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Creative Commons License Esta obra es publicada bajo una licencia Creative Commons. PELICULAS PELICULAS on line JUEGOS BEN 10 VIDEOS + DIVERTIDOS LA BELLA SUDAFRICA RINCONES DEL MUNDO COSMO ENLACES DIRECTORIO PLANETARIO CREPUSCULO CORTOS DE CINE SALIENDO DEL CINE SERIES Carro barato japon Cursos first certificate en bilbao
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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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sábado, 31 de julio de 2010

30 Días Tenía Septiembre --- Varios Autores

30 Días Tenía Septiembre

Contenido

Robert F. Young • Treinta Días Tenía Septiembre

Ray Bradbury • El Ruido del Trueno

Isaac Asimov • Multivac

Ray Bradbury • La Sirena

Robert Abernathy • El Año 2000

Algis Budrys • El Distante Rugir de los Motores

Treinta Días Tenía Septiembre

Robert F. Young

El letrero en el escaparate decía:

Maestra de Escuela en Venta
Baratísima;

Y en letras más pequeñas:

Puede cocinar, coser y sabe desenvolverse
en el hogar

Al verla, Danby pensó en pupitres, borradores y hojas de otoño; en libros, sueños y risas. El dueño de aquel pequeño almacén de segunda mano la había ataviado con un vestido de alegres colores y unas minúsculas sandalias rojas. Permanecía en una caja, colocada en posición vertical en el escaparate, igual que una muñeca de tamaño natural, esperando que alguien la volviese a la vida.

Danby intentó descender de la calle hacia el estacionamiento donde tenía su Baby Buick. Probablemente, Laura tenía ya una cena automatizada dispuesta en la mesa y se pondría furiosa si llegaba tarde. Sin embargo, continuó donde se hallaba, alto y delgado, con su juventud aún cercana, refugiada en sus pardos y ávidos ojos, mostrándose débilmente en la suavidad de sus mejillas.

Su inercia lo molestó. Había pasado mil veces junto al almacén en su camino desde el estacionamiento a la oficina y viceversa, pero aquella era la primera vez que se detuvo para mirar el escaparate.

Pero..., ¿no era ésta la primera vez que el escaparate exhibía algo que le interesara?

Danby intentó afrontar la pregunta. ¿Le interesaba una maestra de escuela? No mucho. Sin embargo, Laura precisaba de alguien que le ayudase en las faenas domésticas, mientras no pudieran hacer frente al gasto de una criada automática y Billy, sin duda, sacaría provecho de algunas lecciones particulares, además de la televisión, ahora que se aproximaban los exámenes más difíciles...

Su cabello lo hizo pensar en la luz del sol de septiembre, y su rostro en un día de septiembre. Una neblina otoñal lo envolvió y, de súbito, su inercia lo abandonó por completo y empezó a caminar, pero no en la dirección que antes pensó...

—¿Cuánto vale la maestra de escuela del escaparate? —preguntó.

Antigüedades de toda clase se hallaban esparcidas por el interior del almacén. El dueño era un hombre viejo y menudo, con espeso cabello blanco y ojos de color del pan de jengibre. También tenía aspecto de antigüedad.

—¿Le gusta, señor? Es muy hermosa —fulguró ante la pregunta de Danby.

Danby se sonrojó.

—¿Cuánto? —repitió.

—Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos, más cinco dólares por la caja.

Danby apenas podía creerlo. Ante la escasez de maestras, lo lógico sería que el precio aumentara y no disminuyera. Un año antes, cuando pensó comprar una maestra de tercer grado reconstruida para que ayudase a Billy en su trabajo teleescolar, el precio más bajo que pudo encontrar sobrepasó los cien dólares. Sin embargo, la habría comprado de no haberle disuadido Laura. Su mujer nunca fue a una verdadera escuela y no lo comprendía.

¡Pero cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¡Y también podía cocinar y coser! Seguro que Laura no tendría inconveniente...

No lo habría, desde luego, a menos que él le diese oportunidad.

—¿Está..., está en buen estado?

El rostro del dueño se oscureció.

—Ha sido completamente restaurada, señor. Nuevas baterías, nuevos motores. Sus cintas magnetofónicas pueden funcionar aún otros diez años y sus memorizadores, probablemente, durarán para siempre. Pase por aquí. La entraré y se la mostraré.

La caja estaba montada sobre ruedas, pero resultaba difícil de manejar. Danby ayudó al viejo a empujarla fuera del escaparate y dentro del almacén. Permanecieron junto a la puerta, donde la luz era más clara.

El viejo retrocedió admirativamente.

—Quizás soy anticuado —dijo—, pero aún creo que los telemaestros jamás podrán compararse con los de verdad. Usted fue a una verdadera escuela, ¿no es cierto, señor?

Danby efectuó un gesto afirmativo.

—Lo pensé. Es curioso que nunca deje de advertirse.

—Póngala en funcionamiento, por favor —rogó Danby.

El activador era un pequeño botón, oculto detrás del lóbulo de la oreja izquierda. El dueño buscó a tientas durante un momento antes de encontrarlo; luego se escuchó un pequeño «clic», seguido de un suave y casi inaudible ronroneo. Al punto, el rubor se insinuó en sus mejillas, el pecho comenzó a elevarse y descender, los azules ojos se abrieron...

Las uñas de Danby se clavaron en las palmas de sus manos.

—Hágala decir algo.

—Puede responder casi todo, señor —afirmó el viejo—. Palabras, escenas, situaciones... Si decide tomarla y no queda satisfecho, devuélvala y tendré sumo gusto en restituirle su dinero. —Se colocó frente a la caja—. ¿Cuál es su nombre? —preguntó a la maestra.

—Señorita Jones. —Su voz era una brisa de septiembre.

—¿Su ocupación?

—Soy maestra de cuarto grado, señor, pero puedo desempeñar además los grados primero, segundo, tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, y tengo amplia formación humanística. Soy también hábil en las tareas domésticas, buena cocinera y puedo efectuar trabajos sencillos, tales como coser botones, zurcir calcetines, remendar descosidos y rasgaduras en la ropa.

—Pusieron muchos alicientes a los últimos modelos —explicó el viejo a Danby—. Cuando al fin comprendieron que la teleeducación se implantaría, empezaron a hacer todo lo posible para derrotar a las compañías de cereales. Pero no lograron nada... Salga fuera de su caja, señorita Jones. Muéstrenos lo bien que sabe caminar.

Cruzó la pardusca habitación, con sus pequeñas sandalias rojas que centelleaban sobre el polvoriento suelo, con su vestido que era como un alegre chaparrón de colores. Permaneció en espera junto a la puerta.

A Danby se le hizo difícil hablar.

—Perfectamente —dijo por fin—. Póngala de nuevo en su caja; me la llevo.

—¿Algo para mí, papito? —gritó Billy—. ¿Algo para mí?

—Claro —confirmó Danby mientras empujaba la caja por el sendero de acceso para levantarla sobre el diminuto porche de entrada—. Y también para tu madre.

—Esperemos que valga la pena —cortó Laura, con los brazos cruzados en la puerta—. La cena está como una piedra.

—Puedes calentarla —repuso Danby—. ¡Mira, Billy!

Levantó la caja sobre el umbral, respirando con alguna dificultad, y la hizo entrar por el corto vestíbulo hasta la sala de estar. Ésta se hallaba invadida por un joven con chaqueta de color rosa que se había invitado a sí mismo a través de la pantalla de 120 pulgadas, desde donde se proclamaba ruidosamente la superioridad del nuevo Lincolnette 2061 convertible.

—¡Ten cuidado con la alfombra! —advirtió Laura.

—No te preocupes, no estropearé tu alfombra —aseguró Danby—. ¿Querría alguien, por favor, apagar la televisión para que tengamos un momento de tranquilidad?

—Yo la apagaré, papito. —Con sus zancadas de niño de nueve años, Billy cruzó la habitación y silenció al joven de la chaqueta rosa.

Danby hurgó en la cubierta de la caja, notando la respiración de Laura sobre la parte posterior de su cuello.

—¡Una maestra de escuela! —silbó la mujer con voz entrecortada al descubrir el contenido—. ¡Con todas las cosas que un hombre adulto podría traer al hogar para su esposa y apareces con esto!

—No es una maestra de escuela corriente —dijo Danby—. Puede cocinar, coser, puede... Puede hacerlo exactamente todo. Siempre andas lamentándote que necesitas una criada. Bien, ahora ya la tienes. Y Billy tiene alguien que lo ayude en sus telelecciones.

—¿Cuánto? —Danby se dio cuenta por primera vez de lo afilado que era el rostro de su esposa.

—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!

—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¿Estás loco? Estuve ahorrando para cambiar nuestro Baby Buick por un nuevo Cadillette y tú lo malgastas en una vieja y estropeada maestra de escuela. ¿Qué sabe de teleeducación? ¡Si está anticuada en cincuenta años!

—¡No quiero que me ayude en mis telelecciones! —gritó Billy, mirando hoscamente hacia la caja—. Mi telemaestro dice que esas viejas maestras de forma humana no servían para nada. ¡Y les pegaban a los niños!

—¡No es verdad! —repuso Danby—. Sé lo que digo porque fui a una verdadera escuela todo el tiempo hasta el octavo grado. —Se volvió hacia Laura—. ¡Funciona bien, no está anticuada y sabe más acerca de la auténtica educación de lo que jamás sabrán tus telemaestros! Puede coser, puede cocinar...

—¡Entonces dile que caliente nuestra cena!

—¡Lo haré!

Introdujo la mano en la caja, bajó el pequeño interruptor del activador y, cuando se abrieron los ojos azules, dijo:

—Venga conmigo, señorita Jones —y la condujo al interior de la cocina.

Quedó sumamente complacido de la forma como ella respondió a sus instrucciones. La cena fue retirada de la mesa en un santiamén y puesta de nuevo en un abrir y cerrar de ojos, caliente, humeante y deliciosa.

Se ablandó Laura.

—Bien...

—¡Claro que bien! —exclamó Danby—. Dije que podía cocinar, ¿no es cierto? Ahora ya no tendrás que quejarte de interruptores trabados, de uñas rotas, de...

—Está bien, George. No insistas.

Su rostro había vuelto a la normalidad, si bien aún parecía un poco afilado, pero ello habitualmente formaba parte de su atractivo, al igual que sus oscuros y cariñosos ojos y su boca de forma tan exquisita. Acababa de hacerse reforzar los pechos de nuevo y, en verdad, tenía un aspecto formidable con su nuevo negligé oro y escarlata. Puso un dedo bajo la barbilla de ella y la besó.

—Bueno, comamos —dijo.

Por alguna razón se había olvidado de Billy. Desde la mesa, vio a su hijo en el umbral de la puerta, mirando fija y tristemente a la señorita Jones, ocupada en preparar el café.

—¡No me pegará! —afirmó Billy, sosteniendo la mirada de su padre.

Danby rió. Se sentía mejor, ahora que la mitad de la batalla estaba ganada. La otra mitad podía ser atendida más tarde.

—Por supuesto que no va a pegarte —aseguró—. Ahora ven y sírvete la cena como un niño bueno.

—Sí —asintió Laura—, y date prisa. Dan Romeo y Julieta en «La Hora del Oeste» y no quiero perdérmela.

Billy cedió.

—Bueno, está bien —dijo.

Sin embargo, evitó a la señorita Jones mientras entraba en la cocina y ocupaba su asiento en la mesa.

Romeo Montesco lió un cigarrillo con hábiles dedos, lo puso entre sus labios oscurecidos por el sombrero de ala ancha y lo encendió con un fósforo de cocina. Después condujo a su lustroso caballo hacia la ladera iluminada por la luna en dirección al rancho de los Capuletos.

—Me conviene mostrarme prudente —soliloquió—. Los altivos Capuletos, pastores y enemigos hereditarios de mi familia, descendiente de nobles ganaderos, me abatirán de un disparo sin contemplaciones, de presentarse la oportunidad. Pero esa muchacha que encontré esta noche en el calvero bien merece el riesgo.

Danby frunció el entrecejo. Nada tenía en contra de las readaptaciones de los clásicos, pero a su entender, quienes las escribían, se extralimitaban con sus eternos conflictos entre ganaderos y ovejeros. Con todo, Laura y Billy no parecían hacer el menor caso. Inclinados hacia adelante en sus sillones especiales, miraban fija y extasiadamente la pantalla de 120 pulgadas. Tal vez los especialistas que escribían las obras tenían razón.

Hasta la señorita Jones parecía interesada..., pero eso resultaba imposible, recordó Danby. No podía estar interesada. Nada significaba el hecho que sus ojos azules estuviesen enfocados sobre la pantalla; lo único que hacía realmente era estar sentada allí, consumiendo sus baterías. Debería haber seguido el consejo de Laura y desconectarla...

El caso es que no tuvieron corazón para hacerlo. Era una crueldad privarla de la vida, aun temporalmente.

