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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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domingo, 6 de diciembre de 2009

La piedra de las estrellas

Valentina Zuravleva
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-Hace cinco siglos, un meteorito cayó cerca de la ciudad de Ensisheim, en el Alto Rin. Para que el cielo no volviera a llevárselo lo ataron con cadenas al muro de la iglesia. Un hábil artesano grabó en él estas palabras: «a propósito de esta piedra, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente».
Cuando pienso en el meteorito de Pamir, acuden involuntariamente a mi recuerdo aquellas palabras. A propósito de él, yo sé mucho; sin duda más que cualquier otra persona. Pero estoy lejos de saberlo todo. Sin embargo, me acuerdo perfectamente de lo esencial. Tan perfectamente como si datara de ayer.
Hace seis meses, los periódicos anunciaron la caída de un meteorito en el Pamir. Aquella breve información, apenas media docena de líneas, retuvo inmediatamente mi atención.
Tal vez penséis: ¿qué podía haber de interesante en un meteorito para un bioquímico? Debo aclarar que los bioquímicos siguen con mucha atención todo lo que concierne a los meteoritos. En los fragmentos de esas «piedras celestes» buscamos el secreto de la aparición de la vida sobre la Tierra. Para ser menos romántico y más concreto, digamos que estudiamos los hidrocarburos contenidos en los meteoritos.
Un poco más tarde, el meteorito del Pamir fue objeto de una segunda información. Una expedición lo había descubierto a cuatro mil metros de altitud, y un helicóptero pudo descolgarlo de aquella percha. Se trataba, se decía, de un bloque de piedra de casi tres metros de longitud que pesaba más de cuatro toneladas.
Al leerlo, pensé que al día siguiente tendría que llamar por teléfono a Nikonov. En aquel preciso instante –a veces se producen esas coincidencias– resonó el timbre del teléfono. Empuñé el receptor. Era Nikonov.
Debo decir ante todo que, desde su época de escolar, Nikonov se ha distinguido siempre por su sangre fría y su placidez. Nunca –y hace casi medio siglo que nos conocemos– le había visto emocionado o alterado. Pero en aquella ocasión, por su voz entrecortada y febril, por sus palabras deshilvanadas, comprendí que sucedía algo extraordinario.
De aquel torrente de palabras retuve una cosa: tenía que dirigirme inmediatamente, con la mayor rapidez posible, al Instituto de Astrofísica.
Tomé un taxi.
El vehículo rodó por las calles desiertas, en cuyo espejo de asfalto se reflejaban los anuncios luminosos. Llovía. Pensé en los que no duermen a aquella hora tardía. En los que, inclinados sobre sus microscopios, sobre el frágil cristal de sus probetas, sobre sus páginas cubiertas de fórmulas, buscan lo nuevo. Pensé en el asombroso destino de los descubrimientos: desconocidos hoy de todos, mañana irrumpen en la vida, la cambian, la modifican.
Las ventanas del Instituto aparecían iluminadas. Sin saber por qué, pensé inmediatamente que la causa era el meteorito del Pamir. Pero, ¿qué podía tener de particular, de extraordinario, aquel meteorito?
El Instituto parecía una colmena excitada. Los colaboradores corrían de un lado a otro, atareados y preocupados; por las puertas entreabiertas surgía el sonido de voces excitadas.
Nikonov me esperaba en su despacho. He de admitir que entonces no había concedido una importancia especial a lo que ocurría. Los científicos nos inclinamos a veces a exagerar nuestros éxitos y nuestros sinsabores. Cuando, después de prolongados experimentos, consigo una reacción, siento también deseos de despertar a todo Moscú.
Pero, Nikonov... Había que conocerle para comprender hasta qué punto estaba excitado.
Sin contestar a mi saludo, me apretó fuertemente la mano.
Y aquel apretón de manos rápido, nervioso, me comunicó su emoción.
–¿Se trata del meteorito del Pamir? –pregunté, adivinando ya la respuesta.
–Sí –respondió.
Nikonov cogió un paquete de fotografías y las desplegó en abanico delante de mí. Eran fotografías del meteorito. Las examiné, esperando ver... Naturalmente no sabía lo que iba a ver. Pero estaba convencido de que se trataba de algo sensacional.
