que tenía conocimientos de disfraces holográficos... –La voz de McCoy se apagó ante la mirada de Spock.
–Un actor, entonces. Alguien que tenía experiencia en transformaciones de apariencia...
–¿Que además consiguió ocultarse durante el tiempo suficiente como para volver a cambiar a su aspecto original y deshacerse del arma, mientras todo el mundo de a bordo estaba buscando a alguien que guardara algún parecido con el doctor Mordreaux?
–Es imposible –dijo McCoy con tono beligerante.
–Desde luego que lo es. También es posible que la Enterprise esté albergando un transformador de apariencia.
–¡Eso es más fácil de creer que lo de un asesino viajero del tiempo!
–Mi teoría posee un factor único que quizá lo persuada para que me ayude.
–¿Cuál?
–Si esta hipótesis es correcta, entonces los acontecimientos ocurridos se deben a una seria perturbación de la corriente temporal. Es vital que los volvamos a su cauce normal. El capitán Kirk no tiene por qué morir. No debe morir.
McCoy se frotó los ojos, mientras reseguía la andanada de razonamiento de Spock. Contenía una buena cantidad de sentido, aunque de una forma absurda; en el peor de los casos, explicaba la penetrante sensación que él, y Jim, y la mitad del resto de los otros habían tenido: que todo funcionaba de forma errónea, de una manera extraña, implacable e incontrolable.
–De acuerdo, Spock –accedió por fin–. ¿Qué es lo que quiere que haga yo? Le ayudaré si puedo.
¿Pasó un destello de alivio, incluso de gratitud, por el rostro del vulcaniano? McCoy decidió creerlo así.
–Técnicamente, estoy al mando de la Enterprise hasta que la Flota Estelar haya hecho una valoración de lo sucedido y designado un nuevo capitán –dijo Spock.
–O lo haya ascendido a usted a ese rango de forma permanente.
–Eso está fuera de toda discusión. No lo aceptaría, pero en todo caso, no se me hará semejante oferta. Eso no tiene relevancia alguna en este caso. No puedo desempeñar las funciones de capitán y llevar a cabo mi tarea al mismo tiempo; el doctor Mordreaux y yo tendremos que construir el aparato que me lleve de vuelta al día de ayer. Eso llevará algún tiempo, y sería mejor que no nos interrumpieran.
–¿Por qué no podemos limitarnos a regresar mediante el efecto látigo?
–Por la misma razón que no vamos a intentar calibrar el fenómeno de vacío y utilizarlo para que nos lleve de vuelta: porque el resultado sería que llevaríamos la nave entera al pasado, incluido el cadáver del capitán; nos veríamos obligados a enfrentarnos a nosotros mismos, a intentar persuadirnos a nosotros mismos...
–No se preocupe –se apresuró a interrumpirlo McCoy–. ¿Qué quiere que haga yo? ¿Que diga que lo he dado de baja de sus funciones por motivos médicos?
–No es una sugerencia irrazonable –respondió Spock, con aire pensativo–. Puede hacer lo que mejor le parezca, tanto si decide disimular como si se niega a responder a cualquier pregunta.
–En circunstancias normales, debería irse a dormir a una hora bastante temprana –señaló McCoy, que conocía los ciclos que Spock se había autoimpuesto–. Piense en ello... ¿cómo piensa mantenerse despierto?
–Puedo retrasar dicha compulsión.
McCoy frunció el entrecejo.
–¿Eso es prudente, señor Spock?
Spock se forzaba más allá de sus límites con mucha frecuencia, aunque sin duda se negaría a reconocer que se ponía a prueba más de lo que lo haría cualquier vulcaniano pu ro.
–Carece totalmente de importancia –respondió vivamente Spock–. Sólo me requerirá unos pocos minutos del día de hoy, más tarde, el estabilizar mi mctabolismo. No afectará a mi trabajo.
–¡Pero eso es absurdo! ¿Por qué no se va simplemente a dormir? ¡Disponemos de muchísimo tiempo!
–No, no disponemos de él. El esfuerzo necesario para cambiar un acontecimiento es proporcional al cuadrado de su distancia en el tiempo. La curva de la función energética se acerca al infinito con bastante rapidez.
–¿Cuanto más espere, más difícil será?
–Precisamente. Además, todavía vamos de camino hacia la colonia de rehabilitación, y si no puedo acabar el aparato antes de verme obligado a dejar al doctor Mordreaux en manos de las autoridades, puede que nunca consiga acabarlo.
–Espere. Creía que usted estaba convencido de que lo habían condenado por equivocación. Pensaba que iba a intentar demostrar su inocencia.
–Desgraciadamente, eso es imposible.
–¿Por qué?
–Porque incluso en el caso de que fuese inocente, cosa que técnicamente no es, no lo han condenado a rehabilitación por ese crimen. Su trabajo entrañaba una amenaza tal, que se tomó la decisión en las altas esferas de la Federación de eliminar dicho aparato.
–¡Eso es de paranoicos, señor Spock!
–¿Los actos de la Federación o la creencia del doctor Mordreaux de que es eso lo que ocurre? Yo mismo dudé de ello. En todo caso, los expedientes del juicio han desaparecido de los archivos públicos. El nombre del profesor ha sido eliminado de los índices de Aleph Prime; y, lo más importante, sus monografías están siendo sistemáticamente borradas de los bancos de memoria de la Federación. La computadora de Aleph Prime infectó a la computadora de la Enterprise con un programa virus que busca y destruye los trabajos del doctor Mordreaux; se reproduce por sí mismo y se transfiere a cualquier computadora con la que entra en contacto. Cuando lo descubrí, ya había llevado a cabo su tarea en la Enterprise, y el hecho de que mi propia computadora retenga copias de esos trabajos se debe sólo a que está protegida, inmunizada, podríamos decir, contra ese tipo de virus.
McCoy comenzó a comprender cuán aterradoras eran las consecuencias de las teorías de Mordreaux. Cualquiera que pudiese llevarlas a la práctica, podía cambiar el curso de la corriente temporal: la historia misma. Incluso en ese mismo momento ellos podían estar cambiando, siendo cambiados sin su consentimiento y ni siquiera su conocimiento. Se estremeció.
–Ningún argumento que yo o cualquier otro pueda presentar evitará que las autoridades envíen al doctor Mordreaux a rehabilitación –afirmó Spock.
El doctor McCoy cruzó los brazos sobre el pecho, y dijo:
–No tengo ninguna razón para sentir simpatía por ese hombre, Spock, pero a mí me parece que van a arrojarlo a los lobos.
–¿Arrojarlo a...? Oh... Ya recuerdo esa referencia. Al contrario, doctor. Existen varias formas de evitar que lo encarcelen, pero él no quiere aceptar mi ayuda. Prefiere que un grupo muy pequeño de personas aprecie la validez de su obra. La alternativa es que sus teorías permanezcan en el descrédito, y eso, él no puede aceptarlo.
–¿Va a permitir que lo «rehabiliten»?
–No tengo elección. Le he dado mi palabra de no intentar deshacer sus pasadas acciones, por autodestructivas que puedan ser.
–Señor Spock...
–Doctor McCoy, no dispongo de tiempo para discutir ahora con usted. No estoy en desacuerdo con su opinión, pero de momento tendremos que contentarnos con que el doctor Mordreaux nos ayude a salvar al capitán Kirk. ¿Desea un nombramiento formal para desempeñar las funciones de capitán?
–No creo que sea necesario –respondió McCoy. Spock asintió con la cabeza y se dispuso a salir. –Spock... espere.
El vulcaniano se volvió.
–¿Por qué tanto secreto, que yo lo encubra y todo eso? Informemos simplemente de lo que ha ocurrido y de lo que planeamos hacer, y tendremos a todos los miembros de la tripulación de nuestro lado.
–Ése es muy probablemente el peor curso de acción que pueda usted imaginar.
–Eso que dice no tiene sentido.
–Esta obra es considerada como una amenaza, no sólo para la Federación sino para la historia del universo mismo. Si nos descubren empleándola, Ian Braithewaite, por ejemplo, nos veremos irrevocablemente ante un tribunal militar y de camino hacia la misma colonia de rehabilitación que el doctor Mordreaux.
–Oh.
Spock le habló a McCoy con gravedad.
–Doctor McCoy, lo que intentaremos hacer no carece de riesgos, y la colonia de rehabilitación no es el mayor peligro existente. Yo podría fracasar. Podría ser concebible que empeorara las cosas. ¿Preferiría que procediera sin involucrarlo a usted?
McCoy respiró profundamente y dejó escapar el aire con lentitud.
–No, señor Spock, no puedo quedarme al margen aunque este asunto signifique correr el riesgo de caer con usted. Lo ayudaré en todo lo que pueda.
–Esa es una imagen confusa en el mejor de los casos, doctor McCoy, pero aprecio su resolución.
Spock sintió que el sueño se apoderaba de él, confundía sus percepciones y le distorsionaba la visión. Era demasiado temprano, demasiado temprano: tendría que disponer de bastante tiempo, al menos hasta el anochecer, antes de que la necesidad de dormir resultara irresistible. Las últimas veinticuatro horas habían estado tan cargadas de tensión, que habían apartado su atención del control de sus ciclos de descanso, hacia el control de las emociones que en circunstancias normales estaban tan perfectamente reprimidas como para resultar esencialmente inexistentes.
Se encaminó apresuradamente hacia sus dependencias, en lugar de ir al camarote del doctor Mordreaux, con la esperanza de no haber retrasado los cambios hasta demasiado tarde.
El calor del camarote, más parecido a la temperatura normal de Vulcano, lo envolvió, y la textura de las luces cambió por completo. Cerró la puerta y permaneció de pie durante un momento, mientras hacía la transición del mundo humano al suyo propio.
Pero no podía esperar mucho tiempo. Se tendió sobre la larga losa pulida de granito de Vulcano, una piedra de meditación, que era uno de los pocos lujos que se permitía. Cerró los ojos y se relajó lentamente. No podía relajarse todo lo que le hubiese gustado, ya que si lo hacía se dormiría de inmediato. Sin embargo, si permanecía tenso no sería capaz de controlar su cuerpo con el fin de conseguir los pocos días más, las pocas horas más de vigilia que necesitaba.
No podía evitarse. Tendría que correr el riesgo. Lo más irónico era que el nivel de concentración que debía alcanzar era tan profundo que no podría mantener la atención fija en permanecer despierto.
Gradualmente, tomó consciencia de cada hueso, cada órgano, cada músculo y cada tendón de su cuerpo. Respiró profundamente, obligando a las células a que degradaran las moléculas producidas por la fatiga. Entró hasta el fondo de su mente y reprimió la respuesta biológica ya comprimida hasta un punto peligroso. Mantuvo una lucha consigo mismo; se exigió hasta la última pizca de determinación que todavía le quedaba; pero cuando emergió a través de las diferentes capas de su mente, fue recompensado por una claridad intelectual renovada.
Por el momento, lo había conseguido.

El doctor McCoy salió del turboascensor al puente. Estuvo a punto de dirigirle un alegre saludo a Uhura, pero tras una mirada a la tensión y tristeza de su hermoso rostro, y a sus ojos enrojecidos por el llanto, recordó que por lo que a todos los demás respectaba, habían perdido un respetado oficial o un amigo. McCoy ya había comenzado a pensar que Jim sólo se había ido unas cortas vacaciones; la desesperación de McCoy se había desvanecido. Sin embargo, era de una vital importancia que ocultara sus esperanzas. La valoración que Spock había hecho de las circunstancias era indudablemente correcta: si alguien sospechaba, los detendrían.
Se detuvo cerca de Uhura. Ella cogió la mano que le tendía, y él se la estrechó suave y consoladoramente. Él quería ponerla en pie de un tirón, cogerla en brazos y hacerla girar, estrecharla con todas sus fuerzas y decirle que muy pronto todo se arreglaría; quería decirles a todos los que se hallaban en el puente, en la nave, que era todo un error, todo, prácticamente, una broma.
––Doctor McCoy...
–Uhura...
–¿Se encuentra bien?
–Más o menos –respondió él, sintiéndose brutal y carente de honradez–. ¿Y usted?
–Más o menos. –Ella sonrió, de una forma algo trémula. McCoy se encaminó al nivel inferior del puente. –¿Doctor McCoy?
–¿Sí?
–Doctor, las comunicaciones de la nave... son confusas. No me refiero al mecanismo. –Hizo un gesto en dirección a la estación ante la que se hallaba sentada–. Me refiero a la gente que habla entre sí. Los rumores. Las sospechas. Supongo que el señor Spock no puede decirnos si estamos todos bajo sospecha; pero si no lo estuviéramos, unas palabras suyas...
–¿Bajo sospecha? ¿De qué me está hablando, Uhura?
–He pasado por duros interrogatorios de seguridad... usted ya conoce el nivel de mis acreditaciones... pero nunca jamás había pasado por un interrogatorio parecido al de esta mañana.
McCoy frunció el entrecejo, muy sorprendido.
–Pensé que Barry al Auriga tendría más tacto.
Mandala Flynn había repasado el expediente de al Auriga junto con McCoy, y lo había recomendado para el ascenso a segundo en el mando, poco después de llegar a bordo. Una de las razones por las que lo había escogido a él entre varios otros oficiales de antigüedad comparable era que su perfil psicológico y su hoja de servicios indicaban que se comportaba con amabilidad y gentileza cuando se hallaba bajo presión.
–No me refiero a Barry. Él me ha tomado declaración, por supuesto. Se trata de Tan Braithewaite. Doctor McCoy, los rumores que corren dicen que el prisionero no pudo salir de la celda por sí mismo, así que tiene que existir una conspiración. Eso es lo que está intentando averiguar el señor Braithewaite. Llegó incluso a acusar a Mandala de estar involucrada. Cuando dijo eso, me entraron ganas de arrancarle los ojos con las uñas.
McCoy arrugó la frente.
–Nunca he oído una sarta tal de tonterías. Además, lan Braithewaite no tiene jurisdicción alguna sobre la Enlerprise, pero incluso si la tuviera, eso no le daría ningún derecho a intimidar a nadie de la tripulación... ni a calumniar a alguien que ya no puede defenderse. –Braithewaite estaba lejos de ser el único que creía que una persona que carecía de planeta natal era un riesgo para la seguridad, casi por definición. McCoy suspiró–. Uhura, llame al señor Braithewaite, ¿quiere? Búsquelo y dígale que suba al puente de inmediato.
–Sí, doctor.
Se sentó en el asiento de Jim Kirk y pasó los siguientes minutos mirando la pantalla de visión exterior, aunque le ponía muy poca atención al espectacular campo de estrellas. Se preguntaba qué ocurriría cuando Spock llevase a cabo sus planes. ¿Guardaría alguien recuerdo alguno de lo sucedido, o los acontecimientos se desvanecerían simplemente de sus memorias? Si era así, ¿qué efecto tendría aquello sobre los seres que se hallaban allí en aquel momento?
¿Nos desvaneceremos también nosotros?, se preguntó.
Cuanto más pensaba en el asunto, más atrapado se hallaba entre las paradojas y más lo confundían.
Las puertas del ascensor se abrieron, e Ian Braithewaite entró en el puente, con su maniática energía reprimida por la beligerante curva de sus hombros caídos. Descendió al nivel inferior con una sola zancada y se encaró con McCoy.
–Doy por supuesto que querrá usted hablar conmigo –le dijo McCoy–, dado que se ha mostrado tan agresivo en sus conversaciones con el resto de la tripulación.
–Preferiría hablar con el nuevo capitán, pero él me evita.
–Escúcheme, hijo –comenzó McCoy, que no se sentía ni aproximadamente como el anciano buen doctor que estaba representando–, es usted quien desapareció de la enfermería sin mi permiso. Tiene usted una fuerte conmoción... y debería de estar en cama.
–¡No intente cambiar de tema!
–¿Cuál es exactamente el tema? Por lo que he oído, tiene usted en el tejado algunas goteras que deberíamos tapar.
La expresión de Braithewaite era en todo igual a la que afloraba al rostro de Spock cuando no comprendía una de las coloridas metáforas humanas.
–¿Qué es una gotera? Y ya que estamos, ¿qué es un tejado?
–Oh, no tiene importancia. ¡Que Dios me libre de la gente que nunca ha caminado por la superficie de un planeta!
Braithewaite, ¿qué demonios pretende, acosando a la tripulación? Todos hemos pasado por demasiados momentos difíciles y dolorosos, gracias a usted y su maldito prisionero.
Hemos perdido a alguien a quien admirábamos enormemente, y no pienso permitir que someta a nadie más a tensiones adicionales.
–No veo que tenga usted nada que decir al respecto. El crimen tuvo lugar en mi jurisdicción, y estoy investigando.
–Usted no tiene ninguna jurisdicción sobre una nave de la Flota Estelar.
–Oh, es usted un experto en el sistema jurídico además de en medicina, por lo que veo. Estoy impresionado.
–Señor Braithewaite, ¿qué pretende? Todos vieron cómo su prisionero asesinaba al capitán, y a menos que haya usted dejado suelto a Mordreaux, está ahora bien seguro en su celda.
–No tengo intención de discutir lo que sé con usted. –Oh, no la tiene, ¿no es cierto? –Joven estúpido, agregó mentalmente McCoy, y estuvo a un tris de decirlo en voz alta. –¿Dónde está el señor Spock... o debería decir el capitán Spock?
–Creo que opondría objeciones en los términos más severos si lo llamara de esa forma a la cara. Él y Jim estaban muy unidos desde hacía mucho tiempo, y aunque preferiría que le arrancaran las uñas antes que admitirlo, la muerte de Jim ha sido un duro golpe para él.
–¿De veras? Supongo que está en alguna parte, postrado de dolor.
–Escuche, no comprendo en absoluto su beligerancia.
¿Qué demonios le ocurre? Si tiene algo que decir, dígalo...en lugar de salirse de sus casillas por cada cosa que digo. –Quiero hablar con el oficial al mando. –Tendré que hacerlo, en ese caso. –¿Spock le ha pasado el mando a usted? –Por el momento.
–¿Dónde está él?
–Está... dormido –respondió McCoy. Había preparado mal las mentiras. Intentó explicarle lo relativo a la observación del fenómeno de vacío y la habilidad vulcaniana para retrasar el sueño, hasta que se dio cuenta de que Braithewaite dudaba de cada una de sus palabras.
–A pesar de que las formalidades jerárquicas indican que sea Montgomery Scott quien asuma el mando, han delegado dicha responsabilidad en usted.
–La elección depende del oficial al mando –respondió McCoy. Luego intentó un tono más conciliador–. Además, Scotty está trabajando en los motores... no tiene tiempo de desempeñar labores de mando, es demasiado importante en el lugar en el que se encuentra.
Ante la expresión del rostro de Braithewaite, McCoy se arrepintió inmediatamente de haber intentado seguirle la corriente al fiscal.
–Tengo mejores cosas que hacer que intercambiar frases astutas con usted –dijo Braithewaite, y se volvió para marcharse.
–lan –lo llamó McCoy suavemente, con el arrastramiento sureño de las palabras que sólo se sorprendía utilizando en los momentos de la más profunda furia.
Braithewaite se detuvo pero no se volvió.
–Ian –continuó McCoy–, tanto si le gusta a usted como si no, yo estoy al mando aquí hasta que el señor Spock vuelva a asumirlo; y si usted continúa acosando a la tripulación... si continúa acosando a mi gente, le haré recluir en su camarote.
Entonces Braithewaite se volvió bruscamente con los puños apretados.
–Cree que puede hacer eso, ¿no es cierto?
McCoy le dirigió una amable sonrisa de anciano médico rural, pero su voz continuaba siendo muy suave, muy baja. –Póngame a prueba –le respondió.

Spock miró por encima del hombro del doctor Mordreaux los esquemas que el profesor había estado recreando durante las pasadas horas. Pasaban como un destello, uno tras otro, por la luminosa pantalla de la computadora. El diseño poseía la simplicidad de una elegante prueba matemática; era tan perfecto y mortífero como un cuchillo de cristal.
–Si ambos trabajamos en ello, deberíamos ser capaces de terminarlo en un par de horas ––aseguró el doctor Mordrcaux.
–¿Qué poder tiene ese equipo, profesor?
–¿Me pregunta que hasta qué punto del tiempo puede regresar? Eso no depende de la carga en sí, sino de cuánta energía se puede obtener. La Enterprise puede, probablemente, suministrar la energía suficiente como para enviarlo a una semana de distancia, si se hiciese una derivación de los motores hiperespaciales. Si intentara retroceder más, con seguridad, comenzaría a forzar el sistema más allá de su resistencia inherente.
–Comprendo –dijo Spock.
El doctor Mordreaux levantó los ojos hacia él.
–Eso es más de lo que usted necesita retroceder. A menos que me haya mentido con respecto a lo que tiene intención de hacer.
–Los vulcanianos no mentimos, profesor. Mantendré la palabra que le di, por muy ilógica que piense que es su actitud, a menos que me libere usted de esa promesa.
–Muy bien –replicó el doctor Mordreaux–. Regrese a salvar a su capitán, y conténtese con eso.
Spock no disponía de ningún otro argumento para exponerle al doctor Mordreaux con la finalidad de hacer que él cambiara de parecer, y por esa causa guardó silencio.
–Es una maravillosa coincidencia que se le ocurriera recoger esos cristales bioelectrónicos en Aleph –comentó el doctor Mordreaux–. Sin ellos, el transportador hubiese tenido el tamaño de una lanzadora y el doble de su masa.
–Yo no creo en las coincidencias –respondió Spock con tono distraído, mientras hacía una lista mental de las demás herramientas y material que les haría falta–. Cualquier coincidencia, si se la observa cuidadosa y lógicamente, demostraría tener una explicación.
–Asegúrese de cuál es la explicación para ésta, y hágamela saber cuando la averigüe –le dijo el profesor.
El concepto en el que Spock no creía, la coincidencia, sin duda se le había ocurrido frecuentemente durante los últimos días pasados; pero en aquel preciso momento, no tenía tiempo para llevar a cabo observaciones cuidadosas y lógicas de los diferentes fenómenos. Volvió a inclinarse sobre la pantalla de vídeo.
La puerta del camarote del doctor Mordreaux se abrió detrás de ellos. Spock se volvió.
Ian Braithewaite lo miraba con ferocidad desde la entrada.
–Dormido, sin duda –dijo–. Espero que esté usted teniendo dulces sueños, señor Spock.
–Mis hábitos de descanso no son asunto suyo, señor Braithewaite.
–Lo son cuando forman parte de las bases de una maquinación destinada a engañarme.
–¿Deseaba hablar conmigo, señor Braithewaite, o está simplemente comprobando que el doctor Mordreaux se halla en su camarote? Como bien puede ver, continúa encerrado.
Braithewaite se acercó, entrecerrando los ojos para ver mejor la pantalla.
–Encerrar al doctor Mordreaux y dejarle acceso abierto a la computadora, es lo mismo que entregarle la llave de la puerta. ¿Qué está...?
Mordreaux apretó la tecla con la palabra « CLEAR» escrita encima.
–¿Qué era eso?
–Nada que pueda interesarle –respondió Mordreaux, pero la bravata vaciló en su voz.
–El doctor Mordreaux me ha proporcionado una ayuda inapreciable con respecto a las observaciones que usted ordenó interrumpir –le dijo Spock–. Ésta podría ser su última oportunidad para contribuir al conocimiento científico, un hecho que incluso usted debería ser capaz de apreciar.
Braithewaite le dirigió una mirada de implacable hostilidad.
–Me resulta muy difícil sentirme impresionado por sus contribuciones a la fuente de la sabiduría universal. –Tendió una mano hacia la terminal.
–No manosee la computadora de la Enterprise, señor Braithewaite –le dijo Spock.
–¿Qué?
Spock no vio ninguna necesidad de repetir lo que acababa de decir.
Braithewaite se detuvo con los puños apretados y los brazos caídos. Luego se relajó lentamente. Asintió con expresión pensativa, y sin decir nada más se marchó del camarote.
Spock se volvió hacia el doctor Mordreaux.
–Sabe que le ha mentido, señor Spock. Él no amenaza...
espera hasta tener pruebas suficientes, y luego entra a matar. –El doctor Mordreaux sacó nuevamente los cálculos que estaban realizando de la memoria de la computadora a la pantalla.
–No le he mentido, señor. –Spock miró las intrincadas ecuaciones que pasaban por la pantalla–. Los trabajos en ese transportador me han suministrado valiosos atisbos del diseño correcto para mi aparato observacional. Me ha proporcionado usted el auxilio que esperaba.
–Un tecnicismo. Si lo he hecho, fue por pura inadvertencia. ¿0... se trata de otra coincidencia?
–Eso es muy poco probable –respondió Spock, y se puso nuevamente a trabajar.

El doctor McCoy se sobresaltó ante el sonido de su nombre, y se puso en pie de un salto con aquella alerta extrema que lo preparaba para las emergencias. Después de todos aquellos años, ni siquiera se había acostumbrado realmente a ello.
–¿Qué ocurre? ¡Estoy despierto!
Miró en torno de sí y se dio cuenta de que todavía estaba en el puente. Todos lo miraban con expresiones extrañas; no podía culparlos. Mientras se ruborizaba, volvió a sentarse en el asiento de mando, sin pretender realmente no haberse dormido pero sin invitar tampoco a que nadie hiciera comentarios al respecto.
Era Chekov quien le había hablado, para llamarle la atención sobre el hecho de que el señor Scott estaba llamando al puente.
–¿Sí, Scotty? –dijo McCoy–. ¿Todo marcha bien?
Se produjo una breve pausa.
–Doctor McCoy... ¿es usted?
–El mismo.
–Tengo que informar al señor Spock acerca del estado de los motores hiperespaciales. ¿Puede decirme dónde se encuentra?
–Probablemente esté profundamente dormido a estas alturas –respondió McCoy, lamentando la mentira que salía más fácilmente la segunda vez que la decía–. Creo que se–rá mejor que, de momento, me informe a mí.
Otra pausa. McCoy comenzaba a preguntarse si el intercomunicador también estaría fallando, como durante aquellos días les ocurría a los motores y la mitad del resto de los equipos de la nave.
–¿A usted, doctor McCoy? –preguntó Scott.
–Bueno, sí. Estoy más o menos al mando hasta que Spock regrese a su puesto.
–Entonces lo ha nombrado a usted segundo.
El dolor de la voz de Scott se percibió con toda claridad. Sus sentimientos estaban heridos; le habían pasado por encima, de eso no había ninguna duda. El ingeniero de máquinas no tenía forma de saber que lo habían hecho para protegerlo a él, precisamente, y McCoy no podía decírselo.
–No exactamente, Scotty –le replicó McCoy con un tono poco convincente, esperando salvar el ego magullado–. Sólo será hasta que todo haya sido solucionado. Supongo que tiene la sensación de que es usted de vital importancia en la sala de máquinas.
–Sí –dijo entonces Scotty con tono frío–, señor. No dudo de que sabe lo que está haciendo.
El intercomunicador se apagó con un chasquido. McCoy suspiró. No se las había arreglado con Scott mejor de lo que lo había hecho antes con Braithewaite.