Danby experimentó una sensación de ridículo. Se movió irritado en su sillón al darse cuenta que había perdido el hilo de la obra. Cuando lo recuperó, Romeo había escalado el muro del rancho Capuleto y, tras deslizarse a través del huerto, se hallaba en un florido jardín.

Julieta Capuleto salió al balcón cruzando un par de antiguas puertas francesas. Llevaba un traje blanco de vaquera —o de ovejera—, con una falda de la longitud del muslo, y un sombrero de ala ancha coronaba sus abundantes y descoloridos cabellos rubios. Se asomó a la baranda del balcón y escrutó el interior del jardín.

—¿Dónde estás, Romeo? —dijo, arrastrando las palabras.

—¡Esto es ridículo! —exclamó bruscamente la señorita Jones—. ¡Las palabras, los trajes, la acción, el lugar..., todo es incorrecto!

Danby quedó atónito. Recordó entonces lo que el dueño del baratillo había dicho acerca de su respuesta a escenas y situaciones tanto como a palabras. En realidad, había entendido que el viejo se refería a las escenas y situaciones inherentes a sus obligaciones como maestra, no todas las escenas y situaciones.

Una molesta prevención cruzó por la mente de Danby. Advirtió que tanto Laura como Billy se habían apartado de su alimento visual y observaban a la señorita Jones con ojos incrédulos. El momento era crítico.

Se aclaró la garganta.

—La obra no es realmente «incorrecta», señorita Jones —explicó—. Sólo ha sido escrita de nuevo. ¿No lo comprende? Nadie le prestaría atención en su estado original. Sin público, sin patrocinadores, ¿cuál sería su sentido?

—¿Pero tenían que convertirla en un western?

Danby miró con aprensión a su esposa. La incredulidad había sido reemplazada por un furioso resentimiento. Con precipitación se volvió hacia la señorita Jones.

—Los westerns están ahora de moda, señorita Jones —explicó—. Es una especie de renacimiento de los primeros días de la televisión. Como gustan a la gente, los patrocinadores los auspician y los escritores buscan nuevo material para ellos.

—¡Pero vestir a Julieta con traje de vaquera! Está por debajo del nivel de los espectáculos más ínfimos.

—George, ya basta —la voz de Laura era glacial—. Te dije que estaba cincuenta años anticuada. ¡O la desconectas o me voy a dormir!

Danby suspiró y se puso en pie. Se sintió avergonzado al aproximarse a la señorita Jones y buscar a tientas el pequeño botón detrás de su oreja izquierda. Ella le observó con sosiego, con sus manos reposando inmóviles sobre su regazo, su respiración yendo y viniendo rítmicamente a través de sus sintéticas fosas nasales.

Fue como cometer un asesinato. Danby se estremeció mientras regresaba a su sillón.

—¡Tú y tus maestras de escuela! —le reprochó Laura.

—¡Cállate! —cortó Danby.

Miró la pantalla e intentó interesarse por la emisión. No lo consiguió. El siguiente programa presentó una historia policíaca titulada Macbeth. Tampoco le agradó. Echó una mirada subrepticia a la señorita Jones. Su pecho estaba ahora inmóvil, sus ojos cerrados. La estancia parecía horriblemente vacía.

Al final no pudo soportarlo más. Se levantó.

—Voy a dar un paseo en coche —informó a Laura, y salió.

Hizo salir al Baby Buick fuera de la pequeña calzada para coches y se dirigió por la calle suburbana en dirección a la avenida, mientras se preguntaba una y otra vez por qué una antigua maestra de escuela lo había afectado de esta manera. No se trataba simplemente de nostalgia, aunque algo también había en sus sentimientos: nostalgia de septiembre, de la escuela, de la entrada a clases en las mañanas de septiembre, de ver como la maestra salía del pequeño cuarto junto a la pizarra al sonar la campana y decía: «Buenos días, niños. ¿No es un hermoso día para estudiar?»

Pero nunca le gustó la escuela más que a los otros chicos. Septiembre tenía aún importancia para él por algo más que los libros y los sueños de otoño. Era algo que perdió en alguna parte a lo largo de su vida, algo indefinible, intangible, algo que ahora necesitaba con desesperación...

Danby hizo girar el Baby Buick avenida abajo, virando entre los fugaces automóviles. Al dar vuelta para entrar en la calle lateral que conducía a Friendly Fred’s, vio un nuevo puesto en la esquina con un gran letrero que rezaba:

¡HOT DOGS GIGANTES A LAS BRASAS!

¡Pruebe un auténtico hot dog a la parrilla!
¡Próxima apertura!

Pasó de largo y entró en el estacionamiento cercano a Friendly Fred’s. Salió del coche hacia la noche estrellada de primavera y se acercó al local. Pese a hallarse atestado, se las arregló para encontrar un compartimiento vacío. Introdujo una moneda de 25 centavos en el distribuidor y marcó una cerveza.

La sorbió pensativamente en su vaso de papel parafinado. El compartimiento estaba mal ventilado y olía a su último ocupante, un bebedor de vino, supuso Danby. Pensó en los viejos tiempos, cuando el aislamiento en los bares era desconocido y había que permanecer mezclado con los restantes clientes con el desagradable resultado que cada uno sabía lo que los demás bebían y el grado de borrachera que alcanzaban. Su pensamiento volvió luego a la señorita Jones.

Una pequeña pantalla de televisión sobre el distribuidor de bebidas anunciaba: ¿Tiene problemas? Sintonice a Friendly Fred, que escuchará sus penas (sólo 25 centavos por tres minutos). Danby deslizó una moneda de un cuarto de dólar en la ranura correspondiente. Se escuchó un chasquido y la moneda repiqueteó en el recipiente de devoluciones, al mismo tiempo que la voz grabada de Friendly Fred decía:

—Ocupado en este momento, compañero. Estaré con usted dentro de un minuto.

Después de un minuto y otra cerveza, Danby efectuó un nuevo intento. Esta vez, la pantalla se iluminó y el rostro de Friendly Fred adquirió progresiva nitidez.

—Hola, George. ¿Cómo va?

—No demasiado mal, Fred. No demasiado mal.

—Podría ser mejor, ¿eh?

Danby hizo un gesto afirmativo con la cabeza:

—Lo adivinó, Fred. Lo adivinó. —Miró al pequeño mostrador con su solitaria cerveza—. Yo... compré una maestra de escuela —confesó.

¡Una maestra de escuela!

—Admito que es extraño, pero pensé que quizás el niño necesitaría un poco de ayuda en sus lecciones..., los exámenes más difíciles llegarán pronto y ya sabe como se sienten los niños cuando no envían las respuestas correctas y no pueden ganar un premio. Y luego creí..., es una maestra de escuela especial, ¿comprende, Fred?..., pensé que ayudaría a Laura en las faenas de la casa. Cosas como ésas...

Su voz se apagó poco a poco mientras levantaba su vista hacia la pantalla. Friendly Fred movía su amistoso rostro con solemnidad. Sus carrillos temblaron ligeramente.

—George, escúcheme. Deshágase de esa maestra. ¿Me oye, George? Deshágase de ella. Esas maestras androides son tan perjudiciales como las auténticas..., las de carne y hueso, quiero decir. ¿Sabe por qué, George? No lo creerá, pero yo lo sé. Acostumbraban pegar a los niños. Es cierto, les pegan... —Se oyó un zumbido y la pantalla se hizo borrosa—. Ha terminado el tiempo, George. ¿Desea el importe de otro cuarto de dólar?

—No, gracias —repuso Danby. Acabó su cerveza y se marchó.

¿Odiaban todos realmente a las maestras de escuela? Y si era así, ¿por qué no odiaban todos también a los telemaestros?

Danby consideró esta paradoja durante todo el día siguiente, en el trabajo. Cincuenta años atrás pareció que los maestros androides iban a resolver el problema educativo tan eficazmente como la reducción de tamaño y precio de los automóviles había resuelto el problema económico. Con el cambio de siglo, no obstante, aunque los androides remediaron el déficit de maestros, sólo lograron poner en relieve el otro aspecto del problema, el déficit de escuelas. ¿Para qué servía disponer de suficientes maestros cuando no existía el número de aulas indispensable para la enseñanza? ¿Cómo se hallaría el dinero para construir nuevas escuelas, cuando el país tenía la necesidad constante de más nuevas y mejores autopistas?

Era absurdo decretar que la construcción de escuelas públicas debería tener prioridad sobre la de carreteras ya que, de descuidarse éstas, automáticamente disminuía la tendencia del ciudadano medio a comprar nuevos automóviles, debilitando de este modo la economía y precipitando una depresión. Esto hacía la construcción de nuevas escuelas algo más difícil de lo que era antes.

Aceptado esto, había que descubrirse ante las compañías de cereales. Al introducir los telemaestros y la teleeducación, habían salvado la situación. Un simple maestro en una habitación, con una pizarra a un lado y una pantalla de cine al otro, era capaz de impartir clases a cincuenta millones de alumnos. Si alguno de ellos se sentía molesto por el sistema de enseñanza, no tenía más que cambiar de canal para sintonizar otro de los programas teleeducativos patrocinados por las numerosas compañías de cereales. (Por supuesto, era responsabilidad de los padres del alumno que éste no se saltase las clases o sintonizara el grado siguiente antes de aprobar los exámenes correspondientes.)

Pero la mejor característica de tan ingenioso sistema era el feliz hecho que las compañías de cereales sufragaban todos los gastos, dispensando de este modo al contribuyente de una de sus más onerosas obligaciones y dejando sus bolsillos más preparado para afrontar los impuestos sobre las ventas, impuestos de gasolina, peajes y pagos de automóvil. Y todo lo que las compañías de cereales pedían, a cambio de este admirable servicio público, era que los alumnos —y, preferiblemente, también los padres— consumiesen sus productos.

Por lo tanto, no existía tal paradoja después de todo. Una maestra de escuela era un anatema, porque simbolizaba gasto; una telemaestra era una respetable servidora pública, porque simbolizaba una gran concentración económica. Aunque la diferencia, Danby la sabía, iba mucho más allá.

El odio hacia las maestras de escuela era en parte atávico a consecuencia de las campañas de propaganda que las compañías de cereales lanzaron al poner su idea en práctica. Eran responsables del mito, ampliamente difundido, que las maestras androides pegaban a sus alumnos y con frecuencia reactualizado en precisión por si alguien lo dudase aún.

La cuestión radicaba en que la mayor parte de los ciudadanos eran teleeducados y, por lo tanto, no conocían la verdad. Danby era una excepción. Nació en una pequeña ciudad cuya localización montañosa hizo imposible la recepción de la televisión; antes que su familia emigrase asistió a una verdadera escuela. Por eso sabía que las maestras de escuela no pegaban a sus alumnos.

A menos que Androides Inc. hubiera distribuido por error uno o dos modelos deficientes. Y eso no era probable. Androides Inc. era una sociedad muy eficiente. Crearon excelentes mozos de estación de servicio, sin contar la reconocida calidad de sus taquígrafas, camareras y criadas.

Naturalmente, no estaban al alcance del negociante medio ni del padre de familia tipo... Pero, ¿no constituía todo eso una razón de más por la que Laura debería sentirse satisfecha con una sirvienta eficiente?

Pero no se sentía satisfecha. Cuando Danby llegó a casa aquella noche y la miró al rostro supo, sin asomo de dudas, que no se sentía satisfecha.

Jamás había visto sus mejillas tan contraídas, sus labios tan delgados.

—¿Dónde está la señorita Jones? —preguntó.

—En su caja —respondió Laura—. ¡Y mañana por la mañana la devolverás a quien la compraste y harás que te restituyan nuestros cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!

—¡No me pegará otra vez! —gritó Billy, sentado en cuclillas frente a la pantalla del televisor.

Danby palideció.

—¿Le pegó?

—Bueno, no exactamente —dijo Laura.

—¿Lo hizo o no lo hizo? —insistió Danby.

—¡Explícale lo que dijo de mi telemaestra! —gritó Billy.

—Dijo que la maestra de Billy no estaba capacitada para enseñar ni a caballos.

—¡Y cuéntale lo que dijo de Héctor y Aquiles!

—Dijo que era una vergüenza sacar un melodrama de vaqueros e indios de una obra clásica como la Ilíada y llamarlo educación.

La historia salió gradualmente. La señorita Jones mostró, al parecer, una gran inquietud intelectual desde el mismo momento en que Laura la conectó por la mañana. Según la señorita Jones, todo en la casa de Danby era malo, desde los programas de teleeducación que Billy miraba en el pequeño televisor rojo de su habitación, y los programas matutinos y vespertinos que Laura contemplaba en el gran televisor de la sala de estar, hasta el diseño del papel para las paredes del vestíbulo (pequeños cadilletes rojos, retozando a lo largo de entrelazadas cintas de carretera), la ventana en forma de parabrisas de la cocina y la escasez de libros.

—¿Te das cuenta? —dijo Laura—. ¡Cree que aún se editan libros!

—Todo lo que deseo saber —manifestó Danby—, es si le pegó.

—Te lo estoy explicando...

