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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 1 de junio de 2011

¡CURA A MI HIJA, MUTANTE!





Philip K. Dick

¡CURA A MI HIJA, MUTANTE!



Era un hombre delgado, de edad madura, cabello y piel manchados de grasa, un arrugado cigarrillo sujeto entre los labios, la mano izquierda cerrada en torno al volante de su coche. El vehículo, un antiguo camión de superficie, tosía y protestaba, pero ascendió con suavidad la rampa de salida y se acercó a la puerta de control que limitaba la zona comunal.
—No corras tanto —dijo su mujer—. Hay un guardia sentado en ese montón de cajas.
Ed Garby pisó el freno. El coche patinó y se detuvo frente al guardia. Los gemelos se removieron en el asiento trasero, molestos por el calor que se colaba por las ventanillas del coche. Grandes gotas de sudor resbalaban por el cuello de su mujer. La niña se retorció en sus brazos.
—¿Cómo está? —murmuró Ed, indicando el amasijo de carne gris que asomaba por debajo de la sucia manta—. Febril..., como yo.
El guardia se acercó con indiferencia, las mangas subidas, el rifle colgado del hombro.
—¿Qué hay de nuevo, amigo? —Apoyó sus manos en la ventanilla abierta y echó un vistazo aburrido al interior del coche, el hombre y la mujer, los niños, la tapicería destrozada—. ¿Van de paseo? Enséñeme su pase.
Ed sacó el arrugado pase y se lo tendió.
—Mi hija está enferma.
El guardia examinó el pase y se lo devolvió.
—Será mejor que la lleve al sexto nivel. Tiene derecho a usar el dispensario. Vive en este tugurio, como todos los demás.
—No. No llevaré a un hijo mío a ese matadero.
El guardia meneó la cabeza para expresar su desaprobación.
—Tienen un buen equipo, amigo. Aparatos eléctricos rescatados después de la guerra. Llévela y la curarán. —Indicó con un ademán la desolada extensión de árboles y colinas resecos que empezaba al otro lado de la puerta—. ¿Qué cree que va a encontrar ahí? ¿Piensa tirarla por un barranco, o en el fondo de un pozo? No es asunto mío, pero yo no sacaría ni a un perro, y mucho menos a un crío enfermo.
Ed encendió el motor.
—Voy a buscar ayuda. Lleve un niño al sexto y lo convertirán en un animal de laboratorio. Hacen sus experimentos, rajan, cortan, abren en canal, y luego dicen que no han podido salvarlo. Se acostumbraron durante la guerra; ya no pueden parar.
—Como quiera —dijo el guardia, apartándose del coche—. Por mi parte, prefiero confiar en médicos militares bien equipados que en algún viejo curandero loco que viva entre esas ruinas, algún salvaje con una bolsa de excrementos colgada alrededor del cuello, que farfulla sandeces y baila. ¡Malditos idiotas! —gritó con furia cuando el coche se alejó—. ¡De vuelta a la barbarie, cuando tienen en el sexto médicos, rayos X y sueros! ¿Para qué demonios quieren ir a las ruinas, cuando tienen una civilización aquí?
Regresó con expresión sombría a sus cajas.
—Lo que queda de ella —añadió.

Una tierra árida, tan seca y parchada como piel muerta, se extendía a ambos lados de la destrozada carretera. Una violenta ráfaga de viento azotó los escasos árboles que crecían en la tierra agrietada y calcinada. Algún ave ocasional se movía entre los espesos matorrales, formas grises que iban en busca de gusanos.
Los blancos muros de hormigón de la comuna se perdieron en la distancia. Ed Garby los vio alejarse con temor. Sus manos temblaron convulsivamente cuando una curva ocultó las torres de radar situadas sobre las colinas que dominaban la comuna.
—Quizá tenía razón, maldita sea —masculló—. Quizá estamos cometiendo un error.
La duda se infiltró en su mente. El viaje era peligroso. Incluso grupos bien armados eran atacados por animales depredadores y por bandas salvajes de casihumanos que vivían en las ruinas abandonadas esparcidas sobre la faz del planeta. La única defensa con que contaba para protegerse era su cortadora manual. Sabía utilizarla, por supuesto. ¿Acaso no la empleaba diez horas al día, todos los días de la semana? Pero si el motor del vehículo fallaba...
—Deja de preocuparte —dijo Bárbara en voz baja—. He estado aquí otras veces y nunca me ha pasado nada.
Se sintió abrumado de vergüenza y culpabilidad. Su mujer había salido de la comuna muchas veces, junto con otras mujeres y esposas, y también con algunos hombres. Buena parte del proletariado abandonaba la comuna, con o sin pase... Cualquier cosa con tal de sacudirse la monotonía del trabajo y las conferencias educativas. Sin embargo, su temor volvió. Lo que le preocupaba no era la amenaza física, o el alejamiento del inmenso depósito sumergido de acero y hormigón en el que había nacido, crecido, pasado toda su vida, trabajado y contraído matrimonio. Era la certeza que el guardia tenía razón, que se estaba sumergiendo en la ignorancia y la superstición. Sintió escalofríos, a pesar del ardiente sol de verano.
—Las mujeres siempre se salen con la suya —dijo en voz alta—. Los hombres construyeron máquinas, una ciencia organizada, ciudades. Las mujeres se quedan con sus pociones y brebajes. Creo que estamos presenciando el final de la razón. Estamos viendo los últimos restos de la sociedad racional.
—¿Qué es una ciudad? —preguntó uno de los gemelos.
—Vas a ver una —contestó Ed. Señaló al otro lado de la carretera—. Mírala bien.
Los árboles habían terminado. La superficie calcinada de tierra marrón había adquirido un brillo metálico apagado. Una llanura irregular, desolada y yerma, se abría ante ellos, una superficie sembrada de montículos mellados y pozos. En algunos puntos crecían malas hierbas de un color oscuro. Alguna pared continuaba en pie. Una bañera yacía de costado, como una boca muerta y desdentada, carente de cabeza y rostro.
La región había sido saqueada en innumerables ocasiones. Todas las cosas de valor habían sido cargadas en camiones y transportadas a las diversas comunas de la zona. A lo largo de la carretera se veían pulcros montones de huesos, recogidos pero jamás utilizados.
Se había descubierto alguna utilidad a los cascotes de cemento, a los restos de hierro, cables, tubos de plástico, papeles y ropas..., pero no a los huesos.
—¿Quieres decir que ahí vivía gente? —protestaron al unísono los gemelos. Una expresión de incredulidad y horror se dibujó en sus caras—. Es... espantoso.
La carretera se bifurcó. Ed detuvo el coche y esperó a que su mujer le guiara.