Al apartarse del intercomunicador de su oficina, Montgomery Scott levantó lentamente la mirada hacia los ojos de Ian Braithewaite. Se sentía aturdido y traicionado.
–Lo lamento mucho –le dijo Braithewaite, con bastante sinceridad.
–El doctor McCoy tiene razón –señaló Scott–. No tengo tiempo para comandar la nave. El trabajo de los motores está hecho sólo a medias...
–¡Maldición, amigo! –gritó Braithewaite, poniéndose en pie de un salto–. ¡O bien McCoy está trabajando bajo coacción, o él y Spock juntos lo han traicionado a usted y a todo el resto de la tripulación! ¿Cómo puede continuar buscándoles excusas?
–Los conozco a ambos desde hace mucho tiempo, y nunca he tenido razón alguna para desconfiar de ninguno de ellos –respondió Scott.
Sus sentimientos de traición se mezclaban con la ira; no sabía si esa ira estaba dirigida contra McCoy y Spock, o contra Braithewaite. Quizá fuese contra todos ellos; tal vez no tuviese importancia.
–Es difícil –concedió Braithewaite, mientras recordaba una ocasión en la que había entregado su confianza para luego encontrarse que la usaban en su contra–; pero Spock, por lo menos, ha agotado sus oportunidades de que se le conceda el beneficio de la duda. Si Mandala Flynn fue la instigadora o simplemente lo siguió a él, carece ya de interés práctico. McCoy podría ser menos culpable... pero no hay forma de demostrar que ninguno de ellos sea completamente inocente.
Scott no dijo nada; suspiró mientras miraba fijamente al diseño esquemático que estaba pinchado en la pared de la oficina.
–¿La hay, señor Scott? –preguntó suavemente Ian–. Si puede darme alguna otra explicación lógica para lo que ha estado ocurriendo, me sentiré encantado de oírla. No me gusta la idea de que tres oficiales de la Flota Estelar hayan conspirado para apoderarse de una nave, poner en libertad a un criminal peligroso, y asesinar a su capitán...
–¡Basta! –le interrumpió Scott–. Por favor... no vuelva a recitar esa letanía. –Hizo una pausa y se rehízo–. Todo lo que usted dice es verdad, sí... Pero no consigo ver el porqué de todo ello. Quizá la Flota Estelar le entregará la Enterprise al señor Spock, y quizá no. Es correr demasiado riesgo. Si lo hubiese deseado, hubiera obtenido su propia capitanía, sin lugar a dudas. ¿Y por qué iba el doctor McCoy a tomar parte en semejante plan? No puede ascender más y continuar practicando la medicina, y ha dicho infinidad de veces que no quiere renunciar a ella.
Tan suspiró. No quería confiarle a Scott la totalidad de sus suposiciones, no tanto porque él mismo las encontrara imposibles de creer, ni siquiera porque revelar aquella información constituiría una violación de las órdenes que él mismo había recibido, como porque aquella información en sí pondría en peligro al ingeniero.
–No tengo pruebas absolutas de que el doctor McCoy sea un miembro voluntario del plan. Espero que no lo sea... ya que si no lo es, todavía tenemos la oportunidad de traerlo de vuelta a nuestro lado. Puedo hacer algunas suposiciones, pero no le gustarían más que cualquiera de mis sospechas.
Abrigo la esperanza de que lo que ha ocurrido sea que un plan destinado a poner en libertad al doctor Mordreaux, se haya escapado de las manos de los que pretendían llevarlo a cabo hasta el punto de que nadie pudo elegir lo que debía hacerse. Lo peor que podría ocurrir... bueno, el señor Spock tiene en este momento el control de la nave, y no le hace falta esperar a que la Flota Estelar se lo entregue.
–¡Eso es una locura! –dijo Scott–. ¡Además, la tripulación no lo toleraría!
–Es precisamente con eso con lo que cuento, señor Scott. Ése es el motivo de que haya confiado primero en usted.
–Oh.
––¿Puedo contar con usted para que me ayude?
–Puede contar conmigo para ayudarlo a intentar averiguar la verdad –respondió Scott, y eso era todo lo que estaba dispuesto a prometerle.

6

A primeras horas de la noche del mismo día, hora de a bordo, el doctor McCoy se encaminó, nervioso, hacia la sala de transporte donde Spock le había dado cita. La totalidad de aquella jornada había sido espantosa. Spock había permanecido fuera de la vista, trabajando en el desplazador temporal. El ego maltrecho de Scott le había hecho pasar por un momento atrozmente incómodo; no había respondido más que a las preguntas directas, y en esos casos sólo con monosílabos. Ian Braithewaite acechaba por todas partes sometiendo a tercer grado a todo aquel con quien entraba en contacto, e inventando Dios sabía qué clase de conspiraciones fantásticas. McCoy rió entre dientes al pensar qué haría el joven fiscal si consiguiera tropezar con la verdad, aunque esa risita contenía una cierta tristeza. Barry al Auriga estaba furioso porque cuando intentaba obtener información de los testigos del asesinato de Jim, no hacía más que tropezar con personas cuyas observaciones ya habían sido alteradas por las percepciones de Ian Braithewaite; y una de esas percepciones era la de que la teniente comandante Flynn, a pesar de haber muerto en el intento de proteger a Jim Kirk, había planeado de alguna manera su asesinato.
McCoy tenía la sospecha de que al Auriga sentía hacia su superiora algo más que el respeto de un subordinado; que tenía sentimientos que hasta el presente había conseguido mantener bien ocultos. Sin embargo, los nervios de Barry se habían tensado casi hasta el punto de ruptura. Intentaba mantener el control sobre sí mismo, y hasta el momento lo había conseguido; pero McCoy tenía la sensación de que el teniente no estaba muy lejos de arrojar por la ventana su cautela _y su paciencia si Braithewaite se interponía en su camino una sola vez más.
Aparentemente, la advertencia que McCoy le había hecho al fiscal había tenido muy poco o ningún efecto. El médico no quería llevar hasta el fin la amenaza de recluir a lan en su camarote, pero no iba a tener más remedio que hacerlo. La moral de la tripulación de la Enterprise estaba tan baja que no podía siquiera calibrársela; McCoy no podía permitir que las cosas continuaran de aquella manera, con rumores y sospechas corriendo por los corredores, durante mucho tiempo más.
Sin embargo, Spock había terminado el desplazador temporal, por lo que quizá las preocupaciones de McCoy no tenían sentido. El médico se detuvo en la entrada de la sala del transportador y vio al oficial científico en el interior, cambiando las entrañas de uno de los módulos del transportador.
Si lo que había planeado resultaba tener éxito, McCoy no iba a tener que tomar ninguna medida. Si Spock salía victorioso, nada de aquello llegaría a suceder jamás.
Spock percibió su presencia.
–Doctor McCoy.
El oficial científico cogió el más pequeño de dos artilugios de una apariencia particularmente orgánica, y lo introdujo en el módulo del transportador.
–Spock –comenzó McCoy–. Spock... ¿qué nos ocurrirá a todos nosotros?
–No comprendo a qué se refiere.
–Si usted retrocede en el tiempo y cambia las cosas, ya no existiremos.
–Por supuesto que lo haremos, doctor McCoy.
–No aquí, no ahora... no haciendo lo que estamos haciendo. ¿Qué ocurrirá con... con esta versión–probabilidad de todos nosotros? ¿Nos desvaneceremos simplemente de la existencia?
–No, doctor McCoy, no creo que sea eso lo que vaya a ocurrir.
–¿Qué, entonces?
–Nada.
Spock cerró el panel y volvió a abrirlo para comprobar que los agregados encajarían bien en el espacio disponible. McCoy profirió un bufido de frustración.
–Verá –continuó Spock, pasados unos instantes–, si tengo éxito, estas versiones–probabilidad nuestras no habrán existido jamás. No nos desvaneceremos de la existencia porque, para empezar, nunca habremos existido. Es bastante simple y lógico.
––Sin duda. ––McCoy decidió abandonar el tema. Sentía que el pulso se le aceleraba a causa de los nervios, e incluso del miedo; no quería ni pensar en cuál sería en ese preciso momento su presión sanguínea–. Hagámoslo y que así sea.
–Muy bien.
Spock cogió el artilugio de mayor tamaño y se lo colgó por encima del hombro. Se balanceó al final de la correa que lo sujetaba como un racimo de grandes cuentas de ámbar.
–Spock, espere... ¿cómo va usted a regresar?
–Como muy astutamente ha señalado usted ––le dijo el vulcaniano–, si tengo éxito no necesitaré regresar. Sin embargo, en caso de verme obligado a volver, la energía necesaria para hacerlo será mucho menor. De hecho, tras alcanzar la energía límite, uno es virtualmente arrastrado de vuelta a su propio tiempo. La energía contenida en la batería del desplazador será suficiente.
–¿Debo esperarlo aquí?... ¿Regresará inmediatamente después de haberse marchado? 0... –McCoy no pudo resistirse a formular la siguiente pregunta– ¿O antes?
–No intentaré regresar antes de haberme marchado –respondió Spock con una seriedad absoluta–. Aunque sería una experiencia intrigante... –Hizo una pausa y volvió a dedicar su atención a la tarea que tenía entre manos–. Los cálculos se hacen mucho menos complejos si uno permanece ausente tanto tiempo como permanezca en el pasado. Espero no estar ausente más de una hora.
–Haré todo lo posible para estar aquí.
–Doctor McCoy... si permanezco ausente durante un período de tiempo desmedido, es de vital importancia que yo, o lo que quede de mí, sea traído de vuelta aquí, a mi propio tiempo. En caso contrario, el conflicto creado entre dónde estoy y dónde debería estar, podría crear dificultades; también existe la posibilidad de una paradoja perjudicial. –Le señaló a McCoy un control del artilugio que había unido al transportador–. El desplazador auxiliar me traerá de vuelta. Lo único que, tendrá que hacer será activarlo; pero la señal del mismo no puede ser dirigida de forma precisa. No es probable que yo sobreviva si se ve obligado a emplearla.
–En ese caso, no lo haré.
–Debe hacerlo. Si permanezco ausente durante más de... un día, tendrá que hacerlo.
–De acuerdo, señor Spock.
Spock subió a la plataforma del transportador.
–Adiós, señor Spock. Buena suerte.
Spock pulsó un botón de su unidad de desplazamiento temporal. El transportador despertó a la vida con un zumbido, pero en lugar de aparecer el habitual rayo estable en torno a la silueta que se hallaba sobre la plataforma, se produjo un tronante destello, como un relámpago iridiscente.
Las luces se apagaron, y lo más atemorizador fue que el sonido de los ventiladores del aire cesó; la nave permaneció durante un momento en tal oscuridad y silencio que McCoy pensó que el estallido lo había ensordecido y dejado ciego.
La Enterprise se había quedado sin energía.

Ian Braithewaite sospechó de inmediato qué era lo que había ocurrido cuando la energía cesó de fluir por la nave: lo mismo había sucedido en Aleph Prime cuando el doctor Mordreaux comenzó a jugar con su máquina de viajes temporales. Eso era lo que por primera vez había alertado a Braithewaite de la existencia de actividades peculiares, y lo que lo había arrastrado a aquel asunto horriblemente complicado de conspiración, traición, terror y asesinato. Se maldijo a sí mismo por subestimar a Spock y Mordreaux; se maldijo particularmente por haber sido demasiado tímido como para llevar a cabo la investigación de manera agresiva. Debería haber llamado a la policía civil de Aleph mucho antes de aquel momento; también debería de haber llamado a la Flota Estelar; pero había estado intentando mantener la posibilidad de los viajes temporales tan en secreto como le era posible, según le habían ordenado; no tenía sentido suprimir aquellos trabajos si se hacían públicos en la Federación.
Los generadores de emergencia le devolvieron lentamente a la nave una media luz que le confería un aspecto sobrenatural. Ian se lanzó al exterior de su camarote y avanzó por el pasillo con paso de apisonadora en dirección a la celda de Mordreaux, con el temor de que el artilugio hubiese sido utilizado para sacar al profesor incluso de entre las manos de la absurda representación de custodia bajo la que había permanecido en la Enterprise. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que la nave fuese desviada de su rumbo hacia Rehab Siete, y de pronto se dio cuenta de que no tenía forma de saber si eso no había ocurrido ya, excepto por la seguridad de que el señor Scott se hubiese dado cuenta y se lo habría comunicado.
¿Y cuánto tiempo pasará antes de que se nos comunique a todos cuál será nuestro destino?, se preguntó. Antes de que nos vendan a los klingon o a los romulanos, como rehenes, y entreguen la nave estelar al enemigo; ¿o serían los planes reservados para la nave y su tripulación algo más directo y privado? Ian Braithewaite sabía que si alguna vez tenía en las manos una creación como la Enterprise, no la entregaría jamás a cambio de suma alguna de tesoros.
En el cruce de los pasillos, se detuvo. ¿Qué sentido tenía dirigirse al camarote de Mordreaux? ¡El hombre no estaría allí; Spock acababa de ponerlo en libertad! Pero el oficial científico tendría que haber empleado el transportador unido al desplazador temporal. Tan podía tener al menos la posibilidad de apresar a Spock, si se daba prisa.
Cambió de dirección y echó a correr.

Aún deslumbrado por el poderoso destello del transportador/desplazador, McCoy parpadeó. En la oscuridad, se preguntó si era eso lo que se sentía cuando uno no había existido jamás.
–¿Señor Spock?
No obtuvo respuesta.
Gradualmente percibió los cuadrantes luminosos del transportador, que arrojaban una extraña luz plateada sobre sus manos. Se apartó hacia las sombras, y permaneció en silencio esperando a que ocurriera algo, cualquier cosa.
La oscuridad se fue desvaneciendo con la mortecina luz encendida por los generadores de emergencia. Esperó, pero no se produjo cambio alguno.
McCoy comenzó a oír las exclamaciones de consternación que proferían los miembros de la tripulación que se hallaban cerca; las raras ocasiones en las que fallaba la energía en una nave estelar eran siempre traumáticas. Todos estaban asustados.
McCoy no los culpaba. Él también estaba asustado, y eso que sabía qué era lo que estaba ocurriendo.
McCoy miró la plataforma de transporte, pero decidió que sería mejor regresar al cabo de una hora que espera¡ – allí a Spock.
Cuando se dirigía hacia la salida, estuvo a punto de colisionar con tan Braithewaite.
–Maldición –dijo Braithewaite–. Espero que... Bloqueó la puerta con su cuerpo. Aparte de ser una cabeza más alto que el médico, tenía veinte años menos.
–No es demasiado tarde, doctor McCoy –le dijo con toda seriedad–. Yo sé qué fue lo que ocurrió la pasada noche...
ya sé bajo cuánta tensión estuvo trabajando. Sé que no estaba completamente en sus cabales.
–¿De qué está hablando?
–Yo estaba despierto cuando el capitán Kirk... murió. Vi cómo discutía usted con el señor Spock. Sé que no quería acceder a sus exigencias.
McCoy miró fijamente a Braithewaite, completamente pasmado.
–No puedo prometerle la inmunidad, después de lo de anoche. –Aterró a McCoy por los hombros–. Pero sé cuánta presión puede cargarse sobre una persona. Si me ayuda, le juro que haré todo lo que esté en mi mano para que le reduzcan la pena capital a una menor.
McCoy se quedó frío. Se dio cuenta... ¡Finalmente te das cuenta!, pensó, de que eres tú tras de quien va, tú y Spock, no sólo la teniente comandante Flynn u otros conspiradores fantasmagóricos sin rostro ni nombre.
Después de todo, la actitud de Spock no había sido tan paranoica como él creía.
–¿Está usted diciendo...? –McCoy volvió a oír la suave amenaza de su voz–. ¿Está usted diciendo que cree que Jim Kirk...? ¿Qué es exactamente lo que me está diciendo?
–El capitán Kirk estaba todavía vivo. Yo vi cómo desconectaba el equipo de soporte vital.
–Estaba muerto, Ian. El cerebro estaba muerto ya antes de que lo sacara del puente, pero yo no quería reconocerlo. Por eso es por lo que Spock y yo estábamos discutiendo. Yo no podía admitir que era incapaz de hacer nada para salvar a Jim, no podía reconocer que ya estaba muerto.
–Estaba usted tan borracho que no sabía lo que estaba haciendo, ¿cómo podía saber si estaba muerto o no lo estaba?
–Aunque estuviera ciego de borrachera, podría haber oído la señal del sensor de ondas cerebrales. ¡Oírlas! Dios mío, las estuve escuchando durante horas.
Braithewaite bajó los ojos hasta él, con expresión pensativa.
–Me gustaría creerle –dijo–, pero ¿por qué lo hizo en mitad de la noche, sin contactar con su familia, y ni siquiera con su albacea testamentario?
–El único familiar que tiene es su sobrino. So _y yo el albacea de Jim. Puede revisar su testamento si así lo desea. En él pide que no se lo mantenga con vida si no existe esperanza de recuperación. Yo había estado manteniendo con vida su cuerpo en contra de sus deseos, mientras intentaba convencerme de que podía recobrarse. No era justo, no lo sería para nadie, y menos aún para Jim.
Una parte de la tensión desapareció de la actitud de Braithewaite, y se apartó a un lado pero siguió a McCoy por el corredor.
–El fallo de energía... fue el resultado del empleo del aparato de viaje temporal.
McCoy no replicó.
–Doctor McCoy, escúcheme, quiero creer su historia acerca del capitán Kirk, por favor, créame; pero tiene que decirme adónde... y a cuándo... envió usted a Spock y Mordreaux.
–No los he enviado a ninguna parte. ¿Qué quiere decir con eso de «cuándo»? ¿Viajes temporales? Es la cosa más disparatada que he oído en toda mi vida. Ya le he dicho que no podrá hablar con Spock hasta que no haya dormido un poco; pero Mordreaux continúa estando en su camarote. ¿Por qué no va a comprobarlo?
McCoy estaba demasiado preocupado como para advertir la furia que aflojó al rostro de Tan Braithewaite cuando volvió a escuchar la patética historia de la hibernación de Spock, o estivación, o siesta si así era como querían llamarlo. La falsedad de aquello le había sido descaradamente demostrada; pero tan conocía sus propias limitaciones. Estaba fuera de su ambiente en aquel caso, como lo había estado desde el mismo principio, mientras intentaba equilibrar su pasión por la justicia con la amenaza de devastación que le resultaba prácticamente incomprensible, intentando sopesar las sospechas contra su propia buena fe.
Estás comportándote como un ingenuo, Ian, pensó, una vez más.
Pero cabía dentro de lo posible que el mismo doctor McCoy estuviese siendo engañado.
–De acuerdo –dijo–. Iré a comprobar si el doctor Mordreaux está en su camarote, pero usted tiene que venir conmigo. –No era tan cándido como para confiar en McCoy hasta haber obtenido alguna prueba de su inocencia.
McCoy suspiró.
–Como usted quiera, Ian –le respondió.
Su voz estaba descontrolada. Él temblaba, por haberse visto forzado a revivir la muerte de Jim. Se encaminó con Braithewaite hacia el camarote de Mordreaux, enfureciéndose cada vez más y más con el fiscal. Dudaba de que ver al profesor fuese a mitigar las sospechas de aquel muchacho entrometido, y se preguntaba qué ocurriría si Ian llegaba a descubrir que era Spock, y no Mordreaux, quien había desaparecido de la nave. Lo único seguro que se podía hacer era apartarlo del camino el tiempo suficiente como para que Spock pudiera llevar a cabo su trabajo.
Ante el camarote de Mordreaux, Barry al Auriga se hallaba hablando con los dos guardias de turno. Los tres oficiales de seguridad levantaron los ojos.
–Venimos a ver al doctor Mordreaux... si es que todavía está aquí –anunció Ian.
Barry al Auriga frunció el entrecejo, pero dominó su genio.
–Está aquí.
–Desbloquee la puerta.
–No, Barry –dijo McCoy–. No lo haga.
Todos se volvieron a mirar al doctor McCoy; Ian Braithewaite se puso pálido.
–Yo estaba en lo cierto –susurró–. Usted es...
–Ya he tenido bastante con su impertinencia –le respondió McCoy–. Barry, ¿quiere hacerme el favor de poner al señor Braithewaite bajo custodia, y encerrarlo en su habitación hasta que aprenda a comportarse con educación?
–Doctor McCoy –respondió al Auriga–, será un enorme placer cumplir con sus órdenes.
–Con suavidad, por favor.
–Lo trataré con guantes de la más suave de las sedas.
Ian trató de retroceder del enorme y macizo oficial de seguridad, pero estaba atrapado entre éste y McCoy, mientras que los otros dos guardias estaban preparados para la acción.
–¡No lo comprenden! ¡Mordreaux se ha escapado! ¡McCoy y Spock lo ayudaron a huir!
Tuvo que levantar la vista para mirar a al Auriga a los ojos; hacía años que no se encontraba ante nadie más alto que él, y el efecto que le produjo al Auriga, encumbrado en lo alto, fue aterrorizador. Apretó las palmas de las manos contra el frío tabique que tenía a la espalda.
–¡Ellos mataron a Jim Kirk! –dijo Ian–. La teniente comandante de seguridad los ayudó a planearlo todo, pero exigía demasiado, así que también la mataron a ella...
Barry al Auriga tendió una mano y aferró a Braithewaite por el cuello.
–Barry... –dijo McCoy.
–No le haré daño –le aseguró al Auriga–. No se lo haré... –Se le quebró la voz–. A menos que diga una palabra más. –Se inclinó y clavó sus ojos en Braithewaite, inmovilizándolo con una feroz mirada de sus increíbles ojos de color escarlata–. Si dice una sola palabra más en contra de Mandala, le mataré.
Braithewaite apretó fuertemente las mandíbulas y le devolvió la mirada a al Auriga, en silencio pero sin acobardarse.
Bueno, tiene bastantes agallas, pensó McCoy. Eso hay que reconocerlo.
Barry al Auriga lo escoltó pasillo abajo, ambos giraron en el recodo para dirigirse al camarote del fiscal, y desaparecieron de la vista.
McCoy agradeció el hecho de que Barry se hubiera refrenado para no espetarle: «Ya se lo había dicho, yo».