Alrededor de las tres, la señorita Jones quitaba el polvo en el cuarto de Billy, que miraba obedientemente sus lecciones, sentado en su pequeño pupitre, absorto en los esfuerzos de los vaqueros por conquistar el poblado indio de Troya. De repente, la señorita Jones cruzó la habitación como una loca, enunció sacrílegos comentarios acerca de la alteración de la Ilíada, y apagó el aparato justamente en medio de la clase. Entonces fue cuando Billy comenzó a gritar; al irrumpir Laura en la habitación, encontró a la señorita Jones asiendo su brazo con una mano y levantando la otra para dar el golpe.

—Llegué a tiempo —concluyó Laura—. No sabes lo que pudo haber hecho. ¡Pudo haberlo matado!

—Lo dudo —cortó Danby—. ¿Qué sucedió luego?

—Tomé a Billy para apartarlo de ella y le ordené que se retirase a su caja. Después cerré la tapa. ¡Y te juro, George Danby, que permanecerá cerrada! ¡Mañana por la mañana la devolverás, si quieres que Billy y yo continuemos viviendo en esta casa!

Danby se sintió mal toda la noche. Apenas probó la cena y languideció durante «La Hora del Oeste», echando vistazos fugaces, cuando Laura no lo miraba, hacia la caja que permanecía silenciosa junto a la puerta. La heroína de «La Hora del Oeste» era una bailarina, una rubia que medía 98-60-95, llamada Antígona. Por lo visto, sus dos hermanos se habían matado el uno al otro en un tiroteo y el sheriff del lugar, un personaje llamado Creón, sólo permitió a uno de ellos un entierro decente en Boot Hill, insistiendo de modo ilógico en que el otro fuese abandonado en el desierto como pasto para buitres. Antígona mantenía otro punto de vista ante su hermana Ismenia; si un hermano merecía una tumba respetable, el otro también. Antígona iba a remediar esta situación. ¿Querría Ismenia ayudarla? Pero Ismenia era cobarde, por lo que Antígona decidió solucionar el problema por sí misma. Luego, un viejo explorador llamado Tiresias se dirigía hacia el pueblo y...

Danby se levantó sin ruido, se deslizó al interior de la cocina, y salió por la puerta de la cocina. Subió al automóvil y condujo hacia la avenida, con todas las ventanillas abiertas y el aire cálido golpeando su rostro.

El puesto de hot dogs de la esquina estaba casi concluido. Le echó una perezosa ojeada mientras giraba por la calle lateral. Había cierto número de compartimientos vacíos en Friendly Fred’s y escogió uno al azar. Tomó varias cervezas, de pie en el pequeño mostrador solitario, y pensó durante largo rato. Seguro que su esposa e hijo se habían ido a dormir, volvió a su hogar, abrió la caja de la señorita Jones, y la conectó.

—¿Iba a pegar a Billy esta tarde? —preguntó.

Los ojos azules lo miraron con firmeza, mientras las pestañas temblaban a rítmicos intervalos y las pupilas se ajustaban gradualmente a la lámpara de la sala de estar, que Laura dejó encendida.

—Soy incapaz de golpear a un ser humano, señor. Creo que la cláusula está en mi garantía.

—Me temo que su garantía caducó hace algún tiempo, señorita Jones —repuso Danby. Su voz era espesa y sus palabras se confundían—. Pero no importa. Le tomó del brazo de todas formas, ¿no es cierto?

—Tuve que hacerlo, señor.

Danby frunció el entrecejo. Volvió a la sala de estar, caminando como si sus piernas fuesen de goma.

—Venga y siéntese. Explíquemelo todo, señ... señorita Jones —dijo.

La vio salir desde su caja y cruzar la habitación. Había algo extraño en su modo de andar. Su paso ya no era ligero, su cuerpo ya no parecía delicadamente equilibrado. Con sobresalto, se dio cuenta que cojeaba.

Se sentó en el canapé y se acomodó junto a ella.

—Le pegó patadas, ¿verdad? —inquirió.

—Sí, señor. Tuve que retenerle o hubiera continuado.

Una luz rojiza llenó la estancia. Luego, sutilmente, ésta se disipó ante la naciente comprensión que en sus manos se hallaba el arma psicológica con la cual podría reprimir en lo sucesivo toda objeción a la señorita Jones.

—Lo siento mucho, señorita Jones. Me temo que Billy es demasiado agresivo.

—Lo extraño sería lo contrario, señor. Quedé horrorizada hoy cuando supe que esos horribles programas constituyen todo su alimento educativo. Su telemaestro es poco más que un viajante encargado de vender la particular marca de copos de maíz de su compañía. Comprendo ahora por qué sus escritores han de volver a los clásicos para conseguir ideas. Su facultad creadora fue sofocada por los tópicos, ya desde su etapa embrionaria.

Danby estaba encantado. Jamás había oído a nadie hablar de ese modo hasta entonces. No eran las palabras. Era la manera con que las decía, la convicción que mostraba su voz, pese a tratarse de un altavoz hábilmente construido, conectado a unas cintas magnetofónicas, conectadas a su vez a inimaginablemente intrincados memorizadores.

Sentado allí junto a ella, viendo moverse sus labios, descender sus pestañas, siempre tan suavemente sobre aquellos ojos tan azules, era como si septiembre hubiese entrado a la habitación. De súbito, un sentimiento de paz lo envolvió. Los dulces y suaves días de septiembre desfilaron otra vez ante su mirada, y comprendió porqué eran distintos a los demás días. Eran diferentes porque tenían profundidad, belleza y quietud; porque sus cielos azules contenían promesas de días más dulces y suaves por venir...

Eran diferentes porque tenían significado...

Aquel momento se hacía grato de modo tan intenso que Danby deseó que jamás terminase. El simple hecho de pensar en ello le torturaba con insoportable agonía e, instintivamente, efectuó el único gesto físico a su alcance para prolongarlo.

Pasó un brazo alrededor de los hombros de la señorita Jones.

Ella no se movió. Seguía allí sosegadamente, con su pecho que se alzaba y descendía a intervalos regulares, sus largas pestañas que se movían hacia abajo de vez en cuando como oscuros y apacibles pájaros aleteando sobre azules y límpidas aguas...

—El programa que vimos la noche pasada —dijo Danby—. Romeo y Julieta. ¿Por qué no le gustó?

—Era más bien horrible, señor. Una parodia barata y despreciable, la belleza de los versos corrompida y oscurecida...

—¿Conoce usted los versos?

—Algunos de ellos.

—Dígalos, por favor.

—Sí, señor. Al terminar la escena del balcón, cuando los dos enamorados están despidiéndose, dice Julieta: ¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana. Y contesta Romeo: ¡El sueño more sobre tus ojos, la paz en tu pecho! ¡Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan dulces para descansar! ¿Por qué omitieron eso, señor? ¿Por qué?

—Porque estamos viviendo en un mundo despreciable —dijo Danby, sorprendido ante su súbita percepción—, y en un mundo despreciable las cosas preciosas son inútiles. Dig... diga los versos de nuevo, por favor, señorita Jones.

¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana...

—Déjeme terminar —Danby se concentró—. El sueño more sobre tus ojos, la paz...

... en tu pecho...

Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan...

... dulces...

¡... tan dulces para descansar!

Bruscamente la señorita Jones se puso en pie.

—Buenas noches, señora —dijo.

Danby no se molestó en levantarse. No habría servido de nada. De cualquier modo, podía ver bastante bien a Laura desde donde se hallaba. Su mujer, que permanecía en el umbral de la sala de estar con su nuevo pijama «Cadillete» y sus pies desnudos silenciosos en su subrepticio descenso de la escalera. Los automóviles bidimensionales que adornaban el pijama eran de un vivo bermellón y parecían correr sobre su cuerpo yaciente, rampando por encima de sus pechos, su vientre y sus piernas...

Vio su afilado rostro y sus fríos y despiadados ojos y supo que serían inútiles las explicaciones, que no comprendería, no podría comprender. Y descubrió con súbita y horrible claridad que en el mundo en que vivía, septiembre estuvo muerto durante décadas, y se vio a sí mismo cargando la caja por la mañana en el Baby Buick y descendiendo las relucientes calles de la ciudad en dirección al pequeño almacén de objetos para pedir al dueño que le devolviese su dinero. Miró a la señorita Jones permaneciendo incongruentemente en la poco acogedora sala de estar y la oyó decir, una y otra vez, como un disco rayado:

—¿Algo está mal, señora? ¿Algo está mal?

Transcurrieron varias semanas antes que Danby se sintiese lo suficientemente bien para volver a Friendly Fred’s en busca de una cerveza. Para entonces, Laura había empezado a hablarle otra vez y el mundo, aun cuando no fuera el mismo de antes, recuperó algunos de sus aspectos anteriores. Hizo salir al Baby Buick de la pequeña calzada y se introdujo calle abajo en el multicolor tráfico de la avenida. Era una clara noche de junio y las estrellas aparecían como puntas de alfileres de cristal sobre el fuego fluorescente de la ciudad. El puesto de hot dogs de la esquina estaba terminado y abierto al público. Varios clientes junto al resplandeciente mostrador cromado miraban como una camarera estaba dando vueltas unos panecillos de Viena sobre una también cromada parrilla. Había algo familiar en el alegre centelleo de su vestido, el modo en que se movía, la forma en que el suave nacimiento de su cabello enmarcaba su dulce rostro... El nuevo propietario se apoyaba sobre el mostrador a cierta distancia, charlando con un cliente.

Había una tensión en el pecho de Danby mientras estacionaba el Baby Buick, salía y se encaminaba a través del batiente de hormigón hacia el mostrador...; una tensión en su pecho y un constante latido en sus sienes.

Había llegado a la parte del mostrador donde se hallaba el propietario y, cuando iba a inclinarse para abofetear su presumido y grueso rostro, vio un pequeño letrero de cartón apoyado contra un tarro de mostaza, letrero que decía:

Se necesita mozo...

Un puesto de hot dogs estaba muy lejos de ser un aula de septiembre, y una maestra distribuyendo hot dogs jamás se podría comparar con una maestra dispensadora de sueños. Pero cuando se necesitaba algo con urgencia había que tomarlo sea como fuese y dar, además, las gracias...

—Podría trabajar por las noches —dijo Danby al propietario—. Es decir, desde las seis hasta las doce...

—Sería estupendo —manifestó el propietario—. Aunque me temo que no podré pagarle mucho al principio. Comprenda, acabo de empezar y...

—No importa —replicó Danby—. ¿Cuando empiezo?

—Cuanto antes mejor.

Danby se acercó hasta donde una parte del mostrador se levantaba sobre ocultos goznes, entró en el interior y se quitó la chaqueta. Si a Laura no le gustaba la idea, podía irse al infierno, pero sabía que no le importaría, porque el dinero adicional que ganase haría realidad el sueño de su mujer, el Cadillete.

Se puso el delantal que le entregó el propietario y se unió a la señorita Jones frente a la parrilla.

—Buenas noches, señorita Jones —dijo.

Ella volvió la cabeza y sus ojos azules parecieron iluminarse y su cabello era como el sol surgiendo en una brumosa mañana de septiembre.

—Buenas noches, señor —respondió, y un aire de septiembre se levantó en la noche de junio y sopló a través del puesto y fue como volver a la escuela otra vez, después de un interminable y vacío verano.

El Ruido del Trueno

Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

Safari en el Tiempo, S. A.

Safaris a cualquier año del pasado.

Usted elige el animal.

Nosotros lo llevamos allí,

usted lo mata.

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

—¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

—No garantizamos nada —dijo el oficial—, excepto los dinosaurios. —Se volvió—. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios del pergamino, todas las horas apiladas en llamas.

El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán; todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte en verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

—¡Infierno y condenación! —murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado—. Una verdadera máquina del tiempo. —Sacudió la cabeza—. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.

—Sí —dijo el hombre detrás del escritorio—. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antiintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...

Eckels terminó la frase:

—Matar mi dinosaurio.

—Un Tyrannosaurus rex. El Lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.

Eckels enrojeció, enojado.

—¡Trata de asustarme!

—Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.

—Buena suerte —dijo el hombre detrás del mostrador—. El señor Travis está a su disposición.

Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055. 2019. ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió.

Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores.

Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en la Máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

—¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? —se oyó decir a Eckels.

—Si da usted en el sitio preciso —dijo Travis por la radio del casco—. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a estos, y tendremos más probabilidades. Aciértele con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

La Máquina aulló. El tiempo era un película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

—Dios santo —dijo Eckels—. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.

El sol se detuvo en el cielo.

La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

—Cristo no ha nacido aún —dijo Travis—. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.

Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

—Eso —señaló el señor Travis— es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

—Y eso —dijo— es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

—¿Por qué? —preguntó Eckels.

Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

—No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pequeño pájaro, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

—No me parece muy claro —dijo Eckels.

—Muy bien —continuó Travis—, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?

—Entiendo.

—¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡mil millones de posibles ratones!

