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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 8 de abril de 2009

STAR TREK 02 -- EL GAMBITO DE LOS KLINGON

EL GAMBITO DE LOS KLINGON
Robert E. Vardeman

STAR TREK/2



***

1

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4720.1


Continuamos cartografiando el planeta de tipo Clase-Q, llamado Delta Canaris IV. Dicho planeta, que fue descubierto tres años después del comienzo de esta misión de cinco años, está demostrando ser una necesaria interrupción de la rutina a la que se ve sometida la tripulación en el espacio profundo. Las violentas olas gravitacionales que emanan del planeta exigen que llevemos a cabo constantes correcciones orbitales, pero ese trabajo adicional podría acabar valiendo la pena a causa de las posibilidades de vida de ese mundo. Las lecturas de los sensores son positivas, aunque dentro de un espectro vital que indica que son seres diferentes de todos los que ha descubierto antes la Federación. El entusiasmo de la tripulación en muy poderoso. La moral nunca ha estado tan alta.


El capitán James T. Kirk sintió que la cubierta de la Enterprise le desaparecía de debajo de los pies. Se aferró a una barandilla para recobrar el equilibrio hasta que hubieran acabado las fluctuaciones gravitacionales. Miró en torno y vio a sus oficiales atareados en contrarrestar la influencia adversa de otra ola gravitacional procedente del planeta que tenían debajo.
–Señor Sulu, informe –ordenó.
–Las correcciones orbitales ya están hechas, señor –le respondió el eficiente navegante.
Sulu continuó tecleando órdenes para la computadora de la nave, tan velozmente, que apenas se le veían los dedos. Kirk asintió con la cabeza. El asiático conocía su trabajo y lo hacía bien. El capitán continuó con su inspección visual del puente.
Teniente Uhura, ¿están afectando al sistema de comunicación esas olas gravitacionales?
–No, señor –respondió ella–. El subespacio está libre hasta la Base Estelar Dieciséis. ¿Desea transmitir algún mensaje en este momento?
–No inmediatamente. Todavía tenemos que acabar el informe de rendimiento anual.
–Y, si no fuesen posibles las transmisiones subespaciales, usted no tendría que hacer el informe de inmediato.
Los ojos de la mujer bantú chispearon.
–No me había dado cuenta de que mis motivaciones le resultaran tan evidentes a la tripulación –comentó Kirk con voz cansada–. Hay que hacer esos informes con demasiada frecuencia. Preferiría estar con el señor Spock, para ver qué tiene realmente para ofrecernos ese planeta de ahí abajo. –Miró a la pantalla de visión exterior, donde danzaba y giraba el arco iris de la atmósfera de metano del planeta–. Tiene el mismo aspecto que Júpiter, incluso se le parece en esa gran mancha roja –comentó, más para sí mismo que para la oficial de comunicaciones.
–La similitud acaba ahí, capitán –declaró la voz uniforme del señor Spock. El vulcaniano había entrado en el puente, y Kirk no lo había advertido siquiera por encontrarse absorto en la contemplación del gigante gaseoso–. Los análisis de la computadora de las primeras lecturas de los sensores indican unas formas de vida similares a una hoja de papel.
–¿Cómo puede ser eso, señor Spock?
Kirk miró al imperturbable oficial científico, mientras se preguntaba si el vulcaniano no estaría tomándole deliberadamente el pelo. Había advertido que de vez en cuando se deslizaba en las palabras del vulcaniano un socarrón sentido del humor, pero siempre había dado por descontado que se trataba de un efecto de su activa imaginación. El humor no era algo lógico y, por encima de todo, Spock valoraba la lógica.
–Se trata de una forma de vida nueva, y es probable que sea inteligente.
–¿Probable?
–Una probabilidad del noventa y cuatro coma dos por ciento, capitán. Esas formas de vida son apenas más grandes que una mano de usted, y tienen menos de un milímetro de espesor, a causa de la intensa gravedad del planeta. Hemos detectado carreteras inconfundibles, estructuras que se cree que son ciudades, e incluso indicaciones de navegación comercial sobre un océano de amoníaco.
–¿Pero esos seres tienen solamente un milímetro de espesor?
–Menos de un milímetro. El espesor exacto fluctúa según la comida ingerida, el movimiento y...
–Gracias, señor Spock. –Kirk suspiró–. Me gustaría saber más cosas, pero me temo que de momento deberé dejarlo en sus capaces manos. El informe de rendimiento anual y las notificaciones de ascenso deben llegar a la Flota Estelar dentro de muy poco tiempo. Me encantaría que usted se encargara de redactar dichos informes, pero es un deber del capitán, y su trabajo resultará más productivo si se dedica a estudiar a Delta Canaris IV.
–Es lógico –concedió Spock, y se volvió hacia su computadora.
Los dedos teclearon la información mientras él miraba fijamente el resplandor azulado de la pantalla. Kirk sabía que el vulcaniano estaba perdido en un mundo de datos que cambiaba a toda velocidad, dedicado a correlacionarlos, digerirlos y sacar hipótesis lógicas para incluirlas en el informe final sobre el planeta.
Informes, gruñó Kirk para sí mientras se volvía para marcharse. Su vida estaba plagada por una continua inundación de informes. Informes de estado general para el comando de la Flota Estelar, informes de méritos, informes de utilización, informes de rendimiento... En aquellos días, el capitán de una nave estelar tenía que ser más un contable que un comandante.
–Señor Spock, queda usted al mando –le dijo al vulcaniano mientras se encaminaba hacia el turboascensor.
Los movimientos del ascensor no lo afectaban como las fluctuaciones provocadas por las ondas gravitacionales del planeta. Los muchos años que llevaba en el espacio habían hecho que se habituara tanto a aquellos movimientos, que ya le resultaban familiares. El siseo neumático cesó y las puertas se abrieron en la planta donde se hallaban sus habitaciones. Apenas había llegado a su escritorio cuando recordó un problema disciplinario que había olvidado atender antes.
–Señor Scott –dijo Kirk tras pulsar el botón del intercomunicador–, preséntese inmediatamente en las dependencias del capitán y traiga a la primera oficial ingeniero con usted.
Apenas había comenzado a trabajar en los informes cuando sonó el timbre de la puerta. –Adelante.
Kirk se irguió al ver a Scott y a la primera oficial ingeniero entrar muy tiesos en la habitación y detenerse absolutamente firmes ante él.
–Me presento según lo ordenado, señor –dijo el austero oficial escocés–, y traigo conmigo a la primera oficial McConel.
A Kirk le resultaba difícil mirar con desagrado a la primera oficial. Era muy atractiva, y llevaba la cabellera roja echada hacia atrás y sujeta en un pequeño moño a un lado de la cabeza. Vio un rostro perfecto cuya única tacha era una mancha de tizne que tenía en una mejilla, unos penetrantes ojos verdes... y una mente que era tan ágil como su esbelto cuerpo.
–Primera oficial McConel, ¿es usted consciente de que el juego no está permitido a bordo de esta nave?
–Sí, señor –respondió ella, con una pronunciación muy marcada de la erre, afín con la de Scott.
–No niega usted que fue sorprendida con un elaborado equipo de juego de azar en la sala de máquinas, ¿verdad?
–No, señor. No lo niego.
Kirk suspiró.
–Primera oficial... Heather... a mí no me importa que se juegue en la nave. Eso mantiene ocupada a la tripulación durante los períodos de inactividad. Usted lo sabe. Todo este asunto nunca hubiera llegado oficialmente a mi conocimiento si no hubiese usted trucado la ruleta con ese láser. –Kirk se recostó en el respaldo de su asiento mientras intentaba no sonreír–. Dígame, ¿cómo lo hizo?
–No fue más que una trampa insignificante, señor –respondió ella con más animación–. La bola de la ruleta está pintada de negro. Si apenas una pizca de rayo láser toca la bola, danzará al ritmo que yo le marque.
–Entonces fue así como... –Kirk se tragó el resto de la frase. Con frecuencia se preguntaba cómo había podido perder una parte tan grande de su sueldo en un tiempo tan corto como le había sucedido en el casino de Argelius II. El capitán se obligó a volver al tema que tenía entre manos–.Primera oficial McConel, desmantelará su equipo de juego... y ese alambique que tan astutamente escondió en el depósito de la sala de máquinas... y trabajará en turnos consecutivos hasta que yo la descargue de ese trabajo adicional. Quizá ese trabajo de más queme ese exceso de energía que ha estado dedicando a hacer trampas en los juegos de azar.
–Sí, sí, señor.
–Puede marcharse. Señor Scott, desearía hablar con usted en privado.
Ambos hombres observaron a la primera oficial hasta que se marchó, balanceando el trasero sólo lo justo mientras salía por la puerta. El poderoso suspiro de Scott le dijo a Kirk más de lo que hubieran podido transmitirle las palabras.
–Es muy bonita, ¿no es cierto, Scotty?
–Oh, sí, capitán, ya lo creo que lo es.
–Y usted la dejó salirse con la suya en lo referente al trucaje de la ruleta. Es a usted a quien debería poner en el turno de castigo, pero por esta vez voy a pasarlo por alto en el caso de ambos. No constará nada en el historial de ella. No quiero que esto figure en el informe de rendimiento de la Enterprise. Esos calienta–asientos de la Flota Estelar saltarían todos encima de una cosa así. Sé que no van a dejar de jugar, y no deberían hacerlo, pero no quiero volver a enterarme de nada relacionado con trampas ni trucajes. Mientras yo sea el capitán, a bordo de esta nave se jugará en contra de las ordenanzas de forma limpia. ¿Me he expresado con claridad?
–¡Perfectamente, señor! –La pronunciación fuerte de las erres se acentuó, y Kirk supo que Scotty no volvería a permitir que sus sentimientos por la primera oficial interfirieran en el cumplimiento de su deber.
–Perfecto. Ahora, olvidémonos por un momento de esos informes y tomemos una pequeña...
El zumbido del intercomunicador de la nave lo interrumpió. Él pulsó el botón que le permitía hablar.
–Aquí Kirk –dijo.
–Capitán, un mensaje del comando de la Flota Estelar. –Uhura parecía nerviosa.
–Pásemelo a la pantalla, teniente.
–No puedo, señor –respondió ella–. Está codificado y etiquetado como «Exclusivamente para el capitán». Tiene que descodificarlo usted mismo, señor.
Kirk se sintió momentáneamente sorprendido por aquello. Los mensajes de alta prioridad eran rutinariamente transmitidos por microimpulsos y recibidos por un complicado equipo controlado por la computadora, lo cual hacía que fuese tremendamente improbable que pudiesen ser interceptados. El que además se codificara un mensaje era algo de lo que casi no se tenían noticias.
Casi.
–Envíeme el mensaje codificado con un mensajero de seguridad, teniente –ordenó. Luego levantó los ojos hacia el jefe de ingenieros–. Puede marcharse, Scotty. Tendremos que tomar esa copa más tarde.
–Sí, señor. ¡Lo espero con impaciencia! –El ingeniero se marchó, sonriendo.
La atención de Kirk se concentró en la pequeña pantalla en cuanto el agente de seguridad le trajo el casete del mensaje. Líneas y líneas de números desfilaron ante sus ojos hasta que la pantalla estuvo llena de ellos. Inclinándose, abrió la caja de seguridad del capitán que sólo se abría con la impronta de su mano. El pequeño dispositivo de descodificación que había en el interior, zumbó cuando él comenzó a copiar los números desplegados en la pantalla. Cuando el mensaje se hizo inteligible, el rostro de Kirk se contrajo. Tras borrar las palabras, activó el intercomunicador de la nave.
–Capitán a puente. Señor Spock.
–¿Sí, capitán? –respondió la voz del primer oficial, con sus serenas notas.
–Ponga inmediatamente rumbo hacia Alnath II. Motores hiperespaciales, factor ocho.
–Ésa es una velocidad de emergencia, capitán.
–¿No son capaces los motores de alcanzarla? –gritó Kirk.
–Por supuesto que lo son, capitán.
–Impulso hiperespacial ocho, señor Spock. Se requiere nuestra presencia allí debido al comienzo de otra guerra interestelar. –Volvió a recostarse en el respaldo de su asiento durante un momento, y luego se apresuró a encaminarse hacia el puente. Había que preparar a la Enterprise para la batalla antes de que llegase a su destino.

–Cuartel general, cuartel general. Todas las estaciones en estado de alerta roja. Repito, estado de alerta roja –entonó Sulu, con una voz que temblaba ligeramente. Por encima del hombro miró al capitán Kirk, que se hallaba detrás de él, sentado en su asiento, con el rostro rígido como una máscara de intensa concentración.
–Pero, Jim –protestó Leonard McCoy, el médico de la nave–, no pueden tomarse esto en serio. Los klingon no se atreverían a atacar a un crucero de la Federación. ¡Eso sería como hacerle cosquillas a un toro con una pluma!
–¿Está diciéndome que el comando de la Flota Estelar nos ordenó que nos dirigiésemos hacia aquí por error? No, Bones, la orden estaba firmada por el propio almirante Tackett.
El médico se mostró dubitativo, y luego inquirió:
–¿El jefe del estado mayor?
–El mismo. A menos que el Consejo de la Federación hubiese enviado la orden directamente, el mensaje no podría proceder de una fuente más alta.
–¿Qué ha ocurrido, Jim? –McCoy se acercó más a Kirk para hablar con mayor confidencialidad. El puente no parecía el lugar más adecuado para ese tipo de conversación reservada, pero él tenía que saber qué sucedía.
–La nave científica vulcaniana T’pau ha sido destruida. En el instante en que la computadora de a bordo dejó de registrar señales de vida, expulsó automáticamente la grabadora de la nave. Toda la vida de a bordo de la T’pau, Bones, acabó en cuestión de pocos segundos. Ninguna enfermedad, ningún fallo del equipo, ninguna colisión en el espacio, nada de lo grabado proporcionaba indicio alguno de lo ocurrido. El comando de la Flota Estelar cree que las actividades recientes de los klingon en esta zona presentan una elevada probabilidad de que fuesen ellos los responsables.
–¿Una nueva arma, capitán? –preguntó Spock.
Kirk se limitó a asentir, taciturno.
–¡Pero la T’pau no estaba armada! –exclamó McCoy, que comenzaba a manifestar las intensas emociones que hasta el momento había mantenido bajo control–. No habrían podido resistir ante una nave de guerra klingon.
–Señor Spock, los sensores están captando señales.
El vulcaniano volvió a su terminal y comenzó a estudiar las lecturas.
–Un acorazado klingon se halla en órbita alrededor de Alnath II –declaró–. No ha habido indicación alguna de que nos hayan detectado. Todavía estamos fuera de los límites de sus sensores.
–Puede que estén mejor armados –concedió Kirk–, pero nuestros sensores continúan siendo mejores que los de ellos. Es un pequeño margen, muy pequeño.
–Capitán, he localizado la T’pau. La nave va a la deriva y está intacta. No hay señales de vida en ella. –Spock levantó la cabeza; tenía el rostro bañado por la dura luz azul que desprendía la pantalla de la terminal de computadora. Con sus orejas puntiagudas, cabello oscuro y complexión amarillenta, parecía el mismísimo Satanás. Lo único que le faltaba era el toque de crueldad. La cara de Spock permanecía impasible mientras leía los horrorosos descubrimientos.
–¡Maldición, Spock! –le chilló McCoy–. ¿Es que no siente nada por ellos? ¡Eran vulcanianos!
–Doctor McCoy –respondió Spock con voz serena–, yo lamento todas las trágicas pérdidas de vida. La información completa de este caso todavía está por determinar. –Volvió a mirar la pantalla que tenía delante, estudiando atentamente los datos desplegados en ella.
–Bones, cálmese –le ordenó Kirk antes de que McCoy pudiera replicar a la respuesta de Spock–. No voy a permitirle que le grite de esa manera a Spock en el puente, especialmente ahora que está ocupado. –Se mordió un dedo pulgar y estudió la pantalla de visión exterior, en la que apareció la T’pau; en el casco de la pequeña nave no se veía daño alguno–. Reúna a algunos miembros de su equipo para que formen parte del grupo de abordaje. Quiero un repaso completo de las condiciones de a bordo de la T’pau.
–De acuerdo, Jim. Y... lo siento.
Kirk levantó los ojos hacia el oficial médico y sonrió ligeramente. Conocía bien a McCoy. Era un hombre competente, pero a veces permitía que sus emociones se descontrolasen. McCoy se marchó apresuradamente mientras mascullaba para sí al seleccionar ya mentalmente a los miembros que llevaría consigo.
–Señor Spock, ordene que el equipo de seguridad transfiera un grupo a bordo antes de que se lleve a cabo el examen médico. Quiero asegurarme de que nadie nos ha preparado una trampa. Señor Chekov –continuó Kirk, esta vez dirigiéndose al oficial de navegación–, ¿qué hay de la nave klingon?
–Pues continúa en órbita en torno al planeta, capitán –respondió enérgicamente el joven alférez–. Tengo todas las baterías de los rayos fásicos con la máxima carga. ¡Espero órdenes!
–Mantenga las baterías cargadas al máximo... y mantenga el dedo apartado del gatillo hasta que yo le dé la orden de disparar.
–Sí, sí, señor.
–El grupo de seguridad se encuentra a bordo de la T’pau –anunció Spock–. Informan de que no hay nada insólito... excepto la presencia de los cadáveres.
–Muestre la imagen en la pantalla de visión exterior, teniente Uhura.
Kirk apoyó la barbilla en la palma de una mano mientras estudiaba la pantalla. La visión del interior de la T’pau lo hizo estremecer ligeramente. Podía tolerar la sangre. Un capitán de nave estelar veía más combates y muertes de las que serían de desear, pero lo inquietante de una nave carente de vida, sin señal visible ninguna de lucha, lo afectaba profundamente. El equipo de seguridad se desplazaba velozmente por los pasillos de la nave, mientras retransmitían la inquietante imagen de los vulcanianos tendidos tranquilamente sobre sus lechos con los rostros sosegados, las manos sobre el pecho, insinuando algo maravilloso con sus expresiones relajadas. Todos estaban muertos. Era como si simplemente se hubiesen tendido para dormirse, soñar cosas placenteras y no volver a despertarse jamás.
–¿Teorías, señor Spock? –preguntó el capitán.
No se le ocurría ninguna razón que explicase la muerte de la tripulación de la T pau. Todos los pequeños detalles que un hombre del espacio hubiese advertido, estaban en perfecto orden.
–Ninguna, capitán. Tendré que confiar en las autopsias del doctor McCoy para obtener más datos.
–Transfieran al equipo médico –ordenó Kirk por el intercomunicador.
Observó mientras las columnas de energía se solidificaban y el destacamento médico, encabezado por el doctor McCoy y su primer ayudante, el doctor M'Benga, desaparecían en las profundidades de la nave.
–¿Algún mensaje de la nave klingon, teniente Uhura?
–Ninguno, señor. La nave continúa en órbita. No parecen estar siguiendo más que el procedimiento rutinario de silencio radial. Detecto radiaciones que no estarían presentes en caso de funcionar la nave bajo condiciones de plena alerta de batalla. Incluso si damos por supuesto que sus pantallas de camuflaje no son tan eficaces como las nuestras, no parecen interesados en evitar que las detecten.
–¿Puedo señalar, capitán –intervino Chekov–, que no tienen necesidad de esconderse? Ése es un nuevo acorazado klingon.
–Soy consciente de ello, señor Chekov, como lo soy de que una batalla con ellos sería unilateral. ¿A qué distancia está cualquiera de nuestros acorazados, señor Spock?
–El Konkordium y el Dominion son los más cercanos. Ambos están en este momento en dique seco, en la Estación Estelar Siete.
–¿La Estación Estelar Siete? –Un frío tremendo se apoderó de Kirk. Los acorazados no estaban ni en situación ni en condiciones de enfrentarse con la nave klingon. No obstante, él tendría que ocuparse del asunto de todas formas, en solitario y sin apoyo ninguno. Los klingon habían violado el Tratado de Paz Organiano al utilizar un arma secreta contra una pacífica expedición científica vulcaniana. No debía permitírseles regresar sin castigo a su imperio. Un crucero pesado podía no superar a un acorazado, pero el deber de Kirk era intentarlo.
Las órdenes del comando de la Flota Estelar habían sido explícitas en ese punto: la Enterprise era prescindible.
–Póngame en comunicación con McCoy –le ordenó a Uhura.
Se oyó un siseo.
–¿Qué quiere? –le espetó la malhumorada voz de McCoy.
–Un informe, Bones. ¿Qué lo hizo? ¿Qué utilizaron los klingon para matar a toda una nave de vulcanianos?
–No puedo responder a eso. Voy a transferir los cuerpos a bordo y amontonar la mayoría de ellos como haces de leña en cámaras criógenas hasta que podamos enviarlos de vuelta a Vulcano para que los entierren. M'Benga se encargará de practicar la autopsia de los restantes, dado que está más familiarizado que yo con la fisiología de los vulcanianos; pero no podremos acabar con nuestro trabajo si no deja de molestarnos.
–Transfiera a bordo un par de cadáveres y regresen todos aquí. Dejen el resto de los cuerpos donde están y evacuen la nave. Vacíen el aire; el vacío del espacio conservará los cuerpos tan bien como nuestras cámaras de congelación. No disponemos de tiempo suficiente como para llevar a cabo el traslado de todos.
–Pero, Jim...
–Ahora, Bones. Hágalo ahora. Kirk fuera.
Kirk sintió que todos los ojos de sus oficiales se fijaban en él. Mientras miraba fijamente a la pantalla visora que tenía delante, 'y con una voz tan serena como le era posible, ordenó:
–Motores de impulsión, timonel. Llévenos hasta Alnath II, y utilice la masa del planeta como escudo para protegernos del acorazado klingon.
–¿Los atacaremos por sorpresa, señor? –preguntó Chekov, a la vez con ansiedad y aprensión.
–Eso es lo que parece, señor Chekov. Aparentemente, ésa es nuestra única esperanza de éxito.

–Se lo aseguro, esto no se parece a nada que yo haya visto antes –señaló el doctor M'Benga, ante el cuerpo del vulcaniano parcialmente diseccionado y tendido sobre la mesa destinada a ese fin–. Está en perfectas condiciones. No existe razón ninguna para que esta persona muriese.
–¿Ninguna? –preguntó Kirk.
–Estudié en Vulcano durante cuatro años para aprender todo lo que sé, capitán Kirk. Nunca presencié en Vulcano una muerte parecida a ésta.
–¿Señor Spock?
Kirk se volvió y miró al oficial científico. Los ojos de Spock iban y venían velozmente, mientras estudiaban los datos impresos por la computadora de la enfermería.
–No puedo deducir absolutamente nada, capitán. El doctor M'Benga está mejor cualificado para evaluar estos datos.
Kirk apenas podía creer lo que estaba oyendo. Spock estaba tan cerca de la perplejidad como él jamás lo había visto hasta entonces. Todos aquellos números no significaban nada para Kirk, pero la ignorancia iba más allá... se hacía extensiva a sus oficiales mejor preparados.
–¿Radiación? ¿Pudo haberse tratado de alguna onda radiactiva? –insistió, con la esperanza de obtener alguna pista sobre el arma empleada por los klingon.
–Si es así, no se trata de ninguna radiación que conozcamos –respondió el médico–. Las células del cuerpo están en perfectas condiciones. No presentan ninguna ionización que indique la influencia de radiaciones gamma o rayos X. El sistema nervioso central está también perfectamente. No se detectan contusiones, lesiones ni señales de lucha. Sus muertes fueron muy tranquilas. Cuando yo muera, me gustaría hacerlo de la misma forma.
El médico de raza negra se quedó mirando fijamente el cadáver que yacía sobre la mesa.
–Gracias, doctor. Con un poco de suerte, ninguno de nosotros partirá de este valle de lágrimas en un futuro inmediato. McCoy, Spock, quiero hablar con ustedes. –Kirk dejó a M'Benga concentrado en la autopsia. Cuando se hubo apartado con los dos oficiales, preguntó–: ¿Hay algo que señale la intervención de los klingon?
–Nada, capitán –respondió Spock–. He analizado completamente las grabaciones de la T’pau. Nadie de a bordo mencionó siquiera en ningún momento la presencia de los klingon. Nuestros propios registros, tomados después de la muerte de la tripulación, también carecen de toda prueba de actividad klingon.
–¿McCoy? ¿Vio usted algo? Una sensación, un detalle insignificante, cualquier cosa?
–Nada definitivo, Jim; pero los klingon son belicosos. Todos sabemos eso. Nada les gustaría más que destruir la Enterprise en batalla. Les gusta la guerra, y el Tratado de Paz Organiano los ha privado de ella durante demasiados años.
–Pero, en el caso de la T’pau –protestó Kirk–, ¿hay alguna señal de que los klingon hayan provocado la muerte de los vulcanianos?
–No, no, Jim; pero tienen que haber sido ellos quienes lo hicieron. Están en órbita alrededor del planeta, ¿verdad? –preguntó McCoy.
–Sí, doctor, los klingon están allí, y nosotros debemos atacarlos, al parecer. Pronto.

El mando le pesaba terriblemente a James Kirk. Había estudiado los resultados de los análisis de la nave vulcaniana. Setenta y dos muertos, ningún registro que señalara la causa de la tragedia... y tampoco ninguna prueba que indicara la intervención de los klingon. Aquello era lo que más le preocupaba. Estaban dentro de la zona neutral de setecientos cincuenta parsecs impuesta por los organianos. Los klingon no podían haber atacado a una nave de la Federación sin provocar una inmediata represalia por parte de los organianos... ¿o sí podían?
Los organianos eran pacíficos, alienígenas, poderosos, pero no infalibles. Existía la posibilidad de que cometieran errores. Si la nueva arma klingon operaba de una forma que era imposible de detectar para cualquier dispositivo organiano, el imperio klingon se envalentonaría y comenzaría a atacar impunemente. La Federación de Planetas Unidos no podía correr a llorarles a los organianos. La Federación tendría que enfrentarse con aquella amenaza. A toda velocidad y de forma decisiva.
Y el capitán James T. Kirk era el instrumento de esa acción. Había ordenado un estricto silencio de batalla. Ya no era posible comunicarse con el alto mando de la Flota Estelar. El más ligero sonido subespacial alertaría a los klingon. El peso de las decisiones recaía sobre él y sólo sobre él. El almirante Tackett había confiado aquel asunto a su completa discreción.
–Señor Chekov, informe de nuestra posición actual.
–Estamos a una distancia de cuarenta diámetros planetarios de Alnath II –respondió el oficial navegante–. Los rayos fásicos están completamente cargados. Los torpedos de fotones están preparados y apuntan hacia el horizonte.
Los ojos de Kirk regresaron a la pantalla de visión exterior. El planeta asomaba brillante y luminoso; era un planeta de clase M, otra Tierra con frescas lluvias primaverales, suaves brisas y cálida luz solar. El punto concreto del horizonte del planeta en el que aparecería la nave klingon si mantenía la órbita computada, no tenía un aspecto distinto de cualquier otro. A una orden suya, esa zona del espacio se llenaría de voraces rayos fásicos y una veintena de torpedos, cada uno de los cuales bastaría para destruir la superficie entera de un planeta. Tanto poder... y todo bajo su mando.
Sentía la tensión que lo rodeaba. Resultaba palpable, como un puño que lo hiciese añicos. Decisión. Toda suya. Atacar a los klingon antes de que la otra nave pueda prepararse para la batalla. Spock estaba de acuerdo en que ésa era la línea de acción más lógica. La nave klingon era más moderna, más rápida en la maniobra y estaba mejor armada. La única ventaja de la Enterprise residía en el factor sorpresa. Si el acorazado klingon podía ser dañado con la suficiente gravedad antes de que sus defensas se levantaran, la Enterprise podría sobrevivir a la lucha. Kirk ni siquiera estaba seguro de que su nave fuese más veloz que el acorazado enemigo.
Sacudió la cabeza para intentar sacudirse las ideas de «enemigo» y «batalla». No existían pruebas que inculpasen a los klingon. No sabía si los klingon habían detectado siquiera la presencia de la nave vulcaniana. Quizá M'Benga y McCoy habían pasado por alto algún virus poco conocido. Una epidemia de increíble virulencia podría haber acabado con la tripulación, matándolos rápidamente. Sin embargo, una abundancia de datos contradecían aquella interpretación. ¿De dónde podría haber procedido la epidemia? No de Alnath II. El planeta había sido clasificado como seguro por el organismo de Investigación Planetaria, todo lo seguro que podía ser un planeta de clase M. Sin enfermedades, ni bestias peligrosas, ni amenazas ocultas. No obstante, algo había matado a los tripulantes de la T’pau.
–Levante los escudos defensivos –ordenó–. Preparados para atacar en cuando la nave klingon aparezca en el horizonte.
–Cuatro minutos, capitán –declaró Chekov con una voz temblorosa de emoción mal disimulada.
Kirk sabía que Chekov era como un caballo de carreras en la línea de salida. Estaba nervioso, expectante, inseguro de sí mismo, pero, cuando la batalla comenzase, se entregaría a una actividad fría y a salvo de errores.
–¡Capitán! –gritó Uhura–. Estoy recibiendo una transmisión procedente de la superficie del planeta. Declaran ser parte de la tripulación de la T pau. No, formaban parte de la expedición científica. Están... ¡muy confundidos, señor!
–Páselo a la pantalla, teniente; y usted, señor Chekov, mantenga el dedo apartado de los controles del rayo fásico.
De mala gana, el joven alférez se recostó en el respaldo del asiento y apartó las manos del mortal botón del disparador.
–De todas formas, controle de cerca la posición de la nave klingon –agregó Kirk.
Miró la pantalla y vio el rostro anguloso y azulado de un andoriano que lo miraba fijamente. Una de las antenas auditivas del alienígena se había roto durante algún mal encuentro pasado, y eso hacía que él inclinase ligeramente la cabeza hacia el dispositivo de comunicación.
–¿Quién está ahí? ¿Es usted, capitán Sullien? ¿Qué significa eso de abandonarnos de esta forma tan arbitraria? ¡Respóndame!
–Señor Spock, analice e identifique.
–El andoriano es un científico de cierto renombre. El doctor Threllvon–da, un arqueólogo que ha colaborado con otras expediciones vulcanianas. Parece estar muy turbado porque, de alguna manera, el capitán Sullien, comandante de la T’pau, no actuó como él esperaba que lo hiciese.
–¿Es auténtica la transmisión? ¿No se trata de un engaño de los klingon?
–Negativo, capitán. Es una transmisión auténtica.
–Uhura, póngame en comunicación con el andoriano, y mantenga la transmisión tan reducida como le sea posible. No quiero que ninguna fuga alerte a los klingon de nuestra presencia.
Oyó cómo algunos botones eran pulsados al ser programada la computadora de comunicaciones para cumplir con sus deseos. Un ligero siseo señaló la apertura del canal de transmisión hacia la superficie de Alnath II.
–¿Doctor Threllvon–da? Aquí el capitán Kirk, de la nave estelar Enterprise. ¿Corren algún peligro?
–¿Peligro? –chilló el andoriano–. Por supuesto que corro peligro. Siempre se corre el peligro de que algún arribista cause daños en parte de las ruinas. Por eso necesito el equipo de laboratorio que tengo a bordo de la T pau. i0 trae a ese grosero vulcaniano de vuelta aquí con mi equipo, o presentaré una protesta muy contundente ante el Comité de Estudios Interestelares!
Kirk cerró la comunicación de dos vías.
–¿Es sincero? –le preguntó a Spock.
–Me temo que sí, capitán. El doctor Threllvon–da parece estar muy trastornado por la pérdida de su equipo. El analizador de entonación de voz ha sido programado de forma específica para la psicología de los andorianos, y los resultados sólo muestran irritación por el hecho de que sus investigaciones se vean momentáneamente detenidas.
Kirk volvió a abrir el canal de comunicación.
–¿Se encuentra en peligro su persona a causa de los klingon, doctor?
–No, no, son unos tipos verdaderamente asquerosos, pero no un problema real. Son siempre muy molestos, pero los retrasos que me veo obligado a tolerar son más molestos aún. ¡Usted, el de ahí arriba, Kirk, creo que dijo que se llamaba, traiga inmediatamente aquí al capitán Sullien!
–Me temo que eso no será muy fácil. Toda la tripulación de la T’pau está muerta. Quizá pueda usted arrojar alguna luz sobre ese punto.
–¿Qué? ¿Nosotros, muertos? Por supuesto que no. Nosotros estamos todos bien.
–¿Hay algún vulcaniano entre los de su grupo? –preguntó Spock, deteniéndose a la derecha de Kirk.
–No, ninguno. Somos todos andorianos, claro está. Todos científicos con la intención de estudiar estas maravillosas ruinas. Sólo los utensilios merecerían un centenar de artículos de investigación. Incluso ese imbécil de Thoron podrá acabar con éxito su doctorado con la tesis que podrá escribir ahora. Nunca creí que él valiese nada, pero este descubrimiento nos beneficiará a todos. Es...
–Doctor, por favor, ¿le importaría que lo transfiriéramos a bordo de la Enterprise?
Kirk le dirigió una mirada a Chekov, que señaló el cronómetro. La nave klingon surgiría por el horizonte en menos de un minuto. Incluso a pesar de la insensibilidad relativa del dispositivo sensor del acorazado, los klingon no podrían dejar de detectar a la Enterprise. Entonces comenzaría la batalla, y se perderían todas las ventajas del factor sorpresa.
–¿Qué? ¿Marcharme de aquí? Supongo que puedo hacerlo por un rato. Al no tener mi equipo, estamos escarbando con los dedos. Algo muy poco científico. También necesito de forma perentoria mis cepillos ultrasónicos. Uno de esos bloques podría ser destruido al limpiarlo de forma inadecuada, ¿comprende?
–Tenemos un invitado para transferirlo a bordo –le dijo Kirk al oficial jefe de transporte–. Señor Sulu, ¿puede mantener la masa del planeta entre nosotros y los klingon durante al menos unos minutos más?
–Sí, sí, señor. Tendremos que alcanzar la misma órbita que el acorazado klingon, pero eso no será problema ninguno siempre y cuando ellos no intenten ninguna maniobra rápida.
–Hágalo, señor Sulu. –Kirk volvió a pulsar el interruptor del intercomunicador–. ¿Ya ha transferido al andoriano a bordo, señor Kyle? –preguntó.
El oficial jefe de transporte respondió de inmediato.
–Acaba de llegar, señor.
Kirk suspiró pesadamente.
–Puede que ahora podamos averiguar qué es lo que está ocurriendo por aquí.
Le dirigió una feroz mirada a Spock cuando el vulcaniano levantó una ceja a modo de escéptica respuesta.

2


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4723.4

Hasta el momento presente continuamos eludiendo a la nave de guerra klingon, hasta que pueda culpárselos de la muerte de los vulcanianos que viajaban a bordo de la T’pau. Antes de que la tripulación falleciese, la T’pau bajó a un grupo de veintitrés científicos a la superficie de Alnath II. El director del mismo, el doctor Threllvon–da, es discutidor y no se muestra dispuesto a cooperar con nuestras investigaciones. Los futuros interrogatorios nos proporcionarán sin duda información valiosa.


Kirk y Spock marcharon juntos a darle la bienvenida al andoriano. El científico azulado se paseaba de un lado a otro por la sala de transporte, y su actitud evidenciaba un disgusto extremo por la tardanza.
–Doctor Threllvon–da, soy el capitán Kirk. Éste es mi primer oficial, el señor Spock.
–Un vulcaniano –dijo con un bufido el andoriano–. ¿Es que están ustedes por todas partes? ¿Voy a sufrir la maldición de la presencia de ustedes hasta el día de mi muerte?
–¿Maldición? –le preguntó el señor Spock–. Eso es completamente ilógico, una creencia supersticiosa que no se mantiene dentro de los estrictos principios científicos. ¿Me permite sugerir...?
–No le permito sugerir nada –le espetó Threllvon–da, irguiéndose en toda su estatura de metro y medio–. ¡Va usted a conseguirme el equipo que necesito para estudiar adecuadamente esas ruinas, y va a hacerlo al instante!
–Eh, doctor –intervino Kirk, intentando no contrariar aún más al andoriano–, parece que hay un ligero problema.
Toda la tripulación de la T pau está muerta. ¿Puede ayudarnos con alguna información al respecto?
–¿Muertos? ¿Están muertos? ¡Qué cosa tan poco científica por parte de ellos! ¿Es eso lo que antes intentaba decirme con su estilo tremendamente confuso?
–Setenta y dos vulcanianos están muertos, doctor, sin justificación aparente –declaró Spock.
–Ajá. Eso explica por qué Sullien abandonó la órbita –comentó Threllvon–da–. ¡Pero eso no excusa su comportamiento!
–Vayamos a hablar de todo esto en un lugar más cómodo –sugirió Kirk, mientras guiaba al andoriano hacia la sala de oficiales–. El señor Spock y yo estamos tremendamente interesados en los descubrimientos de su expedición.
–¿De veras? Pues claro que lo están. ¡Esto hará añicos todas las nociones preconcebidas de los oportunistas de Andor... y también de Vulcano! –El andoriano de cabellos blancos se frotó las manos con un gesto casi codicioso.
–Venga –repitió Kirk, introduciendo al andoriano en la sala de oficiales–, sentémonos y conozcámonos mejor los unos a los otros. Un científico de su fama tiene que tener muchas observaciones interesantes con respecto a Alnath II.
–¡Qué mundo tan agradable! –exclamó el científico, que apenas se dio cuenta de que Spock pulsaba un botón de grabación de la computadora de la nave–. No siento más que admiración por el equipo de reconocimiento que lo descubrió y sugirió que debía ser yo quien examinara el descubrimiento más detenidamente. Reconocieron instantáneamente el verdadero valor de lo que acababan de encontrar, y actuaron con asombrosa prontitud para llamarme.
–¿De qué descubrimiento se trata, doctor?
–¡Las ruinas! Las ruinas de una civilización humanoide tremendamente avanzada. Resulta un enigma. Sólo ha quedado una pirámide en la superficie del planeta para señalar su paso. Es como si hubiesen erradicado todos los demás indicios de su existencia para llamar la atención sobre esa pirámide. Miren, aquí tengo unos hologramas que le tomé.
Spock cogió la placa que le ofrecía el doctor y la deslizó dentro de la computadora que había sobre la mesa. Se oyó un murmullo vivo, y la imagen apareció en el otro extremo de la sala. Kirk tuvo que forzarse a respirar. A pesar de que la imagen era de escala reducida, se sintió abrumado por la majestad de la pirámide. Las caras de ébano destellaban suavemente a la luz amarillenta del sol, casi como absorbiendo la energía de la luz y emitiéndola nuevamente de una forma sutilmente alterada.
–¿Cuánto mide de alto la estructura? –preguntó Spock.
–La escala está indicada en la parte inferior –replicó el científico, perdido en la imagen de tres dimensiones de su hallazgo.
–¡Eso quiere decir que es más alta que la Enterprise! –exclamó Kirk–. Usted dice que las gentes de este planeta construyeron la pirámide. ¿Cuándo fue eso?
–¿Se refiere a cuánto tiempo hace que la construyeron? Quizá unos cinco mil años a.p., antes del presente –agregó, casi como si estuviera dando una clase ante imbéciles–. Al menos eso, y más probablemente diez milenios. Perfectamente elaborada hasta una tolerancia de pocos micrones; y el interior es un verdadero museo de reliquias arqueológicas.
Spock le pidió a la computadora que proyectara la siguiente holografía. El interior parecía espacioso, con un altar de piedra aislado que dominaba el centro de la cámara.
–¿Qué finalidad tenía eso? –preguntó Kirk, perdido en las maravillas del descubrimiento a su pesar.
–No lo sabemos. No hemos tenido tiempo para estudiarlo adecuadamente. Ni siquiera sabemos si se trataba de un altar. Tiene todas las trazas de un pedestal destinado a exponer algo importante, pero yo no fui el primero en entrar en esa sala, ¿sabe?, sino que fueron los vulcanianos.
–¿Los vulcanianos entraron primero en esa sala?
–Luego salieron mientras yo estaba todavía examinando la base de la pirámide. Formaron y fueron transferidos por rayo a bordo de su nave, dejándonos solos en el planeta. –El andoriano se puso de pie y se desplazó por el interior del holograma, examinando algunas facetas de la imagen y riendo entre dientes para sí.
–Espere, doctor Threllvon–da. ¿Los vulcanianos se marcharon y usted entró inmediatamente en la cámara?
–No, no, ni siquiera entonces lo hice. Estas imágenes fueron tomadas después de que expulsáramos del lugar a los klingon.
El rostro de Kirk se endureció.
–Quizá no le importe explicarme qué ocurrió en el planeta. ¿De qué klingon está hablando?
–Pues de los klingon que vinieron después de que se marchasen los vulcanianos. Estaba tan ocupado instalando el campamento, que apenas me di cuenta del momento en que aparecieron, transportados por el rayo de su nave. Llegaron con todos esos equipos suyos. En el mismo momento en que advertí que traían maquinaria pesada, intenté evitar que la utilizasen, porque podían destrozar objetos valiosos con aquellas ruedas.
–Déjeme aclarar ese punto –dijo Kirk, más confuso que antes–. Los vulcanianos entraron en la cámara, y luego fueron transferidos de vuelta a la nave sin decirle ni una sola palabra a usted. Luego invadieron el lugar los klingon, con maquinaria pesada de naturaleza desconocida que fue descargada de su nave espacial.
–Supongo que eso lo resume todo. Los klingon pululaban por todo el campamento, y algunos de ellos entraron en la cámara; pero conseguí convencerlos de que nos dejaran en paz. Son unos tipos repelentes y desagradables, pero no resulta demasiado difícil persuadirlos.
–¿Un klingon que escucha razones en lugar de matar de forma expeditiva? Eso no es propio de ellos. ¿Algún comentario, señor Spock?
–Es tremendamente insólito, capitán. Si ellos son los responsables de las muertes ocurridas a bordo de la T’pau, ¿por qué iban a permitirles vivir a unos científicos desarmados que se hallaban en la superficie del planeta?
–No puedo responder a eso. Les dije que ya había llamado a la Estación Estelar Dieciséis para pedir ayuda. No lo había hecho, por supuesto, ya que el insignificante comunicador que me dejó Sullien apenas alcanza hasta la órbita, y mucho menos puede atravesar el subespacio; pero los klingon se contentaron con sus propios pasatiempos insignificantes después de realizar un recorrido de inspección por mi campamento.
–La cuestión resulta ahora más misteriosa que antes –reflexionó Kirk–. Los klingon tienen en órbita uno de los acorazados más poderosos de esta zona del espacio.
–Sí, lo llamaron el Terror. Un nombre muy pintoresco –dijo Threllvon–da–. También pueril. Se ajusta a sus actividades, si tengo que decirle la verdad. Si encauzaran sus energías hacia la investigación científica en lugar de construir artilugios mutiladores, les irían mejor las cosas.
–A todos nos irían mejor las cosas, doctor –respondió Kirk. Luego miró a Spock–. ¿Qué conclusión saca de esto? –le preguntó–. Una nave que es incluso capaz de destruir a la Enterprise, y el comandante klingon la deja en órbita para que cualquiera pueda encontrarla. ¿Cree que llegó siquiera a avistar la T’pau? Sus equipos de detección podrían haber pasado por alto una nave tan pequeña.
–Sólo podemos suponer que la presunta arma es de una naturaleza tal que no depende de los sensores de la nave para poder ser utilizada.
–¿Arma? –gritó el andoriano–. ¿Qué es todo eso de un arma? Exijo que se me entregue mi equipo. Encuentren la T’pau... no me importa si están todos tan muertos como este mamparo... pero tráiganme mis herramientas. Usted tiene orden de la Federación, Kirk, de ayudar a los esfuerzos científicos. Este planeta es el descubrimiento arqueológico del siglo. ¡Yo lo sé!
–Veremos qué podemos hacer, doctor –le respondió Kirk, intentando reprimir la ira que sentía–. Espere aquí, mientras Spock y yo atendemos otros asuntos. Venga, señor Spock.
En el corredor, Kirk apoyó la espalda contra el metal frío del tabique, agradecido por aquel soporte substancial que sentía en la columna. Se secó una gota de sudor del labio superior y meneó la cabeza.
–No sé qué conclusión sacar de todo esto, Spock. Diría que está completamente loco si no fuese porque he visto a otros actuar de la misma forma.
–Dedicación total a su trabajo. Una filosofía práctica para una raza con claras tendencias agresivas. Se trata de una sublimación que los dirige hacia el conocimiento y los aleja de la guerra. Es algo lógico.
–Me vendría bien un poco menos de esa llamada visión lógica y un poco más de información útil. –Kirk sentía que tenía menos control sobre la situación que nunca antes. Los klingon no habían hecho abiertamente movimiento beligerante alguno contra ningún ciudadano de la Federación, y sin embargo no había ninguna causa obvia para la muerte de los vulcanianos. La amenaza que representaba la poderosa nave de guerra klingon pendía sobre su cabeza como una espada de Damocles, al igual que sobre la Enterprise.
–No existe ningún motivo para no creer a Threllvon–da –observó Spock–. Es un científico de cierto prestigio, capaz de desarrollar una actividad concentrada con valiosas finalidades, y su palabra no puede ser cuestionada a la ligera.
–¿Debo, en cambio, interrogar a los klingon? –preguntó Kirk, con tono cortante.
–¿Por qué no?
Kirk miró fijamente a su primer oficial.
–Tiene razón, señor Spock –dijo lentamente–. ¿Por qué no debería preguntarles a ellos?