Quedé asombrado, pues, al comprobar que el meteorito era semejante a las docenas de ellos que había podido ver al natural o en fotografía. Un bloque de piedra en forma de cohete, de superficie porosa, y nada más.
Devolví las fotografías a Nikonov, el cual sacudió la cabeza y dijo, con voz ronca que no era la suya:
–No es un meteorito. Bajo el caparazón de piedra hay un cilindro metálico... con un ser vivo en su interior.

Ahora, cuando rememoro los acontecimientos de aquella noche, me parece raro que, durante un largo instante, fuera incapaz de comprender a Nikonov. Sin embargo, todo era muy simple. Pero precisamente por esto el asunto producía una impresión de inverosimilitud, de irrealidad, impidiéndome comprender inmediatamente a Nikonov.
El meteorito era una nave cósmica. La envoltura de piedra, que tenía unos siete centímetros de espesor, recubría un cilindro de metal obscuro, muy denso. Nikonov opinaba (y su opinión quedó confirmada más tarde) que la envoltura en cuestión estaba destinada a proteger al cilindro de los meteoritos y de un peligroso recalentamiento. El aspecto poroso de su superficie procedía de los choques con los micrometeoritos. Sus huellas, muy numerosas, demostraban que el ingenio había estado volando por espacio de muchos años.
–Si el cilindro fuera macizo –dijo Nikonov–, pesaría al menos veinte toneladas. Pero, sin la envoltura de piedra, su peso es ligeramente superior a las dos toneladas. En tres lugares, unos hilos muy finos salen del cilindro. Están rotos. Evidentemente, en el momento de la caída se desprendieron unos aparatos que se encontraban en la parte exterior del cilindro. El galvanómetro, conectado a esos hilos, ha revelado unos leves impulsos eléctricos...
–Pero, ¿por qué tiene que tratarse necesariamente de un ser vivo? –repliqué–. En el interior del cilindro puede haber unos aparatos automáticos.
–Descartado –respondió Nikonov–. Da golpes.
No lo entendí.
–¿Qué es lo que da golpes?
–El que está dentro del cilindro –la voz de Nikonov tembló–. Cuando alguien se acerca, empieza a dar golpes. Puede ver. Ignoro cómo, pero puede ver.
Resonó el timbre del teléfono. Nikonov cogió el receptor y observé que una sombra cruzaba por su rostro.
–Han sondeado el cilindro –me dijo, soltando el receptor–. Su pared no alcanza los veinte milímetros de espesor. En el interior no hay metal.
En aquel momento se me ocurrió la objeción más lógica. El cilindro no era tan grande. ¿Cómo podían caber en él unos seres vivos? No sólo necesitaban espacio, sino también víveres, agua, dispositivos para el mantenimiento de una temperatura constante, para renovar el aire. ¿Cómo introducir todo aquello en un cilindro de menos de tres metros de longitud y unos sesenta centímetros de diámetro?
Nikonov me escuchó y dijo:
–Dentro de un cuarto de hora iremos a verlo. Espero a alguien. De momento, están colocando el cilindro en una cámara hermética.
–De todos modos, tienes que admitir que esa versión del ser vivo no es realista. No puede haber hombres en el cilindro.
–¿Hombres? ¿Qué entiendes tú por eso?
–Bueno, seres pensantes.
–¿Con unos brazos y unas piernas?
Por primera vez aquella noche, Nikonov sonrió.
–Sin duda –contesté.
–No los hay en la nave –dijo Nikonov–. Contiene seres pensantes, pero resulta difícil saber cómo son.
Yo no podía estar de acuerdo con él. Bastaba recordar cómo imaginaban los europeos, antes de los grandes descubrimientos geográficos, a los habitantes de los países desconocidos: hombres de seis brazos o con la cabeza de perro, enanos y gigantes... Y luego se comprobó que en Australia, en América y en Nueva Zelanda, los hombres eran semejantes a los de Europa.
–Las condiciones de vida idénticas, las leyes generales de la evolución, desembocan en los mismos resultados.
–¿Las leyes generales de la evolución? –inquirió Nikonov–. Pueden admitirse hasta cierto punto. Pero, ¿de dónde sacas las condiciones de vida idénticas?
Me expliqué: la existencia y el desarrollo de las formas superiores de las proteínas sólo son concebibles dentro de unos límites bastante restringidos de temperatura, de presión, de irradiación. De lo cual puede inferirse que el mundo orgánico evoluciona siguiendo unos caminos parecidos.