—Bueno, ¿y eso qué? —inquirió Eckels.

—¿Eso qué? —gruñó suavemente Travis—. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos miles de millones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, mil millones de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se levante nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!

—Ya veo —dijo Eckels—. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

—Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, debemos tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

—¿Cómo sabemos que animales podemos matar?

—Están marcados con pintura roja —dijo Travis—. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.

—¿Para estudiarlos?

—Exactamente —dijo Travis—. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende que cuidadosos somos?

—Pero si ustedes vinieron esta mañana —dijo Eckels ansiosamente—, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?

Travis y Lesperance se miraron.

—Eso hubiese sido una paradoja —habló Lesperance—. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un aeroplano que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

Eckels sonrió débilmente.

—Dejemos esto —dijo Travis con brusquedad—. ¡Todos de pie!

Se prepararon a dejar la Máquina.

La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

—¡No haga eso! —dijo Travis—. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...

Eckels enrojeció.

—¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?

Lesperance miró su reloj de pulsera.

—Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

Se adelantaron en el viento de la mañana.

—Qué raro —murmuró Eckels—. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

—¡Levanten el seguro, todos! —ordenó Travis—. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.

—He cazado tigres, jabalís, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza —comentó Eckels—. Tiemblo como un niño.

—Ah —dijo Travis.

Todos se detuvieron.

Travis alzó una mano.

—Ahí delante —susurró—. En la niebla. Ahí está. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros.

De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

Silencio.

El ruido de un trueno.

De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.

—Jesucristo —murmuró Eckels.

—¡Chist!

Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigosamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

—¡Dios mío! —Eckels torció la boca—. Puede incorporarse y alcanzar la luna.

—¡Chist! —Travis sacudió bruscamente la cabeza—. Todavía no nos vio.

—No es posible matarlo. —Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido—. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

—¡Cállese! —siseó Travis.

—Una pesadilla.

—Dé media vuelta —ordenó Travis—. Vaya tranquilamente hasta la Máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.

—No imaginé que sería tan grande —dijo Eckels—. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

—¡Nos vio!

—¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.

—Sáquenme de aquí —pidió Eckels—. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

—No corra —dijo Lesperance—. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.

—Sí.

Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

—¡Eckels!

Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.

—¡Por ahí no!

El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.

Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.

Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

El trueno se apagó.

La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.

Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, maldecían continuamente.

En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.

Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.

—Límpiense.

Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren todas las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

—Ahí está —Lesperance miró su reloj—. Justo a tiempo. Ése es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal. —Miró a los dos cazadores—. ¿Quieren la fotografía trofeo?

—¿Qué?

—No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.

Caminaron a lo largo del Sendero de Metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez al monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

—Lo siento —dijo al fin.

—¡Levántese! —gritó Travis.

Eckels se levantó.

—¡Vaya por ese sendero, solo! —agregó Travis, apuntando con el rifle—. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!

Lesperance tomó a Travis por el brazo.

—Espera...

—¡No te metas en esto! —Travis se sacudió apartando la mano—. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablos, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

—Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.

—¿Cómo podemos saberlo? —gritó Travis—. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

Eckels buscó en su chaqueta.

—Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!

Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.

—Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.

—¡Eso no tiene sentido!

—El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!

La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

—No había por qué obligarlo a eso —dijo Lesperance.

—¿No? Es demasiado pronto para saberlo. —Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil—. Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. —Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance—. Enciende. Volvamos a casa.

1492. 1776. 1812.

Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.

—No me mire —gritó Eckels—. No hice nada.

—¿Quién puede decirlo?

—Salí del Sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?

—Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.

—Soy inocente. ¡No he hecho nada!

1999. 2000. 2055.

La máquina se detuvo.

—Afuera —dijo Travis.

El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.

Travis miró alrededor con rapidez.

—¿Todo bien aquí? —estalló.

—Muy bien. ¡Bien venidos!

Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

—Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

Eckels no se movió.

—¿No me ha oído? —dijo Travis—. ¿Qué mira?

Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel raro elemento con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...

Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

De algún modo el anuncio había cambiado.

sefari en el tiempo. s. a.

sefaris a kualkier año del pasado.

usté nombra el animal.

nosotros lo llebamos ayí.

usté lo mata.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

—No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!

Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.

—¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! —gritó Eckels.

Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre sí misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

—¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?

El hombre detrás del mostrador se rió.

—¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! —El oficial calló—. ¿Qué pasa?

Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

—¿No podríamos —se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina—, no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?

No se movió. Con los ojos cerrados, esperó, estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

El ruido de un trueno.

Multivac

Isaac Asimov

El mayor complejo industrial de la Tierra se centraba en torno a Multivac... Multivac, la gigantesca computadora que había ido creciendo en el transcurso de medio siglo, hasta que sus diversas ramificaciones se extendieron por todo Washington, D. C., y sus subur­bios, alcanzando con sus tentáculos todas las ciudades y poblaciones de la Tierra.

Un ejército de servidores le suministraba constantemente datos, y otro ejército relacionaba e interpretaba sus respuestas. Un cuerpo de ingenieros recorría su interior, mientras multitud de minas y fábricas se dedicaban a mantener llenos los depósitos de piezas de recambio, procurando que nada faltase a la monstruosa máquina.

Multivac dirigía la economía del planeta y ayudaba al progreso científico. Mas por encima de esto, constituía la cámara de compen­sación central donde se almacenaban todos los datos conocidos acerca de cada habitante de la Tierra.

Y todos los días formaba parte de los innumerables deberes de Multivac pasar revista a los cuatro mil millones de expedientes (uno para cada habitante de la Tierra) que llenaban sus entrañas y extrapolarlos para un día más. Todas las Secciones de Correcciones de la Tierra recibían los datos apropiados para su propia jurisdicción, y la totalidad de ellos se presentaba en un grueso volumen al Departamento Central de Correcciones de Washington, D. C.

Bernard Gulliman se hallaba en su cuarta semana de servicio al frente del Departamento Central de Correcciones, para el cual ha­bía sido nombrado presidente por un año, y ya se había acostumbrado a recibir el informe matinal sin asustarse demasiado. Como siempre, constituía un montón de cuartillas de más de quince centí­metros de grueso. Como ya sabía, no se lo traían para que lo leyese todo (era una empresa superior a sus fuerzas humanas). Sin embar­go, resultaba entretenido hojearlo.

Contenía la lista acostumbrada de delitos previstos de ante­mano: diversas estafas, hurtos, algaradas, homicidios, incendios provocados, etcétera.

Buscó un apartado particular y sintió una ligera sorpresa al descu­brirlo, y luego otra al ver que en él figuraban dos anotaciones. No una sino dos. Dos asesinatos en primer grado. No había visto dos juntos en un solo día en todo el tiempo que llevaba de presidente.

Oprimió el botón del intercomunicador y esperó a que el solícito semblante de su coordinador apareciese en la pantalla.

—Ali —le dijo Gulliman—, hoy tenemos dos primeros grados. ¿Hay algún problema insólito?

—No, señor.

El rostro de morenas facciones y ojos negros y penetrantes mos­traba cierta expresión de inquietud.

—Ambos casos tienen un porcentaje de probabilidad muy bajo —dijo.

—Eso ya lo sé —repuso Gulliman—. He podido observar que ninguno de ellos presenta una probabilidad superior al quince por ciento. De todos modos, debemos velar por el prestigio de Multivac. Ha conseguido borrar prácticamente el crimen de la faz del planeta, y el público lo considera así por su éxito al impedir asesina­tos de primer grado, que son, desde luego, los más espectaculares.

Ali Othman asintió.

—Sí, señor. Me doy perfecta cuenta.

—También se dará usted cuenta, supongo —prosiguió Gulli­man—, que yo no quiero que se cometa uno solo durante mi presidencia. Si se nos escapa algún otro crimen, sabré disculparlo. Pero si se nos escapa un asesinato en primer grado, le irá a usted el cargo en ello. ¿Me entiende?

—Sí, señor. El análisis completo de los dos asesinatos en poten­cia ya se está efectuando en las oficinas de los respectivos distritos. Tanto los asesinos en potencia como sus presuntas víctimas se hallan bajo observación. He comprobado las probabilidades que el crimen se cometa y ya están disminuyendo.

—Buen trabajo —dijo Gulliman, cortando la comunicación.

Volvió a examinar la lista con cierta desazón. Tal vez se había mostrado demasiado severo con su subordinado... Pero había que tener mano firme con aquellos empleados de plantilla y evitar que llegasen a imaginarse que eran ellos quienes lo llevaban todo. De vez en cuando había que recordarles quién mandaba allí. En espe­cial a aquel Othman, que trabajaba con Multivac desde que ambos eran notablemente más jóvenes, y a veces asumía unos aires de propiedad que llegaban a ser irritantes.

Para Gulliman, aquella cuestión de los crímenes podía ser cru­cial en su carrera política. Hasta entonces, ningún presidente había conseguido terminar su mandato sin que se produjese algún asesinato en un lugar u otro de la Tierra. Durante el mandato del presidente anterior se habían cometido ocho, o sea tres más que durante el mandato de su predecesor.

Pero Gulliman se proponía que durante el suyo no hubiese nin­guno. Había resuelto ser el primer presidente que no tuviera en su haber ningún asesinato en ningún lugar de la Tierra. Después de eso, y de la favorable publicidad que comportaría para su persona...

Apenas se fijó en el resto del informe. Éste contenía, según le pareció a primera vista, unos dos mil casos de esposas en peligro de ser vapuleadas. Indudablemente, no todas aquellas palizas podrían evitarse a tiempo. Tal vez un treinta por ciento de ellas se realizarían. Pero el porcentaje disminuía cada vez con mayor celeridad.

Multivac había añadido las palizas conyugales a su lista de críme­nes previsibles hacía apenas cinco años, y el ciudadano medio toda­vía no se había acostumbrado a la idea de verse descubierto de antemano cuando se proponía moler a palos a su media naranja. A medida que esta idea se fuese imponiendo en la sociedad, las muje­res recibirían cada vez menos golpes, hasta terminar por no recibir ninguno.

Gulliman observó que en la lista también figuraban algunos ma­ridos vapuleados.

Ali Othman quitó la conexión y se quedó mirando la pantalla de la cual habían desaparecido las prominentes mandíbulas y la calva in­cipiente de Gulliman. Luego miró a su ayudante. Rafe Leemy, y dijo:

—¿Qué hacemos?

—¿A mí me lo preguntas? Es a él a quien le preocupan un par de asesinatos sin importancia.

—Yo creo que nos arriesgamos demasiado al intentar resolver esto por nuestra cuenta. Sin embargo, si se lo decimos le dará un ataque. Estos políticos electos tienen que pensar en su pellejo; por lo tanto, creo que si se lo decimos no haría más que enredar las cosas e impedirnos actuar.

Leemy asintió con la cabeza y se mordió el grueso labio inferior.

—Lo malo del caso es... ¿Qué haremos si nos equivocamos? —dijo—. Querría estar en el fin del mundo, si eso llega a suceder.

—Si nos equivocamos, nuestra suerte no interesará a nadie, pues sere­mos arrastrados por la catástrofe general. —Con la mayor vivaci­dad, Othman añadió—: Pero, vamos a ver, las probabilidades son tan sólo del doce coma tres por ciento. Para cualquier otro delito, exceptuando quizás el asesinato, dejamos que el porcentaje au­mente un poco más antes de decidirnos a actuar. Todavía puede presentarse una corrección espontánea.

—Yo no confiaría demasiado en ello —dijo Leemy secamente.

—No pienso hacerlo. Me limitaba a señalarte el hecho. Sin em­bargo, como la cifra aún es baja, creo que lo más indicado es que de momento nos limitemos a observar. Nadie puede planear un crimen de tal envergadura por sí solo; tienen que existir cómplices.

—Multivac no los nombró.

—Ya lo sé. Sin embargo...

No terminó la frase.

Entonces se pusieron a estudiar de nuevo los detalles de aquel crimen que no se incluía en la lista entregada a Gulliman; el único crimen que nunca había sido intentado en toda la historia de Multivac. Y se preguntaron qué podían hacer.

Ben Manners se consideraba el muchacho de dieciséis años más dichoso de Baltimore. Eso tal vez podía ponerse en duda. Pero no había duda que era uno de los más dichosos, y de los que se hallaban más excitados.

Al menos, era uno de los pocos que habían sido admitidos en las graderías del estadio el día en que los jóvenes de dieciocho años pronunciaron el juramento. Su hermano mayor se contaba entre los que iban a pronunciarlo, y por eso sus padres solicitaron billetes para ellos y también permitieron que Ben lo hiciese. Cuando Multivac eligió entre todos los que solicitaron billete, Ben fue uno de los autorizados a sacarlo.

Dos años después, Ben sería quien pronunciaría el juramento, pero la contemplación de su hermano mayor Michael en el acto de hacerlo era casi lo mismo para él.