–Teniente Uhura, abra las frecuencias de llamada a la nave klingon.
–¡Capitán!
Kirk no pudo identificar a la persona responsable de aquella salida de tono. Oyó media docena de voces que se fundían en una sola. Al recorrer el puente con la mirada, vio sorpresa en muchos rostros, violencia en otros.
–Ya le he dado las órdenes, teniente. Cúmplalas; y, señor Chekov, por favor, aparte la mano de los controles del rayo fásico. Mientras esté hablando con el comandante klingon, no quiero que una desafortunada contracción nerviosa cree un incidente interestelar.
–Sí, señor –respondió Chekov de malhumor.
–¿Está abierto el canal?
–Preparado, señor.
–Aquí el capitán Kirk, de la nave estelar de la Unión, Enterprise, que desea hacer llegar un saludo a nuestros compatriotas klingon. –Kirk oyó una exclamación ahogada en el puente, e hizo caso omiso de ella–. Hemos entrado en la órbita de Alnath II y queremos presentarles nuestros respetos.
La imagen de la pantalla de visión exterior se deshizo al sintonizarse las frecuencias, y luego se formó en ella el feroz semblante de un klingon. El rostro atezado y saturnino se contorsionó con una mueca burlona. El klingon le hizo un gesto a alguien que se hallaba fuera del campo visual, y luego se sentó en su silla para mirar ferozmente a Kirk.
–Capitán Kalan, de la nave imperial Terror. ¿Qué quiere?
–Torpe, directo al tema –murmuró Spock–. Nunca estará cualificado para entrar en el cuerpo diplomático.
–Parece que ha habido un ligero problema a bordo de la nave científica vulcaniana T’pau. Quizá puedan ustedes ayudarnos a comprender el problema más plenamente.
–No.
Los ojos de Kirk se entrecerraron un poco.
–¿Se está negando a prestarnos auxilio? Todos los que se hallaban a bordo de esa nave están muertos. Eso es una violación de los términos del Tratado de Paz Organiano.
–¡El imperio klingon no violará jamás el tratado! –gritó el comandante de la otra nave–. Los cobardes de la Federación puede que lo hagan, pero nunca encontrará a alguien así entre las filas del imperio. ¿Qué le ha ocurrido a esa llamada nave científica?
–No se sabe. La Terror entró en órbita inmediatamente después de que eso ocurriera a bordo de la T’pau. ¿Detectaron ustedes algo insólito? ¿Algún tipo de actividad solar anormal? ¿Anomalías gravitacionales? ¿Algo que pudiese justificar esas muertes?
–El capitán Kirk, ¿eh? –dijo con tono burlón el capitán Kalan–. Mi oficial de información ha encontrado finalmente datos sobre usted y su nave estelar. ¿Se da cuenta de que, a pesar de su historial, la Terror es una nave de guerra superior a la suya?
–Difícilmente reconocería eso, capitán Kalan, a la luz de las recientes modificaciones practicadas en la Enterprise, pero, como señaló usted antes, venimos con intenciones pacíficas amparándonos en el tratado. Sólo deseamos obtener información, después de lo cual nos marcharemos. ¿Qué los ha traído a ustedes al sistema de Alnath?
–Este espacio está abierto a los dos bandos firmantes del Tratado de Paz Organiano –respondió el klingon–. Estamos explorando. Buscamos... buscamos conocimiento de la misma forma que lo hacen los que se encuentran en la superficie del planeta. Una expedición arqueológica está actualmente estudiando las ruinas.
–En verdad –fue el comentario que hizo Spock en voz baja–, no me había enterado de que los klingon estuviesen interesados en las empresas arqueológicas. Sus ingenieros se han dedicado completamente a continuar con la guerra.
–Ya lo sé, Spock –respondió Kirk–. La Terror parece una nave de armamento demasiado pesado como para perseguir meramente el conocimiento –le dijo al comandante klingon.
–No pienso intercambiar más palabras con usted, Kirk. Cualquier intento por su parte para obligarnos a abandonar Alnath II y salir del sistema, será respondido con la fuerza.
–¿Nos está amenazando, Kalan?
Volvió a sonreír burlonamente, una sonrisa como una cuchillada blanca en el rostro de complexión cetrina.
–Por supuesto que no, Kirk. Nosotros nos defenderemos de todos los enemigos que luchen para expulsarnos del lugar del espacio al que tenemos pleno derecho.
La forma en que Kalan dijo aquello no dejaba duda alguna de que había algunas cosas en el universo que le hubiese gustado más emplear contra la Enterprise que esas «rígidas medidas defensivas».
–La lucha de un acorazado contra un crucero pesado podría ser interesante –continuó Kalan–. Nuestros técnicos se han preguntado con frecuencia si la mayor maniobrabilidad de una nave más pequeña podría ser eficaz contra un acorazado provisto de armamento pesado y abundante. Un interesante problema para nuestras computadoras, ¿no le parece a usted?
–Si usted lo dice, capitán... Puede contar con la tranquilidad de que ningún ciudadano de la Federación intentará prohibirle que continúe con su búsqueda... de conocimiento. Le deseo fructuosas excavaciones.
Kirk observó cómo el rostro de Kalan se contorsionaba hasta convertirse en una iracunda máscara. El klingon cortó la comunicación antes de que pudiese hacerlo Kirk. Libre de la tensión nerviosa, Kirk hizo girar su asiento para encararse con el oficial científico.
–¿Qué opina de eso, Spock?
–No estoy seguro, capitán. Los klingon parecen ansiosos por entrar en batalla, pero todos los klingon lo están siempre. Si creyera que su nave es verdaderamente superior, atacaría sin avisarnos. El que no lo haya hecho indica incertidumbre.
McCoy entró en el puente y se detuvo junto a Kirk.
–Oí parte del intercambio de palabras, Jim. Lo que dice Spock es cierto. Sin embargo, ¿qué es eso de que nuestra nave ha sido retocada como para estar a la altura de un acorazado?
–Un pequeño farol, Bones, nada más.
–¿Farol? –preguntó Spock, inclinando a un lado la cabeza–. Eso es parte del extraño juego que ustedes llaman póquer. El mentir por el beneficio de una ventaja intangible difícilmente puede ser algo de valor.
–No podríamos esperar que usted lo comprendiese, Spock. No es algo lógico –le dijo McCoy–, y lo que está haciendo usted, Jim, tampoco es lógico. ¡Ataque! Dispare contra los klingon mientras aún contamos con la ventaja del factor sorpresa.
–El elemento sorpresa ya ha desaparecido, Bones. Además, ¿sobre qué bases podríamos justificar un ataque semejante?
–¡El Tratado Organiano! Ellos no pueden negarnos el acceso pacífico a Alnath.
–Es que no lo están haciendo –señaló Kirk–, y nada les gustaría más que nosotros intentásemos negárselo a ellos. No, Bones, tendremos que caminar con cuidado y ver adónde nos conduce el camino. En todo esto hay más, mucho más de lo que está a la vista.
–Sólo espero que no sea el sendero del jardín ese por el que nos está llevando usted, Jim –dijo seriamente McCoy.

Kirk apagó la computadora con disgusto. Había repasado la declaración del andoriano un centenar de veces y continuaba sin poder extraer de ella nada significativo. El capitán simplemente no conseguía adivinar qué les había sucedido a los vulcanianos, ni tampoco quería perder tiempo en meditar sobre el asunto. La transcripción de la conversación mantenida con el comandante klingon proporcionaba aún menos información. Kirk había utilizado los programas más sofisticados que contenía la memoria de la computadora, y continuaba sin tener nada concreto que le indicase qué acciones debía emprender.
Los klingon vivían en una cultura suspicaz, paranoica y beligerante. El comportamiento del comandante klingon podía ser fácilmente explicado con dichos parámetros. Nada indicaba que fuese responsable de la muerte de los vulcanianos, pero Kirk no podía tampoco detectar ninguna inflexión de la voz, ningún gesto ni pequeño detalle que señalase que los klingon no fuesen los culpables. Estaba seguro de que Kalan deseaba haberlo sido; no existía afecto ninguno entre los klingon y los vulcanianos.
Kirk se recostó en el respaldo del asiento y cerró los ojos para intentar relajarse. La tensión de las horas pasadas hacía que le latiera la cabeza de manera feroz. Sosegó su mente, dejando que en ella se formase la imagen de un tranquilo lago. Buceó hacia el fondo en el agua cálida, flotando, libre de la gravedad, libre del cuerpo que lo tenía prisionero. Al trabajar sobre su mente la imagen sedante, los dolorosos latidos sordos se hicieron más lentos para desaparecer finalmente. Al abrir los ojos vio a Spock y McCoy de pie en la puerta abierta.
–¿Sí, caballeros? –dijo con voz cansada.
–Capitán, los klingon han comenzado a ocupar todas las frecuencias subespaciales. No podemos comunicarnos con el alto mando de la Flota Estelar.
–Las cosas están más o menos como yo lo había supuesto –comentó Kirk–. No están seguros de por qué estamos aquí. Puede que ni siquiera estén seguros de que hayamos dicho la verdad con respecto a la T’pau. Los klingon tienen mentes suspicaces. Incluso si les mostrásemos los cadáveres, ellos podrían pensar que asesinamos a los vulcanianos con el fin de tener una excusa para atacarlos.
–¡Jim, no puede estar diciendo que los klingon no son los responsables de esas horribles muertes! –exclamó McCoy–. ¡No puede tener prueba alguna de eso!
–No la tengo, Bones. Simplemente estoy intentando considerar todos los aspectos de este asunto. ¿Qué pasaría si, y sólo estoy diciendo si, los klingon no fuesen los culpables? Entonces nos convertiríamos en los agresores, en los que iniciasen una guerra interestelar.
–Y si los deja salirse con la suya mediante el empleo de un arma secreta capaz de matar sin dejar rastros, toda la Federación se hallará en peligro.
–Es cierto. Tengo que tomar una decisión, y pronto. ¿Pero cuál debe ser? ¿Son los klingon asesinos a sangre fría o unos inocentes espectadores?
–Raramente han sido los klingon unos inocentes espectadores, como usted los describe, capitán –lo contradijo Spock–. El bloqueo de las líneas de comunicación es indicador de algún tipo de culpabilidad por su parte.
–No necesariamente, Spock. Ellos no saben que no podemos llamar ni a uno solo de nuestros acorazados. Ellos no saben que somos la nave mejor armada de la región. No es más que una actitud destinada a protegerse; saben que pueden desintegrarnos en átomos si surge la necesidad de hacerlo. Si conseguimos pedir ayuda, no saben qué puede echárseles encima.
–Eso manifiesta culpabilidad por parte de ellos. ¡Yo digo que ataque usted ahora! –McCoy dio un fuerte puñetazo sobre la superficie del diminuto escritorio de Kirk.
El capitán levantó la mirada hacia el oficial médico, con los ojos ligeramente más abiertos de lo ordinario. Raras veces había visto a McCoy tan descontrolado.
–¿Está usted cuestionando una decisión de su comandante? –preguntó Kirk con voz serena–. Si es así, será mejor que tenga una buena causa para ello.
–La indecisión por su parte es causa más que suficiente –respondió con violencia McCoy–. Un buen capitán comanda la nave. ¡Toma decisiones!
Kirk deseaba poder entrar en contacto con el alto mando de la Flota Estelar y consultar con los que tenían rangos más altos que él. Ya no eran comandantes de línea, sino estrategas, especialistas en táctica, hombres y mujeres responsables de las decisiones de largo alcance. Él no deseaba otra cosa que cartografiar y explorar mundos desconocidos. La Enterprise no era una nave de guerra, no como los poderosos acorazados. Su misión consistía principalmente en entrar en contacto con culturas alienígenas a las que no habían llegado nunca otros exploradores, cartografiar planetas e incluso el espacio mismo, buscar vida y paz, no guerra y muerte. Había que tomar una decisión y, aparentemente, el resultado que obtendría en cualquier dirección que tomase sería la guerra.
Si los klingon tenían un arma secreta, continuarían utilizándola, a menos que se los detuviera allí mismo y en ese preciso momento. Incluso en ese caso el respiro sería momentáneo. Si los líderes klingon tenían la sensación de que la balanza del poder se había inclinado en su dirección de forma significativa, emplearían esa supuesta ventaja en una guerra a gran escala. Por otra parte, si los klingon eran, como había declarado, científicos pacíficos que estaban explorando al igual que los andorianos, un ataque sorpresa podría comenzar una guerra. La opinión de los mundos no alineados se pondría en contra de los agresores; a Kirk le importaba poco que su nombre pasara a la historia como el del único hombre responsable de provocar la guerra interestelar con un potencial suficiente como para matar planetas enteros de seres. Trillones, ¡o más! podrían morir a causa de un error por su parte.
–Bones, estoy cansado. Me escuecen los ojos a fuerza de mirar la pantalla, y vuelve a dolerme la cabeza. Déme algo que me relaje y déjeme dormir.
–¡Pero los klingon...! –protestó el médico.
–Los klingon no se marcharán, desgraciadamente. Mientras dure esta incómoda tregua, nadie resultará herido.
–¿Debo mantener el estado de alerta, capitán? –preguntó Spock.
–Sí, manténgalo. Puede que sea una tregua, pero también es inestable, ya que ninguno de los dos bandos se fía del otro. Infórmeme de inmediato en el momento en que los klingon den muestras de cualquier movimiento potencialmente peligroso. Ahora, por favor, déjenme descansar.
Spock y McCoy se marcharon, pero el sueño no le llegó con facilidad a Kirk. Se echó en su pequeño lecho, inquieto y torturado por la decisión que debería tomar. Incluso cuando el sueño se apoderó de él, soñó con destellos de rayos fásicos y estallidos de torpedos de fotones. Aquélla no fue una noche agradable para él.

3


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4730.5

La guerra de nervios continúa entre la Enterprise y la nave klingon. Cada cambio de órbita es contrarrestado por otro, mientras nos desplazamos continuamente para poseer la ventaja. La tensión aumenta a bordo de la Enterprise y amenaza con desbaratar el eficiente funcionamiento de cualquiera de las secciones. La moral está quebrada de una forma que no se parece a nada que haya visto jamás a bordo de una nave estelar. Las extensas búsquedas en los bancos de memoria de la computadora no nos revelan ninguna situación paralela a la nuestra actual. Debo actuar pronto o comenzarán a tener lugar graves violaciones de las ordenanzas.


Informe de la situación, señor Chekov.
–La Terror cambia de órbita para permanecer justo to encima del campamento que está sobre la superficie del planeta. Mantienen sus rayos fásicos apuntando a los científicos.
El joven alférez parecía amargado, resignado a la inactividad. Kirk simpatizaba con él, porque veía muchos rasgos de su propio carácter en el de Chekov. Jim sabía que no se había comportado de forma demasiado diferente la primera vez que lo destinaron a una nave espacial. Un cachorro ansioso por entrar en acción que no pensaba en las consecuencias; sólo necesitó unas pocas batallas sangrientas para convencerse de que la lucha no era más que uno de los muchos métodos que existían para solucionar un problema. Chekov también aprendería eso, algún día, si todos ellos sobrevivían.
–Coloque la Enterprise en una órbita inmediatamente debajo de la que sigue la Terror, señor Sulu. Utilice los motores de propulsión para mantener nuestra nave en esa posición a medida que decaiga la órbita que describimos.
–Sí, sí, señor.
–Señor Chekov, deseo hablar con usted en privado.
El alférez se puso de pie y miró con ferocidad a su comandante, desafiándolo. Kirk respiró profundamente.
–Quiero hacer una rápida inspección de la nave, señor Chekov –le dijo–. Si dejo el mando en sus manos, ¿tiene alguna objeción que hacer?
El alférez se animó.
–¡No, señor!
–Perfecto. –En voz más alta, para que pudieran oírlo todos los que se encontraban en el puente, declaró–: Tiene usted el mando, señor Chekov.
Se levantó de su asiento y se encaminó hacia el turboascensor para descender hasta la planta de la enfermería. A través de la vaga inquietud que sentía por el comportamiento de su tripulación, se filtraban pensamientos de extraños virus. Parecía improbable, pero lo que había golpeado a la T’pau podía estar actuando insidiosamente en la Enterprise en aquel preciso instante.
–McCoy –dijo, entrando en la oficina del médico–, ¿tiene tiempo para hablar conmigo?
–Naturalmente. Me da la impresión de que se trata del insólito comportamiento de la tripulación. Están más inquietos que un potro en un día de sol.
–Ésa es una forma de expresarlo, Bones. Inquietos. –Profirió un bufido–. Yo me inclino más a decir que parecen a punto de amotinarse. La disciplina se ha quebrantado. Tuve que hacer un informe sobre el señor Kyle por no encontrarse en su puesto. ¿Sabe qué estaba haciendo? Modelando. Estaba en el taller de cerámica, modelando una pequeña figurita.
–¿Y... ?
–Y, Bones, Kyle tiene un historial intachable. Lo que hizo no es propio de él. Le pregunté por qué había abandonado su puesto estando de servicio, y lo único que fue capaz de responderme es que pensó que podría hacer una buena carrera en el campo de las artes.
–¿Era bueno como escultor?
–¡Vamos, por favor, Bones! Ésa no es la cuestión. Kyle es un buen oficial de transporte, pero su negligencia podría haber puesto vidas en peligro. Si la situación requiriera una inmediata evacuación de los andorianos que están en el planeta, Kyle hubiera estado con los dedos metidos en arcilla, y no sobre los controles del transportador que es donde debía estar. Tiene un historial inmaculado, notas máximas, nada más que «excelentes» en todos sus informes de rendimiento, y ahora hace esto.
–Todo el mundo sufre un lapso momentáneo, Jim. No sea tan duro con él... ni con usted mismo. Dedique un rato a relajarse y hacer lo que le apetezca. Apártese de todas esas máquinas. –McCoy recorrió con los ojos la oficina, casi completamente cubierta de plantas en flor–. Me resulta muy tranquilizador escaparme y meterme aquí. Probablemente Kyle se sintió trastornado por la idea de desintegrar a esas personas, desparramar sus átomos y luego unirlos nuevamente con esa diabólica máquina suya.
–Vaya un psiquiatra que está hecho. En realidad, defiende los actos de él.
McCoy se encogió de hombros.
–Él no permite que la tensión pueda con él, como están haciendo otros. Algunos de los miembros de la tripulación comienzan a pelearse. Si no pueden pelear con los klingon, se descargan los unos con los otros.
Kirk profirió un bufido, se puso de pie y comenzó a pasearse por el espacio libre que quedaba delante del escritorio.
–Ésa es otra estocada contra mí por no atacar a los klingon, ¿verdad? Bueno, doctor, no voy a hacerlo. No a menos que ellos hagan el primer movimiento.
–Nos convertiremos todos en polvo radiactivo si les dejamos disparar primero, Jim.
–Escuche, Bones, usted remiende a los pacientes y yo me encargaré de gobernar esta nave.
–Está haciendo un trabajo muy bueno, ¿no es cierto?
Kirk se disponía a replicarle con ira, pero hizo una pausa y reprimió con más fuerza sus emociones. McCoy tenía razón con respecto a eso, al menos en parte. Él era el capitán de una nave estelar, y era responsable de la tripulación de dicha nave. Tanto si iniciaba el ataque como si no, no podía permitir que la moral a bordo de la Enterprise se hundiera todavía más. Kirk comenzó a decir algo, lo pensó mejor y dejó al médico en su oficina llena de plantas. Resultaba agradable salir nuevamente a los pasillos metálicos de la nave, y escapar de la jungla de aquellas plantas de tallos verdes.
–Spock –llamó, para detener al oficial científico–. Me gustaría hablar con usted.
Spock de detuvo y permaneció impasible, esperando. Kirk le envidiaba a veces su forma de enfocar las cosas, carente de emoción. Mientras que Spock no conocería nunca el júbilo del amor o los sentimientos, tampoco se veía presionado por la indecisión. Todo era reducido en su mente a los elementos básicos, estudiado de una manera sencilla, y él seguía luego el curso de acción más lógico. Kirk reconocía el problema que presentaba esa forma de manejar las cosas; a veces, el rumbo más lógico era también el más brutal. Se podían tomar decisiones menos eficaces, más humanas... sobre las bases de los sentimientos humanos.
–Supongo que está preocupado por los incidentes como ése.
Spock se volvió ligeramente y señaló con la barbilla a dos miembros de la tripulación que discutían violentamente. Uno le propinó al otro un puñetazo que lo derribó sobre la cubierta.
Spock avanzó silenciosamente, y sus dedos encontraron el punto preciso del cuello del hombre que permanecía de pie, para aplicarle el pellizco nervioso vulcaniano. El hombre se tensó y luego se derrumbó sobre la cubierta, inconsciente.
–Llévelo a su dormitorio –ordenó Kirk–, pero antes dígame sobre qué estaba discutiendo.
–No... no era por nada, señor –respondió el atemorizado miembro de la tripulación.
–Márchese. –Esperó a que los hombres se hallaran lejos y se volvió a mirar a Spock–. Es algo muy triste cuando uno ve que tienen miedo de su propio capitán –dijo.
–Mi oído es bastante más agudo que el suyo, capitán. Ambos hombres deseaban a la misma mujer.
–¿Fue ésa la causa de la pelea? –Kirk estaba perplejo.
No ocurrían incidentes de aquel tipo a bordo de la Enterprise. Él comandaba la nave de forma cuidadosa, sin meterse nunca en la vida privada de los integrantes de la tripulación mientras mantuvieran bajo control sus instintos más primitivos. Era un buen arreglo, y Kirk luchaba para conservarlo.
En aquel momento veía que aquella obra se desintegraba a su alrededor por peleas absurdas.
–Estoy seguro de que lo fue, capitán. Tiene que darse cuenta de que estos hombres tienen un entrenamiento muy poderoso y son tremendamente agresivos. Les gusta luchar.
–Señor Spock, convoque una reunión de jefes de sección en la sala de oficiales para dentro de una hora. Tenemos que hablar de varias cosas.
Kirk recorrió los pasillos de la Enterprise observando, tomando notas, escribiendo memorandos que serían entregados al jefe de sección pertinente durante la reunión. En un cierto sentido, Kirk se sentía bien por el hecho de que la amenaza klingon estuviese al alcance de la mano. Eso lo disculpaba por un corto período de tiempo de hacer los informes de rendimiento y ascensos. Para cuando se hubiese solucionado el problema klingon, o bien tendría tiempo para volver a poner en orden a su tripulación, o ya no tendría ninguna importancia. En cualquier caso, tener que presentar en la actualidad sus informes sería una tarea penosa. Los miembros de la tripulación abandonaban sus puestos para dedicarse a diversas aficiones, darse a la bebida o buscar solaz en los brazos de otro.
Cuando entró en el salón de oficiales, encontró a los jefes de sección ya reunidos. Spock comenzó a ordenarles silencio, pero Kirk le hizo un gesto para que dejase de lado esa formalidad. No la necesitaba ni la deseaba. La preservación de la integridad de su nave estaba siempre en primer lugar.
–Son todos ustedes personas observadoras, y están viendo cómo se desvanece la moral de la nave. Me hallo en la situación de un comandante de guarnición en tiempos de paz –dijo, dirigiéndose a las silenciosas personas que se hallaban sentadas en torno a la mesa en forma de herradura–. El mantener a punto para el combate a las tropas en épocas de paz, es una tarea difícil. Al no haber un enemigo visible, existe la clara tendencia a hacer caso omiso de la disciplina, a creer que el combate no tendrá nunca lugar. Así es la naturaleza humana. También es el camino que nos conduciría al desastre. Nuestra situación es aún más compleja, con los klingon merodeando tan cerca de la nave. No podemos atacar abiertamente. Esto provoca tanto pereza como falta de atención por parte de la tripulación de la nave. Deben de estar pensando que no tendrán que entrar nunca en batalla. Sin embargo, la seguridad de la Enterprise depende de la vigilancia constante. Un breve instante de descuido y podríamos morir todos. ¿Me expreso con claridad?
–Sí, señor, se expresa con absoluta claridad –respondió el teniente Patten, de seguridad–, pero, si controlamos con demasiada dureza a nuestras divisiones, podríamos presionarlos más allá de sus límites. Y sabe qué es lo que quiero decir, señor.
–Pues sí, lo sé –respondió Kirk, mientras asentía sombríamente–. Si se los aprieta demasiado, comenzarán a ver fantasmas; a su vez, dispararán contra esos fantasmas y los klingon obtendrán lo que están deseando: la guerra. No será fácil, pero hay que hacerlo: mantener a la tripulación en sus puestos, en estado de alerta, pero no tan nerviosos como para que cometan errores. Eso es todo cuanto tengo que decir al respecto del asunto. La forma que empleen para conseguirlo en sus respectivas secciones es algo que dependerá enteramente de ustedes. Yo respaldaré las decisiones que tomen. Ahora, pasemos a los informes de la situación con la que nos enfrentamos. Teniente Uhura.
La mujer se puso de pie, con una expresión soñadora en el rostro.
–¿Eh? ¿Qué, señor? No estaba escuchándolo con demasiada atención.
–Informe, teniente Uhura. –Kirk observó a la mujer mientras se preguntaba qué se le habría metido dentro. Uhura era habitualmente aguda, lista, y nunca le faltaban respuestas.
–Oh, sí, los klingon. Continúan bloqueando nuestras líneas de comunicación. Hemos puesto en órbita seis satélites de transmisión para poder permanecer en contacto con la expedición andoriana, independientemente del punto orbital en que se encuentre la Enterprise. Yo... No se me ocurre nada más, señor.
–¿En qué estaba pensando, teniente? Me refiero a hace un momento.
Uhura miró la mesa con una tímida sonrisa en los labios.
–Estaba pensando en el señor M'Benga. ¿No le parece que es muy hermoso?
Varios de los que se hallaban en torno a la mesa contuvieron la risa. Una mirada fría que les dirigió Kirk les impuso el silencio.
–No veo nada gracioso en la respuesta de la teniente Uhura. Le formulé una pregunta y obtuve una respuesta franca. Ya conocen todos sus obligaciones. Dedíquense a cumplirlas. Pueden marcharse.
Kirk observó a sus primeros oficiales mientras se marchaban. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Sentía que el control de la nave se le estaba escapando de las manos, y no sabía por qué era así. El era un buen capitán y conocía lo suficiente el pulso de su tripulación como para detectar la inquietud. El mal, que afectaba tanto a los subalternos como a los oficiales, parecía doblemente grave cuando la nave klingon era sumada a la ecuación.
Era una ecuación que exigía soluciones inmediatas. Kirk esperaba poder proporcionarlas.

–¡Te asaré en una hoguera si no dejas eso en paz! –le gritó el jefe de nutrición al teniente comandante Scott.
Scotty había soltado el panel de los controles del autoclave, y rebuscaba en su interior con el fin de extraer delicadas piezas electrónicas.
–No se enfade, abuelo –le pidió el ingeniero–. Esto es lo que necesito para los motores.
–Déjese de motores –bramó el oficial de nutrición–. Nos matará usted a todos de hambre. Supongo que no habría más remedio si realmente necesitara reparar los motores, pero he estado haciendo algunas averiguaciones. ¡Está usted destrozando toda esta condenada nave para nada!
–¡Para nada! –estalló Scott–. ¿Cómo puede decir eso, abuelo? ¡Esas maquinillas serán tan suaves como el beso de un bebé cuando las ponga a punto!
–Eso no me importa en absoluto. La tripulación no querrá comerse las gachas de color púrpura que saldrán del procesador de comida. ¡Me culparán a mí por ello! A mí, que intento programar las mejores comidas posibles, y no podré hacerlo si usted arranca todos los controles electrónicos.
–Aquí está –sentenció Scott con satisfacción–. Ya tengo lo que necesito.
Se alejó jugueteando con los componentes electrónicos, y sonriendo. Apenas advirtió que otros tripulantes cerraban apresuradamente los armarios de herramientas y se arrojaban en dirección a las puertas para impedirle la entrada. Pocos eran los que habían escapado a la depredación de piezas que llevaba a cabo el ingeniero para sus preciosos motores. Entró en la sala de motores y sostuvo en alto las piezas recientemente cobradas.
–Ah, ya lo tiene –exclamó la primera oficial Heather McConel–. Ahora podremos poner a prueba las modificaciones que hemos hecho. Métalo directamente en el circuito. ¡Ah, qué día tan bueno fue ese en que el capitán me ordenó hacer turnos extra!
El amor asomó a los ojos de Scott, tanto por la mujer como por los motores.
–Oh,,sí, ya lo creo que lo fue. Siempre ha tenido usted buena mano para los motores, ¡pero los turnos extra están consiguiendo que rinda aún más!
Un intrincado laberinto de cables, terminales auxiliares de computadora y paneles de control arrancados de una veintena de otros departamentos, llenaba el espacio que habitualmente estaba vacío en la sala de máquinas. Aquel par de entusiastas había ahuyentado, con su comportamiento obsesivo, a los demás miembros del departamento de máquinas. Kirk le había asignado a la primera oficial McConel dos turnos de los tres diarios; ella permanecía en los turnos consecutivos, echaba un corto sueño y se apresuraba a regresar, sin comer apenas, para continuar trabajando en las mejoras que ella y Scott habían llevado a cabo en los motores de materna–antimateria.
–Ya no habrá escapes de positrones –sentenció ella con satisfacción–. El reajuste del control del campo de potencia ha funcionado, señor Scott.
–Ya lo creo, y fue una buena idea, muchacha. ¡Es usted una hermosa mecánica!
Jugaron un rato más con aquellos equipos, hasta que McConel dijo:
–Lo que necesitamos es un disparador de láser. De lo contrario, tendremos que desmantelar los controles principales. Estoy pensando que el capitán podría no estar de acuerdo, con la nave klingon apuntándonos continuamente.
–Un disparador de láser –meditó Scott–. No se me ocurre dónde podríamos encontrar uno adecuado.
Tengo una idea –declaró la atractiva primera oficial–. Podría requerir un pequeño robo por mi parte, pero es en nombre de una buena causa...
Su voz se apagó al levantar ella la mirada hacia el teniente comandante en busca de su aprobación; la encontró en los ojos de él. Tras dirigirle una brillante sonrisa, se secó el sudor de las manos sucias y se marchó.
Los otros miembros de la tripulación ya estaban enterados de la tendencia de Scott a robarles piezas de sus equipos, pero no estaban preparados para mantener a distancia también a la primera oficial Heather McConel; pero, incluso en el caso de que lo hubiesen estado, sus mañas habrían derretido al más frío de los corazones. En menos de una hora, consiguió convencer a un técnico del laboratorio metalúrgico de que él realmente no necesitaba de las funciones de un láser de bajo poder, al menos no por el momento.
Corrió a la sala de motores como una jauría de ratas, y agregó el brillante y nuevo artilugio a la creciente pila de ellos.

–Ha vuelto a meterse en una pelea, ¿eh? –preguntó McCoy, mientras miraba la herida de bordes dentados que el miembro de la tripulación tenía en un brazo.
Cada latido del corazón hacía que manara una nueva cantidad de sangre roja y espesa. McCoy apretó con fuerza la arteria con el pulgar derecho para que aminorase la pérdida de sangre.
–No fue culpa mía, doctor –protestó el hombre–. Me atacaron tres a la vez. Yo no estaba haciendo nada más que ocuparme de mis propios asuntos, y se me echaron encima.
–Claro, así es como ocurre siempre –respondió McCoy, mientras extraía un trozo de cristal roto del interior de la herida con unas pinzas.
Bajó la lente de aumento para colocarla delante del ojo derecho y estudió la herida para asegurarse de que había extraído todos los restos.
–Fue por una mujer, ¿no es cierto?
El hombre se soltó de la mano de McCoy y comenzó a sangrar más profusamente. Durante un momento, el miembro de la tripulación pareció confuso. Era incapaz de decidir si era mejor permanecer sentado hasta desangrarse, o permitir que le curasen adecuadamente la herida y soportar la terapia de diván de McCoy. Cedió a la visión de su propia sangre, la cual manaba de forma incontenible, y volvió a abandonarse en las firmes manos del cirujano.
–Sí, doctor, así fue. Quiero decir que en realidad no ocurrió gran cosa. Ella y yo hicimos buenas migas así, de repente, y luego me encontré con que no sólo tenía marido, sino otros dos amantes. Los tres juntos se me echaron encima.
–¿Es que no podían ustedes encontrar una solución más cordial entre, eh, los cinco?
McCoy era un hombre apegado a ideas anticuadas. Las varias uniones y parejas que se formaban a bordo de la Enterprise solían asombrarlo, a veces le hacían gracia y siempre le hacían sentir que estaba fuera de lugar, que vivía en un siglo demasiado avanzado para sus auténticas raíces.
–Eh, cuidado, que me está haciendo daño –protestó el hombre.
–Lo siento –se disculpó McCoy con falsedad. Acercó más el brazo hacia sí y llamó a la enfermera Chapel–. Tráigame el protopláser anabólico, por favor. –Ya había desaparecido todo pensamiento de los defectos personales del miembro de la tripulación. Se convirtió en el cirujano perfecto que operaba una herida de poca gravedad. Tendió una mano y la enfermera Chapel depositó en ella el protopláser, con un elegante gesto–. Esto no le hará ningún daño –le aseguró, mientras levantaba el brazo del hombre para que quedase debajo del foco de luz de forma que él pudiese observar de cerca cómo el protopláser cerraba la herida, tras lo cual comenzó a regenerar la carne abierta.
Un diminuto zumbido señaló la activación del aparato. Al aplicarlo McCoy al brazo del hombre, salió una chispa azul que describió un arco y quemó la piel que se hallaba justo debajo del romo hocico del instrumento. Una vez más, el hombre se soltó de un tirón de la mano de McCoy.
–¿Qué es usted, doctor, una especie de curandero? Eso duele como mil demonios.
–Déme ese brazo –exclamó McCoy, irracionalmente rabioso–. Esta condenada cosa no funciona. ¡Máquinas! Nunca funcionan cuando uno las necesita. ¡Enfermera! Aguja número seis. Hilo. Voy a cerrar esto adecuadamente... nada de depender de las máquinas.
–¿Lo cree prudente, doctor McCoy? El protopláser simplemente ha fallado. Puedo sacar otro del almacén.
–Yo soy el doctor, enfermera Chapel, y he pedido una aguja e hilo de sutura. ¿Va a traérmelo o tendré que ir a buscarlo yo mismo?
–Oiga, doctor, si está demasiado ocupado... –comenzó a decir el miembro de la tripulación.
–Acuéstese y cállese. Las máquinas de a bordo de esta nave se están cayendo a pedazos. Sabía que ocurriría. Siempre supe que un día de éstos ocurriría, y tenía razón. Pero está usted en buenas manos. Pocos son los médicos de la flota que pueden echar mano de los métodos antiguos y verdaderos.
–Aquí tiene, doctor –anunció la enfermera, entregándole la aguja y el hilo de sutura–. ¿Quiere que le dé una bala para que muerda, o sólo le dará un trago de whisky barato?
McCoy levantó los ojos hacia la enfermera, y luego hizo una pausa para pensar.
–Anestesia local. Un centímetro cúbico de estimulador de endorfina. –La eficiente enfermera depositó el analgésíco deseado en la palma de la mano del médico. Apretó la pistola inyectora contra un lado del cuello del hombre y la apartó, vacía–. Me sorprende que haya funcionado. Podríamos haber tenido que recurrir a las viejas agujas hipodérmicas.
–No lo diga con tanto entusiasmo, doctor –intervino el paciente–. Me pongo nervioso cuando pienso en cosas puntiagudas después de lo que me hicieron.
McCoy tocó una zona de la piel desgarrada con la punta de la aguja; el hombre no demostró sentir dolor.
–La endorfina está fluyendo. Sólo nos queda arreglar esto.
Rápida y diestramente, McCoy se puso a suturar la herida. El hombre gimió ante la vista de la aguja que le atravesaba la piel dormida, pero la prueba fue de corta duración. McCoy contempló su experta obra y sonrió.
–Eso está mejor. No hay que depender de las máquinas. Lo dejan a uno tirado cuando menos se lo espera.
–No lo desee con demasiada fuerza, doctor –le rogó el hombre–. Soy mecánico de los sistemas de soporte vital. Si ésos dejaran de funcionar y los de emergencia no se encendieran, todos acabaríamos respirando basura... o vacío.
El hombre miró con inquietud al protopláser desechado, luego a la aguja que McCoy sostenía triunfalmente en la mano, y huyó de la enfermería.
–Debería estar contento de que un anticuado médico de estilo rural como yo estuviese a bordo de esta nave. M'Benga se hubiese llenado de pánico al ver que un protopláser no funcionaba.
–Lo dudo mucho, doctor McCoy –comentó la enfermera Chapel–. El entrenamiento que M'Benga recibió en Vulcano fue muy minucioso.
–Bah, Vulcano. Ésos son los peores de todos; siempre dependen de las computadoras y los chismes electrónicos para que piensen por ellos. Quíteles sus juguetes y no sabrán qué hacer. A mí, que me den una vida sencilla, como solía ser en el pasado.
McCoy se marchó a su oficina atestada de plantas mientras continuaba hablando consigo mismo, y se dejó caer pesadamente en la silla neumática. El ligero siseo que se oyó cuando el asiento cambió de forma para adaptarse a él, lo irritó; pero tenía que reconocer que la silla era cómoda. En el aislamiento de la habitación, comenzó a pensar que había tomado la decisión equivocada. La marcha de su esposa había precipitado su entrada en la Flota Estelar. Allí necesitaban médicos y él necesitaba huir de Georgia y de todos los recuerdos desagradables que rodeaban el hospital, su casa y el planeta entero. Sin embargo, la huida no había borrado los recuerdos. En aquel momento sabía que podría viajar diez mil años luz y continuar estando en el comienzo... atrapado en el laberinto de sus propios recuerdos.
McCoy se deslizó hacia el sueño, mientras un pensamiento se repetía una y otra vez en su mente: Es mejor haber amado y perdido, que no haber amado nunca en absoluto.

–¿Hay alguna información adicional en las grabaciones de la T pau, señor Spock? –preguntó Kirk.
–No, señor, nada. En este momento las está estudiando la teniente Avitts, por orden mía, con el fin de tener otro punto de vista.
–Pero usted no cree haber pasado nada por alto –lo provocó Kirk, dedicándole una ligera sonrisa.
–Yo no pienso que haya pasado nada por alto, capitán –respondió Spock, altivo–. Deseo tener otra interpretación de los datos para ver si coincide con la mía. Por otra parte, será un buen entrenamiento para la teniente Avitts.
–¿Qué tal trabaja, Spock? Llegó aquí con muchas recomendaciones de la Base Estelar Siete.
–Está floja en física, aunque sus conocimientos de química y biología son adecuados. A medida que aumente su entrenamiento, disminuirá esa carencia.
–Muy bien, señor Spock, continúe. –Kirk dirigió nuevamente su atención a sus propios problemas.
Spock continuó entrando en la computadora posibles causas del desastre de la T’pau, sin encontrar nada más alto que un cero coma tres de probabilidades. Al finalizar el proceso del último de sus programas, Spock se irguió.
–Pido permiso para abandonar el puente.
–Concedido, señor Spock, pero regrese dentro de una hora para relevarme.
–Sí, sí, señor.
Spock caminó con paso vivo desde el turboascensor a las dependencias de la teniente Avitts, mientras su mente le daba vueltas continuamente a los problemas con los que se enfrentaba la Enterprise, y los estudiaba desde diversos puntos de vista. Accionó el timbre de la puerta.
–Adelante –dijo la clara voz de la mujer.
Spock avanzó y la puerta se abrió suavemente ante él.
El vulcaniano recorrió la habitación con los ojos, captándolo todo en aquel solo recorrido. La teniente Candra Avitts se hallaba sentada ante su diminuto escritorio, sobre el que ahora se hallaban esparcidos informes y cintas de revisión. La terminal de la computadora emitía pitidos ante la forzada cantidad de información que ella tecleaba, mientras hacía esfuerzos para analizar los datos. La decoración de las paredes era decididamente femenina; algunos adornos eran fotografías planas de diversas estrellas de holovídeos, aunque otras eran de una naturaleza más científica. El suave aroma a jazmines que había encajaba a la perfección con la mujer. Spock se preguntó si ella habría analizado sus propias feromonas para averiguar qué perfume sería complementario de su olor natural. Apenas podía creer que la casualidad pudiese producir un resultado final tan satisfactorio.
A pesar de que apreciaba los encantos femeninos pero no se sentía conmovido por ellos, dado que era la vía de acción más lógica a la luz de su ciclo pon farr de siete años, la parte humana de Spock aprobaba tácitamente a la teniente Avitts.
–Teniente –dijo con su manera brusca y metódica–, ¿ha terminado ya su informe sobre la T’pau?
–Aquí lo tiene, señor Spock –respondió ella, empujando con una mano, hacia el oficial científico, el casete que tenía sobre el escritorio–. He analizado los datos, pensado en ellos, y lo único que he conseguido es un vacío total. Tampoco yo consigo dilucidar la causa del desastre de la T’pau. Sólo hay una cosa, pero...
Spock no hizo comentario alguno, pero una de sus cejas se alzó con un gesto interrogativo.
–Bueno –continuó ella con reticencia–, se me ha ocurrido que los vulcanianos podrían haber estado participando de algún ritual religioso, quizá meditando, y haber perdido la pista de sus cuerpos por algún motivo.
–Es una interesante especulación –señaló Spock–. Pero, a pesar de que es lógico que un vulcaniano desease alcanzar una existencia libre del cuerpo material, llegar a una vida puramente intelectual, apenas parece probable que todos los vulcanianos que estaban a bordo de la T’pau lo consiguiesen de forma simultánea.
–Está usted en lo cierto, señor Spock –reconoció la mujer, bajando los ojos como si hubiese cometido un error–, siempre tiene razón.
–Yo actúo según los preceptos de la lógica formal. Si bien es cierto que la lógica no siempre puede proporcionar una respuesta correcta, lo consigue más a menudo que fracasa. Es, por tanto, lógico que empleemos siempre la lógica. Las probabilidades estarán siempre a favor de uno.
Siguió un largo silencio, y luego la teniente levantó unos ojos húmedos. Spock miró fijamente los ojos avellanados de ella, incapaz de penetrar en los veloces pensamientos de la mujer. Ella removió nerviosamente las cintas de grabación que tenía sobre la mesa y se puso de pie, para apartarse luego con ágiles movimientos que recordaban a un gato salvaje en el momento de la caza.
–He... he estado repasando los datos transmitidos desde el planeta por el doctor Threllvon–da –comentó finalmente–. Son interesantes.
–Por favor, resúmame esos datos. No he tenido tiempo para estudiarlos todos.
–Oh –exclamó Candra Avitts–. Bueno, siéntese, señor Spock. Póngase cómodo.
Él se sentó en la pequeña silla que apartó del escritorio, mientras que ella se dejó caer sentada sobre la cama y cruzó las largas y esbeltas piernas debajo de sí. Comenzó a hacer gestos mientras hablaba, señalando ocasionalmente hacia la pantalla de la computadora.
–Esos datos son fascinantes, señor Spock. El andoriano ha datado la pirámide en más de tres millones de años. Las pruebas indican que fue utilizada hasta hace aproximadamente cincuenta mil años. Después de eso, no existen registros que den cuenta de qué les ocurrió a los habitantes del planeta. Threllvon–da cree que emigraron todos hacia otro mundo, aunque todavía no puede decir qué fue lo que motivó ese abandono.
–Eso es ilógico. El sol de este mundo es estable, y los registros geológicos no indican que en el pasado se produjese ningún tipo de actividad solar adversa. Ningún infortunio pudo reducir el número de integrantes de una cultura verdaderamente avanzada. –Spock inclinó la cabeza a un lado y estudió detenidamente el rostro de la teniente–. ¿Se han descubierto más ruinas aparte de esa pirámide?
–No, señor Spock –respondió ella, estirando nuevamente las piernas y acercándose perceptiblemente al vulcaniano–. Es la única estructura artificial del planeta. Los mapas del satélite lo confirman. Threllvon–da cree que los habitantes vivían en ciudades subterráneas. Mire, esto es parte del informe.
Candra Avitts se inclinó hacia delante y descansó una delicada mano sobre el hombro de Spock mientras señalaba el fragmento pertinente del informe.
–Fascinante –reconoció Spock, mientras se volvía a mirar a la mujer.
–Y también lo es usted –declaró ella, con apenas un susurro–. ¿Es... es cierto que no siente usted ninguna necesidad sexual excepto cada siete años?
–Eso es esencialmente correcto, excepto en algunos casos excepcionales. Los vulcanianos somos, por encima de todo, seres lógicos. La sexualidad es ilógica.
–Puede ser interesante –le aseguró la mujer, mientras sus manos descendían por la parte delantera del uniforme de Spock–; pero lo que usted dice es aplicable a los vulcanianos puros. Usted tiene un lado humano. Es eso lo que me atrae hacia usted.
Una ceja que se alzó fue la única respuesta de él.
Ella lo besó. Él ni se resistió ni le correspondió. Ardientemente, ella aferró el musculoso cuerpo de él y lo atrajo hacia sí, con la intención de arrastrarlo hasta tenderlo en la cama a su lado. Un ligero movimiento lo libró de los brazos de ella.
–Teniente, su conducta es impropia de un oficial. Es, además, ilógica.
–La lógica no puede proporcionarnos todas las respuestas; usted mismo lo ha dicho. Relájese, Spock, relájese... ¡conmigo! La naturaleza nos hizo con la intención de que gozásemos de nuestros cuerpos. Si fuese de otra forma, no seríamos capaces de sentir placer.
–Ese placer, como usted lo denomina, puede derivar de la solución de un problema complejo. No depende de las gratificaciones de orden físico.
–Así pues, usted siente placer –exclamó ella, exultante–. Ya lo suponía: La ligera sonrisa que danza en sus labios cuando ha acabado con una complicada computación, la chispa que se advierte en sus ojos cuando ha cumplido bien con un cometido, son todas pruebas de que siente usted placer. Ha mantenido usted el lado humano de su naturaleza oprimido en el interior. ¡Libérelo! ¡Conmigo!
Ella intentó volver a acercar los labios de él a los suyos propios. Spock se zafó.
–Teniente Avitts –dijo con todo rígido–, espero que el informe de los descubrimientos arqueológicos esté a punto para el final de este turno.
La dejó sentada sobre el lecho, mientras en los ojos comenzaban a formársele lágrimas; pero, al cerrarse la puerta a sus espaldas, Spock tendió ambas manos ante sí. Le temblaban de una forma nada característica ni propia de él. El océano de emociones que se agitaba en su interior era todavía más insólito. Spock descendió apresuradamente por el pasillo con la esperanza de que nadie percibiera su agitación.
Kirk giraba a un lado y otro en su asiento, mientras comprobaba que todas las estaciones del puente funcionasen adecuadamente. La pantalla de visión exterior mostraba una imagen fija de Alnath II, con una imagen adicional de la nave klingon que orbitaba a pocos kilómetros por encima de la Enterprise. Para poder permanecer en la misma posición relativa entre los klingon y el yacimiento arqueológico, necesitaban impulsos del motor a intervalos calculados. El teniente Sulu se encargaba de eso mientras el alférez Chekov llevaba a cabo la instrucción con el grupo de artillería de los rayos fásicos.
Kirk se mordió el labio inferior mientras observaba la parte trasera de la cabeza de Chekov. El joven oficial se parecía enormemente a lo que había sido él mismo apenas unos pocos años antes. Impulsivo, con tendencia a aceptar las impresiones superficiales en lugar de razonar acerca de las situaciones. Sin embargo, poseía el potencial necesario para convertirse en un buen comandante de nave. Kirk esperaba que todos pudieran sobrevivir a aquel encuentro con los klingon, y poder darle algún día una oportunidad a Pavel Chekov.
Oyó que las puertas del turboascensor se abrían, pero no se volvió para ver quién acababa de entrar en el puente. Dado que su turno ya casi había llegado al final, decidió que el candidato más probable era Spock. Kirk no se vio decepcionado por su pequeña deducción. Oyó el sonido de la voz del vulcaniano.
–Teniente Uhura, ¿ha conseguido atravesar la cortina de bloqueo de las comunicaciones impuesta por los klingon?
–No, señor Spock. He estado ocupada en tratar de mantener la comunicación con la expedición que se encuentra en el planeta.
–¿Por qué no puede intentar ambas cosas? Sin duda, eso no está más allá de sus capacidades de oficial de comunicaciones. Dispone usted de unos recursos tremendos. ¿Me permite sugerirle que los emplee para conseguir mejores objetivos?
–¡Señor Spock! –gritó Uhura, indignada–. Estoy haciendo todo lo que puedo. Es difícil mantener siquiera un contacto de comunicación por láser con el planeta. He tenido que conectar una computadora a la cabeza del láser para...
–Las excusas son para los incompetentes –declaró él, mientras la ira teñía su voz.
–Señor Spock –se apresuró a intervenir Kirk–. Quiero hablar con usted.
–En cuanto haya inspeccionado mi estación, capitán. –Ahora, señor Spock –dijo Kirk; en su voz se advertía el cortante filo de una orden.
–¿De qué se trata?
Kirk tuvo que parpadear dos veces para creer realmente que era su primer oficial quien ahora se erguía ante él. La actitud petulante era absolutamente insólita en un vulcaniano. De hecho, demostraba un estado puramente emocional en Spock.
–Su actitud deja bastante que desear, señor Spock. ¿Su cede algo malo?
–Nada, capitán –le respondió Spock, con una voz más calmada.
Kirk frunció el entrecejo mientras observaba la transformación del hombre en el Spock que él conocía; pero el cambio no se detuvo allí. Spock se convirtió en algo más frío como respuesta al estallido emocional.
–Parece usted muy turbado.
–Ésa es una flaqueza humana. Yo he limpiado mi mente de todo ese tipo de cosas. Las emociones incontroladas crean desórdenes psicológicos y generalmente son improductivas en un ser pensante, racional.
–Sí, está usted en lo cierto, Spock. Sólo estaba... poniéndolo a prueba, al igual que usted a mí.
–Gracias, señor. –Spock giró en redondo y se encaminó hacia su puesto, más como un robot que como un ser de carne y hueso.
Apenas acababa Kirk de devolver su atención a la nave klingon, cuando oyó a Uhura discutir con Scott.
–No, no lo permitiré, señor Scott. ¡No puede quitarlo! –Pero sólo será uno pequeñito, Uhura. No lo echará en falta, ¡se lo aseguro!
–¿Qué ocurre? –preguntó Kirk, que ya estaba harto de las rencillas que se producían a su alrededor–. Scotty, ¿qué se supone que está usted haciendo debajo del tablero de control de comunicaciones?
–Es por los motores, señor. La primera oficial y yo tenemos un pequeño proyecto en marcha. Es para ajustar los motores. Estimamos que no podremos mantener esta órbita sin disponer de más energía. Con nuestras modificaciones, podremos desviar un quince por ciento más de energía hacia los motores de impulsión.
–Señor Scott, ha reducido la comida de la tripulación a una pasta de aspecto pútrido...
–¡Pero tiene buen sabor y es buena para nosotros, señor! –protestó Scott.
–Destripar el autoclave, en cualquier caso, no fue una buena idea. Señor Kyle, cuando redactó el informe de su turno, declaró que había usted inutilizado tres de las unidades de transporte al despojarlas de los osciladores de cristal, y la primera oficial McConel persuadió inteligentemente a uno de los técnicos metalúrgicos para que prescindiera de un láser que estaba siendo empleado para la inspección de muestras del casco de la T’pau.
–¡Pero, capitán, eso no es tan importante como lo que nosotros tenemos entre manos! ¡Los motores!
–Señor Scott, los motores están en perfecto estado. Siempre lo están, gracias a sus diligentes esfuerzos de mantenimiento; pero está usted llevando esto demasiado lejos. Se ha obsesionado con la idea de modificarlos para obtener todavía más... –Kirk interrumpió su comentario a media frase. Tras respirar profundamente y exhalar el aire para intentar tranquilizarse, continuó–. Señor Scott, desista inmediatamente. No desmantele ni uno, repito, ni uno más de los aparatos que no pertenezcan al departamento de ingeniería para utilizar las piezas en los motores, a menos que se lo autorice de forma explícita. ¿Me he expresado con suficiente claridad?
–Sí, capitán, pero este bonito triac del tablero de control de Uhura sería...
–¡Señor Scott!
–Sí, señor. Ya comprendo.
Kirk se sentía agotado. Las fluctuaciones emocionales que había experimentado Spock ante sus ojos, Scott y sus raterías, Chekov y su loco deseo de hacer desaparecer a los klingon del espacio, la tripulación que se ponía cada vez más y más inquieta... todo ello le atacaba los nervios. Se sentía más como un mediador en disputas civiles que como el capitán de una nave estelar. El sordo dolor que latía dentro de su cabeza se resistía a ceder mientras permaneciese sentado en el sillón de mando.
–Señor Spock, lo dejo al mando.
Por primera vez en su vida, Kirk agregó con un susurro:
–Y espero que la nave sobreviva a ello.