Spock se materializó en la plataforma, en medio de un destello iridiscente. Permaneció inmóvil durante un momento antes de descender, dado que el desplazador lo había arrebatado a través del tiempo y el espacio, retorciendo la continuidad de ambos y maltratándolo también a él. Se sentía como si cada músculo de su cuerpo hubiera sido retorcido.
Le llevó un momento conseguir vencer cl dolor, un momento más largo de lo que había creído que tardaría en hacerlo. Cuando se movió, se sintió rígido; intentó apresurarse, pero le resultó prácticamente imposible.
–¿Señor Spock?
Spock se quedó congelado durante no más de un scgundo, luego se volvió tranquilamente hacia el ingeniero jefe, mientras desplazaba el dispositivo temporal a la parte trasera de la correa, de forma que Scott no pudiese verlo.
–Señor Scott. Debería haberlo... esperado.
–¿Me llamó usted? ¿Se encuentra bien? ¿Ocurre algo con el transportador?
Spock le dijo lo primero que le vino a la cabeza, para darse cuenta después de hablar, de que acababa de repetir ante Scott lo que Scott había afirmado que Spock le había dicho en la sala del transportador.
–Sencillamente noté algunas fluctuaciones menores de potencia, señor Scott –le explicó Spock–. Podrían convertirse en motivo de quejas.
–Puedo volver y ayudarle –dijo Scott–, en cuanto haya informado al capitán Kirk del estado de los motores.
El ingeniero frunció el entrecejo.
––Es innecesario –respondió Spock–. El trabajo está casi acabado.
El oficial científico no se movió. Scott permaneció en la puerta durante un momento más, luego giró sobre los talones y dejó a Spock solo.
Spock esperó hasta estar seguro de que el ingeniero jefe estaba lejos de la sala de transporte. Scott entraría en el ascensor con Ian Braithewaite y el capitán, y luego, pocos minutos después, Scott volvería a salir. Después de eso, a Spock le sería posible entrar en el ascensor sin ser visto, pues nadie más había entrado en el puente antes de la aparición del doctor Mordreaux, y esperar allí dentro para interceptar al yo mentalmente trastornado del profesor. Spock tocó su pistola de rayos fásicos. Preferiría no tener que utilizarla, pero no veía ninguna otra manera de detener para siempre a Mordreaux. Impedir simplemente aquel acto y dejarlo vivo, sería inútil si podía simplemente regresar en el tiempo, a cual~ quier otro momento, y matar entonces al capitán.
Spock se ocultó cerca del ascensor, a la vuelta de un recodo, entre las sombras.
–Ah, Spock, ya suponía que vendría usted a buscarme.
El vulcaniano se volvió, para hallarse cara a cara con el doctor Mordreaux, el mismo que había dejado atrás, ligeramente más viejo; el mismo que había aparecido en el puente de la Enterprise, vestido con el uniforme gris amarillento de presidiario que llevaba su otro yo, con la misma pistola de aspecto maligno que tenía intención de utilizar al cabo de unos minutos.
–Debería haberlo pensado mejor antes de implicarle de forma alguna, pero tenía que apartarle de aquel maldito fenómeno de vacío, porque me estaba causando usted más problemas que Braithewaite, Kirk y toda la Federación juntos.
–No comprendo qué es lo que quiere usted decir, doctor Mordreaux. –Spock deslizó lentamente la mano hacia la pistola de rayos fásicos.
El doctor Mordreaux le hizo un gesto con el cañón de su propia pistola.
–Por favor, no haga eso. Nunca tuve intención de hacerle daño a nadie. Sólo intentaba no tener más problemas; pero no tiene usted ni idea de cuán complicadas pueden volverse las cosas. Uno provoca un solo cambio, que pone en movimiento toda una serie de cambios adicionales que uno es incapaz de predecir...
–Profesor, está usted seriamente trastornado. No debe llevar a cabo el acto que tiene planeado. Es exactamente como usted dice: dará inicio a toda una cadena de acontecimientos que usted no desea que tengan lugar.
–No, no, éste lo arreglará todo.
Miró fijamente a Spock durante un momento más, y el oficial científico se dio cuenta de que ninguno de los dos tenía ya alternativa posible. Si Spock no podía detener al profesor, el profesor iba a matarlos a él y a Jim Kirk.
Arrojándose a un lado, Spock sacó la pistola de rayos fásicos. Al apuntarla, oyó la detonación del arma del profesor, y sintió el impacto de la bala. Esta última lo lanzó contra el tabique del pasillo, y él se desplomó mientras intentaba todavía apuntar su pistola de rayos fásicos.
Había fracasado.
La visión de Spock se nubló cuando él abrió los ojos, y él reconoció aquello como un síntoma de la telaraña. Intentó hacer caso omiso de la perspectiva de su propia muerte, intentó hacer algo, cualquier cosa; quizá aún estuviese a tiempo de salvar la vida de Jim, de detener al profesor Mordreaux...
Vio y sintió las hebras que se extendían hacia la mano que tenía más alejada del cuerpo, que le hacían cosquillas en la palma. Se apartó de forma convulsiva, rodó sobre sí mismo para escapar, y acabó poniéndose de rodillas, jadeando, con la sangre corriéndole por todo el rostro y hasta el interior de los ojos, desde el roce de la bala que tenía en la sien. Se enjugó la sangre con una manga, y la vista se le aclaró.
La bala de telaraña se había incrustado en el tabique, y no en su cuerpo, y había comenzado a crecer hacia el piso en busca del calor y las células nerviosas. Mientras observaba la masa de fibras que continuaba creciendo hacia él, vio que se estremecían y destellaban en la luz como una madeja de hilos de plata. De repente, las hebras se contrajeron, retrocedieron hasta el cuerpo principal de la madeja, tras lo cual volvieron a relajarse y perdieron el brillo y el movimiento.
La telaraña estaba muerta, y aquélla había perdido su presa. Spock se enjugó la sangre del rostro y los ojos, y se concentró durante un momento para detener la hemorragia de la herida. Estaba empapado en sudor.
El doctor Mordreaux iba de camino hacia el puente.
A la carrera, Spock recogió la pistola fásica del sitio en el que había caído, y se encaminó hacia el turboascensor, sin preocuparse ya por si alguien lo veía y se preguntaba de dónde había salido. El ascensor pareció tardar horas en llegar, y cuando lo hizo él se zambulló al interior.
Pasada una eternidad, el ascensor aminoró la velocidad y se detuvo en el puente. Las puertas se abrieron.
Spock dio un paso adelante y se paró en seco.
Podía oler la sangre humana y la trabajosa respiración de su amigo mortalmente herido.
El doctor McCoy trabajaba frenéticamente. Nadie dirigió la vista hacia el ascensor abierto.
Una vez más, Spock se sintió atrapado por el caos; una vez más, volvió a sentir cómo el equipo médico intentaba salvar la vida del capitán.
Sintió cómo lo penetraban los tubos y las agujas, y adormeció la nueva ola de terrible dolor producida por el oxígeno que penetraba en su organismo; pero todas las manifestaciones físicas eran de naturaleza periférica. A pesar del poder de Spock, Jim se le estaba escapando. Las mentes de Spock y Jim Kirk estaban fundidas en una sola, pero toda la fuerza de la voluntad de Spock no podía evitar la disolución de la consciencia de su amigo. Estaba siendo físicamente aniquilada, y él no podía mantenerla viva contra aquel poder destructivo.
–¿Spock?
–Estoy aquí, Jim.
No supo si había oído las palabras o las había sentido directamente; no supo si había hablado o pensado la respuesta. Sentía que él se estaba escapando junto con Jim.
–Spock... –dijo Jim–, cuide bien... de mi nave.
–Jim...
Con un esfuerzo final, agónico, cuando ya era casi demasiado tarde, Jim Kirk se arrancó del contacto con Spock, interrumpiendo el terror y la desesperación.
La resonancia física de la descarga emocional arrojó a Spock contra la barandilla, y él se derrumbó sobre la cubierta.
Él y Jim Kirk estaban solos.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron automáticamente, apartando a Spock de la escena que había esperado poder evitar, él se dio cuenta de que realmente había caído hacia atrás. Su cuerpo temblaba de forma incontrolable. El turboascensor esperó pacientemente a que le dijera a qué nivel debía llevarlo, pero no tenía nada que hacer allí, no había absolutamente nada que pudiese hacer.
Con mano temblorosa, pulsó el botón del desplazador que lo devolvería al tiempo en el que debía estar; desapareció de aquella corriente temporal.
Jim Kirk estaba muerto.

El rebote arrastró a Spock de regreso a través de la continuidad espacio–temporal, con la misma fuerza que le había retorcido los músculos en el viaje de ida. Se materializó en la plataforma de transporte, y luchó para conservar el equilibrio. Cuando se tambaleó, McCoy lo sostuvo y lo ayudó a estabilizarse.
–¡Santo Dios, Spock! ¿Qué ha ocurrido?
–He fracasado –dijo él. Tenía la voz áspera–. Observé una vez más cómo moría Jim.
McCoy vaciló durante un instante, mientras intentaba pensar en algo que decirle, y acabó por recurrir a cosas prácticas. –Vamos. Tenemos que limpiarlo y desinfectar esa herida. Se pasó un brazo de Spock por encima de los hombros y lo ayudó a salir de la sala de transporte.

–¡Señor Spock!
La visión de Spock con el rostro y la camisa manchadas de sangre verde medio seca sobresaltó a Christine Chapel. –¿Qué ha ocurrido?
–Se cayó de la cama –fue la respuesta de McCoy, e inmediatamente se arrepintió del tono que había empleado–.Lo siento, enfermera. No quería hablarle de esa manera. Por favor, tráigame una bandeja de instrumental y vea si puede encontrar la piel sintética de híbrido que preparé el otro día.
Hizo sentar a Spock. Chapel trajo la bandeja de instrumentos y la dejó sin decir una palabra.
McCoy le quitó la correa del desplazador a Spock, y la dejó a un lado del aparato, tras lo cual se puso a limpiar la sangre del rostro de su amigo.
–¿Qué ha ocurrido? Esto parece el roce de una bala.
–Lo es –respondió Spock sin levantar la mirada hacia los ojos de McCoy–. Me encontré con el futuro doctor Mordreaux. No conseguí detenerlo.
–Parece que él estuvo a punto de detenerlo a usted. –De pronto, McCoy se dio cuenta de lo que había sucedido–. Spock... no le habrá disparado con la misma pistola que...
Spock asintió con la cabeza.
McCoy silbó suavemente.
–Tuvo suerte. ¿Pero lo vio de verdad?
–Sí.
–Está seguro...
–¿De que era el del futuro? Sí, doctor McCoy. En esta ocasión tuve oportunidad de observarlo mejor. Era... un doctor Mordreaux diferente. –Le dirigió a McCoy una mirada interrogativa–. ¿Es que dudaba de que era eso lo que iba a encontrar?
–Bueno, es agradable que se lo confirmen a uno.
Spock guardó silencio durante unos instantes, mientras McCoy le limpiaba la herida de bala.
–Tengo que regresar otra vez.
McCoy comenzó a protestar, pero nada de lo que pudiese decir, desde que Spock había perdido posiblemente un litro de sangre, hasta que ambos estaban bajo sospecha de asesinato, traición e investigación de armamento prohibido, bastaría como para retenerlo el tiempo suficiente como para que se recuperara. Por otra parte, en aquel momento, era probable que la única posibilidad de que disponían residiera precisamente en que él regresase y lo intentara otra vez. McCoy tendría que quedarse allí, cubrirle las espaldas a Spock; en unas circunstancias diferentes, McCoy hubiera sido capaz de reírse de ello, tenía que darle tiempo.
–¿Va a regresar nuevamente al mismo sitio?
Spock meditó cuáles eran las alternativas; un número limitado.
–No –respondió finalmente–. El doctor Mordreaux del futuro me dijo algo que me lleva a creer que él es el responsable de la llamada que recibió la Enterprise para dirigirse a Aleph Prime. Mis observaciones del fenómeno de vacío estaban relacionadas de alguna forma con su trabajo, aparentemente para su perjuicio.
–¿Quiere decir que no fueron ni Braithewaite ni la Flota Espacial quienes nos desviaron, después de todo... sino el mismo doctor Mordreaux?
–El doctor Mordreaux del futuro. Sí. Creo que eso es lo que ocurrió en realidad.
–¿Puede retroceder a lo largo de tanto tiempo? Es una distancia bastante considerable, además de un período largo de tiempo. Cuando se marchó la vez anterior, dejó la nave a oscuras.
–Si no puedo obtener la potencia de los motores hiperespaciales, tendré que hacer girar la Enterprise y regresar a Aleph Prime... es decir, a la posición orbital que ocupaba Aleph cuando nosotros recibimos el mensaje.
Christine Chapel entró y dejó sobre la mesa un paquete de sintético dermatológico; McCoy y Spock callaron abruptamente. Ella les dirigió una mirada extraña y se marchó nuevamente.
–Scotty no va a sentirse loco de contento cuando se entere de que quiere usted que vuelva a encender los motores hiperespaciales; y no va a resultarnos fácil explicarle el porqué de que hayamos decidido regresar.
–No tengo intención de informar al señor Scott acerca de mis planes; si ya ha acabado de reparar uno solo de los motores hiperespaciales, no nos hará falta su permiso para derivar la energía del mismo. Tampoco veo ninguna razón por la que tenga que explicar un cambio de rumbo, excepto para decir que es necesario.
McCoy abrió el paquete y extrajo el sintético dérmico con unas pinzas esterilizadas. Era la primera vez que tenía oportunidad de utilizarlo, y estaba ansioso por comprobar si daba buenos resultados. Si las células se habían fusionado de la forma adecuada, el cuerpo de Spock no rechazaría la piel como lo hacía con la sintética que era tanto para seres humanos como para vulcanianos. Dado que Spock era el único cruce vulcaniano/humano de los contornos –al menos el único de que McCoy tuviese noticia–, el tejido sintético para su sistema inmunológico único no era precisamente algo común. El médico cubrió la larga herida del roce de la bala y luego la tapó con vendaje en aerosol.
–Apenas se nota –dijo, bastante satisfecho–. Quiero controlársela cada día, más o menos... –Su voz se apagó cuando Spock levantó una ceja.
–De acuerdo –se corrigió McCoy–. Usted no estará aquí. Yo no estaré aquí. Eso espero.
Spock se puso de pie.
–Tengo que averiguar en qué estado están los motores hiperespaciales...
–Está usted dormido, ¿recuerda? Spock, esto es una orden. Quédese tendido aquí, y no se mueva hasta que yo regrese. Yo averiguaré lo referente a los motores hiperespaciales y le traeré ropa limpia. Hágame un favor, y dígale a la computadora que me deje entrar en su camarote, de forma que no tenga que calcular el procedimiento que anula la cerradura.
–La computadora no mantiene cerrado con llave mi camarote, doctor McCoy.
_¿Qué?
–Mi camarote no tiene cerradura. Los vulcanianos no las utilizamos.
–Ahora no está en Vulcano.
–Soy consciente de ello, pero no veo razón alguna como para comportarme de forma diferente con respecto a las cerraduras, de la misma forma que no veo razón alguna como para cambiar mi comportamiento en otros aspectos.
McCoy le dirigió una mirada de incredulidad.
–Casi todo el mundo a bordo de la Enterprise es honrado, pero a mí me parece que está usted tentando su suerte.
–La suerte no tiene nada que ver con esto. He observado que los seres humanos se comportan como se espera que lo hagan.
–La mayoría de nosotros, quizá, pero...
–Doctor, ¿le parece que tenemos tiempo para discusiones filosóficas?
–No, probablemente no. –McCoy abandonó de mala gana la discusión, decidido a recomenzarla a la primera oportunidad, para. luego recordarse que si todo salía bien, aquello no ocurriría jamás.
–De acuerdo, no tiene importancia. Usted descanse durante unos minutos, ¿me oye? Volveré en seguida.
Después de que McCoy se hubo marchado, Spock se tendió en la cama del cubículo. Todavía debía tener cuidado para no dormirse, pero necesitaba desesperadamente descansar su cuerpo. No quería reconocer que sentía dolor, pero sólo podía hacer caso omiso de él durante algún tiempo; era una señal fisiológica de peligro.
Mientras descansaba sus músculos e intentaba mantener la mente alerta, pensó en las coincidencias, coincidencias que comenzaban a dejar entrever sus causas. La Enterprise no había sido llamada a Aleph Prime por casualidad; el doctor Mordreaux había inventado una manera para hacerle llegar la orden de que se dirigiera a la estación. Existía alguna relación poderosamente significativa entre el trabajo del doctor y el efecto entropía que Spock había descubierto derivado de sus observaciones del fenómeno de vacío.
Un destello intuitivo lo sacudió como una descarga eléctrica, y entonces se dio cuenta de cómo era ese nuevo factor aplicable a los trabajos del doctor Mordreaux. Era un resultado directo de los viajes a través de la cuarta dimensión; no era en absoluto un derivado. El fenómeno de vacío que se había creado no era más que el resultado de un viaje sin retorno que habían realizado los amigos del doctor Mordreaux. Spock no comprendía por qué no se había dado cuenta antes. Quizá había deseado con demasiada fuerza aceptar la visión de la coincidencia que tenían los seres humanos; o tal vez la conexión existente era demasiado simple como para verla. La conexión teórica entre los fenómenos de vacío y la posibilidad de los viajes temporales e, inversamente, los viajes temporales y la creación de fenómenos de vacío, tenía siglos de antigüedad. El descubrimiento de dicha interrelación parecía preceder al descubrimiento de los principios en los que se basaban los viajes estelares, virtualmente en todas las sociedades tecnológicas.
Pero el efecto entropía era un fenómeno nuevo, y se trataba de la más desastrosa de las posibles consecuencias del desplazamiento temporal.
Los amigos del doctor Mordreaux tenían que ser devueltos a su propio tiempo, para reparar el desgarrón de la continuidad causado por su viaje.
Spock no tenía forma de evaluar cómo reaccionaría el doctor Mordreaux ante esta nueva información, ni si la creería siquiera. Podía negarse a aceptarla, y verla como nada más que otro intento de Spock para hacerlo traicionar a sus amigos.
El vulcaniano comenzó entonces a darse cuenta de cuán altos eran los riesgos contra los que había apostado su honor.

McCoy dio sólo un paso hacia el interior de la sala de máquinas. El aire estaba cargado de olor de ozono, fibra aislante chamuscada y semiconductores fundidos. Scott estaba sentado en su oficina, inclinado sobre su terminal de la computadora; si las cosas estaban tan mal como para que él no pudiese ponerse a arreglarlas de inmediato, prácticamente por intuición según había podido observar McCoy, entonces las cosas estaban verdaderamente mal.
–Hola, Scotty –dijo McCoy–. Vaya un...
Interrumpió en seco la frívola observación al ver que Scott se ponía rígido en la silla. McCoy supo que el ingeniero jefe estaba furioso antes incluso de que se volviera, cosa que hizo lentamente, sentado en la silla giratoria, empujándose con la mano izquierda que estaba aferrada con tanta fuerza a la consola que todo el antebrazo le temblaba.
–Scotty –dijo McCoy, suavemente–. ¿Qué ocurre?
–Nada de nada.
–Vamos. ¿Se trata de ese maldito asunto del mando? Yo no lo quiero... estoy seguro de que el señor Spock no pensó siquiera en cómo se sentiría usted, sino que simplemente se decidió por el arreglo que creyó más eficiente.
–No ocurre nada de nada –repitió Scott–. Nada de nada en absoluto. ¿Qué es lo que quiere? No tengo tiempo para charlas.
De acuerdo, escocés testarudo, pensó McCoy, si quieres jugar al estilo oficial, tengo yo más años de experiencia en este juego que tú.
–Eso ya lo veo, señor Scott –le dijo McCoy–. No tengo ninguna intención de malgastar su valioso tiempo. Déme sólo el informe actual de los motores, los de propulsión y los hiperespaciales.
Scott pareció desconcertado por la respuesta de McCoy, como si de alguna manera hubiese estado fanfarroneando y no esperase que McCoy le saliera al paso ni lo tomara como una ofensa. McCoy también tenía la sensación de que, a pesar de todo, no había actuado como Scott esperaba que lo hiciese, pero no tenía ni la más remota idea de lo que Scott quería en aquel momento, y como no tenía tiempo para charlas, McCoy no tenía tiempo para jugar al psiquiatra de diván, ni para intentar nuevamente remendar el ego del ingeniero jefe.
–Los motores de impulsión funcionan a duras penas –respondió Scott–. Si mi gente trabaja sin descanso, tendremos la posibilidad de desacelerar para el momento en que lleguemos al giro de Rehab Siete; pero mi tripulación de la sala de máquinas hace varios días que trabaja sin descanso y están todos agotados.
–¿Sabe qué fue lo que causó el fallo energético? –preguntó McCoy, porque pensó que era la pregunta que se esperaba que hiciese.
–Un agotamiento de la potencia. Es como si alguien hubiese derivado la corriente al transportador, y hubiese enviado al espacio una tremenda cantidad de energía eléctrica.
–Bueno, no ha podido tratarse de eso –se apresuró a señalar McCoy, con la esperanza de apartar a Scott de una información que era mejor que el ingeniero no conociese–. Eso no tiene sentido.
–No, no tiene sentido.
–¿Qué hay de los motores hiperespaciales? –preguntó rápidamente McCoy, antes de que el otro tema pudiera continuar adelante.
–No podemos acelerar en el espacio normal con los motores hiperespaciales.
–Eso no es lo que yo he preguntado. Si subiera al puente y pidiera que avanzásemos a velocidad hiperespacial, factor cuatro en dirección a... en dirección a Arcturus, ¿podríamos conseguirlo?
Scott abrió la boca pero de ella no salió palabra alguna. Finalmente, tras un gran esfuerzo, consiguió responder con un murmullo débil.
–Sí –replicó–. Sí, podríamos conseguirlo. –Gracias, señor Scott. Es cuanto necesitaba saber.

McCoy se daba cuenta de que Spock resultaría más que un poco llamativo si se paseaba por Aleph Prime con un uniforme de la Flota Estelar y la insignia de la Enterprise; llegaría a la estación antes incluso de que la nave recibiera la orden de desplazarse hasta allí. Sería algo por lo menos inconveniente si detenían a Spock bajo los cargos de ausentarse sin permiso oficial.
McCoy se sentía incómodo por estar revolviendo en el armario de Spock, y la alta temperatura del camarote lo hacía sudar; pero se tomó unos instantes para buscar una ropa de corte menos militar. Detrás de las camisas de uniforme y las chaquetas formales, encontró varias túnicas de estilo más civil.
Regresó a la enfermería con la túnica limpia hecha un hato bajo el brazo, mientras abrigaba la esperanza de que nadie le hiciese preguntas al respecto.
–¿Spock?
Spock se incorporó suavemente en la penumbra del cubículo, completamente despierto y alerta, con un aspecto no tan macilento como cuando McCoy impidió que se cayera de la plataforma del transportador. El médico miró la sien de Spock y comprobó que la piel sintética se mantenía en buen estado.
–Aquí tiene una ropa bastante atractiva –le dijo McCoy, tendiéndole la túnica de color marrón oscuro–. Resultará menos evidente que el uniforme azul de la Flota Estelar.
Spock cogió la prenda con una expresión interrogativa, pero no puso objeciones a la elección de McCoy.
–¿Están en condiciones operativas los motores hiperespaciales?
–El señor Scott dice que lo están.
La túnica marrón estaba hecha con algún material sedoso, con los puños fruncidos, y un discreto adorno de oro en las muñecas y el cuello. Spock se la puso.
–Nunca le había visto con esta prenda –comentó McCoy.
–No sería apropiado llevarla en la Enterprise.
–Le sienta muy bien. Hace juego con sus ojos.
Spock recogió el desplazador temporal y se puso de pie.
–No me gustaría frustrar su curiosidad, doctor. Esta túnica me la regaló mi madre. –Luego pasó por delante de McCoy y salió de la enfermería.
Pasado un instante, McCoy lo siguió.
–No es necesario que me acompañe, doctor McCoy –le aseguró Spock cuando el médico le dio alcance. El oficial científico comenzó a ajustar el desplazador temporal sin mirar por dónde caminaba.
–¿Durante cuánto tiempo estará ausente esta vez?
Spock se detuvo.
–No podría decírselo –respondió lentamente–. No tengo... Es imposible hacer una estimación.
–Llamada al doctor McCoy –anunció la voz de la computadora de la nave–. Se nos acerca una nave. Doctor McCoy, preséntese en el puente, por favor.
–Oh, no ahora –refunfuñó el médico.
–Será mejor que responda, doctor. Va a producirse otro fallo energético en la nave, mucho más grave que el anterior, y su presencia será necesaria en otros lugares. Yo no necesito... una fiesta de despedida.
–De acuerdo –replicó McCoy, que se daba cuenta de que su deseo de acompañar a Spock no tenía razón ni lógica alguna–; pero si yo tuviese que traerlo de vuelta, ¿durante cuánto tiempo debo esperarlo, esta vez?
–Al menos doce horas; pero no más de catorce, ya que más tarde el desplazador temporal no dispondrá de la energía necesaria para traerme de regreso a lo largo de la distancia que la nave habrá recorrido para entonces.
–Santo Dios... ¿quiere decir que se materializaría en alguna parte del espacio profundo?
–Posiblemente. Es más probable, sin embargo, que el rayo de retorno se abra como un abanico por un considerable volumen del espacio y el tiempo que implicados...
–Es igual, déjelo –se apresuró a decir McCoy–. No más de catorce horas.
–Doctor McCoy, preséntese en el puente –repitió la computadora–. Doctor McCoy, por favor, responda.
–¿Es mi imaginación, o detecto un cierto tono de histeria?
–La integridad del banco de datos de la computadora se ha visto seriamente afectada –señaló Spock–, y desgraciadamente no he tenido oportunidad de reparar los daños causados por el repentino fallo energético.
–Hurtándole el bulto a sus responsabilidades, ¿eh? –dijo McCoy y luego, antes de que Spock pudiera replicarle con seriedad, agregó–: No quería decir eso, lo siento. Creo que yo mismo me estoy poniendo un poco histérico.
–Preséntese en el puente, doctor.
El vulcaniano giró sobre sus talones y se alejó.
–Nave no identificada se acerca –dijo la computadora–.Rayos fásicos preparados para disparar.
–Oh, cielo santo –dijo McCoy, y se encaminó apresuradamente hacia el ascensor.
Antes de llegar a la sala del transportador, Spock se detuvo a pensar durante un instante. Podía regresar a Aleph Prime y evitar que la Enterprise diera la orden de llamada, o podía hablar con el doctor Mordreaux una vez más y mostrarle la prueba que podría persuadirlo de que liberara a Spock de su promesa. Esa última era, sin duda alguna, la acción más lógica a emprender.

Para cuando el doctor McCoy canceló la orden automática de preparar los rayos fásicos para disparar, la nave desconocida se había acercado lo suficiente como para ser vista por la pantalla de visión exterior, sin necesidad de aumentarla. Era pequeña y veloz, una chispa plateada que avanzaba con el campo estelar como telón de fondo.
–¿De quién se trata? ¿De dónde proviene?
McCoy se preguntó si Braithewaite habría conseguido enviar un mensaje a Aleph Prime, para pedir refuerzos para los problemas que estaba causando.
Tanto Chekov como Uhura estaban fuera de servicio, y McCoy no recordaba los nombres de los dos alféreces jóvenes que ocupaban sus puestos.
–Estamos recibiendo un mensaje, doctor McCoy –anunció el oficial de comunicaciones del segundo turno.
–Sáquelo a pantalla.
Hunter surgió a la vida ante él. En la periferia de la pantalla, McCoy vio al señor Sulu, silencioso y ceñudo, con una vidriosa expresión de dolor en los ojos. Hunter no tenía un aspecto mucho mejor. McCoy sabía cómo debían de sentirse ella y Sulu: de la misma forma que se había sentido él la noche que murió Jim. Sintió el repentino impulso de decirles a ellos dos, a todos, que todo saldría bien, que iban a arreglar las cosas. De alguna manera.
Pero no había ocurrido nada, nada había cambiado. Ni siquiera la energía había fallado. ¿Dónde diablos estaba Spock?
Quizá nada cambiaría jamás. Tal vez aquella línea temporal permanecería inalterable, con Jim Kirk y Mandala Flynn muertos, y si Spock conseguía hacer algo, no sería más que comenzar una versión alternativa de la realidad. A McCoy le comenzaron a escocer los ojos con unas lágrimas que afloraron de pronto, con una sospecha de desesperanza provocada por la incertidumbre.
–Capitana Hunter –dijo con tono de tristeza–. Hola, Sulu.
–Hola, doctor McCoy –respondió Hunter.
Sulu se limitó a asentir con la cabeza, porque no confiaba en su voz.
–Lamento tener que volver a verlo en unas circunstancias como éstas.
–No es lo que hubiese deseado. ¿Se me concede el permiso para transferirme a bordo?
–Por supuesto –respondió McCoy, y luego se dio cuenta del error que acababa de cometer. Aparte del hecho de que Spock no se había marchado aún, McCoy no tenía ni idea de si el transportador continuaba siendo adecuado para su uso normal.
–Capitana Hunter –se apresuró a decir–, pensándolo mejor, creo que será más conveniente que conecte usted su nave a una de las entradas de la Enterprise. Acabamos de sufrir un fallo general de energía, y preferiría no utilizar el transportador hasta que hayamos solucionado el problema.
–Como usted prefiera –respondió Hunter.