–Querido amigo –dijo Nikonov–, eres académico y un bioquímico eminente, la mayor autoridad en materia de síntesis bioquímica. Cuando hablas de las síntesis de las proteínas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero el que sabe fabricar ladrillos no es necesariamente experto en arquitectura. Y no lo tomes a mal.
¿Cómo podía tomarlo a mal? A decir verdad, nunca había reflexionado seriamente en la evolución del mundo orgánico en los otros planetas. No era mi especialidad.
–Las ideas que en la Edad Media proliferaban acerca de los hombres con cabeza de perro eran absurdas, efectivamente –continuó Nikonov–. Pero en la Tierra, si se exceptúa el clima, las condiciones de vida son muy parecidas. Por otra parte, cuando cambian las condiciones, cambia el hombre. En América del Sur, en los Andes peruanos, hay una tribu india que vive a 3.500 metros de altitud. Sus miembros son de baja estatura, y su peso medio es de cincuenta kilogramos, pero el volumen de su caja torácica y de sus pulmones es superior en un 50% al de los europeos.
»Como puedes ver, su organismo está adaptado a las condiciones de vida en una atmósfera enrarecida, a costa de una notable modificación del aspecto exterior. Ahora, reflexiona un poco en las considerables diferencias que pueden existir entre las condiciones de vida en la Tierra y en los otros planetas. Tomemos la gravedad, por ejemplo. No sé por qué la has olvidado. En Mercurio, la gravedad es cuatro veces menor que en la Tierra. Si ese planeta estuviera habitado, es poco probable que sus habitantes necesitaran unos miembros inferiores tan desarrollados como los nuestros. En cambio, en Júpiter la gravedad es mucho mayor que en nuestro planeta. En tales condiciones, es muy probable que la evolución de los vertebrados no haya desembocado en la postura vertical...
Había una brecha en el razonamiento de Nikonov, y me dispuse a explotarla.
–Querido amigo –dije–, eres profesor, eres un astrofísico eminente, la mayor autoridad en el campo del análisis espectral de la atmósfera de las estrellas. Cuando hablas de los planetas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero, el que sabe fabricar ladrillos... Resumiendo, olvidas que las manos tienen que estar libres. Sin ello, el trabajo que ha formado al hombre resultaría imposible. Y, con la postura horizontal, los cuatro miembros sirven como puntos de apoyo.
–Desde luego. Pero, ¿por qué cuatro? ¿Acaso existe un límite?
–Entonces, ¿volvemos a los hombres de seis brazos?
–En los planetas donde la gravedad es muy intensa, ese es sin duda el camino que seguiría la evolución de los vertebrados. Pero, además de la gravedad, existen otros factores. El estado de la superficie del planeta, por ejemplo, tiene una enorme importancia. Si la Tierra estuviera cubierta de un modo permanente y total por el océano, la evolución del mundo animal hubiese sido muy distinta.
–¡Seríamos sirenas! –ironicé.
–Tal vez –replicó Nikonov, imperturbable–. La vida en el océano evoluciona sin cesar, aunque más lentamente que en tierra firme. Lo que debe ser común a todos los seres dotados de razón, habiten donde habiten, es un cerebro desarrollado, un sistema nervioso complejo, unos órganos para trabajar y para desplazarse que estén adaptados al medio ambiente.
–Sin embargo –dije, sin querer darme por vencido–, no está descartado que en planetas semejantes a la Tierra vivan unos seres racionales semejantes a los hombres.
–No, no está descartado –convino Nikonov–, pero es poco verosímil. Has omitido otro factor importante: el tiempo. El aspecto del hombre no es algo constante. Hace diez millones de años, nuestros antepasados tenían una cola y una facies alargada. ¿Y qué aspecto tendremos dentro de diez millones de años? Es absurdo pensar que siempre seremos como ahora. Tú hablas de los planetas de la misma naturaleza. Existen, indiscutiblemente. Pero es muy poco probable que la evolución de los seres pensantes coincida en ellos en el tiempo. En una palabra, amigo mío, Shakespeare tenía mucha razón cuando puso en boca de Hamlet aquellas famosas palabras: «Hay más cosas en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía».