4


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4731.0

Los klingon continúan bloqueando las comunicaciones subespaciales. He ordenado a la teniente Uhura que prepare una cápsula para ser lanzada con un mensaje a la Base Estelar Dieciséis en caso de ataque. La moral continúa deteriorándose a causa de la presencia de los klingon. Las peleas entre los miembros de la tripulación son algo corriente, y las técnicas normales de disciplina no obtienen resultado ninguno. Cada vez me preocupa más la incapacidad de la tripulación de la Enterprise para reaccionar de forma eficaz en caso de que surgiese la necesidad de hacerlo.


Señor Spock, venga conmigo.
Spock levantó los ojos del terminal de la computadora y asintió brevemente. Sus ágiles dedos recorrieron los controles, y la computadora se detuvo con un siseo al cesar el veloz flujo de datos. Como un robot, el oficial científico avanzó con el cuerpo rígido y se detuvo delante del capitán.
Kirk suspiró y se volvió a mirar a Chekov.
–Queda usted al mando, señor Chekov. Spock y yo vamos a hacer un recorrido de inspección de la nave. Notifíqueme si se produce algún cambio en la órbita de los klingon.
–Sí, señor –respondió el alférez.
Kirk comenzaba a cambiar de opinión, a pensar en dejarle el mando de la nave a Scotty. Eso significaría apartar al ingeniero de sus adorados motores. Chekov podía no ser el más indicado para ostentar el mando en aquel momento, no cuando acariciaba de aquella forma tan amorosa los disparadores de las armas. Un ligero roce sobre aquellos sensibles contactos produciría abundantes descargas fásicas capaces de comenzar otra guerra interestelar.
Suspiró más pesadamente que antes. No, dejemos que Chekov tenga el mando. Scott sólo se dedicaría a alterar completamente la misión de la nave con el fin de aumentar en una fracción más el porcentaje de eficacia de los motores. Al menos, Chekov mantendría estrechamente vigilados a los klingon.
Kirk entró en el turboascensor, con Spock a su lado.
–Permaneceremos inactivos mientras los klingon continúen como hasta ahora, señor Spock –comentó Kirk cuando se cerraron las puertas–. Quiero quitarme de encima ese condenado informe de rendimiento.
–¿Es necesario eso, capitán?
–Al menos me mantendrá ocupado. Me doy cuenta de que resultará inútil si los klingon nos destruyen, pero podría darme una pista para invertir la tendencia que presenta la moral de la tripulación a decaer. Supongo que usted lo habrá advertido.
Estudió al oficial científico. Spock miraba fijamente la pared vacía que tenía delante, como si estuviera hipnotizado.
–Lo he advertido, capitán.
–¿Comentarios?
–Los humanos se mueven por una serie de dogmas que son absolutamente ilógicos. No encuentro ninguna forma de explicar sus acciones, ni siquiera en los mejores momentos.
–No me imaginaba algo así.
Las puertas del turboascensor se abrieron en el nivel de control de soporte vital. La actividad habitualmente animada se había visto reducida a unos pocos miembros de la tripulación que daban vueltas como aturdidos. Kirk se quedó quieto y mirando fijamente a un oficial que pasó tambaleándose, obviamente borracho.
–¡Teniente Gordon, explíquese! –le gritó Kirk.
Vio que los ojos del joven se aclaraban, pero la sobriedad fue pasajera. El joven se apoyó contra el tabique y barboteó:
–¿Qué tal, capitán? ¿Qué lo trae a pasearse por estos barrios bajos?
–Póngase firme, teniente –le ordenó Spock con voz cortante y fría.
–Claro, si usted lo ordena... He estado bebiendo un poco... ¿y por qué no?
–¿A qué sección está usted asignado? –preguntó Kirk, mientras intentaba recordarlo. Al ver que no era probable que fuese a obtener una respuesta coherente de aquel hombre, activó su comunicador y pidió la información a la computadora central. Se sintió invadido por el frío cuando vio la respuesta que se formaba en la pequeña pantalla.
–Teniente Gordon, no sólo debería usted estar en su puesto en este momento, sino que es el encargado del mantenimiento de la computadora del sistema de soporte vital.
–¿Eh? Sí, supongo que sí.
–Llévenos a su estación de guardia.
El joven se puso en marcha tambaleándose, mientras Kirk y Spock lo seguían. La puerta de la sala de la computadora de soporte vital se abrió. El teniente Gordon se dejó caer en la silla que había ante los controles y sonrió.
–¿Lo ven? Nada falla. Nunca falla nada.
–Señor Spock, corrija este desorden inmediatamente.
El vulcaniano se inclinó y procedió a alterar los datos que aparecían en las lecturas de la computadora.
–¿Qué ocurre? ¡No haga tonterías con eso!
–Señor Gordon, ha dejado usted que el nivel de dióxido de carbono suba violentamente a bordo de la Enterprise –le señaló Spock con su voz de robot–. Si su porcentaje hubiese aumentado sólo unas pocas décimas más, las capacidades de los miembros de la tripulación se habrían visto seriamente disminuidas.
Kirk pulsó el botón del comunicador de la pared y ladró:
–Seguridad, quiero que el teniente Gordon quede fuera de servicio hasta nueva orden.
Cuando llegó la patrulla de seguridad, Kirk salió de la sala con los puños temblándole de impotencia.
–Spock –dijo una vez en el pasillo al que daba la sala de la computadora–, nunca he golpeado a un oficial, pero hace un momento he estado muy cerca de ello. De hecho, ha puesto en peligro la nave. Voy a someterle a un tribunal militar aunque tenga que perseguirlo hasta la Base Estelar Uno!
–Ésa es su prerrogativa, capitán. Las regulaciones son muy precisas a ese respecto. El descuido del deber es intolerable en cualquier circunstancia. En las actuales condiciones de alerta roja, podría resultar fatal para todos nosotros.
Kirk se detuvo a considerar la forma en que había reaccionado Spock. Ni la más ligera señal de emoción. Ningún intento de presentar un punto de vista que contrapesara la situación. El antiguo Spock que él conocía hubiese puesto de relieve la irracionalidad de los seres humanos, la forma en que la tensión los hacía quebrarse a veces. Pero en ese momento no lo había hecho.
–Vayamos a echar un vistazo al nivel de los motores, señor Spock. En este momento, el informe de rendimiento necesita algún punto favorable que destaque. El señor Scott no me ha decepcionado nunca con ese aspecto de su conducta.
Se trasladaron al nivel de máquinas con el turboascensor, pero Kirk sentía que se le formaba en el estómago un nudo frío en el mismo momento en que llegaron a la sala de motores. Los miembros de la tripulación peleaban abiertamente, sin siquiera intentar detenerse cuando él y Spock caminaban entre ellos. No intentó detener las peleas; se sentía demasiado perdido. Aquélla no podía ser la Enterprise en la que tan duramente había trabajado para afinarla para la batalla. Aquélla no era su tripulación. Su tripulación se ponía firmes en presencia de los oficiales superiores, desempeñaba su trabajo en silencio y con la plena capacidad de sus habilidades, y lo más importante de todo era que les importaba la nave. Kirk no conseguía comprender qué era lo que le importaba a aquella gente, en la que él ya no pensaba como en una tripulación. Al igual que Kyle, Gordon y todos los demás, parecían estar absortos sólo en sus asuntos personales. Peleaban, se dedicaban a los coqueteos, bebían, habían caído en el descrédito y no eran adecuados para llevar el uniforme de la Federación.
–Señor Scott, capitán –anunció Spock con su voz de computadora.
Kirk sintió deseos de golpearlo, bramarle, hacerle entrar un poco de sentido en la cabeza al vulcaniano, pero se contuvo. Sólo un plan muy cuidadosamente pensado conseguiría arrancar a Spock de su fase completamente lógica y convertirlo nuevamente en el mejor oficial científico de la flota.
Kirk recorrió la sala de motores y meneó la cabeza. Muchos de los tableros de control habían sido destripados. De ellos salían diversos cables que los conectaban con un dispositivo que se hallaba en el centro de la espaciosa sala. El aparato zumbaba con un poder inmenso que Kirk no conseguía comprender. Lo único que veía era que los cables superconductores salían del extremo de los electrodos de los nódulos de los motores de materia–antimateria.
–¡Señor Scott, explique todo esto! –gritó Kirk.
–Sí, señor –respondió Scotty, sonriendo de oreja a oreja–. Es un bonito aparato. La primera oficial y yo lo montamos. Produce un bucle de retroalimentación que incrementa el poder de los motores hiperespaciales en un veintidós por ciento.
–Veintitrés por ciento, señor Scott –dijo la pelirroja primera oficial Heather McConel–. Fue una buena cosa que me impusiera un turno extra, capitán Kirk. De otra forma, no hubiéramos conseguido tenerlo a punto para este momento.
–¿Se encuentra comprometida la integridad de la nave? –preguntó Kirk, mirando con expresión confusa los bucles de cable que penetraban en el aparato. No importaba cómo lo mirase, sentía que lo retorcía por dentro como si el dispositivo amenazase con arrastrarlo al núcleo de energía.
–¿Haría yo una cosa semejante, capitán? –gritó Scott, indignado.
–No, señor Scott. Es sólo que usted y la primera oficial... no importa. Continúen.
–¡Sí, capitán, así lo haremos!
Kirk sacudió la cabeza y se marchó apresuradamente. En el pasillo esquivó miembros femeninos y masculinos de la tripulación que se perseguían los unos a los otros. Sus intenciones resultaban obvias por la poca ropa que llevaban encima.
–Ritos saturnales, capitán –dijo serenamente Spock.
–Vayamos a la enfermería, señor Spock. Quiero hablar con el doctor McCoy. Quizá él pueda explicar qué está ocurriendo en esta nave.
Subieron hasta la siguiente planta por la escalerilla y llegaron a la oficina de McCoy. Kirk llamó con los nudillos y entró en la habitación, atestada de helechos y hojas verdes. Apartó con la mano algunos tallos que colgaban en su camino y encontró a McCoy, sentado ante su escritorio, mirando fija y desconsoladamente el tabique vacío.
–¿Bones? ¿Se encuentra usted bien? –preguntó con ansiedad.
–¿Eh? Oh, sí, Jim. Estoy bien. Sólo estaba... pensando. –McCoy apartó de mala gana los sueños que palpitaban en los bordes de su mente–. ¿Qué puedo hacer por usted? ¿Un poco de cirugía plástica en las orejas del señor Spock?
–Eso es tremendamente ofensivo, doctor –señaló Spock.
–¿Ofensivo? ¿Cómo puede encontrar algo ofensivo un ser que niega las emociones? Respóndame a eso, Spock.
–Doctor, no tiene usted ninguna necesidad de... –Repentinamente, Spock se volvió y se alejó con paso majestuoso.
Kirk observó con sorpresa la marcha de su primer oficial. Se sentía cada vez más y más confundido acerca de la situación reinante a bordo de la nave, y así se lo dijo a McCoy.
McCoy se repantigó en la silla y, tras levantar los pies, los descansó sobre el escritorio.
–Creo que es una reacción provocada por haber pasado tanto tiempo rodeados por paredes metálicas, Jim. Los tripulantes de la Enterprise desean con todas sus fuerzas retornar a sus raíces. Quieren sentir la tierra debajo de los pies, ver al sol cuando asoma, rojo, y sentir su calor en la cara, correr por los prados después de la lluvia primaveral. Van a volverse locos de inquietud si continúan encerrados en las entrañas de este monstruo mecánico.
–No llame monstruo a mi nave, doctor –dijo Kirk.
Respiró profundamente e intentó relajarse. No debía entrar en una batalla verbal con McCoy, se dijo. Tenía que encontrar la solución de aquel problema, y pronto. No sólo el destino de la Enterprise, sino el de toda la Federación, dependía de ello.
–Lo es, Jim. Es antinatural. Todas esas máquinas... Nosotros somos sus esclavos, ¿sabe? Nosotros las cuidamos y ellas nos dan a cambio lo que ellas quieren. Si dejara a la tripulación en una granja, vería cómo su actitud cambiaba para mejor. Se acabarían las peleas y las relaciones libertinas. Inténtelo, y verá qué ocurre, Jim.
–Uno puede sacar a los hombres del campo, pero no puede sacar el campo de los hombres –citó Kirk–. Creo que es posible que tenga usted razón, Bones. Hace mucho tiempo que estamos en el espacio, y la tripulación no ha tenido un permiso de tierra decente desde Argelius. Primero la misión cartográfica, y ahora ésta. Sí, puede que esté usted en lo cierto.
–¡Por supuesto que estoy en lo cierto! Busquemos un lugar para establecernos y utilicemos las chapas del casco para fabricar rejas de arado. Ya verá cómo...
–No estaba pensando en la colonización, Bones; y nadie va a utilizar el casco de esta nave como chatarra, ni siquiera Scotty, aunque pensase que eso podría incrementar la potencia de los motores.
–¿Qué?
–No tiene importancia. Me gusta la idea de concederles un corto permiso. Dentro de ciertos límites, en la superficie del planeta, manteniendo constantemente el contacto radial para asegurarnos de que los klingon no intentarán nada.
–A los andorianos parecen irles bien las cosas.
Kirk profirió una risa corta y seca, carente de humor real.
–Pienso que a Threllvon–da le iría bien en cualquier planeta en el que tuviese ruinas de una civilización para desenterrar. No podrían importarle menos los problemas que tenemos con los klingon. Quiere a sus descubrimientos arqueológicos más que a nada en el universo.
–¿Lo ve, Jim? Él está regresando a la tierra. Quiere que el polvo se deslice entre sus dedos. Siente afinidad con la naturaleza.
–Ese hombre sería capaz de quemar un planeta poblado entero para fabricar las ruinas, si llegara a ocurrírsele la idea –dijo Kirk–. Yo quiero...
Lo interrumpió el sonido de una violenta discusión en el exterior de la oficina. Kirk se puso ágilmente en pie y se encaminó hacia la puerta. Abrió y oyó claramente las voces de la enfermera Chapel y la teniente Avitts.
–¡Marrana! ¡Lo único que quieres es arrebatármelo!
–Él me ama a mí, vendedora de píldoras de segunda categoría; y nadie va a robármelo. Él toma sus propias decisiones y me ha escogido a mí. ¡Spock es mío!
Kirk cerró nuevamente la puerta y volvió a hundirse en el asiento que estaba delante del escritorio de McCoy.
–Doctor –dijo–, prepáreme la lista del primer grupo que bajará a tierra, sobre las bases de la máxima desviación psicológica con respecto la norma. Librémonos de lo peor para empezar. Quizá eso consiga curar a algunos de la demencia contagiosa que parece que hemos contraído.

–El primer grupo listo para ser transferido a tierra, señor –se oyó decir a la soñadora voz del teniente Kyle.
Kirk se acercó y se detuvo detrás del oficial de transporte, desde donde sus ojos estudiaron las coordenadas de los controles del transportador. No confiaba del todo en el oficial desde que lo había encontrado modelando lo que el hombre denominó como «una Venus de Milo de la época moderna», con tres brazos.
–Transfiéralos a la superficie del planeta, señor Kyle –ordenó, mientras observaba atentamente los parpadeos de los indicadores.
Todo funcionó correctamente. Los seis tripulantes que estaban sobre la plataforma del transportador, rielaron y se transformaron en columnas insubstanciales de energía pura. Se desvanecieron de la nave, con diminutas detonaciones, para ser materializados nuevamente a trescientos cincuenta kilómetros más abajo.
–Siguiente grupo preparado –dijo uno de los agentes de seguridad, que conducía otro grupo al interior de la sala de transporte. Antes de que Kirk diera la orden que los enviaría al planeta, el intercomunicador de la pared zumbó y requirió su presencia.
–Aquí Kirk. ¿Qué ocurre?
–El comandante klingon nos acusa de haber violado el Tratado de Paz Organiano, capitán –declaró la voz impasible de Spock.
Kirk se interrogó acerca del cambio del oficial científico. Parecía haber regresado completamente a la fase carente de emociones, un giro de ciento ochenta grados desde el momento en que se había precipitado fuera de la oficina de McCoy.
–Estaré ahí arriba en seguida, señor Spock. Mantenga al capitán Kalan tan apaciguado como pueda hasta que llegue Yo.
El atezado rostro del comandante klingon llenaba la pantalla del puente de mando. Kirk se dejó caer lentamente en el sillón de mando y miró fijamente al klingon durante unos segundos, tras lo cual pulsó el botón del brazo del asiento que abría el circuito auditivo de comunicación con la Terror.
–Saludos, comandante Kalan.
–No intente darme charla, capitán. Sabía que violaría usted el tratado a la primera oportunidad que se le presentase.
–Explíquese, capitán. Sus palabras están siendo grabadas y serán transmitidas a la Base Estelar Dieciséis.
–Nosotros tenemos bloqueadas sus líneas de comunicación. ¡Nada será transmitido, cerdo asesino! Ha enviado usted grupos armados a la superficie del planeta para apresar a mis pacíficos científicos.
–Capitán –dijo Spock con voz queda–, sus hombres están armados con las últimas armas klingon de mano. Muchos llevan armas mucho más poderosas que nuestras pistolas de rayos. Todos nuestros grupos de tierra están armados solamente con pistolas fásicas tipo 1.
–Ya lo sé, señor Spock. Gracias. –Luego alzó la voz para hablarle al comandante klingon–. Creo que ha interpretado usted mal nuestras intenciones. Ninguno de los miembros de nuestra tripulación ha atacado. No ha tenido lugar confrontación alguna.
–¡Porque yo no le he dado tiempo para reunir fuerzas suficientes sobre ese planeta!
–Capitán Kalan, ¿me permite señalarle que usted ya tiene unas fuerzas numéricamente superiores a las de la Federación sobre la superficie de Alnath II? Yo sólo he enviado un equipo de apoyo científico para que ayude al doctor Threllvon–da en sus exploraciones. Las credenciales de éste hablan por sí solas. Es un hombre absolutamente pacífico.
–¿Está el vulcaniano a cargo de ese supuesto equipo de apoyo científico?
Kirk vio que le estaba tendiendo una trampa y la eludió inteligentemente.
–Capitán, ¿cree que enviaría yo al señor Spock a una misión tan trivial? Sus habilidades serán mejor utilizadas a bordo de la Enterprise. No, he ordenado a su ayudante que baje al planeta. Spock, traiga de inmediato aquí a la teniente Avitts.
–Eso es un truco. Mantiene al vulcaniano en reserva porque es un maestro en táctica. Lo trasladará al planeta cuando esté preparado para atacar.
–¿Atacar, capitán? Difícilmente –se burló Kirk–. Hablaba en serio cuando dije que era sólo un pacífico equipo de soporte. Ah, teniente Avitts. La he destinado al mando de la partida de tierra. ¿Cuál es su principal misión a bordo de la Enterprise?
–Soy la oficial científica ayudante, y estoy bajo las órdenes del señor Spock –respondió ella, mirando al vulcaniano y dedicándole una encantadora sonrisa.
Spock no movió ni un músculo a modo de respuesta.
–Ella miente. Se le ha ordenado que declare esa falsedad.
–Capitán Kirk –dijo Candra Avitts, apasionadamente–. Yo no miento. Considero que es éste el mejor destino de toda la Flota Estelar. El señor Spock es un instructor maravilloso, y la Enterprise es la mejor nave de cartografía de planetas recientemente descubiertos. Ésta es una gran oportunidad para mí.
–Bah. En fin, envíela al planeta. Lo observamos minuciosamente, Kirk, y una sola señal de hostilidad pondrá fin a esa herrumbrosa barcaza espacial suya. ¡La Terror hará estallar en átomos a la Enterprise! –Un dedo del comandante klingon pulsó un botón invisible y la pantalla se apagó.
Kirk se echó hacia atrás y respiró pesadamente.
–Ésta fue una buena batalla verbal –declaró–. ¿Comentarios, señor Spock?
–Ninguno, capitán. El klingon está tremendamente inquieto por los miembros adicionales de la tripulación que hemos enviado al planeta. Sus misteriosas actividades deben de verse amenazadas por la presencia de un número demasiado alto de miembros de la Federación en las proximidades.
–Teniente Uhura, ¿han conseguido los satélites recoger alguna información sobre los movimientos de los klingon sobre el planeta?
–No, señor –respondió lentamente Uhura–. Los satélites pasan por encima del yacimiento arqueológico sólo una vez cada tres horas. Los sensores que llevan dentro no han conseguido hasta el momento penetrar la red de bloqueo establecida por los klingon.
–Están consiguiendo cada vez mayor perfección en sus aparatos electrónicos –reflexionó Kirk–. Recuérdeme que investigue eso, señor Spock.
El capitán hizo girar su sillón para encararse con la pelirroja teniente Avitts. Miró sus avellanados ojos y se preguntó cuál sería la naturaleza de sus relaciones con Spock.
No había duda alguna de los poderosos sentimientos de ella hacia el vulcaniano, pero ¿qué sentiría Spock por ella? Kirk no encontró una respuesta inmediata. En circunstancias normales, se hubiera reído de cualquier posible complicación emocional en el caso del oficial científico, pero no en aquel momento. No cuando Spock fluctuaba entre la lógica pura y la emotividad excesiva. No podía apartar aquellas lágrimas de su mente. Spock había llorado de frustración y rabia.
–¿Capitán? –preguntó la oficial ayudante–. ¿Le parece bien si Spock me acompaña? Apenas tengo los conocimientos suficientes como para...
–Estará usted al mando de la expedición, teniente; y si quiere adquirir experiencia algún día, simplemente haga las cosas de la mejor manera posible... sin Spock. –Observó la reacción de ella y luego continuó–. No quiero que Spock descienda a la superficie, aún no. El klingon lo interpretaría como un movimiento estratégico contra sus fuerzas. A pesar de que Spock es un oficial científico de primera clase, los klingon tienden a pensar en él como en un táctico militar. No queremos ponerlos nerviosos hasta que hayamos llegado al fondo de este misterio.
–¿Y entonces, señor?
–Pues continuaremos tocando de oído, teniente, exactamente como lo hemos estado haciendo hasta ahora. Prepare sus instrumentos. Quiero que ayude a Threllvon–da de cualquier manera posible. Intente no contrariarlo demasiado, e infórmenos periódicamente de los movimientos y actividades de los klingon. Me interesa descubrir qué están haciendo con toda esa maquinaria pesada en la superficie del planeta.
–Sí, señor –respondió la teniente, poniéndose firme.
–Puede marcharse. –Giró el sillón para observarla mientras se marchaba–. Es una mujer bonita, ¿no lo cree, Spock? –preguntó luego.
–Yo no me ocupo de esas apreciaciones humanas, capitán.
–Por supuesto que no, Spock. Continúe con su trabajo.
Spock se volvió hacia la terminal de la computadora, pero Kirk no dejó de advertir el ligero estremecimiento que sacudía las manos del vulcaniano.
«No, señor Spock –pensó–, no se ocupa usted de cosas puramente humanas como el amor, ¿no es cierto?»

–No sé qué más hacer al respecto, Bones –le comentó Kirk al médico.
Se retrepó en el asiento y miró al espacio que había detrás de la cabeza de McCoy. Las paredes del camarote se le venían encima, y eso le hizo pensar que quizá McCoy tuviese razón en lo referente a la claustrofobia provocada por pasar demasiados años en el interior de una nave.
Pero aquello no lo había afectado nunca antes. Él no conocía ningún otro entorno que no fuese una nave espacial, ni tampoco lo conocía la mayor parte de la tripulación, entrenados todos en el espacio. El problema de la muerte de los vulcanianos, la amenaza klingon y la civilización perdida del planeta que tenían debajo habían agregado tensiones a una tripulación ya excesivamente fatigada. Tenía que ser ése el origen de la inquietud reinante.
–Ha hecho usted lo más correcto, Jim. ¿Quiere otra copa? –El médico sostenía en la mano una pequeña garrafa de cristal labrado llena de un líquido turbio.
–Ese licor es fuerte. ¿Lo ha obtenido del alambique de la primera oficial McConel?
–Es mi reserva privada. Al parecer, nuestra «primera oficial de destilería» ha roto el alambique y ya no produce sus maravillosos caldos. Ella y Scotty están demasiado absortos en el perfecto ajuste de los motores.
–¿Heather McConel renunció a su alambique? –Kirk apenas podía creerlo–. Ha acabado con el mejor combustible de motores del sector. ¿Quién la ha relevado en el negocio?
–No lo he averiguado. Tal vez nadie, aunque sospecho que esa pasta púrpura que sale del autoclave podría ser una buena base para destilar licor. Indudablemente, es lo suficientemente ácida.
–¿Todavía no han reparado eso?
–Usted no ha estado últimamente en el salón de oficiales, ¿no es cierto, Jim? Le prescribo una dosis doble de medicina. –El médico escanció licor en un vaso y se lo entregó al capitán–. Parece que todo a bordo se ha ido al garete. No puedo explicarlo de otra forma que pensando que todo el mundo se ha hartado de estar enterrado en la barriga metálica de esta bestia.
–Está usted hablando de mi nave, Bones. Tenga cuidado con lo que dice –le advirtió Kirk, con voz cansada.
Sus palabras eran casi respuestas automáticas. El feroz licor le bajó ardiente hasta el estómago, donde se encharcó y derramó calor por todo su cuerpo. Lentamente, casi de mala gana, se relajó.
–Todos van en busca de sus propios intereses egoístas –reflexionó McCoy–. Nunca antes había visto una cosa así. En ninguna parte de la Flota Estelar ha sucedido algo parecido a esto. Yo simplemente siento que puedo hacer cualquier cosa que se me antoje. Tengo el poder en la punta de los dedos, y sólo aguarda a que yo lo utilice. Tengo que intentar usarlo.
–¿Para qué, Bones? –preguntó Kirk.
Se removió inquieto en la silla, al darse cuenta de que McCoy acababa de tocar exactamente lo mismo que lo roía a él por dentro. También él sentía el poder, fuera lo que fuese éste; pero él no anhelaba una vida sencilla y libre de las máquinas, como McCoy. Todo lo que él necesitaba era resolver el problema de la moral a bordo de la Enterprise... y librarse de la nave klingon que pendía a unos pocos miles de kilómetros en órbita por encima de ellos.
–¿Para qué? Para cualquier cosa que yo crea que es la más importante. Quiero sentir que un paciente se cura porque yo he hecho lo correcto, no porque lo haya hecho alguna maldita máquina. ¿Qué sé yo del interior de un protopláser anabólico? No es más que un chisme que yo manejo. Estoy entrenado para utilizarlo, pero ¿qué es lo que hace realmente? No hay nada comparable a coser una herida y saber que he hecho un buen trabajo.
–Así que fue usted quien rompió el protopláser –suspiró Kirk–. Ya he oído hablar de eso, Bones. Ese miembro de la tripulación se molestó mucho con usted porque empleó monofilamentos para cerrarle la herida.
–Era hilo quirúrgico, y él parecía satisfecho. Además, yo no rompí el condenado protopláser, sino que se rompió él solito. Deje que Scotty juegue con él. Yo dependeré de esto.
–McCoy sostuvo ambas manos ante sus ojos y las miró fijamente–. En las épocas antiguas, un cirujano dependía de la firmeza y la seguridad de sus manos. De nada más. Algunas malditas máquinas pueden ser programadas para hacerlo prácticamente todo. Yo me limito a vigilarlas. No hay nada relacionado con la cirugía de lo que hablar. No es así como deberían funcionar las cosas.
–El auto–cirujano controlado por computadoras no comete errores.
–Ni tampoco puede ser brillante. Un ser humano, sí puede. A eso se debe toda la inquietud que puede apreciarse entre la tripulación, Jim. Quieren tener una mayor participación en sus propios destinos. Menos máquinas y más humanidad. Escuche bien lo que le digo, porque es eso lo que ocurre.
–No puedo creerlo, Bones. ¿Por qué ahora? ¿A causa de la tensión? Me resulta increíble. Han soportado tensiones peores y no han contraído locura espacial. Es como si a los peores –o a los mejores– de sus deseos les hubieran dado rienda suelta. Ya no son capaces de controlarse.
McCoy se echó a reír y acabó el licor de su vaso, tras lo cual volvió a llenarlo hasta el borde antes de hablar.
–Fíjese en las peleas de gatas en que se enzarzan la teniente Avitts y la enfermera Chapel por Spock –señaló–. Se trata de un amor no correspondido, y, sin embargo, ellas actúan como si fuese la cosa más importante del universo.
–¿Es realmente un amor no correspondido, Bones? ¿No ha advertido la forma en que ha estado actuando Spock? Es como un interruptor de palanca, que pasa de la total impasibilidad a la histeria.
–¿Histeria? ¿Spock? Está usted exagerando, Jim, pero he tenido la sensación de que en Spock hay más emociones de las que él permite que afloren. Histeria –repitió McCoy, mientras una sonrisa le curvaba las comisuras de la boca–.Me gustaría ver eso con mis propios ojos.
–No, no le gustaría –le contradijo Kirk–. Es lo mismo que observar cómo un valioso amigo se autodestruye lentamente. Eso lo está destrozando, de la misma manera segura que están siendo destrozados los demás miembros de la tripulación. Tienen deseos irreconciliables en su interior, y ya no son capaces de controlarlos.
–¿Está en peligro la nave?
–Más de lo que nunca ha estado... y no creo que los klingon constituyan la peor parte de ese peligro.Ellos no se marchan, pero la desintegración interna me preocupa más que nada.
–Beba. El médico prescribe otro buen trago de este filtro de felicidad de cuarenta megavatios. Trate de no preocuparse tanto por el asunto, Jim. Deje que la tripulación pase parte de sus permisos en el planeta, y la moral mejorará. Acuérdese de lo que le digo.
–Ahora mismo la teniente Avitts está en la superficie –dijo Kirk–, junto con el equipo científico destinado a ayudar a Threllvon–da. Sea lo que sea lo que afecta a mi tripulación, no procede del planeta de ahí abajo. Exploré el perfil psicológico de Threllvon–da mientras estuvo a bordo de la nave, y lo comparé con los del archivo de nuestra computadora. Eran casi exactamente iguales. Él y los demás integrantes de su grupo son ahora tan normales como lo eran hace cinco años, cuando sus perfiles fueron grabados en la memoria de la computadora.
–Eso es normal –dijo lentamente McCoy–. ¿Qué es lo normal? ¿Vivir rodeados de máquinas? Eso no es natural, simplemente no lo es. Eran mejores las formas antiguas de hacer las cosas. Pongamos una granja en marcha ahí abajo, Jim. Parece ser una buena tierra de cultivo. Unas pocas hectáreas de plantaciones es cuanto necesitaremos para el primer año, más o menos. Luego podremos ampliarlas si necesitamos más.
–Usted es un médico y yo un capitán de nave estelar –declaró Kirk con tono seco–. Dudo sinceramente de que quiera remover la tierra para arrancarle su sustento.
–No, supongo que no lo quiero –concedió McCoy–, pero sin duda suena como una buena forma de vida.
–Padece usted tanta locura espacial como el resto de la tripulación –declaró Kirk, mirando al doctor por encima del borde del vaso.
Bebió otro sorbo y dejó el vaso sobre la mesa, resuelto a no beber más. No podía permitir que sus sentidos se embotaran, al menos en aquel momento.
–Todos nosotros somos diferentes de como éramos hasta hace poco –admitió McCoy–, pero eso representa un progreso.Me pregunto si los klingon tendrán los mismos problemas a bordo de la Terror.
Kirk frunció el entrecejo.
–Me pregunto si será así–dijo lentamente–.Me pregunto si...

5


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4732.9

Los klingon juegan a esperar. La moral a bordo de la Enterprise continúa deteriorándose. Los miembros de la tripulación atienden más a sus intereses egoístas que a los bienes de mayor alcance. Temo que alguien desatienda sus deberes y provoque el incidente que desean los klingon. La espera es demasiado agotadora. Tenemos que iniciar la acción.


Uhura se recostó en el respaldo de su asiento, ante los controles de comunicación, mientras su mente erraba a años luz de distancia. ¡Qué agradable sería que el doctor M'Benga se fijase en ella! Suspiró. Aquel hombre era muy hermoso. ¿Por qué tenía que estar completamente absorto en las investigaciones de medicina? Los constantes sondeos de la corriente sanguínea de los miembros de la Enterprise parecían dar muy pocos resultados por lo que al conocimiento concernía. Ella sabía que podría enseñarle cosas mucho más placenteras si él se dignase examinarla de manera más minuciosa.
Ya tenía otra ocupación más productiva y placentera planeada para ambos, cuando las luces destellaron a todo lo ancho del panel de comunicaciones. Parpadeó y bajó los ojos, mientras su mente comenzaba a funcionar de manera normal y eficiente. Mientras analizaba y llegaba a las conclusiones adecuadas, pulsó varios botones. La computadora zumbó alegre mientras absorbía la corriente de información transmitida.
–¡Capitán Kirk! –exclamó Uhura–. Un mensaje de la nave klingon.
–¿Para nosotros?
–Negativo, señor. Están empleando microimpulsos latentes en un estrecho rayo subespacial. Lo estoy interceptando a través de uno de los satélites.
–Ha sido una buena cosa ponerlos en órbita –señaló Kirk–. Descifre el mensaje klingon lo antes posible, teniente. Me interesa mucho conocer su contenido.
Kirk se dejó caer pesadamente en el sillón de mando y se volvió a mirar la pantalla de visión exterior. La escena cambiaba lentamente al rotar Alnath II debajo de ellos. La visión que tenía desde aquella altura le hacía sentirse cansado y deprimido. Anhelaba estar en la superficie del planeta, con el viento revolviéndole el cabello. Apartó aquel pensamiento bucólico de su mente. Había estado escuchando durante demasiado tiempo al doctor McCoy. Era mejor dejar al doctor con aquellas escenas terrícolas. James T. Kirk era el comandante de una nave estelar. El hombre pertenecía al espacio. Él era una prueba viviente de ello. Su dedicación y compromiso con los nuevos planetas, el cartografiado y los contactos con civilizaciones alienígenas que apenas eran comprensibles para los patrones humanos, lo demostraban claramente. Su lugar estaba entre las estrellas, no en el fondo de un pozo de gravitación tan profundo como el de un planeta.
–La computadora está trabajando, señor –anunció la clara voz de Uhura–. Se trata del código más complejo jamás empleado por los klingon. Es una variante de uno anterior y menos complicado.
–Sí, sí, teniente –respondió Kirk con impaciencia. Odiaba pedir detalles. Al menos, Uhura estaba haciendo su trabajo. No debería molestarse con ella por estar demasiado absorta en él. Una rápida mirada por el puente le demostró que Uhura, Spock y Chekov eran los únicos que se ocupaban de los controles. Sulu vagaba por el puente, bromeando y riendo con los demás, más interesado en hacer vida social que en mantener el rumbo de la nave.
–Capitán –dijo Spock–, la computadora ha terminado también los análisis de la calidad del rayo. ¿Quiere conocer también los parámetros técnicos de la transmisión?
–Más tarde, Spock. Quiero saber qué es lo que el capitán Kalan considera tan importante como para verse obligado a enviarlo a través del bloqueo que hemos establecido nosotros.
–El mensaje dice lo siguiente –comenzó Uhura–: «¡Escuchad, Altísimo Señor Almirante Kolloden, de parte de Kalan, comandante del acorazado Terror! –Kirk se sintió irritado y se removió impaciente en su sillón, cruzando las piernas, descruzándolas luego, e inclinándose finalmente hacia delante para oír la parte importante del mensaje–. Equipos funcionando al ochenta por ciento de su eficacia óptima sobre la superficie de Alnath II. Resultados dentro de tres rotaciones planetarias».
Uhura levantó los ojos hacia Kirk.
–Lo siguiente es confuso, capitán. No estoy segura de que la computadora lo haya traducido correctamente.
–Deje que sea yo el juez de eso, Uhura. De prisa, léalo.
–Sí, señor. El mensaje continúa: «Se han tomado medidas disciplinarias contra miembros de la tripulación, de acuerdo con Orden Vigente Uno. Los doce amotinados han sido acusados, juzgados y hallados culpables. La ejecución tuvo lugar a equivalente del amanecer de Hora de Base Cero. Se han conservado las manos izquierdas de los amotinados, y el resto de sus cuerpos ha sido deshonrado y arrojado a la antorcha de plasma».
–Señor Spock, verifique –ordenó Kirk.
Mantuvo el entrecejo fruncido mientras el oficial científico traducía el mensaje klingon para comprobar la exactitud del trabajo de Uhura.
–La descodificación llevada a cabo por la teniente Uhura es esencialmente correcta, capitán. Los klingon proporcionan a continuación una lista de los nombres de los amotinados. Uno de ellos era la propia hija de Kalan.
–¿No hay ninguna posibilidad de que ellos deseasen que interceptáramos ese mensaje? –preguntó Kirk–. Ya sé que los aparatos electrónicos de los klingon no son tan complejos como los nuestros, y ellos también tienen que saberlo. ¿Está seguro de que ellos no tenían la intención de que nosotros leyéramos ese mensaje?
–Lo desconozco, capitán. Pero existen probabilidades extremadamente bajas de que este mensaje fuese tal y como es si ellos hubieran tenido la clara intención de que nosotros lo interceptáramos. ¿Por qué iba Kalan a exponerse a una vergüenza personal si el informe no fuese verdadero?
–Es una buena objeción, Spock.
Kirk se retrepó en el sillón y apoyó la barbilla sobre un puño. Pensó intensamente acerca del mensaje que Uhura había interceptado. Kalan tenía a bordo de su nave unos problemas disciplinarios aún más graves que los que habían surgido hasta ese momento en la Enterprise. A pesar de que los lazos familiares de los klingon no eran tan poderosos como los existentes en la mayoría de los mundos de la Federación, continuaban siendo fuertes. Los hijos eran educados para no darles más que gloria a sus progenitores. Si era cierto que Kalan había ejecutado a su hija por amotinarse, el comandante klingon se había enfrentado con un dilema que sobrepasaba todo aquello que Kirk hubiese tenido que resolver hasta aquel momento.
Hasta aquel momento.
–Señor Spock, ¿hay algo que indique la causa del motín? ¿Es el mensaje lo suficientemente completo como para extrapolar los detalles?
–Sólo conjeturas, capitán –declaró la voz imperturbable.
Igual podría haber estado hablando del precio de los lirios de fuego de Altair VI. Su discurso sin inflexiones había comenzado a atacarle los nervios a Kirk, y eso sembraba las semillas del descontento, quizá del motín. Kirk tenía que analizar sus propios sentimientos e intentar comprender la frustración que sentía.
–Oigámoslas, Spock.
–Del planeta de ahí abajo emana algún tipo de energía indetectable para nuestros instrumentos y los de la nave klingon. Esa energía provoca una extrema inquietud en los miembros de ambas tripulaciones, y precipita los altercados que hemos estado presenciando.
–Ésa no es una explicación completa, Spock. Los andorianos no se han visto afectados, al menos de forma visible. Son felices, están sanos y se contentan con excavar en sus ruinas. Además, no encontramos ningún signo de lucha a bordo de la T'pau. ¿Explicaciones?
–Ninguna, capitán. La idea de una fuerza selectiva no me resulta plausible.
–¿Selectiva? ¿Se refiere a una energía que acentúa la agresividad sólo en ciertos seres?
–Quizá en los seres que sientan una predilección en ese sentido; pero eso deja sin explicación las muertes de los vulcanianos y cierto comportamiento atípico no relacionado con las tendencias agresivas.
–¿Qué comportamiento es ése, Spock? –preguntó Kirk, haciendo girar su sillón para estudiar a su oficial científico.
El vulcaniano se tensó de manera perceptible y se estremeció ligeramente como si librara una tremenda batalla emocional en su interior. Ningún signo de aquel feroz conflicto afloró a su rostro.
–Comportamientos como el manifestado por el doctor McCoy. Se ha vuelto un caso patológico en su desconfianza hacia las máquinas. Se niega a permitir que la computadora realice las pruebas rutinarias de laboratorio. El médico insiste en que dichas pruebas sean llevadas a cabo por su ayudante de una forma que recuerda las empleadas en el siglo veinte. Algo muy primitivo, en el mejor de los casos –se burló Spock.
–¿Otros ejemplos?
–El teniente comandante Scott está obsesionado con los motores hasta el punto de hacer caso omiso de otros deberes. –¿Y qué hay de usted mismo, señor Spock? ¿Siente usted algún impulso insólito?
–Yo continúo teniendo un total control sobre mí mismo, capitán.
Cesó el temblor de las manos del oficial científico, y éste volvió a revestirse con una coraza de impenetrable serenidad. Había vencido sus violentas emociones y se había convertido en un robot, una máquina vulcaniana pensante, perfecta, dotada de movimiento y carente de emotividad.
–Ya veo –dijo Kirk–. ¿Advierte usted algún cambio en mí?
–Eso no me corresponde a mí decirlo –respondió Spock.
–No, supongo que no. Muy bien, señor Spock. Por favor, examine todas las facetas de los datos. Analice las lecturas de la computadora y de sus instrumentos. Tenga plenamente en cuenta la información que la teniente Uhura ha recogido del mensaje klingon interceptado, e infórmeme de sus hallazgos directamente. Quiero saber cuál es la causa más probable de esta... inquietud. No toleraré que actúe de forma adversa sobre la tripulación de la Enterprise.
–Sí, señor. –Spock se volvió hacia su computadora y comenzó a teclear la información. Kirk se puso de pie y abandonó el puente, profundamente sumido en sus pensamientos.

