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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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sábado, 31 de julio de 2010

CUENTOS DE ... CIENCIA / FICCION Y FANTASIA

CUENTOS DE ... CIENCIA / FICCION Y FANTASIA

Cuentos - CF&F



Indice


Cenotafio, Txisco Ruiz

Darwin ha muerto de escorbuto, Juan Antonio Fernández Madrigal

La caverna de hielo, Claudio C.

La deuda de tu sangre, Sergio Azlor

La máquina, Carles Garcia

Mensajeros del último adiós, Txisco Ruiz

Peor que la muerte, Eduardo Vaquerizo

Un lugar en la historia, Carles Garcia


******

CENOTAFIO

Francisco Ruiz Fernández




"Solitario te alzas - la parodia final

Destinado al silencio - un recuerdo a la mortalidad

Esculpido en piedra - un tributo a los caídos

Para víctimas sin nombre - cuya letanía no es leída

Nunca olvidadas - el recuerdo de la guerra permanece

Un oscuro recordatorio - del olvido de la humanidad

Esta solemne imagen - creada con resolución

Un monumento - a la conclusión final de la guerra."

Cenotaph, Bolt Thrower


Tom Morris había pasado ya varias horas deambulando por el espeso bosque cuando accedió a reconocer que se había perdido. Le enfurecía pensar que tras tres años como jefe de Boy Scouts en su Virginia natal hubiera acabado perdiéndose en un miserable bosquecillo de Vermont. Pero así era: los agrietados troncos y el suelo alfombrado de crujientes agujas conformaban un decorado monótono que sólo servía para desorientarle más aun; además todavía no había visto ninguna de las señales que había ido marcando en los troncos. Casi parecía como si los árboles, en cuando se daba la vuelta y se alejaba unos metros, las borraran de sus cortezas.

¡Si no hubiera perseguido como un crío a esa maldita ardilla! En el liviano aire de la sierra se podía oler la pronta llegada de la nieve como una intangible y gélida hoja que laceraba el rostro de Tom arrancándole el rubor: el verano había terminado, y el frío empezaba a hacer acto de presencia. Una ráfaga de viento cargado con aroma a resina acarició su cara con la consistencia de un sudario de seda.

Dios, y eso que sólo estamos en Septiembre... no quiero ni pensar cómo hará aquí en Diciembre, pensó Tom reprimiendo un escalofrío.

Aun con el problema de saberse perdido, no podía evitar verse influido por la belleza salvaje del paisaje que le rodeaba. En nada se parecía a su claustrofóbica Nueva York, donde vivía eternamente rodeado de asfalto, polución y suciedad, uno más en la marabunta humana. Aquí podía entrever el límpido cielo sin tener que alzar la cabeza casi perpendicularmente, y éste no era una paleta de tonos grisáceos y tristes, cargado con la peste de miles de coches, fábricas... Al contrario, delgadas cascadas de luz se desparramaban por entre las siempre verdes ramas creando bajo la cúpula de foresta un mundo de danzarinas sombras en las que con un poco de imaginación se podría ver correr algún duendecillo juguetón o escuchar el canto de un hada volando perezosa de flor en flor. A través de la tupida bóveda podía entreverse un cielo virginal, sin la más diminuta nube interrumpiendo su uniforme tonalidad plateada. Solo allá en el oeste, lamiendo el horizonte, empezaba a derramarse una delgada pincelada rojiza. El sol desencadenaba otra vez la venganza por su derrota diaria incendiando el paisaje de montañas y valles cubiertos de vegetación, igual que Nerón casi dos milenios atrás hiciera con Roma.

Pero la realidad del momento era mucho menos dulce: Tom estaba perdido, y si quería llegar al punto de encuentro con los demás en la ladera este del monte Gore antes del anochecer debía encontrar ya el camino correcto; y si algo de algo estaba seguro eso era que ningún ser del bosque se dignaría en guiarle.

Tom se detuvo y miró a su alrededor con gesto mezcla de desesperación y enfado, pateando frustrado la alfombra de resecas agujas. Sacó un mapa del bolsillo trasero de sus raídos tejanos y lo extendió sobre un tronco. En el vericueto de manchas, líneas y señales no era muy fácil orientarse. Rascándose la cabeza repasó todo el itinerario que había seguido desde el coche, y al fin llegó al punto donde creía que todo el lío había empezado.

Si no estoy equivocado, en el momento de lanzarme en aquella atolondrada persecución estaba a unos cinco kilómetros al oeste de la base del monte, y como el condenado bicho ha correteado jugando conmigo en dirección sur unos doscientos metros, ahora debo estar más o menos aquí, pensó. Su dedo apuntaba una indefinida mancha de verde oscuro recorrida por una negra y delgada línea que acotaba mil metros de altura, a unos diez centímetros de la masa pardo oscura que representaba el inicio de las estribaciones del monte Gore. El mapa era muy detallado, el mejor que había podido comprar en la tienducha del pueblo junto a la que había dejado el coche: un mosaico de marrones y verdes de diversas tonalidades recorridos por las ondas concéntricas de las cotas en negro, en el que de vez en cuando aparecía una leyenda, por lo general funesta - allí había un Valle del Ahorcado, un riachuelo llamado Blood, y algún otro nombre tan original como deprimente -. Delgadas líneas amarillas y rojas acompañadas de un código de números y letras indicaban la existencia de los caminos y pistas forestales. Justamente una de ellas era la que había estado siguiendo Tom antes de perderse.

Debo haber estado andando en círculos como un maldito principiante, y además he sido tan inútil como para no ver las marcas que yo mismo he puesto, se recriminó. Con todo, el mapa mostraba una solución muy clara: Tom resopló enfadado por aquella testarudez suya que le había impulsado a no consultar durante horas el puñetero pedazo de papel.

- Nada más tengo que continuar unos... ochocientos metros en dirección norte y por narices tengo que toparme con este recodo del sendero cerca de la base del monte. - Había hablado en voz alta y el liviano aire de la sierra arrancó un tono metálico a su voz que le sobresaltó. Unos segundos después el contestón eco le confirmó lo que había dicho. Si hay eco, delante mío debe haber una pared rocosa, y por el tiempo que ha tardado no debe estar a más de un kilómetro, su mente se iluminó de esperanza.

¡Quizá no me he alejado tanto de la falda del monte!

Sonriendo dobló el mapa cuidadosamente para volverlo a guardar en el bolsillo. Todo parecía volver a estar claro: allá adelante, oculto tras las copas de los árboles debía estar el monte Gore, y en él sus amigos. Con paso firme reinició la marcha hacia la pared rocosa.


El kilómetro se había alargado hasta convertirse una asfixiante e interminable maratón entre zarzas y hierbajos de tal altura que casi le llegaban al cuello, con la mochila como insoportable lastre.

La flora había cambiado tan radicalmente que Tom creía haber sido transportado del bosque húmedo de la costa Este que tan bien conocía a la fronda reseca típica del medio Oeste. Sus pasos habían abandonado la crujiente alfombra de agujas de abeto para pisar ahora hierba mustia y reseca creciendo en tierra arcillosa, rojiza, de clara apariencia desértica. Ya no le acompañaban los típicos abetos norteños sino una especie de pino que Tom no conseguía identificar, con copas bajas y achaparradas a las que se podía llegar alzando el brazo, tan densas que sus sombras impedían ver cualquier forma del terreno que no estuviera justo enfrente. El aire también había cambiado completamente, pasando de la frescura y ligereza de la montaña a una pastosidad de melaza que se introducía en sus pulmones y los saturaba hasta el punto de ahogarle por el solo hecho andar: nunca se había imaginado que semejante paisaje pudiera existir por aquellos andurriales, pero...¡Que cojones, así conozco mundo! No tiene porqué ser siempre el Este una maraña de pantanos, o rías, o bosques más húmedos que el coño de una ninfómana, y el resto del país un semidesierto. ¡Pero vaya agobio de arbustos! Sus manos estaban irritadas, sangrando por los numerosos rasguños que se había hecho con los arbustos. Además, para colmo de males se había clavado varias espinas al tropezar y caer torpemente en un par de ocasiones en los zarzales. La visibilidad bajo las densas copas de los pinos, acentuada por el encendido cielo cargado de sangrantes colores, creaba engañosas sombras en cuyo seno se ocultaban baches, piedras, raíces y ramas.

El avance era lento y costoso, obligando a Tom muchas veces a dar grandes rodeos allí donde los arbustos o troncos se convertían en impenetrables muros que impedían proseguir en la dirección que creía se encontraba objetivo el monte. Aun con todo, disfrutaba con el canto de los pájaros redoblando sus esfuerzos en el anochecer como para despedir con aflautado coro al astro rey. Tom sabía perfectamente que delante de él se abriría en cualquier momento la cúpula de ramas para descubrir la pared granítica del monte Gore. A partir de allí todo sería coser y cantar.

Pasado un tiempo indefinido que le pareció una eternidad al fin descubrió cómo a una decena de metros delante las ramas se abrían en un claro, permitiéndole ver las primeras estrellas despuntando tímidamente en el despejado cielo amoratado alrededor de una colosal luna llena. El sol acababa de ser devorado totalmente por el horizonte, pero aun quedaba la aureola de mortecina claridad que precedía al dominio de la luna. En la oscuridad creciente el avance se había convertido en una aventura lenta y lúgubre, por lo que Tom no pudo reprimir un aliviado suspiro al admirar la grandiosidad del espectáculo celeste.

Pero para su sorpresa no se encontraba donde esperaba: el claro estaba en el centro de una valle y, horror de horrores, no se veía por ninguna parte el monte Gore; en lugar de esto, el mismo bosque seco del que acababa de salir cubría las suaves laderas circundantes del valle, el cual se cerraba como un circo unos centenares de metros más adelante.

- ¡Mierda! - gritó pateando el suelo en un gesto infantil. - ¡Si me viera mi instructor de los Boy Scouts me partiría la boca! ¡Eso sí, después de desternillarse de risa! ¡Mierda! ¡Mierda, mierda y más mierda!

El arrebato de furia fue interrumpido por un acceso de tos: los pisotones en el reseco terreno habían montado una ligera polvareda que ahora le irritaba los ojos y la garganta. Entre lagrimas, carraspeando, echó una ojeada al claro. Aunque a primera vista lo parecía, no estaba del todo vacío: semicubiertas por altas y frondosas hierbas de colores pardos, desperdigadas, había las ruinas de lo que parecía un viejo pueblo; el paso del tiempo había hundido los techos, dejando una colección de muros grisáceos y depresivos recubiertos de hiedra, con grandes hierbajos creciendo entre las numerosas grietas. Con creciente curiosidad Tom deambuló por entre las casuchas, fisgoneando en su interior: ningún mueble estaba intacto, todos descoloridos y desgarrados por el tiempo o por algún animal, si no reducidos a polvo. La rudeza del clima en la región era tal que había provocado en los restos un chocante aspecto anacrónico: si bien pudo encontrar modernos aparatos de televisión, radios y demás, su estado era tal que algunos incluso tenían partes medio derretidas, como si hubieran permanecido durante siglos a la intemperie. Al cabo de unos minutos de vagabundear entre los escombros, Tom llegó a la conclusión de que la disposición de las casas era radial, formando círculos concéntricos. Con algo de suerte en el centro del pueblo habría un pozo o fuente, y con un poquito más de suerte no estaría seco. Enseguida divisó un monolito de unos cinco metros de altura tallado en roca grisácea, a primera vista granito, en el centro de lo que sin duda era la plaza del pueblo. A su pie debería estar la fuente. Tal vez estimulado por ese pensamiento, el estómago de Tom gimió sediento, obligándole a apresurar el paso. Llegó al monumento a plena carrera, resoplando y con la lengua fuera , ansioso de un buen trago de fresca agua de montaña, pero para su desgracia y por más vueltas que dio, por mucho que rebuscó en la áspera superficie de roca y entre los hierbajos que le rodeaban, no había ningún rastro de caño, brocal, ni nada semejante: aquello simplemente era un monolito, alguna especie de columna conmemorativa, sin agua que ofrecerle para calmar su sed.

- Esta visto que éste no es mi día.

Con un pañuelo se secó el sudor de la frente mientras observaba el monumento. Era de granito, y toda su superficie estaba decorada con bajorrelieves desgastados por el tiempo pero aun distinguibles. Desde la base y formando anillos a diversas alturas había arabescos y motivos geométricos, todos muy sencillos, que servían de marco decorativo a lo que era el mensaje principal del monolito: escenas de lucha entre dos grupos de combatientes, unos armados con rifles y pistolas estilizados, embozados en armaduras, y otros con hachas, lanzas y algún que otro arma de fuego, sin ningún tipo de protección o a lo sumo primitivas corazas que sugerían ser de cuero. Prácticamente no había ninguna duda de que las escenas trataban de representar los conflictos entre los habitantes del pueblo y los indios que siglos atrás infestaban la región. En la base y rodeado de los arabescos mejor trabajados de todo el monumento había una leyenda. Tom se acercó para tratar de leer lo que ponía en la crepuscular luz, pero el idioma, aunque semejante al inglés, era prácticamente incomprensible: sin duda era una versión regional y degenerada del inglés de tiempos coloniales que el rústico escribano, en su ignorancia, había transcrito tal cual. Por lo que consiguió traducir, Tom pudo entender que hablaba de un largo periodo de conflictos tras el que una de las facciones había sido expulsada y casi exterminada. Entre alabanzas y loas la inscripción concluía con una oración por las almas de los caídos. Por tanto, el monumento se trataba sin duda de un recuerdo monumento de guerra, un cenotafio, y aunque no había fecha alguna, era indudable que debía ser muy antiguo, de la época de los primeros colonos. Tom estaba mortalmente cansado. Sus músculos gemían pidiéndole reposo, así que decidió dormir entre las ruinas. En su recorrido había observado que la oscuridad de los pocos lugares techados estaba inundada del fétido olor de excrementos, por lo que no tenía otra opción que dormir al raso, y qué mejor sitio que junto a aquel precioso monumento, protegido por la memoria de sus aventureros predecesores.

No pudo reprimir una sonrisa al pensar en sus compañeros, allá donde quisiera estar el monte Gore, sin duda preocupados por su tardanza. Quizá incluso habrían avisado ya a los guardabosques dándole por desaparecido: Eso sería típico de Carl, siempre tan extremista. Seguro que incluso estará pensando que me ha atacado un oso. Se quitó de encima el peso muerto de la mochila y buscó por los alrededores un poco de hierba seca y ramitas con las que hacer una fogata. Al poco rato estaba canturreando alegremente junto al fuego, degustando un sabroso bocadillo de bonito aderezado con unos pimientos fritos. Tras el ocaso la temperatura había bajado bastante, por lo que avivó el fuego con nuevas ramas, extendiendo las palmas de las manos a las llamas para sentir el acogedor calor. Las ramas chisporroteaban entre débiles chasquidos elevando pequeñas luciérnagas incandescentes hacia las alturas mientras más allá del círculo de luz los grillos chirriaban con su monótono pero relajante cric-cric. De vez en cuando el ulular de una lechuza añadía un nuevo detalle al ambiente fantasmagórico de la noche, mientras una suave brisa fresca convocada por la oscuridad acariciaba su cara con tacto de sudario, portando el aroma del bosque circundante.

El sopor no tardó en hacer acto de presencia al acogedor calor de la fogata, y Tom se dejó llevar por los gemidos de sus doloridos músculos pidiéndole descanso. Nada más acabar de comer desenrolló el saco y se arrebujó en él, acogiéndose al abrazo de Morfeo. En un instante estaba roncando plácidamente.


Las escenas del sueño eran distantes, brumosas y mudas, dando la impresión de estar viendo a través de un televisor mal sintonizado en una muy débil emisión: la imagen se distorsionaba repetidamente con interferencias que alargaban y retorcían los objetos, todo ello sumergido en una finísima y persistente neblina que impedía apreciar de manera concisa los rasgos. Pero las escenas que allí aparecían no necesitaban de ninguna explicación: las oscuras figuras abalanzándose unas sobre otras, cayendo, abriendo sus bocas con mudos gritos, iluminados sus cuerpos por explosiones de obuses, todo el conjunto solo podía representar una cosa: guerra.

Lentamente la imagen fue mejorando, sumando más y más detalles violentos a la contienda. Esta tenía dimensiones colosales, tanto que parecía como si todos los ejércitos de la tierra se hubieran juntado en aquella asolada planicie para asesinarse unos a otros. En el despiadado combate centenares de miles de guerreros combatían anegando con su sangre el polvoriento desierto, convirtiendo el polvoriento suelo en un oscuro lodazal.

Como en los combates medievales, para un profano era casi imposible determinar quiénes eran de un bando y quiénes del otro; todas las figuras portaban protecciones, unas ligeras, esbeltas y manejables, otras más resistentes y voluminosas. Para mayor confusión de Tom, no era esta una lucha enmarcada en un tiempo determinado, sino que era un amplio museo de técnicas y armas de combate: junto a toscas armaduras medievales e incluso de reminiscencias romanas o anteriores peleaban futuristas figuras embozadas en extraños trajes de cualidad metálica pero tan maleables para los movimientos de su portador como la ropa; mientras unos blandían hondas, lanzas y espadas, otros disparaban M-60's, fusiles de asalto e incluso armas energéticas; por abrumadora mayoría, la táctica de combate por excelencia era la romana, apelotonándose los combatientes en cuadros, rombos y otras figuras para abalanzarse ordenadamente sobre la marabunta combatiente o bien desplazándose presurosos hacia las brechas; también había por algunas partes filas de arqueros y fusileros protegidas por piqueros, muy al estilo de las antiguas guerras europeas.

Fijándose en esa variedad de armas Tom pudo al fin distinguir los ejércitos enfrentados: estupefacto comprobó que las pocas figuras embozadas en armaduras de plastiacero eran el objetivo de todos los demás. Un desigual combate en el que por cada caballero futurista existían decenas, incluso cientos, de enemigos: hombres, mujeres, incluso ancianos y niños. Parecía como si todos hubieran enloquecido, y convertidos en bestias rabiosas atacasen sin preocuparse por su edad o estado físico a las figuras plateadas. Pero la superioridad numérica no era nada frente al poder armamentístico: todas las armaduras portaban armas de energía o balísticas de altísima virulencia; frente a ellas, en piñas humanas, cuadros de lanceros se lanzaban con la furia de los bersecks, protegiendo con sus cuerpos a camaradas armados con subfusiles, ametralladoras y escasas armas futuristas, sin duda robadas a enemigos caídos. La masa, por el contrario, esgrimía una mezcla mazas, espadas, hachas y morning stars de la más variada factura. Aquello era una implacable carnicería donde el ejercito primitivo solo mantenía su lucha gracias a la abrumadora superioridad numérica de sus miembros, que como alimañas se lanzaban en jaurías de veinte o más hombres desde el interior los cuadros sobre una sola armadura mientras otros mantenían a las demás a raya a base de un continuo fuego a discreción. Aun con todo una y otra vez parejas o tríos de armaduras rompían sus filas sembrando el dolor y la muerte con sus potentes armas. Por todas partes los heridos abrían sus bocas con gemidos de dolor, implorando la llegada de algún sanitario y encontrándose generalmente con un haz láser lanzado desde los colosales tanques que sin hacer ningún tipo de distinción sesgaban las vidas de combatientes de los dos bandos.

Tras lo que bien pudieron ser horas de crueles escenas de guerra, implacable, insaciable, eterna, el televisor por el que Tom parecía estar mirando empezó a hacer zapping, mostrando de una cadena a otra nuevos y más desoladores combates: en ellos, la apocalíptica guerra iba adquiriendo más y más violencia en un in crescendo acompañado de la progresiva retirada y exterminio de los ejércitos primitivos por parte de los futuristas. Los paisajes de planicies enteras tapizadas por la multicolor y deslumbrante alfombra de combatientes dejaban paso a incomprensibles ciudades futuristas asediadas por hordas de guerreros harapientos, recordando la exótica Tanelorn asfixiada bajo la hedionda presa de Nadsokor, para concluir en un desastroso repliegue, tras el que las batallas pasaban a ser escaramuzas, las escaramuzas simples emboscadas, y las emboscadas una patética guerra de guerrillas. El frenético zapping culminó con una serie de paisajes nocturnos... o eso deberían ser ya que colgaba del cielo la luna, si bien el cielo y la tierra poseían una antinatural luminiscencia que permitía ver con el reducido cuarto menguante incluso mejor que bajo la luna llena normal. Todo, rocas, ríos, plantas, todo relucía: la maldición del átomo había cubierto con su capa de muerte la superficie del planeta, sentenciado a siglos de agonía y degeneración.

Entre contrahechos árboles, observadas por aberrantes seres que quizá tiempo atrás habían sido inocentes conejos, unas estériles, mastodónticas ciudades recubiertas de materiales reflectantes parecían prosperar extendiendo su brillante telaraña sobre montañas, planicies y valles, devorando a su paso todo rastro de vida. En sus estructuras metálicas todo era quietud, ninguna ventana brillaba revelando actividad interior; solo el reflejo en su superficie especular de las nubes acompañadas del implacable sol o de la mortal luminiscencia nocturna de la radiactividad impartían cierta animación a lo largo de sus miles de kilómetros de cúpulas, pasadizos y pabellones. Muy de vez en cuando una oculta portezuela se habría para dejar entrar o salir algún aparato volador de dimensiones imprecisas, tras lo que la calma volvía a reinar. Como un cáncer terminal, lento e imparable, aquellas moles de metal se expandían por la superficie del planeta e incluso bajo las aguas su monotonía, y acabarían por borrar todo rastro de naturaleza.


Un nuevo cambio de canal llevó a Tom frente a la entrada de una cueva, en un recóndito valle libre aun de la presencia de las ciudades metálicas. Allí la vida rebosaba de energía y la radiación no había afectado dramáticamente a sus habitantes. Con una velocidad sólo posible en sueños la cámara se sumergió en las tinieblas, hasta que tras un recorrido en el que la negrura de la caverna solo era desgarrada por la presencia de fugaces e iridiscentes formas, quizá líquenes, quizá algo más innombrable, llegó a un pasillo iluminado débilmente por bombillas eléctricas. No era posible apreciar ningún detalle concreto por la demencial velocidad, pero aun con todo el pasaje tenía una apariencia de total abandono, con sus laterales repletos de escombros y basuras. Dos guardias con raídas armaduras de cuero y que ocultaban sus rostros con máscaras de gas hacían guardia junto a una pesada puerta de metal, lo suficientemente grande para que un autobús pasase sin problemas. La cámara la atravesó como si se tratase de un fantasma y ralentizó su viaje para mostrar a Tom lo último que hubiera esperado en aquel desolado planeta. Allí, en las entrañas de la montaña, un auténtico vergel se extendía en una colosal caverna, a todas luces artificial, cuyo techo se perdía en las alturas llenas de brumas. Una luz difusa, simulando la solar, alumbraba jardines, huertas, casas y avenidas, en las que gentes con amargas miradas cultivaban exóticas plantas, paseaban marcialmente o practicaban en grupo el manejo de las más diversas armas. Niños cuyas edades no eran superiores a cinco o seis años manipulaban con manos expertas pistolas, montando y desmontándolas, gritando a su instructor los nombres de cada una de las piezas y su función. Adolescentes combatían cuerpo a cuerpo en numerosas arenas ante el regocijo de sus padres, orgullosos por sus progresos. La cámara no aportaba a Tom ningún sonido, pero era obvio que en sus voces, sus gritos, había una rabia y deseo de venganza insondables. Esa gente se negaba a abandonar su planeta y no cejarían en su lucha mientras les quedase sangre en las venas. Las escenas pasaban rápidamente ante Tom mientras la cámara continuaba su deambular entre calles, casas, plazas y campos. Al fin divisó a lo lejos un altivo edificio de líneas estilizadas y sólidas, construido en robusto granito, y por alguna razón supo que allí estaba su meta. A través de lóbregas estancias, con incontables guardias desfilando de un lado para otro, llegó al corazón del edificio, una sala cuadrada con las paredes de mármol desnudas por completo salvo por un antiguo mapamundi físico en la pared opuesta a la puerta de entrada. El mobiliario era tan reducido como austero: un espartano sofá de estilo romano, madera y cuero desgastados, situado bajo el mapa, un pequeño aguamanil con su toalla en una esquina, y en el centro de la estancia una mesa redonda y antigua confeccionada con maderas nobles sobre la que había un sencilla jarra de cristal llena de agua y unos cuantos vasos. En torno a ella un grupo de hombres sentados se miraban hoscamente, de vez en cuando susurrando entre sí preguntas, pero incapaces de dar nunca soluciones. Todos lanzaban repetidas miradas cargadas de nerviosismo hacia la puerta cerrada, mientras con sus manos curtidas por el áspero aire del exterior manipulaban intranquilos los vasos o mesaban largas y cuidadas barbas.

Siguiendo alguna señal que se escapó a Tom todos dejaron de cuchichear y se levantaron, situándose en posición de firmes con la mirada clavada en la puerta. Esta se abrió para dejar paso a una oscura figura embozada en una espléndida armadura de campaña con dibujos de camuflaje por toda su superficie de un metal a todas vistas muy ligero; también debía de ser realmente resistente, pues en bastantes lugares mostraba las huellas de impactos de armas de cuerpo a cuerpo, balas e incluso láseres. Los abultamientos defensivos del traje no podían ocultar la robustez hercúlea de los brazos, piernas y torso del recién llegado. En la cabeza llevaba un desgastado casco del mismo material que la armadura, muy semejante al que usara el ejercito prusiano a inicios de siglo, con un afilado pincho en su parte superior. Los rasgos de su cara eran irreconocibles tras una aterradora máscara de guerra que mostraba el rostro de un encolerizado demonio y que además le servía de filtro para el insano aire del exterior. Todos los presentes estallaron en demandas, quejas, preguntas y súplicas ante la figura, pero ésta les hizo callar alzando la mano con autoridad. Lentamente, tranquilizando con su mera presencia a todos, manipuló los contactos de la máscara y ésta se deslizó hacia abajo con una nubecilla de vapor para descubrir un rostro cansado de rasgos helénicos. El pelo rubio estaba mugriento y apelmazado por la mezcla de sudor y polvo que cubría casi por completo la delgada cara de nariz aquilina y estilizados labios. La firme mandíbula veía reforzada su energía con unos ojos azules, intensos e indescifrables, cargados de una mezcla ecléctica de sentimientos.

Ante la atenta mirada de sus subalternos, sacó de entre los pliegues de su capa un bulto de tela sucia y desgarrada y lo depositó en el centro de la mesa. Los ojos de todos los presentes se posaron en el bulto mientras una oleada de desesperación recorría sus cuerpos: sabían lo que aquel paquete significaba y temían lo que podía deparar.

El tiempo había llegado... otra vez.

El líder fue desliando delicadamente el fieltro manchado de barro, desatando los numerosos nudos que enlazaban los harapos, para descubrir una extraño aparato del tamaño de una cabeza humana, en su mayor parte metálico, con intrincados dibujos e incomprensibles inscripciones que recordaron a Tom, en su estilo de grafía, aquellas que había visto en el cenotafio. Pero éstas no eran obra de una mano inexperta y un burdo cincel. Al contrario, los trazos eran delicados, barrocos hasta el punto de casi rozar la calidad de una obra de arte: era sin duda el resultado de una tecnología que superaba en siglos a la de aquel pueblo troglodita. En su parte superior tenía un globo de cristal negro pulido de tal manera que reflejaba y amplificaba toda la luz que a él llegaba. Una distorsionada imagen de la sala y sus ocupantes se retorcía burlona en su superficie devolviendo las miradas cargadas de preocupación de los hombres que escrutaban su opaca materia. Parecía el ojo de una colosal bestia, arrancado de su órbita pero aun repleto de energía, acechando todo lo que le rodea.

No había tiempo para más dilaciones, y con un gesto de su mano el líder indicó a sus generales que el ritual debía empezar inmediatamente. Todos y cada uno de ellos extendieron un mano sudorosa hacia el cristal mientras se miraban. En todos los rostros un rictus de temor apareció por un instante, tras el cual el terror se convirtió en duda: algo no iba como debería; la respuesta a la invocación tardaba demasiado. El transcom siempre emitía su llamada a una velocidad cercana a la luz, y todos sabían que su destinatario estaba atento a no más de unos miles de kilómetros. Y sin embargo no respondía. EL sudor perlaba cada uno de los rostros, e incluso el sereno líder se mostraba ahora intranquilo ante la demora. ¿Dónde estaba aquel maldito ser que primero les había convocado y ahora se hacía de rogar? La lámpara araña a suspensor tembló levemente ante una corriente de aire que entraba a través de los respiraderos repartidos por el techo, creando nuevas sombras en los alterados rostros y haciendo estremecerse a los más nerviosos. Pero ninguno apartó las yemas de sus dedos de la esfera. El castigo era tan inmediato como definitivo: muerte.

Al fin la esfera se cargó de energía estática, que empezó a crepitar lanzando diminutas chispas, creando pequeños y azulados arcos voltaicos entre su oscura superficie y las ropas de los convocantes. La carga electrostática fue creciendo en intensidad, indicando que el contacto definitivo se acercaba. Todos los generales, incluido el líder, estaban pálidos como la muerte con sus cuerpos recorridos por fuertes temblores.

Sin previo aviso uno de los hombres alzó las manos de la bola lanzando rayos azulados por sus ojos, boca y manos, mientras todos los demás eran despedidos con brusquedad por una mano invisible lejos de la máquina. Por un momento la lámpara-suspensor se apagó saturada de carga, dejando la habitación iluminada únicamente por el fantasmal fuego de san Telmo que surgía del cuerpo del general, que no dejaba de retorcerse y temblar con el cuerpo poseído por brutales convulsiones, sin en ningún momento perder definitivamente el pie: parecía una infernal marioneta a la que el titiritero hubiera conectado un cable de diez mil voltios.

Con la misma insospechada rapidez con la que había empezado, todo culminó, y el cuerpo cayó al suelo, libre de la energía, sin el menor rastro de quemaduras en su piel o ropas, aunque todos sus músculos aun seguían siendo recorridos por espasmos. El mensaje estaba listo para ser leído. Todos los hombres que habían permanecido en el suelo observando impotentes la agonía de su compañero se lanzaron en su socorro: unos fueron por toallas, empapándolas en el agua fresca del aguamanil, otros buscaron un vaso y le dieron de beber delicadamente, mientras otros le alzaban con sumo cuidado y le tendían sobre el sofá.