—¿Tan lejos? —preguntó con voz ronca—. Este lugar me pone la carne de gallina. Nunca sabes lo que hay en esos sótanos. Los gaseamos en el 9, pero ya se habrá disipado.
—A la derecha —indicó Bárbara—. Detrás de aquella colina.
Ed circuló a escasa velocidad, pasó junto a una zanja y entró en una carretera lateral.
—¿De veras crees que esa mujer tiene el poder? —preguntó, impotente—. He oído muchas habladurías... Nunca sé lo que es verdad y lo que es pura invención. Se supone que siempre han existido brujas capaces de resucitar a los muertos, leer el futuro y curar a los enfermos. Se habla de eso desde hace cinco mil años.
—Y esas cosas han ocurrido durante cinco mil años. —La voz de su mujer era serena, confiada—. Siempre nos han ayudado. Basta con ir a su encuentro. La vi curar al hijo de Mary Fulsome, aquel que tenía la pierna tullida y no podía andar. Los médicos quisieron destruirlo.
—Según Mary Fulsome —murmuró Ed.
El coche avanzó entre hojas muertas de árboles viejos. Las ruinas quedaron atrás. De repente, la carretera se hundió en una masa de vegetación que no permitía el paso a la luz del sol. Ed parpadeó y encendió los faros. Destellaron cuando el coche ascendió una colina llena de baches, dobló una curva..., y la carretera terminó.
Habían llegado a su destino. Cuatro coches oxidados bloqueaban la carretera; otros estaban estacionados en la cuneta y entre los árboles retorcidos. Más allá del coche se había congregado un grupo de personas silenciosas, hombres con sus familias, vestidos con el uniforme de los trabajadores de una comuna. Ed pisó el freno y buscó la llave de encendido. Se quedó atónito al ver la variedad de comunas representadas. Todas las comunas cercanas, y también las lejanas, que no conocía. Algunos de los que esperaban habían recorrido centenares de kilómetros.
—Siempre hay gente esperando —dijo Bárbara. Abrió la puerta de una patada y salió con cautela, sujetando a la niña en los brazos—. La gente viene a solicitar todo tipo de ayuda, cuando la necesitan.
Detrás de la multitud había un tosco edificio de madera, destartalado y ruinoso, un refugio de los años de la guerra. Una cola de personas subía poco a poco los desvencijados escalones y entraba en el edificio. Por primera vez, Ed vio a las personas a las que había venido a consultar.
—¿Es ésa la vieja? —preguntó, cuando una forma menuda y arrugada apareció un momento en lo alto de la escalera, examinó a la gente que aguardaba y seleccionó a uno de ellos. Conferenció con un hombre gordo, y un musculoso gigante se unió después a la conversación—. Dios mío. ¿Forman una organización?
—Cada uno hace cosas diferentes —respondió Bárbara. Aferró al bebé y se internó en la masa de gente—. Queremos ver a la curandera. Tendremos que esperar con ese grupo de la derecha, bajo aquel árbol.

Porter estaba sentado en la cocina del refugio, fumando y bebiendo café, los pies apoyados en el alféizar, mirando distraído la procesión de gente que entraba por la puerta y se dirigía a las distintas habitaciones.
—Hoy han venido muchos —dijo a Jack—. Tendríamos que cobrarles por entrar.
Jack emitió un gruñido de irritación y agitó su cabellera rubia.
—¿Por qué no estás ayudando, en lugar de holgazanear y tragar café?
—Nadie quiere saber el futuro. —Porter eructó ruidosamente. Era gordo y fofo, de ojos azules y lacio cabello grasiento—. Cuando alguien quiera saber si va a hacerse rico o a casarse con una bella mujer, estaré en mi puesto para aconsejarle.
—Adivinos —murmuró Jack. Se quedó junto a la ventana, sus grandes brazos cruzados, el rostro grave y preocupado—. Qué bajo hemos caído.
—No puedo evitar que me hagan preguntas. Un viejo me preguntó cuándo iba a morir; le dije que al cabo de treinta y un días y se puso a chillar como un energúmeno. Soy honrado, al menos. Les digo la verdad, no lo que desean oír. —Porter sonrió—. No soy un farsante.
—¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que alguien te preguntó algo importante?
—¿Te refieres a algo de significado abstracto? —Porter investigó en su mente—. La semana pasada, un tipo me preguntó si volvería a haber viajes interplanetarios. Le dije que no podía verlo.
—¿También le dijiste que casi no puedes ver nada? ¿Medio año, a lo sumo?
La cara de sapo de Porter se iluminó de placer.
—No me lo preguntó.
La anciana menuda y arrugada entró un momento en la cocina.
—Señor —jadeó Thelma. Se derrumbó en una silla y llenó una taza de café—. Estoy agotada. Hay como unas cincuenta personas esperando a que las cure. —Examinó sus manos temblorosas—. Dos cánceres a los huesos en un día consiguen acabar conmigo. Creo que el bebé sobrevivirá, pero el otro está demasiado avanzado, incluso para mí. El bebé tendrá que volver. —Su voz se quebró—. La semana que viene.
—Mañana será más suave —predijo Porter—. Una tormenta de ceniza procedente del Canadá evitará que la mayoría salgan de sus comunas. Claro que después... —Se interrumpió y miró a Jack con curiosidad—. ¿Por qué estás tan serio? Hoy, todo el mundo pone cara de perro.
—He estado con Butterford —respondió Jack, malhumorado—. Volveré después y lo intentaré de nuevo.
Thelma se estremeció. Porter apartó la vista, molesto. Le disgustaba oír hablar de un hombre cuyos huesos estaban amontonados en el sótano del refugio. Un temor casi supersticioso se apoderó del rollizo Precog. Una cosa era ver el futuro; era positivo, un talento útil, pero regresar al pasado, a hombres ya muertos, a ciudades convertidas en ceniza y escombros, a lugares borrados de los mapas, intervenir en acontecimientos olvidados mucho tiempo atrás... Era enfermizo, una repetición neurótica de algo pasado. Remover y entrometerse entre los huesos, literalmente, del pasado.
—¿Qué dijo? —preguntó Thelma.
—Lo mismo de siempre —contestó Jack.
—¿Cuántas veces van?
Jack torció los labios.
—Once. Y él lo sabe. Se lo dije.
Thelma salió al pasillo.
—Vuelvo al trabajo. —Se quedó en la puerta—. Once veces y siempre igual. He efectuado cálculos. ¿Cuántos años tienes, Jack?
—¿Cuántos aparento?
—Unos treinta. Naciste en 1946. Estamos en 2017. Eso significa que tienes setenta y un años. Yo diría que estoy hablando con una entidad que se encuentra a medio camino. ¿Dónde está tu entidad actual?
—En el 76.
—¿Y qué hace?