Kirk dormitaba en medio de un mal sueño. Las siluetas de la pesadilla pasaban velozmente como fantasmas carentes de sustancia, le perseguían y arrastraban a acciones que él temía. Él luchaba para mantener el equilibrio mental, para alcanzar el compromiso perfecto entre los aspectos duales de su propia naturaleza. No podía ser el soldado y precipitarse a la batalla. Las filas enemigas crecían ante sus propios ojos. Su miedo aumentaba. Tenía que retroceder y estudiar otros métodos para vencer. La derrota era contraria a su naturaleza, pero el ataque era algo que estaba fuera de discusión.
Nada de agresiones. Sólo el alcanzar un convenio con los fantasmas de sus sueños le daría la paz. Discutió y gritó, halagó y arengó... y estaba ganando la batalla de su sueño cuando el timbre de su puerta lo devolvió precipitadamente a la realidad.
–Humm, ¿quién es? –preguntó en voz alta, mientras se frotaba los ojos para borrar el sueño de ellos. La cabeza aún le daba vueltas a causa de la rápida transición del mudable sueño a la substancia tangible de la Enterprise, que lo rodeaba.
–Spock, señor. Solicito permiso para entrar.
–Adelante.
El vulcaniano marchó al interior de la reducida habitación y de detuvo, permaneciendo firme.
–¿De qué se trata, Spock?
–Lamento haber interrumpido su sueño, pero me encuentro con que los datos de los que dispongo no son suficientes como para que pueda llegar a una conclusión satisfactoriamente significativa. Solicito permiso para transferirme a Alnath II y estudiar personalmente la superficie del planeta, los campos que interactúan allí y la naturaleza del yacimiento arqueológico descubierto por Threllvon–da.
–¿No puede obtener toda esa información desde aquí arriba? No quiero ponerle en peligro en la superficie, al menos mientras los klingon estén ansiosos de tener una excusa para comenzar a dispararnos.
–Creo que los cimientos de mi investigación han sido adecuadamente establecidos, capitán. Kalan podría poner objeciones a mi presencia en el planeta, pero no intentará utilizar eso como razón para romper el Tratado de Paz Organiano. Hay una probabilidad del cero coma noventa y ocho por ciento de que haga otra cosa que protestar verbalmente.
–Si no baja, ¿su investigación quedará en punto muerto?
–Así es, capitán. Los datos recogidos por los demás carecen de la proximidad necesaria para una interpretación completa. Usted es consciente de la importancia de ese aspecto en cualquier tipo de experimento.
–Sí, Spock, soy consciente de ello.
La mente de Kirk se despojó de la fina capa de sueño y comenzó a funcionar a toda velocidad. La necesidad de continuar adelante le roía las entrañas. Aquella jugada estratégica no le gustaba demasiado; sin embargo, era algo positivo que arrojaba a Kalan sobre los cuernos de un dilema. El klingon tendría que preocuparse por los motivos que habían impulsado a Kirk a enviar a Spock al planeta, mientras se ocupaba también de la inquietud que reinaba en el acorazado Terror.
–¿Se me concede autorización para transferirme al planeta, señor?
–Más que eso, Spock. Llévese con usted tantos técnicos como crea que vaya a necesitar.
–No necesitaré a ninguno, capitán. La teniente Avitts ya está en la superficie.
Kirk le dirigió una penetrante mirada a su primer oficial. Intentó detectar alguna de las reveladoras emociones que había visto con anterioridad. La obvia atracción que la teniente sentía por Spock podía ser el motivo de que él desease bajar al planeta; pero Kirk no halló en las facciones del vulcaniano otra cosa que el deber más puro.
–Puede marcharse en cuanto esté preparado, señor Spock.
–Gracias, capitán. Ya he recogido mi transmisor y puedo bajar de inmediato.
–Ocúpese de que los controles del transportador estén correctamente ajustados –dijo de pronto, Kirk–. No me gustaría que los átomos de mi primer oficial acabasen desparramados entre aquí y Vega.
–No se preocupe. Todo estará en perfecto orden.
Spock se volvió en redondo y se marchó; la puerta se cerró con un siseo detrás de él. Kirk volvió a tenderse en su cama e intentó dormir, pero su mente se había embrollado excesivamente con los «acasos» de la situación. Lo único que podía hacer era desear lo mejor.

El rayo transportador deshizo a Spock en los billones de partículas que lo componían, desplazó esas partículas y volvió a reunirlas sobre la superficie del planeta. La áspera gravilla sobre la que se apoyaron sus pies lo hizo tambalearse ligeramente. Permaneció inmóvil hasta que sus músculos se adaptaron a la ligera diferencia de gravedad, y luego se encaminó hacia el yacimiento.
Las excavaciones eran impresionantes, y la pirámide destellaba negra y ominosa a la luz del sol. A pesar de sí mismo, Spock se detuvo simplemente para contemplar la imponente estructura. La perfección de aquella pirámide lo impresionó enormemente. Las superficies estaban tan tremendamente pulidas, que se habían convertido en espejos.
–¡Spock! –sonó un gozoso grito a su derecha.
Giró la cabeza y vio a Candra Avitts que corría hacia él.
Se le formó un nudo en la garganta. ¡Era una mujer tan pasmosamente hermosa! Los largos cabellos flotaban a sus espaldas, presos y sujetos por el fuerte viento que soplaba en la llanura de grava. Dio un paso hacia la mujer, se detuvo, tragó saliva y puso sus emociones bajo un severo control.
No era propio de un vulcaniano sentir las emociones que experimentaba en ese momento, excepto durante el pon farr. Respiró profundamente, aquietó su mente y, cuando la teniente Avitts se detuvo junto a él, Spock presentaba sólo una estoica apariencia exterior.
–Oh, Spock, me alegro muchísimo de que esté usted aquí. ¿Por qué no me dijo que iba a bajar? Podría haberle preparado una recepción adecuada.
–No es necesaria recepción alguna. Estoy aquí sólo para observar las técnicas de Threllvon–da y recoger datos sobre los campos propios de esta masa planetaria.
Miró su aparato de registro y frunció ligeramente el entrecejo. Se sentía vejado al pasar por alto un dato importante. No había estado prestando atención a sus deberes básicos a causa de la excitante proximidad de su ayudante. Luchó y ganó otra batalla interna contra sus emociones.
–¿Qué ocurre, señor Spock?
–Una incógnita –respondió, mientras estudiaba las lecturas de su aparato sensor–. Estas lecturas son extremadamente insólitas. –Observó cómo los indicadores se precipitaban fuera de la escala y luego regresaban lentamente. Una y otra vez el sensor repitió dicho proceso hasta que se estabilizó en las lecturas normales de un planeta de clase M–. Es tremendamente extraño. Mi sensor se ha descompuesto.
–Oh, no, señor Spock –le contradijo animadamente la teniente Avitts, mirándolo con unos ojos llenos de amor–.Eso también le sucedió a mi sensor. Se volvió loco durante unos pocos minutos antes de ajustarse.
–¿Antes de ajustarse a qué, teniente?
–No lo sé; pero ahora el mío funciona bien. Venga usted a ver las excavaciones que rodean la pirámide. ¡El doctor Threllvon–da está obrando maravillas!
Lo aferró impulsivamente por un brazo y lo arrastró al yacimiento. A lo largo de todo el recorrido hasta el lugar, Spock continuó estudiando su sensor. Las lecturas saltaron arriba y abajo pero finalmente se estabilizaron en un nivel aceptable a medida que él y Avitts se acercaban a la pirámide. Spock no tuvo oportunidad de seguir la información que le proporcionaba el aparato, a causa de la repentina aparición de Threllvon–da.
–Oiga, usted, Spock, ¿no es cierto? Sí, Spock. ¿Dónde está mi equipo de trabajo? ¡Exijo saberlo! Estamos excavando con las manos desnudas. Necesito el equipo que ha escondido usted en la T’pau. –El rostro teñido de azul del andoriano se volvió aún más azul mientras hacía gestos de demente–. Éste es un retraso inadmisible. Además de que no dispongo de los instrumentos adecuados, esos klingon continúan con sus rugientes máquinas, excavando y desestabilizándolo todo.
–¿Hay indicios de trastornos sísmicos a causa de su presencia? –preguntó Spock.
Miró impasiblemente su sensor. Las lecturas eran en ese momento tan estables como un lecho de roca. No presentaba ningún signo de mal funcionamiento.
–Por supuesto. Hacen lo que sea que están haciendo y provocan explosiones. Las ondas expansivas pueden derrumbar completamente el techo de la caverna y destrozar todo eso por lo que he estado trabajando tan duramente.
–¿EL techo de la caverna? Me temo que no le entiendo, doctor. ¿Me está diciendo que los klingon están abriendo una caverna con sus explosiones?
–No, no, es... –El andoriano cortó en seco la frase, al darse cuenta de que no servía de nada insultar a un vulcaniano–. Estoy convencido –continuó con un susurro de conspirador– de que los antiguos habitantes de este planeta no eran en absoluto primitivos moradores de la superficie. Vivían bajo tierra en cavernas enormes. Ése es el motivo de que necesite todo mi equipo de trabajo. ¡Tengo que encontrar esa caverna antes que los klingon!
–¿Cuáles son las pruebas que lo llevan a pensar eso?
–Pues, por supuesto, la ausencia de ruinas importantes sobre el suelo –respondió el científico, como si estuviera dándole clases a un tonto–. Cualquier raza capaz de construir una pirámide de diseño y materiales tan avanzados, habría dejado muchas más cosas tras de sí. No hay ningún indicio sobre la superficie; ergo, ¡vivían en ciudades subterráneas!
–Es lógico –respondió Spock, meditando sobre las lecturas que ahora recibía desde su sensor–. Mi sensor parece apoyar su postulado. Existe una espaciosa cavidad a aproximadamente cincuenta metros y setenta y tres centímetros debajo de nuestros pies.
–¡Lo sabía! –canturreó Threllvon–da–. ¡Estaba en lo cierto! Y la hubiese descubierto muchísimo antes si no hubiera perdido usted mis instrumentos. Déjeme ese trasto. Encontraré el lugar más adecuado para excavar, si los klingon no la han localizado todavía.
Arrebató el sensor de las manos de Spock. El vulcaniano hizo un gesto para recuperarlo, pero una mano de la teniente Avitts que se apoyó sobre su brazo detuvo el movimiento.
–Déjeselo, señor Spock. Usted puede utilizar el mío. –Ella se deslizó por la cabeza las correas que sujetaban un sensor y le tendió el aparato–. Es extraño que yo no haya obtenido ninguna lectura parecida cuando examiné la zona. Hubiera jurado que el planeta tenía un sólido manto en unos ocho kilómetros a la redonda o más.
–¿No registró usted la caverna que tenemos debajo de los pies? –le preguntó Spock, levantando ligeramente una ceja–. Fascinante.
–Lo es, ¿verdad? –concedió Candra Avitts, pero qué era lo que ella encontraba fascinante, no resultaba evidente.
Los ojos de la mujer no abandonaban a Spock. Él se volvió, incómodo, consciente de que sus relegadas emociones estaban intentando liberarse una vez más. La proximidad de la oficial científica ayudante lo inquietaba enormemente de la manera menos vulcaniana posible.
–Deseo observar el campamento klingon –dijo bruscamente.
–La mejor vista es la que se obtiene desde el lado de la pirámide. Hemos instalado una plataforma que conduce hasta la entrada.
Avitts le señaló unas desvencijadas vigas, atadas entre sí con cuerdas, que conducían al interior de la pirámide. Spock apenas se daba cuenta de lo que hacía cuando ascendió hasta el punto desde el que los klingon eran visibles, acampados encima de un pequeño promontorio.
Dirigió el sensor hacia las máquinas y esperó mientras los datos registrados eran digeridos en las entrañas del compacto aparato. Un diminuto sonido sofocado salió del sensor. Spock estudió los resultados y miró fijamente los equipos que se hallaban sobre la colina.
–¿Ocurre algo malo, Spock? Parece usted confuso.
–¿Confuso? No. Carezco de suficiente información, eso es todo. El sensor no detecta nada más que equipos de desplazamiento terrestre. Aparentemente, los klingon están verdaderamente dedicados a la exploración científica. ¿Por qué otro motivo iban a utilizar tanta maquinaria pesada de naturaleza no bélica?
–Yo intenté averiguarlo –le dijo la teniente Avitts–, pero no conseguí llegar a ninguna conclusión. Consta todo en el informe.
–Estoy seguro de que consta. No se detecta ninguna arma pesada de energía –continuó Spock, mientras estudiaba los datos del sensor–. No tienen explosivos excepto los necesarios para volar pequeñas cantidades de la superficie del planeta. ¿Hay algún indicio de cuál fue el arma que utilizaron contra la T’pau? –preguntó de pronto.
–No, ninguno –respondió la teniente–. Pensé que podían estar estableciendo una base para montar el arma, pero se los ve interesados solamente en excavar, no en construir.
–Las lecturas indican de forma decisiva que se hallan sobre la parte más fina de la bóveda de la caverna. Threllvonda interpretará que eso significa que están intentando robarle el descubrimiento de la ciudad subterránea.
–Yo no había obtenido antes ninguna lectura como ésa –confesó la teniente–, pero ¿importa eso, Spock? ¿Hay algo que pueda tener importancia... si estamos juntos?
Ella descansó una mano sobre un brazo de Spock y se le acercó hasta quedar perturbadoramente cerca de él.
Spock sintió que estaba perdiendo el control. Miró los ojos de la mujer y pensó que era curioso que nunca antes se hubiese dado cuenta de cómo el amor afloraba a la mirada. Ella cerró sus obsesionantes ojos, separó ligeramente los labios y esperó con silenciosa expectación.
Al igual que un imán atrae el hierro, Spock se encontró inclinándose hacia delante para pegar sus labios a los de Candra Avitts.
–¡Spock! ¿Dónde está usted, Spock? –preguntó la quejumbrosa voz de Threllvon–da.
El hechizo se rompió, y Spock se apartó bruscamente de su ayudante con un sentimiento de culpabilidad, tan sorprendido de su flaqueza momentánea como de la sensación de culpa misma.
–Aquí arriba, doctor –exclamó, con la mirada aún fija en la agitada Candra Avitts. Deseaba tender una mano y tocarla suavemente, pero no lo hizo–. ¿Qué desea?
–¡Mi equipo! Pero, aparte de eso, necesito que ahuyente a los klingon. Este sensor suyo me dice que ellos están precisamente en el sitio que he estado buscando desde que se me ocurrió la idea de las moradas subterráneas. Están excavando en el preciso emplazamiento en que la distancia es mínima para penetrar en mi ciudad, ¡mi ciudad! Esos imbéciles escandalosos van a profanarla. ¡No saben nada de adecuadas técnicas científicas!
El andoriano de baja estatura jadeó y resolló durante toda la subida por la rampa, hasta que se detuvo junto a Spock y Avitts. Estiró el cuello y torció la cabeza para dirigir hacia ellos la antena auditiva sana.
–Bueno, ¿qué me responde usted? ¿Va usted a ahuyentarlos o tendré que ir a hacerlo yo mismo?
–Tendré que informar al capitán Kirk –dijo Spock, diplomáticamente–, y le confiaré a él el asunto que acaba de plantearme usted. Estoy seguro de que el capitán sabrá cuál es el camino que debe seguirse.
El andoriano bajó nuevamente la rampa, refunfuñando y mascullando para sí. Spock lo siguió, con la teniente Avitts inquietantemente cerca de él.

–¡Esto es un atropello, Kirk! ¡Significa la guerra! –gritó Kalan. Dio un puñetazo lo suficientemente fuerte como para que el sonido llegase hasta Kirk, a pesar de que nadie a bordo de la Enterprise vio qué era lo que había golpeado el capitán klingon.
Kirk reprimió una sonrisa mientras sostenía la furiosa mirada del klingon. Si Kalan estuviese hablando en serio, hubiese utilizado los rayos fásicos en lugar de los intercomunicadores de ambas naves. Kalan quería negociar más que luchar. Kirk dedujo que incluso la infame vara de hierro de a bordo de las naves klingon había fallado en el mantenimiento del adecuado control.
¿Podía Kalan librar con éxito una batalla con una tripulación que amenazaba amotinarse? Si incluso su propia hija había conspirado contra él, era posible que Kalan no se hallase en posición de forzar las cosas por la presencia de Spock en Alnath II.
–Vamos, vamos, capitán –dijo Kirk, que comenzaba a disfrutar de aquel intercambio verbal–. La presencia del señor Spock no constituye amenaza alguna para su seguridad. ¿Qué puede hacer un hombre... un vulcaniano? Su misión es pacífica y científica. Compartiremos encantados con ustedes el conocimiento que acumule, dado que su expedición a Alnath es también de carácter científico.
Calibró la reacción del klingon. Se acumularon nubes de ira que fueron apartadas a un lado. Kalan se echó hacia atrás y apoyó el mentón sobre un fuerte puño mientras estudiaba a Kirk.
–¿Porqué íbamos a creerle, Kirk? Todos conocen su traición. Usted conspira contra la seguridad del imperio klingon.
–Tonterías, Kalan. Todo lo que he hecho ha sido enviar a un hombre con un sensor a la superficie del planeta. ¿Qué peligro ve usted en eso? No hay duda de que Spock no constituye amenaza ninguna para el poderoso acorazado klingon, el Terror.
Observó cómo Kalan se cocía en el insulto implícito.
–No existe ninguna entidad que pueda destruir al orgullo de la flota de batalla klingon.
–Estamos bastante de acuerdo con eso, capitán. ¿Cómo puede nadie amenazar su seguridad?
–Sin embargo, debería haberme informado de esa expedición científica.
–Era algo de tan poca relevancia, que consideré una impertinencia el molestarlo. Por otra parte, éste es un planeta libre, y ningún ciudadano u oficial de la Federación necesita su permiso para bajar a él. –Kirk dejó que la cantidad apropiada de inflexibilidad se manifestara en la entonación de su voz.
Tenía que demostrarle a Kalan que la Enterprise no era un tigre de papel. La afirmación obtuvo el efecto deseado. Kalan comenzó a montar en cólera de forma visible ante la insinuación de la falta de control de los klingon sobre la Enterprise.
–Incluso en este preciso momento se están preparando ustedes para la guerra –lo acusó Kalan, mientras luchaba para mantener bajo control su creciente ira.
–Está usted completamente equivocado, capitán. Quizá le interesaría enviar una delegación a la Enterprise. Le demostraríamos que, mientras que nuestra preparación militar es la que se espera ver a bordo de una nave bien gobernada, no estamos haciendo ningún esfuerzo especial para entrar en batalla.
–¿Permitiría usted una inspección de ese tipo? –El klingon manifestó desconfianza inmediata. Frunció el entrecejo, mientras intentaba deducir las posibles trampas que Kirk podría tenderle–. Muy bien. Acepto. Subiré personalmente a bordo con mi primer oficial.
–Como usted quiera, capitán. Le dispensaremos todos los honores debidos a un igual. Déle a mi oficial de transporte las coordenadas para que lo transfiera a bordo. Kirk fuera –dijo rápidamente antes de que el klingon le replicara. Kirk se volvió hacia Uhura–. Bloquee cualquier rayo transportador empleado por los klingon. Quiero que dependan enteramente de nosotros. –Se repantigó en su sillón y sonrió. Las cosas estaban saliendo bien.
–Señor Chekov, queda usted al mando. Al comandante klingon se le dispensarán plenos honores mientras permanezca a bordo de la Enterprise. ¿Me he expresado con claridad?
–Perfectamente, capitán –respondió Chekov con voz malhumorada.
–Señor Chekov, no estamos doblegándonos ante los klingon. Éste es un movimiento destinado a ponerlos bajo nuestro dedo pulgar para nuestro propio provecho. No haga nada que ponga eso en peligro. –Al no recibir respuesta alguna, Kirk agregó–: Por favor, recuerde que la diplomacia es utilizar la cabeza sin que nadie lo sospeche.
–Sí, señor –dijo el joven alférez, un poco más animado pero aún escéptico ante las órdenes de su capitán.
Kirk se encaminó apresuradamente hacia su camarote y se puso el uniforme de gala completo, con sus insignias y medallas. Mientras se cambiaba, llamó a McCoy por el intercomunicador.
–Lo quiero inmediatamente en la sala de transportes, Bones –le dijo–. Con el uniforme completo. Los klingon van a subir a bordo.
–Humm –gruñó McCoy–. Yo no me pongo ese traje de mono por nada inferior al consejo de guerra.
–Lo conseguirá a menos que se dé prisa –le respondió Kirk, sonriendo–. Los calzoncillos largos no son la ropa de moda... todavía.
Cerró el intercomunicador y se encaminó hacia la sala de transporte con paso rápido. El señor Kyle se había ocupado de los controles adecuadamente esta vez, cosa que alegró a Kirk. La arriesgada empresa de invitar a los klingon a bordo de la Enterprise podía resultar contraproducente a menos que consiguiera utilizar la presencia de ellos para reforzar su propia posición.
–Aquí están, señor –dijo de mala gana Kyle.
Estudió las rielantes columnas de energía, calculó las correcciones pertinentes a ojo y desplazó unos botones hacia delante por sus carriles. Las columnas de energía se solidificaron en dos klingon, ambos con la mano derecha descansando sobre la culata de las armas que llevaban al cinto.
–Bienvenido a bordo de la Enterprise, capitán Kalan –saludó Kirk.
Kyle puso a sonar la chillona grabación que representaba la antigua costumbre del toque de gaitas destinado a las personalidades que abordaban una nave.
–¿Qué es esto, Kirk? ¿Qué clase de trampa nos ha preparado?
–Ninguna trampa, capitán Kalan, ninguna en absoluto. –Observó el uniforme de faena de los klingon con evidente disgusto–. Sin embargo, usted ha venido ciertamente preparado. ¿No desea morir con su uniforme de gala?
–Yo llevo puesto el uniforme de gala. Nosotros no necesitamos esos perifollos que se ponen ustedes –le respondió altaneramente Kalan.
–Éste es mi oficial médico, el doctor Leonard McCoy –dijo Kirk, cambiando abruptamente de tema–, ¿y el oficial que le acompaña es...?
–El teniente Kislath.
El joven les dirigió una abierta mirada de desprecio a Kirk y McCoy. Kirk respondió a la mirada de desprecio con una sonrisa cordial, mientras McCoy hacía todo lo posible para ocultar la repulsión que sentía, y fracasaba miserablemente en sus esfuerzos.
–Vengan conmigo, vayamos a explorar la Enterprise... ¿o prefieren tomar antes una copa?
–El recorrido de inspección –le espetó Kalan–. Veamos qué diabólicas armas tienen escondidas.
–Bueno, si tuviéramos unas supuestas «armas diabólicas», difícilmente se las enseñaríamos a ustedes, ¿no le parece? Pero vamos a demostrarle que no se ha llevado a cabo ningún insólito preparativo. Sólo precauciones ordinarias y nada más.
–¿Cree usted que toda esa palabrería significa algo, capitán? –preguntó Kislath–. Le está engañando. Le está poniendo en ridículo.
–Imposible –se apresuró a decir Kirk–. Nadie podría poner en ridículo a un klingon de tanto renombre como el capitán Kalan. Me sorprende que sus jóvenes oficiales puedan concebir semejante idea, Kalan. De veras.
Kirk sonrió ampliamente y Kalan estuvo a punto de sacar su arma.
–Las baterías de sus rayos fásicos. Debemos inspeccionarlas.
–Por supuesto. Por aquí, caballeros.
Kirk hizo todo lo que pudo para crear tensión entre Kalan y Kislath. Al finalizar el recorrido de inspección del área de control del armamento, Kalan había llegado al límite de su paciencia.
–Regrese a la nave, Kislath. Hablaré con usted más tarde. El joven oficial se puso rígido y se marchó, ardiendo de ira.
–Esos jóvenes oficiales se hacen demasiado ambiciosos, ¿no es cierto, Kalan? –preguntó McCoy, al ver los cimientos que Kirk había afianzado–. Le aseguro que algunos de esos jóvenes petimetres que trabajan para mí necesitan una constante vigilancia o me quitarían el puesto en un segundo, ¿no es cierto, Jim?
–Muy cierto, Bones. El otro día le estaba contando al doctor, Kalan, que uno de sus técnicos médicos hacía correr rumores a sus espaldas. Nosotros no toleramos un comportamiento semejante a bordo de la Enterprise. No es bueno para la moral.
–¿Ejecutó usted a ese hombre? –preguntó Kalan, obviamente interesado–. Ése es el castigo mínimo que puede aplicarse a un caso semejante en la flota klingon.
–No, sólo lo sometí a un pequeño sermón –respondió McCoy–. Es un hombre útil. Nuestras leyes raramente permiten un castigo tan extremo.
–Pero tiene usted necesidad de ello –insistió Kalan–. En una nave de este tamaño, deben de tener amotinados conspirando constantemente.
–Tenemos nuestras formas de desbaratarlos a todos –le aseguró Kirk–. Dudo de que cualquier motín de menos de, digamos, doce conspiradores tenga siquiera una oportunidad de éxito.
Observó cómo el atezado rostro del klingon volvía a ensombrecerse. Sabía qué era exactamente lo que hervía en la mente de Kalan: el motín a bordo de la Terror.
–El único problema que existe en los grandes intentos de amotinamiento –continuó Kirk con tono jovial–, es que pueden pasarle a uno inadvertidas pequeñas células de descontento. Se extienden como el cáncer.
–Se trata de un neoplasma caracterizado por... –comenzó a explicar McCoy.
–Ya sé qué es el cáncer –gruñó Kalan–. ¿No tienen ustedes problemas de ese tipo a bordo de su nave?
–Vamos, vamos, capitán. Difícilmente estaría dispuesto a discutir de ellos con usted, si los tuviera; de todas formas, puede leer entre líneas. Sería un estúpido invitándolo a bordo de la Enterprise si hubiese la más ligera señal de descontento.
–Bueno, Jim –comenzó a decir McCoy–, existe descontento.
–¿Qué? –exclamó Kalan–. ¡Hábleme de ello!
–Es bastante serio –respondió McCoy con semblante inexpresivo–. Uno de los miembros de la tripulación presentó una protesta formal porque no se le permitió tomar un segundo postre. El autoclave no había preparado la cantidad suficiente, y el oficial de nutrición se negó a programarlo nuevamente sólo por un postre. Le aseguro que es un escándalo que está pasando de boca en boca por toda la nave. El descontento es desenfrenado.
–¿Por un postre? –dijo estúpidamente Kalan–. ¿Es ése el tipo de problemas que tienen ustedes?
–No es el momento de discutir un asunto tan grave, doctor –declaró Kirk con severidad–. Márchese. Ya hablaré con usted más tarde.
–¿Por un postre? –repitió Kalan.
–¿Hay algo más que desee usted ver, capitán? –preguntó Kirk–. No tenemos nada que esconder. Confío en que se haya convencido de que todo está en orden a bordo de la Enterprise y que, a pesar de que mantenemos un estado de alerta máxima, no vamos a provocar un incidente que constituya una violación del Tratado de Paz Organiano.
–Meditaré sobre lo que he visto –respondió Kalan con tono rígido–. Exijo regresar a mi nave.
–Inmediatamente. Por aquí, capitán.
Kirk observó al klingon mientras entraba en la cabina del transportador, se transformaba en una centelleante columna de relampagueante energía y se desvanecía finalmente. Dejó escapar un suspiro de alivio y se recostó contra el panel de control del transportador.
–¿Cómo ha salido todo, capitán? –preguntó McCoy, entrando en la sala.
–Muy bien, Bones. Kalan ha visto que estamos preparados para luchar... y piensa que tenemos una preparación perfecta. Él conoce el estado de su tripulación. No intentará nada, al menos mientras no cuente con refuerzos, y me parece que es demasiado orgulloso como para pedirlos. Después de todo, tiene la mejor nave de la flota klingon. No puede admitir que la Enterprise represente para él ningún tipo de problema.
–Sin embargo, el joven Kislath sí que representa un problema para él, uno enorme –observó McCoy–. Es probable que arroje a Kislath al calabozo, sólo por principio.
–Así lo espero. Cuantos más problemas haya entre ellos, más fuertes pareceremos nosotros por comparación. Es una buena cosa que no conozcan el verdadero alcance de nuestros problemas disciplinarios; y esa historia acerca del segundo postre fue una mentira brillante, Bones.
–No fue una mentira, Jim. Sucedió de verdad.
–¿Ah, sí?
La confianza que Kirk había sentido hasta ese momento, lo abandonó y lo dejó sintiéndose cansado y viejo. Pasaría mucho tiempo antes de que encontrara una solución para aquel difícil problema.

6


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA. ESTELAR 4735.7

Los klingon han intentado enviar otro mensaje subespacial. Mi encuentro con Kalan a bordo de la Enterprise ha dado sus frutos. Él ha encontrado más conspiradores y los ha ejecutado. Como resultado de ello, tengo la sensación de que la seguridad de la Enterprise y la del equipo de arqueólogos es mayor que antes. Sin embargo, no se ha hecho ningún progreso en lo referente a descubrir el misterio del arma klingon que mató a los vulcanianos que viajaban a bordo de la T’pau. Sólo puedo esperar que esa arma requiera el esfuerzo de muchos klingon, en lugar de la acción de uno solo de ellos.


Kirk, el equipo que me ha proporcionado es deficiente. Me niego a trabajar con él.
El andoriano de azulado rostro inclinó la antena rota hacia la dirección opuesta a Kirk, y se estremeció de furor.
–Doctor Threllvon–da, por favor, permítame que se lo explique –comenzó Kirk. Hizo una pausa, respiró profundamente, ordenó sus pensamientos y se lanzó a dar la explicación prometida–. No podemos simplemente abandonar la órbita y recuperar los equipos que están a bordo de la T’pau. Eso les daría a los klingon el control absoluto del planeta. Las lanzadoras no están equipadas para realizar ese viaje. Además de todo eso, no quiero traer a la T’pau de vuelta a una órbita en torno a Alnath. Mientras permanezca a la deriva según un vector que sólo nosotros conocemos, continuará siendo una explicación potencial del arma de los klingon.
–Arma, arma, usted siempre está charlando acerca de esa supuesta arma. ¿Qué me importa eso a mí? Yo soy un científico y excavo el suelo. Para excavar, necesito algo más que mis garras. –Levantó las manos con largas uñas curvas–.Necesito mi equipo y usted me mantiene apartado de él.
–Créame, doctor, que, si existiera alguna forma de que yo pudiese enviarlo a usted a rescatarlo, lo haría en un nanosegundo; pero el equipo que le ha proporcionado la Enterprise es adecuado para esa tarea. Spock me ha asegurado...
–¡Spock! ¡Ese chapucero!
Kirk se quedó sin habla durante un momento. Nadie había llamado antes chapucero a Spock. El vulcaniano podía ser muchas cosas, pero no un inepto.
–¿Qué quiere usted decir?
–Quiero decir exactamente lo que digo. Perdió un día entero de datos sísmicos recogidos con ese primitivo instrumento suyo. Él y esa hembra llena de bultos... que creo que se llama Avitts... estaban papando musarañas, cosa que continúan haciendo, y él borró accidentalmente los datos. Yo me hice cargo de la captación de datos, después de ahuyentarlo de mi vista, por supuesto.
–Sí, por supuesto –dijo Kirk–. Eso no es propio de Spock.
–Quiero entrar en esa ciudad subterránea antes que los klingon, Kirk, y no me importa cómo tenga que hacerlo. Si apunta sus rayos fásicos hacia las coordenadas que yo le dé, podremos volar...
–¡No!
–Sea razonable, Kirk. Me priva de mi equipo y ahora me niega esta petición insignificante. Un segundo de energía me hará entrar en la caverna antes que los klingon. Tengo que vencerlos. ¡Tengo que hacerlo!
–Veré qué podemos hacer. Primero debo hablar con mi oficial científico.
–Perfecto –respondió Threllvon–da–. Cualquier cosa que lo aparte de mis preciosos datos. ¡Cualquier cosa!

Spock tenía la vista desenfocada, y su mente vagaba. No observaba las lecturas del sensor. Solamente un repentino zumbido del aparato lo trajo de vuelta a la conciencia. Bajó los ojos hacia el sensor como si lo viese por primera vez. La información que aparecía en la pantalla le era completamente desconocida. Durante un lapso de varios latidos de corazón fue incapaz de recordar qué había estado haciendo.
Luego todo regresó repentinamente. Los datos sísmicos. Threllvon–da los necesitaba para dirigir las excavaciones. El andoriano no quería hacer que el techo de la caverna se derrumbase, estrellándose sobre su ciudad subterránea; y Spock había fracasado una vez más en la obtención de los datos adecuados.
–¿Ocurre algo malo, Spock? –preguntó Candra Avitts.
La proximidad de la mujer le molestaba. Se apartó para evitar que ella lo tocase. Su perfume era decididamente no reglamentario; le excitaba. La visión de los lustrosos cabellos de ella, que le caían como una cascada en torno a los cremosos hombros, lo hacía tomar conciencia de los intensos deseos que se agitaban en su interior. La belleza de ella le había pasado inadvertida durante demasiado tiempo. Tenía que poseerla. La necesitaba desesperadamente.
Las manos de él se tendieron para apoderarse del elegante cuerpo de la mujer, pero luego se detuvieron.
Su mente vaciló. Aquélla era una conducta emotiva, se dijo. Aquel comportamiento no era la forma de actuar de un vulcaniano. Hacía siglos que habían purificado sus mentes de toda emoción en un intento de expulsar de entre ellos la devastadora guerra y las matanzas sin sentido. En Vulcano había resultado. Una doctrina de paz absoluta requería un frío análisis de todas las situaciones.
La violencia no estaba fuera de juego cuando lo requería la defensa propia. Sólo la mente que carecía de emociones, guiada por la lógica, podía evaluar correctamente esas raras circunstancias. La emoción era una asesina. No se atrevía a sucumbir a la belleza de Candra Avitts. Eso encendería los fuegos de una relación emotiva y lo conduciría por el sendero negado a todos los vulcanianos hacía un milenio o más.
–Por favor, déjeme solo, teniente. Necesito tiempo para pensar.
–Spock, no tiene usted buen aspecto. Déjeme llamar al doctor McCoy.
–El doctor sabe muy poco de la fisiología de los vulcanianos. Es el doctor M'Benga el que está entrenado en dichas materias.
–A M'Benga, entonces. ¿Se encuentra usted bien?
A los ojos de ella asomaba la preocupación, preocupación por él. Spock se sintió conmovido. Nadie le había demostrado nunca aquel tipo de interés. Luchó contra la incipiente emoción de amor, de interés, de querer a otra persona sin recurrir a la lógica.
–No estoy enfermo. Necesito tiempo para meditar. –Yo... me quedaré cerca. Si me necesita, simplemente llámeme.
–Tengo mi transmisor, y no necesitaré su ayuda, teniente. ¿Puedo sugerirle que ayude al doctor Threllvon–da hasta que yo vuelva a necesitar sus servicios?
–El doctor Threllvon–da puede arreglárselas solo con esta etapa de las pruebas sísmicas –respondió Avitts, todavía preocupada por Spock.
Comenzó a dar un paso hacia él, pero se detuvo en seco. La expresión de los ojos de él le dijo que aquél no era el lugar de ella. De mala gana, ella se marchó del pequeño cobertizo, y se volvió sólo una vez para mirar al impasible señor Spock sentado en el centro del suelo, con las piernas cruzadas y los párpados bajos.
El vulcaniano meditaba. Se sentía flotando entre diferentes mundos, volando de un sol a otro, flotando en los vientos solares, precipitándose en los pozos gravitacionales y elevándose de vuelta al espacio. Su cuerpo se relajó. Los latidos del corazón se hicieron cada vez más lentos, hasta que sólo un médico conocedor de la anatomía de los vulcanianos habría podido detectar su pulso.
Su mente se calmó y las turbadoras emociones que había experimentado fueron erradicadas. Una vez eliminadas éstas, lo que las había provocado fue analizado con minuciosidad de detalles. ¿Atracción física? Absurdo. Era algo que sólo conducía a los celos y a un amor insano. Descartado. ¿Amor? No era más que un nombre que los seres humanos aplicaban a la locura que se apoderaba de ellos. El pon farr era un estado continuo en ellos. Una manera ilógica de cubrir las necesidades de una especie. El ciclo de siete años era algo más lógico.
Lógica.
Reposo.
Las técnicas de meditación de un millón de años de antigüedad aplacaron su mente y le permitieron operar según había sido entrenada. Su mitad humana había comenzado a entrometerse de formas que él no aprobaba. Él conocía el único recurso para evitar futuras repeticiones de aquel incidente: la lógica completa y total. Tenía que convertirse en una computadora viviente, que respirase. Debía sopesar cada una de sus decisiones sólo a la luz de la lógica. Si los datos que había recogido eran insuficientes, que así fuese. No extrapolaría aquel hecho. Era allí donde residía la locura de la humanidad. La extrapolación coloreaba la realidad con la esperanza, la ambición y otras emociones nefandas que sólo sentían los seres humanos.
Él negó toda emoción.
La frialdad descendió sobre él. La frialdad... y un diminuto punto brillante más cegador que una estrella. La mente de Spock saltó sobre él, lo llamó, intentó atraerlo hasta más cerca para examinarlo. El punto danzó y escapó velozmente justo más allá de su alcance.
Incluso en las profundidades de su estado meditativo, el corazón comenzó a acelerársele a la vista de aquel punto de luz. En él residían las respuestas de todas las preguntas del universo. Su mente intentaba apresarlo, anhelante. El punto desapareció. Él se calmó, negó la emoción de la curiosidad y consiguió que reapareciese el punto de luz. Se acercó más que antes, prometiéndole la realización de todos sus sueños. ¡Si tan sólo pudiese tocarlo! Su mente salió, se aproximó, perdió el punto y describió un círculo.
¡Estaba enloquecedoramente cerca!
Una vez más, las ondas de emoción alejaron de él la cosa del universo que más lo tentaba. Spock se concentró en aquel punto de luz y éste se acercó más. Ninguna emoción empañaba su perfección mental. Podría haber sido una computadora de carne y hueso que acabara de ser activada. El punto rebotó a unos milímetros –y años luz– de distancia. Todo el espacio estaba concentrado en ese punto. Todo el tiempo. Todo.
Las respuestas a las preguntas finales llegaron hasta él. Su mente retrocedió ante la inmensidad de aquellas respuestas. Su lógica manipuló la información y le dio vueltas y más vueltas. Él comprendió, comprendió.
Ninguna pregunta quedó sin respuesta en su mente. ÉL era un dios. Su mente avanzó hacia el extraño punto para fundirse con él, para activar el siguiente paso lógico de evolución.
Los dedos de la sonda mental táctil tocaron el punto de luz. El triunfo inundó el pecho de Spock.
El punto estalló con la ferocidad de un sol que se convierte en nova. El vulcaniano cayó hacia atrás, aturdido. Al abrir los ojos, sólo vio el techo del primitivo cobertizo. La luz había desaparecido. La promesa de total sabiduría le había sido arrebatada de las manos en el último momento a causa de su detestable emoción de triunfo. Incluso en lo más profundo de su trance meditativo, había fracasado en mantener apartadas de sí las emociones humanas.
Spock lloró amargamente. Sin vergüenza, dejó que las lágrimas descendieran por sus mejillas. Sollozando, rodó sobre el vientre y golpeó con los puños apretados el suelo blando para descargar su furor. Sólo lentamente su ira y frustración fueron puestas bajo el control consciente.
El vulcaniano se puso de pie, se sacudió el polvo del uniforme y salió al exterior. El brillante sol le obligó a entrecerrar los ojos, pero su intensa luz amarilla parecía sólo la llama de una vela comparada con la luz de la sabiduría que casi había sido suya.
–¿Señor Spock? –preguntó ansiosamente la teniente Avitts–. Oí ruidos provenientes del interior del cobertizo. Era algo que sonaba como... llanto. ¿Se encuentra usted bien?
–Puede ver usted misma que sí, teniente. ¿Puedo sugerirle que atienda a sus deberes y deje de interferir en mis asuntos personales? Ése es el curso de acción más eficiente para todos nosotros.
–Lo siento, Spock. No tenía ninguna intención de molestarlo.
–Preséntese ante el doctor Threllvon–da e infórmele de que voy a regresar a bordo de la Enterprise. He conseguido cierta información que necesita el capitán Kirk.
–Sí, señor –dijo la teniente, dudosa.
Permaneció de pie observando cómo el rayo transportador se apoderaba de la estructura molecular de Spock, desafiaba la física cuántica y el principio de Heisenberg y lo absorbía hacia la nave que estaba en órbita. Tristemente, se volvió y se marchó con lentitud en busca del andoriano.