Hunter hizo rotar su rechoncha navecilla transportadora, la aproximó cola con cola a la Enterprise y la unió a uno de los puertos de entrada con toda precisión. McCoy la estaba aguardando cuando bajó de un salto al campo de gravedad de la nave de mayor tamaño.
Sulu la siguió, lentamente.
–Capitana –saludó McCoy–. Señor Sulu.
–Oh, dioses, doctor –le dijo Hunter–, en este momento no estoy en condiciones de soportar toda esa mierda militar. ¿No podríamos ser un poco más informales? McCoy, ¿le llama Leonard la gente?
–A veces. Puede llamarme así, si quiere. –Gracias. ¿Qué ha ocurrido? McCoy suspiró.
–Eso requerirá bastantes explicaciones, Hunter. Vayamos a alguna parte en la que podamos hablar sentados. –De acuerdo.
Ninguno de los dos advirtió nada cuando Sulu los dejó solos, mucho antes de que llegasen a la sala de oficiales.

Sulu no creía que pudiese resistir el escuchar explicaciones. Lo único que sabía, lo único que tenía que saber, era que Mandala estaba muerta. Se detuvo ante la puerta de la sala de estasis para reunir los ánimos suficientes para entrar.
Finalmente, se aproximó lo suficiente a la puerta como para que ésta lo percibiese y se abriera.
En el interior, resplandecían suavemente dos de las unidades de estasis cuyos campos energéticos mantenían estables los cuerpos que albergaban. Estaban membretados con frialdad oficial, con las palabras KIRK, JAMES T., CAPITÁN y MANDALA FLYNN, TENIENTE COMANDANTE. Sulu rindió silenciosamente homenaje a su antiguo capitán, acariciando el nombre con los dedos. Finalmente, de muy mala gana, abrió la unidad en la que se encontraba el cuerpo de Mandala.
En torno a ella, brillaba una mortaja de luz azul.
Las telarañas no proporcionaban una muerte fácil ni dejaban unos recuerdos cómodos a los que quedaban atrás. Sulu pudo percibir la lucha por la que había pasado, incluso en aquel rostro de ojos sin mirada. Había peleado: no se había rendido ni durante los últimos momentos de su vida.
Tenía el cabello suelto, que se rizaba en una masa enredada alrededor de la cara y los hombros.
Sulu atravesó el campo protector con una mano para tocarle una mejilla, retirarle del rostro un mechón de cabello. El anillo de rubí que ella le había dado se volvió de un color negro resplandeciente en la luz azul, y sus brillos dorados destellaron.
Él hubiera deseado poder cerrarle los ojos, pero sabía que no podría hacerlo.
Se dejó deslizar hasta el piso, acercó las rodillas al pecho, se las rodeó con los brazos y hundió la cara en ellas.
Largo tiempo después, inmerso en sueños y recuerdos, sintió que le tocaban un hombro. Sobresaltado, levantó los ojos.
Barry al Auriga se acuclilló a su lado, mirándolo en silencio.
–Yo debería de haber estado allí –dijo Sulu–. En el puente.
–¿Para morir con ella? Ella no hubiese querido eso.
–¿Y qué sabe usted de eso?
La vehemencia de su propia reacción sobresaltó a Sulu, e intentó apartar la mirada.
La mano se Barry se tensó sobre su hombro.
–También yo la lloro –le dijo.
Sulu volvió a mirarlo.
–No es apropiado enamorarse de la comandante de la propia sección de uno –continuó Barry–, y me daba cuenta de que usted... me daba cuenta de que ella lo quería a usted... yo no podía hacer nada, pero la lloro con usted, igualmente.
Sulu se aferró al antebrazo de Barry al Auriga.
–Lo siento. No sabía que usted...
Barry al Auriga asió la mano de Sulu, cordialmente.
–Tampoco ella lo sabía. Ya no importa. –Se puso de pie, y arrastró a Sulu con él–. Vámonos. No es este el sitio para recordarla.
Sulu empujó la unidad de estasis para hacerla entrar nuevamente en su sitio. Fue precisamente lo que lo superó. Permaneció en pie, con la espalda vuelta hacia al Auriga, ambas manos apretadas contra la pared, mientras intentaba controlar las silenciosas lágrimas.
–Salgamos de aquí –repitió Barry. Rodeó a Sulu con un brazo, como si se tratara de un hermano; también él estaba llorando.

7

Hunter escuchó el relato de los acontecimientos con el rostro como una máscara inexpresiva. McCoy no podía saber qué sentía o cuánto creía de la historia que le estaba contando, dado lo inexpresivo de su rostro y cuerpo; pero era demasiado consciente de los puntos débiles del relato, de sus cabos sueltos e hipocresías. Cuando acabó, bebió un largo trago del vaso que tenía delante.
Hunter jugaba con su trenza negra acabada en una pluma.
–Muy bien, Leonard –le dijo–. Ahora, por favor, cuénteme la verdad.
Él parpadeó con sorpresa. No se le ocurría qué podía decirle; la incredulidad de ella era demasiado directa.
–Miente usted muy mal.
Él continuó sin poder responderle.
Hunter se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre las rodillas y le habló con iracunda sinceridad.
–Podría hacer pasar a esta nave por los agujeros que tiene esa historia. ¿Misteriosos cómplices, un arma desaparecida y una mutante que padece envenenamiento alimenticio? ¿Espera usted que yo crea que Mandala Flynn hubiera tolerado a un segundo en el mando que no ha podido encontrar ni una pizca de información útil en veinticuatro horas? Ella era demasiado ambiciosa como para escoger a un segundo oficial incompetente, ya que eso la dejaría a ella como a una estúpida. Puede que se haya mostrado con al Auriga tan evasivo como conmigo; pero existe una diferencia en mi caso: puede que sea usted su superior, pero no es el mío. ¿Dónde está el señor Spock? ¿Y dónde está lan Braithewaite?
–Bueno, hasta que Spock haya descansado...
–¡No! ¡Otra vez, no! El capitán está muerto, el crimen no ha sido resuelto, él está al mando, ¿y usted pretende que yo crea que se ha ido a dormir durante tres días? Incluso en el caso de que lo hubiese hecho, se ha producido un fallo total de energía, tienen ustedes todas las computadoras con problemas de funcionamiento... ¿y pretende que crea que un oficial científico vulcaniano permanece durmiendo? ¡Por favor!
–Después de tanto tiempo...
–Doctor McCoy –lo interrumpió ella, y su voz produjo escalofríos al médico–. Doctor McCoy, no hay nada de místico en eso de recuperar el sueño atrasado. Conozco las técnicas, y probablemente usted mismo podría aprenderlas. Spock no está en estado catatónico; no se encuentra en ninguna especie de trance del que no pueda sacárselo sin correr el riesgo de que sufra lesiones. Puede despertarse..., y se despertaría en unas circunstancias como las que acaba usted de describirme.
McCoy tenía las manos frías y agarrotadas, y una gota de sudor le bajó por un flanco. Si le decía la verdad... Ella sabía demasiado acerca de la nave y la gente que la tripulaba como para que pudiera engañársela durante tanto tiempo como a Braithewaite, y no podía recluir a Hunter en un camarote.
Pero no pensaba que ella fuese a creerle, y no podía correr el riesgo de intentar convencerla de que le estaba diciendo la verdad. Presa de la desesperación, trató de engañarla una vez más. Lo único que necesitaba hacer era ganar más tiempo para Spock, ¿pero qué estaba haciendo el oficial científico? A cada segundo que pasaba, con cada ruido casual, McCoy esperaba que la energía fallara al marcharse nuevamente su compañero. ¿Por qué permanecía aún a bordo de la Enterprise?
–Hunter –dijo McCoy, suavemente–, ninguno de nosotros ha estado actuando de una manera demasiado racional desde la muerte de Jim. Sé cómo se siente usted, de verdad que lo sé, pero pienso que se está dejando llevar por un exceso de emotividad...
Hunter se puso de pie.
McCoy continuó hablando con temeridad.
–Sé cuán unidos estaban usted y Jim. Él me lo contó... lo último que me dijo se refería a usted.
La expresión de Hunter no cambió. Lo miraba directamente a los ojos.
–Sabía que había cometido un error al rechazar las invitaciones de su familia de parejas. Quería decírselo él mismo, pero cuando lo hirieron supo que iba a morir. Supo que no volvería a verla nunca más. Me pidió que...
–Cállese.
–Quería que usted lo supiese.
–No le creo –le respondió ella con un tono de voz completamente inexpresivo.
–¡Es la verdad!
–No me ha dicho usted una sola palabra de verdad desde que he subido a bordo –replicó ella–. Jim le tenía confianza... le tenía a usted más confianza que a nadie, incluida yo; pero le juro que no sé por qué.
Comenzó a salir de la sala de oficiales.
McCoy se puso en pie de un salto y la aferró por un brazo. Sorprendida, ella giró repentinamente sobre sí para soltarse, y adoptó una posición de ataque tan rápidamente que estuvo a punto de darle un golpe, aunque se contuvo a tiempo, bajó las manos y le volvió la espalda.
–¿Adónde va?
La capitana no le respondió, pero McCoy salió tras ella. Pronto se dio cuenta de que tenía intención de dirigirse al camarote de Mordreaux.
–No tiene sentido intentar hablar con Mordreaux. –Habló con absoluta precipitación; su voz sonaba aún menos convincente que las deshilvanadas palabras por sí mismas–.Está completamente incoherente. Está...
–No continúe mintiéndome, Leonard –le interrumpió Hunter–. Dígame la verdad, o permanezca callado.

Ian Braithewaite intentó nuevamente abrir la puerta de su camarote, y fracasó una vez más. La cerradura ya no respondía a su voz. La terminal de comunicaciones, al estar bloqueada, le impedía hablar con nadie; no podía ponerse en contacto con el señor Scott. Lleno de furia y frustración, aporreó la puerta. Ya había quedado afónico por gritar cada vez que oía que alguien pasaba por el exterior.
McCoy le había engañado bien con aquella tontería sentimental de cumplir con los últimos deseos de su buen amigo. Aquel hombre era un actor consumado. Ian suponía que era un talento que la mayoría de los médicos cultivaba de todas formas, y McCoy había utilizado magníficamente aquella habilidad. De una forma extraña, lan apenas podía evitar sentir admiración hacia él. Tenía una aptitud especial para conseguir sus metas. El fiscal se daba cuenta ahora de que a McCoy no podían perdonársele ni excusársele ninguno de sus actos; por muy trastornado que hubiese estado en el momento de la muerte de Kirk, se había reconciliado muy bien con ello. Sin duda, el provecho potencial del secuestro de la Enterprise y el uso del desplazador temporal habían suavizado su dolor y tranquilizado su consciencia.
Ian se sentía completamente impotente, tan impotente como se había sentido en manos de al Auriga. El oficial de seguridad no le había hecho daño, pero lan se hallaba a merced de McCoy, Spock y Mordreaux. Lo precario de la posición en que se hallaba comenzó a hacérsele evidente. Hasta aquel momento, se había sentido demasiado furioso como para preocuparse por su propia seguridad. Era la primera vez, desde su llegada a bordo de la Enterprise, que no tenía demasiadas cosas por las que preocuparse.
No estaba asustado. Pensaba en su posible destino con una cierta resignación, con una actitud fatalista. Quizá le habían vencido. Sin duda, eso era lo que parecía, pero si tenía una alternativa más, un solo golpe de suerte, no se mostraría tan escrupuloso acerca de las pruebas absolutas de la culpabilidad de aquellos hombres.
Por lo que a él respectaba, la única pregunta que quedaba pendiente era si planeaban utilizar la nave y el desplazador temporal para su propio beneficio, de forma directa, o si llevarían dicho aparato y la Enterprise, el más avanzado ejemplo de la tecnología espacial de la Federación, para subastarlo entre los enemigos de esta última.
Se arrojó sobre el lecho y se echó un brazo sobre los ojos. Tenía el estómago revuelto, y sentía náuseas a causa de la tensión y la ira. La vida que llevaba lo mantenía al borde de la úlcera de estómago, hecho que él negaba. Estaba convencido de que si podía clasificar apropiadamente los acontecimientos del día pasado y deducir qué ocurriría a continuación, podría entonces, de alguna manera, detener la progresión del desastre; pero lo único que podía hacer era pensar, una y otra vez, que no debería de haber confiado en McCoy. Después de todo lo que he visto, debería de haber sabido perfectamente que no debía confiar en McCoy.
Oyó que la puerta se abría; permaneció muy quieto, haciéndose el dormido. La luz atravesó los pliegues de su manga. Se preguntó si McCoy habría venido a eliminarlo de la misma forma en que se había librado del capitán, o si Spock había venido a envenenarlo, de la misma manera que se las había ingeniado para envenenar a Lee, al juez Desmoulins y a la guardia de seguridad. Se le aproximaron unos pasos. Él se preparó para la lucha, intentando tensar los músculos sin que se le notara.
–¿Señor Braithewaite?
La tensión abandonó a lan de inmediato. Apartó el brazo de los ojos y se sentó rápidamente.
–¡Señor Scott... gracias a Dios!
–He tenido que anular el código de la cerradura –explicó Scott–. Intenté hablar con usted por el comunicador, pero no obtuve respuesta suya.
–Me han incomunicado –dijo Braithewaite, y se puso en pie de un salto–. Intenté darle una segunda oportunidad a McCoy, pero me arrestó.
–Sí –replicó tristemente Scott.
Ian aferró a Scott por los hombros. El ingeniero no lo miró a los ojos.
–Sabía que podía confiar en usted –dijo lan– Sabía que en esta nave tenía que haber alguien que fuese diferente. Dios mío, si no hubiera estado usted aquí...
–No me lo recuerde –lo interrumpió Scott–. No me halague. En todo esto no hay más que vergüenza.
–Tenemos que intentar capturar de nuevo a Spock y Mordreaux. Ambos han abandonado la nave, pero puede que hayan pasado por alto alguna pista que nos conduzca hasta ellos. Estuvieron trabajando en el camarote de Mordreaux... ¡vamos!
Se lanzó al corredor, sin pensar en que pudieran verlo y capturarlo nuevamente. Scott lo siguió.

El doctor Mordreaux se hallaba encorvado en el asiento, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a Spock con el entrecejo fruncido.
–¡Maldición, no! –repitió–. Sabía que ocurriría esto si lo ayudaba. Lo sabía. ¡No quedará satisfecho hasta haber conseguido imponer su propia voluntad y ética sobre las mías!
–Le aseguro, doctor Mordreaux...
–¡Cállese! ¡Salga de aquí! Haga lo que le dé la gana. No me importa.
–¿Me libera usted de mi compromiso?
–¡Nunca! Sus actos caerán sobre su cabeza. Si hace usted eso, lo desenmascararé como al mentiroso que es.
Spock bajó los ojos para mirar el desplazador temporal. La amenaza del doctor Mordreaux era bastante trivial: si Spock rompía su promesa y evitaba que el profesor fuese arrestado, técnicamente esa promesa nunca sería hecha; si Spock fracasaba, el profesor sería llevado a la colonia de rehabilitación, y nadie haría caso alguno de lo que dijese; pero ni siquiera en el caso de que la amenaza fuese realmente importante, controlaría los actos del vulcaniano. Spock tendría que decidir por sí mismo si rompía la promesa hecha, y si sería capaz de vivir consigo mismo después de hacerlo.
La puerta del camarote del doctor Mordreaux se abrió.
–¡Dijo usted que se habían escapado! –exclamó el señor Scott, mirando a lan Braithewaite.
Braithewaite miraba fijamente a Spock y Mordreaux, mientras su expresión de pasmo cambiaba a una de alivio y triunfo.
–Eso no tiene importancia. Les hemos dado alcance. Quítele ese aparato a Spock. ¡Es... es un arma!
–Señor Scott –dijo Spock–, ¿ha estado usted buscándome?
–Señor Spock... el señor Braithewaite ha hecho serias acusaciones contra usted y el doctor McCoy. Tengo algunas cuestiones que no consigo apartar de mi mente, y creo que tenemos que hablar.
Braithewaite profirió un gruñido de disgusto.
–¿Me está dando una orden, señor Scott? –preguntó Spock.
–No me gustaría cursar formalmente un cargo de incapacidad contra usted, pero lo haré si me obliga a ello. –Será usted acusado de amotinamiento.
–¿Es que no piensa darme una explicación? –gritó Scott–. Ahora responderá a mis preguntas; usted me mintió...
–¡Por el amor de Dios, señor Scott! –chilló Braithewaite–. ¡Éste no es momento de discutir sobre sus sentimientos heridos! –Arremetió contra Spock–. Déme ese...
Al tender Braithewaite la mano hacia el desplazador temporal, Spock lo apartó a un lado de un empujón y escapó. Se abrió paso entre los dos oficiales de seguridad que estaban apostados ante la puerta del camarote del doctor Mordreaux, pero Scott y Braithewaite lo siguieron a la carrera; el hombre más alto acortaba rápidamente la distancia que los separaba.
–¡Deténganlo! –gritó Scott, y el sonido de voces confusas y pasos que corrían se intensificó hasta convertirse en un caos.
Spock corría por los pasillos de la Enterprise. Giró precipitadamente en un recodo, y tropezó de cabeza con el doctor McCoy y la capitana Hunter; pero Hunter no tenía ninguna razón para detenerlo; escapó una vez más y abandonó a McCoy a la confusión en el momento en que Scott y Braithewaite se encontraban con ellos. Oyó que todos se gritaban los unos a los otros, proferían imprecaciones, chillaban órdenes y explicaciones contradictorias, mientras McCoy hacía todo lo posible para complicar aún más las cosas. Sin embargo, pasado un momento, el embrollo se transformó nuevamente en una hilera de perseguidores. Cuando Spock se abalanzaba al interior de la sala del transportador, lan Braithewaite imprimió una aceleración final a su carrera, se lanzó hacia Spock y chocó con las rodillas del vulcaniano. Ambos cayeron trabados el uno con el otro, mientras Braithewaite aferraba el desplazador temporal e intentaba arrebatárselo al oficial científico.
Spock aferró con los dedos el músculo de la base del cuello de lan, en busca del nervio vulnerable. El fiscal se desplomó como un montón de músculos lleno de ángulos. Spock se lo quitó de encima y se puso en pie de un salto. Sin tomarse el tiempo necesario para comprobar una vez más las coordenadas del desplazador temporal, sin detenerse a pensar si debía intentar retroceder más de lo que había planeado originalmente, hasta el principio mismo de todos aquellos incidentes, Spock saltó sobre la plataforma del transportador. Hunter apareció en la entrada con la pistola de energía desenfundada. Lo apuntó con ella; no era un arma que pudiera provocar la inconsciencia, sino que sólo era mortal.
Braithewaite gimió, mientras luchaba para recuperar el conocimiento.
–Deténgalo –dijo–. Deténgalo, él ha asesinado al capitán Kirk.
Pero ella vaciló. En el momento en que el señor Scott entraba corriendo en la sala del transportador junto con dos oficiales de seguridad con aspecto desconcertado, seguidos un momento después por el doctor McCoy, Spock pulsó los controles y sintió que la luz iridiscente se envolvía, lo aplastaba, y lo arrastraba hacia la corriente temporal.
El doctor McCoy sintió que los motores hiperespaciales se estremecían al despertar involuntariamente a la vida, alimentando con su energía el desplazador temporal. El agotamiento energético fue excesivo. Al bajar la potencia de las luces, el médico vio que Hunter bajaba la pistola.
Tuvo muchísimo tiempo para disparar, pensó McCoy.
–¿Qué demonios ha hecho? –preguntó Hunter.
–Para empezar, ha estropeado mis reparaciones –respondió Scott desde la oscuridad; por un momento volvió a ser el mismo de siempre.
–La energía de los generadores de emergencia comenzará a funcionar dentro de un momento –aseguró McCoy–. Como ya le he dicho, hemos estado teniendo algunos problemas...
–Tiene usted algo más que problemas –lo interrumpió Hunter, con un tono que le redujo al silencio.
El silencioso movimiento del aire volvió a percibirse, y las luces volvieron a brillar débilmente en torno a ellos. Las voces de la atemorizada tripulación se mezclaron en un crescendo errático. La computadora comenzó a barbotar, y luego su voz se redujo a un barboteo débil.
El señor Scott ayudó a lan Braithewaite a ponerse de pie. Aturdido, el fiscal estuvo a punto de desplomarse nuevamente. McCoy se apresuró a ayudarlo, pero lan lo rechazó bruscamente.
–No me ponga las manos encima.
El fiscal se sentó sobre el borde de la plataforma del transportador y ocultó el rostro entre las manos.
–De acuerdo, lan –respondió suavemente, McCoy, y se volvió a mirar a los oficiales de seguridad–. ¿Está alguien custodiando al doctor Mordreaux?
–Creo... creo que no, doctor.
–En ese caso, será mejor que vuelvan los dos allí. Aquí está todo bajo control.
Lo miraron con escepticismo. McCoy no los culpaba.
–¡Fuera! –les chilló.
Se marcharon, de mala gana, y regresaron a sus puestos. McCoy se cruzó de brazos y miró a Braithewaite.
–Se supone que usted debería de estar en su camarote, lan –le dijo–. ¿Qué está haciendo, aquí fuera?
–Yo lo puse en libertad, doctor McCoy –le respondió Scott–. No me gusta lo que ha ocurrido en esta nave. No me gusta lo que ha ocurrido con usted y el señor Spock desde que comenzó todo esto; pero el señor Braithewaite ha hecho preguntas que necesitan respuesta, y usted va a responder a ellas.
–Scotty, ha desobedecido mis órdenes directas...
–¡Sus órdenes! ¡Usted no es un oficial comandante! ¿Qué se trae entre manos el señor Spock, como para dejarlo a usted al mando?
–Spock dejó al doctor al mando porque era la única forma de llevar a cabo sus planes –aseguró Braithewaite–. Tenía que mantenerlo a usted fuera de su camino.
–Eh, un momento –dijo McCoy.
–Basta ya, todos ustedes.
Los tres hombres guardaron silencio al reconocer el tono de voz de alguien a quien debían respeto y obediencia.
–Mi rango es superior al de todos ustedes, incluido Spock –declaró Hunter–, y si tengo que hacer valer mi rango para averiguar qué está ocurriendo aquí, consideren que acabo de hacerlo. Doctor McCoy, ¿tiene algo que decir ahora?
Iba a responderle... pero Spock se había marchado, y quizá necesitaría sólo unos minutos para enderezar las cosas; sin embargo, si volvía a fallar y regresaba, lo detendrían en caso de conocer sus planes. McCoy no podía arriesgarse a poner al descubierto qué era lo que estaban intentando hacer. Negó con la cabeza, vencido.
–¿Señor Scott? –preguntó Hunter.
–No me gusta lo que ha ocurrido. El doctor McCoy dijo que el señor Spock estaba profundamente dormido, pero no lo está; ya lo ha visto usted con sus propios ojos. Y eso tampoco se parecía a ningún rayo transportador que yo haya visto en mi vida... ¿y adónde pudo ir? No consigo hacer que todos estos actos adquieran sentido. A menos que las sospechas del señor Braithewaite sean correctas. No querría creerlas... pero si no son ciertas, ¿por qué quiere el señor McCoy dirigirse a Arcturus?
–¿Arcturus? –preguntó Hunter.
–Me gustaría saber de dónde ha sacado la idea de que quiero ir a Arcturus –preguntó McCoy, desconcertado.
–Usted mismo me lo dijo –respondió Scott y luego, cuando McCoy negó con la cabeza, agregó–: Usted me preguntó que si ordenaba avanzar a velocidad hiperespacial hacia Arcturus, podríamos conseguirlo.
–No quería decir que fuese a ir allí –aseguró McCoy–. Simplemente escogí el primer ejemplo que me pasó por la cabeza. De todas formas, ¿qué problema habría si quisiera ir a Arcturus? ¿Qué importancia podría tener?
–Leonard –dijo Hunter–, Arcturus está casi equidistante de la Federación, la zona klingon y la romulana. Es neutral... durante la mayor parte del tiempo, en todo caso. La gente se dirige a Arcturus para hacer tratos.
–Pero es que yo no quiero ir a Arcturus –repitió McCoy–. Sólo quería saber si los motores hiperespaciales estaban en condiciones de funcionamiento.
–¡Ni siquiera sabe dar excusas decentes! –exclamó lan.
–No, señor Braithewaite –replicó Hunter, y pareció a punto de estallar en carcajadas–. Tiene razón en eso; el doctor McCoy no sabe inventar buenas excusas. ¿Y qué tiene que decir usted?
–Spock ha estado intentando poner en libertad al doctor Mordreaux –le explicó Braithewaite–. Estaba en Aleph después del juicio. Yo lo vi; y estuvo manoseando el transportador justo antes de que Kirk fuese asesinado; pero Spock no pudo poner en libertad a Mordreaux, así que decidió escapar él mismo cuando las cosas comenzaron a caérsele encima. Ya ha conseguido arrastrar al doctor McCoy para que lo ayude en sus planes. La teniente comandante de seguridad estaba implicada, pero se libraron de ella...
–¿La teniente comandante de seguridad? ¡No puede referirse a Mandala Flynn!
–Sí... Ella deseaba tanto obtener el mando de una nave como ésta, que casi podía saborearlo. No era ningún secreto, ya que incluso se lo había dicho a Kirk; pero él se rió de ella. Debería de haber sabido que una persona sin nacionalidad no tiene oportunidad ninguna de ascender tan alto en la Flota Estelar.
–Tiene usted unas ideas bastante extrañas, señor Braithewaite.
–¡Pero eso es lo que ocurrió! Probablemente, Spock le ofreció la Enterprise como pago por su ayuda. Primero tenían que librarse de Kirk. El doctor Mordreaux intentó matarlo pero fracasó, así que Spock presionó a McCoy para que dejara morir a Kirk.
–¡Maldición, Braithewaite, estaba muerto! ¡Él ya estaba muerto! –A McCoy se le quebró la voz y él se volvió de espaldas. En el silencio que siguió, consiguió rehacerse–. Yo cumplí con sus deseos. Seguí lo que decía en su testamento. Pueden mirarlo si lo desean.
–Pienso hacerlo –le aseguró Hunter–. Lo que usted haya o no haya hecho después, no cambia el hecho de que Jim fuese atacado.
–¡Usted podría haberlos detenido! –le gritó lan–. ¿Por qué no disparó a Spock cuando tuvo la oportunidad de hacerlo?
Hunter bajó la mirada hasta la pistola que aún tenía en la mano, y la enfundó lentamente.
–¿Cree que mataría a una persona porque usted lo diga?
Ian se puso de pie y se encaminó hacia la consola del transportador.
–¡Todavía no es demasiado tarde! Todavía podemos... –Se detuvo justo cuando McCoy estaba a punto de lanzarse sobre él para evitar que descubriera la unidad auxiliar del desplazador temporal.
Se balanceó, como ausente, con una expresión confusa en el rostro.
–¿Qué ocurre? –preguntó Scott–. Ian...
El fiscal se desplomó, con el cuerpo completamente laxo.
–El pinzamiento del nervio... –comenzó Scott.
–No se trata de eso –lo interrumpió McCoy, que estaba ya arrodillado junto a Braithewaite. Reconoció los síntomas de inmediato, por segunda vez en la misma cantidad de días–. ¡Es botulismo hipermórfico! ¡Ayúdenme con él! ¡No hay tiempo para esperar a que traigan una camilla!