Me resulta difícil, al cabo de tanto tiempo, recordar con exactitud los términos de aquella conversación con Nikonov. Tanto más por cuanto nos interrumpían continuamente: resonaban los timbres de los teléfonos, los colaboradores entraban y salían del despacho, el propio Nikonov consultaba su reloj cada diez minutos... Pero la conversación en sí me parece memorable. Nuestras hipótesis eran atrevidas, pero la realidad resultó serlo mucho más.
Ahora, todo me parece sencillo. Si la nave, procedente de otro sistema planetario, había podido cruzar las inmensidades del Cosmos, era porque en su planeta de origen el Saber estaba más adelantado de lo que podíamos imaginar. Esta sola circunstancia debió estimularnos a no extraer conclusiones precipitadas...
Nuestra conversación fue interrumpida definitivamente por la llegada del académico Ashtakov, especialista en medicina astronáutica.
Con gran asombro por mi parte, lo primero que preguntó Ashtakov fue:
–¿Qué clase de motor utilizan?
Me reproché inmediatamente no haber pensado en el motor. La respuesta hubiese permitido aclarar numerosos extremos: el nivel de evolución de los recién llegados, la duración de su viaje por el Cosmos, la distancia recorrida, la aceleración que podían soportar...
–No hay ningún motor –respondió Nikonov–. Debajo del caparazón de piedra hay un cilindro metálico completamente liso.
–¡Ah! –exclamó Astakhov; Meditó unos instantes, mientras su rostro reflejaba el mayor de los asombros–. Entonces... eso significa que poseen un motor antigravitacional. Han dominado la gravitación.
–Probablemente –asintió Nikonov–. Esa es también mi opinión.
–¿Cómo? –inquirí–. ¿Es posible controlarla?
–En principio, sí, indiscutiblemente –respondió Nikonov–. No existe en la naturaleza una fuerza que el hombre no pueda dominar, tarde o temprano. Es una cuestión de tiempo. Pero hay que reconocer que, de momento, sabemos muy poco acerca de la gravitación. Conocemos la ley de Newton: dos cuerpos cualesquiera se atraen mutuamente en razón directa de sus masas y en razón inversa del cuadrado de sus distancias. Sabemos, aunque de un modo puramente teórico, que la fuerza de atracción se difunde a la velocidad de la luz. Pero ignoramos de dónde procede esa fuerza y cuál es su naturaleza.
Volvió a sonar el timbre del teléfono; Nikonov cogió el receptor y, tras escuchar unos segundos, dijo:
–En seguida vamos para allá.
Luego añadió, dirigiéndose a nosotros:
–Nos esperan.
Salimos al pasillo.
–Algunos físicos opinan –continuó Nikonov– que todos los cuerpos contienen unas partículas de gravitación: los gravitones. Yo no estoy muy convencido de que esa hipótesis sea cierta. Pero, si lo fuera, las dimensiones de los gravitones tendrían que ser tan reducidas en relación con los de los núcleos atómicos, como las de estos últimos lo son comparados con los cuerpos ordinarios. Y la concentración de la energía tendría que ser en ellos incomparablemente más elevada que en el núcleo del átomo.
Descendimos por una escalera de caracol, muy empinada, que conducía al sótano del Instituto. Al final de un angosto pasillo, un grupo de colaboradores nos esperaba delante de una puerta de acero. Alguien puso un motor en marcha y la puerta se abrió lentamente.
Vi por primera vez la nave cósmica. Reposaba horizontalmente sobre dos puntos de apoyo. Era un cilindro de metal obscuro y de superficie muy lisa. La envoltura de piedra, que se había agrietado por diversos lugares en el momento de la caída, había sido desprendida del cilindro, de uno de cuyos extremos colgaban tres cables muy finos.
Nikonov, que se encontraba más cerca, avanzó un par de pasos: inmediatamente percibimos unos golpes. En el interior del cilindro alguien emitía unos raros sonidos que no recordaban en nada el ritmo de una máquina. Se me ocurrió la idea de que la nave no contenía necesariamente unos hombres: nosotros situamos en nuestros cohetes experimentales monos, perros, conejos...
Nikonov se alejó en dirección a la puerta y los golpes cesaron. En medio del silencio que se había establecido, se oía claramente la penosa respiración de uno de los presentes, sin duda acatarrado.