El periodo de recuperación siempre era rápido, pero aun así el sufrimiento del receptor era indescriptible. Nadie envidiaba a aquel hombre que por unos segundos había sido uno con la cruel realidad del exterior, que se había fundido con la antinatural mente desencadenante del fin del mundo, que había sentido en sus carnes el poder destructor de soles que acosaba sus hogares, el implacable enemigo contra el que luchaban, aquel por el que nacer, vivir y morir tenían significado. Lentamente los músculos del receptor se fueron relajando a la vez que las convulsiones desaparecían, hasta que por fin abrió los ojos. La tristeza se apoderó de los corazones de todos cuando vieron la locura tras aquella mirada: otro valiente guerrero y sin par estratega había caído tras uno de los emplazamientos del enemigo. Ya solo había en él algo digno de tener en cuenta, el mensaje que en su cerebro llevaba y llevaría por el resto de sus días. El hombre empezó a hablar, pero por la extraña cualidad del sueño, tampoco esta vez pudo Tom escuchar ningún sonido; aunque ya para entonces sabía que no comprendería nada de aquello. Los labios del patético emisario se movían rápidamente, borboteando sordas palabras que hasta eran difíciles de comprender para sus camaradas. La lámpara a suspensor vibró con un nueva corriente de aire y las sombras se apoderaron del rostro demente, eclipsado por la mole del líder.

Todos se alzaron dejando al pobre desgraciado con su jerigonza cuando el mensaje quedó suficientemente claro. La anormal espera ahora tenía una explicación: esta vez el tributo sería especial; debían buscar a unos kilómetros de distancia una presa en particular, un capricho del cruel ser que les había convocado. Lo mejor era no hacerle esperar, ya que de su complicidad dependía la actual seguridad del refugio.

Con ordenes gritadas a pleno pulmón, el líder preparó la expedición de caza.


En ese momento la televisión del sueño de Tom hizo de nuevo zapping, llevándole esta vez a un vertiginoso vuelo nocturno. Por la leve vibración de la cámara parecía volar en un caza o algo semejante, como mínimo un aparato a reacción, tan rápido se desplegaban a sus pies montañas y valles. En cuestión de segundos había dejado atrás unas laderas recubiertas de verde hierba resplandeciente por la radiactividad para sumergirse en un ilimitado desierto grisáceo en el que tormentas de ceniza que ridiculizarían a las de Marte arrancaban miles de toneladas de polvo del suelo para lanzarlo contra erosionadas colinas. La gris monotonía del desierto fue continuada por el mar: éste parecía el de siempre, azul oscuro, casi negro, cargado de pinceladas plateadas a la luz de la luna, un recordatorio de la belleza del agónico planeta. El cielo despejado permitía a Tom mirar detenidamente al majestuoso satélite, con sus preciosas manchas oscuras, sus llanuras de polvo que los visionarios de siglos pasados llamaron poéticamente mares, con sus recargados cráteres recorriendo su superficie.

Los cráteres. Había más cráteres de los que él recordaba. Otro gran circo anillado junto al de Kepler indicaba las cicatrices de una guerra que había traspasado la atmósfera de la Tierra.

Tom deseó que la cámara no enfocase más aquella devastación. ¿Hasta que punto de degeneración había llegado la humanidad como para que no sólo arrasase su planeta, sino que con él violara la belleza de su compañera? Ya nunca podría un hombre mirar la noche estrellada sin contemplar las crueles cicatrices que sus antepasados habían infligido a un indefenso paisaje.

Pero, ¿quedaría algún hombre para llorar la belleza perdida?

El telón de oscuridad del océano y el cielo se vio desgarrado con un resplandor en la distancia indicando la cercanía de la costa: en este planeta lo faros no eran necesarios ya que cualquier barco podía divisar tierra antes de que surgiera desde la línea del horizonte gracias a la fantasmagórica aura radiactiva. Comparada con la oscura monotonía del océano la tierra parecía devorada por llamas que pugnaban en su intensidad y dimensiones con las del mismísimo sol. El avión o lo que fuese siguió indiferente su itinerario mientras nuevas colinas, valles, esporádicos ríos, e incluso alguna montaña nevada, desfilaban desfiguradas por la embriagadora velocidad. Tras sobrevolar una estepa desértica que parecía extenderse por más de tres mil kilómetros, toda cubierta de zarzales, matojos raquíticos y arenas pálidas y luminiscentes, el aparato enfiló hacia una cordillera de montes bajos, muy antiguos, en los que aun quedaban restos de vida vegetal sana y vigorosa. La velocidad del viaje se ralentizó a la vez que la cota de vuelo descendió hasta una altura en la que Tom, si tuviese manos, podría haber acariciado las rocas de las cumbres. Las laderas de las montañas estaban alfombradas de árboles de copas anchas y bajas, con un color oscuro, semejantes a pinos. Las aceitosas hojas parecían refulgir en la luz lunar, un mar vegetal encrespado por el suave viento que provenía de la planicie allá al oeste, portando el mortal calor de la radiactividad. Tras sortear numerosos valles y sobrevolar muchas más escarpaduras Tom pudo ver un circo de origen glacial recubierto de frondosas copas abrirse a escasos kilómetros: sin duda ese era el objetivo de su vuelo. Frente al circo el bosque se despejaba formando un claro en forma de circulo en el que bajos matojos devoraban unas ruinas. Un grupo de una veintena de personas, iluminando su camino con antorchas, salía en ese momento de entre la foresta y se dirigía en procesión hacia el centro de las ruinas. Entre ellas, a la cabeza de la partida, pudo distinguir la impresionante figura del líder, así como a alguno de sus generales.

De esta manera concluyó el sueño de Tom: tal y como empezó, una neblina estática acompañada de interferencias recorriendo la pantalla del onírico televisor y distorsionando las imágenes, mientras estas se desvanecían con un lento fundido en negro. Lo último que recordó fue el avanzar de las teas hacia las ruinas, mientras cabezas cargadas de temor escrutaban el cielo sintiendo la presencia del convocante. Entre los susurros de las hojas y los débiles sonidos del bosque adormecido un suave zumbido indicaba su presencia. No hacía falta el delator resplandor de una tobera para saberlo: estaba allí, y demandaría su tributo.


Con la claridad del amanecer en sus párpados Tom se desperezó poco a poco, retorciéndose en el saco de dormir. Aun con la galleta la falta de costumbre de dormir en suelo duro había entumecido sus músculos; notaba a todo lo largo de su columna la dureza de las baldosas de la plaza. El reciente sueño aun llenaba su mente, con su carga de extrañas visiones y sentimientos de desesperanza, la muerte de todo un planeta. Su intensidad había sido tal que aun podía sentir en su cara la cálida caricia del aire al volar a impresionantes velocidades sobre los desolados paisajes. Dejemos de pensar en eso y dispongámonos a encontrar el camino hacia ese maldito monte. Los demás deben de estar preocupados por mi ausencia. ¡Arriba!, pensó, pero sus sentidos aun estaban saturados por el vívido sueño: calor, luminiscencia, olores, todo el sueño le envolvía.

Y cuando abrió los ojos el sueño seguía ahí, ante él.

La claridad que a través de sus párpados había notado no era la del despuntar del nuevo día sino la de una antorcha ardiendo a centímetros de su rostro. Tom gritó sorprendido, y lo mismo hizo el hombre que la sostenía, estando a punto de dejar caer la antorcha sobre el saco de dormir. Con la voz apagada por una máscara dijo algo a sus compañeros en un idioma que estremeció las entrañas de Tom. Tenía ante sus atónitos ojos al grupo que antes había visto, en el sueño, salir del cercano bosque; allí estaba el líder, con su robusta coraza, con su rostro tras la máscara de demonio envuelto en sombras.

Tom se pellizcó fuertemente en el brazo: todo esto no podía real, debía estar aun dormido. Voy a cerrar los ojos, contar hasta diez, y todo volverá a ser como debería. Nada más estaremos las ruinas y yo. Un, dos, tres, cuatro, cinc... No pudo continuar. La voz del líder se dirigía a él. Las palabras sofocadas por el filtro de aire, ahora lo sabía Tom, eran del mismo idioma en que estaba escrita la leyenda del monolito.

Miró con los ojos desorbitados a su alrededor: sí, si uno fijaba la mirada en un punto distante, en las laderas del valle, podía ver el brillo fantasmagórico del átomo. ¡Dios mío! ¡Que ha pasado aquí! Alzó el rostro al cielo implorando una explicación a un dios que parecía haberle abandonado en un mundo de locura, sólo para ver dos nuevas y terroríficas incongruencias. La luna había cambiado, podía ver las huellas de explosiones en su superficie, el colosal cráter junto a Kepler. Y lo más terrorífico, aquella figura deforme, agachada acechante en la cima del cenotafio. Su piel brillaba. No, no tenía piel: toda ella era metal bruñido, y la luz de la luna arrancaba brillos mortales de las numerosas armas que salían de sus costados y que la identificaban como uno de aquellos combatientes de extrañas armaduras de su sueño. La máquina, porque ahora Tom sabía que eso era, le observaba con ojos muertos mientras sus antropomórficas extremidades se aferraban a la piedra. De alguna manera Tom supo que la máquina estaba sonriendo, si es que aquella abominación podía tener algún tipo de sentimiento. Todas las piezas ahora encajaban en la mente de Tom: el monumento, los grabados de combates, el sueño con sus visiones de guerra, máquinas contra hombres, victorias, derrotas, matanzas y persecuciones, las estériles ciudades de las máquinas, las acogedoras madrigueras de los hombres... la exterminación de la raza humana, y con ella de toda la vida. Y ahora él estaba allí dios sabe cómo, frente a un grupo de la casi extinta humanidad, convocados por un sofisticado amasijo de circuitos gobernados por un ordenador. La máquina quería algo de él, pero ¿qué? En el mismo idioma que antes, la máquina ordenó algo al líder. Todos la miraron con una mezcla de terror y odio. Uno de ellos dio un paso al frente, alzando el puño desafiante, mientras lanzaba maldiciones contra el monstruo de metal, pero rápidamente fue agarrado por sus compañeros. Todos estaban claramente nerviosos, incluso el líder, y le lanzaban frecuentes miradas desde el círculo que habían formado. La asamblea no duró mucho, y tras una acalorada discusión se alzó la voz del líder imponiendo su sentencia; el grupo se volvió con gestos de aceptación hacia Tom, que sólo pudo gemir de desesperación cuando vio cómo el grupo se apartaba reverencialmente unos metros con la vergüenza y la desazón cubriendo sus sudorosos rostros. Como Pilatos miles de años antes, se lavaban las manos y dejaban la situación a un poder superior, a un poder que ahora descendía lenta pero inexorablemente desde la cima del monumento hacia él.

Más la muerte no le acogió en su seno: garras afiladas como cuchillas cortaron con precisión de cirujano puntos concretos de su cuello y de su cabeza, los nervios que le brindaban todas las sensaciones del cuerpo y de su rostro fueron cercenados sin piedad, y con un grito mudo, mental contempló horrorizado como era izado por la máquina hacia las nubes ante la mirada aterrada del líder y sus hombres. Aislado en su mente, lo último que Tom pensó con terror antes de desmayarse fue en el terrible destino que le podría esperar allá donde fuera llevado.


- Señor, RS-232-b se presenta ante usted.

- Bien, bien. ¿Tuvo algún problema para conseguir al individuo?

- En cierta medida, señor, lo predecible. Como me recomendó, encargué a un grupo de humanos que realizaran la búsqueda antes de mí llegada por si el sujeto sufría algún contratiempo y moría: era necesario evitarle el que sufriera cualquier percance hasta que yo me hiciera cargo de la situación. Por desgracia su eficiencia cada día es superior, hallaron al sujeto tiempo antes de yo llegar al lugar y parecían estar pensando en acogerle en su comunidad y plantarme cara; sabe usted que son muy reacios a dar a uno de los suyos a nuestros exploradores, por lo que me vi obligado a amenazarles con incursiones de nuestros introdroids a modo de represalia... Al fin pude llevarme el espécimen sin más contratiempos, señor.

- Por cierto, según los primeros informes los análisis de las muestras abren un camino a la esperanza.

- Así es, señor: el último volcado de datos procedente de los laboratorios así lo indica.

- Espero que al fin lleguemos a una solución de esta penosa situación. Ya sabe usted que el pasado, el presente y el futuro dependen de ello. Ese cerebro humano es nuestra única oportunidad de enmendar esta abominable guerra en la que nuestros creadores nos embarcaron. Sólo descubriendo cómo ese individuo viajó en el tiempo podremos regresar al pasado y curar el irracional complejo de Frankenstein que desencadenó la hecatombe.

- Sí, señor: esperemos por el sagrado HAL que todo concluya felizmente.

- ¡Así lo deseamos todos! Mejor no haber existido nunca que ver nuestro precioso planeta convertido en un inexpugnable invernadero, en el que solamente bajo la cobertura de nuestras ciudades puede desarrollarse la vida en paz...



FIN


******


DARWIN HA MUERTO DE ESCORBUTO

Juan Antonio Fernández Madrigal




La tela negroazulada se vuelve ámbar. Los iris negros destellan en ámbar intermitentemente. La piel oscura se suaviza en el baño de ámbar una y otra vez. Hay una imperceptible arruga en la frente que intenta descifrar aquello, pero dura poco porque el ámbar se apaga y la tela negroazulada es otra vez azul y negra, y los iris negros son otra vez oscuros, y la piel oscura recupera su duro color tostado y sus aristas.

No se distingue ninguna orden explícita, aunque el camello recomienza su andadura dejando la luz roja y redonda atrás. Elegante como una garza del desierto, el animal hace que el asiento de maderas cruzadas balancee al jinete hacia uno y otro lado sin perder las invisibles ligaduras que lo mantienen en equilibrio, como crema, como dominio, viento hecho control.

Tras el jinete de África vienen muchos más jinetes de África.

El semáforo en rojo vuelve al inicio de su ciclo tornándose de un verde pálido. Las telas negroazuladas se vuelven verdes. Los iris negros destellan en verde constante. Las pieles oscuras enferman en el baño de verde artificial. Hay imperceptibles arrugas en las frentes que intentan descifrar aquello, pero duran poco.

Un diamante rojo, imagina, bordeado de una finísima línea de oro. El diamante de un tamaño minúsculo, oro y rojo ocupando no más que la uña del meñique. Unos ojos como no existen en ninguna otra parte, debajo del diamante, a cada lado, enamorantes. Bajo el diamante, la nariz perfecta y suave, y pequeña y perfecta. Bajo el diamante la piel marrón de sol y de herencia cálida. Unos ojos como no existen en ninguna otra parte que lo atrapan todo.

Cabellos azabache y brillantes sueltos lacios levemente sobre la brisa. Ropa de mil colores, de riquezas brillantes y de tonos exactos, rotundos, primarios.

Una mujer.

Los ojos de la India caminan por la acera bien cuidada, absorbiendo todo, los rostros de los transeúntes asombrados/indignados/aterrados, la limpieza del suelo, los símbolos de falsa riqueza y/o poder, las luces de tráfico, hasta la comitiva de garzas del desierto que avanza sobre sus camellos por la amplia avenida un poco más adelante.

Hay más diamantes rojos y oro, imagina, de tamaños minúsculos en comparación con los múltiples pares de ojos que derriten el alma, de los que no existen en ninguna otra parte, caminando por las aceras de la ciudad perfecta gris, absorbiéndolo todo.


Cuenta cien plumas. Multiplica por tres. Suma los colores del arcoiris en suave gradiente individual. Engárzalas en círculo cual corona, pues eso son quizás, deja el círculo abierto debajo, permite que las últimas plumas se engarcen en las tangentes lánguidas y lleguen hacia abajo, hacia abajo.

Por otra parte, coge un águila hembra de cabeza blanca. Toma un oso oscuro y negro. Adquiere la piel de un búfalo con su consentimiento. Extrae un corazón latiente de caballo. Mezcla todo eso y añade agua de río lluvia, hierba de pradera virgen y sesenta litros de aire no contaminado. Introdúcelo en un saco de piel humana, con un esqueleto humano, con músculos y órganos humanos, con la nariz aguileña, por supuesto, y piel enrojecida, y deja caer la corona de plumas sobre la cabellera don preciado de los espíritus.

Y cuando termines aúlla como lo hace aquél-que-persigue-la-nube-de-tormenta mientras pasea por la avenida pulcra y asquerosamente dura, violentamente dura, inmoldeable, que no obedece ni entiende a los espíritus de la tierra. Y arruga la frente como lobo-de-sangre lo hace al observar el tótem metálico de tres colores que muestra de nuevo su indescifrable signo ámbar intermitente. Y grita como luna-de-cosecha-tierna lo hace al sentir el asfalto duro e inmoldeable bajo sus pies descalzos demasiado endurecidos como para soportar el asfalto duro. Y sé orgulloso y no reniegues de lo que eres, porque no merece la pena, niño.

Observa a tus hermanos de sangre y aire, detrás tuyo, en la ciudad gris rica y poderosa que siguen el camino que indicó oso-pálido hace varias lunas y que están realmente asustados, tanto que son incapaces de demostrarlo. Grandes guerreros son. Que la madre tierra los acoja.

Tres juguetes.

- Gracias.

El hombre gordo vierte el agua hirviendo sobre el sobrecito. Inmediatamente el sobrecito comienza a flotar, lo cual le provoca ansiedad, pero sigue vertiendo agua que humea. Sólo cuando el agua llega al límite impuesto del treinta y tres por ciento de la altura del vaso de cristal sin marcas se permite dejar el recipiente a un lado pulcramente conteniendo la ansiedad como siempre y matándose por ello, y toma la cucharilla entre el pulgar y el índice y la utiliza para ahogar al sobrecillo y mantenerlo allí debajo del agua ardiente, y lo exprime y lo retuerce y lo infusiona.

La mujer pelirroja rizada pálida pecosa le observa desde su asiento acolchado con la intensidad que da la confianza que sólo da el tiempo. No pierde un detalle de los movimientos. Sigue al sobrecillo asesinado, a los vaivenes de la cucharilla brillante, a los ojos del hombre gordo que sólo miran al sobrecillo y que se desdibujan tras la cortina de vapor de agua que exhala el vaso. La mujer no siente nada por el hombre, ni lo va a sentir nunca, esas cosas son así.

Tras la silueta del hombre gordo está el amplio ventanal. El amplio ventanal es transparente como debe serlo cualquier ventanal que sea limpiado cuidadosamente día tras día sin descanso, bonita forma de luchar contra la entropía. Puesto que es tan transparente, deja pasar la estampa de la ciudad que rodea el edificio cilíndrico. La estampa de la ciudad es limpia a esa distancia, perfecta, recta, angulosa, occidental. Los edificios brillan sin lanzar destellos, puesto que el sol es difuminado eficazmente por la densa capa de contaminación que flota a la altura del último piso del edificio cilíndrico. Es una mala escena para un dibujo, no hay contraste.

El hombre gordo piensa en algo concreto, o no piensa en nada durante esos instantes. Luego levanta mecánicamente el vaso humeante y vierte el contenido casi directo en la garganta. Intenta que el calor relaje la ansiedad, pero el calor calienta. Solamente.

En tres veces. El vaso queda vacío.

- Es la hora - dice el hombre gordo a la superficie negra de la mesa. La mujer se levanta elegante mirándolo y deja de mirarlo con la misma naturalidad para salir del despacho y buscar a la comitiva. El hombre aparta el vaso a un lado y se consuela a sí mismo pensando en el poder que ha llegado a ostentar.

Cuántos niños se consuelan a sí mismos con vacíos juguetes de plástico.

Sólo tres. Sólo tres etnias han venido a su llamada. Ignora si quedan más o las demás son sólo recuerdos de una extinción. Cuando era niño había más. Quizás siete. Claro, cuando el bosque del Brasil aún tenía árboles donde cobijarse. Los viejos dicen que había habido incluso una selva allí. Sí, alguna vez todo había sido muy bonito. Para los viejos sólo hay recuerdos, y si no los hay se los inventan. La cuestión es que te hagan caso. Una selva en Brasil. Estupendo.

No puede apartar la mirada de la mujer extranjera. Se siente confuso. Una tribu como la suya, hundida en la miseria, casi extinta, y aún sigue produciendo especímenes de tal belleza. Las mujeres que él ha tenido podrían palidecer de envidia. Y a alguna le haría falta. Repasa los papeles que tiene frente a él. La India. Debe de ser alguna zona perdida en las montañas del este. Relee el resto con fastidio. Escasos datos compilados por burócratas ineficientes. Mientras tanto el hombre enfundado en la túnica oscura que se ha sentado junto a la mujer observa la habitación fingiendo ignorar que está frente a la persona más poderosa de Zevernejia, o sea, del planeta. Demonios, dónde está Argelia. En África. Al Norte. El hombre es un cábila. Afortunadamente tiene puesto el traductor automático. Sí, la mujer también lo lleva. El tercero permanece en pie. No le dice nada. El rostro firme refleja demasiado orgullo pero se niega sin embargo a reflejar el frío que hace en la habitación, a pesar de llevar el torso desnudo. No lleva traductor. Joder, es casi una herejía. El calor de la tila le recuerda al hombre gordo su presencia forzada en el estómago. El hombre rojizo que se empeña en estar de pie viene de Norteamérica. Dónde estará Norteamérica. Ah, sí. Ahora recuerda algo: un continente devastado y desértico en el que no hay más que arena y rocas. Los viejos también cuentan que llegó a ser el más rico del planeta. Increíbles, los viejos.

Intenta concentrarse.

- Me gustaría darles la bienvenida a Boi' Sevik. Espero que la travesía no les haya resultado demasiado incómoda. Si bien no hemos podido fletar vuelos específicos hasta sus lugares de origen, hemos hecho un verdadero esfuerzo por encontrar las alternativas menos traumáticas para su transporte.

En ese intervalo, ha comenzado relajando la voz, luego ha ofrecido una magnífica sonrisa de circunstancias (a la altura de la palabra "incómoda"), a la que ha seguido una típica disculpa simpática hemos hecho todo lo posible qué buenos somos. En ese intervalo, la mujer India no ha modificado su dulce expresión. El hombre americano ha permanecido como un mástil coloreado, uno de ésos que hay descritos brevemente en el papel que le han pasado, un tótem, sí. Por su parte el targui ni siquiera ha parecido constatar que la reunión ha comenzado y sigue explorando la habitación con la mirada.

Debe ser el retardo de los traductores. Seguramente.

- Bien... hum. En cualquier caso sus comitivas estarán bien alojadas en...

La mujer de la India, no recuerda su nombre, comienza a hablar en ese momento. Las palabras cantarinas son traducidas tras un leve lapso por el circuito adherido a sus ropas. El hombre gordo está doblemente fastidiado, primero por la interrupción, segundo por la ineficacia del mecanismo. Debería haber sido uno de los nuevos aparatos, pero todo ha sucedido demasiado rápido y han tenido que arreglárselas con ésos. Confía en que tarde poco en adaptarse al hindi y todo se vuelva más fluido. Mientras tanto la mujer sigue hablando. Y el hombre gordo se obliga a atender a la voz impersonal del traductor.

- No nos han explicado por qué hemos sido traídos aquí. Usted y nosotros sabemos que no ha sido un viaje de placer. Más bien no teníamos otra opción, ¿verdad?. Supongo que es porque nos necesitan. Después de tantos años, siglos, ustedes, el primer mundo, nos necesitan. - el traductor se ha adaptado ya, y la sonrisa de la mujer coincide con las palabras ácidas, que también se van pareciendo cada vez más a la voz de pájaro que las provoca - Entonces, si hemos aclarado esto, dejémonos de formalismos y díganos para qué nos quiere. Resulta un tanto... molesto el tener que convivir con ustedes en su ciudad. Nos gustaría abreviar los trámites.

El hombre gordo reacciona tarde, como si fuera un aparato traductor que tuviera que reestructurar las palabras sinceras en formato hipócrita para poder entenderlas. No sólo están esos ojos, esos malditos ojos arrebatadores intentando absorberle. Ahora los tres representantes le miran sin parpadear. A él. Y él, en nombre del mundo occidental, en nombre del mundo, debe responder.

- Oh, disculpen mi torpeza - el hombre gordo mira a la mesa, esboza una sonrisa y vuelve de nuevo a sus interlocutores con lo más sincero que puede expresar en el rostro - Insisto en que espero que disfruten de su estancia, pero comprendo que esos asuntos no les interesen en este momento.

Intenta imaginarse el trayecto que han recorrido por las calles de la ciudad hasta llegar al edificio. A pie, en sus animales, si los han traído, un bonito espectáculo para los transeúntes. Eso ha sido una de las cosas en las que ha tenido que ceder. Y el hombre gordo comienza a prever algunas más.

- Les he convocado porque tenemos un problema. Un asunto en el que su colaboración sería de gran valor.

- Nunca antes habían requerido nuestra colaboración.

Es la primera vez que el targui habla. La túnica azul negruzca apenas muestra signos de agitación. El hombre del desierto es orgulloso. El retardo del traductor le hace arrugar la frente. También es malditamente sincero, como la mujer.

- No... es cierto. Escuchen, sé que las circunstancias no han sido fáciles para ustedes. Nunca. Pero les aseguro que eso puede cambiar. De hecho, esto puede ser una magnífica oportunidad de solventar las dificultades que siempre hemos tenido - no puede esquivar la mirada afilada del hombre americano, que permanece en pie con los brazos cruzados sobre el pecho. Le pone nervioso. Le da la impresión de que está al acecho, dispuesto a revolverse contra él y despellejarle vivo.

La mujer le sonríe.

- Insisto en que nos gustaría ir directamente al asunto - le dice con suavidad pero visiblemente nerviosa. El hombre gordo se mueve en su asiento, un poco más incómodo.

- ¿Son ustedes técnicos? - pregunta.

- ¿Es usted técnico? - pregunta/contesta a su vez el hombre del desierto mientras acaricia con los dedos morenos el pequeño traductor con forma de escarabajo de plástico que le han adherido a la túnica.

- Debería intentar explicarnos lo que ocurre de una manera suficientemente... asequible - continúa el targui tras una leve sonrisa. El hombre gordo ya se ha dado cuenta de que la reunión se ha deslizado entre sus dedos antes de lo que esperaba. Había supuesto que debería tratar con unos jefes ignorantes, después de tantos años aislados en sus reservas en los países más míseros del globo. Se ha equivocado. Tiene que ir con más tiento y dejar de lado parte de su orgullo.

- Está bien. Miren.

De la superficie negra de la mesa surgen tres finísimos haces de luz coherente. Se entrelazan a corta distancia, en el aire, y gradualmente los puntos de sus intersecciones van haciendo cada vez más nítida una imagen. Es un mapa desplegado del planeta. La imagen se encuadra alrededor del primer mundo: un área bastante irregular correspondiente al cinturón ártico, parte del norte de Eurasia, Groenlandia y las islas de la reina Isabel, al norte de lo que en un tiempo fue Canadá. Esas zonas se amplían. Hay multitud de puntos verdes nítidamente sobreimpresos sobre Severnaja Zem'la, cerca de la capital del planeta, Boi' Sevik.

- Esto que ven es la zona habitada del planeta, quiero decir, la zona más poblada - la mirada de la mujer se le ha clavado como una navaja - Es lo que nos queda, después de que el cambio climático provocara el deshielo e hiciera inhabitables las antiguas ciudades occidentales. Claro, que de eso hace ya demasiado tiempo y ustedes deben conocer la historia. Fíjense. Los pequeños círculos rojos indican los principales núcleos de población. Hay nueve indicados: Boi' Sevik, Rudol' fa, Nordutslander, Nueva Atenas, Cornwall, Prince Patrick, Vrangle's, Nueva Moscú y L'achovskij. Son las megaciudades con más de treinta millones de habitantes.

- Siguen creyéndose el ombligo del mundo - interviene la mujer India - Es deprimente.

El hombre gordo parece no verse afectado por la mordaz crítica.

- Por supuesto hay muchas más personas, pero se distribuyen lejos de las áreas civilizadas. Lo decidieron así tras el cambio de clima, y como ustedes mismos conocen, ahora los enlaces entre ellos y nosotros son prácticamente inexistentes.

- ¿Qué es eso? - pregunta el hombre del desierto.

- ¿Se refiere a las manchas verdes? Bien, por eso han sido traídos aquí. Es el avance actual de la enfermedad. Atrex 7. Aún es débil. Sin embargo su área de influencia es tan dispersa y generalizada que ya está a punto de intersectar la megaciudad de Nueva Atenas, la única situada en un continente, en la antigua confederación rusa, concretamente. Aquí... ¿ven?. La megaciudad tiene un radio aproximado de cien kilómetros, así que aunque la escala de esta proyección reste importancia al hecho, lo cierto es que es una situación extremadamente preocupante. Pueden observar que otras megaciudades, incluida ésta en la que estamos, también registran débiles apariciones de Atrex 7.

- Esto es increíble... - la mujer se ha levantado y se acerca a la mesa, apoyándose en el plástico negro, sólo separada del rostro hinchado y sudoroso por la silueta transparente de Groenlandia - Extremadamente preocupante para ustedes, ¿verdad?. Jamás han movido un músculo para sacar a nuestra gente de la miseria. En toda la historia que ustedes llaman moderna no hay ni una sola muestra de sensatez en sus relaciones con el tercer mundo. Y ahora los amos del planeta tienen un pequeño problema con una epidemia... ¿y para qué nos han traído? ¿Para que les cedamos nuestros despreciables órganos a bajo precio?

El hombre gordo permanece en silencio. No aparta la mirada porque es imposible apartar la mirada de esos ojos, pero una parte de sí mismo desearía con toda el alma estar a varios siglos luz de distancia, en la nada del universo, flotando como una ameba energética despreocupada.

El targui interviene.

- Tienes razón - la mujer india no se vuelve, pero algo de la tensión va desapareciendo - Aunque si no queremos ser como ellos al menos deberíamos escucharle un poco más, ¿no crees?

Ahora sí se vuelve. El cruce de miradas entre los dos sólo es parcialmente revelado al hombre gordo a través de los minúsculos reflejos en los ojos oscuros del targui. Tras demasiados instantes la mujer regresa a su asiento. Por su parte el pielrroja sigue en pie, apartado de todos, clavado como una lanza en el suelo.