Preso en las garras del desplazador, Spock percibía el paso del tiempo. La sensación era muy diferente de la que producía el transportador por sí solo, que no producía más que un momento de desconcierto al final del proceso. En aquel momento se sentía como si estuviese cayendo por el espacio, a través de un vacío absoluto, abofeteado por todos los remolinos del viento solar, todas las corrientes de cada campo magnético, sacudido por olas gravitacionales, por la luz misma.
Se materializó a dos metros de altura, en el parque del núcleo de Aleph Prime, y cayó en el resto del camino. Se dio un golpe lo suficientemente poderoso como para quedarse sin aliento, y tuvo que luchar para no perder el conocimiento.
Podría haber sido peor. Sabía que no podía calibrar el aparato con total precisión –desplazarse desde una nave en movimiento hasta la posición que Aleph Prime había ocupado días antes era hazaña suficientemente grande–, así que había decidido aparecer en el espacio abierto. De esa manera, tendría más oportunidades de no materializarse en el interior de una pared. Hubiese preferido aparecer en la sala de transmisión de emergencia, pero le parecía que las posibilidades contrarias al éxito eran demasiadas como para desafiarlas. Se puso de pie mientras se sacudía la ropa y miraba en torno para averiguar si lo habían visto.
Además del espacio abierto, había escogido la oscuridad; el parque imitaba un ciclo diurno, y en aquel momento se hallaba sumido en las tinieblas de la noche. Una luna artificial estaba suspendida en el monótono cielo artificial sin estrellas.
Tras abandonar el parque, Spock entró en uno de los laberintos de corredores que conformaban Aleph Prime. Pasó junto a una terminal pública de información y pidió la hora: había llegado, como era su intención, alrededor de una hora antes de que fuera transmitido el mensaje de emergencia a la Enterprise.
En aquellas horas previas al amanecer, incluso la mayoría de los juerguistas que estaban de permiso procedentes de naves, transportes y centros de operación minera de los alrededores de la estación, se habían ido a la cama, pero los pocos seres con los que Spock se cruzó no le dedicaron ninguna atención. McCoy había tenido razón con respecto al uniforme; esa prenda lo habría puesto en evidencia. Era muy consciente de la afición que tenían los seres humanos de comparar destinos, naves, comandantes; de haber llevado puesto su uniforme, no hubiera pasado mucho tiempo antes de que un humano borracho y excesivamente cordial comenzase a hacerle más preguntas de las que él podría responder.
El pequeño sector gubernamental estaba todavía más en calma que el resto de la estación. Sabía dónde se hallaba el transmisor de emergencia, pero resultaba inaccesible para cualquiera que no dispusiese del código correcto. Descendió lentamente por el pasillo flanqueado por oficinas de paredes acristaladas, todas oscuras y desiertas; aduanas, seguridad, Federación, Flota Estelar, la oficina de los abogados defensores de oficio, la oficina del fiscal...
Las luces se encendieron; Ian Braithewaite salió de una sala interior al interior de la habitación principal. Spock se detuvo en seco, pero ya era demasiado tarde como para desaparecer del campo visual de aquel hombre. Tras coger un maletín, un lector portátil y un montón de papel fino de transcripciones, Braithewaite salió al corredor. Las luces se apagaron cuando cerró la puerta. No advirtió la presencia de Spock hasta que estuvo casi a punto de chocar con él; bajó los ojos con expresión distraída.
–Lo siento –dijo–. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Está buscando a alguien?
Por supuesto, pensó Spock. Todavía no me ha conocido; no sabe quién soy yo, y no sospecha de mí. Mañana, cuando llegue la Enterprise, recordará haberme visto.
¿Significa esto que también aquí fallaré?
–¿Dónde está el consulado de Vulcano? –preguntó Spock.
Braithewaite se pellizcó el puente de la nariz entre los dedos índice y pulgar.
–Ah, ya comprendo. Está usted en el sector equivocado; todos los consulados están en un sector de clase superior. –Le indicó la forma de llegar a un área de la región polar norte de Aleph Prime.
Spock le dio las gracias, y Braithewaite se marchó leyendo las transcripciones mientras caminaba. No era extraño que le llevase tiempo recordar dónde había visto antes a Spock.
Cuando el fiscal desapareció de la vista, Spock intentó abrir la puerta del transmisor de emergencia. Por supuesto, estaba cerrada con llave, y la computadora encargada de custodiarla le pidió que se identificara. Spock tuvo buen cuidado de no hablar ni apoyar la palma sobre el sensor; no quería que constara ninguna prueba legalmente admisible de su presencia en el lugar, y puso en ello toda su atención.
Durante un momento, pensó en regresar al cubículo de información pública, acceder desde él a la computadora y atravesar sus defensas para abrir la puerta de la sala de transmisión. Ya había engañado al sistema de Aleph Prime, antes o, para decirlo con mayor exactitud, lo haría en el futuro; podía hacerlo en ese momento.
Pero eso era exactamente lo que haría el doctor Mordreaux. Era la forma más sencilla y más directa de llegar hasta el transmisor, cosa que el profesor tendría que hacer si quería ordenarle a la Enterprise que se dirigiera a Aleph. Lo único que tendría que hacer Spock era encontrar un lugar para esconderse, esperar en él y capturar a Mordreaux cuando llegase.
Con mucha cautela, Spock intentó abrir cada una de las puertas del corredor. Para su sorpresa, una de ellas se abrió. El interior estaba oscuro, pero él no encendió las luces, porque podía ver lo suficiente; se trataba de una sala de justicia vacía y pequeña, quizá la misma en la que el doctor Mordreaux había sido condenado, sentenciado y donde se le había negado todo derecho de apelación.
Tout comprendre c'est tout pardonner, pensó Spock; una filosofía difícil de expresar en vulcaniano. Podía comprender por qué al encararse los humanos con las investigaciones del doctor Mordreaux, se habían sentido tan aterrorizados y tan decididos a suprimirlo hasta el punto de haber falseado la justicia para conseguirlo. Sin embargo, difícilmente le correspondía a él perdonarlos; sólo podía desear que no le hubiesen dado un trato tan absolutamente despectivo a los descubrimientos del profesor. Si aquello hubiese sucedido en Vulcano, de haber sido los vulcanianos los únicos seres implicados en todo aquello, hubiesen estudiado los principios y honrado debidamente al descubridor, para luego acordar, por consenso ético, no llevar nunca a la práctica dichos principios.
Él sabía que hubiese sido así. Estaba seguro de ello. Casi completamente seguro.
Tras ocultarse en la pequeña sala de justicia a oscuras, desde donde podía ver el exterior pero no ser visto desde él, se dispuso a esperar.
Su lógica no lo decepcionó en esa ocasión. Pasados apenas unos minutos, el doctor Mordreaux pasó furtivamente por el pasillo en dirección al transmisor de emergencia, mirando nerviosamente por encima del hombro a cada paso que daba, deteniéndose en seco a cada sonido por débil que fuese. Colgado del hombro, llevaba un desplazador temporal casi idéntico al que tenía Spock.
Apoyó la mano sobre el panel de la cerradura; había conseguido atravesar los circuitos de seguridad de la misma forma en que lo hubiese hecho Spock. La puerta se abrió. Spock sacó su pistola fásica y salió al corredor.
–Doctor Mordreaux –dijo suavemente.
El profesor se volvió en redondo, con expresión de pánico. Tendió la mano hacia su propia arma.
–¡No, espere! –gritó.
Spock abrió fuego.
Cogió a Mordreaux antes de que cayera al suelo. La pistola estaba, por supuesto, en posición de aturdir solamente. No quería matar si le era posible evitarlo. Levantó al anciano con toda facilidad y se lo llevó al interior de la sala de justicia, tras lo cual cerró la puerta por dentro, oscureció las paredes de vidrio y aumentó el nivel de la luz para que el profesor pudiese ver cuando volviera en sí. Spock se sentó a esperar.

En la enfermería, el doctor McCoy trabajaba desesperadamente, con el temor de que hubiese pasado demasiado tiempo, con miedo de volver a fracasar, con el temor de que tendría que observar cómo también lan Braithewaite se le moría en las manos.
Spock, pensó, ¿dónde demonios está usted? ¿Por qué no hace algo? Las costuras del mundo se están deshaciendo, y no hay nada que yo pueda hacer para impedirlo.
En el exterior de la unidad de cuidados intensivos, Hunter y Scott aguardaban. Los erráticos tonos de las señales del sistema de soporte vital no tapaban del todo la voz de Scott.
–Tenía miedo de que lo asesinaran –dijo, con una voz tensa y torturada–. Tenía miedo de...
El veneno estaba invadiendo el cuerpo de lan a pesar de la ayuda de las máquinas de cuidados críticos. El corazón entraba en fase de fibrilación, y su cuerpo se convulsionaba con la descarga eléctrica que devolvía las pulsaciones a la normalidad.
¡Luche, estúpido testarudo entrometido!, le gritó mentalmente, McCoy.
Ni siquiera se dio cuenta de que Hunter se marchaba.

8

Hikaru Sulu estaba sentado con las piernas cruzadas en el piso del camarote de Mandala Flynn, con las manos relajadas sobre las rodillas y los ojos cerrados. Intentaba captar nuevamente alguna de las sensaciones que había experimentado en aquel camarote cuando ella estaba viva; pero parecía que ella nunca hubiese estado en aquel lugar; no había dejado tras de sí nada de lo que hace que la habitación de uno sea un reflejo de la propia personalidad. Había colgado de la pared el antiguo sable de Hikaru, pero pendía en solitario en medio de una extensión desnuda. El anillo de ella, tibio en la superficie interior, frío en el exterior, rodeaba el dedo de Sulu.
La individualidad de Mandala no había sido una función de nada que poseyera. Se había marchado, y no existía forma de recuperarla que no fuese el recuerdo. Estaba fuerte y viva en la mente de él. Por un momento creyó percibir la delicada y penetrante esencia de los cabellos de Mandala, y Sulu comenzó a comprender por qué ella se negaba a reunir pertenencias. No podía perder los recuerdos que atesoraba de ella, y nadie podría arrebatárselos.
El lecho aún estaba desordenado por el momento de amor que habían pasado juntos.
El fallo energético lo sacó de su ensueño con un sobresalto y aguijoneó su sentimiento de culpa. Mientras vagara por la Enterprise en una niebla de dolor, no le sería de ninguna utilidad a Hunter, no sería de ninguna utilidad para averiguar qué era lo que había podido suceder. Por lo que le había contado Barry al Auriga, todas las explicaciones posibles se disolvían en un fango de acontecimientos muy peculiares. Hikaru se sentía tan aturdido y furioso como Barry por el hecho de que Mandala estuviese bajo sospecha.
Se puso lentamente de pie, levantándose con un solo movimiento desde la posición de piernas cruzadas; en el silencio, el zumbido de los motores de ventilación que volvían a ponerse en movimiento, sonó muy fuerte. Como un fantasma que atravesase la débil iluminación de la energía insuficiente, Sulu salió del camarote de su amante.

En la sala de transportes, Hunter tocó el curioso agregado que tenían los mandos, poniendo buen cuidado en no dañar las conexiones o activar los controles. Spock no podía haberse transferido a ninguna parte, no con un transportador normal pero, como Ian Braithewaite había intentado decirle, aquella máquina ya no era, obviamente, un transportador normal.
–¿Qué es esa cosa? –preguntó Sulu.
Se había reunido con ella cuando la capitana salía de la enfermería. Hunter se alegró de tenerlo por acompañante, no sólo porque podía serle de utilidad a causa de su conocimiento de la nave y su tripulación, sino porque le había preocupado que se quedara solo con su dolor. Habían hablado de Mandala y de Jim durante el viaje desde Aleph a la Enterprise; ella sabía cuánto daño le estaba haciendo todo aquello.
Hunter devolvió su atención al dispositivo que había en el transportador.
–No estoy muy segura. –Sentía un vivo deseo de abrirlo para mirar qué aspecto tenía el interior–. Creo que le concederé al doctor McCoy una oportunidad más para que nos explique qué está ocurriendo y qué es capaz de hacer esta cosa, antes de comenzar a meterle las manos dentro.
Volvió a encerrar los cristales ambarinos dentro del transportador, y ella y Sulu se encaminaron de vuelta a la enfermería.
–¿Qué tal se encuentra? –le preguntó ella, quedamente. –Un poco mejor que hace un rato –respondió él–. ¿Y usted?
–Cuando haya averiguado por qué tuvieron que morir ambos, seré capaz de decírselo –contestó ella–. No me gustaría que hubiese sido por nada.
–No creo que no esté ocurriendo nada –le aseguró Sulu–. Nadie está actuando como yo esperaría que lo hiciesen, ni el doctor McCoy, ni el señor Spock, ni el señor Scott, y la gente no cambia de esa manera sin ninguna razón para ello.
Ella sabía que lo estaba diciendo para defenderlos, pero que aquella declaración también podía ser utilizada para acusarlos, aunque no lo dijo.
En la enfermería, lan Braithewaite yacía inconsciente y rodeado por las máquinas de cuidados intensivos. Los sensores mostraban unas líneas vitales estables, según advirtió Hunter con cierto alivio; hasta aquel momento, no había abrigado esperanzas de que sobreviviera.
McCoy y Scott estaban sentados en silencio en la oficina del primero, y ninguno de los dos miraba al otro. Hunter se sentó sobre una esquina del escritorio del doctor, y Sulu permaneció de pie justo en la entrada.
–¿Va a ponerse bien lan Braithewaite?
–No lo sé –respondió McCoy.
–Él tenía miedo de que lo envenenaran –dijo Scott.
–¿Quiere dejar de decir eso? ¡Él no fue envenenado aquí! Alguien le dio el veneno en el interior de una cápsula que ha tardado unos dos días en disolverse. Eso fue antes de que subiera a bordo.
–;Desde luego, como que él vio al señor Spock en Aleph, antes de que la Enterprise llegara siquiera allí, de la misma forma que yo vi a Spock en un sitio en el que no podía estar!
–Probablemente, Braithewaite ya estaba entonces sufriendo alucinaciones...
–¿Está diciendo que también yo sufro alucinaciones? ¿Quiere decir que también a mí me han envenenado?
Hunter estaba dispuesta a dejarlos discutir si de ello resultaba alguna información de utilidad, pero aquello era ridículo.
–Doctor McCoy –intervino–, acabo de encontrar algo muy extraño en el transportador. Un agregado bioelectrónico.
Scott le dirigió una mirada penetrante.
–¡Bioelectrónico! Así era el dispositivo que tenía el señor Spock cuando desapareció... alguna especie de arma, según dijo el señor Braithewaite. ¡No debería de haber nada parecido en el transportador! –Se puso de pie.
–Quédese aquí, señor Scott –le advirtió Hunter sin mirarlo, manteniendo los ojos fijos en Leonard McCoy. El doctor no mentía con la expresión mejor que con las palabras. Mientras el rostro comenzaba a ponérsele muy pálido, levantó los ojos hacia Hunter–. No quiero destruirlo, señor Scott. Todavía no. Leonard, ¿quiere decirme qué es eso?
–No mucho, no.
–Entonces yo le diré algo acerca de eso. Hace rebotar el rayo, y lo transforma en... otra cosa. Lo más interesante que tiene es el botón de retorno.
–¡No lo habrá tocado...!
–No. Hasta ahora, no. Pero si lo acciono y el señor Spock tiene el dispositivo gemelo encima, lo traerá de vuelta desde donde se encuentre. ¿Es correcto eso?
–Quizá.
–¡Maldición! ¿Quiere hacer el favor de explicarme qué demonios está ocurriendo?
–Concédale a Spock un poco más de tiempo –le pidió McCoy–. Por favor.
–¿Cuánto tiempo más?
–Me dijo que intentaría regresar en el plazo máximo de doce horas. Ha permanecido ausente casi dos.
–¿Realmente espera que no haga nada durante doce horas? ¿Sin una explicación razonable? ¿Sin siquiera una irrazonable?
McCoy meneó la cabeza.
–Si no me creyó antes, no existe ninguna posibilidad de que vaya a creerme lo que le dijese ahora.
–Leonard –le dijo ella–, ¿qué tiene usted que perder?
–Todo.
Durante la pausa incómoda que siguió, Sulu dio un paso adelante.
–Doctor McCoy –le pidió–, por favor, confíe en ella. ¿Cómo va a poder confiar en usted si no le da una oportunidad de hacerlo?
McCoy miró al oficial de navegación, ocultó el rostro entre las manos mientras profería un gemido, y finalmente levantó la cabeza.
–Si activa el aparato del transportador –comenzó a decir lentamente–, puede que consiga traer de vuelta a Spock, pero lo más probable es que lo mate.
–¿Por qué no empieza por el principio?
Respiró profundamente, dejó escapar el aire, entrelazo los dedos, se apretó las palmas frías contra los ojos, y comenzó a relatar una historia que superaba tanto el absurdo de la construida incluso por lan Braithewaite, que Hunter lo escuchó, fascinada a pesar de sí misma.
Cuando terminó, Hunter, Scott y Sulu lo miraban fijamente.
–¡No he oído una historia más descabellada que esa en toda mi vida! –exclamó Scott.
–Scotty, usted sabe que los viajes temporales son posibles –le dijo McCoy.
–Sí... –El ingeniero se retrajo.
–O bien el doctor Mordreaux no estaba tan loco como yo pensaba –declaró Hunter–, o son ustedes dos los que se han vuelto locos de atar.
McCoy suspiró.
–Ya sé cómo le debe de sonar todo esto, especialmente cuando he pasado tanto tiempo intentando engañarla. Conservaba constantemente la esperanza de que Spock tendría éxito si conseguía darle la oportunidad.
–Y ahora quiere que sea yo quien le dé esa oportunidad.
–Hunter... usted podría habérselo impedido antes. No lo hizo.
–Yo no mataría a Spock porque usted me haya mentido, más de lo que lo haría porque lan Braithewaite quisiera que lo hiciese.
–No lo mate ahora. Sólo déle un poco más de tiempo. Todo lo que le he contado es verdad, se lo juro.
Hunter apoyó la espalda contra la pared y miró al techo.
–Yo ya no podía hacer nada por Jim, pero él era amigo de Jim, y ésa es la verdadera razón por la que no le disparé.
–Hunter –dijo Sulu con voz apasionada–, es un poco de tiempo... contra la posibilidad de que Mandala y el capitán no serán... no sean... asesinados, después de todo. ¡Es un riesgo que vale la pena correr!
Ella rió suavemente.
–No si estuviéramos equivocados; entonces no lo sería. –Meneó la cabeza, sorprendida de sí misma–. Creo que pasaré los próximos diez años colgada de los dedos pulgares en una prisión militar por esto, pero Spock podrá disponer de esas condenadas doce horas.
Tendido sobre un sofá de la sala de justicia, el profesor Mordreaux profirió un gemido. Spock se acercó a su lado y, cuando su antiguo maestro recuperó completamente el conocimiento, lo ayudó a sentarse.
–¿Spock? Señor Spock, ¿qué está haciendo aquí? ¿Cómo...? –Miró en dirección a los desplazadores temporales que estaban detrás del vulcaniano–. Oh, no –dijo, y se puso a reír.
Spock había esperado algo semejante, aunque había abrigado la esperanza de hallar en el profesor algún rastro de racionalidad. No podría razonar con aquella versión del doctor Mordreaux más que con la última con la que se había encontrado.
El profesor se puso en pie de un salto.
–¿Durante cuánto tiempo he permanecido inconsciente? ¡Quizá todavía haya tiempo! –Corrió hacia la puerta pero Spock lo cogió y detuvo antes de que hubiera avanzado tres pasos.
–¡Señor Spock, usted no lo comprende! ¡No tenemos tiempo que perder!
–Lo comprendo perfectamente, señor. Si esperamos durante unos cuantos instantes más, al menos uno de los acontecimientos de esta línea temporal habrá cambiado, y quizá la Enterprise no será jamás desviada de su curso.
–¡Pero es que ése no soy yo! ¡Quiero decir que yo no soy él! –Profirió un sonido inarticulado de pura frustración y respiró profundamente. Cerró los ojos, volvió a abrirlos y comenzó nuevamente a hablar.
–Está usted deteniendo a la persona equivocada –le dijo–. Yo he venido hasta aquí para intentar detenerme a mí mismo... a mi yo loco... para impedir que los aparte del fenómeno de vacío. Tengo conocimiento de todo lo que ha ocurrido. Usted ha venido aquí para evitar que Jim Kirk sea asesinado. Me he estado persiguiendo a mí mismo por las corrientes temporales desde... –Se interrumpió y volvió a reír, todavía al borde de la histeria–. Por supuesto que la duración carece de sentido. ¿No lo comprende, señor Spock? Estoy intentando detenerme a mí mismo, tratando de salvarme a mí mismo...
Spock pasó precipitadamente por su lado, salió de la sala de justicia y atravesó el corredor. La puerta de la sala del transmisor permanecía abierta de par en par. Spock se zambulló por ella, y el doctor Mordreaux lo hizo tras él.
Un segundo doctor Mordreaux se apartó del transmisor subespacial. La cinta giró rápidamente en el interior de la máquina como un remolino.
–¡Demasiado tarde! –gritó con deleite el doctor Mordreaux que tenía delante.
–Demasiado tarde –dijo con voz queda el doctor Mordreaux que tenía detrás–. Lamentablemente, demasiado tarde.
El doctor Mordreaux del futuro y Spock miraban fijamente el transmisor. Ambos sabían que el mensaje no podría ser contrarrestado ni anulado. Formaba parte del sistema antifallos.
–Maldición –susurró Mordreaux–. Salgamos de aquí antes de que llegue alguien. Si me reconocieran, probablemente me dispararían en cuanto me viesen.
Recuperaron los desplazadores temporales de la sala de justicia, abandonaron el sector gubernamental de Aleph Prime, y se encaminaron hacia el parque, en silencio. En aquel momento, a la hora del amanecer, estaba desierto y era probablemente el lugar más seguro para el doctor Mordreaux. Se sentaron en un banco, y Mordreaux ocultó el rostro entre las manos.
–¿Se encuentra bien, profesor?
Pasado un instante, asintió con la cabeza.
–Todo lo bien que puede esperarse, si consideramos que el universo me demuestra constantemente que es más fácil crear el caos que el orden.
–Uno puede probar fácilmente que el caos es el resultado primario de todo lo ocurrido.
Mordreaux lo miró.
–Ah. Veo que se ha dado cuenta de la conexión que existe entre su trabajo y el mío. No estamos luchando contra mí, sino que estamos luchando contra el caos. La entropía.
–Al principio creí que había cometido un error en mis anotaciones –le dijo Spock.
–No, sus observaciones eran todas demasiado precisas. A partir del momento en que comencé a utilizar el desplazador temporal, el crecimiento de la entropía se ha estado acelerando realmente.
–El potencial destructivo me resultaba difícil de aceptar. –Sí, a mí también me lo resulta. Durante millones de años, los seres humanos han hecho todo lo posible por descubrir el arma definitiva. Yo estaba destinado a inventar la única que puede realmente destruir la totalidad del universo. Se pasó los dedos de una mano por entre los cabellos, un hábito que no había cambiado con el correr de los años. –Las cosas se están poniendo muy mal en mi época, señor Spock. El universo se está simplemente... acabando. Bueno, ya puede usted imaginárselo.
–Desde luego.
La falsa luna se ocultó detrás de unas montañas pintadas en la pared más alejada de ellos, y unas líneas de luz solar de color escarlata incandescente comenzaron a surgir en la pared que tenían a la espalda.
–¿Por qué ha permitido que todo llegara tan lejos, profesor? ¿O es que hace mucho tiempo que está intentando devolver las cosas a su curso normal?
–Mucho tiempo, sí; pero ni siquiera pude comenzar hasta que no hube recreado nuevamente mi obra. El programa virus fue realmente muy eficaz, señor Spock. Todos mis trabajos escritos desaparecieron. Uno podría revisar los bancos de memoria y las librerías, sin encontrar siquiera una referencia a mi nombre.
–Podría haberse puesto en contacto conmigo. Usted tiene que saber el respeto que siento por su magnífico trabajo. Tendría que haber sabido que yo guardaba copias en lugar seguro.
Mordreaux tendió una mano para darle unas palmaditas en una mano a Spock, y el vulcaniano no escapó a ese contacto. Todas las emociones que recibió de su anciano maestro fueron de simpatía y aprecio, y para su vergüenza, Spock sintió que él mismo tenía una seria necesidad de sentimientos que no deseaba.
–Ah, amigo mío, pero es que usted no sobrevivió a las acusaciones hechas contra usted. Lo enviaron a la colonia de rehabilitación, a pesar de que las autoridades tenían que saber lo que eso significaría para usted. Estoy seguro de que sabían que usted resistiría los intentos que iban a hacer para reprogramar su mente...
Spock asintió con la cabeza. Muchos seres humanos habían sido enviados a rehabilitación, y habían salido de ella obedientes, complacientes, pero vivos; sólo unos pocos vulcanianos habían sido condenados a dicha sentencia, y todos ellos habían muerto. El saber que estaba tanto más próximo a los vulcanianos que a los humanos, le proporcionó a Spock una especie de consuelo muy peculiar.
–¿Y qué ocurrió con el doctor McCoy? ¿Y con Hunter?
–La Flota Estelar obligó a Hunter a aceptar un cargo deshonroso. Ella se divorció de su familia para proteger a los niños de la vergüenza, y se unió a los comandos libres. Murió en la frontera pocos meses después. Uno de los oficiales de ella cometió suicidio como protesta por el trato que le habían dado a la capitana. Hunter recibió...
–¡El señor Sulu!
A pesar de sí mismo, Spock estaba sorprendido. Sulu nunca lee había dado la impresión de ser del tipo capaz de llegar a hacerse un hara–kiri.
–¿Sulu...? No, su nombre era ruso. He olvidado cuál era exactamente. Creo que el señor Sulu se unió también a los comandos libres. –El, doctor Mordreaux se encogió de hombros–. Poca diferencia hay. Sólo un método de suicidio más lento. En cuanto al doctor McCoy... –El profesor meneó la cabeza–. He intentado seguirle la pista, pero desapareció en cuanto lo pusieron en libertad. Incluso antes de que lo sentenciaran, ya había perdido los ánimos. Verá, lo condenaron por el asesinato de Jim Kirk.
–Sin embargo, usted salió de todo eso con su mente intacta, eso está claro.
–Reconsideraron mi caso –le dijo él–. Se dieron cuenta de cuán valioso podía ser, haciendo exactamente aquello por lo que me habían condenado.
–¿Cómo consiguió escapar?
–Después de volverme loco, les resulté de muy poca utilidad y dejaron de vigilarme tan cuidadosamente como antes. Me llevó algún tiempo recobrar la cordura... y regresar aquí.
–No consigo comprender por qué su otro yo asesinó al capitán Kirk. Usted dijo en el puente –ayer, mañana–, que él lo había destruido; pero lo único que él hizo fue responder a la orden que usted mismo le envió.
–Lo sé; pero en la línea temporal en la que él no murió,el capitán defendía su postulado, el de que yo era demasiado valioso como para que me destruyeran, y lo hizo muy bien. Después de volverme loco, pensé que hubiera sido mejor que me enviaran a rehabilitación. Habría sido dócil y feliz, y nadie me hubiese perseguido. Así pues, decidí regresar y evitar que él me salvase.
–¿Cuántas líneas temporales hay?
–Se multiplican, señor Spock, como las ratas. La línea principal se bifurcó en varias direcciones cuando envié a mis amigos hacia el pasado; volvió a bifurcarse después del juicio, cuando una versión futura y particularmente asesina de mí mismo regresó y se puso en campaña para vengarse...
–¿La abogada defensora y el juez?
El doctor Mordreaux asintió con la cabeza.
–E Ian Braithewaite, pero él murió al final.
El sol de imitación había subido lo suficiente como para producir sombras, y las siluetas de ambos se alargaban hasta la falda de las colinas.
–Otra línea acaba de bifurcarse en el momento en que envié ese mensaje. Existe una en la que usted concluye sus observaciones y siguen la pista del cambio que los conduce hasta mí, tras lo cual la justicia me persigue por ello, y la otra en la que yo evito que las concluya, y me doy cuenta de los efectos de la entropía con varios años de antelación. –Le dirigió una mirada interrogativa a Spock–. Ya ve cuán complicado se vuelve.
–Y todas ellas evolucionan a partir de la primera vez que se utiliza el desplazador temporal. –Me temo que sí.
–¿Qué ocurrió cuando intentó cambiar esos hechos?
–Hasta ahora lo he intentado una sola vez. Regresé para persuadirme a mí mismo de no hacer una demostración práctica de los viajes temporales. Permanecí sólo un momento, porque vi que uno de mis amigos me asesinaba... quiero decir, que mataba a otro yo, uno de mi futuro, u otra línea temporal... He tenido miedo de intentarlo otra vez. Sé que finalmente tendré que hacerlo, pero...
–Las posibilidades que tiene de cambiar unos acontecimientos que vienen desde un futuro tan lejano son insignificantes.
–Tengo que intentarlo.
–Yo no estoy tan lejos en el tiempo como usted.
–¿Regresaría usted... para intentar detenerme?
–Le prometí a usted no interponerme en el camino de sus amigos. –Spock desvió la mirada–. Mi juramento parece... una cosa trivial, comparado con lo que ocurrirá si no lo rompo.
–Dudo de que su juramento le resulte trivial alguna vez a usted mismo, señor Spock –le dijo el doctor Mordreaux–.¿Puedo liberarlo yo de su promesa?
–No podría asegurárselo. ¿Es usted el mismo hombre al que se la hice?
–Creo que tengo que haberlo sido. Han ocurrido muchas cosas, y los recuerdos que guardo de la época anterior a volverme loco son muy borrosos; pero eso me resulta familiar, y sin duda alguna, es algo que le habría exigido cuando yo era más joven y estúpido. Señor Spock, le ruego que me permita librarlo de esa promesa. Le juro por lo mejor de mis conocimientos, que tengo el derecho de hacerlo.
–Tengo que ir hasta el principio de este lío –le replicó Spock–, tanto si tiene usted derecho de permitírmelo como si no. Agradezco su palabra, e intentaré aceptarla como válida.
–Gracias, señor Spock. –El doctor Mordreaux vaciló–.Sin embargo, hay algo más que tengo que decirle. Sería injusto no hacerlo.
–¿De qué se trata?
–Cuando más lejos vaya, cuanto más a menudo lo haga, tanto más dañino será para su organismo. No es sólo la continuidad temporal la que sufre desarreglos. ¿Ha advertido los efectos del viaje temporal en su cuerpo?
–He sentido... algunos malestares.
–Malestares, ¿eh? Bueno, todo el mundo sabe que los vulcanianos son más resistentes que los seres humanos. Sin embargo, es peligroso, y es acumulativo. No es más que la cosa más honrada que se puede hacer, el decirle eso antes de que decida qué hará.
Spock ni siquiera hizo una pausa.
–Las alternativas son la de viajar más lejos en el pasado, o regresar a mi propio tiempo y enfrentarme con el deshonor, la vergüenza para mi familia y la muerte. No veo que ésa sea una decisión particularmente difícil de tornar.
Recogió su desplazador.
Mordreaux recogió el suyo.
–Quizá debería ir con usted.
–Eso es tan innecesario como irracional. Estaría arriesgando su vida, y las probabilidades que tendría de conseguir algo se acercan mucho al cero.
Mordreaux pasó los dedos por la superficie ambarina de su desplazador.
–Gracias, señor Spock. Cuando más a menudo me desplazo por el tiempo, más asustado me siento. No tengo ningún deseo de morir.