–Aquí lo tiene, Jim –dijo McCoy, recostado contra el panel de control del transportador, mientras examinaba escépticamente las luces parpadeantes–. Ha salido intacto. Al menos, eso creo. Esta condenada máquina puede haberle revuelto todos los órganos internos, aunque, por la forma en que está constituido Spock, nadie advertiría la diferencia.
–Sus comentarios son tremendamente ilógicos, doctor –dijo Spock con tono severo–. Si la disposición de mis órganos internos hubiese sido alterada por el transportador, provocaría un cambio en las funciones de mi cuerpo. La producción normal de enzimas se vería subvertida, y los niveles de aminoácidos, alterados. Su declaración, analizando simplemente los aspectos más obvios, resulta ser una falacia.
–Spock, ¿nació usted sin sentido del humor o se lo extirparon quirúrgicamente?
–Ya basta, Bones. Informe, señor Spock. Estoy interesado en tener noticias de la presencia klingon en el planeta.
El trío salió al corredor y avanzó por él hasta el salón de oficiales. Tras ahuyentar a varios oficiales jóvenes en aras de la privacidad, Spock comenzó su informe.
–Poco puedo agregar a lo que ya sabemos, capitán. Los klingon están llevando a cabo ciertas operaciones de excavación en el punto exacto que Threllvon–da ha determinado como es el más débil y menos grueso del techo de la caverna. Dentro de poco lo atravesarán.
–No puedo creerlo, Jim –afirmó McCoy–. Los klingon no están interesados en la arqueología.
–A menos que esperen enterarse de algo de gran valor –dijo Spock–. He tenido una experiencia que podría estar relacionada con eso.
–¿Se refiere a que por fin se ha dado cuenta de lo atractiva que es la teniente Avitts? –preguntó McCoy, sonriendo con malvado regocijo–. Ya suponía que llevaría algún tiempo, pero estaba dispuesto a esperar para ver qué clase de mujer atravesaría esa fría fachada lógica suya.
–Yo... yo encuentro atractiva a la teniente Avitts –dijo Spock, con una voz que casi era un susurro.
Kirk se sentó en el borde del asiento, inclinándose hacia delante al oír aquella confesión. Incluso McCoy quedó desconcertado ante aquella declaración tan directa.
–Sin embargo, no es eso de lo que deseo informar.
–¿Por qué no? –preguntó McCoy–. Yo diría que éste es un día que hay que celebrar. Finalmente usted ha admitido que hay un lado humano opuesto a su detestablemente lógico. ¡Celébrelo, Spock, regocíjese! Aprenderá a liberarse de los grilletes de la lógica total, y quizá algún día se libre de esas computadoras con las que insiste en comulgar continuamente.
–Doctor, soy plenamente consciente de las discrepancias que existen en mi conducta personal. Los estallidos emocionales me espantan. Incluso la idea de espantarse está en abierta contradicción con mi forma habitual de comportamiento. Debo señalar, con toda justicia, que su propia conducta es menos que normal.
–¿La mía? –bufó McCoy–. Yo estoy bien. No me ocurre nada malo. Son esas máquinas. Finalmente me estoy liberando de su tiranía. Yo quiero la vida sencilla...
–Usted mismo me está dando la razón, doctor. Nunca ha sido usted sirviente de las máquinas, sino su señor; sin embargo, se ha vuelto usted patológico en su desconfianza hacia las máquinas. Ese aspecto de su personalidad ha salido hirviendo a la superficie sólo desde el momento en que entramos en órbita alrededor de Alnath II. De la misma forma, la tripulación no está actuando dentro de los límites calculados.
–¿Es usted capaz de señalar la causa, Spock? Si es así, tengo que conocerla. Me estoy rompiendo la cabeza para intentar devolver la Enterprise al ciento por ciento de su eficacia.
–Soy consciente de ello, capitán. No tengo pruebas adicionales de radiación de ninguna clase ni de campos de energía que surjan del planeta. La supervisión de la computadora continúa, pero en este momento parece algo fútil.
–¿Qué está usted diciendo, Spock? ¿Este planeta nos está contagiando una locura espacial y no sabe usted por qué?
Kirk asestó un puñetazo sobre la mesa. ¡Información! Necesitaba información y veía desbaratarse todos sus intentos por obtenerla. Incluso se lo habían impedido a su eficiente oficial científico.
–No tengo nada que informar a ese respecto, capitán. Como estaba diciendo antes de que me interrumpiera el doctor McCoy, sufrí un ataque emocional y necesité tiempo para meditar. Mientras lo hacía, vi un diminuto punto de luz.
–¿Lo vio usted? –preguntó Kirk–. La forma en que lo dice hace que parezca que no lo vio con los ojos.
–Eso es esencialmente correcto, capitán. Lo vi con mi visión interna. Mi poder mental, quizá, o como quiera llamarlo.
–Parloteo metafísico es como yo lo llamo –se burló McCoy.
–Los vulcanianos tienen más repliegues en el córtex que los seres humanos, doctor. Integrado en esta complejidad adicional, tenemos un poder de la mente que no comparten los humanos. Lo vi. –Spock guardó silencio mientras se rehacía. Kirk observó los efectos tranquilizadores de cualquiera que fuese la disciplina mental vulcaniana que estaba empleando.
–¿Fue inquietante eso? –preguntó finalmente Kirk.
–Sí, capitán. Fue inquietante, pero, a pesar de eso... atrayente. No tengo palabras para describirlo. Yo sentí que mis más íntimos sueños se harían realidad si conseguía establecer contacto mental con el punto de luz. Intenté alcanzarlo mentalmente y tocarlo, pero en el último momento una ola de emoción lo alejó de mí.
–¿Estaba vivo?
Spock meneó la cabeza mientras se apoderaba de él una expresión de tristeza.
–No podría decirlo. Lo dudo; sin embargo, poseía algunas de las cualidades de la vida. Si yo no hubiese tenido una reacción emocional...
–Como lo está haciendo ahora, Spock –dijo ásperamente Kirk–. Descríbame con detalle ese punto de luz. ¿Podría tratarse de una forma de vida, de energía pura, que no fuimos capaces de descubrir en ese planeta? ¿Es ésa la causa de la inquietud de la tripulación?
–Negativo, capitán. Tuve la sensación de que ese punto de luz provenía del interior de mi mente, no del exterior. Tuvo que ser algo causado... controlado... por mí y solamente por mí.
–¿No se tratará de un dispositivo klingon de control mental? –insistió Kírk–. Todavía no tenernos indicio alguno de lo que le hicieron a la tripulación de la nave científica. ¿Están dirigiendo algún tipo de imagen mental y trastornando con ella nuestras cabezas?
–Eso es ilógico, capitán. Aparentemente, Kalan tiene a bordo de la Terror unos problemas disciplinarios de una naturaleza aún más grave que los nuestros. Si esa supuesta arma de control mental está funcionando, no son los klingon quienes la emplean, sino que más bien está siendo utilizada también en contra de ellos.
–La palabra clave es « aparentemente» , Spock. ¿Cómo sabemos realmente si Kalan tiene algún problema de verdad? Los mensajes podrían ser un subterfugio. Quizá Kalan no haya ejecutado a nadie por motín, y mucho menos a su propia hija. El comportamiento del teniente Kislath y la desconfianza de Kalan mientras estuvieron a bordo de la Enterprise podrían haber sido una actuación destinada a engañarnos.
–Pero estarían llevando la representación demasiado lejos, Jim –señaló McCoy–. ¿No ha dicho usted que el acorazado Terror es más poderoso? Si abrieran fuego contra nosotros, nos reducirían a átomos en cuestión de pocos minutos. Tampoco atacaron a los andorianos cuando tuvieron la oportunidad.
–¡Maldición! –estalló Kirk–. Cuanto más dura todo esto, más confuso se vuelve. ¿Qué están haciendo los klingon en Alnath? ¿Qué es lo que mató a esos vulcanianos? ¿Qué, qué, qué?
–Ésa es una buena pregunta, capitán –dijo Spock con tono solemne.
Kirk se volvió y apretó un puño; sentía deseos de golpear. Sólo un supremo acto de voluntad evitó que le asestara un puñetazo a su primer oficial.

–Alférez Chekov –anunció Uhura–, estoy interceptando otro mensaje de los klingon.
–Descodifique ese mensaje –ordenó Chekov.
Se desplazó hasta el sillón de mando y giró en redondo, supervisando la actividad del puente. Todos estaban silenciosamente dedicados a sus tareas respectivas. Se sentía henchido de orgullo. Él había conseguido mantenerlos a todos trabajando dentro de la más absoluta eficiencia, cuando Kirk había fracasado. La ambición ardía vivamente en el pecho de Chekov. Un buen informe, y se convertiría en teniente en un tiempo insólitamente corto.
Ya no sería el alférez Chekov, sino el teniente Chekov. Pero ¿por qué detenerse ahí? ¡El teniente comandante Chekov! ¡Incluso el capitán de nave estelar Chekov!
Cumpliría bien con su deber. Sería decidido y actuaría de manera responsable para preservar la seguridad de la Enterprise y de la Federación.
–Está codificado con una frecuencia distinta, alférez –dijo la oficial de comunicaciones–. La computadora está trabajando. La descodificación llevará algunos minutos.
–Muy bien.
Se reclinó sobre el respaldo y miró la pantalla de visión exterior. La nave klingon aparecía justo por encima del horizonte, brillante y ominosa. Una sola orden a bordo de aquella nave, y la Enterprise se vería bajo un furioso ataque, un ataque que posiblemente el crucero, de menos tamaño que el acorazado, sería incapaz de resistir. Eso no debía ocurrir. Él, Chekov, tenía que ser el primero en descubrir si los klingon buscaban la traición y la muerte... o la paz.
Pero no se engañó ni por un instante. Los klingon eran incapaces de desear la paz. Eran belicosos, mercenarios de sangre fría. Tratar con ellos era apenas menos peligroso que jugar a la ruleta rusa con una pistola de rayos fásicos.
Mata o te matarán. Ése era el único credo que tenían los klingon. A Chekov no lo sorprenderían dormido mientras estuviese al mando de la Enterprise. Sobre sus hombros descansaba la decisión final de lanzar o no el primer ataque. Todos los oficiales superiores estaban ocupados en otros asuntos. El capitán buscaba respuestas acerca de las muertes de los vulcanianos y Spock estaba excavando entre las ruinas del planeta que tenían debajo en busca de las mismas respuestas. El teniente comandante Scott jugaba con los motores y Sulu estaba fuera de servicio. El mando era de Pavel Chekov.
–Descodificación finalizada –canturreó Uhura–. Es otro informe calificado de «prioridad absoluta».
–Pase por alto los detalles inconsecuentes. Transmítame sólo el texto principal del mensaje –le ordenó él.
–Sí, alférez –respondió Uhura, presionando más el receptor contra su oreja para escuchar el mensaje klingon interceptado–. Su destino es la base central. Dice que la disciplina disminuye, que están resistiendo, más ejecuciones, muchos en los calabozos. Ellos... se interrumpe, alférez.
Los ojos de Chekov se empañaron. Se preparaban problemas a bordo de la nave klingon. ¿Cuál sería el curso de acción que más probablemente seguirían? ¡Disparar contra la Enterprise! Tenía que ser así. Los klingon nunca toleraban quedar en segundo lugar. Planeaban atacar antes de que la Enterprise advirtiera sus diabólicas intenciones. Chekov sabía que ése tenía que ser el contenido del mensaje.
–Ahora está más claro. La computadora ha purificado parte del texto descodificado. Es... ¡no, no puede ser! –gritó Uhura, cuyos ojos se abrieron desmesuradamente de Terror.
––Atacarán dentro de poco –dijo llanamente Chekov, seguro de la corrección de sus conclusiones.
–¡Sí, eso es! ¡Se están preparando para atacar!
–A los puestos de batalla –ordenó Chekov.
En ese momento se volvió plenamente activo y despierto. Se sentía en el centro de un gigantesco capullo de terminaciones nerviosas, todas palpitantes y chisporroteantes de vida. La más ligera contracción de esas terminaciones enviaba ondas a lo largo de las fibras del capullo y ocasionaba una acción inmediata en el perímetro.
Unos sonidos metálicos demasiado fuertes llenaron la nave. Chekov sintió que la adrenalina era bombeada al interior de sus arterias. Nunca antes en toda su vida se había sentido tan vivo, tan poderoso ni tan seguro de sus propios actos como en aquel preciso momento.
–Todos a los puestos de combate –repitió Chekov–. Rayos fásicos preparados para disparar. Sigan a la nave klingon. ¡Torpedos de fotones cargados!
–Chekov– gritó Uhura por encima del estruendo del puente–, ¿está seguro de lo que va a hacer? ¿No debería usted llamar antes al capitán Kirk?
–No hay tiempo. El mensaje decía que nos atacarían. Una nave tan poderosa puede destruirnos con muy poco esfuerzo... a menos que ataquemos nosotros primero. Eso es lo que haré en cuanto las baterías de los rayos fásicos estén cargadas y a punto.
Las luces del tablero de mando parpadearon significativamente, indicando plena carga de las baterías de los cañones de rayos fásicos. El joven alférez repasó rápidamente en su mente la lista de comprobaciones. Rayos fásicos cargados. Computadoras de seguimiento fijas en el objetivo. Torpedos de fotones preparados para seguir a la primera andanada de rayos fásicos, para darles a los klingon algo en lo que pensar mientras las baterías fásicas volvían a cargarse.
–¿Qué significa todo esto? –preguntó brusca y secamente una voz desde la puerta del turboascensor–. ¡Explíquese, señor Chekov!
–¡Capitán! Ha ordenado un ataque –gritó Uhura.
–Vuelvan todos a los puestos que ocupaban antes. Repito, a los puestos que ocupaban antes. No se lanzará ningún, repito, ningún ataque desde la Enterprise. Les habla el capitán Kirk. Todos los sistemas de armamento deberán quedar en estado de alerta dos, repito, estado de alerta dos.
El capitán, con el rostro enrojecido, giró bruscamente y se encaró con el alférez.
–Señor Chekov, creía que teníamos un acuerdo. No debía ocurrir nada parecido a esto si lo dejaba a usted al mando. ¡Explíqueme sus actos a mí y tal vez no tendrá que hacerlo usted ante un consejo de guerra!
–La teniente Uhura interceptó otro mensaje de los klingon, capitán –dijo el alférez con voz trémula. Se mantuvo en posición de firmes y miró al frente–. Planeaban un ataque sorpresa sobre la Enterprise. Mis actos estaban destinados solamente a salvar la nave. –El joven alférez no podía controlar el temblor nervioso que lo atormentaba.
Kirk respiró profundamente y ocupó su sillón de mando. Sus dedos recorrieron apresuradamente el diminuto teclado, mientras sus ojos volaban de uno a otro puesto de artillería hasta asegurarse de que ningún exaltado dispararía ni uno solo de los cañones fásicos. Volvió a respirar profundamente y dedicó nuevamente su atención al alférez Chekov.
–No importa cuál fuese el contenido del mensaje, su deber era informarme a mí. Es usted el oficial de menos graduación en la cadena de mando de este puente. Yo consideré que constituiría una experiencia valiosa que ostentara ocasionalmente el mando. No tenía usted derecho de tomar una decisión semejante a la que ha tomado.
–Le pido disculpas, señor, pero, si yo tenía cl mando, estaba actuando como capitán de la Enterprise. Usted me confirió el derecho de actuar en nombre de los intereses de la nave.
–Él tiene razón, capitán –dijo el señor Spock––. En el reglamento número siete, párrafo tres, se especifica claramente que...
–Es suficiente, señor Spock. Conozco bien los reglamentos, pero usted, señor Chekov, excedió los límites de su posición.
–Sí, señor.
–Teniente Uhura, léame el mensaje que estuvo a punto de matarnos a todos.
Kirk controló su furia. Al recorrer el puente con los ojos pudo ver que algunos apoyaban silenciosamente a Chekov. Querían entrar en acción. Kirk sabía que los estaba manteniendo inmovilizados, que mantenía los violentos impulsos de sus hombres bajo estricto control. Chekov había estado a punto de dejar en libertad a los perros de la guerra. Al volverse a mirar a Spock no vio nada excepto una expresión impasible. A veces envidiaba al vulcaniano, especialmente en los momentos como aquél.
–...solicitado para atacar de inmediato –terminó Uhura.
–El mensaje es incontrovertible, capitán –dijo Spock–.Los klingon solicitan permiso para atacarnos.
–Uhura –comenzó Kirk, ahogando el comentario de Spock–, ¿consiguió el mensaje atravesar el bloqueo?
–No, señor. Existe sólo una ligera posibilidad de que haya conseguido llegar hasta el borde del sistema solar, a unas diez horas luz de distancia. A menos que los klingon tengan un repetidor emplazado en alguna parte que aún no hayamos detectado, no han conseguido que el mensaje llegase a la base central.
–Gracias, teniente. ¿Tuvo eso en consideración, señor Chekov, antes de dar las órdenes de combate? –No, señor, pero...
–Señor Spock, analice la fraseología y el contenido del mensaje. Tenga en cuenta el tipo de codificación empleada para realizar la transmisión.
–Humm, resulta extremadamente interesante, capitán. Por la sintaxis del mensaje y la codificación, me aventuraría a opinar que no lo envió Kalan.
–¿Qué? –gritó Chekov, dando medio paso al frente–,¿Cómo puede ser? ¡Provenía de la nave klingon!
–Exactamente, alférez. De la nave klingon, pero no necesariamente del capitán Kalan. –Kirk se dejó caer en su asiento–. La Terror ha estado luchando constantemente contra el motín desde que entró en la órbita de Alnath II. Creo que ese mensaje fue enviado por un subalterno de Kalan que desea hacerse con el mando, pero que está intentando conseguirlo de una forma más ortodoxa y menos rebelde.
–Un gol de medio campo –exclamó Uhura–. Alguien está intentando obtener el permiso de la base para atacarnos y deponer a Kalan de paso.
–Ésa es la lectura que hago yo de esos datos, teniente. Señor Spock, ¿está usted de acuerdo conmigo?
–Es altamente probable que sea como usted dice, capitán. Añadiría, además, que el candidato más seguro para este «gol de medio campo», como lo ha llamado la teniente Uhura, es Kislath.
–Ese klingon puso de manifiesto un espíritu realmente rebelde –concedió Kirk–. Mis planes para desbaratar su eficacia de combate parecen estar dando frutos; y usted lo ha puesto todo en peligro, señor Chekov. ¿Tiene algo que decir en su defensa?
–No, señor. –Chekov volvió a ponerse firme; tenía la cara muy pálida.
–Permanecerá confinado en su camarote hasta nuevo aviso, señor Chekov. Márchese.
Kirk observó cómo el alférez se gíraba con elegancia y salía del puente a paso de marcha. Sintió que lo invadía frío por dentro al darse cuenta de cuán cerca se habían hallado de otra guerra interestelar.
–Esto no puede continuar, Spock –dijo acaloradamente–. No hice lo suficiente cuando sembré la semilla de la duda en la mente de Kislath. No hice lo suficiente al volver a Kalan contra él. Si no hacemos algo rápido, nos convertiremos todos en polvo radiactivo flotando entre las estrellas.
–Eso será si tenemos suerte –señaló Spock. Kirk lo miró fijamente–. Podríamos vivir para ver la devastación de la guerra –agregó el vulcaniano.

7


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4736.0

Los actos del alférez Chekov serán revisados por los oficiales de alto rango de la Enterprise. Si así lo recomiendan, se convocará un consejo de guerra cuando –y si– regresemos a la Base Estelar. Compadezco a Chekov; tengo la sensación de que sólo lo movían los intereses de la nave. Sin embargo, falló al analizar adecuadamente la situación y estuvo a punto de arrojar a la Federación a una guerra brutal e inútil con el imperio klingon.


El comité de investigación está reunido –entonó Kirk, recogiendo un pequeño mazo, e hizo sonar tres veces una antigua campanilla marinera–. ¿Está presente el acusado?
Chekov se puso de pie y permaneció firme.
–¿Desea usted ayuda legal durante esta vista? Es su derecho. De todas formas, debo señalar que no se hará ninguna acusación criminal en esta ocasión.
–No requiero asistencia ninguna.
–Que así sea.
Kirk recorrió con los ojos la mesa del salón de oficiales. En el extremo más alejado se hallaba McCoy, con expresión severa. Junto a él estaba sentado Scott, y su rostro manifestaba preocupación. El teniente Patten, de seguridad, estaba sentado al otro lado de Spock. Kirk devolvió su atención a Chekov.
–Los cargos son graves, alférez. A pesar de que técnicamente hablando estaba usted al mando de la nave y se le había confiado la responsabilidad ante cualquier emergencia, el posterior estudio del mensaje de los klingon y el análisis de la situación no demuestran la existencia de un peligro inmediato para la Enterprise. En una circunstancia semejante, tiene usted la obligación de llamar a un oficial de rango superior. Sin embargo, no lo hizo. ¿Existe alguna circunstancia atenuante que este consejo deba tomar en consideración?
–No, señor. –Chekov se erguía valerosamente en espera del veredicto.
Si tenía suerte, el castigo sería suave. Se haría constar una nota de incompetencia en su historial, que sería seguida de su expulsión de la flota. Si no tenía suerte, sería convocado un consejo de guerra en la Base Estelar, que lo hallaría culpable de error de mando. Pasaría el resto de su vida en un asteroide presidio, torturado por el único error que lo había conducido allí.
–Yo deseo hacer constar una declaración atenuante en los registros, capitán –dijo Spock.
Kirk levantó los ojos, sorprendido.
–De acuerdo, señor Spock. Computadora, por favor, grabar y evaluar.
–Preparada –dijo una voz femenina procedente de la terminal de la computadora.
–He pasado recientemente varias rotaciones planetarias en la superficie de Alnath II, para intentar determinar cualquier factor adverso en la constitución del planeta –comenzó Spock–. No conseguí llegar a ninguna conclusión científicamente satisfactoria; sin embargo, siento que algunas relaciones se hacen evidentes por sí solas a través de la observación empírica.
–¿Él siente? –dijo McCoy, con un susurro–. Ésta sí que es nueva. Me alegro de que la computadora esté grabando esto. Yo quiero una copia.
Kirk silenció al médico con una mirada feroz.
–Continúe, señor Spock, y por favor recuerde que los sentimientos personales no son pruebas admisibles en una vista.
–Lo comprendo, capitán. A pesar de que no conseguí encontrar la fuente del campo o los campos de origen, de duración y composición desconocidas, no puede negarse el hecho de que la tripulación de la Enterprise, y, ostensiblemente, la del acorazado klingon Terror, han estado comportándose de manera atípica desde que entraron en órbita alrededor de Alnath.
–Las razones de ello no son aún discernibles, pero el efecto del sistema planetario resulta obvio. Cada miembro de la tripulación ha intentado, con diferentes grados de éxito, seguir un curso de acción que le resultara satisfactorio a nivel personal. El señor Kyle, oficial de transporte, había tenido un historial intachable hasta que abandonó su puesto, sin autorización, para dedicarse a la escultura. El teniente comandante Scott –continuó Spock mirando fijamente al ingeniero–, se ha convertido en un obseso del máximo ajuste de los motores hiperespaciales.
–¡Señor Spock, no puede saber de qué está hablando! –gritó Scotty–. Esos motores necesitaban ajustes, amigo. Y todavía los necesitan.
–Computadora –continuó impasible Spock–. Estado de los motores hiperespaciales.
–Procesando –respondió la computadora–. Los motores están actualmente funcionando al ciento siete por ciento de su capacidad total normal.
–Un siete por ciento más de lo normal –señaló Spock–. Computadora, informe del estado de los motores antes de las actuales modificaciones.
–Procesando. Los motores estaban funcionando al ciento uno por ciento de lo que es normal en la Flota Estelar.
–El señor Scott ha mantenido siempre los motores de esta nave en condiciones más que adecuadas. La computadora lo confirma.
–¡Pero necesitan más!
–Sólo en su mente, señor Scott. Su necesidad de aumentar aún más la capacidad de funcionamiento de los motores subespaciales es relativamente inofensiva. El doctor McCoy, por otra parte, ha renegado de la utilización de la computadora médica y otros avanzados equipos de cirugía, a causa de su preferencia a confiar, en cambio, en métodos más primitivos.
–Las máquinas se volvieron en mi contra.
–En verdad, doctor, ¿se «volvieron en su contra» y provocó usted sus desperfectos como resultado,de la desconfianza básica que siente hacia todas las máquinas?
–Señor Spock, ¿está esto relacionado con la negligencia en sus deberes por parte del alférez Chekov?
–Lo está, capitán. Ni siquiera yo he resultado inmune a cualquiera que sea la fuerza que actúa sobre los seres vivientes en este sistema. No digo «fuerza perniciosa» porque, como en el caso del señor Scott, ha dado resultados beneficiosos. Sin embargo, en general, la tripulación de la Enterprise no está actuando como una unidad de máxima eficiencia. Computadora, estado de la eficiencia de la tripulación desde que entramos en órbita en torno a Alnath.
–Procesando. La eficiencia en la nave ha bajado en un diecinueve por ciento.
–Nuestro último informe de eficiencia determinó que la Enterprise era la segunda nave que mejor funcionaba en toda la flota. Esta caída reciente nos coloca en el último lugar.
–Señor Spock, vuelvo a recordarle que la Enterprise y sus oficiales de alto rango no son el objeto de esta vista, sino que lo es el alférez Chekov. Por favor, sea breve.
Kirk profirió un profundo suspiro y rogó que Spock consiguiera presentar las pruebas suficientes como para sacar a Chekov del agujero.
–El alférez Chekov es humano; y está, asimismo, afectado por esa fuerza empíricamente demostrable, si bien científicamente desconocida, que actúa sobre nosotros. Su único crimen es el de ser demasiado consciente en el cumplimiento del deber. Vio el mensaje enviado por los klingon y lo interpretó como una amenaza para la seguridad de la Enterprise. Actuó. Y su impulsividad se vio acentuada por la influencia de esa fuerza. En otras circunstancias, sin la influencia de ese poder desconocido, el señor Chekov podría haber actuado de forma más responsable. En mi opinión como oficial científico, él no es culpable en este caso.
Spock se sentó en silencio. Kirk miró a Chekov. El alférez continuaba en una rígida posición de firmes.
–Computadora –pidió Kirk–, analice los datos proporcionados por el señor Spock.
–No se me ha proporcionado dato alguno –informó inmediatamente la computadora–, sino que sólo se han hecho observaciones y especulaciones personales.
–Esto no es tan fácil como parecía –meditó Kirk–. Yo me inclino a estar de acuerdo con el señor Spock en lo referente a los actos del alférez. Esa fuerza, sea lo que sea, afectó de manera adversa las facultades de decisión del señor Chekov en un momento crítico. ¿Qué vota el comité sobre este asunto? ¿Un consejo de guerra, una medida disciplinaria a nivel de mando o una desestimación de los cargos presentados?
–Desestimación –dijo de inmediato el teniente Patten. –Sí, desestimación –pronunció Scott, una fracción de segundo después.
McCoy asintió con la cabeza.
La decisión de Spock era obvia.
–Muy bien. Este comité de investigación piensa que, a pesar de que el alférez Pavel Chekov no actuó según los íntereses de la Federación ni de la nave estelar Enterprise, dicha acción no surgió de un error personal. En cambio, este... malestar... que padecemos a bordo de la Enterprise adquiere diversas formas. Recomendación del capitán: desestimación de los cargos. Otras recomendaciones: observación más cuidadosa y aplicación de pensamiento más profundo a los problemas con los que nos enfrentemos.
Kirk se puso de pie y cogió el mazo para golpear con él la campanilla.
–Queda clausurado el consejo de investigación.
Antes de que llegara a hacer sonar la campana, zumbó el intercomunicador y sonó la voz de Uhura, ansiosa.
–Emergencia, capitán. Threllvon–da informa de que los klingon están intentando apresar por la fuerza al grupo de tierra.
–Al puente. Usted también, Chekov –ordenó, y salió apresuradamente de la sala.
Los oficiales superiores regresaron rápidamente a sus puestos. Chekov podría haberlos puesto a todos en peligro con sus actos, pero los klingon habían actuado como él había temido.
Kirk se sentó en el sillón de mando.
–Visión completa, Uhura –ladró–. Hablaré directamente con Threllvon–da.
–Sí, señor.
La pantalla chisporroteó y en ella se solidificó una imagen ondulante. La antena auditiva rota del andoriano lleno la pantalla hasta que el científico se retiró un poco. El rostro azulado había palidecido hasta un púrpura enfermizo.
–¡Capitán Kirk! Han descendido fuerzas klingon. Se han apoderado de mi tripulación. Ellos... Ellos...
–Por favor, doctor, dígame qué ha ocurrido exactamente. ¿Corre usted peligro personal en este momento? Le transferiremos a la nave si es así.
–No, no. Yo me he encerrado en el cobertizo de comunicaciones. Todavía no me han encontrado. Llegaron en esas enormes máquinas de excavación. Los primeros a quienes capturaron fueron los miembros de su tripulación.
–¡Candra! –exclamó Spock, dando un paso al frente.
Kirk vio la expresión horrorizada del vulcaniano. Los puños apretados, la fina película de sudor que le cubría el rostro, aquella preocupación extrema, eran atípicos de su primer oficial.
–¿Les han hecho algún daño los klingon? ¿A ellos o a cualquiera de los otros?
–No lo creo. Vi que se los llevaban a punta de pistola fásica, pero todos caminaban por su propio pie. No ha habido heridos, al menos, no heridos graves. ¡Kirk, tiene usted que detenerlos!
–Tranquilícese, doctor. Veré qué puede hacerse. Permanezca en el cobertizo y manténganos al corriente. La teniente Uhura estará constantemente en contacto con usted. Esto está siendo grabado y preparado para enviarlo al alto mando de la Flota Estelar. Cualquier violación del Tratado de Paz Organiano será plenamente condenado.
–Capitán, transfiérame a la superficie –pidió impulsivamente Spock–. ¡Por favor!
–Spock, no hay nada que pueda usted hacer ahí abajo. Es usted más valioso para la Enterprise... y para la teniente Avitts, quedándose exactamente donde está ahora.
Kirk se mordió un nudillo mientras su mente funcionaba a toda velocidad, descartando unos cursos potenciales de acción y analizando otros.
–Teniente Uhura, mantenga abierta la comunicación con el planeta. Abra un subcanal de comunicaciones con la Terror. Quiero hablar con Kalan.
Uhura estableció eficientemente la conexión requerida. En la pantalla apareció el severo rostro del comandante de la nave klingon. No hacía falta ser telépata para darse cuenta de la creciente ira que se había apoderado del capitán alienígena.
–¡Kirk! ¡Esto es la guerra! –bramó.
–Yo podría decir lo mismo, Kalan –dijo fríamente Kirk–. El secuestro de los miembros de mi tripulación, el amenazar a un pacífico grupo de arqueólogos desarmados, apoderarse ilegalmente de propiedades de la Federación y...
–¡Y nada! –bramó el klingon–. ¡El andoriano es quien ha provocado todo eso!
–Capitán Kalan –replicó Kirk en voz tan baja que el klingon tuvo que bajar su propia voz para poder oírlo–. Reunámonos para discutir este asunto.
–No a bordo de la Enterprise. No me dejaré hacer prisionero por un pirata tortuoso y egoísta como usted.
–Yo tampoco subiré a bordo de la Terror. Dado que la superficie de Alnath II parece ser el territorio más neutral de que disponemos, reunámonos allí... con un máximo de tres consejeros... dentro de una hora espacial.
–Hecho –respondió Kalan con una mueca burlona. Su rostro se ensombreció aún más–. Y nada de trucos –agregó–. Si hay el menor atisbo de traición por su parte, ¡la Terror los hará desaparecer de los cielos!
La imagen se disolvió. Kirk meneó la cabeza.
–Al menos, no ha comenzado a disparar. Eso ya es algo, aunque me pregunto cuánto.

–Muy bien –dijo Kirk, mientras se ajustaba apretadamente el cinturón alrededor del tronco. Comprobó la posición de la pistola fásica y el transmisor–. Mantendré contacto constante, señor Spock. Quiero que sea grabada toda la conversación.
–El bloqueo del subespacio por parte de los klingon no afectará la conexión láser. El láser recogerá todas y cada una de las transmisiones.
–Perfecto. Queda usted al mando, Spock. ¿Están todos ustedes preparados?
Kirk se volvió para mirar a Chekov, que se balanceaba nerviosamente de uno a otro pie, y al doctor McCoy, que se sentía intranquilo por la perspectiva de entrar en el transportador.
–¿No existe una forma más segura, Jim? Como la lanzadora. Podríamos hacerla entrar en la atmósfera y...
–Al transportador, Bones. El señor Spock se encargará de transferirnos.
–De eso es de lo que tengo miedo –respondió el médico con tono sombrío.
Avanzó de mala gana, como si sus pies se hubiesen convertido en muñones de neutronio puro. Finalmente se colocó debajo de uno de los electrodos del transportador.
–Dése prisa. Quiero acabar con esto lo antes posible. Si permanezco aquí durante diez segundos más, perderé los nervios.
Chekov se echó a reír y escondió discretamente la risa detrás de una mano mientras fingía toser. Permaneció completamente erguido mientras el transportador se cargaba. En menos tiempo que el necesario para la transición de un electrón entre un nivel cuántico y otro, los tres reaparecieron en la superficie de Alnath II.
–Alférez –advirtió Kirk, al ver que Chekov tendía la mano hacia su pistola fásica–. Ésta es una misión de paz. Mantenga ese espíritu combativo suyo bajo una vigilancia más estrecha.
–Sí, señor –asintió de mala gana el joven.
Sus ojos se clavaron en un pequeño grupo de klingon que haraganeaban arrogantemente junto a la base de la pirámide negra.
–Capitán Kalan, bienvenido a Alnath II –dijo alegremente Kirk, tendiéndole una mano.
La mantuvo así durante un instante y la retiró al ver que el comandante klingon no tenía intención ninguna de estrechársela.
–Soy yo quien le da la bienvenida a usted, Kirk. Ahora nosotros estamos en posesión de este planeta, y lo reclamo como parte del imperio klingon.
–Eso no puede hacerlo, Kalan –dijo vigorosamente Kirk–. Nosotros llegamos aquí primero. No la Enterprise, por supuesto, pero sí la nave científica vulcaniana y la expedición que traía a bordo.
–Tráigame a los vulcanianos que reclaman este planeta.
–¡Cerdo asesino! Usted mismo los mató. Para un acorazado tan poderoso como el suyo, fue como dinamitar peces en un barril –le espetó McCoy.
Kalan pareció perplejo ante aquel estallido.
–Nosotros no hemos hecho nada –declaró–. Esos vulcanianos murieron en el espacio. No sabemos nada de ellos.
Todo lo que el imperio está dispuesto a reconocer es nuestro derecho sobre este planeta. Hemos hecho todo lo necesario. Establecimos un campamento, hemos residido durante treinta rotaciones planetarias, y hemos presentado las reclamaciones formales... está todo hecho.
–Los andorianos estaban aquí desde antes que ustedes. Lo cual hace surgir una pregunta sobre el doctor Threllvonda. ¿Dónde está?
–¿Cómo voy a saber dónde están esos traicioneros...?
La frase de Kalan fue interrumpida por los irritados tonos de la voz del científico andoriano.
–Aquí estoy, Kirk; y llega usted en un buen momento. No tuvo la oportunidad de asesinarme mientras dormía, como hizo con todos los demás.
Kislath se llevó una mano a la pistola fásica pero Chekov fue más rápido. El joven alférez aferró la muñeca del klingon con un puño tan firme como el acero de titanio. Obligó al oficial klingon a aflojar la mano que aferraba la culata de la pistola fásica.
–Threllvon–da, por favor, explíqueme lo que le ocurrió a su equipo de excavación.
–Ellos vinieron y se los llevaron a punta de pistola fásica, eso es lo que les ocurrió –acusó el científico, sin aliento. El color azulado de su cara se intensificó a causa de la emoción–. Los arrastraron de aquí y los asesinaron.
–Sólo están en prisión por violar el espacio klingon –declaró Kalan–. De la misma forma que será usted llevado prisionero si no se marcha. ¡Este planeta es nuestro!
–Presenta usted un problema difícil, Kalan –dijo Kirk, mientras su mente repasaba aceleradamente las leyes de colonización tal y como las conocía–. Lo que tenemos aquí es una mala interpretación de los términos acordados acerca de la colonización. Mientras Threllvon–da esté aquí llevando a cabo estudios arqueológicos sobre una civilización anterior, la prueba de cuya existencia es claramente visible detrás de usted, el planeta no es objeto legítimo de colonización. Mírelo en las leyes.
Uno de los klingon se aproximó a Kalan y susurró apresuradamente. La expresión del rostro del klingon le dijo a Kirk que había ganado en aquel punto. No le dio oportunidad al klingon para que pudiera pensar otra maldad.
–Y exijo ver a mi tripulación, impropiamente detenida, según parece. Sin embargo, el que retornen sanos y salvos será suficiente, al igual, por supuesto, que el regreso del equipo de excavación.
–Ellos invadieron nuestro espacio –le espetó Kalan–. Se trasladaron a nuestro yacimiento y se pusieron a excavar allí, como si no tuvieran suficiente con éste.
Señaló el área que rodeaba la pirámide y que ya había sido excavada por Threllvon–da.
–¿Es eso cierto, doctor?
Tenemos que llegar a la ciudad subterránea antes que ellos; y usted se niega a entregarnos nuestro equipo. No puedo aceptar que estos estúpidos ineptos destrocen el techo de la bóveda y hagan caer toneladas de escombros. ¡Eso arruinaría el valor arqueológico de la ciudad para siempre!
–¿Así que entró usted en el campamento klingon, doctor? –le preguntó Kirk.
–Sí, por supuesto; y luego estos bárbaros llegaron y mataron a todo mi grupo.
–Los andorianos y los humanos no están muertos. Nosotros los apresamos por traspasar los límites del territorio klingon.
–Ya hemos establecido que esto no es parte del imperio klingon –replicó severamente Kirk–. Sin embargo, parece que tiene usted una protesta que hacer contra la Federación debido a la intromisión de algunos de sus ciudadanos, que se dedicaron a excavar en algunos puntos del yacimiento que estudiaban ustedes. –Cuando Kalan soltó un bufido de triunfo, Kirk se apresuró a continuar–. Y dicha protesta, por supuesto, queda ahora sin efecto a causa de su invasión de este yacimiento y cl secuestro de ciudadanos de la Federación que no tomaron parte en la trasposición original de dichos límites.
–Pero...
–Creo que es evidente la solución equitativa que le podemos dar a todo esto. Usted nos devuelve a todos los científicos capturados, y a los miembros de la tripulación de la Enterprise, y nosotros no llevaremos este asunto más allá.
–¿Eso hace que quedemos a la par? –le preguntó Kalan en voz baja–. ¡No! No puede ser de esa manera. Nosotros no podemos perder ningún...
–No pierde usted nada. No tenía nada que perder –señaló Kirk.
–No escuche a ese alienígena, capitán –lo instó Kislath–. Ordene un ataque inmediato desde la Terror y reduzca su nave a escombros. Disfrutemos viendo como ellos y todos esos intrusos regresan al polvo cósmico.
–Dudo de que el comandante de una nave de guerra klingon necesite que le digan cuál es la forma más correcta de proceder –comentó McCoy, al ver la reacción de Kalan ante la sugerencia de Kislath.
El comandante klingon se volvió iracundo hacia su primer oficial y le ladró:
–¡Póngalos en libertad! ¡A todos!
–Sí, comandante –respondió el oficial klingon, obviamente asqueado por la forma en que su capitán se derrumbaba ostensiblemente ante los alienígenas.
–Nosotros no permitiremos que simples acciones como ésta sean mal interpretadas –dijo Kirk, que se sentía más relajado al ver que en ese momento no sólo los andorianos, sino los miembros de la tripulación de su nave, salían del yacimiento klingon–. Deberíamos establecer un canal para tener mejor comunicación. Podemos cooperar, para ventaja de ambos.
–¿Cooperar? –se burló Kalan–. Imposible. Los klingon somos agresivos mientras que las otras formas de vida, como ustedes, son cobardes. Los aplastaremos.
–Lo que usted diga, capitán –replicó Kirk con voz cansada–. Simplemente hágalo desde una cierta distancia. ¿Es ese paso de montaña, y los cinco kilómetros que se extienden al norte del mismo, una región aceptable para sus excavaciones?
–¿Qué extensión? –preguntó suspicazmente el klingon.
Su otro ayudante se acercó a él y ocultó con una mano la pantalla de lecturas del sensor. Kirk supuso que estaban estudiando el mapa expuesto en dicha pantalla.
–Cinco kilómetros. Más, si lo prefiere.
–Cuatro; y no hacia el norte, sino más bien hacia la cima –declaró el klingon; volvió a mirar el sensor para confirmarlo, cambió ligeramente de dirección y finalmente volvió a hablar–. Allí, o en ninguna parte.
–Doctor Threllvon–da, ¿tiene usted alguna objeción a que los klingon utilicen su maquinaria pesada en el paso de montaña?
–Ninguna en absoluto, si nos dejan el yacimiento a nosotros.
–¡Hecho! –gritó Kalan–; y, cualquiera que sea sorprendido dentro del área que tengamos delimitada, será ejecutado sin aviso previo. ¡Quedan ustedes advertidos!
Él y su ayudante se marcharon en la dirección que había seguido Kislath. Al cabo de pocos minutos la maquinaria había sido recogida y la trasladaban al área de la montaña que se había acordado.
–Eso es extraño, Jim –dijo McCoy–. ¿Por qué cree usted que accedieron tan rápidamente a cambiar de sitio? ¿Piensa que ellos saben algo que nosotros ignoramos?
–Estoy seguro de que así es, Bones. Chekov, observaciones.
–Ninguna, señor. No deduzco nada del comportamiento de los klingon. Este área es tan buena como la de la montaña.
–Me pregunto –meditó Kirk– si lo será realmente para sus propósitos.
–Sean cuales sean esos propósitos clandestinos –agregó McCoy.
–Podemos estar seguros de que los conocimientos arqueológicos no podrían importarles menos –dijo Kirk, pensando en voz alta–. La idea de encontrar alguna máquina avanzada que pueda utilizarse como arma es mucho más propia de ellos. Un arma así necesitará energía, y, después de todos estos años, estará descargada.
–A no ser que busquen una fuente de energía –comentó Chekov.
–Cierto, alférez, pero es difícil. La reacción materiaantimateria es la cosa más próxima a la aniquilación y la completa liberación de energía que podemos obtener tecnológicamente. No, dudo de que los klingon quieran algo de este planeta por el valor teórico que pueda tener para sus esfuerzos bélicos. Los klingon son pragmáticos. Sea lo que sea que quieren obtener, es algo obvio, aunque nosotros hayamos sido incapaces de verlo.
–Quizá al ver el entusiasmo que sentía Threllvon–da desde el principio, los klingon sólo sintieron deseos de estropearlo todo.
–Eso no lo explica, Bones. Se hubieran limitado a destruir el planeta, no a bajar a él. Hablemos con Spock, y veamos si él tiene alguna información adicional.
–Sólo si es lógica –se burló McCoy.
–Spock –dijo Kirk, tras desplegar el transmisor–, ¿ha estado siguiendo todo esto?
–Sí, capitán, y también he estado siguiendo una línea de investigación que debería habérseme ocurrido antes. Las maquinarias pesadas implican la necesidad de desplazar masas considerables.
–¡Qué astuto! –comentó McCoy con desdén–. Seguidamente nos dirá que los klingon no tienen entre ceja y ceja más que intenciones pacíficas.
–Eso, doctor, es precisamente lo que quiero decir. Los análisis de los depósitos de la corteza del planeta tienen lagunas. Las sondas geológicas de los primeros exploradores dejaban mucho que desear. No indicaban los extensos depósitos de topalina.
–¡Topalina! –exclamó Chekov–. Ése es el material empleado en los sistemas de soporte vital. ¡Es valioso!
–Pero no tan valioso para nosotros como para ellos, alférez. Al menos, mientras tengamos las minas de Rhyl, Talir y Spica IX; y ésos son sólo los grandes depósitos. Tenemos minas en un centenar de otros mundos. La Federación tiene toda la topalina que necesita. Pero, según parece, el imperio klingon no está tan bien provisto de ese material –terminó Spock.
–Eso explica su comportamiento furtivo. Las operaciones de minería pesada son difíciles de ocultar. Utilizaron la tapadera de la arqueología para traer sus excavadoras.
Kirk se alejó del pequeño grupo y miró en dirección al campamento klingon. Los klingon se movían animadamente, más parecidos a hormigas en aquella colina que a seres inteligentes. Recorrió aquel bello mundo con los ojos, mientras se preguntaba qué sería de él a partir de aquel momento.
Los klingon le arrebatarían la topalina y cualquier otro mineral que pudiesen hallar y necesitaran. Había visto aquello en docenas de mundos, y no sólo los klingon eran responsables de ello. Las zanjas, tan profundas que llegaban al núcleo, irrumpían en la corteza de los planetas y les arrebataban los minerales importantes. Las atmósferas que una vez habían sido respirables, estaban contaminadas por humos residuales, humos de refinerías, polvo de carbón, productos de desecho. Por algún motivo, el concepto de manufacturar y fundir en el espacio no había arraigado nunca. La gravedad que proporcionaban los planetas, además de su substancia y entorno familiares para los trabajadores, lo habían evitado... eso y la abundancia de mundos ricos no habitados. ¿Por qué depender de los asteroides y otros planetoides si los planetas enteros podían ser saqueados, planetas que no requerían la creación de un campo gravitatorio artificial, ni la fabricación de oxígeno y agua? Si el mineral que se fundía era lo suficientemente valioso, el trasladarlo fuera del campo gravitatorio de un planeta sólo aumentaba una pequeña fracción de su coste.
Kirk odiaba la idea de ver a aquel planeta seguir el camino de tantos otros. La Tierra misma apenas había conseguido escapar a un destino tan lúgubre en el siglo veintiuno, al salir los seres humanos al espacio exterior. En aquel momento era un jardín, muy parecido a ese mundo excepto por los hormigueantes miles de millones de seres que moraban en su superficie.
–Acabo de explorar el área que les ha ofrecido a los klingon a cambio de la zona que estaban excavando. La concentración de topalina en las rocas de esa zona es ampliamente más elevada. Las pistas señalan a la pobreza de los instrumentos klingon como razón para que no explotaran esa zona en primer lugar. La configuración de la cadena montañosa bloqueaba sus sondas primitivas. El descubrimiento real de esa zona probablemente no tuvo lugar hasta que alcanzaron la superficie y comenzaron a trabajar, momento en el cual fabricaron la ficción del interés arqueológico, lo que hizo que no pudieran desplazarse fácilmente sin levantar sospechas.
–Ha descubierto usted la topalina, Spock. ¿Tiene alguna información adicional sobre el... el campo de fuerza que mencionó con anterioridad?
Kirk no deseaba mencionar los problemas existentes con respecto a la moral de la tripulación. A pesar de que los aparatos electrónicos de los klingon podían ser primitivos para la norma de la Federación, no eran tan atrasados. No quería proporcionarle a Kalan ninguna ventaja para las futuras negociaciones, al menos cuando hasta aquel momento había sido capaz de ganarle todos los asaltos.
–Negativo, capitán. No consigo explicar ese fallo. En este momento estoy estudiando la posibilidad de desorganización neuronal en el hemisferio derecho del cerebro.
–¿La parte que «borra» la memoria al mezclarla como si se tratara de una docena de huevos revueltos? –preguntó McCoy–. Ése es un cambio neuroquímico, no inducido por un campo de fuerza.
–Deben ser tomadas en consideración todas las explicaciones posibles, doctor. Si nos permitiésemos pasar por alto una sola fuente potencial, estaríamos actuando de una forma muy poco científica.
–¿Ha habido suerte? –interrumpió Spock.
–Aparentemente, el doctor McCoy tiene razón. No existe un campo de fuerza de esa naturaleza. He vuelto a comprobar todos los campos de fuerza capaces de afectar al metabolismo humano, y no he encontrado ninguno capaz de provocar respuestas tan variadas. Esto es algo peculiar de Alnath II.
–Eso era lo que temía, Spock. Continúe. Quiero recorrer durante un rato la superficie y luego regresaré a la nave. Yo...
–¡Capitán, mire! –gritó Chekov.
Vio cómo, una tras otra, las máquinas de minería pesada de los klingon desaparecían en el interior del terreno como si fueran pequeños insectos metálicos en lugar de los gigantescos monstruos que eran en realidad.