- Explíquenos en qué consiste la enfermedad - continúa el targui.

- Bien... lo primero que quería aclarar es que no se trata de un pequeño problema - se atreve a mirar a la mujer, pero no soporta durante demasiado tiempo sus ojos - Es muy parecido a una epidemia, aunque conceptualmente es muy distinto, y aún no tenemos cura. De hecho nuestros científicos la han estudiado y se muestran muy escépticos respecto a encontrar una cura a tiempo.

- No vemos qué tenemos que ver nosotros en esto.

El hombre gordo piensa las palabras, las masca.

- Digamos.... digamos que hay indicios de que en las poblaciones de las que ustedes proceden existe cierta inmunidad a la enfermedad.

- ¿Cómo pueden saberlo? Aún no tienen suficientes casos estudiados.

- Verán... es que no necesitamos que haya más casos. Los estudios científicos han sido lo suficientemente exactos. De hecho conocemos ahora mismo la enfermedad a la perfección, sin asomo de dudas. Se preguntarán por qué a pesar de ello está avanzando tan rápido, y por qué no estamos diseñando ya el remedio. Es muy simple: porque el remedio no puede ser diseñado y fabricado sintéticamente en un tiempo razonable. En la práctica sólo sería útil un remedio natural ya existente.

- Y nosotros... - recomienza la mujer.

- Y ustedes es posible que lo tengan. Por eso están aquí.

- Es un detalle el habernos preguntado amablemente primero, en lugar de invadirnos y cogerlo - dice el targui - ¿De qué se trata?

- Esa enfermedad... antiguamente, muy antiguamente quiero decir, antes incluso de que se conociera la forma del planeta, antes de que hubiera realmente ciudades ni núcleos que hoy llamamos civilizados, fue combatida por los europeos de una manera paradójicamente sencilla, con un producto natural. Hoy en día ya no nos queda. Ese producto está extinto hoy en nuestras ciudades, al igual que los míticos elefantes o los rinocerontes o los tigres, o el maíz. En su lugar tenemos productos sintéticos, más eficientes en otros aspectos, pero faltos de los principios que son eficaces para combatirla. Hasta ahora habíamos suplido la carencia de estos principios con otros similares, pero la creciente contaminación de la atmósfera y el cambio de clima los ha vuelto definitivamente inútiles. Nuestros laboratorios podrían diseñar los principios originales de nuevo, sí, - se adelanta a las palabras que la mujer está comenzando a formar - pero sería un esfuerzo demasiado largo y costoso, teniendo en cuenta el ratio de expansión de la enfermedad. Sin embargo, si tuviéramos ejemplares vivos de los antiguos antídotos naturales...

- ¿Se refiere a...? - invita el targui. El hombre gordo hace una pequeña pausa antes de completar la frase que le han ofrecido.

- Me refiero a naranjas.

- ¿Naranjas? - exclaman al unísono la mujer india y el hombre del desierto.

- Naranjas. Limones. Cítricos y frutas en general. El Atrex 7 no es más que la reaparición de lo que se denominaba antiguamente escorbuto.

Una risa atronadora como la tormenta, retumbante como el trueno, afilada como el rayo, emerge de la garganta poderosa del hombre rojo de Norteamérica y se extiende por la habitación haciendo vibrar el amplio ventanal.


No sé si habéis tenido la misma sensación alguna vez. Se nota el miedo en el cuerpo, aunque es tan dulce su aguijón que casi no se parece a ese viejo conocido. Cuando se tambalea el mundo establecido por ti a tu alrededor, del que tan seguro te creías. Cuando una frase y un entorno en el que algo ha cambiado te hacen ver el abismo que se abre realmente a tus pies.

Hay personas que viven perpetuamente en el borde de ese abismo. Se han acostumbrado, porque pueden hacerlo, les resulta fácil, a andar sobre el vacío y a esperar que surja cualquier cosa bajo ellos. Son pocos. Son más los que están tan ciegos que no vislumbran la nada debajo, y todos sabemos que no existe lo que no se ve.

Pero también hay arquitectos. Los arquitectos aprenden a construir puentes sobre el acantilado. Sitúan pilares profundos, profundos, hasta que son tan altos que se sostienen por su propia rotunda existencia. Lapidan los huecos con losas gruesas y resecas. Tienden cables hasta la siguiente roca antes de seguir su obra. Pavimentan el aire. Poco a poco. Firmes. Seguros, porque ellos mismos han diseñado y construido el suelo que pisan.

Hasta que alguien viene y les recuerda que el abismo, después de todo, no tiene fondo.

Y algunos pilares se derrumban.

Túnica azulada que camina por una calle de camisas de algodón cien por cien y gafas benetton antirradiación. Piel morena como una mancha insolente en el traje de caras pálidas que viste a la ciudad. El targui camina por la acera intentando encontrar un punto de apoyo para la realidad que le han cambiado tan de repente. El arquitecto de los tuareg tiene un mal día, como tantas otras veces, e intenta alejarlo sin pensar mucho en ello. Quizás si el corazón no estuviera roto...

Quizás. Naranjas, muchas naranjas, de las que plantaron sus antepasados los Omeyas en los huertos de Córdoba. Los señores de la ciudad gris del norte del mundo quieren naranjas, y en realidad todo lo que se le parezca.

¿Y qué quieren los señores del desierto a cambio? ¿Y qué pueden pedir a cambio? Liberarse del yugo de la miseria. Comenzar de nuevo a igualdad de oportunidades con el hombre del primer mundo. Mandar al carajo la absurda carrera que no debió nunca comenzar.

El hombre del desierto desvía la mirada hacia el cielo, hacia esa mancha color cemento que cuelga de allí gracias al petróleo. Aún hay petróleo, quién lo diría. Sintético, por supuesto, como la ciudad, como los hombres de la ciudad, como el cielo.

Y en ese momento recuerda que tras la capa de gas tóxico que cubre la ciudad están las estrellas.

Aún están las estrellas.


Ella se mueve en caminos misteriosos. Mueve el cuello mientras danza, a izquierda y derecha, las manos delgadas enfrentadas por las palmas y bajo la suave barbilla de crema. Los pies descalzos se levantan y se posan sobre el entarimado haciéndolo crujir de gusto, volando lentamente, deslizándose entre la lluvia de pétalos de rosa que ha llovido del cielo. Una vez más Kali declara su amor a Shiva a través de la sensualidad del cuerpo pequeño y perfecto y del roce de las túnicas de oro y bermellón. La voz de pájaro borda los movimientos hasta desaparecer como tragada por río de cristal.

La mujer de la India termina su baile y suda inclinada.

Sus ojos negros como el cielo de la noche se elevan y sonríen, y luego la nariz sonríe y los labios sonríen y la piel se eleva al ver a su amado desnudo esperando.

Kali camina por el entarimado dejando atrás las sedas de color, las joyas y las naranjas, y se sumerje hasta el alma en asuntos realmente importantes.

El hombre de piel roja ríe y ríe. Como el lobo que alcanza a su presa. Como el águila que observa todo sin perder detalle. Como la luna que ríe en la noche haciendo que la hierba crezca. Como un padre del infantilismo de su hijo pequeño.


Alguien tiene que decidir. La sociedad civilizada tiene sus reglas, nos gusten o no, y una de ellas es que alguien tiene que tomar las decisiones difíciles, porque la mayoría no es capaz de hacerlo.

Cuando te toca a ti te cagas en la sociedad civilizada.

El hombre gordo les mira uno a uno. La estampa apenas ha cambiado desde la primera reunión. Tantos días negociando, y al final debe ceder más de lo que creía, como creía. Mal asunto, pero las manchas verdes se extienden sorprendentemente rápido, y ellos tienen las naranjas.

- Firmemos.

Mientras traza la caligrafía barroca junto a su número de serie personal e intransferible piensa en diversas formas de asesinar al que tomó la primera decisión en contra de las enseñanzas de Darwin, al que decidió eliminar la sagrada y rica evolución natural y sustituirla por la burda planificación sintética dirigida por dinero.

La mujer primero, el targui, el hombre rojo que sorprendentemente firma con soltura, incluido su propio número de serie. La ayudante pelirroja delicada pecosa pálida se acerca con intensidad y aroma de tila relajante y retira los documentos de papel sintético sin sonreírle pero mirándole como siempre lo hace para hacerle sentirse muerto, para hacerle sentir. Como un niño.

La comitiva se va y él se vuelve a mirar a través del ventanal. La ciudad que se extiende kilómetros y kilómetros en todas direcciones. Menos arriba. La plancha de contaminación aparece como la culpable de que no haya caminos hacia allí. Un espacio demasiado desaprovechado.

Bueno, ahora ya no tanto.


Las inmensas naves estelares, las últimas que había en los hangares subterráneos abandonados. Se alzan como gigantescos seres vibrantes que emitieran su aliento al cielo. Dejan la atmósfera gris y opaca y se alejan, se alejan de las ciudades grises y opacas que ya tienen naranjas para morir más lentamente. Se apartan del mundo que fue llamado primero y que ahora sólo se tiene a sí mismo y a toneladas de frutas que han valorado tanto como su libertad.

Generaciones enteras comienzan su ciclo vital en los úteros de metal y luz y se extienden, se extienden, poblando el universo como esporas inteligentes. Esporas de muy distintos colores, de muy distintas especies, pero unidas como siempre debieron estarlo.

Esporas rojas. Esporas doradas. Esporas marrones.

Ah, Manitú, Vishnú, Alá.

Dejad de sonreír.


FIN

******


LA CAVERNA DE HIELO

Claudio C.




1

Las lágrimas no lograban opacar la belleza de la visión.

La caverna de hielo, cálida y acogedora, los abrigaba de los peligros y JOR-LA se reponía mirando el cielo sembrado de estrellas por el hueco de la entrada.

Los reflejos del sol lejano, su sol, brillando un poco más que otros en la noche eterna, se expandían en miles de pequeñas luces multiplicándose en cada cristal helado.

Su hija, acunando al pequeño para que se durmiera, acompañaba en silencio los pensamientos de JOR-LA.

- Una atmósfera más densa nos permitiría esperar mas tiempo, respirar más veces antes del fin; pero si debemos terminar nuestro camino aquí prefiero hacerlo acompañado de la belleza de esta visión - dijo LAMANT-LA.

El pequeño se dormía en sus brazos, acunado por el hielo y agotado por la travesía, mirando las luces parpadeantes. Parecía sentir el calor acogedor de las luces de su ancestral hogar.

Los restos de la nave estaban dispersos en la meseta de hielo, inútiles salvo para ensuciar el paisaje. LAMANT-LA sentía que las estrellas avanzaban hacia ella atraídas por su tristeza y la esperanza en el rescate. - Si al menos alguna de esas luces fuese la nave que nos rescate y nos permita continuar...

JOR-LA salió de su silencio.

- Ya no tengo fuerzas para empezar de nuevo. Si alguna vez se cumple nuestro destino será a través de tu hijo; mi tiempo ha pasado.

El final estaba implícito/marcado en el comienzo pero la ilusión era más fuerte que la realidad. Algún día el pequeño crecería y continuaría la misión.


2

Las estrellas se acercaron; las luces frías y lejanas se transformaron en fuego. Una nave aterrizaba. Tres figuras salieron de ella. Sus formas, enmascaradas por los trajes espaciales, avanzaron ceremoniosamente hacia los refugiados; caminaban con la tranquilidad que da la fuerza. Llegaron a la caverna y sólo uno avanzó.

- ¿Por qué? - preguntó LAMANT-LA. Podía sentir la mirada fría a través del visor del casco, los ojos negros le cortaban la respiración, estaba paralizada. Sus orejas se plegaron sobre su cráneo, un atavismo de cuando su raza cazaba en las cumbres heladas lanzándose en vuelos fulminantes sobre las presas. Pero no había desafío en el gesto, sólo terror ancestral.

JOR-LA sintió que la angustia contenida brotaba. Movió sus viejos brazos y desnudó sus dientes saltando hacia el hombre.

El hombre disparó sin odio. Las agujas abatieron a JOR-LA y su cuerpo se envolvió en las alas rasgadas mientras caía en silencio, su mirada fija en la estrella. LAMANT-LA abrazaba al pequeño rey mirándolo con delicadeza, murmurando la canción del adiós. El hombre apuntó a LAMANT-LA y disparó con calma, respetando el instante de la silenciosa despedida. La mano no le tembló cuando le tocó el turno al pequeño, que se había dormido.

Después caminó hacia la nave, acompañándose con la baja gravedad. El dolor estaba presente en cada uno de sus movimientos, invadía sus pensamientos. Las estrellas eran de la humanidad pero la crueldad de sus pasos traerían consecuencias. Él sentía cómo el futuro tomaría venganza, ennegreciendo las mentes y los corazones de los hombres y las mujeres, hasta que los años no trajesen otra cosa que guerras y declive.

Era un simple soldado que siempre cumplía las ordenes pero sabía que estaba pudriendo su alma al hacerlo.


3

En las noches, cuando los usurpadores los dejan en libertad dentro de sus recintos cerrados, los lant se reúnen bajo el cielo de las dos lunas oscurecidas por las rejas. Los mayores hablan a los chiquillos, que se esfuerzan en mantener abiertos los ojos pálidos; Cuentan la leyenda que algún día, cuando el hombre envejezca y su raza degenere, la sangre de los conquistadores dejará de circular, el pequeño despertará y guiará a los lant hacia la libertad. Eran una vieja y paciente raza que podía esperar con ilusión.


4

Era una caverna maravillosa; digna de la morada de un rey y allí yacen sin que el hombre perturbe su sueño eterno los últimos reyes de Alfa Centauri.



FIN

******

LA DEUDA DE TU SANGRE

Sergio Azlor




Tras corregir la última de las pruebas de sus alumnos que se apilaban sobre la mesa, Javier la devolvió al montón y embutió éste en una carpeta azul que guardó en su maletín, dejando escapar un suspiro de hastío. Los resultados no eran alentadores, aunque ya se había acostumbrado a que pocas veces lo fueran. Por fortuna, no se trataba de un examen de verdad, sino de un ejercicio para comprobar el nivel de sus alumnos frente al inminente final de trimestre. El nivel era deplorable. En fin, le quedaban tres semanas más para elevar los conocimientos de los chicos sobre literatura española del siglo XX, aunque ya sabía que ni con la mejor voluntad del mundo podría aprobar a ciertos elementos.

Miró su reloj. Precisamente con los padres de uno de esos elementos iba a hablar dentro de poco, pues pertenecía al grupo que tutelaba aquel año.

Se inclinó hacia atrás y sus vértebras chasquearon placenteramente. Decidió desentumecerse moviéndose por el pequeño despacho. La decoración respondía al modelo que dominaba todo el instituto: mesas y sillas verdes, paredes de color crema y armarios de madera clara, en un espacio tan pequeño que un colega suyo había bromeado sobre si cabían a la vez Javier y la otra profesora de literatura con quien compartía el despacho, pues los dos eran de constitución más bien rolliza. De modo que no era lo bastante amplio para pasear, y tuvo que contentarse con permanecer de pie frente a la ventana.

Al otro lado de la calle se extendía un solar, vacío excepto por una excavadora, una montaña de escombros y dos paredes que aún se mantenían erguidas. El polvo levantado por las obras se había diseminado por toda la calle, y confería una cualidad borrosa a los demás edificios, como si hubiese calina. Javier lo contempló con expresión pensativa. Algunas veces, de pequeño, había estado en el edificio que se había alzado allí. Intentó dibujar mentalmente el aspecto de su interior, pero la única imagen que conservaba su memoria era la de un comedor pequeño y sombrío, eternamente en penumbra, dominado por un pesado aparador sobre el que se alineaban delicados objetos, figuritas y adornos que inevitablemente fascinaron al niño de ocho años que era entonces. ¿Había intentado coger uno? Sí, lo había hecho. Se acordaba con claridad porque se había cortado un dedo al hacerlo. El objeto era una irresistible estrella plateada, con docenas de brazos afilados y brillantes, uno de los cuales atravesó su piel cuando la tomó del estante inferior. Recordó que se había echado a llorar, y el arrugado rostro de su tío se había inclinado hacia él con una extraña mueca de preocupación, mientras restañaba con un pañuelo blanco la sorprendente cantidad de sangre que manaba del corte, hasta que la tela quedó empapada y roja y su tío fue a buscar agua oxigenada para lavar la herida. Aquello hizo que su llanto se volviera aún más intenso: por aquel entonces no creía que el agua oxigenada no escociera. Sonrió ante la evocación de aquel recuerdo.

Unos golpes lo arrancaron de su abstracción, y los padres del alumno con los que se había citado entraron en su despacho después de que les abriese la puerta. Se habían vestido formalmente, como si aquella fuese una ocasión solemne. Cuando los tres estuvieron instalados en sus sillas, Javier pasó a explicar los problemas que presentaba su hijo, mediante lo que era ya un discurso inalterable, bautizado como "el rollo de su-hijo-no-es-idiota-pero-no-se-esfuerza-lo-suficiente". La mujer lo miraba con una sonrisa tímida, y parecía delegar en su marido toda responsabilidad, y éste, aunque conservó una expresión más hosca, asentía a los razonamientos de Javier y no protestó ante sus consejos, y al final se comprometieron a controlar más al chico, y a asegurarse de que dedicaba tiempo suficiente a estudiar en casa.

Javier consideró que la entrevista había sido un éxito, y decidió premiar a los padres con un poco de charla distendida que relajara el ambiente. Acabaron hablando del edificio en ruinas que había frente al instituto. Alguien se quejó de la suciedad que se posaba sobre los coches aparcados en la calle.

- Mi tío vivió allí durante muchos años. Nunca pensé que acabaría siendo profesor justo delante de su casa.

El padre sonrió por primera vez en lo que llevaban de conversación, y preguntó:

- ¿De veras? ¡Qué casualidad! Nosotros vivimos a un par de manzanas, así que probablemente lo conocimos. ¿Cómo se llamaba?

- Pedro Ortega - respondió Javier, vuelto hacia la ventana para contemplar el solar. Al principio no notó el silencio que había caído sobre el despacho, pero al girarse descubrió la expresión que se había instalado en los rostros de sus interlocutores. En sus caras leyó asombro y hostilidad.

- ¿Su tío era Pedro Ortega? - preguntó el padre, recuperando toda su hosquedad.

- Sí, lo era. ¿Por qué? - Javier intentó que sus palabras sonaran joviales.

La cara del hombre reflejó su ira cuando se levantó de la silla.

- ¿Cómo se atreve a preguntar por qué? ¡Es inaudito! ¡Cómo tiene la desfachatez de...!

El profesor de literatura intentó hacerse oír entre los gritos del padre, que gesticulaba y lo señalaba condenatoriamente, pero fracasó.

- ¡No puedo creer que esté dando clase a nuestros hijos! ¡No lo puedo creer! ¿Cómo han podido permitírselo? ¿Quién le ha dejado que se acerque a nuestros niños?

Su piel, congestionada, había adquirido un tono purpúreo.

- Lo denunciaré en la asociación de padres, ¿me oye? ¡No pienso consentir que usted continúe dando clases! ¡Usted no tiene derecho a trabajar aquí!

- ¿Pero qué...?

- ¡Su carrera aquí ha terminado! ¡Me encargaré de que lo echen a la calle!

Finalmente, con un último estallido de amenazas, gritos y puños agitándose en su dirección por parte del padre, ambos abandonaron el despacho.

Por la puerta que habían dejado abierta, se asomó uno de los profesores de matemáticas con expresión de curiosidad.

- Pero, ¿qué ha pasado? ¿Qué le has dicho para que se haya puesto de esa manera? Se ha ido lanzando gritos contra ti por todo el instituto.

Javier, todavía demasiado desconcertado con lo que había sucedido para reaccionar, sólo pudo encogerse de hombros.

Cuando salió del instituto ya había oscurecido, y las farolas del campo de juegos brillaban blancas y algo irreales, como globos que irradiaran luz suspendidos en el aire. En la calle, sin embargo, las farolas eran de vapor de sodio, y su luz anaranjada hacía que todo pareciera sucio o desgastado; por su culpa, la tierra del solar en construcción había adquirido un tono rojizo y herrumbroso, y las sombras adoptaban formas inquietantes. Javier se entretuvo imaginando que en los portales se escondía alguien, hasta que se dio cuenta de que aquel juego lo turbaba más de lo que admitía.

Estaba intranquilo a causa del incidente de aquella tarde. El padre del alumno parecía fuera de sí, lo bastante enajenado para intentar agredirle. El paso de Javier se hizo más nervioso cuando escuchó tras suyo otras pisadas, extrañamente amortiguadas, pero cuando llegó al metro no logró oírlas.

En el vagón, intentó ignorar al borracho que se había sentado cerca de él y que murmuraba incoherencias entre dientes, apenas ahogadas por el chirrido de las vías. Eran casi las únicas personas en aquel coche, y se maldijo mentalmente por no haber escogido otro. Por lo menos no parecía dirigirse a él, pero le resultó imposible concentrarse en el libro que se esforzaba en leer. El borracho despedía un desagradable olor agrio, y mascullaba algo sobre una persona que, al parecer, lo seguía por un motivo desconocido, pero a Javier le pareció altamente improbable que alguien deseara seguir en compañía de tal hedor. Fijó la mirada en las palabras de su libro a pesar de que no les encontraba ningún sentido, como si estuviese escrito en un idioma extranjero que no dominara, para que el tipo no sintiera la tentación de hacerle partícipe de sus desventuras.

Una vez en casa se cambió de ropa y se dispuso a pasar una velada tranquila. Se hallaba en las primeras semanas de un nuevo régimen, y su voluntad se conservaba aún razonablemente firme, así que se contentó con una cena frugal que no acalló las protestas de su estómago. Para no perder la determinación, decidió infligirse un poco de autocastigo pesándose en la báscula del baño. El número sobre el que se detuvo la aguja le deprimió.

Más tarde, contemplando distraídamente la televisión tumbado en el sofá, recordó de nuevo la escena de aquella tarde. ¿Qué había encendido de tal modo a aquel hombre? Bueno, se dijo, con los chiflados no se sabe nunca. De todas maneras, la reacción frente al nombre de su tío había sido explosiva. Comprobó qué hora era en el reloj de la pared: poco más de las diez. Sus padres aún no se habrían acostado.

El teléfono sonó cuatro veces antes de que la voz de su padre le respondiera.

- Hola, papá, soy yo.

Como de costumbre, dedicaron los primeros diez minutos de la conversación a interesarse cada uno por la salud del otro, la marcha de sus trabajos, sus estados de ánimo y otros pormenores de burocracia familiar, hasta que Javier halló el momento propicio para plantear la pregunta por la que había realizado la llamada.

- Papá, ¿sabes si tío Pedro tenía algún enemigo en su barrio?

Al principio, la respuesta al otro lado del hilo fue sólo el silencio. Después, la voz de su padre sonó cauta, como si tanteara el terreno en el que se introducía.

- ¿Por qué quieres saberlo, hijo?

- Oh, nada en concreto. Simplemente he oído algunos comentarios, y me he preguntado qué habría de cierto en ellos.

Otro silenció indicó que su padre reflexionaba sobre lo que iba a decir a continuación.

- Mira, Javi, pasara lo que pasara, fue hace mucho tiempo, y no tiene ningún sentido que lo quieras desenterrar a estas alturas.

- ¿Eso quiere decir que se había enemistado con alguien?

- Te he dicho que eso no tiene ninguna importancia ya. Déjalo estar, hijo - el tono de su padre fue mucho más severo de lo normal; de hecho, sonaba bastante alterado, y Javier se sintió culpable por haber sido el causante. Le prometió que lo olvidaría, y continuó hablando un poco más sobre temas superfluos para ocultar que aquél había sido el motivo de mantener la conversación.

Su tío había sido una presencia muy discreta en su infancia: lo había visto contadas veces, y algunas, como el incidente de la estrella, no resultaron muy felices. Durante sus últimos cinco años de vida no lo había visto ni en una sola ocasión. Ahora que pensaba en ello, reparaba en que la tarde en que cogió la estrella había sido, probablemente, la última vez que lo habían llevado de visita a su casa. Se preguntó si su familia no se habría enemistado con él. En tal caso, resultaría lógica la poca disposición de su padre a hablar del tema: no desearía recordar que había dado la espalda a su hermano durante los últimos años de su vida.

María entró en el despacho y maniobró su pesado corpachón entre las dos mesas y el armario hasta alcanzar su silla, sobre la cual se desplomó con un suspiro de satisfacción.

- Van a acabar conmigo - dijo a Javier, quien le sonrió solidariamente. No era el único profesor que se hallaba inmerso en el torbellino que suponía el fin de trimestre.

- Pasa de esos cafres. No merecen lo que hacemos por ellos.

- Palabras sabias, muchacho. Aah, mis pies.

Javier dejó sobre la mesa la revista que había estado leyendo.

- Oye, María, ¿quién lleva más tiempo en el instituto?

- Los que hace más tiempo que enseñan aquí son Julito y Laura, la de latín. ¿Por qué quieres saberlo? ¿Te propones escribir la historia de esta santa institución?

- Pues no precisamente, se trata más bien de asuntos familiares. ¿Cuándo empezaron a enseñar aquí?

María dedicó unos segundos a reflexionar.

- Laura me contó el otro día algo que le sucedió con un alumno en el ochenta y dos, y comentó de paso que era su primer año como profesora, así que calcula.

- Creo que no me sirven. ¿Cómo es posible que el instituto no conserve ninguna vieja momia, que dé fe de su esplendoroso pasado?

- Siempre tienes a Augusto.

Por supuesto, Augusto. Uno de los conserjes, cercano a la edad de jubilación, y que formaba parte del paisaje del instituto igual que esos árboles centenarios que parecen eternos. Debía haber pensado en él desde el principio.

Encontró un hueco entre dos clases para hablar con él y se dirigió al sótano.

A pesar de que la decoración intentaba ofrecer un aspecto moderno y dinámico, el instituto seguía siendo en realidad un viejo caserón, vetusto y muchas veces inadecuado a sus funciones, con un número demasiado escaso de ventanas, lo que provocaba una permanente sensación de claustrofobia. Habían intentado acondicionar el sótano para diversas actividades docentes -últimamente lo habían usado como gimnasio-, pero el frío resultaba intolerable, y al fin habían decidido aprovecharlo como almacén. Augusto permanecía horas enteras allí, trasladando misteriosas cajas de un lado a otro, aunque todos sabían que dedicaba la mayor parte del tiempo a leer el periódico deportivo del que nunca se separaba, o sencillamente a esperar el momento de jubilarse.

Javier bajó una angosta escalera y se internó por uno de los corredores que formaban el sótano. Estaban iluminados tan sólo por unas cuantas bombillas que colgaban desnudas del techo, y constituían una atracción irresistible para los alumnos. Era frecuente que se escabulleran por ellos en pequeños grupos para fumar, hacer novillos o realizar pequeños hurtos. Augusto mantenía con ellos una guerra constante y sin cuartel.

Justo en ese instante pudo oír un ruido ahogado, procedente de uno de los tramos del corredor que se apartaban de su camino, que revelaba la presencia de alguien oculto allí. La cualidad furtiva del sonido, como una respiración pesada que alguien intentara contener, hizo pensar a Javier que quizá se tratara de una pareja que había recurrido al resguardo de uno de los rincones del sótano para desatar su pasión. Prefirió simular que no lo había oído para no enfrentarse a una situación embarazosa, y siguió buscando a Augusto. Por un momento tuvo la sensación de que el sonido se mantenía a la misma distancia, como si lo siguiera, pero cuando entró en el almacén principal el rumor ya se había desvanecido.

Avanzó entre cajas de diversos tamaños y sillas amontonadas. Augusto se hallaba enfrascado en el contenido de un baúl en uno de los rincones y no percibió su llegada hasta que lo alcanzó, y entonces su cuerpo se envaró repentinamente. Cuando se giró para encontrar a Javier, su rostro mostraba una sonrisa confundida y algo avergonzada, característica de las personas a las que alguien ha pillado por sorpresa.

- Caramba, señor Javier, me ha asustado.

Javier se disculpó mientras observaba lo que Augusto había estado haciendo. Al parecer, confeccionaba el inventario del material, pues sostenía una hoja en la que había trazado crucecitas al lado de unas palabras.

- Esos malditos chicos se han vuelto a llevar cosas. Estoy seguro de que alguien ha estado rebuscando por aquí. Esto estaba desordenado. Y eso también.

Esperó a que el conserje finalizara su invectiva contra los alumnos. Mientras lo hacía, no cesaba de lanzar miradas por encima de Javier, como si esperara que de un momento a otro uno de los gamberros se asomara por la puerta. Javier se esforzó por no seguir la dirección de su mirada.

- Pero seguramente usted no ha bajado hasta aquí para oír despotricar a un viejo. ¿Qué desea, señor Javier?

- Hace muchos años que trabajas aquí, ¿verdad?

- Sí, profesor. Desde el sesenta y dos, hace ya treinta y dos años.

- Y dime, ¿estás al corriente de lo que pasa en el barrio?

- Más o menos - dijo Augusto, al tiempo que ilustraba sus palabras con un movimiento de la mano que manifestaba vacilación. Había reemprendido su tarea y hablaba con Javier sin mirarlo.

- ¿Has oído hablar alguna vez de alguien que vivía al otro lado de la calle y

que se llamaba Pedro Ortega? Murió hacia el setenta y dos.

- ¿Pedro Ortega? Pues... espere que... ¡ah, por supuesto! Ya sé a quién se refiere, aunque todo el mundo en el barrio lo llamaba de otra manera - el interés de Augusto se había despertado y contemplaba ahora a Javier interrogadoramente.

- ¿Y cómo lo llamaban?

- El Brujo.

- ¿El Brujo?

- Sí. No sé quién le sacó ese mote, pero se quedó con él.

- ¿Y por qué lo llamaban de esa manera?

- Porque hacía cosas raras.

- ¿Qué tipo de cosas?

- No sé... cosas que no eran normales.

En la capa de polvo que yacía sobre las cajas y el suelo se apreciaba la delicada caligrafía trazada por las uñas de las ratas.

- ¿Por ejemplo...? - le animó Javier.

- Deje que recuerde. Ah, sí, se reunía con aquel grupo de chiflados en su casa.

- ¿Qué chiflados?