El doctor Mordreaux condujo a Spock a sus propias dependencias de Aleph Prime; las dependencias del doctor Mordreaux de aquel presente, el que en ese momento aguardaba en el hospital a que lo transfirieran a bordo de la Enterprise. Había vivido en una sección antigua de la estación, a medio camino entre el parque del núcleo y la brillante coraza exterior. Los asteroides constituían una subestructura de la ciudad; en aquella zona, los pasillos se parecían a túneles, y las viviendas a cuevas.
Las pertenencias del doctor Mordreaux estaban en un estado lamentable. Los libros y papeles cubrían el suelo, y la terminal de computadora parpadeaba de la forma en que lo hacen las máquinas con consciencia cuando les arrancan la memoria y la destruyen. Los muebles habían sido puestos del revés, y todos los pisos estaban cubiertos por trozos de porcelana.
–Parece que se opuso usted vigorosamente a su arresto.
–Quizá no estoy en la misma línea temporal en la que creía estar –replicó el doctor Mordreaux–, pero no recuerdo ninguna en la que no me haya dejado prender tranquilamente.
Caminó por entre aquella destrucción hasta la sala del fondo, el laboratorio, donde el desorden no era tan excesivo. El transportador no parecía dañado. Mordreaux miró los controles.
–Se han llevado los desplazadores, por supuesto –señaló–, pero el resto parece estar en buen estado.
Realizó algunas conexiones mientras Spock calculaba las coordenadas necesarias que lo llevarían hasta un momento anterior al de que la línea de más probabilidad se bifurcara en una multitud de líneas que se desintegraban.
–El transportador está preparado –anunció el doctor Mordreaux–. ¿Lo está usted?
–Estoy listo –le replicó Spock–. ¿Qué hará usted, señor?
–En cuanto se haya marchado, yo regresaré a mi propio tiempo. Si puedo.
Spock subió a la plataforma del transportador, con el desplazador temporal cogido con ambas manos.
–Adiós, doctor Mordreaux.
–Adiós, señor Spock, y gracias.
Spock respondió accionando los mandos del desplazador. Los dos campos energéticos interactuaron en un destello luminoso muy potente, y Spock desapareció.
Desde el punto de vista de Spock, la habitación trasera parecida a una caverna del apartamento del doctor Mordreaux, se desvaneció aparentemente en los colores del espectro, desde el rojo–anaranjado–amarillo–verde–azul–púrpura, hasta un cegador ultravioleta al incrementar la energía; Spock sintió que era arrastrado a través del vacío, luego arrojado hacia atrás a través de la barrera de energía ultravioleta y el arco iris, al interior del espacio normal. Sintió que volvía a materializarse, al devolverlo el rayo a la existencia provocándole retorcimientos musculares.
Se tambaleó, perdió completamente el equilibrio y se desplomó sobre el piso de piedra, donde golpeó con fuerza, mientras disponía apenas del tiempo necesario para envolver con el cuerpo el desplazador temporal de forma que no resultase dañado. Rodó hasta ponerse de espaldas, y permaneció mirando fijamente al techo, momentáneamente cegado. Comenzó a incorporarse, pero se congeló y jadeó involuntariamente a causa de una pura agonía abrasadora.
Lo rodearon voces sobresaltadas, y luego todo quedó en sombras; todavía estaba deslumbrado por la luz ultravioleta. Apoyó las palmas de las manos sobre el suelo fresco, y cerró los ojos con fuerza. El dolor se había hecho demasiado poderoso como para intentar no hacerle caso o apartarlo a un lado.
Intentó identificar alguna voz entre la masa de ellas que lo rodeaba, pero fracasó. Podía oír y percibir la consternación, la sorpresa, la violencia. Las autoridades de Aleph Prime tenían que haberlos seguido a él y al doctor Mordreaux, o haber mantenido la vivienda bajo vigilancia; ahora habían venido a arrestarlos y, lo más importante, a impedirles actuar, y nada conseguiría convencer a nadie de que él y el doctor Mordreaux estaban intentando hacer algo de vital importancia.
Una voz se diferenció de las demás.
–¿Señor Spock? ¿Se encuentra usted bien?
Spock parpadeó lentamente varias veces, y gradualmente recobró el sentido de la vista. El profesor estaba inclinado sobre él, con el entrecejo fruncido por la preocupación.
–¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Qué está haciendo aquí?
Spock se incorporó trabajosamente, con movimientos torpes y bruscos. Unos calambres le subían y bajaban por todos los músculos largos del cuerpo, y tenía la sensación de que la sala giraba en torno a él. Se negó a aceptar aquella percepción; se obligó a fijar la vista en el doctor Mordreaux, que estaba sentado sobre los talones, junto a él.
No se trataba del doctor Mordreaux que acababa de dejar atrás; era un hombre mucho más joven, uno que tenía casi el mismo aspecto que años antes, cuando Spock lo había conocido en Makropyrios. Dentro de un mes habría envejecido diez años a causa de las tensiones de la acusación, el juicio y la sentencia.
–¿Quiere que le ayude a levantarse? –preguntó Mordreaux, cortésmente.
Le tendió una mano pero no tocó a Spock, y este último negó con la cabeza.
–No. Gracias.
Se puso de pie con torpeza pero mediante sus propias fuerzas. El desplazador temporal le golpeó un flanco.
–¿Dónde, en nombre del cielo, ha conseguido eso? –le preguntó Mordreaux–. ¿Y de dónde ha venido usted?
–¿Qué ocurre? –preguntó alguien desde la habitación contigua, y una o dos personas que se hallaban de pie en la puerta se volvieron para responder.
–Alguien acaba de materializarse en la plataforma del desplazador temporal.
–Bueno, señor Spock, ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos por última vez. –El doctor Mordreaux hizo un gesto en dirección al desplazador–. Aunque ha pasado más para usted que para mí, según creo, si contamos desde la época de Makropyrios.
–He venido a hacerle una advertencia, doctor Mordreaux –dijo Spock. Su voz sonaba débil, y no podía contener el temblor de sus manos y rodillas.
Se irguió, obligando al dolor a que lo abandonase, enfrentándose directamente con él. Varias de las personas que se hallaban en la sala contigua se habían reunido apretadamente en la entrada; eran los amigos del doctor Mordreaux, las personas cuyos sueños lo habían enviado por el camino fatal. Spock había abrigado la esperanza de llegar cuando el doctor Mordreaux estuviera solo.
–Venga a sentarse –lo invitó el profesor–. Tiene el aspecto de un muerto.
Incluso para Spock, había llegado el punto en el que tenía que admitir sus limitaciones. Cojeó hasta la sala adyacente, y se sentó en la silla que le ofrecía el profesor.
Las personas que se hallaban en la entrada se apartaron para dejarlo pasar, y permanecieron juntas en un desconfiado círculo formado por seis adultos y cuatro niños.
–¿Qué es lo que quiere, Georges?
–Bueno, Perim, no lo sé todavía.
Los invitó a todos con un gesto a sentarse.
–¿Es usted vulcaniano? –preguntó una niña.
–Éste es el señor Spock –le respondió el doctor Mordreaux–. Era uno de mis mejores estudiantes en la época en que yo ejercía como profesor de física, y ahora trabaja en una nave espacial. Al menos creo que eso es lo que hace ahora... pero puede que haya comenzado a hacer otra cosa en la época desde la que acaba de llegar a visitarnos.
–No –respondió Spock–. Continúo sirviendo en la Enterprise.
Uno de los adultos más jóvenes, de una edad no superior a la de un estudiante, le tendió a Spock un vaso de agua, del que el vulcaniano sorbió ligeramente.
–¿Qué les parece si dejamos de hablar de los viejos tiempos? –propuso Perim. Cogió de la mano a la niña que había formulado la pregunta y la apartó de Spock y el doctor Mordreaux–. ¿Qué está haciendo aquí ese hombre? Es un momento condenadamente inadecuado para hacer visitas, a menos que venga a intentar detenernos.
–¿Es por ese motivo por el que se halla usted aquí, señor Spock?
–Sí, señor, ése es.
Recorrió los rostros con los ojos, preguntándose cuál de aquellas personas había reaccionado –reaccionaría–, con aquel miedo y aquella violencia cuando el doctor Mordreaux del futuro trató de conseguir lo que Spock estaba a punto de intentar en ese momento. El grupo de viajeros del tiempo se apretó estrechamente, y Spock percibió una ira y una aprensión crecientes.
–Señor –dijo Spock–, dentro de un mes será usted acusado del asesinato de estas personas. El cargo contra usted será demostrado, y le acusarán de experimentación carente de ética con seres inteligentes. Sus trabajos no serán reconocidos; ni siquiera se le declarará como clasificado, y se le pondrá bajo control. Lo suprimirán. Engendrará una aprensión tal entre los oficiales ejecutivos y jurídicos, que no verán ninguna otra manera de controlar lo que ha creado. A usted lo enviarán a una colonia de rehabilitación. La Enterprise será la designada para transportarlo. Durante el viaje, provocará usted la muerte de la teniente comandante de seguridad y del capitán James T. Kirk.
–¡Eso es absurdo!
–Es la verdad. No debe continuar adelante con este experimento. Sólo llevará al desastre.
–Espere un momento –intervino uno de los viajeros del tiempo–. Usted está diciendo que no deberíamos marcharnos. Lo que quiere es que nos quedemos aquí.
–Deben hacerlo.
–Podemos dejar constancia de nuestros planes, para que Georges no se encuentre en problemas... todos hemos estado de acuerdo en probar sus teorías.
–Estar de acuerdo, una porra –dijo una mujer de mediana edad que estaba precariamente sentada sobre el respaldo de un sofá–. Nosotros lo convencimos de que nos dejara hacerlo.
–Varios de ustedes dejan constancias –les respondió Spock–, las cuales serán utilizadas contra él, como prueba de las habilidades persuasivas del profesor. Del poder que ejercía sobre ustedes, si lo prefieren.
El doctor Mordreaux se dejó caer en una silla.
–Creía que había tomado todas las precauciones necesarias como para evitar esos problemas –dijo–, pero sin duda puedo tomar otras medidas.
–No serían suficientes –aseguró Spock–; o, quizá sí que lo serían, pero no debe usted continuar adelante con este plan. Su destino, el destino de estas pocas personas... todo eso es relativamente trivial comparado con las más amplias implicaciones de sus actos. El desplazamiento de sus amigos de forma permanente a un punto de la continuidad que no les corresponde, creará una tensión que el espacio–tiempo no puede resistir.
–Santo Dios –exclamó Perim–, parece que esté hablando del fin del universo.
–Con el tiempo, es a eso a lo que equivale.
–¡Con el tiempo, eso es a lo que equivale todo! –dijo la mujer de mediana edad.
–No en un plazo inferior a cien años terrestres.
Silencio.
–¡Vaya una cantidad de mentiras! –exclamó la mujer con tono cortante–. Escúcheme, señor Spock, sea usted quien sea, venga de dónde y de cuándo venga, no me importa cuán fantástico fuese usted como estudiante de física; yo he repasado personalmente esas ecuaciones, y no veo que exista la más mínima posibilidad de crear una distorsión en la corriente del espacio–tiempo.
–Está usted equivocada. El error era inevitable, pero de todas formas cometió usted un error.
–Georges, maldición... –La mujer se volvió para mirar al doctor Mordreaux.
–Es verdad, señor Spock. Me preocupaba que la transferencia creara alguna distorsión, pero simplemente no ocurre eso. Nada en mis ecuaciones demuestra lo contrario.
–Ha cometido algún error –repitió Spock–. Sus planes distorsionan la realidad en una medida tal que el crecimiento de la entropía se acelera. El efecto no es muy grande al principio, claro... pero en un lapso de veinte años las estrellas de mayor tamaño han comenzado a convertirse en novas. Los ecosistemas precarios están desapareciendo.
–Demuéstrelo –le pidió Perim.
Spock miró la terminal de la computadora que estaba en una esquina de la sala.
–Les mostraré cuáles son las derivaciones –respondió.
Trabajó sobre el teclado durante media hora. Los niños se entretenían jugando en otro rincón. Pasados unos pocos minutos, la mayoría de los adultos se retiraron, incapaces de seguir la progresión de la demostración de algo que quedaba tan fuera de sus respectivas especialidades, pero la mujer de mediana edad, Mree, y el doctor Mordreaux, observaban cuidadosamente. Perim, el padre de la niña, estaba asomado por encima del hombro izquierdo de Spock, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Spock abrió un espacio limpio en el centro de la pantalla, y tecleó una nueva ecuación.
–¿Puede saberse qué diablos es eso? –preguntó Mree.
–Las blasfemias no son necesarias –señaló Spock–. Les explicaré cualquier cosa que escape a sus conocimientos.
–No escapa a mis conocimientos –dijo ella con tono iracundo–. Eso es un factor de corrección; resulta bastante obvio. Puede demostrar cualquier condenado hecho que le dé la gana, si le agrega factores de corrección.
–Mree –dijo el doctor Mordreaux–, por favor, déjalo acabar antes de enfadarte; y, señor Spock, fue Mree quien construyó el desplazador temporal en primer lugar. Si pudiera contener un poco su sarcasmo, creo que todos nos sentiríamos más contentos.
–No pretendía ser sarcástico –respondió Spock.
–De acuerdo; pero puede dar perfectamente por supuesto que tanto Mree como yo podemos comprender cualquier cosa que aparezca en la pantalla, siempre y cuando no saque usted sus conclusiones del aire, que es exactamente del sitio del que ha sacado eso, por lo que yo puedo ver.
Spock se reclinó contra el respaldo, descansó las manos sobre las rodillas y miró la pantalla.
–Ésta es la ecuación que se deriva de las observaciones que yo mismo, en esta corriente temporal, estoy a punto de comenzar. Como puede ver, los valores numéricos actuales son extremadamente pequeños, pero como también puede ver, depende del valor de t menos t,, al cuadrado. En pocas palabras, su valor no sólo aumenta, sino que su incremento se acelera.
Volvió a inclinarse sobre el teclado, y les demostró cómo encajaba en factor de corrección en las ecuaciones originales.
El doctor Mordreaux silbó suavemente.
–¡Georges –dijo Mree–, no existe ni el más mínimo rastro de una prueba para ese factor!
–Eso es bastante cierto –respondió Mordreaux––. ¿Qué dice usted a eso, señor Spock?
–No hay prueba alguna de su existencia porque no existe todavía. El valor de t depende del momento en que usted comienza a distorsionar la continuidad temporal mediante el envío de personas al pasado, a las que deja permanentemente allí.
Mree murmuró algo profano e incrédulo.
–Ése es el argumento más estúpido que jamás haya escuchado. Es completamente circular.
–El doctor Mordreaux creó ese círculo –le respondió Spock.
–Lo que usted está intentando es salvar la vida de James Kirk, ¿no es cierto? –Mordreaux miró a Spock con ferocidad, mientras su ánimo dejaba de ser calmado por primera vez–. Por supuesto. Eso es algo obvio. Tiene que tratarse de una persona excepcional. Admiro su lealtad, señor Spock, pero ésa no es razón suficiente como para estropear los planes de todos mis amigos. Usted me ha advertido, y eso es suficiente... No permitiré que me arresten después de haber enviado a Mree y los demás al pasado. Me marcharé al pasado yo mismo si es necesario.
–He estado intentando persuadirte de que hicieras eso desde el principio –le dijo Mree.
Spock se puso de pie y se encaró con su antiguo maestro.
–Doctor Mordreaux, los vulcanianos no mentimos. El efecto entropía me causó a mí considerables... inquietudes... –el admitir eso le requirió una cantidad considerable de esfuerzo, a pesar de que era verdad–... cuando lo descubrí. Creí que se trataba de un error por mi parte, pero usted... una versión futura de usted que ha estado intentando reparar la continuidad de la misma forma que yo... me aseguró que no lo era. Él pertenece a una época en la que los efectos están teniendo consecuencias muy graves.
Mordreaux frunció el entrecejo.
–Los vulcanianos dicen que ellos no mienten, pero para empezar, esa afirmación no es necesariamente cierta, y para continuar usted no es vulcaniano. No enteramente; y los seres humanos son los mejores mentirosos del universo.
–Yo... yo me he esforzado por acentuar los elementos vulcanianos de mi herencia, y suprimir las características humanas.
–¿Por qué no se limita a aceptar mi palabra? No se verá complicado en lo que estoy haciendo, su nave nunca será llamada a Aleph Prime y su capitán estará a salvo.
–El destino de James Kirk no está relacionado con lo que acabo de explicarle. El hecho de que viva o muera no tiene nada que ver con lo que ocurrirá si continúa usted adelante con sus planes.
–¿Dónde está entonces esa fabulosa versión de mí mismo? ¿Por qué no regresa aquí para decirme todo eso por sí mismo?
Spock comenzó a responder, pero Perim, que se hallaba detrás de él, lo aferró de pronto, le hizo una llave con el brazo alrededor de la cabeza y lo arrastró hacia sí, inclinándolo con silla y todo.
–¡No podemos permitir que nos detenga! Ayudadme a atarlo y marchémonos...
Spock dejó que tirara de él hasta que el mismo Perim perdió el equilibrio, y entonces el vulcaniano se agachó y giró sobre sí, arrojando al hombre de mayor tamaño que él por encima del hombro, al suelo. Perim quedó tendido en estado de aturdimiento; ya no representaba un peligro, y Spock se volvió hacia el doctor Mordreaux, satisfecho por haber descubierto cuál de los amigos del profesor tenía el genio vivo.
–Lo intentó –le dijo Spock–. Lo intentó al menos dos veces. La segunda...
Sintió la mano que le aferraba el hombro, un instante demasiado tarde. Los dedos se hundieron en el músculo, buscaron y encontraron el nervio vulnerable antes de que pudiese reaccionar. Lo abandonó toda sensibilidad. Permaneció de pie durante un momento más, balanceándose, y luego se derrumbó.
A través de la niebla de la parálisis, Spock vio que Mree se inclinaba sobre él.
–Se recuperará, Georges –dijo la mujer–; pero Perim tiene razón... marchémonos de aquí antes de que sea demasiado tarde.
Spock luchó para recuperar el control de su cuerpo, pero el conocimiento que poseía Mree de aquella llave era preciso, y lo había incapacitado justo hasta el límite de la inconsciencia. Él no pudo evitar admirarla por el dominio que tenía de aquella técnica. Los humanos que lo intentaban, habitualmente no conseguían efecto alguno, o la usaban de forma tan agresiva que resultaba letal. Sólo un estudiante hábil podía conseguir la inmovilidad sin hacer perder el conocimiento.
El doctor Mordreaux vaciló. Spock podía verlo en la periferia de su campo visual, pero no podía girar la cabeza ni hablarle.
–De acuerdo –dijo abruptamente Mordreaux.
Se trasladaron al laboratorio. Spock luchaba en vano por recuperar la sensibilidad, un poco de poder de movimiento.
El remolino de luz iridiscente, un destello cegador de energía ultravioleta, le dijeron a Spock que había fracasado una vez más. Estaban huyendo hacia un lugar que él jamás encontraría, y podría regresar una vez y otra, y otra más, retroceder y retroceder en el tiempo, fragmentar infinitamente la sustancia misma del universo para intentar inútilmente reparar los daños constantemente causados; pero siempre fracasaría, ahora estaba seguro de ello, siempre ocurriría algo que lo haría fracasar. La entropía ganaría siempre la partida.
Como debía ser.
Lloró de desesperación.
Luchando contra la desesperanza que se había apoderado de él, se arrojó como pudo sobre el pecho. Cada músculo y cada nervio de su cuerpo gritó de dolor cuando se estiró para arrastrarse por el suelo como la criatura tullida que ahora era, como el primer anfibio antiguo que luchaba para respirar en la orilla de un lago que se estaba secando, mientras sabía por el instinto que le conferían las más primitivas interconexiones de su cerebro que probablemente iba a morir si continuaba adelante, que moriría irremisiblemente si se quedaba allí, que su única oportunidad residía en continuar avanzando, en intentar.