Jack no contestó. Sabía muy bien lo que su entidad actual, la de 2017, estaba haciendo en el pasado. El anciano de setenta y un años se hallaba en el hospital de un centro militar, sometido a tratamiento de su nefritis progresiva. Lanzó una rápida mirada a Porter para averiguar si el Precog iba a suministrar información acerca del futuro. No aparecía ninguna expresión en las lánguidas facciones de Porter, pero eso no significaba nada. Para estar seguro, tendría que pedir a Stephen que sondeara a Porter.
Al igual que los trabajadores normales que acudían cada día para averiguar si se harían ricos o serían felices en su matrimonio, deseaba a toda costa saber la fecha de su muerte. Tenía que saberlo; no podía esperar.
Se plantó frente a Porter.
—Acabemos de una vez. ¿Qué será de mí en los próximos seis meses?
Porter bostezó.
—¿Debo recitar todo el rollo? Tardaré horas.
Jack se tranquilizó, aliviado. Por lo tanto, sobreviviría otros seis meses, como mínimo. Podría finalizar sus conversaciones con el general Ernest Butterford, jefe del estado mayor de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Salió de la cocina.
—¿Adónde vas? —preguntó Thelma.
—Vuelvo con Butterford. Lo intentaré una vez más.
—Siempre dices lo mismo —se quejó Thelma.
—Y siempre lo haré.
«Hasta que me muera», pensó con amargura y rencor. Hasta que el hombre casi inconsciente que yace en una cama del hospital de Baltimore, Maryland, muera o sea destruido para dejar sitio a un pez gordo herido, trasladado en un vagón cubierto desde el frente, afectado por el napalm soviético, inválido por el gas nervioso, enloquecido por las partículas de cenizas metálicas. Cuando el cuerpo exhausto sea expulsado, y falta muy poco, se acabarán las conversaciones con el general Butterford.

Primero, bajó la escalera hasta los armarios de suministros guardados en el sótano del refugio. Doris dormía en su cama del rincón, el cabello oscuro enmarañado como una telaraña sobre sus facciones de color café, un brazo desnudo levantado, sus ropas tiradas sobre una silla, al lado de la cama. Despertó, se removió y se incorporó.
—¿Qué hora es?
Jack echó un vistazo a su reloj.
—La una y media de la tarde.
Procedió a abrir una de las complicadas cerraduras que protegían sus pertenencias. Después, depositó una caja metálica sobre el suelo de hormigón. Encendió la luz del techo.
La muchacha le contempló con interés.
—¿Qué estás haciendo? —Apartó el cubrecama, se levantó, estiró sus miembros y se acercó al hombre, descalza—. Te lo habría dado sin necesidad que te tomaras tanto trabajo.
Jack sacó de la caja forrada de plomo, con gran cuidado, un montón de huesos y restos de posesiones personales: un billetero, documentos de identidad, fotografías, una pluma estilográfica, fragmentos de un uniforme destrozado, una alianza de oro, algunas monedas de plata.
—Murió en situación precaria —murmuró Jack. Examinó la cinta de los datos, comprobó que estaba completa y cerró la caja—. Le dije que se lo traería. No se acordará, naturalmente.
—¿Cada vez borra la última? —Doris se acercó a sus ropas—. Es el mismo momento una y otra vez, ¿verdad?
—El mismo intervalo —reconoció Jack—, pero no hay repetición de material.
Doris le dirigió una mirada de astucia y se embutió en los tejanos.
—Alguna repetición... Siempre desemboca en lo mismo, hagas lo que hagas. Butterford sigue adelante y plantea sus sugerencias al presidente.
Jack no la oyó. Ya se había trasladado al pasado. El sótano y la silueta medio desnuda de Doris oscilaron y se alejaron, como vistas a través del fondo de una botella que se llenara poco a poco de un líquido opaco. Mientras avanzaba con determinación, aferrando la caja metálica, la oscuridad cambiante osciló a su alrededor. Retrocedía en el flujo temporal. Iba a intercambiar posiciones con el joven John Tremaine, un muchacho de dieciséis años que asistía a la escuela secundaria en el Chicago de 1962. Había efectuado el cambio muchas veces. A esas alturas, su entidad más joven ya estaría resignada, pero confiaba en que Doris estuviera vestida cuando el joven apareciera.
La oscuridad del no-tiempo menguó y, de repente, se encontró bajo un repentino torrente de luz solar. Dio el definitivo paso atrás, sin soltar la caja de metal, y se encontró en el centro de una enorme sala, sacudida por los murmullos. Gente por todas partes, con la vista clavada en él, paralizada de asombro. Por un momento no reconoció el lugar, hasta que acudieron los recuerdos, acompañados de una oleada de amarga nostalgia.
Se hallaba en la biblioteca de la escuela secundaria, donde había pasado tantas horas. Aquel lugar tan entrañable, lleno de libros, jóvenes de rostro alegre, muchachas vestidas con alegres colores, que reían, estudiaban y flirteaban... Gente joven, ajena por completo a la guerra que se aproximaba, la muerte masiva que reduciría la ciudad a cenizas.
Salió a toda prisa de la biblioteca, consciente del círculo de estupefacción que dejaba a sus espaldas. Efectuar un intercambio cuando la entidad pasiva estaba cerca de personas siempre producía la misma reacción; la abrupta transformación de un muchacho de dieciséis años en la alta y grave silueta de un hombre de treinta era difícil de asimilar, incluso en una sociedad que, en teoría, conocía los poderes psíquicos.
En teoría..., porque en aquella época la conciencia pública era mínima. Las emociones básicas se reducían a incredulidad y temor; la oleada de esperanza aún no había surgido. Los poderes psíquicos se consideraban milagros; la certidumbre que estos poderes estaban a disposición del público tardaría años en calar.
Salió a la ajetreada calle de Chicago y detuvo un taxi. El rugido de coches y autobuses, el remolino metálico de edificios, gente y letreros, le aturdió. Actividad por doquier: la ordinaria e inofensiva rutina del ciudadano normal, ignorante de los mortíferos planes que se gestaban en las alturas. Toda la gente que le rodeaba iba a ser vendida por la quimera del prestigio internacional... Vida humana a cambio de fantasmas metafísicos. Dio al taxista la dirección del hotel de Butterford y se relajó para preparar el ya conocido encuentro.
Los primeros pasos eran rutinarios. Se identificó ante la batería de guardias armados, que verificaron su identidad, le registraron y acompañaron a la suite. Permaneció sentado durante un cuarto de hora en la lujosa antesala, fumando y esperando..., como siempre. En esta fase no podía realizar alteraciones; los cambios, en todo caso, vendrían más adelante.
—¿Sabe quién soy? —preguntó con brusquedad, cuando la diminuta y suspicaz cabeza del general Butterford surgió de un despacho. Avanzó con paso seguro, aferrando firmemente la caja—. Ésta es la duodécima visita; los resultados deberían mejorarse.