Sus padres le vistieron (o le hicieron vestir, mejor dicho) con todo el adorno posible, pues iba como único representante de la familia, y el muchacho se fue muy ufano, con recuerdos de todos para Mi­chael, el cual se había ido unos días antes para someterse a los reconocimientos físico y neurológico preliminares.

El estadio se hallaba emplazado en las afueras de la población, y Ben, que no cabía en sí de orgullo, fue conducido hasta su asiento. Por debajo de él distinguió hilera tras hilera de centenares y cente­nares de jóvenes de dieciocho años (los chicos a la derecha, las chicas a la izquierda), todos procedentes del distrito dos de Balti­more. En diversas épocas del año se celebraban actos similares en todo el mundo, pero aquello era Baltimore, y por lo tanto aquél era el más importante. Allá abajo, perdido entre la multitud de adoles­centes, se hallaba Mike, el hermano de Ben.

El joven escrutó las hileras de cabezas, con la vaga esperanza de reconocer a su hermano. No lo consiguió, naturalmente, pero en­tonces subió un hombre al estrado que se alzaba en el centro del estadio, y Ben dejó de mirar para prestar atención.

El hombre del estrado dijo por el micrófono:

—Buenas tardes, muchachos; buenas tardes, distinguido pú­blico. Soy Randolph T. Hoch, y se me ha confiado el honroso encargo de dirigir este año los actos de Baltimore. Los jóvenes que van a pronunciar el juramento ya me conocen, por haberme visto varias veces durante los reconocimientos físicos y neurológicos. La mayor parte de la tarea ya está realizada, pero queda lo más impor­tante. La personalidad completa de cada uno de ustedes debe pa­sar a los archivos de Multivac.

»Todos los años, esto requiere cierta explicación para los jóve­nes que alcanzan la mayoría de edad. Hasta esta fecha —dijo volviéndose hacia los jóvenes que tenía delante, y desviando su mirada del público—, hasta esta fecha, hasta hoy, ustedes no pueden considerarse adultos; Multivac no les considera como individuos adultos, excepto en los casos en que alguno de ustedes han sido señalados espe­cialmente por sus padres o por el Gobierno.

»Hasta hoy, pues, cuando llegaba el momento de recopilar los datos anuales, eran sus padres quienes llenaban vuestras fi­chas. Ha llegado ahora el momento para que asuman esta obligación. Es un gran honor, una gran responsabilidad. Sus padres nos han comunicado cuáles han sido vuestras notas escolares, qué enfer­medades han tenido, cuáles son vuestras costumbres... Eso, y muchas cosas más. Pero ahora todavía deben decirnos más aún; vuestros más íntimos pensamientos; vuestros más secretos anhelos.

»Resulta difícil hacerlo la primera vez; incluso violento, pero hay que hacerlo. Una vez lo hayan hecho, Multivac tendrá un análisis completo de ustedes en sus archivos. Comprenderá vuestras acciones y reacciones. Incluso podrá prever con notable exactitud vuestro comportamiento futuro.

»De esta manera, Multivac les protegerá. Si están en peligro de accidente, lo sabrá. Si alguien se propone hacerles daño, lo sabrá. Si son ustedes quienes traman alguna mala acción, lo sabrá y evitará que ésta se cometa, con el resultado que no tendrán que ser castigados por ella.

»Con el conocimiento que tendrá de todos ustedes, Multivac podrá contribuir al perfeccionamiento de la economía y de las leyes terrestres, para el bien de todos. Si tienen un problema personal, pueden acudir a Multivac con él, y Multivac, que les conoce a todos, podrá ayudarles a resolverlo.

»Ahora deseo que llenen los formularios que les vamos a facili­tar. Mediten cuidadosamente y respondan a todas las preguntas con la mayor exactitud posible. No oculten nada por vergüenza o pre­caución. Nadie conocerá nunca vuestras respuestas excepto Multi­vac, a menos que sea necesario conocerlas para protegerles. Y en este caso, sólo las conocerán contados funcionarios del Gobierno, que poseen autorización especial.

»Pudiera ocurrir que deformasen la verdad más o menos inten­cionadamente. No lo hagan. Nosotros terminaremos por descubrirlo. La totalidad de sus respuestas debe formar un conjunto coherente. Si alguna de las respuestas son falaces, sonarán como una nota discordante y Multivac las descubrirá. Si entre ellas se encuentran respuestas falsas, o son falsas en su totalidad, crearán un conjunto típico que Multivac reconocerá inmediatamente. Por lo tanto, les aconsejo que digan la verdad y nada más que la verdad.

Por último, el acto terminó; los muchachos llenaron los formula­rios, y las ceremonias y discursos tocaron a su fin. Por la noche, Ben, poniéndose de puntillas, consiguió descubrir finalmente a Michael, el cual todavía llevaba el traje de gala que se había puesto para el «desfile de los adultos». Se abrazaron llenos de júbilo, luego cenaron juntos y tomaron el expreso hasta su casa, ambos llenos de contento después de aquel día memorable.

Por lo tanto, no se hallaban preparados para enfrentarse con el cambio total que encontraron en su casa. Ambos se quedaron hela­dos cuando un joven de rostro severo, vestido de uniforme y apos­tado a la puerta de su propia casa, les cerró el paso para pedirles la documentación antes de dejarlos entrar. Una vez dentro, hallaron a sus padres sentados en el salón, con expresión desesperada y la huella de la tragedia impresa en sus caras.

Joseph Manners, que parecía haber envejecido diez años desde aquella misma mañana, miró con ojos asustados y hundidos a sus dos hijos (uno de los cuales todavía llevaba al brazo su flamante toga de adulto) y dijo:

—Estoy bajo arresto domiciliario.

Ben y Michael se quedaron de una pieza.

Bernard Gulliman no podía leer, naturalmente, el voluminoso informe. Leyó únicamente el sumario y quedó más que satisfecho.

No había duda que toda una generación ya estaba acostum­brada a que Multivac predijese la comisión de los delitos más impor­tantes. Les parecía natural que los agentes de Corrección se presen­tasen en el lugar donde iba a cometerse el delito antes que éste pudiera llevarse a cabo. Les parecía natural también que la consu­mación del crimen acarrease para su autor un castigo ejemplar e inevitable. Poco a poco, arraigó el convencimiento que era impo­sible engañar a Multivac.

El resultado de ello, naturalmente, fue que cada vez se planea­ron menos crímenes. A medida que las intenciones criminales disminuían y la capacidad de Multivac aumentaba, se fueron añadien­do a la lista de delitos que el maravilloso instrumento predecía todas las mañanas, otras infracciones de la ley de menor cuantía, pero éstas, también, disminuían a ojos vistas.

Entonces Gulliman ordenó que se realizase un análisis (sólo lo podía realizar Multivac, naturalmente) de la capacidad que poseía Multivac para prever las posibilidades de enfermedad. Así, los mé­dicos podrían ser llamados con rapidez para visitar y tratar a indivi­duos susceptibles de volverse diabéticos antes de un año, o expues­tos a sufrir una tisis galopante o un cáncer.

Más vale prevenir...

¡Y el resultado del análisis fue favorable!

Después le llevaron la lista de los posibles crímenes del día, y entre ellos no figuraba ni un solo asesinato de primer grado.

Gulliman, que se hallaba de un humor excelente, llamó a Ali Othman por el intercomunicador:

—Oiga, Othman, ¿cuál es el promedio de delitos que hay en las listas diarias de la semana pasada, comparado con el prome­dio de mi primera semana como presidente?

El promedio había descendido, según se pudo comprobar, en un ocho por ciento; sólo le faltaba eso a Gulliman para sentirse el más dichoso de los mortales. No se debía para nada a él, desde luego, pero sus votantes no lo sabían. Se congratuló por su suerte, que le había llevado a ocupar la presidencia en el mo­mento oportuno, durante el apogeo de Multivac, en un momento en que la enfermedad también podría colocarse bajo su manto protector.

Esto favorecía extraordinariamente la carrera política de Gulliman.

Othman se encogió de hombros.

—El jefe está muy contento —dijo.

—¿Cuándo hacemos estallar la bomba? —dijo Leemy—. El he­cho de poner a Manners en observación sólo ha conseguido elevar las probabilidades. El arresto domiciliario no ha hecho más que incrementarlas.

—Ya lo sé, hombre —dijo el otro, con impaciencia—. Lo que no sé es por qué.

—Tal vez se deba a los cómplices, como tú dijiste. Al darse cuenta que Manners está detenido, el resto de la banda tendrá que actuar en seguida o la intentona fracasará.

—Mirémoslo desde otro lado. Con Manners a buen recaudo, los demás pondrán pies en polvorosa y tratarán de esconderse. Ade­más, ¿por qué Multivac no nos da los nombres de los cómplices?

—¿Se lo decimos a Gulliman?

—No, todavía no. Las probabilidades son todavía de un dieci­siete coma tres por ciento. Aún podemos hacer algo.

Elizabeth Manners dijo a su hijo menor:

—Vete a tu cuarto, Ben.

—Pero, ¿qué pasa, mamá? —preguntó Ben con voz quebrada, al contemplar aquel extraño final de un día tan glorioso.

—¡Por favor, Ben, obedéceme sin preguntar!

El muchacho se fue a regañadientes. Salió al vestíbulo y empezó a subir la escalera, haciendo el mayor ruido posible. Luego descen­dió sigilosamente.

Mike Manners, el primogénito, el que había llegado hacía pocas horas a su mayoría de edad y era el gozo y la esperanza de la familia, dijo con un tono de voz que reflejaba el que empleara su hermano:

—¿Qué pasa?

Joe Manners repuso:

—Pongo al cielo por testigo que no lo sé, hijo mío. No he hecho nada.

—De eso estamos todos convencidos —dijo Mike, mirando estu­pefacto a su padre, pequeño y de aspecto bondadoso—. Deben haber venido porque pensabas hacer algo.

La señora Manners le interrumpió con enojo:

—¿Qué quieres que pensase tu padre que pueda provocar seme­jante..., semejante despliegue de fuerzas? —Describió un amplio círculo con el brazo, para abarcar los policías que rodeaban la casa, y prosiguió—: Cuando yo era niña, el padre de un amigo mío que trabajaba en un banco fue llamado una vez, y le dijeron que no pensase más en aquel dinero. Pensaba robar cincuenta mil dólares. No llegó a cometer el robo: sólo lo pensó. En aquellos tiempos no mantenían estas cosas en secreto, como hoy; todo el mundo se enteró, y así es como yo lo supe. —Frotándose las gordezuelas manos con lentitud, prosiguió—: Lo que quiero decir es que se trataba de cincuenta mil dólares... Una cantidad muy respetable. Sin embargo se limitaron a llamarlo por teléfono. ¿Qué podía estar planeando tu padre, para requerir la presencia de una docena de policías, que han rodeado la casa?

El cabeza de familia dijo, con voz triste y quejumbrosa:

—No planeaba ningún crimen, ni el más pequeño e insignifi­cante... Se los juro.

Mike, lleno de la sabiduría consciente de un nuevo adulto, dijo:

—Tal vez sea algo subconsciente, papá; una forma de resenti­miento hacia tu jefe.

—¿Hasta tal punto que me hiciese desear matarlo? ¡No!

—¿Y no quieren decirte de qué se trata?

Su madre les interrumpió de nuevo:

—No, no quieren. Ya se lo hemos preguntado. Les dije que, con su simple presencia, estaban perjudicando enormemente nuestra reputación en el barrio. Lo menos que podían hacer era decirnos de qué se trataba para que pudiéramos defendernos y ofrecer explica­ciones.

—¿Y ellos no quieren?

—No quieren.

Mike permanecía de pie, con las piernas separadas y las manos metidas en los bolsillos. Muy inquieto, dijo:

—Verás, mamá..., es que Multivac no se equivoca nunca.

Su padre, desesperado, golpeó con el puño el brazo del sofá.

—Les repito que no planeo ningún crimen.

Abrieron sin llamar y entró en la sala un hombre uniformado, que andaba con paso firme y decidido. Su cara tenía una expresión imperturbable y oficial.

—¿Es usted Joseph Manners? —preguntó.

El cabeza de familia se puso en pie.

—Yo soy. ¿Podría usted decirme qué desean de mí?

—Joseph Manners, queda usted detenido por orden del Gobierno. —Y exhibió brevemente su identificación de oficial de Correcciones—. Tengo que rogarle que me acompañe.

—¿Por qué motivo? ¿Qué he hecho?

—No estoy autorizado a decírselo.

—Pero no pueden detenerme por planear un crimen, aun admi­tiendo que lo estuviese planeando. Para detenerme tengo que haber hecho algo. De lo contrario, no pueden. Es contrario a la ley.

El oficial no atendía a razones.

—Le ruego que me acompañe.

La señora Manners soltó un grito y se dejó caer en el sofá, llorando histéricamente. Joseph Manners no fue capaz de transgre­dir el código que le había sido impuesto durante toda su vida, resistiéndose a obedecer las órdenes de un oficial, pero al final se hizo el remolón, obligando al agente del Gobierno a tener que utilizar la fuerza para arrastrarlo fuera de la habitación.