- No los recuerdo a todos... no sé, chiflados. Algunos parecían normales. Otros también lo parecían, pero si hablabas con ellos te dabas cuenta en seguida de que les faltaba un tornillo. Y a otros - emitió un resuello que podía ser una risita - se les notaba a cien metros que estaban para el manicomio. Había un tipo que iba siempre con una capa, como el conde Drácula. Y una gorda que siempre llevaba un par de perros de esos, caniches o no sé qué, y un montón de collares y anillos rarísimos, tantos que casi tapaban la túnica que vestía, como si pensara que era una diosa o algo así.

- ¿Y qué tenía que ver Ortega con ellos?

- Pues que se reunían. En su casa, justo al otro lado de la calle.

- ¿Y qué hacían?

Augusto se encogió de hombros.

- ¿Cómo quiere que lo sepa? Yo no estaba allí - pero después de unos instantes añadió -: Aunque a juzgar por lo que se comentaba en el barrio...

- ¿Qué? ¿Que se comentaba?

- Los vecinos del Brujo decían que cuando esos chiflados se reunían los oían cantar.

La imaginación de Javier conjuró por un segundo la visión de su tío, en el oscuro comedor, con una guitarra eléctrica en las manos y rodeado por un coro de hombres envueltos en capas y mujeres cubiertas por túnicas.

- ¿Qué cantaban?

- Me contaron que sonaba como si dijeran misa.

Después el conserje volvió a dedicarse a su tarea, y Javier permaneció de pie, intentando decidir qué más podía preguntar. Cuando estaba a punto de marcharse, la voz de Augusto añadió:

- Y luego estuvo lo de aquel chico.

Javier esperó a que continuara.

- Aunque ni siquiera llegaron a acusarlo.

El profesor se sobresaltó.

- ¿Acusarlo de qué?

- Pues de lo del chico - aclaró Augusto, como si explicara algo evidente -. La desaparición del chico.

- Pero, ¿de qué chico habla?

- Uno que vivía a una par de calles de distancia. Una día se esfumó. Tenía cinco o seis años, y pronto empezaron las habladurías por el vecindario. Todos creían que había sido el Brujo quien lo había secuestrado... bueno, de hecho todos estaban convencidos de que lo había matado. Pero parece ser que salió limpio del asunto. Algunas personas se cabrearon de verdad, se lo aseguro. Hasta creí que alguien intentaría hacerle algo al tipo, pero al fin se fue olvidando todo.

Javier se quitó las gafas para frotarse el puente de la nariz. Tenía la vista irritada de leer periódicos microfilmados. Había pasado las últimas tres horas en la hemeroteca de la universidad, intentando hallar los artículos sobre la desaparición del niño del que le había hablado Augusto, pero las vagas referencias que le había proporcionado no habían sido suficientes para localizarlos fácilmente, y Javier no se había atrevido a insistir con más preguntas. A pesar de todo, había encontrado los artículos.

Si alguien le hubiese preguntado por qué deseaba rebuscar en el pasado, no habría sabido qué responder. Hacía tiempo que su tío criaba malvas. Todo aquello había pasado ya. Pero la idea de que un familiar podía haber sido un asesino le provocaba un escalofrío que no era totalmente desagradable. Y él había estado en su casa...

Recordó que a menudo los adolescentes estudian con el mismo interés el pasado de sus familias, para hallar signos que reafirmen su aún vacilante identidad. Hacía mucho tiempo que él había dejado aquella etapa atrás, y en todo caso no deseaba identificarse con un pasado tan siniestro, pero constituiría una excelente anécdota con la que asombrar a sus oyentes en las fiestas. “¿Sabes que mi tío estuvo acusado de asesinato?” Era incluso mejor que la historia de su bisabuelo, que había amasado y perdido una considerable fortuna en Cuba en el plazo de tres años.

Los artículos sobre el caso nunca habían merecido más que un pequeño recuadro en el margen de la sección de sucesos, pero bastaban para reconstruir la historia, que era en esencia la misma que Augusto había explicado.

DENUNCIADA LA DESAPARICIÓN DE UN NIÑO.

Barcelona. - Hace una semana que los padres de Luis Carbó Barrios viven angustiados ante la incierta suerte de su hijo. El niño, de seis años de edad, desapareció el pasado lunes 22. La primera señal de alarma fue lanzada por su madre al no regresar el chiquillo a casa después de salir del colegio. “Vivimos al lado de la escuela y no me pareció necesario recogerlo yo”, se lamentó la acongojada mujer. La policía inició inmediatamente las acciones necesarias para hallarlo, pero hasta ahora no han dado fruto. Fuentes policiales...

DETENIDO SOSPECHOSO EN RELACIÓN CON LA DESAPARICIÓN DE UN NIÑO.

Barcelona. - La policía detuvo en el día de ayer a Pedro O.M. para interrogarlo en relación con la desaparición de Luis Carbó Barrios, de quien no se tienen noticias desde hace dos semanas. El detenido es famoso en su barrio por su manifiesta excentricidad, pero hasta hace dos días ningún testimonio lo vinculaba al caso. Sin embargo, la declaración de un compañero de clase del desaparecido...

Eso era todo. Faltaba el último acto, la puesta en libertad de su tío, pero no se hallaba en el mismo microfilm. Javier se levantó y se dirigió al mostrador de información para solicitarlo.

- Lo siento - dijo la bibliotecaria -, pero no tenemos ese mes microfilmado. Puede consultar el periódico original. Los encontrará en aquella dirección.

Javier se internó entre las estanterías atestadas de periódicos y revistas encuadernadas, mientras reflexionaba sobre lo que había descubierto. La desaparición del chico coincidía con la época en la que su familia cortó las relaciones con su tío, poco después del incidente con la estrella que había recordado un par de días atrás. Así que el motivo fue aquel. Sin ninguna duda, también era la razón de la negativa de su padre a hablar de su hermano.

A aquella hora de la mañana, la hemeroteca estaba casi desierta; sólo podía oír a un par de usuarios más deambulando entre las estanterías. Creyó atisbar el rostro de uno de ellos en el resquicio dejado entre dos tomos, pero su piel parecía tan roja como la encuadernación de uno de ellos; ni siquiera alguien muy congestionado podía mostrar un tono granate tan intenso. Debía ser una bufanda lo que le envolvía la cara.

Encontró los periódicos que buscaba en el rincón más apartado de la sala y se los llevó a su mesa. Pasó las páginas con rapidez. El papel estaba amarillento, y pronto le empezaron a picar las manos.

La última noticia databa de un par de semanas después de la anterior.

PUESTO EN LIBERTAD SOSPECHOSO DEL SECUESTRO DE LUIS CARBÓ.

Barcelona. - La policía puso en libertad ayer a Pedro O.M., que había sido detenido como sospechoso relacionado con la desaparición del niño Luis Carbó Barrios, de seis años de edad. La declaración de un compañero de clase de éste provocó la detención de Pedro O.M. Fuentes de la policía han comunicado que “han aparecido nuevos testimonios dignos de crédito que aseguran que el sospechoso se hallaba fuera de la ciudad en las mismas fechas del suceso”. Los vecinos se muestran sorprendidos ante este hecho, pues no recuerdan que Pedro O.M. se ausentara durante aquellos días. Sin embargo, las fuentes policiales con las que ha contactado este diario aseguran que entre las personas que han declarado exculpando al sospechoso se encuentran algunas destacadas personalidades de la sociedad civil, y que por tanto la relación de Pedro O.M. con la desaparición de Luis Carbó Barrios ha sido totalmente descartada.

Llegó a tiempo al instituto para dar la primera clase de la tarde, una árida sesión de gramática con un grupo de segundo que constituía una lucha contra la somnolencia producida por la digestión. Frente a él se alineaban, fila tras fila, treinta rostros que lo observaban hostiles y apáticos; los fluorescentes les conferían un tono enfermizo, pero fuera del edificio la tarde otoñal declinaba con rapidez, y su fría luz resultaba insuficiente para leer.

Sus pasos emitían un eco mortecino, que lo distraía de su explicación.

- Así, en este ejemplo, el núcleo del sintagma nominal...

Tampoco debía pensar en los artículos que había descubierto aquella mañana. Debía postergar las especulaciones sobre “las destacadas personalidades de la sociedad civil” que habían declarado a favor de su tío para después de la clase.

- Si yo digo “maceta de geranios”...

Y debía evitar pensar en la sensación cada vez más imperiosa de que alguien le seguía.

- En este caso, “maceta” es...

Aunque lo que sospechaba resultara cierto, era imposible que alguien intentara dañarle porque su tío hubiera hecho aquello. Ni siquiera el energúmeno del otro día podía pretender que la culpa recayera en él..

Sus alumnos habían percibido que su cabeza no se hallaba en la lección, y se distraían hablando en susurros, dibujando en las mesas o mirando por la ventana. Involuntariamente, la vista de Javier siguió a la de uno de sus alumnos en esa dirección y acabó posándose en la obra del otro lado de la calle.

Algo parecía estar sucediendo allí. Los obreros desplegaban una inusitada actividad alrededor de un punto en concreto, situado en el centro del solar. Uno de ellos corrió hasta la excavadora y empezó a conducirla hacia allí.

Javier no era capaz de apartar su atención de lo que pasaba en el solar, así que ordenó a sus alumnos que redactaran algunas frases que ejemplificaran su inacabada explicación, para observar los sucesos que tenían lugar en la obra.

La excavadora llegó al punto que todos los obreros rodeaban e inició su trabajo con dolorosa lentitud. La gran pala mecánica se elevaba, descendía y reaparecía llena de tierra que dejaba caer sobre otro montón. Cuando los compañeros de quien la conducía se dieron cuenta de que la tarea iba para largo, volvieron a sus respectivos trabajos; pero, como insectos alertados por una vibración, algunos peatones se detuvieron alrededor de la excavadora, reemplazando a los albañiles en el papel de espectadores.

Poco tiempo después, acudió otro hombre al punto de interés. Debía de ser un capataz o un encargado, pues transmitió algunas órdenes al que manejaba la excavadora e hizo un débil intento de dispersar a los curiosos.

Los minutos se arrastraban con lentitud, y Javier se sentía atrapado en el interior de la clase, capaz tan sólo de desempeñar el rol de observador. Si lo que habían encontrado era lo que temía... No podía imaginar la reacción de su padre. Sabía que no andaba bien del corazón; no quería pensar en las consecuencias que tendría la noticia.

Enfrascado en su desesperación, tardó algo en advertir que la excavadora se había retirado y que los peones de la construcción se habían vuelto a congregar en el mismo punto. Un par de ellos bajaron al hoyo recién abierto provistos de palas; Javier sólo podía verlos de cintura hacia arriba. Reanudaron la excavación de forma manual. Le pareció que, de vez en cuando, se agachaban para recoger algo y tenderlo al capataz. La tarea se prolongó durante otros diez minutos. Después, los dos trabajadores desecharon las palas y bajaron una cuerda, que ataron a alguna cosa que se hallaba oculta dentro del hoyo. Los demás peones tiraron de la cuerda. Poco a poco, un objeto se asomó por el borde. Era una caja rectangular.

Parecía un ataúd de color gris.

El timbre que señalaba el fin de la clase sonó en el pasillo. Javier no se molestó en encargar deberes a sus alumnos. Embutió apresuradamente los libros y los papeles que yacían sobre la mesa en su maletín y salió corriendo.

El corro de curiosos había aumentado. Ya había casi tres docenas de personas rodeando el objeto que habían desenterrado. Javier se abrió paso entre ellos a codazos, recibiendo a cambio irritados reproches, hasta situarse en primera fila.

En el hoyo, los mismos trabajadores de antes seguían cavando. El capataz introducía unos objetos en una bolsa de plástico que descansaba en el suelo. Javier imitó a las personas que tenía a los lados y torció el cuello para intentar identificarlos. Respingó al ver algo alargado y de color amarillento; pero no era un hueso, como temía, sino un cirio.

Alrededor suyo surgían comentarios, que no llegaban a constituir una verdadera conversación.

- Pero, ¿qué es? ¿Una tumba antigua?

- ¡Cómo va a ser antiguo, si es de cemento!

- No puede ser una viga, porque está hueco.

Los comentarios se referían al gran objeto que habían desenterrado. Yacía a pocos metros de Javier, de costado. Era rectangular, de cemento, y su interior podía alojar cómodamente a una persona adulta. Uno de sus lados se había resquebrajado, abriendo un agujero de un par de palmos de ancho, a través del cual se veía el interior. Estaba vacío.

Javier rompió el acuerdo tácito que confinaba al grupo de curiosos en la acera y avanzó decidido hacia el bloque de cemento. Quería estudiarlo de cerca. Lo primero de lo que se dio cuenta fue de la fetidez que despedía. No era capaz de reconocer el olor, pero despertaba en su mente imágenes de sótanos cerrados y húmedos.

De cerca, el aspecto del bloque era menos regular. Ninguna arista se mantenía recta durante más de diez centímetros. La superficie gris se había oscurecido por la humedad, y en algunas zonas crecía el moho.

Advirtió que había algunos signos escritos sobre el cemento. Todos estaban medio borrados y resultaban irreconocibles. Le pareció distinguir un pentágono con palabras escritas en su interior y sobre cada una de sus puntas, pero también había quedado incompleto. ¿Eran caracteres griegos los que formaban las palabras?

El interior del bloque resultó inescrutable. Aun así, el corazón le dio un vuelco cuando creyó ver unas líneas delgadas, paralelas, en la única zona hasta la que llegaba algo de luz. Como arañazos.

- ¡Eh, usted! ¡No puede estar ahí!

Las palabras del capataz no le alteraron tanto como lo que sostenía en una mano, hasta que se dio cuenta de que no le amenazaba con aquel extraño puñal con empuñadura en forma de cabeza de lobo, sino que iba a introducirlo en la bolsa. Javier se retiró discretamente.

De nuevo en el instituto, se refugió en su despacho. Su cabeza era un torbellino de ideas confusas, retazos de la conversación que había mantenido con Augusto y frases extraídas de los artículos. Un pensamiento pugnaba por tomar forma.

¿Qué más habrían hallado junto a aquella extraña tumba? Había visto una vela y un puñal. Ningún hueso. Ningún cadáver que inquietara el sueño de los vivos durante treinta años.

El detenido es famoso en su barrio por su manifiesta excentricidad.”

Los signos sobre el cemento. La empuñadura en forma de cabeza de lobo.

Se reunía con aquellos chiflados.” “Destacadas personalidades...”

Un pentágono medio borrado.

Sonaba como si dijeran misa.”

Se dirigió al teléfono.

- Mamá, ¿recuerdas lo que hicieron con los libros de tío Pedro?

Su madre se mostraba tan reacia a responder como su padre. Javier confeccionó una débil excusa sobre un libro que había hojeado de pequeño y que deseaba identificar.

- Creo que en su testamento dijo que debía donarse a no sé qué biblioteca...

Javier apuntó el nombre en su agenda.

La Biblioteca de Estudios Teológicos ocupaba el primer piso en un pequeño edificio encajonado entre una sucursal bancaria y una panadería; el interior era viejo y estaba mal iluminado. En las estanterías se amontonaban manoseados volúmenes, muchos de los cuales tenían las cubiertas rotas. Un cuarentón de aspecto anodino, que se estaba quedando calvo y que se parapetaba tras el mostrador, se mostró poco receptivo a la petición de Javier.

- Aún no hemos catalogado ese donativo. Y hasta que no lo hayamos hecho, me temo que no será posible...

- ¡Pero si está aquí desde hace más de veinte años!

- Tenemos otras prioridades - dijo el bibliotecario fríamente al tiempo que se encogía de hombros.

Tras diez minutos de discusión y después de haber demostrado que era pariente del donante, el bibliotecario aceptó de mala gana conducirlo al almacén donde los libros de su tío esperaban turno para ser procesados. Era una habitación minúscula, ocupada casi en su totalidad por una docena de cajas precintadas con cinta de embalar. El hombrecillo apartó tres que tenían el nombre del tío de Javier escrito en un costado y las abrió con una cuchilla de cortar papel. Se retiró de la habitación mientras le advertía:

- No se entretenga demasiado. Cerramos dentro de una hora.

Cuando Javier empezó a extraer los libros de las cajas, advirtió que su pulso temblaba. No era de extrañar. El trayecto hasta la biblioteca había adquirido tintes pesadillescos. La sensación - no, la certidumbre - de que alguien le perseguía era ya de dimensiones insoportables. No podía evitar girarse a cada paso para asegurarse de que el sonido que oía no eran las pisadas de alguien que caminaba tras suyo. Y le parecía ver cosas: unos ojos que se fijaban en él con demasiada insistencia, un rostro fugaz que aparecía en una ventana para desaparecer tan veloz que lo único que quedaba de él era una vaga impresión en su retina.

Y sobre todo aquello, la enloquecedora sensación de estar viviendo una tragedia, la sensación de que una brumosa amenaza se cernía sobre él y se preparaba para asestarle un zarpazo.

Javier suspiró profundamente para sosegar su respiración y comenzó a examinar los libros de su tío.

Si esperaba hallar antiguos tratados que encerraran saberes arcanos, no pudo quedar más desilusionado. No había volúmenes encuadernados en piel; no había libros de nombres extraños y evocadores; no había pergaminos, ni incunables, ni manuscritos, ni páginas que amarillearan a causa del paso de los siglos. Sí encontró, en cambio, papel que amarilleaba por su escasa calidad, aunque sólo tenía unas décadas. No era extraño que el encargado de la biblioteca no hubiese considerado el donativo digno de atención.

Los libros, como Javier sospechaba, trataban temas esotéricos, pero pertenecían al tipo de ediciones que se podía hallar en los supermercados, con cubiertas chillonas y títulos aún más estridentes, que ponían énfasis en el sexo y el poder. Estaban editados por editoriales de las que nunca había oído hablar: algunos eran sudamericanos, en otros ni siquiera constaba su origen. También halló borrosas fotocopias mecanografiadas.

Empezó a hojearlos rápidamente, provocando que un puñado de indignados lepismas abandonara su hogar. Pasaba las hojas sin cuidado, esperando que algo captara su atención. Magia blanca, filtros amorosos, rituales para solicitar la protección de los espíritus...

El título del libro era Ceremonias. Desde el primer instante, Javier advirtió que se había usado mucho más que el resto. Numerosas anotaciones se apretaban en los márgenes, y alguien había subrayado pasajes enteros. La ilustración que halló entre las últimas páginas, ¿era realmente el mismo pentágono que había visto trazado sobre el bloque de cemento? No podía estar seguro, pero creía que sí. La leyenda explicativa rezaba: “El sello de Kleize es crucial para mantener encerrado al demonio”.

Examinó de nuevo el volumen, esta vez con más calma. Describía de forma detallada los actos necesarios para invocar a ciertos demonios. El capítulo al cual pertenecía la imagen del pentágono se titulaba “De cómo invocar y controlar al demonio llamado de la luna roja”.

Javier se pasó la mano por el pelo mientras empezaba a leer.

En el cáliz purificado han de verterse las gotas de sangre de un inocente que debe mantenerse vivo...”

¿Gotas? Aquello no encajaba con la historia a la que Javier había dado forma mentalmente. Hasta entonces, había sospechado que su tío había secuestrado al niño para usarlo - “vamos, llámalo por su nombre: para sacrificarlo” - en una alguna clase de rito, pues era evidente que pertenecía a una secta. Pero, si tan sólo necesitaba unas gotas...

De repente, una escena parpadeó en su imaginación: su tío inclinándose sobre él y recogiendo su sangre en el pañuelo. Había creído que su expresión era de preocupación. Ahora, sin embargo, reconocía su verdadera naturaleza: su tío lo miraba con avidez.

En el cáliz purificado han de verterse las gotas de sangre de un inocente que debe mantenerse vivo para seguir ofrendando el alimento... Si no se puede ofrendar el alimento, el demonio de la luna roja no obedecerá a sus amos... El demonio sin control se convertirá en una amenaza para los invocantes... Debe ser encerrado entonces en un sepulcro y lacrado con el sello de Kleize... El invocante debe estar seguro de que el sello o pentágono de Kleize se mantiene intacto...”

- ¡Dios mío! El pobre loco creyó que había logrado invocar a su demonio.

Constituía la única explicación razonable para la cárcel de cemento que habían desenterrado aquella misma tarde. Su tío no sólo había sido un desequilibrado: además, había padecido alucinaciones. ¿Por qué, si no, había creído necesario encerrar a un demonio desobediente? La idea casi resultaba cómica, de no ser por el pobre niño que se había visto involuntariamente mezclado en la aberrante locura de su tío.

Probablemente, su tío creyó en el éxito de la invocación en la primera ceremonia, la que celebró con la sangre de Javier. El otro niño fue un sustituto para continuar ofreciendo alimento al demonio imaginario. Su familia no cortó los lazos con Pedro a raíz de la desaparición del niño, sino antes, y fue el motivo de ésta. Porque su tío se quedó sin la víctima original.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Qué hubiese sucedido si alguien - su padre, su madre - no hubiese presentido que algo extraño sucedía?

Que haría tiempo que habría muerto, evidentemente.

Javier suspiró. Había reunido las piezas del rompecabezas. La historia se había perfilado lentamente delante suyo y ahora la podía mirar de frente y observar todos sus detalles. Seguramente descubriría otras cosas si leía el resto de libros. Pero no ahora. Se sentía exhausto y vacío. No creía experimentar un shock por ser consciente de su propia fragilidad, de la fragilidad de ese cuerpo hecho de carne y huesos que sólo por azar no era ya polvo y cenizas. Tan sólo estaba agotado.

Salió de la habitación sin molestarse en ordenar los libros dentro de las cajas. Mientras cruzaba el umbral de la biblioteca, se despidió del encargado con un gesto ausente que no fue correspondido.

Afuera lo esperaban un anochecer otoñal y una llovizna que pronto empapó su abrigo y su pelo; no llevaba paraguas. Pensó que el tiempo se adecuaba al estado de ánimo que se había apoderado de su espíritu: algo fatigado, gastado.

Aún quedaba el problema del tipo que lo seguía. Probablemente era el padre del alumno que le había gritado unos días atrás, el mismo que le había dado la primera pista de todo el asunto. ¿Sería peligroso? Quizá.

La llovizna mojaba el asfalto y reflejaba la luz anaranjada de las farolas y los fugaces faros de los coches. Las siluetas de los apresurados transeúntes se recortaban frente a los escaparates. Tras algunas ventanas se adivinaba ya el resplandor cálido de una cena familiar.

La calle donde se hallaba la entrada del metro estaba casi vacía. La lasitud de Javier se evaporó como una borrachera cuando oyó tras suyo alguien que, al caminar, arrastraba las hojas secas que alfombraban la acera. No pudo evitar una nerviosa mirada por encima del hombro. ¿Era la silueta de una persona aquello que se agazapaba al lado de un coche, o una bolsa de basura?

Estuvo a punto de tropezar con los escalones que descendían hasta la estación de metro. Se precipitó hacia abajo.

Mientras compraba el billete pensó en pedir ayuda al taquillero, pero la expresión de aquel rostro carnoso y de ojos hundidos lo disuadió. ¿Cómo podía explicarle lo que sucedía, si él mismo no estaba seguro de ello?

Las escaleras y los túneles que llevaban al andén se eternizaban. Necesitó toda su voluntad para no iniciar una carrera desbocada cuando volvió a oír los pasos que lo perseguían. Provocaban un eco extrañamente blando, como si quien los produjera caminara descalzo.

El miedo oprimió su garganta al descubrir el andén desierto. Siguió avanzando hacia el extremo más alejado tras una breve vacilación, pues no había otra salida. Si alguien lo perseguía, lo acorralaría allí.

Se aplastó contra la pared, confiando en que el extintor de incendios lo ocultara. El veloz ritmo de su corazón al latir empezaba a marearlo. Las palmas de las manos le sudaban, pero a la vez las sentía heladas y adormecidas.

Hasta él llegó el sonido de unos firmes pasos que taconeaban rítmicamente, producidos por una mujer en el andén opuesto. Suspiró aliviado. No tenía ninguna lógica, pero la presencia de otra persona conjuraba la brumosa amenaza que presentía. Observó agradecido cómo la mujer escogía un banco para sentarse y depositaba a su lado las bolsas que llevaba.

Entonces la desconocida miró al andén donde se hallaba Javier. Incluso desde aquella distancia, pudo leer la sorpresa en su rostro cuando lo descubrió, acurrucado entre la pared y el extintor. Intentó disculpar su extravagante comportamiento con una sonrisa, pero la mujer ya no lo miraba. Había girado su cabeza hacia la salida del andén.

Su rostro se desencajó en una mueca de horror.

Sin ser consciente de ello, Javier gimió.

¿Qué estaba observando aquella mujer? ¿Qué había capturado su mirada de tal manera que era incapaz de apartarla?

¿Qué era tan terrible para provocar en ella el abyecto terror que se había instalado en su rostro como una máscara?

Y lo peor de todo era que la cabeza de la mujer giraba lentamente hacia Javier, siguiendo el avance de aquello que observaba. La escena transcurría implacable, como una pesadilla.

El estruendo del metro al entrar en la estación rompió el hechizo. Javier se abalanzó hacia una de las puertas del vagón, evitando deliberadamente mirar a su derecha. Le pareció que la puerta tardaba una eternidad en abrirse. Cuando lo hizo, se escabulló en el interior sin perder un segundo.

Sus plegarias habían sido atendidas: el vagón estaba atestado de pasajeros. Había tantos que no encontró ningún asiento libre, y tuvo que apoyarse contra la pared para detener el temblor de sus piernas. Estaba a punto de sollozar de agradecimiento.

Rodeado de gente, los últimos acontecimientos parecían de pronto muy lejanos. Por Dios, ¿qué le aterrorizaba de aquella manera? ¿Acaso creía realmente que estaba siendo perseguido por...?

No. Mejor pensar en otra cosa. Su mirada vagabundeó entre los rostros de sus compañeros de vagón. Todas las caras se empeñaban en mirar al vacío e ignorar a las personas que tenían al lado, lo cual le provocó un desolador sentimiento de indefensión. ¿Reaccionarían de alguna manera si de repente entrara alguien en el vagón y se dirigiera a él con intención de...?

Estudió el mapa de la línea de metro. Sólo faltaban cinco estaciones para llegar a su casa.

A través de la ventanilla de uno de los extremos se veía el siguiente vagón. Todo parecía tranquilo allí.

No estaría tan calmado si hubiese entrado alguien... extraño, ¿verdad?”

El vagón se detuvo al llegar a la siguiente estación. Javier contuvo la respiración cuando las puertas se abrieron de nuevo, pero sólo entraron un par de adolescentes y un hombre vestido de gris que sujetaba un portafolios.

Se permitió un ataque de optimismo. “¿Cómo puedes ser tan idiota? No puedes creer que...”

Su tranquilidad desaparecía a medida que el tren se aproximaba a su estación. Representó mentalmente las calles vacías y oscuras que atravesaría dentro de unos minutos.

No hay nada que temer. Nadie te sigue. No tienes que asustarte de nada...”

Fue entonces cuando las luces se apagaron.

En la oscuridad se oyeron algunos chasquidos de lengua que manifestaban contrariedad; también se adivinaba que algunos pasajeros se removían en sus asientos, intranquilos.

- Por lo menos no se ha detenido - dijo alguien.

Javier comenzó a temblar incontrolablemente. Se abrazó a sí mismo para que sus brazos no golpearan a las personas que tenía al lado.

Sólo un minuto. Un minuto más y llegarás a la estación.”

Algo le tocó el cuello.

El profesor se encogió sobre sí mismo, mientras manoteaba desmañadamente para defenderse de lo que podía acercársele por detrás.

- ¡No... no... no...! - chillaba.

No supo cuanto tiempo permaneció así; quizá fue poco, pero los segundos se alargaban cruelmente. Su corazón latía tan rápido que resultaba sorprendente que no hubiese estallado ya.

Cuando las luces parpadearon e iluminaron de nuevo el vagón, descubrió que había retrocedido hasta un rincón. A su alrededor se había formado un vacío en el que ningún otro pasajero osaba aventurarse, a pesar de que no había nadie más que Javier. Todos lo miraban, con diversos grados de asombro, alarma o reproche.

Nunca le había importado menos el ridículo.

El tren se detuvo y las puertas se abrieron. Había llegado a su estación. Tras un instante de duda, bajó al andén.

Afortunadamente, en esa estación no había pasillos largos. Después de subir la escalera, se encontró frente a la taquilla. Y la salida.

La llovizna se había convertido en una tromba de agua que azotaba furiosamente la calle, la carrocería de los coches y algunos paraguas que se enfrentaban al chaparrón, y agitaba violentamente los árboles. Javier pensó en cubrirse con el maletín, pero ya no lo llevaba. Lo había perdido en el metro.

La lluvia perló de inmediato sus gafas, y pronto no vio nada más que el resplandor de la farolas capturado y multiplicado por las gotas de agua. Echó a correr, chapoteando en el gran charco que cubría toda la acera, intentando orientarse como podía por la mancha borrosa en que se había convertido el mundo exterior. Al cruzar una calle, oyó un frenazo y el estridente sonido del claxon de un automóvil, que se había detenido a un metro de él. Javier trastabilló, pero siguió corriendo.

Había más personas de las que su imaginación había previsto, pero eran meras siluetas oscuras que avanzaban pegadas a las paredes, protegiéndose con los paraguas que ocultaban sus caras. Deseó que no se hallaran allí. ¿Qué podía esconderse tras la tela brillante de un paraguas?

Llegó a su edificio y, tras un momento de pánico renovado, encontró las llaves profundamente enterradas en un bolsillo de su abrigo. Tuvo que usar las dos manos para que la llave acertara la esquiva cerradura. Cerró la puerta tras suyo.

¿Lo había conseguido? ¿Estaba a salvo?

Mientras se montaba en el ascensor, alguien golpeó la puerta de entrada con terrible fuerza. Los vidrios se resquebrajaron. Oyó el segundo golpe mientras el ascensor subía. No podía estar seguro, pero le pareció que el sonido era el de la puerta al golpear contra la pared. El espejo del ascensor le devolvió la visión de su rostro aterrado.

Cuando salió a su planta, temblaba tanto que cayó de rodillas y avanzó los últimos metros a gatas. Suplicó para entrar en su piso a tiempo, y para que la llave encontrara la cerradura sin dificultad. Pero no tuvo ni la menor oportunidad. Mientras su mano avanzaba hacia la puerta, otra mano la detuvo y le quitó la llave.