No sé lo que pensaban los demás, pero en lo que a mí respecta ni siquiera se me ocurrió la idea de que acababa de abrirse una nueva era para la ciencia. Lo comprendí más tarde, y la escena que acabo de evocar se fijó entonces para siempre en mi memoria: una pequeña estancia de techo bajo inundada de luz; en el centro, el obscuro cilindro, liso y brillante; cerca de la puerta, un grupo de hombres profundamente emocionados, con los rostros contraídos por la tensión...
Pusimos manos a la obra. Los ingenieros tenían que determinar lo que había dentro del cilindro. Astakhov y yo estábamos encargados de asegurar una doble protección biológica: la de los pasajeros de la nave cósmica contra las bacterias terrestres, y la del personal contra las bacterias que podía contener el cilindro.
Me resultaría difícil explicar cómo realizaban su tarea los ingenieros. Me faltó tiempo para fijarme en su trabajo. Sólo recuerdo que sondearon el cilindro con ultrasonidos y con rayos gamma. Tras prolongadas discusiones (no era fácil ponerse de acuerdo con Astakhov, a causa de su sordera), convinimos en proceder a abrir el cilindro con la ayuda de «brazos mecánicos» teledirigidos. Antes, la cámara hermética en la que se encontraba el cilindro tenía que ser desinfectada con potentes rayos ultravioleta.
Nos apresuramos. A dos pasos de nosotros un ser viviente moría y teníamos que acudir en su ayuda.
Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.
Armados de un pico termonuclear, los «brazos mecánicos cortaron el metal con mil precauciones, abriendo el acceso a los aparatos de la nave cósmica. A través de las angostas rendijas encristaladas, practicadas en el muro de hormigón, observamos los gestos impecablemente precisos de aquellos enormes «brazos mecánicos». Lentamente, centímetro a centímetro, el chorro de fuego mordía el metal desconocido. Luego, los «brazos mecánicos» asieron la base del cilindro, que se despegó.
La nave cósmica no contenía ningún ser vivo. Pero había en él materia viviente. Un gigantesco cerebro palpitante, situado en el centro del cilindro.
Cuando digo «cerebro» hablo en términos convencionales. En el primer momento, lo que vi me pareció la réplica exacta, aunque considerablemente aumentada, de un cerebro humano. Pero, al mirarlo con más atención, comprendí mi error. Era únicamente un fragmento de cerebro. Más tarde descubrimos que estaba desprovisto de todos los centros que gobiernan los sentimientos y los instintos. Además, sólo incluía algunos de los centros «pensantes» de un cerebro normal, aumentados decenas de veces.
Para dar una definición exacta, habría que decir que era una «neuro-calculadora», o sea, una máquina de calcular en la cual los diodos y los triodos estaban reemplazados por células vivas de materia cerebral. Y –hecho fundamental– de materia cerebral sintética. Lo adiviné inmediatamente por múltiples detalles. Más tarde, aquella hipótesis se confirmó.
En alguna parte, sobre un planeta desconocido, la ciencia está mucho más desarrollada que en la Tierra. En tanto que nosotros apenas llegamos a sintetizar parcelas de las moléculas más simples de albúmina, allí saben sintetizar ya las formas superiores de la materia orgánica. Este es también el objetivo de nuestra bioquímica, pero, ¡cuán lejos estamos de él!
He de reconocer que lo que descubrimos en la nave cósmica fue para todos nosotros una gran sorpresa. El único que no dio la menor muestra de asombro fue Astakhov. Fue también el primero en hablar.
–¡Ah! –exclamó–. ¡Lo que yo había predicho! Recuerden lo que escribí hace un par de años... Las distancias entre las galaxias son infranqueables para el hombre. Ese viaje sólo puede ser realizado por una nave de mando automático. ¡Au-to-má-ti-co! Pero, ¿de qué tipo? ¿Máquinas electrónicas? ¡No, y no! Es demasiado difícil, casi imposible de realizar. ¡No! Es necesario el sistema más perfeccionado: un cerebro... Escribí eso hace dos años. Y algunos bioquímicos lo tildaron de fantástico. Escribí: para los viajes entre las galaxias se necesitan bio-autómatas, capaces de regenerar sus células...
Lo que decía Astakhov era verdad. Dos años antes había publicado un artículo exponiendo aquellas ideas. Y yo fui uno de los que las consideraron demasiado fantásticas. Sin embargo, los hechos le daban la razón. Había predicho, con notable anticipación, la síntesis de la materia cerebral, aquella forma superior de la materia.