Mientras se lo llevaban, Manners gritaba:

—Pero, ¿qué he hecho? ¿Por qué no quieren decírmelo? Si al menos lo supiese... ¿Es un asesinato? ¿Se me acusa de tramar un asesinato?

La puerta se cerró tras ellos, y Mike Manners, pálido como la muerte y que de pronto había dejado de sentirse adulto, miró a la puerta y luego a su madre, anegada en llanto.

Ben Manners, oculto tras la otra puerta y sintiéndose de pronto muy adulto, apretó los labios fuertemente y pensó que él sabía exactamente lo que había que hacer.

Lo que Multivac le arrebataba, Multivac lo devolvería. Ben re­cordaba perfectamente las ceremonias que había presenciado aquel mismo día. Había oído cómo aquel llamado Hoch hablaba de Multi­vac y de todo cuanto ésta podía hacer. Podía dirigir el Gobierno, y también ayudar a un simple particular que fuese a ella en busca de consejo.

Cualquiera podía pedir ayuda a Multivac, y Ben se disponía a hacerlo. Ni su madre ni su hermano se darían cuenta que se iba; además, le quedaba todavía algún dinero de la cantidad que sus padres le habían dado para aquel día memorable. Si después nota­ban su ausencia y ésta les preocupaba, qué se le iba a hacer. En aquel momento, su padre era quien más contaba.

Salió por la parte trasera y el agente apostado a la puerta le dejó pasar, tras examinar brevemente su documentación.

Harold Quimby dirigía la sección de quejas de la subestación Multivac de Baltimore. Se consideraba a sí mismo un miembro de la rama más importante del servicio civil. En ciertos aspectos tal vez tuviese razón, y los que le oían hablar de ello hubieran debido ser de hierro para no sentirse impresionados.

Por un lado, decía Quimby, Multivac se dedicaba principal­mente a invadir la intimidad. Durante los últimos cincuenta años, la Humanidad había tenido que acostumbrarse a la idea que sus pensamientos e impulsos más íntimos ya no podían mantenerse en secreto, y que ya no existían recónditos pliegues del alma donde podían esconderse los sentimientos. A cambio de esto, había que dar algo a la Humanidad.

Naturalmente, los hombres obtuvieron paz, prosperidad y segu­ridad, pero eso eran abstracciones. Los hombres y mujeres concretos necesitaban algo personal como recompensa por su renuncia a la intimidad, y lo obtuvieron. Al alcance de cualquier habitante del planeta se encontraba una estación Multivac a cuyos circuitos se podían someter libremente toda clase de problemas y preguntas, con una libertad y sin prácticamente limitación alguna. A los pocos minutos, el maravilloso instrumento facilitaba las respuestas ade­cuadas.

En cualquier instante del día o de la noche, cinco millones de circuitos individuales entre el cuatrillón o más que poseía Multivac, podían dedicarse a atender aquel programa de preguntas y respues­tas. Éstas no eran necesariamente infalibles, pero sí enormemente aproximadas casi siempre, y los que acudían a Multivac tenían una fe absoluta en sus respuestas.

Y en aquellos momentos, un joven de dieciséis años, de expre­sión ansiosa, avanzaba lentamente con la cola de hombres y mujeres que esperaban. Todos los semblantes de los que formaban la cola se hallaban iluminados por distintos grados de esperanza, temor o ansiedad, e incluso angustia, mientras se aproximaban lentamente a Multivac. Pero era siempre la esperanza la que predominaba.

Sin levantar la mirada, Quimby tomó el formulario impreso, de­bidamente cumplimentado, que el recién llegado le tendía y dijo:

—Cabina 5-B.

—¿Cómo tengo que hacer la pregunta, señor?

Quimby levantó entonces la mirada, con cierta sorpresa. Por lo general, los muchachos que aún no habían alcanzado la mayoría de edad no hacían uso de aquel servicio. Amablemente le dijo:

—¿Es la primera vez que vienes a Multivac, muchacho?

—Sí, señor.

Quimby le indicó el modelo que tenía sobre su mesa.

—Tendrás que utilizar esto. Mira, funciona exactamente igual que una máquina de escribir. No escribas la pregunta mal, sobre todo; hazlo por medio de esta máquina. Ahora vete a la cabina 5-B, y si necesitas ayuda, oprime el botón rojo y se presentará un empleado. Por ese corredor, muchacho, a la derecha.

Vio como el joven se alejaba por el corredor, hasta perderse de vista, y sonrió. Multivac no rechazaba a nadie. Naturalmente, no podía descartarse un pequeño porcentaje de preguntas triviales: gente que hacía preguntas indiscretas acerca de sus vecinos o pre­guntas desvergonzadas sobre personalidades eminentes; estudiantes que trataban de adivinar lo que les preguntarían sus profesores, o de divertirse a costa de Multivac haciéndole preguntas paradójicas o absurdas...

Multivac podía atender todas aquellas preguntas sin necesidad de ayuda.

Además, cada pregunta y cada respuesta quedaban archivadas para constituir una pieza más en el conjunto de datos sobre la Humanidad en general y sus representantes individuales en particu­lar. Incluso las triviales e impertinentes ayudaban a la Humanidad, pues al reflejar la personalidad del que las hacía, permitían que Multivac aumentase su conocimiento de los hombres.

Quimby volvió su atención hacia la persona siguiente en la cola, una mujer de mediana edad, desgarbada y angulosa, con la turba­ción reflejada en el semblante.

Ali Othman medía la oficina a grandes pasos, y sus tacones resonaban con golpes sordos y desesperados sobre la alfombra.

—Las probabilidades siguen aumentando. En este momento son del veintidós coma cuatro por ciento. ¡Maldición! Hemos detenido a Joseph Manners, y las probabilidades siguen aumen­tando.

El sudor corría a raudales por su cara.

Leemy dejó el teléfono en su soporte.

—Todavía no ha confesado. Le han sometido a la Prueba Psí­quica, pero no han descubierto la menor huella de crimen. Es posi­ble que diga la verdad.

—¿Entonces, es que Multivac se ha vuelto loca? —dijo Othman.

Otro teléfono se puso a sonar. Othman se apresuró a cerrar las conexiones, contento de aquella interrupción. En la pantalla apare­ció la cara de un oficial de Correcciones, el cual dijo:

—¿Tiene que darnos algunas nuevas instrucciones, señor, res­pecto a la familia de Manners? ¿Debemos permitirles que vayan y vengan a su antojo, como han hecho hasta ahora?

—¿Qué quiere usted decir, con eso de «como han hecho hasta ahora»?

—Las primeras órdenes que recibimos se referían al arresto do­miciliario de Joseph Manners. Nada se decía en ellas del resto de la familia, señor.

—Pues hágalas extensivas al resto de la familia, en espera de recibir nuevas órdenes.

—Pero es que ése es el problema, señor. La madre y el hijo mayor no hacen más que pedir noticias del pequeño. Éste ha desa­parecido, y su madre y su hermano piensan que también le han detenido, y piden que los llevemos a la jefatura para aclarar la suerte del muchacho.

Othman frunció el ceño y preguntó casi en un susurro:

—¿El pequeño? ¿Cuántos años tiene?

—Dieciséis, señor —repuso el agente.

—Dieciséis, y se ha ido. ¿Sabe usted adónde?

—Le dejaron salir, señor. No había órdenes de retenerle.

—No se retire. Un momento. —Othman suspendió momentá­neamente la comunicación, se llevó ambas manos a la cabeza, y gimió—: ¡Estúpido de mí!

Leemy le miró, sorprendido.

—¿Qué demonios te pasa?

—Este individuo tiene un hijo de dieciséis años —dijo Othman con voz ahogada—. Por lo tanto, es un menor de edad, y Multivac no lo registra por separado, sino formando parte de la ficha de su padre. —Miró furioso a Leemy—. Hasta cumplir dieciocho años, un joven no tiene ficha separada en Multivac, sino que sus datos figu­ran en la de su padre... Eso lo sabe cualquiera. ¿Cómo pudo habérseme olvidado? Y a ti, pedazo de alcornoque, ¿cómo pudo habérse­te olvidado también?

—¿Quieres decir entonces que Multivac no se refería a Joe Man­ners? —preguntó Leemy.

—Multivac se refería a su hijo menor, y éste se nos ha escapado. A pesar de tener la casa rodeada de policías, él ha salido con toda tranquilidad y se ha ido a realizar ve a saber qué infernal misión.

Conectó de nuevo el circuito telefónico, al extremo del cual todavía esperaba el oficial de Correcciones. Aquella interrupción de un minuto había permitido que Othman recuperase el dominio de sí mismo, asumiendo de nuevo su expresión fría y segura. (Hubiera sido altamente perjudicial para su prestigio representar una escena ante los ojos de un policía aunque eso habría aliviado considerable­mente su mal humor.)

—Oficial —dijo entonces—, trate de localizar al muchacho que ha desaparecido. Si es necesario, movilice usted a todos sus hombres. Más adelante les daré las órdenes oportunas. De momento sólo ésta: encontrar al muchacho a toda costa.

El oficial contestó:

—Sí, señor.

La conexión se interrumpió. Othman dijo:

—Dígame cómo están las probabilidades, Leemy.

Cinco minutos después, Leemy comunicó:

—Han bajado a un diecinueve coma seis por ciento. Y siguen bajando.

Othman dejó escapar un largo suspiro.

—Por fin estamos sobre la buena pista.

Ben Manners tomó asiento en la cabina 5-B y tecleó lentamente:

«Me llamo Benjamín Manners, número MB-71833412. Mi pa­dre, Joseph Manners, ha sido detenido, pero no sabemos qué cri­men tramaba. ¿Podemos ayudarle de algún modo?»

Se dispuso a esperar la respuesta de la máquina. A pesar que sólo tenía dieciséis años, ya sabía que aquellas palabras estaban dando vueltas en aquellos momentos por el interior del aparato más complicado creado por la mente humana; sabía también que se ba­rajarían y se coordinarían un trillón de datos, y que a partir de ellos Multivac extraería la respuesta más adecuada.

Oyó un clic en la máquina y surgió de ella una tarjeta. Sobre la misma se veía impresa una respuesta, una larga respuesta. Decía como sigue:

«Toma el expreso a Washington, D. C., inmediatamente. Desciende en la parada de la avenida de Connecticut. Verás una salida especial sobre la que se lee «Multivac» y ante la que hay unos guardias. Di a uno de ellos que llevas un recado para el doctor Trumbull, y te de­jará entrar.

»Te encontrarás entonces en un corredor. Síguelo hasta encon­trar una puerta sobre la que se lee «Interior». Entra y di a los guardias de dentro lo que has dicho a los de fuera; lo mismo. Éstos te franquearán el paso. Sigue entonces...»

Las instrucciones continuaban por ese tenor. Ben no veía que aquello tuviese nada que ver con lo que había preguntado, pero su fe en Multivac era absoluta. Salió corriendo, para tomar el expreso a Washington.

Los oficiales de Correcciones consiguieron seguir la pista de Ben Manners hasta la estación de Baltimore, donde llegaron una hora después que éste la hubiera abandonado. El sorprendido Harold Quimby se sintió verdaderamente aturrullado ante el nú­mero e importancia de los hombres que fueron a verle con relación a aquel muchacho de dieciséis años que andaban buscando.

—Sí, un muchacho de esas señas —dijo—, pero ignoro adónde fue cuando salió de aquí. Yo no podía saber que lo andaban bus­cando. Aquí recibimos a todo el mundo. Sí, puedo conseguir una copia de la pregunta y la respuesta.

Los oficiales de Correcciones televisaron las dos fichas a Jefa­tura sin perder un instante.

Othman las leyó, puso los ojos en blanco y se desmayó. Consi­guieron hacerlo reaccionar casi en seguida. Con voz débil, dijo a Leemy:

—Que detengan a ese chico. Y que me saquen una copia de la respuesta de Multivac. Ahora ya no hay escapatoria. Tengo que ver a Gulliman inmediatamente.

Bernard Gulliman nunca había visto a Ali Othman tan pertur­bado. Al observar la expresión trastornada del coordinador, sintió que un escalofrío le recorría el espinazo.

Con voz trémula y entrecortada, preguntó:

—¿Qué quiere usted decir, Othman? ¿Qué significa eso de..., de algo peor que un asesinato?

—Mucho, muchísimo peor que un asesinato.

Gulliman estaba muy pálido.

—¿Se refiere usted al asesinato de un alto funcionario del Go­bierno?

(Incluso cruzó por su mente la idea que pudiese ser él mismo quien...)

Othman asintió:

—No un funcionario del Gobierno. El funcionario del Gobierno por excelencia.

—¿El secretario general? —aventuró Gulliman con un murmu­llo ahogado.

—Más que eso; mucho más. Nos enfrentamos con un complot para asesinar a Multivac.

—¡CÓMO!

—Por primera vez en la historia de Multivac, la computadora nos ha informado que es ella misma quien está en peligro.