Los ojos hundidos de Butterford se agitaron con hostilidad detrás de las gruesas gafas.
—Usted es uno de esos superhombres —graznó—, uno de esos psiónicos. —Bloqueó la puerta con su enjuto cuerpo uniformado—. ¿Y bien? ¿Qué quiere? Mi tiempo es muy valioso.
Jack se sentó frente al escritorio del general.
—Tiene en las manos mi historial y el análisis de mi talento. Ya sabe lo que puedo hacer.
Butterford dirigió una mirada hostil al informe.
—Se desplaza en el tiempo. ¿Y qué? —Entornó los ojos—. ¿Qué ha querido decir con eso de la duodécima vez? —Agarró un puñado de notas—. No le he visto nunca. Diga lo que ha venido a decir y lárguese. Estoy ocupado.
—Le he traído un regalo —dijo Jack en un tono sombrío. Depositó la caja metálica sobre el escritorio, la abrió y descubrió su contenido—. Son suyos. Adelante, sáquelos y acarícielos.
Butterford miró los huesos con asco.
—¿Qué es esto, propaganda antibelicista? ¿Los Psis se han mezclado con los Testigos de Jehová? —Alzó el tono de voz—. ¿Piensa presionarme con esto?
—¡Son sus malditos huesos! —gritó Jack. Volcó la caja. Su contenido se desparramó sobre el escritorio y el suelo—. ¡Tóquelos! Va a morir en esta guerra, como todo el mundo. Sufrirá y morirá de una forma espantosa. Dentro de un año y seis días, a partir de hoy, recibirá una descarga de venenos bacteriológicos. Vivirá lo suficiente para presenciar la destrucción total de la sociedad, y después sufrirá la misma suerte que el resto de la Humanidad.
Si Butterford hubiera sido un cobarde, todo habría resultado más sencillo. Contempló los restos dispersos, las monedas, fotos y demás posesiones, pálido y con el cuerpo rígido como el metal.
—No sé si creerle —dijo por fin—. Nunca he acabado de creer en los poderes psíquicos.
—Eso es mentira —replicó Jack—. Todos los gobiernos del planeta se interesan en nosotros. Ustedes y la Unión Soviética han intentado organizarnos desde el 58, cuando nos dimos a conocer.
La discusión había pasado a un terreno que Butterford dominaba. Sus ojos echaron chispas.
—¡Ése es el problema! ¡Si los Psis cooperasen, esos huesos no existirían! —Indicó con un ademán violento el montoncito que descansaba sobre el escritorio—. Viene a verme y me culpa de la guerra. Cúlpese usted, por no colaborar. ¿Cómo podemos confiar en salir bien librados de esta guerra, a menos que cada cual cumpla su cometido. —Se inclinó hacia Jack—. Dice usted que viene del futuro. Dígame qué harán los Psis en la guerra. Dígame cuál será su papel.
—Ninguno.
Butterford se echó hacia atrás con aire triunfal.
—¿Van a mantenerse al margen?
—Por completo.
—¿Y viene a echarme las culpas a mí?
—Si colaboramos —dijo Jack con cautela—, será a un nivel político, no como mercenarios. De lo contrario, nos mantendremos al margen y esperaremos. Estamos a su disposición, pero si ganar la guerra depende de nosotros, queremos decir cómo hay que ganar guerra, o si tiene que haber guerra. —Descargó un puñetazo sobre la caja metálica—. De lo contrario, empezaremos a abrigar ciertos temores, como los científicos de mediados de los años cincuenta. Podemos empezar a perder nuestro entusiasmo..., y a ser una mala garantía contra riesgos.
Una voz fina y amarga habló en la mente de Jack. Un miembro telépata de la Cofradía, un Psi del presente que captaba la conversación desde la oficina de Nueva York.
«Muy bien dicho, pero has perdido. Careces de habilidad para manipularle... Te limitas a defender nuestra postura. Ni siquiera has sacado a colación la posibilidad de cambiar la suya.»
Era verdad.
—No he venido para aclarar la postura de la Cofradía —dijo Jack, desesperado—. ¡Usted ya conoce nuestra postura! He venido para exponerle los hechos. Vengo de 2017. La guerra ha terminado. Sólo quedan unos cuantos supervivientes. Éstos son los hechos, acontecimientos que han tenido lugar. Usted piensa decir al presidente de Estados Unidos que Rusia se está echando un farol en Java. No es un farol. Significa la guerra total. Su consejo es un error.
Butterford se encrespó.
—¿Quiere que demos marcha atrás, para que se apoderen del mundo libre?
Doce veces; un callejón sin salida. No había conseguido nada.
—¿Entrarán en guerra sabiendo que no van a ganar?
—Lucharemos. Es mejor una guerra honrosa que una paz deshonrosa.
—Ninguna guerra es honrosa. La guerra significa muerte, barbarie, destrucción masiva.
—¿Qué significa la paz?
—La paz significa el crecimiento de la Cofradía. Dentro de cincuenta años nuestra presencia habrá desplazado a las ideologías de ambos bloques. Nosotros estamos por encima de la guerra; abarcamos los dos mundos. Hay Psis aquí y en Rusia; no somos ciudadanos de ningún país. Los científicos pudieron ser como nosotros, pero se decantaron por colaborar con los gobiernos. Ahora, nos toca a nosotros.
Butterford meneó la cabeza.
—No —dijo con firmeza—. No van a influir sobre nosotros. Nosotros dictamos la política... Si deben actuar, lo harán de acuerdo con nuestras directrices, o no actuarán. Se quedarán fuera.
—Nos quedaremos fuera.
Butterford se levantó de un salto.
—¡Traidores! —gritó, mientras Jack salía del despacho—. ¡No tienen alternativa! ¡Exigimos sus capacidades! Les cazaremos de uno en uno. Deben colaborar; todo el mundo debe colaborar. ¡Es una guerra total!
La puerta se cerró y Jack se encontró en la antesala.
«No, no existe ninguna esperanza —dijo la voz en su mente—. Sé que lo has hecho una docena de veces, y que estás preparando otra más. Abandona. La orden de retirada ya ha sido dada. Cuando la guerra empiece, nos mantendremos al margen.»
—¡Deberíamos ayudarles! —dijo Jack, en vano—. Deberíamos ayudar a la gente. Millones de personas van a morir.
«No podemos. No somos dioses, sino simples seres humanos con paratalentos. Podemos ayudar si nos dejan. No podemos imponerles nuestro punto de vista. Si el gobierno se niega, la Cofradía no puede colaborar.»
Jack aferró la caja metálica y se encaminó a la calle, para volver a la biblioteca de la escuela.