Javier no pudo mirar a lo que se hallaba de pie tras él. Fijó la vista en el suelo.

Una parte de su mente era consciente de forma vaga de que un líquido tibio empezaba a extenderse por sus pantalones.

Escuchó el chasquido de la cerradura, y la puerta se abrió. Sintió la presión cuando su perseguidor le agarró por el cuello del abrigo, lo arrastró al interior de su piso y volvió a cerrar la puerta.

- Mírame.

La voz era polvorienta y metálica, como un engranaje que hubiese permanecido años y años sin ser usado y se pusiera en marcha después de todo aquel tiempo.

Veinticinco años”, pensó.

- Mírame - repitió.

Javier hizo un movimiento con la cabeza que tanto podía significar una negación como cualquier otra cosa.

Aquello se acercó. Sintió el mismo hedor que había impregnado el bloque de cemento mientras se inclinaba hacia él. Una respiración trabajosa sopló sobre la piel de su cuello.

No tenía miedo. Había cruzado un umbral tras el cual ya era imposible experimentar ninguna sensación.

Dos objetos, agudos como alfileres, se clavaron en su cuello, enviando una débil alarma de dolor. Luego, unos labios secos y duros como dos ramas podridas se pegaron a su piel y empezaron a sorber, ávidamente.

Era consciente de cómo la sangre lo abandonaba e iba perdiendo las fuerzas. Se debilitó tanto que no fue capaz de seguir manteniendo los párpados cerrados y tuvo que mirar las piernas de su perseguidor. Eran rojas. Su piel era roja y rugosa, rugosa como algo que se ha secado hace mucho tiempo, olvidado entre las páginas de un libro.

Sólo se oía la succión.

Cuando creyó que aquella escena iba a prolongarse para siempre, los labios abandonaron su cuello. Javier siguió tendido contra el suelo, deseando con la débil chispa de vitalidad que aún conservaba que todo acabara de una vez. Una mano le agarró del pelo y le obligó a levantar la cabeza para que lo contemplara.

Después de todo, no se sintió excesivamente sorprendido.

Su propio rostro lo observaba desde lo alto de aquel cuerpo arrugado y de color escarlata. Eran sus propios rasgos, recubiertos por aquella piel granate y rugosa. Sonrió, mostrando unos dientes rosados y brillantes.

- Adiós.

Volvió a depositarlo en el suelo casi con delicadeza. La puerta se abrió y se cerró.

Estaba solo. Permaneció inmóvil.

Media hora después, empezó a llorar. Lo hizo cuando comprendió por qué lo había dejado vivir, y que su despedida había sido tan sólo temporal.


FIN

******

LA MAQUINA

Carles Garcia



Ésta es la historia del hombre que inventó la máquina del tiempo. Es una historia que casi nadie conoce, porque su descubrimiento no se hizo nunca público, pero es una historia cierta, aunque seguro que vosotros os mostraréis incrédulos y os preguntaréis cómo ese gran hallazgo, que debía de haber cambiado para siempre la historia de la humanidad, pudo permanecer oculto. Todo comenzó en un viejo almacén a las afueras de la ciudad…


I

Sebastián miró con orgullo la máquina que acababa de construir. Era impresionante, tenía casi tres metros de altura y estaba rodeada por docenas de controles, cientos de tubos de conexiones y varios paneles con miles de lucecitas que, aunque ahora estaban apagadas, se encenderían intermitentemente mostrando a todos la gran complejidad del artefacto. Lo cierto era que diseñar todos esos ornamentos había sido la parte más difícil. La máquina del tiempo bien hubiera podido ser un recipiente liso en el que los generadores de campo transtemporal quedasen camuflados, pero eso hubiera impresionado mucho menos a los periodistas a los que iba a convocar para presentar su invento. Así que se dedicó unos cuantos meses a leer cómics y ver películas de ciencia-ficción para documentarse, y más tarde dibujó y rechazó montones de diseños hasta encontrar el perfecto, el que ahora se alzaba ante sus ojos. Sin duda el esfuerzo había valido la pena.

Todo estaba listo para hacer la primera prueba. Pensaba viajar un par de semanas al futuro, tan solo para ver si en los periódicos hablaban ya de su gran descubrimiento, y luego volver para preparar la rueda de prensa. Con gran solemnidad apretó el interruptor de encendido… y no ocurrió nada.

No, la máquina no tenía ningún problema, lo que ocurría era que Sebastián, con la emoción del momento, había olvidado conectarla a la red eléctrica. Refunfuñando se dirigió a la parte posterior de la máquina donde se encontraba el cable de alimentación y conectó la clavija en el enchufe más cercano. En ese instante se encendieron todas las luces de los paneles, al mismo tiempo que un resplandor seguido de una nube de vapor surgían de las rejillas de refrigeración. Sebastián frunció el ceño al observar esto último, ese efecto sólo debía producirse al realizarse la traslación temporal, para que los observadores supieran que esta se había llevado a cabo (eso también lo había visto en una película). No importaba, ya lo arreglaría. Posiblemente se debía a algún pico de corriente al conectarse los transformadores. Se retiró unos pasos para contemplar su creación en su máximo esplendor. Hubiera sido imposible decidir si las chispas que se veían en sus ojos eran tan sólo el reflejo de las lucecitas intermitentes o más bien el reflejo de la emoción que sentía por dentro Sebastián.

Tras mirar extasiado su obra durante más de un minuto, Sebastián recordó que lo realmente grande de la misma no era su aspecto, si no su utilidad, Así que volvió junto a los controles, programó el viaje y se colocó frente a la máquina, excitado ante la trascendencia del momento. Sonrió al pensar que cuando hiciera su demostración ante los periodistas debía pronunciar una buena frase, como la de Neil Armstrong al pisar la luna, que quedase para la posteridad. Pero como en ese instante se hallaba solo y no hacía falta ningún ceremonial abrió la puerta de la máquina y se encontró cara a cara con el monstruo más espantoso que hubiera visto nunca.

- ¡¡Buuuuuu!!

- ¡¡¡Arggggghhhhhh!!! - gritó Sebastián, cayendo hacia atrás.

¿Os habéis acercado alguna vez a alguien por la espalda sin hacer ruido para decirle hola junto a su oreja? ¿En alguna ocasión habéis esperado plantados en silencio delante de una puerta esperando que salga quien está dentro para sorprenderle? Si la respuesta es afirmativa sin duda conoceréis el deleite que se siente al ver como la persona a la que querías asustar da un respingo y se le acelera el corazón al sentir la descarga de adrenalina. Incluso ver la mirada de odio que te lanzan después es un placer. Imaginad ahora ese placer multiplicado por mil, ya que esa persona había esperado casi cien años para realizar esa travesura.

Pero estamos adelantando acontecimientos, nos habíamos quedado con Sebastián aterrorizado, buscando un lugar donde asirse y mirando con los ojos desorbitados el espantoso ser que salía de su máquina. El monstruo dio un par de pasos hacia Sebastián, mientras este retrocedía asustado, antes de detenerse y llevarse las manos a la cabeza. Una cremallera camuflada comenzó a correrse y de dentro del disfraz surgió un viejecito de pelo cano que se convulsionaba por sus carcajadas.

- Ja ja ja. Qué cara de panoli se te ha quedado. Ja ja ja, realmente es maravilloso cuando estás al otro lado, sin duda es lo más divertido que he hecho nunca.

- ¿Quién… quién demonios eres tú? - logró farfullar Sebastián.

- ¿No me reconoces, eh? Ciertamente lucía mucho mejor a tu edad, pero fíjate bien que tampoco he cambiado tanto - contestó el viejecito con un guiño.

Sebastián lo miró con detenimiento y la sorpresa al reconocerse fue casi tan grande como la que había sentido hacía unos segundos.

- ¡Tú eres yo!- exclamó.

- Efectivamente.

- ¿Y se puede saber…?

- ¿…qué es lo que hago aquí? Aparte de venir a darte un susto, claro, je je je. Sí, recuerdo que me lo preguntaba. Es curioso como funciona la memoria a mi edad, puedes olvidar donde has guardado una cosa hace unos minutos y sin embargo recuerdas vívidamente situaciones muy lejanas en el tiempo. Claro que este momento era muy especial, con todo lo de la bromita, la sorpresa de verme cómo sería de viejo por primera vez…

- ¿Quieres hacer el favor de dejar de divagar y contestar a mi pregunta? - le increpó Sebastián (el joven), que estaba intentando recuperar la compostura y hacerse cargo de la situación.

- Vale, vale. ¡Que impaciente! - gruñó el Sebastián viejo, malhumorado al verse cortado -. Déjame pensar, recuerdo que el viejo me dijo, quiero decir, que me dije, vamos, que lo que te voy a decir a ti era que… - Vió la expresión que ponía su yo joven y decidió apresurarse antes de que éste perdiese del todo la paciencia -. He venido a decirte que metiste la pata en las ecuaciones, merluzo. Seguro que si no hubiera venido a decírtelo te hubieses dado cuenta enseguida, claro, al ver que la máquina no funcionaba, pero…

- Espera, espera. ¿Qué quieres decir con eso de que la máquina no funciona? Tu acabas de viajar en ella.

- Quiero decir que no puedes viajar al futuro. Recuerdas ese logaritmo neperiano de menos t que te encontraste al principio y que te tenía despistado, con lo que decidiste coger el valor absoluto para seguir trabajando a ver que salía. Ajá, veo por tu cara que ahora sí lo recuerdas. Lo habías olvidado cuando finalmente todas tus ecuaciones te habían cuadrado tan maravillosamente, ¿no? Pues resulta que la máquina sólo funciona si programas un tiempo negativo, es decir si viajas hacia el pasado.

- Oh. Comprendo. - Sebastián se sentía avergonzado por ese enorme despiste. Su mente era ahora un batiburrillo de ideas a las que intentaba poner orden para asimilar lo que le acababan de decir y comprender sus consecuencias .- Pero el viaje al pasado está limitado por…

- …por la existencia de la máquina, efectivamente - dijo el viejo Sebastián -. Ejem, perdona. Continua por favor - añadió, recordando cuanto le molestaba cuando era joven que su yo anciano terminase las frases que él comenzaba.

- Bueno, esta claro que tu ya lo sabes todo - refunfuñó -. Pero si no te importa me gustaría intentar deducirlo por mí mismo. Veamos, dado que la máquina funciona como emisor y receptor, no es posible ir a un tiempo en que la máquina no exista, así que lo que permite es hacer saltos hacia atrás, pero como máximo hasta el momento en que la máquina comenzó a funcionar… es decir… ¡eso quiere decir que tú acabas de hacer el que seguramente será el viaje más largo que nunca realizaré!

- Efectivamente.

- No podré viajar a cientos de años en el futuro o en el pasado - se lamentó Sebastián decepcionado - todos los viajes que haré de ahora en adelante probablemente serán tan sólo de días, semanas o, como máximo, años.

- No, ahí te equivocas. Ese es otro motivo por el que he venido, para decirte que no tiene sentido utilizar la máquina del tiempo para viajar a tú pasado. Viajar al futuro sería interesante porque te permitiría descubrir cosas nuevas que de otro modo no verías hasta dentro de muchos años o tal vez nunca. Viajar a un pasado remoto podría ser emocionante porque te permitiría asistir a hechos históricos y comprobar si tuvieron lugar tal como los narran los libros. Pero, ¿qué sentido tiene viajar a un pasado que ya has vivido antes como presente? Ni siquiera tienes la oportunidad de cambiar nada de lo que haya ocurrido, porque las paradojas temporales no son posibles. No tiene sentido vivir dos veces la misma época: vale más la pena gastar tu vida descubriendo el futuro como todo el resto del mundo, día a día.

- Pero entonces… Hay una cosa que no acabo de entender. Si como tú dices no hay razón alguna para vivir dos veces la misma época, ¿qué es lo que te ha decidido a usar finalmente la máquina del tiempo? No me creo que lo hayas hecho tan sólo para explicarme estas cosas que podría haber descubierto por mí mismo.

- Eres listo, je je je, hay otra razón. Era necesario que viniese… para hacerte rico - y mostrando todos sus dientes en una brillante sonrisa (la verdad es que los conservaba en un estado excelente para su edad), sacó de un bolsillo un CD-ROM -. Aquí están las listas de los números premiados en la lotería de las próximas dos semanas y las cotizaciones de los principales valores en bolsa durante los próximos 30 años. Te aseguro que esto bastará para obtener mayores riquezas que las que nunca habíamos soñado. Lo sé porque he disfrutado de ellas durante muchos, muchos años.


II

Pasaron los años y las predicciones del viejo Sebastián se cumplieron, Sebastián se hizo rico, inmensamente rico. No era de extrañar que se cumpliesen, claro. Para el viejo Sebastián no eran predicciones, era historia pasada. Sebastián había creado una corporación, Future I.N.C., que se encargaba de manejar todos sus negocios y también una fundación para obras de caridad e inversiones en el tercer mundo que le permitía redistribuir honradamente ese dinero que ganaba no tan honradamente y mantener satisfecha su conciencia. Cuando vio que los engranajes de esa maquinaria financiera que había creado funcionaban sin su ayuda, Sebastián se dedicó a disfrutar de la vida. Viajó, practicó todo tipo de deportes, asistió a fiestas, salió con bellas mujeres, y dado que hacía todo eso siendo rico y soltero, pronto se ganó el apelativo de Play Boy.

Sí, Sebastián era uno de los hombres más cotizados del mundo, el sueño de las lectoras del Cosmopolitan: rico, guapo (¿habíamos dicho ya que era guapo?), inteligente (¡en sus años de Universidad habían creído que sería un genio de la ciencia!) e incluso había que ver lo bien que se portaba con su familia. Se llevaba a su padre a todos sus viajes, le hacía compañía siempre que se lo pedía y le permitía todos sus caprichos. Ya habréis deducido que su "padre" no era otro que el viejo Sebastián, al que, con buenos contactos, le había podido proporcionar la identidad de su fallecido progenitor. Así que sus acciones no eran del todo nobles y desinteresadas, sino que tenían su vertiente egoísta, ya que sabía que todas las atenciones que le proporcionase ahora al anciano serían las que recibiría él en el futuro.

La vida de lujo y placeres que llevaba Sebastián le había hecho olvidar durante bastantes años la máquina del tiempo. Pero, aunque os parezca increíble y estéis absolutamente convencidos de que a vosotros no os pasaría, que nunca os aburrirías de llevar ese tipo de vida, la verdad es que hasta los mayores placeres cansan si se repiten demasiado frecuentemente. Si no me creéis, recordad esa comida que tanto os gustaba de pequeños, hasta llegar al punto de comerla casi cada día, y que ahora no podéis soportar ni mencionar. Pues sí, Sebastián fue hastiándose de tantos viajes, fiestas y mujeres, y volvió a recordar con cariño y añoranza sus años de investigación.

Volvió a pensar en su máquina, esa máquina que permanecía escondida en el almacén donde la había construido. Y comenzó a hacerse peligrosas preguntas. Aunque su anciano yo le había dicho que sólo la había utilizado una vez, en ese largo viaje que le había llevado hasta el inicio de nuestra historia, Sebastián se interrogaba sobre qué pasaría si se decidiese a utilizarla antes. ¿Qué ocurriría si decidiese ir al almacén y hacer un viajecito por el tiempo sin esperar a haberse convertido en un anciano? El viejo le había dicho que las paradojas temporales no eran posibles, pero cómo podía saberlo realmente, nunca lo había probado.

Ese día estaban en las Islas Galápagos. Habían ido a ver las tortugas gigantes, algunas de las cuales se decía que tenían cerca de 150 años, lo que las convertía probablemente, aunque las nuevas técnicas medicas cada vez conseguían alargar más la vida a los hombres, en los animales más ancianos del mundo. Sebastián se dirigió a la playa del hotel, donde el anciano Sebastián se hallaba tumbado en una hamaca observando las chicas en bikini que se bañaban en el mar.

- Te has convertido en un viejo verde - le dijo.

- Sí, je je je, ¿pero que le voy a hacer? Es una lástima pero a mi edad y con el corazón tan débil ni siquiera me sirven las pastillas. Así que lo único que puedo hacer es mirar, disfrutar del espectáculo y recordar tiempos mejores. Por cierto - dijo sacando un ejemplar de Penthouse que tenía escondido en la bolsa de playa -, esta de la portada es la chica con la que estuviste la semana pasada, ¿no?

- Sí - contestó Sebastián, apenas dedicándole una fugaz mirada a la revista - era una chica muy guapa. Pero oye…

- Je je je, es que de chaval yo estaba hecho un campeón. Estoy orgulloso de ti, jovencito.

- En serio, viejo, tengo que hablar contigo de algo importante.

El anciano tuvo una sensación de deja vu. Bueno, hablando propiamente, no era una sensación de deja vu, el viejo Sebastián era el único hombre en la tierra cuyas sensaciones de deja vu eran realmente recuerdos de situaciones pasadas. Y los tenía continuamente, no era de extrañar, pero este fue mucho más intenso, lo cual tampoco era de extrañar porque volvía a tratarse de una situación muy especial.

- Oh, sí. Galápagos año 2017. Recuerdo este momento. ¿Ha llegado ya? Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo. Sí, jovencito - Sebastián ya no era un "jovencito", pero al viejo le gustaba llamarle así - sé lo que vienes a preguntarme. Quieres saber si puedes utilizar la máquina del tiempo.

- Correcto - Sebastián ya se había acostumbrado a que el anciano supiera en ocasiones lo que le iba a decir antes de que abriese la boca. Era molesto, pero no tanto como cuando iba cantando los regalos de Navidad antes de desenvolver los paquetes -. Tú me dijiste que solo habías hecho un viaje en el tiempo, y me diste buenas razones para no malgastar años de mi vida, de nuestra vida, viviendo de nuevo un período que ya conocemos. Pero no entiendo que nunca hayas caído en la tentación de hacer algún miniviaje ocasional. Hay muchas razones para hacerlos. Te podría permitir asistir a algún acontecimiento interesante que hubiera pasado al otro lado del mundo y del que sólo hubieras oído hablar cuando ya había sucedido. Podrías aprovecharlo para asistir a la vez a dos fiestas que no quisieras perderte. Podías hacerlo por puro afán científico, para estudiar detenidamente la posibilidad de paradojas temporales. O simplemente para divertirte. Me gustaría saber qué se siente al viajar por el tiempo ahora, y no esperar a tener más de cien años para conocerlo. ¿Por qué no los hiciste? ¿Qué me impide hacerlos?

- Bueno, bueno. Puede que sí que haya hecho uno o dos de esos miniviajes que dices, lo reconozco.

- ¿Quéeee? - esa era la última respuesta que esperaba Sebastián.

- Sí, te mentí - dijo bajando la cabeza -. Oye no me mires así. Tenía mis motivos, ¿sabes?

- Y ¿qué motivos eran esos, si puede saberse? - inquirió furioso Sebastián.

- Bueno, yo sabía que no lo ibas a intentar hasta ahora. Recordaba que cuando era joven creí en las palabras que me dijo el anciano que salió de la máquina, las que te dije a ti, vamos, y que hasta este momento no tuve intención de volver a utilizar la máquina. Recuerdo también que la explicación que te voy a dar en este momento no me convenció entonces, pero ten por seguro que tu forma de pensar cambiará y que cuando llegue el momento actuarás tal como yo lo hice. Tú y yo somos la misma persona, recuerda. Lo cierto es que tenía miedo de quedarme solo. Todos estos años que hemos estado juntos ya los he vivido, lo sabes. Cuando era joven no me supuso demasiado esfuerzo cuidar del viejo y pasar mucho rato a su lado, pero cuando me tocó volver a vivir los mismos momentos desde el otro lado… te lo aseguro, esa compañía, ese afecto, se agradecen muchisimo cuando eres un anciano.

"Estoy convencido al noventa y nueve por ciento de que las paradojas temporales no son posibles, pero ¿y si me equivocase?. ¿Qué pasaría si no te hubiera engañado y hubieras utilizado la máquina del tiempo para hacer viajes que yo sé que nunca hice? Quizás hubieses desaparecido para siempre dejándome abandonado. Conocía el pasado y sabía que ese y no otro era el futuro que yo quería vivir. Quería que pasásemos todos estos años juntos disfrutando de la vida, queriéndonos casi como el padre e hijo que fingimos ser, y para lograr eso cuando llegó el momento actué tal como sabía que debía hacerlo, y no de otra manera. No quise correr el riesgo. Soy un viejo egoísta, lo sé. Ahora me duele contártelo todo, porque sé que te he causado daño y estarás dolido conmigo una temporada. Pero me consuela pensar que también sé que no tardarás mucho en perdonarme, que comprenderás mis motivos y que cuando llegue el momento… harás lo mismo.

Los dos Sebastián permanecieron callados un rato, mirándose el uno al otro, mirándose a sí mismos. El joven Sebastián se ablandó, como siempre acababa haciéndolo cuando se enfadaba con el viejo. Y es que uno no puede estar durante mucho rato enfadado consigo mismo. Comprendió en parte los motivos del anciano. Sabía que él, ahora, no actuaría del mismo modo, se arriesgaría a modificar la historia, pero mirando los ojos del viejo supo que no podía estar seguro de que no cambiaría hasta pensar como él y actuar de igual modo. Necesidad de compañía, afecto,… amor. No era lo que esperaba, pero debía reconocer que era un buen motivo para mentir. Una mentira que después de todo había servido para asegurar bastantes años de felicidad.

- Está bien, lo entiendo - le dijo al anciano -. Pero no debes preocuparte, aunque ahora haga algún viaje al pasado no te abandonaré. Siempre me tendrás a tu lado. De hecho, si lo piensas bien, es posible que en ocasiones hasta nos tengas a dos o más de nosotros a tu lado, ya que podremos coincidir en el tiempo. Quizás podemos utilizar la máquina del tiempo para ser los suficientes para montar una fiesta o un partido de fútbol sólo con nosotros mismos. Podría ser divertido. ¿Recuerdas si haremos algo así alguna vez? De lo que no tienes que tener duda es que siempre estaré contigo cuando me necesites. Y, sabes, es curioso, no lo haré solo porque sé que lo que haga ahora será lo que recibiré en el futuro. No, es algo más profundo. Creo que como tu dices he aprendido a pensar en ti como mi padre y que realmente te quiero como tal. No estarás sólo, de veras, yo… - se detuvo al ver como varias lagrimas asomaban a los ojos del anciano -. Vamos, no hagas eso, vas a conseguir que me emocione yo también - la verdad es que ya estaba cerca de hacerlo -. Mira esas chicas que nos están mirando, ¿qué van a pensar de ti?

- Te miran a ti, no a mí. Y si me ven pensarán que soy un viejo estúpido y sensible, que es lo que soy. Pero no tan estúpido y sensible para emocionarme con cuatro palabras cariñosas, todavía no. Es que hay algo más.

El anciano se limpió las lágrimas, se colocó las gafas de sol y se tumbó en la hamaca mirando hacia algún punto en el horizonte. Pronunció las palabras que sabía que eran probablemente las más difíciles que diría en toda su vida.

- Esta noche haré las maletas y no volverás a saber nada de mí.

Indiscutiblemente, era un día de sorpresas para Sebastián. Para el joven Sebastián, al menos.

- ¿Cómo dices?

- Está bastante claro, estúpido, y sigo sin entender cómo no habías pensado en ello antes de ahora. ¿Cuántos años crees que tengo? No, no te lo diré ahora como no te lo he dicho antes, pero te basta con saber que son muchos. Sabes que mi corazón no está bien y que los chequeos que me hago muestran que cada vez voy deteriorándome más. Sí, todavía estoy en buena forma, pero ¿por cuánto tiempo?. Ni la ciencia de ahora ni la que conocí en el futuro permiten que alguien sea joven eternamente, tan sólo vivir muchos más años de los que vivían la gente del siglo pasado y la mayoría de ellos conservando una buena condición física y vitalidad. Pero yo ya estoy agotando mi plazo. Piénsalo, por favor, piénsalo. ¿Crees que querría recordar el momento en que tuve que comenzar a usar pañales de nuevo? ¿Crees que querría saber el momento exacto de mi muerte?

- No - contestó Sebastián. De nuevo el anciano volvía a tener razón -. ¿Es necesario que sea esta misma noche?

- Esta noche será la última que pasaremos juntos, sí, lo recuerdo. Y no tengo ni idea de que voy a hacer después, supongo que coger el primer avión y comenzar a buscar un sitio donde retirarme, aunque no me imagino cual puede ser, nunca te lo dije.

- ¿Necesitas dinero? ¿Hay algo más que pueda hacer por ti antes de que marches? - Ahora era el joven Sebastián el que se mostraba realmente compungido.

- No, no te preocupes. Hace unos años recordé que este momento tenía que llegar y me ocupé de abrir en Suiza unas cuentas bancarias cuyos números desconoces. Y alegra esa cara, hombre. Piensa que ahora nos abren un mundo de posibilidades a los dos. Yo comenzaré a vivir de nuevo una vida emocionante, de la que no guardo ningún recuerdo. Y espero que sea larga y agradable -su típica sonrisa de viejo pícaro volvió a su rostro, delatando sus pensamientos-. Creo que recuerdo que una de esas chicas del mes decía que estudiaba para enfermera, tendremos que hacerle una llamadita, je je je. Y tú por tu parte puedes dedicarte a investigar los efectos del viaje en el tiempo. Te aseguro que serán una experiencia interesante.

- ¿De verás? Cuéntame algo más. ¿Haré muchos? ¿Ciertamente me resultará imposible cambiar la historia?

- No sé, algunos. Creo que mi memoria comienza a fallar. Ves lo que te decía. Me estoy volviendo demasiado viejo.

- No me mientas, tu memoria funciona perfectamente, como siempre. Dime que me escondes.

- Te digo que no lo recuerdo, ya lo descubrirás. Tu problema ha sido siempre ser demasiado impaciente. Ahora déjame, que si te quedas a mi lado será imposible que ninguna de esas encantadoras jovencitas muestre el más mínimo interés por mí. Sólo querrán conocer al famoso Sebastián e ignorarán a su padre. Haz el favor de largarte.

- No pienso hacerlo hasta que me cuentes algo más.

- Ja ja ja, no pienso hacerlo. - Y guiñándole un ojo añadió - Lo recuerdo perfectamente.


III

Sebastián siguió discutiendo toda la tarde con su anciano yo hasta que vio que inevitablemente se quedaría sin saber las respuestas a sus preguntas. Cuando ambos se dieron cuenta de que ya habían desperdiciado mucho del poco tiempo que les quedaba de estar juntos, decidieron dejar de lanzarse puyas mutuamente y organizar (esto fue una sugerencia del viejo) una fiesta que les dejase un buen recuerdo de esa última noche. La verdad es que, finalmente, demasiado recuerdo no les dejó. Del principio sí: reservaron el salón principal e invitaron a todos los huéspedes del hotel a la fiesta, y además decidieron fingir que era el cumpleaños del viejo para que este fuera el centro de atención y recibiese un par de besos extras de las chicas. Pero el joven Sebastián esa noche bebió tanto y tan rápido que su anciano yo le vio hacer, antes de que él también se emborrachase, cosas que curiosamente no recordaba haber hecho nunca.

A la mañana siguiente, cuando el viejo llamó a la puerta de la habitación de Sebastián para decirle que se marchaba al aeropuerto, la despedida fue como todas las despedidas: emotiva, triste, incómoda. No habría postales desde lugares lejanos ni felicitaciones de Navidad, no cuando dejar de recibir las mismas podría dar pistas de la fecha de tu muerte. El anciano le prometió a Sebastián, que se cuidaría mucho y que, aunque conocía de primera mano su trayectoria futura, le seguiría siempre que pudiese en las noticias de televisión y en las revistas para saber que todo le iba bien. Antes de marcharse, le dio también un último y algo misterioso consejo a su joven yo.

- Ten mucho cuidado con esos viajes que quieres hacer - le dijo -. Esas pruebas son algo peligrosas. Preferiría que no pasases por ellas, aunque entiendo y recuerdo tus ganas de realizarlas. Es extraño que aún ahora siga teniendo miedo de que algo no ocurra del mismo modo como lo recuerdo. Mis experiencias me han convencido de la invariabilidad del tiempo y espero que tú no logres demostrar que me equivoco. Podrías destruir todo lo que conocemos o incluso hacer que no hubiéramos existido nunca. Bueno, no me hagas caso, son pensamientos tontos de un viejo algo chocho. ¿Quién sino yo puede estar más convencido de que llegarás a viejo?

Después de un largo abrazo el anciano partió finalmente hacia su desconocido destino, dejando a Sebastián solo. Solo y libre para enfrentarse a un incierto futuro en el que el viejo ya no iba a seguir nunca más guiando sus pasos.

Sebastián pasó el resto de la mañana navegando en un catamarán y haciendo planes. Finalmente decidió que no tenía sentido postergar más aquello que desde hacía tanto tiempo ansiaba hacer. Así que, después de almorzar en el hotel, se dirigió hacia el aeropuerto, cogió su jet privado y voló hacia la ciudad.

Llevaba un buen rato conduciendo, había cruzado la ciudad y se había adentrado ya bastante en los suburbios que rodeaban puerto viejo, cuando un pitido intermitente le despertó de sus ensoñaciones. Aceptó la llamada y una pantalla se iluminó en la consola del automóvil.

- Hola Sebastián. Me alegro mucho de verte - dijo el hombre de la pantalla.

Era John Smithers, su secretario personal y hombre de confianza. Cuando Sebastián había dejado de llevar activamente sus negocios, Smithers había asumido las funciones de gerente de Future I.N.C. Habitualmente hablaban durante un par de horas cada semana para seguir la marcha de sus inversiones (las intuiciones que tenía Sebastián eran siempre sorprendentemente certeras) o discutir cuales eran las próximas donaciones que haría su fundación. Aunque era lo más parecido que tenía a un amigo, hacía bastante tiempo ya que no hablaban de otros temas que no fueran los estrictamente financieros. Era extraño que Smithers le llamase, normalmente era Sebastián quien se ponía en contacto él cuando tenía un momento libre en su agenda.

- Hola John. Estoy algo ocupado ahora - Sebastián tenía muchas cosas en la cabeza, y no quería tener que dedicar su atención a un tema tan mundano como el dinero.