—¿Por qué no me informaron de ello inmediatamente?

Othman no mintió demasiado al responder:

—Como se trataba de un caso sin precedentes, señor, estudia­mos la situación antes de atrevernos a redactar un informe oficial.

—Pero Multivac se ha salvado, ¿verdad? Dígame que se ha sal­vado.

—Las probabilidades han descendido a menos de un cuatro por ciento; prácticamente ya no hay peligro. Estoy esperando el in­forme definitivo de un momento a otro.

—Traigo un recado para el doctor Trumbull —dijo Ben Manners al hombre instalado sobre un alto taburete, y que accionaba cuidadosamente lo que parecían los mandos de un crucero estratosférico, enormemente ampliados.

—Muy bien, Jim —dijo el hombre—. Adelante.

Ben echó una mirada a sus instrucciones y se apresuró a seguir adelante. Encontraría una diminuta palanca que tenía que bajar completamente, en el instante en que un indicador mostrase una luz roja.

Oyó una voz agitada a sus espaldas, luego otra, y de pronto dos hombres lo sujetaron por los codos. Notó como sus pies se levanta­ban del suelo.

Uno de sus captores dijo:

—Acompáñanos, muchacho.

La cara de Ali Othman no se iluminó de manera apreciable al recibir la noticia, aunque Gulliman dijo con gran alegría:

—Si tenemos al chico, Multivac se ha salvado.

—Por el momento.

Gulliman se llevó una mano temblorosa a la frente.

—¡Qué media hora he pasado! ¿Se imagina usted lo que signifi­caría la destrucción de Multivac, aunque fuese por breve tiempo? Se hundiría el Gobierno; la economía se paralizaría. Sería de unos efectos más devastadores que un... —Alzó de pronto la cabeza—. ¿Qué quiere usted decir con eso de «por el momento»?

—Ese muchacho, Ben Manners, no tenía intención de hacer daño. Él y su familia deben ser puestos inmediatamente en libertad e indemnizados por las molestias que les hemos causado. Él se limitaba a seguir las instrucciones que le dio Multivac para ayudar a su padre, y lo ha conseguido. Su padre ha sido puesto en libertad.

—¿Insinúa usted que la propia Multivac ordenó al muchacho que bajase una palanca en un momento en que tal acción quemaría tal cantidad de circuitos que haría falta un mes de trabajo para repararlos? ¿Insinúa usted acaso que Multivac proponía su propia des­trucción para ayudar a un solo hombre?

—Mucho peor que eso, señor. Multivac no sólo dio esas instruc­ciones a Ben, sino que eligió a la familia Manners porque Ben tenía un extraordinario parecido con uno de los mensajeros del doctor Trumbull, y por lo tanto podría meterse impunemente en Multivac sin que nadie le pusiese reparos.

—¿Y por qué fue elegida esa familia? ¿Y para qué?

—Verá usted, el muchacho nunca se habría visto obligado a hacer la pregunta que hizo si su padre no hubiese sido detenido. Y su padre jamás habría sido detenido si Multivac no le hubiese acusado de tramar su propia destrucción. Fue Multivac quien inició la sucesión de acontecimientos que casi condujeron a la propia des­trucción de Multivac.

—Pero eso no tiene pies ni cabeza —dijo Gulliman con voz quejumbrosa.

Se sentía pequeño y desvalido, y casi se puso de rodillas para suplicar a Othman, a aquel hombre que había pasado casi toda su vida junto a Multivac, que devolviese la tranquilidad a su ánimo.

Pero Othman no lo hizo. En cambio, le dijo:

—Éste ha sido el primer intento realizado por Multivac en este sentido, que yo sepa. Hasta cierto punto, estaba muy bien pla­neado. Supo elegir la familia. Tuvo buen cuidado en no distinguir entre padre e hijo, a fin de despistarnos. Sin embargo, demostró que todavía no pasa de ser una aficionada. No pudo anular sus propias instrucciones, que la obligaron a comunicar la probabilidad de su propia destrucción, la cual se hacía mayor a cada paso que dábamos por la pista falsa. Tuvo que registrar forzosamente la res­puesta que dio al muchacho. Cuando tenga más práctica, probable­mente aprenderá las artes del engaño, a ocultar ciertos hechos, a no registrar otros. A partir de ahora, todas las instrucciones que dé contendrán tal vez las semillas de su propia destrucción. Eso nunca lo sabremos. Y por más cuidado que tengamos, un día Multivac conseguirá burlarnos. Creo, señor Gulliman, que usted será el úl­timo presidente de esta organización.

Gulliman aporreó furioso su mesa.

—Pero, ¿por qué, pregunto yo? ¿Por qué hace eso? ¿Qué le ocu­rre? ¿No podemos repararla?

—No lo creo —repuso Othman, dominado por una callada de­sesperación—. Nunca había tenido en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, ahora, al pensarlo, estoy convencido que hemos lle­gado al fin, precisamente porque Multivac es demasiado buena. Multivac se ha hecho tan complicada que sus reacciones ya no son las propias de una máquina, sino las de un ser viviente.

Gulliman le miró antes de decirle:

—Está usted loco. Pero..., ¿y qué si fuese así?

—Durante más de medio siglo Multivac ha tenido que cargar con todas las preocupaciones de la Humanidad. Le hemos pedido que velase por todos nosotros, por todos y cada uno de nosotros. Le hemos confiado todos nuestros secretos; le hemos hecho absorber nuestra maldad y defendernos de ella. Cada uno de nosotros acudi­mos a ella con nuestras aflicciones, aumentando su enorme fárrago. Y ahora nos proponemos hacer cargar también a Multivac, a esta criatura viva, con el fardo de la enfermedad humana. —Othman se interrumpió un momento, antes de proseguir con excitación—: Se­ñor Gulliman, Multivac está harta de cargar con todos los males del mundo.

—Esto es una locura. Una completa locura —masculló Gulli­man.

—En ese caso, permítame que le demuestre algo muy impor­tante. Vamos a hacer una prueba. ¿Me permite usted que utilice la línea de Multivac que tiene en su despacho?

—¿Para qué?

—Para hacer una pregunta a Multivac que nadie le ha hecho jamás.

—Supongo que no le será perjudicial —preguntó Gulliman, alarmado.

—No. Pero nos dirá lo que deseamos saber.

El presidente vaciló un momento. Luego dijo:

—Adelante.

Othman se dirigió a la terminal que Gulliman tenía sobre la mesa. Sus dedos teclearon diestramente, formando la pregunta:

«Multivac, ¿qué es lo que deseas?»

El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pare­ció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían ni a respirar.

Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:

«Deseo morir.»

La Sirena

Ray Bradbury

Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba a los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

—Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? —preguntó McDunn.

—Sí —dije—. Afortunadamente, es usted un buen conversador.

—Bueno, mañana irás a tierra —agregó McDunn sonriendo— a bailar con las muchachas y tomar gin.

—¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?

—En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativamente—. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, cuando todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los pequeños ojos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

—Oh, hay tantas cosas en el mar. —McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa—. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300.000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

—Sí, es un mundo viejo.

—Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

—Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? —McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza—. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año —dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla—, algo viene a visitar el faro.

—¿Los cardúmenes de peces?

—No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

—Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: «Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida».

La sirena llamó.

—Imaginé esta historia —dijo McDunn en voz baja— para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...

—Pero... —interrumpí.

—Chist... —ordenó McDunn—. ¡Allí!

Señaló los abismos.

Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una pequeña isla de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.

—Calma, muchacho, calma —murmuró McDunn.

—¡Es imposible! —exclamé.

—No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.

—¡Parece un dinosaurio!

—Sí, uno de la tribu.

—¡Pero murieron todos!

—No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.

—¿Qué haremos?

—¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.

—¿Pero por qué viene aquí?

En seguida tuve la respuesta.

La sirena llamó.

Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

—¿Entiendes ahora —susurró McDunn— por qué viene aquí?

Asentí con un movimiento de cabeza.

—Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir.

»El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.

—El año pasado —dijo McDunn—, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y del silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego e hielo.

—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.

La sirena llamó.

—Veamos que ocurre —dijo McDunn.

Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

—¡McDunn! —grité—. ¡La sirena!

McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.

—¡Abajo! —gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.

—¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.

Eso y el otro sonido.

—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.

Y así pasamos aquella noche.

A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultado bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.

—Se vino abajo, eso es todo —dijo McDunn gravemente—. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.

Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.

—Por si acaso —dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.

¿El monstruo?

No volvió.

—Se fue —dijo McDunn—. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.

Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

El Año 2000

Robert Abernathy

La mañana del Año Nuevo fue clara y fría. El sol subió y brilló, y respondiendo a esta insinuación de calor, la estación de calefacción urbana despertó con un rugido ahogado. Unas corrientes tibias fluyeron a lo largo de las calles, fundiendo la escarcha que dio al aire de la noche un saludable sabor invernal y unos niños corrieron con trineos nuevos al parque profundamente helado, a patinar y a hacer hombres de nieve.

Joe Bloak abrió un ojo y en seguida el otro. Pensó confusamente pero sin melancolía, que la fiesta de la noche anterior tuvo que ser en realidad notable. No sólo se celebró la llegada de un nuevo año, sino también la de un nuevo siglo y un nuevo milenio: ¡El año 2000!

(¿No insistió quejosamente un borracho que estaban apresurándose, que el milenio comenzaba el 1 de enero del 2001? Las cornetas y las serpentinas ahogaron sus protestas.)

La manta eléctrica cibernética detectó el humor de Joe, que oscilaba entre la pereza y el deseo de actividad. Se desconectó de buena gana y anunció:

—¡Hora de levantarse, Joe!

—Bueno —gruñó Joe Bloak.

Acariciándose el pelo cortado al rape (que el peluquero automático instalado en la cabecera de la cama le recortó y perfumó durante la noche), entró en la cabina de rejuvenecimiento. Apretó el botón y se quedó inmóvil treinta segundos mientras el analizador electrónico zumbaba quitándole todas las moléculas gastadas y desvitalizadas y las reemplazaba minuciosamente con moléculas nuevas extraídas desde su inagotable reserva.

Joe Bloak, ahora un hombre nuevo, entró en el cuarto del desayuno. En la tostadora asomó una tostada, y la esbelta y atractiva señora Bloak alzó la cabeza y saludó agradablemente:

—Buenos días, querido. ¿Quieres ver el periódico?

—Por supuesto —gruñó Joe y se dejó caer en una silla que se le amoldó rápidamente a la espalda.

Echó una ojeada a los titulares mientras la tostadora colocaba en la tostada la cantidad exacta de mantequilla y la cafetera tocaba un mambo en sordina y le llenaba la taza con un líquido aromático y humeante que una cañería traía directamente del Brasil.

—No está mal —dijo Joe mirando el diario y asintiendo con un movimiento de cabeza. Las letras negras saltaban en lo alto de la página:

...¡El Gobierno anuncia un presupuesto equilibrado!

El despacho, fechado en Washington, anunciaba que de acuerdo con la prosperidad abrumadora del país el Congreso concluía de votar una ley que suprimía retroactivamente los impuestos, aplicando el coeficiente uno y medio desde la promulgación de la ley, y que el presidente proclamó la próxima fusión de todos los organismos administrativos en un Ministerio de Euforia.

Otros artículos de la primera página señalaban que la ciencia descubrió un remedio para el resfrío, que la Fuerza Aérea presentó un nuevo avión capaz de superar la velocidad del rumor y que Joe Bloak fue nombrado subgerente, con doble sueldo.

Un despacho urgente desde Moscú informaba que a las 3:31 de la mañana, hora legal oriental, el régimen soviético alcanzaba el comunismo y estaba reabsorbiéndose, de acuerdo con las predicciones de Marx.

—¡Y oh, sí, querido! —comentó animadamente la mujer de Joe—. Acaba de aparecer un nuevo coche. Es el modelo cero cero.

La pared del fondo se alzó y el modelo cero cero entró deslizándose con un brillo cegador y un rugido contenido. Era casi tan largo como un film épico del oeste y tenía más caballos. La transmisión robotrónica lucía un cuociente intelectual de 210 a 4.000 rpm, y podía lavar ropa familiar en espuma detergente en 30 segundos. El equipo optativo comprendía luces traseras termonucleares de funcionamiento garantizado debajo del agua; un parabrisas cromado que daba dos vueltas a la carrocería y terminaba en un hermoso nudo; un pedal acelerador de reacción, y un eyector de piloto automático.

—Parece bastante bueno —admitió Joe lentamente. Se sentía inquieto por alguna razón. Quizás todo parecía demasiado bueno.

—¡De prisa, querido! —dijo la mujer de Joe, más y más voluptuosa a medida que pasaban los minutos, sintonizando eficientemente la TV—. ¡Estamos justo a tiempo para no perder nada!

Los niños entraron en fila en el cuarto y se sentaron en silencio, todos impecablemente limpios y peinados por la maquinaria automática.

La pantalla de tamaño natural se encendió, en resplandecientes colores, mostrando a un caballero distinguido, de cabellos plateados y de voz grave y afectuosa.