8


DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4736.9


Los klingon aceptaron con celeridad el nuevo emplazamiento para sus operaciones de extracción de topalina. Sin embargo, la repentina desaparición de sus máquinas –aparentemente tragadas por el planeta mismo– ha precipitado un estado de emergencia. El cañón fásico principal de la Terror ha comenzado a resplandecer con un vívido azul a causa de las fugas de carga, lo cual indica que está preparado para disparar. He llamado a la tripulación de la Enterprise a sus puestos de combate y máximo estado de alerta. Me temo que el ataque es inminente e inevitable.


Nunca he visto nada parecido –jadeó McCoy–. Todo ese condenado planeta se tragó la maquinaria de los klingon.
–¿Cree que pueda tratarse de un sabotaje? –le preguntó Kirk a Chekov.
El alférez comprobó y volvió a comprobar las lecturas del sensor.
–Lo ignoro, capitán. Mi sensor se ha vuelto loco. Los indicadores están todos fuera del cuadrante. Ahora vuelven a la normalidad. No lo entiendo.
–Tampoco yo, alférez, tampoco yo –comentó Kirk, mientras miraba al bostezante agujero donde un instante antes las máquinas de minería klingon habían rugido, agujereado y desgarrado la superficie.
Tenía la extraña sensación de que aquel hubris por parte de los klingon había sido la causa; pero eso era ridículo. No podía atribuirle poderes divinos a un planeta. Aquel mundo no estaba vivo, no respiraba, ni sentía ni estaba animado. Había sido abandonado por su única raza pensante hacía miles de años.
–¡Ya la hemos atravesado! –les llegó un fuerte grito proveniente del yacimiento andoriano. Threllvon–da salió corriendo, agitando los brazos muy por encima de la cabeza–.La hemos atravesado. Finalmente hemos atravesado la bóveda del techo; y ellos lo han destrozado todo, exactamente como yo pensaba que lo harían.
–Spock –dijo Kirk por el transmisor–, verifique. ¿Rompieron los klingon el techo de la ciudad subterránea?
–Afirmativo, capitán. Todo indica que la masa de la maquinaria excedió el punto de ruptura del techo. A través del agujero he obtenido lecturas de la presencia de formas de vida. Todos los klingon están aún vivos.
–¿Y no capta ninguna otra lectura de vida inteligente?
–No obtengo ninguna lectura de formas de vida en absoluto, capitán, excepto las de los klingon.
–Gracias, Spock. –Cerró la tapa del transmisor y se volvió hacia McCoy–. Bajemos allí para ver si nos necesitan, especialmente a usted. Esos hombres podrían estar bastante golpeados.
–¿Yo? ––preguntó McCoy con pasmo––. ¿Que yo remiende a unos klingon? Eso no está entre mis obligaciones, Jim.
–¿No está usted consagrado a curar, independientemente de la forma de vida que haya resultado herida? Lo necesitan, Bones.
–Pero son klingon.
–Son seres inteligentes que están heridos. No puedo ordenarle que los ayude, pero se lo pido.
Kirk observó la variedad de emociones que cruzaban el rostro del médico. Luchó silenciosamenie con el dilema y finalmente tomó una decisión.
–De acuerdo, capitán; pero no espere que yo haga demasiado bien. Los klingon tienen una estructura interna aún más revuelta que la de Spock.
Kirk sonrió y echó a andar con paso rápido en dirección al agujero abierto en la corteza del planeta. Thrcllvon–da y los otros lo habían precedido. Para cuando Kirk, Chekov y McCoy llegaron al borde del agujero, el científico andoriano había atado una cuerda que estaba siendo bajada por encima del borde.
–Teniente Avitts –ordenó Kirk–, informe.
–Sí, señor. Los klingon excavaron demasiado profundamente y atravesaron el techo de la bóveda. Entonces todo se derrumbó hacia el interior de la ciudad de Threllvon–da. En este momento se está preparando para que lo aten y descender. Está seguro de que los klingon han dañado valiosas pruebas arqueológicas relacionadas con la desaparición de la raza inteligente de este planeta.
–¿Están malheridos los klingon? –preguntó McCoy, plenamente en su papel de médico–. Tengo aquí mi sensor médico y algunos medicamentos, pero eso es todo. Puedo hacer que me envíen el equipo completo por rayo si resultase necesario.
–Eso no será necesario –declaró la fría voz de Kalan–. Mis hombres han sobrevivido. Nuestras excelentes máquinas los han protegido. Algunos–huesos menores rotos, y eso es todo. Somos capaces de arreglárnoslas solos.
–De nada –le dijo sarcásticamente McCoy, al advertir que el klingon ni siquiera se molestaba en agradecerle el ofrecimiento de auxilio.
–¿Por qué ha ocurrido esto? –estalló Chekov–. ¿Es que no tomaron lecturas sísmicas del área?
–Nuestras lecturas sísmicas no indicaban nada mas que roca sólida. Cómo ha llegado a aparecer esta caverna resulta un misterio. –Kalan se detuvo al borde de la abertura mirando ferozmente hacia el interior del agujero, como si su entrecejo fruncido pudiese izar la maquinaria que de forma tan precipitada había caído al interior.
–El andoriano ha provocado todo esto ––acusó Kislath, amargamente–. Ése era el verdadero propósito que tenían cuando entraron furtivamente en nuestro campamento. Instalaron bombas de antimateria y las hicieron detonar justo cuando nuestras máquinas pasaban por encima.
–Es una interesante teoría, teniente Kislath –le dijo secamente Kirk–, pero que no se adapta demasiado bien a los hechos. El doctor Threllvon–da había desarrollado la teoría de la existencia (le esta ciudad subterránea desde que puso los pies en el planeta. Ustedes fueron descuidados y simple mente pasaron a través del techo de esa ciudad.
––Imposible. Yo recogí personalmente las lecturas sísmicas. Sólo un tonto podría haberse engañado hasta el punto de creer que el suelo era sólido si existía una caverna. Este agujero fue abierto por las bombas de los andorianos, y constituye una clara violación del Tratado de Paz Organiano. ¡Éste es un acto de guerra!
–¿Le importaría amordazar a su perro de la guerra, capitán? –gruñó Kirk–. Sus acusaciones son obviamente erróneas. Ha interpretado mal las lecturas y está intentando esconder sus propios errores personales.
–¿Sobre qué bases afirma usted eso, Kirk?
–Mire.
Kirk señaló las lóbregas profundidades del pozo. Una de las excavadoras klingon tenía encendido su enorme foco de luz. El brillante rayo hendía las tinieblas e iluminaba una extensa ciudad construida de telarañas de cristal. Unos delicados arcos flotantes daban soporte a edificios de arquitectura imposible. Cuando los ojos de Kirk se adaptaron a la débil luz, distinguió joyas que brillaban con luz interior propia e iluminaban las calles hechas de una substancia de apariencia blanda. La inmensidad de la ciudad lo aturdió. Todo ello y el hecho de que estuviese bajo tierra, exactamente como lo había predicho Threllvon–da.
–Las riquezas –susurró Kislath, sosteniendo el sensor delante de sí–. Dentro de la ciudad hay sustancias de un valor inmenso. Emplearon la topalina como material para los cimientos. Los diamantes de las columnas de soporte son absolutamente perfectos. ¡Esto tiene que ser nuestro!
–¡Un momento! –gritó Kirk, horrorizado ante la idea de aquellas monstruosas máquinas desmenuzadoras de roca sueltas por una ciudad de apariencia tan frágil–. Éste es un asunto científico, no uno de importancia monetaria. No existirá fortuna en el universo que pueda compensarnos si no averiguamos todo lo posible de la civilización que construyó esta ciudad.
–A nosotros no nos importa en absoluto. Sus habitantes están muertos. Eso significa que eran débiles. Los klingon somos fuertes; sobrevivimos. No nos importa en absoluto el pasado, excepto nuestras glorias, nuestras victorias y nuestras numerosas conquistas.
–Nosotros consideramos la vida de una forma algo diferente –dijo cautelosamente Kirk–. Miren con qué reverencia estudia Threllvon–da los edificios. No los está saqueando, sino más bien estudiándolos. Si quieren ustedes la topalina, llévensela, pero déjennos la ciudad a nosotros.
–Intenta engañarlo, capitán –siseó Kislath–. Él sabe de nuestra necesidad de topalina.
–El comportamiento de ustedes al respecto resultaba transparente –dijo Kirk–, pero no estamos intentando engañarlos. Nosotros queremos examinar la ciudad, y ése es el único interés que tenemos en este planeta; sin embargo, la necesitamos intacta para nuestros estudios. Si la saquean, no podremos encajar los detalles de importancia.
–Miente, capitán. ¡Mire! –Kislath señaló al otro lado del agujero.
Los científicos andorianos, el grupo de la Enterprise y un puñado de tripulantes klingon libraban una feroz y silenciosa batalla cuerpo a cuerpo. La pistola fásica de Kislath se deslizó rápidamente a su mano, mientras el hocico romo de la misma apuntaba directamente al diafragma de Kirk.
El pulgar de Kislath se cerraba sobre el contacto del disparador en el preciso momento en que Chekov golpeaba la muñeca del oficial klingon con el borde de la mano derecha. A ese golpe le siguió inmediatamente un puñetazo seco en el mentón. Kislath pareció sorprendido, y luego se derrumbó sobre el suelo, inconsciente a causa del puñetazo. Chekov sacó su propia pistola y apuntó con ella a Kalan.
–Ahora es nuestro prisionero, capitán. ¿Desea usted que lo mate?
–¡Chekov, no! Recuerde... recuerde lo que ocurrió a bordo de la nave. No, no deseamos hacerle daño ninguno. Nosotros formamos parte de una misión pacífica.
–¡Pacífica, bah! –bufó Kalan–. Dígale eso a mi primer oficial.
–Él me atacó. Lo único que hizo Chekov fue defender a un oficial superior; pero discutiremos ese asunto cuando hayamos detenido esa pelea. –Kirk abrió su transmisor y ladró una orden–. Teniente Avitts, detenga inmediatamente esa pelea. ¡Hágalo! Sujete a los andorianos si es necesario, pero detenga la pelea.
En menos de un minuto, los klingon rodearon al grupo de la Federación, preparados para arrojarlos al interior del agujero. Kalan aulló la orden desde el otro lado de la abertura, sin molestarse en sacar el transmisor.
–¡Déjenlos! Regresen a sus puestos. ¡Saquen esas máquinas del agujero! –Luego se volvió hacia Kirk–. Utilizaré el rayo tractor de la Terror. ¡Intente impedírmelo, y significará la guerra!
–No se preocupe, Kalan, no se lo impediré. Simplemente procure dejarnos la mayor parte de la ciudad intacta cuando saque de ahí sus excavadoras.
El capitán klingon se volvió y se alejó, dejando a Kislath inconsciente en el suelo. Kirk miró al oficial caído mientras se preguntaba si dejarlo o no en manos de Chckov, pero luego se decidió por no hacerlo.
–Veamos qué tiene para ofrecernos esa ciudad. Déjelo –dijo Kirk, señalando hacia Kislath. Miró al fondo del pozo, sintió durante un momento un vértigo pasajero y luego activó el transmisor–. Spock –ordenó–, transfiéranos al suelo de la ciudad.
El trío se transformó en destellante energía que vaciló y los hizo reaparecer cincuenta metros más abajo, sobre el nivel del fondo; ante ellos se extendía la magnífica ciudad más allá de donde alcanzaba la vista.

–Nunca he visto nada parecido –dijo la teniente Avitts con entusiasmo–. ¡Es estupenda! Miren las delicadas líneas de los edificios. Nunca, jamás, había oído hablar de una cultura que construyera una arquitectura de tan frágil belleza.
–Estoy seguro de que Threllvon–da sabe si esto se corresponde con alguna otra cultura; pero sospecho que no será así –comentó Kirk, pasmado a pesar de si mismo.
Avanzó hasta una de las paredes y apoyó una mano sobre ella. Una sensación trémula le subió por el brazo e invadió todo su cuerpo. Se tensó y comenzó a apartarse, pero las cualidades tranquílizadoras de aquel contacto lo obligaron a mantener la mano en contacto con la superficie.
–Es bello, ¿verdad, capitán? –preguntó Candra Avitts–. No sé de qué se trata. Yo tenía un animal de felpa cuando era niña, que era blando y peludo y al que acariciaba. Estas paredes me producen las mismas sensaciones.
–Así es, teniente. La sensación es única –concedió Kirk, apartándose de mala gana de la pared.
La sensación de bienestar que le había invadido el alma lo hizo interrogarse acerca de los constructores (le aquella ciudad. ¿Eran aquellos materiales tan comunes en el planeta, que sus habitantes habían construido sus ciudades enteramente con ellos? Un solo kilo de ellos podría valer una fortuna en cualquiera de los planetas de la Federación. La gente haría cola durante horas sólo para beneficiarse de sus cualidades calmantes.
–Acaricie la calle, capitán, y verá cómo se siente entonces –le propuso, emocionada, la mujer.
Ella se arrodilló y pasó una mano por encima del aterciopelado pavimento. Sus ojos se cerraron y su cuerpo se estremeció como si tuviese fiebre alta. Sin embargo, la expresión de su rostro denotaba que no era fiebre alta lo que sentía, sino puro éxtasis.
Chekov pasó ambas manos por la calle.
–Capitán –dijo–, es tremendamente... sensual. No soy capaz de describirlo.
–Tampoco yo, alférez. No tengo explicación ninguna en este momento. Esta ciudad apenas parece posible. ¿Por qué iba a construirse cualquier raza una ciudad con unas cualidades como las que estamos experimentando?
–Porque era una raza dedicada a los placeres de la carne –sugirió la teniente Avitts, que continuaba acariciando el material que componía la calle.
–Lo dudo. ¿Cree usted que se revolcaban en medio de la calle? No, teniente, esta ciudad tiene algo completamente equívoco. Carece completamente de las sensaciones que percibe uno en cualquier ciudad, de que sea o haya sido habitada. Es como una vitrina de exposición, como una gema perfecta engarzada en una diadema que no está destinada a llevarse puesta.
–Ha estado abandonada durante muchos miles de años, capitán –señaló Chekov–. No podemos esperar que sea como las otras ciudades que conocemos. Éste es un hallazgo importante, uno que hará a Threllvon–da merecedor de grandes honores.
–Es como si la ciudad estuviese hecha a medida del buen doctor –reflexionó Kirk en voz alta–; pero es demasiado inmensa. Se extiende a lo largo de kilómetros en todas direcciones. ¿Ha hecho alguna estimación de su tamaño, alférez?
Chekov miró su sensor y frunció el entrecejo.
–Mi sensor no funciona, capitán. Las lecturas son completamente erróneas. Tiene que ser algo que esté en las paredes de estos edificios.
–Mi sensor tampoco funciona –dijo Avitts–. Eso es extraño. Acababa de hacerle una comprobación de diagnosis para asegurarme de que no volvería a hacer esto.
–¿Volvería, teniente? ¿Cuándo lo hizo antes de ahora?
–Inmediatamente después de bajar a Alnath. Threllvonda había comenzado a formular la teoría de la existencia de esta ciudad. Yo encendí el sensor para verificar su idea de que los klingon estaban justo encima de la caverna. Los indicadores permanecían fuera de la escala de las esferas. Desmonté el sensor, lo revisé y volví a montarlo. Entonces las lecturas indicadoras de la existencia de la caverna fueron claras.
–Qué cosa tan extraña... –dijo Kirk–. ¿Dónde está Threllvon–da? Quiero hablar con él.
Kirk se puso a andar a paso vivo, y se encontró con que las largas zancadas aumentaban sus energías en lugar de cansarlo. Su paso se aceleró y eso hizo subir una cantidad de energía adicional desde la calle a sus cansadas piernas. La blandura le amortiguaba los pies y lo relajaba. Cuanto más duramente trabajaba para cansarse, más energía afluía a su cuerpo desde el material que pisaba.
–Ah, Kirk, aquí está usted. ¿No es esta ciudad exactamente como yo dije que sería? –canturreó Threllvon–da. Kirk asintió lentamente con la cabeza–. Sí, sí, es una ciudad maravillosa. Mi reputación era grande hasta ahora, pero a partir de este momento ¡seré el arqueólogo de más renombre de la galaxia! Hará falta una generación o más de estudios para apreciar plenamente a la raza que construyó esta magnífica metrópolis.
–¿Existe algo en esta ciudad que usted no esperase encontrar, doctor? –preguntó Kirk–. Parece asombrosamente compleja para ser una ciudad enterrada y perdida durante varios miles de años.
–Era una raza muy avanzada, ya lo creo que sí. El genio se manifestaba en todo lo que hacían. La pirámide indicaba una construcción de este tipo. El material, eso sí, es único en la galaxia. Apenas puedo esperar para traer a algunos de mis colegas de la universidad aquí abajo. Me vendrían bien algunos metalúrgicos, químicos, y los mejores científicos especialistas en materiales. ¡Quedarán fascinados! Hemos descubierto un tesoro, capitán Kirk, un verdadero almacén de información que me servirá para escribir miles de artículos que serán publicados en las más prestigiosas revistas científicas.
El andoriano se alejó mascullando para sí, mientras su sensor almacenaba todas sus detalladas observaciones, conjeturas, cada una de las indicaciones acerca de aquella raza que una vez había sido poderosa y había construido aquella ciudad subterránea.
Kirk meneó la cabeza. Intentar hablar con el científico era como tratar de vaciar el espacio con las manos desnudas. Cuanto más duramente trabajaba, menos sentía que había conseguido. Se volvió en busca de sus dos oficiales. Ni Chekov ni Avitts estaban a la vista.
–¡Teniente! ¡Alférez! –los llamó.
El sonido de su voz murió rápidamente en la ciudad, absorbido por la substancia que componía las paredes. Incluso en el espacio, a bordo de la Enterprise, oía sonidos diminutos. El casco de la nave estelar tenía un metro de grosor, pero crujía ligeramente a causa de las diferencias de calor cuando se acercaba a un sol. El constante movimiento de la tripulación producía un sonido constante que le aseguraba que todo funcionaba bien. Los aparatos electrónicos de a bordo emitían chirridos, gemidos, silbidos y campanilleos, todos a sus órdenes.
En la ciudad subterránea no llegaba ningún sonido a sus oídos.
–¡Chekov! ¡Avitts! –gritó una vez más–. ¿Dónde están? ¡Respóndanme!
Por el rabillo del ojo vio un borroso desplazamiento, y giró para encararse con lo que fuese. Nada. Ni un movimiento. Ni un sonido. Nada. Sacó su pistola fásica y avanzó cautelosamente hacia el sitio en el que había creído ver movimiento. No había indicación ninguna de vida, pero él respiró profundamente el aire en busca de una pista. Un olor que flotaba en el aire a causa de la insuficiente renovación de aire, le dilató las fosas nasales.
–Klingon –murmuró.
Y entonces se abrieron las puertas del infierno.
Un cuerpo pesado cayó directamente sobre sus espaldas y lo arrastró hasta el blando pavimento. Instintivamente, Kirk se inclinó y bajó los hombros en la misma dirección en que caía. Metió la cabeza debajo de sí y rodó, neutralizando la mayor parte del choque de la caída. Como un gato terrícola, se puso de pie con las rodillas flexionadas y la pistola fásica apuntando ante sí.
El klingon que había saltado sobre él no se había repuesto del ataque tan rápidamente como él. Se puso trabajosamente de rodillas y manoteó torpemente para sacar la pistola de rayos que llevaba al cinturón. Kirk no le dio tiempo al klingon para que apuntara su mortal arma. Su pistola fásica zumbó, bañó al alienígena con una trémula luz magenta y se apagó tras la duración predeterminada del disparo. El klingon se derrumbó, inconsciente.
Una abrasadora descarga de energía le quemó el pelo de un lado de la cabeza a Kirk. ÉL volvió a zambullirse al suelo, avanzando, presentándole el menor blanco posible a su atacante. Se tendió sobre el vientre; su lastimosa pistola fásica apenas podía competir con las más poderosas y mortales armas de rayos que empleaban contra él.
–¡Capitán! –gritó Chekov–. ¡A su derecha!
Kirk se volvió velozmente y disparó. El rayo fásico alcanzó a otro klingon y lo hizo caer inconsciente a media carrera. Sin embargo, el que tenía la pistola de rayos continuaba disparando. La aterciopelada superficie de la calle ardía sin llama, y al quemarse despedía un hedor nauseabundo. Las espesas nubes de humo negro que se desprendían de ella, le proporcionaron a Kirk la cobertura suficiente para correr hasta la posición ocupada por Chekov. Se abalanzó, con el cuerpo paralelo al suelo, y aterrizó pesadamente. El aire salió precipitadamente de sus pulmones a causa del golpe, pero tuvo el tiempo suficiente para hacer entrar aire nuevamente dentro de su vapuleado cuerpo. Chekov se erguía a su lado, disparando ráfagas precisas con la pistola fásica.
–¿Qué demonios ha ocurrido? –preguntó Kirk–. Los dejo solos durante cinco minutos y ya dan comienzo a una guerra.
–No, capitán, no fuimos nosotros. La teniente Avitts había comenzado a examinar un edificio. Había extraído un poco de material para realizar algunos análisis, cuando aparecieron los klingon. No pensamos nada malo de su presencia hasta que Kislath les ordenó a los demás que nos matasen.
–¡Kislath!
–Sí, capitán. Llevaba un armero portátil de pistolas de rayos y las distribuyó entre sus hombres. Dijo algo así como: «Se acabó eso de acatar las órdenes de un miserable cobarde. Hagamos las cosas ahora mismo».
–Otro motín. Kalan va a encontrarse con las manos llenas de Kislath, si éste no lo ha matado ya para hacerse con el control de la Terror.
–¿Seguiría una tripulación klingon a un hombre que acaba de matar al capitán? –preguntó Chekov, pasmado ante la perspectiva.
–Lo harían. Les encantan los conflictos. Los ascensos se producen tan frecuentemente por asesinato como por méritos. Según su opinión, un asesinato inteligente es una señal de mérito. Son una sola cosa y la misma. Me alegro de que las cosas no sean así en la Flota Estelar de la Federación.
–¡También yo! –exclamó Chekov. Se agachó cuando otra ráfaga de rayo ionizó un recorrido que pasó a milímetros por encima de su, cabeza.
–No podemos permanecer aquí durante mucho tiempo más –dijo Kirk–. Nos atraparán en un fuego cruzado si consiguen llegar a lo alto del edificio. Y tampoco podremos enfrentarnos a ellos con una pistola fásica. Separémonos y obliguémoslos a disparar en dos direcciones antes de que nos lo hagan a nosotros. Chekov, Avitts, diríjanse hacia aquel edificio de color esmeralda. Disparen una barrera continua que me permita llegar hasta aquella construcción de color azul apagado que hay más abajo de la calle. Preparados, ¡ya!
Kirk se recostó contra la pared baja y comenzó a disparar su pistola fásica a intervalos de un segundo. La centelleante energía danzó junto a los edificios que rodeaban a los klingon y obligó a estos últimos a ponerse a cubierto. Eso les permitió a Chekov y Avitts alcanzar la protección de la estructura verde brillante. Cuando ellos abrieron fuego, Kirk se puso en cuclillas y caminó agachado, para luego correr a lo largo del espacio descubierto que lo separaba del otro edificio. La calle se curvó debajo de sus pies a causa de un disparo de rayo demasiado cercano, pero eso aceleró su huida. Se tambaleó durante los últimos pasos y aterrizó sobre el vientre, sin aliento.
Sin embargo, parecía que su plan estaba funcionando bien. Avitts dejó inconsciente a uno de los klingon y, al avanzar otro para dispararle a ella, Kirk lo alcanzó con una descarga de su pistola. Al volverse los klingon para enfrentarse con aquel nuevo peligro, Chekov acertó blanco tras blanco. Incluso a pesar de su superioridad armamentística, los klingon habían sido superados en táctica.
Kirk vio que Kislath les hacía señas a sus hombres para que se reagrupasen. Eso era lo último que quería el capitán de la Enterprise. Si conseguían sacarlos a ellos a descubierto, podrían matarlos a los tres. Desplazó el botón de la pistola fásica a «detonador», respiró profundamente y la arrojó como si fuese una granada de mano. El arma se deslizó por el blando pavimento y rebotó contra un lado del edificio.
La onda expansiva sacudió toda la ciudad. Los klingon fueron arrojados en todas direcciones a causa del golpe del gigantesco puño de la explosión, tambaleándose, aturdidos, desorientados. Avitts y Chekov hicieron un rápido trabajo con ellos.
Kirk abrió el transmisor y llamó a Chekov.
–Alférez, ¿hemos dado cuenta de todos los klingon?
–Lo ignoro, capitán. La teniente y yo hemos contado nueve. Los pelotones normales de los klingon constan de doce miembros. Con Kislath, harían trece. Hay unos cuatro que aún están en libertad.
Kirk maldijo en silencio. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que él era ahora el eslabón débil de la cadena. Los oficiales de la Federación llevaban una sola pistola fásica, y la suya había sido empleada en una sola explosión.
–Intentaré reunirme con ustedes y establecer contacto con la Enterprise, si puedo; le daré cuenta a Spock de lo ocurrido aquí abajo.
–Capitán –dijo la clara voz de Avitts–, yo ya lo he intentado. El techo de la ciudad nos impide el contacto con el exterior. Estoy intentando encontrar a uno de los hombres de Threllvon–da para enviar un mensaje.
–Muy bien –respondió Kirk–. Estaré con ustedes dentro de un momento.
Volvió a guardar el transmisor y recorrió el escenario con los ojos. Los destrozos provocados por su ataque con la pistola fásica sobrecargada le dieron la impresión de algo totalmente incongruente. Las paredes ennegrecidas, las calles destrozadas, los cuerpos de los klingon desparramados, estaban completamente fuera de lugar en aquella ciudad perfectamente acicalada. Meneó la cabeza con asombro. Aquella metrópolis antigua estaba mejor conservada que la mayoría de las ciudades pobladas, vivientes, que respiraban.
Kirk entrecerró los ojos para intentar detectar cualquier indicio de los otros cuatro klingon, y presenció algo que le hizo un nudo frío en la boca del estómago. Las paredes de los edificios que se habían ampollado y decolorado a causa de la explosión de la pistola fásica, se rehicieron lentamente. Al igual que un ser viviente, la ciudad se curó. En menos de un minuto las paredes habían vuelto a adquirir su aspecto primitivo. Incluso la cavidad abierta por el rayo en la calle había comenzado a rellenarse, y se había reparado como ningún grupo de seres humanos hubiera conseguido hacerlo en un espacio tan corto de tiempo.
–Todo el condenado sitio está vivo –musitó–. Me pregunto qué pensará de que le hayamos abierto agujeros con nuestras armas.
Corrió para ponerse a cubierto de un edificio a otro, y a otro más. Espió al otro lado de la esquina y esperó. A sus oídos no llegó sonido alguno. Kirk se puso de pie y comenzó a correr para protegerse detrás de otro edificio, cuando percibió el revelador olor de los klingon. Kirk se detuvo en seco y luego se relajó para preparar sus músculos para una acción instantánea.
Se desplazó una fracción de segundo antes de que la detonación de un rayo le destrozase el cráneo. El disparo le dio en un hombro. Un dolor punzante le recorrió el sistema nervioso, pero Kirk hizo caso omiso de él. El capitán se aferró a su adversario klingon. Al perder el equilibrio, el alienígena retrocedió tambaleándose. Una pierna de Kirk realizó un movimiento de barrido que levantó del suelo los pies del klingon. Cayeron pesadamente al suelo; Kirk tenía los codos apoyados directamente sobre el estómago del klingon. El sonido del aire que salió espasmódicamente de los pulmones presionados casi ensordeció a Kirk. Le asestó un golpe fuerte y seco en el mentón, que el otro había dejado descubierto, y el klingon quedó laxo, inconsciente a causa del puñetazo.
Kirk recogió la pistola de rayos caída y advirtió el contacto extraño de la misma. La poderosa arma podía asolar media ciudad, incluso aunque ésta se regenerase a sí misma. El sonido de dos klingon que susurraban iracundos, puso a Kirk en alerta. Disparó por instinto y abrió un agujero en la esquina de un edificio cercano. La onda expansiva derribó a ambos klingon.
–No intenten sacar sus pistolas fásicas –les advirtió Kirk, tras lo cual sacó su transmisor y lo abrió–. Avitts, Chekov, tengo a los klingon que faltaban. Diríjanse hacia mi señal. Kirk fuera.
Depositó el transmisor activado a sus pies. Sus ojos no abandonaron en ningún momento a los dos alienígenas tendidos en el suelo.
El crujiente sonido de una bota que aplastaba su transmisor rompió la concentración de Kirk. Bajó la vista al cañón de una pesada arma de rayos sostenida competentemente por las manos de Kislath.
–No dispararé, Kirk. No todavía, porque también quiero a los otros dos.
–Podemos negociar –dijo Kirk, con la boca repentinamente seca–. Baje su arma y dejaré marchar a esos dos.
–¿Pretende utilizarlos como rehenes? Difícilmente le servirá de algo –se burló Kislath–. No significan nada para mí. Si los mata, toda su ventaja sobre mí habrá desaparecido; y si es usted demasiado débil como para dispararles, no representa ninguna amenaza para ellos. En cualquier caso, está usted muerto, mierda espacial.
Kirk estaba mirando directamente los fríos ojos de Kislath, cuando vio que el klingon se ponía rígido y la sorpresa se apoderaba de su rostro. Kislath se plegó como un acordeón, y su arma de rayos repiqueteó sordamente sobre el pavimento.
–El teniente Kislath excedió los límites de su autoridad –declaró Kalan con tonos mesurados.
El capitán klingon tenía una pistola fásica en la mano, y el dedo pulgar jugaba inquieto sobre el disparador, como si meditara la idea de paralizar repetidamente al oficial caído. Varias ráfagas rápidas de un rayo, aunque sólo fuese paralizador, detendrían el corazón y matarían a Kislath.
–Me alegro de que piense usted así –jadeó pesadamente Kirk.
Se irguió, pero el cañón de la pistola de rayos no abandonó la línea de fuego en la que se hallaban los klingon.
–Esa pistola de rayos no será necesaria, Kirk.
–Es suya, de todas formas –respondió Kirk, arrojándosela a Kalan. El klingon la atrapó con facilidad y se la metió en el cinturón–. Mis dos oficiales estarán aquí dentro de pocos minutos. No se ponga nervioso con su pistola fásica.
–No –dijo Kalan, guardándola también en su cinturón–. Este ataque no fue provocado por ustedes. Lo capté por radio y vine tan pronto como pude. Un destacamento que me es leal está recogiendo a los hombres de él. Se les aplicarán severas medidas disciplinarias.
–¿Serán ejecutados?
–Quizá. Tal vez interrogue antes a Kislath. Eso me proporcionará un gran placer. Este arribista va tras el honor y la fama a mis expensas. No puedo tolerar una cosa así. Constituye un motín.
–Como los que ya ha tenido –lo sondeó Kirk, que quería mantener incómodo al comandante klingon.
–Como los que han tenido lugar en la vida de cualquiera que esté en el Servicio Espacial del imperio. Sobreviviré. Soy el más apto, el más fuerte, el más inteligente y el más rápido. Cuando yo fracase, ocupará mi puesto otro que esté mejor capacitado para el mando. ¡Pero no será él! –El asco que se manifestó en la voz de Kalan sonó fuerte y claro–.Él es hijo del primer secretario y piensa que está destinado a obtener mi posición... o una superior. Oh, sí, esto me proporciona un gran placer.
Kalan levantó la vista cuando Avitts y Chekov llegaron corriendo con las pistolas fásicas en la mano. Kirk les hizo un gesto para que no dispararan.
–Gracias, capitán. Me ha salvado de que su primer oficial me abriese un agujero en la cabeza.
–No le he hecho ningún favor a usted. Si no hubiese querido su cabeza por mis propias razones personales, lo hubiera animado a continuar.
Dicho esto, Kalan se volvió y se marchó con la cabeza arrogantemente alta.

–Tres para ser transferidos a bordo –dijo Kirk por un transmisor que le habían prestado.
Él, Avitts y Chekov rielaron, y luego desaparecieron de la faz de Alnath II para ser reconstruidos en la sala de transporte de la Enterprise.
–Me alegro de volver a verlo, Jim –dijo McCoy con expresión preocupada–. Esa máquina vuelve a entrar en acción. Al hacerlo, esa cosa representa más una amenaza que una ayuda, si alguna vez lo ha sido.
–También yo me alegro de estar de vuelta, Bones, pero por una razón diferente. Ese transportador es una de las pocas cosas que quedan en el universo en las cuales puedo confiar.
Le dirigió una mirada al teniente Kyle y se preguntó cuánta verdad había en la afirmación que acababa de hacer. El oficial de transporte pasaba ociosamente sus dedos por un busto de arcilla, dándole forma a su obra más que atendiendo al complejo funcionamiento del transportador.
–Teniente Kyle –preguntó suavemente Kirk–, ¿está usted de servicio?
–Sí, señor –respondió el teniente, sin prestarle demasiada atención a su oficial comandante.
–¿Recuerda lo que le dije que le ocurriría si lo sorprendía mínimamente inactivo en su puesto de servicio... después de la primera vez que lo abandonó?
–Eh, sí, señor, lo recuerdo. Pero no se preocupe. Lo estoy vigilando todo atentamente. ¿No es bonito, señor? –preguntó, señalando la escultura de arcilla–. Pero la nariz no acaba de estar bien. Quizá necesite un poco más de arcilla para alargarla. ¿A usted qué le parece, señor?
–Continúe, señor Kyle. Bones, también yo me alegro de que el transportador funcionara correctamente.
Kirk y los otros se encaminaron apresuradamente hacia la sala de oficiales, donde todos los del alto mando se habían reunido ya.
Spock les pidió silencio.
Kirk observó atentamente al primer oficial y advirtió que los músculos faciales se le tensaban de forma inequívoca cuando vio a Candra Avitts. El vulcaniano dominó sus emociones y dijo:
–Bienvenido a bordo, capitán.
–Gracias, señor Spock. Por favor, siéntense todos. Kirk permaneció de pie mientras estudiaba a sus oficiales. Algunos le prestaban una atención absoluta, mientras que otros preferían obviamente estar en otra parte, persiguiendo sus propios intereses. Kirk advirtió que no había correlación entre aquellos a los que él consideraba más capaces y la atención o falta de la misma que le manifestaban en ese momento. Scotty se balanceaba constantemente de atrás hacia delante como si la silla tuviese un cable eléctrico que le imprimiera constantes descargas. Kirk dedujo que el ingeniero jefe deseaba regresar a su sala de máquinas y exprimirles unos cuantos ergios más a los motores hiperespaciales.
–Teniente Avitts, informe sobre la ciudad –ordenó Kirk.
Se sentó y se retrepó en la silla. La escuchaba sólo a medias; la otra mitad de su mente le daba vueltas y más vueltas a todos los factores, los hacía encajar, los ponía a prueba y los separaba nuevamente en un vano intento de llegar al fondo del misterio con que se enfrentaba la Enterprise.
La mujer hizo un informe conciso, preciso y detallado. No dejó fuera nada importante e incluyó una miríada de detalles de inconsecuencias, aunque se daba cuenta de que ninguno de ellos sabía qué era lo que podría darles una pista vital para el caso.
–Gracias, teniente. Como ya han oído, la ciudad descubierta por Threllvon–da es única. Señor Spock, ¿se ha descubierto alguna vez con anterioridad algo parecido a esto en algún otro planeta?
–Negativo, capitán. Sin embargo, hace ya varios años, Threllvon–da escribió un artículo que trataba de la posibilidad de que una cultura construyese una ciudad similar a ésa. Algunos detalles varían, pero en esencia es la que él describía en ese informe.
–Una ciudad que se autorreparase, sensual, silenciosa... ¿incluía todo eso?
–Sí, capitán, todo eso; pero los brillantes colores de los edificios que hay ahí abajo no fueron mencionados entonces, ni tampoco la construcción en forma de tela de araña. Existen indicaciones de que los soportes y contrafuertes tenían solamente una finalidad estética. Según las lecturas del sensor de la teniente Avitts –continuó Spock, con la voz tan ligeramente afectada que sólo Kirk lo advirtió–, los edificios mismos son más que lo necesariamente fuertes como para soportar su propia masa. Están construidos con un material piezoeléctrico de tipo Canfield, débil hasta que una corriente eléctrica apropiada corre a través de él. En ese momento se vuelve más duro que el acero hasta que se corta la corriente. Ésta es una aplicación fascinante de un principio que nuestra ciencia conoce desde hace mucho tiempo.
–¿Así que esos edificios tienen una corriente continua de energía que corre por su interior? –preguntó Kirk, intrigado.
–Dicho a grandes rasgos, sí –replicó Spock.
–¿De dónde proviene esa electricidad? Después de varios miles de años, cualquier generador conocido por nuestra ciencia se habría descompuesto.
–Lo ignoro, capitán –admitió Spock.
–En ese caso, ¿sería posible que, cualquiera que fuese la fuente que suministra esa energía eléctrica, estuviera emitiendo también la energía al campo de fuerza que actúa sobre nosotros?
–Es posible, pero improbable. He llevado a cabo una cuidadosa investigación y no he descubierto nada. Es como si la energía que emplea la ciudad fuese producida por... la nada.
–Imposible –se burló McCoy–. No se puede obtener algo de la nada. Es una de las leyes de la termodinámica.
–Lo ha dicho usted de forma nada científica, pero sí, doctor, eso es cierto.
–¿Admite, entonces, que no sabe usted nada sobre lo que hay ahí abajo, en el planeta? –lo apremió McCoy.
–Usted ya sabe eso. He realizado una minuciosa investigación en Alnath y he descubierto menos que Threllvon–da. El que él haya conseguido hacer tanto en tan poco tiempo, no es más que un tributo rendido a su genio.
–¿Milagros, Spock? No pensaba que creyera usted en ellos. ¿No son muy parecidos a la suerte? –se mofó McCoy.
Kirk se recostó en el respaldo de la silla y se cubrió la boca con los dedos mientras observaba el intercambio de palabras entre sus dos amigos. Sabía que tenía que detener aquello, pero algo en su interior lo silenciaba.
–Yo no creo en la existencia de nada que no pueda ser científicamente verificado mediante la experimentación. Algunos aspectos de la ciencia son de naturaleza dudosa, pero deben aceptarse porque constituyen la explicación más simple posible. Yo los mantengo como teorías de trabajo hasta que se formulen otros, más recientes, más comprensibles.
–Inténtelo con lo siguiente –propuso McCoy–. Esa fuerza aún desconocida actúa desde el núcleo del planeta. Afecta a los seres humanos, los andorianos, los klingon y los vulcanianos de distinta forma según las diferencias de la psicología de cada cual. Nosotros, los seres humanos, tendemos a los pasatiempos extravagantes; los andorianos se convierten en seres absortos en su trabajo; los klingon se vuelven más agresivos, y los vulcanianos –McCoy hizo una pausa dramática–, los vulcanianos son asesinados por esa fuerza.
–Es una interesante especulación, doctor –dijo Spock con una voz fría e indiferente–, pero no tiene en cuenta el hecho de que yo continúe existiendo. Me encuentro en perfectas condiciones. Ese misterioso campo de fuerza suyo no me ha hecho daño alguno.
–Eso se debe a que es usted un híbrido, Spock. No es usted ni carne ni pescado. Está en medio. Usted es lo que ocurrió cuando el caballo entró furtivamente en el corral del burro.
–Basta, doctor –dijo secamente Kirk–. No estamos aquí para proporcionar un análisis profundo mediante analogías sobre los genes de Spock. Aparentemente han surgido más preguntas de esta coyuntura que las que podemos responder. ¿Qué les ocurrió exactamente a los vulcanianos? Recuerden la situación en la que los hallamos. No había señales de violencia física, las autopsias no descubrieron ningún problema en los órganos vitales, ninguna variación ni escasez de enzimas, aminoácidos u otros compuestos químicos propios de sus cuerpos. Simplemente... murieron.
McCoy se encogió de hombros y se repantigó en la silla.
–Lo único que yo estaba diciendo era que el hecho de ser un híbrido probablemente haya salvado a Spock de correr la misma suerte. Nada más.
Kirk observó cómo Spock se tensaba al luchar para contener una réplica. Su ira era impropia de un vulcaniano. El lado humano, emocional, del hombre volvía a subir a la superficie, encolerizado por las tachas raciales que McCoy había amontonado sobre él. Spock aferró el borde de la mesa con una fuerza tal que Kirk se preguntó si dejaría la marca de los dedos en ella. Mientras lo observaba, el capitán vio que Spock se relajaba por la fuerza de su propia voluntad.
–Consideraré sus comentarios, doctor McCoy –dijo Spock con voz tranquila.
De todos los que se hallaban en torno a la mesa, sólo Kirk advirtió el esfuerzo que Spock hacía para que su voz tuviera un sonido despreocupado.
–Muy bien. Pasaremos de una sección a otra para comprobar el estado de la Enterprise. Señor Scott, los motores están...
–¡A los puestos de combate! –vociferó el intercomunicador de la nave–. ¡A los puestos de combate! ¡Los klingon nos están disparando!
Kirk corrió hacia el turboascensor con el corazón en la garganta y la adrenalina bombeando al interior de su torrente sanguíneo.



9

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4737.1

La Enterprise ha sufrido daños menores a causa del ataque klingon. Las pantallas deflectoras se mantienen; las baterías fásicas están cargadas al máximo, esperando una orden mía para ser disparados los cañones. A pesar de que el ataque no fue provocado, yo no me resuelvo a responder al ataque. El Tratado de Paz Organiano debe ser respetado a toda costa y la guerra interestelar resultante devastaría incontables planetas. Los klingon deben ser detenidos aquí, en Alnath II... pacíficamente.