Por regla general, los especialistas no prevén demasiado bien el futuro. Se acostumbran a las cosas en las cuales trabajan hoy. Piensan: hoy hay automóviles, por lo tanto, dentro de cien años habrá también automóviles, con la diferencia de que serán más rápidos. Hay aviones, por lo tanto habrá aviones, pero volarán más aprisa. Por desgracia, todas esas previsiones no sirven de mucho...
A veces, lo nuevo parece increíble, inverosímil, imposible. Y, sin embargo, nace. Heinrich Hertz, que fue el primero en estudiar las oscilaciones electromagnéticas, negaba en su época la posibilidad de desarrollar la telegrafía sin hilos. Y unos años más tarde, Popov inventó la radio.
No, yo no había creído en lo que escribió Astakhov. Para crear bio-autómatas, hay que resolver unos problemas sumamente complejos: sintetizar las formas superiores de la materia biológica; aprender a controlar los procesos bio-electrónicos; obligar a la materia viviente y a la materia inerte a trabajar conjuntamente... Todo eso me parecía demasiado fantástico. Pero lo nuevo, aunque creado por los hombres de otro planeta, hacía irrupción en nuestra vida, confirmando aquella gran verdad de que no pueden existir límites para el progreso de la ciencia. Nosotros no conocíamos la composición de la atmósfera en el interior del cilindro. Ignorábamos también cómo repercutiría en el cerebro artificial el paso a la atmósfera terrestre.
Cada uno de nosotros estaba clavado a su puesto, junto a los compresores, a los aparatos, a los balones de gas. Todo estaba preparado para modificar lo más rápidamente posible la composición de la atmósfera en la cámara hermética. Pero, apenas se abrió el cilindro, los aparatos señalaron que la atmósfera en el interior de la nave cósmica estaba compuesta de una quinta parte de oxígeno y de cuatro quintas partes de helio, en tanto que la presión era superior en una décima parte a la de la Tierra. El cerebro seguía palpitando; un poco más aprisa, quizás.
Los compresores aullaron, elevando la presión en la cámara. La primera fase de trabajo había sido completada con éxito.
Subí al despacho de Nikonov, arrastré un sillón hasta la ventana y levanté un visillo. Fuera, las luces de la ciudad iban encendiéndose, expulsando las tinieblas. Era la segunda noche, pero me parecía que sólo hacía unas horas que había llegado al Instituto.
De modo que la atmósfera del ingenio cósmico contenía un veinte por ciento de oxígeno, lo mismo que la atmósfera terrestre. ¿Era una casualidad? No. Con esa concentración, precisamente, la hemoglobina de la sangre se satura completamente de oxígeno. Por lo tanto, la nave cósmica tenía que incluir un sistema circulatorio. La muerte de una parte del cerebro acarrearía fatalmente la muerte del conjunto.
Me precipité hacia el sótano.
Al rememorar ahora nuestras tentativas para salvar el cerebro artificial, vuelvo a experimentar el sentimiento de impotencia y de amargura que nos invadió entonces.
¿Qué podíamos hacer?
Aquel cerebro creado por los hombres de otro planeta, estaba muriendo. Su parte inferior aparecía reseca y ennegrecida. Sólo en la parte superior quedaba un poco de materia palpitante. Cuando alguien se acercaba, las pulsaciones se hacían febriles, como si el cerebro pidiera ayuda.
Habíamos descubierto rápidamente cómo funcionaba el sistema que proporcionaba el oxígeno. Tal como había supuesto, aquella respiración se producía por medio del hema, una combinación química semejante a la hemoglobina. También habíamos comprendido fácilmente cómo funcionaban los otros dispositivos que alimentaban al cerebro y absorbían el gas carbónico.
Pero no podíamos evitar la muerte de las células del cerebro. En alguna parte, sobre un planeta desconocido, unos seres racionales habían sintetizado la materia cerebral, la más perfectamente organizada. Habían sabido enviar su cerebro artificial a las profundidades del Cosmos. Sin duda alguna, las células de aquel cerebro habían registrado múltiples secretos del Universo. Pero nosotros no podíamos enterarnos de ellos. El cerebro moría.
Utilizamos todos los medios de que disponíamos, desde los antibióticos hasta la intervención quirúrgica. Inútilmente.