Hunter entró en la enfermería de la nave, mientras deseaba estar casi en cualquier otro lugar del universo. Se detuvo en la entrada de la oficina de McCoy.
–Leonard –dijo–, las doce horas de Spock ya casi se han terminado.
–Ya lo sé –dijo McCoy con tono de desdicha–. Hunter, me dijo que el límite máximo era de catorce horas...
–Oh, dioses –exclamó Hunter, exasperada–. Leonard...
–Espere... –McCoy levantó los ojos–. ¿Lo ha oído...? ¡Es el sensor! Se puso en pie de un salto y pasó junto a ella corriendo para entrar en la sala principal de la enfermería.
En la unidad de cuidados intensivos, las señales habían bajado a cero, pero no debido a que la toxina hubiese finalmente ahogado la vida de lan Braithewaite. Hunter echó una mirada a la cama vacía y corrió hacia el pasillo. Vio un atisbo de lan, que desaparecía al girar un recodo.
–¡Está intentando llegar al transportador! –exclamó McCoy.
Hunter se lanzó a la carrera detrás de lan. Él estaba todavía demasiado débil y ella redujo la distancia que los separaba, pero consiguió lanzarse al interior del ascensor. Hunter se abalanzó hacia él, y chocó contra las puertas del ascensor cerradas ya, un segundo demasiado tarde.
–¡Maldición!
Aguardó con impaciencia; McCoy le dio alcance cuando regresaba el ascensor. Ambos se abalanzaron al interior, y en cuanto se detuvo Hunter salió corriendo tras los pasos del fiscal. Éste ya había llegado a la sala del transportador, y ya había abierto la consola; tenía los ojos bajos, fijos en la construcción bioelectrónica que sobresalía del módulo como un tumor maligno.
–¡No lo haga, lan! ¡Dioses, no lo haga! –Es la única salida –susurró él.
Apoyado sobre un codo en la entrada del laboratorio, Spock susurró:
–Doctor Mordreaux...
El reducido grupo de veinte viajeros se separó, y todos se volvieron para mirarlo, sobresaltados al oír su voz. Todos ellos estaban allí.
Spock no podía forzar la vista para enfocarla adecuadamente; creyó que estaba viendo doble. Sin embargo, el segundo doctor Mordreaux bajó tambaleándose de la plataforma del transportador y cayó, al igual que le había ocurrido a Spock; el primer doctor Mordreaux, el que pertenecía a ese tiempo y ese lugar, se arrodilló a su lado y lo volvió de espaldas. El profesor más viejo gimió.
Utilizando la jamba de la puerta para aferrarse, Spock se puso trabajosamente de pie. Mree paseó los ojos de un doctor Mordreaux al otro, y luego volvió a mirar a Spock.
–Señor... –dijo Spock.
–Nada cambió –le respondió el doctor Mordreaux.
–Nada... cambió... –Su voz sonaba como la arena sobre las piedras, suave, seca, efímera–. Esperé, pero el caos...
Spock se obligó a recorrer los pocos metros que lo separaban del profesor, y cayó de rodillas. El doctor Mordreaux del presente lo miraba fijamente.
–Están decididos a marcharse, señor –explicó SpockIntenté demostrarles qué ocurriría...
Mordreaux se le había aferrado a las muñecas.
–No quiero morir así –dijo. Se miró a sí mismo, más joven–. Créeme. Por favor, créeme. –Suspiró, se le cerraron los ojos, las manos le cayeron laxas a ambos lados del cuerpo, y la vida se escapó lentamente de él.
El doctor Mordreaux del presente echó hacia atrás y se sentó sobre los talones.
–Dios mío –susurró Mree–. Dios mío, mirad.
El doctor Mordreaux del futuro se transformó gradualmente en polvo, y el polvo se disolvió en la nada. Mientras se deshacía en partículas subatómicas, Spock se apoderó del desplazador temporal, lo reajustó, y lo arrojó al polvo. Sintonizado como estaba con las moléculas que habían formado el cuerpo del doctor Mordreaux, las arrastró consigo tras estremecerse y desaparecer en dirección a su propio tiempo. Spock se preguntó por qué se había molestado en llevar a cabo aquella reparación en la continuidad del espaciotiempo, cuando parecía que no conseguiría evitar el daño más grave que estaba a punto de comenzar.
Se puso lentamente de pie, moviéndose de forma fatigosa.
–¿Me creen, ahora? –Su fachada de control y carencia de emociones comenzaba a resquebrajarse–. Él sabía que moriría si regresaba tan lejos en el tiempo una vez más. ¡Lo sabía! Tenía miedo de hacerlo. ¡En su época, los cambios provocados por ustedes se han hecho tan intolerables, que él escogió deliberadamente la muerte para intentar detenerlos!
–¿Y qué hay de nosotros? –gritó Perim–. Eso ocurrirá dentro de muchos años, en el futuro. Nuestras esperanzas...
–¿Y las esperanzas de vuestros hijos? –Spock miró a la niña curiosa que le había preguntado si era vulcaniano... se dio cuenta de que nadie había respondido adecuadamente a su pregunta..., y la niña lo miró con absoluta solemnidad, como si ella hubiese comprendido todo lo que acababa de ocurrir. Quizá era cierto que lo entendía mejor que él y que ninguno de los presentes–. En el futuro lejano, cuando su hija haya crecido, y el universo no sea más que un caos... ¿entonces, qué? Usted habrá retrocedido, usted estará a salvo. –Miró a cada miembro del grupo, adultos y niños–. Vuestros hijos sufrirán las consecuencias.
El doctor Mordreaux del presente se puso de pie.
–Señor Spock... –Le temblaba la voz–. Quizá...
–¡Georges! –Perim avanzó un paso con los puños apretados–. ¡No puedes...!
Mree lo cogió por un brazo, aparentemente con suavidad, pero él se detuvo y guardó silencio.
–Creo que vamos a tener que encontrar otras esperanzas –le dijo ella.
–¡No!
–Perim –dijo Mree–. Spock tiene razón. Hemos sido egoístas... lo supimos desde el principio, pero ahora sabemos cuáles serán los resultados de nuestro egoísmo.
–Lo lamento –dijo el doctor Mordreaux. Recorrió a sus amigos con los ojos, Mree, Perim, y los demás que lo habían observado con incredulidad.
Al joven estudiante que le había dado a Spock el vaso de agua, le corrían lágrimas abundantes por las mejillas.
–Hubiera sido... –No pudo terminar.
–Amigos míos, lo lamento –dijo el doctor Mordreaux. Se encaminó hacia el transportador y comenzó a desconectar los agregados. Perim y uno de los otros intentaron detenerlo, pero Mree y los otros tres adultos impidieron que interfiriesen. El doctor Mordreaux acabó de desmantelar el dispositivo y luego, también con lágrimas en las mejillas, abrazó a cada una de las otras personas–. Nunca podré compensarte por esto –dijo finalmente cuando llegó a Perim–. Lo sé.
Perim se apartó del abrazo.
–Estás en lo cierto –le replicó, con un tono más cercano al gruñido que a cualquier sonido humano–. No podrás. –Recogió a su hija y huyó de la casa.

Ian Braithewaite pulsó el botón de control del desplazador temporal. Hunter y McCoy llegaron hasta él al mismo tiempo, pero ya era demasiado tarde; lo apartaron del tablero de control en el momento en el que los agotados motores hiperespaciales rugían al entrar en funcionamiento, tan fuera de sincronía que la misma Enterprise se estremeció. La luz que se derramaba por el transportador comenzó su flujo iridiscente, rojo–anaranjado–amarillo...
McCoy gimió de tristeza y desesperación.
... verde–azul–violeta...
La nave quedó a oscuras; el rayo se desvaneció, y el propio McCoy se encontró tendido sobre el piso. Cuando abrió los ojos, las luces habían vuelto a la absoluta normalidad y se encontraba solo. Se puso trabajosamente de pie; estaba tan entumecido como si hubiera permanecido en ese sitio durante horas. Había ocurrido algo terrible, pero era como un sueño que se le escapaba por entre los dedos cuando intentaba asirlo. Algo había ocurrido, pero no sabía qué era.
–¿Qué estoy haciendo aquí? –murmuró.
Recorrió la sala vacía una vez más, se encogió de hombros y regresó a la enfermería.

En la sala de estar, después de que los demás se hubiesen marchado, el doctor Mordreaux miró tristemente a Spock, y luego a Mree.
–Supongo que será mejor que no publique mi último trabajo –reflexionó.
A pesar de todo lo que había ocurrido, Spock sentía más que una punzada de culpa e incomodidad ante la idea de suprimir el conocimiento. Una vez más, deseó una sociedad humana tan estable como la de Vulcano.
–Creo que será lo mejor –le replicó Mree–. Ciertamente, yo no pienso mencionarlo. Maldición. La idea fue maravillosa mientras duró.
–¿Podría alguno de los otros intentar obligarlos a que construyeran otra vez el desplazador temporal? –preguntó Spock.
Mordreaux se encogió de hombros.
–Podrían hacerlo. ¿Quién sabe? ¿Qué seguridad puede tener uno jamás? Pero creo que ése es nuestro problema, no el suyo, señor Spock.
–Espero no haberle hecho daño –dijo Mree–. Lo lamento.
–Su técnica es intachable –le aseguró Spock–. La felicito.
–Gracias –replicó ella.
Mordreaux miró hacia la entrada del laboratorio, donde su otro yo se había convertido en polvo.
–¿No tendrá usted problemas, señor Spock? Puede regresar a su propio tiempo sin... –Su otro yo había hecho muchos más viajes que yo. –Las fisiologías son diferentes.
–No tengo elección, doctor Mordreaux. Yo no puedo quedarme aquí más de lo que usted puede enviar a sus amigos a las épocas en las que preferirian vivir. Soy consciente d e los riesgos. –Se puso de pie. No tenía sentido permanecer allí por más tiempo y, con bastante probabilidad, era peligroso. A cada momento que pasaba aumentaban las probabilidades de que por inadvertencia cometiese algún acto cuyos efectos acabasen en desastre en algún momento del futuro–. Tengo que regresar –dijo. Recogió el desplazador temporal, y lo sintió suave y frío entre las manos.
–Señor Spock...
–Tengo que regresar –repitió–. Tengo que regresar ahora.
Los dedos se le tensaron convulsivamente sobre el desplazador temporal, porque no quería otra cosa que arrojarlo tan lejos de sí como pudiera y no volver a tocarlo nunca más. No quería volver a viajar a través del tiempo. Estaba demasiado cansado, y no quería luchar más contra el dolor...
Tenía miedo.
–Adiós –se despidió, y pulsó los controles.
Oyó que sus voces lo despedían, al liberar la batería incorporada en el desplazador, la energía que lo envolvió, y luego todos los sonidos se apagaron al ser él arrastrado hacia el ensordecedor remolino. Los ultravioletas lo devolvieron al mundo material.
A pesar de todas las seguridades que le había dado al doctor McCoy, no estaba seguro en el fondo de que él, aquella versión conocedora de la corriente temporal, continuaría existiendo al final de aquel viaje.
La Enterprise se materializó a su alrededor; dispuso de sólo un momento para asegurarse de eso, antes de desplomarse presa de una agonía tan pura que resultaba la única sensación que su mente era capaz de percibir.

La luz iridiscente se desvaneció y Spock había desaparecido. Georges miró a Mree; ella dirigió los ojos hacia la plataforma del transportador y meneó la cabeza.
–¿Crees que no le ocurrirá nada?
–Así lo espero. Tendremos que aguardar durante unas cuantas semanas hasta que regrese a casa. Entonces podré hacerle una llamada a la Enterprise. Si no recuerda nada de lo ocurrido, simplemente le diré hola.
–¿Vas a llamarlo desde aquí?
Georges frunció el entrecejo.
–Si Perim está lo suficientemente enfadado, podría comenzar a amenazarte muy fácilmente. Podrías estar en serio peligro.
Georges pensó en aquello durante unos instantes.
–¿Yo podría estar en peligro? –preguntó, con expresión inquisitiva.
Mree se encogió de hombros.
–Supongo que yo podría construir por mi propia cuenta el desplazador –continuó Georges–, pero Perim sabe tan bien como yo quién fue el que lo hizo.
–Sí –concedió ella–, pero de todas formas yo he estado planeando marcharme de Aleph. No creo que constituya tanta diferencia si viajo a través de la cuarta dimensión, o por la tercera como todo el mundo.
–Crees que yo también debería marcharme.
–Correcto.
–¿Huir?
–Como un conejo –respondió ella. Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar su expresión era más seria–. Georges, ¿qué es lo que te retiene aquí?
–No mucho –admitió él. Los segundos se alargaron, mientras Mree y Georges se miraban el uno al otro, recordando otras conversaciones muy parecidas a ésa.
Te pedí que te vinieras conmigo bastantes veces antes de ahora –dijo ella–. ¿Debo pedírtelo una vez más o estás deseando que no lo haga?
–No –respondió él–. No tienes que volver a pedírmelo. Sea a donde sea que piensas ir... ¿crees que tendrán alguna ocupación para un científico loco?
–Sin duda –le respondió ella–. Siempre y cuando formes equipo con una inventora loca. –Hizo un gesto para señalar el desplazador temporal–. Piensa en los proyectos en los que podríamos trabajar juntos. No puede irnos mal, te lo aseguro.
Se echaron a reír juntos, con tristeza, y se abrazaron muy estrechamente durante largo rato.

Gritando de forma incoherente, Jim Kirk se sentó en su lecho. Se llevó las manos a la cara: algo estaba intentando apoderarse de sus ojos...
Las luces aumentaron gradualmente en respuesta a su movimiento; estaba en su camarote, en su nave, todo estaba en orden. No había sido más que una pesadilla.
Volvió a tenderse y se frotó el rostro con ambas manos. Estaba empapado en sudor. Aquél era el sueño más realista que había tenido en mucho tiempo. El acto terrorista que había presenciado al principio de su carrera en la Flota Estelar lo había atormentado durante años con sueños de la misma naturaleza que aquél. Aparecía una silueta en sombras, lo apuntaba con un arma, y disparaba; luego, como si él fuese dos personas separadas, se observaba morir y se sentía morir al infiltrársele la telaraña en el cerebro. El sueño siempre acababa cuando la muerte de color gris acero le nublaba los ojos.
Se frotó el pecho, justo por encima de la clavícula, donde le había penetrado la bala de aquel sueño.
–Al menos podría haberme matado de forma instantánea –dijo en voz alta, buscando desesperadamente aunque fuese un poco de humor negro, sin poder encontrarlo.
Sin embargo, el sueño anterior a la pesadilla había sido diferente. Se trataba de otro sueño que no tenía desde hacía mucho tiempo; había soñado con Hunter. Intentaba no pensar siquiera en ella durante la mayor parte del tiempo. Había estado muy cerca de destruir la relación que tenía con ella a causa de su inmadurez, y sin duda había destruido su intimidad con ella.
¿Por qué no creces, Jim?, pensó. Los sueños no vienen a ti sólo para entretenerte, sino que aparecen para darte un buen consejo. Se te ha advertido de tu mortalidad, aunque si tienes suerte encontrarás una muerte mejor que la que acabas de soñar. De todas formas, eres mortal... y también lo es ella. Durante la mayor parte del tiempo, ella corre más peligros que tú. ¿Qué ocurriría si un día le sucediese algo y tú nunca le hubieras dicho lo que sentías, o al menos que sabías que habías actuado como un consumado estúpido?
Hizo bajar las luces nuevamente con un gesto, y permaneció tendido en la oscuridad intentando dormirse otra vez; pero sabía que por la mañana no habría olvidado los sueños de aquella noche.

En el camarote en penumbra, Hunter levantó los ojos de la pantalla lectora iluminada, y se estremeció. ¿Se habría quedado dormida? No lo creía así. Se tendió de espaldas, se desperezó, se frotó las sienes y volvió a concentrarse en el lector. El artículo era bastante difícil después de tantos años pasados desde sus estudios de física, pero el trabajo era lo bastante raro como para interesarle. Siempre había pensado que Georges Mordreaux estaba un poco loco, y aquel trabajo confirmaba sus sospechas. Era el cuarto artículo de una serie de cinco, y la fecha de publicación databa de dos años antes. Hunter no pudo encontrar ninguna referencia de la monografía consecutiva, el trabajo número cinco.
Se preguntaba qué habría sido de Mordreaux después de que se marchara de Makropyrios en un arrebato de ego herido e irritado. Siempre firmaba sus artículos, pero nunca agregaba el lugar en que los había escrito.
Hunter se sentía demasiado inquieta como para concentrarse en la física. Apagó el lector, lo plegó nuevamente contra la pared, y subió al puente para preparar su nave para que entrara en los muelles de Aleph Prime.
Necesitaba reemplazar las bajas de su tripulación mucho más que reparar la Aerfen, pero la Flota Estelar había recibido su pedido y aún no se había dignado responderle. Cada vez que Hunter tropezaba con la burocracia, cosa que ocurría con más y más frecuencia a medida que aumentaba su responsabilidad, soñaba con renunciar. Siempre podría unirse a los comandos libres; o marcharse simplemente a casa y quedarse allí durante un tiempo. No tendría derecho a un año sabático hasta dentro de dos más; lo mejor que podía esperar, entre tanto, eran unas pocas semanas de permiso para estar con su familia, con su hija; y unos días para estar sola, en las montañas, para renovar su amistad con las águilas fénix que la habían vigilado mientras buscaba su nombre de sueño.
Hunter meneó la cabeza. A veces, podía ponerse insoportablemente sentimental; si se ponía un poco más emocionalmente tonta, comenzaría a pensar en Jim Kirk, lo que le provocaría un grave ataque de «si al menos».
Si al menos él fuese una persona completamente distinta, pensó Hunter. Si al menos yo también lo fuera. Entonces, las cosas habrían funcionado perfectamente.

De camino a su oficina, lan Braithewaite se detuvo y asomó la cabeza al interior del despacho de la defensora de oficio de Aleph Prime.
–Hola, Lee, ¿qué tal estás?
–Mejor –respondió ella–. Debo de haber comenzado a coger un virus, pero ya se ha marchado. –Eso está bien.
–¿Hay algo interesante a la vista? –preguntó ella–. Estoy cansada de pedir que les reduzcan la pena a una multa a los mineros borrachos. ¿Por qué no descubres un buen caso de contrabando?
–Ya me gustaría –le aseguró él.
–¿Quieres que vayamos a tomar un café, más tarde? –Claro –respondió lan–. Nos veremos después de los juicios.
Se encaminó pasillo abajo en dirección a su oficina para comenzar a trabajar sobre una pila moderadamente pesada de cantidades de casos aburridos como los que tenía día tras día, siempre igual.

Sin un solo sonido, sin un solo movimiento, Mandala Flynn se despertó. En un instante, pasó del sueño profundo a la vigilia absoluta. Estaba helada a causa del sudor del miedo.
Casi tan rápidamente como se había despertado, recordó dónde se hallaba; en su propio camarote, en la Enterprise, su nuevo destino. No estaba nuevamente en la patrulla, ni en medio de una lucha a fuego abierto. Se frotó la zona dolorida que quedaba debajo de la cicatriz que le cruzaba el hombro izquierdo. Debía de haber forzado demasiado el hueso soldado durante el entrenamiento del día anterior. Tendría realmente que encontrar el tiempo necesario para hacerse regenerar ese hueso. Era una tontería aceptar esa incomodidad; y esa vez el dolor había despertado recuerdos y le había provocado aquella pesadilla.
Pero no era más que una pesadilla. Se había enfrentado con los peligros y los había superado, de la misma forma en que había vencido otros peligros, peligros reales, y la lucha y la victoria la habían inundado de un regocijo feroz.
Hikaru dormía plácidamente a su lado. La luz débil destellaba sobre los hombros de él. Yacía boca abajo, con la cabeza apoyada sobre un brazo, vuelto hacia ella. El día anterior, ambos se habían dado cuenta de que querían y necesitaban pasar juntos todo el tiempo posible, incluso a pesar de que él fuera a 'marcharse pronto de la Enterprise.
Era un hombre tan dulce... A Mandala no le gustaba pensar que se endurecería con la violencia que iba a encontrar en su próximo destino; pero no iba a decírselo. Las razones de ella eran demasiado egoístas; y eso sería, en efecto, pedirle que renunciara a sus ambiciones.
Puede que él fuese lo suficientemente fuerte como para pasar por esa experiencia sin que lo cambiase. Era posible; aunque era tan probable como las posibilidades de ascender sin trasladarse de nave.
Apartó los pensamientos deprimentes, ya que aún se sentía entusiasmada por el sueño que acababa de tener. El corazón le latía apresuradamente; estaba emocionada. Se inclinó y depositó un bezo en la curva del hombro de Hikaru. Luego le besó la mejilla, la oreja, la sien. Él abrió los ojos, los cerró y volvió a abrirlos.
Respiró profundamente.
–Me alegro de que me hayas despertado. –Y yo me alegro de que te hayas despertado.
Ella recorrió la espalda de él con los dedos, lánguidamente, y él se estremeció.
–Me has sacado de una pesadilla –dijo él. –¿Muy mala?
–Al parecer, sí... pero ahora no puedo recordar nada.
Ella se aproximó más a él, le rodeó los hombros y lo acunó. Él la abrazó estrechamente y enterró el rostro entre los cabellos largos y sueltos de ella, hasta que Mandala consiguió ahuyentar la inquietud y el cuerpo de él comenzó a responderle.
Ella se inclinó sobre Hikaru, dejando que sus cabellos cayeran como una cortina en torno a los dos. Él sonrió cuando el pelo le hizo cosquillas en el cuello y los hombros. Mandala lo acarició, dibujando líneas cálidas con los dedos y líneas frías con su anillo.
–Eres muy hermoso –dijo Mandala, y se inclinó nuevamente para besarlo antes de que él pudiese pensar en algo que decir.
Jenniver Aristides y Snnanagfashtalli estaban sentadas la una frente a la otra en la sala de guardia, jugando al ajedrez. Ambas preferían el clásico tablero de dos dimensiones al de tres; era más claro y menos exigente, aunque conservaba la infinita complejidad del juego.
–Al menos si le pido a Mandala Flynn un traslado, no me escupirá a la cara –comentó Jenniver.
–No –concedió Fashtall–. Ella no es como el anterior. No es de los que escupen a nadie.
–Lo que ocurre es que me resulta demasiado penoso conseguir que alguien crea que no me gusta estampar a la gente contra el suelo a la primera oportunidad que se me presenta –continuó Jenniver, y se encogió de hombros–. Supongo que no puedo culparlos.
Fashtall levantó su fina cabeza y la miró desde el otro lado de la mesa, con sus interrogativas pupilas marrones.
–Yo te creo –le aseguró–. No se atreverán a decir que no te creen delante de mí; y nadie va a intentar escupirte a la cara.
–El predecesor de Maldala Flynn nunca lo hizo en realidad, ¿sabes? –dijo Jenniver suavemente–. No llegaba tan arriba.
–El predecesor de Mandala Flynn se ha marchado –le recordó Fashtall–, y ahora es Mandala Flynn nuestro oficial superior. Si no te concede el traslado a un departamento de botánica, al menos te dará una razón para no hacerlo. No creo que vaya a retenerte durante más tiempo del obligatorio, si sabe que no eres feliz.
–Tengo miedo de hablar con ella –le confesó Jenniver.
–No va hacerte ningún daño, y tú no vas a hacérselo a ella. ¿La has observado cuando practica judo? Ningún ser humano corriente de la nave podría vencerla, ni siquiera el capitán.
–¿Podrías vencerla tú? –preguntó Jenniver.
Fashtall la miró, parpadeando.
–Yo no juego limpio, con esas reglas.
La mutante se echó a reír. Mientras meditaba acerca de que Fashtall tenía mucho más sentido del humor del que nadie era capaz de creer, Jenniver movió el peón de su reina.
Pasado un momento, Fashtall gruñó.
Jenniver le dedicó una sonrisa.
–Ni siquiera estás en jaque.
–Pronto lo estaré. ¡Amenazada por un peón! –Profirió otro sonido de irritación– Tú siempre piensas un movimiento por delante de mí, amiga Jenniver, y te envidio por ello.
Se volvió repentinamente, con el pelaje moteado del cuello de punta, como un collar erizado.
–¿Qué ha sido eso?
–Algo ha caído. Alguien. En el observatorio.
Fashtall salió de un salto de la sala de guardia, sobre las cuatro extremidades, y Jenniver la siguió, corriendo cómodamente en aquella gravedad absurdamente baja. Se adelantó a Fashtall y llegó primero al observatorio.
El señor Spock se balanceaba, de pie, en medio de la sala débilmente iluminada, con los ojos tan completamente en blanco que sólo se le veía la esclerótica; tenía el cabello en desorden, la sangre le bajaba por el rostro desde una herida abierta en la sien izquierda y, lo más extraño de todo resultaba –en cuanto Jenniver lo advirtió– que, en lugar del uniforme de la Flota Estelar, tenía puesta una holgada túnica de color marrón. Se apresuró a acercarse a él; su bota pisó un artilugio que se deshizo como si fuera de plástico. Jenniver vaciló, temerosa como siempre de haber dañado por inadvertencia una de las frágiles pertenencias de los delicados seres que la rodeaban; pero el suelo estaba cubierto de fragmentos ambarinos; fuera cual fuese el daño, lo había causado ella.
A Spock se le doblaron las rodillas, y Jenniver se olvidó de los trozos del objeto roto que la rodeaban; saltó hacia delante y recogió al oficial científico antes de que cayera al piso. Mientras lo sostenía, Fashtall se irguió sobre las extremidades traseras y le tocó la frente.
–Fiebre –sentenció–. Alta... demasiado alta incluso para un vulcaniano.
Spock levantó la cabeza.
–Mis observaciones... –dijo–. Entropía... –En sus ojos había una expresión confusa y enloquecida–. El capitán Kirk...
–Fashtall, ve a despertar al doctor McCoy. Yo ayudaré al señor Spock a llegar hasta la enfermería.
Las patillas blancas de Snnanagfashtalli se erizaron; era un gesto que indicaba asentimiento. Saltó limpiamente por encima del instrumento destrozado y desapareció en el interior del pasillo.
–Estoy bien –aseguró Spock.
–Está usted sangrando, señor Spock.
Se llevó una mano a la sien; cuando retiró los dedos, estaban mojados de sangre. Luego se miró las mangas, que eran de seda marrón y no de terciopelo azul.
–Déjeme que lo lleve a la enfermería –le pidió Jenniver–. Por favor.
–¡No tengo necesidad alguna de asistencia médica!
Ella pensó que su propio comportamiento era cruel, pero no se le ocurría otra cosa que hacer, excepto obedecerle. Estaba aguantando la mayor parte de su peso; lo soltó, tan lentamente como se atrevía a hacerlo, de forma que él tuviera tantas posibilidades de aguantarse sobre los pies como ella le proporcionara para sujetarlo; pero tal y como había temido, las rodillas no soportaban el peso del propio cuerpo. Volvió a desplomarse, y una vez más ella evitó que se desplomara.
Ella miró hacia la pared del otro lado de la sala, no a sus ojos; si ella hacía como que no se había dado cuenta, quizá él pudiera convencerse de que ella no había visto lo ocurrido.
–Voy hacia la enfermería –le dijo ella–. ¿Querrá venir usted conmigo?
–Alférez Aristides –dijo él suavemente–, mi orgullo no requiere tanta protección. Le agradeceré que me ayude.