Miró a los miembros de la Cofradía supervivientes, sentados a la mesa de la cocina.
—Aquí estamos. Fuera de la sociedad, sin hacer nada. Sin perjudicar y sin ayudar. ¡Una pandilla de inútiles! —Descargó su puño contra la madera podrida de la pared—. Aislados e inútiles. Mientras estamos sentados tranquilamente, las comunas se desmoronan.
Thelma sorbía su sopa sin demostrar la menor emoción.
—Curamos a los enfermos, predecimos el futuro, damos consejos y hacemos milagros.
—Desde hace miles de años —replicó Jack con amargura—. Sibilas, brujas, agazapadas en colinas desiertas, fuera de las ciudades... ¿Es que no podemos intervenir y ayudar? ¿Nosotros, que comprendemos lo que ocurre, debemos mantenernos siempre al margen, permitiendo que esa caterva de estúpidos arrastre a la Humanidad hacia la destrucción? ¿Por qué no impedimos la guerra y les obligamos a firmar la paz?
—No queremos obligarles a nada, Jack —dijo Porter con languidez—. Ya lo sabes. No somos sus amos. No queremos controlarles, sino ayudarles.
La cena prosiguió en un sombrío silencio.
—El problema son los gobiernos —dijo Doris al cabo de unos minutos—. Los políticos tienen celos de nosotros. —Sonrió a Jack—. Saben que si interviniéramos activamente, llegaría un día en que los políticos ya no serían necesarios.
Thelma atacó su plato de judías secas y conejo a la parrilla, acompañado de una salsa pastosa.
—Los gobiernos casi no existen ya. No es como antes de la guerra. No es correcto llamar gobierno a unos cuantos funcionarios sentados en las oficinas de las comunas.
—Toman las decisiones —señaló Porter—. Deciden la política de la comuna.
—Conozco una comuna situada más al norte —dijo Stephen—, en que los trabajadores mataron a los dirigentes y tomaron el poder. Se está viniendo abajo. Dentro de poco, no quedará nada.
Jack apartó su plato y se levantó.
—Salgo al porche.
Abandonó la cocina, atravesó la desierta sala de estar y abrió la puerta chapada de acero. El frío nocturno remolineó a su alrededor mientras se dirigía hacia la barandilla y se detenía, las manos hundidas en los bolsillos. Miró sin ver el campo desolado.
La oxidada flota de coches se había ido. Nada se movía, excepto los árboles raquíticos que flanqueaban la carretera. Un panorama deprimente. Algunas estrellas pálidas brillaban en el cielo. A lo lejos, un animal se precipitó sobre su presa, un perro salvaje, o tal vez un casihumano que vivía en los sótanos ruinosos de Chicago.
Doris apareció al cabo de un rato. Se puso a su lado en silencio, una forma esbelta y oscura en la negrura de la noche, los brazos cruzados para protegerse del frío.
—¿No vas a intentarlo otra vez? —preguntó en voz baja.
—Doce veces es suficiente. No..., no puedo cambiarle. Carezco de la habilidad necesaria. —Jack extendió las manos en un gesto de impotencia—. Es un tipejo listo. Como Thelma, imperturbable y hablador. ¿Qué puedo hacer?
Doris le acarició el brazo.
—¿Qué aspecto tiene? Nunca he visto ciudades llenas de vida, como antes de la guerra. Recuerda que nací en un campamento militar.
—Te gustaría. Gente risueña y apresurada. Coches, letreros, vida por todas partes. Me vuelve loco. Ojalá no pudiera verlo, ojalá no pudiera saltar de un tiempo a otro. —Señaló los árboles retorcidos—. A diez pasos de aquellos árboles, y ya está. Y sin embargo, ha desaparecido para siempre..., incluso para mí. Llegará un momento en que tampoco yo pueda trasladarme allí, al igual que ustedes.
Doris no le entendió.
—Es extraño —murmuró—. Puedo mover cualquier cosa del mundo, pero no puedo moverme hacia el pasado, como tú. —Hizo un breve ademán. Algo chocó contra la barandilla del porche. La joven se agachó para recogerlo—. ¿Ves este pájaro tan bonito? Está aturdido, pero no muerto. —Lanzó al pájaro hacia arriba, y el animal consiguió esconderse entre los arbustos.
A Jack no le gustó la demostración.
—Eso es lo que hacemos con nuestros talentos: trucos de feria. Nada más.
—¡Te equivocas! —protestó Doris—. Hoy, cuando me levanté, había un montón de escépticos. Stephen captó sus pensamientos y me envió a convencerles. —El orgullo vibró en su voz—. Saqué a la superficie un arroyo subterráneo. Todos quedaron empapados, antes que lo devolviera a su sitio. Se quedaron convencidos.
—¿Has pensado alguna vez que podrías ayudarles a reconstruir sus ciudades?
—No quieren reconstruirlas.
—Ni siquiera han pensado en la posibilidad. Han desechado la idea de reconstruir. El concepto se ha perdido. —Reflexionó, descorazonado—. Hay demasiados millones de kilómetros de ceniza y muy poca gente. Ni siquiera han intentado unificar las comunas.
—Tienen radios —señaló Doris—. Pueden comunicarse entre sí, si quieren.
—Si las utilizan, la guerra volverá a estallar. Saben que existen grupos de fanáticos que arden en deseos de iniciar una guerra, si se les da la oportunidad. Prefieren sumirse en la barbarie a eso. —Escupió sobre los arbustos que crecían bajo el porche—. No les culpo.
—Si controláramos las comunas —dijo Doris, pensativa—, no iniciaríamos una guerra. Las unificaríamos sobre la base de la paz.
—Juegas con varias barajas a la vez —se irritó Jack—. Hace un momento realizabas milagros... ¿De dónde has sacado esa idea?
Doris vaciló.
—Bueno, me he limitado a transmitirla. Creo que fue Stephen quien lo dijo, o lo pensó. Me he limitado a verbalizarla.
—¿Te gusta ser la portavoz de Stephen?
Doris agitó las manos, temerosa.
—Por Dios, Jack... Puede sondearte. ¡No digas esas cosas!
Jack se apartó de ella y bajó los peldaños del porche. Cruzó el campo oscuro y silencioso, alejándose del refugio. La muchacha corrió tras él.
—No te vayas —dijo, sin aliento—. Stephen es un niño. No es como tú, un adulto maduro.
Jack lanzó una carcajada al negro cielo.
—Pobre tonta. ¿Sabes cuántos años tengo?
—No, y no me lo digas. Sé que eres mayor que yo. Te conozco desde siempre. Te recuerdo de cuando era pequeña. Siempre fuiste grande, fuerte y rubio. —Lanzó una risita nerviosa—. Claro, todos aquellos otros... Todas aquellas personas diferentes, viejas y jóvenes. En realidad, no lo entiendo, pero todas son tú, imagino. Cada una de un período temporal diferente.