Informe de estado, señor Sulu –pidió Kirk mientras se encaminaba hacia el sillón de mando.
Nunca antes aquel trono le había parecido tan alto e imponente. Él y sólo él dictaría el curso de los siguientes minutos. Una decisión adecuada significaría la seguridad para la Enterprise y su tripulación. Un error sería la muerte.
Y la guerra.
–Los klingon están aumentando los ataques, señor –le respondió el timonel–. He ordenado que las pantallas sean puestas a plena capacidad de deflexión, pero se están debilitando.
–Informe de motores.
–Sí, capitán –sonó la voz de Scott–. Estamos desviando toda la energía posible hacia las pantallas. El nivel de radiación está aumentando demasiado rápidamente.
–Previsiones, Scotty.
–¡No podremos sobrevivir durante más de diez minutos a este paso, capitán!
Kirk apagó el intercomunicador y miró fijamente la pantalla de visión exterior. La vista de la nave klingon que disparaba sus baterías fásicas lo encolerizó. Quería golpearlos, devolverles los disparos, poner a prueba la potencia de las armas de la Enterprise contra la solidez de la Terror.
¿Qué había dicho Kalan? Que sería una prueba interesante la de oponer un crucero pesado y un acorazado.
Kirk dio un puñetazo sobre el posabrazos del sillón de mando. No podía luchar. No se atrevía a abrir fuego. La Enterprise superaba a la nave klingon en maniobrabilidad, pero no lo hacía en velocidad ni capacidad de ataque. Las limitaciones de su construcción eran evidentes.
–Capitán, en espera de sus órdenes de abrir fuego –dijo ansiosamente Sulu, que tenía un dedo inmóvil por encima del disparador de los cañones fásicos.
–No lo haga, señor Sulu. Todavía no. Señor Spock, ¿ha analizado ya la frecuencia del rayo fásico de los klingon?
–Tienen rayos fásicos sintonizables, y han encontrado la frecuencia en la que nuestros escudos deflectores son más débiles.
–¿Podemos nosotros ajustar la pantalla para salir de esa frecuencia en particular? ¿Puede darme unos minutos más de tiempo?
–Sin duda, capitán, pero será fútil. Lo mismo daría que bajásemos los escudos y les dejásemos que nos destruyeran. La derrota y tristeza que sonó en la voz de Spock hizo que Kirk se volviera.
–Señor Spock, no vamos a suicidarnos.
–¡Pero, capitán, si es eso lo que está usted haciendo! –le gritó Sulu–. Déme la orden de abrir fuego. ¡Puede que no seamos capaces de destruirlos, pero es mejor morir luchando!
–¡Hágales lamentar el día en que dispararon contra nosotros! –dijo otra voz.
Y sonó una segunda al otro extremo del puente.
–Los asquerosos klingon no se merecen la muerte limpia que les proporcionaría un rayo fásico. ¡Deberíamos dejarlos a todos respirando en el vacío!
–¡Silencio! –aulló Kirk, con el rostro enrojecido–. No toleraré este tipo de conversaciones en mi puente. Yo estoy al mando de esta nave estelar, y su seguridad depende de mí y sólo de mí. ¿Ha quedado claro?
Se oyeron unos pocos refunfuños. Kirk se volvió.
–Señor Sulu –ordenó bruscamente–, volverá a ocupar usted su puesto de timonel. Señor Chekov, trace un rumbo hasta el otro lado de la curva del planeta para sacarnos de debajo de los cañones klingon. Señor Sulu, ejecute inmediatamente dicho rumbo. ¡Y, maldición, mantenga sus dedos lejos de los controles de nuestros cañones fásicos!
–Las pantallas han sido reparadas, capitán –dijo la voz de Spock. El vulcaniano parecía estar a punto de echarse a llorar en cualquier momento–. Pero me temo que es una causa perdida. Ellos pueden hacer los reajustes necesarios para igualar nuestra potencia. Estamos perdidos.
El derrotismo sonaba en las palabras del primer oficial.
–Señor Spock, le necesito –dijo seriamente Kirk–. No me haga esto. Rehágase.
Casi deseó volver a tener delante el robot de sangre fría y carente de emociones. En una situación crítica como aquélla, eso hubiera sido mejor que un primer oficial cobarde y gimoteante.
–Capitán, usted sencillamente no lo comprende –dijo Spock, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas–. ¡Ellos son demasiado poderosos! Nos destruirán.
Kirk lo abofeteó. La fuerte bofetada sonó como una viga que se parte bajo una tremenda presión. El vulcaniano se llevó una mano a la cara dolorida, mientras las lágrimas aparecían corriéndole por las mejillas. Kirk lo abofeteó otra vez.
–Enfádese, Spock –le gruñó–. ¡Enfádese conmigo. Ódieme, amenáceme, haga algo! ¡Lo necesito a usted!
Kirk volvió a abofetear a Spock. Esta vez obtuvo los resultados que deseaba.
Unos dedos de acero aferraron la muñeca de Kirk y la detuvieron fácilmente a pocos milímetros del rostro.
–Vuelva a hacer eso y le partiré el brazo.
–¡Muy bien, Spock, ahora enfádese con ellos! Si tiene que convertirse en alguien emotivo, quiero que reaccione con emociones útiles, con emociones que no hagan que nos maten a todos.
Los labios de Spock se contrajeron y luchó para no devolverle el golpe, para no gritar, para no dar rienda suelta a su cólera. Mientras lo observaba, Kirk vio que el velo de la lógica absoluta volvía a envolver al vulcaniano. Aflojó la mortal garra con que aferraba la muñeca de Kirk y asintió.
–Muy bien, capitán, si es eso lo que usted quiere.
Hizo girar su asiento y se puso a trabajar velozmente en su computadora para encontrar las frecuencias menos peligrosas para la Enterprise ante los ataques de los klingon.
Kirk respiró profundamente. Sentía que todo el puente se rebelaba contra él. Cada oficial por separado reaccionaba de forma distinta. Spock había recorrido una gama de emociones antes de hundirse en su fachada demasiado vulcaniana de lógica pura. Chekov obviamente se contenía para no repetir el mismo error que había cometido antes. Kirk asintió como señal de aprobación. Las manos de Chekov podían temblar cada vez que pasaban cerca de los controles de los rayos fásicos, pero él no cedía ni desobedecía las órdenes. Sulu se había resentido. Realizaba su trabajo con movimientos apagados, como si no tuviera ganas de huir de los klingon. Otros de los que estaban en el puente compartían aquellos sentimientos.
–Dar media vuelta y huir. Nunca pensé que vería algo así –oyó que murmuraba uno de los oficiales ingenieros.
–Teniente Uhura –dijo Kirk, seguro de que sus oficiales estaban cumpliendo con su trabajo, si bien bajo coacción–, abra las frecuencias de llamada a la Terror. Quiero hablar con Kalan.
–Sí, señor –respondió la mujer, cuyo tono de voz indicaba que prefería luchar a hablar con los klingon.
Kirk se retrepó en el sillón, recorriendo el puente con los ojos a toda velocidad. El peligro inmediato había desaparecido. La Enterprise había aumentado su velocidad orbital y puesto una porción mayor de la atmósfera de Alnath entre ambas naves. La mayor distancia le quitaba fuerza a los poderosos rayos fásicos, al menos hasta un nivel en el que las pantallas deflectoras podían hacer frente a la amenaza.
–¿Se rinden? –preguntaron los ásperos tonos de la voz de un klingon.
–Quiero ver a la persona con la que estoy hablando –dijo Kirk en tono pétreo.
La pantalla ondeó y se solidificó. Kirk se irguió en su sillón y asintió lentamente al comprender toda la situación.
–Sí, Kirk. Yo soy el nuevo capitán de la Terror –le informó Kislath–. Me he desecho del cobarde que comandaba esta maravillosa nave antes que yo. ¿Se rendirá? Será un buen golpe cuando nuestro imperio exponga su estúpida bandera en nuestra sala de honor.
–No tengo intenciones de rendirme, Kislath. Especialmente ante un arribista como usted. Déjeme hablar con Kalan, o algún oficial de alto rango, no con un cobarde sin cerebro.
–¿Cobarde? –gritó Kislath. El klingon se volvió y ladró una orden. Kirk advirtió las luces rojas que destellaban alrededor de toda la Enterprise. La ferocidad del ataque había sido doblada, triplicada, cuadruplicada–. Veremos quién es el cobarde, Kirk. Lo haré arrastrarse... segundos antes de que convierta su nave en metal fundido.
–Señor Sulu, incremente la aceleración orbital, y utilíce la gravedad artificial para compensar el mayor impulso angular.
Sintió que la fuerza centrífuga provocada por el aumento de velocidad, mientras mantenían la mismaa altitud por encima del planeta, lo empujaba. Sulu equilibró las fuerzas en absoluto silencio y le devolvió a la nave la gravedad normal terrícola.
–Señor Chekov, mantenga la nave klingon en el horizonte. Eso mantendrá la cantidad máxima de atmósfera entre ellos y nosotros, y no los perderemos de vista. No quiero que se deslicen por el otro lado y se nos echen encima.
–Sí, señor –respondió Chekov, entusiasmado por la persecución de gato y ratón que estaban llevando a cabo–. ¿Qué debo decirles a los artilleros?
–Que mantengan la alerta de combate, y nada más. Les cortaré las orejas a los miembros de la tripulación y las expondré en una bandeja si alguien dispara sin una orden mía.
–He conectado las pantallas deflectoras a la computadora –dijo Spock, tras emerger de su concentración–. Los rayos fásicos de los klingon serán analizados y la computadora evaluará las alteraciones de frecuencia necesarias para presentar la máxima defensa posible.
–Muy bien, Spock. Escríbalo y se lo daremos al alto mando de la Flota Estelar para que sepan cómo contrarrestar los futuros ataques de los klingon.
–Era la consecuencia lógica de la situación, capitán.
–¿Lógica? ––sonrió Kirk–. Sí, supongo que lo era. En este preciso momento, tenemos que convencer a Kislath de que no necesita realmente volar en átomos la Enterprise.
–Es un problema que tiene cada vez menos probabilidades de solución –declaró Spock.
–Sólo si se lo pregunta usted a la computadora, señor Spock. Las flaquezas de Kislath no son de las que podrían tener significado para una máquina; y es precisamente con eso con lo que cuento. –La mente de Kirk le dio vueltas a la idea que se estaba formando en ella para examinar todas y cada una de sus facetas–. ¿Disponemos de algún dato nuevo sobre la fuerza que actúa en Alnath? –le preguntó finalmente a su primer oficial.
–Negativo, capitán. Si no podemos registrar esa fuerza en nuestros instrumentos, no podemos medirla. Por lo tanto, no sabemos nada de ella.
–Está usted equivocado, Spock; o diría más bien que no está observando los instrumentos adecuados. En este preciso momento recojo una muy buena lectura en uno de ellos. Uhura, abra el canal de comunicaciones con la Terror. Dése prisa.
La pantalla fluctuó y en ella apareció el atezado rostro de Kislath.
–¿Va a rendirse ahora o prefieren esconderse como cobardes durante un rato más? –preguntó, mientras sonreía burlonamente.
–Estoy cansado de tratar con subordinados. Traiga a un oficial de alto rango para que pueda hablar con él.
Kirk observó la ira que resplandecía en la cara de Kislath.
–¿Está a favor de nuestros intereses el contrariar al klingon? –preguntó Spock con voz queda–. Su nave es más fuerte y rápida.
–Sólo estoy recogiendo lecturas de un instrumento, señor Spock.
–Luego levantó la voz para que Kislath pudiera oírlo–. Si no tiene ninguno disponible, llame entonces a su ingeniero de sanidad –le dijo al klingon–. Quiero ordenarle que quite el envoltorio vacío de usted del puente de una nave tan magnífica como ésa.
–¡Lo destruiré! –gritó Kislath, descargando ambos puños sobre la mesa que tenía delante al ponerse casi de pie–.Lo... –La frase se hizo incoherente al farfullar él de ira.
–Me cansa usted con su petulancia. Si lo que quiere es deshacerse de mí, ¿por qué no nos enfrentamos en duelo de honor sobre la superficie de Alnath? Eso siempre y cuando un niño como usted tenga algo de honor, claro está. ¿Lo tiene?
–¡Usted me reta, y yo acepto! ¡Se permite cualquier arma! Dentro de una hora en la ciudad subterránea. –Kislath dio un golpe con un dedo y se cortó la comunicación.
–¿Desea que abra otra frecuencia de llamada, capitán? –preguntó Uhura.
–No será necesario. Creo que he recibido el mensaje con absoluta claridad. Señor Spock, informe de estado.
–La Terror ha dejado de disparar.
–Muy bien. Señor Sulu, vuelva a colocarnos encima del campamento andoriano. Yo tengo que prepararme para ese pequeño encuentro con nuestro amigo klingon. Tiene usted el mando, señor Spock.
Los oficiales del puente guardaron silencio mientras observaban al capitán entrando en el turboascensor.

–No sea estúpido, Jim. Los klingon lo convertirán en paté de pavo –dijo iracundo McCoy.
–Parece tener usted una opinión muy pobre de su viejo capitán –le respondió Kirk con una sonrisa–. Sé qué es lo que estoy haciendo. Kislath se ha amotinado. Si Kalan está aún con vida, la posición de Kislath podría cambiar para peor. Si no, bueno, no estaremos en peores condiciones a causa de mi encuentro con él en Alnath.
–¡Lo estaremos! –gritó McCoy–. Puede conseguir que lo maten. No tire su vida por la ventana de este modo. Esos traicioneros klingon son expertos en sorprenderle a uno por la espalda. Es parte de su forma de vida. No puede usted competir con él en un duelo.
–Tengo que hacerlo, si queremos mantener nuestra posición en el sistema de Alnath –respondió Kirk con calma–.La Terror es una nave demasiado poderosa. Si nosotros respondiéramos a sus disparos, ellos verían en eso razón suficiente como para borrarnos del cielo.
–Ya lo han intentado, de todas formas, sin necesidad de todas esas pomposas teorías suyas. Está usted comenzando a hablar como Spock.
–¿Cómo es eso, doctor? –sonó la fría pregunta del vulcaniano.
Los ojos de Spock ardían. Kirk sintió la feroz ira como una antorcha de plasma abierta. El vulcaniano había vuelto a cambiar, y actuaba ahora sobre unas bases puramente emocionales. ÉL tendría que hacer algo para dispersar aquella confrontación antes de que uno de sus amigos dijera o hiciese algo que lamentaría más tarde.
–Señor Spock, ¿está todo en estado de alerta máxima?
–Sí, capitán. Tengo la sensación de que deberíamos apuntar las baterías de la nave hacia usted por si se diera el caso de una traición. Podemos devastar el campamento klingon y todo lo que hay, en un instante.
–No, Spock. Esto será un duelo. A pesar de que el alto mando de la Flota Estelar pueda no mirar con buenos ojos a uno de sus capitanes si participa en ello, no es ¡legal. Si yo gano, habremos evitado una guerra. Si pierdo, al menos la Enterprise continuará siendo capaz de luchar.
–Lo necesitamos a usted, Jim –dijo con toda seriedad McCoy–. Sin usted, esta nave no es más que un montón de tuercas y tornillos. Es usted quien la mantiene unida.
Kirk rió nerviosamente.
–Sobreestima usted mi papel, Bones. A pesar de que la Enterprise no está muy bien de eficiencia en estos momentos, es la mejor nave con la mejor de las tripulaciones de toda la flota. Soy yo el privilegiado por ser su capitán, y no lo contrario. –Kirk apoyó las manos sobre los hombros de McCoy–. A veces pienso que la paz no es más que la guerra disfrazada –le dijo–. Mi deber es conseguir superar esto.
–Parece usted saber algo que nosotros desconocemos, capitán –dijo Spock, del que había desaparecido todo rasgo de enfado. El tono frío de la frase le indicó a Kirk que su primer oficial se hallaba todavía en el columpio emocional–. ¿Ha discernido cuál es la verdadera naturaleza del campo que actúa sobre este sistema?
–Digamos que he contemplado el problema desde un ángulo diferente al suyo, Spock. En lugar de intentar deducir científicamente qué era esa fuerza, he aceptado su existencia e intentado averiguar cómo podría utilizarla en mi propio beneficio. Sólo espero que mi método empírico funcione. –Se puso el cinturón y comprobó la pistola fásica y el transmisor–. ¿Se le ha informado a Threllvon–da de mi llegada?
–Sí, y se mostró desinteresado, capitán –le respondió Spock–. Toda su atención está concentrada en la ciudad. A menos que el sol se convierta en una nova, no podría importarle menos lo que ocurra a su alrededor.
–Y –agregó McCoy– la única razón por la que le molestaría que el sol se convirtiese en una nova, es porque le costaría su preciosa ciudad.
–Da lo mismo –comentó Kirk, respirando profundamente para aplacar sus nervios. Ahora que el momento del duelo estaba próximo, comenzaba a sentirse inquieto–. Ya es hora de que me marche. Ya tienen ustedes las órdenes. Espero que las obedezcan al pie de la letra. ¿Me he expresado con claridad?
Ambos hombres asintieron con la cabeza, Spock con brusquedad y McCoy de mala gana.
–Muy bien. Transfiéranme a la superficie.
Avanzó hasta la plataforma del transportador y esperó. El campo de fuerza se apoderó de él y transportó sus átomos separados a través del espacio para reconstruirlo en Alnath II.
Salió del rayo transportador agachado, con la mano en la pistola fásica. Sólo el viento aullaba, atravesando la llanura desierta. Sacó su transmisor y habló en voz baja.
–Kirk a la Enterprise. No hay nadie a la vista. ¿Qué dicen las lecturas de sus sensores de vida?
–El klingon está en la ciudad. Fue transportado directamente bajo tierra unos minutos antes que usted –le respondió la imperturbable voz de Spock.
–Caeré encima de él valiéndome de una cuerda. Tengo una cerca. Kirk fuera.
Avanzó y ató un extremo de la cuerda a una estaca que estaba clavada en el suelo. Tiró de la cuerda para asegurarse de que estaba firme, luego se impulsó con los pies para alejarse del borde y se deslizó hacia abajo hasta quedar a pocos metros por encima del nivel de la calle. Colgado, girando lentamente, Kirk utilizó aquel punto aventajado para realizar un reconocimiento.
Inmediatamente vio a Kislath. El klingon se hallaba agachado detrás de una pared baja, tenía la pistola de rayos en la mano y aguardaba a que Kirk pasase por allí.
Aquello no estaba destinado a ser un duelo, sino que se planeaba llevar a cabo una ejecución, si Kirk lo permitía.
Era el factor que Kirk había estado deseando agregar a la ecuación. Kalan aún vivía. El capitán klingon también avanzaba silenciosamente por la ciudad subterránea y llevaba una pistola fásica en la mano. Si Kirk jugaba bien sus cartas, podría ponerlos al uno en contra del otro y esperar su momento. Descendió la distancia que lo separaba del suelo de la ciudad y se agachó, esperando, maquinando. Seguro del sitio en el que se escondía Kislath y del rumbo que seguía Kalan a través de la ciudad, se puso en marcha.
Un cruce principal le proporcionó a Kirk el espacio que necesitaba para preparar su trampa. Se tendió sobre el vientre y apuntó su pistola fásica apenas unos centímetros por encima del sitio en el que aparecería la cabeza de Kalan. En el instante en que la cabeza de cabellos negros asomó por la esquina, Kirk disparó.
E inmediatamente retrocedió, se puso de pie y corrió calle abajo. Giró en una calle lateral y preparó otra trampa. En ese momento sabía que Kalan lo acechaba.
–Kislath, tú adoras tus lorks. Te arrancaré el hígado y lo devoraré –gritó el furioso klingon. Kirk aguardó–. ¿Me estás oyendo, Kislath? El abandonarme en esta ciudad constituye una traición. ¡Un amotinamiento!
Kirk disparó una vez más para mantener interesado al comandante klingon. Sin embargo, no se batió en retirada después de disparar. Había estudiado la psicología klingon durante muchas horas, para intentar comprender la forma en que pensaban, cómo actuaban y reaccionaban. Junto con el análisis que había hecho la computadora de los movimientos más probables de Kalan, Kirk tenía más de un cincuenta por ciento de probabilidades de calcular bien cómo actuaría el klingon.
Sólo un ligero ruido traicionó a Kalan. Había hablado en voz alta para intentar engañar al hombre que él creía que era Kislath, y había rodeado apresuradamente la zona con la seguridad de que su presa intentaría una nueva retirada. Kirk volvió a recorrer el camino por el que había venido, por la calle lateral, y continuó andando hacia la posición de Kislath. Aquella cacería de gatos y ratones lo estimulaba. Se estaba oponiendo a dos klingon, no sólo a uno. La adrenalina afluyó a su sangre y le confirió un estado de mayor alerta.
Por primera vez en meses estaba verdaderamente vivo. El soldado que había en él podía expresarse plenamente, actuar con total libertad.
Le gustaba ser un soldado. Lo habían entrenado tan minuciosamente para la guerra como para la paz; era obligatorio para todos los cadetes de la Academia. En ese momento, en el que estaba atrayendo a Kalan a las mandíbulas de la trampa de Kislath, daba salida a sus impulsos asesinos.
Pero no era eso lo que él intentaba conseguir. Casi con tristeza, se apartó de la calle y apretó la espalda contra una puerta de forma peculiar. Oyó los suaves pasos de gato de las botas de Kalan sobre el aterciopelado material de la calle.
–¡Kislath, vástago de imbéciles sin honra ni vergüenza, ven a luchar conmigo!
Kirk disparó su pistola fásica y le asestó a una de las vigas de color violeta que estaban por encima de la pared que Kislath tenía detrás de sí. El oficial klingon pensó que Kalan estaba disparando contra él.
Kislath saltó de detrás del muro mientras su pistola de rayos entonaba una canción mortal. El intenso rayo de energía iba de un lado a otro, enloquecido, al cambiar él de posición. Como recuerdo de la traición del klingon, quedaron secciones de la calle ennegrecidas y humeantes.
Kalan no se dio cuenta de los disparos de la pistola fásica de Kirk, más débiles. Estaba demasiado concentrado en Kislath. Salió como una flecha al centro de la calle y apoyó su pistola sobre el antebrazo izquierdo para apuntar con mayor seguridad. Los disparos, uno tras otro, mordieron los talones de Kislath. Finalmente, uno de los rayos le acertó y el amotinado comenzó a tambalearse.
Al ver aquello, Kirk actuó. Describió un círculo hasta el flanco del edificio, avanzando con la espalda pegada a la pared. El campo eléctrico lo tranquilizó, le dio seguridad. Durante un momento, se olvidó de su misión, pero luego se apartó de la seductora pared para ver el cuadro vivo que se desarrollaba en medio de la calle. Kislath tenía tendida su pistola de rayos, a punto de disparar. Kalan sostenía la suya apuntada directamente a su primer oficial. Ninguno de ellos se movía, como si estuvieran sopesando las probabilidades de éxito del otro.
–Usted no es Kirk –dijo finalmente Kislath–. ¿Lo ha enviado para realizar su matanza?
–Yo hago las mías propias –respondió acaloradamente Kalan–. No necesito que ningún cobarde de la Federación me ayude a aplicar la justicia.
Kirk vio que el dedo de Kislath se tensaba alrededor del gatillo de su pistola de rayos. Entonces disparó para paralizar a Kislath, pero el rayo fásico que lo alcanzó produjo una contracción nerviosa que hizo que se disparara la pistola de rayos. El disparo erró el blanco, aunque no del todo. Kalan gritó de dolor y se derrumbó sobre la calle.
Kirk corrió hacia Kislath, apartó la pistola de rayos de un puntapié y vio que había hecho un blanco certero. El klingon estaba inconsciente. Se volvió hacia Kalan y vio la herida que le había abierto el otro. Kalan se retorcía de dolor, con un agujero tan grande como un puño que le atravesaba un flanco.
–Usted ha hecho esto, Kirk. Usted nos ha puesto al uno contra el otro –lo acusó Kalan.
–Ustedes lo hicieron todo por ustedes mismos. Yo lo desafié a un duelo en el planeta, pero no sabía que estuviese usted aún con vida. Cuando me enteré, sólo lo utilicé a usted para evitar que él destruyese la Enterprise.
–Su condenada Enterprise –jadeó Kalan–. Pero lo comprendo.
Con unas facciones retorcidas por el dolor, miró a Kirk a los ojos. Siguió una comunicación silenciosa. Ambos estuvieron tan cerca de comprenderse mutuamente como jamás volverían a estarlo. Compartían el deber por encima de todo lo demás. Luego el lazo se deshizo cuando Kalan se dobló por la mitad a causa del dolor.
–Déjeme que le traiga ayuda médica –le ofreció Kirk, abriendo su transmisor–. Kirk a la Enterprise. Transfieran al doctor McCoy aquí de inmediato. Con todo el equipo médico alienígena. Uno de los klingon está gravemente herido.
Cerró el transmisor antes de que alguien de a bordo pudiese protestar.
–No quiero a ninguno de sus médicos alienígenas. Son todos unos carniceros.
–Muchos de los tripulantes de mi nave dicen lo mismo de los klingon –replicó suavemente Kirk–. Sólo relájese y no se preocupe. Se pondrá bien. Ese rayo de energía ha cauterizado la herida. No corre ningún peligro de desangrarse.
–Shock –murmuró Kalan–. El shock físico está comenzando. Tengo... tengo que matarlo primero.
–¿A Kislath?
–¡Por supuesto que a Kislath! Es usted un estúpido. Él me abandonó en esta ciudad. Perdí el mando de mi nave por su causa. No vivirá para vanagloriarse de ello. Debe morir. Arrástreme hasta una distancia lo suficientemente corta para que pueda estrangularlo con mis propias manos.
–No tiene en este momento la fuerza suficiente para eso –le respondió Kirk, con la intención de ganar tiempo.
Sabía que sólo pasarían unos pocos minutos más antes de que McCoy llegara con su equipo médico.
–Apoyaré mi pistola fásica contra su corazón y dispararé hasta que muera. No me importa cómo sea, ¡mientras muera!
Kalan comenzó a arrastrarse hacia el inconsciente Kislath. Kirk se maravilló ante la determinación que encerraba el cuerpo del klingon.. El dolor tenía que ser atroz, y, sin embargo, él continuaba avanzando lentamente, unos pocos centímetros cada vez, hacia su enemigo.
Kislath se removió, luchando contra los efectos de la pistola fásica de Kirk.
–¡Mátelo, mátelo! –gritó Kalan–. Prométame que lo matará si yo muero antes de poder llegar hasta él.
Kirk apuntó nuevamente su pistola fásica y el rayo alcanzó a Kislath directamente en el pecho. El klingon cayó pesadamente sobre el pavimento, inconsciente otra vez.
–Muy bien –suspiró Kalan, pensando que su primer oficial había muerto–. Ahora podré marcharme con mis ancestros con honor.
Se derrumbó sobre el pavimento, con una sonrisa feroz en el rostro.
Una columna de rielante energía apareció a pocos metros de distancia. El auxilio médico había llegado.

–Yo soy un médico, no un veterinario, Jim –exclamó coléricamente McCoy–. ¿Cómo se supone que debo arreglar una cosa que tiene ese aspecto? –Señaló el cuerpo del klingon que yacía de espaldas sobre la mesa de operaciones.
–Y pensar que durante todo este tiempo yo pensaba que lo sabía usted todo, Bones. Está aniquilando la confianza que tenía depositada en usted. La próxima vez que tenga una verruga, le pediré a M'Benga que me la extirpe.
–La próxima vez que tenga usted una verruga, me aseguraré de que el virus se lo coma vivo –dijo McCoy, echándole una mirada feroz a Kirk–. ¿Qué es lo que espera que haga con él?
–Sólo deseo que lo remiende para poder enviarlo de vuelta a la Terror.
–Una autopsia sería más fácil. Está bastante mal. Mire su respiración. Casi cero. Los latidos del corazón son demasiado lentos. Su metabolismo está bloqueado. Esas enzimas no deberían estar ahí. Apuesto cuarenta contra uno a que es así. –McCoy estudió las lecturas de la terminal de la mesa de operaciones, intentando deducir qué era normal y qué era indicador de graves daños–. Esto probablemente esté bien –dijo, dando unos golpecitos con los nudillos sobre la placa indicadora de la izquierda.
–Tal y como usted dice, doctor, haga lo que pueda.
–Esto es una colaboración con el enemigo –refunfuñó McCoy–. Enfermera Chapel, tráigame los instrumentos.
–¿Cuáles, doctor? –preguntó ella dulcemente–. ¿Los controlados por computadora o los manuales?
–Los de computadora, por el amor de san Pedro. ¿Qué es lo que le ocurre, enfermera? ¿Es que no se da cuenta de que el más ligero error significaría una muerte en mi mesa de operaciones? No puedo arriesgarme a cometer errores utilizando una pieza de museo.
Masculló para sí mientras instalaba el campo estéril en la sección media del cuerpo de Kalan. Los fuertes dedos del médico sondearon la herida e hicieron que las lecturas que estaban por encima de la mesa de operaciones dieran un salto.
–Es fuerte, Jim. Posiblemente podré hacer algo por él. Enfermera, inyéctele diez centímetros cúbicos de ACTH y vea si aumentan los niveles de cortisona. Si no lo hacen, inyéctele una dosis tan fuerte de cordrazina como pueda meter en el inyector.
–Sí, doctor.
Kirk se apartó un poco y los observó mientras operaban.
McCoy venció su desconfianza hacia todas las máquinas y confió plenamente en sus instrumentos quirúrgicos asistidos por computadora. El hombre estaba demasiado concentrado en la cirugía como para percibir cualquier cambio en su propia conducta. Kirk respiró mejor cuando se dio cuenta de que McCoy iba a salvar la vida de Kalan.
–Esto es increíble –dijo McCoy, mirando el interior del pecho de Kalan–. Grabe esto, enfermera. Amígdala en la cavidad pectoral, función desconocida. La composición de los lípidos está siendo analizada por la computadora. La mucosa obstructora es limpiada con baja succión. Algunas reacciones en tejidos causadas por...
–Doctor McCoy, ¿está usted curándolo o cortándolo en trozos para venderlos por separado? –preguntó Kirk–. Quiero que esté hablando lo antes posible. La Terror todavía no sabe que tenemos a bordo tanto a Kalan como a Kislath. No podré mantenerlos en la ignorancia durante mucho más tiempo.
–Me estoy dando prisa, me estoy dando prisa; pero, si me apresuro demasiado, tendré que tallar otra línea en la pata de la mesa de operaciones. Protopláser anabólico. Voy a cerrar ahora. –Cogió el delgado instrumento y lo aplicó a la herida. Un zumbido llenó la sala y él fue uniendo lentamente los labios de la herida y acelerando la cicatrización–.Ha perdido demasiada piel a causa del disparo del rayo como para poder cerrar completamente esto. Tráigame un poco de piel sintética, enfermera.
Un rollo de piel artificial fue depositado en su mano. Él cortó unos pocos centímetros cuadrados y cubrió el agujero que el klingon tenía en el flanco.
–Esto va en contra de mi juicio médico. Podría haber rechazo a causa de las diferencias químicas.
–Hágalo, Bones. Lo necesito despierto.
–De acuerdo. Soldador de piel. Láser de baja potencia.
La enfermera Chapel trajo rodando la batería, y McCoy se concentró en abrir pequeños agujeros quemando la piel del klingon y derretir piel sintética en el interior de los mismos. Al cabo de pocos minutos, el que antes era un feo agujero en el lado del pecho de Kalan, estaba cerrado. Sólo la palidez de su rostro, habitualmente atezado, denunciaba la gravedad de la herida.
–No debería hablar con él durante unas cuarenta y ocho horas –dijo McCoy–, pero ya sé que el consejo de un mero doctor no vale lo que un puñado de cacahuetes por estos alrededores. Cinco centímetros cúbicos de benjisidrina... o algún trióxido que lo ayude a respirar. No lo mantenga despierto durante más de cinco minutos, Jim. Eso no es un consejo médico, sino algo de sentido común. Estará muy débil.
–Estará escupiendo fuego –declaró Kirk, y tenía razón. En menos de un minuto, Kalan salió del coma inducido por las drogas.
–¿Qué derecho tiene usted de traerme a bordo de su nave? –preguntó con tono de riña.
–Ahora lamento haberlo curado –dijo sardónicamente McCoy–. Después de todo, debería haberle hecho la autopsia. La Asociación Médica Interestelar hubiera estado interesada en sus órganos... metidos en un frasco de vidrio. Son incluso más extraños que los de Spock.
Kirk hizo callar al médico con una mirada y se volvió hacia Kalan.
–Estará a salvo, al menos hasta que podamos ponerlo en manos de su propio médico, a bordo de la Terror.
–Su preocupación por mí es conmovedora –dijo Kalan, sonriendo burlonamente.
–Tenemos preocupaciones mutuas.
El klingon miró fijamente a Kirk durante un momento y luego preguntó:
–¿Por qué no respondió a los disparos cuando Kislath atacó a su nave? Yo hubiese luchado.
–Somos pacíficos y no es fácil provocarnos para que rompamos el tratado de paz. –Kirk hizo caso omiso del despreciativo bufido–. Mientras el tratado esté en vigor, nosotros no somos enemigos. ¿Me sigue? No somos enemigos.
–Nuestras intenciones hacia ese planeta están en conflicto. Los dos queremos la topalina. Y nosotros la conseguiremos.
–Nosotros no queremos el mineral. Las razones que tenemos para estar aquí son las expuestas anteriormente: tenemos que defender a nuestros ciudadanos.
–¡Bah!
–Los vulcanianos murieron. Setenta y dos de ellos. La Federación no puede permitir que esas muertes permanezcan sin explicación.
–Nosotros no lo hicimos. No sabemos nada de eso.
–Me veo obligado a creerle. El testimonio de Threllvonda y los otros arqueólogos de su grupo apoya su declaración. No hay pruebas de que dispongan ustedes de una tecnología capaz de matar sin dejar rastros.
–Si tuviéramos un arma semejante, la habríamos utilizado hace mucho tiempo –dijo Kalan–. No somos de los que dejan que la tecnología armamentística languidezca. Esos avances son puestos a prueba en el campo de batalla lo antes posible.
–Existe una propensión belicosa por parte de ustedes –suspiró Kirk–, pero no estamos discutiendo. No creo que hayan tenido ustedes nada que ver con la muerte de los vulcanianos. Sus actos desde entonces han sido bastante menos que pacíficos, pero tengo la sensación de que eso puede atribuírsele a Kislath. El informe que le enviaré al alto mando de la Flota Estelar lo indicará.
–¿Por qué está haciendo esto? Podría culpar a todos los klingon y, sin embargo, prefiere que dicha culpa recaiga sobre uno solo. Tiene usted en la mano la razón para una guerra justa. ¿Por qué no la aprovecha?
–Ninguna guerra es justa, Kalan. Yo sólo lucho en defensa propia. Si un solo ciudadano de la Federación se ve amenazado, constituye razón suficiente para que todos marchemos a la guerra. Pero esa provocación tiene que ser enorme.
–Cobardes –se burló Kalan.
–Ésa es su forma de pensar. Tenemos filosofías y comportamientos diferentes; pero eso no significa que tengamos que ser adversarios. La negociación es mejor para ambas partes que el estallido de una guerra interestelar.
Kalan bufó sonoramente y volvió a tenderse en la mesa de operaciones.
–Permítame entrar en contacto con mi nave. Deseo que me transfieran a bordo lo antes posible. No quiero que una debilidad semejante a la suya contamine mi mente.
Kirk le hizo un gesto de asentimiento a McCoy, el cual inyectó un sedante en el brazo del klingon. Al cabo de poco, la tensión abandonó el rostro de Kalan. Estaba dormido.
–Es como ver a un perro de caza quedarse dormido, ¿no es cierto? –comentó McCoy– Le he inyectado suficiente sedante como para mantenerlo callado durante al menos ocho horas.
–Muy bien. Eso nos dará un poco de tiempo.
Kirk se marchó de la enfermería mientras su mente se adelantaba a lo que tenía que hacer.


10

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4730.3


Los guardias klingon han subido a bordo de la Enterprise. Sus médicos están obviamente dudando entre trasladar a Kalan y que pueda morírseles, o permitir que permanezca a bordo de la nave «enemiga». La necesidad que tienen de su comandante parece haber ganado. Han apostado una estrecha vigilancia sobre él en la enfermería, para profundo disgusto del doctor McCoy. Va a presentar una queja formal por la invasión de su territorio.
Kalan continúa sanando rápidamente. Dentro de poco estará en condiciones de regresar a la Terror; pero antes de eso deberemos concluir las negociaciones de ocupación pacífica de Alnath II y de cooperación conjunta en dicho planeta.


Kirk entró en la enfermería flanqueado por Spock y Chekov. Pasaron junto a los severos guardias klingon, que tenían las manos descansando sobre las armas fásicas y sospechaban de cualquiera que pasase cerca de su convaleciente capitán.
–Ya veo que está usted mucho mejor, capitán Kalan –dijo Kirk a modo de saludo.
Tanto Spock como Chekov se mantuvieron medio paso por detrás de él, a ambos lados. A Kirk le disgustaba la necesidad de una pomposidad semejante, pero el tratar con Kalan lo exigía. Si el klingon llegara a sospechar la menor debilidad por parte del capitán de la Federación, se negaría a establecer cualquier clase de compromiso. Kirk tenía que mantener la fachada de pacífica superioridad, y el llevar consigo una guardia de honor que lo atendiese formaba parte de los adornos necesarios.
–Pronto podré marcharme de esta despreciable nave, Kirk. Mis médicos dicen que podrán servirme mejor a bordo de la Terror.
–Sin duda, pero debe usted admitir que aquí tenemos una enfermería muy completa. Nada más que equipos de primera línea y el mejor personal para utilizarlos.
Kirk vio el envidioso respeto que sentía Kalan por la expresión de su rostro. Eso era sólo una indicación de que al comandante klingon aún le faltaba bastante tiempo para estar completamente recuperado. Si lo hubiese estado, hubiese escondido la envidia por el complejo equipamiento y le hubiese lanzado un insulto mordaz a modo de réplica. Kirk decidió que ya había llegado el momento propicio para insistir en las negociaciones.
–Dado que regresará usted muy pronto a su nave, acabemos ahora las negociaciones sobre Alnath II.
–No hay nada que negociar. Nosotros exigimos los derechos de extracción de la topalina. Todos los derechos.
–¿Y también los derechos sobre los otros minerales? –preguntó tranquilamente Spock–. Éste es un planeta virgen en absolutamente todos los aspectos. La raza que lo habitó con anterioridad lo dejó notablemente intacto, y tiene gran variedad de depósitos útiles bajo el suelo.
–No necesitamos un informe geológico, vulcaniano. Sabemos qué es lo que hay allí y el imperio lo reclama.
–¿Le importaría si continuásemos estudiando la ciudad? Un estudio arqueológico difícilmente obstruirá sus operaciones de minería, si la minería es la meta de ustedes.
––Unos cuantos huesos y ciudades abandonadas no nos impresionan –le respondió burlonamente Kalan–. Nosotros necesitamos la topalina para nuestros sistemas de soporte vital. –Kirk se encogió de hombros como si considerara que el tema estaba zanjado. Kalan continuó–: Cuando regresemos a la Terror, espero que el teniente Kislath me acompañe.
–¿Kislath? –preguntó Kirk con fingida sorpresa–. Eso está fuera de toda discusión. Él cometió la temeridad de atacar a una nave de la Federación que estaba llevando a cabo una misión pacífica. A menos que el imperio klingon desee asumir la culpa de los actos personales de ese hombre, debemos retenerlo como criminal.
–Ese hombre es una mierda –concedió Kalan–, pero es nuestra mierda. Nosotros lo trataremos como creamos conveniente. Ninguna enclenque nave de la Federación cargada de híbridos y estúpidos puede impartirle justicia a uno de nuestros soldados.
–Tiene usted muy poco que decidir en este asunto, capitán –señaló Spock, con los ojos resplandecientes de ira–. Kislath disparó contra la Enterprise, intentó asesinar a nuestro capitán; sus acciones van en contra de la legalidad en muchos aspectos. No podemos permitirle que regrese a su planeta de origen, a años luz de distancia. Debe hacerse justicia.
–Y se hará –respondió fríamente Kalan–. Vulcaniano, su manera de hacer justicia se acerca mucho a la forma que tenemos nosotros de castigar a los criminales. Si no fuese por esa vena cobarde que tiene usted dentro, sería un buen klingon. Cuando nosotros castigamos, castigamos. Kislath ha cometido crímenes contra el imperio. Los demás cargos son ridículos y triviales.
–Triviales, no, capitán –intervino Kirk–. Vamos a retener a Kislath. Será llevado a juicio en la Base Estelar Dieciséis cuando regresemos, y se le condenará por las pruebas de nuestras grabaciones. Será debidamente sentenciado y probablemente pasará el resto de su vida en un asteroide presidio.
–¿Asteroide presidio? ¿Qué es eso? ¡Seres débiles! Kislath es un soldado del imperio. Castíguenlo adecuadamente. No lo dejen por ahí hasta que se convierta en polvo como si fuese un animal. Denle una muerte que se merezca. Dolorosa, sí, debe pagar por sus crímenes; pero denle muerte. ¡En nombre del honor!
Kirk reprimió una sonrisa que estaba a punto de aflorarle a los labios. Aquélla era la primera vez que veía a Kalan verdaderamente escandalizado. Su fachada de superioridad se había resquebrajado, y el klingon reaccionaba sinceramente. Kirk negó lentamente con la cabeza, mientras evaluaba al alienígena que yacía sobre la cama. Las diferencias de filosofía existentes entre ellos eran casi insuperables, pero él no sólo tenía que ser capaz de ver el mundo a través de los ojos de Kalan, sino de utilizar esa visión contra el klingon. La diplomacia era, después de todo, el arte de hacer y decir las cosas más indecentes de la forma más educada.
–Nosotros tenemos nuestro propio código. Por ejemplo, el robo de utensilios de un yacimiento arqueológico antes de que los científicos hayan realizado las excavaciones, constituye un crimen grave según nuestras leyes.
Chekov se pegó al codo del capitán. Kirk le ordenó silencio al alférez con un rápido gesto de la mano. El rostro de Kalan palideció levemente, lo cual era otra señal de que no se encontraba completamente curado.
–¿Qué quiere usted decir con eso?
Threllvon–da me ha dicho que se retiraron utensilios de la pirámide antes de que llegásemos nosotros. Asegura que no fueron los vulcanianos los responsables de eso a pesar de que entraron en la cámara antes que él.
–¿Y qué aspecto tienen esos supuestos utensilios?
–Vamos, vamos, Kalan. Ambos lo sabemos. Unas pocas chucherías puede que no parezcan muy valiosas, pero, para los científicos, sí lo son. Por ejemplo, a mí me cuesta creer que tengan el mismo valor que las concesiones de extracción de la topalina, o la devolución de un oficial sospechoso de graves crímenes y traición.
–Me está usted haciendo chantaje, Kirk –dijo Kalan en voz baja–. Sus propias leyes estúpidas no pueden permitir esto, y mi honor me exige no ceder.
–Tonterías, Kalan. ¿Cómo podría yo hacerle chantaje... a menos que sea usted el responsable del robo de esos utensilios? ¿A menos que los tenga usted a bordo de la Terror?
–Tal vez los arqueólogos klingon sólo han estado estudiando esos objetos –sugirió Spock–. Un intercambio semejante de conocimientos podría ser considerado como algo valioso por los círculos diplomáticos. Algo positivo para la causa de la paz y el entendimiento interestelar.
–Sí, señor Spock, eso es muy posible; pero nosotros sabemos que estarían más que dispuestos a devolver todo lo que se hubieran llevado una vez finalizado el examen de los utensilios.
Kirk observó el rostro de Kalan, mientras el comandante klingon luchaba con el dilema que se le planteaba.
Si Kirk hubiese sido un lector de mentes, no hubiese sido más capaz de ver el conflicto. Kalan, por una parte, quería recuperar a Kislath. El antiguo primer oficial había conspirado para amotinarse y había intentado asesinar a su comandante, había desobedecido sus órdenes directas y, de alguna manera que Kirk no comprendía, estaba relacionado con las esferas de poder del núcleo del imperio klingon. Un triunfo sobre Kislath le daría a Kalan una importante victoria política.
Pero, para recuperar al bellaco (le Kislath, Kalan tenía que admitir el robo de los utensilios de la pirámide de ébano. Fueran lo que fuesen esos objetos, se hallaban seguros a bordo de la nave klingon. Eran valiosos en sí y por sí mismos. Su valor intrínseco palidecía ante el hecho de admitir que había robado unas chucherías. Kirk y Spock le habían proporcionado una pequeña salida que podía resultar beneficiosa si el comandante Kalan jugaba la mano según los resultados lógicos.
––Sí –dijo lentamente Kalan–, mis científicos están examinando la gema que sacaron de la pirámide. Parecían ser los únicos objetos dignos de nuestro estudio, tras un precipitado recorrido de la cámara principal.
–¿Entonces no tenían ustedes intención real de conservar dicha gema? –preguntó Kirk, que por primera vez se enteraba de qué era lo que se habían llevado.
–Por supuesto que no. ¿Qué utilidad pueden tener unas baratijas bonitas para un klingon? –El dolor se hizo evidente en los rasgos de Kalan; no el dolor físico, sino un dolor que le causaba el ceder ante seres que consideraba inferiores–. Creo que la gema podrá ser transportada hasta aquí al mismo tiempo que Kislath sea transferido de vuelta a la Terror.
–Yo no veo ningún problema en ello. A usted, ¿qué le parece, señor Spock?
–Ninguno, capitán.
–Encárguese de ello, entonces. Doctor McCoy, ¿está su paciente lo suficientemente repuesto como para ser transportado de vuelta a su nave?
––Pueden transportarlo al núcleo del sol por lo que a mí respecta.
–El sentimiento es mutuo, carnicero de hombres –le espetó Kalan.
McCoy se mordió la lengua para no replicar mientras el klingon les hacía un imperioso gesto a sus guardias para que lo sacaran de allí v lo llevaran a la sala de transporte.
–Váyase con viento fresco ––dijo el médico cuando Kirk salía.
EL capitán se volvió y sonrió. Luego avanzó apresuradamente por el pasillo para adelantar el grupo klingon. El alférez Chekov igualó su paso, un metro más atrás de los alienígenas, para mantenerlos a todos bajo estrecha vigilancia.
En la sala de transporte, se encontraron con Spock, que ya había traído a Kislath para que lo transfiriesen al acorazado. El klingon permanecía rígido, mirando fijamente el tabique de metal desnudo. No dio señales de haber advertido que Kalan y los otros se hallaban en la misma sala.
–La gema, Kalan –dijo Kirk–. Después podremos transferir el resto de la mercancía acordada.
Kislath se sobresaltó al oírse llamar «mercancía», vio la absoluta ausencia de compasión en los rostros que lo rodeaban, y se limitó a sonreír burlonamente. Bajo la máscara de bravata se veía claramente el miedo que sentía ante el castigo que se le impondría al regresar a la Terror. Para honra suya, no dijo nada.
Kalan sacó un diminuto transmisor, lo abrió y habló enérgicamente por él. Tras cerrar el artilugio, le dijo a Kirk:
–Su oficial de transporte tiene las coordenadas. Transporte ahora la gema a bordo.
El teniente Kyle esperó el breve asentimiento de Kirk antes de desplazar lentamente los controles. Cuando alcanzaron el nivel máximo, se formaron las columnas de chisporroteante energía, que se apagaron tras un repentino parpadeo. En el centro del transportador apareció una brillante joya verde. Durante largos segundos, Kirk la miró con reverencia. Le tocó algo, muy dentro de su ser, lo hizo sentir deseos de reír y llorar y... realizar proezas.
–El doctor Threllvon–da estará profundamente satisfecho de poder hacer constar esto en su informe sobre la civilización que habitaba Alnath II en otros tiempos. Confío en que los científicos de usted hayan concluido sus investigaciones.
–Hace ya algún tiempo que terminaron –respondió Kalan, sin poder evitar que se le notara un ligero nerviosismo–. La había hecho guardar en mi caja fuerte personal por seguridad.
–Por supuesto –dijo Kirk–. Caballeros, si desean ser transferidos de vuelta a su nave, el teniente Kyle me informa de que está preparado para realizar la operación.
Los guardias klingon ayudaron a Kalan a ponerse de pie. Él gimió de dolor pero no gritó. Lo sostuvieron hasta llegar a una de las células de transporte, donde él consiguió permanecer erguido sin ayuda, aunque mediante un gran esfuerzo. Kislath marchó hasta uno de los otros discos de transporte, silencioso y retraído.
–Que todas nuestras aventuras acaben de forma tan próspera, capitán Kalan.
–Que la muerte sea rápida, Kirk.
El transportador se puso en funcionamiento, se apoderó de los klingon y los impulsó a través del espacio hasta su propia nave. Cuando la turbulencia acabó, no quedó rastro ninguno de que alguien hubiese estado en la plataforma de transporte; y James T. Kirk se alegró de ello. Aquél había sido un día muy largo.