- Siento molestarte, Sebastián, pero es que tenemos un problema algo complicado…

- De veras, lo siento, pero ahora no tengo tiempo, John - le cortó al ver que se acercaba ya a su destino, el viejo almacén en el que había trabajado en su proyecto durante tanto tiempo. - Confío totalmente en tu capacidad para resolver cualquier problema que se presente, haz lo que tu sentido común te dicte. Quizás estaré ocupado durante un tiempo, no lo sé, ya me pondré en contacto contigo más adelante. Hasta pronto, John

- Pero es que… - no tuvo tiempo de añadir nada más, ya que Sebastián cortó la comunicación. Había llegado. Dejó el coche frente a la entrada del almacén y se dirigió a su interior.

Allí estaba su máquina esperándole. Con una gruesa capa de polvo pero sin duda tan bella como siempre. Habían pasado quince años desde el día en que la puso en funcionamiento por primera vez. Muchas de las lucecitas se habían fundido, pero la máquina había seguido funcionando ininterrumpidamente durante estos años. Sebastián se había encargado de que los recibos de la luz del almacén se pagasen puntualmente cada mes. Si en alguna ocasión la compañía eléctrica llegó a preguntarse por qué alguien pagaba por mantener el alta de un local que parecía abandonado no lo sabemos, pero aunque lo hubiera hecho seguro que no habría indagado demasiado. Si era un error, éste convenía a sus intereses, así que era mejor no decir nada. Lo importante era que ahora Sebastián podía elegir el viajar a cualquier momento entre ese primer día, hacía quince años, y el presente.

"Será mejor que para comenzar no nos vayamos muy lejos" pensó, y programó los controles para que la máquina le llevase a una semana en el pasado. Abrió la puerta con precaución, recordando su experiencia del primer día e imaginando por un momento que quizás el viejo Sebastián había querido gastarle una última broma. Podía haber viajado hasta allí antes que él para esconderse en la máquina y sorprenderlo de nuevo. Pero no, esta vez no había nadie dentro.

"Es lógico" -pensó- "recodaría que iba a abrir la puerta con precaución y sabría que no tenía sentido venir a intentar asustar a alguien que lo estaba esperando". En cierto modo se sintió decepcionado. Echaba de menos a ese viejo, le costaría acostumbrarse a vivir sin él.

Pero la excitación de la aventura borró su melancolía, y, animado de nuevo, Sebastián entró en la máquina, cerró la puerta y esperó que la cuenta atrás llegase a su fin.

Un resplandor, una nube de vapor… ¿habría funcionado? Sebastián salió de la máquina y miró su reloj. Marcaba el mismo día que hacía solo unos momentos, pero eso era normal, el reloj había viajado con él desde el futuro. Miró a su alrededor. ¿Cómo no se le había ocurrido instalar ningún reloj calendario en la máquina para saber de inmediato en que día se hallaba? Nada mostraba que la traslación temporal hubiese tenido lugar. Un momento… sí… ¡sus pisadas! Vio las pisadas que había dejado al salir de la máquina, pero no había ningún rastro de pisadas que viniesen desde la puerta del almacén. El polvo depositado mostraba que nadie, o al menos nadie que no flotara, había entrado en el almacén desde hacía mucho tiempo. Entusiasmado se dirigió al exterior. La hora sí que parecía ser prácticamente la misma, faltaba poco para el atardecer y el sol proyectaba largas sombras en la calle.

"Oh, oh. Soy un imbécil" pensó al darse cuenta de que la calle estaba vacía. He de aclarar esto, no es que la calle estuviera vacía del todo, había los típicos elementos de las calles que rodean a los almacenes abandonados: cubos de basura repletos, restos de chatarra, gatos callejeros, etc. A lo que me refería es que había una ausencia destacable: su coche. "Bueno, ¿qué más da? Haremos un poco de ejercicio" se dijo, y comenzó a caminar hacia el centro de la ciudad.

Mientras cruzaba las calles se dio cuenta de algo que no había percibido en el trayecto de ida. El barrio se había degradado mucho. Hacía unos años la mayoría de los locales albergaban todavía fábricas, pequeños talleres o almacenes de todo tipo. Ahora todo, no sólo su almacén, parecía abandonado. Los graffittis cubrían hasta el último centímetro de pared y las ratas parecían haberse hecho las dueñas del territorio. Y como es habitual en este tipo de situaciones en que un elegante hombre de negocios se ve inexplicablemente perdido en un barrio marginal, pronto se topó con un grupo de rufianes.

- Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? - dijo uno de ellos. Es la frase que se dice siempre en estas ocasiones y, a pesar de lo inocente que parece cuando se pronuncia fuera de contexto, puesta en contexto resulta casi siempre el presagio de algo muy malo.

- Nada menos que un señorito del centro vestido con un traje de Armani - dijo otro. Esta frase también es bastante habitual, y todavía resulta más sorprendente. Jamás he entendido que esos maleantes siempre sepan distinguir a simple vista un traje de Armani, de otro de Hugo Boss o Toni Miró.

- Oidme, no quiero problemas - les dijo Sebastián -. Me he quedado sin coche y busco algún medio de regresar a casa. Si me indicáis el modo de llegar a la estación de metro o autobuses más cercano os ganaréis unos cuantos billetes y todos quedaremos contentos.

- Oh, es una lástima. Así que otra banda ya se ha hecho con el carro. Qué le vamos a hacer. Pero ten por seguro que no nos vamos a conformar con unos cuantos billetes si podemos tenerlos todos y de paso algo de plástico para hacer unas compras - dijo el que parecía el líder de ellos, colocándose un rompehuesos en los nudillos.

- Eso, eso. Que dentro de poco es el día de la madre y la mía hace tiempo que me pide una tele nueva - añadió otro, mientras desenrollaba las cadenas que llevaba atadas a la cintura.

Sebastián practicaba desde hace tiempo artes marciales, era cinturón negro tercer dan. Pero los malos eran muchos y tenían bates de béisbol muy resistentes. Así que estos hicieron caso omiso a la consabida advertencia de "mis manos están registradas como armas mortales" y se dedicaron a apalizar a Sebastián con eficiencia pero (tenemos que reconocerles al menos este mérito) no con demasiada saña.

Cuando Sebastián recobró el conocimiento no podía apenas moverse. Casi no podía abrir los ojos debido a la hinchazón de los párpados y a la sangre seca, pero se dio cuenta de que era de noche y de que un pequeño fuego brillaba no lejos de él. Estaba completamente desnudo, advirtió, pero le cubría una vieja y roída manta que, aunque probablemente lo habría llenado de pulgas, piojos y demás parásitos, le protegía razonablemente bien de la fría noche.

- Por fin has despertado - dijo una voz a sus espaldas -. ¿Quieres un trago?

Se volvió y vio una sombra que le tendía una botella.

- Viejo, ¿eres tú? - Preguntó, pensando que el anciano Sebastián había acudido a rescatarle.

- ¿Quién crees que soy? ¿tu padre? Ja ja ja. Chico, esos bandidos te han dado demasiado fuerte en la cabeza. ¿Tengo yo pinta de ser el padre de un lechuguino como tú?

Sebastián se frotó los ojos y miró de nuevo a su interlocutor. No, no tenía pinta de ser el padre de ningún lechuguino. Era un viejo vestido con harapos y con pinta de borrachín, que se apoyaba en un carrito de supermercado lleno de cartones, botellas y una maleta vieja.

- Lo he visto todo. Eres tonto, chaval. Tenías que haberte puesto a correr tan rápido cómo te llevasen tus pies en el mismo momento que cruzaste con esa banda. De ese modo habrías tenido una oportunidad. Pero no todos tomamos siempre la decisión correcta, ¿verdad? Yo mismo pienso que soy un estúpido por apiadarme de ti y prestarte mi mejor manta. Como si no estuviese ya suficientemente guarra como para mancharla ahora con tu sangre.

- Has tomado la decisión correcta, amigo - le contestó Sebastián -. Dame, acepto ese trago - cogió la botella y dio un pequeño sorbo -. Te juro que cuando salga de esta te recompensaré. Soy un hombre rico y, al menos eso creo, bastante generoso. Pronto dejarás de arrastrar ese carrito y podrás decirle adiós a este barrio.

- Ja ja ja. Muy bueno chico. Ahora resulta que los millonarios salen a pasear por estos barrios... ¿Es una moda nueva? - El vagabundo volvió a reír.

- No, de veras, te lo juro… - Sebastián se sintió débil de nuevo -. Lo siento. No me encuentro demasiado bien. ¿Te importa si duermo un poco más?

- Sí hombre, tranquilo, duerme. Quiero te pongas bien pronto y mañana te puedas levantar y volver a casa. Me gustaría volver a disponer de mi manta, ¿sabes?

Afortunadamente así fue. A la mañana siguiente y tras una noche de descanso Sebastián se encontró algo mejor y, aunque todavía contusionado y dolorido, pudo incorporarse y descubrir suficientes fuerzas en él como para permitirle volver a casa. La generosidad del vagabundo no quedo en el préstamo de la manta. De la vieja maleta sacó un par de pantalones y un jersey. Estaban sucios y olían mal, pero eran una opción mejor que ir desnudo. El viejo se rió un buen rato cuando Sebastián le preguntó si al menos no tendría ropa interior limpia.

Sebastián se vistió y se despidió del vagabundo. El viejo le indicó donde se encontraba la estación de metro más cercana. No solía estar vigilada, así que no importaba que no tuviese dinero, no le costaría demasiado entrar. Sebastián se dirigió hacia allí, intentando pasar desapercibido y tomando más precauciones que las que había tomado el día anterior. No quería meterse de nuevo en problemas. Encontró una fuente en la que pudo limpiar un poco sus heridas. Poco después localizó la entrada del metro, se coló y cogió el primer tren en dirección al centro de la ciudad. Se bajó en una de las estaciones de la zona comercial y salió al exterior. Una vez allí lo primero que se le ocurrió fue buscar un policía. No le costó mucho encontrar uno. Éste destacaba entre la gente porque hacía más de dos metros de altura y era muy corpulento. Un auténtico armario. Sebastián se acercó a él.

- Perdone agente - le dijo. El policía se giró y le dedicó una mirada de arriba abajo.

- Oye tío, haré que no te he visto, hombre, pero no causes problemas. Esta es una zona de tiendas caras, la gente no quiere ver tipos como tú. Pero es tu día de suerte, no tengo ganas de hacer ejercicio zurrándote... Venga, vamos, lárgate.

- Agente por favor - insistió Sebastián -, le suplico que me preste un minuto de atención. He sido asaltado por una banda callejera en el barrio Este y me he visto despojado de todas mis pertenencias, incluida toda mi ropa. Un vagabundo se ha apiadado de mí y me ha prestado las prendas que llevo ahora para que pudiese venir hasta aquí a buscar ayuda. Me llamo Sebastián Walls, quizás haya visto mi cara alguna vez en la televisión o en la prensa, soy bastante conocido. Le agradecería mucho que me ayudase a conseguir un medio de transporte para volver a mi casa.

El agente se quedó cortado. Ese hombre no hablaba como un vagabundo y parecía sereno. Incluso era cierto que su cara le parecía familiar. Pero... ¿nada menos que el señor Walls? Sebastián Walls era uno de los hombres más ricos del país, quizás del mundo. No podía imaginarse ningún motivo por el cual Sebastián Walls pudiese pasearse solo por el barrio Este y exponerse a un ataque como el que ese individuo decía que había sufrido. Parecía una historia increíble, pero aún así…

- Supongo que no lleva ninguna documentación encima, ¿no? - le inquirió el agente.

- No, ya le he dicho que me quitaron todo lo que llevaba encima. Pero… espere un momento - añadió Sebastián, teniendo una súbita inspiración -. Acompáñeme hasta el kiosco, por favor.

A regañadientes el gigante acompañó a Sebastián hasta el puesto de periódicos de la esquina.

- ¿Tiene la revista Forbes? - preguntó Sebastián al kiosquero.

- Es esa de ahí abajo - le contestó éste, señalándosela.

Sebastián la cogió y le mostró la revista al policía. Alguno de sus ligues había sido portada de PlayBoy o Penthouse, pero él podía presumir de haber llenado muchas más portadas que ellas. El titular de la revista decía "El hombre del año", y la cara que mostraba era la suya.

El agente cogió la revista y comparó meticulosamente el rostro de la portada y el del hombre que tenía delante. Aunque pareciera increíble, juraría que se trataba de la misma persona. Bien, por si acaso, no estaría de más aceptar por el momento lo que le decía aquel tipo. Si realmente se trataba de ese millonario, no ayudarle podría traer problemas. Pero si le ayudaba...

- Oh. Dios mío. Lamento muchísimo mi comportamiento anterior, señor Walls. - dijo el agente verdaderamente azorado -. Soy el agente Oscar Ramírez y estoy a su servicio. Con mucho gusto le acompañaré a su domicilio, aunque… - se le ocurrió algo - si no le importa, lo correcto sería que me acompañase antes a comisaría. Debería presentar una denuncia antes de nada. En comisaría si lo desea podrá asearse y cambiarse de ropa, y también ser atendido por un médico. Por supuesto, supongo que también querrá llamar a su familia y amigos, que probablemente estén preocupados por su salud.

No era ni mucho menos necesario ir primero a la comisaría, la denuncia podía hacer la cuando quisiese, pero al agente Ramírez pensó que presentarse en ella acompañando al famoso señor Walls le podría hacer sumar puntos para un ascenso. Si alguien tan importante, probablemente amigo del propio alcalde, le dedicaba algunas palabras de elogio ante sus superiores, complacido con su comportamiento, antes de un mes habría obtenido los galones de sargento. Tenía todo el trayecto hasta la comisaría para hacerle la pelota y reparar la posible mala imagen que le hubiera podido dar al dirigirse a él por primera vez.

Sebastián observó divertido los intentos del gigante de congraciarse con él, y aún más su actitud al llegar a comisaría, pavoneándose delante de sus compañeros como si acabase de realizar algún acto heroico. De todos modos, Sebastián agradeció de veras poder por fin tomar una ducha y ponerse encima una ropa decente. Su casa estaba a las afueras, en la costa, y probablemente hubiesen tardado bastante más en llegar y después esperar que viniese alguien de la agencia de seguridad para reemplazar la llave codificada, que también le habían sustraído.

- Si quiere esperar aquí un momento, enseguida me encargo de todos los trámites para que consiga una nueva documentación - le dijo el agente Ramírez -. ¿Quiere que le traiga una taza de café mientras espera? No es demasiado bueno pero es bebible.

- Sí, se lo agradecería mucho - le contestó Sebastián.

- Oye Oscar, ven a ver esto - le gritó al gigante uno de sus compañeros desde el otro extremo de la sala, haciéndole señas para que se acercase.

- Ahora no puedo - le contestó el agente -. Ya me lo explicaréis luego.

- No, te digo que es importante que vengas. Tienes que ver esto.

- Discúlpeme señor Walls - dijo dirigiéndose a Sebastián -. Vuelvo dentro de un momento, he de ir a ver qué quieren.

El agente se acercó a sus compañeros. Se había formado un corrillo y todos parecían estar esperando que él llegase con una sonrisa maliciosa y un brillo irónico en sus ojos. Sebastián oyó cómo todos estallaban en carcajadas y al levantar la cabeza vio como el agente Ramírez se dirigía hacia él con el rostro totalmente rojo y los ojos inyectados en sangre.

- Maldito embustero, me has hecho quedar como un imbécil - le dijo. Cogió a Sebastián por el cuello y le izó de la silla -. Te voy a encerrar en el calabozo durante tanto tiempo que cuando salgas quizás creas realmente que eres el verdadero señor Walls.

- ¿Qué quiere decir? - el gigante tenía una fuerza asombrosa y Sebastián apenas podía escupir las palabras mientras éste le zarandeaba -. Yo soy Sebastián Walls.

- ¿Sí? ¿De verás? - sin ningún miramiento el agente Ramírez arrastró a Sebastián hasta el grupo de policías, que se retiraron hacia los lados para dejarles paso, dejando al descubierto un televisor -. Entonces… ¿puede saberse quien es este tipo que está junto al presidente?

Sebastián miró hacia la pantalla. La imagen mostraba al propio Sebastián junto al presidente y otras personalidades en un acto de la fundación Walls. En una esquina brillaban las letras "CNN live". Eso era tener mala suerte. Había olvidado por completo que hacía una semana había participado en esa recepción, la más importante de las que la fundación realizaba a lo largo del año, y que esta había sido retransmitida en directo. Se quedo mudo. Pensó qué explicación podría dar, pero basta con decir que de todas las que pasaron por su mente la más creíble era la verdadera, así que, viéndose en un callejón sin salida, solo se le ocurrió preguntar:

- ¿Tengo derecho a llamar a un abogado, verdad?

- Oh, sí, por supuesto que sí - le contestó el agente Ramírez mientras le ponía las esposas y comenzaba a llevarle a empujones hacia los calabozos -. Pero me temo que el teléfono de llamar abogados no funciona y hasta mañana no vendrá a arreglarlo el técnico. Tenía que haberme dado cuenta de que eras un impostor. Te pareces mucho, mamón, pero tú eres mucho más moreno que el señor Walls.

- Es que he estado varios días tomando el sol en las Galápagos - respondió Sebastián. Eso le costó aterrizar volando en la celda, el gigante no iba a permitir que se burlase más de él.

Sebastián pasó la noche en un calabozo atestado que tuvo que compartir con siete detenidos más. Sólo había seis literas, pero por suerte dos de los presos estaban muy colgados y no hubo peleas por conseguir una cama. "Respecto a la noche anterior" - pensó Sebastián - "puede considerarse una mejora". A la mañana siguiente un médico vino a examinar sus heridas que afortunadamente sanaban bastante bien. Más tarde Sebastián reclamó de nuevo su derecho a llamar a un abogado El problema era que primero tenían que abrirle una ficha y él se negaba a dar otro nombre que no fuera el suyo. Le tomaron las huellas y buscaron en su base de datos, donde no hallaron nada porque Sebastián no tenía antecedentes. Insistieron varias veces en que les diese su verdadero nombre, pero él se mantenía en sus trece y continuaba asegurando que era Sebastián Walls. Su cabezonería parecía haber llevado la situación a un callejón sin salida, él no quería ceder y la policía tampoco. Hartos de su actitud, decidieron devolverlo a su celda y dejarlo unos cuantos días allí olvidado hasta que cambiase de opinión.

Cinco días más tarde, y dado que en realidad Sebastián no había participado en ningún delito ni causado alteraciones del orden (aparte de la bronca que montó el agente Ramírez al verse puesto en evidencia), la policía decidió que no tenía más remedio que dejarle marchar. Con una última recomendación acerca de olvidarse de ir diciendo que era el señor Walls si no quería meterse en más problemas, Sebastián se encontró de nuevo en la calle. Mientras se alejaba de la comisaría, vestido de nuevo con los harapos del viejo vagabundo y con los bolsillos vacíos, reflexionó sobre la experiencia de los últimos días.

"Una paliza, varios días en un calabozo… ¡vaya aventura! Ojalá no hubiese emprendido nunca este viaje". De repente cayó en la cuenta de que en realidad él todavía no había iniciado el viaje. Si hubiese alguna manera de impedir que utilizase la máquina, quizás todo este episodio no tendría nunca lugar.

Hizo cuentas. Entre la noche pasada en el callejón y las seis noches en comisaría, había vuelto casi al punto de partida, al día en el que debía emprender el viaje. Miró la hora y maldijo, en ese preciso momento debía estar aterrizando o quizás incluso ya en el coche, de camino a la máquina. No parecía posible llegar a tiempo al almacén, tenía que encontrar otra manera de avisar a su otro yo y evitar que hiciese el viaje.

Pensó a toda prisa. Recordó que las oficinas de su compañía estaban tan solo a unas manzanas de la comisaría. Quizás allí pudiese llamar por teléfono. Mientras corría hacia el edificio Future comenzó a especular sobre qué pasaría si finalmente no emprendía nunca el viaje. ¿Desaparecería? ¿Recordaría después el otro Sebastián que él le había avisado? No tenía las respuestas a esas preguntas, lo único que sabía es que si las quería conocer no tenía tiempo que perder.

Al llegar a su destino y tras cruzar el umbral, Sebastián se detuvo al ver las asombradas miradas de los empleados que pululaban por el enorme vestíbulo de Future I.N.C. De todos excepto un par de guardias de seguridad que se dirigieron directamente hacia él con el ceño fruncido.

- ¡Será posible! - dijo uno, al tiempo que le retorcía el brazo hasta ponerlo en la espalda y comenzaba a ponerle unas esposas.

- Pero… ¿qué demonios están haciendo? ¿No ve que soy Sebastián Walls, el dueño de esta compañía?

- ¿De veras? ¿Nos tomas por estúpidos? - contestó el otro -. La policía nos avisó que tenían detenido a alguien que se hizo pasar por el señor Walls y hace apenas una hora nos han llamado para decirnos que le dejaban en libertad. Parece que no has perdido el tiempo.

Y sin más miramientos se lo llevaron a un cuartucho desde donde informaron a sus superiores y donde retuvieron a Sebastián haciendo caso omiso de sus protestas. Al cabo de un rato, los dos guardias de seguridad recibieron una orden por el walkie y seguidamente lo condujeron a un ascensor que subía directo hasta el piso 65. Todavía esposado, Sebastián entró en el que antaño había sido su despacho de director general y que ahora pertenecía al gerente de Future I.N.C. Sentado detrás de un escritorio de roble estaba Smithers, mirándole con la boca abierta y los ojos como platos. Sebastián dejó que le observase de arriba abajo.

- Dios mío - dijo finalmente Smithers -. ¿Quién es usted? ¿Su hermano gemelo?

- John, soy yo, Sebastián. Tienes que creerme.

- ¡Santa María! ¡Incluso la misma voz! Es increíble. Si no estuviera seguro de que no es usted él creo que hubiera logrado engañarme incluso a mí.

- ¿Por qué dices que estás seguro? ¿Por qué no puedes creer que soy yo realmente?

- Sencillamente porque acabo de hablar con el verdadero Sebastián Walls hace apenas 10 minutos.

- Oh… - buscó con la mirada un reloj que solía colgar de una pared del despacho, vio la hora y comprendió -. Ya entiendo. Maldita sea, ahora si que es demasiado tarde.

- ¿Demasiado tarde para qué?

- Escucha John, cuando has hablado conmigo por videoteléfono no te he dejado prácticamente abrir la boca, te he dicho que confío en tu sentido común y que estoy convencido que serás perfectamente capaz de resolver cualquier problema sin mi ayuda y he colgado… ¿no es cierto?.

Smithers se quedó mudo. Sus ojos se abrieron todavía más.

- ¿Qué… qué diablos ocurre aquí? - dijo finalmente.

- Es largo de explicar - contestó Sebastián -, pero si pides que me quiten las esposas y nos dejen solos intentaré que lo entiendas.

Siguieron varias horas de explicaciones. Sebastián pudo probarle rápidamente su historia, recordándole detalles de situaciones que habían vivido juntos de los que ningún otro podía tener constancia. El gerente de Future entendió entonces como era posible que Sebastián nunca se equivocase en sus inversiones. Era un hombre realmente honrado y se sintió un poco defraudado al descubrir que los fondos que gestionaba no se habían conseguido de un modo totalmente lícito. Sebastián, pese a todo, consiguió demostrarle que habían usado esos fondos correctamente y que habían ayudado a mucha gente con la fundación Walls, y logró convencerlo también de que era necesario que siguiesen manteniendo el asunto oculto a la opinión pública.

Ya era de noche cuando las dos únicas personas que conocían el secreto de la máquina del tiempo volvieron al almacén del barrio Este.

- Me encargaré de que una grúa venga a recoger lo que queda - dijo Smithers al observar los restos del BMW de Sebastián. En ese barrio un coche de lujo no permanecía entero en la calle durante mucho tiempo.

- Gracias John - contestó éste -. Y quiero pedirte otro favor. Haz que localicen a aquel vagabundo del que te he hablado, quiero que le consigas un lugar decente donde vivir y un trabajo en la fundación. Bueno - se interrumpió cuando cruzaron la puerta -, ésta es la maquina.

- Vaya, es…increíble - fue lo único que pudo articular Smithers.

Sebastián sonrió, los meses de trabajo diseñando el aspecto exterior de la máquina por fin habían servido para impresionar a alguien.

- Sí, es preciosa, ¿verdad? Creo que será mejor que la traslademos a un barrio más seguro. No me gustaría venir un día y me encontrármela igual que el coche.

- ¿No ocurre nada si mueves la máquina de lugar? - le preguntó Smithers

- No, el espacio que ocupe no es importante. Está diseñada para actuar de emisor y receptor y sólo tiene en cuenta la coordenada del tiempo. Si lo piensas bien, dado que tanto la Tierra como el sistema solar están continuamente en movimiento tanto la máquina como nosotros no estamos nunca en el mismo lugar. No, lo único que pasará es que no se podrá utilizar mientras está desconectada. Pero… ¿sabes…? Me parece que se me han pasado las ganas de viajar con ella durante un tiempo - y, tirando del cable, desenchufó la máquina.


IV

Sebastián le dio vueltas durante una temporada al significado de su anterior aventura. Durante esa semana se había visto arrastrado por los acontecimientos, siguiendo, sin posibilidad de poder desviarse de él, un destino que parecía ya estaba marcado cuando él emprendió el viaje. Eso le molestaba. Le gustaría poder probar que si viajaba en el tiempo podía cambiar las cosas. Prefería pensar que había infinitos universos posibles que seguían líneas temporales diferentes, que no el creer en un solo e inamovible Destino. Pero su experiencia por ahora le indicaba que lo último era lo más factible.

Comenzó a obsesionarse con la idea de un señor Tiempo, como él le llamaba, que movía los hilos de toda la humanidad para que esta siguiese el camino que tenía marcado. En ese contexto, él podía convertirse en un Mesías que podía liberar al mundo de su tiranía y devolverles a los hombres su libre albedrío. En realidad no se trataba de liberar a nadie, si no de demostrar que esas ataduras no existían. Si conseguía probar que era posible cambiar un acontecimiento pasado, eso confirmaría la existencia de diferentes líneas temporales.

Esos pensamientos fueron madurando en su mente hasta acabar imponiéndose a las reticencias que le había provocado su anterior experiencia. Decidió que era hora de volver a actuar. Tenía que conseguir crear una paradoja temporal.

La máquina había sido trasladada a un gran sótano que había hecho construir en su mansión, así que Sebastián en esta ocasión sólo tuvo que bajar unas escaleras para reencontrarse de nuevo con su creación.

Llevaba desconectada una larga temporada. Sebastián reflexionó sobre ello: el viaje más corto que podía hacer en el pasado sería al momento en que la máquina estuvo encendida por última vez, lo que significaba viajar en el tiempo cerca de seis meses. Pero ningún otro yo suyo se había puesto en contacto con él durante este tiempo, y tampoco había tenido noticias de que se le hubiera visto en ningún otro lugar diferente a en los que realmente había estado. Si sus teorías no fueran ciertas eso podía significar dos cosas, o bien no había hecho el viaje o, como en la ocasión anterior, una fuerza mayor le había retenido incomunicado. Pensó cuáles podían ser estas circunstancias: ¿perdido?, ¿secuestrado?, ¿en coma?… Cada nueva opción que se le ocurría era peor que la anterior. Mejor no arriesgarse, decidió finalmente. Esos viajes tan largos eran peligrosos, no los realizaría si no tenía constancia de que absolutamente nada podía ir mal, no quería sufrir otra mala experiencia. Lo mejor sería realizar sus pruebas con viajes muy cortos. Años, meses o incluso días eran demasiado tiempo, podían pasar muchas cosas, pero en un viaje de horas o tan sólo minutos no debería haber ningún peligro y sin embargo dispondría del tiempo suficiente para experimentar con la posibilidad de crear paradojas temporales.

Lo que debía hacer primero era conectar la máquina de nuevo para que esta pudiese actuar de receptor. Al hacerlo, la máquina produjo el brillante relámpago de luz y la siempre espectacular nube de vapor, pero Sebastián esta vez no se sintió sorprendido, lo estaba esperando. Se colocó frente a la máquina y aguardó a que la puerta se abriese.

Pasó un minuto y ésta permanecía cerrada. "Qué demonios espera para salir" - pensó. Cuando estaba a punto de perder la paciencia y abrir él mismo la puerta, ésta finalmente se abrió y de dentro de la máquina salió el mismo Sebastián.

- Hola. Te estaba esperando. ¿Qué hacías tanto tiempo dentro de la máquina? - le preguntó sonriendo Sebastián A a Sebastián B.

- H…hola - contestó Sebastián B, con una mirada desorientada -. N…no lo sé

Sebastián A observó a su otro yo que venía del futuro. Era diferente a cuando estaba con el viejo Sebastián. A aquél había acabado tratándole como si fuera otra persona, sin embargo ahora tenía la impresión de hablar con su imagen en un espejo.

- Bueno, es igual. Dime, ¿has tardado mucho en meterte en la máquina?

- No lo sé - volvió a contestar Sebastián B

- ¿No lo has controlado? - se extrañó Sebastián A -. Da lo mismo. Explícame qué es lo que hemos hecho juntos durante este rato. Has de contarme con toda exactitud todos los detalles. Entonces hemos de hacer algo diferente, algo que no recuerdes que hayamos hecho. Eso significará que podemos cambiar los acontecimientos. ¡Significará que podemos lograr paradojas temporales!

- Sí. Eso lo recuerdo… Quiero decir que recuerdo haber pensado eso… Pero hay un problema.

- ¿Cuál? ¿Qué problema?

- No recuerdo nada más. No sé qué ha pasado. No recuerdo ni haberme metido en la máquina. Mira, creo que tengo un golpe en la cabeza - se llevó una mano a la nuca y luego se la mostró a Sebastián A, estaba manchada de sangre.

- Dios mío ¿Cómo te has hecho eso? - exclamó Sebastián A. Se acercó a su otro yo y le hizo girar la cabeza para poder observar la herida que tenía en la parte posterior. Todavía manaba un hilillo de sangre. Luego miró hacia arriba y se apartó de un salto de donde estaba al ver que un foco de luz colgaba sobre él -. ¿Cómo me voy a hacer yo eso?