En mi calidad de presidente del comité especial de la Academia de Ciencias, pregunté una vez más a mis colegas si habíamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance.
Nos encontrábamos en la pequeña sala de conferencias del Instituto. Estaba amaneciendo. Los sabios se habían sentado y permanecían silenciosos, rendidos de fatiga.
Nikonov se pasó la mano por el rostro y respondió con voz ronca:
–Todo.
Los otros asintieron.
Durante seis días, mientras vivieron las últimas células del cerebro, nos relevamos junto a él, sin interrumpir por un solo instante las observaciones. Resulta difícil enumerar todo lo que aprendimos. Pero lo más interesante fue el descubrimiento de la substancia utilizada para proteger los tejidos vivientes contra las radiaciones.
La nave cósmica tenía un casco relativamente delgado que los rayos cósmicos traspasaban con facilidad. Esta circunstancia nos impulsó, desde el primer momento, a buscar en las células del bio-autómata una substancia protectora. Y la encontramos. Una concentración ínfima de esa substancia sensibiliza al organismo contra las dosis más elevadas de radiaciones. En adelante, podríamos simplificar considerablemente la construcción de las naves cósmicas. Ya no sería necesario colocar los reactores atómicos detrás de pesadas pantallas protectoras, lo cual nos acercaba extraordinariamente a la era de las naves estelares atómicas.
El sistema de regeneración del oxígeno resultó también muy interesante. Durante años enteros, una colonia de algas desconocidas en la Tierra y que pesaban menos de un kilogramo habían absorbido regularmente el gas carbónico y desprendido el oxígeno que el cerebro necesitaba.
Hablo de los descubrimientos biológicos. Pero los realizados por los ingenieros serán todavía más importantes, sin duda. Tal como creía Astakhov, la nave cósmica llevaba un motor antigravitacional. No estoy en condiciones de entrar en detalles técnicos acerca de su construcción, pero puedo afirmar una cosa: los físicos tendrán que revisar a fondo sus conceptos sobre la naturaleza de la gravitación. La era de la técnica atómica dejará paso, probablemente, a la era de la técnica antigravitacional. Gracias a ella, los hombres controlarán energías y velocidades actualmente inconcebibles.
Los análisis nos revelaron que el casco de la nave estaba construido con una aleación de titanio y de berilio. Pero, a diferencia de las aleaciones ordinarias, estaba constituida por un solo cristal. Nuestros metales son, por así decirlo, una mezcla de cristales. Cada uno de los cristales, por separado, es sólido. Pero están unidos muy débilmente entre ellos. El metal del futuro estará formado por un solo cristal, muy sólido. Al modificar la red cristálica, será posible modificar sus propiedades ópticas, su resistencia, su conductibilidad.
Y, sin embargo, el descubrimiento más importante –hasta ahora no ha sido aún descifrado– se refiere al cerebro artificial de la nave cósmica. Los tres cables que colgaban del cilindro estaban conectados efectivamente con él por medio de un sistema bastante complicado. Gracias a ellos, durante seis días unos oscilógrafos muy sensibles pudieron registrar las corrientes del bio-autómata. No se parecían en nada a las biocorrientes del cerebro humano. Y pusieron de relieve toda la diferencia existente entre el cerebro artificial y un verdadero cerebro. En efecto, el cerebro de la nave cósmica no era más que una instalación cibernética en la cual unas células vivas desempeñaban el papel de lámparas. A pesar de toda su complejidad, era incomparablemente más simple, más especializado, por así decirlo, que el cerebro humano.
En seis días, se registraron millares de metros de oscilogramas. ¿Conseguiremos descifrarlos? ¿Qué nos revelarán? Tal vez la historia del viaje a través del Cosmos.
De momento, a propósito de esa piedra caída de las estrellas, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente. Sin embargo, llegará el día en que queden desvelados sus últimos secretos.
Y entonces, unos mensajeros terrestres, unas naves provistas de un motor antigravitacional, remontarán el vuelo hacia las inmensidades sin límites del Universo.
No serán conducidas por hombres. La vida humana es corta y el Universo infinito.
Serán conducidas por unos bio-autómatas. Las naves del futuro, después de millares de años de viaje, después de haber penetrado en las lejanas galaxias, regresarán a la Tierra, portadoras de la llama inextinguible del Saber.


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