–No quiero que nadie se acerque a la piedra, y mucho menos que la toque –ordenó Kirk–. Utilice el rayo antigravedad para desplazarla. Ese objeto es potencialmente peligroso.
–Sí, señor –dijo escépticamente Chekov, mientras caminaba en torno a la piedra y se preguntaba si podría morder en cualquier momento–. ¿Dónde debemos guardarla? Las cámaras acorazadas no son tan abundantes en la Enterprise como en la nave klingon.
Kirk sonrió tristemente.
–Busque una caja de rodinio y métala dentro –le respondió–. Si puede encontrar algún otro material en la sala de motores que sea más denso, más resistente y más refractario, utilícelo. Pídale al señor Scott su opinión al respecto, si puede robarles un poco de tiempo a sus motores.
–Sí, señor –replicó Chekov, y se marchó para consultar con Scotty.
–¿Puedo preguntarle qué propósito tiene la caja de rodinio, capitán? –preguntó Spock–. La gema es interesante desde el punto de vista cristalográfico, pero no pienso que requiera una protección más adecuada para una nave que contiene materia–antimateria.
–Está equivocado en eso, Spock; pero dígame qué dice su sensor acerca de la piedra.
Spock levantó una ceja.
–Es un cristal tremendamente fascinante. El tinte verde es, por supuesto, debido a su contenido de níquel. El material básico es casi orgánico, ni viviente ni muerto. Eso requerirá más estudios.
––¿Está vivo eso?
–Difícilmente lo está, capitán, más de lo que puede estarlo cualquier cristal. Si lo mete usted en una solución sobresaturada de los átomos que la constituyen, crecerá. Pero este espécimen posee ciertas cualidades adicionales que me recuerdan a un virus.
–¿Un virus, Spock? –preguntó McCoy, entrando en la sala–. Esa cosa no es ningún virus. Es más grande que la amígdala de una oveja. Nunca hemos descubierto un virus que pese más de cinco millones de daltons ni que sea de un tamaño mayor que seis mil angstroms.
––He dicho que tenía las cualidades de un virus, doctor, no la estructura o las características completas. Por ejemplo, vive sin tener incorporados los mecanismos de la reproducción.
–¿Tiene que infectar a otra célula para reproducirse?
–Lo ignoro, doctor. Soy incapaz de decirle qué célula sería capaz de contener una partícula tan grande como ésa. Por otra parte, posee ciertos elementos de casi vida, mientras retiene muchas de las cualidades propias de los cristales de estructura ortorrómbica , que quizá tenga elementos simétricos de Pmma o Pmma a la 2ª potencia,. Las investigaciones futuras nos lo dirán.
––Spock, maldición, amigo, ¿no está usted ni ligeramente interesado en saber qué es esa cosa? –preguntó McCoy con tono apremiante.
––En verdad, doctor, más que usted según das las apariencias.
–Yo estoy pensando en de qué estará hecha; me refiero a su importancia.
–Tampoco he descuidado eso en mi informe.
–Dejen ya de pelear, ustedes dos ––dijo Kirk–– Necesito saber todo lo posible acerca de esa chuchería. ¿Ha sondeado el perfil interno energético de ese cristal, Spock?
–Jim –protestó McCoy, horrorizado––, se está poniendo usted tan mal como él. ¿Energía interna?
McCoy dio media vuelta y se alejó, levantando las manos con disgusto.
–Ese estallido emocional del doctor es inexplicable ––observó Spock.
–No, no lo es; pero mis teorías pueden esperar. Usted procure retener su lógica durante algún tiempo más.
La expresión asustada y dolorida que cruzó el rostro de Spock demostraba la intensa lucha que aún devastaba su interior. Kirk supuso que se debía al esfuerzo necesario para mantener controlada la afluencia de las emociones puramente humanas.
–No obtengo lecturas de energía interna –le anunció Spock–, y no hay indicios de que el sensor se haya averiado.
––¿Esas lecturas son similares a las recogidas anteriormente sobre Alnath II?
La sorpresa contorsionó los rasgos del rostro de Spock. Luchó nuevamente contra las exigencias emocionales de su cuerpo y perdió gradualmente la batalla. Apretó las mandíbulas y en el cuello le sobresalieron las gruesas cuerdas de los tendones.
–Sí, capitán. Recuerdo con absoluta claridad lo que ocurrió ahí abajo. Candra me lo contó. Candra... –Se le apagó la voz y a sus ojos afloró una expresión soñadora.
Luego, como si le hubieran apretado un interruptor, la mirada lejana volvió a endurecérsele... pero no regresó a la de la máquina, corno había ocurrido en el pasado. Kirk estudió a su primer oficial durante unos segundos, y luego sonrió.
–Creo que está usted volviendo a la normalidad. Quizá también McCoy esté en ello. Ya no espero que vuelva a emplear navajas oxidadas y agujas de hacer punto para operar, aunque echaré de menos su whisky anestésico.
–Usted sabe más de este mal que nos aflige de lo que dice abiertamente, capitán –le dijo acusadoramente Spock, con tina voz que temblaba ligeramente.
–Todo a su tiempo, Spock. Supongo que el señor Chekov ya tendrá la gema a buen recaudo dentro de la caja de rodinio. Ordénele que la ponga dentro del campo de energía más fuerte que Scotty pueda conjurar. Luego, usted, Threllvonda, Avitts y el doctor McCoy, reúnanse conmigo en el salón de oficiales, dentro de una hora. Póngase a ello, Spock. –Gracias, capitán.
Cuando Kirk se marchó, Spock observó que silbaba, y que en sus pasos había una vivacidad que no se le había visto antes. El vulcaniano bajó las cejas y se puso a trabajar. Tenía mucho que hacer y muy poco tiempo para conseguirlo. Las cosas estaban volviendo a la normalidad.

–¿Cómo va todo por la enfermería, Bones? –preguntó Kirk al sentarse ante la mesa del salón de oficiales.
McCoy bajó los pies de la mesa y se inclinó hacia delante.
–Es la cosa más diabólica que jamás haya visto. He vuelto locos a M'Benga y a la enfermera Chapel haciéndoles repasar todos y cada uno de los artilugios de la enfermería... ¡y adivine con qué se encontraron!
–Todos los instrumentos funcionaban perfectamente. No había ninguna avería en absoluto.
–Usted es un telépata. ¿Es algún gen mutante el que le otorgó el don de la precognición? –preguntó McCoy con asombro–. Eso es exactamente lo que ha ocurrido. Yo mismo probé varios de los dispositivos controlados por computadora, y funcionaron tan bien como si fuesen completamente nuevos. Durante la operación de Kalan, tenía un miedo mortal de que esas renegadas máquinas se volvieran contra mí, pero no lo hicieron; y ahora todas ellas están funcionando correctamente.
Kirk asintió con la cabeza. Cuando Avitts y Spock entraron, ambos parecían sentirse vagamente incómodos.
–Siéntense, por favor –dijo Kirk, señalando un par de sillas que tenía cerca de sí–. Quiero hablar con ustedes antes de que Threllvon–da sea transferido a bordo. Teniente Avitts, ¿ha hablado usted con Spock acerca de la naturaleza de ese cristal?
Él observó atentamente las reacciones de la mujer. La respuesta no era lo que le interesaba en ese momento, pero la forma en que ella la construyese tenía una gran importancia. La mujer pareció tan tranquila como se había sentido siempre cuando se mencionaba en su presencia el nombre de Spock. Se volvió ligeramente hacia el oficial científico y en sus labios se dibujó una sonrisa efímera, pero ésa fue la única respuesta. En aquel momento actuaba más como un oficial de a bordo de una nave que como una adolescente enferma de amor.
–Sí, señor, pero tenemos muy poco de lo que informar si no realizamos un análisis completo de la gema. Mientras permanezca en el interior de un escudo energético de clase 7-E, dispondremos de escasas oportunidades para estudiarla.
–¿Hay alguna celda de radiación disponible, dentro de la cual pudieran abrir la caja para examinarla?
–Capitán Kirk, la gema no despide ninguna clase de radiación perjudicial –le respondió la mujer–. Le he pasado por encima todos los detectores posibles de radiación, desde los de rayos cósmicos a los de ondas de radio. No hay presente nada de naturaleza dañina.
–Ya lo sé, pero mis órdenes son que la caja no deberá abrirse en ningún caso fuera de una celda de radiación, y con la mayor cantidad de estrictas precauciones posible. ¿Queda claro?
–Sí, señor, pero...
–Nada de peros, teniente. Yo no soy un científico, como usted, teniente, pero tengo mis propias teorías con respecto a ese cristal. Creo que es... –Kirk fue interrumpido por la llegada del andoriano de rostro azul.
–Aquí está usted, Kirk. Hemos hecho un importante descubrimiento en la ciudad, sí, un importante hallazgo. Es algo aún más emocionante que el sistema de transporte de raíles que descubrimos que corren por debajo de las calles. Es la fuente de energía que alimenta las paredes piezoeléctricas de la ciudad. ¿Puede usted creer que emplean un dispositivo de diferencia térmico? Mientras haya una diferencia de temperatura entre la ciudad y la superficie, la energía alimenta las paredes. Notable, ¿no le parece? Podremos aprender mucho de esta ciudad, Kirk.
–Sí, doctor Threllvon–da, estoy seguro de que podremos aprender muchas cosas; pero pasemos a discutir algunos otros asuntos que requieren solución.
–¿Qué puede ser ello? Un planeta cargado de misterios requiere todo mi tiempo. Usted me ha privado de mi equipo, Kirk, y eso constituye un acto criminal. Pero lo pasaré por alto dada la naturaleza de los recientes descubrimientos.
–Eso es muy amable por su parte, doctor. Estoy seguro de que mis superiores de la Base Estelar se sentirán satisfechos de que no presente usted un informe negativo sobre la forma en que la Enterprise manejó el problema con los klingon.
–¿Los klingon? —preguntó Threllvon–da, apartando por primera vez su antena auditiva rota–. ¿Qué tienen ellos que ver en todo esto? Son una molestia, pero nada más. Déjelos excavar. ¿No me dijo la misma teniente Avitts que lo único que querían era extraer la topalina? Déjelos, mientras no utilicen ultrasonido o explosivos. Eso podría dañar las ruinas, como comprenderá.
–Estamos trabajando en un acuerdo con los klingon acerca de la imposición de dichas limitaciones sobre las actividades que realizan, pero lo que necesito es una declaración para mis archivos con respecto a la pirámide y la cámara del interior de la misma.
–¿La pirámide? –preguntó quejumbrosamente–. ¿Esa cosa? No es más que el escalón que conduce a la ciudad. Sólo es eso.
–Sí, doctor, estoy seguro de ello –dijo Kirk con exasperación. Respiró profundamente y volvió a lanzarse para presentar otra vez su petición–. Por favor, cuénteme todo lo que pueda recordar de la secuencia de acontecimientos que siguieron a su descenso sobre Alnath II.
–Ya lo he hecho –le replicó Threllvon–da–. Usted olvida las cosas con demasiada facilidad, Kirk. Nunca sería un buen arqueólogo. No hay computadoras en los yacimientos. Tenemos que almacenar e interrelacionar millones de detalles en nuestras mentes. Unos segundos pueden significar un importante hallazgo o el descubrimiento de unos cascotes.
–La pirámide –insistió Kirk.
–Descendimos a la superficie. Los vulcanianos y mi grupo. Comenzamos a examinar el perímetro de la pirámide para deducir su naturaleza y composición, mientras los vulcanianos entraban en la cámara. Salieron, fueron transportados de vuelta a su nave y ya no volvimos a verlos. Inmediatamente después de que se marcharan, aparecieron los klingon. Son unos tipos muy bestias esos klingon. Entraron por la fuerza en la cámara, hocicaron por ahí desordenándolo todo, y luego se marcharon. En ningún momento volvieron a acercarse a la pirámide porque estaban demasiado ocupados en excavar a través de la bóveda de la ciudad... ¡de mi ciudad! ¿Sabía usted que Larldezz va a proponerle al consejo que esa ciudad sea bautizada en mi honor? Threllvon–da se repantigó en la silla y sonrió alegremente.
–Es un gran honor, no me cabe duda –dijo secamente Kirk–. Así pues, ¿los klingon podrían haberse llevado algún objeto de la cámara sin que usted lo advirtiese?
–Supongo que sí –respondió lentamente Threllvon–da–. Contaba con que los vulcanianos hicieran fotografías holográficas y levantaran inventario de todo lo que encontrasen. Con ellos muertos, sólo podemos hablar de lo que encontramos en la cámara nosotros, después.
–¿Cuál era la finalidad del altar que estaba en el fondo de la cámara?
Threllvon–da se encogió impacientemente de hombros.
–Sospecho que en esa sala se llevaba a cabo algún rito de carácter religioso. El pedestal vacío que hay en el centro sugiere que en otra época descansaba sobre él un objeto del tamaño de un huevo grande.
–¿Algo de este tamaño? –preguntó Spock, haciendo aparecer una imagen de la joya en la pantalla de la computadora.
–Podría ser. Tiene más o menos el tamaño correcto, si la escala de su computadora es exacta.
–Lo es, doctor –replicó Spock, imperturbable.
Kirk sonrió. En aquel momento Spock no se había molestado en absoluto porque se hubiera puesto en tela de juicio su competencia. Eso era un buen signo, como lo era que su primer oficial y la teniente Avitts estuviesen sentados el uno junto al otro sin manifestar incomodidad ninguna.
–Tenemos razones para creer que los klingon robaron esto de la cámara, a causa de su valor aparente.
–Si es una esmeralda, podría tener bastante valor –admitió Threllvon–da, mientras tamborileaba impacientemente sobre la mesa con sus dedos provistos de garras–. Pero, como objeto perteneciente a la raza que habitaba en ese planeta, vale todavía más. El conocimiento siempre tiene más valor, siempre; pero ahora no puedo tomarme la molestia de estudiar eso. La ciudad está absorbiendo mi tiempo cada vez más. Tengo que regresar inmediatamente a ella. ¿Va usted a necesitar más consejos de un experto, Kirk? Ya me ha retenido durante bastante tiempo. Quiero dedicar toda mi atención a ese descubrimiento.
–Lo mantendré al corriente, doctor. Gracias por dedicarme su tiempo.
Kirk le habría hablado a una silla vacía. Threllvon–da había salido disparado de la sala, deseoso de regresar al lugar que recibiría su nombre como honor rendido a él.
–Trabajó así durante todo el tiempo que yo pasé en el planeta –comentó Avitts–. Ese hombre es insaciable cuando se trata de trabajar. Los klingon no fueron más que una molestia menor para él. Las excavaciones le molestaban principalmente por los daños que podían causar por inadvertencia.
–ÉL no ha cambiado mucho, ¿verdad? –preguntó Kirk.
–Cambiar, ¿en qué sentido, Jim? –preguntó McCoy–.Pues continúa siendo el tipo más intratable, insultante, provinciano...
–Tenga cuidado, doctor, o uno podría pensar que se está describiendo a sí mismo –dijo Spock–. Con su venia, capitán, tengo cosas que atender.
–Puede marcharse, Spock. Usted también, teniente.
–Probablemente se marcharán a alguna parte discreta para cogerse de las manos –comentó McCoy.
–Ya. ¿Es ésa la mejor conjetura que puede hacer sobre Spock, Bones? No, no creo que vayan a hacer nada semejante. A pesar de que la Enterprise no ha vuelto del todo a su estado normal de perfecto funcionamiento, está ya muy lejos del manicomio en que se convirtió cuando entramos en órbita alrededor de Alnath II.
–Parece usted muy seguro de lo que dice –señaló McCoy con suspicacia–. ¿Es que ha aislado usted la fuerza que ha estado convirtiendo a la tripulación en algo tan...
–¿Intratable, insultante y provinciano? –propuso Kirk–. Creo que sí lo he hecho. Simplemente esperemos a ver si todo funciona bien a bordo de la Enterprise, Bones.
El doctor meneó la cabeza y luego se marchó. Kirk permaneció sentado durante un momento, sonrió y se encaminó al exterior de la sala. Los klingon todavía representaban una amenaza, aunque en ese momento era una amenaza menor. Más bien una molestia, se dijo, pagado de sí. Se sentía demasiado bien con respecto a su nave, a sí mismo, sus oficiales y tripulantes, como para preocuparse por los klingon en ese instante. Silbando una alegre tonadilla, entró en el turboascensor y se elevó en dirección al puente.
Candra Avitts caminaba apresuradamente por el pasillo, sin apenas advertir la presencia de quienes la rodeaban. Su mente se hallaba perdida en los recovecos del problema que Spock le había presentado para que estudiase. Él había destacado la pobreza de los conocimientos de física que tenía ella; la mujer soportaba las enseñanzas del vulcaniano segura de que nunca sería capaz de desarrollar una comprensión instintiva de la materia. La bioquímica era algo más de su gusto.
Chocó contra otra mujer que giraba en ese momento un recodo del pasillo. Ambas jadearon, dieron un paso atrás y hablaron para disculparse al mismo tiempo, tras lo cual quedaron en silencio.
La teniente Avitts estaba ante la enfermera Chapel. La tensión eléctrica que había entre ellas aumentó. Era como si dos enemigos irreconciliables se hubiesen encontrado en la arena, en un duelo final.
–Teniente Avitts.
–Enfermera Chapel.
Se quedaron simplemente de pie durante varios latidos de corazón, estudiándose mutuamente para ver qué debilidades de la otra podían ser explotadas.
El silencio fue roto por la teniente Avitts, que suspiró y luego se echó a reír.
–Esto es ridículo; usted lo sabe, ¿no es cierto? –le preguntó a la enfermera.
–¿Por qué es ridículo?
–Estamos peleando por algo que ninguna de las dos podrá conseguir jamás.
–No es la primera vez en la historia que ocurre una cosa así. Y no será la última. –La enfermera Chapel sostuvo la mirada de Avitts, y luego sonrió. Muy poco después, también ella estaba riendo–. Tiene usted razón. Nos hemos estado comportando como dos estudiantes locas de pasión por el chico bonito de la clase. Y no somos nada de eso, ni la situación se parece en absoluto, ¿verdad?
–No, Christine, no se parece en nada. –Tímidamente, Avitts preguntó–: Puedo llamarla Christine, ¿no es cierto?
–Sólo si me permite que yo la llame Candra. Oiga, ¿no estamos en un sitio demasiado público? Vayamos a mi camarote. Tengo un poco de licor Denebiano que he de conseguir subir a bordo de incógnito.
–¿Del tipo que sabe a menta?
–Precisamente de ése.
–Me encantará tornar una copa con usted, Christine. Yo tenía una botella, pero la intercambié como una tonta por la posibilidad de utilizar el espectroscopio de masa del laboratorio. Spock quería un análisis de algunos desechos espaciales que encontramos... y lo quería rápido. Mi turno para utilizar el espectroscopio de masa no llegaba hasta cuarenta y ocho horas después, así que soborné al tipo que estaba antes que yo y conseguí hacer los análisis. Spock nunca supo a qué había renunciado yo por él.
Christine Chapel se detuvo.
–El nunca se dará cuenta de las cosas a las que cualquiera de nosotras está renunciando por él, ¿verdad?
–No –suspiró Avitts–, no se dará cuenta. Tal vez fue eso lo que me atrajo hacia él. Su dedicación. Lo brillante que es. No sé qué me ocurrió. Fue un apasionamiento tonto. Lamento que hayamos llegado a pelearnos por ello.
—Si una tiene que pelearse por algo, ¿qué mejor tema podría haber que el señor Spock? Oh, Candra, no puede usted ni imaginarse las horas que he pasado pensando en él, aunque quizá lo sepa. Él es tremendamente distante, pero, aun así, yo sé que la parte humana de él necesita cariño, contacto, todas las cosas que le niega su parte vulcaniana.
Avitts se sentó en el borde de la dura cama del camarote de la enfermera Chapel y bebió un sorbo de licor Denebiano.
–Humm, esto es bueno. Ahora lamento haber cambiado el litro que tenía por otra cosa. La próxima vez que Spock quiera que le hagan algo para ayer por la mañana, pienso decirle que no es posible. Algunas cosas son sencillamente demasiado buenas como para pasarlas por alto.
Christine Chapel sintió que los ojos se le inundaban de ardientes lágrimas, pero las retuvo.
–Sí, tiene usted razón. Hay cosas que son demasiado buenas como para perdérselas. Sin embargo, nos las perdemos de todas formas, ¿no cree?

–Se lo aseguro, Sulu, mis dedos estuvieron así de cerca de disparar–declaró Chekov, poniendo el pulgar y el índice a un milímetro de distancia– Quería destruir la nave klingon. A pesar de que conocía perfectamente las órdenes, quería verlos estallar en millones de átomos.
–Ya sé lo que quiere usted decir, Chekov –le aseguró el timonel–. Yo tenía el mando cuando dispararon contra nosotros. Recordé lo que había hecho usted y me contuve, pero a duras penas. Había pasado tanto tiempo desde que nos vimos en un buen combate, que también yo estuve a punto el(, desobedecer las órdenes del capitán. Es extrañe, porque yo no soy así, habitualmente.
–¿No? –preguntó burlonamente Chekov–. Usted disfruta de una buena batalla como todos nosotros. Acaba de decirlo. Ha pasado mucho tiempo desde que la Enterprise trabó una buena batalla espacial por última vez. Ah, sentir las baterías de los cañones fásicos crepitar y restallar por las descargas de teravoltios, sentir el estremecimiento de la Enterprise cuando son disparados los torpedos... ¡eso es vida!
–Y muerte, pero yo siento lo mismo. A veces me pregunto por qué se nos entrena para luchar si pasamos la mayor parte del tiempo intentando no hacerlo. –Sulu comprobó ociosamente sus controles.
Estaban fijos en la órbita que seguían en aquel momento. A menos que el capitán Kirk ordenara un cambio de rumbo, permanecerían en aquella órbita, haciéndole sombra a la nave klingon, protegiendo la superficie de Alnath con el casco de su propia nave.
–Es fácil comenzar una guerra, pero difícil acabarla –dijo Chekov–. Comienzo a comprender algunos de los problemas del capitán. Exaltado, yo hubiese disparado y creado una guerra instantánea. Quizá no hubiéramos sido destruidos por los klingon, y otros se hubieran visto complicados en una guerra provocada por nosotros. No es un pensamiento agradable.
–Sí, es fácil empezar una guerra, pero difícil acabarla –reflexionó Sulu–. Tiene usted razón, Pavel, Eh, Cuidado. Las lecturas del circuito nueve avisan de una sobrecarga. Si no tenemos que disparar un torpedo de fotones, podríamos apagar un circuito guía.
–Comprobando –dijo el alférez, volviendo su atención hacia los controles. Muy pronto los dos estuvieron absortos en un problema de guerra figurada, intentando conseguir el máximo poder destructor con el mínimo gasto de energía y material. Con un poco de suerte –y cerebro–, nunca tendrían que llevar a la práctica dichos conocimientos.

–Pero ¿vale eso la pena, muchacha? –preguntó Scott, mirando las entrañas del oscilador de los motores hiperespaciales–. Eso es demasiado trabajo para tan pocos resultados, según lo veo yo.
–Sí, teniente comandante Scott, puede que tenga usted razón –le respondió Heather McConel–, pero, después de haber trabajado tanto en los auxiliares, ¿no deberíamos intentarlo?
–No sólo un porcentaje extra de potencia. Hemos llegado a los niveles de retorno mínimos –suspiró el ingeniero jefe.
Miró la computadora que controlaba los motores hiperespaciales. Ellos dos habían diseñado diversos artilugios capaces de aumentar la potencia de aquellos motores, normalmente a expensas de otros aparatos de la nave. Scotty meneó la cabeza mientras se preguntaba cómo había podido llegar a piratear piezas del autoclave, de la forma en que lo había hecho. El oficial de nutrición todavía no lo había perdonado por llevarse el controlador. A pesar de que aquella pasta de color púrpura había sido nutritiva, no resultaba nada apetitosa. Tampoco lo era el semilíquido azul que comenzó a salir después de que Scott hubo montado de cualquier manera un artefacto para substituir al controlador del autoclave.
Suspiró. ¡Hubiera sido tan bonito conseguir darles a los motores hiperespaciales un veinte por ciento más de potencia o más! Ahora, cuando ya habían intentado todo lo imaginable, parecía una posibilidad más remota. Quizá, si devolvía el controlador del autoclave a su sitio, podría engatusar al oficial de nutrición para que programara un haggis para la tripulación. Eso enderezaría las cosas.
–Señor Scott –dijo Heather, dubitativa, echándose hacia atrás los lustrosos cabellos rojos con una mano manchada–, ¿empeoraría su opinión sobre mí si sugiriera devolver el láser que robé del laboratorio metalúrgico?
–¿Qué? Ah, no, en absoluto, muchacha; pero necesitamos ese láser para...
–Por favor, señor Scott, sencillamente las cosas no funcionan como nosotros pretendíamos que lo hiciesen. Pienso que los principales descubrimientos los harán los científicos que realizan las investigaciones básicas, no los que, como nosotros, nos ponemos a hacer chapuzas entre las estrellas con unos motores preciosos.
–Puede que tenga razón, pero, eso de dejar que un chupatintas me diga lo que es bueno y lo que no lo es para la Enterprise, me pone completamente rabioso.
Se encaminó hacia los aparatos, mientras intentaba recordar cuánto tiempo habían invertido en la construcción de aquella pesadilla de fontanero. Rió entre dientes.
–Pero no ha sido una completa pérdida de tiempo, ¿no lo cree así, muchacha?
–Acabo mi turno de castigo dentro de una hora, señor Scott –dijo ella con tono travieso–. Si está usted libre, quizá podríamos... discutir de ingeniería.
–¿Y de otras cosas? –preguntó él, con una ancha sonrisa.
–Como la botella de whisky escocés que tiene usted... y otras cosas –concedió ella.
–Sí, pero la botella está casi vacía. Sólo queda un poquitín; sin embargo, tengo buenos contactos y podría conseguir licor en otra parte.
–No se preocupe, señor Scott –lo tranquilizó Heather–. Yo tengo contactos propios; y el alambique ha estado funcionando otra vez desde hace un buen rato.
–¡No me lo cuente a mí! –le advirtió él.
–Fue el juego lo que me trajo problemas antes. Eso ya está desmontado y fuera de discusión –aclaró ella– El juego ilegal es ahora tan honrado como podría serlo en mis manos, aunque siento grandes tentaciones de utilizar sólo un pequeñito campo eléctrico con el dado.
–¿Qué conseguiría con eso? –preguntó él, a pesar de sí mismo.
–Si no puedo utilizar un láser en la ruleta, se me ocurrió que un diminuto campo eléctrico podría cambiar la forma en que caiga el dado... si los puntos estuviesen tratados con una pintura especial con la que me he encontrado y que decididamente tiene propiedades electromagnéticas. Solamente con cambiar las vueltas que dan los dados, conseguiría...
El ingeniero jefe y su ayudante se sentaron a discutir las posibilidades inherentes a esa nueva aventura de juego, mientras el alcohol destilado corría por los rizos del alambique instalado en el depósito de máquinas de precisión.

11

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 4744.8


La tensión ha disminuido de forma considerable desde que la gema de la pirámide fue depositada dentro de la caja de rodinio. Los klingon se muestran dóciles para negociar por la concesión de minería sobre Alnath II, la Enterprise está funcionando a su alto nivel de rendimiento normal y se ha evitado otro conflicto interestelar. El único suceso que permanece sin explicación es la muerte de los vulcanianos, y creo que yo tengo una idea bastante aproximada de qué fue lo que ocurrió. Le corresponderá a una nave científica perfectamente equipada el poner a prueba mi teoría, pero ellos sabrán lo que deben esperar y serán capaces de evitar caer en la trampa.


Trata usted esa cosa como si fuese una bomba de antimateria, Jim –comentó McCoy–., mientras observaba las precauciones tomadas para asegurar que la gema de la pirámide estuviese encerrada tanto detrás de los escudos antirradiación como de rodinio.
–Es potencialmente más peligrosa, Bones. Señor Spock, ¿ha examinado usted la pirámide?
–Sí, capitán, y soy incapaz de discernir cuál es el mecanismo del pedestal de la gema que la convierte en inofensiva. Aparentemente no es más que un simple cuenco tallado en roca, pero nuestros conocimientos acerca del planeta y sus antiguos habitantes son todavía limitados. Eran obviamente más avanzados de lo que cree Threllvon–da.
Kirk asintió con la cabeza. Spock se dio cuenta de que Spock había trabajado sobre el problema a su manera lógica, y había llegado a las mismas conclusiones a que había llegado él con un razonamiento más emocional; pero eso ya no importaba. Ya no se veían amenazados por el sólido y poderoso acorazado klingon. En cuanto Kalan hubo regresado sano y salvo a la Terror, la tensión existente entre las naves del imperio y la Federación disminuyó.
Kirk deseaba que hubiese podido desvanecerse totalmente, pero eso no era propio de los klingon. Eran seres belicosos y continuarían alborotando. Ésa era su vida. Se necesitarían largos años de labores diplomáticas antes de que las razones subyacentes en las fricciones que había entre ambas culturas disminuyeran lo suficiente como para que la guerra se convirtiera en algo impensable. Kirk esperaba vivir para ver ese día; pero en aquel momento tenía otros problemas, más inmediatos, que debía solucionar.
Como el de la gema.
–Baje al planeta, Spock. Deposite esa cosa en el sitio que le corresponde. Quiero que un destacamento de seguridad permanezca dentro y alrededor de la pirámide, para evitar con ello que Threllvon–da y sus científicos entren a examinar la gema.
–Eso no va a gustarle, Jim –observó McCoy–.–. Se pone tremendamente quisquilloso cuando le dicen lo que debe hacer. Todavía lo acusa a usted de no haber ido a la T’pau a buscarle su precioso equipo.
–Dudo de que llegue a darse cuenta. Está demasiado ocupado en escarbar por toda la ciudad. Ya conoce sus órdenes, Spock. Llévelas a la práctica.
Spock, la caja, densamente envuelta con la gema en su interior, y cinco guardias de seguridad desaparecieron entre chisporroteos para reaparecer en el planeta que tenían debajo. La gema regresaba al sitio que le pertenecía.

–¡Los destruiremos, cobardes! –gritó Kalan.
Kirk estudió el atezado rostro y concluyó que Kalan despotricaba sólo para impresionarlo. Quedaban pocas cosas sobre las cuales pudieran no estar de acuerdo. Sin embargo, la diplomacia exigía que el klingon y él mismo, recorrieran toda la gama de avances y retrocesos para finalmente extraerle al otro las promesas que ambos sabían que tendrían que hacerse. Kirk adoraba tanto como odiaba aquel proceso. A diferencia de la guerra, la diplomacia raramente era directa, y las ganancias eran a menudo sutiles, aunque era esa sutilidad misma la que lo intrigaba. Eso y que las ganancias no requiriesen muertes.
–¿Tiene intención de atacar, Kalan? Si lo hace, la topalina quedaría destruida. Necesita usted ese mineral más de lo que necesita una batalla.
Kalan se calmó, mirando ferozmente a Kirk.
–Además –continuó Kirk–, no existe ninguna razón por la cual la Federación y el imperio no puedan compartir este planeta. Nosotros no tenemos ningún interés en extraer minerales de él. Nuestra única búsqueda es la del conocimiento.
–Cobardes –murmuró Kalan.
–Pero lucharemos si intenta usted evitar que nuestros científicos exploren la anterior civilización del planeta y las ruinas que ha dejado. ¿Me expreso con suficiente claridad?
–Nosotros tenemos los derechos de minería, y ustedes desentierran sus huesos, ¿es eso?
–Esencialmente, sí, Kalan.
–¿Cómo podemos estar seguros de que no intentarán ustedes atacar a mis mineros por la espalda?
–De la misma forma en que la Federación garantizará el apoyo y la seguridad de nuestros científicos. Un escuadrón de naves en órbita se asegurará de que la otra parte cumpla con los términos de este acuerdo.
–¿Cuántas naves?
–Un número igual por ambas partes y con un poder parejo. Además, ambas partes podrán instalar repetidores, cualquier número de ellos, en el perímetro del sistema solar, para mantener intactas las comunicaciones con las bases centrales.
Kalan meditó aquello. Kirk no necesitaba leerle la mente para saber que Kalan estaba calculando mentalmente el tiempo de tránsito necesario para que un acorazado imperial llegara hasta el planeta, y comparándolo luego con el tiempo de viaje que necesitaría una nave de la Federación igualmente poderosa para llegar hasta el mismo sitio, en caso de necesidad de contraatacar. Sonrió ligeramente, y Kirk supo que el alienígena había obtenido una cifra favorable al imperio. Sin embargo, Kirk no se preocupaba por la posibilidad de un conflicto armado. Aquel ejercicio mental de Kalan no era más que una segunda naturaleza para los klingon.
–Hecho –declaró Kalan–. Nuestra primera carga de mineral será sacada del campo de gravedad (]entro de cincuenta horas. No intente impedírnoslo. Kirk asintió.
–Es para eso para lo que hemos llegado a un acuerdo en beneficio mutuo, capitán Kalan. Sabemos que sus intenciones son pacíficas.
Kirk tuvo que echarse a reír cuando el klingon gruñó y cortó la comunicación. Captar su ira momentánea al verse etiquetado de «pacífico» era un pago más que suficiente por el mal rato que le había hecho pasar a la Enterprise y su tripulación, pensó Kirk.
–El almirante Tackett quedará satisfecho de este informe –dijo Kirk, pagado de sí mismo–. Será el mejor informe de rendimiento que jamás hayamos presentado.
–Yo también lo creo, capitán –comentó Spock–. Resulta sorprendente que la tripulación haya cambiado tan rápidamente como lo ha hecho.
Miró las columnas de números que mostraban los tiempos de respuesta a varios problemas imaginarios que se le habían presentado a la tripulación y vio que ésta había demostrado estar a la altura exigible.
–No queda ni rastro de la influencia de la piedra.
Kirk se detuvo ante la puerta del comedor, mientras se preguntaba si realmente debía continuar en ese momento con el informe de rendimiento. Respiró profundamente y entró, esperando oír chillidos y ver tripulantes peleando abiertamente. Se detuvo en seco y observó la pacífica y alegre escena. Los miembros de la tripulación que se hallaban en el sitio bromeaban y reían mientras comían los alimentos que atiborraban las bandejas y que no se parecían ni remotamente a una pasta de color púrpura.
–El señor Scott ha arreglado el autoclave –le explicó Spock.
Kirk suspiró con alivio. Avanzó entre las hileras de mesas y vio que la apetitosa comida era bien recibida por la tripulación.
–Vayamos a comprobar la sala de máquinas, Spock. Quiero ver qué ha hecho Scotty con los motores.
Todo lo que se veía en la sala de motores resultaba perfectamente apropiado para una nave espacial. Kirk se maravilló de la transición entre la cubierta desordenada y atestada de artilugios v la perfección inmaculada y lustrosa qu tenía delante en ese momento. Todas las disparatadas tuberías electrónicas de Scotty habían desaparecido, y sólo quedaban algunas cajas negras adosadas a sitios insólitos.
–Teniente McConel, ¿cuál es el propósito de este dispositivo? –preguntó Kirk–. No recuerdo que estuviese aquí durante la última inspección.
–Eso, capitán, es el producto de los experimentos del teniente comandante Scott. Es un oscilador primario para los motores hiperespaciales.
–¿Y qué es lo que hace, teniente?
–Les proporciona un bonito diez por ciento de potencia.
–¿Diez por ciento? ¿Y los otros aparatos?
–Ésos les proporcionan unos pocos puntos más, capitán Kirk –explicó la voz de Scott–. Eso es lo único que ha funcionado. El resto no era lo bastante bueno para la Enterprise.
–Excelente, señor Scott. Ya veo que tiene usted las cosas bajo control –dijo Kirk– Pero, eh... ¿dónde está el alambique?
–¿Alambique, capitán? Eso va en contra del reglamento.
–¿Y los aparatos de juego, señor Scott? No sabrá usted nada acerca de unos aparatos de juego ilegal, ¿no es cierto?
–¡Capitán! –protestó Scott–. ¡Ésta es mi sala de máquinas, no un emporio de juego barato!
–Estoy seguro de que no es barato, señor Scott. Continúe con su trabajo.
Cuando Kirk y Spock estuvieron ya fuera, el capitán preguntó:
–¿EL juego es limpio, señor Spock?
–Parece haber cierta burla de las leyes de probabilidad por parte de les dados. Sin embargo, nadie se ha quejado.
–Continúe observando, señor Spock, Y sí la teniente McConel se pasa de la raya con sus artilugios, hágamelo saber. Ahora, vayamos a terminar con el informe de rendimiento y enviémoslo a la Base Estelar.

–Todos a sus puestos para abandonar la órbita –ordenó Kirk, sentándose y observando alegremente cómo la tripulación del puente desarrollaba sus funciones con destreza.
Nadie refunfuñó, nadie insinuó que fuese mejor para comandar la nave ni mejor en absoluto, nadie estaba ansioso por disparar los cañones fásicos en dirección a la nave klingon.
Kirk miró por encima del hombro al oír el sonido de las puertas del turboascensor al abrirse. McCoy–. avanzó a paso vivo hasta el sillón de mando.
–¿Qué puedo hacer por usted, Bones?
–Responder a mis preguntas, maldición –respondió el doctor con tono colérico–. Acabo de terminar con el informe que Spock ha hecho sobre Alnath, la piedra y la muerte de los vulcanianos, y no lo entiendo.
–Yo mismo no estoy seguro de entenderlo –admitió Kirk–. Eso es lo que ocurre cuando uno es un pionero del descubrimiento de planetas nuevos. La piedra que hemos dejado en ese planeta es fácilmente el aparato más valioso y complejo jamás inventado.
–¿Inventado? Pero si es orgánico. Al menos lo es en parte, en todo caso.
–Spock ni siquiera pretende entenderlo –le aseguró Kirk–. Esa piedra constituía la base de la civilización de Alnath. La construyeron, o la cultivaron, o lo que fuese, y luego la utilizaron.
–¿Cómo?
–Eso está en el informe, doctor –respondió la imperturbable voz de Spock.
–Toda esa intrincada cháchara no significa nada para mí. A un viejo doctor rural hay que explicárselo con palabras de una sílaba o menos.
–Eso sería muy difícil, doctor, dado que los monosílabos...
–Déjelo, Spock –le ordenó Kirk–. Todo lo que hemos podido sacar de esa piedra es que produce cualquier cosa que uno desee mentalmente. La gente que creó la piedra era tan avanzada, que no necesitaba edificios ni campos de labranza para nada que no fuese su propio placer estético. Es por eso por lo que el planeta está en unas condiciones tan vírgenes.
–¿Esa piedra producía cualquier cosa que deseasen? ¿O sea que sólo pensaban, digamos: «Quiero un bocadillo de jamón», y lo obtenían?
Exactamente así era, Bones. O una casa, o cualquier cosa. Es ahí donde nosotros nos encontramos con problemas.
No sólo desconocíamos los poderes de la piedra y la forma de utilizarla, sino que aún no hemos eliminado nuestros más básicos deseos animales, que salieron como locos a la superficie.
–Los klingon se amotinaron porque todos querían ser el comandante del acorazado. Nosotros no tuvimos problemas de ese tipo. Scott quería hacer un superajuste de los motores; Kyle quería convertirse en un gran escultor; usted quería regresar a las cosas sencillas –declaró Spock.
–¿De verdad hice que los equipos médicos se averiaran porque desconfiaba de ellos? –gruñó McCoy–.–. Eso es absurdo.
–Pero cierto, doctor. Aparentemente nuestras mentes no han evolucionado aún hasta el punto en que podamos desear objetos materiales y conseguir que la máquina nos proporcione sólo eso, a diferencia de la civilización desaparecida de Alnath. Nosotros deseábamos cosas más intangibles, codicias que se han resuelto por sí mismas.
–¿Como las emociones, Spock? –preguntó a bocajarro McCoy–.–. Usted quería ser humano y...
–Sí, y también quería ser completamente vulcaniano –terminó Spock–. Estaba desgarrado entre dos deseos diametralmente opuestos. Esos problemas ya están resueltos.
–Siguió usted la dirección equivocada –pontificó McCoy–.–. Debería haber permanecido humano. Incluso, a pesar de todas las tormentas emocionales, es mejor.
–Doctor, he sido tanto vulcaniano como humano, y prefiero ser vulcaniano, gracias.
–Supongo que va a decirme usted que la lógica fue quien ganó.
–Sí, doctor, porque la lógica es lo que triunfa en ese asunto. Es más lógico conservar el control de todas mis facultades, que permitir que mes abofeteen fuerzas externas.
–No se preocupe, Spock. Ya está usted de vuelta. Pero todavía quedan algunas cosas que no comprendo de todo esto.
–Estoy seguro –dijo secamente Spock.
–¿Qué les ocurrió a los vulcanianos? –preguntó McCoy–. mientras le dirigía una mirada feroz–. No veo ninguna explicación posible. No puede decir que lo hizo la piedra.
–Eso se debe a que está usted demasiado cegado por las emociones. La piedra «mató» a los vulcanianos, aunque dudo al emplear ese término. La piedra otorga cualquier cosa que uno desee. Es el uso impreciso de ese poder lo que causa problemas. ¿Recuerda mi encuentro en la superficie, en Alnath, con el diminuto punto de luz?
–¿Y... ?
–Eso es lo mismo que vieron los vulcanianos. El punto de luz prometía todo lo que quieren los seres completamente lógicos v carentes de emoción: convertirse en un ente puramente intelectual y libre del cuerpo físico.
–¿Los vulcanianos se descorporeizaron, simplemente? –preguntó McCoy–., pasmado–. ¿Así de fácil?
–Alcanzaron su más precíado sueño, la conclusión lógica de una existencia física. Pasaron a un plano de existencia más elevado, uno que les permite dedicarse a sus intereses personales con un intelecto puro.
–Sin cuerpos para sentir, para percibir –reflexionó McCoy–..
–Un intelecto puro, libre de las trabas de un cuerpo vulnerable, doctor. La piedra se lo otorgó a ellos porque eran todos lo bastante avanzados mentalmente.
–¿Y, en su caso, simplemente lo zarandeaba como un columpio entre las emociones y el intelecto?
––Esencialmente correcto.
–Si ya ha quedado todo aclarado, caballeros, marchémonos de este planeta. Hay otros mundos para explorar –intervino Kirk.
–No tan rápido, Jim. Usted no parecía tener ningún problema. Yo reconozco que mes dio por descomponer máquinas, pero usted lo hacía todo perfectamente bien.
–No todo, Bones. Simplemente resultó correcto para nosotros.
–El capitán es demasiado modesto ––dijo Spock–. El capitán Kirk, al igual que yo, se sentía desgarrado entre dos extremos. Sin embargo, lo manejo mejor. Una parte de él quería ser el soldado perfecto, trabar combate y vencer a los klingon. Dado que eso era claramente imposible por la abrumadora superioridad que les confería el acorazado, se decidió por el lado diplomático de su carácter. Negoció tina paz sin recurrir a convertirse en un soldado.
––––Esa piedra hizo aflorar lo bueno de algunos de nosotros –comentó McCoy–.–. No es tan mala.
–Es una herramienta, nada más. Lo único que cuenta es cómo utiliza uno esa herramienta. L.–)s integrantes de la civilización anterior podrían haber seguido el mismo camino de mis compatriotas vulcanianos, y haberse convertido en inteligencias puras que vagan por la galaxia. Podrían haber renunciado a la piedra, y a su planeta, porque evolucionaron hacia algo que no podemos ni comenzar a imaginarnos. Sea como fuere, eran una cultura poderosa v avanzada, comparada con las nuestras.
–Esa ciudad por sí sola lo demuestra –dijo McCoy–.. Arrugó la frente y exclamó–: ¡La ciudad! Usted ha dicho que la piedra les proporcionaba todo lo que necesitaban. ¿Por qué iban a construir entonces una ciudad subterránea?
–Eso, Bones –respondió Kirk–, va a conmocionar al doctor Threllvon–da. Recuerde, la piedra crea lo que uno desea con mayor fuerza. Threllvon–da quería encontrar una ciudad exactamente así más que nada en el universo. Su trabajo es su vida. Es un hombre de una resolución absoluta. Él, sólo él entre todos nosotros, fue capaz de utilizar inconscientemente la piedra para hacer que sus pensamientos se convirtieran en objetos materiales.
–La ciudad –dijo McCoy–. en voz baja, murmurando–. Eso significa...
–Que esa ciudad no fue construida por los habitantes originales de Alnath II –respondió Kirk–. Me temo que así es. Threllvon–da quería esa ciudad; obtuvo exactamente lo que diseñó en el interior de su mente.
–Eso lo matará.
–Es una cuestión de palabras el que los habitantes originales no hayan construido la ciudad ––señaló Spock–. Su herramienta, la piedra, fue lo que lo hizo. Pero yo no me preocuparía por Threllvon–da. Se sentirá decepcionado, pero su descubrimiento promete ser más importante que cualquier cantidad de ciudades abandonadas.
––Aun así, será un duro golpe.
–Se recobrará, Bones, de la misma forma en que nosotros nos recuperamos de los efectos que la piedra tuvo sobre nuestros caracteres. En general, todos saldremos beneficiados.
–No sé qué decirle de eso –––dijo McCoy–.––. Spock podría haber estado mejor con emociones. Tal Y como es ahora...
–Señor Sulu –ordenó Kirk, ahogando la voz de McCoy–.–, factor hiperespacial cinco; regresamos a Delta Canaris. Quiero volver a la pacífica cartografía, para variar.
La Enterprise se estremeció poderosamente y se lanzó hacia el espacio estelar para continuar con su infinita tarea de explorar nuevos mundos.



FIN
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