- Ya te lo he dicho, no lo recuerdo. Estoy confuso. Lo siento - miró a Sebastián A con tristeza -. No sé, creo que el señor Tiempo quiere jugarnos de nuevo una mala pasada. Y lo peor es que me parece que de esta experiencia sólo vamos a sacar un dolor de cabeza. Si no recuerdo nada no vamos a poder experimentar con las paradojas temporales. Tendremos que intentarlo de nuevo más adelante.

- ¡Maldita sea! Tiene que haber una manera. Ummm… espera, déjame pensar… - a Sebastián A le rondaba una idea por la cabeza -. ¡Sí! ¡Ya lo sé! Hay una manera.

Sebastián B le miró sorprendido.

- Cuéntame, a mi no se me ocurre ninguna. Debe ser el golpe. En estos momentos tu cabeza debe funcionar bastante mejor que la mía.

- ¿Qué es lo único que sabemos con certeza que voy a hacer?

- ¿Golpearte en la cabeza?

- Aparte de eso.

- No sé, dímelo de una vez. Ya te he dicho que no puedo pensar con claridad.

- Si tú estas aquí ahora eso significa que yo me voy a meter en la máquina y viajar hacia atrás, ¿no?

- Sí - Sebastián B asintió pensativo y después miró a Sebastián A con admiración -. Tienes razón. Así que tú…

- Yo no lo pienso hacer. No me voy a meter en la máquina. La paradoja temporal eres tú mismo. No deberías existir. Vienes de un universo alternativo en el que yo sí me meteré en la máquina, pero en éste eso no ocurrirá nunca - exclamó triunfante Sebastián A.

- Es sencillamente genial - Sebastián B se contagió del entusiasmo de su otro yo - ¡Lo hemos logrado!

- Tan sólo me gustaría saber cuánto he de esperar para estar seguro de que definitivamente ya no he hecho lo que teóricamente debería haber hecho - Observó con detenimiento a Sebastián B -. Tienes el mismo aspecto que el que tengo yo ahora, lo que da a entender que ese momento no debe estar muy lejos, que probablemente estemos hablando de algo que tendría que ocurrir este mismo día. Claro que también es posible que se tratase de otro día en el que fuera vestido igual.

- Podemos quemar el traje para asegurarnos que no sea así -sugirió Sebastián B.

- Oh, sí… Pero es una pena, me gusta mucho este traje.

- A mí también. Tiene que haber otra forma.

- Espera…¡los relojes! ¿Qué hora tienes? ¿Y qué día?

Sebastián B miró su reloj.

- Casi las doce, las once y cincuenta y nueve exactamente, del veintitrés de octubre.

- ¡Es hoy! Y en realidad son las once cuarenta y cuatro. Hay quince minutos de diferencia. Sólo realizaste un salto de 15 minutos hacia el pasado y hace mas de diez minutos que saliste de la máquina. Eso significa que faltan apenas un par de minutos para el momento en que yo debería entrar en la máquina… - en ese instante el suelo comenzó a temblar -. ¿Sientes eso?

Fueron las últimas palabras que pronunció Sebastián A antes que un cascote cayese del techo directamente sobre su cabeza y le hiciera desplomarse.

- ¡Qué demonios…! - Sebastián B se agachó sobre él e intentó reanimarle - ¡Es un terremoto! Levántate, tenemos que salir de aquí, el techo se está hundiendo -. Pero era inútil, el golpe había dejado a Sebastián A inconsciente.

Sebastián B miró a su alrededor desesperado, la casa se les caía encima. Podía intentar huir, pero no lo conseguiría si tenía que cargar con el peso de Sebastián A. Tampoco podía dejarle allí, eso significaría su muerte. Sólo tenía una salida. Maldiciendo arrastró el cuerpo inerte de Sebastián A hasta el interior de la máquina, cerró la puerta, giró el control de tiempo, activó el salto y salió corriendo hacia las escaleras, esquivando las vigas y trozos del techo que se precipitaban sobre él.

Consiguió salir de la casa poco antes de que ésta se desmoronase por completo. La tierra ya había dejado de temblar, pero por si acaso Sebastián se alejó hasta un montículo a unos setenta metros de allí, donde se dejó caer exhausto. Cuando recuperó el aliento se incorporó y contempló desolado las ruinas.

En realidad no estaba triste por la pérdida de la casa, lo que verdaderamente le dolía es que había asistido de nuevo a una demostración de cómo el señor Tiempo defendía su invariabilidad con uñas y dientes. El viejo se lo había advertido. No podía cambiar los acontecimientos cuando viajaba al pasado, y esa sería una certeza que probablemente adquiriría a costa de estrellarse contra el mismo muro un montón de veces. La primera vez le había costado una paliza y varias noches en un calabozo. La segunda un golpe en la cabeza y una casa. Más que eso, posiblemente el terremoto había causado víctimas y enormes daños materiales en toda la zona. Podía ser tan sólo una coincidencia, pero Sebastián se sentía responsable de ello, como si el terremoto fuera la respuesta del señor Tiempo ante su osadía de intentar cambiar el destino. ¿Valía la pena seguir intentándolo?

- ¿El señor Walls? - oyó que alguien preguntaba a sus espaldas. Se giró y vio un hombre vestido de negro que sostenía un maletín.

- Sí. Soy yo. ¿Quién es usted?

- Soy un representante de Webster y asociados. Nos encargaron entregarle este sobre - sacó un sobre blanco del maletín y se lo tendió a Sebastián - justo este día y a esta hora.

Sebastián cogió el sobre.

- ¿Está usted bien? - preguntó el hombre del maletín -. Oh, tiene una herida en la cabeza. ¿Quiere que llame a una ambulancia?.

- No hace falta. Además, deben tener mucho trabajo en estos momentos.

- ¿Lo dice por el terremoto? No lo crea. Yo me he llevado un buen susto y enseguida he llamado a casa para saber si habían sufrido algún daño, pero me han dicho que en la ciudad casi no lo habían notado. Parece ser que ha sido un temblor de baja intensidad. Quizás el epicentro estuviese justo en esta zona, porque por lo que parece su casa ha sido la que ha sufrido mayores daños - dijo señalando hacia las ruinas.

Sebastián se sintió aliviado. Eran buenas noticias, y le habían quitado un gran peso de su conciencia.

- Gracias - le dijo Sebastián al hombre del maletín -, muchísimas gracias.

- No hay de qué - respondió el hombre del maletín, algo sorprendido por la vehemencia de Sebastián -. Espéreme aquí, iré al coche a llamar a esa ambulancia.

Sebastián se quedó solo con el sobre en las manos. Rasgó el cierre y sacó un papel en el que, escrito con su letra, leyó:

"No puedes cambiar el pasado, pero sí puedes cambiar el futuro. Tú decides tu destino"


V

En otro lugar del mundo, cuyo nombre ni siquiera a nosotros nos fue nunca desvelado, el viejo Sebastián sonrió. Recordaba ese día. Sabía que en esos momentos el joven Sebastián asimilaba todo el significado de esas palabras que él le había escrito hacía ya tiempo. Existían esos infinitos universos en los que él soñaba, pero sólo existían en el futuro, en potencia. En el presente, el hombre decidía cual de ellos se hacía realidad con cada decisión que tomaba. Viajar al pasado significaba encadenarte, vivir el presente significaba ser libre. Se lo había ya intentado explicar aquella primera vez, pero sabía que hasta que hubiese vivido esas experiencias no lo entendería realmente.

Realmente Sebastián entendió el mensaje. Vive el presente, le decía el mensaje, disfrútalo y moldea tu futuro. Y siguió ese consejo durante muchos años.

Durante una temporada volvió a dedicarse a los negocios, y realizó inversiones guiándose sólo de su instinto, sin utilizar los datos que el viejo Sebastián le había proporcionado. Y, aunque falló en unas pocas ocasiones, acertó la mayoría de veces ya que, sin darse cuenta, había desarrollado esa especial habilidad de los hombres ricos de hacerse todavía más ricos sin demasiado esfuerzo.

Durante otra temporada, todavía más larga, Sebastián investigó y desarrolló otros muchos y sorprendentes inventos, de los cuales quizás hablaremos en otras historias. Muchos de ellos fueron patentados, pero eran todos tan revolucionarios que Sebastián pensó que la sociedad todavía no estaba madura para ellos y que en ese momento podían causar más males que beneficios, así que decidió mantenerlos ocultos.

Estuvo viviendo durante un tiempo en Europa, y más tarde en África, Asia, Sudamérica, Oceanía, la Antártida e incluso pasó un año en la colonia lunar, aunque allí se aburrió bastante (lo más divertido era el viaje).

Un día se hallaba en la biblioteca de su casa en los Alpes cuando comenzó a reflexionar sobre la vida que llevaba. Había sido intensa. Había sido mejor probablemente que la que hubiera vivido nadie, llena de experiencias maravillosas. Pero no se había casado, no tenía una familia, y a sus pocos amigos, los que consideraba buenos amigos, sólo los veía en contadas ocasiones. Se había realizado como persona, pero ahora… se sentía sólo. Dejó el libro que estaba leyendo y se dirigió hacia el espejo que colgaba en una de las paredes de la sala. Miró su reflejo y sonrió, recordaba esa cara, y no precisamente de esa mañana cuando se había afeitado, no, de muchísimo más tiempo atrás. Pensó: "Ya es hora de que vaya a gastarle una broma a alguien".



FIN


******

MENSAJEROS DEL ULTIMO ADIOS

Francisco Ruiz Fernández




¡Bang!

Todo había acabado tan sencilla y rápidamente como el pulsar un dedo, un nervio enviando a un pequeño músculo la orden de contraerse. El trabajo era fácil además de estar bendecido por el Consejo, pero Jesús, Chus para los compañeros de academia, todavía no se acostumbraba.

Una voz chasqueante resonó en su auricular: la central, siempre vigilante, le observaba.

- ¡Buen trabajo, AS-1840! ¡Rápido y limpio! Permanezca a la escucha. Cambio.

- Recibido. ¡Corto! - Chus hubiera dado ahora cualquier cosa por pronunciar el "corto y cierro" que significaba fin de jornada, pero habiendo en toda la ciudad sólo cinco agentes de su categoría, estaban todos condenados a permanecer el turno completo en tensión a la espera de un nuevo encargo.

La tensión.

No se hacía a ella. Éste era su segundo día de trabajo en activo, vale, pero sabía por sus amigos que se habían licenciado antes de él que lo normal era acostumbrarse a la cuarta o quinta misión. ¡Él ya llevaba treinta y dos, y seguía aun con las manos sudorosas, sin poder evitar un escalofrío al ver a su objetivo! Parecía que de nada habían servido los ocho años de academia militar en los que se supone que de un crío moldeaban una máquina de matar sin remordimientos, como tampoco parecían haber surtido efecto los cinco años de sesiones diarias de hipnosis a las que había sido sometido una vez aceptó formar parte del cuerpo de elite mundial de los Euthaniers. A lo largo de los cinco largos años de implacable adiestramiento tanto mental como físico se había sentido orgulloso de formar parte de los pocos elegidos por el Consejo para cargar con la responsabilidad de la superpoblación y así ser uno de los ídolos infantiles por excelencia. Pero hoy, en su segundo día de trabajo, aun sentía remordimiento y angustia al apretar el gatillo. Daba igual que el objetivo, el cascarón como eran llamados en el argot de los euthaniers, le respondiera afirmativamente a la pregunta de rigor: "¿Insiste en su voluntad de suicidarse?". Lo de menos eran los insultos, las arengas o bendiciones que había tenido que soportar hasta escuchar el "Sí". Lo cierto era que aun no se acostumbraba a ordenar a su dedo que se flexionase sobre el gatillo para segar esa vida inútil.

No lograba acostumbrarse a matar, aun con el beneplácito del sistema.

- Chus, ¿cómo va eso? - Era Eddy, el más veterano de los euthaniers de Santa Ana, un bastardo hijo de puta que realmente disfrutaba con su trabajo: eran pocos euthaniers los que admitían gozar con su tarea. Tal era su locura que había sufrido más de una apertura de expediente por no provocar una muerte rápida e indolora al cascarón que le habían encomendado, sino que se había entretenido haciendo un macabro tiro al blanco: rodillas, codos, hombros, estomago... los puntos vitales reglamentados, cabeza y corazón, siempre lo último.

- ¿Qué coño quieres, Eddy? - Chus no estaba de buen humor como para aguantar una de sus macabras bromas.

- Cabrón, me han dicho que vas ya por la treintena de cascarones reventados, y eso en tu segundo día. Chaval, espero que no estarás intentando batir mi récord, ¿eh?

- Eddy, capullito de alhelí, sabes perfectamente que cada uno vamos realizando las misiones que la Junta nos encomienda, y que la mamonada de los récords no depende de nadie más que de ésta. Y ahora cierra la banda que estás interfiriendo con el cuartel.


- Vale, vale. ¡Anda con el coño cachorro de rata! Corto y cierro...

Subnormal engreído. Ciertamente Chus no aguantaba a ese tío.

Maniobró el aerodeslizador por entre los mastodónticos edificios de la cúpula de la bahía, el barrio más degradado de la ciudad, emplazado sobre la zona industrial y eternamente envuelto en nieblas que no tenían nada de natural. Afortunadamente, él había podido huir de esa zona gracias a la beca otorgada por la Junta y vivir a partir de los dieciocho años en la lujosa zona de La Albericia, ya preparado para ingresar en la academia militar.

Este sector de Santa Ana era tristemente famoso por sus escapes de gases y su insalubridad: físicamente se podía dividir en tres diferentes estratos, a cada cual más malsano. En el inferior, y por ello el menos contaminado, las corrompidas aguas de la bahía exhalaban sus vapores pestilentes junto con los de otros cientos de embarcaciones de todo tipo; éstas retozaban aparentemente ociosas por entre las mortales aguas transportando de una lugar a otro los productos y/o desperdicios del nivel superior, las fábricas. Éste segundo nivel, repleto de factorías, aparte de ser uno de los principales núcleos de riqueza de la ciudad era también el autentico foco de toda al podredumbre que había hecho famosa a Santa Ana en todo el país: sobre el vacío de doscientos metros de la cúpula de la bahía se apiñaban como vampiros en una cueva cientos de empresas de la más variada naturaleza, todas y cada una de ellas con uno o varios conductos de comunicación directa con la superficie de la bahía, a través de los cuales obtenían de los barcos de abajo materias primas así como descargaban sus productos y desperdicios sólidos; porque los sólidos eran lanzados hacia abajo, pero los múltiples gases, de todos los colores, olores y gustos partían con excesiva libertad hacia los niveles superiores. Dentro de las factorías, herméticamente cerradas a salvo de ellas mismas, no solía darse nunca casos de intoxicaciones, algo al orden del día en el nivel inmediatamente superior. El último estrato de la cúpula estaba constituido por lo que era llamado irónicamente "la colonia": alzándose cientos de metros sobre la bahía monolíticos bloques de edificios, o más bien pocilgas, se amontonaban unos contra otros formando un ghetto del que era difícil salir; quien nacía ahí solía dedicar su vida entera a trabajar en las fábricas del nivel inferior y a pudrirse en el superior, siempre rodeado de una atmósfera cancerígena en la que el uso de máscara filtradora era obligatoria, pero aquellas eran un lujo que no todos podían costearse...

Afortunadamente Chus había heredado una de su difunto padre la cual usó en los años que permaneció allí, y muy posiblemente le salvó la vida.

El deslizador recorría como una silenciosa sombra por entre las chimeneas y edificios, una forma rápida y negra tal que ala de cuervo gobernada por un jinete que era el ídolo de todo crío: el euthanier, con su siniestro uniforme de pseudocuero negro, su rostro oculto tras el casco-máscara de protección, y portando el impresionante rifle de ejecución Kh-100, pavonado en negro y capaz de realizar disparo autoguiado. El rifle Kh-100 era el símbolo social del euthanier, así como el silencioso aerodeslizador triturbina, lo último en tecnología de finales del siglo I E.H.

Chus patrullaba ausente las alturas sin rumbo fijo, embebido en sus propios pensamientos. Odiaba admitir que Eddy tuviera razón, pero lo cierto era que treinta y dos cascarones eran muchos para sólo dos días de trabajo. Treinta y dos ejecuciones perfectamente reglamentadas, pero él aun se sentía mal: la maldición del principiante, pensó. A su mente llegó como por casualidad el rumor que había escuchado en la academia durante los primeros años de instrucción: los euthaniers llaman a sus víctimas cascarones, pero nunca se te ocurra llamarles a uno de ellos "globo" si estimas en algo tu pellejo.

Globo.

Una vez ya en la disciplina de los cadetes euthaniers había preguntado a otros compañeros el significado de esa expresión pero, como él, todos la habían oído, mas ninguno conocía su significado. Los días iban pasando y ninguna respuesta aparecía entre los alumnos, por lo que un día, haciendo acopio de valor, Chus se lo preguntó a uno de los instructores, no a uno cualquiera, sino al que la tropa tenía más respeto y del que se sabía que era el menos brusco y rudo de todos. Chus fue directo a él al final de una clase, la última de la jornada, cuando todos los alumnos estaban locos por gozar de las tres horas de libertad que faltaban para la llegada de la cena comunal. Con una sonrisa le pidió, por favor, que le resolviera una duda que él y otros cadetes tenían desde la entrada en la academia. El hombre, siempre dispuesto a ayudar a sus cachorros, como le gustaba llamarles, le respondió con otra sonrisa, una sonrisa que se difuminó en una mezcla de pesar y reticencia al escuchar la cuestión: "Ésa es una respuesta que sólo cada uno de vosotros, y una vez llegada vuestra licenciatura, cuando patrulléis solitarios las calles, sólo con la experiencia de nuestra misión podréis conocer". Y se fue con paso rápido. Chus creyó que huía de él. Cuando salió al patio explicó a sus amigos que no había obtenido una respuesta válida, y se limitó a repetir las palabras del instructor, pero dentro de sí Chus nunca pudo olvidar la expresión de sus ojos, cargada de dolor y amargura. Nadie más volvió a hablar nunca más del tema considerándolo tabú, un enigma que, como dijo el instructor, llegaría el momento en que todos y cada uno de ellos lo resolviera él sólo.

Chus siguió desfilando por entre las moles de hormigón, cristal, acero y suciedad, observando de forma maquinal la degradación de todo lo que le rodeaba. No había belleza en aquel lugar, sino solamente la huella de la pobreza más miserable y de la cara más deprimente del progreso industrial, un infierno en el que el futuro es la peor de las maldiciones. Lugares como estos se multiplicaban como hongos a todo lo largo del planeta, gestando seres humanos sin esperanza, la semilla del suicidio, el alimento del Euthanier. Allí había nacido, allí había vivido sus primeros años, pero no era a allí adonde su alma pertenecía. Desde ventanas de cristales rotos o entablados, rostros mugrientos y delgados le miraban con mezcla de envidia y temor: el ángel de la muerte recorría sus calles en busca nuevas víctimas, y nadie podía negar su voluntad ya que él era el más alto representante del sistema.

La muerte respaldada por el sistema, el sistema de la muerte legal.

- Agente AS-1840, tenemos una nueva incidencia en la colmena 780-67-F, nivel 107. Se requiere su presencia inmediata para cerrar un expediente 12-01.

- Roger, central. Estoy a diez manzanas de allí. En un minuto el expediente estará archivado.

Un expediente 12-01, pensó Chus, otro mamón que se quiere tirar fachada abajo. Ésta era la manera en la que el argot describía a los que pretendían segar su vida arrojándose desde una altura más o menos considerable. Nivel 107, eso son más de 600 metros: si se decide finalmente a saltar puede montar un buen caos en las vías inferiores.

Apretó el acelerador y las turbinas rugieron forzando casi al límite el giro de las hélices. Otra misión, y si seguía a ese ritmo sin duda batiría el récord de Eddy. La ciudad se estaba volviendo loca, o quizá se hartaba de sí misma y se quería suicidar para dejar de sufrir de una vez por todas.

Pidió el perfil del suicida mediante el neuroterminal que tenía implantado, el cual volcó el torrente de datos en su visor. Como nunca, en los casos de suicidas de la colonia no había foto sino solamente texto: mujer de mediana edad (70 años), de complexión delgada, morena y bajita, nativa del barrio y que nunca se había mudado, viuda y sin hijos vivos, sin trabajo y malviviendo con una pensión del estado. Todo ello conjuntaba el perfil del suicida tipo "desarraigado social", aquel que ha perdido todo lo de valor, amigos y posesiones, y decide abandonar el mundo haciendo un poco de ruido, llamando al atención. Éste tipo de cascarones eran sin duda peligrosos, ya que junto a su desazón suelen llevar una carga de agresividad latente, tanta que no sería la primera ni la última vez que uno de esos desgraciados pretende morir en compañía. Chus rebuscó en su historial datos de carácter religioso... ¡Bingo! Para acabar de joder, la elementa en cuestión había formado parte de la autoproclamada Iglesia de Cristo y los Santos Vengados, uno de los muchos rescoldos aun humeantes de la fenecida Iglesia Cristiana: una nueva razón para ir con más recelo aún a este nuevo trabajo, ya que seguramente se encontrase frente a una fanática religiosa rabiando contra Elrik el Rojo, contra el Consejo de Ancianos Tecnócratas, y contra el Ejército Libertador... hay gente que no sabe apreciar la labor que, al precio de cientos de millones de vidas, dirigió y llevó a fin el Gran Elrik.

Qué fácil eran los casos de enfermos terminales, o no tan terminales, los cuales cansados de una vida de postración que incluso le daban a uno las gracias por extinguir la llama de su vida. Afortunadamente esos casos tranquilos eran mayoría, y la amenaza de la religión y su locura era algo que con el paso de las siguientes generaciones acabaría por extinguirse: una vez muerto el dios al que adorar e implorar, ¿para qué sirven los altares vacíos, las promesas de milagros y premios más allá de la muerte? La humanidad nunca estaría lo suficientemente agradecida a el Gran Elrik y a sus tropas... había abierto la Edad Dorada, la Era del Hombre.

Entretenido con esos pensamientos le sorprendió el pitido de aviso del deslizador comunicándole que habían llegado al destino. Miró distraídamente hacia abajo: Joder, en este barrio miserable los niveles son más altos que en las zonas residenciales: para ser un mísero 107, ¡debemos estar a casi 800 metros de altura! Bueno, a buscar a ese cascarón pendenciero.

Si bien un suicido de los de tipo gravedad no solían implicar al euthanier excesiva prisa, éste en cuestión, por la zona en la que se desarrollaba, exigía cierta premura. No es norma que uno de estos suicidas se lance al vacío en un espacio corto de tiempo: al contrario, parece que disfrutan dando espectáculo a sus conciudadanos y siempre suelen esperar a la llegada de la autoridad pertinente - la de grado más alto posible, por supuesto - para simular las tentativas de lanzarse al vacío: era un axioma de la psicología suicida el que uno nunca se suicida sin el honorable e imprescindible público, y contra de más alcurnia, mejor. El suicidio por gravedad, así como otros suicidios de vía pública, desde los albores de la humanidad había sido un acontecimiento lleno de colorido en el que el suicida busca desesperadamente llamar la atención de su comunidad y sobre todo de la autoridad. Aunque para su desgracia en los tiempos actuales el llamar a un euthanier era siempre lo último que se realizaba: antes la policía trataba de disuadir al suicida de su intención (al fin y al cabo significaba una posible célula de trabajo más), aunque lo cierto es que muy a menudo no se tomaba mucho esfuerzo en ello, ya que por lo general al primer vistazo se diferenciaba al típico desgraciado que lo hacía por el simple hecho de llamar la atención, y al que se convencía con dos mentiras, de aquellos que tenían ese extraño brillo de ojos que da la determinación de acabar con la vida de uno mismo cueste lo que cueste. Esos eran carne de factoría y nada los podría hacer cambiar de parecer; con ellos nada más quedaba intentar evitar males mayores y matarlos antes de que arrastraran con ellos a algún otro. Aun con todo, el Euthanier tenía como deber evitar el que se perdiera esa vida humana, esa fuente de trabajo manual y/o mental. No se podían desperdiciar vidas tras la Guerra de Liberación: el Gran Elrik había prohibido la muerte voluntaria, el suicidio y la eutanasia - si se demostraba una muerte voluntaria y cometida sin la intervención de los Euthaniers los castigos tanto para la familia como para los vecinos del saco eran muy grandes, aparte de que el saco nunca sería incluido entre los nombre del Obelisco -. Se había creado el cuerpo de Euthaniers para afrontar los estos casos: los Euthaniers eran el cuerpo especialmente entrenado en psicomedicina terminal forense que debía decidir si el suicida o moribundo realmente no tenía reconversión posible, y daba su visto bueno a la eliminación para que el saco de proteínas fuese llevado a las factorías.

En este mundo en reconstrucción, asolado por una guerra sin precedentes en la historia, nadie podía morir sin permiso del sistema, y aun muerto debía servirle.

Chus al fin había encontrado su objetivo: sobre una amplia cornisa situada entre dos de las toberas de ventilación de la colmena había una mujer envuelta en trapos negro de luto y los pies envueltos en tiras de ferroplástico, el cruel material usado por los más pobres a efecto de botas y que poco a poco convertía sus pies en muñones inservibles. La verdad es que la mujer no había elegido la zona más apropiada para dar el espectáculo, con la sombra de las moles de acero de las chimeneas eclipsando casi por completo su figura; muy al contrario, la chimenea la servía de parapeto obligando a Chus a situarse justo enfrente de ella. Chus no pudo ver con cierta reticencia que la separación entre las dos toberas no era superior a los dos metros, lo justo para permitir la existencia de la ventana a través de la cual sin duda alguna se había colado la mujer. Aunque la visibilidad para los vecinos no era lo que se dice buena, en los niveles inmediatamente inferiores y superiores de la colmena de enfrente un enjambre de sucias caras vitoreaban la llegada del euthanier, así como insultaban, aguijoneaban con imprecaciones y animaban al suicida para a ver si de una vez se lanzase al vacío:

- ¡Hija de puta, ten lo que hay que tener y tírate de una jodida vez, que por tu culpa me estoy perdiendo el culebrón...!

- Mami, mami, ¿qué hace esa señora en la cornisa de enfrente?

- Anda, Jonny, deja de molestar y vete a jugar con el terminal, que esto no es para niños como tú.

- ¡Euthanier, nivel 105, puerta nº 875, tras la limpieza unas amigas y yo queremos recompensarte con una buena sesión de polvos!

- ¡Zorra, tienes el tiempo contado! ¡Tírate ahora si no quieres hacerle gastar al pobre agente una bala!

- ¡Apuesto veinte créditos a que se tira y no cae más de ochenta metros sin chocar con algún camión!

Éstas, y otras semejantes, eran las palabras que desde el primer momento, en su primer trabajo, había escuchado Chus. Ya no las hacía caso; aunque si la invitación de esa chica fuera por parte de una de las pijitas guapetonas de La Albericia no habría dudado ni un momento en cobrársela. Esas invitaciones estaban al orden del día, ya que pocas eran las chicas que podían chulear de haberse tirado a un miembro de la elite militar más envidiada, y Chus esperaba impaciente encontrarse con las manos sobando unas de esas tetas enormes y blandas como pseudomermelada, penetrando hasta no poder más esas vaginas de labios tatuados a la moda y recorriendo con su lengua uno de esos cuerpos esbeltos y perfectos de las chicas ricas de los barrios ricos...

- ¿Bienes a por mí, bastardo? ¡Acércate más, si tienes cojones bajo ese disfraz de cucaracha! Te va a ser difícil hacer tu trabajo de lejos, ¡ja, ja, ja!

¿Qué dice esa loca? Si crees que me voy a acercar para que intentes abrazarme en tu salto, vas lista. ¡Como si no supieras que mi rifle dispone de disparo autoguiado! Chus conectó la clavija neuronal del rifle a su casco y se dispuso a apretar el gatillo... pero no apareció en su visor la mirilla digital. ¿Qué coño le pasa a esto? Hace segundos que debería estar disponible la mirilla de sincronización ocular, pero no da la más mínima señal de vida. ¡No puede estar estropeada!

¿QUE COJONES SIGNIFICA "IMPOSIBLE FIJAR BLANCO"?

- ¿Te pasa algo, cucaracha? No obtienes el blanco automático, ¿eh? Por si no lo sabes aún, tengo en mi poder un pequeño disruptor neuronal enfilado directamente a tu cabeza.

Ciertamente la mujer tenía algo pequeño y alargado en su mano izquierda, algo que le apuntaba directamente. ¡Mierda! No sé de dónde lo ha sacado, pero ese cacharro anula todas las funciones de autodisparo del rifle. ¡No tengo otra solución que alzar el visor y realizar un tiro a ojo! Esto me empieza a oler muy mal, a encerrona.

- Así me gusta, joputa, afronta a tus víctimas cara a cara, y no escudado tras ese visor pavonado. Acércate un poquito más, ya que seguro que a esa distancia tu endeble pulso y tu peor puntería no te dan un blanco fácil. - La mujer movía las manos en señal de acercamiento, a la vez que una sonrisa de carbón ensuciaba su cara: estaba disfrutando, y mucho.

La distancia entre ella y Chus era de unos veinte metros, una distancia ridícula para un francotirador experto, pero los euthaniers no lo eran por norma ya que se habían acostumbrado, o más bien viciado, al uso del autodisparo del Kh-100, que por cierto era un arma muy pesada. Acercó más el deslizador, dieciséis, catorce, diez metros, el límite mínimo aconsejado en la academia para una ejecución. Ahora podía contemplar perfectamente todos y cada uno de los detalles del cascarón: las ropas negras y anticuadas de viuda parecían haber sido perforadas por un ejercito de polillas, los pies envueltos en ferroplástico mostraban deformaciones y múltiples heridas, mientras que la mugrienta y desordenada melena que caía cubre su rostro tiznado por el hollín de la chimenea la daba aires de bruja, un rostro que le parecía familiar, demasiado familiar...

¡Gran Elrik! gritó mentalmente Chus, ¡No puede ser, no puede ser cierto! ¡Por favor, no! ¡Mi madre noooo!