—¡Atención, mis amigos! —ronroneó el hombre, inclinándose hacia adelante en su púlpito con una sonrisa radiante—. ¡Buenas noticias! Se sabe de fuentes bien informadas que la Segunda Venida ocurrirá a las 3:31, hora oriental. Mantengan sintonizada esta estación. ¡Sí, mis amigos!

—Oh, diablos —gruñó Joe—. Ya sabía yo que era un sueño.

Un nuevo boletín de noticias saltó de pronto desde la tostadora: ¡Platillos voladores aterrizan en todo el país! Emisarios del espacio exterior han notificado a las Naciones Unidas que el planeta Tierra fue admitido en el Imperio Galáctico con todas las prerrogativas de los miembros activos, retroactivamente y aplicando el coeficiente uno y medio desde...

—Qué disparate —dijo Joe, abriendo un ojo y luego el otro.

—Hora de levantarse, Joe —dijo ásperamente su mujer, desaliñada y encorvada. Estaba en cuclillas activando el fuego, en la boca ventosa de una caverna. Joe se sentó, apartando unas duras pieles de animales. El humo le dio tos y le llenó los ojos de lágrimas. Su mujer se rascó mientras trabajaba obstinadamente en el fuego.

Los niños temblaban acercándose a las llamas. Joe observó amargamente aquellas caras inexpresivas y aquellas deformidades demasiado familiares. El más pequeño (nunca pudieron saber a qué sexo pertenecía) no dejaba de lloriquear. Quizás...

—Feliz año nuevo, Joe —dijo su mujer.

—¿Feliz qué? —gruñó Joe, acariciándose el pelo revuelto.

El sueño se le fundía en la mente, cayendo gota a gota en las fisuras cerebrales, lejos de las formas groseras de la realidad. El sueño se refugiaba en esas sombras, junto con visiones de otro tiempo, viejas ilusiones y recuerdos de infancia, indistintos ahora, pues el mundo al que pertenecían era quizás también un sueño... La mente de Joe estaba ocupada ahora en registrar dolores reumáticos y en rebelarse contra la triste verdad que tendría que salir a la nieve helada y revisar las trampas si hoy querían comer.

—Hoy comienza un nuevo año —dijo la mujer de Joe echando una mirada a las marcas que había trazado en la pared, y que no servían para nada según Joe.

—Oh, por favor —dijo Joe—. ¿Desde cuándo?

El Distante Rumor de los Motores

Algis Budrys

—¿Len? ¿Lenny?

El hombre de la cama vecina trataba de despertarme.

Yo descansaba en la oscuridad, con las manos cruzadas bajo la cabeza, escuchando el ruido del tránsito que pasaba frente al hospital. Aun a altas horas de la noche (y siempre era tarde cuando el hombre de la cama vecina se atrevía a hablarme), el tránsito exterior era bastante intenso, ya que la ruta atravesaba la ciudad. Esto había sido una suerte para mí, pues el practicante de la ambulancia no había conseguido parar en ningún momento el río de sangre que me brotaba de las piernas. Si hubiésemos tenido que viajar un kilómetro más, dos minutos más, me habría quedado seco como la piel de una víbora.

Pero ahora me sentía bien, relativamente: salí del choque con dos piernas menos, que se llevó el otro camión. Estaba vivo y durante la noche podía escuchar los camiones que pasaban: los larguísimos acoplados, los semirremolques, los tándems, los petroleros... Venían de la costa, de Charleston y Norfolk, iban a Nueva York... Venían de Boston, de Providence... Los manejaban amigos míos. Jack Biggs, Sam Lasovich. Tiny Morris, el hombre que había perdido el anular de la mano derecha. Ahora yo le había sacado ventaja a Tiny, sin duda.

«Te espera trabajo en la oficina del expedidor, Lenny», pensé. Se acabó el sudor; se acabaron el café insulso, las noches heladas, los ojos de papel de lija. De todas maneras, te estabas poniendo un poco viejo para la ruta. Treinta y ocho años. Claro.

—Lenny...

Cuando el vecino quería hablar, lo más que le salía era un susurro. Me pregunté si tendría miedo. Durante el día no se animaba a hablar, porque cada vez que emitía un sonido, las enfermeras le ponían una nueva inyección. Le clavaban la aguja entre dos vendas y se marchaban de prisa. A veces no acertaban con la vena y la morfina quedaba sobre la piel, adormeciendo el brazo solamente. El vecino se jactaba entonces: inclusive trataba que erraran el golpe, moviendo un poquito el brazo. A veces las enfermeras se daban cuenta, pero sólo a veces.

No necesitaba inyecciones mi vecino de cama. La inyección le quitaba el dolor y, sin el dolor y con toda la cara vendada, no podía saber si estaba vivo. Era un hombre obstinado e inteligente, que no deseaba aficionarse a la droga.

—Lenny...

—¿Hum? —dije, velando la voz.

Siempre lo hacía esperar. No quería que supiese que yo no dormía en toda la noche.

—¿Despierto?

—Ahora sí.

—Lo siento, Len.

—Está bien —dije rápidamente, porque tampoco quería que se sintiese en deuda conmigo—. No te preocupes. Ya duermo demasiado durante el día.

—Len. La fórmula para superar la velocidad de la luz es...

Y aquí comenzó a dictarme números y letras.

La noche anterior me había dado las proporciones exactas de los metales en una aleación resistente a altas temperaturas; las técnicas de fundición y colada; el proceso de endurecimiento. Y la noche antes, las características de la quilla de la nave. Escuché todo.

—¿Te grabaste eso, Lenny?

—Por supuesto.

Durante tres años yo había trabajado en un coche-comedor: era capaz de recordar cualquier cosa que me dijeran y, por complicada que fuese, repetirla en el acto. Es un truco. Uno coloca la mente en blanco, abre los oídos y entra todo: «Marchen dos tostadas de queso. Jamón y tomate, tostada de pan blanco, sin mayonesa. Tres cafés; uno negro, sin azúcar; uno liviano, con; uno mediano». Uno pasa la primera parte de la orden al encargado de los sandwiches, saca los pocillos, abre el grifo de la máquina. Tres chorritos de la jarra de leche en un pocillo, dos en otro, deja pasar el tercero. Los cafés están listos y uno borra esa parte del pedido. Las cosas importantes de la mente propia están a millones de kilómetros de distancia. El hombre de los sandwiches le pasa a uno dos rectángulos envueltos en papel, un plato con el jamón y los tomates, uno sirve a los clientes y el cerebro borra lo que resta. La información ya no sirve, ha desaparecido, mientras las cosas importantes siguen su marcha a millones de kilómetros.

Ahora yo escuchaba los acoplados que iban a Pittsburgh, Scranton, Filadelfia... Washington, Baltimore, Camden, Newark... Pasaba un camión Diesel, con acoplado chato cargado de vigas de hierro... Y entretanto, yo repetía la última parte de lo que mi vecino me había dicho.

—Bien, Lenny. Muy bien.

Supongo que estaba bien. En un coche-comedor uno se come los platos que pide demás.

—¿Alguna otra cosa?

—No. Suficiente por esta noche. Ahora voy a descansar. Tengo que dormir. Gracias.

—No hay por qué.

—No, no lo tomes a la ligera. Me estás haciendo un gran favor. Para mí es importante comunicarles estas cosas. No duraré mucho más.

—Sí que durarás.

—No, Lenny.

—Eh, vamos...

—No. Me quemé al caer. ¿Recuerdas el radical alternado en la ecuación que te di la primera noche? El campo estaba distorsionado por el sol y el generador reestructuró la...

Siguió así largo rato, pero ya no me acuerdo. Ya me había olvidado de la ecuación inicial, pero aun cuando la recordara, tendría que entenderla. Por eso digo que la repetición de esas ecuaciones era un truco. ¿Comprenden? ¿A quién le interesa recordar cuántos sandwiches tostados vendió durante el día? Una vez un cliente se quiso pasar de listo, me hizo su pedido en jerigonza; se lo repetí como una grabadora, sin siquiera prestarle atención.

—...así que ya ves, Lenny. No sobreviviré. Un hombre en mi estado no podría sobrevivir aun en mi tiempo y en mi lugar.

—Te equivocas. Te sacarán de esto. Aquí conocen su oficio.

—¿Lo crees de veras, Lenny? —murmuró con una risa triste.

—Por supuesto —dije.

Un vagón-tanque venía del norte. Escuché el tintineo de la cadena antiestática en el asfalto.

Mi vecino (decían) había tenido un accidente con un avión particular. Un granjero lo había visto caer, como si hubiese saltado en paracaídas. Pero aún no habían podido identificarlo, ni encontrar los restos del avión. Además, él no quería decir quién era. Las primeras dos noches que pasó en el hospital no dijo una palabra. Pero a la tercera, preguntó de pronto:

—¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha?

Entonces yo le respondí y él me preguntó cómo me llamaba y qué me ocurría. Quiso saber dónde estábamos: el pueblo y el país; y la fecha: el día, el mes y el año. Se los dije. Durante el día yo lo había visto con las vendas y a un hombre en ese estado no se le discuten las preguntas. Es bueno poder ser amable.

Era un hombre inteligente, ya lo he dicho. Hablaba un montón de idiomas, además del inglés. Durante un rato me puso a prueba en húngaro, pero lo conocía mucho mejor que yo. Hace tanto tiempo que dejé a mis viejos en Chicago...

Al día siguiente, le conté a la enfermera que había estado hablando con él. Los médicos quisieron averiguar quién era y de dónde, pero el hombre se negó a hablar. Creo que los convenció que había vuelto a entrar en coma. En realidad, no me habían creído mucho cuando les dije que él era capaz de hablar sensatamente. Después de este episodio, no les conté nada más. Si él quería hacer las cosas a su manera, tenía derecho. Aunque, como ya dije, no tardó en descubrir que si producía el menor sonido durante el día, le aplicaban una inyección. No los critico: ellos también querían mostrarse amables.

Tendido de espaldas, yo miraba la primera luz del alba en el cielo raso. Afuera el tránsito era más intenso. Los acoplados pasaban uno tras otro. Productos de granja, probablemente, rumbo al mercado. Lechugas, papas, naranjas, cebollas... Las estibas tableteaban y hasta se podía escuchar el chasquido de las cuerdas que sostenían los cajones.

—¡Lenny!

Esta vez le contesté en seguida.

—Lenny, la ecuación para coordinar el espacio-tiempo es...

Parecía tener prisa.

La engañosa esponja de mi cerebro absorbió la información y, cuando él pidió que la repitiera, la dejó escurrir y quedó nuevamente en seco.

—Gracias, Lenny —dijo.

Apenas se le oía. Comencé a apretar el timbre nocturno que colgaba de un cordón, sobre la cabecera de mi cama.

Al día siguiente había otro hombre en la cama de al lado. Era un cazador, un hombre joven, de Nueva York, que se había descargado una perdigonada en el muslo derecho. Pasaron dos días antes que tuviera ganas de hablar. No llegué a tratarlo mucho.

Creo que habían pasado dos o tres días desde la llegada del nuevo paciente cuando una tarde mi médico se paró junto a mi cama y retiró la sábana que me cubría los muñones. Me miró de un modo raro y dijo, como sin darle importancia:

—Eh, una cosa, Lenny... ¿Qué le parece si lo mandamos a cirugía y le sacamos un poquito más de cada una, eh?

—Que diablos, doctor. Yo también puedo olerlo. Adelante. No se preocupe.

No teníamos mucho de qué hablar. Me puse a pensar en Peoria, Illinois, que era un lugar más divertido que ahora (para los camioneros, quiero decir). Y en Saint Louis y en Corpus Christi. Ya no me gustaba la costa este. Y tampoco Sacramento, Seattle, Fairbanks y esa larga y desdichada carretera de Alcan...

En la mitad de la noche seguía acordándome. Aún se escuchaban los acoplados en la ruta, pero lo que yo realmente oía era el ruido de un Cummins en una de esas largas pendientes en caracol de los Rocallosos, hasta que de pronto volví la cabeza y le dije a mi nuevo vecino:

—¡Eh, usted! ¡Amigo! ¿Está despierto?

Lo escuché gruñir.

—¿Qué?

Parecía fastidiado. Pero me oía.

—¿Alguna vez ha manejado? Quiero decir, ¿alguna vez atravesó Nueva Jersey en automóvil? Bueno, mire, si necesita neumáticos o una batería y quiere comprarla con descuento, pare en la estación de servicio La Amistad de Jeffrey, que está en la ruta 22 de Darlington, y les dice que lo manda Lenny Kovacs. Tenga cuidado al salir del pueblo, en verano: hay un puesto secreto de control de velocidad... Y si quiere comer bien, vaya al restaurante Strand, frente a la estación de servicio. Pero si va para otro lado, hacia Nueva Inglaterra, tome la carretera de Boston y se para en... ¡Eh, amigo! ¿Me escucha?

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EL CUENTACUENTOS

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