—Exacto —admitió Jack, tenso—. Todas son yo.
—La de hoy, cuando te trasladaste en el sótano, mientras yo dormía... —Doris deslizó sus fríos dedos alrededor de su muñeca—. Un muchacho, con libros debajo del brazo, vestido con un jersey verde y pantalones marrones.
—Dieciséis años —murmuró Jack.
—Era guapo. Tímido, confuso. Más joven que yo. Subimos y contempló a la multitud. Fue cuando Stephen me pidió que realizara el milagro. Él, o sea, tú, se quedó muy interesado. Porter le tomó el pelo. Porter es inofensivo. Le gusta comer, dormir, y punto. Es un buen tipo. Stephen también le tomó el pelo. No creo que a Stephen le cayera bien.
—Quieres decir que no le caigo bien.
—Imagino que conoces nuestra opinión. La de todos, hasta cierto punto... Nos intriga que te empeñes en enmendar el pasado, una y otra vez. ¡El pasado no existe! Quizá en tu caso sea diferente..., pero ya no existe. No puedes cambiarlo. La guerra estalló, todo quedó reducido a escombros, y esto es lo que queda. Tú mismo lo dijiste: ¿Por qué nos mantenemos al margen? Sería muy sencillo intervenir. —Una emoción infantil recorrió su cuerpo. Se apretó contra él, empujada por sus propias palabras—. Olvida el pasado; trabajemos para el presente. Tenemos el material al alcance de la mano: la gente, los objetos. ¡Actuemos de una vez! —Levantó un bosquecillo situado a dos kilómetros de distancia. Las cumbres de una cadena de colinas se alzaron en el aire y se disolvieron en diminutos fragmentos—. ¡Podemos separar las cosas y volverlas a unir!
—Tengo setenta y un años. Yo ya no voy a unir nada. Y estoy cansado de remover en el pasado. No lo intentaré más. Regocíjense todos. Estoy acabado.
Doris tiró de él con furia.
—¡Pues los demás continuaremos!
Si poseyera el talento de Porter, investigaría más allá de su muerte. Porter, en algún momento del futuro, podría contemplar su cadáver, su entierro, continuaría viviendo mes tras mes, mientras su gordo cuerpo se descomponía bajo tierra. La bovina satisfacción de Porter era posible en un hombre capaz de ver su futuro... Jack se retorció, poseído por una angustiosa incertidumbre. Cuando el anciano que agonizaba en el hospital militar llegara al inevitable final de su vida..., ¿qué? ¿Qué sería de los supervivientes de la Cofradía?
La muchacha continuó parloteando a su lado. Las posibilidades que él había sugerido: trabajar con un material auténtico, nada de trucos o milagros. Para ella, las posibilidades de una acción social iban a cobrar existencia. Todos tenían inquietudes, salvo quizá Porter. Cansados de una vida ociosa. Hartos de los oficiales anacrónicos que mantenían con vida a las comunas, reliquias de un orden pasado de incompetentes que habían demostrado su incapacidad para gobernar al dirigir a su bloque hacia la destrucción casi total.
El gobierno de la Cofradía no podía ser peor.
¿O sí? Algo había sobrevivido gracias a políticos sedientos de poder, demagogos profesionales reclutados entre los ayuntamientos de las ciudades y los bufetes de abogados baratos. Si el gobierno psiónico fracasaba, si se reproducían las luchas fratricidas entre las naciones, no quedaría alternativa. El poder colectivo de la Cofradía se extendía a todos los ámbitos de la vida. Por primera vez, podía surgir una sociedad auténticamente totalitaria. Bajo la dominación de telépatas, Precogs, curanderos con el poder de animar la materia inorgánica y fulminar la materia orgánica, ¿qué persona normal iba a sobrevivir?
No habría oposición contra la Cofradía. Los hombres controlados por gobernantes psiónicos estarían indefensos. Sería cuestión de tiempo examinar con toda seriedad la valía de los no Psis, en pro de la eficacia, y avanzar hacia la eliminación del material inservible. El gobierno de los supercompetentes sería mucho peor que el gobierno de los incompetentes.
—¿Peor para quién? —Los pensamientos de Stephen penetraron en su mente. Fríos, plenos de confianza, carentes de toda duda—. Están agonizando. La cuestión no reside en eliminarlos, sino en cuánto tiempo vamos a mantenerles en este estado de preservación artificial. Dirigimos un zoo, Jack. Mantenemos con vida a una especie extinta. Y la jaula es demasiado grande... Ocupa todo el mundo. Démosles un poco de espacio, si quieres; un subcontinente. Pero nosotros nos reservamos el uso de la balanza.

Porter estaba engullendo un budín de arroz al horno. Siguió comiendo después que Stephen empezara a gritar. Hasta que Thelma le arrancó la cuchara de la mano no concentró su atención en lo que ocurría.
La sorpresa no existía para él. Había examinado la escena seis meses antes, reflexionado sobre ella y pasado a fijarse en acontecimientos posteriores. Empujó hacia atrás su silla de mala gana y enderezó su pesado cuerpo.
—¡Va a matarme! —aullaba Stephen—. ¿Por qué no me lo has dicho? —gritó a Porter—. ¡Sabes que viene a matarme en este mismo momento!
—Por el amor de Dios —gritó Thelma en el oído de Porter—, ¿es verdad? ¿No puedes intervenir? Eres un hombre... ¡Deténle!
Mientras Porter rumiaba una respuesta, Jack entró en la cocina. Los gritos de Stephen adquirieron un timbre más agudo. Doris corría detrás de Jack con los ojos desorbitados, sin acordarse de su talento. Thelma rodeó la mesa y se interpuso entre Jack y el muchacho, con los brazos sarmentosos extendidos y la cara deformada por la indignación.
—¡Lo veo en su mente! —chilló Stephen—. Va a matarme porque sabe que yo quiero... —Se interrumpió—. No quiere que intervengamos. Quiere que nos quedemos en estas ruinas, haciendo trucos para la gente. —La furia se sobrepuso a su terror—. No pienso hacerlo. Estoy harto de leer mentes. ¡Ahora está pensando en matarnos a todos! ¡Nos quiere ver muertos a todos!
Porter se reclinó en su silla y buscó su cuchara. Colocó el plato debajo de su barbilla. Siguió comiendo, sin dejar de observar a Jack y a Stephen.
—Lo lamento —dijo Jack—. No debiste comunicarme tus pensamientos, puesto que yo no puedo leerlos. Tendrías que habértelos guardado.
Dio un paso adelante.