La figura enlutada seguía increpando ajena al infierno emotivo por el que está pasando el Euthanier; ésta mujer, sabía Chus por propia experiencia, había perdido a su marido al poco de nacer su primer y único hijo, quedándose sola ante la cruda perspectiva de sacar adelante su vida y la de su recién nacido en el barrio más degradado de Santa Ana; esa mujer había luchado lo indecible para conseguir que su hijo progresase y no fuera otro desperdicio de la sociedad como todo el resto de la gente que le rodeaba; esa mujer se había sentido orgullosa de que su hijo fuera el primer chico originario de La Colonia admitido en la Academia Militar de Policía. Y sin duda esa mujer se debía haber derrumbado moral y físicamente cuando le llegó la notificación de la muerte de su hijo en "glorioso acto de servicio". Así es como el sistema procedía al permitir a un cadete ingresar en la sección de Euthaniers: el futuro Euthanier debe perder todo vínculo afectivo con su anterior vida, gracias a lo cual podrá realizar de manera efectiva su dura labor. El Consejo no desea que éstos mantengan la impronta emotiva de una relación filopaterna que pueda interferir en su misión limpiadora. Para eliminar esa relación no usan la hipnosis, que podría enquistar en el subconsciente el vínculo, sino el discurso dialéctico y lógico, convenciendo a la mente de la benignidad de la solución.

Pero aun con todos esos años de terapia, Chus no pudo evitar estremecerse ante el hecho de saber que le habían ordenado matar a su madre, a aquella gracias a la cual pudo huir de la inmundicia y la pobreza, gracias a la cual adquirió la beca de estudios superiores, gracias a la cual estaba en este mundo: debía matar a quien le dio lo más precioso que nunca le han dado, la vida.

- Bastardo hijo de Satán, vas a pagar por el crimen que tú y los demás cometisteis cuarenta años atrás. Todavía hay gente que no olvida la atrocidad realizada en la Guerra; todavía hay gente dispuesta a vengar la muerte de los dioses. - Todo aquel sermón mareaba a Chus: parecía increíble que casi al final del primer siglo de la Era del Hombre aun hubiera quien esgrimiera como argumentos "el asesinato del Padre, el empalamiento del Hijo y la disolución del Espíritu" - así es como lo recitaban aun los escasos miembros de la extinta Iglesia Católica -. Aquella gente junto con otros grupos reducidos, restos fundamentalistas de todas las religiones abolidas como el budismo, el Islam, el sintoísmo, perecían vivir únicamente para manipular la gran Victoria de la tropas de Elrik el Rojo frente a la coalición Divino-Infernal y convertirla en una matanza falta de sentido. Chus no llegaba a comprender cómo existía aun gente que no supiera apreciar la bendición que las Tropas del Hombre habían conseguido, al precio de cientos de millones de muertos, al matar y desterrar de este plano a todos los seres de carácter místico, todos los dioses y demonios, y con ello extirpar por la raíz la peor maldición que nunca ha sufrido el hombre, la religión. Como dijo una vez el gran Elrik, "Si no hay un dios al que adorar, no habrá un demonio al que temer".

Y era su madre, su madre, una de esos desgraciados integristas empecinados en volver a sumergir al hombre en el oscurantismo de la religión. Cueles eran los engranajes, los mecanismos de desesperación que se habían movido en el interior de su madre para acabar así; que odio por el sistema sentía como para unirse a los peores enemigos del mismo. Chus no podía aun creerlo, sin embargo trató de razonar con ella para salvarla de cometer una locura:

- Señora, eso de lo que habla es el pasado, y nada se puede hacer ya. Ningún dios puede ya escucharla así que, por favor, abandone su actitud suicida y disfrute de la vida sirviendo a la comunidad. - Chus se estaba arriesgando mucho. El reglamento indicaba muy claro, casi demasiado claro, qué tipo de conversación deben mantener el Euthanier y el suicida, un dialogo de tipo psicoanalítico, nunca intentos de convencer. Si el análisis del suicida lo convertía en saco, solamente quedaba la protocolaria pregunta de "¿Insiste en su voluntad de suicidarse?". Chus sabía que estaba infringiendo la norma y que le podían abrir expediente por esto, pero era su madre.

La mujer parecía no haber reconocido a su hijo, del que la única parte visible de su cuerpo eran los ojos quedando todo lo demás enfundado en negro al tanto que voz era deformada por la máscara facial. La gente de alrededor se mostraba impaciente por ver el fin del suicida y no comprendía el sentido del dialogo que se había entablado entre el cascarón y el agente, arreciando en sus imprecaciones e insultos.

Pero la anciana hacía oídos sordos a todos los mirones y sus gritos, centrando su atención en su ejecutor:

- ¿Qué, cucaracha? ¿Ahora que tienes tan cerca el rostro de una de tus víctimas y no te escudas en el visor no eres tan firme en tu decisión de matarme? En este mundo sin alma no hay esperanza de salvación. Habéis matado a Dios, y con su muerte habéis sentenciado la vida en este planeta maldito.

»Si realmente quieres hacerme feliz, acércate a mí y dame un abrazo. Se humano al menos por un momento y comparte el dolor de otro ser.

- AS-1840, ¿qué ocurre? ¿Tiene algún problema? - chirrió el auricular.

- No ocurre nada, central, todo está bajo control. No se preocupen. - Chus trató de aportar la mayor firmeza posible a su voz cuando dijo esto, pero ya sabía que allá lejos, en el edificio central le estaban vigilando atentamente. No tendría mucho tiempo para tratar de salvar a su madre. - Mujer, si es tu situación económica lo que te ha llevado a esto habla con algún Encaminador: ellos sin duda podrán aconsejarte, guiarte de tal manera que seas productiva y feliz en el sistema.

La mujer agitó furiosa un puño hacia él, lanzándole un escupitajo. Sus ojos brillaban dementes, rebosantes de rabia:

- Maldita sea la perra que te engendró, así se le estríen los pezones y sus miembros se le caigan con la lepra. ¡Que yo de ti y de tu sistema sólo quiero una cosa: las vidas y las almas de aquellos que nos condenaron a este infierno sin Dios, sin esperanza! ¡Acércate, cucaracha, y recibe mi abrazo final!

Chus no sabía qué hacer. Estaba paralizado: si se acercaba a más para tratar de introducirla por la cercana ventana, antes de llegar ella saltaría la vacío intentando llevarle con él a la muerte; si seguía dialogando con ella para convencerla de la locura que intentaba los de la central descubrirían su falta de decisión y le abrían un expediente, si no algo peor. No había escape de ese laberinto en el que estaba sumido. La mente de Chus estaba sumergida en un bucle infinito de indecisión.

- Agente AS-1840, Chus, ¿qué coño está pasando ahí? Tienes desactivado el rastreador del rifle, ¿por qué no has ejecutado al cascarón ya?

Chus no escuchaba el auricular, distante de la escena en que vivía: en el interior de su cabeza se desarrollaba un confrontamiento de voluntades en el que la parte racional de su mente pugnaba desesperadamente por apretar el gatillo, mientras que la parte relacionada con la emotividad, con lo subjetivo, distendía el músculo. Las tablas estaban servidas en la mano, pero no así en los pies, los cuales ejercían un ligerísima presión sobre el acelerador: el deslizador se acercaba, lenta pero indudablemente, hacia su mugrienta y ruidosa víctima.

- Hijo de mil padres, ¿no tienes el suficiente valor para matarme a cara descubierta? Ven, ven así, hacia mí.

- ¡Chus, éste es el último aviso! ¡Responde! ¿Por qué no has ejecutado al cascarón?

Chus no podía oír el grito en su auricular: el estruendo en su cabeza era mucho mayor.

- Yo, yo... dadme un momento, ya acabo..., dadme sólo unos segundos para tratar de...

El deslizador estaba ahora a solo siete metros y continuaba acercándose lentamente hacia la mujer, mientras ésta tendía mortales los brazos hacia su hijo.

- Ven, sí, ven hacia mí. Sí, tengo para ti un regalo, ¡un regalo final!

Seis metros.

En el auricular volvió a escucharse de nuevo una voz procedente de la central, pero ésta no adolecía del tono de preocupación anterior. Al contrario, resonó átona en los oídos de Chus, pronunciada como un susurro, como algo que nada más debe ser oído por un elegido, algo que simplemente por ser pronunciado ya expresaba una singular relación de intimidad:

- Azrael.

Fue una única palabra susurrada en el auricular, pero bastó. Sin comprender aun cómo, Chus se convirtió en mero espectador dentro de su cuerpo, una marioneta que contemplaba horrorizado como unos hilos inmateriales manipulaban sus pies, sus manos, su cabeza, todo su cuerpo, para colocarlo en posición de tiro. Estaba a cinco metros de su madre y aterrado comprobaba como había perdido el control completo de su cuerpo, alzando su rifle contra aquella que le había brindado la vida y todo lo demás, apuntando a aquel pecho que le alimentó una vez. Chus no quería oír lo que sabía con insoportable certeza que sus labios pronunciarían ahora; todo él se vino abajo cuando se escuchó a si mismo escupir la frase reglamentaria: "¿Insiste en su voluntad de suicidarse?". La mujer, su madre, al ver que su ejecutor se disponía a firmar la sentencia de su muerte, se contrajo contra la pared... y saltó hacia el deslizador.

El sonido de disparo fue insoportable en los oídos de Chus, mucho peor que el golpe del retroceso del arma cuando la bala explosiva del 10 partió hacia su objetivo y reventó en mil pedazos el cuerpo de su madre. Contemplando derrumbado sobre su deslizador los restos carmesí de la mujer entre el rugir de la multitud, lentamente Chus volvía a tomar control de cada uno de sus miembros. Para entonces ya era plenamente un euthanier, un mensajero del último adiós, y comprendía plenamente la expresión "globo", los Euthaniers eran los hombres globo, los hombres vacíos, los hombres marioneta...



FIN


******

PEOR QUE LA MUERTE

Eduardo Vaquerizo




Se lo llevaron esta mañana. Daba un poco de pena las últimas semanas, sentando en su silla frente a la ventana, apenas sin poder moverse, dejando que los rayos del sol de la mañana lo calentasen la piel, esa piel arrugada, tan vieja. Sin embargo su cabeza estaba bien, no podía casi hablar, pero eso era por el pecho, el pulmón que le quedaba casi corroído del todo no le daba aliento suficiente con el que hablar. Mentalmente estaba sano, muy sano. Mi padre siempre había tenido la cabeza llena de números, de ideas, de esas raras, aquellas que florecían en los viejos tiempos. Sabía incluso leer, fíjate en esos viejos tomos amarillentos, colección nova, antiquísimos. Solo pensar en desgastar la vista en ellos me cansa. Aunque ahora estaba muy separado de los tiempos era divertido. Se pillaba unos rebotes morrocotudos viendo la tele, empezaba a despotricar contra la programación actual. No sé que tiene de malo, a mí me gustan las ejecuciones, son divertidas y educativas, y la niña también le gustan, se ríe mirándolas.

Por una parte da pena, a pesar que estaba ya muy mal, era lo único que me quedaba de mi juventud, aquellos años locos y felices, me gustaba sentarme frente a él y recordarle mucho más joven, los dos paseando por el retiro un Domingo, viendo los títeres, el sol las barcas, mucha gente riendo. Por otra parte, tenía que hacerlo, es lo normal, además de él dijeron que tenía un coeficiente 1,4, muy alto, no se puede desperdiciar un coeficiente 1,4. Yo apenas llego al uno. La niña, jugaban juntos... hoy me ha preguntado por el, ¿Dónde esta el abuelo? Pobre, tendrá que aprender que yo soy lo único que le queda.

Nos hemos quedado sin su pensión, y volver a trabajar, no... no lo logro, lo he intentando todo menos venderme... tampoco es que me fueran a dar mucho, pero ahora las cosas cambiarán, tendremos dinero hasta para un médico y un colegio.

Es triste, no debería estar contenta, al fin y al cabo a el le hubiera gustado ayudarnos, me lo decía, que si no fuera por la parálisis, por el asma, se levantaría y le ajustaría no se que cuentas a no se cuantos opresores. No se daba cuenta el pobre de los beneficios de esta sociedad, la competitividad que nos hace mejores. Me acuerdo como se cabreó el día que Juan se marchó. Luego me arrepentí, por el dinero claro, pero entonces me sentí orgullosa de él. Hacia poco que había llegado a casa a vivir con nosotros. Juan se había mantenido al margen, refunfuñando, yo sabía que aquello no duraría, que Juan no tardaría en cabrearse de haber traído a mi padre a casa, a pesar que su pensión era mayor que su sueldo de economista o quizás por eso mismo. Siempre se metía con él, cuando no le oía claro ¡Viejo de mierda! Era lo más suave. El viernes vino tarde, bebido, el y los de la oficina habían estado de cañas. Sabía lo que iba a pasar, lo sabía sin embargo le deje entrar, no se porque, quizás porque no me sentía tan desamparada con mi padre en casa. Entro y la emprendió a golpes con todo, incluida yo misma. No era la primera vez, solo que la rabia era mayor, los golpes más sañudos. No sabía ni donde estaba, tendida en un charco de mi propia sangre bajo la mesa de la cocina, sin embargo lo vi perfectamente. Erguido, todavía fuerte pese a su vejez, plantándole cara a Juan, a la mala bestia de Juan. Bastó una mirada para acojonarlo, yo sentía la furia de mi padre, una furia que no era solo contra Juan, de alguna manera él era un símbolo de todo la amargura de su vida actual. Fue rápido con el taburete, golpeo a Juan justo en la cabeza, partiendo el plástico, como disfrute de ese momento... a pesar que sabía que Juan se marcharía llevándose su sueldo, el futuro de la niña. Un momento de felicidad por años de terribles sacrificios. Con la pensión y el sueldo malvivíamos, solo con la pensión fue duro, muy duro.

A veces lo pienso... ¿Descansaran?, ¿Sentirán?, ¿Qué será de sus pensamientos tras la muerte? Dicen que no sienten nada, están muertos, pero dicen tantas mentiras, como que aquellas sustancias con las que trabajo mi padre eran inocuas. Tantos años después le comieron por dentro destruyendo sus nervios, sus pulmones, pero no su cabeza, su mirada altiva y clara aún en la silla de ruedas mientras los limpiaba, le daba de comer, como desafiando a la misma muerte.

Creo que él lo sabía, lo sospechaba, y por supuesto se oponía. Si hubiera tenido fuerzas para matarse quizás lo hubiera hecho cuando la niña y yo estuviéramos fuera, para que al encontrarle estuviese ya demasiado frío. Era a lo único que temía.

Con su sueldo ahora viviremos mejor, casi tendremos suficiente para una casa mejor, debería estar feliz, pero no lo estoy. Debería sentirme a gusto, una muerte eficaz para la sociedad, como dice el anuncio de la tele. Solo que la gente de la tele siempre es feliz y las personas reales, rara vez.

Por lo menos fueron rápidos, vinieron en cuanto les llame, apenas dos minutos y estaban aquí con aquel tanque helado que desprendía vaho blanco. Me hicieron firmar y después se pusieron a trabajar. No quise mirar, abrace a la niña y fuimos a la otra habitación. No paraba de decirme "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras". Se lo llevaron y un señor trajeado, muy amable nos pidió los datos de la cuenta, y acordamos la cantidad, el sueldo mensual por su trabajo. No sé si hice bien en contratar con esa compañía. Hay varias, no entiendo mucho, quizás en otra me hubieran pagado mas, Juan hubiera sabido sacar mejor partido, pero mejor que este lejos, que no haya vuelto en estos diez años. Le pregunte tímidamente en que consistía aquel trabajo, que iban a hacer con él y el señor trajeado me explicó que era algo completamente legal: el trabajo postmortem. Se toma el cerebro todavía sin daños de un recién fallecido, se le alimenta por métodos artificiales, se le mantiene vivo y se le reprograma hasta que se convierte en un potente ordenador biológico. Luego su uso concreto es difícil de determinar. Su padre, dado su alto coeficiente de computación trabajara en proyectos grandes, junto a enormes baterías de cerebros en paralelo que investigan o diseñan.

También me dijo con una sonrisa deslumbrante que no sufrían, que en realidad su personalidad se perdía con la muerte y la reprogramación, y que él seguir llamándole persona y pagándole un sueldo era consecuencia de leyes anticuadas, pero que se mantenían porque de alguna manera ayudaban a otras personas, como nosotras. Le creí, al principio sin dudas, luego tuve pesadillas, recordé las mentiras que personas trajeadas nos han contado en múltiples ocasiones y empece a dudar, a imaginar que mi padre despertaba en una oscuridad total, un silencio de piedra, la ausencia de todo estimulo, con pensamientos extraños taladrándole la consciencia, obligado a pensar por caminos cambiantes, sin sueño, sin descanso, en una eternidad muy parecida a un infierno, quizás recordando esos últimos momentos, cuando ya la muerte se le echaba encima con un peso intolerable, y me miraba con pánico, la única vez que vi pánico en sus ojos orgullosos, pánico no de la muerte, sino de lo que habría tras ella.



FIN

***

UN LUGAR EN LA HISTORIA

Carles Garcia




A lo largo de mi vida creo que he oído cientos de veces aquello de "recuerdo perfectamente lo que estaba haciendo cuando me enteré de que habían disparado a Kennedy". No es mi caso, claro, yo pertenezco a una generación posterior. Sé lo que hacía, en aquel momento flotaba en una bolsa de líquido amniótico, en el vientre de mi madre, pero evidentemente no puedo decir que lo recuerde. Ahora que lo pienso, quizás podría hacerlo si me sometiese a una de esas regresiones hipnóticas sobre las que a veces hablan en la televisión. Sí, estoy segura, porque al enterarse mamá debió sentirse muy afectada, ya que ella es católica y demócrata, y probablemente ese dolor y amargura se filtraría de alguna manera al feto, en forma de descarga de adrenalina o de alguna otra substancia así.

De todos modos está claro que la muerte de JFK no significó nada para mí, no afectó a mi vida. En cambio el asesinato del presidente Clinton la marcó por completo. Recuerdo perfectamente lo que estaba haciendo cuando le mataron, estaba al otro lado del revolver, apretando el gatillo.

Él me había engañado siempre, y era increíble que yo no me hubiera dado cuenta de ello mucho antes. Tenía que haberlo hecho cuando, en una fiesta de la Casa Blanca, oí a aquella estúpida becaria, que había bebido más de lo debido, jactarse delante de una amiga de que el presidente en realidad estaba enamorado de ella. Fijate, decía, lleva la corbata que le he regalado, está loco por mí. Su amiga no le hizo caso, supuso que estaba bromeando o fantaseando, y se la llevó de la fiesta antes de que esas palabras llegasen a oídos inadecuados. Pero ya habían llegado a los míos, y esa noche volví a casa furiosa y celosa. Los días siguientes les espié y vi lo que había de cierto en sus palabras. Maldita sea, podía imaginarme perfectamente que hacían cuando se quedaban a solas en el despacho. Fue cuando comencé a pensar en el asesinato, pero entonces todavía estaba ciega y era a ella a quien soñaba en matar. Cuando él me decía que me quería yo continuaba creyendo sinceras sus palabras. Pensaba que realmente me amaba a mí, que simplemente se había encoñado de esa zorra que lo habría seducido con sus aires de Lolita. Si ella desaparecía, yo volvería a ocupar en solitario su corazón y compartir su cuerpo tan sólo con Hillary.

Así pasaron varios meses, en los que mi odio por ella fue creciendo y creciendo. Los celos me corroían por dentro y estaba siempre de mal humor, aunque intentaba disimularlo cuando estaba con él; entonces trataba de mostrarme más guapa y más encantadora que nunca, pensando que así le haría olvidar a esa mocosa. Por las noches, sola en casa, me entretenía imaginando maneras de eliminarla. Eso fue hasta el día que oí en las noticias que Paula Jones había interpuesto una demanda contra el presidente por abusos deshonestos. Eso me hizo despertar. Nadie en todo el país había creído las declaraciones de aquella ex-bailarina que decía haber ido su amante durante su época de gobernador de Arkansas, ni si quiera yo misma, que aún estando en una situación similar no podía admitir que él pudiera haber estado liado con una mujer con tan poca clase como aquella. Pero ahora eran dos las que lo acusaban, y sabía que al menos dos más permanecíamos en la sombra. Comprendí entonces que yo era sólo una más de una larga colección. No dejaría a su mujer después de su mandato, cuando el divorcio ya no afectara a su carrera política. Nunca haríamos pública nuestra historia de amor, que las circunstancias nos habían obligado a mantener en secreto. Eran falsas promesas, todo una gran mentira. Se había aprovechado de mí, y tenía que pagar por ello.

A la mañana siguiente, cuando hubo terminado las reuniones oficiales, me llamó a su despacho para hablar del tema. Era todo un montaje, me dijo, pero ahora más que nunca teníamos que mantener en secreto nuestro amor, porque aquello le había puesto bajo el punto de mira de la opinión pública. La prensa controlaría en todo momento su vida privada y cualquier desliz podía ser fatal para su carrera y para el país. Yo debía saber que su corazón me seguía perteneciendo, pero debía entender que era necesario que durante un tiempo dejásemos de vernos. Tras decirme todo esto malinterpretó mi silencio posterior, pensó que me había dejado desolada, y comenzó a abrazarme y a insistir que era un sacrificio que los dos debíamos hacer. Le seguí el juego, le contesté que lo comprendía, que no se preocupase, que lo soportaría de alguna manera, pero que no podría hacerlo sin que nos separásemos como era debido. Le rodeé con mis brazos y comencé a besarle. Él me devolvió el beso, pero intentó que la cosa no fuera a más. No era el momento, me dijo, era peligroso y tenía también otros asuntos importantes que no podían esperar. Yo insistí y se demostró que no hay nada que un hombre no pueda dejar de lado un rato ante la perspectiva de un buen polvo. Me pidió que esperase un minuto mientras hacía una visita al lavabo y cuando volvió le hice sentarse en el sillón presidencial. Yo sabía que era lo que a él más le gustaba, así que me saqué la blusa para no mancharla, le desabroché la bragueta y comencé a chupársela. Me sorprendió que, aunque cuando se la saqué la tenía ya bien dura, tardó más de lo habitual en llegar al final. Dejé que se corriese en mi cara, y como siempre, echó la cabeza y los brazos hacia atrás y cerró los ojos mientras dejaba que su cuerpo se relajase. Yo seguí masajeándosela con una mano mientras con la otra abría el último cajón de su mesa y, sin hacer ruido, sacaba que revolver que sabía guardaba allí. Cuando lo tuve bien aferrado le saqué el seguro, me incorporé y, mientras le apuntaba a la cabeza oí como, todavía sin abrir los ojos murmuraba algo sobre lo fantástica que había estado aquel día. Bonitas últimas palabras, pensé irónicamente, y disparé.

Sabía que el ruido del disparo alertaría de inmediato a las fuerzas de seguridad y que tardarían apenas unos segundos en llegar. No me importaba, nunca pasó por mi cabeza que podía asesinar a un presidente y huir sin que nadie me descubriese. No, quería que nos encontrasen exactamente de la manera que lo hicieron: a él con los pantalones bajados y el miembro todavía hinchado, y a mí cubierta de su semen. Pretendía, de ese modo, que todo el mundo supiese que yo era su amante. Deseaba que todos conociesen mi historia, que comprendieran que yo le había querido más que nadie y que le había matado al descubrir que era sólo un maldito cerdo embustero.

Más tarde comprendí el riesgo que había corrido. Si por allí cerca hubiese estado alguna de esas ratas que se hacen llamar consejeros del presidente, posiblemente que hubieran urdido alguna manera de arreglar las cosas para que yo mantuviese la boca callada (un cadáver no puede hablar) y la reputación del presidente quedase intacta. Pero los primeros en llegar fueron dos guardaespaldas que no supieron entender bien la situación. Ellos me conocían desde hace tiempo y debían sospechar mi relación con el presidente, así apenas me dedicaron un rápido vistazo y comenzaron a abrir el resto de puertas y a gritar "¿Dónde está? ¿Por dónde se ha ido?". Mientras tanto por la puerta vi cómo se asomaban a ver qué había pasado algunas secretarías y personal administrativo Cuando los guardaespaldas cayeron en la cuenta de que la pistola estaba a mis pies, demasiada gente sabía ya lo que realmente había pasado como para que una conspiración de silencio pudiera tener éxito.

Conseguí un buen abogado, lo suficientemente respetado como para que el aceptar mi caso no le hicieran parecer un oportunista con ganas de obtener popularidad. Era capaz de que las palabras "todo hombre tiene derecho a una buena defensa" no sonasen vacías o absurdas en sus labios, aunque estuviera hablando de defender al asesino de un presidente atrapado cuando del agujero que había atravesado la cabeza todavía goteaba la sangre. Creo que el partido republicano pagaba su minuta, pero a través de unos fondos o donaciones anónimas con las que no se les podían relacionar.

Necesitamos un jurado compuesto exclusivamente de mujeres, me dijo. Eso yo ya lo tenía claro, pero, al contrario de lo que yo pensaba, debíamos evitar que entre ellas hubiera ninguna a la que su marido la hubiera engañado. Debía recordar que yo también era una amante, no la legítima esposa, y ellas me verían como una rompematrimonios y me condenarían por ello. Lo ideal eran mujeres liberales, de treinta y tantos, solteras y con malas experiencias con los hombres. Vaya, yo era un jurado ideal, lastima que tuviese que sentarme en el banquillo de acusados.

Un punto a mi favor fue la declaración de Paula Jones. Conseguimos que se ratificase en la declaración que había hecho al interponer su demanda. No le quedó otra opción porque si no podía ser acusada de perjurio. Yo quería que llamasen también a declarar a la becaria, pero mi abogado me convenció de que no serviría para nada, ella lo negaría todo, era una chica de buena familia que de ningún modo le interesaba verse mezclada en un asunto como ese, así que su nombre quedó para siempre en el anonimato.

Pero lo que pareció definitivo fue mi declaración. La ensayamos una y mil veces hasta que conseguimos que tuviera las suficientes dosis de amargura y afectación para conseguir la simpatía del jurado hacia mi situación y hacia mi reacción ese día. Y creo que lo conseguí, porque vi que varias de los rostros que desde el principio del juicio me miraban con una expresión condenatoria se tornaban en semblantes que mostraban comprensión o, como mínimo, duda. De modo que todo parecía ir bastante bien hasta el día que la defensa hizo públicos unos nuevos resultados de la autopsia.

No sé por qué lo hizo. Tal vez porque la edad le estaba pasando cuentas y no estaba en tan buena forma. Quizás porque yo no le excitaba como antes, pero creía más sensato, y más divertido, tener una amante satisfecha que una ex amante despechada. O incluso el motivo podría haber sido un encuentro esa misma tarde con la putilla de la becaria del que no había tenido tiempo de recuperarse. La cuestión es que el muy cabrón se había tomado una pastilla de ese nuevo medicamento, Viagra. Eso era lo que decían los nuevos análisis, y esa mierda lo cambió todo.

El fiscal no tardó en explicar al jurado una increíble historia donde yo, revolver en mano, obligaba al presidente a ingerir una droga que me permitiría hacer realidad mis fantasías sexuales antes de acabar con su vida. Una mujer obsesionada, dijo, desesperada ante la virtud de un hombre que siempre había sido fiel a su familia y país, y cuyo único error fue no haberla apartado de su equipo porque no supo diferenciar su pasión enfermiza de lo que él creía simple admiración y devoción. Una mujer que con premeditación planeó un crimen sanguinario y que luego ha querido engañar a todo el mundo contando mentiras sobre un buen presidente y un buen marido Menuda basura, pensé yo.

Pero la gente lo creyó. Lo creyó porque quería creerlo, necesitaban a un nuevo héroe, un nuevo mártir al que llorar. Recuerdo que cuando el jurado salió a deliberar mi abogado me dijo que no perdiese las esperanzas, que todavía tenía alguna oportunidad. Si tardaban en decidir el veredicto, dijo, significaría que había alguien allí dentro que creía en mí y eso podía significar una sentencia benevolente. Cuando los doce miembros volvieron a los cinco minutos fue el único en toda la sala que evitó mirarme.

Y eso es todo. Ahora espero en el corredor de la muerte el día en que los periódicos escribirán la última crónica de este culebrón. Tan sólo un improbable indulto, concedido por la que antaño fue mi rival y ahora ocupa el cargo que dejo vacante su marido, podría salvarme la vida. Pero, es curioso, ya no me importa nada. Creo que finalmente me he vuelto loca, o al menos los celadores deben pensar que realmente lo estoy, porque río, río a todas horas. Sí, ahora que la desesperación ha dado paso a la resignación, sola, en mi celda, río al pensar que al menos apareceré en los libros de historia en un lugar destacado. Porque de asesinos de presidentes ya ha habido muchos pero, y aunque sea falso, yo siempre seré recordada como la primera persona que violó a un presidente de los Estados Unidos.


Notas finales

Cualquiera que haya seguido con detenimiento las noticias sobre los devaneos del actual presidente de los EEUU se habrá dado cuenta de que la cronología de los hechos real no coincide con la narrada en el relato. Es cierto, pero por un lado se trata de una ucronía, así que me puedo permitir la licencia de cambiar las cosas sin demasiadas explicaciones, y por otro, debo reconocerlo, la historia que se narra no podría tener lugar siguiendo con fidelidad la realidad.

De todos modos, y "en honor a la verdad" haré un pequeño repaso de los acontecimientos reales y de los cambios que yo he introducido en mi historia.

En 1992, durante el periodo de campaña electoral que le llevaría al puesto de presidente, Jennifer Flowers, una ex-bailarina de Arkansas, manifestó que había sido la amante de Bill Clinton durante 12 años, y que él le había conseguido un puesto de funcionaria durante su mandato como Gobernador de ese estado.

También en 1992, pero cuando Clinton ya había sido entronizado como presidente, Paula Jones, empleada del estado de Arkansas, interpuso una demanda contra él alegando que durante la campaña electoral él le había llevado a una habitación de hotel y le había pedido sexo oral. Este hecho es presentado en mi relato como bastante posterior, concretamente hasta la aparición en escena de...

...Monica Lewinsky, que entró como becaria en Agosto de 1995 y comenzó sus relaciones con el presidente en otoño de ese mismo año. En Abril de 1996 consiguió un contrato para trabajar en el pentágono como ayudante de relaciones públicas. Es por tanto a principios de 1996 donde se situarían los hechos narrados en mi relato.

Una última licencia, la Viagra no fue comercializada en USA hasta 1998 y yo he supuesto que lo fue un par de años antes.


FIN





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