Leonard McCoy caminaba de un lado a otro por su oficina, mientras se preguntaba qué habría hecho para merecer aquel terrible insomnio. El inexplicable período de inconsciencia pasado en la sala del transportador, se tratara de lo que se tratase, no había hecho nada para aliviar su cansancio; sólo había conseguido empeorarlo, y hacer que él se preocupara aún más por ello. Se sentía como si hubiera pasado por una borrachera como las que no cogía desde que era un barbilampiño estudiante sin graduación, a pesar de su reputación y su pose de bebedor duro de la vieja escuela del sur. Sin embargo, no había bebido nada más fuerte que el café –y una cantidad muy pequeña de éste desde que había comenzado a tener problemas para dormir–, desde el café y el brandy de la recepción de oficiales ofrecida en honor de Mandala Flynn; difícilmente podía ser un exceso que regresara para aquejarlo dos meses más tarde.
–¡Doctor McCoy! –Snnanagfashtalli se irguió elegantemente sobre las extremidades traseras, desde su posición de carrera–. El señor Spock está enfermo. Tiene fiebre, al menos tres grados centígrados...
–El señor Spock siempre tiene fiebre de por lo menos tres grados centígrados.
–Al igual que la tengo yo –replicó ella, echando hacia atrás las orejas–, en términos humanos.
Gruñido no era de las que estaba dispuesta a intercambiar frases ingeniosas; McCoy se puso rápidamente muy serio.
–¿Dónde se encuentra?
–Está consciente, así que la alférez Aristides lo ayudará a llegar hasta la enfermería.
–Perfecto. Gracias.
McCoy se sintió aliviado cuando Gruñido volvió a levantar las orejas.
Jenniver Aristides entró con Spock en brazos. El vulcaniano estaba inconsciente; sus largos brazos pendían, laxos, y tenía la cabeza echada hacia atrás. Cada pocos segundos, una gota de sangre salpicaba el suelo.
–Se desmayó hace apenas un minuto. –A pesar de que la alférez era cabeza y hombros más alta que McCoy, hablaba con voz insegura–. Pensé que sería mejor traerlo que esperar una camilla.
–Ha demostrado muy buen juicio. –McCoy suspiró–. Tenía miedo de que esto ocurriera; ha trabajado tanto que ha llegado al agotamiento más absoluto.

Epílogo


Jim Kirk se hallaba sentado sobre el borde de la cama de Spock, dándole vueltas y más vueltas en las manos a un trozo de extraña forma de un artefacto roto. Nunca antes de ese momento había visto nada ni remotamente parecido, y no podía imaginarse qué era... o qué había sido. Se trataba del único trozo lo suficientemente grande como para poder examinarlo; los demás fragmentos diminutos se hallaban en el interior de una caja que tenía cerca.
McCoy entró y se sentó, mientras se frotaba los ojos con gesto de cansancio.
–Bones –le dijo Jim–, lo llamaré cuando comience a despertarse. ¿Por qué no se va a dormir un poco?
–Ése es precisamente el problema; lo he estado intentando –le respondió McCoy–. Sea lo que sea lo que Spock se haya hecho a sí mismo para no necesitar dormir, creo que me lo ha contagiado.
Jim pasó los dedos a lo largo de la suave superficie ambarina curva, y los detuvo en el borde toro.
–Me he sentido inquieto durante los últimos dos días –continuó McCoy–. Es como si estuviera a punto de suceder algo terrible y yo no pudiese hacer nada por evitarlo; o algo que ya ha ocurrido y de lo que ni siquiera me he enterado.
Kirk sonrió.
–¿Usted sólo lo ha sentido durante un par de días? Yo estoy sintiéndome así desde que entramos en el campo de influencia de ese condenado fenómeno de vacío.
Miró a Spock, que no se había movido en absoluto desde que Kirk había entrado en la habitación.
–¿Va a ponerse bien, Bones?
–Creo que sí.
–¿No está seguro? –preguntó Kirk con sobresalto, porque había formulado aquella pregunta con la única finalidad de obtener una respuesta tranquilizadora.
–Estoy razonablemente seguro –le respondió McCoy–, pero no comprendo, para empezar, cómo llegó al estado en que se encuentra. He estado esperando durante días que alguien lo entrara en volandas aquí, exhausto...
–Usted sabía que no estaba durmiendo...
–Sí.
–... ¿y no me dijo nada?
–¿Y qué hubiera hecho usted? ¿Prohibírselo? –McCoy sonrió–. No se lo conté por una cuestión de ética profesional. Por el carácter confidencial de las relaciones entre un médico y sus pacientes, no porque deseara que mi capitán me arrancase la cabeza de un mordisco.
–De acuerdo, de acuerdo; ¿pero qué daño ha sufrido, si se trata de agotamiento?
–Es agotamiento, pero del tipo que yo esperaría si Spock hubiese pasado por un esfuerzo físico terrible. Digamos que un par de maratones vulcanianas... unos cien kilómetros a través del desierto. Lo que resulta completamente inexplicable es la herida de la cabeza. No se la hizo al caer... se reabrió una rozadura de bala que estaba parcialmente cerrada; y fue curada con sintético dérmico para híbridos. Spock sabía que yo había preparado esa piel para que se adaptara a su fisiología. Podría haberla utilizado por su cuenta, pero ocurre que no lo hizo; el paquete continúa almacenado y sin abrir. –Interrumpió el discurso y se encogió de hombros–. ¿Quiere que continúe?
–No. Eso puedo hacerlo yo mismo. Estaba sin uniforme... y nunca lo había visto sin uniforme en la nave. Además... –sopesó el trozo de aparato extraño–, esto no es nada que yo haya visto antes. Scotty no sabe para qué sirve. Está principalmente construido con cristales bioelectrónicos, los cuales son tan nuevos que es difícil conseguirlos. Yo nunca firmé una orden de pedido de estas cosas, y no tenemos constancia de haberlos traído a bordo.
El señor Spock, cuya consciencia se abría lentamente paso desde las profundidades del sueño, advirtió gradualmente el sonido de las voces que lo rodeaban. Estaban hablando de él, pero todavía no podía extraer un significado de las palabras. Intentó concentrarse.
–Está ocurriendo algo muy extraño –dijo Jim Kirk–.Algo que no comprendo, y eso no me gusta nada.
–¡Jim!
Spock se sentó de forma tan brusca que cada músculo, articulación y tendón le rechinó; era consciente de la sensación, pero insensible a la misma, como debía ser, pero por razones erróneas. Aferró un brazo de Jim. Era sólido y real. El alivio y, sí, el júbilo, invadieron al vulcaniano. Deslizó la mano hacia arriba por el brazo u Jim; comenzó a tenderla hacia lo alto para apoyarle la mano sobre la mejilla y sentir la inquietante energía de la mente ilesa de Jim.
Se retiró abruptamente, impresionado por su propio impulso; desvió la mirada hacia la pared, mientras luchaba para recuperar el control de sus emociones.
–¿Qué le ocurre, Spock? Bones...
–Bueno, usted quería que se despertara –comentó secamente McCoy.
–No ocurre nada malo, capitán –aseguró Spock, y volvió a tenderse sobre el lecho. Su voz era lo suficientemente firme como para que no se le notara que estaba al borde de la rosa, de las lágrimas–. Estoy meramente... muy contento de verlo.
–También yo estoy contento de verlo a usted. –La expresión de Kirk era burlona–. Ha estado ausente durante bastante tiempo.
–¿Durante cuánto tiempo, capitán? –preguntó Spock, con urgencia en la voz.
–Un par de horas. ¿Por qué?
Spock se relajó.
–Porque, señor, el fenómeno de vacío está en proceso de convertirse en un pequeñísimo agujero negro, como lo llamaría usted, según las tradiciones de la Tierra, un agujero negro Hawking. Cuando el proceso haya sido completado, el sistema hará explosión.
Kirk se puso en pie de un salto y se encaminó hacia la puerta.
–Capitán –dijo Spock.
Kirk giró la cabeza.
–La Enterprise no corre ningún peligro –le aseguró el vulcaniano–. El proceso continuará durante al menos seis días más.
–Oh –dijo Kirk, y regresó junto a Spock–. Muy bien, señor Spock. ¿Qué ha ocurrido?
Spock levantó una mano y se tocó la herida de bala que tenía en la sien. Apenas se la notaba, porque McCoy había vuelto a cubrir la rozadura con sintético dérmico, y lo había protegido con venda transparente en aerosol. Su túnica marrón y oro estaba arrugada sobre una mesa, al otro lado de la habitación... y Jim tenía entre las manos los restos del desplazador temporal.
–Estaba usted en el observatorio –le explicó KirkGruñido lo oyó caer. Jenniver Aristides lo trajo a la enfermería. ¿Lo recuerda?
Los recuerdos de Spock estaban demasiado claros y definidos. Paseó los ojos de Jim a McCoy. Ninguno de los dos había existido como era ahora, en la corriente temporal alternativa, y Spock tenía recuerdos bastante claros de una corriente temporal en la que sus observaciones se habían desarrollado con absoluta normalidad; el fenómeno de vacío en sí había hecho su aparición, y a pesar de que él no podía deducir qué lo había provocado, estaba claro desde el principio que muy pronto se autodestruiría y dejaría de representar un peligro. La Enterprise no había recibido la llamada de Aleph Prime. El doctor Mordreaux no había subido nunca a bordo, y Spock no había detectado ninguna aceleración en el incremento de la entropía.
Y entonces él había aparecido en su observatorio, arrastrado hacia la Enterprise a través del espacio y el tiempo, hasta el lugar al que pertenecía y, simultáneamente al parecer, los fallos de cálculo que había cometido con respecto a su resistencia lo habían superado. El viaje, o el agotamiento, o ambas cosas, habían hecho que perdiera el conocimiento.
–¿Spock? –dijo suavemente Jim–. ¿Lo recuerda?
–No, capitán –dijo Spock con bastante sinceridad–. No puedo comprender qué fue lo que ocurrió.
No había esperado recordar los acontecimientos del bucle temporal que él había hecho volver sobre sí mismo y borrado de la existencia, pero los recordaba.
Había aprendido cuán frágil era la continuidad temporal. Él no la había devuelto a su forma original, sino que sólo la había remendado en los sitios en los que estaba más gravemente desgarrada; había puesto parches sobre las peores roturas,y esperaba que se mantuvieran en su sitio; quizá no debería sorprenderle que las costuras no fuesen demasiado rectas y la textura no muy lisa. Si las inconsistencias no eran peores que un fenómeno astronómico inexplicable que tendría que continuar siendo un misterio, y conflictivos conjuntos de recuerdos alojados en su propia memoria, tal vez entonces tendría que aceptarlos con elegancia y agradecimiento.
–Le pido que me disculpe, capitán. No consigo recordar qué ocurrió.
–Tiene una ligera conmoción cerebral –le explicó McCoy–. Puede que recupere la memoria cuando se haya recobrado de ella.
Spock abrigaba la sincera esperanza de que no fuese así, pero no lo dijo.
Kirk sopesó el trozo del desplazador temporal.
–Quizá pueda, al menos, explicarme qué es esto.
–Por supuesto, capitán. Es un instrumento que me ayudó a completar mi misión.
A pesar de que aquello era técnicamente exacto, se parecía lo suficiente a una mentira como para hacer que Spock se avergonzase de sí mismo.
–¿De dónde lo ha sacado?
–Lo construí, capitán.
–¡En esta nave no hay componentes bioelectrónicos!
–Eh, Jim –intervino McCoy–. Tranquilícese, ¿quiere?
–Claro, Bones, en cuanto el señor Spock responda a mi pregunta.
–Ésa no fue una pregunta, capitán –señaló Spock–. Fue una afirmación. Sin embargo, es muy cierto que la Enterprise no lleva a bordo componente bioelectrónico alguno. De todas formas, si me permite señalárselo, una de las propiedades más interesantes de los cristales bioelectrónicos es que se pueden cultivar. –Tendió la mano hacia el desplazador temporal.
Kirk le echó una mirada feroz y luego sonrió de pronto.
–Bueno, señor Spock –declaró–, nunca pensé que tuviera usted dedos verdes.
Inexplicablemente, McCoy profirió un gemido.
–¡Ya basta! ¡Fuera de aquí!
Spock se miró las manos. No comprendía la observación del capitán porque si, por cualquier razón en particular, se le ocurría pensar en los dedos de Spock, seguramente advertiría que eran, de hecho, ligeramente verdosos.
–Spock –dijo Kirk, nuevamente serio–, no me lo está contando todo, y eso no me gusta demasiado.
–Capitán... en las vecindades de un fenómeno de vacío temporal, lo único que puede uno predecir es que ocurrirán cosas que uno no podrá predecir.
–Entiendo que no le importaría extender su discurso sobre la naturaleza de esos acontecimientos.
–Preferiría no hacerlo, capitán.
Kirk frunció el entrecejo, y Spock pensó que se negaría a devolverle los restos del desplazador temporal. Bruscamente, Kirk volvió a sonreír y le tendió el aparato al oficial científico.
Spock lo aceptó.
–De acuerdo, señor Spock. Confío en usted y tengo fe en que su juicio, por lo que respecta a que sea lo que sea lo que no puede explicarnos, no afectará para nada la seguridad de esta nave ni de ninguno de sus tripulantes.
–Su confianza no se verá traicionada –respondió Spock.
McCoy cruzó los brazos a la altura del pecho.
–Y ahora que los dos han intercambiado expresiones de confianza eterna, quiero que usted –miró a Kirk con ferocidad– salga de aquí, y quiero que usted –desplazó su mirada de irritación hasta Spock– vuelva a dormirse. Es una orden.
Jim se echó a reír.
–De acuerdo, Bones. Señor Spock, ¿podemos marcharnos ya de este lugar?
–Sí, capitán. Mis observaciones han concluido. –Fantástico. –Kirk se puso de pie y se volvió para salir de la enfermería.
Spock se incorporó y apoyó sobre un codo. –Capitán... Jim...
Kirk volvió la cabeza.
–Gracias –le dijo Spock.
Al girar en un recodo del pasillo, Jim Kirk vio al señor Sulu delante de sí, que se encaminaba hacia el turboascensor.
–¡Señor Sulu! –lo llamó. El oficial navegante no se volvió; Kirk lo llamó nuevamente.
Sulu se detuvo en seco, y se encaró con él.
–Lo siento, capitán. Estaba... pensando en algo.
Continuaron pasillo abajo, uno junto a otro.
–¿Va a subir al puente?
–Sí, señor. Mi turno comienza dentro de diez minutos –contestó solícito.
–Me alegro de que comience ahora –le aseguró Kirk–. El señor Spock ha terminado su trabajo y podemos marcharnos de aquí. Prefiero tenerlo a usted al timón antes que a cualquier otro oficial cuando maniobramos por las vecindades de un fenómeno de vacío.
–Pues... gracias, capitán –respondió Sulu, obviamente asombrado por aquel espontáneo halago.
Sulu ha tenido aspecto de preocupación, últimamente, pensó Kirk; y tiene auténtica necesidad de un corte de pelo. También se está dejando el bigote... ¿por qué está haciendo todo eso? Comienza a tener el aspecto de alguien que pertenece a las patrullas de frontera, no a una nave de línea. Claro que es cierto que se ha hallado bajo mucha presión...
Estuvo a punto de hacer una broma con los cabellos de Sulu, una broma que Sulu comprendería claramente como una sugerencia de que al menos se lo hiciera recortar un poco.
¿Por qué quieres que se corte el pelo?, se preguntó Kirk. No constituye diferencia alguna para su trabajo; no es probable que vaya a enredársele en la arboladura.
Crece, Jim, pensó una vez más.
–¿Está usted contento en la Enterprise, señor Sulu?
Sulu vaciló. Al responder, el tono de su voz daba a entender que había estado pensando en esa pregunta con mucho ahínco durante largo tiempo.
–Sí, capitán. Es el mejor destino que jamás podría desear, y el mejor que jamás podría obtener.
Kirk se disponía a presentar objeciones para quitarle importancia al halago implícito en aquella respuesta, pero vio una interpretación alternativa para las palabras que Sulu acababa de pronunciar. Kirk conocía muy bien el historial de Sulu; sabía con qué ojos lo miraría un burócrata consumado. «Variedad de experiencia, insuficiente», sería el análisis más probable, a pesar de que nadie podía exigir una variedad mayor de experiencia que la que proporcionaba el servicio en la Enterprise. Desgraciadamente, el historial era lo que contaba, primordialmente, y Sulu sabía eso tan bien como cualquiera.
De pronto, Kirk se dio cuenta: si quiere avanzar en su carrera, es casi inevitable que acabe por pedir que lo trasladen de la Enterprise. Vas a perder al mejor oficial navegante que esta nave ha tenido jamás si no haces algo y lo haces pronto.
–He estado pensando –declaró Kirk–, y lo que creo es que ya es hora de que hablemos de cómo conseguir que su historial refleje todas las responsabilidades que pesan sobre usted, y no sólo las formales. Sería una condenada vergüenza si en algún momento de su carrera aspirase usted a un determinado puesto, y se lo dieran a alguien mediocre e incompetente sólo porque él ha ascendido en la escala por el camino habitual y usted no.
La expresión de Sulu le proporcionó a Kirk excusas suficientes para felicitarse.
–La solución no es la de normalizar su historial –señaló–, sino la de conseguir que sea único, de forma que tengan que juzgarlo en sus propios términos. Creo que un buen primer paso sería un ascenso de servicio a teniente comandante. No hay duda de que obtendría de todas formas ese ascenso dentro de pocos años, pero un ascenso en servicio es algo lo suficientemente insólito como para destacarse incluso ante los ojos de los burócratas.
–Capitán... –La voz de Sulu denunciaba un cierto pasmo.
–Por supuesto, eso significará una mayor responsabilidad.
–Eso estaría bien –dijo Sulu–. ¡Quiero decir... que eso sería maravilloso!
–Perfecto. Reunámonos para hablar del asunto. Usted da clases de esgrima por las tardes, ¿no es así?
–En días alternativos. Durante las otras tardes de la semana, tomo clases de judo con la teniente comandante Flynn. –¿A qué hora termina?
–Alrededor de las mil seiscientas, señor.
–Entonces, ¿qué le parece las mil setecientas, mañana, en el salón de oficiales?
–¡Allí estaré, capitán! Gracias, señor.
Kirk asintió con la cabeza. Llegaron al turboascensor, entraron, y comenzaron a subir en dirección al puente. –Por cierto, señor Sulu, creo que ése será un bigote muy distinguido cuando haya crecido un poco más.
A Sulu le subió el color a las mejillas. –Lo digo en serio –agregó Kirk.
–No estaba seguro de que a usted fuese a gustarle, señor. –Yo mismo me dejé el bigote hace algunos años. –¿Ah, sí? ¿Por qué se lo afeitó? –Se lo contaré si me promete no decírselo a nadie. –Claro que se lo prometo, señor.
–Era de color rojo. Rojo ladrillo. Era la cosa más ridícula que haya visto en mi vida.
Se echó a reír, y Sulu hizo lo mismo.
–No creo que el mío acabe siendo rojo, capitán –dijo Sulu.
Las puertas del ascensor se abrieron, y ambos salieron al puente. Kirk le sonrió a Sulu.
–No, realmente no creo que tenga que preocuparse usted por esa posibilidad.
Kirk ocupó su sitio; Sulu sustituyó al segundo oficial y comprobó los controles.
–Señor Sulu –dijo Kirk–, trace el curso para sacarnos de aquí.
–¡Sí, señor!
Le llevó sólo unos pocos segundos; había estado preparado para alejar la nave del fenómeno de vacío casi en cualquier momento; estaba preparado para cualquier clase de emergencia.
–Curso programado, señor. Velocidad hiperespacial, factor uno.
–Gracias, señor Sulu.
Como un pájaro en libertad, la Enterprise se soltó de la garra del fenómeno de vacío, lanzándose a través de las flameantes cortinas de materia en desintegración que la rodeaban, y voló hacia el espacio profundo.

DIARIO DE A BORDO DEL CAPITÁN, FECHA ESTELAR 500I.I:

Estamos a un día de distancia del fenómeno de vacío, y el desasosiego que se apoderó de la Enterprise y de mi tripulación durante nuestra permanencia allí ha desaparecido, dejándonos una sensación de alivio e incluso de contento. La moral está más alta de lo que lo había estado durante este último tiempo, especialmente en la sección de seguridad; a pesar de que personalmente encuentro que la nueva teniente comandante tiene un mal humor bastante marcado, reconozco que hace su trabajo espléndidamente.
He decidido llevar a la Enterprise a través del territorio fronterizo que queda entre el espacio de la Federación y el territorio klingon, que está vigilado por la flota de la capitana Hunter. Los klingon se han estado comportando de una forma más agresiva de lo habitual; le han causado algunas bajas al escuadrón, y hasta que les lleguen los reemplazos, la aparición de una nave de línea en el área no puede causar ningún daño.
Nota administrativa: le he transmitido a la Flota Estelar mi recomendación para que el señor Sulu reciba el ascenso a teniente comandante, por los servicios prestados. Dado que eso lo convertirá en uno de los más jóvenes oficiales en posesión de ese rango sin la experiencia de líneas de combate formal, puede que tenga que vencer a algunos burócratas chupatintas para poder conseguir la aprobación; por otra parte, si servir en la Enterprise no le da derecho a tener la misma cualificación de alguien que haya estado en las líneas de combate, no sé qué puede dárselo.
Por recomendación de la teniente comandante Flynn, he aprobado también el traslado de la alférez Jenniver Aristides, del departamento de seguridad al de botánica, y el señor Spock le ha pedido que se encargue de un proyecto que quiere poner en marcha, el de cultivar más componentes bioelectrónicos. Hasta ahora, Aristides siempre me había parecido alguien apenas más emotiva que Spock, pero está claramente encantada con su nuevo puesto de trabajo.
El señor Spock se está recuperando de una carga excesiva de trabajo bastante grave. Le ha asegurado a la Flota Estelar que el fenómeno de vacío desaparecerá muy pronto del universo. Mi oficial científico no da ahora más señales que antes de querer discutir acerca de los «acontecimientos impredecibles» que tuvieron lugar durante las observaciones. A pesar de una cierta tentación de preguntarle si se trata de una información que no debemos conocer –pregunta que indudablemente rechinaría sobre la superficie de su objetividad científica–, no me siento inclinado a presionarlo para obtener más respuestas. Es posible que simplemente haya cometido alguna clase de error que lo haría sentir humillado al tener que revelarlo.
Sea lo que sea lo que haya ocurrido, parece haber involucrado solamente a Spock; sea lo que sea, no ha afectado en absoluto a la Enterprise.
Y eso, por supuesto, es siempre mi principal preocupación.

FIN
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