Thelma le agarró con sus manos descarnadas. Los gritos y aullidos alcanzaron cotas de histeria. Porter se encogió y sus papadas oscilaron. Impasible, contempló el forcejeo entre Jack y la vieja. Stephen estaba paralizado de terror, la cara cerúlea y el cuerpo rígido.
Doris avanzó y Porter dejó de comer. Una especie de tensión se apoderó de él, pero no había parado de comer a causa de la duda o la incertidumbre, sino por la irrevocabilidad de los hechos. Saber lo que iba a ocurrir no disminuía la cualidad pavorosa de la escena. No podía sorprenderse, pero sí impresionarse.
—Déjale en paz —jadeó Doris—. No es más que un niño. Siéntate y compórtate. —Tomó a Jack por la cintura. Las dos mujeres se esforzaron por inmovilizar al musculoso gigante—. ¡Basta! ¡Déjale en paz!
Jack se soltó de su presa. Se tambaleó y trató de conservar el equilibrio. Las dos mujeres le atacaron como alimañas furiosas. Se dispuso a rechazarlas...
—No miren —gritó Porter.
Doris se volvió en su dirección. Y no vio, como él había anticipado. Thelma vio, y su voz enmudeció. Stephen, horrorizado, lanzó un chillido.
Sólo habían visto una vez la última identidad que jalonaba la senda temporal de Jack. Una noche, el anciano arrugado había aparecido un momento, mientras la entidad más joven inspeccionaba el hospital militar para analizar sus recursos. El Jack más joven había regresado al instante, satisfecho de saber que el hombre agonizante recibiría el mejor tratamiento posible. En aquel instante habían visto su rostro enjuto, devorado por la fiebre. Esta vez, los ojos ya no brillaban. Eran los ojos deslustrados de un objeto muerto, que les contemplaba con una mirada perdida.
Thelma intentó en vano sostenerlo cuando se desplomó. Derribado sobre la mesa como un saco de carne. Las copas y los cubiertos cayeron al suelo. Vestía una bata azul descolorida, anudada a la cintura. Sus pies blancos estaban descalzos. Rezumaba un olor penetrante a hospital, vejez, enfermedad y muerte.
—Ustedes lo han hecho —dijo Porter—. Sobre todo, Doris. En cualquier caso, habría ocurrido dentro de escasos días. Jack ha muerto. Tendremos que enterrarle, a menos que alguna sepa cómo devolverle a la vida.
Thelma se secó los ojos. Las lágrimas resbalaron sobre sus hundidas mejillas y se introdujeron en su boca.
—Ha sido culpa mía. Quería destruirle. Mis manos. —Alzó sus garras—. Nunca confió en mí; nunca se puso bajo mi tutela. Hizo bien.
—Las dos lo hicimos —murmuró Doris, temblorosa—. Porter dice la verdad. Quería que se marchara... Nunca había trasladado nada al pasado.
—Ni lo volverás a hacer —dijo Porter—. No ha dejado descendientes. Fue el primer y último hombre que viajó por el tiempo. Su talento fue único.
Stephen se iba recobrando poco a poco, aún pálido y estremecido, los ojos clavados en la forma arrugada, ataviada con un pijama azul a rayas, que se había desplomado bajo la mesa.
—En cualquier caso —murmuró por fin—, ya nadie irá a hurgar en el pasado.
—Creo que puedes leer mis pensamientos —dijo Thelma—. ¿Sabes lo que estoy pensando?
Stephen parpadeó.
—Sí.
—Ahora, presta mucha atención. Voy a expresarlo con palabras para que todo el mundo se entere.
Stephen asintió en silencio. Sus ojos recorrieron la habitación, pero no se movió.
—Quedan ahora cuatro miembros de la Cofradía —habló Thelma, sin la menor expresión en su voz—. Algunos queremos abandonar este lugar para ir a vivir a las comunas. Algunos pensamos que sería una buena idea imponer nuestra voluntad a las comunas, tanto si les gusta como si no.
Stephen asintió.
—Creo que si alguno intenta marcharse de aquí —continuó Thelma, examinando sus viejas y resecas manos—, haré lo que Jack intentó hacer. —Reflexionó un instante—. Aunque no sé si podré. Quizá yo también fracase.
—Sí —dijo Stephen, con voz temblorosa, que luego adquirió más vigor—. No eres lo bastante fuerte. Aquí hay alguien mucho más fuerte que tú. Esa mujer puede agarrarte y enviarte a donde quiera. Al otro lado del mundo, a la Luna, al centro del océano.
Doris emitió un ruido estrangulado.
—Yo...
—Es verdad —admitió Thelma—, pero sólo me encuentro a un metro de ella. Si la toco primero, su energía se vaciará. —Examinó el rostro asustado de la muchacha—. Pero tienes razón. Lo que ocurra no depende de ti o de mí, sino de lo que Doris quiera hacer.
La respiración de Doris era rápida y entrecortada.
—No lo sé —dijo con voz débil—. No quiero quedarme aquí, sentada entre estas viejas ruinas, día tras día, haciendo... trucos. Jack siempre dijo que no debíamos imponer nuestra voluntad a las colonias. —Su voz se quebró—. Toda mi vida, desde que era niña, siempre he oído a Jack decir lo mismo. Si no quieren que...
—No va a trasladarte ahora —dijo Stephen a Thelma—, pero algún día lo hará. Tarde o temprano te sacará de aquí, alguna noche mientras duermes. A la larga, tomará la decisión. —Sonrió ampliamente—. Recuerda que puedo hablar con ella mentalmente. Siempre que me dé la gana.
—¿Lo harás? —preguntó Thelma a la muchacha.
—Yo..., no lo sé —tartamudeó Doris—. ¿Lo haré? Tal vez sí. Todo es tan... sorprendente.
Porter se reclinó en la silla y eructó estruendosamente.
—Me resulta curioso oírlos a todos especular. Para ser exacto, no tocarás a Thelma. Olvida tus preocupaciones —dijo a la anciana—. El equilibrio se conservará. Los cuatro nos equilibramos mutuamente. Todos seguiremos en nuestro sitio.
—Quizá Stephen tenga razón —dijo Thelma—. Si vamos a seguir viviendo así, sin hacer nada...
—Continuaremos aquí —dijo Porter—, pero no viviremos como hasta ahora.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Thelma—. ¿Cómo viviremos? ¿Qué va a ocurrir?
—Me cuesta sondearte —se quejó Stephen—. Has visto cosas, pero no las piensas. ¿Han cambiado su postura los gobiernos de las comunas? ¿Van a solicitar por fin nuestra colaboración?
—Los gobiernos no van a solicitar nuestra colaboración —respondió Porter—. Nunca nos invitarán a Washington ni a Moscú. Debemos permanecer al margen, a la espera. —Levantó la vista y anunció, de manera enigmática—: La espera está a punto de terminar.

Amanecía. Ed Garby se sumó a la cola de vehículos que abandonaban la comuna. La luz del sol, fría e intermitente, bañaba los cuadrados de hormigón que constituían las instalaciones de la comuna. El día iba a ser nublado, igual que el anterior. Aun así, la puerta de salida ya estaba congestionada de tráfico.
—Esta mañana sale mucha gente —murmuró su mujer—. No pueden esperar a que la ceniza se levante.
Ed buscó el pase, sepultado en el bolsillo de su camisa, acartonada de sudor.
—Hay un embotellamiento terrible —murmuró—. ¿Están registrando los coches?
En lugar de uno, hoy había cuatro guardias. Se movían entre los coches parados. Vigilaban, murmuraban, hablaban con los oficiales mediante micrófonos de cuello. Un enorme camión cargado de obreros se apartó de la cola y tomó una carretera lateral. Describió un círculo completo, entre nubes de gas azul, y regresó al centro de la comuna, lejos de la puerta de salida. Ed contempló la escena, intranquilo.
—¿Por qué da la vuelta? —masculló, invadido de temor—. ¡Nos obligan a dar la vuelta!
—No —le tranquilizó Bárbara—. Mira, un coche acaba de pasar.
Un antiguo coche deportivo de antes de la guerra cruzó la puerta y salió a la llanura. Un segundo le siguió. Los coches aceleraron para remontar la larga colina que se transformaba en el primer bosquecillo.
Una bocina protestó detrás de Ed. Avanzó unos metros. La niña lloraba en el regazo de Bárbara. La envolvió con la manta de algodón y subió la ventanilla.
—Hace un día horrible. Si no tuviéramos que irnos... —Se interrumpió—. Aquí vienen los guardias. Saca el pase.
Ed saludó a los guardias sin mucho entusiasmo.
—Buenos días.
Uno de los guardias tomó el pase, lo examinó, perforó y guardó en una libreta encuadernada en acero.
—Van a darnos sus huellas dactilares —ordenó. Le pasaron un tampón negro y húmedo—. Incluida la niña.
Ed se quedó estupefacto.
—¿Por qué? ¿Qué demonios pasa?
Los gemelos estaban demasiado aterrorizados para moverse. Dejaron que los guardias les tomaran las huellas, aturdidos. Ed protestó débilmente cuando empujaron el tampón hacia su pulgar. Le tomaron la muñeca. Mientras los guardias daban la vuelta al camión para repetir el proceso con Bárbara, el jefe de la partida apoyó el pie en el estribo y conversó con Ed.
—Cinco personas. ¿Familia?
Ed asintió.
—Sí, mi familia.
—Completa. ¿Alguien más?
—No. Sólo nosotros cinco.
Los ojos oscuros del guardia le escrutaron.
—¿Cuándo piensan volver?
—Esta noche —Ed indicó la libreta de metal donde había guardado su pase—. Coloque antes de las seis.
—Si atraviesa esa puerta, no volverá. Esa puerta sólo es de salida.
—¿Desde cuándo? —susurró Bárbara, pálida como la cera.
—Desde anoche. Ustedes eligen. Sigan adelante, resuelvan sus asuntos, consulten a su adivino, pero no vuelvan. —El guardia indicó la carretera lateral—. Si quiere dar la vuelta, esa carretera le conduce a las rampas descendentes. Siga a ese camión; va a dar la vuelta.
Ed se humedeció sus labios resecos.
—No puedo. Mi hija..., tiene cáncer a los huesos. La vieja empezó a sanarla, pero aún no está bien del todo. La vieja dice que hoy va a terminar.
El guardia examinó una guía manoseada.
—Pabellón 9, nivel sexto. Baje y curarán a su hija. Los médicos están muy bien equipados. —Cerró el libro y se apartó del coche. Era un hombre fornido, de rostro encarnado y piel erizada de vello—. Acabemos de una vez, amigo. Adelante o atrás. Usted elige.
Ed movió el coche hacia adelante automáticamente.
—Habrán tomado una decisión —murmuró, atontado—. Sale demasiada gente. Quieren asustarnos... Saben que no podemos vivir ahí fuera. ¡Moriremos!
—Aquí también moriremos.
—¡Pero sólo hay ruinas fuera de la comuna!
—Pero están ellos.
—No podremos regresar —dijo Ed con voz estrangulada—. ¿Y si es una equivocación?
El camión que les precedía avanzó hacia la carretera lateral. De pronto, tras una equívoca señal manual, el conductor introdujo la mano y lanzó el coche hacia la puerta de salida. Se produjo un momento de confusión. El camión aminoró la velocidad, casi hasta detenerse. Ed pisó el freno, maldijo y puso la primera. Después, el camión que le precedía aceleró. Cruzó la puerta y salió a la desnuda llanura. Ed, sin pensarlo, lo siguió. Un aire frío y cargado de ceniza se coló por la ventanilla cuando aumentó la velocidad y se colocó paralelo al otro camión. Sacó la cabeza y gritó:
—¿Adónde va? ¡No le dejarán volver!
—¡Es que no pienso volver, maldita sea! —respondió el conductor, un hombrecillo flaco, calvo y huesudo—. Que se vayan al infierno. Me he llevado toda la comida, todo lo que tengo. ¡Que intenten obligarme a volver!
Aceleró con brusquedad y adelantó a Ed.
—Bien, ya está —dijo Bárbara—. Hemos salido.
—Sí —admitió Ed, tembloroso—, hemos salido. Un metro, mil kilómetros, ¿qué más da?
—Se volvió hacia su mujer, dominado por el pánico—. ¿Y si no nos aceptan? ¿Y si llegamos y nos rechazan? Sólo tienen aquel refugio destrozado del tiempo de la guerra. No hay sitio para nadie..., y mira detrás.
Una hilera de coches y camiones estaba atravesando la puerta y salía a la parchada llanura. Unos pocos dieron media vuelta. Un vehículo paró a un lado de la carretera y sus pasajeros se enzarzaron en una frenética discusión.
—Nos aceptarán —dijo Bárbara—. Quieren ayudarnos; siempre han querido.
—¿Y si no pueden?
—Creo que sí pueden. Si nosotros lo pedimos, pueden hacer muchas cosas. Teníamos que acudir en su busca. Hemos estado separados de ellos demasiados años. Si el gobierno no les deja entrar, nosotros tenemos que salir.
—¿Podremos vivir fuera? —preguntó Ed con voz ronca.
—Sí.
Una bocina sonó a sus espaldas. Ed aceleró.
—Es un éxodo. Mira cómo salen. ¿Quedará alguien?
—Muchos —respondió Bárbara—. Todos los peces gordos se quedarán. —Lanzó una carcajada—. Tal vez consigan declarar otra guerra, para distraerse un poco mientras nosotros no volvamos.


FIN


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